© Libro N° 13873. Democracia Y
Participación. Zuleta,
Estanislao. Emancipación. Mayo 24 de 2025
Título Original: © Democracia
Y Participación. Estanislao Zuleta
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Original: © Democracia Y
Participación. Estanislao Zuleta
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Estanislao Zuleta
Democracia Y
Participación
Estanislao
Zuleta
DEMOCRACIA Y PARTICIPACIÓN
Para que se pueda hablar de la existencia de una
democracia hay un mínimo de condiciones que se deben cumplir, pero sobre todo
las que se pueden abarcar en el concepto de los “derechos humanos”. Sin embargo
la existencia de unos derechos no es má s que un mínimo, porque de nada sirven
los derechos, como decía Marx, si no tenemos posibilidades: ¿de qué sirve que
una persona tenga derecho a elegir y a ser elegido, si ni siquiera sabe leer?
La sola existencia de los derechos es una condició n muy restringida de la
democracia. Los derechos son importan tes, pero la democracia consiste en algo
má s, que tiene que ver con las posibilidades efectivas de realizació n de esos
derechos. El derecho fundamen tal es el derecho a diferir, a ser diferente.
Cuando uno no tiene má s que el derecho a ser igual, eso todavía no es un
derecho.
Generalmente se dice que democracia es libertad. Es
una vieja idea, que no es incorrecta desde luego, pero la libertad hay que
entenderla en el orden de la posibilidad. Las libertades no existen porque está
n escritas en alguna parte. No asuma mo s nunca una definició n negativa de la
libertad: libertad es todo aquello que la ley no prohibe. Asumamos una
definició n positiva. La libertad es aquello que la vida nos permite hacer. La
ley no le prohibe a nadie entrar a la universidad, pero sí se lo prohibe la vida,
la economía, los hechos, y entonces muchas personas no tienen libertad de
educarse. ¿Qué libertad tiene el campesino que perdió su parcela en una mala
cosecha y le toca salir a buscar una ciudad dó nde vivir de tuguriano? Ni la
policía ni el gobierno se lo prohiben, pues él tiene la libertad de ser
tuguriano; pero no tiene otra.
No es suficiente
con decretar la
democracia. Es importante
definirla
tambié n en té rminos
de la igualdad de
posibilidades. A los individuos
no
se les puede
juzgar por lo que dicen de
sí mismos sino por lo
que hacen.
A los pueblos no se les puede juzgar por lo que
declaran en la carta constitucional sino por las relaciones sociales, por la
manera como vive la gente. Una sociedad tiene valor de acuerdo con las
relaciones que tienen
los hombres
unos con otros, y no tanto por lo que diga un decreto, así sea
la Constitució n.
Nosotros tenemos una democracia muy
restringida en el
sentido
econó mico y debemos decirlo claramente. En nuestras
ciudades,
por
ejemplo, hay una
gran cantidad de
tierra urbana acumulada por unas
pocas familias en
espera de valorizació n, mientras el pueblo
no tiene
dó nde vivir y se
instala en invasiones sobre lagunas
y laderas. Esto es lo
menos
democrá tico del mundo.
La
igualdad debe ser
una bú squeda tanto econó
mica como cultural.
Es
casi
una burla para
una població n decir
que todos los
ciudadanos son
iguales ante la
ley, si no lo son ante la vida. Anatole France decía en el
siglo XIX que
estaba “prohibido a ricos
y pobres dormir bajo
los puentes”;
desde luego,
la prohibició n só lo cobijaba
a los pobres porque los ricos no
tenían necesidad de
llegar a esa situació n
extrema. Si no hay igualdad la
ley se convierte
en una burla.
La igualdad ante
la vida es algo que es
necesario
conquistar; es una tarea y
una bú squed a que
no se puede
resolver por un decreto. La
democracia no se decreta, se logra. Si
un
pueblo no la
conquista por su propia lucha y por
su propia actividad, no le va a
llegar desde arriba. No hay reformas
agrarias que no provengan de una búsqueda de los campesinos, de una
organización campesina, de una lucha campesina.
La apertura democrática es
la búsqueda de una
democracia que no sea una burla
para la población. Para ello se necesita
una actividad a la que podemos llamar participación.
Se habla mucho de la necesidad de ofrecer más
educación a través, por ejemplo, de implementar programas de educación a
distancia; pero no se trata solamente de eso. Hay que impulsar la lucha por la
reconquista de algo que se perdió hace mucho tiempo, probablemente desde la
Edad Media: el pueblo dejó de crear cultura. Nosotros ya no tenemos un folclor
como lo hubo en la Edad Media. En aquella é poca el pueblo creaba verdaderas
maravillas culturales, como el cancionero español, los cuentos de hadas, las catedrales
góticas. El pueblo era un verdadero creador de cultura.
Para que el pueblo pueda ser creador de la cultura
es necesario que tenga una vida en común. Cuando se dispersa, se atomiza,
cuando cada uno vive su miseria en su propio rincón, sin colaboración, sin una
empresa y un trabajo comunes, entonces pierde la posibilidad de crear cultura.
Ahora la recibe por medio del transistor; de la televisión o de cualquier otro
medio, pero como consumidor; no como creador. Para la creación de una
definición moderna de la democracia es necesario que el pueblo vuelva a crear
cultura, porque no es suficiente con que la reciba. Tenemos que plantearnos
metas altas y una meta muy importante es la de un pueblo creador.
La capacidad de creación de un pueblo no se mide
por las estadísticas. Las estadísticas nos informan de los porcentajes de la
población que sabe leer y escribir o que ha terminado la escuela primaria o el
bachillerato. Pero eso no es todavía una cultura. La cultura hay que hacerla.
Las estadísticas nos engañan. Es mucho más culto un campesino analfabeto que
sabe narrar, contar una cacería, hacer una canoa o una casa de habitación con
un estilo propio, que uno de esos bachilleres que estamos fabricando, pero que
aparecen en las estadísticas como bachilleres. De la misma manera es más culto
un pueblo que produce algo, que tiene un estilo y una manera de vivir propia;
pero para lograrlo tiene que organizarse.
Un pueblo disperso, cada cual - como he dicho -
refugiado en el rincón de su pequeña miseria, sin más relaciones que las que se
desprenden de los linderos o de los celos, es un pueblo que no produce nada. Es
necesario que el pueblo se organice en comunidades de vecinos de barrios, de
campesinos, en comunidades de cualquier tipo, porque mientras está disperso
está perdido; no so - lamente porque hay mucha miseria —eso también es muy
grave - — sino porque no tiene cultura y creatividad propias. Y esta organizaciones
esencial porque es la manera que tiene el pueblo de producir su propia cultura,
no sólo de recibirla.
Que la gente pueda opinar no es suficiente, es
necesario que pueda actuar en aquello que le interesa en su comunidad, en su
barrio, en su municipio. Pero para poder actuar tiene que tener bases,
instrumentos culturales y materiales. La apertura democrática implica la
creación de un mundo de instrumentos colectivos. A esto se le puede llamar
participación.
Cuando un pueblo actúa, alcanza mayores éxitos que
cualquier programad o r o racionalizador. El pueblo puede hallar soluciones a
sus propias necesidades en los niveles más elementales de la vida cotidiana. El
pueblo va encontrando sus propias necesidades y la forma de resolverlas. No
debe esperar que todo le llegue desde arriba; pero sí se requiere de un
gobierno que por lo menos permita que el pueblo se organice y promueva
instrumentos colectivos. Todo eso es lo que ahora nosotros podemos definir como
una democracia. Una democracia debe buscar la participación del pueblo, no sólo
en el gobierno, sino sobre todo en la transformación de su propia vida.
Marx decía que en el proceso de desarrollo
capitalista el trabajador había perdido la inteligencia del proceso productivo;
el hombre que trabaja, que vende una fuerza de trabajo durante ocho horas
diarias por un salario, ni siquiera sabe lo que está haciendo, para qué se hace
ni por qué se hace. En otros términos, no sólo no dirige el proceso sino que ni
siquiera lo entiende.
Hubo una é poca en que el artesano estaba muy cerca
del arte hasta el punto de que no había posibilidad de diferenciarlos bien. A
ese período artesanal ya no podemos volver. El pueblo ya no puede apropiarse de
la inteligencia del proceso productivo de manera individual sino por medio de
la colaboración de la comunidad. Una apertura democrática es una búsqueda de
una nueva comunidad, de un pueblo que exija, que piense, que reclame, que
produzca.
Nosotros no podemos evitar reconocer y asumir los
conflictos. Sólo se puede ser demócrata si estamos del lado de los que tienen
más necesidades y menos posibilidades concretas. La lucha por una apertura
democrática no puede existir sin participación popular. En los barrios la gente
tiene que aprender a hacer sus casas y sus cooperativas, a construir su
organización para dirigirse por sí misma. Es allí donde se amplía la
democracia; si no lo hacemos allí, no lo hacemos en ninguna parte.

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