© Libro N° 13888. Adición
Metapsicológiga A La Teoría De Los Sueños. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Adición Metapsicológiga A La
Teoría De Los Sueños. Sigmund Freud
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Metapsicológiga A La Teoría De Los Sueños. Sigmund Freud
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ADICIÓN METAPSICOLÓGIGA A
LA TEORÍA DE LOS SUEÑOS
Sigmund Freud
Adición
Metapsicológiga A La Teoría De Los Sueños
Sigmund Freud
Sigmund Freud
ADICIÓN METAPSICOLÓGIGA A LA TEORÍA DE LOS SUEÑOS
1915 (1917)
Hemos de comprobar repetidamente cuán ventajoso es,
para nuestra investigación, comparar entre sí determinados estados y fenómenos,
que podemos considerar como modelos normales de ciertas afecciones patológicas.
A este género pertenecen ciertos estados afectivos, como la aflicción y el
enamoramiento, y otros de diferente naturaleza, entre los cuales citaremos el
estado de reposo (dormir) y el fenómeno onírico.
Al acostarse con el propósito de dormir, se despoja
el hombre de todas aquellas envolturas que encubren su cuerpo y de aquellos
objetos que constituyen un complemento de sus órganos somáticos o una
sustitución de partes de su cuerpo, esto es, de los lentes, la peluca, la
dentadura postiza, etc., y obra igualmente con su psiquismo, renunciando a la
mayoría de sus
adquisiciones psíquicas y
reconstituyendo, de este
modo, en ambos sentidos, la situación que hubo de ser
el punto de partida de su desarrollo vital. El dormir es, somáticamente, un
retorno a la estancia en el seno materno, con todas sus características de
quietud, calor y ausencia de estímulo. Muchos hombres llegan incluso a tomar
durante su sueño, la posición fetal. El estado psíquico del durmiente se
caracteriza por un retraimiento casi absoluto del mundo circunambiente y la
cesación de todo interés hacia él.
Cuando
investigamos los estados
psiconeuróticos, nos vemos
impulsados a acentuar, en cada
uno de ellos, las llamadas regresiones temporales, o sea el montante del
retroceso que le es particular, hacia las más tempranas fases del desarrollo.
Distinguimos dos de estas regresiones: la desarrollo del Yo y la del desarrollo
de la libido. Esta última, llega, en el estado de reposo, hasta la
reconstitución del narcisismo primitivo, y la primera, hasta la fase de la
satisfacción alucinatoria de deseos.
Todo lo que sabemos de los caracteres psíquicos del
estado de reposo, lo hemos averiguado en el estudio de los sueños. Éstos no nos
muestran al hombre durmiendo, pero no pueden por menos de delatarnos algunos de
los caracteres del estado de reposo. La observación nos ha descubierto algunas
peculiaridades del fenómeno onírico, que al principio nos parecían
ininteligibles, pero que luego hemos llegado a comprender perfectamente. Así,
sabemos que el sueño es absolutamente egoísta y que la persona que en sus escenas
desempeña el principal papel, es siempre la del durmiente. Esta circunstancia
se deriva, naturalmente, del narcisismo del estado de reposo.
El narcisismo y el egoísmo son la misma cosa. La
única diferencia está en que con el
término de «narcisismo»,
acentuamos que el
egoísmo es también
un fenómeno libidinoso. O dicho
de otro modo: el narcisismo puede ser considerado como el complemento
libidinoso del egoísmo. También se nos hace comprensible la capacidad
diagnóstica del sueño, que nos descubre, durante el reposo, los síntomas de una
enfermedad en sus comienzos, síntomas
que pasaban inadvertidos durante la vigilia. El fenómeno onírico amplifica, en
efecto, hasta lo gigantesco, todas las sensaciones somáticas. Esta
amplificación es de naturaleza hiponcondríaca, presupone que toda la carga
psíquica ha sido retraída del mundo exterior y acumulada en el Yo, y permite
descubrir en el sueño, modificaciones somáticas, que durante la vigilia
hubieran permanecido aún inadvertidas por algún tiempo.
Un sueño constituye la señal de que ha surgido algo
que tendía a perturbar el reposo, y nos da a conocer la forma en que esta
perturbación puede ser rechazada. El durmiente sueña en lugar de despertar bajo
los efectos de la perturbación, resultando así el sueño un guardián del reposo.
En lugar del estímulo interior que aspiraba a atraer la atención del sujeto, ha
surgido un suceso exterior -el fenómeno onírico- cuyas aspiraciones han quedado
satisfechas. Un sueño es, pues, una proyección al exterior, de un proceso
interior. Recordamos haber hallado ya en otro lugar, la proyección, entre los
medios de defensa. También el mecanismo de la fobia histérica culminaba en el
hecho de que el individuo podía protegerse, por medio de tentativas de fuga
contra un peligro exterior, surgido en lugar de un estímulo instintivo interno.
Pero hemos de aplazar el estudio detenido de la proyección hasta llegar al
análisis de aquella afección narcisista en la que este mecanismo desempeña un
principalísimo papel.
Veamos cómo puede quedar perturbada la intención de
dormir. La perturbación puede proceder de una excitación interior o de un
estímulo exterior. Atenderemos en primer lugar,
al caso menos
transparente y más interesante, de la
perturbación emanada del interior. La experiencia nos muestra, que los
estímulos del sueño son restos diurnos, cargas mentales que no se han prestado
a la general sustracción de las cargas y han conservado, a pesar de ella, una
cierta medida de interés libidinoso o de otro género cualquiera. Así, pues,
hallamos aquí una primera excepción del narcisismo del estado de reposo,
excepción que da lugar a la elaboración onírica. Los restos diurnos se nos dan
a conocer en el análisis, como ideas oníricas latentes, y tenemos que considerarlos,
por su naturaleza y su situación, como representaciones preconscientes,
pertenecientes al sistema Prec.
El subsiguiente esclarecimiento de la formación de
los sueños no deja de oponernos determinadas dificultades. El narcisismo del
estado de reposo significa la sustracción de la carga de todas las
representaciones objetivas, y tanto de la parte inconsciente de las mismas como
de su parte preconsciente. Así, pues, cuando comprobamos que determinados
restos diurnos han permanecido cargados, no podemos inclinarnos a admitir que
han adquirido durante la noche energía suficiente para atraer la atención de la
consciencia. Más bien supondremos que la carga que conservan es mucho más débil
que la que poseían durante el día. El análisis nos evita aquí más amplias
especulaciones, demostrándonos, que estos restos diurnos tienen que recibir un
refuerzo, emanado de las fuentes instintivas inconscientes, para poder surgir
como formadores de sueños. Esta hipótesis no ofrece, al principio, dificultad
ninguna, pues hemos de suponer, que la censura situada entre el sistema Prec.
y el Inc. se halla muy disminuída durante el reposo, quedando, por lo tanto,
muy facilitada la relación entre ambos sistemas.
Sin embargo, surge aquí una objeción que no podemos
silenciar. Si el estado de reposo narcisista ha tenido por consecuencia el
retraimiento de todas las cargas de los sistemas Inc. y Prec., faltará también
la posibilidad de que los restos diurnos preconscientes sean intensificados por
los impulsos instintivos
inconscientes, los cuales
han cedido también sus cargas al
Yo. La teoría de la formación de los sueños muestra, aquí, una
evidente contradicción que sólo podremos salvar
modificando nuestra hipótesis sobre el narcisismo del estado de reposo.
Esta
hipótesis restrictiva queda también irrebatiblemente demostrada en la «demencia precoz», y su contenido no
puede ser sino el de que la parte reprimida del sistema Inc. no obedece a los
deseos de dormir emanados del Yo, conserva su carga, total o fragmentariamente,
y conquista, a consecuencia de la represión, una cierta independencia.
Correlativamente, habría de ser mantenido, durante la
noche, un cierto
montante del esfuerzo de represión (de
la contracarga), para eludir
el peligro instintivo, aunque la oclusión de todos los
caminos que conducen al desarrollo de afecto y a la motilidad, tiene que
disminuir considerablemente el nivel de la contracarga necesaria. Así, pues,
describiríamos en la forma siguiente, la situación que conduce a la formación
de sueños: el deseo de dormir intenta retraer todas las cargas emanadas del Yo
y constituir un narcisismo absoluto. Este propósito no puede ser conseguido
sino a medias, pues lo reprimido del sistema Inc. no obedece al deseo de
dormir. Por lo tanto, tiene que ser mantenida también una parte de la
contracarga, y la censura entre el sistema Inc. y el Prec. ha de permanecer
vigilante aunque no tanto como durante el día. En la esfera de acción del Yo,
quedan despojados de sus cargas todos los sistemas.
Cuanto más fuertes son las cargas instintivas
inconscientes más incompleto será el reposo. Existe también un caso extremo, en
el cual el Yo abandona su deseo de dormir, por sentirse incapaz de coartar los
impulsos libertados durante el sueño, o dicho de otro modo, renuncia a dormir
por miedo a sus sueños.
Más adelante, estimaremos en toda su amplia
importancia, la hipótesis de la desobediencia de los impulsos reprimidos. Por
ahora, nos limitaremos a proseguir nuestro examen de la formación de los
sueños.
Como segunda excepción del narcisismo consignaremos
la posibilidad antes citada, de que también algunas de las ideas diurnas
preconscientes opongan resistencia y conserven una parte de su carga. Ambos
casos pueden ser, en el fondo, idénticos. La resistencia de los restos diurnos
puede depender de su conexión, existente ya en la vigilia, con impulsos
inconscientes. Pero también puede suceder algo menos sencillo, o sea que los
restos diurnos no despojados totalmente de su carga, se pongan en relación con lo
reprimido, durante el estado de reposo, merced a la mayor facilidad de
comunicación entre los sistemas Prec. e Inc. En ambos casos tiene efecto el
mismo progreso decisivo de la formación onírica, esto es, queda constituído el
deseo onírico preconsciente, que da expresión, con el material de los restos
diurnos preconscientes, al impulso inconsciente. Este deseo onírico debe ser
distinguido de los restos diurnos. No existía en la vigilia y puede mostrar ya
el carácter irracional que todo lo inconsciente manifiesta cuando lo traducimos
a lo consciente. El deseo onírico no debe tampoco ser confundido con los
sentimientos optativos que pueden existir
entre las ideas
preconscientes (latentes) del
sueño. Pero cuando
tales deseos aparecen integrados
en dicho material, se asocia a ellos, intensificándolos.
Examinemos
ahora los destinos
subsiguientes de este
impulso optativo, representante
de una tendencia instintiva inconsciente, que se ha formado, como deseo onírico
(fantasía realizadora de deseos) en el sistema Prec. Este impulso podría hallar
su satisfacción por distintos caminos. Podría seguir el que consideramos normal
durante la
vigilia, o sea pasar desde el sistema Prec. a la
consciencia, o crearse una descarga motora directa, eludiendo el sistema Cc.
Pero la observación nos muestra que sigue un tercer camino, totalmente
inesperado. En el primer caso, se convertiría en una idea delirante, cuyo
contenido sería la realización del deseo, pero esto no sucede nunca durante el
estado de reposo. (Aunque nos hallamos todavía muy poco familiarizados con las
condiciones metapsicológicas de los procesos anímicos, podemos quizá deducir,
de este hecho, que la descarga total de un sistema lo hace poco sensible a los
estímulos). El segundo caso, o sea el de la descarga motora directa, debería
quedar excluído por el mismo principio, pues el acceso a la motilidad se halla
normalmente más allá de la censura de la consciencia, pero puede presentarse,
excepcionalmente, constituyendo el sonambulismo. Ignoramos en qué condiciones
surge esta posibilidad y a qué obedece su poca frecuencia. Pero lo que
realmente sucede en los sueños es algo tan singular como imprevisto. El proceso
nacido en el sistema Prec. e intensificado por el sistema Inc., toma un camino
regresivo a través del sistema Inc., en dirección a la percepción que tiende a
la consciencia. Esta regresión es la tercera fase de la formación onírica y la
calificamos de tópica, para diferenciarla de la temporal, antes mencionada.
Ambas regresiones no coinciden necesariamente siempre, pero sí en el caso
presente. La regresión de la excitación desde el sistema Prec. hasta la
percepción, a través del sistema Inc., es al mismo tiempo, un retorno a la fase
de la realización alucinatoria de deseos.
Por la interpretación de los sueños, conocemos de
qué modo se desarrolla la regresión de los restos diurnos preconscientes en la
elaboración onírica. Las ideas quedan transformadas en imágenes,
predominantemente visuales, o sea reducidas las representaciones verbales a las
objetivas correspondientes, como si todo el proceso se hallase dominado por la
tendencia a la representabilidad. Una vez realizada la regresión, queda en el
sistema Inc., una serie de cargas de recuerdos objetivos, sobre las cuales actúa
el proceso psíquico primario hasta formar, por medio de su condensación y
desplazamiento, el contenido manifiesto del sueño. Las representaciones
verbales existentes entre los restos diurnos no son tratadas como
representaciones verbales y sometidas a los efectos de la condensación y
el desplazamiento, más
que cuando constituyen
residuos actuales y recientes de percepciones y no una
exteriorización de pensamientos. De aquí, la afirmación desarrollada en nuestra
«Interpretación de los sueños» y demostrada luego hasta la evidencia, de que
las palabras y frases integradas en el contenido del sueño no son de nueva
formación sino que constituyen una imitación de las palabras pronunciadas el
día inmediatamente anterior, o, correspondientes a impresiones recibidas,
durante el mismo, en la lectura, conversación, etcétera. Es harto singular la
poca firmeza con que la elaboración onírica retiene las representaciones
verbales, hallándose siempre dispuesta a cambiar unas palabras por otras, hasta
encontrar aquella expresión que ofrece mayores facilidades para la
representación plástica.
Se nos revela aquí, la diferencia decisiva entre la
elaboración onírica y la esquizofrenia. En ésta, son elaboradas, por el proceso
primario, las palabras mismas en las que aparece expresada la idea
preconsciente, mientras que la elaboración onírica no recae sobre las palabras
sino sobre las representaciones objetivas a que las mismas son previamente
reducidas. El sueño conoce una regresión tópica. En cambio, la esquizofrenia,
no. En el sueño, no se opone obstáculo ninguno a la relación entre las cargas
(Prec.) de las palabras y las
cargas (Inc.) de
los objetos, relación
absolutamente coartada en la
esquizofrenia. La interpretación onírica disminuye,
sin embargo, el alcance de esta diferencia. Al revelarnos, en su labor
interpretadora, el curso de la elaboración de los sueños, explorando los
caminos que conducen desde las ideas latentes a los elementos del sueño,
descubriendo el aprovechamiento de los equívocos verbales e indicando los
puentes de palabras, tendidos entre diversos sectores del material, hace la
interpretación onírica una impresión tan pronto chistosa como esquizofrénica, y
nos impulsa a olvidar que todas las operaciones verbales no son, para el sueño,
sino una preparación de la regresión a los objetos.
El final del proceso onírico consiste en que el
contenido ideológico, regresivamente transformado y convertido en una fantasía
optativa, se hace consciente bajo la forma de una percepción sensorial,
transformación durante la cual recibe la elaboración secundaria a la que es
sometida toda percepción. Decimos entonces, que el deseo onírico es alucinado,
y su cumplimiento encuentra, como tal alucinación, completo crédito. Esta parte
final de la formación de los sueños presenta ciertos puntos oscuros, para cuyo
esclarecimiento vamos a comparar el sueño con los estados patológicos afines.
La formación de la fantasía optativa y su regresión
a la alucinación constituyen los elementos más importantes de la elaboración
onírica, pero no le son exclusivamente peculiares. Por el contrario, los
hallamos igualmente en dos estados patológicos: en la demencia aguda
alucinatoria (la «amencia» de Meynert) y en la fase alucinaría de la
esquizofrenia. El delirio alucinatorio de la amencia es una fantasía optativa
claramente visible, y a veces, tan completamente ordenada como un bello sueño
diurno. Pudiera hablarse en general de una psicosis optativa alucinatoria y
reconocerla tanto en el sueño como en la amencia. Existen también sueños, que
no consisten sino en fantasías optativas de amplio contenido y nada deformadas.
La fase alucinatoria de la esquizofrenia no ha sido tan detenidamente estudiada. Parece ser, generalmente, de naturaleza compuesta, pero podría
corresponder a una nueva tentativa de restitución, que tendería a devolver a
las representaciones objetivas la carga libidinosa. Los demás estados alucinatorios
que observamos en diversas afecciones patológicas, no pueden ser integrados en
este paralelo, por carecer nosotros de experiencia propia sobre ellos y sernos
imposible utilizar la de otros.
La psicosis optativa alucinatoria —en el sueño o en
otro estado cualquiera— realiza dos
funciones nada coincidentes.
No sólo lleva
a la consciencia
deseos ocultos o reprimidos, sino que los representa como
satisfechos y encuentra completo crédito. No puede afirmarse que los deseos
inconscientes hayan de ser tenidos por realidades una vez que han logrado
hacerse conscientes, pues nuestro juicio es muy capaz de distinguir las
realidades, incluso de deseos y representaciones tan intensos como éstos. En
cambio parece justificado admitir que la creencia en la realidad se halla
ligada a la percepción sensorial. Cuando
una idea ha
encontrado el camino
regresivo que conduce
hasta las huellas mnémicas inconscientes de los objetos
y desde ellas, hasta la percepción, reconocemos su percepción como
real. Así, pues,
la alucinación tendría
como premisa obligada,
la regresión. El mecanismo de esta última se nos revela fácilmente en el
fenómeno onírico. La regresión de las ideas preconscientes del sueño hasta las
imágenes mnémicas de las cosas, se nos revela, en efecto, como una consecuencia
de la atracción que estas representaciones instintivas inconscientes -por
ejemplo, los recuerdos reprimidos de sucesos vividos- ejercen
sobre las ideas concretadas en palabras. Pero
observamos en seguida, que seguimos aquí una falsa pista. Si el misterio de la
alucinación no fuera otro que el de la regresión, toda regresión
suficientemente intensa, habría de producir una alucinación con creencia en su
realidad, y conocemos casos en los que una reflexión regresiva lleva a la
consciencia imágenes mnémicas visuales muy precisas, que, sin embargo, no
consideramos ni un solo instante como percepciones reales. Podríamos también
representarnos, que la elaboración onírica avanza hasta tales imágenes
mnémicas, haciendo conscientes las que eran inconscientes y presentándonos una
fantasía optativa, que sentimos placenteramente, pero en la que no reconocemos
la satisfacción real del deseo. La alucinación tiene, pues, que ser algo más
que la animación regresiva de las imágenes mnémicas Inc. en sí.
Es de una gran importancia práctica distinguir las
percepciones, de las representaciones intensamente recordadas. Toda nuestra
relación con el mundo exterior, o sea con la realidad, depende de esta
capacidad. Hemos admitido la ficción de que no siempre la poseíamos, y de que,
al principio de nuestra vida anímica, provocábamos la alucinación del objeto
satisfactorio cuando sentíamos su necesidad. Pero la imposibilidad de conseguir
por este medio la satisfacción, hubo de movernos muy pronto a crear un dispositivo,
con cuyo auxilio conseguimos diferenciar una tal percepción optativa de una
satisfacción real. O dicho de otro modo: abandonamos la satisfacción
alucinatoria de deseos y establecimos una especie de examen de la realidad.
Nos preguntaremos ahora en qué consiste este examen
de la realidad y cómo la psicosis optativa alucinatoria del sueño y de la
«amencia» consiguen suprimirlo y reconstituir la antigua forma de la
satisfacción.
La respuesta a esta interrogación se nos revela en
cuanto emprendemos la labor de determinar más minuciosamente el tercero de
nuestros sistemas psíquicos, el sistema Cc., que hasta ahora no hemos
diferenciado con gran precisión del sistema Prec. Ya en la interpretación de
los sueños, hemos tenido que considerar la percepción consciente como la
función de un sistema especial, al que atribuimos determinadas cualidades y al
que añadiremos ahora, justificadamente, otros distintos caracteres. Este
sistema, al que dimos el nombre de sistema P., lo haremos coincidir ahora con
el sistema Cc., de cuya labor depende la percatación. Pero ni aun así coincide
por completo el hecho de la consciencia con la pertenencia a un sistema, pues
ya hemos visto, que nos es imposible reconocer un lugar psíquico en el sistema
Cc. o en el P.
Aplazando la resolución de esta dificultad hasta
entrar de lleno en la investigación del sistema Cc., nos limitaremos a
anticipar la hipótesis de que la alucinación consiste en una carga del sistema
Cc. (P.), carga que no es efectuada, como normalmente, desde el exterior, sino
desde el interior, y que tiene por condición el avance de la regresión hasta
este sistema, pasando así por alto el examen de la realidad.
En páginas anteriores y al tratar de los instintos
y sus destinos, admitimos que el organismo, inerme en sus comienzos, pudo
crearse, por medio de sus percepciones, una primera orientación en el mundo,
distinguiendo un «exterior» y un «interior», por la diversa relación de estos
elementos con su acción muscular. Aquellas percepciones que le era posible
suprimir por medio de un acto muscular, eran reconocidas como exteriores y
reales. En cambio, cuando tales actos se demostraban ineficaces, es que se trataba
de una percepción interior, a
la que se
negaba la realidad.
La posesión de
este medio de caracterizar la realidad es valiosísima
para el individuo, que encuentra en él un arma de defensa contra
ella y quisiera
disponer de un
poder análogo contra
las exigencias perentorias de sus
instintos. Por esta razón, se esfuerza tanto en proyectar al exterior aquello
que en su interior le es motivo de displacer.
Esta función de la orientación en el mundo por
medio de la distinción de un «exterior» y un «interior», hemos de adscribirla,
exclusivamente, al sistema Cc. (P.). Este sistema tiene que disponer de una
inervación motora, por medio de la cual comprueba si la percepción puede o no
ser suprimida. El examen de la realidad no necesita ser cosa distinta de este
dispositivo. Por ahora, nada más podemos decir, pues la naturaleza y la función
del sistema Cc. nos son insuficientemente conocidas. El examen de la realidad
forma parte, como las censuras que ya conocemos, de las grandes instituciones
del Yo. Dejándolo así establecido, esperaremos que el análisis de las
afecciones narcisistas nos ayude a descubrir otras de estas instituciones.
En cambio, la patología nos revela ya de qué modo
puede ser interrumpido o anulado el examen de la realidad, circunstancia que se
nos muestra en la amencia o psicosis optativa, más claramente que en el sueño.
La amencia es la reacción a una pérdida afirmada por la realidad, pero que ha
de serle negada al Yo, que no podría soportarla. En este caso, el Yo interrumpe
su relación con la realidad y sustrae, al sistema de las percepciones Cc., su
carga, o mejor dicho, una carga cuya especial naturaleza habrá de ser aún
objeto de investigación. Con este apartamiento de la realidad, queda
interrumpido su examen y las fantasías
optativas no reprimidas y
completamente conscientes pueden
penetrar en el sistema y son reconocidas como una
realidad más satisfactoria.
La amencia nos ofrece el interesante espectáculo de
una disociación entre el Yo y uno de sus órganos, precisamente aquel que con
más fidelidad le servía y se hallaba más íntimamente ligado a él.
Aquello que en la amencia lleva a cabo la
represión, es realizado en el sueño, por la renuncia voluntaria. El estado de
reposo no quiere saber nada del mundo exterior y retrae las cargas de los
sistemas Cc., Prec., e Inc. en tanto en cuanto los elementos en ellos
integrados obedecen al deseo de dormir. Con la falta de carga del sistema Cc.,
cesa la posibilidad de un examen de la realidad, y las excitaciones
independientes del estado de reposo, que toman el camino de la regresión, lo
encontrarán libre hasta el sistema Cc., en el cual pasarán por realidades
indiscutibles.
La psicosis alucinatoria de la demencia precoz, no
puede, pues, pertenecer a los síntomas iniciales de la misma, y sólo surgirá
cuando el Yo del enfermo llega a una tal descomposición, que el examen de la
realidad no evita ya el proceso alucinatorio.
Por lo que respecta a la psicología de los procesos
oníricos, concluímos que todos los caracteres esenciales del sueño son
determinados por la condición del estado de reposo. Aristóteles tuvo razón al
decir que el fenómeno onírico constituía la actividad anímica del durmiente.
Ampliando esta afirmación, diremos nosotros que el fenómeno onírico es un
residuo de la actividad anímica del durmiente, permitido por el hecho de no haberse logrado totalmente el establecimiento
del estado narcisista de reposo. Esto no parece muy distinto de lo que los
psicólogos y filósofos vienen, desde siempre, afirmando, pero se funda en
opiniones muy diferentes sobre la estructura y la función del aparato anímico,
opiniones que presentan, sobre las anteriores, la
ventaja de conducirnos a la inteligencia del fenómeno onírico en todas sus
particularidades.
Consideraremos, por último, la significación que
una tópica del proceso de la represión puede tener para nuestro conocimiento
del mecanismo de las perturbaciones anímicas. En el sueño, la sustracción de la
carga psíquica (libido, interés) alcanza por igual a todos los sistemas; en las
neurosis de transferencia, es retraída la carga Prec.; en la esquizofrenia, la
del sistema Inc.; y en la amencia, la del sistema Cc.

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