© Libro N° 13887. Los Actos
Obsesivos Y Las Prácticas Religiosas. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © XXXIV. Los Actos Obsesivos Y Las
Prácticas Religiosas. Sigmund Freud. 1907
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Original: © Los Actos Obsesivos Y
Las Prácticas Religiosas. Sigmund Freud. 1907
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LOS ACTOS OBSESIVOS Y LAS
PRÁCTICAS RELIGIOSAS
Sigmund Freud
1907
Los Actos
Obsesivos Y Las Prácticas Religiosas
Sigmund Freud
1907
Sigmund Freud
XXXIV
LOS ACTOS
OBSESIVOS Y LAS PRÁCTICAS RELIGIOSAS
(Zwangshandlungen
un Religionsübungen)
1907
No soy seguramente el primero en haber advertido la
analogía entre los llamados actos obsesivos de los neuróticos y las prácticas
devotas con las que el creyente
atestigua su piedad. Prueba de ello es el nombre de
«ceremoniales» dado a algunos de tales actos obsesivos. Pero, a mi juicio, tal
analogía no es meramente superficial; y así, basándonos en el conocimiento de
la génesis del ceremonial neurótico, podemos arriesgar algunas conclusiones,
por analogía, sobre los procesos psíquicos de la vida religiosa.
Las personas que realizan actos obsesivos o
desarrollan un ceremonial pertenecen, junto con aquellas que sufren de
representaciones o impulsos obsesivos, a una unidad clínica especial, designada
habitualmente con el nombre de «neurosis obsesiva1». Mas no ha de pretenderse
derivar de tal denominación la peculiaridad de esta dolencia, pues en rigor
también otros distintos fenómenos psicopatológicos presentan el llamado
«carácter obsesivo». En lugar de una definición hemos de ofrecer aún, por
ahora, el conocimiento detallado de dichos estados, ya que no se ha logrado
todavía descubrir el carácter distintivo de la neurosis obsesiva, el cual yace
probablemente en estratos muy profundos, aun cuando su existencia parece
evidenciarse en todas las manifestaciones de la enfermedad.
El ceremonial neurótico consiste en pequeños
manejos, adiciones, restricciones y arreglos puestos en práctica, siempre en la
misma forma o con modificaciones regulares, en la ejecución de determinados
actos de la vida cotidiana. Tales manejos nos producen la impresión de meras
«formalidades» y nos parecen faltos de toda significación. Así, aparecen
también a los ojos del enfermo, el cual se muestra, sin embargo, incapaz de
suspender su ejecución, pues toda infracción del ceremonial es castigada con
una angustia intolerable que le obliga en el acto a rectificar y a
desarrollarlo al pie de la letra. Tan nimias como los actos ceremoniales mismos
son las situaciones y las actividades que el ceremonial complica dificulta y
retrasa, por ejemplo, el vestirse y el desnudarse, el acostarse y la
satisfacción de
las necesidades somáticas. El desarrollo de un
ceremonial puede describirse exponiendo aquella serie de leyes no escritas a
las que se adapta fielmente.
Veamos, por ejemplo, un ceremonial concomitante con
el acto de acostarse: el sujeto ha de colocar la silla en una posición
determinada al lado de la cama y ha de poner encima de ella sus vestidos,
doblados en determinada forma y según cierto orden; tiene que remeter la colcha
por la parte de los pies y estirar perfectamente las sábanas; luego ha de
colocar las almohadas en determinada posición y adoptar él mismo, al echarse,
una cierta postura; sólo entonces podrá disponerse a
conciliar el sueño. En los casos leves, el
ceremonial parece tan sólo la exageración de un orden habitual y justificado.
Pero la extremada minuciosidad de su ejecución y la angustia que trae consigo
su omisión dan al ceremonial un carácter de «acto sagrado». Por lo general el
sujeto soporta mal cualquier postergación del mismo y excluye la presencia de
otras personas durante su ejecución.
Toda actividad
puede convertirse en acto obsesivo, en el más
amplio sentido, cuando resulta complicada por pequeñas adiciones o adquiere un
ritmo constante por medio de pausas y repeticiones. No se esperará hallar una
delimitación precisa entre el
«ceremonial» y los «actos obsesivos». En su mayor
parte, los actos obsesivos proceden de un ceremonial. Con ambos forman el
contenido de la enfermedad las prohibiciones y los impedimentos (abulias), que,
en realidad, no hacen más que continuar la obra de los actos obsesivos en
cuanto hay cosas que el paciente encuentra prohibitivo hacer y otras que sólo
ateniéndose a un ceremonial prescrito puede ejecutar.
Es singular que tanto la obsesión como las
prohibiciones (tener que hacer lo uno,
no debe hacer lo otro) recaigan tan solo, al
principio, sobre las actividades solitarias del hombre y dejen intacta, a
través de muchos años, su conducta social, circunstancia por la que estos
enfermos pueden considerar durante mucho tiempo su enfermedad como un asunto
estrictamente particular y ocultarlo totalmente. Así, el número de personas que
padecen estas formas de neurosis obsesivas es mucho mayor del que llega a
conocimiento de los médicos. La ocultación se hace,
además, más fácil a muchos enfermos, por cuanto son
perfectamente capaces de cumplir sus deberes sociales durante una parte del
día, después que han consagrado, en soledad, un cierto número de horas a sus
misteriosos manejos. No es difícil
apreciar en qué consiste la analogía del ceremonial neurótico con los
actos sagrados del rito religioso. Consiste en el
temor que surge en la conciencia en caso de omisión, en la exclusión total de
toda otra actividad (prohibición de la perturbación) y en la concienzuda
minuciosidad de la ejecución. Pero
también son evidentes las diferencias, algunas de las cuales resaltan con tal
fuerza, que hacen sacrílega la comparación. Así son en su gran diversidad
individual los actos ceremoniales frente a la estereotipia del rito y el
carácter privado de los mismos frente a la publicidad y la comunidad de las
prácticas religiosas. Pero sobre todo el hecho de que los detalles del
ceremonial religioso tienen un sentido y una significación simbólica la
diferencia de los del ceremonial neurótico, que parecen insensatos y absurdos.
La neurosis obsesiva representa en este punto una caricatura, a medias cómica y
triste a medias, de una religión privada. Sin
embargo, precisamente esta diferencia decisiva
entre el ceremonial neurótico y el ceremonial religioso desaparece en cuanto la
técnica de investigación
psicoanalítica nos facilita la comprensión de los
actos obsesivos. Esta investigación desvanece por completo la apariencia de que
los actos obsesivos son insensatos y absurdos y nos revela el fundamento de tal
apariencia. Averiguamos que los actos
obsesivos entrañan en sí y en todos sus detalles un
sentido, se hallan al servicio de importantes intereses de la personalidad y
dan expresión y vivencias cuyo efecto perdura en la misma y a pensamientos
cargados de afectos. Y esto de dos
maneras distintas: como representaciones directas o
como representaciones simbólicas, debiendo, por tanto, ser interpretadas
históricamente en el primer caso y simbólicamente en el segundo. Expondremos algunos ejemplos destinados a
ilustrar esta afirmación. A las personas familiarizadas ya con los resultados
de la investigación psicoanalítica de las psiconeurosis no les sorprenderá leer
que lo representado por medio de los actos obsesivos o el ceremonial se derivan
de la experiencia más íntima del sujeto, sobre todo de su experiencia sexual.
a) Una joven, sometida a observación por mí,
padecía la obsesión de dar varias vueltas con la palangana llena en las manos
inmediatamente después de lavarse. La significación de este acto ceremonial
yacía en el proverbio según el cual no se debe tirar el agua sucia antes de
tener otra limpia. El acto tenía por objeto amonestar a una hermana suya y
retenerla de separarse de su marido, poco grato, antes de haber entablado
relaciones con otro hombre mejor.
b) Una mujer que vivía separada de su marido
obedecía en sus comidas a la obsesión de dejar lo mejor. Así, de un pedazo de
carne asada tomaba tan sólo los bordes. Esta renuncia quedó explicada por la
fecha de su misma génesis. Había surgido, en efecto, al día siguiente de haber
notificado a su marido la separación de cuerpos; esto es, de haber renunciado a
lo mejor.
c) Esta misma paciente no podía sentarse más que en
un sillón determinado y le costaba mucho trabajo levantarse de él. El sillón
era para ella, a causa de ciertos detalles de su vida conyugal, un símbolo de
su marido, al cual se mantenía fiel.
Como explicación de su obsesión halló la frase
siguiente:
{¡Es tan difícil separarse de algo (hombre, sillón)
en el que ha estado una sentada!}
d) También solía repetir, durante un cierto tiempo,
un acto obsesivo, especialmente singular y absurdo. Iba de un cuarto a otro en
cuyo centro había una mesa, disponía de cierto modo el tapete que la cubría,
llamaba a la criada, arreglándoselas de manera que se acercara a la mesa, y la
despedía luego con una orden cualquiera. En sus esfuerzos para explicar esta
obsesión se le ocurrió que el tapete de la mesa tenía una mancha de color
subido, y que ella lo colocaba todas las veces de tal modo, que la criada lo
viera necesariamente. Todo ello era la reproducción de una vivencia de su
historia conyugal que había planteado ulteriormente un problema a su
pensamiento. Su marido había sufrido en la noche de bodas un percance que no
es, por cierto, nada raro. Se había
encontrado impotente y «había venido varias veces,
en el transcurso de la noche, desde su cuarto al de ella» para renovar sus
tentativas de consumar el matrimonio. Por la mañana manifestó su temor de que
la camarera del hotel sospechara, al hacer las camas, lo que le había ocurrido,
y para evitarlo, cogió un frasquito de tinta roja y vertió parte de su
contenido en la sábana; pero tan torpemente, que la mancha encarnada quedó en
un lugar poco apropiado para su propósito. La paciente jugaba, pues, a la noche
de novios con su acto obsesivo. La mesa y la cama fueron conjuntamente el
símbolo del matrimonio.
e) Otra de sus obsesiones, la de apuntar el número
de los billetes de Banco antes de desprenderse de ellos, tenía también una
explicación histórica. En la época en que abrigaba ya el propósito de separarse
de su marido si encontraba otro hombre más digno de su confianza, se dejó hacer
la corte, durante su estancia en un balneario, por un señor que le agradaba,
pero del que no sabía con seguridad si estaría dispuesto a casarse con ella.
Un día, no teniendo dinero suelto, le pidió que le
cambiara una moneda de cinco coronas. Así lo hizo él y manifestó galantemente
que no se desprendería ya jamás de aquella moneda que había pasado por sus
bellas manos. En ocasiones sucesivas se sintió esta señora tentada de pedirle
que le enseñara la moneda
como para convencerse de que podía dar crédito a
sus galanterías. Pero no lo hizo pensando razonablemente en la imposibilidad de
distinguir entre sí monedas del mismo valor.
La duda permaneció, pues, en pie y dejó tras de sí
la obsesión de apuntar los números de los billetes de Banco, por los cuales se
distingue individualmente cada billete de los demás de igual valor.
Estos pocos ejemplos, extraídos de la copiosísima
colección por mí reunida, tienden a explicar exclusivamente la tesis de que los
actos obsesivos entrañan, en todos sus detalles, un sentido y son susceptibles
de interpretación. Lo mismo puede afirmarse del ceremonial propiamente dicho,
pero la demostración exigía
mayor espacio. No se me oculta en modo alguno hasta
qué punto la explicación de los actos obsesivos parece alejarnos del círculo de
ideas de tipo religioso. Entre las
condiciones de la enfermedad figura la de que la persona que obedece a la
obsesión realice los actos correspondientes sin conocer la significación de los
mismos, por lo menos su significación capital. Sólo el tratamiento
psicoanalítico hace surgir en su conciencia el sentido del acto obsesivo y los
motivos impulsores. Decimos, por tanto, que el acto obsesivo sirve de expresión
a motivos y representaciones inconscientes, lo cual parece entrañar una nueva
diferencia con respecto a las prácticas religiosas; pero hemos de pensar que
también el individuo devoto desarrolla generalmente el ceremonial religioso sin
preguntar su significación, en tanto que el sacerdote y el investigador sí
conocen, desde luego,
el sentido simbólico del rito. Pero los motivos que
impulsan a la práctica religiosa son desconocidos a todos los creyentes o
quedan representados en su conciencia por motivos secundarios interpuestos.
El análisis de los actos obsesivos nos ha procurado
ya un atisbo de la causa de los mismos y de la concatenación de sus motivos.
Puede decirse que el sujeto que padece obsesiones y prohibiciones se conduce
como si se hallara bajo la
soberanía de una conciencia de culpabilidad, de la
cual no sabe, desde luego, lo más mínimo.
Trátese, pues, de una conciencia inconsciente de culpa2, por
contradictorios que parecen los términos de semejante expresión. Esta
conciencia de culpabilidad tiene su origen en ciertos acontecimientos psíquicos
precoces, pero encuentra una renovación constante en la tentación reiterada en
cada ocasión reciente y engendra, además, una expectación angustiosa que acecha
de continuo una expectación de acontecimientos desgraciados, enlazada, por el
concepto del castigo, a la percepción interior de la tentación.
Al principio de la formación del ceremonial, el
enfermo tiene aún conciencia de que ha de hacer necesariamente esto o aquello
si no quiere que le ocurra una desgracia, y por lo regular, todavía se hace
presente a su conciencia cuál es la desgracia temida. La relación, siempre
demostrada, entre la ocasión en la que surge la angustia expectante y el
contenido con el cual amenaza, se oculta ya al enfermo. Así, pues, el
ceremonial se inicia como un acto de defensa o de aseguramiento, como una
medida de protección.
A la conciencia de culpabilidad de los neuróticos
obsesivos corresponden la convicción de los hombres piadosos de ser, no
obstante la piedad, grandes pecadores, y las prácticas devotas (rezos,
jaculatorias, etc.), con las que inician sus actividades cotidianas y
especialmente toda empresa inhabitual, parece entrañar el valor de medidas de
protección y defensa.
Considerando el hecho primero en que se basa la
neurosis obsesiva, logramos una visión más profunda de sus mecanismos. Tal
hecho es siempre la represión de un impulso instintivo3 (de un componente del
instinto sexual) que se hallaba integrado en la constitución del sujeto; pudo
exteriorizarse durante algún tiempo en la vida infantil del mismo y sucumbió
luego a la represión. Ésta crea una vigilancia
especial de la conciencia, orientada hacia los
fines de dicho instinto; pero tal vigilancia, producto psíquico de la reacción
al mismo, no se considera segura, sino, muy al contrario, amenazada de continuo
por el instinto que acecha en lo inconsciente.
La influencia del instinto reprimido es percibida
como tentación, y en el curso
mismo del proceso de represión nace la angustia, la
cual se apodera del porvenir bajo la forma de angustia expectante. El proceso
de represión que conduce a la neurosis obsesiva es, por tanto, un proceso
imperfectamente cumplido y que amenaza fracasar cada vez más. Resulta así
comparable a un conflicto sin solución, pues son necesarios de continuo nuevos
esfuerzos psíquicos para equilibrar la presión constante del instinto.
Los actos ceremoniales y obsesivos nacen así, en
parte, como defensa contra la tentación, y en parte, como protección contra la
desgracia esperada. Pronto los actos protectores no parecen ya suficientes
contra la tentación, y entonces surgen las prohibiciones, encaminadas a alejar
la situación en que la tentación se produce. Vemos, pues, que las prohibiciones
constituyen a los actos obsesivos, del mismo modo que una fobia está destinada
a evitar al sujeto un ataque histérico. Por otra parte, el ceremonial representa
la suma de las condiciones bajo las cuales resulta permitido algo distinto, aún
no prohibido en absoluto, del mismo modo que la ceremonia nupcial de la Iglesia
significa para el creyente el permiso del placer sexual, considerado, si no,
como pecado. AI carácter de la neurosis obsesiva, así como al de todas las
afecciones análogas, pertenece también el hecho de que sus manifestaciones (sus
síntomas, y entre ellos, también los actos obsesivos) llenan las condiciones de
una transacción entre los poderes anímicos en pugna. Traen así consigo de nuevo
algo de aquel mismo placer que están destinadas a evitar y
sirven al instinto reprimido no menos que las
instancias que lo reprimen. E incluso sucede que al progresar la enfermedad los
actos primitivamente encargados de la defensa van acercándose cada vez más a
los actos prohibidos, en los cuales el instinto pudo manifestarse lícitamente
en la época infantil.
De estas circunstancias hallaríamos también en los
dominios de la vida religiosa lo que sigue: La génesis de la religión parece
estar basada igualmente en la renuncia a determinados impulsos instintivos; mas
no se trata, como en la neurosis, exclusivamente de componentes sexuales, sino
de instintos egoístas, antisociales, aunque también éstos entrañen, por lo
general, elementos sexuales. La conciencia de culpabilidad consecutiva a una
tentación inextinguible y la angustia expectante bajo la forma de temor al
castigo divino se nos ha dado a conocer mucho antes en los dominios religiosos
que en los de la neurosis. Quizá a causa de los componentes sexuales
entremezclados, o acaso a consecuencia de cualidades generales de los
instintos, también en la vida religiosa resulta insuficiente y nunca perfecta
la represión de los instintos. Las recaídas en el pecado son incluso más
frecuentes en el creyente que en el neurótico y sirven de base a un nuevo orden
de actividades religiosas: a los actos de penitencia, cuyo paralelo
encontraremos también en la neurosis obsesiva.
La neurosis obsesiva presenta un carácter
peculiarismo que la despoja de toda dignidad. Y es el hecho de que el
ceremonial se adhiere a los actos más nimios de la vida cotidiana y se
manifiesta en prescripciones insensatas y en restricciones absurdas de los
mismos. Este rasgo singular de la enfermedad se nos hace comprensible cuando
averiguamos que el mecanismo del desplazamiento psíquico,
descubierto por mí en la producción de los sueños4,
preside también los procesos anímicos de la neurosis obsesiva. En los ejemplos
de actos obsesivos antes expuestos se hace ya visible cómo el simbolismo y el
detalle de tales actos nacen por medio de un desplazamiento desde el elemento
auténtico e importante a un sustitutivo nimio; por ejemplo, desde el marido al
sillón. Esta tendencia al desplazamiento es la que modifica cada vez más el
cuadro de los fenómenos patológicos y logra, por fin, convertir lo aparentemente
más nimio en lo más importante y urgente. Es innegable que en el terreno
religioso existe también una tendencia análoga al desplazamiento del valor
psíquico, y precisamente en igual sentido; de suerte que el ceremonial,
puramente formal, de las prácticas religiosas se convierte poco a poco en lo
más esencial y da de lado su contenido ideológico. Por eso las religiones
sufren reformas que se esfuerzan en establecer los valores primitivos.
A primera vista, los actos religiosos no parecen
entrañar aquel carácter transaccional que los actos obsesivos integran como
síntomas neuróticos, y, sin embargo, también acabamos por descubrir en ellos
tal carácter cuando recordamos con cuánta frecuencia son realizados,
precisamente en nombre de la religión y en favor de la misma, todos aquellos
actos que la misma prohíbe como manifestaciones de los instintos por ella
reprimidos. Después de señalar estas
coincidencias y analogías podríamos arriesgarnos a considerar la neurosis
obsesiva como la pareja patológica de la
religiosidad; la neurosis, como una religiosidad individual, y la religión,
como una neurosis obsesiva universal. La coincidencia más importante sería la
renuncia básica a la actividad de instintos constitucionalmente dados, y la
diferencia decisiva consistiría en la naturaleza de tales instintos,
exclusivamente sexuales en la neurosis y de origen egoísta en la religión.
La renuncia progresiva a instintos
constitucionales, cuya actividad podría aportar al yo un placer primario,
parece ser uno de los fundamentos del desarrollo de la civilización humana. Una
parte de esta represión de instintos es aportada por las religiones haciendo
que el individuo sacrifique a la divinidad el placer de sus instintos. «La
venganza es mía», dice el Señor. En la evolución de las religiones antiguas
creemos advertir que mucha parte de aquello a lo que el hombre había renunciado
como «pecado» fue cedido a la divinidad y estaba aun permitido en nombre de
ella, siendo así la cesión a la divinidad el camino por el cual el hombre hubo
de liberarse del dominio de los instintos perversos, antisociales. No es quizá,
por tanto, una casualidad que a los dioses antiguos se les reconocieran, sin
limitación alguna, todas las cualidades humanas -con los crímenes a ellas
consecutivos-, ni tampoco una contradicción, el que a pesar de ello no fuera
lícito justificar con el ejemplo divino los crímenes propios.
Viena, febrero 1907
__________________________
1 Cf. Löwenfeld: Die psychischen
Zwangsercheinungen, 1904.
2 Strachey comenta que ésta sería la primera
aparición explícita del término ‘consciencia inconsciente de culpa’.
3 Triebregung: literalmente (moción pulsional);
según Strachey es la primera aparición publicada de este concepto tan
ampliamente empleado por Freud.
4 Cf. La interpretación de los sueños (1900),
capítulo VI.

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