© Libro N° 13883. La
Neurastenia Y La Neurosis De Angustia. Freud,
Sigmund. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Sigmund Freud. La Neurastenia Y
La Neurosis De Angustia
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Original: © La Neurastenia Y La
Neurosis De Angustia. Sigmund Freud
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LA NEURASTENIA Y LA
NEUROSIS DE ANGUSTIA
Sigmund Freud
La
Neurastenia Y La Neurosis De Angustia
Sigmund Freud
Resumen
Mientras se continúe dando a la palabra
«neurastenia» todos los significados en los que Beard hubo de emplearla, será
difícil decir nada generalmente válido sobre la enfermedad a la que califica. A
mi juicio, ha de ser muy ventajoso para la Neuropatología intentar separar de
la neurastenia propiamente dicha todas aquellas perturbaciones neuróticas,
cuyos síntomas se hallan más firmemente enlazados entre sí que con los síntomas
neurasténicos típico que por otra parte en su etiología y en su mecanismo difieren
esencialmente de la neurosis neurasténica típica. (Tomado del libro) (Fecha de
reseña: 11/12/2015)
SIGMUND FREUD
LA NEURASTENIA Y LA NEUROSIS DE ANGUSTIA
SOBRE LA JUSTIFICACIÓN DE SEPARAR DE LA NEURASTENIA
CIERTO COMPLEJO DE SÍNTOMAS A TÍTULO DE «NEUROSIS DE ANGUSTIA»
1894 [1895]
Aclaración Preliminar
Mientras se continúe dando a la palabra
«neurastenia» todos los significados en los que Beard hubo de emplearla, será
difícil decir nada generalmente válido sobre la enfermedad a la que califica. A
mi juicio, ha de ser muy ventajoso para la Neuropatología intentar separar de
la neurastenia propiamente dicha todas aquellas perturbaciones neuróticas,
cuyos síntomas se hallan más firmemente enlazados entre sí que con los síntomas
neurasténicos típico que por otra parte en su etiología y en su mecanismo difieren
esencialmente de la neurosis neurasténica típica.
Esta labor clasificadora nos proporcionará pronto
una imagen relativamente uniforme de la neurastenia, y habrá de permitirnos
distinguir de la neurastenia auténtica, con mayor precisión que hasta ahora,
diversas pseudoneurastenias, tales como el cuadro clínico de la neurosis
refleja nasal, orgánicamente provocada; las perturbaciones nerviosas de las
caquexias y de la arteriosclerosis y de los estadios iniciales de la parálisis
progresiva y de algunas psicosis. Además, se hará posible separar -siguiendo la
propuesta de Moebius- algunos estados nerviosos de los degenerados
hereditarios, y se encontrarán razones para adscribir más bien a la melancolía
algunas neurosis de naturaleza intermitente o periódica, a las que hoy se da el
nombre de neurastenia. Pero el paso decisivo consiste en separar de la
neurastenia cierto complejo de síntomas que a continuación describiremos y que
llena muy cumplidamente las condiciones antes detalladas. Los síntomas de este
complejo se muestran clínicamente mucho más próximos unos a otros que a los
neurasténicos (esto es, aparecen con frecuencia juntos, y se representan unos a
otros en el curso de la enfermedad), y tanto la etiología como el mecanismo de
la neurosis a la que corresponden son fundamentalmente distintos de los propios
de la neurastenia auténtica, tal y como ésta queda después de efectuar la
iniciada separación.
Damos a este complejo de síntomas el nombre de
«neurosis de angustia» por la circunstancia de que todos sus componentes pueden
ser agrupados en torno a unoprincipal, que es la angustia. En un principio
creímos original esta interpretación nuestra de los síntomas de la neurosis de
angustia; pero un día cayó en nuestras manos una interesante conferencia de
Hecker, en la que hallamos desarrollada clara y cumplidamente igual teoría. Sin
embargo, Hecker no separa de la neurosis, como yo me propongo hacerlo, los síntomas,
en los que reconoce equivalentes o rudimentos del ataque de angustia, sin duda
por no haberse dado cuenta de la diferencia etiológica existente. El
conocimiento de esta diferencia nos deja en libertad para dar a los síntomas de
la neurosis de angustia un calificativo distinto del de neurasténicos,
haciéndosenos así más fácil establecer afirmaciones generales.
A) SINTOMATOLOGÍA CLÍNICA DE LA NEUROSIS DE
ANGUSTIA
La perturbación a la que damos el nombre de
«neurosis de angustia» surge completa o sólo rudimentariamente desarrollada,
aislada o en combinación con otras neurosis. Los casos en cierto modo
completos, y al mismo tiempo aislados, son, claro está, los que más
especialmente dan la impresión de que la neurosis de angustia posee plena
independencia clínica. En otros casos se nos plantea la labor de separar de un
complejo de síntomas correspondientes a una «neurosis mixta» aquellos que no
pertenecen a la neurastenia, la histeria, etc., sino a la neurosis de angustia.
El cuadro clínico de la neurosis de angustia
comprende los siguientes síntomas:
1) La excitabilidad general. Es éste un síntoma
nervioso muy frecuente, propio como tal de muchos estados nerviosos. Lo
incluimos aquí porque surge siempre en la neurosis de angustia, y es
teóricamente muy importante. Una elevada excitabilidad indica siempre
acumulación de excitación o incapacidad de resistirla; esto es, acumulación
absoluta o relativa de excitación. Dentro de esta elevada excitabilidad, me
parece digna de especial mención su manifestación en una hiperestesia auditiva,
una hipersensibilidad con respecto a los ruidos; síntomas explicables
seguramente por la íntima relación innata entre las impresiones auditivas y el
sobresalto. La hiperestesia auditiva aparece muchas veces como causa de
insomnio, del cual más de una forma pertenece a la neurosis de angustia.
2) La espera angustiosa. - No nos es posible
explicar el estado a que así nos referimos más que por el nombre mismo a él
asignado y la exposición de algunos ejemplos. Así, el de una mujer que cada vez
que oye toser a su marido, propenso a los catarros, piensa en la posibilidad de
que contraiga una pulmonía mortal, y ve en su imaginación pasar el entierro.
Cuando al volver a casa ve dos o tres personas ante su puerta no puede por
menos de pensar que alguno de sus hijos se ha caído desde un balcón, y si oye doblar
las campanas se figura en el acto que es por algún ser querido, siendo así que
ninguno de estos casos entraña nada que pueda significar una mera posibilidad.
La espera angustiosa se da también mitigada en lo
normal, comprendiendo todo aquello que designamos con los nombres de «ansiedad,
tendencia a la visión pesimista de las cosas», etc., pero sobrepasa siempre que
ello es posible el nivel natural, y muchas veces es reconocida por los mismos
enfermos como una especie de obsesión. Para una de las formas de la espera
angustiosa, esto es, para la que se refiere a la propia salud, puede reservarse
el viejo término médico de hipocondría. La hipocondría no sigue siempre una
trayectoria paralela a la de la espera angustiosa
general, pues demanda como condición previa la existencia de parestesias y
sensaciones físicas penosas, y de este modo resulta ser la forma que los
neurasténicos prefieren en cuanto sucumben a la neurosis de angustia, cosa muy
frecuente.
Otra manifestación de la espera angustiosa es la
tendencia, tan frecuente en personas de sensibilidad moral, al miedo a la
propia conciencia, a los escrúpulos exagerados; tendencia que puede también ir
desde lo normal hasta lo patológico.
La espera angustiosa es el síntoma nodular de la
neurosis. En él se nos hace patente la exactitud de toda una parte de nuestra
teoría sobre tal perturbación. Puede, quizá, concluirse que nos hallamos ante
un quantum de angustia, libremente flotante, que durante la espera domina la
elección de las representaciones, y se halla dispuesto en todo momento a
enlazarse a cualquier idea apropiada.
3) No es ésta la única forma en que puede
manifestarse la espera angustiosa, latente casi siempre para la consciencia,
pero constantemente en acecho. Puede, en efecto,
irrumpir de repente en la consciencia sin ser
despertado por el curso de la imaginación y provoca así un ataque de angustia.
Tal ataque puede consistir tan sólo en la sensación de angustia, no asociada a
ninguna representación, o unida a la de la muerte o la locura, o también en
dicha misma sensación, acompañada de una parestesia cualquiera (análoga al aura
histérica), o enlazada a la perturbación de una o más funciones físicas, tales
como la respiración, la circulación, la inervación vasomotora o la actividad
glandular. De esta combinación hace el paciente resaltar tan pronto unos
factores como otros, quejándose de
«palpitaciones, disnea, sudores, bulimia», etc., y
en sus lamentos deja con frecuencia sin mencionar la sensación de angustia o
alude ligeramente a ella, calificándola de «malestar», etc.
4) Para el diagnóstico presenta gran importancia el
hecho de que la proporción de los indicados elementos en el ataque de angustia
es infinitamente variable, pudiendo además cada uno de los síntomas
concomitantes constituir por sí solos el ataque, lo mismo que la angustia. Hay,
en consecuencia, ataques de angustia rudimentarios y equivalentes del ataque de
angustia, todos ellos, probablemente, de igual significación, que muestran una
gran riqueza de formas, hasta ahora poco estudiadas. El detenido estudio de
estos estados larvados de angustia (Hecker) y su diferenciación de otros
ataques constituye una labor que reclama urgentemente la atención de los
neurólogos.
He aquí una relación de las formas del ataque de
angustia que hasta ahora me son conocidas:
a) Con perturbaciones de la actividad cardíaca:
palpitaciones, arritmias breves, taquicardia duradera y hasta graves estados de
debilidad del corazón, difíciles de diferenciar de una afección orgánica.
b) Con perturbaciones de la respiración: formas
diversas de disnea nerviosa, ataques análogos a los de asma, etc. He de
advertir que estos ataques no aparecen siempre acompañados de angustia
perceptible.
c) Ataques de sudor, a veces nocturno.
d) Ataques de temblores y convulsiones, fáciles de
confundir con los histéricos. e) Ataques de bulimia, acompañados a veces de
vértigos.
f) Diarreas emergentes en forma de ataques. g)
Ataques de vértigo locomotor.
h) Ataques de las llamadas congestiones; esto es,
de aquello a lo que se ha dado el nombre de neurastenia vasomotora.
i) Ataques de parestesia (raras veces sin angustia
o un malestar análogo).
5) El pavor nocturnus de los adultos, acompañado
generalmente de angustia, disnea, sudores, etc., no es, muchas veces, sino una
forma del ataque de angustia. Esta perturbación condiciona una segunda forma
del insomnio, dentro del cuadro de la neurosis de angustia. Se me he hecho,
además, indudable que también el «pavor nocturno» de los niños muestra una
forma perteneciente a la neurosis de angustia. El matiz histérico y el enlace
de la angustia con la reproducción de un suceso o un sueño adecuados dan al pavor
nocturnus de los niños la apariencia de un caso especial. Pero este pavor surge
también aislado, sin sueño ni alucinación ningunos.
6) En el grupo de síntomas de la neurosis de
angustia ocupa un lugar sobresaliente el «vértigo», que en su forma más leve es
un simple «mareo», y en la más grave, la del
«ataque de vértigo», con angustia o sin ella,
constituye uno de los más temibles síntomas de la neurosis.
El vértigo de la neurosis de angustia no es un
vértigo giratorio, ni permite tampoco
hacer resaltar, como el vértigo de Menière, varios
planos y direcciones. Pertenece a la forma locomotora o coordinatoria, como el
producido por la parálisis de los músculos del ojo, y consiste en un malestar
específico, acompañado de la sensación de que el suelo oscila, se hunden en él
las piernas y resulta imposible continuar en pie. Las piernas del sujeto
tiemblan y se doblan, pesándole como si fuesen de plomo. Sin embargo, este
vértigo no provoca la caída del enfermo. En cambio, hemos de afirmar que tal
ataque de vértigo puede quedar representado por un ataque de profundo
desvanecimiento. Otros estados de desvanecimiento de la neurosis de angustia
parecen depender de un colapso cardíaco.
El ataque de vértigo se presenta muchas veces
acompañado de angustia de la peor clase y combinado con perturbaciones
respiratorias y del corazón. En la neurosis de angustia aparece también, según
mis observaciones, el vértigo de las alturas, pero no sé si estará justificado
suponer igualmente en estos casos la existencia adjunta de un «vértigo a
stomacho laeso».
7) Sobre la base de la espera angustiosa, por un
lado, y por otro de la tendencia a
los ataques de angustia y de vértigo, se
desarrollan dos grupos de fobias típicas, referente uno a las amenazas
fisiológicas generales y otro a la locomoción. Al primer grupo pertenece el
miedo a las serpientes, a las tormentas, a la oscuridad, a los insectos, etc.;
la exagerada escrupulosidad típica y varias formas de la folie de doute. En
estas perturbaciones, la angustia disponible es simplemente utilizada para
intensificar repugnancias instintivas, comunes a todos los hombres. Más, por lo
general, la fobia de carácter análogo al obsesivo no emerge hasta el momento en
que aparece una reminiscencia de un suceso en que el miedo pudo exteriorizarse;
por ejemplo, después de haber sido sorprendido el enfermo por una tormenta en
campo raso. No es acertado querer explicar estos casos como mera perduración de
una impresión violenta. Lo que da importancia a estos sucesos y hace perdurar
su recuerdo es tan sólo la angustia que en
ellos surgió y que puede volver a emerger en
cualquier momento. O, dicho de otro modo, tales impresiones sólo conservan su
fuerza en personas enfermas de «espera angustiosa».
El grupo contiene la agorafobia con sus especies
secundarias, caracterizadas todas por su referencia a la locomoción. Con
frecuencia hallamos aquí, como base de la fobia, un anterior ataque de vértigo,
pero no creo deba darse a tales ataques la significación de
una premisa indispensable. Hallamos, en efecto,
muchas veces que después de un primer ataque de vértigo sin angustia, y no
obstante quedar ya la locomoción constantemente afecta de la sensación de
vértigo, no experimenta tal función restricción alguna, fallando, en cambio,
por completo en determinadas condiciones, tales como la falta de un acompañante
o el paso por calles estrechas, etc., cuando el ataque de vértigo fue
acompañado de angustia.
La relación de estas fobias con las de la neurosis
obsesiva, cuyo mecanismo hemos descrito en nuestro estudio titulado Las
neuropsicosis de defensa, es la siguiente:
coinciden ambas perturbaciones en el hecho de
hacerse obsesiva una representación por su
enlace con un afecto disponible, pudiendo así
adscribirse a ambas clases de fobias el mecanismo de la transposición del
afecto. Pero en las fobias de la neurosis de angustia es este afecto siempre el
mismo, la angustia, y no procede de una representación reprimida, demostrándose
tan irreducible por medio del análisis psicológico como rebelde a toda acción
psicoterápica. Así, pues, el mecanismo de la sustitución no es aplicable a las
fobias de la neurosis de angustia.
Ambas clases de fobias (o representaciones
obsesivas) se presentan con frecuencia juntas, aunque las fobias atípicas,
fundadas en representaciones obsesivas, no tienen que arraigar necesariamente
en el terreno de la neurosis de angustia. Con frecuencia tropezamos con otro
mecanismo, aparentemente más complicado, cuando en una fobia originariamente
sencilla de la neurosis de angustia es sustituido el contenido de la fobia por
otra representación; esto es, cuando la sustitución viene a agregarse, a posteriori,
a la fobia. Para tal sustitución se emplean con máxima frecuencia aquellas
«medidas preventivas» que primitivamente se ensayaron para combatir la fobia.
Así, la obsesión especulativa surge de la aspiración a darse el sujeto a sí
mismo una prueba de que no está loco, como la fobia hipocondríaca le afirma.
Las vacilaciones y dudas, o más bien repeticiones de la folie de doute, nacen
de la duda justificada en la seguridad del propio pensamiento, dado que el
sujeto tiene consciencia de la tenacísima perturbación de sus
procesos mentales, por la representación obsesiva.
Puede, por tanto, afirmarse que también muchos síndromes, tanto de la neurosis
obsesiva como de la folie de doute y otras perturbaciones análogas, deben ser
adscritos clínicamente, ya que no conceptualmente, a
la neurosis de angustia.
8) La actividad digestiva no experimenta en la
neurosis de angustia sino muy pocas perturbaciones, pero muy características.
No son nada raras sensaciones de náuseas y malestar, y el síntoma de la bulimia
puede constituir por sí solo o con otros (congestiones) un ataque de angustia
rudimentario. En calidad de perturbación crónica, análoga a la
espera angustiosa, hallamos la tendencia a la
diarrea, que ha dado ocasión a los más originales errores de diagnóstico. Si no
me equivoco, es esta diarrea la que Moebius ha señalado a la atención médica en
un reciente estudio.
Sospecho además que la diarrea refleja de Peyer,
dependiente, según éste autor, de enfermedades de la próstata, no es sino tal
diarrea de la neurosis de angustia. La relación refleja es una mera apariencia,
desmentida por el hecho de intervenir en la génesis de tales afecciones
prostáticas los mismos factores que en la etiología de la neurosis de angustia.
La neurosis de angustia ejerce sobre el estómago y
el intestino una influencia contraria a la de la neurastenia.
Los casos mixtos muestran con frecuencia la
conocida «alternativa de diarrea y estreñimiento». La poliuria de la neurosis
obsesiva es análoga a la diarrea.
9) Las parestesias que pueden acompañar al ataque
de vértigo o angustia resultan
interesantes, por asociarse entre sí, como las
sensaciones del aura histérica, formando una serie. Pero, al contrario de las
histéricas, estas sensaciones asociadas nos parecen atípicas
y variables. Otra analogía con la histeria es
producida por el hecho de tener también lugar, en la neurosis de angustia, una
especie de conversión en sensaciones físicas. Así, un gran número de reumáticos
leves, de lo que padecen realmente es de neurosis de angustia. Al lado de este
incremento de la sensibilidad al dolor hemos observado en muchos casos de
neurosis de angustia una tendencia a las alucinaciones que no puede ser
considerada como histérica.
10) Varios de los síntomas citados que acompañan o
representan al ataque de angustia se representan también en forma crónica,
siendo entonces más difícil descubrirlos, toda vez que la sensación de angustia
concomitante es menos precisa que en el ataque de angustia. Así sucede
especialmente con la diarrea, el vértigo y las parestesías.
Como el ataque de vértigo por el desvanecimiento,
puede el vértigo crónico quedar representado por una tendencia duradera de
cansancio, depresión, etc.
B) APARICIÓN Y ETIOLOGÍA DE LA NEUROSIS DE ANGUSTIA
En algunos casos de neurosis de angustia nos
resulta imposible descubrir un proceso etiológico, siendo precisamente en estos
casos en los que se nos hace más fácil comprobar la existencia de una grave
tara hereditaria.
Pero cuando poseemos algún fundamento para creer
que se trata de una neurosis
adquirida, hallamos siempre, después de un
cuidadoso examen, como factores etiológicos, una serie de perturbaciones e
influencias nocivas provenientes de la vida sexual. Tales factores parecen, al
principio, de naturaleza diferente, pero dejan pronto transparentar el carácter
común que explica su idéntico efecto sobre el sistema nervioso, y se muestran
bien aislados, bien unidos a otras perturbaciones «banales» a las que ha de
adscribirse un efecto corroborativo. Esta etiología sexual de la neurosis de angustia
es tan predominante, que creo poder permitirme a los fines de este breve
estudio, dejar a un lado los casos de etiología distinta o dudosa.
Para la más precisa exposición de las condiciones
etiológicas, bajo las cuales surge la neurosis de angustia, será conveniente
separar los casos según el sexo del sujeto. Así, pues, diremos que la neurosis
se presenta en las mujeres -abstracción hecha de su disposición- en los casos
siguientes:
a) Como angustia virginal o angustia de los
adolescentes. Un gran número de observaciones personales me han demostrado que
el primer contacto con el problema sexual, en forma de una súbita revelación de
lo hasta entonces encubierto, bien por la visión de un acto sexual, bien por
una lectura o en una conversación, puede provocar en las adolescentes la
emergencia de una neurosis de angustia, combinada casi típicamente con una
histeria.
b) Como angustia de las recién casadas. Aquellas
recién casadas que en las primeras cohabitaciones han permanecido anestésicas
contraen con frecuencia una neurosis de angustia, que desaparece luego cuando
la anestesia es sustituida por la
sensibilidad normal. Dado que la mayoría de las
recién casadas inicialmente anestésicas no contraen, sin embargo, tal neurosis,
hemos de considerar necesaria para su aparición la concurrencia de otras
condiciones, que más adelante indicaremos.
c) Como angustia de las mujeres cuyos maridos se
hallan aquejados de ejaculatio praecox o de grave disminución de la potencia.
d) De aquellas otras cuyos maridos practican el
coitus interruptus o reservatus.
Estos casos forman uno solo, pues el análisis de
numerosos ejemplos nos ha impuesto la convicción de que el factor decisivo es
exclusivamente, que la mujer llegue o no a alcanzar en el coito la satisfacción
sexual. El caso negativo entraña la condición de la emergencia de la neurosis
de angustia. En cambio, aquellas mujeres cuyos maridos padecen de ejaculatio
praecox, pero pueden repetir inmediatamente el coito, con mejores resultados,
permanecen protegidas contra la neurosis. El congressus reservatus por medio
del preservativo no perjudica a la mujer cuando el marido es muy potente y ella
rápidamente excitable; pero, en caso contrario, es esta forma del comercio
preventivo tan nociva como las demás. El coitus interruptus es casi siempre
perjudicial para quienes lo
practican, con la circunstancia de que para la
mujer sólo es cuando el marido lo realiza sin
consideración hacia ella; esto es, interrumpiendo
el coito en cuanto siente próxima la eyaculación, sin cuidarse del curso de la
excitación en la mujer. Cuando, por el contrario, espera el hombre hasta la
satisfacción de la mujer, el coito tendrá para ésta el valor normal; pero, en
cambio, será el hombre el que contraerá la neurosis de angustia. Estas
afirmaciones me han sido impuestas por los resultados de múltiples
observaciones y análisis.
e) Como angustia de las viudas y de las mujeres
voluntariamente abstinentes, combinada muchas veces de un modo típico con
representaciones obsesivas.
f) Como angustia en el período climatérico, durante
la última gran elevación de la necesidad sexual.
Los casos c), d) y e) contienen las condiciones en
las cuales la neurosis de angustia ataca más frecuentemente y con mayor
independencia de la propensión hereditaria a los sujetos femeninos. Con
respecto a estos casos -adquiridos y curables- de neurosis de angustia
intentaremos demostrar que la práctica sexual descubierta constituye realmente
el factor etiológico de las neurosis. Pero antes expondremos las condiciones
sexuales de la neurosis de angustia en los hombres, estableciendo los grupos
siguientes, todos los cuales tienen en los anteriores, femeninos, sus
analogías.
a) Angustia de los abstinentes voluntarios,
combinada muchas veces con síntomas de defensa (representaciones obsesivas,
histeria). Los motivos en que se funda la abstinencia voluntaria hacen que esta
categoría incluya gran cantidad de sujetos hereditariamente predispuestos,
originales, etc.
b) Angustia de los hombres que sufren de excitación
frustrada (durante el noviazgo) y de aquellas personas que por miedo a las
consecuencias del comercio sexual se contentan con tocar o contemplar a la
mujer. Este grupo de condiciones, que puede ser transferido sin modificación
alguna al otro sexo, proporciona los casos más puros de neurosis.
c) Angustia de los hombres que practican el coitus
interruptus. Como ya hemos dicho, el coitus interruptus perjudica a la mujer
cuando es practicado sin cuidado alguno por su satisfacción, y, en cambio, al
hombre, cuando éste, para conseguir la satisfacción de la mujer, dirige
voluntariamente el coito, aplazando la eyaculación. De este modo se hace
comprensible que en los matrimonios que practican el coitus interruptos sólo
enferme, por lo general, uno de los cónyuges. Por lo demás, el coito
interrumpido no produce sino muy pocas veces, en el hombre, una neurosis de
angustia pura, siendo, por lo general, su consecuencia una neurosis mixta de
neurosis de angustia y neurastenia.
d) Angustia de los hombres en la edad crítica. Hay
hombres que pasan, como las mujeres, por un período climatérico, contrayendo
una neurosis de angustia al tiempo que declina su potencia y aumenta su libido.
Por último, añadiremos dos casos válidos para ambos
sexos: a) Los
neurasténicos que han contraído su enfermedad a
consecuencia de la masturbación caen en la neurosis de angustia en cuanto
abandonan tal forma de satisfacción sexual, pues estos sujetos llegan a ser
especialmente incapaces de soportar la abstinencia.
Como dato muy importante para la comprensión de la
neurosis de angustia haremos constar que sólo en hombres aún potentes y en
mujeres no anestésicas adquiere esta perturbación un desarrollo considerable.
En los neurasténicos cuya potencia ha quedado gravemente dañada por la
masturbación, la neurosis de angustia emergente en caso de abstinencia no
adquiere sino muy escaso desarrollo, limitándose casi siempre a la hipocondría
y a un ligero vértigo crónico. A las mujeres ha de suponérselas siempre
«potentes», pero es también indudable que una mujer
verdaderamente impotente, esto es, realmente anestésica, será siempre menos
accesible a la neurosis de angustia y resistirá singularmente bien los efectos
nocivos indicados.
Por ahora no queremos entrar en la cuestión de
hasta qué punto sería exacto suponer entre algunos factores etiológicos y
algunos síntomas del complejo de la neurosis de angustia relaciones constantes.
b) La última de las condiciones etiológicas que nos
proponemos mencionar no
parece, al principio, ser de naturaleza sexual. La
neurosis de angustia surge también, en efecto, en los dos sexos, como
consecuencia de un surmenage o un esfuerzo agotador; por ejemplo, después de
largas vigilias nocturnas, de una continuada asistencia a un enfermo o incluso
de una grave dolencia del propio sujeto.
La objeción principal contra mi teoría de una
etiología sexual de la neurosis de angustia será, quizá, la de que tales
anormalidades de la vida sexual son tan frecuentes que siempre las encontramos
a mano, por poco que nos molestemos en buscarlas. Así, pues, su aparición en
los casos de neurosis de angustia antes descritos no probarían su cualidad de
factores etiológicos de la neurosis. Además, el número de personas que
practican el coito interrumpido, etc., es incomparablemente mayor que el de las
que padecen neurosis de angustia, habiendo, por tanto, una inmensa mayoría que
resiste sin la menor perturbación las indicadas prácticas nocivas.
A esta objeción hemos de responder, en primer
lugar, que, dada la extraordinaria frecuencia reconocida de las neurosis, y
especialmente de la neurosis de angustia, no era de esperar el descubrimiento
de un factor etiológico que sólo raras veces se diese; en segundo, que el hecho
de descubrirse en una investigación etiológica el factor etiológico con mayor
frecuencia que su efecto, constituye precisamente el cumplimiento de un
postulado de patología, ya que para que dicho
efecto se produzca pueden ser precisas otras condiciones (propensión,
agregación de la etiología específica apoyo de otras influencias innocuas de
por sí), y, por último, que la detallada clasificación antes expuesta de los
casos apropiados a la emergencia de la neurosis de
angustia demuestra inequívocamente la significación del factor sexual. Pero de
momento nos limitaremos al factor etiológico constituido por el coitus
interruptus y a la exposición de algunas experiencias probatorias.
1) Mientras la neurosis de angustia de una mujer
joven no se halla aún plenamente constituida, sino que surge en ramificaciones
que desaparecen luego espontáneamente, puede demostrarse que cada uno de tales
impulsos de la neurosis depende de un coito en el que la satisfacción fue
incompleta. Dos días después del mismo o al día siguiente, en personas menos
resistentes, aparece regularmente el ataque de angustia o de vértigo, al que se
unen otros síntomas neuróticos, desapareciendo luego todo junto, cuando el
comercio matrimonial es poco frecuente. Un viaje casual del marido o una
estancia de la mujer en alguna estación de altura, unidos a la interrupción del
comercio matrimonial, mejoran generalmente a la enferma. Lo mismo sucede con el
tratamiento ginecológico, al que casi siempre se recurre al principio, en estos
casos, en cuanto trae consigo la interrupción del trato carnal. Pero tanto la
cura de altura como el tratamiento local resultan singularmente ineficaces en
cuanto los esposos vuelven a cohabitar. En cambio, si el médico, conocedor de
esta etiología, hace sustituir a los cónyuges del coitus interruptus por el
normal,
obtendrá siempre, en los casos de neurosis aún no
constituida, la prueba terapéutica de
nuestras afirmaciones, pues la angustia cesará para
no volver a presentarse sin un nuevo motivo análogo.
2) En las anamnesis de muchos casos de neurosis de
angustia comprobamos tanto en los hombres como en las mujeres, una singular
oscilación de la intensidad de los fenómenos y de las alternativas de todo el
estado patológico. Un año es casi bueno, y el siguiente, horrible; unas veces
la mejoría pareció obedecer a una cura determinada, pero esta misma cura
fracasa luego por completo en otro ataque, etc. Si investigamos entonces el
número de hijos del matrimonio y su orden de sucesión y confrontamos esta crónica
conyugal con el extraño curso de la neurosis, hallaremos que los períodos de
mejoría o bienestar coinciden con los embarazos de la mujer, durante los cuales
no había, naturalmente, motivo para practicar el comercio preventivo,
confirmándose igualmente que el marido obtuvo mejoría en todas aquellas curas,
cualquiera que haya sido su clase, cuyo término coincidió con un principio de
embarazo en su mujer.
3) De la anamnesis de los enfermos resulta muchas
veces que los síntomas de la neurosis de angustia han venido a sustituir, en
una época determinada, a los de otra neurosis; por ejemplo, a los de la
neurastenia. Es estos casos se demuestra siempre que poco tiempo antes de tal
mudanza del cuadro clínico ha tenido efecto un cambio correlativo de la
práctica sexual nociva.
Estas experiencias, multiplicables a voluntad,
imponen al médico, para toda una categoría de casos, la etiología sexual,
existiendo otros casos que, por lo menos, se nos hacen comprensibles por medio
de la clave que supone tal etiología, sin la cual no nos sería posible tampoco
clasificarlos. Tales casos, muy numerosos, son aquellos en los cuales hallamos,
desde luego, todo lo que en la otra categoría hemos descubierto, o sea, por un
lado, los fenómenos de la neurosis de angustia, y por otro, el factor específico
representado por el coitus interruptus, pero en los que además viene a
interpolarse algo nuevo, un largo intervalo entre la etiología sospechada y su
efecto, y quizá también
factores etiológicos de naturaleza no sexual.
Veamos un ejemplo: un sujeto sufre, al recibir
enferma de neurosis de angustia. El caso resulta
así incomprensible, pues el sujeto no había mostrado hasta entonces ningún
indicio de disposición nerviosa y la muerte de su padre, muy anciano ya,
ocurrió en circunstancias totalmente normales, no pudiendo contarse el
fallecimiento normal y esperado de un padre anciano entre los sucesos que
suelen hacer enfermar a personas sanas. Pero, en cambio, sabemos que el sujeto
practica hace ya once años el coito interrumpido, cuidando de que su mujer
obtenga en él plena satisfacción, y esta circunstancia arroja ya viva luz sobre
la etiología del caso, pues el sujeto presenta exactamente los mismos fenómenos
comprobados en otras personas después de una corta práctica del indicado manejo
sexual y sin la intervención de otro trauma. Análogamente hemos de juzgar el
caso de una mujer que enferma de neurosis de angustia al perder un hijo, y el
de un estudiante el que la neurosis de angustia estorba la preparación de unas
oposiciones. En ninguno de estos dos casos encuentro explicado el efecto por
las causas etiológicas indicadas. Se puede estudiar sin llegar al agotamiento;
y la reacción de una madre sana a la pérdida de un hijo no suele ser sino la
tristeza normal. Pero ante todo yo esperaría que el trabajo agotador hubiera
producido al estudiante una debilidad cerebral, y que al morir su hijo hubiera
la madre adquirido una histeria. La circunstancia de enfermar ambos de neurosis
de angustia me hace dar valor etiológico a los hechos de llevar la madre ocho
años practicando con su marido el coitus interruptus y mantener el estudiante,
desde hacía tres años, unas íntimas relaciones amorosas con una joven
«honrada», a la que no debe dejar embarazada.
Todo esto nos lleva a afirmar que la nocividad
específica sexual del coito interrumpido, cuando no llega a provocar por sí
sola la neurosis de angustia, predispone, por lo menos, a su adquisición. La
neurosis de angustia surge entonces en cuanto al efecto latente del factor
específico viene a agregarse el de otro factor innocuo. Este último puede
representar cuantitativamente el factor específico, pero no sustituirlo
cualitativamente. El factor específico permanece siendo siempre el que
determina la forma de la neurosis. Espero demostrar también este principio en
lo que se refiere a la etiología de otras neurosis.
Estas últimas reflexiones contienen además la
hipótesis, nada inverosímil en sí, de que las prácticas sexuales nocivas, como
el coito interrumpido, llegan a adquirir significación etiológica por la
acumulación de otros factores. Según la disposición de cada individuo y las
demás taras de sus sistema nervioso, tardará más o menos tiempo en hacerse
visible el efecto de tal acumulación. Los individuos que resisten sin aparente
perjuicio el coito interrumpido, quedan, en realidad, predispuestos, por su
práctica, a las perturbaciones de la neurosis obsesiva, que en una ocasión
cualquiera espontáneamente, o después de un trauma sin importancia, pueden
emerger con toda intensidad, del mismo modo que el alcohólico crónico acaba
adquiriendo, por acumulación, una cirrosis u otra enfermedad o cayendo en el
delirio bajo la influencia de un estado febril.
C) PRIMERAS APORTACIONES A UNA TEORÍA DE LA
NEUROSIS DE ANGUSTIA
tentativa, cuyo enjuiciamiento no deberá influir en
la admisión de los hechos descritos en los apartados anteriores. Por otra
parte, la admisión de la «teoría de la neurosis de angustia», que vamos a
intentar desarrollar, se hace aún más difícil, por el hecho de no constituir
sino un fragmento de una más amplia exposición de las neurosis.
Lo que hasta aquí llevamos dicho sobre la neurosis
de angustia abarca ya algunos extremos que nos permiten penetrar un tanto en el
mecanismo de esta neurosis. Así, en primer término, la sospecha de que puede
tratarse de una acumulación de excitación y además el hecho importantísimo de
que la angustia en la que se basan los fenómenos de la neurosis no es
susceptible de una descarga psíquica. Una descarga sería, por ejemplo, posible
si la base de la neurosis de angustia fuera un sobresalto -único o repetido- justificado,
que constituyera, desde su ocurrencia, la disposición a la angustia. Pero no es
éste el caso.
A causa de un sobresalto único puede adquirirse una
histeria o una neurosis traumática, nunca una neurosis de angustia. Al
principio, viendo resaltar en primer término, entre las causas de la neurosis
de angustia, el coitus interruptus, creíamos que la fuente de la angustia
continua podía hallarse en el miedo repetidamente experimentado en cada acto
carnal de que la técnica preventiva fracasase y se originara un embarazo. Pero
más tarde descubrimos que este estado de ánimo del hombre o de la mujer durante
el coito interrumpido carece de toda relación con la génesis de la neurosis de
angustia, y que las mujeres a las que no asusta la posibilidad del embarazo se
hallan tan expuestas a la neurosis como aquellas otras a las que tal
posibilidad espanta. El factor decisivo es, única
y exclusivamente, la falta de satisfacción que uno
de los cónyuges ha de experimentar en la práctica del coito interrumpido.
Nuestro descubrimiento del mecanismo de la neurosis
de angustia encuentra apoyo en la observación, aún no mencionada, de que en
series enteras de casos se inicia la neurosis de angustia con una patente
disminución de la libido sexual, del placer psíquico, haciendo que al comunicar
a los enfermos que su dolencia proviene de una «satisfacción incompleta», nos
respondan todos negando la posibilidad de un tal origen, toda vez que
precisamente en los últimos tiempos viven sin experimentar la menor necesidad sexual.
Todos estos indicios, o sea, el hecho de tratarse de una acumulación de
excitación; el de que la angustia, que probablemente corresponda a dicha
excitación acumulada, sea de origen somático, siendo, por tanto, acumulada
excitación somática; el de que esta excitación somática sea de naturaleza
sexual, existiendo paralelamente una disminución en la participación psíquica
en los procesos sexuales; todos estos indicios, repetimos favorecen la sospecha
de que el mecanismo de la neurosis de angustia ha de ser buscado
en la desviación de la excitación sexual somática,
de lo psíquico, y en un consiguiente aprovechamiento anormal de dicha
excitación.
Podemos aclarar algo más esta representación del
mecanismo de la neurosis de angustia exponiendo las siguientes consideraciones
sobre el proceso sexual, referentes, en primer lugar, al hombre. El organismo
masculino, llegado ya a la madurez sexual, produce
-probablemente de un modo continuo- excitación
sexual somática, que, periódicamente, llega a constituir un estímulo psíquico.
Para fijar mejor nuestras ideas intercalaremos aquí que esta excitación sexual
somática se manifiesta bajo la forma de una presión sobre las paredes,
provistas de nervios, de las vesículas seminales, de manera que al crecer de
continuo la excitación visceral llegará un momento en el que vencerá las
resistencias opuestas a su llegada a la corteza cerebral y se exteriorizará
como estímulo psíquico. En
este momento queda cargado de energía el grupo de
representaciones sexuales dado en la psique y nace el estado psíquico de
tensión libidinosa, estado que trae consigo el impulso a hacer cesar dicha
tensión. Pero una tal descarga psíquica no es posible sino por un solo medio,
al que daremos el nombre de acto específico o adecuado. Este acto adecuado
consiste, para el instinto sexual masculino, en un complicado acto reflejo
espinal, que
tiene por consecuencia la descarga de los nervios
antes indicados, y en todos los
preparativos psíquicos necesarios para la
producción de tal reflejo. Nada que no sea el acto adecuado puede lograr aquí
eficacia, pues la excitación sexual somática se transforma continuamente, una
vez alcanzado cierto nivel, en excitación psíquica. Tiene que sobrevenir
necesariamente aquello que liberta a las fibras nerviosas de la presión que
sobre ellas gravita, suprimiendo con ello toda la excitación somática de
momento existente, y permitiendo a la conducción subcortical restablecer su
resistencia.
No queremos seguir representando de este modo casos
complicados del proceso sexual. Nos limitaremos a afirmar que el esquema
precedente puede aplicarse también en lo esencial a la mujer, no obstante el
problema que plantean las confusas y artificiales oscilaciones del instinto
sexual femenino. También en la mujer hemos de admitir una excitación sexual
somática y un estado en el que esta excitación se convierte en estímulo
psíquico, en libido, y provoca el impulso hacia el acto específico, al cual se
enlaza la sensación de voluptuosidad. Lo que no podemos indicar en la mujer es
el proceso correspondiente a la distensión de las vesículas seminales.
Dentro de los límites de esta descripción del
proceso sexual podemos integrar la etiología, tanto de la neurastenia auténtica
como de la neurosis de angustia. La neurastenia surge siempre que la descarga
adecuada -el acto adecuado- es sustituida por otra menos adecuada, esto es,
siempre que el coito normal en condiciones favorables queda sustituido por la
masturbación o la polución espontánea. A la neurosis de angustia llevan todos
aquellos factores que impiden la elaboración psíquica de la excitación sexual
somática.
Los fenómenos de la neurosis de angustia surgen por
el hecho de que la excitación sexual somática desviada de la psique se gasta
subcorticalmente en reacciones nada adecuadas.
Intentaremos comprobar ahora si las condiciones
etiológicas antes expuestas de la neurosis de angustia dejan reconocer el
carácter común que hubimos de atribuirles. Para el hombre hemos fijado como
primer factor etiológico, la abstinencia. Consiste ésta en la renuncia al acto
específico que en todo otro caso sigue a la libido. Una tal renuncia tendrá dos
consecuencias: la acumulación de excitación somática y la desviación de la
misma por caminos distintos por los cuales espera hallar una descarga antes que
por el que pasa por la psique. Resultará así que la libido disminuirá y se
exteriorizará la excitación subcorticalmente en forma de angustia. Cuando la
libido no disminuye o es gastada la excitación somática en poluciones
espontáneas o cesa de producirse al ser rechazada,
puede surgir todo menos una neurosis de angustia.
La abstinencia es igualmente el factor
eficiente en el segundo grupo etiológico, o sea, en
el de la excitación frustrada. El tercer caso, el del coito interrumpido
realizado cuidando de que la mujer llegue a la satisfacción; actúa perturbando
la disposición psíquica al curso sexual por introducir junto a la labor de
dominar el efecto sexual una distinta labor psíquica, produciendo así una
desviación de la psique. También esta desviación psíquica hace desaparecer
paulatinamente la libido, siguiendo entonces el proceso, a partir de este
punto, el mismo curso que en el caso de la abstinencia. La angustia que surge
en la edad crítica del hombre precisa distinta explicación. En este caso no hay
disminución de la libido, pero, en cambio, tiene lugar, como durante el período
climatérico de la mujer, un incremento de la producción de
excitación somática tan considerable que la psique
resulta relativamente insuficiente para dominarla.
La subordinación de las condiciones etiológicas en
la mujer al punto de vista indicado no opone tampoco grandes dificultades. El
caso de la angustia virginal es especialmente claro. En él no se hallan aún
suficientemente desarrollados los grupos de representaciones a los que ha de
enlazarse la excitación sexual somática. En las recién casadas anestésicas la
angustia no surge sino cuando las primeras cohabitaciones despiertan una
magnitud suficiente de excitación somática. Allí donde faltan los signos locales
de una tal excitabilidad, falta también la angustia. El caso de la ejaculatio
praecox y el coitus interruptus se explica análogamente a como en el hombre,
por el hecho de ir desapareciendo paulatinamente la libido correspondiente al
acto psíquicamente insatisfactorio, mientras que la excitación correlativa es
gastada subcorticalmente. En la mujer es más rápida y más difícil de suprimir
que en el hombre la emergencia de un extrañamiento entre lo somático y lo
psíquico durante el curso de la excitación sexual. El
caso de la viudez o la abstinencia voluntaria y el
de la edad crítica se resuelven en la mujer lo mismo que en el hombre, si bien
en el de la abstinencia viene a agregarse la represión intencionada del círculo
de representaciones sexuales; represión a la que con frecuencia se ve obligada
la mujer abstinente, que lucha contra la tentación. Análogamente, en la época
de la menopausia ha de intervenir también la repugnancia que la mujer ya
envejecida
siente contra el exagerado incremento de su libido.
También las dos condiciones etiológicas expuestas
en último lugar parecen subordinarse sin dificultad a nuestro nuevo punto de
vista.
La tendencia a la angustia de los masturbadores que
han llegado a enfermar de neurastenia, se explica por la facilidad con que
estos sujetos pasan al estado de
«abstinencia» después de hallarse habituados
durante mucho tiempo a proporcionar a toda excitación somática, por pequeña que
fuese su magnitud, una descarga, si bien defectuosa. Por último, el caso final,
o sea, la génesis de la neurosis de angustia a consecuencia de una grave
enfermedad, de un esfuerzo agotador, de una larga asistencia a un enfermo,
etc., resulta explicable por el hecho de que la desviación de la psique la hace
insuficiente para dominar la excitación somática; labor que se le plantea de continuo.
Sabemos ya cuán extraordinariamente puede disminuir la libido en estas
condiciones, siendo estos casos un acabado ejemplo de neurosis, que si bien no
presentan una etiología sexual, muestran, en cambio, un mecanismo de este
orden.
La teoría aquí expuesta presenta en cierto modo los
síntomas de la neurosis de angustia como subrogados de la acción específica
omitida sobre la excitación sexual. En su apoyo recordemos ahora que también en
el coito normal se gasta secundariamente la excitación en diversos fenómenos
físicos, tales como palpitaciones, aceleración del ritmo respiratorio, sudores,
congestión, etc. En el correspondiente ataque de angustia de nuestra neurosis
nos hallamos ante tales mismos fenómenos separados del coito e intensificados.
Podría preguntársenos aún por qué la falta de
capacidad psíquica para dominar la excitación sexual conduce al sistema
nervioso al singular estado afectivo, constituido por la angustia. A esta
pregunta contestaremos que la psique es invadida por el afecto de angustia
cuando se siente incapaz de suprimir por medio de una reacción adecuada un
peligro procedente del exterior, y cae en la neurosis de angustia cuando se
siente incapaz de hacer cesar la excitación (sexual), endógenamente nacida. Se
conduce, pues, como si proyectase dicha excitación al exterior. El afecto y la
neurosis a él correspondiente se
hallan en íntima relación, siendo el primero la
reacción a una excitación exógena, y la segunda, la reacción a la excitación
endógena análoga. El afecto es un estado rápidamente pasajero, y la neurosis,
un estado crónico, pues la excitación exógena actúa como un impulso único, y la
endógena como una fuerza constante. El sistema nervioso reacciona en las
neurosis contra una fuente de excitación interior, del mismo modo que en el
afecto correspondiente contra una excitación análoga exterior.
D) RELACIONES CON OTRAS NEUROSIS
Expondremos aún algunas observaciones sobre las
relaciones de la neurosis de angustia con las otras neurosis.
Los casos más puros de neurosis de angustia son
también casi siempre los más
marcados. Estos casos se dan en sujetos jóvenes y
potentes, cuya enfermedad data de fecha próxima, y presentan una etiología
unitaria.
De todos modos, es más frecuente la aparición
conjunta y simultánea de síntomas
de neurosis de angustia y otros de neurastenia,
histeria, melancolía o neurosis obsesiva. Si ante esta mezcla clínica nos
retrajésemos de reconocer a la neurosis obsesiva el carácter de una unidad
independiente, tendríamos también que renunciar obrando consecuentemente,
a la separación, tan trabajosamente lograda, de la
histeria y la neurastenia.
Con respecto al análisis de la «neurosis mixta»,
podemos sentar el siguiente importante principio: en todo caso de neurosis
mixta puede descubrirse la existencia de una mezcla de varias etiologías
específicas.
Esta multiplicidad de factores etiológicos,
condición de la neurosis mixta, puede establecerse de un modo casual; por
ejemplo, cuando una nueva acción nociva viene a sumar sus afectos a los de otra
ya existente. Tal será el caso de una mujer histérica, que al cierto tiempo de
su matrimonio comienza a practicar el coito interrumpido, y añade entonces a su
histeria una neurosis de angustia. O el de un masturbador, que su práctica lo
ha llevado a la neurastenia, y al que las excitaciones frustradas de un noviazgo
ulterior hacen contraer como nueva enfermedad una neurosis de angustia.
En otros casos, la multiplicidad de factores
etiológicos no obedece a la casualidad, siendo uno de tales factores el que ha
hecho entrar en acción al otro. Así, una mujer con la que su marido realiza el
coito interrumpido sin preocuparse de su satisfacción, y que se ve obligada a
masturbarse después del coito insatisfactorio para acallar la penosa excitación
residual. Esta sujeto, a más de los síntomas de la neurosis de angustia, fruto
de la práctica del coito interrumpido, mostrará otros neurasténicos, producto
de la masturbación. O también la excitación residual del coito interrumpido
provocará en la sujeto ideas voluptuosas, contra las cuales querrá defenderse,
y contraerá así, a más de la neurosis de angustia, representaciones obsesivas.
O, por último, la práctica del coito interrumpido le hará perder el amor a su
marido y experimentar una nueva inclinación, que mantendrá cuidadosamente
secreta, mostrando entonces una mezcla de neurosis de angustia e histeria.
En una tercera categoría de neurosis mixtas es aún
más íntima la conexión de los síntomas, siendo una misma condición etiológica
la que inicia regular y simultáneamente las dos neurosis. Así, la súbita
revelación sexual, causa de la angustia virginal, engendra
siempre también histeria, y la inmensa mayoría de
los casos de abstinencia voluntaria se enlazan desde un principio con
representaciones obsesivas. Igualmente, el coito interrumpido sin satisfacción
para el hombre no puede engendrar nunca, a nuestro parecer, una neurosis de
angustia pura, sino siempre una mezcla de neurosis de angustia y neurastenia.
De estas reflexiones resulta que es necesario
diferenciar también de las condiciones etiológicas de la aparición de las
neurosis sus factores etiológicos específicos. Las
primeras (por ejemplo, el coito interrumpido, la
masturbación y la abstinencia) presentan aún múltiples facetas, y cada una de
ellas puede producir distintas neurosis. Sólo los factores etiológicos de ellas
abstraídos, tales como la descarga inadecuada, la insuficiencia psíquica y la
defensa con sustitución, poseen una relación específica e inequívoca con la
etiología de cada una de las diversas grandes neurosis.
Por lo que respecta a su esencia, muestra la
neurosis de angustia interesantísimas coincidencias y disparidades con las
otras grandes neurosis, especialmente con la neurastenia y la histeria. Con la
neurastenia comparte un principalísimo carácter el de radicar la fuente de la
excitación, o sea el motivo de la perturbación, en el terreno somático y no en
el psíquico, como sucede en la histeria y en la neurosis obsesiva. Por lo
demás, se advierte más bien una especie de oposición entre los síntomas de la neurastenia
y los de la neurosis de angustia; oposición que puede expresarse sintéticamente
con la
antítesis «acumulación-disminución de la
excitación». Esta antítesis no impide que las dos neurosis se mezclen entre sí;
pero se muestran en el hecho de que en ambas los casos extremos son también los
más puros.
Con la histeria muestra la neurosis de angustia una
serie de coincidencias sintomatológicas aún poco estudiada. La aparición de los
fenómenos, bien como síntomas duraderos, bien en ataques; las parestesias,
agrupadas a modo de aura; las hiperestesias y puntos sensibles, que se muestran
en ciertos subrogados del ataque de angustia en la disnea y en el ataque
cardíaco; la intensificación de los dolores, quizá orgánicamente justificados
(por medio de la conversión); estos y otros caracteres comunes hacen incluso
suponer que mucho de lo que atribuimos a la histeria debería serlo a la
neurosis de angustia. Pasando al mecanismo de ambas neurosis, en cuanto hasta
ahora nos ha sido
posible descubrirlo, hallamos ciertos caracteres
que nos permiten considerar la neurosis de
angustia como la contrapartida somática de la
histeria. Tanto en una como en otra se trata de una acumulación de la
excitación, paridad en la que se basa quizá la analogía antes descrita de los
síntomas. En ambas se da también una insuficiencia psíquica, a consecuencia de
la cual surgen procesos somáticos anormales. Por último, también en las dos
surge, en lugar de una elaboración psíquica, una desviación de la excitación
hacia lo somático, con la única diferencia de que la excitación en cuya
desviación se manifiesta la neurosis es en la neurosis de angustia puramente
somática (la excitación sexual somática) y en la histeria psíquica (provocada
por un conflicto). No podemos, pues, extrañar que la histeria y la neurosis de
angustia se combinen regularmente entre sí, como sucede en la
«angustia virginal» o en la «histeria sexual», ni
que la histeria tome de la neurosis de angustia toda una serie de síntomas.
Estas íntimas relaciones de la neurosis de angustia con la histeria
proporcionan un nuevo argumento para la necesidad de separar la neurosis de
angustia de la neurastenia, pues rechazando esta separación no podemos tampoco
mantener la diferenciación que tan imprescindible nos es entre la neurastenia y
la histeria.

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