© Libro N° 13882. En Busca De
Infamia. Davis,
Lindsey. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © En Busca De Infamia. Lindsey
Davis
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Original: © En Busca De Infamia.
Lindsey Davis
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Lindsey Davis
En Busca De
Infamia
Lindsey Davis
Lindsey Davis
En Busca De Infamia
(Marco Didio Falco - 16)
OSTIA, ITALIA
Agosto , año 76 d.C.
I
- Si
tira una piedra,
lo mato -dijo
Petronio entre dientes-. Agarraré
a ese pillo y…
Era un día caluroso a
orillas de la desembocadura del Tíber en Ostia. Petro y yo habíamos tenido la
imperiosa necesidad de beber algo. Hacía tanto calor que apenas acabábamos de
salir del cuartel de los vigiles que ya nos habíamos metido en el primer bar.
Aquello suponía un triste retroceso. Nuestro lema siempre había sido: «Nunca
entres en el primer bar que veas porque seguro que es una porquería». Durante
los últimos quince años, más o menos, desde que nos conocimos en la cola para
alistarnos a las legiones, siempre que habíamos querido tomar una copa nos
habíamos alejado un buen trecho de casa y del trabajo, no fuera el caso que nos
siguieran y nos encontraran. La verdad es que nos habíamos sentado en un sinfín
de tascas inmundas, pero no en muchas que frecuentasen nuestros asociados, que
queríamos evitar, y en muy pocas que conocieran nuestras mujeres.
No me malinterpretéis. Los
dos éramos unos romanos piadosos con valores tradicionales. Por supuesto que
admirábamos a nuestros colegas y adorábamos a nuestras mujeres. Al
igual que el
viejo Bruto, cualquier
orador podría decir de nosotros que Marco Didio Falco y Lucio
Petronio Longo
eran unos hombres honorables. Y
sí, el orador realizaría dicha afirmación con una ironía tal que hasta el
populacho más estúpido iba a entender…
Como podéis ver, con el
calor me había tomado la bebida demasiado deprisa; ya empezaba a divagar.
Petronio, el experimentado jefe investigador de la Cuarta Cohorte de los
vigiles en Roma, era un hombre mesurado. Sujetaba la taza de la bodega con una
de sus formidables manos, mientras el
pesado brazo descansaba sobre las
calientes tablas de la
mesa que ocupábamos
en la acera,
y él disfrutaba del lento y
prolongado descenso hacia una ligera embriaguez.
Se encontraba allí tras
haberse alistado en el servicio destacado. Era una vida agradable, sobre todo
porque el villano al que estaba esperando nunca aparecía. Yo había venido para
buscar a otra persona, aunque no se lo había dicho todavía a Petro.
Ostia, el puerto de Roma,
bullía de actividad, pero el cuartel de los vigiles se estaba viniendo abajo y
el bar que había fuera era terrible. El
lugar era poco más
que una choza que se apoyaba
contra la pared del cuartel. Después de un incendio, los miembros de los
vigiles bloqueaban la calle lateral amontonándose por ahí con tazas de licor,
desesperados por aliviar
sus gargantas resecas
y normalmente igual de desesperados por quejarse de sus oficiales. En
aquel momento la calle estaba casi desierta,
de modo que pudimos
sentarnos en dos taburetes junto a una
mesa diminuta con
las piernas extendidas
sobre la acera. No había ningún
otro cliente.
Los del turno de día se
habían echado un rato en el cuartel
de la patrulla
con la esperanza
de que nadie prendiera fuego a una sartén aceitosa
en un apartamento abarrotado, o si lo hacían, de que nadie hiciera sonar la
alarma.
Petro y yo estábamos
hablando de nuestro trabajo y de nuestras mujeres. Como aún era capaz de hacer
dos cosas a la vez, Petronio
Longo no quitaba
ojo al chico.
El muchachito era demasiado decidido; tenía el aspecto de quien va a
crear problemas. Un grupo riéndose tontamente ya sería bastante molesto. Pero
si aquel solitario arrojaba una piedra por la entrada del cuartel, lanzaba unos
improperios y salía corriendo, se tropezaría directamente con mi viejo amigo.
Pero claro,
no tendría más de siete
años. Probablemente Petronio se
abstendría de romperle
los brazos o las piernas.
***
Después de entrecerrar los
ojos y observar durante un rato, Petronio siguió hablando:
- ¿Y qué tal tu
alojamiento, Falco? Se estaba burlando y yo me mofé.
- ¡Entiendo por qué no
quieres quedarte en él!
A Petro le habían asignado
una habitación en el cuartel de Ostia. El se negó a ocuparla, pero me había
prestado la lúgubre celda durante
aquella semana. Los
dos nos habíamos hartado de la
vida cuartelera cuando estuvimos en la Segunda Augusta, nuestra legión en
Britania. Hasta los campamentos de marcha
en aquella remota
provincia estaban mejor organizados que aquel lugar de mala muerte.
Fundamentalmente Ostia era un destino de
cuatro meses que se alternaba entre las siete cohortes de Roma; los recursos se
estaban revisando constantemente, y eso se notaba.
A una corta distancia del
Decumano Máximo, en los terrenos que se extendían hasta la puerta Romana, se
habían realizado a toda
prisa obras de
urbanismo hacía tres décadas, cuando
Claudio construyó su
nuevo puerto. Primero trajo a
algunas de las duras y dispuestas cohortes urbanas para que vigilaran los
flamantes almacenes. Posteriormente, los incendios en los graneros provocaron
un nuevo planteamiento: habían aumentado los recursos y se sustituyeron las
cohortes urbanas, que eran tropas no especializadas, por
los más entrenados
vigiles, que eran
bomberos profesionales. El
vital suministro de grano de Roma debería estar a salvo con ellos, la gente
estaría alimentada, la ciudad se vería libre de disturbios y todo el mundo
querría al emperador, que lo había arreglado todo.
Allí ocurría
lo mismo que
en Roma: mientras realizaban la guardia para la
prevención de incendios, sobre todo por la noche, los vigiles se encontraban
deteniendo no tan sólo a pirómanos, sino a toda clase de delincuentes. Ahora
patrullaban el puerto y le echaban un ojo a la ciudad. Los portuenses
aún estaban intentando
acostumbrarse a ello.
Petronio, que sabía cómo
darles mil vueltas a sus superiores,
sólo se dedicaba
a los asuntos
cotidianos cuando le venía bien. Su operación especial no tenía límite
de tiempo, de manera que se había traído a su familia con él. Petro cohabitaba
entonces con mi hermana Maya, que tenía cuatro hijos, y en Ostia tenía a una
jovencita hija suya con la que quería estar en contacto. Para alojarlos a todos
había logrado arreglárselas para
que le prestaran
una mansión, cedida por un contacto local de los vigiles sumamente
adinerado. Yo aún no había logrado entender de qué iba todo aquel asunto. Pero
a resultas de ello me quedé con la habitación del cuartel que él había
rechazado. ¡Qué suerte la mía!
- Este gallinero para
escuadrones hace ya tiempo que no sirve -refunfuñé-. Es demasiado pequeño, es
oscuro, hay
muy poco espacio, aparte de
que está lleno de recuerdos de villanos a los que hicieron entrar a rastras por
la puerta y a los que nunca más se volvió a ver. La letrina apesta. No hay
cocina. Dejan el equipo esparcido por todo el patio de ejercicios porque
los destacamentos piensan
que como sólo van a quedarse
cuatro meses pueden dejarlo allí pudriéndose para que el próximo grupo lo
recoja.
- Sí, y hay moho en una
gran cisterna subterránea - asintió Petro alegremente.
- Vaya, gracias. No le
digas a mi madre que me has puesto encima de un pilón de agua estancada.
- No
se lo diré
a tu madre
-prometió- si tú me
prometes no decírselo a tu mujer. -Le tenía miedo a Helena Justina. Y con
razón. Mi novia de
alto rango tenía una moralidad mucho más estricta que la
mayoría de las hijas de senadores y sabía cómo expresar su punto de vista.
Petronio adoptó un fingido aire arrepentido-. Bueno, la habitación carece de
las comodidades básicas y lo siento, Marco. Pero no vas a quedarte mucho
tiempo, ¿verdad?
- Claro que no, Lucio,
viejo amigo.
Estaba mintiendo. Lucio
Petronio me había recibido como si sólo hubiera ido de visita para ver cómo
estaba. Le estaba ocultando información sobre mi propio cometido en Ostia. El
año anterior, cuando el emperador me envió a Britania con ciertos mandados turbios
para palacio, Petro me había seguido hasta allí. Sólo por casualidad me enteré
de que era el protagonista
de una seria operación de búsqueda de un bandido importante. Aún me dolía que
lo hubiera mantenido en secreto. Ahora me estaba vengando.
Se bebió el vino. Luego
hizo una mueca. Yo asentí con la cabeza; era una cosecha asquerosa.
Sin mediar palabra,
Petronio se puso de pie. Yo me quedé
donde estaba. Se
dirigió lentamente hacia
el muchacho, que seguía
inmóvil frente a
la puerta. Se hallaban a unas cinco zancadas de mí.
- ¡Eh, hola! -el tono de
Petro fue bastante amigable-.
¿Qué estás tramando?
El chiquillo, algo
flacucho, nadaba en una túnica raída, aunque bastante limpia, y de matiz
terroso. Era una talla demasiado
grande para él
y dejaba entrever
una manga blanca de la túnica
interior. Hubiera resultado imposible adivinar su nacionalidad a la primera,
pero las capas de ropa sugerían que era mediterránea; sólo los locos del norte
se desnudan con el calor. No llevaba cinturón, aunque había destrozado unas
sandalias marrones cuyas tiras se habían rizado con el tiempo. Sus cabellos
eran demasiado largos y unas
oscuras ojeras se
dilataban bajo sus ojos. Pero
lo habían alimentado. Estaba sano.
Tenía el habitual aspecto
de un muchacho de las clases artesanas, tal vez lo hacían trabajar duro en el
negocio familiar y luego le permitían quedarse levantado hasta demasiado tarde
en las largas noches de verano.
Alzó la vista y miró
fijamente a Petronio Longo. Lo que el chico vio fue a un hombretón que
aguardaba en silencio con una expresión cordial, alguien que podría jugar a
lanzar un saquito relleno en un callejón con los niños del lugar. El chico
parecía avispado, aunque estaba claro que no era consciente de que aquél era un
oficial cuyos violentos métodos de interrogación
eran una leyenda.
Todos los vigiles son duros, pero
Petronio podía persuadir a delincuentes incorregibles para que, entre gemidos,
proporcionaran pruebas condenatorias contra sus hermanos favoritos.
Podía hacer
que lo hicieran
aunque los hermanos fueran inocentes, bien que por norma
general prefería confesiones de verdadera culpabilidad.
- ¿Cómo te llamas? -le oí
preguntar.
- Zeno. -Lo peor que podría
imaginarse Zeno era que se le acercaba un pervertido. Parecía ser de los que
saben gritar fuerte y echar a correr.
- Yo soy Petronio. Dime,
¿qué pasa, Zeno?
Zeno dijo algo, en voz muy
baja. Entonces Petro le ofreció la mano y el chico se la tomó. Vinieron
caminando hacia mí. Yo ya estaba dejando unas monedas sobre la mesa para pagar
por nuestro vino. Había oído la respuesta del muchacho y sabía lo que mi amigo
iba a hacer.
- Falco, Zeno dice que su
mamá no se despierta - Petronio disimuló su mal presentimiento-. ¿Vamos a ver
lo
que le ha pasado?
Debido a
una larga experiencia,
él y yo
creíamos saberlo.
II
El chico
nos guió mientras
Petronio lo seguía agarrando de su manita mugrienta.
Fuimos caminando por el Decumano Máximo. Ostia era un asentamiento estable, de
modo que tenía una calle principal, larga y muy calurosa. Al tratarse de una
importante ruta de artículos de comercio, ya estaba abarrotada con una
interminable hilera de carretas que salían de la ciudad a empujones para llegar
a Roma a la puesta de sol, hora en que se iniciaba el toque de queda diario
para los vehículos rodados. Caminábamos contra corriente. El tráfico se dirigía
hacia la plaza Victoria y la puerta Romana. En nuestra dirección, mucho más
adelante y a un buen trecho una vez pasado el Foro, estaba la Puerta Marina,
tras la cual se extendía el mar abierto. A nuestra izquierda los caminos atravesaban
un conjunto heterogéneo de viviendas antes de llegar a la Puerta Laurentina, la
salida a la encantadora
campiña en la
que nuestro antepasado Eneas puso su mira. A la derecha,
unas calles cortas conducían al Tíber. El río estaría hasta los topes de barcos
y transbordadores con rumbo a los mercados y al gran Emporio. Más
allá había otro
camino hacia Roma
que estaría asimismo atestado de transportes cargados, todos los cuales
se dirigirían también a la Ciudad Dorada al otro lado del Tíber.
- No eres de por aquí
-tanteó Petronio-. Dime, ¿dónde está
tu casa, Zeno?
-A Zeno lo habían
entrenado para parecer tonto o
bobo-. ¿Está muy lejos? -Aquella vez el niño
se permitió asentir
con la cabeza-. ¿Viniste en un barco? -Demasiado específico: Zeno
volvió a sumirse en la distracción.
Petro me miró por encima de
la cabeza del muchacho y dejó de preguntar. Sería mejor hacer las preguntas
cuando hubiéramos visto si la despreocupada madre había recibido una paliza a
manos de su marido o amante, o si (menos probable) simplemente alguna enfermedad
natural la había consumido mientras dormía.
Pasamos junto al Teatro.
Enfrente de aquel mezquino edificio augusto había varios monumentos antiguos y
salas de reuniones de los diversos
gremios. Luego venía
un podio que sostenía una pulcra hilera de cuatro pequeños templos,
todos ellos de un estilo pasado ya de moda, justo antes del camino de acceso al
enorme granero construido por Claudio.
Seguimos por el Decumano
hasta llegar al final de
aquel bloque de
edificios. Entonces, el
chico torció a la derecha, de cara al río. Se detuvo delante de lo que
en otro tiempo había sido una torre de entrada fortificada, cuando Ostia era
mucho más pequeña y mucho, mucho más antigua. Aquélla habría sido la muralla
que señalaba los límites del asentamiento original. Probablemente se remontara a la supuesta fundación del
puerto por Anco Marcio, uno
de los tradicionales reyes de Roma. En la Antigüedad construían las cosas para
que duraran, utilizando macizos sillares cuadrados. La inquebrantable puerta,
que resultó inútil cuando la ciudad se expandió, se
había vuelto a
urbanizar en forma
de comercios. Sobre ellos había un par de habitaciones que se alquilaban
a los visitantes extranjeros.
Petronio dejó a Zeno
conmigo, preguntó brevemente en una de las tiendas y luego subió solo por una
escalera exterior. Yo me senté en el bordillo al lado del chico, que dócilmente
se puso en cuclillas junto a mí.
- ¿Quién te dijo que fueras
a pedir ayuda a los vigiles, Zeno?
-pregunté con indiferencia
al tiempo que retirábamos los pies frente a un pesado
carro lleno de bloques de mármol.
- Ligon
me dijo: «Si
alguna vez alguien
no se despierta, los vigiles
querrán saberlo».
Ligón se convirtió al
instante en un sospechoso clave.
- ¿Es de la familia?
- Mi tío. -El muchacho
parecía avergonzado. Hay tíos y tíos. A entender de los niños, hay algunos tíos
con los que no existe ningún parentesco.
- ¿Dónde está en este
momento?
- Se ha ido por negocios.
- ¿Cuándo crees que
volverá?
Zeno se encogió de hombros.
No me sorprendió.
***
Petronio asomó la cabeza
por una ventana del piso de arriba.
- Sube, Falco. -Dio la
impresión de estar molesto, y no como un hombre que acaba de encontrarse con
una tragedia doméstica-. Puedes traer al chico.
- Parece que tu madre está
bien, Zeno. -Subimos.
La torre de entrada
contenía una maraña de pequeñas habitaciones que se mantenían todas frescas a
causa de su maciza construcción. Zeno vivía en una única habitación alquilada a
bajo precio, mal ventilada y sin prestaciones. La madre se hallaba inconsciente
en lo que pasaba por ser una cama. Era la única que había; Zeno debía de dormir
con ella, o bien en el suelo.
Del sexo femenino, ella era
de lo menos apetecible; ya nos lo habíamos figurado. Iba vestida, con varias
capas de ropa (una viajera que llevaba puesto todo su guardarropa para disuadir
a los ladrones). Los pliegues de tela eran de una calidad mejor de lo que cabía
esperar, aunque cuando dormía la mona los llevaba como si fueran bandas
desaliñadas. Tumbada boca arriba y de forma poco elegante en el colchón, tenía
el aspecto de una persona avinagrada y
de mediana edad, pero
supuse que era mucho más joven y que
se había quedado embarazada
de Zeno en la adolescencia. Se trataba de un arreglo
de ese tipo. El «tío» Ligon sería su último amante; podíamos imaginárnoslo: un
cerdo gorrón que en aquellos momentos se hacía el importante en alguna bodega
del puerto. Era de poner que a ambos
les gustaba empinar el
codo. La madre de
Zeno había bebido tanto
que se había
quedado inconsciente. Supuse que
había sido el día anterior.
- Está como una mona.
-Petronio (a quien no le agradaban demasiado los simios) le cerró la boca, que
babeaba, con el pulgar. Fue un gesto en consideración hacia su joven hijo. Se
limpió el dedo en la túnica, a la altura de la cadera, con una expresión de
cansado disgusto. Había pasado gran parte de su vida laboral entre gentes de
baja ralea y ya había perdido toda esperanza.
Si el niño hubiera sido
mayor, nuestro interés habría terminado
aquí. En cambio,
puesto que mi
hermana se hallaba a vuelta de la
esquina en la casa que les habían prestado,
Petro dijo que
no me moviera de
la torre de entrada mientras iba
a buscar a Maya para que se quedara con la madre hasta que
volviera en sí. Nosotros
cuidaríamos de Zeno.
A mi hermana le enfureció
que se le asignara aquella tarea, pero ella también tenía hijos. Nos llevamos a
Zeno a jugar con su
prole; Petro y
yo aseguramos que
era
necesaria la presencia de
ambos para supervisarlos. Maya, muy a su pesar, quedó en la habitación
mascullando maldiciones. La mujer cobro el sentido
al cabo de dos
horas, y quien había velado su sueño volvió a casa con un turgente ojo morado,
le dio un coscorrón a Zeno, le dijo que se fuera y evitara que su madre se
metiera en líos y luego nos hizo sentir culpables toda la tarde.
- Vuestra borrachina se
llama Pulia. La familia es de Soli, que no tengo ni idea de por dónde cae. Hay
también un hombre al que, por cierto, nadie ve mucho. Pulia se queda sola mientras
él sale y
se divierte; y
aunque ella se consume
de aburrimiento, nunca deja el apartamento. El niño vaga por las calles.
Me lo contó un vecino en la tienda de cojines.
- Es más de lo que averigüé
yo -la calmó Petro con admiración-.
¡Ni siquiera me di cuenta
de que era
una tienda de cojines!
- ¿La habilidad visual no
se aplica a los vigiles? Deja de halagarme. -Maya y Petro estaban enamorados.
La felicidad no había conseguido suavizar el toma y daca de su plática. Maya
desconfiaba de los hombres que intentaban congraciarse y Petro estaba descubriendo
con rapidez de qué se había enamorado.
Estaban hechos el uno para
el otro, aunque ello no significaba
que aquella relación
fuera a durar. Anteriormente Petronio
siempre había sentido debilidad
por las rubias, aparte de
su ex mujer. Arria Silvia guardaba un cierto parecido con Maya, que era morena
y lista, con un temperamento fuerte y un carácter brusco aun cuando nada la
hubiera ofendido. Mi Helena pensaba que Petro había contraído matrimonio con
Silvia porque en aquel entonces Maya ya estaba casada y se negaba a mirarlo
siquiera. Yo conocía a Petro y no podía creerlo, pero era consciente del
parecido.
- ¿Y esa familia de
achispados paga el alquiler? -le preguntó a Maya, fingiendo que sólo quería
conversación.
- Averigúalo tú mismo
-replicó Maya con un gruñido, al tiempo que se palpaba el maltrecho pómulo.
Era mi hermana favorita. Me
cercioré de que Petronio le aplicara un linimento balsámico en el ojo en cuanto
se calmó lo suficiente como para que pudiera acercarse a ella. Yo no iba a
arriesgarme a hacerlo.
***
Aquellos irresponsables de
Soli constituían la típica nota de color en la ajetreada sociedad marinera de
Ostia. El lugar estaba inundado de gentes provenientes de todos los confines
del Imperio. Relacionados de alguna manera con el comercio
marítimo, prolongaban su
estancia durante
semanas o meses a la espera
de un cargamento, de un pago, de un amigo, de un pasaje.
Algunos de
ellos encontraban trabajo,
aunque casi todos los empleos
estaban repartidos entre los lugareños, que se aferraban a ellos. Ahora que
Pulia había tenido un encuentro con los círculos oficiales, probablemente su
pequeño grupo se marcharía.
Yo regresé al cuartel.
Podía haberme quedado a cenar. Los
ricachones que le
habían prestado la
casa a Petro habían dejado allí a sus esclavos de
acuerdo con las normas de hospitalidad de la gente adinerada. Regularmente
servían comidas de excelente calidad por las que a Petro no se le pasaba
factura. «La comida está ahí… ¡Comed, no la desperdiciéis!», instaba el
camarero. No hacía falta repetírselo a nadie.
Sin embargo, no era para
mí. Estaba esperando que Helena llegara aquella tarde. El cuartel estaba en un
lugar en el que ninguna joven dama bien educada querría encontrarse a solas.
III
Frente a la puerta había un
carro tirado por burros: Helena ya había llegado.
Aguardaba en la entrada,
bien arrebujada en su capa. A finales de julio hacía demasiado calor para ir
tan abrigada, pero el deber de toda mujer respetable es estar incómoda en
público. Los muchachos de la Sexta Cohorte que estaban de servicio no se habían metido con ella, pero tampoco
hubo ninguno entre ellos que la hiciera sentir bienvenida. Los soldados rasos
de los vigiles son ex esclavos que realizan los trabajos más desagradecidos
como vía rápida hacia la ciudadanía; sus oficiales son ciudadanos, normalmente
ex legionarios, pero son poco frecuentes.
Helena echó un vistazo por
aquel patio interior con sus muchas entradas ensombrecidas; éstas conducían a
almacenes para el equipo, a las desnudas celdas en las que dormían los hombres
y a las oficinas donde
hábilmente éstos ejercían presión sobre los testigos. Incluso la entrada
al santuario, erigido en el otro extremo, tenía un aspecto intimidatorio. Al
oír unas voces ásperas y fuertes que provenían del interior, ella se
estremeció. Helena Justina era una chica alta y briosa que procuraba eludir los
problemas mencionando su
posición como hija
de un senador pero que de entrada
prefería siempre evitarlos. Yo
le había enseñado algunas tácticas.
Disimuló su nerviosismo, aunque se alegró de verme.
Es una suerte que en estos
momentos no haya sospechosos dando gritos de agonía, -bromeé, consciente
del ambiente que
reinaba en el
patio, sobre todo
al anochecer. Nos dirigimos
a la habitación
que yo había estado ocupando. La falsa excusa fue ir
a buscar mis pertenencias; la verdadera
era darle la
bienvenida a mi esposa en privado. Hacía una semana que no
la veía. Puesto que todas las personas que conocía juraban que sin duda me
dejaría algún día, tenía que reafirmar mis sentimientos. Además, me gustaba
excitarme cuando Helena demostraba su afecto por mí.
Allí, incluso nosotros nos
sentíamos demasiado incómodos para coquetear. Prometí un ambiente más
distendido en el apartamento que había alquilado para los dos.
- ¿No vamos a quedarnos con
Lucio y Maya? -Helena les tenía mucho cariño a ambos.
- Es poco probable. A Petro
le ha prestado una ostentosa mansión un maldito magnate de la construcción.
- ¿Y qué hay de malo en
eso? -Helena sonreía. Me conocía bien.-Detesto las limosnas. -Ella asintió con
la cabeza; yo sabía que Helena también prefería que nuestra familia viviera
tranquilamente, sin las obligaciones del patronazgo. La mayor parte de Roma se
rige por medio de
favores; nosotros dos
siempre habíamos salido adelante sin la ayuda de nadie-. ¡Pero podemos ir y
cenar gratis! -Mi altruismo tenía un límite.
En la casa de la ciudad
Petro y Maya ya estaban cenando en uno de los comedores pintados al fresco de
su anfitrión. Contaba con varios. Aquél era aireado gracias a unas puertas
plegables que entonces se hallaban abiertas a un pequeño jardín en el que una
hornacina revestida de azulejos color turquesa albergaba una estatua del dios
del mar. De su caracola colgaba un gorro de niño. La zona del jardín estaba
plagada de pequeñas sandalias, animales de cerámica y una cuadriga hecha en
casa.
Sin más dilación, nos
hicieron hueco en los grandes divanes de cojines esparcidos. Maya nos dirigió
una mirada calculadora mientras cambiaba de sitio a los niños: Mario, Cloelia,
Anco y la pequeña Rea, cuyas edades estaban comprendidas entre los doce y los seis años y que eran
todos más listos que el hambre, además de Petronila, la callada hija de Petro,
que debía de tener alrededor de diez años.
- ¿Os vais a quedar o qué?
-quiso saber mi hermana. Los dos proveníamos de una familia numerosa,
escandalosa y pendenciera cuyos miembros dedicaban mucho esfuerzo a evitarse
unos a otros.
- No, hemos alquilado un
apartamento de veraneo al otro lado del Decumano -dije para tranquilizarla.
Maya no quería que
abarrotáramos su casa, concurrida ya de por sí, pero se enfurruñó.
- ¡Haced lo que os dé la
gana!
Petronio regresó de guardar
en el establo la carreta del equipaje de Helena.
- ¡Por todo lo que has
traído da la impresión de que hayas venido a pasar el resto de la estación!
- ¡Ah! Es lectura para las
vacaciones. -Helena sonrió con calma-. Iba bastante atrasada con la Gaceta
Diaria, de modo que mi padre me ha prestado sus viejos ejemplares.
- ¿Tres sacos llenos de
rollos? -le preguntó Petro, incrédulo. Estaba claro que había fisgado en el
equipaje de Helena sin que sintiera vergüenza alguna por ello.
Todo el
mundo sabía que la extraña muchacha que había elegido prefería no despegar la
nariz de la literatura que ocuparse de
sus dos hijas
pequeñas o ir
hasta el mercado de la esquina a
por un salmonete y unos cuantos cotilleos como una esposa normal del Aventino.
Era más probable que Helena Justina me desatendiera porque estuviera absorta en
la lectura de una nueva pieza teatral griega que por tener una aventura con
otro hombre. Se ocupaba de nuestras hijas a su manera; a los tres años a Julia
ya se le estaba enseñando el alfabeto. Por suerte a mí me gustaban las mujeres
excéntricas y no me daban miedo los niños descarados. O eso pensaba de momento.
Helena me miró fijamente.
- En estos momentos las
noticias parecen bastante aburridas.
Los miembros de
la familia imperial
se encuentran en sus fincas rurales para pasar el verano… e incluso
Infamia se ha tomado unas vacaciones.
Infamia era el seudónimo de
quienquiera que fuera el que compilaba los chismes obscenos sobre esposas de
senadores que tenían aventuras con aurigas. Por casualidad yo sabía que
Infamia era veleidoso e
informal, y si de verdad se había tomado unas vacaciones, se
había olvidado de obtener el visto bueno sobre la fecha por parte de sus jefes.
- Si no hay ningún chisme
-anunció Maya resueltamente- no tiene ningún sentido leer la Gaceta.
Helena sonrió.
Detestaba que fuera
un artero e intentaba obligarme a decir lo que sabía.
- Infamia
debe de tener
una villa muy animada
en alguna parte. Piensa en todos los sobornos que recibe de la gente que
no quiere que se cuenten sus secretos. ¿Tú que opinas, Marco?
- ¿Nos estamos perdiendo
algo? -Maya no soportaba que la
excluyeran. Pareció irritable,
cosa que, por
otra parte, tampoco era ninguna novedad.
- Falco, canalla. ¿Estás
aquí por alguna de tus descabelladas investigaciones? -preguntó Petronio,
sumándose también a la conversación.
- Lucio, mi más
querido y viejo amigo, cuando me
encarguen algún
trabajo, disparatado o
sensato, te informaré de ello
inmediatamente…
- ¡Estás trabajando!
- Acabo de negarlo, Petro.
Petro se volvió hacia Maya.
- Tu bastardo y hermético
hermano está escondiendo un encargo en su sobaco peludo. -Me miró con el ceño
fruncido, luego centró su atención en capturar una sopera de marisco
con jengibre que
los niños habían
estado atacando como gaviotas hambrientas. Tuvo que vérselas con los
gritos cuando lo vieron vaciar todos los pedazos buenos en su propio cuenco.
- ¿Qué trabajo? -me
interrogó bruscamente Maya.
- Es
secreto. Hay una cláusula en mi
contrato que dice: «No se lo
cuentes a tu entrometida hermana ni a ese impertinente novio que tiene».
-Relevé a Petro de su trofeo y compartí con Helena las últimas gambas.
Maya birló una de mi cuenco
para a continuación reprenderme:
- ¡No seas infantil, Marco!
Ah, la vida familiar. Me
pregunté si el hombre que había venido a buscar tenía algún
pariente cercano. Cuando lo que buscas son móviles, nunca descuides el más
simple.
IV
Helena y yo tuvimos una
noche para nosotros solos; y la supimos aprovechar. Al día siguiente se nos
uniría Albia, una jovencita de Britania que cuidaba de nuestras hijas en tanto
que nosotros intentábamos cuidar de ella. Albia había tenido un mal comienzo en
la vida; correr por ahí detrás de Julia y Favonia hacía que no pensara en ello…
en teoría. Tenía experiencia en los viajes de familia, de cuando la trajimos a
Italia desde Londinium, pero controlar a una niña pequeña y a un bebé que
estaba creciendo durante una excursión de dos horas en una carreta sería un
desafío.
- ¿Estamos seguros de que
Albia podrá encontrar el camino hasta aquí sola? -me mostré receloso, aunque no
demasiado crítico.
- Tranquilízate, Falco. Va
a traerla mi hermano.
- ¿Quinto?
- No, Aulo. Quinto se queda
con Claudia y el bebé. - Cayo Camilo Ruño Constantino, nuestro nuevo sobrino de
dos meses, estaba haciéndose notar. El mundo y todos los planetas giraban
alrededor de ese niño. Aquélla podía ser la razón por la que el otro hermano de
Helena tuviese tantas ganas de abandonar
el hogar familiar-.
Aulo viene de camino a la universidad. Expresó su
interés por la abogacía; papá aprovechó la ocasión y van a mandar a Aulo a Atenas.
- ¡A Grecia! ¿Y a estudiar? ¿Estamos hablando
del mismo Eliano? -Aulo Camilo Eliano era el hijo soltero de un senador,
con dinero en el bolsillo y una actitud despreocupada; no
me lo imaginaba asistiendo con gravedad a clases de jurisprudencia
impartidas bajo una higuera en una antigua universidad. Para empezar, su griego
era un desastre-. ¿No puede hacerse abogado en Roma? - Eso me sería más útil.
Siempre venían bien unos conocimientos de experto por los que no tuviera que
pagar.
- Atenas es el mejor sitio.
-Bueno, tradicionalmente era el lugar donde mandaban a los romanos difíciles
que no acababan de encajar.
Me reí.
- ¿Tenemos
la certeza de
que va a
marcharse?
¿Tenemos que comprobar tú y
yo que sube al barco? -A poco de cumplir la treintena, las actividades
favoritas del noble Aulo Camilo Eliano eran la caza, la bebida y la gimnasia,
todas practicadas en exceso. Debía de tener otras costumbres, igualmente enérgicas
y vergonzosas, que no intenté descubrir. De ese modo podía asegurarles a sus
progenitores que no estaba al corriente de ningún secreto desagradable.
- Para
mis padres supone
un fuerte golpe
-me reprendió Helena-. Por fin uno de sus hijos puede ser mencionado en
las comidas respetables.
Me contuve de bromear. Su
hija había abandonado el
hogar para irse a vivir con
un tipo de los bajos fondos: yo. Ahora que Helena y yo teníamos nuestras
propias hijas, comprendía lo que ello significaba.
Como padres
que éramos, teníamos
mejores cosas que hacer que
hablar de Aulo. Libres por una vez de la amenaza de pequeños visitantes en el
dormitorio, hicimos uso de nuestro apartamento con verdadera pasión. Había
alquilado una de las estancias distribuidas en habitaciones idénticas en un
pequeño edificio situado en torno a un patio con pozo. En el lado que daba a la
calle sobresalían unos balcones cuya única función era la de adornar la
fachada: los inquilinos no
podían acceder a
ellos. Había más familias visitantes a nuestro alrededor;
oíamos sus voces y los golpes de los muebles, pero como no los conocíamos, no
teníamos que preocuparnos por si estaban escuchando.
Nos las arreglamos para no
romper la cama. Detesto estar en desventaja cuando el casero viene a comprobar
la lista de instalaciones y
accesorios antes de
dejarte marchar.
***
Me desperté
bruscamente tras un
sueño corto y
profundo. Helena estaba
boca abajo y dormía, apretada contra
mi costado. Me
quedé con el
brazo derecho extendido sobre su
larga espalda desnuda, los dedos ligeramente separados. Si había una almohada,
ésta se había perdido. Tenía la cabeza echada hacia atrás, con la barbilla
hacia arriba. Tal y como ocurría siempre al principio de una misión, las ideas
se agolpaban en mi mente.
Me habían contratado para
que encontrara al ausente cronista de la Gaceta Diaria. Fui un estúpido al
aceptar la misión, como ocurre con la mayoría de trabajos que hago. La única
ventaja que éste
tenía era que
no había cadáveres… o eso me
dije para tranquilizarme.
Mientras permanecía allí
quieto, recordé cómo había empezado todo. En Roma, la petición llegó primero
indirectamente por medio
de las secretarías
imperiales donde un alto cargo
llamado Claudio Laeta de
tanto en cuanto me proporcionaba algún
que otro caso; pero hasta el momento, todos se habían echado a perder, por lo
que me alegré de que el nombre de Laeta no estuviera relacionado con aquél.
Bueno, al menos, aparentemente. Nunca podía uno fiarse de ese cerdo falaz.
Dos semanas antes, en casa,
no sé quién del Palatino había recomendado mis dotes investigadoras a los
escritorzuelos de la Ga ce ta . Mandaron a un
pequeño y asustado esclavo
público para tantearme;
no me contó mucho, porque no sabía nada. Me quedé
intrigado. En caso
de que el problema tuviera
alguna relevancia, como jefe de correspondencia que era, Claudio Laeta tendría
que haber sido informado: la Gaceta Diaria era el portavoz oficial del gobierno.
En realidad, cuando el esclavo apareció en mi despacho con actitud reservada,
uno de los atractivos fue la deliciosa idea de
que los cronistas
de la Ga ce ta tal vez estuvieran tratando de burlar a Laeta.
Había algo que me haría aún
más feliz que actuar a sus espaldas: engañar a Anácrites, el jefe de los
servicios secretos. Aquella gloriosa
esperanza parecía una posibilidad. Si
es que había
un problema en la
Gaceta Diana, Anácrites, al igual que Laeta, tendría que haber sido informado
de ello. Su papel era proteger al emperador y actualmente la Gaceta existía
para abrillantar su nombre.
Anácrites se había marchado
a su villa en la bahía de Neapolis. Se lo había contado a mi madre, de la que
fue inquilino por un breve espacio de tiempo, y ella me lo había transmitido a
mí para que me sintiera celoso de su prosperidad. Ya se podía meter su
prosperidad por donde le cupiera. El simple hecho de que Anácrites hablara con
mi madre ya me irritaba, y él lo sabía. Lo que al parecer no sabía era
que los cronistas
que elaboraban la Gaceta estaban buscando la ayuda de un
experto. Él estaba fuera, de modo que habían acudido a mí. Eso me gustó.
Al principio
el mensajero tan
sólo me reveló
que había un problema con un empleado. Aun así, me picó la
curiosidad; le dije al
pequeño esclavo que estaría encantado de ayudar y que aquella misma tarde me
pasaría por las oficinas de la Gaceta.
***
En Roma
trabajaba en un
despacho situado en mi
propia casa junto
al muro de
contención, justo bajo
la ladera escarpada de la colina
del Aventino. En
aquel período de mi
carrera de informante,
nominalmente contaba con dos
jóvenes ayudantes, los
hermanos de Helena, Aulo y
Quinto. Ambos tenían sus propias preocupaciones, de modo que me encontré yo
solo ante el caso de la Gaceta. Me sentí relajado; todo parecía indicar que se
trataba de una pequeña y agradable aventura de la que me podía ocupar con los
ojos cerrados.
Por lo
tanto, aquel estupendo
día de hacía
dos semanas, tras mi habitual comida con Helena, había dado un
agradable paseo hasta el
foro. Allí llevé a cabo
algunas tareas preliminares. La mayoría de los encargos llegaban a mí
sin previo aviso; en aquella ocasión estuvo bien no tener que tomar,
como era habitual,
una decisión precipitada sobre si aceptar o no la
investigación.
Junto a
la columna donde
se cuelgan las
noticias
diariamente, un puñado de
haraganes se estaban contando disparates
sobre las carreras
de cuadrigas. Aquellos gandules no podían resolver hacia
dónde miraban cuatro caballos, ya no digamos calcular las apuestas basándose en
que los Azules se recuperarían con ese conductor altanero que compraron
imprudentemente y su nuevo cuarteto de rucios estevados. Frente a la columna
había un esclavo solitario que copiaba
titulares, escribiendo sus extractos
con letras grandes
de modo que
llenaran la tablilla
y quedaran bien. Lo más probable era que su dueño fuera una babosa
sobrealimentada que iba en palanquín y que de todas formas nunca leía lo que el otro apuntaba. Cuando digo
«leía» quiero decir «hacía
que le leyeran».
Ya era tarde para leer
detenidamente la columna. Las personas
que necesitaran mantenerse al día habrían obtenido la información hacía
horas. Los políticos de moda querrían empezar a mostrarse más hábiles que sus
rivales antes de que éstos se pusieran en marcha creando una red de conexiones.
Los adúlteros tendrían
que inventar una buena coartada antes de que sus esposas
se despertaran. Incluso a los inocentes dueños de su casa les gustaba estar al
corriente de los edictos: el padre de Helena Justina siempre mandaba a su
secretario con tiempo para poder enfrascarse en su ejemplar mientras
desayunaba. Yo estaba seguro de que
aquello no tenía
nada que ver
con que Décimo Camilo
quisiera evitar la
conversación con su
noble esposa mientras que, medio
adormilado, se comía sus deliciosos panecillos blancos matutinos.
Revisé la
lista de asuntos
familiares del día.
La mayoría me hicieron
bostezar. ¿A quién le
importa el número de nacimientos
y muertes registrados el día de ayer en la ciudad, o el dinero que ha ingresado
el Erario Público y las estadísticas relativas al suministro de grano? La lista
de elecciones apestaba. De vez en cuando encontraba algún dato valioso e intrigante
entre los edictos de los magistrados,
los testamentos de
personas famosas y las actas procesales, aunque esto no
sucedía muy a menudo. El Acta Diurna
se creó
para exponer una
relación de las actividades del Senado: tediosos decretos
y aclamaciones aduladoras; me lo
salté automáticamente. A veces consultaba el boletín de la Corte si
necesitaba ver al emperador y no quería perder tiempo esperando en el Palatino
para acabar enterándome de que se había ido a una fiesta en la villa de su
abuelita.
Entonces pasé directo al
final, la sección más popular. Aquí habría: prodigios y maravillas (los casos
habituales de personas alcanzadas por un rayo y terneros nacidos con tres
cabezas); anuncio de la construcción de nuevos edificios públicos (¡hum!);
conflagraciones (a todo
el mundo le gusta un buen incendio en un templo);
funerales (para las viejas); sacrificios (ídem); el programa de cualesquiera
juegos públicos (para
todo el mundo;
la sección más
consultada); y anuncios
presentados a título privado por esnobs que querían que el mundo entero supiera
que tenían una hija recién prometida a un tribuno (¡aburrido! Bueno, aburrido a
no ser que una vez hubieras flirteado con la hija) (o con el tribuno). Al final
llegué a la mejor parte: lo que los cronistas llaman con discreción «aventuras
amatorias», Chismorreos, con los
nombres de los
interesados revelados con vigor, porque somos una ciudad abierta. A los
maridos engañados se les tiene que contar lo que pasa, no vaya a ser que los
acusen de aprobarlo, lo cual es proxenetismo según establece la ley. Y al resto
de nosotros nos gusta un poco de diversión.
Me llevé una desilusión.
Allí donde deberían estar los chismes sólo había una nota diciendo que Infamia,
el columnista, estaba de vacaciones. Estaba «de vacaciones» con frecuencia.
Todo el mundo bromeaba siempre sobre ello. Seamos claros: se creía que, a
veces, las esposas de los senadores cuyas aventuras amorosas descubría se
acostaban con él gratis para cerrarle la boca, pero entonces los senadores
que se enteraban
de ello contrataban
a matones para que localizaran a Infamia… y a veces los matones lo
encontraban. «De vacaciones» significaba que nuestro chismoso estaba otra vez
herido en la cama.
Sin historias jugosas que
me demoraran más, pronto estaba
siendo entrevistado por
los más bien
adustos cronistas que dirigían el servicio de informativos. O eso
pensaban ellos. Yo tenía
más experiencia. En realidad, era yo quien los estaba entrevistando a ellos.
Eran dos:
Holconio y Mutato.
Tenían aspecto de rondar la cincuentena y parecían agotados
tras años de deplorable vida moderna. Holconio, el de más edad y
presumiblemente de mayor jerarquía, era un sórdido chupatintas de rasgos
enjutos que al final sonrió cuando surgió la historia sobre la emperatriz
Mesalina ejerciendo su oficio en un burdel. Mutato tenía cara de pocos amigos.
Apuesto a que ni siquiera se rió cuando el divino Claudio promulgó su edicto
por el que era lícito tirarse pedos en las comidas.
- Consideremos
minuciosamente vuestro problema - indagué al tiempo que sacaba una tablilla de
notas. Eso los puso nerviosos, de modo que sostuve las páginas enceradas en mi
rodilla, con el estilo en reposo. Me contaron que habían «perdido el contacto»
con un compañero suyo cuyo nombre, dijeron, era Diocles. Yo asentí con la
cabeza, tratando de dar la impresión de que ya había oído, y por supuesto
resuelto, semejantes misterios con anterioridad-.
¿Cuánto tiempo hace que ha
desaparecido?
- No
ha «desaparecido» exactamente
-objetó Holconio. Podía haberme burlado, «Bueno, ¿entonces por qué me
habéis llamado?»- Pero los que trabajan para el emperador dándoles barniz
imperial a los acontecimientos (desfigurándolo
todo para que pareciera correcto) tienen
una habilidad especial con
las palabras. Holconio tenía que mandar
todo lo que
escribía al Palatino
para que lo aprobaran, aunque fuera una simple
relación de los días de mercado. Entonces algún idiota volvía a redactarle
todas y cada una de las perlas entre sus frases hasta que estropeaba su
impacto. De modo que dejé que fuera pedante… por esa vez-. Sabemos adonde fue
-murmuró.
- ¿Y adonde fue?
- A estarse con un familiar
en Ostia. Una tía, dijo.
- ¿Eso es lo que os contó?
-Supuse que «tía» era el nuevo término para referirse a una amiguita, pero no
pensé nada peor-. ¿Y no regresó? -Así
que la amiguita estaba buena-.
¿Eso es normal?
- Él es un poco informal.
Dado que no se me
proporcionaron detalles, lo adorné yo mismo:
- Es un haragán, un
borracho y un irresponsable, se olvida de estar donde debería estar y siempre
hace quedar mal a la gente…
- ¡Anda!
¿Lo conoces? -interrumpió
Mutato, que pareció sorprendido.
- No. -Conocía a muchos
como él. Sobre todo cronistas-, De manera
que mi trabajo
es: ir a
Ostia, encontrar al rozagante Diocles, hacerle pasar la borrachera
si me
deja y luego
traerle de vuelta,
¿no? -Los dos cronistas
movieron la cabeza
en señal de
afirmación.
Parecían aliviados. Yo
había estado mirando mi tablilla de notas; entonces levanté la mirada-. ¿Tiene
problemas?
- No. -Holconio seguía sin
esforzarse en lo más mínimo.
- ¿Ningún
problema? -repetí en voz baja-.
¿En el trabajo, relacionado
con él, problemas
de mujeres, de dinero, preocupaciones con la salud?
- Ninguno que nosotros
sepamos. Consideré varias posibilidades.
- ¿Estaba trabajando en
alguna historia en particular?
- No, Falco. -Me pareció
que Holconio me la estaba dando con queso. Bueno, él era el escritorzuelo
político; Holconio, yo ya lo sabía, tomaba notas taquigráficas en el Senado, de
manera que las falsedades eran su pan de cada día. Mulato sólo
escribía el programa de los
juegos de aquel mes. Era capaz de
cometer errores estúpidos con una gracia natural, pero estaba más flojo en el
arte de la pura mentira.
- ¿Y cuál
es la sección de la
Ga ce t a que Diocles escribiría
normalmente?
- ¿Importa eso? -se
apresuró a preguntar Mutato. Deduje que era relevante, pero dije con suavidad:
- Probablemente no.
- Queremos ser útiles, de
verdad -el tono de su voz estaba lleno de reticencia.
- Me gustaría estar
plenamente informado -el mío lo
estaba de inocente encanto.
- Diocles escribe los
artículos desenfadados -expuso Holconio.
Su aspecto era
aún más sombrío
que antes. Como periodista de
edictos que era, no aprobaba nada que fuera trivial.
Aquel mismo día, según pude
entrever, antes de que yo llegara, Holconio y Mutato habían mantenido una
detallada conversación sobre cuánto
confiarme. Entendí lo que
aquello significaba.
- ¿Así pues vuestro
absentista escribe las terroríficas y escandalosas noticias de sociedad?
Los dos cronistas pusieron
cara de resignación.
- El
seudónimo de Diocles
es In f a mi a -confirmó
Holconio.
Antes incluso de que lo
admitieran, yo ya quería el trabajo.
V
Al principio todo fue muy
lento en mi primera semana de indagaciones en Ostia. Informé de mi falta de
progreso a Helena la mañana después de su llegada.
- Si la casera de Diocles
es su tía de verdad, yo soy los cuartos traseros de un camello sirio.
Helena y yo estábamos
comiendo pan recién hecho e higos, sentados en un fardo cerca del transbordador
que llevaba a los trabajadores de un lado a otro entre la ciudad principal y el
nuevo puerto. Habíamos madrugado bastante aquel día y estábamos ahora entretenidos
observando el torrente de cargadores,
negociantes, aduaneros y rateros que se
dirigían al puerto a trabajar como cada mañana. Finalmente fueron transportados
hasta allí una multitud de mercaderes recién desembarcados junto con otros
extranjeros de razas diversas y aspecto desconcertado. Los mercaderes, ya
escarmentados por sus años de experiencia, salieron disparados hacia las mulas
de alquiler. Cuando se dieron cuenta de que ya no quedaba ningún animal de
transporte, los viajeros inexpertos empezaron a deambular; algunos nos
preguntaron el camino para ir a Roma, de la que fingimos no haber oído nunca
hablar. Si insistían señalábamos el camino
que debían tomar
y les asegurábamos que podían
recorrerlo perfectamente a pie.
- Estás siendo infantil,
Marco.
- En el extranjero yo me he
encontrado con lugareños que me han mandado a hacer excursiones de veinticuatro
kilómetros. -En Roma los barrenderos también me habían indicado mal el camino
deliberadamente-. Se te ocurrió a ti.
- Espero que no volvamos a
verlos.
- No te preocupes. Les
explicaré que eres la hija de un senador, criada en el lujo y la ignorancia, y
que no tienes noción de distancia, dirección ni tiempo.
- ¡Y yo diré que eres un
cerdo!
- Oink.
La habitación que teníamos
alquilada cerca de allí no incluía el desayuno ni un esclavo que lo sirviera.
El alojamiento contaba con un cubo para el pozo y un par de lámparas vacías,
pero ni siquiera tenía un cuenco para la comida. Uno de los motivos por los que
habíamos salido a dar una vuelta era el de comprar lo esencial para comer al
aire libre antes de que llegaran Albia y las niñas. A mis hijitas quizá pudiera
engatusarlas con eso de «¡Pasemos hambre estas vacaciones para divertirnos!»,
pero Albia era una adolescente de apetito voraz y su humor se volvía
desagradable si no le dabas de comer cada tres horas.
Al menos, nos hallábamos en
el centro comercial del Imperio. Eso ayudaba a la hora de hacer la compra. Las
mercancías de importación se apilaban en
montones por
todas partes
y los serviciales
mercaderes estaban encantados de
sacar artículos de los fardos y venderlos a bajo precio. La verdad es que
algunos de ellos tenían conexión con la carga; puede que uno, o dos incluso, le
pasaran el precio
pactado al armador.
Yo ya había comprado unas copas de vino hacía una
hora y por lo tanto consideraba que había hecho mi parte.
No había necesidad de
encargar unas ánforas; yo ya había reservado provisiones. Helena señaló que me
había bastado apenas una semana en soledad para convertirme de nuevo en el
clásico informante. Ahora creía que una habitación estaba
completamente amueblada si
contenía una cama y bebida, con una mujer como equipamiento opcional. La
comida era algo que se tomaba rápidamente en una taberna mientras hacías
guardia.
De momento no tenía a nadie
a quien vigilar. Mi caso no iba a ninguna parte.
- ¿Descubriste dónde estaba
viviendo Diocles, no obstante? -preguntó Helena tras terminarse un bocado de
pan recién hecho.
Cogí unas olivas de un
cucurucho hecho con el papiro de un rollo viejo.
- En
una habitación alquilada
cerca de la
Puerta
Marina.
- De modo que lo de estarse
«con una tía» era una invención. ¿No está con su familia?
- No. Es una casera
comercial de las que intimidan.
- ¿Y cómo la encontraste?
- Los cronistas sabían el
nombre de la calle. Luego fui llamando de puerta en puerta. La casera no tardó
en salir de su escondrijo porque Diocles le había dejado a deber el alquiler y
quería cobrarlo. Su versión concuerda con lo que ya me dijeron los cronistas:
Diocles llegó aquí hará unos dos meses y parecía decidido a quedarse durante la
temporada de verano, pero desapareció sin previo aviso al cabo de unas cuatro
semanas dejando todas sus cosas abandonadas. Salió a la luz porque la Gaceta
había quedado en mandar a un mensajero una vez a la semana para recoger el
artículo. El mensajero no pudo encontrar a Diocles.
Helena gorjeó alegremente.
- ¿Un mensajero semanal?
Así pues en Ostia hay chismes en abundancia, ¿no?
- Yo diría que Diocles se
limita a sentarse en la playa y a soltar risitas mientras se lo inventa. La
mitad de las personas a las
que difama están
fuera y no
llegan a enterarse,
afortunadamente para él.
Helena se lamió los dedos.
- ¿Pagaste el alquiler que
debía y conseguiste su equipaje?
- ¡Ni hablar! No voy a
pagarle el alquiler a un tipo que hace novillos, especialmente por una
habitación que no ha ocupado.
- ¿La mujer no ha vuelto a
alquilar la habitación?
- Oh, ya lo creo que la
volvió a alquilar. Me negué a pagar, y he mandado un recado a la Gaceta.
- ¿Para pedirles el dinero?
No se le tendría que pagar dos veces. -Le
expliqué a mi mujer que
las caseras del puerto
tradicionalmente cobran el doble, según un edicto que se remonta a la primera
vez que desembarcó Eneas y lo alojaron en el
cuarto de invitados
de un pescador a un precio ridículo. Helena seguía con cara
de desaprobación, pero entonces era con respecto a mí-. Sé razonable. Estoy
intentando interesarme por tu trabajo, Marco.
La miré. La quería mucho.
La atraje hacia mí, hice una pausa,
me limpié el
aceite de oliva
de los labios
con cuidado y luego la besé con ternura.
- He mandado a buscar un
certificado muy severo en el que dirá
que tienen que
dejar que me
lleve las pertenencias de
Diocles puesto que son propiedad del Estado.
- La
casera ya las
habrá registrado; sabe
que son túnicas bajeras sucias
-objetó Helena. Seguía aferrada a mi pecho. Los estibadores que pasaban
silbaron.
- Entonces
quedará impresionada de que el
Estado tenga tanto interés por la ropa interior de ese hombre.
- ¿Crees
que podría haber
algo más útil
en su equipaje?
- Me
educaron con dureza -dije-, y confieso
tener
algunas manías, pero de
momento no he caído tan bajo que vaya olisqueando las manchas de las túnicas viejas de la
gente.
- Necesitas tablillas de
notas. -Helena Justina se acurrucó contra mi hombro y se quedó un rato en
silencio, observando el transbordador-. Páginas
de pistas amablemente anotadas.
Al final, como sabía que yo
lo estaba esperando, murmuró con educada curiosidad:
- Cariño… ¿qué manías son
ésas?
VI
La llegada de nuestras
hijas nos ocupó el resto de la mañana. Aulo y yo tuvimos una charla jocosa
sobre el viaje a Atenas que tenía planeado en tanto que Helena y Albia hablaban
con gravedad sobre por qué la perra parecía tener mala cara.
Las niñas caminaban
con paso inseguro
y gateaban por ahí solas, buscando cosas para destruir en su nuevo
hogar. La perra, Nux, corrió con ellas un rato, luego se cansó
de aquel frenesí
y se escondió debajo
de una cama.
Había un sinfín de cosas
por desempacar. Todo
el mundo intentaba evitar ser el idiota que acabara haciéndolo. La persona
que ordena el
equipaje al llegar
es la que siempre se lleva las culpas por todo lo
que los demás se olvidan.
Sí, por supuesto que es
injusto. La vida es injusta. Después de diez años siendo informante, ésa era la
única certeza filosófica que aún sostenía.
***
Por lo que respecta a Aulo,
dos horas en una calurosa carreta tirada por una mula cascarrabias supervisando
a mi séquito habían bastado para agotar todas sus reservas. Aquel sano y
fornido joven, que
debería tener un
raudal de energía, no tardó en
apoyar los pies en la repisa de una ventana y quedarse dormido. Antes, me había
entregado el certificado de los cronistas que me otorgaba autoridad para
conseguir las posesiones
de Diocles. Aulo rehusó interesarse en reclamar el botín.
Hubiera pensado que se
quedaba porque se había encaprichado de Albia, pero era demasiado joven para él
y tenía un pasado demasiado lleno de incertidumbres para un conservador como
Aulo. Ella provenía
de Britania; la habían recogido del arroyo siendo un bebé,
durante la rebelión. Pudiera ser que estuviera agraciada con un origen romano,
pero también, bien pudiera no ser así. Nadie lo sabría nunca, de manera que en
sociedad estaba condenada. En cuanto a Aulo, había perdido a una heredera
cuando su antigua prometida, Claudia Rufina, se había casado con su hermano en
vez de hacerlo con él; ahora él estaba decidido a posar sus anhelantes ojos
castaños únicamente en una virgen de primera clase con toda una línea de
antepasados borrachos y ricachones a juego. Albia sí que tal vez se hubiera
enamorado de él de no haber sufrido abusos graves antes de que la rescatáramos.
Ahora evitaba a los hombres. Bueno, eso era lo que yo me decía a mí mismo, si
bien, por
todo lo que nos explicaron
cuando la acogimos, su pasado podría
haberla convertido en
una persona promiscua. Helena tenía confianza en la
chica. Eso me bastaba.
En otra época, las
tribulaciones domésticas no me hubieran inquietado. En otra época no tenía
ataduras. Mis únicas preocupaciones eran cómo pagar el alquiler y si mi madre
había visto o no a mi nueva novia. El hecho de convertirme en marido y padre me
había condenado a la respetabilidad. Los informantes solteros están orgullosos
de tener una reputación subida de tono, pero ahora me había vuelto yo tan
hogareño que no podía dejar solas a dos personas que no estuvieran casadas sin
hacer examen de conciencia.
Helena no tenía reparos al
respecto.
- Si fueran a dormir juntos
ya se las habrían arreglado para hacerlo de camino aquí.
- ¡Que
ocurrencia más escandalosa!
-oculté una sonrisa.
- Marco, te asustas porque
todavía me acuerdo de lo que hubiéramos hecho tú y yo.
Rememoré aquellos tiempos
con nostalgia. Luego me consolé diciendo:
- Bueno, Albia odia a los
hombres.
- Albia «cree» que odia a
los hombres. Podía prever problemas en eso.
- Está demasiado gordo
-comentó la propia Albia, que
entró inesperadamente. ¿Cuánto
llevaba escuchando? Era una adolescente esbelta de cabello oscuro que
podía ser mediterráneo y ojos azules que podían ser celtas. Su latín necesitaba
perfeccionarse pero Helena ya se ocupaba
de ello. Albia no tardaría en pasar por una liberta y se terminarían las
preguntas. Con un poco de
suerte podríamos encontrarle un marido
con un buen oficio y hasta podría
ser que acabara siendo feliz. Bueno, el marido tal vez fuera feliz. Albia había
vivido una infancia solitaria y falta de atención; eso siempre se nota.
- ¿Quién? -preguntó Helena
de manera insincera.
- ¡Tu hermano! -bromeó
Albia.
- Mi hermano es de
constitución fuerte, nada más.
- No -Albia había vuelto a
su habitual gravedad herida-. Y no se toma en serio su vida. Acabará mal.
- ¿Quién? -preguntó Aulo,
apareciendo a su vez por la misma puerta.
- ¡Tú! -coreamos todos.
Aulo enseñó los dientes.
Bebía demasiado vino tinto y trataba de eliminar las manchas frotándose la
dentadura con polvos de esmeril. Los dientes se le caerían, pero sin duda él
creía que tendrían un aspecto muy bonito en la bandeja de desechos del sacamuelas.
Poseía toda la vanidad normal en un chico
de ciudad y dinero
suficiente para hacer el
idiota cada vez
que entraba en una botica.
En aquel momento apestaba a
cinamomo.
- ¿Acabaré mal? Eso espero
-lanzó una mirada lasciva-
: ¡Con un poco de suerte en
Grecia!
Cuando se molestaba en
sonreír, Aulo Camilo adquiría un repentino atractivo. Eso podía haberme
preocupado, en relación con Albia.
Pero los dejamos
juntos de todas formas.
Para Helena y para mí,
tener a alguien que cuidara de las niñas mientras nosotros salíamos en equipo
suponía una oportunidad demasiado buena para perdérnosla.
***
Era un
día caluroso y
la caminata hasta
la Puerta Marina nos llevó
bastante tiempo. No nos apartamos de la sombra, dejando el Decumano y
metiéndonos por umbrías calles laterales siempre que era posible. Para tratarse
de una ciudad prerrepublicana, Ostia poseía un buen sistema de cuadrícula y
encontramos el camino a través de sus tranquilos callejones sin dificultad. Era
por la tarde, hora de la siesta.
Unas cuantas tabernas
de comidas todavía servían refrigerios prolongados a los
asiduos, en tanto que unos furtivos gorriones picoteaban las sobras de los
anteriores clientes. Los enjutos perros dormían contra los umbrales de las
puertas y las mulas amarradas permanecían
junto a los abrevaderos con
la cabeza gacha y sacudiendo el rabo
lánguidamente mientras fingían
que sus amos
las habían dejado abandonadas.
Los amos, al
igual que la mayoría de la gente, se hallaban bajo
techo. Disfrutaban de su vida normal a la hora de comer: un bocado rápido de
salchicha con pan o un polvo apresurado con la mujer de su mejor amigo,
una conversación sin
sentido con algún vecino, una partida a las damas,
pedirle más crédito a un usurero o la visita diaria a un anciano padre.
Helena y yo rodeamos la
parte trasera del foro y los edificios públicos vinculados a él; pasamos por
delante de batanes y templos, mercados y posadas mientras nos dirigíamos hacia
las más frescas brisas y el sonido de las gaviotas. Dejé que Helena echara una
rápida mirada al panorama marítimo y luego me la llevé a rastras a ver a la
casera. Sabíamos que la mujer estaría durmiendo y que se pondría de mal humor
si la molestábamos, pero al menos a esa hora del día ningún pálido esclavo nos
comunicaría que la señora había salido de compras o a que la embellecieran,
o que
se había marchado
a un lugar
a kilómetros de distancia para buscar camorra con su
suegra. Es el mejor momento para encontrar a la gente, una tarde costera de las
que aletargan, cuando los cormoranes toman el sol y en la pared del puerto las
escamas del pescado de la mañana se han cocido al calor del mediodía hasta
alcanzar una transparencia como la del papel.
Vi que
Helena estudiaba detenidamente a
la mujer. Ésta, ancha de
espaldas y rubicunda,
llevaba un vestido color ciruela demasiado largo
alrededor de las sandalias y una estola que no combinaba del todo. Sus pesados
pendientes de oro eran de los de aro y lucía un brazalete en forma de serpiente
con unos siniestros ojos
de cristal. Estaba claro que el
colorete de las mejillas y la pintura de los párpados, con el color mal
asentado en las arrugas, eran un ornamento de rutina (para ella, no para la
serpiente del brazalete). O bien era una viuda o le convenía parecerlo.
Indudablemente no era
una viuda de
las desvalidas. La hubiera aceptado como clienta, aunque la perspectiva no me hubiera entusiasmado.
A raíz de mi visita previa
sabía que su actitud era de una agradable eficiencia pero que estaba ahí para
hacer dinero. Si la tratabas bien (y le pagabas más de la cuenta) sería todo
dulzura. No quería problemas, de manera que en cuanto saqué el certificado puso
muy mala cara pero nos llevó junto a las
pertenencias de Diocles.
Las guardaba fuera, en un viejo
gallinero. Las consecuencias eran previsibles.
- Ya
veo que lo
vigilas todo. -Entonces
no había ningún pollo
escarbando por el
diminuto jardín de la
cocina, pero habían dejado los recuerdos de siempre. Hay cosas peores que las
plumas y la mierda de gallina pero, como almacén, aquello parecía un tanto
rudimentario.
- No soy un depósito de
equipajes.
- No, claro que no -le
aseguró Helena con voz tranquilizadora. La mujer se había fijado en la nitidez
de las vocales y consonantes de Helena. Acostumbrada a calar a los inquilinos
potenciales, estaba confundida. Yo era un informante, mi novia tendría que ser
una tipa descarada con un vozarrón y el busto echado hacia arriba. Después de
seis años juntos, Helena y yo ya no lo explicábamos-. Diocles había mencionado
que venía a
ver a unos parientes - murmuró Helena-. ¿Sabes si tuvo alguna
visita o si se puso en contacto con alguien en particular?
- Su habitación estaba en
mi otro edificio de aquí al lado. -La casera estaba orgullosa de poseer un par
de casas, una en la que vivía ella y otra que alquilaba de forma diversa a los
visitantes de temporada-. Podía ir y venir a su antojo.
- ¿Así que no viste a nadie
con él?
- No muy a menudo. El
esclavo de Roma, el que me alertó de que el hombre había desaparecido, parecía
ser el único. -Se refería al esclavo que vino a recoger el artículo para la
Gaceta-. Siempre y cuando no haya problemas yo no me entrometo.
- Vaya, eres de la misma
utilidad que una cabra con tres hígados para un augur novato -comenté.
Helena cruzó su mirada con
la de la mujer.
- Tiene infinitas
posibilidades, pero no dice nada claro
-explicó Helena, y entonces
las dos mujeres se burlaron de
mi chiste.
Me puse a
examinar el equipaje.
Había túnicas sin lavar, tal como
Helena había vaticinado. Cosas peores había olido; los cronistas públicos que
trabajan en las oficinas del gobierno saben cómo hacer uso de los baños. La
ropa sucia de Diocles había permanecido allí durante un mes y luego la habían
colocado en un corral de aves. Sería mucha casualidad poder aspirar alguna vez
las dulces fragancias de bálsamo.
- ¿Crees que Diocles estaba
en Ostia por motivos de trabajo? -Helena poseía una tranquila perseverancia que
la gente nunca se sentía capaz de desafiar. La casera detestaba contestar a
tantas preguntas, sin embargo acabó por colaborar.
- Eso es lo que dijo.
- ¿Te contó cuál era su
ocupación?
- Conservación de archivos
o algo por el estilo, creo.
- Parece razonable
-confirmé la media mentira tras haber desenterrado un paquete de tablillas de
notas. Al parecer estaban casi vacías. Vaya suerte la mía. Diocles era un
cronista que lo guardaba todo en la cabeza. Los testigos pueden llegar a ser
muy egoístas.
Lo que sí encontré fue un
nombre.
- Aquí
hay anotado el
nombre de alguien
llamado
«Damágoras». Parece una
cita… ¿Sabes quién es este tal
Damágoras?
- Nunca he oído hablar de
él -dijo la casera. Al menos era coherente.
VII
Helena y yo volvimos
caminando lentamente. Aquella vez subimos por el Decumano. Yo llevaba la ropa
sucia y otras pertenencias del cronista, todo ello envuelto en su capa.
Aparte del tufillo,
que era una extraña mezcla
de sudor masculino y argamasa vieja, el hecho de estar en posesión de lo
que claramente era un fardo de ropa nos convertía en objetivo de los
atracadores. Las prendas de vestir son
el artículo más popular
para los ladrones. La mitad de
los casos en
los que trabajan
los vigiles comprenden informes
de túnicas robadas de los vestuarios de los baños. Apuesto a que no lo sabíais.
¡Me equivoco! Apuesto a que
al menos en una ocasión habéis sido víctimas de ello.
No existe nada semejante a
una casa de baños con una buena seguridad. No hay más que ver a los
propietarios. La mayoría de ellos toman el dinero de tu entrada con una mano mientras que con
la otra palpan el pelo de tus prendas antes de una transferencia de propiedad.
Muchos de ellos tienen un primo peletero. Mientras tú todavía estés quitándote
con la estrígila el aceite corporal elegido y quejándote de que el agua no está
lo bastante caliente, tu preciada túnica de color pardo rojizo volverá a
teñirse de un rojo sangre
de toro, con
lo cual será
imposible
identificarla. Yo me llevo
a la perra para que me vigile el vestuario. Dado que Nux guarda la ropa
echándose encima de ella, el inconveniente es que me lavo para acabar oliendo
igual que mi perro. Nux nunca está limpia. No obstante, a diferencia de un
desventurado hombre junto al que pasamos en Ostia, nunca he tenido que
escabullirme hacia mi casa desnudo y tapándome los atributos con un cucharón
para el agua que hubiera tomado prestado del caldario.
El Decumano era el camino
de regreso más corto, pero estaba muy concurrido. El
nervioso nudista tenía sus propios problemas eludiendo las burlas y las
carcajadas. Nosotros no estábamos
en mejor situación.
Todos los mozos con carretilla se
apiñaban en la sombreada acera, la calzada se hallaba atestada de carros y el
lado caluroso de la calle se cocía al sol. Las pertenencias de Diocles no
pesaban, pero incluían un pequeño taburete plegable, artículos de aseo, un
botellón de vino medio vacío y una caja de estilos; era difícil maniobrar el bulto de la capa atada por los reducidos
espacios de una calle principal con su embotellamiento de la tarde. Helena no
era de ninguna ayuda. Ella llevaba las tablillas, y como era una lectora
insaciable, ello significaba que ya las estaba investigando minuciosamente
mientras caminaba.
- Sus garabatos no sirven
de nada. Debía de anotar sólo un recordatorio
como por ejemplo
«mañana», sin decir para qué.
Este tal Damágoras que encontraste es el único
nombre.
Había unos cinco juegos
atados, cada uno de ellos con cuatro o seis tablillas de madera de dos lados,
de modo que Helena estaba muy ocupada manteniendo agarradas
todas esas tablas de
escritura al tiempo que
intentaba abrirlas como podía de una en una. En una ocasión se le
cayeron un par de ellas, pero fue porque un aguador la empujó. Helena se agachó
para recoger las tablillas caídas, frustrando el delito a cualquier transeúnte
«servicial» que hubiera pretendido
ayudarla a recogerlas
mientras birlaba alguna que otra.
Cuando se inclinó, el libidinoso camarero de un bar tuvo la clara intención de
tocarle el culo, pero el fardo de Diocles resultó una buena defensa, a cubierto
de la cual le pegué una
patada al camarero.
Él retrocedió tambaleándose con
su bandeja de vasos vacíos. Ajena a todo ello, Helena continuó leyendo.
- ¡Por Juno! Este hombre
era un pelmazo… aquí ha sumado la cuenta de una taberna. En el último juego de
tablillas hizo el esbozo de lo que parece ser una cuadrícula para jugar a damas
en solitario.
La cuenta de la taberna
ascendía a tan poco que sólo podía haberse tratado de estofado frío y una taza
para uno. El cronista de los chismes salía a cenar solo. Al menos aquello evitó
que nos sintiéramos frustrados frente a unas reuniones con contactos anónimos
de las que no se puede seguir la pista. El aparente juego de tablero podría
haber
sido un mapa para un
encuentro, pero, de ser así, Diocles se había
dejado todos los
nombres de las
calles. Eso no ayudaba nada.
- Tal
vez era uno de esos
tristes desgraciados que pasan el tiempo libre dibujando ciudades
imaginarias - especulé con pesimismo. No obstante, nada de lo que sabía
sobre él
sugería que fuera rey de
Atlantis en sus ratos libres.
- Marco, por lo que hasta
ahora he leído en la Gaceta Diaria, se lo pasaba bastante bien empleando su
creatividad en cosas como: «Flavia Conspicua parece haberse cansado muy pronto
del matrimonio. Apenas ha sido arrebatada de brazos de
su madre por
el idóneo pretendiente
Cayo Mundano que se
rumorea que la joven (heredera
de las fincas de Espléndido y
experimentada flautista aficionada) ya se vuelve a ver con su antiguo amor
Gaudio…». Me lo inventé yo -me aseguró Helena.
- Suena bien. Esta tal
Flavia de la que hablas, ¿está buena?
- Es popular en el círculo
de solteros.
- ¿Rubia?
- Caoba, diría yo. No tiene
muy buen tipo, pero sí un carácter encantador; haría cualquier cosa por
cualquier persona.
- Eso te lo puedes tomar de
varias maneras…
- ¡Ya lo creo!
- Dime, eso de «flautista»,
¿es alguna conveniente metáfora en términos de las columnas de chismes? -
pregunté.
- Algo así -respondió
Helena con la gravedad que tanto me gustaba-. Se podría pensar que toda Roma
sonaría como una orquesta de instrumentos de viento, dada la moral
disoluta del momento.
La digitación de Flavia
es legendaria, su control de la respiración es estupendo e incluso se
cree que a veces prueba con la tibia doble.
Para no alentar la mente
calenturienta de mi amada, me concentré en apretujar el fardo de ropa entre el
pórtico de un templo y el
carro de un mampostero
que habían dejado aparcado a un
lado de la calle, bastante cerca de la hilera de edificios.
***
Cansados y acalorados,
pasamos por la casa en la que estaban viviendo Petronio y Maya, donde dejamos
que ésta nos abanicara y nos renovara con infusión de hierbabuena.
Nos vimos obligados a ser
presentados al propietario, que había venido de visita para supervisar la
instalación de una fuente. Era una estatua de un Joven Dionisos desnudo;
sumido en sus
tempranas lecciones de
beber vino, el
atractivo dios (que yo
encontraba que se parecía bastante a mí de joven) meaba el chorro de agua.
Puesto que el propietario de la casa era un empresario de la construcción,
supongo que aquella obra de arte de buen gusto le había sido robada a algún
desafortunado cliente. Tal vez se había desconchado un poco el racimo de uvas
durante la entrega y se había convertido en una «devolución» sin ningún
reembolso visible en la factura final.
El benefactor de Petro se
llamaba Privato y tenía una calva reluciente sobre la que se habían recogido
unas largas hebras de fino cabello grisáceo. Se cruzaban en lo alto, creando un
suelto zurcido de rizos falsos que se separarían al menor soplo de viento. Sin
ser alto, el constructor era huesudo y patizambo. Había conocido a hombres más
fanfarrones, pero él apestaba a ambición social y a conciencia de su propio
éxito. Lo habéis adivinado: no me gustaba.
Petronio había
salido. Con aires
de superioridad, Maya tuvo un
enorme placer explicándole a Privato que yo era un informante y que me
encontraba en Ostia para buscar a un cronista desaparecido. Yo prefiero no
hablar sobre una misión hasta que no haya calado a la persona que acabo de
conocer. Maya lo sabía.
- Dime,
¿qué posibilidades crees
que tienes de encontrar a este tal Diocles? -preguntó
Privato. Era una pregunta razonable. Traté de no torcer el gesto.
- De
momento parece poco
probable que pueda avanzar mucho más -me mostré más amable
de lo que me sentía.
- Marco Didio está siendo
modesto -declaró Helena lealmente-. Tiene un largo historial de casos difíciles
resueltos.
Privato pareció nervioso. A
la gente le da por ahí.
- ¿Qué crees que ocurrió,
Falco?
- En esta coyuntura es
imposible decirlo.
- ¿Qué hace un informante…?
Perdona que te haga tantas preguntas, dicho sea de paso… ¿Qué haces para
encontrar a una persona desaparecida, Falco?
La gente siempre muestra
curiosidad por mi trabajo. Suspiré y pasé a contar la historia:
- Antes de salir de Roma,
miré en el Templo de Esculapio por si había sido hospitalizado… o si lo habían
dejado allí para que lo enterraran. Una vez aquí le pedí a Petronio Longo que
comprobara si los vigiles habían arrestado a mi hombre por algún motivo:
negativo, y ahora las patrullas lo están buscando. Si va deambulando por ahí
aturdido tendrían que verlo. Si simplemente cambió de alojamiento porque no
podía soportar a su casera, mi tarea será mucho más difícil.
- ¡Parece un trabajo
duro! -exclamó el constructor,
nada convencido sin duda.
Sonreí con valentía.
- ¿Has
oído hablar de
alguien en Ostia
llamado
Damágoras?
Privato se hizo el
interesante fingiendo que pensaba.
- Me temo que no, Falco.
Yo también tendría que
haberle preguntado a Privato sobre
su trabajo. De
todas formas, probablemente
ya hubiera oído que los informantes son famosos por su mala educación.
Supongo que su vida consistía en una alegre y prolongada ronda de
reconstrucción de los muelles cuando los
agujeros que dejó
la última vez
empezaban a dejar entrar el agua.
Helena y yo nos terminamos
rápidamente la infusión de hierbabuena y luego me la llevé a casa. Ella se
acordó de las tablillas de
notas. Con cierta
habilidad, yo me las
arreglé para olvidarme la ropa sucia de Diocles, que dejé sobre el bien barrido
suelo de mármol, en el atrio del distinguido hogar de Privato.
VIII
Al día
siguiente regresé al
que había sido
el alojamiento del ahora
desaparecido Diocles, en
esta ocasión por la mañana. Con un poco de suerte la casera habría salido
y yo podría pedirle a su nuevo inquilino que me enseñara la habitación del
cronista.
A Helena la dejé siguiendo
con su tarea de leer ejemplares atrasados de la Gaceta. Lo estaba haciendo en
presencia de nuestras hijas. Cuando
se sentía obstinada, Julia
Junila, que el mes anterior había cumplido tres años, era capaz de iniciar un
disturbio que necesitaría de las cohortes urbanas para ser sofocado; en aquel
momento se estaba haciendo la niña encantadora. Lo hacía con estilo y me
enternecí. Sosia Favonia, una sombría matona de tan sólo catorce meses, se
hallaba de pie desnuda en su cuna, pues había aprendido la manera de ponerse de
pie aunque ésta se meciera.
El próximo truco:
caerse y abrirse la cabeza.
De todos modos,
Albia había colocado
una alfombra de trapo junto a la cuna para limitar los daños. Para leer,
Helena había recurrido a la vieja treta: sacaba un juguete nuevo (todos los
fabricantes de muñecas, pelotas, aros, silbatos y animales de madera de Roma
nos conocían y nos adoraban) y luego se alejaba en silencio mientras aumentaba
el ensimismamiento de las niñas. Estaba a salvo
con sus
rollos hasta que
empezara la próxima
pelea a gritos.
Besé a las niñas. Ellas no
me hicieron ni caso; estaban acostumbradas
a que me
marchara de casa.
A veces parecían pensar que no
era más que el chico del reparto de la verdulería. No, él hubiera despertado
más entusiasmo.
***
Volví a la Puerta Marina
mientras Nu x pasaba como una flecha entre mis tobillos en un intento por
ponerme la zancadilla. Tuve que
andar un buen
trecho sólo para descubrir que el nuevo inquilino había
salido. Deprimido, fui a llamar a la puerta de la casera y en aquel momento las
Parcas se compadecieron. Ella también había salido, de manera que finalmente
conocí a su esclavo para todo, Tito. A este tal Tito, un granuja de nariz
respingona vestido con una holgada túnica que dejaba un hombro al descubierto,
lo habían mantenido alejado de mí en las anteriores visitas. Era más listo que
el hambre; al igual que toda su tribu, sabía exactamente el valor que tenía para
un hombre necesitado. Como hubiera muchos como Tito no iba a llegar muy lejos
con la miseria que me pagaban los cronistas de la Gaceta pero, según él, era
único. Así pues, no me importó.
En realidad fue Tito el que
vació la habitación después de que Diocles desapareciera.
- Excelente noticia. Y
ahora gánate esas tintineantes monedas que me acabas de sacar, Tito. Sé lo que
se supone que Diocles dejó: unas cuantas túnicas usadas y algunas tablillas de
notas vacías. Ahora dime qué más había, y no me ocultes nada.
- ¿Estás diciendo que afané
algo? -preguntó Tito con indignación. Nux, siempre dispuesta a sumarse al
jaleo, se acercó y lo olfateó. El esclavo la miró, incómodo.
- Tienes derecho a
beneficios extra, jovencito.
- Bueno,
así es como
yo lo veo.
-Se calmó. Nux perdió el
interés-. Tenía otro par de túnicas, limpias. Como no iba a volver, se las
quité.
- ¿Las vendiste en el
mercado de artículos de segunda mano?
- Exactamente.
- Diocles vino a Ostia a
pasar el verano -cavilé-. No habría llegado con tan sólo una mochila y un
paquete de buñuelos de calamar, pero aunque lo hiciera…
- ¿Qué estás diciendo,
Falco?
- ¿Adonde ha ido a parar su
mochila?
- Tenía dos. Conseguí un
buen pellizco por ellas.
- ¿Estaban vacías?
- Oh,
sí -parecía cierto.
Lo miré fijamente-.
Las sacudí, Falco.
- Entonces, ¿adonde ha ido
a parar su dinero? Tito se encogió de hombros.
- No
tengo ni idea,
de verdad. -No
tenía sentido insistir. Observé
que el esclavo no me había preguntado:
«¿Qué dinero?».
- ¿Cuánto
equipaje llevaba al
llegar? ¿Dirías que Diocles podría haberse llevado algunas
cosas a otro alojamiento?
- Lo que trajo consigo se
quedó aquí cuando escurrió el bulto. Un taburete, y cosas…
- ¡Olvídate del taburete!
-Lo había recuperado yo. El taburete plegable bailaba y me había pellizcado el
dedo al probarlo-. ¿Había alguna arma? -gruñí.
- ¡No, señor!
Eso no era correcto. En
Roma es ilegal ir armado (no es que ello disuada a la gente), pero cuando
viajamos, todos llevamos las herramientas necesarias. Sabía por mediación
de Holconio y Mutato
que Diocles siempre
llevaba una daga consigo y en ocasiones también una espada. Los otros
cronistas me habían
dicho que se
trataba de las precauciones habituales, por si se topaba
con un marido ofendido o con el látigo que blandiera el enorme conductor de una
esposa furiosa.
- No
quiero que me
las devuelvas y
no voy a denunciarte, Tito. Tan sólo necesito
saberlo.
- No había ninguna.
- De acuerdo.
- ¡No me crees!
- Te creo.
Lo que creía era que ningún
esclavo confesaría nunca haber
robado algo con lo que
pudiera armarse, aunque hubiera vendido el arma. Los esclavos
y las espadas no se mezclan.
- ¿Entonces ya hemos
terminado? -preguntó Tito con aspecto optimista.
- Casi. Pero como el nuevo
inquilino ha salido, haré que me enseñes la habitación, por favor.
Como sabía que se hallaba
en una situación delicada con respecto a los artículos robados, Tito accedió a
ello. Pero nos encontramos con que el inquilino había regresado mientras estaba
hablando con Tito. Era un solapado factor de grano venido a menos que en aquel
momento estaba sentado en su estrecha cama comiendo una empanada fría. Nux
entró corriendo como si fuera la dueña del lugar y él se levantó de un salto
con expresión de culpabilidad; tal vez la casera tenía prohibido comer dentro
de casa. Mientras se recuperaba -sobre
todo estaba avergonzado porque
tenía salsa por todas partes- demostré ser un tipo duro. Registré la
habitación sin molestarme en pedir permiso. El factor de grano debía de saber
que el anterior inquilino había desaparecido;
pacientemente me dejó
proceder a mis anchas.
Tito y él se quedaron
mirando mientras yo inspeccionaba todos los rincones especiales donde los
viajeros esconden cosas
en las habitaciones
alquiladas, desde lo más obvio, como debajo del colchón, hasta lo más
sutil, en lo alto del marco de la ventana. Las tablas del suelo estaban todas bien clavadas. El
armario empotrado estaba vacío excepto por el polvo y una avispa muerta. No
encontré nada. Le
ordené a N u x que buscara, cosa que, como siempre,
se negó a
hacer, prefiriendo quedarse sentada con la mirada fija en el
pastel que comía el representante. Le di las gracias por poner las
instalaciones a nuestra disposición. Me ofreció un bocado de empanada, pero mi
madre me educó para que rechazara la comida que me ofrecieran los desconocidos.
Arrastré a Nux y a Tito
hacia fuera, até a la perra con una cuerda para evitar que volviera adentro a
mendigar comida y acribillé al esclavo con más preguntas. Quería conocer las
costumbres de Diocles.
- ¿Se quedaba sentado en su
habitación esperando a que tuviera lugar un terremoto, como ese callado
individuo que tenéis ahora arrendado?
- No, Diocles no paraba de
entrar y salir.
- ¿Era sociable?
- Dijo que
estaba buscando trabajo, Falco.
Siempre salía y lo iba intentando en distintos lugares. Aunque no tuvo mucha
suerte.
Como todo esclavo, que
siempre que fuera posible se sacaría unas monedas extra, a Tito aquello no le
parecía extraño aun cuando Diocles ya tenía un empleo.
- ¿Adonde fue a solicitar
trabajo?
- A toda clase de sitios,
creo. Fue a los muelles, por supuesto. Todo el mundo lo hace. Allí los trabajos
ya están todos cubiertos. En una o dos ocasiones alquiló una mula y se fue
al campo; debía de apetecerle
recoger lechugas. Quiso ser peón
de albañil una semana, pero no se le daba bien y lo echaron. ¡Por el aliento de
Vulcano, si creo que incluso intentó unirse a los vigiles!
Eso era un problema.
- ¡No puede ser!
- No, tienes razón, Falco;
debía de estar tomándome el pelo. No hay nadie tan tonto.
- ¿Algo más?
- No se me ocurre nada.
- Bien, gracias, Tito. Me
has dado una idea de sus movimientos.
Era una idea vaga, una en
la que Diocles o había enloquecido y estaba intentando salir corriendo hacia
otra vida, o bien había dejado una pista falsa para ocultar cualquiera que
fuera la historia sensacional que estuviera investigando como Infamia. Varias
pistas falsas, por lo que parecía.
Yo no descartaba del todo
la primera posibilidad. El
hombre había desaparecido. Aunque los
demás cronistas pensaran que
Diocles era un irresponsable y fueran cuales fueran mis sospechas
acerca de que su trabajo
le había salido mal, aún podía ser que hubiera optado por desaparecer de manera deliberada. La
gente se marcha sin avisar. Hay personas que deciden empezar de nuevo sin
ningún motivo evidente y a menudo lo hacen en un nuevo papel que asombraría a
sus amigos. Yo tenía un tío que se las piró de esa manera, el hermano mayor de
mi madre. Era una persona más extraña incluso que sus dos peculiares hermanos,
Fabio y Junio. Ahora era ése del que ya nadie hablaba.
IX
Cuando fui a
casa a comer, en el rellano había un perro, grande, blanco y negro, con
ojos de loco, que escarbaba con las patas y enseñaba los dientes. ¡Por el
Hades!: era Aj a x . Sabía lo
que eso significaba. N u x le gruñía con
prolongada animadversión. Le
di unas palmaditas y acallé a
Ajax, que estaba desesperado, aunque era inofensivo. Cuando oí que me llamaban
por mi nombre, entré diligentemente con el rabo entre las piernas.
La comida
estaba en la
mesa; y Julia,
escondida debajo. Favonia intentaba
con todas sus
fuerzas encaramarse a la cuna para salir de ella. Mientras, Helena me
recibía con expresión poco cordial.
Julia se escondía porque
nos había visitado su primo, Marco Baebio Junilo, un niño que era sordo,
bastante excitable y dado a repentinas y estridentes exclamaciones. La pequeña
Favonia, en cambio, estaba ansiosa por jugar con él; le encantaban las personas
excéntricas. Y Helena tenía ese aspecto
glacial porque al
pequeño Marco (y también al baboso perro Ajax) lo había
traído de visita mi hermana Junia: famosa por su desagradable temperamento, su ridículo
marido Cayo Baebio, el empleado de aduanas, y por arruinar la caupona de Flora,
la en otro tiempo concurrida taberna que había heredado -así es como lo veía
Junia- cuando murió la
amante de mi padre.
- Hola, hermano.
- Ave, hermana. Pareces
salida de un cuadro.
Junia me miró con los ojos
entrecerrados, imaginándose, con razón, que me refería a un cuadro para el cual
no encontraría clavo alguno. Vestía formalmente -cada pliegue en su lugar- y se
arreglaba el pelo en unos rollos gordos y parejos. Era una esnob con
pretensiones de superioridad moral y siempre había imaginado que su
acartonado atuendo le
daba el aspecto
de una de las
matronas de la familia imperial, una de las severas y anticuadas que nunca
dormía con sus hermanos o con el jefe de policía, ésas que a nadie importan.
Sin embargo, por más que lo obligaran, no podrían acicalar al hijito mimado de
Julia para que pareciera un emperador. Ése era el motivo por el que Helena
siempre me hacía ser educado; al no tener
hijos, Julia y Cayo habían adoptado a Marco de muy buen grado cuando éste fue
abandonado siendo un bebé. Sabían que era sordo. Se enfrentaron a ello con
entereza.
Junia explotaba este acto
de caridad cada vez que nos veíamos. Nunca me había caído bien, y mi paciencia
estaba muy próxima a agotarse. Eso antes
incluso de que
ella dijera con todo descaro:
- Nos
enteramos de que
estabais de vacaciones
en Ostia y toda la familia está planeando venir a quedarse con vosotros.
Yo vine corriendo para llegar primero.
Cayo Baebio trabajaba allí
en el puerto. Llevaba unos años
haciéndolo y a esas alturas
cualquiera hubiera adquirido un
apartamento; en lugar de eso, la tacañería lo hacía dormir
en un camastro
en la aduana
cuando se quedaba a pasar la
noche. Para él, la falta de un apartamento debía de tener el beneficio extra de poder evitar así las visitas de
Junia.
- Yo no estoy de vacaciones
-dije en un tono cortante. Mi mujer se apresuró a añadir:
- Por desgracia, debo decir
que no tenemos espacio para ti, Junia. Albia y Julia están en el segundo
dormitorio, el bebé tiene que dormir con nosotros y el pobre Aulo va a tener
que rumbarse aquí mismo en el suelo…
Al tiempo que se arreglaba
las numerosas vueltas de collar, mi hermana
hizo caso omiso
de cuanto decía Helena.
- Oh, no te preocupes.
Ahora que he visto las dependencias
de Maya en esa hermosa
casa, nos quedaremos todos con
ellos.
Dije que
Maya estaría encantada. Junia me
fulminó con la mirada.
- Si no estás aquí para
descansar, Marco, supongo que estás metido en una de tus tontas hazañas. ¿De
qué se trata esta vez?
- Una persona desaparecida.
- ¡Oh!
Deberías pedirle ayuda
a Cayo. Conoce
absolutamente a todo el
mundo en Ostia -¿De quién partiría semejante ocurrencia? Mi cuñado era el ser
más insociable que he conocido nunca; la gente rehuía su compañía. Era un
zángano pesado, pedante, aburrido y fanfarrón. Y también sabía cómo tomarme el
pelo. Siempre se empeñaba en quedarse conmigo si me pillaba en una bodega y
todas las veces dejaba que pagara yo la cuenta-. ¿Tienes alguna pista?
-Junia se pavoneó de
conocer la jerga de mi oficio.
- Pregúntale a Cayo si
alguna vez ha oído hablar de alguien llamado Damágoras -le dijo Helena, con
bastante más brío que de costumbre.
- Seguro que lo sabe. Tu
caso ya está resuelto.
Si había una persona que
difícilmente me proporcionaría información, ése era Cayo Baebio.
***
El hijo de mi hermana
estaba quisquilloso, de modo que logramos quitárnosla de encima. Menos mal,
porque Petronio llegó poco después con la imperiosa necesidad de desahogar toda
su furia porque Junia se hubiera reservado alojamiento con él y con Maya.
- ¡No se puede pretender
que Privato albergue a toda tu condenada familia, Falco! No soporto a esa
mujer… -
Cuando se calmó, le pedí
que comprobara si en alguna lista de
los vigiles constaba un tal Damágoras-.
No hacemos listas -insistió.
- No seas testarudo, Petra.
Tenéis listas de prostitutas, de actores, de matemáticos, de maníacos
religiosos, de astrólogos… ¡y de
informantes! -Todos coreamos
el último ejemplo, una vieja broma. No hacía tanta gracia si pensabas
que tu nombre estaba en los archivos. Como lo estaba el mío, sin duda.
- Entonces, Falco, ¿estás
buscando a un astrólogo evangélico que vende su cuerpo y actúa en tragedias?
- No sé qué es lo que estoy
buscando, ésa es la jodida verdad.
- Tendría que ser fácil
encontrarlo.
- No importa -nos
tranquilizó Helena con delicadeza al tiempo que colocaba los cuencos con la
comida frente a nosotros-. Junia tiene intención de pedirle al genial Cayo
Baebio que te ayude, de modo que todo irá bien. -Por un instante, Petro se la
quedó mirando y estuvo a punto de dejarse engañar.
- ¡Y una mierda de asno! Me
muero de ganas de quitármelos de encima. -Puede que Petronio viviera y durmiera
con la menor de mis hermanas, pero acerca de las demás, era de mi mismo
parecer.
Que conste
que yo siempre
he creído que
él tuvo algún lío con Victorina.
Aunque lo mismo hubiera podido
decirse, bien es cierto, de
mi difunta hermana y de prácticamente cualquier persona del sexo masculino de
Roma. Hubo un tiempo en que, de haber sido una mujer de renombre, mi
alborotadora hermana mayor hubiera tenido a Infamia metido en historias sucias durante
meses.
¿Acaso una sirena había
atraído al cronista hacia un nido de amor en la playa y lo tenía atrapado como
esclavo sexual? Sería divertido investigarlo.
***
Helena me contó más tarde
que, según el estudio que hasta el momento
había realizado de la
Ga ce t a , varias mujeres de linaje
bastante insigne eran
las actuales favoritas a la hora
de salir mencionadas.
- Las cabezas huecas que
aparecen mucho en sociedad parecen acaparar la atención -me dijo-. Las chicas
bobas que se quedan embarazadas de sus estrafalarios novios casi buscan que se
las descubra.
- ¿Y
eso es una
novedad, cariño? Pero
estas muchachas están en Roma, no en Ostia.
- La gran historia tendría
que ser que Tito César está viviendo descaradamente en palacio con la reina
Berenice. Eso nunca lo mencionarán.
- Para empezar, están
enamorados -dije. Helena se rio de mi veta romántica-. Bueno, Berenice está tan
guapa que difícilmente puede ocultarla.
Todos los hombres
en el Circo Máximo creen que Tito
es un tipo afortunado… y Tito no tiene
inconveniente en que ellos
lo sepan todo sobre su suerte.
- El
emperador no lo
aprueba -replicó Helena con
cierta tristeza-. Seguro que
Vespasiano convence a Tito para
que tarde o
temprano ponga fin
a esa historia. Tampoco lo mencionarán, excepto por
un comentario en los acontecimientos diplomáticos cuando manden a su casa a la
pobre mujer. «La reina de Judea ha concluido su visita de Estado y ha regresado
al este.» ¿Cuánto dolor genuino quedará sin expresar con eso? «La reina de
Judea es demasiado exótica para
ser recibida en
los estirados hogares patricios.
Su origen oriental la hace inaceptable como consorte para el heredero del
Principado. Los mezquinos esnobs con valores "tradicionales" han
ganado: van a arrancar a la encantadora Berenice de brazos de su amado y van a
deshacerse de ella.»
- Y mientras tanto
-asentí-, las horribles hijas de los horribles legados celebrarán orgías con
los aurigas durante los Juegos de las fiestas Consualia y los senadores electos
les levantarán las faldas a las sacerdotisas en el Templo de la Virgen Diana como
si fueran gecónidos bajo las piedras.
- En tanto que, para ligero
alivio de todos, Infamia dirá
que el rumor de que los
piratas vuelven a operar frente a la costa tirrena es falso.
Me reí.
- No, eso era real -dijo
Helena. Entonces también se rió. Lo único que saben todos los escolares romanos
es que hace cien años Pompeyo el Grande limpió los mares de piratas.
Mi antiguo maestro,
Apolonio, solía añadir pensativamente
que no había
tanta gente que
recordara cómo el propio hijo de Pompeyo, Sexto Pompeyo, un aspirante al
más alto puesto en el poder, hizo salir de su pacífico retiro a algunos de
aquellos mismos piratas y se unió a ellos para causar agitación durante sus
peleas con Augusto. Uno de los lugares que entonces asaltaron Sexto y sus
vistosos compinches fue Ostia. Su estancia en tierra, con sus violaciones
despiadadas y su saqueo meticulosamente organizado, permaneció en la memoria
colectiva como un episodio horrible.
- No nos emocionemos
demasiado, amor. Sobre todo si Infamia dice que el rumor sobre los piratas es
falso.
- Cierto. -Helena me dio un
codazo en las costillas en broma-. Pero existen toda clase de maneras
convenientes de hacer insinuaciones en los artículos de chismes.
Habíamos vuelto al tema de
la flauta. Y eso me estaba dando ideas.
X
Estaba rodeado de
familiares y necesitaba escapar. Nosotros
los informantes somos
tipos duros. Nuestro trabajo es sombrío. Cuando no andamos
por un camino solitario nos gusta encontrarnos entre otros tipos también duros
y sombríos que tienen la sensación de que la vida es asquerosa pero que ya la
dominan. Buscaba compañeros de profesión: fui a visitar a los vigiles. Un
cansado grupo trasladaba de vuelta la maquinaria de un sifón tras un
incendio la noche anterior.
Sucios y tosiendo todavía a causa del humo, entraron
pesadamente y con desgana por la alta puerta del cuartel del escuadrón. Un par
de ellos arrastraban unas carbonizadas esteras de esparto. Dan la impresión de
ser algo rudimentario, pero utilizadas en cantidad pueden sofocar un fuego pequeño
mucho antes de que pueda traerse el agua. Un pobre tipo rechoncho, bajo y
cejijunto que debía de tener servicio de castigo iba cargado con las hachas y
palancas de todo el mundo y llevaba todas las cuerdas colgadas en rollos
diagonales; los demás le tomaban el pelo y él soltó su carga nada más entrar y
se desplomó. Dejaron los cubos vacíos en el suelo con una crepitación metálica
y poco a poco fueron a lavarse. Como eran todos ex esclavos estaban
acostumbrados al agotamiento, a la suciedad y al peligro. Todos sabían que si
sobrevivían seis años
recibirían un diploma de ciudadanía. Eran bastantes los que
no sobrevivían. De los que
sí lo hacían, había algunos
locos que incluso
optarían por quedarse después. El
instinto de supervivencia ocupaba un segundo lugar tras las comidas gratis y la
camaradería. Y tal vez les gustase
dar palizas a
la población durante
su servicio contra la delincuencia.
Los seguí hacia el
interior. Nadie me dio el alto. En algún lugar tendría que haber un oficial de
turno, un ex legionario que quería un trabajo seguro con unas cuantas emociones
y mucho de lo que quejarse, como Petro. Era invisible. Oía
a los agentes
intercambiando insultos mientras
se limpiaban allí dentro, pero la plaza de armas estaba desierta. Aquello
aumentaba la impresión de que el servicio destacado en Ostia era la opción
despreocupada.
Caminé por los pórticos
bajo la densa sombra que proyectaban los edificios con aspecto de barracones.
En una de las habitaciones, un arrugado administrativo estaba procesando a un
puñado de prisioneros, unos ladrones capturados
durante la guardia
nocturna. Los tenía sometidos con su competente
personalidad. Cuando tosí, él levantó la vista de su hoja de cargos; me
conocía, y cuando pregunté por los aspirantes sugirió que podría encontrar a
Rústico tres habitaciones más abajo.
- ¿Quién es?
- El
oficial de reclutamiento. Es tu
día de suerte.
Viene una vez cada dos
semanas, Falco. -Yo no le había recordado
mi nombre al
administrativo-. Rústico
encontrará tiempo para ti. Nunca está ocupado.
Rústico había tomado un
despacho frío, fuera del cual había colgado una pizarra con un monigote y una
flecha dibujados para decir: Entrad aquí. Recién llegado de Roma, mantenía las
apariencias. Estaba despierto.
No había pruebas evidentes
de que estuviera comiendo o
echando una partida a algún juego de tablero. Había sacado un rollo para
los juramentos de lealtad aun cuando no tenía a nadie haciendo cola. Le haría
falta un oficial que fuera testigo de cualquier
alistamiento; imaginé que tendría
a uno de guardia.
Caprichosamente, fingió
creer que yo era un aspirante. Me ofreció la amplia sonrisa de bienvenida,
aunque observé que ni siquiera
se molestaba en
coger su estilo
para escribir nada.
Sabía perfectamente que
tenía alguna otra misión. A mis
treinta y seis
años ya era
demasiado viejo, para empezar. Poseía un cuerpo bien
ejercitado que ya había tenido acción suficiente como para que me prestara
voluntario para más. Mi túnica, cruda, con ribete color arándano, lavada
y planchada, era
una prenda hecha
a medida, un barbero medio decente había domado mis rizos oscuros y me
había dado el gusto de que me hicieran una manicura profesional en unos baños
públicos. Aunque no se
fijara en mi mirada firme y
mi taimada actitud, en cuanto metí los pulgares en el cinturón tendría que
haberse percatado de que era un cinturón condenadamente bueno. En mi mano
derecha se veía un anillo ecuestre de oro. Era un ciudadano libre y el emperador
me había ascendido al rango medio.
- Mi nombre es Falco. Soy
amigo de Petronio Longo. Petro estaba en la Cuarta Cohorte. Rústico debía de
pertenecer a otra, aunque
no necesariamente a la Sexta, la cual se hallaba entonces de servicio allí. Lo
reconoció:
- Sí, Petronio Longo ha
supervisado los enrolamientos conmigo…
- Es un buen muchacho.
- Eso parece. ¿Qué es lo
que buscas, Falco?
Me senté en un taburete que
había libre. Era más bajo que el suyo, para que así los nerviosos reclutas se
sintieran vulnerables mientras suplicaban para alistarse. Esta básica
estratagema no me preocupó.
- Estoy llevando a cabo una
investigación oficial sobre un
hombre que ha
desaparecido de una
secretaría de palacio. -Aunque
decir «oficial» era algo exagerado, la Gaceta
Diaria era un portavoz de palacio y los cronistas me pagarían de los
fondos públicos.
- ¡Me sorprende que se
hayan dado cuenta! -Rústico y yo
todavía no éramos
amigos. Pensé que
nunca lo seríamos. Pero se mostró
interesado.
- Y que lo digas. Rústico,
puede que se trate de una pista falsa, pero alguien me ha dicho que hace poco
mi hombre intentó alistarse en los vigiles. Se llama Diocles. Claro que si dio
un nombre falso estoy en un callejón sin salida.
Rústico se encogió de
hombros y luego se echó hacia atrás en
su taburete, con los
brazos cruzados. No
hizo ademán de coger el rollo en el que constaban formalmente los
reclutas recién alistados; ni siquiera lo miró.
- ¿Diocles? No lo acepté.
Estaba claro que en Ostia
no había avalanchas de gente para ir a alistarse. Me guardé de expresar el
comentario.
- ¿Recuerdas las
circunstancias?
Frunció los labios. No pudo
resistirse a jugar con un informante.
- Sí que me acuerdo, porque
rechazar a alguien es algo poco común, a menos que sólo tenga una pierna… no,
una vez aceptamos a un amputado de Moesia e iba dando saltos por ahí
estupendamente… hasta que se cayó por el suelo…
- ¿Había algo en él que no
fuera adecuado? Rústico volvió a tomarse su tiempo.
- Diocles. Un tipo enjuto.
Un gusano de los discretos. Entró aquí al trote y fue el único que habló. Había
sido esclavo pero fue manumitido. Se había olvidado de traer su certificado,
pero podría presentarlo. Quería una nueva vida, con una
oportunidad para conseguir
la ciudadanía y el
derecho al reparto de
grano. Hasta dijo que quería servir al Imperio.
Algunos de ellos
consideran el hecho
de ser patriota como una
recomendación, aunque personalmente me
parece más natural
si lo que
intentan es conseguir comida gratis y divertirse con las
llamas.
Un cínico. Sonreí en señal
de asentimiento. Tal vez se animó un poco. O no. Decidí que sencillamente era
un cabrón antipático.
- ¿Era demasiado viejo?
- Creo que dijo que tenía
treinta y ocho años. No son demasiados si se trata de una persona fuerte.
- Entonces, ¿por qué lo
rechazaste?
- Ni idea. -Rústico pensó
en ello, como si estuviera asombrado
de sí mismo-.
¿De la secretaría de
palacio, dices? Eso encaja. Su latín era un pelín demasiado bueno. Pero
por mi parte fue una cuestión de instinto. Confía siempre en el instinto,
Falco.
Yo no dije nada. El
instinto podía ser un amigo veleidoso. A menudo, aquella significativa
«sensación» tan sólo quería decir que la cena de anoche te había fastidiado, o
que te estaba saliendo una boquera.
El oficial de reclutamiento
se inclinó hacia delante de pronto.
- ¿Y qué hace ese cabrón?
¿Una maldita inspección especial?
Me reí. Él creía que
Diocles estaba investigando a los
vigiles, que indagaba algún
caso de corrupción.
- No
vas muy desencaminado. Es
Infamia. -Fue en balde. Los vigiles nunca están al tanto de
las noticias-. Escribe la sección de chismes de la Gaceta Diaria. -Estaba
corriendo un riesgo; ahora podía ser que Rústico se cerrara en banda y callara
como un muerto. Pero como reclutador que era, pensé que sería un visitante de
media jornada, sin ningún vínculo con la Sexta-. Así pues -dije, bajando la
voz-
, ¿llegamos a la conclusión
de que se cree necesario el escrutinio de algún miembro del actual
destacamento… en pro del interés público?
Podían ser varias las
razones. Hurto de fondos. Tener a pervertidos como compañeros de juego.
Incompetencia patente…
Incorrecto: la
incompetencia no es una noticia emocionante.
- ¿Un asunto de faldas?
-preguntó Rústico, que adoptó un aire sagaz mientras alumbraba sus propias
ideas-. No,
¡está permitido acostarse
con cualquiera! Serian, en todo caso, unas faldas equivocadas.
- Es posible -asentí-. Me
alojé aquí por poco tiempo. Las cosas parecen verdaderamente mojigatas. Apenas
he advertido que hubiera visitas de mujeres con toga a altas horas de la noche.
-En una mujer, la toga es el símbolo de la prostitución.
- No; tendría que ser algo
gordo -dijo Rústico-. ¿Un
oficial en la cama con la
esposa de un edil?
- ¿O enviando regalos de
gran valor a la amante de un oficial superior?
- O adulando a la fulana de
un sinvergüenza… aun así, sólo si el sinvergüenza se halla bajo una
investigación especial.
- Por
evasión de tasas de
importación como mínimo…
- Con sobornos…
- ¡Por encima de la media!
Los dos
nos calmamos, al
límite de mencionar ofensas no muy escandalosas.
- No lo entiendo, Falco
-suspiró Rústico-. En Roma no provocaría ni un parpadeo.
Estaba a punto de
marcharme.
- Tienes razón. Es insulso.
No sé por qué vino aquí, pero no creo
que Diocles estuviera
investigando a los propios vigiles. -Para empezar, había ido
en busca de otros trabajos-. Así
pues, ¿hay algo
más que puedas
decirme sobre mi hombre desaparecido?
- Estaba bien cuando se
marchó de aquí. Le dije que no había vacantes pero que dejaría su nombre en la
lista. Se lo tomó con bastante calma.
Ya había llegado a la
puerta cuando un impulso me hizo girar.
- ¿Te
dio una dirección
de contacto? ¿La
de una
habitación cerca de la
Puerta Marina?
Rústico pareció
sorprendido.
- Dijo que había llegado
aquel mismo día de fuera de la ciudad; me dio la impresión de que se alojaba en
algún lugar de la costa. Me temo que no me molesté en apuntar los detalles. Al
fin y al cabo, no estaba interesado en él.
***
Encontré al oficial de
turno. Cuando yo me marchaba, él entraba por la puerta principal, riéndose en
compañía de Privato, ese constructor de cabello filamentoso que tenía a
Petro en su
casa. Tal vez
buscaba un contrato
para reconstruir el cuartel del escuadrón. El constructor me saludó con
simpatía, pero daba
la impresión de
no acordarse muy bien de dónde nos habíamos conocido. Allí parecía encontrarse
como en su
casa. Era demasiado esperar que
fuera debido a
que lo arrestaban
con frecuencia.
Logré una
entrevista privada con el oficial
y le pregunté si aparecía algún
«Damágoras» en sus listas especiales. Me dijo que las listas eran
confidenciales. Se negó a consultarlas.
Harto de brutos poco
dispuestos a ayudar, me fui a
casa a comer. Allí, mi muy
inteligente y normalmente servicial novia esperaba mi regreso. Pero incluso
Helena Justina tenía aspecto de haberse vuelto desagradable.
XI
Albia jugaba con las niñas,
la cabeza gacha y sin cruzar la mirada con nadie. Por una vez, las dos pequeñas
estaban muy calladas. Mi cuñado Aulo se comportaba con indiferencia, como si,
sea lo que fuere que hubiera pasado, él no tuviera culpa alguna; me saludó con
una mueca silenciosa y pegó la nariz a una tablilla de notas. Ni siquiera pude
ver a Nux. Todos parecían estar agradecidos por que hubiera llegado a casa para
desviar la balística y rescatarlos.
Por un momento Helena
Justina continuó cortando puerros en una desagradable tabla de madera que
habíamos heredado con el apartamento. Los puerros son una especialidad de
Ostia. Me habían prometido mi receta favorita. Parecía que fuese a quedar
arenilla entre las hojas. A propósito.
- ¡Helena, corazón mío! ¿Qué te
parece si salgo
y vuelvo a entrar, más contrito?
- ¿Estás sugiriendo que
algo va mal, Falco?
- Claro que no, cariño.
Sólo me gustaría dejar claro que no toqué a esa camarera, diga lo que diga la
chica, y si alguien ha dejado una rata muerta en el rebosadero del desagüe, no
fui yo; eso no tiene nada que ver con mi idea de la diversión.
Helena respiró honda y
largamente y levantó la vista
de lo que estaba cortando
con una mirada que decía que estaba considerando la sugerencia de la camarera
muy, pero que muy a conciencia. Quizá la broma había supuesto un riesgo
demasiado grande.
Seguía sujetando el
cuchillo. En realidad no se me ocurrió ningún motivo para sentirme culpable, de
manera que me quedé callado y adopté un aspecto sumiso. No demasiado sumiso;
Helena se irritaba con facilidad.
También seguía aguantando
la respiración; entonces la dejó salir toda, con extremada lentitud.
- No hay que culpar a nadie
por la familia que le ha tocado -anunció.
- ¡Ah! -Se trataba de uno
de mis parientes. No era ninguna sorpresa. Podía haber repasado las
posibilidades mentalmente, pero había demasiadas.
- Vino
tu hermana -dijo
Helena, como si
eso no tuviera nada que ver con
el ambiente que allí se respiraba.
- ¿Maya? -Ni siquiera me
molesté en mencionar a Alia o Gala. Eran un par de zoquetes inútiles que
trataban de pedir cosas prestadas,
pero estaban a
buen recaudo en Roma.
- Junia.
Bien. Junia regresó. ¡Qué
típico!
- Sea
lo que sea
lo que haya
dicho o hecho,
me disculpo por ella, querida.
- No se trata de lo que
haya hecho -gruñó Helena, mi
afable, tolerante y
diplomática compañera-. Nunca se trata de lo que Junia haga. Se trata de lo que
es. Se trata de cómo se sienta ahí con su arreglado conjunto, sus cuidadas
joyas, y ese pugnaz hijo
suyo con su túnica inmaculada,
y el baboso de su perro que husmea por todas partes, y la verdad es que
no sabría decirte qué es lo que lo provoca, pero tal vez su trillada
conversación y su comportamiento autosuficiente… hacen… que… ¡que me entren
ganas de gritar!
Ahora ya se sentía mejor.
***
Tomé asiento y moví la
cabeza con comprensión. Helena se puso otra vez a cortar. Para tratarse de una
chica de quien únicamente se esperaba que pusiera los pies en las cocinas para
proferir órdenes sobre recetas destinadas a banquetes patricios, ahora sabía
blandir cuchillos afilados con destreza. Vi que había un trapo a mano que
contendría la sangre, entonces observé con cautela. Le había enseñado a tratar
de evitar cortarse los dedos, pero parecía mejor no distraerla hasta que
hubiera terminado. Helena tenía unas manos largas y hermosas.
Al cabo de un rato echó los
puerros en un cuenco con
agua, los sacudió en ella
para lavarlos, limpió el cuchillo, con un golpe puso una cacerola en el banco
de cocina que yo había improvisado, buscó como una loca el aceite de oliva y me
permitió que lo encontrara para ella. Agarré el asa de la cacerola. Ella me la
arrebató de un manotazo. Me aparté
educadamente. De un
codazo me hizo
volver a ocupar mi puesto y dejó
que me hiciera cargo de la comida. Aulo, con un insólito sentido doméstico, se
desacomodó y llenó una taza con vino tinto que puso en manos de mi hermana
ceremoniosamente.
Helena se inclinó contra la
mesa mientras bebía unos sorbos. Se le desfrunció el ceño. No tardó en decirme
con desánimo que Petronio
había pasado por
ahí aquella mañana; había
consultado las listas
de indeseables que tenían
los vigiles y no había
encontrado a ningún Damágoras. Entonces
pasamos al quid
de la cuestión: Helena añadió que el motivo por el
que había venido Junia era para regodearse de que Cayo Baebio sí tenía cierta
información acerca de aquel nombre. Como no podía ser de otro modo, tratándose
de Junia, no soltó prenda. Bueno, era por eso por lo que Helena estaba molesta.
Tendría que ir a ver a Cayo
Baebio. Ahora yo también estaba molesto.
No obstante, los puerros
estaban buenos. Los aderecé con un poco de queso de cabra desmenuzado y unas
cuantas aceitunas que previamente
había deshuesado, di
unas
cuantas vueltas a todo ello
con un poco de escabeche de pescado salado, lo serví en cuencos y lo rematé con
un chorrito extra de aceite de oliva. Nos lo comimos con el pan del día anterior;
Helena había estado
demasiado enojada como para salir a la panadería a por pan recién hecho.
XII
Tomé el transbordador hacia
Portus, donde trabajaba Cayo Baebio en su calidad de empleado de aduanas… o,
como añadiría él con pedantería, de supervisor. La decisiva tarea de acosar a
los importadores para que pagaran su tasa tenía lugar en el puerto principal,
aquel que fuera uno de los grandes proyectos
del emperador Claudio
y que terminó Nerón. Destinado a
reemplazar las atoradas instalaciones de Ostia, Portus había resultado
inadecuado para dicho cometido desde el día en que se inauguró. Sabía que Cayo
me lo volvería a explicar todo otra vez, tanto si venía al caso como si no, y
eso pese a que yo le recordara que ya se había quejado de lo mismo otras veces.
Le había prometido a Helena
que aprovecharía el viaje en transbordador para calmarme. Por el contrario,
cuando me senté en el bote que, impulsado por remos, avanzaba lentamente, la
tensión se apoderó de mí.
***
Portus Augusti
había sido construido
a unos tres
kilómetros al norte de
Ostia. Intenté concentrarme en la geografía.
Aquél era el único puerto
digno de así ser llamado que había en muchos kilómetros de la costa occidental
italiana en ambas direcciones, de lo contrario nunca nadie hubiera tomado tierra allí.
Probablemente tendríais que
ir hasta Cosa para encontrar un
atracadero decente hacia el norte, mientras que, en dirección sur, los barcos
de grano que provenían de África y Sicilia con frecuencia seguían descargando
en Puteólos, en la bahía de Neapolis, tras lo cual el grano se transportaba por
tierra para evitar las dificultades
que había que
sortear aquí. Nerón
había querido incluso construir un canal desde Puteólos como una
solución más «sencilla» que tratar de mejorar la puerta marítima portuense.
Roma se
había fundado río
arriba, en un
terreno elevado en el primer punto salvable del Tíber, pero eso
presuponía que el
nuestro era un
río útil. Rómulo
era pastor. ¿Cómo iba él a saberlo? Comparado con las grandiosas vías
fluviales que discurren por la mayoría de capitales de provincia, el viejo
Padre Tíber era como un hilo de meados de rata. Incluso en Ostia, su revuelta
desembocadura no tenía más de unas cien zancadas de lado a lado; Helena y yo
habíamos estado muy distraídos la otra mañana, observando los grandes barcos
que intentaban maniobrar para pasar uno junto a otro entre gritos de alarma
y choque de remos. Y el río
era hostil. Con frecuencia los nadadores
resultaban arrastrados allí donde no
tocaban fondo, succionados por un remolino, y morían ahogados. Los niños
no se mojaban los pies en la orilla del Tíber.
El pequeño
y ondulante Tíber
era demasiado cenagoso, su corriente,
impredecible, y serpenteaba por toda la campiña. Aparte de esto, aunque
se desbordaba a menudo y sufría sequías, rara vez era infranqueable. Las
embarcaciones podían abrirse camino tierra adentro y amarrar al lado mismo del
Emporio en Roma, y algunas aún lo hacían. Sin embargo, remar río arriba
significaba tener la rápida corriente en contra. Navegar a vela era imposible
debido a
los meandros; los
barcos de aparejo
de cruz perdían el viento a cada
viraje. De manera que eran remolcados. A algunos los atoaban con animales de
tiro, pero la mayoría eran arrastrados arriba o abajo, toda la distancia de
más de treinta
kilómetros, por grupos
de abatidos esclavos.
Aquello imponía un límite
de peso. Y era el motivo por el cual
Ostia, ahora junto
con Portus, era
tan importante. Muchos barcos tenían que amarrar y descargar sus
mercancías al llegar a la costa; allí permanecerían hasta que los
pasajeros y las
nuevas cargas a
transportar estuvieran a bordo. Así pues, Ostia siempre había servido
como fondeadero y antesala de Roma. Por desgracia, había
sido elegida y fundada por
trabajadores de las salinas, no por marineros. La desembocadura del Tíber era
perfecta para una industria
que requiriera aguas
poco profundas, pero allí nunca
había habido amarraderos profundos. Peor todavía, no era un embarcadero seguro.
Las embarcaciones comerciales más grandes -incluyendo los enormes transportes
de grano imperiales- tenían que desembarcar al menos parte de su cargamento en
gabarras, en mar abierto. Aquello era peligroso y sólo era posible en verano.
Allí donde el río se precipitaba contra la marea que venía en dirección
contraria, confluían dos corrientes. Había que lidiar con unos traicioneros
vientos del oeste. Si a ello sumamos los bajíos costeros y la barrera de arena
que se formaba en la desembocadura del río, los mercaderes que llegaban del
extranjero tenían muchas posibilidades de irse a pique.
Mientras tanto,
para las embarcaciones
más manejables que se
aventuraban a llegar
directamente a tierra seguía
habiendo problemas. Cuando finalmente alcanzaba la costa, el Tíber se dividía
en dos canales, hoy en día demasiado obstruidos por el cieno para barcos de
cualquier medida. Portus se había diseñado para mitigar el problema, y hasta
cierto punto lo hizo. Muchos navios mercantes amarraban ahora en la ensenada de
Portus. Los lodosos canales del Tíber seguían estando concurridos con el tráfico,
especialmente el de
los cuatro servicios
del
transbordador, todos ellos
dirigidos por hombres adustos y desdentados cuyas familias eran anteriores a
Rómulo. No sentían escrúpulo de conciencia alguno a la hora de cobrar pasajes
distintos a los locales y a los visitantes y eran capaces de timarte con el
cambio en todas las divisas conocidas.
Hice frente al
transbordador y luego me paró un carro de verduras que me llevó al otro lado de
la isla, una zona llana de huertas de tierra fértil ahora atravesada por una
carretera muy transitada.
A lo largo de los años
había estado allí varias veces, normalmente haciendo de Portus el punto
de partida para misiones en el extranjero. Cada vez me había encontrado con más
y más edificios en obra, puesto que los almacenes se
expandían y la gente optaba por construir casas nuevas cerca de su lugar de
trabajo.
El nuevo puerto era de una
magnificencia imperial incontestable. Unos muros circundantes rodeaban la
amplia ensenada, formando dos malecones que se adentraban en el mar. En sus
extremos más alejados se alzaban templos y estatuas, y
entre ellos, una
isla artificial. Ésta
estaba formada por el barco hundido
que en otro tiempo
trajo desde Egipto el enorme obelisco que actualmente adornaba la
división central del Circo de Nerón en Roma. El navío de transporte se había
hundido en aguas profundas cuando iba cargado de balasto y sobre esta base se
erigió un faro de cuatro pisos coronado por una descomunal estatua de un
desnudo monumental; a mí me
parecía un emperador, sólo ligeramente cubierto por pudor. Bajo él los barcos
entraban por la bocana
del norte y
salían por la
del sur y los
marineros y pasajeros alzaban la mirada hacia el trasero imperial y pensaban:
¡Oh, qué vista tan espectacular!
Las gigantescas
pelotas julio-claudias todavía
eran más espectaculares cuando por la noche los fanales las iluminaban
por debajo.
El puerto propiamente dicho
se hallaba congestionado con toda clase de embarcaciones, incluso las de
visitantes veraniegos procedentes de la flota de Miseno. En una memorable
ocasión había venido el buque insignia, la llamativa hexeris llamada Op s . Aquel
día vi una hilera de tres trirremes desiertas, que sin duda eran militares,
entre los mercantes transatlánticos. Los
remolcadores, todos ellos con unos
juegos de remos
gruesos y un altísimo
mástil, sólido y
resistente, iban de
un lado a
otro lentamente, en torno a las embarcaciones mayores, cuando había que
reorganizar los amarres.
Las barcazas se deslizaban sobre el agua como si fueran
pulgas, en medio de insultos o
saludos proferidos a
voz en cuello.
Los esquifes iban de aquí para allá sin rumbo fijo, a manos de los
habituales pelmazos del puerto que merodeaban por allí con gorras de marinero e
intentando gorronearle una bebida a personas como yo. De vez en cuando las
grandes embarcaciones entraban en el puerto
o lo abandonaban
silenciosamente, bajo la
sombra del faro, provocando gran expectación entre las grúas y oficinas que
había en los malecones. No podía
contar aquella selva de mástiles
y altas proas picudas, pero debía de haber unos sesenta o setenta barcos
de proporciones considerables amarrados en el puerto, además de unos cuantos que había anclados a cierta distancia de la costa y varias
embarcaciones que surcaban el mar de un lado a otro.
Yo había viajado por el
mundo, pero nunca había visto un lugar como aquél. Ostia era el centro del más
amplio mercado comercial jamás conocido. La República había constituído una
época de modesta prosperidad que terminó con
la guerra civil
y la penuria;
los emperadores, que estaban respaldados por financieros
legendarios y que andaban bien de dinero gracias a las expoliaciones, no
tardaron en enseñarnos a despilfarrar el dinero en lujos. Ahora Roma se
atiborraba de productos. Se compraban remesas ilimitadas de mármoles y maderas
de primera calidad en todos los rincones del Imperio. Obras de arte,
cristalería, ébano, minerales, piedras preciosas y perlas orientales afluían
a nuestra ciudad.
Se traían especias, raíces y bálsamos fabulosos en
grandes cantidades. Los valientes
importaban ostras de las aguas
septentrionales que se transportaban vivas en barriles de turbia agua de
mar. Ánforas llenas de pesca salada, encurtidos y aceitunas se disputaban la
atención entre miles y miles de otras ánforas
rebosantes de aceite de
oliva.
Comerciantes de tez morena
intentaban que los elefantes cruzaran por encima de las planchas, entre jaulas
de leones y panteras furiosos. Se entregaban bibliotecas enteras de rollos
destinados a grandes hombres demasiado ocupados para leerlos, junto con refinados
libreros y remendones de papiros. Llegaban telas y tintes de precio
exorbitante. Los comerciantes de esclavos explotaban el tráfico humano.
Algunas de esas mercancías
volvían a exportarse para ilustrar a provincias distantes. Los vinos y salsas
italianos se enviaban al ejército, a administradores en el extranjero, a
provincianos que necesitaban ser educados en los valores romanos. Herramientas,
artículos domésticos, nabos, carnes, plantas en maceta, gatos y
conejos salían de allí en cargamentos en los que también se mezclaban abogados
y legionarios en dirección
a lugares que
en otra época carecían de todo aquello, lugares que
algún día nos exportarían de nuevo sus versiones locales.
Cuando lo hicieran, les
esperaba algo especial. Cayo Baebio estaría allí. Lo encontrarían a la espera
en el muelle de Portus, sentado tras su mesa de aduanas con su sonrisa fácil y
su actitud exasperante, dispuesto a ofrecerles su primera experiencia, lenta,
prolongada e insoportable, con un funcionario romano.
Sólo si tenían mucha, mucha
suerte, aparecería yo para
llevármelo a rastras.
***
- Ven a beber algo, Cayo.
- Tranquilo, Marco; tengo
que permanecer en mi puesto…
- Eres el supervisor. Dale
a tu personal la oportunidad de cometer errores. ¿Cómo vas a corregirlos si no?
Es por su propio bien. -Los subordinados me miraron con sentimientos
encontrados. Una pequeña cola de comerciantes soltó una irónica aclamación.
¡Por el Hades! Junia había
hecho que Cayo se quedara c o n Aja x aquella tarde. Cuando lo arranqué de su
asiento detrás de las tablillas y los cofres con dinero, el espantoso perro
también vino. Un rabo incontrolable tiró dos tinteros mientras Cayo alzaba su
formidable trasero y se levantaba de su taburete a regañadientes. Aquella
enorme lengua húmeda me tocó la parte de atrás de las rodillas cuando la
chiflada criatura nos siguió a trompicones. Cada vez que nos cruzábamos con un
mozo transportando una carretilla, Ajax tenía que ladrar.
- Dejar el mostrador es una
mala costumbre, Marco.
- Tómate
un respiro. Por
una vez disfruta
del
gorroneo, como todos los
demás.
- ¡Ajax! ¡Suéltalo! Buen
chico…
Portus era el Elíseo para
un perro excitable. Los pasillos
del puerto estaban llenos de
norays en los que mear, sacos sobre los que saltar, ánforas
que lamer y grúas alrededor de las cuales enrollar la correa. Por todas partes
merodeaban hombres bajitos con aspecto sospechoso, pidiendo a gritos que los
hostigaran con gruñidos y que les enseñaran los dientes, Había olores muy
intensos, fuertes ruidos repentinos y alimañas invisibles que se escabullían en las
esquinas oscuras. Al final
el perro encontró
un pedazo de cuerda
raída que transportar
y entonces se calmó.
- Le hace falta disciplina,
Cayo. Ahora mismo mi Nux
iría andando reposadamente
a mi lado.
Cayo Baebio era un pelmazo,
pero no era tonto.
- Si eso es cierto, debes
de tener otro perro desde la última vez que te vi, Falco.
Se desvió del tema,
preguntándose cuándo había sido nuestro último encuentro: en las Saturnales,
por lo visto. Julia había roto uno de los juguetes de su primo sordo y
Favonia le contagió
al pequeñín un
resfriado horrible. Bueno, así
eran los niños, dije cruelmente al tiempo que arrastraba a mi cuñado hacia el
mostrador de un figón que había a un lado de la calle. Pedí lo que queríamos
tomar. No me molesté
en disgustarme esperando
a que Cayo
Baebio hiciera el papel de
anfitrión; habrían terminado pidiéndonos que abandonáramos el mostrador y
dejáramos paso a los clientes que pagan.
Yo pedí un plato pequeño de
frutos secos y un vino especiado.
Cayo Baebio sostuvo un
prolongado debate sobre si quería el puré de lentejas o una vianda a la que
llamaban la legumbre del día y que a mí me parecían pedazos de carne de cerdo. Cayo, que no
estaba convencido, expresó sus dudas
con mucho detenimiento sin conseguir
que nadie más se
interesara por el
dilema. Ya había
intentado resolverle problemas en el pasado. No tenía ganas de volver a
acabar babeando presa del delirio, así que me comí los frutos secos. Los guisos
de carne estaban prohibidos en los puntos de venta de comida rápida, por si
acaso el disfrute de una comida
decente incitaba a
la gente a
relajar la guardia y a expresar
su desaprobación respecto al gobierno. Ningún vendedor de comida iba a admitir
ante Cayo Baebio que estaba desacatando eí edicto abiertamente; con cada
palabra que pronunciaba, Cayo daba la impresión de ser un inspector enviado
por algún desagradable edil
para comprobar la contravención del reglamento de guisos del emperador.
Al final se decidió también
por un cuenco de frutos secos. El propietario nos lanzó una mirada asesina a
los dos y lo plantó en el mostrador, sólo lleno a medias, ante lo
cual Cayo estuvo poniendo
reparos con tesón durante un rato. En mi mente se filtraron unos siniestros
planes para asesinarlo.
Uno de los clientes se fue
alejando de nosotros poco a poco, rehusó que le volvieran a llenar el vaso y se
fue a toda prisa. El otro se apartó, enfurruñado, y se deleitó con su caldo al
tiempo que se apoyaba en un proís y les gritaba improperios a las gaviotas.
Ajax se sumó a él y empezó a ladrar con tanta fuerza que en las oficinas
cercanas de los negociadores de grano y especias empezaron a asomar
cabezas, en tanto
que el gorila
de la pensión
Flor del Ciruelo (que parecía un
burdel) miraba con actitud desafiante.
A A j a x lo habían imbuido
de la acartonada moralidad de mi hermana. Detestaba
al gorila del burdel; se abalanzaba desde la posición de ataque y tiraba de la
correa, hasta que la tensó tanto que empezó a echar espuma por la boca y casi
se asfixia.
Haciendo caso
omiso, Cayo Baebio
me miró fijamente al tiempo que
hacía un gesto admonitorio con el dedo.
- Y ahora venga, Marco, no
postergues más el asunto. Quieres preguntarme
sobre ese tipo llamado Damágoras.
¿Pues por qué no lo haces
de una vez?
Tardé un poco en dejar de
ahogarme con el vino, luego me tomé unos momentos más de reflexión sobre por
qué sería desaconsejado estrangular a Cayo Baebio. (Junia me
entregaría.) Entonces
formulé la pregunta crucial en tono solemne,
de manera que Cayo
Baebio me contó
lo que sabía con aire de
gravedad.
Creí que me lo había
contado todo. Posteriormente supe que no era así.
Mi cuñado mencionó una gran
villa marítima en algún lugar fuera de la ciudad. Las casas de veraneo
propiedad de peces gordos adinerados y de la familia imperial hacía tiempo que
ocupaban la franja de costa cercana a Ostia. Se daba una atractiva conjunción
de bosques ideales para ir de caza y un refrescante panorama marítimo; las
vacaciones podían proporcionar ejercicio y esparcimiento, y cuando se aburrían,
Roma se encontraba a tan sólo unas horas de distancia. Augusto, ese amante
de los bienes inmuebles, había
poseído una finca que pasó a Claudio, el cual tenía elefantes en sus terrenos.
En una ocasión, Cayo Baebio, que era un turista metomentodo, había hecho un
viaje para admirar boquiabierto aquellos lugares, hoy en día abandonados en su
mayor parte; un vecino del lugar le había señalado una casa grande que sí
estaba ocupada, en la que vivía un hombre llamado Damágoras.
- Lo recuerdo, Marco,
porque el nombre no es muy corriente; por cómo suena parece extranjero…
- Indícame cómo llegar a la
villa del pudiente, Cayo.
- No la encontrarás. Tendré
que llevarte allí.
- ¡Ni hablar!
- Oh,
no supone ningún
problema -declaró Cayo (dando a entender que suponía un enorme
problema para que así yo me sintiera culpable)-. Como tan sabiamente has dicho,
Marco, mi trabajo puede esperar. Dependen mucho de mí,
pero debería tomarme
tiempo libre de
vez en cuando.
Tenía que aguantarme. Ahora
el peso muerto de mi pariente tenía ganas de pasar un día de asueto en la
playa. No había alternativa. Sin más pistas sobre el paradero de Diocles, el
misterioso Damágoras era mi única traza.
XIII
En cuanto lo arranqué de su
escritorio, Cayo decidió sacar el máximo provecho a la ocasión. Sugirió que nos
lleváramos la comida, sombreros para el sol y a nuestras familias. Yo
dije que parecería
poco profesional. Respetando el
concepto de trabajo, asintió aun cuando siempre había pensado que mi ámbito de
actividad tenía el mismo glamour que el enorme montón de estiércol de caballo
del exterior del Circo Máximo. Logré convencerlo de que todavía quedaban
bastantes horas de luz como para alquilar unos burros, visitar la villa y estar
de vuelta antes de la cena. Podíamos preparar una salida para ir a bañarnos
cualquier otro día…
Cuando nos pusimos en
camino teníamos tiempo suficiente. Salimos por la Puerta Laurentina y,
cabalgando con rapidez, cruzamos
la enorme necrópolis
que se extendía a las afueras de
la ciudad. Las granjas y los huertos cubrían la llanura y entonces llegamos a
la Vía Severina, la carretera principal hacia Laurento, salpicada de una lujosa
villa cada ochocientos metros. Después de que Cayo se perdiera al doblar varias
veces por el lugar equivocado ya anduvimos
cortos de tiempo.
Unos pescadores que no
estaban de servicio
se nos habían
quedado mirando fijamente en una
aldea diminuta cuando él nos hizo dejar la
carretera principal.
Cuando volvimos a
ella, habíamos recorrido
kilómetros de bosque ralo.
Cayo rechazó numerosas
villas construidas para personas con insuficiente tiempo libre y demasiado
dinero. La costa Laurentina al sur de Ostia constituye una continua franja de
casas vigiladas construidas en lugares elegantes y ya habíamos dejado atrás muchas
de ellas. La luz del sol era más tenue y las sombras alargadas cuando dejamos
la carretera y tomamos un sendero desigual; nos dirigimos con pesimismo hacia
el mar y aparecimos en el lugar que buscábamos: una gran propiedad vallada que
por casualidad no tenía a nadie en la entrada.
La verja
estaba cerrada. Dejamos
a los burros amarrados fuera de la vista y
trepamos por ella. Yo quería ir a explorar solo, pero nadie hacía una incursión
en solitario cuando había salido con Cayo Baebio. No sabía de diplomacia ni
tenía intenciones de cubrir la retaguardia.
Subimos andando por el
camino de entrada aguzando el oído. Si el propietario de aquel lugar era el
habitual entusiasta adinerado con
una colección de
animales salvajes que deambulaban sueltos, nosotros éramos presa
fácil. Las botas
se nos hundieron
en el suelo de
arena caliente de un blando sendero, allí donde el aire costero tenía un
intenso perfume a pinocha. Las cigarras cantaban en los grandes árboles por
todo alrededor. Aparte de eso y del distante susurro de las olas, que rompían en
forma de
largas y bajas cabrillas en
la costa hasta entonces oculta, reinaba el silencio.
La villa a la que llegamos
estaba construida tan cerca del mar que con frecuencia debía de resultar
incómodo desplegar las puertas
panorámicas de sus
varios comedores, no fuera que las vistas al mar se acercaran demasiado
y la rociada alcanzara las mesas, estropeando así el opulento
contenido de las
bandejas de plata y deslustrando su recargada decoración.
Las brisas marinas despertarían a los
durmientes en los
magníficos dormitorios de invitados.
El aire salado
ya me estaba secando la piel. Debía de causar
problemas hortícolas en los huertos de al lado de la casa de baños, en las
pérgolas emparradas cubiertas de fuertes enredaderas y plantas ornamentales y
en el ancho parterre, formalmente plantado, adonde fuimos a parar nosotros.
Allí los caminos se habían cubierto de gravilla, pero el viento no dejaba de
hacer volar la arena sobre ellos y los bordes de algunos bojes habían soportado
un clima demasiado riguroso. No obstante, un jardinero obstinado había creado
una zona verde en la que había dado rienda suelta a su imaginación con el arte
topiario. La finca sí que contaba con bestias salvajes: un elefante de tamaño
medio alzando la trompa (que tenía que apoyarse
en unos alambres) y un par de
leones a juego, todos ellos recortados en las matas. El artista de la poda
estaba tan orgulloso
de su esmerado
trabajo que había
firmado con su nombre
en arbustos de boj. Se
llamaba
Labo. O Libo. O Lubo.
LBO
Las letras se alzaban
pulcramente en el extremo del jardín. Pero el artista de los setos no era
afortunado. El propietario de la villa había querido ver su propio nombre en
arbustos de boj. La vocal que faltaba acababa de ser aplastada hasta quedar
reducida a un tocón por un hombre furioso
que en aquellos momentos
tenía al artista de la poda
agarrado por el pelo. Cuando Cayo y yo llegamos, estaba a punto de cortarle la
cabeza al gritón de L bo con sus tijeras de podar.
XIV
No nos había visto nadie.
Aún podíamos largarnos y quitarnos de en medio.
- ¡Perdonad! -Cayo se
precipitó hacia delante, un recto empleado a todo meter con la barbilla
levantada con tesón. Estaba interfiriendo de manera peligrosa y lo que tendría
que haber hecho yo era abandonarlo.
Tal vez las tijeras de
podar nunca hubieran estado lo bastante afiladas como para decapitar al
jardinero, pero sí que habían hecho salir sangre. El hombre furioso tenía las
dos hojas agarradas con una mano y las hundía en el cuello del artista de los
setos como si estuviera atacando una rama resistente. Era un hombre fuerte y
habilidoso.
Pedante y regordete,
Cayo Baebio sacudió
el dedo como un débil maestro de
escuela.
- Propongo que lo dejéis
ahora mismo. -A juzgar por la expresión del hombre furioso, con toda seguridad
seríamos los próximos a los que les cortarían la fronda. Cayo siguió hablando
tranquilamente-. Estoy totalmente a favor
de castigar a los
esclavos descarriados, pero
hay ciertos límites que…
El hombre de la podadera
arrojó al jardinero al suelo, donde se quedó profiriendo unos gritos ahogados
al tiempo que se agarraba
el cuello. Es
legal matar a tu esclavo,
aunque por regla general
está muy mal visto, a menos que lo pilles tirándose a tu mujer.
El atacante le dio una
patada al podador y se acercó a nosotros con paso decidido. No era romano. Su
atuendo era suntuoso y colorido bajo una pátina de mugre descuidada; el cabello
lacio le caía sobre los hombros; el oro brillaba en torno a su cuello. La mayor
parte de los nudillos de la mano que aferraba la podadera de largas hojas
estaban reforzados con anillos de piedras preciosas. Tenía la piel morena,
curtida por alguna ocupación al aire libre; a juzgar por sus modales, había
llegado a lo más alto de su carrera pisoteando
a sus subordinados
y coaccionando a sus
rivales. Sea lo que fuere lo que su carrera profesional conllevara, no creía yo
que se ganara la vida con delicados bordados de hilo de seda.
Intenté suavizar la
tensión:
- Parece que tu amigo
necesita ayuda -dije en voz alta, todavía a cierta distancia y con ganas de
quedarme allí-. Puede que nunca vuelva a recortar una espiral… Es una lástima.
Su trabajo es de una excelente calidad…
Era discutible si aquel
hombre entendía el latín o no, pero
sin duda no
estaba de acuerdo.
Me esperaba problemas, pero no
lo que ocurrió. Me lanzó las tijeras de podar.
La herramienta
se acercó volando
a la altura
del cuello. Si hubiera apuntado a
Cayo, éste estaría muerto.
Cuando me aparté
bruscamente, mi cuñado chilló:
- ¡Eh, que éste es Didio
Falco! ¡No irás a meterte con
él!
Aquello era un desafío… que
yo no hubiera proferido. Temí que nuestro atacante tuviera unos cuchillos muy
afilados metidos en cada uno de los pliegues de sus abundantes capas de túnicas
y fajas, aunque de todas formas pudiera matar a un enemigo sólo con las manos.
Ahora iba a matarme a mí.
Como tenía
experiencia en conflictos,
tomé una rápida decisión:
- Cayo… ¡sal pitando!
Nos largamos los dos. El
hombre furioso soltó un rugido. Salió detrás de nosotros pesadamente. Lo mismo
hizo el jardinero, que en aquel momento se levantaba con un tambaleo para
sumarse a la persecución. Al llegar al extremo de un seto, aparecieron varios
hombres más.
Pasamos corriendo junto a
una solana y unas habitaciones de invitados separadas del edificio principal.
Llegamos a las lindes del terreno. Alcanzamos la playa. La arena era un polvo
seco, no se podía correr por ella. Cayo Baebio acarreaba demasiado peso e iba
dando trompicones; lo agarré del brazo y lo arrastré para que fuera más
deprisa, y al ver su rostro colorado entendí que aquello era lo más emocionante
que le había ocurrido a mi aburrido cuñado
desde que Junia se rompió
el dedo gordo del pie con una ánfora vacía. A mí me parecía un desastre.
Estábamos desarmados en medio del campo, allí donde los extranjeros reciben un
trato aparte, a un buen trecho de nuestros burros y avanzando en sentido contrario.
Nuestros perseguidores nos alcanzaron a unos cinco metros playa adentro.
Primero nos dominaron
algunos esclavos. Le ordené a Cayo que no peleara. Rápidamente admití tener la
culpa de haber entrado sin permiso en la villa y apelé al sentido común. Apenas
me había dado
tiempo a presentarme cuando el hombre furioso se
acercó paseando al tiempo que nos
fulminaba con la mirada. Las cortesías fueron bien pocas por su parte. Me
golpearon. Cayo Baebio sufrió el destino del idiota: lo golpearon, lo tiraron
al suelo y la emprendieron a patadas con él. Entonces cometió el error de tachar
de ingrato al artista de los setos… y recibió unas cuantas patadas
más. Aquella vez fue el propio
podador quien se las propinó.
Volvieron a llevarnos a
rastras a la villa principal y nos empujaron de cabeza a algún sitio. Cuando
los ojos se nos acostumbraron a la tenue luz que se filtraba por un respiradero
que había encima de la puerta, supimos que nos hallábamos encerrados en un
pequeño almacén.
Estuve un
rato sin querer
hablar. Cayo Baebio
se quedó allí encogido;
temporalmente, él también permaneció en silencio.
Sabía que se
sentiría dolorido,
hambriento y
aterrorizado. Iba a
tener que aguantar
un montón de quejas, ninguna de las cuales serviría de nada.
Lo que sí pensé fue que si
tuvieran intención de matarnos ya lo habrían hecho. Pero todavía podían
sobrevenirnos otras muchas desgracias.
Aunque Helena Justina tenía
una ligera idea de adonde íbamos,
pasaría algún tiempo antes de que cayera en la cuenta de
que debíamos de
encontrarnos en apuros. Entonces tendríamos que esperar a que
ella alertara a Petronio Longo y a que
él diera con
nosotros. Pronto estaría
demasiado oscuro para que pudiera buscarnos. Dada la brutalidad de nuestro
captor, la idea de pasar la noche como su prisionero no auguraba nada bueno.
Me pregunté si era eso lo
que le había sucedido a Diocles. En tal caso, podría ser que aún se encontrara
allí. Pero por algún motivo me parecía más probable que el cronista se hubiera
ido hacía tiempo.
- Marco…
- Descansa un poco, Cayo.
- Pero, ¿no vamos a
intentar escapar?
- No. -Había echado un
vistazo alrededor en busca de alguna escapatoria posible. No vi ninguna.
- De acuerdo. Entonces,
¿los atacaremos la próxima vez que entre alguien?
Estaba pensando en ello,
pero no iba a advertir a Cayo, no fuera que lo echara todo a perder.
- No
podemos hacer nada.
Trata de reservar
tus energías.
Nos quedamos en la
creciente oscuridad, tratando de concluir, a partir de un vago e inquietante
olor, qué era lo que se había guardado en aquel almacén antes que nosotros.
Cayo Baebio refunfuñó cuando finalmente se percató de lo desesperado de nuestra
situación. Entonces la conciencia obligó al ridículo marido de mi hermana a
confesar algo. Se había reservado un hecho muy importante sobre aquella villa y
su propietario.
- Me contaron algo curioso
de Damágoras… ¿Es momento de mencionarlo?
- Cayo, ese momento fue
hace mucho. Antes de que trepáramos por su verja, diría yo. ¿Qué sabes sobre
este hombre?
- Me han dicho que es un
pirata retirado -dijo Cayo Baebio. Tuvo la sensatez de dejarlo en una simple
frase y de no provocarme más.
XV
Las antorchas
anunciaron nuestra próxima
visita. Aquél no era un cerdo pirata de histriónicas vestiduras
enseñando los dientes a diestro y siniestro bajo la luz parpadeante. En lugar
de eso. la puerta se abrió y dejó ver a un hombre de edad, alto y barrigón,
vestido con una túnica blanca y limpia de estilo romano y acompañado por dos
pulcros esclavos domésticos. Hubiera dicho que era un banquero retirado. Tenía
aspecto de tener dinero, y no me refiero únicamente al hecho de que viviera en
un palacete con vistas a la bahía. Estaba muy seguro de sí mismo… y también era
muy seguro que nos despreciaba.
Nos encontrábamos
tumbados en el suelo, Cayo se había apoltronado contra mí para estar más
cómodo. Como no pude moverlo a tiempo para atacar a los que entraron, me quedé
quieto. Cayo, extremadamente deprimido
y callado a esas alturas, siguió mi ejemplo.
- ¿Quiénes sois? -preguntó
el hombre grandote sin rodeos al tiempo
que nos miraba
fijamente. Tenía un marcado
acento que no
pude ubicar, pero
hablaba latín como si estuviera
acostumbrado a ello. Podía tratarse de un comerciante… uno de éxito.
- Me llamo Didio Falco. Soy
un informante privado. - No tenía sentido ocultar el motivo por el que
estábamos
allí-: Estoy buscando a una
persona.
Observé que Cayo no intentó
mencionar su propia ocupación. Para ser
un agente de
aduanas era bueno
e incluso brillante en su trabajo. La piratería y la recaudación de
tasas no se mezclan. Bueno, a menos que pienses que los del Erario Público son
un atajo de piratas.
- ¿Y tu compañero? -Al
hombre de discutible linaje no se le escapaba ni una.
- Se llama Cayo Baebio.
-Cayo se había puesto rígido-. Es mi cuñado. -Aquello fue aceptado, pero noté
que Cayo seguía tenso.
Esperamos a que
correspondiera a las presentaciones, pero no lo hizo. El hombre sacudió la
cabeza para indicar que nos levantáramos y lo siguiéramos. Hice caso omiso. Él
se dio la vuelta y dijo groseramente:
- Quedaos aquí y pudríos,
si así lo preferís.
Me puse en pie,
estremeciéndome de lo dolorido que estaba.
- ¿A quién nos estamos
dirigiendo?
- A Damágoras.
Así pues,
¿quién era el
maníaco irascible que
nos había capturado? Damagoras habló como si tuviéramos que saber
exactamente quién era. Luego se fue. Los esclavos que llevaban las antorchas lo
siguieron, de modo que tiré de Cayo para
que se levantara y, entumecidos, salimos
tras ellos.
Damágoras había
regresado a una
solana recientemente
ocupada. No estaba
seguro de si
había estado allí solo previamente, aunque lo dudaba. Entonces no había
ni rastro de su furioso adlátere; me imaginé que los dos habían discutido su
estrategia para ocuparse de nosotros. La actitud de Damágoras parecía bastante
despreocupada. Podía tratarse de una estratagema.
La villa estaba abarrotada
de muebles de gran calidad y objetos lujosos. Mi padre, un subastador y
marchante de las bellas artes, hubiera quedado extasiado ante aquel caótico
revoltijo de asientos de mármol, lámparas de plata y estatuillas doradas. Aquellas
cosas provenían de muchos países, todos del extremo superior del espectro
costero. A papá le hubiera encantado organizar una subasta con todo aquello.
También había esclavos por
todas partes; andaban por ahí metidos en sus cosas, con aspecto eficiente, en
tanto que su amo pasaba junto a ellos pisando fuerte y haciendo como si no
existieran. Nos había llevado a una habitación caldeada mediante unos braseros
para combatir el frío de la noche, aun cuando las puertas plegables estaban
todavía medio abiertas y dejaban entrar el olor y el murmullo del mar. Allí no
había lugar para la frugalidad. La luz brillaba en muchas lámparas, algunas de
las cuales eran esos indefectibles falos pornográficos, otras eran altos
candelabros de muy
buen gusto, además
de algunas
lámparas de aceite comunes
y corrientes que tenían forma de bota o de doble concha. Los cojines con fundas
y flecos suntuosos acolchaban los sofás casi en exceso. Las alfombras estaban
arrugadas de manera descuidada sobre el suelo
geométrico de mármol.
Las cosas caras
lo abarrotaban todo, pero no estaban expuestas para provocar envidia
como en muchas casas ricas; al igual que ocurría con mi padre, aquellos objetos
formaban parte de la vida que su propietario
siempre había llevado.
Le proporcionaban seguridad. Constituían una salvaguardia contra la
necesidad de pedir un préstamo a los explotadores financieros. La propiedad
como garantía real, en lugar de las
tierras; transportable; de
moda; beneficios rápidos cuando se requerían.
La colección
no mantenía una
unidad temática. Aquella
estancia contenía tanto taburetes egipcios pintados de colores y adornados con piedras preciosas como una caja de marfil
tallado que procedía de mucho más al este. El ámbar báltico se guardaba en una
vitrina. En una esquina había un enorme recipiente griego de bronce para el
agua.
Quizá Damágoras
también coleccionaba personas. Entró una mujer que sin duda no era
una de sus esclavas. Era más joven que él y llevaba puesta una túnica de manga
larga de un oscuro color carmesí sobre la que bailaban muchos collares de oro e
hileras de brazaletes. Llenó la taza de la que había estado bebiendo y de una
patada acercó
un taburete a los pies
enfundados en zapatillas de él; nos miró a Cayo y a mí, no hizo ningún
comentario y acto seguido abandonó la
habitación. Una pariente,
tal vez. Quizás el hombre que
había estado a punto de matar al jardinero también fuera un pariente. Todos
parecían tener la misma nacionalidad.
Los miembros de la casa ya
debían de haber cenado. Cayo estaba cada vez más inquieto. Tenía una rutina
fija. Debía de estar muy nervioso por pasar toda la noche fuera sin haber
avisado a Junia y necesitaba alimentarse con regularidad. Yo
preferí no prestar
atención a las advertencias del hambre y de la
preocupación hasta que no hubiera calado de qué iba el juego.
Damágoras parecía tener más
de ochenta años. Para sobrevivir tanto tiempo debía de haber llevado una vida
de lujo. Numerosas manchas marrones de la edad moteaban su piel flácida,
pero conservaba un
aspecto atractivo y saludable
y tenía los huesos largos. Estaba
menos bronceado que los demás. El pelo que le quedaba, probablemente blanco,
lo llevaba muy corto. Se
inclinó hacia atrás y nos escudriñó con la mirada.
- Habéis invadido mi casa
-dijo.
- Te pido disculpas por
ello -repliqué.
Y el dueño de la casa fue
todo sonrisas.
- ¡Olvidado! -me aseguró. Me
gustaba menos ahora que se
mostraba amistoso. Me recordaba a mi padre, artero
como el que más-. Soy un
anciano, no tengo tiempo para rencillas. Soy una persona alegre, generosa, de
trato fácil. Bueno, ¿por qué pones esta cara?
Había dejado traslucir mi
escepticismo.
- Los
hombres que presumen
de ser poco complicados, Damágoras, tienen tendencia
a ser unos déspotas intolerantes. Sin embargo, me doy cuenta de que tú
eres un tipo maravilloso,
todo afecto… -Yo
también podía fingir encanto-. ¿Quién era ese amigo tuyo que nos apresó?
-le pregunté sin darle importancia.
- ¡Ah! Tan sólo era
Crátidas.
- ¿Siempre está irritado?
- Se sulfura un poco.
- ¿Es pariente tuyo?
- Dio la casualidad de que
estaba aquí. -Damágoras eludió la pregunta-. Últimamente no salgo. La gente
pasa de vez en cuando para ver si sigo vivo.
- ¡Qué amables! ¿Te traen
las noticias y una cajita de granadas… luego casi matan a tus esclavos, te
demuelen el jardín y le dan una paliza a cualquier visita que encuentren?
Damágoras me miró y sacudió
la cabeza.
- ¡Vamos, hombre!
- Si
Crátidas es un
simple conocido, eres
muy tolerante.
- Crátidas es un
compatriota.
Intuí que
en aquella remota
villa se apiñaba
una
comunidad muy unida. Hay
pocos extranjeros que se establezcan en la costa de Ostia. Me inquietaba su
procedencia… y el motivo por el que habían venido.
- Entonces, ¿vive aquí
contigo?
- No, no. Él tiene sus
propias preocupaciones. Yo soy un viejo, completamente retirado del mundo. Así
que dime,
¿qué es lo que quieres,
Falco?
Dejé de esperar una
invitación para tomar asiento y me dirigí al diván más cercano. Cayo, como un
dócil corderito, me siguió y se sentó en el otro extremo. Se le veía torpe,
contrariado y fuera de su elemento. La paliza había acallado su pedantería.
Mantuve un tono neutro.
- Estoy buscando a un
hombre que ha desaparecido. Encontré tu nombre en una tablilla de notas que
dejó. Se llama Diocles.
¿Modificó Damágoras su
actitud? Probablemente no. No pareció inmutarse. Estiró un brazo y lo dejó caer
de golpe a lo largo del respaldo del diván en el que estaba sentado. Bebió vino, sorbiendo de forma audible. Luego dejó la taza dando
un golpe sobre una mesa auxiliar de bronce con tres patas. Tanto la posición
del brazo como el golpe parecían constituir un comportamiento normal. No era nada
significativo. Aun a
sus ochenta años
era un hombre corpulento
y relajado cuyos
ademanes también eran
desmesurados.
- ¿Qué ha hecho este tal
Diocles? -Por lo que a mí me pareció, su curiosidad era puro entrometimiento.
- Las personas que lo
conocen están preocupadas. Desapareció dejando todas sus cosas en una casa de
huéspedes. Tal vez haya caído enfermo o haya sufrido un accidente.
- ¿Y
un informante cobra
por eso? -se
burló Damágoras. Estaba claro que compartía la opinión generalizada de
que los informantes eran unas sanguijuelas avarientas.
- ¡Eso tiene gracia
viniendo de un hombre del que se dice que es un pirata!
Damágoras se lo tomó bien.
En realidad se desternilló de risa.
- ¿Quién te ha contado esa
estupidez? Le devolví la sonrisa.
- No puede ser cierto,
¿verdad? Todo el mundo sabe que
Pompeyo el Grande
limpió los mares
de piratas. - Como Damágoras no contestó, añadí-: ¿Lo
hizo?
- Claro que sí.
- El bueno de Pompeyo.
Entonces, ¿cómo adquiriste tu emocionante reputación?
- Soy de Cilicia. Vosotros los
romanos creéis que hasta el último de nosotros es un pirata.
-Cierto. Cilicia siempre había sido la base pirata más conocida.
- Bueno, yo detesto las
generalizaciones fáciles. Hace
poco tuve tratos con un
cilicio. No era más que un boticario…
Dime, ¿de qué
parte de Cilicia
eres, Damágoras?
- De
Pompeipolis. -Damágoras hizo
aquella declaración con orgullo fingido. Cualquier sitio con un nombre
tan rimbombante como aquél tenía que ser un lugar de mala muerte.
Me reí.
- ¡Ya me imagino de quién
lleva el nombre tu ciudad natal!
Damágoras compartió la
broma.
- Sí, es
uno de los
asentamientos donde todos
los piratas reformados se han adaptado a la agricultura para ganarse la
vida.
- ¿Ahora
resulta que eres
descendiente de agricultores?
-Sonreí-. Claro que eso es historia
pasada, pero no se
hizo del todo
bien: Pompeyo zarpa
con su elevada misión de acabar con aquel azote. ¿Acaso ante su
aterradora llegada la
flota pirata al
completo dice que sienten muchísimo ser un incordio para la
navegación y que ahora se portarán bien?
- Creo -dijo Damágoras- que
Pompeyo explicó con mucho detenimiento qué es lo que habían hecho mal.
- ¿Quieres decir que los
sobornó? ¿Para que así él, con sus ambiciones
exageradas, pudiera quedar
bien en casa?
- ¿Acaso importa el cómo y el por
qué? Fue hace mucho tiempo.
- Yo sí que desciendo de
una familia de campesinos - dije. Por parte de mi madre era verdad-. Bueno, mi
abuelo tenía una huerta, que dos de mis tíos siguen haciendo lo posible por
arruinar… Somos astuta gente del campo. Me temo
que mi visión es
cínica. No puedo creer
que una nación entera renuncie de
pronto a un oficio lucrativo que llevan ejerciendo desde que la humanidad tiene
memoria y que se sienten a hacer de
pastores de unas
condenadas cabras. Para empezar… y confía en lo que te digo, Damágoras…
las cabras no reportan mucho beneficio.
- ¡Ah, me ofendes, Falco!
- ¿Con mi
actitud hacia la
agricultura… o con mi visión sobre la naturaleza humana?
Vamos, seguro que estás de acuerdo. Los cargueros repletos siguen navegando más
allá de Cilicia… más que nunca, en realidad. Nunca he oído que Pompeyo quemara
la flota pirata… cosa que en sí es curiosa y huele a complicidad. De modo que
salir de las ensenadas y hacerse
con el botín
debe de ser
un acto reflejo. Quien roba una
vez roba diez.
Damágoras siguió poniendo
reparos.
- No lo llames robo, Falco.
Cualquiera que se dedicara al viejo oficio lo habría considerado un negocio.
Adquirir mercancías y revenderlas.
- ¿Hablas en pasado?
-cuestioné.
- Oh, ya lo creo. -Como si
quisiera desviar el hilo de mi interrogatorio, Damágoras se volvió de repente
hacia Cayo-. ¡Estás muy callado! ¿Tú también eres informante?
- No,
mi trabajo es
de contabilidad. Un
trabajo aburrido, todo el día
cuadrando cifras… -¡Aja,
el recto Cayo Baebio! Luego iba a
disfrutar riéndome de sus tranquilizadoras medias mentiras-. ¿Cómo es que
Diocles te conocía?
Me enderecé en mi asiento,
asustado, cuando Cayo volvió a dirigir
la conversación hacia
el tema de mi
búsqueda.
- Sí, cuéntanoslo,
Damágoras. ¿Cuál es tu relación con mi persona desaparecida?
El hombre corpulento cambió
de posición y bajó el brazo del respaldo
del asiento, pero
su aspecto siguió siendo relajado.
- Vino aquí un par de
veces. Estábamos discutiendo un proyecto, trabajando juntos en él.
- ¿Qué proyecto? Un hombre
de tu edad tendría que pasar los días dormido bajo una manta en su huerto. ¿Qué
es lo que haces tú, Damágoras?
- Era capitán de barco.
Obviamente lo dejé hace años. Hace décadas que no me hago a la mar.
- ¿Por qué estaba
interesado Diocles?
- Tal
vez no lo
estuviera. Supongo que
perdió el interés pero que no
quería ofenderme diciéndomelo. Justo
cuando yo creía que ya
estábamos en marcha con un buen comienzo, él dejó de
venir. Eso sería… -Damágoras se hizo el interesante mientras pensaba-.
Últimamente pierdo la noción del tiempo. Me imagino que fue hace cosa de un
mes. -Entonces había pasado más de un mes desde que Diocles había desaparecido
de su alojamiento en Ostia.
- ¿Cómo lo conociste?
- Alguien debió de decirle
que estaba buscando ayuda. Él se puso en contacto conmigo.
- Y dime, ¿cuál era el
proyecto? -preguntó Cayo, con su obstinada perseverancia de siempre.
Damágoras sonrió y se miró
las manos que tenía en el regazo, casi con timidez.
- Bueno…
la verdad es que no es
ningún secreto. Tengo ochenta y
seis años, Falco. ¿Puedes creerlo?
- Puedes estar orgulloso de
lo que bebes, sea lo que sea -lancé la indirecta con una voz bronca debido a la
arena que había en la atmósfera y al cansancio. Aun así, no nos ofreció
refrigerio alguno. ¡Para que luego digan de la hospitalidad de los hombres de
mar!
Damágoras era un
conversador ajeno a las interrupciones.
- Cualquiera
que diga que yo era
un pirata puede esperar una citación de un abogado por
calumnias. ¡Llevo viviendo en Italia tiempo suficiente como para saber cómo se
hacen las cosas! Ya te lo he dicho, hoy en día el viejo
oficio está en desuso.
Completamente. Pero pasé una larga vida en el mar. Muchas aventuras. Conocí a
algunos personajes curiosos. Tengo opiniones sobre toda clase de cosas. Tuve
éxito: ésa es una historia que siempre vale la pena contar. Soy el cabeza de
una familia numerosa; me gustaría dejar una parte de mis conocimientos para las
generaciones futuras.
- ¿Y por qué Diocles? -Me
sentía intranquilo.
- Es escribiente o algo por
el estilo, ¿no? Bueno, él me dijo que quería trabajo. Iba a ayudarme a escribir
mis memorias.
Señalé que, por lo que yo
sabía acerca del aspecto comercial
del mundo editorial, podría ser que
las memorias de un marinero que no había sido pirata no atrajeran a los
lectores.
- Eso
es exactamente lo
que dijo Diocles
-replicó
Damágoras con tristeza.
XVI
Tras afirmar una vez más
que él era un hombre viejo, Damágoras se retiró a descansar. Me lo imaginé
tomando otra bebida, recién templada para él con especias selectas, y un tentempié en
una bandeja de
cocina. No me sorprendería que le calentaran la cama un
par de mujeres jóvenes y ágiles, perfumadas con aceites persas de gran calidad
y expertas en las artes interpretativas.
Nos aguardaban unos
placeres muy básicos. Se nos permitió quedarnos a pasar la noche en un cuarto
de invitados. Tenía dos camas estrechas, con un sencillo cobertor en cada una y
nada de excitantes comodidades. Una jarra
de agua llena de polvo,
que podría llevar allí desde el último día de mercado, era el
único refresco.
Ya no éramos prisioneros,
pero no dejaron que rondáramos por ahí.
Fuimos conducidos a nuestros aposentos por esclavos y cada vez
que intentábamos asomar la cabeza había más esclavos merodeando por el pasillo.
No hubo oportunidad de explorar la villa.
Por la mañana nos fue
entregado un mínimo desayuno de manos de una callada criada. Apenas tuvimos
tiempo de acompañar los mendrugos con más agua salobre, luego nos condujeron
fuera para que fuéramos a buscar a nuestros burros que esperaban. Una escolta en
la puerta se cercioró
de que abandonábamos la
propiedad. No volvimos a ver a
Damágoras.
- Podríamos volver más
tarde y entrar a escondidas - afirmó Cayo, envalentonado tras el sueño
nocturno.
- Pues vas a venir solo.
- Vale, está bien -capituló
con añoranza-. Será mejor ser prudentes.
- Junia se estará
preguntando dónde estás, Cayo.
- No, Marco -discrepó mi
cuñado-, Junia estará esperándose problemas. Sabe que estoy contigo.
Aún era temprano cuando
entramos en Ostia por la Puerta Laurentina. Los juerguistas trasnochadores
acababan de quedarse dormidos en las lúgubres tabernas junto a la Puerta
Marina; los visitantes veraniegos todavía debían de estar durmiendo. Los
comerciantes y los residentes habituales se ocupaban de sus cosas. Los baños no
abrirían hasta el mediodía, pero unas delgadas columnas de humo señalaron las
lavanderías y batanes
cuando sus hornos fueron reavivados, en tanto que el
aroma de las hogazas y panecillos recién hechos en las panaderías flotaba
deliciosamente en el aire.
Los pescaderos
colocaban los salmonetes
y las sardinas en hileras bajo
los pesados peces espada, que colgaban cabeza abajo de ganchos metálicos; las
cajas de fruta y verdura
estaban dispuestas según
unas pautas
ordenadas; los
comercios tenían los
portones medio abiertos mientras
sus propietarios echaban agua en la acera para limpiarla. Cuando recorríamos
las estrechas calles laterales a lomos de nuestras monturas, por encima de
nosotros las atareadas amas de casa ya habían colgado la ropa de cama en los
alféizares para que se aireara.
Me imaginé
que, en casa
del contratista, Junia
ya estaría levantada y mandoneando a los esclavos mientras se preocupaba
por el desaparecido Cayo Baebio. Escondida en la cama, Maya enterraría la cabeza
contra la espalda de Petro, como si el ajetreo le fuera indiferente. En mi
apartamento, Helena yacería completamente despierta, intentando no inquietarse
acerca de mi paradero.
Preocupados por el
recibimiento que nos darían, tanto Cayo como yo queríamos ir más deprisa, pero
nos retrasó una calle cortada. Había habido un incendio. Las primeras horas de
la mañana solían ser el momento en que los papanatas contemplaban los restos de
un incendio, el frecuente resultado de
los accidentes con
lámparas de aceite. Una pequeña
multitud se había congregado junto a una casa quemada de la que todavía se
estaba sacando el mobiliario carbonizado. El propietario se dejó caer sobre los
restos de un arcón destrozado con la cabeza entre las manos; su esposa,
profundamente conmocionada, se limitaba a mirar fijamente la ennegrecida
fachada de su hogar.
- ¡Da la impresión de que
lo han perdido todo! -Cayo
Baebio acogía la tragedia
de otras personas con deleite.
Nos hallábamos en un
distrito residencial no muy alejado
del foro. Se
encontraba a cierta
distancia del cuartel de los
vigiles, por lo que tal vez no había habido tiempo de
llamarlos cuando se
divisaron las llamas.
En lugar del debido cuerpo de bomberos, eran algunos vecinos del lugar
los que estaban
supervisando la operación. Parecían estar muy bien
organizados. Cuando llegamos los vimos sacando enseres en medio del acre olor a
humo y las nubes de sucio polvo. Oímos el fuerte estrépito de las paredes y
escaleras cuando el rezón las echaba abajo; supongo que
creían que el interior
había quedado poco firme. Parecía
que aquella situación, con los civiles haciéndose cargo
de la situación,
era normal en
Ostia. Como ya estaban agotados, se habían puesto de mal humor. Un grupo
bajó por la calle a grandes zancadas y empezó a hacer retroceder a la multitud;
el gentío se dispersó con rapidez,
como si esperaran
que los trataran con rudeza. Cayo y yo tardamos más
en reaccionar.
- ¡Quitaos de ahí, idiotas!
-Aquel bestia corpulento no nos dio oportunidad de soltarle alguna
impertinencia. Un airado colega suyo le dio una palmada al burro que montaba
Cayo; fue un golpe feroz, por lo que el asno se empinó y se tambaleó
prácticamente erguido sobre sus patas
traseras. Nos costó sudores controlar al animal, en tanto que Cayo
siguió aferrado a él;
entonces fue el mío el que hizo de las suyas. Resultó más fácil seguir calle
abajo, calmando a nuestras monturas al tiempo que avanzábamos.
Luego tuvimos que subirnos
a la acera y apretujarnos contra las
paredes de las
casas cuando topamos
con un corto convoy de
carros de albañil
que se acercaban
a nosotros anunciados por un traqueteo. Iban vacíos excepto por los
trabajadores, que sin duda se dirigían a efectuar la demolición. Todo aquello
era extremadamente eficiente. No
podría decir por qué experimenté una cierta inquietud.
Devolvimos nuestros
borricos al establo donde los habíamos alquilado y conseguí deshacerme de Cayo
en casa de Maya sin que me hicieran entrar. Lo último a lo que podía
enfrentarme era a un altercado con Junia.
De hecho Helena estaba
esperándome cuando entré en nuestro apartamento. Estaba sentada a una mesa
enfrente de la puerta, con la barbilla apoyada en las manos. Iba vestida con un
ligero vestido azul de manga corta, pero se había dejado el fino cabello suelto
y no llevaba ninguna joya. Sus grandes
ojos castaños se
cruzaron con los
míos, preguntando si estaba bien. Sonreí cansinamente, en señal de
asentimiento. Cuando me acerqué a ella tan sólo pude dejar el pan que había
comprado antes de que sus brazos me rodearan
con fuerza. Noté
cómo le latía
el corazón mientras absorbía mi
presencia y se calmaba.
- No pasa nada, cariño. Hubo algo
que nos retrasó
anoche. Sólo eso.
- ¡Ah, sabía que Cayo
Baebio cuidaría de ti!
Helena Justina se echó
hacia atrás para inspeccionar los moretones de la paliza que me había propinado
Crátidas.Entonces ya estaba en casa y, como novia de un informante, Helena
había visto daños mucho peores. Casi estaba
calmada. Sólo la
fuerza con la
que apretaba los labios hablaba de emociones ocultas.
- De modo que sí es un
pirata -comentó al tiempo que toqueteaba
mi mejilla dolorida.
Mientras estaba fuera, debió de persuadir a Junia para que
confesara lo que Cayo Baebio sabía acerca de Damágoras.
- Él dice que no.
Helena Justina me miró con
sus oscuros e inteligentes ojos. Atribulados pensamientos cruzaban por aquella
aguda mente.
- Creo que es un pirata que
miente.
- Formará parte de su
trabajo. Pero afirma no ser más que un honesto capitán de barco retirado hace
ya mucho tiempo… que quería que Diocles lo ayudara a escribir la historia de su
vida.
Helena volvió a estrecharme
en sus brazos. Aquellas palabras que me susurró contra el cuello me
cosquillearon de forma seductora:
- Un pirata que miente
sobre su pasado… ¿entonces lo que
quería era que el negro
desaparecido falseara sus
memorias?
Estuvimos de acuerdo en que
parecía absurdo.
Pero cuando Helena y yo
hablamos de ello con detenimiento, nos preguntamos si Diocles había iniciado el
proyecto de forma inocente para sacar un dinero extra en vacaciones… sólo para
descubrir una historia inesperada.
¿Acaso Damágoras, como un
tonto, había contratado a la persona equivocada? ¿Acaso el cronista se enteró
de algo que despertó sus instintos de investigador y había estado a punto de
sacar a la luz algún chisme en la Gaceta Diaria? Eso podía haberle causado
serios problemas. ¿Entonces Damágoras le había hecho daño al cronista? No cabía
duda de que contaba con el inestimable respaldo de unos compinches -Crátidas,
por lo pronto- que podían llegar a ser muy violentos.
Retrocedí a
una etapa anterior.
¿Podría ser que Diocles hubiera sospechado desde el
principio que allí se cocía una suculenta historia? ¿Vino a Ostia de manera
deliberada con la intención de poner en evidencia a Damágoras? Había
permitido que los
dos colegas del cronista me engatusaran con relación a
sus motivos… o tal vez su compañero los había dejado en la inopia a propósito.
Fuera como fuera, tendría
que averiguar por mí mismo qué era aquello de lo que el cronista se había
enterado en la villa. Necesitaba más información sobre los antecedentes de
Damágoras… y la necesitaba deprisa.
XVII
Poco después, me encontré
con Petronio en el cuartel de los vigiles. No habíamos quedado en nada
concreto. Con Junia y Cayo enzarzados en sus discusiones maritales, no era de
extrañar que Petro se hubiera escapado pitando a trabajar. Fui andando hasta el
cuartel y lo encontré en compañía
del oficial al
mando. Petro fingió
que se sorprendía al verme, pero
estaba haciendo el tonto.
El oficial que dirigía el
destacamento de la Sexta Cohorte en Ostia era un ex matón del ejército bajito y
con barba: la misma caricatura del liderazgo que encontré el día anterior. La
poco servicial. Había preguntado sus antecedentes, así pues sabía que había
sido un centurión legionario y que se había propuesto alcanzar metas más
elevadas. Según él, había tomado el camino de los vigiles para conseguir un
puesto en la Guardia Pretoriana. No cabía duda de que ocurriría. A mí me
parecía un idiota. Encajaría estupendamente.
Petro actuó de
intermediario con aquel encanto, que se llamaba Bruno. Expliqué mi interés con
relación a la piratería. Bruno se puso bravucón.
- Bueno, si el propietario
de la villa es octogenario y se supone que está retirado, no es de extrañar que
no lo encontrara en nuestra
lista de individuos
de conducta
desviada.
Me abstuve de recordarle a
Bruno que se había negado a consultar las listas. Petronio lo había hecho por
mí personalmente, de manera que no había necesidad de provocar roces. Podía
reservarme el placer de aplastar a ese gusano para más adelante; es mejor dejar
que las cosas buenas se tomen su tiempo.
- ¿Actualmente cuál es la
postura con respecto a los piratas? -seguí el ejemplo de Petro y traté a ese
hombre con cortesía aun cuando lo que quería era meterle su vara de vid en
algún lugar oscuro e íntimo.
- No existen los piratas
-afirmó Bruno-, oficialmente. Petronio expresó la pregunta de otra manera con
una
sonrisa pacífica:
- ¿Cuál es la postura no
oficial?
- Los piratas no se
marcharon; son como un asqueroso sarpullido que siempre reaparece. Pero actúan
frente a las costas de Sicilia, Cerdeña y Cilicia. Los vigiles son una fuerza
terrestre, de manera que, gracias a los dioses, esos cabrones no están dentro
de nuestra competencia.
- Entiendo que un viejo
pirata retirado que nunca abandona su hogar costero sería de muy poco interés -
sugerí-, pero ¿vuestra
lista de indeseables
de Ostia no incluye
líderes actuales en
caso de que
hayan desembarcado?
- Ya tenemos bastantes
cosas que hacer
-se quejó
Bruno- guardando
la reserva de grano y atrapando
a los rateros de la zona de los muelles.
- ¿La vigilancia, entonces,
no es competencia vuestra?
- De
eso se encarga la marina. -Fue
seco; detecté celos. Inevitablemente para alguien tan profundamente
ambicioso, y que no era un idiota, Bruno sabía más de lo que había dicho-:
Puedo sugeriros un contacto naval competente
-ofreció-. Se encuentra
en Portus por casualidad con una parte de la Flota de
Miseno. -Me acordé de los tres trirremes que había visto allí.
Petronio, que tenía libre
acceso a chambelanes, jefes de cocina y enormes divanes para comer, se ofreció
voluntario para invitar a cenar al contacto naval. Puesto que Bruno era nuestro
intermediario, terminamos por invitarlo a él también. Al menos confiábamos en
que no robaría la ropa blanca de la casa; Bruno tenía tantas ganas de ascender
que seguro que poseía su propia servilleta para la cena, lista para cuando se
le permitiera atender a lujosos banquetes con la élite. No estaba lo
suficientemente al tanto como para saber que la élite te da una para llevar.
Apuesto a que Bruno ya
tenía un uniforme pretoriano y se lo probaba a escondidas cada noche.
La hora convenida para la
cena llegó, y tanto Bruno como nuestro contacto se hicieron esperar. Tal vez
tuvieran esposa, pero fuera
de su lugar
de residencia se
comportaban como hombres
solteros. Imaginé que habrían hecho un alto en el camino para beber algo.
Posiblemente se hubieran parado más de una vez. Petro y yo no tardamos en tener
problemas por su despreocupado comportamiento. Formábamos un gran grupo familiar
en el que no faltaban bebés, niños y jóvenes, todos ellos vociferando para que
les dieran de comer a la hora adecuada… por no mencionar a las mujeres, que
adoptaban una actitud glacial cuando les estropeábamos sus planes domésticos.
Afortunadamente, la casa
del contratista de obras tenía varios
comedores. Mientras hacíamos
tiempo, Petronio pidió a un
camarero que sirviera la cena al grupo familiar enseguida. Nosotros tomaríamos
aparte una colación. Cada vez más impacientes con nuestra ropa de fiesta, Petro
y yo también bebimos algo con aire taciturno.
Llegó Bruno, solo. El
agregado naval debía de haber ido a tomar algo por su cuenta. No eran tan
amigos como habíamos supuesto.
Le ofrecimos un poco de
vino a nuestro comensal. Mientras picábamos unos frutos secos, para entablar
conversación mencioné el incendio con el que Cayo y yo nos habíamos topado
aquella mañana. El brusco comportamiento
de los hombres
que limpiaban la
zona seguía preocupándome.
- ¡Parece que se hizo lo
correcto! -asintió Bruno sabiamente.
- Me sorprendió que las
tareas de extinción no las realizaran los vigiles -di a entender al tiempo que
miraba a Petro de reojo. Me pregunté si el destacamento de la Sexta no sería
sino un atajo de vagos.
- ¡Ojalá! Lo que viste es
lo que se acostumbra a hacer en Ostia, Falco. Se remonta a antes de que los
vigiles llegaran aquí. Antes
que nosotros, el
gremio de constructores siempre
extinguía los incendios; tenían el equipo adecuado, ¿sabes? Y se ha
conservado esta costumbre hasta hoy.
Cuando alcé las cejas,
Petronio intentó aclarármelo.
- Sólo en los incendios de
bienes domésticos.
- No lo entiendo -dije.
- Existía un resentimiento
local en cuanto al hecho de que hubieran emplazado aquí a los vigiles de Roma.
Algún prefecto decidió que respetáramos las susceptibilidades, de modo que
dejamos que el gremio de constructores siguiera ocupándose, como antes, de las
zonas residenciales.
- Deduzco que tu anfitrión,
Privato, es el número uno del gremio, ¿no? ¿Es por eso que está tan dispuesto a
ser hospitalario? -Intenté no dar una impresión sentenciosa, aunque me parecía
una situación extraña.
Bruno se sirvió más vino en
una copa de plata de la elegante mesa de licores de Privato.
- Tampoco tenemos que
hacernos arrumacos necesariamente.
- ¿Problemas? -pregunté.
- El gremio puede llegar a
ser un poco prepotente - admitió Bruno.
Por lo que había visto de
su comportamiento en la calle, aquello
era quedarse corto.
- ¿Es muy poderoso este
gremio?
- ¡Demasiado poderoso!
-gruñó Petronio.
- Mira, Ostia está repleta
de gremios y asociaciones - me contó Bruno-. No hacen ningún daño; los
toleramos. Ya sabes cómo funciona: las estrellas de un oficio se reúnen para
celebrar comidas, entre todos contribuyen a un fondo funerario, erigen estatuas
municipales. Los mercaderes de vino tienen su propio foro; cuando quiero pasar
una tarde agradable, bajo a
comprobar sus licencias. Tradicionalmente los constructores
navales han sido hasta ahora el grupo más numeroso, pero los albañiles están
creciendo rápidamente debido
a todos los contratos
de obras públicas en el puerto y sus alrededores.
De eso ya me daba cuenta.
Nuestro ausente anfitrión Privato estaba forrado. Aquel comedor daba a un
pequeño jardín interior pintado al fresco con escenas marítimas. En el extremo
más alejado había una gruta hecha con conchas de mar que formaban intrincados
motivos. Unas lámparas flotantes
se movían entre
nenúfares en un
estanque alargado situado entre
los divanes. Tuve
la horrible sensación de
que nuestra cena
vendría servida en
unas
maquetas de barcos de oro
puro.
- Por lo que veo Prívato
está haciendo mucho dinero.
- Privato ni siquiera ha
empezado -se quejó Petronio-. Quiere reurbanizar toda la maldita ciudad. Así
que dinos, Falco, ¿hubo golpes y empujones inadmisibles en este incendio que
presenciaste? -Supuse que
tanto a Bruno como
a él les
gustaría reunir pruebas
de mal comportamiento para
ejercer presión y que la dirección de los vigiles relevara a los albañiles en
su papel de bomberos.
- Y ahora, Lucio, viejo
amigo, si tienes tantas ganas de salir
de la cama de Privato,
dime ¿por qué
accediste a alojarte aquí en su
casa?
- Rubela. -Rubela era el
tribuno de la Cuarta Cohorte, el jefe de Petro. Rubela sabía que Petronio Longo
era un oficial condenadamente bueno,
pero sospechaba de una
ligera insubordinación por
su parte. Por
regla general Rubela no
proporcionaría cartas de presentación.
- ¡Pero si a ti Rubela te
da risa!
Petronio fingió tener un
tic nervioso provocado por la tensión resultante de mencionar a su oficial
superior. Pero entonces dijo:
- Tengo que admitir que me
consiguió un alojamiento estupendo.
- ¿Qué se trae entre manos?
- Es una iniciativa oficial
para mejorar las relaciones con los contratistas. Rubela me pidió que
confraternizara.
- ¿Y a ti dónde te han
alojado para que hagas
vida social? -pregunté, dirigiéndome a Bruno.
- No somos tan fraternales
como eso. Yo tengo que pasar sin comodidades en el cuartel. -Hubo una pausa,
durante la cual todos nosotros confraternizamos mentalmente con el adinerado Privato bebiendo un poco más de su buen vino-. Continúa,
Falco. ¿Qué es lo que te preocupó de esos cabrones del servicio contra
incendios?
- Bueno, seamos justos:
eran unos tipos rudos y se trataba de una situación de emergencia.
- ¿Estaba justificada su
rudeza?
- Lo único que hicieron fue
darle un empujón al burro que montaba Cayo.
Petro y Bruno se miraron el
uno al otro y se rieron. Decidieron conjuntamente que era aceptable:
encontrarte a Cayo Baebio en tu camino se consideraba una provocación.
- Probablemente los vigiles
hubieran empujado a ese borrico hacia atrás hasta la Puerta Marina -se mofó
Petro.
- Con
Cayo Baebio atado
por los pies
debajo del animal -amplió Bruno.
Petronio se había quedado
callado mientras me observaba.
- ¿Crees que tenemos que
vigilar a esos constructores, Falco?
- Sí. -Dejamos el tema.
XVIII
El hombre de la marina era
mayor de lo que me había esperado:
un tipo de
pelo cano, vestido
de manera recargada y
excesivamente escrupuloso en el hablar. Tenía aspecto de
ser un liberto
que anteriormente hubiera trabajado como jefe de vestuario del emperador, cuando éste no era el antiguo
soldado Vespasiano, sino una de las jóvenes y disipadas divinidades -Nerón o
Calígula- a las que les gustaba el
incesto y el
asesinato. El marino
llegó cargado de regalos
para la anfitriona,
a quien pidió disculpas por el retraso; también
repartió un montón de guirnaldas entre nuestras mujeres, que no quedaron nada
impresionadas.
- Encantador -le murmuré a
Petro, que me respondió refunfuñando entre dientes.
Aquella galleta de barco se
llamaba Canino. No nos sorprendió el hecho de que un contacto recomendado por
Bruno terminara dándonos más problemas que otra cosa. Era evidente que Canino
llegaba con horas de retraso adondequiera que fuese y que creía que unas
cuantas flores lo eximían de toda culpa. Maya fue poco educada cuando pasó los
regalos florales directamente a un esclavo; Junia dio un fuerte estornudo;
Helena tenía un brillo desafiante en los ojos.
Sólo los niños
se pusieron a
gritar de
entusiasmo ante las largas ristras de rosas que en breve
quedarían destrozadas por completo.
Por fin pudimos comer.
- Espero que el cocinero
pueda encontrar algo que todavía esté caliente -nos gritó Maya con sarcasmo.
- ¡Tu hermana es una mujer
adusta! -observó Canino en voz demasiado alta.
- Es que acostumbra a beber
un poco -mintió Petro en un tono más cauteloso-. La próxima vez prueba a
traerle media ánfora de vino de Falerno…
Por desgracia para él, Maya
todavía no se había ido, sino que estaba apoyada en una columna de imitación de
mármol y al oír aquella calumnia apretó los labios con tanta fuerza que me
recordó a mi madre.
Fue una buena cena. Dejé
que Petro disfrutara de su comida sin contarle el problema que tenía por
delante con mi hermana.
Cuando, después de tres
elegantes platos, los esclavos se llevaron las mesas en las que sirvieron la
comida, les indicamos por señas que entonces ya nos serviríamos nosotros mismos
el vino; nos dejaron muchas jarras, pues estaban bien entrenados de las veces
en las que el gremio de constructores se acomodaba para pasar una larga noche
discutiendo los mesurados precios para el cemento impermeable y sobre cómo
amañar la votación en las próximas elecciones del gremio.
- Hemos oído que eres un
especialista en piratas, - Petro tenía la esperanza de hacerle una consulta
experta a Canino y luego quitárselo de encima. No hubo esa suerte; le gustaba
demasiado hablar.
- ¡Sí, soy vuestro hombre!
-entonó Canino al tiempo que extendía el brazo como un loco hacia el enlucido
con motivos ornamentales y la cornisa cóncava del techo que teníamos encima,
como un orador
que arrastrara las palabras en la sesión de tarde de los
tribunales. Era zurdo. Me fijé en eso. Sujetaba firmemente la copa con su mano
izquierda, de manera que el rebosante líquido apenas se meció a pesar de su
frenética pose.
Mi entrenador personal,
Glauco, era partidario de mantener el cuerpo inmóvil mientras ejercitabas
piernas y brazos hasta que se te
saltaban las lágrimas;
Canino le hubiera encantado.
- Naturalmente, depende de
cómo lo mires -deliró Canino-. Tomemos tierra y démosles una paliza a los
habitantes del lugar: eres un pirata; yo soy un guerrero heroico con
pretensiones expansionistas en nombre de mi ciudad estado… Al menos se remonta
a Atenas…
- Los griegos; grandes
navegantes -asintió Petro. Viniendo de él no era ningún cumplido.
Canino pareció no darse
cuenta.
- La piratería era la
alternativa rápida a la diplomacia. Lo
mismo que con
las malditas islas.
Rodas, Creta,
Délos… sobre todo Délos…
nada más que unos grandes mercados libres donde los saqueadores podían vender
su botín sin que les hicieran preguntas. Pensad en el puñetero mercado de
esclavos de Délos: diez mil personas transportadas diariamente, tanto en tiempos
de paz como de guerra. Dicen que los prisioneros se venden en cuanto un
capitán los descarga,
y nadie pregunta
si antes eran hombres y mujeres libres que nunca
hubieran tenido que estar encadenados.
- ¿Todavía? -logré decir.
- ¿Todavía? ¿Qué quieres
decir con eso de todavía, Falco?
¿Es que algún
gracioso te ha
contado que el comercio de esclavos finalizó?
- No. El enorme apetito de
Roma por los esclavos ha mantenido en funcionamiento el mercado de Délos…
- ¡Con cencerros de asno y
todo!
- ¡Tilín! Me refiero a si
todavía son los piratas quienes suministran esclavos.
- ¿Y quién si no? -Canino
dejó la copa de golpe. Podía hacerlo
sin temer nada
porque entonces estaba
vacía. Bruno, que nos lo había presentado, empezaba a mostrarse nervioso
ante la capacidad de aquel hombre. Al menos, ver sudar a Bruno hizo que la
noche valiera la pena-. Tenemos la paz romana, Falco. Nada de guerra, ni de
prisioneros de guerra.
Para preservar la bodega de
su anfitrión, Petro intentó
no hacer caso de las copas
vacías, de modo que Canino se llenó la suya. Para ser justos, no era egoísta:
también nos sirvió a los demás.
- Bebe, joven -le metió
prisa a Petro el náutico borrachín, como si se dirigiera a un novato.
Afortunadamente, mi viejo compañero de borracheras pudo fingir que era
tolerante.
- Cuéntanos más cosas -dije con voz ronca, aunque para
entonces estaba tan bebido que había perdido interés en la investigación.
Canino me complació
alegremente, como un horrible filósofo que, refunfuñando, emprendiera la
siguiente parte de un discurso de tres horas.
- Veamos
algunas definiciones: piratería, características de…
- Podemos pedir que vayan a
buscar una pizarra si necesitas hacer algún esquema -Bruno dejó de tomarse
aquello en serio.
Canino no le hizo ni caso.
- Riesgo, violencia,
saqueo, muerte. Los cuatro pilares del robo marítimo organizado. Para el ladrón
marino medio la muerte es lo mejor. Los asaltos en tierra o los ataques a
barcos mercantes, todos
ellos implican el
robo con violencia y parte de la
emoción consiste en… -Se detuvo, extrañado de que hubiera podido pasar por alto
un elemento vital-. Emoción… Riesgo,
emoción, violencia, saqueo,
muerte… los cinco pilares.
Bruno tenía junto a él una
mesa para una lámpara en la que dispuso cuidadosamente tres manzanas, un higo y
un huevo duro a medio comer para representar el crucial quinario. Fue quinario
la palabra que utilizó, y me quedé francamente
sorprendido de que la
conociera, o de que
fuera capaz de evocarla en su empañada mente.
- Especialmente la muerte
-entonó Petronio. Estaba tumbado de espaldas en el diván que compartía conmigo,
inspeccionando el techo.
La túnica de color
crudo que llevaba Petro con el
ribete imitando una cuerda, su atuendo favorito para cuando no estaba de
servicio, se le había arrugado en torno
a las axilas.
Él tenía una
expresión vidriosa que no había visto desde nuestra última noche en Britania, la
noche que abandonamos
el ejército. Una historia en sí misma.
De pronto me entraron ganas
de vomitar. Me dije que se me pasaría.
- El
asesinato -nos informó
Canino- es el
juego favorito en las fiestas de vuestros piratas.
- ¿Y la violación? -sugirió
Petro.
- La violación está bien,
pero el asesinato es mejor.
- Y con diferencia
-aplaudió Petronio-. Gracias.
- Para esta gente… -Canino
era capaz de parlotear durante horas sin pensar en ello-. Su modo de vida no es
más que un negocio. La piratería equivale al comercio. Los
barcos equivalen a la
inversión. El saqueo equivale a los beneficios.
Para vuestro pirata
son beneficios de actividades legítimas.
- Acaso… -Bruno se despertó
de repente-, ¿Es que les das esta charla a los reclutas?
- «Conocer al enemigo»
-confirmó Canino al tiempo que se daba unos golpecitos en la nariz-. Mi gran
especialidad. Cada vez que tenemos a un maldito almirante nuevo que no ha sido
más que un beodo costero hasta que su mejor amigo el emperador le da una flota
para que juegue… en tan desventurada ocasión, tengo que dar esta charla para el
beodo. Entonces me pongo mi mejor ropa blanca. Aveces incluso permanezco sobrio
mientras hablo sin decir nada para el beodo. En el intervalo, lo hago una vez
al año para los capitanes de los trirremes en su juerga de las Saturnales.
Sumamente borrachas, todas las partes; con gestos.
- ¿En Miseno? -quiso saber
Bruno por alguna razón.
- No, estoy en Rávena.
-Bruno, que previamente nos había dicho que Canino era de la flota de Miseno,
pareció molesto.
- Dime -le rogué-. Antes de
que me desmaye bajo este pie de lámpara
de tan buen gusto
-un peludo sátiro de bronce dotado de un gran pene. Privato, su
propietario, poseía un gusto lamentable-. Habíame de Cilicia.
Canino me lanzó una mirada
intensa y recelosa. Una
vez más, tenía la copa
vacía, aunque en aquella ocasión se abstuvo
de llenarla. Petronio
le puso más
vino. Con un gesto de la mano le indiqué a Petro que se detuviera, pero
también llenó mi copa; observé que dejaba la suya vacía.
- ¿Qué interés tienes en
Cilicia, Falco? Me obligué a sonreír.
- Si lo supiera no estaría
preguntando para conseguir pistas.
- ¿Has estado allí alguna
vez? -preguntó Canino.
- No.
- Lo cual es raro en Falco
-intervino Petronio lealmente-. Es un hombre
que ha viajado mucho.
Didio Falco es un nombre que hace que las camareras se sonrojen en las
bodegas de lugares tan alejados unos de otros como Londinium y Palmira. He oído
que, si dices el nombre de este hombre
en la ardiente Leptis Magna, vendrán corriendo veinte
caseros esperando una enorme
propina por el heno y la avena.
- Creo que me has
confundido con mi hermano, Petro.
- Pues me da la impresión
de que me gustaría conocer a tu hermano
-dijo Canino. Gracias
a los Dioses
no podíamos presentárselo; mi hermano, a quien le encantaban los
aprovechados, hacía tiempo que estaba muerto.
- Nunca doy propina por la
avena. -Puse fin a aquella tontería-: Cilicia -le recordé a Canino.
- Cilicia
-replicó. Entonces hubo
un prolongado
silencio, durante el cual
ni siquiera bebió.
- Cilicia,
Panfilia, Licia. Los
tres bandidos de los
mares orientales. -Canino dejó que su voz reflejara un deje atemorizado-.
Países que han tocado fondo. Son vecinos; se dan refugio unos a otros. En
Panfilia encontrarás puertos que han sido creados expresamente para que los
piratas cilicios los utilicen como puestos de venta y en Licia hay pueblos
enteros ocupados por marineros cilicios. Durante largo tiempo la propia Cilicia
ha sido la más famosa de todas estas guaridas.
Entre las montañas
y el mar.
Las gentes de las montañas afirman ser totalmente agrícolas. Tal vez lo
sean. Pero hay infinitos puertos pequeños en una costa rocosa, bases y mercados
ideales: las dos cosas que necesitan los piratas.
- Y en esos rocosos muelles
-sugerí- viven personas cuyos barcos no incendió Pompeyo el Grande… por alguna
razón. ¿Son personas que dicen haber recurrido a la agricultura y que afirman
que mantienen las embarcaciones para pescar de vez en cuando y navegar un poco
en verano?
- Unos barcos que por
casualidad son muy veloces, muy ligeros, a menudo son embarcaciones sin
cubierta y con mucho brío -asintió Canino
con sequedad-. Todas y cada una de ellas con una proa picuda y
prominente.
- ¡Algo a lo que agarrarse
cuando se asoman con las redes para pescar langostinos!
- Eres un caso, Falco.
- ¿Qué se cuenta de Pompeyo
entonces? -le insistí. Canino tomó una de
las manzanas que
Bruno había
colocado en
su mesa auxiliar.
No me acordaba
de si representaba la «emoción» o
la «muerte».
- Pompeyo -caviló
mientras masticaba.
Inmediatamente supimos cuál
era su actitud
hacia el Grande-. Ambición con
aletas.
- Me gusta la nueva
definición -murmuré.
- ¡Preciosa! -sonrió
Petronio. Compartía mi opinión sobre los hombres famosos.
- ¿Queréis
saber lo que
pienso de los
Cuarenta y
Nueve Días?
- Será mejor que primero
definas eso. -No tenía ni idea de
lo que eran los
Cuarenta y Nueve Días, aunque
estaba empezando a pensar que sería el tiempo que íbamos a estar allí
aguantando a esos dos.
Canino suspiró.
- Retrocedamos, entonces.
Son los días de la antigua República
y Roma atraviesa
momentos difíciles. Los piratas se deslizan por todo el Mare
Nostrum. Nuestro mar es su mar. Los piratas saquean las costas de Italia,
atacan nuestras ciudades y llegan a Ostia. Cualquier lugar próspero en tierras
bajas era una atracción… -De pronto había cambiado el tiempo verbal, pero no
era momento de correcciones-. El suministro
de grano se
hallaba seriamente amenazado. Con el populacho romano furioso
porque tenía hambre, las
costas eran condenadamente peligrosas. Había suficientes violaciones y muertes
como para llenar una novela, y lo que es peor (de hecho, fue su gran error),
siempre que los piratas capturaban a un hombre importante, lo humillaban con
insultos.
- ¡Ay! -gritó Petronio,
riéndose.
- Entonces, después de que
un número suficiente de víctimas de alta alcurnia hubieran sufrido estas
vejaciones, Pompeyo sale a limpiar el mar de piratas -dije-. ¿Y tarda cuarenta
y nueve días?
- Ya llegaré a eso -Canino
se negó a que le metieran prisa.
Aunque yo estaba
en lo cierto
en cuanto a los
malditos cuarenta y nueve días-. Primero Pompeyo asegura el suministro
de grano: acuartela
legados en Cerdeña, Sicilia y el norte
de África. Casualmente…
-nuestro mentor se fue por las ramas-, el joven Sexto Pompeyo, cuando
más adelante se peleó con el triunvirato, utilizó exactamente la misma táctica
que su grandioso padre, pero a la inversa. Se unió a unos piratas y luego puso fin
al comercio del este, del oeste y del sur. ¿Cómo lo hizo? Se estableció en…
- ¡Cerdeña, Sicilia y el
norte de África! -coreamos
Petro y yo, que todavía
intentábamos meterle prisa-. Pero,
¿cómo se las arregló
Pompeyo padre para dar su espectacular
golpe maestro?
- Espectacular sí que fue.
-Canino parecía hablar en
serio-. Por lo que yo sé,
no tenía más de un centenar de barcos. Patrullar por todo el Mediterráneo era
como arar en el mar. Sólo la mitad del contingente estaría en condiciones.
Seguro que algunas embarcaciones eran viejas carracas de pescar anchoas a las
que habían sacado de su retiro. Fue un
trabajo hecho deprisa
y corriendo. Un clásico. Pero de algún modo Pompeyo hizo
retroceder a la flotilla de piratas
hasta Cilicia. Hubo
algún combate, aunque nada digno de incluir en los anales. Entonces se ocupó de ellos con ese especial milagro
romano. ¡La clemencia!
- ¿Bromeas? -Hasta Bruno se
despertó.
- No bromeo. Podría (o tal
vez digas que debería) haberlos crucificado a todos. Ellos sabían que era lo
que correspondía hacer, y sin embargo Pompeyo prometió no matar a ninguno que
se rindiese. Huyeron y se fueron a casa, temerosos de su reputación. Entonces,
tal como has dicho antes, Falco, Pompeyo no quemó sus barcos. Dejó que se
supiera que había visto a mucha gente a quien la pobreza había conducido por el
mal camino y ofreció el mejor trato a aquellos que se entregaron.
- ¿Piratas arrepentidos
acudiendo en masa a rendirse?
- Los piratas son unos
cabrones sentimentales. Te sacarán las entrañas… pero todos quieren a sus
madres. Pompeyo los estableció en pequeñas granjas. Todas cerca de un río o de
la costa… eso debió de ser por si acaso los
piratas echaban de menos el
agua salada. Adanos, Mallos, Epifanía. Un gran contingente en Dimes, en Acaya.
Y luego, por supuesto, estaba Pompeiopolis, por si acaso alguien se olvidaba
alguna vez quién merecía todo el reconocimiento.
- ¿Una ciudad nueva?
- No había tiempo para
construir una nueva. Es una antigua ciudad a la que se ha dado un nuevo nombre,
Falco.
- He estado hablando con un
hombre de Pompeiopolis
-le dije-. Un tipo raro
llamado Damágoras.
- Nunca he oído hablar de
él. ¿Es un pirata?
- ¡Oh, no! Asegura que no
lo ha sido nunca.
- ¡Miente! -se mofó Canino.
- Parece probable. Tiene
una mansión repleta de un lujoso botín procedente de todo el Mare Nostrum y no
hay una explicación evidente
para sus adquisiciones… Así pues, a pesar de las pequeñas granjas,
¿siguen saqueando los mares?
- Roma necesita sus
esclavos, Falco.
- ¿Quieres
decir que necesitamos
que los piratas actúen?
Canino fingió
escandalizarse.
- Yo no he dicho eso. Es
una traición sugerir que Pompeyo fracasó. Él resolvió el problema. Es un
triunfo romano. Los mares están limpios de piratas. Eso es oficial.
- Entonces es una
gilipollez oficial.
- ¡Vaya,
muy bien, Falco, ahora
sí que pareces
un
político!
Todos nos reímos. Pero
claro, puesto que algunos de nosotros no nos conocíamos, lo hicimos con
cautela.
XIX
Nada de
todo aquello me
estaba ayudando en mi
misión de encontrar a Diocles.
A Petro se le contagió mi
descontento. De pronto se puso de costado y miró fijamente a Canino.
- Bruno dijo que eras un
especialista en piratas. Si oficialmente no existen, ¿cómo es eso?
- Así es la marina
-respondió la galleta de barco, adoptando una actitud de resignada timidez.
- ¿Qué estás haciendo aquí
en Ostia? -hice la pregunta con la mayor suavidad posible. Se encontraba muy
lejos de Cilicia, si es que Cilicia era el centro de la piratería.
- Estoy en misión
conciliadora.
- ¿Con tres trirremes?
Canino pareció sorprendido.
Dejé que se preguntara cómo sabía yo
eso. No era
ningún secreto, ni
mucho menos. Cualquiera que deambulara
por Portus las
podía haber visto y contado.
- Cuando necesitas un barco
de guerra no hay ninguno y luego aparecen a puñados -sonrió.
- ¿Para unas maniobras
costeras? -Petronio, un típico miembro de los vigiles, quería saber qué era lo
que estaban organizando otras unidades en el territorio que actualmente
ocupaba.
- Nos limitamos a ir de
puerto en puerto y gritar el nombre del emperador. Cuando los mandamases deciden que merecemos permiso para bajar a
tierra nos dejan venir aquí y sumarnos al mogollón atracado en Portus. Les
enseñamos las normas a los comerciantes extranjeros.
- ¿No habéis dado caza a
ningún barco pirata en tierra?
-preguntó Petro.
- ¡Por
Júpiter, no! No
queremos escenas desagradables en
el umbral del emperador. -Hasta que la conversación se
volvió política, Canino
se había dejado llevar por la
pasión en su discurso. Ahora se limitaba a soltar tópicos.
No creía que
el cambio lo
hubiera ocasionado la bebida; había demostrado ser inmune al vino.
Estaba ocultando algo.
- Seré claro -dije. Estaba
demasiado achispado para pensar en algo complicado-. Tenía la esperanza de que
pudieras explicarme por qué un cronista que escribe conocidas secciones de
la Gaceta Diaria habría
contactado con un hombre del
que se cree
que fue un pirata.
- ¿Por qué no se lo
preguntas?
- Lo siento; creí que eso
ya lo había explicado. El cronista ha desaparecido.
Tal vez un cambio
ensombreció el rostro de Canino.
- ¿Piensas
que lo han
capturado? Bueno, ya
sabes cómo solían trabajar en los viejos tiempos: si los piratas
hubieran hecho prisionero a
alguien que valiera algo, se mandaría una nota a la gente que lo conociera,
mediante un intermediario, fijando un rescate muy cuantioso.
- ¿Te parece que es
posible? -No se me había ocurrido que Diocles pudiera haber sido apresado por
los piratas. En realidad, no lo creía.
- Pues claro que no -repuso
Canino con sequedad-. Lo de pagar un
rescate por un
cautivo es historia.
Ahora tenemos la paz romana. La anarquía sólo existe fuera de los
límites del Imperio. En cualquier caso -añadió, casi con desdén-, un cronista
no valdría mucho, ¿verdad?
Lo que podría haber sido
importante era lo que sabía dicho cronista, aunque no confiaba lo suficiente en
Canino como para decirlo.
- Así que alguien debió de
pegarle un coscorrón a mi cronista y enterrarlo en el suelo tras una pelea de
taberna.
- Lo único que tienes que
hacer es averiguar dónde solía beber -asintió Canino, como si hablara con un
principiante-. Luego traes un escoplo
para levantar las tablas del suelo. No habrá estado
escribiendo sobre piratas
-me aseguró Canino; sus
palabras sonaron demasiado insulsas-. Tu cronista puede ponerse en contacto con
tantos cilicios como quiera, pero ahora son ciudadanos romanos leales. Eso el
cronista tiene que decirlo. La Gaceta Diaria e s un portavoz
del gobierno. Se
supone que tiene
que realzar el brillo de la paz romana.
Cierto. No obstante, a
Infamia sí que se le permitiría publicar si informaba de que la gloriosa paz
romana se hallaba amenazada.
¿Y era así? ¿Eso explicaba
la presencia de Canino?
¿Era por ese motivo que
aquel experto, que trabajaba en lo que según daba a entender era un terreno
extinto, había atracado en Portus con sus tres trirremes?
No tenía sentido que se lo
preguntara. Canino parlotearía inútilmente toda la noche sobre lo que había
ocurrido hacía cien años. No tenía intención de contarnos lo que estaba
ocurriendo aquella misma semana.
Miré a
Petronio. Teníamos que
lidiar con nuestra propia situación, Si nos hundíamos
más en la disipación de aquella
noche, tanto Petro
como yo deberíamos
hacer frente a otra amenaza: Maya y Helena. De algún modo teníamos que
animar a nuestros tediosos invitados a que se fueran a casa. Al día
siguiente ya inventaríamos excusas para explicarle a Privato la merma de
sus reservas de vino, que era mucho mayor de lo que respaldarían las reglas de
la hospitalidad. Aquella noche teníamos que quitarnos de encima a los hombres
que se lo estaban bebiendo.
Creedme, el resto de la
fiesta fue farragoso.
Al final, el primero en marcharse
fue la galleta de barco Se
despidió de nosotros
con una ánfora prácticamente llena de tinto de Rodas
sobre el hombro. El
camarero, un buen tipo
había procurado que a medida que continuaba la alegría disminuyera la calidad y
el coste de la bebida, para limitar los daños. Su última elección fue
apropiada. Rodas había
sido uno de
los territorios históricos para
la piratería que Pompeyo erradicó. El tinto de Rodas es un vino de mesa pasable
cuya calidad no se ve afectada por el transporte; eso es porque,
tradicionalmente, la ácida cosecha de esta isla se corta con agua de mar.
Nos resultó más difícil
quitarnos de encima a Bruno. Cuando su contacto se marchó, él se deslizó desde
el diván hasta el suelo de mármol; Petro y yo ya no podíamos levantarlo. No
obstante, aparecieron los esclavos, lo cual me
hizo pensar que
estaban acostumbrados a recogerlo todo después de las prolongadas
cenas. También supuse que habían estado escuchando la conversación.
- Canino… -dijo Bruno, que
hablaba con dificultad y que estaba desesperado por comunicarse-. Mi contacto…
- Sí, es excelente -le
aseguré. Yo estaba sentado en el borde de mi diván y no quería hacer ningún
esfuerzo, por si acaso los resultados eran explosivos.
- Un hombre de pocas
palabras… -Petronio todavía era capaz de
soltar agudezas.
- Un montón de palabras
engañosas -farfulló Bruno al tiempo que un par de esclavos grandotes lo
recogían y se disponían a sacarlo
de allí-. No
me fío de
él, lo he decidido.
Artista solitario. No
comparte absolutamente
nada. No
tiene absolutamente ningún
contacto. Es absolutamente…
En ese punto, Bruno se
quedó callado, absolutamente borracho.
Yo me
quedé con Petronio.
Dormimos ahí, en el
comedor, incapaces de movernos.
XX
Omitiré todo cuanto se dijo
en mi entorno doméstico al día siguiente.
XXI
Pasemos rápidamente a la
hora del almuerzo (que no me comí) y sigamos hasta la dilatada tarde. Pasé
parte de ella tumbado con los ojos cerrados, en el suelo, detrás de un arcón
del equipaje donde no se me veía.
Me puse en pie como pude
cuando Aulo regresó de un viaje a Portus diciendo que había encontrado un barco
que lo llevaría a Atenas, además de otras noticias. Como miembro de Falco y
Asociados, estaba entrenado para andarse
con los ojos
y oídos bien
abiertos. Le había enseñado a permanecer alerta en los
barrios comerciales, no fuera que le dieran una paliza o le robaran. No quería
que su madre, una mujer con carácter, me echara la culpa si alguna vez ocurría
algo mientras estuviera trabajando para mí.
- Allí pasaba algo, Falco
-Aulo sabía reconocer las situaciones interesantes; a su estirada manera, era
un cerdo entrometido-. El capitán de mi barco tenía un verdadero disgusto…
Una de mis hijas pasó junto
a él dando empujones para así poder quedarse
mirando fijamente a
su papá, más retraído que de costumbre.
- No lo molestes -la
reprendió Helena con frialdad
(escogiéndome como
blanco de su
pulla)-. Hoy está
pachucho. Tu padre ha hecho
el ridículo.
- ¡Ridículo! -Julia Junila
balbució su primer polisílabo con gran entusiasmo. Tenía tres años y era todo
mujer.
- Ridículo -repitió Aulo,
sobrecogido-. ¿Una noche intensa, Falco?
- Incluso a ti te lo
hubiera parecido.
- ¡Oh! No
me hubiera atrevido a participar.
Por si acaso te lo preguntabas
-esbozó una sonrisa burlona-, traje a Helena a casa.
- Gracias -dije con voz
ronca.
- Junia
se ofreció para
acompañarme -comentó Helena en
tono de reproche-. Aja x nos hubiera protegido. Pero Cayo Baebio la necesitaba.
Junia cuida de él a todas horas. Se encuentra muy mal y ha tenido que guardar
cama desde vuestra excursión a la costa.
- Está fingiendo.
- No, Cayo ha tenido que
coger la baja. Quiere que intentes
encontrar al hombre
que lo atacó, para que así pueda reclamar una indemnización por sus
heridas.
- No la conseguirá. El
matón fue un salvaje, pero si el caso va a los tribunales tendré que decir que
Cayo Baebio se lo buscó.
- No es justo, Marco. Lo
detestas porque es un funcionario.
Lo detestaba porque era un
idiota.
- Su estupidez
en la villa fue peligrosamente real,
amor mío. Hablas como si
Cayo no fuera a trabajar nunca más. ¿Acaso el servicio de aduanas ha perdido a
su estrella?
- Si Cayo ha resultado
herido de verdad, esto no tiene gracia.
- No me estoy riendo.
Sea lo que fuere lo que
pensara de mi hermana Junia, ninguna mujer romana quiere un marido que ya no
pueda trabajar. Si a Cayo lo despedían como recaudador de tasas, la familia
sólo dispondría de sus ahorros -y siempre habían gastado mucho- además de unos
ingresos simbólicos del desagradable figón del Aventino que Junia regentaba
como pasatiempo. Sólo le llegaban parte de los beneficios. Apolonio, su sufrido
camarero no especializado, amañaba las cuentas; en tiempos mejores había sido
profesor de geometría y le era muv fácil convencer a mi hermana de que un
ángulo obtuso era agudo. Había sido profesor mío, de modo que yo nunca me
chivaría de él.
Obligué a mi nublada mente
a volver al tema inicial.
- Así pues, ¿qué clase de
barco es ése, Aulo?
- Podrías venir y echar un
vistazo, Falco. Quiero que le preguntes al capitán sobre lo que pasaba cuando
fui a pagarle.
- ¿Pagaste el pasaje antes
de subir a bordo? -Ese muchacho nunca espabilaría. Ni siquiera yo había podido
inculcarle un poco de sentido común. Aulo Camilo Eliano, hijo de Décimo,
heredero de una vida rodeada de lujo, había
sido tribuno en el ejército
en algún que otro lugar y había formado parte del personal del gobernador
provincial en la Bética. ¿Quién sabe cómo logró alcanzar esos destinos en el
extranjero? Cuando lo llevé a Britania hizo que me encargara yo de todo.
- Soy hijo de un senador
-replicó-. El capitán no me engañará… no si quiere regresar a este puerto. Gana
una fortuna con los pasajeros; tiene que conservar su buen nombre.
- ¡Es tu dinero! -Era el
dinero de su padre. Aun así, probablemente Aulo estuviera en lo cierto en
cuanto al capitán-. Bueno, ¿qué pasó?
- ¿Estás en condiciones de
tomar el transbordador?
- Sólo para ir en busca de
una buena historia.
- ¡La
mejor! -me aseguró.
Tenía demasiada resaca como
para poner objeciones.
No obstante, él
zanjó el asunto-: Ese bravucón de
Canino que te emborrachó metió las narices. Me pareció como si hubiera tenido
roces con algunos piratas.
Accedí a ir a Portus.
La embarcación elegida por
nuestro viajero para que lo llevara en pos de su educación jurídica era un
transporte de considerables dimensiones
en el que le habían prometido velocidad, estabilidad, lo
más parecido a un camarote y comida preparada por el propio cocinero del
capitán. Si el tiempo se levantaba agitado, no habría comida
y poco
refugio, pero Eliano
se mostraba demasiado confiado, como de costumbre. Bueno,
se dirigía a Grecia para recibir educación. pues que aprendiera, pensé.
Le había asegurado a Helena
que inspeccionaría el transporte y me cercioraría de que su hermano estaría tan
seguro como fuera posible mientras recorría la ruta hacia Grecia en medio de
tormentas veraniegas que bramaban surgidas
de la nada en el Tirreno
y el Egeo. El
barco, llamado Esperanza, era en efecto, sólido. En aquella época Roma
utilizaba los buques mercantes más grandes que se conocían. Aquél
acababa de traer
un cargamento de pescado, aceitunas y artículos de lujo de
Antioquía vía el Peloponeso y por
lo visto estaba
esperando vino y cerámica para zarpar de nuevo.
El capitán, Antemon, era un
sirio calmado y de pies grandes. Tenía tres verrugas en la mejilla izquierda y
una marca de nacimiento en la derecha. Mientras él encontraba tiempo para
atendernos, Aulo me informó sobre lo que vio aquella mañana, de manera que fui
directo al grano.
- Antemon, me llamo Falco.
He oído que la esposa de uno de tus pasajeros ha desaparecido. ¿Se ha fugado
con tu primer oficial o
acaso el carpintero
del barco le
está tapando las goteras?
- No tiene nada que ver
contigo -fue la respuesta del capitán, que me escudriñaba con expresión adusta.
- Ahora sí. Sé sincero, por
favor. Mientras Camilo Eliano esperaba para reservar su pasaje, oyó el
altercado que tuviste con un consternado pasajero. Cuando Eliano regresó para
pagarte el dinero -no haría ningún daño establecer que Aulo tenía un testigo-,
un agregado naval te estaba haciendo más preguntas.
- Estaba armando un gran
alboroto -me apoyó Eliano-. Y a ti no te hacía ninguna gracia, Antemon.
- Ese soplón de la marina
se llama Canino -dije-. Ya sabemos a qué se dedica. Me lo dijo él, ayer mismo.
Así pues, canpitán, ¿te
molestaron los piratas
en tu viaje a Roma?
- ¡No! -Antemon, por
supuesto, estaba ansioso por evitar que los pasajeros se disuadieran-. Nunca me
ha molestado un barco pirata en toda mi carrera. Es lo que le dije a Canino…
antes de indicarle de qué plancha podía saltar.
- Canino está totalmente de
acuerdo con el mito de que antes de que Pompeyo perdiera la cabeza en
Alejandría, convirtió a todos los piratas cilicios en granjeros -dije-.
Canino dice que los ex
piratas son hombres encantadores
que ahora engordan cabras y
adoran a sus madres. Pero, si es así, ¿por qué estaba Canino a bordo de tu
barco? ¿Y por qué tenías tú tantas ganas de quitártelo de encima?
- Sólo protegía a mi
pasajero.
- ¿Con el que habías estado
discutiendo?
- No, yo intentaba calmarlo
para que estuviera en condiciones de afrontar la situación.
- ¿Tu pasajero tiene
problemas? -El capitán parecía ponerse cada vez más testarudo, de modo que
añadí, sin darle importancia-: Por supuesto que los tiene. Sabemos que ese
hombre ha perdido a su esposa. Bueno, tal vez sea nuevo en Ostia y cometió un
error al explicarle el camino de su alojamiento en la costa… ¿O qué ocurrió,
Antemon? Sigo suponiendo que la mujer tenía una aventura indecente.
- Ten cuidado con lo que dices. ¡Es mi armador! - gruñó
Antemon.
- ¿Quieres decir que éste
es su barco?
- Es un fletador muy
respetable. Su esposa, pobre mujer, es casta, consciente de sus deberes y
probablemente esté muerta de miedo. La recuperará. Necesita quedarse solo con
ello: No quiere que una multitud de asesores a los que a nadie ha invitado…
- ¿Asesores de qué?
-preguntó Eliano.
La conversación de la
pasada noche me ayudó a elucidarlo:
- ¡Estás hablando de
secuestro! -El capitán se quedó callado Volví a presionarlo con enojo-. A la
esposa de tu armador se la llevaron del barco durante el viaje…
Al final, aquello irritó a
Antemon.
- ¡No, no se la llevaron!
Nadie subió a bordo de mi barco
Nadie interfirió con
mis pasajeros -protestó
airadamente-. Los traje
aquí perfectamente sanos y salvos. Abandonaron el barco. La única razón por la
que Bano regresó aquí para consultarme fue
porque creía que les habían tendido una trampa cuando llegaron
y quería saber si algún miembro de la tripulación había visto algo. Su esposa y
él desembarcaron ayer mismo. Él creía que alguien vigiló la llegada del barco,
los evaluó, decidió que eran ricos y luego los siguió y raptó a la mujer.
- ¡Y pensó que tú estabas
enterado! -lo acusó Aulo sin reflexionar.
- No, no. Cálmate, Aulo.
-Yo me fiaba del capitán. El hombre
estaba molesto por su mala
posición en todo aquello, sobre todo porque podía perder
su trabajo si el armador le echaba
la culpa. Si
de verdad había
estado pasando información sobre sus pasajeros a unos secuestradores en
tierra, hubiera tenido preparada alguna refutación y su actitud hubiera sido
más descarada. Pero sería una locura elegir
como víctima al propietario del barco-. Antemon, entiendo que has vendido
tu cargamento y tu armador tiene el dinero, ¿no?
Asintió con un movimiento
de cabeza.
- Bano podrá satisfacer a
la gente que tiene a su mujer.
- ¡Y ellos lo saben!
- Pues claro que sí. No os
metáis en esto. No se lo echéis todo a perder.
- Contesta
a esto, entonces.
¿Alguna vez hizo
la
travesía un anciano cilicio
llamado Damágoras? -No-. ¿Un hombre
más joven llamado
Crátidas? -No-. ¿Bano
sabe algún nombre de quienesquiera se llevaron a su mujer? -No de nuevo.
Era de esperar. Los secuestradores se sirven del anonimato para
aumentar el miedo
de sus víctimas-. Y cuando Canino metió las narices,
¿cómo es que sabía que había ocurrido algo?
Antemon fue lacónico.
- Esto es un puerto.
- ¿Quieres decir que en
Portus todo el mundo sabe que se han llevado a la mujer de Bano para pedir un
rescate?
- Sólo los espías de la
marina, que tienen soplones sentados
en las tabernas,
hombres que llevan
meses rondando por los muelles, esperando oír el cuchicheo de que ha
sucedido otra vez.
Me quedé con lo de «otra
vez».
- O sea que ha ocurrido
antes. -Recordé el anticipo que
Diocles había introducido en la Gaceta
Diana: «Se dice que los rumores sobre el resurgir de la piratería son
falsos». No lo bastante falsos para Bano.
- Soy un informante privado
-le dije al capitán-. Sé ser discreto. Mi profesión depende de ello.
Antemon seguía dudando.
- Puedes confiar en Falco
-dijo Aulo en voz baja. El hijo de un senador tiene influencia, y Antemon
podría haber flaqueado.
Lo pinché un poco más.
- Mira, ya estaba
trabajando en un caso que tal vez esté relacionado con éste. Dime dónde puedo
encontrar a Bano. Es por su propio bien y por la seguridad de su esposa.
Alguien tiene que ayudar a esta pareja -dije-. Si no quieres cooperar con
Canino y la marina, quizá yo pueda hacer algo por Bano extraoficialmente.
El capitán seguía
preocupado, pero entre dientes nos dijo dónde podríamos encontrar Aulo y yo a
su armador en tierra.
XXII
Bano era un hombre pálido y
nervioso, imaginé que medio egipcio al menos, un negociador para la industria
de la pesca salada. Trabajaba rápido: ya había pagado y recuperado a su esposa.
Nos quiso hacer creer que
no había pasado nada, pero no estaba preparado para discutir el asunto.
Alcanzamos a ver fugazmente a la mujer, Aline, sentada en una silla de
mimbre en sus
aposentos, profundamente afectada. Nuestras voces subidas de tono en
la puerta hicieron que se tapara la cabeza
con el manto.
Bano, que bloqueaba
la puerta, nos impidió entrar en su apartamento a Aulo y a mí. No había duda de
que estaba nervioso, como si hubiera vivido el miedo de cerca.
Bano y Aline se marchaban
hacia Roma en menos de una hora, y si regresaban a Ostia cuando dejaran Italia,
pasarían por la ciudad sin detenerse y subirían directamente a bordo de su
barco. Bien podría ser que ahora prefirieran embarcarse en el Esperanza en Puteólos,
o incluso tomar la larga ruta por tierra hasta el sur y encontrarse con él en
Brindis.
En voz baja, dije:
- La única manera de
detener a estos delincuentes es que nos digas lo que sabes.
Bano, con voz más queda aún
para que su esposa no lo oyera, replicó:
- Si hablo con vosotros lo
sabrán. No queremos que nos maten.
Me ofrecí
para conseguirles protección. Él
me dio con la puerta en las narices.
Volvimos al
barco. Aquella vez el capitán
había adoptado medidas defensivas:
un marinero sostenía
que había desembarcado, nadie
sabía adonde había
ido. Estábamos seguros de que Antemon se ocultaba bajo cubierta, pero
era imposible fisgar Un tripulante extremadamente corpulento que enrollaba una
cuerda luciendo bíceps, hizo que nos diéramos cuenta de que andar a hurtadillas
en el Es p e r a n z a sin permiso
sería poco aconsejable.
Como no queríamos acabar
metidos cabeza abajo en una hilera de ánforas muy apretadas con otra pesada
hilera encima de nosotros, dimos media vuelta para volver a casa.
Era hora de retirarse para
todo aquél que trabajaba diariamente en
Portus. Horrorizados por la cola que
se había formado para cruzar al otro lado de la isla, llevé a Eliano al
bar en el que Cayo Baebio y yo habíamos estado charlando hacía un par de días.
Un letrero tallado, con la cola hacia arriba, indicaba que se llamaba El
Delfín. Una grata visión para los viajeros, poseía abundantes existencias
de vino y una selección
aceptable de ollas con comida. Imaginé que servía muchos desayunos cuando
llegaban los primeros trabajadores de la mañana, y la verdad es que tenía una
acera llena de clientes en aquella hora punta de la tarde.
Como no tenía nada que
perder, le pregunté al propietario qué había oído sobre secuestros. Aseguró no
saber nada pero les
preguntó a sus asiduos
en voz alta. Todos aquellos percebes fingieron perplejidad de forma
instintiva; para ellos éramos unos chicos de ciudad con mucha labia.
Cuando dije que
una mujer adinerada, que había desembarcado recientemen había sido
capturada y se había pagado un
rescate por ella
anuel mismo día, sacudieron la cabeza y declararon que
era terrible. Pero, gradualmente, uno o dos admitieron haber oído que tales
cosas ocurrían. Después de que Aulo pagara una ronda para todo el mundo (me
pidió el dinero prestado con la excusa de que era un gasto profesional),
perdieron un poco los escrúpulos y nos hicimos tan amigos como siempre quise
ser de unos hombres bajos y sudorosos que se pasaban el día moviendo
recipientes de salsa de pescado a pulso.
Entre todos fueron capaces
de recordar al menos tres historias de secuestros. Puesto que las víctimas
querían mantenerlo en secreto, podían haberse producido muchos más. Los
detalles eran escasos: se llevaban a las mujeres, presionaban a sus parientes
masculinos. El denominador común era que después las mujeres por las que se
pagaba el
rescate quedaban
traumatizadas. Y la tendencia, abandonar
Ostia enseguida.
- ¿No sabéis quién lo hace?
- Deben de ser extranjeros.
-Para aquella gente, un extranjero era cualquiera que viniera de fuera de
Ostia. Lo que querían decir era que los secuestradores no formaban parte de los
hurtos, la holgazanería, la estafa, la gorronería, la pérdida de tiempo y los
despistes ancestrales que las extensas generaciones de familias de matrimonios
mixtos que trabajaban en los muelles consideraban prácticas normales del
oficio.
Un estibador de manos
nudosas que tenía un hombro torcido sugirió que alguien había informado del
problema a los vigiles.
- ¡Dadles a esos chicos de
Roma otra cosa en la que pensar! -esbozó una sonrisa toda encías. Los hombres
que trabajaban en los muelles y en los almacenes preferían no estar vigilados.
- ¿Habéis visto a alguien
merodeando por aquí? - pregunté-. Aparte de nosotros, por supuesto.
Hubo algunos comentarios
por lo bajo y unas cuantas risas. Alguien mencionó a Canino. Otra persona se
volvió de espaldas a la conversación, disgustada. Por lo visto aborrecían a la
marina aún más que a los vigiles.
- Ya sé lo de Canino. Yo
estaba pensando en un tipo con aspecto
de escribiente, un cronista
que busca algo
emocionante sobre lo que
escribir. Se llama Diocles. ¿Lo habéis visto alguna vez?
Parecía ser que no.
Aulo y yo volvimos
finalmente al transbordador en un lento carro que paró para llevarnos, pero por
todo lo que ellos denominaban «la
Isla», el embotellamiento era terrible. Al igual que hicieron muchos
otros, no tardamos en saltar del carro e ir andando. En el muelle del
transbordador nos apiñamos con las multitudes, la gente nos clavaba sus
juegos de herramientas en la espalda y los codos en los costados. En el bote no
pudimos agarrarnos a la regala, nos aferrábamos a cualquier cosa y acabábamos
contusionados con cada palada de los remos. Los remeros no tenían libertad de
movimiento. Acostumbrados a aquella locura, dejaban de remar cuando se veían
demasiado obstaculizados. Aquello aumentó la tortura cuando fuimos a la deriva
corriente abajo y tuvimos que volver atrás. La nube de ajo, vino y sudor que se
desprendía de las túnicas de trabajo formaba un miasma de los que te cortan la
respiración por encima del bote que avanzaba lentamente hacia Ostia. La roñosa
batea de Caronte debía de ser más agradable. Al menos en ella sabes que te
diriges al eterno descanso en los Campos Elíseos.
Otra cosa: Caronte hace
pagar a todas las almas de los muertos. Aulo y yo éramos los únicos hombres de
Roma que había en el transbordador
y al parecer
fuimos los
únicos a los que nos
pidieron que apoquináramos el dinero del pasaje.
Por fin desembarcamos y
fuimos directos a casa. Era demasiado tarde para descubrir nada más. Primero
quería pensar, porque no había venido a Ostia para investigar secuestros, nadie
me daría las gracias… ni me pagaría por ello.
No debía perder
de vista mi
objetivo. Mis instrucciones eran
encontrar al cronista, Diocles. De momento
lo había relacionado
con un posible
pirata retirado, pero la conexión con Damágoras no había conducido a
nada definitivo. No tenía motivos para creer que Diocles hubiera sabido algo
sobre los secuestros que acabábamos de sacar a la luz. Le hubiera gustado
saberlo, eso sí. Los raptos para pedir un rescate constituían una antigua tradición
pirata, pero no
podía demostrar que Diocles se hubiese enterado de que
estaban ocurriendo allí.
Por todo lo que de momento
sabía, podría ser que verdaderamente hubiera venido a Ostia para visitar a su
tía tal como les contó a los otros cronistas. Una vez aquí tal vez considerara
trabajar ademas en las memorias de Damágoras mientras se hacía invisible a sus
superiores de Roma. Quizás abandonó la idea cuando se dio cuenta de que se
sacaría un mejor jornal en una obra de construcción. Aún podría ser que al
final lo encontrara vivito y coleando, mezclando argamasa para un equipo de
albañiles y ajeno al alboroto que había provocado sin él saberlo.
Pero claro,
la construcción le parecería
un trabajo duro; ya no era un mozalbete. Yo estaba en posesión de
algunos detalles personales. El oficial de reclutamiento de los vigiles había
dicho que Diocles tenía treinta y ocho años… superaba en unos cuantos años la
edad de retiro de un liberto imperial. Normalmente los esclavos de palacio eran
manumitidos y los jubilaban con una bolsa de oro al cumplir los treinta.
Holconio y Mutato me habían dicho que la
única razón por la que Diocles seguía trabajando en l a Gaceta Diaria en lugar
de casarse y abrir una tienda de rollos
detrás del foro
era que el
emperador quería a veteranos de confianza para abrillantar el
nombre imperial.
¿Por qué se preocupaba
Vespasiano por la columna de Infamia?
Según Holconio, en el boletín
de la Corte aparecían constantemente buenas
noticias que afectaban a los miembros de la reinante dinastía Flavia: hechos
admirables en los campos de la cultura, el ornato de la ciudad
y las palizas
a los bárbaros.
Pero Vespasiano, famoso por su
ética pasada de moda también quería que se moderaran los chismes inmorales de
la Gaceta para que así pareciera que él, como Padre de su Pueblo, había limpiado
la sociedad. El
viejo aguafiestas necesitaba
tener la sensación de que la
columna de chismes ya no se adornaba tanto como en la época de Nerón.
Yo no veía -o no entendía
todavía- qué pintaba la piratería en todo aquello. Cierto, si de verdad aún
había
piratas recorriendo
los mares, Vespasiano
volvería a echarlos. Pero
¿querría ser «el
nuevo Pompeyo»? Pompeyo era un
político sin suerte, asesinado en Egipto para deleite de su rival, César Al
final, el gran Pompeyo resultó ser un perdedor. Vespasiano era demasiado astuto
para caer en eso. Mensaje equivocado desde el puesto de señales. Y los mensajes
equivocados no eran el estilo de Vespasiano.
XXIII
Lo primero
que hice a
la mañana siguiente
fue dirigirme al cuartel de los vigiles.
Petronio no estaba. En
realidad, no es que hubiera mucha gente por allí. En primer lugar fui a hablar
con el administrativo. Me dijo que Bruno
había salido a alguna parte. En
aquel momento me
lo tomé como
un buen augurio. Sin prestar
atención a los gritos de protesta de los pirómanos y ladrones que tendrían que
esperar más tiempo a ser puestos en libertad bajo fianza, saqué de ahí a Virto
(descubrí que así se llamaba el administrativo) y lo llevé hacia el patio
abierto donde nadie pudiera oírnos.
- Esto supongo que ya lo
sabrás -le dije para halagarlo-
. Aquí eres el único en
quien puedo confiar que esté al día con los casos…
- Deja de darme jabón,
Falco. ¿Qué pasa?
- Secuestro.
Virto sacudió la cabeza. Se
dio la vuelta para volver a sus
obligaciones. Lo agarré
del brazo. Le dije
que eran varias las víctimas y
que creía que como mínimo algunas habían dado parte a los vigiles.
Virto adoptó esa expresión
distraída que a los administrativos les sale tan bien.
- Tal
vez los raptos ocurrieran hace meses
cuando
estuvo aquí la última
cohorte.
- ¿Cuál fue la que precedió
a la Sexta?
- Lo he olvidado. ¿La
Cuarta? No, está previsto que la cuarta nos reemplace la semana que viene. Son
la unidad de Petronio…
- Soy muy consciente de
ello -dije-. Pero es un delito que se sigue produciendo, y tú eres un
administrativo permanente. No juegues
conmigo. Ahora los secuestradores emplean métodos de
intimidación, pero la gente se enfada mucho cuando se les pasa el susto. Las
víctimas han estado aquí y alguien las ha entrevistado.
Virto vaciló.
- Sólo hay un lugar donde
podrían estar esos informes
Falco.
Saqué algo con lo que
sobornarlo. A veces los administrativos me cuentan secretos porque les gusta
que me dirija a ellos; a veces detestan a sus jefes y están encantados de
causar problemas. En el caso de Virto, su trabajo se vería amenazado si hablaba
(protestó él), por lo tanto era imprescindible un soborno.
Le pagué. Me caía bien y
pensé que valdría la pena. Él seguía estando nervioso.
Nos dirigimos
hacia el extremo del
patio de ejercicios y nos metimos
directamente en el santuario. Era en honor al culto imperial. Una vez dentro
quedamos ensombrecidos por los
bustos del actual
emperador
flanqueado por sus hijos,
Tito, y Domiciano César, junto a otras cabezas más antiguas de Claudio -el
primero que trajo a los vigiles a Ostia- y hasta del deshonrado Nerón. Eran
testigos más que
suficientes. Me cercioré
de que no hubiera nadie más merodeando por ahí.
Entonces yo también estaba
nervioso. La manera en que Virto y yo habíamos entrado allí debió de parecer
sospechosa. Cualquiera que nos hubiera visto escabullirnos por el portico y
entrar ahí adentro se imaginaría que estábamos planeando actos indecentes. La
sodomía no era mi pecado, y la Cuarta Cohorte lo hubiera sabido, pero para la
Sexta yo era una incógnita. Le acababa de dar dinero a un esclavo público
y luego lo
había conducido a un
lugar oscuro. Un acto semejante podría arruinar mi reputación… y dado
que estábamos en un santuario podía seguirse una acusación de blasfemia. -Habla
de una vez, Virto.
Ansioso por salir
corriendo, Virto dijo entre dientes: - Podría estar en el archivo de Iliria.
Solté un gruñido. Justo
cuando ya había investigado lo suficiente
como para llegar
a dominar una
perspectiva cilicia, me encontraba con otro manojo de problemas
provinciales. Iliria, en Dalmacia, se halla mucho más cerca de Italia, pero es
otra costa rocosa más, igualmente llena de islas y ensenadas y que también
alberga un nido de piratas en todas aquellas calas donde la pesca no reporta
dinero suficiente.
- ¿Qué pasa con los
ilíricos, Virto?
- Tenemos una serie de
libros de anotaciones que se pasan a cada nuevo oficial siempre que tiene lugar
el relevo de las cohortes. No preguntes qué hay en ellos.
- ¿No lo sabes?
- Es secreto, Falco. -No
era la respuesta clara a mi pregunta. Aquel administrativo de los vigiles
estaba recurriendo a trucos burocráticos-: Siempre pensé que era un asunto
cerrado. Sólo porque tenga una categoría de alta seguridad no significa que el
caso esté vigente… -estaba hablando sin decir nada.
- ¿Caso o casos?
- No
sabría decirte. Hay otra
serie de
notas igual, sobre Florio.
-Florio era el bandido que Petronio estaba persiguiendo como su asunto
especial.
- Florio es irrelevante. Me
estás diciendo que hay otro conjunto de notas secreto que tiene relación con
alguna persona de origen
ilírico. ¿Hay algún
contacto naval especial sobre
este tema? Tuve la impresión de que Canino sólo se dedica a Cilicia.
- No, es el mismo. Canino.
- ¿Estás seguro de eso,
Virto?
- Cada vez que llega un
nuevo destacamento, Canino se pone en contacto con su oficial. A Bruno, por
ejemplo se le tuvo que decir que tuviera especial consideración con Canino.
- ¿Quién le dijo eso a
Bruno?
- Yo. Es mi trabajo
informar a los oficiales sobre los asuntos delicados.
- ¿Y a ti quién te dijo que
Canino era un asunto delicado?
- Me lo dijo él mismo.
- ¿Canino te ordena que le
digas a todos los oficiales nuevos: Soy un contacto secreto importante? Pero si
tú no sabes sobre qué
asuntos secretos los
estás informando,
¿no?
Virto se rio.
- ¿Y qué? Soy un
administrativo. Es lo que hago continuamente.
No supe verle la gracia.
- ¿Cómo puedo consultar las
notas de Iliria?
- No es posible, Falco.
- ¿Ayudaría más dinero?
- Seguiría sin ser posible
-dijo Virto… con pesar-. Anoche Bruno durmió con las notas de Iliria bajo la
almohada. No me preguntes por qué pero de pronto se ha interesado por ellas.
-Supuse que nuestra fiesta con Canino había
despertado su curiosidad-.
Hoy se ha
ido con la tablilla metida en su cartera. Imagino que
estará recordando los casos antiguos… ¿Supone eso un problema, Falco? -
preguntó Virto con inocencia.
- Es un pequeño
inconveniente.
- Si no quieres que Bruno
sepa que estás interesado…
- ¿Sí?
- ¿No quieres saber lo que
puedo ofrecerte?
- Si me engañas, lo
lamentarás. Pero he llegado a mi límite en lo que respecta al dinero. Así que
cuéntamelo y ya está.
Virto se hizo el recatado.
Yo me puse duro. Accedió. No había ningún
oficial que redactara
sus propias
notas sobre un caso, por
confidenciales que fueran. Si un administrativo estaba preparando un informe
secreto que fuera a tener que durar mucho tiempo -es decir: notas que al final
se entregarían a otras cohortes-, el oficial querría que estuvieran bien presentadas.
De modo que el administrativo redactaría un borrador y luego volvería a
escribirlo con pulcritud.
A menos que el
oficial fuera extremadamente eficiente y
exigiera ver cómo se destruía dicho borrador, si el caso era emocionante, el
administrativo lo conservaría, por supuesto.
- Si me cayeras lo bastante
bien -dijo Virto-, podría enseñarte mis borradores.
Menudo cabrón. Sabía desde
el principio que podía darme lo que yo quería.
Al cabo de una hora yo
estaba la mar de contento con mi propia tablilla de notas en la mano. Había
copiado los nombres de varios
denunciantes, algunos de
los cuales
tenían su domicilio en
Ostia en la época, aunque probablemente a estas alturas ya se hubieran mudado.
Tenía fechas de raptos. Un par de ellos habían ocurrido durante el período de
servicio de la Sexta Cohorte, pero había otros anteriores.
Parecía que sólo retuvieran
a un cautivo cada vez. Podría ser para minimizar el riesgo, o tal vez sólo
había disponible un piso
franco. Todos los
secuestros denunciados eran de mujeres. Cuando regresaban con sus
esposos nunca sabían dónde habían estado retenidas y parecían muy confusas. En
la mayoría de los casos los maridos
pagaron enseguida el
rescate; todos llevaban grandes cantidades de dinero con
propósitos mercantiles. En ocasiones la mujer había sido raptada inmediatamente
después de que el marido hubiera acordado la venta de un gran cargamento, justo
cuando andaba bien de dinero.
En todos los casos las
notas del administrativo decían que ahora la familia iba a marcharse de Ostia
para dirigirse a Roma, o bien que iban a dejar el país. Si aquel día Bruno
había salido para volver a comprobar si esas personas se alojaban en Ostia, no
iba a tener mucha suerte; a juzgar por la pareja con la que hablé, Bano y
Aline, nadie se quedaba por ahí. Tal vez fueran los mismos secuestradores
quienes ordenaban a las víctimas que se marcharan.
Los que se quejaron a los
vigiles habían sido valientes.
Intentaban proteger
a otras personas
de compartir su angustia.
Con un gran sentido
práctico, Bruno había resumido sus ideas. Calculaba que había varias personas
involucradas en los secuestros y reteniendo a los prisioneros. De momento todos
eran un misterio. Bruno sugería que podría ser que a las víctimas se las drogara
para asegurarse de que no reconocieran a nadie.
Uno de los captores sabía
escribir. Siempre se ponían en contacto con los maridos por carta.
De aquellas notas se
desprendía una pista importante: había un intermediario. Todos los maridos
habían tratado con un mediador, un hombre al que encontraban muy siniestro. Les
pedía que se reunieran con él en una taberna, distinta cada
vez; no había
un lugar habitual.
Para el tabernero sería un
desconocido… o al menos así lo afirmaban después todos ellos. Era muy
persuasivo. Convencía a los maridos de que lo único que quería era ayudar y, en
aquellos momentos, de alguna manera ellos creían que sólo era un generoso
tercero. En las cartas con las que se ponía en contacto (y que siempre
recuperaba) se diría a los maridos que preguntaran al tabernero por «El
Ilírico».
El Ilírico se ceñía a la
postura de que a él lo habían hecho
intervenir para que
actuara como intermediario. Daba a entender que era un
hombre de negocios respetable
y neutral cuya única
intención era hacerles un favor a las víctimas. Advertía que los verdaderos
secuestradores eran peligrosos y que los maridos debían evitar disgustarlos, no
fuera que les hicieran daño a las mujeres desaparecidas. Su consejo era: paga,
hazlo enseguida y no causes problemas. Cuando se llegaba a un acuerdo sobre ese
punto, él recibía el dinero. Mandaba a su mensajero, un muchacho joven, a
decirles a los secuestradores que ya tenía el dinero, seguía hablando con el
marido durante un rato y luego, de repente, lo mandaba de vuelta a su
alojamiento donde, tal como le había prometido, encontraría a su esposa. No
hubo ningún marido que se quedara a vigilar por dónde se esfumaba el Ilírico.
- Diga lo
que diga, es un
miembro de la banda… Bueno, gracias, Virto -dije-. Dime,
¿Bruno se encarga de esto personalmente?
- Así es. Eso no lo acusa,
Falco. No hay pistas. Cuando algún marido valiente viene a denunciar un nuevo
secuestro, todo ha terminado. Siempre le ruegan a Bruno que no ponga a investigar
a sus hombres
de manera evidente.
Bruno accede a ello porque cree que si atacan a cualquier víctima por
haber denunciado el delito, será él quien cargue con la culpa. En el fondo sabe
que metería la pata. Esto es digno de admiración -dijo Virto-. Quienquiera que
lo planeara es muy inteligente.
- Y Bruno les está
siguiendo el juego.
- ¡Cuéntame algo que no
sepa! -exclamó su administrativo-. Pero seamos justos, Falco. Bruno escucha
cuando alguien nos trae información directamente a nosotros, pero la política
oficial es que tendrían que dejárselo todo a Canino.
- Entonces, ¿confiamos en
que la marina se encargue de esto?
- ¿Qué dices? ¿Un puñado de
marineros?
Provisto de aquella nueva
información, volví a mi apartamento.
Me había llevado
la primera parte
de la mañana sacarle las notas de
secuestro a Virto… tiempo suficiente para que algunos familiares más llegaran a
Ostia procedentes de Roma. Vi un carro que, con muy buen criterio, estaba
aparcado a la sombra de una higuera en el patio. Entonces encontré a mi sobrino
Cayo sentado en las escaleras, con cara
de tener dolor
de oídos. Siempre ansioso por probar nuevas modas, se
estaba dando con el dedo en el pecho
desnudo, donde tenía unas
marcas de aguja infectadas
producto de un reciente coqueteo con los tatuajes de
tintura azul; una
cosa que los
poetas no te cuentan cuando ensalzan a los britanos es
que dicha tintura apesta. Yo puse cara de asco; Cayo sonrió con
arrepentimiento. No hablamos. Oía los chillidos de mi hermana mayor arriba, y
por experiencia supuse que le estaban cepillando el cabello y se lo estaban
peinando en unas elaboradas y apretadas trenzas:
una moda de la
generación de más edad. Nux
aullaba por solidaridad.
Dentro, sobre una fuente
que conocía de casa, había un enorme salmonete con la cola colgando contra un
manojo de puerros bien atados. Sólo conocía a una persona que comprara
pescado en Roma aun cuando se
dirigían a la costa. Sólo una persona tenía acceso a una huerta que
producía mejores puerros que los de Ostia.
- ¡Marco!
-gritó Helena con
una sonrisa radiante-.
¡Aquí tienes una gran
sorpresa!
Para tratarse de una
sorpresa, aquélla me resultaba inquietantemente familiar. Metí mi tablilla de
notas bajo un frutero con indiferencia y me preparé.
- Hola, madre.
- Traes cara de no haber
andado en nada bueno -repuso mi madre.
- Estoy trabajando. -No sé
por qué, sonó igual de atrayente que si hubiera dicho que estaba en cuarentena
con la peste. Helena le habría contado a mi madre los detalles. Pequeña,
astuta, suspicaz y convencida de que el mundo estaba plagado de estafadores, mi
querida madre no había quedado impresionada.
Mis hermanas y yo nos
habíamos pasado treinta años intentando
engañar a mamá y sólo conseguimos
irritarla. Fue mi difunto hermano, su favorito, quien se las había
arreglapara embaucarla sistemáticamente; incluso ahora, mamá nunca
reconocía el canalla
mentiroso que Festo
había llegade a ser.
-Lamento mucho decir esto, madre, cuando acabas de llegar, pero debo regresar a
Roma inmediatamente para seguir una pista y necesito que Helena venga conmigo…
- ¡Pues es una suerte que
haya venido yo! -replicó mi madre-. Alguien tendrá que cuidar de tus pobres
hijas.
Le guiñé un ojo a Albia.
Albia ya conocía a mi madre;
y pasó por alto el
menosprecio a su trabajo como niñera.
- ¿Y qué motivos te han
traído de visita? -me atreví a preguntar.
- ¡No metas las narices en
los asuntos del prójimo, jovencito! -ordenó mamá.
XXIV
Mi madre se traía algo
entre manos, pero Helena y yo no nos molestamos en hacer averiguaciones.
Sabíamos que la respuesta podría habernos preocupado.
Conseguimos viajar
aquella misma tarde.
Tras habernos librado de mamá, la primera persona que encontramos al
regresar a nuestra casa en Roma fue a papá. Por mucho que lo intentes, nunca
pierdes de vista a tus padres. Ahí estaba él, en nuestro comedor, masticando
una de esas medias hogazas rellenas para llevar de la que una salsa color
púrpura goteaba sobre los cojines del diván.
- ¿Quién te ha dejado
entrar?
Mi progenitor
sonrió. Él mismo
se había dejado entrar. Según Helena, la sonrisa de mi
padre es idéntica a la mía, pero yo la encuentro sumamente irritante. Yo ya
sabía que, siempre que estábamos fuera, mi padre entraba y salía de nuestra
casa como si todavía le perteneciera. Habíamos realizado un intercambio de
viviendas hacía un par de años; una década más y puede que mi padre hasta
cumpla con el trato.
- Marco, dile a Maya
Favonia que deje a ese tontorrón amigo tuyo y que venga a casa a cuidar de los
negocios de su pobre y anciano padre -me engatusó.
- Se lo diré. Maya hará lo
que quiera, papá.
- No sé de dónde le viene
esa actitud.
- ¡A mí tampoco se me
ocurre! Y ahora que estás aquí,
¿cuándo te marchas?
- No seas tan desagradable,
muchacho. Oí que estábais en Ostia. ¿Se presentó tu madre? -Mis padres llevaban
casi treinta años sin hablarse, desde que papá se fugó con una pelirroja. Sin
embargo, ambos sabían siempre por dónde andaba el otro.
- Llegó ayer. La trajo
Cayo, el de Gala; es un pequeño bárbaro. No estuve con mamá tiempo suficiente
como para averiguar qué engaños trama.
Papá, que
era un viejo embaucador de
complexión recia y pelo cano, pareció complacido.
- ¡Ah! Yo lo sé. Se enteró
de que su hermano ha desembarcado furtivamente en Portus.
- ¿Cuál de ellos… Fabio o
Junio? -Mis dos tíos de la granja familiar se turnaban para largarse cuando
estaban de morros, a menudo
por problemas de
mujeres, siempre debido a algún
enorme desprecio en el que el otro hermano estaba implicado. A los dos les
gustaba afinar magníficos y embarazosos
planes para una
nueva vida, ideas descabelladas como convertirse en
gladiador o dirigir una empresa de ostras. (Ése fue Fabio… ignorando el hecho
de que el marisco le producía sarpullidos.)
- Ninguno de los dos. -Papá
soltó la noticia y aguardó mi asombro.
Di un grito ahogado.
- No… ¿ése del que nadie
habla nunca? Helena entró por detrás de mí.
- Hola, Gémino; ¡esto sí
que es una sorpresa! -Era excelente con la ironía-. ¿De quién no habláis,
Marco?
- ¡Es una historia
demasiado larga! -replicamos papá y yo a
una. Tal
unanimidad, dicho sea de
paso, era poco habitual en
nosotros.
Helena Justina sonrió y
pasó por alto nuestro enigma, a sabiendas de que podía extraerme la respuesta
después como si fuera una astilla clavada en el dedo.
Se acurrucó con elegancia
en el diván junto a mi padre y se sirvió un poco de su rezumante refrigerio que
despedía un delicado aroma a azafrán; él podía permitirse lujos. Unas hebras de
vegetación verde pendían del trozo de pan que Helena había arrancado. Logró
ocuparse de ellas con unos dedos
largos y elegantes en tanto
que papá se limitó
a chupar su trozo como un mirlo entusiasta engullendo pedacitos de
gusano vivo.
- Gémino, ahora que te
tenemos aquí… -Helena consiguió que sonara inofensivo, aunque papá le lanzó una
mirada astuta-. ¿Conoces a un hombre llamado Damágoras?
Papá era la única persona a
quien yo no hubiera preguntado. Aun así, Helena lo veía como un hombre con
contactos útiles. Él respondió enseguida:
- ¿El viejo forajido
grandote? Le he comprado cosas.
- ¿Qué cosas? -espeté.
- Cosas bastante buenas,
generalmente. -«Bastante» significaba sumamente buenas. Y «generalmente» quería
decir siempre.
- ¿Es un importador?
Mi padre soltó una tosca
carcajada.
- ¿Te refieres a si vende
artículos robados?
- Bueno, supongo que sí.
-Mi padre era subastador y marchante
de arte; la
magnitud de sus
beneficios me indicaba que había
aceptado artículos para la venta sin preocuparse mucho por su procedencia. Roma
poseía un floreciente mercado de reproducciones y papá era experto en fingir
que creía verdaderamente que una copia descarada era mármol griego original. En
realidad tenía buen ojo, y muchas de las estatuas auténticas que habían eludido
a sus verdaderos propietarios debían de
haber pasado también por su maza.
Le conté que Damágoras me
había dicho que era demasiado viejo para aventurarse a salir
de su villa. Mi padre me
explicó en detalle,
como si le
hablara al monaguillo de un
sacerdote, que la gente mala a veces miente. Él seguía viendo a Damágoras muy
activo.
- ¿Activo en qué, papá?
- ¡Oh!… En lo que sea que
haga.
Helena jugueteaba con un
cuenco de olivas. Molesto, reconocí aquellas aceitunas. Al parecer papá había
abierto
las reinas gigantes de
Colimbadia que yo reservaba para ocasiones especiales. Ahora el sinvergüenza de
mi padre se llevaría grandes cucharadas de esas exquisitas gemas verdes a su
propia casa. Tendría suerte si luego quedaba un lengüetazo de adobo en el fondo
de una ánfora vacía.
- Gémino, creemos que
Damágoras es un pirata - Helena miró severamente a mi padre.
Delante de ella, él siempre
fingía ser un caso reformado. Tenía razón: la gente miente.
- Si es que aún existen los
piratas, claro está.
- Es un maldito cilicio
-contestó mi padre-. ¿Qué más necesitas saber?
- ¿Crees que todos los
cilicios son piratas?
- Es la única vida que
conocen.
¿Y por qué iban a renunciar
a ella, siempre que los subastadores
tunantes de Roma comercien con su botín? Me molestaba todo aquello que
mi padre significaba, pero si tenía información, yo la quería.
- Lamento decir que
necesito tu ayuda, papá. ¿Podría ser que Damágoras o sus socios más próximos
estuvieran relacionados con un tinglado de secuestros que parece centrarse en
Portus?
- ¡Ah, eso! -exclamó papá.
Tal vez estuviera
marcándose un farol, pero mi padre siempre estaba ojo avizor. Dijo entonces que
había oído hablar de gente a la que retenían para cobrar un rescate,
aunque era incapaz de
relacionar dichos secuestros con Damágoras. Juró que conocía al anciano
propietario de la villa únicamente como el vendedor de una «Afrodita
Sorprendida» particularmente buena, hacía un par de años.
- ¡Unos ropajes
estupendamente moldeados!
- ¿Quieres decir que
llevaba una túnica mojada?
- ¡No es que la llevara del
todo! -Papá se relamió. Cuando saqué mi lista de las víctimas de los raptos, el
primer resultado fue
deprimente: papá sabía con seguridad que un hombre llamado Isidoro, un mercader
de aceite de oliva, había abandonado Roma hacía cosa de un mes. Los demás
nombres le eran desconocidos, aparte de un tal Posidonio que, según dijo, probablemente
podría localizar para mí. Ya sabía que Posidonio había sido una víctima: el
hombre había ido quejándose por todo el Emporio de tener que pagar un rescate
por su hija… y mi padre añadió el detalle
de que Posidonio
creía que uno de
los captores había abusado
de la chica.
Prevenida en cuanto
a ese aspecto, Helena Justina
vino conmigo al día siguiente, cuando fui a entrevistar a las víctimas después
de que papá nos proporcionara los detalles para ponernos en contacto.
Posidonio era un mercader
maderero especializado en maderas exóticas provenientes del extremo oriental
del Mediterráneo. Traía por
barco las vigas
para manufacturarlas en Roma,
donde se utilizaban
para
construir mesas destinadas
a millonarios fanfarrones con hogares palaciegos. Existía un alto índice de
devoluciones debido al hecho de que los ansiosos compradores se olvidaban de
que aquellas gruesas
y resistentes mesas tenían que ser entregadas e instaladas.
Hubo artísticos
suelos de mosaico
que se desmenuzaron bajo las
macizas piezas de exposición y esclavos de dos casas distintas habían sufrido
ataques al corazón mientras intentaban levantar los tableros para hacerlos
pasar por la entrada. Uno de ellos había muerto. En aquellos momentos Posidonio
se hallaba retenido en Roma, aguardando el resultado de una reclamación de
indemnización presentada contra él. Pero le había hecho bien. La publicidad le
había reportado más trabajo.
Su hija, llamada Ródope,
tenía unos diecisiete años. Viajaba con su padre, que era viudo. Había criado a
Ródope él solo desde que ésta nació. Parecía un hombre inteligente y cosmopolita,
muy enojado consigo
mismo por haber caído en una trampa tan típica. Ella
tenía aspecto de ser una persona tranquila; no es que eso quisiera decir nada.
Helena se llevó aparte a la
chica mientras yo hablaba del rapto con su padre. Papá había dicho que hablaba
sin tapujos con sus colegas del Emporio, pero con nosotros estuvo muy poco
comunicativo. Quizás entonces se daba cuenta de los riesgos. Sólo me confirmó
que lo ocurrido encajaba con las notas que Bruno había redactado sobre el
caso. La alusión al
Ilírico, el siniestro intermediario, hizo que Posidonio se estremeciera. Era
reacio a hablar de sus temores por Ródope, tal vez porque, si la habían
seducido, ello podía afectarla a efectos matrimoniales. Además, se quejó de que
se negaba a hablar con él.
Helena tuvo más suerte. Me
contó después que, en su opinión, la chica había perdido definitivamente su
corazón y todo aquello que tradicionalmente va con él. A Helena le había parecido
una muchacha sumamente
ingenua. Mi visión de Ródope
había sido la de una adolescente con unos ojos como platos y con esa mirada
inocente que por regla general
significa que una
joven les oculta
peligrosos secretos a sus preocupados padres. ¡Si lo sabría yo, que en
mis tiempos jóvenes había sido el secreto algunas veces! En tanto que Ródope
fingía estar concentrada en la sombra de ojos, probablemente estuviera
acumulando el dinero que le daban para que se comprara ropa con intención de
usarlo para escaparse de
casa. Helena había
averiguado que la chica, totalmente encaprichada, creía que
el captor que le había prestado atención iba a regresar a buscarla para que así
pudieran fugarse.
- Se llama Teopompo. Por lo
visto es apuesto, viril y conocerlo es muy, muy excitante.
Yo dije:
- Apuesto a que le hiede el
aliento y ya tiene tres esposas.
Si dices eso -replicó
Helena con tristeza- Ródope no va a escucharte.
- ¿Y cómo convenciste tú a
esa boba chiflada para que hablara?
- Oh… -Mi amada aquejó una
desacostumbrada imprecisión-. Es encantadora, y quizá se encuentre bastante
sola -Podría haberse
tratado de la
mismísima Helena cuando la
conocí… aunque en su caso yo habría añadido: furiosa con los hombres,
despiadada conmigo y sumamente inteligente. Ella destacaba entre las chicas que
conocía en aquella época. De
haber tenido esposas,
les habría endilgado a todas una
petición de divorcio-. Me imagino que eso fue lo que la hizo vulnerable, Marco.
Tal vez haya sido franca conmigo porque le confesé que una vez yo también me
había enamorado de un apuesto forajido.
La miré con benevolencia.
- Helena Justina, ¿qué
forajido era ése? Helena sonrió.
Los minoristas de artículos
domésticos de moda no son mis ciudadanos favoritos, pero, como padre de unas
niñas, un profundo abismo de compasión por Posidonio se abrió en mi corazón. Le
dejé una nota diciéndole que podía ponerse en contacto con Camilo Justino en
Roma si necesitaba ayuda profesional;
no dije: si
Ródope se escapaba. Con un poco
de suerte sólo andaría deprimida y, cuando se diera cuenta de que Teopompo no iba a venir
nunca, quizás
algún que otro
tipo espantoso andaría rondando por ahí para sacárselo de
la cabeza.
El rescate de Ródope se
había pagado unas semanas antes, durante el período en el que Diocles todavía
estaba alojado en Ostia. Lo comprobé y el cronista no se había puesto en contacto
con esta familia en busca de información, ni durante esos días ni a
partir de entonces.
Podía ser que Diocles
estuviera en Ostia con otro propósito totalmente distinto, o acaso estuviera
enterado de los secuestros pero le hubieran impedido investigar la
historia. Me inquietaba
la manera en que el
misterioso Ilírico recalba siempre
que los secuestradores eran personas violentas. Si Diocles había
tenido algún escarceo con este asunto, empezaba a estar preocupado por la
suerte del cronista desaparecido.
XXV
Probé suerte
pero todos los demás
nombres de mi lista fueron tiros
fallidos. Papá me presentó a gente que sabía algo de ellos, pero todas las
personas con las que necesitaba hablar, los maridos que habían pagado el dinero
del rescate, habían abandonado la ciudad. La mayoría procedían del extranjero y
habían regresado allí. Tal vez ya nunca volverían.
Para los secuestradores,
estas víctimas no eran más que rostros entre la multitud, pero si los
mercaderes eran lo bastante ricos
como para desplumarlos,
algo habían tenido que ofrecer a
Roma. La ciudad estaba perdiendo un valioso comercio. Aunque estaba más enojado
por el coste humano. Todas las personas del Emporio hablaban de agradables y
cultos comerciantes de mercancías, hombres de
buena familia, razón
por la cual
viajaban con sus esposas.
Cuando Helena y yo averiguábamos
las direcciones, tuvimos la
sensación de que
las víctimas habían dejado
tras de sí
una fuerte aura
de miedo y aflicción.
Después de reflexionar y
hablar sobre el tema con Helena,
fui caminando por el
Aventino en dirección
al Sector XII, rumbo al cuartel de los vigiles de la Cuarta Cohorte. Fui
solo. Petronio Longo no me lo agradecería:
iba a ver a Marco Rubela.
Rubela era el tribuno de la Cohorte, el odiado superior de Petro. Por lo
general yo no lo encontraba tan malo, si podías pasar por alto algunos
defectos: era un purista de las normas poco cualificado, interesado y
demasiado exigente que
ordenaba su escritorio y se
pasaba el día comiendo pasas. Rubela era un tipo con el que Petro y yo nunca
queríamos ir a tomar una copa… lo cual ya estaba bien, porque nunca nos lo
pedía.
Yo era más conocido entre los soldados de la otra mitad de la cohorte, los que
patrullaban el Sector XIII, mi distrito, pero mi cara resultaba familiar
incluso en el XII. Me enfrenté a unos abucheos; devolví las bromas y luego se
me permitió entrar a ver al tribuno enseguida. Nunca pasaban muchas cosas en el
despacho de Rubela, y él sabía que
sólo iba a
verle cuando había
algún gran acontecimiento del que
no podía ocuparme solo. Era consciente de que, de haber estado allí en Roma, le
hubiera consultado a Petro en lugar de a él.
- Marco Rubela, he estado
trabajando en Ostia. Creo que la Cuarta pronto va a salir para allí.
- En los idus. Dime, ¿qué
es lo que no puede esperar, Falco?
- He
tropezado con un chanchullo. Debe
de hacer algún tiempo
que funciona; las
otras cohortes no han
podido pillarlos. -Rubela mostró los dientes, igual que un tiburón, como si
supiera adonde quería ir a parar con mis
halagos. Le gustaba pensar
que sus muchachos tenían una oportunidad de poner en evidencia a sus rivales.
Expliqué resumidamente los
secuestros, sin indicar en ningún
momento que se
remontaban demasiado en el
tiempo. Perdonadme si esto suena como el problema de aritmética de un escolar,
pero si siete cohortes trabajan en turnos
rotativos de cuatro
meses, entonces deben
de regresar al puesto destacado cada dos años y cuatro meses. Daba la
casualidad de que yo sabía que Rubela se había incorporado a la Cuarta Cohorte
hacía tres o cuatro años, al recibir el nuevo nombramiento por parte de
Vespasiano, de manera que tenía que crear un bonito panorama en el cual
todos los miembros
de la gloriosa
Cuarta hubieran mantenido sus
feas narices apartadas de los problemas la última vez que sirvieron en Ostia y
así ninguna pista de dichos secuestros hubiera llegado a oídos de su tribuno.
El único propósito de que me encontrara allí en el despacho de Rubela era
empujarlo a la acción entonces.
Funcionó. En cuanto
describí la situación, Rubela decidió poner en práctica la respuesta que los
oficiales tienen para todo: una operación especial. Para darle rigor e ímpetu
(y para evitar el ardiente calor de Roma en agosto) Rubela dirigiría aquella operación
en persona.
¡Por el Hades! Rubela iba a
trasladarse a Ostia. ¡Ahora sí que Lucio Petronio me odiaría de verdad!
Llevé a cabo una última
tarea durante mi visita relámpago a la ciudad. Se suponía que tenía que
reunirme con Helena en casa, pero cuando dejé a Rubela di un largo rodeo y bajé
al foro. Comprobé la columna de la Gaceta Diaria: por supuesto, se decía que Infamia
aún estaba de vacaciones. Entonces fui a ver a Holconio y Mutato en las
oficinas de la Gaceta.
Ninguno de los dos se
encontraba, claro. La mayoría de lectores de la Gaceta están fuera en julio y
agosto. No ocurre nada digno de mención. Todo el mundo está en la costa.
Cualquiera que tenga un poco de dinero se va a las montañas en busca de un aire
más fresco o al sur, al mar.
- Podríais crear una
edición especial llamada el Alborotador
de Neapolis -fantaseé dirigiéndome al esclavo que manejaba una esponja húmeda
con lentitud por las habitaciones que, por lo demás, estaban desiertas-.
Chismes costeros. Secretos arenosos de Surrento. Escándalos de los baños de
Bayas. Insinuaciones de que pronto podría haber escasez de tortillas de vieira
a menos que los senadores que están de vacaciones pongan freno a los banquetes
en sus villas marítimas.
- El día de mercado en
Pompeya es el día de Saturno - replicó el esclavo con desánimo. Parecía que ya
se hubiera considerado un Manual de
la Campania… y que se
hubiera descartado por resultar demasiado aburrido-. En Nuceria es el día del
Sol, en Atela es el día de la Luna…
Le dije que ya entendía lo
que quería decir. Cuando ya me iba se reavivó de pronto:
- Falco, ¿que tal se
encuentra Diocles? ¿Todavía está en casa de su tía?
Me detuve. Aquello no
me lo esperaba. Las
dulces
Parcas me habían dado una
bonificación.
- Por lo que me dijeron
Holconio y Mutato tuve la impresión de que sólo era una treta. Creía que en
realidad Diocles no tenía ninguna tía.
El esclavo puso cara de
menosprecio.
- Pues claro que la tiene.
Va a verla todos los años.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
El esclavo adoptó un aire
fanfarrón.
- La gente habla conmigo.
-Probablemente quería ser investigador
cuando obtuviera la
libertad. Si yo
no conseguía encontrar a Diocles, podría ser que hubiera un empleo
disponible.
- Así pues… ¿Tía qué?
- Tía Vestina.
- ¿Sabes dónde vive?
- Cerca de un templo.
- ¿En Portus, en la misma
Ostia?
- En Ostia.
- Ostia
es una ciudad
muy religiosa, amigo
mío;
¿alguna pista sobre cuál es
el templo?
Lo único que se le ocurrió
al esclavo fue que el agua
tenía algo que ver. Bueno,
no tendría que ser difícil en una ciudad situada en la desembocadura de un río,
en la costa.
Le di medio denario. Él no
era consciente de que tal vez hubiera puesto fin a mi agradable encarguito
estival. Infamia ya no estaba desaparecido: se hallaba tumbado en una hamaca
como si tal
cosa mientras una
pariente afectuosa le servía constantemente bebidas frías y paté de
olivas casero. Lo único que tenía que hacer entonces era localizar el
templo correcto, recoger
a Diocles del domicilio de su tía Vestina y traerlo de
vuelta a casa.
¡Ah, si hubiera sido así de
fácil!
XXVI
Le había dicho
la verdad al esclavo: Ostia siempre había sido muy devota. Había templos absolutamente
en todas partes, algunos de ellos flamantes y otros que se remontaban a
la época en que la ciudad no era más que un grupo de chozas de trabajadores de
las salinas situadas en las marismas. Si los portuenses tenían espacio para
algún tipo de recinto destinado al culto, levantaban rápidamente una pared en
tres de los lados y asentaban un podio sobre el que estribarían las columnas del santuario. Su lema era:
¿por qué construir uno si
hay espacio para cuatro? Un montón de altares era mejor que uno solo. Cuando se
les terminaban los dioses, rendían honores a conceptos alegóricos; cerca de
nuestro apartamento había una hilera de cuatro pequeños templos dedicados a
Venus y Ceres, además de a la Esperanza y a la Fortuna. Por mi parte, yo no
tenía tiempo para el amor, y con dos hijas muy pequeñas siempre correteando
alrededor en un pequeño apartamento estaba totalmente en contra de más
fecundidad. Como no pude encontrar a Diocles, no tardé en ponerme a maldecir mi
mala fortuna y a perder la esperanza.
Al regresar, la búsqueda de
la tía del cronista me llevó por toda la ciudad. Consideré que podía saltarme
los gigantescos templos de
Júpiter, Roma y
Augusto que
dominaban el foro;
cualquiera que viviera allí diría que su casa estaba cerca del foro. Podría ser
que los tipos pomposos lo llamaran el Capitolio. Los despistados dirían que
vivían en el centro de la ciudad.
Aparte de eso, tenía que
visitarlos todos. Me volví un experto en olfatear el humo de las ofrendas
expiatorias. También me convertí
en un verdadero
pelmazo de los n ymp h a eu m. A los portuenses
les gustaba alzar
muros ornamentales con artesas de agua en los bordes, y aunque
algunos sencillamente eran
lugares para abrevar
a las bestias de
carga, muchos se
habían levantado como santuarios decorativos
para los dioses del
agua. Helena tenía que
escucharme sumar el recorrido de cada día en tanto que los templos se
convirtieron en mi obsesiva manía de coleccionista, peor que aquella vez que
intenté explorar las Siete Colinas de Roma cuando sólo contaba ocho años y se
suponía que no debía salir solo del Aventino. Ahora sería mortal en una fiesta:
llevaba siempre conmigo unas tablillas con anotaciones de los detalles de los
templos que había visto, como si del diario de algún espantoso turista se
tratara. Por poco que me animaran le enseñaba a la gente mi croquis con los santuarios
marcados en rojo.
Mi madre, que se estaba
alojando en casa de Maya, se emocionó
mucho cuando creyó
que Helena había empezado a
hacer sacrificios a
la Buena Diosa.
(Yo quedaba eximido de participar: los hombres son demasiado
malos.) La
Buena Diosa fue
por un tiempo
nuestra divinidad favorecida en
aquel enigma, puesto
que su cuidado templo con vistas al mar estaba ubicado al otro lado de la Puerta Marina. Nos
preguntábamos si Diocles había optado por alojarse en una zona que conociera…
aunque si su tía vivía en esa vecindad no nos explicábamos por qué había
alquilado una habitación… No pudimos localizar a Vestina cerca de la Buena
Diosa, de manera que mi búsqueda volvió a situarse en el centro de la ciudad.
Allí la deidad más
destacada era Vulcano. Un franco dios del yunque con una atractiva cojera.
Helena y yo pasamos un día agradable en su antiguo complejo; nos llevamos a Albia y a las niñas y lo
convertimos en una excusa para
hacer una comida campestre, y menos mal, porque
como ejercicio de
trabajo nuestra excursión
no sirvió de nada. Sólo podíamos
asociar a Vulcano con el agua por
medio de una larguísima conexión que implicaba a los vigiles cuando sofocaban
los incendios. Demasiado indirecto. Por
razones que ya
nadie sabía, el
sumo sacerdote del dios del fuego era el hombre más importante de Ostia
y trataba con prepotencia a los propios pretores y ediles del culto; era un
cargo vitalicio de origen arcaico que, por lo que yo veía, hoy en día no
conllevaba ninguna ventaja excepto la de que los concejales aduladores se
postren ante ti, todos ellos
con la esperanza de que el
actual pontífice de Vulcano no tardara en caer muerto para
así poder disputarse el
puesto.
Aquella noche Helena
Justina se incorporó repentinamente en la cama dando un grito:
- ¡Cibeles! -Aquello no me
cautivó. Por regla general los dioses orientales son deplorables y me
estremezco de verdad ante la Gran Madre con su compañero, Atis, que se castró a
sí mismo. Ningún hombre que goce de una vida amorosa puede pensar con calma en
un consorte que se amputó los genitales. De todas formas, ya había repasado los
cultos orientales. Había examinado las casas de los alrededores del Templo de
Isis. Parecía una buena apuesta: Isis es igual al dios del Nilo, que es igual a
un río muy importante si vives en Egipto. Isis es también una diosa del mar y
protege a los viajeros marítimos. Su templo estaba situado en el extremo oeste
de la ciudad, en la orilla del río. Para encajar con la descripción del
esclavo, aquel lugar tenía las mismas posibilidades de ser el que buscábamos
que cualquier otro, de manera que recorrí el vecindario buscando a conciencia.
Incómodo como siempre con los sacerdotes que agitaban el sistro, las
sospechosas sacerdotisas con sus transparentes ropajes de lino plisado que les
dejaban el pecho al descubierto y los enervantes retratos de unos tipos con
cabeza de perro y los brazos cruzados, me alegré de escapar.
Por los alrededores del
recinto de Isis no había tenido suerte en mi búsqueda de casas situadas en la
orilla donde
pudiera vivir
la tía de
un cronista. Para
animarme me compré una buena
lámpara colgante con forma de barco y hasta que no la llevé a casa no me di
cuenta de que tenía tres pequeñas hornacinas
de Isis, Anubis
y Serapis. El nuestro no era un hogar en el que gustaran
las estatuillas de dioses. Ni siquiera poseíamos nuestros propios Lares. (Al pensar
en ello volví a salir y miré en los alrededores del santuario de los Lares
urbanos que había en el foro.)
- No, es Cibeles la que
buscamos -insistió Helena aquella noche-. La estatua se trajo desde el este a
Roma por mar cuando Claudio decidió legitimar el culto. Está esa historia de la
joven con la reputación mancillada…
Me animé.
- ¡Oh, el tipo de chica que
me gusta!
- Piénsalo de nuevo, Falco.
El barco quedó varado en el estuario. Ésa como se llame fue y dijo que si su
castidad permanecía intacta tocaría el barco con su cinturón…
- Hizo
el truco del
cinturón: el barco
se puso en marcha por el Tíber. ¿Ahora puedo volver a
dormir?
- Mañana puedes ir al
templo de Cibeles, Marco.
Lo hice; no encontré nada.
Cibeles tenía un enorme recinto junto a la Puerta Laurentina donde era atendida
por varios dioses adjuntos en sus propios pequeños santuarios pero, por lo que
pude descubrir, no había tías. Helena me permitió reanudar mi obstinada
búsqueda en otro lugar. Investigué en los templos de Castor, Pólux, Marte,
Diana,
Neptuno, del Líber Pater,
en templos circulares y rectangulares de divinidades cuyos nombres ni siquiera
estaban claros, en el del Padre Tíber y en el del Genio de la Colonia. Los
gremios de artesanos tenían sus propios templos, el destacado Templo de Constructores
de Barcos y un templo en el Foro de los Viticultores (aquella mañana me lo pasé
bien).
Me estaba quedando sin
podios.
En esos momentos, mi
entregada caminata religiosa debió de haber llamado la atención de alguna
deidad del Olimpo con buen corazón. Había estado fisgoneando por las calles
secundarias del lado
oeste del foro,
donde alguien había sugerido que podría ser que hubiera un
santuario con barcos
dentro. No los
encontré. Abatido, volví a encaminarme hacia la calle que me llevaría al
Decumano. En ella había un par de pequeños templos que ya había descartado.
Metido en el mismo emplazamiento había un templo importante: el dedicado a
Hércules Invicto. Identificándome
con cualquier otro
héroe víctima de trabajos forzados, le presté más atención
que antes y subí por las escaleras.
Había nueve escalones.
En un día caluroso era un ascenso empinado, motivo
por el cual lo había evitado la
última vez. Entré
en el santuario.
Allí realicé un gran avance.
En el
interior, un conjunto
de frisos representaba cómo había sido descubierta la
estatua de culto años atrás:
a Hércules lo habían sacado
del mar unos pescadores. Probablemente algún barco que transportaba obras de
arte se había ido a pique en los bajíos frente a las costas de Ostia y la
estatua se había hundido con él con garrote, piel de oso, barba y todo. Me incliné
ante el atractivo y suave torso del héroe.
- Gracias, delicioso
semidiós. Ya propósito… ¡bonito culo!
Empecé una rápida búsqueda
por la zona de los alrededores. Algunas partes que parecían estar en proceso de
reurbanización; había espacios despejados y un par de viejas casas
con atrio que
estaban vacías. En
una calle lateral, finalmente
encontré el lugar donde Diocles solía alojarse. Me enteré de que su tía
Vestina, una liberta de la casa imperial, había vivido muchos años justo al
lado del templo de Hércules Invicto. La casa de la tía había quedado reducida a
cenizas el año anterior por aquella misma época. La primera mujer con la que
hablé no había visto a la tía desde entonces.
Aquello habría sido
bastante malo, pero si Vestina se había salvado y trasladado podría ser que al
final la hubiese localizado. Por desgracia, me encontré a otra vecina que
conocía toda la historia. El incendio se había originado por la noche. Tardaron
mucho en venir en su ayuda. Vestina estaba inmovilizada por la artritis y era
asmática. No pudo salir de su casa en llamas con la suficiente rapidez y el
humo la mató antes de que
pudieran rescatarla.
XXVII
Con un sentimiento
melancólico me dirigí otra vez al foro, para desde allí poner rumbo a casa.
Enseguida alcancé el cruce con el Decumano Máximo, donde éste describía
una ligera curva
al torcer hacia
la Puerta Marina, desviándose de su eje
original. Se trataba de una intersección importante que contaba con un
santuario y puestos de mercado, pescaderos y carniceros establecidos desde
hacía tiempo. Delante de mí se alzaban los edificios públicos, primero la
Basílica y luego el foro propiamente dicho. Éstos tenían la impronta en mármol
de Augusto, diciéndoles a los lugareños y recién llegados lo extremadamente
rico que lo había hecho el botín de Egipto y lo resuelto que estaba a que lo
vieran como el soberano del mundo. La zona en la que confluían las calles
bullía de vida. Constituía un
triste contraste con
los espacios muertos que tenía a
mis espaldas… aunque cuando los solares vacíos volvieran a urbanizarse, aquella
parte de la ciudad sería un lugar estupendo para vivir: céntrico y probablemente selecto. Algún constructor iba a hacer un
gran negocio si podía hacerse con las tierras, y daba la impresión de que se
había iniciado un programa continuo de adquisición.
Al doblar una esquina del
Decumano, en un edificio
con andamios que parecía
estar ya destinado a la reurbanización, encontré a un pequeño grupo de vigiles.
No me lo esperaba; Petro nunca había hecho referencia a la existencia de
unidad destacada alguna,
si bien nos hallábamos a un buen trecho del
chirriante cuartel, por lo que su
presencia no estaba de más. Había que recorrer varios kilómetros hasta el cuartel
principal para informar del incendio en una casa de baños o para pedir
refuerzos cuando alguien había dejado a su mujer sentada sobre un ladrón
capturado.
Disponían de una oficina
improvisada en una tienda abandonada. La fachada de lo que una vez debió ser el
taller de un artesano era entonces un agujero enorme, sin sus puertas
correderas. Había cuatro hombres de servicio, no eran precisamente el grupo más
animado que había visto. Estaban apoltronados en torno a una mesa destartalada
mientras esperaban a los ciudadanos con sus quejas. Vi pedazos de
viejas hogazas masticadas
en el suelo,
que estaba lleno de escombros. Se percibía olor a vino, aunque no se
veía. Tomé nota mentalmente de advertir a Petronio que aquel campamento
necesitaba ciertas mejoras.
- Me llamo Falco.
- ¿Qué problema tienes? -No
esperaba que me ofrecieran una infusión de camomila y una delicia de
almendra. Aun así,
parecieron dirigirse a
mí con agresividad.
- ¿Podéis proporcionarme
información?
- No somos vendedores de
enciclopedias. -Al pálido zoquete
que me hablaba
se le notaban
demasiado sus hoscos orígenes de
esclavo.
- ¿Qué ha pasado para que
le habléis así al público?
¡Yo pago
mis impuestos, cubo
de suero descolorido!
- Bueno, se suponía que tenía que pagarlos, y en un anterior
trabajo para el
emperador había hecho
que muchos adinerados evasores de
impuestos dijeran que lo sentían y aflojaran la mosca. Aquello le fue de más
utilidad al Estado que si yo hubiera pagado lo que me tocaba.
Un nuevo rostro se dirigió
a mí:
- ¡Vamos a ver, señor! -Ese
debía de haber asistido a una charla sobre relaciones vecinales-. ¿Qué es lo
que quieres?
- ¿Aparte de un poco de
cortesía? Me gustaría informarme sobre un incendio en la calle de al lado donde
murió una mujer el año pasado.
- Podemos ofrecerte
cortesía, un saludo de lujo y una fuerte patada en el culo -dijo el segundo
hombre, el encantador e ingenioso,
mientras los idiotas
de sus amigotes miraban
fijamente-. No sabemos nada sobre ese incendio.
Los detalles de
los incidentes pasados
no se ponen a disposición del
público.
- A menos que uno pague los
honorarios de la inspección de informes -interpuso un tercer espécimen. Vi
que su compañero le
propinaba un golpe y le decía que se callara.
- ¿Honorarios de
inspección? -Crucé los brazos y adopté un aire meditabundo-. ¿De quién fue esa
brillante idea? Sé que a Vespasiano le hace falta recaudar dinero para su
programa de construcción municipal, pero esto es una novedad. ¿Es una regla
especial para la Sexta? ¿Se aplica únicamente cuando está de servicio este
alegre grupo que formáis o toda la cohorte sigue el mismo procedimiento?
¿Esto es sólo en Ostia? ¿O
lo rige Roma?
Error, Falco. La atmósfera
se volvió siniestra. Dos vigiles que hasta entonces no habían hecho otra cosa
que masticar manzanas se acercaron entonces a mí. El necio que había pedido la
tarifa se puso en guardia. El portavoz principal ya se hallaba a tan sólo un
paso de distancia. Ninguno de ellos era alto. Eran todos anchos y robustos. Por
definición tenían orígenes duros y los empleaban para trabajos duros, sin miedo
al peligro. Eran unos chicos resistentes, mal afeitados y con las túnicas
sucias, que apestaban a humo y polvo de construcción… y ninguno de ellos me
tenía miedo. Estaban lejos
de su territorio, a treinta y dos kilómetros de Roma, y
confiaban en que allí era poco probable
que sus acciones
fueran criticadas. Entendí por
qué la gente
de Ostia debía
de tener sentimientos
ambivalentes hacia ellos.
El portavoz extendió un
brazo demasiado musculoso
delante de otros dos.
- Vamos a ver, muchachos. Éste parece ser uno
de esos grandes tipos que nos dirá que es el mejor amigo del Prefecto
Urbano. -Dejó bien claro que no le preocupaba.
Mantuve la calma y le miré
directamente a los ojos. Los prefectos son demasiado distantes como para
tenerlos en cuenta, aun en el caso de que conociera a alguno. Podía haber
mencionado a Bruno, pero lo más probable era que lo detestaran; mentar a su
oficial podía ser una muy mala idea. Me pregunté cuáles serían sus nombres,
pero me lo pensé mejor y no traté de averiguarlos.
- No sabemos nada en
absoluto sobre ningún incendio del año pasado -repitió el portavoz a pocos
centímetros de mi cara. Su dedo mugriento
me pinchaba el pecho-. Así pues, Falco -volvió a clavármelo, mucho más
fuerte-. ¡Nos gustaría que te marcharas!
Todos los demás dieron un
paso hacia mí. A mis espaldas, la salida estaba despejada, de modo que la
utilicé. Oí cómo se reían.
Continué mi
camino hacia casa,
sintiéndome mancillado y desconcertado. Durante el primer tramo del
Decumano no dejé de mirar por encima del hombro y en cuanto llegué
al foro me
aseguré de mezclarme rápidamente con el gentío. El
imbécil que había hablado de tarifas
de inspección me
había pedido claramente
un soborno. La amenaza de violencia generalizada era real. Me
pregunté si eso era una
muestra de la reacción con la que los
habitantes del lugar
habían topado cuando
fueron a buscar ayuda la noche en
que la tía de Diocles se encontró la casa envuelta en llamas.
Luego me pregunté si
Diocles estaría alojado en su casa el año anterior, cuando tuvo lugar el
incendio.
Al regresar
a nuestro apartamento
estaba bajo de moral e introspectivo. Toda la alegría de
haber localizado finalmente a la tía del cronista se había desvanecido cuando
me enteré de su muerte. Mi enfrentamiento con los vigiles acrecentó mi humor de
perros. Le conté a Helena el episodio, restándole importancia.
Hablamos sobre la tragedia
de la tía.
- Entiendo -dije- que si
Diocles siempre se había quedado a pasar el verano en casa de su tía, tal vez
hubiera vuelto por inercia este año. Una vez aquí podía haber reservado otro
alojamiento y luego empezar a darle vueltas a lo que le pasó a la mujer. Si es
susceptible, éste podía ser el motivo
por el que se hubiera marchado a
alguna otra parte.
- ¿Crees que no puede
soportar estar aquí otra vez y que por eso se ha ido de vacaciones al lago Nemi
en vez de quedarse? -Después, Helena preguntó-: ¿No creerás que Diocles
solicitó el ingreso en los vigiles para así poder sacar a la luz la
incompetencia que causó la muerte a su tía?
Hice una mueca.
- Sé lo que Petro
sospecharía si Diocles siente fascinación por los incendios: creerá que Diocles
es un pirómano.
- ¡No!
- Los
pirómanos no solamente
inician los fuegos,
¿sabes? A algunos de ellos
les gusta esconderse en un pórtico y observar lo que ocurre, pero hay otros que
lo que quieren es lucirse como héroes que pueden salvar a gente y extinguir
incendios. Con frecuencia los tipos como ésos solicitan unirse
a los vigiles.
Los oficiales de reclutamiento inteligentes tienen olfato
para estas cosas y los rechazan.
- Conociste
a un oficial
reclutador. Creías que
Rústico era inteligente,
¿verdad, Marco?
Cavilé sobre eso.
- Sí, lo creía. Pero,
recordando lo que dijo, él estaba inquieto… El propio Rústico
estaba desconcertado y no sabía
por qué le había dicho que no al cronista. Diocles era un enigma, no un
fenómeno que él reconociera.
- Pues no parece que
Rústico sospechara que era un pirómano. ¿Sigues creyendo que Diocles se traía
algo entre manos?
- Sí, amor. Pero puede que
no tuviera nada que ver con su tía.
Helena se quedó callada
unos instantes. Entonces dijo:
- Tenía a su tía en la
cabeza, Marco. Cuando Diocles les contó a Holconio y Mutato que iba a venir a
Ostia, dijo que se iba a quedar con ella.
- Cierto. Quizá
subconscientemente se olvidó de su muerte. Tal vez la mente le jugara una mala
pasada.
A Helena y a mí nos
preocupaba entonces que al llegar allí, Diocles hubiera sufrido una crisis
nerviosa.
- A propósito de crisis
nerviosas -dijo Helena con una sonrisa y cambiando de tema para intentar
animarme un poco-. Hoy he tenido una sorpresa: ¡Conocí a tu tío! -Alcé una
ceja, intuyendo lo que vendría a continuación-: Sí, Marco. Ése del que nadie
habla nunca.
XXVIII
Había pasado un cuarto de
siglo desde la última vez que había visto a tío Fulvio. Tenía nombre, solo que
estaba maldito en la
memoria. Si la
familia de mamá
hubiera podido encargar unas estatuas, Fabio y Junio hubiesen desmontado
la suya y la hubiesen reutilizado para construir una pocilga.
Tenía curiosidad por saber
cómo se las podía haber arreglado.
- Apenas intercambiamos
unas cuantas palabras -dijo Helena-. Quería ver a tu madre; le dije que ahora
Junila Tácita se alojaba con Maya, puesto que disponen de más espacio que
nosotros, y le indiqué el camino. -Se detuvo un momento en el acto de volver a
prenderse el broche esmaltado que llevaba
en el hombro-.
Mira, tuve la impresión de que era un poco raro.
- ¿En qué sentido?
-pregunté con una sonrisa. Helena se limitó a encogerse de hombros, indecisa.
- Es sólo que me sentí
mejor cuando se fue.
Albia levantó
la mirada del
suelo, donde estaba jugando con las niñas.
- ¿Qué ha hecho tu tío,
Marco Didio?
Me imaginé que en aquel
entonces yo era demasiado pequeño para que me contaran toda la historia. Le
facilité la
parte que no entrañaba
peligro.
- Se escapó a Pesinunte,
pero se subió al barco equivocado.
- ¿Y ahora ha regresado?
¿Le ha costado más de veinte años? -exclamó Helena, asombrada-. Cuando sus
hermanos están inquietos, desaparecen durante un par de temporadas y luego
vuelven a casa sigilosamente, ¿no?
- Fabio y Junio son
normales, comparados con él. Mis tíos se pelean entre ellos -le expliqué a
Albia-. Fabio cree que Junio lo estafó con su parte de la granja cuando mi
abuelo murió; Junio está seguro de que Fabio lo arruinaría todo debido a su
imprudente amistad con la esposa de un vecino;
Junio se deprimió
cuando falló la
cosecha de nueces y odia los
planes que tiene su hermano para la cría de pollos… de todos modos, es un mal
bicho con un humor de perros. Fabio sabe que podría ser alguien importante en
el mundo sólo
con que pudiera
encontrar el medio adecuado para
sus hasta el
momento indeterminados talentos.
Junio busca el amor, concretamente; creía haberlo encontrado pero tuvo que ir
al mercado con los huevos porque aquella semana le tocaba a él (hay muchos
huevos porque la verdad es que Fabio ha dado en el clavo con sus gallinas puestas
en cestos), y la chica se marchó
de la ciudad. -Me quedé sin
aliento.
- La tía Febe me dijo que,
de todas formas, la chica que Junio quiere
está prometida a
un contratista de
alcantarillas -intervino
Helena.
- La tía abuela Febe, la
liberta de mi abuelo, mantiene unida la granja mientras los hermanos hacen el
tonto por ahí. Es la que contiene la sangre cuando intentan suicidarse. Los
mantiene separados con una horca cuando tratan de matarse entre ellos.
- ¡Ya veo! -Arqueando sus
finamente pobladas cejas, Albia se
puso a jugar con mis
hijas de nuevo.
Llevé a Helena a casa de Maya, con la esperanza de que
el tío Fulvio aún estuviera allí.
Como era el esquivo de la
familia, Fulvio había estado allí y se había marchado.
En cambio, me tropecé con
Cayo Baebio. Junia estaba intentando convencer a mamá para que se llevara al
inválido de vuelta a Roma en su carro. Mamá desengañó a Junia muy
resueltamente. Parecía abatida; fuera lo que fuera lo que quería de Fulvio,
éste debía de habérselo puesto difícil.
Ahora que ya había hablado
con su hermano, mamá iba a volver a su casa del Aventino, pero no había ninguna
posibilidad de que compartiera el viaje con mi hermana y su quejumbroso marido.
Mamá pensaba que uno de los beneficios
de ser mayor
era que ya
no tenía que
ser educada con Cayo Baebio. De entrada, esto presuponía que lo había
sido alguna vez.
- ¡Ah, Marco! -repelido por
mi madre, Cayo se pegó a mí-. Estoy pensando
que iré a la villa de
Damágoras y
presentaré una queja formal
por la manera en que nos trataron. Nunca volveré a ser el mismo… -una tos poco
seria lo confirmó.
Junia también se volvió
contra mí.
- ¡Tendrás que ir con él! Yo no puedo ponerme en peligro entre un grupo de piratas
violentos y Cayo ya no está en condiciones de conducir.
Vi que mi madre clavaba su
mirada escéptica en Cayo. Con picardía, me oí a mí mismo prometer que iría a
quejarme. Tenía una idea bastante
aproximada de lo que dirían
Damágoras y Crátidas si les pedía dinero. No tenía intención de hacerlos
enfadar, pero pensé que podría echar otro vistazo a los cilicios en interés
propio.
- También
tendrías que hablar
seriamente con tío Fulvio -me ordenó Junia-. Tú eres el
cabeza de familia. - Desde que murió mi abuelo, tendría que haberlo sido el
propio Fulvio, pero rehusó las obligaciones. Por lo que yo sabía, sería capaz
de vender los bustos de nuestros antepasados (si es que tuviéramos alguno)-.
Nuestra pobre madre intenta mediar y traerlo de vuelta a la familia y él se
niega a tener nada que ver con nosotros. Le ha dado un gran disgusto a mamá.
- No estoy disgustada
-mintió mamá. Le gustaba ser ella misma quien eligiera el momento de hacerse la
desvalida.
- ¿De
verdad Fabio y
Junio quieren que
vuelva? -
pregunté.
- Fulvio es el inteligente
-replicó mamá como si la granja
necesitara a alguien
dotado de inteligencia.
Era cierto, pero consideraba que ésa era precisamente la razón por la
que sus hermanos estarían más contentos si Fulvio permanecía en el exilio.
- ¿Y en qué negocios anda
metido, mamá, y por qué ha venido a Ostia?
- No me lo dijo.
- ¿Qué? ¿Y no pudiste
sonsacárselo?
Mi madre debía de ocultar
algo. Era evidente que el tío
Fulvio había encontrado
otra descabellada profesión más que nos provocaría un tremendo
bochorno. Mamá me leyó el pensamiento. Así que se apresuró a decir entre
dientes:
- Me dijo que se había
puesto a trabajar en la pesca de tiburones. -Anunciaba las cosas de una manera
como si no fuera su intención que te las creyeras.
No estaba nada seguro de la
edad de mi madre, pero se sabía que el tío Fulvio tenía diez años más que ella…
un poco carcamal para luchar con los devoradores de hombres de las
profundidades marinas. Era típico de mi familia. Su locura rara vez llegaba a causar
verdadero daño, pero nunca sabían lo que era apropiado. Podía haberme puesto
cómodo y verlos solamente como un buen entretenimiento, pero actualmente los
miembros de la
familia no dejaban
de
presionarme para que reformara a otros parientes, según
ese infalible edicto: «Tú eres el cabeza de familia».
Los informantes que optan
por mostrar su lado insensato evitan todo esto. Rememoré mi época irresponsable
con repentino cariño.
Al día siguiente, una vez
más, alquilé un burro y cabalgué siguiendo la costa. En aquella ocasión, la
puerta de la villa del supuesto pirata tenía un guardia, pero me dejo entrar
sin problemas. Mientras recorría el sendero arenoso me crucé con un hombre que
se marchaba. Llevaba un paso frenético e iba montado con los pies hacia fuera
sobre una pequeña mula, como
los miembros de
las tribus del desierto en Siria a quienes les gusta
salir corriendo de los oasis de esta manera alocada. Debido a la nube de polvo,
el jinete llevaba la cara envuelta en una larga bufanda, pero cuando hubo
pasado y tosí, llegué a ver una toga en forma de abrigo de corte parto, una
calva incipiente y unos ojos que me miraban de reojo con curiosidad.
Damágoras me
recibió. Tal vez era cierta su afirmación de que nunca
salía de casa, así que recibía bien a las visitas. Una mujer que llevaba unas
zapatillas de cuentas retiraba unas pequeñas copas de bronce en una bandeja a
juego después de que se hubiera marchado el invitado anterior. No aparecieron
nuevos aprovisionamientos para mí.
Tal como me esperaba,
Damágoras rechazó de plano toda sugerencia de que mi cuñado merecía ayuda con
sus facturas médicas y una recompensa por el tiempo que iba a pasar sin
trabajar. Abandonamos esa conversación rápidamente.
Volví a insistirle con el
tema de Diocles, pero eso también llegó a un punto muerto.
Entonces mencioné los
secuestros. El viejo bribón estuvo un poco más atento, pero me di cuenta de que
consideraba que tenía muy pocas pistas.
- ¿Y qué
es lo que
te hace relacionar
esto con la comunidad cilicia,
Falco?
Tenía razón: ninguna de las
víctimas había mencionado ninguna
nacionalidad provincial, aparte
de al «Ilírico». Excluí Iliria. ¿Por qué complicar
las cosas cuando hay un puñado de sospechosos viable?
- Estoy estableciendo una
conexión directa entre el interés de Diocles en los secuestros y las visitas
que te hizo.
Damágoras me ofreció su
risa de tipo honesto.
- Nunca hablamos de
secuestros. ¿Qué interés podía haber tenido Diocles por los secuestros? -Me
fijé en que usaba el pasado. Tal vez Damagoras supiera que le había pasado al
hombre desaparecido.
- Cuanto más tiempo esté
desaparecido, más a fondo examinarán todos sus intereses -le advertí.
- ¡Esto está muy mal,
Falco! Intentar asustar a un anciano que no ha hecho nada malo.
- Tú
no te asustas
tan fácilmente. Pero
no nos peleemos por
eso… ¡al menos
todavía no! Ahora
me gustaría que me proporcionaras una dirección
para ponerme en contacto con tu compinche pugilista, Crátidas.
-Damagoras se hizo el
despistado-. Mira, Damágoras, será mejor que me dejes discutir lo que ese cerdo
airado le hizo a mi cuñado que no que Crátidas encuentre su nombre en una lista
de vigilancia de
foráneos controlada por
los vigiles.
Yo era romano, de manera
que Damagoras se tomó en serio la amenaza. Lo último que quiere un provinciano
con residencia temporal es que los funcionarios se fijen en él. Un marino ya
tiene bastante trabajo eludiendo tasas de importación y chantajes y regateando
con los negociantes que intentan apremiarlo para que se desprenda de todos sus
beneficios en un
mercado hostil. El
hecho de que te
señalen para una investigación y un acoso constantes es mortal. Incapaz de
arriesgarse a ello, el anciano me habló a regañadientes de
un bar en el que
podría encontrar a Crátidas en Ostia. Tomé nota del nombre.
- ¿Y por casualidad no
conocerás a un aventurero llamado Teopompo?
La expresión de Damagoras
no cambió en lo más mínimo.
- Es un nombre corriente
entre los marineros -dijo-.
¿Qué ha
hecho este tal
Teopompo? ¿Es uno
de tus secuestradores?
Tuve la sensación de que
había cometido un error. Al menos no había mencionado a la chica, Ródope. No
había ninguna amenaza particular en el tono del presunto pirata, pero si sabía
algo sobre el chanchullo de los rescates, yo acababa de delatar a un miembro de
la banda que debía de haber nuebrantado el código del anonimato. La noticia de
la estupidez cometida por Teopompo volvería a llegar hasta ellos. Bueno, si el
resultado era que el que había seducido a la joven recibía una paliza, no tenía
ningún reparo.
- Supongo que una de las
víctimas femeninas dice que durmió con él, ¿no? -Damágoras me leyó el
pensamiento con la misma astucia que mi madre-. Te lo voy a decir, Falco: la
mujer estará mintiendo. Siempre fue una
regla entre los viejos piratas no tocar nunca a sus invitados. - Llamarlos
«invitados» era un eufemismo brillante. Y por supuesto seguía pretendiendo que
la piratería había caído en desuso-. La cuestión era convencer a los amigos y
parientes para que
pagaran, sabiendo que
podían estar seguros de que la…
- La víctima -le ayudé
cuando hizo una pausa. Damágoras
sonrió, pero aún
así no pronunció
la
palabra.
- Les será devuelta, viva e
ilesa.
- Mujeres -comenté-;
siempre son una mercancía delicada.
- Mienten -dijo, otra vez
sin rodeos-. Quieren creer que han tenido una aventura amorosa romántica. Era
bien sabido, Falco. Las
mujeres causaban problemas.
Los expertos en pedir rescates nunca se llevaban a mujeres si había
hombres disponibles. De esa forma evitaban consecuencias inconvenientes.
- Aquí todas las víctimas
han sido mujeres. Es un chanchullo muy particular.
- Una locura -dijo
Damágoras.
- Tal vez termine como el
secuestro más famoso de todos.
- ¿Ése cuál es? -preguntó
Damágoras. Me miró intensamente con los ojos entrecerrados, igual que un hombre
que pensara que había insultado su oficio.
- El de Julio César.
Prometió a sus captores que en cuanto
pagaran su rescate
volvería y los
crucificaría a todos. Cumplió su
palabra.
- Un invitado noble
-observó Damagoras-. ¡Un hombre duro, muy astuto para hacer negocios con él!
Había desviado su atención
del tema de Ródope. No parecía que fuera a obtener nada más de él, de modo que
me marché.
XXIX
Crátidas bebía en una
taberna llamada El Acuario. Me dio la impresión de que probablemente viviera
allí. Estaba al lado de la puerta de la Fortuna, que a su vez se hallaba
próxima a la ribera del Tíber y bastante cercana a mi apartamento, de modo que
después de regresar a lomos de mi
montura, me desvié
y lo encontré. Me
esperaba un tugurio lleno
de chinches donde
el día sería tan
negro como la noche, y la noche indescriptible. Sin embargo, la casa que
llevaba el nombre del aguador del zodíaco era un establecimiento grande con un
exterior agradable y varios patios interiores sombreados. Carecía de vistas al
río, pero el hecho de
que estuviera apartado
del bullicio de los
muelles lo hacía parecer más refinado.
La clientela ocasional
acudía al bar y se quedaba de pie en los mostradores que daban a la calle, a
ambos lados de una esquina. Allí la minuta era más abundante que en la
mayoría de establecimientos, y
el lugar estaba
bien equipado con estanterías de jarras y cuencos. Los olores que
provenían de los hundidos cazos de comida encajados en los mostradores de
mármol eran menos repelentes que en los humildes figones de comida rápida de
Roma; la camarera del bar iba limpia y pulcra y dijo que podía pasar por un
corto pasillo y salir a la zona del patio de la planta
baja sin ningún problema.
Allí, los turistas estaban sentados en bancos situados bajo pérgolas,
felicitándose por haber encontrado un hotel tan bueno, justo al lado de los
transbordadores de Portus. Un hombre de negocios que sin duda conocía el lugar
desde hacía tiempo cruzó por allí de camino a una habitación del piso de arriba
guiado por un fornido esclavo que llevaba el equipaje. Era alguien importante
en el campo de los cereales; nos hallábamos en una zona de medidores de grano y
agentes gubernamentales asociados.
En aquel
escenario un tanto
insólito encontré a Crátidas. Estaba hablando con otro hombre,
probablemente subordinado suyo en la jerarquía cilicia. Estaban sentados a una
mesa debajo de una gran higuera, donde se habían instalado de una manera que
sugería que aquel patio era su oficina privada y que sería mejor que los
turistas hicieran uso de los
demás espacios. Los
turistas lo habían entendido. Tal vez pensaran que
Crátidas era el propietario de El Acuario. En realidad, por lo que yo sabía, lo
era.
Aunque quizá la gente lo
evitaba porque un no sé qué en su porte advertía de que era un tipo peligroso.
Yo me había topado con bravucones mucho peores, y por supuesto más notorios,
pero éste era diferente. Estaba preparado para la acción. Estaba claro
que sólo buscaba una excusa para ofenderse y esperaba ganar sus peleas.
Probablemente eso era porque peleaba sucio… pero quejarse sobre sus
métodos no serviría de
mucho después de que te hubiera rebanado la mano o te hubiera cegado. Tenía
cicatrices, incluyendo la de una larga
herida de cuchillo, la cual se había cerrado hacía años formando una arruga plateada
que le iba desde la ceja a la mejilla. Le faltaba la punta de un dedo.
Su compañero tenía un
aspecto bastante presentable hasta que se rió; entonces vi que le quedaban muy
pocos dientes, Crátidas todavía llevaba puesta la larga vestidura color
carmesí de la que hizo alarde
cuando nos atacó a Cayo y a mí en la villa; el otro vestía un
conjunto de un apagado tono verdoso. Parecía sucio, pero el
ribete del cuello y de los
extremos de las largas mangas incluían hilo de
oro auténtico. Reconocí
la incipiente calva
de su coronilla y los luengos
pañuelos multicolor que llevaba alrededor de su grueso cuello peludo.
Nadie confundiría
a esa pareja
con un par
de profesores de filosofía. Eran tipos duros. Muy duros. Mientras me
acercaba había oído unas voces ásperas y una risa brusca y ordinaria. Eso fue
antes de que se percataran de mi presencia.
Después, su hostilidad
flotó entre nosotros, tan
perceptible como si fuera humo de leña.
- ¡Tienes una base
estupenda! ¿Te acuerdas de mí? Soy Falco. -Crátidas se volvió hacia su
compañero y dijo algo en un idioma extranjero. Al parecer sí se acordaba, y el
recuerdo los hizo sonreír de manera desagradable a ambos-
. Lamento interrumpir
-dije-. ¿Se trata de un simposio de griego?
- ¡Oh, sí, estamos hablando
de literatura! -replicó Crátidas. Los dos se rieron de alguna gran broma
interna. Yo alcé una ceja con frialdad.
El otro hombre se puso en
pie. Tenía aspecto de ser del este, y
cuando pasó tambaleándose por
mi lado, mirando de reojo con
expresión desdeñosa, lo reconocí definitivamente. La
última vez que
lo había visto
fue saliendo de la
villa de Damágoras,
cabalgando a toda pastilla.
Yo me había quedado de pie
con los pulgares metidos en el cinturón, pero entonces me senté con Crátidas.
Tomé asiento en un banco delante de él, al otro lado de la mesa, y mientras me
estiraba moví uno de los extremos y lo alejé de la mesa para hacerme sitio.
Empecé a hablar de la discapacidad que le había ocasionado a Cayo Baebio. Sabía
que iba a ser una pérdida de tiempo. Crátidas escupió con ferocidad contra la
higuera. A continuación, tiró la daga sobre la mesa. La punta no me dio en la
mano por poco. La mantuve inmóvil, y ni siquiera me estremecí con el ruido. Que
él mismo decidiera si eso fue porque era estúpido o porque estaba tan aturdido
que no podía ni moverme.
- Ese es un truco muy
viejo. -Hice que sonara seco y lánguido-. ¿Tenías intención de fallar o es que
eres un incompetente?
Entonces, bajo
la mesa, levanté
el muslo de una
sacudida para atraparle las rodillas contra las tablas y que así no tuviera
ningún apoyo; utilice mi otro pie para apartar de una patada el banco en el que
estaba sentado. Se estrelló contra el suelo; debió de llevarse una buena
sacudida en la espalda Volvió a ponerse en pie al instante, claro está. Yo me
lancé sobre la mesa y lo agarré por su larga cabellera. (Tal como
dice mi entrenador,
nunca lleves el pelo
tan largo que te lo pueda agarrar un asaltante.) Cuando Crátidas
arremetió contra mí, me fui con la embestida, pero lo hice girar y lo puse de
cara a la mesa con un brazo en la espalda. Le apretaba la cabeza con el peso de
mi cuerpo. Tenía la nariz tan doblada que le debía de resultar difícil
respirar.
- ¡Y ahora escucha!
-Parecía indefenso, pero no tenía intención de acercarme demasiado, no fuera a
zafarse de un tirón y se me llevara alguna parte de mí-. Creo que tú y tu
compañero el de la bata parta formáis parte de un tinglado para secuestrar
esposas de mercaderes. Probablemente es Damágoras quien dirige el chanchullo.
Hay otras personas que lo están investigando, de modo que puedes arriesgarte
con ellas. Lo que quiero saber, y quiero saberlo ahora, Crátidas, es ¿qué le
ocurrió al cronista, Diocles?
- ¡No lo sé!
- ¡Oh, apuesto a que sí lo
sabes! ¿Estaba investigando tu artimaña de los rescates? -Lo negó con otro
grito sofocado. Lo levanté
parcialmente y le estampé
la cara
contra la mesa. Como favor
a Cayo Baebio, lo golpeé con mucha
fuerza. Si Crátidas
estaba impresionado de que
pudiera estar a su altura en cuanto a brutalidad, no lo demostró-. ¿Dónde está,
Crátidas? ¿Qué has hecho con él?
Noté que se tensaba para
entrar en acción. Yo era vulnerable, tumbado a medias encima de él, de modo que
me aparté rápidamente cuando él se liberó de sopetón. Se dio la vuelta,
mostrando los dientes. Habíamos quedado a un par de metros aproximadamente de
distancia. Vio que había agarrado su cuchillo de la mesa. Tenía un arma menos
(aunque yo creía
que llevaba otras),
y aún había
de descubrir las que portaba yo.
Levantó el banco del que se
había caído; en aquellos momentos la gente se estaba fijando en nosotros, por
supuesto Probablemente Crátidas quería continuar su estancia allí… de modo que
necesitaba calmar la situación o las excelentes personas que estaban sentadas
bajo las pérgolas le pedirían enfurruñadas al afable dueño de la taberna que lo
desalojara. Hizo girar el banco, aproximadamente a la altura de mi cabeza, pero
luego lo volvió a dejar en el suelo. Por lo visto la pelea había terminado… y
no es que me fiara de él.
- No sé -dijo con esa voz
gruesa de tono áspero- lo que pasó con el cronista. Damágoras jugueteó con él,
pero incluso él perdió interés. ¡Averigua por ti mismo adonde fue o qué quería
ese hombre, Falco!
- Lo haré -dije-, y
entonces volveré, Crátidas. Omitimos las despedidas.
Al marcharme de El Acuario
le regalé a la chica del bar una muestra de la moneda imperial y mi mejor
sonrisa. Ella sabía que yo no
había pedido nada de comer ni de beber. De modo
que aceptó el dinero
y me devolvió la sonrisa
divinamente… entonces, cuando
le pregunté si sabía cómo se llamaba el visitante de la
sucia túnica color verde que había venido a ver a Crátidas, me lo dijo.
Se llamaba Ligón. Ya había
oído antes ese nombre. Cuando salí a la calle ya hacía rato que se había ido,
pero eso no me preocupó. No tenía necesidad de seguirlo hasta su casa. Ya sabía
dónde vivía Ligón… o al menos, dónde había vivido hasta hacía poco.
XXX
Cuando lo consulté con
Petronio, me pareció que éste tenía una expresión taimada. Le había dejado un
mensaje en el cuartel; pasó por nuestro apartamento a última hora de aquella
misma tarde. Le expliqué cómo había identificado a Ligón, el
mismo Ligón, de
eso estaba seguro, que
nos habían nombrado como el
novio de Pulia, la madre del joven Zeno. Había decidido que los
cilicios la habían apostado en la habitación de la torre de entrada donde la encontramos
inconsciente para que así, cuando raptaban a una víctima, Pulia pudiera ser su
carcelera hasta que se pagara el rescate.
- Por lo visto, las mujeres
parecen confusas después de su experiencia. Bruno cree que las drogan mientras
las tienen retenidas. ¿Recuerdas que el chico nos contó que el
«tío» Ligón le había dicho
que si alguien no se despertaba los vigiles lo querrían saber?
- ¿Cómo es que sabes lo que
piensa Bruno? -preguntó
Petronio.
Fingí sordera.
- Zeno debe de haber
malinterpretado lo que Ligón quería decir. Ligón estaba hablando del riesgo de
que los buscaran por asesinato si le daban una sobredosis a alguna víctima sin
querer. En realidad, podría ser que Pulia se
hubiera administrado ella
misma una sobredosis. La vez que el chico nos llevó a ver a su madre, ella no
estaba borracha como creímos. Apuesto a que se aburría y probó ella las drogas.
- ¡De modo que ya hace un
buen rato que tropezamos con el chanchullo por casualidad! -Petronio aspiró
entre dientes, molesto.
- No
importa que lo
pasáramos por alto.
Ahora podemos romper el círculo.
- Eso me gustaría
postergarlo, Marco. Tenemos que reunir pruebas…
- ¿Desde cuándo son
importantes las pruebas en un arresto de los vigiles? -me burlé.
- ¡No seas así! Tenemos que
estar seguros… -Las evasivas nunca habían sido el estilo de Petro. Sin embargo,
imaginaba qué le movía a ello.
- ¿Estamos esperando a que
la Cuarta Cohorte llegue a
Ostia?
- A fínales de semana -dijo
Petro con tono de eficiencia, ignorando que Rubela ya me lo había dicho.
Mencioné que podría ser que
Rubela acompañara al destacamento. Tuve que explicar por qué. Petronio Longo me
dijo lo que pensaba de mí. Su disertación no fue nada agradable.
Como ya estábamos
impacientes por entrar en acción, llegamos a un acuerdo.
- ¡Ésta me la vas a pagar,
Falco!
- Perfecto.
Mientras tanto, viejo
amigo, ¿cuál es nuestro plan?
- Podemos turnarnos para
vigilar la vieja torre de entrada. Estableceremos si Ligón y la mujer todavía
viven allí.
- Está justo a la vuelta de
la esquina del lugar donde vi a Ligón con Crátidas.
- Sí, la ubicación de la
torre es ideal. -Petro lo había desentrañado rápidamente-. Se halla cerca del
río, para cuando secuestran a las víctimas en Portus. También está ubicado en
un enclave céntrico si se las llevan de Ostia, y en un buen sitio para devolver
a las mujeres tras cobrar el rescate.
- Creía que el hecho de que
nos implicáramos aquel día les haría abandonar el lugar.
- Puede ser que
Pulia no les haya confesado a los demás lo que ocurrió. Aunque lo
hiciera, cuando la banda vio que no sospechábamos de ella, ¿por qué sacrificar
una buena ubicación? Así pues, podemos observar el lugar hasta la próxima vez
que lleven allí a una víctima. Entonces habrá llegado la hora de hacer una
detención.
Como hacía siempre que
había establecido una buena conexión, me encontré queriendo comprobarla.
- Pulia y el chico proceden
de un lugar llamado Soli. Recuerda que Maya lo averiguó. ¿Sabemos si Soli está
en
Cilicia?
Helena Justina
estaba leyendo, tan
silenciosamente que nos habíamos olvidado de que estaba allí. En aquel
momento levantó la vista de su rollo.
- Sí -dijo, como si ya
formara parte de nuestra conversación-. Antes Soli estaba en la costa cilicia.
- ¿Antes
estaba? -tenía mis
dudas-. ¿Qué ocurrió?
¿Acaso le salieron alas a
la ciudad y salió volando hacia las henchidas nubes? Suena como una metáfora
abstrusa de una sátira ateniense.
Pefronio estaba sonriendo…
demasiado, pensé. Yo estaba más familiarizado con las dotes investigadoras de
Helena. La miré. Sus ojos oscuros revelaron un modesto triunfo. Las matronas
romanas no se regodean. Especialmente de sus cónyuges, claro está.
- Traje conmigo un mapa del
Imperio, Marco.
- Por
supuesto -contesté-. Tenemos
que estar equipados si una de
nuestras muy avanzadas hijas empiezan a hacer preguntas encantadoras sobre
provincias remotas.
- Espero -Petronio se burló
de nosotros con gravedad- que Junia Junila Layetana ya sea capaz de recitar
todos los ríos de Germania.
- De la Alta y Baja
Germania -le aseguré-. El Rin y todos sus afluentes, en orden, de norte a sur.
- Tendría que ser de sur a
norte, Falco. Va con la corriente, hombre.
- Ya lo sé, pero es que
cuando se lo enseñaba estaba sujetando el mapa del revés. Estamos trabajando
Germania Libera pero a la pobrecilla
le asusta pensar
que hay bárbaros indómitos.
-Julia tenía tres años; aún le costaba enumerar
todos sus propios
nombres. Me había
dejado llevar bastante a la hora de bautizar a mi primogénita.
Helena aguardó
pacientemente a que Petronio y yo dejáramos de bromear.
- Creo
que esto os
gustará; encaja con
vuestras teorías. A Solí se le cambió oficialmente el nombre hace cien
años. -Alzó la mano derecha, un gesto característico que dejó libres el
conjunto de brazaletes que llevaba en el antebrazo. Tintinearon unos contra
otros cuando ella giró la muñeca, en un movimiento inconsciente-. Soli, loca
pareja de bufones, ahora se llama Pompeiopolis. Y ahora dime, Marco, ¿no es de
allí de donde también procede tu anciano pirata?
Lo asimilamos y luego la
aplaudimos gentilmente. Helena acababa de proporcionarnos nuestra primera
conexión entre Damágoras y los secuestradores.
Inspirados, Petronio y yo
nos turnamos y vigilamos la torre de entrada.
- Tendrás que andarte con
cuidado -le advertí-. ¿Y si el grupo de Soli ya se ha dado cuenta de tu
presencia? Vives tan sólo dos puertas más abajo. Te has paseado por delante
de su casa casi cada día.
- Entonces haré la guardia
nocturna -se ofreció voluntario. Como padre de unas niñas pequeñas, eso me
convenía. Podría contar cuentos a la hora de ir a dormir mientras Petro
soportaba a los borrachos y a las prostitutas enzarzadas en riñas constantes
como perros y gatos.
Empezamos inmediatamente y
observamos el lugar durante el resto de la semana.
Ligón, un amante poco
esforzado e insensible, apenas se molestó en visitar a su desaliñada amiga,
aunque yo lo vi una vez y Petro informó de haberlo avistado dos noches después.
Pulia siempre estaba allí. Mi mayor preocupación era cómo evitar a su hijo de
siete años, Zeno. Jugaba en la calle con
cara de aburrimiento. No
tenía juguetes, pero tiraba
piedras, miraba fijamente a los transeúntes y daba patadas con sus sandalias
contra los bordillos. Pulia rara vez salía, pero en ocasiones lo mandaba a él a
hacer algún recado; a la hora de las comidas lo llamaba desde la ventana para
que entrara, gritando su nombre de un modo brusco y desagradable. No lo
trataban peor que a cualquiera de los hijos de mis hermanas mayores, pero su
modo de vida significaba que existía un grave riesgo de que se fijara en uno de
nosotros mientras merodeábamos por el otro lado de la calle manteniendo la
vigilancia. Parecía un chico inteligente que probablemente se acordaría de
nosotros.
Al final alguien me vio,
aunque ocurrió de un modo
inesperado. Era mi turno de
guardia. Helena, con Favonia en sus brazos, me traía un cesto con la comida. Yo
me había apostado casi enfrente de la antigua torre de entrada. Había un
edificio vacío, destinado quizás a convertirse en un foro extra. A veces una
anciana loca traía migas para dar de comer a los pájaros, pero eran una bandada
engreída y andaban por ahí pesadamente cuidándose mucho de no acercarse a mí. Al otro lado de la calle había dos
casas cuyos ocupantes no dejaban de mirar hacia fuera como si yo fuera un
posible ladrón.
Al menos, cuando vieron a
Helena conmigo, pudieron respirar tranquilos imaginándose que debía de estar
entreteniéndome ahí con la esperanza de mantener una relación adúltera. Fue una
buena excusa para hacernos arrumacos en público… cosa que siempre suponía una
emoción fácil. Mientras tanto, Sosia Favonia practicó sus primeros pasos.
Los portuenses no se
caracterizaban por su sentido del humor
precisamente y no
aprobaban que nos besuqueáramos a la luz del día. Por
suerte nuestra hija de cabello
rizado tenía un aspecto tan dulce
con su limpia túnica blanca y su diminuto collar de cuentas que
enseguida pasaron por alto nuestro comportamiento. Dejamos de ser lujuriosos y
nos hicimos pasar por orgullosos padres alardeando de su criatura.
No era partidario de
utilizar a mis hijas como utilería de un disfraz. Mi madre se hubiera
puesto furiosa. Y la madre de Helena
hubiera agarrado a Favonia y buscado refugio en el templo más próximo.
En mi época de informante
en solitario había contado con otros métodos. En aquel caso, me hubiera sentado
apoyado en una
columna, arrebujado en
unos sucios harapos, si no fuera
porque Petronio se había adjudicado este papel de arruinado y deprimido para
sus observaciones nocturnas. Yo había intentado fingir que era un artista, pero
cuando me senté en un taburete dibujando paisajes urbanos en mi tablilla de
notas, se congregó a mis espaldas el inevitable grupo de pazguatos. Dejaron muy
claro que mis bosquejos eran horribles. Varias personas me aconsejaron que lo
dejara y consiguiera un trabajo como es debido. No me encontraba en situación
de contestar que ya tenía uno y de preguntarles si por casualidad conocían a
Diocles.
Al final,
reuní cuerdas y
postes, un cubo
y unas cuantas esponjas, levanté
una barrera contra el exterior de la casa de Privato (que estaba situada a un
lado de la zona abierta), me puse una túnica de una sola manga sin cinturón e
hice ver que limpiaba la manpostería. Eso sería aceptado por todo el mundo como
un trabajo interminable, un trabajo en el que yo, el obrero inútil, seguro que
era un vago. Entonces estuve a salvo, siempre y cuando no apareciera Privato en
persona exigiendo saber quién me había
dado
instrucciones para
estropear la pátina de su edificio.
Cuando Helena trajo el
cesto de la comida yo seguía holgazaneando
por ahí en mi
papel de restaurador.
Para poder vigilar la torre de entrada de enfrente había tenido que colocarme
justo en la
línea de la
calle. Todo el ajetreado tráfico diario bajaba por el
Decumano Máximo. Una interminable hilera de carros y borricos estaban entrando
en la ciudad, en tanto que la lenta concentración de siempre se acumulaba en la
otra dirección, todos con intención de salir de Ostia con sus artículos aquella
tarde. Entonces circulando en sentido contrario, procedente de Roma y
provocando un magnífico espectáculo, llegó un conductor acompañado
de un infernal traqueteo y sin el más
mínimo sentido de
la oportunidad social. Maldiciéndolo, todos los grupos de
trabajadores que intentaban avanzar en
la otra dirección
aminoraron la marcha y chocaron
unos contra otros.
Era un
fanfarrón despreciable. Con un atuendo
de color rojo intenso, de unos treinta años, con aspecto de dudosa
reputación, orgulloso de su cabello hermoso y abundante y ataviado con kilos de
oro, su porte de hombre adinerado llamaba la atención. Llevaba a una chica con
él. La admirativa presencia femenina, por supuesto, hacía que fustigara a
sus caballos; eran
dos, excelentes sin
duda alguna y bien
conjuntados en cuanto
al color (negro brillante, indefectiblemente). Por si acaso
alguien no se
percataba de su llegada,
llevaban cascabeles en los arneses. Tiraban del último modelo de carruaje para
fanfarrones.
Una llamativa Medusa cubría
la parte frontal y en los laterales mostraba los relieves de unos hoplitas
pseudo griegos en cuyas largas lanzas fálicas y cascos, mayores de lo normal,
se había aplicado por lo visto auténtico pan de oro. El equipaje debía de ser
un encargo especial y probablemente su vendedor se estaba bronceando en
Neapolis a cuenta de su comisión.
La jovencita
gritaba de júbilo. Al
vernos, no pudo evitar saludarnos agitando la mano como
una loca, a pesar de que tenía que aferrarse con fuerza mientras su amado
viraba bruscamente de un lado a otro, provocando tanta confusión como podía.
Quería que supiéramos lo orgullosa que estabha de atravesar Ostia con aquel
extraordinario hombre suyo que lo destrozaba todo a su paso. Su héroe la amaba.
Había ido a buscarla. Ella estaba absolutamente radiante por estar con él.
Aquél debía de ser
Teopompo. La pasajera a la que tanto se esforzaba por impresionar era la hija
de Posidonio, Ródope.
XXXI
No se detuvieron. Tanto
mejor. Puede que Ródope estuviera eufórica, pero Helena y yo lo veíamos con
otros ojos.
- ¡Oh, por Juno! Parece
estar como pez en el agua.
¡Marco, su pobre padre!
- Debí haberle advertido de
que la vigilara.
- Si estaba resuelta a
escaparse, lo hubiese hecho de un modo u otro.
- Tú eres la experta en
jovencitas soñadoras. -Siempre había tenido la impresión de que Helena Justina,
una joven mujer tímida y reservada, había llevado no obstante una alocada e
imaginativa vida antes de que la conociera.
Ella nunca lo confirmó.
- Bueno.
Yo e r a escrupulosamente
sensata… hasta que conocí a ese
informante en Britania. A ese hombre
sombrío y peligroso, con esa mirada cautivadora y esa habilidad con las
palabras… Te has quedado callado, cariño.
Ella siempre me comprendía.
Esta aventura me daba mucho miedo.
Entre las prisioneras más
maduras que solían raptar, Ródope
debía de haber
sido excepcional. No
obstante, cuando se acostó con ella, Teopompo no podía haber ido en
serio. Después, habíamos
tenido la certeza de que a la
obsesionada criatura sólo
le esperaba un corazón roto. Ródope no era fea… pero tampoco era guapa. Por lo
que habíamos podido apreciar, se trataba de un alma candida, menuda y de tez
pálida, completamente inexperta. Carecía de
ese ardor que
atrapa a un hombre
de acción, y sin
embargo tenía demasiadas aspiraciones románticas para adaptarse a la dura vida
que las agotadas mujeres de los piratas
llevaban en tierra.
El hecho de
que Teopompo hubiera regresado a
buscar a la chica no parecía muy típico de alguien como él.
- Sin embargo, supone unas
ganancias fáciles.
- Sí. Era joven, una chica
fácil de llevarse a la cama y que no discutiría, lo cual haría que después a su
padre le resultara violento perseguir a un seductor.
- Me refiero a que es la
única hija de un rico y afectuoso viudo -comentó Helena con astucia-, Teopompo
puede chuparle la sangre a Posidonio. El padre lo sabe; vi el terror en su
rostro cuando hablamos con él. No se trata tan sólo de que su hija haya perdido
la virginidad y sea poco probable que acceda a hacer un buen matrimonio
mientras esté sufriendo.
- No, tienes razón.
Posidonio ya ha pagado mucho dinero para recuperarla una vez… y aunque en esta
ocasión Teopompo se la devuelva, seguro que eso supone un coste.
- El padre está indefenso,
Marco; sabe que la chica está
cometiendo un terrible
error. Si Teopompo
es un
auténtico canalla,
le tomará el
pelo a Ródope,
quizás incluso se case con ella, y luego esperará a que su papá
desembolse una cuota permanente para evitar que le hagan ningún daño.
- O algo peor.
- O algo peor -asintió
Helena, estremeciéndose.
Al cabo de un momento le
confesé mi verdadera preocupación.
- Sólo espero que Teopompo
no se la haya llevado porque se lo dijera Damágoras.
- Crees que eso sería culpa
tuya. -Helena me amaba, pero era una crítica implacable.
- Admitido.
Tengo miedo de que Damágoras
se enfadara cuando averiguó, porque yo se lo dije, que Ródope había
nombrado a Teopompo. Puede que el viejo villano quiera quitarla de en medio.
- ¿Que quiera matarla,
quieres decir?
- Esperemos que no. Tal vez
sólo le hayan dicho a Teopompo que la traiga al clan para que puedan mantenerla
calladita.
Helena se inclinó hacia
Favonia, que le tiraba de las faldas. Mientras sujetaba a nuestra hija contra
su cadera, me miró largamente.
- ¿No podemos pensar que el
cariñoso Damágoras ha permitido una nueva cita porque le gusta ver cómo el amor
triunfa sobre la adversidad?
- ¿De qué adversidad
hablas? -me burlé.
- De acuerdo. Una estúpida
infeliz se ha arrojado en brazos de un patán que malgasta el dinero en un
transporte abigarrado…
- Helena, es rica y
ridicula, pero se ha metido en algo peor de lo que piensa. Y no me refiero
solamente a que esté en peligro de llorar a moco tendido cuando su cupido la
abandone.
Helena suspiró.
- Tienes que encontrarla,
Marco. Ve a ver a Petronio. Al menos dile a su padre dónde está.
Ésa era
mi intención. Quería
enterarme de si Posidonio ya sabía el paradero de la
prófuga pareja. Si Teopompo le había informado sobre sus planes, entonces
podría relajarme. Aquello
significaría que esta vez Teopompo retenía a la chica para
sacar otra tajada de la fortuna de su padre. El padre tendría sus problemas y
para él podrían ser problemas a largo plazo, pero al menos la chica seguiría
con vida.
Puesto que la casa del
contratista se hallaba justo al lado del lugar en el que había estado de
guardia, abandoné mi posición y fui corriendo
a ver si Petronio estaba en casa.
- ¡Vaya, mira por donde
ahora tenemos el juego de dados entero! -me saludó Maya. Me lo tomé como una
muestra de afecto. Dejó que le diera un beso en la mejilla.
- ¿Quién ha venido?
- Ve hasta el segundo patio
de una tirada y lo verás. Petronio estaba hablando con Marco Rubela. Se les
veía cómodos, alzando la
mano para coger las uvas que colgaban de una pérgola y hablando en voz queda.
El tribuno debía de estar tan intrigado
por lo que le había contado acerca de los acontecimientos en Ostia que había
venido un día antes que el resto de su destacamento.
Como hombres que hablan
profesionalmente sobre su unidad, tanto Petro como él parecieron molestos al
verme.
- Lamento interrumpir.
Tenían los asientos
ocupados. Petro estaba arrellanado en
una silla tejida
que normalmente utilizaba
Maya: su cesto de lana estaba en
el suelo a los pies de Petro. Rubela se
había tumbado todo
despatarrado en un
banco de mármol, con
una pierna estirada
a lo largo de
todo el asiento. No se incorporó.
Yo me quedé de pie. Estaba demasiado
impaciente como para
discutir sobre sus modales y simplemente conté mi historia.
- Ya sabía que la chica,
Ródope, había desaparecido. - Rubela permaneció calmado-. El padre vino
refunfuñando al cuartel. Relájate, Falco. Estamos en ello.
- Bueno, yo os he dicho que
está en Ostia. No hace falta que me deis las gracias -dije en tono desdeñoso.
Él ni parpadeó siquiera.
- Es
un latazo. -Petronio
fue más comunicativo. Incluso sacó un cojín de detrás
de su espalda y me lo arrojó para que pudiera sentarme en un bajo muro-. Esa
chica ha puesto en peligro toda la operación. -Así
que ahora se trataba de una
«operación», ¿eh? Rubela al mando y el mismísimo Petronio Longo, ni más ni
menos, obedeciendo las órdenes de su jefe. Ya sabía en qué posición me dejaba
eso-. ¿El conductor de la cuadriga no paró en la torre de entrada, Falco?
- Teopompo
no le dirigió
ni una mirada
siquiera. Puede que fuera para no revelar el escondite… o tal vez se
estaba divirtiendo demasiado con su conducción temeraria.
- ¿Y tú crees que esta
chica está en peligro? -El tono de Rubela era lento y pesado, me recordó a Cayo
Baebio. Cuando expliqué en detalle mis temores de que Damágoras eliminara a Ródope,
el tribuno mostró
un interés superficial-. ¿N0 ha habido una amenaza directa contra ella?
- No,
no ha habido
ninguna amenaza. Pero,
¿qué
villano hace pública una
declaración de intenciones cuando está a punto de eliminar a un testigo?
Sabía lo
que diría Rubela.
Hasta Petronio iba a
apoyarlo.
- Podemos
dar instrucciones de
que mantengan vigilada a la
chica. Pero no podemos ir y llevárnosla así, por las buenas. Hay demasiadas
cosas en juego -advirtió Rubela sin rodeos-.
Hasta que no
identifiquemos a los
demás y
no nos apostemos
para efectuar una
redada, Ródope no puede ser mi prioridad.
Petronio Longo me sostuvo
la mirada.
- Sé lo que estás pensando,
Falco. ¡No lo hagas! Rubela también se cebó conmigo:
- Falco, no quiero que
lleves a cabo una misión independiente. De ahora en adelante deja a la chica y
a su novio terminantemente en paz, ¿me oyes?
- Nosotros nos encargaremos
del dramatismo -Petro reafirmó sus palabras.
- ¿Y qué pasa con la
vigilancia de la torre de entrada? - pregunté.
- Eso déjanoslo a nosotros
-replicó Rubela. Me puse en pie.
- Bueno, gracias, a los
dos. Me gustaría decir que si la chica muere, tendréis las manos manchadas con
su sangre. Por desgracia, yo no puedo
librarme tan a la ligera. Si muere será culpa mía, culpa mía por haber
confiado como un tonto en que los vigiles defenderían la ley y el orden.
- Somos
responsables ante toda
la comunidad. -El tono de Rubela
fue tan anodino que hubiera podido hacerle tragar los dientes-. No quiero ver
herida a esa chica. No quiero tener que explicarle eso a su padre.
- Ya sabes cuál es la
situación, Marco -dijo Petronio-. La chica tiene que correr el riesgo. -Era
duro. Así son los vigiles, que lo sepáis.
Rubela hacía proclamas:
- Quiero rodear a toda la
banda y poner fin a estos secuestros de una vez por todas.
«De una vez por todas» es
jerigonza política… lo cual implica que no significa absolutamente nada.
Cuando me iba de casa del
contratista, ¿a quién os parece que me encontré entrando en ella? ¡A Bruno, el
jefe del destacamento de la Sexta!
- ¿Qué estás haciendo aquí,
Bruno?
- Marco Rubela ha llegado a Ostia. Tenemos concertada una
reunión, Falco. Conversaciones sobre cesión de funciones y estrategias
conjuntas.
Cagadas conjuntas,
más probablemente. Después
de que tanto Rubela
como Petronio hubieran
expresado el deseo de poner en
evidencia a sus colegas de la Sexta, me resultaba difícil creerlo.
- ¿Coordinación entre las
cohortes? ¿Y qué ha pasado con la rivalidad?
Bruno sonrió alegremente.
- ¿De qué rivalidad hablas,
Falco? -Era un ingenuo. Probablemente Rubela iba a consultarle antes de darle
la patada a él y a su cohorte-. Tenemos que aunar nuestros esfuerzos en algunas
iniciativas fundamentales…
- Los secuestros -afirmé.
Por lo que él sabía, yo
andaba a la caza de piratas en
relación con Diocles, pero
nunca había oído hablar del chanchullo de los secuestros. Entusiasmado, Bruno
no se dio cuenta.
- ¡Será
maravilloso -se regodeó-
que los vigiles puedan tomarle la delantera a Canino
y la marina!
Sin duda Canino tenía
alguna otra unidad naval a la que él esperaba burlar. Hubiese apostado lo que
fuera a que las flotas de Rávena y Miseno eran rivales. De modo que la cosa
seguiría adelante: cada una de las ramas del cuerpo empeñada en menospreciar a
la otra. Daba igual que Posidonio perdiera a su hija. Lo importante era
establecer la supremacía de la cohorte. Lo único que querían todos ellos era
una mención honorífica del emperador.
Bruno se dirigió al
interior para ver a los otros, pero lo agarré del brazo.
- Un consejo -dije,
dejándome llevar por la ira y con ganas
de arrojar a alguien a un montón de estiércol
de mula-; Tenéis que meter en cintura a ese amodorrado grupo de matones
que tenéis subcontratados en el sector oeste.
- No tenemos a hombres
subcontratados, Falco. No soy partidario de ello. Lleva a una falta de
disciplina.
- Ya me di cuenta por mí
mismo. Cuatro grandes rezagados. A un lado de la calle, durmiendo en su lugar
de trabajo en un solar abandonado, mangoneando por ahí, justo pasando el foro
principal.
- No son de los nuestros
-me aseguró Bruno.
- Entonces id allí y
arrestadlos. Tenéis a unos impostores que utilizan un falso puesto de guardia
para estafar al público sobornándolo. ¿Acaso no es un delito hacerse pasar por
vigiles? -Aceptar un soborno también constituía delito, aunque eso era teórico.
Si los verdaderos vigiles hubieran sido unos santos, la banda que me había
encontrado nunca hubiera tenido éxito en su estratagema. Se estaban comportando
tal y como el público esperaba.
A Bruno no se le podía
molestar.
- Francamente,
tenemos cosas más
emocionantes entre manos. Debes de haber estado soñando, Falco.
Me detuve y me di una
palmada junto al oído.
- Tienes razón. Debo de
haber visto a unos soldados fantasma que el divino emperador Claudio dejó atrás
hace décadas… Olvida que lo he mencionado.
Entonces Bruno puso cara de
estar preocupado. Pero eso no le afectaría por mucho tiempo. Bruno tenía por
delante una tarde emocionante tramando operaciones conjuntas con Marco Rubela y
Petronio Longo de la Cuarta Cohorte.
Relegado al papel de
intruso, me busqué otra cosa que hacer. Si los hombres que me habían amenazado
el otro día no tenían nada que ver con los vigiles, era libre de
desafiarlos. Los vigiles
son responsables ante
la comunidad; como informante
privado, yo no era
responsable ante nadie…
pero tenía conciencia
social.
Podía respaldarla con
inteligencia, astucia y, si hacía falta, puñetazos. Me puse en marcha para
plantarles cara a esos cabrones, dispuesto a armarla bien gorda.
Fue inútil.
Anduve por el Decumano
hacia el lugar donde había visto el cuartel falso. Al mismo tiempo me iba
fijando bien por si veía la burda cuadriga que conducía Teopompo; el hecho de
buscarlo me hacía sentir mejor, y Marco Rubela no podía impedirme que utilizara
mis ojos.
La tienda
vacía cercana al
templo de Hércules
se hallaba entonces totalmente abandonada. Los impostores ya no estaban.
Habían recogido los bártulos y se habían esfumado. Menos mal que Bruno no había
mandado a un equipo de investigación, o
habría quedado como
un estúpido.
Pero los mendrugos secos
todavía estaban en el suelo lleno de escombros desparramados; los vapores del
licor aún flotaban en el ambiente, así como también el fétido olor del engaño.
Los impostores habían estado allí. Ahora estaban agazapados en algún otro
lugar, aprovechándose de gente
distinta en una
nueva localidad. Al
final los encontraría. Y la
próxima vez, los echaría del negocio.
XXXII
De nuevo
en el Decumano
crucé las vías
y me encaminé hacia una hilera de
pescaderías de aspecto abandonado. No había ninguna posibilidad de que yo y los
míos comiéramos con Maya y Petronio aquella noche. Ponerse de parte de Rubela y
en mi contra era algo absolutamente hipócrita. Puede que los vigiles miren a
los informantes privados por encima del hombro, pero cuando les convenía éramos
lo bastante buenos como para echarles una mano con las cifras de casos
resueltos. Petronio Longo lo sabía perfectamente bien.
¡Que le
dieran morcilla! Llevaría
a casa algo
que pudiera cocinar yo solo para cenar con mi prole. Habían pasado unos
cuantos días desde que disfrutamos del salmonete de mi madre. Decidí que estaba
preparado para unas sardinas fritas. Era uno de mis platos favoritos, y fácil
de preparar incluso en un apartamento con instalaciones limitadas. En los
viejos tiempos, cuando vivía en el ruinoso piso de alquiler de la plaza de la
Fuente, comía sardinas continuamente.
El puesto que elegí llevaba
allí un siglo. Seguro que algún emperador que quisiera quedar bien no tardaría
en proporcionar nuevos locales con unos depósitos para el pescado mejor
arreglados y unas grandes losas de mármol.
Mientras tanto,
limpiaban el pescado
en una mesa
de madera que fregaban
todas las noches.
El producto era fresco y el puestero simpático. Le
pregunté si había conocido a la tía del cronista.
- Bueno, Vestina era una
clienta habitual hasta que empezó a crujir
demasiado. Entonces solía
enviar a su criada, a menos que tuviera a su
visitante. El la ayudaba a venir hasta aquí.
- ¿Su sobrino? ¿Diocles?
De las reducidas
dependencias que había en la parte de atrás, apareció una mujer. mayor y
metomentodo, me la presentaron como la madre
del puestero. No me
sorprendió. Compartían unas similares narices aplastadas.
- Fue una noche terrible
-dijo ella, refiriéndose sin duda a la
del incendio.
- ¿Puedes hablarme de ello?
He oído que hubo problemas para conseguir ayuda.
- Pues
claro que los
hubo. Todos odiamos
los incendios.
- ¿Los vigiles estaban
demasiado lejos para avisarlos?
- ¡Oh! Demasiado lejos, ya
lo creo. La gente de los alrededores nunca acudiría a ellos -comentó el hijo,
delatando el recelo de los portuenses hacia los hombres de Roma.
- ¿A quién avisáis? ¿Al
gremio de constructores? Movió la cabeza en señal de negación.
- No, a menos que estemos
desesperados.
Cuando enarqué
las cejas a modo de
pregunta, la madre se apresuró a
quejarse del gremio.
- Son una gente
desagradable. Cuidan de sí mismos, ya sabes.
- ¿Y cómo es eso?
El hijo le dirigió una
mirada de advertencia a la madre y ésta se apaciguó. Tuve que aguantarme, y
entonces miré en el cubo de cigalas como si estuviera planteándome un entrante
para la cena de aquella noche.
- No querría decir nada
malo -murmuró la mujer mientras me ayudaba a echar unos buenos ejemplares en un
pedazo de arpillera. Luego continuó-: Los bomberos entran en las casas de la
gente y salen con las mochilas llenas.
- ¿Se agencian objetos de
valor?
- Son famosos por ello
-dijo el hijo, que ahora estaba dispuesto a desacreditarlos-. Y por cosas
peores.
- ¿Peores?
- Bueno, no se puede
demostrar nada, pero hay gente que dice que cuando el gremio de constructores
extingue un incendio no
se esfuerzan demasiado
-fingí estar perplejo, de modo
que me explicó-: Si la propiedad queda totalmente destruida se harán con unos
buenos beneficios levantando un edificio
nuevo. Preferirían obtener
un contrato que salvar una vivienda o un negocio.
- Me he fijado en que hay
muchos solares vacíos al
otro lado
del cruce. ¿Es porque los
constructores están llevando a
cabo un plan de reurbanización?
- Podría ser. No hay
señales de mucho movimiento. Me parece que pasarán años antes de que empiecen.
- ¿Existen indicios de
algún acto delictivo en todo esto? ¿Alguna vez los constructores
contribuyen a iniciar los incendios de manera deliberada? -Tanto la madre como
el hijo
juraron no haber
oído ninguna insinuación
al respecto. No tenían una actitud tan cínica como la mía-. Así pues, la
noche que murió Vestina, ¿quién apareció para sofocar las llamas?
- La
gente del lugar
-respondió el pescadero-. Tuvimos que
ir a buscar
agua a los
baños y estaban cerrados, de modo que llevó un poco
de tiempo.
- ¿No había un cuartel de
los vigiles por aquí cerca?
- ¡Ah, ellos!
- ¿No vinieron?
- No, Diocles se lo pidió.
El hijo fue lacónico; la
madre lo explicó con más detalle:
- Se rieron de él. Les
suplicó en vano.
- Lo primero que supimos la
mayoría de nosotros es que iba corriendo
de un sitio
a otro pidiendo
ayuda a gritos…
- Bueno, ya sabes por qué
estaba tan trastornado -dijo su madre. Me volví hacia ella y comentó en tono
rotundo-:
Todo fue culpa suya.
Siempre fue un irresponsable; algunos hombres lo son, ya sabes. Fue él quien
provocó el fuego.
- ¿Un accidente? -inquirí,
sin dejar de pensar que Petronio Longo se preguntaría si el cronista no sería
un pirómano.
- ¡Oh, sí! Dejó caer una
lámpara de una estantería, lo admitió. El pobre hombre estaba histérico por
ello. Su tía había sido una mujer estupenda… bastante culta, ya sabes; de joven
había trabajado para una emperatriz. Creo que Vestina y Diocles se
tenían el uno al
otro como única familia, esclavos libertos pero
absolutamente respetables, con contactos reales. Se quedó solo al perderla. Y
se fue de un modo tan terrible…
- ¿Lo has vuelto a ver
alguna otra vez? ¿Ha estado aquí este año?
- Oh, no. No cuento
con que vuelva nunca -dijo la madre del pescadero-. No querrá recordar
lo que ocurrió,
¿no te parece?
Separé algunas cigalas más
con actitud pensativa. Algunas no eran más que gambas grandes, pero aun así
estarían sabrosas. Ahora que me había hecho una idea general, mis
preocupaciones acerca de Diocles volvían a intensificarse de pronto. Fueran los
que fueran los motivos de trabajo que lo habían llevado allí, se estaba
buscando aquella angustia mental. ¿O acaso sus motivos eran personales?
- Estoy preocupado por él
-les dije entonces-. Tenía una habitación alquilada cerca de la Puerta Marina
este verano. Luego desapareció de repente.
- Estará muerto en alguna
cuneta -dijo la madre del pescadero-. No pudo soportar más la pesadilla, si
quieres que te lo diga. Habrá acabado con su vida. Es como si lo estuviera
viendo ahora mismo, su tormento era horroroso. Las lágrimas corriéndole por la
cara, toda ennegrecida a causa del fuego cuando intentó volver a entrar en la
casa. La gente tuvo que alejarlo a rastras. No podía hacer nada, el calor era demasiado
intenso. De modo que
entonces se sentó en la calle y,
lloriqueando, repetía para sí una y otra vez: ¡cabrones, cabrones!… Se refería
a los hombres que se rieron de él, ésos del Cuartel. Quería decir que podían
haber acudido en
su ayuda cuando
él se lo
rogó, pero dejaron morir a
Vestina.
XXXIII
casa.
Alicaído, compré el pescado
y me dirigí a paso lento a
La multitud que se empujaba
por la calle principal me
pareció chabacana y burda.
Todo tenía un aspecto vibrante y floreciente
en aquel puerto
multicultural, pero la corrupción corroía el corazón de la
estructura local y apestaba como las
algas putrefactas. Muchas
ciudades tenían callejones traseros que apestaban. Allí era sutil, pero
universal. Los matones del gremio de constructores explotaban a su propia
gente; los vigiles dejaban que se las arreglaran solos.
Los intrusos de
yermas provincias se nutrían como parásitos de otros
extranjeros. Habían arruinado la vida de una joven. Ella no se daba cuenta de
su pérdida, o de cómo arruinaría eso a su padre. Una anciana tullida había
muerto porque nadie la había ayudado. Había desaparecido un
cronista. Todas aquellas
ajetreadas personas que había en la calle chocaban y se empujaban, todos
aquellos vehículos con pesadas cargas traqueteaban y daban sacudidas por las
soleadas vías en nombre del comercio, haciendo caso omiso de la contaminada
marea que iba y
venía succionando en
la oscuridad bajo
los cálidos embarcaderos de Ostia y Portus.
Recorrí la mitad del
Decumano Máximo, un hombre
silencioso en medio del
bullicio. Iba pensando en otra persona que había pasado por aquella calle en
solitario. Me pregunté si el dolor por la muerte de un ser querido era la única
fuerza que actuaba sobre las emociones de Diocles, o si él también ardía de
furia contra aquella ciudad. Si sabía de la existencia de algo que apestaba, yo
me preguntaba qué había hecho al respecto. No podía decir si me hallaba más
cerca de encontrarlo, pero mientras pensaba en Diocles aquella tarde, supe que
lo que una vez me pareció una tarea fácil y desenfadada había adquirido un
carácter siniestro.
Tenía la esperanza de que
estuviera allí. Esperaba que estuviera cerca. Quería encontrarlo, simplemente
lloriqueando y ahogando sus penas en una de sus cenas solitarias en una
taberna. Pero cada vez tenía más miedo por él.
Menos mal que había tirado
la casa por la ventana comprando el marisco extra. Teníamos a un puñado de
invitados. Tras habernos deshecho de mi madre, de repente habíamos adquirido a
la mamá de Helena, por no mencionar a su padre y a su hermano menor. Habían
venido todos a despedirse de Eliano, cuyo barco zarparía rumbo a Grecia al día
siguiente. Por suerte, no se esperaba de mí que embutiera en casa a todas esas
personas. Las familias senatoriales siempre se alojan en la villa de algún
noble amigo cuando viajan; tienen el don de encontrar una en la que el amigo no
reside y no puede molestarlos.
A diferencia de mi propia
familia, los parientes de aquel día iban a continuar su camino hacia
una finca cercana para seguir las costumbres patricias tradicionales: criticar
la ropa de cama de su amigo y sus esclavos favoritos antes de dejar una
brevísima nota de agradecimiento y pilas de cuencos de
comida sucios. Los
esclavos se habían adelantado para asegurarse de que
hubiera camas preparadas y agua caliente en los baños. Aquella noche los
viajeros iban a quedarse a cenar con nosotros. Décimo Camilo y Julia Justa
querían ver a sus nietas.
En el apartamento no
podíamos cocinar todo aquello en condiciones, de modo que preparamos un fuego
al aire libre en el patio sobre el cual cociné el pescado por tandas: estaba
suculento, aromatizado con hierbas. Un trabajo de hombres; tuve que luchar por
mi posición contra el senador y sus hijos. No tenían ni idea de cómo mantener
vivo un fuego, yo dudaba de su técnica para hacer brochetas. No importa de
dónde sacamos la leña… aunque oí que el panadero local tuvo problemas para
avivar el fuego de su horno al día siguiente.
Invadimos toda la zona
exterior de la planta baja; los demás inquilinos del edificio de apartamentos
no pudieron hacer otra cosa que mirar boquiabiertos y celosos y refunfuñar que
bloqueábamos el acceso al pozo. Helena y su
madre salieron a
buscar más provisiones;
había un
pequeño mercado justo en la
entrada de la puerta de la Fortuna. Normalmente las esposas de los senadores no
van a comprar en persona, pero Julia Justa tenía muy buen ojo para un manojo de
eneldo. Estaban sumamente contentas cuando volvieron cargadas; probablemente
fuera la primera vez en años que habían salido juntas de compras.
En realidad, soltaban
tantas risitas que me pregunté si no habrían entrado las dos en El Acuario para
tomarse un vino caliente con especias. No es que quisiera olerle el aliento a
mi suegra para ver si se notaba la canela, o algo más fuerte. Para un miembro
de la orden ecuestre probablemente suponga una traición sugerir que la esposa
de un senador ha estado
bebiendo en un lugar público. Podría haberme ganado una bofetada, sin duda… y sabía que
las mujeres que se toman unas copas pierden todo el sentido de la fuerza con la
que golpean. Recordé las veces que Maya, cuando era una jovencita, solía venir
a casa histérica tras una escandalosa noche de diversión en el club funerario
de los tejedores.
Cuando se lo conté a Helena
y Julia Justa, provocó tanta risa que estuve completamente seguro sobre lo del vino caliente.
Era una noche muy cálida.
En Roma, los Camilos podrían
parecer poco seguros
de sí mismos
en comparación con sus majestuosos colegas, pero cuando les dejaban
salir de parranda fuera de la ciudad sabían cómo
meterse de lleno en un
festín campestre. Podríamos haber estado en la cosecha de la oliva. Hablamos
dando voces, comimos con ganas, reímos y charlamos hasta que se hizo tan de
noche que tuvimos que encender
las lámparas de aceite y empezar
a darles manotazos a los insectos. Las niñas correteaban por ahí. Nux
olisqueaba y husmeaba entre las piernas de la gente. Nerviosa al principio,
pero después más contenta de
lo que nunca
la había visto,
Albia distribuyó cuencos y cucharas. Aulo sacó agua del pozo; Quinto
abrió el ánfora que de alguna manera se había encontrado atada al
portaequipajes del carruaje del senador sin que Julia Justa supiera por qué
parecía haber tan poco espacio para sus pertenencias.
El senador estaba sentado
en medio de todo aquello, con cara de desear poder retirarse a un viñedo bajo
el sol.
- Típico -le dije al tiempo
que le pasaba un plato de gambas que dejamos aparte para Julia y Favonia. Era
un abuelo devoto. Al igual que muchos, probablemente disfrutara más de la
generación más joven de lo que se había permitido hacerlo con sus propios hijos-.
Eres un romano tradicional, consagrado a la política urbana como un deber
mientras anhelas la
vida sencilla de
cuando nuestros antepasados eran unos granjeros robustos.
- ¡Y si
hubieran seguido siendo
granjeros, Marco, todos nosotros
seríamos arrendatarios dominados
por alguna élite sabina!
- Trabajando a todas horas
para pagarles el alquiler a nuestros crueles señores.
- Creía que eras
republicano, muchacho. Me pregunté quién le habría dicho eso.
- Es fácil ser republicano
cuando vives en un imperio floreciente -admití-. No estoy seguro de que me
gustaran de verdad los viejos y duros tiempos del arado y las gachas.
Décimo puso una gamba
pelada en la pequeña boca de Favonia mientras ésta permanecía sentada a su lado
en el banco de piedra y levantaba la vista pacientemente a la espera del siguiente bocado.
- ¡Te has ablandado! -dijo
con una amplia sonrisa-. Cuando te conocí eras igual de cínico que Diógenes, un
solitario malhumorado de negro carácter.
- ¿Y ahora soy formal? Eso
se debe a la suavizadora influencia de tu hija. -En el otro extremo del patio,
Helena y la noble matrona de su madre, que desenvolvían las verduras, parecían
estar tirándose rabanitos la una a la otra entre ataques de risa. El senador y
yo consideramos que era mejor no hacer caso. A los hombres nos desagrada el
comportamiento demasiado inusitado.
Las mujeres deberían ceñirse
a las normas
que nosotros hemos aprendido.
- Ahora eres bastante
sensato -dijo Décimo-. Sigues haciendo un bien a la comunidad… pero no te
sientes contrariado por ello.
En una noche
como ésta, Marco
Didio, creo que te las
arreglas para estar contento con la vida.
- Cierto.
Tal como he
dicho, gracias a
Helena. - Siempre le reconocía el
mérito por la manera en que la había
educado. Era un
hombre justo, pero
en el fondo Helena
era su favorita.
Le gustaba su
disposición a rebelarse; puede
que se sintiera orgulloso de ella-. Yo no le daría más marisco a Favonia, al
menos hasta que no le hayamos dado un poco de pan…
Favonia se
dio cuenta de que el
juego se había acabado. Sin
echar una mirada
atrás de agradecimiento hacia su abuelo, bajó como
pudo del banco. Se dirigió con paso inseguro directamente hacia Aulo y se
sujetó contra su rodilla con unos dedos pegajosos; había visto que estaba
pelando la cigala
grande de verdad.
A Favonia sólo le gustaba lo mejor. Aulo, que según pensaba
él era siempre el tío estirado, se hallaría totalmente a merced de aquellos
grandes ojos suplicantes. N u x vio que
empezaba el gorroneo y se puso
al acecho junto a Favonia, acometiendo su propia táctica de presión silenciosa.
El senador le dio otra
gamba a Julia, que se arrimó a él fingiendo
que se comportaba
mucho mejor que
su hermanita.
- Sé que no quieres hablar
de trabajo esta noche, pero asegúrate de que hablas con Quinto en algún
momento. Un hombre vino a verle. Quinto te lo contará.
Podía esperar. Tendría que
hacerlo. De la hoguera se alzó una repentina
llamarada. Tuve unos
momentos de crisis con el
pescado.
Más tarde, cuando las
estrellas alumbraban nuestra despedida, aproveché para hablar un momento con
Justino. El senador supervisaba la recogida de los bártulos con el conductor de
su carruaje. Helena tranquilizaba a una de las niñas que lloriqueaba soñolienta.
Aulo tuvo que calmar a su madre que indudablemente había bebido
demasiado vino tinto, por lo que
se había puesto a llorar porque lo iba a perder al día siguiente.
- ¡Quinto! He oído que
tienes algo que decirme. Camilo Justino
era más delgado e iba más acicalado
que su hermano mayor, su
apariencia era la de un joven tranquilo y de lo más equilibrado, aunque yo
sabía que tenía otra faceta. Vivía
en casa con
sus padres, su
dedicada esposa y su nuevo hijo… pero tenía aventuras en el extranjero a
sus espaldas. Demasiadas, en mi opinión.
Se apoyó en mi hombro; para
evitar llevarse envases vacíos, había contribuido a cerciorarse de que el
ánfora lo estuviera.
- ¡Una
buena noche! Una
hermosa despedida para Aulo. ¡Uf! -Infló los carrillos y se
despejó de pronto-. Tendría que haber traído a Claudia.
- Nunca traes a Claudia.
Eres muy injusto con ella.
- Oh, bueno… Claro que
podía haber venido. Prefirió
quedarse con el pequeño.-
Yo ya sabía el porqué de aquello. No tenía nada que ver con darle de comer al
niño o no sacarlo de la rutina. En otro tiempo Claudia había estado
prometida a Aulo. Él
había aprendido a no ser
grosero sobre el hecho de que lo plantaran, pero a ella la situación se
le hacía incómoda. Era posible que ahora pensara que cuando se
casó con Quinto
se había equivocado
de hermano. Es triste
decir que, en
sus momentos bajos, aquella agradable y seria joven
probablemente pensara que no debía haberse casado con ninguno de los dos.
- ¿Cómo va todo, Quinto?
-le pregunté con prudencia.
- Todo va bien, Marco.
- Me alegra oírlo.
- Sí, las cosas van bien.
-La gente nunca lo dice en serio.
Quinto se repuso de un
breve acceso de melancolía y me contó la noticia que me tenía preparada: había
recibido la visita de
Posidonio. (Yo mismo
le había dicho
a Posidonio que podía ponerse en contacto con nosotros.) Después de
haber informado a los vigiles de que Ródope se había fugado con su amante, no
quedó satisfecho y decidió buscar más ayuda en nosotros.
- La situación es
deprimente -dijo mi joven socio, que entonces había adoptado un estilo
eficiente y profesional-. Sabe que puede hacer muy poca cosa. Teopompo ya le ha
pedido dinero
para una boda, y más dinero
para que la pareja se establezca
en una casa.
- De modo que ya han
empezado a presionarlo: «¿No querrás que tu pequeña sea infeliz, verdad,
Posidonio?». Apelaciones a su amor respaldadas por amenazas no expresadas. Teopompo
afirma que la
adora, y mientras tanto se cerciora de que el padre
sepa que podría hacerla sumamente desgraciada.
- Exactamente, Marco.
¡Pobre diablo! A Posidonio ya le están mendigando el ajuar y el servicio de
comidas, y sabe que las
facturas serán cada
vez mayores. Poco consuelo pueden ofrecerle los vigiles…
- ¿Acaso nos sorprende?
-pregunté con amargura.
- En
cualquier caso, la
chica cree que
todos sus sueños se han
convertido en realidad, pero el padre no es tan tonto. No obstante, no va a
tolerarlo sin más. Tiene intención de venir a Ostia a buscar a Ródope; va a
traer gente que conoce de Roma. En el Emporio se está congregando un grupo…
Ouinto hizo una pausa, recelaba de cómo me iba a tomar aquello-: Creo que
podría ser que tu padre se uniera a él.
- ¡Que el cielo nos asista!
- De
todas formas, le
dije a Posidonio
dónde encontrarte -Ahora papá
también lo sabría-.
Puedo quedarme si quieres
Marco, pero preferiría
regresar y dirigir la oficina en
Roma. -Tenía una manera muy elegante
de decirlo. Nuestra oficina
en Roma no era más que mi casa, a la que quienquiera que llamase a la puerta
traía sus problemas-. Claudia se alegraría -confesó Quinto.
Le dije que lo que hiciera
feliz a Claudia me haría feliz a mí. Con un socio que se largaba a Grecia,
tenía que tener contento al otro. De lo contrario volvería a patear las calles
día y noche como investigador solitario.
El senador
tenia razón: actualmente
me gustaba disfrutar de la vida.
Mientras que Aulo ayudaba a
su madre a subir al carruaje, lo cual
ella logró con menos agilidad
de lo normal, yo le dije a Quinto
entre dientes:
- Cuando tu madre venga a
Portus mañana, adviértele que no se traiga las joyas.
Julia Justa siempre fue
elegante de una manera comedida. Elegía sus túnicas para que combinaran o
contrastaran estéticamente con
sus mantos; aquel
día llevaba dos tonos de violeta. Hasta para un viaje y una cena
informal al aire libre a base de pescado, llevaba puesto un collar formado
con dos hileras
de husos de
oro, unos grandes pendientes
con unas enormes perlas
centrales y otras en forma de
lágrima, brazaletes en ambos brazos y varios anillos en los dedos. Si utilizaba
los baños públicos su cinturón bordado sería como un imán para los rateros; lo
mismo ocurriría con sus zapatos de cuentas.
- ¡No
creerás que mi
madre caerá presa
de un
secuestrol -se carcajeó
Quinto-. Iban a obtener más de lo que se esmeraran. ¡Acabarían pagándonos el
rescate a nosotros y rogándonos que nos lleváramos a mamá!
- La cuestión es -sugerí-
que tiene aspecto de ser rica y puesto
que tu padre se
quita la toga con entusiasmo cuando sale de Roma, nadie
sabrá que es la esposa de un senador. No la asustes, pero procura que sea
prudente.
En aquellos momentos,
Décimo ya había trepado al vehículo detrás de su dama y agitaba la mano
alegremente a través de la pequeña ventanilla encortinada. Al principio el suyo
había sido un matrimonio de conveniencia. Yo sabía que Julia Justa había
aportado dinero… aunque menos del que la empobrecida familia de los Camilos
necesitaba realmente. Sin embargo, lo habían convertido en un matrimonio de
afecto y estabilidad.
- ¿Estará a salvo si
conocen su rango? -Quinto empezó a avanzar para unirse a ellos.
- Son una banda
inteligente. Procuran no buscarse problemas. Eligen a mercaderes extranjeros
para limitar el apoyo al que sus víctimas puedan recurrir aquí en Italia.
Después les meten tanto miedo que lo único que quieren es volver corriendo a
casa. Funciona. Al escoger a forasteros han evitado las protestas
generalizadas, al menos de momento.
- ¿Diocles iba a revelar
algo sobre ellos?
- Tal vez dio esa impresión
sin querer.
Quinto esperó mientras
Helena se inclinaba hacia el interior del carruaje para darles un beso a sus
padres.
- Entonces, ¿qué le ha
pasado a Diocles, Marco?
- Quizás algún sincero
navegante cilicio ha explicado que le gustaría que Diocles no dijera nada.
- ¿Y se lo ha llevado?
Tal vez… pero mi instinto
me decía que Diocles no se había alejado mucho de Ostia.
En cuanto despedimos a
nuestros invitados y la paz invadió la calle los demás subieron a casa. Yo me
quedé solo unos momentos respirando el aire nocturno. Helena y Albia estarían
dentro bañando a las niñas y acostándolas. Pronto tendría que cumplir con mis
deberes de arropador.
Permanecí de pie en la
oscuridad y sentí una dolorosa compasión por Posidonio, que había perdido a su
única hija a manos de un aventurero.
XXXIV
A la mañana siguiente
salimos en tropel hacia Portus con Eliano y lo vimos embarcar en el Esperanza.
La última vez que los hermanos Camilos fueron al extranjero habían venido con
nosotros en un viaje a Britania. Helena y yo, a quienes siempre nos había encantado
viajar, sentimos entonces una punzada
compartida mientras nos preparábamos para ver a uno de sus
hermanos aventurarse fuera del país sin nosotros.
- ¡Intenta encontrar un
misterio para Marco! -bromeó Helena.
Su madre sacudió
la cabeza, pero
su padre suspiraba como si
también tuviera ganas de irse con él. Quinto miraba con particular anhelo, como
si pensara en la vida disoluta que llevaría su hermano entre el vino, las
mujeres y las riquezas culturales de Grecia. Yo sabía que, como mínimo, las dos
primeras cosas sí las tenía en mente.
Si algo hay seguro cuando
te han dado una hora de salida es que el barco nunca se va cuando tú esperas.
Si no zarpa del puerto sin ti, cuando tú apareces en el muelle se quedará allí
anclado durante varias horas más. O días, tal vez. El Esperanza contaba con un segundo oficial
cuyas funciones incluían la gestión de los pasajeros. Eso significaba que les
ordenaba llegar pronto y los embarcaba cuando a él le iba bien mientras no
ocurría nada más; en alta
mar su papel
consistía en escuchar sus
quejas y mantenerlos calmados
durante una tormenta. Inspeccionaba minuciosamente su equipaje la primera vez
que subían a bordo porque en una tormenta «mala», mientras los marineros
luchaban por controlar los fuertes movimientos del barco, sería tarea suya
decidir qué arrojar por la horda para aligerar la embarcación. Hay normas,
odiadas pero justas, sobre cómo dividir cualquier pérdida entre los
propietarios si la verdadera carga se lanzaba al agua en caso de emergencia,
pero los pasajeros eventuales tenían pocos derechos. Vi que el segundo oficial
le tenía una particular simpatía a Aulo.
Aulo era un
muchacho; su equipaje
«imprescindible» era
extremadamente pesado. Si se levantaba una tormenta, era el primero en la lista
para ceder todos sus tesoros.
Dejamos a Aulo a bordo del
Esperanza. Luego tuvo que esperar tanto rato que se impacientó y volvió a
bajar. Fuimos paseando los
dos por el puerto. Quería
que sus padres se preocuparan por si
perdía el barco, en tanto que yo tenía la excusa de tratar de encontrar unas
bebidas para las niñas.
Sí, habíamos traído a las
niñas. Tanto a Julia como a Favonia les encantó tener la oportunidad de correr
muy deprisa hacia el borde de un embarcadero sobre un puerto concurrido lleno
de agua profunda.
La verdad es que Nux sí que
había estado «dentro» del
puerto. El agua llamaba a
Nux igual que Circe en su faceta más sirenia. Antes de que pudiera detenerla,
Nu x ya había saltado del muro y empezó a chapotear por ahí hasta que se dio
cuenta de que no había manera de salir. En ese punto, pensé que tendría que
saltar yo mismo a salvarla; las niñas chillaban
ante la idea
de perder a
su perrita e
incluso Helena estaba nerviosa ante el inminente ahogamiento. Puesto que
no sabía nadar, fue un alivio que un marinero pescara a Nux con su barcaza y
nos devolviera aquel bulto empapado… a cambio del acostumbrado soborno, o
precio de una bebida como ridiculamente se le llama. Nunca costó tanto una
bebida.
- Ahora estoy todo mojado
por culpa de la maldita perra. Ese canalla de la barcaza la ha atraído a
propósito… Tal vez tengamos que abandonarte, Aulo.
- No le pedí a nadie que
viniera -refunfuñó Aulo. Eso era cierto, pero claro, no le gustaba la idea de
que pudiéramos dejarlo allí plantado. Ahora se sentía solo… y eso que ni
siquiera había dejado el país.
- Bueno, Julia Justa nos
hará quedar. Tu madre todavía te quiere.
- Vaya, gracias, Falco.
Me sorprendió encontrarme
con que el mostrador de aduanas del muelle de llegada estaba atendido por Cayo
Baebio.
- ¿Qué pasó con tu baja
permanente después de aquella paliza?
Todos los
empleados a los
que supervisaba se quedaron mirando con curiosidad. Cayo adoptó una expresión furtiva.
- Sigo desesperado de
dolor, Marco. Hay días en los que apenas puedo moverme del daño que me hace…
- Ahórratelo, Cayo.
- No tienes ni idea de cuál
es mi sufrimiento… -Podía imaginarme la diatriba si empezaba.
Le dije a Cayo que si de
verdad quería presentar una queja, podría encontrar a Crátidas en El Acuario,
aunque le advertí que no fuera solo. Cuando oyó mi breve e intensa historia de
cuchillos y bancos levantados, a Cayo se le ocurrió que en vez de eso, podría
contratar a un abogado y presentar una demanda por daños y perjuicios. Una
buena jugada, pensé yo. Sería fantástico que una despiadada banda de
secuestradores se desarticulara porque su líder hubiera tenido que huir de las
acciones legales por parte de un funcionario que se fingía enfermo.
- ¿Y cómo está la querida
Junia?
- Ha vuelto a casa, a Roma.
No sabía que le tuvieras tanto cariño, Marco.
Yo tampoco. Había cometido
un error al mencionarla siquiera.
En el muelle no había mucho
movimiento.
El primer
oficial paseaba por la borda.
Nos lo tomamos como una buena
señal.
Llegó el contramaestre con
algunos marineros. Eran los típicos navegantes. Vi que Julia Justa se ponía
tensa cuando reparó en aquel inconfundible acento de corral, las miradas
perdidas y renqueras, sus burdas túnicas y sus pies descalzos. Quería que su niño
estuviera seguro a manos de elegantes maestros navieros ataviados con botas,
capas y gorras frigias. Ni Jasón y todos sus Argonautas serían lo
suficientemente buenos para llevarse remando a Eliano. La tranquilizamos. Julia
Justa sabía que no éramos sinceros.
Llegó el capitán, Antemon.
Apareció en el muelle con la guardia del barco que escoltaba con mucho cuidado
a sus propietarios, Bano y Aline. La mujer rescatada subió rápidamente a bordo,
todavía con el rostro ceniciento. El marido se detuvo en el extremo de la
plancha y se quedó mirando fijamente hacia el puerto un momento, con expresión
resentida.
Me acerqué a él.
- Lamento que tu viaje
terminara tan mal. Ahora que te marchas, ya sin nada que temer, ¿hay algo que
puedas decirme acerca de lo
que le ocurrió
a tu esposa? -Por encima de nosotros, en cubierta, Antemon nos observaba
con recelo.
En aquella ocasión, Bano,
entonces más furioso que asustado, me contó la historia. En su mayor parte
coincidía
con los otros testimonios.
Aline había sido raptada allí en Portus, casi en cuanto desembarcaron. A Bano
no tardaron en entregarle una carta que concertaba un encuentro en una taberna.
Tuvo que ir solo y preguntar por el Ilírico.
- ¿Puedes describirlo?
-Bano puso cara de despistado-
, ¿Alguna cosa que
recuerdes sobre su estatura, su complexión, el color de su piel? ¿Tenía pelo o
era calvo?
¿Dientes? ¿Orejas?
¿Vestimenta? ¿Qué ropa llevaba?
No conseguí nada. O el
testigo era corto de vista, o estaba demasiado acobardado. Sí me dijo una cosa:
la ubicación del establecimiento. Estaba en el frente que daba al río en Ostia,
bastante cerca de El Acuario. Había tenido que llevar el dinero del rescate a
la taberna que había justo al lado.
- ¿Aline recuerda algo?
-Ella estaba segura de que la habían drogado y la habían dejado tendida en una
cama de una habitación pequeña donde
le pareció que
había una mujer, con niños-.
¿Podría ser que tan sólo hubiera un niño Bano?
Bano no podía responder a
eso. No quería preguntarle a Aline, que aún estaba traumatizada, y de todas
formas no había tiempo. Me dejó bruscamente, casi a media frase. Finalmente el
Esperanza se hacía a la mar.
Nos quedamos todos de pie
en el muelle con ese sentimiento
acongojado de que
adolecen las personas cuando observan
cómo otra se
marcha del país.
Vimos
cómo recogían la plancha y soltaban amarras. N u x
ladró con fuerza. El barco fue maniobrado por los remolcadores y por
sus propios remos,
que poco a
poco fueron arrancados de su
abarrotado alojamiento, luego fue remolcado lentamente hacia el centro del gran
puerto. Los marineros trabajaban frenéticamente para ajustar la vela de cruz.
La embarcación viró laboriosamente hasta situarse en dirección correcta.
En la baranda,
Eliano, que llevaba puesta una túnica de color rojo
oscuro, no tardó en convertirse en un punto borroso; ya hacía rato que todos
habíamos dejado de decirle adiós con la mano.
Nos quedamos allí hasta que
el Esperanza empezó a moverse por sí mismo. Los remolcadores con sus pesados
botalones se quedaron atrás; la embarcación se soltó y se dirigió hacia la
salida del puerto, navegando suavemente a través de la bocana del lado sur del
faro.
- ¡Se ha ido!
Aulo tenía sus cosas
buenas. Hasta yo lo echaría de menos.
XXXV
El senador le había dicho
al conductor de su carruaje que esperara en nuestro apartamento. Si los Camilos
regresaban directamente a Roma, llegarían con el toque de queda para vehículos
rodados y tendrían que detenerse en la puerta de la ciudad, de modo que
retrasamos su viaje comiendo muy tarde. Helena fue a buscar a Albia, que había
optado por no venir con nosotros a Portus. No era una esclava; tenía derecho a
disponer de tiempo libre, y por lo visto Aulo no era una gran atracción para
ella. La propia Helena disfrutaba de sus momentos de soledad, de modo que siempre
había permitido que
la joven también
los tuviera.
Acomodé a todos los demás
en uno de los patios de El Acuario.
No había otro sitio
más conveniente y ningún cilicio antisocial iba a disuadirme.
El lugar era lo bastante grande para
dar abasto a una gran afluencia de
gente y contaba con
una atmósfera agradable
y respetable. Si pasabas
por alto el
hecho de que
en ocasiones allí
se citaban los piratas, era una fonda familiar ideal.
En cualquier caso, no había
ni rastro de Crátidas.
Disfrutamos de una buena
aunque un tanto apagada comida que, como
el servicio era
bastante lento, se
prolongó durante gran parte
de la tarde. Por mucho que nos convenciéramos a nosotros mismos de que Aulo
estaba haciendo lo correcto y de que su barco era sólido y estaba bien
manejado, una travesía por mar siempre es peligrosa. Pasarían varias
semanas antes de que desembarcara
y pudiera enviar una carta para confirmar que había llegado bien, luego
una cuantas semanas más antes de que la carta llegara a Roma. Eso si Aulo se
acordaba de escribir. Su madre decía que no tenía un buen historial en ese sentido.
Al terminar, el senador y
yo discutimos por la cuenta pero al final la pagó él. Yo tenía cosas que hacer,
pero lo más educado era volver al apartamento para despedirlos.
- No te preocupes, mamá
querida… -Helena se sentía traviesa-. La
Gaceta Diaria dice que los rumores de
que los piratas vuelven a actuar no son ciertos… -Cuando Julia Justa se la
quedó mirando horrorizada, rápidamente le hice una señal al conductor para que
arrancara.
Tras observar cómo el
carruaje desaparecía de nuestra vista, nos invadió una sensación de anticlímax.
En tanto que las niñas se fueron corriendo en busca de los juguetes que habían
abandonado la noche anterior, Helena, Albia y yo volvimos al patio con una vaga
desazón. Parecía tener un aspecto desierto tras nuestro gran banquete familiar.
Helena se enjugó una
lágrima. La abracé.
- Aulo estará bien.
- Claro.
-Se puso más
briosa-. Ahora que estamos
solos, Albia y yo tenemos
que enseñarte una cosa. Mientras ella estaba aquí esta mañana tuvimos una
visita.
- ¿Entreteniendo a un
admirador? -le dije a Albia en son de burla. Parecía sulfurada.
- Calla -me advirtió
Helena-. Menos mal que llegué a casa a buscarla; a Albia le pareció que era un tipejo de armas tomar.
Ahora era un cabeza de
familia enfadado.
- ¡Ya lo arreglaré yo a
ése! ¿Quién era el cabrón?
- Un esclavo llamado Tito.
- ¿Tito? -Ése alegre
extrovertido que trabajaba para la casera del piso alquilado en la Puerta
Marina, el esclavo que limpiaba la habitación de Diocles. Me imaginé que ese
pillo prepotente se pondría demasiado insinuante con Albia si la
encontró sola. Para
empezar, la tomaría
por una esclava o una liberta.
Miré a Albia, que aguardaba
con impaciencia. Helena había interrumpido las insinuaciones no deseadas; no
había pasado nada.
- Te trajo algunas cosas,
Marco Didio. -Albia ya había aprendido que necesitaba informes eficientes-:
Primero, su excusa fue que había dos túnicas buenas que Diocles había dejado en
la lavandería. Éstas han «aparecido inesperadamente», según palabras de Tito.
- ¡No son de su talla!
-sonreí.
- Le dije que eso no
bastaba para merecer una propina.
- Excelente. La última
chica que tuve en la oficina para recibir los mensajes era una blandengue.
- Mentira -murmuró Helena,
a la que me había estado refiriendo-. Cuéntale el resto, Albia.
- Cuadernos de notas.
- ¡Cuadernos de notas! Creí
que ya los teníamos, la mayoría en blanco.
- Estos
otros están escritos. Hay un buen montón. Creo que Tito los había
guardado con la esperanza de que pudieran ser valiosos. ¡Ahora tiene miedo de
meterse en algún lío! -Albia escupió. Era una costumbre que todavía teníamos
que quitarle-. Y es lo que hará. Antes o después, y yo creo
que será más bien antes…
-A Albia le proporcionaba mucha satisfacción vaticinarles fatalidad a los hombres-. Tito dijo, o hizo
ver, que tu cronista le había pedido que le guardara las tablillas. Que las
pusiera en un lugar seguro y que no se lo dijera a nadie. Por eso no te
había revelado su
existencia. Pero ayer
unos hombres fueron a la casa a
preguntar por ellas y ahora Tito está muy asustado.
- ¿Quién lo asustó?
- No sabe ningún nombre.
- Eché un vistazo rápido a
las tablillas -dijo Helena. Me la imaginé leyendo a toda velocidad antes de
salir corriendo de vuelta al Acuario para comer-. Dos autores distintos, diría
yo. Hay algunas
que parecen ser
viejos
diarios… no te emociones:
no son aventuras amorosas de los famosos. Son cuadernos de bitácora o algo
similar.
- ¡Qué aburrimiento! Puedo
pasar sin un montón de notas que digan «viento del nornoroeste, mar picada;
cené alubias, me tiré unos pedos increíbles».
En las noches
tranquilas, Helena había estado
enseñando a Albia a leer. Albia también debió de haberles echado un vistazo a
las tablillas y entonces saltó:
- Marco
Didio, es más
parecido a «Termessos: vendidos cinco del Constancia;
buen precio por el vino… nos encontramos con el Iris frente a las costas de
Samos. Agitado, pero con buenos resultados».
- ¿Quién escribió estos
diarios?
- No lo pone. Hay una lista
larga de «encuentros». - Albia era una chica inteligente. Sabía que habíamos
estado hablando de piratas-. La mayoría son «agitados» y terminan un inventario
de buenos precios.
- ¿Vendidos cinco qué?
-crucé la mirada con Helena. Al igual que yo, se imaginaba lo peor.
- Las listas de ventas son
interminables -me dijo Albia con tristeza-, ¿Esos números son personas? ¿Estos
cincos y dieces y treces y hasta veintes? ¿Son personas a las que han vendido
como esclavos?
- Las tablillas son viejas
y están estropeadas -intentó tranquilizarla Helena-. Creo que descubriremos que
estos acontecimientos ocurrieron hace muchos años.
Siendo realista, Albia
sabía que no a todas las personas afligidas se las podía salvar de sus
desgracias como le había ocurrido a ella. Al final dijo en voz baja:
- Había una espada envuelta
en una de las túnicas limpias, Marco Didio.
- ¿Tito te dijo algo sobre
ella?
Albia veía a Tito como uno
de los personajes más mezquinos del mundo.
- No, se encogió de hombros
y le restó importancia… pero ahora tiene muchas ganas de desprenderse de ella y
dártela a ti.
Le dije que sería mejor que
me la enseñara, de modo que entramos en la casa.
La espada
era un modelo
sencillo, de hoja
corta, metida en una vaina de cuero retorcido que no encajaba bien. Ningún soldado o ex soldado
se la hubiera mirado dos veces, pero un liberto del palacio imperial, criado
entre burócratas, no sabría que estaba desequilibrada y desafilada. Había
herrumbre en la hoja, que nunca había sido engrasada ni cuidada, y mucho más
óxido allí donde el mango estaba unido con una burda soldadura. Un golpe brusco
y creo que todo el conjunto caería hecho pedazos. Dudaba que Diocles hubiera
utilizado aquella arma alguna vez; debía de tenerla sólo para estar más
tranquilo.
Así pues, cuando salió por
última vez, Diocles había dejado la espada
en su habitación
porque creía que se
dirigía a un lugar seguro,
ya fuera solo o entre personas que no
le querían hacer
ningún daño. Y,
lo que es más
importante, había creído que volvería.
XXXVI
Dejé a Helena con las tablillas de notas. Las niñas estaban satisfechas,
de modo que
ella podía dedicarse enseguida a
leer e interpretar
aquellos escritos. Había suficientes tablillas
para cubrir una
mesa auxiliar. La mayoría parecían ser antiguas, con sus
tablas de madera desteñidas y secas;
estaban llenas de garabatos como los que Albia había descrito antes. Había unas
cuantas tablillas más nuevas que
hacían juego con
las que habíamos encontrado con anterioridad en la habitación
de Diocles. Quizá nos darían una pista
de lo
que le había ocurrido. Helena me aseguró que la
tarea requería de una persona que lo revisara todo… es decir, ella. Yo salí a
investigar en las dos tabernas donde Bano me había dicho que fue a negociar la
liberación de su esposa secuestrada.
Me fue bastante fácil dar
con ambas. Uno de aquellos rincones sin encanto se llamaba La Almeja y su
vecina era La Venus. Unos pictogramas borrosos hacían de reclamo. Eran unos
cuchitriles de sala única, de esos que se encuentran en hileras que bordean las
riberas de todos los mares y ríos: interiores cargados de humo donde se
preparaba comida y bebida, con unas mesas rudimentarias en el exterior que se
apretaban contra el establecimiento de al lado en una línea interminable. Los
mozos, cuando los
clientes podían encontrar a
uno que se interesara por ellos, parecían
intercambiables. Aquellos lugares
se enorgullecían de servir
excelentes platos de
pescado lo cual significaba que
te cobraban un precio sumamente excesivo por un cuenco de sopa aguada con
conchas dentro, un trozo muy pequeño de pan del día anterior, además de un vino
tinto tan agrio que si te pintaran con él los callos de los pies se te caerían
los dedos enteros.
Primero me acerqué a la
casita de la diosa del amor, por
principios. Dado su
nombre no me
sorprendió encontrar a una pálida
camarera con expresión
hastiada cuyas funciones debían
de incluir el
ascenso por las escaleras traseras con los clientes que
querían un servicio extra.
- ¿Queréis comer algo,
señor?
No, gracias. Ya no era un
crío. Sabía lo que ocurriría si
comía en un
basurero como aquél.
No disponía de tiempo para ponerme enfermo.
- Estoy buscando al
Ilírico.
- No está. Piérdete.
- ¿Alguna vez ha estado
aquí?
- Si tú lo dices. Todo el
mundo parece pensar que sí.
- ¿Quién es todo el mundo?
- Un estúpido estirado de
los vigiles. -Bruno-. ¿Me has oído? ¡Lárgate!
Bruno me había echado a
perder la escena tanto como
había podido.
Entonces, cuando salí
de La Venus, maldiciendo, ¿de quién os parece que
oí la voz?
Agaché la cabeza y me
escondí. Me di cuenta de lo que estaba pasando: aquel día debían de ser los
idus de agosto. La Cuarta Cohorte acababa de llegar para apostarse en Ostia y
la saliente Sexta, con Bruno a la cabeza, les estaba mostrando los
alrededores a su destacamento de vexilarios en el tradicional paseo de toma de
contacto. Es decir, identificar los enormes almacenes de grano que se suponía
debían vigilar… como preludio antes de probar los bares locales. La Cuarta ya
había estado antes en Ostia. Seguro que recordaban el lugar de hacía dos o tres
años, aunque, para ser sincero, puesto que las filas de los vigiles se
renovaban cada seis años, podría ser que una proporción del destacamento actual
fuera nueva. Los almacenes no habían cambiado de ubicación. Pero tal vez
algunos bares hubieran cambiado de manos o de proveedores de vino, de manera
que los
lugares a los que
solían ir quizá ya no fueran lo
mismo. Los hombres de acción tenían que reconocer el terreno con urgencia.
Antes de que pudieran verme
me metí en La Almeja. Pocos eran los clientes de las mesas que había fuera que
se molestaban en aventurarse al interior del establecimiento. Tal vez hubiera
una letrina en la parte de atrás, pero la mayoría de los hombres iban a mear al
río; vi a un cliente haciendo exactamente eso.
Primero, el jefe de cocina
y los camareros creyeron que venía a quejarme. Cuando les tranquilicé, me
trataron como a una novedad. Como ya estaba prevenido por lo de La Venus, allí,
en la puerta de al lado, enseguida me quejé de Bruno. Funcionó. No tardaron en
decirme que a veces el Ilírico se dejaba caer por allí por cuestiones de
negocios. Por supuesto afirmaron no tener ni idea de qué tipo de negocios
fomentaba. Hay muchos oficios que tienen que funcionar gracias a las reuniones
que sus dueños celebran en los bares… o al menos esto es lo que os harían creer
la mayoría de los dueños. El mundo editorial; la propiedad de caballos de
carreras; el proxenetismo; el comercio con artículos robados…
El Ilírico ya sabía cómo
funcionaba todo. Les daba una propina a los camareros de antemano para que lo
señalaran si alguien preguntaba por él. Al marcharse dejaba otra propina con la
cuenta. En tanto que aquello significaba que podía estar seguro de ser bien
recibido si volvía otra vez, el comportamiento derrochador también quería decir
que el personal lo recordaba con mucha claridad.
- Parece que sabe cómo
comportarse… Pero me han dicho que es bastante siniestro, ¿no?
Mi informador, un joven
lleno de granos y vestido con una túnica mugrienta, se rio.
- ¡A mí nunca me ha dado
miedo!
- ¿Quieres
decir que no
es tan temible
como
pretende?
- No, quiero decir que
lleva los ojos pintados y unas zapatillas ridiculas. -Tras toda una vida de
respuestas inesperadas, aquélla fue
una auténtica sorpresa-.
¿El Ilírico? -Al camarero mi comentario le pareció divertidísimo-. Es
igual de temible
que una esponja húmeda. No es más que una vieja reina
escuálida.
Un par de vigiles echaron
un vistazo por la puerta. Eso me dio pie a marcharme.
No tenía ningún deseo de
quedarme allí mientras los miembros de la Cuarta Cohorte brincaban por todo el
lugar como pulgas en un perro callejero. Pero la noche era joven y yo
necesitaba pensar. Eché a andar.
Un corto paseo me alejó del
río y me llevó al foro por su lado oeste. Como intento para eludir a los
vigiles fue un fracaso: al pie
del Capitolio había más
miembros de la Cuarta Cohorte formados
en filas. Vi que Rubela estaba con ellos, así pues, aunque parecían
estar rabiosos por estar perdiéndose la inspección de las tabernas, se
comportaban lo mejor que podían. Por lo general, la mayoría nunca veían al
tribuno de la cohorte, por eso ahora lo miraban fijamente y con curiosidad.
Petronio iba secundando a
Rubela, mordisqueándose el pulgar y con cara de aburrimiento. También reconocí
a Fúsculo, el ayudante de Petro en Roma. Por lo visto, Fúsculo, un tipo alegre
y cada vez más rechoncho, era el
oficial de
servicio que estaba
al mando aquella
noche. Había formado a
un pequeño grupo
en una desganada guardia de
honor. Los vigiles
no llevan uniforme
ni armadura, por lo que no podían desfilar con el atuendo
extremadamente abrillantado, y ,
en lo
referente a su instrucción, ésta consiste en consejos
para salvar vidas y prácticas con el equipo. Son reacios a las marchas.
Un saludo
de los vigiles
es probable que
sea desdeñoso y burlón. Las filas ordenadas no extinguen los incendios.
Si alguna persona de entre el gentío que había por allí hubiera gritado
pidiendo ayuda, los miembros de la Cuarta
hubieran demostrado que
eran unos buenos soldados. Pero el ceremonial no era su
fuerte.
Así pues, los miembros de
un grupo caótico, de todas las estaturas y pesos, se movían intranquilos por
allí con sus variopintas túnicas de andar por casa mientras que Fúsculo daba
unas benévolas instrucciones cuando le apetecía. Relajado por naturaleza, Fúsculo
disfrutaba atrapando villanos que luego interrogaba; bien pudiera
desarrollar un tratado
sobre los bajos
fondos. Era un experto en jerga delictiva; este
pasatiempo lo había llevado mucho más allá de la norma del tirón en la
lavandería y de la afortunada estratagema del estafador ante un pardillo con
aspecto de tener pasta y lo había introducido en la mercha, la siria y la larga
pateada (que una vez me contó que se trataba de una versión más corta de correr
la maratón, que
en el argot callejero
significa «huir de la justicia»). Sin embargo, y con actitud desafiante,
Fúsculo no tenía ningún interés en la interminable gansada cívica de aquella
noche en la que sus hombres tenían que permanecer de pie con el culo dolorido
junto a un podio diplomático. ¿Diplomacia? Los vigiles de Roma no se molestaban
con semejante protocolo.
Estaba claro que los
nuestros no habían causado muy buena impresión a un grupo de lugareños que
había allí. Cercados tras una barrera provisional, aquella gente estaba
ovacionando a un equipo local: entró un numeroso y brutalmente bien organizado
contingente del gremio de constructores que se dispuso a iniciar la puesta en
escena preparada como bienvenida para los nuevos vigiles.
Aquellos hombres
eran buenos. Y ellos también lo
sabían. Aquel día habían salido sus mejores tropas, que desfilaron como si el
emperador en persona les estuviera pasando revista. La demostración fue
profesional y meticulosa. Podían marchar y saludar… y saludar mientras
marchaban. Mantenían la distancia
correcta entre uno y
otro como si la hubieran medido con bastón. Las filas estaban rectas. Sus dobles
y triples columnas formaban un cuadrado. Viraban, daban la vuelta y se detenían
en el acto como si la instrucción para los desfiles fuera una diversión
extraordinaria. (Para cualquiera con un verdadero historial militar, aquello
era una blasfemia.)
Todos aquellos soldaditos
de juguete llevaban falsos uniformes militares de colores chillones con unas
túnicas más cortas de lo normal. Unas asombrosas charreteras hinchaban los
ya anchos hombros
de sus supuestos oficiales. Todos llevaban una
cuerda muy limpia y un brillante rezón. Me pareció que su atuendo era para
morirse de risa, pero las pisadas de aquella concentración de botas de albañil
hacía temblar el suelo. Era siniestro y, a mi parecer, querían que así fuera.
No tardé
en enterarme por mediación de
los transeúntes que a los miembros de otros gremios siempre se les
conocía como la plebe, pero los constructores se hacían llamar las «tropas con
botas». Tenían dieciséis compañías. Cada compañía constaba de veintidós hombres
fornidos a las
órdenes de un
decurión. Todos los decuriones tenían
la esperanza de
convertirse en presidente. El
gremio siempre tenía, no uno, sino tres presidentes quinquenales. También
contaban con un sumiso edil. Nombrado aparentemente por el gobierno cívico «por
la extrema importancia que los constructores tienen en Ostia», era
un conducto para
obtener contratos. En cualquier otra ciudad a eso se le
llamaría corrupción. Me informaron con orgullo de que Ostia era diferente. No
pregunté de qué manera.
Ninguna ciudad puede
sustentar a un grupo paramilitar de más de trescientos cincuenta cabrones de lo
más duro
sin que su influencia en la
vida cívica se vuelva peligrosa. Cayo Baebio y yo habíamos visto a los chicos
con botas comportarse de manera
detestable durante el
servicio contra incendios y el hecho de verlos más de cerca no me llenó
de alegría. Optaban por las túnicas sin mangas con las que lucir
unos bíceps abultados.
Tenían unos cuerpos grandes, de bebedor. Sabía cómo
serían fuera de servicio: todo fanfarroneo y pol de mierda.
Los portuenses parecían
estar contentos, pero aquel carnaval me había provocado escalofríos.
Me quedé de pie en medio
del gentío en el exterior de la Curia. El camino más rápido para llegar a casa
era cruzar frente al Capitolio, donde aún estaban Rubela y Petro con
expresión apesadumbrada bajo
un toldo de
lona que sujetaban unos postes;
reacio a que me vieran, esperé. Normalmente
hubiera llamado a Petro, pero
ahora no estaba de humor para
confraternizar.
Cuando la exhibición
alcanzó su ruidoso climax y terminó, los hombres más importantes del gremio se
acercaron a Rubela. Petronio y él se dieron la mano amablemente; su educada
reacción parecía genuina, aunque yo suponía lo contrario. En primer lugar iba Privato,
con sus oscuros mechones de cabello brillante pegados en lo alto de su cabeza
calva. Se había dejado crecer demasiado el pelo de atrás, de manera que visto
de espaldas parecía un vagabundo a pesar de ir vestido con su túnica y toga de
los
días de fiesta, ambas de un
blanco reluciente. Con él había un hombre. Según pude averiguar se trataba del
edil sumiso; por lo visto el gremio estaba a punto de erigir una estatua en su
honor como muestra de agradecimiento, y esto no era ningún secreto, por sus
favores. Uno de los compañeros presidentes de Privato en el gremio era un
liberto imperial. Ostia parecía atraer a antiguos funcionarios de palacio.
Nunca podrían ocupar una posición formal en la vida cívica, pero gracias
al gremio, donde
podían ascender hasta alcanzar el título más alto, podrían
convertirse en grandes figuras de la región. Aquella noche el invitado más
importante era el Pontífice de Vulcano, el sumo sacerdote, que iba asistido por
su propio grupito de funcionarios y esclavos públicos.
Yo los despreciaba a todos.
El motivo no eran sus orígenes. No soportaba que, con obsequiosidad excesiva,
se abrieran camino hacia tratos comerciales gracias a la camaradería profesional.
El edil, que
en aquellos momentos estaba
siendo cortés con Rubela, sería elogiado en su pedestal por sus buenas obras;
las buenas obras consistían nada menos que en beneficencia para los
contratistas en forma de contratos amañados. Me pregunté si Diocles lo había
descubierto.
El entretenimiento se
terminaba. Quienquiera que lo planeara debía de tener la intención de que, en
aquel punto, los miembros de la Cuarta Cohorte se mezclaran con los
chicos con botas. Éstos
tenían sus propios colegas y no prestaron la menor atención a los vigiles, que
ya se dispersaban. Las compañías que habían llevado a cabo la exhibición
recibían saludos y halagos de otros miembros de su gremio. Mientras se pavoneaban
por allí reconocí a uno de los que habían desfilado: tenía unas patillas
pobladas y unos rizos apelmazados, además de un inolvidable porte
fanfarrón y desdeñoso.
Era el vago
cabecilla del falso cuartel de los vigiles, el de la calle
donde había muerto la tía del cronista. En cuanto lo vi, no tardé en reconocer
a los demás.
Hubiera sido fatal revelar
mi presencia. Había demasiados miembros del gremio presentes y aquél era su
territorio. Cuando la plaza
del foro empezó
a vaciarse, crucé
discretamente hacia el Decumano. Divisé
un espacioso figón, me detuve y pedí un vino. Al oír mi voz, un hombre
que estaba de pie a mi lado frente al mostrador, se dio la vuelta al tiempo que
le exclamaba al camarero:
- ¡También me va a pagar
otro a mí!
El gorrón desvergonzado era
mi padre, Didio Gemino. Estaba con un
amigo, un amigo
que no puso
ninguna objeción a que le pagara otra copa a él también.
XXXVII
- Mi
hijo -dijo papá,
reconociendo nuestro parentesco.
Logró no dar una impresión demasiado desdeñosa. Yo no hice ningún comentario.
Su compañero
inclinó la copa
hacia mí. No se
presentó aunque tenía un aspecto vagamente familiar y me miraba con un aire
enigmático, como si estuviera a punto de darme una palmada en la espalda y
recordar algún incidente que yo preferiría olvidar. Debía de haberlo visto por
el Emporio. Supuse que era uno de los miembros del grupo que
había llegado de
Roma aquel día:
tal como Justino me
había advertido, Posidonio había reclutado a unos cuantos colegas que hacía años que lo
conocían para que lo ayudaran a encontrar a su hija. Mi padre había bajado a
Ostia entre una informal partida de hacedores de buenas obras. Si esos viejos y
honrados canallas eran todos como papá, para ellos sólo se trataba de una buena
excusa para hacer un recorrido por las tabernas costeras.
- Si tenéis planeado darle
una paliza a Teopompo y dejarlo hecho unos despojos, papá, no me lo digas.
Mi padre tenía una
expresión jovial.
- Estoy seguro de que el
joven respetará nuestro punto de vista, hijo.
- ¡Oh, sí! Seis u ocho de
vosotros lo haréis retroceder
hacia un callejón oscuro y
le ofreceréis vuestras opiniones a la
manera tradicional… os devolverá a la chica veloz como un rayo El
problema será lograr que la muchachita perdidamente enamorada entienda el
aprieto en el que se encuentra su padre.
- Los padres ya saben cómo
explicar las cosas. - Viniendo del mío, eso tenía gracia-. Posidonio es un tipo
bondadoso. No la presionará demasiado, la educó muy bien y ella entenderá su
razonamiento…
Me reí con amargura.
- ¡Está claro que no sabes
nada sobre hijas!
- No seas así, hijo. -Como
siempre, mi padre se escandalizó al encontrarse con que alguien criticaba su
comportamiento pasado. La verdad es que se había convencido de que abandonar a
una esposa y a unos niños pequeños estaba bien. Ahora él se sentía herido y yo
estaba enfadado. Hay cosas que no cambian.
Me fijé
en que su
silencioso compañero nos observaba con una especie de reserva.
Era por lo menos una década mayor que mi padre… si todos los que apoyaban a
Posidonio eran de ese tipo, los vigilantes no estaban ni mucho menos en la flor
de la vida. Aquel hombre, además, tenía sobrepeso, los hombros ganchudos y
estaba fofo. Me pregunté si sería
otro subastador como
papá; me lo imaginaba toqueteando objetos de arte con
esos dedos regordetes y más bien blancos. Llevaba puesto lo que debía
de ser un valioso anillo de
camafeo, cristal de un vivido color blanco sobre un intenso azul ultramar, que
al parecer mostraba una escena pornográfica en miniatura.
Era la clase de cosa que
atrae a los hombres que se llaman a sí mismos entendidos, hombres de mirada
fría que someten a sus esposas a la sodomía y luego hablan abiertamente sobre
su veta pervertida, como si el hecho de haber probado el vicio los hiciera mejores
que la mayoría.
Papá era completamente
diferente; él no hizo más que engendrar demasiados hijos y luego no pudo
soportar los resultados domésticos. Su presencia me sacaba de quicio e intenté
terminarme la copa deprisa. El vino estaba aromatizado con
especias y miel;
era demasiado empalagoso para
tomárselo con prisas. A modo de distracción,
mencioné al gremio
de constructores. Aquellos dos
debían de haber
visto la ruidosa demostración.
- Su presidente le ha
prestado una casa a Petronio… bueno, uno de los tres presidentes. Según parece
no hacen nada individualmente que puedan hacer como terceto.
- Se comportan como si las
calles fueran suyas -dijo papá.
- Quizá lo sean de verdad…
Las obras públicas son la principal actividad en Ostia. Me parece que intentan
llegar a controlarlo todo. -Me pasé la lengua por los labios, la pegajosidad de
la miel me ponía nervioso-. Esta ciudad es
morbosa.
- ¿A tí qué te parece? -le
preguntó papá al hombre que estaba con él.
- Marco tiene razón.
¡Qué descaro! ¡Llamarme
Marco era demasiado informal, diantre! Pero como mi padre siempre estaba
dispuesto a verme
como a un
mojigato, contuve mi irritación. A los hijos los tratan como
niños los amigos de sus padres. Discutir por ello no te conduce a nada.
Papá, que nunca fue de los
que aceptaran perder una votación, cambió de tema.
- Marco anda a la caza de
piratas cilicios.
- Estoy buscando a un
cronista desaparecido -corregí pacientemente
para el otro
hombre-. Sé de
fuentes fidedignas que los piratas no existen… y sin lugar a dudas no
hay ninguno en Cilicia hoy en día.
- Entonces ¿quién está
llevando a cabo los secuestros?
-se mofó papá mientras el
otro hombre seguía mirando sin decir nada.
Aquella vez sonreí.
- Ex piratas.
Finalmente el compañero de
papá nos hizo partícipes de su opinión al respecto.
- Era de esperar. -Habló
con un tono seco y deprimido que concordaba más de lo que me había imaginado
con mi propia actitud. Una vez hecha aquella declaración, dejó de
hablar. Parecía disfrutar
dejando a medias a sus oyentes.
- ¿Y cómo es eso? -le
apunté. Seguía mostrándome educado, pero el hombre tenía algo que me crispaba
los nervios. Daba la impresión de que le gustaba ser controvertido.
- Tenían un estilo de vida
-dijo-. Algunos lo llamaban piratería; para ellos era su modo natural de hacer
negocios. Si les arrebataron todo eso, no les quedaba otra salida que encontrar
una nueva ocupación. La gente tiene que vivir.
- Parece que lo lamentes
por ellos.
- Entiendo su posición.
-Parecía indiferente, aun así, añadió-: Aquí ocurrió lo mismo con los granjeros
desposeídos. Causó el sufrimiento más absoluto.
Me acordé de mi abuelo, el
de la Campania, pontificando sobre las antiguas «reformas» agrarias que
expulsaron a los campesinos de las tierras arrendadas que habían cultivado
durante décadas. Los abuelos conservaban su granja, pero todos pensábamos que
lo habían conseguido engañando a alguna
otra persona. Todos
sus vecinos también pensaban lo
mismo.
- ¿De modo que consideras a
los piratas cilicios personas desgraciadas y desplazadas?
- Tienen un talento innato
para la vida delictiva -dijo papá con sorna. Aborrecía a la mayor parte de las
demás naciones. Él decía que era porque había hecho negocios con ellas y había
aprendido cómo eran.
- En cualquier caso, tienen
un talento innato para que se les eche la culpa de todo -dijo su amigo-. Dime,
¿qué tienen que ver los piratas cilicios con tu cronista desaparecido, joven
Marco?
Una vez más, intenté no
hacer caso de su excesiva familiaridad.
- Puede que Diocles
estuviera escribiendo unas memorias para uno de ellos, pero tengo el
presentimiento de que estaba muy interesado en este chanchullo de los
secuestros. Podría ser que Teopompo y la boba de la hija de Posidonio aún
consiguieran una mención en la Gaceta Diaria.
- ¡No
vamos a ser
los únicos que
persigan a Teopompo! -gruñó
papá-. Sus compañeros no van a darle las gracias por la publicidad.
- ¿Has relacionado los
raptos con los cilicios? -me preguntó el otro hombre.
- Sin darse cuenta han
dejado que identificara a un par de miembros de su grupo.
- Podría resultar peligroso
para ti.
- Si aparece mi cronista me
iré de aquí. En estos momentos los secuestradores tienen
tanto a la
marina como a los vigiles pisándoles los talones. No puede pasar mucho
tiempo antes de que haya una confrontación.
- ¡Pues entonces adiós,
cilicios! Si la marina y los vigiles los
están cercando, tal vez ellos encuentren
a tu
cronista por ti. Podrías
quedarte sin honorarios. -¡Vaya, muchas gracias por decírmelo!-. Favonio, tengo
que marcharme…
El hombre se había
escabullido casi antes de que cayéramos en la cuenta de su educada
autoexpulsión. Dejó tras de sí un tufillo a ungüento para el afeitado y, a mí,
una ligera sensación de haber sido engañado.
En el Emporio nadie llamaba
Favonio a mi padre. Era Gemino, el sobrenombre que había adoptado hacía tiempo:
Gemino para todo el mundo. Bueno, para todo el mundo menos para mamá en una de
sus venas vengativas. Ella se empeñaba en utilizar el nombre que tenía antes de
que escapara de nuestro lado.
- ¿Sabes quién era ése?
-Papá le estaba haciendo una señal al camarero para que nos volviera a llenar
las copas. Ya había dejado dinero en el mármol para cubrir el gasto, dé modo
que me encontré atrapado.
Moví la cabeza en señal de
negación.
- ¿Debería saberlo?
- ¡Pues claro que sí, hijo
mío! Ese extraño individuo era tu tío Fulvio.
Miré fijamente a mi padre.
Él asintió con la cabeza. De pronto, le devolví la sonrisa. Entonces caí en la
cuenta, aunque Fulvio había ganado años, peso y una actitud mucho más
malhumorada y agresiva.
- ¡Tan sombrío como lo
recordaba! Cuesta entender a
qué se debió tanto alboroto
-comenté, si bien el modo deliberado en que mi tío molestaba a la gente decía
mucho sobre su reputación.
Tanto mi
padre como yo
nos considerábamos miembros del
sólido clan de los Didio; éramos dos chicos engreídos de Roma, el único lugar
donde valía la pena vivir. De modo que
entonces, los dos
reyes de la
sociedad alzamos nuestras copas de vino, nos saludamos con un tintineo y
por una vez estuvimos juntos en paz. Ahora estábamos haciendo lo que de verdad
les gusta a los chicos de ciudad: reírse de un excéntrico pariente del campo.
XXXVIII
Helena se quedó intrigada
cuando se enteró de mi encuentro.
- ¿Y cómo es que no
reconociste a tu tío?
- Han pasado muchos años
desde la última vez que lo vi. De todas formas, no lo veía con mucha
frecuencia. La última vez no podía tener más de cinco o seis años, fue antes de
que papá nos dejara. Mis largas vacaciones en la granja fueron después; mamá
solía llevarnos a todos para que corriéramos por ahí y nos agotáramos, cuando
encontraba a alguien que pudiera llevarnos a todos a la Campania. En esa época
Fulvio ya se había ido.
- ¿Se había ido a hacer
qué? -preguntó Helena-. ¿Cuál es la verdadera historia?
- No encajaba.
- ¿Lo echaron los otros?
- No. Fulvio se largó
voluntariamente.
- ¿Era infeliz?
- Difícil a matar, diría
yo.
- ¡Oh, entonces no es nada
que heredara su sobrino! Salí de aquello preguntando cuáles eran los progresos
de Helena con las tablillas
de Diocles.
Ya las había leído todas.
No me sorprendió. En una tablilla
encerada de las
suyas había copiado
algunos
fragmentos que quería que
viera. Una gran parte de lo que había
recopilado tenía relación
con los encuentros
que Albia había descrito,
que sin duda eran confrontaciones
entre barcos donde las embarcaciones citadas salieron perdiendo. Vendían a
nersonas como esclavos. Las mercancías
se confiscaban y
se comercializaban para obtener beneficios. También había
anotada alguna que otra muerte.
- ¿Muertes? ¿Por causas no
naturales?
Helena dejó escapar un
suspiro de impaciencia.
- No hay duda de ello.
«Tuvimos tres bajas.» Otra vez:
«Demasiados para poder
manejarlos; cinco por la borda». Creo que podría querer decir «arrojados» por
la borda. Más adelante: «Ellos perdieron a diez, el capitán se llevó una buena;
no iba a rendirse… Ligón terminó con él». Sí, se menciona a Ligón. ¿Crees que
es el mismo en el que estás interesado?
Me encogí
de hombros. No
teníamos manera de saberlo, aunque parecía una gran
coincidencia.
- ¿Alguna otra persona que
nos sea familiar?
- Esperaba encontrar a
Damágoras o a Crátidas, pero me llevé una decepción. -Helena miró sus propias
notas para estar segura-. No, pero Ligón aparece dos veces. La segunda es
horrible: «Una mujer gritando; Ligón le cortó la cabeza por nosotros; ¡silencio!».
- ¡Vaya! Lamento haberte
dejado leer estas cosas.
Cuando me
estremecí, Helena me abrazó. Esperaba que eso la distrajera de
aquel horror. Luego nos quedamos sentados, acurrucados el uno contra el otro, y
echamos un vistazo a las tablillas. Por mucho que lo intentáramos, no podíamos
encontrar ninguna evidencia interna en cuanto a quién las escribió. Por
desgracia, sólo los escolares firman sus tablillas de notas personales con
«Esto es de Marco, no lo toques o las gentiles Furias caerán sobre ti…».
Los diarios debían ser de
un capitán. En ningún momento decía cómo se llamaba su propio barco. Había
viajado mucho por el este del Mediterráneo, operando durante años, desde las
islas griegas hasta la costa fenicia. La suya era una profesión sangrienta, y
no había duda de que era delictiva. No podía considerarse otra cosa que
piratería. Aquella embarcación se aprovechaba de otros barcos. El saqueo era la
única razón por la que se hacían a la mar. Nunca zarpaba cargado, aunque casi
siempre regresaba a tierra con uno o más productos para vender.
Para nosotros se trataba de
un robo. Para el capitán del barco era comercio justo.
Aunque no pudiéramos
identificarlo, las pistas nos indicaban sin lugar a dudas que era cilicio. En
primer lugar estaba el nombre de su compinche, Ligón, que -si era el mismo que
yo conocía- provenía de Soli/Pompeiopolis. Se nombraba a aprendices de marinero,
en ocasiones con su lugar de origen también en Cilicia; muchos de ellos eran
mozos de labranza y, a
pesar de las afirmaciones en cuanto a que la gente de las montañas no
participaba de la piratería, estaba claro que existía una regular progresión de
jóvenes a los que mandaban desde tierra para que encontraran experiencia, fama
y riquezas en el mar.
De vez en cuando en los
diarios se registraban alianzas con otros grupos y nacionalidades. «Concertado
un tratado con los panfilios -
korakesios (Melantos). Los hombres están
de nuestro lado, pero no aguantarán… Frente a las costas de Akroterion
encontramos al Fideliter y al Psique. Ganado y esclavos; Melantos se llevó el
ganado; su lealtad no durará… Meras de Antiphellos y sus licios se unieron a
nosotros. Meras nos
dejó cuando no
nos pusimos de acuerdo con las pieles… Navegamos frente a
las costas de Janto. Buenas ganancias si el tiempo se mantiene, pero a los
licios no les gusta que estemos aquí. Nos encontramos con otro
gran mercante que
salía de Sidón
pero llegó Marión mientras
estábamos en acción y tuvimos que rechazarlo. Después siguió
el Europa, que salía de Tera, pero no hubo suerte; lo cogió Melantos…
Oferta para asociarnos con los ilíricos, pero son desleales y demasiado
violentos…»
- ¿Demasiado violentos?
-Eso era graciosísimo. Una vez había despojado a sus víctimas de los objetos
valiosos, el escritor nunca dudaba en arrojar a la gente por la borda para que
se ahogaran. Sólo
hacía prisioneros si
eran
apropiados como esclavos.
De lo contrario, eliminaba a los testigos. Él y sus mañeros se regían por la
espada. Si las puñaladas fallaban, utilizaban
la estrangulación. Helena había encontrado repetidas anotaciones
de heridas durante los robos, miembros perdidos en ambos bandos, frecuentes
registros de mutilaciones y asesinatos a troche y moche. A veces desembarcaban
en busca de botín; en una ocasión saquearon un santuario.
- Busqué referencias a los
ilíricos -dijo Helena- Todo lo que hay es esta única mención a ellos como
gentes desleales y violentas. Pero, suponiendo que el escritor sea cilicio, de
vez en cuando se asocia con alguien, con frecuencia haciendo un juramento de
alianza con aquellos con los que se ha peleado muy recientemente o a los que ha
acusado de deslealtad. -¿Podría ser que el Ilírico que nosotros conocemos sea
solamente un mote?
- Me imagino que sí, Marco.
Pero debe de estar relacionado de algún modo con el lugar de procedencia del
negociador.
- Y ahora -dijo Helena, al
tiempo que recogía un pequeño montón de tablillas que había dejado separadas-
la parte interesante. Voy a decirte lo que creo que estaba haciendo Diocles.
- ¿Estas otras tablillas
son sus propias notas?
- Sí. La caligrafía y su
disposición coinciden con las
notas que encontramos en su
cuarto. En éstas -prosiguió, hablando con calma y sin dramatismos- el cronista
está realizando un resumen de los viejos diarios. Podría decirse que es un
esquema de un nuevo trabajo que se proponía hacer…
- ¿Quieres decir que
Damágoras me dijo la verdad?
¿Que Diocles realmente iba
a ayudarle a preparar sus memorias?
- No hay ninguna duda.
-Helena frunció los labios-. Pero eso convierte a Damágoras en un mentiroso.
Primero te aseguró, Marco, que sólo había tenido un par de conversaciones
breves con Diocles, tras las cuales el cronista decidió no seguir adelante.
Pero para que Diocles tomara todas esas notas los dos debieron de haber entrado
en más detalles.
- Me desconcertó el hecho
de que le hubiera dado a Rústico, el oficial de reclutamiento de los vigiles,
una dirección en el campo y no la de la casa alquilada en la Puerta Marina.
- Sí.
-Helena estaba conmigo-.
Probablemente Diocles se fue a vivir un tiempo a la villa. Elaboró estas
notas mientras estaba
allí. Así pues, Damágoras
mintió sobre lo estrecha
que era su
relación. Pero el
tema principal sobre el que mintió (y miente descaradamente, Marco) es
éste. Si estos
cuadernos de bitácora
son la materia prima
que Diocles tenía
que utilizar para
las
memorias, entonces no
existe ninguna duda, absolutamente ninguna, sobre lo que Damágoras hacía para
ganarse la vida. El capitán que redactó esos viejos registros era un pirata.
Asentí moviendo la cabeza.
- Yyo te
diré algo más,
mi amor: No
me creo la virtuosa afirmación de que hace tiempo que
está retirado. Era un pirata… y me parece que lo sigue siendo.
A la mañana siguiente
empecé a leer yo las tablillas. Me las llevé al patio y me senté en un banco
bajo la veteada luz del sol, con Nux profundamente dormida apoyada en mí y las
niñas por allí cerca. De vez en cuando tenía que hacer una pausa porque Julia
Junila estaba jugando a las tiendas y quería
que le comprara
unos cuantos guijarros
que se suponía eran una tarta.
Ocurría tan a menudo que le pedí que me hiciera descuento, con lo cual sólo
conseguí la misma respuesta hosca que hubiera obtenido frente al mostrador de
una tienda de verdad.
Helena acababa de bajar
para actuar de mediadora en nuestra riña comercial. Cuando le estaba dando la
razón a Julia sobre que yo era un tacaño, cruzó la entrada una persona que me
andaba buscando. Era Virto, el esclavo del cuartel de los vigiles. Me sorprendió
verle, y aún me sobresaltó más que
Petronio Longo lo
hubiera mandado con un mensaje.
- A Fúsculo y a Petro los
han llamado a causa de un incidente. Al parecer, te puede interesar, Falco.
Algún loco
hizo salir de la carretera
a un carruaje en mitad de la pasada noche. Aunque, por lo visto, el supuesto
«accidente» no fue tal: los dos caballos habían sido degollados. Encontraron un
cadáver. No puedo entretenerme; parece ser que se trata de un vehículo conocido
y tengo que ir a ver a ese hombre, a Posidonio…
Las tablillas se
desparramaron cuando me puse en pie bruscamente.
- Suena como si hubiera
ocurrido lo peor. Deben de haber matado a la chica. -Fui demasiado abrupto.
Helena soltó un grito
ahogado-. Lo siento,
amor. Indícame el camino, Virto.
Helena ya estaba llamando a
Albia para que le trajera una capa y cuidara de las niñas. Normalmente la
mantenía tan alejada de la muerte
como me era posible. Pero en Roma ella había hablado con la idiota de
la niña y la había convencido de que
le confiara sus esperanzas
y sueños. Sabía que ahora Helena estaría decidida a presentar sus últimos
respetos a Ródope.
XXXIX
Tuvimos que salir y
dirigirnos a las viejas salinas. La sal fue el principal producto por el cual
se fundó la ciudad de Roma. Justo antes de llegar a Ostia, si partimos desde
Roma, en la Vía Salaria (la calle de la sal) se extiende una amplia marisma. Virto
dijo que el vehículo destrozado se encontraba allí. Los conductores habían
visto el carruaje aquella mañana, fuera de la carretera y volcado.
Helena y yo nos pusimos en
camino a pie por el Decumano con la
intención de alquilar
unos asnos en cuanto avistásemos un establo. La suerte
estaba de nuestro lado; junto a nosotros pasó traqueteando una carreta abierta
que llevaba a un
grupo de vigiles
recién salidos de su
cuartel. Se dirigían a la escena del crimen y nos dejaron subir de un salto
para ir con ellos. Sería un viaje corto. Podíamos haber ido andando, pero eso
hubiera costado tiempo y esfuerzo.
- ¿Qué es lo que sabéis,
muchachos?
- Al amanecer se advirtió
de que había unos restos. Se alertó a los trabajadores de las salinas que
fueron a ver si había algo que se pudiera salvar. Cuando vieron la situación
con los caballos muertos se asustaron y mandaron un mensajero a la ciudad. Rubela
envió a Petronio; éste volvió a enviar un mensaje diciendo que teníamos que
reunirnos
con él
en el lugar
y que trajéramos
transporte y herramientas. El
carruaje encaja con la descripción de uno que estamos buscando.
- ¿Para qué quiere Petronio
las herramientas?
- Para llevarnos de vuelta
el carruaje.
- ¡Anda ya! No es de su
estilo -bromeé con desánimo-. Este es carro de la pasión de un niño rico. Lucio
Petronio es un hombre de carretas de bueyes majestuosas.
Los vigiles esbozaron unas
sonrisas nerviosas. Se contenían porque tenía a Helena sentada a mi lado en
silencio. Yo mismo me sentía inquieto por haberla traído. El cadáver que íbamos
a ver probablemente estuviera mutilado; si mis sospechas eran correctas,
teníamos a un testigo silenciado, silenciado por unos hombres que controlaban a
sus víctimas mediante el miedo. La próxima vez que tomaran prisionera a una
mujer usarían y abusarían de los espantosos detalles sobre lo que le había
ocurrido al cadáver de aquel día.
Había visto cuerpos
violados. No quería que Helena pasara por eso. Aferrado a los laterales del
carro en aquel breve viaje lleno
de baches, no
logré pensar en una
solución para ahorrárselo.
Cuando el carro
se detuvo, bajé de un
salto sintiéndome mareado.
Era un lugar muy solitario
para que trajeran a nadie a morir en él.
Delante nuestro
y en dirección
a Roma había
un terreno alto, pero aquellos humedales formaban una gran depresión
pantanosa que probablemente se encontraba por debajo del nivel del mar. Había
partes que se habían llenado arrojando allí los escombros de los edificios
destruidos durante el Gran Incendio de Nerón en Roma, pero los montones de
residuos sólo hacían que el lugar pareciera aún más inhóspito. La mayor parte
de la sal se producía entonces al norte del río, pero allí todavía quedaban
unas cuantas salinas, tal como había sido desde los albores de la historia de
Roma. El camino principal transcurría por una carretera elevada. El Tíber debía
de discurrir a cierta distancia a nuestra izquierda. Una brisa fresca azotaba
el terreno bajo cuando llegamos, aunque cuando de vez en cuando decaía, el sol
quemaba. El viento y el calor son las herramientas en la producción de la sal.
En las marismas situadas a
nuestra derecha se alzaban las encorvadas chozas de adobe y cañas de los
trabajadores de las salinas, en medio del resplandor de unas balsas de
desecación bajas y rectangulares. Unos
carros desvencijados aguardaban junto a una de las chozas para ejercer
su antiguo oficio recorriendo la Carretera de la Sal hasta Roma. Los montículos
de centelleantes granos de sal se amontonaban al lado de una zona de maniobra
donde se cargaban.
No había nadie por ahí.
Todo el mundo había ido a
mirar.
El vehículo siniestrado
estaba al otro lado de la carretera principal.
- Será mejor que esperes
aquí -le sugirió uno de los vigiles a Helena, pero ella se mantuvo pegada a mi
lado. Bajamos hacia las
marismas por un
camino largo y estrecho. A nuestros pies, el sendero
lleno de rodadas tenía un brillo blanquecino; pisamos con cuidado por si acaso
era resbaladizo. El mayor riesgo era torcerse un tobillo en un agujero
cenagoso.
Había balsas de
cristalización por todas partes, aunque las de aquel lado del camino no tenían
aspecto de utilizarse. No había ningún
motivo para que nadie
se detuviera en aquel punto del
trayecto a menos que tuvieran negocios en las salinas. Podría ser que un
enamorado trajera allí a su chica para reírse tontamente en la intimidad de
algún lugar, pero para eso tendría que haber oído que aquella noche allí había
muy buena luna para hacerle la corte.
Era un sitio ridículo para
hacer salir del camino a un carruaje de manera deliberada. Todo estaba
demasiado esponjoso debajo de los pies.
Los pájaros volaban sobre
nuestras cabezas mientras caminábamos hacia el escenario del crimen. Tan sólo
distinguimos dos marcas de ruedas allí donde el vehículo había recorrido a toda
velocidad una larga curva hacia el otro
lado del inundado
terreno salino, hundiéndose
profundamente en el suelo
mojado y aplastando la tosca vegetación. Era asombroso que el carruaje hubiera
llegado tan lejos sin quedar completamente empantanado. Tal vez lo hubieran
ayudado bastante.
Los tristes cadáveres de
los que una vez fueran dos hermosos
caballos negros yacían
juntos al lado
del vehículo. Un puñado de personas se había congregado a su alrededor.
Una de las ruedas del carruaje se había salido, la otra estaba torcida. Desde
el camino se podía pensar que simplemente
se había salido
de la carretera
a toda velocidad y se había
estrellado. Desde más cerca, pensé que alguien se había servido de un mazo para
terminar de destrozar la carrocería.
Petronio Longo estaba
hablando con algunas personas del lugar. Vio que nos acercábamos; me indicó por
gestos que mantuviera alejada a Helena.
- Quédate aquí.
- No, yo voy.
- Como quieras.
Los vigiles que nos habían
traído se emplearon inmediatamente en aquello para lo que estaban entrenados:
hicieron retroceder a los papanatas. Los trabajadores de las salinas eran unos
hombrecillos de manos nudosas con unos rasgos particulares y muy poco que
decir. Sus antepasados habían mirado a Eneas de la misma manera en que ellos
nos miraban ahora a
nosotros; los antepasados
de sus
antepasados conocieron al
viejo Padre Tíber cuando era un muchacho adolescente. Otros miembros del
público eran conductores a sueldo que habían visto la multitud y habían dejado
sus carros en el camino. Los hombres estaban por ahí de pie con los pulgares
metidos en el cinturón, dando opiniones. Los carreteros siempre lo saben todo…
y normalmente se equivocan.
Me acerqué a Petronio. Nos
dimos un breve apretón de manos. Helena fue directa hacia el carruaje, pero
estaba vacío.
- Tuvimos que buscar el
cuerpo -dijo Petro entre dientes, pero ella, siempre alerta, lo oyó-. Venid a
verlo.
Caminó con
nosotros por la
marisma, lejos del montón de gente. Cuando llegamos a un
punto en el que nadie podía oírnos
y en el
que teníamos los
pies empapados, vimos algo tumbado allí delante. Helena avanzó
corriendo, pero se detuvo, horrorizada y sorprendida.
- ¡No es la chica!
Le sobrevino un repentino
torrente de lágrimas. Yo me
quedé de pie a
su lado, desconcertado. Suponía
un cierto alivio no estar mirando el cadáver de Ródope, sino el de un
hombre. Petronio nos observó a los dos.
- Éste es Teopompo.
- Ya me lo imaginaba.
-Petro y yo habíamos retomado nuestra antigua relación.
Helena se
agachó para mirarle
la cara. No
era
agradable. Teopompo estaba
tumbado de lado, ligeramente acurrucado. Debía de haberse pasado la mitad de la
noche allí muerto; lo que quedaba de su ropa estaba empapada. Lo habían
golpeado y le habían robado sus mejores galas. Unas perturbadoras manchas
cubrían lo que
veíamos de él, aunque al menos había poca sangre. Daba
la impresión de que lo hubieran estrangulado.
- ¡Cuesta entender qué es
lo que vio esa chica en él! - comentó Petro.
Teopompo debía de doblarle
la edad a Ródope. Era robusto y de extremidades cortas, intensamente bronceado
incluso allí donde su ribeteada túnica carmesí se alzaba por encima de
un muslo; la magnífica
tela estaba entonces sucia y manchada. Si hubiera estado
limpia probablemente lo hubiésemos encontrado desnudo; le habían quitado el
cinturón, las botas
y las joyas.
Había habido al
menos algunas piezas de
oro que había
llevado durante largo tiempo, pues al sacárselas habían
dejado al descubierto la piel blanca: un apretado brazalete para el brazo,
anillos, probablemente incluso pendientes, porque tenía un hilo de sangre seca
en el cuello.
No estaba convencido de que
los asesinos desnudaran el cadáver. Los trabajadores de las salinas habrían
echado un buen vistazo aquella mañana; eso podría explicar incluso por que
Teopompo estaba tan lejos de su vehículo. Podrían haber arrastrado
el cadáver antes
de perder el
valor y
mandar llamar a los
vigiles. Pero puede que estuviera vivo cuando
se estrelló el
carruaje y que
hubiera salido corriendo para
salvar la vida hasta que lo derribaron y lo mataron.
Aunque no
era demasiado apuesto
según los parámetros clásicos,
tenía unos rasgos más o menos uniformes
antes de que
alguien le rompiera
la nariz la pasada noche. Su
rostro triangular y muy moreno, tenía una nariz un poco aguileña. Supongo que
era atractivo… para una joven que era dada a la aventura.
- No me imagino que lo
hiciera la chica. -Petronio andaba con aquel humor crudo y seco que con
frecuencia aquejaba cuando se
enfrentaba a una
muerte violenta-. Bueno, a menos
que fuera corpulenta como un cuartel y acabara de descubrir que él era un
canalla conquistador…
- Se llama Ródope -dijo
Helena con voz tensa-. Es tímida y menuda, tiene diecisiete años. Espero que no
lo viera así. -Miró a su alrededor con preocupación-. ¡Espero que no esté aquí!
Petronio se encogió de
hombros. En su opinión, la chica se había enredado con las personas equivocadas
y la suerte que corriera era responsabilidad suya. En todo caso, la culpaba por
hacer que él y sus hombres hubieran tenido que acudir hasta allí y ocuparse de
aquello.
- ¿Dónde estará, por el
Hades? -me pregunté.
- No sabemos si iba con él.
Si es así y después del
accidente aún podía
caminar, puede que se fuera por ahí - dijo Petronio-. Fúsculo ha ido al río a
echar un vistazo. - Vimos unas remotas figuras que se movían lentamente a lo
largo de una línea de vegetación que señalaba lo que debía de ser el curso del
Tíber. Describía un largo meandro que se alejaba del camino y rodeaba la
marisma.
- ¿A Teopompo, lo mataron
aquí o lo trajeron después de muerto?
- No sabría decirte.
Supongo que es igual de malo que te hagan picadillo de una paliza en una
taberna, pero este lugar tiene algo… -a Petro se le apagó la voz. Era un
habitante de la ciudad. Aborrecía la idea de que hubiera asesinatos en lugares
aislados del campo.
- ¿Los trabajadores de las
salinas vieron u oyeron algo anoche, Petro?
- ¿Tú qué crees? Nada de
nada.
- Se apiñan en sus chozas y
si los que merodean a altas horas de la noche salen de Ostia conduciendo
vehículos como locos echan el cerrojo a la puerta, ¿no?
- No quieren líos -Petro
daba la impresión de estar nervioso e irritable. Podía fingir que una escena
como aquélla le dejaba indiferente, pero se equivocaba-. Los borrachos vienen
aquí para divertirse con desenfreno. Ven a la gente de las marismas como a unos
raros duendecillos que están ahí esperando a que los sofisticados de la ciudad
les golpeen en la cabeza. Y los juerguistas
que buscan
problemas suponen que se
saldrán con la suya.
- Con los asesinos de
Teopompo es probable que así
sea.
Empezamos a andar de vuelta
al carruaje accidentado.
- No
tenemos nada que inculpe
a nadie -refunfuñó
Petro-. No querría ir a los
tribunales con esto. Un defensor podría alegar que las magulladuras se
produjeron cuando el carruaje se salió del camino…
- Le
costará explicar los
cuellos rajados de los
caballos -le recordé.
- Cierto. Pero a menos que
encontremos a alguien que realmente haya visto a Teopompo con sus asesinos,
puede que éstos queden libres de toda sospecha.
- Tal vez Ródope viera algo
-interrumpió Helena.
Ni Petro ni yo señalamos
que Ródope quizás estuviera muerta también. Si no era así, si vio a los
asesinos, eso volvía a ponerla en la clase de peligro que anteriormente me
había hecho suponer que el cadáver que encontraríamos allí tendido sería el
suyo.
Petronio me miró.
- Me han dicho que el padre
de la chica está en Ostia tratando de encontrarla. Corre el rumor de que se ha
traído a unos matones. ¿Tú sabes algo de eso, Falco?
Contemplé la posibilidad de
negarlo. Petro continuaba mirándome fijamente, de modo que dije:
- Por lo
que yo sé, los
matones son unos cuantos
vejestorios que buscan
pasar un buen día fuera de casa.
- Preguntaré dónde
estuvieron anoche el papá y sus excursionistas -replicó mi viejo amigo con un
resoplido desconfiado. Pareció como si les estuviera pasando un mensaje a
través de mí-. Apuesto a que se proporcionarán unas estupendas
e irrebatibles coartadas
los unos a los otros.
- Estoy seguro de que lo
harán. -No quería verme involucrado-. ¿Acaso puedes culparlos por ello, cuando
averigüen que los estás investigando? Sabes que los otros secuestradores
hicieron callar a Teopompo -gruñí-. Ayer mismo alguien dijo que si llamaba la
atención sobre su chanchullo, sus compin ches no se lo iban a agradecer.
- ¿Quién dijo eso? ¿Están
relacionados con la banda?
- No, no fue más que un tío
mío con el que me tropecé por casualidad. Hablábamos en general.
- No sabía que tenías un
tío aquí.
- Yo tampoco.
Helena se alejó de nosotros
y regresó al camino. Se quedó de pie en la carretera elevada, donde un viento
fresco le pegaba el manto al cuerpo. La excelente tela azul se agitaba como la
lona de una tienda, batiéndose contra su extremo bordado, que era sacudido de
un lado a otro con más violencia. Helena se rodeó con los brazos y se quedó
mirando las marismas del otro lado.
- ¿Qué planes tenéis para
el carruaje? -le pregunté a
Petro mientras me preparaba
para irme con Helena.
- Arrastrarlo hasta el
foro. Colocar un letrero que diga
«¿Alguien vio ayer este
cachivache ornamentado?», y luego poner a un hombre al lado para que tome
notas. Una cosa buena, era un vehículo que se hacía notar mucho.
Asentí con la cabeza y me
fui con mi chica. Intenté abrazarla pero ella se apartó. El viento le había
soltado la cabellera oscura; ella seguía aferrando su mantón con una mano
mientras recogía como podía las horquillas sueltas. Le acaricié
el pelo, reuniendo
los largos y
sueltos mechones entre mis dedos, y luego la sujeté con fuerza contra mi
pecho.
Permanecimos unos instantes
abstraídos en la visión fugaz de cuando Ródope y Teopompo entraron en Ostia: él
presumiendo como un loco y a duras penas capaz de controlar a sus excitables
caballos negros, ella gritando de emoción por la mera ilusión de estar con él.
Helena, que entonces ya
estaba más calmada, se volvió menos
indiferente a mis cariños. Así
pues, después de todo, durante un corto espacio de tiempo
hubo dos enamorados enlazados en un sentido abrazo para consolarse en aquel
lugar inhóspito.
XL
Vimos cómo recuperaban el
carruaje, que subieron a pulso hacia la carretera y sujetaron luego a la
carreta de los vigiles. Su helénica
ornamentación tenía un
aspecto ordinario y de mal gusto ahora que la pintura estaba
desconchándose. Los cascabeles del arnés tintineaban sin entusiasmo. Mientras
se llevaba a cabo el rescate, también retiraron el cadáver de Teopompo.
Apareció Fúsculo, sin haber
encontrado ni rastro
de cualquier otro
posible pasajero.
Así pues, volvimos todos a
pie a Ostia. En el cuartel comprobé con Petro y Fúsculo si había alguna
noticia. En vistas a la conexión que este último suceso mantenía con el
secuestro, Rubela había asumido el mando. Petro parecía molesto, y estuvo aún
más agradable conmigo a espaldas de Rubela.
- La chica está viva. Vino
el padre -anunció Rubela-. Se la devolvieron ayer a última hora de la noche.
Llamaron a la puerta y cuando abrió la empujaron dentro, arrebujada en una capa
y gritando. Posidonio la agarró y ya está; afirma que no vio quién la trajo.
Ella no le va a contar nada.
Escuchamos. Estábamos todos
cansados, nerviosos y deprimidos. Rubela se había limitado a quedarse sentado
en el cuartel y dejar que
las pruebas acudieran a él. Ahora
estábamos listos para dejar
que tomara la iniciativa.
- Alguien
tiene que entrevistarse con
la chica. Petronio Longo, ¿puedes
traer aquí a tu esposa? Puede que la chica se sienta intimidada; creo que
deberíamos empezar con la aproximación comprensiva de una acompañante.
- Helena Justina conoce a
Ródope -sugerí-, Helena ya está
aquí; me está
esperando. -Petro se
encogió de hombros le daba lo
mismo. Rubela estuvo de acuerdo.
Fúsculo estaba sentado
fuera de la sala de interrogatorios con Posidonio. Si se le podía sacar algún
dato más al padre, era probable que Fúsculo, que tenía bastante mano izquierda
lo consiguiera.
Dentro de la habitación,
sentamos a Ródope en una silla. Ella puso cara de haba y se mostró poco
dispuesta a cooperar, Helena trató de tranquilizarla, pero la chica perseveró
en su hosca actitud. O le habían metido miedo para que mantuviera el pico cerrado
o simplemente ahora odiaba a todo el mundo; decididamente no tenía intención de
ayudarnos. Petronio se presentó a la joven y, discretamente, dijo
que tenía que
informarle de que habíamos encontrado muerto a su
enamorado. Primero dio a entender que creía que se había tratado de un
accidente de tránsito y, con delicadeza, acabó diciendo que Teopompo había sido
asesinado. No hubo reacción alguna. Rubela hizo valer sus privilegios y lo
intentó mediante advertencias intimidatorias, pero tampoco tuvo suerte. Le
dijeron a la
chica que podía estar en
peligro; estaba claro que no le importaba.
- Yo no sé nada de eso -era
la constante cantinela de
Ródope.
Entonces Rubela decidió
recurrir a los métodos drásticos de verdad y condujo a la muchacha hacia una
habitación en la que los soldados habían arrojado el maltrecho cuerpo de su amado. Con sequedad le ordenó
que mirara. Ella se las arregló para no gritar ni desmayarse, lo cual tenía
mucho mérito, pues posiblemente nunca antes había visto el cadáver de un hombre
asesinado. Las lágrimas que no pudo reprimir corrieron por sus mejillas, sin
embargo, hizo acopio de entereza, como si nos desafiara. Lo había perdido todo.
Ya nada podía afectarla. Se quedó de pie,
rígida, y la
mirada clavada en
Teopompo, con sus grandes esperanzas todas arruinadas. Era
una chica muy joven, a quien le había faltado la tierra bajo los pies por algo
que en realidad no fue culpa suya; el hecho de acosarla hizo que los demás nos
sintiéramos sucios.
Su padre apareció
en la puerta. Impresionado,
Posidonio retrocedió al ver el cadáver y tomó a su hija entre sus
brazos. La resguardó y quizás entonces ella lloró; ya no le podíamos ver la
cara.
Helena estaba furiosa con
Rubela y le dijo lo que pensaba. Al final los vigiles no tuvieron más remedio
que dejar marchar a la joven.
Primero hubo un breve
colofón. Helena cuidó de Ródope mientras Rubela volvía a entrevistar al padre,
haciéndole preguntas sobre
el grupo de
vigilancia. Posidonio dijo que
sus amigos, incluido
Gemino, se alojaban todos juntos
cerca del puerto. Rubela
mandó a unos cuantos hombres para que
los trajeran. Yo me quedé por ahí, por si acaso tenía que pagarle la fianza a
mi padre. Eso era más de lo que se merecía por mi parte; se me ensombreció el
humor.
Posidonio y
su desconsolada hija
se habían ido. Helena fue a ver a Rubela.
- Tribuno, conseguí que
Ródope dijera algo mientras tú estabas hablando con su padre. -Si Rubela se
sintió irritado, se obligó a ocultarlo; le hacían falta los detalles. Helena
informó con frialdad-: La pareja se alojaba en una habitación cerca del templo
de Isis. De repente, anoche llegaron unos hombres y les dijeron que tendrían
que separarse. A Teopompo lo golpearon para que no
dijera nada y luego lo sacaron de la casa a rastras; ya debía de saber
lo que le esperaba. A Ródope simplemente la arrebujaron y la devolvieron,
ilesa, a su padre.
- Bueno, eso es lo que nos
imaginábamos -dijo Rubela buscando una escapatoria.
Helena se empeñó en hacer
que lo oyera todo.
- Lo que no sabéis es esto:
Ródope insistió mucho en
que Teopompo conocía a los
hombres que se lo llevaron.
- ¿Entonces no eran los
amigos romanos de su padre?
- Eso debéis decidirlo
vosotros -replicó Helena discretamente.
Si bien
la declaración de
Ródope los exculpaba, Rubela retuvo a los amigotes del
Emporio mucho tiempo en el cuartel. Los trajeron malhumorados y agresivos,
refunfuñando. Él mismo los interrogó por separado. A eso podría llamársele ser
concienzudo y no ir con prisas… o una pérdida de tiempo.
No se
me permitió asistir
a ningún interrogatorio, pero
escuché a escondidas desde fuera. Todos dijeron lo mismo. Los hombres de la
edad y el temperamento de mi padre sabían preparar una coartada.
Según papá, que fue el
último en ser interrogado, todo fue inocente.
- No encontramos a ese
cabrón, ésa es la verdad.
- ¿Y qué le hubierais
hecho, de haberlo atrapado? - preguntó Rubela con sarcasmo.
- Explicarle que tenía que
buscar el amor en otro sitio
-se sonrió papá-. Posidonio
tenía intención de darle una buena compensación, aunque
todos creíamos que
era un gran error.
- Tendríais
que haber sido
más listos. ¡Hubierais podido acabar todos apaleados
hasta morir en las salinas! - vociferó Rubela con toda su pedantería.
- ¿Eso es lo que le ocurrió
al muchacho? -preguntó papá mansamente-. ¡No está nada bien! -Entonces oí que
mi padre endurecía el tono-: Nosotros no lo hicimos, esto es lo que lo
demuestra: ¡nosotros no hubiéramos dejado el cuerpo allí donde un puñado de transeúntes
metomentodo lo encontraran enseguida!
Eso tenía cierto sentido.
Rubela lo echó a patadas.
Cuando salíamos lentamente del cuartel, oí que Rubela ordenaba con
irascibilidad:
- ¡Haced una redada de los
sospechosos habituales!
- Señor, acabamos de llegar
en los idus -protestó Fusculo. Entonces ya anochecía y nadie de los que habían
ido a
las salinas había
comido-. Somos nuevos
y no sabemos quién es quién en
Ostia…
- Los cilicios -le explicó
Rubela-. Encontraréis todos sus nombres en la lista de vigilancia «Piratas
cilicios».
De modo
que había una lista. Y Rubela
acababa de confirmar que los vigiles consideraban que los cilicios seguían
involucrados en la piratería.
XLI
Me hubiera gustado ver la
redada, pero contaba con lo mejor después de eso: Petronio me lo explicaría más
tarde. Fui a cenar a su casa.
Cuando llegamos, después de
reunir a mi familia, papá también estaba allí. Había decidido mudarse y
endilgarles su presencia a Maya y Petro. Los demás amigos de Posidonio iban a
regresar a Roma, puesto que su tarea ya había finalizado… o al menos los atacantes
de Teopompo habían hecho que resultara innecesaria.
Por un momento, Maya
pareció ponerse nerviosa ante la repentina afluencia de gente. Estaba
avergonzada porque Privato, el dueño de la casa, había hecho una de sus
visitas. Poco podía objetar
ella si quería
inspeccionar la instalación de su
nueva estatua -el Dionisos haciendo pis, que ahora estaba colocado en un nuevo
pedestal en un estanque del jardín-, pero aunque Privato siempre les aseguraba
que estaría encantado de
que trataran el lugar como si
fuera su propia casa y los instaba a entretenerse tanto como gustasen, Maya
compartía mi renuencia a tener demasiado que agradecer.
- Podríamos salir todos a
comer algo…
- No, no lo haremos
-decidió papá-. ¡Que nos invite el constructor! -Aún no se había recuperado de
hacer que le
construyeran unos baños
nuevos. Sólo me sorprendió que no invitara inmediatamente a todos los demás
amigos de Posidonio a venir a tomar un refrigerio antes de ponerse en camino.
Lo habría hecho si se le hubiera ocurrido.
Le guiñé el ojo a Maya y
fui a hablar yo mismo con el contratista, como un gesto de cortesía. Lo único
que se me ocurrió fue mencionar que había quedado impresionado por la
demostración presentada por las tropas con botas el día anterior en el foro.
- ¡Vaya, gracias Falco!
Nuestros muchachos siempre ofrecen un buen espectáculo -se pavoneó el hombre de
los cabellos inclinados sobre su calvicie. Lo había encontrado ajustando la
presión del conducto de desagüe de su dios del vino. Llevaba puesta una túnica
particularmente repugnante cuyo
pelo tenía un brillo muy malo
y era obvio que se burlaba de la no tan imponente exhibición
realizada por los vigiles de Roma; lamenté haberme ofrecido para realizar una
tentativa de acercamiento amistoso-. ¿Cómo va tu búsqueda? -me preguntó-. La
última vez me hablaste de tu cronista desaparecido, ¿no?
- Sigue desaparecido.
- ¿Qué tal se ve esto?
-todavía estaba toqueteando las vías urinarias de la fuente.
- Sus ríñones están en
plena forma, pero me inclino a decir que el efecto es un poco diurético.
- ¿Le ha ocurrido algo
terrible?
- ¿A tu Dionisos?… ¡Ah, a
mi cronista! Parece probable.
- ¿Pero no estás más cerca
de resolverlo? -Privato parecía tener mucho interés en hacerlo notar.
Apreté los dientes y me
encontré respondiendo:
- Por cierto, ¿son algunos
de tus soldados con botas los que han montado ese cuartel de vigiles falso
junto al templo de Hércules? -Privato puso
cara de susto-. Será mejor que
les digas que el juego ha terminado -dije con suavidad-. Puede que Bruno se lo
tomara con tranquilidad, pero Marco Rubela se sulfura mucho con los
chanchullos. No tan sólo ha llegado el momento de que tus chicos se vayan,
Privato, también es hora de que cierren su tienda de sobornos.
- No creo que me guste lo
que estás diciendo, Falco.
- A mí tampoco me gusta -me
compadecí-. Una cosa que he descubierto sobre Diocles es que su tía murió en el
incendio de un edificio, innecesariamente. Por lo visto Diocles había acudido a
tu falso cuartel en busca de ayuda. Los habitantes del lugar no son tan tontos,
claro está, pero él era de Roma. Debía de creer realmente que si se daba la
alarma ellos vendrían corriendo.
Ahora Privato estaba
escuchando. Era como un autómata al que
le hubieran dado
cuerda, se movía levemente cambiando el peso de un pie
al otro, lleno de patente energía,
listo para lanzarse a la acción. Pero no
podía hacer nada.
Yo seguí con el tormento.
- Claro que, ahora que los
he reconocido como tus chicos con botas, eso podría suscitar todo un debate
sobre el papel de los constructores
en la extinción de incendios…
-Privato adoptó la mirada totalmente razonable que utilizan los contratistas
para engañar a los clientes que se quejan. Me esperaba que hablase de
proveedores que lo habían defraudado a pesar de los increíbles esfuerzos por su
parte. O que le echara la culpa al tiempo.
- ¿Qué pruebas tienes de
que nosotros seamos los culpables, Falco?
- Suficientes -le aseguré-.
Ya hace un año, ¿verdad? Y como ves, el asunto de la tía del cronista no se
resolverá sin más. -Le di unas
palmadas en el hombro-.
Vuestro gremio es extremadamente poderoso, por supuesto; estoy seguro de
que podéis sobrevivir a una demanda por negligencia, si llegara a darse el
caso. Aunque, con Diocles desaparecido, ¿quién hay que pueda reclamar? Pero
podría ser que el emperador se enterara de lo ocurrido. Se le enviarán informes
sobre cómo actúa tu gremio… ¿Sabías que la tía del cronista era una liberta
imperial? -La época que Vestína pasó en el Palacio habría sido anterior a la actual
dinastía Flavia, pero eso no
lo mencioné. Privato sabía que no
debía dejar de sonreír. Lo tenía dominado; dejé
que se quisiera
morir de vergüenza-.
Por cierto
Privato, no me gusta el
aspecto de ese surtidor. Creo que tu dios del vino necesita un buen médico que
le exprima la próstata.
Privato no cenó con
nosotros.
Petronio llegó
cuando ya habíamos
terminado. En tanto que Maya
sacaba un cuenco de comida que le había guardado, él me contó que todo cilicio
cuyo nombre fuera conocido por los vigiles se hallaba en aquellos momentos bajo
custodia. Eran bastantes. Rubela estaba como pez en el agua procesándolos;
Fúsculo, que seguía de servicio, estaba sumamente descontento; pronto tendrían
que llamar a los del servicio de comidas para que les dieran gachas a los
prisioneros, pero había pocas esperanzas de que el propio Fúsculo comiera algo
aquella noche. Al regordete ayudante de Petro ya le rugían las tripas.
- Entiendo
que la logística
no es fácil
-sonreí-. Apuesto a que Rubela tiene un tentempié de tres platos con un
buen trago de vino tinto escondido en su despacho…
¿Los cilicios vinieron
tranquilamente?
Correspondiéndome con una
sonrisa irónica, Petro movió la cabeza en señal de afirmación.
- Actualmente son todos
granjeros, Marco, muchacho, Los
granjeros son unos ciudadanos
modélicos. Tendrías que saberlo.
Ni que fueras pueblerino.
- No es nada raro. Todos
los buenos romanos tienen primos del campo… incluido tú.
- Sin embargo, ninguno de
nosotros puede igualarte en cuanto a la excentricidad de los primos.
Petronio tenía aspecto de
estar cansado. Había tenido un día muy largo que había empezado cuando lo
llamaron para que se fuera a las salinas. Su piel parecía estirada, el pelo le
había quedado alborotado en desordenadas puntas y sus ojos albergaban una mirada
ausente. No parecía ser el momento de confesar que había estado hostigando a su
anfitrión. Alargó la
mano para coger
el vino y
bebió deprisa, para quedarse adormecido.
- Dime, ¿a quién
atrapasteis? -le pregunté-. ¿Quiénes son las estrellas de vuestra lista de
vigilancia de cilicios?
- Crátidas, Ligón,
Damágoras…
- Creía que el anciano no
tenía antecedentes.
- Ahora los tiene. Lo puse
en la lista después de que hablaras de él.
- ¡Vaya, es culpa mía! ¿Y
qué me dices del negociador, el llamado «Ilírico»?
- Todavía no sabemos quién
es. Rubela tiene que convencer a un prisionero para que se lo diga.
- No tiene ninguna
posibilidad. Vendrá a ser lo mismo que una confesión.
- Ya lo creo.
Petronio estaba
tan agotado que
tenía la mirada perdida en el espacio. Maya alargó la
mano y le retiró la copa de vino
con suavidad, sabiendo
que en cualquier
momento lo vencería el
sueño y la dejaría caer. Estaba casi dormido, o habría evitado que ella le
quitara la copa. Maya se bebió lo que quedaba. Él sacudió ligeramente el puño;
mi hermana le tomó la mano y se la sostuvo. La cariñosa pareja. Siempre
y cuando uno
de los dos
estuviera demasiado exhausto para pelear, sobrevivirían juntos.
Me quedé
sentado un momento,
pensando en el Ilírico. No creía esa historia que les
contaba a las víctimas del secuestro de que era ajeno a la situación, un
intermediario neutral. Siempre se ocupaba del dinero del rescate; debía de
tener un cordón umbilical unido directamente a la banda. Tal vez fuera el
cabecilla.
A esas alturas ya se habría
enterado de que todos los demás habían sido detenidos. Me pregunté cómo iba a
reaccionar. No podía hacer nada aparte de tratar de pasar desapercibido en
la guarida que
frecuentara, fuera cual fuera. Pero debía de estar planteándose
si los vigiles tenían pruebas
serias o si
no era más
que una tentativa esperanzada. Se daría cuenta de
que a él no lo habían identificado o a esas alturas ya estaría en una celda. En
aquella situación, algunos villanos huirían. A mí me parecía que el Ilírico no
perdería los nervios.
- Sigo preguntándome si
será un seudónimo de Florio
-dijo Petro de repente.
Tenía tantas ganas de capturar a ese bandido suyo que veía a Florio en todas
partes.
- No, creo que se trata del
taimado de mi hermano
Festo, perdido hace mucho tiempo, que ha regresado de entre los muertos.
- ¡Festo!
-Petro se incorporó
con fingido horror-.
¡Ahora sí que estás
diciendo una verdadera imbecilidad!
Volvió a dejarse caer en la
silla y dejamos que empezara a dormirse de nuevo.
Helena y yo nos fuimos sin
hacer ruido. Helena, que le tenía mucho cariño a Petronio, se inclinó sobre él
y le dio un beso en la mejilla; él sonrió medio dormido, admitiendo que ya era
demasiado tarde para poder moverse.
Maya aguardaba en el
vestíbulo con un fardo.
- ¡Te dejaste esto! -me
acusó al tiempo que retiraba sus faldas color carmesí con desagrado. Era el
equipaje de Diocles. Yo me había deshecho de la ropa sucia con días de
antelación con la esperanza de que ya no la volvería a ver. Los esclavos de la
casa habían lavado las túnicas al suponer que las prendas pertenecían a su amo;
inspeccioné los resultados, pero no había nada con lo que me verían vestido
por la
ciudad. Aquélla parecía ser
la ropa que
Diocles llevaba puesta cuando iba disfrazado de algún tipo de peón.
Había un modelo de un color babosa particularmente horrible. Le dije a Maya que
podía dárselo todo a los esclavos.
Apareción papá. Era típico
de él entretenernos en mal momento.
- ¿Qué opinión te merece
Fulvio? -me preguntó.
Bostecé groseramente.
- Pensaba que ya habíamos
pasado por eso.
- ¿Qué está haciendo en
Ostia? -le preguntó Helena a papá mientras éste le sostenía la capa para que
ella llevara en brazos a nuestra durmiente hija Favonia.
- Regresó
a casa. Está
permitido, incluso si
eres
Fulvio.
- ¿Y era cierta esa
historia de que iba a Pesinunte pero subió al barco equivocado?
- Según lo que cuenta
ahora, el barco naufragó por el camino.
- Y dime,
¿por qué iba
a irse a
Pesinunte, para empezar? Lo
busqué en el mapa: ¡está en medio de Frigia!
- El síndrome de Atis
-replicó papá, intentando ser misterioso.
Helena no se inmutó.
- ¿Quieres decir que Fulvio
era un seguidor del culto de Cibeles?
- Bueno, Fulvio tenía una
personalidad un tanto confusa… -Delante de Helena, mi padre se mostraba
entonces curiosamente tímido.
Ella no dejó
de mirarlo hasta que
le contó lo
que siempre se
había rumoreado sobre mi tío-.
Helena, puede que esto te escandalice, nosotros
nos acostumbramos a
ello pero, durante
un tiempo, el pobre
de Fulvio consideraba
que quería ser mujer.
- Tratándose de uno de mis
tíos -comenté con delicadeza-, tenía que llevar la locura hasta el último
extremo.
Papá completó la historia:
- Se
fue de casa
para ir a ver
a los expertos del santuario de Cibeles para hablar de la
extracción de cierta parte del cuerpo…
- ¿Castración? -quiso saber
Helena fríamente. Mi padre parpadeó.
- Creo que en lugar de eso
se enroló en la marina.
- ¡Eso no es precisamente
una solución a su problema!
- No conoces a los
marineros, cariño.
- ¿No? ¿Qué ha pasado con
la leyenda de que los marinos tienen una mujer en cada puerto?
- Echan de menos a sus
esposas cuando están en el
mar.
Helena sacudió
la cabeza mirando
a papá con
reprobación.
- ¿Y ahora Fulvio ya es
feliz?
- ¿Feliz? -Papá y yo nos
miramos el uno
al otro-. Fulvio nunca será feliz
-le dije a Helena-. Si hubiera conseguido llegar a Pesinunte y le hubieran
amputado el instrumento, para él no hubiera supuesto más que otro problema.
- Hubiera
pasado el resto
de su vida
lamentando haberse cortado el bastón -coincidió conmigo papá.
Con calma, Helena envolvió
a la niña que llevaba en brazos con el extremo de su capa y dejó que decayese
la conversación.
Helena y yo salimos de
vuelta a nuestro apartamento. El muro exterior de la casa de Privato todavía
tenía las cuerdas y el material de limpieza que había dejado junto a él cuando
estaba de guardia. Eso no hubiera ocurrido en Roma. Recuperé mi cubo.
No había
ninguna luz en la habitación del
piso de arriba de la antigua
puerta de la ciudad. Me había olvidado de preguntarle a Petronio si a la mujer
que vigilaba a las víctimas de los secuestros durante su terrible experiencia,
Pulia, la habían detenido junto a su amante Ligón. Y si era así, ¿qué había
ocurrido con Zeno, el niño de siete años que conocimos aquel día?
Habíamos llegado
justo en el
momento de averiguarlo: Fúsculo y
un par de sus hombres bajaron ruidosamente al nivel de la calle. Habían
detenido a Pulia antes y acababan de registrar la torre de entrada.
- Encontramos todo un
cargamento de drogas -dijo Fúsculo al tiempo que señalaba una cesta llena de
ampollas de vidrio que sacaban en aquellos momentos-. Adormidera, me parece.
- ¿Así
que mañana podemos
esperarnos ver a los
vigiles tambaleándose por
las calles felizmente comatosos?
Fúsculo sonrió a su alegre
manera.
- ¿Quieres ofrecerte
voluntario para probar los extractos?
- No, no quiere -dijo
Helena-. Pero si ninguna de las víctimas de secuestro va a testificar, no
olvides que Marco y Lucio Petronio en una ocasión vieron a la propia Pulia
inconsciente después de probar el somnífero.
- Parece que esa mujer es
la única a la que podemos mantener encerrada con pruebas -nos dijo Fúsculo-.
Rubela cree que tal vez tenga que soltar a los hombres…
Helena se enojó.
- Una banda entera de
hombres está aterrorizando a víctimas, violando a adolescentes, extorsionando y
asesinando… ¡y vosotros sólo vais a retener a su ayudante femenina!
Cuando se fue como un
vendaval, gruñendo, uno de los vigiles
soltó un grito
desde el interior
de la torre
de entrada. Una pequeña figura salió rápidamente, se agachó al pasar
junto a Fúsculo y se marchó calle arriba como una exhalación. Era Zeno. Nadie
hizo muchos intentos por atraparlo y él puso pies en polvorosa y se perdió de
vista.
XLII
Dejar que los generales
dirijan un campo de batalla supone varios problemas: fundamentalmente, prestan
demasiada atención a sus presupuestos.
Marco Rubela, el tribuno de
la Cuarta Cohorte de los vigiles, estaba preparado para resolver los secuestros
de Ostia antes que las tropas rivales. No obstante, ya lo habían obligado a autorizar
una cena ligera y retirar las
excreciones nocturnas de treinta prisioneros inesperados. Cuando se dio cuenta
de que, como consecuencia de ello, tenía que elegir entre darles el desayuno u
ofrecer a sus hombres el acostumbrado
copeo de las
Saturnales el próximo mes de
diciembre, el resultado estaba cantado. La idea de que por la noche los piratas
estarían cenando a expensas de un
candelabro nuevo para
su despacho en Roma resolvió la cuestión de forma
contundente. Su mayor ilusión era mejorar la iluminación y había encontrado un
modelo vertical de cuatro brazos de imitación de bronce y con la parte superior
jónica que creía que iría de maravilla. De modo que Rubela examinó
rigurosamente las escasas notas que tenía de los interrogatorios; vio que no
había ni la más jodida posibilidad de poder probar nada y soltó a los cilicios.
Dicho esto, Rubela no era
estúpido. Y, posiblemente,
tampoco era corrupto.
Su cerebro, según Petronio
Longo, partía de una base diferente a la de los seres humanos normales, pero
sin duda era cerebro lo que
había bajo aquel cráneo
poco prominente de pelo corto. La verdad es que con frecuencia
Petro intentaba convencer
a Escítax, el
médico de los vigiles, de que el cerebro de Marco
Rubela necesitaba mantenimiento, en forma de perforarle el cráneo para
examinarlo.
La trepanación hubiera sido
una buena idea a efectos de lo normalmente
prescrito: aliviar las
tensiones. A Rubela le gustaba
pensar. Eso era bien sabido. Pasaba largas horas en su despacho del Aventino
aparentemente sin hacer nada en absoluto, pero en las raras ocasiones en las
que confiaba en la gente, afirmaba que su método como comandante de una cohorte
era hacer la reflexión que otras personas optaban por omitir. Según él (y
Petronio había obtenido el beneficio
de esta teoría
con cierto detenimiento en una de
las alcohólicas fiestas de la cohorte en
las Saturnales) este
método de liderazgo
permitía a Rubela prever
problemas, anticipar tendencias delictivas y planear astutas emboscadas que
otros comandantes de cohorte, con sus métodos menos intelectuales, nunca
lograrían.
Así pues, la soleada mañana
siguiente, mientras que muchos de los
vigiles se desesperaban
con la estúpida
acción de su jefe, fuimos
informados de que cuando dejó marchar a los cilicios, Marco Rubela tenía un
ingenioso plan. Dicho plan había sido formulado como resultado de una investigación
que había llevado
a cabo durante
los pocos días que se sucedieron entre la visita que le hice en Roma y
el traslado de sus hombres a Ostia.
Para estar en la cima de su
profesión en cuanto a ser más listo que los piratas, o que los descendientes de
los piratas, o que los ex piratas, el hombre pensante había acudido a una
biblioteca y había tomado algunos rollos en préstamo. El tribuno de la cohorte
era entonces un experto en costumbres cilicias y en la manera de pensar de los
cilicios.
- ¡A la mierda sus
costumbres! -exclamó entre dientes Lucio Petronio, que no era partidario de la
investigación literaria cuando se trataba de hombres que estrangulaban a sus
socios en marismas solitarias-. Quiero ver a esos cabrones colgados en cruces donde
no puedan hacer más daño.
- Yo también -dijo Rubela
(que además de un cerebro en funcionamiento bajo el pelo cortado al rape tenía
dos grandes orejas, una a cada lado de la cabeza como era habitual, y ambas
oían con la misma agudeza que la de un murciélago)-. Deja
de protestar con
Falco como un colegial en la última fila. En cualquier
caso, ¿qué está haciendo el maldito
Falco aquí en
mi sesión de
instrucciones matutina?
Todo el mundo
me miró. Los vigiles estaban
sumamente deprimidos, por lo que el hecho de meterse conmigo les supuso un
ligero alivio. Por regla general se mostraban
amistosos, pero en
aquel preciso momento todos y cada uno de ellos hubieran
tenido mucho gusto en verme ligeramente asado en un panecillo con un sabroso
aliño de escabeche de pescado.
Expliqué, con mis suaves
modales de informante, que había pasado por el cuartel para informarme sobre
los progresos -si es que había alguno- que se habían hecho en la resolución
de los secuestros
o del asesinato
de Teopompo. Rubela me dijo que me fuera al diablo. Era lo que me
esperaba de él:
tenía un repertorio
limitado. Empecé a alejarme
lentamente, pero cuando
empezó a hablar de nuevo me
detuve. Los informantes también tienen sus tradiciones. Merodear por las
reuniones en las que no nos quieren es una de ellas.
- Tal vez creáis que me he
vuelto loco… - diligentemente, los hombres
de Rubela pusieron cara de estar pensando: ¡Oh, no señor! Yo pensaba en
cuánto me alegraba de no ser uno de sus hombres-. Confiad en mí. He hecho bien
los deberes, Lo que tenéis que entender sobre los cilicios es que respetan
mucho a sus ancianos. Tienen líderes clave a los que llaman Tymnnicoi; es un
concepto griego, equivale a
un rey local;
nosotros los romanos
vemos a los tiranos bajo
una luz bastante distinta, por supuesto… -Para entonces ya todos considerábamos
que Rubela, finalmente, se había vuelto loco-. Pues bien, tanto si están a
bordo de un barco, donde eligen al capitán, o en tierra, donde sus líderes son
más territoriales, los ancianos tiranos son las personas a las que más honran.
Resulta que tenemos retenido a uno que es más viejo de lo que vosotros
llegaréis a ser. Así pues, aunque parezca que he cometido un error
al dejar al
resto en libertad,
tened fe. No he
soltado al tipo que importa. Todavía tenemos detenido a Damágoras.
Alguien soltó una
aclamación. Rubela sabía reconocer una burla: lanzó una mirada fulminante. Me
la lanzó a mí, por principios, aunque no era yo el culpable.
Petronio fue franco:
- Damágoras afirma estar
retirado.
- ¡Y todos los demás
afirman ser inocentes! -replicó
Rubela-. Tampoco les creo,
Lucio Petronio.
Petro dio un resoplido,
pero tuvo que reconocer que tenía razón.
- Me gusta el ingenio de
todo esto -se congratuló Rubela-. La gente que toma rehenes se ve ahora también
frente a un rehén. Damágoras está retenido en contra de su buen comportamiento.
La más mínima equivocación y su estimado
jefe se la
carga. -Rubela nos
honró con una sonrisa
benévola-. Y para cerciorarme
de que podemos
volverlos a encontrar, les
he ordenado que no abandonen la ciudad.
Bueno, eso era
tranquilizador.
Claro que si los cilicios
abandonaban la ciudad, los métodos
de Rubela quedarían
en cierto sentido justificados. Se terminarían los
secuestros. Después, el tribuno podría afirmar que había eliminado una red de
extorsionadores utilizando el
mínimo personal y con
pequeño impacto en el presupuesto. En cualquier caso, no costaría nada mantener
a Damágoras: ahora que tenía gente fuera, le mandaban provisiones diariamente.
El jefe pirata llevaría una vida de lujo, siendo su única queja el hecho de tener
que permanecer en su celda. Aun así, ya era una celda estupendamente amueblada.
Por desgracia
para Rubela, la
prueba de que la
extorsión continuaría llegó casi inmediatamente. Mientras nos hallábamos
todavía en la reunión, Helena Justina vino a encontrarme a toda prisa con una
noticia inquietante. Holconio y Mutato, los dos cronistas que me habían
encargado el trabajo,
acababan de llegar
a Ostia desde Roma
para que les
aconsejara. La Gaceta Diaria había recibido una
carta que decía
que unos secuestradores habían capturado
a Diocles y
se lo habían
llevado a Cerdeña. Ahora sus
captores lo habían traído de vuelta a Ostia y se exigía un cuantioso rescate. Ordenaron a los
cronistas que no dijeran
nada a nadie sobre la demanda de rescate y que no involucraran a los vigiles.
- Y sin embargo, parece que
es lo que habéis hecho - dijo Rubela con desdén.
- Parecía decisivo que lo
supierais -dijo Helena, que a duras
penas logró no
perder los estribos-.
Es una oportunidad para
permanecer al acecho y atrapar a los cabecillas mientras se paga el rescate.
¡Una emboscada! Marco
Rubela, el comandante que pensaba, era entonces un tribuno feliz.
XLIII
Puede que Rubela estuviera
contento. Yo estaba molesto.
- Helena Justina, ¿te
importaría explicarme por qué hiciste eso exactamente?
Helena enderezó
los hombros. íbamos
caminando hacia casa. Cuando nos peleábamos por la calle siempre existía
el peligro de que uno de nosotros se fuera para siempre. (O al menos hasta que
pensáramos que el otro creía que para
siempre podría ser tiempo suficiente para posibilitar una escena de
reconciliación.) Los dos éramos testarudos. El hecho de tener dos hijas, una
huérfana adoptada y una perra en casa complicaba un poco las cosas. Antes de marcharse dando
grandes zancadas y
con demasiada altivez, alguien tenía que mirar por encima del hombro y
cerciorarse de que el otro iba a cuidar de la familia.
Aquel día yo
estaba siendo demasiado maduro
para eso. Quería quedarme y hacer sentir mi presencia.
- Ya sabes por qué lo hice,
Falco. -Si era Falco, significaba que estaba resuelta a no dejarse impresionar
por la grandilocuencia del cabeza de familia. A Marco se le aflojaba más la
rienda.
- Discúlpame; hoy he dejado
en casa a mi sacerdote
particular. ¡Léeme los
augurios!
- Deja de gritar.
- Créeme, señora, cuando
grite, lo sabrás.
La gente se había dado la
vuelta para mirarnos. Por supuesto no estaba alzando la voz más de lo que la
ocasión exigía. Helena siguió andando. Un idiota entrometido paró para
preguntarle a la respetable matrona envuenta en una estola si ese hombre
desagradable la estaba molestando. Helena dijo que sí.
- No te preocupes, es mi
marido.
- ¡Oh, lo siento! ¿Has
considerado el divorcio?
- Con frecuencia -respondió
Helena.
Continuamos andando. Yo iba
mordiéndome el pulgar. Demasiado
pronto, llegamos a la entrada
del patio de nuestro apartamento. Nos detuvimos.
- Explícamelo ahora.
Nosotros no discutimos delante de las niñas.
- Te equivocas, Falco. De
todos modos -dijo Helena con voz tensa-, creo que es mejor que sea yo quien
decida lo que pase con las niñas, soy yo la que tiene que contar con estar aquí
cuidando de ellas… Te diré por qué acudí a los vigiles. En realidad hay dos
razones. Una es que creo sinceramente que Mutato y Holconio se equivocan al no
involucrar a las
autoridades. Y además,
¿qué hubiera ocurrido si te
hubiera dejado ir a verlos en privado, Marco? Lo sabes tan bien como yo: te
hubieras hecho cargo del
asunto, y lo hubieras hecho
solo. Aulo ha zarpado, Quinto le está cantando suavemente a su bebé, tú no
hubieses querido explicarle a Petronio lo que te traías entre manos, por lo
que habrías sido
tú quien se
ocupara de las exigencias del rescate. ¿Tengo razón?
No dije nada. Intenté
pensar en líneas de acción alternativas que pudiera fingir que habrían sido mi
elección. No se me ocurrió ninguna.
- Y una vez más, Falco, yo
hubiera tenido que vivir con el terror de que estuvieras en peligro, solo,
haciendo oídos sordos al sentido común…
- Siempre hago caso del
sentido común.
- Ahora mismo no lo haces.
- No, me estoy adaptando.
Hoy acabo de llevarme un buen susto. Creía que tú y yo éramos socios. Que nos
consultábamos sobre asuntos importantes…
- No estabas. Por una vez
hice lo que yo quería. Y
elegí salvarte.
- La verdad es que no
pensaba que tuviera que decir esto, Helena: ¡no interfieras en mi trabajo! -Eso
la hirió A mí mismo me pareció detestable. Ahora sí que estábamos
peleando. Intenté suavizarlo-.
Sé razonable. Todos
estos años desde que me conoces, he estado yéndome solo para trabajar en
casos…
- Siete -dijo ella en tono
sombrío.
- ¿Cómo?
- Siete años. Es el tiempo
que hace que te conozco. Podrías estar muerto en siete minutos si tomas la
decisión equivocada, en el lugar equivocado, sin nadie que te respalde…
- No hagas que me sienta
demasiado viejo para arreglármelas.
- No eres demasiado viejo.
Pero ya no eres un informante solitario que entrega el alma a una misión. Eres
un hombre de familia con una vida activa y necesitas readaptarte.
Nos fulminamos el uno al
otro con la mirada. No era fácil salir de aquella situación.
- ¿Son éstos tus argumentos
para el divorcio, Helena?
- No.
Los argumentos todavía
los estoy pensando. Serán mucho más originales; quiero
que salga a toda plana en la Gaceta.
- Ni
lo intentes. Yo soy el
hombre de la casa. El divorcio es
cosa mía; soy
yo el que
se ocupa de las
sutilezas legales.
- Haz lo que quieras con
las sutilezas -se mofó Helena con brusquedad-. No olvides que soy yo la que se
ocupa de las cuentas.
- Sí, puede que lo hagas,
¡pero no esperes llegar a un acuerdo caro!
Seguíamos lanzándonos
miradas feroces. Me convencí de que había habido algún cambio en la mirada.
- Bueno. ¿Ahora vas a
comprar mi perdón diciéndome dónde se alojan? -Al ver que no reaccionaba, la
codeé ligeramente-. Holconio y Mutato.
- ¿Y cómo sabes tú que sé
dónde se alojan?
- Helena Justina, eres la
mejor socia que podría tener. Eres eficiente, tienes visión de futuro y, aunque
lo niegues, eres autoritaria. No se lo mencionaste a Rubela, pero yo sé,
Helena, que les habrás pedido que te den su dirección.
Sabía la dirección, y me la
dijo. Entonces negó que fuera autoritaria.
Le di las gracias en tono
grave.
- Estáte
tranquila, cariño. Esto
no es más
que la primera fase; sólo estoy
examinando la situación. Será absolutamente seguro. Me iré ahora. ¿No me das un
beso? - Helena dijo que no con la cabeza, de modo que la besé yo, con mucha
firmeza. Nos miramos el uno al otro y entonces me marché.
Me acerqué de nuevo a
Helena. Ella seguía de pie allí donde la había dejado, bajo la sombra del arco
del patio. Parecía afectada. Lo comprendía: yo me sentía igual.
- Ven conmigo.
- No me necesitas para
esto.
- No. Pero ven de todos
modos.
- Es muy generoso por tu
parte el permitirlo.
- Está bien -dije. Le
coloqué la mano bajo mi brazo y la retuve allí-. Me estoy haciendo viejo y
fácil de burlar;
aun así, todavía tendría
que ser capaz de poder hablar con un par de cronistas de la Gaceta. Pero de
esta manera, si me encuentro en peligro, puedo utilizarte como escudo.
XLIV
Holconio y Mutato estaban
sentados en su habitación de alquiler; parecían apesadumbrados. Entre los dos,
esparcido sobre una capa cuidadosamente dispuesta, había un paquete de comida
para llevar todavía sin abrir, comida que parecía que habían traído de Roma. Lo
habían dividido con cuidado en dos porciones, pero al parecer estaban demasiado
desanimados para empezar.
Les presenté a Helena, como
si me hubiera olvidado de que los había conocido aquella misma mañana. Ambos
los evaluamos a
conciencia: dos libertos
enjutos, de mediana edad, con un
latín excelente tanto en el acento como en
la gramática y
que debían de
ser igualmente hábiles con el
griego. Dos hombres cultos y sofisticados que parecían sentirse incómodos fuera
de su medio.
- Marco había oído que
estabais los dos de permiso - dijo Helena al tiempo que se acomodaba. Mientras
ella extendía las faldas y volvía a ponerse bien los brazaletes, Mutato movió
la cabeza en señal de negación. Fue un gesto rápido y nervioso.
- Con las responsabilidades
que tenemos, siempre estamos disponibles en caso de emergencia.
Me pregunté si Diocles se
había estado convirtiendo en un inadaptado calvo y con visos de desconcierto
similar
a ése. No sé por qué me
parecía que no. El hombre desaparecido había cubierto historias mundanas con
regularidad; viajaba, podía
ofrecerse para trabajar
en distintos oficios. Diocles irresponsable y bebía. Poseía una espada.
Aquel hombre podría haber sido un informante… si hubiera sido capaz de elegir
una arma decente.
Holconio y Mutato no
parecían ser hombres que hubieran traído espadas. Dudaba de que alguno de los
dos tuviera una. Tampoco me resultaba fácil imaginarme a ninguno de los dos con
lazos familiares. Ambos tenían ese aire intolerante y obsesionado de expertos.
Solteros, u hombres con esposas cortas de luces de las que se esperaba que
admiraran la cultura e inteligencia de sus mandos desde un segundo plano.
Holconio, el mayor, llevaba una túnica blanca
con tonos color
crema; Mutato iba
también de blanco con un matiz
grisáceo. Por lo demás, combinaban igual de bien que un par de extremos de una
mesa.
- ¿Quieres
ver la nota
donde se exige
el rescate, Falco? -me preguntó
Holconio.
- Todo a su debido tiempo.
Es cierto que una banda de secuestradores ha estado operando en Ostia, y que
podría ser que Diocles
hubiera tropezado con
ellos. Pero lo primero
que he de
tomar en consideración, cuando
se entrega una petición
de rescate como
ésta, es si es
auténtica o no.
- ¿Auténtica?
-Parecieron asustados. Holconio
se
burló-. ¿Por qué tendrías
que dudarlo?
- Hace demasiado tiempo que
desapareció vuestro hombre.
Incluso Helena me estaba
observando con curiosidad. Aquélla era nuestra primera oportunidad de evaluar
lo que estaba pasando.
Había estado pensando en
ello mientras Helena y yo nos dirigíamos hacia allí.
- Esto no sigue la pauta,
Holconio. En los casos de secuestro que conocemos, existen unas normas
estrictas: se llevan a mujeres, no a hombres; normalmente realizan sus demandas
de dinero el mismo día; cierran el trato rápidamente; eligen a extranjeros que
abandonarán la ciudad si se los amenaza. Fundamentalmente, evitan llamar la
atención de las autoridades.
Holconio asintió con la
cabeza. Su papel en la Gaceta era tomar notas en el Senado. Debió de suponer un
cambio agradable escuchar un argumento que valiera la pena, con los distintos
puntos enumerados con convicción.
- ¿Qué otra alternativa
tenemos? -preguntó Mutato-. Ninguna. La carrera está amañada. Alguien tiene a
Diocles, el resultado es más que seguro. -Mutato cubría los juegos. Como comentarista
deportivo que era,
realizaba evaluaciones rápidas, y
luego quizá pensara
en ello mientras la demás
gente bramaba que
era un verdadero idiota.
- Los secuestradores
trabajan explotando la inexperiencia de sus víctimas -le dije-. Quieren que
sintáis tanto miedo por Diocles que sigáis todas las instrucciones al pie de la
letra. Vosotros dos no os habéis visto nunca en esta situación y os ha dejado
consternados. Pero yo lo
estoy considerando detenidamente. Para empezar, afirman que han tenido a
Diocles desde que desapareció y que lo habían transportado a Cerdeña. ¿Es esto
creíble?
- Suena a encubrimiento.
-Helena reafirmó mi argumento-.
Unos oportunistas se han aprovechado
del hecho de que la gente está buscando a Diocles y esperan sacar
tajada.
Estuve de acuerdo.
- Alguien se ha enterado de
que Cerdeña está infestada de bandidos y decidieron que no parecería raro.
Cuando la gente desaparece, sobre todo cuando
existe una preocupación
prominente por su destino, ocurren tonterías semejantes.
- Las tragedias atraen a
tipos raros, maníacos y estafadores -les contó Helena a los cronistas-. Las
familias que pierden a sus seres queridos en circunstancias inexplicables pueden ser
explotadas de una manera horrible.
- Es por ello que os tengo
que aconsejar sobre la conveniencia o no de tomarse esta petición en serio
-dije-. Francamente, yo tengo mis dudas.
- ¿Acaso nos estás diciendo
que no paguemos el rescate? -preguntó Mutato.
- Sí, es lo que digo.
- ¡Pero si hemos traído el
dinero con nosotros! -Este tipo de razonamiento ilógico sería un placer para
una banda de secuestradores o para cualquier
otra clase de explotador.
Me di cuenta de que el
dinero debía de estar guardado en el gran arcón que había bajo la capa sobre la
cual los dos cronistas habían dispuesto su almuerzo. Quizá pensaron que los
ladrones no mirarían bajo su mantel. Lo más probable era que ese par de bobos
no hubieran pensado para nada en la seguridad.
Les dije que llevaran su
dinero a la cámara de alguno de los templos del foro para ponerlo a buen
recaudo.
- Para estar seguros,
decidles que estáis depositando fondos
imperiales -hice una pausa-. ¿El emperador
sabe algo de todo esto?
Adoptaron un aire evasivo.
Finalmente, Holconio admitió con un altivo gesto de la mano:
- En vista de las
circunstancias y de la necesidad de mantenerlo en secreto, el cajero de la
oficina del jefe de los servicios secretos nos ha concedido fondos.
Respiré profundamente.
- Me
imagino que Anácrites
sigue en su
villa de veraneo, ¿no?
-Ambos parecieron sorprendidos
por la
familiaridad con la que
hablaba de él-. Se pondrá furioso cuando sepa que habéis desviado su dinero
para gastos menores.
- Es más que dinero para
gastos menores… -Holconio se ruborizó-. Les dijimos que tú lo habías
autorizado.
- Entonces les mentisteis
-repliqué con calma, conteniéndome para no perder los estribos. Helena se había
tapado los ojos
con la mano,
desesperada. Anácrites
siempre había supuesto
una amenaza para
mí que la asustaba. Aquello era buscarse aún más
problemas-. Le debéis una confesión al jefe de los servicios secretos, y a mí
una disculpa. Vuestra acción dañará gravemente mi relación con Anácrites… -Nada
podía dañarla. No teníamos relación. Él y yo íbamos permanentemente el uno a
por el otro. Aquellos dos tontainas no habían hecho más que darle la mejor
baza.
- Ahora enséñame la nota pidiendo el
rescate, por favor.
- La
dejamos en Roma.
-Molesto por mi
actitud, Mulato intentó engañarme.
- Holconio me la ofreció.
Seamos sensatos, ¿de acuerdo?
Sacaron el documento. Lo
leí y se lo devolví. Parecieron sorprendidos de que lo hiciera. Esa era la
diferencia entre los cronistas y los informantes. Los cronistas querían
guardarlo todo para
sus archivos. Yo
estaba acostumbrado a
aprenderme las partes cruciales de la correspondencia y luego deshacerme de las
pruebas. (O volverlas a dejar
exactamente tal y
como las había encontrado en
la caja de
marfil donde el
propietario guardaba sus rollos para que él o ella nunca supiera que las
había leído…)
Aquélla era una tablilla
encerada, escrita en latín, legible pero que no había sido escrita por un
secretario. Decía lo de siempre: lo tenemos, vosotros lo queréis de
vuelta; dadnos el
dinero o Diocles
muere. Las instrucciones estaban
en la carta.
No se mencionaba
a ningún Ilírico. Los cronistas tenían que dejar el dinero en un punto
de entrega. Estaba en Portus Augusti, un establecimiento llamado La Flor del
Ciruelo. Pude informarles de que
el lugar se
hallaba cerca de un bar llamado El Delfín y que creía probable
que fuera un burdel.
Helena pareció quedar
impresionada por mi conocimiento del lugar. Los cronistas simplemente se
miraron escandalizados.
- Esto es un timo -les
aseguré-. Si les dais el dinero lo perderéis y nunca veréis a Diocles.
- ¿Lo matarán aunque les
paguemos?
- No lo matarán… porque no
lo tienen. -Ya habíamos tratado este tema, pero Holconio y Mutato sencillamente
no me habían escuchado-. Mirad, ojalá pudiera decir que mi investigación conducirá
a que lo encontremos
bebiendo
con rostro
sensiblero en alguna taberna
de la zona del puerto.
Todo lo que he averiguado
hasta el momento me lleva a temer por su suerte… aunque en mi opinión, no lo
han secuestrado.
- ¿Crees que ya está
muerto? -Holconio fue directo.
- Parece una posibilidad,
Quizás haya puesto fin a su propia vida, un suicidio por motivos personales
tras sufrir una depresión. Pero hay otras alternativas, algunas de las cuales
tienen relación con personas e historias que tal vez quisiera escribir en la
Gaceta. Ya lo he preguntado antes, pero os lo preguntaré de nuevo: ¿Diocles os
habló de algún chisme en concreto sobre el que tuviera intención de informar?
Los cronistas dijeron que
no con un movimiento de la cabeza.
Les aconsejé
que no pagaran
el rescate. Ellos
me dieron las gracias por haber venido a darles aquel sensato consejo.
No tenían ni la más mínima intención de seguirlo.
Olvidaron que yo ya había
tenido muchos clientes anteriormente. Conocía los indicios.
XLV
Cuando Helena y yo salíamos
nos encontramos con Rubela y Petronio, que entraban. Nos paramos todos en el
umbral de la casa de huéspedes e intercambiamos impresiones.
- Es una estafa -les
anuncié a los dos vigiles-. Nada de esto encaja con la metodología de la banda
de los cilicios. Aconsejé a Holconio y Mutato que no hicieran entrega del
dinero. Lo prometieron, pero por supuesto
no me harán caso. Voy a quedarme esperando en el punto de entrega.
- ¡Te veremos allí!
-exclamó Rubela tan pancho, de un humor jovial.
- ¿Sabes dónde es?
- Falco,
si tú puedes
sonsacárselo a un
par de cronistas, nosotros
también podemos hacerlo
sin problema. -Rubela hizo una pausa y adoptó una expresión menos jocosa-.
¿Y qué hay del
hombre desaparecido?
¿Podría ser que lo hubieran
secuestrado?
- Es posible.
- ¿Quién iba a hacer un
prisionero y retenerlo durante dos o tres meses sin establecer contacto?
-preguntó Petro-. La historia no tiene sentido. ¿Tú qué opinas? -me preguntó
entonces.
- Uno: Diocles pudo haberse
suicidado a causa de la
fuerte depresión que sufría
desde la muerte de su tía, su único pariente. Dos: molestó a Damágoras, un
probable sospechoso. O tres: algo malo ocurrió porque Diocles les guardaba
rencor a algunos miembros del gremio de constructores… más cabrones sospechosos.
Petro y Rubela lanzaron un
grito de alegría con la tercera opción, encantados de tener implicados a sus
bomberos rivales.
- ¿Tú por cuál de ellas te
inclinas? -preguntó Rubela.
- Sinceramente, no lo sé.
- ¡El típico informante!
Helena parecía estar a la
defensiva, entonces le preguntó a Rubela:
- ¿Cómo sabías que los
cronistas vivían aquí?
- ¡Uno tiene oídos por
todas partes, joven dama! Petronio se mostró más abierto:
- Llegaron a Ostia en un
gran carruaje que sin duda llevaba
un cofre con
oro y en
la puerta Romana
se detuvieron para preguntar el camino de una buena casa de huéspedes.
Dejé escapar un quejido.
- ¿De manera que toda Ostia
está al corriente de que hay algo que robarles? La caja con el dinero está en
su habitación; servíos vosotros mismos antes de que lo haga otro… Les aconsejé que
escondieran el dinero
en el templo de la Tríada
Capitolina.
- Nosotros recomendaremos
el templo de Roma y Augusto -se burló Rubela-. Eso terminará de confundir a los
chupatintas.
Los dos oficiales de los
vigiles se dirigían al piso de arriba, sin duda para repetir la conversación
que Helena y yo acabábamos de mantener allí. Nos separamos de buen humor.
Estábamos todos entusiasmados porque al fin podríamos hacer algún progreso. Tanto
si capturábamos a la verdadera banda de secuestradores o a algunos otros
oportunistas, al menos
ahora había una
oportunidad de entrar en acción.
- ¡Ah! A propósito -me
gritó Rubela-, Esa tonta, la hija de Posidonio, vino a suplicar por el cuerpo
para enterrarlo. Dejé que se lo llevara. -Me asombró que hubiera sido tan
gentil con Ródope, pero sabía por qué: eso ahorraba a los vigiles tener que
disponer ellos mismos de Teopompo-. Le dije que tenía que celebrar un funeral
romano decente en una tranquila necrópolis local, no un maldito festín pirata
en la playa, y tiene que hacerme saber de antemano cuándo y dónde se llevará a
cabo la ceremonia.
Le dirigí un breve saludo.
- ¡Pues ya os veré allí
también!
Rubela había vuelto a
detenerse. Dos escalones por encima de él, Petronio nos miraba; ya sabía lo que
venía a continuación.
- Otra cosa, Falco… -se le
escapó un hecho curioso-,
Teopompo no era uno de los
cilicios. Era ilírico.
Arqueé las cejas.
- No es el mismo que actúa
como intermediario; su descripción
es totalmente distinta…
Entonces, Rubela,
¿qué significa esto?
- No tengo ni la menor idea
-admitió el tribuno-. Pero si los ilíricos y los cilicios han estado trabajando
en sociedad, tal vez de algún modo podamos provocar un distanciamiento entre
ellos.
- ¡Jugar
a la política!
-exclamó Helena con admiración. Rubela
puso cara de
desconfianza, pero no pudo saber si ella se estaba burlando.
Cuando llegamos
a nuestro apartamento, Julia
y Favonia estaban enzarzadas en una pelea a gritos. Albia les soltó un
último chillido exasperado
que no consiguió causar ningún efecto y a
continuación salió corriendo a sentarse sola en el patio. Helena y yo tomamos
asiento uno a cada lado de ella y le tomamos cada uno una mano a modo de consuelo
mientras escuchábamos las
agudas explosiones que provenían de arriba.
- Sólo para que lo sepas
-le dije a Helena por encima de la cabeza de Albia-, cuando nos divorciemos,
proporcionaré lo necesario como es debido y sin protestar, y voy a renunciar a
todos mis derechos paternales para con las niñas.
- Pero deben vivir
contigo, Falco. Soy
una
tradicionalista -mintió
Helena.
- No, insisto
terminantemente en esto. Los niños pequeños deberían estar con sus afectuosas
madres. Soy un hombre generoso. Voy a obligarme a hacer este sacrificio.
Helena me devolvió la
mirada.
- Podríamos escaparnos los
dos -sugirió, en un tono bastante nostálgico-. Tienen dos abuelas que van a
pelearse por los derechos de adopción.
- ¡Hecho! -grité-, Huyamos
juntos; suena divertido.
Los demás inquilinos
estaban empezando a sacar la cabeza para ver qué era aquel jaleo. Algún
bromista nos preguntó si queríamos que avisara al ejército para que sofocara la
rebelión tribal. Dejando a Albia sentada en paz, Helena y yo subimos
diligentemente para separar a tirones a nuestros retoños.
Mientras tuviéramos sólo
dos, podríamos forcejear con una cada uno. Normalmente los morados se
iban al cabo de unos cinco días.
Si los
dos cronistas seguían las
instrucciones recibidas, tenían que llevar el dinero al punto de entrega
a la mañana siguiente. Me levanté cuando aún era de noche y me preparé
para la acción. Volví a clavar
las tachuelas sueltas de mis mejores botas. N u x estaba tumbada a mis pies. Albia
había venido de la otra habitación y observaba el ritual.
- No tengo ningún zapatero
remendón en Ostia.
- Tampoco acudirías a un
zapatero remendón en Roma, Marco Didio -ambos hablábamos con voz queda.
- Cierto. -Bajo la luz de
una lámpara de aceite revisé las correas de las botas metódicamente-. Los
remendones son inútiles. -Limpié
el aceite de
mi espada, habiendo sacado primero el arma de mi
escondite, para asombro de Albia. Volviéndola hacia la luz, examiné la hoja y
la afilé con mi gamuza de zapa. Luego limé mi daga con piedra pómez, sólo para
mantenerme ocupado-. Dime, solemne chiquilla del agreste norte, ¿por qué estás
tan concentrada en lo que hago?
- Aulo Camilo dijo que si
iba a haber acción debía observar cómo te preparabas.
- ¿Aulo, eh? -le guiñé un
ojo. La gente solía dar por sentado que Albia era una criatura pálida, pero
sabía encajar una broma-. ¿Observar qué, exactamente?
- Dijo que siempre quedaba
impresionado al verte cambiar de payaso a soldado.
- Aulo tiene buen concepto
de mí, ¿eh? -Aquello llegó por sorpresa.
- Dijo: «Cuando los ojos
dejan de sonreír, puedes sentirte
seguro», Claro qué
-se apresuró a
asegurarme Albia, que sí que sonreía- yo ahora me siento segura todo el
tiempo. Él se refería a que era así como se sentía si estaba en acción contigo.
Me puse en pie. La perra
retrocedió de un salto y aulló
suavemente. Sabía que algo
se preparaba y que no me la llevaría
conmigo cuando me
marchara. Me aseguré
de llevar puesta una túnica que me permitiera el libre movimiento de los
brazos, me apreté el cinturón un agujero más y me abroché la espada.
- No sabía que tenías una
espada -observó Albia en tono grave-. En Roma nunca llevas espada.
- En Roma va contra la ley.
- Entonces, ¿es más seguro
aquí, donde puedes llevar
una?
- No. Es más peligroso,
porque aquí puede que haya
idiotas que lleven armas y no
sepan utilizarlas como es debido.
- ¿Pero tú sí?
- Sí.
- ¿Alguna vez…?
- Albia,
no preguntes. -Entonces
tenía que decirle adiós a Helena; se encontraba en la
otra habitación con las niñas,
fingiendo no saber
lo que estaba
haciendo yo-. Hazme un favor,
Albia. Cuando me haya ido, dile a Helena Justina lo que dijo su hermano.
Albia asintió moviendo la
cabeza lentamente.
- Eso la consolará.
- Quizá. Si no, recuérdale
que en esta operación no estoy solo; voy a salir a jugar con los chicos mayores
de los vigiles.
El instinto había traído a
Helena hasta la puerta. Nux corrió hacia ella en busca de ayuda para impedir
que me fuera. Helena se inclinó para evitar que la perra le tocara con las
patas la ligera túnica interior que llevaba en la cama por la
noche. Al verme listo
y armado con
la espada, Helena cerró la puerta
con cuidado entre las niñas y yo. Julia, que siempre estaba demasiado atenta
como para que eso resultara práctico, ya se hallaba al otro lado de la puerta y
miraba fijamente en silencio. Tras ella vi fugazmente a Favonia que estaba de
pie en la cuna, medio dormida.
- Dado
lo que sé
de los vigiles,
¿debería tranquilizarme su
presencia, Marco? -Helena mantuvo la voz
baja.
- Confía en lo que sabes de
mí. -Me quité el anillo ecuestre de oro y se lo di a ella para que lo guardara
en lugar seguro; a veces era mejor no revelar mi posición social. La besé con
suavidad. Sólo Helena sabía si mis ojos todavía sonreían.
- No te caigas al agua
-respondió. Una vieja broma entre nosotros. Una vieja y muy cariñosa broma.
Ella seguía preocupada,
pero yo tenía todo su afecto. Esto
demuestra la gran tolerancia de
Helena para conmigo… dado que sabía que me marchaba para dirigirme a un
burdel del puerto.
XLVI
El faro se había quedado a
oscuras. Habían dejado que su enorme hoguera se fuera extinguiendo a medida que
el alba iluminaba lánguidamente los muelles. La jornada de trabajo en Portus
había empezado mucho antes de que yo llegara, aun cuando había cruzado el río
en uno de los primeros
transbordadores. Tan sólo podían haber
pasado unas pocas horas entre la retirada de los últimos marineros tras
su gaudeamus nocturno y la llegada de los peones que más duro trabajaban. El
burdel parecía estar cerrado.
Avancé lentamente
por el malecón,
mirando los barcos amarrados.
Todo estaba en calma, pero la actividad ya había empezado en algunas
embarcaciones. Un marinero adormilado escupió en el puerto; fingí suponer que
no era nada personal. En el puesto de aduanas un funcionario montaba la mesa
con lentitud. Incluso a esa temprana hora podían llegar
a puerto algunos
barcos con artículos gravables; de hecho, había una
embarcación cerca del faro, y maniobraba tan mal que era imposible saber si salía
o entraba. El empleado y yo intercambiamos un leve saludo con la
cabeza; quizá me
hubiera visto últimamente, hablando con Cayo Baebio. Ni él
ni nadie parecían muy sorprendidos de ver a un extraño en el puerto tan temprano.
En los muelles la gente lo da casi todo por sentado, al
parecer. Lo
más probable era
que hubiera unos
ojos observando todos mis movimientos.
Los tres trirremes de la
marina seguían amarrados en fila, por lo visto aun desiertos. Unos gallardetes
a juego pendían lánguidos en sus popas,
de las que
salían las cuerdas que bajaban
hasta los norays del muelle. Los sórdidos desperdicios habituales en un puerto
cabeceaban en el agua oscura entre ellos.
El aire era frío. Había
venido con una capa. Sería un incordio después, cuando el sol empezara a
quemar, pero de esta manera podía mantener oculta mi espada.
Al llegar al extremo más
alejado del malecón, a la sombra del faro, di la vuelta y volví por donde había
venido, tropezando con la
mitad de las
cuerdas que había conseguido evitar la primera vez.
Podría haber continuado mi paseo hasta el
otro malecón, pero
estaba demasiado lejos del lugar fijado. En vez de eso, me uní a los
hombres que se hallaban
de pie en
el mostrador de
El Delfín, entrando en
calor con bebidas
calientes y desayunos ligeros. La mayoría tenían ese apesadumbrado
fatalismo de los que empiezan su jornada laboral. Había uno que destacaba: mi
cuñado. Se me cayó el alma a los pies.
- Hola, Cayo. Esto sí que
es una sorpresa.
- ¡Marco! La verdad es que
le he tomado el gusto a este lugar -me informó Cayo Baebio. Su pomposidad ya
era irritante-. Se ha convertido en mi bar desde el día en que tú
y yo lo descubrimos.
Cuando vino a ver qué
quería yo, la evasiva mirada del propietario me dijo que el deleite no era
mutuo.
- ¡Já! Decir «descubrimos»
hace que parezcamos colonizadores territoriales. Lo único que hicimos fue venir
andando hasta aquí con Ajax. ¿Cómo van tus achaques?
- Siguen martirizándome…
Maldiciéndome por haber
preguntado, interrumpí con crudeza:
- Bueno, ¿y qué haces aquí
tan temprano?
- Siempre bajo al puerto a
esta hora. Vengo en busca de paz. A veces la vista del amanecer es muy
conmovedora.
-No era capaz
de responder a ideas
poéticas, no a esa hora… y menos aún viniendo de Cayo-, ¿Y
tú también estás trabajando, supongo? -me preguntó alzando la voz.
- Yo también disfruto con
una buena salida del sol. - No serviría de nada darle una patada en la
espinilla como indirecta para que
se callara; querría
saber, en voz igualmente alta, por qué le había dado un
puntapié.
- Sí, pensé que debías de
estar aquí en misión de vigilancia; hay algunos amigos tuyos de los vigiles.
-Dejé escapar un quejido.
Mientras los sombríos
trabajadores que había en El Delfín apartaban la vista de su desayuno en un
movimiento sincronizado para mirar, Petro, Fúsculo y una selección de sus
tropas se acercaban paseando como si tal cosa desde el
transbordador, en parejas o
grupos de tres, discretamente… o
eso es lo que habían
creído ellos. Puede
que los estibadores y
los remeros de
las barcazas se
hubieran fijado en los recién llegados de todos modos; los trabajadores
del puerto podían olfatear a los hombres de la ley y el orden a más de un
kilómetro de distancia. Pero la llegada de los vigiles bastó para dispersar a
los que desayunaban, dejando únicamente
a una pareja
de cargadores tozudos que se quedaron observando lo que ocurriría a
continuación con cara de vinagre, masticando sus puñados de pan y negándose a
que los apartaran de su rutina.
Los vigiles
ocuparon el lugar
de los clientes matutinos que
se marchaban en
el mostrador, donde pidieron algo de comer para ellos.
- ¿Hoy tenéis
una operación en marcha?
-preguntó Cayo con su habitual falta de tacto. Por suerte, Lucio Petronío tenía
la boca llena en aquel momento y no podía arrancarle la nariz de un bocado a mi
cuñado.
- La salida del sol será
preciosa -informé a Petro cuando sus ojos castaños hablaron emotivamente de
sentimientos exaltados.
- ¡Estupendo!
De pie en la barra de aquel
figón, nos volvimos de espaldas al mostrador y apoyamos los codos en el mármol.
De esa forma podíamos dirigir
discretamente la mirada
hacia La Flor del Ciruelo.
Vi que un par de hombres se acercaban hasta el edificio y luego empezaban a
buscar la puerta de atrás con disimulo. Tenía que haber una. Ninguna tasca o
burdel que se precie carece de una puerta trasera por la que poder darse uno
rápidamente a la fuga, o para que sirva de entrada secreta a los que irrumpen
armados para cobrar una deuda o para efectuar el robo masivo y por sorpresa de
los monederos de los clientes.
- Ese lugar al otro lado de
la calle está haciendo su agosto
-observó Cayo. Para
tratarse de un
bicho amodorrado, sus antenas eran agudas. Había hecho hincapié en el
objeto de nuestra observación de manera peligrosa-. La Flor del Ciruelo.
- Sí, los primeros rayos de
sol empiezan a brillar de un modo encantador en los sinuosos remates del tejado
-dijo Petro, que estaba que ardía-. ¡Oh, mira! Ahora el gastado letrero pornográfico
resplandece bajo la luz recién nacida… Cayo Baebio, ¿no
deberías estar en tu mesa de impuestos?
Cayo Baebio volvió sus
grandes ojos llorosos hacia Petro y con grandes aspavientos demostró que lo
había entendido.
- Sí, Lucio Petronio, debo
supervisar a esos vagos que trabajan para mí.
- Buen chico.
Cayo se marchó. El ambiente
mejoró de inmediato.
La puerta de La Flor del
Ciruelo se entreabrió. Un joven vestido
con una túnica del color de la herrumbre y con
el pelo bastante
corto se deslizó
hacia fuera y se acercó hasta el bar. Pidió pan y algo de
beber, como si viniera de una juerga con una chica de vida alegre. Tal vez
fuera así. Pero sin duda era un miembro de los vigiles. Le dirigió una
leve inclinación de
cabeza a Petronio,
se terminó la bebida
y se marchó.
Otro hombre, con
una túnica de un
disparejo color verde, llegó
a pie por el
camino que llevaba a la Isla y fue directo al burdel, donde no tardaron en
dejarle entrar. Definitivamente pertenecía a la Cuarta Cohorte; lo reconocí.
Le comenté a Petronio:
- ¡Hay gente que se
ofrecería voluntaria para cualquier cosa!
- Es triste, ¿no? -sonrió.
Poco a poco el resto de sus
hombres se dispersaron por los alrededores. La mayoría de ellos se habían hecho
primero con algo de comer; los vigiles consideran esto un rito sagrado que
siguen de manera impecable para aplacar a los
dioses y garantizar
la supervivencia de
Roma, del Senado y del pueblo.
Una vez satisfechos, se perdieron por los rincones del puerto. Fúsculo estaba
tumbado con la espalda apoyada en la base de una grúa y parecía un atado de
harapos, o un socio en uno de esos chanchullos delictivos que tanto le
fascinaban. Casi me esperaba que hubiera un
compañero oculto por allí
cerca, listo para salir de un salto y robarle a cualquiera que se hubiera
inclinado para ver si la aparente víctima de un ataque al corazón necesitaba
ayuda.
Petro y yo nos quedamos en
El Delfín, disfrutando de sus excelentes vistas tanto de La Flor del Ciruelo
como del camino de acceso desde los transbordadores. Estábamos hablando de
asuntos familiares. Tomamos a Cayo Baebio como punto de partida, cosa que llevó
a lo de que siempre había detestado a mis cuñados y al curioso hecho de que mi
mejor amigo fuera entonces uno de ellos.
- Puede que tengas que
plantar a Maya.
- ¿Y qué te parece si la
adopto? Entonces dejará de ser tu hermana, de modo que yo no podré ser tu
cuñado.
- Pero entonces Maya se
convierte en tu hija y no se te permite dormir con ella.
- ¡Mal plan!
Seguimos matando el tiempo
y discutimos a cuál de mis cuñados odiaba más. Esto nos proporcionó una plática
inagotable. No podía decidirme entre Veroncio, el constructor de carreteras, y
Mico, el yesero, que daba la impresión de ser bastante inofensivo pero que
tenía un montón de defectos, especialmente su terrible enlucido. Pero Petronio
le tenía una ojeriza especial a Veroncio, al que una vez intentó arrestar por
soborno en contratas oficiales; Veroncio escapó de aquello sin mancha en su
reputación (se libró de los cargos mediante el soborno).
Evitamos mencionar a Famia,
que había estado casado con Maya hasta que murió hacía un par de años; no
recordaba si a Petronio le habían contado alguna vez el mejor momento de Famia.
Se mantenía en
secreto para evitarles
la vergüenza a los niños: a Famia lo habían enviado a la arena en Leptis
Magna y se lo había comido un león.
Famia era un borracho con
una lengua incontrolada, que fue lo que le acarreó su suerte. Pero no había
alcanzado el nivel de inmundicia, engaño, hediondez y absentismo que mezclaba,
en un brebaje de sabor indeterminado, el desdentado barquero padre de mis
sobrinos favoritos, Lario y Cayo. En cuanto
mencionamos a Lolio, fue el indiscutible ganador.
Pasó el tiempo.
El puerto había cobrado
vida a nuestro alrededor. A los pocos cargadores que a primera hora parecían
estar trabajando por propia
iniciativa se les
habían unido entonces unos
equipos organizados. Cantando
y bromeando, emprendían complicadas maniobras que a menudo implicaban
largos períodos de inactividad durante los
cuales los hombres
permanecían en el
muelle y debatían sobre la manera
de acometer su tarea. En otras ocasiones parecían no tener ningún problema y
entraban en acción con la seguridad que da la experiencia. Entonces era cuando
sacos y barriles se desembarcaban sin descanso o
se llevaban a bordo en
grandes cantidades. A ciertos intervalos a lo largo del malecón, las grúas se
habían puesto en marcha con sus chirridos e izaban mercancías desde profundas
bodegas; normalmente la grúa la manejaba una sola persona que trabajaba con
compañeros invisibles que nunca parecían comunicarse con ella desde el barco.
Si se caía una carga, el hombre tenía que abandonar la grúa y remediar el
desastre él solo. Si tenía suerte, una gaviota se acercaba a mirar. Los
trajinantes que transportaban los productos manualmente cruzaban de un barco
cargado hasta los topes a otro, en ocasiones varios a la vez, utilizando
planchas a modo de puentes mientras cargaban con ánforas de vino y aceitunas o
se arrojaban sacos y pacas de mano en mano. Los artículos delicados nos
proporcionaron mucha diversión.
Tuvieron que convencer
a toda una jauría
de perros de Hispania para que bajaran por la plancha, que se
tambaleó peligrosamente incluso
cuando alguien sugirió que les vendaran los ojos. Llegaron
los submarinistas para trabajar en una zona del muelle donde un valioso
artículo había caído al agua el día anterior.
Estuvimos allí
media mañana y los submarinistas todavía no habían encontrado lo
que buscaban. No descubrimos qué era. Petro fue paseando hasta allí para
hacerse amigo del supervisor, puesto que un contacto entre los submarinistas
podría resultarles útil a los vigiles.
Otro soldado llegó de la
Isla, con aspecto nervioso.
Empezó a acercarse a
Fúsculo y entonces vio a Petronio, que a su vez ya lo había visto a él y se
apresuraba a volver al bar.
- Lo siento, jefe. Malas
noticias. Al final los cronistas no van a venir.
Petronio ajustó la posición
de su taza en el mostrador; el suave movimiento era engañoso y el asustado
mensajero lo sabía.
- Cuéntamelo.
- Todo
es un fraude.
-Temeroso de Petro,
el ex esclavo explicó la historia
precipitadamente-. Salieron, eso seguro,
llegaron hasta el
transbordador, luego les arrebataron el dinero mientras estaban en
el bote.
Entonces Petronio
sí que demostró
que estaba furioso.
- ¡No puedo creer lo que
estoy oyendo! ¿Cómo es que se fastidió?
- El transbordador fue
atacado por otro bote.
- ¿Qué?
- Como lo oyes, jefe. Una
banda había secuestrado un remolcador. Eran cuatro o cinco. Los dos cronistas
venían en uno de los grandes transbordadores de Lúculo. -Cuatro servicios de
transbordadores distintos navegaban de un lado a otro del Tíber diariamente. La
línea de Lúculo tenía múltiples remeros y transportaba tanto pasajeros como
mercancías pesadas. Eran unas embarcaciones
grandes y
difíciles de manejar.
- ¿Y dónde estabais todos
vosotros? -preguntó Petro con
frialdad-. Os dije
que siguierais de
cerca a los cronistas.
- La mayoría íbamos en uno
de los esquifes de los vigiles. Se suponía que Parvo tenía que mantenerse
pegado a ellos en el transbordador. Rubela dijo que sólo un hombre iba a
acercarse tanto, por si acaso sospechaban.
- ¡Rubela! -Petronio se
acercó aún más al punto de ebullición.
- Si un tribuno quiere
venir en una misión, jefe…
- ¡Si
lo hace, lo
perdéis! Cuéntame el
resto del desastre.
- Parvo no pudo subirse en
el transbordador adecuado por culpa
de la multitud, de
modo que lo
arrastraron a bordo de uno de
Rusticelio… -No era más que un bote de remos
para pasajeros-. Pero cruzaban al
mismo tiempo, más o menos en
paralelo. Vio lo que estaba ocurriendo. La banda embistió
el transbordador de
Lúculo, saltaron a bordo y saquearon los monederos de todo el
mundo, de todos los pasajeros. Rubela cree que robaron a los demás para hacerlo
más creíble…
- ¿Cree que las
instrucciones de La Flor del Ciruelo eran pillar a los cronistas en el río?
-gruñó Petro-. ¿Así es como iba a recogerse siempre el dinero? ¿De modo que a
los escribas les robaron el cofre en medio de la avalancha?
- Se lo arrebataron
rápidamente y lo pasaron al remolcador en un abrir y cerrar de ojos.
- ¿Y dónde estaba Rubela
mientras se desarrollaba esta escena pastoril?
- En nuestro esquife.
Saltando arriba y abajo y echando fuego por la boca. No dejaba de gritar que se
acercaran remando, pero para ser sinceros, ninguno de los muchachos es muy
bueno al timón. -Cada vez que un destacamento de vigiles era asignado a Ostia,
las tropas tenían que aprender a manejar su bote. En Roma no necesitaban
ninguno: había puentes.
- ¿Y dónde está Rubela
ahora?
- En Ostia. Consolando a
los cronistas y explicándoles que simplemente han sido víctimas de una
jugarreta.
Petronio se pasó las manos
por el pelo al tiempo que asimilaba aquello. Siempre preocupado por la
seguridad de los hombres, preguntó, con voz más comedida:
- ¿Algún intento de
defenderse? ¿Alguna baja?
- Parvo. Saltó al agua y
nadó desde el transbordador en el
que iba. Consiguió
subir a bordo del
Lucillo. Es un diablo enloquecido, golpeó a un miembro de
la banda con un remo y casi le abre la cabeza. -Como bomberos, los vigiles son
una fuerza que no va armada. Pueden hacer muchas cosas con los puños y los
pies, o si no, improvisan-
. Pero entonces alguien
golpeó a Parvo en las tripas y se cayó del transbordador.
- ¿Está bien?
- Se hundió. Rubela y
algunos muchachos saltaron tras él. Lo
sacamos, pero eso
nos retrasó. Para entonces la banda ya estaba otra vez en el remolcador,
riéndose de todos nosotros
mientras se alejaban remando a toda velocidad corriente abajo. Intentamos
seguirles pero los transbordadores se metieron en medio…
- ¿A propósito?
- Bueno, era un caos. La
corriente arremolinaba los botes por todas partes. Los ladrones parecían saber
lo que hacían en el agua, pero hubo algunas colisiones. Creí que íbamos a
hundirnos. Poco después encontramos el remolcador. Lo hicieron encallar junto
al santuario de Isis; ahora no hay ni rastro de ellos y por supuesto nadie vio
nada sospechoso cuando desembarcaron allí… o al menos eso es lo que dicen
todos.
El hombre se quedó callado,
con una expresión de culpabilidad.
AI cabo de un momento
Petro dio unas palmadas en el hombro a los vigiles para
demostrar que no estaba resentido. Entonces le hizo una señal a Fúsculo (que
había estado escuchando,
si bien a
una distancia prudencial).
Reunieron a las tropas y emprendieron un completo registro en el interior de La
Flor del Ciruelo.
- ¡Dejad este antro patas
arriba! -ordenó Petronio. En ocasiones mostraba mayor respeto por las personas
y las propiedades. Pero de
algún modo tenía
que aliviar sus
sentimientos.
XLVII
No era la primera vez que
Petro y yo estábamos en un burdel, siempre por motivos profesionales, por
supuesto. En una ocasión
habíamos arriesgado nuestras
vidas y nuestra reputación en el
mayor nido de amor que Roma podía
ofrecer, buscando en
vano al bandido
que era el suegro de Florio, la pesadilla de Petro.
En comparación, La Flor del Ciruelo era un lugar diminuto y sus servicios
sencillos, aunque, al igual que todos los establecimientos portuarios, tenía
su propio cariz
hostil. Unas pequeñas celdas en dos pisos ofrecían poco más
que unas camas estrechas y duras. Las que eran de lujo tenían todas un colgador
para la ropa fuera en el pasillo. La suite imperial contaba con un armario que
contenía un orinal.
A pesar de
que desde el
muelle el lugar
parecía desierto, cuando irrumpimos por la puerta principal con los
agresivos saludos de
los vigiles, el
interior soltó a un
montón de ocupantes de dudosa reputación. De todas partes salían marineros
avergonzados, muchos de ellos con una bolsa a cuestas y con cara de estar
utilizando el lugar simplemente
como un hotel barato.
Las chicas eran de varios sabores,
desde orientales de
ojos de azabache, pasando por tipas morenas de las
regiones interiores de África con
pechos y traseros increíbles,
hasta una gala
flacucha que no tenía busto
y que le propinó una inesperada patada
en la entrepierna a Fúsculo. A
todas les olía
el aliento a ajo y su lenguaje era ordinario. Hubo varias que intentaron
el viejo truco de quitarse la ropa para desconcertarnos… las que, para empezar,
iban vestidas. La madama se denominaba a sí misma bailarina hispánica, pero en
su vida no podía haber ido más allá de la puerta Romana de Ostia. Al dedicarse
a este oficio durante décadas, probablemente
había adquirido más
conocimientos técnicos sobre bitácoras
y trinquetes que
muchos carpinteros de barco.
Él gorila al que Ajax había
ladrado con tanta ferocidad el otro día, llevaba puesta una túnica que había
tenido como huéspedes a la mayor parte de la población de polillas de
Portus. Tenía más
agujeros que tela
había entre ellos; cuando se movió creí que unas nubes de
pequeñas criaturas aladas saldrían a raudales como si hubiéramos perturbado una
cueva de murciélagos.
- ¿Has estado alguna vez en
una cueva de murciélagos, Falco? -quiso saber Petro en tono sarcástico. Yo era
poeta en mis ratos libres; él siempre había desaprobado mis tendencias
imaginativas.
- La imaginación es un
talento poco frecuente.
- ¿Qué tal si la aplicas a
ayudarnos a ocuparnos de estos forajidos?
La madama se había negado
a hablar con nosotros,
siendo un principio de su
oficio que, puesto que era una marginada legal por ser prostituta, los agentes
de la ley de Roma no tenían jurisdicción sobre ella. Al menos, eso es lo que
ella decía. Fúsculo discutió aquella filosofía circular con el ingenio mordaz y
los buenos modales de los vigiles: le propinó un puñetazo en la mandíbula.
Puede parecer duro, pero
para entonces él intentaba arrastrarla
hacia fuera y ella lo
estaba pisando; pesaba mucho y debía de saber que sus
supuestos zapatos de baile de la Hispania tenían unos formidables tacones
altos.
Debido a su falta de
cooperación, Petronio le estaba estrujando las pelotas al gorila. Queríamos que
nos dijera si alguno de los clientes era de Cilicia.
- O de Iliria -añadí. Petro
reforzó la pregunta manualmente.
- ¿Eso está cerca de
Agrigento? -Al gorila lo habían entrenado bien en eso de hacerse el tonto,
incluso cuando corría el riesgo de convertirse en un eunuco. No perdimos más
tiempo con él. Como símbolo de que lo dejábamos estar, Petronio le dio un
tortazo en la oreja. Luego, explicó a
los clientes que
miraban que tenía
muchas ganas de probar sus técnicas de apretones y
tortazos en otras partes de la anatomía, de modo que cualquiera que quisiera
darle problemas podría ser un voluntario.
Aquello era demasiado
sofisticado y, de todas formas, la mayoría
eran extranjeros. O al menos
eso afirmaban
ellos. Cierto era que todos
tenían gran dificultad incluso para entender el requerimiento de sus nombres y
medios de vida.
Petronio Longo puso a los
hombres en fila, vigilados por sus tropas, y dijo que iba a llevar a cabo el
proceso de comprobar si los clientes eran ciudadanos romanos libres o esclavos
fugitivos; explicó que aunque detestaba la xenofobia, estaría obligado a
prestar particular atención a los que fueran extranjeros. A cualquiera que
pareciera ser un fugitivo se
le pondría un
pesado collar y
sería encarcelado hasta que se hubiera realizado la búsqueda de su amo
por todo el país; como el trabajo apremiaba, en aquellos momentos no había
ninguna garantía de cuánto tiempo
podrían durar dichas búsquedas…
Pero no había nada que temer:
lo único que
uno tenía que hacer
para quedar absuelto era presentar su certificado de ciudadanía romana
válido.
Nadie lleva ese certificado
encima.
Muchos ciudadanos de Roma
sí tienen un certificado de nacimiento (o lo tuvieron cuando nacieron y fueron
registrados), a los esclavos libertos se les da una tablilla y todo el personal
ex miembro del ejército adquiere su diploma de puesta en libertad (que solemos
guardar cuidadosamente, no fuera el caso que tuviéramos que desmentir
acusaciones de deserción). En las provincias, de donde eran originarios la
mayor parte de aquellos hombres,
el concepto de ciudadanía
es poco preciso. La pandilla de marinos, cargadores, negociadores y cocineros
de platos sencillos y rápidos parecieron todos avergonzados, luego les entró
miedo y a continuación siguieron nuestras reglas. Rápidamente se
confeccionó una lista
de nombres, ciudades natales y
profesiones.
Nadie reconoció ser cilicio
o ilírico. O panfilio, licio, rodio o delio. Había un cretense, pero estaba
solo, su estatura era de tan sólo un metro y veinte centímetros, era patizambo
y vomitó de terror cuando lo interrogamos. Decidimos que de ningún modo podía
formar parte del chanchullo con los dos cronistas de la Gaceta, de manera que
le hicimos prometer que no lo volvería a hacer (cosa que hizo, aunque era
inocente, mediante un peculiar juramento cretense). Lo dejamos marchar.
Mientras se iba correteando por el
muelle nos maldijo. Fúsculo parecía estar nervioso.
- Algo ha hecho, seguro
-decidió Petro misteriosamente,
con la voz de la
experiencia. Pero entonces ya era
demasiado tarde. Para tener unas piernas tan arqueadas que podías hacer pasar
tres cabras entre ellas, el cretense se movía como un velocista olímpico al que
le hubieran prometido una excitante cita si regresaba del estadio con una
corona. Ése fue otro motivo de sospecha: de los demás, la mayor parte se habían
marchado paseando, adoptando una expresión despreocupada deliberadamente.
- Lemno -dijo Fúsculo,
volviendo a revisar la lista-. Lemno, de Pafos. Trabaja por su cuenta como
mezclador de hormigón en las obras de
construcción. Actualmente no tiene trabajo.
- Entonces, ¿qué está
haciendo en los muelles? - pregunté.
- Buscando empleo, dice.
- ¿En
el colchón barato
de una puta?
-Todos nos reímos. Entonces, la
madama de La Flor del Ciruelo nos chilló que todas sus mujeres estaban muy bien
entrenadas y no eran baratas.
La vida había hecho de
aquella arpía una excelente mujer
de negocios. Cuando
los vigiles recogían
los bártulos para marcharse, ella les prometió hacerles descuento si
venían de visita una noche tranquila.
Petronio Longo iba a llevar
a sus hombres de vuelta a Ostia. A Rubela
no le haría
gracia mi presencia
en la reunión para rendir informe
del episodio de aquella mañana en el río. Le dije a Petro que si veía a Helena
tenía que tranquilizarla y decirle que nuestra misión nos había abandonado.
Pero ya que me encontraba allí en Portus, se me ocurrió quedarme por ahí y
husmear un poco.
Los vigiles
se marcharon. Volví
al Delfín. Todo parecía
haberse terminado, pero
ahora estaba solo
sin apoyo de nadie. Para mí era entonces cuando empezaban las
aventuras del día.
XLVIII
Me compré algo para comer.
Desafiando abiertamente las normas de los figones imperiales, el plato del día
en El Delfín era un guiso caliente de pescado. Tenían que haber sido legumbres,
pero el camarero tenía un sedal por encima del malecón; el pescado era gratis.
Portus estaba lleno de funcionarios,
desde los ediles
del suministro de
grano hasta los escarabajos de las tasas y el capitán de puerto, el
personal del faro y los vigilantes; aquélla tendría que haber sido una zona
completamente regulada. Ni en broma. En los puertos, la desobediencia es tan
común como el cieno.
Me hallaba rebañando el
cuenco con un pedazo de pan rústico
cuando ¿a quién os parece
que veo trotando
de vuelta a La Flor del Ciruelo? ¡A Lemno! Sus arqueadas piernas cretenses seguían
levantando el polvo como un esclavo
doméstico furibundo. Entró
correteando en el burdel al tiempo que echaba una mirada
furtiva por encima del hombro. Al cabo de un minuto yo hice lo mismo.
El gorila se había ido a
comer. En aquellos momentos vigilaba la puerta una chica bajita, gorda y
sombría.
- ¡Tú otra vez! -me saludó.
- Me
encanta ser tan
memorable… ¿Dónde está
Lemno?
- Ten cuidado.
- Escucha, gordi; llévame
con el cretense, ¡rápido!
- ¿O qué? -Ella esperaba
una amenaza, de modo que le mostré medio denario.
- O no te daré esto. -No
tenía intención de darle tanto dinero hiciera lo que hiciera, pero no era ni
mucho menos inteligente y se lo tragó.
Con lo que ella consideraba
una sonrisa seductora, me condujo a lo largo del pasillo. Era tan seductora
como una pata preñada, y sólo aparentaba unos catorce años. Ya es bastante malo
ser gorda y desgraciada a esa edad si llevas una vida como es
debido; trabajar además en un burdel debía de ser mortal.
Lemno estaba sentado solo
en una de las celdas.
- Bueno, hombrecito de Pafos, ¿qué haces otra vez aquí?
- No
había terminado. -Los
hombres de Petro
ya habían establecido que Lemno lloriqueó al ser interrogado. Sólo
mostraba su verdadero estilo cuando no podían alcanzarlo. Entonces sus
maldiciones volaban tan rápido como sus piernecitas curvadas.
- Puesto que estás aquí
solo, los chistes son obvios y ordinarios, Lemno. ¿Ha pagado? -le pregunté a la
chica de la puerta que seguía esperando allí con la esperanza de conseguir la
moneda.
- Tiene cuenta. -Sacudió el
pelo hacia atrás con aire
burlón, cosa que provocó
una neblina de caspa y perfume barato. Dejé que viera cómo me guardaba la
moneda que le había ofrecido, así
pues regresó a
sus obligaciones-.
¡Remolón! -exclamó entre
dientes y con el ceño fruncido.
- Me imagino que se refiere
a ti -le dije a Lemno alegremente… justo cuando dejó de ser una rata tímida,
abrió rápidamente un cuchillo plegable y me atacó.
Ya me había esperado problemas. Le eché el brazo hacia arriba de
un codazo y por muy poco evité que me rajara. Lemno pasó a trompicones por mi
lado hacia el exterior de la celda, pero yo había extendido la pierna y tenía
la bota a la altura de sus tobillos. Se estrelló contra el suelo. Lo
hubiera desarmado e
inmovilizado, pero la vigilante de la puerta había vuelto y se
abalanzó sobre mí. Aún iba detrás del medio
denario, y estaba dispuesta
a pelear sucio por él.
Me liberé para que no me
asfixiara y le propiné un golpe con la rodilla que la dejó doblada en dos y
gritando. El cretense había
puesto pies en
polvorosa a toda velocidad. Cuando salí detrás de él
aparecieron mujeres de todas direcciones. La madama estaba en lo cierto:
estaban todas muy bien entrenadas… entrenadas para interceptarme el paso.
Aparté a una princesa del desierto de un empujón, aplasté a su pálida amiga
contra la jamba de una puerta y desvié a una fiera con la cadera y a otra con
el antebrazo. Lemno había salido
fuera a todo
correr y cuando
salí
precipitadamente al muelle
ya se había perdido de vista. No obstante, la gente estaba mirando fijamente
hacia unas letrinas públicas como si un fugitivo hubiera entrado allí a toda
prisa, de modo que yo también entré.
Había cinco hombres
tomándose un descanso filosófico, todos ellos extranjeros, todos inmersos en
sus tareas. Ni rastro de Lemno. No había otra salida. Hubiera sido una grosería
entrar corriendo y luego volver a salir corriendo de inmediato. Tomé asiento.
Entronizado en un sitio
libre, recuperé el aliento, gruñendo en voz baja. No me hicieron ni caso.
Siempre hay un perdedor que habla solo.
Al menos había algo
provechoso en dar caza a un sospechoso
en una zona imperial de alta categoría: dado que podría ser que a
Claudio y a sus sucesores les entraran unas ganas terribles de ir al baño
mientras inspeccionaban las instalaciones portuarias, la letrina de veinte
asientos era digna de un emperador. Los bancos, en los que había asientos, para
cinco personas en cada lado, estaban revestidos de mármol y los bordes de sus
agujeros de hermoso diseño, eran lo más lisos posible. La estancia era un rectángulo
espacioso y aireado, con ventanas en dos de los lados para que los transeúntes
pudieran mirar dentro y ver a sus amigos; si Lemno había entrado allí tal vez
había saltado por la ventana. El agua para limpiarse corría por canales que
nunca se desbordaban. Había abundancia de
esponjas en sus palos. Un
esclavo limpiaba las gotas y salpicaduras.
Y lo que es
mas, llevaba una
túnica muy cuidada y era discreto
a la hora de esperar propina.
La conversación entre los
mozos y los negociadores era banal, pero tras una larga mañana fuera tenía
mejores cosas que hacer que charlar. Por norma general, los informantes tienen
que arreglárselas sin aliviar sus necesidades. En un imperio que se enorgullece
de una higiene de categoría, la retención de las funciones fisiológicas constituye
el principal desafío
para los hombres de mi
profesión. Agarrarse a tortazos en una pelea o hacer tu declaración de
impuestos de manera creativa es pan comido en comparación.
Permanecí sentado y sumido
en la reflexión sobre los aspectos negativos de mi trabajo, las típicas
cavilaciones de un hombre que ha entrado solo en unos servicios. Un par de
personas se marcharon. Entraron otras dos. De pronto oí mi nombre: «¡Vaya, hola
Falco!». Ése era el otro inconveniente tradicional: el idiota que insiste en
que debe hablar contigo. Levanté la vista y vi a un anciano gruñón de cabello
cano, muy maniático a la hora de comprobar que su asiento estuviera limpio y
seco: Canino.
Era natural encontrarse con
la galleta de barco en Portas, aunque por supuesto me sentí molesto. Cuando los
hombres de la marina tienen la oportunidad de disfrutar de unas instalaciones
decentes en tierra firme en lugar
de
andar colgados sobre la
popa de un barco que brinca con un viento fortísimo, suelen tomarse su tiempo.
Canino tenía cara de estar dispuesto a quedarse allí durante días, y yo tenía
que aguantarlo.
Según el
protocolo de las
letrinas, los presentes podían entonces volver a sumirse en
íntima reflexión mientras me compadecían porque alguien me había visto. Estaba
obligado a ser agradable.
- ¡Canino! Ave.
- ¿No sueles frecuentar
este lugar, Falco? Moví la cabeza en señal de negación.
- Sólo estoy de paso. -Es
un viejo chiste del ejército, pero al parecer la marina también lo conoce.
- ¡No me digas! ¿Estuviste
involucrado en todo ese bullicio en La Flor del Ciruelo esta mañana, Falco?
-soltó tan campante esa amenaza náutica con una mirada significativa.
- Es confidencial -le
advertí, en vano.
- Sí, pensé que debías de
estarlo. Por lo que he oído era un rescate que salió mal, ¿no?
- Debes
de tener a tus
soplones apostados en los lugares adecuados.
- ¿Tenía
alguna relación con
ese caso que mencionaste? ¿El del cronista
desaparecido?
- Supuestamente Diocles
está a la espera del rescate. - No vi que tuviera nada de malo admitirlo, aun
cuando los
otros cuatro hombres
presentes escuchaban atentamente en tanto que fingían no hacerlo-. Creo que fue
una artimaña, nadie lo ha secuestrado. Sólo me pregunto cómo supieron los
especuladores que había desaparecido… y que la gente estaba lo bastante preocupada
por él como para responder a una demanda de dinero.
- Me estuviste preguntando
por los cilicios -dijo Canino-. Comportamiento habitual. Se sientan en tabernas
y burdeles, ojo avizor. Exactamente del mismo modo en que solían trabajar los
piratas: consiguiendo información sobre barcos con cargamentos decentes a los
que posteriormente seguirían fuera del puerto y atacarían.
- Ahora los cabrones se
quedan de pie en los mostradores de los bares y escuchan, al acecho de hombres
ricos recién desembarcados que lleven con ellos a esposas o hijas -coincidí.
Como cortesía profesional, bajé la voz-: La última vez que nos vimos no me
contaste que estabas en el puerto investigando este chanchullo.
- ¿Ah, no? -Canino fue
brusco-. En ningún momento dijiste que incidiera en tu caso del cronista
desaparecido.
- No lo sabía.
Nos quedamos
callados. El cambio
de ritmo de nuestra
conversación permitió que
dos de los
otros hombres terminaran y se marcharan. Los dos que quedaban, que era
de suponer que se conocían, empezaron a hablar de caballos de carreras.
Canino estaba muy
simpático.
- Por cierto, Falco, hace
poco alguien ha mencionado a un tipo que se supone que es tío tuyo.
Me sorprendí de que en
Portus se me considerara un personaje… o de oír que mi árbol genealógico
provocaba chismorreos de embarcadero.
- ¿Estás seguro de que no
te refieres a mi padre, Didio
Gemino? Todo el mundo lo
conoce como a un bribón.
- ¿El subastador? -Estaba
en lo cierto. Todo el mundo conocía a papá, incluyendo los investigadores
navales. No era una sorpresa. Gemino había cerrado muchos tratos dudosos con un
apretón de manos. De hecho, uno de los hombres que hablaba sobre caballos me
lanzó una rápida mirada cuando se
escapó; tal vez
hubiera estado involucrado en una
de las turbias adquisiciones artísticas de mi padre. El inacabable suministro
de estatuas de artistas griegos que papá vendía en el Pórtico de Pompeyo lo
fabricaba a golpes
para él un especialista en reproducciones en mármol de la Campania,
pero me había dicho que algunos ritones y vasos de alabastro que suministraba
como «antiguas» vasijas baratas a diseñadores de interiores venían por mar.
Según papá, eran griegas de verdad y sin duda casi antiguas, era la procedencia
lo que prefería no discutir-. No, estoy seguro de que era tu tío - insistió
Canino.
- Fulvio -reconocí-. No lo
había visto desde que era un
niño, hasta esta semana
pasada… ¿A qué viene el interés?
- Pensé que podrías estar
trabajando con él.
- ¿Qué? ¿Con Fulvio?
- Te vieron bebiendo con él
y tu padre. Gemino vino aquí para buscar a Teopompo, ¿no?
- ¡Por favor! -estaba
asombrado e indignado-. Tomé una copa tranquilamente con unos parientes en la
taberna del foro; simplemente nos encontramos por casualidad. Sin embargo, te
lo dicen ¿y tú decides que formamos un equipo organizado? ¿Un equipo que podría
causarte molestias, me imagino?
- Bueno… -Entonces Canino
se dio cuenta de que era ridículo y abandonó-. Estuve hablando con un tipo que
creía que podría haber conocido a tu tío en el extranjero.
- Ni siquiera sé dónde ha
estado -le dije claramente-. Es más famoso por salir para Pesinunte y subirse
al barco equivocado. Fue hace años. Por lo que yo sé, no era un barco que fuera
a Cilicia. -Si pareció que le estuviera diciendo a Canino que no era asunto
suyo, estupendo entonces.
- ¿Pesinunte? -Canino puso
cara de desconcierto.
- El antiguo santuario de
la Gran Madre -confirmé. Mantuve un tono solemne-. Quería modificarse. En
cuestiones religiosas, el tío Fulvio lleva las cosas hasta el final.
- Creía que era ilegal que
un ciudadano se mutilara
su…
- Sí, lo es.
- ¿Y disfrazarse y bailar
por ahí con ropa de mujer?
- Sí. Afortunadamente,
Fulvio detesta el baile. Pero, como puede que sepas, los ciudadanos tienen
permitido dar dinero al culto. El tío Fulvio es tan caritativo que no pudo
soportar la espera hasta el festival anual en Roma. Sólo quería contribuir
al mantenimiento de
los sacerdotes eunucos lo más
rápidamente posible…
Me lo estaba inventando
libremente, incapaz de tomármelo en serio, pero Canino se deleitó con ello.
- Por lo que dices, parece
una persona enigmática.
- ¿Con sus carencias en
geografía al reservar un pasaje en un barco? No, no podía haber tenido un tío
más interesante. -Mamá habría estado orgullosa de mí.
- ¿Y de verdad se ha
cortado el chisme con un trozo de pedernal?
- No que yo sepa. -Aunque
creyera que Fulvio lo había hecho, la auto castración era un delito y él no
dejaba de ser pariente mío. No iba a
proporcionarle a la
marina una excusa para levantarle
la túnica y examinarlo. Que fueran a buscarse las emociones a otra parte.
Miré fijamente al agregado,
preguntándome por qué le fascinaba tanto aquel tío mío al que hacía mucho
tiempo había perdido de vista.
El cuarto desconocido, un
hombre discreto de unos
cuarenta años, estaba
entretenido con una esponja. Canino lo
miró y decidió
que no había
peligro en continuar hablando. Sin cambiar el tono ni la
expresión, me explicó el tema:
- En los muelles se dice
que tu tío Fulvio regresó aquí después de haber estado viviendo en Iliria.
- Para mí es una novedad
-repliqué con fastidio-. Lo último
que oí es que el
tío Fulvio estaba
pescando tiburones.
No vi ningún motivo para
excusarme con educación. Me levanté y me fui.
XLIX
Cuando volví
a salir al muelle
estaba mareado. No tenía ni idea
de dónde había pasado Fulvio el último cuarto de siglo. Aunque hubiera estado
en Iliria eso no demostraba que estuviera mezclado con los piratas y
secuestradores. Pero la taimada insinuación de la galleta de barco tenía un
dejo de
certeza. Estaba emparentado
con varios empresarios cuyos
tratos comerciales era mejor dejar velados. Fabio y Junio daban vergüenza
ajena, pero su hermano mayor tenía
una veta de
oscura inteligencia, además de
cierta aversión por
las normas sociales; disfrutaba criticando a la gente.
Lo vi claro: como intermediario de los secuestradores, Fulvio encajaría.
La imputación de que «el
Ilírico» era una «vieja reina escuálida»
también sonaba verosímil.
Fulvio había intentado escaparse
para asistir a un culto cuya diosa, según el mito, había nacido andrógina;
entonces se creó la pareja masculina de Cibeles a partir de los genitales
masculinos extirpados de ésta, sólo para que se castrara a sí mismo, extasiado…
Era una familia a la que no envidiaba. Debía de ser macabro cuando en las
Saturnales se sentaran en torno al fuego intercambiando historias médicas. Pero
ningún desafortunado sobrino había
tenido que explicarle
a Cibeles, la Gran
Madre del monte
Ida con su
corona
almenada, que Atis no
solamente era un eunuco con gorra estrellada, sino que además jugaba un
importante papel en un feo chanchullo de rescates.
Yo era una persona fuerte.
Pero no tan fuerte que quisiera apechugar con aquello. Los espectros de mi
propia madre y de la tía abuela Febe se alzaron de forma alarmante en la granja
de la familia. Puede que a los informantes no se nos conozca por tener miedo a
nuestras madres, pero estamos acostumbrados a evaluar correctamente los
peligros… así pues les tenemos miedo, por supuesto.
Volví a entrar en los
servicios. El otro cliente pasó por mi lado al salir y me dirigió una extraña
mirada. En aquellos momentos Canino mantenía una estrecha conversación con el
joven encargado; dándole una propina, supongo. El joven dio media vuelta rápidamente.
El hombre de la marina levantó la mirada, sorprendido y receloso.
- Creo que te equivocas
-dije-. Si te equivocas, acabas de difamar a un anciano miembro de mi familia.
Si no, Canino, no me hagas perder el tiempo con insinuaciones. Tú sacaste el
tema, tú debes entregar a Fulvio.
Volví a marcharme. Aquella
vez no iba a volver.
Me dirigía a grandes
zancadas hacia la salida que me llevaría a la Isla y a la ruta de vuelta a
Ostia cuando los vi. Apenas los divisé fugazmente. El sol estaba alto, era un
día caluroso. Se había levantado bruma sobre el mar abierto. El embarcadero de
piedra brillaba en
torno a mí. A
mis
espaldas tenía una larga
mañana, una comida y una eficiente redada. Estaba cansado y enojado. Enojado
con el hombre de la marina y más enojado aún, mucho más, con mi tío por
exponerme a las acusaciones
del hombre de la
marina. Quería irme a casa. Hubiera sido fácil dejar de lado lo que ocurrió
después y marcharme de Portus.
Pero acababa de ver a dos
hombres con vistoso atavío que llevaban un arcón de madera.
Primero me fijé en ellos cuando pasaron entre una grúa y
un montón de
sacos de grano.
En un segundo quedaron ocultos
por todo el
revoltijo del muelle. Entonces, mientras esperaba,
volvieron a aparecer más adelante. Iban trotando a un paso cómodo, uno a cada
extremo del arcón, que tenía unas prácticas asas. Daba la impresión de que
pesaba bastante pero no era imposible de maniobrar. El día anterior, cuando los
dos cronistas estaban comiendo sobre la caja en la que guardaban el botín, no
había podido verla bien, pero aquel contenedor era aproximadamente del mismo
tamaño. Los dos porteadores tenían aspecto de ser marineros.
Eché un vistazo a mi
alrededor. A veces los muelles están abarrotados de funcionarios. La hora de
comer estaba demasiado próxima. No
había ninguna ayuda disponible.
Salí detrás de aquellos dos hombres yo solo.
Estuve tentado de gritar.
Me hallaba demasiado lejos de ellos. Si echaban a correr con el arcón podría
atraparlos,
pero no
harían eso; lo
que harían sería
soltarlo y dispersarse. Iba
ganando terreno, pero seguían estando demasiado lejos para hacerles frente.
Rodeé un montón de bloques de mármol, salté por encima de un lío de amarras, me
escurrí entre descuidadas carretillas de mano… y me encontré con que los dos
hombres se habían esfumado. Me puse a correr y llegué a una parte despejada del
muelle. Había estado allí aquella misma mañana. Parecía estar todo desierto.
Las embarcaciones atracadas
se dejaban mecer con las olas
tranquilamente, apiñadas en los amarraderos, todas vacías de gente, al parecer.
Entonces un marinero arrugado asomó la
cabeza en un
barco mercante. Le pregunté
si había visto pasar a los portadores
del arcón; creía que habían subido el tesoro a bordo de un trirreme. Le
pedí si quería venir a ayudarme. De pronto fue incapaz de entender el latín y
volvió a perderse de vista.
Su explicación parecía
correcta. El primer trirreme era la
siguiente embarcación desde
donde yo me encontraba, con la popa amarrada al
muelle; el segundo y el tercero
venían después de
aquél. Si los
dos hombres hubieran continuado
andando por el embarcadero más allá de los trirremes, todavía estarían a la
vista. No podían haber hecho otra cosa que doblar a un lado y embarcar.
El trirreme descollaba
sobre el agua, su cubierta se alzaba unos dos metros y medio por encima de
ella. La verdad es que no alcanzaba a ver la cubierta. Para acercar
aquellas embarcaciones enormemente
largas hasta sus lugares
de amarre en
el abarrotado puerto,
debían de haberlas conducido
marcha atrás por medio de pértigas o quizá lo
había hecho la tripulación cobrando
las sirgas. Ahora unas planchas
empinadas descendían por cada lado de los extremos curvos de la popa; estaban
acordonadas de un extremo a
otro mediante unas
ligeras drizas para disuadir a los que quisieran subir a
bordo. Pasé por encima de la más
próxima. Luego subí
con cuidado por
la pendiente, atravesé las barandillas laterales que llegaban a la
altura de la rodilla y subí al alcázar.
Ya había estado en barcos
militares en otras ocasiones.
Cuando era un joven recluta había navegado en transportes del ejército, tal vez
la experiencia más funesta de toda mi vida militar; aún podía notar el sabor
del miedo mientras nos llevaban hasta Britania, todos nosotros queriendo volver
a casa con nuestras madres y vomitando durante toda aquella gélida travesía.
Más adelante tuve una breve experiencia en aguas más calmadas en la bahía de
Neapolis, donde sentí la enorme fuerza de la velocidad mientras un trirreme
perseguía a unos conspiradores, la increíble
suavidad de movimiento
cuando sus remeros viraron de manera experta sin apenas
moverse del sitio, el crujido casi imperceptible cuando el espolón alcanzó su
objetivo e hizo naufragar el barco de nuestros sospechosos. Se supone
que los trirremes
no pueden hundirse. Es un
consuelo.
Aquella larga embarcación
dormía en silencio, los remos levantados y las velas recogidas y plegadas,
inquietantemente desierta. Una
estrecha pasarela se extendía hasta el centro. En el extremo
más alejado de la misma, un mascarón de proa con forma de ganso picudo
cabeceaba suavemente. En la proa, a nivel del agua, sabía que había un gran
espolón blindado que le enseñaba los dientes a las olas: un metro ochenta o dos
metros de mandíbula de madera reforzada, revestida de bronce con dientes para
hacer que se separaran los tablones de las embarcaciones que
atacaban. Aquellos barcos de
guerra eran el arma de control de Roma contra la amenaza pirata.
Recorrí el barco en toda su
longitud. En el extremo del
castillo de proa
había un camarote
diminuto bajo cubierta, para el
capitán y el centurión. La tripulación completa, que
era de unos
doscientos hombres más o
menos, incluyendo un puñado de soldados en tiempos de paz, contaba con muy poco
refugio, aunque un ligero dosel los protegía de los proyectiles y un poco del
tiempo. El camarote estaba cerrado con llave, pero miré por su ventanita: no
había ningún arcón de madera.
Mientras regresaba
sobre mis pasos
me pregunté dónde estarían todos.
Seiscientos hombres, de los tres barcos, se habían esfumado. No había notado
una presencia clara de marineros ni en Portus ni en Ostia, ni a fanfarrones
capitanes de trirreme
emborrachándose a su legendaria manera escandalosa. Se suponía que Canino había
puesto espías en los bares, pero seiscientos espías eran muchos para
ocultarlos. Tal vez algunos se hubieran ido a Roma. Las dos
flotas del Mediterráneo
tenían oficinas permanentes allí.
El personal principal
de la flota
de Miseno se hallaba
acuartelado en el
Campamento Pretoriano, aunque corría el rumor de que pronto iban a ser
trasladados cerca del Anfiteatro Flavio
porque los marineros iban a poner
los grandes toldos propuestos que darían sombra a las multitudes.
El cuartel general de la
flota de Rávena estaba situado en el sector trastiberino.
Allí no había nadie. El
barco entero estaba vacío. Ni siquiera había un vigilante.
No había más remedio. Crucé
hacia el otro lado del cálido
alcázar y con cautela pasé
al siguiente trirreme. Podía haber bajado por una pasarela
y subir por la otra, pero ya había perdido demasiado tiempo. Cada uno de los
trirremes tenía una aguja de carena en toda su longitud para sostener la fila de remos superior; trepé por la borda
y salté de un pescante
de los remos
a otro. Lo hice con temor, tenía miedo de resbalar y caer al
muelle.
El segundo trirreme también
estaba vacio. Lo registré rápidamente y luego me abrí camino por su cubierta
con creciente incomodidad y salté a la tercera embarcación. Verme solo en
aquellos enormes barcos vacíos empezaba a
ponerme nervioso. Explicar
mi presencia se convertía en una opción más difícil cada vez que cruzaba a un
nuevo barco. Subir a bordo de un barco de guerra sin permiso probablemente
fuera traición. Subir a bordo de tres sería tres veces igual de malo.
Ya por costumbre, crucé al
último trirreme y miré por encima del extremo más alejado de la embarcación.
Allí vi otro barco, de menor altura en el agua y, por lo tanto, previamente
invisible. Era una liburna de un solo remo por banda, una clásica galera ligera.
Por alguna razón, había una plancha que iba desde el alcázar de aquel trirreme
hasta la liburna. Si los trirremes hubieran transportado carga, habría
pensado que la
liburna la estaba
robando. Al estar amarrados en paralelo al muelle y hallarse
la embarcación pequeña más alejada del puerto, sería habitual permitir el
acceso a tierra mediante una conexión… aunque el capitán de cualquier barco
comercial se lo pensaría dos veces antes de utilizar un barco de guerra de la
marina como puente. Pero aquello no tenía ninguna explicación lógica. Aun así,
el barco más bajo también parecía desierto. Utilicé la práctica plancha y bajé
por ella.
Casi enseguida oí que
alguien se acercaba. No había manera de regresar al muelle sin encontrarme cara
a cara con los recién llegados. Me preparé para contar una buena historia.
Aparecieron en el
muelle y subieron rápidamente a
bordo. Ataviados con
estropeadas botas marineras y pantalones de colores vistosos, aquellos marinos
de brazos desnudos y cabellos despeinados olían a los mares orientales. Sólo
había dos, pero a uno de ellos lo estaban arrastrando, impotente y dando traspiés.
Un enorme y reciente morado le desfiguraba su moreno rostro y tenía una oreja
hinchada hasta el doble de su tamaño normal. Lo ayudaba a subir a bordo un
decidido marinero que llevaba unos grandes broches de oro en los hombros y que,
a juzgar por la facilidad con la que llevaba a medias a su conmocionado
amigóte, debía de ser fuerte como un toro. Me vio a bordo de su barco.
- ¿Qué le ha pasado
a tu amigo? -me lo tomé
con calma.
- Se ha dado contra un
remo. -Sentí un escalofrío. Uno de
los miembros de la Cuarta
Cohorte, Parvo, había golpeado a un ladrón con un remo
durante el altercado en el río.
Nos fulminamos el uno al
otro con la mirada. El mandamás era sombrío, dominante y estaba contrariado. Su
mirada feroz sugería que estaba listo para una pelea.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
- Realizando unas
investigaciones rutinarias. Me llamo
Falco.
- Cotis.
- ¿Y…?
- Arión. -El hombre herido
se había erguido; ahora la pareja se separó, cubriendo mi ruta de escape.
- ¿De dónde eres, Cotis?
- De Dirraquio. -¿Dónde
estaba eso, por el Hades?
- No está en mi ruta
profesional… -Conjeturé a tontas y a locas-: ¿No estará en Iliria?
Entonces, mientras Cotis
asentía con la cabeza, me abalancé sobre su tripulante herido.
Había pensado que Arión
sería el blanco fácil debido a sus heridas. Estaba equivocado. Arión arremetió
contra mí de forma muy brusca. Despachar los problemas era cosa de rutina, quería acabar
cuanto antes y le
daba igual si yo moría en sus brazos.
Me liberé, empujé a Arión contra Cotis para retrasarlos y corrí como
un loco hacia
la plancha que bajaba a la costa. Alguien silbó para
llamar a los refuerzos. No me detuve a preocuparme de la tripulación que subía
a cubierta; otros habían llegado al muelle y me bloqueaban la huida. Entonces un
tremendo golpe entre los hombros me derribó. Choqué contra el suelo de la
cubierta y noté que la espalda se me dislocaba dolorosamente.
Tiraron de mí para ponerme
en pie. Muchas manos me arrojaban de unas a otras. Después de jugar un poco a
zarandear a Falco, me lanzaron de nuevo sobre cubierta casi inconsciente.
En torno a mí empezó a
desarrollarse más acción de la
que me gustaba. La
tripulación de aquella nave eran unos maestros de la huida rápida. Aquel barco
tenía cerca de cincuenta remos, en una sola hilera a cada banda; los remeros
que los manejaban habían aparecido de la nada. De construcción más
pequeña y maciza
que los elegantes barcos de guerra, podía haber
permanecido allí amarrado junto a los trirremes durante días, incluso semanas…
pero ahora se marchaba. La enérgica actividad hizo que la liburna saliera del
puerto sin la ayuda de un remolcador.
No todo estaba perdido… o
al menos eso pensé por un breve momento. Cuando salíamos más allá del trirreme,
de pronto vi por encima de mí la cabeza canosa de Canino. Miraba por la
barandilla del trirreme con curiosidad. Me incorporé como
pude y grité pidiendo
ayuda. Canino se limitó a alzar
un brazo lánguido. Tal vez me estuviera diciendo adiós con la mano, pero
parecía una señal dirigida a Cotis. Todas las esperanzas de que la marina me
rescatara se desvanecieron de pronto.
Tenía una oportunidad de
ayudarme a mí mismo mientras los marineros
seguían atareados con
las maniobras de la partida. Ni siquiera me habían registrado. Cuando el
barco se acercaba a la salida del puerto y al faro, desenvainé rápidamente la
espada y la sostuve contra el cuello de un marinero. Pero nadie me hizo caso.
Los gritos desesperados que dirigí a los funcionarios del faro se perdieron. A
esa hora del día, los funcionarios del puerto
que estaban allí en lo alto
tenían demasiadas embarcaciones a la vista.
Los marineros se lanzaron
sobre mí, haciendo caso omiso del peligro que corría su colega. Su reacción fue
automática. Aquellos hombres estaban acostumbrados a actuar con rapidez. No se
molestaron en desarmarme; me arrastraron hasta la barandilla y me arrojaron
directamente por encima de ella.
Al igual que los barcos de
guerra, aquella liburna tenía agujas de carena. Estas estructuras que se
extienden sobresaliendo del casco son habituales en los barcos de guerra con
varias hileras de remos, pero normalmente no son necesarias en los monorremes.
Pero si se esperaban entablar combate contra, digamos, un barco pirata podría
esperarse que dichas estructuras protegían sus remos de que el enemigo los
barriera y los hiciera añicos. Al menos me salvaron de la mar. Caí sobre la
aguja de carena pero cuando me agarré a su baranda superior, la espada se me
cayó de la mano. Resbaló por el hueco que había junto al casco y cayó al agua.
Cuando yo mismo corría el
riesgo de resbalar entre los soportes que sujetaban la baranda del pescante de
los remos, los ilirios
decidieron volver a subirme
a bordo antes de que pudiera causar algún daño. Se desenvainaron los
cuchillos; aferrándome a la frágil carpintería, no tenía ganas de
que me rebanaran.
Cuando las manos
se
extendieron, dejé que me
volvieran a subir. Pasé con dificultad de la aguja de carena a la baranda de
cubierta y luego me dejé caer de nuevo a bordo.
No me matarían a plena
vista de tierra firme. Esta vez me ataron con cuerdas al mástil para evitar que
me metiera en líos. Me calmé. Mientras los latidos de mi corazón se
estabilizaban, evalué la situación.
Por la manera en que aquel barco
estaba cargado y tripulado, parecía estar claro que Cotis tenía planeado
realizar una larga travesía.
- ¿Adonde os dirigís? -le
pregunté con voz ronca a un marinero que pasaba por allí.
Su rostro quedó dividido
por una sonrisa salvaje.
- ¡Nos vamos a casa, Falco!
Por el
Hades. Aquellos cabrones
se me estaban llevando a Iliria.
L
Desde la costa nadie podía
percatarse de mi difícil situación. Las esperanzas de una persecución y un
rescate pronto se desvanecieron.
La galera liburna era otra
embarcación que yo ya conocía de una aventura anterior. Una vez Camilo Justino
y yo habíamos ido al mando de un barco como aquél por un río en la Germania
Libera. Era un muchacho con amigos bien situados, este Justino. Una de sus
amigas era una hermosa sacerdotisa de un bosque germánico, el amor perdido del
que nunca le
hablaba a su
mujer, Claudia. Resultó que la
sacerdotisa estaba en posesión de una galera liburna (¡lo
cual la hacía
más útil que
cualquier amor perdido de
los míos!) y
dejó que se
la tomáramos prestada…
Aquella liburna de
Dirraquio tenía la clásica ligereza de su clase y alcanzaba una buena
velocidad. Tenía media cubierta, y con mi limitada experiencia supe que
navegaba bastante hundida en el agua, como si fuera cargada del todo; a saber
qué ilícito cargamento se ocultaba bajo cubierta, aunque hice algunas
suposiciones. Son embarcaciones rápidas, lo bastante grandes para que uno se
sienta seguro en ellas, pero excelentes para misiones de reconocimiento,
navegación fluvial… o piratería. En alta mar una liburna
podía aparecer de la nada a
toda velocidad, superar a un mercante muy cargado y entablar batalla con él
antes de que pudiera efectuarse cualquier acción defensiva.
No tardamos en salir del
puerto, pasar frente a la desembocadura del Tíber y poner rumbo hacia el sur
siguiendo la costa.
Hacía un tiempo
estupendo para navegar, la luz
del sol de la tarde destellaba en las olas azules bajo un despejado cielo
estival. Las elegantes villas de los ricos parecían casitas de juguete a lo
largo de todo el litoral.
Una vez fijado el rumbo, me
soltaron del mástil y me llevaron a que Cotis se divirtiera conmigo. Él se
irguió con aire arrogante y un brillo de expectación en sus ojos. Sus
hombres me despojaron de
la capa con expresión desdeñosa; se trataba de una prenda sencilla y
funcional que llevaba para camuflarme, no para ir a la moda. A juzgar por los
exóticos ropajes que vestían ellos, hubieran preferido capturar a unos playboys
envueltos en lujosas sedas.
Cotis estaba
preparado para llevar
a cabo la humillación ritual.
- ¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?
¿Cuál es tu nombre de nuevo?
- Falco.
- ¿Esclavo o ciudadano?
- Nacido libre. -Hubo un
coro de abucheos. Entonces no era precisamente libre.
- ¡Aja! Eres una persona
con tres nombres, ¿no? -Cada vez tenía más ganas de extraerle las tripas a ese
tipo con la bomba de achique.
- Soy Marco Didio Falco.
- Marco Didio Falco… ¿hijo
de? -Cotis me tomaba el pelo con tanto entusiasmo como si ya lo hubiera hecho
muchas otras veces.
- Hijo de Marco -respondí
pacientemente.
- Así pues, Marco Didio
Falco, hijo de Marco… -Las frases rituales tenían un dejo amenazador. Aquél era
el epígrafe que alguien grabaría en mi lápida algún día… si es que alguna
vez encontraban mi
cadáver-, ¿De qué
tribu eres?
Ya había tenido suficiente.
- La verdad es
que no me
acuerdo. -Sabía que los piratas tenían por costumbre soltar
insultos antirromanos a sus cautivos. Los insultos de los piratas fingían
admiración por nuestro sistema social, y luego conducían rencorosamente a los
ahogamientos.
- Bueno, Marco, hijo de
Marco, de la tribu de la que no te acuerdas, dime: ¿por qué estabas husmeando
en mí barco?
- Subí a bordo siguiendo a
dos marineros con un arcón que creí reconocer.
- Mis grumetes, que me
traían el arcón de viaje. -La respuesta fue instantánea. Cotis estaba
mintiendo. Bajó la
voz, que adquirió un tono
más amenazador. Los miembros de la tripulación que nos rodeaban se estaban
divirtiendo enormemente-. ¿Quieres ver mi arcón de viaje, Marco?
- Pensaba que contenía el
dinero del rescate de un hombre al que intento localizar. Quería discutir la
situación con la gente que dice que lo retiene.
- ¿Quién es ese hombre? -se
burló Cotis, como si para él eso fuera una novedad.
Los informantes siempre
esperan tomar la iniciativa en los interrogatorios, pero
cuando tu trabajo
implica invadir lugares en los que no eres bienvenido, pronto aprendes a
dejar que los interrogatorios vayan al revés.
- Se llama Diocles.
- ¿También es un espía?
- No es más que un
cronista. ¿Lo tenéis? -pregunté en voz baja. No tenía absolutamente ninguna
esperanza de que Diocles estuviera a bordo de aquel barco, aunque podría ser
que hubiera estado allí en algún momento.
- No, no lo tenemos. -La
declaración le causó gran satisfacción a Cotis.
- ¿Sabes quién lo tiene?
- ¿Es que lo tiene alguien?
- Si me haces esta
pregunta, ¿acaso sabes que está muerto?
- No sé nada de él, Falco.
- Sabías lo suficiente como
para mandarles una nota
pidiendo un rescate a sus
amigos.
- No fui yo. -Cotis esbozó
una sonrisa burlona. Su manera de hablar en esa ocasión hizo que le creyera.
- ¡Ah! ¿Entonces sabías que
otra persona había enviado la nota? Entonces tendisteis una emboscada para
conseguir el dinero y se lo robasteis delante de las narices…
- ¿Haría yo eso?
- Creo que eres lo bastante
inteligente. -Lo que estaba claro es que era lo bastante inteligente como para
saber que le estaba dirigiendo
cumplidos para ablandarlo.
Cuando soltó una carcajada ante el halago, le pregunté rápidamente-
: ¿Entonces quién mandó la
nota pidiendo el rescate, Cotis?
Se encogió de hombros.
- No tengo ni idea. -Lo
sabía, seguro. Aquel hombre le robaría a cualquiera, pero querría saber con
certeza a quién pertenecía el botín del que se estaba apropiando.
- ¡Oh, vamos! Si te vas a
casa a Iliria, ¿qué pierdes en decírmelo? -Si se iba a casa, su asociación con
los cilicios debía de haberse roto. Así pues, podrían haber sido ellos los que
emitieron la nota pidiendo el rescate y Cotis se había aprovechado de la
situación traicioneramente-. No soy
funcionario; mi misión es privada -lo engatusé-. Lo único que quiero es
encontrar a Diocles y rescatar al pobre infeliz. Entonces dime, ¿lo tienen los
cilicios?
- Deberías preguntárselo a
ellos.
- ¡Espero
tener la oportunidad de
hacerlo! -sonreí,
reconociendo que ello
dependía de lo que Cotis me hiciera. Él me devolvió la sonrisa. No me sentí más
tranquilo. Los pelos de la nuca se me pusieron de punta-. ¿Por qué me llevas
contigo?
- ¡Alguien está preocupado!
-informó Cotis a su tripulación, que miraba con lascivia-. ¡Relájate, Falco! -
exclamó entonces con sorna-. Sólo estamos mojando los remos en el océano en
esta estupenda tarde mientras comprobamos unas fugas que hemos arreglado. El
viaje de vuelta a nuestro país es largo, pero tenemos que asistir a un funeral
antes de zarpar hacia allí. De modo que te devolveremos sano y salvo a Portus,
no temas. No había necesidad de que
sacaras la espada
ni de que
gritaras pidiendo ayuda. -Fui prudente y no pregunté de quién era el
funeral. El de su compatriota, Teopompo.
No confiaba
en aquella promesa
de devolverme a tierra sin ningún percance. Si la
tripulación decidía que los había estado vigilando demasiado de cerca, estaba
definitivamente perdido.
Dejé de ser prioritario.
Cotis se dio la vuelta para discutir algún asunto del barco con un hombre alto
y de aspecto competente que parecía ser su experto en navegación. Hacían
comprobaciones mirando a intervalos por
encima de la banda de la nave. Un marinero le preguntó algo a Cotis y me
dirigió una mirada perversa: estaban planeando alguna
otra travesura. El
marinero, un
mequetrefe con
la nariz rota
que tenía aspecto
de aprovechar cualquier oportunidad
tanto en las
travesías como en los permisos para bajar a tierra para pelear con todo
el que quisiera hacerlo, desapareció por una media escalera que conducía a la
bodega de carga.
Al cabo de unos minutos, el
mismo marinero subió corriendo a cubierta
con una banda
de tela blanca. Refunfuñé para mis adentros, Cotis
recuperó de pronto su estilo provocador.
- ¡Mirad, una toga! ¡Marco,
hijo de Marco, debe llevar su toga como es debido, muchachos!
Me llevaron al centro de la
cubierta. Me obligaron a extender los
brazos y me envolvieron fuertemente en la tela blanca. Puede que fuera una
sábana; daba la sensación de ser una mortaja. Me hicieron dar vueltas y más
vueltas, como si esperaran que me mareara.
- Así está mejor. Ahora
tiene el aspecto adecuado. - Cotis
había enronquecido con
sus burlas proferidas
a gritos. Se acercó más, su mentón sin afeitar apenas a un par de
centímetros del mío-. Vuelves a estar nervioso, Falco. - Fue un gruñido en voz
baja-. Me pregunto… ¿conoces este juego al que quieren jugar mis muchachos?
- ¡Ah! Creo que sí, Cotis.
- Apuesto a que sí. Tienes
aspecto de ser una persona que sabe un montón… -Aquello era una advertencia de
que Cotis era consciente de que yo estaba muy al tanto de su
papel delictivo.
Un chico se acercó
corriendo y me colocó una corona en la cabeza en medio del alegre jolgorio de
los demás. La guirnalda era de hacía varios días, una reliquia de alguna
fiesta, y sus frágiles hojas ahora estaban secas y pinchaban.
- Una corona para un héroe…
¡Ave, Falco! Responde a nuestro homenaje, responde…
Entonces me obligué a
saludarlos.
- Tienes suerte. -Cotis
apuntó su último dardo-. Has caído entre hombres de honor. Conocemos tus
privilegios como ciudadano romano.
Puedes recurrir al
emperador.
¿Es eso cierto, Marco, hijo
de Marco?
Asentí con la cabeza
cansinamente.
Hubo un aplauso fingido
cuando me empujaron y arrastraron hacia la barandilla de la liburna. Sabiendo
lo que se avecinaba, intenté resistirme. Fue inútil.
- No pienses mal de
nosotros, Falco -ordenó Cotis. A ese hombre le encantaba hacer teatro para su
tripulación de mala fama. No queremos retener a un prisionero romano, todo lo
contrario. -Hizo un gesto hacia el extremo de una escalera de cuerda que
uno de sus
hombres acababa de colgar por encima de la borda en la parte posterior
del barco. Ya había oído hablar de esa jugada. Conocía el resto-
. Eres libre de marcharte,
Falco. Allí está el camino hacia tu casa: tómalo.
Miré por encima de la
borda. La escalera se terminaba
a unos sesenta centímetros
del agua. Se balanceaba muchísimo. Lentamente, trepé a la barandilla y me
preparé para descender. Mi renuente movimiento fue recibido con unas
carcajadas. Aferrándome a una cuerda, permanecí derecho sobre
la baranda. La
parte superior de
madera estaba mojada y resbaladiza. La estupenda cuerda de pelo de cabra
que había agarrado me cortaba la mano. Mientras el barco
avanzaba surcando el
agua, todas las
olas amenazaban con tumbarme.
En cuanto empecé a bajar
por la escalera ya no hubo la menor duda de cuál iba a ser mi destino. Iba a
caerme, ya fuera por accidente o con ayuda de la tripulación. Allí a lo
lejos en mar
abierto, donde circulaban
las famosas corrientes del
Tirreno, hasta un buen nadador tendría pocas posibilidades. Y yo no sabía nadar
en absoluto.
LI
Los marineros empezaron a
azotarme con cuerdas. Al menos el simulacro de toga con la que me habían
envuelto me protegía de los trallazos. Subí a la escalera.
- ¡Muy bien… baja! -exclamó
Cotis con una sonrisa. Buscando a
tientas los peldaños
que se combaban,
descendí con desánimo. Vi
un par de barcas de pesca a una larga distancia de nosotros. La costa también
parecía estar muy lejos. Nos
hallábamos en una
de las rutas
de navegación más transitadas
del Mediterráneo… la única tarde en
la que el
camino hacia Portus
parecía estar tranquilo.
Por encima
de mi cabeza
oí que los
remeros regresaban a sus puestos: les habían dado una nueva orden. El
barco retomó su rumbo. Estaba tan cerca de los remos que al hundirse y alzarse
me salpicaban. Algo hicieron en la vela mayor. Me aferré desesperadamente
cuando viramos mar adentro dando una larga bordada contra la corriente y
dejamos la costa
aún más atrás,
entonces me balanceé como un loco cuando volvimos a
maniobrar. Los remeros trabajaban duramente. Cada vez que se giraba el timón
para cambiar de rumbo, la escalera daba sacudidas hacia atrás o me hacía
rebotar contra el casco; cada vez se hacía más difícil evitar salir despedido.
Conseguí despojarme del
simulacro de toga. Me quité la maltrecha corona y la dejé caer. Un marinero que
me miraba desde la barandilla se río con socarronería. Puede que siguiera
pareciendo un idiota a ojos de la tripulación, pero yo me sentí mejor.
Estaba vivo. Siempre y
cuando siguiera aferrándome aún había una oportunidad para mí. No obstante, me
hallaba en una escalera de cuerda sin poder hacer nada, a pocos centímetros de
los remos que se alzaban, en un barco gobernado por
unos secuestradores profesionales que sabían
que había descubierto
a qué se
dedicaban. La promesa de
devolverme a tierra no se iba a cumplir. Sabía demasiado sobre sus actividades
y no tenía nada con lo que negociar.
Quizá no me
estuvieran haciendo caso
de momento, pero no estaba a salvo ni mucho menos.
Seguía reconsiderando y
descartando planes de acción cuando ocurrió un nuevo desastre. Por encima de
mí, en cubierta, la tripulación estaba atareada. El experto en navegación
seguía yendo y viniendo, inspeccionando el casco; de
vez en cuando
le veía la
cabeza cuando se asomaba. Cotis había desaparecido.
Cotis debía
de haber ido
a investigar el
arcón de dinero robado. Oí un
bramido, un grito de absoluta furia. En cubierta estalló la confusión. Los
remeros cesaron en sus esfuerzos y debían de haber abandonado sus asientos: los
remos colgaban, ociosos. El barco se tambaleó y perdió
impulso. «¡Esto es una caja
llena de piedras!».
En aquellos momentos Cotis
estaba asomado a la barandilla por encima de mí, dando gritos. En una mano
alcancé a ver unas grandes monedas de oro. En la otra tenía guijarros, que me
arrojó. Agaché la cabeza. Me alcanzaron uno o dos. Los marineros abarrotaban la
barandilla; aquella tarde debían de haber más de cuarenta miembros de la
tripulación y la mayoría de ellos habían abandonado sus puestos para
abroncarme.
- ¡Lo has hecho tú! Me
engañaste…
- Yo no tengo nada que ver
con eso…
No sirvió de nada. Cotis
quería un culpable.
- ¡Anácrites!
-le grité a
Cotis, desgañitándome. Aquello
era típico del jefe de los servicios secretos y su personal: aun
cuando él estaba
fuera, los cajeros
de Anacrites habían amañado las cosas automáticamente. A sabiendas o no,
Holconio y Mutato se habían convertido en cómplices de un clásico chanchullo.
El arcón del rescate debía de contener monedas en lo más alto para que todo
pareciera correcto, pero estaba cargado principalmente con piedras. Normalmente
esta artimaña no daba resultado: los delincuentes saben
cómo inspeccionar una
entrega de dinero a conciencia.
Pero si un grupo de piratas le roba a otro con prisas, puede darse el caso de
que pasen por alto dicha precaución.
- Cotis, el dinero lo
proporcionó la oficina del jefe de
los servicios secretos.
Siempre juega sucio… Cotis no sabía nada de Anacrites.
- ¡Lo hiciste tú! -gritó-.
¡Éste es tu final, Falco!
Los miembros de la
tripulación estaban todos profiriendo insultos a voz en grito. Algunos
empezaron a sacudir un bichero, aunque yo estaba demasiado abajo para que
pudieran alcanzarme. Cotis volvió a
desaparecer por unos instantes y luego
regresó con un hacha. Su enojo era tan grande que estaba dispuesto a sacrificar
una escalera decente sólo para
despacharme. Golpeó para
cortar la cuerda. Al igual que todos
los marineros, sabía cómo partir una cuerda en un momento difícil. Uno de los
lados cedió. Al tiempo que me balanceaba y chocaba contra el casco, le grité
que se detuviera. Él cortó la otra cuerda. Caí.
Tuve el tiempo justo de
esperar que algún delfín que pasara y al que le gustara jugar con chicos
romanos subiera nadando a la superficie y me salvara la vida.
Entonces tomé una última
bocanada de aire, me sacudí como un loco en medio de los enredados travesaños
de la escalera y me hundí bajo las profundas y frías olas.
LII
«No te caigas al agua…»
Helena había sabido casi
desde que la conocí que yo no sabía nadar. En una ocasión había evitado que me
cayera en el río Ródano, después de lo cual su misión personal había sido
impedir que me ahogara. Había intentado enseñarme la manera de mantenerme a flote.
«Aguanta la respiración y limítate a recostarte: flotarás en el agua. Ten fe,
Marco…»
Me fui
hacia abajo. Subí. Aguanté la respiración y miré al cielo. El agua me pasó con fuerza
por encima de la cara y volví a hundirme inmediatamente en ella.
Estaba atrapado entre los
travesaños de la escalera. Su peso me arrastraba bajo el agua. Yo seguía
agarrado como un tonto. Me desasí y luché para liberarme. El terror estuvo a
punto de dominarme.
Me solté. Sintiéndome de
pronto más ligero, supe que estaba libre. «No te dejes llevar por el pánico, tú
quédate quieto…»
Subí y llegué a la
superficie. El cálido sol me iluminó el rostro. Tosí y casi me hundo de nuevo.
«De espaldas, Marco, así estarás
perfectamente seguro.» Me
quedé quieto. Tomé aire y no me hundí.
Estupendo. Gracias, señora.
El barco ilírico se alejaba
rápidamente de mí con la corriente costera que iba en dirección norte. La línea
de la costa quedaba tan lejos que prácticamente no se veía. Me habían maltratado
y atormentado y
luego me habían arrojado al agua. Flotaba, pero
cuando intentaba moverme tenía que luchar para no hundirme. Había tragado agua
de mar. Sabía que
no tardaría en
coger frío y
quedarme exhausto. Me sentí mareado. En unos momentos tendría calambres.
No había ningún simpático delfín que quisiera rescatarme, aunque sabía que
habría tiburones. Neptuno y Anfitrite podrían haberme invitado a cenar, pero
debían de haberse ido a retozar con sus hipocampos a algún otro lugar de sus
salados dominios.
Nadie sabía siquiera que
había salido de Portus. Ahora estaba allí, solo en mitad del mar Tirreno.
Desesperado, me coloqué
como pude en dirección a la costa. Entonces vi una barca de pesca.
El pequeño
bote se hallaba
inmóvil con su
vela tarquina recogida, no
demasiado lejos de
mí. No había nadie a la vista. Traté de gritar
pidiendo ayuda, sin ningún resultado.
Lentamente intenté avanzar
chapoteando y al final,
tras siglos de
esfuerzo, me coloqué
con gran dificultad al lado del
bote que cabeceaba. Era demasiado pronto para empezar a sentirme orgulloso de
mí mismo. Era demasiado pronto para respirar aliviado. Cuando grité e hice notar
mi presencia, por
fin alguien reaccionó.
Le
molestó mucho verme.
De hecho, cuando intenté
agarrarme de una cuerda y solicitar ayuda para subir a bordo de la embarcación,
él se puso en pie de pronto por encima de mí. Horrorizado, vi que alzaba un
remo, a punto de estrellarlo en mi cabeza en un seguro intento de matarme.
Pataleé para alejarme de su
maldito bote. Lo hubiera maldecido pero no había tiempo y volví a hundirme en
el agua. El hombre al que había visto era ancho, robusto, de unos sesenta
años y con
un despeinado cabello
gris y rizado. Aunque sólo
distinguí un borroso perfil a través del agua que me inundaba los ojos, lo
conocía. Intenté gritar su nombre pero en lugar de eso me tragué una pinta de
mar.
Era demasiado tarde. Iba a
morir ahogado.
Entonces me topé con algo que casi me arrancó la oreja y oí un grito de «¡Agarra el maldito
remo!». Tras lo cual, aquella voz
familiar dijo con
despreocupada irritación: «He engendrado a un idiota…».
De modo
que me agarré
al remo y,
con mi acostumbrado respeto
filial, dije, jadeando:
- ¡Cállate y sácame de aquí
antes de que me muera, papá!
LIII
- Es muy amable por tu
parte haber venido a verme, Marco. ¿Cómo es que estás haciendo el oso por aquí
todo solo y medio muerto?
Medio muerto
era correcto. Estaba
tumbado en el suelo de su bote, descalzo y totalmente
desplomado. Ni siquiera pude darle las gracias a Gemino por su bienvenida.
Alguien me golpeó entre los omoplatos. Vomité un montón de agua de mar.
- Por todos los dioses,
este chico no cambia nunca… era igual cuando tenía tres meses… ¡Uy, ahí va otra
vez! La próxima vez intentemos
colocarlo por encima
de la borda…
Había alguien más en el
bote.
Con mucha concentración,
cuando las otras personas tiraron de mí para ponerme derecho, logré volverme
con dificultad para marearme por encima de la barandilla tal como me habían
solicitado. Aquella proeza de fuerza de voluntad fue recibida con unos aplausos.
Yo estaba tendido con la cara
en la baranda,
temblando de modo incontrolable.
- Llévame a casa, papá.
- Eso haremos, hijo.
No ocurrió
nada. La barca
de pesca continuó
cabeceando suavemente allí
donde estaba. Me di cuenta de que
Gemino estaba reposando con total
indiferencia. Al final logré darme la vuelta lo suficiente para ver a su
compañero: Gornia, el ayudante de almacén de papá. A su lado, mi cinturón
estaba enganchado en un palo y mis botas colocadas en vertical en los toletes
para que se secaran. Tanto papá como
Gornia llevaban sombrero.
Habían colocado un diminuto trozo de arpillera de modo que me
proporcionara sombra. El sol de agosto brillaba en el mar, su luz implacable y
deslumbrante.
No podía enfrentarme a la
cuestión primordial de por qué daba la casualidad de que mi padre iba a la
deriva por el mar Tirreno. Así pues, me quedé ensimismado preguntándome por qué
Gornia, que tenía que estar supervisando el almacén de la Saepta Julia en Roma,
se hallaba, sin embargo, sentado con mi padre en el mismo bote ridículo. No
podía entender la respuesta. Gornia, un viejo amigo de mi padre que había
pasado muchos años con él, se limitó a quedarse ahí sentado sonriéndome con
unas encías casi desdentadas.
No malgasté esfuerzos recurriendo a él. Siempre
dejaba que papá
llevara la iniciativa en una
conversación, y mi padre era un maestro ocultando hechos fundamentales. Gornia
podría haber trabajado en algún
establecimiento respetable donde hubiera tenido un sueldo igual de
escaso dedicando también muchas
horas, pero daba
la extraña impresión
de que
disfrutaba con las
emociones de la caverna de los misterios de Gemino.
- ¡Llévame a casa, papá,
por favor!
- Todo a su debido tiempo,
chico.
No había cambiado nada. Era
como si volviera a tener cinco años otra vez y estuviera excesivamente cansado
después de haber comido demasiados dátiles con miel en alguna fiesta
interminable de un subastador
a la que le habían dicho a mi
padre que me llevara para que mi madre me perdiera de vista unas cuantas horas.
Yo también tenía dos hijas
pequeñas y sabía perfectamente bien cómo responder a eso:
- ¡Quiero irme a casa
ahora!
- Todavía no, hijo.
Me rendí. Tal vez me
hubiera ahogado de verdad y aquélla era una pesadilla en el Hades.
- Papá, si no es demasiado
preguntar, ¿qué estáis haciendo aquí exactamente?
- Sólo es una tranquila
excursión de pesca, Marco.
- ¿Tiburones? -gruñí,
pensando en el tío Fulvio. Vi un par de sedales que pendían por encima de la
borda, aunque ni papá ni Gornia les prestaban ninguna atención. No recordaba
que mi padre hubiera ido a pescar alguna vez. Era un hombre de cerdo a la parrilla.
O tal como solíamos bromear, de pavo real asado, si alguna vez podía abusar de
la amabilidad del anfitrión de una cena en la que se sirviera
un lujo semejante
a los gorrones. Puesto
que no iba a ocurrir nada hasta que mi irritante
progenitor decidiera que estaba listo, me incorporé un poco
y me despojé como pude de mi
túnica mojada. Gornia tuvo la gentileza de extenderla para que se secara.
Papá me dio un recipiente
con agua. Tras dar unos vacilantes
sorbos, me recuperé
lo suficiente para preguntarle si
sabía dónde había pasado exactamente
su exilio Fulvio después de perder aquel barco a Pesinunte.
Papá pareció sorprendido,
pero respondió:
- En un lugar de mala
muerte llamado Salona.
- ¿Dónde está eso? -Papá se
encogió de hombros. Lo incité-. ¿Está en Iliria?
- Bueno…
-Lo había sabido desde
el primer momento-. Creo que se
encuentra un poco más al norte.
No lo creí.
- ¿No será en Dirraquio?
- En Salona, ya te lo he
dicho.
- ¿Y qué hacía allí Fulvio?
- Un poco de esto, un poco
de aquello.
- No te escabullas. Esto
podría ser grave. -Bebí un poco más de agua-. ¿Un poco de qué, papá?
- ¿Cómo de grave?
- Pronto podrían arrestar
al tío Fulvio…
- ¿Por qué? -Papá parecía
alarmado.
- Por piratería.
- ¡Estás de broma, hijo!
- No. ¿Qué ha estado
haciendo en Hiña, lo sabes?
- Sólo comprar y vender.
-Eso le daría cierto atractivo a Fulvio a ojos de papá; cualquiera que se
dedicara al comercio con el extranjero era un contacto en potencia. Antes de
que pudiera preguntar qué vendía, mi padre me lo dijo de forma voluntaria-: Era
proveedor de la flota de Rávena. Un negociador.
- Un negociador abarca toda
una gama de actividades, legítimas o no.
- Tienes pinta de volver a
estar mareado, muchacho - dijo papá con seriedad.
- No me distraigas. Estaré
bien si algún día me llevas a remo hasta la orilla. Estoy empapado y tengo
frío, y he pasado por una mala experiencia. Si no hubieras aparecido me habría
ahogado. Te estoy agradecido, créeme, muy agradecido… pero, ¿por qué no podemos
marcharnos? Por todos los dioses,
ya te compraré
un poco de
pescado, maldita sea. Te conseguiré un condenado pez espada entero y
dejaré que digas que lo pescaste tú solo, papá…
Mi padre dejó que
despotricara. Cuando paré, dijo sosegadamente:
- Todavía no podemos irnos.
Miré a Gornia. Aquel mozo
emancipado se limitó a sonreír. Tanto él como mi padre parecían encontrarse
extrañamente cómodos ahí afuera.
- ¿De quién es este bote?
-pregunté con recelo.
- Mío -contestó papá. Eso
era una novedad. Era un bote viejo. ¿Desde cuándo tenía un bote mi
padre?
- ¿Dónde lo guardas… y para
qué es? -Papá me sonrió. Lo volví a probar-: ¿Lo haces muy a menudo esto de
venir remando tan lejos para quedarte sentado silbando bajo el cielo?
- Es muy saludable.
- Es muy sospechoso, papá.
-A Gornia aquello le pareció tan ingenioso que se rio. Vaya, eso sí era una
primicia.
Él también parecía
conformarse con permanecer allí para siempre, sin hacer nada. Me puse de pie,
conseguí no desmayarme y agarré
un largo remo.
En teoría sabía manejar botes pequeños, aunque no era
tan experto como Petronio-. Si no me explicas a qué estamos esperando, voy a
remar yo mismo hasta la orilla, papá.
Mi padre no se molestó en
levantarse y coger el remo; sabía
que en cuanto
diera tres golpes
con él estaría acabado.
- Estamos
esperando a pescar
algo, Marco. De momento
lo único que
ha picado has
sido tú… una deliciosa sorpresa, no me entiendas mal,
pero Helena no me dará las gracias si te aso para cenar… Siéntate y deja de dar
la lata. Si tienes hambre puedes quedarte con mi almuerzo.
- Tiene cara de ir a
vomitar de nuevo. -Por una vez, Gornia se sintió impulsado a hacer un
comentario. Le preocupaba que, si me parecía a mi padre, me comiera su parte.
Aun así, el canasto parecía grande.
Logré entender las cosas.
Ya lo habían hecho antes. Más veces de
las que me
gustaría saber. No
estaban pescando, por supuesto; tenían una cita. Podía imaginarme para
qué. Papá estaba esperando a algún comerciante internacional que le echara por
encima de la borda algunos artículos para él. Se llevaría el botín a la costa
en secreto, sin pagar derechos de importación. Mal podía yo quejarme, puesto
que me había rescatado, pero entonces comprendí por qué había estado preparado
para pegarle a cualquiera que intentara subir a bordo.
Yo estaba furioso. Mi padre
estaba contrabandeando con obras de arte, y si los vigiles o los de aduanas lo
apresaban aquel día, a mí
también me arrestarían.
Le expliqué lo inconveniente que eso sería para un hombre de la superior
clase ecuestre como yo, y papá me dijo que me metiera mi anillo de oro donde me
cupiera.
- Te van a pillar, papá.
- No veo por qué -me
aseguró mi padre en un tono desabrido-, No me han pillado nunca.
- ¿Cuánto tiempo llevas
haciendo esto?
- Unos treinta años.
- No puede merecer la pena…
- ¡Pues claro que sí,
joder!
- ¿Cuál es la tasa de
importación… un dos, un dos y medio por ciento? Muy bien, así pues tienes que
añadir un uno por ciento al precio de la subasta pero haces que tus clientes lo
paguen…
- Los derechos de
importación de algunos artículos de lujo ascienden a un veinticinco por ciento
-recitó papá, y dejó que asimilara el por qué una tasa tan salvaje hacía que
valiera la pena estar sentado en aquel bote.
- ¡Tengo una buena
premonición -se rio mi padre al final-
cada vez que tu hermana
Junia me impone
la presencia de ese pedorro que tiene por marido!
- ¡Ah,
si estamos engañando
a Cayo Baebio,
bien hecho! -Volví a dejarme caer en el bote y me preparé para que
continuaran castigándome.
Las horas que siguieron me
las pasé temblando, mareado, y sufrí unas graves quemaduras de sol, hasta que
lamenté no haber
esperado más pacientemente
la oportunidad de que un delfín me llevara hasta la costa.
Finalmente el barco
esperado se acercó, se bajó una bandera a modo de saludo, papá y Gornia se
levantaron de un salto, agitaron la mano alegremente y cuando la embarcación se
puso al pairo ellos entraron en acción mientras varios paquetes pesados y de extraña
forma se hacían descender en unos soportes hechos con cuerdas. Yo me quedé
donde estaba, fingiendo estar comatoso. Mis dos
compañeros cogieron los
bultos como un par de expertos y los guardaron, trabajando a toda velocidad,
llenando aquella barca de pesca y el pequeño bote que llevaba a remolque.
Gornia, que antes hubiera pasado por ser una persona de ciudad, trepó entre los
dos botes con inesperada agilidad. Incluso papá, cuando empezó a orientar la
vela, tenía el aspecto de un
viejo buccino que
hubiera vivido en un
pueblo pesquero toda su vida. Gornia se ocupó de un remo con toda la aptitud de
un barquero.
El barco mercante se había
puesto en marcha de nuevo y al fin nos estábamos dirigiendo hacia la costa.
Volví a pasarme la túnica endurecida por la sal por la cabeza.
- ¿Dónde tomarás tierra,
papá? No puedo afrontar un largo viaje de vuelta a Ostia.
- No hay necesidad de ello,
hijo. Pronto habrá terminado todo… estarás arropado en una cama cómoda y
calentita con un poco de vino tibio con especias para adormecerte… Nosotros
cuidaremos de ti. -Lo miré. Un nuevo secreto estaba a punto de hacerse público.
Alguna espantosa revelación que me sentiría obligado a ocultarle a mi madre a
toda costa-. Tengo mi propia villa -me informó papá mansamente.
Bueno, claro que sí, era de
esperar. Abarrotada de galerías de arte llenas de estatuas griegas. Pagada con
el dinero del contrabando.
- Deberías dejar que te
enseñe su colección, Marco -
confirmó Gornia
con entusiasmo. Papá
adoptó una expresión furtiva.
Se me ocurrió una idea
mientras lo fulminaba con la mirada.
- Fulvio adquiere material
para ti… ¿hace tiempo que es proveedor?
- No se lo digas a tu
madre. -Mamá estrangularía a
Fulvio sin miramientos.
- ¡Qué astuto! Vosotros dos
habéis estado en contacto durante años, ¿no?
Papá movió la cabeza en
señal de afirmación. Eso significaba que, si el tío Fulvio estaba aliado con
los piratas modernos, papá también. Cerré los ojos, desesperado.
- Ya casi hemos llegado -me
tranquilizó papá-. Esto ha sido un placer para mí. Mar y sol. Un alegre día
fuera en un bote de pesca, con mi chico…
Anochecía cuando llegamos a
su villa. Era tan lujosa como me había imaginado. Intenté no mirar.
No había
escasez de esclavos.
Se mandó a un
mensajero con una nota para Helena.
- Tendrías que haberme
consultado. ¿Qué has puesto en la nota, papá?
- «No hay nada de lo que
preocuparse, cariño: he ido a pescar con Gemino». -¡Oh, estupendo!
Intenté pensar en otras
cosas.
- ¿Esta villa está cerca de
la de Damágoras?
- La suya está un poco más
arriba siguiendo la costa.
¿Es cierto que lo han
enchironado? -sacó a relucir papá.
- Está encarcelado en una
celda de los vigiles.
- ¿Es ésa manera de tratar
a un anciano?
- No, pero los vigiles no
tienen corazón… ¡así que ten cuidado! ¿Qué sabes de Damágoras?
- No tenemos relación -dijo
papá-. Yo organizo mis veladas en mi casa de Roma; aquí sólo estoy conmigo
mismo. Hay un montón de intrusos, nunca sabes con qué clase de persona podrías
encontrarte tratando.
Dije que entendía
perfectamente bien que un contrabandista no quisiera mezclarse con un jefe
pirata… y fue entonces cuando me fui a la cama.
La cama era cómoda,
tal como
se me prometió,
y dormí tan profundamente
como lo hubiese
hecho cualquiera que hubiera sido atormentado y arrojado al mar para que
se ahogara antes de soportar unas horribles revelaciones familiares y beber un
montón de vino para olvidar un día horrendo.
Lo único que necesitaba era
una noche para recuperarme. Estaba deseoso de seguir mi camino. Dormí más de lo
que pretendía, pero todavía encontré el bufet del desayuno (servido por más
esclavos aún) antes de que papá hiciera acto de presencia. Gornia, un tipo
ansioso, ya estaba levantado y cargaba una carreta discretamente cubierta. Me
llevo a Ostia. Me dejo
cerca de mi apartamento y luego siguió
conduciendo hasta Roma.
Me fui andando rápidamente a casa sólo para
encontrarme con una nota escrita en el
reverso de la que
papá le había enviado a Helena
el día anterior.
«Querido haragán, si
apareces, hemos ido al
funeral. En la
Necrópolis de la
puerta Romana. Confío en que pescaras un pez bien gordo. HJ.»
Me lavé con agua fría, me
cambié de ropa y me puse mis segundas mejores botas, traté de pasarme un peine
por mis salados rizos pero no pude y luego me quedé de pie un segundo junto a
la cuna de Favonia. Mi familia estaba ausente, pero eso me ayudó a volver a
conectar con ellos.
Di un rodeo y pasé por casa
de Privato. Mis hijas estaban allí, bien atendidas; no las molesté. El joven
Mario y Cloelia se divertían en el jardín del peristilo; habían descubierto
cómo juguetear con el chorro de la estatua de Dionisos. En aquellos momentos el
dios del vino estaba haciendo un enorme pis que describía un arco, ante lo cual
ellos se
desternillaban, atacados de
risa. Entonces levantaron la
vista, me vieron y se abalanzaron sobre mí con deleite. Nux y Argos, el joven
perro de Mario, que estaban durmiendo en una zona sombreada, levantaron la
mirada, menearon unos rabos perezosos y volvieron a dormir.
- ¡Tío Marco! Todo el mundo
te ha estado buscando.
- Entonces estoy metido en
un lío.
- Bueno,
si te matan
en el funeral
-me consoló
Cloelia-, al menos será
práctico. ¿Te gustarían rosas rojas o blancas en tu féretro?
- Elige tú por mí.
- Mis favoritas son las
rosas dobles.
- Perdí mi espada -le dije
a Mario-. ¿Petronio tiene aquí una de repuesto? -Mi sobrino no tenía por qué
saberlo, pero lo sabía, y fue a buscármela inmediatamente. Era un arma simple,
con una vaina sencilla, pero se adaptaba bien a la mano y estaba perfectamente
afilada. Al abrochármela, en la familiar
posición militar, en
alto bajo mi
axila derecha, enseguida me sentí mejor-. Gracias, Mario. Dales un beso
a las niñas de mi parte.
- Seremos sus guardianes
-me aseguró Cloelia a su manera solemne- si mamá y tía Helena hacen que te
caigas sobre la espada. -Cuando Mario fue a por el arma, ella también se había alejado
correteando para traerme
la segunda mejor toga de Petro y así poder ir yo al funeral vestido de
manera adecuada, con la cabeza oculta en sus amplios pliegues.
Unos niños estupendos.
Decidí no mencionar que su tío abuelo se asociaba con piratas y que su abuelo
hacía contrabando de obras de arte.
LIV
Tal vez la intención de
Marco Rubela fuera evitar que el funeral de Teopompo se convirtiera en una
fiesta desenfrenada en la playa; lo que había conseguido fue una fiesta
desenfrenada en una necrópolis. Puesto que Ródope había optado por despedir a
su amado en la puerta Romana, aquello era tan público como podía llegar a ser.
Cuando llegué, el acontecimiento llevaba en pleno auge desde la salida del sol
y su fervor no daba muestras de aplacarse. Cualquiera que pasara por la
carretera principal de ida o de vuelta a Ostia debía de haberse percatado de
ello. Rubela tenía una expresión cabizbaja mientras supervisaba a un grupo de
vigiles que estaban intentando desviar a las multitudes.
- ¡Prohibido el paso!
- Díselo a ellos, hijo.
Saludé alegremente con la
mano al tribuno y fui avanzando poco a poco junto a sus controles de tráfico.
Me dirigí hacia el ruido y me abrí paso entre las hileras de columbarios. La
necrópolis estaba diseñada como una pequeña ciudad de casas
en miniatura para los muertos.
Eran construcciones sólidas de ladrillo,
muchas de ellas con tejados embreados.
Algunas tenían las puertas abiertas: la mayoría constaban de una habitación
principal con dos
niveles de
nichos en todas
las paredes para
recibir las urnas. Una
ancha calle enlosada
con mármol travertino corría paralela a la carretera principal
de Roma; estaba llena de gente,
todos dirigiéndose a la despedida de Teopompo.
- ¡Alto ahí! -Un puño me
golpeó en el pecho-, ¿Es ésta mi toga?
- ¡Oh, maldición! Pensé que
había tapado esa mancha de salsa que te hiciste la última vez que la llevaste.
Petronio Longo era un
cabrón con ojo de lince… y estaba gruñendo.
- Esta toga estaba limpia
cuando la birlaste, Falco. Puedo ver que es la mía, no ese modelo peludo tuyo
con el que normalmente tropiezas y te caes. -Mi toga, que había dejado en Roma,
la había heredado de mi hermano Festo, el cual había sido partidario de un pelo
lujoso y unos bajos excesivamente largos. Todavía no la había hecho arreglar
porque no soportaba llevarla.
Aquélla también me venía
demasiado larga; Petronio Longo me saca media cabeza. Me coloqué un pliegue de
la prenda que había tomado prestada sobre mis rizos de punta. Aquello creó una
parodia de un devoto dirigiéndose a un sacrificio, pero puse cara larga y di
unos pasos menudos y afectados para añadirle efecto. Pedro profirió un silbido
insinuante.
- Deja de parecer un albañil
en un andamio, Petro.
Tengo que ir disfrazado.
- ¿Te escondes de Helena?
¿Y dónde has estado, por el Hades? Ayer tuve que registrar el puerto de arriba
abajo buscándote, luego llegó un disparatado mensaje.
- Papá, que estaba en vena.
-No lo delaté-. ¿Cómo está
Helena?
- ¿Aparte de furiosa?
- Soy inocente. Si el
capitán de puerto hubiera hecho su trabajo hubiera visto cómo se me llevaban a
la fuerza una salvaje banda de ilíricos.
- ¿Los que están hoy aquí?
-Petronio se animó y se pegó a mí-. ¡Qué divertido! ¿Estarán enfadados de que
escaparas? Vendré a fisgonear.
Me dio en
la toga, notó la espada
y entonces me enseñó el pomo de
la que él llevaba bajo su capa. Admití que le había tomado prestada la de
repuesto.
- La mía está en el fondo
del mar. Ojalá no hubiera malgastado esfuerzos limpiándola primero.
- Fue una suerte que no
fueras tú el que se cayera. Esbocé una débil sonrisa.
El funeral iba a celebrarse
en el centro del ancho camino que en aquellos momentos estaba abarrotado de
gente. La ceremonia ya había comenzado, pero daba la impresión de que en varias
horas no había ocurrido mucho. Los dolientes que se conocían estaban sentados
por ahí en grupos, intentando
recordar el nombre
de aquel hombre
gordo que se emborrachó la
última vez que fueron a un funeral. Las personas que no conocían a nadie
estiraban sus miembros entumecidos y ponían cara de aburrimiento.
No había ni rastro del
padre de la consternada chica, pero su dinero era manifiesto. El pobre
Posidonio debía de haberlo pagado todo, empezando por una enorme pira, de la
que se ocupaban la mitad de los directores funerarios de Ostia, con todo un
séquito romano: una orquesta, toda una concentración de
plañideras a sueldo
y oficiantes religiosos. Ródope
fue prodigada con la mejor ropa de luto blanca, además de un imponente festín
para todos los asistentes. Los parásitos
que no habían
conocido a Teopompo ya se habían
puesto a comer con glotonería.
La procesión había hecho un
alto en el camino; era de suponer que Posidonio no poseía una tumba en Ostia,
de modo que la incineración tendría lugar en medio de la calzada. Una urna
cineraria, en forma de negra figura griega de las que mi padre importaba,
estaba dispuesta en una base. Papá conocía a Posidonio; me pregunté si esa obra
de arte antigua no se había caído de un barco cerca de la costa Laurentina ayer
mismo. El cadáver todavía yacía sobre sus andas
llenas de flores.
Estas parecían estar
un poco torcidas; los miembros
del séquito nivelaron una de las patas del féretro metiéndole piedras
debajo. Los floristas y los tejedores de guirnaldas se lo habían pasado muy
bien, pero los perfumistas se llevarían el premio a los mejores
esfuerzos. Los
aceites exóticos se
olían desde treinta zancadas de distancia.
A Teopompo, a quien la
última vez se le vio desnudo y descalzo,
lo habían vestido
entonces como a
un rey bárbaro. Le habrían
encantado esas galas. También se había realizado un
trabajo muy hábil
con sus morados.
Me pareció que el efecto de la pintura del rostro era un poco exagerado,
y Petronio criticó a su barbero. Petro era un purista de los clásicos
flequillos rectos. Los de la funeraria habían encrespado el lujoso corte de
pelo de Teopompo y le habían proporcionado una radiante corona de rizos.
- ¡Muy griego! -dijo
Petronio. Con lo cual quería decir… lo que los romanos quieren decir con muy
griego.
Todavía estábamos admirando
el arte del embalsamamiento cuando nos
encontraron nuestras mujeres. Helena
iba flanqueada por Maya y Albia; se acercaron a mí como un trío de Furias que
tuvieran jaqueca premenstrual y unas cuantas facturas impagadas sobre las que
pedir explicaciones.
- ¿Algo que decir? -quiso
saber Maya, con ganas de avergonzarme. Helena Justina, arrebujada en una pesada
estola, no dijo nada. Albia parecía estar muerta de miedo.
- No fue culpa mía.
- ¡Nunca lo es, hermano!
Pasé junto a mi hermana con
paso enérgico y estreché a Helena en mis brazos. Ella vio mi pelo hecho un
desastre
bajo su velo formal y notó
que me estremecía por el dolor de las quemaduras del sol. Supo que había
ocurrido algo malo. Yo me limité a abrazarla. Ella hundió el rostro en los
pliegues del hombro de la toga de Petro, temblando. Yo también podía haberme inclinado
y puesto a llorar, pero la gente hubiera pensado que estaba afectado por lo de
Teopompo.
Maya nos había estado
observando, con la cabeza echada a un lado. Nos rodeó con los brazos a los dos
por un momento, me retiró la toga de la cara y me dio un beso en la mejilla. Su
vida no había sido un camino de rosas; el hecho de ver a otras personas con las
emociones a punto de estallar la hacía reaccionar con aspereza. Se llevó a
Albia a ver cómo encendían las antorchas para quemar las andas.
Petronio se quedó con
nosotros, paseando la mirada por los invitados al funeral en busca de caras
conocidas. Para reafirmarme, empecé a contarle rápidamente todo lo
ocurrido el día
anterior después de
que me dejara
en Portus. Con la cabeza apoyada en mi hombro, Helena escuchó. Llegué
hasta cuando me secuestraron en el barco, intentando decir lo más mínimo sobre
el ahogamiento.
- Entonces resultó que
Cotis tenía el arcón con el dinero del rescate de los cronistas; debieron de
ser los ilíricos los que asaltaron el transbordador…
- Me gustaría arrestar a
ese tal Cotis, si se deja ver - rezongó
Petro-. El maldito
Rubela ha ordenado
que, a
menos que
resulte inevitable, tenemos
que eludir enfrentamientos.
- ¿Y no podemos hacer que
resulte inevitable? ¿Acaso Rubela obedece algún escrúpulo religioso o
diplomacia política?
- Simplemente son
demasiados, Falco. Aquí tenemos ilíricos… además de cilicios. -Enarqué una
ceja. Él se explicó lacónicamente-. Creemos
que han estado trabajando juntos en los secuestros,
una alianza.
- ¿Hermanos de sangre?
¿Entonces quién -pregunté, bajando un
poco la voz- es el actual
favorito de haber matado a Teopompo?
- Las apuestas están al
cincuenta por ciento.
- ¿Y qué hay del intento de
pagar el rescate? Debía de haber muchos
testigos cuando el transbordador fue asaltado.
Petronio puso cara de pocos
amigos.
- Sí, y lo único que dirán
todos es que los asaltantes iban vestidos de manera exótica.
- Cotis y los ilíricos.
- Sí, pero, ¿fueron ellos
los que enviaron la petición de rescate? ¿O -dijo Petro- es que sabían quiénes
eran los verdaderos secuestradores?
- Suponiendo
que a Diocles
lo secuestraran en realidad.
Limpié el rostro mojado de
Helena con una esquina de
mi toga. Con la severa
mirada de Petro clavada en mí, comprobé nerviosamente si por casualidad la
pintura había manchado su preciosa prenda, pero Helena no llevaba maquillaje.
Cuando la estola cayó hacia atrás vi también que llevaba el pelo suelto; tampoco
se había puesto pendientes ni collares. Era apropiado no prestar atención a tu
aspecto en un funeral.
Aun así, volví
a sentir ese
nudo en la garganta.
- Será mejor que lo
confiese, amor: me he dado un chapuzón en el mar.
- Marco, te dije que no te
cayeras al agua.
- No me caí; me tiraron del
barco de los ilíricos. Pero seguí tus instrucciones y me tumbé panza arriba y
mirando al cielo. -La abracé más fuerte-. Gracias, cariño.
- Debes de ser mucho mejor
alumno de lo que creía. - Era mejor alumno de lo que yo creía-. ¿Y qué pinta tu
padre en todo esto?
-preguntó Helena de
forma harto significativa.
Petronio también me
estaba mirando con escepticismo.
Cualquier cosa que involucrara a Gemino debía
implicar un chanchullo;
aun así, investigar
a mi querido padre causaría más
problemas de los que valía la pena.
- Papá estaba pescando.
- ¿Y pescó algo? -preguntó
Petro en tono adusto.
- Sólo a mí.
- Me sorprende que el viejo
bribón no volviera a arrojarte al agua.
Reprimí una repentina
visión de Gemino con ese remo alzado para darme con él en la cabeza.
Maya regresó con Albia. Mi
hermana dijo que ya había tenido
suficiente y que se iba
a casa. Detestaba
los funerales. Podría tener algo que ver con el hecho de que perdiera a
su marido mientras éste se encontraba en el extranjero y su culpabilidad por no
haber podido asistir a su despedida. Nunca me gustó recalcar lo poco que había
quedado de Famia para darle una despedida; el león que lo despacho no había
sido muy quisquilloso con la comida.
Helena había recibido una
invitación personal de Ródope, aunque de momento no había podido hablar con la
chica. Fue a buscarla y la encontró, ataviada con un vestido de luto de un
blanco reluciente y un velo (y varios collares de oro), instalada en una silla
parecida a un trono sobre un bajo pedestal, entre un gran grupo de mujeres
delgadas y morenas que se suponía eran ilíricas. Habían hecho una enramada con
una corona de modestas cortinas y luego habían metido a la chica en ella, sola.
Aquello daba la impresión
de que Ródope era un apreciado miembro de su clan, sin embargo todas estaban
hablando entre ellas mientras la chica permanecía sentada sola con su
sufrimiento. Era una viuda digna de lástima,
aunque sospechosamente
parecida a una prisionera.
Helena se abrió camino con
firmeza entre las mujeres, la mayoría de las cuales se hallaban sentadas en el
suelo con las piernas cruzadas. Tenían un aspecto hostil, pero cada vez que pisaba una mano o
aplastaba una falda, ella le ofrecía una dulce sonrisa patricia a la víctima.
Hija de un senador de pies
a cabeza, Helena
Justina fue a
dar el pésame y a ofrecer su
patrocinio sin cuestionarse si era o no bienvenida. Pisotear a los provincianos
parecía ser su herencia.
Sabía que estaba enojada
por la desconsolada joven. Fuera cual fuera el apoyo del que carecía la
adolescente, Helena tenía intención de ofrecérselo entonces.
- ¡Ródope! Éste será un día
duro para ti, pero mira qué hermosa afluencia de público. Debió de haber sido
extremadamente popular. Espero que te sirva de algún consuelo.
La pálida chica parecía
desconfiar. Sólo Ródope tenía sus grandes ojos tristes clavados en las andas.
Todos los demás estaban utilizando el funeral como una excusa para divertirse.
Con comida y música gratis, ninguno de ellos dedicó un solo pensamiento a
Posidonio, al que habían desplumado una vez más, y a pocas personas parecía
importarles mucho despedir
a Teopompo en su
marcha hacia la otra vida.
Era un
acontecimiento segregado. Las
mujeres
estaban juntas; lo mismo
ocurría con los hombres. Éstos se apiñaban en grupos distintos y separados los
unos de los otros. Los formales trabajadores romanos de la funeraria iban de un
lado a otro con sus cosas, pasando más o menos desapercibidos, en tanto que
unos músicos extranjeros tocaban instrumentos exóticos entre los puñados de
marineros, haciendo caso omiso de las lastimeras flautas romanas que
supuestamente señalaban los
puntos culminantes de la ceremonia. El aroma a carne y pescado asados
que emanaba de las hogueras privadas para cocinar se mezclaba
con el incienso.
El efecto global
era totalmente desorganizado. También daba la sensación de tratarse de
una fiesta que se prolongaría durante los tres días siguientes.
Un hombre con la cabeza
cubierta pasó por mi lado dando
empujones mientras que
sus brazos velludos sostenían un
altar portátil que llevaba en el hombro. Los acólitos corrían tras él tirando
de una cabra y portando instrumentos para el sacrificio. Hubo exclamaciones por
parte de los elementos rudos, que consideraban la cabra como carne de asador en
potencia.
Puesto que nadie más
requería la atención de Ródope, Helena pudo quedarse allí y hablar con ella.
Mientras le presentaba a Albia, yo me paré
con ellas. Después
de haberse ido Maya, Petronio se fue a dar una vuelta por ahí para inspeccionar
a los dolientes.
Como era el
único
elemento masculino
del grupo, yo estaba fuera de lugar, pero no era
ni por
asomo tan peligroso para mí
como unirme a unos
hombres enojados con
cuchillos de marinero en sus
fajas.
Estaba costando
encender la pira.
Vi cómo el sacerdote movía los labios y maldecía
entre dientes.
- ¿Qué
vas a hacer
ahora? -le preguntó
Helena a
Ródope en voz baja.
- Voy a marcharme a Iliria
con su gente.
- ¿Es una buena idea?
Unirte a ellos con Teopompo hubiera sido distinto. Sin él, ¿serás bien
recibida?
- ¡Oh, sí! Son amigos míos
por él. -Un par de viejas desdentadas levantaron la mirada y sonrieron
vagamente. Puede que no estuvieran hablando
con Ródope, pero sin duda estaban escuchando.
Helena dejó el tema. Fue
Albia, ella misma hija de la soledad y el sufrimiento, quien saltó de repente y
con irritación:
- ¡Estás cometiendo una
estupidez! La vida será dura y tú serás una forastera. Harán que te cases con
algún hombre que será cruel contigo. Vas a ser una esclava.
Ródope le lanzó una mirada
de desagrado. En otras circunstancias
las dos jóvenes
podían haberse hecho amigas.
- ¡Tú no sabes nada de eso!
- ¡Sé más de lo que crees!
-replicó Albia. Crucé la
mirada con la de Helena
mientras las dos adolescentes discutían; ella parecía sentirse orgullosa de
Albia, que entonces dijo lisa y llanamente-: ¡Yo he vivido sin una familia,
entre gente muy pobre!
- ¡Ellos no son pobres! -se
apresuró a exclamar Ródope-. Mira esas mujeres… mira cómo van vestidas. - Era
cierto que iban ricamente engalanadas: entre sus vestiduras de
color carmesí, azul
y púrpura llevaban collares de cadenas agrupadas,
hileras de brazaletes cubrían sus
delgados brazos y los
pendientes y tobilleras
centelleaban con discos y husos de oro.
Segura de su victoria,
Albia proclamó:
- Ahí arde tu hombre. Tus
esperanzas alzan el vuelo hacia el cielo con el humo. Siéntate y llora por él.
Helena Justina te consolará. -Albia se recogió las faldas con una mano y
empezó a andar
con mucho cuidado
y con expresión desdeñosa entre
las mujeres ilíricas que había allí sentadas. Como si quisiera enfatizar su
falta de interés en Ródope, dijo, ofreciéndose-: Iré a buscarte un poco de
comida y vino.
- ¡Lo que llevan colgando
es oro! -insistió Ródope, casi en tono de súplica.
Albia se dio la vuelta. Era
unos años más joven que Ródope, aunque obviamente más sensata. Tal vez se dio
cuenta de que el padre
de Ródope debía
de haberle permitido que comprara
de manera incontrolada durante su
corta vida.
- Oro -comentó Albia con
sequedad- que no se les permite gastar,
creo.
LV
Cuando empezaron los
problemas, todo ocurrió de forma fortuita.
Le cortaron el cuello a la
cabra, cosa que motivó unos aplausos inusitadamente fuertes. El sacerdote
apenas tuvo tiempo de dejar las entrañas en un plato antes de que unos
ayudantes inesperados agarraran
el cuerpo del
animal muerto y lo pusieran a asar lentamente. La pira ya se había
encendido, aunque no tiraba bien. Cuando las humeantes llamas empezaron a
parpadear en torno al cadáver, los parientes masculinos más próximos a Teopompo
tendrían que haberle ofrecido su panegírico, pero ninguno de los ilíricos se
brindó para ese papel. Aun así, todos sabíamos que había sido un hombre que
vestía de forma llamativa y conducía demasiado rápido. Probablemente Ródope le
dedicaría una enorme lápida conmemorativa, encomiando unas virtudes en las que
sus colegas nunca habían reparado. A pesar de su convicción de que se hallaba
entre amigos, pensé que pocos de ellos se quedarían hasta que inaugurara la
lápida.
Las llamas empezaron a
crepitar por fin en torno a las andas engalanadas con flores. Vi que Albia
buscaba con atrevimiento un refrigerio para Ródope tal y como le había
prometido. Se había abierto camino a empujones cerca de
los grupos cercanos que
cocinaban sus propios calderos y se había acercado a un magnífico banquete
colocado en una mesa provisional, el servicio de comida y bebida oficial que
había proporcionado Posidonio. Cogió un cuenco y una copa y esperó su turno para
la comida y bebida. Los ágapes campestres con los muertos en la necrópolis eran
estándar. Aquél simplemente se estaba haciendo a gran escala. Había una
desorganizada cola para acceder al bufet.
El encargado del servicio
de comidas había mandado a unos esclavos a que vaciaran las cestas y
dispusieran las exquisiteces con cuidado, pero los nerviosos camareros
parecieron abrumados cuando ilíricos y cilicios empezaron a hacerse con el
control. Las mujeres agarraban las fuentes de servir; los hombres se inclinaban
para hacerse con los mejores bocados en tanto que sostenían las copas para que
se las llenaran unos camareros con exceso de trabajo. Albia se negó a que no le
hicieran caso o a que la apartaran de un empujón.
Helena no le
quitaba los ojos de
encima a nuestra chica, ni yo tampoco. Allí Albia era joven y estaba
sola. No sorprendía el hecho de que uno de los hombres con botas de marinero la
estuviera mirando de arriba a abajo. Cuando ella se dio la vuelta para volver
con nosotros, él la siguió, ajeno por completo al hecho de que Albia tenía un
pasado salvaje. Hizo su jugada. Sin apenas detener sus pasos, ella lo apartó de
un codazo y le lanzó el contenido de la copa
que llevaba en toda la
jeta. Luego, impasible, le trajo el cuenco de comida a Ródope.
- Alguien me ha dado una
sacudida. Te iré a buscar más vino…
- ¡Yo iré contigo! -Ródope
había visto lo que había pasado. Se puso en pie con repentina solidaridad.
Entonces la pequeña reina de la fiesta enrojeció de vergüenza y se convirtió en
una buena anfitriona.
Yo ya estaba echando a
aquel hombre, con una severa advertencia que él no quería oír:
- No estropees la fiesta.
Supón que te pierdes…
- ¡Aguarda,
Falco! -la voz de Ródope
se oyó por encima de los gemidos de las plañideras
de alquiler. Algo la había inquietado.
Agarró una de
las antorchas de encender la pira y la blandió por encima
de su cabeza. Estábamos a plena luz de un glorioso día de agosto; no le hacía
falta iluminar la escena.
Albia, que pareció
impresionada ante aquella teatral postura, se puso en guardia tras ella. Ródope
extendió su brazo vestido de blanco de forma dramática.
- ¡Pregúntale a ese hombre
de dónde ha sacado las botas que
lleva!
Él intentó escabullirse y
perderse de vista. Lo agarré del brazo. Era un desgraciado de piel cetrina y
sin afeitar con unos ojos que
vagaban por su cuenta cada vez
que alguien lo miraba. Llevaba una túnica holgada de color gris
y un cinturón negro
bastante bueno, probablemente robado. Las
botas que Ródope
señalaba eran de
suave piel de becerro de color habano con unas tiras
rojas que se entrecruzaban de la espinilla hacia arriba. Tenían unos ganchos de
bronce y unos diminutos remates también de bronce en los
extremos de los
cordones. A mí no me habrían visto muerto con ellas puestas,
pero no cabía duda de que aquel fabuloso calzado era especial para la afligida
adolescente.
Habían empezado los
problemas.
Ródope estaba demasiado
disgustada para mantener su anterior furia, pero aún podía dominar el
dramatismo.
- Conozco
esas botas -susurró
horrorizada-. Le compré esas
botas a Teopompo. Las llevaba puestas cuando se lo llevaron, la noche en que lo
arrancaron de mi lado. Quienquiera que lo mató debió de robárselas… -Decidió
desmayarse. Albia no iba a tolerarlo y la volvió a poner derecha.
- ¡Es un asesino! -chilló
Albia-. No lo dejéis escapar. Yo era consciente de que estábamos rodeados de
una
enorme multitud entre la
que se encontraban muchos de los parientes de aquel hombre. Poco a poco la
gente se puso en pie en medio de una oleada de murmullos.
Petronio Longo apareció a
mi lado. Ahora tenían a dos personas que atacar. De momento se estaban
conteniendo. Petro era el más corpulento
entre los presentes. Mucho
más corpulento que el
hombre que llevaba las polémicas botas a quien entonces agarró por el brazo,
doblándoselo a la espalda, y levantó por el cuello de la túnica de modo que le
quedaron los pies colgando.
- Quitémosle las botas,
Falco.
Le quité las botas. Ello
supuso esquivar unas patadas desenfrenadas hasta que Petro se aseguró, de
manera muy eficiente, de que aquel cautivo dejaba de forcejear. Aquello era un
entretenimiento para la multitud, que vio que podíamos ser violentos y empezó a
deleitarse con aquella escena. El hombre que había llevado las estupendas botas
con remates de bronce terminó con el rostro lívido y temblando; Petronio lo
meció juguetonamente.
Helena avanzó un paso,
cogió las botas y se las llevó a
Ródope.
- ¿Estás del todo segura de
que son éstas las botas que le compraste a Teopompo?
Al ser el centro de
atención, Ródope se reanimó.
- ¡Sí! -Intentó
volverse a desmayar, pero
de nuevo Albia tiró de ella para
ponerla derecha y la sacudió con fiereza, igual que hacía Nu x con una de las
marionetas de trapo de las niñas. En lo referente a los primeros auxilios,
Albia adoptaba una actitud que no permitía tonterías. No se toleraban desplomes
ni gimoteos.
Petronio le dijo al cautivo
que no le diera problemas o terminaría convertido en cenizas en la pira. Paro
entonces,
algunos miembros de los
vigiles que se habían percatado del problema se acercaban poco a poco a
nosotros entre los dolientes. Petronio se volvió hacia los grupos de marineros
allí reunidos. Empujando al cautivo en una dirección y luego en otra, gritó con
aspereza:
- ¿Quién de vosotros ha
traído a Italia a este ladrón de botas? ¿Quién es éste?
Se oyó la risa de Crátidas,
que estaba rodeado de unos cilicios sonrientes. Petro lo apuntó con el cautivo.
Él respondió con su habitual expresión desdeñosa:
- Nosotros no. -Ligón, que
se hallaba junto a él con su llamativo abrigo, también sacudió rápidamente la
cabeza en señal de negación. Entonces abuchearon a otro grupo, que debían de
ser ilíricos.
Yo fingía observar la
acción, pero estaba escrutando el gentío. Al final encontré al hombre que
estaba buscando: Cotis. Quería enfrentarme a él yo solo, pero allí había
demasiada oposición.
Me fui aproximando poco a
poco a Rubela y dije entre dientes:
- Un grupo allí delante
junto a la mesa de la comida: el granuja con la capa de color zumo de ciruela,
¿podéis cogerle, muchachos? -Dio la impresión de que el tribuno no me oía. Yo
tenía confianza. El propio Rubela se acercó paseando hasta el bufet como si
quisiera un puñado de pinchos de carne y les hizo una señal con la cabeza a uno
o
dos miembros de los vigiles
mientras avanzaba. Estaba en forma y no
tenía miedo; una de las cosas que siempre podías decir a favor de Rubela era
que, cuando se trataba de entrar en acción, era absolutamente competente. Un
posadero borracho lo golpeó una vez y dijo que era como darle puñetazos a la
manpostería.
Cotis intuyó problemas.
Pero aún estaba sacando el cuchillo cuando Rubela -con una sola mano- lo tumbó.
A continuación el tribuno le pisó el brazo con el que agarraba el cuchillo y,
con calma, se comió sus exquisiteces ensartadas en un pincho mientras aguardaba
a que se apaciguara el ruido.
Se hizo el silencio. Cuando
un pesado ex centurión permanecía de
pie sobre la muñeca de
una persona con todo su peso, todo el mundo podía compadecerlo, pero de
ningún modo intentar ayudar al hombre que estaba en el suelo.
- ¿Éste es el que quieres,
Falco? -me gritó Rubela en tono distendido, como si acabara de elegir un
lenguado en la pescadería. Se limpió los dientes con la uña del dedo meñique-.
¿Quién es y qué ha hecho este cabrón?
Recuperé las botas de manos
de Helena.
- Es Cotis, un ilírico
arrogante. Me llevó a dar una vuelta
obligada en su
agujereada liburna, intentó
que muriera ahogado y me robó la espada, para empezar. Estas botas
entran en la historia. Ayer vi al hombre
que había
arrestado Petronio andar
por ahí pesadamente con ellas. Él y otro individuo mugriento llevaron un arcón
a bordo del barco. Cotis afirmó que era su arcón de viaje, pero… esto te va a
interesar, tribuno… es el mismo que los cronistas trajeron a Ostia con el
rescate para Diocles.
- Gracias. ¡Me gustan las
acusaciones claras! -Rubela enseñó los dientes en lo que pasaba por ser una
sonrisa. Entonces alzó el pie e hizo levantar a Cotis tirándole del brazo con
un movimiento fuerte, un movimiento con el que Rubela debía saber que era probable
que le dislocara el hombro al hombre. Cotis profirió un alarido de dolor-.
Parece un poco flojo -comentó Rubela. Los vigiles tienen normas sencillas. Una
es: debilita siempre la confianza del jefe de la banda con insultos cuando sus
hombres estén mirando. Después de mi terrible experiencia a bordo del barco, me
parecía bien.
- Entonces ayer asaltaste
el transbordador y robaste el arcón, ¿verdad? -preguntó Rubela.
- No tengo nada que ver en
eso -gimió Cotis.
- ¿Enviaste la petición de
rescate?
- ¡No! Ya se lo dije a
Falco. -Esta vez estaba indignado de verdad.
- ¿Entonces, cómo sabías lo
del dinero?
- Un rumor en un burdel: un
montón de dinero iba a intercambiarse en La Flor del Ciruelo.
- ¿Y decidiste adueñártelo
antes de que llegara a su
destino? ¿A quién
estabas traicionando, Cotis?
¿A tus amigos los cilicios? -Los cilicios empezaron a rezongar.
- ¡Nunca
engañaríamos a un
aliado! -Cotis no los
estaba convenciendo. Los cilicios empezaron a dar alaridos y se prepararon para
ponerse desagradables.
- ¿Tienen a Diocles? -Vi
que Rubela evaluaba con la mirada la situación con la multitud. El mutuo recelo
entre los dos grupos nacionales fermentaba peligrosamente. El tribuno resopló-.
Cotis, te voy a arrestar por robarle la espada a Falco. Discutamos el resto en
mi cuartel… Vosotros, dejad paso. Trae a la maravilla descalza, Petro.
Hubo una ráfaga de color
blanco.
- ¡No! ¡Esperad! -Una vez
más, la joven Ródope trató de intervenir. Seguía agarrando la antorcha, cuyas
llamas amenazaban con prender fuego a su ligero vestido. Helena y Albia
salieron corriendo a disuadirla-. Tiene que haber un error. Éste es Cotis…
- Hemos tomado nota
-replicó Rubela con brusquedad. Tenía que salir de allí. Aparentando toda la
calma posible, empezó a conducir a su prisionero a través del gentío. Algunos
de sus hombres intentaron unir los brazos para formar un pasillo despejado.
- No, no… Cotis era el jefe
de Teopompo. ¡Cotis - gimió la
muchacha- nunca hubiera
hecho matar a Teopompo!
Rubela se detuvo. Seguía sujetando a Cotis
con su
brutal agarre militar.
Fuera cual fuera la clase de centurión que Rubela hubiese sido en las legiones,
ello nunca había conllevado arropar a los reclutas en sus catres de campaña con
una dulce nana de buenas noches.
- ¡Escucha esto! -se
maravilló Rubela dirigiéndose a Cotis, a pocos centímetros del rostro del
pirata-. La princesita dice que tú no
pudiste haberlo hecho, porque eras el
jefe del muerto.
Encantador, ¿no te
parece? - Entonces hizo dar media
vuelta al prisionero y lo empujó por
delante de él
con brusquedad. El
tribuno gritó por encima del hombro-: ¡Acláraselo, Falco!
Llévatela a algún sitio y charla con ella… vigílala. -Lo que quería decir era:
aleja a la chica del resto de los ilíricos urgentemente.
Mi tarea era delicada. Unos
hombres a los que recordaba de la liburna estaban rodeando a Ródope con
intenciones claras. Petronio, alerta, pasó su prisionero a un par de vigiles y
se acercó a nosotros. Incluso las mujeres avanzaban a empujones, fulminando
abiertamente con la mirada a Ródope. Ingeniosas como siempre, Helena y Albia
intentaron coger a la muchacha para sacarla de allí a toda prisa.
Se hallaba en peligro,
aunque no era en absoluto consciente de ello. Los ilírícos sabían que podía
proporcionar pruebas sobre su secuestro para pedir un rescate, quizá facilitara
algunos nombres. Podía identificar a la cuadrilla de raptores que se llevaron a
Teopompo la
noche en
que lo mataron.
Teopompo podía haberle confiado toda clase de secretos.
Hasta los cilicios empezaban a darse
cuenta del peligro.
Los ilírícos, entonces sin
cabecilla, pululaban por ahí inútilmente, pero Crátidas y Ligón intercambiaron
una mirada y se dirigieron directos a Ródope. Con las espadas desenvainadas,
Petro y yo estábamos preparados para tomar cartas en el asunto.
- ¡Vete, Helena!
Los vigiles se hallaban a
ambos lados de nosotros, oficialmente desarmados, pero equipados de pronto con
palos y travesanos. Podíamos haber contenido a los cilicios y aún podríamos
haber salido del apuro. Pero Ródope, una desconsolada adolescente con emociones
exaltadas, había recordado que estaba presidiendo el funeral de su amado.
Se zafó de Helena y Albia y
atravesó precipitadamente nuestro cordón de seguridad. Apartó de su camino a
Ligón golpeándolo de lleno en los ojos con la antorcha llameante. Esquivó a
Crátidas con unos pies hábiles. Los grupos de mujeres se quedaron atrás, gritando.
Los hombres se adelantaron, desconcertados.
- ¡Yo lo amaba! -chilló
Ródope mientras se abría paso con dificultad hacia la pira.
Tumbó el altar portátil de
un puntapié. Maldijo al sacerdote que había realizado el sacrificio en tanto
que éste vociferaba frente al arruinado augurio. Pasó a empujones entre los
acólitos que se dispersaban y se deslizó entre los
músicos (éstos ya habían
visto problemas en los funerales muchas veces y se estaban haciendo a un lado).
Las plañideras a sueldo daban vueltas lentamente en torno a la pira, que
por fin estaba
ardiendo bien, mientras salmodiaban y se mesaban el pelo.
Ródope se abrió paso entre ellas a empujones; estaba claro que tenía intención
de arrojarse sobre las ardientes andas.
Un atento joven flautista
la agarró de la cintura. Mientras la consternada muchacha intentaba inmolarse,
él la asió como un dios bastante torpe forcejeando con una renuente ninfa justo
antes de que
ésta se convirtiera en árbol. Su
flauta y la antorcha de Ródope cayeron al suelo. Ella se sacudía en sus brazos;
el joven, que estaba gordo y que sin duda era de natural bondadoso, clavó los
talones y no abandonó el
forcejeo. Las manos
de la muchacha trataron de aferrarse a los
floreados bordes de la pira. El flautista siguió tirando de ella. Ródope
intentaba avanzar con todas sus
fuerzas, tirando desesperadamente de las
caras guirnaldas. El muchacho la retuvo de manera incondicional, con lo que de
pronto salieron los dos impelidos hacia atrás. Largas serpientes de lirios y
rosas trenzados se desprendieron
de las andas.
Entonces el féretro se torció.
Dos de las patas de la pira cedieron y ésta se puso en posición vertical. Las
guirnaldas se partieron. La pira volvió a caer en su lugar.
Pero primero
había catapultado hacia
arriba a
Teopompo, que permanecía de
pie, en rígida posición de firmes. Su cadáver se perfilaba en las más hermosas
llamas que lo envolvían. Su cabeza, con su elaborado y largo peinado, se
hallaba rodeada de un enorme halo de fuego verdoso.
LVI
La gente se dispersó presa
del histerismo. Petronio y yo corríamos hacia delante.
- Sea cual sea la pomada
que tenía ese cadáver, ¡yo quiero un poco!
Fuimos a buscar a la
muchacha, que sollozaba, y nos llevamos también al flautista por su propia
seguridad. Con Helena y Albia pisándonos
los talones, abandonamos
la zona del funeral a todo correr. Pasamos junto a una calle lateral, de
la cual salieron algunos vigiles. Petro gritó una orden. Ellos
se enfrentaron a
nuestros perseguidores; aunque eran
muchos más que
nosotros, eso nos proporcionó espacio.
Estábamos a punto
de llegar al extremo de la necrópolis antes de que unos
pesados pasos vinieran retumbando detrás de nosotros.
- Rápido,
metámonos aquí dentro…
-Petro nos empujó a todos dentro
de un sepulcro abierto y empujó la puerta
con el hombro
para cerrarla. Los
cinco nos quedamos unos
instantes jadeando y luego nos sentamos en el suelo en medio de la oscuridad.
Hice un rápido recuento de
memoria. Éramos seis, no cinco.
Mientras intentábamos
recuperar el aliento, dije, respirando con dificultad:
- Lucio, muchacho, puede
que sea lo más estúpido que has hecho en tu vida.
Se animó a decir una
tontería:
- Me pregunto quién vive
aquí.
Helena Justina encontró mi
mano y me la sujetó.
- Y yo que pensaba que eras
tú el irresponsable.
- ¿Cómo
te llamas, hijo?
-le murmuró Petro
al flautista.
- Querón.
- Bueno, Querón, muchacho,
antes de que una desagradable banda de piratas nos saque de aquí, nos pique
finamente y nos conviertan en sopa, sólo me gustaría decir: bien hecho.
El flautista se rio
tontamente.
Nadie intentó abrir la
puerta. Fuera no oíamos nada. Petro
decidió que eso
significaba que ellos
tampoco podían oírnos a nosotros.
- Y ahora, joven Ródope
-apremió, dirigiéndose con firmeza a la invisible causa de nuestra
incomodidad-, puede que tengamos que quedarnos aquí un buen rato. Mientras
estamos retenidos voy a hacerte algunas preguntas.
- Yo quiero preguntar una
cosa. -Ródope tenía temple. Abandonó el histerismo y volvió a su veta
testaruda-. ¿De verdad a mi Teopompo lo mató su propia gente?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque… -Petronio podía
ser muy bueno, con las niñas-. Se enamoró de ti. A Cotis le habrá molestado que
Teopompo haya puesto en peligro al grupo.
- ¿Cómo? Yo le amaba. Nunca
hubiera revelado ningún secreto.
Petronio no sabía cómo
decirle que ya lo había hecho. Era joven y vulnerable; su padre había estado
tan desesperado que hizo caso omiso de las instrucciones de mantener la
boca cerrada sobre el secuestro y fue a ver a los vigiles. El nombre de
Posidonio en los archivos del cuartel me hizo llegar hasta él, y luego hasta
ella. Ródope nos hizo llegar hasta Teopompo. Teopompo nos condujo hasta los
ilíricos, que no habían sido sospechosos hasta entonces. Después de meses, si
no años, los vigiles tenían una pista sobre
los secuestradores, Cotis
se encontraba bajo custodia y a
ello seguirían más arrestos. Podía haber ocurrido de alguna otra manera, pero
Ródope seguía siendo la única víctima que nos había dicho algo que valiera la pena.
Desde el punto de vista de
los secuestradores, el verdadero culpable era Teopompo por seducir a la chica.
Desde aquel momento, el ingenioso plan de los rescates, que dependía del terror
y del silencio, había empezado a desentrañarse. Le dijo su nombre
a Ródope. Luego, por algún motivo, se fugó con ella. Sus colegas sabían
quién se merecía un castigo.
Me pregunté por qué habían
dejado a Ródope con vida. Podían haberla matado al mismo tiempo que a su amado.
Quizá tenían demasiado miedo de las repercusiones que ello pudiera desencadenar.
Ya no creía que los
ilíricos hubieran ordenado a Teopompo que fuera a buscar a la chica a Roma. De
haber querido que dejara
de hablar, ella
también hubiera aparecido muerta
en la marisma. Él debió de ir a buscarla por su cuenta. La agradable deducción
era que la amaba de verdad y que no pudo soportar separarse de ella. El motivo
cínico, y más probable, era que no pudo soportar separarse de su padre y de su
dinero. Teopompo se dio cuenta de que si conservaba a Ródope, siempre podría
sacarle más a Posidonio. Si el dinero recaudado era para él y no para el grupo,
era eso lo que bien había podido hacer que sus compinches se
volvieran contra él. Al
actuar solo había hecho
de él un marginado.
Teopompo había firmado su propia sentencia de muerte.
Yo había temido que Ródope
fuera considerada peligrosa cuando se la mencioné a Damágoras. Pero
entonces pensaba que
Teopompo era un
cilicio que trabajaba con Ligón
y que había muerto a manos del grupo liderado por Crátidas. Es probable que mi
charla con Damágoras no hubiera tenido nada que ver con la fuga o con el hecho
de que mataran a Teopompo. Podía ser que los
ilíricos nunca hubieran
oído hablar de
mi visita a
Damágoras. Se tomaron su
propia venganza.
O tal vez ya se estuvieran
avecinando problemas entre los cilicios y los ilíricos. Yo les proporcioné
munición a los cilicios. Ellos se quejaron sobre Teopompo a su propia gente;
¿los ilíricos se vieron obligados a actuar, quizá?
En cualquier
caso, el resentimiento entonces
se enconó y más tarde los ilíricos robaron el arcón del dinero de los
cronistas… aunque parecía probable que fueran los cilicios los que habían
mandado la petición de rescate de Diocles. Tal vez Cotis estaba molesto por no
haber sido informado del plan. En aquellos momentos cada uno de los bandos veía
al otro como
desleal, todo a
causa de mi cronista desaparecido.
Me pregunté
cómo se sentiría
él acerca de
todo aquello. Siempre había
creído que Diocles
disfrutaba viendo los problemas en acción y que no le disgustaba la idea
de causar unos cuantos.
Nada de
ello me llevó
a estar más
cerca de encontrarlo.
Cada vez hacía más calor en
aquella cámara sin iluminación. Dentro el aire ya estaba viciado. Aquellos
sepulcros eran de construcción sólida, tal como ya había observado con
anterioridad. La intención no era que ningún ser vivo estuviera dentro con la
puerta cerrada. No se había tenido en cuenta la ventilación.
Había terminado
con la espalda
apoyada contra la
puerta. Entonces intenté
moverla. Estaba firmemente atrancada. Le comenté a Petro que las puertas de los
sepulcros no están hechas para ser abiertas desde dentro.
- Tengo miedo. -Ésa fue
Ródope.
- Estoy
segura de que
todos estamos un
poco nerviosos. -Helena era consciente del peligro de dejar que las
chicas se pusieran histéricas. Yo mismo estaba tenso-. Al menos estamos todos
juntos. Lucio, ¿es probable que venga alguien y nos deje salir?
- No os preocupéis.
- No, claro; tú nos
llevarás a todos a un lugar seguro. - Sólo alguien que conociera bien a Helena
detectaría su ligero tono sarcástico. Como no era de las que se detenía
demasiado en una situación que no podía controlar, añadió entonces-: Bueno,
Ródope, espero que te hayas
dado cuenta de la
verdad. Teopompo estaba
locamente enamorado de ti, pero su gente opina de un modo distinto. No
puedes ir a vivir con ellos…
- ¡Pero dije que lo haría!
- Olvídalo -le dije con
delicadeza. Oí que Albia rechinaba los dientes ante la falta de lógica de la
otra chica.
- Las
promesas hechas bajo
coacción no tienen ninguna validez -le aseguró Petronio a
Ródope con solemnidad.
- Fue por decisión propia…
- Estabas coartada… por el
amor. -El tenía una hija de
diez años.
Era un buen
padre: sabía cómo
mentir sinceramente cuando era por el bien de alguna jovencita.
- ¿No va siendo hora de que
nos expliques, Ródope, qué ocurrió cuando te secuestraron la primera vez? -
preguntó entonces Helena.
Nos costó un poco
convencerla. Pero con la calmada presión de Helena y amparada por la oscuridad,
al final Ródope cedió. Nos contó que la habían raptado junto a los muelles de
Portus, que se la habían llevado a toda prisa entre un
grupo formado tanto
por hombres como
por mujeres y luego la habían trasladado a Ostia; habían cruzado el río,
no en un transbordador sino en un pequeño bote que tenían. La envolvieron con
una capa para que su rostro quedara oculto a los demás y ella no pudiera ver
adonde la llevaban. Por lo que ella sabía, la habían conducido a una gran
distancia del río.
- ¿Crees
que te drogaron
mientras te tenían prisionera?
- No.
- ¿Estás segura, Ródope?
- Sí. Los ilíricos no
drogan a la gente. -El tono de la muchacha era tímido entonces; sabía que
estaba revelando secretos. Estaba segura de su información-: Teopompo explicó
que los cilicios trabajan de una manera que sus amigos consideran
peligrosa. Tienen una
mujer llamada Pulia que sabe de
hierbas.
- Sí, Pulia. Prueba ella
misma las hierbas… Entonces estás segura de que tanto los cilicios
como los ilíricos están
involucrados en estos secuestros.
- Sí -asintió Ródope en un
hilo de voz.
- ¿Solían trabajar juntos?
- Sí.
- ¿Intercambian (o
intercambiaban) información y compartían los beneficios?
- Eso creo.
Helena lo expresó con
tacto:
- Entonces, si no utilizan
drogas, dime, cariño, ¿cómo someten los ilíricos a sus prisioneros? ¿Qué te
pasó, Ródope?
Entonces pudimos
oír el verdadero
pánico cuando
Ródope dijo entre dientes:
- Yo… no quiero acordarme.
- ¿Ocurrió algo malo de
verdad?
- ¡No! -Fue categórico.
Helena aguardó-. No -repitió Ródope. Entonces suspiró en voz baja-. Fue eso
precisamente. Yo tenía demasiado miedo para hacerlo. Teopompo intervino y dijo
que no tenía que ir allí.
- ¿Ir adonde, Ródope?
- Al hoyo.
- ¿Qué hoyo? -preguntó
Petronio, asombrado. AI igual que yo, había esperado que la chica dijera que la
habían sometido a algún tipo de abuso físico. Desagradable… pero
sencillo a su manera.
- No lo sé. Era algún
sitio… Olía a incienso. Lo he recordado hoy, en el funeral… -Oímos que se le
hacía un nudo en la garganta. Se desvió del tema-. ¿Qué va a pasarle a mi
Teopompo?
- El sacerdote reconstruirá
las andas -le aseguré rápidamente-. Teopompo irá a su encuentro con los dioses
como es debido. Los de la funeraria te traerán las cenizas más tarde. -Tomé
nota mentalmente de cerciorarme que le llevaran algunas cenizas, las que
fueran. De ser posible en la urna que ella misma había elegido.
Posidonio había pagado a
una empresa de pompas fúnebres de lujo. Una vez dejaran de alejarse correteando
asustados, esperaba que los de la funeraria regresaran sigilosamente para
continuar con la cremación… No podía decirle a la chica: ¡Por todos los dioses,
si no era más que un pirata estúpido y libidinoso! Todavía ocultaba
información. Y aún tenía el resto de su vida por delante; el deber dictaba
que la guiáramos
hacia el futuro
con gentileza.
- Hablanos de ese hoyo -le
recordó Petronio Longo.
- Estaba bajo tierra. Me
aterrorizaba entrar ahí… fue entonces cuando Teopompo se hizo amigo mío. Era
maravilloso… -Casi podíamos oír a Ródope intentando pensar-. Estaba en un lugar
religioso. No recuerdo cómo llegamos
allí, no recuerdo
nada de eso. Entonces
tenía
demasiado miedo.
- Cuéntanos lo que puedas
-la persuadió Helena.
- Una habitación estrecha…
lámparas… Había una entrada en forma de arco y unas escaleras que descendían;
la gente
se mete bajo
tierra como una
prueba de su devoción. Los demás hombres me empujaban
para intentar meterme allí abajo
y mantenerme oculta.
Empecé a gritar… aquel día tenía
mucho miedo… no entendía por qué me habían capturado. Creí que iba a morir en
aquel subterráneo. Me apremiaron; me empujaron; trataban de obligarme a bajar
a la oscuridad -Volvió a
dominarla el terror. Aquel sepulcro oscuro como boca de lobo no era el lugar
adecuado para recordarle a Ródope su terrible experiencia. Se desmoronó. Helena
tranquilizó y consoló a la chica en tanto que, a mi lado, oía a nuestra fuerte
Albia expresando su menosprecio entre dientes.
- Pero
Teopompo fue amable
contigo -murmuró Helena. Ródope
asintió y a continuación se dejó vencer por su dolor por él.
Cuando por fin la
consternada muchacha volvió a calmarse, Helena probó una nueva táctica.
- Debes ayudarnos para que
nadie más tenga que sufrir una experiencia tan espantosa como la tuya. Esto es
importante, Ródope. ¿En algún momento viste al hombre que se encarga de
negociar el dinero del rescate?
- Una vez.
- ¿Cómo fue?
- Vino a vernos cuando
Teopompo me trajo de vuelta desde Roma.
- ¿Estaba enojado?
- Estaba furioso. Después
Teopompo se rio de ello, aunque a mí
no me gustó
aquel hombre. Daba
mucho miedo.
- ¿Qué aspecto tenía?
- Era viejo.
- ¿Qué más? -Ródope vaciló.
Helena sugirió en tono calmado-: Hemos oído que viste de manera extraña.
- Sí.
- Pintura en los ojos y
zapatillas, según alguien le dijo a Marco.
- Sí.
- Bueno, eso parece
extraordinario. Así pues, ¿parecía una mujer?
- No, parecía un hombre,
pero llevaba un montón de pintura en los ojos, más de la que tú deberías
llevar, y unas zapatillas muy elegantes.
- ¿Tenía ademanes
afeminados?
- No.
- ¿Y tiene nombre?
- Lo
llaman el Ilírico. -Ródope volvió
a hacer una pausa-. Es una broma.
- ¿Y eso?
- Bueno, los ilíricos eran
Cotis y sus hombres, pero él no lo es.
- ¡Eso es muy útil! -dijo
Petronio con voz apagada. A
mi lado, Albia se sacudió
con una breve carcajada traviesa.
- Entonces, ¿qué
nacionalidad tiene este hombre? - preguntó Helena, sin prestarles atención. -Es
romano - contestó Ródope.
La gente se quedó en
silencio. Todos teníamos problemas para encontrar aire. Al cabo de un rato
Petronio me dijo:
- Sé qué hoyo debe de ser.
Es la zanja de la ordalía para los iniciados… la chica estuvo en un Mithraeum.
Pensé en ello. Mi mente se
había ralentizado, privada de aire.
- Tiene sentido, Falco. Escucha, Ródope. Existe un culto religioso al que se unen muchos
soldados y que creo que es común entre los piratas. Su dios se llama Mitra.
Este culto es hermético, pero los iniciados tienen que ascender siete rangos.
Una de sus
pruebas consiste en
quedarse solos en una zanja cubierta toda la noche. Creo que es allí
donde tenían intención de meterte.
- No lo sé.
- ¿Te llevaron a un
santuario cubierto de alguna parte, tal vez en una casa privada? Habrías pasado
por un vestuario donde los hombres se ponen diferentes vestiduras de color.
El altar estaría en el piso
de abajo, quizá con una estatua de un dios montado en un toro. Intenta
recordar. ¿Había una estancia subterránea donde celebraban ceremonias diarias y
el hoyo bajo la nave?
- No creo que fuera como
dices. -Adormilada por la pena y la falta de aire, Ródope había perdido el
interés y ya no se mostraba nada dispuesta a ayudar-. ¡No sirve de nada que me
insistáis, no me acuerdo!
Helena la hizo callar. Le
dije a Petro:
- No
es Mitra. Recorrí
toda la ciudad
buscando templos. Conozco todos y cada uno de los malditos lugares de
culto que hay en Ostia. No encontré ningún Mithraeum.
- La de Mitra es una
religión secreta. No tienen templos. ¿Sabías qué buscar?
- ¡Sé tanto como tú! -Me
sentí obligado a preguntarle-
: ¿Perteneces tú al culto?
- No. -Petronio también se
lo estaba preguntando-. ¿Y
tú?
- No.
Los dos nos alegramos de
haberlo aclarado.
Estaba casi seguro de que,
antes de morir, mi hermano
Festo había intentado todo
el ritual mitraico de permanecer en una zanja oscura y de que le lloviera
encima la sangre de un toro
sacrificado. Tengo mis
dudas sobre si
pasó del primer nivel; tras la
curiosidad inicial, tener que tomarse el
culto en serio le habría
quitado las ganas. Para disuadirme a mí hubiera bastado con la sangre de toro.
- Claro que -se resistió
Helena-, al ser un culto masculino secreto, si uno de los dos perteneciera a
él, ninguno lo admitiría. -Ni Petro ni yo le respondimos.
- Petronio tiene razón
-dije al fin-. Si este hoyo está en un Mithraeum estará oculto en la parte
trasera de una casa particular o un lugar de trabajo, y nunca lo encontraremos.
-Con malicia, añadí-: A menos, Petro, que tengas un archivo en el cuartel de
los vigiles con una lista de ellos.
- Tenemos el archivo
-replicó él, un poco a regañadientes-. Es el que está vacío.
El joven flautista empezó a
toser. Parecía una tos asmática.
Puede que fuera
una contradicción, pero
el control de la respiración cuando tocaba la flauta lo ayudaba. Eso fue
lo que le dijo a Helena cuando ella asumió la nueva tarea de calmarlo.
- Este es un joven
maravilloso, Ródope. La manera en que te rescató fue absolutamente magnífica.
Es valiente, atlético, educado, sensato… y tiene un trabajo fijo. Cuando te
recuperes de tu dolor deberías pensar en sentar la cabeza con alguien así. -Me
esperaba una protesta por parte de la chica, pero siempre estaba a punto para
nuevas aventuras-.
¿Estás casado, Querón?
-preguntó Helena.
- ¡No! -respondió él, con
entusiasmo.
¡Quién sabe adonde
podría haber conducido eso de
hacer de casamentera! Pero Helena se quedó callada con aprensión cuando
en nuestro caluroso
y concurrido sepulcro resonaron
de pronto unos fuertes golpes.
LVII
Noté que Petronio, a mi
lado, cambiaba de postura. Alargó la mano por detrás de nosotros para poder
devolver el mismo golpe con el pomo de una daga. Entonces alguien empujó la
pesada puerta hacia adentro, contra nuestras espaldas, de modo que rodamos
unos sobre otros. Unas voces que
nos resultaban familiares entraron con el aire fresco. Unas manos se
extendieron para sacarnos a la calzada. Fúsculo y algunos de los vigiles eran
nuestros salvadores.
Al limpiarme
el sudor de
la frente mientras
me calmaba, crucé mi mirada con la de Petro.
- ¡Un
refugio fijado de
antemano! -Aplaudí su previsión.
Del sendero
que conducía al
emplazamiento del funeral seguía
llegando un furioso ruido. Lanzando miradas nerviosas a
diestro y siniestro,
Fúsculo decidió rápidamente que
una escolta llevara a las mujeres a casa de Petronio; la escolta se quedaría
allí de guardia. Ródope era una valiosa testigo. Con la excusa de que su padre
había denunciado su desaparición, se la mantendría en lugar seguro… tanto si lo
quería como si no.
Di un beso a Helena y le
prometí portarme bien.
- ¡No hagas promesas que no
puedas cumplir, Marco!
Petro y yo, con Fúsculo y
el resto de los hombres, regresamos andando al escenario de la fiesta.
Tal como había esperado,
los de la funeraria eran unos verdaderos
profesionales. Habían reconstruido
la pira, habían amarrado el
cadáver como si nunca se hubiera levantado de un salto para echar un vistazo a
su alrededor y habían reavivado las
llamas en medio
de una fresca irrigación con
aceite aromático. El
sacerdote estaba ocupado en su
altar mientras que el resto se cercioraban de que Teopompo descendiera al
averno con al menos alguien que le prestara atención.
Pero en torno a aquel
sombrío y estoico grupo reinaba el caos por doquier. Tanto los ilíricos como
los cilicios habían decidido que sus hermanos de sangre eran unos bastardos.
Fúsculo se preguntaba por qué habían tardado tanto en
pelearse; Petro fingió
ser un romántico
que pensaba que no era más que una pelea de enamorados. Para empezar, yo
nunca había creído que fueran sinceros. Ahora habían roto su pacto y se estaban
aporreando unos a otros como
cónyuges al borde
del divorcio. La pelea era tan buena como cualquier reyerta
de última hora después de una serie de
juegos en un
anfiteatro provinciano, una refriega cuando un grupo de lugareños
piensa que los otros matones
jactanciosos se han
pasado todo el
verano haciendo trampas en connivencia con el
magistrado, en tanto que
los otros acaban
de descubrir que
el jefe de
gladiadores del primer
bando aceptó su soborno pero luego no se dejó ganar.
Y que el obseso sexual de
su hermano no se presentó al
entrenamiento porque estaba
demasiado ocupado dejando
embarazada a la esposa del entrenador…
Petronio, Fúsculo y yo nos
hicimos con una fuente que contenía una gran variedad de tapas, eran los restos
del bufet, y observamos admirados mientras masticábamos. La verdad es
que aquellos hombres
a los que no
se debía llamar piratas sabían
cómo montar una pelea teatral. Los puños arremetían por todas partes. Aquello
sólo era el comienzo. Se utilizaban
armas, cuchillos incluidos;
no tardó en brotar la sangre, que manaba libremente. Además, dedos,
pies, codos, rodillas y cabezas formaban todos parte de la acción. Ligón
ejecutó su especialidad varias veces: se impulsaba hacia lo alto y luego
derribaba a algún desafortunado oponente de una patada con ambos pies. Crátidas
propinaba cabezazos a todos los que se acercaban, acometiendo la
tarea como un
pájaro carpintero enloquecido.
Algunas de las mujeres debían de haber huido. Las pocas que quedaban azuzaban a
sus favoritos.
Llegamos justo a tiempo de
conseguir nuestros bocados: acto seguido, la mesa se volcó. Tres hombres,
fundidos en un apasionado nudo, echaron abajo la endeble estructura. La comida
quedó espachurrada y pringosa sobre las
losas grises de la
calzada, aumentando el
riesgo de
patinar y caerse. Petronio
aconsejó a los esclavos del servicio de comidas que se fueran a casa. Como todo
sirviente sensato, se llevaron el vino con ellos. Dejamos que lo hicieran. Ya
sabíamos que el sabor era simplemente adecuado. Yo, por lo pronto, iba a tener
que agradecer mi abstinencia más tarde.
Los miembros de los vigiles
pululaban discretamente de aquí para allá, de puntillas, y rescataban a
aquéllos a los que podían sacar de en medio. Tras ser clasificados por
nacionalidades, los cuerpos se colocaban en ordenadas hileras a ambos lados del
camino, los ilíricos a la izquierda, los cilicios a la derecha. Luego, un
soldado particularmente pedante los dividió
en más categorías:
muertos, moribundos y comatosos. En el tiempo que le quedó libre
comprobó que los hubiese colocado a todos en cada categoría de manera
satisfactoria por orden de estatura. Debió de pensar que eso ayudaría a la
posterior identificación. Un ilírico (o cilicio) abandonó el centro de la pelea
y retrocedió tambaleándose
hasta meterse en nuestro grupo. Petronio se limpió
rápidamente la boca con una servilleta y a continuación volvió a lanzar al
marinero de vuelta al altercado dándole un empujón con su bota en el trasero.
La pelea iba haciéndose
cada vez menos densa. Entre los que aún se aguantaban de pie, Crátidas y Ligón
eran los que más destacaban.
Hasta ellos daban tumbos con aire
vacilante. Todavía podían
hacer acopio de sus recursos físicos pero, al igual que todos los demás, sus
fuerzas empezaban a flaquear. Petro decidió que los luchadores ya se habían agotado lo
suficiente. Dio un silbido. Lo que siguió fue algo breve y metódico. Sus
hombres se sumaron a la acción y, yo entre ellos, nos pusimos a derribar a
cualquiera que quedara en pie, Al cabo de poco, ya había huido la mayoría, y
los que aún quedaban se habían tumbado en el suelo para rendirse. Petronio y
Fúsculo arrestaron a Crátidas y a Ligón.
Los dejamos haciéndose
cargo de los muertos y de quienes no podían moverse y nosotros emprendimos el
camino por la carretera llevándonos a los prisioneros que aún eran capaces de
caminar. A nuestras espaldas, oí
el silbido lastimero de la pira cuando el sacerdote la sofocó con el agua de un
recipiente ritual. Teopompo ya había viajado con toda la pompa romana para
encontrarse con los dioses bárbaros a
los que honraba, fueran cuales fueran. Sólo quedaban sus cenizas. Selladas en
su urna con forma de negra figura, le recordarían a su joven amante el breve
tiempo que pasaron juntos y la inocencia que ella había desperdiciado con tanto
entusiasmo.
Al menos, cuando poco a
poco el pasado llegara a ser una vergüenza, Ródope siempre sabría que el amor
de sus sueños había tenido una despedida espectacular. Si resultaba
que la había dejado
embarazada, cada vez que
peinara a su hijo pensaría en Teopompo con su halo
de fuego verdoso.
LVIII
Una vez fuera de la
necrópolis, llegamos a la carretera principal y nos acercamos a la puerta
Romana. Estaba constituída por una entrada y una salida entre unas torres
cuadradas acopladas a las murallas de la ciudad, las mismas murallas que fueron
construidas por Cicerón cuando era cónsul, tras el devastador saqueo de Ostia a
manos de los piratas. Los muros
de protección se
hallaban entonces medio ocultos
por las viviendas. A los pocos años de su construcción, Pompeyo había limpiado
los mares. Libres del miedo a un ataque, la gente había construido casas y
talleres al otro lado, colindando con las defensas y, en ocasiones,
situados justo en lo alto de las mismas. Una placa de
mármol contaba una
historia conmovedora. Primero
conmemoraba la creación de las murallas de la ciudad por Cicerón; cinco años
después, Clodio, enemigo acérrimo de Cicerón y él mismo una especie de pirata
urbano, había borrado
el nombre del
cónsul y lo había tapado con el suyo, escrito en letras
del color de la sangre. Cicerón, que se acercaba a su decadencia política, se
había quejado amargamente.
El viejo orador hubiera
tenido algunas cosas mordaces que decir sobre los modernos intrusos que
teníamos bajo custodia. Los vigiles provocaron bastante revuelo cuando
llegaron a la carretera
principal y detuvieron el tráfico en las dos direcciones para así poder
conducir a su desfile de abatidos prisioneros a través de la puerta. Cuando
nuestros apaleados trofeos humanos salían por el lado de Ostia, una figura
canosa y familiar apareció ante nuestra vista. Era el hombre de la marina,
Canino. Los vigiles ni lo miraron ni se detuvieron. Pero yo hice las dos cosas.
Lo miré a los ojos y me planté justo delante de él.
- Si vas al funeral, se ha
terminado.
- No lo he sabido hasta que
ya era demasiado tarde. Tendría que haber estado ahí para vigilar.
- Bueno, los vigiles han
puesto fin al problema de los secuestros y han resuelto el asesinato de
Teopompo. -Me ofreció una sonrisa insulsa. Yo me quedé impasible-, ¡Ayer fuiste
un condenado inútil, Canino!
- Está claro que no
sufriste ningún daño, Falco…
- ¡No gracias a ti
precisamente! No esperaba que salieras tú solo con un trirreme, pero hubiera
sido de ayuda que hubieses avisado al capitán de puerto y a una partida de
rescate. Me sorprende que cuando se llevan a un ciudadano a la fuerza, la
marina se limite a decirle adiós alegremente.
- Lo siento. Pensé que me
estabas saludando con la mano…
- Canino, tú dejaste que
los ilíricos se me llevaran. En ningún momento esperabas verme hoy con vida.
- Vamos,
sé razonable, hombre.
Un trirreme en el
puerto no puede moverse sin
volver a tensar los cables principales, los hypozomata. -Arqueé una ceja y dejé
que hablara atropellada y nerviosamente-. Corre de popa a proa; sujeta las
cuadernas a lo largo de toda la embarcación. Cuando atracamos durante un
período de tiempo, aflojamos los calabrotes para que descanse el armazón, es la
práctica habitual. Es imposible navegar así, podría romperse la parte trasera
del barco. -El agregado, que siempre había hablado demasiado, finalmente dejó
de hacerlo.
- Canino, no esperaba que
me persiguieras en un trirreme. Dime, ¿cómo es que un grupo de ilíricos que se
dedican a la puesta en práctica de nuevas versiones del antiguo oficio pueden
sentirse cómodos con sus liburnas bien amarradas al costado de tres barcos de
guerra de la marina? ¿Los cilicios
se hacen amigos
vuestros de la misma manera? Canino, ¿a qué juegas
exactamente?
- Disculpa…
-se estaba dando
la vuelta-. Van a
necesitar que informe a Marco Rubela.
Yo ya
había informado a
Lucio Petronio de mis
propias ideas sobre Canino.
Caminamos en silencio hasta
llegar a la calle lateral que conducía al cuartel de los vigiles. Los
prisioneros y su escolta ya debían de estar dentro.
- ¿No vienes, Falco? -me
preguntó Canino con cierta sorpresa cuando se hizo evidente que yo seguía por
el Decumano.
- Todavía
estoy buscando a mi cronista.
Además, poseo el sentido del honor familiar. No tengo ningún deseo de
estar presente si tienes intención de proscribir a mi tío Fulvio.
Una breve sonrisa con los
labios apretados desfiguró el rostro bien afeitado del hombre de la marina. Él
dobló por la calle lateral. Yo continué por la carretera principal hacia
nuestro apartamento, con la esperanza de encontrar allí a Helena Justina.
No llegué. Me encontré con
Paso. Formaba parte del equipo de Petro y era prácticamente nuevo, aunque debía
de llevar un par de años con la Cuarta. Paso, a quien Petronio le había
ofrecido un puesto entre los vigiles, era un muchacho de baja estatura, pelo corto, manos grandes
y unos pies como los de un cachorro. Aquello desdecía de su
despreocupada competencia. Le hice un rápido resumen de los acontecimientos del
día. Me contó que Rubela había confiado en él para que fuera el único encargado
de vigilar a Holconio y Mutato y estaba acechando su apartamento a la espera de
novedades.
- ¿Y qué noticias hay,
Paso?
Anteriormente habíamos
trabajado juntos en el asesinato de un mecenas de las artes;
Paso me conocía lo suficientemente bien como para ser franco conmigo.
- Creo que he metido la
pata -dijo.
- Estabas solo. -Me mostré
comprensivo.
- Todos los demás estaban
en la operación de la necrópolis, de modo que tuve que arreglármelas solo… Un
niño les trajo una nota. No tenía a nadie a quien mandar en busca de refuerzos.
O los cronistas me
habían visto, o alguien les había advertido. De modo que
salieron los dos, pero se separaron. Seguí al que iba con el chico, Holconio.
Pero el muchacho y él se limitaron a caminar describiendo un gran círculo y
luego esos malditos volvieron a entrar en el apartamento. El niño salió corriendo.
Estoy deprimido, Falco.
- ¿Crees que los cronistas
tienen una nueva petición de rescate? ¿Mutato te dio esquinazo y se fue él solo
a reunirse con alguien?
Paso asintió con la cabeza
y maldijo sombríamente. Luego se marchó para informar a Rubela. Yo abandoné mis
planes de encontrar a Helena y me fui a ver a Holconio.
Al principio lo negó todo,
claro está. Pero el hecho de haberse quedado solo en el apartamento minó su
coraje. Reconoció la nueva petición de rescate. Rubela había advertido
firmemente a los cronistas que no hicieran nada, pero ellos volvieron a ignorar
la advertencia, no fuera el caso que ello tuviera malas consecuencias para el
presunto cautivo Diocles.
Todavía tenían dinero.
Mutato había ido a buscarlo. La nueva nota pidiendo un rescate decía que sólo
una persona tenía que encargarse
del intercambio. Se
pondrían en
contacto con Mutato.
- Así que ya ves, Falco
-declaró Holconio en tono de superioridad moral-. No puedo contarte nada sobre
cómo se entregará el dinero, ¡porque no lo sé!
Le ordené que fuera al
cuartel de los vigiles y se lo confesara
a Rubela. Hice que me dijera en qué
templo tenían el banco. Entonces salí para allá.
LIX
Me detuve al pie de las
escaleras del templo de Roma y Augusto, pensativo.
Ese templo debía de haber
sido uno de los primeros símbolos del poder imperial. Construido por Tiberio en
honor a su padrastro y a nuestra afortunada ciudad, estaba hecho totalmente de
mármol. Seis columnas acanaladas adornaban
la parte frontal, que
contaba con una tribuna desde la
cual los oradores políticos podían aburrir a las desafortunadas multitudes los
días festivos. A cada lado, un par de columnas adicionales flanqueaban,
respectivamente, las dos entradas cuyas escaleras de piedra conducían al interior.
Calificar ese edificio de triunfalista sería quedarse corto. No solamente la
diosa Victoria encumbraba de puntillas toda la grandeza de sus carnes a unos
doce metros de altura en
el pináculo del
elaborado friso, sino
que además, la estatua de culto era la de Roma Victrix, una
muchacha corpulenta con
traje de amazona.
Tenía una figura como la de
Helena, aunque ésta me daría un puntapié por decir eso. Digamos que Roma
Victrix estaba en buena forma, pero, como personificación de la Ciudad Dorada,
estaba a la cabeza de un grande y nuevo imperio comercial que importaba
exquisiteces desde todas las partes del mundo…
y estaba clarísimo
que disfrutaba de
la
gastronomía.
Roma se mostraba como una
amazona, con un pecho incómodamente prominente y sumamente redondo que se
dejaba ver, desnudo,
entre sus ropajes,
curiosamente amplios. Las
amazonas suelen ser famosas
por aparecer sobre un
gruñido llevando una
falda corta por
único atuendo. Roma iba vestida fundamentalmente con ropa cómoda y
práctica. Su otro pecho estaba cubierto como es debido y no parecía tan bien
desarrollado. Puede que se lo hubieran amputado, como se supone que ocurre en
los mejores círculos amazónicos con el propósito de evitar la cuerda del arco.
Tenía un pie robusto que sujetaba una pequeña esfera y daba la impresión de que
fuera a realizar el saque para iniciar un juego de pelota.
Había tenido mucho tiempo
para dejarme llevar por estas
reflexiones. Había entrado,
pero en aquellos momentos volvía a encontrarme fuera.
Dentro había vislumbrado a un sacerdote del culto, un flamen estirado que creyó
que iba a robar las vasijas rituales y el tesoro donado. En cuanto aquel
factótum altanero me vio, envió al guardián del templo -un ex esclavo de la
ciudad que hacía todo el trabajo- para que me preguntara si podía ayudarme en
algo. Eso significaba ayudarme a volver a salir al podio de la entrada.
Ahora estaba allí de pie,
haciéndome pasar por un niño pequeño que quería ser orador. Inspeccioné el
foro. Era un
alargado espacio
rectangular con el alto capitolio en el extremo más alejado, el templo dedicado
a la Tríada Capitolina. Allí era
donde habían tenido
que aguantar Rubela y Petro el
otro día, cuando observaban a los del gremio de constructores pisando fuerte
por ahí en su exhibición de marcha. Vi un santuario, que sabía que estaba
dedicado a los Lares de la ciudad.
El Decumano Máximo pasaba
por en medio del foro. A la izquierda tenía la Basílica y la Curia. A la
derecha y a mis espaldas estaban los baños, las letrinas públicas y las
tiendas. Delante de mí, a lo lejos, en la esquina de mano derecha aunque más o
menos fuera de mi vista, se hallaba la casa de Privato en la que se alojaba
Petronio.
Allí las cosas no
avanzaban. Si Mutato se encontraba en el edificio, debía de estar en el piso de
abajo, en las cámaras acorazadas que había bajo el podio del templo. El
guardián se había negado a dejarme bajar hasta allí. No le convencí diciéndole
que quería hablar con un visitante que estaba retirando fondos. El guardián
estaba haciendo su trabajo, protegiendo el dinero que había en depósito. Tal
vez supiera ya que a Mutato y Horconio les habían robado parte de
su dinero, y
por lo que
él sabía fueron
unos ladrones que los habían seguido después de que fueran allí a
retirar fondos.
El guardián
del templo me
había prometido cortésmente que
me avisaría cuando Mutato saliera de las
cámaras acorazadas. Dicho
sea en su honor, sí que me hizo una señal con la cabeza, aunque se esperó hasta
que el cronista ya se hubiera ido.
Sabía que Mutato no había
pasado por el foro. Lo hubiese visto. La plaza estaba abarrotada de gente, la
oleada de peatones que
iban a los
baños y los obreros que regresaban a casa a última hora de la
tarde, pero me hallaba en una posición estratégica y tenía una clara vista de
toda la zona del foro. Mutato debía de haber salido por la parte de atrás y por
el lado de la Basílica; desde mi posición, situada en una esquina, yo había
estado observando la otra salida.
Bajé las escaleras y me
dirigí hacia la parte de atrás del templo. En una caupona que había en la
esquina de una calle nadie pudo decirme nada. Crucé la parte trasera del
templo. Allí empezaba la carretera principal hacia la Puerta Laurentina.
Aquélla era una parte muy importante de la ciudad, y aunque la industria ligera
-molinos de grano y lavanderías- acechaba entre las casas particulares, el
vecindario carecía de la proliferación de bares y burdeles que se amontonaban
en los alrededores de la Puerta Marina y la ribera del río. No era la clase de
zona que los ilírícos preferían para los encuentros. Ello me convenció de que
alguien más se había metido por medio. La petición de rescate para mi cronista
era un nuevo chanchullo.
Mi cronista. Entonces era
mío. Estaba resuelto a no dejarlo plantado hasta que supiera lo que le había
sucedido.
- ¡Préstame una moneda para
un baño!
En las sombras de la parte
trasera de los edificios más prestigiosos, los mendigos erraban entre las
basuras esparcidas. Aquel listo sabía cómo sugerir que su petición tenía que
ser concedida con urgencia: iba hecho un guarro. De hecho
iba tan roñoso
que parecía que
se hubiera cubierto de mugre a
propósito. Cualquier persona caritativa lo haría meterse en agua caliente con
una estrígila. (Cualquiera que luego lo pensara dos veces, recordaría que la
mayoría de ciudades ofrecen baños públicos gratuitos. Aquel mendigo iba sucio
porque quería.)
Saqué una moneda y la
sostuve en alto. Luego se la di. No tenía sentido postergarlo: sólo me diría lo
que quería oír para conseguir el dinero.
- ¿Has visto salir a
alguien del templo justo antes de que yo apareciera por la esquina? ¿Por dónde
se fue?
Un brazo mugriento,
envuelto en unos espantosos harapos,
señaló de manera
imprecisa hacia la
distante Puerta Laurentina. Probablemente el hombre estuviera borracho.
Tenía un aspecto demasiado piojoso para interrogarlo más de cerca. Tenía que
decidir si lo creía o no. Como no se me ofrecía ninguna otra opción, me puse en
marcha camino arriba.
- ¡Soy Casio! -exclamó
detrás de mí con voz ronca.
- ¡Lo recordaré! -mentí al
tiempo que me daba a la fuga. Lo último que quería era tener que aguantar a un
loco
con peligrosas ideas
políticas. Tener un busto de Casio en tu casa todavía se considera traición. En
los cumpleaños de Bruto y Casio,
todos los hombres
sensatos se cuidan mucho de no celebrar cenas que puedan
parecer conmemorativas.
Comparado con el Decumano,
el Cardo era una calle pequeña y estrecha que descendía en suave pendiente
colina abajo y que se hallaba sumida en las sombras proyectadas por los edificios que la
bordeaban. Ya había estado allí antes,
aunque entonces iba a lomos de una montura, no a pie, cuando fui a ver a
Damágoras. Aquella mañana en la que Cayo Baebio y yo nos encontramos por
primera vez con los matones del
gremio de constructores que combatían
los incendios, una
de las casas
cercanas al templo de Roma y
Augusto se encontraba en humeantes
ruinas. También había pasado por allí cuando anduve a la caza de
templos. El camino
que llevaba a
la Puerta Laurentina se había
convertido en un tema de esta misión.
Casio no me falló: me
hallaba a medio camino de la puerta cuando el tráfico que venía de cara
disminuyó y por delante de mí vi a
un chico. Reconocí
aquella figura menuda: Zeno.
Zeno, el de la torre de entrada, ese flaco granuja callejero
cuya madre era
Pulia, la reina
de las drogas de los
secuestradores cilicios. Caminando al lado de Zeno y hablando con él con
seriedad, había un anciano
fornido. También lo
conocía. Era mi tío Fulvio.
Fulvio tenía una mano
apoyada en el hombro de Zeno. El chiquillo lo miraba con expresión confiada.
Pulia ya llevaba varios días
bajo custodia. A
Ligón lo habían capturado aquel mismo día, pero él
nunca había vivido en la torre de entrada y daba la impresión de que al hijo de
Pulia le fuera indiferente. Sin su madre, Zeno habría tenido que
arreglárselas solo. Fulvio debía de haberse hecho
amigo suyo.
Tal vez se conocieran
incluso de antes del arresto de Pulia. Si Canino no se equivocaba al
identificar a mi tío como el negociador, el Ilírico se servía de un niño que le
hacía de mensajero. El pequeño Zeno podía haber sido ese chico desde el
principio. Ahora, si la petición de rescate de Diocles, después de todo,
provenía de la banda cilicia, la pareja podía estar dirigiéndose a su encuentro
con Mutato.
Aunque no fuera así, había
buenas razones para investigar qué hacía un niño en compañía de mi tío.
Los seguí
a toda prisa. Me pregunté
si se dirigían hacia el otro lado de la puerta,
pues si así era, iba a terminar el día tal como lo había empezado: en una
necrópolis.
Estar sentado en un
sepulcro oscuro como boca de lobo había sido suficiente. Entonces, y ojalá lo
hubiera sabido, me estaba dirigiendo a un lugar aún peor.
LX
Torcieron por el Cardo
justo antes de llegar a la puerta de la ciudad, pero, aunque no se dirigían a
la necrópolis, tuve un mal presentimiento.
Conocía aquel lugar. Había
estado allí una mañana tranquila durante mi obstinada búsqueda de templos.
Entonces no me sirvió de nada y en aquellos momentos hubiese preferido
que no se
convirtiera en algo significativo. Fulvio y Zeno habían
entrado en el santuario de la Gran Madre: Cibeles. Eso ya era bastante malo.
Antes incluso de llegar allí, oí que aquélla no era una ocasión tranquila.
Las antiguas murallas de la
ciudad proporcionaban una línea divisoria a una gran zona triangular; era el
recinto más extenso que había visto en cualquier otro templo de Ostia, mayor
que las abarrotadas zonas públicas de cualquier santuario religioso de Roma,
aparte de las sagradas alturas del
Capitolio y el
Arx. Entramos en
aquel lugar de encuentro desde el Cardo, a medio camino
del mismo, a través de una hilera de pequeñas tiendas. Justo enfrente se alzaba
el principal templo de Cibeles. En una esquina a mi izquierda había un grupo de
edificios, uno de los cuales sabía que era el santuario de Atis. Cibeles
mantenía a su castrado consorte a cierta distancia, aunque un pórtico con
columnatas situado junto a
la antigua muralla de la ciudad sí que proporcionaba un camino resguardado para
que se reunieran sus sacerdotes eunucos. A mi derecha había un revoltijo de
edificios destinados, pensaba yo, a los partidarios del culto. Tal vez fueran
las dependencias de los sacerdotes si,
al igual que en Roma, a los oficiantes
de aquel exótico culto los mantenían alejados de la vida diaria, no
fuera que el misticismo oriental contaminara nuestros férreos valores
occidentales.
En aquellos momentos mi
tarea era imposible. Había demasiado ajetreo en el santuario. Había gente por
todas partes; aquel emplazamiento había sido elegido con astucia como lugar de
reunión donde secuestradores y víctimas podían pasar desapercibidos. Ya no veía
ni a Fulvio ni al chico. Tampoco
divisé a Mutato, ni a nadie que pudiera tener intención de reunirse con
él. Me había formado unas cuantas ideas sobre a quién esperar. La presencia de
mi tío
-dondequiera que se hubiese
metido- había implicado que todavía me
enfrentaba a la vieja banda. Canino
debía de estar en lo cierto: tío Fulvio era el Ilírico y aquello sería,
al fin y al cabo, otro
intercambio más, manipulado por la
misma gente que todo el resto.
Al parecer estaba prevista
una iniciación al culto para el día siguiente. Los sacerdotes, ataviados con
sus afeminadas y largas
vestiduras, daban vueltas
por ahí, algunos escoltando un
gran toro negro hasta el corral en el
que pasaría la noche antes
de ser sacrificado. Lo conducían en corta procesión, con música y danza
orientales, y él intuía que todo aquel alboroto auguraba algo peligroso. Tal
vez olía la sangre de sus predecesores. En todo caso, los coloridos disfraces y
el poco corriente entorno lo estaban trastornando de mala manera. Empezó a
bramar y trató de soltarse. Era un muchacho grandote. Afortunadamente lo habían
asegurado con algo más que guirnaldas de flores; el resistente trabajo
hecho con las cuerdas
lo retuvo hasta que, medio a rastras, medio a empujones
con el hombro, lograron meterlo en el corral. Rociaron el lugar con agua
lustral; eso tampoco le gustó mucho.
Todo aquello tenía lugar en
el complejo de pequeños templos situado a mi izquierda. Había aún más actividad
en la larga columnata.
Allí nunca identificaría
a ninguna persona de las que
buscaba.
Me coloqué la toga de
manera que me cubriera la cabeza, como un hombre que asiste a un sacrificio;
proporcionaba cierto anonimato. Nadie que me conociera como informante
esperaría verme ataviado con vestimenta formal… bueno, a menos que ya supieran que aquel día había estado en
un funeral. Empecé a andar en línea recta por la hierba en dirección al templo
principal, en la esquina más alejada del emplazamiento.
Era media tarde. El sol se
hallaba por encima del templo,
convirtiéndolo en nada
más que un
oscuro
contorno. Cualquiera que se
hallara allí se perdía de vista, invisible contra el edificio. Sin embargo, si
miraban en aquella dirección me verían, una figura con toga bien iluminada que
se acercaba a ellos a grandes zancadas y al aire libre, completamente sola. Si
me aproximaba a los villanos, podría ser que éstos no sospecharan que llevaba
la espada de Petro oculta entre
la ropa. Por otro
lado, si sabían por
qué les estaba
siguiendo la pista,
tal vez supusieran que vendría armado. Ellos también irían armados. Puesto que se
encontraban en un complejo religioso, sus armas también estarían ocultas.
Podría haber infinidad de ellos merodeando por allí. Era probable que me
conocieran; yo tal vez no los reconociera a ellos.
Llegué al
templo de Cibeles.
Lo registré con discreción. La toga ayudó a que mi
presencia no resultara ingrata. En el interior de su templo, rectangular y de
proporciones modestas, la Gran
Madre estaba reclinada con su corona almenada; me dirigió
una mirada calmada cuando invadí su silencioso sanctasanctórum. En presencia de
mujeres poderosas los informantes son personas respetuosas: me disculpé por
molestarla.
Volví a salir con las manos
vacías. Me retiré la toga de la cabeza con impaciencia, no soportaba por más
tiempo aquel embozo; me pasé la mano por los rizos, que todavía estaban
endurecidos por la sal del chapuzón forzoso del día anterior. Desde
los grises escalones
del templo, tenía
entonces la luz a mi favor.
Deberían haber sido unos momentos mágicos: última hora de la tarde, con el sol
de agosto aún ardiendo y que no se pondría hasta al cabo de unas horas, el
cielo de un azul intenso en lo alto, la fuerza de la luz del sol sin menguar
todavía, aunque entonces el día avanzaba hacia el tardío crepúsculo. Las
piedras del templo irradiaban calor. Atento a todas esas sensaciones, y con la
convicción creciente de estar viviendo una pesadilla, tomé conciencia del mar,
cercano a mis espaldas, y de la ciudad que se extendía a la izquierda.
Muchas de las personas que
estaban en el santuario hacía unos momentos ya habían desaparecido. Las que
quedaban caminaban por ahí en silencio. La música se había acallado. En
aquellos instantes todo estaba tranquilo dentro del recinto. Los sonidos de la ciudad,
del puerto y de la cercana puerta que daba a campo abierto parecían proceder de
otro mundo. Me llegaba el olor del orégano silvestre. Las gaviotas planeaban
suavemente en las alturas.
Me quedé
inmóvil, observé y
escuché. Mi mano derecha se había abierto camino entre
los pesados pliegues de la toga hasta la empuñadura de la espada.
Entonces, mientras
continuaba escudriñando el recinto
en busca de alguien a quien
pudiera reconocer, divisé por
fin a tío
Fulvio. Se encontraba
justo en el extremo opuesto del recinto, caminando por
el concurrido santuario de Atis. Bajé las escaleras del templo de la Gran
Madre dando
saltos y empecé
a correr por
la larga columnata sin hacer
ruido.
Fulvio había dado la vuelta
al santuario. Creí que había entrado en el edificio pero, cuando llegué allí,
jadeando, no tuve suerte. Empecé a registrar la estancia. En aquel rincón
del santuario parecían
haber proliferado recovecos, fuentes, altares y entradas
misteriosas. Los devotos no necesitaban que hubiera losetas con un rótulo en
las jambas de las puertas como si los edificios albergaran a médicos o
contables. Pero yo no sabía a dónde conducían en realidad ninguna de ellas.
Había una espantosa
posibilidad: sabía que tenía que encontrarla. Los ritos de Cibeles son igual de
terribles que los ritos de Mitra, y hay uno de ellos que es muy similar. En
algún lugar por allí cerca tenía que haber un hoyo para el taurobolio: un
agujero bajo tierra
de la altura
de una persona al que los
iniciados debían descender. Allí permanecerían
solos en la
oscuridad como espantosa prueba de su devoción.
Sería algún tipo de sótano,
con una rejilla sobre el hoyo subterráneo; al día siguiente, sobre dicha
rejilla, los sacerdotes sacrificarían al gran toro que seguía bramando
lastimeramente en su corral cercano. Su sangre derramada caería sobre el
novicio, que estaría solo en la más completa oscuridad mientras
la sangre hedionda
lo bañaba de la
cabeza a los pies. El rito de sacar a los iniciados del hoyo
con sus vestiduras
manchadas de sangre de toro tenía fama de ser repulsivo.
Encontré el taurobolio. La
parte trasera del templo de Atis daba a una torre construida en la esquina de
la muralla de la ciudad. Parte de ella formaba entonces un estrecho santuario.
Los pinos proyectaban una fragante sombra. En el interior, los nichos sostenían
estatuas del consorte de Cibeles, representado con su estrellada gorra frigia y
sus pinas. La nave
ya se hallaba
iluminada con lámparas, adornada con flores y perfumada con
incienso.
En cuanto entré supe que
aquél era el lugar donde una vez los ilíricos trajeron a la aterrorizada
Ródope. Delante de mí había unas escaleras, tal como ella había dicho: un
corto tramo descendiente
por el que habrían forcejeado con la chica cuando
trataban de obligaría a entrar en la oscura y arqueada boca del hoyo del
taurobolio. Las iniciaciones debían de ser poco frecuentes. Los días en los que
no se utilizaba el santuario, su remoto taurobolio -una especie de espantoso
sumidero o alcantarilla- hubiera constituido un escondite perfecto. Por mucho
que gritaran las víctimas, nadie las oiría. Y después, las mujeres que habían
sido encerradas allí quedarían completamente traumatizadas, y su silencio en el
futuro asegurado.
Me encontraba dentro del
santuario débilmente iluminado cuando me pareció oír a alguien fuera. No sabía
que hacer, pero el hoyo del taurobolio estaba más cerca
que la salida, de modo que
fui en esa dirección. Al bajar las escaleras tuve que agacharme mucho para
escudriñar el interior; ahí abajo estaba demasiado oscuro para ver nada, aunque
el tenue resplandor de las lámparas que había detrás habría acentuado mi
contorno. Desde el exterior del santuario, una voz gritó: «¿Quién anda ahí?».
Me colé escaleras abajo. Demasiado tarde, oí movimiento y luego unas manos se
alzaron para agarrarme por la ropa y arrastrarme hacia abajo y bajo tierra.
Alguien me propinó un doloroso codazo en las costillas y me hizo callar.
Estábamos demasiado apretujados, lo cual no me permitía desenvainar la espada.
No es que quisiera hacerlo. Mi compañero
no me estaba amenazando. Bueno,
no en el modo en que es habitual.
De alguna manera sabía
quién estaba allí conmigo: era Fulvio.
Estaba sobrellevando bien
el nuevo rumbo
que habían tomado las cosas hasta que alguien que estaba por encima
de nosotros en el
santuario cerró de
golpe una puerta metálica sobre
el hoyo y nos encerró dentro.
- ¡Marco, maldito estúpido!
-exclamó Fulvio entre dientes-, Eso fue
un jodido descuido…
ahora sí que estamos atrapados de verdad.
Me negué a considerarlo
culpa mía, pero lo que había dicho era cierto. Nuestra prisión era húmeda, olía
a moho y no estaba pensada para dos personas. Podíamos ponernos de pie, pero
aquel hoyo había sido construido para una sola
persona. No pude evitar
recordar que, cuando era pequeño, la gente me había dicho que evitara al tío
Fulvio porque no le gustaban los niños. Muchos años después me había dado
cuenta de que ésa era la manera que tenía la familia de decir que los niños pequeños
le gustaban demasiado. Ahora me encontraba atrapado en un hoyo oscuro con él.
¡Oh, madre mía!
LXI
- No se ve demasiado, pero
la luz entra por la rejilla y el aire también. -Para mi sorpresa, mí tío
parecía estar haciéndose cargo de la situación.
Entonces empezó a calcular las posibilidades. Yo era el ex
soldado: eso era cosa mía-. Él es sólo uno, y nosotros somos dos…
- Tengo una espada, aunque
no hay espacio para utilizarla. -Estábamos muy apretujados. Fulvio pudo
comprobar que yo había venido armado.
- Estamos lo bastante
seguros aquí abajo. -Mi tío era un cerdo sumiso.
- Eso es estupendo -dije
con sarcasmo-. Un maníaco nos ha encerrado y estamos atrapados hasta que mañana
por la mañana venga con el iniciado tembloroso.
- ¿Tienes miedo, Marco?
- Sólo
de lo que
estoy a punto de descubrir…
La verdad es que quiero saber -dije, con toda la paciencia de la que fui
capaz- cuál es tu posición en todo esto. Canino me dijo que tú eres el Ilírico.
- Te informó mal.
- Pues acláramelo.
- ¿Te crees lo que te ha
dicho?
- ¿Cómo quieres que lo
sepa, tío?
- Existe una alternativa…
Lo dije primero:
- ¿Podía ser el propio
Canino el Ilírico?
- ¡Vaya, un chico listo!
- Así
pues, la marina
no está investigando el chanchullo de las peticiones de rescate…
- Puede que sí lo hagan
-dijo Fulvio-. ¿Qué crees que estoy haciendo yo aquí?
¿Mi tío era un agente?
- ¿Puedes demostrar esta
afirmación?
- No tengo que demostrarla.
-Al ver que yo no decía nada, tío Fulvio insistió-: Nunca me has visto vestido
como una mujer, maldita sea.
- ¿El maquillaje y las
zapatillas no son tu estilo? ¡Es un alivio para mi familia! Lo único que sé es
que ibas a marcharte a Pesinunte
pero te subiste
al barco equivocado…
Fulvio se rio.
- Tomé el barco que quería.
¿Conoces a Casio?
- No… -Me acordé del
mendigo en la parte de atrás del templo de Roma y Augusto-. ¿Casio?… Claro. Me
pareció que la mugre se la había puesto él mismo.
- Le gusta meterse de lleno
en lo que se propone - alardeó Fulvio. En el aire quedó una grosera insinuación
que preferí pasar por alto-. Casio y yo llevamos juntos un cuarto de siglo.
-Bueno, eso respondía a una cuestión. Eran una pareja estable.
- ¡Mamá estará tan contenta
de que hayas sentado la cabeza! Casio estaba en el barco, me imagino. El barco
que decidiste que era el adecuado,¿no?
- Estaba en el barco.
- Me alegro por ti, tío.
Pero estamos desaprovechando el tiempo. Tenemos que salir de aquí.
- Tenemos que quedarnos.
- Perdona, tío, pero
preferiría no provocar los celos de Casio quedándonos aquí… -Traté de empujar
la puerta. Tío Fulvio dejó
que me agotara,
lanzando gruñidos de protesta cuando lo aplastaba.
- Cállate, siéntate y
estáte quieto. El santuario de aquí arriba es el lugar de encuentro. Me lo dijo
Zeno. Cuando se entregue el dinero podemos escuchar y reunir pruebas.
- ¿Zeno era el mensajero?
-Estaba recuperando el aliento- ¿Te hiciste
amigo de él? ¿Y
dónde está ahora Zeno?
- Un sacerdote de Atis le
está dando leche caliente y galletas
de sésamo. -Eso
no me tranquilizó.
De todos modos, al chico
podíamos sacarlo de
allí después. Más difícil sería
que pudiéramos salir nosotros.
- ¿Tu Casio traerá ayuda?
- Por supuesto. -Era un
consuelo, pero aun así, no me gustaba estar atrapado bajo tierra en la
oscuridad. Oleadas de pánico me
recorrían el cuerpo.
Debía de haber
un desagüe, pero las
cavernas que han
sido empapadas de
sangre adquieren un olor
horrendo. Luché contra la claustrofobia.
Si los iniciados
podían soportar aquello solos, yo podía sobrellevar el miedo…
Posiblemente.
- ¿Qué tomaste para comer?
-me preguntó pomposamente mi tío. Estaba respirando en su cara; no había alternativa.
- La carta del funeral.
- Cebollas. -¡Vaya! Fulvio
era un maniático. Entonces me entraron ganas de reír.
Mientras esperábamos que
ocurriera algo, le di la lata a mi tío para que me contara cuál era su papel en
aquel fiasco. Dijo que trabajaba para la marina, como factor de grano; papá ya
me lo había dicho. Y sabía que el Ejército -y por lo tanto, presumiblemente
también la marina- solían utilizar a sus factores de grano para reunir
información. Fulvio se había dedicado a abastecer a la tropa durante años.
Desde Salona, donde vivía, estaba en contacto con la flota de Rávena.
- Estaba en Rávena…
- ¿Canino?
- ¡Lo has pillado!
- Soy informante, tío. Sea
lo que sea lo que te haya dicho la familia, resulta que soy bueno en eso… Me
parece inverosímil -me parecía espantoso-, pero, ¿estás diciendo que haces un
trabajo similar al mío?
- Quizá.
- No
hay necesidad de
ser tan reservado.
Fui explorador en el
Ejército. Ahora acepto
misiones imperiales.
- ¡Bien
por ti, chico!
-Fulvio cambió de
tema sin admitir nada-. Nuestros
caminos nunca se cruzaron directamente hasta ahora.
- Bueno, me alegro de que
este asunto no haya roto viejas amistades… Así que él me dice que tú eres el
Ilírico, y tú dices que es él.
- Tú hazme caso a mí
-ordenó Fulvio.
- Tal vez lo haga… -O tal
vez no-. ¿Cómo se echó a perder Canino?
- Hizo las amistades
equivocadas cuando se suponía que tenía que estar controlando el litoral
ilírico.
- ¿Amistades equivocadas?
Cuando hablamos en esa taberna con Gemino, tú mismo defendías a la gente de la
costa.
- Estaba explicando lo que
les ha ocurrido a los desposeídos
-argüyó Fulvio-. Los
hombres a los
que llamáis piratas provienen de comunidades sumidas en la pobreza,
donde las alternativas son escasas. A los jóvenes del interior los mandan al
mar porque es la única opción.
- Cotis y los demás, la
comunidad cilicia, parecen contentos con lo que les ha tocado en suerte.
- No
los desprecies como
si fueran chusma
-dijo
Fulvio-. Había una larga
tradición de grupos costeros que
daban refugio a hombres que
huían de la pobreza, a menudo marineros de talento que simplemente se
encontraban con que no podían adquirir un barco. Lo que vosotros llamáis barcos
piratas eran embarcaciones de excelente calidad, gobernadas por unos marineros
de primera.
Yo había captado un matiz.
- ¿Una de esas comunidades
os dio refugio a Casio y a
tí?
- ¡Oh, Salona es un lugar
perfectamente civilizado! -
exclamó Fulvio con enojo-.
Pero conozco a gente en Iliria.
Conozco a los buenos y a
los malos. Había estado en Dirraquio. De modo que me pidieron que vigilara a
Cotis de manera no oficial cuando dio la impresión de que se había sentido
atraído por nuevas e inaceptables empresas. No tardé en descubrir que lo protegía
una manzana podrida de la flota de Rávena. Cuando Canino consiguió que lo
trasladaran aquí, con el pretexto de seguir de cerca a Cotis, entonces me
pidieron a mí que lo siguiera a él.
- ¿Era la primera vez que
te utilizaban para reunir información?
- No.
Se me ocurrió algo
horrible.
- ¿Quién te pidió que lo
hicieras? ¿No trabajarás para
Anácrites?
Tío Fulvio musitó alguna
grosería.
- No, no trabajo para él.
-Interesante. Aunque estaba
claro que sabía quién era
Anácrites.
- ¿Entonces quién te
encarga los cometidos?
- ¿Quién quiere ver los
mares limpios y despejados?
- ¿El emperador?
- Supongo
que sí, aunque
intentamos no tener
en cuenta ese aspecto deprimente.
- ¿Intentamos? ¿Te refieres
a Casio y a ti? ¿Yquién os paga?
- No hace falta que lo
sepas, Marco. -Si quería llegar a confiar en él, necesitaba saberlo.
- No
me trates como
si fuera un
muchacho. Yo también he
llevado a cabo
muchas de esas
apestosas misiones oficiales.
- No te estamos ofreciendo
una asociación.
- ¡No la aceptaría!
Ambos nos
hicimos mala sangre
en silencio. Fue como
un momento bajo
en una fiesta
de cumpleaños familiar. Al cabo
de un rato formulé la inevitable pregunta profesional:
- ¿Y qué es lo que se suele
pagar por la información en la flota de Rávena?
- Más de lo que ganas tú,
probablemente.
Su arrogancia era difícil
de encajar. Entonces supe por qué, en la familia, Fulvio siempre había caído
mal a todo el mundo.
- ¡No estés tan seguro!
-repliqué.
La incomodidad estaba
convirtiéndose en algo fastidioso.
- ¿Qué ha pasado? -me
pregunté nerviosamente-. Hace horas que Mutato salió del templo con el dinero.
Si éste es el lugar de encuentro, ¿adonde ha ido?
- Una pista falsa -dijo Fulvio
de manera cortante-. Según Zeno,
a Mutato lo han mandado a una serie de puntos de entrega falsos. Le van a
llegar unos tres mensajes hasta que lo pasen aquí. Es para ponerlo nervioso, y
tal vez para deshacerse de los que pudieran seguirle… A propósito - dijo mi tío
con brusquedad-. Puede que antes haya dejado que llegaras a una conclusión
equivocada. No fue Canino quien nos encerró aquí dentro, fue Casio.
- ¿Qué?
- Si Canino ve la puerta
cerrada, nunca sospechará que hay alguien aquí abajo escuchando. Necesito oír
lo que ocurre. Es un oficial, tenemos que atraparlo con pruebas concluyentes.
¡Estupendo! Así que Fulvio
y el compañero de su vida no tan sólo eran agentes del gobierno, sino que además eran un par de idiotas. Tenía que
haberlo previsto. No se trataba de compartir una operación bien planeada con un
experto espía; estaba
atrapado en un
agujero con el hermano mayor de mi madre. Fulvio era
hermano de Fabio y Junio. Ello implicaba que era un lunático.
- ¿Ingenioso? -preguntó
Fulvio con condescendencia.
- ¡No es ingenioso! Al
menos Casio sigue en libertad, en el exterior.
- No podemos fiarnos de la
marina. Ha ido a buscar a los vigiles.
- Y supongo -dije en tono
malicioso- que tú y Casio creéis que viven en una vieja tienda junto al templo
de Hércules Invicto, ¿no?
Eso provocó un silencio.
Tenía que mantener la esperanza de que
el tío Fulvio
estuviera haciéndome enfadar de
forma deliberada.
Fulvio se quejó de que
tenía los tobillos hinchados. Yo también tenía las piernas y los pies
doloridos, y además me dolía la espalda de tratar de evitar desplomarme encima
de mi tío.
De pronto
oímos voces por
encima de nosotros. Pasos. Aguzamos el oído para
intentar distinguir quiénes estaban en el santuario. Podía tratarse de un
sacerdote que no tuviera nada que ver con nuestra misión. Tenía calor y cada
vez estaba más inquieto. Ninguno de mis asociados sabía dónde me encontraba.
Nuestro único apoyo era Casio.
¡Qué emoción!
Alguien daba vueltas por
ahí con unos pasos apenas audibles.
Estaba dispuesto a
arriesgarme y gritar preguntando si era Mutato cuando se
reunió con él otra persona.
- ¿Dónde está el dinero?
-Canino… la voz quedaba amortiguada, pero era reconocible. No estaban muy
cerca, probablemente próximos a la puerta del santuario. Fulvio me dio un suave
codazo, nervioso.
Mutato, cuya voz sonó más
fuerte y más cercana, respondió:
- El dinero está en lugar
seguro. -Mutato debía de estar
justo al lado de la rejilla del suelo, justo encima de nuestras cabezas.
- ¿Dónde?
- Puedo ir a buscarlo.
Falco tenía razón. No creemos que tengas a Diocles, pero si de verdad puedes
traerlo…
- Falco… ¡Já! -Entonces
hubo un movimiento brusco. Las cosas iban mal. Oímos un grito enojado. Canino,
desde más cerca, exclamó-: ¡Eres un idiota! -Se oyó un sonido metálico y algo que resbalaba, como si un arma hubiera
caído sobre la rejilla. Allí abajo en nuestro sótano, Fulvio lanzó un grito,
pero nadie le oyó.
Unos pasos pesados se
alejaron del santuario. ¿Eran los de dos personas? Me pareció que sí.
- ¡Lo
único que tenías
que hacer era
entregar el dinero! -Era Canino,
cuya voz se iba alejando, desde algún lugar de allí afuera. Un corto grito y
luego más gemidos de miedo y dolor.
El toro expiatorio empezó a
bramar en la distancia, agitado por el alboroto.
Alguien regresó al
santuario, moviéndose lentamente. Aterrorizados, Fulvio
y yo nos
quedamos callados. Se oyeron tres pasos torpes, un golpazo
directamente encima de nosotros y luego más pasos que se alejaban corriendo.
Los vestigios de luz que antes habían penetrado en el hoyo del taurobolio a
través de la rejilla superior habían desaparecido.
- Tengo un mal
presentimiento -dije en voz baja. Fulvio escuchó.
- Algo nos
gotea encima… -y añadió con horror-.
¡Parece sangre!
No era el toro. Aún lo
oíamos bramar…
Fulvio y yo nos dimos
cuenta de la terrible verdad: justo encima de nuestras cabezas yacía Mutato
que, o ya estaba muerto, o se estaba desangrando hasta morir.
LXII
Mi tío soltó un solo gemido
y llamó al cronista. No hubo respuesta. No podíamos hacer nada para ayudar a
Mutato… y yo sabía que probablemente todo había terminado. Por el bien del
cronista, esperaba que así fuera. Al igual que Diocles, debía de tener una
espada y la había traído, en un peligroso acto de desafío y valentía.
Increíble.
Permanecimos allí durante
lo que parecieron horas. Al final oímos llegar a Casio. Soltó una maldición y
luego se apresuró a sacarnos de allí. Salimos por la puerta abierta,
caímos al suelo,
jadeando, y él
nos arrastró escaleras arriba. La luz y el aire nos
aturdieron.
Me limpié el sudor de la
frente, junto con quién sabe qué, y me acerqué al cuerpo a trompicones. Era
Mutato, por supuesto… y, por supuesto, estaba muerto. Tiré de él para apartarlo
de la rejilla; no era ningún maldito sacrificio del culto. Lo puse derecho en
el suelo del santuario. Los dedos le habían quedado hechos trizas al haber
intentado esquivar los golpes de su propia espada. Canino lo había cosido a
puñaladas de un modo tan rudimentario como lo habría hecho un recluta novato.
Podéis confiar en que en la condenada marina no saben cómo manejar las armas.
Me arrodillé junto al charco de sangre y le cerré los ojos al
viejo cronista.
Después, le dediqué
unos momentos de silencio, apenado de verdad.
Cuando me levanté, los
otros dos me estaban observando.
Casio, que ahora
ya me resultaba
familiar, debía de tener unos quince años menos que mi tío. Se había
despojado de los harapos de mendigo y se había limpiado un poco la mugre,
aunque unas vetas de suciedad del camuflaje todavía le ennegrecían el rostro.
El tipo era pura pose. Yo no me había ensuciado la cara para una operación
desde que dejé de recorrer sigilosamente los bosques septentrionales como
explorador en el Ejército. Con sólo un puñado de hongos tras los que ocultarme,
al menos entonces eso tenía cierto sentido.
Con las patillas grises que
tenía ahora, y en su nariz recta y ojos castaños, aún podía ver el rastro del
apuesto hombre más joven del que Fulvio se había enamorado. Los bíceps estaban
tensos bajo las
apretadas mangas de su
túnica, sus grandes pantorrillas eran musculosas y no tenía ni un gramo de
grasa. Ya lo había visto antes: era el cuarto hombre que
había en la
letrina pública cuando
el día anterior Canino me había
hostigado hablándome de Fulvio.
Juntos, parecían
igual de evasivos
que una pareja casada; compartirían
algún comentario más
tarde, en la cama, posiblemente. Preferí no pensar en
ello.
- Se las arregló para
evitarme -se quejó Casio. Era el hombre
de acción de la sociedad
y no estaba haciendo
mucho para ayudarnos-.
Encontré un rastro de sangre que salía del santuario, pero no sé cómo me dio
esquinazo…
- ¡Malditos aficionados!
-Estaba enojado. A mis pies yacía un cronista que se había excedido en sus
atribuciones con la máxima
valentía. Mutato tendría
que haberse jubilado con honor,
y no acabar burdamente asesinado, con cuatro o cinco golpes mal dados, porque
aquel par de incompetentes no podían rodear a un avejentado y corrupto agregado
que ya había resultado herido.
Fulvio y Casio cruzaron una
mirada.
- Iré tras él -se ofreció
Casio. Lo aparté de un empujón.
- ¡No, iré yo!
Pero ya no fue necesario.
Paso y un grupo de vigiles irrumpieron en el santuario. Ya tenían a unos
cuantos hombres fuera buscando a Canino y siguiéndole la pista mucho más de
cerca de lo que ahora llegaríamos a estar nosotros. Paso se inclinó e inspeccionó
el rastro de gotas de sangre que se alejaba.
- Traeré a un perro para
que siga el rastro.
- ¿Sabes que vamos tras
Canino?
- Bruno nos lo contó. Ha
estado haciendo averiguaciones en Roma. Los chicos de Rávena tratan de
mantenerlo en secreto, pero las grandes charreteras de la flota de Miseno han
anulado sus decisiones. Se ha puesto en marcha una búsqueda a gran escala, pero
ya conoces a
Rubela, intenta que la
Cuarta se lleve todo el mérito.
Con el
alboroto ocasionado por la llegada
de los vigiles, el toro había empezado a vocalizar
de nuevo; el ruido me pareció insoportable.
- Entonces la Cuarta tendrá
que atrapar a Canino…
- ¡Ya nos conoces, Falco!
Podía relajarme. Los
expertos se estaban haciendo cargo. Salí de allí tambaleándome, con el cuerpo
débil y el ánimo angustiado. La noche era preciosa. Nuestra tragedia no debió
de conmover a los dioses egoístas. Vomité en las escaleras del Templo de Atis,
para horror de un sacerdote.
Tío Fulvio calmó al toro a
su debido tiempo. Al fin y al cabo había nacido en una granja.
En cuanto quedó claro que
ya no me necesitaban, los dejé sin decir ni una palabra y me fui a casa con mi
mujer y mi familia.
LXIII
A la mañana siguiente
Helena mantuvo calladas a las niñas, de modo que dormí hasta mucho después de
que todo el mundo hubiera desayunado. Cuando me despertó, estaba hecho un cromo. La
pasada noche, el
rudo intento de lavarme la sal, la sangre, el sudor y la
suciedad no había logrado producir mucha mejora. Había descansado, pero estaba
afectado y me sentía profundamente deprimido.
Helena estaba al corriente
de todo cuanto había ocurrido. Me había desahogado con ella antes de quedarme
dormido. Entonces me dio de comer y luego me dijo que había venido un mensajero
aquella mañana. Damágoras, al que Rubela seguía reteniendo, había pedido verme.
Helena creía saber lo que quería.
- Mientras
tú sales a jugar a los
desafíos con los chicos, Marco,
yo me quedo aquí sentada sola en casa, rodeada de viejas tablillas de notas… La
verdad es que he estado pensando en las tablillas. Me figuro que Damágoras
quiere recuperar sus
viejos diarios. ¿Recuerdas
que me dijiste que Crátidas y
Ligón hicieron algún chiste sobre hablar de literatura? -Si ella lo decía,
debía de tener razón. Habían ocurrido demasiadas cosas últimamente como para
que yo me acordara-. Tal vez Damágoras había pedido a Crátidas y Ligón que
recuperaran sus notas;
cuando ese
espantoso esclavo, Tito,
vino aquí y vio a Albia, dijo que alguien había estado preguntando por las
tablillas.
- Albia dijo que Tito
estaba asustado.
- Sí, Marco; si había sido
amenazado por Crátidas o
Ligón estaría muerto de
miedo.
Daba la impresión de que
hacía mucho tiempo de todo aquello. Pero yo seguía queriendo encontrar a
Diocles; la verdad era que, con la muerte de Mutato que no paraba de rondarme
por la cabeza, lo deseaba más que nunca. Mutato había pagado un precio terrible
por su colega desaparecido. No podía rendirme ahora, se lo debía a ambos.
- Ve a ver a Damágoras.
- Podría devolverle los
cuadernos de bitácora.
- ¡No! -Helena me dio
instrucciones con su estilo escueto-.
Tú limítate a
averiguar si Damágoras
está dispuesto a proporcionar información a cambio. -Me miró, con la
cabeza ladeada-. Estás muy callado. No dejes que se salga con la suya.
- De ningún modo -le
aseguré en tono suave-. Créeme, cariño, hoy voy a parecerle implacable a
cualquiera que se interponga en mi camino.
Helena sacó
ropa limpia y mi frasco
de aceite, y aceptó mi mugrienta condición sin hacer
ningún otro comentario. Mis hijas, que jugaban abajo en el patio, fueron menos
diplomáticas; corrieron para saludarme, se dieron cuenta de mi asqueroso
estado… y se alejaron corriendo y
dando gritos. Albia también
arrugó la nariz. Nux se acercó a mí
alegremente. A N u x le gustaba
tener un amo
que apestara y anduviera gruñendo por la casa.
Me dirigí
al conjunto de
baños que había
junto al cuartel de los vigiles.
Fue deliberado.
Los baños eran
magníficos y cómodos, construidos por el
viejo emperador Claudio la primera vez que trajo a los vigiles para que
custodiaran sus nuevos almacenes de grano. En cuanto me lavé y me puse una
túnica limpia, dejé a la perra durmiendo tranquilamente encima de la sucia que
llevaba antes.
Era una perra fiel, pero no
vi motivo para someterla a la clase de escenas que sabía que me iba a encontrar
en el cuartel. Mientras sus hombres continuaban
registrando Ostia y Portus en busca de Canino, Marco Rubela estaría
interrogando a los
prisioneros. Conocía sus
métodos. Puesto que obtenía resultados, nadie se lo discutía nunca. Pero
para él, los «interrogatorios» nunca eran un ejercicio intelectual.
Al salir de los baños crucé
la calle y penetré por la oscura torre de entrada. Con el ánimo taciturno, me
pareció que ese cuartel que se desmoronaba apestaba a sufrimiento. No oía
gritar ni a cilicios ni a ilíricos,
pero la apagada actitud de los
vigiles en el patio de
ejercicios lo decía todo. Marco Rubela era un maestro en el
manejo del dolor: la insoportable mezcla de tortura y demora.
Me encontré
con Fúsculo. Me
dijo que los prisioneros seguían mostrándose reacios a
hablar, pero que poco a poco
Rubela estaba reuniendo
argumentos. Los vigiles le habían
seguido la pista a Arión, el hombre que había resultado herido con el remo
durante el atraco al transbordador; con mi prueba de que vi a Cotis llevarlo a
bordo de la liburna, era suficiente para relacionar a Cotis y los ilíricos con
el robo del arcón que contenía el dinero del rescate. El
testimonio de Ródope
los condenaría por haberla secuestrado. Las pruebas contra
Crátidas, Ligón y los cilicios eran más circunstanciales.
- ¡Por todos los dioses,
Fúsculo… no me digas que los cilicios se van a librar de la parte que les toca!
- No, Petronio se encarga
de ese aspecto. Ha salido a ver si encontraba a ese muchacho, Zeno.
Me paré en seco.
- Fue visto por última vez
en el templo de Atis. Mi tío tiene a un sacerdote que lo cuida…
- No hay ni rastro de tu
tío -dijo Fúsculo, mirándome con detenimiento.
Puse mala cara.
- Tío Fulvio es famoso por
una cosa: huir.
- Bueno, ya sabes que
ayer vino Bruno
con información del cuartel general de la flota. Según él, no quieren
desenmascarar a su agente.
Le dije
a Fúsculo que,
según mi experiencia,
tío
Fulvio era un cabrón
malhumorado e inútil de todos modos y a continuación me fui a ver a ese otro
reprobo, el jefe cilicio.
- ¡Eres mi única esperanza,
Falco! Ese tribuno dice que tengo que renunciar a todos mis pequeños lujos.
Me apoyé en el marco de la
puerta de la celda de Damágoras. Hasta el momento había logrado aferrarse a
cojines, alfombras, mesillas auxiliares de bronce, un altar portátil y un
jergón bien acolchado.
- Hay cárceles peores que
ésta, Damágoras. Si quieres ver un agujero horrible prueba con el sepulcro
subterráneo del Mamertino en Roma.
El viejo pirata se
estremeció.
- Nadie sale de allí.
El tono de mi voz fue
gélido.
- ¡Yo lo hice!
Él me dirigió una larga
mirada.
- Eres una caja de
sorpresas, Falco.
- En ocasiones me sorprendo
a mí mismo. En este momento, a sabiendas de que organizaste unos chanchullos
relacionados con secuestros, me sorprende encontrarme hablando contigo… No
tenías nada que decir cuando me acerqué a ti anteriormente en busca de ayuda.
¿Para qué quieres verme, viejo?
Entonces me di cuenta de
que Damágoras tenía un aspecto más delgado y envejecido que cuando se ocupó de
mí con tanta arrogancia en
su villa. Se le estaba acabando el tiempo. Aquella celda en el deteriorado
cuartel no era lugar para sus ancianos huesos que ya le dolían tras una larga y
activa vida en el mar.
- ¿Todavía quieres
encontrar a Diocles, Falco? - preguntó.
- Y a cambio, tengo que
ofrecerte… ¿qué?
- Mis viejos cuadernos de
bitácora. Los tienes tú, ¿no es cierto?
- Son pruebas.
-Eso era forzarlo un poco.
Sólo el propio Damágoras
estaba implicado en
aquellas viejas luchas marítimas,
y sólo si admitía que los diarios eran suyos. Las referencias al pasado
violento de los cilicios no eran más que una nota de color. Pero por la manera
en que trabajaba Rubela, se le pediría a un magistrado comprensivo que revisara
pruebas como aquéllas (circunstanciales pero aun así espeluznantes) y entonces
su condena mandaría a los secuestradores directos a la crucifixión o a las
bestias de la arena.
Ninguno iría a
juicio. Los marineros
eran gentes de origen humilde, era poco probable que poseyeran pruebas
de ciudadanía y, lo que es más, eran extranjeros. Con eso he dicho suficiente.
Me adentré más en la celda.
- De acuerdo. ¿Qué tienes
para mí?
- ¿Me darás los diarios?
-preguntó Damágoras con impaciencia.
- Si encuentro al cronista,
te daré los diarios. -Tenía ochenta y seis años. Sus propias actividades debían
de verse limitadas y a
cualquiera de sus
compinches que permaneciera en
libertad tras la purga de Rubela lo echarían de Italia
a patadas, de
modo que le
iban a faltar subordinados. En cualquier caso, las
cosas eran distintas entonces. Damágoras estaba en una lista de vigilancia.
Se inclinó hacia delante en
una maltrecha silla.
- El cronista y yo teníamos
una relación más estrecha de lo que
pueda haber dicho.
-Asentí con la
cabeza-. Diocles sabía muchísimas cosas sobre mí.
- Se alojó en tu casa.
- ¿Lo sabías? Estuvo
conmigo un par de semanas. Cuando desapareció, hice que mis muchachos
averiguaran qué había pasado.
- Está muerto, ¿verdad?
- Creo que sí, Falco. Por
eso dejé de buscarlo.
Me puse en cuclillas
delante de Damágoras, con los codos apoyados en las rodillas.
- Y dime, ¿qué averigUaste?
- La verdad es que iba a
escribir mis memorias, ya sabes. -Damágoras habló entonces como si estuviera
describiendo una buena amistad-. Hablamos de todo en detalle…
- Eso ya lo sé. Diocles
tomó abundantes notas.
- ¿Tienes sus notas?
-preguntó Damágoras. Le ofrecí
una sonrisa seductora-. Nos
llevábamos bien. Confiaba en él, Falco. Se lo conté todo sobre mi pasado… Y
cuando había bebido un poco, él me contaba lo que le pasaba por la cabeza.
Tenía problemas.
- Habían asesinado a su
tía. Él culpaba a los bomberos… no a los vigiles, sino a los del gremio de
constructores.
- Tienes razón. Había
venido a Ostia para hacer algo al respecto.
- ¿Es así como se vio
metido en problemas?
- Lo único que sé -dijo
Damágoras- es que empezó a trabajar para uno de esos constructores. Consiguió
trabajo como trajinante para un fabricante de cemento, Lemno…
- ¡Lemno de Pafos! -grité
al tiempo que me levantaba de un salto. Lemno… el cretense patizambo que me
atacó en La Flor del Ciruelo y que luego se largó… a Petronio le había parecido
que tenía algún
cargo de conciencia… Bueno, ahora Petro podía
detenerlo, si es que aún podía encontrarlo.
De todos modos, Lemno
trabajaba por su cuenta.
- ¿En qué contrata estaban
trabajando?
- No lo sé, Falco.
-Mentiras. El viejo pirata estaba demasiado ocupado asegurándose de no parecer
demasiado sospechoso.
- ¡No lo has hecho
suficientemente bien, Damágoras! Dime quién es el contratista.
- A ese hombre no puedes
tocarlo; es demasiado importante en esta ciudad…
- Nadie es demasiado
importante para mí. -Agarré a Damágoras por la pechera de su túnica blanca y lo
hice levantar de la silla. Era más alto que yo, pero tembló-. Era el hombre al
que Diocles culpaba por la muerte de su tía,
¿no es cierto? -Lo sacudí.
Damágoras bajó la voz.
- ¡Sh! Siempre merodea por
aquí; anda detrás del contrato para reconstruir este cuartel. -Deslizó el dedo
por la parte superior
de la cabeza,
para representar los mechones de pelo-. Privato.
Dejé que el anciano
retrocediera tambaleándose y encontrara su asiento. Me creí la historia. Las
túnicas de trabajo del cronista estaban cubiertas de salpicaduras de argamasa.
Privato dirigía el gremio. Lo anunciaba a bombo y platillo. Si los del gremio de
constructores habían pecado de incompetentes con funestas consecuencias,
Privato parecería responsable.
Tal vez Diocles simplemente
había querido poner en evidencia al gremio, pero si habló sobre sus planes,
quizás ellos se habían enterado. Si se quejó a Lemno, puede que éste se hubiera
chivado. Para Privato, Diocles auguraba problemas delicados.
En su angustia
personal, Diocles podría no
haberse dado cuenta de lo mucho que tenía que perder Privato. Amenazado con la
pérdida de su posición
social en Ostia, el
constructor podría haber reaccionado con
más brutalidad que cualquier senador al que Diocles acusara de acostarse con
cualquiera. El cronista había calculado mal el peligro.
Pero Privato tenía
contratos por todo el lugar, tanto en Ostia como en Portus. A menos que
pudiera identificar dónde estaba empleado Diocles cuando desapareció,
había poca esperanza de descubrir la suerte que había corrido.
Salí al patio con paso
resuelto. Los miembros de la Cuarta
se esforzaban en
llevarse de allí
el equipo abandonado. Dejé un
mensaje para Petronio sobre Lemno.
Fui a recoger a Nux de su
prolongada cabezadita en los baños y
me marché a casa. Allí
la vida era normal: el
período que seguía
a las pataletas. La pequeña
Julia se hallaba entonces sentada y muy callada, chupándose el dedo con
una cara manchada por las lágrimas. Albia estaba colorada. Helena
parecía tensa. Por
lo que yo
sabía, ninguna de las dos mujeres utilizaba nunca la amenaza de esperar
a que papá llegara a casa e impusiera el castigo… Bueno, todavía no.
Pregunté qué había hecho
Julia. Había encontrado las tablillas
de notas vacías
que Diocles había dejado
y las había cubierto de absurdos garabatos. Debido al riesgo de que
estropearan notas importantes sobre algún caso, teníamos la regla familiar de
que las niñas
sólo podían jugar con
artículos de escritura
cuando alguien las
supervisara. Había habido
incidentes con los tinteros, para empezar.
No puedes esperar que un
crío de tres años recuerde y obedezca una regla familiar. Claro
que es probable
que dijera lo mismo
cuando Junia y
Favonia tuvieran veinticinco años
y estuvieran casadas.
Helena había rescatado las
tablillas. Julia sólo había pintarrajeado
las vacías; los cuadernos
de bitácora y las notas del
cronista estaban puestos a buen recaudo en un arcón junto con la espada de este
último. La única tablilla en la que mi hija había echado a perder algo
importante era aquélla en la que Diocles había trazado lo que creíamos que era
un juego de tablero.
- ¡Claro! -De pronto,
cuando necesitaba la respuesta, lo vi. El diagrama no era ningún ajedrez para
jugar en solitario. Era un mapa, el esbozo de un plano bosquejado a modo de
recordatorio, con un par de puntos señalados con unas iniciales. Era la clase de
bosquejo que uno haría para acordarse de cómo llegar a una obra en la que debía
trabajar al día siguiente.
Entonces reconocí el
emplazamiento. Al haber venido directamente desde el cuartel, pude imaginar
exactamente el lugar que representaba el esbozo: había una V para los vigiles,
una B para los baños Claudios en los que me había lavado aquella mañana, un garabato
para la bodega de la calle… y una
importante C. Ésa estaba rodeada por un
círculo.
En una ocasión Petronio
Longo me había dicho que bajo el cuartel había una vieja y mohosa cisterna de
agua.
LXIV
No me gustan las cisternas.
Siempre son oscuras y siniestras. Nunca
sabes lo
profundas que son,
o lo que puede haber moviéndose bajo esas suaves
ondas de la superficie. Aquélla no me decepcionó. Habíamos asustado a las ratas
al entrar pisando fuerte en los pasillos, pero intuíamos problemas.
El lugar estaba separado
del cuartel, al otro lado de un pequeño sendero que corría paralelo al
Decumano. Llevaba años sin utilizarse y nadie parecía saber por qué estaba
allí, aunque todos estaban de acuerdo en que la respuesta evidente,
proporcionar agua para combatir los
incendios, no se aplicaba en este caso. Fúsculo
se estaba haciendo cargo del registro; él creía que la cisterna se había
construido para suministrar agua potable a los barcos en la época en que solían
amarrar a lo largo del río antes de que se fundara Portus.
Prendimos unas luces. Su
parpadeo fantasmagórico mostró un interior cavernoso, dividido en cinco o seis
espacios resonantes. Virto, el administrativo, había consultado los archivos de
gestión de obras. Éstos confirmaron que Privato y su empresa habían estado
haciendo reparaciones estructurales allí cuando Diocles desapareció.
Pasamos un rato escuchando
el goteo y el corretear de las ratas mientras esperábamos al submarinista.
Éste, que sabía que no iba a cobrar honorarios de salvamento por aquella búsqueda,
se tomó su
tiempo para venir
desde Portus. De todos modos, no había prisa.
Llegó el submarinista. Sin
dejar de soltar bravatas técnicas, nos aseguró que el peso no suponía un
problema: estaba acostumbrado a recuperar ánforas, de modo que si encontraba un
cuerpo no necesitaría ayuda para llevarlo a la superficie. Se jactó de que no
le daba miedo la tarea. No lo desengañamos. Cuando, después de estar un par de
horas nadando por ahí y registrando varios de los espacios, el
submarinista salió de
repente profiriendo un
alarido de terror, los vigiles -a
sabiendas de lo que se podían esperar- fueron tolerantes. Alguien se lo llevó
enseguida de allí para que se tomara un buen trago.
Una vez
identificada la localización
correcta, los vigiles hicieron el
resto. El hormigón es un material fabuloso:
fragua bajo el agua. A pesar de que el cuerpo tenía un gran pedazo de
dicho material a modo de lastre, lo liberaron y sacaron los restos a media
tarde.
Dejaron lo que quedaba de
Diocles sobre una vieja estera de esparto en la calle. Debía de haber
permanecido en el agua desde el día que desapareció. Estaba tan abotargado que resultaba irreconocible; ahora
ya nunca sabría qué
aspecto tenía cuando
estaba vivo. Pero
estábamos seguros de que
era él.
El cronista aún llevaba su
daga, en la vaina. Más tarde se le pediría a Holconio que la identificara. No
sabíamos cómo habían matado
a Diocles, pero
Fúsculo tenía la certeza de que los vigiles podrían
convencer a Lemno de Pafos de que quería revelar los detalles. Dudaba de que el
contratista, Privato, recibiera algún castigo. Habría sido un estúpido de matar
a Diocles con sus propias manos; los presidentes de los gremios se sirven de
otras personas para que les hagan el trabajo sucio… y para que paguen el pato.
Aun así, Rubela le podía complicar la vida a corto plazo, y los informes
quedarían archivados… en
uno de esos archivos que las cohortes se pasaban
cada vez que un nuevo destacamento llegaba para tomar el relevo.
Tuvo lugar el alboroto
habitual, el habitual quedarse por ahí interminablemente mientras los hombres
discutían teorías sobre lo que podía haber pasado. Al final llevaron el cadaver
al cuartel en una carreta, los vigiles se marcharon para lavarse y el submarinista
se despidió. Yo me quedé fuera, sentado
solo en la bodega adyacente,
alzando una triste copa a la memoria del
cronista.
Petronio Longo bajó por la
calle lateral cuando yo empezaba mi segunda copa. Llevaba al pequeño Zeno de la
mano. Petronio me
hizo un gesto
con la cabeza,
pero pasaron junto a mí sin decir ni ripio. En la entrada del cuartel,
Petronio se detuvo; le oí pronunciar unas palabras
tranquilizadoras. Luego,
condujo al chico dentro. Zeno se fue con él con actitud resentida, pero con
aire de resignación. Estaba acostumbrado a que le dijeran lo que tenía que
hacer; allí alguien iba a engatusarlo para que cooperara. Si lo trataban bien,
Zeno les proporcionaría a los vigiles nombres y sucesos. Quizá más tarde, si
resultaba lo bastante útil, alguien tendría la amabilidad de soltar a su madre.
Esperaba a
Petronio cuando poco
después éste regresó a la calle.
Sabía que no iba a procesar al propio Zeno. No le gustaba interrogar a los
niños.
Se sentó a mi lado. Yo ya
había obtenido otra copa y le estaba sirviendo vino de mi jarra. Hablamos
brevemente de la situación. Me preguntó por Fulvio. Le dije francamente que la
historia de que Fulvio trabajaba como agente para la marina parecía convincente,
pero que no me sorprendería que sus contactos con los ilíricos de Dirraquio
fueran turbios. Dada su historia, me parecía que había huido otra vez al
extranjero. Aquella visita a Ostia supondría haberlo visto una vez más, de
forma confusa, circunstancia sobre la cual mi familia rezongaría y discutiría
durante todas las Saturnales.
Entonces Petronio me dijo
que los vigiles habían obtenido una pista
sobre el paradero
de Canino. Cayo Baebio, precisamente él, dijo haberlo
visto. Cuando Cayo estaba desayunando aquella mañana en El Delfín, en Portus,
Canino había entrado a
hurtadillas en el burdel de enfrente, La Flor del Ciruelo. Rubela y Bruno se
habían llevado a un grupo de hombres y arrestarían al agregado si todavía se
hallaba en el local.
- Bruno sigue codiciando la
gloria para la Sexta.
- ¡En tanto que Rubela, por
supuesto, está por encima de semejantes ambiciones! ¿Queremos ir y unirnos a la
fiesta?
- Dejemos que se peleen
ellos. Nosotros dos tenemos más sentido común.
No tuvimos que esperar
mucho. Mientras estábamos allí sentados, Rubela, Bruno y un grupo armado
trajeron al agregado capturado para juzgarlo. Permanecimos
en nuestro puesto y nos
limitamos a apartar los
pies para evitar el polvo que
levantaban. Al prisionero casi no se le veía, en el centro de la escolta. Pero
me fijé en que, tal vez para disfrazarse en el burdel, Canino iba muy
maquillado. De sus legendarias zapatillas con cuentas no había ni rastro:
llevaba los pies descalzos. Su larga túnica le colgaba hecha un guiñapo.
Desplomado y sin fuerzas, los vigiles lo sujetaban por los brazos. Debían de
haber empezado a darle una paliza en el burdel.
Petronio y yo nos quedamos
observando con gravedad mientras arrastraban al prisionero hacia atrás por la
calle lateral hasta la puerta del cuartel. Era un funcionario corrupto; los ex
esclavos de los vigiles no tendrían piedad.
Vespasiano ya había tenido que limpiar muchas legiones que se habían echado a perder; no
querría además un escándalo naval. Al asunto de Canino se le echaría tierra
encima. En los informes de
los tribunales de la
Gaceta Diaria no aparecería ningún juicio o condena. A Canino le correspondía
una eliminación silenciosa. Vimos cómo lo arrastraban hacia
el interior del
cuartel. Nadie sabría cuándo saldría, o si iba a salir
alguna vez.
El prisionero y la escolta
desaparecieron en el sombreado interior. Entonces, por una vez, alguien empujó
las enormes puertas tras ellos. Los vigiles buscaban su terrible intimidad para
lo que iba a ocurrir a continuación. El golpe sordo de la pesada tranca que
cerraba las altas puertas resonó en la calle vacía.
Petronio y yo nos quedamos
sentados bajo la luz del sol de la tarde, dos viejos amigos con recuerdos de
hacía mucho tiempo, compartiendo una copa tranquilamente.
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15/09/2008

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