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Libro N° 13882. En Busca De Infamia. Davis, Lindsey.

 


© Libro N° 13882. En Busca De Infamia. Davis, Lindsey. Emancipación. Mayo 31 de 2025

  

Título Original: © En Busca De Infamia. Lindsey Davis

 

Versión Original: © En Busca De Infamia. Lindsey Davis

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EN BUSCA DE INFAMIA

Lindsey Davis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Busca De Infamia

Lindsey Davis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lindsey Davis

 

 

En Busca De Infamia

 

 

(Marco Didio Falco - 16)

 

OSTIA, ITALIA

 

 

 

 

Agosto , año 76 d.C.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

 

-  Si  tira  una  piedra,  lo  mato  -dijo  Petronio  entre dientes-. Agarraré a ese pillo y…

Era un día caluroso a orillas de la desembocadura del Tíber en Ostia. Petro y yo habíamos tenido la imperiosa necesidad de beber algo. Hacía tanto calor que apenas acabábamos de salir del cuartel de los vigiles que ya nos habíamos metido en el primer bar. Aquello suponía un triste retroceso. Nuestro lema siempre había sido: «Nunca entres en el primer bar que veas porque seguro que es una porquería». Durante los últimos quince años, más o menos, desde que nos conocimos en la cola para alistarnos a las legiones, siempre que habíamos querido tomar una copa nos habíamos alejado un buen trecho de casa y del trabajo, no fuera el caso que nos siguieran y nos encontraran. La verdad es que nos habíamos sentado en un sinfín de tascas inmundas, pero no en muchas que frecuentasen nuestros asociados, que queríamos evitar, y en muy pocas que conocieran nuestras mujeres.

No me malinterpretéis. Los dos éramos unos romanos piadosos con valores tradicionales. Por supuesto que admirábamos a nuestros colegas y adorábamos a nuestras mujeres.  Al  igual  que  el  viejo  Bruto,  cualquier  orador podría decir de nosotros que Marco Didio Falco y Lucio

 

Petronio  Longo  eran unos hombres  honorables. Y sí, el orador realizaría dicha afirmación con una ironía tal que hasta el populacho más estúpido iba a entender…

Como podéis ver, con el calor me había tomado la bebida demasiado deprisa; ya empezaba a divagar. Petronio, el experimentado jefe investigador de la Cuarta Cohorte de los vigiles en Roma, era un hombre mesurado. Sujetaba la taza de la bodega con una de sus formidables manos, mientras  el pesado  brazo  descansaba sobre  las  calientes tablas  de  la  mesa  que  ocupábamos  en  la  acera,  y  él disfrutaba del lento y prolongado descenso hacia una ligera embriaguez.

Se encontraba allí tras haberse alistado en el servicio destacado. Era una vida agradable, sobre todo porque el villano al que estaba esperando nunca aparecía. Yo había venido para buscar a otra persona, aunque no se lo había dicho todavía a Petro.

Ostia, el puerto de Roma, bullía de actividad, pero el cuartel de los vigiles se estaba viniendo abajo y el bar que había fuera era terrible. El  lugar  era poco  más  que  una choza que se apoyaba contra la pared del cuartel. Después de un incendio, los miembros de los vigiles bloqueaban la calle lateral amontonándose por ahí con tazas de licor, desesperados  por  aliviar  sus  gargantas  resecas  y normalmente igual de desesperados por quejarse de sus oficiales. En aquel momento la calle estaba casi desierta,

 

de modo que pudimos sentarnos en dos taburetes junto a una  mesa  diminuta  con  las  piernas  extendidas  sobre  la acera. No había ningún otro cliente.

Los del turno de día se habían echado un rato en el cuartel  de  la  patrulla  con  la  esperanza  de  que  nadie prendiera fuego a una sartén aceitosa en un apartamento abarrotado, o si lo hacían, de que nadie hiciera sonar la alarma.

 

Petro y yo estábamos hablando de nuestro trabajo y de nuestras mujeres. Como aún era capaz de hacer dos cosas a la  vez,  Petronio   Longo   no  quitaba  ojo  al  chico.  El muchachito era demasiado decidido; tenía el aspecto de quien va a crear problemas. Un grupo riéndose tontamente ya sería bastante molesto. Pero si aquel solitario arrojaba una piedra por la entrada del cuartel, lanzaba unos improperios y salía corriendo, se tropezaría directamente con mi viejo amigo.

Pero  claro,  no  tendría  más  de  siete  años. Probablemente  Petronio  se  abstendría  de  romperle  los brazos o las piernas.

 

 

 

***

 

Después de entrecerrar los ojos y observar durante un rato, Petronio siguió hablando:

- ¿Y qué tal tu alojamiento, Falco? Se estaba burlando y yo me mofé.

- ¡Entiendo por qué no quieres quedarte en él!

A Petro le habían asignado una habitación en el cuartel de Ostia. El se negó a ocuparla, pero me había prestado la lúgubre   celda   durante   aquella   semana.   Los   dos   nos habíamos hartado de la vida cuartelera cuando estuvimos en la Segunda Augusta, nuestra legión en Britania. Hasta los campamentos   de  marcha  en  aquella  remota  provincia estaban mejor organizados que aquel lugar de mala muerte. Fundamentalmente  Ostia era un destino de cuatro meses que se alternaba entre las siete cohortes de Roma; los recursos se estaban revisando constantemente, y eso se notaba.

A una corta distancia del Decumano Máximo, en los terrenos que se extendían hasta la puerta Romana, se habían realizado  a  toda  prisa  obras  de  urbanismo  hacía  tres décadas,   cuando   Claudio   construyó   su  nuevo   puerto. Primero trajo a algunas de las duras y dispuestas cohortes urbanas para que vigilaran los flamantes almacenes. Posteriormente, los incendios en los graneros provocaron un nuevo planteamiento: habían aumentado los recursos y se sustituyeron las cohortes urbanas, que eran tropas no especializadas,  por  los  más  entrenados  vigiles, que  eran

 

bomberos profesionales. El vital suministro de grano de Roma debería estar a salvo con ellos, la gente estaría alimentada, la ciudad se vería libre de disturbios y todo el mundo querría al emperador, que lo había arreglado todo.

Allí   ocurría   lo   mismo   que   en  Roma:   mientras realizaban la guardia para la prevención de incendios, sobre todo por la noche, los vigiles se encontraban deteniendo no tan sólo a pirómanos, sino a toda clase de delincuentes. Ahora patrullaban el puerto y le echaban un ojo a la ciudad. Los  portuenses  aún  estaban  intentando  acostumbrarse  a ello.

 

Petronio, que sabía cómo darles mil vueltas a sus superiores,  sólo  se  dedicaba  a  los  asuntos  cotidianos cuando le venía bien. Su operación especial no tenía límite de tiempo, de manera que se había traído a su familia con él. Petro cohabitaba entonces con mi hermana Maya, que tenía cuatro hijos, y en Ostia tenía a una jovencita hija suya con la que quería estar en contacto. Para alojarlos a todos había  logrado  arreglárselas   para  que  le  prestaran  una mansión, cedida por un contacto local de los vigiles sumamente adinerado. Yo aún no había logrado entender de qué iba todo aquel asunto. Pero a resultas de ello me quedé con la habitación del cuartel que él había rechazado. ¡Qué suerte la mía!

- Este gallinero para escuadrones hace ya tiempo que no sirve -refunfuñé-. Es demasiado pequeño, es oscuro, hay

 

muy poco espacio, aparte de que está lleno de recuerdos de villanos a los que hicieron entrar a rastras por la puerta y a los que nunca más se volvió a ver. La letrina apesta. No hay cocina. Dejan el equipo esparcido por todo el patio de ejercicios  porque  los  destacamentos  piensan  que  como sólo van a quedarse cuatro meses pueden dejarlo allí pudriéndose para que el próximo grupo lo recoja.

- Sí, y hay moho en una gran cisterna subterránea - asintió Petro alegremente.

- Vaya, gracias. No le digas a mi madre que me has puesto encima de un pilón de agua estancada.

-  No  se  lo  diré  a  tu  madre  -prometió-  si    me prometes no decírselo a tu mujer. -Le tenía miedo a Helena Justina. Y con razón.  Mi  novia de  alto  rango  tenía una moralidad mucho más estricta que la mayoría de las hijas de senadores y sabía cómo expresar su punto de vista. Petronio adoptó un fingido aire arrepentido-. Bueno, la habitación carece de las comodidades básicas y lo siento, Marco. Pero no vas a quedarte mucho tiempo, ¿verdad?

- Claro que no, Lucio, viejo amigo.

Estaba mintiendo. Lucio Petronio me había recibido como si sólo hubiera ido de visita para ver cómo estaba. Le estaba ocultando información sobre mi propio cometido en Ostia. El año anterior, cuando el emperador me envió a Britania con ciertos mandados turbios para palacio, Petro me había seguido hasta allí. Sólo por casualidad me enteré

 

de que era el protagonista de una seria operación de búsqueda de un bandido importante. Aún me dolía que lo hubiera mantenido en secreto. Ahora me estaba vengando.

Se bebió el vino. Luego hizo una mueca. Yo asentí con la cabeza; era una cosecha asquerosa.

Sin mediar palabra, Petronio se puso de pie. Yo me quedé   donde   estaba.   Se   dirigió   lentamente   hacia   el muchacho,  que  seguía  inmóvil  frente  a  la  puerta.  Se hallaban a unas cinco zancadas de mí.

- ¡Eh, hola! -el tono de Petro fue bastante amigable-.

¿Qué estás tramando?

El chiquillo, algo flacucho, nadaba en una túnica raída, aunque bastante limpia, y de matiz terroso. Era una talla demasiado  grande  para  él  y  dejaba  entrever  una  manga blanca de la túnica interior. Hubiera resultado imposible adivinar su nacionalidad a la primera, pero las capas de ropa sugerían que era mediterránea; sólo los locos del norte se desnudan con el calor. No llevaba cinturón, aunque había destrozado unas sandalias marrones cuyas tiras se habían rizado con el tiempo. Sus cabellos eran demasiado largos y unas  oscuras  ojeras  se  dilataban bajo  sus  ojos. Pero  lo habían alimentado. Estaba sano.

Tenía el habitual aspecto de un muchacho de las clases artesanas, tal vez lo hacían trabajar duro en el negocio familiar y luego le permitían quedarse levantado hasta demasiado tarde en las largas noches de verano.

 

Alzó la vista y miró fijamente a Petronio Longo. Lo que el chico vio fue a un hombretón que aguardaba en silencio con una expresión cordial, alguien que podría jugar a lanzar un saquito relleno en un callejón con los niños del lugar. El chico parecía avispado, aunque estaba claro que no era consciente de que aquél era un oficial cuyos violentos métodos  de  interrogación  eran  una  leyenda.  Todos  los vigiles son duros, pero Petronio podía persuadir a delincuentes incorregibles para que, entre gemidos, proporcionaran pruebas condenatorias contra sus hermanos favoritos.

Podía  hacer  que  lo  hicieran  aunque  los  hermanos fueran inocentes, bien que por norma general prefería confesiones de verdadera culpabilidad.

- ¿Cómo te llamas? -le oí preguntar.

- Zeno. -Lo peor que podría imaginarse Zeno era que se le acercaba un pervertido. Parecía ser de los que saben gritar fuerte y echar a correr.

- Yo soy Petronio. Dime, ¿qué pasa, Zeno?

Zeno dijo algo, en voz muy baja. Entonces Petro le ofreció la mano y el chico se la tomó. Vinieron caminando hacia mí. Yo ya estaba dejando unas monedas sobre la mesa para pagar por nuestro vino. Había oído la respuesta del muchacho y sabía lo que mi amigo iba a hacer.

- Falco, Zeno dice que su mamá no se despierta - Petronio disimuló su mal presentimiento-. ¿Vamos a ver lo

 

que le ha pasado?

Debido  a  una  larga  experiencia,  él  y  yo  creíamos saberlo.

 

II

 

 

El   chico   nos   guió   mientras   Petronio   lo   seguía agarrando de su manita mugrienta. Fuimos caminando por el Decumano Máximo. Ostia era un asentamiento estable, de modo que tenía una calle principal, larga y muy calurosa. Al tratarse de una importante ruta de artículos de comercio, ya estaba abarrotada con una interminable hilera de carretas que salían de la ciudad a empujones para llegar a Roma a la puesta de sol, hora en que se iniciaba el toque de queda diario para los vehículos rodados. Caminábamos contra corriente. El tráfico se dirigía hacia la plaza Victoria y la puerta Romana. En nuestra dirección, mucho más adelante y a un buen trecho una vez pasado el Foro, estaba la Puerta Marina, tras la cual se extendía el mar abierto. A nuestra izquierda los caminos atravesaban un conjunto heterogéneo de viviendas antes de llegar a la Puerta Laurentina, la salida a  la  encantadora  campiña  en  la  que  nuestro  antepasado Eneas puso su mira. A la derecha, unas calles cortas conducían al Tíber. El río estaría hasta los topes de barcos y transbordadores con rumbo a los mercados y al gran Emporio.  Más  allá  había  otro  camino  hacia  Roma  que estaría asimismo atestado de transportes cargados, todos los cuales se dirigirían también a la Ciudad Dorada al otro lado del Tíber.

 

- No eres de por aquí -tanteó Petronio-. Dime, ¿dónde está  tu  casa,  Zeno?  -A Zeno  lo  habían  entrenado  para parecer tonto o bobo-. ¿Está muy lejos? -Aquella vez el niño  se  permitió  asentir  con la cabeza-.  ¿Viniste  en un barco? -Demasiado específico: Zeno volvió a sumirse en la distracción.

Petro me miró por encima de la cabeza del muchacho y dejó de preguntar. Sería mejor hacer las preguntas cuando hubiéramos visto si la despreocupada madre había recibido una paliza a manos de su marido o amante, o si (menos probable) simplemente alguna enfermedad natural la había consumido mientras dormía.

Pasamos junto al Teatro. Enfrente de aquel mezquino edificio augusto había varios monumentos antiguos y salas de  reuniones  de  los  diversos  gremios.  Luego  venía  un podio que sostenía una pulcra hilera de cuatro pequeños templos, todos ellos de un estilo pasado ya de moda, justo antes del camino de acceso al enorme granero construido por  Claudio. Seguimos  por  el Decumano  hasta llegar  al final  de  aquel  bloque  de  edificios.  Entonces,  el  chico torció a la derecha, de cara al río. Se detuvo delante de lo que en otro tiempo había sido una torre de entrada fortificada, cuando Ostia era mucho más pequeña y mucho, mucho más antigua. Aquélla habría sido la muralla que señalaba los límites del asentamiento original. Probablemente  se remontara a la supuesta fundación del

 

puerto por Anco Marcio, uno de los tradicionales reyes de Roma. En la Antigüedad construían las cosas para que duraran, utilizando macizos sillares cuadrados. La inquebrantable puerta, que resultó inútil cuando la ciudad se expandió,   se   había   vuelto   a   urbanizar   en   forma   de comercios. Sobre ellos había un par de habitaciones que se alquilaban a los visitantes extranjeros.

Petronio dejó a Zeno conmigo, preguntó brevemente en una de las tiendas y luego subió solo por una escalera exterior. Yo me senté en el bordillo al lado del chico, que dócilmente se puso en cuclillas junto a mí.

- ¿Quién te dijo que fueras a pedir ayuda a los vigiles, Zeno?  -pregunté  con  indiferencia  al  tiempo  que retirábamos los pies frente a un pesado carro lleno de bloques de mármol.

-  Ligon  me  dijo:  «Si  alguna  vez  alguien  no  se despierta, los vigiles querrán saberlo».

Ligón se convirtió al instante en un sospechoso clave.

- ¿Es de la familia?

- Mi tío. -El muchacho parecía avergonzado. Hay tíos y tíos. A entender de los niños, hay algunos tíos con los que no existe ningún parentesco.

- ¿Dónde está en este momento?

- Se ha ido por negocios.

- ¿Cuándo crees que volverá?

Zeno se encogió de hombros. No me sorprendió.

 

***

 

 

 

Petronio asomó la cabeza por una ventana del piso de arriba.

- Sube, Falco. -Dio la impresión de estar molesto, y no como un hombre que acaba de encontrarse con una tragedia doméstica-. Puedes traer al chico.

- Parece que tu madre está bien, Zeno. -Subimos.

La torre de entrada contenía una maraña de pequeñas habitaciones que se mantenían todas frescas a causa de su maciza construcción. Zeno vivía en una única habitación alquilada a bajo precio, mal ventilada y sin prestaciones. La madre se hallaba inconsciente en lo que pasaba por ser una cama. Era la única que había; Zeno debía de dormir con ella, o bien en el suelo.

Del sexo femenino, ella era de lo menos apetecible; ya nos lo habíamos figurado. Iba vestida, con varias capas de ropa (una viajera que llevaba puesto todo su guardarropa para disuadir a los ladrones). Los pliegues de tela eran de una calidad mejor de lo que cabía esperar, aunque cuando dormía la mona los llevaba como si fueran bandas desaliñadas. Tumbada boca arriba y de forma poco elegante en el colchón, tenía el aspecto de una persona avinagrada y

 

de mediana edad, pero supuse que era mucho más joven y que  se  había quedado  embarazada  de  Zeno  en la adolescencia. Se trataba de un arreglo de ese tipo. El «tío» Ligon sería su último amante; podíamos imaginárnoslo: un cerdo gorrón que en aquellos momentos se hacía el importante en alguna bodega del puerto. Era de poner que a ambos  les  gustaba empinar  el  codo.  La madre  de  Zeno había  bebido  tanto  que  se  había  quedado  inconsciente. Supuse que había sido el día anterior.

- Está como una mona. -Petronio (a quien no le agradaban demasiado los simios) le cerró la boca, que babeaba, con el pulgar. Fue un gesto en consideración hacia su joven hijo. Se limpió el dedo en la túnica, a la altura de la cadera, con una expresión de cansado disgusto. Había pasado gran parte de su vida laboral entre gentes de baja ralea y ya había perdido toda esperanza.

 

Si el niño hubiera sido mayor, nuestro interés habría terminado  aquí.  En  cambio,  puesto  que  mi  hermana  se hallaba a vuelta de la esquina en la casa que les habían prestado,  Petro  dijo  que  no  me  moviera de  la torre  de entrada mientras iba a buscar a Maya para que se quedara con la madre  hasta que  volviera  en sí. Nosotros cuidaríamos de Zeno.

A mi hermana le enfureció que se le asignara aquella tarea, pero ella también tenía hijos. Nos llevamos a Zeno a jugar  con  su  prole;  Petro  y  yo  aseguramos   que  era

 

necesaria la presencia de ambos para supervisarlos. Maya, muy a su pesar, quedó en la habitación mascullando maldiciones.  La mujer  cobro  el  sentido  al  cabo  de  dos horas, y quien había velado su sueño volvió a casa con un turgente ojo morado, le dio un coscorrón a Zeno, le dijo que se fuera y evitara que su madre se metiera en líos y luego nos hizo sentir culpables toda la tarde.

- Vuestra borrachina se llama Pulia. La familia es de Soli, que no tengo ni idea de por dónde cae. Hay también un hombre al que, por cierto, nadie ve mucho. Pulia se queda sola  mientras  él  sale  y  se  divierte;  y  aunque  ella  se consume  de aburrimiento, nunca deja el apartamento. El niño vaga por las calles. Me lo contó un vecino en la tienda de cojines.

- Es más de lo que averigüé yo -la calmó Petro con admiración-.  ¡Ni  siquiera  me  di  cuenta  de  que  era  una tienda de cojines!

- ¿La habilidad visual no se aplica a los vigiles? Deja de halagarme. -Maya y Petro estaban enamorados. La felicidad no había conseguido suavizar el toma y daca de su plática. Maya desconfiaba de los hombres que intentaban congraciarse y Petro estaba descubriendo con rapidez de qué se había enamorado.

Estaban hechos el uno para el otro, aunque ello no significaba  que  aquella  relación  fuera  a  durar. Anteriormente  Petronio  siempre  había sentido  debilidad

 

por las rubias, aparte de su ex mujer. Arria Silvia guardaba un cierto parecido con Maya, que era morena y lista, con un temperamento fuerte y un carácter brusco aun cuando nada la hubiera ofendido. Mi Helena pensaba que Petro había contraído matrimonio con Silvia porque en aquel entonces Maya ya estaba casada y se negaba a mirarlo siquiera. Yo conocía a Petro y no podía creerlo, pero era consciente del parecido.

- ¿Y esa familia de achispados paga el alquiler? -le preguntó a Maya, fingiendo que sólo quería conversación.

- Averigúalo tú mismo -replicó Maya con un gruñido, al tiempo que se palpaba el maltrecho pómulo.

Era mi hermana favorita. Me cercioré de que Petronio le aplicara un linimento balsámico en el ojo en cuanto se calmó lo suficiente como para que pudiera acercarse a ella. Yo no iba a arriesgarme a hacerlo.

 

 

 

***

 

 

 

Aquellos irresponsables de Soli constituían la típica nota de color en la ajetreada sociedad marinera de Ostia. El lugar estaba inundado de gentes provenientes de todos los confines del Imperio. Relacionados de alguna manera con el  comercio  marítimo,  prolongaban  su  estancia  durante

 

semanas o meses a la espera de un cargamento, de un pago, de un amigo, de un pasaje.

Algunos  de  ellos  encontraban  trabajo,  aunque  casi todos los empleos estaban repartidos entre los lugareños, que se aferraban a ellos. Ahora que Pulia había tenido un encuentro con los círculos oficiales, probablemente su pequeño grupo se marcharía.

Yo regresé al cuartel. Podía haberme quedado a cenar. Los  ricachones  que  le  habían  prestado  la  casa  a  Petro habían dejado allí a sus esclavos de acuerdo con las normas de hospitalidad de la gente adinerada. Regularmente servían comidas de excelente calidad por las que a Petro no se le pasaba factura. «La comida está ahí… ¡Comed, no la desperdiciéis!», instaba el camarero. No hacía falta repetírselo a nadie.

Sin embargo, no era para mí. Estaba esperando que Helena llegara aquella tarde. El cuartel estaba en un lugar en el que ninguna joven dama bien educada querría encontrarse a solas.

 

III

 

 

Frente a la puerta había un carro tirado por burros: Helena ya había llegado.

Aguardaba en la entrada, bien arrebujada en su capa. A finales de julio hacía demasiado calor para ir tan abrigada, pero el deber de toda mujer respetable es estar incómoda en público. Los muchachos de la Sexta Cohorte que estaban de servicio  no se habían metido con ella, pero tampoco hubo ninguno entre ellos que la hiciera sentir bienvenida. Los soldados rasos de los vigiles son ex esclavos que realizan los trabajos más desagradecidos como vía rápida hacia la ciudadanía; sus oficiales son ciudadanos, normalmente ex legionarios, pero son poco frecuentes.

Helena echó un vistazo por aquel patio interior con sus muchas entradas ensombrecidas; éstas conducían a almacenes para el equipo, a las desnudas celdas en las que dormían los  hombres  y a las  oficinas  donde  hábilmente éstos ejercían presión sobre los testigos. Incluso la entrada al santuario, erigido en el otro extremo, tenía un aspecto intimidatorio. Al oír unas voces ásperas y fuertes que provenían del interior, ella se estremeció. Helena Justina era una chica alta y briosa que procuraba eludir los problemas  mencionando  su  posición  como  hija  de  un senador pero que de entrada prefería siempre evitarlos. Yo

 

le     había enseñado     algunas       tácticas.       Disimuló     su nerviosismo, aunque se alegró de verme.

Es una suerte que en estos momentos no haya sospechosos dando gritos de agonía, -bromeé, consciente del  ambiente  que  reinaba  en  el  patio,  sobre  todo  al anochecer.  Nos  dirigimos  a  la  habitación  que  yo  había estado ocupando. La falsa excusa fue ir a buscar mis pertenencias;  la  verdadera  era  darle  la  bienvenida  a  mi esposa en privado. Hacía una semana que no la veía. Puesto que todas las personas que conocía juraban que sin duda me dejaría algún día, tenía que reafirmar mis sentimientos. Además, me gustaba excitarme cuando Helena demostraba su afecto por mí.

Allí, incluso nosotros nos sentíamos demasiado incómodos para coquetear. Prometí un ambiente más distendido en el apartamento que había alquilado para los dos.

- ¿No vamos a quedarnos con Lucio y Maya? -Helena les tenía mucho cariño a ambos.

- Es poco probable. A Petro le ha prestado una ostentosa mansión un maldito magnate de la construcción.

- ¿Y qué hay de malo en eso? -Helena sonreía. Me conocía bien.-Detesto las limosnas. -Ella asintió con la cabeza; yo sabía que Helena también prefería que nuestra familia viviera tranquilamente, sin las obligaciones del patronazgo. La mayor parte de Roma se rige por medio de

 

favores; nosotros dos siempre habíamos salido adelante sin la ayuda de nadie-. ¡Pero podemos ir y cenar gratis! -Mi altruismo tenía un límite.

 

En la casa de la ciudad Petro y Maya ya estaban cenando en uno de los comedores pintados al fresco de su anfitrión. Contaba con varios. Aquél era aireado gracias a unas puertas plegables que entonces se hallaban abiertas a un pequeño jardín en el que una hornacina revestida de azulejos color turquesa albergaba una estatua del dios del mar. De su caracola colgaba un gorro de niño. La zona del jardín estaba plagada de pequeñas sandalias, animales de cerámica y una cuadriga hecha en casa.

Sin más dilación, nos hicieron hueco en los grandes divanes de cojines esparcidos. Maya nos dirigió una mirada calculadora mientras cambiaba de sitio a los niños: Mario, Cloelia, Anco y la pequeña Rea, cuyas edades estaban comprendidas  entre los doce y los seis años y que eran todos más listos que el hambre, además de Petronila, la callada hija de Petro, que debía de tener alrededor de diez años.

- ¿Os vais a quedar o qué? -quiso saber mi hermana. Los dos proveníamos de una familia numerosa, escandalosa y pendenciera cuyos miembros dedicaban mucho esfuerzo a evitarse unos a otros.

- No, hemos alquilado un apartamento de veraneo al otro lado del Decumano -dije para tranquilizarla.

 

Maya no quería que abarrotáramos su casa, concurrida ya de por sí, pero se enfurruñó.

- ¡Haced lo que os dé la gana!

Petronio regresó de guardar en el establo la carreta del equipaje de Helena.

- ¡Por todo lo que has traído da la impresión de que hayas venido a pasar el resto de la estación!

- ¡Ah! Es lectura para las vacaciones. -Helena sonrió con calma-. Iba bastante atrasada con la Gaceta Diaria, de modo que mi padre me ha prestado sus viejos ejemplares.

- ¿Tres sacos llenos de rollos? -le preguntó Petro, incrédulo. Estaba claro que había fisgado en el equipaje de Helena sin que sintiera vergüenza alguna por ello.

Todo  el  mundo  sabía que  la extraña muchacha  que había elegido prefería no despegar la nariz de la literatura que  ocuparse  de  sus  dos  hijas  pequeñas  o  ir  hasta  el mercado de la esquina a por un salmonete y unos cuantos cotilleos como una esposa normal del Aventino. Era más probable que Helena Justina me desatendiera porque estuviera absorta en la lectura de una nueva pieza teatral griega que por tener una aventura con otro hombre. Se ocupaba de nuestras hijas a su manera; a los tres años a Julia ya se le estaba enseñando el alfabeto. Por suerte a mí me gustaban las mujeres excéntricas y no me daban miedo los niños descarados. O eso pensaba de momento.

Helena me miró fijamente.

 

- En estos momentos las noticias parecen bastante aburridas.   Los   miembros   de   la   familia   imperial   se encuentran en sus fincas rurales para pasar el verano… e incluso Infamia se ha tomado unas vacaciones.

Infamia era el seudónimo de quienquiera que fuera el que compilaba los chismes obscenos sobre esposas de senadores que tenían aventuras con aurigas. Por casualidad yo  sabía que  Infamia  era veleidoso  e  informal,  y si  de verdad se había tomado unas vacaciones, se había olvidado de obtener el visto bueno sobre la fecha por parte de sus jefes.

- Si no hay ningún chisme -anunció Maya resueltamente- no tiene ningún sentido leer la Gaceta.

Helena  sonrió.  Detestaba  que   fuera  un  artero   e intentaba obligarme a decir lo que sabía.

-  Infamia  debe  de  tener  una villa  muy  animada  en alguna parte. Piensa en todos los sobornos que recibe de la gente que no quiere que se cuenten sus secretos. ¿Tú que opinas, Marco?

- ¿Nos estamos perdiendo algo? -Maya no soportaba que  la excluyeran.  Pareció  irritable,  cosa  que,  por  otra parte, tampoco era ninguna novedad.

- Falco, canalla. ¿Estás aquí por alguna de tus descabelladas investigaciones? -preguntó Petronio, sumándose también a la conversación.

- Lucio, mi más querido  y viejo amigo, cuando me

 

encarguen   algún   trabajo,   disparatado    o   sensato,   te informaré de ello inmediatamente…

- ¡Estás trabajando!

- Acabo de negarlo, Petro. Petro se volvió hacia Maya.

- Tu bastardo y hermético hermano está escondiendo un encargo en su sobaco peludo. -Me miró con el ceño fruncido, luego centró su atención en capturar una sopera de  marisco  con  jengibre  que  los  niños  habían  estado atacando como gaviotas hambrientas. Tuvo que vérselas con los gritos cuando lo vieron vaciar todos los pedazos buenos en su propio cuenco.

- ¿Qué trabajo? -me interrogó bruscamente Maya.

-  Es  secreto. Hay una cláusula en mi  contrato  que dice: «No se lo cuentes a tu entrometida hermana ni a ese impertinente novio que tiene». -Relevé a Petro de su trofeo y compartí con Helena las últimas gambas.

Maya birló una de mi cuenco para a continuación reprenderme:

- ¡No seas infantil, Marco!

Ah, la vida familiar. Me pregunté  si el hombre  que había venido a buscar tenía algún pariente cercano. Cuando lo que buscas son móviles, nunca descuides el más simple.

 

IV

 

 

Helena y yo tuvimos una noche para nosotros solos; y la supimos aprovechar. Al día siguiente se nos uniría Albia, una jovencita de Britania que cuidaba de nuestras hijas en tanto que nosotros intentábamos cuidar de ella. Albia había tenido un mal comienzo en la vida; correr por ahí detrás de Julia y Favonia hacía que no pensara en ello… en teoría. Tenía experiencia en los viajes de familia, de cuando la trajimos a Italia desde Londinium, pero controlar a una niña pequeña y a un bebé que estaba creciendo durante una excursión de dos horas en una carreta sería un desafío.

- ¿Estamos seguros de que Albia podrá encontrar el camino hasta aquí sola? -me mostré receloso, aunque no demasiado crítico.

- Tranquilízate, Falco. Va a traerla mi hermano.

- ¿Quinto?

- No, Aulo. Quinto se queda con Claudia y el bebé. - Cayo Camilo Ruño Constantino, nuestro nuevo sobrino de dos meses, estaba haciéndose notar. El mundo y todos los planetas giraban alrededor de ese niño. Aquélla podía ser la razón por la que el otro hermano de Helena tuviese tantas ganas  de  abandonar  el  hogar  familiar-.  Aulo  viene  de camino a la universidad. Expresó su interés por la abogacía; papá aprovechó la ocasión y van a mandar a Aulo a Atenas.

 

-  ¡A Grecia! ¿Y a estudiar? ¿Estamos  hablando  del mismo Eliano? -Aulo Camilo Eliano era el hijo soltero de un senador, con dinero en el bolsillo y una actitud despreocupada;  no  me  lo  imaginaba asistiendo  con gravedad a clases de jurisprudencia impartidas bajo una higuera en una antigua universidad. Para empezar, su griego era un desastre-. ¿No puede hacerse abogado en Roma? - Eso me sería más útil. Siempre venían bien unos conocimientos de experto por los que no tuviera que pagar.

- Atenas es el mejor sitio. -Bueno, tradicionalmente era el lugar donde mandaban a los romanos difíciles que no acababan de encajar.

Me reí.

-  ¿Tenemos   la  certeza  de   que   va  a  marcharse?

¿Tenemos que comprobar tú y yo que sube al barco? -A poco de cumplir la treintena, las actividades favoritas del noble Aulo Camilo Eliano eran la caza, la bebida y la gimnasia, todas practicadas en exceso. Debía de tener otras costumbres, igualmente enérgicas y vergonzosas, que no intenté descubrir. De ese modo podía asegurarles a sus progenitores que no estaba al corriente de ningún secreto desagradable.

-  Para  mis  padres   supone   un  fuerte   golpe   -me reprendió Helena-. Por fin uno de sus hijos puede ser mencionado en las comidas respetables.

Me contuve de bromear. Su hija había abandonado el

 

hogar para irse a vivir con un tipo de los bajos fondos: yo. Ahora que Helena y yo teníamos nuestras propias hijas, comprendía lo que ello significaba.

 

Como  padres  que  éramos,  teníamos  mejores  cosas que hacer que hablar de Aulo. Libres por una vez de la amenaza de pequeños visitantes en el dormitorio, hicimos uso de nuestro apartamento con verdadera pasión. Había alquilado una de las estancias distribuidas en habitaciones idénticas en un pequeño edificio situado en torno a un patio con pozo. En el lado que daba a la calle sobresalían unos balcones cuya única función era la de adornar la fachada: los  inquilinos  no  podían  acceder  a  ellos.  Había  más familias visitantes a nuestro alrededor; oíamos sus voces y los golpes de los muebles, pero como no los conocíamos, no teníamos que preocuparnos por si estaban escuchando.

Nos las arreglamos para no romper la cama. Detesto estar en desventaja cuando el casero viene a comprobar la lista   de   instalaciones   y  accesorios   antes   de   dejarte marchar.

 

 

 

***

 

 

 

Me  desperté  bruscamente  tras  un  sueño  corto  y

 

profundo. Helena estaba boca abajo y dormía, apretada contra  mi  costado.  Me  quedé  con  el  brazo  derecho extendido sobre su larga espalda desnuda, los dedos ligeramente separados. Si había una almohada, ésta se había perdido. Tenía la cabeza echada hacia atrás, con la barbilla hacia arriba. Tal y como ocurría siempre al principio de una misión, las ideas se agolpaban en mi mente.

Me habían contratado para que encontrara al ausente cronista de la Gaceta Diaria. Fui un estúpido al aceptar la misión, como ocurre con la mayoría de trabajos que hago. La   única   ventaja   que   éste   tenía   era   que   no   había cadáveres… o eso me dije para tranquilizarme.

Mientras permanecía allí quieto, recordé cómo había empezado todo. En Roma, la petición llegó primero indirectamente  por  medio  de  las  secretarías  imperiales donde  un alto  cargo  llamado  Claudio  Laeta de  tanto  en cuanto me proporcionaba algún que otro caso; pero hasta el momento, todos se habían echado a perder, por lo que me alegré de que el nombre de Laeta no estuviera relacionado con aquél. Bueno, al menos, aparentemente. Nunca podía uno fiarse de ese cerdo falaz.

Dos semanas antes, en casa, no sé quién del Palatino había recomendado mis dotes investigadoras a los escritorzuelos  de  la Ga ce ta . Mandaron  a un  pequeño  y asustado  esclavo  público  para  tantearme;  no  me  contó mucho, porque no sabía nada. Me quedé intrigado. En caso

 

de que el problema tuviera alguna relevancia, como jefe de correspondencia que era, Claudio Laeta tendría que haber sido informado:  la Gaceta  Diaria era el portavoz oficial del gobierno. En realidad, cuando el esclavo apareció en mi despacho con actitud reservada, uno de los atractivos fue la deliciosa idea de  que  los  cronistas  de  la Ga ce ta tal  vez estuvieran tratando de burlar a Laeta.

Había algo que me haría aún más feliz que actuar a sus espaldas: engañar a Anácrites, el jefe de los servicios secretos.  Aquella  gloriosa  esperanza  parecía  una posibilidad.  Si  es  que  había  un  problema  en  la Gaceta Diana, Anácrites, al igual que Laeta, tendría que haber sido informado de ello. Su papel era proteger al emperador y actualmente la Gaceta existía para abrillantar su nombre.

 

Anácrites se había marchado a su villa en la bahía de Neapolis. Se lo había contado a mi madre, de la que fue inquilino por un breve espacio de tiempo, y ella me lo había transmitido a mí para que me sintiera celoso de su prosperidad. Ya se podía meter su prosperidad por donde le cupiera. El simple hecho de que Anácrites hablara con mi madre ya me irritaba, y él lo sabía. Lo que al parecer no sabía  era  que  los  cronistas  que  elaboraban  la Gaceta estaban buscando la ayuda de un experto. Él estaba fuera, de modo que habían acudido a mí. Eso me gustó.

Al  principio  el  mensajero  tan  sólo  me  reveló  que había un problema con un empleado. Aun así, me picó la

 

curiosidad; le dije al pequeño esclavo que estaría encantado de ayudar y que aquella misma tarde me pasaría por las oficinas de la Gaceta.

 

 

 

***

 

 

 

En  Roma  trabajaba  en  un  despacho  situado  en  mi propia  casa  junto  al  muro  de  contención,  justo  bajo  la ladera  escarpada  de  la  colina  del  Aventino.  En  aquel período   de   mi   carrera   de   informante,   nominalmente contaba  con  dos  jóvenes  ayudantes,  los  hermanos  de Helena, Aulo y Quinto. Ambos tenían sus propias preocupaciones, de modo que me encontré yo solo ante el caso de la Gaceta. Me sentí relajado; todo parecía indicar que se trataba de una pequeña y agradable aventura de la que me podía ocupar con los ojos cerrados.

Por  lo  tanto,  aquel  estupendo   día  de  hacía  dos semanas, tras mi habitual comida con Helena, había dado un agradable  paseo  hasta el  foro. Allí  llevé  a cabo  algunas tareas preliminares. La mayoría de los encargos llegaban a mí sin previo aviso; en aquella ocasión estuvo bien no tener que  tomar,  como  era  habitual,  una  decisión  precipitada sobre si aceptar o no la investigación.

Junto  a  la  columna  donde  se  cuelgan  las  noticias

 

diariamente, un puñado de haraganes se estaban contando disparates   sobre   las   carreras   de   cuadrigas.   Aquellos gandules no podían resolver hacia dónde miraban cuatro caballos, ya no digamos calcular las apuestas basándose en que los Azules se recuperarían con ese conductor altanero que compraron imprudentemente y su nuevo cuarteto de rucios estevados. Frente a la columna había un esclavo solitario  que copiaba titulares, escribiendo  sus extractos con  letras  grandes  de  modo  que  llenaran  la  tablilla  y quedaran bien. Lo más probable era que su dueño fuera una babosa sobrealimentada que iba en palanquín y que de todas formas  nunca leía lo que el otro  apuntaba. Cuando  digo

«leía» quiero decir «hacía que le leyeran».

Ya era tarde para leer detenidamente la columna. Las personas  que  necesitaran mantenerse  al día habrían obtenido la información hacía horas. Los políticos de moda querrían empezar a mostrarse más hábiles que sus rivales antes de que éstos se pusieran en marcha creando una red de  conexiones.  Los  adúlteros  tendrían  que  inventar  una buena coartada antes de que sus esposas se despertaran. Incluso a los inocentes dueños de su casa les gustaba estar al corriente de los edictos: el padre de Helena Justina siempre mandaba a su secretario con tiempo para poder enfrascarse en su ejemplar mientras desayunaba. Yo estaba seguro  de  que  aquello  no  tenía  nada  que  ver  con  que Décimo  Camilo  quisiera  evitar  la  conversación  con  su

 

noble esposa mientras  que, medio  adormilado, se comía sus deliciosos panecillos blancos matutinos.

 

Revisé  la  lista  de  asuntos  familiares  del  día.  La mayoría  me  hicieron  bostezar.  ¿A quién  le  importa  el número de nacimientos y muertes registrados el día de ayer en la ciudad, o el dinero que ha ingresado el Erario Público y las estadísticas relativas al suministro de grano? La lista de elecciones apestaba. De vez en cuando encontraba algún dato valioso  e intrigante  entre los edictos de los magistrados,  los  testamentos  de  personas  famosas  y las actas procesales, aunque esto no sucedía muy a menudo. El Acta   Diurna se  creó  para  exponer  una  relación  de  las actividades del Senado: tediosos decretos y aclamaciones aduladoras;  me  lo  salté  automáticamente.  A veces consultaba el boletín de la Corte si necesitaba ver al emperador y no quería perder tiempo esperando en el Palatino para acabar enterándome de que se había ido a una fiesta en la villa de su abuelita.

Entonces pasé directo al final, la sección más popular. Aquí habría: prodigios y maravillas (los casos habituales de personas alcanzadas por un rayo y terneros nacidos con tres cabezas); anuncio de la construcción de nuevos edificios públicos  (¡hum!);  conflagraciones  (a  todo  el  mundo  le gusta un buen incendio en un templo); funerales (para las viejas); sacrificios (ídem); el programa de cualesquiera juegos  públicos  (para  todo  el  mundo;  la  sección  más

 

consultada); y anuncios presentados a título privado por esnobs que querían que el mundo entero supiera que tenían una hija recién prometida a un tribuno (¡aburrido! Bueno, aburrido a no ser que una vez hubieras flirteado con la hija) (o con el tribuno). Al final llegué a la mejor parte: lo que los cronistas llaman con discreción «aventuras amatorias», Chismorreos,  con  los  nombres  de  los  interesados revelados con vigor, porque somos una ciudad abierta. A los maridos engañados se les tiene que contar lo que pasa, no vaya a ser que los acusen de aprobarlo, lo cual es proxenetismo según establece la ley. Y al resto de nosotros nos gusta un poco de diversión.

Me llevé una desilusión. Allí donde deberían estar los chismes sólo había una nota diciendo que Infamia, el columnista, estaba de vacaciones. Estaba «de vacaciones» con frecuencia. Todo el mundo bromeaba siempre sobre ello. Seamos claros: se creía que, a veces, las esposas de los senadores cuyas aventuras amorosas descubría se acostaban con él gratis para cerrarle la boca, pero entonces los  senadores  que  se  enteraban  de  ello  contrataban  a matones para que localizaran a Infamia… y a veces los matones lo encontraban. «De vacaciones» significaba que nuestro chismoso estaba otra vez herido en la cama.

Sin historias jugosas que me demoraran más, pronto estaba  siendo   entrevistado   por  los  más   bien  adustos cronistas que dirigían el servicio de informativos. O eso

 

pensaban ellos. Yo tenía más experiencia. En realidad, era yo quien los estaba entrevistando a ellos.

Eran  dos:  Holconio  y  Mutato.  Tenían  aspecto  de rondar la cincuentena y parecían agotados tras años de deplorable vida moderna. Holconio, el de más edad y presumiblemente de mayor jerarquía, era un sórdido chupatintas de rasgos enjutos que al final sonrió cuando surgió la historia sobre la emperatriz Mesalina ejerciendo su oficio en un burdel. Mutato tenía cara de pocos amigos. Apuesto a que ni siquiera se rió cuando el divino Claudio promulgó su edicto por el que era lícito tirarse pedos en las comidas.

 

- Consideremos minuciosamente vuestro problema - indagué al tiempo que sacaba una tablilla de notas. Eso los puso nerviosos, de modo que sostuve las páginas enceradas en mi rodilla, con el estilo en reposo. Me contaron que habían «perdido el contacto» con un compañero suyo cuyo nombre, dijeron, era Diocles. Yo asentí con la cabeza, tratando de dar la impresión de que ya había oído, y por supuesto resuelto, semejantes misterios con anterioridad-.

¿Cuánto tiempo hace que ha desaparecido?

-  No  ha  «desaparecido»  exactamente  -objetó Holconio. Podía haberme burlado, «Bueno, ¿entonces por qué me habéis llamado?»- Pero los que trabajan para el emperador dándoles barniz imperial a los acontecimientos (desfigurándolo  todo para que pareciera correcto) tienen

 

una habilidad especial con las palabras. Holconio tenía que mandar  todo  lo  que  escribía  al  Palatino  para  que  lo aprobaran, aunque fuera una simple relación de los días de mercado. Entonces algún idiota volvía a redactarle todas y cada una de las perlas entre sus frases hasta que estropeaba su impacto. De modo que dejé que fuera pedante… por esa vez-. Sabemos adonde fue -murmuró.

- ¿Y adonde fue?

- A estarse con un familiar en Ostia. Una tía, dijo.

- ¿Eso es lo que os contó? -Supuse que «tía» era el nuevo término para referirse a una amiguita, pero no pensé nada peor-.  ¿Y no  regresó? -Así  que  la amiguita estaba buena-. ¿Eso es normal?

- Él es un poco informal.

Dado que no se me proporcionaron detalles, lo adorné yo mismo:

- Es un haragán, un borracho y un irresponsable, se olvida de estar donde debería estar y siempre hace quedar mal a la gente…

-  ¡Anda!  ¿Lo  conoces?  -interrumpió  Mutato,  que pareció sorprendido.

- No. -Conocía a muchos como él. Sobre todo cronistas-,  De  manera  que  mi  trabajo  es:  ir  a  Ostia, encontrar al rozagante Diocles, hacerle pasar la borrachera si  me  deja  y  luego  traerle  de  vuelta,  ¿no?  -Los  dos cronistas  movieron  la  cabeza  en  señal  de  afirmación.

 

Parecían aliviados. Yo había estado mirando mi tablilla de notas; entonces levanté la mirada-. ¿Tiene problemas?

- No. -Holconio seguía sin esforzarse en lo más mínimo.

-  ¿Ningún  problema?  -repetí  en  voz  baja-.  ¿En  el trabajo,  relacionado  con  él,  problemas  de  mujeres,  de dinero, preocupaciones con la salud?

- Ninguno que nosotros sepamos. Consideré varias posibilidades.

- ¿Estaba trabajando en alguna historia en particular?

- No, Falco. -Me pareció que Holconio me la estaba dando con queso. Bueno, él era el escritorzuelo político; Holconio, yo ya lo sabía, tomaba notas taquigráficas en el Senado, de manera que las falsedades eran su pan de cada día. Mulato  sólo  escribía el  programa de  los  juegos  de aquel mes. Era capaz de cometer errores estúpidos con una gracia natural, pero estaba más flojo en el arte de la pura mentira.

-  ¿Y cuál  es  la sección  de  la Ga ce t a que  Diocles escribiría normalmente?

- ¿Importa eso? -se apresuró a preguntar Mutato. Deduje que era relevante, pero dije con suavidad:

- Probablemente no.

- Queremos ser útiles, de verdad -el tono de su voz estaba lleno de reticencia.

- Me gustaría estar plenamente informado -el mío lo

 

estaba de inocente encanto.

- Diocles escribe los artículos desenfadados -expuso Holconio.  Su  aspecto  era  aún  más  sombrío  que  antes. Como periodista de edictos que era, no aprobaba nada que fuera trivial.

Aquel mismo día, según pude entrever, antes de que yo llegara, Holconio y Mutato habían mantenido una detallada conversación  sobre  cuánto  confiarme.  Entendí  lo  que aquello significaba.

- ¿Así pues vuestro absentista escribe las terroríficas y escandalosas noticias de sociedad?

Los dos cronistas pusieron cara de resignación.

-  El  seudónimo  de  Diocles  es In f a mi a -confirmó

Holconio.

Antes incluso de que lo admitieran, yo ya quería el trabajo.

 

V

 

 

Al principio todo fue muy lento en mi primera semana de indagaciones en Ostia. Informé de mi falta de progreso a Helena la mañana después de su llegada.

- Si la casera de Diocles es su tía de verdad, yo soy los cuartos traseros de un camello sirio.

Helena y yo estábamos comiendo pan recién hecho e higos, sentados en un fardo cerca del transbordador que llevaba a los trabajadores de un lado a otro entre la ciudad principal y el nuevo puerto. Habíamos madrugado bastante aquel día y estábamos ahora entretenidos observando el torrente  de cargadores, negociantes, aduaneros  y rateros que se dirigían al puerto a trabajar como cada mañana. Finalmente fueron transportados hasta allí una multitud de mercaderes recién desembarcados junto con otros extranjeros de razas diversas y aspecto desconcertado. Los mercaderes, ya escarmentados por sus años de experiencia, salieron disparados hacia las mulas de alquiler. Cuando se dieron cuenta de que ya no quedaba ningún animal de transporte, los viajeros inexpertos empezaron a deambular; algunos nos preguntaron el camino para ir a Roma, de la que fingimos no haber oído nunca hablar. Si insistían señalábamos  el  camino  que  debían  tomar  y  les asegurábamos que podían recorrerlo perfectamente a pie.

 

- Estás siendo infantil, Marco.

- En el extranjero yo me he encontrado con lugareños que me han mandado a hacer excursiones de veinticuatro kilómetros. -En Roma los barrenderos también me habían indicado mal el camino deliberadamente-. Se te ocurrió a ti.

- Espero que no volvamos a verlos.

- No te preocupes. Les explicaré que eres la hija de un senador, criada en el lujo y la ignorancia, y que no tienes noción de distancia, dirección ni tiempo.

- ¡Y yo diré que eres un cerdo!

- Oink.

La habitación que teníamos alquilada cerca de allí no incluía el desayuno ni un esclavo que lo sirviera. El alojamiento contaba con un cubo para el pozo y un par de lámparas vacías, pero ni siquiera tenía un cuenco para la comida. Uno de los motivos por los que habíamos salido a dar una vuelta era el de comprar lo esencial para comer al aire libre antes de que llegaran Albia y las niñas. A mis hijitas quizá pudiera engatusarlas con eso de «¡Pasemos hambre estas vacaciones para divertirnos!», pero Albia era una adolescente de apetito voraz y su humor se volvía desagradable si no le dabas de comer cada tres horas.

 

Al menos, nos hallábamos en el centro comercial del Imperio. Eso ayudaba a la hora de hacer la compra. Las mercancías  de importación se apilaban en montones  por

 

todas  partes  y  los  serviciales  mercaderes  estaban encantados de sacar artículos de los fardos y venderlos a bajo precio. La verdad es que algunos de ellos tenían conexión con la carga; puede que uno, o dos incluso, le pasaran   el   precio   pactado   al   armador.  Yo   ya  había comprado unas copas de vino hacía una hora y por lo tanto consideraba que había hecho mi parte.

No había necesidad de encargar unas ánforas; yo ya había reservado provisiones. Helena señaló que me había bastado apenas una semana en soledad para convertirme de nuevo en el clásico informante. Ahora creía que una habitación  estaba  completamente  amueblada  si  contenía una cama y bebida, con una mujer como equipamiento opcional. La comida era algo que se tomaba rápidamente en una taberna mientras hacías guardia.

De momento no tenía a nadie a quien vigilar. Mi caso no iba a ninguna parte.

- ¿Descubriste dónde estaba viviendo Diocles, no obstante? -preguntó Helena tras terminarse un bocado de pan recién hecho.

Cogí unas olivas de un cucurucho hecho con el papiro de un rollo viejo.

-  En  una  habitación  alquilada  cerca  de  la  Puerta

Marina.

- De modo que lo de estarse «con una tía» era una invención. ¿No está con su familia?

 

- No. Es una casera comercial de las que intimidan.

- ¿Y cómo la encontraste?

- Los cronistas sabían el nombre de la calle. Luego fui llamando de puerta en puerta. La casera no tardó en salir de su escondrijo porque Diocles le había dejado a deber el alquiler y quería cobrarlo. Su versión concuerda con lo que ya me dijeron los cronistas: Diocles llegó aquí hará unos dos meses y parecía decidido a quedarse durante la temporada de verano, pero desapareció sin previo aviso al cabo de unas cuatro semanas dejando todas sus cosas abandonadas. Salió a la luz porque la Gaceta había quedado en mandar a un mensajero una vez a la semana para recoger el artículo. El mensajero no pudo encontrar a Diocles.

Helena gorjeó alegremente.

- ¿Un mensajero semanal? Así pues en Ostia hay chismes en abundancia, ¿no?

- Yo diría que Diocles se limita a sentarse en la playa y a soltar risitas mientras se lo inventa. La mitad de las personas  a  las  que  difama  están  fuera  y  no  llegan  a enterarse, afortunadamente para él.

Helena se lamió los dedos.

- ¿Pagaste el alquiler que debía y conseguiste su equipaje?

- ¡Ni hablar! No voy a pagarle el alquiler a un tipo que hace novillos, especialmente por una habitación que no ha ocupado.

 

- ¿La mujer no ha vuelto a alquilar la habitación?

- Oh, ya lo creo que la volvió a alquilar. Me negué a pagar, y he mandado un recado a la Gaceta.

 

- ¿Para pedirles el dinero? No se le tendría que pagar dos veces. -Le  expliqué  a mi mujer  que  las caseras  del puerto tradicionalmente cobran el doble, según un edicto que se remonta a la primera vez que desembarcó Eneas y lo alojaron en el  cuarto  de  invitados  de  un pescador  a un precio ridículo. Helena seguía con cara de desaprobación, pero entonces era con respecto a mí-. Sé razonable. Estoy intentando interesarme por tu trabajo, Marco.

La miré. La quería mucho. La atraje hacia mí, hice una pausa,  me  limpié  el  aceite  de  oliva  de  los  labios  con cuidado y luego la besé con ternura.

- He mandado a buscar un certificado muy severo en el  que   dirá  que   tienen  que   dejar   que   me   lleve   las pertenencias de Diocles puesto que son propiedad del Estado.

-  La  casera  ya  las  habrá  registrado;  sabe  que  son túnicas bajeras sucias -objetó Helena. Seguía aferrada a mi pecho. Los estibadores que pasaban silbaron.

-  Entonces  quedará  impresionada  de  que  el  Estado tenga tanto interés por la ropa interior de ese hombre.

-  ¿Crees  que  podría  haber  algo  más  útil  en  su equipaje?

-  Me  educaron con dureza -dije-, y confieso  tener

 

algunas manías, pero de momento no he caído tan bajo que vaya olisqueando  las manchas de las túnicas viejas de la gente.

- Necesitas tablillas de notas. -Helena Justina se acurrucó contra mi hombro y se quedó un rato en silencio, observando  el  transbordador-.  Páginas  de  pistas amablemente anotadas.

Al final, como sabía que yo lo estaba esperando, murmuró con educada curiosidad:

- Cariño… ¿qué manías son ésas?

 

VI

 

 

La llegada de nuestras hijas nos ocupó el resto de la mañana. Aulo y yo tuvimos una charla jocosa sobre el viaje a Atenas que tenía planeado en tanto que Helena y Albia hablaban con gravedad sobre por qué la perra parecía tener mala  cara.  Las  niñas  caminaban  con  paso  inseguro  y gateaban por ahí solas, buscando cosas para destruir en su nuevo hogar. La perra, Nux, corrió con ellas un rato, luego se  cansó  de  aquel  frenesí  y se  escondió  debajo  de  una cama.

Había un sinfín de  cosas  por  desempacar.  Todo  el mundo intentaba evitar ser el idiota que acabara haciéndolo. La  persona  que  ordena  el  equipaje  al  llegar  es  la  que siempre se lleva las culpas por todo lo que los demás se olvidan.

Sí, por supuesto que es injusto. La vida es injusta. Después de diez años siendo informante, ésa era la única certeza filosófica que aún sostenía.

 

 

 

***

 

Por lo que respecta a Aulo, dos horas en una calurosa carreta tirada por una mula cascarrabias supervisando a mi séquito habían bastado para agotar todas sus reservas. Aquel sano  y  fornido  joven,  que  debería  tener  un  raudal  de energía, no tardó en apoyar los pies en la repisa de una ventana y quedarse dormido. Antes, me había entregado el certificado de los cronistas que me otorgaba autoridad para conseguir  las  posesiones  de  Diocles. Aulo  rehusó interesarse en reclamar el botín.

Hubiera pensado que se quedaba porque se había encaprichado de Albia, pero era demasiado joven para él y tenía un pasado demasiado lleno de incertidumbres para un conservador  como  Aulo.  Ella  provenía  de  Britania;  la habían recogido del arroyo siendo un bebé, durante la rebelión. Pudiera ser que estuviera agraciada con un origen romano, pero también, bien pudiera no ser así. Nadie lo sabría nunca, de manera que en sociedad estaba condenada. En cuanto a Aulo, había perdido a una heredera cuando su antigua prometida, Claudia Rufina, se había casado con su hermano en vez de hacerlo con él; ahora él estaba decidido a posar sus anhelantes ojos castaños únicamente en una virgen de primera clase con toda una línea de antepasados borrachos y ricachones a juego. Albia sí que tal vez se hubiera enamorado de él de no haber sufrido abusos graves antes de que la rescatáramos. Ahora evitaba a los hombres. Bueno, eso era lo que yo me decía a mí mismo, si bien, por

 

todo lo que nos explicaron cuando la acogimos, su pasado podría  haberla  convertido   en  una  persona  promiscua. Helena tenía confianza en la chica. Eso me bastaba.

 

En otra época, las tribulaciones domésticas no me hubieran inquietado. En otra época no tenía ataduras. Mis únicas preocupaciones eran cómo pagar el alquiler y si mi madre había visto o no a mi nueva novia. El hecho de convertirme en marido y padre me había condenado a la respetabilidad. Los informantes solteros están orgullosos de tener una reputación subida de tono, pero ahora me había vuelto yo tan hogareño que no podía dejar solas a dos personas que no estuvieran casadas sin hacer examen de conciencia.

Helena no tenía reparos al respecto.

- Si fueran a dormir juntos ya se las habrían arreglado para hacerlo de camino aquí.

-   ¡Que   ocurrencia  más   escandalosa!  -oculté   una sonrisa.

- Marco, te asustas porque todavía me acuerdo de lo que hubiéramos hecho tú y yo.

Rememoré aquellos tiempos con nostalgia. Luego me consolé diciendo:

- Bueno, Albia odia a los hombres.

- Albia «cree» que odia a los hombres. Podía prever problemas en eso.

- Está demasiado gordo -comentó la propia Albia, que

 

entró  inesperadamente.  ¿Cuánto  llevaba escuchando? Era una adolescente esbelta de cabello oscuro que podía ser mediterráneo y ojos azules que podían ser celtas. Su latín necesitaba perfeccionarse  pero Helena ya se ocupaba de ello. Albia no tardaría en pasar por una liberta y se terminarían  las  preguntas.  Con un poco  de  suerte podríamos  encontrarle  un marido  con un buen oficio  y hasta podría ser que acabara siendo feliz. Bueno, el marido tal vez fuera feliz. Albia había vivido una infancia solitaria y falta de atención; eso siempre se nota.

- ¿Quién? -preguntó Helena de manera insincera.

- ¡Tu hermano! -bromeó Albia.

- Mi hermano es de constitución fuerte, nada más.

- No -Albia había vuelto a su habitual gravedad herida-. Y no se toma en serio su vida. Acabará mal.

- ¿Quién? -preguntó Aulo, apareciendo a su vez por la misma puerta.

- ¡Tú! -coreamos todos.

Aulo enseñó los dientes. Bebía demasiado vino tinto y trataba de eliminar las manchas frotándose la dentadura con polvos de esmeril. Los dientes se le caerían, pero sin duda él creía que tendrían un aspecto muy bonito en la bandeja de desechos del sacamuelas. Poseía toda la vanidad normal en un chico  de ciudad y dinero  suficiente  para hacer el idiota  cada  vez  que  entraba  en  una  botica.  En  aquel momento apestaba a cinamomo.

 

- ¿Acabaré mal? Eso espero -lanzó una mirada lasciva-

: ¡Con un poco de suerte en Grecia!

Cuando se molestaba en sonreír, Aulo Camilo adquiría un repentino atractivo. Eso podía haberme preocupado, en relación  con  Albia.  Pero  los  dejamos  juntos  de  todas formas.

Para Helena y para mí, tener a alguien que cuidara de las niñas mientras nosotros salíamos en equipo suponía una oportunidad demasiado buena para perdérnosla.

 

 

 

***

 

 

 

Era  un  día  caluroso  y  la  caminata  hasta  la  Puerta Marina nos llevó bastante tiempo. No nos apartamos de la sombra, dejando el Decumano y metiéndonos por umbrías calles laterales siempre que era posible. Para tratarse de una ciudad prerrepublicana, Ostia poseía un buen sistema de cuadrícula y encontramos el camino a través de sus tranquilos callejones sin dificultad. Era por la tarde, hora de  la  siesta.  Unas  cuantas  tabernas  de  comidas  todavía servían refrigerios prolongados a los asiduos, en tanto que unos furtivos gorriones picoteaban las sobras de los anteriores clientes. Los enjutos perros dormían contra los umbrales de las puertas y las mulas amarradas permanecían

 

junto a los abrevaderos con la cabeza gacha y sacudiendo el rabo  lánguidamente  mientras  fingían  que  sus  amos  las habían  dejado  abandonadas.  Los  amos,  al  igual  que  la mayoría de la gente, se hallaban bajo techo. Disfrutaban de su vida normal a la hora de comer: un bocado rápido de salchicha con pan o un polvo apresurado con la mujer de su mejor  amigo,  una  conversación  sin  sentido  con  algún vecino, una partida a las damas, pedirle más crédito a un usurero o la visita diaria a un anciano padre.

Helena y yo rodeamos la parte trasera del foro y los edificios públicos vinculados a él; pasamos por delante de batanes y templos, mercados y posadas mientras nos dirigíamos hacia las más frescas brisas y el sonido de las gaviotas. Dejé que Helena echara una rápida mirada al panorama marítimo y luego me la llevé a rastras a ver a la casera. Sabíamos que la mujer estaría durmiendo y que se pondría de mal humor si la molestábamos, pero al menos a esa hora del día ningún pálido esclavo nos comunicaría que la señora había salido de compras o a que la embellecieran, o  que  se  había  marchado  a  un  lugar  a  kilómetros  de distancia para buscar camorra con su suegra. Es el mejor momento para encontrar a la gente, una tarde costera de las que aletargan, cuando los cormoranes toman el sol y en la pared del puerto las escamas del pescado de la mañana se han cocido al calor del mediodía hasta alcanzar una transparencia como la del papel.

 

Vi  que  Helena estudiaba detenidamente  a la mujer. Ésta,  ancha  de  espaldas  y  rubicunda,  llevaba  un  vestido color ciruela demasiado largo alrededor de las sandalias y una estola que no combinaba del todo. Sus pesados pendientes de oro eran de los de aro y lucía un brazalete en forma de  serpiente  con unos  siniestros  ojos  de  cristal. Estaba claro que el colorete de las mejillas y la pintura de los párpados, con el color mal asentado en las arrugas, eran un ornamento de rutina (para ella, no para la serpiente del brazalete). O bien era una viuda o le convenía parecerlo. Indudablemente  no  era  una  viuda  de  las  desvalidas.  La hubiera aceptado  como clienta, aunque  la perspectiva no me hubiera entusiasmado.

A raíz de mi visita previa sabía que su actitud era de una agradable eficiencia pero que estaba ahí para hacer dinero. Si la tratabas bien (y le pagabas más de la cuenta) sería todo dulzura. No quería problemas, de manera que en cuanto saqué el certificado puso muy mala cara pero nos llevó  junto  a las  pertenencias  de  Diocles.  Las  guardaba fuera, en un viejo gallinero. Las consecuencias eran previsibles.

-  Ya  veo  que  lo  vigilas  todo.  -Entonces  no  había ningún  pollo  escarbando  por  el  diminuto  jardín  de  la cocina, pero habían dejado los recuerdos de siempre. Hay cosas peores que las plumas y la mierda de gallina pero, como almacén, aquello parecía un tanto rudimentario.

 

- No soy un depósito de equipajes.

- No, claro que no -le aseguró Helena con voz tranquilizadora. La mujer se había fijado en la nitidez de las vocales y consonantes de Helena. Acostumbrada a calar a los inquilinos potenciales, estaba confundida. Yo era un informante, mi novia tendría que ser una tipa descarada con un vozarrón y el busto echado hacia arriba. Después de seis años juntos, Helena y yo ya no lo explicábamos-. Diocles había  mencionado  que  venía  a  ver  a  unos  parientes  - murmuró Helena-. ¿Sabes si tuvo alguna visita o si se puso en contacto con alguien en particular?

- Su habitación estaba en mi otro edificio de aquí al lado. -La casera estaba orgullosa de poseer un par de casas, una en la que vivía ella y otra que alquilaba de forma diversa a los visitantes de temporada-. Podía ir y venir a su antojo.

- ¿Así que no viste a nadie con él?

- No muy a menudo. El esclavo de Roma, el que me alertó de que el hombre había desaparecido, parecía ser el único. -Se refería al esclavo que vino a recoger el artículo para la Gaceta-. Siempre y cuando no haya problemas yo no me entrometo.

- Vaya, eres de la misma utilidad que una cabra con tres hígados para un augur novato -comenté.

Helena cruzó su mirada con la de la mujer.

- Tiene infinitas posibilidades, pero no dice nada claro

-explicó Helena, y entonces las dos mujeres se burlaron de

 

mi chiste.

Me  puse  a examinar  el  equipaje.  Había túnicas  sin lavar, tal como Helena había vaticinado. Cosas peores había olido; los cronistas públicos que trabajan en las oficinas del gobierno saben cómo hacer uso de los baños. La ropa sucia de Diocles había permanecido allí durante un mes y luego la habían colocado en un corral de aves. Sería mucha casualidad poder aspirar alguna vez las dulces fragancias de bálsamo.

- ¿Crees que Diocles estaba en Ostia por motivos de trabajo? -Helena poseía una tranquila perseverancia que la gente nunca se sentía capaz de desafiar. La casera detestaba contestar a tantas preguntas, sin embargo acabó por colaborar.

- Eso es lo que dijo.

- ¿Te contó cuál era su ocupación?

- Conservación de archivos o algo por el estilo, creo.

- Parece razonable -confirmé la media mentira tras haber desenterrado un paquete de tablillas de notas. Al parecer estaban casi vacías. Vaya suerte la mía. Diocles era un cronista que lo guardaba todo en la cabeza. Los testigos pueden llegar a ser muy egoístas.

Lo que sí encontré fue un nombre.

-  Aquí  hay  anotado  el  nombre  de  alguien  llamado

«Damágoras». Parece una cita… ¿Sabes quién es este tal

Damágoras?

 

- Nunca he oído hablar de él -dijo la casera. Al menos era coherente.

 

VII

 

 

Helena y yo volvimos caminando lentamente. Aquella vez subimos por el Decumano. Yo llevaba la ropa sucia y otras pertenencias del cronista, todo ello envuelto en su capa. Aparte  del  tufillo,  que  era una extraña  mezcla  de sudor masculino y argamasa vieja, el hecho de estar en posesión de lo que claramente era un fardo de ropa nos convertía en objetivo de los atracadores. Las prendas de vestir  son el artículo  más  popular  para los  ladrones. La mitad  de   los   casos   en  los   que   trabajan  los   vigiles comprenden informes de túnicas robadas de los vestuarios de los baños. Apuesto a que no lo sabíais.

¡Me equivoco! Apuesto a que al menos en una ocasión habéis sido víctimas de ello.

No existe nada semejante a una casa de baños con una buena seguridad. No hay más que ver a los propietarios. La mayoría de ellos toman el dinero  de tu entrada con una mano mientras que con la otra palpan el pelo de tus prendas antes de una transferencia de propiedad. Muchos de ellos tienen un primo peletero. Mientras tú todavía estés quitándote con la estrígila el aceite corporal elegido y quejándote de que el agua no está lo bastante caliente, tu preciada túnica de color pardo rojizo volverá a teñirse de un  rojo  sangre  de  toro,  con  lo  cual  será  imposible

 

identificarla. Yo me llevo a la perra para que me vigile el vestuario. Dado que Nux guarda la ropa echándose encima de ella, el inconveniente es que me lavo para acabar oliendo igual que mi perro. Nux nunca está limpia. No obstante, a diferencia de un desventurado hombre junto al que pasamos en Ostia, nunca he tenido que escabullirme hacia mi casa desnudo y tapándome los atributos con un cucharón para el agua que hubiera tomado prestado del caldario.

El Decumano  era el camino  de regreso  más  corto, pero estaba muy concurrido. El nervioso nudista tenía sus propios problemas eludiendo las burlas y las carcajadas. Nosotros  no  estábamos  en  mejor  situación.  Todos  los mozos con carretilla se apiñaban en la sombreada acera, la calzada se hallaba atestada de carros y el lado caluroso de la calle se cocía al sol. Las pertenencias de Diocles no pesaban, pero incluían un pequeño taburete plegable, artículos de aseo, un botellón de vino medio vacío y una caja de estilos; era difícil maniobrar  el bulto de la capa atada por los reducidos espacios de una calle principal con su embotellamiento de la tarde. Helena no era de ninguna ayuda. Ella llevaba las tablillas, y como era una lectora insaciable, ello significaba que ya las estaba investigando minuciosamente mientras caminaba.

- Sus garabatos no sirven de nada. Debía de anotar sólo un recordatorio  como  por  ejemplo  «mañana»,  sin decir para qué. Este tal Damágoras que encontraste es el único

 

nombre.

 

Había unos cinco juegos atados, cada uno de ellos con cuatro o seis tablillas de madera de dos lados, de modo que Helena estaba muy ocupada manteniendo  agarradas  todas esas  tablas  de  escritura al  tiempo  que  intentaba abrirlas como podía de una en una. En una ocasión se le cayeron un par de ellas, pero fue porque un aguador la empujó. Helena se agachó para recoger las tablillas caídas, frustrando el delito a cualquier transeúnte «servicial» que hubiera pretendido  ayudarla a recogerlas  mientras  birlaba alguna que otra. Cuando se inclinó, el libidinoso camarero de un bar tuvo la clara intención de tocarle el culo, pero el fardo de Diocles resultó una buena defensa, a cubierto de la cual le  pegué  una  patada  al  camarero.  Él  retrocedió tambaleándose con su bandeja de vasos vacíos. Ajena a todo ello, Helena continuó leyendo.

- ¡Por Juno! Este hombre era un pelmazo… aquí ha sumado la cuenta de una taberna. En el último juego de tablillas hizo el esbozo de lo que parece ser una cuadrícula para jugar a damas en solitario.

La cuenta de la taberna ascendía a tan poco que sólo podía haberse tratado de estofado frío y una taza para uno. El cronista de los chismes salía a cenar solo. Al menos aquello evitó que nos sintiéramos frustrados frente a unas reuniones con contactos anónimos de las que no se puede seguir la pista. El aparente juego de tablero podría haber

 

sido un mapa para un encuentro, pero, de ser así, Diocles se había  dejado  todos  los  nombres  de  las  calles.  Eso  no ayudaba nada.

-  Tal  vez era uno  de  esos  tristes  desgraciados  que pasan el tiempo libre dibujando ciudades imaginarias - especulé con pesimismo. No obstante, nada de lo que sabía sobre  él  sugería que  fuera rey de Atlantis  en sus  ratos libres.

- Marco, por lo que hasta ahora he leído en la Gaceta Diaria, se lo pasaba bastante bien empleando su creatividad en cosas como: «Flavia Conspicua parece haberse cansado muy pronto del matrimonio. Apenas ha sido arrebatada de brazos  de  su  madre  por  el  idóneo  pretendiente  Cayo Mundano  que  se  rumorea que  la joven (heredera de  las fincas de Espléndido y experimentada flautista aficionada) ya se vuelve a ver con su antiguo amor Gaudio…». Me lo inventé yo -me aseguró Helena.

- Suena bien. Esta tal Flavia de la que hablas, ¿está buena?

- Es popular en el círculo de solteros.

- ¿Rubia?

- Caoba, diría yo. No tiene muy buen tipo, pero sí un carácter encantador; haría cualquier cosa por cualquier persona.

- Eso te lo puedes tomar de varias maneras…

- ¡Ya lo creo!

 

- Dime, eso de «flautista», ¿es alguna conveniente metáfora en términos de las columnas de chismes? - pregunté.

- Algo así -respondió Helena con la gravedad que tanto me gustaba-. Se podría pensar que toda Roma sonaría como una orquesta de instrumentos de viento, dada la moral disoluta  del  momento.  La digitación  de  Flavia  es legendaria, su control de la respiración es estupendo e incluso se cree que a veces prueba con la tibia doble.

Para no alentar la mente calenturienta de mi amada, me concentré en apretujar el fardo de ropa entre el pórtico de  un templo  y el  carro  de  un mampostero  que  habían dejado aparcado a un lado de la calle, bastante cerca de la hilera de edificios.

 

 

 

***

 

 

 

Cansados y acalorados, pasamos por la casa en la que estaban viviendo Petronio y Maya, donde dejamos que ésta nos abanicara y nos renovara con infusión de hierbabuena.

Nos vimos obligados a ser presentados al propietario, que había venido de visita para supervisar la instalación de una fuente. Era una estatua de un Joven Dionisos desnudo; sumido  en  sus  tempranas  lecciones  de  beber  vino,  el

 

atractivo dios (que yo encontraba que se parecía bastante a mí de joven) meaba el chorro de agua. Puesto que el propietario de la casa era un empresario de la construcción, supongo que aquella obra de arte de buen gusto le había sido robada a algún desafortunado cliente. Tal vez se había desconchado un poco el racimo de uvas durante la entrega y se había convertido en una «devolución» sin ningún reembolso visible en la factura final.

El benefactor de Petro se llamaba Privato y tenía una calva reluciente sobre la que se habían recogido unas largas hebras de fino cabello grisáceo. Se cruzaban en lo alto, creando un suelto zurcido de rizos falsos que se separarían al menor soplo de viento. Sin ser alto, el constructor era huesudo y patizambo. Había conocido a hombres más fanfarrones, pero él apestaba a ambición social y a conciencia de su propio éxito. Lo habéis adivinado: no me gustaba.

Petronio  había  salido.  Con  aires  de  superioridad, Maya tuvo un enorme placer explicándole a Privato que yo era un informante y que me encontraba en Ostia para buscar a un cronista desaparecido. Yo prefiero no hablar sobre una misión hasta que no haya calado a la persona que acabo de conocer. Maya lo sabía.

-  Dime,  ¿qué   posibilidades   crees   que   tienes   de encontrar a este tal Diocles? -preguntó Privato. Era una pregunta razonable. Traté de no torcer el gesto.

 

-  De  momento  parece  poco  probable  que  pueda avanzar mucho más -me mostré más amable de lo que me sentía.

- Marco Didio está siendo modesto -declaró Helena lealmente-. Tiene un largo historial de casos difíciles resueltos.

Privato pareció nervioso. A la gente le da por ahí.

- ¿Qué crees que ocurrió, Falco?

- En esta coyuntura es imposible decirlo.

- ¿Qué hace un informante…? Perdona que te haga tantas preguntas, dicho sea de paso… ¿Qué haces para encontrar a una persona desaparecida, Falco?

La gente siempre muestra curiosidad por mi trabajo. Suspiré y pasé a contar la historia:

- Antes de salir de Roma, miré en el Templo de Esculapio por si había sido hospitalizado… o si lo habían dejado allí para que lo enterraran. Una vez aquí le pedí a Petronio Longo que comprobara si los vigiles habían arrestado a mi hombre por algún motivo: negativo, y ahora las patrullas lo están buscando. Si va deambulando por ahí aturdido tendrían que verlo. Si simplemente cambió de alojamiento porque no podía soportar a su casera, mi tarea será mucho más difícil.

- ¡Parece  un trabajo  duro! -exclamó  el constructor, nada convencido sin duda.

Sonreí con valentía.

 

-  ¿Has  oído  hablar  de  alguien  en  Ostia  llamado

Damágoras?

Privato se hizo el interesante fingiendo que pensaba.

- Me temo que no, Falco.

Yo también tendría que haberle preguntado a Privato sobre  su  trabajo.  De  todas  formas,  probablemente  ya hubiera oído que los informantes son famosos por su mala educación. Supongo que su vida consistía en una alegre y prolongada ronda de reconstrucción de los muelles cuando los  agujeros  que  dejó  la  última  vez  empezaban  a dejar entrar el agua.

Helena y yo nos terminamos rápidamente la infusión de hierbabuena y luego me la llevé a casa. Ella se acordó de las  tablillas  de  notas.  Con  cierta  habilidad,  yo  me  las arreglé para olvidarme la ropa sucia de Diocles, que dejé sobre el bien barrido suelo de mármol, en el atrio del distinguido hogar de Privato.

 

VIII

 

 

Al   día   siguiente   regresé   al   que   había   sido   el alojamiento   del   ahora  desaparecido   Diocles,   en  esta ocasión por la mañana. Con un poco de suerte la casera habría salido y yo podría pedirle a su nuevo inquilino que me enseñara la habitación del cronista.

A Helena la dejé siguiendo con su tarea de leer ejemplares atrasados de la Gaceta. Lo estaba haciendo en presencia de  nuestras  hijas. Cuando  se  sentía obstinada, Julia Junila, que el mes anterior había cumplido tres años, era capaz de iniciar un disturbio que necesitaría de las cohortes urbanas para ser sofocado; en aquel momento se estaba haciendo la niña encantadora. Lo hacía con estilo y me enternecí. Sosia Favonia, una sombría matona de tan sólo catorce meses, se hallaba de pie desnuda en su cuna, pues había aprendido la manera de ponerse de pie aunque ésta  se  meciera.  El  próximo  truco:  caerse  y abrirse  la cabeza.   De   todos   modos,  Albia   había   colocado   una alfombra de trapo junto a la cuna para limitar los daños. Para leer, Helena había recurrido a la vieja treta: sacaba un juguete nuevo (todos los fabricantes de muñecas, pelotas, aros, silbatos y animales de madera de Roma nos conocían y nos adoraban) y luego se alejaba en silencio mientras aumentaba el ensimismamiento de las niñas. Estaba a salvo

 

con  sus  rollos  hasta  que  empezara  la  próxima  pelea  a gritos.

Besé a las niñas. Ellas no me hicieron ni caso; estaban acostumbradas   a  que  me  marchara  de  casa.  A  veces parecían pensar que no era más que el chico del reparto de la verdulería. No, él hubiera despertado más entusiasmo.

 

 

 

***

 

 

 

Volví a la Puerta Marina mientras Nu x pasaba como una flecha entre mis tobillos en un intento por ponerme la zancadilla.  Tuve  que  andar  un  buen  trecho  sólo  para descubrir que el nuevo inquilino había salido. Deprimido, fui a llamar a la puerta de la casera y en aquel momento las Parcas se compadecieron. Ella también había salido, de manera que finalmente conocí a su esclavo para todo, Tito. A este tal Tito, un granuja de nariz respingona vestido con una holgada túnica que dejaba un hombro al descubierto, lo habían mantenido alejado de mí en las anteriores visitas. Era más listo que el hambre; al igual que toda su tribu, sabía exactamente el valor que tenía para un hombre necesitado. Como hubiera muchos como Tito no iba a llegar muy lejos con la miseria que me pagaban los cronistas de la Gaceta pero, según él, era único. Así pues, no me importó.

 

En realidad fue Tito el que vació la habitación después de que Diocles desapareciera.

- Excelente noticia. Y ahora gánate esas tintineantes monedas que me acabas de sacar, Tito. Sé lo que se supone que Diocles dejó: unas cuantas túnicas usadas y algunas tablillas de notas vacías. Ahora dime qué más había, y no me ocultes nada.

- ¿Estás diciendo que afané algo? -preguntó Tito con indignación. Nux, siempre dispuesta a sumarse al jaleo, se acercó y lo olfateó. El esclavo la miró, incómodo.

- Tienes derecho a beneficios extra, jovencito.

-  Bueno,  así  es  como  yo  lo  veo.  -Se  calmó. Nux perdió el interés-. Tenía otro par de túnicas, limpias. Como no iba a volver, se las quité.

- ¿Las vendiste en el mercado de artículos de segunda mano?

- Exactamente.

- Diocles vino a Ostia a pasar el verano -cavilé-. No habría llegado con tan sólo una mochila y un paquete de buñuelos de calamar, pero aunque lo hiciera…

- ¿Qué estás diciendo, Falco?

- ¿Adonde ha ido a parar su mochila?

- Tenía dos. Conseguí un buen pellizco por ellas.

- ¿Estaban vacías?

-  Oh,    -parecía  cierto.  Lo  miré  fijamente-.  Las sacudí, Falco.

 

- Entonces, ¿adonde ha ido a parar su dinero? Tito se encogió de hombros.

-  No  tengo  ni  idea,  de  verdad.  -No  tenía  sentido insistir. Observé que el esclavo no me había preguntado:

«¿Qué dinero?».

-  ¿Cuánto  equipaje  llevaba  al  llegar?  ¿Dirías  que Diocles podría haberse llevado algunas cosas a otro alojamiento?

- Lo que trajo consigo se quedó aquí cuando escurrió el bulto. Un taburete, y cosas…

- ¡Olvídate del taburete! -Lo había recuperado yo. El taburete plegable bailaba y me había pellizcado el dedo al probarlo-. ¿Había alguna arma? -gruñí.

- ¡No, señor!

Eso no era correcto. En Roma es ilegal ir armado (no es que ello disuada a la gente), pero cuando viajamos, todos llevamos las herramientas necesarias. Sabía por mediación de  Holconio  y Mutato  que  Diocles  siempre  llevaba una daga consigo y en ocasiones también una espada. Los otros cronistas  me  habían  dicho  que  se  trataba  de  las precauciones habituales, por si se topaba con un marido ofendido o con el látigo que blandiera el enorme conductor de una esposa furiosa.

-  No  quiero  que  me  las  devuelvas  y  no  voy  a denunciarte, Tito. Tan sólo necesito saberlo.

- No había ninguna.

 

- De acuerdo.

- ¡No me crees!

- Te creo.

Lo que creía era que ningún esclavo confesaría nunca haber  robado  algo  con  lo  que  pudiera  armarse,  aunque hubiera vendido el arma. Los esclavos y las espadas no se mezclan.

- ¿Entonces ya hemos terminado? -preguntó Tito con aspecto optimista.

- Casi. Pero como el nuevo inquilino ha salido, haré que me enseñes la habitación, por favor.

Como sabía que se hallaba en una situación delicada con respecto a los artículos robados, Tito accedió a ello. Pero nos encontramos con que el inquilino había regresado mientras estaba hablando con Tito. Era un solapado factor de grano venido a menos que en aquel momento estaba sentado en su estrecha cama comiendo una empanada fría. Nux entró corriendo como si fuera la dueña del lugar y él se levantó de un salto con expresión de culpabilidad; tal vez la casera tenía prohibido comer dentro de casa. Mientras se recuperaba -sobre  todo  estaba avergonzado  porque  tenía salsa por todas partes- demostré ser un tipo duro. Registré la habitación sin molestarme en pedir permiso. El factor de grano debía de saber que el anterior inquilino había desaparecido;  pacientemente   me  dejó  proceder  a  mis anchas.

 

Tito y él se quedaron mirando mientras yo inspeccionaba todos los rincones especiales donde los viajeros  esconden  cosas  en  las  habitaciones  alquiladas, desde lo más obvio, como debajo del colchón, hasta lo más sutil, en lo alto  del marco  de la ventana. Las tablas  del suelo estaban todas bien clavadas. El armario empotrado estaba vacío excepto por el polvo y una avispa muerta. No encontré  nada.  Le  ordené  a N u x que  buscara, cosa que, como  siempre,  se  negó  a  hacer,  prefiriendo  quedarse sentada con la mirada fija en el pastel que comía el representante. Le di las gracias por poner las instalaciones a nuestra disposición. Me ofreció un bocado de empanada, pero mi madre me educó para que rechazara la comida que me ofrecieran los desconocidos.

Arrastré a Nux y a Tito hacia fuera, até a la perra con una cuerda para evitar que volviera adentro a mendigar comida y acribillé al esclavo con más preguntas. Quería conocer las costumbres de Diocles.

- ¿Se quedaba sentado en su habitación esperando a que tuviera lugar un terremoto, como ese callado individuo que tenéis ahora arrendado?

- No, Diocles no paraba de entrar y salir.

- ¿Era sociable?

- Dijo  que  estaba buscando  trabajo, Falco. Siempre salía y lo iba intentando en distintos lugares. Aunque no tuvo mucha suerte.

 

Como todo esclavo, que siempre que fuera posible se sacaría unas monedas extra, a Tito aquello no le parecía extraño aun cuando Diocles ya tenía un empleo.

- ¿Adonde fue a solicitar trabajo?

- A toda clase de sitios, creo. Fue a los muelles, por supuesto. Todo el mundo lo hace. Allí los trabajos ya están todos cubiertos. En una o dos ocasiones alquiló una mula y se  fue  al  campo; debía de  apetecerle  recoger  lechugas. Quiso ser peón de albañil una semana, pero no se le daba bien y lo echaron. ¡Por el aliento de Vulcano, si creo que incluso intentó unirse a los vigiles!

Eso era un problema.

- ¡No puede ser!

- No, tienes razón, Falco; debía de estar tomándome el pelo. No hay nadie tan tonto.

- ¿Algo más?

- No se me ocurre nada.

- Bien, gracias, Tito. Me has dado una idea de sus movimientos.

Era una idea vaga, una en la que Diocles o había enloquecido y estaba intentando salir corriendo hacia otra vida, o bien había dejado una pista falsa para ocultar cualquiera que fuera la historia sensacional que estuviera investigando como Infamia. Varias pistas falsas, por lo que parecía.

Yo no descartaba del todo la primera posibilidad. El

 

hombre  había desaparecido. Aunque  los  demás  cronistas pensaran que Diocles era un irresponsable y fueran cuales fueran mis  sospechas  acerca de  que  su trabajo  le  había salido  mal, aún podía ser que hubiera optado  por desaparecer de manera deliberada. La gente se marcha sin avisar. Hay personas que deciden empezar de nuevo sin ningún motivo evidente y a menudo lo hacen en un nuevo papel que asombraría a sus amigos. Yo tenía un tío que se las piró de esa manera, el hermano mayor de mi madre. Era una persona más extraña incluso que sus dos peculiares hermanos, Fabio y Junio. Ahora era ése del que ya nadie hablaba.

 

IX

 

 

Cuando  fui  a casa a comer, en el  rellano  había un perro, grande, blanco y negro, con ojos de loco, que escarbaba con las patas y enseñaba los dientes. ¡Por el Hades!:   era Aj a x . Sabía  lo  que  eso  significaba. N u x le gruñía  con  prolongada  animadversión.  Le  di  unas palmaditas y acallé a Ajax, que estaba desesperado, aunque era inofensivo. Cuando oí que me llamaban por mi nombre, entré diligentemente con el rabo entre las piernas.

La  comida  estaba  en  la  mesa;  y  Julia,  escondida debajo.  Favonia  intentaba  con  todas  sus  fuerzas encaramarse a la cuna para salir de ella. Mientras, Helena me recibía con expresión poco cordial.

Julia se escondía porque nos había visitado su primo, Marco Baebio Junilo, un niño que era sordo, bastante excitable y dado a repentinas y estridentes exclamaciones. La pequeña Favonia, en cambio, estaba ansiosa por jugar con él; le encantaban las personas excéntricas. Y Helena tenía  ese  aspecto  glacial  porque  al  pequeño  Marco  (y también al baboso perro Ajax) lo había traído de visita mi hermana Junia: famosa por su desagradable temperamento, su ridículo marido Cayo Baebio, el empleado de aduanas, y por arruinar la caupona de Flora, la en otro tiempo concurrida taberna que había heredado -así es como lo veía

 

Junia- cuando murió la amante de mi padre.

- Hola, hermano.

- Ave, hermana. Pareces salida de un cuadro.

Junia me miró con los ojos entrecerrados, imaginándose, con razón, que me refería a un cuadro para el cual no encontraría clavo alguno. Vestía formalmente -cada pliegue en su lugar- y se arreglaba el pelo en unos rollos gordos y parejos. Era una esnob con pretensiones de superioridad moral y siempre había imaginado que su acartonado  atuendo  le  daba  el  aspecto  de  una  de  las matronas de la familia imperial, una de las severas y anticuadas que nunca dormía con sus hermanos o con el jefe de policía, ésas que a nadie importan. Sin embargo, por más que lo obligaran, no podrían acicalar al hijito mimado de Julia para que pareciera un emperador. Ése era el motivo por el que Helena siempre  me hacía ser educado; al no tener hijos, Julia y Cayo habían adoptado a Marco de muy buen grado cuando éste fue abandonado siendo un bebé. Sabían que era sordo. Se enfrentaron a ello con entereza.

Junia explotaba este acto de caridad cada vez que nos veíamos. Nunca me había caído bien, y mi paciencia estaba muy próxima a agotarse.  Eso  antes  incluso  de  que  ella dijera con todo descaro:

-  Nos  enteramos  de  que  estabais  de  vacaciones  en Ostia y toda la familia está planeando venir a quedarse con vosotros. Yo vine corriendo para llegar primero.

 

Cayo Baebio trabajaba allí en el puerto. Llevaba unos años   haciéndolo   y  a  esas   alturas   cualquiera   hubiera adquirido un apartamento; en lugar de eso, la tacañería lo hacía  dormir  en  un  camastro  en  la  aduana  cuando  se quedaba a pasar la noche. Para él, la falta de un apartamento debía de tener el beneficio  extra de poder evitar así las visitas de Junia.

- Yo no estoy de vacaciones -dije en un tono cortante. Mi mujer se apresuró a añadir:

- Por desgracia, debo decir que no tenemos espacio para ti, Junia. Albia y Julia están en el segundo dormitorio, el bebé tiene que dormir con nosotros y el pobre Aulo va a tener que rumbarse aquí mismo en el suelo…

Al tiempo que se arreglaba las numerosas vueltas de collar,  mi  hermana  hizo  caso  omiso  de  cuanto  decía Helena.

- Oh, no te preocupes. Ahora que he visto las dependencias  de  Maya  en  esa  hermosa  casa,  nos quedaremos todos con ellos.

Dije  que  Maya estaría encantada. Junia me  fulminó con la mirada.

- Si no estás aquí para descansar, Marco, supongo que estás metido en una de tus tontas hazañas. ¿De qué se trata esta vez?

- Una persona desaparecida.

-   ¡Oh!  Deberías   pedirle   ayuda  a  Cayo.   Conoce

 

absolutamente a todo el mundo en Ostia -¿De quién partiría semejante ocurrencia? Mi cuñado era el ser más insociable que he conocido nunca; la gente rehuía su compañía. Era un zángano pesado, pedante, aburrido y fanfarrón. Y también sabía cómo tomarme el pelo. Siempre se empeñaba en quedarse conmigo si me pillaba en una bodega y todas las veces dejaba que pagara yo la cuenta-. ¿Tienes alguna pista?

-Junia se pavoneó de conocer la jerga de mi oficio.

- Pregúntale a Cayo si alguna vez ha oído hablar de alguien llamado Damágoras -le dijo Helena, con bastante más brío que de costumbre.

- Seguro que lo sabe. Tu caso ya está resuelto.

Si había una persona que difícilmente me proporcionaría información, ése era Cayo Baebio.

 

 

 

***

 

 

 

El hijo de mi hermana estaba quisquilloso, de modo que logramos quitárnosla de encima. Menos mal, porque Petronio llegó poco después con la imperiosa necesidad de desahogar toda su furia porque Junia se hubiera reservado alojamiento con él y con Maya.

- ¡No se puede pretender que Privato albergue a toda tu condenada familia, Falco! No soporto a esa mujer… -

 

Cuando se calmó, le pedí que comprobara si en alguna lista de  los  vigiles  constaba un tal  Damágoras-.  No  hacemos listas -insistió.

- No seas testarudo, Petra. Tenéis listas de prostitutas, de actores, de matemáticos, de maníacos religiosos, de astrólogos…   ¡y  de  informantes!  -Todos   coreamos   el último ejemplo, una vieja broma. No hacía tanta gracia si pensabas que tu nombre estaba en los archivos. Como lo estaba el mío, sin duda.

- Entonces, Falco, ¿estás buscando a un astrólogo evangélico que vende su cuerpo y actúa en tragedias?

- No sé qué es lo que estoy buscando, ésa es la jodida verdad.

- Tendría que ser fácil encontrarlo.

 

- No importa -nos tranquilizó Helena con delicadeza al tiempo que colocaba los cuencos con la comida frente a nosotros-. Junia tiene intención de pedirle al genial Cayo Baebio que te ayude, de modo que todo irá bien. -Por un instante, Petro se la quedó mirando y estuvo a punto de dejarse engañar.

- ¡Y una mierda de asno! Me muero de ganas de quitármelos de encima. -Puede que Petronio viviera y durmiera con la menor de mis hermanas, pero acerca de las demás, era de mi mismo parecer.

Que  conste  que  yo  siempre  he  creído  que  él  tuvo algún lío con Victorina. Aunque lo mismo hubiera podido

 

decirse, bien es cierto, de mi difunta hermana y de prácticamente cualquier persona del sexo masculino de Roma. Hubo un tiempo en que, de haber sido una mujer de renombre, mi alborotadora hermana mayor hubiera tenido a Infamia metido en historias sucias durante meses.

¿Acaso una sirena había atraído al cronista hacia un nido de amor en la playa y lo tenía atrapado como esclavo sexual? Sería divertido investigarlo.

 

 

 

***

 

 

 

Helena me contó más tarde que, según el estudio que hasta  el  momento  había  realizado  de  la Ga ce t a , varias mujeres   de   linaje   bastante   insigne   eran  las   actuales favoritas a la hora de salir mencionadas.

- Las cabezas huecas que aparecen mucho en sociedad parecen acaparar la atención -me dijo-. Las chicas bobas que se quedan embarazadas de sus estrafalarios novios casi buscan que se las descubra.

-   ¿Y  eso   es   una   novedad,   cariño?   Pero   estas muchachas están en Roma, no en Ostia.

- La gran historia tendría que ser que Tito César está viviendo descaradamente en palacio con la reina Berenice. Eso nunca lo mencionarán.

 

- Para empezar, están enamorados -dije. Helena se rio de mi veta romántica-. Bueno, Berenice está tan guapa que difícilmente  puede  ocultarla.  Todos  los  hombres  en  el Circo Máximo creen que Tito es un tipo afortunado… y Tito  no  tiene  inconveniente  en que  ellos  lo  sepan todo sobre su suerte.

-  El  emperador  no  lo  aprueba -replicó  Helena con cierta tristeza-.  Seguro  que  Vespasiano  convence  a Tito para  que  tarde  o  temprano  ponga  fin  a  esa  historia. Tampoco lo mencionarán, excepto por un comentario en los acontecimientos diplomáticos cuando manden a su casa a la pobre mujer. «La reina de Judea ha concluido su visita de Estado y ha regresado al este.» ¿Cuánto dolor genuino quedará sin expresar con eso? «La reina de Judea es demasiado  exótica  para  ser  recibida  en  los  estirados hogares patricios. Su origen oriental la hace inaceptable como consorte para el heredero del Principado. Los mezquinos esnobs con valores "tradicionales" han ganado: van a arrancar a la encantadora Berenice de brazos de su amado y van a deshacerse de ella.»

- Y mientras tanto -asentí-, las horribles hijas de los horribles legados celebrarán orgías con los aurigas durante los Juegos de las fiestas Consualia y los senadores electos les levantarán las faldas a las sacerdotisas en el Templo de la Virgen Diana como si fueran gecónidos bajo las piedras.

 

- En tanto que, para ligero alivio de todos, Infamia dirá

 

que el rumor de que los piratas vuelven a operar frente a la costa tirrena es falso.

Me reí.

- No, eso era real -dijo Helena. Entonces también se rió. Lo único que saben todos los escolares romanos es que hace cien años Pompeyo el Grande limpió los mares de piratas.

Mi antiguo maestro, Apolonio, solía añadir pensativamente  que  no  había  tanta  gente  que  recordara cómo el propio hijo de Pompeyo, Sexto Pompeyo, un aspirante al más alto puesto en el poder, hizo salir de su pacífico retiro a algunos de aquellos mismos piratas y se unió a ellos para causar agitación durante sus peleas con Augusto. Uno de los lugares que entonces asaltaron Sexto y sus vistosos compinches fue Ostia. Su estancia en tierra, con sus violaciones despiadadas y su saqueo meticulosamente organizado, permaneció en la memoria colectiva como un episodio horrible.

- No nos emocionemos demasiado, amor. Sobre todo si Infamia dice que el rumor sobre los piratas es falso.

- Cierto. -Helena me dio un codazo en las costillas en broma-. Pero existen toda clase de maneras convenientes de hacer insinuaciones en los artículos de chismes.

Habíamos vuelto al tema de la flauta. Y eso me estaba dando ideas.

 

X

 

 

Estaba rodeado de familiares y necesitaba escapar. Nosotros  los  informantes  somos  tipos  duros.  Nuestro trabajo es sombrío. Cuando no andamos por un camino solitario nos gusta encontrarnos entre otros tipos también duros y sombríos que tienen la sensación de que la vida es asquerosa pero que ya la dominan. Buscaba compañeros de profesión: fui a visitar a los vigiles. Un cansado grupo trasladaba de vuelta la maquinaria de un sifón tras un incendio  la noche  anterior.  Sucios  y tosiendo  todavía a causa del humo, entraron pesadamente y con desgana por la alta puerta del cuartel del escuadrón. Un par de ellos arrastraban unas carbonizadas esteras de esparto. Dan la impresión de ser algo rudimentario, pero utilizadas en cantidad pueden sofocar un fuego pequeño mucho antes de que pueda traerse el agua. Un pobre tipo rechoncho, bajo y cejijunto que debía de tener servicio de castigo iba cargado con las hachas y palancas de todo el mundo y llevaba todas las cuerdas colgadas en rollos diagonales; los demás le tomaban el pelo y él soltó su carga nada más entrar y se desplomó. Dejaron los cubos vacíos en el suelo con una crepitación metálica y poco a poco fueron a lavarse. Como eran todos ex esclavos estaban acostumbrados al agotamiento, a la suciedad y al peligro. Todos sabían que si

 

sobrevivían seis años recibirían un diploma de ciudadanía. Eran bastantes  los que  no  sobrevivían. De  los que  sí lo hacían,  había  algunos  locos  que  incluso  optarían  por quedarse después. El instinto de supervivencia ocupaba un segundo lugar tras las comidas gratis y la camaradería. Y tal vez  les  gustase  dar  palizas  a  la  población  durante  su servicio contra la delincuencia.

Los seguí hacia el interior. Nadie me dio el alto. En algún lugar tendría que haber un oficial de turno, un ex legionario que quería un trabajo seguro con unas cuantas emociones y mucho de lo que quejarse, como Petro. Era invisible.   Oía   a   los   agentes   intercambiando   insultos mientras se limpiaban allí dentro, pero la plaza de armas estaba desierta. Aquello aumentaba la impresión de que el servicio destacado en Ostia era la opción despreocupada.

Caminé por los pórticos bajo la densa sombra que proyectaban los edificios con aspecto de barracones. En una de las habitaciones, un arrugado administrativo estaba procesando a un puñado de prisioneros, unos ladrones capturados  durante  la  guardia  nocturna.  Los  tenía sometidos con su competente personalidad. Cuando tosí, él levantó la vista de su hoja de cargos; me conocía, y cuando pregunté por los aspirantes sugirió que podría encontrar a Rústico tres habitaciones más abajo.

- ¿Quién es?

-  El  oficial  de  reclutamiento.  Es  tu día de  suerte.

 

Viene una vez cada dos semanas, Falco. -Yo no le había recordado  mi  nombre  al  administrativo-.  Rústico encontrará tiempo para ti. Nunca está ocupado.

 

Rústico había tomado un despacho frío, fuera del cual había colgado una pizarra con un monigote y una flecha dibujados para decir: Entrad aquí. Recién llegado de Roma, mantenía   las   apariencias.   Estaba   despierto.   No   había pruebas  evidentes  de que  estuviera comiendo  o  echando una partida a algún juego de tablero. Había sacado un rollo para los juramentos de lealtad aun cuando no tenía a nadie haciendo cola. Le haría falta un oficial que fuera testigo de cualquier  alistamiento;  imaginé  que  tendría  a  uno  de guardia.

Caprichosamente, fingió creer que yo era un aspirante. Me ofreció la amplia sonrisa de bienvenida, aunque observé que  ni  siquiera  se  molestaba  en  coger  su  estilo  para escribir nada.

Sabía perfectamente que tenía alguna otra misión. A mis  treinta  y  seis  años  ya  era  demasiado  viejo,  para empezar. Poseía un cuerpo bien ejercitado que ya había tenido acción suficiente como para que me prestara voluntario para más. Mi túnica, cruda, con ribete color arándano,  lavada  y  planchada,  era  una  prenda  hecha  a medida, un barbero medio decente había domado mis rizos oscuros y me había dado el gusto de que me hicieran una manicura profesional en unos baños públicos. Aunque no se

 

fijara en mi mirada firme y mi taimada actitud, en cuanto metí los pulgares en el cinturón tendría que haberse percatado de que era un cinturón condenadamente bueno. En mi mano derecha se veía un anillo ecuestre de oro. Era un ciudadano libre y el emperador me había ascendido al rango medio.

- Mi nombre es Falco. Soy amigo de Petronio Longo. Petro estaba en la Cuarta Cohorte. Rústico debía de

pertenecer a otra, aunque no necesariamente a la Sexta, la cual se hallaba entonces de servicio allí. Lo reconoció:

- Sí, Petronio Longo ha supervisado los enrolamientos conmigo…

- Es un buen muchacho.

- Eso parece. ¿Qué es lo que buscas, Falco?

Me senté en un taburete que había libre. Era más bajo que el suyo, para que así los nerviosos reclutas se sintieran vulnerables mientras suplicaban para alistarse. Esta básica estratagema no me preocupó.

- Estoy llevando a cabo una investigación oficial sobre un  hombre  que  ha  desaparecido  de  una  secretaría  de palacio. -Aunque decir «oficial» era algo exagerado, la Gaceta  Diaria era un portavoz de palacio y los cronistas me pagarían de los fondos públicos.

- ¡Me sorprende que se hayan dado cuenta! -Rústico y yo   todavía   no   éramos   amigos.   Pensé   que   nunca  lo seríamos. Pero se mostró interesado.

 

- Y que lo digas. Rústico, puede que se trate de una pista falsa, pero alguien me ha dicho que hace poco mi hombre intentó alistarse en los vigiles. Se llama Diocles. Claro que si dio un nombre falso estoy en un callejón sin salida.

Rústico se encogió de hombros y luego se echó hacia atrás  en su taburete,  con  los  brazos  cruzados.  No  hizo ademán de coger el rollo en el que constaban formalmente los reclutas recién alistados; ni siquiera lo miró.

- ¿Diocles? No lo acepté.

Estaba claro que en Ostia no había avalanchas de gente para ir a alistarse. Me guardé de expresar el comentario.

- ¿Recuerdas las circunstancias?

Frunció los labios. No pudo resistirse a jugar con un informante.

- Sí que me acuerdo, porque rechazar a alguien es algo poco común, a menos que sólo tenga una pierna… no, una vez aceptamos a un amputado de Moesia e iba dando saltos por ahí estupendamente… hasta que se cayó por el suelo…

- ¿Había algo en él que no fuera adecuado? Rústico volvió a tomarse su tiempo.

- Diocles. Un tipo enjuto. Un gusano de los discretos. Entró aquí al trote y fue el único que habló. Había sido esclavo pero fue manumitido. Se había olvidado de traer su certificado, pero podría presentarlo. Quería una nueva vida, con  una  oportunidad  para  conseguir  la  ciudadanía  y  el

 

derecho al reparto de grano. Hasta dijo que quería servir al Imperio.  Algunos  de  ellos  consideran  el  hecho  de  ser patriota como una recomendación, aunque personalmente me  parece  más  natural  si  lo  que  intentan  es  conseguir comida gratis y divertirse con las llamas.

Un cínico. Sonreí en señal de asentimiento. Tal vez se animó un poco. O no. Decidí que sencillamente era un cabrón antipático.

- ¿Era demasiado viejo?

- Creo que dijo que tenía treinta y ocho años. No son demasiados si se trata de una persona fuerte.

- Entonces, ¿por qué lo rechazaste?

- Ni idea. -Rústico pensó en ello, como si estuviera asombrado  de    mismo-.  ¿De  la secretaría  de  palacio, dices? Eso encaja. Su latín era un pelín demasiado bueno. Pero por mi parte fue una cuestión de instinto. Confía siempre en el instinto, Falco.

Yo no dije nada. El instinto podía ser un amigo veleidoso. A menudo, aquella significativa «sensación» tan sólo quería decir que la cena de anoche te había fastidiado, o que te estaba saliendo una boquera.

El oficial de reclutamiento se inclinó hacia delante de pronto.

- ¿Y qué hace ese cabrón? ¿Una maldita inspección especial?

Me reí. Él creía que Diocles estaba investigando a los

 

vigiles, que indagaba algún caso de corrupción.

-  No  vas  muy desencaminado.  Es  Infamia.  -Fue  en balde. Los vigiles nunca están al tanto de las noticias-. Escribe la sección de chismes de la Gaceta Diaria. -Estaba corriendo un riesgo; ahora podía ser que Rústico se cerrara en banda y callara como un muerto. Pero como reclutador que era, pensé que sería un visitante de media jornada, sin ningún vínculo con la Sexta-. Así pues -dije, bajando la voz-

, ¿llegamos a la conclusión de que se cree necesario el escrutinio de algún miembro del actual destacamento… en pro del interés público?

Podían ser varias las razones. Hurto de fondos. Tener a pervertidos como compañeros de juego. Incompetencia patente…

Incorrecto: la incompetencia no es una noticia emocionante.

- ¿Un asunto de faldas? -preguntó Rústico, que adoptó un aire sagaz mientras alumbraba sus propias ideas-. No,

¡está permitido acostarse con cualquiera! Serian, en todo caso, unas faldas equivocadas.

 

- Es posible -asentí-. Me alojé aquí por poco tiempo. Las cosas parecen verdaderamente mojigatas. Apenas he advertido que hubiera visitas de mujeres con toga a altas horas de la noche. -En una mujer, la toga es el símbolo de la prostitución.

- No; tendría que ser algo gordo -dijo Rústico-. ¿Un

 

oficial en la cama con la esposa de un edil?

- ¿O enviando regalos de gran valor a la amante de un oficial superior?

- O adulando a la fulana de un sinvergüenza… aun así, sólo si el sinvergüenza se halla bajo una investigación especial.

-  Por  evasión de  tasas  de  importación  como mínimo…

- Con sobornos…

- ¡Por encima de la media!

Los  dos  nos  calmamos,  al  límite   de  mencionar ofensas no muy escandalosas.

- No lo entiendo, Falco -suspiró Rústico-. En Roma no provocaría ni un parpadeo.

Estaba a punto de marcharme.

- Tienes razón. Es insulso. No sé por qué vino aquí, pero  no  creo  que  Diocles  estuviera  investigando  a  los propios vigiles. -Para empezar, había ido en busca de otros trabajos-. Así  pues,  ¿hay  algo  más  que  puedas  decirme sobre mi hombre desaparecido?

- Estaba bien cuando se marchó de aquí. Le dije que no había vacantes pero que dejaría su nombre en la lista. Se lo tomó con bastante calma.

Ya había llegado a la puerta cuando un impulso  me hizo girar.

-  ¿Te  dio  una  dirección  de  contacto?  ¿La  de  una

 

habitación cerca de la Puerta Marina?

Rústico pareció sorprendido.

- Dijo que había llegado aquel mismo día de fuera de la ciudad; me dio la impresión de que se alojaba en algún lugar de la costa. Me temo que no me molesté en apuntar los detalles. Al fin y al cabo, no estaba interesado en él.

 

 

 

***

 

 

 

Encontré al oficial de turno. Cuando yo me marchaba, él entraba por la puerta principal, riéndose en compañía de Privato, ese constructor de cabello filamentoso que tenía a Petro   en  su  casa.  Tal  vez  buscaba  un  contrato   para reconstruir el cuartel del escuadrón. El constructor me saludó   con  simpatía,   pero   daba  la  impresión   de   no acordarse muy bien de dónde nos habíamos conocido. Allí parecía  encontrarse  como  en  su  casa.  Era  demasiado esperar   que   fuera   debido   a   que   lo   arrestaban   con frecuencia.

Logré  una  entrevista  privada  con  el  oficial  y  le pregunté si aparecía algún «Damágoras» en sus listas especiales. Me dijo que las listas eran confidenciales. Se negó a consultarlas.

Harto de brutos poco dispuestos a ayudar, me fui a

 

casa a comer. Allí, mi muy inteligente y normalmente servicial novia esperaba mi regreso. Pero incluso Helena Justina tenía aspecto de haberse vuelto desagradable.

 

XI

 

 

Albia jugaba con las niñas, la cabeza gacha y sin cruzar la mirada con nadie. Por una vez, las dos pequeñas estaban muy calladas. Mi cuñado Aulo se comportaba con indiferencia, como si, sea lo que fuere que hubiera pasado, él no tuviera culpa alguna; me saludó con una mueca silenciosa y pegó la nariz a una tablilla de notas. Ni siquiera pude ver a Nux. Todos parecían estar agradecidos por que hubiera llegado a casa para desviar la balística y rescatarlos.

Por un momento Helena Justina continuó cortando puerros en una desagradable tabla de madera que habíamos heredado con el apartamento. Los puerros son una especialidad de Ostia. Me habían prometido mi receta favorita. Parecía que fuese a quedar arenilla entre las hojas. A propósito.

-  ¡Helena, corazón mío! ¿Qué  te  parece  si  salgo  y vuelvo a entrar, más contrito?

- ¿Estás sugiriendo que algo va mal, Falco?

- Claro que no, cariño. Sólo me gustaría dejar claro que no toqué a esa camarera, diga lo que diga la chica, y si alguien ha dejado una rata muerta en el rebosadero del desagüe, no fui yo; eso no tiene nada que ver con mi idea de la diversión.

Helena respiró honda y largamente y levantó la vista

 

de lo que estaba cortando con una mirada que decía que estaba considerando la sugerencia de la camarera muy, pero que muy a conciencia. Quizá la broma había supuesto un riesgo demasiado grande.

Seguía sujetando el cuchillo. En realidad no se me ocurrió ningún motivo para sentirme culpable, de manera que me quedé callado y adopté un aspecto sumiso. No demasiado sumiso; Helena se irritaba con facilidad.

También seguía aguantando la respiración; entonces la dejó salir toda, con extremada lentitud.

- No hay que culpar a nadie por la familia que le ha tocado -anunció.

- ¡Ah! -Se trataba de uno de mis parientes. No era ninguna sorpresa. Podía haber repasado las posibilidades mentalmente, pero había demasiadas.

-  Vino  tu  hermana  -dijo  Helena,  como  si  eso  no tuviera nada que ver con el ambiente que allí se respiraba.

- ¿Maya? -Ni siquiera me molesté en mencionar a Alia o Gala. Eran un par de zoquetes inútiles que trataban de pedir  cosas  prestadas,  pero  estaban  a  buen  recaudo  en Roma.

- Junia.

Bien. Junia regresó. ¡Qué típico!

-  Sea  lo  que  sea  lo  que  haya  dicho  o  hecho,  me disculpo por ella, querida.

 

- No se trata de lo que haya hecho -gruñó Helena, mi

 

afable, tolerante y diplomática compañera-. Nunca se trata de lo que Junia haga. Se trata de lo que es. Se trata de cómo se sienta ahí con su arreglado conjunto, sus cuidadas joyas, y ese  pugnaz  hijo  suyo  con su túnica  inmaculada,  y el baboso de su perro que husmea por todas partes, y la verdad es que no sabría decirte qué es lo que lo provoca, pero tal vez su trillada conversación y su comportamiento autosuficiente… hacen… que… ¡que me entren ganas de gritar!

Ahora ya se sentía mejor.

 

 

 

***

 

 

 

Tomé asiento y moví la cabeza con comprensión. Helena se puso otra vez a cortar. Para tratarse de una chica de quien únicamente se esperaba que pusiera los pies en las cocinas para proferir órdenes sobre recetas destinadas a banquetes patricios, ahora sabía blandir cuchillos afilados con destreza. Vi que había un trapo a mano que contendría la sangre, entonces observé con cautela. Le había enseñado a tratar de evitar cortarse los dedos, pero parecía mejor no distraerla hasta que hubiera terminado. Helena tenía unas manos largas y hermosas.

Al cabo de un rato echó los puerros en un cuenco con

 

agua, los sacudió en ella para lavarlos, limpió el cuchillo, con un golpe puso una cacerola en el banco de cocina que yo había improvisado, buscó como una loca el aceite de oliva y me permitió que lo encontrara para ella. Agarré el asa de la cacerola. Ella me la arrebató de un manotazo. Me aparté  educadamente.  De  un  codazo  me  hizo  volver  a ocupar mi puesto y dejó que me hiciera cargo de la comida. Aulo, con un insólito sentido doméstico, se desacomodó y llenó una taza con vino tinto que puso en manos de mi hermana ceremoniosamente.

Helena se inclinó contra la mesa mientras bebía unos sorbos. Se le desfrunció el ceño. No tardó en decirme con desánimo   que   Petronio   había  pasado   por  ahí  aquella mañana;  había  consultado  las  listas  de  indeseables  que tenían   los   vigiles   y   no   había   encontrado   a   ningún Damágoras.  Entonces  pasamos  al  quid  de  la  cuestión: Helena añadió que el motivo por el que había venido Junia era para regodearse de que Cayo Baebio sí tenía cierta información acerca de aquel nombre. Como no podía ser de otro modo, tratándose de Junia, no soltó prenda. Bueno, era por eso por lo que Helena estaba molesta.

Tendría que ir a ver a Cayo Baebio. Ahora yo también estaba molesto.

No obstante, los puerros estaban buenos. Los aderecé con un poco de queso de cabra desmenuzado y unas cuantas aceitunas   que   previamente   había  deshuesado,   di   unas

 

cuantas vueltas a todo ello con un poco de escabeche de pescado salado, lo serví en cuencos y lo rematé con un chorrito extra de aceite de oliva. Nos lo comimos con el pan  del  día  anterior;  Helena  había  estado   demasiado enojada como para salir a la panadería a por pan recién hecho.

 

XII

 

 

Tomé el transbordador hacia Portus, donde trabajaba Cayo Baebio en su calidad de empleado de aduanas… o, como añadiría él con pedantería, de supervisor. La decisiva tarea de acosar a los importadores para que pagaran su tasa tenía lugar en el puerto principal, aquel que fuera uno de los   grandes   proyectos   del  emperador   Claudio   y  que terminó Nerón. Destinado a reemplazar las atoradas instalaciones de Ostia, Portus había resultado inadecuado para dicho cometido desde el día en que se inauguró. Sabía que Cayo me lo volvería a explicar todo otra vez, tanto si venía al caso como si no, y eso pese a que yo le recordara que ya se había quejado de lo mismo otras veces.

Le había prometido a Helena que aprovecharía el viaje en transbordador para calmarme. Por el contrario, cuando me senté en el bote que, impulsado por remos, avanzaba lentamente, la tensión se apoderó de mí.

 

 

 

***

 

 

 

Portus  Augusti  había  sido  construido  a  unos  tres

 

kilómetros al norte de Ostia. Intenté concentrarme en la geografía.

Aquél era el único puerto digno de así ser llamado que había en muchos kilómetros de la costa occidental italiana en ambas direcciones, de lo contrario nunca nadie hubiera tomado  tierra allí.  Probablemente  tendríais  que  ir  hasta Cosa para encontrar un atracadero decente hacia el norte, mientras que, en dirección sur, los barcos de grano que provenían de África y Sicilia con frecuencia seguían descargando en Puteólos, en la bahía de Neapolis, tras lo cual el grano se transportaba por tierra para evitar las dificultades   que   había  que   sortear   aquí.  Nerón  había querido incluso construir un canal desde Puteólos como una solución más «sencilla» que tratar de mejorar la puerta marítima portuense.

Roma  se  había  fundado  río  arriba,  en  un  terreno elevado en el primer punto salvable del Tíber, pero eso presuponía  que  el  nuestro  era  un  río  útil.  Rómulo  era pastor. ¿Cómo iba él a saberlo? Comparado con las grandiosas vías fluviales que discurren por la mayoría de capitales de provincia, el viejo Padre Tíber era como un hilo de meados de rata. Incluso en Ostia, su revuelta desembocadura no tenía más de unas cien zancadas de lado a lado; Helena y yo habíamos estado muy distraídos la otra mañana, observando los grandes barcos que intentaban maniobrar para pasar uno junto a otro entre gritos de alarma

 

y choque de remos. Y el río era hostil. Con frecuencia los nadadores  resultaban  arrastrados  allí  donde  no  tocaban fondo, succionados por un remolino, y morían ahogados. Los niños no se mojaban los pies en la orilla del Tíber.

 

El  pequeño  y  ondulante  Tíber  era  demasiado cenagoso,  su corriente,  impredecible,  y serpenteaba  por toda la campiña. Aparte de esto, aunque se desbordaba a menudo y sufría sequías, rara vez era infranqueable. Las embarcaciones podían abrirse camino tierra adentro y amarrar al lado mismo del Emporio en Roma, y algunas aún lo hacían. Sin embargo, remar río arriba significaba tener la rápida corriente en contra. Navegar a vela era imposible debido  a  los  meandros;  los  barcos  de  aparejo  de  cruz perdían el viento a cada viraje. De manera que eran remolcados. A algunos los atoaban con animales de tiro, pero la mayoría eran arrastrados arriba o abajo, toda la distancia  de  más  de  treinta  kilómetros,  por  grupos  de abatidos esclavos.

 

Aquello imponía un límite de peso. Y era el motivo por   el   cual   Ostia,   ahora  junto   con  Portus,   era  tan importante. Muchos barcos tenían que amarrar y descargar sus mercancías al llegar a la costa; allí permanecerían hasta que   los   pasajeros   y  las   nuevas   cargas   a  transportar estuvieran a bordo. Así pues, Ostia siempre había servido como fondeadero y antesala de Roma. Por desgracia, había

 

sido elegida y fundada por trabajadores de las salinas, no por marineros. La desembocadura del Tíber era perfecta para  una  industria  que  requiriera  aguas  poco  profundas, pero allí nunca había habido amarraderos profundos. Peor todavía, no era un embarcadero seguro. Las embarcaciones comerciales más grandes -incluyendo los enormes transportes de grano imperiales- tenían que desembarcar al menos parte de su cargamento en gabarras, en mar abierto. Aquello era peligroso y sólo era posible en verano. Allí donde el río se precipitaba contra la marea que venía en dirección contraria, confluían dos corrientes. Había que lidiar con unos traicioneros vientos del oeste. Si a ello sumamos los bajíos costeros y la barrera de arena que se formaba en la desembocadura del río, los mercaderes que llegaban del extranjero tenían muchas posibilidades de irse a pique.

Mientras  tanto,  para  las  embarcaciones  más manejables  que  se  aventuraban  a  llegar  directamente  a tierra seguía habiendo problemas. Cuando finalmente alcanzaba la costa, el Tíber se dividía en dos canales, hoy en día demasiado obstruidos por el cieno para barcos de cualquier medida. Portus se había diseñado para mitigar el problema, y hasta cierto punto lo hizo. Muchos navios mercantes amarraban ahora en la ensenada de Portus. Los lodosos canales del Tíber seguían estando concurridos con el  tráfico,  especialmente  el  de  los  cuatro  servicios  del

 

transbordador, todos ellos dirigidos por hombres adustos y desdentados cuyas familias eran anteriores a Rómulo. No sentían escrúpulo de conciencia alguno a la hora de cobrar pasajes distintos a los locales y a los visitantes y eran capaces de timarte con el cambio en todas las divisas conocidas.

Hice frente al transbordador y luego me paró un carro de verduras que me llevó al otro lado de la isla, una zona llana de huertas de tierra fértil ahora atravesada por una carretera  muy  transitada.  A lo  largo  de  los  años  había estado allí varias veces, normalmente haciendo de Portus el punto de partida para misiones en el extranjero. Cada vez me  había encontrado  con más  y más  edificios  en obra, puesto que los almacenes se expandían y la gente optaba por construir casas nuevas cerca de su lugar de trabajo.

 

El nuevo puerto era de una magnificencia imperial incontestable. Unos muros circundantes rodeaban la amplia ensenada, formando dos malecones que se adentraban en el mar. En sus extremos más alejados se alzaban templos y estatuas,  y  entre  ellos,  una  isla  artificial.  Ésta  estaba formada por  el barco  hundido  que  en otro  tiempo  trajo desde Egipto el enorme obelisco que actualmente adornaba la división central del Circo de Nerón en Roma. El navío de transporte se había hundido en aguas profundas cuando iba cargado de balasto y sobre esta base se erigió un faro de cuatro pisos coronado por una descomunal estatua de un

 

desnudo monumental; a mí me parecía un emperador, sólo ligeramente cubierto por pudor. Bajo él los barcos entraban por  la  bocana  del  norte  y  salían  por  la  del  sur  y  los marineros y pasajeros alzaban la mirada hacia el trasero imperial y pensaban: ¡Oh, qué vista tan espectacular!

Las  gigantescas  pelotas  julio-claudias  todavía  eran más espectaculares cuando por la noche los fanales las iluminaban por debajo.

El puerto propiamente dicho se hallaba congestionado con toda clase de embarcaciones, incluso las de visitantes veraniegos procedentes de la flota de Miseno. En una memorable ocasión había venido el buque insignia, la llamativa hexeris llamada Op s . Aquel día vi una hilera de tres trirremes desiertas, que sin duda eran militares, entre los  mercantes  transatlánticos.  Los  remolcadores,  todos ellos  con unos  juegos  de  remos  gruesos  y un altísimo mástil,   sólido   y  resistente,   iban  de   un  lado   a  otro lentamente, en torno a las embarcaciones mayores, cuando había   que   reorganizar   los   amarres.   Las   barcazas   se deslizaban sobre el agua como si fueran pulgas, en medio de  insultos  o  saludos  proferidos  a  voz  en  cuello.  Los esquifes iban de aquí para allá sin rumbo fijo, a manos de los habituales pelmazos del puerto que merodeaban por allí con gorras de marinero e intentando gorronearle una bebida a personas como yo. De vez en cuando las grandes embarcaciones  entraban  en  el  puerto  o  lo  abandonaban

 

silenciosamente, bajo la sombra del faro, provocando gran expectación entre las grúas y oficinas que había en los malecones. No  podía contar  aquella selva de  mástiles  y altas proas picudas, pero debía de haber unos sesenta o setenta barcos de proporciones considerables amarrados en el puerto, además  de unos cuantos  que había anclados  a cierta distancia de la costa y varias embarcaciones que surcaban el mar de un lado a otro.

Yo había viajado por el mundo, pero nunca había visto un lugar como aquél. Ostia era el centro del más amplio mercado comercial jamás conocido. La República había constituído una época de modesta prosperidad que terminó con  la  guerra  civil  y  la  penuria;  los  emperadores,  que estaban respaldados por financieros legendarios y que andaban bien de dinero gracias a las expoliaciones, no tardaron en enseñarnos a despilfarrar el dinero en lujos. Ahora Roma se atiborraba de productos. Se compraban remesas ilimitadas de mármoles y maderas de primera calidad en todos los rincones del Imperio. Obras de arte, cristalería, ébano, minerales, piedras preciosas y perlas orientales  afluían  a  nuestra  ciudad.  Se  traían  especias, raíces y bálsamos fabulosos en grandes cantidades. Los valientes  importaban  ostras  de  las  aguas  septentrionales que se transportaban vivas en barriles de turbia agua de mar. Ánforas llenas de pesca salada, encurtidos y aceitunas se disputaban la atención entre miles y miles de otras ánforas

 

rebosantes de aceite de oliva.

 

Comerciantes de tez morena intentaban que los elefantes cruzaran por encima de las planchas, entre jaulas de leones y panteras furiosos. Se entregaban bibliotecas enteras de rollos destinados a grandes hombres demasiado ocupados para leerlos, junto con refinados libreros y remendones de papiros. Llegaban telas y tintes de precio exorbitante. Los comerciantes de esclavos explotaban el tráfico humano.

Algunas de esas mercancías volvían a exportarse para ilustrar a provincias distantes. Los vinos y salsas italianos se enviaban al ejército, a administradores en el extranjero, a provincianos que necesitaban ser educados en los valores romanos.  Herramientas,  artículos  domésticos,  nabos, carnes, plantas en maceta, gatos y conejos salían de allí en cargamentos en los que también se mezclaban abogados y legionarios  en  dirección  a  lugares  que  en  otra  época carecían de todo aquello, lugares que algún día nos exportarían de nuevo sus versiones locales.

Cuando lo hicieran, les esperaba algo especial. Cayo Baebio estaría allí. Lo encontrarían a la espera en el muelle de Portus, sentado tras su mesa de aduanas con su sonrisa fácil y su actitud exasperante, dispuesto a ofrecerles su primera experiencia, lenta, prolongada e insoportable, con un funcionario romano.

Sólo si tenían mucha, mucha suerte, aparecería yo para

 

llevármelo a rastras.

 

 

 

***

 

 

 

- Ven a beber algo, Cayo.

- Tranquilo, Marco; tengo que permanecer en mi puesto…

- Eres el supervisor. Dale a tu personal la oportunidad de cometer errores. ¿Cómo vas a corregirlos si no? Es por su propio bien. -Los subordinados me miraron con sentimientos encontrados. Una pequeña cola de comerciantes soltó una irónica aclamación.

¡Por el Hades! Junia había hecho que Cayo se quedara c o n Aja x aquella tarde. Cuando lo arranqué de su asiento detrás de las tablillas y los cofres con dinero, el espantoso perro también vino. Un rabo incontrolable tiró dos tinteros mientras Cayo alzaba su formidable trasero y se levantaba de su taburete a regañadientes. Aquella enorme lengua húmeda me tocó la parte de atrás de las rodillas cuando la chiflada criatura nos siguió a trompicones. Cada vez que nos cruzábamos con un mozo transportando una carretilla, Ajax tenía que ladrar.

- Dejar el mostrador es una mala costumbre, Marco.

-   Tómate   un  respiro.   Por   una  vez  disfruta   del

 

gorroneo, como todos los demás.

- ¡Ajax! ¡Suéltalo! Buen chico…

Portus era el Elíseo para un perro excitable. Los pasillos  del  puerto  estaban llenos  de  norays  en los  que mear, sacos sobre los que saltar, ánforas que lamer y grúas alrededor de las cuales enrollar la correa. Por todas partes merodeaban hombres bajitos con aspecto sospechoso, pidiendo a gritos que los hostigaran con gruñidos y que les enseñaran los dientes, Había olores muy intensos, fuertes ruidos repentinos y alimañas invisibles que se escabullían en  las  esquinas  oscuras. Al  final  el  perro  encontró  un pedazo  de  cuerda  raída  que  transportar  y  entonces  se calmó.

- Le hace falta disciplina, Cayo. Ahora mismo mi Nux

iría andando reposadamente a mi lado.

Cayo Baebio era un pelmazo, pero no era tonto.

- Si eso es cierto, debes de tener otro perro desde la última vez que te vi, Falco.

Se desvió del tema, preguntándose cuándo había sido nuestro último encuentro: en las Saturnales, por lo visto. Julia había roto uno de los juguetes de su primo sordo y Favonia  le  contagió  al  pequeñín  un  resfriado  horrible. Bueno, así eran los niños, dije cruelmente al tiempo que arrastraba a mi cuñado hacia el mostrador de un figón que había a un lado de la calle. Pedí lo que queríamos tomar. No  me  molesté  en  disgustarme  esperando  a  que  Cayo

 

Baebio hiciera el papel de anfitrión; habrían terminado pidiéndonos que abandonáramos el mostrador y dejáramos paso a los clientes que pagan.

Yo pedí un plato pequeño de frutos secos y un vino especiado.

Cayo Baebio sostuvo un prolongado debate sobre si quería el puré de lentejas o una vianda a la que llamaban la legumbre del día y que a mí me parecían pedazos de carne de  cerdo. Cayo, que  no  estaba convencido,  expresó  sus dudas  con mucho  detenimiento  sin conseguir  que  nadie más  se  interesara  por  el  dilema.  Ya  había  intentado resolverle problemas en el pasado. No tenía ganas de volver a acabar babeando presa del delirio, así que me comí los frutos secos. Los guisos de carne estaban prohibidos en los puntos de venta de comida rápida, por si acaso el disfrute de  una  comida  decente  incitaba  a  la  gente  a  relajar  la guardia y a expresar su desaprobación respecto al gobierno. Ningún vendedor de comida iba a admitir ante Cayo Baebio que estaba desacatando eí edicto abiertamente; con cada palabra que pronunciaba, Cayo daba la impresión de ser un inspector  enviado  por  algún desagradable  edil  para comprobar la contravención del reglamento de guisos del emperador.

Al final se decidió también por un cuenco de frutos secos. El propietario nos lanzó una mirada asesina a los dos y lo plantó en el mostrador, sólo lleno a medias, ante lo

 

cual Cayo estuvo poniendo reparos con tesón durante un rato. En mi mente se filtraron unos siniestros planes para asesinarlo.

Uno de los clientes se fue alejando de nosotros poco a poco, rehusó que le volvieran a llenar el vaso y se fue a toda prisa. El otro se apartó, enfurruñado, y se deleitó con su caldo al tiempo que se apoyaba en un proís y les gritaba improperios a las gaviotas. Ajax se sumó a él y empezó a ladrar con tanta fuerza que en las oficinas cercanas de los negociadores de grano y especias empezaron a asomar cabezas,  en  tanto  que  el  gorila  de  la  pensión  Flor  del Ciruelo (que parecía un burdel) miraba con actitud desafiante.   A A j a x lo  habían  imbuido  de  la  acartonada moralidad de mi hermana. Detestaba al gorila del burdel; se abalanzaba desde la posición de ataque y tiraba de la correa, hasta que la tensó tanto que empezó a echar espuma por la boca y casi se asfixia.

Haciendo  caso  omiso,  Cayo  Baebio  me  miró fijamente al tiempo que hacía un gesto admonitorio con el dedo.

- Y ahora venga, Marco, no postergues más el asunto. Quieres preguntarme  sobre ese tipo llamado Damágoras.

¿Pues por qué no lo haces de una vez?

 

Tardé un poco en dejar de ahogarme con el vino, luego me tomé unos momentos más de reflexión sobre por qué sería desaconsejado estrangular a Cayo Baebio. (Junia me

 

entregaría.) Entonces formulé la pregunta crucial en tono solemne,  de  manera que  Cayo  Baebio  me  contó  lo  que sabía con aire de gravedad.

Creí que me lo había contado todo. Posteriormente supe que no era así.

Mi cuñado mencionó una gran villa marítima en algún lugar fuera de la ciudad. Las casas de veraneo propiedad de peces gordos adinerados y de la familia imperial hacía tiempo que ocupaban la franja de costa cercana a Ostia. Se daba una atractiva conjunción de bosques ideales para ir de caza y un refrescante panorama marítimo; las vacaciones podían proporcionar ejercicio y esparcimiento, y cuando se aburrían, Roma se encontraba a tan sólo unas horas de distancia. Augusto, ese  amante  de los bienes  inmuebles, había poseído una finca que pasó a Claudio, el cual tenía elefantes en sus terrenos. En una ocasión, Cayo Baebio, que era un turista metomentodo, había hecho un viaje para admirar boquiabierto aquellos lugares, hoy en día abandonados en su mayor parte; un vecino del lugar le había señalado una casa grande que sí estaba ocupada, en la que vivía un hombre llamado Damágoras.

- Lo recuerdo, Marco, porque el nombre no es muy corriente; por cómo suena parece extranjero…

- Indícame cómo llegar a la villa del pudiente, Cayo.

- No la encontrarás. Tendré que llevarte allí.

- ¡Ni hablar!

 

-  Oh,  no  supone  ningún  problema  -declaró  Cayo (dando a entender que suponía un enorme problema para que así yo me sintiera culpable)-. Como tan sabiamente has dicho, Marco, mi trabajo puede esperar. Dependen mucho de  mí,  pero  debería  tomarme  tiempo  libre  de  vez  en cuando.

Tenía que aguantarme. Ahora el peso muerto de mi pariente tenía ganas de pasar un día de asueto en la playa. No había alternativa. Sin más pistas sobre el paradero de Diocles, el misterioso Damágoras era mi única traza.

 

XIII

 

 

En cuanto lo arranqué de su escritorio, Cayo decidió sacar el máximo provecho a la ocasión. Sugirió que nos lleváramos la comida, sombreros para el sol y a nuestras familias.  Yo  dije  que  parecería  poco  profesional. Respetando el concepto de trabajo, asintió aun cuando siempre había pensado que mi ámbito de actividad tenía el mismo glamour que el enorme montón de estiércol de caballo del exterior del Circo Máximo. Logré convencerlo de que todavía quedaban bastantes horas de luz como para alquilar unos burros, visitar la villa y estar de vuelta antes de la cena. Podíamos preparar una salida para ir a bañarnos cualquier otro día…

Cuando nos pusimos en camino teníamos tiempo suficiente. Salimos por la Puerta Laurentina y, cabalgando con  rapidez,  cruzamos   la  enorme   necrópolis   que   se extendía a las afueras de la ciudad. Las granjas y los huertos cubrían la llanura y entonces llegamos a la Vía Severina, la carretera principal hacia Laurento, salpicada de una lujosa villa cada ochocientos metros. Después de que Cayo se perdiera al doblar varias veces por el lugar equivocado ya anduvimos  cortos  de  tiempo.  Unos  pescadores  que  no estaban   de   servicio   se   nos   habían   quedado   mirando fijamente en una aldea diminuta cuando él nos hizo dejar la

 

carretera  principal.  Cuando  volvimos  a  ella,  habíamos recorrido kilómetros de bosque ralo.

Cayo rechazó numerosas villas construidas para personas con insuficiente tiempo libre y demasiado dinero. La costa Laurentina al sur de Ostia constituye una continua franja de casas vigiladas construidas en lugares elegantes y ya habíamos dejado atrás muchas de ellas. La luz del sol era más tenue y las sombras alargadas cuando dejamos la carretera y tomamos  un sendero  desigual; nos dirigimos con pesimismo hacia el mar y aparecimos en el lugar que buscábamos: una gran propiedad vallada que por casualidad no tenía a nadie en la entrada.

La   verja   estaba   cerrada.   Dejamos   a  los   burros amarrados fuera de la vista y trepamos por ella. Yo quería ir a explorar solo, pero nadie hacía una incursión en solitario cuando había salido con Cayo Baebio. No sabía de diplomacia ni tenía intenciones de cubrir la retaguardia.

Subimos andando por el camino de entrada aguzando el oído. Si el propietario de aquel lugar era el habitual entusiasta   adinerado   con   una   colección   de   animales salvajes que deambulaban sueltos, nosotros éramos presa fácil.  Las  botas  se  nos  hundieron  en el  suelo  de  arena caliente de un blando sendero, allí donde el aire costero tenía un intenso perfume a pinocha. Las cigarras cantaban en los grandes árboles por todo alrededor. Aparte de eso y del distante susurro de las olas, que rompían en forma de

 

largas y bajas cabrillas en la costa hasta entonces oculta, reinaba el silencio.

 

La villa a la que llegamos estaba construida tan cerca del mar que con frecuencia debía de resultar incómodo desplegar  las  puertas  panorámicas  de  sus  varios comedores, no fuera que las vistas al mar se acercaran demasiado y la rociada alcanzara las mesas, estropeando así el  opulento  contenido  de  las  bandejas  de  plata y deslustrando su recargada decoración. Las brisas marinas despertarían  a  los  durmientes  en  los  magníficos dormitorios  de  invitados.  El  aire  salado  ya  me  estaba secando la piel. Debía de causar problemas hortícolas en los huertos de al lado de la casa de baños, en las pérgolas emparradas cubiertas de fuertes enredaderas y plantas ornamentales y en el ancho parterre, formalmente plantado, adonde fuimos a parar nosotros. Allí los caminos se habían cubierto de gravilla, pero el viento no dejaba de hacer volar la arena sobre ellos y los bordes de algunos bojes habían soportado un clima demasiado riguroso. No obstante, un jardinero obstinado había creado una zona verde en la que había dado rienda suelta a su imaginación con el arte topiario. La finca sí que contaba con bestias salvajes: un elefante de tamaño medio alzando la trompa (que tenía que apoyarse  en unos alambres)  y un par de leones a juego, todos ellos recortados en las matas. El artista de la poda estaba  tan  orgulloso  de  su  esmerado  trabajo  que  había

 

firmado  con su nombre  en arbustos  de  boj. Se  llamaba

Labo. O Libo. O Lubo.

 

LBO

 

Las letras se alzaban pulcramente en el extremo del jardín. Pero el artista de los setos no era afortunado. El propietario de la villa había querido ver su propio nombre en arbustos de boj. La vocal que faltaba acababa de ser aplastada hasta quedar reducida a un tocón por un hombre furioso  que  en aquellos  momentos  tenía al artista de  la poda agarrado por el pelo. Cuando Cayo y yo llegamos, estaba a punto de cortarle la cabeza al gritón de L bo con sus tijeras de podar.

 

XIV

 

 

No nos había visto nadie. Aún podíamos largarnos y quitarnos de en medio.

- ¡Perdonad! -Cayo se precipitó hacia delante, un recto empleado a todo meter con la barbilla levantada con tesón. Estaba interfiriendo de manera peligrosa y lo que tendría que haber hecho yo era abandonarlo.

Tal vez las tijeras de podar nunca hubieran estado lo bastante afiladas como para decapitar al jardinero, pero sí que habían hecho salir sangre. El hombre furioso tenía las dos hojas agarradas con una mano y las hundía en el cuello del artista de los setos como si estuviera atacando una rama resistente. Era un hombre fuerte y habilidoso.

Pedante  y regordete,  Cayo  Baebio  sacudió  el  dedo como un débil maestro de escuela.

- Propongo que lo dejéis ahora mismo. -A juzgar por la expresión del hombre furioso, con toda seguridad seríamos los próximos a los que les cortarían la fronda. Cayo siguió hablando tranquilamente-. Estoy totalmente a favor  de  castigar  a los  esclavos  descarriados,  pero  hay ciertos límites que…

El hombre de la podadera arrojó al jardinero al suelo, donde se quedó profiriendo unos gritos ahogados al tiempo que  se  agarraba  el  cuello.  Es  legal  matar  a tu esclavo,

 

aunque por regla general está muy mal visto, a menos que lo pilles tirándose a tu mujer.

El atacante le dio una patada al podador y se acercó a nosotros con paso decidido. No era romano. Su atuendo era suntuoso y colorido bajo una pátina de mugre descuidada; el cabello lacio le caía sobre los hombros; el oro brillaba en torno a su cuello. La mayor parte de los nudillos de la mano que aferraba la podadera de largas hojas estaban reforzados con anillos de piedras preciosas. Tenía la piel morena, curtida por alguna ocupación al aire libre; a juzgar por sus modales, había llegado a lo más alto de su carrera pisoteando   a  sus  subordinados   y  coaccionando   a  sus rivales. Sea lo que fuere lo que su carrera profesional conllevara, no creía yo que se ganara la vida con delicados bordados de hilo de seda.

Intenté suavizar la tensión:

- Parece que tu amigo necesita ayuda -dije en voz alta, todavía a cierta distancia y con ganas de quedarme allí-. Puede que nunca vuelva a recortar una espiral… Es una lástima. Su trabajo es de una excelente calidad…

Era discutible si aquel hombre entendía el latín o no, pero   sin   duda   no   estaba   de   acuerdo.   Me   esperaba problemas, pero no lo que ocurrió. Me lanzó las tijeras de podar.

La  herramienta  se  acercó  volando  a  la  altura  del cuello. Si hubiera apuntado  a Cayo, éste  estaría muerto.

 

Cuando me aparté bruscamente, mi cuñado chilló:

- ¡Eh, que éste es Didio Falco! ¡No irás a meterte con

él!

 

Aquello era un desafío… que yo no hubiera proferido. Temí que nuestro atacante tuviera unos cuchillos muy afilados metidos en cada uno de los pliegues de sus abundantes capas de túnicas y fajas, aunque de todas formas pudiera matar a un enemigo sólo con las manos. Ahora iba a matarme a mí.

Como  tenía  experiencia  en  conflictos,  tomé  una rápida decisión:

- Cayo… ¡sal pitando!

Nos largamos los dos. El hombre furioso soltó un rugido. Salió detrás de nosotros pesadamente. Lo mismo hizo el jardinero, que en aquel momento se levantaba con un tambaleo para sumarse a la persecución. Al llegar al extremo de un seto, aparecieron varios hombres más.

 

Pasamos corriendo junto a una solana y unas habitaciones de invitados separadas del edificio principal. Llegamos a las lindes del terreno. Alcanzamos la playa. La arena era un polvo seco, no se podía correr por ella. Cayo Baebio acarreaba demasiado peso e iba dando trompicones; lo agarré del brazo y lo arrastré para que fuera más deprisa, y al ver su rostro colorado entendí que aquello era lo más emocionante que le había ocurrido a mi aburrido cuñado

 

desde que Junia se rompió el dedo gordo del pie con una ánfora vacía. A mí me parecía un desastre. Estábamos desarmados en medio del campo, allí donde los extranjeros reciben un trato aparte, a un buen trecho de nuestros burros y avanzando en sentido contrario. Nuestros perseguidores nos alcanzaron a unos cinco metros playa adentro.

Primero nos dominaron algunos esclavos. Le ordené a Cayo que no peleara. Rápidamente admití tener la culpa de haber entrado sin permiso en la villa y apelé al sentido común.  Apenas  me  había  dado  tiempo  a  presentarme cuando el hombre furioso se acercó paseando  al tiempo que nos fulminaba con la mirada. Las cortesías fueron bien pocas por su parte. Me golpearon. Cayo Baebio sufrió el destino del idiota: lo golpearon, lo tiraron al suelo y la emprendieron a patadas con él. Entonces cometió el error de tachar de ingrato al artista de los setos… y recibió unas cuantas  patadas  más. Aquella vez fue  el  propio  podador quien se las propinó.

Volvieron a llevarnos a rastras a la villa principal y nos empujaron de cabeza a algún sitio. Cuando los ojos se nos acostumbraron a la tenue luz que se filtraba por un respiradero que había encima de la puerta, supimos que nos hallábamos encerrados en un pequeño almacén.

Estuve  un  rato  sin  querer  hablar.  Cayo  Baebio  se quedó  allí  encogido;  temporalmente,  él  también permaneció  en silencio.  Sabía  que  se  sentiría  dolorido,

 

hambriento  y  aterrorizado.  Iba  a  tener  que  aguantar  un montón de quejas, ninguna de las cuales serviría de nada.

Lo que sí pensé fue que si tuvieran intención de matarnos ya lo habrían hecho. Pero todavía podían sobrevenirnos otras muchas desgracias.

 

Aunque Helena Justina tenía una ligera idea de adonde íbamos,  pasaría algún tiempo  antes  de  que  cayera en la cuenta  de   que   debíamos   de   encontrarnos   en  apuros. Entonces tendríamos que esperar a que ella alertara a Petronio  Longo  y a que  él  diera  con  nosotros.  Pronto estaría demasiado oscuro para que pudiera buscarnos. Dada la brutalidad de nuestro captor, la idea de pasar la noche como su prisionero no auguraba nada bueno.

Me pregunté si era eso lo que le había sucedido a Diocles. En tal caso, podría ser que aún se encontrara allí. Pero por algún motivo me parecía más probable que el cronista se hubiera ido hacía tiempo.

- Marco…

- Descansa un poco, Cayo.

- Pero, ¿no vamos a intentar escapar?

- No. -Había echado un vistazo alrededor en busca de alguna escapatoria posible. No vi ninguna.

- De acuerdo. Entonces, ¿los atacaremos la próxima vez que entre alguien?

Estaba pensando en ello, pero no iba a advertir a Cayo, no fuera que lo echara todo a perder.

 

-  No  podemos  hacer  nada.  Trata  de  reservar  tus energías.

Nos quedamos en la creciente oscuridad, tratando de concluir, a partir de un vago e inquietante olor, qué era lo que se había guardado en aquel almacén antes que nosotros. Cayo Baebio refunfuñó cuando finalmente se percató de lo desesperado de nuestra situación. Entonces la conciencia obligó al ridículo marido de mi hermana a confesar algo. Se había reservado un hecho muy importante sobre aquella villa y su propietario.

- Me contaron algo curioso de Damágoras… ¿Es momento de mencionarlo?

- Cayo, ese momento fue hace mucho. Antes de que trepáramos por su verja, diría yo. ¿Qué sabes sobre este hombre?

- Me han dicho que es un pirata retirado -dijo Cayo Baebio. Tuvo la sensatez de dejarlo en una simple frase y de no provocarme más.

 

XV

 

 

Las   antorchas   anunciaron   nuestra  próxima  visita. Aquél no era un cerdo pirata de histriónicas vestiduras enseñando los dientes a diestro y siniestro bajo la luz parpadeante. En lugar de eso. la puerta se abrió y dejó ver a un hombre de edad, alto y barrigón, vestido con una túnica blanca y limpia de estilo romano y acompañado por dos pulcros esclavos domésticos. Hubiera dicho que era un banquero retirado. Tenía aspecto de tener dinero, y no me refiero únicamente al hecho de que viviera en un palacete con vistas a la bahía. Estaba muy seguro de sí mismo… y también era muy seguro que nos despreciaba.

Nos  encontrábamos  tumbados  en el suelo, Cayo  se había apoltronado contra mí para estar más cómodo. Como no pude moverlo a tiempo para atacar a los que entraron, me  quedé  quieto.  Cayo,  extremadamente   deprimido  y callado a esas alturas, siguió mi ejemplo.

- ¿Quiénes sois? -preguntó el hombre grandote sin rodeos  al  tiempo  que  nos  miraba  fijamente.  Tenía  un marcado  acento  que  no  pude  ubicar,  pero  hablaba  latín como si estuviera acostumbrado a ello. Podía tratarse de un comerciante… uno de éxito.

- Me llamo Didio Falco. Soy un informante privado. - No tenía sentido ocultar el motivo por el que estábamos

 

allí-: Estoy buscando a una persona.

Observé que Cayo no intentó mencionar su propia ocupación.  Para  ser  un  agente  de  aduanas  era  bueno  e incluso brillante en su trabajo. La piratería y la recaudación de tasas no se mezclan. Bueno, a menos que pienses que los del Erario Público son un atajo de piratas.

- ¿Y tu compañero? -Al hombre de discutible linaje no se le escapaba ni una.

- Se llama Cayo Baebio. -Cayo se había puesto rígido-. Es mi cuñado. -Aquello fue aceptado, pero noté que Cayo seguía tenso.

Esperamos a que correspondiera a las presentaciones, pero no lo hizo. El hombre sacudió la cabeza para indicar que nos levantáramos y lo siguiéramos. Hice caso omiso. Él se dio la vuelta y dijo groseramente:

- Quedaos aquí y pudríos, si así lo preferís.

Me puse en pie, estremeciéndome de lo dolorido que estaba.

- ¿A quién nos estamos dirigiendo?

- A Damágoras.

Así  pues,  ¿quién  era  el  maníaco  irascible  que  nos había capturado? Damagoras habló como si tuviéramos que saber exactamente quién era. Luego se fue. Los esclavos que llevaban las antorchas lo siguieron, de modo que tiré de Cayo  para que se levantara y, entumecidos, salimos  tras ellos.

 

Damágoras  había  regresado  a  una  solana recientemente  ocupada.  No  estaba  seguro  de  si  había estado allí solo previamente, aunque lo dudaba. Entonces no había ni rastro de su furioso adlátere; me imaginé que los dos habían discutido su estrategia para ocuparse de nosotros. La actitud de Damágoras parecía bastante despreocupada. Podía tratarse de una estratagema.

La villa estaba abarrotada de muebles de gran calidad y objetos lujosos. Mi padre, un subastador y marchante de las bellas artes, hubiera quedado extasiado ante aquel caótico revoltijo de asientos de mármol, lámparas de plata y estatuillas doradas. Aquellas cosas provenían de muchos países, todos del extremo superior del espectro costero. A papá le hubiera encantado organizar una subasta con todo aquello.

También había esclavos por todas partes; andaban por ahí metidos en sus cosas, con aspecto eficiente, en tanto que su amo pasaba junto a ellos pisando fuerte y haciendo como si no existieran. Nos había llevado a una habitación caldeada mediante unos braseros para combatir el frío de la noche, aun cuando las puertas plegables estaban todavía medio abiertas y dejaban entrar el olor y el murmullo del mar. Allí no había lugar para la frugalidad. La luz brillaba en muchas lámparas, algunas de las cuales eran esos indefectibles falos pornográficos, otras eran altos candelabros   de   muy  buen  gusto,   además   de   algunas

 

lámparas de aceite comunes y corrientes que tenían forma de bota o de doble concha. Los cojines con fundas y flecos suntuosos acolchaban los sofás casi en exceso. Las alfombras estaban arrugadas de manera descuidada sobre el suelo  geométrico  de  mármol.  Las  cosas  caras  lo abarrotaban todo, pero no estaban expuestas para provocar envidia como en muchas casas ricas; al igual que ocurría con mi padre, aquellos objetos formaban parte de la vida que  su  propietario  siempre  había  llevado.  Le proporcionaban seguridad. Constituían una salvaguardia contra la necesidad de pedir un préstamo a los explotadores financieros. La propiedad como garantía real, en lugar de las  tierras;  transportable;  de  moda;  beneficios  rápidos cuando se requerían.

La   colección   no   mantenía   una   unidad   temática. Aquella estancia contenía tanto taburetes egipcios pintados de colores y adornados  con piedras preciosas como una caja de marfil tallado que procedía de mucho más al este. El ámbar báltico se guardaba en una vitrina. En una esquina había un enorme recipiente griego de bronce para el agua.

Quizá  Damágoras   también  coleccionaba  personas. Entró una mujer que sin duda no era una de sus esclavas. Era más joven que él y llevaba puesta una túnica de manga larga de un oscuro color carmesí sobre la que bailaban muchos collares de oro e hileras de brazaletes. Llenó la taza de la que había estado bebiendo y de una patada acercó

 

un taburete a los pies enfundados en zapatillas de él; nos miró a Cayo y a mí, no hizo ningún comentario y acto seguido  abandonó  la  habitación.  Una  pariente,  tal  vez. Quizás el hombre que había estado a punto de matar al jardinero también fuera un pariente. Todos parecían tener la misma nacionalidad.

Los miembros de la casa ya debían de haber cenado. Cayo estaba cada vez más inquieto. Tenía una rutina fija. Debía de estar muy nervioso por pasar toda la noche fuera sin haber avisado a Junia y necesitaba alimentarse con regularidad.  Yo  preferí  no  prestar  atención  a  las advertencias del hambre y de la preocupación hasta que no hubiera calado de qué iba el juego.

Damágoras parecía tener más de ochenta años. Para sobrevivir tanto tiempo debía de haber llevado una vida de lujo. Numerosas manchas marrones de la edad moteaban su piel   flácida,   pero   conservaba   un  aspecto   atractivo   y saludable  y tenía los huesos  largos. Estaba menos bronceado que los demás. El pelo que le quedaba, probablemente  blanco,  lo  llevaba muy corto.  Se  inclinó hacia atrás y nos escudriñó con la mirada.

- Habéis invadido mi casa -dijo.

- Te pido disculpas por ello -repliqué.

Y el dueño de la casa fue todo sonrisas.

- ¡Olvidado! -me  aseguró. Me  gustaba menos  ahora que se mostraba amistoso. Me recordaba a mi padre, artero

 

como el que más-. Soy un anciano, no tengo tiempo para rencillas. Soy una persona alegre, generosa, de trato fácil. Bueno, ¿por qué pones esta cara?

Había dejado traslucir mi escepticismo.

-  Los  hombres  que  presumen  de  ser  poco complicados, Damágoras, tienen tendencia a ser unos déspotas intolerantes. Sin embargo, me doy cuenta de que tú eres  un tipo  maravilloso,  todo  afecto…  -Yo  también podía fingir encanto-. ¿Quién era ese amigo tuyo que nos apresó? -le pregunté sin darle importancia.

- ¡Ah! Tan sólo era Crátidas.

- ¿Siempre está irritado?

- Se sulfura un poco.

- ¿Es pariente tuyo?

- Dio la casualidad de que estaba aquí. -Damágoras eludió la pregunta-. Últimamente no salgo. La gente pasa de vez en cuando para ver si sigo vivo.

- ¡Qué amables! ¿Te traen las noticias y una cajita de granadas… luego casi matan a tus esclavos, te demuelen el jardín y le dan una paliza a cualquier visita que encuentren?

Damágoras me miró y sacudió la cabeza.

- ¡Vamos, hombre!

-  Si  Crátidas  es  un  simple  conocido,  eres  muy tolerante.

- Crátidas es un compatriota.

Intuí  que  en  aquella  remota  villa  se  apiñaba  una

 

comunidad muy unida. Hay pocos extranjeros que se establezcan en la costa de Ostia. Me inquietaba su procedencia… y el motivo por el que habían venido.

- Entonces, ¿vive aquí contigo?

- No, no. Él tiene sus propias preocupaciones. Yo soy un viejo, completamente retirado del mundo. Así que dime,

¿qué es lo que quieres, Falco?

Dejé de esperar una invitación para tomar asiento y me dirigí al diván más cercano. Cayo, como un dócil corderito, me siguió y se sentó en el otro extremo. Se le veía torpe, contrariado y fuera de su elemento. La paliza había acallado su pedantería.

Mantuve un tono neutro.

- Estoy buscando a un hombre que ha desaparecido. Encontré tu nombre en una tablilla de notas que dejó. Se llama Diocles.

 

¿Modificó Damágoras su actitud? Probablemente no. No pareció inmutarse. Estiró un brazo y lo dejó caer de golpe a lo largo del respaldo del diván en el que estaba sentado. Bebió  vino, sorbiendo  de forma audible. Luego dejó  la taza dando  un golpe  sobre  una mesa auxiliar  de bronce con tres patas. Tanto la posición del brazo como el golpe parecían constituir un comportamiento  normal. No era  nada  significativo.  Aun  a  sus  ochenta  años  era  un hombre  corpulento  y  relajado  cuyos  ademanes  también eran desmesurados.

 

- ¿Qué ha hecho este tal Diocles? -Por lo que a mí me pareció, su curiosidad era puro entrometimiento.

- Las personas que lo conocen están preocupadas. Desapareció dejando todas sus cosas en una casa de huéspedes. Tal vez haya caído enfermo o haya sufrido un accidente.

-   ¿Y  un   informante   cobra   por   eso?   -se   burló Damágoras. Estaba claro que compartía la opinión generalizada de que los informantes eran unas sanguijuelas avarientas.

- ¡Eso tiene gracia viniendo de un hombre del que se dice que es un pirata!

Damágoras se lo tomó bien. En realidad se desternilló de risa.

- ¿Quién te ha contado esa estupidez? Le devolví la sonrisa.

- No puede ser cierto, ¿verdad? Todo el mundo sabe que  Pompeyo  el  Grande  limpió  los  mares  de  piratas.  - Como Damágoras no contestó, añadí-: ¿Lo hizo?

- Claro que sí.

- El bueno de Pompeyo. Entonces, ¿cómo adquiriste tu emocionante reputación?

- Soy de  Cilicia. Vosotros  los  romanos  creéis  que hasta el último de nosotros es un pirata. -Cierto. Cilicia siempre había sido la base pirata más conocida.

- Bueno, yo detesto las generalizaciones fáciles. Hace

 

poco tuve tratos con un cilicio. No era más que un boticario…  Dime,  ¿de  qué  parte  de  Cilicia  eres, Damágoras?

-  De  Pompeipolis.  -Damágoras  hizo  aquella declaración con orgullo fingido. Cualquier sitio con un nombre tan rimbombante como aquél tenía que ser un lugar de mala muerte.

Me reí.

- ¡Ya me imagino de quién lleva el nombre tu ciudad natal!

Damágoras compartió la broma.

-  Sí, es  uno  de  los  asentamientos  donde  todos  los piratas reformados se han adaptado a la agricultura para ganarse la vida.

-  ¿Ahora  resulta  que  eres  descendiente  de agricultores? -Sonreí-. Claro  que eso es historia pasada, pero  no  se  hizo  del  todo  bien:  Pompeyo  zarpa  con su elevada misión de acabar con aquel azote. ¿Acaso ante su aterradora  llegada  la  flota  pirata  al  completo  dice  que sienten muchísimo ser un incordio para la navegación y que ahora se portarán bien?

- Creo -dijo Damágoras- que Pompeyo explicó con mucho detenimiento qué es lo que habían hecho mal.

- ¿Quieres decir que los sobornó? ¿Para que así él, con  sus  ambiciones  exageradas,  pudiera  quedar  bien  en casa?

 

- ¿Acaso  importa el cómo  y el por  qué? Fue  hace mucho tiempo.

- Yo sí que desciendo de una familia de campesinos - dije. Por parte de mi madre era verdad-. Bueno, mi abuelo tenía una huerta, que dos de mis tíos siguen haciendo lo posible por arruinar… Somos astuta gente del campo. Me temo  que  mi  visión es  cínica. No  puedo  creer  que  una nación entera renuncie de pronto a un oficio lucrativo que llevan ejerciendo desde que la humanidad tiene memoria y que  se  sienten a hacer  de  pastores  de  unas  condenadas cabras. Para empezar… y confía en lo que te digo, Damágoras… las cabras no reportan mucho beneficio.

- ¡Ah, me ofendes, Falco!

-  ¿Con mi  actitud  hacia la agricultura…  o  con mi visión sobre la naturaleza humana? Vamos, seguro que estás de acuerdo. Los cargueros repletos siguen navegando más allá de Cilicia… más que nunca, en realidad. Nunca he oído que Pompeyo quemara la flota pirata… cosa que en sí es curiosa y huele a complicidad. De modo que salir de las ensenadas  y  hacerse  con  el  botín  debe  de  ser  un  acto reflejo. Quien roba una vez roba diez.

Damágoras siguió poniendo reparos.

- No lo llames robo, Falco. Cualquiera que se dedicara al viejo oficio lo habría considerado un negocio. Adquirir mercancías y revenderlas.

- ¿Hablas en pasado? -cuestioné.

 

- Oh, ya lo creo. -Como si quisiera desviar el hilo de mi interrogatorio, Damágoras se volvió de repente hacia Cayo-. ¡Estás muy callado! ¿Tú también eres informante?

-  No,  mi  trabajo  es  de  contabilidad.  Un  trabajo aburrido,  todo  el  día cuadrando  cifras…  -¡Aja,  el  recto Cayo Baebio! Luego iba a disfrutar riéndome de sus tranquilizadoras medias mentiras-. ¿Cómo es que Diocles te conocía?

Me enderecé en mi asiento, asustado, cuando Cayo volvió  a  dirigir  la  conversación  hacia  el  tema  de  mi búsqueda.

- Sí, cuéntanoslo, Damágoras. ¿Cuál es tu relación con mi persona desaparecida?

El hombre corpulento cambió de posición y bajó el brazo  del  respaldo  del  asiento,  pero  su  aspecto  siguió siendo relajado.

- Vino aquí un par de veces. Estábamos discutiendo un proyecto, trabajando juntos en él.

- ¿Qué proyecto? Un hombre de tu edad tendría que pasar los días dormido bajo una manta en su huerto. ¿Qué es lo que haces tú, Damágoras?

- Era capitán de barco. Obviamente lo dejé hace años. Hace décadas que no me hago a la mar.

- ¿Por qué estaba interesado Diocles?

-  Tal  vez  no  lo  estuviera.  Supongo  que  perdió  el interés pero que no quería ofenderme diciéndomelo. Justo

 

cuando yo creía que ya estábamos en marcha con un buen comienzo, él dejó  de  venir. Eso  sería… -Damágoras  se hizo el interesante mientras pensaba-. Últimamente pierdo la noción del tiempo. Me imagino que fue hace cosa de un mes. -Entonces había pasado más de un mes desde que Diocles había desaparecido de su alojamiento en Ostia.

- ¿Cómo lo conociste?

- Alguien debió de decirle que estaba buscando ayuda. Él se puso en contacto conmigo.

- Y dime, ¿cuál era el proyecto? -preguntó Cayo, con su obstinada perseverancia de siempre.

Damágoras sonrió y se miró las manos que tenía en el regazo, casi con timidez.

-  Bueno…  la verdad  es  que  no  es  ningún  secreto. Tengo ochenta y seis años, Falco. ¿Puedes creerlo?

- Puedes estar orgulloso de lo que bebes, sea lo que sea -lancé la indirecta con una voz bronca debido a la arena que había en la atmósfera y al cansancio. Aun así, no nos ofreció refrigerio alguno. ¡Para que luego digan de la hospitalidad de los hombres de mar!

Damágoras era un conversador ajeno a las interrupciones.

-  Cualquiera  que  diga  que  yo  era  un  pirata  puede esperar una citación de un abogado por calumnias. ¡Llevo viviendo en Italia tiempo suficiente como para saber cómo se hacen las cosas! Ya te lo he dicho, hoy en día el viejo

 

oficio está en desuso. Completamente. Pero pasé una larga vida en el mar. Muchas aventuras. Conocí a algunos personajes curiosos. Tengo opiniones sobre toda clase de cosas. Tuve éxito: ésa es una historia que siempre vale la pena contar. Soy el cabeza de una familia numerosa; me gustaría dejar una parte de mis conocimientos para las generaciones futuras.

- ¿Y por qué Diocles? -Me sentía intranquilo.

- Es escribiente o algo por el estilo, ¿no? Bueno, él me dijo que quería trabajo. Iba a ayudarme a escribir mis memorias.

Señalé que, por lo que yo sabía acerca del aspecto comercial  del  mundo  editorial, podría ser  que  las memorias de un marinero que no había sido pirata no atrajeran a los lectores.

-  Eso  es  exactamente  lo  que  dijo  Diocles  -replicó

Damágoras con tristeza.

 

XVI

 

 

Tras afirmar una vez más que él era un hombre viejo, Damágoras se retiró a descansar. Me lo imaginé tomando otra bebida, recién templada para él con especias selectas, y  un  tentempié   en  una  bandeja   de   cocina.   No   me sorprendería que le calentaran la cama un par de mujeres jóvenes y ágiles, perfumadas con aceites persas de gran calidad y expertas en las artes interpretativas.

Nos aguardaban unos placeres muy básicos. Se nos permitió quedarnos a pasar la noche en un cuarto de invitados. Tenía dos camas estrechas, con un sencillo cobertor en cada una y nada de excitantes  comodidades. Una jarra de  agua llena de  polvo,  que  podría llevar  allí desde el último día de mercado, era el único refresco.

Ya no éramos prisioneros, pero no dejaron que rondáramos  por ahí. Fuimos  conducidos  a nuestros aposentos por esclavos y cada vez que intentábamos asomar la cabeza había más esclavos merodeando por el pasillo. No hubo oportunidad de explorar la villa.

Por la mañana nos fue entregado un mínimo desayuno de manos de una callada criada. Apenas tuvimos tiempo de acompañar los mendrugos con más agua salobre, luego nos condujeron fuera para que fuéramos a buscar a nuestros burros que esperaban. Una escolta en la puerta se cercioró

 

de que abandonábamos la propiedad. No volvimos a ver a

Damágoras.

- Podríamos volver más tarde y entrar a escondidas - afirmó Cayo, envalentonado tras el sueño nocturno.

- Pues vas a venir solo.

- Vale, está bien -capituló con añoranza-. Será mejor ser prudentes.

- Junia se estará preguntando dónde estás, Cayo.

- No, Marco -discrepó mi cuñado-, Junia estará esperándose problemas. Sabe que estoy contigo.

 

Aún era temprano cuando entramos en Ostia por la Puerta Laurentina. Los juerguistas trasnochadores acababan de quedarse dormidos en las lúgubres tabernas junto a la Puerta Marina; los visitantes veraniegos todavía debían de estar durmiendo. Los comerciantes y los residentes habituales se ocupaban de sus cosas. Los baños no abrirían hasta el mediodía, pero unas delgadas columnas de humo señalaron  las  lavanderías  y  batanes  cuando  sus  hornos fueron reavivados, en tanto que el aroma de las hogazas y panecillos recién hechos en las panaderías flotaba deliciosamente en el aire.

 

Los   pescaderos   colocaban   los   salmonetes   y  las sardinas en hileras bajo los pesados peces espada, que colgaban cabeza abajo de ganchos metálicos; las cajas de fruta  y  verdura  estaban  dispuestas   según  unas   pautas

 

ordenadas;  los   comercios   tenían  los   portones   medio abiertos mientras sus propietarios echaban agua en la acera para limpiarla. Cuando recorríamos las estrechas calles laterales a lomos de nuestras monturas, por encima de nosotros las atareadas amas de casa ya habían colgado la ropa de cama en los alféizares para que se aireara.

Me  imaginé  que,  en  casa  del  contratista,  Junia  ya estaría levantada y mandoneando a los esclavos mientras se preocupaba por el desaparecido Cayo Baebio. Escondida en la cama, Maya enterraría la cabeza contra la espalda de Petro, como si el ajetreo le fuera indiferente. En mi apartamento, Helena yacería completamente despierta, intentando no inquietarse acerca de mi paradero.

Preocupados por el recibimiento que nos darían, tanto Cayo como yo queríamos ir más deprisa, pero nos retrasó una calle cortada. Había habido un incendio. Las primeras horas de la mañana solían ser el momento en que los papanatas contemplaban los restos de un incendio, el frecuente  resultado  de  los  accidentes  con  lámparas  de aceite. Una pequeña multitud se había congregado junto a una casa quemada de la que todavía se estaba sacando el mobiliario carbonizado. El propietario se dejó caer sobre los restos de un arcón destrozado con la cabeza entre las manos; su esposa, profundamente  conmocionada,  se limitaba a mirar fijamente la ennegrecida fachada de su hogar.

 

- ¡Da la impresión de que lo han perdido todo! -Cayo

Baebio acogía la tragedia de otras personas con deleite.

Nos hallábamos en un distrito residencial no muy alejado  del  foro.  Se  encontraba  a  cierta  distancia  del cuartel de los vigiles, por lo que tal vez no había habido tiempo  de  llamarlos  cuando  se  divisaron  las  llamas.  En lugar del debido cuerpo de bomberos, eran algunos vecinos del  lugar  los  que  estaban  supervisando   la  operación. Parecían estar muy bien organizados. Cuando llegamos los vimos sacando enseres en medio del acre olor a humo y las nubes de sucio polvo. Oímos el fuerte estrépito de las paredes y escaleras cuando el rezón las echaba abajo; supongo  que  creían que  el  interior  había quedado  poco firme. Parecía que aquella situación, con los civiles haciéndose  cargo  de  la  situación,  era  normal  en  Ostia. Como ya estaban agotados, se habían puesto de mal humor. Un grupo bajó por la calle a grandes zancadas y empezó a hacer retroceder a la multitud; el gentío se dispersó con rapidez,  como  si  esperaran  que  los  trataran con rudeza. Cayo y yo tardamos más en reaccionar.

- ¡Quitaos de ahí, idiotas! -Aquel bestia corpulento no nos dio oportunidad de soltarle alguna impertinencia. Un airado colega suyo le dio una palmada al burro que montaba Cayo; fue un golpe feroz, por lo que el asno se empinó y se tambaleó prácticamente  erguido sobre sus patas traseras. Nos costó sudores controlar al animal, en tanto que Cayo

 

siguió aferrado a él; entonces fue el mío el que hizo de las suyas. Resultó más fácil seguir calle abajo, calmando a nuestras monturas al tiempo que avanzábamos.

Luego tuvimos que subirnos a la acera y apretujarnos contra las  paredes  de  las  casas  cuando  topamos  con un corto  convoy  de  carros  de  albañil  que  se  acercaban  a nosotros anunciados por un traqueteo. Iban vacíos excepto por los trabajadores, que sin duda se dirigían a efectuar la demolición. Todo  aquello  era extremadamente  eficiente. No podría decir por qué experimenté una cierta inquietud.

 

Devolvimos nuestros borricos al establo donde los habíamos alquilado y conseguí deshacerme de Cayo en casa de Maya sin que me hicieran entrar. Lo último a lo que podía enfrentarme era a un altercado con Junia.

De hecho Helena estaba esperándome cuando entré en nuestro apartamento. Estaba sentada a una mesa enfrente de la puerta, con la barbilla apoyada en las manos. Iba vestida con un ligero vestido azul de manga corta, pero se había dejado el fino cabello suelto y no llevaba ninguna joya. Sus grandes  ojos  castaños  se  cruzaron  con  los  míos, preguntando si estaba bien. Sonreí cansinamente, en señal de asentimiento. Cuando me acerqué a ella tan sólo pude dejar el pan que había comprado antes de que sus brazos me rodearan  con  fuerza.  Noté  cómo  le  latía  el  corazón mientras absorbía mi presencia y se calmaba.

- No  pasa nada, cariño. Hubo  algo  que  nos  retrasó

 

anoche. Sólo eso.

- ¡Ah, sabía que Cayo Baebio cuidaría de ti!

Helena Justina se echó hacia atrás para inspeccionar los moretones de la paliza que me había propinado Crátidas.Entonces ya estaba en casa y, como novia de un informante, Helena había visto daños mucho peores. Casi estaba  calmada.  Sólo  la  fuerza  con  la  que  apretaba  los labios hablaba de emociones ocultas.

- De modo que sí es un pirata -comentó al tiempo que toqueteaba  mi  mejilla  dolorida.  Mientras  estaba  fuera, debió de persuadir a Junia para que confesara lo que Cayo Baebio sabía acerca de Damágoras.

- Él dice que no.

Helena Justina me miró con sus oscuros e inteligentes ojos. Atribulados pensamientos cruzaban por aquella aguda mente.

- Creo que es un pirata que miente.

- Formará parte de su trabajo. Pero afirma no ser más que un honesto capitán de barco retirado hace ya mucho tiempo… que quería que Diocles lo ayudara a escribir la historia de su vida.

Helena volvió a estrecharme en sus brazos. Aquellas palabras que me susurró contra el cuello me cosquillearon de forma seductora:

- Un pirata que miente sobre su pasado… ¿entonces lo que  quería  era  que  el  negro  desaparecido  falseara  sus

 

memorias?

Estuvimos de acuerdo en que parecía absurdo.

Pero cuando Helena y yo hablamos de ello con detenimiento, nos preguntamos si Diocles había iniciado el proyecto de forma inocente para sacar un dinero extra en vacaciones… sólo para descubrir una historia inesperada.

¿Acaso Damágoras, como un tonto, había contratado a la persona equivocada? ¿Acaso el cronista se enteró de algo que despertó sus instintos de investigador y había estado a punto de sacar a la luz algún chisme en la Gaceta Diaria? Eso podía haberle causado serios problemas. ¿Entonces Damágoras le había hecho daño al cronista? No cabía duda de que contaba con el inestimable respaldo de unos compinches -Crátidas, por lo pronto- que podían llegar a ser muy violentos.

Retrocedí   a  una  etapa  anterior.  ¿Podría  ser  que Diocles hubiera sospechado desde el principio que allí se cocía una suculenta historia? ¿Vino a Ostia de manera deliberada con la intención de poner en evidencia a Damágoras?  Había  permitido  que  los  dos  colegas  del cronista me engatusaran con relación a sus motivos… o tal vez su compañero los había dejado en la inopia a propósito.

Fuera como fuera, tendría que averiguar por mí mismo qué era aquello de lo que el cronista se había enterado en la villa. Necesitaba más información sobre los antecedentes de Damágoras… y la necesitaba deprisa.

 

 

 

XVII

 

 

Poco después, me encontré con Petronio en el cuartel de los vigiles. No habíamos quedado en nada concreto. Con Junia y Cayo enzarzados en sus discusiones maritales, no era de extrañar que Petro se hubiera escapado pitando a trabajar. Fui andando hasta el cuartel y lo encontré en compañía  del  oficial  al  mando.  Petro   fingió   que  se sorprendía al verme, pero estaba haciendo el tonto.

El oficial que dirigía el destacamento de la Sexta Cohorte en Ostia era un ex matón del ejército bajito y con barba: la misma caricatura del liderazgo que encontré el día anterior. La poco servicial. Había preguntado sus antecedentes, así pues sabía que había sido un centurión legionario y que se había propuesto alcanzar metas más elevadas. Según él, había tomado el camino de los vigiles para conseguir un puesto en la Guardia Pretoriana. No cabía duda de que ocurriría. A mí me parecía un idiota. Encajaría estupendamente.

Petro actuó de intermediario con aquel encanto, que se llamaba Bruno. Expliqué mi interés con relación a la piratería. Bruno se puso bravucón.

- Bueno, si el propietario de la villa es octogenario y se supone que está retirado, no es de extrañar que no lo encontrara  en  nuestra  lista  de  individuos  de  conducta

 

desviada.

Me abstuve de recordarle a Bruno que se había negado a consultar las listas. Petronio lo había hecho por mí personalmente, de manera que no había necesidad de provocar roces. Podía reservarme el placer de aplastar a ese gusano para más adelante; es mejor dejar que las cosas buenas se tomen su tiempo.

- ¿Actualmente cuál es la postura con respecto a los piratas? -seguí el ejemplo de Petro y traté a ese hombre con cortesía aun cuando lo que quería era meterle su vara de vid en algún lugar oscuro e íntimo.

- No existen los piratas -afirmó Bruno-, oficialmente. Petronio expresó la pregunta de otra manera con una

sonrisa pacífica:

- ¿Cuál es la postura no oficial?

- Los piratas no se marcharon; son como un asqueroso sarpullido que siempre reaparece. Pero actúan frente a las costas de Sicilia, Cerdeña y Cilicia. Los vigiles son una fuerza terrestre, de manera que, gracias a los dioses, esos cabrones no están dentro de nuestra competencia.

- Entiendo que un viejo pirata retirado que nunca abandona su hogar costero sería de muy poco interés - sugerí-,  pero  ¿vuestra  lista  de  indeseables  de  Ostia  no incluye  líderes  actuales  en  caso  de  que  hayan desembarcado?

- Ya tenemos  bastantes  cosas  que  hacer  -se  quejó

 

Bruno-  guardando  la reserva de  grano  y atrapando  a los rateros de la zona de los muelles.

- ¿La vigilancia, entonces, no es competencia vuestra?

 

-  De  eso  se  encarga la marina.  -Fue  seco; detecté celos. Inevitablemente para alguien tan profundamente ambicioso, y que no era un idiota, Bruno sabía más de lo que había dicho-: Puedo sugeriros un contacto naval competente  -ofreció-.  Se  encuentra  en  Portus  por casualidad con una parte de la Flota de Miseno. -Me acordé de los tres trirremes que había visto allí.

Petronio, que tenía libre acceso a chambelanes, jefes de cocina y enormes divanes para comer, se ofreció voluntario para invitar a cenar al contacto naval. Puesto que Bruno era nuestro intermediario, terminamos por invitarlo a él también. Al menos confiábamos en que no robaría la ropa blanca de la casa; Bruno tenía tantas ganas de ascender que seguro que poseía su propia servilleta para la cena, lista para cuando se le permitiera atender a lujosos banquetes con la élite. No estaba lo suficientemente al tanto como para saber que la élite te da una para llevar.

Apuesto a que Bruno ya tenía un uniforme pretoriano y se lo probaba a escondidas cada noche.

 

La hora convenida para la cena llegó, y tanto Bruno como nuestro contacto se hicieron esperar. Tal vez tuvieran esposa,   pero   fuera   de   su   lugar   de   residencia   se

 

comportaban como hombres solteros. Imaginé que habrían hecho un alto en el camino para beber algo. Posiblemente se hubieran parado más de una vez. Petro y yo no tardamos en tener problemas por su despreocupado comportamiento. Formábamos un gran grupo familiar en el que no faltaban bebés, niños y jóvenes, todos ellos vociferando para que les dieran de comer a la hora adecuada… por no mencionar a las mujeres, que adoptaban una actitud glacial cuando les estropeábamos sus planes domésticos.

Afortunadamente, la casa del contratista de obras tenía varios  comedores.  Mientras  hacíamos  tiempo,  Petronio pidió a un camarero que sirviera la cena al grupo familiar enseguida. Nosotros tomaríamos aparte una colación. Cada vez más impacientes con nuestra ropa de fiesta, Petro y yo también bebimos algo con aire taciturno.

Llegó Bruno, solo. El agregado naval debía de haber ido a tomar algo por su cuenta. No eran tan amigos como habíamos supuesto.

Le ofrecimos un poco de vino a nuestro comensal. Mientras picábamos unos frutos secos, para entablar conversación mencioné el incendio con el que Cayo y yo nos habíamos topado aquella mañana. El brusco comportamiento  de  los  hombres  que  limpiaban  la  zona seguía preocupándome.

- ¡Parece que se hizo lo correcto! -asintió Bruno sabiamente.

 

- Me sorprendió que las tareas de extinción no las realizaran los vigiles -di a entender al tiempo que miraba a Petro de reojo. Me pregunté si el destacamento de la Sexta no sería sino un atajo de vagos.

- ¡Ojalá! Lo que viste es lo que se acostumbra a hacer en Ostia, Falco. Se remonta a antes de que los vigiles llegaran  aquí.  Antes  que  nosotros,  el  gremio  de constructores siempre extinguía los incendios; tenían el equipo adecuado, ¿sabes? Y se ha conservado  esta costumbre hasta hoy.

Cuando alcé las cejas, Petronio intentó aclarármelo.

- Sólo en los incendios de bienes domésticos.

- No lo entiendo -dije.

- Existía un resentimiento local en cuanto al hecho de que hubieran emplazado aquí a los vigiles de Roma. Algún prefecto decidió que respetáramos las susceptibilidades, de modo que dejamos que el gremio de constructores siguiera ocupándose, como antes, de las zonas residenciales.

- Deduzco que tu anfitrión, Privato, es el número uno del gremio, ¿no? ¿Es por eso que está tan dispuesto a ser hospitalario? -Intenté no dar una impresión sentenciosa, aunque me parecía una situación extraña.

Bruno se sirvió más vino en una copa de plata de la elegante mesa de licores de Privato.

- Tampoco tenemos que hacernos arrumacos necesariamente.

 

- ¿Problemas? -pregunté.

- El gremio puede llegar a ser un poco prepotente - admitió Bruno.

Por lo que había visto de su comportamiento  en la calle, aquello era quedarse corto.

- ¿Es muy poderoso este gremio?

- ¡Demasiado poderoso! -gruñó Petronio.

- Mira, Ostia está repleta de gremios y asociaciones - me contó Bruno-. No hacen ningún daño; los toleramos. Ya sabes cómo funciona: las estrellas de un oficio se reúnen para celebrar comidas, entre todos contribuyen a un fondo funerario, erigen estatuas municipales. Los mercaderes de vino tienen su propio foro; cuando quiero pasar una tarde agradable,  bajo  a  comprobar  sus  licencias. Tradicionalmente los constructores navales han sido hasta ahora el grupo más numeroso, pero los albañiles están creciendo  rápidamente  debido  a todos  los  contratos  de obras públicas en el puerto y sus alrededores.

De eso ya me daba cuenta. Nuestro ausente anfitrión Privato estaba forrado. Aquel comedor daba a un pequeño jardín interior pintado al fresco con escenas marítimas. En el extremo más alejado había una gruta hecha con conchas de mar que formaban intrincados motivos. Unas lámparas flotantes   se   movían   entre   nenúfares   en  un  estanque alargado   situado   entre   los   divanes.   Tuve   la  horrible sensación  de  que  nuestra  cena  vendría  servida  en  unas

 

maquetas de barcos de oro puro.

- Por lo que veo Prívato está haciendo mucho dinero.

- Privato ni siquiera ha empezado -se quejó Petronio-. Quiere reurbanizar toda la maldita ciudad. Así que dinos, Falco, ¿hubo golpes y empujones inadmisibles en este incendio  que  presenciaste?  -Supuse  que  tanto  a  Bruno como  a  él  les  gustaría  reunir  pruebas  de  mal comportamiento para ejercer presión y que la dirección de los vigiles relevara a los albañiles en su papel de bomberos.

- Y ahora, Lucio, viejo amigo, si tienes tantas ganas de salir  de  la cama de  Privato,  dime  ¿por  qué  accediste  a alojarte aquí en su casa?

- Rubela. -Rubela era el tribuno de la Cuarta Cohorte, el jefe de Petro. Rubela sabía que Petronio Longo era un oficial  condenadamente  bueno,  pero  sospechaba  de  una ligera  insubordinación  por  su  parte.  Por  regla  general Rubela no proporcionaría cartas de presentación.

- ¡Pero si a ti Rubela te da risa!

Petronio fingió tener un tic nervioso provocado por la tensión resultante de mencionar a su oficial superior. Pero entonces dijo:

- Tengo que admitir que me consiguió un alojamiento estupendo.

- ¿Qué se trae entre manos?

- Es una iniciativa oficial para mejorar las relaciones con los contratistas. Rubela me pidió que confraternizara.

 

- ¿Y a ti dónde  te  han alojado  para que  hagas  vida social? -pregunté, dirigiéndome a Bruno.

- No somos tan fraternales como eso. Yo tengo que pasar sin comodidades en el cuartel. -Hubo una pausa, durante la cual todos nosotros confraternizamos mentalmente  con el adinerado  Privato bebiendo  un poco más de su buen vino-. Continúa, Falco. ¿Qué es lo que te preocupó de esos cabrones del servicio contra incendios?

- Bueno, seamos justos: eran unos tipos rudos y se trataba de una situación de emergencia.

- ¿Estaba justificada su rudeza?

- Lo único que hicieron fue darle un empujón al burro que montaba Cayo.

Petro y Bruno se miraron el uno al otro y se rieron. Decidieron conjuntamente que era aceptable: encontrarte a Cayo Baebio en tu camino se consideraba una provocación.

- Probablemente los vigiles hubieran empujado a ese borrico hacia atrás hasta la Puerta Marina -se mofó Petro.

-  Con  Cayo  Baebio  atado  por  los  pies  debajo  del animal -amplió Bruno.

Petronio se había quedado callado mientras me observaba.

- ¿Crees que tenemos que vigilar a esos constructores, Falco?

- Sí. -Dejamos el tema.

 

XVIII

 

 

El hombre de la marina era mayor de lo que me había esperado:   un  tipo   de   pelo   cano,  vestido   de   manera recargada y excesivamente escrupuloso en el hablar. Tenía aspecto   de  ser  un  liberto   que   anteriormente   hubiera trabajado  como jefe de vestuario  del emperador, cuando éste no era el antiguo soldado Vespasiano, sino una de las jóvenes y disipadas divinidades -Nerón o Calígula- a las que les  gustaba  el  incesto  y  el  asesinato.  El  marino  llegó cargado   de   regalos   para  la  anfitriona,  a  quien  pidió disculpas por el retraso; también repartió un montón de guirnaldas entre nuestras mujeres, que no quedaron nada impresionadas.

- Encantador -le murmuré a Petro, que me respondió refunfuñando entre dientes.

Aquella galleta de barco se llamaba Canino. No nos sorprendió el hecho de que un contacto recomendado por Bruno terminara dándonos más problemas que otra cosa. Era evidente que Canino llegaba con horas de retraso adondequiera que fuese y que creía que unas cuantas flores lo eximían de toda culpa. Maya fue poco educada cuando pasó los regalos florales directamente a un esclavo; Junia dio un fuerte estornudo; Helena tenía un brillo desafiante en  los  ojos.  Sólo  los  niños  se  pusieron  a  gritar  de

 

entusiasmo  ante las largas ristras de rosas que en breve quedarían destrozadas por completo.

Por fin pudimos comer.

- Espero que el cocinero pueda encontrar algo que todavía esté caliente -nos gritó Maya con sarcasmo.

- ¡Tu hermana es una mujer adusta! -observó Canino en voz demasiado alta.

- Es que acostumbra a beber un poco -mintió Petro en un tono más cauteloso-. La próxima vez prueba a traerle media ánfora de vino de Falerno…

Por desgracia para él, Maya todavía no se había ido, sino que estaba apoyada en una columna de imitación de mármol y al oír aquella calumnia apretó los labios con tanta fuerza que me recordó a mi madre.

 

Fue una buena cena. Dejé que Petro disfrutara de su comida sin contarle el problema que tenía por delante con mi hermana.

Cuando, después de tres elegantes platos, los esclavos se llevaron las mesas en las que sirvieron la comida, les indicamos por señas que entonces ya nos serviríamos nosotros mismos el vino; nos dejaron muchas jarras, pues estaban bien entrenados de las veces en las que el gremio de constructores se acomodaba para pasar una larga noche discutiendo los mesurados precios para el cemento impermeable y sobre cómo amañar la votación en las próximas elecciones del gremio.

 

- Hemos oído que eres un especialista en piratas, - Petro tenía la esperanza de hacerle una consulta experta a Canino y luego quitárselo de encima. No hubo esa suerte; le gustaba demasiado hablar.

- ¡Sí, soy vuestro hombre! -entonó Canino al tiempo que extendía el brazo como un loco hacia el enlucido con motivos ornamentales y la cornisa cóncava del techo que teníamos   encima,  como   un  orador   que  arrastrara  las palabras en la sesión de tarde de los tribunales. Era zurdo. Me fijé en eso. Sujetaba firmemente la copa con su mano izquierda, de manera que el rebosante líquido apenas se meció a pesar de su frenética pose.

Mi entrenador personal, Glauco, era partidario de mantener el cuerpo inmóvil mientras ejercitabas piernas y brazos  hasta  que  se  te  saltaban  las  lágrimas;  Canino  le hubiera encantado.

- Naturalmente, depende de cómo lo mires -deliró Canino-. Tomemos tierra y démosles una paliza a los habitantes del lugar: eres un pirata; yo soy un guerrero heroico con pretensiones expansionistas en nombre de mi ciudad estado… Al menos se remonta a Atenas…

- Los griegos; grandes navegantes -asintió Petro. Viniendo de él no era ningún cumplido.

Canino pareció no darse cuenta.

- La piratería era la alternativa rápida a la diplomacia. Lo  mismo  que  con  las  malditas  islas.  Rodas,  Creta,

 

Délos… sobre todo Délos… nada más que unos grandes mercados libres donde los saqueadores podían vender su botín sin que les hicieran preguntas. Pensad en el puñetero mercado de esclavos de Délos: diez mil personas transportadas diariamente, tanto en tiempos de paz como de guerra. Dicen que los prisioneros se venden en cuanto un capitán  los  descarga,  y  nadie   pregunta  si  antes   eran hombres y mujeres libres que nunca hubieran tenido que estar encadenados.

- ¿Todavía? -logré decir.

- ¿Todavía? ¿Qué quieres decir con eso de todavía, Falco?  ¿Es  que  algún  gracioso  te  ha  contado  que  el comercio de esclavos finalizó?

- No. El enorme apetito de Roma por los esclavos ha mantenido en funcionamiento el mercado de Délos…

- ¡Con cencerros de asno y todo!

- ¡Tilín! Me refiero a si todavía son los piratas quienes suministran esclavos.

- ¿Y quién si no? -Canino dejó la copa de golpe. Podía hacerlo  sin  temer  nada  porque  entonces  estaba  vacía. Bruno, que nos lo había presentado, empezaba a mostrarse nervioso ante la capacidad de aquel hombre. Al menos, ver sudar a Bruno hizo que la noche valiera la pena-. Tenemos la paz romana, Falco. Nada de guerra, ni de prisioneros de guerra.

Para preservar la bodega de su anfitrión, Petro intentó

 

no hacer caso de las copas vacías, de modo que Canino se llenó la suya. Para ser justos, no era egoísta: también nos sirvió a los demás.

- Bebe, joven -le metió prisa a Petro el náutico borrachín, como si se dirigiera a un novato. Afortunadamente, mi viejo compañero de borracheras pudo fingir que era tolerante.

- Cuéntanos  más cosas -dije con voz ronca, aunque para entonces estaba tan bebido que había perdido interés en la investigación.

Canino me complació alegremente, como un horrible filósofo que, refunfuñando, emprendiera la siguiente parte de un discurso de tres horas.

-  Veamos  algunas  definiciones:  piratería, características de…

- Podemos pedir que vayan a buscar una pizarra si necesitas hacer algún esquema -Bruno dejó de tomarse aquello en serio.

Canino no le hizo ni caso.

- Riesgo, violencia, saqueo, muerte. Los cuatro pilares del robo marítimo organizado. Para el ladrón marino medio la muerte es lo mejor. Los asaltos en tierra o los ataques a barcos   mercantes,  todos   ellos   implican  el  robo   con violencia y parte de la emoción consiste en… -Se detuvo, extrañado de que hubiera podido pasar por alto un elemento vital-.  Emoción…  Riesgo,  emoción,  violencia,  saqueo,

 

muerte… los cinco pilares.

Bruno tenía junto a él una mesa para una lámpara en la que dispuso cuidadosamente tres manzanas, un higo y un huevo duro a medio comer para representar el crucial quinario. Fue quinario la palabra que utilizó, y me quedé francamente  sorprendido  de  que  la conociera,  o  de  que fuera capaz de evocarla en su empañada mente.

- Especialmente la muerte -entonó Petronio. Estaba tumbado de espaldas en el diván que compartía conmigo, inspeccionando  el  techo.  La túnica  de  color  crudo  que llevaba Petro con el ribete imitando una cuerda, su atuendo favorito para cuando no estaba de servicio, se le había arrugado  en  torno  a  las  axilas.  Él  tenía  una  expresión vidriosa que no había visto desde nuestra última noche en Britania,  la  noche  que  abandonamos   el  ejército.  Una historia en sí misma.

De pronto me entraron ganas de vomitar. Me dije que se me pasaría.

-  El  asesinato  -nos  informó  Canino-  es  el  juego favorito en las fiestas de vuestros piratas.

- ¿Y la violación? -sugirió Petro.

- La violación está bien, pero el asesinato es mejor.

- Y con diferencia -aplaudió Petronio-. Gracias.

- Para esta gente… -Canino era capaz de parlotear durante horas sin pensar en ello-. Su modo de vida no es más que un negocio. La piratería equivale al comercio. Los

 

barcos equivalen a la inversión. El saqueo equivale a los beneficios.  Para  vuestro  pirata  son  beneficios  de actividades legítimas.

- Acaso… -Bruno se despertó de repente-, ¿Es que les das esta charla a los reclutas?

- «Conocer al enemigo» -confirmó Canino al tiempo que se daba unos golpecitos en la nariz-. Mi gran especialidad. Cada vez que tenemos a un maldito almirante nuevo que no ha sido más que un beodo costero hasta que su mejor amigo el emperador le da una flota para que juegue… en tan desventurada ocasión, tengo que dar esta charla para el beodo. Entonces me pongo mi mejor ropa blanca. Aveces incluso permanezco sobrio mientras hablo sin decir nada para el beodo. En el intervalo, lo hago una vez al año para los capitanes de los trirremes en su juerga de las Saturnales. Sumamente borrachas, todas las partes; con gestos.

- ¿En Miseno? -quiso saber Bruno por alguna razón.

- No, estoy en Rávena. -Bruno, que previamente nos había dicho que Canino era de la flota de Miseno, pareció molesto.

- Dime -le rogué-. Antes de que me desmaye bajo este pie  de  lámpara  de  tan buen  gusto  -un peludo  sátiro  de bronce dotado de un gran pene. Privato, su propietario, poseía un gusto lamentable-. Habíame de Cilicia.

 

Canino me lanzó una mirada intensa y recelosa. Una

 

vez más, tenía la copa vacía, aunque en aquella ocasión se abstuvo  de  llenarla.  Petronio  le  puso  más  vino. Con un gesto de la mano le indiqué a Petro que se detuviera, pero también llenó mi copa; observé que dejaba la suya vacía.

- ¿Qué interés tienes en Cilicia, Falco? Me obligué a sonreír.

- Si lo supiera no estaría preguntando para conseguir pistas.

- ¿Has estado allí alguna vez? -preguntó Canino.

- No.

- Lo cual es raro en Falco -intervino Petronio lealmente-.  Es  un hombre  que  ha viajado  mucho.  Didio Falco es un nombre que hace que las camareras se sonrojen en las bodegas de lugares tan alejados unos de otros como Londinium y Palmira. He oído que, si dices el nombre de este hombre  en la ardiente  Leptis  Magna, vendrán corriendo  veinte  caseros  esperando  una enorme  propina por el heno y la avena.

- Creo que me has confundido con mi hermano, Petro.

- Pues me da la impresión de que me gustaría conocer a  tu  hermano  -dijo  Canino.  Gracias  a  los  Dioses  no podíamos presentárselo; mi hermano, a quien le encantaban los aprovechados, hacía tiempo que estaba muerto.

- Nunca doy propina por la avena. -Puse fin a aquella tontería-: Cilicia -le recordé a Canino.

-  Cilicia  -replicó.  Entonces   hubo   un  prolongado

 

silencio, durante el cual ni siquiera bebió.

 

-  Cilicia,  Panfilia,  Licia.  Los  tres  bandidos  de  los mares orientales. -Canino dejó que su voz reflejara un deje atemorizado-. Países que han tocado fondo. Son vecinos; se dan refugio unos a otros. En Panfilia encontrarás puertos que han sido creados expresamente para que los piratas cilicios los utilicen como puestos de venta y en Licia hay pueblos enteros ocupados por marineros cilicios. Durante largo tiempo la propia Cilicia ha sido la más famosa de todas  estas  guaridas.  Entre  las  montañas  y  el  mar.  Las gentes de las montañas afirman ser totalmente agrícolas. Tal vez lo sean. Pero hay infinitos puertos pequeños en una costa rocosa, bases y mercados ideales: las dos cosas que necesitan los piratas.

- Y en esos rocosos muelles -sugerí- viven personas cuyos barcos no incendió Pompeyo el Grande… por alguna razón. ¿Son personas que dicen haber recurrido a la agricultura y que afirman que mantienen las embarcaciones para pescar de vez en cuando y navegar un poco en verano?

- Unos barcos que por casualidad son muy veloces, muy ligeros, a menudo son embarcaciones sin cubierta y con mucho  brío -asintió  Canino  con sequedad-. Todas y cada una de ellas con una proa picuda y prominente.

- ¡Algo a lo que agarrarse cuando se asoman con las redes para pescar langostinos!

- Eres un caso, Falco.

 

- ¿Qué se cuenta de Pompeyo entonces? -le insistí. Canino  tomó  una de  las  manzanas  que  Bruno  había

colocado  en  su  mesa  auxiliar.  No  me  acordaba  de  si representaba la «emoción» o la «muerte».

- Pompeyo  -caviló  mientras  masticaba. Inmediatamente   supimos  cuál  era  su  actitud  hacia  el Grande-. Ambición con aletas.

- Me gusta la nueva definición -murmuré.

- ¡Preciosa! -sonrió Petronio. Compartía mi opinión sobre los hombres famosos.

-  ¿Queréis  saber  lo  que  pienso  de  los  Cuarenta  y

Nueve Días?

- Será mejor que primero definas eso. -No tenía ni idea de  lo  que  eran los  Cuarenta y Nueve  Días, aunque estaba empezando a pensar que sería el tiempo que íbamos a estar allí aguantando a esos dos.

Canino suspiró.

- Retrocedamos, entonces. Son los días de la antigua República  y  Roma  atraviesa  momentos   difíciles.  Los piratas se deslizan por todo el Mare Nostrum. Nuestro mar es su mar. Los piratas saquean las costas de Italia, atacan nuestras ciudades y llegan a Ostia. Cualquier lugar próspero en tierras bajas era una atracción… -De pronto había cambiado el tiempo verbal, pero no era momento de correcciones-.  El  suministro  de  grano  se  hallaba seriamente amenazado. Con el populacho romano furioso

 

porque tenía hambre, las costas eran condenadamente peligrosas. Había suficientes violaciones y muertes como para llenar una novela, y lo que es peor (de hecho, fue su gran error), siempre que los piratas capturaban a un hombre importante, lo humillaban con insultos.

- ¡Ay! -gritó Petronio, riéndose.

- Entonces, después de que un número suficiente de víctimas de alta alcurnia hubieran sufrido estas vejaciones, Pompeyo sale a limpiar el mar de piratas -dije-. ¿Y tarda cuarenta y nueve días?

- Ya llegaré a eso -Canino se negó a que le metieran prisa.  Aunque  yo  estaba  en  lo  cierto  en  cuanto  a  los malditos cuarenta y nueve días-. Primero Pompeyo asegura el  suministro  de  grano:  acuartela  legados  en  Cerdeña, Sicilia  y  el  norte  de  África.  Casualmente…  -nuestro mentor se fue por las ramas-, el joven Sexto Pompeyo, cuando más adelante se peleó con el triunvirato, utilizó exactamente la misma táctica que su grandioso padre, pero a la inversa. Se unió a unos piratas y luego puso fin al comercio del este, del oeste y del sur. ¿Cómo lo hizo? Se estableció en…

- ¡Cerdeña, Sicilia y el norte  de África! -coreamos

Petro y yo, que todavía intentábamos meterle prisa-. Pero,

¿cómo se las arregló Pompeyo  padre para dar su espectacular golpe maestro?

- Espectacular sí que fue. -Canino parecía hablar en

 

serio-. Por lo que yo sé, no tenía más de un centenar de barcos. Patrullar por todo el Mediterráneo era como arar en el mar. Sólo la mitad del contingente estaría en condiciones. Seguro que algunas embarcaciones eran viejas carracas de pescar anchoas a las que habían sacado de su retiro.  Fue  un  trabajo  hecho  deprisa  y  corriendo.  Un clásico. Pero de algún modo Pompeyo hizo retroceder a la flotilla  de  piratas  hasta  Cilicia.  Hubo  algún  combate, aunque  nada digno de incluir en los anales. Entonces  se ocupó de ellos con ese especial milagro romano. ¡La clemencia!

- ¿Bromeas? -Hasta Bruno se despertó.

- No bromeo. Podría (o tal vez digas que debería) haberlos crucificado a todos. Ellos sabían que era lo que correspondía hacer, y sin embargo Pompeyo prometió no matar a ninguno que se rindiese. Huyeron y se fueron a casa, temerosos de su reputación. Entonces, tal como has dicho antes, Falco, Pompeyo no quemó sus barcos. Dejó que se supiera que había visto a mucha gente a quien la pobreza había conducido por el mal camino y ofreció el mejor trato a aquellos que se entregaron.

- ¿Piratas arrepentidos acudiendo en masa a rendirse?

- Los piratas son unos cabrones sentimentales. Te sacarán las entrañas… pero todos quieren a sus madres. Pompeyo los estableció en pequeñas granjas. Todas cerca de un río o de la costa… eso debió de ser por si acaso los

 

piratas echaban de menos el agua salada. Adanos, Mallos, Epifanía. Un gran contingente en Dimes, en Acaya. Y luego, por supuesto, estaba Pompeiopolis, por si acaso alguien se olvidaba alguna vez quién merecía todo el reconocimiento.

- ¿Una ciudad nueva?

- No había tiempo para construir una nueva. Es una antigua ciudad a la que se ha dado un nuevo nombre, Falco.

- He estado hablando con un hombre de Pompeiopolis

-le dije-. Un tipo raro llamado Damágoras.

- Nunca he oído hablar de él. ¿Es un pirata?

- ¡Oh, no! Asegura que no lo ha sido nunca.

- ¡Miente! -se mofó Canino.

- Parece probable. Tiene una mansión repleta de un lujoso botín procedente de todo el Mare Nostrum y no hay una  explicación  evidente  para  sus  adquisiciones…  Así pues, a pesar de las pequeñas granjas, ¿siguen saqueando los mares?

- Roma necesita sus esclavos, Falco.

-  ¿Quieres  decir  que  necesitamos  que  los  piratas actúen?

Canino fingió escandalizarse.

- Yo no he dicho eso. Es una traición sugerir que Pompeyo fracasó. Él resolvió el problema. Es un triunfo romano. Los mares están limpios de piratas. Eso es oficial.

- Entonces es una gilipollez oficial.

-  ¡Vaya,  muy bien,  Falco,  ahora    que  pareces  un

 

político!

Todos nos reímos. Pero claro, puesto que algunos de nosotros no nos conocíamos, lo hicimos con cautela.

 

XIX

 

 

Nada  de  todo  aquello  me  estaba  ayudando  en  mi misión de encontrar a Diocles.

A Petro se le contagió mi descontento. De pronto se puso de costado y miró fijamente a Canino.

- Bruno dijo que eras un especialista en piratas. Si oficialmente no existen, ¿cómo es eso?

- Así es la marina -respondió la galleta de barco, adoptando una actitud de resignada timidez.

- ¿Qué estás haciendo aquí en Ostia? -hice la pregunta con la mayor suavidad posible. Se encontraba muy lejos de Cilicia, si es que Cilicia era el centro de la piratería.

- Estoy en misión conciliadora.

- ¿Con tres trirremes?

Canino pareció sorprendido. Dejé que se preguntara cómo  sabía  yo  eso.  No  era  ningún  secreto,  ni  mucho menos.  Cualquiera que  deambulara  por  Portus  las  podía haber visto y contado.

- Cuando necesitas un barco de guerra no hay ninguno y luego aparecen a puñados -sonrió.

- ¿Para unas maniobras costeras? -Petronio, un típico miembro de los vigiles, quería saber qué era lo que estaban organizando otras unidades en el territorio que actualmente ocupaba.

 

- Nos limitamos a ir de puerto en puerto y gritar el nombre del emperador. Cuando  los mandamases  deciden que merecemos permiso para bajar a tierra nos dejan venir aquí y sumarnos al mogollón atracado en Portus. Les enseñamos las normas a los comerciantes extranjeros.

- ¿No habéis dado caza a ningún barco pirata en tierra?

-preguntó Petro.

-  ¡Por  Júpiter,  no!  No  queremos  escenas desagradables en el umbral del emperador. -Hasta que la conversación  se  volvió  política,  Canino  se  había dejado llevar por la pasión en su discurso. Ahora se limitaba a soltar   tópicos.   No   creía   que   el   cambio   lo   hubiera ocasionado la bebida; había demostrado ser inmune al vino. Estaba ocultando algo.

- Seré claro -dije. Estaba demasiado achispado para pensar en algo complicado-. Tenía la esperanza de que pudieras explicarme por qué un cronista que escribe conocidas     secciones     de     la Gaceta       Diaria habría contactado  con un hombre  del  que  se  cree  que  fue  un pirata.

- ¿Por qué no se lo preguntas?

- Lo siento; creí que eso ya lo había explicado. El cronista ha desaparecido.

Tal vez un cambio ensombreció el rostro de Canino.

-  ¿Piensas  que  lo  han  capturado?  Bueno,  ya  sabes cómo solían trabajar en los viejos tiempos: si los piratas

 

hubieran hecho prisionero a alguien que valiera algo, se mandaría una nota a la gente que lo conociera, mediante un intermediario, fijando un rescate muy cuantioso.

- ¿Te parece que es posible? -No se me había ocurrido que Diocles pudiera haber sido apresado por los piratas. En realidad, no lo creía.

- Pues claro que no -repuso Canino con sequedad-. Lo de  pagar  un  rescate  por  un  cautivo  es  historia.  Ahora tenemos la paz romana. La anarquía sólo existe fuera de los límites del Imperio. En cualquier caso -añadió, casi con desdén-, un cronista no valdría mucho, ¿verdad?

Lo que podría haber sido importante era lo que sabía dicho cronista, aunque no confiaba lo suficiente en Canino como para decirlo.

- Así que alguien debió de pegarle un coscorrón a mi cronista y enterrarlo en el suelo tras una pelea de taberna.

- Lo único que tienes que hacer es averiguar dónde solía beber -asintió Canino, como si hablara con un principiante-.  Luego  traes  un  escoplo  para  levantar  las tablas del suelo. No habrá estado escribiendo sobre piratas

-me aseguró Canino; sus palabras sonaron demasiado insulsas-. Tu cronista puede ponerse en contacto con tantos cilicios como quiera, pero ahora son ciudadanos romanos leales. Eso el cronista tiene que decirlo. La Gaceta Diaria e s un  portavoz  del  gobierno.  Se  supone  que  tiene  que realzar el brillo de la paz romana.

 

Cierto. No obstante, a Infamia sí que se le permitiría publicar si informaba de que la gloriosa paz romana se hallaba amenazada.

¿Y era así? ¿Eso explicaba la presencia de Canino?

¿Era por ese motivo que aquel experto, que trabajaba en lo que según daba a entender era un terreno extinto, había atracado en Portus con sus tres trirremes?

No tenía sentido que se lo preguntara. Canino parlotearía inútilmente toda la noche sobre lo que había ocurrido hacía cien años. No tenía intención de contarnos lo que estaba ocurriendo aquella misma semana.

 

Miré  a  Petronio.  Teníamos  que  lidiar  con  nuestra propia situación, Si nos hundíamos más en la disipación de aquella  noche,  tanto  Petro  como  yo  deberíamos  hacer frente a otra amenaza: Maya y Helena. De algún modo teníamos que animar a nuestros tediosos invitados a que se fueran a casa. Al día siguiente  ya inventaríamos  excusas para explicarle a Privato la merma de sus reservas de vino, que era mucho mayor de lo que respaldarían las reglas de la hospitalidad. Aquella noche teníamos que quitarnos de encima a los hombres que se lo estaban bebiendo.

Creedme, el resto de la fiesta fue farragoso.

 

Al final, el primero  en marcharse  fue  la galleta de barco  Se  despidió  de  nosotros  con  una  ánfora prácticamente llena de tinto de Rodas sobre el hombro. El

 

camarero, un buen tipo había procurado que a medida que continuaba la alegría disminuyera la calidad y el coste de la bebida, para limitar los daños. Su última elección fue apropiada.   Rodas   había   sido   uno   de   los   territorios históricos para la piratería que Pompeyo erradicó. El tinto de Rodas es un vino de mesa pasable cuya calidad no se ve afectada por el transporte; eso es porque, tradicionalmente, la ácida cosecha de esta isla se corta con agua de mar.

Nos resultó más difícil quitarnos de encima a Bruno. Cuando su contacto se marchó, él se deslizó desde el diván hasta el suelo de mármol; Petro y yo ya no podíamos levantarlo. No obstante, aparecieron los esclavos, lo cual me  hizo  pensar  que  estaban  acostumbrados  a recogerlo todo después de las prolongadas cenas. También supuse que habían estado escuchando la conversación.

- Canino… -dijo Bruno, que hablaba con dificultad y que estaba desesperado por comunicarse-. Mi contacto…

- Sí, es excelente -le aseguré. Yo estaba sentado en el borde de mi diván y no quería hacer ningún esfuerzo, por si acaso los resultados eran explosivos.

- Un hombre de pocas palabras… -Petronio  todavía era capaz de soltar agudezas.

- Un montón de palabras engañosas -farfulló Bruno al tiempo que un par de esclavos grandotes lo recogían y se disponían  a  sacarlo  de  allí-.  No  me  fío  de  él,  lo  he decidido.  Artista  solitario.  No  comparte  absolutamente

 

nada.   No   tiene   absolutamente    ningún   contacto.   Es absolutamente…

En ese punto, Bruno se quedó callado, absolutamente borracho.

 

Yo  me  quedé  con  Petronio.  Dormimos  ahí,  en  el comedor, incapaces de movernos.

 

XX

 

 

Omitiré todo cuanto se dijo en mi entorno doméstico al día siguiente.

 

XXI

 

 

Pasemos rápidamente a la hora del almuerzo (que no me comí) y sigamos hasta la dilatada tarde. Pasé parte de ella tumbado con los ojos cerrados, en el suelo, detrás de un arcón del equipaje donde no se me veía.

Me puse en pie como pude cuando Aulo regresó de un viaje a Portus diciendo que había encontrado un barco que lo llevaría a Atenas, además de otras noticias. Como miembro de Falco y Asociados, estaba entrenado para andarse  con  los  ojos  y  oídos  bien  abiertos.  Le  había enseñado a permanecer alerta en los barrios comerciales, no fuera que le dieran una paliza o le robaran. No quería que su madre, una mujer con carácter, me echara la culpa si alguna vez ocurría algo mientras estuviera trabajando para mí.

- Allí pasaba algo, Falco -Aulo sabía reconocer las situaciones interesantes; a su estirada manera, era un cerdo entrometido-. El capitán de mi barco tenía un verdadero disgusto…

Una de mis hijas pasó junto a él dando empujones para así  poder  quedarse  mirando  fijamente  a  su  papá,  más retraído que de costumbre.

- No lo molestes -la reprendió  Helena con frialdad

(escogiéndome   como  blanco  de  su  pulla)-.  Hoy  está

 

pachucho. Tu padre ha hecho el ridículo.

- ¡Ridículo! -Julia Junila balbució su primer polisílabo con gran entusiasmo. Tenía tres años y era todo mujer.

- Ridículo -repitió Aulo, sobrecogido-. ¿Una noche intensa, Falco?

- Incluso a ti te lo hubiera parecido.

-  ¡Oh! No  me  hubiera atrevido  a participar.  Por  si acaso te lo preguntabas -esbozó una sonrisa burlona-, traje a Helena a casa.

- Gracias -dije con voz ronca.

-   Junia  se   ofreció   para  acompañarme   -comentó Helena en tono de reproche-. Aja x nos hubiera protegido. Pero Cayo Baebio la necesitaba. Junia cuida de él a todas horas. Se encuentra muy mal y ha tenido que guardar cama desde vuestra excursión a la costa.

- Está fingiendo.

- No, Cayo ha tenido que coger la baja. Quiere que intentes  encontrar  al  hombre  que  lo  atacó, para que  así pueda reclamar una indemnización por sus heridas.

- No la conseguirá. El matón fue un salvaje, pero si el caso va a los tribunales tendré que decir que Cayo Baebio se lo buscó.

- No es justo, Marco. Lo detestas porque es un funcionario.

Lo detestaba porque era un idiota.

-  Su estupidez  en la villa  fue  peligrosamente  real,

 

amor mío. Hablas como si Cayo no fuera a trabajar nunca más. ¿Acaso el servicio de aduanas ha perdido a su estrella?

- Si Cayo ha resultado herido de verdad, esto no tiene gracia.

- No me estoy riendo.

Sea lo que fuere lo que pensara de mi hermana Junia, ninguna mujer romana quiere un marido que ya no pueda trabajar. Si a Cayo lo despedían como recaudador de tasas, la familia sólo dispondría de sus ahorros -y siempre habían gastado mucho- además de unos ingresos simbólicos del desagradable figón del Aventino que Junia regentaba como pasatiempo. Sólo le llegaban parte de los beneficios. Apolonio, su sufrido camarero no especializado, amañaba las cuentas; en tiempos mejores había sido profesor de geometría y le era muv fácil convencer a mi hermana de que un ángulo obtuso era agudo. Había sido profesor mío, de modo que yo nunca me chivaría de él.

Obligué a mi nublada mente a volver al tema inicial.

- Así pues, ¿qué clase de barco es ése, Aulo?

- Podrías venir y echar un vistazo, Falco. Quiero que le preguntes al capitán sobre lo que pasaba cuando fui a pagarle.

- ¿Pagaste el pasaje antes de subir a bordo? -Ese muchacho nunca espabilaría. Ni siquiera yo había podido inculcarle un poco de sentido común. Aulo Camilo Eliano, hijo de Décimo, heredero de una vida rodeada de lujo, había

 

sido tribuno en el ejército en algún que otro lugar y había formado parte del personal del gobernador provincial en la Bética. ¿Quién sabe cómo logró alcanzar esos destinos en el extranjero? Cuando lo llevé a Britania hizo que me encargara yo de todo.

- Soy hijo de un senador -replicó-. El capitán no me engañará… no si quiere regresar a este puerto. Gana una fortuna con los pasajeros; tiene que conservar su buen nombre.

- ¡Es tu dinero! -Era el dinero de su padre. Aun así, probablemente Aulo estuviera en lo cierto en cuanto al capitán-. Bueno, ¿qué pasó?

- ¿Estás en condiciones de tomar el transbordador?

- Sólo para ir en busca de una buena historia.

-  ¡La  mejor!  -me  aseguró.  Tenía  demasiada  resaca como  para  poner  objeciones.  No  obstante,  él  zanjó  el asunto-: Ese bravucón de Canino que te emborrachó metió las narices. Me pareció como si hubiera tenido roces con algunos piratas.

Accedí a ir a Portus.

 

La embarcación elegida por nuestro viajero para que lo llevara en pos de su educación jurídica era un transporte de  considerables  dimensiones  en el que  le  habían prometido velocidad, estabilidad, lo más parecido a un camarote y comida preparada por el propio cocinero del capitán. Si el tiempo se levantaba agitado, no habría comida

 

y  poco   refugio,  pero   Eliano   se   mostraba  demasiado confiado, como de costumbre. Bueno, se dirigía a Grecia para recibir educación. pues que aprendiera, pensé.

 

Le había asegurado a Helena que inspeccionaría el transporte y me cercioraría de que su hermano estaría tan seguro como fuera posible mientras recorría la ruta hacia Grecia en medio de tormentas veraniegas que bramaban surgidas  de  la nada en el  Tirreno  y el  Egeo.  El  barco, llamado Esperanza, era en efecto, sólido. En aquella época Roma utilizaba los buques mercantes más grandes que se conocían.  Aquél   acababa  de   traer   un  cargamento   de pescado, aceitunas y artículos de lujo de Antioquía vía el Peloponeso   y  por   lo   visto   estaba  esperando   vino   y cerámica para zarpar de nuevo.

El capitán, Antemon, era un sirio calmado y de pies grandes. Tenía tres verrugas en la mejilla izquierda y una marca de nacimiento en la derecha. Mientras él encontraba tiempo para atendernos, Aulo me informó sobre lo que vio aquella mañana, de manera que fui directo al grano.

- Antemon, me llamo Falco. He oído que la esposa de uno de tus pasajeros ha desaparecido. ¿Se ha fugado con tu primer  oficial  o  acaso  el  carpintero  del  barco  le  está tapando las goteras?

- No tiene nada que ver contigo -fue la respuesta del capitán, que me escudriñaba con expresión adusta.

 

- Ahora sí. Sé sincero, por favor. Mientras Camilo Eliano esperaba para reservar su pasaje, oyó el altercado que tuviste con un consternado pasajero. Cuando Eliano regresó para pagarte el dinero -no haría ningún daño establecer que Aulo tenía un testigo-, un agregado naval te estaba haciendo más preguntas.

- Estaba armando un gran alboroto -me apoyó Eliano-. Y a ti no te hacía ninguna gracia, Antemon.

- Ese soplón de la marina se llama Canino -dije-. Ya sabemos a qué se dedica. Me lo dijo él, ayer mismo. Así pues,  canpitán,  ¿te  molestaron  los  piratas  en tu viaje  a Roma?

- ¡No! -Antemon, por supuesto, estaba ansioso por evitar que los pasajeros se disuadieran-. Nunca me ha molestado un barco pirata en toda mi carrera. Es lo que le dije a Canino… antes de indicarle de qué plancha podía saltar.

- Canino está totalmente de acuerdo con el mito de que antes de que Pompeyo perdiera la cabeza en Alejandría, convirtió a todos los piratas cilicios en granjeros -dije-.

Canino dice que los ex piratas son hombres encantadores

que ahora engordan cabras y adoran a sus madres. Pero, si es así, ¿por qué estaba Canino a bordo de tu barco? ¿Y por qué tenías tú tantas ganas de quitártelo de encima?

- Sólo protegía a mi pasajero.

- ¿Con el que habías estado discutiendo?

 

- No, yo intentaba calmarlo para que estuviera en condiciones de afrontar la situación.

- ¿Tu pasajero tiene problemas? -El capitán parecía ponerse cada vez más testarudo, de modo que añadí, sin darle importancia-: Por supuesto que los tiene. Sabemos que ese hombre ha perdido a su esposa. Bueno, tal vez sea nuevo en Ostia y cometió un error al explicarle el camino de su alojamiento en la costa… ¿O qué ocurrió, Antemon? Sigo suponiendo que la mujer tenía una aventura indecente.

- Ten cuidado  con lo que dices. ¡Es mi armador! - gruñó Antemon.

- ¿Quieres decir que éste es su barco?

- Es un fletador muy respetable. Su esposa, pobre mujer, es casta, consciente de sus deberes y probablemente esté muerta de miedo. La recuperará. Necesita quedarse solo con ello: No quiere que una multitud de asesores a los que a nadie ha invitado…

- ¿Asesores de qué? -preguntó Eliano.

La conversación de la pasada noche me ayudó a elucidarlo:

- ¡Estás hablando de secuestro! -El capitán se quedó callado Volví a presionarlo con enojo-. A la esposa de tu armador se la llevaron del barco durante el viaje…

Al final, aquello irritó a Antemon.

- ¡No, no se la llevaron! Nadie subió a bordo de mi barco   Nadie   interfirió   con   mis   pasajeros   -protestó

 

airadamente-. Los traje aquí perfectamente sanos y salvos. Abandonaron el barco. La única razón por la que Bano regresó  aquí  para consultarme  fue  porque  creía que  les habían tendido una trampa cuando llegaron y quería saber si algún miembro de la tripulación había visto algo. Su esposa y él desembarcaron ayer mismo. Él creía que alguien vigiló la llegada del barco, los evaluó, decidió que eran ricos y luego los siguió y raptó a la mujer.

- ¡Y pensó que tú estabas enterado! -lo acusó Aulo sin reflexionar.

- No, no. Cálmate, Aulo. -Yo me fiaba del capitán. El hombre  estaba  molesto  por  su  mala  posición  en  todo aquello, sobre todo porque podía perder su trabajo si el armador  le  echaba  la  culpa.  Si  de  verdad  había  estado pasando información sobre sus pasajeros a unos secuestradores en tierra, hubiera tenido preparada alguna refutación y su actitud hubiera sido más descarada. Pero sería una locura elegir  como  víctima  al  propietario  del barco-. Antemon, entiendo que has vendido tu cargamento y tu armador tiene el dinero, ¿no?

Asintió con un movimiento de cabeza.

- Bano podrá satisfacer a la gente que tiene a su mujer.

- ¡Y ellos lo saben!

- Pues claro que sí. No os metáis en esto. No se lo echéis todo a perder.

-  Contesta  a  esto,  entonces.  ¿Alguna  vez  hizo  la

 

travesía un anciano cilicio llamado Damágoras? -No-. ¿Un hombre  más  joven  llamado  Crátidas?  -No-.  ¿Bano  sabe algún nombre de quienesquiera se llevaron a su mujer? -No de nuevo. Era de esperar. Los secuestradores se sirven del anonimato  para  aumentar  el  miedo  de  sus  víctimas-. Y cuando Canino metió las narices, ¿cómo es que sabía que había ocurrido algo?

Antemon fue lacónico.

- Esto es un puerto.

- ¿Quieres decir que en Portus todo el mundo sabe que se han llevado a la mujer de Bano para pedir un rescate?

- Sólo los espías de la marina, que tienen soplones sentados   en  las   tabernas,  hombres   que   llevan  meses rondando por los muelles, esperando oír el cuchicheo de que ha sucedido otra vez.

Me quedé con lo de «otra vez».

- O sea que ha ocurrido antes. -Recordé el anticipo que  Diocles  había introducido  en la Gaceta  Diana: «Se dice que los rumores sobre el resurgir de la piratería son falsos». No lo bastante falsos para Bano.

- Soy un informante privado -le dije al capitán-. Sé ser discreto. Mi profesión depende de ello.

Antemon seguía dudando.

- Puedes confiar en Falco -dijo Aulo en voz baja. El hijo de un senador tiene influencia, y Antemon podría haber flaqueado.

 

Lo pinché un poco más.

- Mira, ya estaba trabajando en un caso que tal vez esté relacionado con éste. Dime dónde puedo encontrar a Bano. Es por su propio bien y por la seguridad de su esposa. Alguien tiene que ayudar a esta pareja -dije-. Si no quieres cooperar con Canino y la marina, quizá yo pueda hacer algo por Bano extraoficialmente.

El capitán seguía preocupado, pero entre dientes nos dijo dónde podríamos encontrar Aulo y yo a su armador en tierra.

 

XXII

 

 

Bano era un hombre pálido y nervioso, imaginé que medio egipcio al menos, un negociador para la industria de la pesca salada. Trabajaba rápido: ya había pagado y recuperado a su esposa.

Nos quiso hacer creer que no había pasado nada, pero no estaba preparado para discutir el asunto. Alcanzamos a ver fugazmente a la mujer, Aline, sentada en una silla de mimbre  en  sus  aposentos,  profundamente  afectada. Nuestras voces subidas de tono en la puerta hicieron que se tapara  la  cabeza  con  el  manto.  Bano,  que  bloqueaba  la puerta, nos impidió entrar en su apartamento a Aulo y a mí. No  había duda de  que  estaba nervioso, como  si hubiera vivido el miedo de cerca.

Bano y Aline se marchaban hacia Roma en menos de una hora, y si regresaban a Ostia cuando dejaran Italia, pasarían por la ciudad sin detenerse y subirían directamente a bordo de su barco. Bien podría ser que ahora prefirieran embarcarse en el Esperanza en Puteólos, o incluso tomar la larga ruta por tierra hasta el sur y encontrarse con él en Brindis.

En voz baja, dije:

- La única manera de detener a estos delincuentes es que nos digas lo que sabes.

 

Bano, con voz más queda aún para que su esposa no lo oyera, replicó:

- Si hablo con vosotros lo sabrán. No queremos que nos maten.

Me  ofrecí  para conseguirles  protección. Él me  dio con la puerta en las narices.

 

Volvimos  al  barco.  Aquella  vez  el  capitán  había adoptado  medidas  defensivas:  un  marinero  sostenía  que había  desembarcado,  nadie  sabía  adonde  había  ido. Estábamos seguros de que Antemon se ocultaba bajo cubierta, pero era imposible fisgar Un tripulante extremadamente corpulento que enrollaba una cuerda luciendo bíceps, hizo que nos diéramos cuenta de que andar a   hurtadillas   en  el Es p e r a n z a sin  permiso  sería  poco aconsejable.

Como no queríamos acabar metidos cabeza abajo en una hilera de ánforas muy apretadas con otra pesada hilera encima de nosotros, dimos media vuelta para volver a casa.

 

Era hora de retirarse para todo aquél que trabajaba diariamente  en Portus. Horrorizados  por  la cola que  se había formado para cruzar al otro lado de la isla, llevé a Eliano al bar en el que Cayo Baebio y yo habíamos estado charlando hacía un par de días. Un letrero tallado, con la cola hacia arriba, indicaba que se llamaba El Delfín. Una grata visión para los viajeros, poseía abundantes existencias

 

de vino y una selección aceptable de ollas con comida. Imaginé que servía muchos desayunos cuando llegaban los primeros trabajadores de la mañana, y la verdad es que tenía una acera llena de clientes en aquella hora punta de la tarde.

Como no tenía nada que perder, le pregunté al propietario qué había oído sobre secuestros. Aseguró no saber  nada pero  les  preguntó  a sus  asiduos  en voz alta. Todos aquellos percebes fingieron perplejidad de forma instintiva; para ellos éramos unos chicos de ciudad con mucha  labia.  Cuando  dije  que  una mujer  adinerada,  que había desembarcado recientemen había sido capturada y se había   pagado   un  rescate   por   ella  anuel   mismo   día, sacudieron la cabeza y declararon que era terrible. Pero, gradualmente, uno o dos admitieron haber oído que tales cosas ocurrían. Después de que Aulo pagara una ronda para todo el mundo (me pidió el dinero prestado con la excusa de que era un gasto profesional), perdieron un poco los escrúpulos y nos hicimos tan amigos como siempre quise ser de unos hombres bajos y sudorosos que se pasaban el día moviendo recipientes de salsa de pescado a pulso.

Entre todos fueron capaces de recordar al menos tres historias de secuestros. Puesto que las víctimas querían mantenerlo en secreto, podían haberse producido muchos más. Los detalles eran escasos: se llevaban a las mujeres, presionaban a sus parientes masculinos. El denominador común era que después las mujeres por las que se pagaba el

 

rescate quedaban traumatizadas. Y la tendencia, abandonar

Ostia enseguida.

- ¿No sabéis quién lo hace?

- Deben de ser extranjeros. -Para aquella gente, un extranjero era cualquiera que viniera de fuera de Ostia. Lo que querían decir era que los secuestradores no formaban parte de los hurtos, la holgazanería, la estafa, la gorronería, la pérdida de tiempo y los despistes ancestrales que las extensas generaciones de familias de matrimonios mixtos que trabajaban en los muelles consideraban prácticas normales del oficio.

Un estibador de manos nudosas que tenía un hombro torcido sugirió que alguien había informado del problema a los vigiles.

- ¡Dadles a esos chicos de Roma otra cosa en la que pensar! -esbozó una sonrisa toda encías. Los hombres que trabajaban en los muelles y en los almacenes preferían no estar vigilados.

- ¿Habéis visto a alguien merodeando por aquí? - pregunté-. Aparte de nosotros, por supuesto.

Hubo algunos comentarios por lo bajo y unas cuantas risas. Alguien mencionó a Canino. Otra persona se volvió de espaldas a la conversación, disgustada. Por lo visto aborrecían a la marina aún más que a los vigiles.

- Ya sé lo de Canino. Yo estaba pensando en un tipo con aspecto  de  escribiente,  un cronista  que  busca  algo

 

emocionante sobre lo que escribir. Se llama Diocles. ¿Lo habéis visto alguna vez?

Parecía ser que no.

 

Aulo y yo volvimos finalmente al transbordador en un lento carro que paró para llevarnos, pero por todo lo que ellos   denominaban   «la  Isla»,   el   embotellamiento   era terrible. Al igual que hicieron muchos otros, no tardamos en saltar del carro e ir andando. En el muelle del transbordador  nos apiñamos  con las multitudes, la gente nos clavaba sus juegos de herramientas en la espalda y los codos en los costados. En el bote no pudimos agarrarnos a la regala, nos aferrábamos a cualquier cosa y acabábamos contusionados con cada palada de los remos. Los remeros no tenían libertad de movimiento. Acostumbrados a aquella locura, dejaban de remar cuando se veían demasiado obstaculizados. Aquello aumentó la tortura cuando fuimos a la deriva corriente abajo y tuvimos que volver atrás. La nube de ajo, vino y sudor que se desprendía de las túnicas de trabajo formaba un miasma de los que te cortan la respiración por encima del bote que avanzaba lentamente hacia Ostia. La roñosa batea de Caronte debía de ser más agradable. Al menos en ella sabes que te diriges al eterno descanso en los Campos Elíseos.

Otra cosa: Caronte hace pagar a todas las almas de los muertos. Aulo y yo éramos los únicos hombres de Roma que  había  en  el  transbordador  y  al  parecer  fuimos  los

 

únicos a los que nos pidieron que apoquináramos el dinero del pasaje.

Por fin desembarcamos y fuimos directos a casa. Era demasiado tarde para descubrir nada más. Primero quería pensar, porque no había venido a Ostia para investigar secuestros, nadie me daría las gracias… ni me pagaría por ello.  No  debía  perder  de  vista  mi  objetivo.  Mis instrucciones eran encontrar al cronista, Diocles. De momento   lo  había  relacionado   con  un  posible  pirata retirado, pero la conexión con Damágoras no había conducido a nada definitivo. No tenía motivos para creer que Diocles hubiera sabido algo sobre los secuestros que acabábamos de sacar a la luz. Le hubiera gustado saberlo, eso sí. Los raptos para pedir un rescate constituían una antigua  tradición  pirata,  pero  no  podía  demostrar  que Diocles se hubiese enterado de que estaban ocurriendo allí.

Por todo lo que de momento sabía, podría ser que verdaderamente hubiera venido a Ostia para visitar a su tía tal como les contó a los otros cronistas. Una vez aquí tal vez considerara trabajar ademas en las memorias de Damágoras mientras se hacía invisible a sus superiores de Roma. Quizás abandonó la idea cuando se dio cuenta de que se sacaría un mejor jornal en una obra de construcción. Aún podría ser que al final lo encontrara vivito y coleando, mezclando argamasa para un equipo de albañiles y ajeno al alboroto que había provocado sin él saberlo.

 

Pero  claro,  la construcción  le  parecería  un trabajo duro; ya no era un mozalbete. Yo estaba en posesión de algunos detalles personales. El oficial de reclutamiento de los vigiles había dicho que Diocles tenía treinta y ocho años… superaba en unos cuantos años la edad de retiro de un liberto imperial. Normalmente los esclavos de palacio eran manumitidos y los jubilaban con una bolsa de oro al cumplir los treinta. Holconio  y Mutato me habían dicho que la única razón por la que Diocles seguía trabajando en l a Gaceta Diaria en lugar de casarse y abrir una tienda de rollos  detrás  del  foro  era  que  el  emperador  quería  a veteranos de confianza para abrillantar el nombre imperial.

 

¿Por qué se preocupaba Vespasiano por la columna de Infamia?  Según  Holconio,  en  el  boletín  de  la  Corte aparecían constantemente buenas noticias que afectaban a los miembros de la reinante dinastía Flavia: hechos admirables  en los campos  de la cultura, el ornato  de la ciudad  y  las  palizas  a  los  bárbaros.  Pero  Vespasiano, famoso por su ética pasada de moda también quería que se moderaran los chismes inmorales de la Gaceta para que así pareciera que él, como Padre de su Pueblo, había limpiado la  sociedad.   El   viejo   aguafiestas   necesitaba  tener   la sensación de que la columna de chismes ya no se adornaba tanto como en la época de Nerón.

Yo no veía -o no entendía todavía- qué pintaba la piratería en todo aquello. Cierto, si de verdad aún había

 

piratas   recorriendo   los   mares,   Vespasiano   volvería  a echarlos.  Pero  ¿querría  ser  «el  nuevo  Pompeyo»? Pompeyo era un político sin suerte, asesinado en Egipto para deleite de su rival, César Al final, el gran Pompeyo resultó ser un perdedor. Vespasiano era demasiado astuto para caer en eso. Mensaje equivocado desde el puesto de señales. Y los mensajes equivocados no eran el estilo de Vespasiano.

 

XXIII

 

 

Lo  primero  que  hice  a  la  mañana  siguiente  fue dirigirme al cuartel de los vigiles.

Petronio no estaba. En realidad, no es que hubiera mucha gente por allí. En primer lugar fui a hablar con el administrativo.  Me dijo  que Bruno  había salido  a alguna parte.  En  aquel  momento  me  lo  tomé  como  un  buen augurio. Sin prestar atención a los gritos de protesta de los pirómanos y ladrones que tendrían que esperar más tiempo a ser puestos en libertad bajo fianza, saqué de ahí a Virto (descubrí que así se llamaba el administrativo) y lo llevé hacia el patio abierto donde nadie pudiera oírnos.

- Esto supongo que ya lo sabrás -le dije para halagarlo-

. Aquí eres el único en quien puedo confiar que esté al día con los casos…

- Deja de darme jabón, Falco. ¿Qué pasa?

- Secuestro.

Virto sacudió la cabeza. Se dio la vuelta para volver a sus  obligaciones.  Lo  agarré  del  brazo. Le  dije  que  eran varias las víctimas y que creía que como mínimo algunas habían dado parte a los vigiles.

Virto adoptó esa expresión distraída que a los administrativos les sale tan bien.

-  Tal  vez los  raptos  ocurrieran hace  meses  cuando

 

estuvo aquí la última cohorte.

- ¿Cuál fue la que precedió a la Sexta?

- Lo he olvidado. ¿La Cuarta? No, está previsto que la cuarta nos reemplace la semana que viene. Son la unidad de Petronio…

- Soy muy consciente de ello -dije-. Pero es un delito que se sigue produciendo, y tú eres un administrativo permanente.  No  juegues  conmigo.  Ahora  los secuestradores emplean métodos de intimidación, pero la gente se enfada mucho cuando se les pasa el susto. Las víctimas han estado aquí y alguien las ha entrevistado.

Virto vaciló.

- Sólo hay un lugar donde podrían estar esos informes

Falco.

Saqué algo con lo que sobornarlo. A veces los administrativos me cuentan secretos porque les gusta que me dirija a ellos; a veces detestan a sus jefes y están encantados de causar problemas. En el caso de Virto, su trabajo se vería amenazado si hablaba (protestó él), por lo tanto era imprescindible un soborno.

Le pagué. Me caía bien y pensé que valdría la pena. Él seguía estando nervioso.

Nos  dirigimos  hacia el  extremo  del  patio  de ejercicios y nos metimos directamente en el santuario. Era en honor al culto imperial. Una vez dentro quedamos ensombrecidos   por   los   bustos   del   actual   emperador

 

flanqueado por sus hijos, Tito, y Domiciano César, junto a otras cabezas más antiguas de Claudio -el primero que trajo a los vigiles a Ostia- y hasta del deshonrado Nerón. Eran testigos  más  que  suficientes.  Me  cercioré  de  que  no hubiera nadie más merodeando por ahí.

Entonces yo también estaba nervioso. La manera en que Virto y yo habíamos entrado allí debió de parecer sospechosa. Cualquiera que nos hubiera visto escabullirnos por el portico y entrar ahí adentro se imaginaría que estábamos planeando actos indecentes. La sodomía no era mi pecado, y la Cuarta Cohorte lo hubiera sabido, pero para la Sexta yo era una incógnita. Le acababa de dar dinero a un esclavo  público  y  luego  lo  había  conducido  a un  lugar oscuro. Un acto semejante podría arruinar mi reputación… y dado que estábamos en un santuario podía seguirse una acusación de blasfemia. -Habla de una vez, Virto.

Ansioso por salir corriendo, Virto dijo entre dientes: - Podría estar en el archivo de Iliria.

 

Solté un gruñido. Justo cuando ya había investigado lo suficiente  como  para  llegar  a  dominar  una  perspectiva cilicia, me encontraba con otro manojo de problemas provinciales. Iliria, en Dalmacia, se halla mucho más cerca de Italia, pero es otra costa rocosa más, igualmente llena de islas y ensenadas y que también alberga un nido de piratas en todas aquellas calas donde la pesca no reporta dinero suficiente.

 

- ¿Qué pasa con los ilíricos, Virto?

- Tenemos una serie de libros de anotaciones que se pasan a cada nuevo oficial siempre que tiene lugar el relevo de las cohortes. No preguntes qué hay en ellos.

- ¿No lo sabes?

- Es secreto, Falco. -No era la respuesta clara a mi pregunta. Aquel administrativo de los vigiles estaba recurriendo a trucos burocráticos-: Siempre pensé que era un asunto cerrado. Sólo porque tenga una categoría de alta seguridad no significa que el caso esté vigente… -estaba hablando sin decir nada.

- ¿Caso o casos?

-  No  sabría decirte.  Hay otra serie  de  notas  igual, sobre Florio. -Florio era el bandido que Petronio estaba persiguiendo como su asunto especial.

- Florio es irrelevante. Me estás diciendo que hay otro conjunto de notas secreto que tiene relación con alguna persona  de  origen  ilírico.  ¿Hay  algún  contacto   naval especial sobre este tema? Tuve la impresión de que Canino sólo se dedica a Cilicia.

- No, es el mismo. Canino.

- ¿Estás seguro de eso, Virto?

- Cada vez que llega un nuevo destacamento, Canino se pone en contacto con su oficial. A Bruno, por ejemplo se le tuvo que decir que tuviera especial consideración con Canino.

 

- ¿Quién le dijo eso a Bruno?

- Yo. Es mi trabajo informar a los oficiales sobre los asuntos delicados.

- ¿Y a ti quién te dijo que Canino era un asunto delicado?

- Me lo dijo él mismo.

- ¿Canino te ordena que le digas a todos los oficiales nuevos: Soy un contacto secreto importante? Pero si tú no sabes  sobre  qué  asuntos  secretos  los  estás  informando,

¿no?

Virto se rio.

- ¿Y qué? Soy un administrativo. Es lo que hago continuamente.

No supe verle la gracia.

- ¿Cómo puedo consultar las notas de Iliria?

- No es posible, Falco.

- ¿Ayudaría más dinero?

- Seguiría sin ser posible -dijo Virto… con pesar-. Anoche Bruno durmió con las notas de Iliria bajo la almohada. No me preguntes por qué pero de pronto se ha interesado por ellas. -Supuse que nuestra fiesta con Canino había  despertado  su  curiosidad-.  Hoy  se  ha  ido  con  la tablilla metida en su cartera. Imagino que estará recordando los casos antiguos… ¿Supone eso un problema, Falco? - preguntó Virto con inocencia.

- Es un pequeño inconveniente.

 

- Si no quieres que Bruno sepa que estás interesado…

- ¿Sí?

- ¿No quieres saber lo que puedo ofrecerte?

- Si me engañas, lo lamentarás. Pero he llegado a mi límite en lo que respecta al dinero. Así que cuéntamelo y ya está.

Virto se hizo el recatado. Yo me puse duro. Accedió. No  había  ningún  oficial  que  redactara  sus  propias

notas sobre un caso, por confidenciales que fueran. Si un administrativo estaba preparando un informe secreto que fuera a tener que durar mucho tiempo -es decir: notas que al final se entregarían a otras cohortes-, el oficial querría que estuvieran bien presentadas. De modo que el administrativo redactaría un borrador y luego volvería a escribirlo con pulcritud.

A menos  que  el oficial  fuera extremadamente eficiente y exigiera ver cómo se destruía dicho borrador, si el caso era emocionante, el administrativo lo conservaría, por supuesto.

- Si me cayeras lo bastante bien -dijo Virto-, podría enseñarte mis borradores.

Menudo cabrón. Sabía desde el principio que podía darme lo que yo quería.

 

Al cabo de una hora yo estaba la mar de contento con mi propia tablilla de notas en la mano. Había copiado los nombres  de  varios  denunciantes,  algunos  de  los  cuales

 

tenían su domicilio en Ostia en la época, aunque probablemente a estas alturas ya se hubieran mudado. Tenía fechas de raptos. Un par de ellos habían ocurrido durante el período de servicio de la Sexta Cohorte, pero había otros anteriores.

 

Parecía que sólo retuvieran a un cautivo cada vez. Podría ser para minimizar el riesgo, o tal vez sólo había disponible  un  piso  franco.  Todos  los  secuestros denunciados eran de mujeres. Cuando regresaban con sus esposos nunca sabían dónde habían estado retenidas y parecían muy confusas. En la mayoría de los casos los maridos   pagaron  enseguida  el  rescate;  todos  llevaban grandes cantidades de dinero con propósitos mercantiles. En ocasiones la mujer había sido raptada inmediatamente después de que el marido hubiera acordado la venta de un gran cargamento, justo cuando andaba bien de dinero.

En todos los casos las notas del administrativo decían que ahora la familia iba a marcharse de Ostia para dirigirse a Roma, o bien que iban a dejar el país. Si aquel día Bruno había salido para volver a comprobar si esas personas se alojaban en Ostia, no iba a tener mucha suerte; a juzgar por la pareja con la que hablé, Bano y Aline, nadie se quedaba por ahí. Tal vez fueran los mismos secuestradores quienes ordenaban a las víctimas que se marcharan.

Los que se quejaron a los vigiles habían sido valientes.

 

Intentaban  proteger  a  otras  personas  de  compartir  su angustia.

Con un gran sentido práctico, Bruno había resumido sus ideas. Calculaba que había varias personas involucradas en los secuestros y reteniendo a los prisioneros. De momento todos eran un misterio. Bruno sugería que podría ser que a las víctimas se las drogara para asegurarse de que no reconocieran a nadie.

Uno de los captores sabía escribir. Siempre se ponían en contacto con los maridos por carta.

De aquellas notas se desprendía una pista importante: había un intermediario. Todos los maridos habían tratado con un mediador, un hombre al que encontraban muy siniestro. Les pedía que se reunieran con él en una taberna, distinta  cada  vez;  no  había  un  lugar  habitual.  Para  el tabernero sería un desconocido… o al menos así lo afirmaban después todos ellos. Era muy persuasivo. Convencía a los maridos de que lo único que quería era ayudar y, en aquellos momentos, de alguna manera ellos creían que sólo era un generoso tercero. En las cartas con las que se ponía en contacto (y que siempre recuperaba) se diría a los maridos que preguntaran al tabernero por «El Ilírico».

El Ilírico se ceñía a la postura de que a él lo habían hecho  intervenir  para  que  actuara  como  intermediario. Daba a entender que era un hombre de negocios respetable

 

y neutral cuya única intención era hacerles un favor a las víctimas. Advertía que los verdaderos secuestradores eran peligrosos y que los maridos debían evitar disgustarlos, no fuera que les hicieran daño a las mujeres desaparecidas. Su consejo era: paga, hazlo enseguida y no causes problemas. Cuando se llegaba a un acuerdo sobre ese punto, él recibía el dinero. Mandaba a su mensajero, un muchacho joven, a decirles a los secuestradores que ya tenía el dinero, seguía hablando con el marido durante un rato y luego, de repente, lo mandaba de vuelta a su alojamiento donde, tal como le había prometido, encontraría a su esposa. No hubo ningún marido que se quedara a vigilar por dónde se esfumaba el Ilírico.

-  Diga lo  que  diga,  es  un miembro  de  la banda… Bueno, gracias, Virto -dije-. Dime, ¿Bruno se encarga de esto personalmente?

 

- Así es. Eso no lo acusa, Falco. No hay pistas. Cuando algún marido valiente viene a denunciar un nuevo secuestro, todo ha terminado. Siempre le ruegan a Bruno que no ponga a  investigar  a  sus  hombres  de  manera  evidente.  Bruno accede a ello porque cree que si atacan a cualquier víctima por haber denunciado el delito, será él quien cargue con la culpa. En el fondo sabe que metería la pata. Esto es digno de admiración -dijo Virto-. Quienquiera que lo planeara es muy inteligente.

- Y Bruno les está siguiendo el juego.

 

- ¡Cuéntame algo que no sepa! -exclamó su administrativo-. Pero seamos justos, Falco. Bruno escucha cuando alguien nos trae información directamente a nosotros, pero la política oficial es que tendrían que dejárselo todo a Canino.

- Entonces, ¿confiamos en que la marina se encargue de esto?

- ¿Qué dices? ¿Un puñado de marineros?

Provisto de aquella nueva información, volví a mi apartamento.  Me  había  llevado  la  primera  parte  de  la mañana sacarle las notas de secuestro a Virto… tiempo suficiente para que algunos familiares más llegaran a Ostia procedentes de Roma. Vi un carro que, con muy buen criterio, estaba aparcado a la sombra de una higuera en el patio. Entonces encontré a mi sobrino Cayo sentado en las escaleras,  con  cara  de  tener  dolor  de  oídos.  Siempre ansioso por probar nuevas modas, se estaba dando con el dedo  en el  pecho  desnudo,  donde  tenía unas  marcas  de aguja infectadas producto de un reciente coqueteo con los tatuajes  de  tintura  azul;  una  cosa  que  los  poetas  no  te cuentan cuando ensalzan a los britanos es que dicha tintura apesta. Yo puse cara de asco; Cayo sonrió con arrepentimiento. No hablamos. Oía los chillidos de mi hermana mayor arriba, y por experiencia supuse que le estaban cepillando el cabello y se lo estaban peinando en unas  elaboradas  y  apretadas  trenzas:  una  moda  de  la

 

generación de más edad. Nux aullaba por solidaridad.

Dentro, sobre una fuente que conocía de casa, había un enorme salmonete con la cola colgando contra un manojo de puerros bien atados. Sólo conocía a una persona que comprara pescado  en Roma aun cuando  se  dirigían a la costa. Sólo una persona tenía acceso a una huerta que producía mejores puerros que los de Ostia.

-  ¡Marco!  -gritó  Helena  con  una  sonrisa  radiante-.

¡Aquí tienes una gran sorpresa!

Para tratarse de una sorpresa, aquélla me resultaba inquietantemente familiar. Metí mi tablilla de notas bajo un frutero con indiferencia y me preparé.

- Hola, madre.

- Traes cara de no haber andado en nada bueno -repuso mi madre.

- Estoy trabajando. -No sé por qué, sonó igual de atrayente que si hubiera dicho que estaba en cuarentena con la peste. Helena le habría contado a mi madre los detalles. Pequeña, astuta, suspicaz y convencida de que el mundo estaba plagado de estafadores, mi querida madre no había quedado impresionada.

Mis hermanas y yo nos habíamos pasado treinta años intentando  engañar a mamá y sólo conseguimos  irritarla. Fue mi difunto hermano, su favorito, quien se las había arreglapara embaucarla sistemáticamente; incluso ahora, mamá  nunca  reconocía  el  canalla  mentiroso  que  Festo

 

había llegade a ser. -Lamento mucho decir esto, madre, cuando acabas de llegar, pero debo regresar a Roma inmediatamente para seguir una pista y necesito que Helena venga conmigo…

- ¡Pues es una suerte que haya venido yo! -replicó mi madre-. Alguien tendrá que cuidar de tus pobres hijas.

Le guiñé un ojo a Albia. Albia ya conocía a mi madre;

y pasó por alto el menosprecio a su trabajo como niñera.

- ¿Y qué motivos te han traído de visita? -me atreví a preguntar.

- ¡No metas las narices en los asuntos del prójimo, jovencito! -ordenó mamá.

 

XXIV

 

 

Mi madre se traía algo entre manos, pero Helena y yo no nos molestamos en hacer averiguaciones. Sabíamos que la respuesta podría habernos preocupado.

Conseguimos  viajar  aquella  misma  tarde.  Tras habernos librado de mamá, la primera persona que encontramos al regresar a nuestra casa en Roma fue a papá. Por mucho que lo intentes, nunca pierdes de vista a tus padres. Ahí estaba él, en nuestro comedor, masticando una de esas medias hogazas rellenas para llevar de la que una salsa color púrpura goteaba sobre los cojines del diván.

- ¿Quién te ha dejado entrar?

Mi  progenitor  sonrió.  Él  mismo  se  había  dejado entrar. Según Helena, la sonrisa de mi padre es idéntica a la mía, pero yo la encuentro sumamente irritante. Yo ya sabía que, siempre que estábamos fuera, mi padre entraba y salía de nuestra casa como si todavía le perteneciera. Habíamos realizado un intercambio de viviendas hacía un par de años; una década más y puede que mi padre hasta cumpla con el trato.

- Marco, dile a Maya Favonia que deje a ese tontorrón amigo tuyo y que venga a casa a cuidar de los negocios de su pobre y anciano padre -me engatusó.

- Se lo diré. Maya hará lo que quiera, papá.

 

- No sé de dónde le viene esa actitud.

- ¡A mí tampoco se me ocurre! Y ahora que estás aquí,

¿cuándo te marchas?

- No seas tan desagradable, muchacho. Oí que estábais en Ostia. ¿Se presentó tu madre? -Mis padres llevaban casi treinta años sin hablarse, desde que papá se fugó con una pelirroja. Sin embargo, ambos sabían siempre por dónde andaba el otro.

- Llegó ayer. La trajo Cayo, el de Gala; es un pequeño bárbaro. No estuve con mamá tiempo suficiente como para averiguar qué engaños trama.

Papá,  que  era un viejo  embaucador  de  complexión recia y pelo cano, pareció complacido.

- ¡Ah! Yo lo sé. Se enteró de que su hermano ha desembarcado furtivamente en Portus.

- ¿Cuál de ellos… Fabio o Junio? -Mis dos tíos de la granja familiar se turnaban para largarse cuando estaban de morros,  a  menudo  por  problemas  de  mujeres,  siempre debido a algún enorme desprecio en el que el otro hermano estaba implicado. A los dos les gustaba afinar magníficos y embarazosos  planes  para  una  nueva  vida,  ideas descabelladas como convertirse en gladiador o dirigir una empresa de ostras. (Ése fue Fabio… ignorando el hecho de que el marisco le producía sarpullidos.)

- Ninguno de los dos. -Papá soltó la noticia y aguardó mi asombro.

 

Di un grito ahogado.

- No… ¿ése del que nadie habla nunca? Helena entró por detrás de mí.

- Hola, Gémino; ¡esto sí que es una sorpresa! -Era excelente con la ironía-. ¿De quién no habláis, Marco?

- ¡Es una historia demasiado larga! -replicamos papá y yo  a una.  Tal  unanimidad,  dicho  sea de  paso,  era poco habitual en nosotros.

Helena Justina sonrió y pasó por alto nuestro enigma, a sabiendas de que podía extraerme la respuesta después como si fuera una astilla clavada en el dedo.

Se acurrucó con elegancia en el diván junto a mi padre y se sirvió un poco de su rezumante refrigerio que despedía un delicado aroma a azafrán; él podía permitirse lujos. Unas hebras de vegetación verde pendían del trozo de pan que Helena había arrancado. Logró ocuparse de ellas con unos dedos  largos  y elegantes  en tanto  que  papá se  limitó  a chupar su trozo como un mirlo entusiasta engullendo pedacitos de gusano vivo.

- Gémino, ahora que te tenemos aquí… -Helena consiguió que sonara inofensivo, aunque papá le lanzó una mirada astuta-. ¿Conoces a un hombre llamado Damágoras?

Papá era la única persona a quien yo no hubiera preguntado. Aun así, Helena lo veía como un hombre con contactos útiles. Él respondió enseguida:

- ¿El viejo forajido grandote? Le he comprado cosas.

 

- ¿Qué cosas? -espeté.

- Cosas bastante buenas, generalmente. -«Bastante» significaba sumamente buenas. Y «generalmente» quería decir siempre.

- ¿Es un importador?

Mi padre soltó una tosca carcajada.

- ¿Te refieres a si vende artículos robados?

- Bueno, supongo que sí. -Mi padre era subastador y marchante  de  arte;  la  magnitud  de  sus  beneficios  me indicaba que había aceptado artículos para la venta sin preocuparse mucho por su procedencia. Roma poseía un floreciente mercado de reproducciones y papá era experto en fingir que creía verdaderamente que una copia descarada era mármol griego original. En realidad tenía buen ojo, y muchas de las estatuas auténticas que habían eludido a sus verdaderos  propietarios  debían de  haber  pasado  también por su maza.

Le conté que Damágoras me había dicho que era demasiado  viejo  para aventurarse  a salir  de  su villa. Mi padre  me  explicó   en  detalle,  como   si  le  hablara  al monaguillo de un sacerdote, que la gente mala a veces miente. Él seguía viendo a Damágoras muy activo.

- ¿Activo en qué, papá?

- ¡Oh!… En lo que sea que haga.

Helena jugueteaba con un cuenco de olivas. Molesto, reconocí aquellas aceitunas. Al parecer papá había abierto

 

las reinas gigantes de Colimbadia que yo reservaba para ocasiones especiales. Ahora el sinvergüenza de mi padre se llevaría grandes cucharadas de esas exquisitas gemas verdes a su propia casa. Tendría suerte si luego quedaba un lengüetazo de adobo en el fondo de una ánfora vacía.

- Gémino, creemos que Damágoras es un pirata - Helena miró severamente a mi padre.

Delante de ella, él siempre fingía ser un caso reformado. Tenía razón: la gente miente.

- Si es que aún existen los piratas, claro está.

- Es un maldito cilicio -contestó mi padre-. ¿Qué más necesitas saber?

- ¿Crees que todos los cilicios son piratas?

- Es la única vida que conocen.

¿Y por qué iban a renunciar a ella, siempre que los subastadores  tunantes de Roma comercien con su botín? Me molestaba todo aquello que mi padre significaba, pero si tenía información, yo la quería.

- Lamento decir que necesito tu ayuda, papá. ¿Podría ser que Damágoras o sus socios más próximos estuvieran relacionados con un tinglado de secuestros que parece centrarse en Portus?

- ¡Ah, eso! -exclamó papá.

 

Tal vez estuviera marcándose un farol, pero mi padre siempre estaba ojo avizor. Dijo entonces que había oído hablar de gente a la que retenían para cobrar un rescate,

 

aunque era incapaz de relacionar dichos secuestros con Damágoras. Juró que conocía al anciano propietario de la villa únicamente como el vendedor de una «Afrodita Sorprendida» particularmente buena, hacía un par de años.

- ¡Unos ropajes estupendamente moldeados!

- ¿Quieres decir que llevaba una túnica mojada?

- ¡No es que la llevara del todo! -Papá se relamió. Cuando saqué mi lista de las víctimas de los raptos, el

primer resultado fue deprimente: papá sabía con seguridad que un hombre llamado Isidoro, un mercader de aceite de oliva, había abandonado Roma hacía cosa de un mes. Los demás nombres le eran desconocidos, aparte de un tal Posidonio que, según dijo, probablemente podría localizar para mí. Ya sabía que Posidonio había sido una víctima: el hombre había ido quejándose por todo el Emporio de tener que pagar un rescate por su hija… y mi padre añadió el detalle  de  que  Posidonio  creía que  uno  de  los  captores había  abusado  de  la  chica.  Prevenida  en  cuanto  a  ese aspecto, Helena Justina vino conmigo al día siguiente, cuando fui a entrevistar a las víctimas después de que papá nos proporcionara los detalles para ponernos en contacto.

 

Posidonio era un mercader maderero especializado en maderas exóticas provenientes del extremo oriental del Mediterráneo.  Traía  por  barco  las  vigas  para manufacturarlas   en   Roma,   donde   se   utilizaban   para

 

construir mesas destinadas a millonarios fanfarrones con hogares palaciegos. Existía un alto índice de devoluciones debido al hecho de que los ansiosos compradores se olvidaban  de  que  aquellas  gruesas  y  resistentes  mesas tenían que ser entregadas e instaladas.

 

Hubo  artísticos  suelos  de  mosaico  que  se desmenuzaron bajo las macizas piezas de exposición y esclavos de dos casas distintas habían sufrido ataques al corazón mientras intentaban levantar los tableros para hacerlos pasar por la entrada. Uno de ellos había muerto. En aquellos momentos Posidonio se hallaba retenido en Roma, aguardando el resultado de una reclamación de indemnización presentada contra él. Pero le había hecho bien. La publicidad le había reportado más trabajo.

Su hija, llamada Ródope, tenía unos diecisiete años. Viajaba con su padre, que era viudo. Había criado a Ródope él solo desde que ésta nació. Parecía un hombre inteligente y  cosmopolita,  muy  enojado  consigo  mismo  por  haber caído en una trampa tan típica. Ella tenía aspecto de ser una persona tranquila; no es que eso quisiera decir nada.

Helena se llevó aparte a la chica mientras yo hablaba del rapto con su padre. Papá había dicho que hablaba sin tapujos con sus colegas del Emporio, pero con nosotros estuvo muy poco comunicativo. Quizás entonces se daba cuenta de los riesgos. Sólo me confirmó que lo ocurrido encajaba con las notas que Bruno había redactado sobre el

 

caso. La alusión al Ilírico, el siniestro intermediario, hizo que Posidonio se estremeciera. Era reacio a hablar de sus temores por Ródope, tal vez porque, si la habían seducido, ello podía afectarla a efectos matrimoniales. Además, se quejó de que se negaba a hablar con él.

Helena tuvo más suerte. Me contó después que, en su opinión, la chica había perdido definitivamente su corazón y todo aquello que tradicionalmente va con él. A Helena le había  parecido  una  muchacha  sumamente  ingenua.  Mi visión de Ródope había sido la de una adolescente con unos ojos como platos y con esa mirada inocente que por regla general  significa  que  una  joven  les  oculta  peligrosos secretos a sus preocupados padres. ¡Si lo sabría yo, que en mis tiempos jóvenes había sido el secreto algunas veces! En tanto que Ródope fingía estar concentrada en la sombra de ojos, probablemente estuviera acumulando el dinero que le daban para que se comprara ropa con intención de usarlo para  escaparse  de  casa.  Helena  había  averiguado  que  la chica, totalmente encaprichada, creía que el captor que le había prestado atención iba a regresar a buscarla para que así pudieran fugarse.

- Se llama Teopompo. Por lo visto es apuesto, viril y conocerlo es muy, muy excitante.

Yo dije:

- Apuesto a que le hiede el aliento y ya tiene tres esposas.

 

Si dices eso -replicó Helena con tristeza- Ródope no va a escucharte.

- ¿Y cómo convenciste tú a esa boba chiflada para que hablara?

- Oh… -Mi amada aquejó una desacostumbrada imprecisión-. Es encantadora, y quizá se encuentre bastante sola  -Podría  haberse  tratado  de  la  mismísima  Helena cuando la conocí… aunque en su caso yo habría añadido: furiosa con los hombres, despiadada conmigo y sumamente inteligente. Ella destacaba entre las chicas que conocía en aquella   época.   De   haber   tenido   esposas,   les   habría endilgado a todas una petición de divorcio-. Me imagino que eso fue lo que la hizo vulnerable, Marco. Tal vez haya sido franca conmigo porque le confesé que una vez yo también me había enamorado de un apuesto forajido.

La miré con benevolencia.

- Helena Justina, ¿qué forajido era ése? Helena sonrió.

 

Los minoristas de artículos domésticos de moda no son mis ciudadanos favoritos, pero, como padre de unas niñas, un profundo abismo de compasión por Posidonio se abrió en mi corazón. Le dejé una nota diciéndole que podía ponerse en contacto con Camilo Justino en Roma si necesitaba  ayuda  profesional;  no   dije:   si   Ródope   se escapaba. Con un poco de suerte sólo andaría deprimida y, cuando se diera cuenta de que Teopompo  no iba a venir

 

nunca,   quizás   algún  que   otro   tipo   espantoso   andaría rondando por ahí para sacárselo de la cabeza.

El rescate de Ródope se había pagado unas semanas antes, durante el período en el que Diocles todavía estaba alojado en Ostia. Lo comprobé y el cronista no se había puesto  en contacto  con esta familia en busca de información, ni durante esos días ni a partir de entonces.

Podía ser que Diocles estuviera en Ostia con otro propósito totalmente distinto, o acaso estuviera enterado de los secuestros pero le hubieran impedido investigar la historia.  Me  inquietaba  la manera  en que  el  misterioso Ilírico   recalba   siempre   que   los   secuestradores   eran personas violentas. Si Diocles había tenido algún escarceo con este asunto, empezaba a estar preocupado por la suerte del cronista desaparecido.

 

XXV

 

 

Probé  suerte  pero  todos  los demás  nombres  de mi lista fueron tiros fallidos. Papá me presentó a gente que sabía algo de ellos, pero todas las personas con las que necesitaba hablar, los maridos que habían pagado el dinero del rescate, habían abandonado la ciudad. La mayoría procedían del extranjero y habían regresado allí. Tal vez ya nunca volverían.

Para los secuestradores, estas víctimas no eran más que rostros entre la multitud, pero si los mercaderes eran lo  bastante  ricos  como  para  desplumarlos,  algo  habían tenido que ofrecer a Roma. La ciudad estaba perdiendo un valioso comercio. Aunque estaba más enojado por el coste humano. Todas las personas del Emporio hablaban de agradables y cultos comerciantes de mercancías, hombres de  buena  familia,  razón  por  la  cual  viajaban  con  sus esposas.  Cuando  Helena  y  yo  averiguábamos  las direcciones,  tuvimos  la  sensación  de  que  las  víctimas habían  dejado  tras  de    una  fuerte  aura  de  miedo  y aflicción.

Después de reflexionar y hablar sobre el tema con Helena,  fui  caminando  por  el Aventino  en  dirección  al Sector XII, rumbo al cuartel de los vigiles de la Cuarta Cohorte. Fui solo. Petronio Longo no me lo agradecería:

 

iba a ver a Marco Rubela. Rubela era el tribuno de la Cohorte, el odiado superior de Petro. Por lo general yo no lo encontraba tan malo, si podías pasar por alto algunos defectos: era un purista de las normas poco cualificado, interesado  y  demasiado  exigente  que  ordenaba  su escritorio y se pasaba el día comiendo pasas. Rubela era un tipo con el que Petro y yo nunca queríamos ir a tomar una copa… lo cual ya estaba bien, porque nunca nos lo pedía.

Yo era más conocido  entre los soldados  de la otra mitad de la cohorte, los que patrullaban el Sector XIII, mi distrito, pero mi cara resultaba familiar incluso en el XII. Me enfrenté a unos abucheos; devolví las bromas y luego se me permitió entrar a ver al tribuno enseguida. Nunca pasaban muchas cosas en el despacho de Rubela, y él sabía que  sólo  iba  a  verle  cuando  había  algún  gran acontecimiento del que no podía ocuparme solo. Era consciente de que, de haber estado allí en Roma, le hubiera consultado a Petro en lugar de a él.

- Marco Rubela, he estado trabajando en Ostia. Creo que la Cuarta pronto va a salir para allí.

- En los idus. Dime, ¿qué es lo que no puede esperar, Falco?

-  He  tropezado  con un chanchullo.  Debe  de  hacer algún  tiempo  que  funciona;  las  otras  cohortes  no  han podido pillarlos. -Rubela mostró los dientes, igual que un tiburón, como si supiera adonde quería ir a parar con mis

 

halagos. Le gustaba pensar que sus muchachos tenían una oportunidad de poner en evidencia a sus rivales.

 

Expliqué resumidamente los secuestros, sin indicar en ningún  momento  que  se  remontaban  demasiado  en  el tiempo. Perdonadme si esto suena como el problema de aritmética de un escolar, pero si siete cohortes trabajan en turnos  rotativos  de  cuatro  meses,  entonces  deben  de regresar al puesto destacado cada dos años y cuatro meses. Daba la casualidad de que yo sabía que Rubela se había incorporado a la Cuarta Cohorte hacía tres o cuatro años, al recibir el nuevo nombramiento por parte de Vespasiano, de manera que tenía que crear un bonito panorama en el cual todos   los   miembros   de   la  gloriosa   Cuarta   hubieran mantenido sus feas narices apartadas de los problemas la última vez que sirvieron en Ostia y así ninguna pista de dichos secuestros hubiera llegado a oídos de su tribuno. El único propósito de que me encontrara allí en el despacho de Rubela era empujarlo a la acción entonces.

 

Funcionó. En cuanto describí la situación, Rubela decidió poner en práctica la respuesta que los oficiales tienen para todo: una operación especial. Para darle rigor e ímpetu (y para evitar el ardiente calor de Roma en agosto) Rubela dirigiría aquella operación en persona.

¡Por el Hades! Rubela iba a trasladarse a Ostia. ¡Ahora sí que Lucio Petronio me odiaría de verdad!

 

Llevé a cabo una última tarea durante mi visita relámpago a la ciudad. Se suponía que tenía que reunirme con Helena en casa, pero cuando dejé a Rubela di un largo rodeo y bajé al foro. Comprobé la columna de la Gaceta Diaria: por supuesto, se decía que Infamia aún estaba de vacaciones. Entonces fui a ver a Holconio y Mutato en las oficinas de la Gaceta.

Ninguno de los dos se encontraba, claro. La mayoría de lectores de la Gaceta están fuera en julio y agosto. No ocurre nada digno de mención. Todo el mundo está en la costa. Cualquiera que tenga un poco de dinero se va a las montañas en busca de un aire más fresco o al sur, al mar.

- Podríais crear una edición especial llamada el Alborotador    de    Neapolis -fantaseé   dirigiéndome   al esclavo que manejaba una esponja húmeda con lentitud por las habitaciones que, por lo demás, estaban desiertas-. Chismes costeros. Secretos arenosos de Surrento. Escándalos de los baños de Bayas. Insinuaciones de que pronto podría haber escasez de tortillas de vieira a menos que los senadores que están de vacaciones pongan freno a los banquetes en sus villas marítimas.

- El día de mercado en Pompeya es el día de Saturno - replicó el esclavo con desánimo. Parecía que ya se hubiera considerado    un Manual   de   la   Campania… y  que  se hubiera descartado por resultar demasiado aburrido-. En Nuceria es el día del Sol, en Atela es el día de la Luna…

 

Le dije que ya entendía lo que quería decir. Cuando ya me iba se reavivó de pronto:

- Falco, ¿que tal se encuentra Diocles? ¿Todavía está en casa de su tía?

Me  detuve. Aquello  no  me  lo  esperaba. Las  dulces

Parcas me habían dado una bonificación.

- Por lo que me dijeron Holconio y Mutato tuve la impresión de que sólo era una treta. Creía que en realidad Diocles no tenía ninguna tía.

El esclavo puso cara de menosprecio.

- Pues claro que la tiene. Va a verla todos los años.

- ¿Y tú cómo lo sabes?

El esclavo adoptó un aire fanfarrón.

- La gente habla conmigo. -Probablemente quería ser investigador   cuando   obtuviera   la   libertad.   Si   yo   no conseguía encontrar a Diocles, podría ser que hubiera un empleo disponible.

- Así pues… ¿Tía qué?

- Tía Vestina.

- ¿Sabes dónde vive?

- Cerca de un templo.

- ¿En Portus, en la misma Ostia?

- En Ostia.

-  Ostia  es  una  ciudad  muy  religiosa,  amigo  mío;

¿alguna pista sobre cuál es el templo?

Lo único que se le ocurrió al esclavo fue que el agua

 

tenía algo que ver. Bueno, no tendría que ser difícil en una ciudad situada en la desembocadura de un río, en la costa.

Le di medio denario. Él no era consciente de que tal vez hubiera puesto fin a mi agradable encarguito estival. Infamia ya no estaba desaparecido: se hallaba tumbado en una  hamaca  como   si  tal  cosa  mientras   una  pariente afectuosa le servía constantemente bebidas frías y paté de olivas casero. Lo único que tenía que hacer entonces era localizar   el   templo   correcto,   recoger   a  Diocles   del domicilio de su tía Vestina y traerlo de vuelta a casa.

¡Ah, si hubiera sido así de fácil!

 

XXVI

 

 

Le  había dicho  la verdad al  esclavo:  Ostia siempre había sido  muy devota. Había templos  absolutamente  en todas partes, algunos de ellos flamantes y otros que se remontaban a la época en que la ciudad no era más que un grupo de chozas de trabajadores de las salinas situadas en las marismas. Si los portuenses tenían espacio para algún tipo de recinto destinado al culto, levantaban rápidamente una pared en tres de los lados y asentaban un podio sobre el que estribarían las columnas  del santuario. Su lema era:

¿por qué construir uno si hay espacio para cuatro? Un montón de altares era mejor que uno solo. Cuando se les terminaban los dioses, rendían honores a conceptos alegóricos; cerca de nuestro apartamento había una hilera de cuatro pequeños templos dedicados a Venus y Ceres, además de a la Esperanza y a la Fortuna. Por mi parte, yo no tenía tiempo para el amor, y con dos hijas muy pequeñas siempre correteando alrededor en un pequeño apartamento estaba totalmente en contra de más fecundidad. Como no pude encontrar a Diocles, no tardé en ponerme a maldecir mi mala fortuna y a perder la esperanza.

Al regresar, la búsqueda de la tía del cronista me llevó por toda la ciudad. Consideré que podía saltarme los gigantescos  templos  de  Júpiter,  Roma  y  Augusto  que

 

dominaban el foro; cualquiera que viviera allí diría que su casa estaba cerca del foro. Podría ser que los tipos pomposos lo llamaran el Capitolio. Los despistados dirían que vivían en el centro de la ciudad.

Aparte de eso, tenía que visitarlos todos. Me volví un experto en olfatear el humo de las ofrendas expiatorias. También  me  convertí  en  un  verdadero  pelmazo  de  los n ymp h a eu m. A los  portuenses  les  gustaba  alzar  muros ornamentales con artesas de agua en los bordes, y aunque algunos  sencillamente  eran  lugares  para  abrevar  a  las bestias   de   carga,   muchos   se   habían  levantado   como santuarios  decorativos  para los  dioses  del  agua.  Helena tenía que escucharme  sumar el recorrido  de cada día en tanto que los templos se convirtieron en mi obsesiva manía de coleccionista, peor que aquella vez que intenté explorar las Siete Colinas de Roma cuando sólo contaba ocho años y se suponía que no debía salir solo del Aventino. Ahora sería mortal en una fiesta: llevaba siempre conmigo unas tablillas con anotaciones de los detalles de los templos que había visto, como si del diario de algún espantoso turista se tratara. Por poco que me animaran le enseñaba a la gente mi croquis con los santuarios marcados en rojo.

Mi madre, que se estaba alojando en casa de Maya, se emocionó  mucho  cuando  creyó  que  Helena  había empezado  a  hacer  sacrificios  a  la  Buena  Diosa.  (Yo quedaba eximido de participar: los hombres son demasiado

 

malos.)   La  Buena  Diosa  fue   por   un  tiempo   nuestra divinidad  favorecida  en  aquel  enigma,  puesto   que   su cuidado  templo con vistas al mar estaba ubicado  al otro lado de la Puerta Marina. Nos preguntábamos si Diocles había optado por alojarse en una zona que conociera… aunque si su tía vivía en esa vecindad no nos explicábamos por qué había alquilado una habitación… No pudimos localizar a Vestina cerca de la Buena Diosa, de manera que mi búsqueda volvió a situarse en el centro de la ciudad.

Allí la deidad más destacada era Vulcano. Un franco dios del yunque con una atractiva cojera. Helena y yo pasamos un día agradable en su antiguo complejo; nos llevamos  a Albia y a las niñas  y lo  convertimos  en una excusa para hacer una comida campestre, y menos mal, porque  como  ejercicio  de  trabajo  nuestra  excursión  no sirvió de nada. Sólo podíamos  asociar a Vulcano  con el agua por medio de una larguísima conexión que implicaba a los vigiles cuando sofocaban los incendios. Demasiado indirecto.   Por   razones   que   ya  nadie   sabía,  el   sumo sacerdote del dios del fuego era el hombre más importante de Ostia y trataba con prepotencia a los propios pretores y ediles del culto; era un cargo vitalicio de origen arcaico que, por lo que yo veía, hoy en día no conllevaba ninguna ventaja excepto la de que los concejales aduladores se postren ante  ti, todos  ellos  con la esperanza  de  que  el actual pontífice de Vulcano no tardara en caer muerto para

 

así poder disputarse el puesto.

Aquella noche Helena Justina se incorporó repentinamente en la cama dando un grito:

- ¡Cibeles! -Aquello no me cautivó. Por regla general los dioses orientales son deplorables y me estremezco de verdad ante la Gran Madre con su compañero, Atis, que se castró a sí mismo. Ningún hombre que goce de una vida amorosa puede pensar con calma en un consorte que se amputó los genitales. De todas formas, ya había repasado los cultos orientales. Había examinado las casas de los alrededores del Templo de Isis. Parecía una buena apuesta: Isis es igual al dios del Nilo, que es igual a un río muy importante si vives en Egipto. Isis es también una diosa del mar y protege a los viajeros marítimos. Su templo estaba situado en el extremo oeste de la ciudad, en la orilla del río. Para encajar con la descripción del esclavo, aquel lugar tenía las mismas posibilidades de ser el que buscábamos que cualquier otro, de manera que recorrí el vecindario buscando a conciencia. Incómodo como siempre con los sacerdotes que agitaban el sistro, las sospechosas sacerdotisas con sus transparentes ropajes de lino plisado que les dejaban el pecho al descubierto y los enervantes retratos de unos tipos con cabeza de perro y los brazos cruzados, me alegré de escapar.

Por los alrededores del recinto de Isis no había tenido suerte en mi búsqueda de casas situadas en la orilla donde

 

pudiera  vivir  la  tía  de  un  cronista.  Para  animarme  me compré una buena lámpara colgante con forma de barco y hasta que no la llevé a casa no me di cuenta de que tenía tres  pequeñas  hornacinas  de  Isis,  Anubis  y  Serapis.  El nuestro no era un hogar en el que gustaran las estatuillas de dioses. Ni siquiera poseíamos nuestros propios Lares. (Al pensar en ello volví a salir y miré en los alrededores del santuario de los Lares urbanos que había en el foro.)

- No, es Cibeles la que buscamos -insistió Helena aquella noche-. La estatua se trajo desde el este a Roma por mar cuando Claudio decidió legitimar el culto. Está esa historia de la joven con la reputación mancillada…

Me animé.

- ¡Oh, el tipo de chica que me gusta!

- Piénsalo de nuevo, Falco. El barco quedó varado en el estuario. Ésa como se llame fue y dijo que si su castidad permanecía intacta tocaría el barco con su cinturón…

-  Hizo  el  truco  del  cinturón:  el  barco  se  puso  en marcha por el Tíber. ¿Ahora puedo volver a dormir?

- Mañana puedes ir al templo de Cibeles, Marco.

 

Lo hice; no encontré nada. Cibeles tenía un enorme recinto junto a la Puerta Laurentina donde era atendida por varios dioses adjuntos en sus propios pequeños santuarios pero, por lo que pude descubrir, no había tías. Helena me permitió reanudar mi obstinada búsqueda en otro lugar. Investigué en los templos de Castor, Pólux, Marte, Diana,

 

Neptuno, del Líber Pater, en templos circulares y rectangulares de divinidades cuyos nombres ni siquiera estaban claros, en el del Padre Tíber y en el del Genio de la Colonia. Los gremios de artesanos tenían sus propios templos, el destacado Templo de Constructores de Barcos y un templo en el Foro de los Viticultores (aquella mañana me lo pasé bien).

Me estaba quedando sin podios.

En esos momentos, mi entregada caminata religiosa debió de haber llamado la atención de alguna deidad del Olimpo con buen corazón. Había estado fisgoneando por las  calles  secundarias  del  lado  oeste  del  foro,  donde alguien había sugerido que podría ser que hubiera un santuario  con  barcos  dentro.  No  los  encontré. Abatido, volví a encaminarme hacia la calle que me llevaría al Decumano. En ella había un par de pequeños templos que ya había descartado. Metido en el mismo emplazamiento había un templo importante: el dedicado a Hércules Invicto. Identificándome   con  cualquier   otro   héroe   víctima  de trabajos forzados, le presté más atención que antes y subí por  las  escaleras.  Había  nueve  escalones.  En  un  día caluroso era un ascenso empinado, motivo por el cual lo había  evitado  la  última  vez.  Entré  en  el  santuario.  Allí realicé un gran avance.

En  el  interior,  un  conjunto  de  frisos  representaba cómo había sido descubierta la estatua de culto años atrás:

 

a Hércules lo habían sacado del mar unos pescadores. Probablemente algún barco que transportaba obras de arte se había ido a pique en los bajíos frente a las costas de Ostia y la estatua se había hundido con él con garrote, piel de oso, barba y todo. Me incliné ante el atractivo y suave torso del héroe.

- Gracias, delicioso semidiós. Ya propósito… ¡bonito culo!

Empecé una rápida búsqueda por la zona de los alrededores. Algunas partes que parecían estar en proceso de reurbanización; había espacios despejados y un par de viejas  casas  con  atrio  que  estaban  vacías.  En  una  calle lateral, finalmente encontré el lugar donde Diocles solía alojarse. Me enteré de que su tía Vestina, una liberta de la casa imperial, había vivido muchos años justo al lado del templo de Hércules Invicto. La casa de la tía había quedado reducida a cenizas el año anterior por aquella misma época. La primera mujer con la que hablé no había visto a la tía desde entonces.

Aquello habría sido bastante malo, pero si Vestina se había salvado y trasladado podría ser que al final la hubiese localizado. Por desgracia, me encontré a otra vecina que conocía toda la historia. El incendio se había originado por la noche. Tardaron mucho en venir en su ayuda. Vestina estaba inmovilizada por la artritis y era asmática. No pudo salir de su casa en llamas con la suficiente rapidez y el

 

humo la mató antes de que pudieran rescatarla.

 

XXVII

 

 

Con un sentimiento melancólico me dirigí otra vez al foro, para desde allí poner rumbo a casa. Enseguida alcancé el cruce con el Decumano Máximo, donde éste describía una   ligera   curva   al   torcer   hacia   la   Puerta   Marina, desviándose  de su eje  original. Se trataba de una intersección importante que contaba con un santuario y puestos de mercado, pescaderos y carniceros establecidos desde hacía tiempo. Delante de mí se alzaban los edificios públicos, primero la Basílica y luego el foro propiamente dicho. Éstos tenían la impronta en mármol de Augusto, diciéndoles a los lugareños y recién llegados lo extremadamente rico que lo había hecho el botín de Egipto y lo resuelto que estaba a que lo vieran como el soberano del mundo. La zona en la que confluían las calles bullía de vida.  Constituía  un  triste   contraste   con  los  espacios muertos que tenía a mis espaldas… aunque cuando los solares vacíos volvieran a urbanizarse, aquella parte de la ciudad sería un lugar estupendo para vivir: céntrico y probablemente  selecto. Algún constructor iba a hacer un gran negocio si podía hacerse con las tierras, y daba la impresión de que se había iniciado un programa continuo de adquisición.

Al doblar una esquina del Decumano, en un edificio

 

con andamios que parecía estar ya destinado a la reurbanización, encontré a un pequeño grupo de vigiles. No me lo esperaba; Petro nunca había hecho referencia a la existencia   de   unidad   destacada   alguna,   si   bien   nos hallábamos a un buen trecho del chirriante cuartel, por lo que  su presencia no  estaba de  más. Había que  recorrer varios kilómetros hasta el cuartel principal para informar del incendio en una casa de baños o para pedir refuerzos cuando alguien había dejado a su mujer sentada sobre un ladrón capturado.

Disponían de una oficina improvisada en una tienda abandonada. La fachada de lo que una vez debió ser el taller de un artesano era entonces un agujero enorme, sin sus puertas correderas. Había cuatro hombres de servicio, no eran precisamente el grupo más animado que había visto. Estaban apoltronados en torno a una mesa destartalada mientras esperaban a los ciudadanos con sus quejas. Vi pedazos  de  viejas  hogazas  masticadas  en  el  suelo,  que estaba lleno de escombros. Se percibía olor a vino, aunque no se veía. Tomé nota mentalmente de advertir a Petronio que aquel campamento necesitaba ciertas mejoras.

- Me llamo Falco.

- ¿Qué problema tienes? -No esperaba que me ofrecieran una infusión de camomila y una delicia de almendra.  Aun  así,  parecieron  dirigirse  a    con agresividad.

 

- ¿Podéis proporcionarme información?

- No somos vendedores de enciclopedias. -Al pálido zoquete  que  me  hablaba  se  le  notaban  demasiado  sus hoscos orígenes de esclavo.

 

- ¿Qué ha pasado para que le habléis así al público?

¡Yo  pago  mis  impuestos,  cubo  de  suero  descolorido!  - Bueno, se suponía que tenía que pagarlos, y en un anterior trabajo   para   el   emperador   había   hecho   que   muchos adinerados evasores de impuestos dijeran que lo sentían y aflojaran la mosca. Aquello le fue de más utilidad al Estado que si yo hubiera pagado lo que me tocaba.

Un nuevo rostro se dirigió a mí:

- ¡Vamos a ver, señor! -Ese debía de haber asistido a una charla sobre relaciones vecinales-. ¿Qué es lo que quieres?

- ¿Aparte de un poco de cortesía? Me gustaría informarme sobre un incendio en la calle de al lado donde murió una mujer el año pasado.

- Podemos ofrecerte cortesía, un saludo de lujo y una fuerte patada en el culo -dijo el segundo hombre, el encantador   e   ingenioso,   mientras   los   idiotas   de   sus amigotes miraban fijamente-. No sabemos nada sobre ese incendio.  Los  detalles  de  los  incidentes  pasados  no  se ponen a disposición del público.

- A menos que uno pague los honorarios de la inspección de informes -interpuso un tercer espécimen. Vi

 

que su compañero le propinaba un golpe y le decía que se callara.

- ¿Honorarios de inspección? -Crucé los brazos y adopté un aire meditabundo-. ¿De quién fue esa brillante idea? Sé que a Vespasiano le hace falta recaudar dinero para su programa de construcción municipal, pero esto es una novedad. ¿Es una regla especial para la Sexta? ¿Se aplica únicamente cuando está de servicio este alegre grupo que formáis o toda la cohorte sigue el mismo procedimiento?

¿Esto es sólo en Ostia? ¿O lo rige Roma?

Error, Falco. La atmósfera se volvió siniestra. Dos vigiles que hasta entonces no habían hecho otra cosa que masticar manzanas se acercaron entonces a mí. El necio que había pedido la tarifa se puso en guardia. El portavoz principal ya se hallaba a tan sólo un paso de distancia. Ninguno de ellos era alto. Eran todos anchos y robustos. Por definición tenían orígenes duros y los empleaban para trabajos duros, sin miedo al peligro. Eran unos chicos resistentes, mal afeitados y con las túnicas sucias, que apestaban a humo y polvo de construcción… y ninguno de ellos  me  tenía miedo.  Estaban  lejos  de  su territorio,  a treinta y dos kilómetros de Roma, y confiaban en que allí era  poco  probable  que  sus  acciones  fueran  criticadas. Entendí   por   qué   la   gente   de   Ostia   debía   de   tener sentimientos ambivalentes hacia ellos.

El portavoz extendió un brazo demasiado musculoso

 

delante de otros dos.

- Vamos  a ver, muchachos. Éste parece  ser uno  de esos grandes tipos que nos dirá que es el mejor amigo del Prefecto Urbano. -Dejó bien claro que no le preocupaba.

Mantuve la calma y le miré directamente a los ojos. Los prefectos son demasiado distantes como para tenerlos en cuenta, aun en el caso de que conociera a alguno. Podía haber mencionado a Bruno, pero lo más probable era que lo detestaran; mentar a su oficial podía ser una muy mala idea. Me pregunté cuáles serían sus nombres, pero me lo pensé mejor y no traté de averiguarlos.

- No sabemos nada en absoluto sobre ningún incendio del año pasado -repitió el portavoz a pocos centímetros de mi cara. Su dedo mugriento  me pinchaba el pecho-. Así pues, Falco -volvió a clavármelo, mucho más fuerte-. ¡Nos gustaría que te marcharas!

Todos los demás dieron un paso hacia mí. A mis espaldas, la salida estaba despejada, de modo que la utilicé. Oí cómo se reían.

 

Continué  mi  camino  hacia  casa,  sintiéndome mancillado y desconcertado. Durante el primer tramo del Decumano no dejé de mirar por encima del hombro y en cuanto  llegué  al  foro  me  aseguré  de  mezclarme rápidamente con el gentío. El imbécil que había hablado de tarifas  de  inspección  me  había  pedido  claramente  un soborno. La amenaza de violencia generalizada era real. Me

 

pregunté si eso era una muestra de la reacción con la que los  habitantes  del  lugar  habían  topado  cuando  fueron  a buscar ayuda la noche en que la tía de Diocles se encontró la casa envuelta en llamas.

Luego me pregunté si Diocles estaría alojado en su casa el año anterior, cuando tuvo lugar el incendio.

 

Al  regresar  a  nuestro  apartamento  estaba  bajo  de moral e introspectivo. Toda la alegría de haber localizado finalmente a la tía del cronista se había desvanecido cuando me enteré de su muerte. Mi enfrentamiento con los vigiles acrecentó mi humor de perros. Le conté a Helena el episodio, restándole importancia.

Hablamos sobre la tragedia de la tía.

- Entiendo -dije- que si Diocles siempre se había quedado a pasar el verano en casa de su tía, tal vez hubiera vuelto por inercia este año. Una vez aquí podía haber reservado otro alojamiento y luego empezar a darle vueltas a lo que le pasó a la mujer. Si es susceptible, éste podía ser el motivo  por el que se hubiera marchado  a alguna otra parte.

- ¿Crees que no puede soportar estar aquí otra vez y que por eso se ha ido de vacaciones al lago Nemi en vez de quedarse? -Después, Helena preguntó-: ¿No creerás que Diocles solicitó el ingreso en los vigiles para así poder sacar a la luz la incompetencia que causó la muerte a su tía?

 

Hice una mueca.

- Sé lo que Petro sospecharía si Diocles siente fascinación por los incendios: creerá que Diocles es un pirómano.

- ¡No!

-  Los  pirómanos  no  solamente  inician  los  fuegos,

¿sabes? A algunos de ellos les gusta esconderse en un pórtico y observar lo que ocurre, pero hay otros que lo que quieren es lucirse como héroes que pueden salvar a gente y extinguir incendios. Con frecuencia los tipos como ésos solicitan  unirse  a  los  vigiles.  Los  oficiales  de reclutamiento inteligentes tienen olfato para estas cosas y los rechazan.

-  Conociste   a  un  oficial   reclutador.  Creías   que

Rústico era inteligente, ¿verdad, Marco?

Cavilé sobre eso.

- Sí, lo creía. Pero, recordando lo que dijo, él estaba inquieto… El propio  Rústico  estaba desconcertado  y no sabía por qué le había dicho que no al cronista. Diocles era un enigma, no un fenómeno que él reconociera.

- Pues no parece que Rústico sospechara que era un pirómano. ¿Sigues creyendo que Diocles se traía algo entre manos?

- Sí, amor. Pero puede que no tuviera nada que ver con su tía.

Helena se quedó callada unos instantes. Entonces dijo:

 

- Tenía a su tía en la cabeza, Marco. Cuando Diocles les contó a Holconio y Mutato que iba a venir a Ostia, dijo que se iba a quedar con ella.

- Cierto. Quizá subconscientemente se olvidó de su muerte. Tal vez la mente le jugara una mala pasada.

A Helena y a mí nos preocupaba entonces que al llegar allí, Diocles hubiera sufrido una crisis nerviosa.

- A propósito de crisis nerviosas -dijo Helena con una sonrisa y cambiando de tema para intentar animarme un poco-. Hoy he tenido una sorpresa: ¡Conocí a tu tío! -Alcé una ceja, intuyendo lo que vendría a continuación-: Sí, Marco. Ése del que nadie habla nunca.

 

XXVIII

 

 

Había pasado un cuarto de siglo desde la última vez que había visto a tío Fulvio. Tenía nombre, solo que estaba maldito  en  la  memoria.  Si  la  familia  de  mamá  hubiera podido encargar unas estatuas, Fabio y Junio hubiesen desmontado la suya y la hubiesen reutilizado para construir una pocilga.

Tenía curiosidad por saber cómo se las podía haber arreglado.

- Apenas intercambiamos unas cuantas palabras -dijo Helena-. Quería ver a tu madre; le dije que ahora Junila Tácita se alojaba con Maya, puesto que disponen de más espacio que nosotros, y le indiqué el camino. -Se detuvo un momento en el acto de volver a prenderse el broche esmaltado   que   llevaba  en  el  hombro-.  Mira,  tuve   la impresión de que era un poco raro.

- ¿En qué sentido? -pregunté con una sonrisa. Helena se limitó a encogerse de hombros, indecisa.

- Es sólo que me sentí mejor cuando se fue.

Albia  levantó   la  mirada  del  suelo,  donde   estaba jugando con las niñas.

- ¿Qué ha hecho tu tío, Marco Didio?

Me imaginé que en aquel entonces yo era demasiado pequeño para que me contaran toda la historia. Le facilité la

 

parte que no entrañaba peligro.

- Se escapó a Pesinunte, pero se subió al barco equivocado.

- ¿Y ahora ha regresado? ¿Le ha costado más de veinte años? -exclamó Helena, asombrada-. Cuando sus hermanos están inquietos, desaparecen durante un par de temporadas y luego vuelven a casa sigilosamente, ¿no?

- Fabio y Junio son normales, comparados con él. Mis tíos se pelean entre ellos -le expliqué a Albia-. Fabio cree que Junio lo estafó con su parte de la granja cuando mi abuelo murió; Junio está seguro de que Fabio lo arruinaría todo debido a su imprudente amistad con la esposa de un vecino;  Junio  se  deprimió  cuando  falló  la  cosecha  de nueces y odia los planes que tiene su hermano para la cría de pollos… de todos modos, es un mal bicho con un humor de perros. Fabio sabe que podría ser alguien importante en el  mundo   sólo   con  que   pudiera  encontrar   el  medio adecuado   para  sus   hasta  el   momento   indeterminados talentos. Junio busca el amor, concretamente; creía haberlo encontrado pero tuvo que ir al mercado con los huevos porque aquella semana le tocaba a él (hay muchos huevos porque la verdad es que Fabio ha dado en el clavo con sus gallinas  puestas  en cestos),  y la chica se  marchó  de  la ciudad. -Me quedé sin aliento.

- La tía Febe me dijo que, de todas formas, la chica que  Junio  quiere  está  prometida  a  un  contratista  de

 

alcantarillas -intervino Helena.

- La tía abuela Febe, la liberta de mi abuelo, mantiene unida la granja mientras los hermanos hacen el tonto por ahí. Es la que contiene la sangre cuando intentan suicidarse. Los mantiene separados con una horca cuando tratan de matarse entre ellos.

- ¡Ya veo! -Arqueando sus finamente pobladas cejas, Albia se  puso  a jugar  con mis  hijas  de  nuevo.  Llevé  a Helena a casa de  Maya, con la esperanza de  que  el  tío Fulvio aún estuviera allí.

 

Como era el esquivo de la familia, Fulvio había estado allí y se había marchado.

En cambio, me tropecé con Cayo Baebio. Junia estaba intentando convencer a mamá para que se llevara al inválido de vuelta a Roma en su carro. Mamá desengañó a Junia muy resueltamente. Parecía abatida; fuera lo que fuera lo que quería de Fulvio, éste debía de habérselo puesto difícil.

Ahora que ya había hablado con su hermano, mamá iba a volver a su casa del Aventino, pero no había ninguna posibilidad de que compartiera el viaje con mi hermana y su quejumbroso marido. Mamá pensaba que uno de los beneficios  de  ser  mayor  era  que  ya  no  tenía  que  ser educada con Cayo Baebio. De entrada, esto presuponía que lo había sido alguna vez.

- ¡Ah, Marco! -repelido por mi madre, Cayo se pegó a mí-. Estoy pensando  que  iré  a la villa de  Damágoras  y

 

presentaré una queja formal por la manera en que nos trataron. Nunca volveré a ser el mismo… -una tos poco seria lo confirmó.

Junia también se volvió contra mí.

- ¡Tendrás  que ir con él! Yo no puedo ponerme  en peligro entre un grupo de piratas violentos y Cayo ya no está en condiciones de conducir.

Vi que mi madre clavaba su mirada escéptica en Cayo. Con picardía, me oí a mí mismo prometer que iría a quejarme. Tenía una idea bastante  aproximada de lo  que dirían Damágoras y Crátidas si les pedía dinero. No tenía intención de hacerlos enfadar, pero pensé que podría echar otro vistazo a los cilicios en interés propio.

-  También  tendrías  que  hablar  seriamente  con  tío Fulvio -me ordenó Junia-. Tú eres el cabeza de familia. - Desde que murió mi abuelo, tendría que haberlo sido el propio Fulvio, pero rehusó las obligaciones. Por lo que yo sabía, sería capaz de vender los bustos de nuestros antepasados (si es que tuviéramos alguno)-. Nuestra pobre madre intenta mediar y traerlo de vuelta a la familia y él se niega a tener nada que ver con nosotros. Le ha dado un gran disgusto a mamá.

- No estoy disgustada -mintió mamá. Le gustaba ser ella misma quien eligiera el momento de hacerse la desvalida.

-  ¿De  verdad  Fabio  y  Junio  quieren  que  vuelva?  -

 

pregunté.

- Fulvio es el inteligente -replicó mamá como si la granja  necesitara  a  alguien  dotado  de  inteligencia.  Era cierto, pero consideraba que ésa era precisamente la razón por la que sus hermanos estarían más contentos si Fulvio permanecía en el exilio.

- ¿Y en qué negocios anda metido, mamá, y por qué ha venido a Ostia?

- No me lo dijo.

- ¿Qué? ¿Y no pudiste sonsacárselo?

 

Mi madre debía de ocultar algo. Era evidente que el tío  Fulvio  había  encontrado  otra  descabellada  profesión más que nos provocaría un tremendo bochorno. Mamá me leyó el pensamiento. Así que se apresuró a decir entre dientes:

- Me dijo que se había puesto a trabajar en la pesca de tiburones. -Anunciaba las cosas de una manera como si no fuera su intención que te las creyeras.

No estaba nada seguro de la edad de mi madre, pero se sabía que el tío Fulvio tenía diez años más que ella… un poco carcamal para luchar con los devoradores de hombres de las profundidades marinas. Era típico de mi familia. Su locura rara vez llegaba a causar verdadero daño, pero nunca sabían lo que era apropiado. Podía haberme puesto cómodo y verlos solamente como un buen entretenimiento, pero actualmente  los  miembros  de  la  familia  no  dejaban  de

 

presionarme  para que reformara a otros parientes, según ese infalible edicto: «Tú eres el cabeza de familia».

Los informantes que optan por mostrar su lado insensato evitan todo esto. Rememoré mi época irresponsable con repentino cariño.

 

Al día siguiente, una vez más, alquilé un burro y cabalgué siguiendo la costa. En aquella ocasión, la puerta de la villa del supuesto pirata tenía un guardia, pero me dejo entrar sin problemas. Mientras recorría el sendero arenoso me crucé con un hombre que se marchaba. Llevaba un paso frenético e iba montado con los pies hacia fuera sobre una pequeña  mula,  como  los  miembros  de  las  tribus  del desierto en Siria a quienes les gusta salir corriendo de los oasis de esta manera alocada. Debido a la nube de polvo, el jinete llevaba la cara envuelta en una larga bufanda, pero cuando hubo pasado y tosí, llegué a ver una toga en forma de abrigo de corte parto, una calva incipiente y unos ojos que me miraban de reojo con curiosidad.

Damágoras  me  recibió.  Tal  vez era cierta su afirmación de que nunca salía de casa, así que recibía bien a las visitas. Una mujer que llevaba unas zapatillas de cuentas retiraba unas pequeñas copas de bronce en una bandeja a juego después de que se hubiera marchado el invitado anterior. No aparecieron nuevos aprovisionamientos  para mí.

 

Tal como me esperaba, Damágoras rechazó de plano toda sugerencia de que mi cuñado merecía ayuda con sus facturas médicas y una recompensa por el tiempo que iba a pasar sin trabajar. Abandonamos esa conversación rápidamente.

Volví a insistirle con el tema de Diocles, pero eso también llegó a un punto muerto.

Entonces mencioné los secuestros. El viejo bribón estuvo un poco más atento, pero me di cuenta de que consideraba que tenía muy pocas pistas.

-  ¿Y qué  es  lo  que  te  hace  relacionar  esto  con la comunidad cilicia, Falco?

Tenía razón: ninguna de las víctimas había mencionado ninguna  nacionalidad  provincial,  aparte  de  al  «Ilírico». Excluí Iliria. ¿Por qué complicar las cosas cuando hay un puñado de sospechosos viable?

- Estoy estableciendo una conexión directa entre el interés de Diocles en los secuestros y las visitas que te hizo.

Damágoras me ofreció su risa de tipo honesto.

- Nunca hablamos de secuestros. ¿Qué interés podía haber tenido Diocles por los secuestros? -Me fijé en que usaba el pasado. Tal vez Damagoras supiera que le había pasado al hombre desaparecido.

- Cuanto más tiempo esté desaparecido, más a fondo examinarán todos sus intereses -le advertí.

 

- ¡Esto está muy mal, Falco! Intentar asustar a un anciano que no ha hecho nada malo.

-    no  te  asustas  tan  fácilmente.  Pero  no  nos peleemos  por  eso…  ¡al  menos  todavía  no!  Ahora  me gustaría que  me  proporcionaras  una dirección  para ponerme en contacto con tu compinche pugilista, Crátidas.

-Damagoras se hizo el despistado-. Mira, Damágoras, será mejor que me dejes discutir lo que ese cerdo airado le hizo a mi cuñado que no que Crátidas encuentre su nombre en una  lista  de  vigilancia  de  foráneos  controlada  por  los vigiles.

Yo era romano, de manera que Damagoras se tomó en serio la amenaza. Lo último que quiere un provinciano con residencia temporal es que los funcionarios se fijen en él. Un marino ya tiene bastante trabajo eludiendo tasas de importación y chantajes y regateando con los negociantes que intentan apremiarlo para que se desprenda de todos sus beneficios  en  un  mercado  hostil.  El  hecho  de  que  te señalen para una investigación y un acoso constantes es mortal. Incapaz de arriesgarse a ello, el anciano me habló a regañadientes  de  un  bar  en  el  que  podría  encontrar  a Crátidas en Ostia. Tomé nota del nombre.

- ¿Y por casualidad no conocerás a un aventurero llamado Teopompo?

La expresión de Damagoras no cambió en lo más mínimo.

 

- Es un nombre corriente entre los marineros -dijo-.

¿Qué  ha  hecho  este  tal  Teopompo?  ¿Es  uno  de  tus secuestradores?

Tuve la sensación de que había cometido un error. Al menos no había mencionado a la chica, Ródope. No había ninguna amenaza particular en el tono del presunto pirata, pero si sabía algo sobre el chanchullo de los rescates, yo acababa de delatar a un miembro de la banda que debía de haber nuebrantado el código del anonimato. La noticia de la estupidez cometida por Teopompo volvería a llegar hasta ellos. Bueno, si el resultado era que el que había seducido a la joven recibía una paliza, no tenía ningún reparo.

- Supongo que una de las víctimas femeninas dice que durmió con él, ¿no? -Damágoras me leyó el pensamiento con la misma astucia que mi madre-. Te lo voy a decir, Falco: la mujer estará mintiendo. Siempre  fue una regla entre los viejos piratas no tocar nunca a sus invitados. - Llamarlos «invitados» era un eufemismo brillante. Y por supuesto seguía pretendiendo que la piratería había caído en desuso-. La cuestión era convencer a los amigos y parientes  para  que  pagaran,  sabiendo  que  podían  estar seguros de que la…

- La víctima -le ayudé cuando hizo una pausa. Damágoras  sonrió,  pero  aún  así  no  pronunció  la

palabra.

- Les será devuelta, viva e ilesa.

 

- Mujeres -comenté-; siempre son una mercancía delicada.

 

- Mienten -dijo, otra vez sin rodeos-. Quieren creer que han tenido una aventura amorosa romántica. Era bien sabido,   Falco.  Las   mujeres   causaban  problemas.   Los expertos en pedir rescates nunca se llevaban a mujeres si había hombres disponibles. De esa forma evitaban consecuencias inconvenientes.

- Aquí todas las víctimas han sido mujeres. Es un chanchullo muy particular.

- Una locura -dijo Damágoras.

- Tal vez termine como el secuestro más famoso de todos.

- ¿Ése cuál es? -preguntó Damágoras. Me miró intensamente con los ojos entrecerrados, igual que un hombre que pensara que había insultado su oficio.

- El de Julio César. Prometió a sus captores que en cuanto  pagaran  su  rescate  volvería  y  los  crucificaría  a todos. Cumplió su palabra.

- Un invitado noble -observó Damagoras-. ¡Un hombre duro, muy astuto para hacer negocios con él!

Había desviado su atención del tema de Ródope. No parecía que fuera a obtener nada más de él, de modo que me marché.

 

XXIX

 

 

Crátidas bebía en una taberna llamada El Acuario. Me dio la impresión de que probablemente viviera allí. Estaba al lado de la puerta de la Fortuna, que a su vez se hallaba próxima a la ribera del Tíber y bastante cercana a mi apartamento, de modo que después de regresar a lomos de mi  montura,  me  desvié  y lo  encontré.  Me  esperaba  un tugurio  lleno  de  chinches  donde  el  día sería  tan  negro como la noche, y la noche indescriptible. Sin embargo, la casa que llevaba el nombre del aguador del zodíaco era un establecimiento grande con un exterior agradable y varios patios interiores sombreados. Carecía de vistas al río, pero el  hecho  de  que  estuviera  apartado  del  bullicio  de  los muelles lo hacía parecer más refinado.

La clientela ocasional acudía al bar y se quedaba de pie en los mostradores que daban a la calle, a ambos lados de una esquina. Allí la minuta era más abundante que en la mayoría  de   establecimientos,   y  el   lugar   estaba  bien equipado con estanterías de jarras y cuencos. Los olores que provenían de los hundidos cazos de comida encajados en los mostradores de mármol eran menos repelentes que en los humildes figones de comida rápida de Roma; la camarera del bar iba limpia y pulcra y dijo que podía pasar por un corto pasillo y salir a la zona del patio de la planta

 

baja sin ningún problema. Allí, los turistas estaban sentados en bancos situados bajo pérgolas, felicitándose por haber encontrado un hotel tan bueno, justo al lado de los transbordadores de Portus. Un hombre de negocios que sin duda conocía el lugar desde hacía tiempo cruzó por allí de camino a una habitación del piso de arriba guiado por un fornido esclavo que llevaba el equipaje. Era alguien importante en el campo de los cereales; nos hallábamos en una zona de medidores de grano y agentes gubernamentales asociados.

En  aquel  escenario   un  tanto  insólito  encontré  a Crátidas. Estaba hablando con otro hombre, probablemente subordinado suyo en la jerarquía cilicia. Estaban sentados a una mesa debajo de una gran higuera, donde se habían instalado de una manera que sugería que aquel patio era su oficina privada y que sería mejor que los turistas hicieran uso   de   los   demás   espacios.   Los   turistas   lo   habían entendido. Tal vez pensaran que Crátidas era el propietario de El Acuario. En realidad, por lo que yo sabía, lo era.

Aunque quizá la gente lo evitaba porque un no sé qué en su porte advertía de que era un tipo peligroso. Yo me había topado con bravucones mucho peores, y por supuesto más  notorios,  pero  éste  era diferente.  Estaba preparado para la acción. Estaba claro que sólo buscaba una excusa para ofenderse y esperaba ganar sus peleas. Probablemente eso era porque peleaba sucio… pero quejarse  sobre sus

 

métodos no serviría de mucho después de que te hubiera rebanado la mano o te hubiera cegado. Tenía cicatrices, incluyendo  la de una larga herida de cuchillo, la cual se había cerrado hacía años formando una arruga plateada que le iba desde la ceja a la mejilla. Le faltaba la punta de un dedo.

 

Su compañero tenía un aspecto bastante presentable hasta que se rió; entonces vi que le quedaban muy pocos dientes, Crátidas todavía llevaba puesta la larga vestidura color carmesí  de la que hizo  alarde  cuando  nos atacó  a Cayo y a mí en la villa; el otro vestía un conjunto de un apagado  tono  verdoso. Parecía sucio, pero  el  ribete  del cuello y de los extremos de las largas mangas incluían hilo de  oro  auténtico.  Reconocí  la  incipiente  calva  de  su coronilla y los luengos pañuelos multicolor que llevaba alrededor de su grueso cuello peludo.

Nadie   confundiría   a  esa   pareja   con   un   par   de profesores de filosofía. Eran tipos duros. Muy duros. Mientras me acercaba había oído unas voces ásperas y una risa brusca y ordinaria. Eso fue antes de que se percataran de   mi   presencia.   Después,   su  hostilidad   flotó   entre nosotros, tan perceptible como si fuera humo de leña.

- ¡Tienes una base estupenda! ¿Te acuerdas de mí? Soy Falco. -Crátidas se volvió hacia su compañero y dijo algo en un idioma extranjero. Al parecer sí se acordaba, y el recuerdo los hizo sonreír de manera desagradable a ambos-

 

. Lamento interrumpir -dije-. ¿Se trata de un simposio de griego?

- ¡Oh, sí, estamos hablando de literatura! -replicó Crátidas. Los dos se rieron de alguna gran broma interna. Yo alcé una ceja con frialdad.

El otro hombre se puso en pie. Tenía aspecto de ser del  este,  y  cuando  pasó  tambaleándose   por  mi  lado, mirando de reojo con expresión desdeñosa, lo reconocí definitivamente.  La  última  vez  que  lo  había  visto  fue saliendo  de  la  villa  de  Damágoras,  cabalgando  a  toda pastilla.

Yo me había quedado de pie con los pulgares metidos en el cinturón, pero entonces me senté con Crátidas. Tomé asiento en un banco delante de él, al otro lado de la mesa, y mientras me estiraba moví uno de los extremos y lo alejé de la mesa para hacerme sitio. Empecé a hablar de la discapacidad que le había ocasionado a Cayo Baebio. Sabía que iba a ser una pérdida de tiempo. Crátidas escupió con ferocidad contra la higuera. A continuación, tiró la daga sobre la mesa. La punta no me dio en la mano por poco. La mantuve inmóvil, y ni siquiera me estremecí con el ruido. Que él mismo decidiera si eso fue porque era estúpido o porque estaba tan aturdido que no podía ni moverme.

- Ese es un truco muy viejo. -Hice que sonara seco y lánguido-. ¿Tenías intención de fallar o es que eres un incompetente?

 

Entonces,  bajo  la  mesa,  levanté  el  muslo  de  una sacudida para atraparle las rodillas contra las tablas y que así no tuviera ningún apoyo; utilice mi otro pie para apartar de una patada el banco en el que estaba sentado. Se estrelló contra el suelo; debió de llevarse una buena sacudida en la espalda Volvió a ponerse en pie al instante, claro está. Yo me lancé sobre la mesa y lo agarré por su larga cabellera. (Tal  como  dice  mi  entrenador,  nunca lleves  el  pelo  tan largo que te lo pueda agarrar un asaltante.) Cuando Crátidas arremetió contra mí, me fui con la embestida, pero lo hice girar y lo puse de cara a la mesa con un brazo en la espalda. Le apretaba la cabeza con el peso de mi cuerpo. Tenía la nariz tan doblada que le debía de resultar difícil respirar.

 

- ¡Y ahora escucha! -Parecía indefenso, pero no tenía intención de acercarme demasiado, no fuera a zafarse de un tirón y se me llevara alguna parte de mí-. Creo que tú y tu compañero el de la bata parta formáis parte de un tinglado para secuestrar esposas de mercaderes. Probablemente es Damágoras quien dirige el chanchullo. Hay otras personas que lo están investigando, de modo que puedes arriesgarte con ellas. Lo que quiero saber, y quiero saberlo ahora, Crátidas, es ¿qué le ocurrió al cronista, Diocles?

- ¡No lo sé!

- ¡Oh, apuesto a que sí lo sabes! ¿Estaba investigando tu artimaña de los rescates? -Lo negó con otro grito sofocado.  Lo  levanté  parcialmente  y le  estampé  la cara

 

contra la mesa. Como favor a Cayo Baebio, lo golpeé con mucha  fuerza.  Si  Crátidas  estaba  impresionado  de  que pudiera estar a su altura en cuanto a brutalidad, no lo demostró-. ¿Dónde está, Crátidas? ¿Qué has hecho con él?

Noté que se tensaba para entrar en acción. Yo era vulnerable, tumbado a medias encima de él, de modo que me aparté rápidamente cuando él se liberó de sopetón. Se dio la vuelta, mostrando los dientes. Habíamos quedado a un par de metros aproximadamente de distancia. Vio que había agarrado su cuchillo de la mesa. Tenía un arma menos (aunque  yo  creía  que  llevaba  otras),  y  aún  había  de descubrir las que portaba yo.

Levantó el banco del que se había caído; en aquellos momentos la gente se estaba fijando en nosotros, por supuesto Probablemente Crátidas quería continuar su estancia allí… de modo que necesitaba calmar la situación o las excelentes personas que estaban sentadas bajo las pérgolas le pedirían enfurruñadas al afable dueño de la taberna que lo desalojara. Hizo girar el banco, aproximadamente a la altura de mi cabeza, pero luego lo volvió a dejar en el suelo. Por lo visto la pelea había terminado… y no es que me fiara de él.

- No sé -dijo con esa voz gruesa de tono áspero- lo que pasó con el cronista. Damágoras jugueteó con él, pero incluso él perdió interés. ¡Averigua por ti mismo adonde fue o qué quería ese hombre, Falco!

 

- Lo haré -dije-, y entonces volveré, Crátidas. Omitimos las despedidas.

 

Al marcharme de El Acuario le regalé a la chica del bar una muestra de la moneda imperial y mi mejor sonrisa. Ella sabía que  yo  no  había pedido  nada de comer  ni de beber. De  modo  que  aceptó  el dinero  y me  devolvió  la sonrisa  divinamente…  entonces,  cuando  le  pregunté  si sabía cómo se llamaba el visitante de la sucia túnica color verde que había venido a ver a Crátidas, me lo dijo.

Se llamaba Ligón. Ya había oído antes ese nombre. Cuando salí a la calle ya hacía rato que se había ido, pero eso no me preocupó. No tenía necesidad de seguirlo hasta su casa. Ya sabía dónde vivía Ligón… o al menos, dónde había vivido hasta hacía poco.

 

XXX

 

 

Cuando lo consulté con Petronio, me pareció que éste tenía una expresión taimada. Le había dejado un mensaje en el cuartel; pasó por nuestro apartamento a última hora de aquella misma tarde. Le expliqué cómo había identificado a Ligón,  el  mismo  Ligón,  de  eso  estaba seguro,  que  nos habían nombrado  como  el  novio  de  Pulia, la madre  del joven Zeno. Había decidido que los cilicios la habían apostado en la habitación de la torre de entrada donde la encontramos inconsciente para que así, cuando raptaban a una víctima, Pulia pudiera ser su carcelera hasta que se pagara el rescate.

- Por lo visto, las mujeres parecen confusas después de su experiencia. Bruno cree que las drogan mientras las tienen retenidas. ¿Recuerdas que el chico nos contó que el

«tío» Ligón le había dicho que si alguien no se despertaba los vigiles lo querrían saber?

- ¿Cómo es que sabes lo que piensa Bruno? -preguntó

Petronio.

Fingí sordera.

- Zeno debe de haber malinterpretado lo que Ligón quería decir. Ligón estaba hablando del riesgo de que los buscaran por asesinato si le daban una sobredosis a alguna víctima sin querer. En realidad, podría ser  que  Pulia se

 

hubiera administrado ella misma una sobredosis. La vez que el chico nos llevó a ver a su madre, ella no estaba borracha como creímos. Apuesto a que se aburría y probó ella las drogas.

- ¡De modo que ya hace un buen rato que tropezamos con el chanchullo por casualidad! -Petronio aspiró entre dientes, molesto.

-  No  importa  que  lo  pasáramos  por  alto.  Ahora podemos romper el círculo.

- Eso me gustaría postergarlo, Marco. Tenemos que reunir pruebas…

- ¿Desde cuándo son importantes las pruebas en un arresto de los vigiles? -me burlé.

- ¡No seas así! Tenemos que estar seguros… -Las evasivas nunca habían sido el estilo de Petro. Sin embargo, imaginaba qué le movía a ello.

- ¿Estamos esperando a que la Cuarta Cohorte llegue a

Ostia?

- A fínales de semana -dijo Petro con tono de eficiencia, ignorando que Rubela ya me lo había dicho.

Mencioné que podría ser que Rubela acompañara al destacamento. Tuve que explicar por qué. Petronio Longo me dijo lo que pensaba de mí. Su disertación no fue nada agradable.

Como ya estábamos impacientes por entrar en acción, llegamos a un acuerdo.

 

- ¡Ésta me la vas a pagar, Falco!

-  Perfecto.  Mientras  tanto,  viejo  amigo,  ¿cuál  es nuestro plan?

- Podemos turnarnos para vigilar la vieja torre de entrada. Estableceremos si Ligón y la mujer todavía viven allí.

- Está justo a la vuelta de la esquina del lugar donde vi a Ligón con Crátidas.

- Sí, la ubicación de la torre es ideal. -Petro lo había desentrañado rápidamente-. Se halla cerca del río, para cuando secuestran a las víctimas en Portus. También está ubicado en un enclave céntrico si se las llevan de Ostia, y en un buen sitio para devolver a las mujeres tras cobrar el rescate.

- Creía que el hecho de que nos implicáramos aquel día les haría abandonar el lugar.

- Puede  ser que  Pulia no  les haya confesado  a los demás lo que ocurrió. Aunque lo hiciera, cuando la banda vio que no sospechábamos de ella, ¿por qué sacrificar una buena ubicación? Así pues, podemos observar el lugar hasta la próxima vez que lleven allí a una víctima. Entonces habrá llegado la hora de hacer una detención.

Como hacía siempre que había establecido una buena conexión, me encontré queriendo comprobarla.

- Pulia y el chico proceden de un lugar llamado Soli. Recuerda que Maya lo averiguó. ¿Sabemos si Soli está en

 

Cilicia?

Helena  Justina  estaba  leyendo,  tan  silenciosamente que nos habíamos olvidado de que estaba allí. En aquel momento levantó la vista de su rollo.

- Sí -dijo, como si ya formara parte de nuestra conversación-. Antes Soli estaba en la costa cilicia.

-  ¿Antes  estaba?  -tenía  mis  dudas-.  ¿Qué  ocurrió?

¿Acaso le salieron alas a la ciudad y salió volando hacia las henchidas nubes? Suena como una metáfora abstrusa de una sátira ateniense.

Pefronio estaba sonriendo… demasiado, pensé. Yo estaba más familiarizado con las dotes investigadoras de Helena. La miré. Sus ojos oscuros revelaron un modesto triunfo. Las matronas romanas no se regodean. Especialmente de sus cónyuges, claro está.

- Traje conmigo un mapa del Imperio, Marco.

-  Por  supuesto  -contesté-.  Tenemos  que  estar equipados si una de nuestras muy avanzadas hijas empiezan a hacer preguntas encantadoras sobre provincias remotas.

- Espero -Petronio se burló de nosotros con gravedad- que Junia Junila Layetana ya sea capaz de recitar todos los ríos de Germania.

- De la Alta y Baja Germania -le aseguré-. El Rin y todos sus afluentes, en orden, de norte a sur.

- Tendría que ser de sur a norte, Falco. Va con la corriente, hombre.

 

- Ya lo sé, pero es que cuando se lo enseñaba estaba sujetando el mapa del revés. Estamos trabajando Germania Libera  pero  a  la  pobrecilla  le  asusta  pensar  que  hay bárbaros indómitos. -Julia tenía tres años; aún le costaba enumerar  todos  sus  propios  nombres.  Me  había  dejado llevar bastante a la hora de bautizar a mi primogénita.

Helena aguardó pacientemente a que Petronio y yo dejáramos de bromear.

 

-  Creo  que  esto  os  gustará;  encaja  con  vuestras teorías. A Solí se le cambió oficialmente el nombre hace cien años. -Alzó la mano derecha, un gesto característico que dejó libres el conjunto de brazaletes que llevaba en el antebrazo. Tintinearon unos contra otros cuando ella giró la muñeca, en un movimiento inconsciente-. Soli, loca pareja de bufones, ahora se llama Pompeiopolis. Y ahora dime, Marco, ¿no es de allí de donde también procede tu anciano pirata?

Lo asimilamos y luego la aplaudimos gentilmente. Helena acababa de proporcionarnos nuestra primera conexión entre Damágoras y los secuestradores.

 

Inspirados, Petronio y yo nos turnamos y vigilamos la torre de entrada.

- Tendrás que andarte con cuidado -le advertí-. ¿Y si el grupo de Soli ya se ha dado cuenta de tu presencia? Vives tan sólo dos puertas más abajo. Te has paseado por delante

 

de su casa casi cada día.

- Entonces haré la guardia nocturna -se ofreció voluntario. Como padre de unas niñas pequeñas, eso me convenía. Podría contar cuentos a la hora de ir a dormir mientras Petro soportaba a los borrachos y a las prostitutas enzarzadas en riñas constantes como perros y gatos.

 

Empezamos inmediatamente y observamos el lugar durante el resto de la semana.

Ligón, un amante poco esforzado e insensible, apenas se molestó en visitar a su desaliñada amiga, aunque yo lo vi una vez y Petro informó de haberlo avistado dos noches después. Pulia siempre estaba allí. Mi mayor preocupación era cómo evitar a su hijo de siete años, Zeno. Jugaba en la calle  con cara de  aburrimiento.  No  tenía juguetes,  pero tiraba piedras, miraba fijamente a los transeúntes y daba patadas con sus sandalias contra los bordillos. Pulia rara vez salía, pero en ocasiones lo mandaba a él a hacer algún recado; a la hora de las comidas lo llamaba desde la ventana para que entrara, gritando su nombre de un modo brusco y desagradable. No lo trataban peor que a cualquiera de los hijos de mis hermanas mayores, pero su modo de vida significaba que existía un grave riesgo de que se fijara en uno de nosotros mientras merodeábamos por el otro lado de la calle manteniendo la vigilancia. Parecía un chico inteligente que probablemente se acordaría de nosotros.

Al final alguien me vio, aunque ocurrió de un modo

 

inesperado. Era mi turno de guardia. Helena, con Favonia en sus brazos, me traía un cesto con la comida. Yo me había apostado casi enfrente de la antigua torre de entrada. Había un edificio vacío, destinado quizás a convertirse en un foro extra. A veces una anciana loca traía migas para dar de comer a los pájaros, pero eran una bandada engreída y andaban por ahí pesadamente cuidándose mucho de no acercarse  a mí. Al otro lado de la calle había dos casas cuyos ocupantes no dejaban de mirar hacia fuera como si yo fuera un posible ladrón.

 

Al menos, cuando vieron a Helena conmigo, pudieron respirar tranquilos imaginándose que debía de estar entreteniéndome ahí con la esperanza de mantener una relación adúltera. Fue una buena excusa para hacernos arrumacos en público… cosa que siempre suponía una emoción fácil. Mientras tanto, Sosia Favonia practicó sus primeros pasos.

Los portuenses no se caracterizaban por su sentido del humor  precisamente  y  no  aprobaban  que  nos besuqueáramos a la luz del día. Por suerte nuestra hija de cabello  rizado  tenía un aspecto  tan dulce  con su limpia túnica blanca y su diminuto collar de cuentas que enseguida pasaron por alto nuestro comportamiento. Dejamos de ser lujuriosos y nos hicimos pasar por orgullosos padres alardeando de su criatura.

 

No era partidario de utilizar a mis hijas como utilería de un disfraz. Mi madre se hubiera puesto  furiosa. Y la madre de Helena hubiera agarrado a Favonia y buscado refugio en el templo más próximo.

En mi época de informante en solitario había contado con otros métodos. En aquel caso, me hubiera sentado apoyado   en  una  columna,  arrebujado   en  unos   sucios harapos, si no fuera porque Petronio se había adjudicado este papel de arruinado y deprimido para sus observaciones nocturnas. Yo había intentado fingir que era un artista, pero cuando me senté en un taburete dibujando paisajes urbanos en mi tablilla de notas, se congregó a mis espaldas el inevitable grupo de pazguatos. Dejaron muy claro que mis bosquejos eran horribles. Varias personas me aconsejaron que lo dejara y consiguiera un trabajo como es debido. No me encontraba en situación de contestar que ya tenía uno y de preguntarles si por casualidad conocían a Diocles.

Al  final,  reuní  cuerdas  y  postes,  un  cubo  y  unas cuantas esponjas, levanté una barrera contra el exterior de la casa de Privato (que estaba situada a un lado de la zona abierta), me puse una túnica de una sola manga sin cinturón e hice ver que limpiaba la manpostería. Eso sería aceptado por todo el mundo como un trabajo interminable, un trabajo en el que yo, el obrero inútil, seguro que era un vago. Entonces estuve a salvo, siempre y cuando no apareciera Privato en persona exigiendo  saber quién me había dado

 

instrucciones para estropear la pátina de su edificio.

Cuando Helena trajo el cesto de la comida yo seguía holgazaneando  por  ahí  en mi  papel  de  restaurador.  Para poder vigilar la torre de entrada de enfrente había tenido que  colocarme  justo  en  la  línea  de  la  calle.  Todo  el ajetreado tráfico diario bajaba por el Decumano Máximo. Una interminable hilera de carros y borricos estaban entrando en la ciudad, en tanto que la lenta concentración de siempre se acumulaba en la otra dirección, todos con intención de salir de Ostia con sus artículos aquella tarde. Entonces circulando en sentido contrario, procedente de Roma y provocando un magnífico espectáculo, llegó un conductor  acompañado  de un infernal  traqueteo  y sin el más  mínimo  sentido  de  la  oportunidad  social. Maldiciéndolo, todos los grupos de trabajadores que intentaban  avanzar  en  la  otra  dirección  aminoraron  la marcha y chocaron unos contra otros.

Era  un  fanfarrón  despreciable.  Con  un  atuendo  de color rojo intenso, de unos treinta años, con aspecto de dudosa reputación, orgulloso de su cabello hermoso y abundante y ataviado con kilos de oro, su porte de hombre adinerado llamaba la atención. Llevaba a una chica con él. La admirativa presencia femenina, por supuesto, hacía que fustigara  a  sus  caballos;  eran  dos,  excelentes  sin  duda alguna  y  bien  conjuntados  en  cuanto  al  color  (negro brillante, indefectiblemente).  Por si acaso  alguien no se

 

percataba de su llegada, llevaban cascabeles en los arneses. Tiraban del último modelo de carruaje para fanfarrones.

Una llamativa Medusa cubría la parte frontal y en los laterales mostraba los relieves de unos hoplitas pseudo griegos en cuyas largas lanzas fálicas y cascos, mayores de lo normal, se había aplicado por lo visto auténtico pan de oro. El equipaje debía de ser un encargo especial y probablemente su vendedor se estaba bronceando en Neapolis a cuenta de su comisión.

La  jovencita  gritaba  de  júbilo. Al  vernos,  no  pudo evitar saludarnos agitando la mano como una loca, a pesar de que tenía que aferrarse con fuerza mientras su amado viraba bruscamente de un lado a otro, provocando tanta confusión como podía. Quería que supiéramos lo orgullosa que estabha de atravesar Ostia con aquel extraordinario hombre suyo que lo destrozaba todo a su paso. Su héroe la amaba. Había ido a buscarla. Ella estaba absolutamente radiante por estar con él.

Aquél debía de ser Teopompo. La pasajera a la que tanto se esforzaba por impresionar era la hija de Posidonio, Ródope.

 

XXXI

 

 

No se detuvieron. Tanto mejor. Puede que Ródope estuviera eufórica, pero Helena y yo lo veíamos con otros ojos.

- ¡Oh, por Juno! Parece estar como pez en el agua.

¡Marco, su pobre padre!

- Debí haberle advertido de que la vigilara.

- Si estaba resuelta a escaparse, lo hubiese hecho de un modo u otro.

- Tú eres la experta en jovencitas soñadoras. -Siempre había tenido la impresión de que Helena Justina, una joven mujer tímida y reservada, había llevado no obstante una alocada e imaginativa vida antes de que la conociera.

Ella nunca lo confirmó.

-  Bueno.  Yo e r a escrupulosamente  sensata…  hasta que conocí a ese informante  en Britania. A ese hombre sombrío y peligroso, con esa mirada cautivadora y esa habilidad con las palabras… Te has quedado callado, cariño.

Ella siempre me comprendía. Esta aventura me daba mucho miedo.

Entre las prisioneras más maduras que solían raptar, Ródope  debía  de  haber  sido  excepcional.  No  obstante, cuando se acostó con ella, Teopompo no podía haber ido en serio.  Después,  habíamos  tenido  la certeza  de  que  a la

 

obsesionada criatura sólo le esperaba un corazón roto. Ródope no era fea… pero tampoco era guapa. Por lo que habíamos podido apreciar, se trataba de un alma candida, menuda y de tez pálida, completamente inexperta. Carecía de  ese  ardor  que  atrapa  a un  hombre  de  acción,  y  sin embargo tenía demasiadas aspiraciones románticas para adaptarse a la dura vida que las agotadas mujeres de los piratas  llevaban  en  tierra.  El  hecho  de  que  Teopompo hubiera regresado a buscar a la chica no parecía muy típico de alguien como él.

- Sin embargo, supone unas ganancias fáciles.

- Sí. Era joven, una chica fácil de llevarse a la cama y que no discutiría, lo cual haría que después a su padre le resultara violento perseguir a un seductor.

- Me refiero a que es la única hija de un rico y afectuoso viudo -comentó Helena con astucia-, Teopompo puede chuparle la sangre a Posidonio. El padre lo sabe; vi el terror en su rostro cuando hablamos con él. No se trata tan sólo de que su hija haya perdido la virginidad y sea poco probable que acceda a hacer un buen matrimonio mientras esté sufriendo.

- No, tienes razón. Posidonio ya ha pagado mucho dinero para recuperarla una vez… y aunque en esta ocasión Teopompo se la devuelva, seguro que eso supone un coste.

- El padre está indefenso, Marco; sabe que la chica está  cometiendo  un  terrible  error.  Si  Teopompo  es  un

 

auténtico  canalla,  le  tomará  el  pelo  a  Ródope,  quizás incluso se case con ella, y luego esperará a que su papá desembolse una cuota permanente para evitar que le hagan ningún daño.

- O algo peor.

- O algo peor -asintió Helena, estremeciéndose.

Al cabo de un momento le confesé mi verdadera preocupación.

- Sólo espero que Teopompo no se la haya llevado porque se lo dijera Damágoras.

- Crees que eso sería culpa tuya. -Helena me amaba, pero era una crítica implacable.

-  Admitido.  Tengo  miedo  de  que  Damágoras   se enfadara cuando averiguó, porque yo se lo dije, que Ródope había nombrado a Teopompo. Puede que el viejo villano quiera quitarla de en medio.

- ¿Que quiera matarla, quieres decir?

- Esperemos que no. Tal vez sólo le hayan dicho a Teopompo que la traiga al clan para que puedan mantenerla calladita.

Helena se inclinó hacia Favonia, que le tiraba de las faldas. Mientras sujetaba a nuestra hija contra su cadera, me miró largamente.

- ¿No podemos pensar que el cariñoso Damágoras ha permitido una nueva cita porque le gusta ver cómo el amor triunfa sobre la adversidad?

 

- ¿De qué adversidad hablas? -me burlé.

- De acuerdo. Una estúpida infeliz se ha arrojado en brazos de un patán que malgasta el dinero en un transporte abigarrado…

- Helena, es rica y ridicula, pero se ha metido en algo peor de lo que piensa. Y no me refiero solamente a que esté en peligro de llorar a moco tendido cuando su cupido la abandone.

Helena suspiró.

- Tienes que encontrarla, Marco. Ve a ver a Petronio. Al menos dile a su padre dónde está.

Ésa   era   mi   intención.   Quería   enterarme   de   si Posidonio ya sabía el paradero de la prófuga pareja. Si Teopompo le había informado sobre sus planes, entonces podría relajarme. Aquello  significaría  que  esta vez Teopompo retenía a la chica para sacar otra tajada de la fortuna de su padre. El padre tendría sus problemas y para él podrían ser problemas a largo plazo, pero al menos la chica seguiría con vida.

 

Puesto que la casa del contratista se hallaba justo al lado del lugar en el que había estado de guardia, abandoné mi posición y fui corriendo  a ver si Petronio  estaba en casa.

- ¡Vaya, mira por donde ahora tenemos el juego de dados entero! -me saludó Maya. Me lo tomé como una muestra de afecto. Dejó que le diera un beso en la mejilla.

 

- ¿Quién ha venido?

- Ve hasta el segundo patio de una tirada y lo verás. Petronio estaba hablando con Marco Rubela. Se les

veía cómodos, alzando la mano para coger las uvas que colgaban de una pérgola y hablando en voz queda. El tribuno debía de estar tan intrigado  por lo que le había contado acerca de los acontecimientos en Ostia que había venido un día antes que el resto de su destacamento.

 

Como hombres que hablan profesionalmente sobre su unidad, tanto Petro como él parecieron molestos al verme.

- Lamento interrumpir.

Tenían los asientos ocupados. Petro estaba arrellanado en  una  silla  tejida  que  normalmente  utilizaba  Maya:  su cesto de lana estaba en el suelo a los pies de Petro. Rubela se  había  tumbado  todo  despatarrado   en  un  banco  de mármol,  con  una  pierna  estirada  a lo  largo  de  todo  el asiento. No se incorporó. Yo me quedé de pie. Estaba demasiado   impaciente   como   para   discutir   sobre   sus modales y simplemente conté mi historia.

- Ya sabía que la chica, Ródope, había desaparecido. - Rubela permaneció calmado-. El padre vino refunfuñando al cuartel. Relájate, Falco. Estamos en ello.

- Bueno, yo os he dicho que está en Ostia. No hace falta que me deis las gracias -dije en tono desdeñoso. Él ni parpadeó siquiera.

 

-  Es  un  latazo.  -Petronio  fue  más  comunicativo. Incluso sacó un cojín de detrás de su espalda y me lo arrojó para que pudiera sentarme en un bajo muro-. Esa chica ha puesto  en peligro  toda la operación.  -Así  que  ahora se trataba de una «operación», ¿eh? Rubela al mando y el mismísimo Petronio Longo, ni más ni menos, obedeciendo las órdenes de su jefe. Ya sabía en qué posición me dejaba eso-. ¿El conductor de la cuadriga no paró en la torre de entrada, Falco?

-  Teopompo  no  le  dirigió  ni  una  mirada  siquiera. Puede que fuera para no revelar el escondite… o tal vez se estaba divirtiendo demasiado con su conducción temeraria.

- ¿Y tú crees que esta chica está en peligro? -El tono de Rubela era lento y pesado, me recordó a Cayo Baebio. Cuando expliqué en detalle mis temores de que Damágoras eliminara  a Ródope,  el  tribuno  mostró  un interés superficial-. ¿N0 ha habido una amenaza directa contra ella?

-  No,  no  ha  habido  ninguna  amenaza.  Pero,  ¿qué

villano hace pública una declaración de intenciones cuando está a punto de eliminar a un testigo?

Sabía  lo  que  diría  Rubela.  Hasta  Petronio  iba  a apoyarlo.

-   Podemos   dar   instrucciones   de   que   mantengan vigilada a la chica. Pero no podemos ir y llevárnosla así, por las buenas. Hay demasiadas cosas en juego -advirtió Rubela  sin  rodeos-.  Hasta  que  no  identifiquemos  a los

 

demás  y  no  nos  apostemos  para  efectuar  una  redada, Ródope no puede ser mi prioridad.

Petronio Longo me sostuvo la mirada.

- Sé lo que estás pensando, Falco. ¡No lo hagas! Rubela también se cebó conmigo:

- Falco, no quiero que lleves a cabo una misión independiente. De ahora en adelante deja a la chica y a su novio terminantemente en paz, ¿me oyes?

- Nosotros nos encargaremos del dramatismo -Petro reafirmó sus palabras.

- ¿Y qué pasa con la vigilancia de la torre de entrada? - pregunté.

- Eso déjanoslo a nosotros -replicó Rubela. Me puse en pie.

 

- Bueno, gracias, a los dos. Me gustaría decir que si la chica muere, tendréis las manos manchadas con su sangre. Por  desgracia,  yo  no  puedo  librarme  tan a la ligera.  Si muere será culpa mía, culpa mía por haber confiado como un tonto en que los vigiles defenderían la ley y el orden.

-  Somos  responsables  ante  toda  la comunidad.  -El tono de Rubela fue tan anodino que hubiera podido hacerle tragar los dientes-. No quiero ver herida a esa chica. No quiero tener que explicarle eso a su padre.

- Ya sabes cuál es la situación, Marco -dijo Petronio-. La chica tiene que correr el riesgo. -Era duro. Así son los vigiles, que lo sepáis.

 

Rubela hacía proclamas:

- Quiero rodear a toda la banda y poner fin a estos secuestros de una vez por todas.

«De una vez por todas» es jerigonza política… lo cual implica que no significa absolutamente nada.

 

Cuando me iba de casa del contratista, ¿a quién os parece que me encontré entrando en ella? ¡A Bruno, el jefe del destacamento de la Sexta!

- ¿Qué estás haciendo aquí, Bruno?

- Marco  Rubela ha llegado  a Ostia. Tenemos concertada   una  reunión,   Falco.   Conversaciones   sobre cesión de funciones y estrategias conjuntas.

Cagadas  conjuntas,  más  probablemente.  Después  de que  tanto  Rubela  como  Petronio  hubieran  expresado  el deseo de poner en evidencia a sus colegas de la Sexta, me resultaba difícil creerlo.

- ¿Coordinación entre las cohortes? ¿Y qué ha pasado con la rivalidad?

Bruno sonrió alegremente.

- ¿De qué rivalidad hablas, Falco? -Era un ingenuo. Probablemente Rubela iba a consultarle antes de darle la patada a él y a su cohorte-. Tenemos que aunar nuestros esfuerzos en algunas iniciativas fundamentales…

- Los secuestros -afirmé.

Por lo que él sabía, yo andaba a la caza de piratas en

 

relación con Diocles, pero nunca había oído hablar del chanchullo de los secuestros. Entusiasmado, Bruno no se dio cuenta.

-  ¡Será  maravilloso  -se  regodeó-  que  los  vigiles puedan tomarle la delantera a Canino y la marina!

Sin duda Canino tenía alguna otra unidad naval a la que él esperaba burlar. Hubiese apostado lo que fuera a que las flotas de Rávena y Miseno eran rivales. De modo que la cosa seguiría adelante: cada una de las ramas del cuerpo empeñada en menospreciar a la otra. Daba igual que Posidonio perdiera a su hija. Lo importante era establecer la supremacía de la cohorte. Lo único que querían todos ellos era una mención honorífica del emperador.

Bruno se dirigió al interior para ver a los otros, pero lo agarré del brazo.

- Un consejo -dije, dejándome llevar por la ira y con ganas  de  arrojar  a alguien a un montón de  estiércol  de mula-; Tenéis que meter en cintura a ese amodorrado grupo de matones que tenéis subcontratados en el sector oeste.

- No tenemos a hombres subcontratados, Falco. No soy partidario de ello. Lleva a una falta de disciplina.

- Ya me di cuenta por mí mismo. Cuatro grandes rezagados. A un lado de la calle, durmiendo en su lugar de trabajo en un solar abandonado, mangoneando por ahí, justo pasando el foro principal.

- No son de los nuestros -me aseguró Bruno.

 

- Entonces id allí y arrestadlos. Tenéis a unos impostores que utilizan un falso puesto de guardia para estafar al público sobornándolo. ¿Acaso no es un delito hacerse pasar por vigiles? -Aceptar un soborno también constituía delito, aunque eso era teórico. Si los verdaderos vigiles hubieran sido unos santos, la banda que me había encontrado nunca hubiera tenido éxito en su estratagema. Se estaban comportando tal y como el público esperaba.

A Bruno no se le podía molestar.

-  Francamente,  tenemos  cosas  más  emocionantes entre manos. Debes de haber estado soñando, Falco.

Me detuve y me di una palmada junto al oído.

- Tienes razón. Debo de haber visto a unos soldados fantasma que el divino emperador Claudio dejó atrás hace décadas… Olvida que lo he mencionado.

Entonces Bruno puso cara de estar preocupado. Pero eso no le afectaría por mucho tiempo. Bruno tenía por delante una tarde emocionante tramando operaciones conjuntas con Marco Rubela y Petronio Longo de la Cuarta Cohorte.

 

Relegado al papel de intruso, me busqué otra cosa que hacer. Si los hombres que me habían amenazado el otro día no tenían nada que ver con los vigiles, era libre de desafiarlos.  Los  vigiles  son  responsables  ante  la comunidad;  como  informante  privado,  yo  no  era responsable  ante  nadie…  pero  tenía  conciencia  social.

 

Podía respaldarla con inteligencia, astucia y, si hacía falta, puñetazos. Me puse en marcha para plantarles cara a esos cabrones, dispuesto a armarla bien gorda.

Fue inútil.

Anduve por el Decumano hacia el lugar donde había visto el cuartel falso. Al mismo tiempo me iba fijando bien por si veía la burda cuadriga que conducía Teopompo; el hecho de buscarlo me hacía sentir mejor, y Marco Rubela no podía impedirme que utilizara mis ojos.

La  tienda  vacía  cercana  al  templo  de  Hércules  se hallaba entonces totalmente abandonada. Los impostores ya no estaban. Habían recogido los bártulos y se habían esfumado. Menos mal que Bruno no había mandado a un equipo   de   investigación,   o   habría  quedado   como   un estúpido.

 

Pero los mendrugos secos todavía estaban en el suelo lleno de escombros desparramados; los vapores del licor aún flotaban en el ambiente, así como también el fétido olor del engaño. Los impostores habían estado allí. Ahora estaban agazapados en algún otro lugar, aprovechándose de gente   distinta   en   una   nueva   localidad.   Al   final   los encontraría. Y la próxima vez, los echaría del negocio.

 

XXXII

 

 

De  nuevo  en  el  Decumano  crucé  las  vías  y  me encaminé hacia una hilera de pescaderías de aspecto abandonado. No había ninguna posibilidad de que yo y los míos comiéramos con Maya y Petronio aquella noche. Ponerse de parte de Rubela y en mi contra era algo absolutamente hipócrita. Puede que los vigiles miren a los informantes privados por encima del hombro, pero cuando les convenía éramos lo bastante buenos como para echarles una mano con las cifras de casos resueltos. Petronio Longo lo sabía perfectamente bien.

¡Que  le  dieran  morcilla!  Llevaría  a  casa  algo  que pudiera cocinar yo solo para cenar con mi prole. Habían pasado unos cuantos días desde que disfrutamos del salmonete de mi madre. Decidí que estaba preparado para unas sardinas fritas. Era uno de mis platos favoritos, y fácil de preparar incluso en un apartamento con instalaciones limitadas. En los viejos tiempos, cuando vivía en el ruinoso piso de alquiler de la plaza de la Fuente, comía sardinas continuamente.

El puesto que elegí llevaba allí un siglo. Seguro que algún emperador que quisiera quedar bien no tardaría en proporcionar nuevos locales con unos depósitos para el pescado mejor arreglados y unas grandes losas de mármol.

 

Mientras  tanto,  limpiaban  el  pescado  en  una  mesa  de madera  que  fregaban  todas  las  noches.  El  producto  era fresco y el puestero simpático. Le pregunté si había conocido a la tía del cronista.

- Bueno, Vestina era una clienta habitual hasta que empezó  a  crujir  demasiado.  Entonces  solía  enviar  a  su criada, a menos que tuviera a su visitante. El la ayudaba a venir hasta aquí.

- ¿Su sobrino? ¿Diocles?

De las reducidas dependencias que había en la parte de atrás, apareció una mujer. mayor y metomentodo, me la presentaron  como  la madre  del  puestero.  No  me sorprendió. Compartían unas similares narices aplastadas.

- Fue una noche terrible -dijo ella, refiriéndose  sin duda a la del incendio.

- ¿Puedes hablarme de ello? He oído que hubo problemas para conseguir ayuda.

-  Pues  claro  que  los  hubo.  Todos  odiamos   los incendios.

- ¿Los vigiles estaban demasiado lejos para avisarlos?

- ¡Oh! Demasiado lejos, ya lo creo. La gente de los alrededores nunca acudiría a ellos -comentó el hijo, delatando el recelo de los portuenses hacia los hombres de Roma.

- ¿A quién avisáis? ¿Al gremio de constructores? Movió la cabeza en señal de negación.

 

- No, a menos que estemos desesperados.

Cuando  enarqué  las  cejas  a  modo  de  pregunta,  la madre se apresuró a quejarse del gremio.

- Son una gente desagradable. Cuidan de sí mismos, ya sabes.

- ¿Y cómo es eso?

El hijo le dirigió una mirada de advertencia a la madre y ésta se apaciguó. Tuve que aguantarme, y entonces miré en el cubo de cigalas como si estuviera planteándome un entrante para la cena de aquella noche.

- No querría decir nada malo -murmuró la mujer mientras me ayudaba a echar unos buenos ejemplares en un pedazo de arpillera. Luego continuó-: Los bomberos entran en las casas de la gente y salen con las mochilas llenas.

- ¿Se agencian objetos de valor?

- Son famosos por ello -dijo el hijo, que ahora estaba dispuesto a desacreditarlos-. Y por cosas peores.

- ¿Peores?

- Bueno, no se puede demostrar nada, pero hay gente que dice que cuando el gremio de constructores extingue un  incendio   no   se   esfuerzan   demasiado   -fingí   estar perplejo, de modo que me explicó-: Si la propiedad queda totalmente destruida se harán con unos buenos beneficios levantando   un  edificio   nuevo.   Preferirían   obtener   un contrato que salvar una vivienda o un negocio.

- Me he fijado en que hay muchos solares vacíos al

 

otro  lado  del cruce. ¿Es  porque  los  constructores  están llevando a cabo un plan de reurbanización?

- Podría ser. No hay señales de mucho movimiento. Me parece que pasarán años antes de que empiecen.

- ¿Existen indicios  de  algún acto  delictivo  en todo esto? ¿Alguna vez los constructores contribuyen a iniciar los incendios de manera deliberada? -Tanto la madre como el  hijo  juraron  no  haber  oído  ninguna  insinuación  al respecto. No tenían una actitud tan cínica como la mía-. Así pues, la noche que murió Vestina, ¿quién apareció para sofocar las llamas?

-   La  gente   del   lugar   -respondió   el   pescadero-. Tuvimos  que  ir  a  buscar  agua  a  los  baños  y  estaban cerrados, de modo que llevó un poco de tiempo.

- ¿No había un cuartel de los vigiles por aquí cerca?

- ¡Ah, ellos!

- ¿No vinieron?

- No, Diocles se lo pidió.

El hijo fue lacónico; la madre lo explicó con más detalle:

- Se rieron de él. Les suplicó en vano.

- Lo primero que supimos la mayoría de nosotros es que  iba  corriendo  de  un  sitio  a  otro  pidiendo  ayuda  a gritos…

- Bueno, ya sabes por qué estaba tan trastornado -dijo su madre. Me volví hacia ella y comentó en tono rotundo-:

 

Todo fue culpa suya. Siempre fue un irresponsable; algunos hombres lo son, ya sabes. Fue él quien provocó el fuego.

- ¿Un accidente? -inquirí, sin dejar de pensar que Petronio Longo se preguntaría si el cronista no sería un pirómano.

 

- ¡Oh, sí! Dejó caer una lámpara de una estantería, lo admitió. El pobre hombre estaba histérico por ello. Su tía había sido una mujer estupenda… bastante culta, ya sabes; de joven había trabajado para una emperatriz. Creo que Vestina y Diocles  se  tenían el  uno  al  otro  como  única familia, esclavos libertos pero absolutamente respetables, con contactos reales. Se quedó solo al perderla. Y se fue de un modo tan terrible…

- ¿Lo has vuelto a ver alguna otra vez? ¿Ha estado aquí este año?

- Oh, no. No  cuento  con que  vuelva nunca -dijo  la madre del pescadero-. No querrá recordar lo que ocurrió,

¿no te parece?

Separé algunas cigalas más con actitud pensativa. Algunas no eran más que gambas grandes, pero aun así estarían sabrosas. Ahora que me había hecho una idea general, mis preocupaciones acerca de Diocles volvían a intensificarse de pronto. Fueran los que fueran los motivos de trabajo que lo habían llevado allí, se estaba buscando aquella angustia mental. ¿O acaso sus motivos eran personales?

 

- Estoy preocupado por él -les dije entonces-. Tenía una habitación alquilada cerca de la Puerta Marina este verano. Luego desapareció de repente.

- Estará muerto en alguna cuneta -dijo la madre del pescadero-. No pudo soportar más la pesadilla, si quieres que te lo diga. Habrá acabado con su vida. Es como si lo estuviera viendo ahora mismo, su tormento era horroroso. Las lágrimas corriéndole por la cara, toda ennegrecida a causa del fuego cuando intentó volver a entrar en la casa. La gente tuvo que alejarlo a rastras. No podía hacer nada, el calor  era demasiado  intenso. De  modo  que  entonces  se sentó en la calle y, lloriqueando, repetía para sí una y otra vez: ¡cabrones, cabrones!… Se refería a los hombres que se rieron de él, ésos del Cuartel. Quería decir que podían haber  acudido  en  su  ayuda  cuando  él  se  lo  rogó,  pero dejaron morir a Vestina.

 

XXXIII

 

 

 

 

casa.

 

Alicaído, compré el pescado y me dirigí a paso lento a

 

La multitud que se empujaba por la calle principal me

 

pareció chabacana y burda. Todo tenía un aspecto vibrante y floreciente  en  aquel  puerto  multicultural,  pero  la corrupción corroía el corazón de la estructura local y apestaba  como  las  algas  putrefactas.  Muchas  ciudades tenían callejones traseros que apestaban. Allí era sutil, pero universal. Los matones del gremio de constructores explotaban a su propia gente; los vigiles dejaban que se las arreglaran  solos.  Los  intrusos  de  yermas  provincias  se nutrían como parásitos de otros extranjeros. Habían arruinado la vida de una joven. Ella no se daba cuenta de su pérdida, o de cómo arruinaría eso a su padre. Una anciana tullida había muerto porque nadie la había ayudado. Había desaparecido  un  cronista.  Todas  aquellas  ajetreadas personas que había en la calle chocaban y se empujaban, todos aquellos vehículos con pesadas cargas traqueteaban y daban sacudidas por las soleadas vías en nombre del comercio, haciendo caso omiso de la contaminada marea que  iba  y  venía  succionando  en  la  oscuridad  bajo  los cálidos embarcaderos de Ostia y Portus.

Recorrí la mitad del Decumano Máximo, un hombre

 

silencioso en medio del bullicio. Iba pensando en otra persona que había pasado por aquella calle en solitario. Me pregunté si el dolor por la muerte de un ser querido era la única fuerza que actuaba sobre las emociones de Diocles, o si él también ardía de furia contra aquella ciudad. Si sabía de la existencia de algo que apestaba, yo me preguntaba qué había hecho al respecto. No podía decir si me hallaba más cerca de encontrarlo, pero mientras pensaba en Diocles aquella tarde, supe que lo que una vez me pareció una tarea fácil y desenfadada había adquirido un carácter siniestro.

Tenía la esperanza de que estuviera allí. Esperaba que estuviera cerca. Quería encontrarlo, simplemente lloriqueando y ahogando sus penas en una de sus cenas solitarias en una taberna. Pero cada vez tenía más miedo por él.

 

Menos mal que había tirado la casa por la ventana comprando el marisco extra. Teníamos a un puñado de invitados. Tras habernos deshecho de mi madre, de repente habíamos adquirido a la mamá de Helena, por no mencionar a su padre y a su hermano menor. Habían venido todos a despedirse de Eliano, cuyo barco zarparía rumbo a Grecia al día siguiente. Por suerte, no se esperaba de mí que embutiera en casa a todas esas personas. Las familias senatoriales siempre se alojan en la villa de algún noble amigo cuando viajan; tienen el don de encontrar una en la que el amigo no reside y no puede molestarlos.

 

A diferencia de mi propia familia, los  parientes  de aquel día iban a continuar su camino hacia una finca cercana para seguir las costumbres patricias tradicionales: criticar la ropa de cama de su amigo y sus esclavos favoritos antes de dejar una brevísima nota de agradecimiento y pilas de cuencos   de   comida   sucios.   Los   esclavos   se   habían adelantado para asegurarse de que hubiera camas preparadas y agua caliente en los baños. Aquella noche los viajeros iban a quedarse a cenar con nosotros. Décimo Camilo y Julia Justa querían ver a sus nietas.

En el apartamento no podíamos cocinar todo aquello en condiciones, de modo que preparamos un fuego al aire libre en el patio sobre el cual cociné el pescado por tandas: estaba suculento, aromatizado con hierbas. Un trabajo de hombres; tuve que luchar por mi posición contra el senador y sus hijos. No tenían ni idea de cómo mantener vivo un fuego, yo dudaba de su técnica para hacer brochetas. No importa de dónde sacamos la leña… aunque oí que el panadero local tuvo problemas para avivar el fuego de su horno al día siguiente.

Invadimos toda la zona exterior de la planta baja; los demás inquilinos del edificio de apartamentos no pudieron hacer otra cosa que mirar boquiabiertos y celosos y refunfuñar que bloqueábamos el acceso al pozo. Helena y su  madre  salieron  a  buscar  más  provisiones;  había  un

 

pequeño mercado justo en la entrada de la puerta de la Fortuna. Normalmente las esposas de los senadores no van a comprar en persona, pero Julia Justa tenía muy buen ojo para un manojo de eneldo. Estaban sumamente contentas cuando volvieron cargadas; probablemente fuera la primera vez en años que habían salido juntas de compras.

En realidad, soltaban tantas risitas que me pregunté si no habrían entrado las dos en El Acuario para tomarse un vino caliente con especias. No es que quisiera olerle el aliento a mi suegra para ver si se notaba la canela, o algo más fuerte. Para un miembro de la orden ecuestre probablemente suponga una traición sugerir que la esposa de  un senador  ha estado  bebiendo  en un lugar  público. Podría haberme  ganado una bofetada, sin duda… y sabía que las mujeres que se toman unas copas pierden todo el sentido de la fuerza con la que golpean. Recordé las veces que Maya, cuando era una jovencita, solía venir a casa histérica tras una escandalosa noche de diversión en el club funerario de los tejedores.

Cuando se lo conté a Helena y Julia Justa, provocó tanta risa que estuve completamente  seguro sobre lo del vino caliente.

Era una noche muy cálida. En Roma, los Camilos podrían  parecer  poco  seguros  de    mismos  en comparación con sus majestuosos colegas, pero cuando les dejaban salir de parranda fuera de la ciudad sabían cómo

 

meterse de lleno en un festín campestre. Podríamos haber estado en la cosecha de la oliva. Hablamos dando voces, comimos con ganas, reímos y charlamos hasta que se hizo tan de noche  que tuvimos  que encender  las lámparas  de aceite y empezar a darles manotazos a los insectos. Las niñas correteaban por ahí. Nux olisqueaba y husmeaba entre las piernas de la gente. Nerviosa al principio, pero después más  contenta  de  lo  que  nunca  la  había  visto,  Albia distribuyó cuencos y cucharas. Aulo sacó agua del pozo; Quinto abrió el ánfora que de alguna manera se había encontrado atada al portaequipajes del carruaje del senador sin que Julia Justa supiera por qué parecía haber tan poco espacio para sus pertenencias.

El senador estaba sentado en medio de todo aquello, con cara de desear poder retirarse a un viñedo bajo el sol.

- Típico -le dije al tiempo que le pasaba un plato de gambas que dejamos aparte para Julia y Favonia. Era un abuelo devoto. Al igual que muchos, probablemente disfrutara más de la generación más joven de lo que se había permitido hacerlo con sus propios hijos-. Eres un romano tradicional, consagrado a la política urbana como un  deber  mientras  anhelas  la  vida  sencilla  de  cuando nuestros antepasados eran unos granjeros robustos.

-  ¡Y si  hubieran  seguido  siendo  granjeros,  Marco, todos  nosotros   seríamos   arrendatarios   dominados   por alguna élite sabina!

 

- Trabajando a todas horas para pagarles el alquiler a nuestros crueles señores.

- Creía que eras republicano, muchacho. Me pregunté quién le habría dicho eso.

- Es fácil ser republicano cuando vives en un imperio floreciente -admití-. No estoy seguro de que me gustaran de verdad los viejos y duros tiempos del arado y las gachas.

Décimo puso una gamba pelada en la pequeña boca de Favonia mientras ésta permanecía sentada a su lado en el banco  de  piedra y levantaba  la vista pacientemente  a la espera del siguiente bocado.

- ¡Te has ablandado! -dijo con una amplia sonrisa-. Cuando te conocí eras igual de cínico que Diógenes, un solitario malhumorado de negro carácter.

- ¿Y ahora soy formal? Eso se debe a la suavizadora influencia de tu hija. -En el otro extremo del patio, Helena y la noble matrona de su madre, que desenvolvían las verduras, parecían estar tirándose rabanitos la una a la otra entre ataques de risa. El senador y yo consideramos que era mejor no hacer caso. A los hombres nos desagrada el comportamiento  demasiado  inusitado.  Las  mujeres deberían   ceñirse   a  las   normas   que   nosotros   hemos aprendido.

- Ahora eres bastante sensato -dijo Décimo-. Sigues haciendo un bien a la comunidad… pero no te sientes contrariado  por  ello.  En  una  noche  como  ésta,  Marco

 

Didio, creo que te las arreglas para estar contento con la vida.

-  Cierto.  Tal  como  he  dicho,  gracias  a  Helena.  - Siempre le reconocía el mérito por la manera en que la había  educado.  Era  un  hombre  justo,  pero  en  el  fondo Helena  era  su  favorita.  Le   gustaba  su  disposición  a rebelarse; puede que se sintiera orgulloso de ella-. Yo no le daría más marisco a Favonia, al menos hasta que no le hayamos dado un poco de pan…

Favonia  se  dio  cuenta  de  que  el  juego  se  había acabado.  Sin  echar  una  mirada  atrás  de  agradecimiento hacia su abuelo, bajó como pudo del banco. Se dirigió con paso inseguro directamente hacia Aulo y se sujetó contra su rodilla con unos dedos pegajosos; había visto que estaba pelando  la  cigala  grande  de  verdad.  A Favonia  sólo  le gustaba lo mejor. Aulo, que según pensaba él era siempre el tío estirado, se hallaría totalmente a merced de aquellos grandes    ojos    suplicantes. N u x vio   que   empezaba   el gorroneo y se puso al acecho junto a Favonia, acometiendo su propia táctica de presión silenciosa.

El senador le dio otra gamba a Julia, que se arrimó a él fingiendo   que   se   comportaba   mucho   mejor   que   su hermanita.

- Sé que no quieres hablar de trabajo esta noche, pero asegúrate de que hablas con Quinto en algún momento. Un hombre vino a verle. Quinto te lo contará.

 

Podía esperar. Tendría que hacerlo. De la hoguera se alzó  una  repentina  llamarada.  Tuve  unos  momentos  de crisis con el pescado.

Más tarde, cuando las estrellas alumbraban nuestra despedida, aproveché para hablar un momento con Justino. El senador supervisaba la recogida de los bártulos con el conductor de su carruaje. Helena tranquilizaba a una de las niñas que lloriqueaba soñolienta. Aulo tuvo que calmar a su madre  que  indudablemente  había bebido  demasiado  vino tinto, por lo que se había puesto a llorar porque lo iba a perder al día siguiente.

- ¡Quinto! He oído que tienes algo que decirme. Camilo  Justino era más delgado e iba más acicalado

que su hermano mayor, su apariencia era la de un joven tranquilo y de lo más equilibrado, aunque yo sabía que tenía otra  faceta.  Vivía  en  casa  con  sus  padres,  su  dedicada esposa y su nuevo hijo… pero tenía aventuras en el extranjero a sus espaldas. Demasiadas, en mi opinión.

Se apoyó en mi hombro; para evitar llevarse envases vacíos, había contribuido a cerciorarse de que el ánfora lo estuviera.

-  ¡Una  buena  noche!  Una  hermosa  despedida  para Aulo. ¡Uf! -Infló los carrillos y se despejó de pronto-. Tendría que haber traído a Claudia.

- Nunca traes a Claudia. Eres muy injusto con ella.

- Oh, bueno… Claro que podía haber venido. Prefirió

 

quedarse con el pequeño.- Yo ya sabía el porqué de aquello. No tenía nada que ver con darle de comer al niño o no sacarlo de la rutina. En otro tiempo Claudia había estado prometida  a Aulo.  Él  había aprendido  a no  ser  grosero sobre el hecho de que lo plantaran, pero a ella la situación se le hacía incómoda. Era posible que ahora pensara que cuando   se  casó   con  Quinto   se  había  equivocado   de hermano.  Es  triste  decir  que,  en  sus  momentos  bajos, aquella agradable y seria joven probablemente pensara que no debía haberse casado con ninguno de los dos.

- ¿Cómo va todo, Quinto? -le pregunté con prudencia.

- Todo va bien, Marco.

- Me alegra oírlo.

- Sí, las cosas van bien. -La gente nunca lo dice en serio.

 

Quinto se repuso de un breve acceso de melancolía y me contó la noticia que me tenía preparada: había recibido la  visita  de  Posidonio.  (Yo  mismo  le  había  dicho  a Posidonio que podía ponerse en contacto con nosotros.) Después de haber informado a los vigiles de que Ródope se había fugado con su amante, no quedó satisfecho y decidió buscar más ayuda en nosotros.

- La situación es deprimente -dijo mi joven socio, que entonces había adoptado un estilo eficiente y profesional-. Sabe que puede hacer muy poca cosa. Teopompo ya le ha

 

pedido  dinero  para una boda,  y más  dinero  para que  la pareja se establezca en una casa.

- De modo que ya han empezado a presionarlo: «¿No querrás que tu pequeña sea infeliz, verdad, Posidonio?». Apelaciones a su amor respaldadas por amenazas no expresadas.  Teopompo  afirma  que  la  adora,  y  mientras tanto se cerciora de que el padre sepa que podría hacerla sumamente desgraciada.

- Exactamente, Marco. ¡Pobre diablo! A Posidonio ya le están mendigando el ajuar y el servicio de comidas, y sabe  que  las  facturas  serán  cada  vez  mayores.  Poco consuelo pueden ofrecerle los vigiles…

- ¿Acaso nos sorprende? -pregunté con amargura.

-  En  cualquier  caso,  la  chica  cree  que  todos  sus sueños se han convertido en realidad, pero el padre no es tan tonto. No obstante, no va a tolerarlo sin más. Tiene intención de venir a Ostia a buscar a Ródope; va a traer gente que conoce de Roma. En el Emporio se está congregando un grupo… Ouinto hizo una pausa, recelaba de cómo me iba a tomar aquello-: Creo que podría ser que tu padre se uniera a él.

- ¡Que el cielo nos asista!

-   De   todas   formas,   le   dije   a  Posidonio   dónde encontrarte  -Ahora papá también  lo  sabría-.  Puedo quedarme  si  quieres  Marco,  pero  preferiría  regresar  y dirigir la oficina en Roma. -Tenía una manera muy elegante

 

de decirlo. Nuestra oficina en Roma no era más que mi casa, a la que quienquiera que llamase a la puerta traía sus problemas-. Claudia se alegraría -confesó Quinto.

Le dije que lo que hiciera feliz a Claudia me haría feliz a mí. Con un socio que se largaba a Grecia, tenía que tener contento al otro. De lo contrario volvería a patear las calles día y noche como investigador solitario.

El   senador   tenia  razón:   actualmente   me   gustaba disfrutar de la vida.

 

Mientras que Aulo ayudaba a su madre a subir al carruaje,  lo  cual  ella  logró  con  menos  agilidad  de  lo normal, yo le dije a Quinto entre dientes:

- Cuando tu madre venga a Portus mañana, adviértele que no se traiga las joyas.

Julia Justa siempre fue elegante de una manera comedida. Elegía sus túnicas para que combinaran o contrastaran  estéticamente   con  sus  mantos;  aquel  día llevaba dos tonos de violeta. Hasta para un viaje y una cena informal al aire libre a base de pescado, llevaba puesto un collar  formado  con  dos  hileras  de  husos  de  oro,  unos grandes  pendientes  con unas  enormes  perlas  centrales  y otras en forma de lágrima, brazaletes en ambos brazos y varios anillos en los dedos. Si utilizaba los baños públicos su cinturón bordado sería como un imán para los rateros; lo mismo ocurriría con sus zapatos de cuentas.

-  ¡No  creerás  que  mi  madre  caerá  presa  de  un

 

secuestrol -se carcajeó Quinto-. Iban a obtener más de lo que se esmeraran. ¡Acabarían pagándonos el rescate a nosotros y rogándonos que nos lleváramos a mamá!

- La cuestión es -sugerí- que tiene aspecto de ser rica y puesto  que  tu padre  se  quita  la toga  con entusiasmo cuando sale de Roma, nadie sabrá que es la esposa de un senador. No la asustes, pero procura que sea prudente.

En aquellos momentos, Décimo ya había trepado al vehículo detrás de su dama y agitaba la mano alegremente a través de la pequeña ventanilla encortinada. Al principio el suyo había sido un matrimonio de conveniencia. Yo sabía que Julia Justa había aportado dinero… aunque menos del que la empobrecida familia de los Camilos necesitaba realmente. Sin embargo, lo habían convertido en un matrimonio de afecto y estabilidad.

- ¿Estará a salvo si conocen su rango? -Quinto empezó a avanzar para unirse a ellos.

- Son una banda inteligente. Procuran no buscarse problemas. Eligen a mercaderes extranjeros para limitar el apoyo al que sus víctimas puedan recurrir aquí en Italia. Después les meten tanto miedo que lo único que quieren es volver corriendo a casa. Funciona. Al escoger a forasteros han evitado las protestas generalizadas, al menos de momento.

- ¿Diocles iba a revelar algo sobre ellos?

- Tal vez dio esa impresión sin querer.

 

Quinto esperó mientras Helena se inclinaba hacia el interior del carruaje para darles un beso a sus padres.

- Entonces, ¿qué le ha pasado a Diocles, Marco?

- Quizás algún sincero navegante cilicio ha explicado que le gustaría que Diocles no dijera nada.

- ¿Y se lo ha llevado?

Tal vez… pero mi instinto me decía que Diocles no se había alejado mucho de Ostia.

 

En cuanto despedimos a nuestros invitados y la paz invadió la calle los demás subieron a casa. Yo me quedé solo unos momentos respirando el aire nocturno. Helena y Albia estarían dentro bañando a las niñas y acostándolas. Pronto tendría que cumplir con mis deberes de arropador.

Permanecí de pie en la oscuridad y sentí una dolorosa compasión por Posidonio, que había perdido a su única hija a manos de un aventurero.

 

XXXIV

 

 

A la mañana siguiente salimos en tropel hacia Portus con Eliano y lo vimos embarcar en el Esperanza. La última vez que los hermanos Camilos fueron al extranjero habían venido con nosotros en un viaje a Britania. Helena y yo, a quienes siempre nos había encantado viajar, sentimos entonces  una  punzada  compartida  mientras  nos preparábamos para ver a uno de sus hermanos aventurarse fuera del país sin nosotros.

- ¡Intenta encontrar un misterio para Marco! -bromeó Helena.  Su  madre   sacudió   la  cabeza,  pero   su  padre suspiraba como si también tuviera ganas de irse con él. Quinto miraba con particular anhelo, como si pensara en la vida disoluta que llevaría su hermano entre el vino, las mujeres y las riquezas culturales de Grecia. Yo sabía que, como mínimo, las dos primeras cosas sí las tenía en mente.

Si algo hay seguro cuando te han dado una hora de salida es que el barco nunca se va cuando tú esperas. Si no zarpa del puerto sin ti, cuando tú apareces en el muelle se quedará allí anclado durante varias horas más. O días, tal vez.  El Esperanza contaba con un segundo oficial cuyas funciones incluían la gestión de los pasajeros. Eso significaba que les ordenaba llegar pronto y los embarcaba cuando a él le iba bien mientras no ocurría nada más; en alta

 

mar  su papel  consistía  en escuchar  sus  quejas  y mantenerlos calmados durante una tormenta. Inspeccionaba minuciosamente su equipaje la primera vez que subían a bordo porque en una tormenta «mala», mientras los marineros luchaban por controlar los fuertes movimientos del barco, sería tarea suya decidir qué arrojar por la horda para aligerar la embarcación. Hay normas, odiadas pero justas, sobre cómo dividir cualquier pérdida entre los propietarios si la verdadera carga se lanzaba al agua en caso de emergencia, pero los pasajeros eventuales tenían pocos derechos. Vi que el segundo oficial le tenía una particular simpatía  a  Aulo.  Aulo  era  un  muchacho;  su  equipaje

«imprescindible» era extremadamente pesado. Si se levantaba una tormenta, era el primero en la lista para ceder todos sus tesoros.

Dejamos a Aulo a bordo del Esperanza. Luego tuvo que esperar tanto rato que se impacientó y volvió a bajar. Fuimos  paseando  los  dos  por el puerto. Quería que  sus padres se preocuparan por si perdía el barco, en tanto que yo tenía la excusa de tratar de encontrar unas bebidas para las niñas.

Sí, habíamos traído a las niñas. Tanto a Julia como a Favonia les encantó tener la oportunidad de correr muy deprisa hacia el borde de un embarcadero sobre un puerto concurrido lleno de agua profunda.

 

La verdad es que Nux sí que había estado «dentro» del

 

puerto. El agua llamaba a Nux igual que Circe en su faceta más sirenia. Antes de que pudiera detenerla, Nu x ya había saltado del muro y empezó a chapotear por ahí hasta que se dio cuenta de que no había manera de salir. En ese punto, pensé que tendría que saltar yo mismo a salvarla; las niñas chillaban  ante  la  idea  de  perder  a  su  perrita  e  incluso Helena estaba nerviosa ante el inminente ahogamiento. Puesto que no sabía nadar, fue un alivio que un marinero pescara a Nux con su barcaza y nos devolviera aquel bulto empapado… a cambio del acostumbrado soborno, o precio de una bebida como ridiculamente se le llama. Nunca costó tanto una bebida.

- Ahora estoy todo mojado por culpa de la maldita perra. Ese canalla de la barcaza la ha atraído a propósito… Tal vez tengamos que abandonarte, Aulo.

- No le pedí a nadie que viniera -refunfuñó Aulo. Eso era cierto, pero claro, no le gustaba la idea de que pudiéramos dejarlo allí plantado. Ahora se sentía solo… y eso que ni siquiera había dejado el país.

- Bueno, Julia Justa nos hará quedar. Tu madre todavía te quiere.

- Vaya, gracias, Falco.

 

Me sorprendió encontrarme con que el mostrador de aduanas del muelle de llegada estaba atendido por Cayo Baebio.

 

- ¿Qué pasó con tu baja permanente después de aquella paliza?

Todos   los   empleados   a  los   que   supervisaba   se quedaron mirando  con curiosidad. Cayo adoptó  una expresión furtiva.

- Sigo desesperado de dolor, Marco. Hay días en los que apenas puedo moverme del daño que me hace…

- Ahórratelo, Cayo.

- No tienes ni idea de cuál es mi sufrimiento… -Podía imaginarme la diatriba si empezaba.

Le dije a Cayo que si de verdad quería presentar una queja, podría encontrar a Crátidas en El Acuario, aunque le advertí que no fuera solo. Cuando oyó mi breve e intensa historia de cuchillos y bancos levantados, a Cayo se le ocurrió que en vez de eso, podría contratar a un abogado y presentar una demanda por daños y perjuicios. Una buena jugada, pensé yo. Sería fantástico que una despiadada banda de secuestradores se desarticulara porque su líder hubiera tenido que huir de las acciones legales por parte de un funcionario que se fingía enfermo.

- ¿Y cómo está la querida Junia?

- Ha vuelto a casa, a Roma. No sabía que le tuvieras tanto cariño, Marco.

Yo tampoco. Había cometido un error al mencionarla siquiera.

 

En el muelle no había mucho movimiento.

 

El  primer  oficial  paseaba  por  la  borda.  Nos  lo tomamos como una buena señal.

Llegó el contramaestre con algunos marineros. Eran los típicos navegantes. Vi que Julia Justa se ponía tensa cuando reparó en aquel inconfundible acento de corral, las miradas perdidas y renqueras, sus burdas túnicas y sus pies descalzos. Quería que su niño estuviera seguro a manos de elegantes maestros navieros ataviados con botas, capas y gorras frigias. Ni Jasón y todos sus Argonautas serían lo suficientemente buenos para llevarse remando a Eliano. La tranquilizamos. Julia Justa sabía que no éramos sinceros.

Llegó el capitán, Antemon. Apareció en el muelle con la guardia del barco que escoltaba con mucho cuidado a sus propietarios, Bano y Aline. La mujer rescatada subió rápidamente a bordo, todavía con el rostro ceniciento. El marido se detuvo en el extremo de la plancha y se quedó mirando fijamente hacia el puerto un momento, con expresión resentida.

Me acerqué a él.

- Lamento que tu viaje terminara tan mal. Ahora que te marchas, ya sin nada que temer, ¿hay algo que puedas decirme  acerca de  lo  que  le  ocurrió  a tu esposa? -Por encima de nosotros, en cubierta, Antemon nos observaba con recelo.

En aquella ocasión, Bano, entonces más furioso que asustado, me contó la historia. En su mayor parte coincidía

 

con los otros testimonios. Aline había sido raptada allí en Portus, casi en cuanto desembarcaron. A Bano no tardaron en entregarle una carta que concertaba un encuentro en una taberna. Tuvo que ir solo y preguntar por el Ilírico.

- ¿Puedes describirlo? -Bano puso cara de despistado-

, ¿Alguna cosa que recuerdes sobre su estatura, su complexión, el color de su piel? ¿Tenía pelo o era calvo?

¿Dientes? ¿Orejas? ¿Vestimenta? ¿Qué ropa llevaba?

No conseguí nada. O el testigo era corto de vista, o estaba demasiado acobardado. Sí me dijo una cosa: la ubicación del establecimiento. Estaba en el frente que daba al río en Ostia, bastante cerca de El Acuario. Había tenido que llevar el dinero del rescate a la taberna que había justo al lado.

- ¿Aline recuerda algo? -Ella estaba segura de que la habían drogado y la habían dejado tendida en una cama de una habitación  pequeña  donde  le  pareció  que  había  una mujer, con niños-. ¿Podría ser que tan sólo hubiera un niño Bano?

Bano no podía responder a eso. No quería preguntarle a Aline, que aún estaba traumatizada, y de todas formas no había tiempo. Me dejó bruscamente, casi a media frase. Finalmente el Esperanza se hacía a la mar.

Nos quedamos todos de pie en el muelle con ese sentimiento  acongojado  de  que  adolecen  las  personas cuando  observan  cómo  otra  se  marcha  del  país.  Vimos

 

cómo  recogían la plancha y soltaban amarras. N u x ladró con fuerza. El barco fue maniobrado por los remolcadores y  por   sus   propios   remos,  que   poco   a  poco   fueron arrancados de su abarrotado alojamiento, luego fue remolcado lentamente hacia el centro del gran puerto. Los marineros trabajaban frenéticamente para ajustar la vela de cruz. La embarcación viró laboriosamente hasta situarse en dirección  correcta.  En  la  baranda,  Eliano,  que  llevaba puesta una túnica de color rojo oscuro, no tardó en convertirse en un punto borroso; ya hacía rato que todos habíamos dejado de decirle adiós con la mano.

Nos quedamos allí hasta que el Esperanza empezó a moverse por sí mismo. Los remolcadores con sus pesados botalones se quedaron atrás; la embarcación se soltó y se dirigió hacia la salida del puerto, navegando suavemente a través de la bocana del lado sur del faro.

- ¡Se ha ido!

Aulo tenía sus cosas buenas. Hasta yo lo echaría de menos.

 

XXXV

 

 

El senador le había dicho al conductor de su carruaje que esperara en nuestro apartamento. Si los Camilos regresaban directamente a Roma, llegarían con el toque de queda para vehículos rodados y tendrían que detenerse en la puerta de la ciudad, de modo que retrasamos su viaje comiendo muy tarde. Helena fue a buscar a Albia, que había optado por no venir con nosotros a Portus. No era una esclava; tenía derecho a disponer de tiempo libre, y por lo visto Aulo no era una gran atracción para ella. La propia Helena disfrutaba de sus momentos de soledad, de modo que  siempre  había  permitido  que  la  joven  también  los tuviera.

Acomodé a todos los demás en uno de los patios de El Acuario.  No  había otro  sitio  más  conveniente  y ningún cilicio antisocial iba a disuadirme. El lugar era lo bastante grande  para dar  abasto  a una gran afluencia  de  gente  y contaba  con  una  atmósfera  agradable  y  respetable.  Si pasabas  por  alto  el  hecho  de  que  en  ocasiones  allí  se citaban los piratas, era una fonda familiar ideal.

En cualquier caso, no había ni rastro de Crátidas.

 

Disfrutamos de una buena aunque un tanto apagada comida  que,  como  el  servicio  era  bastante  lento,  se

 

prolongó durante gran parte de la tarde. Por mucho que nos convenciéramos a nosotros mismos de que Aulo estaba haciendo lo correcto y de que su barco era sólido y estaba bien manejado, una travesía por mar siempre es peligrosa. Pasarían  varias  semanas  antes  de  que  desembarcara  y pudiera enviar una carta para confirmar que había llegado bien, luego una cuantas semanas más antes de que la carta llegara a Roma. Eso si Aulo se acordaba de escribir. Su madre decía que no tenía un buen historial en ese sentido.

Al terminar, el senador y yo discutimos por la cuenta pero al final la pagó él. Yo tenía cosas que hacer, pero lo más educado era volver al apartamento para despedirlos.

- No te preocupes, mamá querida… -Helena se sentía traviesa-.  La Gaceta  Diaria dice que los rumores de que los piratas vuelven a actuar no son ciertos… -Cuando Julia Justa se la quedó mirando horrorizada, rápidamente le hice una señal al conductor para que arrancara.

Tras observar cómo el carruaje desaparecía de nuestra vista, nos invadió una sensación de anticlímax. En tanto que las niñas se fueron corriendo en busca de los juguetes que habían abandonado la noche anterior, Helena, Albia y yo volvimos al patio con una vaga desazón. Parecía tener un aspecto desierto tras nuestro gran banquete familiar.

Helena se enjugó una lágrima. La abracé.

- Aulo estará bien.

-  Claro.  -Se  puso  más  briosa-. Ahora que  estamos

 

solos, Albia y yo tenemos que enseñarte una cosa. Mientras ella estaba aquí esta mañana tuvimos una visita.

- ¿Entreteniendo a un admirador? -le dije a Albia en son de burla. Parecía sulfurada.

- Calla -me advirtió Helena-. Menos mal que llegué a casa a buscarla; a Albia le pareció  que era un tipejo  de armas tomar.

Ahora era un cabeza de familia enfadado.

- ¡Ya lo arreglaré yo a ése! ¿Quién era el cabrón?

- Un esclavo llamado Tito.

- ¿Tito? -Ése alegre extrovertido que trabajaba para la casera del piso alquilado en la Puerta Marina, el esclavo que limpiaba la habitación de Diocles. Me imaginé que ese pillo prepotente se pondría demasiado insinuante con Albia si  la  encontró  sola.  Para  empezar,  la  tomaría  por  una esclava o una liberta.

Miré a Albia, que aguardaba con impaciencia. Helena había interrumpido las insinuaciones no deseadas; no había pasado nada.

- Te trajo algunas cosas, Marco Didio. -Albia ya había aprendido que necesitaba informes eficientes-: Primero, su excusa fue que había dos túnicas buenas que Diocles había dejado en la lavandería. Éstas han «aparecido inesperadamente», según palabras de Tito.

- ¡No son de su talla! -sonreí.

- Le dije que eso no bastaba para merecer una propina.

 

- Excelente. La última chica que tuve en la oficina para recibir los mensajes era una blandengue.

- Mentira -murmuró Helena, a la que me había estado refiriendo-. Cuéntale el resto, Albia.

- Cuadernos de notas.

- ¡Cuadernos de notas! Creí que ya los teníamos, la mayoría en blanco.

-  Estos  otros  están escritos.  Hay un buen montón. Creo que Tito los había guardado con la esperanza de que pudieran ser valiosos. ¡Ahora tiene miedo de meterse en algún lío! -Albia escupió. Era una costumbre que todavía teníamos que quitarle-. Y es lo que hará. Antes o después, y yo  creo  que  será más  bien antes…  -A Albia le proporcionaba mucha satisfacción vaticinarles  fatalidad a los hombres-. Tito dijo, o hizo ver, que tu cronista le había pedido que le guardara las tablillas. Que las pusiera en un lugar seguro y que no se lo dijera a nadie. Por eso no te había  revelado  su  existencia.  Pero  ayer  unos  hombres fueron a la casa a preguntar por ellas y ahora Tito está muy asustado.

- ¿Quién lo asustó?

- No sabe ningún nombre.

- Eché un vistazo rápido a las tablillas -dijo Helena. Me la imaginé leyendo a toda velocidad antes de salir corriendo de vuelta al Acuario para comer-. Dos autores distintos,  diría  yo.  Hay  algunas  que  parecen  ser  viejos

 

diarios… no te emociones: no son aventuras amorosas de los famosos. Son cuadernos de bitácora o algo similar.

- ¡Qué aburrimiento! Puedo pasar sin un montón de notas que digan «viento del nornoroeste, mar picada; cené alubias, me tiré unos pedos increíbles».

En las  noches  tranquilas,  Helena había estado enseñando a Albia a leer. Albia también debió de haberles echado un vistazo a las tablillas y entonces saltó:

-  Marco   Didio,  es  más  parecido   a  «Termessos: vendidos cinco del Constancia; buen precio por el vino… nos encontramos con el Iris frente a las costas de Samos. Agitado, pero con buenos resultados».

- ¿Quién escribió estos diarios?

- No lo pone. Hay una lista larga de «encuentros». - Albia era una chica inteligente. Sabía que habíamos estado hablando de piratas-. La mayoría son «agitados» y terminan un inventario de buenos precios.

- ¿Vendidos cinco qué? -crucé la mirada con Helena. Al igual que yo, se imaginaba lo peor.

- Las listas de ventas son interminables -me dijo Albia con tristeza-, ¿Esos números son personas? ¿Estos cincos y dieces y treces y hasta veintes? ¿Son personas a las que han vendido como esclavos?

- Las tablillas son viejas y están estropeadas -intentó tranquilizarla Helena-. Creo que descubriremos que estos acontecimientos ocurrieron hace muchos años.

 

Siendo realista, Albia sabía que no a todas las personas afligidas se las podía salvar de sus desgracias como le había ocurrido a ella. Al final dijo en voz baja:

- Había una espada envuelta en una de las túnicas limpias, Marco Didio.

- ¿Tito te dijo algo sobre ella?

Albia veía a Tito como uno de los personajes más mezquinos del mundo.

- No, se encogió de hombros y le restó importancia… pero ahora tiene muchas ganas de desprenderse de ella y dártela a ti.

Le dije que sería mejor que me la enseñara, de modo que entramos en la casa.

La  espada  era  un  modelo  sencillo,  de  hoja  corta, metida en una vaina de cuero retorcido  que no encajaba bien. Ningún soldado o ex soldado se la hubiera mirado dos veces, pero un liberto del palacio imperial, criado entre burócratas, no sabría que estaba desequilibrada y desafilada. Había herrumbre en la hoja, que nunca había sido engrasada ni cuidada, y mucho más óxido allí donde el mango estaba unido con una burda soldadura. Un golpe brusco y creo que todo el conjunto caería hecho pedazos. Dudaba que Diocles hubiera utilizado aquella arma alguna vez; debía de tenerla sólo para estar más tranquilo.

Así pues, cuando salió por última vez, Diocles había dejado  la  espada  en  su  habitación  porque  creía  que  se

 

dirigía a un lugar seguro, ya fuera solo o entre personas que no  le  querían  hacer  ningún  daño.  Y,  lo  que  es  más importante, había creído que volvería.

 

XXXVI

 

 

Dejé  a Helena con las tablillas  de notas. Las niñas estaban  satisfechas,  de  modo  que  ella  podía  dedicarse enseguida  a  leer  e  interpretar  aquellos  escritos.  Había suficientes  tablillas  para  cubrir  una  mesa  auxiliar.  La mayoría parecían ser antiguas, con sus tablas  de madera desteñidas y secas; estaban llenas de garabatos como los que Albia había descrito antes. Había unas cuantas tablillas más   nuevas   que   hacían  juego   con  las  que   habíamos encontrado con anterioridad en la habitación de Diocles. Quizá nos  darían una pista de  lo  que  le  había ocurrido. Helena me aseguró que la tarea requería de una persona que lo revisara todo… es decir, ella. Yo salí a investigar en las dos tabernas donde Bano me había dicho que fue a negociar la liberación de su esposa secuestrada.

Me fue bastante fácil dar con ambas. Uno de aquellos rincones sin encanto se llamaba La Almeja y su vecina era La Venus. Unos pictogramas borrosos hacían de reclamo. Eran unos cuchitriles de sala única, de esos que se encuentran en hileras que bordean las riberas de todos los mares y ríos: interiores cargados de humo donde se preparaba comida y bebida, con unas mesas rudimentarias en el exterior que se apretaban contra el establecimiento de al lado en una línea interminable. Los mozos, cuando los

 

clientes podían encontrar a uno que se interesara por ellos, parecían  intercambiables.  Aquellos  lugares  se enorgullecían  de  servir  excelentes  platos  de  pescado  lo cual significaba que te cobraban un precio sumamente excesivo por un cuenco de sopa aguada con conchas dentro, un trozo muy pequeño de pan del día anterior, además de un vino tinto tan agrio que si te pintaran con él los callos de los pies se te caerían los dedos enteros.

Primero me acerqué a la casita de la diosa del amor, por   principios.   Dado   su   nombre   no   me   sorprendió encontrar  a una  pálida  camarera  con  expresión  hastiada cuyas  funciones  debían  de  incluir  el  ascenso  por  las escaleras traseras con los clientes que querían un servicio extra.

- ¿Queréis comer algo, señor?

No, gracias. Ya no era un crío. Sabía lo que ocurriría si  comía  en  un  basurero  como  aquél.  No  disponía  de tiempo para ponerme enfermo.

- Estoy buscando al Ilírico.

- No está. Piérdete.

- ¿Alguna vez ha estado aquí?

- Si tú lo dices. Todo el mundo parece pensar que sí.

- ¿Quién es todo el mundo?

- Un estúpido estirado de los vigiles. -Bruno-. ¿Me has oído? ¡Lárgate!

Bruno me había echado a perder la escena tanto como

 

había   podido.   Entonces,   cuando   salí   de   La   Venus, maldiciendo, ¿de quién os parece que oí la voz?

Agaché la cabeza y me escondí. Me di cuenta de lo que estaba pasando: aquel día debían de ser los idus de agosto. La Cuarta Cohorte acababa de llegar para apostarse en Ostia y la saliente  Sexta, con Bruno  a la cabeza, les estaba mostrando los alrededores a su destacamento de vexilarios en el tradicional paseo de toma de contacto. Es decir, identificar los enormes almacenes de grano que se suponía debían vigilar… como preludio antes de probar los bares locales. La Cuarta ya había estado antes en Ostia. Seguro que recordaban el lugar de hacía dos o tres años, aunque, para ser sincero, puesto que las filas de los vigiles se renovaban cada seis años, podría ser que una proporción del destacamento actual fuera nueva. Los almacenes no habían cambiado de ubicación. Pero tal vez algunos bares hubieran cambiado de manos o de proveedores de vino, de manera que  los  lugares  a los  que  solían ir  quizá ya no fueran lo mismo. Los hombres de acción tenían que reconocer el terreno con urgencia.

Antes de que pudieran verme me metí en La Almeja. Pocos eran los clientes de las mesas que había fuera que se molestaban en aventurarse al interior del establecimiento. Tal vez hubiera una letrina en la parte de atrás, pero la mayoría de los hombres iban a mear al río; vi a un cliente haciendo exactamente eso.

 

Primero, el jefe de cocina y los camareros creyeron que venía a quejarme. Cuando les tranquilicé, me trataron como a una novedad. Como ya estaba prevenido por lo de La Venus, allí, en la puerta de al lado, enseguida me quejé de Bruno. Funcionó. No tardaron en decirme que a veces el Ilírico se dejaba caer por allí por cuestiones de negocios. Por supuesto afirmaron no tener ni idea de qué tipo de negocios fomentaba. Hay muchos oficios que tienen que funcionar gracias a las reuniones que sus dueños celebran en los bares… o al menos esto es lo que os harían creer la mayoría de los dueños. El mundo editorial; la propiedad de caballos de carreras; el proxenetismo; el comercio con artículos robados…

El Ilírico ya sabía cómo funcionaba todo. Les daba una propina a los camareros de antemano para que lo señalaran si alguien preguntaba por él. Al marcharse dejaba otra propina con la cuenta. En tanto que aquello significaba que podía estar seguro de ser bien recibido si volvía otra vez, el comportamiento derrochador también quería decir que el personal lo recordaba con mucha claridad.

- Parece que sabe cómo comportarse… Pero me han dicho que es bastante siniestro, ¿no?

Mi informador, un joven lleno de granos y vestido con una túnica mugrienta, se rio.

- ¡A mí nunca me ha dado miedo!

-   ¿Quieres   decir   que   no   es   tan  temible   como

 

pretende?

- No, quiero decir que lleva los ojos pintados y unas zapatillas ridiculas. -Tras toda una vida de respuestas inesperadas,   aquélla   fue   una  auténtica   sorpresa-.   ¿El Ilírico? -Al camarero mi comentario le pareció divertidísimo-.   Es   igual   de   temible   que   una  esponja húmeda. No es más que una vieja reina escuálida.

Un par de vigiles echaron un vistazo por la puerta. Eso me dio pie a marcharme.

 

No tenía ningún deseo de quedarme allí mientras los miembros de la Cuarta Cohorte brincaban por todo el lugar como pulgas en un perro callejero. Pero la noche era joven y yo necesitaba pensar. Eché a andar.

Un corto paseo me alejó del río y me llevó al foro por su lado oeste. Como intento para eludir a los vigiles fue un fracaso:  al  pie  del  Capitolio  había más  miembros  de  la Cuarta Cohorte  formados  en filas. Vi que Rubela estaba con ellos, así pues, aunque parecían estar rabiosos por estar perdiéndose la inspección de las tabernas, se comportaban lo mejor que podían. Por lo general, la mayoría nunca veían al tribuno de la cohorte, por eso ahora lo miraban fijamente y con curiosidad.

Petronio iba secundando a Rubela, mordisqueándose el pulgar y con cara de aburrimiento. También reconocí a Fúsculo, el ayudante de Petro en Roma. Por lo visto, Fúsculo, un tipo alegre y cada vez más rechoncho, era el

 

oficial  de  servicio  que  estaba  al  mando  aquella  noche. Había  formado  a  un  pequeño  grupo  en  una  desganada guardia  de  honor.  Los  vigiles  no  llevan  uniforme  ni armadura, por lo que no podían desfilar con el atuendo extremadamente    abrillantado, y , en  lo  referente   a  su instrucción, ésta consiste en consejos para salvar vidas y prácticas con el equipo. Son reacios a las marchas.

Un   saludo   de   los   vigiles   es   probable   que   sea desdeñoso y burlón. Las filas ordenadas no extinguen los incendios. Si alguna persona de entre el gentío que había por allí hubiera gritado pidiendo ayuda, los miembros de la Cuarta  hubieran  demostrado  que  eran  unos  buenos soldados. Pero el ceremonial no era su fuerte.

Así pues, los miembros de un grupo caótico, de todas las estaturas y pesos, se movían intranquilos por allí con sus variopintas túnicas de andar por casa mientras que Fúsculo daba unas benévolas instrucciones cuando le apetecía. Relajado por naturaleza, Fúsculo disfrutaba atrapando villanos que luego interrogaba; bien pudiera desarrollar  un  tratado  sobre  los  bajos  fondos.  Era  un experto en jerga delictiva; este pasatiempo lo había llevado mucho más allá de la norma del tirón en la lavandería y de la afortunada estratagema del estafador ante un pardillo con aspecto de tener pasta y lo había introducido en la mercha, la siria y la larga pateada (que una vez me contó que se trataba de una versión más corta de correr la maratón, que

 

en el argot callejero significa «huir de la justicia»). Sin embargo, y con actitud desafiante, Fúsculo no tenía ningún interés en la interminable gansada cívica de aquella noche en la que sus hombres tenían que permanecer de pie con el culo dolorido junto a un podio diplomático. ¿Diplomacia? Los vigiles de Roma no se molestaban con semejante protocolo.

Estaba claro que los nuestros no habían causado muy buena impresión a un grupo de lugareños que había allí. Cercados tras una barrera provisional, aquella gente estaba ovacionando a un equipo local: entró un numeroso y brutalmente bien organizado contingente del gremio de constructores que se dispuso a iniciar la puesta en escena preparada como bienvenida para los nuevos vigiles.

Aquellos  hombres  eran buenos. Y ellos  también lo sabían. Aquel día habían salido sus mejores tropas, que desfilaron como si el emperador en persona les estuviera pasando revista. La demostración fue profesional y meticulosa. Podían marchar y saludar… y saludar mientras marchaban.  Mantenían  la distancia  correcta  entre  uno  y otro como si la hubieran medido con bastón. Las filas estaban rectas. Sus dobles y triples columnas formaban un cuadrado. Viraban, daban la vuelta y se detenían en el acto como si la instrucción para los desfiles fuera una diversión extraordinaria. (Para cualquiera con un verdadero historial militar, aquello era una blasfemia.)

 

Todos aquellos soldaditos de juguete llevaban falsos uniformes militares de colores chillones con unas túnicas más cortas de lo normal. Unas asombrosas charreteras hinchaban   los   ya  anchos   hombros   de   sus   supuestos oficiales. Todos llevaban una cuerda muy limpia y un brillante rezón. Me pareció que su atuendo era para morirse de risa, pero las pisadas de aquella concentración de botas de albañil hacía temblar el suelo. Era siniestro y, a mi parecer, querían que así fuera.

No  tardé  en enterarme  por  mediación de  los transeúntes que a los miembros de otros gremios siempre se les conocía como la plebe, pero los constructores se hacían llamar las «tropas con botas». Tenían dieciséis compañías. Cada compañía constaba de veintidós hombres fornidos   a   las   órdenes   de   un   decurión.   Todos   los decuriones  tenían  la  esperanza  de  convertirse  en presidente. El gremio siempre tenía, no uno, sino tres presidentes quinquenales. También contaban con un sumiso edil. Nombrado aparentemente por el gobierno cívico «por la extrema importancia que los constructores tienen en Ostia»,   era   un   conducto   para   obtener   contratos.   En cualquier otra ciudad a eso se le llamaría corrupción. Me informaron con orgullo de que Ostia era diferente. No pregunté de qué manera.

Ninguna ciudad puede sustentar a un grupo paramilitar de más de trescientos cincuenta cabrones de lo más duro

 

sin que su influencia en la vida cívica se vuelva peligrosa. Cayo Baebio y yo habíamos visto a los chicos con botas comportarse  de  manera  detestable  durante  el  servicio contra incendios y el hecho de verlos más de cerca no me llenó de alegría. Optaban por las túnicas sin mangas con las que  lucir  unos  bíceps  abultados.  Tenían  unos  cuerpos grandes, de bebedor. Sabía cómo serían fuera de servicio: todo fanfarroneo y pol de mierda.

Los portuenses parecían estar contentos, pero aquel carnaval me había provocado escalofríos.

Me quedé de pie en medio del gentío en el exterior de la Curia. El camino más rápido para llegar a casa era cruzar frente al Capitolio, donde aún estaban Rubela y Petro con expresión  apesadumbrada   bajo   un  toldo   de   lona  que sujetaban unos postes; reacio a que me vieran, esperé. Normalmente  hubiera  llamado  a  Petro,  pero  ahora  no estaba de humor para confraternizar.

Cuando la exhibición alcanzó su ruidoso climax y terminó, los hombres más importantes del gremio se acercaron a Rubela. Petronio y él se dieron la mano amablemente; su educada reacción parecía genuina, aunque yo suponía lo contrario. En primer lugar iba Privato, con sus oscuros mechones de cabello brillante pegados en lo alto de su cabeza calva. Se había dejado crecer demasiado el pelo de atrás, de manera que visto de espaldas parecía un vagabundo a pesar de ir vestido con su túnica y toga de los

 

días de fiesta, ambas de un blanco reluciente. Con él había un hombre. Según pude averiguar se trataba del edil sumiso; por lo visto el gremio estaba a punto de erigir una estatua en su honor como muestra de agradecimiento, y esto no era ningún secreto, por sus favores. Uno de los compañeros presidentes de Privato en el gremio era un liberto imperial. Ostia parecía atraer a antiguos funcionarios de palacio. Nunca podrían ocupar una posición formal en la vida cívica, pero  gracias  al  gremio,  donde  podían  ascender  hasta alcanzar el título más alto, podrían convertirse en grandes figuras de la región. Aquella noche el invitado más importante era el Pontífice de Vulcano, el sumo sacerdote, que iba asistido por su propio grupito de funcionarios y esclavos públicos.

 

Yo los despreciaba a todos. El motivo no eran sus orígenes. No soportaba que, con obsequiosidad excesiva, se abrieran camino hacia tratos comerciales gracias a la camaradería  profesional.  El  edil,  que  en  aquellos momentos estaba siendo cortés con Rubela, sería elogiado en su pedestal por sus buenas obras; las buenas obras consistían nada menos que en beneficencia para los contratistas en forma de contratos amañados. Me pregunté si Diocles lo había descubierto.

El entretenimiento se terminaba. Quienquiera que lo planeara debía de tener la intención de que, en aquel punto, los miembros de la Cuarta Cohorte se mezclaran con los

 

chicos con botas. Éstos tenían sus propios colegas y no prestaron la menor atención a los vigiles, que ya se dispersaban. Las compañías que habían llevado a cabo la exhibición recibían saludos y halagos de otros miembros de su gremio. Mientras se pavoneaban por allí reconocí a uno de los que habían desfilado: tenía unas patillas pobladas y unos rizos apelmazados, además de un inolvidable porte fanfarrón  y  desdeñoso.  Era  el  vago  cabecilla  del  falso cuartel de los vigiles, el de la calle donde había muerto la tía del cronista. En cuanto lo vi, no tardé en reconocer a los demás.

Hubiera sido fatal revelar mi presencia. Había demasiados miembros del gremio presentes y aquél era su territorio.  Cuando  la plaza  del  foro  empezó  a vaciarse, crucé  discretamente  hacia el Decumano.  Divisé  un espacioso figón, me detuve y pedí un vino. Al oír mi voz, un hombre que estaba de pie a mi lado frente al mostrador, se dio la vuelta al tiempo que le exclamaba al camarero:

- ¡También me va a pagar otro a mí!

El gorrón desvergonzado era mi padre, Didio Gemino. Estaba  con  un  amigo,  un  amigo  que  no  puso  ninguna objeción a que le pagara otra copa a él también.

 

XXXVII

 

 

-  Mi  hijo  -dijo  papá,  reconociendo  nuestro parentesco. Logró no dar una impresión demasiado desdeñosa. Yo no hice ningún comentario.

Su  compañero   inclinó  la  copa  hacia  mí.  No  se presentó aunque tenía un aspecto vagamente familiar y me miraba con un aire enigmático, como si estuviera a punto de darme una palmada en la espalda y recordar algún incidente que yo preferiría olvidar. Debía de haberlo visto por el Emporio. Supuse que era uno de los miembros del grupo  que  había  llegado  de  Roma  aquel  día:  tal  como Justino  me  había advertido,  Posidonio  había reclutado  a unos cuantos colegas que hacía años que lo conocían para que lo ayudaran a encontrar a su hija. Mi padre había bajado a Ostia entre una informal partida de hacedores de buenas obras. Si esos viejos y honrados canallas eran todos como papá, para ellos sólo se trataba de una buena excusa para hacer un recorrido por las tabernas costeras.

- Si tenéis planeado darle una paliza a Teopompo y dejarlo hecho unos despojos, papá, no me lo digas.

Mi padre tenía una expresión jovial.

- Estoy seguro de que el joven respetará nuestro punto de vista, hijo.

- ¡Oh, sí! Seis u ocho de vosotros lo haréis retroceder

 

hacia un callejón oscuro y le ofreceréis vuestras opiniones a  la manera tradicional…  os  devolverá a la chica veloz como un rayo El problema será lograr que la muchachita perdidamente enamorada entienda el aprieto en el que se encuentra su padre.

- Los padres ya saben cómo explicar las cosas. - Viniendo del mío, eso tenía gracia-. Posidonio es un tipo bondadoso. No la presionará demasiado, la educó muy bien y ella entenderá su razonamiento…

Me reí con amargura.

- ¡Está claro que no sabes nada sobre hijas!

- No seas así, hijo. -Como siempre, mi padre se escandalizó al encontrarse con que alguien criticaba su comportamiento pasado. La verdad es que se había convencido de que abandonar a una esposa y a unos niños pequeños estaba bien. Ahora él se sentía herido y yo estaba enfadado. Hay cosas que no cambian.

Me   fijé   en   que   su   silencioso   compañero   nos observaba con una especie de reserva. Era por lo menos una década mayor que mi padre… si todos los que apoyaban a Posidonio eran de ese tipo, los vigilantes no estaban ni mucho menos en la flor de la vida. Aquel hombre, además, tenía sobrepeso, los hombros ganchudos y estaba fofo. Me pregunté  si  sería  otro  subastador  como  papá;  me  lo imaginaba toqueteando objetos de arte con esos dedos regordetes y más bien blancos. Llevaba puesto lo que debía

 

de ser un valioso anillo de camafeo, cristal de un vivido color blanco sobre un intenso azul ultramar, que al parecer mostraba una escena pornográfica en miniatura.

Era la clase de cosa que atrae a los hombres que se llaman a sí mismos entendidos, hombres de mirada fría que someten a sus esposas a la sodomía y luego hablan abiertamente sobre su veta pervertida, como si el hecho de haber probado el vicio los hiciera mejores que la mayoría.

Papá era completamente diferente; él no hizo más que engendrar demasiados hijos y luego no pudo soportar los resultados domésticos. Su presencia me sacaba de quicio e intenté terminarme la copa deprisa. El vino estaba aromatizado  con  especias  y  miel;  era  demasiado empalagoso para tomárselo con prisas. A modo de distracción,  mencioné  al  gremio  de  constructores. Aquellos  dos  debían  de  haber  visto  la  ruidosa demostración.

- Su presidente le ha prestado una casa a Petronio… bueno, uno de los tres presidentes. Según parece no hacen nada individualmente que puedan hacer como terceto.

- Se comportan como si las calles fueran suyas -dijo papá.

- Quizá lo sean de verdad… Las obras públicas son la principal actividad en Ostia. Me parece que intentan llegar a controlarlo todo. -Me pasé la lengua por los labios, la pegajosidad de la miel me ponía nervioso-. Esta ciudad es

 

morbosa.

- ¿A tí qué te parece? -le preguntó papá al hombre que estaba con él.

- Marco tiene razón.

¡Qué descaro! ¡Llamarme Marco era demasiado informal, diantre! Pero como mi padre siempre estaba dispuesto   a  verme  como  a  un  mojigato,  contuve  mi irritación. A los hijos los tratan como niños los amigos de sus padres. Discutir por ello no te conduce a nada.

Papá, que nunca fue de los que aceptaran perder una votación, cambió de tema.

- Marco anda a la caza de piratas cilicios.

- Estoy buscando a un cronista desaparecido -corregí pacientemente   para   el   otro   hombre-.      de   fuentes fidedignas que los piratas no existen… y sin lugar a dudas no hay ninguno en Cilicia hoy en día.

- Entonces ¿quién está llevando a cabo los secuestros?

-se mofó papá mientras el otro hombre seguía mirando sin decir nada.

Aquella vez sonreí.

- Ex piratas.

Finalmente el compañero de papá nos hizo partícipes de su opinión al respecto.

- Era de esperar. -Habló con un tono seco y deprimido que concordaba más de lo que me había imaginado con mi propia actitud. Una vez hecha aquella declaración, dejó de

 

hablar. Parecía disfrutar dejando a medias a sus oyentes.

- ¿Y cómo es eso? -le apunté. Seguía mostrándome educado, pero el hombre tenía algo que me crispaba los nervios. Daba la impresión de que le gustaba ser controvertido.

- Tenían un estilo de vida -dijo-. Algunos lo llamaban piratería; para ellos era su modo natural de hacer negocios. Si les arrebataron todo eso, no les quedaba otra salida que encontrar una nueva ocupación. La gente tiene que vivir.

- Parece que lo lamentes por ellos.

- Entiendo su posición. -Parecía indiferente, aun así, añadió-: Aquí ocurrió lo mismo con los granjeros desposeídos. Causó el sufrimiento más absoluto.

Me acordé de mi abuelo, el de la Campania, pontificando sobre las antiguas «reformas» agrarias que expulsaron a los campesinos de las tierras arrendadas que habían cultivado durante décadas. Los abuelos conservaban su granja, pero todos pensábamos que lo habían conseguido engañando   a  alguna  otra  persona.  Todos   sus  vecinos también pensaban lo mismo.

- ¿De modo que consideras a los piratas cilicios personas desgraciadas y desplazadas?

- Tienen un talento innato para la vida delictiva -dijo papá con sorna. Aborrecía a la mayor parte de las demás naciones. Él decía que era porque había hecho negocios con ellas y había aprendido cómo eran.

 

- En cualquier caso, tienen un talento innato para que se les eche la culpa de todo -dijo su amigo-. Dime, ¿qué tienen que ver los piratas cilicios con tu cronista desaparecido, joven Marco?

Una vez más, intenté no hacer caso de su excesiva familiaridad.

- Puede que Diocles estuviera escribiendo unas memorias para uno de ellos, pero tengo el presentimiento de que estaba muy interesado en este chanchullo de los secuestros. Podría ser que Teopompo y la boba de la hija de Posidonio aún consiguieran una mención en la Gaceta Diaria.

-   ¡No   vamos   a  ser   los   únicos   que   persigan   a Teopompo! -gruñó papá-. Sus compañeros no van a darle las gracias por la publicidad.

- ¿Has relacionado los raptos con los cilicios? -me preguntó el otro hombre.

- Sin darse cuenta han dejado que identificara a un par de miembros de su grupo.

- Podría resultar peligroso para ti.

- Si aparece mi cronista me iré de aquí. En estos momentos  los  secuestradores  tienen  tanto  a  la  marina como a los vigiles pisándoles los talones. No puede pasar mucho tiempo antes de que haya una confrontación.

- ¡Pues entonces adiós, cilicios! Si la marina y los vigiles  los están cercando, tal vez ellos  encuentren a tu

 

cronista por ti. Podrías quedarte sin honorarios. -¡Vaya, muchas gracias por decírmelo!-. Favonio, tengo que marcharme…

El hombre se había escabullido casi antes de que cayéramos en la cuenta de su educada autoexpulsión. Dejó tras de sí un tufillo a ungüento para el afeitado y, a mí, una ligera sensación de haber sido engañado.

En el Emporio nadie llamaba Favonio a mi padre. Era Gemino, el sobrenombre que había adoptado hacía tiempo: Gemino para todo el mundo. Bueno, para todo el mundo menos para mamá en una de sus venas vengativas. Ella se empeñaba en utilizar el nombre que tenía antes de que escapara de nuestro lado.

- ¿Sabes quién era ése? -Papá le estaba haciendo una señal al camarero para que nos volviera a llenar las copas. Ya había dejado dinero en el mármol para cubrir el gasto, dé modo que me encontré atrapado.

Moví la cabeza en señal de negación.

- ¿Debería saberlo?

- ¡Pues claro que sí, hijo mío! Ese extraño individuo era tu tío Fulvio.

Miré fijamente a mi padre. Él asintió con la cabeza. De pronto, le devolví la sonrisa. Entonces caí en la cuenta, aunque Fulvio había ganado años, peso y una actitud mucho más malhumorada y agresiva.

 

- ¡Tan sombrío como lo recordaba! Cuesta entender a

 

qué se debió tanto alboroto -comenté, si bien el modo deliberado en que mi tío molestaba a la gente decía mucho sobre su reputación.

Tanto  mi  padre  como  yo  nos  considerábamos miembros del sólido clan de los Didio; éramos dos chicos engreídos de Roma, el único lugar donde valía la pena vivir. De  modo  que  entonces,  los  dos  reyes  de  la  sociedad alzamos nuestras copas de vino, nos saludamos con un tintineo y por una vez estuvimos juntos en paz. Ahora estábamos haciendo lo que de verdad les gusta a los chicos de ciudad: reírse de un excéntrico pariente del campo.

 

XXXVIII

 

 

Helena se quedó intrigada cuando se enteró de mi encuentro.

- ¿Y cómo es que no reconociste a tu tío?

- Han pasado muchos años desde la última vez que lo vi. De todas formas, no lo veía con mucha frecuencia. La última vez no podía tener más de cinco o seis años, fue antes de que papá nos dejara. Mis largas vacaciones en la granja fueron después; mamá solía llevarnos a todos para que corriéramos por ahí y nos agotáramos, cuando encontraba a alguien que pudiera llevarnos a todos a la Campania. En esa época Fulvio ya se había ido.

- ¿Se había ido a hacer qué? -preguntó Helena-. ¿Cuál es la verdadera historia?

- No encajaba.

- ¿Lo echaron los otros?

- No. Fulvio se largó voluntariamente.

- ¿Era infeliz?

- Difícil a matar, diría yo.

- ¡Oh, entonces no es nada que heredara su sobrino! Salí de aquello preguntando cuáles eran los progresos

de Helena con las tablillas de Diocles.

Ya las había leído todas. No me sorprendió. En una tablilla  encerada  de   las   suyas   había  copiado   algunos

 

fragmentos que quería que viera. Una gran parte de lo que había  recopilado  tenía  relación  con  los  encuentros  que Albia había descrito,  que  sin duda eran confrontaciones entre barcos donde las embarcaciones citadas salieron perdiendo. Vendían a nersonas como esclavos. Las mercancías   se  confiscaban  y  se  comercializaban  para obtener beneficios. También había anotada alguna que otra muerte.

- ¿Muertes? ¿Por causas no naturales?

Helena dejó escapar un suspiro de impaciencia.

- No hay duda de ello. «Tuvimos tres bajas.» Otra vez:

«Demasiados para poder manejarlos; cinco por la borda». Creo que podría querer decir «arrojados» por la borda. Más adelante: «Ellos perdieron a diez, el capitán se llevó una buena; no iba a rendirse… Ligón terminó con él». Sí, se menciona a Ligón. ¿Crees que es el mismo en el que estás interesado?

Me  encogí  de  hombros.  No  teníamos  manera  de saberlo, aunque parecía una gran coincidencia.

- ¿Alguna otra persona que nos sea familiar?

- Esperaba encontrar a Damágoras o a Crátidas, pero me llevé una decepción. -Helena miró sus propias notas para estar segura-. No, pero Ligón aparece dos veces. La segunda es horrible: «Una mujer gritando; Ligón le cortó la cabeza por nosotros; ¡silencio!».

- ¡Vaya! Lamento haberte dejado leer estas cosas.

 

Cuando  me  estremecí,  Helena me  abrazó. Esperaba que eso la distrajera de aquel horror. Luego nos quedamos sentados, acurrucados el uno contra el otro, y echamos un vistazo a las tablillas. Por mucho que lo intentáramos, no podíamos encontrar ninguna evidencia interna en cuanto a quién las escribió. Por desgracia, sólo los escolares firman sus tablillas de notas personales con «Esto es de Marco, no lo toques o las gentiles Furias caerán sobre ti…».

Los diarios debían ser de un capitán. En ningún momento decía cómo se llamaba su propio barco. Había viajado mucho por el este del Mediterráneo, operando durante años, desde las islas griegas hasta la costa fenicia. La suya era una profesión sangrienta, y no había duda de que era delictiva. No podía considerarse otra cosa que piratería. Aquella embarcación se aprovechaba de otros barcos. El saqueo era la única razón por la que se hacían a la mar. Nunca zarpaba cargado, aunque casi siempre regresaba a tierra con uno o más productos para vender.

Para nosotros se trataba de un robo. Para el capitán del barco era comercio justo.

Aunque no pudiéramos identificarlo, las pistas nos indicaban sin lugar a dudas que era cilicio. En primer lugar estaba el nombre de su compinche, Ligón, que -si era el mismo que yo conocía- provenía de Soli/Pompeiopolis. Se nombraba a aprendices de marinero, en ocasiones con su lugar de origen también en Cilicia; muchos de ellos eran

 

mozos de labranza y, a pesar de las afirmaciones en cuanto a que la gente de las montañas no participaba de la piratería, estaba claro que existía una regular progresión de jóvenes a los que mandaban desde tierra para que encontraran experiencia, fama y riquezas en el mar.

De vez en cuando en los diarios se registraban alianzas con otros grupos y nacionalidades. «Concertado un tratado con los panfilios  - korakesios  (Melantos). Los hombres están de nuestro lado, pero no aguantarán… Frente a las costas de Akroterion encontramos al Fideliter y al Psique. Ganado y esclavos; Melantos se llevó el ganado; su lealtad no durará… Meras de Antiphellos y sus licios se unieron a nosotros.  Meras  nos  dejó  cuando  no  nos  pusimos  de acuerdo con las pieles… Navegamos frente a las costas de Janto. Buenas ganancias si el tiempo se mantiene, pero a los licios no les gusta que estemos aquí. Nos encontramos con  otro  gran  mercante  que  salía  de  Sidón  pero  llegó Marión mientras estábamos en acción y tuvimos que rechazarlo. Después  siguió  el Europa, que salía de Tera, pero no hubo suerte; lo cogió Melantos… Oferta para asociarnos con los ilíricos, pero son desleales y demasiado violentos…»

- ¿Demasiado violentos? -Eso era graciosísimo. Una vez había despojado a sus víctimas de los objetos valiosos, el escritor nunca dudaba en arrojar a la gente por la borda para  que  se  ahogaran.  Sólo  hacía  prisioneros  si  eran

 

apropiados como esclavos. De lo contrario, eliminaba a los testigos. Él y sus mañeros se regían por la espada. Si las puñaladas  fallaban,  utilizaban  la  estrangulación.  Helena había encontrado repetidas anotaciones de heridas durante los robos, miembros perdidos en ambos bandos, frecuentes registros de mutilaciones y asesinatos a troche y moche. A veces desembarcaban en busca de botín; en una ocasión saquearon un santuario.

 

- Busqué referencias a los ilíricos -dijo Helena- Todo lo que hay es esta única mención a ellos como gentes desleales y violentas. Pero, suponiendo que el escritor sea cilicio, de vez en cuando se asocia con alguien, con frecuencia haciendo un juramento de alianza con aquellos con los que se ha peleado muy recientemente o a los que ha acusado de deslealtad. -¿Podría ser que el Ilírico que nosotros conocemos sea solamente un mote?

- Me imagino que sí, Marco. Pero debe de estar relacionado de algún modo con el lugar de procedencia del negociador.

 

- Y ahora -dijo Helena, al tiempo que recogía un pequeño montón de tablillas que había dejado separadas- la parte interesante. Voy a decirte lo que creo que estaba haciendo Diocles.

- ¿Estas otras tablillas son sus propias notas?

- Sí. La caligrafía y su disposición coinciden con las

 

notas que encontramos en su cuarto. En éstas -prosiguió, hablando con calma y sin dramatismos- el cronista está realizando un resumen de los viejos diarios. Podría decirse que es un esquema de un nuevo trabajo que se proponía hacer…

- ¿Quieres decir que Damágoras me dijo la verdad?

¿Que Diocles realmente iba a ayudarle a preparar sus memorias?

- No hay ninguna duda. -Helena frunció los labios-. Pero eso convierte a Damágoras en un mentiroso. Primero te aseguró, Marco, que sólo había tenido un par de conversaciones breves con Diocles, tras las cuales el cronista decidió no seguir adelante. Pero para que Diocles tomara todas esas notas los dos debieron de haber entrado en más detalles.

- Me desconcertó el hecho de que le hubiera dado a Rústico, el oficial de reclutamiento de los vigiles, una dirección en el campo y no la de la casa alquilada en la Puerta Marina.

-  Sí.  -Helena  estaba  conmigo-.  Probablemente Diocles se fue a vivir un tiempo a la villa. Elaboró estas notas  mientras  estaba  allí. Así  pues,  Damágoras  mintió sobre  lo  estrecha  que  era  su  relación.  Pero  el  tema principal sobre el que mintió (y miente descaradamente, Marco)  es  éste.  Si  estos  cuadernos  de  bitácora  son  la materia  prima  que  Diocles  tenía  que  utilizar  para  las

 

memorias, entonces no existe ninguna duda, absolutamente ninguna, sobre lo que Damágoras hacía para ganarse la vida. El capitán que redactó esos viejos registros era un pirata.

Asentí moviendo la cabeza.

- Yyo  te  diré  algo  más,  mi  amor:  No  me  creo  la virtuosa afirmación de que hace tiempo que está retirado. Era un pirata… y me parece que lo sigue siendo.

 

A la mañana siguiente empecé a leer yo las tablillas. Me las llevé al patio y me senté en un banco bajo la veteada luz del sol, con Nux profundamente dormida apoyada en mí y las niñas por allí cerca. De vez en cuando tenía que hacer una pausa porque Julia Junila estaba jugando a las tiendas y quería  que  le  comprara  unos  cuantos  guijarros  que  se suponía eran una tarta. Ocurría tan a menudo que le pedí que me hiciera descuento, con lo cual sólo conseguí la misma respuesta hosca que hubiera obtenido frente al mostrador de una tienda de verdad.

Helena acababa de bajar para actuar de mediadora en nuestra riña comercial. Cuando le estaba dando la razón a Julia sobre que yo era un tacaño, cruzó la entrada una persona que me andaba buscando. Era Virto, el esclavo del cuartel de los vigiles. Me sorprendió verle, y aún me sobresaltó  más  que  Petronio  Longo  lo  hubiera mandado con un mensaje.

- A Fúsculo y a Petro los han llamado a causa de un incidente. Al parecer, te puede interesar, Falco. Algún loco

 

hizo salir de la carretera a un carruaje en mitad de la pasada noche. Aunque, por lo visto, el supuesto «accidente» no fue tal: los dos caballos habían sido degollados. Encontraron un cadáver. No puedo entretenerme; parece ser que se trata de un vehículo conocido y tengo que ir a ver a ese hombre, a Posidonio…

Las tablillas se desparramaron cuando me puse en pie bruscamente.

- Suena como si hubiera ocurrido lo peor. Deben de haber matado a la chica. -Fui demasiado abrupto. Helena soltó  un  grito  ahogado-.  Lo  siento,  amor.  Indícame  el camino, Virto.

Helena ya estaba llamando a Albia para que le trajera una capa y cuidara de las niñas. Normalmente la mantenía tan alejada de la muerte  como  me  era posible. Pero  en Roma ella había hablado con la idiota de la niña y la había convencido  de  que  le  confiara sus  esperanzas  y sueños. Sabía que ahora Helena estaría decidida a presentar sus últimos respetos a Ródope.

 

XXXIX

 

 

Tuvimos que salir y dirigirnos a las viejas salinas. La sal fue el principal producto por el cual se fundó la ciudad de Roma. Justo antes de llegar a Ostia, si partimos desde Roma, en la Vía Salaria (la calle de la sal) se extiende una amplia marisma. Virto dijo que el vehículo destrozado se encontraba allí. Los conductores habían visto el carruaje aquella mañana, fuera de la carretera y volcado.

Helena y yo nos pusimos en camino a pie por el Decumano  con  la  intención  de  alquilar  unos  asnos  en cuanto avistásemos un establo. La suerte estaba de nuestro lado; junto a nosotros pasó traqueteando una carreta abierta que  llevaba  a un  grupo  de  vigiles  recién  salidos  de  su cuartel. Se dirigían a la escena del crimen y nos dejaron subir de un salto para ir con ellos. Sería un viaje corto. Podíamos haber ido andando, pero eso hubiera costado tiempo y esfuerzo.

- ¿Qué es lo que sabéis, muchachos?

- Al amanecer se advirtió de que había unos restos. Se alertó a los trabajadores de las salinas que fueron a ver si había algo que se pudiera salvar. Cuando vieron la situación con los caballos muertos se asustaron y mandaron un mensajero a la ciudad. Rubela envió a Petronio; éste volvió a enviar un mensaje diciendo que teníamos que reunirnos

 

con   él   en   el   lugar   y   que   trajéramos   transporte   y herramientas. El carruaje encaja con la descripción de uno que estamos buscando.

- ¿Para qué quiere Petronio las herramientas?

- Para llevarnos de vuelta el carruaje.

- ¡Anda ya! No es de su estilo -bromeé con desánimo-. Este es carro de la pasión de un niño rico. Lucio Petronio es un hombre de carretas de bueyes majestuosas.

Los vigiles esbozaron unas sonrisas nerviosas. Se contenían porque tenía a Helena sentada a mi lado en silencio. Yo mismo me sentía inquieto por haberla traído. El cadáver que íbamos a ver probablemente estuviera mutilado; si mis sospechas eran correctas, teníamos a un testigo silenciado, silenciado por unos hombres que controlaban a sus víctimas mediante el miedo. La próxima vez que tomaran prisionera a una mujer usarían y abusarían de los espantosos detalles sobre lo que le había ocurrido al cadáver de aquel día.

Había visto cuerpos violados. No quería que Helena pasara por eso. Aferrado a los laterales del carro en aquel breve  viaje  lleno  de  baches,  no  logré  pensar  en  una solución para ahorrárselo.

Cuando  el carro  se  detuvo, bajé  de  un salto sintiéndome mareado.

 

Era un lugar muy solitario para que trajeran a nadie a morir en él.

 

Delante  nuestro  y  en  dirección  a  Roma  había  un terreno alto, pero aquellos humedales formaban una gran depresión pantanosa que probablemente se encontraba por debajo del nivel del mar. Había partes que se habían llenado arrojando allí los escombros de los edificios destruidos durante el Gran Incendio de Nerón en Roma, pero los montones de residuos sólo hacían que el lugar pareciera aún más inhóspito. La mayor parte de la sal se producía entonces al norte del río, pero allí todavía quedaban unas cuantas salinas, tal como había sido desde los albores de la historia de Roma. El camino principal transcurría por una carretera elevada. El Tíber debía de discurrir a cierta distancia a nuestra izquierda. Una brisa fresca azotaba el terreno bajo cuando llegamos, aunque cuando de vez en cuando decaía, el sol quemaba. El viento y el calor son las herramientas en la producción de la sal.

En las marismas situadas a nuestra derecha se alzaban las encorvadas chozas de adobe y cañas de los trabajadores de las salinas, en medio del resplandor de unas balsas de desecación bajas  y rectangulares.  Unos  carros desvencijados aguardaban junto a una de las chozas para ejercer su antiguo oficio recorriendo la Carretera de la Sal hasta Roma. Los montículos de centelleantes granos de sal se amontonaban al lado de una zona de maniobra donde se cargaban.

No había nadie por ahí. Todo el mundo había ido a

 

mirar.

El vehículo siniestrado estaba al otro lado de la carretera principal.

- Será mejor que esperes aquí -le sugirió uno de los vigiles a Helena, pero ella se mantuvo pegada a mi lado. Bajamos   hacia  las  marismas   por  un  camino   largo   y estrecho. A nuestros pies, el sendero lleno de rodadas tenía un brillo blanquecino; pisamos con cuidado por si acaso era resbaladizo. El mayor riesgo era torcerse un tobillo en un agujero cenagoso.

Había balsas de cristalización por todas partes, aunque las de aquel lado del camino no tenían aspecto de utilizarse. No  había ningún motivo  para que  nadie  se  detuviera en aquel punto del trayecto a menos que tuvieran negocios en las salinas. Podría ser que un enamorado trajera allí a su chica para reírse tontamente en la intimidad de algún lugar, pero para eso tendría que haber oído que aquella noche allí había muy buena luna para hacerle la corte.

Era un sitio ridículo para hacer salir del camino a un carruaje de manera deliberada. Todo estaba demasiado esponjoso debajo de los pies.

Los pájaros volaban sobre nuestras cabezas mientras caminábamos hacia el escenario del crimen. Tan sólo distinguimos dos marcas de ruedas allí donde el vehículo había recorrido a toda velocidad una larga curva hacia el otro   lado   del   inundado   terreno   salino,   hundiéndose

 

profundamente en el suelo mojado y aplastando la tosca vegetación. Era asombroso que el carruaje hubiera llegado tan lejos sin quedar completamente empantanado. Tal vez lo hubieran ayudado bastante.

Los tristes cadáveres de los que una vez fueran dos hermosos   caballos   negros   yacían   juntos   al   lado   del vehículo. Un puñado de personas se había congregado a su alrededor. Una de las ruedas del carruaje se había salido, la otra estaba torcida. Desde el camino se podía pensar que simplemente   se   había  salido   de   la  carretera   a  toda velocidad y se había estrellado. Desde más cerca, pensé que alguien se había servido de un mazo para terminar de destrozar la carrocería.

Petronio Longo estaba hablando con algunas personas del lugar. Vio que nos acercábamos; me indicó por gestos que mantuviera alejada a Helena.

- Quédate aquí.

- No, yo voy.

- Como quieras.

Los vigiles que nos habían traído se emplearon inmediatamente en aquello para lo que estaban entrenados: hicieron retroceder a los papanatas. Los trabajadores de las salinas eran unos hombrecillos de manos nudosas con unos rasgos particulares y muy poco que decir. Sus antepasados habían mirado a Eneas de la misma manera en que ellos nos miraban   ahora   a   nosotros;   los   antepasados   de   sus

 

antepasados conocieron al viejo Padre Tíber cuando era un muchacho adolescente. Otros miembros del público eran conductores a sueldo que habían visto la multitud y habían dejado sus carros en el camino. Los hombres estaban por ahí de pie con los pulgares metidos en el cinturón, dando opiniones. Los carreteros siempre lo saben todo… y normalmente se equivocan.

Me acerqué a Petronio. Nos dimos un breve apretón de manos. Helena fue directa hacia el carruaje, pero estaba vacío.

- Tuvimos que buscar el cuerpo -dijo Petro entre dientes, pero ella, siempre alerta, lo oyó-. Venid a verlo.

Caminó  con  nosotros  por  la  marisma,  lejos  del montón de gente. Cuando llegamos a un punto en el que nadie   podía   oírnos   y  en  el   que   teníamos   los   pies empapados, vimos algo tumbado allí delante. Helena avanzó corriendo, pero se detuvo, horrorizada y sorprendida.

- ¡No es la chica!

Le sobrevino  un repentino  torrente de lágrimas. Yo me  quedé  de  pie  a su lado,  desconcertado.  Suponía  un cierto alivio no estar mirando el cadáver de Ródope, sino el de un hombre. Petronio nos observó a los dos.

- Éste es Teopompo.

- Ya me lo imaginaba. -Petro y yo habíamos retomado nuestra antigua relación.

Helena  se   agachó   para  mirarle   la  cara.  No   era

 

agradable. Teopompo estaba tumbado de lado, ligeramente acurrucado. Debía de haberse pasado la mitad de la noche allí muerto; lo que quedaba de su ropa estaba empapada. Lo habían golpeado y le habían robado sus mejores galas. Unas perturbadoras  manchas  cubrían  lo  que  veíamos  de  él, aunque al menos había poca sangre. Daba la impresión de que lo hubieran estrangulado.

- ¡Cuesta entender qué es lo que vio esa chica en él! - comentó Petro.

Teopompo debía de doblarle la edad a Ródope. Era robusto y de extremidades cortas, intensamente bronceado incluso allí donde su ribeteada túnica carmesí se alzaba por encima  de  un  muslo;  la magnífica  tela  estaba  entonces sucia y manchada. Si hubiera estado limpia probablemente lo hubiésemos encontrado desnudo; le habían quitado el cinturón,  las  botas  y  las  joyas.  Había  habido  al  menos algunas  piezas  de  oro  que  había  llevado  durante  largo tiempo, pues al sacárselas habían dejado al descubierto la piel blanca: un apretado brazalete para el brazo, anillos, probablemente incluso pendientes, porque tenía un hilo de sangre seca en el cuello.

No estaba convencido de que los asesinos desnudaran el cadáver. Los trabajadores de las salinas habrían echado un buen vistazo aquella mañana; eso podría explicar incluso por que Teopompo estaba tan lejos de su vehículo. Podrían haber  arrastrado  el  cadáver  antes  de  perder  el  valor  y

 

mandar llamar a los vigiles. Pero puede que estuviera vivo cuando   se   estrelló   el   carruaje   y  que   hubiera  salido corriendo para salvar la vida hasta que lo derribaron y lo mataron.

Aunque  no  era  demasiado  apuesto  según  los parámetros clásicos, tenía unos rasgos más o menos uniformes  antes  de  que  alguien  le  rompiera  la nariz  la pasada noche. Su rostro triangular y muy moreno, tenía una nariz un poco aguileña. Supongo que era atractivo… para una joven que era dada a la aventura.

- No me imagino que lo hiciera la chica. -Petronio andaba con aquel humor crudo y seco que con frecuencia aquejaba  cuando  se  enfrentaba  a  una  muerte  violenta-. Bueno, a menos que fuera corpulenta como un cuartel y acabara de descubrir que él era un canalla conquistador…

- Se llama Ródope -dijo Helena con voz tensa-. Es tímida y menuda, tiene diecisiete años. Espero que no lo viera así. -Miró a su alrededor con preocupación-. ¡Espero que no esté aquí!

Petronio se encogió de hombros. En su opinión, la chica se había enredado con las personas equivocadas y la suerte que corriera era responsabilidad suya. En todo caso, la culpaba por hacer que él y sus hombres hubieran tenido que acudir hasta allí y ocuparse de aquello.

- ¿Dónde estará, por el Hades? -me pregunté.

- No sabemos si iba con él. Si es así y después del

 

accidente aún podía caminar, puede que se fuera por ahí - dijo Petronio-. Fúsculo ha ido al río a echar un vistazo. - Vimos unas remotas figuras que se movían lentamente a lo largo de una línea de vegetación que señalaba lo que debía de ser el curso del Tíber. Describía un largo meandro que se alejaba del camino y rodeaba la marisma.

- ¿A Teopompo, lo mataron aquí o lo trajeron después de muerto?

- No sabría decirte. Supongo que es igual de malo que te hagan picadillo de una paliza en una taberna, pero este lugar tiene algo… -a Petro se le apagó la voz. Era un habitante de la ciudad. Aborrecía la idea de que hubiera asesinatos en lugares aislados del campo.

- ¿Los trabajadores de las salinas vieron u oyeron algo anoche, Petro?

- ¿Tú qué crees? Nada de nada.

- Se apiñan en sus chozas y si los que merodean a altas horas de la noche salen de Ostia conduciendo vehículos como locos echan el cerrojo a la puerta, ¿no?

- No quieren líos -Petro daba la impresión de estar nervioso e irritable. Podía fingir que una escena como aquélla le dejaba indiferente, pero se equivocaba-. Los borrachos vienen aquí para divertirse con desenfreno. Ven a la gente de las marismas como a unos raros duendecillos que están ahí esperando a que los sofisticados de la ciudad les  golpeen  en la cabeza. Y los  juerguistas  que  buscan

 

problemas suponen que se saldrán con la suya.

- Con los asesinos de Teopompo es probable que así

 

sea.

 

 

Empezamos a andar de vuelta al carruaje accidentado.

-  No  tenemos  nada que  inculpe  a nadie  -refunfuñó

 

Petro-. No querría ir a los tribunales con esto. Un defensor podría alegar que las magulladuras se produjeron cuando el carruaje se salió del camino…

-  Le  costará  explicar  los  cuellos  rajados  de  los caballos -le recordé.

- Cierto. Pero a menos que encontremos a alguien que realmente haya visto a Teopompo con sus asesinos, puede que éstos queden libres de toda sospecha.

- Tal vez Ródope viera algo -interrumpió Helena.

Ni Petro ni yo señalamos que Ródope quizás estuviera muerta también. Si no era así, si vio a los asesinos, eso volvía a ponerla en la clase de peligro que anteriormente me había hecho suponer que el cadáver que encontraríamos allí tendido sería el suyo.

Petronio me miró.

- Me han dicho que el padre de la chica está en Ostia tratando de encontrarla. Corre el rumor de que se ha traído a unos matones. ¿Tú sabes algo de eso, Falco?

Contemplé la posibilidad de negarlo. Petro continuaba mirándome fijamente, de modo que dije:

- Por  lo  que  yo  sé, los  matones  son unos  cuantos

 

vejestorios que buscan pasar un buen día fuera de casa.

- Preguntaré dónde estuvieron anoche el papá y sus excursionistas -replicó mi viejo amigo con un resoplido desconfiado. Pareció como si les estuviera pasando un mensaje a través de mí-. Apuesto a que se proporcionarán unas  estupendas  e  irrebatibles  coartadas  los  unos  a los otros.

- Estoy seguro de que lo harán. -No quería verme involucrado-. ¿Acaso puedes culparlos por ello, cuando averigüen que los estás investigando? Sabes que los otros secuestradores hicieron callar a Teopompo -gruñí-. Ayer mismo alguien dijo que si llamaba la atención sobre su chanchullo, sus compin ches no se lo iban a agradecer.

- ¿Quién dijo eso? ¿Están relacionados con la banda?

- No, no fue más que un tío mío con el que me tropecé por casualidad. Hablábamos en general.

- No sabía que tenías un tío aquí.

- Yo tampoco.

 

Helena se alejó de nosotros y regresó al camino. Se quedó de pie en la carretera elevada, donde un viento fresco le pegaba el manto al cuerpo. La excelente tela azul se agitaba como la lona de una tienda, batiéndose contra su extremo bordado, que era sacudido de un lado a otro con más violencia. Helena se rodeó con los brazos y se quedó mirando las marismas del otro lado.

- ¿Qué planes tenéis para el carruaje? -le pregunté a

 

Petro mientras me preparaba para irme con Helena.

- Arrastrarlo hasta el foro. Colocar un letrero que diga

«¿Alguien vio ayer este cachivache ornamentado?», y luego poner a un hombre al lado para que tome notas. Una cosa buena, era un vehículo que se hacía notar mucho.

Asentí con la cabeza y me fui con mi chica. Intenté abrazarla pero ella se apartó. El viento le había soltado la cabellera oscura; ella seguía aferrando su mantón con una mano mientras recogía como podía las horquillas sueltas. Le   acaricié   el   pelo,  reuniendo   los   largos   y  sueltos mechones entre mis dedos, y luego la sujeté con fuerza contra mi pecho.

Permanecimos unos instantes abstraídos en la visión fugaz de cuando Ródope y Teopompo entraron en Ostia: él presumiendo como un loco y a duras penas capaz de controlar a sus excitables caballos negros, ella gritando de emoción por la mera ilusión de estar con él.

Helena, que entonces ya estaba más calmada, se volvió menos  indiferente  a mis  cariños. Así  pues,  después  de todo, durante un corto espacio de tiempo hubo dos enamorados enlazados en un sentido abrazo para consolarse en aquel lugar inhóspito.

 

XL

 

 

Vimos cómo recuperaban el carruaje, que subieron a pulso hacia la carretera y sujetaron luego a la carreta de los vigiles.   Su   helénica   ornamentación   tenía   un   aspecto ordinario y de mal gusto ahora que la pintura estaba desconchándose. Los cascabeles del arnés tintineaban sin entusiasmo. Mientras se llevaba a cabo el rescate, también retiraron el cadáver de Teopompo. Apareció Fúsculo, sin haber  encontrado   ni  rastro  de  cualquier  otro  posible pasajero.

Así pues, volvimos todos a pie a Ostia. En el cuartel comprobé con Petro y Fúsculo si había alguna noticia. En vistas a la conexión que este último suceso mantenía con el secuestro, Rubela había asumido el mando. Petro parecía molesto, y estuvo aún más agradable conmigo a espaldas de Rubela.

- La chica está viva. Vino el padre -anunció Rubela-. Se la devolvieron ayer a última hora de la noche. Llamaron a la puerta y cuando abrió la empujaron dentro, arrebujada en una capa y gritando. Posidonio la agarró y ya está; afirma que no vio quién la trajo. Ella no le va a contar nada.

Escuchamos. Estábamos todos cansados, nerviosos y deprimidos. Rubela se había limitado a quedarse sentado en el cuartel  y dejar  que  las pruebas  acudieran a él. Ahora

 

estábamos listos para dejar que tomara la iniciativa.

-  Alguien   tiene   que   entrevistarse   con  la  chica. Petronio Longo, ¿puedes traer aquí a tu esposa? Puede que la chica se sienta intimidada; creo que deberíamos empezar con la aproximación comprensiva de una acompañante.

- Helena Justina conoce a Ródope -sugerí-, Helena ya está  aquí;  me  está  esperando.  -Petro   se  encogió   de hombros le daba lo mismo. Rubela estuvo de acuerdo.

 

Fúsculo estaba sentado fuera de la sala de interrogatorios con Posidonio. Si se le podía sacar algún dato más al padre, era probable que Fúsculo, que tenía bastante mano izquierda lo consiguiera.

Dentro de la habitación, sentamos a Ródope en una silla. Ella puso cara de haba y se mostró poco dispuesta a cooperar, Helena trató de tranquilizarla, pero la chica perseveró en su hosca actitud. O le habían metido miedo para que mantuviera el pico cerrado o simplemente ahora odiaba a todo el mundo; decididamente no tenía intención de ayudarnos. Petronio se presentó a la joven y, discretamente,   dijo   que   tenía  que   informarle   de  que habíamos encontrado muerto a su enamorado. Primero dio a entender que creía que se había tratado de un accidente de tránsito y, con delicadeza, acabó diciendo que Teopompo había sido asesinado. No hubo reacción alguna. Rubela hizo valer sus privilegios y lo intentó mediante advertencias intimidatorias, pero tampoco tuvo suerte. Le dijeron a la

 

chica que podía estar en peligro; estaba claro que no le importaba.

- Yo no sé nada de eso -era la constante cantinela de

Ródope.

Entonces Rubela decidió recurrir a los métodos drásticos de verdad y condujo a la muchacha hacia una habitación en la que los soldados habían arrojado el maltrecho  cuerpo de su amado. Con sequedad le ordenó que mirara. Ella se las arregló para no gritar ni desmayarse, lo cual tenía mucho mérito, pues posiblemente nunca antes había visto el cadáver de un hombre asesinado. Las lágrimas que no pudo reprimir corrieron por sus mejillas, sin embargo, hizo acopio de entereza, como si nos desafiara. Lo había perdido todo. Ya nada podía afectarla. Se quedó de pie,  rígida,  y  la  mirada  clavada  en  Teopompo,  con  sus grandes esperanzas todas arruinadas. Era una chica muy joven, a quien le había faltado la tierra bajo los pies por algo que en realidad no fue culpa suya; el hecho de acosarla hizo que los demás nos sintiéramos sucios.

Su padre  apareció  en la puerta.  Impresionado, Posidonio  retrocedió  al ver el cadáver y tomó a su hija entre sus brazos. La resguardó y quizás entonces ella lloró; ya no le podíamos ver la cara.

Helena estaba furiosa con Rubela y le dijo lo que pensaba. Al final los vigiles no tuvieron más remedio que dejar marchar a la joven.

 

Primero hubo un breve colofón. Helena cuidó de Ródope mientras Rubela volvía a entrevistar al padre, haciéndole  preguntas  sobre  el  grupo  de  vigilancia. Posidonio  dijo  que  sus  amigos,  incluido  Gemino,  se alojaban todos  juntos  cerca del  puerto. Rubela mandó  a unos cuantos hombres para que los trajeran. Yo me quedé por ahí, por si acaso tenía que pagarle la fianza a mi padre. Eso era más de lo que se merecía por mi parte; se me ensombreció el humor.

Posidonio  y  su  desconsolada  hija  se  habían  ido. Helena fue a ver a Rubela.

- Tribuno, conseguí que Ródope dijera algo mientras tú estabas hablando con su padre. -Si Rubela se sintió irritado, se obligó a ocultarlo; le hacían falta los detalles. Helena informó con frialdad-: La pareja se alojaba en una habitación cerca del templo de Isis. De repente, anoche llegaron unos hombres y les dijeron que tendrían que separarse. A Teopompo  lo  golpearon para que  no  dijera nada y luego lo sacaron de la casa a rastras; ya debía de saber lo que le esperaba. A Ródope simplemente la arrebujaron y la devolvieron, ilesa, a su padre.

- Bueno, eso es lo que nos imaginábamos -dijo Rubela buscando una escapatoria.

Helena se empeñó en hacer que lo oyera todo.

- Lo que no sabéis es esto: Ródope insistió mucho en

 

que Teopompo conocía a los hombres que se lo llevaron.

- ¿Entonces no eran los amigos romanos de su padre?

- Eso debéis decidirlo vosotros -replicó Helena discretamente.

Si  bien  la  declaración  de  Ródope  los  exculpaba, Rubela retuvo a los amigotes del Emporio mucho tiempo en el cuartel. Los trajeron malhumorados y agresivos, refunfuñando. Él mismo los interrogó por separado. A eso podría llamársele ser concienzudo y no ir con prisas… o una pérdida de tiempo.

No  se  me  permitió  asistir  a ningún  interrogatorio, pero escuché a escondidas desde fuera. Todos dijeron lo mismo. Los hombres de la edad y el temperamento de mi padre sabían preparar una coartada.

Según papá, que fue el último en ser interrogado, todo fue inocente.

- No encontramos a ese cabrón, ésa es la verdad.

- ¿Y qué le hubierais hecho, de haberlo atrapado? - preguntó Rubela con sarcasmo.

- Explicarle que tenía que buscar el amor en otro sitio

-se sonrió papá-. Posidonio tenía intención de darle una buena compensación,  aunque  todos  creíamos  que  era un gran error.

-  Tendríais  que  haber  sido  más  listos.  ¡Hubierais podido acabar todos apaleados hasta morir en las salinas! - vociferó Rubela con toda su pedantería.

 

- ¿Eso es lo que le ocurrió al muchacho? -preguntó papá mansamente-. ¡No está nada bien! -Entonces oí que mi padre endurecía el tono-: Nosotros no lo hicimos, esto es lo que lo demuestra: ¡nosotros no hubiéramos dejado el cuerpo allí donde un puñado de transeúntes metomentodo lo encontraran enseguida!

Eso tenía cierto sentido.

Rubela lo echó a patadas. Cuando salíamos lentamente del cuartel, oí que Rubela ordenaba con irascibilidad:

- ¡Haced una redada de los sospechosos habituales!

- Señor, acabamos de llegar en los idus -protestó Fusculo. Entonces ya anochecía y nadie de los que habían ido  a  las  salinas  había  comido-.  Somos  nuevos  y  no sabemos quién es quién en Ostia…

- Los cilicios -le explicó Rubela-. Encontraréis todos sus nombres en la lista de vigilancia «Piratas cilicios».

De  modo  que  había una lista. Y Rubela acababa de confirmar que los vigiles consideraban que los cilicios seguían involucrados en la piratería.

 

XLI

 

 

Me hubiera gustado ver la redada, pero contaba con lo mejor después de eso: Petronio me lo explicaría más tarde. Fui a cenar a su casa.

Cuando llegamos, después de reunir a mi familia, papá también estaba allí. Había decidido mudarse y endilgarles su presencia a Maya y Petro. Los demás amigos de Posidonio iban a regresar a Roma, puesto que su tarea ya había finalizado… o al menos los atacantes de Teopompo habían hecho que resultara innecesaria.

Por un momento, Maya pareció ponerse nerviosa ante la repentina afluencia de gente. Estaba avergonzada porque Privato, el dueño de la casa, había hecho una de sus visitas. Poco  podía  objetar  ella  si  quería  inspeccionar  la instalación de su nueva estatua -el Dionisos haciendo pis, que ahora estaba colocado en un nuevo pedestal en un estanque del jardín-, pero aunque Privato siempre les aseguraba que  estaría encantado  de  que  trataran el lugar como si fuera su propia casa y los instaba a entretenerse tanto como gustasen, Maya compartía mi renuencia a tener demasiado que agradecer.

- Podríamos salir todos a comer algo…

- No, no lo haremos -decidió papá-. ¡Que nos invite el constructor! -Aún no se había recuperado de hacer que le

 

construyeran unos baños nuevos. Sólo me sorprendió que no invitara inmediatamente a todos los demás amigos de Posidonio a venir a tomar un refrigerio antes de ponerse en camino. Lo habría hecho si se le hubiera ocurrido.

Le guiñé el ojo a Maya y fui a hablar yo mismo con el contratista, como un gesto de cortesía. Lo único que se me ocurrió fue mencionar que había quedado impresionado por la demostración presentada por las tropas con botas el día anterior en el foro.

- ¡Vaya, gracias Falco! Nuestros muchachos siempre ofrecen un buen espectáculo -se pavoneó el hombre de los cabellos inclinados sobre su calvicie. Lo había encontrado ajustando la presión del conducto de desagüe de su dios del vino. Llevaba puesta una túnica particularmente repugnante cuyo  pelo  tenía un brillo  muy malo  y era obvio  que  se burlaba de la no tan imponente exhibición realizada por los vigiles de Roma; lamenté haberme ofrecido para realizar una tentativa de acercamiento amistoso-. ¿Cómo va tu búsqueda? -me preguntó-. La última vez me hablaste de tu cronista desaparecido, ¿no?

- Sigue desaparecido.

- ¿Qué tal se ve esto? -todavía estaba toqueteando las vías urinarias de la fuente.

- Sus ríñones están en plena forma, pero me inclino a decir que el efecto es un poco diurético.

- ¿Le ha ocurrido algo terrible?

 

- ¿A tu Dionisos?… ¡Ah, a mi cronista! Parece probable.

- ¿Pero no estás más cerca de resolverlo? -Privato parecía tener mucho interés en hacerlo notar.

Apreté los dientes y me encontré respondiendo:

- Por cierto, ¿son algunos de tus soldados con botas los que han montado ese cuartel de vigiles falso junto al templo  de  Hércules? -Privato  puso  cara de  susto-. Será mejor que les digas que el juego ha terminado -dije con suavidad-. Puede que Bruno se lo tomara con tranquilidad, pero Marco Rubela se sulfura mucho con los chanchullos. No tan sólo ha llegado el momento de que tus chicos se vayan, Privato, también es hora de que cierren su tienda de sobornos.

- No creo que me guste lo que estás diciendo, Falco.

- A mí tampoco me gusta -me compadecí-. Una cosa que he descubierto sobre Diocles es que su tía murió en el incendio de un edificio, innecesariamente. Por lo visto Diocles había acudido a tu falso cuartel en busca de ayuda. Los habitantes del lugar no son tan tontos, claro está, pero él era de Roma. Debía de creer realmente que si se daba la alarma ellos vendrían corriendo.

Ahora Privato estaba escuchando. Era como un autómata  al   que   le   hubieran  dado   cuerda,   se   movía levemente cambiando el peso de un pie al otro, lleno de patente  energía, listo  para lanzarse  a la acción. Pero  no

 

podía hacer nada.

Yo seguí con el tormento.

- Claro que, ahora que los he reconocido como tus chicos con botas, eso podría suscitar todo un debate sobre el  papel  de  los  constructores  en la extinción  de incendios… -Privato adoptó la mirada totalmente razonable que utilizan los contratistas para engañar a los clientes que se quejan. Me esperaba que hablase de proveedores que lo habían defraudado a pesar de los increíbles esfuerzos por su parte. O que le echara la culpa al tiempo.

- ¿Qué pruebas tienes de que nosotros seamos los culpables, Falco?

- Suficientes -le aseguré-. Ya hace un año, ¿verdad? Y como ves, el asunto de la tía del cronista no se resolverá sin  más.  -Le  di  unas  palmadas  en el  hombro-.  Vuestro gremio es extremadamente poderoso, por supuesto; estoy seguro de que podéis sobrevivir a una demanda por negligencia, si llegara a darse el caso. Aunque, con Diocles desaparecido, ¿quién hay que pueda reclamar? Pero podría ser que el emperador se enterara de lo ocurrido. Se le enviarán informes sobre cómo actúa tu gremio… ¿Sabías que la tía del cronista era una liberta imperial? -La época que Vestína pasó en el Palacio  habría sido anterior  a la actual  dinastía Flavia, pero  eso  no  lo  mencioné. Privato sabía que no debía dejar de sonreír. Lo tenía dominado; dejé  que  se  quisiera  morir  de  vergüenza-.  Por  cierto

 

Privato, no me gusta el aspecto de ese surtidor. Creo que tu dios del vino necesita un buen médico que le exprima la próstata.

Privato no cenó con nosotros.

 

Petronio  llegó  cuando  ya  habíamos  terminado.  En tanto que Maya sacaba un cuenco de comida que le había guardado, él me contó que todo cilicio cuyo nombre fuera conocido por los vigiles se hallaba en aquellos momentos bajo custodia. Eran bastantes. Rubela estaba como pez en el agua procesándolos; Fúsculo, que seguía de servicio, estaba sumamente descontento; pronto tendrían que llamar a los del servicio de comidas para que les dieran gachas a los prisioneros, pero había pocas esperanzas de que el propio Fúsculo comiera algo aquella noche. Al regordete ayudante de Petro ya le rugían las tripas.

-  Entiendo  que  la  logística  no  es  fácil  -sonreí-. Apuesto a que Rubela tiene un tentempié de tres platos con un buen trago de vino tinto escondido en su despacho…

¿Los cilicios vinieron tranquilamente?

Correspondiéndome con una sonrisa irónica, Petro movió la cabeza en señal de afirmación.

- Actualmente son todos granjeros, Marco, muchacho, Los  granjeros  son unos  ciudadanos  modélicos.  Tendrías que saberlo. Ni que fueras pueblerino.

- No es nada raro. Todos los buenos romanos tienen primos del campo… incluido tú.

 

- Sin embargo, ninguno de nosotros puede igualarte en cuanto a la excentricidad de los primos.

Petronio tenía aspecto de estar cansado. Había tenido un día muy largo que había empezado cuando lo llamaron para que se fuera a las salinas. Su piel parecía estirada, el pelo le había quedado alborotado en desordenadas puntas y sus ojos albergaban una mirada ausente. No parecía ser el momento de confesar que había estado hostigando a su anfitrión.  Alargó  la  mano  para  coger  el  vino  y  bebió deprisa, para quedarse adormecido.

- Dime, ¿a quién atrapasteis? -le pregunté-. ¿Quiénes son las estrellas de vuestra lista de vigilancia de cilicios?

- Crátidas, Ligón, Damágoras…

- Creía que el anciano no tenía antecedentes.

- Ahora los tiene. Lo puse en la lista después de que hablaras de él.

- ¡Vaya, es culpa mía! ¿Y qué me dices del negociador, el llamado «Ilírico»?

- Todavía no sabemos quién es. Rubela tiene que convencer a un prisionero para que se lo diga.

- No tiene ninguna posibilidad. Vendrá a ser lo mismo que una confesión.

- Ya lo creo.

Petronio  estaba  tan  agotado  que  tenía  la  mirada perdida en el espacio. Maya alargó la mano y le retiró la copa  de  vino  con  suavidad,  sabiendo  que  en  cualquier

 

momento lo vencería el sueño y la dejaría caer. Estaba casi dormido, o habría evitado que ella le quitara la copa. Maya se bebió lo que quedaba. Él sacudió ligeramente el puño; mi hermana le tomó la mano y se la sostuvo. La cariñosa pareja.   Siempre   y  cuando   uno   de   los   dos   estuviera demasiado exhausto para pelear, sobrevivirían juntos.

Me  quedé  sentado  un  momento,  pensando  en  el Ilírico. No creía esa historia que les contaba a las víctimas del secuestro de que era ajeno a la situación, un intermediario neutral. Siempre se ocupaba del dinero del rescate; debía de tener un cordón umbilical unido directamente a la banda. Tal vez fuera el cabecilla.

A esas alturas ya se habría enterado de que todos los demás habían sido detenidos. Me pregunté cómo iba a reaccionar. No podía hacer nada aparte de tratar de pasar desapercibido  en  la  guarida  que  frecuentara,  fuera  cual fuera. Pero debía de estar planteándose si los vigiles tenían pruebas   serias   o   si   no   era   más   que   una   tentativa esperanzada. Se daría cuenta de que a él no lo habían identificado o a esas alturas ya estaría en una celda. En aquella situación, algunos villanos huirían. A mí me parecía que el Ilírico no perdería los nervios.

- Sigo preguntándome si será un seudónimo de Florio

-dijo Petro de repente. Tenía tantas ganas de capturar a ese bandido suyo que veía a Florio en todas partes.

- No, creo que se trata del taimado de mi hermano

 

Festo, perdido  hace mucho tiempo, que ha regresado  de entre los muertos.

-  ¡Festo!  -Petro  se  incorporó  con  fingido  horror-.

¡Ahora sí que estás diciendo una verdadera imbecilidad!

Volvió a dejarse caer en la silla y dejamos que empezara a dormirse de nuevo.

 

Helena y yo nos fuimos sin hacer ruido. Helena, que le tenía mucho cariño a Petronio, se inclinó sobre él y le dio un beso en la mejilla; él sonrió medio dormido, admitiendo que ya era demasiado tarde para poder moverse.

Maya aguardaba en el vestíbulo con un fardo.

- ¡Te dejaste esto! -me acusó al tiempo que retiraba sus faldas color carmesí con desagrado. Era el equipaje de Diocles. Yo me había deshecho de la ropa sucia con días de antelación con la esperanza de que ya no la volvería a ver. Los esclavos de la casa habían lavado las túnicas al suponer que las prendas pertenecían a su amo; inspeccioné los resultados, pero no había nada con lo que me verían vestido por  la  ciudad. Aquélla  parecía  ser  la  ropa  que  Diocles llevaba puesta cuando iba disfrazado de algún tipo de peón. Había un modelo de un color babosa particularmente horrible. Le dije a Maya que podía dárselo todo a los esclavos.

Apareción papá. Era típico de él entretenernos en mal momento.

- ¿Qué opinión te merece Fulvio? -me preguntó.

 

Bostecé groseramente.

- Pensaba que ya habíamos pasado por eso.

- ¿Qué está haciendo en Ostia? -le preguntó Helena a papá mientras éste le sostenía la capa para que ella llevara en brazos a nuestra durmiente hija Favonia.

-  Regresó  a  casa.  Está  permitido,  incluso  si  eres

Fulvio.

- ¿Y era cierta esa historia de que iba a Pesinunte pero subió al barco equivocado?

- Según lo que cuenta ahora, el barco naufragó por el camino.

-  Y dime,  ¿por  qué  iba  a  irse  a  Pesinunte,  para empezar? Lo busqué en el mapa: ¡está en medio de Frigia!

- El síndrome de Atis -replicó papá, intentando ser misterioso.

Helena no se inmutó.

- ¿Quieres decir que Fulvio era un seguidor del culto de Cibeles?

- Bueno, Fulvio tenía una personalidad un tanto confusa… -Delante de Helena, mi padre se mostraba entonces  curiosamente  tímido.  Ella  no  dejó  de  mirarlo hasta  que  le  contó  lo  que  siempre  se  había  rumoreado sobre mi tío-. Helena, puede que esto te escandalice, nosotros  nos  acostumbramos   a  ello  pero,  durante  un tiempo,  el  pobre  de  Fulvio  consideraba  que  quería  ser mujer.

 

- Tratándose de uno de mis tíos -comenté con delicadeza-, tenía que llevar la locura hasta el último extremo.

Papá completó la historia:

-  Se  fue  de  casa  para  ir  a ver  a los  expertos  del santuario de Cibeles para hablar de la extracción de cierta parte del cuerpo…

- ¿Castración? -quiso saber Helena fríamente. Mi padre parpadeó.

- Creo que en lugar de eso se enroló en la marina.

- ¡Eso no es precisamente una solución a su problema!

- No conoces a los marineros, cariño.

- ¿No? ¿Qué ha pasado con la leyenda de que los marinos tienen una mujer en cada puerto?

- Echan de menos a sus esposas cuando están en el

 

mar.

 

 

Helena   sacudió   la   cabeza   mirando   a   papá   con

 

reprobación.

- ¿Y ahora Fulvio ya es feliz?

-  ¿Feliz? -Papá y yo  nos  miramos  el  uno  al  otro-. Fulvio nunca será feliz -le dije a Helena-. Si hubiera conseguido llegar a Pesinunte y le hubieran amputado el instrumento, para él no hubiera supuesto más que otro problema.

-  Hubiera  pasado  el  resto  de  su  vida  lamentando haberse cortado el bastón -coincidió conmigo papá.

 

Con calma, Helena envolvió a la niña que llevaba en brazos con el extremo de su capa y dejó que decayese la conversación.

Helena y yo salimos de vuelta a nuestro apartamento. El muro exterior de la casa de Privato todavía tenía las cuerdas y el material de limpieza que había dejado junto a él cuando estaba de guardia. Eso no hubiera ocurrido en Roma. Recuperé mi cubo.

No  había  ninguna  luz en la habitación  del  piso  de arriba de la antigua puerta de la ciudad. Me había olvidado de preguntarle a Petronio si a la mujer que vigilaba a las víctimas de los secuestros durante su terrible experiencia, Pulia, la habían detenido junto a su amante Ligón. Y si era así, ¿qué había ocurrido con Zeno, el niño de siete años que conocimos aquel día?

Habíamos  llegado  justo  en  el  momento  de averiguarlo: Fúsculo y un par de sus hombres bajaron ruidosamente al nivel de la calle. Habían detenido a Pulia antes y acababan de registrar la torre de entrada.

- Encontramos todo un cargamento de drogas -dijo Fúsculo al tiempo que señalaba una cesta llena de ampollas de vidrio que sacaban en aquellos momentos-. Adormidera, me parece.

-  ¿Así  que  mañana  podemos  esperarnos  ver  a  los vigiles  tambaleándose  por  las  calles  felizmente comatosos?

 

Fúsculo sonrió a su alegre manera.

- ¿Quieres ofrecerte voluntario para probar los extractos?

- No, no quiere -dijo Helena-. Pero si ninguna de las víctimas de secuestro va a testificar, no olvides que Marco y Lucio Petronio en una ocasión vieron a la propia Pulia inconsciente después de probar el somnífero.

- Parece que esa mujer es la única a la que podemos mantener encerrada con pruebas -nos dijo Fúsculo-. Rubela cree que tal vez tenga que soltar a los hombres…

Helena se enojó.

- Una banda entera de hombres está aterrorizando a víctimas, violando a adolescentes, extorsionando y asesinando… ¡y vosotros sólo vais a retener a su ayudante femenina!

Cuando se fue como un vendaval, gruñendo, uno de los vigiles  soltó  un  grito  desde  el  interior  de  la  torre  de entrada. Una pequeña figura salió rápidamente, se agachó al pasar junto a Fúsculo y se marchó calle arriba como una exhalación. Era Zeno. Nadie hizo muchos intentos por atraparlo y él puso pies en polvorosa y se perdió de vista.

 

XLII

 

 

Dejar que los generales dirijan un campo de batalla supone varios problemas: fundamentalmente, prestan demasiada atención a sus presupuestos.

Marco Rubela, el tribuno de la Cuarta Cohorte de los vigiles, estaba preparado para resolver los secuestros de Ostia antes que las tropas rivales. No obstante, ya lo habían obligado  a autorizar  una cena ligera y retirar  las excreciones nocturnas de treinta prisioneros inesperados. Cuando se dio cuenta de que, como consecuencia de ello, tenía que elegir entre darles el desayuno u ofrecer a sus hombres  el  acostumbrado  copeo  de  las  Saturnales  el próximo mes de diciembre, el resultado estaba cantado. La idea de que por la noche los piratas estarían cenando a expensas  de  un  candelabro  nuevo  para  su  despacho  en Roma resolvió la cuestión de forma contundente. Su mayor ilusión era mejorar la iluminación y había encontrado un modelo vertical de cuatro brazos de imitación de bronce y con la parte superior jónica que creía que iría de maravilla. De modo que Rubela examinó rigurosamente las escasas notas que tenía de los interrogatorios; vio que no había ni la más jodida posibilidad de poder probar nada y soltó a los cilicios.

Dicho esto, Rubela no era estúpido. Y, posiblemente,

 

tampoco era corrupto.

Su cerebro, según Petronio Longo, partía de una base diferente a la de los seres humanos normales, pero sin duda era cerebro  lo  que  había bajo  aquel  cráneo  poco prominente de pelo corto. La verdad es que con frecuencia Petro  intentaba  convencer  a  Escítax,  el  médico  de  los vigiles, de que el cerebro de Marco Rubela necesitaba mantenimiento, en forma de perforarle el cráneo para examinarlo.

La trepanación hubiera sido una buena idea a efectos de  lo  normalmente  prescrito:  aliviar  las  tensiones.  A Rubela le gustaba pensar. Eso era bien sabido. Pasaba largas horas en su despacho del Aventino aparentemente sin hacer nada en absoluto, pero en las raras ocasiones en las que confiaba en la gente, afirmaba que su método como comandante de una cohorte era hacer la reflexión que otras personas optaban por omitir. Según él (y Petronio había obtenido  el  beneficio  de  esta  teoría  con  cierto detenimiento en una de las alcohólicas fiestas de la cohorte en  las  Saturnales)  este  método  de  liderazgo  permitía  a Rubela prever problemas, anticipar tendencias delictivas y planear astutas emboscadas que otros comandantes de cohorte, con sus métodos menos intelectuales, nunca lograrían.

Así pues, la soleada mañana siguiente, mientras que muchos  de  los  vigiles  se  desesperaban  con  la  estúpida

 

acción de su jefe, fuimos informados de que cuando dejó marchar a los cilicios, Marco Rubela tenía un ingenioso plan. Dicho plan había sido formulado como resultado de una  investigación  que  había  llevado  a  cabo  durante  los pocos días que se sucedieron entre la visita que le hice en Roma y el traslado de sus hombres a Ostia.

 

Para estar en la cima de su profesión en cuanto a ser más listo que los piratas, o que los descendientes de los piratas, o que los ex piratas, el hombre pensante había acudido a una biblioteca y había tomado algunos rollos en préstamo. El tribuno de la cohorte era entonces un experto en costumbres cilicias y en la manera de pensar de los cilicios.

- ¡A la mierda sus costumbres! -exclamó entre dientes Lucio Petronio, que no era partidario de la investigación literaria cuando se trataba de hombres que estrangulaban a sus socios en marismas solitarias-. Quiero ver a esos cabrones colgados en cruces donde no puedan hacer más daño.

- Yo también -dijo Rubela (que además de un cerebro en funcionamiento bajo el pelo cortado al rape tenía dos grandes orejas, una a cada lado de la cabeza como era habitual, y ambas oían con la misma agudeza que la de un murciélago)-.   Deja  de   protestar   con  Falco   como   un colegial en la última fila. En cualquier caso, ¿qué está haciendo   el   maldito   Falco   aquí   en   mi   sesión   de

 

instrucciones matutina?

Todo  el mundo  me miró. Los vigiles  estaban sumamente deprimidos, por lo que el hecho de meterse conmigo les supuso un ligero alivio. Por regla general se mostraban  amistosos,  pero  en  aquel  preciso  momento todos y cada uno de ellos hubieran tenido mucho gusto en verme ligeramente asado en un panecillo con un sabroso aliño de escabeche de pescado.

Expliqué, con mis suaves modales de informante, que había pasado por el cuartel para informarme sobre los progresos -si es que había alguno- que se habían hecho en la  resolución   de   los   secuestros   o   del   asesinato   de Teopompo. Rubela me dijo que me fuera al diablo. Era lo que  me  esperaba  de  él:  tenía  un  repertorio  limitado. Empecé  a  alejarme  lentamente,  pero  cuando  empezó  a hablar de nuevo me detuve. Los informantes también tienen sus tradiciones. Merodear por las reuniones en las que no nos quieren es una de ellas.

- Tal vez creáis que me he vuelto loco… - diligentemente, los hombres  de Rubela pusieron cara de estar pensando: ¡Oh, no señor! Yo pensaba en cuánto me alegraba de no ser uno de sus hombres-. Confiad en mí. He hecho bien los deberes, Lo que tenéis que entender sobre los cilicios es que respetan mucho a sus ancianos. Tienen líderes clave a los que llaman Tymnnicoi; es un concepto griego,  equivale  a  un  rey  local;  nosotros  los  romanos

 

vemos a los tiranos bajo una luz bastante distinta, por supuesto… -Para entonces ya todos considerábamos que Rubela, finalmente, se había vuelto loco-. Pues bien, tanto si están a bordo de un barco, donde eligen al capitán, o en tierra, donde sus líderes son más territoriales, los ancianos tiranos son las personas a las que más honran. Resulta que tenemos retenido a uno que es más viejo de lo que vosotros llegaréis a ser. Así pues, aunque parezca que he cometido un  error  al  dejar  al  resto  en  libertad,  tened  fe.  No  he soltado al tipo que importa. Todavía tenemos detenido a Damágoras.

Alguien soltó una aclamación. Rubela sabía reconocer una burla: lanzó una mirada fulminante. Me la lanzó a mí, por principios, aunque no era yo el culpable.

Petronio fue franco:

- Damágoras afirma estar retirado.

- ¡Y todos los demás afirman ser inocentes! -replicó

Rubela-. Tampoco les creo, Lucio Petronio.

Petro dio un resoplido, pero tuvo que reconocer que tenía razón.

- Me gusta el ingenio de todo esto -se congratuló Rubela-. La gente que toma rehenes se ve ahora también frente a un rehén. Damágoras está retenido en contra de su buen comportamiento. La más mínima equivocación y su estimado  jefe  se  la  carga.  -Rubela  nos  honró  con  una sonrisa  benévola-. Y para cerciorarme  de  que  podemos

 

volverlos a encontrar, les he ordenado que no abandonen la ciudad.

Bueno, eso era tranquilizador.

 

Claro que si los cilicios abandonaban la ciudad, los métodos  de  Rubela  quedarían  en  cierto  sentido justificados. Se terminarían los secuestros. Después, el tribuno podría afirmar que había eliminado una red de extorsionadores   utilizando   el  mínimo   personal  y  con pequeño impacto en el presupuesto. En cualquier caso, no costaría nada mantener a Damágoras: ahora que tenía gente fuera, le mandaban provisiones diariamente. El jefe pirata llevaría una vida de lujo, siendo su única queja el hecho de tener que permanecer en su celda. Aun así, ya era una celda estupendamente amueblada.

 

Por  desgracia  para  Rubela,  la  prueba  de  que  la extorsión continuaría llegó casi inmediatamente. Mientras nos hallábamos todavía en la reunión, Helena Justina vino a encontrarme a toda prisa con una noticia inquietante. Holconio y Mutato, los dos cronistas que me habían encargado  el  trabajo,  acababan  de  llegar  a  Ostia  desde Roma  para  que  les  aconsejara.  La Gaceta   Diaria había recibido  una  carta  que  decía  que  unos  secuestradores habían  capturado  a  Diocles  y  se  lo  habían  llevado  a Cerdeña. Ahora sus captores lo habían traído de vuelta a Ostia y se exigía un cuantioso  rescate. Ordenaron a los

 

cronistas que no dijeran nada a nadie sobre la demanda de rescate y que no involucraran a los vigiles.

- Y sin embargo, parece que es lo que habéis hecho - dijo Rubela con desdén.

- Parecía decisivo que lo supierais -dijo Helena, que a duras   penas   logró   no   perder   los   estribos-.   Es   una oportunidad para permanecer al acecho y atrapar a los cabecillas mientras se paga el rescate.

¡Una emboscada! Marco Rubela, el comandante que pensaba, era entonces un tribuno feliz.

 

XLIII

 

 

Puede que Rubela estuviera contento. Yo estaba molesto.

- Helena Justina, ¿te importaría explicarme por qué hiciste eso exactamente?

Helena  enderezó  los  hombros.  íbamos  caminando hacia casa. Cuando nos peleábamos por la calle siempre existía el peligro de que uno de nosotros se fuera para siempre. (O al menos hasta que pensáramos  que el otro creía que para siempre podría ser tiempo suficiente para posibilitar una escena de reconciliación.) Los dos éramos testarudos. El hecho de tener dos hijas, una huérfana adoptada y una perra en casa complicaba un poco las cosas. Antes   de   marcharse   dando   grandes   zancadas   y   con demasiada altivez, alguien tenía que mirar por encima del hombro y cerciorarse de que el otro iba a cuidar de la familia.

Aquel  día yo  estaba siendo  demasiado  maduro  para eso. Quería quedarme y hacer sentir mi presencia.

- Ya sabes por qué lo hice, Falco. -Si era Falco, significaba que estaba resuelta a no dejarse impresionar por la grandilocuencia del cabeza de familia. A Marco se le aflojaba más la rienda.

- Discúlpame; hoy he dejado en casa a mi sacerdote

 

particular. ¡Léeme los augurios!

- Deja de gritar.

- Créeme, señora, cuando grite, lo sabrás.

La gente se había dado la vuelta para mirarnos. Por supuesto no estaba alzando la voz más de lo que la ocasión exigía. Helena siguió andando. Un idiota entrometido paró para preguntarle a la respetable matrona envuenta en una estola si ese hombre desagradable la estaba molestando. Helena dijo que sí.

 

- No te preocupes, es mi marido.

- ¡Oh, lo siento! ¿Has considerado el divorcio?

- Con frecuencia -respondió Helena.

Continuamos andando. Yo iba mordiéndome el pulgar. Demasiado  pronto,  llegamos  a  la  entrada  del  patio  de nuestro apartamento. Nos detuvimos.

- Explícamelo ahora. Nosotros no discutimos delante de las niñas.

- Te equivocas, Falco. De todos modos -dijo Helena con voz tensa-, creo que es mejor que sea yo quien decida lo que pase con las niñas, soy yo la que tiene que contar con estar aquí cuidando de ellas… Te diré por qué acudí a los vigiles. En realidad hay dos razones. Una es que creo sinceramente que Mutato y Holconio se equivocan al no involucrar   a  las  autoridades.  Y  además,  ¿qué  hubiera ocurrido si te hubiera dejado ir a verlos en privado, Marco? Lo sabes tan bien como yo: te hubieras hecho cargo del

 

asunto, y lo hubieras hecho solo. Aulo ha zarpado, Quinto le está cantando suavemente a su bebé, tú no hubieses querido explicarle a Petronio lo que te traías entre manos, por  lo  que  habrías  sido    quien  se  ocupara  de  las exigencias del rescate. ¿Tengo razón?

No dije nada. Intenté pensar en líneas de acción alternativas que pudiera fingir que habrían sido mi elección. No se me ocurrió ninguna.

- Y una vez más, Falco, yo hubiera tenido que vivir con el terror de que estuvieras en peligro, solo, haciendo oídos sordos al sentido común…

- Siempre hago caso del sentido común.

- Ahora mismo no lo haces.

- No, me estoy adaptando. Hoy acabo de llevarme un buen susto. Creía que tú y yo éramos socios. Que nos consultábamos sobre asuntos importantes…

- No estabas. Por una vez hice lo que yo quería. Y

elegí salvarte.

- La verdad es que no pensaba que tuviera que decir esto, Helena: ¡no interfieras en mi trabajo! -Eso la hirió A mí mismo me pareció detestable. Ahora sí que estábamos peleando.  Intenté  suavizarlo-.    razonable.  Todos  estos años desde que me conoces, he estado yéndome solo para trabajar en casos…

- Siete -dijo ella en tono sombrío.

- ¿Cómo?

 

- Siete años. Es el tiempo que hace que te conozco. Podrías estar muerto en siete minutos si tomas la decisión equivocada, en el lugar equivocado, sin nadie que te respalde…

- No hagas que me sienta demasiado viejo para arreglármelas.

- No eres demasiado viejo. Pero ya no eres un informante solitario que entrega el alma a una misión. Eres un hombre de familia con una vida activa y necesitas readaptarte.

Nos fulminamos el uno al otro con la mirada. No era fácil salir de aquella situación.

- ¿Son éstos tus argumentos para el divorcio, Helena?

-  No.  Los  argumentos  todavía  los  estoy  pensando. Serán mucho más originales; quiero que salga a toda plana en la Gaceta.

-  Ni  lo  intentes. Yo  soy el  hombre  de  la casa. El divorcio  es  cosa  mía;  soy  yo  el  que  se  ocupa  de  las sutilezas legales.

- Haz lo que quieras con las sutilezas -se mofó Helena con brusquedad-. No olvides que soy yo la que se ocupa de las cuentas.

- Sí, puede que lo hagas, ¡pero no esperes llegar a un acuerdo caro!

Seguíamos lanzándonos miradas feroces. Me convencí de que había habido algún cambio en la mirada.

 

- Bueno. ¿Ahora vas a comprar mi perdón diciéndome dónde se alojan? -Al ver que no reaccionaba, la codeé ligeramente-. Holconio y Mutato.

- ¿Y cómo sabes tú que sé dónde se alojan?

- Helena Justina, eres la mejor socia que podría tener. Eres eficiente, tienes visión de futuro y, aunque lo niegues, eres autoritaria. No se lo mencionaste a Rubela, pero yo sé, Helena, que les habrás pedido que te den su dirección.

Sabía la dirección, y me la dijo. Entonces negó que fuera autoritaria.

Le di las gracias en tono grave.

-  Estáte  tranquila,  cariño.  Esto  no  es  más  que  la primera fase; sólo estoy examinando la situación. Será absolutamente seguro. Me iré ahora. ¿No me das un beso? - Helena dijo que no con la cabeza, de modo que la besé yo, con mucha firmeza. Nos miramos el uno al otro y entonces me marché.

 

Me acerqué de nuevo a Helena. Ella seguía de pie allí donde la había dejado, bajo la sombra del arco del patio. Parecía afectada. Lo comprendía: yo me sentía igual.

- Ven conmigo.

- No me necesitas para esto.

- No. Pero ven de todos modos.

- Es muy generoso por tu parte el permitirlo.

- Está bien -dije. Le coloqué la mano bajo mi brazo y la retuve allí-. Me estoy haciendo viejo y fácil de burlar;

 

aun así, todavía tendría que ser capaz de poder hablar con un par de cronistas de la Gaceta. Pero de esta manera, si me encuentro en peligro, puedo utilizarte como escudo.

 

XLIV

 

 

Holconio y Mutato estaban sentados en su habitación de alquiler; parecían apesadumbrados. Entre los dos, esparcido sobre una capa cuidadosamente dispuesta, había un paquete de comida para llevar todavía sin abrir, comida que parecía que habían traído de Roma. Lo habían dividido con cuidado en dos porciones, pero al parecer estaban demasiado desanimados para empezar.

Les presenté a Helena, como si me hubiera olvidado de que los había conocido aquella misma mañana. Ambos los  evaluamos  a  conciencia:  dos  libertos  enjutos,  de mediana edad, con un latín excelente  tanto  en el acento como  en  la  gramática  y  que  debían  de  ser  igualmente hábiles con el griego. Dos hombres cultos y sofisticados que parecían sentirse incómodos fuera de su medio.

- Marco había oído que estabais los dos de permiso - dijo Helena al tiempo que se acomodaba. Mientras ella extendía las faldas y volvía a ponerse bien los brazaletes, Mutato movió la cabeza en señal de negación. Fue un gesto rápido y nervioso.

- Con las responsabilidades que tenemos, siempre estamos disponibles en caso de emergencia.

Me pregunté si Diocles se había estado convirtiendo en un inadaptado calvo y con visos de desconcierto similar

 

a ése. No sé por qué me parecía que no. El hombre desaparecido había cubierto historias mundanas con regularidad;   viajaba,   podía  ofrecerse   para  trabajar   en distintos oficios. Diocles irresponsable y bebía. Poseía una espada. Aquel hombre podría haber sido un informante… si hubiera sido capaz de elegir una arma decente.

Holconio y Mutato no parecían ser hombres que hubieran traído espadas. Dudaba de que alguno de los dos tuviera una. Tampoco me resultaba fácil imaginarme a ninguno de los dos con lazos familiares. Ambos tenían ese aire intolerante y obsesionado de expertos. Solteros, u hombres con esposas cortas de luces de las que se esperaba que admiraran la cultura e inteligencia de sus mandos desde un segundo plano. Holconio, el mayor, llevaba una túnica blanca  con  tonos  color  crema;  Mutato  iba  también  de blanco con un matiz grisáceo. Por lo demás, combinaban igual de bien que un par de extremos de una mesa.

-  ¿Quieres  ver  la  nota  donde  se  exige  el  rescate, Falco? -me preguntó Holconio.

- Todo a su debido tiempo. Es cierto que una banda de secuestradores ha estado operando en Ostia, y que podría ser  que  Diocles  hubiera  tropezado  con  ellos.  Pero  lo primero  que  he  de  tomar  en  consideración,  cuando  se entrega  una  petición  de  rescate  como  ésta,  es  si  es auténtica o no.

-  ¿Auténtica?  -Parecieron  asustados.  Holconio  se

 

burló-. ¿Por qué tendrías que dudarlo?

- Hace demasiado tiempo que desapareció vuestro hombre.

Incluso Helena me estaba observando con curiosidad. Aquélla era nuestra primera oportunidad de evaluar lo que estaba pasando.

Había estado pensando en ello mientras Helena y yo nos dirigíamos hacia allí.

- Esto no sigue la pauta, Holconio. En los casos de secuestro que conocemos, existen unas normas estrictas: se llevan a mujeres, no a hombres; normalmente realizan sus demandas de dinero el mismo día; cierran el trato rápidamente; eligen a extranjeros que abandonarán la ciudad si se los amenaza. Fundamentalmente, evitan llamar la atención de las autoridades.

Holconio asintió con la cabeza. Su papel en la Gaceta era tomar notas en el Senado. Debió de suponer un cambio agradable escuchar un argumento que valiera la pena, con los distintos puntos enumerados con convicción.

- ¿Qué otra alternativa tenemos? -preguntó Mutato-. Ninguna. La carrera está amañada. Alguien tiene a Diocles, el resultado es más que seguro. -Mutato cubría los juegos. Como  comentarista  deportivo  que  era,  realizaba evaluaciones   rápidas,   y  luego   quizá   pensara   en  ello mientras  la demás  gente  bramaba  que  era un verdadero idiota.

 

- Los secuestradores trabajan explotando la inexperiencia de sus víctimas -le dije-. Quieren que sintáis tanto miedo por Diocles que sigáis todas las instrucciones al pie de la letra. Vosotros dos no os habéis visto nunca en esta situación y os  ha dejado  consternados.  Pero  yo  lo estoy considerando detenidamente. Para empezar, afirman que han tenido a Diocles desde que desapareció y que lo habían transportado a Cerdeña. ¿Es esto creíble?

- Suena a encubrimiento. -Helena reafirmó mi argumento-.  Unos  oportunistas  se  han  aprovechado  del hecho de que la gente está buscando a Diocles y esperan sacar tajada.

Estuve de acuerdo.

- Alguien se ha enterado de que Cerdeña está infestada de bandidos y decidieron que no parecería raro. Cuando la gente  desaparece,  sobre  todo  cuando  existe  una preocupación prominente por su destino, ocurren tonterías semejantes.

- Las tragedias atraen a tipos raros, maníacos y estafadores -les contó Helena a los cronistas-. Las familias que pierden a sus seres queridos en circunstancias inexplicables  pueden ser  explotadas  de  una manera horrible.

- Es por ello que os tengo que aconsejar sobre la conveniencia o no de tomarse esta petición en serio -dije-. Francamente, yo tengo mis dudas.

 

- ¿Acaso nos estás diciendo que no paguemos el rescate? -preguntó Mutato.

- Sí, es lo que digo.

- ¡Pero si hemos traído el dinero con nosotros! -Este tipo de razonamiento ilógico sería un placer para una banda de  secuestradores  o  para  cualquier  otra  clase  de explotador.

Me di cuenta de que el dinero debía de estar guardado en el gran arcón que había bajo la capa sobre la cual los dos cronistas habían dispuesto su almuerzo. Quizá pensaron que los ladrones no mirarían bajo su mantel. Lo más probable era que ese par de bobos no hubieran pensado para nada en la seguridad.

Les dije que llevaran su dinero a la cámara de alguno de los templos del foro para ponerlo a buen recaudo.

- Para estar seguros, decidles que estáis depositando fondos  imperiales  -hice  una pausa-. ¿El  emperador  sabe algo de todo esto?

Adoptaron un aire evasivo. Finalmente, Holconio admitió con un altivo gesto de la mano:

- En vista de las circunstancias y de la necesidad de mantenerlo en secreto, el cajero de la oficina del jefe de los servicios secretos nos ha concedido fondos.

Respiré profundamente.

-  Me  imagino  que  Anácrites  sigue  en  su  villa  de veraneo,  ¿no?  -Ambos  parecieron  sorprendidos  por  la

 

familiaridad con la que hablaba de él-. Se pondrá furioso cuando sepa que habéis desviado su dinero para gastos menores.

- Es más que dinero para gastos menores… -Holconio se ruborizó-. Les dijimos que tú lo habías autorizado.

- Entonces les mentisteis -repliqué con calma, conteniéndome para no perder los estribos. Helena se había tapado  los  ojos  con  la  mano,  desesperada.  Anácrites siempre  había  supuesto   una  amenaza  para    que  la asustaba. Aquello era buscarse aún más problemas-. Le debéis una confesión al jefe de los servicios secretos, y a mí una disculpa. Vuestra acción dañará gravemente mi relación con Anácrites… -Nada podía dañarla. No teníamos relación. Él y yo íbamos permanentemente el uno a por el otro. Aquellos dos tontainas no habían hecho más que darle la mejor baza.

- Ahora enséñame  la nota pidiendo  el  rescate,  por favor.

-  La  dejamos  en  Roma.  -Molesto  por  mi  actitud, Mulato intentó engañarme.

- Holconio me la ofreció. Seamos sensatos, ¿de acuerdo?

Sacaron el documento. Lo leí y se lo devolví. Parecieron sorprendidos de que lo hiciera. Esa era la diferencia entre los cronistas y los informantes. Los cronistas  querían  guardarlo  todo  para  sus  archivos.  Yo

 

estaba acostumbrado a aprenderme las partes cruciales de la correspondencia y luego deshacerme de las pruebas. (O volverlas   a  dejar   exactamente   tal   y  como   las   había encontrado  en  la  caja  de  marfil  donde  el  propietario guardaba sus rollos para que él o ella nunca supiera que las había leído…)

Aquélla era una tablilla encerada, escrita en latín, legible pero que no había sido escrita por un secretario. Decía lo de siempre: lo tenemos, vosotros lo queréis de vuelta;  dadnos  el  dinero  o  Diocles  muere.  Las instrucciones  estaban  en  la  carta.  No  se  mencionaba  a ningún Ilírico. Los cronistas tenían que dejar el dinero en un punto de entrega. Estaba en Portus Augusti, un establecimiento llamado La Flor del Ciruelo. Pude informarles  de  que  el  lugar  se  hallaba  cerca de  un bar llamado El Delfín y que creía probable que fuera un burdel.

Helena pareció quedar impresionada por mi conocimiento del lugar. Los cronistas simplemente se miraron escandalizados.

- Esto es un timo -les aseguré-. Si les dais el dinero lo perderéis y nunca veréis a Diocles.

- ¿Lo matarán aunque les paguemos?

- No lo matarán… porque no lo tienen. -Ya habíamos tratado este tema, pero Holconio y Mutato sencillamente no me habían escuchado-. Mirad, ojalá pudiera decir que mi investigación  conducirá  a que  lo  encontremos  bebiendo

 

con  rostro  sensiblero  en alguna  taberna  de  la zona  del puerto.

 

Todo lo que he averiguado hasta el momento me lleva a temer por su suerte… aunque en mi opinión, no lo han secuestrado.

- ¿Crees que ya está muerto? -Holconio fue directo.

- Parece una posibilidad, Quizás haya puesto fin a su propia vida, un suicidio por motivos personales tras sufrir una depresión. Pero hay otras alternativas, algunas de las cuales tienen relación con personas e historias que tal vez quisiera escribir en la Gaceta. Ya lo he preguntado antes, pero os lo preguntaré de nuevo: ¿Diocles os habló de algún chisme en concreto sobre el que tuviera intención de informar?

Los cronistas dijeron que no con un movimiento de la cabeza.

Les  aconsejé  que  no  pagaran  el  rescate.  Ellos  me dieron las gracias por haber venido a darles aquel sensato consejo. No tenían ni la más mínima intención de seguirlo.

Olvidaron que yo ya había tenido muchos clientes anteriormente. Conocía los indicios.

 

XLV

 

 

Cuando Helena y yo salíamos nos encontramos con Rubela y Petronio, que entraban. Nos paramos todos en el umbral de la casa de huéspedes e intercambiamos impresiones.

- Es una estafa -les anuncié a los dos vigiles-. Nada de esto encaja con la metodología de la banda de los cilicios. Aconsejé a Holconio y Mutato que no hicieran entrega del dinero. Lo prometieron, pero por supuesto  no me harán caso. Voy a quedarme esperando en el punto de entrega.

- ¡Te veremos allí! -exclamó Rubela tan pancho, de un humor jovial.

- ¿Sabes dónde es?

-  Falco,  si    puedes  sonsacárselo   a  un  par  de cronistas,  nosotros  también  podemos  hacerlo  sin problema. -Rubela hizo una pausa y adoptó una expresión menos  jocosa-.  ¿Y qué  hay  del  hombre  desaparecido?

¿Podría ser que lo hubieran secuestrado?

- Es posible.

- ¿Quién iba a hacer un prisionero y retenerlo durante dos o tres meses sin establecer contacto? -preguntó Petro-. La historia no tiene sentido. ¿Tú qué opinas? -me preguntó entonces.

- Uno: Diocles pudo haberse suicidado a causa de la

 

fuerte depresión que sufría desde la muerte de su tía, su único pariente. Dos: molestó a Damágoras, un probable sospechoso. O tres: algo malo ocurrió porque Diocles les guardaba rencor a algunos miembros del gremio de constructores… más cabrones sospechosos.

Petro y Rubela lanzaron un grito de alegría con la tercera opción, encantados de tener implicados a sus bomberos rivales.

- ¿Tú por cuál de ellas te inclinas? -preguntó Rubela.

- Sinceramente, no lo sé.

- ¡El típico informante!

Helena parecía estar a la defensiva, entonces le preguntó a Rubela:

- ¿Cómo sabías que los cronistas vivían aquí?

- ¡Uno tiene oídos por todas partes, joven dama! Petronio se mostró más abierto:

- Llegaron a Ostia en un gran carruaje que sin duda llevaba  un  cofre  con  oro  y  en  la  puerta  Romana  se detuvieron para preguntar el camino de una buena casa de huéspedes.

Dejé escapar un quejido.

- ¿De manera que toda Ostia está al corriente de que hay algo que robarles? La caja con el dinero está en su habitación; servíos vosotros mismos antes de que lo haga otro…  Les  aconsejé  que  escondieran  el  dinero  en  el templo de la Tríada Capitolina.

 

- Nosotros recomendaremos el templo de Roma y Augusto -se burló Rubela-. Eso terminará de confundir a los chupatintas.

Los dos oficiales de los vigiles se dirigían al piso de arriba, sin duda para repetir la conversación que Helena y yo acabábamos de mantener allí. Nos separamos de buen humor. Estábamos todos entusiasmados porque al fin podríamos hacer algún progreso. Tanto si capturábamos a la verdadera banda de secuestradores o a algunos otros oportunistas,  al  menos  ahora  había  una  oportunidad  de entrar en acción.

- ¡Ah! A propósito -me gritó Rubela-, Esa tonta, la hija de Posidonio, vino a suplicar por el cuerpo para enterrarlo. Dejé que se lo llevara. -Me asombró que hubiera sido tan gentil con Ródope, pero sabía por qué: eso ahorraba a los vigiles tener que disponer ellos mismos de Teopompo-. Le dije que tenía que celebrar un funeral romano decente en una tranquila necrópolis local, no un maldito festín pirata en la playa, y tiene que hacerme saber de antemano cuándo y dónde se llevará a cabo la ceremonia.

Le dirigí un breve saludo.

- ¡Pues ya os veré allí también!

Rubela había vuelto a detenerse. Dos escalones por encima de él, Petronio nos miraba; ya sabía lo que venía a continuación.

- Otra cosa, Falco… -se le escapó un hecho curioso-,

 

Teopompo no era uno de los cilicios. Era ilírico.

Arqueé las cejas.

- No es el mismo que actúa como intermediario; su descripción  es  totalmente  distinta…  Entonces,  Rubela,

¿qué significa esto?

- No tengo ni la menor idea -admitió el tribuno-. Pero si los ilíricos y los cilicios han estado trabajando en sociedad, tal vez de algún modo podamos provocar un distanciamiento entre ellos.

-  ¡Jugar  a  la  política!  -exclamó  Helena  con admiración.  Rubela  puso  cara  de  desconfianza,  pero  no pudo saber si ella se estaba burlando.

 

Cuando   llegamos   a  nuestro   apartamento,   Julia  y Favonia estaban enzarzadas en una pelea a gritos. Albia les soltó  un  último  chillido  exasperado  que  no  consiguió causar ningún efecto y a continuación salió corriendo a sentarse sola en el patio. Helena y yo tomamos asiento uno a cada lado de ella y le tomamos cada uno una mano a modo de  consuelo  mientras  escuchábamos  las  agudas explosiones que provenían de arriba.

- Sólo para que lo sepas -le dije a Helena por encima de la cabeza de Albia-, cuando nos divorciemos, proporcionaré lo necesario como es debido y sin protestar, y voy a renunciar a todos mis derechos paternales para con las niñas.

-   Pero      deben   vivir    contigo,   Falco.   Soy   una

 

tradicionalista -mintió Helena.

- No, insisto terminantemente en esto. Los niños pequeños deberían estar con sus afectuosas madres. Soy un hombre generoso. Voy a obligarme a hacer este sacrificio.

Helena me devolvió la mirada.

- Podríamos escaparnos los dos -sugirió, en un tono bastante nostálgico-. Tienen dos abuelas que van a pelearse por los derechos de adopción.

- ¡Hecho! -grité-, Huyamos juntos; suena divertido.

Los demás inquilinos estaban empezando a sacar la cabeza para ver qué era aquel jaleo. Algún bromista nos preguntó si queríamos que avisara al ejército para que sofocara la rebelión tribal. Dejando a Albia sentada en paz, Helena y yo subimos diligentemente para separar a tirones a nuestros  retoños.  Mientras  tuviéramos  sólo  dos, podríamos forcejear con una cada uno. Normalmente los morados se iban al cabo de unos cinco días.

 

Si  los  dos  cronistas  seguían las  instrucciones recibidas, tenían que llevar el dinero al punto de entrega a la mañana siguiente. Me levanté cuando aún era de noche y me  preparé  para la acción.  Volví  a clavar  las  tachuelas sueltas  de mis mejores  botas. N u x estaba tumbada a mis pies. Albia había venido de la otra habitación y observaba el ritual.

- No tengo ningún zapatero remendón en Ostia.

 

- Tampoco acudirías a un zapatero remendón en Roma, Marco Didio -ambos hablábamos con voz queda.

- Cierto. -Bajo la luz de una lámpara de aceite revisé las correas de las botas metódicamente-. Los remendones son  inútiles.  -Limpié  el  aceite  de  mi  espada,  habiendo sacado primero el arma de mi escondite, para asombro de Albia. Volviéndola hacia la luz, examiné la hoja y la afilé con mi gamuza de zapa. Luego limé mi daga con piedra pómez, sólo para mantenerme ocupado-. Dime, solemne chiquilla del agreste norte, ¿por qué estás tan concentrada en lo que hago?

- Aulo Camilo dijo que si iba a haber acción debía observar cómo te preparabas.

- ¿Aulo, eh? -le guiñé un ojo. La gente solía dar por sentado que Albia era una criatura pálida, pero sabía encajar una broma-. ¿Observar qué, exactamente?

- Dijo que siempre quedaba impresionado al verte cambiar de payaso a soldado.

- Aulo tiene buen concepto de mí, ¿eh? -Aquello llegó por sorpresa.

- Dijo: «Cuando los ojos dejan de sonreír, puedes sentirte  seguro»,  Claro  qué  -se  apresuró  a  asegurarme Albia, que sí que sonreía- yo ahora me siento segura todo el tiempo. Él se refería a que era así como se sentía si estaba en acción contigo.

Me puse en pie. La perra retrocedió de un salto y aulló

 

suavemente. Sabía que algo se preparaba y que no me la llevaría  conmigo  cuando  me  marchara.  Me  aseguré  de llevar puesta una túnica que me permitiera el libre movimiento de los brazos, me apreté el cinturón un agujero más y me abroché la espada.

- No sabía que tenías una espada -observó Albia en tono grave-. En Roma nunca llevas espada.

- En Roma va contra la ley.

- Entonces, ¿es más seguro aquí, donde puedes llevar

 

una?

 

 

- No. Es más peligroso, porque aquí puede que haya

 

idiotas  que lleven armas  y no  sepan utilizarlas  como  es debido.

- ¿Pero tú sí?

- Sí.

- ¿Alguna vez…?

-  Albia,  no  preguntes.  -Entonces  tenía  que  decirle adiós a Helena; se encontraba en la otra habitación con las niñas,  fingiendo  no  saber  lo  que  estaba  haciendo  yo-. Hazme un favor, Albia. Cuando me haya ido, dile a Helena Justina lo que dijo su hermano.

Albia asintió moviendo la cabeza lentamente.

- Eso la consolará.

- Quizá. Si no, recuérdale que en esta operación no estoy solo; voy a salir a jugar con los chicos mayores de los vigiles.

 

El instinto había traído a Helena hasta la puerta. Nux corrió hacia ella en busca de ayuda para impedir que me fuera. Helena se inclinó para evitar que la perra le tocara con las patas la ligera túnica interior que llevaba en la cama por  la  noche. Al  verme  listo  y  armado  con  la  espada, Helena cerró la puerta con cuidado entre las niñas y yo. Julia, que siempre estaba demasiado atenta como para que eso resultara práctico, ya se hallaba al otro lado de la puerta y miraba fijamente en silencio. Tras ella vi fugazmente a Favonia que estaba de pie en la cuna, medio dormida.

-  Dado  lo  que    de  los  vigiles,  ¿debería tranquilizarme  su presencia, Marco? -Helena mantuvo  la voz baja.

- Confía en lo que sabes de mí. -Me quité el anillo ecuestre de oro y se lo di a ella para que lo guardara en lugar seguro; a veces era mejor no revelar mi posición social. La besé con suavidad. Sólo Helena sabía si mis ojos todavía sonreían.

- No te caigas al agua -respondió. Una vieja broma entre nosotros. Una vieja y muy cariñosa broma.

Ella seguía preocupada, pero yo tenía todo su afecto. Esto  demuestra  la gran tolerancia  de  Helena para conmigo… dado que sabía que me marchaba para dirigirme a un burdel del puerto.

 

XLVI

 

 

El faro se había quedado a oscuras. Habían dejado que su enorme hoguera se fuera extinguiendo a medida que el alba iluminaba lánguidamente los muelles. La jornada de trabajo en Portus había empezado mucho antes de que yo llegara, aun cuando había cruzado el río en uno de los primeros  transbordadores.  Tan sólo  podían haber  pasado unas pocas horas entre la retirada de los últimos marineros tras su gaudeamus nocturno y la llegada de los peones que más duro trabajaban. El burdel parecía estar cerrado.

Avancé   lentamente   por  el  malecón,  mirando   los barcos amarrados. Todo estaba en calma, pero la actividad ya había empezado en algunas embarcaciones. Un marinero adormilado escupió en el puerto; fingí suponer que no era nada personal. En el puesto de aduanas un funcionario montaba la mesa con lentitud. Incluso a esa temprana hora podían  llegar   a  puerto   algunos   barcos   con  artículos gravables; de hecho, había una embarcación cerca del faro, y maniobraba tan mal que era imposible saber si salía o entraba. El empleado y yo intercambiamos un leve saludo con   la  cabeza;   quizá   me   hubiera   visto   últimamente, hablando con Cayo Baebio. Ni él ni nadie parecían muy sorprendidos de ver a un extraño en el puerto tan temprano. En los muelles  la gente  lo da casi todo  por sentado, al

 

parecer.  Lo  más  probable  era  que  hubiera  unos  ojos observando todos mis movimientos.

Los tres trirremes de la marina seguían amarrados en fila, por lo visto aun desiertos. Unos gallardetes a juego pendían  lánguidos  en  sus  popas,  de  las  que  salían  las cuerdas que bajaban hasta los norays del muelle. Los sórdidos desperdicios habituales en un puerto cabeceaban en el agua oscura entre ellos.

El aire era frío. Había venido con una capa. Sería un incordio después, cuando el sol empezara a quemar, pero de esta manera podía mantener oculta mi espada.

 

Al llegar al extremo más alejado del malecón, a la sombra del faro, di la vuelta y volví por donde había venido, tropezando   con   la   mitad   de   las   cuerdas   que   había conseguido evitar la primera vez. Podría haber continuado mi  paseo  hasta el  otro  malecón,  pero  estaba demasiado lejos del lugar fijado. En vez de eso, me uní a los hombres que  se  hallaban  de  pie  en  el  mostrador  de  El  Delfín, entrando  en  calor  con  bebidas  calientes  y  desayunos ligeros. La mayoría tenían ese apesadumbrado fatalismo de los que empiezan su jornada laboral. Había uno que destacaba: mi cuñado. Se me cayó el alma a los pies.

- Hola, Cayo. Esto sí que es una sorpresa.

- ¡Marco! La verdad es que le he tomado el gusto a este lugar -me informó Cayo Baebio. Su pomposidad ya era irritante-. Se ha convertido en mi bar desde el día en que tú

 

y yo lo descubrimos.

Cuando vino a ver qué quería yo, la evasiva mirada del propietario me dijo que el deleite no era mutuo.

- ¡Já! Decir «descubrimos» hace que parezcamos colonizadores territoriales. Lo único que hicimos fue venir andando hasta aquí con Ajax. ¿Cómo van tus achaques?

- Siguen martirizándome…

Maldiciéndome por haber preguntado, interrumpí con crudeza:

- Bueno, ¿y qué haces aquí tan temprano?

- Siempre bajo al puerto a esta hora. Vengo en busca de paz. A veces la vista del amanecer es muy conmovedora.

-No  era capaz  de  responder  a ideas  poéticas,  no  a esa hora… y menos aún viniendo de Cayo-, ¿Y tú también estás trabajando, supongo? -me preguntó alzando la voz.

- Yo también disfruto con una buena salida del sol. - No serviría de nada darle una patada en la espinilla como indirecta   para  que   se   callara;  querría   saber,   en  voz igualmente alta, por qué le había dado un puntapié.

- Sí, pensé que debías de estar aquí en misión de vigilancia; hay algunos amigos tuyos de los vigiles. -Dejé escapar un quejido.

Mientras los sombríos trabajadores que había en El Delfín apartaban la vista de su desayuno en un movimiento sincronizado para mirar, Petro, Fúsculo y una selección de sus tropas se acercaban paseando como si tal cosa desde el

 

transbordador, en parejas o grupos de tres, discretamente… o  eso  es  lo  que  habían  creído  ellos.  Puede  que  los estibadores  y  los  remeros  de  las  barcazas  se  hubieran fijado en los recién llegados de todos modos; los trabajadores del puerto podían olfatear a los hombres de la ley y el orden a más de un kilómetro de distancia. Pero la llegada de los vigiles bastó para dispersar a los que desayunaban,  dejando  únicamente  a  una  pareja  de cargadores tozudos que se quedaron observando lo que ocurriría a continuación con cara de vinagre, masticando sus puñados de pan y negándose a que los apartaran de su rutina.

Los   vigiles   ocuparon   el   lugar   de   los   clientes matutinos   que  se  marchaban  en  el  mostrador,  donde pidieron algo de comer para ellos.

-  ¿Hoy tenéis  una operación  en marcha? -preguntó Cayo con su habitual falta de tacto. Por suerte, Lucio Petronío tenía la boca llena en aquel momento y no podía arrancarle la nariz de un bocado a mi cuñado.

- La salida del sol será preciosa -informé a Petro cuando sus ojos castaños hablaron emotivamente de sentimientos exaltados.

- ¡Estupendo!

De pie en la barra de aquel figón, nos volvimos de espaldas al mostrador y apoyamos los codos en el mármol. De  esa forma podíamos  dirigir  discretamente  la mirada

 

hacia La Flor del Ciruelo. Vi que un par de hombres se acercaban hasta el edificio y luego empezaban a buscar la puerta de atrás con disimulo. Tenía que haber una. Ninguna tasca o burdel que se precie carece de una puerta trasera por la que poder darse uno rápidamente a la fuga, o para que sirva de entrada secreta a los que irrumpen armados para cobrar una deuda o para efectuar el robo masivo y por sorpresa de los monederos de los clientes.

- Ese lugar al otro lado de la calle está haciendo su agosto  -observó  Cayo.  Para  tratarse  de  un  bicho amodorrado, sus antenas eran agudas. Había hecho hincapié en el objeto de nuestra observación de manera peligrosa-. La Flor del Ciruelo.

- Sí, los primeros rayos de sol empiezan a brillar de un modo encantador en los sinuosos remates del tejado -dijo Petro, que estaba que ardía-. ¡Oh, mira! Ahora el gastado letrero  pornográfico  resplandece  bajo  la luz recién nacida… Cayo Baebio, ¿no deberías estar en tu mesa de impuestos?

Cayo Baebio volvió sus grandes ojos llorosos hacia Petro y con grandes aspavientos demostró que lo había entendido.

- Sí, Lucio Petronio, debo supervisar a esos vagos que trabajan para mí.

- Buen chico.

Cayo se marchó. El ambiente mejoró de inmediato.

 

La puerta de La Flor del Ciruelo  se entreabrió. Un joven vestido con una túnica del color de la herrumbre y con  el  pelo  bastante  corto  se  deslizó  hacia  fuera  y se acercó hasta el bar. Pidió pan y algo de beber, como si viniera de una juerga con una chica de vida alegre. Tal vez fuera así. Pero sin duda era un miembro de los vigiles. Le dirigió  una  leve  inclinación  de  cabeza  a  Petronio,  se terminó  la  bebida  y  se  marchó.  Otro  hombre,  con  una túnica  de  un  disparejo  color  verde,  llegó  a  pie  por  el camino que llevaba a la Isla y fue directo al burdel, donde no tardaron en dejarle entrar. Definitivamente pertenecía a la Cuarta Cohorte; lo reconocí.

Le comenté a Petronio:

- ¡Hay gente que se ofrecería voluntaria para cualquier cosa!

- Es triste, ¿no? -sonrió.

Poco a poco el resto de sus hombres se dispersaron por los alrededores. La mayoría de ellos se habían hecho primero con algo de comer; los vigiles consideran esto un rito sagrado que siguen de manera impecable para aplacar a los  dioses  y  garantizar  la  supervivencia  de  Roma,  del Senado y del pueblo. Una vez satisfechos, se perdieron por los rincones del puerto. Fúsculo estaba tumbado con la espalda apoyada en la base de una grúa y parecía un atado de harapos, o un socio en uno de esos chanchullos delictivos que tanto le fascinaban. Casi me esperaba que hubiera un

 

compañero oculto por allí cerca, listo para salir de un salto y robarle a cualquiera que se hubiera inclinado para ver si la aparente víctima de un ataque al corazón necesitaba ayuda.

Petro y yo nos quedamos en El Delfín, disfrutando de sus excelentes vistas tanto de La Flor del Ciruelo como del camino de acceso desde los transbordadores. Estábamos hablando de asuntos familiares. Tomamos a Cayo Baebio como punto de partida, cosa que llevó a lo de que siempre había detestado a mis cuñados y al curioso hecho de que mi mejor amigo fuera entonces uno de ellos.

- Puede que tengas que plantar a Maya.

- ¿Y qué te parece si la adopto? Entonces dejará de ser tu hermana, de modo que yo no podré ser tu cuñado.

- Pero entonces Maya se convierte en tu hija y no se te permite dormir con ella.

- ¡Mal plan!

Seguimos matando el tiempo y discutimos a cuál de mis cuñados odiaba más. Esto nos proporcionó una plática inagotable. No podía decidirme entre Veroncio, el constructor de carreteras, y Mico, el yesero, que daba la impresión de ser bastante inofensivo pero que tenía un montón de defectos, especialmente su terrible enlucido. Pero Petronio le tenía una ojeriza especial a Veroncio, al que una vez intentó arrestar por soborno en contratas oficiales; Veroncio escapó de aquello sin mancha en su reputación (se libró de los cargos mediante el soborno).

 

Evitamos mencionar a Famia, que había estado casado con Maya hasta que murió hacía un par de años; no recordaba si a Petronio le habían contado alguna vez el mejor momento de   Famia.   Se   mantenía   en  secreto   para  evitarles   la vergüenza a los niños: a Famia lo habían enviado a la arena en Leptis Magna y se lo había comido un león.

Famia era un borracho con una lengua incontrolada, que fue lo que le acarreó su suerte. Pero no había alcanzado el nivel de inmundicia, engaño, hediondez y absentismo que mezclaba, en un brebaje de sabor indeterminado, el desdentado barquero padre de mis sobrinos favoritos, Lario y Cayo. En cuanto  mencionamos  a Lolio, fue  el indiscutible ganador.

 

Pasó el tiempo.

 

El puerto había cobrado vida a nuestro alrededor. A los pocos cargadores que a primera hora parecían estar trabajando   por   propia   iniciativa   se   les   habían   unido entonces  unos  equipos  organizados.  Cantando  y bromeando, emprendían complicadas maniobras que a menudo implicaban largos períodos de inactividad durante los  cuales  los  hombres  permanecían  en  el  muelle  y debatían sobre la manera de acometer su tarea. En otras ocasiones parecían no tener ningún problema y entraban en acción con la seguridad que da la experiencia. Entonces era cuando sacos y barriles se desembarcaban sin descanso o

 

se llevaban a bordo en grandes cantidades. A ciertos intervalos a lo largo del malecón, las grúas se habían puesto en marcha con sus chirridos e izaban mercancías desde profundas bodegas; normalmente la grúa la manejaba una sola persona que trabajaba con compañeros invisibles que nunca parecían comunicarse con ella desde el barco. Si se caía una carga, el hombre tenía que abandonar la grúa y remediar el desastre él solo. Si tenía suerte, una gaviota se acercaba a mirar. Los trajinantes que transportaban los productos manualmente cruzaban de un barco cargado hasta los topes a otro, en ocasiones varios a la vez, utilizando planchas a modo de puentes mientras cargaban con ánforas de vino y aceitunas o se arrojaban sacos y pacas de mano en mano. Los artículos delicados nos proporcionaron mucha diversión.  Tuvieron  que  convencer  a toda  una  jauría  de perros de Hispania para que bajaran por la plancha, que se tambaleó  peligrosamente  incluso  cuando  alguien  sugirió que les vendaran los ojos. Llegaron los submarinistas para trabajar en una zona del muelle donde un valioso artículo había caído al agua el día anterior.

 

Estuvimos  allí  media  mañana  y  los  submarinistas todavía no habían encontrado lo que buscaban. No descubrimos qué era. Petro fue paseando hasta allí para hacerse amigo del supervisor, puesto que un contacto entre los submarinistas podría resultarles útil a los vigiles.

Otro soldado llegó de la Isla, con aspecto nervioso.

 

Empezó a acercarse a Fúsculo y entonces vio a Petronio, que a su vez ya lo había visto a él y se apresuraba a volver al bar.

- Lo siento, jefe. Malas noticias. Al final los cronistas no van a venir.

Petronio ajustó la posición de su taza en el mostrador; el suave movimiento era engañoso y el asustado mensajero lo sabía.

- Cuéntamelo.

-  Todo  es  un  fraude.  -Temeroso  de  Petro,  el  ex esclavo explicó la historia precipitadamente-. Salieron, eso seguro,  llegaron  hasta  el  transbordador,  luego  les arrebataron el dinero mientras estaban en el bote.

Entonces   Petronio      que   demostró   que   estaba furioso.

- ¡No puedo creer lo que estoy oyendo! ¿Cómo es que se fastidió?

- El transbordador fue atacado por otro bote.

- ¿Qué?

- Como lo oyes, jefe. Una banda había secuestrado un remolcador. Eran cuatro o cinco. Los dos cronistas venían en uno de los grandes transbordadores de Lúculo. -Cuatro servicios de transbordadores distintos navegaban de un lado a otro del Tíber diariamente. La línea de Lúculo tenía múltiples remeros y transportaba tanto pasajeros como mercancías  pesadas. Eran unas  embarcaciones  grandes  y

 

difíciles de manejar.

- ¿Y dónde estabais todos vosotros? -preguntó Petro con  frialdad-.  Os  dije  que  siguierais  de  cerca  a  los cronistas.

- La mayoría íbamos en uno de los esquifes de los vigiles. Se suponía que Parvo tenía que mantenerse pegado a ellos en el transbordador. Rubela dijo que sólo un hombre iba a acercarse tanto, por si acaso sospechaban.

- ¡Rubela! -Petronio se acercó aún más al punto de ebullición.

- Si un tribuno quiere venir en una misión, jefe…

-  ¡Si  lo  hace,  lo  perdéis!  Cuéntame  el  resto  del desastre.

- Parvo no pudo subirse en el transbordador adecuado por  culpa de  la multitud,  de  modo  que  lo  arrastraron  a bordo de uno de Rusticelio… -No era más que un bote de remos  para pasajeros-.  Pero  cruzaban al  mismo  tiempo, más o menos en paralelo. Vio lo que estaba ocurriendo. La banda  embistió  el  transbordador  de  Lúculo,  saltaron  a bordo y saquearon los monederos de todo el mundo, de todos los pasajeros. Rubela cree que robaron a los demás para hacerlo más creíble…

- ¿Cree que las instrucciones de La Flor del Ciruelo eran pillar a los cronistas en el río? -gruñó Petro-. ¿Así es como iba a recogerse siempre el dinero? ¿De modo que a los escribas les robaron el cofre en medio de la avalancha?

 

- Se lo arrebataron rápidamente y lo pasaron al remolcador en un abrir y cerrar de ojos.

- ¿Y dónde estaba Rubela mientras se desarrollaba esta escena pastoril?

- En nuestro esquife. Saltando arriba y abajo y echando fuego por la boca. No dejaba de gritar que se acercaran remando, pero para ser sinceros, ninguno de los muchachos es muy bueno al timón. -Cada vez que un destacamento de vigiles era asignado a Ostia, las tropas tenían que aprender a manejar su bote. En Roma no necesitaban ninguno: había puentes.

- ¿Y dónde está Rubela ahora?

- En Ostia. Consolando a los cronistas y explicándoles que simplemente han sido víctimas de una jugarreta.

Petronio se pasó las manos por el pelo al tiempo que asimilaba aquello. Siempre preocupado por la seguridad de los hombres, preguntó, con voz más comedida:

- ¿Algún intento de defenderse? ¿Alguna baja?

- Parvo. Saltó al agua y nadó desde el transbordador en el  que  iba.  Consiguió  subir  a bordo  del  Lucillo.  Es  un diablo enloquecido, golpeó a un miembro de la banda con un remo y casi le abre la cabeza. -Como bomberos, los vigiles son una fuerza que no va armada. Pueden hacer muchas cosas con los puños y los pies, o si no, improvisan-

. Pero entonces alguien golpeó a Parvo en las tripas y se cayó del transbordador.

 

- ¿Está bien?

- Se hundió. Rubela y algunos muchachos saltaron tras él. Lo  sacamos,  pero  eso  nos  retrasó. Para entonces  la banda ya estaba otra vez en el  remolcador,  riéndose  de todos nosotros mientras se alejaban remando a toda velocidad corriente abajo. Intentamos seguirles pero los transbordadores se metieron en medio…

- ¿A propósito?

- Bueno, era un caos. La corriente arremolinaba los botes por todas partes. Los ladrones parecían saber lo que hacían en el agua, pero hubo algunas colisiones. Creí que íbamos a hundirnos. Poco después encontramos el remolcador. Lo hicieron encallar junto al santuario de Isis; ahora no hay ni rastro de ellos y por supuesto nadie vio nada sospechoso cuando desembarcaron allí… o al menos eso es lo que dicen todos.

El hombre se quedó callado, con una expresión de culpabilidad.  AI  cabo  de  un  momento  Petro  dio  unas palmadas en el hombro a los vigiles para demostrar que no estaba resentido. Entonces le hizo una señal a Fúsculo (que había  estado  escuchando,  si  bien  a  una  distancia prudencial). Reunieron a las tropas y emprendieron un completo registro en el interior de La Flor del Ciruelo.

- ¡Dejad este antro patas arriba! -ordenó Petronio. En ocasiones mostraba mayor respeto por las personas y las propiedades.  Pero  de  algún  modo  tenía  que  aliviar  sus

 

sentimientos.

 

XLVII

 

 

No era la primera vez que Petro y yo estábamos en un burdel, siempre por motivos profesionales, por supuesto. En  una  ocasión  habíamos  arriesgado  nuestras  vidas  y nuestra reputación en el mayor nido de amor que Roma podía  ofrecer,  buscando  en  vano  al  bandido  que  era  el suegro de Florio, la pesadilla de Petro. En comparación, La Flor del Ciruelo era un lugar diminuto y sus servicios sencillos, aunque, al igual que todos los establecimientos portuarios,  tenía  su  propio  cariz  hostil.  Unas  pequeñas celdas en dos pisos ofrecían poco más que unas camas estrechas y duras. Las que eran de lujo tenían todas un colgador para la ropa fuera en el pasillo. La suite imperial contaba con un armario que contenía un orinal.

A pesar  de  que  desde  el  muelle  el  lugar  parecía desierto, cuando irrumpimos por la puerta principal con los agresivos  saludos  de  los  vigiles,  el  interior  soltó  a  un montón de ocupantes de dudosa reputación. De todas partes salían marineros avergonzados, muchos de ellos con una bolsa a cuestas y con cara de estar utilizando el lugar simplemente  como  un hotel  barato.  Las  chicas  eran de varios  sabores,  desde  orientales  de  ojos  de  azabache, pasando por tipas morenas de las regiones interiores de África  con pechos  y traseros  increíbles,  hasta  una gala

 

flacucha que no tenía busto y que le propinó una inesperada patada  en la entrepierna  a Fúsculo. A todas  les  olía  el aliento a ajo y su lenguaje era ordinario. Hubo varias que intentaron el viejo truco de quitarse la ropa para desconcertarnos… las que, para empezar, iban vestidas. La madama se denominaba a sí misma bailarina hispánica, pero en su vida no podía haber ido más allá de la puerta Romana de Ostia. Al dedicarse a este oficio durante décadas, probablemente  había  adquirido  más  conocimientos técnicos  sobre  bitácoras  y  trinquetes  que  muchos carpinteros de barco.

Él gorila al que Ajax había ladrado con tanta ferocidad el otro día, llevaba puesta una túnica que había tenido como huéspedes a la mayor parte de la población de polillas de Portus.  Tenía  más  agujeros  que  tela  había  entre  ellos; cuando se movió creí que unas nubes de pequeñas criaturas aladas saldrían a raudales como si hubiéramos perturbado una cueva de murciélagos.

- ¿Has estado alguna vez en una cueva de murciélagos, Falco? -quiso saber Petro en tono sarcástico. Yo era poeta en mis ratos libres; él siempre había desaprobado mis tendencias imaginativas.

- La imaginación es un talento poco frecuente.

- ¿Qué tal si la aplicas a ayudarnos  a ocuparnos  de estos forajidos?

La madama se  había negado  a hablar  con nosotros,

 

siendo un principio de su oficio que, puesto que era una marginada legal por ser prostituta, los agentes de la ley de Roma no tenían jurisdicción sobre ella. Al menos, eso es lo que ella decía. Fúsculo discutió aquella filosofía circular con el ingenio mordaz y los buenos modales de los vigiles: le propinó un puñetazo en la mandíbula.

 

Puede parecer duro, pero para entonces él intentaba arrastrarla  hacia  fuera  y  ella  lo  estaba  pisando;  pesaba mucho y debía de saber que sus supuestos zapatos de baile de la Hispania tenían unos formidables tacones altos.

Debido a su falta de cooperación, Petronio le estaba estrujando las pelotas al gorila. Queríamos que nos dijera si alguno de los clientes era de Cilicia.

- O de Iliria -añadí. Petro reforzó la pregunta manualmente.

- ¿Eso está cerca de Agrigento? -Al gorila lo habían entrenado bien en eso de hacerse el tonto, incluso cuando corría el riesgo de convertirse en un eunuco. No perdimos más tiempo con él. Como símbolo de que lo dejábamos estar, Petronio le dio un tortazo en la oreja. Luego, explicó a  los  clientes  que  miraban  que  tenía  muchas  ganas  de probar sus técnicas de apretones y tortazos en otras partes de la anatomía, de modo que cualquiera que quisiera darle problemas podría ser un voluntario.

Aquello era demasiado sofisticado y, de todas formas, la mayoría  eran extranjeros.  O al  menos  eso  afirmaban

 

ellos. Cierto era que todos tenían gran dificultad incluso para entender el requerimiento de sus nombres y medios de vida.

Petronio Longo puso a los hombres en fila, vigilados por sus tropas, y dijo que iba a llevar a cabo el proceso de comprobar si los clientes eran ciudadanos romanos libres o esclavos fugitivos; explicó que aunque detestaba la xenofobia, estaría obligado a prestar particular atención a los que fueran extranjeros. A cualquiera que pareciera ser un  fugitivo   se   le   pondría  un  pesado   collar   y  sería encarcelado hasta que se hubiera realizado la búsqueda de su amo por todo el país; como el trabajo apremiaba, en aquellos momentos no había ninguna garantía de cuánto tiempo  podrían durar  dichas  búsquedas…  Pero  no  había nada que  temer:  lo  único  que  uno  tenía que  hacer  para quedar absuelto era presentar su certificado de ciudadanía romana válido.

Nadie lleva ese certificado encima.

Muchos ciudadanos de Roma sí tienen un certificado de nacimiento (o lo tuvieron cuando nacieron y fueron registrados), a los esclavos libertos se les da una tablilla y todo el personal ex miembro del ejército adquiere su diploma de puesta en libertad (que solemos guardar cuidadosamente, no fuera el caso que tuviéramos que desmentir acusaciones de deserción). En las provincias, de donde eran originarios la mayor parte de aquellos hombres,

 

el concepto de ciudadanía es poco preciso. La pandilla de marinos, cargadores, negociadores y cocineros de platos sencillos y rápidos parecieron todos avergonzados, luego les entró miedo y a continuación siguieron nuestras reglas. Rápidamente   se   confeccionó   una   lista   de   nombres, ciudades natales y profesiones.

Nadie reconoció ser cilicio o ilírico. O panfilio, licio, rodio o delio. Había un cretense, pero estaba solo, su estatura era de tan sólo un metro y veinte centímetros, era patizambo y vomitó de terror cuando lo interrogamos. Decidimos que de ningún modo podía formar parte del chanchullo con los dos cronistas de la Gaceta, de manera que le hicimos prometer que no lo volvería a hacer (cosa que hizo, aunque era inocente, mediante un peculiar juramento cretense). Lo dejamos marchar. Mientras se iba correteando  por  el  muelle  nos  maldijo. Fúsculo  parecía estar nervioso.

 

- Algo ha hecho, seguro -decidió Petro misteriosamente,   con  la  voz  de  la  experiencia.  Pero entonces ya era demasiado tarde. Para tener unas piernas tan arqueadas que podías hacer pasar tres cabras entre ellas, el cretense se movía como un velocista olímpico al que le hubieran prometido una excitante cita si regresaba del estadio con una corona. Ése fue otro motivo de sospecha: de los demás, la mayor parte se habían marchado paseando, adoptando una expresión despreocupada deliberadamente.

 

- Lemno -dijo Fúsculo, volviendo a revisar la lista-. Lemno, de Pafos. Trabaja por su cuenta como mezclador de hormigón en las obras  de construcción. Actualmente  no tiene trabajo.

- Entonces, ¿qué está haciendo en los muelles? - pregunté.

- Buscando empleo, dice.

-  ¿En  el  colchón  barato  de  una  puta?  -Todos  nos reímos. Entonces, la madama de La Flor del Ciruelo nos chilló que todas sus mujeres estaban muy bien entrenadas y no eran baratas.

La vida había hecho de aquella arpía una excelente mujer   de   negocios.   Cuando   los   vigiles   recogían  los bártulos para marcharse, ella les prometió hacerles descuento si venían de visita una noche tranquila.

 

Petronio Longo iba a llevar a sus hombres de vuelta a Ostia. A Rubela  no  le  haría  gracia  mi  presencia  en  la reunión para rendir informe del episodio de aquella mañana en el río. Le dije a Petro que si veía a Helena tenía que tranquilizarla y decirle que nuestra misión nos había abandonado. Pero ya que me encontraba allí en Portus, se me ocurrió quedarme por ahí y husmear un poco.

Los  vigiles  se  marcharon.  Volví  al  Delfín.  Todo parecía  haberse  terminado,  pero  ahora  estaba  solo  sin apoyo de nadie. Para mí era entonces cuando empezaban las

 

aventuras del día.

 

XLVIII

 

 

Me compré algo para comer. Desafiando abiertamente las normas de los figones imperiales, el plato del día en El Delfín era un guiso caliente de pescado. Tenían que haber sido legumbres, pero el camarero tenía un sedal por encima del malecón; el pescado era gratis. Portus estaba lleno de funcionarios,  desde  los  ediles  del  suministro  de  grano hasta los escarabajos de las tasas y el capitán de puerto, el personal del faro y los vigilantes; aquélla tendría que haber sido una zona completamente regulada. Ni en broma. En los puertos, la desobediencia es tan común como el cieno.

Me hallaba rebañando el cuenco con un pedazo de pan rústico  cuando  ¿a quién os  parece  que  veo  trotando  de vuelta a La Flor  del  Ciruelo? ¡A Lemno! Sus  arqueadas piernas cretenses seguían levantando el polvo como un esclavo  doméstico  furibundo.  Entró  correteando  en  el burdel al tiempo que echaba una mirada furtiva por encima del hombro. Al cabo de un minuto yo hice lo mismo.

El gorila se había ido a comer. En aquellos momentos vigilaba la puerta una chica bajita, gorda y sombría.

- ¡Tú otra vez! -me saludó.

-  Me  encanta  ser  tan  memorable…  ¿Dónde  está

Lemno?

- Ten cuidado.

 

- Escucha, gordi; llévame con el cretense, ¡rápido!

- ¿O qué? -Ella esperaba una amenaza, de modo que le mostré medio denario.

 

- O no te daré esto. -No tenía intención de darle tanto dinero hiciera lo que hiciera, pero no era ni mucho menos inteligente y se lo tragó.

Con lo que ella consideraba una sonrisa seductora, me condujo a lo largo del pasillo. Era tan seductora como una pata preñada, y sólo aparentaba unos catorce años. Ya es bastante malo ser gorda y desgraciada a esa edad si llevas una vida como  es  debido; trabajar  además  en un burdel debía de ser mortal.

Lemno estaba sentado solo en una de las celdas.

- Bueno, hombrecito  de Pafos, ¿qué haces otra vez aquí?

-  No  había  terminado.  -Los  hombres  de  Petro  ya habían establecido que Lemno lloriqueó al ser interrogado. Sólo mostraba su verdadero estilo cuando no podían alcanzarlo. Entonces sus maldiciones volaban tan rápido como sus piernecitas curvadas.

- Puesto que estás aquí solo, los chistes son obvios y ordinarios, Lemno. ¿Ha pagado? -le pregunté a la chica de la puerta que seguía esperando allí con la esperanza de conseguir la moneda.

 

- Tiene cuenta. -Sacudió el pelo hacia atrás con aire

 

burlón, cosa que provocó una neblina de caspa y perfume barato. Dejé que viera cómo me guardaba la moneda que le había  ofrecido,  así  pues  regresó  a  sus  obligaciones-.

¡Remolón! -exclamó entre dientes y con el ceño fruncido.

- Me imagino que se refiere a ti -le dije a Lemno alegremente… justo cuando dejó de ser una rata tímida, abrió rápidamente un cuchillo plegable y me atacó.

Ya me había esperado  problemas. Le eché el brazo hacia arriba de un codazo y por muy poco evité que me rajara. Lemno pasó a trompicones por mi lado hacia el exterior de la celda, pero yo había extendido la pierna y tenía la bota a la altura de sus tobillos. Se estrelló contra el suelo.  Lo  hubiera  desarmado  e  inmovilizado,  pero  la vigilante de la puerta había vuelto y se abalanzó sobre mí. Aún iba detrás  del  medio  denario,  y estaba  dispuesta  a pelear sucio por él.

Me liberé para que no me asfixiara y le propiné un golpe con la rodilla que la dejó doblada en dos y gritando. El   cretense   había   puesto   pies   en   polvorosa   a  toda velocidad. Cuando salí detrás de él aparecieron mujeres de todas direcciones. La madama estaba en lo cierto: estaban todas muy bien entrenadas… entrenadas para interceptarme el paso. Aparté a una princesa del desierto de un empujón, aplasté a su pálida amiga contra la jamba de una puerta y desvié a una fiera con la cadera y a otra con el antebrazo. Lemno  había  salido  fuera  a  todo  correr  y  cuando  salí

 

precipitadamente al muelle ya se había perdido de vista. No obstante, la gente estaba mirando fijamente hacia unas letrinas públicas como si un fugitivo hubiera entrado allí a toda prisa, de modo que yo también entré.

Había cinco hombres tomándose un descanso filosófico, todos ellos extranjeros, todos inmersos en sus tareas. Ni rastro de Lemno. No había otra salida. Hubiera sido una grosería entrar corriendo y luego volver a salir corriendo de inmediato. Tomé asiento.

Entronizado en un sitio libre, recuperé el aliento, gruñendo en voz baja. No me hicieron ni caso. Siempre hay un perdedor que habla solo.

Al menos había algo provechoso en dar caza a un sospechoso  en una zona imperial de alta categoría: dado que podría ser que a Claudio y a sus sucesores les entraran unas ganas terribles de ir al baño mientras inspeccionaban las instalaciones portuarias, la letrina de veinte asientos era digna de un emperador. Los bancos, en los que había asientos, para cinco personas en cada lado, estaban revestidos de mármol y los bordes de sus agujeros de hermoso diseño, eran lo más lisos posible. La estancia era un rectángulo espacioso y aireado, con ventanas en dos de los lados para que los transeúntes pudieran mirar dentro y ver a sus amigos; si Lemno había entrado allí tal vez había saltado por la ventana. El agua para limpiarse corría por canales  que  nunca se  desbordaban.  Había abundancia  de

 

esponjas en sus palos. Un esclavo limpiaba las gotas y salpicaduras.  Y lo  que  es  mas,  llevaba  una  túnica  muy cuidada y era discreto a la hora de esperar propina.

La conversación entre los mozos y los negociadores era banal, pero tras una larga mañana fuera tenía mejores cosas que hacer que charlar. Por norma general, los informantes tienen que arreglárselas sin aliviar sus necesidades. En un imperio que se enorgullece de una higiene de categoría, la retención de las funciones fisiológicas   constituye   el   principal   desafío   para   los hombres de mi profesión. Agarrarse a tortazos en una pelea o hacer tu declaración de impuestos de manera creativa es pan comido en comparación.

Permanecí sentado y sumido en la reflexión sobre los aspectos negativos de mi trabajo, las típicas cavilaciones de un hombre que ha entrado solo en unos servicios. Un par de personas se marcharon. Entraron otras dos. De pronto oí mi nombre: «¡Vaya, hola Falco!». Ése era el otro inconveniente tradicional: el idiota que insiste en que debe hablar contigo. Levanté la vista y vi a un anciano gruñón de cabello cano, muy maniático a la hora de comprobar que su asiento estuviera limpio y seco: Canino.

Era natural encontrarse con la galleta de barco en Portas, aunque por supuesto me sentí molesto. Cuando los hombres de la marina tienen la oportunidad de disfrutar de unas  instalaciones  decentes  en tierra firme  en lugar  de

 

andar colgados sobre la popa de un barco que brinca con un viento fortísimo, suelen tomarse su tiempo. Canino tenía cara de estar dispuesto a quedarse allí durante días, y yo tenía que aguantarlo.

Según  el  protocolo  de  las  letrinas,  los  presentes podían entonces volver a sumirse en íntima reflexión mientras me compadecían porque alguien me había visto. Estaba obligado a ser agradable.

- ¡Canino! Ave.

- ¿No sueles frecuentar este lugar, Falco? Moví la cabeza en señal de negación.

- Sólo estoy de paso. -Es un viejo chiste del ejército, pero al parecer la marina también lo conoce.

- ¡No me digas! ¿Estuviste involucrado en todo ese bullicio en La Flor del Ciruelo esta mañana, Falco? -soltó tan campante esa amenaza náutica con una mirada significativa.

- Es confidencial -le advertí, en vano.

- Sí, pensé que debías de estarlo. Por lo que he oído era un rescate que salió mal, ¿no?

-  Debes  de  tener  a tus  soplones  apostados  en los lugares adecuados.

-  ¿Tenía  alguna  relación  con  ese  caso  que mencionaste? ¿El del cronista desaparecido?

- Supuestamente Diocles está a la espera del rescate. - No vi que tuviera nada de malo admitirlo, aun cuando los

 

otros cuatro hombres presentes escuchaban atentamente en tanto que fingían no hacerlo-. Creo que fue una artimaña, nadie lo ha secuestrado. Sólo me pregunto cómo supieron los especuladores que había desaparecido… y que la gente estaba lo bastante preocupada por él como para responder a una demanda de dinero.

- Me estuviste preguntando por los cilicios -dijo Canino-. Comportamiento habitual. Se sientan en tabernas y burdeles, ojo avizor. Exactamente del mismo modo en que solían trabajar los piratas: consiguiendo información sobre barcos con cargamentos decentes a los que posteriormente seguirían fuera del puerto y atacarían.

- Ahora los cabrones se quedan de pie en los mostradores de los bares y escuchan, al acecho de hombres ricos recién desembarcados que lleven con ellos a esposas o hijas -coincidí. Como cortesía profesional, bajé la voz-: La última vez que nos vimos no me contaste que estabas en el puerto investigando este chanchullo.

- ¿Ah, no? -Canino fue brusco-. En ningún momento dijiste que incidiera en tu caso del cronista desaparecido.

- No lo sabía.

Nos  quedamos  callados.  El  cambio  de  ritmo  de nuestra  conversación   permitió   que   dos   de   los   otros hombres terminaran y se marcharan. Los dos que quedaban, que era de suponer que se conocían, empezaron a hablar de caballos de carreras.

 

Canino estaba muy simpático.

- Por cierto, Falco, hace poco alguien ha mencionado a un tipo que se supone que es tío tuyo.

Me sorprendí de que en Portus se me considerara un personaje… o de oír que mi árbol genealógico provocaba chismorreos de embarcadero.

- ¿Estás seguro de que no te refieres a mi padre, Didio

Gemino? Todo el mundo lo conoce como a un bribón.

- ¿El subastador? -Estaba en lo cierto. Todo el mundo conocía a papá, incluyendo los investigadores navales. No era una sorpresa. Gemino había cerrado muchos tratos dudosos con un apretón de manos. De hecho, uno de los hombres que hablaba sobre caballos me lanzó una rápida mirada  cuando  se  escapó;  tal  vez  hubiera  estado involucrado en una de las turbias adquisiciones artísticas de mi padre. El inacabable suministro de estatuas de artistas griegos que papá vendía en el Pórtico de Pompeyo lo fabricaba  a  golpes  para  él  un  especialista  en reproducciones en mármol de la Campania, pero me había dicho que algunos ritones y vasos de alabastro que suministraba como «antiguas» vasijas baratas a diseñadores de interiores venían por mar. Según papá, eran griegas de verdad y sin duda casi antiguas, era la procedencia lo que prefería no discutir-. No, estoy seguro de que era tu tío - insistió Canino.

- Fulvio -reconocí-. No lo había visto desde que era un

 

niño, hasta esta semana pasada… ¿A qué viene el interés?

- Pensé que podrías estar trabajando con él.

- ¿Qué? ¿Con Fulvio?

- Te vieron bebiendo con él y tu padre. Gemino vino aquí para buscar a Teopompo, ¿no?

- ¡Por favor! -estaba asombrado e indignado-. Tomé una copa tranquilamente con unos parientes en la taberna del foro; simplemente nos encontramos por casualidad. Sin embargo, te lo dicen ¿y tú decides que formamos un equipo organizado? ¿Un equipo que podría causarte molestias, me imagino?

- Bueno… -Entonces Canino se dio cuenta de que era ridículo y abandonó-. Estuve hablando con un tipo que creía que podría haber conocido a tu tío en el extranjero.

- Ni siquiera sé dónde ha estado -le dije claramente-. Es más famoso por salir para Pesinunte y subirse al barco equivocado. Fue hace años. Por lo que yo sé, no era un barco que fuera a Cilicia. -Si pareció que le estuviera diciendo a Canino que no era asunto suyo, estupendo entonces.

- ¿Pesinunte? -Canino puso cara de desconcierto.

- El antiguo santuario de la Gran Madre -confirmé. Mantuve un tono solemne-. Quería modificarse. En cuestiones religiosas, el tío Fulvio lleva las cosas hasta el final.

- Creía que era ilegal que un ciudadano  se mutilara

 

su…

 

 

 

- Sí, lo es.

- ¿Y disfrazarse y bailar por ahí con ropa de mujer?

 

 

- Sí. Afortunadamente, Fulvio detesta el baile. Pero, como puede que sepas, los ciudadanos tienen permitido dar dinero al culto. El tío Fulvio es tan caritativo que no pudo soportar la espera hasta el festival anual en Roma. Sólo quería  contribuir   al  mantenimiento   de  los  sacerdotes eunucos lo más rápidamente posible…

Me lo estaba inventando libremente, incapaz de tomármelo en serio, pero Canino se deleitó con ello.

- Por lo que dices, parece una persona enigmática.

- ¿Con sus carencias en geografía al reservar un pasaje en un barco? No, no podía haber tenido un tío más interesante. -Mamá habría estado orgullosa de mí.

- ¿Y de verdad se ha cortado el chisme con un trozo de pedernal?

- No que yo sepa. -Aunque creyera que Fulvio lo había hecho, la auto castración era un delito y él no dejaba de ser pariente  mío.  No  iba  a  proporcionarle  a  la  marina  una excusa para levantarle la túnica y examinarlo. Que fueran a buscarse las emociones a otra parte.

Miré fijamente al agregado, preguntándome por qué le fascinaba tanto aquel tío mío al que hacía mucho tiempo había perdido de vista.

El cuarto desconocido, un hombre discreto de unos

 

cuarenta años, estaba entretenido con una esponja. Canino lo  miró  y  decidió  que  no  había  peligro  en  continuar hablando. Sin cambiar el tono ni la expresión, me explicó el tema:

- En los muelles se dice que tu tío Fulvio regresó aquí después de haber estado viviendo en Iliria.

- Para mí es una novedad -repliqué con fastidio-. Lo último  que    es  que  el  tío  Fulvio  estaba  pescando tiburones.

No vi ningún motivo para excusarme con educación. Me levanté y me fui.

 

XLIX

 

 

Cuando  volví  a salir  al  muelle  estaba mareado.  No tenía ni idea de dónde había pasado Fulvio el último cuarto de siglo. Aunque hubiera estado en Iliria eso no demostraba que estuviera mezclado con los piratas y secuestradores. Pero la taimada insinuación de la galleta de barco tenía un dejo  de  certeza.  Estaba  emparentado  con  varios empresarios cuyos tratos comerciales era mejor dejar velados. Fabio y Junio daban vergüenza ajena, pero su hermano  mayor  tenía  una  veta  de  oscura  inteligencia, además   de   cierta   aversión   por   las   normas   sociales; disfrutaba criticando a la gente. Lo vi claro: como intermediario de los secuestradores, Fulvio encajaría.

La imputación de que «el Ilírico» era una «vieja reina escuálida»  también  sonaba  verosímil.  Fulvio  había intentado escaparse para asistir a un culto cuya diosa, según el mito, había nacido andrógina; entonces se creó la pareja masculina de Cibeles a partir de los genitales masculinos extirpados de ésta, sólo para que se castrara a sí mismo, extasiado… Era una familia a la que no envidiaba. Debía de ser macabro cuando en las Saturnales se sentaran en torno al fuego intercambiando historias médicas. Pero ningún desafortunado   sobrino   había   tenido   que   explicarle   a Cibeles,  la  Gran  Madre  del  monte  Ida  con  su  corona

 

almenada, que Atis no solamente era un eunuco con gorra estrellada, sino que además jugaba un importante papel en un feo chanchullo de rescates.

Yo era una persona fuerte. Pero no tan fuerte que quisiera apechugar con aquello. Los espectros de mi propia madre y de la tía abuela Febe se alzaron de forma alarmante en la granja de la familia. Puede que a los informantes no se nos conozca por tener miedo a nuestras madres, pero estamos acostumbrados a evaluar correctamente los peligros… así pues les tenemos miedo, por supuesto.

Volví a entrar en los servicios. El otro cliente pasó por mi lado al salir y me dirigió una extraña mirada. En aquellos momentos Canino mantenía una estrecha conversación con el joven encargado; dándole una propina, supongo. El joven dio media vuelta rápidamente. El hombre de la marina levantó la mirada, sorprendido y receloso.

- Creo que te equivocas -dije-. Si te equivocas, acabas de difamar a un anciano miembro de mi familia. Si no, Canino, no me hagas perder el tiempo con insinuaciones. Tú sacaste el tema, tú debes entregar a Fulvio.

Volví a marcharme. Aquella vez no iba a volver.

 

Me dirigía a grandes zancadas hacia la salida que me llevaría a la Isla y a la ruta de vuelta a Ostia cuando los vi. Apenas los divisé fugazmente. El sol estaba alto, era un día caluroso. Se había levantado bruma sobre el mar abierto. El embarcadero  de  piedra  brillaba  en  torno  a  mí.  A mis

 

espaldas tenía una larga mañana, una comida y una eficiente redada. Estaba cansado y enojado. Enojado con el hombre de la marina y más enojado aún, mucho más, con mi tío por exponerme  a las  acusaciones  del  hombre  de  la marina. Quería irme a casa. Hubiera sido fácil dejar de lado lo que ocurrió después y marcharme de Portus.

Pero acababa de ver a dos hombres con vistoso atavío que llevaban un arcón de madera.

Primero  me fijé en ellos cuando  pasaron entre una grúa  y  un  montón  de  sacos  de  grano.  En  un  segundo quedaron   ocultos   por   todo   el   revoltijo   del   muelle. Entonces, mientras esperaba, volvieron a aparecer más adelante. Iban trotando a un paso cómodo, uno a cada extremo del arcón, que tenía unas prácticas asas. Daba la impresión de que pesaba bastante pero no era imposible de maniobrar. El día anterior, cuando los dos cronistas estaban comiendo sobre la caja en la que guardaban el botín, no había podido verla bien, pero aquel contenedor era aproximadamente del mismo tamaño. Los dos porteadores tenían aspecto de ser marineros.

Eché un vistazo a mi alrededor. A veces los muelles están abarrotados de funcionarios. La hora de comer estaba demasiado  próxima.  No  había ninguna  ayuda disponible. Salí detrás de aquellos dos hombres yo solo.

Estuve tentado de gritar. Me hallaba demasiado lejos de ellos. Si echaban a correr con el arcón podría atraparlos,

 

pero   no   harían   eso;  lo   que   harían   sería  soltarlo   y dispersarse. Iba ganando terreno, pero seguían estando demasiado lejos para hacerles frente. Rodeé un montón de bloques de mármol, salté por encima de un lío de amarras, me escurrí entre descuidadas carretillas de mano… y me encontré con que los dos hombres se habían esfumado. Me puse a correr y llegué a una parte despejada del muelle. Había estado allí aquella misma mañana. Parecía estar todo desierto. Las  embarcaciones  atracadas  se  dejaban mecer con las olas tranquilamente, apiñadas en los amarraderos, todas vacías de gente, al parecer. Entonces un marinero arrugado  asomó  la  cabeza  en  un  barco  mercante.  Le pregunté  si había visto pasar a los portadores  del arcón; creía que habían subido el tesoro a bordo de un trirreme. Le pedí si quería venir a ayudarme. De pronto fue incapaz de entender el latín y volvió a perderse de vista.

Su explicación parecía correcta. El primer  trirreme era la siguiente  embarcación  desde  donde  yo  me encontraba, con la popa amarrada al muelle; el segundo y el tercero  venían  después  de  aquél.  Si  los  dos  hombres hubieran continuado andando por el embarcadero más allá de los trirremes, todavía estarían a la vista. No podían haber hecho otra cosa que doblar a un lado y embarcar.

El trirreme descollaba sobre el agua, su cubierta se alzaba unos dos metros y medio por encima de ella. La verdad es que no alcanzaba a ver la cubierta. Para acercar

 

aquellas  embarcaciones   enormemente   largas  hasta  sus lugares  de  amarre  en  el  abarrotado  puerto,  debían  de haberlas conducido marcha atrás por medio de pértigas o quizá lo  había hecho  la tripulación  cobrando  las  sirgas. Ahora unas planchas empinadas descendían por cada lado de los extremos curvos de la popa; estaban acordonadas de un  extremo  a  otro  mediante  unas  ligeras  drizas  para disuadir a los que quisieran subir a bordo. Pasé por encima de  la  más  próxima.  Luego   subí  con  cuidado   por  la pendiente, atravesé las barandillas laterales que llegaban a la altura de la rodilla y subí al alcázar.

Ya había estado  en barcos  militares  en otras ocasiones. Cuando era un joven recluta había navegado en transportes del ejército, tal vez la experiencia más funesta de toda mi vida militar; aún podía notar el sabor del miedo mientras nos llevaban hasta Britania, todos nosotros queriendo volver a casa con nuestras madres y vomitando durante toda aquella gélida travesía. Más adelante tuve una breve experiencia en aguas más calmadas en la bahía de Neapolis, donde sentí la enorme fuerza de la velocidad mientras un trirreme perseguía a unos conspiradores, la increíble  suavidad  de  movimiento  cuando  sus  remeros viraron de manera experta sin apenas moverse del sitio, el crujido casi imperceptible cuando el espolón alcanzó su objetivo e hizo naufragar el barco de nuestros sospechosos. Se  supone  que  los  trirremes  no  pueden hundirse. Es  un

 

consuelo.

Aquella larga embarcación dormía en silencio, los remos levantados y las velas recogidas y plegadas, inquietantemente  desierta.  Una  estrecha  pasarela  se extendía hasta el centro. En el extremo más alejado de la misma, un mascarón de proa con forma de ganso picudo cabeceaba suavemente. En la proa, a nivel del agua, sabía que había un gran espolón blindado que le enseñaba los dientes a las olas: un metro ochenta o dos metros de mandíbula de madera reforzada, revestida de bronce con dientes para hacer que se separaran los tablones de las embarcaciones  que  atacaban. Aquellos  barcos  de  guerra eran el arma de control de Roma contra la amenaza pirata.

Recorrí el barco en toda su longitud. En el extremo del  castillo  de  proa  había  un  camarote  diminuto  bajo cubierta, para el capitán y el centurión. La tripulación completa,  que  era  de  unos  doscientos  hombres  más  o menos, incluyendo un puñado de soldados en tiempos de paz, contaba con muy poco refugio, aunque un ligero dosel los protegía de los proyectiles y un poco del tiempo. El camarote estaba cerrado con llave, pero miré por su ventanita: no había ningún arcón de madera.

Mientras  regresaba  sobre  mis  pasos  me  pregunté dónde estarían todos. Seiscientos hombres, de los tres barcos, se habían esfumado. No había notado una presencia clara de marineros ni en Portus ni en Ostia, ni a fanfarrones

 

capitanes de trirreme emborrachándose a su legendaria manera escandalosa. Se suponía que Canino había puesto espías en los bares, pero seiscientos espías eran muchos para ocultarlos. Tal vez algunos se hubieran ido a Roma. Las  dos  flotas  del  Mediterráneo  tenían  oficinas permanentes  allí.  El  personal  principal  de  la  flota  de Miseno  se  hallaba  acuartelado  en  el  Campamento Pretoriano, aunque corría el rumor de que pronto iban a ser trasladados  cerca  del Anfiteatro  Flavio  porque  los marineros iban a poner los grandes toldos propuestos que darían sombra a las  multitudes.  El cuartel  general  de  la flota de Rávena estaba situado en el sector trastiberino.

Allí no había nadie. El barco entero estaba vacío. Ni siquiera había un vigilante.

No había más remedio. Crucé hacia el otro lado del cálido  alcázar  y con cautela  pasé  al  siguiente  trirreme. Podía haber bajado por una pasarela y subir por la otra, pero ya había perdido demasiado tiempo. Cada uno de los trirremes tenía una aguja de carena en toda su longitud para sostener  la fila de remos superior; trepé por la borda y salté  de  un pescante  de  los  remos  a otro. Lo  hice  con temor, tenía miedo de resbalar y caer al muelle.

 

El segundo trirreme también estaba vacio. Lo registré rápidamente y luego me abrí camino por su cubierta con creciente incomodidad y salté a la tercera embarcación. Verme solo en aquellos enormes barcos vacíos empezaba a

 

ponerme nervioso. Explicar mi presencia se convertía en una opción más difícil cada vez que cruzaba a un nuevo barco. Subir a bordo de un barco de guerra sin permiso probablemente fuera traición. Subir a bordo de tres sería tres veces igual de malo.

Ya por costumbre, crucé al último trirreme y miré por encima del extremo más alejado de la embarcación. Allí vi otro barco, de menor altura en el agua y, por lo tanto, previamente invisible. Era una liburna de un solo remo por banda, una clásica galera ligera. Por alguna razón, había una plancha que iba desde el alcázar de aquel trirreme hasta la liburna. Si los trirremes hubieran transportado carga, habría pensado   que   la   liburna   la   estaba   robando.  Al   estar amarrados en paralelo al muelle y hallarse la embarcación pequeña más alejada del puerto, sería habitual permitir el acceso a tierra mediante una conexión… aunque el capitán de cualquier barco comercial se lo pensaría dos veces antes de utilizar un barco de guerra de la marina como puente. Pero aquello no tenía ninguna explicación lógica. Aun así, el barco más bajo también parecía desierto. Utilicé la práctica plancha y bajé por ella.

Casi enseguida oí que alguien se acercaba. No había manera de regresar al muelle sin encontrarme cara a cara con los recién llegados. Me preparé para contar una buena historia.

Aparecieron en el muelle  y subieron rápidamente  a

 

bordo. Ataviados con estropeadas botas marineras y pantalones de colores vistosos, aquellos marinos de brazos desnudos y cabellos despeinados olían a los mares orientales. Sólo había dos, pero a uno de ellos lo estaban arrastrando, impotente y dando traspiés. Un enorme y reciente morado le desfiguraba su moreno rostro y tenía una oreja hinchada hasta el doble de su tamaño normal. Lo ayudaba a subir a bordo un decidido marinero que llevaba unos grandes broches de oro en los hombros y que, a juzgar por la facilidad con la que llevaba a medias a su conmocionado amigóte, debía de ser fuerte como un toro. Me vio a bordo de su barco.

- ¿Qué  le ha pasado  a tu amigo? -me  lo  tomé  con calma.

- Se ha dado contra un remo. -Sentí un escalofrío. Uno de  los  miembros  de  la  Cuarta  Cohorte,  Parvo,  había golpeado a un ladrón con un remo durante el altercado en el río.

Nos fulminamos el uno al otro con la mirada. El mandamás era sombrío, dominante y estaba contrariado. Su mirada feroz sugería que estaba listo para una pelea.

- ¿Qué estás haciendo aquí?

- Realizando unas investigaciones rutinarias. Me llamo

Falco.

- Cotis.

- ¿Y…?

 

- Arión. -El hombre herido se había erguido; ahora la pareja se separó, cubriendo mi ruta de escape.

- ¿De dónde eres, Cotis?

- De Dirraquio. -¿Dónde estaba eso, por el Hades?

- No está en mi ruta profesional… -Conjeturé a tontas y a locas-: ¿No estará en Iliria?

Entonces, mientras Cotis asentía con la cabeza, me abalancé sobre su tripulante herido.

 

Había pensado que Arión sería el blanco fácil debido a sus heridas. Estaba equivocado. Arión arremetió contra mí de forma muy brusca. Despachar los problemas era cosa de rutina,  quería acabar  cuanto  antes  y le  daba igual  si  yo moría en sus brazos.

Me  liberé, empujé  a Arión contra Cotis  para retrasarlos  y  corrí  como  un  loco  hacia  la  plancha  que bajaba a la costa. Alguien silbó para llamar a los refuerzos. No me detuve a preocuparme de la tripulación que subía a cubierta; otros habían llegado al muelle y me bloqueaban la huida. Entonces un tremendo golpe entre los hombros me derribó. Choqué contra el suelo de la cubierta y noté que la espalda se me dislocaba dolorosamente.

Tiraron de mí para ponerme en pie. Muchas manos me arrojaban de unas a otras. Después de jugar un poco a zarandear a Falco, me lanzaron de nuevo sobre cubierta casi inconsciente.

En torno a mí empezó a desarrollarse más acción de la

 

que me gustaba. La tripulación de aquella nave eran unos maestros de la huida rápida. Aquel barco tenía cerca de cincuenta remos, en una sola hilera a cada banda; los remeros que los manejaban habían aparecido de la nada. De construcción  más  pequeña  y  maciza  que  los  elegantes barcos de guerra, podía haber permanecido allí amarrado junto a los trirremes durante días, incluso semanas… pero ahora se marchaba. La enérgica actividad hizo que la liburna saliera del puerto sin la ayuda de un remolcador.

No todo estaba perdido… o al menos eso pensé por un breve momento. Cuando salíamos más allá del trirreme, de pronto vi por encima de mí la cabeza canosa de Canino. Miraba por la barandilla del trirreme con curiosidad. Me incorporé  como  pude  y grité  pidiendo  ayuda. Canino  se limitó a alzar un brazo lánguido. Tal vez me estuviera diciendo adiós con la mano, pero parecía una señal dirigida a Cotis. Todas las esperanzas de que la marina me rescatara se desvanecieron de pronto.

Tenía una oportunidad de ayudarme a mí mismo mientras  los  marineros  seguían  atareados  con  las maniobras de la partida. Ni siquiera me habían registrado. Cuando el barco se acercaba a la salida del puerto y al faro, desenvainé rápidamente la espada y la sostuve contra el cuello de un marinero. Pero nadie me hizo caso. Los gritos desesperados que dirigí a los funcionarios del faro se perdieron. A esa hora del día, los funcionarios del puerto

 

que estaban allí en lo alto tenían demasiadas embarcaciones a la vista.

Los marineros se lanzaron sobre mí, haciendo caso omiso del peligro que corría su colega. Su reacción fue automática. Aquellos hombres estaban acostumbrados a actuar con rapidez. No se molestaron en desarmarme; me arrastraron hasta la barandilla y me arrojaron directamente por encima de ella.

 

Al igual que los barcos de guerra, aquella liburna tenía agujas de carena. Estas estructuras que se extienden sobresaliendo del casco son habituales en los barcos de guerra con varias hileras de remos, pero normalmente no son necesarias en los monorremes. Pero si se esperaban entablar combate contra, digamos, un barco pirata podría esperarse  que dichas estructuras  protegían sus remos de que el enemigo los barriera y los hiciera añicos. Al menos me salvaron de la mar. Caí sobre la aguja de carena pero cuando me agarré a su baranda superior, la espada se me cayó de la mano. Resbaló por el hueco que había junto al casco y cayó al agua.

Cuando yo mismo corría el riesgo de resbalar entre los soportes que sujetaban la baranda del pescante de los remos,  los  ilirios  decidieron  volver  a subirme  a bordo antes de que pudiera causar algún daño. Se desenvainaron los cuchillos; aferrándome a la frágil carpintería, no tenía ganas   de   que   me   rebanaran.   Cuando   las   manos   se

 

extendieron, dejé que me volvieran a subir. Pasé con dificultad de la aguja de carena a la baranda de cubierta y luego me dejé caer de nuevo a bordo.

No me matarían a plena vista de tierra firme. Esta vez me ataron con cuerdas al mástil para evitar que me metiera en líos. Me calmé. Mientras los latidos de mi corazón se estabilizaban,  evalué  la situación.  Por  la manera en que aquel barco estaba cargado y tripulado, parecía estar claro que Cotis tenía planeado realizar una larga travesía.

- ¿Adonde os dirigís? -le pregunté con voz ronca a un marinero que pasaba por allí.

Su rostro quedó dividido por una sonrisa salvaje.

- ¡Nos vamos a casa, Falco!

Por  el  Hades.  Aquellos  cabrones  se  me  estaban llevando a Iliria.

 

L

 

 

Desde la costa nadie podía percatarse de mi difícil situación. Las esperanzas de una persecución y un rescate pronto se desvanecieron.

La galera liburna era otra embarcación que yo ya conocía de una aventura anterior. Una vez Camilo Justino y yo habíamos ido al mando de un barco como aquél por un río en la Germania Libera. Era un muchacho con amigos bien situados, este Justino. Una de sus amigas era una hermosa sacerdotisa de un bosque germánico, el amor perdido  del  que  nunca  le  hablaba  a  su  mujer,  Claudia. Resultó que la sacerdotisa estaba en posesión de una galera liburna  (¡lo  cual  la  hacía  más  útil  que  cualquier  amor perdido   de  los  míos!)  y  dejó  que  se  la  tomáramos prestada…

Aquella liburna de Dirraquio tenía la clásica ligereza de su clase y alcanzaba una buena velocidad. Tenía media cubierta, y con mi limitada experiencia supe que navegaba bastante hundida en el agua, como si fuera cargada del todo; a saber qué ilícito cargamento se ocultaba bajo cubierta, aunque hice algunas suposiciones. Son embarcaciones rápidas, lo bastante grandes para que uno se sienta seguro en ellas, pero excelentes para misiones de reconocimiento, navegación fluvial… o piratería. En alta mar una liburna

 

podía aparecer de la nada a toda velocidad, superar a un mercante muy cargado y entablar batalla con él antes de que pudiera efectuarse cualquier acción defensiva.

No tardamos en salir del puerto, pasar frente a la desembocadura del Tíber y poner rumbo hacia el sur siguiendo   la  costa.  Hacía  un  tiempo   estupendo   para navegar, la luz del sol de la tarde destellaba en las olas azules bajo un despejado cielo estival. Las elegantes villas de los ricos parecían casitas de juguete a lo largo de todo el litoral.

Una vez fijado el rumbo, me soltaron del mástil y me llevaron a que Cotis se divirtiera conmigo. Él se irguió con aire arrogante y un brillo de expectación en sus ojos. Sus hombres  me  despojaron de  la capa con expresión desdeñosa; se trataba de una prenda sencilla y funcional que llevaba para camuflarme, no para ir a la moda. A juzgar por los exóticos ropajes que vestían ellos, hubieran preferido capturar a unos playboys envueltos en lujosas sedas.

Cotis  estaba  preparado  para  llevar  a  cabo  la humillación ritual.

- ¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¿Cuál es tu nombre de nuevo?

- Falco.

- ¿Esclavo o ciudadano?

- Nacido libre. -Hubo un coro de abucheos. Entonces no era precisamente libre.

 

- ¡Aja! Eres una persona con tres nombres, ¿no? -Cada vez tenía más ganas de extraerle las tripas a ese tipo con la bomba de achique.

- Soy Marco Didio Falco.

- Marco Didio Falco… ¿hijo de? -Cotis me tomaba el pelo con tanto entusiasmo como si ya lo hubiera hecho muchas otras veces.

- Hijo de Marco -respondí pacientemente.

- Así pues, Marco Didio Falco, hijo de Marco… -Las frases rituales tenían un dejo amenazador. Aquél era el epígrafe que alguien grabaría en mi lápida algún día… si es que  alguna  vez  encontraban  mi  cadáver-,  ¿De  qué  tribu eres?

Ya había tenido suficiente.

-  La verdad es  que  no  me  acuerdo.  -Sabía que  los piratas tenían por costumbre soltar insultos antirromanos a sus cautivos. Los insultos de los piratas fingían admiración por nuestro sistema social, y luego conducían rencorosamente a los ahogamientos.

- Bueno, Marco, hijo de Marco, de la tribu de la que no te acuerdas, dime: ¿por qué estabas husmeando en mí barco?

- Subí a bordo siguiendo a dos marineros con un arcón que creí reconocer.

- Mis grumetes, que me traían el arcón de viaje. -La respuesta fue instantánea. Cotis estaba mintiendo. Bajó la

 

voz, que adquirió un tono más amenazador. Los miembros de la tripulación que nos rodeaban se estaban divirtiendo enormemente-. ¿Quieres ver mi arcón de viaje, Marco?

- Pensaba que contenía el dinero del rescate de un hombre al que intento localizar. Quería discutir la situación con la gente que dice que lo retiene.

- ¿Quién es ese hombre? -se burló Cotis, como si para él eso fuera una novedad.

Los informantes siempre esperan tomar la iniciativa en  los  interrogatorios,  pero  cuando  tu  trabajo  implica invadir lugares en los que no eres bienvenido, pronto aprendes a dejar que los interrogatorios vayan al revés.

- Se llama Diocles.

- ¿También es un espía?

- No es más que un cronista. ¿Lo tenéis? -pregunté en voz baja. No tenía absolutamente ninguna esperanza de que Diocles estuviera a bordo de aquel barco, aunque podría ser que hubiera estado allí en algún momento.

- No, no lo tenemos. -La declaración le causó gran satisfacción a Cotis.

- ¿Sabes quién lo tiene?

- ¿Es que lo tiene alguien?

- Si me haces esta pregunta, ¿acaso sabes que está muerto?

- No sé nada de él, Falco.

- Sabías lo suficiente como para mandarles una nota

 

pidiendo un rescate a sus amigos.

- No fui yo. -Cotis esbozó una sonrisa burlona. Su manera de hablar en esa ocasión hizo que le creyera.

- ¡Ah! ¿Entonces sabías que otra persona había enviado la nota? Entonces tendisteis una emboscada para conseguir el dinero y se lo robasteis delante de las narices…

- ¿Haría yo eso?

 

- Creo que eres lo bastante inteligente. -Lo que estaba claro es que era lo bastante inteligente como para saber que le  estaba  dirigiendo  cumplidos  para  ablandarlo.  Cuando soltó una carcajada ante el halago, le pregunté rápidamente-

: ¿Entonces quién mandó la nota pidiendo el rescate, Cotis?

Se encogió de hombros.

- No tengo ni idea. -Lo sabía, seguro. Aquel hombre le robaría a cualquiera, pero querría saber con certeza a quién pertenecía el botín del que se estaba apropiando.

- ¡Oh, vamos! Si te vas a casa a Iliria, ¿qué pierdes en decírmelo? -Si se iba a casa, su asociación con los cilicios debía de haberse roto. Así pues, podrían haber sido ellos los que emitieron la nota pidiendo el rescate y Cotis se había aprovechado  de  la situación traicioneramente-.  No soy funcionario; mi misión es privada -lo engatusé-. Lo único que quiero es encontrar a Diocles y rescatar al pobre infeliz. Entonces dime, ¿lo tienen los cilicios?

- Deberías preguntárselo a ellos.

-  ¡Espero  tener  la oportunidad  de  hacerlo! -sonreí,

 

reconociendo que ello dependía de lo que Cotis me hiciera. Él me devolvió la sonrisa. No me sentí más tranquilo. Los pelos de la nuca se me pusieron de punta-. ¿Por qué me llevas contigo?

- ¡Alguien está preocupado! -informó Cotis a su tripulación, que miraba con lascivia-. ¡Relájate, Falco! - exclamó entonces con sorna-. Sólo estamos mojando los remos en el océano en esta estupenda tarde mientras comprobamos unas fugas que hemos arreglado. El viaje de vuelta a nuestro país es largo, pero tenemos que asistir a un funeral antes de zarpar hacia allí. De modo que te devolveremos sano y salvo a Portus, no temas. No había necesidad  de  que  sacaras  la  espada  ni  de  que  gritaras pidiendo ayuda. -Fui prudente y no pregunté de quién era el funeral. El de su compatriota, Teopompo.

No  confiaba  en  aquella  promesa  de  devolverme  a tierra sin ningún percance. Si la tripulación decidía que los había estado vigilando demasiado de cerca, estaba definitivamente perdido.

Dejé de ser prioritario. Cotis se dio la vuelta para discutir algún asunto del barco con un hombre alto y de aspecto competente que parecía ser su experto en navegación. Hacían comprobaciones  mirando a intervalos por encima de la banda de la nave. Un marinero le preguntó algo a Cotis y me dirigió una mirada perversa: estaban planeando    alguna    otra    travesura.    El    marinero,    un

 

mequetrefe   con   la   nariz   rota   que   tenía   aspecto   de aprovechar  cualquier  oportunidad  tanto  en  las  travesías como en los permisos para bajar a tierra para pelear con todo el que quisiera hacerlo, desapareció por una media escalera que conducía a la bodega de carga.

Al cabo de unos minutos, el mismo marinero subió corriendo   a  cubierta   con  una  banda  de   tela  blanca. Refunfuñé para mis adentros, Cotis recuperó de pronto su estilo provocador.

- ¡Mirad, una toga! ¡Marco, hijo de Marco, debe llevar su toga como es debido, muchachos!

Me llevaron al centro de la cubierta. Me obligaron a extender  los brazos  y me envolvieron fuertemente  en la tela blanca. Puede que fuera una sábana; daba la sensación de ser una mortaja. Me hicieron dar vueltas y más vueltas, como si esperaran que me mareara.

- Así está mejor. Ahora tiene el aspecto adecuado. - Cotis  había  enronquecido  con  sus  burlas  proferidas  a gritos. Se acercó más, su mentón sin afeitar apenas a un par de centímetros del mío-. Vuelves a estar nervioso, Falco. - Fue un gruñido en voz baja-. Me pregunto… ¿conoces este juego al que quieren jugar mis muchachos?

- ¡Ah! Creo que sí, Cotis.

- Apuesto a que sí. Tienes aspecto de ser una persona que sabe un montón… -Aquello era una advertencia de que Cotis era consciente de que yo estaba muy al tanto de su

 

papel delictivo.

Un chico se acercó corriendo y me colocó una corona en la cabeza en medio del alegre jolgorio de los demás. La guirnalda era de hacía varios días, una reliquia de alguna fiesta, y sus frágiles hojas ahora estaban secas y pinchaban.

- Una corona para un héroe… ¡Ave, Falco! Responde a nuestro homenaje, responde…

Entonces me obligué a saludarlos.

- Tienes suerte. -Cotis apuntó su último dardo-. Has caído entre hombres de honor. Conocemos tus privilegios como  ciudadano  romano.  Puedes  recurrir  al  emperador.

¿Es eso cierto, Marco, hijo de Marco?

Asentí con la cabeza cansinamente.

Hubo un aplauso fingido cuando me empujaron y arrastraron hacia la barandilla de la liburna. Sabiendo lo que se avecinaba, intenté resistirme. Fue inútil.

- No pienses mal de nosotros, Falco -ordenó Cotis. A ese hombre le encantaba hacer teatro para su tripulación de mala fama. No queremos retener a un prisionero romano, todo lo contrario. -Hizo un gesto hacia el extremo de una escalera de  cuerda que  uno  de  sus  hombres  acababa de colgar  por encima de la borda en la parte  posterior  del barco. Ya había oído hablar de esa jugada. Conocía el resto-

. Eres libre de marcharte, Falco. Allí está el camino hacia tu casa: tómalo.

Miré por encima de la borda. La escalera se terminaba

 

a unos sesenta centímetros del agua. Se balanceaba muchísimo. Lentamente, trepé a la barandilla y me preparé para descender. Mi renuente movimiento fue recibido con unas carcajadas. Aferrándome a una cuerda, permanecí derecho  sobre  la  baranda.  La  parte  superior  de  madera estaba mojada y resbaladiza. La estupenda cuerda de pelo de cabra que había agarrado me cortaba la mano. Mientras el   barco   avanzaba   surcando   el   agua,   todas   las   olas amenazaban con tumbarme.

En cuanto empecé a bajar por la escalera ya no hubo la menor duda de cuál iba a ser mi destino. Iba a caerme, ya fuera por accidente o con ayuda de la tripulación. Allí a lo lejos   en  mar   abierto,   donde   circulaban   las   famosas corrientes del Tirreno, hasta un buen nadador tendría pocas posibilidades. Y yo no sabía nadar en absoluto.

 

LI

 

 

Los marineros empezaron a azotarme con cuerdas. Al menos el simulacro de toga con la que me habían envuelto me protegía de los trallazos. Subí a la escalera.

- ¡Muy bien… baja! -exclamó Cotis con una sonrisa. Buscando  a tientas  los  peldaños  que  se  combaban,

descendí con desánimo. Vi un par de barcas de pesca a una larga distancia de nosotros. La costa también parecía estar muy  lejos.  Nos   hallábamos   en  una  de   las   rutas   de navegación  más  transitadas  del  Mediterráneo…  la única tarde  en  la  que  el  camino  hacia  Portus  parecía  estar tranquilo.

Por   encima   de   mi   cabeza      que   los   remeros regresaban a sus puestos: les habían dado una nueva orden. El barco retomó su rumbo. Estaba tan cerca de los remos que al hundirse y alzarse me salpicaban. Algo hicieron en la vela mayor. Me aferré desesperadamente cuando viramos mar adentro dando una larga bordada contra la corriente y dejamos  la  costa  aún  más  atrás,  entonces  me  balanceé como un loco cuando volvimos a maniobrar. Los remeros trabajaban duramente. Cada vez que se giraba el timón para cambiar de rumbo, la escalera daba sacudidas hacia atrás o me hacía rebotar contra el casco; cada vez se hacía más difícil evitar salir despedido.

 

Conseguí despojarme del simulacro de toga. Me quité la maltrecha corona y la dejé caer. Un marinero que me miraba desde la barandilla se río con socarronería. Puede que siguiera pareciendo un idiota a ojos de la tripulación, pero yo me sentí mejor.

Estaba vivo. Siempre y cuando siguiera aferrándome aún había una oportunidad para mí. No obstante, me hallaba en una escalera de cuerda sin poder hacer nada, a pocos centímetros de los remos que se alzaban, en un barco gobernado   por  unos  secuestradores   profesionales   que sabían  que  había  descubierto  a  qué  se  dedicaban.  La promesa de devolverme a tierra no se iba a cumplir. Sabía demasiado sobre sus actividades y no tenía nada con lo que negociar.   Quizá  no   me   estuvieran   haciendo   caso   de momento, pero no estaba a salvo ni mucho menos.

Seguía reconsiderando y descartando planes de acción cuando ocurrió un nuevo desastre. Por encima de mí, en cubierta, la tripulación estaba atareada. El experto en navegación seguía yendo y viniendo, inspeccionando el casco;  de  vez  en  cuando  le  veía  la  cabeza  cuando  se asomaba. Cotis había desaparecido.

Cotis  debía  de  haber  ido  a  investigar  el  arcón  de dinero robado. Oí un bramido, un grito de absoluta furia. En cubierta estalló la confusión. Los remeros cesaron en sus esfuerzos y debían de haber abandonado sus asientos: los remos colgaban, ociosos. El barco se tambaleó y perdió

 

impulso. «¡Esto es una caja llena de piedras!».

En aquellos momentos Cotis estaba asomado a la barandilla por encima de mí, dando gritos. En una mano alcancé a ver unas grandes monedas de oro. En la otra tenía guijarros, que me arrojó. Agaché la cabeza. Me alcanzaron uno o dos. Los marineros abarrotaban la barandilla; aquella tarde debían de haber más de cuarenta miembros de la tripulación y la mayoría de ellos habían abandonado sus puestos para abroncarme.

- ¡Lo has hecho tú! Me engañaste…

- Yo no tengo nada que ver con eso…

No sirvió de nada. Cotis quería un culpable.

-   ¡Anácrites!   -le   grité   a  Cotis,   desgañitándome. Aquello era típico del jefe de los servicios secretos y su personal:  aun  cuando  él  estaba  fuera,  los  cajeros  de Anacrites habían amañado las cosas automáticamente. A sabiendas o no, Holconio y Mutato se habían convertido en cómplices de un clásico chanchullo. El arcón del rescate debía de contener monedas en lo más alto para que todo pareciera correcto, pero estaba cargado principalmente con piedras. Normalmente esta artimaña no daba resultado: los delincuentes  saben  cómo  inspeccionar  una  entrega  de dinero a conciencia. Pero si un grupo de piratas le roba a otro con prisas, puede darse el caso de que pasen por alto dicha precaución.

- Cotis, el dinero lo proporcionó la oficina del jefe de

 

los servicios secretos. Siempre juega sucio… Cotis no sabía nada de Anacrites.

- ¡Lo hiciste tú! -gritó-. ¡Éste es tu final, Falco!

Los miembros de la tripulación estaban todos profiriendo insultos a voz en grito. Algunos empezaron a sacudir un bichero, aunque yo estaba demasiado abajo para que pudieran alcanzarme. Cotis volvió  a desaparecer  por unos instantes y luego regresó con un hacha. Su enojo era tan grande que estaba dispuesto a sacrificar una escalera decente  sólo  para  despacharme.  Golpeó  para  cortar  la cuerda. Al igual que todos los marineros, sabía cómo partir una cuerda en un momento difícil. Uno de los lados cedió. Al tiempo que me balanceaba y chocaba contra el casco, le grité que se detuviera. Él cortó la otra cuerda. Caí.

Tuve el tiempo justo de esperar que algún delfín que pasara y al que le gustara jugar con chicos romanos subiera nadando a la superficie y me salvara la vida.

Entonces tomé una última bocanada de aire, me sacudí como un loco en medio de los enredados travesaños de la escalera y me hundí bajo las profundas y frías olas.

 

LII

 

 

«No te caigas al agua…»

Helena había sabido casi desde que la conocí que yo no sabía nadar. En una ocasión había evitado que me cayera en el río Ródano, después de lo cual su misión personal había sido impedir que me ahogara. Había intentado enseñarme la manera de mantenerme a flote. «Aguanta la respiración y limítate a recostarte: flotarás en el agua. Ten fe, Marco…»

Me  fui  hacia abajo.  Subí. Aguanté  la respiración  y miré al cielo. El agua me pasó con fuerza por encima de la cara y volví a hundirme inmediatamente en ella.

Estaba atrapado entre los travesaños de la escalera. Su peso me arrastraba bajo el agua. Yo seguía agarrado como un tonto. Me desasí y luché para liberarme. El terror estuvo a punto de dominarme.

Me solté. Sintiéndome de pronto más ligero, supe que estaba libre. «No te dejes llevar por el pánico, tú quédate quieto…»

Subí y llegué a la superficie. El cálido sol me iluminó el rostro. Tosí y casi me hundo de nuevo. «De espaldas, Marco,  así  estarás   perfectamente   seguro.»  Me  quedé quieto. Tomé aire y no me hundí.

Estupendo. Gracias, señora.

 

El barco ilírico se alejaba rápidamente de mí con la corriente costera que iba en dirección norte. La línea de la costa quedaba tan lejos que prácticamente no se veía. Me habían  maltratado   y  atormentado   y  luego   me   habían arrojado al agua. Flotaba, pero cuando intentaba moverme tenía que luchar para no hundirme. Había tragado agua de mar.  Sabía  que  no  tardaría  en  coger  frío  y  quedarme exhausto. Me sentí mareado. En unos momentos tendría calambres. No había ningún simpático delfín que quisiera rescatarme, aunque sabía que habría tiburones. Neptuno y Anfitrite podrían haberme invitado a cenar, pero debían de haberse ido a retozar con sus hipocampos a algún otro lugar de sus salados dominios.

Nadie sabía siquiera que había salido de Portus. Ahora estaba allí, solo en mitad del mar Tirreno.

Desesperado, me coloqué como pude en dirección a la costa. Entonces vi una barca de pesca.

El  pequeño  bote  se  hallaba  inmóvil  con  su  vela tarquina  recogida,  no  demasiado  lejos  de  mí.  No  había nadie a la vista. Traté de gritar pidiendo ayuda, sin ningún resultado.  Lentamente  intenté  avanzar  chapoteando  y  al final,  tras  siglos   de  esfuerzo,  me  coloqué   con  gran dificultad al lado del bote que cabeceaba. Era demasiado pronto para empezar a sentirme orgulloso de mí mismo. Era demasiado pronto para respirar aliviado. Cuando grité e hice  notar  mi  presencia,  por  fin  alguien  reaccionó.  Le

 

molestó mucho verme.

 

De hecho, cuando intenté agarrarme de una cuerda y solicitar ayuda para subir a bordo de la embarcación, él se puso en pie de pronto por encima de mí. Horrorizado, vi que alzaba un remo, a punto de estrellarlo en mi cabeza en un seguro intento de matarme.

Pataleé para alejarme de su maldito bote. Lo hubiera maldecido pero no había tiempo y volví a hundirme en el agua. El hombre al que había visto era ancho, robusto, de unos  sesenta  años  y  con  un  despeinado  cabello  gris  y rizado. Aunque sólo distinguí un borroso perfil a través del agua que me inundaba los ojos, lo conocía. Intenté gritar su nombre pero en lugar de eso me tragué una pinta de mar.

Era demasiado tarde. Iba a morir ahogado.

 

Entonces  me topé con algo que casi me arrancó  la oreja y oí un grito de «¡Agarra el maldito remo!». Tras lo cual,  aquella  voz  familiar  dijo  con  despreocupada irritación: «He engendrado a un idiota…».

De   modo   que   me   agarré   al   remo   y,   con   mi acostumbrado respeto filial, dije, jadeando:

- ¡Cállate y sácame de aquí antes de que me muera, papá!

 

LIII

 

 

- Es muy amable por tu parte haber venido a verme, Marco. ¿Cómo es que estás haciendo el oso por aquí todo solo y medio muerto?

Medio  muerto  era  correcto.  Estaba  tumbado  en  el suelo de su bote, descalzo y totalmente desplomado. Ni siquiera pude darle las gracias a Gemino por su bienvenida. Alguien me golpeó entre los omoplatos. Vomité un montón de agua de mar.

- Por todos los dioses, este chico no cambia nunca… era igual cuando tenía tres meses… ¡Uy, ahí va otra vez! La próxima  vez  intentemos   colocarlo   por   encima  de   la borda…

Había alguien más en el bote.

Con mucha concentración, cuando las otras personas tiraron de mí para ponerme derecho, logré volverme con dificultad para marearme por encima de la barandilla tal como me habían solicitado. Aquella proeza de fuerza de voluntad fue recibida con unos aplausos. Yo estaba tendido con  la  cara  en  la  baranda,  temblando  de  modo incontrolable.

- Llévame a casa, papá.

- Eso haremos, hijo.

No   ocurrió   nada.   La   barca   de   pesca   continuó

 

cabeceando suavemente allí donde estaba. Me di cuenta de que  Gemino  estaba reposando  con total  indiferencia. Al final logré darme la vuelta lo suficiente para ver a su compañero: Gornia, el ayudante de almacén de papá. A su lado, mi cinturón estaba enganchado en un palo y mis botas colocadas en vertical en los toletes para que se secaran. Tanto   papá   como   Gornia   llevaban   sombrero.   Habían colocado un diminuto trozo de arpillera de modo que me proporcionara sombra. El sol de agosto brillaba en el mar, su luz implacable y deslumbrante.

No podía enfrentarme a la cuestión primordial de por qué daba la casualidad de que mi padre iba a la deriva por el mar Tirreno. Así pues, me quedé ensimismado preguntándome por qué Gornia, que tenía que estar supervisando el almacén de la Saepta Julia en Roma, se hallaba, sin embargo, sentado con mi padre en el mismo bote ridículo. No podía entender la respuesta. Gornia, un viejo amigo de mi padre que había pasado muchos años con él, se limitó a quedarse ahí sentado sonriéndome con unas encías  casi  desdentadas.  No  malgasté  esfuerzos recurriendo  a  él.  Siempre  dejaba  que  papá  llevara  la iniciativa en una conversación, y mi padre era un maestro ocultando hechos fundamentales. Gornia podría haber trabajado  en algún establecimiento  respetable  donde hubiera tenido un sueldo igual de escaso dedicando también muchas  horas,  pero  daba  la  extraña  impresión  de  que

 

disfrutaba con las emociones de la caverna de los misterios de Gemino.

- ¡Llévame a casa, papá, por favor!

- Todo a su debido tiempo, chico.

No había cambiado nada. Era como si volviera a tener cinco años otra vez y estuviera excesivamente cansado después de haber comido demasiados dátiles con miel en alguna  fiesta  interminable  de  un subastador  a la que  le habían dicho a mi padre que me llevara para que mi madre me perdiera de vista unas cuantas horas.

Yo también tenía dos hijas pequeñas y sabía perfectamente bien cómo responder a eso:

- ¡Quiero irme a casa ahora!

- Todavía no, hijo.

Me rendí. Tal vez me hubiera ahogado de verdad y aquélla era una pesadilla en el Hades.

- Papá, si no es demasiado preguntar, ¿qué estáis haciendo aquí exactamente?

- Sólo es una tranquila excursión de pesca, Marco.

- ¿Tiburones? -gruñí, pensando en el tío Fulvio. Vi un par de sedales que pendían por encima de la borda, aunque ni papá ni Gornia les prestaban ninguna atención. No recordaba que mi padre hubiera ido a pescar alguna vez. Era un hombre de cerdo a la parrilla. O tal como solíamos bromear, de pavo real asado, si alguna vez podía abusar de la amabilidad del anfitrión de una cena en la que se sirviera

 

un lujo  semejante  a los  gorrones.  Puesto  que  no  iba a ocurrir nada hasta que mi irritante progenitor decidiera que estaba listo, me incorporé  un poco  y me despojé  como pude de mi túnica mojada. Gornia tuvo la gentileza de extenderla para que se secara.

Papá me dio un recipiente con agua. Tras dar unos vacilantes  sorbos,  me  recuperé  lo  suficiente  para preguntarle  si  sabía dónde  había pasado  exactamente  su exilio Fulvio después de perder aquel barco a Pesinunte.

Papá pareció sorprendido, pero respondió:

- En un lugar de mala muerte llamado Salona.

- ¿Dónde está eso? -Papá se encogió de hombros. Lo incité-. ¿Está en Iliria?

-  Bueno…  -Lo  había sabido  desde  el  primer momento-. Creo que se encuentra un poco más al norte.

No lo creí.

- ¿No será en Dirraquio?

- En Salona, ya te lo he dicho.

- ¿Y qué hacía allí Fulvio?

- Un poco de esto, un poco de aquello.

- No te escabullas. Esto podría ser grave. -Bebí un poco más de agua-. ¿Un poco de qué, papá?

- ¿Cómo de grave?

- Pronto podrían arrestar al tío Fulvio…

- ¿Por qué? -Papá parecía alarmado.

- Por piratería.

 

- ¡Estás de broma, hijo!

- No. ¿Qué ha estado haciendo en Hiña, lo sabes?

 

- Sólo comprar y vender. -Eso le daría cierto atractivo a Fulvio a ojos de papá; cualquiera que se dedicara al comercio con el extranjero era un contacto en potencia. Antes de que pudiera preguntar qué vendía, mi padre me lo dijo de forma voluntaria-: Era proveedor de la flota de Rávena. Un negociador.

- Un negociador abarca toda una gama de actividades, legítimas o no.

- Tienes pinta de volver a estar mareado, muchacho - dijo papá con seriedad.

- No me distraigas. Estaré bien si algún día me llevas a remo hasta la orilla. Estoy empapado y tengo frío, y he pasado por una mala experiencia. Si no hubieras aparecido me habría ahogado. Te estoy agradecido, créeme, muy agradecido… pero, ¿por qué no podemos marcharnos? Por todos  los  dioses,  ya  te  compraré  un  poco  de  pescado, maldita sea. Te conseguiré un condenado pez espada entero y dejaré que digas que lo pescaste tú solo, papá…

Mi padre dejó que despotricara. Cuando paré, dijo sosegadamente:

- Todavía no podemos irnos.

Miré a Gornia. Aquel mozo emancipado se limitó a sonreír. Tanto él como mi padre parecían encontrarse extrañamente cómodos ahí afuera.

 

- ¿De quién es este bote? -pregunté con recelo.

- Mío -contestó  papá. Eso  era una novedad. Era un bote viejo. ¿Desde cuándo tenía un bote mi padre?

- ¿Dónde lo guardas… y para qué es? -Papá me sonrió. Lo volví a probar-: ¿Lo haces muy a menudo esto de venir remando tan lejos para quedarte sentado silbando bajo el cielo?

- Es muy saludable.

- Es muy sospechoso, papá. -A Gornia aquello le pareció tan ingenioso que se rio. Vaya, eso sí era una primicia.

Él también parecía conformarse con permanecer allí para siempre, sin hacer nada. Me puse de pie, conseguí no desmayarme  y  agarré  un  largo  remo.  En  teoría  sabía manejar botes pequeños, aunque no era tan experto como Petronio-. Si no me explicas a qué estamos esperando, voy a remar yo mismo hasta la orilla, papá.

Mi padre no se molestó en levantarse y coger el remo; sabía  que  en  cuanto  diera  tres  golpes  con  él  estaría acabado.

-  Estamos   esperando   a  pescar   algo,  Marco.  De momento  lo  único  que  ha  picado  has  sido  tú…  una deliciosa sorpresa, no me entiendas mal, pero Helena no me dará las gracias si te aso para cenar… Siéntate y deja de dar la lata. Si tienes hambre puedes quedarte con mi almuerzo.

 

- Tiene cara de ir a vomitar de nuevo. -Por una vez, Gornia se sintió impulsado a hacer un comentario. Le preocupaba que, si me parecía a mi padre, me comiera su parte. Aun así, el canasto parecía grande.

Logré entender las cosas. Ya lo habían hecho antes. Más  veces  de  las  que  me  gustaría  saber.  No  estaban pescando, por supuesto; tenían una cita. Podía imaginarme para qué. Papá estaba esperando a algún comerciante internacional que le echara por encima de la borda algunos artículos para él. Se llevaría el botín a la costa en secreto, sin pagar derechos de importación. Mal podía yo quejarme, puesto que me había rescatado, pero entonces comprendí por qué había estado preparado para pegarle a cualquiera que intentara subir a bordo.

Yo estaba furioso. Mi padre estaba contrabandeando con obras de arte, y si los vigiles o los de aduanas lo apresaban  aquel  día,  a    también  me  arrestarían.  Le expliqué lo inconveniente que eso sería para un hombre de la superior clase ecuestre como yo, y papá me dijo que me metiera mi anillo de oro donde me cupiera.

- Te van a pillar, papá.

- No veo por qué -me aseguró mi padre en un tono desabrido-, No me han pillado nunca.

- ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

- Unos treinta años.

- No puede merecer la pena…

 

- ¡Pues claro que sí, joder!

- ¿Cuál es la tasa de importación… un dos, un dos y medio por ciento? Muy bien, así pues tienes que añadir un uno por ciento al precio de la subasta pero haces que tus clientes lo paguen…

- Los derechos de importación de algunos artículos de lujo ascienden a un veinticinco por ciento -recitó papá, y dejó que asimilara el por qué una tasa tan salvaje hacía que valiera la pena estar sentado en aquel bote.

- ¡Tengo una buena premonición -se rio mi padre al final-  cada  vez  que  tu  hermana  Junia  me  impone  la presencia de ese pedorro que tiene por marido!

-  ¡Ah,  si  estamos  engañando  a  Cayo  Baebio,  bien hecho! -Volví a dejarme caer en el bote y me preparé para que continuaran castigándome.

Las horas que siguieron me las pasé temblando, mareado, y sufrí unas graves quemaduras de sol, hasta que lamenté  no  haber  esperado  más  pacientemente  la oportunidad de que un delfín me llevara hasta la costa.

Finalmente el barco esperado se acercó, se bajó una bandera a modo de saludo, papá y Gornia se levantaron de un salto, agitaron la mano alegremente y cuando la embarcación se puso al pairo ellos entraron en acción mientras varios paquetes pesados y de extraña forma se hacían descender en unos soportes hechos con cuerdas. Yo me quedé donde estaba, fingiendo estar comatoso. Mis dos

 

compañeros cogieron los bultos como un par de expertos y los guardaron, trabajando a toda velocidad, llenando aquella barca de pesca y el pequeño bote que llevaba a remolque. Gornia, que antes hubiera pasado por ser una persona de ciudad, trepó entre los dos botes con inesperada agilidad. Incluso papá, cuando empezó a orientar la vela, tenía el aspecto  de  un  viejo  buccino  que  hubiera  vivido  en  un pueblo pesquero toda su vida. Gornia se ocupó de un remo con toda la aptitud de un barquero.

El barco mercante se había puesto en marcha de nuevo y al fin nos estábamos dirigiendo hacia la costa. Volví a pasarme la túnica endurecida por la sal por la cabeza.

- ¿Dónde tomarás tierra, papá? No puedo afrontar un largo viaje de vuelta a Ostia.

- No hay necesidad de ello, hijo. Pronto habrá terminado todo… estarás arropado en una cama cómoda y calentita con un poco de vino tibio con especias para adormecerte… Nosotros cuidaremos de ti. -Lo miré. Un nuevo secreto estaba a punto de hacerse público. Alguna espantosa revelación que me sentiría obligado a ocultarle a mi madre a toda costa-. Tengo mi propia villa -me informó papá mansamente.

Bueno, claro que sí, era de esperar. Abarrotada de galerías de arte llenas de estatuas griegas. Pagada con el dinero del contrabando.

- Deberías dejar que te enseñe su colección, Marco -

 

confirmó   Gornia   con   entusiasmo.   Papá   adoptó   una expresión furtiva.

Se me ocurrió una idea mientras lo fulminaba con la mirada.

- Fulvio adquiere material para ti… ¿hace tiempo que es proveedor?

- No se lo digas a tu madre. -Mamá estrangularía a

Fulvio sin miramientos.

- ¡Qué astuto! Vosotros dos habéis estado en contacto durante años, ¿no?

Papá movió la cabeza en señal de afirmación. Eso significaba que, si el tío Fulvio estaba aliado con los piratas modernos, papá también. Cerré los ojos, desesperado.

- Ya casi hemos llegado -me tranquilizó papá-. Esto ha sido un placer para mí. Mar y sol. Un alegre día fuera en un bote de pesca, con mi chico…

 

Anochecía cuando llegamos a su villa. Era tan lujosa como me había imaginado. Intenté no mirar.

No   había  escasez  de   esclavos.   Se   mandó   a  un mensajero con una nota para Helena.

- Tendrías que haberme consultado. ¿Qué has puesto en la nota, papá?

- «No hay nada de lo que preocuparse, cariño: he ido a pescar con Gemino». -¡Oh, estupendo!

Intenté pensar en otras cosas.

- ¿Esta villa está cerca de la de Damágoras?

 

- La suya está un poco más arriba siguiendo la costa.

¿Es cierto que lo han enchironado? -sacó a relucir papá.

- Está encarcelado en una celda de los vigiles.

- ¿Es ésa manera de tratar a un anciano?

- No, pero los vigiles no tienen corazón… ¡así que ten cuidado! ¿Qué sabes de Damágoras?

- No tenemos relación -dijo papá-. Yo organizo mis veladas en mi casa de Roma; aquí sólo estoy conmigo mismo. Hay un montón de intrusos, nunca sabes con qué clase de persona podrías encontrarte tratando.

Dije que entendía perfectamente bien que un contrabandista no quisiera mezclarse con un jefe pirata… y fue entonces cuando me fui a la cama.

La cama era cómoda, tal  como  se  me  prometió,  y dormí  tan  profundamente  como  lo  hubiese  hecho cualquiera que hubiera sido atormentado y arrojado al mar para que se ahogara antes de soportar unas horribles revelaciones familiares y beber un montón de vino para olvidar un día horrendo.

 

Lo único que necesitaba era una noche para recuperarme. Estaba deseoso de seguir mi camino. Dormí más de lo que pretendía, pero todavía encontré el bufet del desayuno (servido por más esclavos aún) antes de que papá hiciera acto de presencia. Gornia, un tipo ansioso, ya estaba levantado y cargaba una carreta discretamente cubierta. Me

 

llevo a Ostia. Me dejo cerca de mi apartamento y luego siguió  conduciendo  hasta  Roma.  Me  fui  andando rápidamente a casa sólo para encontrarme con una nota escrita en el  reverso  de  la que  papá le  había enviado  a Helena  el  día  anterior.  «Querido  haragán,  si  apareces, hemos  ido  al  funeral.  En  la  Necrópolis  de  la  puerta Romana. Confío en que pescaras un pez bien gordo. HJ.»

Me lavé con agua fría, me cambié de ropa y me puse mis segundas mejores botas, traté de pasarme un peine por mis salados rizos pero no pude y luego me quedé de pie un segundo junto a la cuna de Favonia. Mi familia estaba ausente, pero eso me ayudó a volver a conectar con ellos.

Di un rodeo y pasé por casa de Privato. Mis hijas estaban allí, bien atendidas; no las molesté. El joven Mario y Cloelia se divertían en el jardín del peristilo; habían descubierto cómo juguetear con el chorro de la estatua de Dionisos. En aquellos momentos el dios del vino estaba haciendo un enorme pis que describía un arco, ante lo cual ellos  se  desternillaban,  atacados  de  risa.  Entonces levantaron la vista, me vieron y se abalanzaron sobre mí con deleite. Nux y Argos, el joven perro de Mario, que estaban durmiendo en una zona sombreada, levantaron la mirada, menearon unos rabos perezosos y volvieron a dormir.

- ¡Tío Marco! Todo el mundo te ha estado buscando.

- Entonces estoy metido en un lío.

-  Bueno,  si  te  matan  en  el  funeral  -me  consoló

 

Cloelia-, al menos será práctico. ¿Te gustarían rosas rojas o blancas en tu féretro?

- Elige tú por mí.

- Mis favoritas son las rosas dobles.

- Perdí mi espada -le dije a Mario-. ¿Petronio tiene aquí una de repuesto? -Mi sobrino no tenía por qué saberlo, pero lo sabía, y fue a buscármela inmediatamente. Era un arma simple, con una vaina sencilla, pero se adaptaba bien a la mano y estaba perfectamente afilada. Al abrochármela, en  la  familiar  posición  militar,  en  alto  bajo  mi  axila derecha, enseguida me sentí mejor-. Gracias, Mario. Dales un beso a las niñas de mi parte.

- Seremos sus guardianes -me aseguró Cloelia a su manera solemne- si mamá y tía Helena hacen que te caigas sobre la espada. -Cuando Mario fue a por el arma, ella también  se  había  alejado  correteando  para  traerme  la segunda mejor toga de Petro y así poder ir yo al funeral vestido de manera adecuada, con la cabeza oculta en sus amplios pliegues.

Unos niños estupendos. Decidí no mencionar que su tío abuelo se asociaba con piratas y que su abuelo hacía contrabando de obras de arte.

 

LIV

 

 

Tal vez la intención de Marco Rubela fuera evitar que el funeral de Teopompo se convirtiera en una fiesta desenfrenada en la playa; lo que había conseguido fue una fiesta desenfrenada en una necrópolis. Puesto que Ródope había optado por despedir a su amado en la puerta Romana, aquello era tan público como podía llegar a ser. Cuando llegué, el acontecimiento llevaba en pleno auge desde la salida del sol y su fervor no daba muestras de aplacarse. Cualquiera que pasara por la carretera principal de ida o de vuelta a Ostia debía de haberse percatado de ello. Rubela tenía una expresión cabizbaja mientras supervisaba a un grupo de vigiles que estaban intentando desviar a las multitudes.

- ¡Prohibido el paso!

- Díselo a ellos, hijo.

Saludé alegremente con la mano al tribuno y fui avanzando poco a poco junto a sus controles de tráfico. Me dirigí hacia el ruido y me abrí paso entre las hileras de columbarios. La necrópolis estaba diseñada como una pequeña ciudad de  casas  en miniatura para los  muertos. Eran construcciones  sólidas de ladrillo, muchas  de ellas con tejados embreados. Algunas tenían las puertas abiertas: la mayoría constaban de una habitación principal con dos

 

niveles  de  nichos  en  todas  las  paredes  para  recibir  las urnas.  Una  ancha  calle  enlosada  con  mármol  travertino corría paralela  a la carretera  principal  de  Roma; estaba llena de gente, todos dirigiéndose a la despedida de Teopompo.

- ¡Alto ahí! -Un puño me golpeó en el pecho-, ¿Es ésta mi toga?

- ¡Oh, maldición! Pensé que había tapado esa mancha de salsa que te hiciste la última vez que la llevaste.

Petronio Longo era un cabrón con ojo de lince… y estaba gruñendo.

- Esta toga estaba limpia cuando la birlaste, Falco. Puedo ver que es la mía, no ese modelo peludo tuyo con el que normalmente tropiezas y te caes. -Mi toga, que había dejado en Roma, la había heredado de mi hermano Festo, el cual había sido partidario de un pelo lujoso y unos bajos excesivamente largos. Todavía no la había hecho arreglar porque no soportaba llevarla.

Aquélla también me venía demasiado larga; Petronio Longo me saca media cabeza. Me coloqué un pliegue de la prenda que había tomado prestada sobre mis rizos de punta. Aquello creó una parodia de un devoto dirigiéndose a un sacrificio, pero puse cara larga y di unos pasos menudos y afectados para añadirle efecto. Pedro profirió un silbido insinuante.

- Deja de parecer  un albañil  en un andamio, Petro.

 

Tengo que ir disfrazado.

- ¿Te escondes de Helena? ¿Y dónde has estado, por el Hades? Ayer tuve que registrar el puerto de arriba abajo buscándote, luego llegó un disparatado mensaje.

- Papá, que estaba en vena. -No lo delaté-. ¿Cómo está

Helena?

- ¿Aparte de furiosa?

- Soy inocente. Si el capitán de puerto hubiera hecho su trabajo hubiera visto cómo se me llevaban a la fuerza una salvaje banda de ilíricos.

- ¿Los que están hoy aquí? -Petronio se animó y se pegó a mí-. ¡Qué divertido! ¿Estarán enfadados de que escaparas? Vendré a fisgonear.

Me  dio  en la toga,  notó  la espada  y entonces  me enseñó el pomo de la que él llevaba bajo su capa. Admití que le había tomado prestada la de repuesto.

- La mía está en el fondo del mar. Ojalá no hubiera malgastado esfuerzos limpiándola primero.

- Fue una suerte que no fueras tú el que se cayera. Esbocé una débil sonrisa.

 

El funeral iba a celebrarse en el centro del ancho camino que en aquellos momentos estaba abarrotado de gente. La ceremonia ya había comenzado, pero daba la impresión de que en varias horas no había ocurrido mucho. Los dolientes que se conocían estaban sentados por ahí en grupos, intentando  recordar  el  nombre  de  aquel  hombre

 

gordo que se emborrachó la última vez que fueron a un funeral. Las personas que no conocían a nadie estiraban sus miembros entumecidos y ponían cara de aburrimiento.

No había ni rastro del padre de la consternada chica, pero su dinero era manifiesto. El pobre Posidonio debía de haberlo pagado todo, empezando por una enorme pira, de la que se ocupaban la mitad de los directores funerarios de Ostia, con todo un séquito romano: una orquesta, toda una concentración  de  plañideras  a  sueldo  y  oficiantes religiosos. Ródope fue prodigada con la mejor ropa de luto blanca, además de un imponente festín para todos los asistentes.   Los   parásitos   que   no   habían   conocido   a Teopompo ya se habían puesto a comer con glotonería.

La procesión había hecho un alto en el camino; era de suponer que Posidonio no poseía una tumba en Ostia, de modo que la incineración tendría lugar en medio de la calzada. Una urna cineraria, en forma de negra figura griega de las que mi padre importaba, estaba dispuesta en una base. Papá conocía a Posidonio; me pregunté si esa obra de arte antigua no se había caído de un barco cerca de la costa Laurentina ayer mismo. El cadáver todavía yacía sobre sus andas  llenas  de  flores.  Estas  parecían  estar  un  poco torcidas; los  miembros  del  séquito  nivelaron una de  las patas del féretro metiéndole piedras debajo. Los floristas y los tejedores de guirnaldas se lo habían pasado muy bien, pero los perfumistas se llevarían el premio a los mejores

 

esfuerzos.  Los  aceites  exóticos  se  olían  desde  treinta zancadas de distancia.

A Teopompo, a quien la última vez se le vio desnudo y descalzo,  lo  habían  vestido  entonces  como  a  un  rey bárbaro. Le habrían encantado esas galas. También se había realizado  un  trabajo  muy  hábil  con  sus  morados.  Me pareció que el efecto de la pintura del rostro era un poco exagerado, y Petronio criticó a su barbero. Petro era un purista de los clásicos flequillos rectos. Los de la funeraria habían encrespado el lujoso corte de pelo de Teopompo y le habían proporcionado una radiante corona de rizos.

- ¡Muy griego! -dijo Petronio. Con lo cual quería decir… lo que los romanos quieren decir con muy griego.

Todavía estábamos admirando el arte del embalsamamiento  cuando  nos  encontraron  nuestras mujeres. Helena iba flanqueada por Maya y Albia; se acercaron a mí como un trío de Furias que tuvieran jaqueca premenstrual y unas cuantas facturas impagadas sobre las que pedir explicaciones.

- ¿Algo que decir? -quiso saber Maya, con ganas de avergonzarme. Helena Justina, arrebujada en una pesada estola, no dijo nada. Albia parecía estar muerta de miedo.

- No fue culpa mía.

- ¡Nunca lo es, hermano!

Pasé junto a mi hermana con paso enérgico y estreché a Helena en mis brazos. Ella vio mi pelo hecho un desastre

 

bajo su velo formal y notó que me estremecía por el dolor de las quemaduras del sol. Supo que había ocurrido algo malo. Yo me limité a abrazarla. Ella hundió el rostro en los pliegues del hombro de la toga de Petro, temblando. Yo también podía haberme inclinado y puesto a llorar, pero la gente hubiera pensado que estaba afectado por lo de Teopompo.

Maya nos había estado observando, con la cabeza echada a un lado. Nos rodeó con los brazos a los dos por un momento, me retiró la toga de la cara y me dio un beso en la mejilla. Su vida no había sido un camino de rosas; el hecho de ver a otras personas con las emociones a punto de estallar la hacía reaccionar con aspereza. Se llevó a Albia a ver cómo encendían las antorchas para quemar las andas.

Petronio se quedó con nosotros, paseando la mirada por los invitados al funeral en busca de caras conocidas. Para reafirmarme, empecé a contarle rápidamente todo lo ocurrido  el  día  anterior  después  de  que  me  dejara  en Portus. Con la cabeza apoyada en mi hombro, Helena escuchó. Llegué hasta cuando me secuestraron en el barco, intentando decir lo más mínimo sobre el ahogamiento.

- Entonces resultó que Cotis tenía el arcón con el dinero del rescate de los cronistas; debieron de ser los ilíricos los que asaltaron el transbordador…

- Me gustaría arrestar a ese tal Cotis, si se deja ver - rezongó  Petro-.  El  maldito  Rubela  ha  ordenado  que,  a

 

menos    que   resulte    inevitable,   tenemos    que   eludir enfrentamientos.

- ¿Y no podemos hacer que resulte inevitable? ¿Acaso Rubela obedece algún escrúpulo religioso o diplomacia política?

- Simplemente son demasiados, Falco. Aquí tenemos ilíricos… además de cilicios. -Enarqué una ceja. Él se explicó  lacónicamente-.  Creemos  que  han  estado trabajando juntos en los secuestros, una alianza.

- ¿Hermanos de sangre? ¿Entonces quién -pregunté, bajando  un poco  la voz-  es  el  actual  favorito  de  haber matado a Teopompo?

- Las apuestas están al cincuenta por ciento.

- ¿Y qué hay del intento de pagar el rescate? Debía de haber muchos  testigos  cuando  el transbordador  fue asaltado.

Petronio puso cara de pocos amigos.

- Sí, y lo único que dirán todos es que los asaltantes iban vestidos de manera exótica.

- Cotis y los ilíricos.

- Sí, pero, ¿fueron ellos los que enviaron la petición de rescate? ¿O -dijo Petro- es que sabían quiénes eran los verdaderos secuestradores?

-  Suponiendo   que   a  Diocles   lo   secuestraran  en realidad.

 

Limpié el rostro mojado de Helena con una esquina de

 

mi toga. Con la severa mirada de Petro clavada en mí, comprobé nerviosamente si por casualidad la pintura había manchado su preciosa prenda, pero Helena no llevaba maquillaje. Cuando la estola cayó hacia atrás vi también que llevaba el pelo suelto; tampoco se había puesto pendientes ni collares. Era apropiado no prestar atención a tu aspecto en  un  funeral.  Aun  así,  volví  a  sentir  ese  nudo  en  la garganta.

- Será mejor que lo confiese, amor: me he dado un chapuzón en el mar.

- Marco, te dije que no te cayeras al agua.

- No me caí; me tiraron del barco de los ilíricos. Pero seguí tus instrucciones y me tumbé panza arriba y mirando al cielo. -La abracé más fuerte-. Gracias, cariño.

- Debes de ser mucho mejor alumno de lo que creía. - Era mejor alumno de lo que yo creía-. ¿Y qué pinta tu padre en  todo  esto?  -preguntó  Helena  de  forma  harto significativa.

Petronio  también me  estaba mirando  con escepticismo. Cualquier cosa que involucrara a Gemino debía  implicar  un  chanchullo;  aun  así,  investigar  a  mi querido padre causaría más problemas de los que valía la pena.

- Papá estaba pescando.

- ¿Y pescó algo? -preguntó Petro en tono adusto.

- Sólo a mí.

 

- Me sorprende que el viejo bribón no volviera a arrojarte al agua.

Reprimí una repentina visión de Gemino con ese remo alzado para darme con él en la cabeza.

Maya regresó con Albia. Mi hermana dijo que ya había tenido  suficiente  y  que  se  iba  a  casa.  Detestaba  los funerales. Podría tener algo que ver con el hecho de que perdiera a su marido mientras éste se encontraba en el extranjero y su culpabilidad por no haber podido asistir a su despedida. Nunca me gustó recalcar lo poco que había quedado de Famia para darle una despedida; el león que lo despacho no había sido muy quisquilloso con la comida.

 

Helena había recibido una invitación personal de Ródope, aunque de momento no había podido hablar con la chica. Fue a buscarla y la encontró, ataviada con un vestido de luto de un blanco reluciente y un velo (y varios collares de oro), instalada en una silla parecida a un trono sobre un bajo pedestal, entre un gran grupo de mujeres delgadas y morenas que se suponía eran ilíricas. Habían hecho una enramada con una corona de modestas cortinas y luego habían metido a la chica en ella, sola.

 

Aquello daba la impresión de que Ródope era un apreciado miembro de su clan, sin embargo todas estaban hablando entre ellas mientras la chica permanecía sentada sola con su sufrimiento. Era una viuda digna de lástima,

 

aunque sospechosamente parecida a una prisionera.

Helena se abrió camino con firmeza entre las mujeres, la mayoría de las cuales se hallaban sentadas en el suelo con las  piernas  cruzadas. Tenían un aspecto  hostil, pero cada vez que pisaba una mano o aplastaba una falda, ella le ofrecía una dulce sonrisa patricia a la víctima. Hija de un senador  de  pies  a  cabeza,  Helena  Justina  fue  a  dar  el pésame y a ofrecer su patrocinio sin cuestionarse si era o no bienvenida. Pisotear a los provincianos parecía ser su herencia.

Sabía que estaba enojada por la desconsolada joven. Fuera cual fuera el apoyo del que carecía la adolescente, Helena tenía intención de ofrecérselo entonces.

- ¡Ródope! Éste será un día duro para ti, pero mira qué hermosa afluencia de público. Debió de haber sido extremadamente popular. Espero que te sirva de algún consuelo.

La pálida chica parecía desconfiar. Sólo Ródope tenía sus grandes ojos tristes clavados en las andas. Todos los demás estaban utilizando el funeral como una excusa para divertirse. Con comida y música gratis, ninguno de ellos dedicó un solo pensamiento a Posidonio, al que habían desplumado una vez más, y a pocas personas parecía importarles  mucho  despedir  a Teopompo  en  su  marcha hacia la otra vida.

Era   un   acontecimiento   segregado.   Las   mujeres

 

estaban juntas; lo mismo ocurría con los hombres. Éstos se apiñaban en grupos distintos y separados los unos de los otros. Los formales trabajadores romanos de la funeraria iban de un lado a otro con sus cosas, pasando más o menos desapercibidos, en tanto que unos músicos extranjeros tocaban instrumentos exóticos entre los puñados de marineros, haciendo caso omiso de las lastimeras flautas romanas  que  supuestamente  señalaban  los  puntos culminantes de la ceremonia. El aroma a carne y pescado asados que emanaba de las hogueras privadas para cocinar se   mezclaba   con   el   incienso.   El   efecto   global   era totalmente desorganizado. También daba la sensación de tratarse de una fiesta que se prolongaría durante los tres días siguientes.

Un hombre con la cabeza cubierta pasó por mi lado dando  empujones  mientras  que  sus brazos  velludos sostenían un altar portátil que llevaba en el hombro. Los acólitos corrían tras él tirando de una cabra y portando instrumentos para el sacrificio. Hubo exclamaciones por parte de los elementos rudos, que consideraban la cabra como carne de asador en potencia.

Puesto que nadie más requería la atención de Ródope, Helena pudo quedarse allí y hablar con ella. Mientras le presentaba  a Albia,  yo  me  paré  con  ellas.  Después  de haberse ido Maya, Petronio se fue a dar una vuelta por ahí para  inspeccionar  a  los  dolientes.  Como  era  el  único

 

elemento  masculino  del grupo, yo estaba fuera de lugar, pero  no  era ni  por  asomo  tan peligroso  para mí  como unirme   a   unos   hombres   enojados   con   cuchillos   de marinero en sus fajas.

Estaba   costando   encender   la   pira.   Vi   cómo   el sacerdote movía los labios y maldecía entre dientes.

-  ¿Qué  vas  a  hacer  ahora?  -le  preguntó  Helena  a

Ródope en voz baja.

- Voy a marcharme a Iliria con su gente.

- ¿Es una buena idea? Unirte a ellos con Teopompo hubiera sido distinto. Sin él, ¿serás bien recibida?

- ¡Oh, sí! Son amigos míos por él. -Un par de viejas desdentadas levantaron la mirada y sonrieron vagamente. Puede que no estuvieran hablando  con Ródope, pero sin duda estaban escuchando.

Helena dejó el tema. Fue Albia, ella misma hija de la soledad y el sufrimiento, quien saltó de repente y con irritación:

- ¡Estás cometiendo una estupidez! La vida será dura y tú serás una forastera. Harán que te cases con algún hombre que será cruel contigo. Vas a ser una esclava.

Ródope le lanzó una mirada de desagrado. En otras circunstancias   las   dos   jóvenes   podían  haberse   hecho amigas.

- ¡Tú no sabes nada de eso!

- ¡Sé más de lo que crees! -replicó Albia. Crucé la

 

mirada con la de Helena mientras las dos adolescentes discutían; ella parecía sentirse orgullosa de Albia, que entonces dijo lisa y llanamente-: ¡Yo he vivido sin una familia, entre gente muy pobre!

- ¡Ellos no son pobres! -se apresuró a exclamar Ródope-. Mira esas mujeres… mira cómo van vestidas. - Era cierto que iban ricamente engalanadas: entre sus vestiduras   de   color   carmesí,  azul   y  púrpura  llevaban collares de cadenas agrupadas, hileras de brazaletes cubrían sus  delgados  brazos  y los  pendientes  y tobilleras centelleaban con discos y husos de oro.

Segura de su victoria, Albia proclamó:

- Ahí arde tu hombre. Tus esperanzas alzan el vuelo hacia el cielo con el humo. Siéntate y llora por él. Helena Justina te consolará. -Albia se recogió las faldas con una mano   y  empezó   a  andar  con  mucho   cuidado   y  con expresión desdeñosa entre las mujeres ilíricas que había allí sentadas. Como si quisiera enfatizar su falta de interés en Ródope, dijo, ofreciéndose-: Iré a buscarte un poco de comida y vino.

 

- ¡Lo que llevan colgando es oro! -insistió Ródope, casi en tono de súplica.

Albia se dio la vuelta. Era unos años más joven que Ródope, aunque obviamente más sensata. Tal vez se dio cuenta  de  que  el  padre  de  Ródope  debía  de  haberle permitido que comprara de manera incontrolada durante su

 

corta vida.

- Oro -comentó Albia con sequedad-  que no se les permite gastar, creo.

 

LV

 

 

Cuando empezaron los problemas, todo ocurrió de forma fortuita.

Le cortaron el cuello a la cabra, cosa que motivó unos aplausos inusitadamente fuertes. El sacerdote apenas tuvo tiempo de dejar las entrañas en un plato antes de que unos ayudantes   inesperados   agarraran  el  cuerpo  del  animal muerto y lo pusieran a asar lentamente. La pira ya se había encendido, aunque no tiraba bien. Cuando las humeantes llamas empezaron a parpadear en torno al cadáver, los parientes masculinos más próximos a Teopompo tendrían que haberle ofrecido su panegírico, pero ninguno de los ilíricos se brindó para ese papel. Aun así, todos sabíamos que había sido un hombre que vestía de forma llamativa y conducía demasiado rápido. Probablemente Ródope le dedicaría una enorme lápida conmemorativa, encomiando unas virtudes en las que sus colegas nunca habían reparado. A pesar de su convicción de que se hallaba entre amigos, pensé que pocos de ellos se quedarían hasta que inaugurara la lápida.

Las llamas empezaron a crepitar por fin en torno a las andas engalanadas con flores. Vi que Albia buscaba con atrevimiento un refrigerio para Ródope tal y como le había prometido. Se había abierto camino a empujones cerca de

 

los grupos cercanos que cocinaban sus propios calderos y se había acercado a un magnífico banquete colocado en una mesa provisional, el servicio de comida y bebida oficial que había proporcionado Posidonio. Cogió un cuenco y una copa y esperó su turno para la comida y bebida. Los ágapes campestres con los muertos en la necrópolis eran estándar. Aquél simplemente se estaba haciendo a gran escala. Había una desorganizada cola para acceder al bufet.

El encargado del servicio de comidas había mandado a unos esclavos a que vaciaran las cestas y dispusieran las exquisiteces con cuidado, pero los nerviosos camareros parecieron abrumados cuando ilíricos y cilicios empezaron a hacerse con el control. Las mujeres agarraban las fuentes de servir; los hombres se inclinaban para hacerse con los mejores bocados en tanto que sostenían las copas para que se las llenaran unos camareros con exceso de trabajo. Albia se negó a que no le hicieran caso o a que la apartaran de un empujón.

Helena no  le  quitaba los  ojos  de  encima a nuestra chica, ni yo tampoco. Allí Albia era joven y estaba sola. No sorprendía el hecho de que uno de los hombres con botas de marinero la estuviera mirando de arriba a abajo. Cuando ella se dio la vuelta para volver con nosotros, él la siguió, ajeno por completo al hecho de que Albia tenía un pasado salvaje. Hizo su jugada. Sin apenas detener sus pasos, ella lo apartó de un codazo y le lanzó el contenido de la copa

 

que llevaba en toda la jeta. Luego, impasible, le trajo el cuenco de comida a Ródope.

- Alguien me ha dado una sacudida. Te iré a buscar más vino…

- ¡Yo iré contigo! -Ródope había visto lo que había pasado. Se puso en pie con repentina solidaridad. Entonces la pequeña reina de la fiesta enrojeció de vergüenza y se convirtió en una buena anfitriona.

Yo ya estaba echando a aquel hombre, con una severa advertencia que él no quería oír:

- No estropees la fiesta. Supón que te pierdes…

-  ¡Aguarda,  Falco!  -la  voz  de  Ródope  se  oyó  por encima de los gemidos de las plañideras de alquiler. Algo la  había  inquietado.  Agarró   una  de   las   antorchas   de encender la pira y la blandió por encima de su cabeza. Estábamos a plena luz de un glorioso día de agosto; no le hacía falta iluminar la escena.

Albia, que pareció impresionada ante aquella teatral postura, se puso en guardia tras ella. Ródope extendió su brazo vestido de blanco de forma dramática.

- ¡Pregúntale  a ese hombre  de dónde ha sacado  las botas que lleva!

Él intentó escabullirse y perderse de vista. Lo agarré del brazo. Era un desgraciado de piel cetrina y sin afeitar con unos  ojos  que  vagaban por  su cuenta cada vez que alguien lo miraba. Llevaba una túnica holgada de color gris

 

y un cinturón negro bastante bueno, probablemente robado. Las  botas  que  Ródope  señalaba  eran  de  suave  piel  de becerro de color habano con unas tiras rojas que se entrecruzaban de la espinilla hacia arriba. Tenían unos ganchos de bronce y unos diminutos remates también de bronce  en los  extremos  de  los  cordones. A mí  no  me habrían visto muerto con ellas puestas, pero no cabía duda de que aquel fabuloso calzado era especial para la afligida adolescente.

Habían empezado los problemas.

Ródope estaba demasiado disgustada para mantener su anterior furia, pero aún podía dominar el dramatismo.

-   Conozco   esas   botas   -susurró   horrorizada-.   Le compré esas botas a Teopompo. Las llevaba puestas cuando se lo llevaron, la noche en que lo arrancaron de mi lado. Quienquiera que lo mató debió de robárselas… -Decidió desmayarse. Albia no iba a tolerarlo y la volvió a poner derecha.

- ¡Es un asesino! -chilló Albia-. No lo dejéis escapar. Yo era consciente de que estábamos rodeados de una

enorme multitud entre la que se encontraban muchos de los parientes de aquel hombre. Poco a poco la gente se puso en pie en medio de una oleada de murmullos.

Petronio Longo apareció a mi lado. Ahora tenían a dos personas que atacar. De momento se estaban conteniendo. Petro era el más corpulento  entre los presentes. Mucho

 

más corpulento que el hombre que llevaba las polémicas botas a quien entonces agarró por el brazo, doblándoselo a la espalda, y levantó por el cuello de la túnica de modo que le quedaron los pies colgando.

- Quitémosle las botas, Falco.

Le quité las botas. Ello supuso esquivar unas patadas desenfrenadas hasta que Petro se aseguró, de manera muy eficiente, de que aquel cautivo dejaba de forcejear. Aquello era un entretenimiento para la multitud, que vio que podíamos ser violentos y empezó a deleitarse con aquella escena. El hombre que había llevado las estupendas botas con remates de bronce terminó con el rostro lívido y temblando; Petronio lo meció juguetonamente.

Helena avanzó un paso, cogió las botas y se las llevó a

Ródope.

- ¿Estás del todo segura de que son éstas las botas que le compraste a Teopompo?

Al ser el centro de atención, Ródope se reanimó.

-  ¡Sí! -Intentó  volverse  a desmayar,  pero  de  nuevo Albia tiró de ella para ponerla derecha y la sacudió con fiereza, igual que hacía Nu x con una de las marionetas de trapo de las niñas. En lo referente a los primeros auxilios, Albia adoptaba una actitud que no permitía tonterías. No se toleraban desplomes ni gimoteos.

Petronio le dijo al cautivo que no le diera problemas o terminaría convertido en cenizas en la pira. Paro entonces,

 

algunos miembros de los vigiles que se habían percatado del problema se acercaban poco a poco a nosotros entre los dolientes. Petronio se volvió hacia los grupos de marineros allí reunidos. Empujando al cautivo en una dirección y luego en otra, gritó con aspereza:

- ¿Quién de vosotros ha traído a Italia a este ladrón de botas? ¿Quién es éste?

Se oyó la risa de Crátidas, que estaba rodeado de unos cilicios sonrientes. Petro lo apuntó con el cautivo. Él respondió con su habitual expresión desdeñosa:

- Nosotros no. -Ligón, que se hallaba junto a él con su llamativo abrigo, también sacudió rápidamente la cabeza en señal de negación. Entonces abuchearon a otro grupo, que debían de ser ilíricos.

Yo fingía observar la acción, pero estaba escrutando el gentío. Al final encontré al hombre que estaba buscando: Cotis. Quería enfrentarme a él yo solo, pero allí había demasiada oposición.

Me fui aproximando poco a poco a Rubela y dije entre dientes:

- Un grupo allí delante junto a la mesa de la comida: el granuja con la capa de color zumo de ciruela, ¿podéis cogerle, muchachos? -Dio la impresión de que el tribuno no me oía. Yo tenía confianza. El propio Rubela se acercó paseando hasta el bufet como si quisiera un puñado de pinchos de carne y les hizo una señal con la cabeza a uno o

 

dos miembros de los vigiles mientras avanzaba. Estaba en forma y no  tenía miedo; una de  las  cosas  que  siempre podías decir a favor de Rubela era que, cuando se trataba de entrar en acción, era absolutamente competente. Un posadero borracho lo golpeó una vez y dijo que era como darle puñetazos a la manpostería.

Cotis intuyó problemas. Pero aún estaba sacando el cuchillo cuando Rubela -con una sola mano- lo tumbó. A continuación el tribuno le pisó el brazo con el que agarraba el cuchillo y, con calma, se comió sus exquisiteces ensartadas en un pincho mientras aguardaba a que se apaciguara el ruido.

Se hizo el silencio. Cuando un pesado ex centurión permanecía de  pie  sobre  la muñeca de  una persona con todo su peso, todo el mundo podía compadecerlo, pero de ningún modo intentar ayudar al hombre que estaba en el suelo.

- ¿Éste es el que quieres, Falco? -me gritó Rubela en tono distendido, como si acabara de elegir un lenguado en la pescadería. Se limpió los dientes con la uña del dedo meñique-. ¿Quién es y qué ha hecho este cabrón?

Recuperé las botas de manos de Helena.

- Es Cotis, un ilírico arrogante. Me llevó a dar una vuelta  obligada  en  su  agujereada  liburna,  intentó   que muriera ahogado y me robó la espada, para empezar. Estas botas entran en la historia. Ayer vi al hombre  que había

 

arrestado Petronio andar por ahí pesadamente con ellas. Él y otro individuo mugriento llevaron un arcón a bordo del barco. Cotis afirmó que era su arcón de viaje, pero… esto te va a interesar, tribuno… es el mismo que los cronistas trajeron a Ostia con el rescate para Diocles.

 

- Gracias. ¡Me gustan las acusaciones claras! -Rubela enseñó los dientes en lo que pasaba por ser una sonrisa. Entonces alzó el pie e hizo levantar a Cotis tirándole del brazo con un movimiento fuerte, un movimiento con el que Rubela debía saber que era probable que le dislocara el hombro al hombre. Cotis profirió un alarido de dolor-. Parece un poco flojo -comentó Rubela. Los vigiles tienen normas sencillas. Una es: debilita siempre la confianza del jefe de la banda con insultos cuando sus hombres estén mirando. Después de mi terrible experiencia a bordo del barco, me parecía bien.

- Entonces ayer asaltaste el transbordador y robaste el arcón, ¿verdad? -preguntó Rubela.

- No tengo nada que ver en eso -gimió Cotis.

- ¿Enviaste la petición de rescate?

- ¡No! Ya se lo dije a Falco. -Esta vez estaba indignado de verdad.

- ¿Entonces, cómo sabías lo del dinero?

- Un rumor en un burdel: un montón de dinero iba a intercambiarse en La Flor del Ciruelo.

- ¿Y decidiste adueñártelo antes de que llegara a su

 

destino?  ¿A quién  estabas  traicionando,  Cotis?  ¿A tus amigos los cilicios? -Los cilicios empezaron a rezongar.

-  ¡Nunca  engañaríamos  a  un  aliado!  -Cotis  no  los estaba convenciendo. Los cilicios empezaron a dar alaridos y se prepararon para ponerse desagradables.

- ¿Tienen a Diocles? -Vi que Rubela evaluaba con la mirada la situación con la multitud. El mutuo recelo entre los dos grupos nacionales fermentaba peligrosamente. El tribuno resopló-. Cotis, te voy a arrestar por robarle la espada a Falco. Discutamos el resto en mi cuartel… Vosotros, dejad paso. Trae a la maravilla descalza, Petro.

Hubo una ráfaga de color blanco.

- ¡No! ¡Esperad! -Una vez más, la joven Ródope trató de intervenir. Seguía agarrando la antorcha, cuyas llamas amenazaban con prender fuego a su ligero vestido. Helena y Albia salieron corriendo a disuadirla-. Tiene que haber un error. Éste es Cotis…

- Hemos tomado nota -replicó Rubela con brusquedad. Tenía que salir de allí. Aparentando toda la calma posible, empezó a conducir a su prisionero a través del gentío. Algunos de sus hombres intentaron unir los brazos para formar un pasillo despejado.

- No, no… Cotis era el jefe de Teopompo. ¡Cotis - gimió  la muchacha-  nunca  hubiera  hecho  matar  a Teopompo!

Rubela se  detuvo. Seguía sujetando  a Cotis  con su

 

brutal agarre militar. Fuera cual fuera la clase de centurión que Rubela hubiese sido en las legiones, ello nunca había conllevado arropar a los reclutas en sus catres de campaña con una dulce nana de buenas noches.

- ¡Escucha esto! -se maravilló Rubela dirigiéndose a Cotis, a pocos centímetros del rostro del pirata-. La princesita dice  que  tú no  pudiste  haberlo  hecho, porque eras  el  jefe  del  muerto.  Encantador,  ¿no  te  parece?  - Entonces hizo dar media vuelta al prisionero y lo empujó por  delante  de  él  con  brusquedad.  El  tribuno  gritó  por encima del hombro-: ¡Acláraselo, Falco! Llévatela a algún sitio y charla con ella… vigílala. -Lo que quería decir era: aleja a la chica del resto de los ilíricos urgentemente.

Mi tarea era delicada. Unos hombres a los que recordaba de la liburna estaban rodeando a Ródope con intenciones claras. Petronio, alerta, pasó su prisionero a un par de vigiles y se acercó a nosotros. Incluso las mujeres avanzaban a empujones, fulminando abiertamente con la mirada a Ródope. Ingeniosas como siempre, Helena y Albia intentaron coger a la muchacha para sacarla de allí a toda prisa.

Se hallaba en peligro, aunque no era en absoluto consciente de ello. Los ilírícos sabían que podía proporcionar pruebas sobre su secuestro para pedir un rescate, quizá facilitara algunos nombres. Podía identificar a la cuadrilla de raptores que se llevaron a Teopompo la

 

noche   en  que   lo   mataron.   Teopompo   podía   haberle confiado toda clase de secretos. Hasta los cilicios empezaban   a  darse   cuenta   del   peligro.   Los   ilírícos, entonces sin cabecilla, pululaban por ahí inútilmente, pero Crátidas y Ligón intercambiaron una mirada y se dirigieron directos a Ródope. Con las espadas desenvainadas, Petro y yo estábamos preparados para tomar cartas en el asunto.

- ¡Vete, Helena!

Los vigiles se hallaban a ambos lados de nosotros, oficialmente desarmados, pero equipados de pronto con palos y travesanos. Podíamos haber contenido a los cilicios y aún podríamos haber salido del apuro. Pero Ródope, una desconsolada adolescente con emociones exaltadas, había recordado que estaba presidiendo el funeral de su amado.

Se zafó de Helena y Albia y atravesó precipitadamente nuestro cordón de seguridad. Apartó de su camino a Ligón golpeándolo de lleno en los ojos con la antorcha llameante. Esquivó a Crátidas con unos pies hábiles. Los grupos de mujeres se quedaron atrás, gritando. Los hombres se adelantaron, desconcertados.

- ¡Yo lo amaba! -chilló Ródope mientras se abría paso con dificultad hacia la pira.

Tumbó el altar portátil de un puntapié. Maldijo al sacerdote que había realizado el sacrificio en tanto que éste vociferaba frente al arruinado augurio. Pasó a empujones entre los acólitos que se dispersaban y se deslizó entre los

 

músicos (éstos ya habían visto problemas en los funerales muchas veces y se estaban haciendo a un lado). Las plañideras a sueldo daban vueltas lentamente en torno a la pira,  que  por  fin  estaba  ardiendo  bien,  mientras salmodiaban y se mesaban el pelo. Ródope se abrió paso entre ellas a empujones; estaba claro que tenía intención de arrojarse sobre las ardientes andas.

Un atento joven flautista la agarró de la cintura. Mientras la consternada muchacha intentaba inmolarse, él la asió como un dios bastante torpe forcejeando con una renuente  ninfa justo  antes  de  que  ésta se  convirtiera en árbol. Su flauta y la antorcha de Ródope cayeron al suelo. Ella se sacudía en sus brazos; el joven, que estaba gordo y que sin duda era de natural bondadoso, clavó los talones y no  abandonó  el  forcejeo.  Las  manos  de  la  muchacha trataron de aferrarse a los floreados bordes de la pira. El flautista siguió tirando de ella. Ródope intentaba avanzar con  todas  sus  fuerzas,  tirando  desesperadamente  de  las caras guirnaldas. El muchacho la retuvo de manera incondicional, con lo que de pronto salieron los dos impelidos hacia atrás. Largas serpientes de lirios y rosas trenzados  se  desprendieron  de  las  andas.  Entonces  el féretro se torció. Dos de las patas de la pira cedieron y ésta se puso en posición vertical. Las guirnaldas se partieron. La pira volvió a caer en su lugar.

Pero   primero   había   catapultado   hacia   arriba   a

 

Teopompo, que permanecía de pie, en rígida posición de firmes. Su cadáver se perfilaba en las más hermosas llamas que lo envolvían. Su cabeza, con su elaborado y largo peinado, se hallaba rodeada de un enorme halo de fuego verdoso.

 

LVI

 

 

La gente se dispersó presa del histerismo. Petronio y yo corríamos hacia delante.

- Sea cual sea la pomada que tenía ese cadáver, ¡yo quiero un poco!

Fuimos a buscar a la muchacha, que sollozaba, y nos llevamos también al flautista por su propia seguridad. Con Helena y Albia pisándonos  los  talones,  abandonamos  la zona del funeral a todo correr. Pasamos junto a una calle lateral, de la cual salieron algunos vigiles. Petro gritó una orden.  Ellos  se  enfrentaron  a  nuestros  perseguidores; aunque  eran  muchos  más  que  nosotros,  eso  nos proporcionó  espacio.  Estábamos  a  punto  de  llegar  al extremo de la necrópolis antes de que unos pesados pasos vinieran retumbando detrás de nosotros.

-   Rápido,   metámonos   aquí   dentro…   -Petro   nos empujó a todos dentro de un sepulcro abierto y empujó la puerta  con  el   hombro   para  cerrarla.   Los   cinco   nos quedamos unos instantes jadeando y luego nos sentamos en el suelo en medio de la oscuridad.

Hice un rápido recuento de memoria. Éramos seis, no cinco.

Mientras intentábamos recuperar el aliento, dije, respirando con dificultad:

 

- Lucio, muchacho, puede que sea lo más estúpido que has hecho en tu vida.

Se animó a decir una tontería:

- Me pregunto quién vive aquí.

Helena Justina encontró mi mano y me la sujetó.

- Y yo que pensaba que eras tú el irresponsable.

-  ¿Cómo  te  llamas,  hijo?  -le  murmuró  Petro  al flautista.

- Querón.

- Bueno, Querón, muchacho, antes de que una desagradable banda de piratas nos saque de aquí, nos pique finamente y nos conviertan en sopa, sólo me gustaría decir: bien hecho.

El flautista se rio tontamente.

Nadie intentó abrir la puerta. Fuera no oíamos nada. Petro  decidió  que  eso  significaba  que  ellos  tampoco podían oírnos a nosotros.

- Y ahora, joven Ródope -apremió, dirigiéndose con firmeza a la invisible causa de nuestra incomodidad-, puede que tengamos que quedarnos aquí un buen rato. Mientras estamos retenidos voy a hacerte algunas preguntas.

- Yo quiero preguntar una cosa. -Ródope tenía temple. Abandonó el histerismo y volvió a su veta testaruda-. ¿De verdad a mi Teopompo lo mató su propia gente?

- Sí.

- ¿Por qué?

 

- Porque… -Petronio podía ser muy bueno, con las niñas-. Se enamoró de ti. A Cotis le habrá molestado que Teopompo haya puesto en peligro al grupo.

- ¿Cómo? Yo le amaba. Nunca hubiera revelado ningún secreto.

Petronio no sabía cómo decirle que ya lo había hecho. Era joven y vulnerable; su padre  había estado  tan desesperado que hizo caso omiso de las instrucciones de mantener la boca cerrada sobre el secuestro y fue a ver a los vigiles. El nombre de Posidonio en los archivos del cuartel me hizo llegar hasta él, y luego hasta ella. Ródope nos hizo llegar hasta Teopompo. Teopompo nos condujo hasta los ilíricos, que no habían sido sospechosos hasta entonces. Después de meses, si no años, los vigiles tenían una pista sobre  los  secuestradores,  Cotis  se  encontraba bajo custodia y a ello seguirían más arrestos. Podía haber ocurrido de alguna otra manera, pero Ródope seguía siendo la única víctima que nos había dicho  algo que valiera la pena.

Desde el punto de vista de los secuestradores, el verdadero culpable era Teopompo por seducir a la chica. Desde aquel momento, el ingenioso plan de los rescates, que dependía del terror y del silencio, había empezado a desentrañarse. Le dijo  su nombre  a Ródope. Luego, por algún motivo, se fugó con ella. Sus colegas sabían quién se merecía un castigo.

 

Me pregunté por qué habían dejado a Ródope con vida. Podían haberla matado al mismo tiempo que a su amado. Quizá tenían demasiado  miedo  de las repercusiones  que ello pudiera desencadenar.

Ya no creía que los ilíricos hubieran ordenado a Teopompo que fuera a buscar a la chica a Roma. De haber querido   que   dejara   de   hablar,   ella   también   hubiera aparecido muerta en la marisma. Él debió de ir a buscarla por su cuenta. La agradable deducción era que la amaba de verdad y que no pudo soportar separarse de ella. El motivo cínico, y más probable, era que no pudo soportar separarse de su padre y de su dinero. Teopompo se dio cuenta de que si conservaba a Ródope, siempre podría sacarle más a Posidonio. Si el dinero recaudado era para él y no para el grupo, era eso lo que bien había podido hacer que sus compinches  se  volvieran contra él. Al  actuar  solo  había hecho  de  él  un marginado.  Teopompo  había firmado  su propia sentencia de muerte.

Yo había temido que Ródope fuera considerada peligrosa cuando se la mencioné a Damágoras. Pero entonces   pensaba  que   Teopompo   era  un  cilicio   que trabajaba con Ligón y que había muerto a manos del grupo liderado por Crátidas. Es probable que mi charla con Damágoras no hubiera tenido nada que ver con la fuga o con el hecho de que mataran a Teopompo. Podía ser que los  ilíricos  nunca  hubieran  oído  hablar  de  mi  visita  a

 

Damágoras. Se tomaron su propia venganza.

O tal vez ya se estuvieran avecinando problemas entre los cilicios y los ilíricos. Yo les proporcioné munición a los cilicios. Ellos se quejaron sobre Teopompo a su propia gente; ¿los ilíricos se vieron obligados a actuar, quizá?

En  cualquier   caso,  el  resentimiento   entonces   se enconó y más tarde los ilíricos robaron el arcón del dinero de los cronistas… aunque parecía probable que fueran los cilicios los que habían mandado la petición de rescate de Diocles. Tal vez Cotis estaba molesto por no haber sido informado del plan. En aquellos momentos cada uno de los bandos  veía  al  otro  como  desleal,  todo  a  causa  de  mi cronista desaparecido.

Me  pregunté  cómo  se  sentiría  él  acerca  de  todo aquello.  Siempre  había  creído  que  Diocles  disfrutaba viendo los problemas en acción y que no le disgustaba la idea de causar unos cuantos.

Nada   de   ello   me   llevó   a   estar   más   cerca   de encontrarlo.

 

Cada vez hacía más calor en aquella cámara sin iluminación. Dentro el aire ya estaba viciado. Aquellos sepulcros eran de construcción sólida, tal como ya había observado con anterioridad. La intención no era que ningún ser vivo estuviera dentro con la puerta cerrada. No se había tenido en cuenta la ventilación.

Había  terminado  con  la  espalda  apoyada  contra  la

 

puerta. Entonces intenté moverla. Estaba firmemente atrancada. Le comenté a Petro que las puertas de los sepulcros no están hechas para ser abiertas desde dentro.

- Tengo miedo. -Ésa fue Ródope.

-  Estoy  segura  de   que   todos   estamos   un  poco nerviosos. -Helena era consciente del peligro de dejar que las chicas se pusieran histéricas. Yo mismo estaba tenso-. Al menos estamos todos juntos. Lucio, ¿es probable que venga alguien y nos deje salir?

- No os preocupéis.

- No, claro; tú nos llevarás a todos a un lugar seguro. - Sólo alguien que conociera bien a Helena detectaría su ligero tono sarcástico. Como no era de las que se detenía demasiado en una situación que no podía controlar, añadió entonces-:  Bueno,  Ródope,  espero  que  te  hayas  dado cuenta  de  la  verdad.  Teopompo  estaba  locamente enamorado de ti, pero su gente opina de un modo distinto. No puedes ir a vivir con ellos…

- ¡Pero dije que lo haría!

- Olvídalo -le dije con delicadeza. Oí que Albia rechinaba los dientes ante la falta de lógica de la otra chica.

-  Las  promesas  hechas  bajo  coacción  no  tienen ninguna validez -le aseguró Petronio a Ródope con solemnidad.

- Fue por decisión propia…

- Estabas coartada… por el amor. -El tenía una hija de

 

diez   años.   Era   un   buen   padre:   sabía   cómo   mentir sinceramente cuando era por el bien de alguna jovencita.

- ¿No va siendo hora de que nos expliques, Ródope, qué ocurrió cuando te secuestraron la primera vez? - preguntó entonces Helena.

Nos costó un poco convencerla. Pero con la calmada presión de Helena y amparada por la oscuridad, al final Ródope cedió. Nos contó que la habían raptado junto a los muelles de Portus, que se la habían llevado a toda prisa entre  un  grupo  formado  tanto  por  hombres  como  por mujeres y luego la habían trasladado a Ostia; habían cruzado el río, no en un transbordador sino en un pequeño bote que tenían. La envolvieron con una capa para que su rostro quedara oculto a los demás y ella no pudiera ver adonde la llevaban. Por lo que ella sabía, la habían conducido a una gran distancia del río.

-  ¿Crees  que  te  drogaron  mientras  te  tenían prisionera?

- No.

- ¿Estás segura, Ródope?

- Sí. Los ilíricos no drogan a la gente. -El tono de la muchacha era tímido entonces; sabía que estaba revelando secretos. Estaba segura de su información-: Teopompo explicó que los cilicios trabajan de una manera que sus amigos  consideran  peligrosa.  Tienen  una  mujer  llamada Pulia que sabe de hierbas.

 

- Sí, Pulia. Prueba ella misma las hierbas… Entonces estás segura de que tanto  los cilicios  como  los ilíricos están involucrados en estos secuestros.

- Sí -asintió Ródope en un hilo de voz.

- ¿Solían trabajar juntos?

- Sí.

- ¿Intercambian (o intercambiaban) información y compartían los beneficios?

- Eso creo.

Helena lo expresó con tacto:

- Entonces, si no utilizan drogas, dime, cariño, ¿cómo someten los ilíricos a sus prisioneros? ¿Qué te pasó, Ródope?

Entonces  pudimos  oír  el  verdadero  pánico  cuando

Ródope dijo entre dientes:

- Yo… no quiero acordarme.

- ¿Ocurrió algo malo de verdad?

- ¡No! -Fue categórico. Helena aguardó-. No -repitió Ródope. Entonces suspiró en voz baja-. Fue eso precisamente. Yo tenía demasiado miedo para hacerlo. Teopompo intervino y dijo que no tenía que ir allí.

- ¿Ir adonde, Ródope?

- Al hoyo.

- ¿Qué hoyo? -preguntó Petronio, asombrado. AI igual que yo, había esperado que la chica dijera que la habían sometido a algún tipo de abuso físico. Desagradable… pero

 

sencillo a su manera.

- No lo sé. Era algún sitio… Olía a incienso. Lo he recordado hoy, en el funeral… -Oímos que se le hacía un nudo en la garganta. Se desvió del tema-. ¿Qué va a pasarle a mi Teopompo?

- El sacerdote reconstruirá las andas -le aseguré rápidamente-. Teopompo irá a su encuentro con los dioses como es debido. Los de la funeraria te traerán las cenizas más tarde. -Tomé nota mentalmente de cerciorarme que le llevaran algunas cenizas, las que fueran. De ser posible en la urna que ella misma había elegido.

Posidonio había pagado a una empresa de pompas fúnebres de lujo. Una vez dejaran de alejarse correteando asustados, esperaba que los de la funeraria regresaran sigilosamente para continuar con la cremación… No podía decirle a la chica: ¡Por todos los dioses, si no era más que un pirata estúpido y libidinoso! Todavía ocultaba información. Y aún tenía el resto de su vida por delante; el deber   dictaba  que   la  guiáramos   hacia  el   futuro   con gentileza.

- Hablanos de ese hoyo -le recordó Petronio Longo.

- Estaba bajo tierra. Me aterrorizaba entrar ahí… fue entonces cuando Teopompo se hizo amigo mío. Era maravilloso… -Casi podíamos oír a Ródope intentando pensar-. Estaba en un lugar religioso. No recuerdo cómo llegamos  allí,  no  recuerdo  nada de  eso.  Entonces  tenía

 

demasiado miedo.

- Cuéntanos lo que puedas -la persuadió Helena.

 

- Una habitación estrecha… lámparas… Había una entrada en forma de arco y unas escaleras que descendían; la  gente  se  mete  bajo  tierra  como  una  prueba  de  su devoción. Los demás hombres me empujaban para intentar meterme   allí   abajo   y  mantenerme   oculta.  Empecé   a gritar… aquel día tenía mucho miedo… no entendía por qué me habían capturado. Creí que iba a morir en aquel subterráneo. Me apremiaron; me empujaron; trataban de obligarme  a bajar  a la oscuridad -Volvió  a dominarla el terror. Aquel sepulcro oscuro como boca de lobo no era el lugar adecuado para recordarle a Ródope su terrible experiencia. Se desmoronó. Helena tranquilizó y consoló a la chica en tanto que, a mi lado, oía a nuestra fuerte Albia expresando su menosprecio entre dientes.

-  Pero  Teopompo  fue  amable  contigo  -murmuró Helena. Ródope asintió y a continuación se dejó vencer por su dolor por él.

 

Cuando por fin la consternada muchacha volvió a calmarse, Helena probó una nueva táctica.

- Debes ayudarnos para que nadie más tenga que sufrir una experiencia tan espantosa como la tuya. Esto es importante, Ródope. ¿En algún momento viste al hombre que se encarga de negociar el dinero del rescate?

 

- Una vez.

- ¿Cómo fue?

- Vino a vernos cuando Teopompo me trajo de vuelta desde Roma.

- ¿Estaba enojado?

- Estaba furioso. Después Teopompo se rio de ello, aunque  a    no  me  gustó  aquel  hombre.  Daba  mucho miedo.

- ¿Qué aspecto tenía?

- Era viejo.

- ¿Qué más? -Ródope vaciló. Helena sugirió en tono calmado-: Hemos oído que viste de manera extraña.

- Sí.

- Pintura en los ojos y zapatillas, según alguien le dijo a Marco.

- Sí.

- Bueno, eso parece extraordinario. Así pues, ¿parecía una mujer?

- No, parecía un hombre, pero llevaba un montón de pintura en los ojos, más de la que tú deberías llevar, y unas zapatillas muy elegantes.

- ¿Tenía ademanes afeminados?

- No.

- ¿Y tiene nombre?

-  Lo  llaman el  Ilírico. -Ródope  volvió  a hacer  una pausa-. Es una broma.

 

- ¿Y eso?

- Bueno, los ilíricos eran Cotis y sus hombres, pero él no lo es.

- ¡Eso es muy útil! -dijo Petronio con voz apagada. A

mi lado, Albia se sacudió con una breve carcajada traviesa.

- Entonces, ¿qué nacionalidad tiene este hombre? - preguntó Helena, sin prestarles atención. -Es romano - contestó Ródope.

 

La gente se quedó en silencio. Todos teníamos problemas para encontrar aire. Al cabo de un rato Petronio me dijo:

- Sé qué hoyo debe de ser. Es la zanja de la ordalía para los iniciados… la chica estuvo en un Mithraeum.

Pensé en ello. Mi mente se había ralentizado, privada de aire.

- Tiene  sentido, Falco. Escucha, Ródope. Existe  un culto religioso al que se unen muchos soldados y que creo que es común entre los piratas. Su dios se llama Mitra. Este culto es hermético, pero los iniciados tienen que ascender siete  rangos.  Una  de  sus  pruebas  consiste  en  quedarse solos en una zanja cubierta toda la noche. Creo que es allí donde tenían intención de meterte.

- No lo sé.

- ¿Te llevaron a un santuario cubierto de alguna parte, tal vez en una casa privada? Habrías pasado por un vestuario donde los hombres se ponen diferentes vestiduras de color.

 

El altar estaría en el piso de abajo, quizá con una estatua de un dios montado en un toro. Intenta recordar. ¿Había una estancia subterránea donde celebraban ceremonias diarias y el hoyo bajo la nave?

- No creo que fuera como dices. -Adormilada por la pena y la falta de aire, Ródope había perdido el interés y ya no se mostraba nada dispuesta a ayudar-. ¡No sirve de nada que me insistáis, no me acuerdo!

Helena la hizo callar. Le dije a Petro:

-  No  es  Mitra.  Recorrí  toda  la  ciudad  buscando templos. Conozco todos y cada uno de los malditos lugares de culto que hay en Ostia. No encontré ningún Mithraeum.

- La de Mitra es una religión secreta. No tienen templos. ¿Sabías qué buscar?

- ¡Sé tanto como tú! -Me sentí obligado a preguntarle-

: ¿Perteneces tú al culto?

- No. -Petronio también se lo estaba preguntando-. ¿Y

 

tú?

 

 

- No.

Los dos nos alegramos de haberlo aclarado.

Estaba casi seguro de que, antes de morir, mi hermano

 

Festo había intentado todo el ritual mitraico de permanecer en una zanja oscura y de que le lloviera encima la sangre de un toro  sacrificado.  Tengo  mis  dudas  sobre  si  pasó  del primer nivel; tras la curiosidad inicial, tener que tomarse el

 

culto en serio le habría quitado las ganas. Para disuadirme a mí hubiera bastado con la sangre de toro.

- Claro que -se resistió Helena-, al ser un culto masculino secreto, si uno de los dos perteneciera a él, ninguno lo admitiría. -Ni Petro ni yo le respondimos.

- Petronio tiene razón -dije al fin-. Si este hoyo está en un Mithraeum estará oculto en la parte trasera de una casa particular o un lugar de trabajo, y nunca lo encontraremos. -Con malicia, añadí-: A menos, Petro, que tengas un archivo en el cuartel de los vigiles con una lista de ellos.

- Tenemos el archivo -replicó él, un poco a regañadientes-. Es el que está vacío.

El joven flautista empezó a toser. Parecía una tos asmática.  Puede  que  fuera  una  contradicción,  pero  el control de la respiración cuando tocaba la flauta lo ayudaba. Eso fue lo que le dijo a Helena cuando ella asumió la nueva tarea de calmarlo.

- Este es un joven maravilloso, Ródope. La manera en que te rescató fue absolutamente magnífica. Es valiente, atlético, educado, sensato… y tiene un trabajo fijo. Cuando te recuperes de tu dolor deberías pensar en sentar la cabeza con alguien así. -Me esperaba una protesta por parte de la chica, pero siempre estaba a punto para nuevas aventuras-.

¿Estás casado, Querón? -preguntó Helena.

- ¡No! -respondió él, con entusiasmo.

 

¡Quién sabe  adonde  podría haber  conducido  eso  de hacer de casamentera! Pero Helena se quedó callada con aprensión   cuando   en   nuestro   caluroso   y   concurrido sepulcro resonaron de pronto unos fuertes golpes.

 

LVII

 

 

Noté que Petronio, a mi lado, cambiaba de postura. Alargó la mano por detrás de nosotros para poder devolver el mismo golpe con el pomo de una daga. Entonces alguien empujó la pesada puerta hacia adentro, contra nuestras espaldas, de modo  que rodamos  unos sobre  otros. Unas voces que nos resultaban familiares entraron con el aire fresco. Unas manos se extendieron para sacarnos a la calzada. Fúsculo y algunos de los vigiles eran nuestros salvadores.

Al  limpiarme  el  sudor  de  la  frente  mientras  me calmaba, crucé mi mirada con la de Petro.

-   ¡Un   refugio   fijado   de   antemano!   -Aplaudí   su previsión.

Del  sendero   que  conducía  al  emplazamiento   del funeral seguía llegando un furioso ruido. Lanzando miradas nerviosas  a  diestro  y  siniestro,  Fúsculo  decidió rápidamente que una escolta llevara a las mujeres a casa de Petronio; la escolta se quedaría allí de guardia. Ródope era una valiosa testigo. Con la excusa de que su padre había denunciado su desaparición, se la mantendría en lugar seguro… tanto si lo quería como si no.

Di un beso a Helena y le prometí portarme bien.

- ¡No hagas promesas que no puedas cumplir, Marco!

 

Petro y yo, con Fúsculo y el resto de los hombres, regresamos andando al escenario de la fiesta.

 

Tal como había esperado, los de la funeraria eran unos verdaderos  profesionales.  Habían  reconstruido   la  pira, habían amarrado el cadáver como si nunca se hubiera levantado de un salto para echar un vistazo a su alrededor y habían  reavivado   las  llamas   en  medio   de  una  fresca irrigación   con  aceite   aromático.   El   sacerdote   estaba ocupado en su altar mientras que el resto se cercioraban de que Teopompo descendiera al averno con al menos alguien que le prestara atención.

Pero en torno a aquel sombrío y estoico grupo reinaba el caos por doquier. Tanto los ilíricos como los cilicios habían decidido que sus hermanos de sangre eran unos bastardos. Fúsculo  se preguntaba por qué  habían tardado tanto  en  pelearse;  Petro  fingió  ser  un  romántico  que pensaba que no era más que una pelea de enamorados. Para empezar, yo nunca había creído que fueran sinceros. Ahora habían roto su pacto y se estaban aporreando unos a otros como  cónyuges  al  borde  del  divorcio.  La pelea era tan buena como cualquier reyerta de última hora después de una  serie  de  juegos  en  un  anfiteatro  provinciano,  una refriega cuando un grupo de lugareños piensa que los otros matones   jactanciosos   se   han  pasado   todo   el   verano haciendo  trampas  en connivencia  con el  magistrado,  en tanto  que  los  otros  acaban  de  descubrir  que  el  jefe  de

 

gladiadores del primer bando aceptó su soborno pero luego no se dejó ganar.

Y que el obseso sexual de su hermano no se presentó al  entrenamiento  porque  estaba  demasiado  ocupado dejando embarazada a la esposa del entrenador…

Petronio, Fúsculo y yo nos hicimos con una fuente que contenía una gran variedad de tapas, eran los restos del bufet, y observamos admirados mientras masticábamos. La verdad  es  que  aquellos  hombres  a los  que  no  se  debía llamar piratas sabían cómo montar una pelea teatral. Los puños arremetían por todas partes. Aquello sólo era el comienzo.  Se  utilizaban  armas,  cuchillos  incluidos;  no tardó en brotar la sangre, que manaba libremente. Además, dedos, pies, codos, rodillas y cabezas formaban todos parte de la acción. Ligón ejecutó su especialidad varias veces: se impulsaba hacia lo alto y luego derribaba a algún desafortunado oponente de una patada con ambos pies. Crátidas propinaba cabezazos a todos los que se acercaban, acometiendo  la  tarea  como  un  pájaro  carpintero enloquecido. Algunas de las mujeres debían de haber huido. Las pocas que quedaban azuzaban a sus favoritos.

Llegamos justo a tiempo de conseguir nuestros bocados: acto seguido, la mesa se volcó. Tres hombres, fundidos en un apasionado nudo, echaron abajo la endeble estructura. La comida quedó espachurrada y pringosa sobre las  losas  grises  de  la calzada,  aumentando  el  riesgo  de

 

patinar y caerse. Petronio aconsejó a los esclavos del servicio de comidas que se fueran a casa. Como todo sirviente sensato, se llevaron el vino con ellos. Dejamos que lo hicieran. Ya sabíamos que el sabor era simplemente adecuado. Yo, por lo pronto, iba a tener que agradecer mi abstinencia más tarde.

Los miembros de los vigiles pululaban discretamente de aquí para allá, de puntillas, y rescataban a aquéllos a los que podían sacar de en medio. Tras ser clasificados por nacionalidades, los cuerpos se colocaban en ordenadas hileras a ambos lados del camino, los ilíricos a la izquierda, los cilicios a la derecha. Luego, un soldado particularmente pedante  los  dividió  en  más  categorías:  muertos, moribundos y comatosos. En el tiempo que le quedó libre comprobó que los hubiese colocado a todos en cada categoría de manera satisfactoria por orden de estatura. Debió de pensar que eso ayudaría a la posterior identificación. Un ilírico (o cilicio) abandonó el centro de la  pelea  y  retrocedió  tambaleándose  hasta  meterse  en nuestro grupo. Petronio se limpió rápidamente la boca con una servilleta y a continuación volvió a lanzar al marinero de vuelta al altercado dándole un empujón con su bota en el trasero.

La pelea iba haciéndose cada vez menos densa. Entre los que aún se aguantaban de pie, Crátidas y Ligón eran los que  más  destacaban.  Hasta ellos  daban tumbos  con aire

 

vacilante. Todavía podían hacer acopio de sus recursos físicos pero, al igual que todos los demás, sus fuerzas empezaban a flaquear. Petro decidió que los luchadores ya se  habían agotado  lo  suficiente.  Dio  un silbido. Lo  que siguió fue algo breve y metódico. Sus hombres se sumaron a la acción y, yo entre ellos, nos pusimos a derribar a cualquiera que quedara en pie, Al cabo de poco, ya había huido la mayoría, y los que aún quedaban se habían tumbado en el suelo para rendirse. Petronio y Fúsculo arrestaron a Crátidas y a Ligón.

Los dejamos haciéndose cargo de los muertos y de quienes no podían moverse y nosotros emprendimos el camino por la carretera llevándonos a los prisioneros que aún eran capaces  de  caminar. A nuestras  espaldas, oí el silbido lastimero de la pira cuando el sacerdote la sofocó con el agua de un recipiente ritual. Teopompo ya había viajado con toda la pompa romana para encontrarse con los dioses bárbaros  a los que honraba, fueran cuales fueran. Sólo quedaban sus cenizas. Selladas en su urna con forma de negra figura, le recordarían a su joven amante el breve tiempo que pasaron juntos y la inocencia que ella había desperdiciado con tanto entusiasmo.

Al menos, cuando poco a poco el pasado llegara a ser una vergüenza, Ródope siempre sabría que el amor de sus sueños  había tenido  una despedida espectacular.  Si resultaba  que  la había  dejado  embarazada,  cada  vez que

 

peinara a su hijo  pensaría en Teopompo  con su halo  de fuego verdoso.

 

LVIII

 

 

Una vez fuera de la necrópolis, llegamos a la carretera principal y nos acercamos a la puerta Romana. Estaba constituída por una entrada y una salida entre unas torres cuadradas acopladas a las murallas de la ciudad, las mismas murallas que fueron construidas por Cicerón cuando era cónsul, tras el devastador saqueo de Ostia a manos de los piratas.  Los  muros  de  protección  se  hallaban  entonces medio ocultos por las viviendas. A los pocos años de su construcción, Pompeyo había limpiado los mares. Libres del miedo a un ataque, la gente había construido casas y talleres al otro lado, colindando con las defensas y, en ocasiones, situados  justo en lo alto  de las mismas. Una placa   de   mármol   contaba   una  historia   conmovedora. Primero conmemoraba la creación de las murallas de la ciudad por Cicerón; cinco años después, Clodio, enemigo acérrimo de Cicerón y él mismo una especie de pirata urbano,  había  borrado  el  nombre  del  cónsul  y lo  había tapado con el suyo, escrito en letras del color de la sangre. Cicerón, que se acercaba a su decadencia política, se había quejado amargamente.

El viejo orador hubiera tenido algunas cosas mordaces que decir sobre los modernos intrusos que teníamos bajo custodia. Los vigiles provocaron bastante revuelo cuando

 

llegaron a la carretera principal y detuvieron el tráfico en las dos direcciones para así poder conducir a su desfile de abatidos prisioneros a través de la puerta. Cuando nuestros apaleados trofeos humanos salían por el lado de Ostia, una figura canosa y familiar apareció ante nuestra vista. Era el hombre de la marina, Canino. Los vigiles ni lo miraron ni se detuvieron. Pero yo hice las dos cosas. Lo miré a los ojos y me planté justo delante de él.

- Si vas al funeral, se ha terminado.

- No lo he sabido hasta que ya era demasiado tarde. Tendría que haber estado ahí para vigilar.

- Bueno, los vigiles han puesto fin al problema de los secuestros y han resuelto el asesinato de Teopompo. -Me ofreció una sonrisa insulsa. Yo me quedé impasible-, ¡Ayer fuiste un condenado inútil, Canino!

- Está claro que no sufriste ningún daño, Falco…

- ¡No gracias a ti precisamente! No esperaba que salieras tú solo con un trirreme, pero hubiera sido de ayuda que hubieses avisado al capitán de puerto y a una partida de rescate. Me sorprende que cuando se llevan a un ciudadano a la fuerza, la marina se limite a decirle adiós alegremente.

- Lo siento. Pensé que me estabas saludando con la mano…

- Canino, tú dejaste que los ilíricos se me llevaran. En ningún momento esperabas verme hoy con vida.

 

-  Vamos,    razonable,  hombre.  Un trirreme  en el

 

puerto no puede moverse sin volver a tensar los cables principales, los hypozomata. -Arqueé una ceja y dejé que hablara atropellada y nerviosamente-. Corre de popa a proa; sujeta las cuadernas a lo largo de toda la embarcación. Cuando atracamos durante un período de tiempo, aflojamos los calabrotes para que descanse el armazón, es la práctica habitual. Es imposible navegar así, podría romperse la parte trasera del barco. -El agregado, que siempre había hablado demasiado, finalmente dejó de hacerlo.

- Canino, no esperaba que me persiguieras en un trirreme. Dime, ¿cómo es que un grupo de ilíricos que se dedican a la puesta en práctica de nuevas versiones del antiguo oficio pueden sentirse cómodos con sus liburnas bien amarradas al costado de tres barcos de guerra de la marina?  ¿Los  cilicios  se  hacen  amigos  vuestros  de  la misma manera? Canino, ¿a qué juegas exactamente?

-  Disculpa…  -se  estaba  dando  la  vuelta-.  Van  a necesitar que informe a Marco Rubela.

Yo  ya  había  informado  a  Lucio  Petronio  de  mis propias ideas sobre Canino.

Caminamos en silencio hasta llegar a la calle lateral que conducía al cuartel de los vigiles. Los prisioneros y su escolta ya debían de estar dentro.

- ¿No vienes, Falco? -me preguntó Canino con cierta sorpresa cuando se hizo evidente que yo seguía por el Decumano.

 

-  Todavía  estoy  buscando  a  mi  cronista.  Además, poseo el sentido del honor familiar. No tengo ningún deseo de estar presente si tienes intención de proscribir a mi tío Fulvio.

Una breve sonrisa con los labios apretados desfiguró el rostro bien afeitado del hombre de la marina. Él dobló por la calle lateral. Yo continué por la carretera principal hacia nuestro apartamento, con la esperanza de encontrar allí a Helena Justina.

No llegué. Me encontré con Paso. Formaba parte del equipo de Petro y era prácticamente nuevo, aunque debía de llevar un par de años con la Cuarta. Paso, a quien Petronio le había ofrecido un puesto entre los vigiles, era un muchacho  de baja estatura, pelo corto, manos  grandes  y unos pies como los de un cachorro. Aquello desdecía de su despreocupada competencia. Le hice un rápido resumen de los acontecimientos del día. Me contó que Rubela había confiado en él para que fuera el único encargado de vigilar a Holconio y Mutato y estaba acechando su apartamento a la espera de novedades.

- ¿Y qué noticias hay, Paso?

Anteriormente  habíamos  trabajado  juntos  en el asesinato de un mecenas de las artes; Paso me conocía lo suficientemente bien como para ser franco conmigo.

- Creo que he metido la pata -dijo.

- Estabas solo. -Me mostré comprensivo.

 

- Todos los demás estaban en la operación de la necrópolis, de modo que tuve que arreglármelas solo… Un niño les trajo una nota. No tenía a nadie a quien mandar en busca de  refuerzos.  O los  cronistas  me  habían  visto,  o alguien les había advertido. De modo que salieron los dos, pero se separaron. Seguí al que iba con el chico, Holconio. Pero el muchacho y él se limitaron a caminar describiendo un gran círculo y luego esos malditos volvieron a entrar en el apartamento. El niño salió corriendo. Estoy deprimido, Falco.

- ¿Crees que los cronistas tienen una nueva petición de rescate? ¿Mutato te dio esquinazo y se fue él solo a reunirse con alguien?

Paso asintió con la cabeza y maldijo sombríamente. Luego se marchó para informar a Rubela. Yo abandoné mis planes de encontrar a Helena y me fui a ver a Holconio.

Al principio lo negó todo, claro está. Pero el hecho de haberse quedado solo en el apartamento minó su coraje. Reconoció la nueva petición de rescate. Rubela había advertido firmemente a los cronistas que no hicieran nada, pero ellos volvieron a ignorar la advertencia, no fuera el caso que ello tuviera malas consecuencias para el presunto cautivo Diocles.

Todavía tenían dinero. Mutato había ido a buscarlo. La nueva nota pidiendo un rescate decía que sólo una persona tenía  que  encargarse  del  intercambio.  Se  pondrían  en

 

contacto con Mutato.

- Así que ya ves, Falco -declaró Holconio en tono de superioridad moral-. No puedo contarte nada sobre cómo se entregará el dinero, ¡porque no lo sé!

Le ordené que fuera al cuartel de los vigiles y se lo confesara  a Rubela.  Hice  que  me  dijera en qué  templo tenían el banco. Entonces salí para allá.

 

LIX

 

 

Me detuve al pie de las escaleras del templo de Roma y Augusto, pensativo.

Ese templo debía de haber sido uno de los primeros símbolos del poder imperial. Construido por Tiberio en honor a su padrastro y a nuestra afortunada ciudad, estaba hecho totalmente de mármol. Seis columnas acanaladas adornaban  la parte  frontal,  que  contaba  con una tribuna desde la cual los oradores políticos podían aburrir a las desafortunadas multitudes los días festivos. A cada lado, un par de columnas adicionales flanqueaban, respectivamente, las dos entradas cuyas escaleras de piedra conducían al interior. Calificar ese edificio de triunfalista sería quedarse corto. No solamente la diosa Victoria encumbraba de puntillas toda la grandeza de sus carnes a unos doce metros de  altura  en  el  pináculo  del  elaborado  friso,  sino  que además, la estatua de culto era la de Roma Victrix, una muchacha  corpulenta  con  traje  de  amazona.  Tenía  una figura como la de Helena, aunque ésta me daría un puntapié por decir eso. Digamos que Roma Victrix estaba en buena forma, pero, como personificación de la Ciudad Dorada, estaba a la cabeza de un grande y nuevo imperio comercial que importaba exquisiteces desde todas las partes del mundo…   y   estaba   clarísimo   que   disfrutaba   de   la

 

gastronomía.

Roma se mostraba como una amazona, con un pecho incómodamente prominente y sumamente redondo que se dejaba  ver,  desnudo,   entre   sus   ropajes,  curiosamente amplios. Las  amazonas  suelen ser  famosas  por  aparecer sobre  un  gruñido  llevando  una  falda  corta  por  único atuendo. Roma iba vestida fundamentalmente con ropa cómoda y práctica. Su otro pecho estaba cubierto como es debido y no parecía tan bien desarrollado. Puede que se lo hubieran amputado, como se supone que ocurre en los mejores círculos amazónicos con el propósito de evitar la cuerda del arco. Tenía un pie robusto que sujetaba una pequeña esfera y daba la impresión de que fuera a realizar el saque para iniciar un juego de pelota.

Había tenido mucho tiempo para dejarme llevar por estas  reflexiones.  Había  entrado,  pero  en  aquellos momentos volvía a encontrarme fuera. Dentro había vislumbrado a un sacerdote del culto, un flamen estirado que creyó que iba a robar las vasijas rituales y el tesoro donado. En cuanto aquel factótum altanero me vio, envió al guardián del templo -un ex esclavo de la ciudad que hacía todo el trabajo- para que me preguntara si podía ayudarme en algo. Eso significaba ayudarme a volver a salir al podio de la entrada.

Ahora estaba allí de pie, haciéndome pasar por un niño pequeño que quería ser orador. Inspeccioné el foro. Era un

 

alargado espacio rectangular con el alto capitolio en el extremo más alejado, el templo dedicado a la Tríada Capitolina.  Allí  era  donde  habían  tenido  que  aguantar Rubela y Petro el otro día, cuando observaban a los del gremio de constructores pisando fuerte por ahí en su exhibición de marcha. Vi un santuario, que sabía que estaba dedicado a los Lares de la ciudad.

 

El Decumano Máximo pasaba por en medio del foro. A la izquierda tenía la Basílica y la Curia. A la derecha y a mis espaldas estaban los baños, las letrinas públicas y las tiendas. Delante de mí, a lo lejos, en la esquina de mano derecha aunque más o menos fuera de mi vista, se hallaba la casa de Privato en la que se alojaba Petronio.

Allí las cosas no avanzaban. Si Mutato se encontraba en el edificio, debía de estar en el piso de abajo, en las cámaras acorazadas que había bajo el podio del templo. El guardián se había negado a dejarme bajar hasta allí. No le convencí diciéndole que quería hablar con un visitante que estaba retirando fondos. El guardián estaba haciendo su trabajo, protegiendo el dinero que había en depósito. Tal vez supiera ya que a Mutato y Horconio les habían robado parte  de  su  dinero,  y  por  lo  que  él  sabía  fueron  unos ladrones que los habían seguido después de que fueran allí a retirar fondos.

El  guardián  del  templo  me  había  prometido cortésmente que me avisaría cuando Mutato saliera de las

 

cámaras acorazadas. Dicho sea en su honor, sí que me hizo una señal con la cabeza, aunque se esperó hasta que el cronista ya se hubiera ido.

Sabía que Mutato no había pasado por el foro. Lo hubiese visto. La plaza estaba abarrotada de gente, la oleada de  peatones  que  iban  a  los  baños  y  los  obreros  que regresaban a casa a última hora de la tarde, pero me hallaba en una posición estratégica y tenía una clara vista de toda la zona del foro. Mutato debía de haber salido por la parte de atrás y por el lado de la Basílica; desde mi posición, situada en una esquina, yo había estado observando la otra salida.

Bajé las escaleras y me dirigí hacia la parte de atrás del templo. En una caupona que había en la esquina de una calle nadie pudo decirme nada. Crucé la parte trasera del templo. Allí empezaba la carretera principal hacia la Puerta Laurentina. Aquélla era una parte muy importante de la ciudad, y aunque la industria ligera -molinos de grano y lavanderías- acechaba entre las casas particulares, el vecindario carecía de la proliferación de bares y burdeles que se amontonaban en los alrededores de la Puerta Marina y la ribera del río. No era la clase de zona que los ilírícos preferían para los encuentros. Ello me convenció de que alguien más se había metido por medio. La petición de rescate para mi cronista era un nuevo chanchullo.

Mi cronista. Entonces era mío. Estaba resuelto a no dejarlo plantado hasta que supiera lo que le había sucedido.

 

- ¡Préstame una moneda para un baño!

En las sombras de la parte trasera de los edificios más prestigiosos, los mendigos erraban entre las basuras esparcidas. Aquel listo sabía cómo sugerir que su petición tenía que ser concedida con urgencia: iba hecho un guarro. De  hecho  iba  tan  roñoso  que  parecía  que  se  hubiera cubierto de mugre a propósito. Cualquier persona caritativa lo haría meterse en agua caliente con una estrígila. (Cualquiera que luego lo pensara dos veces, recordaría que la mayoría de ciudades ofrecen baños públicos gratuitos. Aquel mendigo iba sucio porque quería.)

Saqué una moneda y la sostuve en alto. Luego se la di. No tenía sentido postergarlo: sólo me diría lo que quería oír para conseguir el dinero.

- ¿Has visto salir a alguien del templo justo antes de que yo apareciera por la esquina? ¿Por dónde se fue?

Un brazo mugriento, envuelto en unos espantosos harapos,  señaló  de  manera  imprecisa  hacia  la  distante Puerta Laurentina. Probablemente el hombre estuviera borracho. Tenía un aspecto demasiado piojoso para interrogarlo más de cerca. Tenía que decidir si lo creía o no. Como no se me ofrecía ninguna otra opción, me puse en marcha camino arriba.

- ¡Soy Casio! -exclamó detrás de mí con voz ronca.

- ¡Lo recordaré! -mentí al tiempo que me daba a la fuga. Lo último que quería era tener que aguantar a un loco

 

con peligrosas ideas políticas. Tener un busto de Casio en tu casa todavía se considera traición. En los cumpleaños de Bruto  y  Casio,  todos  los  hombres  sensatos  se  cuidan mucho de no celebrar cenas que puedan parecer conmemorativas.

 

Comparado con el Decumano, el Cardo era una calle pequeña y estrecha que descendía en suave pendiente colina abajo y que se hallaba sumida en las sombras proyectadas por  los  edificios  que  la bordeaban. Ya había estado  allí antes, aunque entonces iba a lomos de una montura, no a pie, cuando fui a ver a Damágoras. Aquella mañana en la que Cayo Baebio y yo nos encontramos por primera vez con los matones  del gremio  de constructores  que combatían  los  incendios,  una  de  las  casas  cercanas  al templo de Roma y Augusto  se encontraba en humeantes ruinas. También había pasado por allí cuando anduve a la caza  de  templos.  El  camino  que  llevaba  a  la  Puerta Laurentina se había convertido en un tema de esta misión.

Casio no me falló: me hallaba a medio camino de la puerta cuando el tráfico que venía de cara disminuyó y por delante  de    vi  a  un  chico.  Reconocí  aquella  figura menuda: Zeno. Zeno, el de la torre de entrada, ese flaco granuja  callejero  cuya  madre  era  Pulia,  la  reina  de  las drogas de los secuestradores cilicios. Caminando al lado de Zeno y hablando con él con seriedad, había un anciano

 

fornido. También lo conocía. Era mi tío Fulvio.

Fulvio tenía una mano apoyada en el hombro de Zeno. El chiquillo lo miraba con expresión confiada. Pulia ya llevaba  varios  días  bajo  custodia.  A  Ligón  lo  habían capturado aquel mismo día, pero él nunca había vivido en la torre de entrada y daba la impresión de que al hijo de Pulia le fuera indiferente. Sin su madre, Zeno habría tenido que arreglárselas  solo. Fulvio  debía de haberse  hecho  amigo suyo.

Tal vez se conocieran incluso de antes del arresto de Pulia. Si Canino no se equivocaba al identificar a mi tío como el negociador, el Ilírico se servía de un niño que le hacía de mensajero. El pequeño Zeno podía haber sido ese chico desde el principio. Ahora, si la petición de rescate de Diocles, después de todo, provenía de la banda cilicia, la pareja podía estar dirigiéndose a su encuentro con Mutato.

Aunque no fuera así, había buenas razones para investigar qué hacía un niño en compañía de mi tío.

 

Los  seguí  a toda prisa.  Me  pregunté  si  se  dirigían hacia el otro lado de la puerta, pues si así era, iba a terminar el día tal como lo había empezado: en una necrópolis.

Estar sentado en un sepulcro oscuro como boca de lobo había sido suficiente. Entonces, y ojalá lo hubiera sabido, me estaba dirigiendo a un lugar aún peor.

 

LX

 

 

Torcieron por el Cardo justo antes de llegar a la puerta de la ciudad, pero, aunque no se dirigían a la necrópolis, tuve un mal presentimiento.

Conocía aquel lugar. Había estado allí una mañana tranquila durante mi obstinada búsqueda de templos. Entonces no me sirvió de nada y en aquellos momentos hubiese  preferido  que  no  se  convirtiera  en  algo significativo. Fulvio y Zeno habían entrado en el santuario de la Gran Madre: Cibeles. Eso ya era bastante malo. Antes incluso de llegar allí, oí que aquélla no era una ocasión tranquila.

Las antiguas murallas de la ciudad proporcionaban una línea divisoria a una gran zona triangular; era el recinto más extenso que había visto en cualquier otro templo de Ostia, mayor que las abarrotadas zonas públicas de cualquier santuario religioso de Roma, aparte de las sagradas alturas del  Capitolio  y  el  Arx.  Entramos  en  aquel  lugar  de encuentro desde el Cardo, a medio camino del mismo, a través de una hilera de pequeñas tiendas. Justo enfrente se alzaba el principal templo de Cibeles. En una esquina a mi izquierda había un grupo de edificios, uno de los cuales sabía que era el santuario de Atis. Cibeles mantenía a su castrado consorte a cierta distancia, aunque un pórtico con

 

columnatas situado junto a la antigua muralla de la ciudad sí que proporcionaba un camino resguardado para que se reunieran sus sacerdotes eunucos. A mi derecha había un revoltijo de edificios destinados, pensaba yo, a los partidarios del culto. Tal vez fueran las dependencias de los sacerdotes  si, al igual que en Roma, a los oficiantes  de aquel exótico culto los mantenían alejados de la vida diaria, no fuera que el misticismo oriental contaminara nuestros férreos valores occidentales.

En aquellos momentos mi tarea era imposible. Había demasiado ajetreo en el santuario. Había gente por todas partes; aquel emplazamiento había sido elegido con astucia como lugar de reunión donde secuestradores y víctimas podían pasar desapercibidos. Ya no veía ni a Fulvio ni al chico. Tampoco  divisé  a Mutato, ni a nadie  que pudiera tener intención de reunirse con él. Me había formado unas cuantas ideas sobre a quién esperar. La presencia de mi tío

-dondequiera que se hubiese metido- había implicado que todavía me  enfrentaba a la vieja banda. Canino  debía de estar en lo cierto: tío Fulvio era el Ilírico y aquello sería, al fin y al  cabo,  otro  intercambio  más, manipulado  por  la misma gente que todo el resto.

Al parecer estaba prevista una iniciación al culto para el día siguiente. Los sacerdotes, ataviados con sus afeminadas  y  largas  vestiduras,  daban  vueltas  por  ahí, algunos escoltando un gran toro negro hasta el corral en el

 

que pasaría la noche antes de ser sacrificado. Lo conducían en corta procesión, con música y danza orientales, y él intuía que todo aquel alboroto auguraba algo peligroso. Tal vez olía la sangre de sus predecesores. En todo caso, los coloridos disfraces y el poco corriente entorno lo estaban trastornando de mala manera. Empezó a bramar y trató de soltarse. Era un muchacho grandote. Afortunadamente lo habían asegurado con algo más que guirnaldas de flores; el resistente  trabajo  hecho  con las  cuerdas  lo  retuvo  hasta que, medio a rastras, medio a empujones con el hombro, lograron meterlo en el corral. Rociaron el lugar con agua lustral; eso tampoco le gustó mucho.

Todo aquello tenía lugar en el complejo de pequeños templos situado a mi izquierda. Había aún más actividad en la  larga  columnata.  Allí  nunca  identificaría  a  ninguna persona de las que buscaba.

Me coloqué la toga de manera que me cubriera la cabeza, como un hombre que asiste a un sacrificio; proporcionaba cierto anonimato. Nadie que me conociera como informante esperaría verme ataviado con vestimenta formal… bueno, a menos  que ya supieran que aquel día había estado en un funeral. Empecé a andar en línea recta por la hierba en dirección al templo principal, en la esquina más alejada del emplazamiento.

Era media tarde. El sol se hallaba por encima del templo,   convirtiéndolo   en   nada   más   que   un   oscuro

 

contorno. Cualquiera que se hallara allí se perdía de vista, invisible contra el edificio. Sin embargo, si miraban en aquella dirección me verían, una figura con toga bien iluminada que se acercaba a ellos a grandes zancadas y al aire libre, completamente sola. Si me aproximaba a los villanos, podría ser que éstos no sospecharan que llevaba la espada de  Petro  oculta entre  la ropa.  Por  otro  lado,  si sabían  por  qué  les  estaba  siguiendo  la  pista,  tal  vez supusieran que  vendría armado. Ellos  también irían armados. Puesto que se encontraban en un complejo religioso, sus armas también estarían ocultas. Podría haber infinidad de ellos merodeando por allí. Era probable que me conocieran; yo tal vez no los reconociera a ellos.

Llegué   al   templo   de   Cibeles.   Lo   registré   con discreción. La toga ayudó a que mi presencia no resultara ingrata. En el interior de su templo, rectangular y de proporciones  modestas,  la Gran  Madre  estaba  reclinada con su corona almenada; me dirigió una mirada calmada cuando invadí su silencioso sanctasanctórum. En presencia de mujeres poderosas los informantes son personas respetuosas: me disculpé por molestarla.

Volví a salir con las manos vacías. Me retiré la toga de la cabeza con impaciencia, no soportaba por más tiempo aquel embozo; me pasé la mano por los rizos, que todavía estaban endurecidos por la sal del chapuzón forzoso del día anterior.  Desde  los  grises  escalones  del  templo,  tenía

 

entonces la luz a mi favor. Deberían haber sido unos momentos mágicos: última hora de la tarde, con el sol de agosto aún ardiendo y que no se pondría hasta al cabo de unas horas, el cielo de un azul intenso en lo alto, la fuerza de la luz del sol sin menguar todavía, aunque entonces el día avanzaba hacia el tardío crepúsculo. Las piedras del templo irradiaban calor. Atento a todas esas sensaciones, y con la convicción creciente de estar viviendo una pesadilla, tomé conciencia del mar, cercano a mis espaldas, y de la ciudad que se extendía a la izquierda.

Muchas de las personas que estaban en el santuario hacía unos momentos ya habían desaparecido. Las que quedaban caminaban por ahí en silencio. La música se había acallado. En aquellos instantes todo estaba tranquilo dentro del recinto. Los sonidos de la ciudad, del puerto y de la cercana puerta que daba a campo abierto parecían proceder de otro mundo. Me llegaba el olor del orégano silvestre. Las gaviotas planeaban suavemente en las alturas.

Me  quedé  inmóvil,  observé  y  escuché.  Mi  mano derecha se había abierto camino entre los pesados pliegues de la toga hasta la empuñadura de la espada.

Entonces,  mientras  continuaba  escudriñando  el recinto  en busca de  alguien  a quien  pudiera  reconocer, divisé  por  fin  a  tío  Fulvio.  Se  encontraba  justo  en  el extremo opuesto del recinto, caminando por el concurrido santuario de Atis. Bajé las escaleras del templo de la Gran

 

Madre  dando  saltos  y  empecé  a  correr  por  la  larga columnata sin hacer ruido.

 

Fulvio había dado la vuelta al santuario. Creí que había entrado en el edificio pero, cuando llegué allí, jadeando, no tuve suerte. Empecé a registrar la estancia. En aquel rincón del  santuario  parecían  haber  proliferado  recovecos, fuentes, altares y entradas misteriosas. Los devotos no necesitaban que hubiera losetas con un rótulo en las jambas de las puertas como si los edificios albergaran a médicos o contables. Pero yo no sabía a dónde conducían en realidad ninguna de ellas.

Había una espantosa posibilidad: sabía que tenía que encontrarla. Los ritos de Cibeles son igual de terribles que los ritos de Mitra, y hay uno de ellos que es muy similar. En algún lugar por allí cerca tenía que haber un hoyo para el taurobolio:  un  agujero  bajo  tierra  de  la  altura  de  una persona al que los iniciados debían descender. Allí permanecerían  solos  en  la  oscuridad  como  espantosa prueba de su devoción.

Sería algún tipo de sótano, con una rejilla sobre el hoyo subterráneo; al día siguiente, sobre dicha rejilla, los sacerdotes sacrificarían al gran toro que seguía bramando lastimeramente en su corral cercano. Su sangre derramada caería sobre el novicio, que estaría solo en la más completa oscuridad  mientras  la  sangre  hedionda  lo  bañaba  de  la cabeza a los pies. El rito de sacar a los iniciados del hoyo

 

con sus vestiduras manchadas de sangre de toro tenía fama de ser repulsivo.

Encontré el taurobolio. La parte trasera del templo de Atis daba a una torre construida en la esquina de la muralla de la ciudad. Parte de ella formaba entonces un estrecho santuario. Los pinos proyectaban una fragante sombra. En el interior, los nichos sostenían estatuas del consorte de Cibeles, representado con su estrellada gorra frigia y sus pinas.  La  nave  ya  se  hallaba  iluminada  con  lámparas, adornada con flores y perfumada con incienso.

En cuanto entré supe que aquél era el lugar donde una vez los ilíricos trajeron a la aterrorizada Ródope. Delante de mí había unas escaleras, tal como ella había dicho: un corto  tramo  descendiente  por  el que  habrían forcejeado con la chica cuando trataban de obligaría a entrar en la oscura y arqueada boca del hoyo del taurobolio. Las iniciaciones debían de ser poco frecuentes. Los días en los que no se utilizaba el santuario, su remoto taurobolio -una especie de espantoso sumidero o alcantarilla- hubiera constituido un escondite perfecto. Por mucho que gritaran las víctimas, nadie las oiría. Y después, las mujeres que habían sido encerradas allí quedarían completamente traumatizadas, y su silencio en el futuro asegurado.

Me encontraba dentro del santuario débilmente iluminado cuando me pareció oír a alguien fuera. No sabía que hacer, pero el hoyo del taurobolio estaba más cerca

 

que la salida, de modo que fui en esa dirección. Al bajar las escaleras tuve que agacharme mucho para escudriñar el interior; ahí abajo estaba demasiado oscuro para ver nada, aunque el tenue resplandor de las lámparas que había detrás habría acentuado mi contorno. Desde el exterior del santuario, una voz gritó: «¿Quién anda ahí?». Me colé escaleras abajo. Demasiado tarde, oí movimiento y luego unas manos se alzaron para agarrarme por la ropa y arrastrarme hacia abajo y bajo tierra. Alguien me propinó un doloroso codazo en las costillas y me hizo callar. Estábamos demasiado apretujados, lo cual no me permitía desenvainar la espada. No es que quisiera hacerlo. Mi compañero  no  me  estaba amenazando.  Bueno,  no  en el modo en que es habitual.

De alguna manera sabía quién estaba allí conmigo: era Fulvio.  Estaba  sobrellevando  bien  el  nuevo  rumbo  que habían tomado las cosas hasta que alguien que estaba por encima de  nosotros  en el  santuario  cerró  de  golpe  una puerta metálica sobre el hoyo y nos encerró dentro.

- ¡Marco, maldito estúpido! -exclamó Fulvio entre dientes-,  Eso  fue  un  jodido  descuido…  ahora    que estamos atrapados de verdad.

Me negué a considerarlo culpa mía, pero lo que había dicho era cierto. Nuestra prisión era húmeda, olía a moho y no estaba pensada para dos personas. Podíamos ponernos de pie, pero aquel hoyo había sido construido para una sola

 

persona. No pude evitar recordar que, cuando era pequeño, la gente me había dicho que evitara al tío Fulvio porque no le gustaban los niños. Muchos años después me había dado cuenta de que ésa era la manera que tenía la familia de decir que los niños pequeños le gustaban demasiado. Ahora me encontraba atrapado en un hoyo oscuro con él.

¡Oh, madre mía!

 

LXI

 

 

- No se ve demasiado, pero la luz entra por la rejilla y el aire también. -Para mi sorpresa, mí tío parecía estar haciéndose  cargo  de  la  situación.  Entonces  empezó  a calcular las posibilidades. Yo era el ex soldado: eso era cosa mía-. Él es sólo uno, y nosotros somos dos…

- Tengo una espada, aunque no hay espacio para utilizarla. -Estábamos muy apretujados. Fulvio pudo comprobar que yo había venido armado.

- Estamos lo bastante seguros aquí abajo. -Mi tío era un cerdo sumiso.

- Eso es estupendo -dije con sarcasmo-. Un maníaco nos ha encerrado y estamos atrapados hasta que mañana por la mañana venga con el iniciado tembloroso.

- ¿Tienes miedo, Marco?

-  Sólo  de  lo  que  estoy a punto  de  descubrir…  La verdad es que quiero saber -dije, con toda la paciencia de la que fui capaz- cuál es tu posición en todo esto. Canino me dijo que tú eres el Ilírico.

- Te informó mal.

- Pues acláramelo.

- ¿Te crees lo que te ha dicho?

- ¿Cómo quieres que lo sepa, tío?

- Existe una alternativa…

 

Lo dije primero:

- ¿Podía ser el propio Canino el Ilírico?

- ¡Vaya, un chico listo!

-   Así   pues,   la   marina   no   está   investigando   el chanchullo de las peticiones de rescate…

- Puede que sí lo hagan -dijo Fulvio-. ¿Qué crees que estoy haciendo yo aquí?

¿Mi tío era un agente?

- ¿Puedes demostrar esta afirmación?

- No tengo que demostrarla. -Al ver que yo no decía nada, tío Fulvio insistió-: Nunca me has visto vestido como una mujer, maldita sea.

- ¿El maquillaje y las zapatillas no son tu estilo? ¡Es un alivio para mi familia! Lo único que sé es que ibas a marcharte  a  Pesinunte  pero  te  subiste  al  barco equivocado…

Fulvio se rio.

- Tomé el barco que quería. ¿Conoces a Casio?

- No… -Me acordé del mendigo en la parte de atrás del templo de Roma y Augusto-. ¿Casio?… Claro. Me pareció que la mugre se la había puesto él mismo.

- Le gusta meterse de lleno en lo que se propone - alardeó Fulvio. En el aire quedó una grosera insinuación que preferí pasar por alto-. Casio y yo llevamos juntos un cuarto de siglo. -Bueno, eso respondía a una cuestión. Eran una pareja estable.

 

- ¡Mamá estará tan contenta de que hayas sentado la cabeza! Casio estaba en el barco, me imagino. El barco que decidiste que era el adecuado,¿no?

- Estaba en el barco.

- Me alegro por ti, tío. Pero estamos desaprovechando el tiempo. Tenemos que salir de aquí.

- Tenemos que quedarnos.

- Perdona, tío, pero preferiría no provocar los celos de Casio quedándonos aquí… -Traté de empujar la puerta. Tío  Fulvio  dejó  que  me  agotara,  lanzando  gruñidos  de protesta cuando lo aplastaba.

- Cállate, siéntate y estáte quieto. El santuario de aquí arriba es el lugar de encuentro. Me lo dijo Zeno. Cuando se entregue el dinero podemos escuchar y reunir pruebas.

- ¿Zeno era el mensajero? -Estaba recuperando el aliento-  ¿Te  hiciste  amigo  de  él?  ¿Y dónde  está  ahora Zeno?

- Un sacerdote de Atis le está dando leche caliente y galletas  de  sésamo.  -Eso  no  me  tranquilizó.  De  todos modos, al  chico  podíamos  sacarlo  de  allí  después. Más difícil sería que pudiéramos salir nosotros.

 

- ¿Tu Casio traerá ayuda?

- Por supuesto. -Era un consuelo, pero aun así, no me gustaba estar atrapado bajo tierra en la oscuridad. Oleadas de  pánico  me  recorrían  el  cuerpo.  Debía  de  haber  un desagüe,  pero  las  cavernas  que  han  sido  empapadas  de

 

sangre adquieren un olor horrendo. Luché contra la claustrofobia.  Si  los  iniciados  podían  soportar  aquello solos, yo podía sobrellevar el miedo… Posiblemente.

- ¿Qué tomaste para comer? -me preguntó pomposamente  mi  tío. Estaba respirando  en su cara; no había alternativa.

- La carta del funeral.

- Cebollas. -¡Vaya! Fulvio era un maniático. Entonces me entraron ganas de reír.

Mientras esperábamos que ocurriera algo, le di la lata a mi tío para que me contara cuál era su papel en aquel fiasco. Dijo que trabajaba para la marina, como factor de grano; papá ya me lo había dicho. Y sabía que el Ejército -y por lo tanto, presumiblemente también la marina- solían utilizar a sus factores de grano para reunir información. Fulvio se había dedicado a abastecer a la tropa durante años. Desde Salona, donde vivía, estaba en contacto con la flota de Rávena.

- Estaba en Rávena…

- ¿Canino?

- ¡Lo has pillado!

- Soy informante, tío. Sea lo que sea lo que te haya dicho la familia, resulta que soy bueno en eso… Me parece inverosímil -me parecía espantoso-, pero, ¿estás diciendo que haces un trabajo similar al mío?

- Quizá.

 

-   No   hay   necesidad   de   ser   tan   reservado.   Fui explorador  en  el  Ejército.  Ahora  acepto  misiones imperiales.

-  ¡Bien  por  ti,  chico!  -Fulvio  cambió  de  tema  sin admitir nada-. Nuestros caminos nunca se cruzaron directamente hasta ahora.

- Bueno, me alegro de que este asunto no haya roto viejas amistades… Así que él me dice que tú eres el Ilírico, y tú dices que es él.

- Tú hazme caso a mí -ordenó Fulvio.

- Tal vez lo haga… -O tal vez no-. ¿Cómo se echó a perder Canino?

- Hizo las amistades equivocadas cuando se suponía que tenía que estar controlando el litoral ilírico.

- ¿Amistades equivocadas? Cuando hablamos en esa taberna con Gemino, tú mismo defendías a la gente de la costa.

- Estaba explicando lo que les ha ocurrido a los desposeídos  -argüyó  Fulvio-.  Los  hombres  a  los  que llamáis piratas provienen de comunidades sumidas en la pobreza, donde las alternativas son escasas. A los jóvenes del interior los mandan al mar porque es la única opción.

- Cotis y los demás, la comunidad cilicia, parecen contentos con lo que les ha tocado en suerte.

-  No  los  desprecies  como  si  fueran  chusma  -dijo

Fulvio-. Había una larga tradición de grupos costeros que

 

daban refugio a hombres que huían de la pobreza, a menudo marineros de talento que simplemente se encontraban con que no podían adquirir un barco. Lo que vosotros llamáis barcos piratas eran embarcaciones de excelente calidad, gobernadas por unos marineros de primera.

Yo había captado un matiz.

- ¿Una de esas comunidades os dio refugio a Casio y a

 

tí?

 

 

- ¡Oh, Salona es un lugar perfectamente civilizado! -

 

exclamó Fulvio con enojo-. Pero conozco a gente en Iliria.

Conozco a los buenos y a los malos. Había estado en Dirraquio. De modo que me pidieron que vigilara a Cotis de manera no oficial cuando dio la impresión de que se había sentido atraído por nuevas e inaceptables empresas. No tardé en descubrir que lo protegía una manzana podrida de la flota de Rávena. Cuando Canino consiguió que lo trasladaran aquí, con el pretexto de seguir de cerca a Cotis, entonces me pidieron a mí que lo siguiera a él.

- ¿Era la primera vez que te utilizaban para reunir información?

- No.

Se me ocurrió algo horrible.

- ¿Quién te pidió que lo hicieras? ¿No trabajarás para

Anácrites?

Tío Fulvio musitó alguna grosería.

- No, no trabajo para él. -Interesante. Aunque estaba

 

claro que sabía quién era Anácrites.

- ¿Entonces quién te encarga los cometidos?

- ¿Quién quiere ver los mares limpios y despejados?

- ¿El emperador?

-  Supongo  que  sí,  aunque  intentamos  no  tener  en cuenta ese aspecto deprimente.

- ¿Intentamos? ¿Te refieres a Casio y a ti? ¿Yquién os paga?

- No hace falta que lo sepas, Marco. -Si quería llegar a confiar en él, necesitaba saberlo.

-  No  me  trates  como  si  fuera  un  muchacho.  Yo también  he  llevado  a  cabo  muchas  de  esas  apestosas misiones oficiales.

- No te estamos ofreciendo una asociación.

- ¡No la aceptaría!

Ambos  nos  hicimos  mala  sangre  en  silencio.  Fue como  un  momento  bajo  en  una  fiesta  de  cumpleaños familiar. Al cabo de un rato formulé la inevitable pregunta profesional:

- ¿Y qué es lo que se suele pagar por la información en la flota de Rávena?

- Más de lo que ganas tú, probablemente.

Su arrogancia era difícil de encajar. Entonces supe por qué, en la familia, Fulvio siempre había caído mal a todo el mundo.

- ¡No estés tan seguro! -repliqué.

 

La incomodidad estaba convirtiéndose en algo fastidioso.

- ¿Qué ha pasado? -me pregunté nerviosamente-. Hace horas que Mutato salió del templo con el dinero. Si éste es el lugar de encuentro, ¿adonde ha ido?

-  Una pista falsa -dijo  Fulvio  de  manera cortante-. Según Zeno, a Mutato lo han mandado a una serie de puntos de entrega falsos. Le van a llegar unos tres mensajes hasta que lo pasen aquí. Es para ponerlo nervioso, y tal vez para deshacerse de los que pudieran seguirle… A propósito - dijo mi tío con brusquedad-. Puede que antes haya dejado que llegaras a una conclusión equivocada. No fue Canino quien nos encerró aquí dentro, fue Casio.

- ¿Qué?

- Si Canino ve la puerta cerrada, nunca sospechará que hay alguien aquí abajo escuchando. Necesito oír lo que ocurre. Es un oficial, tenemos que atraparlo con pruebas concluyentes.

¡Estupendo! Así que Fulvio y el compañero de su vida no tan sólo eran agentes  del gobierno, sino  que además eran un par de idiotas. Tenía que haberlo previsto. No se trataba de compartir una operación bien planeada con un experto   espía;  estaba  atrapado   en  un  agujero   con  el hermano mayor de mi madre. Fulvio era hermano de Fabio y Junio. Ello implicaba que era un lunático.

- ¿Ingenioso? -preguntó Fulvio con condescendencia.

 

- ¡No es ingenioso! Al menos Casio sigue en libertad, en el exterior.

- No podemos fiarnos de la marina. Ha ido a buscar a los vigiles.

- Y supongo -dije en tono malicioso- que tú y Casio creéis que viven en una vieja tienda junto al templo de Hércules Invicto, ¿no?

Eso provocó un silencio. Tenía que mantener la esperanza  de  que  el  tío  Fulvio  estuviera  haciéndome enfadar de forma deliberada.

 

Fulvio se quejó de que tenía los tobillos hinchados. Yo también tenía las piernas y los pies doloridos, y además me dolía la espalda de tratar de evitar desplomarme encima de mi tío.

De  pronto  oímos  voces  por  encima  de  nosotros. Pasos. Aguzamos el oído para intentar distinguir quiénes estaban en el santuario. Podía tratarse de un sacerdote que no tuviera nada que ver con nuestra misión. Tenía calor y cada vez estaba más inquieto. Ninguno de mis asociados sabía dónde me encontraba. Nuestro único apoyo era Casio.

¡Qué emoción!

Alguien daba vueltas por ahí con unos pasos apenas audibles.  Estaba  dispuesto  a  arriesgarme  y  gritar preguntando si era Mutato cuando se reunió con él otra persona.

 

- ¿Dónde está el dinero? -Canino… la voz quedaba amortiguada, pero era reconocible. No estaban muy cerca, probablemente próximos a la puerta del santuario. Fulvio me dio un suave codazo, nervioso.

Mutato, cuya voz sonó más fuerte y más cercana, respondió:

- El dinero  está en lugar  seguro. -Mutato  debía de estar justo al lado de la rejilla del suelo, justo encima de nuestras cabezas.

- ¿Dónde?

- Puedo ir a buscarlo. Falco tenía razón. No creemos que tengas a Diocles, pero si de verdad puedes traerlo…

- Falco… ¡Já! -Entonces hubo un movimiento brusco. Las cosas iban mal. Oímos un grito enojado. Canino, desde más cerca, exclamó-: ¡Eres un idiota! -Se oyó un sonido metálico  y algo que resbalaba, como si un arma hubiera caído sobre la rejilla. Allí abajo en nuestro sótano, Fulvio lanzó un grito, pero nadie le oyó.

Unos pasos pesados se alejaron del santuario. ¿Eran los de dos personas? Me pareció que sí.

-  ¡Lo  único  que  tenías  que  hacer  era  entregar  el dinero! -Era Canino, cuya voz se iba alejando, desde algún lugar de allí afuera. Un corto grito y luego más gemidos de miedo y dolor.

El toro expiatorio empezó a bramar en la distancia, agitado por el alboroto.

 

Alguien regresó al santuario, moviéndose lentamente. Aterrorizados,  Fulvio  y  yo  nos  quedamos  callados.  Se oyeron tres pasos torpes, un golpazo directamente encima de nosotros y luego más pasos que se alejaban corriendo. Los vestigios de luz que antes habían penetrado en el hoyo del taurobolio a través de la rejilla superior habían desaparecido.

- Tengo un mal presentimiento -dije en voz baja. Fulvio escuchó.

- Algo  nos  gotea encima…  -y añadió  con horror-.

¡Parece sangre!

No era el toro. Aún lo oíamos bramar…

Fulvio y yo nos dimos cuenta de la terrible verdad: justo encima de nuestras cabezas yacía Mutato que, o ya estaba muerto, o se estaba desangrando hasta morir.

 

LXII

 

 

Mi tío soltó un solo gemido y llamó al cronista. No hubo respuesta. No podíamos hacer nada para ayudar a Mutato… y yo sabía que probablemente todo había terminado. Por el bien del cronista, esperaba que así fuera. Al igual que Diocles, debía de tener una espada y la había traído, en un peligroso acto de desafío y valentía. Increíble.

 

Permanecimos allí durante lo que parecieron horas. Al final oímos llegar a Casio. Soltó una maldición y luego se apresuró a sacarnos de allí. Salimos por la puerta abierta, caímos  al  suelo,  jadeando,  y  él  nos  arrastró  escaleras arriba. La luz y el aire nos aturdieron.

Me limpié el sudor de la frente, junto con quién sabe qué, y me acerqué al cuerpo a trompicones. Era Mutato, por supuesto… y, por supuesto, estaba muerto. Tiré de él para apartarlo de la rejilla; no era ningún maldito sacrificio del culto. Lo puse derecho en el suelo del santuario. Los dedos le habían quedado hechos trizas al haber intentado esquivar los golpes de su propia espada. Canino lo había cosido a puñaladas de un modo tan rudimentario como lo habría hecho un recluta novato. Podéis confiar en que en la condenada marina no saben cómo manejar las armas. Me arrodillé junto al charco de sangre y le cerré los ojos al

 

viejo  cronista.  Después,  le  dediqué  unos  momentos  de silencio, apenado de verdad.

Cuando me levanté, los otros dos me estaban observando.  Casio,  que  ahora  ya  me  resultaba  familiar, debía de tener unos quince años menos que mi tío. Se había despojado de los harapos de mendigo y se había limpiado un poco la mugre, aunque unas vetas de suciedad del camuflaje todavía le ennegrecían el rostro. El tipo era pura pose. Yo no me había ensuciado la cara para una operación desde que dejé de recorrer sigilosamente los bosques septentrionales como explorador en el Ejército. Con sólo un puñado de hongos tras los que ocultarme, al menos entonces eso tenía cierto sentido.

Con las patillas grises que tenía ahora, y en su nariz recta y ojos castaños, aún podía ver el rastro del apuesto hombre más joven del que Fulvio se había enamorado. Los bíceps  estaban  tensos  bajo  las  apretadas  mangas  de  su túnica, sus grandes pantorrillas eran musculosas y no tenía ni un gramo de grasa. Ya lo había visto antes: era el cuarto hombre  que  había  en  la  letrina  pública  cuando  el  día anterior Canino me había hostigado hablándome de Fulvio.

Juntos,  parecían  igual  de  evasivos  que  una  pareja casada;  compartirían  algún  comentario  más  tarde,  en  la cama, posiblemente. Preferí no pensar en ello.

- Se las arregló para evitarme -se quejó Casio. Era el hombre  de  acción de  la sociedad  y no  estaba haciendo

 

mucho para ayudarnos-. Encontré un rastro de sangre que salía del santuario, pero no sé cómo me dio esquinazo…

- ¡Malditos aficionados! -Estaba enojado. A mis pies yacía un cronista que se había excedido en sus atribuciones con  la  máxima  valentía.   Mutato   tendría  que   haberse jubilado con honor, y no acabar burdamente asesinado, con cuatro o cinco golpes mal dados, porque aquel par de incompetentes no podían rodear a un avejentado y corrupto agregado que ya había resultado herido.

Fulvio y Casio cruzaron una mirada.

- Iré tras él -se ofreció Casio. Lo aparté de un empujón.

- ¡No, iré yo!

Pero ya no fue necesario. Paso y un grupo de vigiles irrumpieron en el santuario. Ya tenían a unos cuantos hombres fuera buscando a Canino y siguiéndole la pista mucho más de cerca de lo que ahora llegaríamos a estar nosotros. Paso se inclinó e inspeccionó el rastro de gotas de sangre que se alejaba.

- Traeré a un perro para que siga el rastro.

- ¿Sabes que vamos tras Canino?

- Bruno nos lo contó. Ha estado haciendo averiguaciones en Roma. Los chicos de Rávena tratan de mantenerlo en secreto, pero las grandes charreteras de la flota de Miseno han anulado sus decisiones. Se ha puesto en marcha una búsqueda a gran escala, pero ya conoces a

 

Rubela, intenta que la Cuarta se lleve todo el mérito.

Con  el  alboroto  ocasionado  por  la  llegada  de  los vigiles, el toro  había empezado  a vocalizar  de nuevo; el ruido me pareció insoportable.

- Entonces la Cuarta tendrá que atrapar a Canino…

- ¡Ya nos conoces, Falco!

Podía relajarme. Los expertos se estaban haciendo cargo. Salí de allí tambaleándome, con el cuerpo débil y el ánimo angustiado. La noche era preciosa. Nuestra tragedia no debió de conmover a los dioses egoístas. Vomité en las escaleras del Templo de Atis, para horror de un sacerdote.

Tío Fulvio calmó al toro a su debido tiempo. Al fin y al cabo había nacido en una granja.

En cuanto quedó claro que ya no me necesitaban, los dejé sin decir ni una palabra y me fui a casa con mi mujer y mi familia.

 

LXIII

 

 

A la mañana siguiente Helena mantuvo calladas a las niñas, de modo que dormí hasta mucho después de que todo el mundo hubiera desayunado. Cuando me despertó, estaba hecho  un  cromo.  La  pasada  noche,  el  rudo  intento  de lavarme la sal, la sangre, el sudor y la suciedad no había logrado producir mucha mejora. Había descansado, pero estaba afectado y me sentía profundamente deprimido.

Helena estaba al corriente de todo cuanto había ocurrido. Me había desahogado con ella antes de quedarme dormido. Entonces me dio de comer y luego me dijo que había venido un mensajero aquella mañana. Damágoras, al que Rubela seguía reteniendo, había pedido verme. Helena creía saber lo que quería.

-  Mientras  tú sales  a jugar  a los  desafíos  con los chicos, Marco, yo me quedo aquí sentada sola en casa, rodeada de viejas tablillas de notas… La verdad es que he estado pensando en las tablillas. Me figuro que Damágoras quiere  recuperar  sus  viejos  diarios.  ¿Recuerdas  que  me dijiste que Crátidas y Ligón hicieron algún chiste sobre hablar de literatura? -Si ella lo decía, debía de tener razón. Habían ocurrido demasiadas cosas últimamente como para que yo me acordara-. Tal vez Damágoras había pedido a Crátidas  y Ligón que  recuperaran sus  notas; cuando  ese

 

espantoso esclavo, Tito, vino aquí y vio a Albia, dijo que alguien había estado preguntando por las tablillas.

- Albia dijo que Tito estaba asustado.

- Sí, Marco; si había sido amenazado por Crátidas o

Ligón estaría muerto de miedo.

Daba la impresión de que hacía mucho tiempo de todo aquello. Pero yo seguía queriendo encontrar a Diocles; la verdad era que, con la muerte de Mutato que no paraba de rondarme por la cabeza, lo deseaba más que nunca. Mutato había pagado un precio terrible por su colega desaparecido. No podía rendirme ahora, se lo debía a ambos.

- Ve a ver a Damágoras.

- Podría devolverle los cuadernos de bitácora.

- ¡No! -Helena me dio instrucciones con su estilo escueto-.     limítate   a  averiguar   si   Damágoras   está dispuesto a proporcionar información a cambio. -Me miró, con la cabeza ladeada-. Estás muy callado. No dejes que se salga con la suya.

- De ningún modo -le aseguré en tono suave-. Créeme, cariño, hoy voy a parecerle implacable a cualquiera que se interponga en mi camino.

Helena  sacó  ropa  limpia  y  mi  frasco  de  aceite,  y aceptó mi mugrienta condición sin hacer ningún otro comentario. Mis hijas, que jugaban abajo en el patio, fueron menos diplomáticas; corrieron para saludarme, se dieron cuenta de mi asqueroso estado… y se alejaron corriendo y

 

dando gritos. Albia también arrugó la nariz. Nux se acercó a mí   alegremente.   A N u x le  gustaba  tener  un  amo  que apestara y anduviera gruñendo por la casa.

Me  dirigí  al  conjunto  de  baños  que  había  junto  al cuartel de los vigiles. Fue deliberado.

 

Los baños eran magníficos  y cómodos, construidos por el viejo emperador Claudio la primera vez que trajo a los vigiles para que custodiaran sus nuevos almacenes de grano. En cuanto me lavé y me puse una túnica limpia, dejé a la perra durmiendo tranquilamente encima de la sucia que llevaba antes.

Era una perra fiel, pero no vi motivo para someterla a la clase de escenas que sabía que me iba a encontrar en el cuartel.  Mientras  sus  hombres  continuaban  registrando Ostia y Portus en busca de Canino, Marco Rubela estaría interrogando  a  los  prisioneros.  Conocía  sus  métodos. Puesto que obtenía resultados, nadie se lo discutía nunca. Pero para él, los «interrogatorios» nunca eran un ejercicio intelectual.

Al salir de los baños crucé la calle y penetré por la oscura torre de entrada. Con el ánimo taciturno, me pareció que ese cuartel que se desmoronaba apestaba a sufrimiento. No oía gritar ni a cilicios  ni a ilíricos, pero  la apagada actitud de  los  vigiles  en el patio  de  ejercicios  lo  decía todo. Marco Rubela era un maestro en el manejo del dolor: la insoportable mezcla de tortura y demora.

 

Me  encontré  con  Fúsculo.  Me  dijo  que  los prisioneros seguían mostrándose reacios a hablar, pero que poco  a  poco  Rubela  estaba  reuniendo  argumentos.  Los vigiles le habían seguido la pista a Arión, el hombre que había resultado herido con el remo durante el atraco al transbordador; con mi prueba de que vi a Cotis llevarlo a bordo de la liburna, era suficiente para relacionar a Cotis y los ilíricos con el robo del arcón que contenía el dinero del rescate.  El  testimonio  de  Ródope  los  condenaría  por haberla secuestrado. Las pruebas contra Crátidas, Ligón y los cilicios eran más circunstanciales.

- ¡Por todos los dioses, Fúsculo… no me digas que los cilicios se van a librar de la parte que les toca!

- No, Petronio se encarga de ese aspecto. Ha salido a ver si encontraba a ese muchacho, Zeno.

Me paré en seco.

- Fue visto por última vez en el templo de Atis. Mi tío tiene a un sacerdote que lo cuida…

- No hay ni rastro de tu tío -dijo Fúsculo, mirándome con detenimiento.

Puse mala cara.

- Tío Fulvio es famoso por una cosa: huir.

-  Bueno, ya sabes  que  ayer  vino  Bruno  con información del cuartel general de la flota. Según él, no quieren desenmascarar a su agente.

Le  dije  a  Fúsculo  que,  según  mi  experiencia,  tío

 

Fulvio era un cabrón malhumorado e inútil de todos modos y a continuación me fui a ver a ese otro reprobo, el jefe cilicio.

 

- ¡Eres mi única esperanza, Falco! Ese tribuno dice que tengo que renunciar a todos mis pequeños lujos.

Me apoyé en el marco de la puerta de la celda de Damágoras. Hasta el momento había logrado aferrarse a cojines, alfombras, mesillas auxiliares de bronce, un altar portátil y un jergón bien acolchado.

- Hay cárceles peores que ésta, Damágoras. Si quieres ver un agujero horrible prueba con el sepulcro subterráneo del Mamertino en Roma.

El viejo pirata se estremeció.

- Nadie sale de allí.

El tono de mi voz fue gélido.

- ¡Yo lo hice!

Él me dirigió una larga mirada.

- Eres una caja de sorpresas, Falco.

- En ocasiones me sorprendo a mí mismo. En este momento, a sabiendas de que organizaste unos chanchullos relacionados con secuestros, me sorprende encontrarme hablando contigo… No tenías nada que decir cuando me acerqué a ti anteriormente en busca de ayuda. ¿Para qué quieres verme, viejo?

Entonces me di cuenta de que Damágoras tenía un aspecto más delgado y envejecido que cuando se ocupó de

 

mí con tanta arrogancia en su villa. Se le estaba acabando el tiempo. Aquella celda en el deteriorado cuartel no era lugar para sus ancianos huesos que ya le dolían tras una larga y activa vida en el mar.

- ¿Todavía quieres encontrar a Diocles, Falco? - preguntó.

- Y a cambio, tengo que ofrecerte… ¿qué?

- Mis viejos cuadernos de bitácora. Los tienes tú, ¿no es cierto?

-  Son pruebas.  -Eso  era forzarlo  un poco.  Sólo  el propio  Damágoras  estaba  implicado  en  aquellas  viejas luchas marítimas, y sólo si admitía que los diarios eran suyos. Las referencias al pasado violento de los cilicios no eran más que una nota de color. Pero por la manera en que trabajaba Rubela, se le pediría a un magistrado comprensivo que revisara pruebas como aquéllas (circunstanciales pero aun así espeluznantes) y entonces su condena mandaría a los secuestradores directos a la crucifixión o a las bestias de  la  arena.  Ninguno  iría  a  juicio.  Los  marineros  eran gentes de origen humilde, era poco probable que poseyeran pruebas de ciudadanía y, lo que es más, eran extranjeros. Con eso he dicho suficiente.

Me adentré más en la celda.

- De acuerdo. ¿Qué tienes para mí?

- ¿Me darás los diarios? -preguntó Damágoras con impaciencia.

 

- Si encuentro al cronista, te daré los diarios. -Tenía ochenta y seis años. Sus propias actividades debían de verse limitadas  y  a  cualquiera  de  sus  compinches  que permaneciera en libertad tras la purga de Rubela lo echarían de   Italia   a   patadas,   de   modo   que   le   iban   a   faltar subordinados. En cualquier caso, las cosas eran distintas entonces. Damágoras estaba en una lista de vigilancia.

Se inclinó hacia delante en una maltrecha silla.

- El cronista y yo teníamos una relación más estrecha de  lo  que  pueda  haber  dicho.  -Asentí  con  la  cabeza-. Diocles sabía muchísimas cosas sobre mí.

- Se alojó en tu casa.

- ¿Lo sabías? Estuvo conmigo un par de semanas. Cuando desapareció, hice que mis muchachos averiguaran qué había pasado.

- Está muerto, ¿verdad?

- Creo que sí, Falco. Por eso dejé de buscarlo.

Me puse en cuclillas delante de Damágoras, con los codos apoyados en las rodillas.

- Y dime, ¿qué averigUaste?

- La verdad es que iba a escribir mis memorias, ya sabes. -Damágoras habló entonces como si estuviera describiendo una buena amistad-. Hablamos de todo en detalle…

- Eso ya lo sé. Diocles tomó abundantes notas.

- ¿Tienes sus notas? -preguntó Damágoras. Le ofrecí

 

una sonrisa seductora-. Nos llevábamos bien. Confiaba en él, Falco. Se lo conté todo sobre mi pasado… Y cuando había bebido un poco, él me contaba lo que le pasaba por la cabeza. Tenía problemas.

- Habían asesinado a su tía. Él culpaba a los bomberos… no a los vigiles, sino a los del gremio de constructores.

- Tienes razón. Había venido a Ostia para hacer algo al respecto.

- ¿Es así como se vio metido en problemas?

- Lo único que sé -dijo Damágoras- es que empezó a trabajar para uno de esos constructores. Consiguió trabajo como trajinante para un fabricante de cemento, Lemno…

- ¡Lemno de Pafos! -grité al tiempo que me levantaba de un salto. Lemno… el cretense patizambo que me atacó en La Flor del Ciruelo y que luego se largó… a Petronio le había  parecido  que  tenía  algún  cargo  de  conciencia… Bueno, ahora Petro podía detenerlo, si es que aún podía encontrarlo.

De todos modos, Lemno trabajaba por su cuenta.

- ¿En qué contrata estaban trabajando?

- No lo sé, Falco. -Mentiras. El viejo pirata estaba demasiado ocupado asegurándose de no parecer demasiado sospechoso.

- ¡No lo has hecho suficientemente bien, Damágoras! Dime quién es el contratista.

 

- A ese hombre no puedes tocarlo; es demasiado importante en esta ciudad…

- Nadie es demasiado importante para mí. -Agarré a Damágoras por la pechera de su túnica blanca y lo hice levantar de la silla. Era más alto que yo, pero tembló-. Era el hombre al que Diocles culpaba por la muerte de su tía,

¿no es cierto? -Lo sacudí.

Damágoras bajó la voz.

- ¡Sh! Siempre merodea por aquí; anda detrás del contrato para reconstruir este cuartel. -Deslizó el dedo por la  parte   superior   de   la  cabeza,  para  representar   los mechones de pelo-. Privato.

 

Dejé que el anciano retrocediera tambaleándose y encontrara su asiento. Me creí la historia. Las túnicas de trabajo del cronista estaban cubiertas de salpicaduras de argamasa. Privato dirigía el gremio. Lo anunciaba a bombo y platillo. Si los del gremio de constructores habían pecado de incompetentes con funestas consecuencias, Privato parecería responsable.

Tal vez Diocles simplemente había querido poner en evidencia al gremio, pero si habló sobre sus planes, quizás ellos se habían enterado. Si se quejó a Lemno, puede que éste se hubiera chivado. Para Privato, Diocles auguraba problemas  delicados.  En  su  angustia  personal,  Diocles podría no haberse dado cuenta de lo mucho que tenía que perder Privato. Amenazado con la pérdida de su posición

 

social en Ostia, el constructor  podría haber reaccionado con más brutalidad que cualquier senador al que Diocles acusara de acostarse con cualquiera. El cronista había calculado mal el peligro.

Pero Privato tenía contratos por todo el lugar, tanto en Ostia como  en Portus. A menos  que  pudiera identificar dónde estaba empleado Diocles cuando desapareció, había poca esperanza de descubrir la suerte que había corrido.

Salí al patio con paso resuelto. Los miembros de la Cuarta   se   esforzaban   en   llevarse   de   allí   el   equipo abandonado. Dejé un mensaje para Petronio sobre Lemno.

Fui a recoger a Nux de su prolongada cabezadita en los baños  y me  marché  a casa. Allí  la vida era normal:  el período  que  seguía  a las  pataletas.  La pequeña  Julia se hallaba entonces sentada y muy callada, chupándose el dedo con una cara manchada por las lágrimas. Albia estaba colorada.  Helena  parecía  tensa.  Por  lo  que  yo  sabía, ninguna de las dos mujeres utilizaba nunca la amenaza de esperar a que papá llegara a casa e impusiera el castigo… Bueno, todavía no.

Pregunté qué había hecho Julia. Había encontrado las tablillas  de  notas  vacías  que  Diocles  había dejado  y las había cubierto de absurdos garabatos. Debido al riesgo de que estropearan notas importantes sobre algún caso, teníamos  la regla familiar  de  que  las  niñas  sólo  podían jugar   con   artículos   de   escritura   cuando   alguien   las

 

supervisara. Había habido incidentes con los tinteros, para empezar.

No puedes esperar que un crío de tres años recuerde y obedezca una regla familiar.  Claro  que  es  probable  que dijera  lo  mismo  cuando  Junia  y  Favonia  tuvieran veinticinco años y estuvieran casadas.

Helena había rescatado las tablillas. Julia sólo había pintarrajeado  las  vacías; los  cuadernos  de  bitácora y las notas del cronista estaban puestos a buen recaudo en un arcón junto con la espada de este último. La única tablilla en la que mi hija había echado a perder algo importante era aquélla en la que Diocles había trazado lo que creíamos que era un juego de tablero.

- ¡Claro! -De pronto, cuando necesitaba la respuesta, lo vi. El diagrama no era ningún ajedrez para jugar en solitario. Era un mapa, el esbozo de un plano bosquejado a modo de recordatorio, con un par de puntos señalados con unas iniciales. Era la clase de bosquejo que uno haría para acordarse de cómo llegar a una obra en la que debía trabajar al día siguiente.

Entonces reconocí el emplazamiento. Al haber venido directamente desde el cuartel, pude imaginar exactamente el lugar que representaba el esbozo: había una V para los vigiles, una B para los baños Claudios en los que me había lavado aquella mañana, un garabato para la bodega de la calle…  y una importante  C. Ésa estaba rodeada  por  un

 

círculo.

En una ocasión Petronio Longo me había dicho que bajo el cuartel había una vieja y mohosa cisterna de agua.

 

LXIV

 

 

No me gustan las cisternas. Siempre son oscuras y siniestras.  Nunca sabes  lo  profundas  que  son,  o  lo  que puede haber moviéndose bajo esas suaves ondas de la superficie. Aquélla no me decepcionó. Habíamos asustado a las ratas al entrar pisando fuerte en los pasillos, pero intuíamos problemas.

El lugar estaba separado del cuartel, al otro lado de un pequeño sendero que corría paralelo al Decumano. Llevaba años sin utilizarse y nadie parecía saber por qué estaba allí, aunque todos estaban de acuerdo en que la respuesta evidente, proporcionar  agua para combatir los incendios, no se aplicaba en este caso. Fúsculo  se estaba haciendo cargo del registro; él creía que la cisterna se había construido para suministrar agua potable a los barcos en la época en que solían amarrar a lo largo del río antes de que se fundara Portus.

Prendimos unas luces. Su parpadeo fantasmagórico mostró un interior cavernoso, dividido en cinco o seis espacios resonantes. Virto, el administrativo, había consultado los archivos de gestión de obras. Éstos confirmaron que Privato y su empresa habían estado haciendo reparaciones estructurales allí cuando Diocles desapareció.

 

Pasamos un rato escuchando el goteo y el corretear de las ratas mientras esperábamos al submarinista. Éste, que sabía que no iba a cobrar honorarios de salvamento por aquella  búsqueda,  se  tomó  su  tiempo  para  venir  desde Portus. De todos modos, no había prisa.

Llegó el submarinista. Sin dejar de soltar bravatas técnicas, nos aseguró que el peso no suponía un problema: estaba acostumbrado a recuperar ánforas, de modo que si encontraba un cuerpo no necesitaría ayuda para llevarlo a la superficie. Se jactó de que no le daba miedo la tarea. No lo desengañamos. Cuando, después de estar un par de horas nadando por ahí y registrando varios de los espacios, el submarinista  salió  de  repente  profiriendo  un  alarido  de terror, los vigiles -a sabiendas de lo que se podían esperar- fueron tolerantes. Alguien se lo llevó enseguida de allí para que se tomara un buen trago.

Una  vez  identificada  la  localización  correcta,  los vigiles hicieron el resto. El hormigón es un material fabuloso:  fragua bajo el agua. A pesar de que el cuerpo tenía un gran pedazo de dicho material a modo de lastre, lo liberaron y sacaron los restos a media tarde.

Dejaron lo que quedaba de Diocles sobre una vieja estera de esparto en la calle. Debía de haber permanecido en el agua desde el día que desapareció. Estaba tan abotargado  que  resultaba  irreconocible;  ahora  ya  nunca sabría   qué   aspecto   tenía   cuando   estaba   vivo.   Pero

 

estábamos seguros de que era él.

 

El cronista aún llevaba su daga, en la vaina. Más tarde se le pediría a Holconio que la identificara. No sabíamos cómo  habían  matado  a  Diocles,  pero  Fúsculo  tenía  la certeza de que los vigiles podrían convencer a Lemno de Pafos de que quería revelar los detalles. Dudaba de que el contratista, Privato, recibiera algún castigo. Habría sido un estúpido de matar a Diocles con sus propias manos; los presidentes de los gremios se sirven de otras personas para que les hagan el trabajo sucio… y para que paguen el pato. Aun así, Rubela le podía complicar la vida a corto plazo, y los  informes  quedarían  archivados…  en  uno  de  esos archivos que las cohortes se pasaban cada vez que un nuevo destacamento llegaba para tomar el relevo.

Tuvo lugar el alboroto habitual, el habitual quedarse por ahí interminablemente mientras los hombres discutían teorías sobre lo que podía haber pasado. Al final llevaron el cadaver al cuartel en una carreta, los vigiles se marcharon para lavarse y el submarinista se despidió. Yo me quedé fuera, sentado  solo  en la bodega adyacente, alzando  una triste copa a la memoria del cronista.

Petronio Longo bajó por la calle lateral cuando yo empezaba mi segunda copa. Llevaba al pequeño Zeno de la mano.  Petronio  me  hizo  un  gesto  con  la  cabeza,  pero pasaron junto a mí sin decir ni ripio. En la entrada del cuartel, Petronio se detuvo; le oí pronunciar unas palabras

 

tranquilizadoras. Luego, condujo al chico dentro. Zeno se fue con él con actitud resentida, pero con aire de resignación. Estaba acostumbrado a que le dijeran lo que tenía que hacer; allí alguien iba a engatusarlo para que cooperara. Si lo trataban bien, Zeno les proporcionaría a los vigiles nombres y sucesos. Quizá más tarde, si resultaba lo bastante útil, alguien tendría la amabilidad de soltar a su madre.

Esperaba   a  Petronio   cuando   poco   después   éste regresó a la calle. Sabía que no iba a procesar al propio Zeno. No le gustaba interrogar a los niños.

Se sentó a mi lado. Yo ya había obtenido otra copa y le estaba sirviendo vino de mi jarra. Hablamos brevemente de la situación. Me preguntó por Fulvio. Le dije francamente que la historia de que Fulvio trabajaba como agente para la marina parecía convincente, pero que no me sorprendería que sus contactos con los ilíricos de Dirraquio fueran turbios. Dada su historia, me parecía que había huido otra vez al extranjero. Aquella visita a Ostia supondría haberlo visto una vez más, de forma confusa, circunstancia sobre la cual mi familia rezongaría y discutiría durante todas las Saturnales.

Entonces Petronio me dijo que los vigiles habían obtenido  una  pista  sobre  el  paradero  de  Canino.  Cayo Baebio, precisamente él, dijo haberlo visto. Cuando Cayo estaba desayunando aquella mañana en El Delfín, en Portus,

 

Canino había entrado a hurtadillas en el burdel de enfrente, La Flor del Ciruelo. Rubela y Bruno se habían llevado a un grupo de hombres y arrestarían al agregado si todavía se hallaba en el local.

- Bruno sigue codiciando la gloria para la Sexta.

- ¡En tanto que Rubela, por supuesto, está por encima de semejantes ambiciones! ¿Queremos ir y unirnos a la fiesta?

- Dejemos que se peleen ellos. Nosotros dos tenemos más sentido común.

No tuvimos que esperar mucho. Mientras estábamos allí sentados, Rubela, Bruno y un grupo armado trajeron al agregado  capturado  para juzgarlo.  Permanecimos  en nuestro  puesto  y nos  limitamos  a apartar  los  pies  para evitar el polvo que levantaban. Al prisionero casi no se le veía, en el centro de la escolta. Pero me fijé en que, tal vez para disfrazarse en el burdel, Canino iba muy maquillado. De sus legendarias zapatillas con cuentas no había ni rastro: llevaba los pies descalzos. Su larga túnica le colgaba hecha un guiñapo. Desplomado y sin fuerzas, los vigiles lo sujetaban por los brazos. Debían de haber empezado a darle una paliza en el burdel.

Petronio y yo nos quedamos observando con gravedad mientras arrastraban al prisionero hacia atrás por la calle lateral hasta la puerta del cuartel. Era un funcionario corrupto; los ex esclavos de los vigiles no tendrían piedad.

 

Vespasiano  ya había tenido  que limpiar muchas  legiones que se habían echado a perder; no querría además un escándalo naval. Al asunto de Canino se le echaría tierra encima. En los  informes  de  los  tribunales  de  la Gaceta Diaria no aparecería ningún juicio o condena. A Canino le correspondía una eliminación silenciosa. Vimos cómo lo arrastraban  hacia  el  interior  del  cuartel.  Nadie  sabría cuándo saldría, o si iba a salir alguna vez.

El prisionero y la escolta desaparecieron en el sombreado interior. Entonces, por una vez, alguien empujó las enormes puertas tras ellos. Los vigiles buscaban su terrible intimidad para lo que iba a ocurrir a continuación. El golpe sordo de la pesada tranca que cerraba las altas puertas resonó en la calle vacía.

Petronio y yo nos quedamos sentados bajo la luz del sol de la tarde, dos viejos amigos con recuerdos de hacía mucho tiempo, compartiendo una copa tranquilamente.

 

 

 

 

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15/09/2008

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