© Libro N° 13889. Algunas
Lecciones Elementales De Psicoanálisis. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Algunas Lecciones Elementales De
Psicoanálisis. Sigmund Freud
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Elementales De Psicoanálisis. Sigmund Freud
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ALGUNAS LECCIONES
ELEMENTALES DE PSICOANÁLISIS
Sigmund Freud
Algunas
Lecciones Elementales De Psicoanálisis
Sigmund Freud
CXCVIII
ALGUNAS LECCIONES ELEMENTALES DE PSICOANÁLISIS (*)
Sigmund Freud
1938 [1940]
UN autor que se propone introducir alguna rama de
conocimientos -o para decirlo más modestamente, alguna rama de la
investigación- a un público no instruido debe hacer claramente su elección
entre dos métodos o técnicas.
Es posible partir de lo que cualquier lector sabe
(o piensa que sabe) y considera como evidente en sí mismo sin contradecirlo ya
desde el comienzo. Pronto se presentará una oportunidad para Ilamar su atención
sobre algunos hechos en el mismo campo, que aunque le son conocidos, ha
descuidado o ha apreciado imperfectamente. Empezando con ellos, uno puede
introducir más hechos ante él de los que no tiene conocimiento y prepararlo así
para ir más allá de sus primeros juicios, para buscar nuevos puntos de vista y
tomar en consideración nuevas hipótesis. Por este camino se le puede llevar a
tomar parte en la edificación de una nueva teoría acerca del sujeto y se pueden
conocer sus objeciones a ella durante el curso del trabajo en común. Un método
de esta clase podría llamarse genético. Sigue el camino que el propio
investigador ha seguido antes. A despecho de todas sus ventajas, tiene el
defecto de no hacer una impresión demasiado contundente sobre el que aprende.
No quedará tan impresionado por algo que ha visto surgir a la existencia y
pasar por un difícil período de crecimiento como lo sería por algo que se le
presentara ya hecho como un total aparentemente cerrado.
Es precisamente este efecto último el que produce
el método alternativo de presentación. Este otro método, el dogmático, empieza
por plantear sus conclusiones. Sus premisas exigen la atención y la fe de la
audiencia y en apoyo de ellos se aduce muy poco. Y entonces existe el peligro
de que un oyente crítico sacuda su cabeza y diga: «Todo esto suena de un modo
muy peculiar; ¿de dónde lo ha sacado este tipo?»
En lo que sigue no me limitaré a ninguno de los dos
métodos de presentación. Usaré unas veces uno, otras otro. No me hago ilusiones
acerca de la dificultad de mi tarea. EI psicoanálisis tiene pocas
probabilidades de hacerse querido o popular. No es sólo que mucho de lo que
tiene que decir ofenda los sentimientos de la gente. Casi una similar
dificultad es creada por el hecho de que nuestra ciencia abarca una cierto
número de hipótesis -es difícil decir si deberían ser consideradas como
postulados o como producto de nuestras investigaciones- que están expuestas a
parecer muy extrañas a los modos ordinarios de pensamiento y que
fundamentalmente contradicen los puntos de vista corrientes. Pero no se puede
evitar esto. Hemos de empezar nuestro breve estudio con dos de esas arriesgadas
hipótesis.
La
naturaleza de lo psíquico
EI psicoanálisis es una parte de la psicología.
También es descrito como «psicología profunda» -más tarde descubriremos por
qué-. Si alguien pregunta lo que realmente significa «lo psíquico», es fácil
replicar enumerando sus constituyentes: nuestras percepciones, ideas,
recuerdos, sentimientos y actos volitivos, todos ellos forman parte de lo
psíquico. Pero si el interrogador sigue más adelante y pregunta si no hay
alguna cualidad común poseída por todos esos procesos que haga posible llegar
más cerca de la naturaleza o, como la gente dice a veces, de la esencia de lo
psíquico, entonces eso es más difícil de contestar.
Si una pregunta análoga se le plantea a un físico
(en cuanto a la naturaleza de la electricidad, por ejemplo), su respuesta hasta
hace muy poco tiempo hubiera sido: «Con el fin de explicar ciertos fenómenos
suponemos la existencia de fuerzas eléctricas que se hallan presentes en las
cosas y emanan de ellas. Estudiamos esos fenómenos, descubrimos las leyes que
los gobiernan y disponemos de ellos para usarlos. Esto nos satisface
provisionalmente. No conocemos la naturaleza de la electricidad. Tal vez la descubramos
un día conforme nuestro trabajo progrese. Hemos de admitir que lo que ignoramos
es precisamente la parte más importante e interesante de toda la cuestión, pero
por el momento esto no nos preocupa. Así ocurren sencillamente las cosas en las
ciencias naturales.»
La psicología también es una ciencia natural. ¿Qué
otra cosa puede ser? Pero su
caso es diferente. Nadie es bastante atrevido para
emitir juicios acerca de cuestiones físicas; pero todo el mundo -el filósofo y
el hombre de la calle por igual- tiene su opinión sobre los problemas
psicológicos y se comporta como si por lo menos fuera un psicólogo amateur. Y
ahora viene lo notable. Todo el mundo -o casi todo el mundo- está de acuerdo en
que lo psíquico tiene realmente una cualidad común en la cual se expresa su
esencia: la cualidad - única, indescriptible, pero no necesitando descripción-
de ser consciente. Todo lo que es consciente, dicen, es psíquico, y, al
contrario, todo lo que es psíquico es consciente; esto es evidente, y
contradecirlo es un disparate. No puede decirse que esta decisión arroje mucha
luz sobre la naturaleza de lo psíquico, porque la conscienciación es uno de los
hechos fundamentales de nuestra vida y nuestras investigaciones tropiezan con
ella y no pueden encontrar un camino detrás. Además, la equiparación de lo que
es psíquico con lo que es consciente tuvo el indeseable resultado de divorciar
los procesos psíquicos del contexto general de los acontecimientos en el
universo y de colocarlos en completo contraste de
todos los demás. Pero esto no sería así, puesto que
no se podría pasar por alto el hecho de que los fenómenos psíquicos dependen en
alto grado de influencias somáticas y por su parte tienen los más potentes
efectos sobre los procesos corporales. Si alguna vez el pensamiento humano se
ha encontrado en un callejón sin salida, es aquí. Para encontrar una salida los
filósofos se vieron obligados a suponer que existían procesos orgánicos
paralelos a los procesos psíquicos conscientes, relacionados con ellos de un
modo difícil de explicar, que actuaban como intermediarios en las relaciones
recíprocas entre «cuerpo y mente», lo cual sirvió para reinsertar lo psíquico
en la textura de la vida. Pero esta solución resultaba insatisfactoria.
EI psicoanálisis escapó a dificultades de este tipo
negando enérgicamente la equiparación de lo psíquico y lo consciente. No; el
ser consciente no puede ser la esencia de lo que es psíquico. Es sólo una
cualidad de lo que es psíquico, y desde luego una cualidad inconstante, que se
halla muchas más veces ausente que presente. Lo psíquico, sea cualquiera su
naturaleza, es por sí mismo inconsciente y probablemente de una clase similar a
todos los demás procesos naturales de los que tenemos algún conocimiento.
El psicoanálisis basa sus afirmaciones en un cierto
número de hechos de los que daré ahora una selección.
Sabemos a lo que nos referimos cuando decimos que a
uno «se le ocurren» algunas ideas-pensamientos que aparecen súbitamente en la
consciencia sin que percibamos los pasos que llevaron a ellos, aunque también
han debido ser actos psíquicos. Puede incluso suceder que lleguemos por este
camino a la solución de algún problema intelectual difícil que antes, durante
algún tiempo, se había burlado de nuestros esfuerzos. Todo el complicado
proceso de selección, rechazo y decisión que ha ocupado el intervalo se ha hallado
fuera de la consciencia. No es ninguna nueva teoría el decir que eran
inconscientes y tal vez también continuaron siéndolo.
En segundo lugar, tomaré un sencillo ejemplo para
representar una clase inmensamente grande de fenómenos. El presidente de una
corporación pública (la
Asamblea de los Diputados del Parlamento de
Austria) en una ocasión abrió una sesión con las siguientes palabras: «Me doy
cuenta de que se halla presente un número suficiente de diputados, y por tanto,
declaro la sesión terminada.» Fue un desliz verbal, porque no hay duda de que
lo que el presidente quería decir era «abierta». ¿Por qué entonces dijo lo
contrario? Esperamos que se nos dirá que fue un error accidental, un fracaso al
realizar una intención, como puede suceder fácilmente por diversas razones: no
tenía ningún
significado, y en cualquier caso los contrarios se
sustituyen uno por otro con facilidad. Pero si tenemos en cuenta la situación
en que ocurrió el desliz verbal, nos inclinaremos a preferir otras
explicaciones. Muchas de las anteriores sesiones de la Asamblea habían sido
desagradablemente tormentosas y no habían realizado nada, de modo que resultaba
natural que el presidente pensara en aquel momento al hacer su manifestación
pública: «¡Si la sesión, que está en sus comienzos, se hubiera acabado!… ¡Me gustaría
más levantarla que abrirla!» Cuando empezó a hablar, probablemente no se daba
cuenta de este deseo -no era consciente para él-; pero se encontraba
ciertamente presente y pudo manifestarse, contra la voluntad del que hablaba,
en su aparente equivocación. Un solo ejemplo no puede permitirnos decidir entre
dos explicaciones diferentes. Pero ¿qué diríamos si todas las equivocaciones
verbales pudieran ser explicadas de la misma forma y del mismo modo, y también
todas las equivocaciones escritas, todo error al leer o al oír y todas las
acciones equivocadas? ¿Qué diríamos si en todos estos ejemplos (podríamos decir
sin ninguna excepción) fuera posible demostrar la presencia de un acto psíquico
-un pensamiento, un deseo o una intención- que explicaría la aparente
equivocación y que era inconsciente en el momento en el que se realizó, aunque
haya podido ser previamente consciente? Si esto
fuera así, no sería ya realmente posible seguir
negando el hecho de que existen actos psíquicos que son inconscientes y que
incluso a veces son activos mientras son inconscientes, e incluso en este caso
pueden a veces influir considerablemente en las intenciones conscientes. La
persona que ha sufrido una equivocación de esta clase puede reaccionar a ella
de varias maneras. Puede pasarla completamente por alto o puede percibirla y
quedar confusa y avergonzada. Por lo regular no puede encontrar la explicación
por sí misma y sin ayuda ajena, y con frecuencia rehúsa a aceptar la
explicación cuando se Ie coloca ante ella por lo menos durante algún tiempo.
En tercer lugar, finalmente, es posible, en el caso
de personas en estado hipnótico, probar experimentalmente que existen cosas
como los actos psíquicos inconscientes y que la conscienciación no es una
condición indispensable para la actividad (psíquica). Cualquiera que haya
presenciado uno de estos experimentos recibirá una impresión inolvidable y una
convicción que nunca será quebrantada. Esto es, poco más o menos, lo que
ocurre. EI médico entra en la sala del hospital, apoya su paraguas en el
rincón, hipnotiza a uno de los pacientes y le dice: «Ahora me voy. Cuando
vuelva, usted saldrá a mi encuentro con mi paraguas abierto y lo mantendrá
sobre mi cabeza.» Entonces el médico y sus ayudantes abandonan la sala. En
cuanto vuelven, el paciente, que ya no se halla hipnotizado, lleva a cabo
exactamente las instrucciones que se le dieron mientras estaba bajo hipnosis.
EI médico le pregunta: «¿Qué está usted haciendo? ¿Qué significa esto?» El
paciente queda claramente confundido. Hace alguna observación inoportuna, como:
«Sólo pensé, doctor, que, como llueve afuera, usted abriría su paraguas en la
sala antes de salir.» La explicación es evidentemente inadecuada y hecha en el
apuro del momento para ofrecer algún motivo de su conducta sin sentido. Es
evidente, para nosotros
los espectadores, que ignora su real motivo. Sin
embargo, nosotros sabemos cuál es, porque estábamos presentes cuando se le hizo
la sugestión que ahora realiza, mientras que él nada sabe del acto que está en
acción.
La cuestión de la relación del consciente con lo
psíquico puede ser considerada ahora como establecida: la consciencia es sólo
una cualidad o atributo de lo que es psíquico, pero una cualidad inconstante.
Pero existe otra objeción que hemos de aclarar. Se nos dice que, a pesar de los
hechos que hemos mencionado, no es necesario abandonar la identidad entre lo
que es consciente y lo que es psíquico; los llamados procesos psíquicos
inconscientes son los procesos orgánicos que desde hace tiempo se ha reconocido
que corren paralelos a los procesos mentales. Esto, naturalmente, reduciría
nuestro problema a una cuestión, aparentemente baladí, de definición. Nuestra
respuesta es que estaría injustificado y sería impropio establecer una brecha
en la unidad de la vida mental para
lograr una definición, puesto que en cualquier caso
está claro que la consciencia sólo puede ofrecernos un cadena incompleta y rota
de fenómenos. Y sería una cuestión de suerte que hasta en el cambio hubiera
sido hecho en la definición de lo psíquico, no resultara posible construir una
teoría amplia y coherente de la vida mental.
Ni es necesario suponer que esta visión alternativa
de lo psíquico sea una innovación debida al psicoanálisis. Un filósofo alemán,
Theodor Lipps, afirmó con la mayor claridad que lo psíquico es en sí mismo
inconsciente y que lo inconsciente es lo verdaderamente psíquico. El concepto
del inconsciente ha estado desde hace tiempo
llamando a las puertas de la psicología para que se
le permitiera la entrada. La filosofía y la literatura han jugado con
frecuencia con él, pero la ciencia no encontró cómo usarlo. El psicoanálisis ha
aceptado el concepto, lo ha tomado en serio y le ha dado un contenido
nuevo. Con sus investigaciones ha llegado a un
conocimiento de las características de lo psíquico inconsciente que hasta ahora
eran insospechadas y ha descubierto algunas de las leyes que lo gobiernan. Pero
nada de esto implica que la calidad de ser consciente haya perdido su
importancia para nosotros. Continúa siendo la luz que ilumina nuestro camino y
nos lleva a través de la oscuridad de la vida mental. Como consecuencia del
carácter especial de nuestros descubrimientos, nuestro trabajo científico en la
psicología consistirá en traducir los procesos inconscientes en procesos
conscientes, llenando así las lagunas de la percepción consciente…
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica)

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