© Libro N° 13891. Duelo Y
Melancolía. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Duelo Y Melancolía. Sigmund Freud
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Original: © Duelo Y Melancolía.
Sigmund Freud
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DUELO Y MELANCOLÍA
Sigmund Freud
Duelo Y
Melancolía
Sigmund Freud
Sigmund Freud
DUELO Y MELANCOLÍA
1917 (1915) (1)
«Trauer und Melancholie» Standard Edition.
Ordenamiento de James Strachey
Tras servirnos del sueño como paradigma normal de
las perturbaciones anímicas narcisistas, intentaremos ahora echar luz sobre la
naturaleza de la melancolía comparándola con un afecto normal: el duelo (2).
Pero esta vez tenemos que hacer por adelantado una confesión a fin de que no se
sobrestimen nuestras conclusiones. La melancolía, cuya definición conceptual es
fluctuante aun en la psiquiatría descriptiva, se presenta en múltiples formas
clínicas cuya síntesis en una unidad no parece certificada; y de ellas, algunas
sugieren afecciones más somáticas que psicógenas. Prescindiendo de las
impresiones que se ofrecen a cualquier observador, nuestro material está
restringido a un pequeño número de casos cuya naturaleza psicógena era
indubitable. Por eso renunciamos de antemano a pretender validez universal para
nuestras conclusiones y nos consolamos con esta reflexión: dados nuestros
medios presentes de investigación, difícilmente podríamos hallar algo que no
fuera típico, si no para una clase íntegra de afecciones, al menos para un
grupo más pequeño de ellas.
La conjunción de melancolía y duelo parece
justificada por el cuadro total de esos dos estados (3). También son
coincidentes las influencias de la vida que los ocasionan, toda vez que podemos
discernirlas. El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida
de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria,
la libertad, un ideal, etc. A raíz de idénticas influencias, en muchas personas
se observa, en lugar
de duelo, melancolía
(y por eso
sospechamos en ellas
una disposición enfermiza). Cosa muy digna de notarse, además, es que a
pesar de que el duelo trae consigo graves desviaciones de la conductanormal en
la vida, nunca se nos ocurre considerarlo un estado patológico ni remitirlo al
médico para su tratamiento. Confiamos en que pasado cierto tiempo se lo
superará, y juzgamos inoportuno y aun dañino perturbarlo.
La melancolía se singulariza en lo anímico por una
desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo
exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda
productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en
autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa
de castigo. Este cuadro se aproxima a nuestra comprensión si consideramos que
el duelo muestra los mismos rasgos, excepto uno; falta en él la perturbación
del sentimiento de sí. Pero en todo lo demás es lo mismo. El duelo pesaroso, la
reacción frente a la pérdida de una persona amada, contiene idéntico talante
dolido, la pérdida del interés por el mundo exterior -en todo lo que no
recuerde al muerto-, la pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo objeto
de amor -en remplazo, se diría, del llorado-, el extrañamiento respecto de
cualquier trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto.
Fácilmente se comprende que esta inhibición y este angostamiento del yo
expresan una entrega incondicional al duelo que nada deja para otros propósitos
y otros intereses. En verdad, si esta conducta no nos parece patológica, ello
sólo se debe a que sabemos explicarla muy bien.
Aprobaremos también la comparación que llama
«dolido» al talante del duelo. Es probable que su legitimidad nos parezca
evidente cuando estemos en condiciones de caracterizar económicamente al dolor
(4).
Ahora bien, ¿en qué consiste el trabajo que el
duelo opera? Creo que no es exagerado en absoluto imaginarlo del siguiente
modo: El examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y
de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese
objeto. A ello se opone una comprensible renuencia;
universalmente se observa que el hombre no abandona
de buen grado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma. Esa
renuencia puede alcanzar tal intensidad que produzca un extrañamiento de la
realidad y una retención del objeto por vía de una psicosis alucinatoria de
deseo (5). Lo normal es que prevalezca el acatamiento a la realidad. Pero la
orden que esta imparte no puede cumplirse enseguida. Se ejecuta pieza por pieza
con un gran gasto de tiempo y de energía de investidura, y entretanto la
existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. Cada uno de los
recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto
son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la
libido (6). ¿Por qué esa operación de compromiso, que es el ejecutar pieza por
pieza la orden de la realidad, resulta tan extraordinariamente dolorosa? He ahí
algo que no puede indicarse con facilidad en una fundamentación económica. Y lo
notable es que nos parece natural este displacer doliente. Pero de hecho, una
vez cumplido el trabajo del duelo el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido
(7).
Apliquemos ahora a la melancolía lo que averiguamos
en el duelo. En una serie de casos, es evidente que también ella puede ser
reacción frente a la pérdida de un objeto amado; en otras ocasiones, puede
reconocerse que esa pérdida es de naturaleza más ideal. El objeto tal vez no
está realmente muerto, pero se perdió como objeto de amor (P. ej., el caso de
una novia abandonada). Y en otras circunstancias nos creemos autorizados a
suponer una pérdida así, pero no atinamos a discernir con precisión lo que se
perdió, y con mayor razón podemos pensar que tampoco el enfermo puede apresar
en su conciencia lo que ha perdido. Este caso podría presentarse aun siendo
notoria para el enfermo la pérdida ocasionadora de la melancolía: cuando él
sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él. Esto nos llevaría a referir
de algún modo la melancolía a una pérdida de objeto sustraída de la conciencia,
a diferencia del duelo, en el cual no hay nada inconciente en lo que atañe a la
pérdida.
En el duelo hallamos que inhibición y falta de
interés se esclarecían totalmente por el trabajo del duelo que absorbía al yo.
En la melancolía la pérdida desconocida tendrá por consecuencia un trabajo
interior semejante y será la responsable de la inhibición que le es
característica. Sólo que la inhibición melancólica nos impresiona como algo
enigmático porque no acertamos a ver lo que absorbe tan enteramente al enfermo.
El melancólico nos muestra todavía algo que falta en el duelo: una
extraordinaria rebaja en su sentimiento yoico {Ichgefühl}, un enorme
empobrecimiento del yo. En el duelo, el mundo se ha hecho pobre y vacío; en la
melancolía, eso le ocurre al yo mismo. El enfermo nos describe a su yo como
indigno, estéril y moralmente despreciable; se hace reproches, se denigra y
espera repulsión y castigo. Se humilla ante todos los demás y conmisera a cada
uno de sus familiares por tener lazos con una persona tan indigna. No juzga que
le ha sobrevenido
una alteración, sino
que extiende su autocrítica al pasado; asevera que nunca
fue mejor. El cuadro de este delirio de insignificancia -predominantemente
moral- se completa con el insomnio, la repulsa del alimento y un
desfallecimiento, en extremo asombroso psicológicamente, de la pulsión que compele
a todos los seres vivos a aferrarse a la vida.
Tanto en lo científico como en lo terapéutico sería
infructuoso tratar de oponérsele al enfermo que promueve contra su yo tales
querellas. Es que en algún sentido ha de tener razón y ha de pintar algo que es
como a él le parece. No podemos menos que refrendar plenamente algunos de sus
asertos. Es en realidad todo lo falto de interés, todo lo incapaz de amor y de
trabajo que él dice. Pero esto es, según sabemos, secundario; es la
consecuencia de ese trabajo interior que devora a su yo, un trabajo
que desconocemos, comparable al del duelo. También
en algunas otras de sus autoimputaciones nos parece que tiene razón y aun que
capta la verdad con más claridad que otros, no melancólicos. Cuando en una
autocrítica extremada se pinta como insignificantucho, egoísta, insincero, un
hombre dependiente que sólo se afanó en ocultar las debilidades de su
condición, quizás en nuestro fuero interno nos parezca que se acerca bastante
al conocimiento de sí mismo y sólo nos intrigue la razón por la cual uno tendría
que enfermarse para alcanzar una verdad así. Es que no hay duda; el que ha dado
en apreciarse de esa manera y lo manifiesta ante otros -una apreciación que el
príncipe Hamlet hizo de sí mismo y de sus prójimos (8)-, ese está enfermo, ya
diga la verdad o sea más o menos injusto consigo mismo. Tampoco es difícil
notar que entre la medida de la autodenigración y su justificación real no hay,
a juicio nuestro, correspondencia alguna. La mujer antes cabal, meritoria y
penetrada de sus deberes, no hablará, en la melancolía, mejor de sí misma que
otra en verdad inservible para todo, y aun quizá sea más proclive a enfermar de
melancolía que esta otra de quien nada bueno sabríamos decir. Por último, tiene
que resultarnos llamativo que el melancólico no se comporte en un todo como
alguien que hace contrición de arrepentimiento y de autorreproche. Le falta (o
al menos no es notable en él) la vergüenza en presencia de los otros, que sería
la principal característica de este último estado. En el melancólico podría
casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante franqueza que se complace
en el desnudamiento de sí mismo.
Lo esencial no es, entonces, que el melancólico
tenga razón en su penosa rebaja de sí mismo, hasta donde esa crítica coincide
con el juicio de los otros. Más bien importa que esté describiendo
correctamente su situación psicológica. Ha perdido el respeto por sí mismo y
tendrá buenas razones para ello. Esto nos pone ante una contradicción que nos
depara un enigma difícil de solucionar. Siguiendo la analogía con el duelo,
deberíamos inferir que
él ha sufrido
una pérdida en
el objeto; pero
de sus declaraciones surge una
pérdida en su yo.
Antes de abordar esta contradicción, detengámonos
un momento en la mirada que esta afección, la melancolía, nos ha permitido
echar en la constitución íntima del yo humano. Vemos que una parte del yo se
contrapone a la otra, la aprecia críticamente, la toma por objeto, digamos. Y
todas nuestras ulteriores observaciones corroborarán la sospecha de que la
instancia crítica escindida del yo en este caso podría probar su autonomía
también en otras situaciones. Hallaremos en la realidad fundamento para separar
esa instancia del resto del yo. Lo que aquí se nos da a conocer es la instancia
que usualmente se llama conciencia moral; junto con la censura de la conciencia
y con el examen de realidad la contaremos entre las grandes instituciones del
yo (9), y en algún lugar hallaremos también las pruebas de que puede enfermarse
ella sola. El cuadro nosológico de la melancolía destaca el desagrado moral con
el propio yo por encima de otras tachas: quebranto físico, fealdad, debilidad,
inferioridad social, rara vez son objeto de esa apreciación que el enfermo hace
de sí mismo; sólo el empobrecimiento ocupa un lugar privilegiado entre sus
temores o aseveraciones.
Una observación nada difícil de obtener nos lleva
ahora a esclarecer la contradicción antes presentada [al final del penúltimo
párrafo]. Si con tenacidad se presta oídos a las querellas que el paciente se
dirige, llega un momento en que no es posible sustraerse a la impresión de que
las más fuertes de ellas se adecuan muy poco a su propia persona y muchas
veces, con levísimas modificaciones, se ajustan a otra persona a quien el
enfermo ama, ha amado a amaría.
Y tan pronto se indaga el asunto, él corrobora esta
conjetura. Así, se tiene en la mano la clave del cuadro clínico si se
disciernen los autorreproches como reproches contra un objeto de amor, que
desde este han rebotado sobre el yo propio.
La mujer que conmisera en voz alta a su marido por
estar atado a una mujer de tan nulas prendas quiere quejarse, en verdad, de la
falta de valía de él, en cualquier sentido que se la entienda. No es mucha
maravilla que entre los autorreproches revertidos haya diseminados algunos
genuinos; pudieron abrirse paso porque ayudan a encubrir a los otros y a
imposibilitar el conocimiento de la situación, y aun provienen de los pros y
contras que se sopesaron en la disputa de amor que culminó en su pérdida. También
la conducta de
los enfermos se
hace ahora mucho
más comprensible. Sus quejas {KIagen} son realmente querellas
{Anklagen}, en el viejo sentido del término. Ellos no se avergüenzan ni se
ocultan: todo eso rebajante que dicen de sí mismos en el fondo lo dicen de
otro. Y bien lejos están de dar pruebas frente a quienes los rodean de esa
postración y esa sumisión, las únicas actitudes que convendrían a personas tan
indignas; más bien son martirizadores en grado extremo, se muestran siempre
como afrentados y como sí hubieran sido objeto de una gran injusticia. Todo
esto es posible exclusivamente porque las reacciones de su conducta provienen
siempre de la constelación anímica de la revuelta, que después, por virtud de
un cierto proceso, fueron trasportadas a la contrición melancólica.
Ahora bien, no hay dificultad alguna en reconstruir
este proceso. Hubo una elección de objeto, una ligadura de la libido a una
persona determinada; por obra de una afrenta real o un desengaño de parte de la
persona amada sobrevino un sacudimiento de ese vínculo de objeto. El resultado
no fue el normal, que habría sido un quite de la libido de ese objeto y su
desplazamiento a uno nuevo, sino otro distinto, que para producirse parece
requerir varias condiciones. La investidura de objeto resultó poco resistente,
fue cancelada, pero la libido libre no se desplazó a otro objeto sino que se
retiró sobre el yo. Pero ahí no encontró un uso cualquiera, sino que sirvió
para establecer una identificación del yo con el objeto resignado. La sombra
del objeto cayó sobre el yo, quien, en lo sucesivo, pudo ser juzgado por una
instancia particular (10) como un objeto, como el objeto abandonado. De esa
manera, la pérdida del objeto hubo de mudarse en una pérdida del yo, y el
conflicto entre el yo y la persona amada, en una bipartición entre el yo
crítico y el yo alterado por identificación.
Hay algo que se colige inmediatamente de las
premisas y resultados de tal proceso. Tiene que haber existido, por un lado,
una fuerte fijación en el objeto de amor y, por el otro y en contradicción a
ello, una escasa resistencia de la investidura de objeto. Según una certera
observación de Otto Rank, esta contradicción parece exigir que la elección de
objeto se haya cumplido sobre una base narcisista, de tal suerte que la
investidura de objeto pueda regresar al narcisismo si tropieza con
dificultades. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces
en el sustituto de la investidura de amor, lo cual trae por resultado que el
vínculo de amor no deba resignarse a pesar del conflicto con la persona amada.
Un sustituto así del amor de objeto por identificación es un mecanismo
importante para las afecciones narcisistas; hace poco tiempo Karl Landauer ha
podido descubrirlo en el proceso de curación de una esquizofrenia ( 1914).
Desde luego, corresponde a la regresión desde un tipo de elección de objeto al
narcisismo originario. En otro lugar hemos consignado que la identificación es
la etapa previa de la elección de objeto y es el primer modo, ambivalente en su
expresión, como el yo distingue a un objeto. Querría incorporárselo, en verdad,
por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del
desarrollo libidinal (11). A esa trabazón reconduce
Abraham, con pleno derecho, la repulsa de los alimentos que se presenta en la
forma grave del estado melancólico (12).
La inferencia que la teoría pide, a saber, que en
todo o en parte la disposición a contraer melancolía se remite al predominio
del tipo narcisista de elección de objeto, desdichadamente aún no ha sido
confirmada por la investigación. En las frases iniciales de este estudio
confesé que el material empírico en que se basa es insuficiente para garantizar
nuestras pretensiones. Si pudiéramos suponer que la observación concuerda con
las deducciones que hemos hecho, no vacilaríamos en incluir dentro de la característica
de la melancolía la regresión desde la investidura de objeto hasta la fase oral
de la libido que pertenece todavía al narcisismo. Tampoco son raras en las
neurosis de trasferencia identificaciones con el objeto, y aun constituyen un
conocido mecanismo de la formación de síntoma, sobre todo en el caso de la
histeria. Pero tenemos derecho a diferenciar la identificación narcisista de la
histérica porque en la primera se resigna la investidura de objeto, mientras
que en la segunda esta persiste y exterioriza un efecto que habitualmente está
circunscrito a ciertas acciones e inervaciones singulares. De cualquier modo,
también en las neurosis de trasferencia la identificación expresa una comunidad
que puede significar amor. La identificación narcisista es la más originaria, y
nos abre la comprensión de la histérica, menos estudiada (13).
Por tanto, la melancolía toma prestados una parte
de sus caracteres al duelo, y la otra parte a la regresión desde la elección
narcisista de objeto hasta el narcisismo. Por un lado, como el duelo, es
reacción frente a la pérdida real del objeto de amor, pero además depende de
una condición que falta al duelo normal o lo convierte, toda vez que se
presenta, en un duelo patológico. La pérdida del objeto de amor es una ocasión
privilegiada para que campee y salga a la luz la ambivalencia de los vínculos
de amor (14). Y por eso, cuando preexiste la disposición a la neurosis
obsesiva, el conflicto de ambivalencia presta al duelo una conformación
patológica y lo compele a exteriorizarse en la forma de unos autorreproches, a
saber, que uno mismo es culpable de la pérdida del objeto de amor, vale decir,
que la quiso. En esas depresiones de cuño obsesivo tras la muerte de personas
amadas se nos pone por delante eso que el conflicto de ambivalencia opera por
sí solo cuando no es acompañado por el recogimiento regresivo de la libido. Las
ocasiones de la melancolía rebasan las más de las veces el claro acontecimiento
de la pérdida por causa de muerte y abarcan todas las situaciones de afrenta,
de menosprecio y de desengaño en virtud de las cuales puede instilarse en el vínculo
una oposición entre amor y odio o reforzarse una ambivalencia preexistente.
Este conflicto de ambivalencia, de origen más bien externo unas veces, más bien
constitucional otras, no ha de pasarse por alto entre las premisas de la
melancolía. Si el amor por el objeto -ese amor que no puede resignarse al par
que el objeto mismo es resignado- se refugia en la identificación narcisista,
el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo,
haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica. Ese
automartirio de la melancolía, inequívocamente gozoso, importa, en un todo como
el fenómeno paralelo de la neurosis obsesiva, la satisfacción de tendencias
sádicas y de tendencias al odio (15) que recaen sobre un objeto y por la vía
indicada han experimentado una vuelta hacia la persona propia. En ambas
afecciones suelen lograr los enfermos, por el rodeo de la autopunición,
desquitarse de los objetos originarios y martirizar a sus amores por intermedio
de su condición de enfermos, tras haberse entregado a la enfermedad a fin de no
tener que mostrarles su hostilidad directamente. Y por cierto, la persona que
provocó la perturbación afectiva del enfermo y a la cual apunta su ponerse
enfermo se hallará por lo común en su ambiente más inmediato. Así, la
investidura de amor del melancólico en relación con
su objeto ha experimentado un destino doble; en una
parte ha regresado a la identificación, pero, en otra parte, bajo la influencia
del conflicto de ambivalencia, fue trasladada hacia atrás, hacia la etapa del
sadismo más próxima a ese conflicto.
Sólo este sadismo nos revela el enigma de la
inclinación al suicidio por la cual la melancolía se vuelve tan interesante
y... peligrosa. Hemos individualizado como el estado primordial del que parte
la vida pulsional un amor tan enorme del yo por sí mismo, y en la angustia que
sobreviene a consecuencia de una amenaza a la vida vemos liberarse un monto tan
gigantesco de libido narcisista, que no entendemos que ese yo pueda avenirse a
su autodestrucción. Desde hace mucho sabíamos que ningún neurótico registra
propósitos de suicidio que no vuelva sobre sí mismo a partir del impulso de
matar a otro, pero no comprendíamos el juego de fuerzas por el cual un
propósito así pueda ponerse en obra. Ahora el análisis de la melancolía nos
enseña que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la
investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es
permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto y
subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior. Así, en
la regresión desde la elección narcisista de objeto, este último fue por cierto
cancelado, pero probó ser más poderoso que el yo mismo. En las dos situaciones
contrapuestas del enamoramiento más extremo y del suicidio, el yo, aunque por caminos
enteramente diversos, es sojuzgado por el objeto (16).
Además, respecto de uno de los caracteres
llamativos de la melancolía, el predominio de la angustia de empobrecimiento,
es sugerente admitir que deriva del erotismo anal arrancado de sus conexiones y
mudado en sentido regresivo.
La melancolía nos plantea todavía otras preguntas
cuya respuesta se nos escapa en parte. La mancomuna al duelo este rasgo: pasado
cierto tiempo desaparece sin dejar tras sí graves secuelas registrables. Con
relación a aquel nos enteramos de que se necesita tiempo para ejecutar detalle
por detalle la orden que dimana del examen de realidad; y cumplido ese trabajo,
el yo ha liberado su libido del objeto perdido. Un trabajo análogo podemos
suponer que ocupa al yo durante la melancolía; aquí como allí nos falta la
comprensión económica del proceso. El insomnio de la melancolía es sin duda
testimonio de la pertinacia de ese estado, de la imposibilidad de efectuar el
recogimiento general de las investiduras que el dormir requiere. El complejo
melancólico se comporta como una herida abierta (17), atrae hacia sí desde
todas partes energías de investidura (que en las neurosis de trasferencia hemos
llamado « contra investiduras » ) y vacía al yo hasta el empobrecimiento total;
es fácil que se muestre resistente contra
el deseo de
dormir del yo.
Un factor probablemente somático, que no ha de
declararse psicógeno, es el alivio que por regla general recibe ese estado al atardecer.
Estas elucidaciones plantean un interrogante: si una pérdida del yo sin
miramiento por el objeto (una afrenta del yo puramente narcisista) no basta
para producir el cuadro de la melancolía, y si un empobrecimiento de la libido
yoica, provocado directamente por toxinas, no puede generar ciertas formas de
la afección.
La
peculiaridad más notable
de la melancolía,
y la más
menesterosa de esclarecimiento,
es su tendencia a volverse del revés en la manía, un estado que presenta los
síntomas opuestos. Según se sabe, no toda melancolía tiene ese destino. Muchos
casos trascurren con recidivas periódicas, y en los intervalos no se advierte
tonalidad alguna de manía, o se la advierte sólo en muy escasa medida. Otros
casos muestran esa alternancia regular de fases melancólicas y maníacas que ha
llevado a diferenciar la insania cíclica. Estaríamos tentados de no considerar
estos casos como
psicógenos si no fuera porque el trabajo
psicoanalítico ha permitido resolver la génesis de muchos de ellos, así como
influirlos en sentido terapéutico. Por tanto, no sólo es lícito, sino hasta
obligatorio, extender un esclarecimiento analítico de la melancolía también a
la manía.
No puedo prometer que ese intento se logre
plenamente. Es que no va más allá de la posibilidad de una primera orientación.
Aquí se nos ofrecen dos puntos de apoyo: el primero es una impresión
psicoanalítica, y el otro, se estaría autorizado a decir, una experiencia
económica general. La impresión, formulada ya por varios investigadores
psicoanalíticos, es esta: la manía no tiene un contenido diverso de la
melancolía, y ambas afecciones pugnan con el mismo «complejo», al que el yo
probablemente sucumbe en la melancolía, mientras que en la manía lo ha dominado
o lo ha hecho a un lado. El otro apoyo nos lo brinda la experiencia según la
cual en todos los estados de alegría, júbilo o triunfo, que nos ofrecen el
paradigma normal de la manía, puede reconocerse idéntica conjunción de
condiciones económicas. En ellos entra en juego un influjo externo por el cual
un gasto psíquico grande, mantenido por largo tiempo o realizado a modo de un
hábito, se vuelve por fin superfluo, de suerte que queda disponible para
múltiples aplicaciones y
posibilidades de descarga.
Por ejemplo: cuando una gran
ganancia de dinero libera de pronto a un pobre diablo de la crónica
preocupación por el pan de cada día, cuando una larga y laboriosa brega se ve coronada
al fin por el éxito, cuando se llega a la situación de poder librarse de golpe
de una coacción oprimente, de una disimulación arrastrada de antiguo, etc. Esas
situaciones se caracterizan por el empinado talante, las marcas de una descarga
del afecto jubiloso y una mayor presteza para emprender toda clase de acciones,
tal como ocurre en la manía y en completa oposición a la depresión y a la
inhibición propias de la melancolía. Podemos atrevernos a decir que la manía no
es otra cosa que un triunfo así, sólo que en ella otra vez queda oculto para el
yo eso que él ha vencido y sobre lo cual triunfa. A la borrachera alcohólica,
que se incluye en la misma serie de estados, quizá se la pueda entender de
idéntico modo (en la medida en que sea alegre); es probable que en ella se cancelen,
por vía tóxica, unos gastos de represión. Los legos se inclinan a suponer que
en tal complexión maníaca se está tan presto a moverse y a acometer empresas
porque se tiene «brío». Desde luego, hemos de resolver ese falso enlace. Lo que
ocurre es que en el interior de la vida anímica se ha cumplido la mencionada
condición económica, y por eso se está de talante tan alegre, por un lado, y
tan desinhibido en el obrar, por el otro.
Si ahora reunimos esas dos indicaciones (18),
resulta lo siguiente: En la manía el yo tiene que haber vencido a la pérdida
del objeto (o al duelo por la pérdida, o quizás al objeto mismo), y entonces
queda disponible todo el monto de contrainvestidura que el sufrimiento dolido
de la melancolía había atraído sobre sí desde el yo y había ligado. Cuando
parte, voraz, a la búsqueda de nuevas investiduras de objeto, el maníaco nos
demuestra también inequívocamente su emancipación del objeto que le hacía penar.
Este esclarecimiento suena verosímil, pero, en
primer lugar, está todavía muy poco definido y, en segundo, hace añorar más
preguntas y dudas nuevas que las que podemos nosotros responder. No queremos
eludir su discusión, aun si no cabe esperar que a través de ella hallaremos el
camino hacia la claridad.
En primer término: El duelo normal vence sin duda
la pérdida del objeto y mientras persiste absorbe de igual modo todas las
energías del yo. ¿Por qué después que trascurrió no se establece también en él,
limitadamente, la condición económica para
una fase de triunfo? Me resulta imposible responder
a esa objeción de improviso. Ella nos hace notar que ni siquiera podemos decir
cuáles son los medios económicos por los que el duelo consuma su tarea; pero
quizá pueda valernos aquí una conjetura. Para cada uno de los recuerdos y de
las situaciones de expectativa que muestran a la libido anudada con el objeto
perdido, la realidad pronuncia su veredicto: El objeto ya no existe más; y el
yo, preguntado, por así decir, si quiere compartir ese destino, se deja llevar
por la suma de satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida y desata
su ligazón con el objeto aniquilado. Podemos imaginar que esa desatadura se
cumple tan lentamente y tan paso a paso que, al terminar el trabajo, también se
ha disipado el gasto que requería (19).
Es tentador buscar desde esa conjetura sobre el
trabajo del duelo el camino hacia una figuración del trabajo melancólico. Aquí
nos ataja de entrada una incertidumbre. Hasta ahora apenas hemos considerado el
punto de vista tópico en el caso de la melancolía, ni nos hemos preguntado por
los sistemas psíquicos en el interior de los cuales y entre los cuales se
cumple su trabajo. ¿Cuánto de los procesos psíquicos de la afección se juega
todavía en las investiduras de objeto inconcientes que se resignaron, y cuánto
dentro del yo, en el sustituto de ellas por identificación?
Se discurre de inmediato y con facilidad se
consigna: la « representación (cosa)
{Dingvorstellung (20)} inconciente del objeto es
abandonada por la libido». Pero en realidad esta representación se apoya en
incontables representaciones singulares (sus huellas inconcientes), y la
ejecución de ese quite de libido no puede ser un proceso instantáneo, sino, sin
duda, como en el caso del duelo, un proceso lento que avanza poco a poco.
¿Comienza al mismo tiempo en varios lugares o implica alguna secuencia
determinada? No es fácil discernirlo; en los análisis puede comprobarse a
menudo que ora este, ora
estotro recuerdo son
activados, y que
esas quejas monocordes, fatigantes por su monotonía,
provienen empero en cada caso de una diversa raíz inconciente. Sí el objeto no
tiene para el yo una importancia tan grande, una importancia reforzada por
millares de lazos, tampoco es apto para causarle un duelo o una melancolía. Ese
carácter, la ejecución pieza por pieza del desasimiento de la libido, es por
tanto adscribible a la melancolía de igual modo que al duelo; probablemente se
apoya en las mismas proporciones económicas y sirve a idénticas tendencias.
Pero la melancolía, como hemos llegado a saber,
contiene algo más que el duelo normal. La relación con el objeto no es en ella
simple; la complica el conflicto de ambivalencia. Esta es o bien
constitucional, es decir, inherente a todo vínculo de amor de este yo, o nace
precisamente de las vivencias que conllevan la amenaza de la pérdida del
objeto. Por eso la melancolía puede surgir en una gama más vasta de ocasiones
que el duelo, que por regla general sólo es desencadenado por la pérdida real,
la muerte del objeto. En la melancolía se urde una multitud de batallas
parciales por el objeto; en ellas se enfrentan el odio y el amor, el primero
pugna por desatar la libido del objeto, y el otro por salvar del asalto esa
posición libidinal. A estas batallas parciales no podemos situarlas en otro
sistema que el Icc, el reino de las huellas mnémicas de cosa {sachliche
Erinnerungspuren} (a diferencia de las investiduras de palabra). Ahí mismo se
efectúan los intentos de desatadura en el duelo, pero en este caso nada impide
que ¿ales procesos prosigan por el camino normal que atraviesa el Prcc hasta
llegar a la conciencia. Este camino está bloqueado para el trabajo melancólico,
quizás a consecuencia de una multiplicidad de causas o de la conjunción de
estas. La ambivalencia constitucional pertenece en sí y por sí a lo reprimido,
mientras que las vivencias traumáticas con el objeto pueden haber activado otro
[material] reprimido. Así, de estas batallas de ambivalencia, todo se sustrae
de la conciencia hasta que sobreviene el desenlace característico de la
melancolía. Este
consiste, como sabemos, en que la investidura
libidinal amenazada abandona finalmente al objeto, pero sólo para retirarse al
lugar del yo del cual había partido. De este modo el amor se sustrae de la
cancelación por su huida al interior del yo. Tras esta regresión
de la libido,
el proceso puede
devenir conciente y se representa
{repräsentiert} ante la conciencia como un
conflicto entre una parte del yo y la instancia crítica.
Por consiguiente, lo que la conciencia experimenta
del trabajo melancólico no es la pieza esencial de este, ni aquello a lo cual
podemos atribuir una influencia sobre la solución de la enfermedad. Vemos que
el yo se menosprecia y se enfurece contra sí mismo, y no comprendemos más que
el enfermo adónde lleva eso y cómo puede cambiarse. Es más bien a la pieza
inconciente del trabajo a la que podemos« adscribir una operación tal; en
efecto, no tardamos en discernir una analogía esencial entre el trabajo de la melancolía
y el del duelo. Así como el duelo mueve al yo a renunciar al objeto
declarándoselo muerto y ofreciéndole como premio el permanecer con vida, de
igual modo cada batalla parcial de ambivalencia afloja la fijación de la libido
al objeto desvalorizando este, rebajándolo; por así decir, también
victimándolo. De esa manera se da la posibilidad de que el pleito {Prozess} se
termine dentro del Icc, sea después que la furia se desahogó, sea después que
se resignó el objeto por carente de valor. No
vemos todavía cuál
de estas dos
posibilidades pone fin
a la melancolía regularmente o con la mayor
frecuencia, ni el modo en que esa terminación influye sobre la ulterior
trayectoria del caso. Tal vez el yo pueda gozar de esta satisfacción: le es
lícito reconocerse como el mejor, como superior al objeto.
Por más que aceptemos esta concepción del trabajo
melancólico, ella no nos proporciona la explicación que buscábamos. Esperábamos
derivar de la ambivalencia que reina en la afección melancólica la condición
económica merced a la cual, una vez trascurrida aquella, sobreviene la manta;
esa expectativa pudo apoyarse en analogías extraídas de otros diversos ámbitos,
pero hay un hecho frente al cual debe inclinarse. De las tres premisas de la
melancolía: pérdida del objeto, ambivalencia y regresión de la libido al yo, a
las dos primeras las reencontramos en los reproches obsesivos tras
acontecimientos de muerte. Ahí, sin duda alguna, es la ambivalencia el resorte
del conflicto, y la observación muestra que, expirado este, no resta nada
parecido al triunfo de una complexión maníaca. Nos vemos remitidos, pues, al
tercer factor como el único eficaz. Aquella acumulación de investidura antes
ligada que se libera al término del trabajo melancólico y posibilita la manía
tiene que estar en trabazón estrecha con la regresión de la libido al
narcisismo. El conflicto en el interior del yo, que la melancolía recibe a
canje de la lucha por el objeto, tiene que operar a modo de una herida dolorosa
que exige una contrainvestidura grande en extremo. Pero aquí, de nuevo, será
oportuno detenernos y posponer el ulterior esclarecimiento de la manía hasta
que hayamos obtenido una intelección sobre la naturaleza económica del dolor,
primero del corporal, y después del anímico, su análogo (21). Sabemos ya que la
íntima trabazón en que se encuentran los intrincados problemas del alma nos
fuerza a interrumpir, inconclusa, cada investigación, hasta que los resultados
de otra puedan venir en su ayuda (22).
Notas:
1 1917 Int.
Z. ärztl. Psychoanal., 4, nº 6, págs. 288-301.
1918 SKSN, 4, págs. 356-77. (1922, 2º ed.)
1924 GS, 5, págs. 535-53.
1924 Technik und Metapsychol., págs. 257-75.
1931 Theoretische Schriften, págs. 157-77.
1946 GW, 10, págs. 428-46.
1975 SA, 3, págs. 193-212. Traducciones en
castellano *
1924 «La aflicción y la melancolía». BN (17 vols.),
9, págs. 217-35. Traducción de Luis
López-Ballesteros.
1943 Igual título. EA, 9, págs. 209-26. El mismo
tra ductor.
1948 Igual título. BN (2 vols.), 1, págs. 1087-95.
El mismo traductor.
1953 Igual título. SR, 9, págs. 177-90. El mismo
tra ductor.
1967 Igual título. BN (3 vols.), 1, págs. 1075-82.
El mismo traductor.
1972 «Duelo y melancolía». BN (9 vols.), 6, págs.
2091-100. El mismo traductor.
Ernest Jones (1955, págs. 367-8) nos informa que
Freud le expuso el tema del presente artículo en enero de 1914, y habló sobre
él en la Sociedad Psicoanalítica de Viena el 30 de diciembre de ese año. En
febrero de 1915 escribió un primer borrador. Lo remitió a Abraham (cf. Freud,
1965a, págs. 206-7 y 211-2), quien le envió extensos comentarios; entre ellos,
la importante sugerencia de una conexión entre la melancolía y la etapa oral de
la libido. El borrador final quedó completado el 4 de mayo de 1915, pero, como
el del artículo anterior, fue publicado dos años después.
En época muy temprana (probablemente en enero de
1895), Freud había enviado a Fliess un detallado intento de explicar la
melancolía (término bajo el cual Freud incluía, por lo común, lo que ahora
suele describirse como estados de depresión) en términos puramente neurológicos
(Freud, 1950a, Manuscrito G), AE, 1, págs. 239-46.
Este intento no resultó muy fructífero, y pronto
fue remplazado por un enfoque psicológico. Apenas dos años más tarde, nos
encontramos con uno de los casos más notables de anticipación de los hechos por
parte de Freud. Ocurre en un manuscrito, también dirigido a Fliess y titulado
«Anotaciones III». Consignemos que en este manuscrito, fechado el 31 de mayo de
1897, aparece prefigurado por primera vez el complejo de Edipo (Freud, 1950a,
Manuscrito N), AE, 1, pág. 296. El pasaje en
cuestión, tan denso en significado que por momentos
resulta oscuro, merece ser citado en forma completa:
«Los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de
que mueran) son, de igual modo, un elemento integrante de la neurosis. añoran
concientemente como representación obsesiva. En la paranoia les corresponde lo
más insidioso del delirio de persecución (desconfianza patológica de los
gobernantes y los monarcas). Estos impulsos son reprimidos en tiempos en que se
suscita compasión por los padres: enfermedad, muerte de ellos. Entonces es una
exteriorización del duelo hacerse reproches por su muerte (las llamadas melancolías),
o castigarse histéricamente, mediante la idea de la retribución, con los mismos
estados [de enfermedad] que ellos han tenido. La identificación que así
sobreviene no es otra cosa, como se ve, que un modo del pensar, y no vuelve
superflua la búsqueda del motivo».
Freud parece haber dejado totalmente de lado la
aplicación ulterior a la melancolía de la línea de pensamiento bosquejada en
este pasaje. De hecho, muy rara vez volvió a mencionar este estado antes del
presente artículo, si se exceptúan algunas observaciones suyas incluidas en un
debate sobre el suicidio que tuvo lugar en 1910 en la Sociedad Psicoanalítica
de Viena (véase Freud (1910g), AE, 11, pág. 232); en esa oportunidad destacó la
importancia de establecer una comparación entre la melancolía y los estados
normales de duelo, pero declaró que el problema psicológico, allí involucrado
era todavía insoluble.
Lo que permitió a Freud reabrir el tema fue, por
supuesto, la introducción de los conceptos del narcisismo y de un ideal del yo.
El presente artículo puede considerarse, en verdad, una extensión del trabajo
sobre el narcisismo que Freud escribiera un año antes (1914c).
Así como en ese trabajo
había descrito el
funcionamiento de la
«instancia crítica», en este se ve la misma
instancia operando en la melancolía.
Pero las implicaciones de este artículo -que no
fueron evidentes de inmediato- estaban destinadas a ser más importantes que la
explicación del mecanismo de un estado patológico particular. El material aquí
contenido llevó a la ulterior consideración de la
«instancia crítica», en Psicología de las masas y
análisis del yo (1921c), AE, 18, págs.
122 y sigs.; y esto a su vez condujo a la hipótesis
del superyó, en El yo y el ello
(1923b), y a una nueva evaluación del sentido de
culpa.
Desde otro punto de vista, este artículo exigió
someter a examen toda la cuestión de la naturaleza de la identificación. Freud
parece haberse inclinado primero por considerarla estrechamente asociada a la
fase oral o canibálica del desarrollo de la libido, y quizá dependiente de
ella. Así, en Tótem y tabú (1912-13), AE, 13, págs. 143-4, había escrito acerca
de la relación entre los hijos y el padre de la borda primordial: «En el acto
de la devoración consumaban la identificación con él». Y en un pasaje agregado
a la tercera edición de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), publicado en
1915 pero escrito algunos meses antes que el presente artículo, describió la
fase oral o canibálica como «el paradigma de lo que más tarde, en calidad de
identificación, desempeñará un papel psíquico tan importante» (AE, 7, pág.
180). Aquí se refiere a la identificación como «la etapa previa de la elección
de objeto [ ... ] el primer modo [ ...
] como el yo distingue a un objeto», y agrega que
el yo «querría incorporárselo, en verdad, por la vía de la devoración, de
acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal»
(ver nota). Y
ciertamente, aunque haya
sido Abraham quien
sugirió
la relevancia de
la fase oral
para la melancolía,
el propio Freud
había
comenzado ya a interesarse por ello, como lo
muestra el historial clínico del «Hombre
de los Lobos» (1918b), escrito durante el otoño de
1914 y en el que esa fase desempeña un papel prominente. (Cf. AE, 17, pág. 97.)
Pocos años después, en Psicología de las masas (1921c), AE, 18, págs. 99 y
sigs., donde se retoma el tema de la identificación como continuación explícita
del examen que aquí se hace de él, parece haber un cambio respecto del punto de
vista anterior -o quizá solamente una elucidación-. Allí leemos que la
identificación es algo que precede a la investidura de objeto y se distingue de
ella, aunque todavía se nos dice que «se comporta como un retoño de la primera
fase, la fase oral». En muchos de sus escritos posteriores, Freud hizo
reiterado énfasis en esta concepción de la identificación; por ejemplo, en El
yo y el ello (1923b), donde escribe que la identificación con los padres «no
parece ser, en el comienzo, el resultado
o el desenlace
de una investidura
de objeto; es una
identificación directa e
inmediata, y más
temprana que cualquier
investidura de objeto» (AE, 19,
pág. 33).
Más tarde, sin embargo, lo más significativo de
este artículo parece haber sido para Freud su exposición del proceso a través
del cual una investidura de objeto es remplazada en la melancolía por una
identificación. En el capítulo III de El yo y el ello, Freud argüiría que ese
proceso no se restringe a la melancolía sino que es bastante general. Estas
identificaciones regresivas, señaló, son en buena medida la base de lo que
llamamos el «carácter» de una persona. Pero, lo que es mucho más importante, indicó
que las más tempranas de estas identificaciones regresivas -las que provienen
del sepultamiento del complejo de Edipo- pasan a ocupar una posición muy
especial, y forman de hecho el núcleo del superyó.
James Strachey
2 [El término alemán «Trauer», como el inglés
«mourning» {y el castellano «duelo»}, puede significar tanto el afecto penoso
como su manifestación exterior.] volver al texto
3 Abraham (1912), a quien debemos el más importante
entre los escasos estudios analíticos sobre este tema, también adoptó esta
comparación como punto de partida. [El propio Freud la había hecho en 1910 e
incluso antes, (Cf. mi «Nota introductoria».] volver al texto
4 [Cf «La represión» (1915d).] volver al texto
5 Véase el artículo precedente. volver al texto
6 [Esta idea parece haber sido expresada ya en
Estudios sobre la histeria (1895d): Freud describe un proceso similar en su
discusión del historial clínico de Elisabeth von R. (AE, 2, págs. 175-6).]
volver al texto
7 [Véase más adelante un examen de la economía de
este proceso.] volver al texto
8 «Dad a cada hombre el trato que se merece, y
¿quién se salvaría de ser azotado?» (HamIet, acto II, escena 2). volver al
texto
9 [Cf. «Complemento metapsicológico a la doctrina
de los sueños» (1917d).]. volver al texto
10 [En la primera edición (1917), esta palabra no
aparecía.] volver al texto
11 [Cf «Pulsiones
y destinos de
pulsión» (1915c). Cf.
también mi «Nota introductoria»]. volver al texto
12 [Abraham llamó por primera vez la atención de
Freud sobre esto en una carta que le dirigió el 31 de marzo de 1915. Cf.
Sigmund Freud / Karl Abraham. Briefe 1907 bis
1926 (Freud, 1965a, pág. 208).] volver al texto
13 [El tema de la identificación fue abordado luego
por Freud en Psicología de las masas (1921c), AE, 18, págs. 99 y sigs. Sobre la
identificación histérica hay una descripción temprana en La interpretación de
los sueños (1900a), AE, 4, págs. 167-8.]. volver al texto
14 [Gran parte de lo que sigue es examinado con más
detalle en el capítulo V de El yo y el ello (1923b).] volver al texto
15 Sobre la distinción entre ambas, véase mi
artículo «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c). volver al texto
16 [Freud vuelve sobre el tema del suicidio en el
capítulo V de El yo y el ello (1923b), AE, 19, pág. 54, y en «El problema
económico del masoquismo». volver al texto
17 [Esta analogía de la herida abierta aparece ya
(ilustrada con dos diagramas) en un temprano apunte sobre la melancolía,
probablemente escrito en enero de 1895 (Freud,
1950a, Manuscrito G), AE, 1, págs. 245-6. Cf. mi
«Nota introductoria».] volver al texto
18 [La «impresión psicoanalítica» y la «experiencia
económica general».] volver al texto
19 El punto de vista económico ha recibido hasta
ahora poca atención en los escritos psicoanalíticos. Mencionaré como excepción
un artículo de Víctor Tausk (1913a) sobre la desvalorización, por recompensa,
de los motivos de la represión. volver al texto
20 [Cf. «Lo
inconciente» (1915e). {Véase
también la nota
de la traducción castellana.]. volver al texto
21 [Cf. «La represión» (1915d).] volver al texto
22 [Nota agregada en 1925:] Cf. una continuación de
este examen de la manía en
Psicología de las masas y análisis del yo (1921c)
AE, 18, págs. 123-6].

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