© Libro N° 13872. El Marxismo,
La Educación Y La Universidad. Zuleta,
Estanislao. Emancipación. Mayo 24 de 2025
Título Original: © El Marxismo, La Educación Y La
Universidad. Estanislao Zuleta
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Original: © El Marxismo, La
Educación Y La Universidad. Estanislao Zuleta
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EL MARXISMO, LA EDUCACIÓN Y
LA UNIVERSIDAD
Estanislao Zuleta
El Marxismo,
La Educación Y La Universidad
Estanislao Zuleta
El Marxismo,
La Educación Y La Universidad
Estanislao Zuleta
La relación entre las luchas revolucionarias y la
crítica marxista de la sociedad es supremamente compleja y alrededor de ella se
ha presentado, desde el comienzo del movimiento obrero de orientación marxista,
un gran número de desavenencias, problemas, confrontaciones y posiciones, que
siguen existiendo en nuestro tiempo. El marxismo lleva a cabo una crítica muy
radical del orden capitalista que se refiere, no a una forma determinada de
propiedad, sino a la propiedad como tal, definida por supuesto, en términos
marxistas, como diferentes formas históricas de derecho al plustrabajo. De la
misma manera lleva a cabo una crítica del Estado, de la división de la sociedad
en clases y de las diferentes formas de la división social del trabajo que se
fundan en la explotación. La característica de esta crítica consiste en que
apunta a disolver todas las formas que se presentan a la conciencia cotidiana
bajo la figura de una objetividad natural y transhistórica, y a mostrar su
dependencia de condiciones históricas.
Es evidente que las luchas concretas del
proletariado y de otros sectores revolucionarios, no pueden plantearse como
metas la disolución de las formas históricas que la teoría marxista critica
sino como una meta a largo plazo. En las luchas actuales los marxistas se
encuentran siempre frente a combates intermedios, en los cuales es necesario
defender instituciones, formas de vida, posibilidades, sobre las que no se
hacen tampoco ilusiones porque saben que combatirán en un período posterior.
Muy frecuentemente la historia ha obligado a las organizaciones marxistas a
luchar por algunos objetivos comunes al lado de clases y grupos sociales que no
son revolucionarios. Tal es el caso, por ejemplo, cuando se ven obligados a
elegir entre términos que no aceptan completamente, pero que tampoco pueden
considerar equivalentes, como democracia burguesa y fascismo. Allí donde sus
compañeros de lucha ven entonces la meta final del combate, los marxistas ven
sólo un momento, que es importante sobre todo porque facilitará el desarrollo
de nuevos combates más profundos.
Esa situación conduce muchas veces a considerar que
resulta inoportuno, o prematuro, desde el punto de vista del combate actual, la
crítica de aquellas formas que todavía no pueden ser puestas en cuestión
prácticamente, y cuya abolición no es por ahora el objetivo de la lucha. Se
trata de un fenómeno estrictamente objetivo, no propiamente de un problema
subjetivo o de un error particular de un grupo determinado. La actitud ante
esta situación es muy variable, pero se trata de un hecho con el cual objetivamente
nos encontramos. Ningún marxista, por ejemplo, plantearía una lucha por la
abolición inmediata del Estado, puesto que a eso lo llamaríamos directamente
anarquismo; o una lucha por la abolición de una forma profundamente criticada
por Marx por sus consecuencias y 1 Conferencia dictada en la Universidad del
Valle en 1975. Circuló profusamente en mimeo con el nombre “El Marxismo y la
Universidad” (N. del E.). sus efectos sociales y humanos, como es la forma
dinero (o más generalmente de la forma mercancía), cuya abolición, sin embargo,
en la práctica, sólo puede ser resultado de un largo proceso histórico.
Sin embargo, del hecho de que un cambio determinado
no resulte ser en la práctica una meta actual de un movimiento revolucionario
en un país capitalista no se deduce que la crítica se constituya entonces en un
fenómeno anacrónico, una actividad teórica prematura, ya que deberíamos
dedicarnos sólo a la crítica de lo que aquí y ahora podemos efectivamente
combatir y cuya abolición no es aquí y ahora una utopía. Con ese criterio,
naturalmente, no se habría llegado a cabo nunca la crítica teórica en la que se
basa el pensamiento de Marx. Muchos marxistas han mostrado que ciertas
exigencias de llevar a la práctica la actualización inmediata de una crítica
teórica son en el fondo exigencias abstractas. La historia del movimiento
socialista, tal como se ha desarrollado desde la Revolución de Octubre hasta
nuestros días, plantea una serie de problemas y de dificultades que han tenido
efectos —a mi juicio— importantes sobre el desarrollo del pensamiento marxista
como tal, de la teoría y de la crítica misma. Es muy conocido un debate sobre
los sindicatos entre Lenin y Trotsky en la Unión Soviética, en el cual Lenin
sostenía la necesidad de mantener la organización sindical por un largo período
histórico a pesar del carácter proletario del Estado, aun cuando teóricamente
la lucha del sindicalismo contra la explotación directa de una clase
capitalista no parecía justificarse ya. En la práctica los sindicatos
continuarían teniendo funciones de defensa de intereses específicos de los
trabajadores directos durante todo el período histórico en que la división del
trabajo capitalista continuara vigente en la sociedad, es decir, durante un
tiempo muy largo. Este problema, que se puede ver con mayor claridad en algunos
campos de la lucha, se extiende, sin embargo, a todas las formas de la práctica
revolucionaria .
Además es fundamental tenerlo en cuenta cuando se
formula la exigencia del estudio y de la crítica teórica de la sociedad
capitalista y de las sociedades de transición hacia el socialismo. Voy a tomar
un ejemplo que puede introducimos en seguida en el problema de la crítica de la
educación y de la institución universitaria. LA DIVISION CAPITALISTA DEL
TRABAJO El estudio de la técnica ha sido desarrollado con mucho detenimiento
por Marx especialmente en El Capital. A propósito de este problema se han planteado
equívocos tradicionales en el movimiento socialista y en la interpretación del
marxismo, que proceden de las oscilaciones y las dificultades teóricas que se
encuentran en los textos del mismo Marx y no sólo en tal o cual de sus
intérpretes. Se ha difundido, durante un largo período histórico, un error que
se encuentra expuesto directamente por Marx en el Prólogo a la Contribución a
la crítica de la economía política. Se trata de la afirmación de que las
fuerzas productivas son determinantes en el proceso histórico.
Se dice allí en ese Prólogo —tan famoso como
desgraciado_ que el desarrollo de las fuerzas productivas, en un período
determinado, entra en contradicción con las relaciones sociales de producción y
se abre entonces un período revolucionario. Otras afirmaciones, que aparecen
también allí, parecen apoyar esa misma línea de pensamiento. Por ejemplo, la
idea de que una forma de sociedad solo sucumbe históricamente cuando ha agotado
todas sus posibilidades, parece indicar —o por lo menos ha sido una interpretación
clásica— que es prematura la lucha contra una forma determinada de sociedad
—por ejemplo capitalista— que no haya agotado aún todas sus posibilidades. Pero
hay algo más grave todavía. Marx parece sugerir que las fuerzas productivas
constituyen por sí mismas una variable independiente, es decir, que su
desarrollo es el resultado de un progreso acumulativo de conocimientos humanos
aplicados a la producción, independientemente de las relaciones sociales de
producción en las que se vive.
De esta manera un determinado incremento
cuantitativo de las fuerzas productivas entra en contradicción. y hace explotar
las relaciones sociales de producción en que se venían desarrollando, que
serían demasiado estrechas para contenerlas. Esta versión ha sido
extraordinariamente difundida y ha tenido tantas consecuencias políticas y
sociales que no vale la pena insistir sobre ellas. Es un error muy notable y
muy curioso. Como en tantos otros casos, Marx mismo nos da todas las claves.
Existen sobre este caso particular, análisis suyos muy detenidos que nos
permiten dar cuenta críticamente de este error y escoger con claridad entre dos
alternativas: o uno se queda con todos los análisis de El Capital desde
Cooperación (Capítulo XI), División del trabajo y manufactura (Capítulo XII)
hasta Maquinaria y gran industria (Capítulo XIII) en el primer tomo o se queda
con esas cuantas frases del Prólogo a la Contribución a la crítica de la
economía política, porque con las dos cosas no se puede quedar porque no son
compatibles.
En El Capital Marx expone, por el contrario, que
son las relaciones sociales de producción las que determinan el ritmo y la
forma del desarrollo de las fuerzas productivas. El ejemplo que toma es muy
claro. Fue el capitalismo, como relaciones sociales de producción, lo que
desató la revolución industrial, y no a la inversa, la revolución industrial la
que produjo el capitalismo. Observa incluso que la máquina a vapor fue
inventada realmente un siglo antes de que fuera efectivamente utilizada en la
industria. Más aún, sabemos precisamente, por los análisis de El Capital, que
existen formas históricas de relaciones sociales de producción que tienden a
excluir un revolución técnica, una revolución en las fuerzas productivas. Tal
es el caso, para tomar un ejemplo de Marx, de las relaciones de producción
esclavistas. Los griegos tuvieron toda clase de condiciones abstractas para
producir una revolución técnica, es decir, contaron con una gran revolución
científica: la geometría, las matemáticas y muchas otras cosas (la teoría de
las palancas, por ejemplo).
Contaban con un desarrollo notable de la navegación
y de la metalurgia. Desarrollaron hasta cierto punto otras ciencias como la
astronomía y la llevaron a un desarrollo tan alto y tan profundo que no fue
superado hasta el sigo XVII, muchos siglos después de la caída de la
civilización griega. Sin embargo, los griegos no hicieron una revolución indust
rial, ni una revolución técnica, porque las relaciones sociales de producción
esclavista la excluyen por diferentes razones. En primer lugar, porque en esas
relaciones de producción el trabajo productivo está separado radicalmente del
trabajo intelectual, en personas diferentes, en clases diferentes. En segundo
lugar, porque el trabajo productivo es un trabajo directamente coactivo, es
decir, militarmente impuesto. Ni siquiera requiere de la interiorización de la
dominación, puesto que la dominación es una coacción violenta. Por el
contrario, los Estados esclavistas antiguos se daban el lujo de permitir muchas
más libertades ideológicas que, por ejemplo, los estados feudales En el mismo
sentido observa Marx que en el sur de los Estados Unidos, mientras se
mantuvieron las relaciones esclavistas de producción, los arados nuevos que se
empleaban en el norte —incluso caballos— no podían ser empleados en el sur,
porque eran destruidos por la fuerza de trabajo esclava. En diversas partes de
El Capital, como por ejemplo en el estudio sobre la reproducción ampliada del
tercer tomo, o en los capítulos ya señalados del primer tomo sobre la plusvalía
relativa, Marx indica que las relaciones sociales de producción capitalistas
promuevan una especie de revolución permanente en las formas de lo que él llama
el proceso de trabajo.
Es importante observar que la técnica no es una
variable independiente aplicable aquí para el bien del hombre, allí para su
explotación, pero ella misma neutral, ajena a las relaciones de producción
dentro de las cuales está inscrita. Más aún, el problema más importante a que
me quiero referir no es solamente en qué medida unas determinadas relaciones de
producción frenan o promueven, impulsan o impiden el desarrollo de las fuerzas
productivas. Quiero insistir es en que la forma misma de las fuerzas productivas
está determinada por el tipo de relaciones de producción dentro del cual se
producen. Marx ha estudiado en este sentido la técnica capitalista con un
detenimiento y una profundidad muy notables. Y no se piense, como creen
algunos, que se refería a condiciones de producción muy primitivas con respecto
a las actuales, o a las formas de explotación propias de mediados del siglo
XIX, que el desarrollo mismo del capitalismo ha dejado de lado.
En realidad, se refiere a las formas de la técnica
en el capitalismo, y a su contribución al desarrollo de la productividad del
trabajo, en una amplia perspectiva histórica. Por ejemplo, en los Fundamentos
de la crítica de la economía política, llega incluso a imaginar que la sociedad
capitalista puede llegar a convertir el trabajo humano básicamente en
vigilancia de máquinas que funcionan por automatización. Y no por eso, comenta
Marx, las contradicciones propias de la sociedad capitalista quedarían superadas.
No hay que creer pues que la crítica de Marx se refiere a formas muy primitivas
de uso de máquinas superadas por la técnica. Él se refiere a la forma de la
técnica, a las tendencias fundamentales de la técnica capitalista. ¿Cuáles son
esas tendencias? En primer lugar, es propio de la sociedad capitalista un
movimiento histórico que Marx designa como la pérdida de la inteligencia del
proceso productivo por los trabajadores directos.
A medida que la sociedad capitalista se desarrolla,
los trabajadores directos no sólo pierden la dirección del proceso productivo
—lo cual les ocurre desde el comienzo y antes de que la técnica propiamente
capitalista se desarrolle — sino que pierden, finalmente también, la
inteligencia del proceso productivo. El trabajador artesanal entiende el
proceso productivo de su trabajo, sabe cómo se hace un zapato, un violín o un
piano o lo que sea, independientemente de que se trate de un trabajo muy
calificado (semiartístico) o de un trabajo poco calificado. Por el contrario,
el trabajador en la gran industria capitalista pierde la inteligencia del
proceso productivo; conoce la tarea que se le asigna en una determinada
división interna de las tareas, por ejemplo, en una fábrica de automóviles,
pero no sabe cómo se hace un automóvil, ni siquiera cómo se vincula su propia
tarea a las otras. El proceso capitalista de producción inicia desde temprano y
lo acentúa cada vez más, una forma propia del capitalismo de división del
trabajo entre el trabajo que proyecta, el trabajo que entiende y que piensa, y
el trabajo que ejecuta y no conoce la razón de lo que está haciendo.
Es una división del trabajo que no es una necesidad
objetiva del desarrollo de la técnica en sí, sino una manera como la relación
de dominación entre el capital y el trabajo se expresa en la forma de las
fuerzas productivas. En síntesis, así como hay una división en la sociedad
capitalista (y también en la esclavista) entre el trabajo que manda y el
trabajo que ejecuta, asimismo hay una división entre el trabajo que proyecta,
que piensa y el trabajo que ejecuta. Esta es una de las más importantes características
de las relaciones sociales de producción capitalista: una división social del
trabajo que está inscrita en la forma misma de la técnica. Las sociedades que
han intentado, o que están intentando, la transición al socialismo, han
heredado la técnica capitalista puesto que durante un largo período no pueden
producir por sí mismas o inventar otra técnica adecuada a una sociedad en la
que los trabajadores directos puedan pensar y decidir.
Pero desgraciadamente hay que saber también que al
heredar esa forma de las fuerzas productivas también heredan ese tipo de
relaciones capitalistas de producción. No hay que creer —como fue una tendencia
en cierto período histórico— que lo que designamos con el término “relaciones
de producción” son las formas jurídicas de propiedad como dicen algunos textos
sobre todo soviéticos. En realidad esa es una concepción muy alegre de las
cosas que da la impresión inmediata de que se podrían abolir las relaciones sociales
de producción por un decreto, puesto que un decreto sí podría cambiar unas
formas de propiedad que, según Marx en el Prólogo mencionado, no serían más que
una cierta expresión jurídica de las relaciones sociales de producción.
Nosotros no podemos heredar nuestros conceptos del derecho. Lo que nosotros
llamamos propiedad, como dije antes, es el derecho al plustrabajo, y no como
dicen los juristas, el derecho al uso y al abuso de la cosa.
La propiedad es una relación entre clases en la
cual, gracias al monopolio de los medios de producción o a la dominación
directa, militar o ideológica, unas clases acceden al plustrabajo de otras. No
se trata de una relación entre los hombres y las cosas como aparece en todos
los códigos jurídicos de la burguesía. Por eso no se pueden abolir por decreto.
Se puede, sin embargo, tomar conciencia de este problema e iniciar una larga
lucha en ese sentido. La Unión Soviética, para tomar un ejemplo, se vio obligada
después de 1917 a importar directamente las formas propias del capitalismo como
fuerzas productivas. No digo que haya sido un error. Digo que se vio obligada.
Tomaban, e incluso copiaban, los procedimientos de la Ford. Enviaban obreros
que pretendían haber escogido la libertad, pero que lo que hacían era tomar
diseños para implantarlos allá.
No creo que hubieran tenido otra opción. Si hubo
error fue el no haber tenido en cuenta la gravedad y los peligros a que eso
conducía. Llegaron incluso a hacer elogios del taylorismo, que es una de las
formas en las que el trabajo de los sectores directos queda más descalificado y
más parcializado y es más impotente para comprender, diseñar y dirigir el
proceso productivo. Hacer de la necesidad virtud, tomar una dolorosa necesidad
histórica como un gran modelo que debe seguirse en cualquier caso, sí es un error.
Los marxistas, por ejemplo Lenin, sabían desde el comienzo, que después de la
abolición de la forma burguesa de la propiedad privada, continuaría una larga
lucha de clases en la sociedad que se prolongaría por todo un período
histórico. Sin embargo, no siempre se interpretó de la misma manera esa lucha
de clases. En el período que solemos designar, por comodidad, con el nombre de
Stalin y sus sucesores, esa lucha de clases se concibió fundamentalmente como
una lucha contra los enemigos internos —adversarios del socialismo (o
traidores)— los enemigos externos y los rezagos del pasado. Pero nunca se
entendió que era necesaria una lucha, no sólo contra los rezagos del pasado,
los traidores y los enemigos externos, sino contra las tendencias propias al desarrollo
de las fuerzas productivas que tienden a reproducir relaciones capitalistas de
producción, con sus consecuencias ideológicas, políticas y económicas. A veces
se ha creado el equívoco de que los chinos —bastante más conscientes de este
punto que los soviéticos— han asumido las fórmulas de Stalin sobre la necesidad
de continuar la lucha de clases y afirmar la dictadura del proletariado en el
proceso de desarrollo de la formación del socialismo.
Este es un parecido que se reduce a las frases, no
a los hechos. Los chinos no han entendido de la misma manera la necesidad de
continuar la lucha de clases durante la revolución, después de la toma del
poder; por el contrario han comprendido —sobre todo en el último período— la
necesidad de la lucha de clases contra las tendencias objetivas a la
reproducción de una división capitalista del trabajo en la sociedad y contra
sus consecuencias. En este sentido, desgraciadamente, ha habido muy pocos
textos claros, pero por fortuna comienzan a ser publicados los inéditos de Mao
Tse Tung, que ya no dejan duda a ese respecto.
Me refiero especialmente a un estudio suyo que
constituye una crítica detenida y supremamente dura del trabajo de Stalin
Problemas económicos del socialismo en la U.R.S.S., y otro Ensayo sobre el
Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. en la
edición de 1960. En estos trabajos de Mao Tse Tung su fama de estaliniano queda
finalmente liquidada 2. EDUCACION Y DIVISION CAPITALISTA DEL TRABAJO Las formas
de la división capitalista del trabajo son decisivas para la organización de la
educación en todos sus niveles tanto universitarios como preuniversitarios. Y
así como comenzamos por tomar un ejemplo que Marx desarrolló ampliamente, para
podernos apoyar mejor en sus textos, podemos abordar otro ejemplo, que Marx no
desarrolló, pero que es de gran importancia para nosotros si queremos
plantearnos la cuestión del marxismo y su relación con la educación y la
universidad como institución. Me refiero al problema del nexo entre la ciencia
y las relaciones de producción capitalistas. Observemos para comenzar que la
ciencia, como la técnica, tampoco planea como una variable independiente por
encima de las clases, de la lucha de clases y de las relaciones sociales de
producción.
Una conocida y desgraciada interpretación
relacionaba las clases con la ciencia, pero de una manera expresiva y directa y
no en términos de los efectos de conjunto de las relaciones de producción sobre
la ciencia. Se trataba de la famosa teoría —hoy por fortuna caída en desgracia,
según parece en todo el mundo— de la ciencia proletaria y la ciencia burguesa.
Esta teoría es errada, no porque relacione la ciencia con la vida de las
clases, lo cual me parece acertado como podemos indicar en seguida, sino por la
forma expresiva que concibe la ciencia como expresión directa de los intereses
de las clases. Es muy fácil criticar esta teoría. Muchos no solamente la han
refutado sino que con bastante facilidad se han burlado de esa formulación.
Es claro que unas determinadas condiciones sociales
—relaciones de producción y fuerzas productivas— son esenciales para el
desarrollo de la ciencia. Pero eso no significa que la ciencia sea una
expresión inmediata, por ejemplo, de los intereses de las clases que dominan en
esa sociedad. A nadie se le ocurre pensar hoy que la geometría de Euclides sea
una expresión de los intereses de los señores esclavistas griegos. Nadie podría
sostener que quien piense que los tres ángulos de un triángulo suman dos rectos,
tiene entonces una mentalidad esclavista. Es, por supuesto, extraordinariamente
burdo vincular de esa manera las relaciones de producción con la historia de la
ciencia. 2 Estos ensayos fueron publicados en Colombia por primera vez en
traducción del francés como La Construcción del socialismo, Editorial Oveja
Negra, Medellín, 1975. (N. del E.). De la ciencia cabe decir algo similar a lo
que hemos dicho de la técnica. Las relaciones de producción capitalistas, así
como las relaciones de producción esclavistas o feudales, determinan en qué
grado se impulsa o se detiene la producción de conocimientos científicos.
El período medieval, por ejemplo, fue relativamente
muy pobre en la producción de conocimientos científicos, tanto así que en 1614
ciertos manuscritos griegos desconocidos eran todavía aportes en matemáticas,
después de casi 2.000 años. La astronomía fue sencillamente reprimida en todos
los sentidos del término (policivo, religioso o freudiano). Entre Aristóteles,
que inició la anatomía, y aquellos que la reiniciaron en el renacimiento
italiano —por ejemplo Leonardo— hay un paréntesis bastante largo. Por todo esto
no podemos afirmar que la ciencia se desarrolla de forma independiente, de
manera transhistórica, en cualquier tipo de sociedad, y bajo cualquier tipo de
relaciones sociales de producción como una especie de encuentro feliz de las
casualidades y de los genios que van produciendo y acumulando descubrimientos.
Hay tipos de sociedad que son represores del
desarrollo científico, así como hay otros tipos que no pueden permitirse el
lujo de reprimir el desarrollo de la ciencia en general. La sociedad
capitalista, por ejemplo, y esta es precisamente una de sus contradicciones —no
quiere decir que sea la principal ni la única naturalmente— necesita una
revolución permanente de la técnica o, en otras palabras, un incremento
permanente de la productividad del trabajo o, en términos más ortodoxamente
marxistas, un incremento permanente del tiempo de trabajo excedente por medio
de la disminución del tiempo de trabajo necesario. Y ese proceso no se puede
llevar a cabo sin una aplicación continua de los conocimientos al proceso
productivo. El capitalismo, como tantas otras sociedades anteriores fundadas en
la explotación del hombre por el hombre, si bien requiere de la dominación
ideológica, no puede sencillamente prohibir la ciencia, quemar los químicos en
las hogueras o intimidar a científicos como Galileo mostrándole los instrumentos
de tortura del Vaticano (a los cuales él había hecho algunos aportes técnicos).
El capitalismo, ciertamente, dirige e impulsa el
desarrollo de los conocimientos en el sentido de los intereses del capital,
principalmente. Algunos investigadores de la ciencia moderna han mostrado cuán
monstruosamente diferentes son las inversiones que se llevan a cabo en
investigaciones biológicas y médicas, por ejemplo, y las que se llevan a cabo
en investigaciones aplicables al desarrollo industrial y militar, en la física,
la química, la electrónica y la cibernética. La ciencia no se desarrolla de acuerdo
a sus efectos útiles generales para la humanidad, sino a sus efectos
particulares para la acumulación del capital, evidentemente. Y aunque las
ciencias y las técnicas, en general, se desarrollan a un ritmo muy rápido con
relación a otras sociedades, sin embargo ese ritmo es muy variable de acuerdo
con la rentabilidad que encuentra el capital en uno u otro sector. En el campo
médico, por ejemplo, ese ritmo es muy lento, si se compara con la aplicación de
la ciencia en los transpor tes. Hoy en día a un enfermo de los pulmones le
pueden hacer exámenes de rayos X, fluoroscopia y broncoscopia, que ya se hacían
en 1925, hace 50 años.
En cambio, nadie se sentiría cómodamente sentado en
un avión de hace 50 años. No digo que no se haya desarrollado la medicina.
Comparada con el estancamiento medieval, se ha desarrollado de una manera
vertiginosa, pero comparada con el desarrollo de otras ramas es innegable la
diferencia. Todo depende de donde resulte más rentable el capital. Al lado del
problema, de la manera y de la medida como la producción de los conocimientos y
la orientación de esa producción dependen de las relaciones sociales de producción,
existen otros dos problemas que resultan decisivos para nosotros si queremos
pensar la educación y la universidad moderna. Me refiero ya no a la producción
de conocimientos, sino a la transmisión de los conocimientos producidos —la
forma misma de transmisión y su alcance— y a su neutralización y
sectorialización, de tal manera que puedan ser empleados sin que resulten
perjudiciales para la ideología dominante.
Esos dos puntos son, efectivamente, decisivos. Se
busca básicamente transmitir unos resultados de tal manera que no resulten
amenazadores para la ideología dominante, es decir, que lo que la ciencia tiene
de crítica a la ideología quede borrado, reducido al mínimo. Se intenta enseñar
lo que se conoce en un reducido sector de la existencia, sobre un objeto
perfectamente delimitado y clasificado. De esta manera se quita a la ciencia,
por medio de la exposición positivista y de una teoría de la información, todo
lo que tiene de crítica. La ciencia se convierte así en informes de resultados,
en la medida en que resulten necesarios para ser aplicables. ¿Qué cantidad de
prejuicios ideológicos impedían el acceso a una determinada esfera del saber?
Eso se puede dejar de lado. Hay que atenerse solamente a los resultados de un
saber determinado.
De esta manera la educación tiende a transmitir
resultados ya adquiridos, y a enseñar un saber, sin enseñar a pensar. Saber una
cosa, conocer un resultado determinado, y pensarla en sus condiciones de
existencia, son dos fenómenos muy diferentes. Uno puede saber geometría, en el
sentido de que conoce determinados teoremas y maneja unas formas de demost
ración. Pero al mismo tiempo puede ignorar por completo que es la geometría
como forma de pensamiento, es decir, su relación con la lógica, sus implicaciones,
etc. Ese es otro problema. Lo uno se puede aprender sin lo otro, sin ninguna
crítica, sin condiciones teóricas, como un resultado abstracto. La
neutralización, es decir, el hecho de que el efecto revolucionario que tiene un
determinado saber o conocimiento nuevo, resulte anulado por una forma especial
de la división del trabajo intelectual o por una simple desvirtuación completa
de ese conocimiento, para ser recuperado por la ideología dominante, es un
procedimiento que debería ocupar para nosotros mucho tiempo de investigación.
Hay sectores que los marxistas conocen
directamente, en los que ese fenómeno es muy álgido. Por ejemplo, los
descubrimientos que permiten estudiar la conducta humana desde un punto de
vista científico, en la sociología, en la historia, en la psicología, etc.,
chocan con nociones esenciales de la ideología dominante y tienden a ser, por
lo tanto, neutralizados. La ideología dominante requiere, para citar un caso,
de una serie de ideas que ha heredado de la religión y que no puede dejar de
lado. El derecho penal, por ejemplo no puede, sencillamente, abandonar la
noción de culpa. Es curioso incluso ver a veces la manera como algunos juristas
de izquierda se dedican a estudiar la culpa y a diferenciarla del dolo: la
primera es una conducta que transgrede una ley o produce algún efecto dañino
habiendo podido ser prevista, y la otra es voluntariamente decidida. Estas
definiciones se parecen de una manera curiosa a la diferenciación que traía el
antiguo catecismo del padre Astete, entre el pecado mortal y el venial. El
derecho no puede dejar de lado la noción de culpa porque es el fundamento de la
de castigo o de pena. A veces el derecho se trata de “civilizar”, por decirlo
así, y trata de justificar la pena como “la protección de la sociedad contra
conductas o personas que resulten tener peligrosidad social”.
El problema es que la “peligrosidad social”, en una
sociedad de clases, es una noción que no se puede científicamente determinar,
puesto que nadie sabe si es más peligroso — como decía Brecht— atracar un banco
o fundarlo, si poner en engorde terrenos urbanos o hacer un atraco, puesto que
eso va a encarecer la vivienda, a incrementar el desempleo y a producir
inseguridad. El capital posee la más alta peligrosidad social. Por lo tanto,
tomar como criterio jurídico, en una sociedad capitalista, la “peligrosidad
social”, es una ingenuidad, cuando no es un cinismo, porque puede ser una de
las dos cosas. Los marxistas saben que Marx nunca se hizo ilusiones sobre el
derecho, ni siquiera en las sociedades en las cuales el proletariado ya hubiera
tomado el poder, como lo muestra en la Crítica del Programa de Ghota.
En el derecho es necesario neutralizar todas las
ciencias que buscan que la conducta humana pueda ser explicada, puesto que de
lo que se trata es de condenarla, de reprimirla, de evitarla y no de
explicarla; no se trata de erradicar las causas del robo, sino de castigar el
robo. Por eso es necesario proclamar la libertad de la conducta. Pero hay que
tener mucho cuidado con la idea de libertad, de libre albedrío, con la idea de
una voluntad no determinada por situaciones ni por causas, sino que es causa-
sui, puesto que detrás de esa libertad hay siempre algún un culpable, y un
verdugo y alguna pena que le están preparando —a veces eterna, a veces
temporal—; primero le conceden la libertad y luego le presentan sus
consecuencias 3. La tendencia a la neutralización ocurre con muchas otras
disciplinas. También en otros sectores tendríamos que estudiar la manera como
se producen y se transmiten los conocimientos bajo las condiciones de las
relaciones sociales de producción capitalista. ¿Cómo hacer, por ejemplo, para
formar un médico que funcione en las condiciones capitalistas de producción, es
decir, que se inscriba en una división capitalista del trabajo, por sectores?
La enfermería por ejemplo, es un sector en el que 3 Ver NIETZSCHE, Friedrich,
Los cuatro grandes errores, en Crepúsculo de los Ídolos, Alianza Editorial,
Madrid, 1975 págs. 61- 70, en particular el numeral 7: “Error de la voluntad
libre”. (N. del E.). se llega hasta cierto punto del aprendizaje y allí se
detiene; en la medicina se va más allá. Los chinos cuentan que cuando entraban
a un hospital durante la revolución cultural, encontraban que dicho hospital
estaba “burguesamente delimitado” —aunque naturalmente era del Estado— porque
allí el personal estaba dividido en médicos y enfermeras, es decir, los que se
supone que saben y las que nunca sabrán.
Al médico es necesario entrenarlo para que trabaje
de acuerdo con una determinada “clientela”, puesto que los médicos no están
destinados a la atención de las enfermedades sino a la atención de un cliente.
Es la oferta para una demanda. Hay un sector de la población, que a pesar de
estar sana porque está bien alimentada, demanda muchos médicos, y otro que
tiene altos índices de enfermedad pero que no demanda atención médica. Por eso
hay mucho más médicos en el Chicó que en el Chocó. Es difícil formar a una persona
que sepa comprender y enfrentar las consecuencias sociales de la vida
capitalista; que entienda claramente que la mortalidad infantil no la produce,
simplemente la gastroenteritis, sino principalmente la miseria que pone en
contacto con esa bacteria y no permite su tratamiento.
Para tratar la bacteria sin enfrentar la causa de
la enfermedad, que no es otra cosa que los efectos patógenos del capitalismo,
es necesario producir una persona que sepa y no piense, que aprenda a reducir
su enfoque, que acepte humanamente que su trabajo, después de tantos años de
aprendizaje, no tiene como su meta principal un efecto social útil allí donde
es más necesario, sino una demanda económica. Es más importante atender a una
señora rica que tiene “cierta sensación”, que a muchos mineros tuberculosos.
Para formar una persona que no valore mucho su saber, sino los efectos
económicos que de él puede derivar, es necesario crear una institución
especializada. Habíamos dicho que el capitalismo, en el proceso de su
desarrollo, había quitado al trabajo la inteligencia y la dirección del proceso
productivo. ¿Eso quiere decir que se lo retiró a los productores directos para
dárselo a los científicos o a los técnicos? No. La dirección no la tiene la
ciencia ni la técnica sino los intereses del capital, que son los que a su vez
determinan la actividad del científico. Un técnico no puede darse el lujo de
hacer una bombilla que no se funda nunca —la Phillips por ejemplo la hizo—
porque el capital estaría dispuesto a pagar un alto precio para que se
investigue la posibilidad de reducir la vida útil de la bombilla a la décima
parte. Grandes teóricos de la metalurgia norteamericana se dedican al trabajo
de saber cómo producir un automóvil, muy bueno, pero que después de cierto
número de kilómetros se desbarate.
El capital tiene entre sus funciones de dominación
el diseño y la orientación del trabajo, no la técnica ni la ciencia. Formularlo
de otra manera sería una ingenuidad. Para producir este tipo de resultado hay
que organizar la enseñanza de cierta manera. Hay que proteger cada saber para
que no se contamine, para que se pueda pensar y producir en un sector limitado,
sin ser capaz de poner en cuestión el significado de su trabajo en el conjunto.
El capitalismo se caracteriza por la contradicción monstruosa —que tampoco es
la única— de llevar la racionalidad en el detalle al máximo, mientras mantiene
la irracionalidad más terrible en el conjunto. Producir una aguja con el mínimo
de costo, en el mínimo de tiempo y con el mínimo de movimiento, aunque en
general se desperdicie la tierra y el trabajo humano, y lo que es peor, las
posibilidades humanas. En cada carrera y en cada facultad, hay que formular la
pregunta sobre los efectos que las relaciones capitalistas de producción tienen
sobre el tipo de conocimientos que allí se transmiten, sobre la forma como se
transmiten y sobre la manera como se limitan y se neutralizan en sus efectos
revolucionarios.
Los marxistas no tienden a formular esta clase de
lucha porque naturalmente hay otras luchas válidas que son más inmediatas,
ciertamente. Pero si tenemos una perspectiva de transformación social a largo
plazo, y nos proponemos luchar contra la dominación ideológica en todos sus
aspectos, no debemos dejar a ninguna ciencia tranquila. Debemos preguntarle a
cada una por sus efectos sociales, sus modos de producción, sus modos de
neutralización, su forma de transmisión. Debemos reconocer que estamos situados
en una ámbito donde se ha separado el trabajo productivo de la adquisición de
conocimientos.
Nuestra crítica puede colaborar para que las luchas
actuales sean más eficaces y más profundas, cualesquiera que ellas sean. Puede
parecer utópico pedir que el trabajador directo controle, dirija y oriente el
proceso productivo, exigir que los trabajadores y no el capital quienes decidan
lo que se va a hacer. Todavía no se puede llegar hasta allá, pero es necesario
que se sepa que, aunque por ahora se luche por un salario, por la estabilidad
en el empleo, por condiciones de organización política que no sean una amenaza
de desempleo y hambre y por otras muchas situaciones intermedias, algún día la
lucha tiene que llegar a formularse esas metas. No es lo mismo ganar tiempo
para estudiar más y para participar más en la lucha por una sociedad mejor, que
ganar tiempo para beber más y para ver más televisión. La reivindicación es la
misma, pero el enfoque cambia su sentido.
En la Universidad es necesario una orientación
revolucionaria a fondo que ponga en cuestión la forma de producción, de
transmisión y de neutralización de conocimientos. No se trata de abandonar por
ello todas las luchas actuales, sino de darles un alcance y una dirección que
apunten a metas a largo plazo. No existe pues una contradicción entre un
enfoque marxista crítico de la educación y de la universidad y una lucha
universitaria actual y concreta con metas limitadas. Esa es una contradicción
abstracta. O todo o nada. Es evidente que tendremos que seguir investigando
cómo las relaciones de producción capitalista se imprimen en la formas de la
educación, de la producción, transmisión y neutralización de conocimientos,
aunque no podamos emprender por ahora la lucha por cambiar todo eso, puesto que
hay momentos intermedios antes de poder alcanzar esa meta. Pero es terrible
olvidarla porque es considerar que las formas actuales de división del trabajo
y de transmisión del conocimiento son naturales, transhistóricas, objetivas y
no están determinadas por la sociedad capitalista. Ese era, en pocas palabras,
el problema que quería plantearles sobre las relaciones entre el marxismo, la
educación y la universidad.
Estanislao Zuleta
Medellín, 3 de febrero 1935 - Cali, 17 de Febrero
1990

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