© Libro N° 13878. Con Cautela:
América Latina Y El Caribe Frente A La Geopolítica Dominante De Trump 2.0. Centro de
Estudios Latinoamericanos Avanzados. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Con Cautela: América Latina Y El
Caribe Frente A La Geopolítica Dominante De Trump 2.0. Coords: Jaime Preciado Coronado, Jochen Kemner. Centro
de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS)
Versión Original: © Con
Cautela: América Latina Y El Caribe Frente A La Geopolítica Dominante De Trump
2.0. Coords: Jaime Preciado Coronado,
Jochen Kemner. Centro de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS)
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CON CAUTELA: AMÉRICA LATINA
Y EL CARIBE FRENTE A LA GEOPOLÍTICA DOMINANTE DE TRUMP 2.0
Coords:
Jaime
Preciado Coronado,
Jochen Kemner
Centro de Estudios Latinoamericanos Avanzados
(CALAS)
Con Cautela:
América Latina Y El Caribe Frente A La Geopolítica Dominante De Trump 2.0
Coords:
Jaime Preciado Coronado,
Jochen Kemner
Centro de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS)
Con Cautela: América Latina Y El Caribe Frente A La Geopolítica
Dominante De Trump 2.0
Coords:
Jaime Preciado Coronado, Jochen Kemner
Guadalajara, Centro
de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS)
Mayo 2025
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Jaime Preciado Coronado, Jochen
Kemner: Introducción |
3 |
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Acercamientos internacionales |
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Gabriel Merino: Trump y el
declive agresivo de los Estados Unidos |
8 |
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Daniel Morales Ruvalcaba: Trump
2.0 ante China y Rusia: Estrategias diferenciadas |
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durante los primeros 100 días
de gobierno |
11 |
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Pietro Montanari: Las políticas
de Trump desde la perspectiva europea: El caso de Italia |
14 |
|
Leandro Morgenfeld: Los
primeros 100 días de Trump: MAGA, |
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|
guerra comercial, deportaciones
y narcoterrorismo |
17 |
|
Alberto Acosta: Trump patea el
tablero… un tablero enclenque |
20 |
|
Elizabeth Vargas García y
Alberto Rocha Valencia: |
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|
¿Un nuevo orden mundial
apuntalado por el BRICS? |
23 |
|
Aníbal García Fernández y
Silvina Romano: Aranceles: Lawfare |
|
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como aplicación “universal” de
la ley de Estados Unidos |
27 |
|
América Latina y el Caribe de
cara al panamericanismo trumpista |
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|
Tamara Lajtman: Trump contra la
amenaza "narco-migrante-terrorista" |
31 |
|
Carlos Oliva Campos: El regreso
de los piratas del Caribe |
34 |
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Lourdes Regueiro: La
integración latinoamericana frente al “America First” |
37 |
|
Consuelo Ahumada: Profundizar
la integración regional: El camino de Latinoamérica |
|
|
y el Caribe frente a la
arremetida de Trump |
40 |
|
Ricardo Domínguez Guadarrama:
El Gran Caribe y sus límites soberanos frente a los |
|
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márgenes de la (re)hegemonía de
Estados Unidos |
43 |
|
Juan Agulló: Donald Trump. Un
interruptor geopolítico |
46 |
|
Gary Prevost: La política
punitiva: Nuevas medidas contra la Revolución Cubana |
49 |
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Matti Steinitz: Circuitos de
reacción y resistencia – Trump y los movimientos |
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populares en el Caribe y
Latinoamérica |
52 |
1
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Impactos en y respuestas de
América Latina y El Caribe |
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Jaime Preciado: México y la
apuesta del nuevo humanismo de la 4T. |
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Perspectivas críticas frente a
las presiones trumpistas |
56 |
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Carlos Fredy Ochoa García:
Guatemala. |
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|
En la región el futuro se
avizora como un gris pardo |
59 |
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Fátima Peña y Amparo Marroquín
Parducci: De migrantes, pandilleros |
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y terroristas hasta la total
multiplicación de los enemigos. Impacto de las políticas |
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de Donald Trump en El Salvador |
62 |
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Darvin Antonio Sánchez: El
gobierno sandinista frente a las medidas de Trump: |
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|
Entre la dependencia
internacional y la estabilidad nacional |
65 |
|
Olmedo Beluche: Donald Trump y
Panamá: ¿Volviendo a 1903? |
68 |
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David Díaz Arias, Ronny Viales
Hurtado: Costa Rica y Donald Trump: |
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Aliado irrestricto y país
puente de las deportaciones |
71 |
|
Willian Espronceda Rodríguez:
Cuba: El recrudecimiento de la estrategia coercitiva |
74 |
|
Liliana Cotta Morales: Puerto
Rico frente a las políticas de Trump 2.0: |
|
|
Incursiones anti-migrantes y
recortes presupuestarios |
77 |
|
Edgardo Lander: Venezuela y la
Ley de Enemigos Extranjeros |
81 |
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Rafael Tamayo-Álvarez y Nicolás
Figueroa García: Populismos enfrentados: |
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|
Una mirada desde Colombia a los
primeros 100 días del gobierno Trump |
84 |
|
Miguel Ruiz Acosta:
Alineamiento: La relación Ecuador-Estados Unidos bajo Trump 2.0 |
88 |
|
Natali Durand Guevara: El Perú
y Trump: Entre la presión geopolítica |
|
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y el pragmatismo económico |
91 |
|
Claudia Zapata Silva: Asedio al
neoliberalismo chileno y a la ideología de la libertad |
93 |
|
Alejandro Grimson: El mejor
alumno de la batalla cultural. |
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|
Argentina y el ascenso de
Donald Trump 2.0 |
96 |
Gustavo Bittencourt:
La Guerra Comercial entre Trump y China: Escenarios para Uruguay 99
|
José Vicente
Tavares-dos-Santos: Efectos del brutalismo: |
|
|
El neoliberalismo socialmente
conservador de Trump y su repercusión en Brasil |
103 |
|
Anexo: |
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Carlos F. Ruiz Sahagún: Los
Órdenes Ejecutivos de Trump y América Latina |
106 |
|
Sobre los autores y autoras |
112 |
2
Jaime A. Preciado
Coronado, Jochen Kemner
Al llegar al primer cuarto del siglo XXI, la llamada policrisis mundial
enfrenta desafíos políticos y geopolíticos inéditos en la historia
contemporánea: el Orden Mundial Liberal, basado en reglas y leyes
internacionales a su medida -en el que convergieron Estados Unidos, la Unión
Europea y gobiernos que apostaron a la globalización neoliberal-, es
cuestionado desde distintos frentes. Su principal crítico es justamente el
segundo gobierno de Donald Trump, quien contrapone premisas supuestamente
libertarias frente al neoliberalismo globalista, desde un nacionalismo del “America
First”, neoproteccionista, que busca recobrar la hegemonía estadounidense
ante el mundo, sin fundar su poder en el llamado Occidente Colectivo.
Trump 2.0 significa relanzar el proyecto de un Nacionalismo
supremacista, racista y patriarcal, que se distancia del globalismo neoliberal
impulsado por la proyección atlantista del Occidente Colectivo, a la vez que
defiende el individualismo de valores occidentales a ultranza. El “trumpismo”
en la política internacional privilegia al bilateralismo, ejercido como amenaza
y chantaje, sin negociación multilateral alguna. Por ello la centralidad
estratégica que juega la imposición unilateral de aranceles. Lo que asoma en la
escena mundial, es un nuevo ejercicio de poder del Estado nacional del Destino
Manifiesto, la Doctrina Monroe y el Gran Garrote. Así, se desnuda el
nacionalismo supremacista como búsqueda de dominación sin gastar recursos
diplomáticos exigidos por políticas de consenso y de alianzas multilaterales
que supone un poder hegemónico. Un distanciamiento brutal de las dimensiones
suaves del poder, una negación del poder inteligente por el poder duro militar,
económico y de chantaje político.
Además de haber producido más de 130 Órdenes Ejecutivas que
particularizan las medidas deseadas para la dominación nacionalista
supremacista, el segundo Mandato de Donald Trump, la comunicación social de su
gobierno refrenda el carácter mesiánico de su encargo, un hito comunicativo fue
establecer el día 2 de abril como el “Día de la Liberación” y la “Independencia
económica”, fundado sobre su política de aranceles recíprocos. Qué, según sus
declaraciones, esta medida corrige “décadas de explotación económica por parte
de otros países” y la esclavitud al IRS (La agencia que cobra impuestos a los
ingresos a cada ciudadano). En ese “histórico” discurso, Trump sostuvo que
gracias a su gobierno la humanidad dispone de un paraguas militar de seguridad
planetaria y de la fuerza del dólar como moneda global. Lo económico, lo
militar, lo político, se unen en una batalla cultural por la “libertad”: se
trata de renombrar al mundo (el Golfo de América) y ocuparlo, Golfo de México,
Groenlandia, Canal de Panamá…
Frente a estas megatendencias políticas hay, sin embargo, la nueva
composición del bloque BRICS, reforzado por diez países que ahora lo conforman,
y más vinculado con la dinámica multipolar precedente, hay tendencias
convergentes en el llamado Sur Global, del que forma parte la región de América
Latina y El Caribe. Donde, en la medida de lo posible, se reivindican
autonomías estratégicas frente a las rivalidades entre las potencias globales,
y un mayor acercamiento con agendas sociales no estatales, además de la
creación de espacios de cooperación política y diplomática, tanto en el orden
instituido (el Movimiento de los No Alineados, el G-77+China), como en espacios
instituyentes generados por movimientos sociales emancipatorios, como el Foro
Social Mundial y distintas redes de resistencia feministas, ecosociales e
interculturales.
Latinoamérica y el
Caribe, llegan a este cuarto de siglo con desafíos colosales: su política
regional y su impulso a un regionalismo autónomo están acechados por la
persistencia
3
del bloque globalista neoliberal y por el
neoproteccionismo comercial, que está asociado con el intervencionismo del
gobierno de Donald Trump y su ataque frontal contra cualquier forma asociativa
multilateral regional.
Si la cooperación
internacional ya estaba cercada por las políticas de austeridad impuestas por
las Instituciones Financieras Internacionales, ahora el gobierno trumpista
busca desmantelar cualquier iniciativa que no beneficie al patrón de
acumulación capitalista basado en el supremacismo hegemónico de Estados Unidos.
No obstante, América Latina y el Caribe cuentan con logros estratégicos
cuya preservación está puesta a prueba: la CELAC, impulsa relaciones
multilaterales con China y con la Unión Europea, mediante foros regionales que
se sitúan en el horizonte de la cooperación Sur-Sur, e incluso Sur-Norte.
Además, se preservan ciertos espacios contrahegemónicos como la integración
bolivariana de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra
América-Tratados de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP), o espacios que defienden
el multilateralismo y el multipolarismo, como el Mercosur, el Sistema de
Integración Centroamericano, la Asociación de Estados del Caribe y la CARICOM.
Aunque hay ciertos países que destacan en las relaciones
interamericanas, como México, Argentina, Chile y Brasil, la política hegemónica
del gobierno Trump, que está marcada por la reducción de la política
internacional a las relaciones bilaterales, hace destacar al conjunto de países
que conforman nuestra región, en función de proyectos estratégicos de la nueva
administración estadounidense, como el Canal de Panamá, la pugna por materiales
indispensables para el régimen de acumulación capitalista como el litio, el
cobre, o las tierras raras. O la alianza con Argentina para la explotación del
espacio ártico en el Polo Sur.
El CALAS como centro
de Estudios Avanzados que promueve investigación sobre cómo se enfrentan las
crisis en y desde América Latina y el Caribe, se ve retado a buscar respuestas
a estas presiones políticas insólitas que se presenta en la región a partir del
momento en que Donald Trump asumió su segundo mandato de gobierno en Estados
Unidos lanzando Órdenes Ejecutivas que no solamente desmantelan las estructuras
del Estado en su país, sino que hace temblar el orden geopolítico internacional
a partir de una política errática, imprevisible, basada en tratar de imponer
una dominación absoluta a partir de las asimetrías de poder militar, económico
y político. Algo así se observa a escala internacional en sus intervenciones en
la guerra de Ucrania, asumiendo en gran parte la argumentación del invasor
ruso.
Fiel a nuestro programa de investigación nos preguntamos cómo los
procesos de cambio impulsados por Trump son percibidos y reflexionados por
diferentes actores sociales en la región. ¿Qué estrategias surgen para afrontar
las crisis, consecuencias de las masivas deportaciones, los aranceles que
amenazan a llevar a una guerra comercial, principalmente entre Estados Unidos y
China surgen en el proceso? A pesar de la novedad de la situación y de su
carácter inestable, ¿se pueden apreciar ya nuevos enfoques de solución de
problemas, incluyendo aquellos de carácter transregional?
Tomamos el cumplimiento de los primeros 100 días del segundo mandato de
Donald Trump a finales de abril de 2025 como motivo para solicitar reflexiones
de investigadores, intelectuales, analistas de toda la región latinoamericana.
La respuesta fue avasalladora, por lo que podemos reunir en este documento 31
contribuciones, 16 de ellas dedicadas a casos nacionales.
Decidimos dividir el dossier en tres secciones que corresponden a
diferentes escalas de análisis y observaciones. La primera sección pregunta por
las “megatendencias” a escala internacional y global. Preguntamos por los
cambios geopolíticos del Orden Mundial liberal basado en reglas y leyes que
prefigura el gobierno de Donald Trump. ¿Qué mecanismos de presión se usan
contra otros bloques y poderes internacionales como la Unión Europa, China,
Rusia o el bloque de los países que conforman el BRICS? ¿Cómo se vinculan la
guerra comercial de aranceles, la deportación de migrantes y la lucha contra el
narcoterrorismo a
4
escala global? ¿Cuál podría ser el derrotero de las
agendas multilaterales combatidas por el gobierno Trump frente al calentamiento
global y a las regulaciones alternativas ambientales, energéticas y
alimentarias?
La segunda sección reúne análisis sobre el conjunto de la región
Latinoamérica y Caribe, de cara al Panamericanismo trumpista. Nos interesa
aportar reflexiones sobre el impacto geopolítico de las relaciones
interamericanas continentales que se plantea el trumpismo y de las respuestas
de las fuerzas que buscan una mayor integración regional latinoamericana. Más
allá de las reacciones a nivel de Estados queremos acercarnos también a las
respuestas de las sociedades civiles, los movimientos sociales y populares en
la región.
La tercera y última sección propone un bosquejo de los impactos y
respuestas de los países en América Latina y el Caribe. Sin pretender ser
exhaustivo, esta sección reúne 17 textos que ofrecen análisis de las coyunturas
políticas de países de una región diversa, fragmentada y con gobiernos que
abarcan todo el espectro político desde el orteguismo en Nicaragua hasta el
ultraliberalismo de Milei en Argentina.
Los primeros meses del retorno de Donald Trump al poder confirman una
lección clave: la doctrina "America First" opera bajo una
lógica transaccional que borra deliberadamente la distinción tradicional entre
aliados y adversarios. Las deportaciones y las tarifas arancelarias afectan a
los ciudadanos de todos los países de la región. Es cierto que hay más afinidad
y colaboración con gobiernos como los de Nayib Bukele en El Salvador, Daniel
Noboa en Ecuador o Javier Milei en Argentina. Sin embargo, esto no significa
que el contexto de dichos países sea muy diferente al de sus vecinos en
Colombia, Brasil o México.
Podemos señalar brevemente algunos ejes centrales de las políticas
trumpistas que afectan a América Latina y el Caribe como región y que demandan
respuestas a nivel interregional y nacional.
Política
antiinmigrante y deportaciones
Una de las cartas potentes de la campaña electoral para el segundo
mandato de D. Trump, fue el tema migratorio. Desde una clara visión
amigo-enemigo, a las personas migrantes se les culpabilizó del desempleo
interno, se les calificó como enemigos que se aprovechan de los impuestos de la
población blanca, protestante, anglosajona (WHASP), de evadir impuestos, de ser
los responsables de la mala salud física y mental de la población
estadounidense nativa, se les criminalizó por la violencia cotidiana y del crimen
organizado del narcotráfico, por lo que además, se les cataloga como
terroristas al servicio de los cárteles. Varias Órdenes Ejecutivas se dirigen
contra la población migrante, tanto en la negación de derechos ya adquiridos
internamente, como en exigencias políticas para México y para Canadá, países a
los que se obliga a concentrar fuerza militar en la frontera binacional, así
como se exige control de movimientos migratorios internos, de manera que se
evite el efecto trampolín de países por los que atraviesan migrantes hacia
Estados Unidos.
Doctrina
“antiterrorista” frente al crimen organizado
La guerra contra el fentanilo, emprendida por la Administración Trump
2.0, se ha constituido en un elemento de chantaje para que tanto México como
Canadá, garanticen que están siguiendo los lineamientos de Washington para
evitar la introducción de esa y otras drogas al suelo estadounidense. Y, muy
importante, el combate al fentanilo también se ha encaminado contra China, por
su supuesto papel en la producción y trasiego, particularmente, de esa droga,
como en ningún otro país en el mundo. Estrategia que forma parte de la guerra
comercial contra China. Asimismo, esta doctrina antiterrorista ha requerido del
uso de leyes y normativas obsoletas, que son anacrónicas, como la invocación de
la Ley de Enemigos Extranjeros (Alien Enemies Act) de 1798 por parte del
presidente Donald Trump, el 14 de marzo de 2025.
5
Como en su primer mandato, la administración de Trump está utilizando
los aranceles como herramienta central de su política económica, guiada por la
narrativa de que Estados Unidos es víctima de explotación en el mercado global.
Sin embargo, más allá de ver los gravámenes como una medida proteccionista en
defensa de la producción nacional, las tarifas sirven a este gobierno como una
amenaza para extorsionar concesiones políticas de otros países. En el caso de
México, por ejemplo, las amenazas arancelarias buscan forzar mayores
compromisos en control migratorio y combate al narcotráfico, trascendiendo lo
meramente comercial.. En el caso de países con los cuales existen sanciones
comerciales, como Cuba y Venezuela, las amenazas de aranceles están dirigidas contra
países terceros que esquivan el régimen de sanciones.
Una de las consecuencias visibles de la errática política exterior de la
segunda administración Trump es el deterioro de la imagen de Estados Unidos en
el mundo. Según datos del Índice de
Percepción de la Democracia, la valoración de Estados Unidos entre 53 países
en todos los continentes cayó de +22 (abril 2024) a -5 (abril 2025). Es
claramente un efecto Trump y menos del país como tal. Entre los países
latinoamericanos incluidos en la encuesta, sólo Brasil, Costa Rica, la
República Dominicana y Honduras siguen teniendo una percepción de Estados
Unidos superior a la de su principal rival político y comercial, China.
Queda por ver qué impacto político tendrá esta percepción negativa a
nivel internacional de Donald Trump. En las recientes elecciones de Canadá y
Australia, los candidatos asociados políticamente a Donald Trump fueron
castigados por los votantes y, especialmente en Canadá, perdieron en muy poco
tiempo ventajas amplias en las encuestas. Por el contrario, en las únicas
elecciones presidenciales celebradas en América Latina en lo que va del año, en
Ecuador, el candidato derechista Daniel Noboa fue reelegido con una ventaja
sorprendentemente clara en la segunda vuelta. Sin embargo, no se ha analizado
si el factor Trump tuvo un efecto movilizador en las elecciones de Ecuador,
pues hay declaraciones de Elon Musk en apoyo de Noboa durante el proceso
electoral y el correísmo denunció que la empresa Cambridge Analytica intervino
en la cadena de decisiones político-electorales.
En 2025 y 2026 se celebrarán elecciones en Bolivia, Chile, Honduras,
Brasil, Perú y Colombia. En la mayoría de estos países, hoy gobernados por
fuerzas progresistas o de izquierda, hay de momento muchos indicios de un
cambio de rumbo político. Queda por ver hasta qué punto la asociación de los
candidatos y su oposición a Trump jugarán un papel en la movilización de
votantes, particularmente en Chile, Brasil y Colombia.
Nuestros agradecimientos van para las y los autores que han aceptado
nuestra invitación de contribuir en poco tiempo a este dossier con sus
reflexiones esclarecedoras, a veces provocativas, siempre bien fundadas y
documentadas. También a las colaboradoras del CALAS en nuestra sede principal
en Guadalajara que han posibilitado elaborar este documento: Paulina Navarro
Villafaña por el diseño y la diagramación del documento, a Dafne Elizondo y
Cristina Gómez Fuentes por la revisión de los textos; y a Olvia A. Maisterra
Sierra y Abi Valeria López Pacheco por el cuidado editorial y la preparación
del documento para la edición.
Guadalajara, mayo de 2025
6
ACERCAMIENTOS
INTERNACIONALES
Trump y el declive
agresivo de los Estados Unidos
Gabriel Merino
El sociólogo italiano Giovanni Arrighi sostiene que una crisis de
hegemonía se produce cuando el Estado hegemónico carece de los medios o la
voluntad de continuar liderando el sistema de Estados en una dirección que se
percibe como una expansión (sobre terceros y/o sobre la naturaleza), no solo de
su poder, sino del poder colectivo de los grupos dominantes del sistema.
Justamente, lo que pone con total evidencia el trumpismo, como
expresión de las fuerzas “nacionalistas-americanistas” estadounidenses, es que
Estados Unidos ya no puede ni quiere sostener los pilares del ciclo de
hegemonía iniciado en 1945. Si para Joe Biden y las fuerzas “globalistas”,
representantes del centrismo liberal occidental, resultaba clave seguir
haciendo esos esfuerzos para sostener los pilares de la primacía
estadounidense, aunque ya el mapa del poder mundial se había modificado
estructuralmente, para Donald Trump y los grupos de poder afines —incluyendo el
oxidado cinturón industrial tradicional— los costos de ello resultan cada vez
más insostenibles para los Estados Unidos y la voluntad es Make America
Great Again, aunque ello golpee a viejos aliados fundamentales o sacuda a
la economía capitalista mundial.
Se trata de un cambio estructural. En los términos del historiador
británico Paul Kennedy, estamos frente a una típica situación; la
sobre-extensión imperial, donde ya es cada vez más difícil para Estados Unidos
reproducir los pilares de su hegemonía —lo que se agudiza en algunos grupos de
poder y fracciones de capital— ni tampoco sintetizar una respuesta compartida
entre los principales grupos de poder y fuerzas del sistema para enfrentar esta
nueva realidad. Y ello fractura al propio Estados Unidos, siendo el
nacionalismo-americanismo supremacista una de las reacciones fundamentales
frente al declive.
El trumpismo lleva a la crisis el sistema de alianzas con Europa
occidental, Japón y Corea del Sur, que fueron clave para sostener la hegemonía
estadounidense, consolidando la primacía en Eurasia. Estos protectorados
militares —o “vasallos” en palabras de Zbigniew Brzezinski—, eran al mismo
tiempo centros económicos del capitalismo mundial liderado por Estados Unidos.
Pero con el declive estadounidense, estos países son vistos como economías
competitivas que “destruyen” la economía norteamericana. En este sentido, Trump
llegó a afirmar que la Unión Europea “es mucho peor que China”. Además, el
trumpismo entiende que los costos para Washington de sostener su poderío
militar son cada vez más altos, por lo que exige a sus protectorados que deben
pagar más por su “defensa” o “protección” y también deben aceptar condiciones
unilaterales impuestas por Washington en materia comercial o en cuestiones
geopolíticas y geoestratégicas, aún en contra de sus intereses. En otras
palabras, “Hacer Grande de Nuevo a América” implica hacer más pequeños a los
otros actores del sistema. Lo mismo sucede con el denominado “patio trasero”
latinoamericano, pero en su versión periférica, donde busca bloquear tanto las
tendencias autonomistas como la influencia de potencias extra-continentales,
exacerbando la Doctrina Monroe y su principio de América para los
(norte)americanos.
El Estados Unidos de Trump ya no intenta ubicarse como paladín del libre
comercio y centro coordinador de la economía mundial, a la vez que eje
fundamental del sistema multilateral. De hecho, Estados Unidos en buena medida
ya no lo era o no lo podía ser. Pero ahora tampoco lo disimula. Y buena parte
del mundo mira estupefacto cómo desde el viejo centro del poder mundial
8
emergen fuerzas que destruyen el orden que este
había construido. La escalada en la guerra comercial es un claro ejemplo.
Resulta interesante establecer cierto paralelismo con la experiencia
histórica de declive del Imperio Británico, del cual Estados Unidos fue
heredero. En 1903 surgió la Liga de la Reforma Tarifaria dentro del Partido
Conservador del Reino Unido, al calor de la pérdida de competitividad frente a
Estados Unidos y Alemania por parte de la otrora hegemónica burguesía
industrial británica y las preocupaciones sobre la “seguridad nacional” que
ello generaba. La era del libre comercio iniciada en 1846, cuando el Imperio
Británico conquistó la absoluta primacía industrial y consolidó su lugar de
hegemón, terminó en gran medida hacia 1914, con el inicio de la Primera Guerra
Mundial. Pero fue en 1931 que se impuso finalmente la reforma proteccionista
promovida por la Liga de la Reforma Tarifaria, en el ocaso absoluto de la
hegemonía británica. A su vez, Londres hizo pagar a sus colonias los costos de
su declive y de la guerra, como se vio de forma dramática en los territorios
que hoy conforman India, Paquistán y Bangladesh.
Si miramos a la potencia norteamericana, las fuerzas proteccionistas
resurgen a fines de los 80, en las batallas por el acero contra Japón, un país
“vasallo” pero a su vez gran competidor industrial en ascenso, que era visto
hacia esos años como una amenaza para el liderazgo económico mundial
estadounidense. El abogado Robert Lighthizer, Representante de Comercio de los
Estados Unidos en la administración de Donald Trump, desde 2017 hasta 2021, fue
una pieza clave en esas batallas, representando al sector siderúrgico
estadounidense. Si en 2008 se puso de manifiesto la crisis estructural del
ciclo de hegemonía iniciado en 1945, fue recién en 2017-2018, durante el primer
gobierno de Trump, cuando se impone el proteccionismo neohamiltoniano como
política de Estado. Ello queda claro con el lanzamiento de la Guerra Comercial
(que también es una guerra tecnológica) en 2018, el vaciamiento de la
Organización Mundial de Comercio, la retirada estadounidense del Tratado
Trans-Pacífico (TPP) o la renegociación del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN) en función de los intereses de Washington, entre
otras cuestiones. Allí se decretó el fin del “libre comercio” como política
central de los Estados Unidos, que imperó desde el fin de la Segunda Guerra Mundial,
cuando Estados Unidos conquistó la primacía productiva y política planetaria.
La administración de Biden mantuvo la política de aranceles impuesta por Trump
o los acuerdos que dieron lugar al TLCAN 2.0, aunque con perfil más bajo desde
lo discursivo, al tiempo que profundizó la guerra tecnológica y la guerra de
sanciones —otras formas de la guerra económica—, con blancos más precisos y con
China como objetivo principal. Esto último no cambió, aunque sí cambiaron las
tácticas y estrategias.
La guerra comercial no empezó el 2 de abril de 2025, el “día de la
liberación” según Donald Trump. Lo que decreta el 2 de abril es una gran
escalada global; un gran golpe desde el cual renegociar la posición de los
Estados Unidos, aunque posiblemente haya dejado en evidencia muchas
debilidades, que contrastan con las fortalezas mostradas por parte de China.
Hay cuatro objetivos fundamentales que llevan a esta escalada, los cuales son
una respuesta al declive relativo estadounidense, bajo una estrategia nacionalista-americanista
agresiva, cuya política central son los aranceles a las importaciones:
1. El intento por frenar y revertir el proceso de
debilitamiento industrial de Estados Unidos, una tendencia secular que se
profundizó en los últimos años, a pesar de la guerra comercial y tecnológica
contra China para frenarla. El gigante asiático representa el 31,8% del PIB
industrial mundial y Estados Unidos el 17,4% (medidos a precios nominales, a
precios de poder adquisitivo la diferencia es mucho mayor). Esta realidad se
percibe como un gran problema de “seguridad nacional” en Washington, ya que la
debilidad industrial se traduce en debilidades en defensa y en el desarrollo
tecnológico.
2. Una imperiosa necesidad gubernamental de aumentar
la recaudación pública con el objetivo de achicar un enorme déficit fiscal
estructural mediante un impuesto indirecto a los consumidores estadounidenses,
que busca evitar aumentar los impuestos a las grandes
9
corporaciones. Este déficit se financia con un endeudamiento público que
se ubica en cifras exorbitantes. La deuda pública total llegó a los
36,2 billones sobre un PIB nominal de 29,2.
3. Establecer
negociaciones bilaterales para imponer los intereses de Washington frente a una
contraparte más débil. Estados Unidos todavía posee el principal mercado
nacional a precios corrientes o nominales. Además, en muchos casos negocia con
“protectorados” o países subordinados en términos estratégicos.
4. Generar una devaluación del dólar que otorgue más
competitividad a Estados Unidos y licúe la deuda pública. Detrás de estas
medidas hay también una guerra de monedas. Esto ya lo hizo Estados Unidos en
otras oportunidades en la historia, como los Acuerdos de Plaza de 1985. El
problema es que ese objetivo ahora puede estar en contradicción con la
necesidad de mantener el dominio global del dólar, último gran bastión de poder
casi monopólico que aún conserva. A diferencia de los años setenta y ochenta,
hoy hay tendencias geoeconómicas y geopolíticas que apuntan hacia la
desdolarización del sistema mundial.
La reconfiguración
política y estratégica a la que apunta el trumpismo, tiene como una de sus
premisas reforzar la primacía en el llamado hemisferio occidental, esto es,
replegarse en el continente americano bajo un Monroísmo recargado. En este
marco debe leerse por qué para la región los aranceles que impuso Trump son los
más bajos (10%). Es decir, el incentivo para América Latina y el Caribe (la
“zanahoria”) sería, en realidad, un castigo (el “palo”) más pequeño que a otras
regiones del mundo.
Por otro lado, en un
retorno a un imperialismo territorialista y proteccionista, con aires al del
siglo XIX, el trumpismo busca expandir su espacio estatal continental: anexar a
Groenlandia y Canadá para conformar un inmenso estado norteamericano, de unos
22 millones de kilómetros cuadrados y una gran cantidad de recursos naturales,
con una presencia clave en el Ártico —espacio estratégico en las próximas
décadas. Además, Washington busca retomar el control total del canal de Panamá,
punto logístico fundamental tanto a nivel global como en la conexión marítima
entre las dos costas de los Estados Unidos. Renombrar al Golfo de México como
Golfo de los Estados Unidos es un elemento simbólico de suma importancia de
este imperialismo territorialista sobre México y el Caribe.
Los declives de los imperios suelen ser tiempos peligrosos.
Especialmente cuando ingresamos a la etapa de quiebre de un ciclo de hegemonía,
caracterizada por el Caos Sistémico. América Latina se enfrenta a la
encrucijada de quedar subordinada como “Patio Trasero” de un poder en declive,
que está deviniendo hacia un imperialismo territorialista con elementos
neofascistas, o posicionarse como un espacio emergente, en un escenario de
creciente multipolaridad relativa y profunda transformación histórica-espacial
del sistema mundial.
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Trump 2.0 ante China y Rusia: Estrategias diferenciadas durante los
primeros 100 días de gobierno
Daniel Morales
Ruvalcaba
La National
Security Strategy (NSS) publicada en diciembre de 2017 marcó un punto
de inflexión en la visión estratégica de Estados Unidos: por primera vez desde
el final de la Guerra Fría, el documento identificó abiertamente a China y
Rusia como “potencias revisionistas” que “want to shape a world antithetical
to U.S. values and interests” (NSS, 2017, p. 25). Este diagnóstico
justificó un giro hacia la competencia interestatal como eje central de la
política exterior, desplazando el énfasis previo en la cooperación
multilateral. Así, a lo largo del primer mandato de Donald Trump (2017–2021),
esta estrategia se tradujo en una política de confrontación comercial y
tecnológica con China, así como en una ambigua combinación de sanciones
selectivas y gestos de acercamiento hacia Rusia.
Sin embargo, el regreso de Trump a la presidencia el 20 de enero de 2025
se da en un escenario internacional distinto. La dinámica internacional
responde cada vez menos a la lógica unipolar, sino a una configuración
crecientemente multipolar, volátil y simétrica como producto de tres décadas de transformaciones del
poder nacional en el Sur Global. China ha ampliado
su influencia sistémica en diversas regiones, mientras que Rusia ha
consolidado su papel como actor disruptivo en Eurasia y más allá. En este nuevo
contexto, el posicionamiento geoestructural de ambos países ha cambiado, lo
cual ha obligado a Trump 2.0 a adaptar las estrategias delineadas en su primer
mandato.
Durante sus primeros 100 días de gobierno, la administración ha
intensificado los instrumentos de presión hacia ambos actores, reactivando
disputas preexistentes y llevándolas a una dinámica más compleja e intensa.
Aunque no se ha presentado formalmente una nueva NSS, las decisiones iniciales
del gobierno confirman una continuidad respecto a la visión de 2017, pero ahora
con un enfoque más frontal, polarizante y menos condicionado por miramientos
multilaterales. En este marco, China y Rusia siguen siendo considerados los
principales rivales geopolíticos de Estados Unidos, y frente a ellos Trump 2.0
ha desplegado estrategias diferenciadas que responden no solo a la
configuración del poder nacional de cada uno, sino también a su trayectoria
reciente en la geoestructura internacional.
En el caso de China, la presión estadounidense se ha intensificado
notablemente. La razón fundamental radica en la evolución que ha experimentado
el país asiático: desde los años noventa, China pasó de ser una economía
emergente —integrada de manera subordinada a los circuitos globales de
producción y comercio— a convertirse en una “virtual potencia mundial”, capaz
de disputar espacios estratégicos en la configuración del orden internacional.
Durante los años en que Trump no estuvo en la presidencia, esta transformación
se aceleró mediante la expansión global de la Iniciativa de la Franja y la Ruta
(Belt and Road Initiative, BRI, por sus siglas en inglés), que
fortaleció la presencia económica y logística de China en regiones clave de
Asia, África, Europa Oriental y América Latina, consolidando su proyección como
actor sistémico. Esta evolución explica eventos recientes como el memorando
presidencial del 21 de febrero de 2025, que impone restricciones específicas a
inversiones chinas en sectores estratégicos de Estados Unidos, y la aplicación
de aranceles elevados sobre productos clave procedentes de China. Bajo la
premisa de que “economic security is national
11
security” (America First
Investment Policy, sección 1), China ya no es vista únicamente como un
competidor comercial, sino como un actor capaz de proyectar una arquitectura
alternativa de gobernanza internacional.
La implicación de esta presión integral contra China es evidente:
Estados Unidos busca frenar o desacelerar la creciente participación china en
asuntos estratégicos, especialmente en sectores como la tecnología avanzada,
inteligencia artificial, semiconductores, telecomunicaciones de nueva
generación y cadenas de suministro críticas. No obstante, esta acción presenta
un dilema significativo. Al avanzar en un desacoplamiento económico y
tecnológico con China, Estados Unidos podría generar consecuencias negativas en
aliados estratégicos.
Y es que el cierre progresivo de canales económicos y tecnológicos con
Occidente podría incentivar a China a profundizar su inserción en regiones del
Sur Global, donde ya ha consolidado alianzas estratégicas en infraestructura,
energía y conectividad digital a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta
(BRI). De manera concreta, la intensificación de la competencia entre
Washington y Beijing obliga a numerosos países —en particular en América Latina
y el Caribe, donde China se ha convertido en el principal socio comercial de
varias economías— a replantear sus vínculos comerciales, productivos y
tecnológicos. Para Washington, esto podría representar una pérdida relativa de
influencia en espacios geopolíticamente sensibles. A esto hay que sumar la
creciente disputa por el acceso y control de recursos estratégicos, que añade
una capa adicional de complejidad a las decisiones de política exterior. En
este escenario, los gobiernos latinoamericanos, así como otros del Sur Global,
enfrentan presiones económicas más intensas y márgenes de maniobra cada vez más
restringidos.
En contraste, la estrategia estadounidense hacia Rusia presenta matices
diferentes debido a la configuración específica del poder ruso. Si bien Moscú
conserva relevancia regional considerable y mantiene capacidades significativas
—especialmente en términos militares y energéticos— su crecimiento ha sido más
limitado en aspectos socioeconómicos e institucionales, restringiendo así su
proyección mundial. Por tanto, Trump 2.0 ha optado por una estrategia
instrumental y pragmática, menos confrontativa que la desplegada hacia China.
Ejemplos claros de este enfoque son la reciente propuesta de paz en Ucrania,
que incluye concesiones territoriales hacia Rusia, y la flexibilización parcial
de sanciones económicas en sectores específicos como la energía y la agricultura.
Estas medidas sugieren un diagnóstico estratégico distinto: Rusia es
considerada un rival disruptivo, pero gestionable, cuya influencia puede
modularse mediante incentivos limitados y ofertas de reconocimiento geopolítico
selectivo.
Sin embargo, esta aproximación también conlleva dilemas estratégicos
difíciles de resolver. La estrategia de Trump 2.0 —orientada a ofrecer ciertas
concesiones a Moscú con el fin de aproximar parcialmente a Rusia a la órbita
occidental, debilitar el vínculo sino-ruso y recuperar para Estados Unidos
cierto margen de maniobra geoestratégica en Eurasia— implica costos políticos,
simbólicos e incluso históricos considerables. El reconocimiento tácito de
demandas territoriales rusas, junto con otras posibles concesiones, no solo
generaría tensiones directas con los aliados europeos más expuestos, sino que
también socavaría la cohesión interna de la OTAN y debilitaría la arquitectura
euroatlántica construida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo más cuestionable
es que los beneficios estratégicos de esta maniobra resultan altamente
inciertos: a diferencia del escenario en que Zbigniew Brzezinski escribió The
Grand Chessboard (1997), la relación sino-rusa actual se articula
—según lo expresó el canciller chino Wang Yi en abril de 2025— bajo
el principio de “ever-lasting friendship and never becoming enemies”, al
tiempo que Eurasia sigue siendo integrada a través de
12
la BRI, lo que reduce significativamente el margen
real de fragmentación funcional entre Beijing y Moscú.
En definitiva, las estrategias diferenciadas desplegadas por Trump 2.0
frente a China y Rusia durante estos primeros 100 días no deben interpretarse
como una reacción coyuntural, sino como una continuación de lo planteado en la
National Security Strategy de 2017 y, aún más, como expresiones tácticas dentro
de un proceso más amplio de reconfiguración del orden internacional. Para
comprender su alcance, es necesario reconocer que Estados Unidos ya no actúa
como un poder estabilizador en la cúspide de un ciclo hegemónico, sino como una
hegemonía cuyo ciclo ha concluido, que busca preservar su centralidad en un
escenario marcado por la competencia, la intensificación de la multipolaridad y
la redefinición de alianzas. Nos encontramos, así, en un interregno hegemónico,
una fase transicional donde los comportamientos conservadores del antiguo
hegemón coexisten con las apuestas revisionistas de potencias emergentes. La
administración Trump 2.0 no constituye una anomalía en este proceso, sino una
manifestación aguda de su desarrollo.
13
Las políticas de
Trump desde la perspectiva europea: El caso de Italia
Pietro Montanari
La reacción de los gobiernos europeos ante el nuevo rumbo de la política
de Estados Unidos se ha caracterizado por una comprensible prudencia. En Italia
la cautela del gobierno resulta particularmente acentuada debido a la situación
específica del país en el marco regional y por razones políticas internas. La
resiliencia del gobierno ante la crisis depende en amplia medida de las
capacidades de Giorgia Meloni, la primera mujer jefa de gobierno en la historia
de Italia y líder de Fratelli d'Italia (FdI), el partido más votado en las últimas elecciones (26%). A pesar de
pertenecer a un partido de derecha que no puede definirse moderada, Meloni es
sin duda una líder muy hábil y realista: ha logrado incrementar su prestigio
internacional y asegurar un consenso político muy estable incluso después de
dos años y medio de gobierno. Sin embargo, el cambio drástico de la política
estadounidense ha dejado a Meloni en una situación muy incómoda, que desde
varios puntos de vista, internos e internacionales, pueden ocasionar problemas
en su liderazgo y en la estabilidad del gobierno.
En cuestión de política interna la premier Meloni tiene
que mantener unida una difícil coalición de gobierno compuesta, además de su
propio partido, por Forza Italia (FI) y Lega Nord (Lega). Antonio Tajani y
Matteo Salvini son los líderes respectivamente de FI y Lega, ambos son
vicepresidentes y Tajani es también secretario de la Farnesina (Asuntos
Exteriores). Moderado y ajeno a todo exceso retórico, Tajani ve con mal
disimulada aversión las recientes políticas trumpianas (y sus defensores
europeos), apoya el plan europeo de rearme y es más abierto al diálogo en
cuestiones de migración, ciudadanía, derechos civiles y sociales. Salvini es
todo lo contrario: critica duramente a las “oligarquías” de Bruselas (como un
tiempo hacia Meloni), está en contra del rearme y es partidario de acuerdos
bilaterales con Trump fuera del marco europeo. Si Meloni se acerca demasiado a
Trump se arriesga a comprometer la relación con su aliado moderado; si adopta
posturas demasiado europeístas se arriesga a perder a su molesto aliado
soberanista y trumpiano. Por tanto, la prudencia de Meloni, que contrasta con
su falta de escrúpulos en otros ámbitos políticos, es el producto de una
búsqueda de equilibrio y mediación que garantice la estabilidad del gobierno.
La rentabilidad de esta labor de mediación tiene importantes pay-offs a
nivel legislativo: permite a la coalición pasar decretos y reformas que
interesan a la coalición de gobierno.
En su política internacional, Meloni ha sido una firme y entusiasta
defensora de Kiev y de la guerra contra Rusia bajo la administración Biden,
mostrándose en este como en otros aspectos, en clara continuidad con el
gobierno técnico de Mario Draghi. EU y UE marchaban más o menos al unísono en
su oposición a Putin y en la estrategia general para Ucrania. El cambio de
rumbo iniciado por Trump, culminado en la reunión con el presidente ucranio en
la Casa Blanca el 28 de febrero y la imposición de tarifas del 20% a la UE
(anunciada en el “liberation day”, 2 de abril, y luego suspendida por tres
meses) ha desplazado la retórica dominante en los medios italianos (retórica
muy parecida a una propaganda de guerra) y ha dejado prácticamente muda a
la premier durante varias semanas. También se ha abierto una
grieta con Europa, manifiesta sobre todo en la recurrente tensión con el
gobierno francés, promotor de una línea más incisiva de apoyo militar y
diplomático a Kiev y al mismo tiempo temeroso de que Meloni, por su relación
amistosa con el presidente Trump, buscará obtener ventajas nacionales al margen
del marco europeo. La premier tuvo improvisadamente que pensar
en cómo posicionarse en esta situación inédita, entre un presidente americano
que por primera vez se había declarado abiertamente hostil a Europa y una
Europa que entendía seguir apoyando a Ucrania sin tener los medios para
hacerlo. Meloni tuvo ocasión de reiterar
14
brevemente su punto de vista sobre la
responsabilidad rusa en el conflicto durante su encuentro con Trump en la Casa
Blanca el 17 de abril. La prensa italiana y la coalición de gobierno quisieron
dar al encuentro un significado desproporcionado, como si se tratara de una
misión para mediar entre Estados Unidos y la Unión Europea, algo que muy
difícilmente podía ser. La presidenta de la Comisión Europea, von der Leyen, se
había asegurado que Meloni no atendiera al bilateral para pactar condiciones
fuera del marco europeo, de esta forma legitimaría su mandato, y Trump
manifestó su habitual estima y simpatía personal hacia la líder, aunque reiteró
su intención de negociar sobre tarifas sólo con Europa en su conjunto. Meloni,
entre las varias cuestiones que tocó con el presidente, prometió aumentos en la
importación de Gas natural licuado (LNG, por sus siglas en inglés) e
incrementos en los gastos militares y de defensa hasta llegar el 2% del PIB
(1,5% menos de lo que pide el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, y 3%
menos de lo que pide Trump). No tuvo éxito la idea, apoyada por von der Leyen y
favorecida también por Elon Musk, que se pudiera proponer un área de
intercambios “zero
tariffs” entre Europa y EUA. El apoyo de Meloni a Zelenski volvió a
manifestarse clara y establemente sólo después de que la ruptura entre
Washington y Kiev se recompuso y se llegó por fin a un acuerdo sobre la
explotación conjunta de los recursos mineros de Ucrania, acuerdo que modifica
en sentido positivo la actitud de Trump hacia Kiev. (El cambio queda
simbolizado por la famosa foto de Trump y Zelenski
sentados dialogando en San Pedro durante el funeral del Papa Francisco, lo cual
fue todo un éxito diplomático para el Vaticano.) El gobierno italiano ha
reiterado en repetidas declaraciones su contrariedad al envío de tropas a
Ucrania y su intención de no involucrarse en iniciativas europeas que
contemplen este objetivo. Por esta razón, Meloni ha seguido participando en los
vértices y en varias reuniones de la “coalition of the willings”, pero
de forma mucho más distanciada y esquiva, conectándose a menudo sólo de forma
remota y dejando la iniciativa a Francia, Polonia y, más recientemente,
Alemania, que la llevan adelante junto con actores estratégicos no
pertenecientes a la Unión Europea, entre ellos Reino Unido, Canadá y Turquía.
Lo relatado muestra que en estos momentos es muy difícil para la mayoría
de los gobiernos europeos actuar fuera de un marco regional que por mucho
tiempo ha sido al mismo tiempo europeísta y atlantista. Esta limitación
vale a fortiori para Italia, cuyos márgenes de acción son
ulteriormente reducidos debido al peso político-económico del país y a su
postura tradicional en política exterior. No tiene mucho sentido denunciar la
hipocresía del apoyo italiano a Kiev: la hipocresía es la norma en política,
así que esa no es la cuestión. La cuestión es que la lealtad de Meloni es en
primer lugar hacia Estados Unidos, no a Ucrania. Incluso su lealtad
hacia Europa queda condicionada por el carácter atlantista de la Unión Europea.
Meloni ha definido de “childish” la idea que se tenga que elegir entre
las dos cosas: América y Europa (Financial
Times, 27 de marzo 2025). Esta asociación es explotada por Meloni en
clave identitaria, como defensa de los valores de Occidente (“Make the
West Great Again”). Por eso, Meloni tuvo en su momento buenas
relaciones con Joe Biden, así como hoy las tiene con Donald Trump y mañana las
tendría con cualquier otro presidente. Por supuesto, la sintonía con Trump es
mayor, ya que entre los dos existen afinidades ideológicas evidentes (en
particular sobre control de la migración, políticas identitarias y rechazo de
la cultura woke). Las afinidades, sin embargo, no deben exagerarse:
en el trumpismo hay elementos (por ejemplo anarco-capitalistas y
mesiánico-evangélicos) que muy difícilmente pueden coexistir con la derecha
social y corporativa de la que procede culturalmente Meloni y su entourage.
En el contexto actual, la lealtad atlantista del gobierno de Meloni no causa
grandes problemas en la Unión: la ruptura atlántica es demasiado reciente y sus
consecuencias son aún imprevisibles. Sin embargo, el nuevo rumbo trumpiano
parece representar un verdadero “punto de ruptura” y según observadores
cualificados se trata de una ruptura definitiva e irreversible (Mario Draghi, discurso de Coimbra).
15
Además de su lealtad atlantista, las credenciales
europeístas son el otro pilar de la política exterior de Meloni. En este caso,
sin embargo, la jefa de gobierno ha tenido que cambiar radicalmente su lenguaje
político y postura ideológica: de los encendidos discursos electorales contra
las oligarquías de Bruselas y las multinacionales, que declamaba cuando estaba
a la oposición, una vez instalada al gobierno ha pasado inmediatamente a la
defensa de los intereses socioeconómicos establecidos y al más estricto respeto
de los parámetros de estabilidad económico-financiera (criterios de convergencia, spread bajo
control, calificaciones estables por las agencias de rating, etc.).
El nombramiento de Giancarlo Giorgetti como Ministro de Economía ha sancionado
desde el principio esta continuidad respecto a los gobiernos anteriores,
Draghi in primis. La extrema cautela de Meloni no es, pues, efecto
de la hipocresía y el transformismo, sino de esa “escuela de las instituciones”
que imponen realismo y sentido de la proporción a cualquier coalición que sea
llamada a la prueba del gobierno.
En este contexto, América Latina ha sido objeto de un creciente interés
por parte de la Unión Europea y de los países europeos. En 2024, después de un
largo y difícil proceso de creación (las negociaciones habían empezado en el
1999), la UE y el Mercosur han firmado en Montevideo un importante acuerdo de partenariado. En Europa hay
todavía fuertes resistencias al acuerdo, particularmente en ciertos sectores
productivos como el agroalimentario. En este contexto, Italia espera obtener
beneficios sobre todo en los sectores mecánico y siderúrgico. México pertenece
a la otra gran área comercial del continente, la del T-MEC, hoy en crisis
debido a la nueva política tarifaria de Trump. En este caso, también se abre
una panoplia de oportunidades. En 2023, el presidente de la Comisión
Europea, ha visitado a México y se ha encontrado
con el presidente Andrés Manuel López Obrador con la intención de renovar
y reforzar las relaciones bilaterales en todo sentido, no solo comercial.
México es el segundo socio comercial de la Unión Europea en América Latina y el
Caribe y, a su vez, la Unión Europea es el tercer socio comercial de México y el
segundo inversor en el país. Las relaciones entre Italia y México son también
relevantes y prometedoras. Las iniciativas de diversificación del export italiano
en respuesta a la guerra tarifaria de Trump no han tardado en llegar. El 21 de
marzo de 2025, el ministro Tajani ha presentado un plan de acción en los mercados
extra-UE. El objetivo es ampliar la presencia de las empresas italianas en una
serie de economías caracterizadas por elevadas tasas de crecimiento y fuerte
potencial de desarrollo de las exportaciones. En el marco de las economías
emergentes, México resulta ser el tercer mercado estratégico más importante
para el export italiano (6,6 mil millones de euros), después
de Turquía y Emiratos Árabes. Las exportaciones han tenido un incremento de
7,7% respecto al 2023 abarcando el 31,6% del mercado en América Latina.
16
Los primeros 100 días de Trump: MAGA, guerra
comercial, deportaciones y narcoterrorismo
Leandro Morgenfeld
El 20 de enero de 2025, Donald Trump asumió por segunda vez la
presidencia de Estados Unidos, prometiendo consolidar su agenda America
First y profundizar el proyecto Make America Great Again (MAGA).
En sus primeros 100 días, su gobierno reafirmó una estrategia que
vincula el orden doméstico con la aspiración de recuperar la hegemonía global
estadounidense, erosionada, según su visión, por la estrategia globalista de
las administraciones previas. Este ensayo analiza cómo tres ejes centrales de
su política —la guerra comercial mediante aranceles, las deportaciones masivas
de migrantes y la escalada contra el “narcoterrorismo”— articulan una visión
nacionalista y autoritaria que busca reconfigurar el equilibrio de poder
mundial, para intentar frenar o revertir el declive relativo de Estados Unidos
y el ascenso de China y Asia-Pacífico, en un mundo, mal que le pese a Trump,
cada vez más multipolar.
MAGA como proyecto
hegemónico
El eslogan Make
America Great Again no es solo un lema electoral, sino un programa
político que combina un fuerte nacionalismo económico, un discurso
antiinmigrante y una política exterior agresiva. La premisa es que Estados
Unidos debe recuperar su poderío industrial, militar y cultural frente a
competidores como China, Rusia o bloques regionales emergentes, en particular
los BRICS. En este marco, los primeros 100 días de Trump en 2025 reforzaron la
idea de que recuperar la fortaleza interna es condición para la proyección
global.
El problema es que Estados Unidos, hasta ahora la principal potencia
económica y militar, aunque en un proceso de acelerado declive geopolítico,
enfrenta en los últimos años una serie de crisis interconectadas que fueron
debilitando su estructura económica y social. Desde el aumento de la pobreza y
la indigencia hasta la epidemia de opioides, pasando por el colapso del sistema
de salud pública y el masivo endeudamiento estudiantil, el país vive una etapa
de creciente desigualdad y descontento social, el sustrato que explica la
polarización política e ideológico-cultural. Trump es un emergente de esa
frustración y descontento y, paradójicamente, puede acentuar todos los
problemas que atraviesa el tejido social estadounidense, que muestra
indicadores más propios de un país en desarrollo que de una potencia.
Guerra comercial y
aranceles: proteccionismo como herramienta de poder
Desde su primer mandato (2017-2021), Trump impulsó una ofensiva
arancelaria contra China, la Unión Europea y otros socios comerciales. Al
inicio de este segundo mandato, en 2025, duplicó las apuestas con aranceles,
justificados como defensa de la industria local y presión geoeconómica. Estas
medidas buscan forzar realineamientos en las cadenas globales de valor,
relocalizando producción estratégica en Estados Unidos o países aliados, como
por ejemplo Vietnam o India en lugar de China. Trump, prioriza acuerdos
bilaterales que debilitan organismos multilaterales, como la Organización
Mundial del Comercio (WTO, por sus siglas en inglés). Este proteccionismo no es
solo económico: es un instrumento para renegociar la dependencia global a
Estados Unidos y reafirmar su centralidad en el orden capitalista. La novedad
es la fuerte respuesta china, que desde hace ocho años se viene preparando para
esta ofensiva trumpista, y que esta vez no está dispuesta a ceder. Por el
desplome de las bolsas y las fracturas internas, el propio Trump tuvo que dar
marcha atrás en
17
buena parte de los anuncios del 2 de abril,
postergar algunas medidas anunciadas y sentarse a negociar con China (el
domingo 11 de mayo, inclusive, se anunció un principio de acuerdo con el
gigante asiático, en negociaciones que encabezó en Suiza el propio Secretario
del Tesoro). Mientras tanto, China se muestra como el gran garante y
estabilizador del orden económico mundial, y avanza para ocupar los lugares que
Estados Unidos va cediendo, siendo ya, además, el principal socio comercial de
más de 140 países.
Deportaciones
masivas: seguridad interna y disciplinamiento social
Otro pilar de los primeros 100 días fue la militarización de la frontera
con México y las redadas masivas contra migrantes indocumentados, tras la
promesa electoral de Trump de impulsar la mayor deportación de la historia,
cuadruplicando las expulsiones anuales, para llegar a la exorbitante cifra de
un millón de deportados en 2025. La Operación “Safe Homeland” movilizó a
la Guardia Nacional y agencias federales para deportar a más de 300.000
personas (superando los números de 2017), con foco en centroamericanos y
mexicanos. Se avanzó en la externalización del control migratorio: se presionó
a México y el Triángulo Norte (Guatemala, Honduras, El Salvador) para que
acepten “tercer país seguro”, bajo amenaza de cortar ayuda económica. Al mismo
tiempo, endureció la narrativa securitizadora: Trump vinculó migración con
crimen e “invasión”, reforzando su base electoral mientras enviaba un mensaje
de soberanía inflexible. Las deportaciones no son sólo una política doméstica:
buscan demostrar capacidad de control territorial y disuadir flujos migratorios
que, según el gobierno, debilitan la cohesión nacional. Además, tienen como
objetivo disciplinar a la población, doblegar las resistencias en las
universidades y sembrar el terror y la autocensura entre quienes temen ser
deportados, en particular, y en toda la población, en general.
Narcoterrorismo: la
guerra global como espectáculo
Trump redefinió la llamada guerra contra las drogas como
lucha contra el narcoterrorismo, fusionando seguridad interna y
proyección militar. Autorizó operaciones de la DEA y fuerzas especiales en
México, Colombia y Centroamérica, incluyendo drones y asesinatos
extrajudiciales de capos (similar a la muerte de Osama bin Laden). Impuso
sanciones a gobiernos “blandos”: acusó a México de “no hacer lo suficiente” y
amenazó con designar a carteles como organizaciones terroristas, lo que
justificaría intervenciones directas. Todo eso reforzado en el habitual
espectáculo mediático: los discursos de Trump sobre decomisos récord de
fentanilo (muchos de ellos exagerados) buscan mostrar “victorias” en una guerra
perpetua. Esta estrategia no sólo persigue objetivos de seguridad, sino que
procura legitimar la presencia militar estadounidense en América Latina y
refuerza la idea de Estados Unidos como gendarme global. Esto se da el marco de
una actualización de la doctrina Monroe, mediante la cual Trump quiere reforzar
el dominio de lo que considera el “patio trasero” de Estados Unidos,
militarizando la política interamericana, dando más poder al Comando Sur y, con
más garrotes que zanahorias, subordinar a los países latinoamericanos para
garantizar, en un mundo más multipolar, que nadie desafíe el poder
estadounidense en el “Hemisferio Occidental”.
Conclusión:
¿Hegemonía o declive acelerado?
Los primeros 100 días de Trump en la Casa Blanca confirman que MAGA es
un proyecto de reordenamiento autoritario, donde la cohesión interna (vía
represión migrante y proteccionismo económico) se vincula con una agenda
exterior agresiva. Sin embargo, hay contradicciones. Fragilidad económica: los
aranceles podrían encarecer insumos y generar inflación, erosionando apoyo
popular, y hacer que países aliados diversifiquen sus vínculos económicos,
volcándose hacia la región de Asia-Pacífico; resistencias internacionales:
China
18
y otros actores no cederán fácilmente, y la guerra
arancelaria y las deportaciones tensan relaciones con aliados clave (la Unión
Europea y Canadá, entre otros); y costo político: las protestas contra las
deportaciones y el uso excesivo de la fuerza pueden desgastar al gobierno, como
ya se vislumbró en las elecciones en Wisconsin, y en masivos actos encabezados
por Bernie Sanders. Hay una fuerte caída de su popularidad en estos 100
primeros días, y su índice de apoyo es inferior al que cosechaban Bush, Obama,
Biden y el mismo Trump en su primer mandato. El presidente apuesta a que un
Estados Unidos cerrado y militarizado recuperará hegemonía, pero el riesgo es
acelerar su declive, ahondando fracturas globales e internas. La paradoja es
que Trump es mucho más poderoso que en su primer mandato, pero gobierna un país
mucho más débil que el que presidió hace ocho años. Su ofensiva, más que un
nuevo ciclo de dominio estadounidense, en realidad en el mediano plazo horadará
todavía más la fisurada hegemonía global del país que, hace 80 años, emergió
victorioso de la segunda guerra mundial.
19
Trump patea el
tablero… un tablero enclenque
Alberto Acosta
“Las acciones de Trump tienen repercusiones directas e indirectas en la
región, desde crisis económicas hasta incentivos para políticas autoritarias y
extractivistas, poniendo en riesgo avances sociales y ambientales.” Eduardo Gudynas
Con fuerza y determinación, Donald Trump dio un puntapié al tablero del
orden mundial. Por los aires saltaron varias instituciones de Naciones Unidas.
Se desvanecen las promesas de la democracia liberal, que tenía como una
destacada pieza en su vitrina la vida política de los Estados Unidos La
narrativa del libre comercio quedó aún más desnuda que antes. Y las normas
ambientales de alcance global quedaron apabulladas por las decisiones trumponianas.
En realidad, sin minimizar el brutal impacto de dichas acciones, resultado de
acciones largamente planificadas, lo que debemos tener claro es que el tablero
en donde estaba organizado el orden mundial, que hace agua por todos los
costados, era en extremo enclenque.
Centremos la atención en el tema ambiental. La postura negacionista de
Trump frente al cambio climático durante su primer mandato evita cualquier
lectura que parta por anotar sorpresa. En junio de 2017, durante su primer
mandato, una de las medidas ambientales más cuestionadas fue el retiró de los
EUA del Acuerdo de París: tratado que busca frenar las emisiones de gases de
efecto invernadero (GEI) y evitar que la temperatura del planeta aumente por
encima de 2°C con respecto a la etapa preindustrial. Luego, en campaña, anunció
una serie de medidas adicionales, que fue concretando en su hemorragia de
órdenes ejecutivas.
Con la guerra comercial y su consiguiente eco en el ámbito monetario y
financiero, que desencadena una serie de procesos recesivos tanto como
represalias comerciales y económicas, se acelera el aluvión de conflictos que
vive el mundo. El impacto de “la guerra arancelaria” en el mercado de los bonos
del tesoro de los EUA que ahonda la debilidad del dólar, acelera la búsqueda de
valores de refugio: emerge la demanda de oro con inusitada fuerza, así su valor
ya rompió largamente la barrera de los tres mil dólares por onza. Un hecho que
presiona aún más la explotación de este mineral, en el que están envueltos cada
vez más capitales del crimen organizado, muchas veces en abierta complicidad
con gobiernos y empresas mineras formales.
Con Trump se retoman los esfuerzos extractivistas (aparentemente)
represados. La repercusión del mantra: “drill, baby, drill” (perfora,
nena, perfora) de Trump alienta en su país la expansión del extractivismo
petrolero, en áreas alejadas y muy frágiles, como Alaska, o en los mares del
Ártico, incluyendo el uso de aquellas tecnologías extremas, como el fracking;
ejemplo que se expandirá en otras regiones del planeta. En paralelo, también
hay señales claras para permitir nuevamente la utilización del carbón destinado
a la generación de electricidad en el coloso del Norte; con el consiguiente eco
en otros países. Y aunque pueda parecer contradictorio, simultáneamente, Trump
no oculta el apetito imperial por minerales estratégicos, como el litio en
Ucrania, o el cobalto en el Congo, para citar apenas un par de casos concretos.
En este entreverado escenario se mantienen inalterables las presiones que
alientan los agrocombustibles, que se expanden por muchos rincones del Sur
global. Se trata, en suma, de actividades
20
extractivas que ocasionan brutales impactos sobre
seres humanos y naturaleza, así como sobre las frágiles instituciones
estatales, sea la justicia, la fuerza pública y la misma democracia.
A la mercantilización ampliada vía extractivismos se añade el
canibalismo de la creatividad de las comunidades, de las prácticas de
“cuidados” y de otras formas de reproducción no mercantiles, que engullen más y
más a la misma Naturaleza. Todo vale para mantener en funcionamiento la
“máquina idiota”: el capitalismo, que metaboliza los bienes naturales, los
procesa y agota, desecha y contamina.
Además del retiro del Acuerdo de París, y la reducción o incluso la
eliminación de los financiamientos para fondos ambientales, se suman medidas
locales que reducen el número de guardabosques en las áreas naturales, por
ejemplo. Se desarman las reglas destinadas a un manejo ambientalmente
responsable en las plantas de energía y la fabricación de automóviles que usen
energías más limpias. Caen las reglas sobre contaminación por hollín, mercurio
y cenizas de carbón. Desaparecen los impulsos para un uso más responsable del
agua potable. Se impulsa con fuerza la energía nuclear. Se trituran muchas
regulaciones ambientales adoptadas en años anteriores, en tanto se las
considera despectivamente como “políticas irracionales y cuasi-religiosas”.
Adicionalmente, Trump borra de un plumazo los flojos compromisos
internacionales, que había firmado el presidente Joe Biden en materia ambiental
y climática. De hecho, con el recrudecimiento de respuestas bélicas, como el
rearme de la Unión Europea, y de genocidios, como el de Gaza, a lo que se suma
la acción de Trump, los muy limitados esfuerzos para impulsar transiciones
energéticas corporativas destinadas a dejar atrás los hidrocarburos pierden
terreno.
Entendamos que no se trata de un paquete de decisiones aisladas o
atropelladas, carentes de sentido. Las acciones de Trump responden a una
expresión planificada, que parte de una forma de ver y asumir la realidad desde
un negacionismo climático, con una clara orientación geopolítica, liderada por
una suerte de oligarquía transnacional, cuya codicia no conoce límites.
Así, en la senda del progreso, sin importar cuántos
destrozos se provocan, tanto sociales como ecológicos, se sigue subordinando la
vida a la lógica de acumulación del capital, ahora con la intención/pretexto de
volver nuevamente grande a los Estados Unidos: MAGA (Make America Great
Again). Trump y sus compinches, no pueden ser vistos simplemente como
malvados o irresponsables. Ellos, hambrientos de poder, responden a las
demandas del capitalismo en la actual coyuntura, en concreto a las demandas de
sus negocios globales. Ellos, teniendo en la mira las exigencias de la
acumulación permanente de capital, no tienen empacho alguno para desbaratar lo
que les incomoda. Y ellos, en medio de un creciente conflicto
inter-imperialista, son los que tienen, por lo pronto, una enorme influencia en
el planeta.
Lo realmente grave es que, en Nuestra América, lejos de hacer un
esfuerzo por comprender la gravedad del momento y alentar genuinos procesos de
integración autónoma, nuestras élites buscan hasta cómo obtener “beneficios” de
“la guerra arancelaria” impulsada por Trump el día 2 de abril del presente año,
pomposamente presentado por el mandatario estadounidense como el “día de la
liberación”. En nuestros pagos, algunos de esos voceros librecambistas a
ultranza plantean aprovechar las diferencias arancelarias, pues algunos de
nuestros países solo tendrían un arancel del 10%, mientras que otros, con un
arancel del 20 o 25%, se verían en serias dificultades para sostener su mercado
en los EUA; como sucede con el banano, el cacao o los camarones, para recordar
unos cuantos productos mencionados.
Además, para intentar
paliar el impacto de la guerra de los aranceles o los efectos recesivos que
estos ocasionan a nivel mundial, se forzará, desde nuestra región,
21
un mayor suministro de materias primas —petróleo,
minerales o alimentos—, inclusive en épocas de precios deprimidos. Buscan, como
sea, aumentar o al menos sostener los ingresos provenientes de las
exportaciones primarias. Sobreoferta que beneficia a los países centrales, algo
muy conveniente para el MAGA de Trump, aunque pueda provocar una suerte de
“crecimiento empobrecedor” en nuestras economías. En síntesis, ante la ausencia
de estrategias nacionales y regionales sustentadas en la justicia social y la
justicia ecológica, la dependencia de los mercados foráneos será aún más
marcada.
Enfoquémonos en un lugar concreto, que tiene una trascendencia ecológica
planetaria: la Amazonía. Aquí el exacerbado extractivismo puede acelerar su
destrucción. Millones de hectáreas han sido ya deforestadas, incluyendo áreas
protegidas e indígenas, sea por las actividades petroleras, mineras, madereras
y de los monocultivos. Recordemos que la Amazonía —la periferia de la
periferia— es una suerte de territorio de colonización para nuestros gobiernos,
que actúan en contubernio con empresas extractivistas, en particular
transnacionales. Si ahora la voracidad del capital no se detiene ante nada,
cuál será el impacto de estos impulsos trumponianos…
En consecuencia, estos mensajes que provienen del Norte serán replicados
en nuestros países, con más y más extractivismo, mayores desmontes de la
normativa ambiental, al tiempo que se atropellan los Derechos Humanos, no se
diga los Derechos de la Naturaleza. Así, en nuestra región, muchos gobernantes
extractivistas, sumisos a la lógica de acumulación del capitalismo
metropolitano, verán en esta coyuntura una oportunidad para “respirar aliviados
al saber que se debilitan esos tratados internacionales y
agencias de Naciones Unidas que denunciaban sus incumplimientos de los Derechos
Humanos (...) Más allá de sus éxitos o fracasos, de sus verdades o sus hipocresías, esa
institucionalidad internacional brindaba defensas para muchas organizaciones
ciudadanas, sindicatos o pueblos indígenas. Todo ese entramado ahora está en riesgo”, como anota con
claridad Eduardo Gudynas (Gudynas, 2025).
Y en este contexto, con el fortalecimiento de tendencias políticas cada
vez más autoritarias, que cabalgan debilitando las frágiles democracias,
exacerbando la desigualdad social, profundizan resentimientos y miedos, se hace
posible el surgimiento acelerado de las ultraderechas, otro producto de las
demandas del capitalismo en su actual fase de recomposición y expansión.
22
¿Un nuevo orden
mundial apuntalado por el BRICS?
Elizabeth Vargas
García y Alberto Rocha Valencia
En el actual escenario internacional, asistimos a una crisis general del
orden liberal mundial fundado en 1945. No solamente finalizó el orden mundial
bipolar (implosión de la URSS) sino que también el ensayo de creación de un
orden unipolar habría fracasado. Donald Trump, en su primer gobierno
(2017-2020), comenzó a desarticular lo que se había logrado construir como
orden unipolar y, Joe Biden no pudo lograr reimpulsar dicho orden durante su
mandato (2021-2024). Pero durante estos años quedó muy en claro que estamos
ante una reconfiguración estructural del poder global (Sodupe, 2002). De manera muy
clara, desde inicios del siglo XXI, hasta el gobierno de Biden, en el mundo fue
tomando forma una polarización: Estados Unidos-Inglaterra, Unión Europea, G7 y
OTAN vs. China-Rusia y BRICS; esto es la configuración entre un Norte Global y
un Sur Global (Morales y Rocha,
2024).
El llamado Norte
Global u “Occidente colectivo”, fue el sostén del orden unipolar y de la
globalización neoliberal. A partir de finales del siglo XX, varios Estados
periféricos ascendieron a la categoría de potencias regionales, destacando
China, Rusia, India, Brasil y Sudáfrica, lo que dio origen al BRICS en 2009.
Este foro simboliza el ascenso del Sur Global y su impacto creciente en la
reconfiguración del sistema internacional.
La emergencia del BRICS ha cuestionado los pilares del orden liberal
liderado por Estados Unidos y el G7. Con el segundo mandato de Trump, ese orden
unipolar colapsó, mientras que el avance del Sur Global y los BRICS enfrentó
una respuesta confrontativa. Este trabajo examina las megatendencias que
impulsan dicho ascenso y las tensiones derivadas de la transformación del
sistema internacional.
El grupo BRICS+ y la
configuración de una nueva arquitectura internacional
El foro BRICS ha evolucionado desde su fundación en 2009, pasando de ser
un grupo informal de economías emergentes a un actor geopolítico con creciente
incidencia estructural en el sistema internacional. La ampliación del foro
hacia BRICS+ constituye una apuesta estratégica por construir un polo
alternativo de poder, apoyado en cuatro pilares:
Cuadro 1:
Características del BRICS+
|
Pilar estratégico |
Características clave |
|
|
|
|
Capital geoeconómico y recursos |
Incorporación de Irán, Arabia
Saudita, |
|
naturales |
EAU, Egipto y Etiopía; control
de rutas y |
|
|
recursos. |
|
|
|
|
Capacidad demográfica y
productiva |
Casi la mitad de la población
mundial |
|
|
(más de 2,800 millones entre
India y |
|
|
China); PIB superior al G7 en
paridad de |
|
|
poder de compra. |
|
|
|
23
|
Instituciones paralelas |
Nuevo Banco de Desarrollo;
comercio en |
|
|
|
|
monedas locales; menor
dependencia del |
|
|
|
dólar. |
|
|
|
|
|
|
Dinámica geopolítica |
Cumbres periódicas; orientación |
|
|
|
geopolítica y fortalecimiento
del grupo. |
|
|
|
|
|
|
Fuente: Elaboración propia. |
|
El grupo BRICS+ no propone un modelo cerrado de integración, sino un
marco flexible de cooperación entre potencias emergentes que buscan mayor
representación en la arquitectura global, sin abandonar totalmente los foros
tradicionales como el G20. Esto significa una alternativa al orden mundial
centrado en Occidente.
Ahora bien, se habla de un nuevo orden mundial con los BRICS porque
desafían la hegemonía de Occidente. y buscan mayor participación e influencia
en las instituciones y asuntos internacionales. Además, simultáneamente han
creado sus propios mecanismos de cooperación financiera, comercial y política
afianzando el ascenso del Sur Global (Morales y Rocha,
2025).
El contraataque de
Trump: proteccionismo, amenazas y aislamiento
El segundo gobierno de Donald Trump llegó a la escena internacional con
la decisión de echar abajo los restos del orden unipolar: cuestionamientos del
G7, del eje Atlántico, de la OTAN, de la ONU, de la OMC, de la Unión Europea,
de las guerras regionales (Ucrania, Gaza-Palestina), de la globalización
neoliberal y del Norte Global, todos estos propósitos apoyados en un programa
conservador, proteccionista (algo nacionalista), expansionista-supremacista y
xenófobo. Las acciones externas más impactantes de su gobierno son: el proceso
político diplomático para detener la guerra en Ucrania (que todavía no ha
logrado resolver, aún si ha establecido relaciones diplomáticas muy cercanas
con Rusia) y la llamada “guerra de aranceles” abierta con la mayoría de los países
del mundo (que en lo fundamental estaba dirigida contra China y que este país
ha logrado rechazarla). Entre las políticas internas han sobresalido: el
impulso de un proceso de reindustrialización para relanzar la economía interna
que ha estado acompañado de un recorte neoliberal del gasto público; la
expulsión indiscriminada y represiva del país norteamericano de la fuerza
laboral latinoamericana y caribeña (GOP Platform MAGA, 2024; Discurso
presidencial, Trump, 2025; Discurso Trump,
Davos, 2025).
Desde su primer mandato y con renovada fuerza en el segundo, Donald
Trump ha visto en los BRICS una amenaza directa a la primacía estadounidense
principalmente por dos de sus integrantes como son China y Rusia, así, su
respuesta ha estado dirigida en una doble vía tanto simbólica como práctica.
Cuadro 2: Estrategias
de Trump frente a los BRICS
|
Estrategia |
Descripción |
|
|
|
|
Narrativa confrontativa |
Califica la creación de una
moneda BRICS |
|
|
como acto hostil al dólar;
amenaza con |
|
|
aranceles del 100%. |
|
|
|
24
|
Impone aranceles punitivos a
sectores de |
|||||
|
|
China, India y Brasil, como
acero y |
||||
|
|
farmacéuticos (González, 2025). |
||||
|
|
|
|
|
||
|
Política exterior errática |
Alterno nacionalismo económico
con rechazo |
||||
|
|
al multilateralismo; genera
tensiones incluso |
||||
|
|
con India (Pérez Gallardo,
2025). |
||||
|
|
|
|
|
|
|
Fuente: Elaboración
propia.
Todo esto implica un debilitamiento del soft power (o
poder inmaterial) ya que estas acciones reflejan una estrategia de contención
que prioriza la intimidación antes que la negociación, debilitando el atractivo
internacional de EUA y abonándolo a el bloque, al contrastar de frente el
pragmatismo de cooperación de los BRICS+. Percepciones que cada vez establecen
una diferencia notoria que da como resultado la creación de nuevas alianzas.
El Sur Global entre
la afirmación estratégica y las fisuras internas
Si bien los BRICS comparten una crítica común al orden occidental, el
foro no es homogéneo. Existen diferencias profundas entre sus miembros en
cuanto a sus vínculos con Estados Unidos, sus prioridades regionales y su
modelo de desarrollo. Sin embargo, estas divergencias no han impedido la
creación y consolidación de un discurso unificado en favor de lo siguiente:
Cuadro 3: Propuestas
estratégicas de los BRICS
|
Línea estratégica |
Contenido |
|
|
|
|
Reforma de la gobernanza global |
Proponen una arquitectura
global más |
|
|
inclusiva; cuestionan
instituciones como el |
|
|
FMI y el Consejo de Seguridad. |
|
|
|
|
Comercio en monedas locales |
Impulsan acuerdos bilaterales
en monedas |
|
|
nacionales para sortear
sanciones |
|
|
occidentales. |
|
|
|
|
Agenda climática y desarrollo
sustentable |
Buscan liderazgo en temas
climáticos y |
|
|
sustentables; destacan
compromiso en la |
|
|
COP30. |
Fuente: Elaboración
propia.
Ahora bien, los BRICS+ se posicionan de manera crítica al orden unipolar
y neoliberal, muy claramente por sus posturas neodesarrollistas y
neoindustrializantes, así como de impulso del bienestar de la población de sus
países; también destacan por sus propuestas multilaterales, multipolares,
regionales y pluricivilizacionales. En otras palabras, en China-Rusia, en los
BRICS+ y el Sur Global existe una propuesta de nuevo orden mundial. Esta
propuesta de nuevo orden mundial no está en sintonía con las acciones
desplegadas en el ámbito internacional por el gobierno de Donald Trump.
Conclusiones
El enfrentamiento
entre el gobierno de Trump y los BRICS no es anecdótico, sino estructural.
Representa el choque entre un modelo de orden basado en la hegemonía
25
unipolar y en la búsqueda del liderazgo a ultranza
y otro orden en construcción que reclama pluralidad de voces, soberanía
estratégica y gobernanza inclusiva, es decir se conforma como la alternativa a
lo establecido.
Trump ha respondido con agresividad, pero su política está generando más
resistencia que sumisión. En el mediano plazo, las estrategias de intimidación
corren el riesgo de aislar aún más a Estados Unidos frente a un Sur Global cada
vez más articulado, ambicioso y propositivo.
Ahora bien, el cuestionamiento que surge a estas alturas no es si los
BRICS lograrán reemplazar al G7, sino más bien, cómo contribuirán a un sistema
internacional más equilibrado, y si Occidente, en particular Estados Unidos,
será capaz de adaptarse a las nuevas reglas del juego que se están
configurando. Todo indica que es muy posible que se configure un nuevo orden
mundial desde el Sur Global, con China-Rusia y los BRICS.
26
Aranceles: Lawfare como aplicación “universal” de la ley de Estados
Unidos
Aníbal García
Fernández y Silvina Romano
Donald Trump regresó a la presidencia de Estados Unidos con la promesa
de “aranceles para todo el mundo”. La novedad era la extensión mundial, porque
los aranceles como parte de la guerra comercial comenzaron en 2017, contra
países considerados enemigos: China, Rusia, Irán, Venezuela. La imposición de
aranceles, al igual que las sanciones económicas, son una expresión de la
extraterritorialidad de la ley estadounidense (en otras palabras: el modo en
que la ley de EUA se aplica a cualquier territorio del planeta).
Junto con las sanciones económicas, los aranceles representan una
dimensión del lawfare que tiene por objetivo sabotear las
relaciones comerciales, financieras (como se reflejó en la caída de
las bolsas, que han perdido más de lo que perdieron en la crisis económica de
2008) y se utilizan como herramienta de poder blando con fines políticos y
geopolíticos, presionando a los demás países para que ajusten sus reglas a los
marcos normativos e intereses estadounidenses. Esto impacta de inmediato a
países periféricos que tienen menos herramientas para negociar (Observatorio Lawfare y CLAJUD,
2024).
IEEPA y el uso
extraterritorial de la ley
En 1917, durante la primera guerra mundial, el gobierno estadounidense
promulgó la Ley de Comercio con el Enemigo y el Congreso otorgó poderes al
poder Ejecutivo para bloquear propiedad enemiga, regular transacciones
financieras y licencias para comercio. La ley estuvo vigente hasta la década de
los setenta, cuando dio paso a la Ley de Poderes Económicos de Emergencia
Internacional (IEEPA) en 1977 (al calor de los escándalos de Watergate,
la crisis por la guerra en Vietnam y la crisis del dólar).
Una de las diferencias entre la ley de comercio y la IEEPA son los
límites a los poderes presidenciales: presentación anual de una declaración
para continuar con la declaratoria de emergencia nacional y justificación de la
emergencia nacional. Por su parte, el Congreso se facultó para revocar las
acciones de la IEEPA sin que estuviese sujeta a veto presidencial. Esta última
disposición fue modificada y aunque el Congreso mantiene la facultad de revocar
la IEEPA, nunca lo ha hecho desde que fue creada en 1977.
Desde que el expresidente Jimmy Carter usó la IEEPA hasta la presidencia
de Joe Biden, el periodo que va de Bill Clinton a Biden, la IEEPA ha sido
invocada 167 veces, esto es el 82.7% desde su creación (CRS, 2024). Este período coincide con varios
procesos mundiales, uno de ellos es la globalización comercial a partir de la
apertura comercial que implicaron los TLC, pero también con el declive
hegemónico estadounidense y la mayor disputa comercial con varios países. Por
otro lado, la aplicación de la IEEPA es la forma que han encontrado los
presidentes de EE. UU. para aplicar sanciones económicas sin necesariamente
pasar por el aval del Congreso estadounidense. O sea, es una medida
antidemocrática y expresión de la presidencia imperial.
27
Gráfica 1. Uso de la
IEEPA por presidentes de Estados Unidos
Fuente: CRS, 2024.
Además de las invocaciones a la IEEPA, destaca que, desde la década de
los ochenta, la extensión promedio de las emergencias nacionales ha ido
creciendo de 4 a 15 años. Los países de América Latina sobre los que se ha
invocado la IEEPA son Nicaragua (1985 y 2018), Panamá (1989), Haití (1993),
Colombia (1995) y Venezuela (2015).
Gráfica 2. Duración
promedio de las emergencia que citan a IEEPA
Fuente: CRS, 2024.
Sin embargo, cabe la
pregunta: ¿La IEEPA permite imponer aranceles a otros países? La letra de la
Ley dice que no. Quien tiene esas facultades es el Congreso de Estados Unidos,
según la propia constitución en el artículo 1 sección 8 se enumeran las facultades
del congreso y
28
respecto al comercio menciona que su atribución es
“Regular el comercio con las naciones extranjeras, y entre los varios Estados,
y con las tribus indias”.
Ante este escenario, hay doce estados federales que impugnaron la
imposición de aranceles ante la Corte de Comercio Internacional de EUA. Los
estados son Oregon, Arizona, Colorado, Connecticut, Delaware, Illinois, Maine,
Minnesota, Nevada, Nuevo México, Nueva York y Vermont. La demanda menciona que
“al reclamar la autoridad para imponer inmensos y cambiantes aranceles sobre
cualquier bien que ingrese a Estados Unidos que él elija, por cualquier razón
que considere conveniente para declarar una emergencia, el presidente ha
trastocado el orden constitucional y ha traído caos a la economía
estadounidense” (Los Angeles Times, 2025). A dicha demanda se
suma la que interpuso el demócrata Gavin Newsom de California por la pérdida
millonaria de ingresos.
Migración y fentanilo
para imponer aranceles
La justificación de la “emergencia nacional” para imponer aranceles a
Canadá, México y China fue la migración y los precursores de fentanilo. Según
la Hoja Informativa del 1 de febrero de 2025: “President
Donald J. Trump Imposes Tariffs on Imports from Canada, Mexico
and China”, se menciona que continúa el flujo de fentanilo hacia Estados
Unidos. y que las “autoridades
chinas no han tomado las medidas necesarias para frenar el flujo de precursores
químicos a cárteles criminales conocidos ni para desmantelar el lavado de
dinero por parte de organizaciones criminales transnacionales”.
Respecto a la migración, menciona que 10 millones de extranjeros
intentaron entrar a EUA durante la administración Biden, muchos de ellos chinos
y personas en la lista de vigilancia del terrorismo. Y no solo es la frontera
con México, también con Canadá. Lo cierto es que desde 2019 las detenciones de
migrantes han incrementado sustancialmente. De 2019 a 2024 se reportaron 2.7
millones de detenciones y más de medio millón de deportaciones y 6.3 millones
de migrantes se han quedado en territorio mexicano. Con respecto al fentanilo,
como ha reconocido la propia Drug Enforcement Administration (DEA),
desde 2021 la potencia de las dosis de fentanilo ha disminuido y las muertes
por sobredosis han disminuido en un 14.5% entre 2023 y 2024, según información
de los Center for Disease Control and Prevention (CDC).
De modo que, si bien la cuestión migratoria y el ingreso de fentanilo
son reales, la “emergencia nacional” habilita y legaliza una serie de acciones
con claros fines geopolíticos en un contexto de pérdida de hegemonía y mayor
competencia con China.
29
AMÉRICA LATINA
Y EL CARIBE DE CARA
AL PANAMERICANISMO TRUMPISTA
Trump contra la
amenaza "narco-migrante-terrorista"
Tamara Lajtman
La segunda administración de Donald Trump ha intensificado una narrativa
de securitización que amalgama migración, narcotráfico y terrorismo bajo un
mismo espectro de amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos.
El 20 de enero de
2025, Trump declaró un estado de emergencia nacional al equiparar la migración
con una "invasión", habilitando así el despliegue de tropas en la
frontera y la implementación de expulsiones aceleradas sin las garantías del
debido proceso. Poco después, promulgó la Ley Laken Riley, que permite al
gobierno federal detener a migrantes basándose en acusaciones, incluso sin
condenas formales por delitos menores. Durante sus primeros 100 días de
gobierno, la administración Trump aprobó 181 medidas ejecutivas específicas
para la migración, un número significativamente mayor a las 94 medidas
implementadas por Biden en el mismo período y seis veces más que las menos de
30 adoptadas durante los primeros 100 días de su primer mandato.
Las deportaciones desde Estados Unidos en vuelos militares con los
migrantes encadenados y esposados generó tensiones diplomáticas con algunos
países receptores, como Colombia, produciendo una disputa pública entre Gustavo
Petro y Donald Trump, que amenazó con una crisis comercial. Las tensiones con
México, a partir de la imposición de aranceles, fueron orientándose a la
negociación con la presidenta Claudia Sheinbaum, con repatriaciones de
mexicanos en condiciones de seguridad humanitaria y exceptuando la política de
tercer país seguro establecida desde la anterior administración de Trump.
Por otro lado, en
Centroamérica, Trump logró cerrar acuerdos estratégicos. El 17 de febrero de
2025, el secretario de Estado Marco Rubio concretó pactos con Panamá, El
Salvador y Guatemala para facilitar las deportaciones. Panamá, por ejemplo,
permitió que la base aérea de Nicanor se utilizara como punto de partida para
vuelos financiados por Estados Unidos, como el que trasladó a 119 migrantes
asiáticos el 13 de febrero. En El Salvador, a cambio de una tarifa, se aceptó
recibir únicamente “convictos” de cualquier nacionalidad, incluso
estadounidenses.
Aunque este endurecimiento de la política migratoria es presentado como
un cumplimiento de sus promesas de campaña, las cifras indican una realidad
diferente. Durante su primer mandato, Trump deportó a 1.2 millones de personas,
muy por debajo de los 3.1 millones de deportaciones realizadas durante la
administración de Barack Obama, conocido como el "deporter-in-chief".
Además, en los primeros tres meses de 2025, el promedio diario de deportaciones
bajo Trump (661) fue incluso menor al registrado durante el mismo periodo bajo
Biden en 2021 (742 deportaciones diarias).
La promesa de Trump de deportar un millón de personas al año, de
concretarse, tendría un impacto económico devastador, con una potencial pérdida
de hasta siete puntos porcentuales del PIB para 2028.
Expansión del marco
antiterrorista
Son varios los elementos que enmarcan continuidad en el uso de
herramientas propias de la lucha antiterrorista. La militarización de
fronteras, el uso de centros de detención extraterritoriales como Guantánamo y
el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador se
complementan con la movilización de recursos militares, como el uso de
aeronaves para operaciones de deportación.
31
El 20 de febrero, Trump llevó a cabo una de sus
acciones más controvertidas al clasificar a seis cárteles mexicanos, al Tren de
Aragua y a la Mara Salvatrucha como Organizaciones Terroristas Extranjeras
(FTO, por sus siglas en inglés). Esta designación otorga facultades como la
congelación de activos, el rastreo de financiadores, el despliegue de
inteligencia y la aplicación de disposiciones legales que penalizan el “apoyo
material” a estas organizaciones bajo la Ley Patriota de 2002. Sin embargo,
esta clasificación no autoriza ataques militares dentro del territorio de otros
Estados, como México, sin el consentimiento expreso de sus gobiernos.
En una acción relacionada, el 15 de marzo, Trump invocó la Ley de
Enemigos Extranjeros de 1798, utilizada por última vez durante la Segunda
Guerra Mundial, para deportar a 261 ciudadanos venezolanos sin audiencia
migratoria, acusándolos de pertenecer al Tren de Aragua. La medida se justificó
bajo la designación de este grupo como FTO. Sin embargo, funcionarios de ICE
admitieron que muchos de los deportados no tenían antecedentes penales, y que
criterios arbitrarios, como la presencia de tatuajes, fueron utilizados para
determinar las deportaciones.
La estigmatización de los flujos migratorios venezolanos no es nueva,
sino parte de una narrativa que se intensificó con la declaración de Venezuela
como una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de
Estados Unidos” mediante la Orden Ejecutiva 13692 emitida por Barack Obama el 9
de marzo de 2015.
El vínculo con la Guerra contra el Terror y la Ley Patriota de 2002 es
evidente en prácticas como el secuestro de estudiantes extranjeros con visas o
tarjetas de residencia permanente, quienes han expresado solidaridad con el
pueblo palestino.
¿Lawfare Migratorio?
Ante este escenario es clave observar el rol que tiene el poder judicial
estadounidense. Hasta fines de abril el gobierno enfrentaba al menos 50
impugnaciones legales con múltiples demandantes contra sus políticas
migratorias. La “violación del debido proceso” es uno de los pilares del lawfare y
hay ejemplos concretos de tensiones con respecto a la aplicación de la ley en
las deportaciones.
Por ejemplo, el 22 de abril en Manhattan, el juez federal Alvin
Hellerstein extendió temporalmente una orden que bloquea las deportaciones de
inmigrantes detenidos en el Distrito Sur de Nueva York. Este fallo, basado en
la necesidad de garantizar el debido proceso, subrayó que la aplicación de la
Ley de Enemigos Extranjeros podría entrar en conflicto con las protecciones de
la Octava Enmienda de la Constitución, que prohíbe los castigos crueles e
inusuales. Decisiones similares se observaron en otras jurisdicciones. El
tribunal federal de Denver, Colorado, concedió una orden de restricción
temporal que exige notificar con 21 días de anticipación a los inmigrantes
venezolanos sujetos a deportación, además de informarles sobre su derecho a
impugnar la medida.
Sin embargo, hay fallos que evidencian una postura más alineada con las
políticas de la administración. El 7 de abril, la Corte Suprema emitió dos
fallos que, aunque incluían orientaciones sobre el debido proceso, avalaron las
acciones de deportación del gobierno.
El legado de
gobiernos anteriores
Las políticas migratorias de Trump 2.0 intensifican la violencia y la
criminalización de una estrategia que, desde hace décadas, ha sido diseñada
para controlar el flujo de mano de obra migrante y frenar el crecimiento de
esta población, que en algunos Estados amenaza con convertirse en mayoría
demográfica. Estas políticas son el resultado de un legado construido por
administraciones previas que han sentado las bases para el actual estado de
securitización y militarización.
A continuación, se
destacan algunos hitos clave:
32
● George W. Bush (2001–2009): Luego del
11S promovió la Ley Patriota y creó el Department of Homeland Security,
fusionando la lucha antiterrorista con el control migratorio. Se deportaron 2
millones de personas y se construyeron 700 millas del muro fronterizo y fue
lanzada la Iniciativa Regional de Seguridad para América Central (CARSI).
● Barack Obama
(2009–2017): Conocido como el "deporter-in-chief", registró un
récord de 3.1 millones de deportaciones. Muchas de estas se realizaron bajo el
programa Secure Communities, que permitía la colaboración entre
policías locales y autoridades migratorias para detener a migrantes por delitos
menores. Otorga más financiamiento a la CARSI y lanza la Alianza para la
Prosperidad del Triángulo Norte.
● Donald Trump
(2017–2021): Separación de familias en la frontera; programa "Quédate en
México". Orden ejecutiva sobre prevención del terrorismo y suspensión del
programa de refugiados. Implementó expulsiones masivas bajo el pretexto del
COVID-19, bajo el Título 42.
● Joe Biden (2021–2025): Aunque prometió
un enfoque más humanitario, su administración mantuvo el uso del Título 42, con
el cual expulsó a 2.8 millones de migrantes. Hubo récord de menores detenidos:
más de 400 mil. Incrementó significativamente el presupuesto de las agencias
ICE y CBP.
En un contexto de acelerado declive hegemónico, Estados Unidos ha
reeditado constantemente la fusión entre las estrategias de antiterrorismo y la
guerra contra el narcotráfico. Este enfoque encuentra su máxima expresión en la
narrativa del "narcoterrorismo", que desde finales de los años 90 ha
justificado un espectro de políticas de seguridad altamente militarizadas,
sostenidas por un constante flujo de asistencia extranjera, entrenamiento y
equipamiento proporcionado por Washington a las fuerzas policiales y armadas de
la región.
Estas políticas incluyen reformas legales que facilitan la intervención
de las Fuerzas Armadas en funciones de orden interno, la promulgación de leyes
antiterroristas y figuras como el “Estado fallido”, que no solo perpetúan
esquemas represivos y violatorios de derechos humanos, sino que también
consolidan la dependencia de América Latina respecto al aparato de seguridad
estadounidense, mientras se refuerza una narrativa que criminaliza a las
poblaciones migrantes.
33
El regreso de los
piratas del Caribe
Carlos Oliva Campos
Partiendo del rediseño del tablero geoestratégico mundial planteado por
la nueva Administración Trump en sus primeros 100 días, se aprecia como nuestra
región ha sido reposicionada bajo el sello de ser responsable de algunos de los
principales problemas de seguridad, que deben ser atendidos de inmediato. Aquí
se reiteran las añejas visiones parciales que han caracterizado a las
relaciones interamericanas desde siempre. Sus miradas críticas al sur del
hemisferio, siempre han sido para reclamar errores y castigarlos, según qué
parte del arsenal de reacciones estadounidenses demande la coyuntura concreta.
Pero, de la larga historia interamericana, fueron acumulándose
constantes surgidas de las muy conocidas construcciones ideo-políticas que han
erigido un imaginario sobre Nuestra América que nos ha restado identidad,
autonomía, soberanía nacional e independencia. Y, ahora, nuevamente en el
discurso del actual presidente Trump, con sus explícitos deslices y alegorías
incluidas, vuelven a navegar los piratas del Caribe el Mare Nostrum,
entendido como de ellos, ahora con la provocadora adición del “Golfo de América”.
El Destino Manifiesto, la Doctrina Monroe, el Gran Garrote, vuelven a resonar
en la nueva avalancha estadounidense sobre la región.
Podría pensarse que la Administración Trump II está mostrando ahora una
mayor claridad en cuanto al programa político que lo llevó a su primera
presidencia, “América —léase Estados Unidos— primero”. Apoyado en su ya
conocido discurso incendiario y desafiante de actuar, ahora transpirando
también su espíritu revanchista, Trump o a Trump, le están diseñando un nuevo
mapa geopolítico, cuya diferencia más notable es redireccionar las prioridades
de la política exterior bajo su mandato. Llama la atención el énfasis de su
proyecto partiendo desde la solución a problemas domésticos que identifica y
están interconectados con el exterior. Una agenda en la que muchos de sus temas
centrales actúan desde sus dos aristas interconectadas, la doméstica y la
transnacional.
En consecuencia, las afectaciones y amenazas para sus vecinos
colindantes y su entorno hemisférico inmediato, la Cuenca del Caribe - al menos
por ahora – ya están planteadas. Un proyecto geopolítico que retoma su gran
preocupación central por China; que redimensiona la importancia geoestratégica
del Ártico; que presiona a Europa desde la doble demanda de aumentar
significativamente sus aportes a la OTAN y cargar con el peso de la era de la
proyectada postguerra en Ucrania. Una revisión de las relaciones con Rusia que
parece esperanzadora, por la decisión explícita de impulsar en el corto plazo
un acuerdo de paz para el conflicto Ucrania (Occidente colectivo) – Rusia.
Pero, aunque se logre este importante paso, la agenda ruso-estadounidense es
mucho más amplia y profunda y no parece incluida.
Trump vuelve a encontrarse en su regreso a la Casa Blanca con un
gobierno progresista en su frontera sur y las líneas de confrontación bilateral
han aparecido rápidamente. En su proyecto de gobierno la reversión de los
números de migrantes en Estados Unidos y el despliegue de operativos antidrogas
a gran escala están entre sus prioridades de esta agenda dual,
doméstico–internacional. Sobre ambos temas se imponen comentarios
introductorios, por su enorme complejidad. Cuando se va al estudio de las
raíces de las migraciones internacionales, un factor inherente al humano
34
desde que surgió a la vida en el planeta, esto ha respondido a un
conjunto de razones que reaccionan ante coyunturas concretas a lo largo del
tiempo, pero no pierden su matriz. Problemas medioambientales, necesidad de
garantizar los recursos alimentarios esenciales, el acceso al agua, mejorar las
condiciones de vida y trabajo y un tema siempre recurrente, escapar de la
violencia en toda su diversidad de expresiones, han sido el sustento
justificativo de esos enormes esfuerzos humanos, llenos de peligros y con
grandes costos de vidas.
Los éxodos migratorios hacia Estados Unidos mediante las diversas rutas
abiertas a lo largo del hemisferio, no son en nada ajenos a esa historia. La
inmensa mayoría de los migrantes huyen de sus países buscando nuevas
oportunidades económicas y evitar ser víctimas de las violencias domésticas que
se profundizan en sus diversas sociedades. Estados Unidos es una nación con más
de 40 millones de migrantes de origen latinoamericano. Búsquese cuánto aportan
en sectores económicos despreciados por muchos estadounidenses como la
agricultura, los servicios comunales, los servicios gastronómicos y, en
general, la esfera de los servicios menos remunerados. Si bien esta población
envía enormes cantidades de remesas a sus naciones de origen, aportan
numéricamente mucho más a la economía estadounidense.
El tema de las drogas
y el narcotráfico significa hoy uno de los peores males que enfrenta la
sociedad humana contemporánea. Pero, en el caso de Estados Unidos y México es
obligatorio anotar algunos comentarios inevitables. Ninguno de los dos actores
está exento de responsabilidades y en los años recientes bajo dos gobiernos de
MORENA, hay que considerar muy seriamente la gravedad de la situación nacional
que heredaron con respecto a los poderes acumulados por los carteles de la
droga; el agravamiento de la miseria como factor que hace presa de los narcos a
mucha población, bien por hambre, aspiraciones sociales mal imaginadas o miedo;
y la corrupción en el país, un mal incontrolable impregnado en muchas esferas
de la vida nacional. Juzgar si las políticas de los gobiernos de MORENA han
sido tímidas, conciliatorias o efectivas, sería destinar un espacio aparte para
un tema tan controversial lleno de aristas diversas.
En cuanto a Estados
Unidos, preguntémonos cómo ayuda a un combate real de ese flagelo al país con
el mayor mercado consumidor del mundo. El país que mayor cantidad de armas
fabrica y vende con facilidades al público. El país de origen de la mayoría de
las armas que manejan los soldados de los carteles mexicanos. El país que
aporta las tecnologías más diversas para que esos carteles sean cada vez más
sofisticados y creativos a la hora de producir sus drogas o encubrirlas para
hacer efectivas y exitosas sus redes del narcotráfico. El país que no puede
garantizar que todos sus funcionarios públicos estén limpios ante el enorme
caudal de dinero que mueven las drogas o el propio vicio de consumirlas. El
país que no puede garantizar que al interior de sus elites y de los círculos de
sus familias y amigos se consuman drogas y cometan delitos graves. En
definitiva, el tema de las drogas en todas sus facetas, producción,
distribución y consumo está entre los mayores pendientes de solución o manejo,
tal vez mejor decir por el género humano, y Estados Unidos no puede culpar solo
a las causas externas.
Muy preocupante es la declaración del gobierno estadounidense sobre el
carácter terrorista de los carteles de la droga, con las amenazas de
intervención militar incluidas. Esperemos que, aunque desmedida y muy peligrosa
por todas las implicaciones que puede tener, sea solo un recurso para presionar
a un gobierno mexicano que defiende a toda costa el diálogo bilateral y tendrá
que manejar cuidadosamente sus siguientes pasos en este terreno.
35
El tercer tema que afecta a México de la agenda de
Trump II es el comercial, planteado por ahora a través de la guerra arancelaria
que ya parece global, declarada por el magnate presidente pero que tiene un
largo trecho por recorrer, como todos. Sancionar a los empresarios mexicanos
más que al propio gobierno resulta un arma de doble filo. Y ya se está viendo
con el caso de Canadá, proclamado por Trump en sus inevitables desatinos como
el lógico estado número 51 de la Unión. Justin Trudeau, antes de ceder su cargo
y el actual Primer Ministro, el liberal Mark Carney, han sostenido una posición
crítica y de resistencia a las absurdas declaraciones de Trump y las medidas de
respuesta no se han hecho esperar, golpeando duramente el comercio bilateral
con el incremento mayor de los aranceles a productos estadounidenses. El camino
de las negociaciones debe imponerse, pero esperemos por una moderación en esa
perversa manipulación, que tanto parece disfrutar el actual inquilino de la
Casa Blanca.
Por supuesto, el tema Cuba no puede faltar en esta historia de piratas.
No siendo una prioridad de la agenda política internacional, se vuelve a
permitir que políticos “descendientes” de cubanos, siempre muy beneficiados de
la existencia de la Revolución Cubana en la isla, para construirse carreras
políticas y fortunas, se encarguen de promover las acciones contra la nación
caribeña.
Otro país que está bajo el fuego discursivo y amenazante de Trump es
Panamá, teniendo en su canal interoceánico la gran manzana de la discordia. Ya
en este caso aparece la mención explícita a China, en cuanto a acusaciones de
la participación de consorcios de Hong Kong en dicho enclave. Los peligros se
ciernen sobre la nación istmeña cuando se habla de la necesidad de ocupar
militarmente el canal para defenderlo, obviamente sin poder mencionar a ningún
enemigo invasor.
Y se van esclareciendo los propósitos de Trump cuando se cuestionan los
altos aranceles que dice no merecen pagar los navíos estadounidenses que
transitan por el canal. En definitiva, la presión política que se está
ejerciendo sobre el gobierno panameño es muy fuerte y hay que seguir muy de
cerca hasta dónde quiere llevar la administración Trump un tema tan delicado,
que podría desestabilizar toda el área.
Pero, lejos de abandonar el caso panameño analicemos otros intereses y
motivaciones en juego sobre Panamá por parte de esta segunda administración
Trump, relacionados con los ya mencionados temas de la migración y las drogas.
La conexión geográfica de la selva del Darién con Panamá viene cumpliendo desde
hace muchos años la doble función de rutas de migrantes en su largo camino
hacia la frontera estadounidense y del traslado de cargamentos diversos de
drogas de grandes productores del sur como Colombia, Ecuador y Bolivia.
Esto ha venido a
reafirmarse con Trump, acreditando el rol que puede desempeñar el Comando Sur
de Estados Unidos en el combate al narcotráfico y el intento por regular las
migraciones. La amenaza de militarización de esa compleja zona parece poco
creíble, pero el hacerla objetivo de operaciones especiales enciende las
alarmas.
Un dato adicional parece ser la combinación de tropas regulares
estadounidenses y los famosos contratistas de las guerras de Iraq y Afganistán.
Recuérdese que ya el presidente Novoa autorizó, por una parte, el
establecimiento de una base militar estadounidense en Las Galápagos, mientras
que por otra, se habla de contratar empresas estadounidenses de seguridad para
que ayuden a enfrentar el desbordado crimen organizado que asola a Ecuador.
36
La integración
latinoamericana frente al “America First”
Lourdes Regueiro
Esperar de un gobierno estadounidense un apoyo explícito o tácito a la
integración regional genuinamente latinoamericana y caribeña es un absurdo. Las
propuestas asociativas regionales sin la presencia de Estados Unidos
históricamente han provocado sus suspicacias y resistencias. No obstante, los
matices en las proyecciones políticas del gobierno estadounidense cambian en la
forma de hacer resistencia a proyectos asociativos que, según su percepción,
comprometen sus intereses.
Para adentrarnos en el tema que nos convoca, es importante identificar
la relación entre la posición doctrinaria sobre el multilateralismo del núcleo
duro del gobierno de Trump y la proyección hacia esquemas asociativos de
carácter multilateral en la región.
La política que anima al actual gobierno de Estados Unidos, mantiene,
profundiza e implementa tanto en la política doméstica como en la exterior la
idea de “America First”. Ese es el lineamiento orientador de la política
para impulsar su proyecto de Estados Unidos como nación MAGA (Make America
Great Again). Estas ideas acompañan a Trump desde su primera
administración, pero en su segundo mandato llegan reforzadas con una retórica
muy agresiva y con un plan de acción para lograr resultados en el corto plazo.
America First muestra su aversión por las reglas y organizaciones
internacionales bajo el supuesto asumido de que las normas, organizaciones y
acuerdos multilaterales de diferente alcance pueden obstaculizar la consecución
del interés nacional de Estados Unidos o, sencillamente, ocasiona más gastos
que beneficios. Por esta razón da preferencia a nuevos acuerdos bilaterales
(que pueden negar o enmendar la letra de los anteriormente firmados) y sin
sonrojos se ha retirado de organismos multilaterales de alcance global. Con
esto se quiere enfatizar la existencia de una posición doctrinal hacia lo
multilateral y la prioridad a la vía bilateral.
Esta proyección doctrinal se extiende a los procesos asociativos de
carácter multilateral existentes en la región. Pero no se trata sólo de la
extensión de una política general a la región. Estados Unidos no ha reconocido
como interlocutor a ninguno de los procesos asociativos que no tienen un
carácter esencialmente comercialista y que incorporan, aunque fuera, formas
básicas de concertación política. Por tanto, la Comunidad de Estados
Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Unión de Naciones Suramericanas
(UNASUR) y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América - Tratado
de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) no han sido consideradas por ese país
como una instancia de diálogo, sino como instancias a mantener bajo vigilancia
y en la medida de lo posible desarticularlas utilizando para ello a gobiernos
aliados.
Lo más cercano a un reconocimiento tácito de la CELAC por parte de
Estados Unidos ocurrió en enero de 2023 cuando el entonces presidente Joe Biden
envió a su asesor especial para las Américas, Christopher Dodd, a la Cumbre de
la CELAC en Buenos Aires.
Si bien no se han encontrado registros de declaraciones explícitas de
Trump o Marco Rubio sobre la CELAC o la UNASUR, existen señales históricas
claras que permiten inferir la incompatibilidad de las posiciones de estas
organizaciones con la
37
proyección política de la actual administración. Baste recordar que,
cuando en 2017 Trump sugirió la posibilidad de una intervención militar en
Venezuela, hubo posicionamientos desde el MERCOSUR y otros miembros de UNASUR
que recuperaron el diálogo y la negociación como únicas vías para resolver
conflictos y discrepancias. De igual manera, la reafirmación de América Latina
y el Caribe como zona de paz contradice las amenazas intervencionistas para
retomar el control del Canal de Panamá. Y por último, hay que mencionar la
propia existencia del Foro CELAC-China en un contexto en que la contención del
país asiático está en el foco de atención de la política estadounidense.
Aunque no es posible anticipar con rigurosidad cómo va a responder
Estados Unidos a las posibles reacciones de la región frente a sus políticas,
resulta claro que el tema arancelario —con sus marchas, contramarchas y
adecuaciones— y el migratorio con las deportaciones, serán rasgos distintivos
de la administración Trump 2.0.
Un análisis muy
elemental de los efectos de estas políticas nos lleva a mayores obstáculos para
acceder al mercado estadounidense frente a lo que la lógica común apunta sobre
la necesidad de diversificar los mercados de destino de las exportaciones regionales
y la necesidad de reestructurar la posición de países de la región en cadenas
de suministros; por su parte las deportaciones anunciadas, además del
consiguiente malestar por la interrupción del proyecto de vida elegido por los
migrantes, auguran una sensible reducción de las remesas que cancela fuentes de
ingresos para miles de familias de varios países emisores de migrantes.
Con independencia de tácticas de gestión de daños que en el camino pueda
desarrollar Estados Unidos, los países de la región -unos más tímidamente,
otros de manera más decidida- exploran alternativas de relación con el resto
del mundo. Esta búsqueda teóricamente puede emprenderse a través de los
esquemas asociativos o de manera independiente. La ruta multilateral regional
parecería la más lógica, pero se privilegia la opción de reafirmar las
identidades resultantes de la fragmentación política relegándose la posibilidad
de construir consensos en temas de interés común, como lograr una declaración
de rechazo frontal a una política interesada en reconstruir la supremacía
yanqui, sin importar a costa de qué, ni la transgresión de acuerdos y
compromisos contraídos por gobiernos anteriores.
Las reacciones de los países han sido disímiles. La Declaración de la IX
Cumbre de la CELAC (Tegucigalpa, 2025) alcanzó consensos “mínimos”, y no fue
firmada por tres países. México, ante la insensata política arancelaria de
Trump plantea diversificar sus relaciones con la región. Desde UNASUR se
perciben intentos de revitalizar la organización, pero no existen señales
claras de cuán cercano o lejano será su perfil con el que le dio origen,
incluso existen noticias de un posible cambio de nombre: en ello tendrá
incidencia la correlación política resultante de los procesos electorales
próximos.
En este contexto
complicado, dos actores extra-hemisféricos también afectados por la política de
Trump, pueden ver con interés renovado a América Latina y el Caribe como un
espacio para amortiguar los efectos de las políticas estadounidenses: la Unión
Europea y China.
Europa -desplazada como segundo socio comercial de la región, rezagada
tecnológicamente, experimentando fisuras y resistencias en torno a la
implementación de sanciones a Rusia y un nuevo mandato de Trump en el que su
papel como aliado se ve impugnado por un proteccionismo agresivo y el recorte
del apoyo a la guerra en Ucrania- prevé que a la competencia china se suma una
relación difícil con Estados Unidos. En este escenario, la búsqueda de vías
para garantizar apoyos políticos, acceso a mercados, cadenas de suministro
seguras, en especial las que tributen a la transición digital y energética y
abran espacios a las empresas europeas, sugiere que América
38
Latina y el Caribe puede contribuir a neutralizar
el impacto negativo del contexto actual. En esa perspectiva impulsa la
iniciativa Global Gateway y se plantea la modernización de los
acuerdos suscritos con las subregiones. Los acuerdos modernizados están
dirigidos a ampliar el acceso a los mercados latinoamericanos y caribeños de
los productos europeos, garantizar el suministro de recursos estratégicos
críticos, lograr el trato nacional a la inversión europea y la participación en
la licitación de contratos públicos. De este contexto derivan escenarios de
cooperación UE-ALC; de competencia geopolítica con China; de alineamiento
fragmentado/polarizado.
China ha captado las necesidades y los déficits para el desarrollo de la
región, convirtiéndose en pocos años, en el segundo socio comercial de América
Latina y el Caribe (para muchos ya es el primero), uno de los principales
inversionistas, suministrador de tecnologías y equipos tecnológicos, y un
importante emisor de cooperación. Su proyección hacia la región la desarrolla
por la vía bilateral con la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) y por la
multilateral a través del Foro China-CELAC. A pesar de las presiones y amenazas
de Estados Unidos, la mayor parte de los países de la región ha optado por el
no alineamiento activo (no involucrarse en la disputa estratégica entre ambas
potencias). No obstante, es previsible que la política de presión para contener
a China logre sus objetivos en algún país, como ya ocurrió con Panamá y su
defección del BRI, pero como tendencia en la medida que la política
estadounidense se torne más asfixiante, China puede ser un factor de equilibrio
compensatorio, aunque ello pudiera perfilar un escenario de fragmentación
geopolítica.
En resumen, la
política de la administración Trump 2.0 estimulará la expansión diversificada
de los mercados de América Latina y el Caribe para compensar las pérdidas en el
mercado estadounidense, ello podría fortalecer los mecanismos asociativos
subregionales, pero es temprano para aseverar que ese sea el desenlace, pues
otra posibilidad podría ser la inserción en terceros mercados, como el chino.
Por otra parte, la división entre los países más alineados con Estados Unidos y
los que no lo están, podría debilitar los esquemas asociativos de la región y
con ello se reduciría la capacidad de negociación.
El cuadro descrito refleja las tensiones e incertidumbres de la
transición a un mundo que se espera multipolar; la integración regional debe
ser repensada para ese contexto. No sería ocioso plantearse si la fragmentación
política regional es una manifestación de multipolaridad en esa instancia; en
ese caso la pregunta sería si en esquemas asociativos regionales integración y
multipolaridad son compatibles.
39
Profundizar la integración regional: El camino de Latinoamérica y el
Caribe frente a la arremetida de Trump
Consuelo Ahumada
En poco más de tres meses desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha
superado con creces las más oscuras predicciones en cuanto a lo que este
representaría para su país y para el orden global. Desde el día de su posesión,
signada por el saludo nazi de Elon Musk, su principal asesor, el nuevo
mandatario ha ratificado con sus anuncios y acciones su compromiso a fondo con
la ultraderecha y su carácter neofascista, que hoy se disputa el poder con los
sectores democráticos en el mundo entero.
Los principios que guían al nuevo mandatario son muy claros:
supremacismo blanco y racismo, xenofobia, misoginia, homofobia, negación de la
ciencia y de la crisis climática. Se proclama enemigo de la globalización,
contrario a las instituciones, normas y acuerdos internacionales, un discurso
que le permitió granjearse el apoyo electoral de importantes sectores
empobrecidos por el neoliberalismo.
Pero también es partidario de todo tipo de exclusiones, enemigo de los
trabajadores y trabajadoras, de los derechos humanos y el Derecho Internacional
Humanitario (DIH). Odia la diversidad. Sin temor alguno, despliega su agenda
agresiva y privatizadora. No oculta su afán de enriquecerse todavía más, junto
con el puñado de multibillonarios que lo rodean. A todo ello se suma su decisión
de anexar regiones enteras que resultan estratégicas para su país y la presión
a sus aliados para que incrementen el gasto militar y, por tanto, el negocio de
la guerra.
A comienzos de
abril pasado impuso aranceles arbitrarios al mundo entero, declaró la guerra
comercial a China y provocó un desastre comercial y financiero, que podría
tener efectos nefastos, no sólo para el mundo, sino incluso para su propio
país. Es el punto más álgido de confrontación entre EE. UU. y China en los
últimos tiempos. Con esta guerra, Trump se empeña en impedir la consolidación
de un mundo multipolar que ya existe.
En síntesis, pretende someter al mundo entero a sus dictámenes. El
mensaje para todos los países es claro: obedecen y “negocian” de manera
bilateral o se atienen a múltiples represalias.
¿Cuál debe ser la
respuesta de América Latina y el Caribe (LAC)?
Empecemos por señalar que en la región avanza, en medio de
contradicciones, aciertos y errores, la segunda ola de gobiernos progresistas
del continente. Estos tienen que enfrentar no solo a unas condiciones
internacionales adversas, sino también el fortalecimiento de la ultraderecha
aliada de Trump y representada hoy por los gobernantes de Argentina, Ecuador y
El Salvador.
En medio de este
difícil contexto, LAC se ha visto muy afectada y se han registrado fuertes
enfrentamientos verbales y diplomáticos en temas cruciales con algunos
mandatarios.
Entre las diversas imposiciones de Trump, hay dos asuntos
particularmente graves para la región. La primera es el endurecimiento y
criminalización de su política migratoria. La segunda, sus presiones y amenazas
a los países por sus crecientes vínculos económicos, políticos y culturales con
China.
40
La deportación de millones de inmigrantes fue, sin
duda, la promesa más repetida de su campaña. La tarea empezó a cumplirse desde
el mismo día de su posesión, con la firma de cientos de órdenes ejecutivas,
contrarias a la legislación de su país. Acto seguido, ordenó a todos los
estados de la Unión adelantar redadas para detener a los inmigrantes, hombres,
mujeres, que no tuvieran sus papeles en regla. Sin ninguna evidencia, los
caracterizó como criminales, peligrosos para la seguridad del país. Todo ello
le ha causado crecientes contradicciones con el aparato judicial.
Esta política afecta principalmente a los inmigrantes de LAC, que
representan el 77% de los indocumentados en Estados Unidos. De inmediato,
procedió a iniciar deportaciones masivas a sus países de origen, en condiciones
indignas, atados de pies y manos. Fue entonces cuando se produjeron los
primeros enfrentamientos con mandatarios y mandatarias de México, Colombia,
Honduras y Venezuela.
Posteriormente, Trump resolvió enviar masivamente a un número
considerable de personas deportadas, provenientes de Venezuela, Colombia y
Centroamérica, a las tenebrosas prisiones y campos de concentración construidos
por Nayib Bukele, presidente de El Salvador y su aliado incondicional. Frente a
la gran mayoría de ellas no existe ninguna prueba de pertenecer a bandas
criminales ni evidencia de delito alguno.
Con respecto al segundo asunto de preocupación mencionado sobre las
medidas de Trump, es claro que las relaciones con China se han incrementado de
manera notoria y rápida en lo comercial, lo financiero y la inversión en
infraestructura. Según datos del 2024, las transacciones comerciales entre
ambos lados alcanzaron 518.465 millones de dólares, y la expectativa es que
lleguen a 700.000 millones en 2035. 21 países latinoamericanos y caribeños han
adherido formalmente a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Romero y Lujan,
2025).
Las presiones y amenazas de la Casa Blanca han sido intensas en este
respecto. El gobierno de Panamá cedió a ellas y suscribió recientemente un
memorando por tres años con Washington, que le permitirá incrementar la
presencia de su ejército en su territorio, con miras a su “recuperación del
canal”.
"China ha tenido demasiada influencia. Obama y
otros les dejaron entrar. Nosotros, junto con Panamá, los estamos expulsando", expresó desde
Washington el Secretario de Seguridad (BBC, 2025). Al mismo tiempo, en
desarrollo de su acuerdo militar, con EUA, el mandatario ecuatoriano Daniel
Noboa insiste en reabrir la base en Manta. La actitud abyecta de estos dos
presidentes contrasta abiertamente con el rechazo perentorio de Claudia
Sheinbaum a recibir tropas extranjeras en México para combatir el narcotráfico
y con su rechazo al cambio de nombre al golfo de México.
En este marco debe entenderse y valorarse la importancia de la cumbre
realizada en Honduras el pasado 9 de abril. Al inicio de esta se escuchó un
sentido mensaje de Pepe Mujica: “Queridos amigos, (…) no abandonen
el esfuerzo por la unidad de nuestro continente, no dejen apagar la
llama de la integración y solidaridad regional, acepten las diferencias pero que ellas no
impidan sumar nuestras voces y crear así una mucho más potente”. La CELAC,
conformada por 33 naciones de LAC, se puso en marcha en 2011 por iniciativa de
Hugo Chávez, para profundizar la integración regional y reducir allí la
hegemonía estadounidense. Se vivía la primera ola de gobiernos alternativos en
la región. Posteriormente, vendría su declive y con ello, el de la integración.
Pero esta tomó un segundo aire a partir de 2018 con Andrés Manuel López
Obrador.
En Honduras, el presidente Petro asumió la presidencia pro
tempore de la CELAC por un año. Sin duda, una gran oportunidad para
afianzar su liderazgo político de avanzada en la región. Los mandatarios y
mandatarias acordaron emprender tareas conjuntas frente a la guerra comercial,
así como la búsqueda de nuevos interlocutores comerciales y económicos en China
y el resto de Asia, Europa y África.
41
Colombia propuso una postura común de la región ante la migración, la
crisis climática, la protección del Amazonas y la interconexión eléctrica
continental con energías limpias. Planteó también construir la red regional de
soberanía alimentaria. Pero, sobre todo, insistió en la necesidad de adoptar
medidas concretas hacia la integración y propuso la conformación de grupos de
trabajo específicos para avanzar en aspectos como seguridad y lucha conjunta
contra mafias diversas y crimen organizado y la profundización democrática.
La Cumbre dio un paso importante al aprobar la creación de un mercado
común de medicamentos y acordar una agenda estratégica orientada a garantizar
la soberanía sanitaria, reducir la dependencia de las grandes farmacéuticas e
iniciar la coordinación de investigación, producción, regulación y distribución
de fármacos en toda la región. “La pandemia nos enseñó que depender de las
importaciones es una receta para el colapso”, dijo Petro al respecto. Así, “el
futuro de América Latina no está atado a las decisiones de una superpotencia,
sino al coraje y la cooperación de sus propios pueblos” (Cambio, 2025).
Se hizo también un llamado a atender la crisis de Haití; a seguir
luchando contra el bloqueo a Cuba, las sanciones a Venezuela y la amenaza de
Trump de apoderarse del Canal de Panamá. Aunque la Declaración de Tegucigalpa
se quedó corta en recoger algunos de los puntos acordados, le da impulso
significativo a la integración regional. Ratifica a la región como zona de paz;
respalda el multilateralismo, la protección de los derechos humanos, el respeto
a la autodeterminación, la no injerencia en los asuntos internos, soberanía e
integridad territorial. Rechaza la imposición de medidas coercitivas
unilaterales, contrarias al Derecho Internacional, incluidas las restricciones
al comercio global. Por último, el acuerdo de adelantar en Beijing el IV Foro
China-CELAC al 13 de mayo sigue provocando amenazas por parte de Estados Unidos
y la ultraderecha continental.
Bienvenidos el multilateralismo, el fortalecimiento de la integración
regional y la diversificación de las relaciones económicas y políticas de LAC
con el resto del mundo. Es el camino cierto de la región para frenar el
neofascismo y para procurar el desarrollo económico y social de la región.
42
El Gran Caribe y sus límites soberanos frente a los márgenes de la
(re)hegemonía de Estados Unidos
Ricardo Domínguez
Guadarrama
Más allá de
apreciaciones maniqueas sobre un supuesto comercio injusto y la amenaza a su
seguridad nacional provocada por la migración y el narcotráfico, el gobierno de
Estados Unidos se propone (re)asegurar su zona de influencia en el Gran Caribe
frente a competidores locales e internacionales. La (re)hegemonización es el
objetivo de “Hacer América Grande Otra Vez” (MAGA) y los vehículos son el
comercio, el narcotráfico y la migración.
Las relaciones de
Estados Unidos con los 25 países que conforman el Gran Caribe, integrantes
todos ellos de la Asociación de Estados del Caribe (AEC) establecida el 24 de
julio de 1994 en Cartagena de Indias, Colombia, han sido ríspidas, distantes,
opuestas y de connivencias con algunos de ellos, lo que ha generado, entre
otras cosas, confrontación entre sus miembros, paralización o retroceso en el
proceso de integración regional.
No obstante, la crisis del neoliberalismo modificó la interrelación de
Washington con las fuerzas progresistas de los gobiernos de la región a partir
del siglo XXI. Por muchos años fue Cuba la que confrontó la política
injerencista de Estados Unidos. En 2004, se le unió Venezuela a través de la
Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio entre
los Pueblos (ALBA-TCP). Las 13 naciones que integran la Comunidad del Caribe
(Caricom) han sido consistentes también contra las medidas coercitivas de
Estados Unidos hacia Cuba, aunque han actuado de manera dividida frente a
Venezuela. Apoyaron también, junto con México, Venezuela y Brasil, la creación
de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). En 2011 y
desde 2018, el Gobierno de México impulsa una política solidaria a través de la
CELAC y del Programa de Desarrollo Integral para Centroamérica y el Sur Sureste
mexicano (PDI) que promueve la atención a las causas que generan la migración,
la pobreza, el desempleo, la inseguridad, la delincuencia organizada y el
narcotráfico, apoyado en estas áreas por el gobierno de Colombia.
La nueva política migratoria mexicana desplegada en Haití, Cuba,
Guatemala, Honduras, El Salvador, Belice, Venezuela y Colombia, a través de los
programas sociales Sembrando Vida y
Jóvenes Construyendo el Futuro, y su oposición al bloqueo económico,
comercial y financiero contra Cuba y Venezuela. Dichos programas desafían la
lógica de la securitización que ha impreso el gobierno de Estados Unidos a su
agenda con el Gran Caribe y que le ha permitido intervenir en los asuntos
internos de los Estados bajo el pretexto de la defensa de su seguridad nacional
(CLACSO, 2023).
La República Popular
China y la Federación Rusa, por otro lado, han incrementado su presencia
diplomática, comercial, financiera y de cooperación con el Gran Caribe que, si
bien aún es mucho menor a la de Estados Unidos, no ha dejado de presentar una
amenaza a los intereses de Washington (CIPI).
● Entre 2016 y 2023, Panamá (2017),
República Dominicana y El Salvador (2018), Nicaragua (2021) y Honduras (2023)
rompieron relaciones diplomáticas con Taiwán y las establecieron con la
República Popular China. De los 25 países del Gran Caribe, sólo seis gobiernos
mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán
43
(Belice, Guatemala,
Haití, San Cristóbal y Nevis, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas) (BBC Mundo, 2023).
● A partir de 2017 inició un proceso de
adhesión gran caribeña al proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, encabezada por
China. Primero fue Panamá, luego Venezuela, Costa Rica, Cuba y Nicaragua (BBC Mundo, 2025).
● México amplió su comercio e inversiones
con China a partir de 2017. En 2013 suscribieron un Acuerdo de Asociación
Estratégica Integral, que se mantiene vigente.
● China y la Federación
Rusa tienen una importante presencia comercial y de cooperación financiera,
inclusive, militar, con Cuba, Nicaragua y Venezuela.
La nueva actitud de los países del Gran Caribe hacia Estados Unidos y su
acercamiento con las potencias extracontinentales, es una respuesta a la
política exterior ofensiva de los gobiernos de Estados Unidos y particularmente
a la agresividad de la administración del presidente Donald Trump durante sus
dos mandatos (2017-2021/2025-2029).
En los primeros 100
días de su segundo gobierno (30 de abril de 2025), el presidente Donald Trump
firmó 143 órdenes ejecutivas orientadas a sacar mayores ventajas de sus
relaciones con el mundo.
● Impuso aranceles del
10% y hasta el 25% a todos los países del Gran Caribe.
● Agudizó su política migratoria para
rechazar a los migrantes indocumentados y expulsarlos de manera masiva. Hasta
el 2024 eran 13.7 millones de personas migrantes indocumentadas en Estados
Unidos (El País, 2025).
● El combate al
fentanilo y a la delincuencia organizada llevó a que seis de esas
organizaciones de México y Venezuela fueran catalogadas como grupos
terroristas. En consecuencia, se ha militarizado la frontera con México.
● Ha impuesto también
un bloqueo económico, comercial y financiero a Venezuela y Nicaragua, y ha
agudizado el de Cuba.
● Ha apoyado golpes de Estado blandos y
la desestabilización política y económica en Venezuela, Nicaragua, Cuba y
Guatemala, al tiempo que apoya a gobiernos de derecha y ultraderecha en El
Salvador, Panamá, Costa Rica y República Dominicana, mientras alienta
confrontaciones diplomáticas entre países de la región, como entre Guyana y
Venezuela, y limitas las relaciones entre Trinidad y Tobago con Caracas.
Los propósitos
fundamentales del gobierno estadounidense en turno, hacia la región del Gran
Caribe, son evidentes en dos sentidos. Primero, al designar como Secretario de
Estado al cubano americano Marco Rubio, representante del ala más conservadora
de la comunidad cubana en Miami y enemigo acérrimo de los gobiernos
progresistas o revolucionarios en la región. Y segundo, en el desarrollo de la
agenda durante sus dos primeras giras internacionales: a Centroamérica (1-6 de
febrero de 2025) y al Caribe (26 y 27 de marzo de 2025).
Al final de la
visita, el gobierno de Panamá anunció su retiro del programa de la Ruta de la
Seda y distanciarse de China. El Salvador recibirá en sus cárceles a los
migrantes con sentencia deportados de Estados Unidos. Costa Rica limitará la
operación de empresas chinas en el desarrollo de tecnologías 5G. Guatemala
recibirá deportados guatemaltecos y de otras nacionalidades, y República
Dominicana tendrá más disposición frente a la crisis haitiana.
En Jamaica, el Secretario de Estado participó en la Cumbre de Jefes de
Estado y de Gobierno de la Caricom, donde se reunió con los primeros ministros
de Jamaica, Barbados, Trinidad y Tobago, y con el Presidente del Consejo
Presidencial de
44
Transición de Haití. Expresó su apoyo a Guyana en
su reclamo a Venezuela sobre la disputa territorial y ofreció mayor cooperación
en seguridad, mientras que acordó estrechar lazos con Surinam, ahora que
preside la Organización de los Estados Americanos (OEA).(La
Guardia, 2025).
En general, el gobierno de Estados Unidos destacó que impondría
aranceles del 25% a todo aquel país que importe petróleo de Venezuela. Condenó
el programa de cooperación médica de Cuba y señaló que podría prohibir la
entrada a Estados Unidos a todo aquel funcionario que permitiera la
participación de médicos cubanos en sus países. Como se observa, la política de
Estados Unidos en el Gran Caribe refleja sus prioridades: eliminar cualquier
viso de influencia local y extracontinental en su principal zona de influencia.
45
Donald Trump. Un
interruptor geopolítico
Juan Agulló
“Ambition is the
lifeblood of a great nation”
(Donald J.
Trump, The Inaugural Address, 1/20/2025)
Cuando Donald J. Trump tomó posesión de la Presidencia de Estados Unidos
sugirió que su país debía “recuperar” el Canal de Panamá. Sus razones pivotaron
alrededor de tres argumentos: 1) la infraestructura estratégica en cuestión
habría sido devuelta por Washington a Panamá, en 1999, a cambio de “nada”. 2)
Las tasas y aranceles para el tránsito de navíos estadounidenses a través del
Canal serían muy “costosos”. 3) Existiría una amenaza potencial de que China,
que está a unos 15 mil kilómetros de distancia, utilizase su “presencia” en el
área con fines militares.
Dicho planteamiento
provocó malestar e indignación. No solo cualquier panameño aprende, desde la
infancia, que el Canal forma parte inalienable de su país, sino que, si hay
algo que garantiza el Artículo VI del Tratado de Neutralidad Permanente
y Operación del Canal de Panamá, es el libre tránsito de navíos militares
estadounidenses (y no chinos). Además, la ampliación del Canal, que
tuvo un coste cercano a los 5,5 mil millones de dólares y fue ejecutada entre
2006 y 2016, estuvo a cargo exclusivamente de Panamá.
Las intervenciones de Trump, por emocionales e inconsistentes que puedan
parecer, responden a una práctica política vinculada a un dispositivo de acción
exterior que parece estar emergiendo en Estados Unidos. Coincidencia o no, la
mayoría de los planteamientos desarrollados por el actual Presidente coinciden,
en el caso que nos ocupa, con narrativas tejidas durante años por think
tanks y ejércitos de “especialistas”, asesores e incluso académicos
que, en realidad, forman parte de una maquinaria ideológica orientada
a producir realidad.
El papel de Trump en
ese marco es el de fungir de interruptor biopolítico: al ser accionado permite
el paso de corriente y capta, en paralelo, la atención mediática. Lo relevante
de este esquema es que parece abrir la puerta a un modelo de gestión poco transparente
en el que la acción exterior se convierte, menos en el resultado de un
intercambio y una negociación con empresas e intelectuales y más, en parte de
un dispositivo de (co)gobierno en el que prácticamente desaparecen las
fronteras entre lo público y lo privado.
En el caso del Canal
de Panamá, una de las narrativas más recurrentes promovidas por la maquinaria
en cuestión (de la que forman parte organismos que como el Council on
Foreign Relations (CFR), la Heritage Foundation, la RAND
Corporation o el Wilson Center, que se financian
con una combinación de fondos públicos y privados) consiste en establecer una
correlación, supuestamente irrefutable, entre la construcción de
infraestructuras estratégicas en América Latina y el Caribe y su potencial
utilización militar por parte de China. Da igual que no existan pruebas: se
habla abiertamente de “posibilidades” y punto. Decenas de medios de
comunicación y de redes sociales lo repetirán y de hecho, lo hacen.
Por eso aquí, lo
realmente interesante, es comprender cómo son tejidas esas narrativas, que son
Geopolítica, pero no de la que sirve para comprender el mundo, sino de la que
se orienta a transformarlo de acuerdo a intereses específicos. No hay ninguna
novedad histórica en ello: hubo mucho de eso en el pasado (con los Mackinder,
Haushoffer, Spykman, Strausz-Hupé, Kennan, Huntington, Kissinger, Brzezinski,
etc.) y esa, que es la Geopolítica llamada “Clásica”, todavía inspira a algunos
y es practicada por otros.
La característica esencial de esa práctica geopolítica es que actúa como
si describiera la realidad cuando lo que en realidad hace es prescribirla:
identifica lo que debe preocupar, lo que debe controlarse, lo que debe
cambiarse… Y lo hace insinuando una “neutralidad” científica que de hecho no es
tal porque carece de rigor metodológico. El colonialismo y el nazismo
funcionaron, en
46
su momento, con esas mismas estrategias
legitimadoras inconsistentes: por eso la Geopolítica pasó, posteriormente, por
décadas de desprestigio.
En el caso del Canal
de Panamá se venía insinuando desde hace tiempo que las inversiones chinas
podrían estar “maquillando” intereses militares. Las acusaciones más antiguas
surgieron cuando, hacía 2009, fueron otorgadas las primeras concesiones para
ejecutar las obras de ampliación del Canal. Las más recientes aparecieron
cuando, en 2017, Panamá desconoció a Taiwan, reconoció a China y se incorporó a
la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), la gran apuesta
geopolítica de Pekín. Aquel fue un golpe de timón que, para Panamá, significó
que las Cadenas Globales de Valor que van y vienen de un lado
a otro del Océano Pacífico confirmaran su tránsito a través del
Canal.
Menos de diez años
después, antes incluso de que Donald J. Trump cumpliera cien días en la Casa
Blanca, el holding chino CK Hutchinson, con sede
en Hong Kong, le vendió al fondo estadounidense Black Rock, con
sede en Nueva York, los dos puertos del Canal de Panamá que controlaba (el de
entrada y el de salida) por 23 mil millones de dólares. La rapidez
de la operación refuerza la sospecha de que el dispositivo de (co)gobierno en
acción exterior promovido por Trump no es pasajero: los think thanks apuntan,
el Presidente aprueba y los fondos, ejecutan. Todos ganan reconfigurando
espacios.
Por eso da la impresión de que la Geopolítica Prescriptiva no se
detendrá en Panamá. En América Latina y el Caribe hay otras muchas
infraestructuras críticas y Cadenas Globales de Valor (CGV) de las que depende
la competitividad global, que preocupan en Estados Unidos: por ejemplo, el
Megapuerto peruano de Chancay —cuya construcción fue financiada por Pekín y ya
fue inaugurado por el Presidente chino Xi Jinping en 2024— o los corredores
bioceánicos que, interconectados, podrían contribuir a exportar commodities estratégicas
(como la soja, aunque también el litio, el hierro o el cobre) desde el corazón
de Sudamérica hacia China.
En la práctica, una de las principales estrategias de la Geopolítica
Prescriptiva consiste en cosificar el espacio. Hacerlo permite que el Canal de
Panamá o el Megapuerto de Chancay se conviertan, sin argumentación consistente
ni intercambio real de pareceres, en espacios “estratégicos” que “deben” ser
controlados (porque en realidad no se controlan) y así se le “vende” al gran
público. Mientras tanto las cercanas Islas Galápagos, que pertenecen a Ecuador
y permiten supervisar las rutas que van y vienen del Canal y del Megapuerto,
son menos mencionadas porque se supone que están “bajo el control” de Estados
Unidos.
Todo ello apunta a un
sutil rediseño discursivo de las amenazas que desde el final de la Guerra Fría
ha venido transitando desde el anticomunismo más furibundo (que de todos modos
no se abandona por completo) al discurso securitario. En un marco como el descrito
la defensa irrestricta de la libertad de comercio, eje del discurso y de los
valores tradicionalmente defendidos, comienza a quedar subsumida a los
intereses nacionales (“America First”) que aparecen en el horizonte como
nuevo santo y seña.
Antiguamente, una vez
que la Geopolítica Prescriptiva lograba colar determinadas líneas argumentales
en medios y redes, en informes técnicos y en algunas discusiones académicas, lo
esencial del trabajo estaba hecho. Con Trump, sin embargo, no es necesario
pulir. Todos trabajan en la misma dirección: Marco Rubio, Secretario de Estado,
visitó Panamá y los directivos de BlackRock, casi simultáneamente,
Hong Kong. Blitzkrieg: Estados Unidos se reposiciona en el Canal
y al estar presente en las Islas Galápagos consigue una mejor posición para
vigilar el Megapuerto de Chanchay y por ende, las CGV. Pragmático.
El Canal de Panamá parece haber fungido, pese a todo, de piedra de
toque. La intención no consistía únicamente en reposicionarse en un espacio que
se consideraba “perdido”, sino en aprovechar, para “naturalizar” la
intervención y para calibrar reacciones. Asia ya es, por encima de China, la
gran competidora de Estados Unidos en Sudamérica: la Cuenca del Pacífico es el
principal destino comercial para ocho de los doce países que componen la
región. Para Washington se trata de mejorar, en ese contexto, su posición
competitiva manteniendo al mismo tiempo el control de su suministro de materias
primas estratégicas.
47
Si a partir de ahora, después de los primeros cien
días de Gobierno, se desea averiguar hacia dónde puede ir la política
latinoamericana y caribeña de Estados Unidos, al menos hasta 2028, no hay más
que revisitar las temáticas preferidas de la maquinaria ideológica que practica
la Geopolítica Prescriptiva. Con Donald J. Trump en la Casa Blanca, los
intereses que lo apuntalan ya no necesitan pasar por filtros. Y ojo porque en
ese contexto América Latina y el Caribe podrían estarse convirtiendo en campo de
pruebas para un dispositivo emergente de hacer política exterior desde
Washington con potencial para globalizarse.
48
La política
punitiva: Nuevas medidas contra la Revolución Cubana
Gary Prevost
Los primeros 100 días de la segunda administración de Trump han estado
marcados por numerosas acciones con gran impacto tanto en los ciudadanos de
Estados Unidos como en personas de todo el mundo. El cierre de la Agencia de
los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) ha cortado los
fondos destinados a programas de emergencia para alimentos y tratamiento del
VIH/SIDA, con consecuencias especialmente graves en el Sur Global,
particularmente en África. El esfuerzo de la administración por reorganizar el
comercio internacional en favor de los intereses estadounidenses amenaza con
provocar una recesión mundial. La campaña de Trump contra la Diversidad, la
Equidad y la Inclusión (DEI) pone en peligro la vida de muchos ciudadanos
estadounidenses que dependen de servicios gubernamentales. Su campaña de
deportaciones masivas es abiertamente racista y busca promover su agenda
supremacista blanca. Su propuesta de presupuesto gubernamental para 2026 reduce
el gasto social mientras aumenta el gasto militar. A menudo se pasa por alto,
dentro de esta amplia agenda, el renovado esfuerzo de Estados Unidos por
imponer un cambio de régimen en Cuba, lo que será el enfoque de este ensayo.
Para comprender plenamente el impacto de las nuevas medidas adoptadas
por la segunda administración de Trump contra Cuba, es necesario repasar la
historia reciente y pasada de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. En
diciembre de 2014, tras décadas de incesante hostilidad por parte de
administraciones tanto demócratas como republicanas hacia el gobierno
revolucionario en La Habana, pareció abrirse una nueva era cuando, en anuncios
simultáneos, los presidentes Raúl Castro y Barack Obama anunciaron que, tras
meses de negociaciones secretas mediadas por Canadá y el Vaticano, se llevaría
a cabo un intercambio de prisioneros y ambas partes buscarían normalizar sus
relaciones. Por su parte, Obama se comprometió a trabajar para aliviar el
prolongado bloqueo comercial contra Cuba en la arena internacional. En los dos
últimos años de la administración Obama se lograron avances considerables en
esos compromisos. En 2015, Obama se convirtió en el primer presidente
estadounidense en visitar Cuba desde Calvin Coolidge en 1928, y se dirigió
directamente al pueblo cubano, prometiendo amistad de parte de Estados Unidos.
Las embajadas en ambos países fueron elevadas a relaciones diplomáticas plenas
y se firmaron veintidós acuerdos bilaterales entre los dos países. Estos
acuerdos abarcaban una amplia gama de temas, incluyendo la colaboración médica,
la lucha contra el narcotráfico, la aplicación de la ley y la protección del
medio ambiente. Aunque durante años ya había existido una cooperación limitada
en algunos de estos temas de interés mutuo, como el narcotráfico, estos
acuerdos establecieron el marco para una relación muy diferente y colaborativa
entre dos antiguos adversarios. En algunos sectores de Cuba existía
escepticismo respecto a que la nueva política estadounidense fuese simplemente
un intento de lograr un cambio de régimen por otros medios, pero en general,
tanto desde dentro del gobierno como desde fuera de él, los cubanos dieron la
bienvenida al cambio. Las mejores relaciones también abrieron más oportunidades
para que ciudadanos estadounidenses viajaran legalmente a la isla, incluyendo
los cruceros. Este turismo impulsó aún más una economía turística cubana ya en
auge, que alcanzó más de cuatro millones de visitantes en 2016, incluyendo más
de un millón procedentes de Estados Unidos.
Incluso mientras estos acercamientos comenzaban a consolidarse, ya había
problemas acechando en el fondo. Con pocas excepciones, los líderes políticos
estadounidenses —principalmente republicanos— que favorecían el cambio de
régimen y la continuación del bloqueo fueron duramente críticos con Obama y
exigieron la reversión de su política. En ese contexto, las elecciones
presidenciales de Estados Unidos en 2016 cobraban gran relevancia. La demócrata
Hillary Clinton se comprometió a continuar con la apertura, pero candidatos
49
republicanos clave como Marco Rubio y Ted Cruz,
ambos cubanoamericanos de derecha, se ubicaban incuestionablemente en el campo
pro-bloqueo. La incógnita era el nominado eventual, Donald Trump. Al inicio de
la campaña, Trump dijo que estaba a favor del comercio con Cuba, aunque afirmó
que probablemente habría negociado un acuerdo mejor que el de Obama. Se sabía
que en 2015 su corporación hotelera había visitado la isla para explorar
posibles ubicaciones para un hotel Trump. Como hombre de negocios sin aparentes
inclinaciones ideológicas firmes, existía la posibilidad de que adoptara una
postura pragmática hacia Cuba y continuara con la apertura. Sin embargo, esa
posibilidad se volvió cada vez menos probable cuando, en las etapas finales de
la campaña, Trump visitó el sur de Florida y, flanqueado por el sector
cubanoamericano más extremo, respaldó su oposición a las políticas de Obama.
Algunos en el campo pro-compromiso esperaban que la visita de Trump al
sur de Florida hubiera sido simplemente un acto de campaña para asegurar los
importantes votos electorales del estado, y que una vez en el poder seguiría
una agenda de acercamiento. Esas esperanzas se desvanecieron en junio de 2017,
cuando regresó al sur de la Florida para anunciar un conjunto de medidas
destinadas a revertir la apertura de Obama, mismas que llegaron a ser 243 al
final de su mandato. De inmediato puso fin a los viajes en crucero desde
Estados Unidos a la isla, aunque mantuvo las conexiones aéreas regulares
establecidas en 2015. Suspendió prácticamente toda la cooperación prometida en
los veintidós acuerdos bilaterales, con la excepción de la colaboración en la
lucha contra el narcotráfico, que se había mantenido desde principios de los
2000. Sus dos acciones más importantes revirtieron órdenes ejecutivas clave de
Obama. En 2015, Obama había retirado a Cuba de la Lista de Países
Patrocinadores del Terrorismo (SSOT), lo cual facilitó su reintegración a los
mercados financieros globales. En enero de 2021, en una de sus acciones
finales, la administración Trump volvió a incluir a Cuba en la lista, citando
su negativa a extraditar a los negociadores del ELN colombiano, a petición del
presidente de Colombia, tras el fracaso de las negociaciones de paz. Cuba
objetó alegando que tal acción habría violado los términos de las
negociaciones, pero su inclusión en la lista fue restablecida. Además, el
presidente Trump rompió con el precedente de suspender el Título III de la Ley
Helms-Burton, que permite a ciudadanos estadounidenses que eran ciudadanos
cubanos al momento de la Revolución, demandar a empresas extranjeras que
actualmente hacen negocios en Cuba. Tales demandas son altamente cuestionables
bajo el derecho internacional y administraciones anteriores las habían
bloqueado. Una vez activado, siguieron muchas demandas, incluyendo algunas
contra Carnival Cruise Lines por sus viajes a La Habana entre
2015 y 2017. La presencia de estas demandas tiene como objetivo desalentar la
muy necesaria inversión extranjera en el país.
Durante la campaña presidencial de 2020, todos los contendientes
demócratas, incluido el eventual candidato y ex vicepresidente bajo la
administración Obama, declararon que, una vez en el cargo, trabajarían para
revertir las sanciones de Trump. Sin embargo, una vez en el poder, quedó claro
que la visión de Biden sobre la política hacia Cuba era diferente a la de
Obama. Probablemente, lo más importante fue su percepción de China y Rusia.
Obama veía a China como un socio estratégico para resolver los principales
problemas del siglo XXI, en particular el cambio climático, y consideraba su
cooperación clave para el éxito del Acuerdo Medioambiental de París 2015.
También veía a Rusia como un socio fundamental en la no proliferación nuclear y
esencial para el éxito del acuerdo nuclear con Irán en 2015. El equipo de Biden
consideró que el mundo que heredaron había cambiado: China había emergido como
un claro adversario y Rusia, tras la invasión de Ucrania, se había convertido
en un Estado paria. Una acción emblemática de la administración fue la
convocatoria a los Estados democráticos del mundo para oponerse a la
autocracia. A los ojos del gobierno de Biden, Cuba claramente no encajaba en
esa visión, especialmente tras una dura represión a manifestantes en julio de
2021. Los sectores más duros dentro del equipo de Biden también vieron los
problemas económicos de Cuba —desencadenados por el colapso casi total de su
industria turística durante la pandemia de COVID— como una oportunidad para
aumentar la presión sobre el país, y no para aliviarla. Hasta sus últimos días
en el cargo, la administración mantuvo a Cuba en la Lista de Países
Patrocinadores del Terrorismo (SSOT) y utilizó sanciones
50
más específicas y sofisticadas para contribuir a la
crisis económica más profunda en la isla desde la caída de la URSS.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca significó que dos
cubanoamericanos radicales, que habían definido la política hacia Cuba durante
su primer mandato, volvieran a tomar las riendas. Mauricio Claver-Carone
regresó a su cargo en el Consejo de Seguridad Nacional como asesor para América
Latina, y Marco Rubio fue nombrado Secretario de Estado. No han perdido tiempo
en dejar claro que su política hacia Cuba será de máxima presión. En su primer
día en el cargo, Trump devolvió a Cuba a la Lista de Países Patrocinadores del
Terrorismo (SSOT), citando supuestos vínculos con Hamás y Hezbolá, y dejó claro
que el Título III de la Ley Helms-Burton no sería suspendido bajo su
administración. Una segunda acción clave fue atacar un aspecto central de la
economía cubana que la administración Biden no había tocado: las remesas. Orbit
S.A., una empresa cubana que procesaba cientos de millones de dólares al año en
transferencias de cubanoamericanos a la isla fue declarada entidad del gobierno
cubano, y se prohibió a empresas estadounidenses, incluyendo Western
Union, hacer negocios con ella. Esto deja como principal vía para que las
remesas lleguen desde Estados Unidos a Cuba los vuelos diarios con mensajeros
que llevan dinero en efectivo. Legisladores cubanoamericanos radicales han
pedido la cancelación de estos vuelos, lo cual podría concretarse en los
próximos meses. Una iniciativa final importante de política exterior está
dirigida a las brigadas médicas cubanas en el extranjero, que son tanto
proyectos humanitarios como una fuente vital de ingresos para la economía
cubana. La administración Trump está amenazando con negar la posibilidad de
viajar a EUA a funcionarios de cualquier país que aloje estas misiones médicas.
A corto plazo, es poco probable que se cancelen acuerdos existentes con países
como Brasil y México, pero la medida podría disuadir nuevos convenios.
Enmarcando toda esta hostilidad hacia Cuba está la más reciente evaluación de
seguridad nacional del Comando Sur de EUA, que por primera vez en décadas declara
que Cuba representa un posible riesgo de seguridad para Estados Unidos, debido
a sus estrechos vínculos con China y Rusia. Tal declaración podría servir como
justificación para que esta administración adopte acciones aún más drásticas
contra Cuba.
51
Circuitos de reacción y resistencia – Trump y los
movimientos populares en el Caribe y Latinoamérica
Matti Steinitz
Para muchos activistas latinoamericanos y caribeños, los primeros 100
días de Trump no significaron tanto el comienzo de una nueva era, sino más
bien, un capítulo más en una larga historia de injerencias militares, políticas
y económicas por parte de los Estados Unidos que tuvo su inicio hace más de 100
años. Los elogios de Trump al presidente William McKinley, quien con la guerra
hispano-estadounidense de 1898 aseguró el control de Estados Unidos sobre Cuba
y Puerto Rico, y su anuncio de recuperar el Canal de Panamá, cuya construcción
(1904-1914) sentó las bases para la hegemonía de Estados Unidos sobre el
hemisferio y su ascenso como potencia mundial, confirman que “Make America
Great Again” significa la reafirmación de un imperialismo sin
remordimientos para los vecinos del sur.
Mientras a lo largo del siglo XX, la resistencia contra “el imperialismo
yanqui” ha constituido un denominador común de los movimientos sociales,
culturales y artísticos de la región, en la coyuntura actual se pueden observar
nuevas dinámicas relacionadas al surgimiento de alianzas interamericanas entre
gobiernos de ultraderecha, la asociada encrucijada transnacional contra la
llamada ideología “woke”, las deportaciones masivas de migrantes
latinoamericanos y caribeños, y el fracaso de la izquierda tradicional como
alternativa emancipadora manifestado en el autoritarismo represivo de estados
como Cuba, Nicaragua y Venezuela. Para construir un panorama de las, a veces,
contradictorias repercusiones y formas de resistencia contra la administración
de Trump en América Latina y el Caribe, conduje un sondeo informal con
activistas, académicos y artistas asociados a movimientos antirracistas,
feministas y por los derechos humanos de diferentes países de la región que nos
permite identificar paralelismos y particularidades así como algunas tendencias
generales.
Voces disidentes como la de Emilio Ruchansky, trabajador de prensa y
activista en políticas de droga en Buenos Aires, resaltan la
multidireccionalidad del tráfico de ideas e influencias reaccionarias entre
Estados Unidos y Latinoamérica: “Milei se lleva la motosierra a EUA, lo ves a
él y a Musk celebrando el despedido de empleados públicos, los cortes de
salarios. Estamos exportando lo peor, eso es lo que nos pasa en Argentina.” Al
mismo tiempo, la alianza Milei-Trump ha causado la aparición de nuevos términos
como el “woke” y el “antiwokismo”. Dice Ruchansky: “Los que
queremos hablar de derechos humanos no nos autopercibimos ‘woke’, nos
asumimos como progresistas, feministas, antirracistas, antifascistas etc., pero
la palabra ‘woke’ no está en el diccionario argentino.” Mientras en
Argentina no ha habido movilizaciones masivas dirigidas explícitamente contra
la nueva administración estadounidense, sí existe una fuerte resistencia contra
el avance de políticas antifeministas, homofóbicas y ultraconservadoras,
representado tanto por Trump como por Milei. En Argentina, la manifestación más
clara de este sentimiento ocurrió el 1 de febrero, apenas dos semanas después
de la inauguración de Trump y una semana después de que Milei en su discurso en
el Foro Económico de Davos expuso su alineamiento con la agenda de la nueva
administración estadounidense cuando asoció a las personas homosexuales con la
pedofilia y designó “el virus mental de la ideología woke” como
“cáncer que hay que extirpar.” Como repuesta a sus declaraciones, colectivos de
activistas LGBTIQ+, grupos como “Ni una menos”, organizaciones estudiantiles y
sindicatos convocaron a la Marcha Federal del Orgullo Antifascista y
Antirracista, que con un millón de participantes se convirtió en una de las
mayores manifestaciones en la historia de Buenos Aires (Página12, 2025).
52
Si el antiwokismo es lo que une a
Trump con Milei, el “bromance” de dos líderes autoritarios que se puede
observar entre los presidentes de Estados Unidos y El Salvador, está basado en
el papel de Nayib Bukele como importante aliado para la política de
deportaciones masivas de la nueva administración. Mientras las últimas
elecciones de febrero 2024 en las que Bukele ganó con casi 85% de los votos
sugieren un apoyo absoluto de la población salvadoreña, la manifestación masiva
del pasado 1 de mayo, organizada por el Bloque de Resistencia y Rebeldía
Popular bajo el lema “El pueblo en unidad a construir soberanía, justicia y
dignidad” y demandas como #LibertadALosInocentes, demuestran que sigue habiendo
sectores de la sociedad que se oponen a la política de encarcelamiento de masas
y al pacto con la administración de Trump. Una de las representantes más
visibles del Bloque, que se define como “agrupamiento de organizaciones del
movimiento popular anticapitalista, antiimperialista y antipatriarcal”, es
Marisela Ramírez. Ella resalta el papel de los movimientos culturales salvadoreños,
que “han respondido a la alianza Bukele-Trump con creativa rebeldía, colectivos
artísticos y organizaciones sociales han utilizado el arte callejero, el performance y
la música para denunciar el retroceso democrático y las políticas represivas.”
. Entre las iniciativas que nombra están colectivos como La Cachada Teatro, que
desafía al poder con obras como “El Dictadorzuelo,” intervenciones musicales
como el “Sandungueo por la Vida", temas como “Mentiras” del Conjunto
Tropidélico, y campañas como Arte por la Memoria que documenta
la represión. Ramírez afirma: “Las movilizaciones del movimiento popular,
combinando performance y denuncia, junto a la música insurgente, muestran cómo
la resistencia cultural salvadoreña se reinventa para desafiar el autoritarismo
en la era del ‘gobierno del cambio’, y se convierte en campo de batalla
ideológico, donde cada acorde, pincelada o verso disputa el sentido común del
pueblo salvadoreño.”
Aunque a primera vista parece sorprendente que el actual presidente
panameño José Raúl Mulino sea considerado otro aliado importante para la agenda
de la nueva administración tras los planes expresados por Trump en su discurso
inaugural de revertir la historia y devolver el Canal de Panamá al control
estadounidense, su discurso ultraconservador y anti inmigrante explica su
complicidad. Ante la disposición del presidente Mulino a aceptar una mayor
presencia militar estadounidense en la Zona del Canal y la acogida en Panamá de
migrantes deportados ilegalmente desde Estados Unidos, Kaysha Corinealdi,
historiadora de la Universidad de Rutgers, que ha estudiado los circuitos
transnacionales de los migrantes afrocaribeños entre Panamá y Nueva York,
resalta “las protestas activas y constantes por parte de docentes, estudiantes,
y sindicatos que se han comunicado claramente en contra de arreglos
antidemocráticos que limiten la soberanía de Panamá y que ataquen el porvenir
social, económico y ambiental del país.”
El contexto actual,
marcado por el regreso del imperialismo estadounidense del siglo
XX y el avance de una extrema derecha cada vez más interconectada, debería
ser terreno fértil para la reivindicación de las banderas históricas de los
movimientos antiimperialistas de la región. El hecho de que los países que
supuestamente representan la vanguardia del antiimperialismo latinoamericano
—Cuba, Nicaragua y Venezuela— hoy están entre los países menos libres del
continente significa un problema mayor para la credibilidad de la izquierda
como alternativa viable, contribuyendo de manera importante, pero poco
discutida al crecimiento de la extrema derecha. El análisis de una activista
feminista nicaraguense (que vive en el exilio y prefiere no ser citada con su
nombre) sobre las contradicciones del régimen de Daniel Ortega —en el poder
desde 2007— es, parcialmente, aplicable también en los otros dos países
mencionados: “a nivel discursivo emplea una retórica antiimperialista y
antiinjerencista, especialmente ‘anti yanqui’. Esto lo hace para mantener una
postura ideológica frente a su militancia y aliados internacionales. Sin
embargo, en términos de práctica política y económica, la dinámica es otra, y
podría ser clasificada como autoritaria, capitalista y extractivista”. Más allá
de las protestas públicas, la activista resalta el papel clave de las dimensiones
“invisibles” de la resistencia, que consiste en “el trabajo de base entre
53
redes de exiliados, feministas, disidentes de género, que están
discutiendo activamente qué hacer no solo frente al régimen Ortega-Murillo,
sino también frente a lo que denominaremos “el crecimiento de la derecha tanto
en Estados Unidos como en el mundo”; es decir, pensar estos regímenes de forma
paralela, en clave colectiva, transnacional y, por ende, desde la solidaridad
internacional.”
Las incertidumbres y miedos de migrantes de estos países se pueden
observar en el caso del rapero cubano “El Funky”, disidente exiliado en EUA
cuyos compañeros del Movimiento San Isidro, el artista visual Luis Manuel Otero
Alcántara y el rapero Maykel Osorbo Castillo, están cumpliendo cadenas de
prisión de 5 y 9 años respectivamente por los delitos de “desacato” y
“desórdenes públicos” desde 2021 (Amnesty International, 2023). Ambos son
reconocidos como prisioneros de conciencia por Amnistía Internacional y junto
con El Funky fueron protagonistas de la canción “Patria y Vida”, himno de
protesta que se convirtió en el eslogan de miles que salieron a manifestar
contra el régimen cubano el 11 de julio de 2021. A fines de abril del 2025, El
Funky recibió una carta de las autoridades estadounidenses en la que se le
informó que su solicitud de convertirse en residente legal fue negada y que
tenía 33 días para salir del país antes de ser deportado (Revista Estornudo, 2025). Al parecer, bajo
el mandato de Trump, el objetivo de la deportación masiva tiene prioridad absoluta
sobre la solidaridad proclamada con la disidencia cubana, muchos de cuyos
miembros, angustiados por el silencio cómplice de la izquierda global frente a
las violaciones de los derechos humanos en Cuba, habían apostado por la
victoria electoral de Trump y ahora ven cómo sus familiares o compañeros son
deportados,un shock que causa divisiones importantes en el exilio cubano de
Miami, como afirmó el intelectual afrocubano Roberto Zurbano en una charla
reciente en el Centro de Estudios InterAmericanos (Universidad de Bielefeld,
2025).
Debido a la expresa hostilidad de Donald Trump contra los logros de los
movimientos antirracistas de los 1960 y 1970, los representantes de
organizaciones sociales y culturales afrolatinoamericanas de diferentes
contextos hemisféricos, coinciden en su análisis de que la administración de
Trump constituye una amenaza directa de los avances que se han hecho en las
luchas contra la discriminación racial, no solamente en Estados Unidos, pero
también en América Latinay el Caribe. Carlos Alberto Medeiros, desde los años
1970 ha sido uno de los líderes históricos del movimiento negro de Brasil,
sostiene: “para la militancia negra, han sido particularmente preocupantes las
iniciativas de Trump para atacar la llamada agenda woke, incluidos
los programas de diversidad, igualdad e inclusión puestos en práctica por
agencias gubernamentales y en el mundo empresarial”. Refiriéndose a la
situación colonial del territorio de Puerto Rico, Pablo Rivera, profesor de
Estudios en Afrodescendencia en la Universidad de Puerto Rico y codirector del
proyecto comunitario AFROlegado, afirma que “las recientes medidas
implementadas por el gobierno del presidente Trump han tenido un impacto
contundente en la isla, especialmente debido a la dependencia de fondos
federales para muchos proyectos sociales, educativos y culturales.” Destacando
el papel protagónico de la autogestión y los proyectos autosustentables,
apoyados en recursos internos y en la solidaridad comunitaria, Rivera afirma
que en la situación actual “los proyectos culturales y artísticos han
demostrado ser herramientas poderosas de resistencia y empoderamiento,
permitiéndonos reafirmar nuestra identidad y conciencia colectiva.”
54
IMPACTOS EN Y
RESPUESTAS DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
México y la apuesta del nuevo humanismo de la 4T.
Perspectivas críticas frente a las presiones trumpistas
Jaime A. Preciado
Coronado
El 20 de enero,
Donald Trump tomó posesión como el presidente 47° de los Estados Unidos. En sus
primeras 24 horas en el cargo, lanzó una serie de órdenes ejecutivas que buscan
restringir la migración en general y el ingreso desde su frontera sur en particular.
Estas órdenes ejecutivas comparten un mismo eje: reforzar la “defensa” de la
frontera sur como un teatro de operaciones militares y de seguridad interior.
En conjunto las órdenes ejecutivas buscan:
● Declarar una emergencia nacional en la
frontera sur y autorizar a las Fuerzas Armadas (incluida la Guardia Nacional)
para controlar operativamente la zona, construir barreras físicas y
contrarrestar amenazas aéreas.
● Establecer el rol
militar en la protección de la soberanía, ordenando sellar la frontera y
repeler toda “invasión” —migración irregular, narcotráfico y delitos conexos—
con sanciones penales.
● Ordenar construir muros y barreras,
detener y deportar sumariamente a extranjeros sin autorización, procesar
criminalmente a quienes violen leyes migratorias o asistan a migrantes, y
sancionar a los que no cooperen con autoridades locales.
● Declarar la frontera en estado de
“invasión” y facilitar los procedimientos migratorios, tales como la
investigación y selección de las personas que buscan entrar a su territorio
para proteger la integridad territorial.
● Suspender el programa
de admisión de refugiados a partir del 27 de enero de 2025.
● Revocar al menos cuatro medidas de la
administración anterior, incluido el marco regional de migración de febrero de
2021, restableciendo un enfoque de “cierre total” (Observatorio Global, 2025).
Frente a estas medidas, la administración de Claudia Sheinbaum, lejos de
posturas estridentes, ha reiterado su compromiso con la vía diplomática para
lograr las condiciones más favorables para México (Raziel, 2025), puesto que, a
partir de la llegada de Donald Trump a la presidencia, se ha desatado una
tensión en el plano internacional. De esta manera, las acciones se enmarcan
como reacción a las medidas agresivas del nuevo gobierno de Estados Unidos y
que estas, a su vez, impactan directamente tanto en la política interna como en
las relaciones exteriores de México.
En primera instancia, se han tomado medidas en materia de seguridad y
migración. Dentro de las acciones más relevantes se pueden mencionar el
despliegue de 10.000 soldados en la frontera para contener el flujo migratorio
irregular, el tráfico de fentanilo y los cárteles. Con relación a esto último,
se llevó a cabo la extradición de 29 presuntos capos del narcotráfico a Estados
Unidos, un hecho sin precedentes dentro de la relación bilateral (France 24, 2025). Además, el
presidente Trump propuso a la presidenta Sheinbaum que el gobierno mexicano
permitiera la entrada del Ejército de Estados Unidos al país para combatir a
los cárteles del narcotráfico. Sin embargo, la mandataria rechazó la propuesta
y respondió que el territorio mexicano es “inviolable” (France 24, 2025). La respuesta del
presidente estadounidense, ante lo que considera una propuesta para ayudar a
frenar el tráfico ilegal de drogas —aunque implicaría una violación a la
soberanía del país—, fue afirmar que su homóloga mexicana se negó a aceptar la
“ayuda” por temor a los poderosos cárteles del país (Dina y Villa y Cana, 2025).
56
Asimismo, ante la inminente ola de deportaciones de mexicanos, el
gobierno de México puso en marcha la estrategia “México te Abraza”, orientada a
recibir, asistir y reincorporar connacionales que retornan al territorio
nacional (Ortiz, 2025). Sin embargo, Santillana y Ruiz-Healy (2025) coinciden en que el
programa presenta serias limitaciones logísticas y presupuestales. Señalan
que, sin una adecuada asignación de recursos, participación ciudadana y
reestructuración económica, será inviable atender dignamente a los repatriados.
Por otro lado, la presidenta Sheinbaum se ha manifestado en contra de la
pretensión del gobierno de Estados Unidos de imponer un impuesto del 5 % a las
remesas enviadas al extranjero. Según la mandataria mexicana, este intento de
gravar las remesas constituye un nuevo impuesto que, además de implicar una
doble tributación y un trato discriminatorio, no está dirigido exclusivamente a
México, ya que muchos otros países —como la India, el principal receptor
mundial de remesas— también se verían afectados (Urrutia y Muñoz, 2025).
En lo que se refiere a la relación comercial entre ambos países, se ha
mantenido una postura de negociación. No obstante, se precisó que sigue vigente
la posibilidad de responder con tarifas idénticas del 25% provenientes a las
importaciones de acero y aluminio. A pesar de no accionar a través de contra
aranceles inmediatos, se planteó fortalecer la ruta por medio del “Plan
México”, pues este se ha convertido en la base para resistir el nuevo orden
comercial (Guillén, 2025). El plan representa
una iniciativa de largo plazo, cuyo éxito depende de la articulación efectiva
entre políticas públicas bien definidas, una participación empresarial
comprometida y el impulso a la producción de conocimiento académico (EGADE Business School, 2025).
Finalmente, ante la campaña estadounidense contra migrantes —con varios
mensajes publicitarios de la Secretaría de Seguridad Nacional, Kristi Noem,
difundidos como anuncios en la televisión mexicana y en redes sociales, en los
que se advierte a quienes migren “ilegalmente” a su país que serán “cazados” y
deportados—, la presidenta Sheinbaum envió al Senado la iniciativa para expedir
la nueva Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión, con el propósito
de prohibir la propaganda política extranjera, limitándola a contenidos de
carácter cultural o turístico (Blanco, 2025).
Hasta el momento se han enfrentado las amenazas del gobierno de Trump
con diplomacia y firmeza estratégica, pero ¿será posible mantener esta línea de
acción ante escenarios más adversos? La relación política y comercial entre
México y Estados Unidos es altamente interdependiente, pero asimétrica (asymmetric
interdependence). Se trata de una relación bilateral en la que México
depende en mayor medida de Estados Unidos, aunque este también presenta una
dependencia considerable hacia México. Esta asimetría genera desequilibrios de
poder y propicia manipulaciones estratégicas, como las amenazas estadounidenses
de imponer un arancel del 25 por ciento a las importaciones mexicanas bajo el
argumento de que México no ha hecho lo suficiente para frenar la migración
irregular y el tráfico de fentanilo en la frontera, o la designación de seis
cárteles mexicanos como “organizaciones terroristas”, alegando que el tráfico
de drogas, particularmente de fentanilo, afecta la seguridad nacional
estadounidense.
En términos
geoeconómicos, México se mantuvo en 2024 como el primer socio comercial de
Estados Unidos, como ya lo había sido en 2023, cuando desplazó a China (Morales, 2025). Con intercambios
diarios superiores a mil millones de dólares y una integración profunda en
manufactura, agricultura y sectores estratégicos (Ávila Connelly, 2025), México dirige
alrededor de cuatro quintas partes de sus exportaciones hacia Estados Unidos, destacándose
productos como vehículos de motor, autopartes, computadoras, petróleo y equipos
eléctricos (Morales, 2025).
La diversificación
comercial, el atractivo para la inversión extranjera directa y la cooperación
en temas de seguridad —incluyendo migración y antiterrorismo— representan
activos estratégicos para Washington de los cuales no puede prescindir.
Asimismo, la mano de
57
obra migrante mexicana resulta clave en sectores
fundamentales de la economía estadounidense, por lo que cualquier afectación
impactaría la productividad y la estabilidad laboral. Además, en términos
geopolíticos, un posible acercamiento mayor de México hacia China constituiría
un riesgo considerable para Estados Unidos (Ávila Connelly, 2025).
El gobierno estadounidense incluso llegó a presionar a México para que
impusiera aranceles a las importaciones chinas, como parte de las negociaciones
para evitar los gravámenes que Estados Unidos amenazaba con aplicar a productos
mexicanos. Por su parte, el gobierno de México, sin asumir compromisos
específicos con respecto a China, ha intensificado los esfuerzos para combatir
las importaciones de bajo costo provenientes del gigante asiático, con el
objetivo de apoyar a las industrias nacionales y responder a las amenazas de
Trump de imponer aranceles del 25 por ciento a los socios comerciales de
América del Norte (Bloomberg y Valdelamar, 2025). Por otro lado,
como consecuencia de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, ha
surgido una oportunidad para el nearshoring en México. Con el
aumento en los costos de exportación desde China —derivado de los
aranceles impuestos— y siendo Estados Unidos un destino clave, México se
posiciona como un puente estratégico por su proximidad y menores costos (Ayala Espinosa, 2025).
Sin embargo, según un estudio de la Fundación Konrad
Adenauer (KAS), al analizar el fenómeno del nearshoring, la política
comercial de Donald Trump hacia sus socios de América del Norte pone en duda la
vigencia del bloque comercial regional. Según Hans Blomeier, representante de
la KAS, las condiciones favorables que México ofrece como destino de
relocalización “son diluidas por ese tipo de medidas totalmente arbitrarias” (Traeder,
2025). Aunque ni Canadá ni México representan amenazas directas para la
hegemonía estadounidense ni para su esfuerzo por revertir la decadencia
iniciada en la década de 1970 (Wallerstein, 2007), bajo el lema Make
America Great Again y la política de America First, ambos
países enfrentan presiones derivadas de la agenda estratégica impulsada durante la
segunda administración de Trump.
En este contexto, la imposición unilateral de aranceles por parte de
Estados Unidos violaría el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá
(T-MEC), encarecería los costos para fabricantes y consumidores
estadounidenses, impulsaría la inflación interna y provocaría disrupciones y
pérdida de competitividad, especialmente ante la rivalidad global con China (Ávila Connelly, 2025). Estas dinámicas,
según Durán Fernández (2025), complican la
integración comercial regional y afectan la estabilidad económica y la
cooperación política en América del Norte, evidenciando la vulnerabilidad
inherente a una interdependencia asimétrica.
58
Guatemala: En la
región el futuro se avizora como un gris pardo
Carlos Fredy Ochoa
García
Guatemala mantiene una agenda bilateral con Estados Unidos similar a la
que lleva con los países del triángulo norte de Centroamérica en áreas como la
economía, la migración (remesas), la seguridad (narcotráfico) y el estado de
derecho. Las relaciones de Centroamérica con EUA son muy dependientes en estos
ámbitos, pero considerando la estructura de estas relaciones, dejan un amplio
margen para negociar. A pesar de que en cuanto a estado de derecho, no se
percibe con claridad una ruta fácil para alcanzar acuerdos básicos.
En el terreno de la
economía, un tercio de las exportaciones guatemaltecas va a los Estados Unidos,
y, por su parte, más de un tercio de los turistas que visitan Guatemala son
norteamericanos. Por si esto fuera poco, las remesas originadas en EUA representan
un veinte por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de Guatemala (Fundesa, 2024). Este último volumen es muy
significativo porque pesa tanto como los cinco mayores productos agrícolas
tradicionales de exportación del país (21%). En términos comerciales, según la CEPAL, Guatemala depende
tanto de Centroamérica, que la región representa el 35% del total de su
comercio de exportación, como de su segundo socio que es Estados Unidos, con
otro tercio; además, México es su tercer socio con el 4.4%, en cifras de 2022.
En seguridad, su vinculación con México es más apremiante, en principio
por su frontera común de 956 km, una frontera porosa, donde los intereses de
Estados Unidos son incisivos. Por esta frontera pasan diariamente unos 500
migrantes, según la Organización Internacional para las Migraciones ( OIM, 2023), siempre bajo la
mirada vigilante de los cárteles mexicanos que voltean a verlos como parte del
negocio; además, son cárteles que mantienen fuertes alianzas con sus operadores
locales en Guatemala. Esta frontera es el embudo del corredor terrestre centroamericano
de la droga. Por todo lo cual, parece que cualquier arreglo en materia de
seguridad con Estados Unidos implica, necesariamente, a México.
En cuanto a los
migrantes y las remesas la posibilidad de una deportación masiva, y la
intención de los republicanos de aplicar un impuesto a las transferencias hacia
el extranjero, tendría un alcance profundo para la estabilidad económica y
política de Guatemala (No Ficción), ya que alrededor
de tres millones de guatemaltecos, equivalente a un sexto de su población, vive
en Estados Unidos, y dependen de las remesas aproximadamente otros seis
millones
Las expectativas “negociadoras” de Guatemala con la administración Trump
tienen como antecedente las políticas de su primera presidencia (2016-2020),
que el entonces presidente de Guatemala acató de inmediato. En materia de
migración, en 2019, suscribió el acuerdo de “tercer país seguro”, que implicaba
la deportacióna de personas detenidas de otras nacionalidades (incluidos niñas,
niños y adolescentes que viajen solos) a Guatemala, mientras se resolviera una
solicitud de asilo. Aunque este acuerdo fue poco significativo, alcanzó a 937
personas y solo nueve utilizaron el mecanismo. El gobierno de Biden suspendió
esta política para toda la región en 2021.
El historial de
deportaciones de Trump, de su primera administración y de los más de cien días
que corren, está por debajo del saldo dejado por Bush, Clinton y Obama; pero su
política no será olvidada por su crueldad, la separación de familias y el
59
aislamiento de menores, ya queGuatemala ocupaba el puesto número uno de
niñez detenida en la frontera sur de los Estados Unidos.
Es evidente que la importancia política de controlar la migración se ha
elevado; con un nuevo dispositivo migratorio, aumentó la persecución a los
migrantes. Esto y la amenaza de gravar las remesas, ha tenido como efecto de
corto plazo que las remesas recibidas en Guatemala alcanzaran un récord
histórico: en lo que va de 2025 se vio
un crecimiento del
21.5% respecto del año anterior (Ministerio de Economía, 2025).
El debilitamiento del estado de derecho en Guatemala comenzó en el
tiempo de la anterior administración Trump, pero aquí hay múltiples actores
intervinientes. Cuando el gobierno guatemalteco desmanteló la Comisión
Internacional contra la Impunidad de Guatemala (CICIG), Estados Unidos era su
principal donante mientras estuvo vigente entre 2007 y 2019. Pero fue el
Subcomité de Relaciones Exteriores del Senado el que congeló en 2018 el apoyo
económico a la CICIG, con el involucramiento directo del senador Marco Rubio.
Lo que después aconteció, fue una caída del estado de derecho y el auge de la
corrupción, lo que desembocó en una crisis democrática que amenazó las
elecciones de 2023.
Posteriormente, la
única palanca que quedó en política exterior fue revocar la visa de acceso a
Estados Unidos de aquellos individuos vinculados a actos de corrupción, tráfico
de drogas, lavado de dinero, y otros actores de este tipo. Estas revocaciones han
alcanzado a más de 300 individuos, entre políticos, exfuncionarios de gobierno,
jueces, fiscales, decenas de congresistas y empresarios. Al ganar Trump en
2025, muchos de estos individuos esperaban que estas medidas fueran revocadas,
pero esto nunca sucedió.
A inicios de febrero de 2025, Marco Rubio visitó el país como secretario
de Estado y catalogó a Guatemala como un aliado histórico, amigo de Taiwán e
Israel, y sin vínculos diplomáticos con China. Valoró la dedicación democrática
del presidente Bernardo Arévalo, con quien logró pactos que no causaron
sorpresa: la aceptación de vuelos de deportados, incluyendo ciudadanos de otras
nacionalidades, la formación de una Fuerza de Tarea Fronteriza en la frontera
con Honduras y El Salvador; y le aseguro respaldo a varios proyectos, en
particular, ampliar un puerto en el pacífico con apoyo del Cuerpo de Ingenieros
del Ejército de los Estados Unidos. Aunque este entendimiento ha desconcertado
a los opositores al gobierno, parece que los planes de defensa y seguridad han
prevalecido.
Para las organizaciones de narcotráfico, el trato radical que Trump ha
anunciado tendió otro vínculo obligado de cooperación, aunque su
materialización requerirá de un respaldo considerable, ya que estos poderes
criminales están muy enraizados en el Estado y a lo largo y ancho del país. El
gobierno ya viene colaborando fuertemente en la captura de capos, y logró en 2024 un récord de incautaciones de cocaína
(Insight Crime,
2025). La toma y daca de la colaboración del gobierno guatemalteco
en la lucha contra estas organizaciones criminales parece que mantendrá niveles
satisfactorios en tanto el gobierno de Trump no pida licencia amplia para
intervenir directamente.
Con el cierre de USAID, en el corto plazo la región ha perdido recursos
significativos (unos $250 millones en asistencia exterior en 2023 según datos
de la Embajada
estadounidense en Guatemala), que eran destinados para los programas de seguridad pública,
incluída la lucha para gestionar la migración irregular y el fortalecimiento de
las instituciones democráticas. Pero una visión mercantil de la cooperación ya
se perfilaba durante la primera presidencia de Trump, en que la cooperación hacia
Guatemala cayó gradualmente a los niveles previos de 2015 (Palma, 2024); nuevamente, ahora
por iniciativa de los demócratas en la Cámara de
60
Representantes, en 2022 y 2023 se suspendió la ayuda militar para
Guatemala, condicionada como parte de los esfuerzos anticorrupción en
Centroamérica.
Sorprendentemente, uno de los actores que más perdieron en la agenda
bilateral fueron los pueblos indígenas. Marco Rubio ni siquiera los mencionó
cuando expresó su compromiso de mantener y defender la democracia, la
estabilidad y la integridad de las instituciones, incluso cuando los pueblos
indígenas fueron quienes se movilizaron, y pagaron el mayor costo para
recuperar la democracia, ahora con la guerra jurídica que se ensaña contra los
líderes indígenas. ¿Es esto un coletazo de una agenda más amplia y del debate
cultural que se arrastra en Estados Unidos? ¿O es que no hay una propuesta para
movilizar su compromiso en defensa de la democracia? En todo caso, revela una
visión incompleta de los actores de la democracia en Latinoamérica.
La agenda estadounidense pasa en Centroamérica con dificultades para
consolidar su éxito, donde lo que está en juego es mucho más que una política
particular de aranceles. Muchos se preguntan si ya estos gobiernos en la región
no están perdiendo la lucha contra la corrupción, entre otras, al ver
trastornadas sus agendas de negociación intrarregional y para con Estados
Unidos.
61
De migrantes, pandilleros y terroristas, hasta la total multiplicación
de los enemigos. Impacto de las políticas de Donald Trump en El Salvador
Fátima Peña y
Amparo Marroquín Parducci
Cuando Donald Trump ganó de nuevo las elecciones presidenciales en
noviembre de 2024, algunos sectores sociales y académicos en El Salvador
intuyeron que muchas cosas cambiarían, tanto en el mundo como en el país.
También lo comprendieron los funcionarios del gobierno salvadoreño. No es de
extrañar que una de las personas más entusiasmadas con el regreso de Trump a la
Casa Blanca fuera, por supuesto, el presidente Nayib Bukele, quien de manera
explícita mostró su simpatía por Trump en distintos momentos.
El presidente Bukele fue un aliado importante de Trump durante su primer
mandato. Particularmente relevantes fueron sus esfuerzos por frenar la
migración irregular. Por ejemplo, junto a Honduras y Guatemala, El Salvador se
convirtió en un tercer país seguro, y permitió que Estados Unidos pudiera
deportar o mantener migrantes de forma indefinida en la región. El presidente
fue más allá, creó una policía de fronteras (border patrol) salvadoreña,
e insistió en endurecer las penas al oficio del coyotaje. A cambio, la primera
administración Trump mantuvo el Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus
siglas en inglés) para los salvadoreños, luego de algunas amenazas, permitió
que el flujo de remesas no se viera afectado y, por supuesto, tampoco se
escandalizó cuando Bukele militarizó la Asamblea Legislativa el 9 de febrero de
2020, o cuando fue acusado de violar Derechos Humanos con las medidas impuestas
para contener la pandemia de COVID-19.
Con esos antecedentes y nuevos guiños hacia el ex presidente Trump, el
presidente Bukele continuó preparando el camino de su principal fortaleza. Para
muchos, era previsible que la nueva administración Trump mostrara poco interés
en condenar o sancionar acciones antidemocráticas, hechos de corrupción o
violaciones a los derechos humanos cometidas por el gobierno de Bukele, a
diferencia de la postura inicial del gobierno de Joe Biden (US Embassy, 2021). Las prioridades
estaban en otros temas. Por ello, el presidente salvadoreño se anticipó de
forma rápida a fortalecer la relación cercana y colaborativa entre ambos
gobiernos. Además, Bukele se convirtió en una figura de referencia para los
simpatizantes de Trump agrupados en el movimiento MAGA (Make America Great
Again).
El 23 de enero de 2025, apenas tres días después de haber retomado el
poder, la Casa Blanca anunció en redes sociales que ambos mandatarios habían
sostenido una conversación telefónica sobre distintos temas. El comunicado
resumía la llamada en los siguientes términos:
Los dos líderes discutieron trabajar juntos para detener la inmigración
ilegal y combatir a las pandillas transnacionales como el Tren de Aragua. El
presidente Trump también elogió el liderazgo del presidente Bukele en la región
y el ejemplo que representa para otras naciones en el Hemisferio Occidental ( Bukele,
2025).
Sin embargo, antes de concretar una colaboración bilateral en esas
materias, una de las decisiones más impactantes en el entorno sociopolítico
salvadoreño fue el cierre de la Agencia de los Estados Unidos para el
Desarrollo Internacional (USAID). El 24 de enero, la administración Trump
emitió una orden que paralizó todos los proyectos financiados por USAID a nivel
mundial. El Salvador no fue la excepción. Según un reportaje de El Faro publicado
el 9 de marzo, hasta diciembre de 2024, la cooperación estadounidense había
62
desembolsado 154 millones de dólares para proyectos ejecutados por el
gobierno y la sociedad civil salvadoreña.
Con el recorte de fondos, organizaciones defensoras de derechos humanos,
promotoras de la transparencia y la democracia, así como medios de comunicación
independientes que fiscalizaban al gobierno de Bukele, fueron severamente
golpeados. Algunas debieron despedir a casi todo su personal y cerrar los
proyectos que ejecutaban (El Faro, 2025). Bukele no perdió
la oportunidad de pronunciarse al respecto. “Aunque se comercializan como
apoyo al desarrollo, la democracia y los derechos humanos, la mayoría de estos
fondos se canalizan hacia grupos de oposición, ONGs con agendas políticas y
movimientos desestabilizadores”, comentó el mandatario en su cuenta de X. De acuerdo con
los cálculos de la Asociación Nacional de Periodistas (APES), al menos once
medios y 50 personas de distintas redacciones fueron afectadas por el cese de
la cooperación.
El cierre de los proyectos de USAID debilitó muchas organizaciones y
espacios que han sido fundamentales en la construcción de un contrapeso al
oficialismo salvadoreño. Durante al menos la última década, parte de la
cooperación estadounidense se enfocó en fortalecer organizaciones de la
sociedad civil que promovían valores democráticos, la lucha contra la
corrupción y la transparencia en el Estado. USAID fue clave para el
funcionamiento de misiones de observación electoral, el fortalecimiento de las
autoridades electorales y los partidos políticos. Sin ese financiamiento, los
próximos procesos electorales y el sostenimiento de iniciativas de la sociedad
civil se fragilizan. Esta decisión representó una victoria más para el gobierno
salvadoreño.
Semanas después, el 15 de marzo, la administración Trump deportó a 238
venezolanos hacia El Salvador en tres vuelos. Según el gobierno estadounidense,
estas deportaciones estaban amparadas en la Ley de Enemigos Extranjeros de
1798, que permite al gobierno expulsar a ciudadanos de países considerados
hostiles durante períodos de conflicto. Tanto voceros oficiales como el propio
presidente Trump afirmaron que los deportados pertenecían a la banda criminal
Tren de Aragua, aunque investigaciones periodísticas revelaron que la mayoría
de ellos no tenía antecedentes penales en Estados Unidos.
Entre los
deportados se encontraba Kilmar Ábrego García, residente en Maryland. En su
caso se conocía la existencia de una orden judicial que impedía su deportación.
A pesar de ello, fue enviado a El Salvador y recluido en el Centro de
Confinamiento del Terrorismo (CECOT). Aunque el gobierno estadounidense
reconoció que su deportación fue “un error administrativo”, ha impedido su
retorno y continúa vinculándolo a la Mara Salvatrucha (MS-13).
El caso de Ábrego generó polémica en los círculos políticos de
Washington, sobre todo tras la reunión que Bukele y Trump sostuvieron el 14 de
abril en la Casa Blanca. En un intercambio con la prensa, se le preguntó a
Bukele si devolvería a Ábrego a Estados Unidos. Su respuesta fue tajante:
“¿Cómo puedo devolver a un criminal a Estados Unidos? ¿Meter un terrorista
ilegalmente? La pregunta es absurda. No tengo el poder de devolverlo”. Además,
aseguró que tampoco podía liberarlo en El Salvador, porque “no somos
partidarios de liberar terroristas en nuestro país” (BBC News, 2025). Con una simple declaración, el
presidente Trump y el presidente Bukele movieron el estatus de un migrante, al
de un terrorista, y con esa nueva construcción, sellaron su pacto de amistad.
Desde El Salvador, organizaciones defensoras de derechos humanos
cuestionaron el encarcelamiento de los ciudadanos venezolanos deportados, ya
que no hay evidencia que los vincule al Tren de Aragua, como han sostenido las
autoridades estadounidenses. Estas organizaciones también denunciaron la
violación del derecho al debido proceso y señalaron que las acciones podrían
constituir delitos.
Más allá de las
implicaciones legales, cabe preguntarse qué es lo que gana el presidente Bukele
encarcelando a ciudadanos venezolanos. Podría ser parte de una nueva
63
campaña para fortalecer su imagen en el exterior, sin embargo, esto
parece dudoso. Tampoco parece ser una cuestión de dinero. Su gobierno recibe
20,000 dólares por cada persona deportada y encarcelada. Tal vez espera
negociar una extensión del TPS; tal vez no, porque en Estados Unidos ya hay
voces que insinúan que ese programa ya no es necesario (Washington Examiner, 2025). De lo que sí hay
evidencia es que Bukele puso a disposición su cárcel más publicitada —además de
ofrecer un 50 % de descuento en la tarifa por recibir migrantes venezolanos— a
cambio de que Estados Unidos le devuelva a nueve pandilleros de la MS-13 bajo
su custodia, según reveló CNN el 28 de abril (El País, 2025). Entonces viene
otra pregunta central:¿Por qué interesa a Bukele que le devuelvan a los líderes
de las pandillas?
Las revelaciones periodísticas más recientes dicen algo sobre ello.
Algunos de estos líderes pandilleros poseen información sensible sobre
negociaciones pasadas entre el gobierno de El Salvador y la MS-13, y por ello
el presidente necesita desesperadamente su retorno. La pregunta es cuánta
información tienen estos nueve pandilleros que pueden poner en jaque el poder
de Bukele y su proyecto. Las negociaciones en torno a estos traslados son una
pieza central: yo recibo a tus indeseables, dame a mis líderes de pandillas; el
trato es este. Mientras tanto, hay beneficios colaterales: menos medios
independientes, menos procesos de educación en ciudadanía y democracia, más
silencio, más temor.
El nivel de controversia que estas decisiones generen dentro de Estados
Unidos determinará hasta dónde podrá llegar la alianza entre Trump y Bukele.
Por lo pronto, la influencia de Trump en El Salvador sigue dejando réditos. La
migración salvadoreña hacia Estados Unidos parece haber bajado a sus mínimos en
mayo de 2025, “se trata de un 14.8 % menos que los 317 retenidos en marzo
pasado y de un 94.2% menos que los registrados en abril de 2024” (Newsweek, 2025), el TPS se
mantiene, las remesas llegan. Y los vuelos de deportación de migrantes, que
ahora son pandilleros y terroristas, continuarán según lo establecido.
64
Nicaragua y el Gobierno sandinista: entre la
dependencia internacional y la estabilidad nacional
Darvin Antonio
Sánchez
Estados Unidos es el principal socio comercial de Nicaragua. En el
cuarto trimestre de 2024, el 38.7% de las exportaciones de Nicaragua tuvieron
como destino ese país. Las exportaciones estuvieron encabezadas por los
textiles, con un valor de 2,012.8 millones de dólares, de los cuales el 80.1 %
tuvo como destino el mercado estadounidense. Le siguieron los arneses
automotrices, con 799.7 millones y el tabaco, que alcanzó los 421.8 millones,
también dirigido mayoritariamente a Estados Unidos (80.2 %). El oro alcanzó un
valor de 1,353.9 millones de dólares; la carne bovina sumó 755.7 millones, y el
café aportó 524.4 millones (BCN, 2025).
El Banco Central de Nicaragua (BCN) también reportó que el resto de las
exportaciones se dirigieron a Canadá (12.7%), El Salvador (10.8%), México
(4.6%), Costa Rica (4.6%), Bélgica (2.8%), Guatemala (2.8%), Honduras (2.5%) y
Panamá (1.9%). La ausencia de Rusia y China en las estadísticas comerciales
resulta reveladora, dado que ambos son presentados por el gobierno sandinista
como aliados estratégicos. El contraste evidencia que Estados Unidos es el eje
económico de Nicaragua, mientras que Rusia y China, pese al discurso oficial,
siguen sin tener un rol relevante en su comercio exterior.
El gobierno
sandinista ha intentado proyectarse como un actor geopolítico autónomo, pero su
influencia real en el sistema internacional es limitada, pues Nicaragua
mantiene una fuerte dependencia económica de Estados Unidos. El país figura
como el más dependiente de remesas en América Latina, equivalentes al 29.4 %
del PIB nacional, provenientes en su mayoría de Estados Unidos (Artículo 66, 2025).
En este contexto, el gobierno del presidente Donald Trump impuso un
arancel del 18% a las exportaciones nicaragüenses. El gobierno de Nicaragua ha
señalado que aún no evalúa el impacto económico de dicha medida (SWI swissinfo.ch, 2025). Se trata de un arancel considerable,
especialmente si se compara con el 15% impuesto a Venezuela. A la fecha, no se
cuenta con proyecciones concretas sobre el efecto de estos aranceles.
Sin embargo, uno de los impactos más visibles parece darse en el ámbito
migratorio. Según datos del Censo de Estados Unidos, en 2020 se estimaba que
406,613 personas de origen nicaragüense residían en el país. La migración
nicaragüense hacia Estados Unidos ha mostrado un crecimiento sostenido desde
las protestas sociales de 2018. Anualmente arriban alrededor de 50,000
nicaragüenses. En 2024 más de 70,000 nicaragüenses pisaron tierras
estadounidenses (Regidor, 2024). Este fenómeno es
impulsado por una combinación de factores estructurales como la represión
política, la crisis económica y la precariedad social. No obstante, el análisis
integral de esta dinámica migratoria se ve limitado por la falta de datos
oficiales.
Esta escasez de información contrasta con la creciente visibilidad de
casos de vulneración de derechos humanos en territorio estadounidense. Por
ejemplo, en abril de 2025, migrantes nicaragüenses detenidos en la base de
Guantánamo denunciaron situaciones de aislamiento, intimidación y restricciones
en el acceso a asistencia legal (La Prensa, 2025). Paralelamente, se
reportó el traslado secreto de personas deportadas desde esa misma base hacia
Managua, en un operativo carente de transparencia (Confidencial, 2025).
Las políticas migratorias de la administración Trump han incrementado la
vulnerabilidad de la población nicaragüense en Estados Unidos al endurecer los
procesos de asilo, acelerar las deportaciones y reducir las protecciones
temporales. Estos cambios han
65
expuesto a cientos de personas al riesgo de retorno forzado sin
garantías jurídicas ni condiciones mínimas de protección. En Nicaragua, quienes
regresen, enfrentarían persecución política, estigmatización social y
dificultades para reinsertarse.
El fortalecimiento de los vínculos del gobierno sandinista con China y
Rusia responde al objetivo de ampliar su margen de maniobra regional y
diversificar sus alianzas estratégicas. Sin embargo, en la práctica, sigue
siendo un actor periférico, condicionado por las decisiones de potencias
mayores. Además, ha transitado desde un autoritarismo competitivo —en el que se
utilizaban procesos democráticos simulados para aparentar legitimidad (Levitsky & Way, 2002)— hacia una forma de
autoritarismo cerrado, donde ya no se considera necesario sostener siquiera
esas fachadas institucionales. Esto lo hace susceptible de presiones, sanciones
y aislamiento político.
Tras los primeros cien días del segundo mandato del presidente Donald
Trump, el presidente Daniel Ortega rompió su silencio el 30 de abril de 2025,
durante el acto de conmemoración del Día de los Trabajadores. Ese día, el
mandatario reveló por primera vez la existencia de ciudadanos nicaragüenses
prisioneros en la base de Guantánamo, así como la llegada de vuelos con
migrantes a Nicaragua. La intervención generó múltiples interpretaciones.
En el programa Confidencial, transmitido el 2 de mayo de 2025, se
describió al presidente Ortega como un actor profundamente aislado. Su silencio
fue interpretado como una estrategia para mantenerse “fuera del radar” y evitar
sanciones. En dicho análisis, el presidente fue caracterizado como un líder
autoritario frustrado, que intentó llamar la atención (Confidencial, 2025). En otro emisión de
Confidencial, Félix Maradiaga sostuvo que la ruptura del silencio respondió a
una reacción ante la pérdida de relevancia internacional. Según el analista, el
presidente Ortega es un actor debilitado que se victimizó.
Durante su discurso, el presidente Ortega denunció los aranceles del 18%
impuestos a las exportaciones nicaragüenses y criticó con dureza la política
migratoria de EE. UU. En el ámbito internacional, vinculó la crisis global al
envío de armas “a los nazis de Ucrania”, adoptando abiertamente la narrativa
rusa y alineándose con Moscú en el conflicto ucraniano.
Elogió a China como un aliado firme y modelo de desarrollo. Esta
actuación revela una comprensión táctica de Ortega sobre el valor del respaldo
internacional, particularmente de potencias autoritarias, como mecanismo para
reforzar su estabilidad interna. Tal como señala Oisín Tansey (2016), el apoyo
externo puede fortalecer la supervivencia doméstica de los regímenes
autoritarios al reducir los costos de su comportamiento represivo.
Este tono discursivo clarificó los alineamientos internacionales del
gobierno sandinista. En este escenario, “las alianzas con otros Estados
autoritarios ayudan en el desarrollo de estrategias para eludir las sanciones,
controlar la información y aumentar la legitimidad del régimen” (Tansey, 2016, p. 47). Esto responde a una
lógica de geopolítica realista orientada a la supervivencia de su gobierno.
Esta dinámica debe entenderse en el contexto del orden tripolar que asume el
gobierno sandinista, donde el peso geopolítico de China y Rusia representa un contrapeso
a la hegemonía estadounidense.
El presidente Ortega
se alineó estratégicamente con los polos liderados por Moscú y Pekín, confiando
en el respaldo político y diplomático. Eso respondió a una evaluación
estratégica del contexto. Se trató de una adaptación táctica frente a un orden
internacional en reconfiguración, donde el presidente Ortega apostó por
reforzar su pertenencia al eje de “resistencia global”, buscando preservar su
autonomía relativa frente al aislamiento occidental.
En un escenario internacional cambiante, el gobierno del presidente
Ortega percibe que su estabilidad y permanencia están condicionadas por
factores externos, particularmente por el curso que tomen las relaciones entre
Washington, Moscú y Pekín. Con base en ello, se plantean tres escenarios
analíticos:
66
Primero, la intensificación de sanciones y el aislamiento internacional
configuran un escenario indeseable para el gobierno sandinista. Esta presión es
encabezada por figuras como Marco Rubio, quien ha descrito a Ortega como un
“gran desafío” para los intereses de EE.UU. y como líder de una “dinastía
familiar” (Agencia EFE, 2025). Paralelamente,
sectores de la oposición nicaragüense han promovido desde años atrás la
aplicación de sanciones mediante gestiones diplomáticas en Estados Unidos.
Segundo, el presidente Ortega podría optar por un reposicionamiento
pragmático mediante una modulación discursiva, una estrategia que ya se
encontraba en marcha antes de romper el silencio. El presidente Ortega buscaría
construir una relación comercial pragmática con la administración Trump. El
objetivo sería reducir la presión internacional sin implementar reformas
estructurales, preservando al mismo tiempo la estabilidad del gobierno y sus
alianzas estratégicas con China y Rusia para mantenerlos como una tabla de
salvación.
Tercero, la implosión interna y el colapso del aparato de control. Este
escenario disruptivo plantea que el régimen sandinista podría enfrentar una
crisis interna derivada del agotamiento económico, la fatiga del aparato
represivo y la descomposición de las élites clientelares. No se trataría
necesariamente de una transición democrática, sino de una reconfiguración del
poder provocada por la inviabilidad estructural del sistema, más que por
presiones externas.
67
Donald Trump y
Panamá: ¿Volviendo a 1903?
Olmedo Beluche
Para la ideología
imperialista yanqui, Estados Unidos es el equivalente moderno del Imperio
romano, y cada presidente norteamericano debe presentarse, al igual que los
césares antiguos, como conquistador de algún territorio y masacrador de algún
pueblo “bárbaro”. Donald Trump no pretende quedarse atrás en este objetivo así
que, desde su discurso de toma de posesión se fijó como meta la “conquista” de
Panamá, el equivalente de la Galia de Julio César, en su imaginación.
Para hacer más
magnificente su pretensión, trató de convencer al público estadounidense de que
el pequeño istmo de Panamá y su canal había sido tomado por el maligno poder
militar de su potencia rival, China. Sostuvo que los corruptos gobernantes
panameños (esta parte es cierta), habían recibido de regalo el Canal de Panamá
construido por ellos a cambio de un dólar (falso) y se había traspasado su
manejo al imperio chino (parece un chiste, en Panamá la gente sonrió).
Como buen publicista,
más que guerrero, Donald Trump necesitaba dar unos golpes de efecto que
pareciera que lograba una gran victoria cuando en realidad se fijó un objetivo
fácil. En vez de actuar como Julio César que tomó la Galia, Trump ha actuado
como Calígula que simuló tomar Britania, pero se conformó con recoger conchas
del mar de la costa francesa para presentarlas como evidencia de su triunfo.
Así que, a sabiendas de la corrupción, docilidad y cobardía del gobierno
panameño, encabezado por José Raúl Mulino, presidente de la república panameña
de cuestionable legitimidad, envió primero su avanzada con Marco Rubio,
secretario de Estado, quien con solo mostrar sus dientes logró que el
presidente panameño rompiera el acuerdo de la Ruta de la Seda con China,
declarara la congelación de las relaciones con ese país, aceptara recibir
migrantes expulsados de Estados Unidos e incluso una base militar en Darién.
Suavizado el terreno, en la segunda semana de abril, Donald Trump envió
a Panamá a su centurión, Pete Hegseth, secretario de Defensa, quien con orgullo
le ha llevado a Washington un Memorando de Entendimiento.
Este Memorando de Entendimiento le cede a los Estados Unidos tres bases
militares en las riberas del Canal de Panamá, reviviendo sitios militares
extintos en 1999, gracias a la lucha generacional del pueblo panameño,
materializada en los Tratados Torrijos – Carter de 1977. Las bases militares
cedidas por el gobierno de Mulino y su ministro de Seguridad Frank Ábrego son:
1. La base aérea de “Howard”, que había sido bautizada
como “teniente Octavio Rodríguez”, héroe panameño asesinado por las tropas
norteamericanas durante la invasión del 20 de Diciembre de 1989, lo cual es una
ofensa para la memoria de los caídos en aquella agresión del ejército
norteamericano a Panamá en la que fueron asesinadas más de 500 personas según
datos oficiales.
2. La base naval de
“Rodman”, rebautizada como “Vasco Núñez de Balboa” y “capitán Noel A.
Rodríguez”, ubicada en el sector oeste de la entrada del canal, justo enfrente
del puerto de Balboa, administrado (hasta ahora) por la empresa china Panamá
Ports.
3. La base aeronaval
“Sherman”, que había sido rebautizada como “Cristóbal Colón”, en la que se les
cedió aeropuerto, puerto y un polígono de tiro, ubicada en el sector oeste
68
del lado caribeño del canal, frente a la ciudad de Colón y el puerto de
Cristóbal (también administrado por la empresa china, Panamá Ports).
Adicionalmente, mediante una Declaración Conjunta (cuyo texto aún no se
ha hecho público), firmado por el ministro del canal, José Icaza, y Hegseth,
Trump logró el paso gratuito de embarcaciones de la armada de los Estados
Unidos por el Canal de Panamá, a un “costo neutro” para Panamá (lo que nadie
sabe aún qué significa).
Un regalo adicional
para Trump fue la auditoría realizada por la Contraloría General de la
República de Panamá al contrato con la empresa china Hutchinson, administradora
de los puertos de Balboa y Cristóbal, hecha pública el día de la llegada de
Pete Hegseth, por la cual se evidencian abusos económicos contra Panamá (como
los que cometen los otros puertos y empresas transnacionales que operan aquí),
y que podría llevar a la anulación de dicha concesión
Mulino y sus ministros creen engañar al pueblo panameño diciendo que el
Memorando habla de respeto a la “soberanía” panameña y no menciona el concepto
“base militar”. Pero una base militar es una base militar si, como dice el
acápite 1 del Memorando: “… el personal de EE UU y los contratistas de los EE
UU, …, podrán utilizar ubicaciones autorizadas, las instalaciones y áreas
designadas para impartir entrenamiento, realizar actividades humanitarias,
llevar a cabo ejercicios, visitas, almacenar o instalar propiedad de los EE UU,
y cualesquiera actividades de otro tipo, conforme lo establezcan mutuamente los
Participantes” (acápite 5). Todo sin costo alguno para Estados Unidos.
El acápite 2, habla de profundizar “relación en materia de seguridad”
para “hacer frente a los desafíos de seguridad compartidos”, sin definir
cuáles, pero que reiteradamente en sus declaraciones, Hegseth afirmó que era
China.
Y, aunque el acápite
6 afirma que la seguridad primaria en esas áreas le corresponde a Panamá, el
acápite 7 dice que se designarán “ciertas secciones de las instalaciones y
áreas designadas para el uso destinado al personal de EE UU” a las que la
seguridad panameña sólo entrará con “notificación previa”.
El acápite 11 del
memorando menciona que el personal y “la propiedad” de Estados Unidos
“incluidos vehículos, embarcaciones y aeronaves han de permanecer bajo control
de los EE UU”, …, “incluyendo los concernientes a desechos generados por un
incidente o accidente…”.
Cabe resaltar que, en
su encabezado, el Memorando alude como fundamento de derecho al Intercambio de
Notas, denominado “Acuerdo entre el Gobierno de la República de Panamá y el
Gobierno de los Estados Unidos de América concerniente a la condición del
personal de los Estados Unidos que podría estar presente temporalmente en
Panamá”, firmado el 15 y 20 de septiembre de 2022; y al “Acuerdo
de adquisición y prestación recíproca de servicios (US-PA-01) entre el
Ministerio de Seguridad Pública de la República de Panamá y el Departamento de
Defensa de los Estados Unidos de América”, hecho el 28 de junio
de 2019 (el ACSA).
Lo cual demuestra que la traición a los Mártires del 9 de Enero de 1964,
que lucharon bajo la consigna “Bases No”, ya había iniciado con los gobiernos
de Juan Carlos Varela (Panameñista) y de Laurentino Cortizo (Partido
Revolucionario Democrático, PRD), y que esta política de retorno de la
presencia militar norteamericana en el canal empezó a ser ejecutada por el
gobierno demócrata de Joseph Biden, y no es exclusiva de Donald Trump.
Trump se anota una primera aparente victoria fácil, con la ayuda de un
gobierno cipayo y genuflexo como el de Mulino. Así, Donald Trump cree emular al
presidente William McKinley, al que aludió en su discurso de toma de posesión
el 20 de enero pasado. McKinley fue el que declaró la guerra contra España, en
1898, arrebatándole sus últimas colonias, Cuba,
69
Puerto Rico, Filipinas y Guam, pasándolas a control norteamericano para
convertir a ese país en potencia extracontinental.
Lo cual puso a Panamá
como objetivo del que tomar control por parte de Estados Unidos, para construir
un canal que permitiera a su armada naval “defender” sus intereses
imperialistas en ambos océanos. Pero McKinley fue asesinado, por lo que le
correspondió a su sucesor, Teodoro Roosevelt, completar el expansionismo
imperialista en el Istmo de Panamá.
Muchos panameños y
panameñas ignoran que Roosevelt forzó la separación de Panamá de Colombia, el 3
de noviembre de 1903, con una invasión militar de más de 10 acorazados y miles
de soldados, para imponer el Tratado Hay Bunau Varilla. Y luego se jactó diciendo
“I took Panama”.
Por lo pronto, Donald Trump hace gala de su pequeña victoria, pero el
pueblo panameño empieza a tomar conciencia de la traición que acaba de consumar
Mulino. Inicia la movilización en defensa de la soberanía nacional, pisoteada
por el imperialismo yanqui y los vendepatria criollos, en la que nuestro pueblo
encontrará inspiración en las generaciones que nos precedieron, como los
Mártires de Enero de 1964, quienes hicieron frente a las balas yaquis, al grito
de ¡BASES NO!
70
Costa Rica y Donald Trump: aliado irrestricto y país puente de las
deportaciones
David Díaz Arias y
Ronny Viales Hurtado
A inicios de abril de 2025, el dos veces expresidente de Costa Rica
(1986-1990 y 2006-2010) y Premio Nobel de la Paz (1987), Óscar Arias Sánchez,
informó en una rueda de prensa que Estados Unidos había revocado su visa. Antes
de Arias, en marzo, el gobierno de Donald Trump también le había revocado la
visa a tres diputados costarricenses y a seis trabajadores y al presidente del
sindicato del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), un ente público
que brinda servicios de electricidad y telecomunicaciones, el cual ha sido un
buen competidor en el libre mercado de telefonía móvil e internet. Además, otra
persona que perdió la visa fue Yang Peng, apoderado generalísimo en Costa Rica
de la empresa china Huawei (Delfino, 2025). Durante su
rueda de prensa, muchos periodistas consultaron a Arias sobre los motivos
detrás de la cancelación de su visa, pero el político argumentó que no tenía
idea al respecto.
Unas semanas antes, en una entrevista con el periódico costarricense La Nación (2025), al
criticar la posición servil hacia Estados Unidos de Rodrigo Chaves, actual
presidente de Costa Rica (2022-2026), Arias había afirmado que durante sus
gobiernos este país nunca había recibido órdenes desde Washington cuyo líder
político (es decir, Trump) “se comporta como un emperador romano, diciéndole al
resto del mundo lo que debe hacer”. ¿Fueron esas declaraciones el motivo detrás
de la cancelación de su visa? No, el motivo fue China, y la actitud de la
administración Trump alentó un giro de 180 grados en la política exterior de
Costa Rica hacia China.
Las relaciones entre este pequeño país centroamericano y la potencia
mundial se remontan al siglo XIX, pero, por motivos históricos, se configuraron
de forma muy diferente a otras experiencias latinoamericanas, pues en Estados
Unidos prevalecieron percepciones muy positivas sobre Costa Rica, incluso a
pesar de los estereotipos negativos de los estadounidenses hacia sociedades
latinoamericanas y del Caribe. Algunos investigadores han sugerido que esas
actitudes llevaron a que Washington nunca interviniera en la política
costarricense, lo que redujo el antiamericanismo en este país (Longley, 1997). La única desavenencia entre
estas dos naciones ocurrió en 1917-1919, cuando el gobierno de Woodrow Wilson
se negó a reconocer como legal la administración de Federico Tinoco, por
considerar que había llegado al poder por medios ilegales (Murillo, 1981). Durante la Guerra
Fría, Costa Rica sirvió como un ejemplo de democracia, el cual Estados Unidos
utilizó para enfrentar a la Revolución Cubana y los intentos de la Nicaragua
sandinista (1979-1990) por consolidar su revolución. Las visitas de presidentes
estadounidenses a Costa Rica, como la de John F. Kennedy en 1963 o la de Bill
Clinton en 1997, fueron verdaderas fiestas nacionales.
¿Ha cambiado todo eso con el regreso de Trump a la Casa Blanca?
Oficialmente no, pues, como reclamaba Arias, el gobierno de Chaves se ha
comportado como un aliado irrestricto de Estados Unidos, tanto con la
administración de Joe Biden como en la de Trump. En agosto de 2023, Chaves se
reunió con Biden en la Casa Blanca; aunque antes de esa entrevista Chaves había
asegurado que su administración no tomaría ninguna postura con respecto a la
competencia entre Estados Unidos y China (La República, 2023), en octubre de ese
año, el gobierno costarricense emitió un decreto sobre el desarrollo
de la red de telecomunicaciones de quinta generación (5G), con el
71
cual prohibió la participación de empresas de
países que no hubieran suscrito el Convenio de Budapest (2001) sobre
ciberseguridad, excluyendo así a las empresas de capital chino. Esa acción se
justificó oficialmente porque las autoridades costarricenses consideran a China
como un factor de riesgo para la ciberseguridad del país y porque el sistema
político “totalitario” chino no garantiza que sus empresas puedan recibir
alguna sanción en caso de que sean denunciadas. China repudió el decreto y
acusó al gobierno costarricense de discriminar a Huawei (El País, 2023). Hasta aquel
momento, Costa Rica había tenido muy buenas migas con China desde que
establecieron relaciones bilaterales en 2007, bajo el segundo gobierno de
Arias.
Así que el camino en Costa Rica, en cuanto a su vínculo obediente con
Estados Unidos, estaba trazado antes de que llegara Trump. Por eso, después de
reunirse en la capital costarricense con el presidente Chaves a fines de enero
de 2025, Mauricio Claver-Carone, enviado especial del Departamento de Estado
para América Latina, calificó a Chaves como un “gran aliado de Estados Unidos
en la contención de la influencia de China en la región” y subrayó que el
costarricense entendía muy bien la “amenaza” china para la región (La Nación, 2025). Unos días después,
el Secretario de Estado, Marco Rubio, visitó a Chaves y lo elogió por su
firmeza, por el decreto de 2023 y aseguró que “Estados Unidos cooperará para
que se castigue a funcionarios estatales [costarricenses] que favorezcan a
‘actores extranjeros’ considerados peligrosos para la ciberseguridad” (El País, 2025). Con
esa declaración, quedó sentenciado cualquiera que tomara la vía de defender el
libre comercio con China en tiempos de Trump.
Costa Rica, además,
ha colaborado como “país puente” con la política de expulsión de migrantes
indocumentados desarrollada por Estados Unidos desde enero de 2025. A finales
de febrero, el país recibió a 135 migrantes asiáticos, africanos y del este de
Europa expulsados por la administración estadounidense y los colocó en el
Centro de Atención Temporal para Migrantes.
A pesar de esas colaboraciones y halagos, Trump le impuso aranceles del
10% a las exportaciones costarricenses. El impacto económico en Costa Rica del
proteccionismo nacionalista estadounidense es claro en cuatro efectos: 1) menos
exportaciones, lo cual implicará menos entrada de divisas por productos como el
café, el banano, la piña y el azúcar; 2) menos turistas estadounidenses
visitarán el país; en contraste, durante 2024 seis de cada diez turistas en
Costa Rica procedían de Estados Unidos; 3) la reducción de la inversión
extranjera, particularmente en las llamadas zonas francas, es decir, el espacio
más dinámico de la economía costarricense y; 4) mayor presión sobre el tipo de
cambio, pues bajará la oferta de dólares y eso repercutirá en una devaluación
del colón que había ganado valor en el último año (La República, 2025).
En conclusión, el estilo de la diplomacia de la administración Trump
llevó a Costa Rica a cambiar su actitud amistosa hacia China, por lo que es muy
posible que, en el último año de la administración Chaves, se fortalezca ese
tipo de relación entre Costa Rica y Estados Unidos, por lo que el país
centroamericano seguirá las instrucciones que lleguen desde Washington al
respecto. La presión de la cancelación de visas puede ser un buen instrumento
para acallar voces críticas de esa relación, pues existe una visión popular que
considera la visa estadounidense como un capital simbólico y material.
Asimismo, es muy posible que, en términos de seguridad, la potencia del norte
imponga nuevas reglas para el país. Además, el efecto Trump impactará las
elecciones nacionales que se desarrollarán en Costa Rica en febrero de 2026,
pues una cercanía o alejamiento de los candidatos presidenciales con la imagen
de Trump se explotará en la propaganda electoral sin ninguna duda. La política
interna de los Estados Unidos podrá variar en función de la presión interna de
los opositores al gobierno, de la juventud y de la
72
sociedad civil en general, pero ese escenario
apenas empieza a cambiar, de ahí que todavía no es visible un cambio en la
dirección general del gobierno ni en su visión geopolítica y de guerra
comercial.
73
Cuba: El
recrudecimiento de la estrategia coercitiva
Willian Espronceda
Rodríguez
Los primeros 100 días del actual gobierno de Donald Trump en Estados
Unidos, cumplidos el 30 de abril de 2025, han marcado un nuevo giro en la
política exterior estadounidense, con consecuencias particularmente severas
para Cuba. En este corto periodo, Trump ha revertido medidas que flexibilizan
la política hostil contra Cuba, implementadas durante el gobierno de Joe Biden
y heredadas, en gran parte, de la administración Obama. Esta estrategia
coercitiva no representa una novedad, pues en su primer mandato la
administración Trump (2017-2021) elaboró más de 240 medidas que implicaron
severas sanciones contra Cuba. Estas acciones incluyeron restricciones a
importaciones (como el ron y tabaco cubano), persecución financiera (multas a
bancos y cierre de cuentas), sanciones extraterritoriales a navieras y empresas
vinculadas con Cuba, y limitaciones drásticas al sector turístico (prohibición
de cruceros, vuelos reducidos y lista de alojamientos vetados). Estas medidas,
aplicadas incluso durante la pandemia, afectaron gravemente la economía y la
vida cotidiana de los cubanos.
Entre las reciente medidas de la actual administración Trump, destaca
por su alcance e impopularidad internacional, la inclusión de Cuba en la lista
de países patrocinadores del terrorismo. Sin evidencia demostrada, más allá de
la retórica, esta medida funciona como plataforma jurídica para justificar el
incremento de sanciones comerciales, financieras y restricciones en las
transacciones internacionales del Estado cubano. Esta medida también afecta
directamente a los ciudadanos cubanos, provocando el cierre de sus cuentas
personales en bancos de cualquier país que mantenga vínculos con el sistema
financiero estadounidense. Del mismo modo, les impide realizar transacciones a
través de plataformas como Upwork, Zelle o PayPal, y los excluye del uso de
Western Union para el envío de remesas, limitando severamente sus opciones
económicas a nivel global.
Esta última barrera
ha implicado el uso de método informales para el envío de remesas a través de
cubanos que viajan a la Isla, quienes cobran un alto impuesto por el traslado
monetario. Y todavía más, cubanos residentes en terceros países enfrentan cierre
de cuentas bancarias sin previo aviso y startups cubanas no pueden acceder a
pasarelas de pago (Stripe, Mercado Pago). Todo ello ha condicionado el
surgimiento de economías paralelas a través de las criptomonedas como Bitcoin.
La influencia comercial de la inclusión de Cuba en la lista de países
supuestamente patrocinadores del terrorismo es tal, que incluso países aliados
como China y Rusia enfrentan obstáculos para comerciar con Cuba en dólares.
El reforzamiento de la Lista de Entidades Cubanas Restringidas, creada
por el Departamento de Estado, constituye otras de las medidas reimpulsadas por
la reciente administración. Este instrumento en materia de política exterior,
está diseñado para restringir las transacciones económicas selectivas entre
actores económicos estadounidenses y entidades cubanas vinculadas al sector
estatal. Esta lista opera, además, como mecanismo disuasorio de carácter
extraterritorial, al inducir a instituciones financieras internacionales
-incluso aquellas sin vínculos directos con Estados Unidos- a interrumpir
relaciones comerciales o restringir transacciones ante la percepción de Cuba
como jurisdicción de alto riesgo regulatorio. Este efecto deriva de la teoría
del llamado efecto paralizante en el comercio internacional, donde la amenaza
de sanciones secundarias por parte del gobierno estadounidense, genera un
cálculo
74
costo-beneficio adverso para los actores
financieros, independientemente de la legalidad local de las operaciones. Según
el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, actualmente existen 231
empresas cubanas incluidas en la lista, y como ejemplo menciona la no
renovación de la licencia a Marriott International para operar en Cuba por
parte del Departamento del Tesoro (MINREX, 2025). Este es un caso
paradigmático de coerción económica calculada.
Como parte integral
de las medidas coercitivas contra Cuba, el secretario de Estado, Marco Rubio,
anunció el 31 de enero de 2025 la reactivación del Título III de la Ley
Helms-Burton. Esta disposición faculta el ejercicio de acciones legales ante
tribunales federales estadounidenses, por parte de ciudadanos nacionales
-incluyendo cubanoamericanos naturalizados- cuyos bienes fueron objeto de
nacionalización en Cuba con posterioridad al triunfo revolucionario de 1959. La
medida consolida el carácter extraterritorial al permitir litigios contra
entidades de terceros países que comercialicen o utilicen dichas propiedades
nacionalizadas, generando con ello un desestímulo a la inversión extranjera
directa en Cuba.
Como otro mecanismo de sanción, el gobierno estadounidense ha ampliado
las restricciones de visado para incluir a funcionarios públicos de aquellos
países que mantienen acuerdos de cooperación médica con Cuba; extendiendo así
el alcance extraterritorial de sus sanciones. Esta medida pretende desacreditar
este programa humanitario, mientras afecta a poblaciones vulnerables del Sur
Global y reduce los ingresos de la Isla por servicios médicos, vitales para la
economía cubana.
En el caso de las
medidas migratorias implementadas por la administración Trump hacia Cuba
-incluyendo restricciones de visas y limitaciones a acuerdos bilaterales- deben
entenderse dentro del contexto más amplio de su política migratoria regional,
que prioriza la contención coercitiva sobre consideraciones humanitarias. Esta
aproximación, alineada con iniciativas como el programa “Quédate en México”,
refleja una estrategia consistente de utilizar los flujos migratorios como
herramienta de presión política, tanto a nivel bilateral como en el marco de
las relaciones hemisféricas, donde Cuba representa un caso particular, pero no
aislado, dentro de esta arquitectura de control migratorio reforzado.
El 20 de enero de 2025, Trump eliminó mediante orden ejecutiva el
programa de “parole humanitario” que beneficiaba a cubanos, venezolanos,
nicaragüenses y haitianos. Con esta cancelación, más de medio millón de
personas que ya habían sido aprobadas o estaban en proceso de solicitud, se han
quedado sin opciones legales inmediatas para emigrar. Los cubanos que ya
estaban en territorio estadounidense, al menos han podido recurrir a la Ley de
Ajuste Cubano como principal mecanismo para regularizar su estatus migratorio,
aunque con importantes limitaciones. Los migrantes de las otras nacionalidades
han salido más perjudicados, en tanto se encuentran limitados a complejos
procesos de asilo con altas tasas de rechazo. La decisión, calificada como
inhumana por los gobiernos afectados, ha generado como consecuencia un aumento
de la migración irregular a través de México. Conjuntamente con la aplicación
de esta orden ejecutiva, el gobierno estadounidense ha convertido la Base Naval
de Guantánamo en un centro de detención provisional para migrantes catalogados
como “de alto perfil de seguridad”, bajo los nuevos protocolos migratorios.
Como parte de su tradición de resistencia, ante la intensificación de
las sanciones económicas, el gobierno cubano ha continuado con su estrategia de
colaboración con Rusia y China, para mitigar el impacto de las nuevas medidas
de presión económica de la administración Trump en particular; y las sanciones
económicas, comerciales y financieras, como parte de la estrategia de los
distintos gobiernos estadounidenses desde 1959. Los países que conforman la
Alianza
75
Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América
(ALBA) han seguido apoyando a Cuba en sus declaraciones, mientras que la Unión
Europea, aunque condena las medidas coercitivas, evita la realización de
acciones concretas que impliquen conflicto político y económico con la
administración de Trump. Al mismo tiempo, el Ministerio de Relaciones
Exteriores de Cuba ha denunciado al gobierno de Estados Unidos por el uso de
Guantánamo como centro de detención migratoria forzada.
Ahora bien, en
términos prospectivos, el panorama a mediano plazo de las relaciones
Cuba-Estados Unidos (2025-2028) se perfila como un escenario de conflicto
asimétrico institucionalizado, en el que el escenario más probable es la
continuidad del régimen de sanciones de la administración Trump, sin lograr su
objetivo declarado de cambio de régimen. Sin embargo, si lograra agravar la
situación precaria de la economía cubana que, a pesar del fortalecimiento de la
cooperación económica con China, Rusia y otros socios estratégicos (Vietnam,
México y los países del ALBA), continuará experimentando un deterioro sistémico
si no se impulsan, por parte del gobierno, reformas estructurales profundas en
la economía cubana.
Puerto Rico frente a las políticas de Trump 2.0:incursiones migratorias
e impactos de tarifas y recorte presupuestarios.
Liliana Cotto
Morales
Las relaciones bilaterales entre Puerto Rico y Estados Unidos están
marcadas por una compleja interacción de dependencia económica, política y
social. A más de 100 días de la segunda administración Trump, diversas
políticas han comenzado a redefinir esta relación, generando efectos que aún
resuenan en la isla. El análisis del impacto de estas medidas en Puerto Rico
revela un escenario complejo en el contexto de las políticas del gobierno
federal y su efecto sobre la colonia-no estado. A pesar de que la realidad
jurídica colonial delimita la soberanía de Puerto Rico y que las decisiones
presidenciales, influenciadas por políticas internas y externas, tienen efectos
profundos en la vida política, social y económica del territorio estas no
determinan las respuestas del país.
Desde su invasión en 1898, Puerto Rico ha sido sometido a un
colonialismo clásico, manejado por mecanismos como la soberanía del Congreso de
Estados Unidos, control militar, económico y de comunicaciones. La relación de
EEUU con su territorio colonial es desde la Presidencia. Cada Presidente le da
su forma e interpretación. La administración de Trump, de 2017-2020 y ahora
2025, ha tratado a Puerto Rico como una colonia pobre que resulta muy costosa.
Ignora la apropiación que las corporaciones de Estados Unidos hacen de la
producción de los trabajadores de la isla. Todas las corporaciones se
benefician de deducciones y exenciones fiscales. Trump propicia una política
federal que en ocasiones minimiza o ignora las demandas de soberanía y justicia
social de la población puertorriqueña.
El gobierno local, que desde 1968 se ha repartido entre dos partidos que
se alternan el control administrativo de la colonia, en muchas ocasiones, no
prioriza en la defensa de los derechos humanos, el ambiente, la identidad
colectiva de afirmación nacional, ni en el bienestar de las puertorriqueñas/os.
Estas acciones se organizan desde la sociedad civil. La gobernadora, recién
electa, es aliada política de Trump. Ha sido percibida por algunos sectores
como poco proactiva frente a las amenazas y recortes federales. Ha limitado sus
gestiones a reunirse con agencias federales y ha expresado temor de antagonizar
a Trump.
Dada la complejidad de la relación entre Puerto Rico y los Estados
Unidos, se identifican como principales temas del impacto del nuevo gobierno
estadounidense la política migratoria, la guerra tarifaria, el Departamento de
Eficiencia Gubernamental (DOGE), las regulaciones financieras y los recortes en
el gobierno federal, ambiente, educación, salud y la Agencia Federal para el
Manejo de Emergencias (FEMA).
Durante el segundo mandato del presidente Donald Trump, iniciado en
enero de 2025, se implementaron políticas migratorias más estrictas que
afectaron significativamente a la comunidad inmigrante en Puerto Rico. Las
órdenes ejecutivas emitidas por Trump, como la “Orden Ejecutiva de Protección
del Pueblo Estadounidense contra la Invasión” del 20 de enero de 2025,
autorizaron redadas masivas en zonas urbanas, incluyendo Puerto Rico. El 26 de
enero de 2025, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) llevó a
cabo una redada en Barrio Obrero, San Juan, deteniendo a inmigrantes sin
historial delictivo, principalmente de la comunidad dominicana. Estas acciones
generaron un clima de miedo e incertidumbre, afectando el acceso a servicios
esenciales como la salud y la educación (AP, 2025).
77
Muchos inmigrantes dominicanos votaron por la
Gobernadora. Hasta marzo algunos dominicanos, según la prensa, conservaban una
cierta esperanza en la protección del gobierno de Puerto Rico. La expectativa
inicial de apoyo y esperanza se tornó en angustia y resentimiento Ya de marzo
en adelante se reportaron situaciones de miedo, de enfermedad y hambre. Miedo a
ir al trabajo, y a enviar a los niños a las escuelas, a ir de compras o a los
hospitales. La economía local se vio afectada. Por ejemplo, muchos negocios de
comida cerraron, trabajadoras domésticas no llegaron a sus trabajos, el cuidado
de ancianos y niños también se vio afectado. La incertidumbre generada por
estas medidas debilitó sectores económicos dependientes de la mano de obra
inmigrante. A mediano plazo, la falta de protección para estas comunidades
podría generar una reducción en la fuerza laboral y afectar la estabilidad
social y/o generar acciones colectivas de diversos índoles en marcos
institucionales y fuera de ellos.
Las políticas migratorias más estrictas del presidente Donald Trump en
su segundo mandato generaron respuestas diversas tanto del gobierno local como
de la sociedad civil, reflejando tensiones entre las disposiciones federales y
las particularidades sociales, políticas y culturales del territorio. El
gobierno de Puerto Rico adoptó una postura ambigua frente a las políticas
migratorias federales. Aunque la gobernadora Jennifer González expresó
públicamente su preocupación por las redadas, no se han implementado medidas
concretas para proteger a la población inmigrante. En respuesta a las políticas
de Trump, más de 50 organizaciones, incluyendo la ACLU, Unión Estadounidense por las Libertades Civiles,
Cap. Puerto Rico, crearon el “Frente Amplio Contra Las Políticas
Migratorias de Trump”, exigiendo al gobierno local que garantice los derechos
humanos de los inmigrantes y que no colabore con las autoridades federales en
las redadas.
Frente a la inacción gubernamental, la sociedad civil puertorriqueña
respondió con firmeza. El Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, en colaboración
con notarios y universidades, ofreció servicios gratuitos y capacitaciones para
asistir a personas indocumentadas. Asimismo, Ayuda Legal organización feminista
para la defensa del acceso a la vivienda de las mujeres y los derechos de mujeres
inmigrantes. Además, otras organizaciones feministas y de derechos humanos,
como el Observatorio de Equidad de Género, denunciaron el aumento de feminicidios y
desapariciones de mujeres, algunas de
las cuales se encontraban en situación migratoria irregular, y exigieron
políticas públicas que protejan a todas las personas, independientemente de su
estatus migratorio (Ayuda Legal Puerto Rico, 2025).
Las políticas migratorias de este segundo mandato evidenciaron la
fragilidad institucional del gobierno del Estado Libre Asociado de Puerto Rico
frente a la presión federal y la fortaleza de la sociedad civil organizada.
Mientras el gobierno local evitó confrontar directamente las medidas impuestas
desde Washington, diversas organizaciones asumieron la responsabilidad de
proteger a las comunidades más vulnerables. Este escenario resalta la
importancia de la participación ciudadana y la movilización social en la
defensa de los derechos humanos, especialmente en contextos donde el Estado no
garantiza plenamente la protección de todas las personas bajo su jurisdicción.
La política comercial de Trump, particularmente la guerra tarifaria y su
imposición de aranceles a productos importados encarecerá la canasta básica de
los puertorriqueños. La Ley Jones obliga a que las importaciones, el 89% del
consumo, lleguen a Puerto Rico en barcos estadunidenses, los más caros del
mundo. Los productos son mas caros. La guerra de tarifas agrava esta situación.
Tendrá un impacto directo en la economía puertorriqueña al afectar el comercio
entre Puerto Rico y sus socios internacionales. Elevará los costos de
alimentos, materiales de construcción y
78
bienes esenciales. Según un informe del Centro
para la Nueva Economía (CNE, 2025), estos aumentos en los costos
afectan la economía local, dificultando aún más la recuperación del territorio
tras los desastres naturales (huracanes, terremotos, pandemia) y emergencias
socioeconómicas (crisis fiscal y energética).
En materia de regulaciones financieras, los cambios impulsados por Trump
en torno a criptomonedas, como DOGE, y las reformas fiscales crearon
inestabilidad en el mercado. Puerto Rico, ha sido un atractivo destino para
inversionistas gracias a leyes fiscales favorables —como la Ley 60— que ofrece
inmensos beneficios a las corporaciones de Estados Unidos, mismos que vieron
sus expectativas modificadas por las decisiones federales. A mediano plazo, la
falta de claridad en las políticas locales y la incertidumbre en los mercados y
la tensión en las políticas de inversión han afectado las expectativas de
crecimiento y estabilidad económica de estos millonarios que se benefician en
el territorio, reduciendo su atractivo para inversionistas.
Un impacto inmediato serán los recortes en fondos federales para
educación, ambiente y FEMA (El nuevo día,
2025). La disminución en fondos para educación afectaría las instituciones públicas
en todos sus programas. El desmantelamiento del Departamento de Educación
Federal podría reducir los miles de millones de dólares otorgados a través del
Título I de la Ley de Educación Elemental y Secundaria y la Ley de Educación
para Individuos con Discapacidades, ambos administrados actualmente por el
gobierno federal. Aproximadamente $2,400 millones, o el 45%, del presupuesto de
$5,300 millones del Departamento de Educación de Puerto Rico para el año fiscal
2025 provienen directamente del gobierno federal estadounidense. Antes de la
llegada de Trump el gobierno de Puerto Rico, aliado a la Junta de Control
Fiscal del Congreso de Estados Unidos. El Poder Fiscal Supremo, desde 2016,
había cortado ya el presupuesto de la universidad pública en su asedio
neoliberal. La Junta de Gobierno de la Universidad de Puerto Rico (UPR), se
sometió a la orden de Trump de eliminar los programas de diversidad e
inclusión. La defensa de la UPR está en manos del estudiantado y los sindicatos
docentes y no docentes.
El financiamiento federal del Medicaid, el Seguro Social y el de
Veteranos son otras áreas amenazadas en Estados Unidos y en consecuencia en
Puerto Rico. En materia ambiental, la reducción de financiamiento impactaría la
capacidad de Puerto Rico para responder a crecientes problemas ecológicos y
desplazamientos poblacionales cuya defensa ha sido asumida por las
organizaciones de la sociedad civil.
Los recortes en
FEMA, la Federal Emergency Management Agency, limitan la capacidad
de la isla para responder eficazmente a fenómenos naturales, como huracanes y
terremotos. De 2017 a 2021, Puerto Rico sufrió múltiples desastres naturales,
incluyendo tres huracanes, varios terremotos y la pandemia por COVID-19. Su
complejidad y magnitud evidencian la necesidad de un apoyo federal robusto, que
parece será mermado.
Estas primeras apreciaciones evidencian un escenario donde las políticas
federales y las decisiones presidenciales profundizaron las condiciones de
vulnerabilidad y desigualdad del territorio. La política migratoria, los
ajustes económicos, las regulaciones financieras, y los recortes en programas
clave, han impactado negativamente en la calidad de vida de la ciudadanía
puertorriqueña. Pero esta, aunque algo paralizada por la perplejidad, y
contrario a su gobierno colonial, ha comenzado a expresar su indignación.
Una respuesta retadora, innovadora, proactiva y descolonizadora fue la
preparación de la Orden Ejecutiva para la transición de Puerto Rico hacia la
independencia, llamado el Plan B Independencia. Esta orden
ejecutiva se le someterá al Presidente de los Estados Unidos para que la firme.
Viene acompañada de un Plan
79
Nacional de Desarrollo Económico que se le someterá al Congreso de los
Estados Unidos. Los documentos han sido preparados por reconocidas y
reconocidos economistas y juristas del país. Establece los mecanismos legales y
fiscales para un proceso pacifico de descolonización jurídica, política y
económica.
En resumen, las políticas de Trump han dejado una huella profunda en
Puerto Rico, redefiniendo su relación con Estados Unidos en aspectos clave. A
medida que la isla enfrenta estos desafíos, la necesidad de estrategias de
adaptación, resiliencia o de cambios radicales se vuelve cada vez más urgente.
La evolución de estas políticas dependerá de la capacidad del gobierno
puertorriqueño para negociar con Washington y de la respuesta de la sociedad
civil ante los cambios estructurales que afectan su futuro.
A largo alcance la esperanza radica en generar proyectos de educación
popular descolonizadores, construir un vigoroso movimiento social y establecer
un horizonte de autodeterminación y soberanías..
80
Venezuela y la Ley
de Enemigos Extranjeros
Edgardo Lander
La intervención
directa e indirecta de Estados Unidos contra el gobierno venezolano comenzó
desde los primeros años de la presidencia de Chávez, cuando todavía se trataba
de un gobierno democrático, que contaba con la legitimidad de haber sido electo
a través de elecciones limpias, y contaba con el respaldo mayoritario de la
población. Esto, muchos años antes del régimen autoritario actual. Estados
Unidos consideraba necesario garantizar que este proyecto político en su patio
trasero fracasara, tanto por la importancia estratégica de las reservas
petroleras del país, como por lo que podría significar este ejemplo
transformador para el resto de América Latina. Con este fin, entre otras
acciones, apoyaron los diferentes intentos de la derecha venezolana por derrocar
al gobierno. Se trató de una política que, con diferentes énfasis, contó con un
respaldo bipartidista.
En el año 2014, Barak Obama firmó un Decreto Ejecutivo mediante el cual
se declaraba que Venezuela representaba “una amenaza inusual y extraordinaria a
la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos”, sentando
la base legal para políticas cada vez más agresivas hacia Venezuela. Un nuevo
salto cualitativo comenzó con el primer gobierno de Trump, a partir del año
2017, con la imposición de severas sanciones económicas que tenían como
objetivo expreso un cambio de régimen: “todas las opciones están sobre la
mesa”. Entre éstas destacan el Decreto Ejecutivo que prohibía el acceso de
Venezuela a los mercados financieros de Estados Unidos, restringiendo así la
posibilidad de tener acceso a nuevos créditos, incluso a la posibilidad de
renegociaciones de la deuda externa; sanciones a Petróleos de Venezuela S.A
(PDVSA), la empresa petrolera estatal, congelando sus bienes en Estados Unidos,
limitando drásticamente la fuente principal de recursos del país; y un bloqueo
de todos los bienes del Estado Venezolano en los Estados Unidos.
Estas medidas, a la par con la incompetencia, corrupción masiva y
creciente represión del gobierno venezolano, condujeron a una profunda crisis
en todas las esferas de la sociedad venezolana. Colapsó la industria petrolera.
Se estima que el ingreso petrolero del país se redujo en un 91% entre los años
2012 y 2020. El producto interno bruto se desplomó, reduciéndose en un 75%
entre los años 2014 y 2020.
Algunas de las centenares de sanciones contra Venezuela fueron
levantadas parcialmente por el gobierno de Biden, con lo cual se inició una
limitada recuperación de la producción petrolera y se frenó el descenso de la
economía.
Esta mayor moderación se revierte nuevamente con el inicio del segundo
gobierno de Trump. El cambio de régimen es colocado nuevamente como prioridad
en la agenda. Además de las declaraciones previas del propio Trump, el
nombramiento de Marco Rubio como Secretario de Estado, permitían prever con
claridad lo que venía. Rubio no solo ha sido durante años un portavoz activo de
la comunidad anticomunista cubana (ahora también venezolana) en Florida, sino
que, igualmente, tiene relaciones estrechas con los sectores más extremos de la
derecha venezolana.
La primera importante medida con impacto económico sobre Venezuela fue
la reversión de las limitadas flexibilizaciones que había decidido el gobierno
de Biden en relación a la industria petrolera. No solo le retiró el permiso a
la Chevron, la principal corporación estadounidense que operaba en el país,
sino que extendió esta prohibición a transnacionales de otros países que habían
retomado operaciones en pequeña escala en
81
el país, como la española Repsol. y la italiana Eni
S.p.A. A comienzos del mes de abril, la Oficina de Control de Activos
Extranjeros (OFAC) revocó las licencias que habían sido otorgadas a un
consorcio formado por Shell, BP y la Compañía Nacional de Gas, para llevar a
cabo la extracción de gas en aguas entre Trinidad y Venezuela, con el común
acuerdo de los dos países. El 9 de mayo expiró la licencia que permitía que
algunas empresas de servicios realizaran operaciones esenciales en Venezuela.
De implicaciones mucho más severas es el Decreto Ejecutivo del 24 de
marzo, mediante el cual Trump impuso sanciones arancelarias de un 25% a todos
los bienes importados por Estados Unidos provenientes de países que negocien
con petróleo venezolano. Más allá de los impactos de las sanciones
anteriormente mencionadas, que limitan severamente el volumen de petróleo que
puede ser extraído y exportado, estas nuevas sanciones obligan a que el
petróleo que se pueda vender, solo pueda hacerse con grandes descuentos, en
mercados paralelos no transparentes, con cargueros fantasmas, lo que
inevitablemente, conlleva a mayores niveles de corrupción.
De sostenerse esta
medida en el tiempo, dada la extraordinaria dependencia petrolera del gasto
público, esto conduciría inevitablemente a mayores carencias de alimentos y
medicamentos, a un deterioro -aún mayor- de los servicios públicos, y a un
nuevo salto en la emigración masiva como opción de sobrevivencia.
La reacción del gobierno ante estas medidas ha sido moderada. Difícil
saber si hay alguna negociación en marcha. Sorpresivamente, esta severa amenaza
tiene limitada presencia en el debate público, más centrado en la continuada
represión, la práctica desaparición del salario, los presos políticos y las
elecciones regionales y parlamentarias previstas para el 25 de mayo.
Quien sí se ha expresado en forma reiterada sobre estas sanciones, ha
sido la principal dirigente de la oposición, María Corina Machado, quien, sin
hacer referencia alguna a los efectos que estas nuevas sanciones tendrían sobre
la mayor parte de la población que ya vive en condiciones extraordinariamente
precarias, las ha celebrado en forma reiterada. Hace llamamientos a que se
preserven y las califica como efectivas por, según ella, haber debilitado el
gobierno de Maduro.
El otro asunto crucial de las políticas del nuevo gobierno de Trump
hacia Venezuela se refiere a la migración. Como parte de su campaña de
expulsión de millones de migrantes, Trump se ha focalizado con particular
interés en las y los venezolanos. Se estima que en la última década han
emigrado a los Estados Unidos más de 700,000 personas provenientes de este
país. Buena parte de ellos están amparados por el Estatuto de
Protección Temporal que se aplica a personas de países que estén
experimentando condiciones temporales extraordinarias, tales como conflictos
armados, desastres naturales y otras crisis. A pesar de esto, Trump ha llevado
a cabo expulsiones de ciudadanos de diversos países que presentan estas
condiciones, hasta ahora sólo en pequeña escala, que han generado
enfrentamientos con diversos jueces que califican estas expulsiones como
ilegales. Con el fin de librarse de estos obstáculos legales, Trump ha
solicitado a la Corte Suprema que elimine este derecho.
Después de una campaña sistemática de alarma sobre las supuestas
amenazas representadas por la banda criminal El Tren de Aragua, de origen
venezolano, basada en unos pocos incidentes aislados, el gobierno de Trump
comenzó a aplicar la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, que
se refiere exclusivamente a situaciones de guerra, y que solo había
sido utilizada anteriormente en tales condiciones. Esta ley permite al
ejecutivo la detención y expulsión de ciudadanos de países con los cuales
Estados Unidos esté en guerra. Trump ha descrito al Tren de Aragua como “un
estado criminal híbrido que está perpetrando una invasión y una incursión
depredadora en los Estados Unidos.”. Afirmó igualmente que la banda estaba
“llevando a cabo una guerra irregular”
82
y “realizando acciones hostiles” en suelo estadounidense. Los
venezolanos pasan a ser todos sospechosos.
Con estos argumentos, por mera atribución de supuestamente pertenecer a
dicha banda sin prueba, a veces basado solo en algún tatuaje, sin procedimiento
o protección legal alguna, han detenido y enviado a un numeroso grupo de
venezolanos al gigantesco y controvertido campo de concentración para
“terroristas”, el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT)
en El Salvador. Contradiciendo a Trump, las agencias de seguridad
de Estados Unidos han concluido que el gobierno venezolano no controla dicha
banda.
El gobierno venezolano se ha dirigido formalmente, tanto al gobierno
estadounidense como al gobierno de Nayib Bukele, solicitando, sin éxito, la
repatriación de estos ciudadanos. Bukele ha propuesto liberar a estos detenidos
a cambio de la liberación de presos políticos venezolanos, opción rechazada por
el gobierno de Maduro que niega la existencia de presos políticos.
Por el momento se ven pocas probabilidades de negociaciones y acuerdos
que puedan conducir a una mejoría de las relaciones entre los dos gobiernos. A
partir de lo que ha pasado a ser su prioridad absoluta, la permanencia en el
poder, el gobierno de Maduro ha expresado en forma reiterada su disposición a
negociar, ofreciendo garantías de suministro de petróleo a Estados Unidos,
garantizando condiciones atractivas para la inversión a empresas
estadounidenses, así como la recepción de las o los venezolanos que Trump
decida deportar. Sin embargo, mientras el objetivo principal del gobierno de
Trump siga siendo el cambio de régimen, y continúe abierta la oferta del
Departamento de Estado de compensar con quince millones de dólares a quienes
suministren información que permita la captura de Maduro, parece haber poco
terreno para la negociación. Ante esta tensa situación bilateral, y en un
contexto global hoy dominado por la confrontación geopolítica entre Estados
Unidos y la alianza crecientemente estrecha entre China y Rusia, Maduro parece
haber optado por identificarse, en forma cada vez más incondicional, con este
segundo bloque.
83
Populismos enfrentados: una mirada desde Colombia a
los primeros 100 días del gobierno Trump
Rafael
Tamayo-Álvarez y Nicolás Figueroa García-Herreros
En el 2024, el gobierno de Gustavo Petro logró, por primera vez en la
historia de Colombia, someter a licencia obligatoria un medicamento patentando
(Superintendencia de Industria y
Comercio, 2024). Este medicamento es el Dolutegravir, considerado por la Organización
Mundial de Salud (OMS, 2019), y la práctica
clínica, como esencial para el tratamiento del VIH/SIDA. A su vez, el 15 de
abril de 2025, el gobierno Trump emitió una Orden Ejecutiva con propuestas para
mejorar el Programa de Negociación de Precios de Medicare, el cual
funciona como una especie de sistema de control de precios de medicamentos (The White House,
2025). Al examinar con detalle estas actuaciones gubernamentales, emergen
diferencias significativas. La Orden Ejecutiva de Trump delinea objetivos de
política pública sin establecer acciones concretas para materializarlos. Por su
lado, aunque las licencias obligatorias hacen parte de las “flexibilidades” que
el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual
relacionados con el Comercio (ADPIC) confiere a los
gobiernos para limitar la propiedad intelectual cuando está en juego el interés
público. Éstas son vistas por la industria farmacéutica como intromisiones
inadecuadas con los derechos de patente que desincentivan la innovación (Afidro, 2024). Entonces, podría aducirse que
la medida del gobierno Petro refleja la voluntad política de tomar acciones más
disruptivas frente al poder monopolístico de la industria farmacéutica.
Ahora bien, ¿contribuye el concepto de populismo a explicar las
diferencias entre dos actuaciones gubernamentales cuyo objetivo común es
mejorar las condiciones de acceso a los medicamentos? El concepto de populismo
suele asociarse con proyectos políticos que dividen la sociedad en grupos
enfrentados entre sí. Los criterios para dividir la comunidad política son
variables y pueden basarse, entre otros, en criterios étnicos, culturales o de
clase. Un gobierno populista se presenta a sí mismo como el verdadero exponente
de la “voluntad popular”, el único capaz de remediar el descontento que “el
pueblo” experimenta por obra y gracia del grupo que es representado como
antagonista. Así, el populismo funciona desde la lógica de generar otredad.
Consecuentemente, estudios comparados sobre este fenómeno aducen que es posible
identificar dos tipos de populismo a partir de las dinámicas de inclusión y
exclusión. Por un lado, el populismo inclusivo construye la noción de pueblo
con base en el reconocimiento de grupos históricamente marginalizados. Así,
suele adoptar medidas que buscan integrar políticamente a los sectores sociales
excluidos y privilegia las políticas económicas de corte redistributivo. Por su
parte, el populismo excluyente construye la noción de pueblo desde el sentido
de una unidad u homogeneidad étnica o cultural que debe disfrutar de forma
preferente los recursos de la nación (Mudde y Roviro Kaltwasser, 2011).
Al revisar la licencia obligatoria otorgada por el gobierno Petro,
encontramos que una de sus motivaciones fue garantizarle el derecho a la salud
a la población migrante (UNAIDS, 2023) vulnerable en el
contexto de la actual situación epidemiológica del VIH/SIDA en Colombia. En
este orden, podemos afirmar que se trató de una medida con propósito
incluyente. La Orden Ejecutiva de Trump, por su parte, plantea como objetivo
disminuir los precios de medicamentos para de este modo “poner a América
primero”. En su texto encontramos expresiones como “reestablecer a
84
los estadounidenses en primer lugar”, “el pueblo
estadounidense se merece algo mejor”, o “hacer que América vuelva a ser
saludable”. Cualquiera que esté familiarizado con el discurso y las prácticas
del presidente Trump durante su primer gobierno y a cien días de su segundo
mandato, sabrá que “el pueblo estadounidense” o “América” son significantes con
un claro sentido de exclusión. En efecto, el populismo de Trump desconoce que
Estados Unidos es una nación diversa al promover una visión excluyente de la “americanidad”,
una suerte de racismo migratorio donde el migrante es considerado un enemigo
interno. Puede inferirse entonces que mientras que la licencia obligatoria
otorgada durante el gobierno Petro fue concebida pensando en mejorar las
condiciones de tratamiento del VIH/SIDA de la población migrante en Colombia,
la Orden Ejecutiva de Trump busca favorecer a las personas que, desde un
paradigma de unidad étnica o cultural, conforman el pueblo estadounidense o
americano.
Seguidamente, si el argumento es que los gobiernos de Petro y Trump
ilustran dos tipos diferentes de populismo, ¿cómo incide ello en las actuales
relaciones entre Colombia y Estados Unidos? En su análisis del populismo
mediante las categorías de lo inclusivo y lo excluyente, Filc
(2015) plantea que la
relación colonial es clave para comprender la existencia de una u otra forma de
populismo. Desde esta perspectiva, el populismo latinoamericano ha sido
mayoritariamente inclusivo mientras que el populismo europeo ha sido
principalmente excluyente. Ello obedece, según este autor, al pasado colonial.
Las relaciones coloniales requieren sociedades jerarquizadas basadas en la
construcción de identidades subalternas a las que se les atribuyen rasgos fijos
como la inferioridad racial o cultural. De esta forma, los proyectos coloniales
instrumentalizan la diferencia y la exclusión para justificar las relaciones de
explotación. Siguiendo una lógica similar, los populismos del centro del mundo
capitalista suelen desplegar el discurso de la diferencia al querer restablecer
su lugar de primacía dentro del orden económico global. Esto explica la
centralidad de la agenda migratoria para el gobierno Trump. Por el contrario,
el populismo inclusivo adopta una retórica emancipatoria que pretende subvertir
las jerarquías heredadas del pasado colonial, las cuales se expresan
actualmente como relaciones de clase.
En este sentido, podría decirse que entre el populismo inclusivo y el
excluyente hay una pulsión que los conduce a estar en permanente tensión. La
contradicción entre los tipos de populismo representados respectivamente por
los gobiernos Petro y Trump se manifestó con la crisis diplomática entre
Colombia y Estados Unidos del 26 de enero de 2025 (The New York Times,
2025). Esta se originó por la política de deportaciones masivas del gobierno
Trump. El gobierno colombiano rechazó que la expulsión de sus ciudadanos del
territorio estadounidense se hiciera en condiciones indignas y sin el respeto
de las garantías mínimas como un debido proceso. Por redes sociales, Petro
manifestó que su gobierno no autorizaría la entrada al territorio colombiano de
las aeronaves estadounidenses que transportaban a los migrantes deportados.
Trump respondió, también por redes sociales, amenazando con retaliaciones que
incluían la imposición de aranceles, sanciones financieras y la cancelación de
visados. A su vez, Petro anunció que Colombia también aplicaría aranceles a los
productos procedentes de Estados Unidos. Si bien la crisis diplomática fue
conjurada, quedó la percepción de que el gobierno Petro había cedido a la
presión de Trump (La Casa Blanca,
2025). Precisamente, en Colombia la coyuntura fue descrita como un choque
entre dos gobiernos populistas, impulsivos y reacios al manejo institucional de
las relaciones internacionales, lo cual pudo impactar negativamente la economía
colombiana, ya que Estados Unidos es el principal socio comercial de Colombia (Legiscomex, 2024), con una participación del
29,02% en las exportaciones y del 25,84% en las importaciones
85
totales del país y, además, Colombia históricamente ha tenido una
balanza comercial deficitaria (DANE, 2025) en el comercio
bilateral con Estados Unidos.
Posteriormente, la cuestión de la dependencia económica de Colombia
frente a Estados Unidos volvió a relucir con ocasión de los aranceles
recíprocos (La Casa Blanca, 2025) impuestos
unilateralmente y de manera generalizada por el gobierno Trump el 2 de abril.
A los productos de origen colombiano se les aplicó un arancel base del 10 por
ciento. Ante esto, en buena parte la reacción del gobierno ha consistido en
resaltar la importancia de diversificar mercados, lo cual puede entenderse como
un guiño al gobierno chino con quien Colombia podría estrechar relaciones
económicas para neutralizar la pérdida de acceso al mercado estadounidense. Es
en este contexto que debe entenderse la inminente cumbre entre la Comunidad de
Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y China (El País, 2025) organizada por el
presidente Petro. No obstante, hay voces que cuestionan la estrategia de
acercarse a China por el riesgo de enviar una señal que incremente la
animosidad de parte del gobierno Trump (La Silla Vacía,
2025)
Lo anterior nos lleva al punto final de esta reflexión. Aunque los
gobiernos de Petro y Trump se asemejen como manifestaciones del populismo, la
forma en que dicho concepto es desplegado en el contexto de las actuales
relaciones entre Colombia y Estados Unidos tiene un carácter explicativo
limitado. Esto es así porque al situar los gobiernos de Petro y Trump dentro
del espectro del fenómeno populista, se corre el riesgo de invisibilizar la
diferencia relativa de poder existente entre ellos. Como lo expresó la
directora ejecutiva de la Cámara de Comercio Colombo Americana: el verdadero
problema es que la economía estadounidense es muy importante para la
colombiana, pero no a la inversa (La Silla Vacía,
2025). Entonces, así como el concepto de soberanía facilita la ficción de
que los Estados se relacionan entre sí en condiciones de autonomía e igualdad,
ocultándose con ello el papel desempeñado por la coerción y la violencia
sistémica en la política internacional (Miéville, 2004), el concepto de populismo,
como explicación totalizante de las tensiones entre los gobiernos Petro y
Trump, oscurece la dependencia estructural de Colombia frente a Estados Unidos,
su posición subordinada en el orden económico global, y el pasado (y presente)
de dinámicas imperialistas entre ambos países.
Para concluir, ¿cuál es el panorama de las relaciones entre Colombia y
Estados Unidos tomando en consideración los tipos de populismo que caracterizan
a sus gobiernos y las asimetrías de poder entre ambas naciones? El llamado a la
cautela (dirigido particularmente al ímpetu populista de Petro) parece ser el
común denominador de las reacciones que las políticas de Trump suscitan en
Colombia (AMCHAM, 2025). Así, en materia
arancelaria, se sugiere que el gobierno colombiano no debería aplicar aranceles
como medida de retorsión, y que, por el contrario, debería mostrarse dispuesto
a iniciar un proceso de negociación comercial con Estados Unidos, así como recurrir
a los canales de diplomacia comercial disponibles en el TLC con dicho país. Una
mirada desde el realismo político lleva a pensar que el gobierno Petro tiene
poco margen para buscar alternativas de justicia social más incluyentes en el
contexto de la erosión sistemática de las instituciones del libre comercio y de
la globalización económica por parte del gobierno Trump (Rangel, 2025). Cualquier desafío
al proyecto hegemónico e imperial del nuevo presidente estadounidense puede
acarrear consecuencias devastadoras para una economía altamente dependiente,
como la colombiana. Aun así, el gobierno Petro ya se encuentra en campaña para
reelegir su proyecto político en 2026, de modo que los llamados que se hacen a
la cautela posiblemente serán desconocidos. De cualquier forma, pretender
oponer el proyecto de populismo inclusivo de Petro a las aspiraciones
hegemónicas del gobierno Trump
86
parece no sólo ingenuo, sino también altamente riesgoso mientras no se
mitigue de alguna manera la debilidad de una economía periférica como la
colombiana.
87
Alineamiento: La
relación Ecuador-Estados Unidos bajo Trump 2.0
Miguel Ruiz Acosta
Si pudiéramos resumir en una sola palabra la naturaleza de la relación
bilateral entre Ecuador y los Estados Unidos durante los primeros cien días de
la administración Trump, la palabra escogida sería alineamiento. Un
alineamiento que se manifiesta de múltiples formas, empezando por el curioso
hecho de que, al igual que Trump, el presidente del Ecuador, Daniel Noboa,
también es estadounidense, nacido en Miami.
El joven presidente Noboa, miembro de una de las dinastías empresariales
más poderosas del país equinoccial, organizada históricamente en torno a la
exportación de banano pero que ha venido diversificando sus inversiones, asumió
el cargo hacia finales del 2023 como resultado de unas elecciones anticipadas,
por lo que su primer periodo de gobierno fue corto, pero con derecho a
postularse en una segunda ocasión. En un controvertido proceso electoral (Diario Red, 2025), Noboa resultó
electo por segunda ocasión y el 24 de mayo de 2025 inició recién su nuevo
mandato. El Presidente encarna el estereotipo del millonario latinoamericano
educado en los Estados Unidos y con fuertes vínculos sociales y culturales con
ese país.
Una de las primeras muestras de alineamiento con la política exterior
norteamericana (antes de Trump) quedó en evidencia en febrero de 2024, cuando
ratificó un controvertido Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas (SOFA,
por sus siglas en inglés) firmado por su antecesor Guillermo Lasso y los
Estados Unidos (Página 12, 2025). Un acuerdo que
(des) regula la presencia de militares norteamericanos y contratistas del
Pentágono en el país, otorgándoles un sinnúmero de privilegios, exenciones e
inmunidades. Poco antes de la ratificación del SOFA, el ministro de Defensa de
Noboa había firmado un "memorando de entendimiento" con una empresa
del complejo industrial militar estadounidense, la cual debería fungir como
representante legal del Ecuador ante el gobierno de los Estados Unidos para
facilitar el acceso a las compras militares que gestiona el Departamento del
Estado. En pocas palabras, Noboa empezó su mandato con una fuerte apuesta por
asegurarse la cooperación norteamericana en materia de seguridad y defensa, en
plena consonancia con su decisión del 9 de enero de 2024 de declarar la
existencia de un "conflicto armado interno", que requeriría medidas
extraordinarias. De hecho, desde inicios del 2024, su gobierno comenzó a
caracterizar a las bandas del crímen organizado como
"narcoterroristas", como también lo haría Trump con algunos cárteles
una vez en el poder. La administración Noboa fue la primera en América Latina
que en enero de 2025 asumió como propia la declaración trumpista del Tren de
Aragua como "grupo terrorista de crímen organizado" (Swissinfo, 2025).
Si bien las relaciones históricas de la familia Noboa han sido
principalmente con el Partido Demócrata, en particular con el clan de los
Kennedy, los realineamientos políticos de la era trumpista pusieron al
presidente del Ecuador en una posición que, si bien no es de cercanía personal
con el presidente Trump, tampoco es del todo incómoda, pues el padrino de uno
de sus hermanos es Robert F. Kennedy Jr., actual Secretario de Salud de los
Estados Unidos.
Con quienes sí parece tener mucho mayor sintonía la actual
administración es con el grupo de republicanos oriundos de Florida que
conforman el "ala dura" del anti-progresismo, nucleados en torno del
Secretario de Estado, Marco Rubio. De hecho, en plena campaña electoral, Noboa
supo sacar bastante provecho de una declaración de
88
enero de 2024, cuando Rubio aún era Senador (Ecuador Chequea,
2025), que estigmatizaba a su principal fuerza contendiente, la Revolución
Ciudadana: "No creo que haya duda de que Correa y su grupo político tienen
enlaces con estos grupos criminales y lo ha utilizado para su política interna.
Para desestabilizar a los gobiernos que no son de la línea y lo hemos
visto". De forma paralela, Noboa ha buscado acercamientos con otros
republicanos de esa línea para que lo respalden en su "guerra
interna", con fuertes ecos de la Doctrina de Seguridad Nacional de los
setenta. Una guerra que, dicho sea de paso, resulta muy lucrativa para el
complejo industrial-militar de los Estados Unidos, gran proveedor de material
bélico adquirido por el gobierno ecuatoriano, como lo evidencia la aprobación
reciente, por parte de la Agencia de Cooperación para la Seguridad de la
Defensa (DSCA) del Departamento de Estado, para la venta a las Fuerzas Armadas
del Ecuador de 25 mil fusiles M4A1 (de la compañía Colt) por el monto de 64
millones de dólares (Info Defensa, 2025), a los que se sumarán
próximamente otros siete proyectos de "cooperación" militar cercanos
a los 4 millones de dólares.
Como es notorio, la relación bilateral entre ambos países es tan
asimétrica que no debería sorprender que son los Estados Unidos quienes ponen
lo central de la agenda, como lo muestra la felicitación de Rubio por el
triunfo electoral de Noboa: "Esperamos redoblar nuestros esfuerzos para
frenar la inmigración ilegal y el narcotráfico, impulsar el crecimiento
económico y contrarrestar la influencia extranjera maligna en nuestro
hemisferio" (Embajada de Estados
Unidos en Ecuador, 2025). De las cuatro preocupaciones del Secretario de
Estado, la primera y la última son las centrales para la administración Trump,
y no solo para el Ecuador, sino para todo el hemisferio: detener el flujo
migratorio y mantener a China lo más alejada posible del continente. Durante
los últimos años las políticas de austeridad y la crisis de seguridad del
Ecuador han producido una enorme oleada migratoria como no se veía desde hace
más de dos décadas. De acuerdo a datos oficiales del Ministerio de
Relaciones Exteriores (2025), entre 2018 y febrero de este año, cerca de medio millón de
ecuatorianos salieron del país y no regresaron más. Los "encuentros"
de migrantes ecuatorianos en la frontera sur de los Estados Unidos también se
han disparado durante los últimos años, pasando de 57 mil en 2002, a más de 120
mil en 2023, y 80 mil en 2024. Si consideramos que del total de remesas que
recibió el país en 2024, 74% (4,800 millones de USD) tuvieron como origen los
Estados Unidos, podemos hacernos una clara idea de las consecuencias que podría
traer para la economía doméstica el progresivo endurecimiento de la política
migratoria trumpista. Durante los primeros cuatro meses de la gestión de Trump,
el principal mensaje que circula en las redes sociales de la Embajada de
Estados Unidos en Quito es el hashtag #NiLoIntentes. Tanto
parlamentarios de oposición como organizaciones de migrantes se han lamentado
públicamente que, pese a la propaganda gubernamental que muestra a un Noboa
"muy cercano" a Trump durante sus viajes al país del norte, el
presidente no firmó con los EEUU ningún acuerdo que permitiera detener o
reducir el ritmo de las deportaciones, por lo que caracterizaron las
declaraciones oficiales como una "maniobra de engaño".
Por otro lado, en consonancia con lo planteado en documentos como la
Estrategia de Seguridad Nacional de 2022, en donde los EEUU identifican a China
como la principal amenaza para la hegemonía norteamericana, ante la cual se
comenzó a implementar la estrategia de "disuasión integrada", el
gobierno de Noboa ha seguido los mismo pasos que las dos anteriores
administraciones (de Lenin Moreno y Guillermo Lasso): ofertar al país como
cabeza de playa para el despliegue geoestratégico de los Estados Unidos, principalmente
desde el punto de vista militar. Además del ya mencionado acuerdo SOFA, Noboa
ha venido insistiendo en diferentes momentos que el
89
Ecuador debería modificar la prohibición
constitucional para la instalación de bases militares extranjeras en territorio
nacional. Y, si bien hasta el momento no lo ha conseguido, en los hechos su
gobierno ya dio paso al incremento de la presencia militar norteamericana, a
través de la aprobación de un par de acuerdos para legalizar el desembarco de
miembros de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y contratistas del
Pentágono en las Islas Galápagos (Primicia, 2025). Algunos analistas
plantean que una de las principales motivaciones para esta cesión de soberanía
está relacionada con la necesidad que tienen los norteamericanos de contar con
un punto estratégico en el Pacífico sur, de cara a la mayor presencia económica
de China en Sudamérica, sobre todo después de la entrada en operación del
puerto de aguas profundas de Chancay (Luzzani, 2025), en Perú, que conectará al
Pacífico sudamericano con la nación asiática. En este mismo sentido, son muchos
los funcionarios, políticos y militares estadounidenses que vienen insistiendo
en la necesidad de que el Ecuador se convierta en socio estratégico de los EEUU
para la contención de China en la región: del Comando Sur al Departamento de Estado, pasando algunos
legisladores de la derecha dura de Florida, como Mario Díaz-Balart (presidente del
Subcomité de Seguridad Nacional y miembro del Subcomité de Defensa en la Cámara
de Representantes), quien en reciente reunión con los ministros ecuatorianos de
Defensa y del Interior sostuvo que con Noboa "Ecuador se ha convertido en
un socio cooperativo en la lucha contra el narcotráfico [y] el combate a la
influencia maligna de la China comunista".
En síntesis, bajo el pretexto del combate al "narcoterrorismo"
y a la "influencia maligna" de China en la región, las últimas tres
administraciones norteamericanas (Trump I, Biden y Trump II) vienen afianzando
su dominio de espectro completo en el Ecuador. Como hemos expuesto en otro
espacio, esta avanzada de naturaleza neocolonial (Sin Permiso, 2025), responde a los
intereses estratégicos de largo plazo de los Estados Unidos en la región, más
allá de los matices que puedan encontrarse en las políticas de sus últimos
gobiernos. Además de lo que hemos planteado de forma explícita, ese avance
también se puede ver en el fortalecimiento de los lazos de cooperación
subordinada del Ecuador en algunos otros espacios clave como los relacionados
con la Policía Nacional, las aduanas, el sector judicial, entre otros. Si bien
hay algunos sectores políticos y sociales que han llamado la atención sobre el
tema, todo parece indicar que bajo las segundas administraciones de Trump y
Noboa se profundizará la relación de subordinación del Ecuador a la agenda de
los Estados Unidos.
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El Perú y Trump: entre la presión geopolítica y el pragmatismo económico
Natali Durand
Guevara
El retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha
sacudido no sólo la política interna estadounidense, sino también las
relaciones exteriores con América Latina. En tan solo los primeros 100 días, el
gobierno ha impulsado un paquete de órdenes ejecutivas que refuerzan un
nacionalismo agresivo, reactivan la lógica de “América First” y colocan a la
región nuevamente en el margen de sus prioridades, salvo en los temas de
seguridad, migración y comercio. Para el Perú, las consecuencias de este nuevo
ciclo se sienten ya con fuerza. Este ensayo sostiene que, lejos de una
continuidad pasiva, el segundo mandato de Trump marca una intensificación de
presiones sobre el país andino, en medio de una respuesta peruana marcada por
la prudencia, el alineamiento económico y una limitada capacidad de
negociación.
Uno de los decretos más tempranos del segundo mandato de Trump fue el
endurecimiento de las políticas migratorias. Esto incluyó mayores controles en
la frontera sur, nuevas restricciones para la obtención de visas laborales
(H-1B, H-2B) y la cancelación del Estatus de Protección Temporal (TPS) para
varios países. Según un informe reciente del Migration Policy Institute (2025),
aproximadamente 500,000 peruanos residen en Estados Unidos, muchos de ellos en
situación vulnerable.
Las deportaciones se han incrementado en un 30% respecto a 2024,
afectando no solo a personas con antecedentes penales, sino también a quienes
tenían procesos migratorios en trámite. Esta dinámica amenaza directamente el
envío de remesas, que en 2024 alcanzaron los $3,500 millones, según datos del
Banco Central de Reserva del Perú (BCRP). Para miles de
hogares peruanos, lo que en Washington se presenta como “seguridad nacional”,
en Lima se traduce en desestabilización económica y emocional.
En cuanto al comercio, el Tratado de Libre
Comercio Perú-EE.UU, vigente desde 2009, representa el 21% de las exportaciones peruanas.
Sin embargo, la retórica proteccionista de Trump y su insistencia en
“renegociar” acuerdos ha encendido alarmas. Sectores como la agroexportación
(espárragos, arándanos, uvas) y la minería (cobre) se verían directamente
afectados si se imponen aranceles o nuevas barreras no arancelarias.
Además, las
inversiones extranjeras, clave en el sector energético y minero, podrían verse
reducidas ante un clima de incertidumbre. Proyectos como Southern Copper (Grupo
México) o iniciativas energéticas con capital estadounidense enfrentan el
riesgo de ralentización si Washington promueve la repatriación de capitales o
desincentiva operaciones fuera de su territorio.
Trump ha retomado su narrativa de “guerra contra el narco-terrorismo” y
ha identificado a Perú como un actor clave por su condición de segundo
productor mundial de cocaína (UNODC, 2024). En consecuencia,
se ha intensificado la presión para incrementar la erradicación forzada de
cultivos de coca, en especial en zonas como el Valle de los ríos Apurímac, Ene
y Mantaro (VRAEM) y el Valle del Huallaga. Este tipo de condicionamientos ha
llegado acompañado de una mayor injerencia en la política interna y posibles
sanciones si no se cumplen las metas antidrogas impuestas. Además, se anticipa
un aumento en las solicitudes de extradición de presuntos narcotraficantes,
como ocurrió en el primer mandato de Trump con el caso de Gerald Oropeza. En
suma, el nuevo rostro de la presión prevé una mayor militarización.
91
Frente a estas políticas, la Cancillería peruana,
encabezada por Elmer Schialer, ha optado por una estrategia de bajo perfil,
buscando preservar los intereses económicos sin entrar en confrontaciones
públicas. A través de encuentros con el Departamento de Estado, el canciller
Oscar Maúrtua ha intentado garantizar la continuidad del TLC sin modificaciones
drásticas. En el frente migratorio, se han reforzado los consulados en ciudades
clave como Miami, Nueva York y Nueva Jersey, ofreciendo asesoría legal y apoyo
consular a los ciudadanos peruanos afectados por detenciones o deportaciones.
En el Congreso peruano, la respuesta ha sido polarizada. Los bloques
conservadores, como Fuerza Popular y Avanza País, promueven un mayor
alineamiento con Estados Unidos, mientras que sectores de izquierda (Perú
Libre, Nuevo Perú) exigen una política exterior más autónoma y crítica frente a
Washington.
La sociedad civil
también ha reaccionado. Colectivos como “Peruanos Unidos en EE.UU.” han
organizado marchas y campañas de denuncia contra las deportaciones, buscando
sensibilizar tanto al gobierno peruano como a la opinión pública
estadounidense.
La Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas
(CONFIEP) y la Sociedad Nacional de Industrias han expresado su preocupación
por el giro proteccionista de Trump. Ambas organizaciones han instado al
Ejecutivo a diversificar los mercados de exportación, mirando especialmente
hacia Asia (China) y Europa, como estrategias de mitigación ante un eventual
deterioro de las relaciones comerciales con Estados Unidos.
La relación a mediano
plazo se vislumbra entre escenarios de riesgo y rutas de adaptación. En el
escenario optimista si el Perú logra renegociar con habilidad ciertos aspectos
del TLC, podría mantener el flujo comercial sin grandes pérdidas. Estados Unidos
seguiría siendo un socio estratégico en sectores como minería y energía, y la
cooperación en seguridad podría continuar bajo nuevos marcos.
Un escenario menos favorable contempla sanciones económicas si Perú no
cumple con las metas antidrogas, reducción de ayuda bilateral y un incremento
de las deportaciones, afectando directamente a las familias peruanas y a las
economías locales dependientes de remesas.
El endurecimiento de
Washington podría empujar a Perú a profundizar su relación con China, su primer
socio comercial. No obstante, esta alternativa también tiene limitaciones: el
modelo chino de inversión suele implicar opacidad contractual, impactos ambientales
negativos y tensiones laborales. No se trata de sustituir a un socio hegemónico
por otro, sino de construir una política exterior más autónoma y equilibrada.
En conclusión, los primeros 100 días del segundo gobierno de Trump han
evidenciado que América Latina sigue sin ser prioridad para Estados Unidos,
salvo como objeto de control en temas de migración, seguridad y comercio. Para
el Perú, esta nueva etapa representa una intensificación de presiones en un
contexto de fragilidad institucional.
El desafío para la diplomacia peruana es doble: defender los intereses
nacionales sin ceder soberanía, y construir alternativas viables que reduzcan
la dependencia de una potencia cada vez más imprevisible. Esto exige una
estrategia proactiva, no sólo reactiva, que incluya a otros actores regionales,
consolide alianzas en el Sur Global y ponga en el centro a las poblaciones más
vulnerables afectadas por estas políticas.
En un mundo
crecientemente multipolar, insistir en una política de subordinación frente a
Estados Unidos es no sólo ineficaz, sino peligrosamente miope.
92
Asedio al
neoliberalismo chileno y a la ideología de la libertad
Claudia Zapata
Silva
El pasado 2 de abril, Donald Trump hizo un anuncio global que denominó
“Día de la Liberación” para Estados Unidos, que consistió en fijar aranceles de
base de un 10% a las importaciones, porcentaje que sube en el caso de aquellos
países que ponen límites arancelarios a los productos estadounidenses: 20% en
el caso de la Unión Europea, 25% a Corea del Sur, 24% a Japón, 34% a China y
46% a Vietnam, entre otros.
De esa manera
concretaba uno de los puntos relevantes del discurso que lo llevó por segunda
vez a la Casa Blanca, en un mandato que se inició el pasado 20 de enero. Ese
punto señalaba que el concierto económico global era desigual para con los
Estados Unidos, razón por la cual era necesario equiparar condiciones, para él,
injustas en materia arancelaria. Y lo hizo de un modo que causó conmoción
mundial, incluidos sectores de la derecha económica y política que ven con
buenos ojos su segundo mandato y que se solazan con sus diatribas contra el
pensamiento progresista y los sectores vulnerables de la sociedad
(principalmente migrantes y disidencias sexuales contra los que ha lanzado una
ofensiva interna).
El segundo mandato de Trump parece consolidar la tendencia actual de
radicalización de la derecha cuando acceden nuevamente al gobierno en el
continente americano. Si bien al gigante del norte no le convencen las
comparaciones con el sur del Río Bravo, es lo que con matices hemos visto al
menos en Chile y en Argentina. En efecto, el Trump del 2025 parece sentirse con
luz verde para radicalizar su discurso en un concierto internacional de
creciente derechización, tanto a nivel de gobiernos como de la sociedad.
Esto se expresa por medio de un lenguaje crecientemente bélico que lejos
de aminorarse desde el poder gubernamental, se materializa en políticas rápidas
y de gran envergadura (a diferencia de la izquierda, cuya radicalidad se
desvanece). La principal prueba de esto es que en tan sólo cien días ha hecho
anuncios disruptivos tanto en el frente interno como en el externo que, al
menos en materia económica, han desconcertado a la propia derecha (el quiebre
con algunos de los multimillonarios que lo han apoyado es sintomático).
Asedio al
neoliberalismo chileno
Uno de los logros que exhibía el neoliberalismo chileno era el Tratado
de Libre Comercio con Estados Unidos desde el 2003. Sin embargo, la
“liberación” de Trump hizo caso omiso del detalle y caímos, en conjunto con la
mayoría de las economías, en el tramo de arancel del 10%, con la excepción de
un producto clave para ese intercambio como es el cobre, que según declaró la
administración de Trump, se encuentra en estudio junto con el de la madera.
La medida unilateral transgrede el mencionado tratado, afectando
principalmente al sector frutícola, vitivinícola y a la industria salmonera,
todos ellos agronegocios centrales en el modelo de exportación sustentado en
ventajas comparativas, precariedad salarial y depredación del medio ambiente,
que se inició y consolidó durante la dictadura militar y se expandió desde el
retorno a la democracia, dando como resultado una economía fuertemente
dependiente de la demanda externa.
93
Estos sectores están presionando al gobierno del
presidente Gabriel Boric para lograr un escenario de negociaciones que no
exaspere al gobierno de Trump, pero que al mismo tiempo le recuerde la
existencia del Tratado de Libre Comercio y el modo en que su país ha sido el
principal beneficiado (reconociendo de pasada el intercambio desigual que
representa dicho acuerdo). Al respecto, vale la pena citar las palabras del
Presidente de SalmonChile, Arturo Clement, quien sostuvo “Lo que esperamos —y
así lo hemos conversado con otros gremios exportadores— es que el Estado conforme un
equipo de excelencia que incluya lo mejor del sector público y privado. Chile
necesita poner a sus mejores talentos en esta negociación. Tener un dream
team’” (El País, 2025).
Más allá de los resultados de una posible negociación, es indudable que
el vínculo político y económico con Estados Unidos se ha visto afectado de
manera importante, modificando la condición de país latinoamericano ejemplar a
ojos del país que instigó y financió el golpe de Estado de 1973. Se anuncia que
de aplicarse estos aranceles, el impacto será catastrófico para los sectores
exportadores (a modo de ejemplo, los vinos y el cobre entraron a Estados Unidos
sin aranceles en la última década) y para los consumidores, pues se trata del
segundo socio comercial de nuestro país después de China, pero el primero en
cuanto a inversiones extranjeras. La respuesta del gobierno chileno ha sido
escuchar a los sectores exportadores y apostar por negociaciones diplomáticas
destinadas a lograr la eliminación de la medida, apelando a su no aplicación en
países donde existe TLC en América, como México y Canadá, que no fueron
mencionados en el anuncio (Infobae, 2025).
El caso de Chile es complejo por la vulnerabilidad de un sistema
económico basado en las exportaciones y las ventajas comparativas, pero un
aspecto interesante es cómo esta tensión produce una escena donde se confirma,
una vez más, la dependencia estatal del neoliberalismo, que en este caso exige
operaciones diplomáticas de alto nivel para afrontar en la práctica la falacia
de la regulación espontánea del mercado.
Asedio a la ideología
de la libertad económica
La condición mundial de esta coyuntura es tan evidente que así lo recoge
de manera transversal la prensa. Al mirar los portales de noticias de distintos
países estos coinciden en el alcance global e histórico del “Día de la
Liberación” estadounidense, pues esta política agresiva de aranceles anunciada
por Trump tuerce el ethos estadounidense de la libertad
política y económica. Tal vez allí radica la mayor sorpresa de esta acción y el
posible quiebre en el apoyo de sectores poderosos del orbe que no tienen mayores
problemas con la agenda conservadora y xenófoba (porque la comparten o porque
no les importa), pero sí con una política proteccionista que demonizan y que al
mismo tiempo es resultado de esa lógica bélica que construye enemigos internos
y externos, entre los cuales no se contaba al mercado. Aquí, en cambio, el
belicismo del imperio se traduce en un proteccionismo autoritario y acelerado,
por lo que no sería raro que experimente contratiempos o que incluso termine
siendo impracticable en su totalidad, pero que pone en evidencia el obstáculo
que representan ciertos sectores de derecha recalcitrante en la economía
estadounidense y global.
En síntesis, y con el episodio de los aranceles en curso, no es segura
esta apuesta de Donald Trump, no sólo por la respuesta que tendremos que
observar de las potencias, sino sobre todo por la del capital financiero, que
no observa con buenos ojos políticas que tiran por la borda décadas de trabajo
desarticulador de proyectos estatales democráticos y redistributivos (la vía
violenta del capital que produjo golpes de Estado y giros autoritarios en todo
el mundo), en aras de mercados trasnacionales que han dado forma a las
desigualdades contemporáneas.
94
La globalización, en la versión del capital
financiero, es sinónimo de flujo (de capitales, no de las personas por
supuesto) y desregulación, de menos Estado y conexión de mercados. El consenso
de la derecha tras la Segunda Guerra Mundial es, más o menos, esa idea de
espacio global. Pueden discrepar respecto a valores sociales y culturales, pero
no en esos principios de desregulación y flujo. En ese sentido, la derecha
nacionalista y proteccionista de Trump es el acceso al poder de una vertiente
minoritaria que amenaza (todavía más) la democracia de su país y la del mundo,
pero también el interés del capital financiero que difícilmente va a abandonar
el modelo de maquila en los países pobres y el exceso de ganancia para generar
empleo de calidad en Estados Unidos, como aparentemente pretende el mandatario.
Tal vez ese capital financiero que hizo gárgaras con la globalización (de cuyas
falacias no me ocuparé por ahora) y que declaró la obsolescencia del Estado y
del desarrollo hacia adentro, termine siendo el opositor más efectivo a un
gobierno de ultraderecha en el país más poderoso del planeta, un poder que se
ha ido desgastando, aunque la historia nos enseña que la decadencia de los
imperios suele ser una fase violenta y este bien podría ser el caso.
95
El mejor alumno de la batalla cultural. Argentina y el ascenso de Donald
Trump
Alejandro Grimson
Argentina pertenece al pequeño grupo de países que tienen un gobierno
considerado un verdadero fan de Donald Trump. El gobierno de
Javier Milei, ascendido en diciembre de 2023, celebró con gran entusiasmo su
triunfo, imitó varios de sus slogans y estrategias (un “MAGA” local), estuvo
presente en todas las invitaciones, ha buscado recientemente la foto de ambos
presidentes en Mar-a-Lago (incluido un viaje frustrado del presidente
argentino) y trabaja para ser recibido en el Salón Oval.
Todo este entusiasmo se deriva de su desesperación financiera. A
diferencia de vecinos como Chile o Brasil que tienen solidez financiera,
Argentina, cuando asumió la presidencia Milei, tenía unos cinco mil millones de
dólares en reservas netas negativas en el Banco Central. A inicios de abril de
2025 estaba exactamente igual. Un motivo son los pagos de la deuda externa.
Pero otro es que a pesar de su megadevaluación inicial, el gobierno de Milei
permitió una continua apreciación del peso que terminó en un tipo de cambio con
un dólar recontra bajo. Las consecuencias son un festival de importaciones y de
turismo en el exterior para la clase media alta, es decir, miles de millones de
dólares que salen del país y amenazan esas reservas. Para contrapesarlo, se implementó
el más generoso régimen de inversiones que se recuerde y un blanqueo de
capitales sin origen rastreable que fue un éxito rotundo. Los amigos de MAGA en
aquel fin del mundo del que hablaba el Papa anterior, permiten que decenas de
miles de millones de dólares pasen del mercado negro o a los bancos.
Todo esto incide en la relación con Trump en Argentina. Porque a esa
enorme fragilidad financiera hay que agregar que los capitales que ingresen
pueden un día desear salir. Como si eso fuera poco, la situación descrita no
había estallado gracias a un SWAP de la República Popular China que puede
asimilarse a un préstamo financiero. Pero fuera de esos miles de millones, para
mantener el dólar recontra barato (como instrumento muy argentino de lucha
contra la inflación, poco eficaz en el pasado) había que conseguir sumas mucho
más importantes. A falta de capitales privados, la solución deseada era otro
préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI).
Pero ¿por qué el FMI iría a ampliar sus préstamos hacia la Argentina que
en 2018 se convirtió en su mayor deudor, después de que este organismo le diera
el mayor préstamo de su historia? Esto nos remonta a la primera presidencia de
Donald Trump, cuando en Argentina gobernaba Mauricio Macri. En esas
pretensiones tan argentinas de creer que su opinión importa, el oficialismo de
aquella época prefería un triunfo de Hillary Clinton o, lo que es lo mismo, una
derrota de Trump. Macri asumió como un presidente de la globalización
neoliberal clásica, de la vieja época. Pero al año de asumir, se encontró con
Trump en la Casa Blanca y no entendió el cambio que significaba hasta que fue
demasiado tarde. Después de instalar el dólar barato en 2017, los capitales
golondrinas comenzaron a irse del país en 2018 y el gobierno apeló a una
megadevaluación. El principio del fin. Allí llegó entonces el mega préstamo que
no alcanzó, porque todavía siguieron las devaluaciones del peso. Pero la
intervención personal de Donald Trump fue crucial en 2018 para destrabar ese
crédito excepcional.
No cabe aquí la frase
“las segundas partes no fueron buenas” porque la primera fue fatal y el
gobierno de Macri necesitó el apoyo de la oposición para no entregar el poder
con antelación. Claro, los diversos países con representantes en el Directorio
del
96
FMI que en 2018 se oponían o eran reticentes al
mega crédito argentino plantearon varias exigencias en este nuevo caso. Pero
finalmente el dinero llegó e inmediatamente la Argentina tuvo el honor de que
el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, pasara unas doce
horas en suelo argentino incluyendo una extensa reunión en la Casa Rosada.
Interrogado acerca de si en caso de necesidad el gobierno estadounidense le
daría un préstamo adicional a la Argentina, el secretario del Tesoro declaró que
era un tema que no estaba en agenda. Pero los mercados interpretaron esa
declaración como una negativa que generó un ruido suficiente para que dos días
después Bessent dijera que en caso de necesidad habría un préstamo de ese tipo.
Este acto se mostró como completamente excepcional y da cuenta de hasta qué
punto el gobierno argentino es un entusiasta seguidor de MAGA y sus programas,
y cómo el gobierno estadounidense apoya a su principal gobierno aliado en el
continente.
Por supuesto, la Argentina tiene algunos límites. Bessent también había
declarado que cuando el gobierno argentino tuviera dinero seguramente
devolvería el SWAP a China, como diciendo que esos préstamos no son de su
agrado. El problema allí es que Milei hizo campaña electoral diciendo que él
jamás haría un acuerdo con un gobierno comunista (aclaremos que este es un
término muy abarcativo en la visión de Milei). Y cuando como presidente vio el
problema financiero que tenía dio a entender que los chinos son gente muy
pragmática dispuestos a esos préstamos millonarios siempre y cuando no sean
criticados en público. Esto sin contar que China es uno de los principales
destinos de exportación de la Argentina, además de un inversor relevante,
incluso en obras de infraestructura. En síntesis, no resulta claro que la
Argentina esté en condiciones de ser un soldadito en una guerra de Washington
contra el gigante asiático.
Vale la pena decir algo sobre el capítulo de la otra guerra: la batalla
cultural. Con ese entusiasmo que lo caracteriza, el presidente argentino viajó
desde la asunción de Trump al Foro de Davos. Y en lugar de hacer allí lo que
parecía obvio, explicar por qué a su criterio tiene chances de ganar el premio
Nobel de economía al haber bajado la inflación al 3% mensual (cuando asumió
estaba por llegar al 300% anual), dedicó la mayor parte de su discurso a la
batalla cultural del conservadurismo cultural contra el “wokismo”, la comunidad
LGTBIQ+, en una suerte de réplica de la batalla cultural de ese Tea Party ahora
trumpista. A esto le sumó proyectos de ley contra los inmigrantes como si la
derecha extrema fuera realmente una receta global.
Sin embargo, todos los estudios indican que a más de la mitad de sus
votantes y de quienes hoy apoyan al gobierno argentino les importa muchísimo la
baja de la inflación. Después de eso les importa que baje más, que suban sus
salarios, que mejore el poder adquisitivo. Muchos lamentan que el presidente se
meta en esa agenda conservadora, así como lamentan el uso generoso del insulto
hacia quienes lo critican.
Por la misma razón,
la oposición a ese conservadurismo cultural trasciende en mucho a una oposición
desorganizada y toca directamente fibras de la sociedad civil en Argentina.
Después de Davos hubo una inmensa movilización “por la diversidad, contra el racismo
y el fascismo” a la que siguió la ya clásica movilización masiva ante el
aniversario del golpe de Estado de 1976.
Entre ambos gobiernos, hay grandes similitudes en el ataque a la ciencia
y a las universidades. Donde hay diferencias inmensas es en la fortaleza
relativa de las instituciones científicas en ambos países. Por el peso mucho
menor de las instituciones privadas en Argentina y la gran relevancia de las
instituciones públicas, las consecuencias pueden ser inmensamente más
destructivas en el sur.
En estilo criollo, la catarata de insultos y el desprecio hacia quienes
critiquen medidas del gobierno es algo inédito en los 40 años de democracia. No
hace falta ser opositor, con sólo criticar alguna cuestión económica el
presidente puede acusar a la
97
persona de “econochanta”. Con sólo escribir una crítica los periodistas
han sido acusados de “ensobrados” (corruptos) y “mandriles”, uno de los
términos preferidos del presidente. En Argentina hay un dicho que hace una
analogía entre “quedar al descubierto” y “tener el culo al aire”.
A pesar de estas similitudes, es sumamente distinta la situación en
Argentina y Estados Unidos entre las instituciones republicanas y las tensiones
democráticas. Pero que el mundo se ha poblado de enemigos, eso seguro. Habrá
que ver cómo funciona en cada caso. Porque una cosa es desear ser el mejor
alumno. Pero cuando se trata de países distintos, puede ser que no se obtenga
la mejor calificación copiándose en el examen.
98
La Guerra Comercial
entre Trump y China: escenarios para Uruguay
Gustavo Bittencourt
La política comercial
de EUA en la era de Trump
Durante su primer mandato, Donald Trump implementó diversas medidas
económicas para reducir el déficit comercial de Estados Unidos con China. Trump
impuso aranceles a importaciones de productos chinos con tarifas del 10 % en
2018 que se incrementaron hasta alcanzar el 25 % en 2019. También aplicó
limitaciones a compañías como Huawei, restringiendo su acceso a tecnología
estadounidense y obstaculizando sus operaciones. En enero de 2020 se firmó la
"Fase Uno" de un acuerdo entre Estados Unidos y China con la finalidad
explícita de administrar el comercio bilateral y reducir el déficit
norteamericano con China (Khitakhunov, 2020). Este compromiso incluía la
promesa de China de aumentar la compra de productos estadounidenses en 200,000
millones de dólares durante dos años y proteger los derechos de propiedad
intelectual. El gobierno de Biden mantuvo estas medidas comerciales y aumentó
las acciones en materia tecnológica: las barreras ayudaron a reducir las
importaciones desde China a EUA desde el 21% de las importaciones totales de
Estados Unidos en 2016 al 13% en 2024 (Chu; 2025).
Apenas asumió su segundo mandato en 2025, el presidente Trump anunció la
imposición de aranceles adicionales del 15% sobre productos tecnológicos y
electrónicos provenientes de China, valorados en 150,000 millones de dólares.
En su contrapunto con la respuesta del Gobierno chino, los aranceles para el
ingreso de productos chinos a EUA fueron elevados recientemente hasta un 125%.
De hecho, la aplicación plena de estas restricciones se encuentra actualmente
suspendida por 90 días, contando desde 14 de mayo de 2025 (Salazar-Xirinachs,
2025). EUA probablemente buscará negociar un acuerdo que permita administrar
el comercio bilateral y reducir la escalada de restricciones, a la vez que
intenta fortalecer el entramado económico local y disminuir los déficits
bilaterales en algunos productos clave. Para completar el panorama, el nuevo
gobierno de Trump amplió las restricciones a las empresas chinas, prohibiendo a
cualquier entidad de ese origen con vínculos con el ejército chino acceder a
tecnología estadounidense avanzada. Esta medida busca limitar la capacidad para
innovar y competir en el mercado global de las grandes empresas chinas
tecnológicas y de telecomunicaciones.
La primera administración de Trump también implementó políticas
proteccionistas dirigidas a otros países en 2018 y 2019: tarifas del 25 % sobre
las importaciones de acero y del 10 % sobre las de aluminio, afectando a
Canadá, México y la Unión Europea; aranceles del 25 % a bienes provenientes de
la Unión Europea. También se renegoció el Tratado de Libre Comercio de América
del Norte (TLCAN), resultando en el acuerdo USMCA, ratificado en 2020 (Zahoor
et al, 2023).
En el año 2025, Estados Unidos elevó los aranceles sobre una variedad de
productos de la industria automotriz, la tecnología y bienes de consumo,
importados de diferentes países. También se establecieron nuevas normativas
sobre estándares ambientales y de seguridad, impactando especialmente
importaciones de productos agrícolas y manufacturados. Adicionalmente, fueron
incrementados los subsidios a sectores estratégicos como la agricultura, la
manufactura y la tecnología, para fortalecer la producción interna y reducir la
dependencia de importaciones.
99
Respuesta de China
hacia Estados Unidos
China respondió a las medidas comerciales del primer gobierno Trump con
diversas acciones. En lo arancelario, impuso tarifas sobre productos
estadounidenses valorados en aproximadamente 110,000 millones de dólares, con
tasas entre el 5% y el 10% en 2018 y hasta el 25% en 2019, afectando sectores
clave como la agricultura y la automoción. A la vez, el gobierno chino
implementó subsidios y reducciones fiscales para apoyar a las industrias
afectadas, como los agricultores de soja y promovió la diversificación de los
vínculos comerciales con países de Europa y Asia, reduciendo su dependencia de
importaciones provenientes de Estados Unidos (Zahoor,
et al, 2023).
En respuesta a las nuevas medidas estadounidenses, China tomó
represalias económicas significativas en 2025. En abril impuso aranceles del
20% sobre productos agrícolas estadounidenses, incluyendo soja, maíz y carne de
cerdo, valorados en 100,000 millones de dólares. Como complemento, el Gobierno
de Xi también implementó restricciones a empresas estadounidenses que operan en
su territorio, limitando su acceso al mercado chino y aumentando los requisitos
regulatorios, en sectores como el automotriz, el de bienes de consumo y el de
servicios financieros. Finalmente, se anunció la aplicación de medidas espejo a
las norteamericanas, elevando la protección arancelaria hasta el 125% para
importaciones desde EUA.
Académicos norteamericanos expertos en la política y la economía de
China, han señalado que el país está preparado para la desconexión respecto a
EUA (Liu, 2025) y tiene
capacidades para dominar la escalada de medidas (Sim, 2025; Posen, 2025). Pekín superó
una guerra comercial de baja intensidad desde 2018, ganó experiencia en la
gestión de la creciente rivalidad con Estados Unidos y encontró formas para
eludir las restricciones económicas de Washington.
Pekín ha instado a los funcionarios locales y a las empresas estatales a
fortalecer la resiliencia de la cadena de suministro y a cultivar los mercados
extranjeros. Para amortiguar el impacto sobre las pequeñas empresas y evitar el
desempleo, ha presentado medidas fiscales y monetarias específicas para
apoyarlas en un contexto de incertidumbre. En la última Asamblea Popular
Nacional, celebrada en marzo, los líderes chinos destacaron el impulso de la
demanda interna como clave para el crecimiento futuro, con nuevas políticas
para fortalecer el gasto del consumidor y mejorar el entorno empresarial
nacional. También han promovido el uso internacional de sistemas de pago
basados en el renminbi para reducir la exposición de China a las sanciones
financieras coercitivas de Estados Unidos. (Liu, 2025)
A su vez, el país promulgó nuevas leyes que permiten implementar medidas
de represalia comercial y control de las empresas internacionales, que se verán
obligadas a optar entre acatar las sanciones estadounidenses o arriesgarse a
violar la ley china (Ley de Sanciones Anti-extranjeras, Ley de Control de
Exportaciones y las regulaciones anti-espionaje).
Escenarios respecto a
la Posición Comercial de Uruguay
Según publicaciones de Uruguay XXI, la posición
exportadora de Uruguay en 2024 tenía a China, Brasil y luego Estados Unidos,
como principales destinos. Esta posición es estructural desde 2012. En 2024,
Uruguay exportó productos agrícolas como carne, soja, y lácteos principalmente
a China. Las exportaciones a Brasil incluyen esos productos básicos, pero
también algunos productos intermedios industriales. Las exportaciones a China
alcanzaron los 2,500 millones de dólares, a Brasil los 1,200
100
millones de dólares, y a Estados Unidos los 400 millones de dólares. El
resto del mundo representó exportaciones por un valor de 1,000 millones de
dólares.
En el mismo año, Uruguay importó maquinaria, tecnología y productos
manufacturados de Estados Unidos, China, y Brasil. Las importaciones desde
Estados Unidos sumaron 600 millones de dólares, desde China 1,800 millones de
dólares, y desde Brasil 700 millones de dólares. El resto del mundo representó
importaciones por un valor de 900 millones de dólares.
Las medidas implementadas por Trump en 2025 y la respuesta de China
pueden tener varios efectos sobre el comercio exterior de Uruguay.
En lo inmediato, el aumento de la incertidumbre en los mercados
internacionales provoca una contracción global en el ritmo de los negocios y en
el financiamiento, por lo que cabe esperar una posible reducción de demanda de
productos uruguayos. Respecto a las exportaciones uruguayas con destino a
Estados Unidos, en otros países del MERCOSUR, pese a significar un aumento
nominal le otorga una preferencia efectiva en ese mercado, porque su magnitud
es inferior al arancel que se impone para otros países competidores. De todos
modos, esa ventaja arancelaria no podría ser utilizada a corto plazo porque
tanto en carnes, como celulosa y lácteos el país presenta rigidez en la oferta.
El gobierno del presidente Orsi, inaugurado en marzo de 2025, se encuentra
estudiando la cuantificación de los posibles efectos, para realizar un planteo
en un proceso de negociación bilateral que ya está planteando la cancillería
uruguaya con el Departamento de Estado de EUA. La protesta por el incremento
arancelario se ve menguada por la percepción de que Uruguay puede ser de los
países menos afectados por los efectos directos de las medidas arancelarias de
Trump. Además de esta opción bilateral, el gobierno uruguayo seguramente
acompañará las gestiones de Brasil ante el gobierno estadounidense. No está
claro que el MERCOSUR pueda alcanzar una posición en común al respecto.
Por su parte, las contramedidas arancelarias chinas implicarían un
fuerte incentivo para las exportaciones uruguayas a ese mercado, competitivas
con las de Estados Unidos, como carne, soja u otros cereales, lo que
probablemente implicaría un efecto neto positivo sobre el conjunto de las
exportaciones.
En el mediano plazo,
si se logra una mejor inserción en el mercado chino, y una reorientación de
exportaciones hacia mercados alternativos, junto a mayores inversiones en
diversificación productiva, el efecto del mantenimiento de importantes
restricciones comerciales entre Estados Unidos y China no parece tener impactos
fuertemente negativos sobre las exportaciones uruguayas.
A largo plazo, si se logra aumentar el número de acuerdos comerciales,
bilaterales y regionales, podrá estabilizarse y aumentar el comercio exterior,
lo que requerirá esfuerzos importantes en la diversificación de la oferta de
productos, inversiones, innovación, adaptación a nuevas normativas y estándares
internacionales.
Conclusiones
Las políticas
comerciales de Estados Unidos en 2025 tienen el potencial de reconfigurar la
dinámica del comercio global. Aunque se justifiquen como protección de la
economía estadounidense, generan incertidumbre y podrían acelerar cambios
significativos en los mercados internacionales que ya están en curso. La
capacidad de adaptación será clave para mitigar impactos negativos y aprovechar
nuevas oportunidades (Salazar-Xirinachs, 2025).
A corto plazo Uruguay
no tiene mucho para ganar de los cambios comerciales ni tampoco mucho para
perder, salvo que la eventual implementación de aranceles recíprocos superiores
al 100% entre Estados Unidos y China provoque efectos recesivos
101
en una o en ambas
economías, que terminen afectando el ritmo de crecimiento global.
La incertidumbre
sobre el futuro supone además riesgos financieros adicionales.
Pensando recomendaciones para Uruguay en el mediano y largo plazo,
resultan oportunos los planteos del Secretario Ejecutivo de la CEPAL (Salazar-Xirinachs,
2025). Dada la magnitud de la incertidumbre acerca del alcance y la duración
del nuevo régimen de tarifas del gobierno Trump, así como sobre la respuesta
china, es muy difícil prever impactos económicos y geopolíticos amplificados a
partir de estos movimientos erráticos de política. Este entorno volátil reclama
atención calificada y respuestas prudentes para mitigar riesgos inmediatos.
Pero se debería aprovechar este momento de impasse, para retomar el
esfuerzo por llevar adelante un enfoque de transformación de largo
plazo: que ponga la mirada en la diversificación de mercados y de productos, la
profundización de la integración regional como medio para tal diversificación,
las políticas de desarrollo productivo e innovador, bajo la orientación de
ejercicios de prospectiva y gobernanza anticipatoria que iluminen los
escenarios de largo plazo futuro. La necesidad de lidiar con este momento de
incertidumbre podría ser un motor para la reflexión colectiva sobre políticas
de desarrollo y de inserción internacional que habiliten una mejor
participación del país en el mundo, que deberá acomodarse estructuralmente para
poder asimilar las fuertes tendencias proteccionistas.
102
Efectos del brutalismo: el neoliberalismo
socialmente conservador de Trump y su repercusión en Brasil
José Vicente
Tavares-dos-Santos
El gobierno de Donald Trump centra su plan económico en recortar
impuestos y aumentar aranceles a los productos importados. Para la economía
brasileña, el balance tiende a ser negativo debido a la mayor incertidumbre y a
los riesgos para el crecimiento económico global, que impactarían en la
actividad económica brasileña.
Todavía existen impactos positivos. En el escenario macroeconómico, la
devaluación del dólar, que viene cayendo globalmente desde que Trump asumió el
cargo en enero, podría traer alivio a la inflación brasileña al abaratar los
productos importados. Otro impacto positivo sería el aumento de la
competitividad de los productos brasileños en el mercado americano, frente a
competidores de otros países. En el caso del café, por ejemplo, aunque el
producto brasileño pagará un impuesto del 10%, otros proveedores sufrirán
aranceles aún más altos. Además, al mantenerse la guerra arancelaria entre
Estados Unidos y China, habría que esperar un aumento en las ventas del sector
agroalimentario brasileño a China, que debería reaccionar a su alta tasa de
aranceles reduciendo las compras a Estados Unidos. Productos como soja, maíz,
sorgo, carnes, entre otros, se pueden beneficiar.
Pero, al mismo tiempo, se proyectan impactos negativos. Aunque la tasa
general brasileña se mantuvo en 10%, algunos sectores importantes se verán
afectados por tasas más altas, como el hierro, el acero y el aluminio, que
fueron sujetos a aranceles del 25% por la administración Trump,
independientemente del país de origen. Estados Unidos es el principal comprador
de productos manufacturados de Brasil, como insumos y equipos para su
industria: petróleo, productos semielaborados y otras formas primarias de hierro
o acero, así como aeronaves y sus partes. La Casa Blanca impuso un arancel del
25% a las importaciones de la industria automotriz, afectando las exportaciones
de autopartes de Brasil. Hay algunas excepciones que afectan, por ejemplo, a
los dos principales productos vendidos: el petróleo, que estará exento del
nuevo impuesto; y el acero, que sigue gravado con un 25%, una medida adoptada
por Trump en marzo.
Brasil tendría una
"poderosa arma" sobre la mesa para presionar por una negociación:
amenazar a Estados Unidos con represalias en el área de propiedad intelectual,
como romper patentes y suspender regalías pagadas a empresas estadounidenses,
en la industria farmacéutica y en el sector cinematográfico.
Existe la
expectativa de que el aumento de la tensión entre Europa y Estados Unidos pueda
impulsar la implementación del acuerdo comercial entre el MERCOSUR y la Unión
Europea, algo que podría incrementar las exportaciones de la industria
brasileña. Si entra en vigor, el acuerdo impulsará algunos sectores brasileños
(principalmente el agronegocio), pero podría perjudicar a otros. Puede
beneficiar al consumidor, con la potencial reducción del precio de productos
importados, como aceites de oliva, quesos, vinos y frutas de clima templado
(frutos secos, peras, manzanas, melocotones, cerezas y kiwis).
En lo relativo a la
emigración, el Ministerio de
Relaciones Exteriores de Brasil
(2024) calculó que en 2023 hubo 5 millones de brasileños viviendo en el
exterior. Aproximadamente 2,5 millones de brasileños residen en Estados Unidos
y aproximadamente 230 mil brasileños viven sin permiso formal en ese país. Los
brasileños emigran —desde la Posguerra de 1945— en busca de mejores
oportunidades
103
laborales, mejores condiciones de vida y el "sueño americano".
El mercado laboral estadounidense es atractivo debido a su fuerte economía y la
presencia de grandes empresas. La búsqueda de mayores ingresos y la posibilidad
de enviar dinero a Brasil también son factores importantes. Mientras tanto, se
produce el agravamiento del sueño americano, incluso como efecto de las
deportaciones que se incrementan y, a la par, se recrudece el racismo, sobre
todo contra hispánicos y brasileños (Telles y Hinajosa-Ojeda, 2021).
Hay muchas fundaciones estadounidenses que apoyan a las ONG en materia
de derechos humanos, como por ejemplo en áreas como la educación, la
investigación, la seguridad, el racismo, el medio ambiente y el desarrollo
social, tales como la Ford Foundation, la Foundation Bill &
Melinda Gates, la Open-Society, la Inter-American Foundation, etc. (Jasinski et al, 2016). Éstas
fundaciones, en asociación con organizaciones, universidades y
centros de investigación brasileños, trabajan para promover el desarrollo del
país y atender las necesidades de la población (IGBE, 2016).
Las élites brasileñas, hace muchos años, vienen enviando a sus hijos a
realizar estudios universitarios en Estados Unidos. De hecho, en la década de
1970, hubo una asociación —Asociación Universitaria Interamericana— financiada
por empresas norteamericanas y por agencias del Gobierno, que envió alrededor
de 800 estudiantes, de 1968 a 1974, a la Escuela de Verano de Desarrollo Social
de la Universidad de Harvard, muchos de ellos que participaran activamente de
la economía, de los gobiernos y de las universidades brasileñas (Ridenti, 2022). La paradoja es que justo esta
Universidad es acusada por Trump de ser sediciosa y subversiva.
Por otro lado, la
inquisición del gobierno Trump contra ciertos temas de investigación
—diversidad, equidad, género, aborto e inclusión—podría en el futuro provocar
un éxodo de académicos norteamericanos, y eliminar aquellos temas. Habría un
desarrollo de la producción de estudios en América Latina sobre esos temas:
¿sería la nueva generación de “americanistas”, así como hubo la de los “brazilianists”,
en Estados Unidos, en los años de 1970-1990?
Por estos días, ha venido a Brasil un enviado del Gobierno Trump para
reunirse con sectores de extrema-derecha de Brasil, quienes se oponen a las
decisiones de la Corte Suprema de Brasil contra los autores de la tentativa de
Golpe de Estado, del día 8 de enero de 2024. Una seria amenaza de intervención
a la soberanía del País.
Frente a las políticas de la nueva administración estadounidense, la
actitud del gobierno de Brasil ha sido, hasta ahora, de cautela. Mantiene el
diálogo con el gobierno norteamericano, sin dejar de permanecer firme en la
defensa del multilateralismo.
Uno de los procesos más importantes a observar será el impacto de la
expansión de los BRICS de cinco a once países, con la inclusión de Arabia
Saudita, Indonesia, Irán, Egipto y Emiratos Árabes Unidos. Otros tantos países
deben adherirse próximamente. A esto le sumamos el Nuevo Banco de Desarrollo
(NDB), presidido por Dilma Rousseff, cuyos objetivos son: movilizar recursos
para “proyectos de infraestructura y desarrollo sostenible” en los países BRICS
y otros países en desarrollo, complementando los esfuerzos existentes de las
instituciones financieras multilaterales y regionales para el crecimiento y
desarrollo global.
La cuestión del medio
ambiente adquiere relevancia mundial, particularmente bajo la presión del
Gobierno Trump sobre recursos naturales estratégicos, y contra los incentivos
para la transición energética. De modo que la COP30-ONU -en Belém do Pará,
Brasil, del 10 al 21 de noviembre de 2025- asume centralidad, pues tendrá como
temas: conservación de la Amazonía: preservación, gestión sostenible y derechos
de las comunidades indígenas; financiación climática: compromisos financieros
de los países desarrollados para apoyar a los países en desarrollo en sus
esfuerzos de mitigación y
104
adaptación al clima;
implementación de los compromisos climáticos; y la biodiversidad:
proteger la
biodiversidad como forma de aumentar la resiliencia climática.
Todas las cuestiones
que expusimos demuestran la complejidad del futuro de las relaciones
bilaterales de Brasil con el gobierno Trump, sin perder de vista las elecciones
presidenciales en Brasil en el próximo año, pues el perseverar de la agenda de
las corrientes progresistas en mucho va a depender de un resultado favorable en
estos comicios. En contra del brutalismo.
105
Anexo: Línea del
tiempo de eventos clave del segundo mandato de
Donald Trump:
Enero-Abril 2025
Elaborado por:
Carlos F. Ruiz Sahagún: Autor-Red**: CFRS/IA analista de datos
Esta línea del tiempo
detalla las principales acciones y sus repercusiones reportadas en los
documentos proporcionados, enfocándose en el período inicial del segundo
mandato del presidente Donald Trump.
● 20 de enero de 2025:
o Donald J. Trump asume
la presidencia por segunda vez.
o Firma entre 26 y 41
órdenes ejecutivas en su primer día, un número récord histórico, enfocándose en
su agenda "America First" y alineado
con el Proyecto 2025.
o Se derogan 78 órdenes
ejecutivas de la administración Biden (incluyendo políticas de diversidad,
equidad e inclusión (DEI), regulaciones
ambientales y medidas
pandémicas).
o Se declara una
emergencia nacional en la frontera sur de Estados Unidos (Orden Ejecutiva),
autorizando despliegue militar y medidas para reforzar la seguridad fronteriza
como la construcción de un muro.
o Se declara una
emergencia energética nacional (Orden Ejecutiva),
promoviendo la
producción nacional de energía.
o Se firma una Orden
Ejecutiva que aclara el rol militar en la protección de la integridad
territorial de Estados Unidos, definiendo el uso de las
fuerzas armadas en la
seguridad fronteriza y territorial.
o Se firma una Orden
Ejecutiva para proteger a Estados Unidos de terroristas extranjeros y otras
amenazas de seguridad nacional,
introduciendo medidas
para vetar inmigrantes de ciertos países.
o Se emite una Orden
Ejecutiva para limitar beneficios de ciudadanía, especialmente para hijos de
indocumentados. La Orden Ejecutiva 14159
limita la ciudadanía
automática para hijos de indocumentados o personas con visas temporales nacidos
después del 19 de febrero de 2025.
o Se prioriza, en
acuerdos ambientales internacionales (Orden Ejecutiva) a Estados Unidos,
retirando al país de compromisos climáticos globales como el Acuerdo de París.
Esto debilita el liderazgo climático de EUA y reduce el apoyo financiero a
países de América Latina y el Caribe para enfrentar desastres climáticos.
o Se reinstala la
designación de Cuba en la lista de los países promotores del terrorismo
internacional con lo que se revoca el alivio de sanciones a
o Se cambia el nombre
del “Golfo de México” por el de “Golfo de América”.
o Se firma una Orden
Ejecutiva para eliminar requisitos de acción
afirmativa para
contratistas gubernamentales.
o Se designa a MS-13 y
Tren de Aragua como organizaciones terroristas extranjeras.
106
o Se congela la mayoría
de las contrataciones federales (excepto personal militar y de seguridad).
o Se derogan medidas
que protegían ecosistemas vulnerables en áreas como el Golfo de México y
Alaska.
o Creación del
Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), encabezado por Elon Musk,
mediante la EO 14171. Inicia recortes en agencias federales, generando caos
administrativo y reducción de
servicios.
o Protestas en ciudades
como Nueva York y Los Ángeles. Críticas internacionales de la Unión Europea y
la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
● 21 de enero de 2025:
o Se restaura la
política “Quédate en México” (MPP), obligando a los solicitantes de asilo a
esperar en México. México acepta por razones humanitarias.
o Continúa la emisión
de órdenes ejecutivas, llegando a aproximadamente 100 en la primera semana.
● 21-26 de enero de
2025:
o Suspensión del programa de
reasentamiento de refugiados (USRAP), afectando a 100,000 refugiados. Agencias
de reasentamiento reciben
órdenes de cancelar
viajes.
o Eliminación de
programas de diversidad en agencias federales y el ejército.
o Promoción de
combustibles fósiles, autorizando perforaciones en el Refugio Nacional del
Ártico y revocando regulaciones de vehículos eléctricos.
o Revisión de
autorizaciones de seguridad, retirando permisos a exfuncionarios críticos de
Trump.
o Orden Ejecutiva 14161
("Verificación Extrema") refuerza la revisión de visas e identifica
países de “alto riesgo”.
o Caos administrativo
debido a la suspensión de contrataciones federales.
● 23 de enero de 2025:
o Un tribunal en
Washington emite una orden de restricción temporal contra la limitación de
ciudadanía por nacimiento.
o Se firma la Orden
Ejecutiva que elimina requisitos de acción afirmativa para contratistas
gubernamentales.
o Liberación de
archivos sobre los asesinatos de John F. Kennedy, Richard F. Kennedy y Martin
Luther King.
o Aprobación del
presidente: 44% según Fox News y 41%, según CNN /SSRS.
● 24 de enero de 2025:
o Se emite una Orden
Ejecutiva sobre la regulación de activos digitales, estableciendo políticas
para promover criptomonedas. Genera interés en El Salvador pero aumenta riesgos
de especulación global.
● 26 de enero de 2025:
o Trump anunció
sanciones a Colombia después de que el presidente del país, Gustavo Petro,
dijera que su país no aceptaría vuelos de deportación de Estados Unidos a menos
que la administración Trump garantizará que los migrantes repatriados fueran
tratados con “la dignidad que merece un ser humano” y no “como criminales”.
107
o Se declara una pausa
en la asistencia financiera federal, suspendiendo
temporalmente ciertos
programas.
o Una orden ejecutiva
invoca la seguridad nacional para retrasar los estándares de mercurio y tóxicos
atmosféricos.
● 29 de enero de 2025:
o Se implementan
medidas para combatir el antisemitismo en instituciones federales.
● 30 de enero de 2025:
o Se establece la
política comercial "America First", revisando acuerdos
internacionales.
● 31 de enero de 2025:
o Se lanza la
iniciativa de desregulación 10:1 para eliminar una regulación por cada nueva
creada.
● 1 de febrero de 2025:
o Trump anuncia imponer
aranceles comerciales generalizados a México, Canadá y China. Las órdenes
imponen aranceles del 25% a la mayoría de las importaciones mexicanas y
canadienses y del 10% a los productos chinos. Justin Trudeau, Primer Ministro
de Canadá, anunció aranceles recíprocos sobre productos estadounidenses, y la
Presidenta de México,
o Viaje del secretario
de Estado, Marco Rubio, a Panamá, El Salvador, Costa Rica, Guatemala y
República Dominicana del 1 al 6 de febrero para impulsar la política exterior “America
First” del presidente Trump.
● 3 de febrero de 2025:
o Donald Trump anunció
un aplazamiento de un mes en sus aranceles propuestos contra Canadá y México
después de llamadas telefónicas con el Primer Ministro canadiense, Justin
Trudeau, y la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum.
● Febrero de 2025:
o Reportes de ICE
indican 800 arrestos diarios de migrantes, saturando
albergues mexicanos y
ciudades fronterizas.
o Comunidades migrantes
en California y otros estados reducen su actividad pública.
● 7-10 de febrero de
2025:
o Restricciones a
derechos transgénero: Prohibición de participación en deportes femeninos y
eliminación de reconocimiento de género en
documentos federales.
o Reclutamiento
militar: Orden Ejecutiva elimina programas de Diversidad, Equidad e Inclusión
(DEI) y prohíbe el ingreso de personas
transgénero.
o Decreto para
“aumentar la presión de agua en duchas” y prohibir pajillas
de papel en compras
federales (considerado simbólico).
o Introducción de la “Sunset
Rule” (regla de caducidad) para regulaciones federales.
● 13 de febrero de
2025:
o Creación del Consejo
Nacional de Dominio Energético, priorizando el petróleo y el carbón.
● 15 de febrero de
2025:
o Eliminación de
mandatos de vacunas COVID-19 en escuelas.
108
● 19 de febrero - 20 de
marzo de 2025:
o Continúa el aumento
de órdenes ejecutivas, llegando a un estimado de 140. Enfocadas en desmantelar
regulaciones ambientales, reducir programas sociales y reforzar la vigilancia
migratoria.
o Restricciones a los
derechos de personas transgénero en deportes y
servicios públicos
(EO 14180), generando controversia y demandas.
o Ampliación de
“remoción acelerada” para indocumentados con menos de
dos años en Estados
Unidos.
o Propuestas
expansionistas retóricas no implementadas: anexión de Groenlandia y control del
Canal de Panamá, tensionando relaciones con
o Trump sugiere
controlar Gaza en una reunión con Netanyahu para un
“desarrollo inmobiliario”, generando rechazo internacional.
o Orden Ejecutiva para
listar “ciudades santuario” y sancionarlas por no cooperar con deportaciones.
o Encuestas (CNN, abril
2025) muestran que el 59% percibe un empeoramiento económico; la aprobación de
Trump cae al 39%.
● 1 de marzo de 2025:
o Designación del
inglés como idioma oficial, como parte de las políticas de “America first”.
● 12 de marzo de 2025:
o Entran en vigor
aranceles del 25% a importaciones de acero y aluminio, generando represalias de
Canadá y la Unión Europea.
● 15 de marzo de 2025:
o A pesar de una Orden
Judicial en su contra se invoca la Ley de Enemigos Extranjeros (1798) para
deportar a más de 250 venezolanos vinculados a las pandillas Tren de Aragua y
Mara Salvatrucha 13 a prisiones en El Salvador sin debido proceso. El
presidente Nayib Bukele afirma que Estados Unidos pagará al país
centroamericano para mantenerlos en su
“centro de
confinamiento de terrorismo”.
o Terminación del parole humanitario
para cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos (CHNV), afectando a 30,000
migrantes
mensuales.
o Revisión del Estatus
de Protección Temporal (TPS), terminándolo para 300,000 venezolanos y
haitianos.
● 20 de marzo de 2025:
o Vietnam, Camboya y
Bangladesh enfrentan pérdidas significativas en exportaciones textiles y
electrónicas debido a aranceles. Se proyecta una contracción del PIB del 1-2%
en estos países.
o La región asiática
busca socios comerciales alternativos.
● 21 de marzo - 29 de
abril de 2025:
o Trump reitera
propuestas expansionistas como anexionar Groenlandia y
controlar el Canal de
Panamá.
o Continuación de
deportaciones masivas, con énfasis en redadas
mediáticas.
o Reducción de la
burocracia federal por parte del DOGE.
● 2 de abril de 2025:
o “Liberation day”:
Se anuncian nuevos aranceles para importaciones desde 89 países de entre 10 y
49%. La mayoría de los países de América
109
Latina y El Caribe están entre los países para los que se anuncia una
tarifa de 10%. México y Canadá no aparecen en la lista.
o Controversia por
deportaciones y aprobación declinante del presidente: 39%.
● 4 de abril de 2025:
o Entran en vigor
aranceles del 25% a autos importados, 145% a China y 10-50% a otros países,
generando ingresos fiscales proyectados.
● 5 de abril de 2025:
o Trump defiende la
prioridad económica para los ciudadanos estadounidenses y promueve medidas
proteccionistas.
● 9 de abril de 2025:
o Pausa de 90 días en
aranceles (excepto China, que sube a 125%), impulsando un alza temporal
en Wall Street.
● 11 de abril de 2025:
o Se emite una orden
ejecutiva para mejorar la adquisición de la base
industrial de
defensa.
o Se señala inversión
en el sector marítimo de Estados Unidos mediante una orden ejecutiva, generando
tensiones con Panamá tras amenazas de Trump de reclamar el Canal de Panamá.
● 12 de abril de 2025:
o La Administración
admitió haber trasladado “por error” a Kilmar Abrego García, residente legal en
Maryland, a El Salvador como parte de las deportaciones. Trump le acusó luego
sin pruebas de pertenecer a la Mara Salvatrucha 13. El Tribunal Supremo ordenó
a la Administración que “facilitara” la liberación de Ábrego García del Centro
de Confinamiento del Terrorismo (CECOT). Sin embargo, el gobierno se niega a
traerlo de vuelta.
● 14 de abril de 2025:
o Se firma una orden
ejecutiva para el fortalecimiento de la red eléctrica.
o Trump recibe al
presidente de El Salvador, Nayib Bukele. Bukele se mofa del caso Abrego García
y niega la posibilidad de liberarlo y regresar a Estados Unidos.
● 15 de abril de 2025:
o Se emite la regla de
caducidad ("Sunset Rule") para regulaciones (EO 14280),
consolidando la desregulación.
● 18 de abril de 2025:
o El senador demócrata
de Maryland, Chris Van Hollen, logra reunirse con Kilmar Ábrego García en El
Salvador después de que fue trasladado de la prisión CECOT a un centro de
detención con mejores condiciones.
● 19 de abril de 2025:
o La Corte Suprema de
Estados Unidos ordena a la administración Trump detener la deportación de
venezolanos bajo custodia de inmigración en Texas, después de que sus abogados
declararon que estaban en riesgo inminente de expulsión sin una revisión
judicial.
● 23 de abril de 2025:
o Nuevas órdenes
ejecutivas (detalles no divulgados).
● 27 de abril de 2025:
o Trump propone
eliminar impuestos sobre la renta con ingresos de aranceles (idea retórica sin
plan claro). Intensificación de negociaciones con México y la Unión Europea.
110
o Se emite una orden
ejecutiva para fortalecer protecciones a policías locales y promover un
“policía agresivo”, generando críticas por riesgo
de brutalidad.
o Celebración por haber
firmado más de 130 órdenes ejecutivas.
● 29 de abril de 2025
o Firma de tres órdenes
ejecutivas sobre temas migratorios. El primero, “Proteger a las comunidades
estadounidenses de los extranjeros criminales”, se dirige a las ciudades
santuario que la Administración considera que no cooperan lo suficiente con las
medidas de represión de la inmigración. Otra orden proporciona defensa legal a
los policías acusados de mala conducta y la tercera exige que los conductores
profesionales de camiones hablen inglés.
● Periodo no
especificado (entre enero y abril de 2025):
o Se emiten órdenes
ejecutivas que intensifican las deportaciones masivas, invocando la Ley de
Enemigos Extranjeros de 1798 para deportar
venezolanos a
prisiones en El Salvador.
o Se implementan
órdenes ejecutivas que restringen el multilateralismo
regional (ej.
suspensión de fondos a la OEA, oposición a la CELAC).
o Se promueve el
narcoterrorismo como prioridad, afectando a México y Colombia, y designando a
cárteles como MS-13 y Tren de Aragua como
organizaciones
terroristas.
o Se firman órdenes
ejecutivas que afectan proyectos estratégicos en la
región (control del
Canal de Panamá, explotación de litio y cobre).
o Se emiten órdenes
ejectuvias que criminalizan protestas o violan derechos humanos en la región
(El Salvador, Haití).
o Se impacta a
Venezuela con sanciones, tarifas por importación de petróleo y deportaciones de
presuntos miembros del Tren de Aragua.
o Trump amenaza con
aranceles del 100% a países BRICS que desarrollen una moneda alternativa al
dólar.
o Propuestas de
recortes a programas sociales y ambientales.
111
Alberto Acosta es economista ecuatoriano. Fue Presidente de la Asamblea
Constituyente del Ecuador (2007-2008).
Consuelo Ahumado es
profesora en la Universidad Externado de Colombia. Miembro de número de la
Academia Colombiana de Ciencias Económicas, ACCE. Integrante del Grupo de
Trabajo Geopolítica, integración regional y sistema mundial en CLACSO.
Juan Agulló es doctor en Sociología (EHESS, París, 2003) y ejerce como
Profesor adjunto del Instituto Latino-Americano de Economia, Sociedade e
Política (ILAESP) en la Universidade Federal da Integração Latino-Americana
(UNILA, Brasil).
Olmedo Beluche es profesor de Sociología y director del Centro de
Investigaciones (CiFHU) en la Universidad de Panamá.
Gustavo Bittencourt, economista y profesor titular de Economía
Internacional y de Economía de América Latina de la Universidad de la República
(Uruguay).
Liliana Cotto Morales es socióloga urbana. Fue Catedrática de la
Facultad de Estudios Generales y de Ciencias Sociales de la Universidad de
Puerto Rico.
David Díaz Arias es doctor en Historia por la Indiana University
Bloomington y profesor catedrático de la Escuela de Historia de la Universidad
de Costa Rica.
Ricardo Domínguez Guadarrama es doctor en Estudios Latinoamericanos por
la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor en la Escuela Nacional de
Estudios Superiores en Mérida.
Natali Durand Guevara es doctora en Antropología Social y se desempeña
como Docente principal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú.
Willian Espronceda, profesor en la Facultad de Filosofía e Historia en
el Departamento de Sociología de la Universidad de La Habana, Cuba.
Nicolás Figueroa García-Herreros es doctor en Sociología de la New
School for Social Research y profesor asistente en la Facultad de
Jurisprudencia de la Universidad del Rosario (Colombia).
Aníbal García Fernández es doctor en Estudios Latinoamericanos por la
Universidad Nacional Autónoma de México, miembro del Observatorio Lawfare.
Alejandro Grimson es
profesor titular de Teorías Antropológicas Contemporáneas en la Universidad
Nacional de San Martín y es investigador principal del CONICET.
Jochen Kemner es Gerente General del Centro de Estudios Latinoamericanos
Avanzados (CALAS) y asistente en la Cátedra de Relaciones Intersocietales de la
Universidad de Kassel.
112
Tamara Lajtman es investigadora posdoctoral del
Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, miembro
del Observatorio Lawfare.
Edgardo Lander es profesor titular jubilado de Ciencias Sociales en la
Universidad Central de Venezuela en Caracas.
Gabriel Esteban
Merino es doctor en Ciencias Sociales e investigador adjunto del
CONICET-(Argentina) con lugar de trabajo Instituto de Investigación en
Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS) de la Universidad Nacional de La Plata
(UNLP).
Daniel Morales Ruvalcaba es profesor asociado de la Sun Yat-sen
University (China) y creador del World Power Index (www.worldpowerindex.com).
Leandro Morgenfeld es profesor regular de la Universidad de Buenos Aires
e investigador independiente de CONICET, Argentina.
Pietro Montanari es profesor de tiempo completo en el Departamento de
Filosofía de la Universidad de Guadalajara. Sus áreas de investigación son
filosofía antigua, estudios clásicos y teoría política.
Amparo Marroquín es profesora del Departamento de Comunicación y Cultura
de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Se ha especializado
en los estudios culturales y los estudios de comunicación desde Latinoamérica.
Carlos Oliva Campos es profesor-investigador en el Departamento de
Historia de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología en la Universidad
de La Habana.
Carlos Fredy Ochoa García es profesor-investigador de la Escuela de
Ciencia Política de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Tiene un
doctorado en Antropología por la Universidad de Connecticut.
Jaime Antonio Preciado Coronado es profesor-investigador del
Departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos (DEILA) de la Universidad
de Guadalajara y miembro de la Junta Directiva del Centro de Estudios
Latinoamericanos Avanzados (CALAS).
Gary Francis Prevost es profesor emérito de Ciencias Políticas en el
Colegio Saint Benedict & Saint John's University. Es autor de 20 libros
(colectivos) y de más de 100 artículos académicos sobre América Latina y
Sudáfrica.
Fatima Peña es maestra en Ciencia Política por la Universidad
Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) donde actualmente se desempeña como
coordinadora de articulación para la incidencia en la Vicerrectoría de
Proyección Social.
Alberto Rocha Valencia es profesor investigador titular del Departamento
de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos (DEILA) de la Universidad de
Guadalajara y responsable del cuerpo académico "Integración,
Gobernabilidad y Desarrollo en América Latina y El Caribe".
113
Silvina Romano es investigadora adjunta del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y coordinadora del
Observatorio Lawfare.
Lourdes María Regueiro Bello es profesora-investigadora del Centro de
Investigaciones de Política Internacional (CIPI) en la Universidad de La
Habana.
Miguel Ángel Ruiz Acosta es doctor en Estudios Latinoamericanos (UNAM).
Es docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad
Central del Ecuador y miembro del Instituto de Investigaciones Económicas en la
misma casa de estudios.
Matti Steinitz, Universidad de Bielefeld, es director de la Asociación
Internacional de Estudios Inter-Americanos y coordinador del Black
Americas Network.
Darvin Antonio Sánchez es sociólogo de formación por la Universidad
Centroamericana de Nicaragua (UCA) y la Universidad de Costa Rica (UCR).
Actualmente cursa un doctorado en la Universidad de Bielefeld, Alemania.
Rafael Tamayo-Álvarez es doctor en Derecho de la Universidad de los
Andes (Colombia) y profesor de carrera en la Facultad de Jurisprudencia de la
Universidad del Rosario (Colombia).
José Vicente Tavares-dos-Santos es profesor titular de Sociología, de la
Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS) en Porto Alegre, Brasil. Es
además Investigador del Consejo Nacional Desarrollo Científico (CNPq).
Elizabeth Vargas
García es profesora investigadora de la Universidad de Guadalajara, adscrita al
departamento de Estudios Internacionales. Es miembro fundador de la Red
Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (REMECID).
Ronny Viales Hurtado, profesor catedrático de la Escuela de Historia y
del Programa de Posgrado en Historia de la Universidad de Costa Rica, donde
además es Director del Centro de Investigaciones Históricas de América Central
(CIHAC).
Claudia Zapata, profesora titular de la Universidad de Chile, adscrita
al Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos. Es doctora en Historia, con
mención en Etnohistoria.
Equipo Editorial
Paulina Navarro
Villafaña
Diseño
Abi Valeria López
Pacheco
Olvia A. Maisterra
Sierra
Corrección y cuidado
editorial
114
Al llegar al primer cuarto del siglo XXI, la llamada policrisis mundial
enfrenta desafíos políticos y geopolíticos inéditos en la historia
contemporánea: el Orden Mundial Liberal, basado en reglas y leyes
internacionales a su medida -en el que convergieron Estados Unidos, la Unión
Europea y gobiernos que apostaron a la globalización neoliberal-, es
cuestionado desde distintos frentes. Su principal crítico es justamente el
segundo gobierno de Donald Trump, quien contrapone premisas supuestamente
libertarias frente al neoliberalismo globalista, desde un nacionalismo del
“America First”, neoproteccionista, que busca recobrar la hegemonía
estadounidense ante el mundo, sin fundar su poder en el llamado Occidente
Colectivo.
El CALAS como Centro de Estudios Avanzados que promueve investigación
sobre cómo se enfrentan las crisis en y desde América Latina y el Caribe, se ve
retado a buscar respuestas a estas presiones políticas insólitas que se
presenta en la región a partir del momento en que Donald Trump asumió su
segundo mandato de gobierno en Estados Unidos.
Tomamos el
cumplimiento de los primeros 100 días del segundo mandato de Donald Trump a
finales de abril de 2025 como motivo para solicitar reflexiones de
investigadores, intelectuales, analistas de toda la región latinoamericana. En
respuesta reunimos en este documento 31 contribuciones que aportan análisis
desde el plano internacional, regional y nacional.
FIN

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