© Libro N° 13877. Teoría Y
Juego Del Duende. García Lorca,
Federico. Emancipación. Mayo 31 de 2025
Título Original: © Teoría Y Juego Del Duende. Federico
García Lorca
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Original: © Teoría Y Juego Del
Duende. Federico García Lorca
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Federico García Lorca
Teoría Y
Juego Del Duende
Federico García Lorca
Teoría Y Juego Del Duende
Federico García Lorca
Señoras y señores:
Desde el año 1918,
que ingresé en la Residencia de Estudiantes de Madrid, hasta 1928, en que la
abandoné, terminados mis estudios de Filosofía y Letras, he oído en aquel
refinado salón, donde acudía para corregir su frivolidad de playa francesa la
vieja aristocracia española, cerca de mil conferencias.
Con ganas de aire y
de sol, me he aburrido tanto, que al salir me he sentido cubierto por una leve
ceniza casi a punto de convertirse en pimienta de irritación.
No. Yo no quisiera
que entrase en la sala ese terrible moscardón del aburrimiento que ensarta
todas las cabezas por un hilo tenue de sueño y pone en los ojos de los oyentes
unos grupos diminutos de puntas de alfiler.
De modo sencillo,
con el registro que en mi voz poética no tiene luces de maderas, ni recodos de
cicuta, ni ovejas que de pronto son cuchillos de ironías, voy a ver si puedo
daros una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la dolorida España.
El que está en la
piel de toro extendida entre los Júcar, Guadalete, Sil o Pisuerga (no quiero
citar a los caudales junto a las ondas color melena de león que agita el
Plata), oye decir con medida frecuencia: "Esto tiene mucho duende".
Manuel Torres, gran artista del pueblo andaluz, decía a uno que cantaba:
"Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfaras nunca, porque tú
no tienes duende".
En toda Andalucía,
roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo
descubre en cuanto sale con instinto eficaz. El maravilloso cantaor El
Lebrijano, creador de la Debla, decía: "Los días que yo canto con duende
no hay quien pueda conmigo"; la vieja bailarina gitana La Malena exclamó
un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach: "¡Ole! ¡Eso tiene
duende!", y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y
Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo,
escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase:
"Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende". Y no hay verdad más
grande.
Estos sonidos
negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos
conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en
el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con
Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo:
"Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica".
Así, pues, el
duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir
a un viejo maestro guitarrista: "El duende no está en la garganta; el
duende sube por dentro desde la planta de los pies". Es decir, no es
cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es
decir, de viejísima cultura, de creación en acto.
Este "poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo
explica" es, en suma, el espíritu de la sierra, el mismo duende que abrazó
el corazón de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el
puente Rialto o en la música de Bizet, sin encontrarlo y sin saber que el
duende que él perseguía había saltado de los misteriosos griegos a las
bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la siguiriya de
Silverio.
Así, pues, no
quiero que nadie confunda al duende con el demonio teológico de la duda, al que
Lutero, con un sentimiento báquico, le arrojó un frasco de tinta en Nuremberg,
ni con el diablo católico, destructor y poco inteligente, que se disfraza de
perra para entrar en los conventos, ni con el mono parlante que lleva el
truchimán de Cervantes, en la comedia de los celos y las selvas de Andalucía.
No. El duende de
que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de
Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y
del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto
de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros
borrachos.
Todo hombre, todo
artista llamará Nietzsche, cada escala que sube en la torre de su perfección es
a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, como se ha
dicho, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz
de la obra.
El ángel guía y
regala como San Rafael, defiende y evita como San Miguel, y previene como San
Gabriel.
El ángel deslumbra,
pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia, y el
hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía o su danza. El ángel
del camino de Damasco y el que entró por las rendijas del balconcillo de Asís,
o el que sigue los pasos de Enrique Susson, ordena y no hay modo de oponerse a
sus luces, porque agita sus alas de acero en el ambiente del predestinado.
La musa dicta, y,
en algunas ocasiones, sopla. Puede relativamente poco, porque ya está lejana y
tan cansada (yo la he visto dos veces), que tuve que ponerle medio corazón de
mármol. Los poetas de musa oyen voces y no saben dónde, pero son de la musa que
los alienta y a veces se los merienda. Como en el caso de Apollinaire, gran
poeta destruido por la horrible musa con que lo pintó el divino angélico
Rousseau. La musa despierta la inteligencia, trae paisaje de columnas y falso
sabor de laureles, y la inteligencia es muchas veces la enemiga de la poesía,
porque imita demasiado, porque eleva al poeta en un bono de agudas aristas y le
hace olvidar que de pronto se lo pueden comer las hormigas o le puede caer en
la cabeza una gran langosta de arsénico, contra la cual no pueden las musas que
hay en los monóculos o en la rosa de tibia laca del pequeño salón.
Ángel y musa vienen
de fuera; el ángel da luces y la musa da formas (Hesíodo aprendió de ellas).
Pan de oro o pliegue de túnicas, el poeta recibe normas en su bosquecillo de
laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones
de la sangre.
Y rechazar al ángel
y dar un puntapié a la musa, y perder el miedo a la fragancia de violetas que
exhale la poesía del siglo XVIII y al gran telescopio en cuyos cristales se
duerme la musa enferma de límites.
La verdadera lucha es con el duende.
Se saben los caminos para buscar a Dios, desde el modo bárbaro del
eremita al modo sutil del místico. Con una torre como Santa Teresa, o con tres
caminos como San Juan de la Cruz. Y aunque tengamos que clamar con voz de
Isaías: "Verdaderamente tú eres Dios escondido", al fin y al cabo
Dios manda al que lo busca sus primeras espinas de fuego.
Para buscar al
duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un
tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida,
que rompe los estilos, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas
y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños
con horribles negros de betún; o que desnuda a Mosén Cinto Verdaguer con el
frío de los Pirineos, o lleva a Jorge Manrique a esperar a la muerte en el
páramo de Ocaña, o viste con un traje verde de saltimbanqui el cuerpo delicado
de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto al conde Lautréamont en la madrugada del
boulevard.
Los grandes
artistas del sur de España, gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya
toquen, saben que no es posible ninguna emoción sin la llegada del duende.
Ellos engañan a la gente y pueden dar sensación de duende sin haberlo, como os
engañan todos los días autores o pintores o modistas literarios sin duende;
pero basta fijarse un poco, y no dejarse llevar por la indiferencia, para
descubrir la trampa y hacerle huir con su burdo artificio.
Una vez, la
"cantaora" andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío
genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el
Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su
voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la
cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y
lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados.
Allí estaba Ignacio
Espeleta, hermoso como una tortuga romana, a quien preguntaron una vez:
"¿Cómo no trabajas?"; y él, con una sonrisa digna de Argantonio,
respondió: "¿Cómo voy a trabajar, si soy de Cádiz?"
Allí estaba Eloísa,
la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad
Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la
igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que la gente cree carniceros,
pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a
Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don Pablo Murube, con aire de
máscara cretense. Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Solo,
y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de
pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva
París!", como diciendo: "Aquí no nos importan las facultades, ni la
técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa".
Entonces La Nina de
los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval,
y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar
sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende.
Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende
furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los
oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen
los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.
La Niña de los
Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente
exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el
cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de
facultades y de seguridades; es decir,
tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera
y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba, su voz
era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una
mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo
de Juan de Juni.
La llegada del
duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos
viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa
recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso.
En toda la música
árabe, danza, canción o elegía, la llegada del duende es saludada con enérgicos
"¡Alá, Alá!", "¡Dios, Dios!", tan cerca del
"¡Olé!" de los toros, que quién sabe si será lo mismo; y en todos los
cantos del sur de España la aparición del duende es seguida por sinceros gritos
de "¡Viva Dios!", profundo, humano, tierno grito de una comunicación
con Dios por medio de los cinco sentidos, gracias al duende que agita la voz y
el cuerpo de la bailarina, evasión real y poética de este mundo, tan pura como
la conseguida por el rarísimo poeta del XVII Pedro Soto de Rojas a través de
siete jardines o la de Juan Calímaco por una temblorosa escala de llanto.
Naturalmente,
cuando esa evasión está lograda, todos sienten sus efectos: el iniciado, viendo
cómo el estilo vence a una materia pobre, y el ignorante, en el no sé qué de
una autentica emoción. Hace años, en un concurso de baile de Jerez de la
Frontera se llevó el premio una vieja de ochenta años contra hermosas mujeres y
muchachas con la cintura de agua, por el solo hecho de levantar los brazos,
erguir la cabeza y dar un golpe con el pie sobre el tabladillo; pero en la
reunión de musas y de ángeles que había allí, bellezas de forma y bellezas de
sonrisa, tenía que ganar y ganó aquel duende moribundo que arrastraba por el
suelo sus alas de cuchillos oxidados.
Todas las artes son
capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la
música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo
vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y
alzan sus contornos sobre un presente exacto.
Muchas veces el
duende del músico pasa al duende del intérprete y otras veces, cuando el músico
o el poeta no son tales, el duende del intérprete, y esto es interesante, crea
una nueva maravilla que tiene en la apariencia, nada más, la forma primitiva. Tal
el caso de la enduendada Eleonora Duse, que buscaba obras fracasadas para
hacerlas triunfar, gracias a lo que ella inventaba, o el caso de Paganini,
explicado por Goethe, que hacía oír melodías profundas de verdaderas
vulgaridades, o el caso de una deliciosa muchacha del Puerto de Santa María, a
quien yo le vi cantar y bailar el horroroso cuplé italiano O Mari!, con unos
ritmos, unos silencios y una intención que hacían de la pacotilla italiana una
aura serpiente de oro levantado. Lo que pasaba era que, efectivamente,
encontraban alguna cosa nueva que nada tenía que ver con lo anterior, que
ponían sangre viva y ciencia sobre cuerpos vacíos de expresión.
Todas las artes, y
aun los países, tienen capacidad de duende, de ángel y de musa; y así como
Alemania tiene, con excepciones, musa, y la Italia tiene permanentemente ángel,
España está en todos tiempos movida por el duende, como país de música y danza
milenaria, donde el duende exprime limones de madrugada, y como país de muerte,
como país abierto a la muerte.
En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas.
En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros
hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más
vivo como muerto que en ningún sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de
una navaja barbera. El chiste sobre la muerte y su contemplación silenciosa son
familiares a los españoles. Desde El sueño de las calaveras, de Quevedo, hasta
el Obispo podrido, de Valdés Leal, y desde la Marbella del siglo XVII, muerta
de parto en mitad del camino, que dice:
La sangre de mis entrañas
cubriendo el caballo está.
Las patas de tu caballo
echan fuego de alquitrán...
al reciente mozo de Salamanca, muerto
por el toro, que clama:
Amigos, que yo me muero;
amigos, yo estoy muy malo.
Tres pañuelos tengo dentro
y este que meto son cuatro...
hay una barandilla
de flores de salitre, donde se asoma un pueblo de contempladores de la muerte,
con versículos de Jeremías por el lado más áspero, o con ciprés fragante por el
lado más lírico; pero un país donde lo más importante de todo tiene un último
valor metálico de muerte.
La cuchilla y la
rueda del carro, y la navaja y las barbas pinchonas de los pastores, y la luna
pelada, y la mosca, y las alacenas húmedas, y los derribos, y los santos
cubiertos de encaje, y la cal, y la línea hiriente de aleros y miradores tienen
en España diminutas hierbas de muerte, alusiones y voces perceptibles para un
espíritu alerta, que nos llama la memoria con el aire yerto de nuestro propio
tránsito. No es casualidad todo el arte español ligado con nuestra sierra,
lleno de cardos y piedras definitivas, no es un ejemplo aislado la lamentación
de Pleberio o las danzas del maestro Josef María de Valdivieso, no es un azar
el que de toda la balada europea se destaque esta amada española:
-Si tú eres mi linda amiga,
¿cómo no me miras, di?
-Ojos con que te miraba
a la sombra se los di
-Si tú eres mi linda amiga,
-Labios con que te besaba
a la sierra se los di.
-Si tú eres mi linda amiga,
¿cómo no me abrazas, di?
-Brazos con que te abrazaba
de gusanos los cubrí.
Ni es extraño que en los albores de
nuestra lírica suene esta canción:
Dentro del vergel
moriré
dentro del rosal
matar me han.
Yo me iba, mi madre,
las rosas a coger,
hallara la muerte
dentro del vergel.
Yo me iba, madre,
las rosas a cortar,
hallara la muerte
dentro del rosal.
Dentro del vergel
moriré,
dentro del rosal
matar me han.
Las cabezas heladas por la luna que
pintó Zurbarán, el amarillo manteca con el amarillo relámpago del Greco, el
relato del padre Sigüenza, la obra íntegra de Goya, el ábside de la
iglesia de El Escorial, toda la escultura policromada, la cripta de la
casa ducal de Osuna, la muerte con la guitarra de la capilla de los Benaventes
en Medina de Rioseco, equivalen a lo culto en las romerías de San Andrés de
Teixido, donde los muertos llevan sitio en la procesión, a los cantos de
difuntos que cantan las mujeres de Asturias con faroles llenos de llamas en la
noche de noviembre, al canto y danza de la sibila en las catedrales de Mallorca
y Toledo, al oscuro In Recort tortosino y a los innumerables ritos del Viernes
Santo, que con la cultísima fiesta de los toros forman el triunfo popular de la
muerte española. En el mundo, solamente Méjico puede cogerse de la mano con mi
país.
Cuando la musa ve
llegar a la muerte cierra la puerta o levanta un plinto o pasea una urna y
escribe un epitafio con mano de cera, pero en seguida vuelve a rasgar su laurel
con un silencio que vacila entre dos brisas. Bajo el arco truncado de la oda,
ella junta con sentido fúnebre las flores exactas que pintaron los italianos
del xv y llama al seguro gallo de Lucrecio para que espante sombras
imprevistas.
Cuando ve llegar a
la muerte, el ángel vuela en círculos lentos y teje con lágrimas de hielo y
narciso la elegía que hemos visto temblar en las manos de Keats, y en las de
Villasandino, y en las de Herrera, y en las de Bécquer y en las de Juan Ramón
Jiménez. Pero ¡qué horror el del ángel si siente una arena, por diminuta que
sea, sobre su tierno pie rosado!
En cambio, el
duende no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su
casa, si no tiene seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y
que no tienen, que no tendrán consuelo.
Con idea, con
sonido o con gesto, el duende gusta de los bordes del pozo en franca lucha con
el creador. Ángel y musa se escapan con violín o compás, y el duende hiere, y
en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está lo insólito, lo
inventado de la obra de un hombre.
La virtud mágica
del poema consiste en estar siempre enduendado para bautizar con agua oscura a
todos los que lo miran, porque con duende es más fácil amar, comprender, y es
seguro ser amado, ser comprendido, y esta lucha por la expresión y por la
comunicación de la expresión adquiere a veces, en poesía, caracteres mortales.
Recordad el caso de
la flamenquísima y enduendada Santa Teresa, flamenca no por atar un toro
furioso y darle tres pases magníficos, que lo hizo; no por presumir de guapa
delante de fray Juan de la Miseria ni por darle una bofetada al Nuncio de Su
Santidad, sino por ser una de las pocas criaturas cuyo duende (no cuyo ángel,
porque el ángel no ataca nunca) la traspasa con un dardo, queriendo matarla por
haberle quitado su último secreto, el puente sutil que une los cinco sentidos
con ese centro en carne viva, en nube viva, en mar viva, del Amor libertado del
Tiempo.
Valentísima
vencedora del duende, y caso contrario al de Felipe de Austria, que, ansiando
buscar musa y ángel en la teología, se vio aprisionado por el duende de los
ardores fríos en esa obra de El Escorial, donde la geometría limita con el
sueño y donde el duende se pone careta de musa para eterno castigo del gran
rey.
Hemos dicho que el
duende ama el borde, la herida, y se acerca a los sitios donde las formas se
funden en un anhelo superior a sus expresiones visibles.
En España (como en los pueblos de Oriente, donde la danza es expresión
religiosa) tiene el duende un campo sin límites sobre los cuerpos de las
bailarinas de Cádiz, elogiadas por Marcial, sobre los pechos de los que cantan,
elogiados por Juvenal, y en toda la liturgia de los toros, auténtico drama
religioso donde, de la misma manera que en la misa, se adore y se sacrifica a
un Dios.
Parece como si todo
el duende del mundo clásico se agolpara en esta fiesta perfecta, exponente de
la cultura y de la gran sensibilidad de un pueblo que descubre en el hombre sus
mejores iras, sus mejores bilis y su mejor llanto. Ni en el baile español ni en
los toros se divierte nadie; el duende se encarga de hacer sufrir por medio del
drama, sobre formas vivas, y prepara las escaleras para una evasión de la
realidad que circunda.
El duende opera
sobre el cuerpo de la bailarina como el aire sobre la arena. Convierte con
mágico poder una muchacha en paralítica de la luna, o llena de rubores
adolescentes a un viejo roto que pide limosna por las tiendas de vino, da con
una cabellera olor de puerto nocturno, y en todo momento opera sobre los brazos
con expresiones que son madres de la danza de todos los tiempos.
Pero imposible
repetirse nunca, esto es muy interesante de subrayar. El duende no se repite,
como no se repiten las formas del mar en la borrasca.
En los toros
adquiere sus acentos más impresionantes, porque tiene que luchar, por un lado,
con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la
medida, base fundamental de la fiesta.
El toro tiene su
órbita; el torero, la suya, y entre órbita y órbita un punto de peligro donde
está el vértice del terrible juego.
Se puede tener musa
con la muleta y ángel con las banderillas y pasar por buen torero, pero en la
faena de capa, con el toro limpio todavía de heridas, y en el momento de matar,
se necesita la ayuda del duende para dar en el clavo de la verdad artística.
El torero que
asusta al público en la plaza con su temeridad no torea, sino que está en ese
plano ridículo, al alcance de cualquier hombre, de jugarse la vida; en cambio,
el torero mordido por el duende da una lección de música pitagórica y hace
olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos.
Lagartijo con su
duende romano, Joselito con su duende judío, Belmonte con su duende barroco y
Cagancho con su duende gitano, enseñan, desde el crepúsculo del anillo, a
poetas, pintores y músicos, cuatro grandes caminos de la tradición española.
España es el único
país donde la muerte es el espectáculo nacional, donde la muerte toca largos
clarines a la llegada de las primaveras, y su arte está siempre regido por un
duende agudo que le ha dado su diferencia y su calidad de invención.
El duende que llena
de sangre, por vez primera en la escultura, las mejillas de los santos del
maestro Mateo de Compostela, es el mismo que hace gemir a San Juan de la Cruz o
quema ninfas desnudas por los sonetos religiosos de Lope.
El duende que levanta la torre de Sahagún o trabaja calientes ladrillos
en Calatayud o Teruel es el mismo que rompe las nubes del Greco y echa a rodar
a puntapiés alguaciles de Quevedo y quimeras de Goya.
Cuando llueve saca
a Velázquez enduendado, en secreto, detrás de sus grises monárquicos; cuando
nieva hace salir a Herrera desnudo para demostrar que el frío no mata; cuando
arde, mete en sus llamas a Berruguete y le hace inventar un nuevo espacio para
la escultura.
La musa de Góngora
y el ángel de Garcilaso han de soltar la guirnalda de laurel cuando pasa el
duende de San Juan de la Cruz, cuando
El ciervo vulnerado
por el otero asoma.
La musa de Gonzalo
de Berceo y el ángel del Arcipreste de Hita se han de apartar para dejar paso a
Jorge Manrique cuando llega herido de muerte a las puertas del castillo de
Belmonte. La musa de Gregorio Hernández y el ángel de José de Mora han de
alejarse para que cruce el duende que llora lágrimas de sangre de Mena y el
duende con cabeza de toro asirio de Martínez Montañés, como la melancólica musa
de Cataluña y el ángel mojado de Galicia han de mirar, con amoroso asombro, al
duende de Castilla, tan lejos del pan caliente y de la dulcísima vaca que pasta
con normas de cielo barrido y sierra seca.
Duende de Quevedo y
duende de Cervantes, con verdes anémonas de fósforo el uno, y flores de yeso de
Ruidera el otro, coronan el retablo del duende de España.
Cada arte tiene,
como es natural, un duende de modo y forma distinta, pero todos unen raíces en
un punto de donde manan los sonidos negros de Manuel Torres, materia última y
fondo común incontrolable y estremecido de leño, son, tela y vocablo.
Sonidos negros
detrás de los cuales están ya en tierna intimidad los volcanes, las hormigas,
los céfiros y la gran noche apretándose la cintura con la Vía láctea.
Señoras y señores:
He levantado tres arcos y con mano torpe he puesto en ellos a la musa, al ángel
y al duende.
La musa permanece
quieta; puede tener la túnica de pequeños pliegues o los ojos de vaca que miran
en Pompeya a la narizota de cuatro caras con que su gran amigo Picasso la ha
pintado. El ángel puede agitar cabellos de Antonello de Mesina, túnica de Lippi
y violín de Massolino o de Rousseau.
El duende... ¿Dónde
está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con
insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y
acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y
velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas.

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