© Libro N° 13890. Un Caso De Curación Hipnótica Y Algunas Observaciones Sobre La Génesis
De Síntomas Histéricos Por «Voluntad Contraria». Freud, Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Un Caso De Curación Hipnótica Y
Algunas Observaciones Sobre La Génesis De Síntomas Histéricos Por «Voluntad
Contraria». Sigmund Freud
Versión Original: © Un Caso De Curación Hipnótica Y Algunas Observaciones Sobre La
Génesis De Síntomas Histéricos Por «Voluntad Contraria». Sigmund Freud
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://www.insumisos.com/M4T3R14L/BD/Freud-Sigmund/Los%20actos%20obsesivos%20y%20las%20practicas%20religiosas.PDF
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/7d/93/61/7d936143f3a2e3242dd9ac7f315b5773.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://es.bookmate.com/reader/y1ptttWP?resource=book
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
UN CASO DE CURACIÓN
HIPNÓTICA
Y Algunas Observaciones
Sobre La Génesis De Síntomas Histéricos Por «Voluntad Contraria»
Sigmund Freud
Un Caso De
Curación Hipnótica
Y Algunas
Observaciones Sobre La Génesis De Síntomas Histéricos Por «Voluntad Contraria»
Sigmund Freud
Sigmund Freud
IV
UN CASO DE
CURACIÓN HIPNÓTICA (*)
Y ALGUNAS
OBSERVACIONES SOBRE LA GÉNESIS DE SÍNTOMAS HISTÉRICOS POR «VOLUNTAD CONTRARIA»
1892-1893
ME decido a publicar aquí la historia de una
curación obtenida mediante la sugestión hipnótica por tratarse de un caso al
que una serie de circunstancias accesorias de mayor transparencia y fuerza
probatoria de las que suelen entrañar la mayoría de nuestros resultados
terapéuticos de este orden.
La mujer a la cual me fue dado auxiliar así, en un
momento muy importante de su existencia, me era conocida desde muchos años
atrás, y permaneció luego varios otros sometida de mi observación. La
perturbación de la cual le libertó la sugestión hipnótica había ya surgido una
vez con anterioridad, siendo ineficazmente combatida e imponiendo a la sujeto
una penosa renuncia, que la segunda vez logré evitarle con mis auxilios.
Todavía, un año después, volvió a presentarse, por vez tercera, la dicha
perturbación, para ser de nuevo suprimida con iguales medios, pero ahora ya de
un modo definitivo, no volviendo a atormentar a la sujeto en todo el tiempo que
hubo de ejercer la función sobre la cual recaía. Además, creo haber conseguido
en este caso descubrir el sencillo mecanismo de la perturbación y relacionarlo
con procesos análogos del campo de la neuropatología.
Trátase, para no continuar hablando en adivinanzas,
de un caso en el que una madre se vio imposibilitada de amamantar a su hijo
recién nacido hasta la intervención de la sugestión hipnótica, y en el cual lo
sucedido después de un parto anterior y otro posterior permitió una
comprobación, sólo raras veces posible, del resultado terapéutico.
El sujeto del historial clínico que sigue es una
mujer joven, entre los veinte y los treinta años, a la que casualmente trataba
yo desde sus años infantiles, y que por sus excelentes cualidades, su serena
reflexión y su naturalidad, no había dado jamás, ni tampoco a su médico de
cabecera, una impresión de nerviosismo. Teniendo en cuenta los sucesos que a
continuación me propongo relatar, hemos de considerarla, siguiendo la feliz
expresión de Charcot, como una hystérique d'occasion categoría perfectamente compatible
con las mejores cualidades y una intacta salud nerviosa en todo otro punto. De
su familia conozco a su madre, mujer nada nerviosa, y a una hermana menor, muy
semejante a ella y perfectamente sana. En cambio, un hermano suyo padeció una
neurastenia juvenil, que echó por tierra todos sus planes para lo futuro. La
etiología y el curso de esta enfermedad, cuyo desarrollo, muy parecido siempre,
tengo todos los años repetidas ocasiones de observar, me son bien conocidos. La
buena constitución primitiva del sujeto pereció asaltada por las corrientes
dificultades sexuales puberales, el trabajo excesivo de los años
de estudios y su intensificación al llegar el
examen final, una gonorrea y, enlazada a ella, la súbita explosión de una
dispepsia, acompañada de un tenaz estreñimiento, de intensidad casi increíble,
que meses después desapareció, siendo sustituido por pesadez de cabeza, mal
humor e incapacidad para el trabajo. A partir de este momento se desarrolló una
alteración del carácter del sujeto, que le convirtió en constante tormento de
su familia. No me es posible decir, de momento, si esta forma de la neurastenia
puede o no adquirirse en su totalidad. Así, pues, y teniendo, además, en cuenta
que no conozco a los restantes parientes de mi enferma, dejaré indecisa la
cuestión de si hemos de suponer en su familia una disposición hereditaria a las
neurosis.
Al nacimiento de su primer hijo había tenido la
paciente intención de criarlo sin auxilio ninguno ajeno. El parto no fue más
difícil de lo habitual en las primerizas, terminando con una leve aplicación de
fórceps. Pero la madre no consiguió, a pesar de su excelente constitución
física, su ilusión de ser una buena nodriza. Tenía poca leche, sentía intensos
dolores al dar el pecho al niño. Perdió el apetito, tomó repugnancia a la
comida y pasaba las noches insomne y excitada. De este modo, y para no poner en
grave peligro la salud del niño y la suya propia, hubo necesidad de declarar
fracasada la tentativa, a los catorce días, y buscar un ama, desapareciendo
enseguida todas las molestias de la madre. Haré constar que de esta primera
tentativa de lactancia no puedo informar como médico ni como testigo.
Tres años después tuvo la sujeto su segundo hijo, y
también por circunstancias exteriores resultaba deseable evitar la lactancia
mercenaria. Pero los esfuerzos de la madre en este sentido parecieron tener aún
menos éxito y provocar fenómenos más penosos que la vez primera. La joven madre
vomitaba todo alimento, no dormía y se manifestaba tan deprimida por su
incapacidad, que los dos médicos de la familia, los acreditados doctores Breuer
y Lott, se opusieron a toda continuación de la tentativa, aconsejando como
último medio experimentable la sugestión hipnótica. De este modo, el cuarto
día, por la tarde, fui llamado a la cabecera de la enferma.
A mi llegada, la encontré en la cama, con las
mejillas muy arrebatadas y furiosa por su incapacidad para criar al niño
incapacidad que crecía a cada nueva tentativa, no obstante poner ella todo su
esfuerzo en dominarla. Para evitar los vómitos no había tomado alimento en todo
aquel día. El epigastrio aparecía abultado, y colocando la mano sobre el
estómago, se advertían continuas contracciones. La enferma se quejaba, además,
de un constante mal sabor de boca. Ni ella ni sus familiares me recibieron como
a persona de quien se espera auxilio, sino sólo en obediencia a lo indicado por
los otros médicos. No podía, pues, contar con gran confianza de su parte.
En el acto intenté producir la hipnosis, haciendo
fijar a la paciente sus ojos en los míos y sugiriéndole los síntomas del sueño.
A los tres minutos yacía la enferma en su lecho, con la tranquila expresión de
un profundo reposo, sirviéndome entonces de la sugestión para contradecir todos
sus temores y todas las sensaciones en las que dichos temores se fundaban: «No
tenga usted miedo; será usted una excelente nodriza y el niño se criará
divinamente. Su estómago marcha muy bien; tiene usted un gran apetito y está
deseando comer», etc. La enferma continuó durmiendo cuando la abandoné por
breves instantes, y al despertarla mostró una total amnesia con respecto a lo
sucedido durante la hipnosis. Antes de marcharme hube aún de rechazar una
observación del marido sobre el peligro de que la hipnosis perturbarse para
siempre los nervios de su mujer.
Los hechos que al día siguiente me comunicaron los
familiares de la enferma, a los cuales no parecían haber causado impresión
ninguna, constituyeron para mí una garantía de éxito. La sujeto había cenado
sin la menor molestia, había dormido bien y se había desayunado, a la mañana,
con gran apetito. En todo este tiempo había amamantado a su hijo sin la menor
dificultad. Pero a la vista del almuerzo, demasiado copioso, despertó de nuevo
su repugnancia, y antes de haber probado nada reaparecieron los vómitos. Desde
este momento le fue imposible volver a dar el pecho al niño, y a mi llegada
mostraba los
mismos síntomas que el día anterior. Mi argumento
de que no tenía por qué preocuparse, una vez comprobado que su malestar podía
desaparecer y había, en realidad, desaparecido por casi medio día, no le hizo
efecto ninguno.
Recurriendo, pues, de nuevo a la hipnosis,
desarrollé una mayor energía que el día anterior, sugiriéndole que cinco
minutos después de mi partida había de encontrarse, un tanto violentamente, con
los suyos y preguntarles cómo es que no le daban de cenar, si es que se habían
propuesto matarla de hambre, si creían que de este modo iba a poder criar a su
hijo, etc. A mi tercera visita no precisaba ya la sujeto de tratamiento alguno.
Nada le faltaba ya; gozaba de buen apetito, tenía leche bastante para el niño,
no le causaba dolor ninguno darle el pecho, etc. A su marido le había
inquietado que después de mi partida hubiera dirigido a su madre ásperos
reproches, contra su general costumbre. Pero desde entonces todo iba bien.
Mi intervención terminó aquí por esta época. La
sujeto amamantó a su hijo durante ocho meses, teniendo yo ocasión de comprobar
varias veces en este período el buen estado de salud de ambos. Unicamente hube
de encontrar incomprensible e irritante que nadie de la familia volviera a
hablarme del buen resultado obtenido con mi intervención.
Pero un año después obtuve mi desquite. Un tercer
hijo planteó de nuevo el problema, presentándose otra vez la imposibilidad de
criarlo. Encontré a la sujeto en el mismo estado que la vez anterior, indignada
contra sí misma al ver que toda su fuerza de voluntad no llegaba a vencer la
repugnancia a alimentarse y los demás síntomas. La primera sesión de hipnosis
no produjo otro resultado que el de desesperanzar más a la enferma. Pero
después de la segunda quedó de nuevo tan completamente anulado el complejo de
síntomas, que no hubo necesidad de más. La sujeto crió también a este niño, que
hoy tiene ya año y medio, sin molestia alguna, y goza de buena salud.
Ante esta repetición del éxito terapéutico,
modificó el matrimonio su actitud para conmigo, y me confesaron el motivo a que
obedecía. «Me daba vergüenza -dijo la mujer- reconocer que el hipnotismo
conseguía lo que toda mi fuerza de voluntad no era suficiente a lograr.» De
todos modos, no creo que ni ella ni su marido hayan dominado la aversión que
les inspiraba la hipnosis.
PASAMOS ahora a explicar cuál fue el mecanismo
psíquico de la perturbación de nuestra paciente, suprimida por sugestión. No
tuve como en otros casos, de los que más adelante trataré, noticia directA de
dicho mecanismo, sino que hube de adivinarlo.
Existen representaciones con las cuales se halla
enlazado un afecto expectante, y son de dos órdenes: representaciones de que
haremos esto o aquello, o sea propósitos, y representaciones de que nos
sucederá algo determinado, o sea expectaciones. El afecto a ellas enlazado
depende de dos factores: en primer lugar, de la importancia que el suceso pueda
tener para nosotros, y en segundo, del grado de inseguridad que entraña la
expectación del mismo. La inseguridad subjetiva, la «contraexpectación»,
aparece representada por una serie de representaciones a las que damos el
nombre de representaciones contrastantes penosas. Cuando se trata de un
propósito, dichas representaciones contrastantes son las de que no
conseguiremos llevarlo a cabo por oponerse a ello tales o cuales dificultades,
faltarnos las cualidades necesarias para alcanzar el éxito y saber que otras
personas determinadas han fracasado en análogas circunstancias. El otro caso, o
sea el de la expectación, no precisa de esclarecimiento alguno. La contraexpectación
reposa en la reflexión de todas las posibilidades con que podemos tropezar en
lugar de la deseada. Continuando la discusión de este caso, llegaríamos a las
fobias que tan amplio papel desempeñan en la sintomatología de las neurosis.
Por ahora permaneceremos en la primera categoría, o sea en los propósitos.
Habremos de preguntarnos, en primer lugar, cuál es el destino de las
representaciones contrastantes en la vida mental normal. A nuestro juicio
quedan inhibidas, coartadas y excluidas de la asociación, a veces hasta tal
extremo, que su existencia no se hace evidente, casi nunca, frente al
propósito, siendo únicamente el estudio de las neurosis el que nos las
descubre. En cambio, en las neurosis -y no me refiero solamente a la histeria;
sino al status nervosus en general- existe, primariamente, una tendencia a la
depresión anímica y a la disminución de la consciencia del propio yo, tal y
como la encontramos, a título de síntoma aislado y altamente desarrollado, en
la melancolía. En la neurosis presentan, asimismo, gran importancia las
representaciones contrastantes con el propósito, por adaptarse muy bien su
contenido al estado de ánimo propio de esta afección o quizá porque la neurosis
hace surgir representaciones de este orden, que sin ella no se hubieran
constituido.
Esta intensificación de las representaciones
contrastantes se nos muestra, en el simple status nervosus y referida a la
expectación, como una general tendencia pesimista, y en la neurastenia de
ocasión, por asociación con las sensaciones más causales, a las múltiples
fobias de los neurasténicos. Transferido a los propósitos, crea este factor
aquellas perturbaciones que pueden ser reunidas bajo el nombre de folie de
doute, y cuyo contenido es la desconfianza del sujeto con respecto al propio
rendimiento. Precisamente en este punto se conducen las dos grandes neurosis
-la neurastenia y la histeria-de un modo por completo distinto y característico
para cada una. En la neurastenia; la representación contrastante
patológicamente intensificada se une a la representación de la voluntad
positiva para formar un solo acto de consciencia, y sustrayéndose de ella da
origen a aquella falta de voluntad de los neurasténicos, de la cual se dan
perfecta cuenta estos
enfermos. En la histeria, el proceso se diferencia
de éste en dos puntos, o quizá en uno sólo. Como corresponde a la tendencia de
la histeria a la disociación de la consciencia, la representación contrastante
penosa, aparentemente coartada, es disociada del propósito y perdura,
inconsciente para el enfermo, en calidad de representación aislada. Es característico
de la histeria el hecho de que esta representación coartada se objetiviza
luego, por inervación somática, cuando llega el momento de realizar el propósito,
con igual facilidad y en la misma forma que en estado normal la representación
de la abolición positiva. La representación contrastante se constituye, por
decir así, en una «voluntad contraria», y el enfermo se percata con asombro de
que toda su voluntad positiva permanece impotente. Tales dos factores se
funden, quizá, en uno sólo, como ya antes indicamos, sucediendo muy
probablemente que si la representación contrastante encuentra un medio de
objetivizarse es porque no se halla coartada por su enlace con el propósito en
la misma forma que ella lo coarta.
En nuestro caso, de una madre a la cual una
perturbación nerviosa impide amamantar a su hijo, una neurasténica se hubiera
conducido en la forma siguiente: hubiera sentido graves temores ante la labor
maternal que se le planteaba y dado infinitas vueltas en su pensamiento a todos
los accidentes y peligros posibles, acabando, sin embargo, por criar a su hijo
perfectamente, aunque atormentada por constantes dudas y temores, a menos que la
representación contrastante resultara victoriosa, en cuyo caso habría abandonado
la sujeto su propósito, considerándose incapaz de llevarlo a cabo. La histérica
se conduce en forma muy distinta. No tiene, quizá, consciencia de sus temores,
abriga la firme intención de llevar a cabo su propósito y emprende, sin
vacilación alguna, el camino para lograrlo. Pero a partir de este momento se
comporta como si abrigase la firme voluntad de no amamantar al niño, y esta
voluntad provoca en ella todos aquellos síntomas subjetivos que una simuladora
pretendería experimentar para eludir el cumplimiento de sus obligaciones
maternas, o sea la falta de apetito, la repugnancia a todo alimento y la
imposibilidad de dar el pecho al niño a causa de los terribles dolores que ello
le originaba. Pero, además, como la voluntad contraria es superior a la
simulación consciente, en lo que respecta al dominio del cuerpo, presentará la
histérica toda una serie de síntomas objetivos que la simulación no consigue
hacer surgir. En contraposición a la falta de voluntad de la neurastenia,
existe aquí una perversión de la voluntad, y en vez de la resignada indecisión
de la neurasténica, muestra la histérica asombro e indignación ante la dualidad
para ella incomprensible.
Creo pues, justificado considerar a mi paciente
como una hystérique d'occasion, dado que bajo la influencia de un motivo
ocasional le fue posible producir un complejo de síntomas, de mecanismo tan
exquisitamente histérico. Como causa ocasional podemos considerar aquí la
excitación anterior al primer parto o el agotamiento consecutivo puesto que el
primer parto constituye la mayor conmoción que el organismo femenino puede
experimentar; conmoción después de la cual suele producir la mujer todos
aquellos síntomas neuróticos a los que se halla predispuesta.
El caso de mi enferma es, probablemente, típico
para una amplia serie de otros en los que la lactancia u otra análoga función
quedan perturbadas por influencias nerviosas y nos aclara su naturaleza. Pero
como en él no se me reveló directamente el correspondiente mecanismo psíquico,
sino que llegué a él por inducción especulativa, me apresuré a asegurar que la
investigación de los enfermos en la hipnosis me ha revelado muchas veces la
existencia de un mecanismo psíquico semejante de los fenómenos histéricos.
Expondré aquí uno de los más singulares ejemplos de
este orden. Hace años tenía sometida a tratamiento a una señora histérica, de
voluntad muy enérgica para todo lo que no se relacionara con su enfermedad,
pero gravemente afectada, por otro lado, de numerosas y tiránicas incapacidades
y prohibiciones histéricas. Entre otros síntomas presentaba el de producir de
cuando en cuando a manera de un tic, un sonido inarticulado, un singular
chasquido o castañeteo, que se abría paso entre sus labios contraídos. Al cabo
de varias semanas le pregunté en qué ocasión había surgido por vez primera
aquel síntoma. La respuesta fue: «No lo sé. Hace ya mucho tiempo.» De este modo
me inclinaba ya a considerarlo como un tic auténtico, cuando un día se me
ocurrió interrogar de nuevo a la paciente, hallándose ésta en un profundo sueño
hipnótico. En la hipnosis disponía esta enferma -sin necesidad de sugestión
ninguna- de todo su acervo de recuerdos o, como estoy muy inclinado a afirmar,
de toda la amplitud de su consciencia, restringida durante el estado de
vigilia. A mi pregunta de cuándo se había producido por vez primera aquel
síntoma, respondió en el acto: «Lo tengo desde que una vez me hallaba velando a
mi hija menor, enferma de gravedad, y me propuse guardar el más absoluto
silencio para no perturbar el sueño que por fin había conciliado, después de un
día de continuas convulsiones. Luego desapareció y no volvió a molestarme hasta
muchos años después, consecutivamente al suceso que voy a relatarle. Yendo en
coche con mis hijas a través de un bosque, nos sorprendió una tormenta, y los
caballos se espantaron al caer un rayo en un árbol cercano. Entonces pensé que
debía evitar todo ruido para no asustar más a los caballos; pero contra toda mi
voluntad produje el chasquido que desde entonces me es imposible reprimir.» Una
vez referido en esta forma el singular chasquido a su fuente de origen,
desapareció por completo y para muchos años, convenciéndome así que no se
trataba de un «tic» auténtico. Fue ésta la primera ocasión que se me ofreció de
comprobar la génesis de un síntoma histérico por objetivación de la
representación contrastante penosa, o sea por «voluntad contraria». La madre,
agotada por el temor y los desvelos que le ocasiona la enfermedad de su hija,
se propone guardar el más absoluto silencio para no perturbar el anhelado
reposo de la enferma. Pero hallándose en un estado de gran agotamiento, la
representación contrastante de que acabaría por producir algún ruido demuestra
ser la más fuerte, consigue dar origen a una inervación de la lengua,
inervación que el propósito de permanecer en silencio había, quizá, olvidado de
impedir; rompe la contracción de los labios y produce un ruido, el cual
adquiere un carácter fijo a partir de este momento, especialmente después de la
repetición del mismo suceso.
Para llegar a una completa comprensión de este
proceso hemos de atender aún a una determinada objeción. Podrá, en efecto,
preguntársenos cómo, dado un agotamiento general -que establece, desde luego,
la disposición a tal proceso-, vence, precisamente, la representación
contrastante. Nuestra respuesta sería que dicho agotamiento no es tan sólo
parcial. Se hallan agotados aquellos elementos del sistema nervioso que
constituyen los fundamentos materiales de las representaciones asociadas a la
consciencia primaria. En cambio, las representaciones excluidas de esta cadena
de asociaciones -del yo normal- no se hallan agotadas, y predominan así en el
momento de la disposición histérica.
Ahora bien: todo conocedor de la histeria observará
que el mecanismo psíquico aquí descrito aclara no sólo algunos accidentes
histéricos aislados, sino amplios sectores del cuadro sintomático de la
histeria y uno de sus rasgos característicos más singulares. Nuestra afirmación
de que las representaciones contrastantes penosas, coartadas y rechazadas por
la consciencia normal fueron las que pasaron a primer término y hallaron el
camino de la inervación somática en el momento de la disposición histérica, nos
da también la clave de
la peculiaridad de los delirios que acompañan a los
ataques histéricos. No es un hecho casual el que los delirios histéricos de las
monjas, en las epidemias de la Edad Media, consistieran en graves blasfemias y
un desenfrenado erotismo, ni tampoco que precisamente los niños mejor educados
y más formales sean los que en sus ataques histéricos se muestren más groseros,
insolentes y «mañosos». Las series de representaciones trabajosamente
reprimidas son las que quedan en estos casos convertidas en actos, a consecuencia
de una especie de voluntad contraria, cuando la persona sucumbe al agotamiento
histérico. Esta relación es aquí más estrecha que nunca, pues precisamente
es dicha laboriosa represión la que provoca el
referido estado histérico, en cuya descripción psicológica no hemos entrado,
por limitarnos en el presente trabajo a la explicación de por qué -dado
previamente tal estado de disposición histérica- aparecen los síntomas en la
forma que los observamos.
La histeria debe a esta emergencia de la voluntad
contraria aquel carácter demoníaco que tantas veces presenta y que se
manifiesta en que los enfermos se ven imposibilitados, en ciertas ocasiones, de
realizar aquello que más ardientemente desean, hacen precisamente lo contrario
de lo que se les ha pedido y calumnian aquello que les es más querido o
desconfían de ello.
La perversión del carácter, propia del histérico;
el impulso a hacer el mal o a enfermar cuando más desea la salud, constituye
una coerción a la que sucumben los más intachables caracteres cuando quedan
abandonados por algún tiempo a la acción de las representaciones contrastantes.
La interrogación referente al destino de los
propósitos inhibidos parece carecer de sentido por lo que se refiere a la vida
intelectual normal. Podría contestarse diciendo que no llegan a existir. Pero
el estudio de la histeria muestra que, por el contrario, toman vida; esto es,
que la modificación material a ellas correspondiente queda conservada,
sobreviviendo tales propósitos, como fantasmas de un tenebroso reino, hasta el
momento en que logran emerger y apoderarse del cuerpo que hasta entonces habría
servido fielmente a la consciencia del yo.
He dicho antes que este mecanismo es típico de la
histeria, y he de añadir ahora que no es exclusivo de esta afección. Volvemos a
encontrarlo en el «tic» convulsivo, neurosis de tan grande analogía sintomática
con la histeria, que todo su cuadro sintomático puede aparecer como fenómeno
parcial de la misma, resultando así que Charcot, después de un detenido
estudio, sólo pudo establecer, como diferencia, la de que el «tic» histérico
llega a desaparecer, perdurando, en cambio, el «tic» auténtico. El cuadro de un
grave «tic» convulsivo se compone de movimientos involuntarios que presentan
con frecuencia (siempre, según Charcot y Guinon) el carácter de gestos o
movimientos adecuados en alguna ocasión anterior, coprolalia, ecolalia y
representaciones obsesivas, de las correspondientes a la folie de doute. Ahora
bien: sorprende leer en Guinon, autor que no penetró en el mecanismo psíquico
de estos síntomas, la afirmación de que algunos de sus enfermos habían llegado
a sus gestos y contracciones por medio de la objetivación de la representación
contrastante. Tales enfermos indican haber visto en determinada ocasión un
análogo «tic», o a un cómico, que contraía intencionadamente su rostro en dicha
forma, habiendo sentido entonces el temor de verse forzosamente impulsados a
imitar tan feas y ridículas contracciones.
Y, en efecto, a partir de aquel momento habían
comenzado a imitarlas. Realmente, sólo una pequeñísima parte de los movimientos
involuntarios surge de ese modo en los tiqueurs. En cambio, nos inclinamos a
adscribir este mecanismo a la coprolalia, nombre que
damos al incoercible impulso que obliga a los
tiqueurs, contra toda su voluntad, a pronunciar las palabras más groseras. La
raíz de la coprolalia sería la percepción del enfermo de que le es imposible
dejar de emitir ciertos sonidos. A esta percepción se enlazaría luego el temor
a perder el dominio sobre otros sonidos, especialmente sobre aquellas palabras
que los hombres bien educados evitan pronunciar, y este temor los llevaría a la
realización de lo temido. No encuentro en Guinon ninguna anamnesis que confirme
esta hipótesis, y, por mi parte, no he tenido ocasión de interrogar a ningún
enfermo de coprolalia. En cambio, encuentro en el mismo autor la exposición de
otro caso de «tic», en el que las palabras involuntariamente pronunciadas no
pertenecían a la terminología de la coprolalia. Era el sujeto de este caso un
hombre adulto, que se veía obligado a pronunciar constantemente el nombre de
«María». Siendo estudiante, se había enamorado de una muchacha que llevaba este
nombre, enamoramiento que le absorbió
durante mucho tiempo y le predispuso a la neurosis.
Por entonces comenzó ya a pronunciar en voz alta durante las horas de clase el
nombre de su adorada, y este nombre se constituyó en un «tic» que perduraba aún
más de viente años, después de cesar el enamoramiento del sujeto. A mi juicio,
lo que sucedió en este caso fue que el firme deseo del sujeto de mantener
oculto el nombre de su amada se transformó, al llegar un momento de especial
excitación, en la voluntad contraria, perdurando
desde entonces el «tic», como en el caso de mi segunda enferma.
Si la explicación de este ejemplo es exacta,
habremos de atribuir igual mecanismo al «tic» propiamente coprolálico, pues las
palabras groseras son secretos que todos conocemos y cuyo conocimiento
procuramos siempre ocultarnos unos a otros.
____________________
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica)

No hay comentarios:
Publicar un comentario