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Libro N° 13869. El Círculo De Jericó. Mallorquí, César.


© Libro N° 13869. El Círculo De Jericó. Mallorquí, César. Emancipación. Mayo 24 de 2025

  

Título Original: © El Círculo De Jericó. César Mallorquí

 

Versión Original: © El Círculo De Jericó. César Mallorquí

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/el-circulo-de-jerico/       

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CÍRCULO DE JERICÓ

César Mallorquí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Círculo De Jericó

César Mallorquí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Círculo de Jericó es una recopilación de relatos escritos por César Mallorquí utilizando el método del fix-up, según el cual se aúnan varias historias originalmente independientes a través del recurso de escribir una nueva historia que sirva como nexo entre ellas.

La historia escrita para este propósito es la que da nombre el libro, El Círculo de Jericó. En ella se nos cuenta cómo un escritor en plena sequía de ideas hace un viaje con  su  familia para  relajarse  y recuperar la inspiración. Durante el mismo, se encuentran, justamente el 21 de junio, solsticio de verano, con un grupo de siete misteriosos personajes que el protagonista da en    llamar El  Círculo  de  Jericó, reunidos en torno a un menhir en un paraje sugerente, el fondo de un volcán inactivo en la Garrotxa.

Los siete personajes afirman reunirse de vez en cuando para cuidar de la realidad, que esta no se mezcle o desvíe de lo que debe ser. Para ello, cuentan historias. Cada uno de ellos relatará una historia  al  escritor  y  su  familia, correspondientes a los siete relatos recopilados en el libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

César Mallorquí

 

El Círculo de

Jericó

 

ePUB v1.1

Bercebus 08.02.12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

César Mallorquí

El círculo de Jericó

1.a edición: mayo 1995

© César Mallorquí, 1995 © Ediciones B, S.A., 1995

Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España) Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Printed in Spain ISBN: 84-406-5672-6

Depósito legal: B. 15.670-1995

Impreso por PURESA, S.A. Girona, 139 -

08203 Sabadell Ilustración de cubierta:

 

Trazo Realización de cubierta: Estudio

EDICIONES B

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación

 

Esta va a ser una presentación un poco especial, y es que César Mallorquí es un tipo especial. Por muchas razones, entre ellas por ser una de las voces más brillantes, sensatas, equilibradas e inteligentes en el panorama de la ciencia ficción española. Y porque, pese a lo que ha ocurrido hasta hoy, me gusta considerarme su amigo. Les voy a contar una historia que casi, casi, podría llegar a ser truculenta. Suerte que el bueno de César es poco belicoso... Vayamos por partes.

César Mallorquí es bastante más alto que yo y también escribe mucho mejor. Lo primero se lo puedo perdonar (nunca he creído que la valía de los seres humanos se midiera en centímetros), lo segundo no se lo perdonaré nunca y es lo único que podría empañar la curiosa complicidad que parece establecerse (al menos por mi parte) entre nosotros.

Pero la dicha no es nunca perfecta. Entre otras cosas, César es algo así

como  el  «acaparador  oficial  de premios» de la ciencia ficción española de los últimos años. Prácticamente no hay premio convocado al que no se presente y, lo que es mucho más grave, el tío va y los gana.

 

El «prácticamente» del párrafo anterior  sólo  tiene  una  curiosa excepción: aquellos concursos literarios en los que yo he formado parte del jurado. En ese caso, César no se lleva nunca el premio.

Y  el  bueno  de  César  (en  verdad debe ser un buen tipo) sigue considerando que soy su amigo...

César Mallorquí ha ganado ya, con sus distintos y más recientes relatos, los premios  Alberto  Magno,  Aznar, Domingo Santos y todo lo que puede ser

«ganable»  en  España  escribiendo relatos de ciencia ficción. Excepto cuando yo estoy metido en el tinglado.

 

La cosa empezó en el año 1992 con su novela corta La vara de hierro, que envió al Premio UPC de ciencia ficción Puedo prometer y prometo que a mí me gustaba  y  era  mi  candidata,  por  lo menos, para el segundo premio. Pero no hubo manera de que lo obtuviera porque a algunos de los miembros del jurado se les atravesó la historia. La primera en la frente.

El bueno de César no desfallece y tiene  más  moral  que  el  Alcoyano.  En

1993 presentó otra maravillosa novela corta al Premio UPC. Se trataba deLa casa del doctor Pétalo y esta vez yo estaba convencido de que era una clara

 

candidata al premio. La originalidad del tema, su relación con Barcelona y con la arquitectura me hacían pensar que tenía muchos argumentos para defender esa historia precisamente en el  Premio de una universidad politécnica y, además, en Barcelona. Como es lógico, yo no sabía a ciencia cierta que el autor era César Mallorquí, pero el estilo (único e irrepetible)  y el  pseudónimo  utilizado me lo hacían sospechar. En la reunión del jurado, e incluso antes de abrir las plicas, supe de cierto que el autor tenía que ser Cesar Mallorquí. El gafe seguía actuando. Pese a mis recomendaciones, el resto de los miembros del jurado dijo que  yo  debía  de  estar  loco  y  que «aquello» no merecía el premio (había, decía alguno, «escenas de sexo explícito mal realizadas»; y yo me preguntaba intrigado qué quería decir eso y dónde estaban esas escenas en las que yo no había ni siquiera reparado). Ahí ya me di cuenta de que, efectivamente, el autor tenía que ser César Mallorquí, ya que ésa era la única explicación posible del rechazo y de que esa maravilla que es La casa del doctor Pétalo no obtuviera ningún premio. La apertura de plicas corroboró las sospechas. El destino de César   seguía   marcado.   Tampoco  en 1993 se llevó nada del Premio UPC apareció sólo como finalista. A partir de aquel momento empecé a considerarme como el «gafe» particular de César Mallorquí.

En 1994 la moral alcoyana de César decayó y ya no se presentó al Premio UPC. Es una persona inteligente y sabía que   yo   seguía   formando   parte   del jurado... Aunque espero que en el futuro rectifique. Incluso me veo capaz de abandonar  el  jurado  del  Premio  UPC para ver si, sin mi aciaga presencia, César se lleva de una vez un premio que también merece.

Pero,  aunque  no  se  presentara  al Premio UPC, tampoco en 1994 se libró de mí.

Tal vez sin saber que yo formaba parte del jurado, César presentó un estupendo  relato  al  Premio  Aznar  de 1994. Precisamente ése, que al abrir las plicas resultó ser su relato, El escritor, la muerte y el diablo, era mi candidato más destacado y así lo dejé claro en todas  las  votaciones. Pero  algunos de los otros miembros del jurado no lo entendieron así, le votaron muy mal y, al final, la historia quedó segunda. Cuando supe el nombre del autor no me extrañé. El destino es inexorable: la historia se repetía de nuevo.

Debo  decir  que,  si  vuelvo por  un momento a mi actividad de profesor universitario,  me  siento  tentado  a enunciar un nuevo teorema aplicable a la ciencia ficción española de los años noventa: «La presencia de Miquel Barceló en un jurado es condición necesaria y suficiente para que César Mallorquí no pueda obtener un premio que posiblemente merezca.» El teorema tiene un corolario evidente que se corrobora de forma empírica con la realidad   de   los   últimos   años:   «Si Miquel Barceló no forma parte de un jurado, se puede asegurar, con probabilidad cercana ciento por ciento, que César Mallorquí obtendrá premio.»

 

Y el bueno de César sigue pensando que soy su amigo... Bromas aparte, pese a lo que haya ocurrido hasta hoy, creo que hago un favor a la ciencia ficción española deshaciendo el entuerto y aportando mi granito de arena para que otros lectores puedan, como yo, maravillarse  de  lo  bien  que  escribe César Mallorquí. Y como lo que se publica en NOVA CIENCIA FICCIÓ lo decido yo sólito sin ayuda de jurados, esta vez no va a haber quien me pare.

(Escribo esto en enero, cuatro meses antes de la prevista aparición del libro. Cabe la posibilidad de que, en estos cuatro  meses,  mi  arriesgada  decisión

 

pueda haber llevado a Ediciones B a la quiebra, o que se haya producido un incendio irreparable en la imprenta, o que un golpe de estado fascista impida la libertad de expresión, o que... Sé que parece fuerte, pero no las tengo todas conmigo: cuando estoy en medio de algo que puede favorecer a César Mallorquí, los hados parecen alborotarse. En cualquier caso declino toda responsabilidad: basta boy nunca había creído en la mala suene ni en el mal fario...)

De las historias citadas, publiqué La vara de hierro en el número 1 de los Quaderns UPCF que edita la asociación de ciencia ficción de la Universidad Politécnica de Catalunya. Primer desagravio. Misión cumplida.

Las otras historias citadas aparecen, ambas, en este volumen que, por lo que yo recuerdo ahora, es el primer fix-up de la ciencia ficción española. El fix-up es el recurso técnico que se utilizó en la ciencia ficción norteamericana de los años cuarenta y cincuenta para dar forma de libro a obras que habían visto la luz en forma de relatos, ya fueran separados o  independientes.  El  autor  fabrica  un nexo de unión entre los relatos y éstos aparecen en un único libro. Así nacieron series de gran fama en la ciencia ficción mundial como, nada más y nada menos, las  inolvidables Fundación de Asimov o Dune de Herbert.

Mallorquí, al igual que los viejos maestros, ha construido un nuevo relato, El Círculo de Jericó, de forma que alberga  y  da  cobijo  a  siete  de  sus mejores historias. Con ello éstas adquieren, en este montaje, un sentido unitario que nace de su engarce en el misterio de El Círculo de Jericó. Algo parecido a lo que se obtiene en el Decamerón  de  Bocaccio,  en  los Cuentos de Canterbury de Chaucer o en Las mil y una noches.

El  resultado es  brillante, como no podría ser menos viniendo de César Mallorquí.  Y,   leídos   de   nuevo   los relatos, al amparo del eje vertebrador que les ofrece El Círculo de Jericó, me ha parecido encontrar en ellos incluso un nuevo significado. Aunque, como describe el mismo autor, «se trata de un libro de relatos que adopta la forma de siete historias distintas englobadas por una octava narración que sirve como nexo de unión».

Antes de hablar del libro, remito al lector a la «reseña biográfica» con la que éste finaliza, tal y como ya es habitual en las publicaciones de NOVA CIENCIA FICCIÓN. Ya se indica al que,  esta  vez,  la  reseña  ha  sido redactada por el mismo escritor y el editor acepta buena parte de su responsabilidad al publicarla tal cual la envió César Mallorquí tras mi solicitud. Aunque sí resulta necesaria una aclaración: el mismo César me dice en su  carta  que  la  reseña «es  breve  y concisa.  Está  escrita  en  tercera persona, pero contiene notas de pie de página en primera persona, por lo que me temo que deberás reelaborarla». Debo reconocer que he intentado reelaborarla pero no logro quedar satisfecho  (ya  dije  que  Mallorquí escribe mucho mejor que yo). Por ello la incluyo tal cual salió del teclado del autor, con mis disculpas por lo que ello tenga de atentado a las reglas gramaticales (esa tercera persona en el texto,   que   se   conviene   en   primera persona en las notas). ¡Qué se le va a hacer! La brillante redacción y el humor de César se merecen la infracción de las reglas.

Sin renunciar (del todo) a mi función de editor, voy a incluir algunos de los interesantes comentarios que César me hacía  en  su  carta.  Su  dilatada explicación contenía, entre otros, los siguientes puntos que, claramente, completan   su   propia   imagen   como escritor e        interesado   por    la       ciencia ficción:

 

 

Si deseas más información, por ejemplo mis influencias y opiniones sobre el género, ahí van:

Mis autores «clásicos» preferidos son Bester, Cordwainer Smith, Simak, Sturgeon y Fredric Brown (seguidos muy de cerca por Shecley, Kuttner, el primer Bradbury y, parcialmente, Clarke).

De   los     escritores posteriores  me  quedo  con Disch, lan Watson, Zelazny, George R.R. Martin, así como el Gibson de sus primeros cuentos y Neuromante (el resto de su producción me ha decepcionado).

De   entre  todos  estos autores, y de entre todos los autores de CF que hay y ha habido, creo que sólo dos han conseguido con su obra aportar algo nuevo a la literatura en general. Por supuesto hay un montón de autores y obras de gran   calidad,   pero   yo   me refiero a escritores que hayan conseguido crear algo distinto, no sólo en el campo de la CF, sino en el mundo de las letras. Esos dos escritores son Cordwainer Smith y Alfred Bester (el Alfred Bester que escribió en la década de los cincuenta).

Ahora bien, debo reconocer que cada vez veo menos clara la diferencia que pueda existir realmente entre CF y literatura fantástica. Parte de mis relatos se dedican, precisamente, a explorar la «zona de nadie» que existe entre ambos géneros. En general, creo que la CF es en realidad una técnica distinta para escribir fantasía. Sé que esto es discutible, y no vamos a perder el tiempo discutiéndolo, pero si lo aceptamos como hipótesis de trabajo, podré afirmar lo siguiente:

El más grande innovador escritor  de  CF/Fantasía  es Jorge Luis Borges.

Porque creo que Borges es un autor de relatos fantásticos que escribe con técnica de ciencia ficción (o de «erudición ficción», que vendría a ser lo mismo).

De modo que, suponiendo que pueda reconocer mis auténticas   influencias literarias, diría que son éstas:

Escritores de CF/Fantasía: Borges, Bester, Simak y Brown.

Escritores de literatura general:  los  humoristas ingleses, en particular Evelyn Waugh, Wodehouse y Richmal Crompton (sí, sí, la autora de las aventuras de Guillermo); Mark Twain, Jack London, Gabriel      García      Márquez, Antonio Machado, Enrique Jardiel Poncela, Auster, Conan Doyle, Kipling, Heller, Harris, Fernández Flores... En fin, un batiburrillo en el que no vale la pena  seguir  hurgando.  En cuanto a las influencias extraliterarias: Hergé, el dibujante  de  Tintín.  No  es broma, le considero uno de los mejores  narradores  del  siglo XX, aunque reconozco que no puedo ser objetivo.

Otras influencias: Orson Welles, Hawks, Ford, Kubrick y el  cine  en  general, la  pintura holandesa      del      XVI I,      el movimiento  romántico,  la cocina  vasco-navarra  y catalana, la arquitectura gótica y modernista, la música celta, Bach, Pink Floyd, la antropología, Graves, Marvin Harris, el estudio de las religiones  (desde  una perspectiva agnóstica y con particular interés por el sincretismo), la cinofilia (de cinos,  perro)...  como  ves,  de todo un poco.

Ah, sí y la informática: sin los procesadores de textos creo que        no  hubiera   vuelto a escribir.

 

Envidias aparte, y limitándose a glosar la última frase, sólo por haber contribuido   a   que   César   Mallorquí vuelva a escribir, la informática merece un monumento por parte de los aficionados  a  la  ciencia  ficción española.

En  realidad  las  cartas  que  César Mallorquí     me     ha     enviado     para «animarme»  a  publicar El  Círculo de Jericó merecerían ser incluidas en su integridad pero, si lo hiciera, esta presentación  (casi  autopresentación si me   descuido)  se   haría  interminable. Sólo  añadiré  que  este fix-up  incluye siete de los mejores relatos de la ciencia ficción española aparecidos en los años noventa:

El escritor, la muerte y el diablo, finalista en el  Premio Aznar 1994, es una clásica historia de «pacto con el diablo» al estilo de Fredric Brown y resulta incluso original y divertida. Para mí es la ganadora moral de ese premio Aznar.

El  rebaño  es  uno  de  los  pocos relatos que Mallorquí no ha presentado a un premio. Por eso no ha ganado ninguno. Según parece, se escribió como un homenaje a Jack London y se confiesa deudor del relato «Vendrán lluvias suaves»    en    las     famosas Crónicas marcianas  de  Ray  Bradbury.  En palabras  del  autor, «El rebaño» habla de la grandeza que se esconde tras la futilidad de las tareas inútiles. Y también habla sobre la tristeza. Sobre la gran tristeza que nos produce, no ya lo que ha desaparecido para siempre, sino lo que queda, los restos de esa pérdida...

Es evidente que a César, como a mí, le gustan los perros, esos curiosos animales que saben ser fieles a una especie  que  tal  vez  no  merezca  tal fidelidad...

El mensaje perdido es la primera historia del Gedeón Montoya, que protagonizó,   más   tarde, La  vara  de hierro. Según reconoce Mallorquí es su texto  más  literario  y experimental, dotado  de  una  rara  atmósfera  entre mítica e irónica. Como no podía ser menos, obtuvo el premio Aznar de 1991.

La   pared   de   hielo   fue   Premio Alberto Magno (convocado por la Universidad del País Vasco) en 1992 y mezcla inteligentemente ingeniería genética y religión. Mallorquí dice de él q u e «es   pura   CF»   y   se   muestra

«satisfecho con    su      estructura narrativa,  basada  en  constantes flash backs, así como en la fuerza de la historia.  Creo  que  es   uno  de   mis relatos con más garra». Está prevista su traducción al inglés en una antología de autores europeos de ciencia ficción.

Materia         oscura,         reconoce Ma l l or quí , «está   (inconscientemente) inspirado  en El informe de Brodie, de Borges». Es una historia mágica y colorista       concebida       como       un

«divertimento».    Obtuvo    el    premio

Domingo Santos en la  HISPACÓN d

1993. Es una de mis favoritas y de esas que recuerdo con mi mejor sonrisa.

El    hombre       dormido      obtuvo        el

 

segundo Premio Alberto Magno en la edición de 1993, el autor lo considera

«un homenaje a Mircea Eliade» y es difícil su adscripción a ningún género, aunque, ¿a  quién le  importa eso si  el resto es tan bueno?

La casa del doctor Pétalo fue finalista en el Premio UPC de 1993 y ha sido algo retocada para esta edición, en la  que  alcanza su forma definitiva, la que, a mi juicio, es una de las mejores novelas de la ciencia ficción española de  todos  los  tiempos.  Para  Mallorquí

«se trata de un delirio romántico (en el sentido más amplio de la palabra), inspirado por "La Bella y la Bestia". E arquetipo que es  Mansión me parece un verdadero hallazgo, y creo que sus personajes son consistentes y sólidos. La protagonista, Sara Aludel, se comporta  como  un  auténtico  ser humano y Dostigres resulta ser una figura  tan  noble  como  patética».  La casa del doctor Pétalo es una gran novela que, por sí sola, justifica esta edición. Con su publicación me siento liberado del  grave complejo de  culpa que sentí cuando no obtuvo premio en la convocatoria del premio UPC de 1993

Creo, sinceramente, que lo merecía. Si César Mallorquí puede escribir así, y si sigue  haciéndolo,  creo  que  este  libro

 

puede ser un hito importante para la ciencia ficción española de cara al siglo XX.

Finalmente, El Círculo de Jericó es la octava historia que sirve de marco a las otras siete y, repito, les confiere (al menos para mí) un nuevo sentido. Lo he podido comprobar personalmente al leer las otras siete narraciones (ya conocidas en mi caso) en el seno de este engarce final con el cual César Mallorquí ha configurado el que va a ser uno de los libros más importantes y decisivos de la ciencia ficción española de los años noventa y, tal vez, de todos los tiempos.

Es  un orgullo  incorporar  un autor

 

como César Mallorquí a NOVA CIENCIA FICCIÓN. A un cinéfilo com César no le molestará que se me escape una frase tópica: «De casta le viene al galgo.» Si José Mallorquí marcó y definió la ciencia ficción en España durante los años cincuenta, su hijo César ya ha marcado y definido gran parte de la ciencia ficción española de los años noventa.  No  conocí  personalmente  a José Mallorquí, pero le leía con la intensidad y la admiración que prestan la adolescencia y la primera juventud. Hoy nos hallamos en otros tiempos, con otras  inquietudes  y  otros  resultados, pero,  tal  vez  con  mayor  madurez,  la

 

lectura de la obra de César Mallorquí sigue despertando en mí la admiración y la intensidad que me produjo, en otros tiempos y por otras razones, la obra de su padre.

Y, en el caso de César, su carrera tan  sólo acaba de      empezar.     Hoy  el FUTURO es suyo.

Miquel Barceló

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A José Mallorquí, mi padre. A María José, por ser como es;

y a Osear y Pablo, por interrumpirme, mientras trabajaba con el procesador de textos,

las suficientes veces como para hacerme reflexionar

más y mejor sobre lo que estaba escribiendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

Ningún libro es fruto exclusivo de la voluntad de su autor, y éste no escapa a esa regla. Son muchas las personas a las que debo agradecimiento por su apoyo y ayuda. En primer lugar, a José Carlos Mallorquí, mi hermano, que me animó a seguir adelante y cuyas observaciones sirvieron para mejorar algunos pasajes del libro. A Elena Álvarez, que leyó con entusiasmo los manuscritos. A Tomás Arriaga, que me dio apoyo informático. A Alberto Santos, que se empeñó en difundir mis relatos en su revista. A los miembros de la AEFCF, en particular a

 

José Antonio      Alvaro,       Julián Diez, Juanma       Barranquero,  Susana             Vallejo, Alfredo Lara y Ricard de la  Casa. A Luis Alberto de Cuenca, cuya amable e indulgente crítica significó para mí  un fuerte acicate; a él va dedicado el tercer capítulo de  esta  obra. Y,  last but not least, a Miquel Barceló, no por ser mi editor, ni  por  su encomiable labor  en pro de la literatura fantástica, sino por votarme          incondicionalmente,       pese  a estar su empeño finalmente destinado al fracaso.

 

Gracias a todos. Sin vosotros, probablemente El Círculo de Jericó no existiría.

 

1. Las lluvias

 

 

 

Cada vez que veo llover recuerdo la casa   del   cráter.   Entre   sus   paredes escuché las historias por primera vez. Y fue   allí,  en  la   cima  de   un  volcán dormido, donde el azar quiso que mi camino se cruzara con los miembros del Círculo de Jericó.

El círculo existía desde hacía miles de años; o, al menos, eso aseguraba la anciana húngara. En realidad, ellos no se denominaban a sí mismos de ninguna manera.  Sencillamente, eran «el círculo»,   así,   sin   mayúsculas.   Pero podemos llamarlos el Círculo de Jericó, es un nombre tan bueno como otro cualquiera.

Siete eran los adeptos al círculo. Siete personajes excéntricos y casi irreales, como los siete arcángeles de Enoch, como los siete planetas alquímicos, como los siete enanitos de la princesa Blancanieves... Nunca supe con exactitud cuál era su propósito ni a qué se dedicaban.

Sí,  es  cierto  que  escuché  sus palabras y que ellos intentaron, a su extraña manera, compartir conmigo el secreto que guardaban. Pero creo que en ningún momento llegué a comprenderlos realmente, pese a la larga jornada que permanecimos juntos, allí, en la casa del cráter, bajo la tormenta.

Cada vez que escucho el rítmico tabaleo   de   la   lluvia   en   el   tejado, recuerdo que lo único que separa la realidad de la fantasía es una línea sutil, una tenue frontera que podemos cruzar sin tan siquiera darnos cuenta.

Entonces siento miedo, y me aferró a algo sólido, a un objeto sin importancia, a una fotografía, a un libro, e intento convencerme a mí mismo de que aquello es  real,  consistente,  y  no  puede deslizarse entre mis dedos como un puñado  de  mercurio.  Pero  no  consigo estar seguro.. Cada vez que escucho el fragor del trueno, y el cuchillo helado del relámpago hiere mi pupila, recuerdo rostros en la oscuridad, círculos concéntricos, mansiones encantadas, tatuajes  geométricos,  árboles sefiróticos, selvas amazónicas, dioses crueles, ciudades perdidas, locas fantasías.. Cada vez que llega la noche y cierro los ojos para conciliar el sueño, recuerdo...

 

 

 

 

Aquel año habíamos decidido adelantar  las  vacaciones.  A  decir verdad, lo había decidido yo. Esa es una

 

de   las   cosas   buenas   que   tiene   ser escritor: puedes disponer libremente de tu tiempo. Por lo general, eso significa pasar meses y meses sentado frente a un procesador de textos, en absoluta soledad,  en completo  silencio.  No parece muy estimulante, lo reconozco; pero a  cambio, es  posible aprovechar las pausas entre libro y libro para hacer lo que a uno le venga en gana. Es decir: buscar obsesivamente el argumento para un   nuevo   relato,   para   la   siguiente ficción.

Había concluido el manuscrito de mi última obra a principios de mayo. Después        pasé        una        semana holgazaneando y otra más fingiendo que ponía algo de orden en mi despacho. Durante la tercera semana caí en un estado vagamente melancólico. Pasaba el   día  dando  largos  paseos  por   el campo, o contemplando en el vídeo viejas películas de la época dorada de Hollywood. Comencé a comer compulsivamente. Cierta noche me descubrí a mí mismo en la cocina, a las cinco  de  la  madrugada,  untando  con salsa  mayonesa  las  galletas chocolateadas de mi hija. Aquello me hizo reflexionar.

Estaba      sufriendo    un     ataque         de ansiedad. Y la razón, ya no podía seguir engañándome, era que me encontraba en plena crisis creativa. No se me ocurría nada.

Comprendo que esto puede parecer una exageración. A fin de cuentas, ni siquiera había transcurrido un mes desde que puse el punto final a mi último trabajo.  Pero  aquella  especie  de desierto mental era algo totalmente nuevo. Dentro de mi cabeza siempre habían bullido las ideas. No todas buenas, no todas utilizables, pero ideas al fin y al cabo. Sin embargo, en aquel momento parecía como si la fuente se hubiera secado.

Verán,  hay algo  que  todo  escritor ignora: de dónde surgen las ideas. Un día, de repente, sin saber cómo, algo germina en tu cabeza. Puede ser una imagen, un nombre, una sensación, cualquier cosa. Muy poco quizá, pero justo lo necesario para atrapar tu atención, para obligarte a pensar sobre ello, dándole forma y sentido. Es algo irracional sobre lo que no existe control. O sucede o no sucede.

Y a mí me había dejado de suceder. Sumido  en  un  cierto  fatalismo,  le

conté el problema a Susana, mi mujer. Ella, lejos de consumirse de preocupación —como yo esperaba—, sonrió  levemente  y  comentó  con  aire

 

distraído:

—No le des importancia, ya se te pasará.

—¿Que no le dé importancia...? — Adopté una actitud digna—. Oh, claro. A fin de cuentas, es mi problema. Pero estoy seguro de que si te pasara algo parecido a ti, sería nuestro problema.

—Pero...

—Tranquila. No voy a seguir molestándote con mis tonterías...

Susana me tapó la boca con la mano y se sentó sobre mis rodillas.

—Escucha, ¿te acuerdas de cuando pensabas que eras impotente?

—Perfecto, perfecto —dije a través de los dedos de mi mujer—; ése es justo el tema que andaba buscando para animarme.

—¿Puedes dejar de autocompadecerte un momento y prestarme atención? Acabábamos de casarnos. Una noche no pudiste hacer el amor conmigo. Y la noche siguiente, tampoco. Entonces pensaste que eras impotente. Y en realidad lo eras. Te habías obsesionado tanto que sólo pensabas en si ibas o no a tener una maldita erección. Y no la tenías. Pero cuando conseguiste relajarte... entonces todo volvió a funcionar. Ahora te sucede lo mismo. Deja de preocuparte y verás

 

cómo vuelven las ideas.

Sonrió, me dio un beso en la nariz, se levantó de mi regazo y salió de la habitación  tarareando  una  alegre melodía.

Yo me quedé allí, pensativo, sintiéndome vagamente ridículo. Susana tenía razón: estaba obsesionado. Debía relajarme.

Aquella noche apenas pude dormir. Me obsesionaba estar obsesionado. Me preocupaba sentirme preocupado. Había caído en un círculo vicioso. Era como un ratón enjaulado que corre y corre dentro   de   una   rueda,   sin   llegar   a moverse jamás del mismo sitio.

 

Tenía que encontrar una salida a aquella situación. ¿Qué haría un ratón en mi lugar?

Un ratón mandaría al infierno la rueda, roería los barrotes de su jaula y abandonaría la ciudad. Volvería al campo, a la libertad...

Me incorporé en la cama, alborozado:  había  encontrado  la solución. Estuve a punto de despertar a Susana para contarle mis planes, pero los  dígitos  luminosos  del  despertador me  recordaron que  aquélla  no  era  la hora adecuada para iniciar una charla matrimonial. De modo que di media vuelta  sobre  el  colchón  y,  en  pocos

 

minutos,   me     quedé profundamente dormido.

A la mañana siguiente, nada más despertarnos, le  expliqué  a  Susana  lo que me proponía hacer.

—Tenías razón —dije con una sonrisa—. Lo que me ocurre es pura impotencia. Pero tengo la solución.

—Fantástico —comentó distraída, mientras   se   maquillaba   delante   del espejo del lavabo—. ¿Qué vas a hacer?

—Qué vamos a hacer —la corregí. Susana dejó de perfilar sus pestañas

y contempló con suspicacia mi reflejo en el espejo.

—¿En qué estás pensando?

 

—En irnos de viaje.

—¿Qué...?

—Es justo lo que necesito ahora. Unas vacaciones. Viajar.

—¿Estás loco? ¿Y mi trabajo? ¿Y el colegio de Claudia?

—Oh, vamos.  Estamos a  principio de junio. Dentro de poco Claudia finalizará las clases. Y tú puedes adelantar las vacaciones de verano. — Sonreí angelicalmente—. ¡Podemos marcharnos dentro de dos semanas!

Susana frunció el ceño, negó débilmente con la cabeza y comenzó a extender por su cara alguna rara poción.

—Imposible.      No     puedo dejar  mi

 

trabajo ahora.

La experiencia demuestra que el noventa y nueve por ciento de las veces un «no», en realidad, significa «quizá». No  contaré  cómo  lo  conseguí.  Baste decir que mi mujer finalmente accedió.

Pocos días después, Claudia — nuestra  hija—,  Susana  y  yo abandonamos Madrid en dirección al noreste de España. A la Costa Brava. Al Mediterráneo.

 

 

 

 

Los cuatro primeros días no paró de llover. Y no me refiero a una mansa lluvia levantina, estoy hablando de un

 

auténtico  diluvio  que  nos  tuvo encerrados día y noche en el hotel. Debo reconocer que me puse de muy mal humor, y que probablemente me hubiera vuelto a casa, de no ser por el temor que me inspiraban las riadas.

Pero al quinto día un fuerte viento del interior arrastró las nubes y nos regaló   una   mañana   azul   y  soleada, aunque demasiado fresca para ir a la playa.

—Vámonos de excursión —dije, hojeando una guía de turismo.

Susana  y  Claudia  me  miraron atentas. En ocasiones así yo me sentía como uno de esos tradicionales padres

 

de familia: el hombre que toma las decisiones, el capitán del barco. Reconozco  que  son  escasos  los momentos en que logro despertar tan unánime  expectación  en  mis  dos mujeres. Así que no podía defraudarlas.

Pasé lentamente las hojas de la guía. Había mucho que ver, pero yo quería algo especial; un lugar mágico que nos compensara de los largos días de encierro y temporal.

—¿Por qué no vamos a la Garrotxa?

—dijo de pronto Claudia.

Contemplé a mi hija.

—¿La Garrotxa? ¿Qué es eso?

—Oh, bueno, no lo sé... —Claudia

 

parecía confusa—. Alguien en el hotel dijo que era un lugar bonito.

La Garrotxa... Busqué en la guía y encontré un breve artículo debajo de aquel nombre.

El Parque Natural de la Garrotxa se encontraba al este de los Pirineos, muy cerca de Olot. Al parecer, era una comarca pequeña, cubierta de hayales y saltos de agua, cuya principal característica radica en ser una de las escasas zonas volcánicas de la península ibérica. Oh, bueno, no me refiero a lava candente,  erupciones  y  llamaradas. Según informaban los redactores de la guía     Michelín,    aquellos     volcanes

 

llevaban más de cien mil años inactivos. Y quizás eso no sea mucho tiempo para un volcán, pero a mí se me antojaba una cifra razonablemente tranquilizadora.

Volcanes... Eso parecía, sugerente y misterioso, de modo que la propuesta de Claudia fue aceptada sin discusión. No obstante, la niña frunció levemente el ceño, corno si hubiera algo que no acabara de comprender. Me pareció ver en su mirada un brillo extraño, una especie de preocupación demasiado adulta para una niña de diez años de edad. Fue sólo un segundo: al instante siguiente Claudia sonrió de nuevo y corrió veloz hacia el coche.

 

Dos horas más tarde nos encontrábamos en el parque natural. Aparcamos en una explanada rodeada de hayas. De allí partían diversos caminos forestales.

—Tenemos        varias alternativas

comenté, siempre con la guía en la mano

—; podemos ir al cráter de la Roca Negra, al del Torrente, al de Santa Margarita o al Croscat...

—¡Al        cráter Santa Margarita! 

exclamó con vehemencia Claudia.

De hecho, con demasiada vehemencia.  Observé  intrigado  a  mi hija.  De  repente  parecía  excitada  y

 

nerviosa.

—¿Por qué el Santa Margarita? —

pregunté—. Roca Negra suena mejor...

—¡No, no, por favor, no! Vamos al

Santa Margarita. Por favor, por favor...

Claudia comenzó a tirarme de la manga y a dar pequeños saltitos. Susana frunció el ceño y me miró extrañada. Yo suspiré.

A veces los niños se comportan de forma rara, pensé. Aunque, en cualquier caso, ¿qué más daba un volcán u otro?

—De acuerdo, al Santa Margarita — concedí.   Claudia   soltó   un  grito   de alegría y me besó con fuerza. Su cara era un puro fulgor de alivio.

 

El camino que conducía al cráter discurría  al  principio  por  un  denso hayal, sombrío y llano. Luego iniciaba una subida muy pronunciada para volver a nivelarse en su último tramo. Apenas eran dos kilómetros y medio, pero había tanto barro que tardamos casi una hora en llegar  al  volcán. No nos  cruzamos con nadie en todo el trayecto, lo que no era extraño, ya que la temporada de verano acababa de comenzar y los turistas todavía no habían invadido la zona. Aun así, resultaba un poco irreal una soledad tan extrema, aquel silencio casi sobrenatural.

Finalmente  llegamos  al  borde  del

 

cráter. Aquello era increíblemente bello. El volcán, completamente circular, tendría unos quinientos metros de diámetro por setenta de profundidad. El fondo, cubierto de hierba, era totalmente plano. En el centro se alzaba un pequeño menhir de piedra pómez. A su lado, una minúscula ermita románica.

Pero había algo más en el cráter: un grupo de siete personas se alineaban formando un círculo en torno al menhir. No parecían hacer nada, tan sólo estaban allí, quietos, mirando hacia la piedra clavada en el suelo.

—Es impresionante       —comentó

Susana.

 

Asentí. Sin duda, aquél era un lugar mágico.

—Vamos a bajar, papá.

Claudia comenzó a descender por el camino que bordeaba la ladera interior del cráter.

—¿No encuentras a Claudia un poco rara? —preguntó Susana.

Me encogí de hombros.

—Quizá. Parece que le ha impresionado este lugar.

—Le  ha  impresionado  demasiado. No  sé,  es  como  si...  —Susana vaciló unos instantes, intentando encontrar la forma de expresar algo todavía inconcreto.    Finalmente    sacudió    la

 

cabeza—. Da igual, son imaginaciones mías. —Levantó la mirada y añadió—: Se está nublando.

Miré al cielo. Una muralla de negros nubarrones se cernía por el oeste.

—Quizá debiéramos irnos —señaló Susana—. Va a llover. —Esas nubes todavía están lejos —dije despreocupadamente—. Echamos un vistazo rápido y luego nos volvemos.

Susana frunció el ceño, pero no hizo ningún  comentario.  Me  siguió  en silencio mientras bajábamos por el sendero cubierto de puzolana. Entonces me fijé en algo que no había advertido antes. En una de las laderas del cráter,

 

alguien había construido una casa. Increíble: ¿quién podía tener un chalé en un parque natural ? Porque aquella construcción moderna rompía en cierto modo   el   hechizo   de   aquel   lugar... Aunque debo reconocer que más tarde nos resultaría de gran utilidad.

En unos minutos llegamos al fondo del cráter. Claudia se nos había adelantado y estaba hablando con las personas que rodeaban el menhir. Mientras nos acercábamos tuve la oportunidad de echar un vistazo a los componentes de aquel peculiar grupo. Eran dos mujeres y cinco hombres de las más variadas edades y aspectos. Una de

 

las mujeres parecía joven (no más de veinticinco años), de aspecto menudo y frágil. La otra era una septuagenaria gruesa y jovial. Entre el grupo de hombres había un sacerdote —el alzacuello así me lo hizo saber— cincuentón. A su lado se encontraban un individuo calvo, de edad indefinida, y junto a él un joven sonriente, y un sujeto maduro de aspecto pulcro y aseado, con una fina y bien recortada barba; y finalmente un hombre de unos cuarenta años, moreno y muy fornido, que parecía tener algo extraño en la frente, aunque desde donde me encontraba no podía ver con claridad de qué se trataba.

 

Cuando     llegamos     junto a        ellos, Claudia se volvió con la cara iluminada:

—Están captando energía cósmica,

¿sabéis? Por lo visto este volcán es una especie de acumulador meta... meta...

—Metapsíquico —apuntó el hombre joven.

—Eso. Un acumulador metapsíquico de energía cósmica.

Ay,  ay,     ay...   ¿Energía     cósmica?

¿Acumulador metapsíquico? Maldije interiormente mi mala suerte. Aquel día, precisamente aquel día, tenía que ir a toparme con un grupo de chalados, una especie de secta o algo así.

—Vamos,  Claudia,  no  molestes  a

 

esos señores —dije, mientras simulaba interesarme por la pequeña y austera ermita románica.

—Preciosa hija suya no molesta — dijo la gruesa anciana con un fuerte acento extranjero que no pude identificar

—. Hermosa hija suya muchachita muy lista y gentil es. Y muy sensible, ¿cierto no es, pequeña Claudia?

—Pero  ustedes  estaban  ocupados con sus cosas —protesté, con tanta amabilidad como determinación; en modo alguno quería enredarme en una conversación con aquellos locos—. No se preocupen por nosotros. Sigan a lo suyo.

 

—¿Sabe qué día es hoy? —preguntó de repente el cuarentón fornido.

Entonces pude ver con claridad su frente: estaba cubierta de tatuajes geométricos, rojos y negros. ¡Tatuajes! Aquel  hombre  era  claramente occidental, pero parecía un salvaje. Parpadeé sorprendido.

—¿Perdón...?

—Le preguntaba si sabe cuál es la fecha de hoy. —Su aspecto decididamente feroz contrastaba con la suavidad de su acento, también extranjero, brasileño o portugués.

—Martes. Creo que veintiuno.

—Aja —asintió el  hombre tatuado

 

—. Veintiuno de junio. ¿No le dice nada esa fecha?

—¡Hoy     empieza      el       verano!      

exclamó Claudia.

—Eso es, pequeña. El verano comenzará exactamente a las dos y cuarenta y ocho minutos de la tarde. Es el día del solsticio, una fecha muy especial.

—El día más largo del año — intervino el individuo calvo; pese a ser un hombre extremadamente menudo su voz  era  grave  y  profunda—.  La  luz vence hoy a las tinieblas.

—Eso es —añadió el hombre tatuado—.  El  triunfo  de  la  luz,  pero

 

también el inicio de su caída. A partir de este momento, las noches se irán volviendo más largas y la oscuridad aumentará progresivamente su dominio. Por eso el solsticio es un asunto importante.

—Era inevitable que ustedes estuvieran hoy aquí, con nosotros — prosiguió el individuo calvo—. Estaba escrito,  igual  que  está  escrito  el momento exacto en que cada tallo debe brotar.

Tragué saliva. Indudablemente, la razón de  aquellas  personas  estaba mucho más extraviada de lo que nadie hubiera podido suponer. Miré a Susana

 

buscando algún tipo de ayuda, pero descubrí que mi mujer sonreía divertida. Siempre  le  habían  gustado  los personajes extravagantes. Ella solía afirmar  que  ése  era  el  motivo que  la llevó a casarse conmigo.

—Sí, bueno, posiblemente — comenté, algo balbuceante—. Pero se está haciendo un poco tarde y...

—Usted no cree.

Me volví hacia quien había hablado. Era el sacerdote. —¿Disculpe...?

—Usted no cree en nada. —Su mirada era tan acusadora, su porte tan severo, que por unos instantes me sentí transportado a mi infancia, de nuevo en

 

el colegio. El sacerdote prosiguió—: Usted  es  el  típico  descreído.  En  su mente  materialista  no  cabe  noción alguna  que  se  aparte  de  aquello  que puede ser tocado, medido y pesado. Conozco a la gente como usted. Creen saberlo todo, pero sólo son unos ignorantes. —Masculló algo, creo que en catalán.  Luego añadió—:  Estoy seguro de que ni siquiera ha bautizado a su hija.

Aquello estaba adquiriendo tintes decididamente surrealistas: me sentía como el personaje de una película de Buñuel. Había que irse de allí con toda rapidez,  de  modo  que  me  disponía  a

 

improvisar una excusa cuando la anciana intervino de nuevo.

—¡Bautismo! ¡Bah! ¿Tú crees que preciosa niña  pecado puede  albergar?

—La anciana contemplaba desafiante al sacerdote. Con un gesto de dulce protección le pasó un brazo por los hombros a Claudia—. Es inocencia lo que en ella veo, viejo loco. Lavar no necesita pecado alguno. Único pecado es el tuyo. Pecado de orgullo, pecado de arrogancia.

El sacerdote abrió la boca, pero no dijo nada. Frunció el ceño, entrelazó las manos  por  detrás  de  la  espalda  y se alejó unos pasos, con aire malhumorado.

 

El hombre joven se aproximó a mí. No parecía tener más de veintiséis o veintisiete años, pero bajo su cuidada apariencia —un informal conjunto italiano de chaqueta y pantalón grises, camisa blanca de seda y zapatos de ante

— se adivinaba una extraña energía, un intenso magnetismo.

—No le haga caso —dijo sonriente

—. El padre Kindelán es un hombre de firmes  creencias.  Está  convencido  de que  el  segundo  Concilio  Vaticano fue una conspiración protestante. Pero es buena persona, discúlpele.

Hice  un  gesto  vago  con  la  mano, como  quitando  importancia  al  asunto.

 

Por  unos  segundos  me  distraje;  había algo  raro  en  aquel  joven.  Sus vestimentas eran inadecuadas para una excursión campestre, pero no se trataba de eso. Lo sorprendente era que su ropa estaba completamente impoluta. De hecho, ni siquiera había barro en sus zapatos. No obstante, el camino era un cenagal. Entonces, ¿cómo había llegado hasta el volcán?

—Su hija me ha dicho que Claudia se llama —dijo, sonriente, la anciana—. Muy bonito nombre, sí. Como Claudia Schiffer. Seguro que tan linda como ella será. —Se volvió hacia Susana, siempre amparando bajo su brazo a la niña—.

 

¿Cuántos años tiene? ¿Nueve?

—Diez —repuso mi mujer con una sonrisa.

—¡Oh, una damita ya es! Y tan encantadora... igual que madre suya, mis ojos claro lo ven. —De pronto comenzó a rebuscar en el interior de su enorme bolso—.  Yo  tengo  una  nietecita  de misma  edad.  Vive  en  Sopron,  en Hungría, con mi hija. —Encontró finalmente lo que andaba buscando: una vieja cartera de cuero. La abrió y le mostró  a  Susana  y a  Claudia  la fotografía de una niña de ojos intensamente azules—. ¿Preciosa no es? Como    una    luminosa    mañana    de

 

primavera, yo creo.

Y ahí estaban, mi mujer y mi hija, contemplando fotos domésticas y charlando con aquella anciana como si se conocieran de toda la vida. Suspiré, resignado, imaginando ya las consecuencias de tan insensata familiaridad: largos minutos de charla absurda sobre energía cósmica, fuerzas telúricas, metapsíquica... Y entonces ocurrió.

Primero fue  una  gota  de  agua cayendo sobre mi nariz. No me refiero a una gota normal, sino a una gota enorme, a la madre de todas las gotas.

Luego       un     trueno         que    sacudió       el

 

cráter con un estampido ensordecedor.

Las nubes, que yo creía lejanas, se amontonaban ahora sobre nuestras cabezas, como una avalancha de algodón grisáceo. El cielo se había oscurecido, convirtiendo la mañana en un anochecer.

Y  entonces  se  desencadenó  el diluvio. Una tromba de agua comenzó a caer sobre nosotros. Miré en derredor, buscando un lugar donde guarecernos. Pero no había cerca ningún árbol, y la ermita, además de estar cerrada, era demasiado pequeña para acogernos a todos en su interior.

—Vayamos a la casa —sugirió el hombre   tatuado,   señalando   hacia   el

 

chalé  que  se  alzaba  en  el  borde  del cráter.

Evidentemente era lo mejor que podíamos hacer, de modo que nos pusimos  a  correr  por  el  sendero tapizado de piedra volcánica en busca de aquel providencial refugio.

Yo fui el primero en llegar, y no porque me encontrase particularmente en forma; lo que ocurría es que el resto del grupo, incluyendo a mi mujer y mi hija, se había demorado ayudando a subir la cuesta a la anciana húngara. Por unos instantes me sentí algo mezquino, pero luego el manto de lluvia que me calaba hasta los huesos impuso su lógica. En

 

dos zancadas me encontré frente a la puerta. Llevé la mano al pomo e intenté girarlo. Imposible: una férrea cerradura bloqueaba el paso. Sacudí el pomo con energía  y  empujé  la   puerta  con  el hombro.

Todo en vano, aquella hoja de madera  se  mantenía  firme  como  una roca.

—¿Puedo intentarlo yo? —dijo una voz a mi espalda. Me volví: era el hombre joven y elegante. —Está cerrada

—musité. Pero me aparté a un lado, invitándole a probar fortuna con la cerradura.

El joven se adelantó, hizo un extraño

 

gesto con la mano, algo así como el ademán ampuloso de un ilusionista, y sujetó el pomo con dos dedos. Luego, lentamente, lo hizo girar...

... y unos instantes después vi asombrado que la puerta se abría, acompañada por un suave lamento de óxido. —E voila..,!—dijo el joven, sonriente. Parpadeé asombrado.

—Pero,     pero... —balbuceé—.

¿Cómo lo  ha  hecho...? Estaba hablándole al aire: el joven ya había entrado en la casa. Inmediatamente le siguieron  la  anciana,  el  sacerdote  y todos los demás.

Me  quedé unos  instantes     inmóvil

 

bajo la lluvia (a fin de cuentas, ya no podía estar más mojado). Algo raro ocurría. Aquella gente, aparte de decir y hacer cosas notablemente extrañas, se comportaba con excesiva familiaridad. En cierto modo era como si nos hubieran estado esperando.

Sacudí la cabeza y entré en la casa. Me estaba dejando llevar por la imaginación. Lo más probable es que fueran un puñado de locos peligrosos, recién escapados de alguna institución psiquiátrica de alta seguridad. Se limitarían a asesinarnos y a devorar nuestros hígados, como siempre ocurre en las  películas  de  terror  cuando una

 

familia sorprendida por la tormenta se refugia en una casa misteriosa.

Pero la casa no tenía nada de misterioso. Se trataba de un chalé moderno, con tres dormitorios, una cocina y un amplio salón. Parecía un refugio de montaña, frío y funcional.

—He encontrado toallas y mantas en un armario —dijo el joven del traje italiano, asomando la cabeza por la puerta de uno de los dormitorios.

—Quitarnos debemos todas ropas mojadas —dijo la anciana, con aire de abuela protectora—. Y secarnos. Si no, pulmonía.

Las  mujeres  fueron  a  uno  de  los

 

dormitorios, mientras que los hombres, salvo el padre Kindelán, que se encerró en el cuarto de baño, permanecimos en el salón. Mientras nos desnudábamos y secábamos observé que la piel del hombre  tatuado  no  sólo  ostentaba dibujos en la frente. Todo su cuerpo, un cuerpo extremadamente musculoso, se hallaba cubierto por complejas geometrías: triángulos, espirales, círculos... como un lienzo vivo de Paul Klee.

Me di cuenta de que estaba contemplando de forma excesivamente descarada  a  aquel  hombre-graffiti, así que  aparté  la  mirada  y  me  afané  en

 

anudar una sábana alrededor de mi cintura. Entonces observé algo desconcertante. El hombre joven se ocupaba en aquel momento de encender un fuego en la chimenea. No se había quitado la ropa.

No   se   la   había   quitado  por   la sencilla  razón  de  que  en  su  traje  no había ni una gota de agua.

Lo cual era obviamente imposible, porque él, al igual que todos, había permanecido varios minutos bajo una lluvia torrencial. No obstante, mientras los demás estábamos empapados, él permanecía seco,  como  si  acabara  de dar un paseo bajo un sol radiante.

 

Y el barro no se adhería a sus zapatos. Y abría puertas cerradas.

Sinceramente, no sabía qué pensar acerca  de  todo  aquello.  Un cuarto de hora más tarde las damas salieron del dormitorio y, al poco, nos encontramos todos reunidos en el salón. A decir verdad, ofrecíamos un aspecto más bien estrafalario, cubiertos por sábanas y mantas, como romanos improvisados en una fiesta de disfraces.

Nuestras ropas estaban secándose, desperdigadas en torno a la chimenea. Entretanto, nos mirábamos en silencio, dirigiéndonos débiles sonrisas, un poco cohibidos  por  lo  ridículo  de  nuestro

 

aspecto.  El  hombre  tatuado  apartó  la cortina de una de las ventanas.

—Continúa lloviendo —observó—. Casi parece una tormenta tropical.

Como si la tormenta hubiera querido enfatizar sus palabras, un trueno sacudió los muros de la casa.

—Hace un tiempo del demonio —

comenté, por decir algo.

—No debería hablar así.

El padre Kindelán me miraba con ojos llenos de desaprobación. Pese a ir envuelto en una sábana de color rosa, conservaba íntegra su dignidad sacerdotal.

—¿  Qué   he      dicho ?        —pregunté

 

desconcertado.

—Hace mal en mencionar tan alegremente al demonio. —Bueno, sólo es una expresión...

—El demonio entra por las rendijas más pequeñas —sermoneó el cura—. Y Satán es algo más que una expresión.

Había algo en aquel hombre que me hacía  sentir  como  un  niño  cogido  en falta. Afortunadamente, la providencial intervención de la anciana me salvó de aquella situación incómoda. —Pero bueno, siendo estamos descorteses — dijo mientras se aproximaba a Claudia. Comenzó a acariciarle los húmedos cabellos, desenredándole el pelo con los

 

dedos. Una bondadosa sonrisa afloró a su labios—: Muy descorteses. No nos hemos presentado. Bocsánat...! Que en mi idioma decir quiere perdón. Soy húngara, ¿ustedes saben? María Kádár es nombre mío. Aunque por madame Kádár en trabajo se me conoce. Pero ustedes llamarme a mí María, como amigos que ya son. —Hizo una pausa y suspiró—. Al padre Kindelán conocen ustedes. Es cura dominico y hombre testarudo donde los haya...

El padre Kindelán frunció el ceño y miró hacia otro lado. Aquel hombre terrible  parecía  desarmarse  cada  vez que la anciana se dirigía a él.

 

María Kádár siguió presentándonos a los restantes miembros del grupo. El tipo calvo, delgado y de voz profunda se llamaba Azarías Jerusalén; «Profesor Jerusalén», como señaló él mismo, con gravedad, sin especificar la naturaleza de su profesorado. El hombre tatuado resultó ser, para mi sorpresa, un misionero jesuíta. Se llamaba Joao Silveira y había nacido en la ciudad portuguesa de Sintra. La mujer menuda y el  individuo  de  barba  eran  un matrimonio  argentino.  Se  llamaban Isabel Boca-negra y Héctor Arauco.

—Doctor en medicina y psiquiatría por la Universidad Nacional de Lujan

 

en  Buenos  Aires  —precisó  el  doctor

Arauco, con suave acento porteño.

Sólo   restaba   por   presentarse   el joven de traje elegante, la única persona correctamente   vestida   que   había   en aquel salón.

—Mi nombre es Aníbal Zarko. Pero podéis llamarme El Gran Zarko.

Inesperadamente, hizo un amplio ademán y en sus manos aparecieron tres pelotas de colores. Comenzó a hacer malabarismos con ellas, manteniéndolas suspendidas en el aire. Y, súbitamente, ya  no  eran tres  pelotas,  sino  seis.  Y luego nueve. Y de repente... ninguna. Un truco, por supuesto, pero yo juraría que

 

las pelotas se habían esfumado delante de mis ojos. En serio, vi cómo desaparecían...

—¡Es  usted  un  prestidigitador! —

dijo Susana, divertida.

—¡Un mago! —exclamó Claudia.

—Su         hija    tiene  razón —repuso

Zarko—.    Prestidigitador    viene    de

«presto»,  que  significa  rápido,  y  del latín digitus, dedos. Es decir, «dedos rápidos». Pero yo no utilizo mis dedos para crear ilusiones. Soy un mago: el Gran Zarko. —Llevó su mano derecha a la oreja de Claudia e hizo aparecer un ramillete de flores. Se lo entregó a la niña  con  una  reverencia—.  Para  ti,

 

Claudia, una dama bella y perspicaz que consigue ver la magia allí donde los demás sólo distinguen ilusión.

Claudia sonrió encantada y olió el pequeño bouquet. —Gracias —dijo—.

¿Hará   más   trucos?   —Por   supuesto, dulce dama. Por supuesto. Así que el tal Zarko era un ilusionista. Bueno, eso lo explicaba todo: la puerta abierta, el traje seco... ¿O no lo explicaba?

—Muy bien, muy bien. —Madame Kádár juntó las manos en un amago de aplauso. Clavó en mí su dulce mirada azul  y  prosiguió—:  Ya  sabemos nombres de todos. Esposa suya, Susana; hija  suya,  Claudia.  Pero  ¿y  nombre

 

suyo? Le dije como me llamaba. —Papá es escritor —añadió orgullosa Claudia.

—¡Oh, escritor! —La cara de la anciana se llenó de admiración—. Hombre muy inteligente entonces. Con muchas ideas en la cabeza.

Supongo que esperaba un cierto grado de reconocimiento por parte de aquellas personas. Si no habían leído ninguna de mis novelas, al menos debían haber visto mi nombre en el escaparate de alguna librería. Pero se limitaron a sonreír amablemente sin hacer tan siquiera un simple comentario.

—No quisiera ser indiscreta —dijo de pronto Susana, siendo indiscreta—.

 

Pero ustedes pertenecen... Quiero decir,

¿forman parte de un viaje organizado, de un club o algo así?

—¡Un club...! —exclamó alborozada madame Kádár—. ¡Quizá buena definición esa sea!

—Sólo somos un grupo de personas unidas por un interés común —dijo el padre Silveira.

—Nos preocupa la realidad — añadió Zarko. —¿La realidad? — preguntó Susana, genuinamente interesada—. Creo que no le entiendo...

—Oh,  querida  —los  ojos  de madame Kádár se entristecieron—; el mundo tan complicado es, tan extraño...

 

El  padre  Silveira  carraspeó  y frunció el ceño; los tatuajes de su frente ondularon como el lomo de una culebra.

—Las personas suelen creer que la realidad es inmutable. Piensan en ella como si fuera un río, fluyendo constantemente, avanzando, discurriendo de forma ordenada, sin sobresaltos. No se dan cuenta de que en un río también hay cataratas, remolinos, remansos, afluentes, lagos... La realidad, al igual que una corriente de agua, fluye al aire libre, pero también puede hacerlo bajo tierra, en la oscuridad.

—La         realidad      es      cambiante  

susurró  Zarko,  haciendo  aparecer  una

 

cascada de pañuelos en sus manos.

—Ése es el objetivo de nuestro círculo —prosiguió el padre Silveira—: mantener estable la realidad.

A  aquellas  alturas,  resultaba evidente que tendríamos que pasar un buen rato en compañía de aquellas personas. De modo que lo más oportuno era seguirles la corriente. Además, lo confieso, me habían intrigado. Oh, desde luego, no era gente muy cuerda, pero parecían  inofensivos,  incluso simpáticos.

—¿Y cómo lo hacen? —pregunté, vagamente  divertido—.  ¿Cómo mantienen estable la realidad?

 

—Bueno... —El padre Silveira hizo un  gesto  impreciso—.  Hay ciertas fuerzas que contener, ciertos acontecimientos que enmendar. Hay que trazar esquemas —sonrió—, como los tatuajes de mi cuerpo.

El padre Kindelán dirigió una reprobadora  mirada  al  jesuita  y masculló algo entre dientes. «Tonterías paganas», creo que fueron sus palabras.

—La realidad es como un ovillo de lana  —intervino el  profesor  Jerusalén

—. Y mantener la realidad significa escoger la hebra más firme de la madeja y   evitar   que   las   demás   hebras   se mezclen con ella.  La  realidad  es  una

 

cuestión de elección. —Clavó en mí su intensa mirada—. ¿Qué hubiese ocurrido si  usted  no  llega  a  casarse  con  su esposa? Su vida sería distinta. Para empezar, Claudia no existiría.

Sonreí, me temo que con demasiada ironía. Aquel hombre se contradecía a sí mismo.

—De modo que es posible elegir — dije—. Sin embargo, antes, en el cráter, usted  afirmó  que  todo  estaba  escrito. Eso es determinismo y, que yo sepa, el determinismo está reñido con el libre albedrío.

—Todo  está  escrito,  en efecto 

repuso    tranquilamente    el    profesor

 

Jerusalén—. Pero está escrito infinitas veces. Y cada uno de esos infinitos escritos es ligeramente distinto de los otros. Existen multitud de realidades posibles. Nosotros procuramos que una de ellas, sólo una, nuestra realidad, siga la línea principal del destino.

—Sí,    —insistí—;  de  acuerdo. Pero todavía no lo entiendo; ¿cómo lo hacen?

Nadie  me  contestó.  Todas  las miradas  convergieron  en  madame Kádár. La anciana suspiró y comenzó a hablar:

—Nuestro círculo de siete miembros consta.   Diferentes   todos:   cada   uno,

 

según cual sea habilidad suya, de tarea distinta se ocupa. —Su voz se convirtió en un susurro—. Pero todos vigilantes, buscando siempre lo que es y no debe ser. ¿Comprende lo que digo yo? La realidad a veces por camino equivocado se desvía, o quizás ocurrir pueda que otra realidad se mezcle con mundo nuestro. Entonces actuar debemos. Nos reunimos y...

Madame Kádár hizo una pausa. Yo me incliné hacia delante.

-¿Y...?

Sonrió dulcemente.

—Nos       reunimos    y       sobre ello hablamos. Así las cosas se arreglan.

 

Enarqué las cejas. Mi expresión debía transparentar demasiado escepticismo, porque noté que el codo de Susana se clavaba a escondidas entre mis costillas. Ignorando aquella muda advertencia, repuse con soterrada malicia:

—O sea que, cuando la realidad se tuerce, ustedes hablan del asunto y todo se soluciona. —Me encogí de hombros

—. ¿Así de sencillo? ¿Sólo un poco de charla y las cosas se arreglan?

—¿No cree que un escritor debería tener más confianza en el poder de la palabra? —comentó Zarko con ironía.

—Pero nuestro amigo razón tiene. —

 

Los ojos de madame Kádár me miraron comprensivos—. No sólo palabras son, aunque palabras hay con gran poder; son historias.

—¿Historias? —preguntó Claudia con interés.

—Oh, querida, sí. Narraciones. Cuentos. Relatos. Una gran energía en ellos hay. Las historias mejores siempre más poderosas que la realidad acaban siendo.  ¿Te  gustan  las  historias, Claudia? —Mi hija asintió enérgicamente.  Madame  Kádár  se volvió hacia mí—. ¿Ya usted? Aún la lluvia continúa, y ropas secándose están. Pasar   el   rato   pudiéramos   contando

 

historias, ¿no creer? Quizás además de inspiración le sirvieran. Historias curiosas son, historias extrañas que interesar podrían a un escritor.

Miré a través de la ventana: la lluvia era un telón líquido que ocultaba el paisaje.  El   cielo,  eclipsado  por   un océano de nubes oscuras, retumbaba con los ecos multiplicados de la tormenta. Aquello parecía el fin del mundo. Sin duda, íbamos a pasar juntos mucho rato.

Volví la mirada hacia mi mujer. Susana   sonrió  y  me   guiñó   un  ojo. Claudia se inclinó hacia mí, con la cara expectante y los ojos llenos de ansiedad. La niña estaba encantada con aquel atajo

 

de locos; en concreto, parecía sentir una especial predilección por la anciana húngara.

Bueno,  pensé,  ¿acaso  teníamos alguna otra cosa mejor que hacer? Me volví hacia madame Kádár:

—Estaré encantado de escuchar sus historias —dije. —¡Muy bien, muy bien!

—exclamó la anciana, aplaudiendo alegremente. Se volvió hacia los demás miembros  de  su  «círculo»—.  Muchos son los relatos. ¿Quién comenzar desea?

—Yo  conozco  una  historia apropiada —dijo inesperadamente el padre Kindelán.

—¿Tú, pater? —preguntó extrañada

 

madame  Kádár—.  Que  este  tipo  de cosas no te gustaban, yo creía.

—Y no me gustan —refunfuñó el sacerdote—. A veces son necesarias, pero no me gustan. Sin embargo... hace poco llegó a mis oídos una historia que parece muy adecuada. La historia trata de un escritor, y habla sobre el pecado de la vanidad. —Comenzó a pasear lentamente de un lado a otro del salón

—. Los artistas suelen ser arrogantes. Piensan que realmente pueden «crear», sacar algo de la nada. ¡Locos! Omnis ars naturae imitatio est. —Subrayó sus palabras con una risa sarcástica—. Pero de  entre  todos  los  artistas,  son  los

 

escritores quienes más fatuidad demuestran. Se creen capaces de forjar mundos, de dar vida a personajes de papel... Creen, en definitiva, que son dioses.

—No estaría yo muy seguro de eso

—objeté con una sonrisa—. Quienes realmente están convencidos de su divinidad son los editores.

El padre Kindelán, ignorando el comentario, me miró fijamente con los ojos entrecerrados, como si quisiera escrutar, no ya mi rostro, sino mi alma. Levantó lentamente la mano y me señaló con el dedo.

—Usted    no     cree   que    el       Diablo

 

exista, ¿verdad? Piensa que es una superstición, un cuento para asustar a los niños.   —Se   llevó   las   manos   a   la espalda.  Pese  a  su  estrafalario indumento,  parecía  hallarse  en  un pulpito, en medio de un sermón apocalíptico. Cuando volvió a hablar su voz fue grave y admonitoria—: Pero el Diablo existe, es real. El Santo Padre así lo ha confirmado, y es dogma de fe para la Iglesia. Aun así, usted no cree en él.  Cosas,  de  curas  y  beatas,  piensa. Pero ¿qué opinaría si yo le dijera que he visto al Diablo, personalmente, cara a cara?

Me encogí de hombros. Desde luego

 

no  tenía  la  menor  intención  de enredarme en una discusión teológica con aquel sacerdote.

—El padre Kindelán es exorcista, sabe de lo que habla —intervino Zarko, y no había ni un asomo de sarcasmo en sus palabras.

—Sí, conozco a mi enemigo — murmuró el religioso—. Y lo veo por doquier. El mal está en todas partes.

Un intenso relámpago bañó de plata el interior del salón. El sacerdote permaneció en pie, estático como la escultura de un viejo profeta bíblico, mientras el estampido del trueno retumbaba  en  nuestros  oídos.   Luego

 

suspiró y tomó asiento en un sillón próximo a la chimenea. El rojizo resplandor de las llamas bailó en sus pupilas. Tras una larga pausa, el padre Kindelán inició su relato con voz neutra, repentinamente calmada y monótona:

—Mi historia comienza con una ambición frustrada. Es la historia de un deseo insatisfecho. Y también el relato de un escritor henchido de soberbia que creyó poder burlar a la muerte y al diablo...

 

El escritor, la muerte y el diablo

 

 

La historia del padre

Kindelán

 

Flavio Tursi recibió la decimosexta carta de rechazo exactamente el mismo día que el procesador de textos cobró vida propia y le habló.

Era una carta amable y bienintencionada. El asesor literario de la editorial no se había limitado a mandarle la usual respuesta formularia,

«su novela no encaja en nuestros planes

 

editoriales...» y toda esa  mierda, sino que le había expuesto de manera clara su tan sincera como demoledora opinión:

 

 

«... el estilo es rígido y pedante, la composición de personajes tópica, la trama carece de ritmo y el argumento, sencillamente, no resulta verosímil  ni  interesante. Créame cuando le digo, señor Tursi, que no es grato para mí expresarme con esta crudeza. Pero más vale escuchar unas palabras sinceras que vivir en el engaño. Su novela, El aroma

 

del recuerdo, no alcanza las mínimas cotas de calidad. Se nota  que   está  trabajada,  sí, pero  piense  que  no  todos estamos capacitados para dedicamos a actividades creativas y artísticas...»

 

 

Flavio arrugó la carta y la tiró a la papelera. Permaneció unos segundos inmóvil, con la vista ausente, sentado frente  a  la  mesa  de  trabajo,  en  la soledad perenne de su pequeño piso de soltero. Luego ocultó la cara en el hueco de sus manos, porque no podía impedir que el manantial amargo de sus lágrimas

 

brotara.

Flavio   estaba   seguro   de   que El aroma del recuerdo era su mejor obra. La había hecho crecer con mimo y dedicación, la había pulido durante un largo año, le había dado lo mejor de sí mismo.  Cuando envió el  manuscrito a las diversas editoriales, lo hizo con el ánimo exaltado, seguro de la calidad de su trabajo, convencido de que, tras seis novelas escritas y nunca editadas, por fin  se   fijarían  en  él,   publicarían El aroma del recuerdo , y sería un éxito de ventas y de crítica, el comienzo de una carrera vertiginosa y brillante, como la de uno de esos raros cometas que, cada

 

generación,  cruzan  solitarios  el  cielo para iluminar el mundo con su luz...

Luego comenzaron a llegar las cartas de rechazo, notas frías e impersonales que le herían como puñaladas de papel, y poco a poco su entusiasmo se fue apagando, hasta que de la hoguera no quedaron más que rescoldos, para finalmente, con la decimosexta negativa, convertirse las últimas ascuas de su esperanza en un páramo de cenizas.

Flavio enjugó las lágrimas con la manga  de  su  camisa  y  sorbió  por  la nariz. Encendió el ordenador y seleccionó el programa de proceso de textos.  Buscó  el   archivo  titulado EL

 

AROM A  DEL  RECUERDO.  El  cielo azul de la pantalla se pobló de letras, blancas como copos de nieve. Flavio hizo pasar las páginas, leyendo aquí y allá, contemplando su novela con nuevos ojos,  y  comprobando  que  sí,  que  el estilo era pedante y grotesco, y los personajes estereotipados, y la trama burda, y el argumento banal...

Flavio torció los labios en un rictus amargo y crispó su mano derecha hasta convertirla en un puño.

¿Por qué? ¿Por qué esa impotencia, esa incapacidad? ¿Por qué no podía escribir algo hermoso, algo brillante e intenso? ¿Por qué él, precisamente él,

 

que era capaz de degustar con deleite las obras maestras que escribían los demás, no podía sin embargo crear algo cuando menos vivo, convincente o simplemente ingenioso?

«Oh, Dios, yo te maldigo», pensó Flavio. «¡Maldigo tu nombre, porque me has  dado  el  deseo,  pero  no  la capacidad!»

Y Flavio, ciego de resentimiento y frustración, descargó su puño crispado contra el teclado del ordenador.

Se arrepintió inmediatamente. El ordenador constituía su más preciado tesoro, su más cara adquisición, y no era cuestión estropearlo. Por otro lado, al

 

dar el puñetazo se había hecho un corte en el canto de la mano y la sangre se derramaba copiosa sobre las teclas.

Flavio masculló una maldición, sacó su pañuelo y se envolvió con él la mano, intentando  contener  la  hemorragia. Luego miró en derredor, buscando con qué limpiar el teclado. Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo raro le pasaba al ordenador. La pantalla parpadeaba   alarmantemente,   invadida por  crepitantes  bandas  de  estática  y nubes de parásitos eléctricos.

«Oh, mierda», pensó Flavio, «me lo he cargado.»

Entonces  la  pantalla  se  estabilizó,

 

convirtiéndose en un rectángulo oscuro, muy oscuro; jamás una pantalla de ordenador había estado tan negra (pero en aquel momento Flavio no se percató de ese curioso fenómeno). De pronto, unas  letras  rojas  se  formaron  en  el centro de la oscuridad:

 

 

BI ENVENI DO A PENTÁCULO.

EL   SET   DE COM UNI CACI ONES              DE INFERMÁTICA INC.

UN  PROGRAM A DISEÑADO POR: B.C. BOO.

PATENTE REGI STRADA

 

N°:  999  POR  LOUI S  CI PHER COMPANY.

 

 

Flavio contempló extrañado el texto.

¿Pentáculo? ¿Infermática (con «e», no con «o»)? ¿De dónde había salido ese programa? Intentó manipular el teclado, pero   estaba   bloqueado.   Maldijo   de nuevo y se masajeó suavemente la mano herida, procurando calmar los latidos de dolor. El texto cambió:

 

 

¿NO ESTÁ CONTENTO CONSIGO MISMO?

¿ANHELA         ALGO                  CON VEHEM ENCI A  Y  NO PUEDE

 

CONSEGUIRLO?

¿DARÍ A CUALQUI ER COSA POR  VER  SATI SFECHOS  SUS DESEOS?

¡ATRÉVASE A ENTRAR EN PENTÁCULO!

 

 

Flavio frunció el ceño. ¿Qué era aquello? ¿Un juego de ordenador? Pero no tenía almacenado ningún juego en el disco   duro.   ¿Entonces...?   Las   letras rojas desaparecieron y, tras unos segundos  de  pausa,  una  figura geométrica, un anagrama dorado, se formó en la pantalla. Era una estrella de cinco      puntas      con      los      trazos

 

entrecruzados, formando en el centro un pentágono regular. En la parte inferior del pentagrama, trazada con llameantes letras rojas, aparecía la palabra PENTÁCULO. Más abajo, un corto texto enunciaba:

 

 

SI    DESEA      ENTRAR   EN

PENTÁCULO    PULSE       LA

TECLA S.         

 

 

Al lado, la rayita del cursor titilaba con impaciencia. Flavio entrecerró los ojos y gruñó. Aquello debía de ser un virus, o algo así. No sabía nada de informática, pero alguien le había dicho

 

que, en esos casos, lo mejor era apagar el ordenador. De modo que tendió la mano y apretó el interruptor. Nada ocurrió,  el  ordenador  siguió funcionando. Volvió a intentarlo. En vano.

Flavio, al fracasar en sus intentos de desconectar el aparato, experimentó un intenso desasosiego. Así que decidió acabar expeditivamente con aquello. Se agachó, cogió el cable y lo desenchufó de la red. «Hecho», pensó mientras se incorporaba. «Sin electricidad este cacharro no podrá...»

Pero sí podía. Aun cortado el suministro  de   energía,   el   ordenador

 

continuaba ronroneando alegremente, como un gatito hambriento.

Aquello no era normal: ningún virus informático  podía  hacer  que  un ordenador funcionase sin electricidad. Flavio se rascó la cabeza y contempló el

monitor.

 

 

SI    DESEA      ENTRAR   EN

PENTÁCULO    PULSE       LA

TECLA S.         

 

 

¿Qué era aquel programa y de donde había salido? Al parecer, sólo había un camino para responder a esas preguntas.

Flavio rozó con el dedo la tecla S.

 

Vaciló unos instantes antes de pulsarla. Cuando lo hizo, notó que un escalofrío le recorría la espalda.

Pero no ocurrió nada extraordinario. Una  música  festiva,  típica  de videojuego, surgió del ordenador. La negra pantalla parpadeó y se convirtió en una escena de animación: se trataba de  una  especie  de  infierno,  un  lugar lleno de humo y llamas, y poblado de cómicas almas en pena. Apareció un muñequito con forma de diablo y comenzó a gesticular. Sus diálogos aparecieron impresos en rutilantes letras blancas:

 

BI ENVENI DO                                       A PENTÁCULO, SR. TURSI. ESTÁ UTI LI ZANDO UN  PROGRAM A I NFORM ÁTI CO                           CUYO OBJETI VO     ES     PERM I TI RLE ESTABLECER                CONTACTOS COM ERCI ALES            CON EL GRUPO EM PRESARI AL LOUI S CI PHER.       SI               DESEA  SEGUI R ADELANTE,      DEBERÁ TENER EN CUENTA LAS SI GUI ENTES ESPECIFICACIONES:

1.    LOUI S                CI PHER COM PANYNO      SE              HACE

 

DERI VEN   DE   LOS   TRATOS CON ELLA PACTADOS. EL USUARI O                 RENUNCI A EXPRESAM ENTE                     A CUALQUI ER    RECLAM ACI ÓN LEGAL EN ESTE SENTIDO.

2.              M I ENTRAS       USE PENTÁCULO, EL USUARI O SE ENCONTRARÁ PROTEGI DO DE TODO                  M AL,                  TENI ENDO SI EM PRE  EN  CUENTA  QUE, POR           SU              SEGURI DAD,                 NO DEBERÁ  ALEJARSE  M ÁS  DE DOS                             M ETROS DEL ORDENADOR.

¿DESEA CONTI NUAR? (EN

 

CASO AFI RM ATI VO PULSE LA TECLA S.)

 

 

Como hipnotizado, Flavio obedeció. El diablillo comenzó a dar saltos de alegría,  hasta  que  la  imagen  de  la pantalla se disolvió, transformándose en una superficie roja. Sobre el fondo carmesí  apareció de  nuevo el pentagrama dorado. En cada punta de la estrella había ahora el dibujo esquemático de una vela. En la parte superior de la pantalla se materializó la cara traviesa del diablillo.

 

 

GRACI AS         POR  SEGUI R

 

ADELANTE, SR. TURSI. AHORA PODRÁ     ESTABLECER              UNA CI TA       PERSONAL                  CON           UN M I EM BRO DE    ALTO  NI VEL DE                                            NUESTRO DEPARTAMENTO

COM ERCI AL,  EL SR.  BELI AS, VICEPRESIDENTE

EJECUTI VO     DE    LOUI S CIPHER COMPANY.

PARA                ELLO,        EN    OTRA ÉPOCA, NECESI TARÍ A USTED CONSEGUI R             SANGRE             DE GALLO,                   CUERDA                           DE AHORCADO, M ANDRAGORA Y VELAS  ELABORADAS                  CON

 

GRASA DE VI RGEN. ADEM ÁS, DEBERÍ A           EJECUTAR          EL PROGRAM A             EL                       PRI M ER SÁBADO     DE   LUNA       LLENA. PENTÁCULO, GRACI AS A SUS SOFI STI CADOS  PROCESOS DE         REALI DAD                 VI RTUAL, HACE          OBSOLETOS            LOS M ÉTODOS                                                ANTES DESCRITOS.

PARA                         CONTI NUAR,             ES NECESARI O ENCENDER       LAS VELAS.       HÁGALO   PULSANDO CONSECUTI VAM ENTE  LAS TECLAS           DE  FUNCI ÓN  UNO, DOS, TRES, CUATRO Y CINCO.

 

Flavio siguió las indicaciones. A medida que lo hacía, pequeñas llamitas animadas se materializaban sobre cada una de las cinco velas del pentagrama.

 

 

¡M UY BI EN, SR. TURSI! YA CASI      HEM OS      ACABADO.

¿SENCI LLO,   VERDAD?   TAN SÓLO LE FALTA ESCRI BI R EL CONFÍ TEOR      DÉO      (RI TO ANTI GUO)  EN  LATÍ N  Y  DEL REVÉS. ADELANTE.

¡JA,  JA!  ES  UNA BROM A. NATURALM ENTE,                NO CONOCE     EL     CONFÍ TEOR DÉO,  Y  M ENOS  DEL  REVÉS.

 

TRANQUI LO,       PENTÁCULO DI SPONE        DEL        TEXTO CONSENSUADO. COPÍELO:

«M URTSON              M UED M UNI M OD   DA  EM   ERARO, RETAP   ETTE,   SOTCNAS SENM O,         M ULUAP        TE M URTEP               SOLOTSOPA SOTCNAS, MATSITPAB...»

 

 

Flavio comenzó a transcribir las extrañas palabras con la ayuda del teclado. A medida que lo hacía, el texto se iba formando en el centro del pentagrama.

 

¡EXCELENTE,  SR.    TURSI! HA COM PLETADO          LA PLEGARI A  I NVERSA. AHORA SÓLO TI ENE QUE PULSAR LA TECLA  «ENTER»      PARA  QUE EL SR.    RELI AS              SE ENTREVISTE CON USTED.

PERO       ANTES,    LEA           EL SI GUI ENTE TEXTO QUE, POR RAZONES                  LEGALES, NOS VEM OS               OBLI GADOS           A I NCLUI R:                LA    AUTORI DAD ABSOLUTA ADVIERTE QUE EL USO     DE    ESTE         PROGRAM A PERJUDI CA SERI AM ENTE  LA SALUD      ESPI RI TUAL     ¿DESEA

 

PROSEGUI R?   (EN   CASO AFIRMATIVO PULSE ENTER).

 

 

Flavio sonrió. Realmente se trataba de un juego curioso; y en cierto modo muy literario. Oh, por supuesto, era una tontería, pero le había hecho olvidarse de   su  depresión,   de   las   cartas   de rechazo, de la herida de su mano... y también, todo sea dicho, de que el ordenador estaba desenchufado y no había explicación racional para su funcionamiento.

De modo que Flavio pulsó despreocupadamente la  tecla  indicada. Y  nada  ocurrió.  El  monitor  continuó

 

mostrando el pentagrama y las velas, pero ningún nuevo texto se formó en la pantalla.

Flavio frunció el ceño y volvió pulsar la tecla. Unos segundos después lo hizo de nuevo; y luego varías veces seguidas, sin obtener resultado alguno.

Entonces escuchó una discreta tosecilla a sus espaldas.

Se dio la vuelta y comprobó, sobresaltado, que un desconocido, un hombre de unos cincuenta años, de complexión atlética e impecablemente vestido, ocupaba uno de los sillones del salón.

—¿Quién  es      usted?         —exclamó

 

Flavio alarmado.

—El señor Belias —repuso el hombre, dirigiéndole una atenta sonrisa

—. Vicepresidente de L.C.C.

—¿Co-cómo ha entrado?

—Usted me llamó. —Belias señaló con un gesto vago el ordenador—. Ya sabe, el Pentáculo, y todo eso.

—¡Salga de mi casa inmediatamente!

—Flavio, con más fatuidad que coraje auténtico, se levantó amenazador.

—¿Irme?  No.  Tenemos que  hablar de negocios. —El tono de Belias era amable. De repente, con inusitada energía,  añadió—:  ¡Siéntese,  señor Tursi! —Flavio, como si aquel hombre

 

le hubiese robado la voluntad, obedeció al instante. Belias prosiguió, de nuevo en  tono   cordial—:  Así   está   mejor. Bueno, querido amigo, su deseo es convertirse en un gran escritor, ¿no es cierto?

Aquel hombre, con su barba grisácea y el escaso pelo, recogido en una coleta, se parecía enormemente a Sean Connery. Flavio parpadeó: todo aquello resultaba tremendamente irreal. —¿Qué quiere de mí...? —musitó.

—Lo de siempre. —Los labios de Belias delinearon una encantadora sonrisa—. Su alma inmortal.

—¿Cómo...?  —Flavio  tragó  saliva

 

—.   ¿Pretende    hacerme      creer  que    es usted el Diablo?

—Si por Diablo quiere usted decir Lucifer, Príncipe de las Tinieblas, y presidente  de  Louis  Cipher  Company, no, no soy el Diablo. Como ya sabe, mi nombre es Belias, y pertenezco a la tercera jerarquía demoníaca, es decir, aquellos que fuimos Angeles Virtudes antes de la Caída. El área de mi trabajo se centra en la fatuidad. Me ocupo de tentar a los hombres con el pecado de la arrogancia. Si desea saber más, puede consultar     la Historia  admirable,   un excelente tratado sobre demonología escrito     en     1612     por     Sebastián

 

Michaélis.

Flavio respiró hondo y enarcó las cejas. De pronto sus ojos se iluminaron: ya entendía lo que estaba ocurriendo.

—¡Esto es un sueño! —exclamó aliviado—. Estoy dormido y soñando. Usted no existe.

—Como quiera —le concedió Belias—. Pero si es un sueño, se trata de un buen sueño. De modo que disfrute de él. Y, entretanto, hablemos de negocios, ¿no  le  parece? —Carraspeó

—.  Señor  Tursi, usted quiere ser escritor, ¿cierto? Es su máximo deseo, y hace tiempo que lucha por conseguirlo. Pero ya tiene treinta y siete años y, la

 

verdad, no ha llegado muy lejos. Si me permite   hablarle   con  sinceridad,   es usted muy mal escritor. —Pésimo. —En aquel sueño era todo tan freudiano que Fiavio  comenzaba a  divertirse—.  Soy una nulidad. Creo que en el fondo estoy castrado mentalmente por una madre dominante... —Sí, sí. —Belias agitó las manos, como dando a entender que aquello carecía de importancia—. En otro momento hablaremos de eso. Ahora centrémonos  en  el  acuerdo:  Louis Cipher Company le garantiza que usted se convertirá en el mejor escritor del siglo veinte, desde que firme el contrato hasta que muera. Y no quiero decir un

 

«buen» escritor, no. Estoy hablando del

«mejor» escritor. Shakespeare, Cervantes, Hornero, Proust... su nombre Tursi, se codeará con los gigantes del Parnaso.

Flavio sonrió alborozado. Era el sueño más raro que había tenido en su vida.

—Y, a cambio, usted se llevará mi alma. —Cuando muera, por supuesto. — Se la llevará al infierno. —Sí.

—Y, concédame  una    pregunta:

¿cómo es el infierno? —Oh, el infierno.

—Belias se encogió de hombros—. No hay un modelo estándar, cada persona tiene   su   propio   tipo   de   infierno.

 

Procuramos ofrecer un servicio personalizado.   —Pero,   en   cualquier caso, no será un lugar agradable. — Hombre, se ha exagerado mucho... Agradable, agradable, no, claro. Mas todo es acostumbrarse.

—Ya, pero no es justo. —Flavio estaba disfrutando con aquel sueño—. Quiero decir: me ofrece unos años de gloria a cambio de una eternidad de dolor. No parece muy equitativo. La expresión de Belias se tornó circunspecta. Unió las yemas de los dedos y dirigió una intensa mirada a Flavio.

—No esperaba eso de usted —dijo

 

con voz grave el demonio—. Le consideraba más sofisticado. ¿Cree que unos años de gloria son escasa recompensa?  Por  favor,  estamos hablando del éxito absoluto, del reconocimiento supremo. —Movió la cabeza de un lado a otro—. La gloria auténtica no puede medirse por su duración,  sino  por  las  cimas  de esplendor  que  llegue  a  alcanzar. Escuche:  en  el  cielo  hay  asteroides, rocas frías y oscuras que pueden existir para siempre. Eternos, sí, y no obstante insignificantes. Pero también hay estrellas, mucho más grandes, infinitamente   más   luminosas,   y,   por

 

supuesto, menos duraderas. Una estrella es materia convenida en luz. En términos cósmicos, un fenómeno fugaz: al final, tras un último y magnífico resplandor, acabará convirtiéndose en cenizas. Pero cuando eso ocurra, su luz se habrá extendido ya por todo el universo, dejando una huella indeleble de su paso por  la  creación.  —Belias  se  inclinó hacia delante y susurró—: ¿Qué prefiere ser usted, señor Tursi: una roca fría e insulsa o un astro inmenso, radiante y soberbio?

Flavio frunció los labios y asintió apreciativamente. Tenía que reconocer que     sus     personajes     oníricos     se

 

expresaban mucho        mejor que    los literarios.

—Me ha convencido, señor Belias.

—Flavio sonrió despreocupadamente—.

¿Me garantiza que seré un buen escritor?

—El más grande. Los críticos le aclamarán.

—Ah, fantástico... Pero ¿y los lectores? Eso también es importante.

—Será el escritor más leído. Cada nuevo   libro,   un best  seller.  Fama  y fortuna, señor Tursi. Eso es lo que le aguarda.

 

—Acepto su oferta, señor Belias — dijo, feliz como un niño—. ¿Dónde hay que firmar?

—¡Bravo! —exclamó el demonio—. Redactemos un contrato y cerremos el asunto.

La impresora del ordenador se puso en marcha por sí sola. A los pocos segundos  escupió  una  hoja  de  papel llena de cláusulas y tecnicismos. Flavio no se molestó en leerla (a fin de cuentas, sólo  se  trataba  de  un  sueño,  ¿no?). Cogió  un  bolígrafo  y  se  disponía  a firmar cuando Belias le contuvo con un gesto.

—Un  momento,  señor Tursi.  Aún

 

tengo  que  hacerle  una  última advertencia: verá, suele ocurrir que algunos de nuestros clientes, al cabo de un tiempo, se  arrepienten del  acuerdo que  han  alcanzado  con  nosotros.  Ya sabe, no quieren pagar, se hacen los remolones a la hora de entregarnos su alma... En definitiva, pretenden engañarnos.  —El  nacarado  blanco  de los dientes brilló a través de su sonrisa

—. Pero debo advertirle que eso no es posible, señor Tursi. Nadie ha conseguido burlar al demonio. Nunca.

—Oh, perfecto. —Flavio rió alegremente—. No tengo la menor intención de engañar a nadie. ¿Firmo ya?

 

—Por supuesto. Pero no emplee el bolígrafo. Necesitaré algo de su sangre. Mire, precisamente la herida que tiene en la mano se ha abierto. Deje caer una gota sobre el contrato.

Flavio hizo lo que le pedía Belias. En el mismo instante en que su sangre tocó el papel, éste se elevó por el aire y flotó hacia las manos del demonio.

«¡Efectos especiales!», pensó alborozado Flavio. «¡Tengo que acordarme de todo esto cuando me despierte!»

—Felicidades, señor Tursi — comentó Belias mientras guardaba el contrato  en  el  bolsillo  interior  de  su

 

chaqueta—. Ya es usted el mayor genio literario vivo.

—¿Ya? —Flavio se palpó el cuerpo con gesto medio burlón—. Pues no noto nada distinto.

—Lo notará cuando se ponga a escribir. —Belias suspiró e hizo surgir de la nada un humeante cigarro habano. Tras una profunda inhalación, añadió—: Por cierto, como servicio complementario, totalmente gratuito, incluimos  un detallado  análisis  de sangre.  Lo  encontrará en los  archivos del procesador de textos. Puedo adelantarle que su estado de salud es excelente,  aunque  se  le  ha  detectado

 

cierto exceso de colesterol. Vigile su dieta: el colesterol es nefasto para las enfermedades cardiovasculares. Ahora debo  irme,  me  esperan otros  clientes.

¿Tendría la bondad de pulsar la tecla

«escape»?

—¿Sabe?, este sueño ha sido genial.

¿Volveremos a vernos?

—Claro  que  sí.  —Belias  sonrió como lo haría un ángel—. Entre nosotros hay lazos más  fuertes que la  amistad: hay  un  contrato.   En  virtud   de   esa relación le recomiendo que aproveche bien los dones que ha recibido. Carpe diem, como decía Horacio. Buenas tardes, señor Tursi. Pulse «escape», por

 

favor.

Flavio se volvió hacia el ordenador (el pentagrama seguía ocupando toda la pantalla) y apretó la tecla indicada. Inmediatamente se  detuvo  el  ronroneo del aparato; el resplandor del monitor decreció hasta convertirse en un rectángulo  muerto.  Flavio  se   volvió hacia el demonio.

—¿Y ahora qué se supone que...? Pero Belias había desaparecido. De

él sólo quedaba el aroma de su cigarro.

Flavio suspiró y se encogió de hombros. «Así son los sueños», pensó. Y como parecía que no iba  a  ocurrir nada   más,   se   tumbó   en   el   sofá,

 

aguardando el despertar.

 

 

 

 

Dos horas más tarde resultaba evidente que no iba a poder despertarse, por la sencilla razón de que no estaba dormido. Entonces, ¿cómo explicar su entrevista con el señor Belias? ¿Una alucinación? En tal caso, estaba mucho más loco de lo que imaginaba.

Revisó el contenido del ordenador. No encontró ningún programa llamado Pentáculo, pero sí un documento archivado  bajo  el  epígrafe: ANÁLISIS SEROLÓGICO.  El  análisis  de  sangre que mencionara Belias.

 

Flavio frunció la nariz y oliscó el aire. Aun podía percibirse débilmente el olor a tabaco... «¿Y si todo había sido real?», pensó. ¿Y si realmente había vendido su alma a cambio del don de la escritura?

Sólo había una forma de comprobarlo: pulsó las teclas necesarias para abrir un nuevo documento en el procesador de textos.

Y comenzó a escribir.

Unas  horas  después,  Flavio  Tursi leía y releía asombrado las tres páginas que acababa de redactar. No eran nada especial,   unos   simples   apuntes,   una breve  descripción; y  sin  embargo,  en

 

cualquier párrafo de aquel texto había mil veces más arte y talento que en el conjunto de toda su obra anterior.

Aquélla era la prosa de un genio.

 

 

 

 

¿Cómo   describir   lo   que   fue   la carrera de Flavio Tursi a partir de aquel momento? No basta con unas pocas líneas; intentarlo sería tan vano como pretender ofrecer una imagen precisa del océano con la única ayuda de un vaso de agua.

Seis meses después de su entrevista con el señor Belias, Flavio dio por terminada  su  nueva  obra,  una  novela

 

ti tul a da La  fuente  callada.  Envió  el manuscrito a la editorial más importante del país (una editorial que había rechazado todos sus textos anteriores), y la novela fue entusiásticamente aceptada en el acto, publicada con gran alarde publicitario y recibida por los lectores y la  crítica como una  sublime obra maestra de soberbia factura.

De la noche a la mañana, Flavio se convirtió en una celebridad. Entrevistas, conferencias, artículos laudatorios... Flavio abandonó el mugriento periódico de provincias donde trabajaba y se dedicó en cuerpo y alma a la creación literaria. Su segunda novela publicada

 

fue un éxito aún mayor que la primera. Y la   tercera   superó   con  creces   a   la segunda. Cada nuevo libro era un acontecimiento,  un  terremoto  que sacudía  las  rígidas  estructuras  del mundo literario.

Y pasaron los años, y llegaron los premios, las adaptaciones para Hollywood, las ofertas millonarias, los d o c t o r a d o s honoris      causa,      las biografías, el ingreso en la Academia, los estudios críticos sobre su obra, la revista Time con su rostro en portada... y el  dinero  abundante,  las  mujeres jóvenes, el envanecimiento, las drogas y las  veleidades  propias  de  una prima

 

donna vanidosa y malcriada.

Finalmente, un mes después de cumplir  los  cincuenta  y  ocho  años, Flavio alcanzó el galardón máximo de las letras.

Sin duda, su vida era plena y luminosa. Gozaba de éxito, fortuna y fama. Era el número uno. El mejor. El más grande.

Y,   curiosamente,   Flavio   llegó   a creer que todo aquello ocurría por sus propios méritos. En realidad, se olvidó por completo del señor Belias y de la entrevista que mantuvo con él gracias al programa Pentáculo. Borró de su memoria  el  trato  que  había  alcanzado

 

con el demonio, y cuáles habrían de ser sus consecuencias. Pero los recuerdos volvieron cuando recibió la visita de la dama otoñal.

 

 

 

 

Ocurrió apenas quince días después de que se fallase el Premio Nobel de Literatura, designándole a él como ganador.

Flavio había pasado toda la noche con una jovencísima estudiante que, embelesada por su talento, deseaba realizar la tesis doctoral sobre su obra. Por supuesto no se limitaron a tratar temas     académicos,     y     al     poco

 

abandonaron la literatura para ínternarse por las sendas húmedas de ese tipo de gimnasia horizontal, rítmica y succionadora, a  la  que  tan aficionado era el escritor.

Por la mañana, Flavio se levantó extrañamente malhumorado. Echó, de no muy buenas maneras, a la voluntariosa estudiante y se preparó un par de rayas de coca (había dormido poco y tenía la cabeza embotada). Luego, químicamente energizado, tomó una ducha rápida, y se dirigió al gran despacho de su mansión, dispuesto a pasar un rato trabajando. Se aposentó frente al ordenador y, mientras manipulaba  el  teclado,  llamó  por  el

 

interfono a su mayordomo, ordenándole que sólo le sirviera un café bien cargado para desayunar (la cocaína le quitaba el hambre).

Se desperezó y comenzó a releer el texto   en  que   estaba   trabajando.   Se trataba de una nueva novela: El tercer círculo. No llevaba escritas más de sesenta  páginas,  pero  ya  era  evidente que aquella habría de ser su obra maestra, la cumbre máxima de su desmesurado talento literario.

Flavio parpadeó disgustado. Tenía acidez de estómago, le dolía el brazo izquierdo y notaba una extraña opresión en el pecho... Además, ¿dónde estaba su

 

café? Por las mañanas no podía hacer nada antes de tomarse un par de tazas. Se volvió irritado hacia el interfono, dispuesto a echarle una bronca a su indolente servidor... Entonces vio a la mujer.

Estaba de pie, en medio del despacho, con los brazos caídos y la actitud lánguida. Era una dama madura, pálida, muy delgada, de largos cabellos grises y ojos negros, rebosantes de tristeza. Se cubría con un sencillo traje oscuro, largo hasta los pies, y un vaporoso pañuelo azul que le cubría los hombros,   cayéndole   sobre   el   pecho como una cascada de seda. Olía a rosas

 

marchitas, y en otro tiempo debió de ser muy hermosa; aún ahora conservaba un raro   atractivo,   decadente   como   las ruinas de un jardín en otoño.

—Buenos días, Flavio —dijo la mujer, y su voz fue el susurro de los cipreses agitados por la brisa.

Flavio se incorporó, señalando malhumorado hacia la puerta.

—Ignoro cómo ha conseguido entrar aquí, pero ya se puede ir largando. Si quiere  una  entrevista,  hable  con  mi agente de prensa.

La mujer sonrió (¡Dios, con tanta melancolía!), vagamente divertida por la confusión del escritor.

 

—No soy periodista —dijo en voz muy baja—.  Me  llamo  Hécate,  y tenemos una cita.

—¿Una cita? —Flavio frunció el ceño—.  Perdone,  pero  nadie  me  ha dicho que estuviese citado. Y yo a usted no la conozco, de modo que...

—Tú me conoces —susurró Hécate

—. Estuve junto a ti cuando naciste. Soy hija de la Noche y hermana del Sueño. Soy Cloto, Lacchesis y Átropos, latría fata, que hila las vidas de los hombres y delimita su longitud. Soy Thanatos, soy Mors, soy Kali, soy Gorgona, soy la Segadora,  soy  Gwyddyon,  soy  tu destino, Flavio, tu última amante.

 

Flavio comenzó a alarmarse. Resultaba incuestionable que aquella mujer distaba mucho de encontrarse en su sano juicio, y él no tenía las menores ganas de aguantar los delirios de una loca. Así que le dedicó la más tranquilizadora de sus sonrisas y comenzó a alejarse de ella lentamente, en dirección a la puerta.

—Sí, sí. No se excite. Tranquila. Yo voy a salir un momento, pero enseguida vuelvo y charlamos un rato.

—Oh, pobre Flavio —dijo con auténtica pena la mujer—. No vas a ir a ningún sitio, mi querido amigo. ¿Es que todavía no te has dado cuenta de lo que

 

sucede? ¿De verdad no sabes para qué he venido? Soy la Muerte, querido. Tu muerte.

Hécate hizo un delicado ademán con el brazo. De su pañuelo ondeante se desprendieron  nubes  de  mariposas negras que volaron por la habitación como  un  ajetreo  de  sombras.  El despacho se perfumó con el aroma de las  madreselvas  que  trepan  por  las tapias de los cementerios.

Y  Flavio  escuchó  el  ruido  de  la tierra al caer sobre su ataúd, y sintió un frío gélido en los huesos, y experimentó la horrible sensación de notar cómo el flujo de su sangre se detenía, igual que

 

un río herido por la sequía.

—¡No puede ser! — exclamó espantado Flavio—. ¿Mi muerte? ¡Pero si estoy sano como una manzana!

—Dentro de unos minutos sufrirás un ataque cardíaco —susurró la Muerte—. No te has cuidado, Flavio. Demasiadas fiestas, demasiado alcohol, demasiadas mujeres, demasiadas drogas, demasiada comida...

—¡No volveré a hacerlo! —aulló Flavio, interrumpiendo la letanía reprobatoria  de  Hécate—.  ¡Me corregiré!

—Claro que no volverás a hacerlo, mi pobre alma perdida. Vas a morir.

 

—Pero, pero... —Flavio miró a un lado y a otro, intentando encontrar un argumento  contundente—.  ¡Tengo muchas cosas que hacer! Mañana me entrevistan por televisión, y el jueves debo asistir a una cena de homenaje en el Círculo de Bellas Artes. Y, además...

—Sonrió exultante, como si acabara de encontrar     la     excusa     definitiva—.

¡Además tengo que recoger el Premio Nobel! No puedo hacerles un feo a los suecos...

—Sabrán disculpar tu ausencia, Flavio. A fin de cuentas, nadie espera gran cosa de un cadáver.

—Yo...  eh...  —Flavio, abatido,  se

 

dejó caer sobre un sillón de cuero negro

—. Pero es que no estoy preparado...

—Nadie lo está, querido.

—Usted no lo comprende — balbuceó Flavio—. No puedo morir. Si muero, iré a un sitio horrible. Verá, hace muchos años...

—Lo sé, lo sé, mi pobre alma desahuciada. Llegaste a un acuerdo con Belias.  —Suspiró—.  Cometiste  un error,  y  en  el  infierno  dispondrás  de toda la eternidad para arrepentirte. Pero no debes apesadumbrarte, querido; a veces el destino se muestra paradójico. Es cierto que cometiste un gran pecado al  vender  tu  alma.  Pero  también  es

 

verdad que de aquel contrato impío surgió  una  obra  de  extraordinaria belleza. —Suspiró de nuevo—. Eres el más  grande  escritor  de  todos  los tiempos, Flavio. Y yo tu mayor admiradora.

Una  lucecita comenzó a  parpadear en algún rincón del cerebro de Flavio.

¿Aquella mujer le admiraba?

—¿Ha leído...? —Flavio carraspeó para aclarar la voz—. ¿Ha leído usted mis libros?

— To d o s . La  fuente  callada,  La historia iridiscente, El jardín interior, La   carta   de   Alejandría...  —Hécate cerró los ojos y respiró hondo—. Cada

 

una de tus novelas ha significado para mí un maravilloso deleite. Hay tanta pasión en tu prosa, tanta poesía, tanta delicadeza. Y, al tiempo, un sentimiento tan  profundo  de  oscuridad  y decadencia... Oh, mi querido Flavio, has volado, altivo como un águila, muy por encima de las cumbres más altas del Parnaso.  Tu  pluma  está  preñada  de genio y talento, como ninguna otra lo estuvo.

Flavio   frunció   el   ceño:   aquella mujer sería la Muerte, pero también era una de las cursis más redomadas que se había echado a la cara. Y además una admiradora.  El   cerebro  del   escritor

 

comenzó a trabajar a toda marcha. Había una posibilidad...

—Me alegro de que le guste mi trabajo.  —Flavio  se  incorporó intentando disimular el temblor de sus piernas—.  Pero  tiene  razón.  Cuando llega   la   hora   final   hay   que   saber encararla con entereza. —Se aproximó a Hécate; fingió una sonrisa—. Me siento muy honrado de que una dama tan encantadora y sensible aprecie mi obra. Y lo único que lamento es no haber dispuesto del tiempo suficiente para concluir mi nueva novela. Hubiese sido un honor dedicársela. —Se encogió de hombros—. En fin... nos vamos cuando

 

quiera.

Flavio hizo un tímido ademán en dirección a la puerta, pero Hécate permaneció inmóvil, con el ceño levemente  fruncido,  como  si  una repentina duda la hiciera vacilar.

—¿Estás  escribiendo  otra  novela?

—preguntó al fin.

—Oh, sí. Se llama El tercer círculo. No hace mucho que la he empezado, todavía no es más que un borrador, pero la verdad, estoy contento con los resultados. —Flavio suspiró—. Quizás en el Más Allá pueda concluirla.

—Lo         dudo —musitó    abstraída

Hécate—. Allí donde vas el papel arde

 

a temperatura ambiente.

—Claro... —Flavio permaneció un momento pensativo. De pronto sus ojos se iluminaron, como si se le acabara de ocurrir  una  idea—.  Sabe,  estoy pensando que sería un gran honor que me diera su opinión sobre lo que llevo escrito.

—¿Quieres  que  lea  tu novela? 

preguntó, sorprendida, la Muerte.

—Sí. Se trata de mi obra más personal, y me encantaría conocer el criterio de alguien con tanta experiencia como usted.

—Pero eso es imposible... —Hécate parpadeó  confundida—.    te  vas  a

 

morir  de  un momento a  otro, tenemos que irnos...

—Oh, vamos, amiga mía; no hay que ser tan estricta. Sólo será un ratito. Me interesa tanto su criterio... Se lo pido por favor. Tómelo como la última voluntad de un condenado.

—Bueno, en fin... —Hécate sonrió vacilante—. Supongo que un pequeño retraso carecerá de importancia...

Flavio aplaudió como un colegial al que, momentáneamente, levantaran un castigo. Corrió hacia Hécate y le pasó el brazo por los hombros para conducirla hacia el procesador de textos. Se apartó rápidamente: tocar a aquella mujer era

 

como poner la mano sobre un bloque de hielo seco.

—Siéntese en mi silla —murmuró, señalando el ordenador—. Se trata de una historia dramática. La historia de amor entre Ruth, una judía española, militante socialista, exiliada en Francia tras la guerra civil, y Arturo, un capitán del ejército franquista agregado a las fuerzas nazis de ocupación. Todo ocurre en el verano de 1940, cuando las sturmtruppen hitlerianas acaban de entrar en París...

Durante la siguiente hora, Hécate permaneció sentada en silencio, absorta en   el   monitor,   haciendo   pasar   las

 

páginas electrónicas con suaves pulsaciones de su dedo nudoso sobre el teclado. Flavio, entretanto, recorría nervioso  la  habitación,  de  un  lado  a otro,   dirigiendo   furtivas   miradas   al rostro ensimismado de la mujer. Interiormente, como recitando una letanía, el escritor no dejaba de repetir:

«Que le guste, que le guste, que le guste...»

—He concluido —dijo finalmente Hécate, apartando la mirada del monitor y  frotándose  con  suavidad  los  ojos...

¿húmedos? ¿Había lágrimas recorriendo sus mejillas?

—¿Y...?    —Flavio     tragó saliva—,

 

¿qué le ha parecido?

Hécate permaneció en silencio unos instantes, el rostro oculto, luego apartó las  manos  de  la  cara  y  le  dirigió  a Flavio una mirada llena de entusiasmo y admiración.

—Me encanta. Es la prosa más excelsa que he leído, Flavio. Tu obra maestra. —Hécate hizo aparecer en su mano un pequeño pañuelo de hilo negro y capturó con él las lágrimas que se agitaban en la comisura de sus párpados

—. Tus personajes, tan humanos, tan frágiles y, a la vez, tan fuertes... Y el aroma de la época, tan magistralmente descrito...  Sabes,  por  aquel  entonces

 

viajé mucho a través de Europa, y puedo asegurarte que el retrato que has forjado es perfecto hasta el más mínimo detalle.

Y el dramatismo de aquellos días... con qué perspicacia narras las contrapuestas emociones de los ciudadanos de París, humillados y vencidos, contemplando desfilar al ejército   del   Reich   por les   Champs Élysées. —Vaciló un instante—. ¡Es... tan vibrante!

Flavio contuvo el repentino impulso de ponerse a dar saltos de júbilo. Aún tenía una oportunidad.

—¿Le gusta de verdad? —insistió alborozado el escritor. Hécate cerró los

 

ojos  y  asintió  solemnemente.  —Una obra sublime. —La Muerte vaciló un instante y luego esbozó una tímida sonrisa—. Es una pena que esté inconclusa... ¿cómo acaba?

El escritor sintió que el corazón le daba  un  vuelco  de  alegría.  «Ya  te tengo», pensó. «¡Has picado, vieja bruja!»

—Oh, lo siento, mi querida señora

—repuso Flavio con una sonrisa—. Ni yo mismo sé cómo acaba. Escribir una novela es algo así como iniciar un romance:  sabes  cómo  empieza,  pero todo lo que suceda después, ah, dependerá de  las  circunstancias y del

 

azar. Además, lo importante de una narración no es la historia en sí misma, sino la forma en que se presenta y desarrolla. —Tienes razón... —Hécate frunció el ceño, pensativa. —Debo confesarle —prosiguió Flavio— que lo que más lamento de tener que «irme» es no poder finalizar la historia de Ruth y Arturo. Presiento que El tercer círculo sería la culminación de mi carrera, el más grande epitafio que un literato pudiera esperar. —Suspiró—. Ojalá dispusiera del tiempo suficiente... Por desgracia —dejó caer teatralmente la cabeza sobre el pecho—, eso no es posible.

 

Un silencio, denso como un mar de mercurio, se extendió entre el escritor y la Muerte.

—Quizá puedas disponer de ese tiempo —musitó Hécate, la mirada abstraída—. Quizá podamos conseguir que acabes tu novela...

Flavio se irguió, repentinamente alerta, con el corazón bombeándole locamente en el pecho.

—Pero voy a morirme —balbuceó

—. No podré escribir más.

—Humm... bueno, quién sabe. — Hécate se incorporó. En su rostro había ahora firmeza y decisión—. Soy la Segadora: elijo el momento en que cada

 

espiga debe ser cosechada. Y, aunque tu hora está escrita, Flavio, yo puedo aumentar la longitud de tu hilo; concederte, si deseas verlo así, una prórroga.  —¿Quiere  decir  que  no  me voy a morir? —Quiero decir que vivirás el tiempo necesario para acabar tu novela. Luego morirás. ¿Te parece bien?

—¡Me parece de perlas! —Pero hay tres condiciones. —¿Qué condiciones? — preguntó receloso Flavio. —Primera — la Muerte levantó el dedo índice—: deberás escribir con la misma calidad de siempre. Segunda —el dedo medio se alzó—: los protagonistas de tu novela seguirán siendo Ruth y Arturo. Y tercera

 

—el anular se unió a sus restantes compañeros—:  deberás  escribir  todos los días un número determinado de páginas. Si alguna vez no lo haces, morirás. —¿Cuántas pa-páginas? — tartamudeó Flavio. Hécate, con gesto de ilusionista, materializó una baraja. La abrió en abanico y se la mostró al escritor: eran los arcanos mayores del tarot. Luego barajó siete veces, volvió a extender las cartas, esta vez ocultas, y se las ofreció a Flavio. —Elige una — ordenó la Muerte. El escritor obedeció.

La carta escogida representaba a un esqueleto empuñando una guadaña con la que segaba manos y cabezas. Era el

 

único arcano del tarot que carecía de nombre,  aunque    tenía  número:  el trece.

—No  entiendo...  —Flavio contempló confuso la carta—. ¿Quiere decir   que   tengo   que   escribir   trece páginas al día? —La Muerte asintió. Flavio desorbitó los ojos—. ¡Pero eso es demasiado! Soy un escritor lento, señora. Normalmente no redacto más de cuatro o cinco páginas por jornada de trabajo. Como mucho, podría escribir siete u ocho... ¡Pero trece es imposible! Hécate  se  encogió  imperceptiblemente de  hombros.  —Ésas  son  las condiciones,  Flavio.  Lo  tomas  o  lo

 

dejas. —¡Lo tomo, lo tomo! Pero ¿qué pasará si enfermo y no puedo cumplir el cupo de páginas?

—No        enfermarás. Yo     misma         me ocuparé de que tu salud sea de hierro.

—Hécate sonrió con dulce tristeza—. Y ahora te dejo, querido Flavio. Debes comenzar a trabajar ya. Esta misma noche, cuando den las doce, volveré a verte y leeré las trece páginas que hayas escrito. —Bajó la mirada con turbación

—. De este modo El tercer círculo será un poco obra nuestra, tuya y mía, ¿no crees?

—Por        supuesto.    Además,     se      la dedicaré.

 

—Gracias... —La Muerte parpadeó e hizo un elegante ademán de despedida. Luego, como el vaho del aliento en un cristal, se esfumó.

Flavio permaneció un par de minutos inmóvil, en silencio, anonadado por la repentina soledad de su despacho. Acto seguido prorrumpió en un aullido de alegría, ensayó unos pasos de baile y rió a carcajadas.

Había        conseguido burlar a        la

Muerte, y de paso, al mismísimo Diablo.

 

 

 

 

Flavio,      aposentado frente al

procesador de      textos,        proseguía

 

pausadamente la escritura de El tercer círculo. Sus dedos bailaban alborozados sobre el teclado, mientras los labios dibujaban una sonrisa risueña. Se sentía absolutamente satisfecho, porque jamás iba a morir, porque nunca ardería en el infierno.

Su plan era sencillo: la Muerte le había prometido que permanecería vivo hasta concluir la novela; pues bien, no la acabaría nunca, jamás pondría fin a la historia de Ruth y Arturo. Y así Flavio Tursi viviría para siempre.

El único problema, por supuesto, estaba en aquellas trece puñeteras páginas     que     tenía     que     escribir

 

diariamente.

El primer día casi no lo consiguió. Se tomó mucho tiempo para comer y luego tuvo que apresurarse por la tarde. No pudo cenar y concluyó su trabajo a las doce menos cinco. Luego llegó Hécate,  leyó  el  manuscrito,  lloró  un poco y se despidió con palabras elogiosas. Flavio, muerto de cansancio, se derrumbó sobre la cama. Sus sueños fueron inquietos.

Así que Flavio intentó poner algo de orden en su situación: necesitaba un mínimo de doce horas de trabajo ininterrumpido para escribir trece páginas.   Oh,   claro,   podría   ir   más

 

deprisa.

Pero  entonces  la  calidad  se resentiría, vulnerando así la primera condición impuesta por la Muerte.

De modo que doce horas de trabajo, a  las  que  había  que  añadir  siete  de sueño, le dejaban cinco horas para las comidas, el ocio, las compras, las actividades sociales...

No era mucho, la verdad.

Durante los siguientes meses Flavio logró acostumbrarse a su nueva vida. Es cierto que tuvo que renunciar a muchas cosas: no podía viajar (recibió el Nobel por delegación), apenas le era posible alejarse   de   su  casa,   no   podía   dar

 

conferencias, prácticamente carecía de vida social... Pero su triunfo sobre las fuerzas oscuras le hacía sentirse como un nuevo Orfeo, capaz de seducir con su arte a Carente, a Cerbero, a Hades y a toda la corte infernal.

Por otro lado, al tener que expandir infinitamente su novela, Flavio se vio obligado a replantear totalmente el argumento. Aquélla, sin duda, iba a ser la obra de ficción más extensa de la historia y eso, a parte de granjearle un lugar  en  el Guinness,  debía  implicar unas ambiciones literarias igualmente grandiosas. La historia de Ruth y Arturo dejó  de  ser  un  drama  intimista  para

 

convertirse en      una    tragedia      de proporciones cósmicas.

De modo que Flavio se entregó con cierto entusiasmo al monótono ritual en que se había convertido su vida: levantarse con el alba, escribir, escribir, escribir, escribir... y luego la visita nocturna de la Muerte, la lectura de las nuevas  páginas,  las  sempiternas palabras  de  admiración,  el  adiós,  el sueño agitado, el despertar, y de nuevo escribir, escribir y escribir...

 

 

 

 

Fue  durante  el  cuarto  año  cuando

Flavio       descubrió    que    estaba harto.

 

Odiaba a Ruth y a Arturo, odiaba a los nazis, odiaba a los aliados, odiaba París y    odiaba,    en    definitiva, El   tercer círculo, su novela. No ansiaba otra cosa que poder dejar de escribir, o por lo menos, poder escribir sobre otro tema.

Doce años después, Flavio apenas salía ya de casa. Cada vez le resultaba más  difícil  escribir, cada  vez tardaba más en hacerlo. Casi todo su tiempo de vigilia lo ocupaba con el procesador de textos. A veces, al escribir, extraviaba los ojos y gritaba profiriendo insultos atroces contra Ruth y contra Arturo. Por las noches, mientras dormía, soñaba una y  otra  vez  con El  tercer  círculo,  y

 

cuando  tenía  pesadillas  éstas  eran sueños horribles en los que se veía a sí mismo... escribiendo.

 

 

 

 

Muchos años más tarde, Flavio se había  convertido  en  un  anciano ermitaño, encerrado en su despacho, absolutamente apartado del mundo exterior (y en gran medida olvidado por él). Era millonario, pero como no tenía ningún gasto, el dinero no hacía más que amontonarse en el banco. Una asistenta acudía diariamente para asear la casa y preparar la comida; pero nunca veía al escritor, ya que él le había prohibido la

 

entrada en su despacho.

Entretanto, la mente de Flavio se había sumido en una especie de disociación. Por un lado, el hombre de letras, el escritor, continuaba narrando, lenta, pero inexorablemente, su novela eterna. El tercer círculo superaba ya las ciento cincuenta mil páginas. Era una obra desmesurada, sí; excesiva, por supuesto. Y sin embargo, también bella, sensible y lúcida. Nadie, salvo Hécate, la había leído. Probablemente nadie la leería jamás: la novela ya era mayor que la mayor de las enciclopedias, y al parecer su punto final sólo se escribiría en ese lugar imaginario donde se unen

 

las líneas paralelas. No obstante, eso nada importaba; la postrer novela de Flavio Tursi era todas las novelas. Y Ruth y Arturo, cada mujer y cada hombre.

Por otro lado, una parte de la mente de Flavio, la no literaria, se hundía cada vez más en la oscuridad. En cierto modo Flavio Tursi, el hombre, ya no escribía la novela. Era casi como un espectador forzoso del ballet que sus dedos coreografiaban sobre el teclado. Asistía impotente,  como   la   víctima   de   una tortura, al lento goteo de sus pensamientos transformados en letras, en palabras,    en    frases,    en    capítulos

 

interminables.

Mientras escribía (y ahora lo hacía durante más de veinte horas al día), Flavio ya no gritaba ni profería insultos: gruñía y gemía, y de vez en cuando lanzaba dentelladas al ordenador, como si el ojo ciclópeo del monitor fuese su enemigo mortal, su némesis. Hécate, por su parte, acudía puntual cada noche para recibir su ración de literatura; pero ni siquiera entonces Flavio se apaciguaba. Aceptaba con gruñidos las palabras de elogio y se arrastraba hasta la cama para dormir con levedad dos o tres horas a lo sumo.

En realidad, Flavio muy raramente

 

conseguía hallar algo de paz, un mínimo de alegría. Eso sólo ocurría cuando el escritor evocaba el recuerdo de su victoria sobre la Muerte, de su burla al Diablo. Entonces su ánimo se exaltaba por unos instantes; a veces, incluso los dedos dejaban de pulsar las teclas; en ocasiones, hasta los labios ofrecían el remedo torpe de una sonrisa.

Por desgracia, aquello duraba muy poco:  al  cabo  de  unos  segundos  los dedos retornaban presurosos al trabajo, Ruth y Arturo se imponían a todo lo demás  y  Flavio  volvía  a  bufar  y  a bramar  como  un  viejo  felino enloquecido por la reclusión.

 

Y las palabras se amontonaban, unas junto a otras, como clavos cerrando la tapa de un féretro.

 

 

 

 

Ocurrió algún día del mes en que Flavio Tursi cumplía la edad de ciento veintitrés años.

Por     aquel     entonces, El    tercer círculo andaba por las trescientas cincuenta mil páginas. Ochenta y siete millones y medio de palabras divididas en diecisiete mil quinientos capítulos.

Flavio, por su parte, ya no dormía en absoluto. Pasaba todo el tiempo en su despacho    (rodeado    por    miles    de

 

disquetes de ordenador e inmensas pilas de folios), escribiendo constantemente. Hacía mucho que no se limitaba a las trece páginas impuestas por la Muerte; ahora  redactaba  a  destajo,  veinte, incluso treinta folios al día, sin descanso alguno.

Ya no gruñía ni bramaba al escribir. Simplemente lloraba en silencio.

Y  así   Flavio,   convertido  en  un rancio montón de huesos y arrugas, apenas con fuerzas para manipular el teclado (pero disfrutando de una inverosímil buena salud), proseguía su labor  maníaca  de  dar  forma  a  una historia     interminable,     un     relato,

 

literalmente, más grande que la propia vida.

Como un metrónomo. Siempre igual, cada hora idéntica a la siguiente, cada año igual que el anterior.

Hasta el día en que Flavio recibió una visita inesperada. Al principio no se dio cuenta; pero luego, desdibujado por el líquido titubeo de las lágrimas, percibió un movimiento delante de él, al otro lado de la habitación. Parpadeó e intentó enfocar la mirada. Y vio al señor Belias, sentado sobre unas resmas de papel, contemplándole sonriente. No había cambiado nada desde que, hacía ochenta y seis años, le viera por primera

 

vez.  Continuaba  pareciéndose  a  Sean

Connery.

—¿Qué haces aquí? —graznó como un cuervo Flavio, la voz rota por el desuso—. ¡Mi alma es mía, todavía no me he muerto! ¡Ni me voy a morir! ¡Así que vete, demonio, con el rabo entre las piernas! ¡Porque te he engañado! ¡Yo!

—Cálmese, señor Tursi. —Belias levantó las manos con apaciguadora ironía—. Se trata sólo de una visita de cortesía.  Hacía  tiempo  que  me preguntaba por usted... ¿Cómo le va?

—¡Perfectamente! —chirrió Flavio. Ni siquiera ahora sus manos dejaban de agitarse sobre el teclado (aunque en el

 

monitor se había esfumado el texto para ceder su lugar al pentagrama dorado de Pentáculo)—. ¡Estoy perfectamente! ¿Y sabes  por  qué,  demonio?  ¿Sabes  por qué? ¡Porque he engañado a la Muerte y te  he  engañado  a  ti!  ¡No  me  moriré nunca, y mi alma jamás arderá en el infierno!

—¡Oh, oh, oh! No me diga, señor Tursi, ¿sí? —Belias enarcó una ceja y sonrió burlonamente—. ¿De verdad ha engañado a la Muerte...? Yo creo que no es así.

—¡Estoy vivo, demonio, estoy vivo!

—graznó Flavio, sacudido por una risa convulsa—.   ¡Tengo   más   años   que

 

Matusalén y estoy vivo! ¡La Muerte no me cogerá; no, no lo hará!

—Vamos, vamos, señor Tursi, véalo desde mi punto de vista: la Muerte ya le ha cogido. —Belias señaló con un ademán el despacho cubierto de polvo y basura, las telarañas, los disquetes desperdigados  por  el  suelo,  las montañas de papel. Luego señaló al propio Flavio, la ropa raída y sucia, la barba y el cabello largos y encrespados, las uñas retorcidas, los dedos encallecidos por el continuo golpeteo contra el teclado, los ojos rojos y llorosos, la piel mustia pegada a los frágiles   huesos.   Belias   sacudió   la

 

cabeza—. No, señor Tursi; lo que usted hace no es vivir. —Se encogió de hombros—. Verá: Hécate es una mujer romántica y además, ya lo sabe, una gran amante de la literatura. Pero también es un ser eterno. Ha existido siempre, y existirá para siempre. Ahora pregúntese a sí mismo una cosa: ¿qué duración tiene un   libro,   una   novela   normal,   para alguien  infinito?  Apenas  un nanosegundo, poco más que un soplo, algo muy fugaz. Y quizá muy insatisfactorio para una lectora impenitente. —Sonrió—. De modo que nuestra querida Hécate pensó que sería bueno   poder   disfrutar   de   un  relato

 

verdaderamente largo. Una novela adecuada para leer durante las largas y frías noches de la eternidad. Y además, escrita por el mejor autor del mundo. — Se cruzó de brazos—. Me parece que ha sido la Muerte quien en realidad le ha engañado a usted, señor Tursi.

Flavio parpadeó desconcertado. Luego sacudió la cabeza, como deshaciéndose así de algún pensamiento indeseado. Los dedos seguían tecleando compulsivos   cuando   una   risa   ronca surgió de su garganta.

—¡Eso no importa, engendro del Averno! ¡No importa! Hécate es sólo un instrumento. —Rió  de  nuevo; pero  su

 

risa  se  truncó  al  convertirse  en  un acceso de tos. Cuando recuperó el aliento,  el  anciano  añadió—:  Mi objetivo no era Hécate, demonio. ¡Es a ti a quien quería engañar! ¿Entiendes?

¡Eres tú quien ha sido burlado! ¡Nunca tendrás mi alma porque nunca moriré! Y así jamás podrás darte el gusto de ver cómo me pudro en el infierno.

Belias sonrió complacido. Con pausados ademanes extrajo un cigarro Davidoff del bolsillo interior de su chaqueta y lo encendió cuidadosamente. Densas volutas de humo surcaron el aire enrarecido del despacho. El demonio se levantó, comprobó con gesto distraído el

 

estado de sus uñas y luego dijo:

—De modo que usted controla la situación, ¿no, señor Tursi?

—Te he vencido, demonio. ¡Sí! ¡Yo controlo! ¡Yo!

—En tal caso no le importará prestarse  a  un  pequeño  experimento,

¿verdad? Se trata de algo muy sencillo.

—Belias señaló el teclado—. Deje de escribir. Sólo eso. Intente no escribir.

—No me tentarás. Pretendes conseguir que no redacte las trece páginas. ¡Pero la Muerte no segará mi cabeza, no!

—Señor Tursi, usted ya ha escrito hoy dieciséis páginas. Puede descansar.

 

Además —Belias extendió los brazos—, le ofrezco un trato: si consigue parar de escribir,  anularemos  el  acuerdo  y quedará cancelada su deuda con el Diablo. Adelante: intente dejar de escribir durante, digamos, treinta segundos.

Flavio  parpadeó.  ¿Dejar  de escribir? Eso era sencillo. Bastaba con proponérselo. No tenía más que ordenar a sus manos que se detuvieran y éstas cesarían de pulsar el teclado...

Pero las manos, como si dispusieran de autonomía propia, ignoraron las órdenes de Flavio y prosiguieron infatigables       su       rítmica       tarea,

 

escribiendo, escribiendo, escribiendo...

«¡Deteneos!», suplicó Flavio interiormente. «¡Dejad de escribir un instante y podréis descansar para siempre! ¡Escuchadme, quedaos quietas durante medio minuto y habremos vencido    definitivamente   al    Diablo!

¡Rescindirá el contrato, lo hará!»

Pero aquellas manos flacas y venosas, desoyendo los ruegos del anciano  escritor,  parecieron  afanarse aun más en su labor de dar forma a la historia de Ruth y Arturo. Y entonces Flavio experimentó un súbito ataque de pánico, e intentó que sus piernas le apartaran del procesador, que sus brazos

 

arrastraran a las manos, poniendo fin a ese automatismo espeluznante. Pero el cuerpo  de  Flavio  ya  no  le  obedecía, tenía voluntad propia y no seguía sus dictados. En realidad, el cuerpo del anciano parecía una prolongación del procesador de textos, una especie de organismo simbiótico que hermanaba los chips de silicio con el protoplasma y la sangre.

—No puedo... —musitó Flavio, contemplando  aterrado  la  danza autónoma de sus dedos sobre el teclado

—.  No  me  obedecen...  ¡No  consigo dejar de escribir!

—Y nunca lo conseguirá. Usted ya

 

no controla la situación, señor Tursi. — El demonio sacudió de su chaqueta una invisible mota de polvo—. ¿Se acuerda de nuestra primera entrevista? Me preguntó cómo era el infierno, y yo le contesté que cada cual tiene el infierno que  se  merece.  —Belias  dio  una profunda calada a su habano y expelió el humo, formando tres anillos perfectos, tres círculos concéntricos. Luego prosiguió—:  ¿Se  imagina  lo  que  es pasar la eternidad escribiendo sin descanso El tercer círculo? ¿Se imagina el lento transcurrir de los siglos, el pausado advenimiento de los milenios, y usted aquí, sólo, pudriéndose en vida,

 

escribiendo sin pausa la misma historia, careciendo de toda esperanza, porque ya ni siquiera podrá contar con el bálsamo liberador de la muerte? ¿Se imagina el atroz e  infinito tormento que  esto supone? ¿Se lo imagina? —Le guiñó un ojo al escritor—. Yo diría que eso es un martirio infernal, ¿no cree? —Belias comenzó a reír a carcajadas; sus ojos llamearon, las facciones perdieron su habitual  cordialidad  para  adquirir rasgos de intenso sadismo. El aroma tostado del puro se trocó en un acre tufo a azufre. El demonio, siempre riendo, añadió—: No crea que me ha engañado, amigo mío; como le dije, es imposible

 

burlar al Diablo. ¡Lo que ocurre es que usted ya lleva muchos años pudriéndose en el Infierno! ¡Y así seguirá para siempre! ¡Por toda la eternidad! — Señaló el procesador de textos—. Su novela no ha hecho más que empezar, señor Tursi...

Las carcajadas de Belias resonaron irritantes en el interior del despacho. Flavio, sobrecogido de pavor, desorbitó los ojos y comenzó a aullar.

Pero ni siquiera entonces las manos del escritor dejaron de moverse sobre el teclado. Tenían mucho trabajo por delante; aún les quedaban infinitos capítulos por escribir.

 

2. Los árboles de

Sefirot

 

 

 

El   padre   Kindelán   concluyó   su relato y agachó la cabeza. Mientras el eco de sus últimas palabras todavía flotaba en el aire, observé cómo sus labios comenzaban a silabear una muda letanía.  El  viejo  sacerdote  estaba orando.

—Gracias, padre —dijo madame Kádár—.  Una  interesante  historia  ha sido.

La  intervención  de  la  anciana pareció  obrar  como  una  válvula  de

 

escape. De repente, todos nos relajamos sobre nuestros asientos, parpadeamos y nos contemplamos los unos a los otros; en mi caso con algo de desconcierto. Susana se levantó y fue a comprobar el estado de nuestras ropas.

—Aun están húmedas —murmuró. Miré a Claudia. Había una expresión

ausente y seria en su rostro; parecía preocupada.

—Claudia —dije.

La niña volvió hacia mí sus grandes ojos.

—¿Sí, papá...?

—No es verdad.

—¿Qué...?

 

—Esa historia; no es cierta.

—Pero el padre ha dicho...

—Es una invención —la interrumpí

—. Un cuento para pasar el rato.

—No tengo por costumbre mentir — intervino  el  padre  Kindelán, abandonando de  pronto su plegaria—. La historia que he contado es verdadera.

—Vamos, padre; no hay ningún escritor famoso que se llame Flavio Tursi.

—El nombre       no     es      auténtico    

repuso el sacerdote con tono inflexible

—;  hasta  la  intimidad  de  un pecador debe ser protegida. Pero la historia es cierta.

 

Suspiré. No deseaba discutir con aquel hombre, pero tampoco quería ver a Claudia asustada por un cuento fantástico; de modo que me dispuse a demostrar que el relato del cura era una ficción.

—De acuerdo —dije tras una pausa

—. La historia es verdadera. El demonio se le aparece a Flavio Tursi a través de un procesador de textos, y luego vuelve a  verle  casi  noventa  años  más  tarde. Pero ¿cuánto hace que existen los procesadores  de  textos?  ¿Diez  años?

¿Quince? —Extendí los brazos con gesto de perplejidad—. Sencillamente, no puede   haber   transcurrido   todo   ese

 

tiempo  entre  las dos    entrevistas  que

Flavio Tursi mantuvo con el demonio.

El padre Kindelán me contempló inexpresivamente durante varios segundos. Luego las comisuras de sus labios se elevaron por primera vez, componiendo una sonrisa indescifrable.

—Antes comenté que en más de una ocasión me he encontrado con mi enemigo cara a cara —dijo el sacerdote en voz muy baja—. Reconozco que a veces charlamos, quizá compartiendo unas tazas de café; como dos viejos ajedrecistas rivales que hacen una pausa en la contienda para comentar alguna jugada   de   interés.   —Sus   cejas   se

 

enarcaron—. Fue el Diablo quien me contó esa historia. Y para el Diablo, el tiempo no cuenta.

Abrí la boca, dispuesto a objetar que no   se   pueden  hacer   pactos   con  el Diablo, porque el Diablo no existe, que la muerte no es una mujer y que el infierno no es más que un cuento para asustar a los niños. Pero no dije nada, porque aquello sólo  podía  conducir  a una interminable discusión metafísica.

—Las historias, historias son — intervino madame Kádár—. Aunque reales parezcan, poder suyo conjurado es al ser contadas. —Se volvió hacia Claudia—.  Ningún  mal  temer  debes,

 

querida.  Contra  ti   el   demonio  nada puede, porque pureza tuya enorme poder es. Miedo jamás deberás sentir, Claudia. Jamás.

Claudia  sonrió,  y  con  aquella sonrisa desaparecieron de sus facciones la preocupación y el temor. Era sorprendente la influencia que aquella anciana tenía sobre mi hija. De hecho, creo que yo empezaba a sentir algo muy parecido a los celos.

—Es  curioso  lo  que  ha  dicho  el padre Kindelán —señaló el profesor Jerusalén—. Me refiero a eso de que el tiempo no cuenta para el Diablo. En realidad     debe   de   contar,  aunque

 

supongo que de una manera distinta. Porque el tiempo es algo esencial, es la argamasa  que  mantiene  unida  la realidad. Una cuestión importante, sin duda...

El profesor Jerusalén enmudeció. Su mirada se perdió en algún punto impreciso, como si repentinamente hubiese  rememorado  algo.  Madame Kádár le contempló sonriente.

—¿Quizás una buena historia para nosotros tiene, profesor?

Azarías Jerusalén mantuvo su expresión  ausente  durante  unos segundos, luego asintió.

—Sí, conozco una historia. —Vaciló

 

—. Pero creo que antes debería explicarles a Claudia y su familia quién soy y a qué me dedico. —Se puso en pie. Su cuerpo menudo, envuelto en una sábana blanca, parecía la imagen tópica de un filósofo griego—. Como ustedes saben, mi apellido es Jerusalén. Huelga señalar que soy judío. Judío sefardita. Pero eso no tiene mayor importancia, salvo por el hecho de que durante mucho tiempo, en mi juventud, me dediqué a estudiar la Cábala. —Respiró hondo—. Verán, tenía una obsesión: conocer el devenir  de  los  acontecimientos, el futuro, y la Cábala parecía un medio adecuado para lograrlo. —Carraspeó—.

 

Ya saben, todo se basa en analizar las combinaciones de letras que aparecen en las Sagradas Escrituras, teniendo en cuenta sus significados simbólicos, sus valores numéricos y mediante el uso de un Árbol Sefirótico...

—¿Un árbol qué...? —le interrumpió

Claudia.

—Por supuesto, por supuesto... Imagino que no estarás familiarizada con esos términos. Verás, las Sefirot son los atributos  divinos:  Hokbmah  es sabiduría, Hod es gloria, Tiferet es belleza, y así hasta diez. Un Árbol Sefirótico no es más que una especie de diagrama  en  el  que  las  Sefirot  están

 

relacionadas entre sí mediante veintidós senderos. Veintidós, como las letras del alfabeto hebreo. De este modo, tomando cualquier fragmento del  Talmud, podemos en principio descubrir el significado más profundo del texto sagrado; una clase especial de conocimiento que puede mostrarnos las claves de la creación, algunos aspectos de la naturaleza de Dios, o... o el futuro, como yo pretendía. —Se encogió de hombros—. Pero, en realidad, toda esta explicación es innecesaria, porque fracasé en mis propósitos. Tres son los caminos cabalísticos: la Acción, la Devoción y la Contemplación. Ninguno

 

de  ellos  me  condujo  a  parte  alguna. Debo reconocer que al ver que mis propósitos se iban al traste, me sentí profundamente decepcionado. Yo era joven e impetuoso, y pensaba que Dios me  estaba  negando  algo  que  merecía. Así que me enfrenté a Él. Le negué. — Suspiró—. Entonces Dios me castigó haciéndome un regalo.

El profesor Jerusalén inclinó la cabeza y se refugió en un reconcentrado silencio. A decir verdad, aquella gente era particularmente propensa a esa clase de pausas dramáticas.

—¿Cómo se puede castigar con un regalo? —preguntó finalmente Susana.

 

El profesor Jerusalén levantó la mirada.  —Haciendo  el  regalo inadecuado —contestó—. Yo ansiaba vislumbrar el futuro, por tanto Dios me concedió el don de conocer el pasado.

—Pero todos podemos conocer el pasado —objetó Claudia.

—No. La gente normal puede recordar, o leer sobre los hechos que fueron. Pero yo contemplo el pasado que nunca he conocido. Para mí las personas no son más que el extremo último de una cadena de acontecimientos. Sé, por ejemplo, que tú Claudia estuviste muy enferma cuando eras un bebé, y que tus padres pasaron muchas noches en vela,

 

vigilando  tu  sueño.  Pero  ahora  estás bien,   afortunadamente.   Sé,   de   igual modo, que tenías un oso de peluche al que llamabas Coco, y que siempre has temido que hubiera alguien debajo de tu cama. Pero no lo hay, pequeña, no debes sentir miedo. Sé, también, que el verano pasado te caíste de la bicicleta y te hiciste una herida en la rodilla...

—¡Es verdad! —exclamó mi hija, llena de asombro. En fin, podía haberle explicado  a  Claudia  que  todas  esas cosas eran usuales, que muchos bebés están enfermos, que  son muy comunes los miedos irracionales, y que es de lo más natural que un niño tenga un oso de

 

peluche (aunque, ¿cómo demonios sabía el profesor que mi hija lo llamaba Coco?). En cuanto a la herida de la rodilla... bueno, él pudo ver la cicatriz y deducir luego el resto de la historia. Sí, podía haber dicho todo eso. Pero ¿qué daño puede hacer un poco de fantasía? Claudia parecía encantada, de modo que le  seguí  la  corriente  al  profesor Jerusalén.

—Sin duda es un don extraordinario

—dije, con algo de ironía—. Pero no parece tan terrible.

—La cuestión, señor Zarate, es que no  sólo  veo  el  auténtico  pasado. También    veo    todos    los    pasados

 

posibles, aquellos que nunca se hicieron realidad. Por ejemplo, Claudia tuvo esa caída de la que antes hablé y el golpe le impidió montar en bicicleta durante una semana. Pero... si hubiera cogido la bicicleta al día siguiente, habría tenido un grave percance. Muy grave, créame. De modo que esa herida en la rodilla... en realidad le salvó la vida a su hija.

Fruncí el ceño; esas personas se volvían a veces demasiado morbosas para mi gusto. El profesor Jerusalén ignoró mi gesto de desagrado y volvió a tomar asiento. Tras acariciar su calva cabeza, prosiguió:

—El  problema que  plantea el  don

 

que me fue conferido es que, teniendo la capacidad de contemplar todo lo que pudo ser, en ocasiones me veo obligado a presenciar cosas terribles. —Se estremeció—. La historia que quiero contarles nunca sucedió, pero pudo suceder.   Es   una   historia   sencilla   y quizás algo triste. —Cerró los ojos y continuó hablando, como si en la oscuridad que había tras sus párpados se agazaparan imágenes ocultas—: Es la historia de unos perros, y de un rebaño de ovejas...

 

El rebaño

 

 

 

La historia del profesor

Jerusalén

 

El cielo, como un paño de terciopelo negro cubierto de diamantes, se alzaba en todo su esplendor sobre las oscuras cumbres de las montañas. Por encima de los bosques y de los valles miles de estrellas titilaban en el firmamento de aquella noche cristalina.

Pero  había  una,  entre  todas  ellas, que no se comportaba como suelen hacerlo las estrellas. Se movía.

 

Claro que aquel  objeto distaba mucho de ser una estrella. No emitía luz, la reflejaba. 'No tenía una vasta masa, pesaba poco más de seis mil quinientos kilos. No era un objeto natural, sino artificial.

A doscientos kilómetros de altura, el satélite Geosat D, puesto en órbita trece años  atrás  mediante  un  propulsor Arianne V desde la base de Kourou, sobrevolaba el sur de Europa. Su vertical, en ese momento, se encontraba situada exactamente encima de los Pirineos.

Geosat  estaba  procediendo  a realizar  las  habituales  observaciones

 

automáticas. Algunos de sus sistemas habían dejado de ser operativos, no hay que olvidar que la vida prevista para el satélite era de doce años, y ya llevaba funcionando uno de más. No obstante, su órbita había entrado en una espiral descendente que le acercaba cada vez más rápidamente a la superficie de la Tierra. De hecho, Geosat estaba condenado a una muerte tan cierta como inminente. Y es que, según el peculiar calendario  de  los  artefactos  orbitales, era un satélite viejo. Aun así, el sistema de observación, cuyas funciones, entre otras, eran el registro y proceso de datos meteorológicos, todavía  conservaba el

 

brío de      una    primera       juventud electrónica.

Las cámaras de infrarrojos y ópticas escrutaron la lejana superficie de la Tierra  y  su  inmediata  troposfera.  El cielo sobre la península ibérica y el sur de Francia estaba limpio de nubes. Los sistemas informáticos de  Geosat midieron las temperaturas, la dirección de los vientos, el grado de humedad y las variaciones de las corrientes marinas en el Estrecho de Gibraltar y el Golfo de Vizcaya, procesaron la información y, casi instantáneamente, la transmitieron por enlace de microondas a los receptores  instalados  en  Robledo  de

 

Chávela.

Pero no había nadie allí para recibir aquel torrente de datos. No había nadie en toda la superficie de la Tierra capaz de escuchar aquellos mensajes llovidos del cielo.

No había nadie...

 

 

 

 

Brezo soñaba con Trueno cuando unos lejanos aullidos le despertaron. Se incorporó y olfateó inquieto el aire. Era la madrugada de una clara noche de primavera y el poco viento que soplaba lo hacía en dirección al llano, impidiendo a Brezo percibir los olores

 

de la lejana jauría.

No se trataba de lobos, por supuesto; los lobos tardarían aún varios años en descender  de  las  heladas  tierras  del norte para recuperar los bosques que en otros tiempos habían sido suyos.

Eran perros, como Brezo. Perros de las   más   diversas   procedencias   que habían  unido  sus   fuerzas  para sobrevivir. Pero, a diferencia de Brezo, aquellos perros hacía mucho que habían abandonado   el   regazo   del   Hombre. Rotos los lazos con la humanidad, aquellos animales, en otro tiempo amistosos, se habían convertido en bestias salvajes.

 

Las ovejas, que también habían escuchado los aullidos, se agitaban nerviosas. Brezo se levantó y rodeó lentamente el corral. Las ovejas se empujaban unas contra otras, amontonándose contra el fondo del cercado. Las maderas de la valla, después   de   tantos   años   sin  arreglo alguno, parecían ir a saltar en pedazos en cualquier momento. Brezo ladró un par de veces mientras correteaba nervioso rodeando el corral.

La dirección del viento cambió y, al poco, Brezo pudo percibir el olor de la jauría. Eran diecinueve machos y diecisiete   hembras,   once   de    ellas

 

preñadas. El aire para un perro contiene tanta información como la luz para un humano, y aquella brisa le hablaba a Brezo de excitación y de lucha, de cacería  y de  muerte.  Pero  había  algo más: Brezo conocía el olor de uno de los  machos...  No  recordaba  cuándo, pero   sabía   que   alguna   vez,   mucho tiempo atrás, había percibido el aroma de ese animal.

Se sentó y giró la cabeza, primero en un sentido y luego en el otro. Brezo era viejo. Doce años son muchos para un perro. Los músculos ya no eran tan fuertes y la resistencia había menguado. No obstante, sus ojos conservaban toda

 

la agudeza, y su olfato seguía siendo tan fino como el de un cachorro.

Conocía  aquel  olor.  Por  algún motivo lo asociaba a Trueno, el gran mastín, pero no podía recordar en qué circunstancias lo había percibido por primera vez. Y no obstante, de un modo u otro, sabía que se trataba de algo importante.

Los cánticos de caza de la lejana jauría se fueron perdiendo en la distancia. Probablemente los perros, tras encontrar el rastro de alguna presa, habían iniciado la persecución. De momento el peligro había pasado.

Brezo        movió         el       rabo, ladró

 

secamente y se tumbó frente a la puerta del corral. Antes de apoyar la cabeza en el suelo permaneció unos minutos contemplando las estrellas. Le gustaba mirarlas; ignoraba lo que eran, por supuesto, pero le tranquilizaba observar sus guiños, el titileo de aquel oscuro campo de cirios. Al cabo de un rato las ovejas se tranquilizaron y Brezo, poco a poco, recorrió de nuevo el camino del sueño. Soñó con Rayo, su pequeño y vivaz maestro, y con Trueno, el titán protector del rebaño. Y soñó con los tiempos en que el pastor vivía, cuando los seres humanos todavía caminaban sobre la Tierra.

 

Al amanecer, mientras los primeros rayos del sol comenzaban a disolver los jirones de niebla, Brezo inició el viejo ritual que llevaba mas de diez años repitiendo. Se acercó a la puerta del corral e, incorporándose sobre su patas traseras, hizo girar con la boca el palo de madera que hacía las veces de pestillo. Pese a haberlo repetido cientos de veces siempre se sentía orgulloso de aquel truco. Se lo había enseñado, como casi todo, Rayo. Y Rayo lo había aprendido del pastor.

Tras desbloquear la puerta, Brezo la abrió, tirando de ella con la boca. Luego se introdujo en el corral y comenzó a

 

correr de un lado a otro, ladrando nerviosamente y lanzando mordiscos de lana sobre los perezosos cuerpos de los animales. Las ovejas, siempre extremadamente limitadas, se mostraban por las mañanas particularmente estúpidas.

Diez minutos después, el rebaño se encontraba fuera del cercado y Brezo comenzaba a dirigirlo por el camino de la montaña. Las nieves de los niveles más bajos se habían fundido, y en su húmedo retroceso dejaron atrás una alfombra de tierna hierba sobre las suaves laderas. La primavera era una época de promisión para el rebaño.

 

Al  pasar  frente  a  la  casa  que  se alzaba a cincuenta metros del corral, Brezo experimentó una vez más la usual punzada de ansiedad. En el porche de aquella vivienda, frente a la entrada, murió Rayo. Allí permanecieron sus restos durante mucho tiempo, hasta que unas lluvias torrenciales los arrastraron colina abajo. Pero la causa de su ansiedad era sobre todo otra: dentro de aquella casa, desde hacía diez años, estaba el pastor. Por supuesto, de alguna manera Brezo sabía que el pastor había muerto; durante meses el perfume de la putrefacción flotó en aquel lugar. Pero Brezo     no     había     entrado     para

 

comprobarlo,  nunca  había  cruzado  el dintel de la puerta. Rayo se lo impidió.

Había pasado mucho tiempo, pero Brezo aún guardaba un nítido recuerdo del día en que el pastor entró por última vez en la casa. Ocurrió poco después de la apresurada visita del médico, aquel asustado hombrecillo que huía de las plagas.

Un  día  como  otro  cualquiera  el pastor se despertó al amanecer. No tenía buen aspecto, sus movimientos eran lentos y andaba encogido, como si le doliera el estómago; la fiebre se estaba apoderando de él. Aún así, logró conducir  el  rebaño  a  los  pastizales.

 

Cierto es que todo el trabajo lo realizaron Rayo y Brezo, pero el mero hecho de desplazar su propio cuerpo había supuesto un triunfo para el pastor. A la vuelta se desmayó dos veces, y por dos veces volvió a levantarse. Logró encerrar al rebaño en el corral —aunque una vez más fueron los perros quienes llevaron a cabo la labor—, y luego se introdujo en la casa de la que ya nunca saldría. Aquella noche Rayo y Brezo, e incluso el habitualmente estoico Trueno, escucharon atemorizados los gritos y lamentos del pastor. En su delirio no dejaba  de  pronunciar  un  nombre  de mujer. Luego su voz enmudeció y sólo

 

fueron perceptibles los jadeos. Al poco ni los jadeos se oyeron. Fue entonces cuando Rayo entró en la vivienda y permaneció en ella largo rato, gimiendo quedamente. Brezo, que por aquel entonces apenas contaba dos años, se dirigió finalmente a la casa, armado del valor irresponsable que presta la juventud. Se disponía a cruzar el umbral cuando  Rayo  surgió  del  interior ladrando con fiereza, interponiéndose a su paso con el hocico fruncido y los colmillos restallantes. Brezo era más grande que él; de hecho Rayo sólo era un  pequeño  chucho  que  apenas levantaría    cuarenta    centímetros   del

 

suelo, mientras que Brezo se había convertido en un vigoroso macho de alsaciano puro, todo energía y fuerza. Pero Rayo era el jefe, de eso no cabía duda, y a Brezo ni se le había pasado por la cabeza agredirle. De modo que el asunto quedó zanjado: la casa era tabú. No pasar. Prohibido. Se trataba de un terreno  sagrado,  y  ningún  perro  era digno de entrar allí.

Y así había sido durante una década, incluso muchos años después de que Rayo, el guardián de la memoria del pastor, desapareciera para siempre de la vida de Brezo.

Tras la       muerte        del     pastor,        los

 

rituales de toda una existencia se impusieron al orden natural de las cosas. Rayo había pasado años pastoreando al rebaño y nada, ni la desaparición del pastor, iba a impedir que llevase a cabo su trabajo. Con precisión milimétrica se despertaba  cada  mañana  y  abría  la puerta del corral. Luego, secundado por Brezo y bajo la protectora mirada de Trueno, conducía a las ovejas hacia los pastizales, para volver a encerrarlas al atardecer. Ninguno de los perros se preguntaba por la carencia de sentido de aquel pastoreo automático. ¿Cómo iban a hacerlo? Para ellos las ovejas no significaban  lana,  leche  o  carne.  Las

 

ovejas  eran cosas  que  había  que conducir y cuidar, tal y como el Hombre había enseñado. La razón de ser del rebaño era el rebaño en sí. Ése era el único objetivo en las vidas de Rayo, Trueno y Brezo. Traicionar a las ovejas hubiese sido traicionarse a sí mismos.

Sin embargo, la muerte del pastor provocó grandes alteraciones en la vida de los perros. De entrada, y muy rápidamente, tuvieron que hacer frente al problema  de  la  alimentación.  En realidad no fue una cuestión grave. El pastor, cuando vivía, sólo les daba pan duro y los restos de su comida. Si querían carne teman que conseguirla por

 

sus propios medios. Brezo era el mejor cazador y raro era el día en que no atrapaba una ardilla o un pájaro. Rayo no le andaba a la zaga. Aunque más pequeño, era rápido e inteligente. En cuanto a Trueno, grande y pesado, compensaba su relativa lentitud con una fuerza desmesurada. Cuando cazaba lo hacía a lo grande y, en más de una ocasión, había compartido con sus compañeros alguna cabra o un cerdo pequeño. Brezo aún recordaba con deleite el día en que vio a Trueno subir por la ladera arrastrando hacia la casa el   cadáver   de   un  ternero   de   buen tamaño. El festín duró una semana.

 

Pero esos tiempos ya habían pasado. Rayo y Trueno estaban muertos, y Brezo era viejo. Afortunadamente la desaparición del Hombre había provocado una explosión de vida en la Tierra. Prácticamente sin predadores naturales, las aves, los herbívoros, los roedores, todas las especies, se multiplicaron geométricamente. Sin duda aquello suponía un fuerte desequilibrio ecológico ya que los pocos carnívoros que había, básicamente perros, zorros y gatos, no bastaban para nivelar las cotas de población animal. Pero a Brezo. aquello le resultaba indiferente. Nadie se queja de que su mesa esté tan cargada

 

de  comida  que  amenace  con desplomarse. Brezo era viejo y lento, sí, pero había tanta vida a su alrededor que realmente no tenía que esforzarse mucho para conseguir el sustento.

En ese sentido la muerte de la humanidad había sido una bendición.

Justo tras bordear un gran peñasco, el sendero iniciaba una fuerte subida hacia el bosquecillo, para girar luego a la derecha en dirección a los prados altos.

Brezo sabía que a partir de aquel momento  comenzarían  sus  problemas con el rebaño. Mientras el sendero discurría estrecho, encajonado entre las

 

cortantes del cañón, las ovejas se mantenían agrupadas  y  ninguna,  salvo las que quedaban rezagadas, se alejaba mucho de las demás. Pero al llegar al bosque las cosas cambiaban. De entrada se trataba de un bosque de hayas, de modo que el terreno era muy húmedo y la hierba crecía jugosa al pie de los árboles. Para complicar más las cosas, un ancho sendero partía del camino principal internándose en la arboleda. Era  un  cortafuegos  delineado  por  la mano del hombre, pero eso Brezo no lo sabía. Lo que sí sabía es que las ovejas, en vez de tomar el camino de la derecha, pugnaban por  internarse  en el  bosque

 

siguiendo  el  trazado  del  cortafuegos. Allí  la  hierba  era  más  sabrosa  y  el musgo crecía como un manto de brécol sobre las rocas y los troncos. Las ovejas tendían a fiarse más del estómago que del cerebro, de modo que todos los días, sin excepción, se obstinaban en ir hacia la   izquierda,   obligando   a   Brezo   a entablar un enconado combate con el rebaño. Mediante gruñidos, ladridos y mordiscos, el perro conseguía apartar a aquellos estúpidos animales del mal camino.

Y de una muerte segura. El cortafuegos, que subía directo hacia la cima  de  la  colina que  se  alzaba a  la

 

izquierda del cañón, terminaba en un barranco de quince metros de profundidad. Allí las ovejas corrían el riesgo  de  caer.  El  barranco  se encontraba justo en la ladera más sombría de la colina, arropado por las hayas y oculto entre los arbustos. Allí las plantas aromáticas crecían hinchadas de humedad, allí la hierba era un bocado delicioso, allí era fácil encontrase al borde del abismo y ni siquiera verlo.

Más de una oveja encontró la muerte en aquel paraje. Y cada vez que esto ocurrió Brezo se había sentido culpable; la misión de su vida consistía en evitar que cosas así sucedieran.

 

Aquel día Brezo no tuvo muchos problemas para apartar al rebaño del cortafuegos, sobre todo gracias a Agria, que,  sorprendentemente,  tomó  sin vacilar el camino de la derecha. Agria podría haber sido la jefa del rebaño, si las ovejas poseyeran el menor atisbo de liderazgo. En realidad Agria se limitaba a ser la oveja que siempre caminaba delante. Las demás la seguían ciegamente, pero hubiesen seguido a cualquier otra. Por supuesto, eso no significaba que Agria fuese más inteligente o más astuta. Sencillamente, era más rápida.

Agria no era su nombre. Ninguna de

 

las ovejas tenía nombre. Pero sí poseía cada una de ellas un aroma distinto: Agria, Tomillo, Lechosa, Dulce, Almizcle, Miel, Amarga... y algunos olores más para los que no hay palabras. Las palabras fueron invento del Hombre, y el Hombre nunca tuvo muy buen olfato. Aquella mañana, soleada e inusualmente cálida, los prados altos parecían una versión montañosa del Jardín del Edén. El  cielo  era  una  bóveda  intensamente azul a la que se habían adherido algunos cirros de lana. Las montañas, como una fila de novias, se cubrían la cara con deslumbrantes velos de nieve; las faldas de sus vestidos eran verdes laderas de

 

hierba, adornadas con lazos de espliego y amarillos encajes de mimosas. El aire, saturado   de   polen,   flotaba   calmado sobre los prados cubiertos de flores.

Lirios, amapolas, gencianas azules, fresas y grosellas, perpetuinas, margaritas, narcisos... Todos los colores del espectro salpicaban la pradera por donde pastaban las ovejas. Claro que para Brezo, ciego a los colores, como todos los perros, aquello no era más que una monótona sucesión de grises.

El perro alzó la cabeza y husmeó el aire de aquella tierra que en otro tiempo fue llamada los Pirineos. A su hocico llegaron los dulces olores de las abejas

 

libando  miel,  las  agresivas  feromonas del halcón cazador, el intenso aroma del romero y el regaliz.

Y el seco olor de la jauría.

Brezo se  agitó inquieto. De  nuevo una señal del omnipresente peligro, aunque  afortunadamente  una  señal lejana.

Respiró hondo. Se puso en pie y comenzó un trotecillo hacia el rebaño. Estaba a punto de alcanzar la altura de las ovejas más cercanas cuando un dolor intenso  y  punzante  le  atravesó  el costado. El perro se derrumbó sobre el suelo gimiendo y aullando. Enloquecido por el dolor, se retorció sobre la hierba

 

y lanzó dentelladas a un lado y a otro, como intentando morder a un invisible enemigo. Su boca se llenó de espuma y los ojos de lágrimas. Las ovejas contemplaron inquietas aquel extraño comportamiento.

Al cabo de poco más de un minuto el dolor se fue calmando hasta no ser más que un eco lejano. Brezo permaneció tumbado en la hierba, jadeando aturdido. Algo no iba bien en el interior de su cuerpo, pero eso tampoco lo sabía. Se limitaba a sufrir el dolor.

Finalmente se levantó. Estaba débil, pero tenía deberes que cumplir con el rebaño. Con más voluntad que energía,

 

el  perro  reunió  a  las  ovejas  que  se habían dispersado. De vez en cuando notaba punzadas en el costado, aunque mucho menos intensas que la primera.

Cuando pudo volver a descansar lo hizo sentándose cerca de un lugar muy especial. No lo recordaba, por supuesto, pero allí, a su lado, estaba el arbusto de brezo donde, siendo un cachorro, el pastor lo encontró.

Había pasado tanto tiempo...

El pastor nunca comprendió cómo el cachorro pudo llegar hasta allí. La carretera más cercana se encontraba a casi seis kilómetros y parecía imposible que   un   perro   tan   pequeño   hubiese

 

podido recorrer esa distancia internándose,  solo,  en  la  montaña. Porque aquel perro, según los criterios del pastor, era un perro señorito. Uno de esos perros de raza pura que sólo sirven para engordar en un piso de la ciudad, tumbados frente a una estufa. Claro que ese cachorro, que se arrebujaba desnutrido y helado bajo la dudosa protección del arbusto de brezo, a duras penas podía incluirse en el apartado de

«animales mimados». Probablemente fuese el sobrante de una carnada excesiva, abandonado a una suerte incierta   en   medio   de   la   carretera. Ocurría  muchas  veces;  un  coche  se

 

detiene, una portezuela se abre, unas manos que dejan un bulto tembloroso en el suelo y el coche que parte deprisa, como si la velocidad pudiera ahuyentar la  vergüenza.  Normalmente  todo acababa con un golpe sordo contra un parachoques, seguido de la lenta conversión de un cuerpo peludo en mancha sobre el asfalto.

Pero aquel cachorro había sobrevivido. Y lo más extraño, aunque parecía a punto de morir, no demostraba miedo; sencillamente mantenía fija la mirada   en   el   hombre,   sin   huir   ni suplicar. Quizá fue esa actitud tan poco usual  lo que despertó una adormecida

 

fibra en el espartano corazón del pastor. El  caso  es  que  sacó  de  su zurrón un trozo de pan y se lo tendió al cachorro.

Más tarde, cuando volvía con el rebaño hacia la casa, el pastor no pudo evitar sentir cierta admiración por el pequeño perro que, vacilando y dando traspiés, les seguía a cierta distancia.

Por eso, después de encerrar a las ovejas, puso algo de leche en un plato y se la ofreció al cachorro.

—Bebe —dijo con un gruñido; el pastor  pasaba  tanto  tiempo  sin hablar que a veces su voz se desajustaba y parecía  romperse—.  Durante  una semana te daré de comer y luego, si no

 

te mueres antes, tendrás que ganarte el pan. Aquí el que no trabaja no come. Puedes dormir en la leñera, con Rayo.

—Permaneció unos instantes silencioso y luego añadió—: No tienes nombre. — Se  rascó  la  cabeza,  pensativo—. Estabas   bajo   el   brezo:   te   llamarás Brezo. Si no te mueres antes, claro.

No murió. De hecho, antes de cumplirse la semana de plazo, Brezo ya corría detrás de las ovejas intentando imitar   los   precisos   movimientos   de Rayo.

Un pastor no necesita adiestrar más que a un perro, solamente a uno en toda la  vida.  Luego  basta  con poner  a  un

 

cachorro junto al perro entrenado; aprenderá él solo, simplemente remedando  el  comportamiento  del animal adulto.

Rayo no aceptó muy bien la llegada de Brezo. En general le ignoraba, igual que un noble ignora la presencia de un lacayo.  En  ocasiones,  cuando  la actividad de Brezo era particularmente molesta, le gruñía. Pero lo normal era un digno distanciamiento. Según los esquemas de Rayo, el pastor era Dios, él su gran sacerdote, Trueno un diácono aplicado y Brezo... Brezo era poco más que un pagano reconvertido, un advenedizo.

 

Afortunadamente Trueno, el gigantesco mastín de los Pirineos, era distinto. Se trataba de un animal rudo y estoico,  poco  sociable.  Pero infinitamente paciente con el cachorro. Sin una sola queja, Trueno permitía que Brezo se le subiese encima, que le mordiese el morro y le tirase de las orejas. Curiosamente, todo el cariño que Brezo recibió en su vida provino de aquel enorme perro, de aquel tosco montón  de  músculos  y  dientes  cuya única misión era la violencia.

Del pequeño Rayo, Brezo aprendió el sentido del deber. Del brutal Trueno obtuvo suavidad y dulzura. Parecía un

 

contrasentido, pero la vida está llena de ellos, y el cerebro de un perro es demasiado limitado para filosofar sobre asuntos tan abstractos.

 

 

 

 

Geosat había sido construido y financiado  por  un  consorcio  de empresas europeas con el fin de obtener una fuente precisa de datos terrestres acerca de minería, agricultura, pesca, ganadería y meteorología. Se trataba, en resumen, de un proyecto privado cuyo objetivo oficial no era otro que el puramente comercial. Claro que los objetivos    extraoficiales    eran    muy

 

distintos.

La órbita inicial de Geosat sobrevolaba, a setecientos cinco kilómetros de altura, algunos territorios particularmente apropiados para el espionaje  industrial.  Por  ejemplo, Japón. Por ejemplo, California.

Quizá por eso Geosat contaba con instrumentos tan inusuales como el telescopio    H.R.V. (Haute  Résolution Visible), de una resolución inferior al metro y capaz de funcionar en siete bandas de longitud de onda. Un aparato extremadamente adecuado para obtener fotografías  muy  detalladas  de, pongamos, una instalación industrial. O

 

el     ingenio        llamado      SNOOPER («Fisgón»),  un  sofisticado  mecanismo (tecnología militar obtenida ilegalmente) que permitía interceptar cualquier flujo electromagnético. Desde el aura de un ordenador hasta           una    simple  llamada telefónica.

Los ojos y oídos de un espía.

Sin duda Geosat era un instrumento muy eficaz para un Consorcio ávido de dinero y poder. Pero estuvo a punto de no   existir.   El   problema   fueron  los costes. Un satélite situado en órbita baja contaba con una vida activa de poco más de cuatro años. Agotado el combustible, su órbita  comenzaría  a  declinar  hasta

 

alcanzar la atmósfera y convertirse en cenizas. Pero .un satélite es un artefacto extraordinariamente caro y cuatro años eran pocos para rentabilizarlo.

Entonces  entró  en  escena  el Gobierno alemán con un ofrecimiento poco usual: un nuevo sistema de impulsión a cambio de un tercio del tiempo del satélite. El nuevo propulsor era  un  inyector  nucleotérmico  de plasma, una versión perfeccionada del N.E.R.V.A. (Nuclear Engine for Rocket Vehicle Aplication) obra de cierto científico ucraniano, emigrado a Alemania cuando, en el noventa, el programa de investigación científica de

 

la URSS se vino abajo.

El Geosat, dotado del sistema propulsor  alemán,  podía  no  sólo mantener su órbita estable el triple de tiempo, sino realizar además todo tipo de maniobras y desplazamientos orbitales. El Consorcio dijo sí.

Los alemanes añadieron una condición más:  el  hardware  y  el software   del   ordenador   del   satélite debía  ser  proporcionado y controlado por ellos. El Consorcio se encogió de hombros y asintió.

Por supuesto, en el equipamiento informático, un sistema de computación de     datos     llamado     BRAYN,     se

 

encontraba la trampa. El Gobierno alemán deseaba contar con un canal de información estratégica propio, independiente de las redes de la OTAN; pero no podía hacerlo sin llamar la atención (el lanzamiento de una nave espacial no es precisamente un ejemplo de  discreción).  De  modo  que  la cobertura que ofrecía un satélite comercial de observación terrestre era exactamente el tipo de pantalla que les convenía.  Con  la  condición,  por supuesto, de mantener el control de la operación. Para ello se hicieron (substrayéndolo  ilegalmente  al Ministerio de Defensa japonés) con el

 

diseño del primer ordenador de quinta generación, de nombre clave TOHOKU un  prodigioso  cerebro  electrónico basado en chips semiorgánicos y superconductores. Luego crearon para él el programa BRAYN.

TOHOKU y BRAYN pasaron a se el cerebro de Geosat. Y, con el tiempo, y los acontecimientos, llegaron a convertirse en la primera y única inteligencia artificial que jamás ha existido.

 

 

 

 

Aquella tarde, mientras conducía el rebaño de vuelta y el conjunto de la casa

 

y el corral comenzaba a divisarse en la lejanía, Brezo se dio cuenta de su error: faltaba  una  oveja.  El  perro  gimió  y jadeó.  Usando  el  olfato  examinó  de nuevo a los animales.

Almizcle no estaba.

Brezo experimentó un súbito acceso de ansiedad. Durante unos instantes estuvo a punto de correr en busca de la oveja perdida, pero el instinto de protección  al  rebaño  se  impuso. Almizcle debía de estar lejos, ya que ni siquiera su fino olfato podía localizarla. El   resto   de   las   ovejas   no   podían quedarse solas.

Pocas veces había tardado menos en

 

encerrar a los animales en el corral. El dolor en el costado había cesado por completo y cuando recorrió de nuevo el camino de los prados altos su carrera era casi tan ligera como la de un macho joven.  El  sentimiento  de  culpa  ponía alas a sus patas.

Al cabo de media hora captó el peculiar olor de Almizcle. Provenía del barranco. Brezo corrió hacia allí, cruzando el bosque de hayas a través del cortafuegos. Sabía que algo andaba mal, ya que el olor de Almizcle estaba cargado de feromonas crujientes de miedo sobre un fondo de sangre.

Al    poco  rato   pudo escuchar     los

 

débiles  balidos  de   la   oveja.   Brezo siguió el sendero que descendía hasta el fondo del barranco. Y allí estaba Almizcle, sobre las piedras, con el cuerpo retorcido en una posición inverosímil. Dos buitres se encontraban cerca  de  ella,  preparándose  para  el festín. Brezo los alejó con una algarabía de ladridos y luego se acercó a la oveja. Su lana estaba manchada de sangre, rojo sobre blanco, como un incendio en la nieve. Tenía roto el espinazo: no podía moverse, sólo podía balar quedamente. Su voz sonaba igual que el murmullo de un bebé.

Brezo  ladró  y tiró  de  ella  con la

 

boca, intentando ponerla en pie para conducirla de nuevo al corral. Almizcle emitió un sonido burbujeante y miró a Brezo con expresión de acongojada súplica. Por supuesto, eso no significa nada; las ovejas siempre miran así.

Brezo se alejó varios metros y ladró de nuevo. Almizcle se agitó y baló con urgencia. De algún modo, la presencia del perro la tranquilizaba.

Así que Brezo se acercó de nuevo a ella, sentándose a su lado. Los dos animales   permanecieron  juntos   largo rato.  Varias  veces  tuvo  el  perro  que alejar a lo buitres, y siempre volvió al lado     de     la     oveja.     Finalmente,

 

coincidiendo con el último rayo de sol en  la   línea  del   horizonte,  Almizcle exhaló suavemente el aire de los pulmones   y   sus   ojos   se   volvieron opacos. Al morro de Brezo llegó el dulzón aroma de la muerte.

El perro se levantó y lentamente inició el camino de regreso al corral. La culpa pesaba sobre él como una losa; sabía que Almizcle ya no formaba parte del rebaño. Ahora pertenecía a los buitres.

 

 

 

 

El   lanzamiento  fue   un  éxito.   El cohete Arianne V se elevó majestuoso

 

por encima de las selvas tropicales de la Guayana, como un flamígero dedo de Dios  señalando la  bóveda  celeste. Pocos minutos después, a casi ochocientos kilómetros de altura, el satélite se desprendió de la última fase del propulsor e inició la primera de sus órbitas en torno a la Tierra. Desplegó los   paneles   solares   y   las   antenas, corrigió   su   posición   y   comenzó   a realizar el trabajo para el que había sido creado: ver, oír y transmitir datos.

Durante dos años su labor se desarrolló sin problema alguno. Doce horas al día Geosat trabajaba para el Consorcio, trazando mapas geológicos,

 

rastreando bancos de peces o interfiriendo   comunicaciones restringidas de las empresas Honda y General Motors. Otras ocho horas estaban destinadas a las oscuras actividades de los servicios de inteligencia  alemanes.  Durante  ese tiempo   Geosat  proyectaba  sus   finos oídos al interior del Ministerio de Defensa francés o se dedicaba a obtener precisas  imágenes  de  la  base aeroespacial japonesa situada en la isla Tanegashima. Las cuatro horas restantes estaban a disposición de las diversas instituciones que contrataban los servicios de  Geosat, contribuyendo de

 

este modo a sufragar los costosos gastos que suponía el mantenimiento de todo el programa  relacionado  con  el  satélite. Así que durante cuatro horas diarias Geosat palpaba la atmósfera y medía la temperatura y dirección de las corrientes marinas para la World Meteorological Organization, o delineaba mapas de actividad geotérmica para la Organización del Año Geofísico Internacional.

Si durante aquellos dos primeros años de vida Geosat hubiera podido experimentar emociones (algo, por aquel entonces, muy lejos de su alcance), habría  sido  el  orgullo  el  sentimiento

 

preponderante.  Geosat  era  un instrumento casi perfecto que cumplía óptimamente con sus múltiples labores.

Pero un día la rutina habitual del satélite  se  vio  interrumpída:  los alemanes transmitieron una clave especial al ordenador de a bordo, un código preestablecido que ponía en funcionamiento un programa hasta aquel momento inactivo. Y Geosat obedeció las  órdenes  inscritas  en  su  cerebro. Como un hijo desleal, volvió la espalda al Consorcio y se entregó en cuerpo y alma, las veinticuatro horas del día, al servicio de inteligencia alemán. Oh, claro,   algo   muy   grave   ocurría.   Un

 

problema de extremada importancia justificaba  aquella  traición;  la humanidad asistía a un conflicto bélico, territorialmente limitado, pero de consecuencias  impredecibles,  y cualquier  recurso  estratégico  debía pasar a manos de quienes tenían por misión defender la civilización occidental (y el conjunto de mentiras e injusticias que ésta representaba).

Geosat recibió la orden de modificar su órbita y dedicar toda su atención a un pequeño país árabe de Oriente Medio. Una inusitada actividad tenía allí lugar; gran despliegue de comunicaciones electromagnéticas,      movimiento      de

 

tropas, lanzamiento de misiles hacia otro pequeño país fronterizo... Geosat interfirió mensajes secretos, obtuvo imágenes en casi todas las bandas del espectro y transmitió sus hallazgos a las bases alemanas (situadas en diversos barcos  desperdigados  por   todos   los mares  del  mundo).  Finalmente  fue testigo de la explosión de las cinco bombas de hidrógeno que borraron del mapa al pequeño país árabe. Y que pusieron en marcha un refinado y letal plan de venganza que desataría sobre la Tierra la furia del tercer jinete del apocalipsis: la enfermedad, la peste, las plagas.

 

Apenas dos meses después ocurrió algo inaudito: las comunicaciones con la Tierra se vieron cortadas.

Y Geosat se quedó solo.

 

 

 

 

Brezo sabía que no debería haber abandonado  al  rebaño,  pero  la curiosidad triunfó sobre el sentido del deber. En mitad de la noche los vientos dominantes  habían  cambiado brevemente de dirección, transportando el intenso aroma de la sangrienta carnicería.

De modo que, un par de horas antes del amanecer, el perro había partido en

 

busca de la fuente de aquel penetrante olor. Las ovejas, dormidas en el corral, ni siquiera se darían cuenta de su ausencia.

Encontró los cadáveres cerca de un remanso del río, a cuatro kilómetros de distancia en dirección al llano. Once ciervos  medio  devorados:  cinco hembras, dos machos jóvenes y cuatro cervatillos.  Sus  restos  habían comenzado a pudrirse en medio de un hedor indescriptible. Pese a ello, el fino olfato de Brezo captó en el ambiente los olores mucho más débiles de la jauría. Probablemente los perros habían sorprendido   a   la   manada   mientras

 

abrevaba en el río. Y debió de ser un trabajo muy sencillo, ya que mataron a más animales de los necesarios para comer.

Aspiró de nuevo el aroma de la putrefacción. Los perros no desdeñan la carroña, pero Brezo había perdido últimamente el apetito. Las punzadas en su costado seguían atormentándole. No eran muy dolorosas, pero sí  cada vez más frecuentes.

Olor a podrido. Hubo una época en que todo el planeta apestó a podredumbre: el olor de millones de cuerpos humanos corrompiéndose. Aquello ocurrió casi al mismo tiempo

 

que la muerte del pastor, poco después de la fugaz visita del médico. El pastor no había sido un hombre sociable y rara vez bajaba al pueblo. De hecho, solía pasar meses sin ver a otro ser humano. Tampoco tenía televisión, ni radio. El pastor, por alguna razón, había huido del mundo   y  se   había   refugiado  en  la soledad de las montañas. Por eso, hasta el   último  momento,  no  tuvo  noticia alguna de las plagas.

Pero un día llegó el médico conduciendo aterrorizado un todoterreno gris. Se detuvo frente a la vivienda del pastor para llenar de agua el sediento radiador de su vehículo. El pastor solía

 

ignorar a los forasteros, pero conocía al doctor, de modo que salió de la casa para saludarlo.

El   médico   gritó   que   no   se   le acercara. Después de tantas noches en vela, atendiendo inútilmente a cientos de enfermos incurables, estaba agotado y nervioso. Con un torrente de palabras casi incomprensibles le habló al pastor de las epidemias que estaban asolando a la humanidad. Decenas de enfermedades mortales  y  desconocidas  se  extendían por todos los continentes, sembrando la Tierra de cadáveres. ¿Una catástrofe natural? No. Los focos epidémicos habían aparecido simultáneamente en los

 

lugares  mas  diversos  del  planeta, alguien los había provocado. ¿Quién? A esas alturas daba igual. Decenas de millones de personas morían cada día. La medicina no podía hacer nada frente a enfermedades nuevas de las que nada se sabía. Enfermedades inusitadamente contagiosas, invulnerables a cualquier tratamiento, inflexibles en su avance asesino. Todos morían, hasta los médicos. Y él... Él no podía hacer nada. Salvo huir. ¿Podía coger un poco de agua?

El  pastor  encajó  aquellas  noticias con el contumaz distanciamiento que habitualmente presidía su vida. Se limitó

 

a asentir tranquilamente y a señalar con un gesto el  pozo.  El  médico llenó de agua el radiador y un par de bidones que llevaba atados en la baca del vehículo. Luego, él mismo dio un largo trago... directamente del cubo.

Y dejó el cubo medio lleno de agua, en el borde del pozo.

Desde ese mismo instante, los gérmenes comenzaron a multiplicarse enloquecidamente en el agua fresca y oscura.

Finalmente el médico partió, internándose veloz en las montañas. Cinco días más tarde moriría, ardiendo de   fiebre,   en   la   soledad   de   un

 

bosquecillo de abetos.

El pastor observó al todoterreno perdiéndose en la lejanía. Se acercó al pozo y cogió el cubo: dio un par de sorbos.

El pastor murió tres semanas más tarde.

La raza humana tardó dieciocho meses en desaparecer como especie.

Durante mucho tiempo la Tierra olió a putrefacción.

Brezo se detuvo frente al cadáver de uno de  los  ciervos. Era  un macho de gran tamaño. Debía de haber sido difícil acabar con él. Lo olfateó: una miríada de  olores  asaltaron  su  pituitaria.  De

 

entre todos ellos uno se alzó como un enigma exigiendo solución: el olor del perro que Brezo creía reconocer. Sin duda había sido el verdugo del ciervo, ya que su aroma se percibía con nitidez.

Brezo        giró   la       cabeza.       ¿Dónde       y cuándo había percibido aquel olor?

La respuesta le llegó súbitamente.

Era el aroma de un cachorro. De un cachorro tuerto.

Que ahora ya no era un cachorro. Brezo gimió.

Lo había olido hacía muchos años, el día que Trueno se enfrentó a la jauría.

Trueno pesaba casi noventa kilos, y bajo su piel no se escondía ni un gramo

 

de grasa. Su cuerpo parecía tallado en granito, todo músculo y fibra. Claro que se trataba de un moloso, un gigante entre los perros. Su raza había sido cuidadosamente  seleccionada, generación tras generación, no sólo en lo concerniente al  físico, si  bien ésa era una  cuestión importante, sino  teniendo en cuenta también ciertas peculiaridades del carácter. Por eso Trueno era tan extremadamente agresivo con los extraños,  tan  territorialista,  tan protector.   Por   eso   Trueno   no   tenía miedo a nada. Salvo a su amo. Pero el pastor   había   muerto,   de   modo   que Trueno había dejado de sentir el menor

 

atisbo  de  temor  hacia  cualquier  cosa. Sin duda era un perro muy seguro de sí mismo, y con motivos.

El enemigo natural de los mastines fue el lobo, pero casi no quedaban lobos en Europa; había que ir hasta las heladas estepas del norte de Europa para encontrar las primeras manadas. Desaparecido el lobo, el hombre se convirtió en el auténtico enemigo de los mastines, por lo que la misión de Trueno había consistido en defender al rebaño de los ladrones de ovejas.

Pero ya no había hombres. Ya no había enemigos.

La   tarea  de      Trueno       carecía        de

 

sentido, aunque eso, por supuesto, no se lo había dicho nadie. ¿Un mastín para ahuyentar zorros? Como matar moscas a cañonazos. Claro que, bien mirado, sí había enemigos. Parafraseando un viejo dicho latino: canis cane lupus. El perro es un lobo para el perro.

Ocurrió tres años después de la muerte del pastor. Brezo, por aquel entonces, se había convertido en un vigoroso   animal,   y   también   en   un maestro del pastoreo. Rayo y él dominaban el rebaño con la precisión de un coreógrafo. Eran un equipo, una unidad perfectamente conjuntada. En cierto sentido ovejas y perros formaban

 

un sólo organismo, una gestalt intachable en la que todo marchaba como un reloj. Hasta que los desmedidos fríos de aquel invierno trajeron la desgracia.

La nieve había cubierto no sólo los prados altos, como solía ocurrir todos lo inviernos, sino también los pastizales más bajos que se extendían al pie de las montañas. De modo que había que descender más aún, hasta el valle, para encontrar algo de hierba libre de nieve.

Rayo conocía el camino. Con la ayuda de Brezo y la protección de Trueno, condujo el rebaño en dirección a los bosques del llano, hacia lo que habían sido los dominios del Hombre.

 

Durante el camino cruzaron un pequeño pueblo. Varias casas tenían el tejado hundido y cuatro o cinco esqueletos humanos se desperdigaban por la calle principal; aquellos cadáveres tenían una década de antigüedad. Había tres coches aparcados y un camión, todos ellos con los neumáticos desinflados y podridos. En  el  patio  de  una  de  las  casas  un triciclo infantil se herrumbraba a la intemperie.

A la salida del pueblo encontraron los restos devorados de un potrillo, muerto hacía no más de una semana. Trueno  se  acercó  y  lo  olfateó  con visible interés. Su aparente indolencia

 

quedó borrada al instante. Levantó la cabeza y la movió a izquierda y derecha, aspirando el aire de la mañana en busca de señales y presagios. Luego comenzó a trotar de un lado a otro, husmeando cada rincón del camino.

Continuaron la marcha, pero Trueno, esta vez, no se limitaba a caminar tranquilamente unos  metros  por  detrás del rebaño, sino que lo hacía delante, atento a todo, en tensión.

El grupo de perros los sorprendió en la linde del bosque, cerca de un arroyo. Surgieron de entre los árboles, silenciosos y hambrientos. Eran once, la mayor parte mestizos de tamaño medio.

 

Pero el jefe... ah, el jefe era distinto. Se trataba de un San Bernardo de pura raza y era tan inmenso que hasta Trueno parecía pequeño a su lado.

Los perros salvajes comenzaron a desplegarse  formando  un  semicírculo. Un coro de gruñidos y chasquidos de dientes recorrió la arboleda. Rayo y Brezo, aterrorizados, intentaban que las ovejas no huyeran desperdigándose por el bosque. Eran once perros contra tres. Cierto es que había dos cachorros en el grupo, lo que dejaba las cosas en una proporción de tres a uno. Un balance de fuerzas poco alentador. Pero entre los perros     las     cosas     no     son     tan

 

numéricamente simples.

Trueno, la cabeza en alto y la vista fija en el San Bernardo, se adelantó unos pasos, interponiéndose entre los predadores y el rebaño. Durante un par de minutos nadie se movió. De no ser por el bullir de las ovejas, la escena hubiera  parecido  un  fotograma congelado. El primero en atacar fue un mestizo de buen tamaño, probablemente el segundo en el mando. Se abalanzó súbitamente contra Trueno, gruñendo y ladrando.  Pero  en  el  último  instante, antes de llegar a la altura del mastín, hizo   un   quiebro   y   retrocedió   unos metros, para de nuevo volver a atacar y

 

de nuevo volver a variar, en el último momento, el rumbo de su acometida. Estaba tanteando a su contrincante, y lo que  pudo  observar  en él  no  le  gustó nada. Trueno, como un guerrero zen, no había movido ni un sólo músculo. De hecho,   ni   siquiera   había   mirado   al mestizo mientras le atacaba. Se limitaba a  permanecer  ahí,  inmóvil  como  un ídolo de piedra. El mestizo se detuvo y agachó la cabeza, gruñendo por lo bajo. Lentamente comenzó a girar en torno al mastín.  Y,  de  súbito,  igual   que  un latigazo, se lanzó hacia delante, la boca abierta mostrando los colmillos grandes como   navajas,  e   intentó   lanzar   una

 

dentellada al costado del moloso.

Nadie hubiese supuesto que un perro tan grande pudiera moverse a tal velocidad. Una décima de segundo antes de que los dientes se clavaran en su piel, Trueno se giró e hizo presa en el cuello de  su  atacante.  Luego  movió bruscamente la cabeza, se escuchó un crujido seco y el cuerpo del mestizo se agitó como un trapo al viento. Trueno trazó un arco amplio con el cuello y, como quien escupe un trozo de carne, lanzó el cadáver del perro contra unas piedras.

Un  murmullo  de  gemidos.  Los perros,    atemorizados,    retrocedieron

 

unos pasos. Salvo el San Bernardo, que con andar pesado y tranquilo se acercó al cadáver del mestizo y lo olfateó casi con delicadeza.

Trueno alzó la cabeza y ladró dos veces. Su voz grave y bronca contenía una advertencia: «Las ovejas son mías, no las toquéis.» En circunstancias normales aquello, la muerte del mestizo a manos del gigantesco mastín, hubiese puesto el punto final a la contienda. Los perros pueden atacar en grupo a un ciervo, o a un jabalí, pero no a otro perro. Estaban en juego milenarios instintos, antiquísimas normas de conducta que establecían las reglas del

 

combate: uno contra uno, y el ganador es el jefe. Pero el mestizo no había sido el jefe. El auténtico líder era el San Bernardo. Para  sortear  definitivamente el   peligro,  Trueno  tenía  que  luchar contra él y vencerlo. Algo nada sencillo, ya que el San Bernardo pesaba ciento diez kilos y era, en todos los aspectos, más grande y más fuerte. No obstante, aún estando en desventaja física, Trueno contaba con tres puntos a su favor: era más ágil, tenía cortadas las orejas, lo que evitaría dolorosos desgarrones, y, quizá lo más importante, aún llevaba al cuello el collar de clavos que le puso el pastor   y   que   bloquearía   cualquier

 

posibilidad de una dentellada mortal en la garganta. El San Bernardo se apartó del cadáver del mestizo y caminó despacio hasta situarse frente a Trueno, a no más de sesenta centímetros de distancia. Del fondo de su pecho surgía una  especie  de  gruñido  grave  y profundo. Pasaban los segundos, arrastrándose como caracoles, y los dos gigantes permanecían inmóviles, mirándose fijamente, tensos como resortes a punto de saltar.

Súbitamente los dos atacaron a la vez. Ambos eran molosos, y comenzaron a  pelear  como tales. Alzándose sobre sus patas traseras, se abalanzaron el uno

 

contra el otro, pecho contra pecho, las patas delanteras agitándose como molinetes. Trueno salió violentamente despedido hacia atrás, rodó sobre el suelo y se levantó rápido. El San Bernardo tenía demasiada masa como para competir contra él a base de empujones. Así que Trueno se abalanzó de nuevo, frontalmente, contra su rival, pero cuando éste elevó su cuerpo sobre los cuartos traseros, repitiendo la táctica anterior, el  guardián del  rebaño lanzó una dentellada a la parte baja de su costado. El San Bernardo se revolvió Una rosa de sangre floreció sobre el denso  pelo  castaño.  El  gigante  ladró,

 

enfurecido por el dolor, y como un oso salvaje  descargó  una  lluvia  de mordiscos y empujones sobre Trueno. Éste intentó esquivarlos y contraatacar, pero el San Bernardo era demasiado fuerte, de modo que tuvo que retroceder, blandiendo los colmillos igual que un espadachín usa el sable para contener el ímpetu de  un ataque.  Pero  ni  aun así logró evitar que los dientes de su contrincante le desgarraran la carne, delineando decenas de heridas sobre el blanco pelaje.

Cuando unas piedras bloquearon su retroceso, Trueno se vio forzado a una acción desesperada. Eludió como pudo

 

una   dentellada  salvaje   y  agachó   la cabeza  hasta  besar  el  suelo  con  el hocico,  ofreciendo  a  su  enemigo  la testuz  aparentemente  desprotegida.  El San Bernardo aprovechó la ocasión y mordió con furia el cuello... para encontrarse con la dolorosa agudeza de los clavos que erizaban el collar. Gimió y apartó sus fauces sangrantes.

Fue entonces cuando Trueno, de una veloz dentellada, le arrancó una oreja.

El San Bernardo rugió y brincó a un lado. La sangre manaba a torrentes por su cabeza. Una espuma escarlata le burbujeaba en la boca, mientras el frío aire se condensaba en su aliento agitado.

 

Brezo abandonó la vana tarea de intentar mantener reunido al rebaño y se acercó al límite mismo del escenario de la lucha. Los demás perros se mantenían alejados a unos metros de los contendientes. El olor de la sangre les había excitado, pero ninguno ladraba.

Trueno y el San Bernardo estaban inmóviles en el centro del claro, sobre la nieve manchada de rojo, mirándose, estudiándose como dos boxeadores en medio  del  ring.  El  cielo  cubierto  de nubes  era  un  plomizo  dosel  que inundaba de sombras el valle. A lo lejos resonó un trueno. Comenzó a nevar.

El San Bernardo fue el primero en

 

reanudar  el  ataque.  Ya  sabía  que  no podía morder el cuello de su enemigo, las heridas en la boca y la oreja desgarrada habían sido el precio a pagar por la lección. De modo que lanzó frontalmente un par de andanadas de mordiscos,  que  Trueno  consiguió esquivar con facilidad. El San Bernardo retrocedió un paso, avanzó otro y, de improviso, atacó de costado, derribando de un fuerte empujón a su contrincante. Entonces, igual que un verdugo descargando el hacha, clavó sus dientes en la pata trasera del mastín.

Oh,  con qué  alegría notó cómo la carne   cedía, que    los     tendones     se

 

cortaban, que el hueso se astillaba...

Trueno, desde el suelo, ciego de dolor, mordió ferozmente el costado del San Bernardo, pero este dio un brinco y se alejó unos metros, triunfante.

Trueno intentó levantarse, trastabilló y cayó de nuevo sobre la nieve. Tenía la pata inutilizada, estaba cojo. Se incorporó como pudo, tambaleante sobre tres apoyos, y mostró los dientes con rabia. Cualquier otro perro se habría dado por vencido, tumbándose dócilmente y ofreciendo la garganta, con respeto y sumisión, a su enemigo. Ese gesto hubiese bastado para finalizar la lucha.  El  vencedor  orinaría  sobre  el

 

derrotado, y luego la jauría tomaría posesión del rebaño, organizando primero  una  matanza,  y  un  festín después.

Pero Trueno no conocía el miedo. Pese a estar medio tullido, mostró los colmillos y gruñó su desafío. El combate no había concluido todavía.

Los perros comenzaron a ladrar, excitados ante  el  inminente desenlace. El  San Bernardo se encabritó y ladró con entusiasmo. Lentamente se acercó al mastín,  que  mantenía  la  cabeza agachada, casi pegada al suelo, y cuando llegó a su altura se alzó sobre sus patas traseras,   dispuesto   a   descargar   los

 

colmillos en el espinazo de su rival.

Entonces sucedió lo inesperado. Trueno, con una fuerza inesperada para un animal tullido, saltó a su vez e hizo presa en la garganta del San Bernardo. Este intentó apartarse, sacudirse de encima los dientes de su enemigo. Pero Trueno encajó con furia las mandíbulas. Los  colmillos  atravesaron la  capa  de pelo y grasa y perforaron la yugular. Un chorro de sangre brotó de la herida.

El San Bernardo se agitó, empujó, se sacudió como un oso atrapado por un cepo. Pero Trueno mantuvo la presa mientras  la  sangre  de  su  adversario corría  por  su  boca,  sobre  el  pecho,

 

derramándose en la nieve.

Finalmente el San Bernardo se derrumbó. Trueno mantuvo clavados sus dientes en la garganta del gigante aun después de que los últimos estertores sacudiesen el enorme cuerpo peludo y ya sin vida. Luego se incorporó, y alzando la cabeza al cielo de acero helado, ladró al viento su triunfo.

Brezo olfateó con precaución el cadáver del San Bernardo. Los demás perros,  las  orejas  gachas  y  el  rabo caído,  comenzaron  a  alejarse  en silencio. Excepto uno, un cachorro de seis meses, mestizo de alano y San Bernardo, que sin demostrar miedo se

 

aproximó al cuerpo muerto de su padre. Puso una pata sobre él y le empujó un poco,  como  intentando  despertarlo. Luego alzó la cabeza lentamente. Una cicatriz cruzaba el lugar que había ocupado su ojo derecho. Era tuerto.

El cachorro no ladró, ni gimió, ni profirió sonido alguno. Se limitó a mirar fijamente a Brezo durante largos segundos. Luego, siempre en silencio, se perdió veloz entre los copos de nieve.

¿Qué  fue  de  Trueno?  Las  heridas sanaron  pronto,   ningún  órgano   vital había sido afectado. Pero su pata trasera nunca recuperó la movilidad. Trueno era un perro  muy grande  y apenas  le  era

 

posible andar. De modo que dejó de acompañar al rebaño y tuvo que aceptar ser alimentado por Rayo y Brezo. Los días de caza habían acabado para él.

Los mastines son quizá los animales más orgullosos de la creación. Probablemente por eso, apenas mes y medio más tarde, Trueno despertó en mitad de la noche y trabajosamente tomó el camino que conducía hacia la cima de las montañas.

Es posible que durante la primavera, con el deshielo, sus restos congelados volvieran a recibir la caricia del sol.

 

Cuando las  comunicaciones con la Tierra           se      interrumpieron,               Geosat procedió a autoevaluar el estado de sus equipos; a fin de cuentas tan posible era que la Tierra hubiese enmudecido como que él se hubiera quedado sordo. Pero no, sus antenas y receptores funcionaban perfectamente  y  podían,  por  ejemplo, percibir el murmullo magnético de las instalaciones hidroeléctricas situadas en tierra.         O       captar                  las     emisiones automáticas      de            los             satélites geostacionarios de la red G.O.E.S. Per toda  la   banda         del             espectro correspondiente         a                 comunicaciones comerciales  y  militares  se  encontraba

 

vacía, ofreciendo tan sólo silencio barnizado de estática. Aquello era tan extraordinario  que  provocó  la activación de un subprograma de emergencia. Geosat comenzó a emitir señales a tierra. Probó primero varias frecuencias restringidas de los canales alemanes, luego lo intentó con la banda de comunicaciones del Consorcio, más tarde probó fortuna con los canales electromagnéticos de la NASA y de la OTAN,  y  así  sucesivamente  hasta agotar,  sin  obtener  respuesta  alguna, todas las frecuencias habituales de comunicación radial.

En   la       medida       que    un     satélite

 

artificial puede alarmarse, Geosat se alarmó.  Estaba  diseñado  para comunicar,  y  la  imposibilidad  de hacerlo era el problema más grave que podía afrontar.

Entonces  entró  en  funcionamiento una parte del sistema que sólo debía activarse  en  caso  de  emergencia máxima. Por primera vez el programa informático alemán BRAYN tomó plenamente las riendas del hardware japonés denominado TOHOKU. Y e cerebro electrónico de Geosat dio instantáneamente un salto cuántico en la evolución de los organismos basados en el silicio.

 

Porque BRAYN era un programa tan especial que podía modificarse a sí mismo según la experiencia que fuese adquiriendo. Con otras palabras: podía, aprender.

Tan sólo dos prioridades regían la recién activada mente autónoma de Geosat: debía obtener datos y establecer contacto con los seres humanos pertinentes. Por ello Geosat, usando su nueva capacidad de raciocinio, razonó que lo primero era encontrar algún humano, comunicar con él, y luego establecer si se trataba de un humano pertinente o no. De modo que meditó, a su  fría  manera,  y  decidió  que  debía

 

realizar una intensiva exploración visual de la superficie terrestre. Modificó levemente su órbita y, tras afinar su potente telescopio H.R.V, procedió a observar en detalle lo que sucedía, en la Tierra.

Siete años permaneció Geosat escrutando la piel de su planeta madre. Siete años sin distinguir rastro alguno de vida humana. En las ciudades toda actividad se había detenido, y en las calles podían distinguirse cadáveres humanos mezclados con los vehículos abandonados. Las carreteras y los aeropuertos no registraban el menor tráfico,      los      trenes      permanecían

 

inmóviles en las vías y los barcos no cruzaban ya los mares. Las fábricas no producían, las cosechas ni se recogían ni se sembraban y el ganado se dispersaba por los campos. Toda actividad humana había cesado.

Geosat no podía aceptar lo más evidente, que la raza humana había perecido. Se trataba casi de un problema epistemológico, de una idea que contradecía la segunda premisa básica de su programa; ¿cómo no iba a haber seres humanos si él debía contactar con los seres humanos? Por ello Geosat supuso que la humanidad se encontraba en zonas del planeta a las que él no tenía

 

acceso.   Aquello   le   desconsoló.   No podía alterar radicalmente su posición, no  podía,  por  ejemplo,  convertir  su órbita ecuatorial en una órbita polar. De modo que tuvo que conformarse con optimizar sus reservas de combustible y realizar leves alteraciones de su trayectoria, lo que le permitiría explorar nuevas, aunque limitadas, franjas de terreno.

Dos años después seguía sin encontrar rastro alguno de la humanidad.

Es difícil aceptar que una máquina sea capaz de sentir ansiedad o de sufrir una  profunda  depresión, pero  sólo  de ese  modo  podía  describirse el  estado

 

mental del cerebro de Geosat. Hay que tener en cuenta que el satélite estaba incumpliendo la premisa básica de su existencia: establecer comunicación con seres humanos. Y algo aún peor: Geosat era consciente de que disponía de un tiempo  limitado.  El  hidrógeno  líquido que usaba como combustible prácticamente se había acabado y su órbita estaba descendiendo peligrosamente. Tan peligrosamente que ya había alcanzado el límite exterior de las capas más elevadas de la atmósfera y un suave pero continuo bombardeo de moléculas de oxígeno y nitrógeno preludiaba el inevitable final.

 

Geosat sabía que iba a morir sin conseguir llevar a cabo su misión. Esta idea, a su extraña manera electrónica, le atormentaba; su programa bullía y se retorcía intentando encontrar una solución, pero la frustración era el único resultado.   Geosat   se   sentía   solo   e inútil...

Hasta el día en que, sobrevolando la cordillera de los Pirineos, descubrió un claro indicio de vida humana: un rebaño de ovejas apacentado por un perro.

 

 

 

 

Tras la matanza de ciervos en el riachuelo,   la   jauría   parecía   haber

 

desaparecido de la faz de la Tierra. Ni un olor, ni un ladrido, ni el más mínimo rastro. Brezo hubiera podido llegar a olvidarse  de  ellos,  de  no  ser  por  el sueño  que,  noche  tras  noche,  se  le repetía: la lucha de Trueno con el San Bernardo  y  la  mirada  del   cachorro tuerto,  aguda  como  una  acusación, intensa como un presagio.

Las  punzadas  en  su  costado  eran cada vez más frecuentes y un dolor continuado y sordo se había convertido en su constante compañero. Cada vez tenía   menos   apetito;  comía   poco   y cuando lo hacía solía vomitar parte del alimento.  Las  costillas  empezaban  a

 

marcarse  bajo  la  piel  y  el  estómago había dejado de tener una apariencia convexa  para  adoptar  un  aspecto cóncavo y enfermizo. Brezo, por supuesto, continuaba cada día pastoreando al rebaño.

Mientras, el tumor que asolaba su hígado crecía, crecía, crecía....

Ocurrió durante el alba, dos semanas después de haber encontrado los cadáveres de los ciervos. Brezo dormía en el cobertizo que se alzaba junto al corral. Comenzaba a amanecer cuando los ruidos le despertaron. Abrió los ojos y levantó la cabeza. Por un instante su corazón se detuvo.

 

Formando un semicírculo en torno al cercado, los perros de la jauría se alineaban como fantasmas de ojos rojizos. El ruido de dientes chasqueando el aire se fundía con los alarmados balidos de las ovejas. Brezo se levantó y corrió hacia la puerta del corral, interponiéndose entre la jauría y el rebaño. Estaba aterrorizado, sabía que no podía hacer nada, no ya contra casi cuarenta perros, sino frente cualquier animal adulto, joven y sano. Aun así, estaba dispuesto a luchar y dar su vida por defender al rebaño. Pero él no era Trueno, tenía miedo.

Algunos  perros  ladraron  al  verle.

 

Todavía estaba muy oscuro, por lo que no se distinguían bien los rasgos de cada animal, aunque era evidente que todos aquellos perros eran mestizos. Las razas caninas habían sido una invención del Hombre, creadas mediante cruces selectivos. Pero se trataba de una creación tan frágil que habían bastado un par de generaciones para acabar con la labor  de  miles  de  años.  Todos  los perros de la jauría tenían el mismo tamaño y casi el mismo aspecto. Salvo uno, un gigante que se mantenía oculto en las sombras, y del que sólo se distinguía su enorme silueta.

Brezo frunció los belfos, mostrando

 

los colmillos, y gruñó en tono bajo. Mantenía las orejas agachadas y el rabo entre las patas, intentando impedir que las feromonas que expelía su ano transmitieran el terror que sentía.

Uno de los perros comenzó a ladrar y se acercó amenazador a Brezo. Era un macho algo mayor que el resto, sin duda un bravucón que pretendía hacer méritos para ascender en la rígida escala social de la jauría. Brezo le dirigió una par de secos ladridos que, lejos de intimidarlo, parecieron darle nuevos bríos. Algunos de los miembros de la jauría unieron sus voces a la algarabía. Las ovejas balaban y corrían de un lado a otro del corral,

 

poniendo   en      peligro        la       precaria estabilidad de la cerca.

De pronto un ladrido grave como un trueno se dejó oír por encima del estrépito. Los perros enmudecieron. Un nuevo ladrido y hasta las ovejas parecieron acallar sus balidos. De entre las sombras surgió el jefe de la jauría, un animal enorme, quizá no tan pesado como lo fue Trueno, pero sin duda más alto. Era un mestizo de alano y San Bernardo. Y le faltaba un ojo, era tuerto.

Brezo gimió. Reconocía su olor, no su   aspecto.   Había   cambiado   mucho desde que le vio siendo cachorro, hacía ocho años. Tenía la altura de un gran

 

danés y la corpulencia de un mastín. Su corto pelaje era blanco y canela. La cabeza, grande y angulosa, le otorgaba un aspecto tan noble como amenazador. Su único ojo le observaba fijamente, igual que un punto de mira centrado en una diana.

El jefe de la jauría se adelantó despacio, como un cíclope orgulloso, hasta detenerse a pocos centímetros de Brezo. El sol comenzaba a despuntar sobre las cumbres de las montañas y sus rayos  bañaron de  oro  al  gigante.  Por unos instantes hubo un silencio casi sonoro. Luego el jefe bajó la cabeza y olfateó a Brezo con curiosidad.

 

Algo cambió en su mirada, quizá fue un relámpago de reconocimiento, una breve vacilación imprecisa, o simple sorpresa. Fuera lo que fuese, el gigante se inclinó y, casi con ternura, lamió la temblorosa cabeza de Brezo. Luego se apartó de él, se acercó a la puerta del corral,  levantó  la  pata  y  orinó  sobre ella. Acto seguido se dio la vuelta e inició un tranquilo trote, alejándose del corral, del rebaño y de Brezo. El resto de los perros contemplaron desconcertados la actitud de su jefe. No entendían por qué no había acabado de una simple dentellada con aquel perro viejo  y  enfermo,  por  qué  no  había

 

saltado la cerca para iniciar una matanza de ovejas, por qué se alejaba sin dejar su habitual firma de sangre y violencia.

Dos ladridos lejanos, la llamada del jefe, disiparon sus dudas. Todos los perros   de   la   jauría,  como  un  sólo animal, se dieron la vuelta y partieron a la carrera. Brezo se quedó sólo con las ovejas.

¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué aquel perro tuerto se había comportado así? Quizá reconoció a Brezo y recordó a Trueno, el guerrero que mató a su padre. Quizá sintió aprensión ante el aroma a ser humano que, aunque sutil, aún   flotaba   en   el   corral.   O,   más

 

probablemente, distinguió el perfume de la muerte envolviendo, como el abrazo de una amante celosa, a Brezo.

Quién sabe... En cualquier caso, el jefe de la jauría había orinado sobre el cercado,  dejando  un  nítido  mensaje:

«Este es mi territorio. Volveré.»

Brezo gimió al notar un pinchazo particularmente agudo en su costado. Suspiró y se dispuso a sacar las ovejas del corral para dirigirlas a los prados altos.

Una tristeza infinita se aferraba a su garganta y le entrelazaba un nudo en el estómago.

 

No fue alegría lo que sintió Geosat al ver al rebaño (un satélite, por muy evolucionado que sea, no es un buen ejemplo de emotividad). Pero desde luego sí experimentó lo que podríamos llamar  alivio  informático. Inmediatamente distendió algunos subprogramas que, hasta aquel momento, se habían dedicado a diseñar hipótesis sobre el misterio que envolvía la desaparición  de  la  humanidad.  A  lo largo de los años, esas hipótesis se habían ido tornando cada vez más extravagantes.  Una  de  ellas,  por ejemplo, aventuraba que los hombres habían decidido establecerse en bases

 

submarinas, matando previamente a los que se oponían a la idea (eso justificaba los cadáveres en las calles).

Otra, indudablemente solipsista, suponía que nada de lo que sus instrumentos percibían era real, y que todo se trataba de una invención de su mente electrónica. Pero la hipótesis en que últimamente estaba trabajando era, con mucho, la más enajenada: la humanidad se negaba a hablar con él, porque él, en algún momento, la había ofendido. ¿Cómo? Eso todavía era un enigma, pero no cabía duda de que se trataba de un gran pecado, algo tan atroz que  el   Hombre  decidió  volverle  la

 

espalda.  Y  de   esa   sencilla   manera Geosat había descubierto la religión y la paranoia.

Pero todo aquello quedó borrado de un plumazo cuando su cámara Vidicom captó la imagen del rebaño de ovejas, en perfecta formación, dirigiéndose a los pastizales.  Un  rebaño  sólo  podía  ser obra del Hombre. Geosat desconectó todos los subsistemas y se concentró en su   A.V.H.R.R. (Advanced  Very  High Resolution  Radiometer)  para  realizar una  minuciosa  labor  de  radiometría. Eran treinta y ocho ovejas guiadas por un peno de raza imprecisa (aunque por el pelaje y el tamaño podía tratarse de

 

un  alsaciano  o  un  pastor  belga).  El corral se encontraba junto a una construcción baja, aparentemente una vivienda,  situada  en  una  pequeña pradera entre las montañas. Y no había rastro de hombre alguno.

Geosat completaba una órbita cada noventa minutos, lo que significaba que dieciséis veces al día sobrevolaba la zona  de  los  Pirineos  donde  se encontraba el rebaño. Durante cuatro de esos días el satélite estuvo escrutando la actividad del rebaño buscando cualquier signo, el más pequeño indicio de la presencia de un hombre vivo. No obtuvo resultado alguno, lo cual era un auténtico

 

enigma; sin duda el pastoreo era una actividad inequívocamente humana. Entonces, ¿dónde estaban los hombres?

Concluido el cuarto día de observación, Geosat comenzó a  radiar en dirección a la casa y el corral. Probó en  la   banda   comprendida  entre   los cuatro y los seis gigaherzios, y luego lo intentó  con  los  enlaces  militares situados en el  espectro de los siete y ocho G.Hz. Durante cuarenta y seis órbitas ensayó multitud de frecuencias. Sin obtener respuesta.

Al quinto día, Geosat dejó de emitir señales de radio. Interrumpió también todas  sus  actividades  de  observación.

 

De algún modo entró en un proceso de introspección  casi  catatónico.  Su cerebro, el programa BRAYN, se había modificado sustancialmente con el paso de los años. El aislamiento le había conducido a una intensa autonomía (algo inconcebible para cualquier ordenador anterior a él), y esa autonomía le había llevado, primero, a una forma elevada de autoconciencia, y después a un sentimiento obsesivo de culpabilidad. Finalmente,  Geosat aceptó  su fracaso. No conseguía establecer comunicación con el Hombre y, puestas así las cosas, mejor era de]ar de existir, acabar con el pensamiento,   porque   el   pensamiento

 

sólo le producía dolor.

Lentamente (lentamente para un ser que razonaba casi a la velocidad de la luz) Geosat comenzó a borrar sus bancos de datos. Con casi humana melancolía, el  satélite  palpaba  los  conocimientos que había adquirido durante aquellos doce  largos  años,  los  saboreaba sintiendo algo parecido a la tristeza y luego  los  arrojaba  al  sumidero  de  la nada electrónica, del vacío magnético. Adiós dijo a todos sus registros de cartografía temática, a los análisis agrícolas, a las prospecciones geológicas. Con languidez se despedía de sus observaciones meteorológicas, de

 

las evaluaciones marinas, de aquel curioso fenómeno que años atrás pudo observar y captar, cuando una sorprendente lluvia de estrellas, las pérsidas, cayeron agrupadas sobre el Océano Atlántico...

Un momento...

Geosat cesó su labor de destrucción de  datos  y  se  encontró  súbitamente alerta.

Lluvia de estrellas, estrellas fugaces... ¡Por supuesto, ésa era la solución!

El satélite, metafóricamente hablando, respiró aliviado; había encontrado   la   manera   de   establecer

 

contacto con el Hombre.

Sin pérdida de tiempo, Geosat comenzó a realizar los cálculos necesarios. Gracias a su soporte lógico Simugraph estableció con exactitud su posición en el espacio. Mediante radiometría obtuvo las coordenadas precisas del corral y la vivienda. Los sensores de a bordo le proporcionaron una evaluación estricta de sus reservas de combustible. Luego, con alegría matemática, dedujo el empuje necesario, la, balística adecuada y todo el sinfín de pequeños factores que podían afectar al correcto desarrollo de suplan.

Finalmente realizó un breve estudio

 

de las condiciones atmosféricas de la zona. No deseaba de ninguna manera que una tormenta inesperada le hiciese errar sus cálculos, o que un cielo encapotado impidiera  la  observación  del espectáculo que se proponía ofrecer a la humanidad.

El telesondeo le advirtió de que un frente frío proveniente del norte había barrido toda Europa, arrastrando nubes escarchadas  de  nieve.  Los cumulonimbos cubrían la cordillera de los Pirineos e impedían la visión del cielo nocturno.

Geosat suspendió la operación que se proponía llevar a cabo, desconectó la

 

mayor   parte   de   sus   sistemas   y   se mantuvo a la espera de que el clima cambiase.

Estrellas fugaces, sí...

Pronto establecería contacto con el

Hombre.

 

 

 

 

Brezo supo que iba a morir. No se trató de un pensamiento consciente, por supuesto. Fue instinto. Además, el dolor de su costado era cada vez más intenso, y él se sentía tan débil...

El  clima  había  cambiado.  De  la noche a la mañana la primavera parecía haberse marchitado para abonar un fruto

 

tardío del invierno. El viento soplaba gélido y las nubes, apelotonadas sobre las montañas, habían regado de nieve las cumbres más altas.

Brezo no se sentía capaz de conducir el rebaño a lugar alguno, por lo que se limitó a abrir la puerta del corral y a permitir que las ovejas pastaran libremente por los alrededores. Tan sólo de vez en cuando se veía obligado a reunir fuerzas para evitar que alguna oveja se alejase demasiado.

Y fue precisamente una oveja lo que le llevó a entrar, por primera vez en su vida, en la casa del pastor.

Miel,  el  único  ejemplar  de  color

 

negro   con   que   contaba   el   rebaño, decidió adentrarse en la casa. Por supuesto no había ninguna razón para ello, ni en el interior había comida, ni ella  estaba  buscando protección.  Pero las ovejas, ya se sabe, se rigen por la aleatoria batuta de la estupidez. Brezo, olvidando su dolor ante tamaño sacrilegio, corrió al interior de la casa y sacó a mordiscos a la intrusa.

Una vez hecho esto, Brezo se dio cuenta de que había estado dentro del sancta sanctorum y nada había pasado. Ni un relámpago le había fulminado ni el fantasma de Rayo se le había aparecido como un espíritu vengador. Permaneció

 

unos instantes en el umbral, dudando, hasta que por fin se decidió a entrar de nuevo.

El interior de la casa estaba cubierto de polvo. Paredes, muebles, cortinas, todo tenía una apariencia gris y ajada, como si el tiempo hubiese cubierto de alas de mosca cada rincón del lugar. Brezo cruzó el salón y se internó en la cocina. Sobre los anaqueles, unas latas de conserva, que tiempo atrás habían reventado por la fermentación de los alimentos, parecían extraños cilindros incrustados de una sustancia parda y reseca. Brezo olfateó el mantel que se arrugaba sobre la mesa de madera, y los

 

platos polvorientos y la loza resquebrajada por las heladas. Percibió en ellos el débil olor del pastor y, por unos instantes, volvió a ser el cachorro que medio muerto de hambre y frío se ocultaba  bajo  un  arbusto,  doce  años atrás.

Salió de la cocina. Al final del corto pasillo una puerta entornada preludiaba el dormitorio. Brezo se detuvo ante ella. Una dolorosa punzada hirió su costado, pero concentrado en el olor del pastor que intensamente manaba del interior de la habitación, la ignoró. Durante unos segundos  creyó  que  el  pastor  seguía vivo, que saldría furioso del dormitorio

 

para  abatir  sobre  él  un justo  castigo. Pero no, sobre las huellas del pastor flotaba el hálito de la muerte.

Brezo entró en la habitación. La luz se filtraba a través de los vidrios rotos de la ventana y, como el aura dorada de un proyector, iluminaba el esqueleto caído junto a la cama. Brezo lo olfateó con  timidez...  Sí,  aquéllos  eran  los restos del pastor. Ahí, en el intrincado laberinto  de  las  vértebras,  entre  los arcos geométricos de las costillas, en aquella blanca arquitectura de hueso y marfil, se encontraba el epílogo de un hombre, el resumen torpe y estático de una   vida   fugaz,   una   gota   de   agua

 

perdiéndose en el mar. Muy poca cosa, nada...

Un cansancio de piedra se abatió sobre Brezo. Gimió y se sentó tambaleante.   El   dolor   clavó   en   él tenazas ardientes, robándole el aliento. Sus ojos se nublaron de lágrimas y la muerte  pareció  acariciarle  el  hocico seco y caliente. Al poco, igual que una nube aparta su velo del sol, el dolor se difuminó  y  el  aire  volvió  a  sus pulmones.  Brezo  respiró agitado y volvió  a  mirar  el  esqueleto.  Estaba caído en el suelo, boca abajo, con el brazo derecho extendido hacia una pequeña mesa de roble. Probablemente

 

el pastor, en sus últimos instantes, había intentado incorporarse para coger algo.

¿Pero qué?  Sobre el  tablero de  roble sólo descansaban dos cosas: una jarra, que en otro tiempo contuvo agua, y un marco de alpaca con una foto. El retrato de una mujer joven, un retrato ya viejo cuando el pastor vivía.

¿Qué  sed  intentó  saciar  aquel hombre solitario? ¿Sed de agua o sed de compañía...?  Brezo  se  levantó torpemente y caminó hacia la puerta. Antes de salir dirigió una última mirada al esqueleto. Había visto muchos huesos a lo largo de su vida, demasiados. El mundo parecía hecho de huesos.

 

Cuando el viejo perro abandonó la casa, un trueno lejano anunció la tormenta.   Poco   después   comenzó   a nevar.

Brezo, quién sabe de dónde sacó las fuerzas, consiguió encerrar al rebaño en el cercado. Por última vez repitió el viejo truco e hizo girar con la boca el madero que sellaba la puerta del corral. Luego, mareado por el esfuerzo, se tambaleó hacia un lado, respiró hondo, vio que varias ovejas habían quedado fuera, desperdigadas por los campos, y pensó en ir a buscarlas, y luego pensó que no podría, y luego el dolor volvió a él.

 

Aulló y se retorció sobre el suelo, vomitó bilis y sangre, la saliva espumeó en su boca y los ojos giraron enloquecidos.  Luego  el  dolor transcendió al dolor y Brezo se desmayó sobre el suelo jaspeado de nieve.

 

 

 

 

Horas después, un fuerte viento del este sopló sobre las montañas y arrastró las nubes. En ese momento la zona nocturna cubría de sombras aquel lugar del planeta. Los Pirineos mostraron su cara a las estrellas.

Geosat se reactivó suavemente. La visibilidad  del  cielo  situado  sobre  el

 

corral        era     completa,    su      plan   podía llevarse a cabo.

Con precaución volvió a revisar todos  los   cálculos.  Luego  inició  la cuenta atrás. Todavía tenía que cubrir una órbita casi completa antes de dar el siguiente paso.

Setenta y cuatro minutos después Geosat  usó  las  pequeñas  toberas laterales para crear una impulsión tangencial que le hiciese girar sobre su eje. El propulsor principal quedó orientado en la posición correcta. Unos minutos después el satélite alcanzó el punto orbital adecuado para, iniciar la ignición.

 

0001010, 0001001...

 

 

Geosat  había  encontrado  en  el rebaño una prueba inequívoca de la presencia del Hombre, aunque no había conseguido comunicar por radio.

Pero lo que sí podía hacer era establecer comunicación visual.

 

 

0001000, 0000111...

 

 

Si utilizaba el poco combustible que le quedaba para descolgarse de su órbita (ya de por sí descendente) y lanzarse hacia la Tierra, igual que un saltador zambulléndose en la piscina, para ir a

 

caer a unos dos kilómetros de distancia del corral y del rebaño, entonces, sin duda, se convertiría en un fenómeno luminoso claramente visible por cualquier humano que se encontrara cerca.

 

 

0000110, 0000101...

 

 

Al entrar en la atmósfera la mayor parte de su masa se incendiaría, convirtiéndolo en una estrella fugaz de inusitada brillantez. Y al chocar sus restos contra las montañas, el ruido de la  explosión comunicaría su presencia en muchos kilómetros a la redonda. Y el

 

incendio que provocaría toda aquella energía  cinética  convertida  en  calor sería una huella más de la presencia de Geosat, su testamento final.

 

 

0000100, 0000011...

 

 

Eso significaba entrar  en contacto,

¿no es cierto? Eso suponía cumplir por fin la misión que se la había encomendado.

 

 

0000010, 0000001...

 

 

Geosat,     por    supuesto,    quedaría destruido.  Su  mente  se  disolvería  en

 

cenizas. Su memoria y su identidad se esfumarían, como la llama de un candil bajo el viento. Pero eso carecía de importancia; lo único primordial era abrazar su destino y entrar en comunión con la humanidad.

 

 

0000000.

 

 

Una, diezmillonésima de segundo antes de conectar el motor, Geosat radió a la Tierra un último mensaje:

«Soy Geosat. Allí voy.»

Luego la tobera vomitó, durante veintidós segundos, un intenso torrente de llamas, y arrancó al  satélite de su

 

órbita,       proyectándolo      con    violencia contra la superficie de la Tierra.

Al alcanzar la atmósfera las antenas y los  paneles  se  volatilizaron, la cubierta  exterior  se  ciñó  un  traje  de fuego y los delicados circuitos del ordenador de a bordo se vieron colapsados por el intenso calor.

Unas décimas de segundo antes de desaparecer para siempre, la mente de Geosat experimentó algo así como la felicidad.

 

 

 

 

Era otra vez un cachorro. Estaba encima de Trueno, jugando a morderle

 

el espeso pelaje que le crecía sobre el pecho titánico. El mastín gruñía suavemente, como un gato satisfecho. Brezo se sentía feliz. Cambio.

El jefe de la jauría le contemplaba con  su  único  ojo,  brillante  y amenazador. Era un gigante, un dios severo e inmenso, más grande que las montañas. Cambio.

El pastor apacentaba al rebaño junto a un estanque de agua clara. Pero el pastor  era  un esqueleto,  y  las  ovejas eran  esqueletos,  igual  que  Trueno  y Rayo. Esqueletos.

Brezo  corrió  asustado,  alejándose del rebaño. Tenía sed. Comenzó a beber

 

en el estanque. Su reflejo en el agua le devolvió la imagen de una calavera pálida. Cambio.

De nuevo era un cachorro. Muy pequeño, apenas una bola de pelo. Alguien le acariciaba, acurrucándolo entre  sus  brazos.  Era  un  niño.  Pero Brezo  nunca  había  visto  a  un  niño...

¿Cuándo ocurrió aquello? ¿Quién era aquel niño? Brezo se sentía protegido y feliz  en  manos  del  cachorro  humano. Pero el niño lloraba...

Brezo recuperó la conciencia. No tenía fuerzas para incorporarse, de modo que siguió tendido sobre el suelo, entre la nieve recién caída. No sentía dolor, ni

 

frío. No sentía nada. Logró levantar un poco la cabeza. Miró al cielo. Un fuerte viento  había  arrastrado  las  nubes, dejando al descubierto un mar de estrellas. Sus estrellas. Brezo se sintió feliz y tranquilo.

Una estrella fugaz comenzó a cruzar el  firmamento,  trazando  un  luminoso arco sobre el horizonte.

 

 

 

 

Los últimos restos de Geosat alcanzaron la  troposfera  y  se precipitaron ardientes sobre las montañas.  El  satélite  se  había convertido en un cometa cuya larga cola

 

de fuego rubricaba el cielo estrellado. Por fin Geosat había establecido contacto.

 

 

 

 

¡Era tan hermoso! Brezo suspiró mientras sus ojos se llenaban con la luz de aquel espectáculo nocturno. Las estrellas le dirigieron guiños de complicidad, como viejos amigos que se encuentran  después  de  una  larga ausencia. Finalmente, los últimos restos del satélite alcanzaron las capas más bajas de la atmósfera y se estrellaron contra el suelo. Una bola de fuego se elevó sobre el horizonte. Las llamaradas

 

trenzaron arabescos por encima de las copas de los árboles, incinerando abetos y pinos, fresnos y hayas.

Unos  segundos  después,  el estampido de la explosión sacudió el valle.

Y Brezo, el viejo perro, el último perro del Hombre, con los ojos todavía llenos de estrellas, exhaló una bocanada de aire y murió.

 

 

 

 

Epílogo

 

Una hora después del amanecer las ovejas comenzaron a inquietarse. A sus hocicos  llegaba  el  alarmante  olor  a

 

humo que provenía del cada vez más cercano incendio. De modo que se agruparon en un extremo del corral, apretándose  unas  contra  otras, empujando las carcomidas tablas hasta que un tramo del cercado saltó en pedazos.

Fue Agria la primera en abandonar el corral, seguida casi inmediatamente por el resto del rebaño. La amenaza del fuego las empujó a seguir el sendero sin dilación alguna. Inconscientemente, tomaron el camino de los prados altos.

Al llegar al bosque de hayas, Agria, que como siempre marchaba delante, se detuvo. El cortafuegos comenzaba a su

 

izquierda. El camino correcto serpenteaba  a  la  derecha.  Vaciló.  El olor a humo, a su espalda, la empujaba hacia delante. Pero el delicioso aroma de   la   hierba   fresca   la   invitaba   a internarse en el bosquecillo.

Las ovejas balaron impacientes. Agria sacudió la cabeza y se adentró

en el cortafuegos. Esa fue su sentencia de muerte.

Las ovejas no son una raza natural. Fueron obra del Hombre, hace seis mil años, en las lejanas tierras de Mesopotamia. En cierto  modo, las ovejas son un producto más de la humanidad,   como   las   máquinas,   los

 

perros, la poesía, el trigo o el maíz. Las ovejas  fueron  despojadas  de  sus instintos, así que apenas distinguen el peligro, no pueden subsistir por sí mismas. Las ovejas no tienen iniciativa ni voluntad, sólo estómago.

Por eso el rebaño subió alegremente la colina, a través del bosquecillo, y se detuvo al borde del barranco. Allí, olvidado el cercano incendio, continuaron su festín de jara y laurel, de espliego y regaliz.

Hasta que el fuego llegó a su lado, incendiando los arbustos y las hayas del bosque, los matojos y la maleza del cortafuegos. Entonces las ovejas balaron

 

de terror y se apretujaron, empujándose hacia el barranco.

Agria fue la primera en caer; su cabeza se destrozó contra una aguja de piedra. Tomillo la siguió poco después. Y Lechosa, y Miel, y Amarga, y Dulce...

Algo del Hombre continuó vivo mientras sus obras y sus creaciones siguieron  funcionando.  Pero  las máquinas pararon, y también lo hicieron las ciudades, y la música y los reactores nucleares, y los parques de atracciones, y los satélites artificiales.

Hasta que sólo quedó un perro y su rebaño.

Pero el perro también murió.

 

De modo que, mientras las ovejas se despeñaban, una a una, la humanidad fue contando  sus  cuerpos  lanosos, tarareando una canción de cuna...

Buscando el sueño final.

 

3. El mago

 

 

 

—¡Por favor! —exclamó Aníbal Zarko—. Primero el demonio, ahora el fin de la humanidad... que fúnebres nos estamos poniendo.

El profesor Jerusalén no contestó; tenía los ojos cerrados y parecía sumido en una especie de trance estático.

—Pero esa realidad ocurrió nunca.

—Madame Kádár sonreía apaciblemente—. Camino equivocado era, y su curso corregido fue.

—Desde  luego.  Pero  no  por  ello deja de ser una historia triste. —Zarko

 

sacó del bolsillo interior de su chaqueta una baraja y se la tendió a mi hija, invitándola a elegir una carta—. Dediquémonos a algo más alegre, Claudia: la magia.

Los ojos de la niña se iluminaron mientras asistía con entusiasmo a los juegos de manos que con tanta habilidad realizaba el joven ilusionista.

Me levanté y fui hacia la ventana. Intenté ver el fondo del cráter, pero el cielo estaba tan oscuro y la cortina de lluvia era tan densa que resultaba imposible distinguir algo. Consulté el reloj:  faltaba  poco  para  la  una  de  la tarde. Volví a mi asiento. La silenciosa

 

Isabel Bocanegra, madame Kádár y el padre Silveira se ocupaban de voltear la ropa  que  estaba  secándose  frente  al hogar.

—En menos de una hora podremos volver a vestirnos —dijo el jesuita.

—El tiempo de una historia más —

señaló  alegremente  madame  Kádár—.

¿Quién proseguir desea?

Nos miramos en silencio los unos a los otros. Aníbal Zarko, atentamente observado por la maravillada Claudia, proseguía con sus trucos. En aquel momento hacía aparecer y desaparecer entre sus dedos cigarrillos encendidos; era realmente increíble la habilidad de

 

aquel hombre.

—Espero que sea un relato más alegre —dijo Zarko; su mano derecha sostenía ocho cigarrillos humeantes.

—¿Y si el Gran Zarko una historia cuenta? —preguntó madame Kádár.

El ilusionista hizo desvanecer los cigarrillos. Acarició con afecto la cabeza, de Claudia y se volvió hacia nosotros.   En  sus   ojos   aleteaba   una velada ironía.

—¿Una historia? Por qué no... — Sonrió divertido—. ¿Saben?, el cuento del profesor Jerusalén trata en cierto modo de la grandeza que se esconde tras la  inutilidad  de  ciertas  acciones.  En

 

realidad, no hay cosa más sublime que aquello que no sirve para nada. Como mi magia. —Hizo aparecer en el aire un bastón negro, luego lo convirtió en un pañuelo rojo; finalmente, el pañuelo se transformó  en  una  esfera  de  cristal. Zarko  la  sostuvo  en  la  mano—.  Mi magia es inútil, he ahí su grandeza. Además, todo el mundo piensa que no son más que trucos. Pero se trata de auténtica magia. Lo que hago, lo hago de verdad. Aunque, ¿cómo demostrarlo? — Se encogió de hombros—. No importa, ése sería el último engaño: algo que parece real, pero que todo el mundo presupone ficticio, resulta ser finalmente

 

cierto.   Bien,   pues   de   eso   trata   mi historia. —Zarko, en medio del salón, se comportaba como si estuviera sobre un escenario—. Hace un año, yo trabajaba en un teatro de París. Se trataba de una especie de festival de ilusionismo al que acudían magos de todo el mundo. Allí conocí a un hombre llamado Gedeón Montoya, un gitano natural de Granada. Montoya  estaba  especializado  en  ese tipo de magia que llamamos mentalismo; era capaz de describir con precisión el contenido del bolso de cualquier espectadora, o de enumerar con acierto las fechas de nacimiento de un grupo de desconocidos. Podía ver a través de las

 

paredes, o encontrar objetos perdidos, o leer   un  libro   cerrado.   Jamás   había tenido ante mí a un ilusionista mejor. Y lo más sorprendente de todo es que Gedeón Montoya no era un mago profesional, sino un simple aficionado que se dedicaba a la magia sólo eventualmente —Zarko se encogió de hombros—. Aquel gitano era un enigma, así que hice lo posible por conocerle, por averiguar cuál era el secreto que se escondía detrás de sus increíbles trucos. Bien, Montoya y yo nos hicimos amigos. Al poco me confesó que no había ningún secreto. Era un auténtico mentalista; lo que hacía sobre el escenario no era más

 

que una ínfima parte de su auténtico poder. Luego me contó la historia de su vida, que es la historia que ahora voy a narrar. Se trata de un relato muy extraño; comenzó hace más de dos siglos, cuando un mensaje misterioso cruzó el firmamento...

 

El mensaje perdido o A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya

 

 

La historia de Aníbal Zarko

 

El  veinte  de  agosto  de  1783, mientras Rusia ocupaba los territorios tártaros de Crimea e Inmanuel Kan publicaba sus Prolegómenos para cualquier metafísica futura, un amplio frente de radiación electromagnética codificada atravesó la órbita del sistema Tierra-Luna en dirección a una estrella de clase G que, dos siglos más tarde,

 

sería catalogada  como J118  por    un anónimo astrónomo europeo.

El   frente   electromagnético   había sido emitido por la civilización originaria del pequeño planeta que orbitaba  otra  estrella  de  clase  G  (a punto de ingresar en la clase K) jamás catalogada, y situada a casi doscientos años luz de nuestro planeta.

El contenido del mensaje codificado en aquel frente electromagnético no era particularmente relevante. En términos generales, hablaba de la divinidad, de la trascendencia y de la inmortal consustancialidad  del  alma.  Cabe señalar que la civilización que lo había

 

emitido poseía una naturaleza extremadamente religiosa, y que esa cualidad mística era tanto la que había propiciado el esfuerzo de lanzar al infinito la Verdad de la Palabra como la causante de la guerra santa que, veinte años después de emitir el mensaje, había destruido, no sólo su civilización, sino el planeta que la contenía y la estrella que, a su vez, orbitaba.

Por supuesto, nadie en el sistema Tierra-Luna  se  percató  del  paso  de aquel frente de ondas, ya que el nivel tecnológico imperante  en aquel  lejano

1783 andaba por los balbucientes primeros   intentos   de   los   hermanos

 

Montgolfier en conseguir que un globo de  aire  cálido  hiciese  algo  más  que arder alegremente.

El caso es que el frente electromagnético  llegó   a   la   estrella J118, sede de una civilización tecnológicamente avanzada y filosóficamente laica. Aquellos extraños seres descifraron fácilmente el mensaje, y con igual facilidad pasaron a considerar su contenido como una estupidez de proporciones cósmicas.

La verdad es que hubiesen dejado correr displicentemente el asunto si no fuese porque la proverbial vanidad agnóstica  les   impelió  a   contestar  a

 

aquellos meapilas estelares, con el fin de darles, dialécticamente, en la cresta (si es que tenían cresta o, cuando menos, cabeza).

Así que los seres de J118 reunieron a sus mejores intelectuales y les hicieron redactar  una  respuesta.  Luego decidieron apabullar a los beatos alienígenas no sólo con el peso de sus razonamientos, sino también con la evidencia de su superioridad científica. Si el primer mensaje había cabalgado en un frente electromagnético amplio y disperso, la contestación les llegaría en un finísimo haz de energía coherente.

De   modo que    construyeron        una

 

estación emisora en órbita cercana a J118 y, gracias a su sofisticada tecnología, acumularon quince segundos de energía sol, que luego procesaron y emitieron en forma de un haz coherente cuyo diámetro, en el momento de la emisión, no excedía de las dos mieras.

Aquel haz pagano surcó los mares estelares a la velocidad de la luz, radiante como el elevado pensamiento que lo había creado, raudo en su camino hacia la, por aquel entonces ya inexistente, estrella religiosa.

Y hubiese llegado, no cabe duda, de no ser porque en su paso se cruzó un obstáculo:    la    cabeza    de    Gedeón

 

Montoya.

 

 

 

 

El alfabeto de los árboles

 

Una  puerta  secreta  se  abre  en  el muro oeste del castillo. La luna desvela la  silueta  de  una  mujer  cruzando  el dintel  y  atravesando,  rápida,  la explanada que conduce al bosque. Un susurro de seda, como el crepitar de un fuego, acaricia el silencio de la noche.

La mujer corre ahora, intentando evitar la atención de los soldados que hacen guardia en el castillo. De pronto, su hombro tropieza con la rama de un avellano. El vestido se rasga, mostrando

 

a la indiscreta noche un pecho blanco y suave, como el queso recién cuajado.

Sobre el hombro, cruzándolo, la roja sonrisa de una herida derrama lágrimas de sangre.

Durante los lejanos tiempos en que la  religión de  los  druidas se  extendía por  los  bosques  celtas,  los  árboles tenían asignadas letras y significados.

Así, por ejemplo, el abedul era la B, el roble la D, o el acebo la T.

Una  vieja  tradición  galesa  cuenta que, durante la mañana de Pascua de Navidad, el primer hombre que pisase el umbral de la casa sería, sin duda, el Muchacho   del   Acebo,   de   siniestra

 

naturaleza, por ser el representante de

Saturno.

Por eso, durante la Pascua, a ese hombre se le mantenía alejado de las mujeres.

 

 

 

 

EL RAYO CO HERENTE Y LA SINAPSIS DE GEDEÓN MONTOYA

 

Nadie  se  dio  cuenta  de  que  el mensaje de J118 estallaba contra la cabeza del recién nacido. El haz coherente, por supuesto, ocupaba una fracción del  espectro electromagnético no visible para el ojo humano. Así que nadie fue consciente del gran error que

 

habían cometido los agnósticos alienígenas  al  pasar  por  alto  un obstáculo como la Tierra.

Nadie fue consciente, salvo quizá la bisabuela de Gedeón, una anciana desdentada y senil (pero algo bruja), que en el momento del impacto exclamó:

—¡Er chinorré sina yes timunjonó!

¡Láñela or Benguí on sun chapitel!

Lo que, traducido del caló, venía a significar: «El niño es un mago. Trae al Demonio en su cabeza.»

Pero nadie le hizo caso.

Fuera como fuese, el haz de energía coherente y codificada que, en aquel momento de la mañana de Navidad de

 

1953, tenía un diámetro de 21,7 cm., atravesó la ventana de la pobre chabola de los Montoya, en el barrio granadino del Sacromonte, y alcanzó de lleno la pequeña cabeza del recién nacido Gedeón, mientras la comadrona, sujetándole por los pies boca abajo, le palmeaba enérgicamente el trasero.

Lo normal es que aquel rayo dialéctico, investido de quince segundos de energía sol, hubiese quemado todas y cada una de las neuronas del bebé. Pero no lo hizo. Se trataba de un rayo dialogante y civilizado cuya única pretensión  era  encontrar  un  receptor para su mensaje. Dado que el neocórtex

 

de Gedeón era un receptor tan bueno como cualquier otro, el haz hablador anidó en él. Claro está que el cerebro de un tierno infante no puede almacenar, sin sufrir   cambios,   el   destello   de   una estrella, por muy ordenado que ese resplandor sea.

Así que el haz de energía electromagnética coherente de J118 reventó literalmente las sinapsis del cerebro de Gedeón, abriéndolas a todos y cada uno de los estímulos existentes en el universo conocido.

Dicho de otra forma, el sistema nervioso central del niño gitano Gedeón Montoya  se  convirtió  en  un  receptor

 

perfecto, capaz de percibir, no sólo cualquier alteración de todas las longitudes de onda del espectro electromagnético,  sino  también  los flujos de gravedad, las fuerzas cuánticas débiles y fuertes, los taquiones y otra serie de perturbaciones en el continuo espacio-tiempo, para las que la ciencia actual no tiene conceptos ni palabras.

 

 

 

 

El calendario de los árboles

 

La mujer se interna en el bosque mientras sus ojos destilan perlas de agua salada.

La herida del hombro palpita, pero

 

no es ése el motivo de su dolor. No, hay en   ella   un   abandono,   una   pérdida forzosa, que excede con mucho el sufrimiento de la carne rasgada.

El  avellano  es  un  árbol  discreto, pero también mágico; no en vano de su madera están hechas las varas zahoríes.

Los druidas no sólo asignaban una letra a cada árbol, sino que también le concedían una época del año.

En este calendario vegetal, a la hiedra, cuya letra era la G, le correspondía el tiempo de octubre.

Antiguamente, la última gavilla de la cosecha era atada con hiedra, dándosele el nombre de la Muchacha de la Hiedra.

 

Al   último   labrador   en   finalizar   la cosecha se le castigaba dándole durante un año esta gavilla. Eso era augurio de mala suerte, ya que la hiedra estrangula al  árbol,  igual  que  una  mala  esposa ahoga al hombre.

 

 

 

 

LAS SINAPSIS EXPANDIDAS EL CALDERO DE ORO

 

Durante sus cinco primeros años de vida, Gedeón no pronunció ni una sola palabra. Tampoco durmió, ni lloró ni apenas se movió. Estaba demasiado ocupado percibiendo las alteraciones gravitacionales    de    la    estrella    de

 

Barnard, manteniendo un diálogo antirrelativista con una Inteligencia Artificial  de  Rigel,  o,  más prosaicamente, conectando su oído derecho al curso de idiomas de la BBC.

Sus padres, por supuesto, estaban tan preocupados por el estado de su primogénito que incluso le llevaron a la consulta de un médico payo.

—Estamos ante un caso claro de autismo —sentenció el doctor, con la aplastante seguridad de quien no tiene la más remota idea de lo que sucede.

Diérasele el nombre que se le diera, Gedeón era un auténtico problema para una      familia      tan      pobre      como

 

galopantemente extensa (a esas alturas, eran ya cuatro los churumbeles, y un quinto venía en camino).

Así que un día, Antonio Montoya, el padre de Gedeón, cogió a su hijo mayor y lo sentó sobre sus rodillas.

—Sinelas soque yequí arluchí, Gedeón —le dijo con el ceño fruncido

—. Buter tué olacera marelar on ondolé jibilén.

Lo que, en el lenguaje de los payos, significa: «Eres como una, planta, Gedeón. Más te valiera acabar en el pozo.»

Gedeón no prestó la menor atención a las palabras de su padre, pero sí fue

 

muy consciente de los significativos cambios  en  la  estructura electromagnética de su aura.

No cabía duda de que su corta vida corría peligro. Así que Gedeón se desconectó de una estructura estelar particularmente  anómala  del  sector Sirio, dio por finalizada una turbia conversación con los seres acuáticos de Ras Algethi, y pasó a explorar el, llamémosle así, Campo Arquetípico Junguiano más próximo.

Encontró lo que buscaba y, acto seguido, enlazó de nuevo con el curso de idiomas de la BBC. Carraspeó y, por primera vez en su existencia, habló:

 

—Antonio, querido padre:  el  once de diciembre de 1491, Abu AmirMohammed, viendo próxima la entrada de los cristianos en Granada, metió su fortuna en un caldero y la enterró en lo que hoy es el abandonado huerto del tío Aquiles. Da seis pasos hacia el este desde el manzano seco y cava allí.

Luego Gedeón repitió este mensaje en inglés, francés y ruso.

La mandíbula inferior de Antonio Montoya descendió hasta el tope de sus articulaciones,  en  explícita manifestación  de  estupor.  Así permaneció  un  buen  rato,  hasta  que

 

Gedeón,  cansado  de  aquel  estado  de cosas, exclamó:

—Ne pirabares, batú. Naja á or vea e tío Aquiles ta farabustea. Oté bobiá sonacay.

«No jodas, padre. Vete al bueno del tío Aquiles y busca. Allí hay oro.»

Antonio  cerró  la  boca,  frunció  el ceño y depositó a su hijo, con infinito cuidado, sobre un jergón de lana. Luego cogió una pala y, mientras Gedeón exploraba el Centro Galáctico, se fue al huerto del tío Aquiles y lo llenó de agujeros. En uno de ellos encontró un caldero de cobre que contenía treinta y dos kilos de oro puro.

 

De esta forma los Montoya dejaron de ser una familia extremadamente extensa y pobre, para convertirse en extremadamente rica y extensa.

 

 

 

 

El  bosque  y  la  conciencia expandida

 

La mujer corre por el bosque, alejándose de su amor traicionado. Cae varias veces, rasgando aun más sus ropajes. Y vuelve a correr, ondeando en la noche sus harapos de seda y damasco.

En su ciega carrera cruza veredas y arroyos, traspasa heléchos, se hiere de acebo y se baña en hiedra. La luna espía

 

su locura.

Tanto la hiedra como el acebo son saturnales: de acebo era la clava de Saturno, y de hiedra el nido del Reyezuelo de Copete Dorado, su ave.

A Saturno estaban dedicadas las bacanales de octubre, cuando las basárides embriagadas corrían por los bosques, agitando ramas de abeto entrelazadas espiralmente por hiedra.

Antiguamente,  en  las  Islas Británicas, se elaboraba cerveza de hiedra,  una  bebida  muy  embriagadora que alteraba suavemente la conciencia.

Pero  es  justo  señalar  que,  en aquellos     tiempos     encantados,     los

 

hombres  solían  intoxicarse,  modificar sus sentidos, comiendo pequeñas porciones de amanita muscaria, la seta moteada de puntos blancos que crecía en lo verdes bosques del Cád Goddeu.

A     ULUYILIA MONTOYA, PARNÉ             TA    A       OROTA     DOR SUNDACHE Durante los catorce año siguientes  al  hallazgo  del  caldero  de oro, Gedeón alternó la exploración del universo y de las fuerzas que lo regían con la especulación financiera destinada

a incrementar la cada vez más cuantiosa fortuna de los Montoya.

Así, por ejemplo, después de viajar hacia atrás en el tiempo, a lomos de un

 

taquión recesivo y melancólico, y echar una ojeada a los diez segundos posteriores al Big Bang (quarks saltarines, hidrógeno incipiente y todo lo demás), Gedeón le decía a su padre:

—Batú, quínela IBM. Abela cayicó

Ta bínela wolframio. Ne o abela.

«Padre, compra, acciones de IBM Tienen futuro. Y vende wolframio. No lo tiene.»

Y así todos los días, agitando un curioso cóctel en el que se mezclaban, a partes iguales, la cosmología más delirante con la economía caníbal de un tiburón de las finanzas.

De esta forma, el clan Montoya llegó

 

a poseer una acumulación de bienes y dinero  como  jamás  en  la  historia  se había visto. Hasta que una mañana de verano,  sentado  bajo  la  sombra  del roble más viejo de la inmensa finca Montoya, Gedeón llegó a dos conclusiones tajantemente definitivas.

Aquella misma tarde le comunicó a su padre la primera, la más prosaica. Estaban los  dos  observando  cómo Julián, el capataz, le ponía por primera vez las bridas a Cherdiyí, el nuevo potro purasangre que había comprado Antonio en Inglaterra, cuando Gedeón dijo seriamente:

—Batú,     ne      arcilamos    chalar

 

querelando parné. Habiyamos o 17 % e saró  chiquen.  Yes  chulé  buter,  ta  os payos sé amangue bucharan upré.

«Padre, no podemos seguir haciendo dinero. Tenemos el diecisiete por ciento de todo el planeta. Un duro más, y los payos se nos echarán encima.»

Antonio continuó mirando, con ojos entrecerrados, los andares gentiles del potro. Se caló el sombrero de ala ancha y musitó con voz suave y amable:

—Baró, Gedeón. Ácana abelamos bute parné. Sosque tute péneles.

«Bueno, Gedeón. Ya tenemos mucho dinero. Como tú digas.»

Luego       se      apartó del     cercado       y

 

comenzó a caminar en dirección al cortijo, balanceando suavemente el bastón  que  sostenía  en  la  mano izquierda. Gedeón le siguió; parte de su atención estaba en la Pequeña Nube de Magallanes, a 160.000 años luz.

—Batú... —dijo por fin Gedeón—. Me voy a ir. Dile adiós a madre.

Antonio se detuvo y miró fijamente a los ojos de su hijo. Se quitó el sombrero y se pasó un pañuelo por la frente.

—Ya... Has sido un buen hijo, Gedeón —dijo, hablándole por primera vez en castellano; luego añadió—: Querelé jayaré on ne bucharelarte á or jibilén. Naja sar Ostebé.

 

«Hice bien en no tirarte al pozo. Ve con Dios.»

Y, tras encender un cigarrillo, se dio la vuelta y continuó, tranquilamente, el paseo.

Jamás se volverían a ver.

Gedeón, por su parte, conectó su lóbulo parietal derecho con la red de ordenadores  del  Pentágono,  buceando por entre el inmenso conjunto de mapas digitalizados  del  banco  de  datos obtenido mediante la red de satélitesespía. Encontró el sendero que buscaba y comenzó a andar a buen paso.

Mientras caminaba se entretenía paladeando la sima gravitacional de un

 

agujero  negro  en  el  Cúmulo  del Centauro o calculando la temperatura superficial de Pollux (4.523 grados kelvin). También meditaba, a su extraña manera, en la segunda y más terrible conclusión a que había llegado aquella mañana.

Desde hacía diecinueve años, Gedeón había ocupado la mayor parte de su tiempo en percibir el universo. Había sondeado cada estrella, cada nebulosa, cada pulsar. Había explorado los límites de la materia, había dado la vuelta al continuo del espacio-tiempo, había medido a la vez la cantidad de energía  y  el   lugar  que  ocupaba  un

 

electrón en su órbita cuántica (abochornando, de paso, la memoria de Werner Karl Heisenberg). Había retrocedido en el tiempo hasta penetrar en la Singularidad Prima, había cuantificado a la décima de gramo toda la masa oscura del cosmos.

Había sido el alfa y el omega, el aleph, el centro de todas las cosas.

Y no había encontrado, en aquel universo loco y salvaje, nada, absolutamente nada, que valiese la pena.

 

 

 

 

El Grial y la vulva de la Dama de

Lago

 

La mujer se detiene y cae al suelo extenuada. Sus pechos se agitan como palomas  atemorizadas.  Un  extraño mareo se apodera de ella y, alzando la mirada al cielo estrellado, se siente proyectada hacia el infinito.

A su lado crece una mandrágora. La arranca y contempla su raíz. La muerde. Sabe a tierra. La traga.

Media hora después, la mujer se levanta. Hay algo nuevo en su mirada. Suavemente se despoja de los restos de su vestido y los echa a un lado. Su desnudez es un reto a la luna.

Lentamente al principio, la mujer empieza a bailar. Su vulva, húmeda, es

 

un chakra místico.

Cuenta la tradición cristiana que el Grial es la copa donde José de Arimatea guardó la sangre de Cristo en la cruz. También hay quien afirma que el Grial no sería otra cosa que el cáliz de la última de cena de Jesús.

Esta leyenda, para algunos mistérica, para otros de origen celta, tuvo su máxima expresión en el ciclo de Arturo, el rey héroe que, finalmente, fue llevado a   la   isla   de   Avalón,   cubierta   de manzanos milagrosos, para sanar su heridas.

Pero Arturo, sin Ginebra, nada sería. so  ich  nách  dem grále  ringen,  so

 

muoz mich iemer twingen ir kiuscblicher umbevanc.

«Si tengo que esforzarme por el Grial, el pensamiento del puro abrazo de ella debe impulsarme».

Existe, sin embargo, otra forma de interpretar el mito, según la cual el Grial se identificaría con la naturaleza femenina de la divinidad incognoscible. El Grial, la copa, sería pues la vulva mística que da paso a la matriz del conocimiento.

De este modo, la búsqueda del Grial sería la búsqueda de un Saber que es, sobre todo, Amor.

 

EL   CEREBRO   DE   G EDEÓ MO NTO YA     Y     SU      PERDID HUMANIDAD

 

Para  comprender  a  Gedeón Montoya, si es que es posible entender algo que abarca todo el espacio y todo el tiempo, necesitamos volver a los primeros instantes de su alumbramiento.

Un haz de energía coherente codificada reventó sus sinapsis, expandiendo  su  conciencia infinitamente.  Le  convirtió  en  un receptor  perfecto,  es  decir,  un observador situado fuera del Principio de la Indeterminación. Su «mirada» no

 

alteraba «lo mirado». Veía lo real en su prístina integridad.

Desde  sus  primeros  segundos  de vida, Gedeón podía entender sin necesidad de usar conceptos. No precisaba de ningún simbolismo cultural para procesar la información.

Miraba, a su extraña manera, y comprendía.

Huelga señalar que una aptitud de tales características le situaba muy lejos de lo que entendemos por humanidad.

Sin embargo, el día en que, sentado sobre las rodillas de su padre, comprendió que éste consideraba seriamente la idea de tirarle al pozo, un

 

rasgo de simple primate le sesgó para siempre. El instinto de supervivencia.

Y ese instinto fue el que le llevó, primero a valorar su propio cuerpo, después a hablar y, finalmente, a hurtar horas de su gozo observador para invertirlas en el manejo del sistema económico-financiero mundial.

Gedeón Montoya, con la omnisciencia de un dios, se volcó en las labores más prosaicas que concebirse puedan. Y lo hizo, simplemente, para salvar el culo. No cabe duda de que las glándulas suprarrenales le funcionaban tan bien como las neuronas.

Así  que    Gedeón       era     un     poquito

 

humano.  Lo  suficiente  como  para, cercana ya su primera veintena, preguntarse acerca de su perdida humanidad.

Durante diecinueve años, había explorado el universo de arriba abajo, hacia  atrás  y  hacia  delante.  Pero  lo había hecho como un instrumento, con la misma emoción que pudiera embargar a un microscopio electrónico mientras observaba una molécula de benceno.

Era un mirón sin alma y sin propósito.

Había vislumbrado los increíbles amaneceres del cuarto planeta de la estrella  doble Albireo.  Pero  no  había

 

estado ahí para sentir en su piel la suave brisa del mar escarlata.

Había filosofado con los frágiles habitantes de Formalhaut, pero no había acariciado su delicada piel de raso alienígena, ni  había estrechado los suaves tentáculos de medusa cristalina.

Había viajado en taquiones paradójicos para observar cómo unos feos e incipientes anfibios abandonaban el caldo primigenio del mar Tatys para iniciar su loca carrera hacia el hacha de sílex, la bomba de hidrógeno y las novelas de Bárbara Cartland. Pero no había sentido ninguna emoción, ninguna simpatía, ante aquellos torpes andares,

 

ante aquel insensato abandono.

Por eso, porque se negaba a ser un mero radiotelescopio de inusitada sofisticación, Gedeón Montoya había dejado atrás su familia, su fortuna de inconmensurables proporciones, sus horas de exploración universal...

Ahora, siguiendo el sendero polvoriento,  sin  más  equipaje  que  la ropa que le cubría, Gedeón no era otra cosa que un pobre gitano buscándose a sí mismo.

Y su búsqueda comenzó, claro está, por el sexo.

 

La reina Ginebra bailando desnuda entre las sombras de la luna

Los pies apenas rozan los heléchos y la grama. Piel pálida, teñida de luna.

A la reina Ginebra le duelen los ojos de tanto convertir tristeza en humedad.

Cuando gira sobre sí misma, atraída por el resplandeciente deseo de una luciérnaga, sus manos rozan el espliego y la retama. Su pelo color de avena se vuelve remolino, atrapando polillas en el aire.

La reina Ginebra se detiene unos instantes,  como  la  cierva  sorprendida por un aleteo de nubes. Dos acebos gemelos, cubiertos de hiedra, enmarcan

 

su cuerpo.

Una sombra de luna difumina la escena.

 

 

 

 

EL O RG ASMO CO NSIDERAD COMO UN SALTO CUÁNTICO

 

Bajo ningún criterio estético podía considerarse bello a Gedeón. Era pequeño, cetrino, escasamente musculado,  de  gesto  adusto...  Ni siquiera la juventud de sus diecinueve años le dotaban de gracia alguna. Ninguna mujer se hubiese tomado la molestia  de  dirigirle  una  segunda mirada, salvo quizá  para  afianzar  con

 

recelo el bolso o la chaqueta.

Así que, a priori, su porvenir erótico aparecía nebuloso e incierto. Sin embargo no hay que olvidar que Gedeón podía leer una mente con la misma facilidad que se ojea un tebeo, y eso, no cabe duda, da una ventaja inmensa a quien decide internarse por la senda de la seducción.

Su primera amante fue escogida con matemática minuciosidad. Gedeón, sentado bajo un olivo, examinó el conjunto del mapa biomórfico en un entorno   de   cuatrocientos   kilómetros. Unos pocos minutos después había encontrado a siete posibles candidatas.

 

Finalmente se decidió por Erica Ulbricht Thammasak, una modelo alemana de origen tailandés que estaba pasando sus vacaciones en una pequeña urbanización de la Costa del Sol.

Era indescriptiblemente hermosa. Hija de un atleta olímpico, ganador

de  tres  medallas de  oro  para  la República Federal Alemana, y de una estudiante  tailandesa  afincada  en Europa, Erica reunía lo mejor de ambos progenitores. Morena, pero de ojos intensamente azules, la tez cobriza, el cuerpo esbelto, aunque no frágil, los músculos  elásticos  y  el  tacto  suave como la piel de un melocotón.

 

Estaba sentada en la terraza de un bar marbellí cuando Gedeón se acercó a ella hablándole en tai. Eso bastó para llamar su atención. ¿Cómo es que aquel gitano dominaba la antigua lengua siamesa? Luego, cuando Gedeón cambió al alemán, expresando con perfecto acento ideas tan hermosas como un archipiélago esmeralda, la curiosidad de Erica se transformó en algo parecido a la admiración.

Cuatro horas mas tarde, después de comprobar que aquel joven podía encontrar palabras con las que definir lo más  esencial  del  alma  de  una  mujer, Erica experimentó deseo. De un plumazo

 

quedaron borrados los rasgos turbios, la piel cetrina, el cabello basto, la complexión escuálida. Gedeón se convirtió en un dios capaz de engarzar palabras como diamantes al oro de una cadena. Un dios lleno de comprensión, de  dulzura,  de  amabilidad.  Un  dios débil, pero infinito y sublime.

A medianoche se dirigieron a la habitación del hotel de Erica, se despojaron de sus ropas, se ducharon (él lo necesitaba mucho más que ella) y luego, mientras cada uno secaba la piel del otro, se fundieron en un intenso abrazo.

El primer orgasmo de su existencia

 

hizo  que  Gedeón se  sintiera  sacudido por una impresión que iba más allá del mero placer físico. Durante los escasos diez segundos que duró el climax, Gedeón se volcó en sí mismo.

Por primera vez desconectó del universo,  abandonó  la  luz  de  las estrellas, las mareas gravitacionales de las singularidades desnudas, los ritmos casi africanos de los pulsar. Y se centró en su propio ser.

De tal modo que se comportó en la forma que siempre ha distinguido tanto a los meteoritos que alcanzan la atmósfera como a los eyaculadores precoces: fue fugaz e insatisfactorio.

 

Así que, para el siguiente coito, Gedeón enlazó con el canal de vídeo erótico de un hotel de Bangkok, y con el hipotálamo  de  un  artista  pornográfico que en un oscuro cabaret holandés practicaba el sexo con dos muchachas adolescentes.

Todo fue mucho mejor, sobre todo porque Erica tuvo un orgasmo que Gedeón, el receptor perfecto, experimentó a su vez. Eso le llevó a descubrir que el orgasmo femenino era muy superior en matices y sensaciones al masculino, más corto y basto.

A partir de ese momento, y durante los  tres  años  siguientes,  Gedeón  se

 

convirtió en un fornicador compulsivo, yendo de mujer en mujer, vampirizando sensaciones y placeres ajenos, tejiendo una red erótica que le conducía de la vulvar cadencia de una bailarina turca al clítoris  de  una  mujer-leopardo  de  la tribu Búa, pasando por la exaltación tántrica  de  una  yogui  bhakti  o  por  el suave éxtasis de una matrona siciliana.

Finalmente, el día en que cumplía veintitrés años, Gedeón decidió llevar a cabo  una  experiencia  única.  Sedujo  a una  joven  irlandesa,  que  tenía llamaradas por cabello y un universo de pecas en la piel, solicitando de ella una fellatio suave y cadenciosa. Justo en el

 

momento en que sus testículos iban a arder de pasión, Gedeón abrió su percepción y conectó con todos los hombres y mujeres que en aquel mismo instante estaban experimentando la culminación sexual.

Ante el horror de la joven irlandesa, Gedeón  permaneció  inconsciente durante casi una hora. Al despertar, la cabeza doliente y los genitales entumecidos, el gitano marcado por el rayo  de  una  estrella  se  sintió exactamente tal  y como  era:  una  puta que, en vez de abrirse de piernas, abría sus sinapsis a un placer carente de emoción, tan impersonal como el fulgor

 

de una nova.

No. El sexo le había hecho más humano, pero no era la culminación por él esperada.

 

 

 

 

Ginebra   siguiendo   el   sendero   a través de los bosques de Camelot.

Ginebra quiere morir porque quiere vivir para besar una vez más los ojos de Lanzarote.

Ginebra quiere morir porque quiere vivir en la serenidad de Arturo, y resguardarse  en  su  pecho  cuando  el otoño alfombre de oro Camelot.

El sendero conduce a Ginebra a las

 

orillas de un lago. Una piedra se alza cubierta   de   hiedra.   Clavado   en   la piedra, el bruñido metal de una espada arroja guiños de luna.

Ginebra extiende la mano, pero no coge la espada. Arranca siete hojas de hiedra.

Un gesto melancólico las lleva a su boca.

 

 

 

 

EL   DO LO R   Y   LA   MUERT CONTEMPLADOS DESDE EL PICO ADAMS

 

Cientos de cadáveres comenzaban a descomponerse bajo el sol que tostaba

 

las faldas del Pico Adams, en el centro de Sri Lanka. En su mayor parte eran hindúes tamiles, masacrados por las fuerzas cingalesas del presidente Sirimavo Bandaranaike.

Hombres y mujeres, niños de extremidades delgadas y ojos grandes, bebés que no habían conocido más que el hambre y el dolor... todos convertidos en protoplasma muerto, en festín para los buitres.

Y Gedeón, sentado en una cornisa del  monte,  trescientos  metros  más arriba, contemplando los restos de la carnicería, respirando los perfumes de la      putrefacción,     era      el      único

 

superviviente.

Había sobrevivido, sí. Pero también había experimentado cada segundo de agonía,  cada  herida,  cada  postrer suspiro. Porque había sido la mujer traspasada por la bayoneta, el hombre machacado a culatazos, la joven cuyo cráneo se reventó contra la piedra.

Se levantó de su asiento de piedra y descendió hasta la pequeña llanura. Buscó un cigarrillo y lo encendió. Mientras fumaba leyó la inscripción en el paquete de tabaco.

LAS                   AUTORIDADE SANITARIAS        ADVIERTEN      QU FUMAR   PERJUDICA       SERIAMEN

 

LA SALUD.

Una carcajada atravesó su garganta

—era la primera vez que reía—; «no es fumar», pensó, «lo que perjudica la salud. Es vivir...»

Algo tirado en el suelo llamó su atención: era una mano limpiamente cercenada a la altura de la muñeca.

La mano de un niño de cuatro años. Las  lágrimas  se  agolparon en  los

ojos de Gedeón y fluyeron como un torrente desbocado. Por primera vez lloraba.

¿Era eso la humanidad? ¿Acaso el dolor y la desesperación son lo único que nos separa de la materia inerte?

 

Gritó, y las laderas del Pico Adams le devolvieron el reflejo de su voz.

De   repente   algo   ocurrió.   En  el mismo  borde  de  su  percepción expandida pudo intuir una sombra, una presencia danzante.

—¿Quién  está   ahí?   —exclamó—.

¿Quién eres?

La sombra reverberó y se agitó. Gedeón no  podía  verla.  ¡Por  primera vez   encontraba   algo   que   no   podía abarcar ni distinguir!

—¿Quién eres tú? —dijo la sombra. Y, como la última luz del ocaso, se

desvaneció.

 

La reina Ginebra bailando desnuda con los ojos llenos de estrellas

 

 

 

Ginebra,   la       mirada brillante, dilatada,

ríe y llora a la vez. Ginebra está colocada, dopada,

intoxicada... Borracha de hiedra, ebria de luna.

 

 

Sus ojos oyen paisajes fantasmales, y su piel ve música nunca antes saboreada.

 

Ginebra está lejos.

Súbitamente, el bosque no existe y sólo queda un campo de estrellas.

Y una sombra difusa que fluye como la leche vertiéndose en un cántaro.

—¿Quién está ahí? —dice la sombra

—. ¿Quién eres?

—¿Quién  eres   tú?    —contesta

Ginebra.

Un parpadeo de luna devuelve a la reina al bosque encantado. Un corzo corre entre los acebos.

Ginebra lo sigue.

 

 

 

 

LA  SO MBRA  AG ITÁNDO S

 

DENTRO DEL MÁNDALA

 

La mayor parte del mensaje de J118 constituía un conjunto de creencias filosóficas que difícilmente podían tener significado alguno para un bípedo del planeta Tierra. Sin embargo, un 6,4 % de aquel texto alienígena sí era comprensible para la inteligencia humana.

Se trataba de la parte que hacia referencia a dios, negando cualquier posibilidad de afirmar o negar su existencia.

«A gnosein.» No conocer.

La verdad es que no sólo se trataba de   que   en   el   cerebro   de   Gedeón

 

Montoya  hubiese  quedado indeleblemente inscrito el mensaje de J118. Es que Gedeón Montoya, siendo hipersensible hasta un grado que no podemos concebir, jamás había sentido la presencia de dios alguno. Ni en lo más pequeño, ni en lo más grande.

Quizá por eso Gedeón, cuando quiso experimentar en sí mismo la humanidad del pensamiento místico, eligió la más agnóstica de todas las religiones.

Porque el budismo no sólo no adora a dios: ni siquiera habla de él.

Gedeón marchó al Nepal, y una vez allí se internó en el remoto valle del Manang,  rodeado  por  el  macizo  del

 

Anna-purna, el glaciar Domo y los picos

Tiliche, Chulu Himal y Pisang.

Solicitó asilo en el lamasterio Braga Gompa, perteneciente a la secta kagyu- pa. Y le fue denegado.

Se  sentó  en  el  suelo,  frente  a  la puerta del monasterio, y allí permaneció tres días y tres noches.

Cuando, finalmente, un monje azafranado  cruzó  las  puertas  con  la firme decisión de echarle, aunque fuese a la fuerza, Gedeón recitó al pie de la letra los textos sagrados Mahayanas y el Bardo Thódol.

Unas horas después, aquellos lamas no sólo acogieron a Gedeón, sino que le

 

dieron el tratamiento propio de un buda reencarnado.

Cinco  años  permaneció  entre aquellas paredes de gélida arenisca.

Y durante esos cinco años aprendió a dejar de mirar al exterior, para centrarse en su interior.

Desgraciadamente, lo que encontró dentro de sí tampoco le resultó particularmente interesante.

Hasta que un día, mientras contemplaba un mándala con el bodhisattva Avalokitesvara (y los seis budas de los seis mundos), Gedeón percibió de nuevo la sombra que había intuido en las laderas del Monte Adams.

 

—¿Quién eres tú? —preguntó asombrado.

La sombra, en realidad algo más parecido al reflejo de la luna en un lago, titiló y parpadeó.

—¿ Quién eres ? —repitió Gedeón. La sombra se situó en el centro del

mándala y, por unos instantes, pareció adquirir forma humana. Luego se difuminó de nuevo.

—¿Por qué no puedo verte? — Gedeón notaba cómo la excitación recorría su piel—. ¿Qué quieres de mí?

Un fugaz parpadeo, un leve resplandor, una brisa húmeda.

—La Piedra —dijo la sombra—. La

 

Piedra...

—¿Qué piedra?

La sombra comenzó a disolverse. Un instante antes de desaparecer, susurró:

—Hay tanta luz en la oscuridad...

Un  leve  «pop»,  y  Gedeón se encontró de nuevo sólo, frente al mándala.

Se levantó y, asomándose a la ventana, contempló el valle de Manang a la luz de la luna.

Gedeón se dio cuenta de que algo había cambiado en él, aunque no podía decir exactamente qué.

A la mañana siguiente se despidió de los monjes budistas y dejó atrás el

 

monasterio, el  valle  del  Manang y el

Nepal.

 

 

 

 

La danza luminosa en el Círculo de

Piedras

 

La carrera del corzo conduce a Ginebra al antiguo Círculo de Piedras donde la vieja religión adoraba a Beli, Dios del Sauce y de la Luz.

Ginebra baila una danza pagana, siguiendo con sus pies la cadencia de los cincuenta y seis hoyos que rodean el templo pétreo.

Ginebra, tú lo sabes, forjó una leyenda de amor sublime. Pero también

 

destruyó el sueño de un hombre.

Quizá su danza de hiedra sea la expiación de su culpa.

Quizá nunca hubo tal culpa...

Ginebra sigue con la vista el vuelo de una lechuza.

De pronto, Ginebra se detiene y contempla la Gran Piedra que Merlín alzó mágicamente en medio del Círculo.

La   sombra   fantasmal   se   recorta sobre el dolmen.

—La  piedra...  —murmura  Ginebra

—. La piedra...

—¿Qué piedra? —pregunta la sombra.

Una cortina        resplandeciente    se

 

precipita sobre el negro cielo, distrayendo a Ginebra. Las tinieblas son un vuelo de flamígeras aves de colores.

—Hay tanta luz en la oscuridad... —

murmura la reina.

La sombra contra la piedra se disuelve como una gota de vino en una jarra de agua.

—No te vayas —dice Ginebra. Pero la sombra ya se ha ido.

 

 

 

 

LA ASÍNTOTA GITANA

 

Durante los siguientes diez años, Gedeón buscó su perdida humanidad en las selvas amazónicas de Brasil, o en la

 

danza de los derviches del Yemen, o en la  alta  cocina  de  los  mejores restaurantes franceses.

Se convirtió en artista, plasmando en el lienzo lo que sus locos sentidos veían en el Campo Arquetípico. Fue curandero en las plantaciones de coca bolivianas, diagnosticando gracias a su hipersensibilidad inhumana. Recogió algodón junto a los braceros negros de Luisiana, y aceitunas en los campos de Sicilia.

Gedeón Montoya era una curva asintótica,  acercándose  infinitamente  a su meta, pero sin llegar nunca a alcanzarla.

 

Durante esa década sólo volvió a encontrarse en dos ocasiones con la sombra.

La primera vez en el Yucatán, mientras se encaramaba a las ruinas de una perdida pirámide maya. Estaba observando un altorrelieve de la Madre Tierra, con su forma de sapo, cuando el aire se agitó con el ya familiar parpadeo de luna. La experiencia duró unos segundos y Gedeón sólo pudo percibir el breve fragmento de una canción gaélica:

 

 

Bum Twrcb ym Mynydd Bum cyffmewn  rhaw Bum  bwallyn

 

llaw.

 

 

«Yo he sido un corzo en la montaña / yo he sido un hacha en la mano, yo he sido un tocón en la pala.»

 

Era una voz de mujer quien cantaba, y había en ella tanta tristeza que Gedeón estuvo a punto de echarse a llorar. Además, aquella canción parecía hablar de él, parecía escrita para él, hecha a la medida para él, como un traje confeccionado por un sastre de Hong Kong.

La segunda vez que, tras dejar a los lamas, Gedeón reencontró a la sombra fue en el desierto de Sonora, mientras

 

contemplaba un melancólico atardecer.

Un cactus se interponía entre él y el sol,  y  fue  justo  en la  sombra  que  el cactus arrojaba donde el titileo de luna surgió, esta  vez silencioso y casi estático.

—No sé quién o qué eres, pero estás empezando a convertirte en la única razón de mi  existencia —dijo Gedeón

—. No he encontrado a nadie ni nada que como tú pueda guarecerse de mis sentidos. Eres lo único que no puedo entender.

—Estás triste —susurró la sombra

—. ¿Por qué?

—No estoy triste... Sé. Sí lo estoy.

 

No soy un ser humano. Ni siquiera sé lo que significa humanidad.

—Oh... —La sombra pareció dudar

—. Creo que eres muy humano. Incluso demasiado.

—¿Tú quién eres? ¿Dónde estás?

La sombra no contestó. De repente pareció bailar, y el baile se convirtió en silueta, y la silueta en imagen.

La imagen de una mujer desnuda, bañada de plata, como una diosa lunar.

—La Piedra... —dijo la Mujer-Luna y extendiendo una mano dejó caer algo al suelo.

Gedeón lo recogió. Era una hoja de hiedra.

 

—Pero...   —El  gitano vaciló—.

¿Dónde estás?

—En la Piedra —susurró—. En la Piedra... Y, como una vela que se apaga, se esfumó. Gedeón se incorporó y gritó:

—¡Vuelve! ¿Dónde está la piedra?

—Pareces tonto. La Piedra: con mayúscula. Gedeón se volvió, sorprendido. Un viejo chamán indio le contemplaba con expresión irónica.

—¿Qué     haces aquí? —preguntó

Gedeón.

—Mirar  a  un idiota  hablando  con una sombra.

—¿Tú también la has visto?

—No estoy tan colocado... Y tú, que

 

la has visto, ¿sabes quién es?

—No...

—¡Vaya, hombre! —El viejo rió mostrando el interior de su boca desdentada —¿Acaso no eres Gedeón Montoya, el Observador Perfecto, el que todo lo conoce?

—¿Cómo lo sabes...?

—¿Te crees que eres el único que puede Ver? —Meneó la cabeza—. Me pongo ciego con hierbas y hongos. Entonces Veo.

—¿Sabes dónde está la piedra?

—La Piedra. Con mayúscula —E chamán rió de nuevo y bailoteó torpemente—. En realidad es el Círculo

 

de Piedras.

—Pero hay muchos círculos de piedras...

—¡Qué torpe eres! Sólo hay un Círculo de Piedras... ¿Qué tienes en la mano?

—Una hoja de hiedra.

—¡Pues utiliza tus supersentidos de superhéróe barato! Enfoca la hoja de hiedra, y Mírala. ¿De dónde proviene?

Gedeón hizo lo que le indicaba el viejo.

—Viene  del  Llano  de  Salisbury...

¡Stonehenge!      Pero...         ¡Esta hoja   tiene siglos de antigüedad!

—Y está fresca como una lechuga —

 

El chamán volvió a bailotear—. Me aburres, Gedeón. Te crees más que humano,  y  sólo  eres  un  niño deslumhrado por el sol. Vete a la Piedra el día del solsticio de verano. Por la noche cómete una... ¿Cómo se llama...? No es yagé, no es ergina, no es mescalina... ¡Mira en mi cabeza, huevón!

—Amanita muscaria —dijo con un hilo de voz Gedeón.

El viejo chamán suspiró.

—Eso es. Y ahora lárgate de aquí, mocoso. Éste es mi desierto y tú eres más aburrido que un lagarto. Más, incluso, que Carlos de Castañeda.

Realmente, eso    era     ser     muy

 

aburrido.

Gedeón  recogió   en   silencio   sus cosas y se marchó. Mientras cruzaba el desierto no dejaba de apretar en el puño aquella milagrosa hoja de hiedra.

 

 

 

 

Una cita en el bosque más allá del tiempo

 

Ginebra, recostada sobre la hierba, la espalda apoyada contra el musgo que cubre la Piedra, canta tristemente una tonada.

Las palabras de la canción hablan de lo que es y de lo que no es. El corazón de   Ginebra   esconde   el   melancólico

 

sentimiento de una pérdida.

La lechuza ulula en la noche y, al igual  que  una  puerta  que  se  abre  por unos  instantes,  Ginebra  puede vislumbrar brevemente la sombra de una sombra.

Comienza a extender la mano, pero cuando el movimiento acaba, la sombra ya se ha esfumado, como el vaho del aliento en el vidrio de una ventana.

Ginebra  se  incorpora  y  eleva  los ojos hacia Altair.

—Escúchame,  Merlín —susurra—; si el poder de un gesto tuyo hizo erigirse la Piedra, haz algo más pequeño. Consigue que la sombra vuelva. Déjame

 

hablar con ella...

La lechuza sacude las alas, sin emprender el vuelo. La sombra se agita delante  de  los  ojos  de  Ginebra  y  le habla con extrañas palabras de amor.

—Estás     triste —dice         la       reina—.

¿Por qué?

La sombra le contesta, y hay tanto desconsuelo en su voz que Ginebra sabe que tiene que hacer algo para apaciguar su aflicción.

Sonríe y ensaya una breve danza delante del fantasma. Luego arranca una hoja de hiedra y se la tiende. La hoja desaparece en el aire.

—Pero... ¿Dónde estás? —pregunta

 

la sombra.

—En la Piedra —contesta Ginebra

—. En la Piedra...

Y la sombra deja de fluir, como una fuente que se seca. Pero Ginebra ya no carga con el peso de una pérdida. Sabe que no está sola.

 

 

 

 

EL       CAMPO       DE       G O L ESTELAR DE 56 HOYOS

 

En 1740 el clérigo William Stukeley observó que el eje de la estructura de Stonehenge  estaba  orientado  en dirección al nordeste, exactamente hacia el lugar donde salía el sol cada 21 de

 

junio, fecha del solsticio de verano.

Desde entonces, y en número creciente, los visitantes acudían a Stonehenge siempre que llegaba el día más largo del año.

Pero aquel 21 de junio, el día del solsticio en que Gedeón Montoya llegó al   viejo   Círculo   de   Piedras,   nadie acudió a Stonehenge.

Y eso, en sí mismo, era tan extraordinario como el platillo volante que aterrizó aquella mañana en Silbury Hill, la misteriosa colina artificial cercana a Avebury.

Claro que a Gedeón parecían no importarle mucho ninguno de  aquellos

 

acontecimientos.   En   realidad,   en   lo único que pensaba era en los milagros que aquella noche podría esconder.

Gedeón llegó a Stonehenge a las seis y media de la tarde. Lo primero que hizo fue buscar la amanita muscaria que el viejo chamán le había sugerido comer. Encontró una en el centro del Circulo de Piedras, así que decidió instalarse allí mismo. Adoptó la postura de loto que tanto había practicado en la lamastería del valle de Manang, y esperó.

Estaba meditando acerca de si debía comerse toda la amanita, o tan sólo una fracción, cuando una voz le sobresaltó.

—Si  me  perdonas  la  intromisión,

 

deberías comer sólo un poco. Esa seta es muy venenosa.

Gedeón se volvió y vio que un extraño  ser,  con  la  apariencia  de  un cruce contra natura entre un avestruz y un  oso  pardo,  se  acercaba amistosamente.

—Todavía no me he drogado. Tú no tienes derecho a estar aquí —señaló Gedeón.

—Oh, no. No soy fruto de tu imaginación. Me llamo Marvan, el Rey Ermitaño, y he venido en un platillo volante desde la estrella que vosotros habéis catalogado como J118.

—Absurdo —resopló Gedeón, que

 

se había puesto de muy mal humor al ver turbada su soledad—. Marvan, el Rey Ermitaño,   es   el   protagonista  de   un poema irlandés del siglo diez.

—Es que mi nombre auténtico es difícil de pronunciar en tu idioma. Pero lo cierto es que he venido de J118...

—Ya lo sé. Vosotros mandasteis el mensaje.

—Sí. Vaya historia, ¿eh? ¿Sabes que para emitir el mensaje concentramos quince segundos de la energía de nuestro sol? ¿Y que por culpa de esa manipulación nuestra estrella...?

—Se  convirtió  en  una  nova prematura —le  interrumpió Gedeón—.

 

¿Algo más?

Marvan  aleteó  demostrando sorpresa.

—Estáis bien informados en este planeta...

—Verás,  resulta  que  ese  estúpido haz de energía coherente me dio de lleno en la cabeza. Por vuestra culpa toda la vida he sido un desgraciado. Comprenderás que tu presencia, o la de cualquiera de tu especie, me resulta particularmente ingrata.

—Así que el haz tropezó contigo... Vaya casualidad. En cualquier caso, no debe preocuparte encontrar a más de mi especie. Soy el  único que queda. Los

 

demás murieron en la explosión de la nova. En cuanto a mí, me salvé gracias a ser el líder del planeta. Había un proyecto secreto para construir una nave hiperespacial. En cuanto me enteré de que nuestro sol se iba al carajo, y perdona el lenguaje, me metí en el prototipo y lo programé con la misma trayectoria del haz coherente. Entonces...

—Tú no eras el líder de ningún planeta. Trabajabas  como  conserje  en  el complejo industrial donde construían el prototipo de la nave. La robaste.

—La tomé prestada. El problema es que ahora no hay a quién devolvérsela...

—¿Por  qué  no  te  vas  y me  dejas

 

solo?  Tengo  una  cita.  Marvan  sonrió picaramente.

—Con una chica, ¿eh? Bueno, a lo que  iba:  mientras  venía  para  acá descubrí que una alineación cósmica de inusuales  proporciones  crearía  un vórtice de fuerzas de naturaleza desconocida, exactamente aquí.

—¿Una alineación cósmica? — Gedeón se mostró por primera vez interesado—. Eso suena a literatura barata.

—Ya    que  parece  una  bobada, pero así están las cosas. Como comprenderás, no me voy a ir sin presenciar todo el asunto del vórtice. Y

 

si estás pensando en usar la fuerza, debo advertirte de que provengo de un planeta con una gravedad muy superior a la de tu mundo. En otras palabras, y no lo tomes como amenaza: puedo pulverizarte.

—Pues quédate, pero en silencio. Marvan se sentó en un extremo del

megalito, bajo un dolmen, y Gedeón retornó a su concentrada postura de loto. Ya había oscurecido, así que cogió un trozo de amanita y, sin dudarlo, se lo comió. Sabía a rayos.

—Es  curioso  eso  que  estás haciendo. ¿Los de tu especie soléis intoxicaros voluntariamente?

—Cállate.

 

Marvan se hubiera encogido de hombros, caso de haber tenido algún hombro que encoger.

Una hora después, el alienígena comentó:

—Ya sé que es meterme donde no me llaman, pero, si no estás demasiado drogado para oírme, deberías quitarte de ahí. El vórtice de fuerzas emergentes se materializará exactamente donde tú estás sentado.

Pero Gedeón estaba demasiado drogado para oírle.

Las   estrellas   eran  filamentos   de plata, la atmósfera un cortinaje de terciopelo negro, y la oscuridad... ¿Qué

 

había dicho la sombra?

«Hay tanta luz en la oscuridad...»

Las tinieblas eran abanicos de luz, resplandecientes mareas, océanos de fulgor incandescente.

Entonces, y sin previo aviso, la sombra apareció ante Gedeón, resplandeciente como una diosa blanca. Sólo que ya no era un sombra, sino una mujer con una cascada de trigo por cabello y aguamarinas en torno a las pupilas dilatadas.

—Extraño vórtice...     —exclamó

Marvan.

La mujer, desnuda como la gran meretriz de Babilonia, pero investida de

 

una pureza casi virginal, dio tres graciosos  pasos  de  danza,  como  una ninfa bailando entre las adelfas.

—No eres Lanzarote —dijo ella—. Ni Arturo. ¿Quién eres?

Gedeón se incorporó, aturdido por la droga.

—Gedeón —musitó—. Gedeón

Montoya.

—Gedeón...  —La  mujer  pronunció el nombre como si paladease una baya de  tejo—.  Gedeón es  un  nombre hermoso. Estamos muy solos tú y yo, aquí, Gedeón. ¿Por qué tienes los ojos tan abiertos?

—No los tengo abiertos, yo... —De

 

repente  Gedeón  comprendió.  Con  un acto de voluntad insospechada, cerró los ojos de su mente a todo lo que no fuese la mujer.

Y el universo desapareció. Sólo quedaron ella y él.

—Y, ahora, mira bien —dijo ella.

Y Gedeón miró bien, y vio el lago teñido de luna, los bosques infinitos de las baladas celtas, los ciervos recortándose contra las estrellas. Y la vio a ella, como jamás había visto a nadie.

—Creo que te amo —dijo Gedeón. La mujer rió.

—Qué  impulsivo.  Si  acabamos  de

 

conocernos...

Gedeón la miró desconcertado. Ella rió de nuevo y, tomándole de la mano, comenzó a danzar por entre el brezo y la jara, bajo el acebo y el muérdago.

Gedeón, siguiendo torpemente la danza de la mujer, tuvo aún tiempo de decir algo más:

—Sinelas  saró    farabusteaba. Tué jelo.

«Eres cuanto buscaba. Te amo.»

 

 

 

 

Marvan  el  alienígena, repentinamente solo en el megalito de Stonehenge,  sacudió   la   cabeza.   Una

 

lechuza ululó y fue a posarse en lo alto de un menhir.

—¿Qué te parece? —le preguntó Marvan al pájaro—.Tan mayor y enamorado  como  un  muchacho,  ¿eh? Vaya  con  Gedeón...  Qué  humano después de todo.

La lechuza giró la cabeza de un lado a otro y ululó de nuevo.

Sí,      —dijo   Marvan—.   Tienes razón. Como vórtice de fuerzas extrañas ha resultado de lo más decepcionante. No obstante, ¿adonde habrán ido esos dos?

La lechuza emprendió el vuelo. Marvan suspiró.

 

—En efecto. No vale la pena quedarse aquí. La Alineación Cósmica ha  resultado  ser,  al   final,  literatura barata. Un fenómeno sin interés.

El alienígena no sabía cuán absolutamente equivocado estaba.

No hay nada más interesante, ni humano, que el amor.

 

 

 

 

La Muchacha de la Hiedra y el Muchacho del Acebo se oponen, no por ser la una símbolo de resurrección y el otro emblema de destrucción, sino por poseer sexos contrarios, por tratarse de hombre y mujer.

 

Pero esta rivalidad es superficial, errónea. Hiedra y Acebo son saturnales y  su  destino  es   unirse  en  estrecho abrazo, mezclar sus significados y letras para construir nuevas palabras.

 

 

El acebo, verde oscuro, tomó una actitud resuelta; está armado       con  muchas

puntas de lanza que hieren la mano.

Grande era el argoma en la batalla y la hiedra en su flor; el avellano era el arbitro en ese tiempo encantado.

CÁD GODDEU (La batalla

 

de los árboles)

 

4. Una sesión de hipnotismo

 

 

Cuando Aníbal Zarko concluyó su historia nadie  hizo  ningún comentario. La ropa ya se había secado, así que las mujeres se dirigieron al dormitorio y el padre Kindelán al cuarto de baño, mientras que los demás permanecíamos en el salón, vistiéndonos en silencio. Quince  minutos  más  tarde  todos habíamos recuperado nuestra apariencia normal.

Entretanto, la lluvia continuaba cayendo  torrencialmente.  Jamás  había

 

visto llover así y supuse que aquello debía de estar ocasionando auténticas inundaciones. De modo que seguíamos estando obligados a permanecer encerrados en aquella casa. El problema es que eran casi las dos de la tarde, y el hambre comenzaba a hacer estragos en nuestros estómagos.

—Hay un montón de latas en la cocina —nos informó Aníbal Zarko—. Creo que deberíamos pensar en el almuerzo.

—Esa comida no es nuestra —gruñó el padre Kindelán—. Si la cogemos, estaremos pecando contra el octavo mandamiento.

 

—Tampoco  esta  casa  nuestra  es, pater —repuso alegremente madame Kádár—. Y yo no oírte quejar por en ella cobijarnos. Además, la comida pagaremos; preocuparte no debes.

Y así quedó zanjado el tema. Inmediatamente nos pusimos manos a la obra.  Aníbal  Zarko,  el  profesor Jerusalén, Héctor Arauco y yo nos ocupamos de poner la mesa. El padre Silveira  insistió  en  cocinar,  ya  que afirmó  tener  una  gran  experiencia  en sacar el máximo provecho a las conservas. Isabel Bocanegra, Susana y Claudia se quedaron en la cocina ayudándole.      El      padre      Kindelán

 

permaneció en un rincón del salón; había sacado del bolsillo un rosario hecho con pétalos de  rosa y se  dedicaba a desgranar sus cuentas mientras murmuraba una oración tras otra. En cuanto a madame Kádár...

Cuando acabé de disponer los platos y los cubiertos sobre el mantel de plástico blanco, la anciana húngara se acercó a mí.

—¿Hablar un rato podemos? —me preguntó.

—Bueno, debería echar una mano...

—objeté, señalando hacia la cocina.

—Demasiada  gente  allí  hay.  Otro par  de  manos  sólo  molestar  podrían.

 

Unos  minutos  dedíqueme,  amigo  mío. Con una vieja no le importará charlar,

¿verdad?

Madame  Kádár  cogió  mi  brazo  y, con imprevista energía, me condujo al sofá.  Nos  sentamos  y  permanecimos unos segundos en un (para mí) embarazoso  silencio,  hasta  que  la anciana se decidió a hablar.

—Usted muy orgulloso de Claudia debe estar —dijo, alisándose con cuidado la falda.

—Es una niña extraordinaria, sí.

—Oh,  pero  más  que  una  niña  es. Casi una mujer ya. Una crisálida a punto de en mariposa convertirse.

 

—Sólo tiene diez años... —dije.

—Ay, ay... Todos los padres esa equivocación  cometemos.  Conservar para siempre pretendemos a nuestros queridos bebés. Pero los niños crecen y mayores se hacen. Un día su manita de la nuestra   retiran,   y   ya   más   nunca   a dárnosla vuelven. Sin embargo, ciegos estamos los padres, cuenta no nos damos de lo que ocurre. Y un día, reconocer como hija nuestra no podemos a esa jovencita en que nuestro bebé se ha convertido.

—Sí, tiene razón —dije, un poco confuso. E insistí—: Pero Claudia tiene diez años, todavía es una niña.

 

—Por supuesto, por supuesto — Madame Kádár me obsequió con una bondadosa   sonrisa—.   Pero   recordar debe que un día crecerá. El polluelo en un hermoso cisne se ha de convertir, y usted impedir no debe que aprenda a volar. Cuando a surcar el cielo Claudia dispuesta esté, ayudarla deberá. Aunque verla abandonar el nido eso signifique, aunque perder a su bebé eso suponga, ayúdela, señor Zarate. A volar ayúdela.

Bueno, creía entender lo que aquella mujer pretendía decirme. Los padres no deben sobreproteger a sus hijos, ahogarlos con un cariño tiránico. Lo que no acababa de comprender es por qué

 

me  lo  estaba  diciendo precisamente a mí; no me parecía haber dado muestras de  ser  un  padre  particularmente posesivo.

No obstante, madame Kádár había mencionado que una hija suya vivía en Hungría. Dejé volar por unos instantes la imaginación y supuse que en algún momento debió existir algún problema entre ellas. Quizá la anciana fue una madre absorbente y eso la había distanciado de su hija. Posiblemente se limitaba a alertarme sobre los errores que ella misma había cometido. Me sentí en cierto modo conmovido, aceptando, sin darme cuenta, como hechos ciertos

 

lo    que    no     eran   más   que    simples conjeturas.

—Tiene usted mucha razón, señora Kádár   —dije   con   toda   seriedad—. Nunca asfixiaré a Claudia, lo tendré muy presente. Ella siempre podrá contar con mi  apoyo,  aunque  eso  signifique perderla.

La anciana asintió satisfecha.

—Hombre  inteligente  usted  es  — dijo y, cambiando bruscamente de tema, añadió—: ¿Nuestras historias qué le parecen?

—Son interesantes... quizás un poco raras.

—Raras, sí. Pero la vida extraña es.

 

No hizo más comentarios. Entrelazó las manos sobre el regazo y se quedó mirándome  en  silencio,  como aguardando a que fuera yo quien continuara la conversación.

—Ese círculo suyo —dije, por decir algo—, ¿hace mucho que pertenece a él?

—Oh, sí; más de cincuenta años.

—¿El círculo tiene cincuenta años? Pero, salvo usted y el padre Kindelán, ninguno de sus amigos ha cumplido todavía esa edad...

—Confundido usted está. Los miembros del círculo se renuevan. Cincuenta años hace que en el círculo yo estoy, pero mucho más antiguo el círculo

 

es. Unos nueve mil años, yo diría.

—¿Quiere decir que su grupo, el círculo, existe desde hace nueve mil años? —pregunté, incrédulo.

—Sí.  Relativamente reciente es, otros círculos hay más antiguos. Grupo nuestro  en  la  ciudad  de  Jericó  fue creado, siete mil años antes de Cristo.

—Así que su círculo existe desde el neolítico —No pude evitar sonreír; aquella mujer era deliciosamente excéntrica—. Y, a medida que sus miembros mueren, son sustituidos por otros, ¿no?

—Eso es —Madame Kádár me contempló como una abuela orgullosa de

 

su nietecito—. Pero difícil resulta encontrar miembros adecuados, ya que habilidades especiales precisan poseer.

—¿Y siempre han sido siete?

—Siete el número de los cielos es, del árbol cósmico siete son las ramas y siete los brazos del candelabro sagrado. Setenta y siete veces el número siete en el Antiguo Testamento se menciona, y como de Jericó hablábamos, murallas suyas cayeron cuando siete sacerdotes, con siete trompetas, siete vueltas dieron el día séptimo —Suspiró—. Poderoso el número siete es, y por ello de siete miembros un círculo constar debe.

Reconozco que    aquella        gente

 

comenzaba a fascinarme. Al parecer, pertenecían a una especie de secta (la anciana había mencionado la existencia de otros círculos) que yo nunca había oído mencionar, quizá porque careciera de nombre. Como todas las sectas, afirmaba  tener  sus  raíces  en  la  más lejana  antigüedad.  Pero  ésta  era  una secta  extraña.  Para  empezar,  la presencia de dos sacerdotes católicos entre sus miembros ya era algo muy peculiar. Además, sus objetivos no podían ser más surrealistas: mantener estable la realidad. Por no hablar de los métodos que empleaban: contar historias extravagantes   que    poco    tenían   de

 

piadosas o ejemplares.

Estaba intrigado, y me disponía a formularle más preguntas a madame Kádár cuando la alegre voz de Claudia interrumpió nuestra conversación.

—La  comida  está  lista.  El  padre Juan ha preparado un plato brasileño, ¡y huele muy bien!

Nos reunimos en torno a la mesa y comenzamos a comer con apetito. El guiso de carne que había elaborado el padre Silveira estaba realmente bueno. Le pregunté qué era.

—La verdad es que no tiene nombre. Lo preparan los kayapó, unos indígenas de la amazonia brasileña. Ellos suelen

 

emplear carne de mono, o de perro, y ocasionalmente... —Se encogió de hombros—. Bueno, en otros tiempos usaban carne de hombre.

Contemplé mi plato con repentina aprensión.

—No te preocupes, papá —dijo Claudia, poniendo su mano sobre mi brazo—; el padre Juan ha usado carne de cerdo en lata. Yo lo he visto.

Un repiqueteo cristalino resonó en la habitación. Madame Kádár golpeaba su vaso con el borde de un cuchillo, reclamando nuestra atención.

—Unos segundos faltan para que las dos  y  cuarenta  y  ocho  sean  —dijo

 

sonriente—. Sugiero que un círculo formemos  junto  a  nuevos  amigos nuestros.

Miré  sorprendido  en  derredor. Todos habían dejado de comer y se daban la mano, formando una circunferencia humana. Parpadeé confuso.

—Las dos y cuarenta y ocho —El padre Kindelán, sentado a mi izquierda, me miraba malhumorado—. El solsticio.

Bueno, tomé la mano que me ofrecía el cura, notando entre sus dedos las cuentas del rosario, y estreché a mi vez la mano de Claudia. Permanecimos así durante largos segundos. Todos, salvo

 

Susana y yo, habían cerrado los ojos. Mi mujer, las  manos entrelazadas con las del padre Silveira e Isabel Bocanegra me miraba sonriente, con las pupilas brillando de diversión.

Yo me sentía ridículo. Nunca me han gustado ese tipo de ceremonias. Por ejemplo, siempre me sentía envarado cuando, las pocas veces que pisaba una iglesia, llegaba el momento de darse la paz y me veía obligado a estrecharle la mano  a  un  perfecto  desconocido.  En esas ocasiones solía encerrarme en una actitud hosca, totalmente ajena al ideal de fraternidad religiosa que el rito perseguía. Así que resulta fácil imaginar

 

lo  estúpido  que  me  sentía  formando parte de esa especie de círculo místico, o lo que quiera que fuese.

Me volví hacia Claudia y contemplé su rostro embelesado. Tras los párpados cerrados  adiviné  el  nervioso movimiento de sus ojos. Pensé que la niña se estaba tomando demasiado en serio todo aquello, y que no me gustaría que eso supusiera el nacimiento de una, en modo alguno deseada, propensión hacia lo religioso.

Entonces ocurrió.

No  creo  que  pueda  encontrar palabras para describirlo... ni siquiera estoy seguro de  que  hubiera algo que

 

describir. El caso es que tuve la impresión de que por un instante el tiempo se detenía y la luz, el olor de la comida,  la  textura  de  las  paredes,  el tacto de las manos unidas, todo lo que me rodeaba, adquiría una especial definición, una extraña nitidez.

La experiencia duró menos de un segundo, y supongo que no fue más que el producto de mi mente sugestionada. Sin embargo, me di cuenta de que, al igual  que  yo,  los  demás  también  se habían estremecido, como si experimentaran simultáneamente algo quizá similar a lo que yo sentí.

Un instante después el salón se llenó

 

de suspiros. Nos soltamos las manos y yo  miré  desconcertado a  un lado  y a otro. Susana me observaba con el ceño fruncido. Le dirigí una sonrisa y me encogí levemente de hombros.

—Felicitarle debo, padre Joao — dijo de pronto madame Kádár—. Plato suyo exquisito está; un poco a gulash me recuerda.

Tras decir esto, la anciana prosiguió risueña con su almuerzo. Todos la imitamos; aparentemente, no había nada más que decir.

Tras finalizar la comida, Aníbal Zarko y yo nos ocupamos de lavar los platos, y el padre Kindelán de secarlos.

 

Observé que, mientras pasaba el paño por la loza, el sacerdote no cesaba de murmurar oraciones, una por cada plato; había convertido el secado de la vajilla en una especie de rosario improvisado.

¿Es que aquel hombre nunca se cansaba de rezar?

Al concluir nuestra tarea volvimos al  salón. Susana había preparado té y allí estaban todos, bebiendo apaciblemente la humeante infusión. Claudia se había sentado al lado de madame Kádár y ésta, sosteniendo entre sus manos una taza de cristal, leía el futuro de la niña en los posos de té.

—...y fijarte ahí, a la derecha, debes

 

—decía  la  anciana—;  ¿una  luna  en cuarto creciente ves? Felicidad y éxito decir quiere. ¿Y la imagen que a su lado hay distingues? De un dragón se trata. Cambio repentino, ése es significado suyo.

Susana me ofreció una taza de té, todavía caliente. Mis manos, frías por el agua del fregadero, agradecieron poder acoger  en  su  seno  aquella  fuente  de calor.  Me  senté  en una  silla  y di  un breve sorbo a la amarga infusión. Entonces, Héctor Arauco se incorporó y, tras carraspear discretamente, dijo:

—Isabel, mi esposa, me ha rogado que les pregunte si estarían interesados

 

en escuchar una historia suya —Todos asentimos  en  silencio.  Yo   volví   la mirada hacia aquella frágil mujer, pero fue el doctor Arauco quien prosiguió—: Me gustaría señalar que mi esposa es una extraordinaria médium, capaz de ponerse en contacto con otros planos de la realidad. Ese don le permite comunicarse con la conciencia, el espíritu si quieren, de personas que han muerto. Aunque esto último no siempre ocurra exactamente así. Pero quizá sea preferible que ella misma lo explique — Se  volvió  hacia  su mujer,  invitándola con  una  sonrisa  a  intervenir—. Querida...

 

Isabel Bocanegra bajó la mirada con timidez; noté que sus mejillas se ruborizaban mientras tragaba saliva varias veces. Finalmente, cuando se decidió a hablar, su voz era tan débil que resultaba difícil entender lo que decía.

—Yo  misma  no  acabo  de comprender cómo funciona mi don —El musical acento sudamericano parecía apagado, contenido—. En ocasiones, los muertos hablan por mi boca; pero también puedo entrar en contacto con espíritus de personas que todavía no han fallecido —Vaciló—. Creo que a veces hablo con las almas de futuros difuntos,

 

almas tan atormentadas que, en el afán de  comunicar  su  dolor,  rompen  los muros del tiempo —Suspiró—. Hace poco, una de esas almas vino a mí y me contó una historia atroz. No es algo que haya  ocurrido,  sino  algo  que  va   a ocurrir. Pero supongo que es mejor que sea él mismo quien lo narre...

Isabel Bocanegra se reclinó en el sillón donde estaba sentada y cerró los ojos, como si aquella charla, para ella tan excesiva, la hubiera fatigado. El doctor Arauco se aproximó a su esposa.

—Isabel debe entrar en trance — dijo—. Yo la ayudo con un poco de hipnotismo —Se  inclinó sobre  ella—.

 

¿Estás relajada, querida?

—Sí...

—Bien, no pienses en nada. Ahora vas a descansar; para ello, convierte tu mente en un lugar negro y vacío. Hay una escalera, ¿lo notas? Comienza a descender y cuenta los peldaños. Uno, dos...   por   cada   escalón   que   bajes sentirás como un gran cansancio se adueña  de  ti...  tres,  cuatro...  Tienes mucho sueño, Isabel, debes descansar... cinco,   seis...   Cuando   llegue   a   diez estarás profundamente dormida... siete, ocho... Relájate, déjate llevar... nueve y diez. Ya estás dormida, querida. ¿Me escuchas?

 

El breve pecho de la mujer subía y bajaba cadenciosamente, con el ritmo de una respiración profunda. Tras una larga pausa contestó con voz impersonal:

—Sí...

—¿Dónde te encuentras? Una nueva pausa.

—No lo sé... Hay niebla y oscuridad...

El doctor se volvió hacia nosotros.

—Ya está.

—¿La ha hipnotizado? —preguntó en voz baja Susana—. ¿Tan rápido?

—Llevamos  mucho  tiempo trabajando juntos, así que mi mujer entra en  trance  con  gran  facilidad.  Es  una

 

especie de condicionamiento poshipnótico —Se acarició la sien con la  yema  del  dedo  medio—.  Pueden hablar más alto, si lo desean; ella sólo escucha mi voz.

—¿Y  ahora  qué  va  a  pasar? 

preguntó Claudia.

—Nada. Debemos esperar.

El  doctor  Arauco  tomó  asiento  al lado de su mujer y le cogió la mano. Isabel Bocanegra continuaba en trance, con los ojos cerrados y las facciones relajadas.

Paseé la mirada por la habitación. Los ojos de todos los presentes estaban clavados en la mujer dormida. Incluso el

 

padre Kindelán había interrumpido sus rezos para concentrar su atención en lo que estaba ocurriendo. Pese a encontrarnos a media tarde, el dosel de nubes  era  tan  denso  que  apenas  se filtraba luz a través de las ventanas; el salón  se  hallaba  en  penumbras,  sólo rotas por el resplandor rojizo que provenía de la chimenea. Escuché el constante golpeteo de la lluvia en el tejado.

Entonces Isabel Bocanegra gimió.

—No... ¡No...!

El  doctor Arauco se inclinó sobre ella.

—¿Qué ocurre, querida?

 

—Está  aquí...  —El  rostro  de  la mujer se  había convertido en una máscara pálida y crispada—. ¡Busca mi voz!

—Tranquilízate —dijo el doctor, y su mujer pareció relajarse al instante—.

¿Quién es?

—No tiene nombre.

—Todo el mundo tiene un nombre.

—Él no. Lo ha olvidado.

El  doctor  volvió  a  acariciarse  la sien.

—¿Qué quiere? Una pausa.

—Está confuso, su alma es un vendaval... Quiere hablar...

 

—Isabel —el doctor vaciló un instante—; ¿te importaría prestarle tu voz?

—Pero todo es muy triste —protestó débilmente la médium—. Está muriéndose... y hay tanta amargura en él.

—Quizá si le dejas usar tu voz consigas aliviarle. Además, querías que escucháramos su historia, ¿recuerdas?

—Es verdad... —Las facciones de la mujer se relajaron de nuevo. Sonrió mientras comenzaba a hablar con alguien a quien no podíamos ver—. Ven... Entra en mi cuerpo, usa mis labios y mi garganta...

Me cubrí la boca con la mano para

 

ocultar una sonrisa; aquellas palabras, tan melodramáticas, parecían más una invitación erótica que una fórmula espiritista.

De pronto, Isabel  Bocanegra abrió los ojos.

Y, de algún modo, tuve la certeza que ella ya no era la mujer del doctor Arauco, sino otra persona muy distinta. Su   mirada   reflejaba   desconcierto   y dolor, los labios estaban contraídos, convertidos en una línea pálida e irregular, la frente aparecía surcada por una miríada de finas arrugas.

Respiré hondo.

Entonces ella habló y noté que un

 

escalofrío me recorría el cuerpo, porque su voz no era una suave voz de mujer, sino la voz enronquecida de un hombre.

—Apenas dispongo de tiempo — dijo—. Y las palabras se enredan en mi cabeza.  Busco  entre  mis  recuerdos... Pero ya no tengo memoria... Ahora, acabo  de  recordar  un  poema.  Es ridículo, ¿no? Todo se derrumba a mi alrededor y yo me acuerdo de un estúpido  poema...  ¿Cómo  era...? Hablaba de un muro frío y transparente...

«¿Quién dice que se olvida? No hay olvido. Mira a través de esa pared de hielo, ir esa sombra hacia la lejanía, sin el nimbo radiante del deseo...»

 

La pared de hielo

 

 

 

La historia de Isabel

Bocanegra

 

Mientras escribo esto y el mundo se desmorona  a  mi  alrededor,  me sorprendo  a    mismo  pensando  de nuevo en Helena, recordando la belleza infinita de su cara, deslizándome por sus rizos de avena y suspirando por la tibia calidez de su piel blanca como la leche.

Helena... Pronunciar tu nombre es sufrir un dolor deseado. Helena Maíz, Helena Arroz, Helena Avena... Te amo

 

hasta perder el aliento, y saber que no existes,  que  nunca  has  existido,  me acerca   tanto   a   la   muerte   como   el bálsamo de tu recuerdo a la vida.

He de controlarme, debo aplicar las técnicas de yoga que me enseñó, triste ironía, el propio Nanda. ¡El mismísimo Dios!

Respiración baja, respiración media. Adopto la postura padmasana e intento enfocar mi mente en un lugar vacío, oscuro y distante.

Y allí está Helena esperándome.

¡Dios! Vuelvo a sentir hambre. Esto no funciona, estoy al borde de otro ataque. Abro el paquete y contemplo el

 

frasco lleno de cápsulas que me entregó

Martín, advirtiéndome:

—Ten cuidado. Esta droga te aliviará. Pero al mismo tiempo destruirá en cada toma millones de tus neuronas. No  abuses  de  ella,  o  acabarás convertido en un vegetal.

Es para reírse, en cualquier caso acabaré convertido en un vegetal. La droga me la dio Martín tan sólo cinco semanas antes de suicidarse. Lo encontraron en su casa, tenía la mano izquierda y los pies atravesados por clavos de quince centímetros. Él mismo se había clavado al suelo. No sé por qué lo  hizo.  Quizás  el  dolor  le  permitió

 

olvidarse  de  Nanda,  el  dios  tirano. Quién sabe. El caso es que estaba allí, grapado al suelo en mitad de un charco de sangre, delante de un televisor chispeante de estática. En el vídeo encontraron la cinta que había estado viendo mientras agonizaba. Era una grabación familiar con imágenes felices de su mujer y su hijito de seis años. Ambos habían muerto en la Primera Revuelta Sagrada. Les mataron sencillamente, porque fueron sorprendidos en una iglesia rezando a Cristo. Martín nunca pudo superarlo.

He   tomado       cinco cápsulas.     No debería  hacerlo;  ya  desde  la  primera

 

ocasión comprobé sus atroces efectos: la droga hizo que me olvidara de mi pie derecho. Oh, sí. Está ahí, como siempre. Lo veo, es un pie normal y sano. Pero no puedo recordarlo, la droga lo borró de mi memoria. Así que ahora cojeo porque no puedo acordarme de lo que hay en el extremo de mi pierna. ¿De qué me olvidaré esta vez?

Pero es un riesgo necesario. No puedo permitirme otra recaída, seguir amando  a  Helena  es  un  lujo  que  no puedo consentir. En mi primer ataque... Oh, Nanda traidor. Fue tan ridículo. El médico no lo podía creer, y eso que en aquel momento vivía un infierno absurdo

 

en un hospital abarrotado de maníacos religiosos. Me ingresaron en coma, inconsciente.  Tenía  el  estómago abultado por las dieciséis cajas de cereales que había devorado —¿Cómo puede  alguien  comerse  más  de  ocho kilos de cereales? —me preguntó asombrado el doctor.

Me acababan de lavar el estómago, estaba muy débil. ¿Cómo podía explicarle que lo había hecho por amor, por Helena?

El médico no lo entendió, pero no hay que culparle por ello. Murió poco después,  a  manos  de  un  fanático seguidor de Nanda, el dios.

 

La droga ha hecho efecto. Poco a poco mi pasión por Helena se ha ido difuminando hasta  no  ser  más  que  un eco, una  leve  pulsión imprecisa. Pero

¿qué más se ha ido, qué recuerdos se han borrado para siempre de mi memoria? Hago un rápido repaso mental, y nada extraño encuentro, todo parece ocupar su sitio, como la  vajilla de  Copeland que mi madre colocaba en una alacena de caoba y latón. Los platos de postre son mi primera infancia, las fuentes delimitan mi juventud en la universidad, la salsera es mi primera noche de amor con aquella  chica  maravillosa que conocí en la playa. Y... Y sí, hay algo

 

que he olvidado.

No   recuerdo   mi   nombre,   ignoro cómo me llamo.

Me lo tomo con calma. Después de todo, olvidar un nombre no es peor que olvidar un pie. Aunque ahora me viene a la  cabeza  una  historia:  según me contaron, los indígenas de las Célebes creen que basta con escribir el nombre de alguien para capturar su alma. Según ellos, alma y nombre son la misma cosa.

Podría   pensar   que   al   perder   el nombre he perdido también mi alma, si no fuera porque el alma la perdí el día que firmé un contrato con GenCorp, la compañía  transnacional  que  desató  el

 

infierno sobre la Tierra.

¿Cómo me llamo? Qué importa. Llamadme (?). Ahora soy una gran

interrogación.

¿Acaso no lo somos todos?

Algo se retuerce sobre el teclado. Contemplo mi mano derecha y veo cinco tubos  de  carne  como  gusanos sonrosados.  ¿Qué  son?  Por  unos segundos  siento  pánico.  Intento calmarme.  Miro  mi  mano  izquierda  y veo  los  dedos.  Recuerdo  los  cinco dedos  de  mi  mano  izquierda, siempre han estado ahí, y supongo que los cilindros  de  carne  que  penden de  mi mano derecha son, también, dedos. Pero

 

no estoy seguro, y en cualquier caso, he olvidado cómo se usan.

Continúo pulsando las teclas del ordenador  con  la  mano  izquierda.  Es más lento, pero da igual. Sólo yo leeré esto.

No puedo evitar reírme. Lo más probable es  que  pronto me  olvide  de leer.

Es  indiferente.  Necesito  una memoria, aunque sea de papel.

Debo darme prisa, y comenzar por el principio.

Y en el principio, fue la palabra...

—La         palabra,      señor (?),    es

PROGRESO      —dijo         solemnemente      el

 

jefe de personal, un hombrecillo envarado y ridículo—. Para GenCorp no hay otro camino que el de la evolución. Y  la  evolución  era  un  arbitrario capricho  de  la  suerte,  hasta  que cogiendo las riendas, donde antes había azar, GenCorp puso planificación y progreso.

El  hombrecillo siguió  hablando, pero no le hice mucho caso. Me sentía demasiado feliz como para perder el sabor de aquel momento mágico atendiendo a su absurda verborrea. Acababa de firmar el primer contrato de mi vida (entonces no sabía que también sería  el  último),  tan  sólo  seis  meses

 

después   de   haberme   graduado.   Me sentía como un titán capaz de mover montañas. Mi atención se vio atraída por la foto que presidía el despacho. La imagen sonriente y satisfecha del legendario   Henry   Dacosta,   dueño   y rector de GenCorp, parecía hacerme guiños desde lo alto de la pared. Aquel hombre era el santo patrón de bioquímicos y biólogos. No por sus descubrimientos, ni por su sabiduría científica,  sino  por  poseer  la sobrenatural capacidad de  convertir ADN en dinero.

—... ahora preséntese   a        Martín

Seoanes,    nuestro    director.    Él    le

 

informará de sus obligaciones.

Me levanté y tras estrechar su mano, blanda y húmeda como una babosa, abandoné el despacho. Los pasillos de GenCorp, de puro blancos y luminosos, parecían un gigantesco tendedero repleto de sábanas de lino. De vez en cuando, hombres y mujeres cubiertos de batas blancas se cruzaban en mi camino. Sólo su presencia me impedía dar saltos y bailotear. Me sentía tan feliz como, descubrí de repente, perdido. No sé de qué manera, pero logré llegar a la recepción (por alguna razón no quise preguntar a nadie; quizá no deseaba que me   contemplaran   como   un   intruso

 

atolondrado).  La  recepcionista,  una joven hermosa como un amanecer, me dirigió una sonrisa atentamente profesional.

—El despacho del señor Seoanes se encuentra en la planta tercera. Administración, sector A.

Mi rostro debió traslucir algo de la congoja que sentía ante la idea de enfrentarme de nuevo a aquellos pasillos albinos,  porque  la  chica  sacó  de  un cajón una especie de calculadora con teclado alfabético.

—Esto  es  un  localizador electrónico.   Escribo   el   nombre   del señor Seoanes, ¿ve? Pulso el botón rojo

 

y no hay más que seguir las indicaciones que aparecen en la pantalla.

En alas de la microelectrónica, me vi transportado sin titubeos ante la presencia del Director General de GenCorp. Martín Seoanes era un hombre agradable  y  jovial,  de  unos  cuarenta años, medio calvo y con el mentón cubierto por una espesa barba.

—Llámame Martín —dijo sonriente

—, yo te llamaré (?). Aquí, en la tierra de la doble hélice, hemos proscrito los formalismos.  Ante   todo,   bienvenido.

¿Qué puedo hacer por ti?

—Me dijeron que usted... que tú, me informarías  de  los  pormenores  de  mi

 

trabajo.

—Te dijeron mal. Sé que estás destinado al laboratorio de síntesis. Lo que tengas que hacer allí es para mí un misterio.   Mira,   soy  el   director   del centro, y también biólogo, pero mi auténtica labor está más relacionada con el papeleo y la burocracia que con las probetas y las cadenas polinucleótidas

—Hizo una pausa para encender su pipa y, observando de reojo mi reacción, añadió—:  Los  directores  técnicos  de esta división de GenCorp son los doctores Nanda y Maltman.

Si me hubieran dicho que iba a trabajar  bajo  las  órdenes  de  Charles

 

Darwin,  mi  sorpresa  no  hubiese  sido mayor.

—¿David  Maltman     y       Jawaharlal

Nanda?

—Nunca hubieras imaginado encontrar aquí tanto premio Nobel junto,

¿verdad?

Hoy en día nadie se acuerda de que David Maltman fue uno de los grandes pensadores de nuestro siglo. Recibió el Nobel por su trabajo sobre la función de las moléculas de ácido ribonucleico en los procesos biológicos de obtención, almacenamiento y recuperación de información en los sistemas eidéticos. O dicho de otra forma, fue quien descubrió

 

cómo funciona la memoria de los seres vivos.

¿Y qué decir de Jawaharlal Nanda, el único ser humano que ha ganado tres veces el premio Nobel? En aquellos tiempos corría un chiste, hoy irónicamente dramático, que expresaba el tamaño de su talento: «Si Dios volviese  a  crear  la  vida,  antes consultaría con Jaw Nanda.» Más tarde alguien añadió: «Y Nanda no aceptaría colaborar con Dios; siempre ha odiado trabajar con segundones.»

Sí, el doctor Nanda era vanidoso; pero imagino que es difícil no serlo si con veintitrés años ya se es doctor en

 

biología, bioquímica y física, y si al cumplir los treinta y cinco se ha ganado un Nobel en cada una de esas especialidades.

Jaw Nanda, ese pequeño hindú nacionalizado estadounidense, era un genio, no cabe duda. Quizás el más grande que ha dado la humanidad. Aunque, como descubrí más tarde, también era el mayor hijo de puta que ha pisado la faz de la Tierra.

Pero  no  adelantemos acontecimientos. En aquel momento me sentía tan impresionado como feliz ante la perspectiva de trabajar al lado de dos de las mayores inteligencias de nuestro

 

siglo. No podía sospechar que, durante más de un año, sólo les vería, y muy de tarde en tarde, pasando fugaces por aquellos pasillos de satén blanco.

No  estoy  acostumbrado  a  escribir con la mano izquierda. Me tiembla el pulso.  He  encendido la  televisión. Ahora sólo existe una alternativa: el Canal Sagrado del Dios Nanda. E golpeteo de electrones en la pantalla de fósforo me regala la imagen de una ceremonia  colosal  en  los  Campos Elíseos de  París. Al  principio no distingo de qué se trata, sólo veo multitudes vestidas con los colores del Dios, azafrán y rojo. Luego el realizador

 

cambia  del  plano  general  a  uno  más corto, y puedo contemplar con detalle el teatro que se desarrolla en el altar con forma de pirámide truncada.

Me estremezco. Aunque ya lo he presenciado otras veces intento apartar la mirada. Pero hay algo terriblemente hipnótico en aquellas imágenes enloquecidas.

Una larga fila de mujeres jóvenes camina a paso lento hacia los diez sacerdotes que se afanan en lo alto del altar. Cuando las mujeres van llegando a la cúspide de la pirámide se desprenden de las túnicas y ofrecen su desnudez a los sacerdotes. Entonces éstos alzan sus

 

cuchillos y los dejan caer sobre la carne dorada. Luego arrancan el corazón aún palpitante, o tiran de las vísceras como el prestidigitador que saca un conejo del sombrero de copa. Inmediatamente una jauría de acólitos recoge los cuerpos desmadejados y los arroja a la base de la pirámide. Allí la gente bulle y pelea para conseguir llevarse alguna buena porción  de  carne  humana.  Tienen hambre.

No sé qué me causa más horror, si la fría mecánica de la carnicería o las sonrisas de éxtasis en los labios de las víctimas.

Oh, por supuesto. Esa barbarie no es

 

más que un acto de amor sacro. A fin de cuentas, cualquier dios que se precie debe tener poder, no sólo sobre la vida, sino también sobre la muerte.

Pero hay algo más. Nanda no suele hacer  las  cosas  porque  sí.  Su inteligencia inhumana siempre encuentra una  finalidad  superior  para  sus caprichos.  El  mundo,  este  mundo maníaco y demente, sufre hoy de muchas heridas. Pero las laceraciones más primarias son la superpoblación, y su hija, el hambre. Probablemente para un intelecto lunático, pero preciso, como el de Nanda, el sacrificio ritual de mujeres jóvenes es un medio honesto de control

 

de la natalidad. Y el canibalismo, una solución colateral que cierra circularmente el problema. Así piensa el Dios escuálido y maligno.

Y, sin embargo, todavía hay más. Nanda siempre fue tímido con las mujeres. Creo que le avergonzaba su cuerpo  y  se  sentía  intimidado  por  el sexo. En el fondo se está vengando de todo el género femenino.

Me dijeron que en China decretó la muerte de veinte millones de muchachas, simplemente ordenándoles que cogieran una  piedra y no  dejaran de  golpearse con ella la cabeza hasta que pudieran ver el color de su cerebro impregnando

 

las duras aristas.

Yo mismo pude ver, a través del Canal Sagrado, una increíble retransmisión de la actividad sexual del Dios. Allí estaba Nanda, en un lecho de seda y raso, retozando con tres muchachas, con las Novias de Dios. Una de ellas no tendría más de doce años.

¿Puede imaginarse? Aquel hombrecillo repugnante ofreciendo al mundo su sexualidad grosera y pervertida, pellizcando pechos, arañando glúteos, derramando su semen perverso y procaz.

Dios es una palabra obscena.

Apago   la   televisión.   Ahora   que intuyo próximo el fin, es más importante

 

que nunca seguir escribiendo.

Al cabo de muy poco tiempo me di cuenta de que el Laboratorio de Síntesis de GenCorp estaba muy, pero que muy alejado de la acción. Cinco meses después de no hacer otra cosa que hidrolizar anillos purínicos y pirimidínicos (algo que ya me aburría en la  facultad), me encontré con una perfecto mapa mental de cómo funcionaban las cosas en aquel centro de investigación. Quienes trabajábamos en las  plantas  primera  y segunda  éramos los pinches de cocina. Los grandes chefs practicaban su arte en el Laboratorio 7, situado en el sótano. Y allí no entraba

 

nadie que no fuese invitado.

Aquello estaba cubierto por el manto del misterio. Grandes platos se cocían en aquel laboratorio subterráneo (que algún pedante chistoso había dado en llamar «el Hades»), pero sobre la naturaleza de aquellos manjares... Ah, nadie sabía nada. Ni siquiera el propio Martín Seoanes, como pude descubrir más tarde.

El  caso  es  que  ya  me  había resignado a una actividad profesional de tercera fila cuando Martín me llamó a su despacho. Eso ocurrió poco después de que nos sometiésemos al examen médico que GenCorp prescribía anualmente a su

 

personal. ¿Cómo podía pensar entonces que mientras el médico de la empresa me extraía una muestra de sangre, mi destino  se  torcía  en  dirección al abismo?  ¿Quién  iba  a  imaginar  que aquel rutinario análisis clínico era mi sentencia de muerte?

—Vas a descender, (?). Los Grandes Cerebros te reclaman —Contemplé desconcertado el barbudo rostro del director. Martín sonrió e hizo un gesto en dirección al suelo—. El Hades. Cambio de destino. Vas a jugar en primera división.

No sabía qué decir. Había aceptado un futuro jalonado de mediocridad y no

 

estaba preparado para aquella noticia.

—¿Por qué? —logré musitar. Martín se encogió de hombros.

—El propio Nanda lo ha solicitado. Y ha insistido mucho en que tus nuevas responsabilidades requieren un aumento de sueldo. Felicidades.

Mis ingresos se incrementaron en un setenta y cinco por  ciento. Me dieron una  tarjeta  especial  y  un  número  en clave que borraría a mi paso todas las barreras de seguridad. Tres días más tarde me encontraba en el Hades. ¿Y quién era mi guía por el laberinto del infierno?

El mismísimo, el único, su altísima

 

majestad, Jaw Nanda.

Enjuto,   poco   más   de   un   metro sesenta   de   estatura,   calvo,   de   piel tostada, frágil... El pequeño genio indoamericano parecía un gnomo hablador, simpático e ingenioso.

—Bienvenido, bienvenido — Hablaba un extraño y a veces confuso español—.   Es   suerte   para   nosotros contar  con jóvenes  de  su talento. Créame, le necesitamos.

¿Jóvenes de mi talento? ¿Me necesitaban? Comencé a descubrir que a nadie, por muy genial que sea, le dan tres premios Nobel sin ser un seductor profesional.

 

Nanda  cogió  mi  brazo  y, alfombrando el camino de amables palabras, me mostró la geografía del Laboratorio 7. Paso a paso me llevó por los nueve círculos del Hades, explicándome algo y omitiendo mucho. Finalmente nos detuvimos frente a un ascensor que ostentaba, en tres idiomas, el  cartel  de PROHI BI DO EL PASOy, debajo, el signo internacional de peligro por contaminación biológica.

—Muchos  llaman  a  este  lugar Hades, el infierno. Es error, ¿no? Los griegos nunca dijeron que Hades fuera sitio. Usted ya sabe, Hades era dios de infierno, el Invisible, el Ilustre. Nunca

 

lugar. Pero... El Laboratorio 7 no sería infierno, más bien sería Estigia, antesala del reino de los muertos. El infierno — sonrió e hizo un ademán teatral hacia el ascensor— está la puerta cruzando. Por ascensor bajando y llegando a hielo. Un infierno frío. Pero déjeme que le sorprenda: usted será Caronte, el ascensor su barca, y en sus manos las almas  descenderán a  un helado  lugar. Ése será su trabajo. Sí. Usted será Caronte.

Tras  pulsar  la  combinación adecuada, las puertas del ascensor se abrieron. Lentamente bajamos al último sótano. Se trataba de un lugar acorazado,

 

de paredes metálicas que reflejaban el rojo tono de la débil iluminación. Hacía mucho frío. Algo normal si tenemos en cuenta que allí estaban los congeladores donde, a muchos grados bajo cero, se guardaban los biocultivos mutados, rediseñados por Nanda y sus acólitos.

—Éste es la cosecha de GenCorp — Nanda ignoró al solitario guardia de seguridad y fue pulsando las combinaciones que abrían las sucesivas puertas herméticas que se interponían a nuestro paso—. Aquí duerme el fruto de esfuerzo nuestro. Trabajo suyo cuidar de él será, protegerlo de todo mal.

Así  que    había abandonado mi

 

aburrida labor entre las probetas para convertirme en una especie de archivero biológico. Eso era todo, procurar que a los congelados no les saliera moho. Decepcionante, pero el entusiasmo de Nanda borró cualquier atisbo de desilusión. El  hindú  corrió  a  una consola de ordenador, tecleó algo y la pantalla se llenó de números y palabras

—Mil ciento treinta y siete cultivos aquí hay. Formas de vida nuevas, nunca antes vistas en la Tierra. Prodigios de la bioingeniería.  Milagros   criogenizados

—Se detuvo un instante para buscar algo en la pantalla—. Ejemplo, cultivo 42-C; bacteria   que   metaboliza   plástico   y

 

convierte en anhídrido carbónico. Ejemplo, cultivo 5-D; virus-vector que modifica carcinomas, no más cáncer quizá. —Como si se tratara de un mantra pagano, Nanda fue  recitando ejemplos de los prodigios contenidos en aquellas cornucopias escarchadas; de pronto se detuvo y su rostro se iluminó con una sonrisa   orgullosa—.   Ah,   Kali...   La Madre Negra...

Se levantó y me indicó con un gesto que le siguiera. Nos dirigimos a uno de los congeladores. Nanda se puso un grueso par de guantes protectores. Al abrir  la  puerta  una  niebla  gélida serpenteó en el aire. El científico cogió

 

una caja de metacrilato transparente con probetas selladas en su interior. Me la mostró.

—Cultivo 36-J. Vector-Kali. Viruela rediseñada. Super Viruela. Si este grupo de virus quedase libre, mataría a toda la humanidad en breve tiempo. Nadie ni nada  podría  detener   al   Vector-Kali. Posee propiedad recombinante y se contagia  de  docenas  de  maneras diversas. Un estornudo y el fin del mundo. Una obra maestra.

Contemplé con horror aquella caja traslúcida.

—¿Qué utilidad tiene? —pregunté con un murmullo.

 

—Oh, espero que ninguna tenga. Es ejercicio, una prueba.

—¿Y no sería mejor destruirlo?

Me  miró  sinceramente desconcertado.

—¿Por  qué?  Sólo  se  destruye  lo incorrecto, y Vector-Kali es perfecto...

—Me contempló con seriedad unos segundos y luego extrajo otra caja del congelador—.  Cultivo  35-J.  Bacteria que produce determinada y precisa cantidad de insulina en riego sanguíneo. No más diabetes. Atención, en una mano vida, en la otra muerte. Pero las cajas son iguales —Se encogió de hombros—.

¿Entonces? Vida y muerte son la misma

 

cosa.

Sonrió y me miró con la expresión de quien acaba de enunciar un principio evidente.

Desgraciadamente tampoco aquella vez le entendí.

Como descubrí al poco tiempo, la monótona labor que hasta entonces había realizado era el paradigma de la diversión comparada con mi nuevo trabajo en el Hades. Todos los controles de los congeladores eran informáticos. Yo me limitaba a incorporar nuevo material genético y a introducir su clave en el ordenador. Todo lo demás era automático. Se trataba de sistemas tan

 

perfectos que, en caso de un hipotético accidente, activarían unidades autónomas,  generadores  y  programas que, aunque el fluido eléctrico externo fallase, mantendrían en su lecho de hielo a los cultivos biológicos durante cinco años.

La mano del hombre era allí un arcaísmo.

Por lo demás, nada supe de los proyectos que se desarrollaban en el Hades. Todo era secreto y nadie parecía dispuesto a charlar sobre su trabajo.

Había una zona en particular que se llevaba la palma del hermetismo. El Sector M. La zona de trabajo de Nanda y

 

Malt-man. Aquello era un agujero negro, en el que todo entraba, pero nada salía.

Sólo  tres   incidentes  turbaron  mi suave tedio El primero ocurrió en el aparcamiento  de   GenCorp.  Eran  las siete de la tarde y me dirigía en busca de mi coche, cuando vi salir de entre las sombras a Martín Seoanes. Nunca antes había  visto  tan  serio  su  rostro usualmente risueño.

—(?) —me llamó—. ¿Puedo hablar contigo un momento?

—Por supuesto.

—Escucha, se trata de algo confidencial —Parecía no encontrar las palabras adecuadas—. Me gustaría que

 

no comentases esto con nadie. ¿Puedo confiar en ti?

Asentí, sin conseguir disimular mi desconcierto.

—(?), esto es importante —Martín hablaba con nerviosismo—. Trabajas en el Hades, y supongo que prestarás atención a lo que sucede a tu alrededor...

¿Has oído hablar del Proyecto Maya?

—Nadie habla mucho en el Hades. No tengo ni idea de lo que están haciendo. ¿Qué es el Proyecto Maya?

La expresión de Martín se había convertido  en  una  máscara  de desilusión.

—Por  favor, si  en algún momento

 

escuchas  la  palabra  «Maya»,  házmelo saber. Con discreción. ¿Lo harás?

—Claro. Pero ¿de qué se...?

Me interrumpí. Martín se había desvanecido tan rápida y nerviosamente como había llegado.

El segundo incidente, si es que se le puede llamar así, llegó con la Navidad. La tarde del veintitrés de diciembre se celebró una pequeña fiesta para el personal en la sala de reuniones de GenCorp. Como suele ocurrir, la gente bebió demasiado y un par de horas más tarde  la  camaradería  dio  paso  a  la libido. La mitad de los asistentes intentaban llevarse a la cama a la otra

 

mitad. Generalmente a la mitad equivocada. Me mantuve aparte, contemplando con divertido distanciamiento las diversas maniobras de acercamiento y rechazo, los furtivos emparejamientos y las ebriedades escandalosas. De pronto noté un cosquilleo en la nuca. Me sentía intensamente observado. Por el rabillo del ojo, descubrí a David Maltman mirándome fijamente. Nunca había hablado con él, ni siquiera nos habían presentado. Era un hombre extremadamente serio y poco sociable. Sin embargo, en aquella ocasión se acercó a mí y me tendió la mano.

 

—Soy David Maltman —dijo en inglés—. Usted es  (?), si  no me equivoco.

Asentí.   Él   se   sentó  a   mi   lado. Llevaba en la mano un vaso con jugo de tomate, y podría jurar que eso era todo lo que había bebido. Estaba sobrio, pero me miraba de una forma extraña, intensa, como si entre nosotros hubiera un microscopio. Y la ameba fuese yo.

Permanecimos en un embarazoso silencio durante varios segundos, hasta que Maltman se inclinó hacia delante y me hizo una pregunta estúpida.

—¿Ha olvidado alguna vez el paraguas o el abrigo? —Negué con la

 

cabeza, sorprendido—. Entonces, ¿tiene usted buena memoria?

—Supongo que lo normal.

—No  existe  lo  normal.  Cada persona  posee  su  propio  archivo eidético, diferente del de los demás — Bebió un sorbo de tomate sin dejar de mirarme—.  La  memoria  lo  es  todo. Fuera de ella nada existe.

—El mundo        está   ahí.    Existe

repliqué.

—El mundo, amigo mío, solo cobra relevancia cuando lo percibimos. Y la percepción no  es  instantánea, requiere un tiempo. Cuando veo este vaso, lo que estoy viendo es una imagen procesada

 

por mi cerebro e integrada en mi memoria. El vaso auténtico no existe, sólo  hay  un  nebuloso  fantasma codificado por mi ARN. Usted y yo no nos estamos hablando, nos estamos recordando. ¿Entiende? Todo lo que conocemos, todo lo que percibimos, está encerrado en nuestro cráneo. Todo es un juego de la memoria.

Bueno, quizá Maltman no estuviese borracho. Pero probablemente había respirado algo de óxido nitroso, o tal vez un exceso de oxígeno puro. O, quién sabe, es posible que ésa fuese su manera de ser. Tan raro como un político honesto.

 

—Quizá tenga razón —le dije con amabilidad—. Pero muchas veces la memoria falla.

Maltman sonrió por primera vez y enarcó las cejas. Se levantó.

—Siempre falla. Por eso el mundo es imperfecto.

Y se fue.

Más tarde comprendí la razón de aquel repentino interés por mí, así como el sentido de sus palabras. No estaba loco. Era un hijo de puta, pero no un excéntrico.

El tercer incidente, si merece tal nombre. Con él comenzó mi particular calvario, mi lenta decadencia.

 

Todo ocurrió un jueves de mediados de enero. Un ayudante de Nanda me entregó  una  caja  hermética  de metacrilato con su correspondiente cultivo dentro. Me extrañó, ya que tan sólo el día anterior había «archivado» otro cultivo, el 13-L, y no era usual tanta frecuencia en la labor de congelado. Me encogí de hombros y bajé en el ascensor a   la   cámara   criogénica.   Saludé   al guardia de seguridad mientras me dirigía a los congeladores. Abrí el marcado con la letra L, y...

Y algo cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Bajé la mirada y contemplé la destrozada caja que había contenido el

 

cultivo 13-L.

Luego me di cuenta de otra cosa. El interior del congelador no estaba de ninguna manera frío. Por algún motivo, por   algún  extraño   e   incomprensible fallo, el congelador se encontraba a temperatura ambiente.

Eso significaba que el cultivo, que ahora se esparcía juguetón ante mis pies, era activo.

Suspiré y luego, como si todo se desarrollase a cámara lenta, me acerqué a  un  panel  próximo  a  la  puerta hermética. Oprimí el botón rojo y una alarma comenzó a sonar. Escuché cómo los sellos encajaban en sus alvéolos. De

 

repente me sentí muy aislado, tremendamente solitario. Se había levantado   una   muralla   infranqueable cuyo único fin era separarme del mundo. Estaba en cuarentena.

Era el leproso, el apestado.

Un extraño sentimiento de irrealidad me asalta mientras rememoro aquel momento. Estoy aquí, en el mismo lugar donde todo comenzó. Las paredes metálicas son las mismas, los congeladores ronronean igual que lo hacían hace más de dos años y las luces continúan tintando de rojo este pequeño microuniverso. Pero todo lo demás ha cambiado.  Por  encima  de  mi  cabeza

 

GenCorp no es más que un montón de ruinas y el mundo ha alcanzado la locura total adorando a un dios absurdo. Sin embargo, una sutil inversión se ha producido. Si en aquel entonces yo era el enfermo infeccioso aislado, ahora, encerrándome voluntariamente a veinte metros bajo tierra y protegiéndome tras incontables toneladas de acero, he sido yo quien ha puesto en cuarentena al mundo. Son ellos los enfermos, son ellos los que se retuercen tras las murallas del aislamiento y la soledad. Y yo soy el que mira tras los cristales contemplando cómo evoluciona la enfermedad que aqueja a una humanidad condenada.

 

Pero algunas cosas permanecen. El cultivo 13-L sigue dentro de mí. Y mi amor por Helena, la rubia ninfa tallada en miel y cereal, continúa acrecentándose, segundo a segundo, sumiéndome en una extraña pasión caníbal.

Hombres vestidos con trajes aislantes, como astronautas de guardarropía, instalaron la improvisada enfermería en una sala contigua a los congeladores. Pusieron una cama y trajeron una televisión, y libros, y alimentos, incluso instalaron un compacto. Había una gruesa vidriera a través de la que podía ver el ascensor y

 

las consolas. También los demás podían mirarme a mí, como quien contempla a una cobaya inoculada.

—Tranquilo, amigo mío. Usted peligro no corre —me dijo Nanda mediante un micrófono—. El cultivo 13- L es variedad mutada de la gripe. Posiblemente ningún problema haya.

—Mutada, ¿en    qué    sentido?     

pregunté.

—Difícil es decirlo. Algunos virus del cultivo papillomas eran. Otros, retrovirus modificados como vectores genéticos.

Me dolía la cabeza y tenía la boca seca. Me resultaba difícil pensar, pero

 

hice un esfuerzo por ordenar la cabeza.

—Los retrovirus empalmarán su ADN con el mío —señalé—. Crearan oncogenes. Cáncer.

—No, no, no, amigo mío. No VIH

13-L es        nuevo       tipo   de      vector.        No modifica         ADN,   y    ningún       cáncer produce. De señales ARN se trata. Sólo modifican        el              ARN. No             definitivo Cuando los     virus           mueran,        el             ADN restaurará naturalmente el daño.

La fiebre empezaba a subirme. Tenía la sensación de que alguien martilleaba en mi cabeza.

—¿Un retrovirus que afecta al ARN

y no al ADN? ¿Para qué?

 

—Manipulación de proteínas — Nanda  sonreía  paternalmente  a  través del cristal—. Simple experimento parcial.  13-L  afecte  quizá temporalmente a su nivel de somatostatina. Fácil de corregir. Ahora descanse sin temor. De usted nosotros cuidaremos.

Claro que cuidarían de mí. En aquel momento, yo era de vital importancia para ellos.

Al tercer día la fiebre me provocó temblores convulsivos y poco después comencé a sufrir alucinaciones. Apenas podía moverme y vomitaba constantemente. Cuando llegó la noche

 

perdí el conocimiento. Y así permanecí durante seis días.

Fue como estar encerrado en un sótano oscuro, a veces ardiente, a veces helado, pero siempre lleno de sonidos líquidos.  No  guardo  de  aquellos  días casi ningún recuerdo, salvo el de una curiosa pesadilla que se repetía obsesivamente: en un negro vacío se iba formando una figura humana, por partes, como si de un cuadro cubista se tratase. Primero  un  ojo  flotando  en  la  nada, luego la nariz, un brazo. Más tarde todo desaparecía para volver a empezar. Era una locura de fragmentos humanos danzantes.  Pero  eso  no  era  todo.  Una

 

terrible ansiedad me sacudía, una sensación punzante de hambre infinita, de deseo insatisfecho, de apetito colosal y primario, casi sexual.

Me desperté un sábado por la tarde, sintiéndome extremadamente débil, pero libre de fiebre y dolor. A mi lado se encontraba uno de aquellos astronautas terrestres. A través del cristal de la escafandra distinguí la sonrisa paternal de Jaw Nanda.

—Bienvenido, amigo mío. Curado está. Como una manzana sano. Ya todo ha pasado.

Aun permanecí quince días más en aislamiento.  Los  análisis  confirmaban

 

que el virus mutante había sido eliminado, pero toda precaución era poca. De alguna manera, aquel período de inacción me vino bien. Fui recuperando  fuerzas  y  moral,  leía mucho, veía vídeos y hacía algo de ejercicio. Nanda se ofreció a enseñarme algunas posturas básicas de yoga, y a eso nos dedicábamos todos los días a partir de las seis de la tarde. En cierto modo podían haber sido unas tranquilas vacaciones. De no ser por los sueños.

Todo comenzó al tercer día de mi recuperación. Me había acostado pronto, tras ver una vieja película en el vídeo. Me dormí enseguida, y con igual rapidez

 

acudieron a mí los sueños. Hablo en plural y no debería hacerlo, ya que siempre se trataba de lo mismo. No un sueño normal, surrealista y activo, sino un sueño estático y obsesivo.

En él se me aparecía la imagen de una mujer. Una mujer inmóvil, la imagen fotográfica de una belleza rubia que me contemplaba sonriente. Su nombre era Helena.

Y la amaba.

Pero era un amor frustrante y yo sentía  deseo,  hambre.  Quería  ser saciado por ella, pero no lo conseguía. Y el hambre crecía, crecía, crecía...

Al  principio no le  di  importancia,

 

sólo eran sueños.

Pero cuando Helena salió de mis sueños  para  pasar  a  ocupar  la  mayor parte de mis pensamientos conscientes, comencé a preocuparme. Durante los primeros días no eran más que apariciones fugaces que me sorprendían cuando estaba distraído o relajado. Pero al poco tiempo se convirtió en algo permanente. Era como un recuerdo obsesivo:   el   recuerdo   de   un   amor perdido  trasmutado  en  deseo insatisfecho. Y hambre.

Hambre. No un apetito general e indiscriminado, no. Hambre de algo concreto,  pero  indefinido.  Hambre  de

 

Helena. ¿Un intenso deseo antropófago?

No dije nada a nadie. Atribuí mi desequilibrio a los estragos de la intensa fiebre alucinatoria que había sufrido. Pero a medida que pasaba el tiempo y la obsesión crecía comencé a temer seriamente  por  mi  salud  mental.  Dos días antes del fin de la cuarentena se lo conté  todo  al  amable  y  atento  Jaw Nanda.

—¿La imagen de una mujer le persigue?  —Nanda  parecía extrañamente excitado, aunque era evidente que luchaba por disimularlo—.

¿Una mujer quizá vieja amiga?

—Nunca la había visto.

 

—¿Y su nombre conoce?

—Se  llama   Helena.  Pero  ignoro cómo lo sé. Es... un recuerdo, como una amante que vuelve a mí. ¡Pero no la conozco de nada! Me estoy volviendo loco, doctor Nanda...

A través del cristal vi que el hindú se daba la vuelta en actitud pensativa.

—¿Algo más le sucede? —preguntó sin volverse.

—Hambre... Constantemente la siento. Creo que es ansiedad. Pero muy intensa. Parece hambre.

Lentamente se volvió hacia mí. Me pareció distinguir la sombra de una sonrisa   abandonando   su   cara,   pero

 

cuando      me     habló lo      hizo   con    total seriedad.

—Usted no preocupar. Tras crisis febril normal es sufrir alteraciones en psiquismo.  Algo  pasajero,  con seguridad. Pero discreción recomiendo. Tanto tiempo encerrado no muy bueno para usted. Y si médicos temen por su estado...  Retrasarán  salida  de cuarentena. Error que evitar debemos. Pienso  que  conozco  compuesto medicinal que aliviará problemas suyos. Mañana pasado se lo daré. Y, recordar debe: discreción. En mí confíe.

Confié en él.

Dos días   después      salía  de      mi

 

encierro  subterráneo.  Los  compañeros me dieron una fiesta de bienvenida; todo el mundo parecía estar contento con el final   de   aquella   crisis.   Nanda   me estrechó entre sus brazos y, llevándome a un rincón, me entregó un frasco de comprimidos.

—Poderoso ansiolítico. Usted tomar deberá tres pastillas al día. Verá como problemas desaparecen —Sonrió paternalmente—.  Y,  de  nuevo, bienvenido al mundo, amigo mío. Bienvenido.

Cogí quince días de vacaciones. Era primavera y podía haber hecho un viaje a alguna playa del Mediterráneo. Pero

 

preferí quedarme en la comodidad de mi apartamento de soltero. El medicamento que  me  había  dado  Nanda  obró milagros. Seguía recordando a Helena, pero la pulsión había desaparecido casi totalmente.  Me  engañé  creyendo  que todo había pasado.

Una noche, mientras veía la televisión,  llamaron  a  mi  puerta.  Al abrir me encontré con el hirsuto rostro de Martín Seoanes.

—¿Puedo pasar?

Le indiqué con un gesto que entrase. Desde mi enfermedad apenas había visto un par de veces a Martín. Ahora, mientras se sentaba en un sillón y echaba

 

un distraído vistazo al televisor, pude comprobar cuánto había cambiado. Su rostro afable se había convertido en una máscara  de  preocupación.  Había perdido peso y mostraba evidente nerviosismo.

—(?)  —me  dijo—,  ¿recuerdas cuando te hablé del proyecto Maya? — Su vista se perdió en el infinito durante unos instantes—. ¿Sabes que la división de GenCorp en España es la que posee la mayor dotación económica? Casi el doble que cualquier centro de Estados Unidos. Curioso, ¿no? Oh, las razones son sencillas. La legislación española es imprecisa con el tipo de actividades que

 

desarrollamos. ¿Sabes que GenCorp posee casi cuarenta y tres mil patentes sobre organismos mutantes? ¿Y sabes cuántas están comercializadas? Treinta y ocho. Las leyes son muy restrictivas con la ingeniería genética. También en lo referente a la investigación. Hay cientos de controles en Estados Unidos. Pero en España, muy pocos, casi  ninguno. Por eso   está   GenCorp   aquí,   invirtiendo miles de millones sin que nadie pregunte a qué se dedica ese dinero —Suspiró—. Pero  yo    me  lo  pregunto. ¿Y sabes qué? No hay respuestas. Oh, sí. Existen cantidad de proyectos subsidiarios, sí. Pero la parte del león se la lleva algo

 

llamado  Proyecto  Maya.  Un  proyecto que,      oficialmente,        ni  siquiera   existe.

¿Entiendes?

No lo entendía. Pero Martín estaba tan excitado que no quise llevarle la contraria.

—¿Quieres tomar algo? —pregunté, pues no sabía qué decirle.

—El Proyecto Maya —prosiguió sin hacerme caso—. Me encontré con él por casualidad. ¿Sabes cómo? Un memorándum confidencial electrónico entró por error en mi terminal. Era del Gran Jefe, Henry Dacosta, e iba dirigido a Jaw Nanda —Sacó un papel del bolsillo y me  lo  tendió—.  Éste  es  el

 

texto, léelo.

Era  un      fragmento   de      papel de impresora. Lo leí.

 

 

«Es imprescindible obtener resultados antes del doce de octubre. Asigno presupuesto suplementario  de  40  Mm. Espero que esto baste para resolver los problemas. En cuanto a la fase experimental, podríamos  acortar  los  plazos del  Proyecto  Maya  si obviáramos la experimentación con  animales.  Elige  el  sujeto más adecuado e infórmame de

 

los avances.»

 

 

Alcé la vista y miré interrogador a Martín. Él me devolvió una intensa mirada. Tuve la impresión de que se encontraba bajo los efectos de alguna droga, quizás anfetaminas.

—Y  bien,  ¿qué  te  parece?  —dijo con un susurro.

—Que hay un proyecto secreto auspiciado  directamente  desde  la central. ¿Por qué tanta preocupación?

—Oh, por nada... —Su tono era irónico—. ¿Por qué va a inquietarme la idea de que se estén realizando experimentos     ilegales     con     seres

 

humanos? —Hizo una pausa y bajó la vista al suelo. Finalmente añadió—: Y también puede ser  una  tontería pensar que el ser humano con quien se está experimentando eres tú.

Ahora sí que me había sorprendido.

—Ahí no dice nada de experimentos con seres humanos... —señalé alarmado.

—«Obviar experimentación con animales.» «Elegir el sujeto más adecuado.»      ¿Qué      más      quieres?

¿Pancartas?

—¿Y por qué yo? No se menciona mi nombre...

—Descubrí ese memorándum hace casi   tres   meses.   Al   poco   tiempo

 

recibimos el presupuesto extraordinario anunciado. Iba destinado a mejoras en el equipamiento  informático  del Laboratorio 7 y a gastos generales de infraestructura. Me puse a bucear en los programas y bancos de datos relacionados  con  gastos  generales.  Y allí  lo  encontré,  un  acceso  reservado bajo un directorio etiquetado con las iniciales PM. ¿Entiendes? PM, Proyect Maya. He intentado entrar en ese programa,  desgraciadamente  en  vano. Sin embargo, lo que sí hice fue rastrear todas las conexiones del Directorio PM con otros programas de libre acceso. ¿Y qué    he    encontrado?    Un    pequeño

 

directorio, que no debería existir, en el que figuran todos tus datos, amigo mío. Desde tu historial académico hasta un completo  informe  médico  sobre  tu estado de salud. Estás en el Proyecto Maya, ¿lo sabías?

Negué con la cabeza. Martín se comportaba de forma extraña. Y ahora empezaba a contagiarme su paranoia.

—Esos datos pueden estar relacionados con mi accidente. Posiblemente fueran necesarios para el tratamiento.

—Estoy seguro. Pero no como tú piensas. Descubrí el programa con tus datos  casi  dos  semanas  antes  de  tu

 

infección —Martín sonrió tristemente—.

¿No te has preguntado sobre las extrañas circunstancias  en  que  se  produjo  el

«accidente»? Un congelador misteriosamente descongelado, la caja con el cultivo activo que se cae al suelo en cuanto abres la puerta... ¿Sabes? Al congelador no le pasaba nada. No fue un problema técnico. Ni un fallo de fluido. El congelador sencillamente estaba desactivado. Y la caja de cultivo se encontraba mal colocada porque alguien lo quiso así. Y tú bajaste a los congeladores porque se pretendía que te expusieras a esos virus mutados. Un cultivo  del  que  no  hay  constancia  en

 

ningún      sitio,  salvo, quizás,        en      el

Directorio PM.

Me levanté y me aproximé a la ventana. Una lejana tormenta había vestido el aire de ozono y la brisa olía a primavera. El aroma a tierra húmeda acarició mi nariz. Me sentía confuso.

—No sé qué decirte... —dije, sin saber qué decir.

—¿Has notado algo extraño? — Martín se incorporó—. Desde tu cuarentena, quiero decir.

Suspiré. Y luego se lo conté todo. Le hablé de mis sueños, de mi ansiedad. Le hablé de Helena, mi amor inexistente. Y del hambre. Y de las pastillas que me

 

daba Nanda. Martín me escuchó en silencio y, cuando terminé mi relato, permaneció unos minutos pensativo. Luego se levantó y se dirigió a la salida.

—No le encuentro sentido, (?). Pero buscaré la respuesta. No comentes con nadie esta conversación. Estaremos en contacto —Abrió la puerta y antes de cruzar el umbral, añadió—: Cuídate.

¿Saben  cuándo  decidí  matar  a Nanda? El día en que vi por primera vez a un niño de la nueva era, a un niño- Nanda.

Era un muchacho de tres años, de ojos azules y cabello rubio. En otras circunstancias hubiese sido muy guapo.

 

Pero no lo era. Sus ojos albergaban un brillo extraviado que nada tenía de infantil. Babeaba y gruñía. Sólo podía pronunciar una palabra: Nanda. Esa era toda  su  realidad.  Y  ése  era  todo  su futuro. Aquel niño no era ya humano, era una caricatura siniestra, un boceto del futuro  que  aguardaba  a  toda  la humanidad.

Pero le vi. Vi cómo sus padres le obligaban a comer (alimento para perros), apaciguándole con una foto de su dios.

Entonces   pensé:         «Voy  a       matar a

Nanda.»

Pero ¿cómo? Su guardia pretoriana

 

es, literalmente, todo el mundo. No hay persona que no esté dispuesta a dar la vida por su dios. Él vive dentro de un palacio  inaccesible,  en  una  isla  del Egeo. Ahora no hay barcos ni aviones disponibles. ¿Cómo llegar a él?

¿Cómo se puede matar a un dios?

¿Cómo?

Mis vacaciones concluyeron. Me reintegré  a  mi  trabajo  en  GenCorp. Nanda seguía proporcionándome las pastillas que me permitían mantener a Helena bajo control. No me hacían olvidarla, claro. Simplemente evitaban que se convirtiese en una obsesión. Pero ella  seguía  estando  presente  en  mis

 

pensamientos. De hecho, había comenzado a fantasear con su imagen. Me sentaba en el retrete y evocaba su rostro; luego imaginaba sus pechos, la delicadeza de su piel, su sexo cubierto de vello rubio, como un retazo de sol. Y me masturbaba.

No era satisfactorio, por supuesto. Pero mitigaba un tanto la pulsión, el hambre que se agazapaba aletargada en mi interior.

Pasaron los meses. El verano llegó y se fue. El otoño llamó a la puerta. Y todo era irrealmente cotidiano.

De vez en cuando me encontraba con

Martín   en   alguno   de   los   blancos

 

pasillos. Él me sonreía, yo le saludaba. Pero no volvimos a hablar del Proyecto Maya. Hasta que, un buen día, los acontecimientos comenzaron a precipitarse.

Primero fue la noticia de la candidatura. Henry Dacosta, el dueño y señor de GenCorp, se presentó como candidato a la presidencia de Estados Unidos. Algo extraño; nunca Dacosta había participado en ninguna actividad política.  Y  también  sorprendente, porque Dacosta, sin hacer la menor campaña, comenzó a subir en todas las encuestas. Al principio consiguió el uno por ciento de los votos. Luego el cinco.

 

Más tarde el diez, el veinte, el cuarenta, el ochenta por ciento de los votos. Personas que jamás habían votado manifestaron su irrefrenable voluntad de ver a Henry Dacosta en la Casa Blanca.

El suceso más surrealista ocurrió cuando los candidatos republicano y demócrata afirmaron en un debate público su intención de votar por Henry Dacosta.

Aquello fue la locura. Sin un solo anuncio, sin debate alguno, sin hacer ningún tipo de campaña, Dacosta se convirtió en el virtual ganador.

Por eso nadie se extrañó cuando, en noviembre, Henry Dacosta triunfó en las

 

elecciones. Un ciento por ciento de participación. Un ciento por ciento de los votos para el dueño de GenCorp. Algo imposible, algo desconcertante. Pero algo real. Y aquello no era más que el principio.

Al día siguiente de la jornada electoral fui al despacho del doctor Nanda. Se me estaban acabando las pastillas, aquel mágico compuesto anti- Helena. Necesitaba más.

Eran las ocho de la tarde. Nanda se encontraba  reclinado  sobre  su escritorio. A su lado había una botella de whisky medio vacía y en una mano sostenía  un  vaso  lleno  de  ámbar  con

 

hielo. Estaba borracho, y parecía muy feliz.

—(?), amigo viejo. ¿Tú cómo por aquí?  —exclamó  al  verme—.  ¿A celebrar vienes victoria de gran jefe?

—No, doctor Nanda. Es que...

—¿Un trago de whisky? —me interrumpió con voz pastosa—. Bueno es para elevar el espíritu.

—No, gracias, doctor. No bebo. He venido porque se están acabando las pastillas que me dio la última vez...

—¡Tú no preocupación! —Bajo los efectos  del  alcohol  parecía  más  que nunca un gnomo juguetón—. Mañana venir     aquí     y     pastillas     mágicas

 

preparadas estarán. Fantasmas no te molestarán. Pero ¡siéntate, siéntate!

Obedecí. Me tendió un periódico cuyos titulares enunciaban la aplastante victoria de Dacosta.

—Un triunfo increíble —comenté. Nanda dejó el vaso a un lado y me

miró unos instantes con... ¿lástima?

—Los americanos como niños  son

—Había un barniz de burla en su voz—. La máxima divinidad que concebir pueden es presidencia de su país.

—¿Divinidad? —pregunté. Me miró sonriente.

—Mañana estarán pastillas —dijo. Y dándome la espalda apuró de un trago

 

su copa.

Las pastillas no estuvieron al día siguiente.

Ni nunca.

Emiten en televisión un documental sobre las Novias de Dios.

Al llegar la primavera, cada región del planeta debe elegir de entre sus doncellas a la más hermosa para, como en las viejas historias, ofrendársela a la divinidad. Son las Novias de Dios Jóvenes, a veces niñas, que arden en fervor divino ante la idea de ser fecundadas, violadas, por el gran Nanda, por el todopoderoso Nanda, por el lujurioso Nanda.

 

El veintiuno de abril, hace tres días, se celebró el festival que los devotos habitantes de esta región dedicaron a la elección de la Novia de Dios local.

Yo acudí al festival. Había descubierto el modo de acabar con Nanda.

Una inmensa multitud se había congregado en torno a la pirámide truncada erigida por los acólitos de Nanda.

Cuando los sacerdotes presentaron públicamente a la Novia se produjeron los  incidentes  de  siempre.  Hay  que darse cuenta de que aquella hermosa muchacha de quince años, destinada a

 

mantener una íntima relación con dios, adquiría una naturaleza casi sagrada.

La gente quería tocarla, absorber un poco de su divinidad prestada. De modo que al ver aparecer sobre la pirámide escalonada a la niña elegida, la multitud, como un animal ciego, se precipitó hacia ella.  Los  guardias entraron en acción. Sus ametralladoras también.

Sabía lo que iba a pasar, sabía que las primeras líneas de gente caerían rápidamente  bajo  el  fuego.  Sabía también que las filas de atrás continuarían empujando, hasta que los cadáveres bloquearan el paso. Y sabía, finalmente,   que    los    sacerdotes    se

 

llevarían a la muchacha por la parte de atrás de la pirámide, donde les esperaría un vehículo.

Así ocurría siempre.

Por eso me puse a un lado, alejado del  centro  de  la  acción.  Cuando  el delirio y la matanza se abatieron sobre el festival pude rodear la pirámide, sortear los guardias y encontrarme frente al vehículo que iba a transportar a la Novia.

El rugido de la multitud y el ruido de las ametralladoras atronaban el aire. Los sacerdotes, asustados, no miraban en mi dirección, por eso pude pasar inadvertido.

 

Pero luego los sacerdotes bajaron de la pirámide, transportando entre sus brazos a la bellísima muchacha. Y entonces me vieron.

Me precipité hacia la chica. Dos sacerdotes  se  interpusieron  en  mi camino. Choqué con ellos. La inercia de mi carrera derribó a uno. El otro me sujetó por un brazo.

Había conseguido acercarme a poco más de un metro de la Novia de Dios (que me miraba asustada).

Y entonces la escupí.

Antes de que un joven y vigoroso sacerdote me dejara inconsciente con un hábil golpe de su báculo, pude ver cómo

 

mi saliva goteaba por el rostro perfecto de la chica, desde el pómulo hasta la comisura de sus labios.

Ahora, en la pantalla de televisión, rodeada por las casi cien Novias que van a embarcarse en un avión para formar parte del harén de dios, he vuelto a ver el rostro de aquella muchacha a la que escupí.

Ella es mi venganza.

El lunes Henry Dacosta fue oficialmente declarado triunfador de las elecciones norteamericanas.

El martes Jawaharlal Nanda desapareció.

El miércoles una bomba explotó en

 

el Sector M del Hades, el sanctasanctórum de GenCorp. Murieron tres personas y hubo varios heridos. Las decenas  de  millones  de  dólares invertidos  en  el  sofisticado equipamiento quedaron reducidos a cenizas.

La policía intervino y las instalaciones fueron clausuradas hasta que se arreglaran los daños. Nos mandaron a todos a casa.

El jueves se acabaron las pastillas.

El viernes mi mundo se convirtió en un delirio alucinado donde no había otro lugar que el destinado a Helena, mi fantasma  insidioso.  Ni  otra  sensación

 

que el hambre, mi castigo, mi suplicio, mi desesperación.

El infierno en que viví cubría sus paredes  con  la  imagen  de  una  mujer rubia y adorable. Y mi martirio era la atroz ansiedad de un apetito imposible de saciar.

Durante  todo  el  fin de  semana  no hice otra cosa que llamar por teléfono a Martín.  Una  y  otra  vez  su  mujer  me decía que su marido había salido de viaje,  que  no  sabía  a  dónde,  que  no sabía con quién, que no sabía cuándo volvería.

¿Y el doctor Nanda? ¿Sabía ella dónde se encontraba?

 

No.

Pero yo necesitaba las pastillas, aquella medicina milagrosa que lograba apartar a Helena de mi cabeza.

Me volví loco. El domingo por la noche destrocé mi apartamento. Estaba a punto de prenderle fuego cuando el portero abrió  la  puerta  y algunos vecinos entraron en mi hogar, cubiertos con pijamas y batas, sobresaltados por aquel escándalo destructivo, armados de miedo, sorpresa y tímidas amenazas.

Salí corriendo de la casa. Me precipité a la calle vacía, aullando como un lobo en celo. Corrí con todas mi fuerzas, intentando dejar atrás la tiranía

 

maniática  de  Helena,  espantar  la ansiedad monstruosa, el deseo insatisfecho. Corrí durante no sé cuánto tiempo, con el aliento hirviendo en mi garganta y el horno de mis pulmones reventándome en el pecho.

Tropecé. Caí al suelo. Rodé sobre mí mismo. Mi cabeza chocó contra el bordillo. Por unos instantes perdí el conocimiento.  Me  incorporé  mareado. La sangre, como un sirope caliente, se derramó sobre mi cara. La enjugué con el antebrazo. Abrí los ojos. Había caído delante de un supermercado cerrado. Me puse de rodillas.

Y     entonces,    allí,    detrás del

 

escaparate, bajo un cartel de oferta, lo vi.

Mi corazón se detuvo entre dos latidos. Parpadeé. No podía creer lo que estaba viendo. Tenía que ser un sueño, un espejismo de mi mente perturbada.

Pero no, era real. Ante mis ojos, detrás del cristal, se alzaba una columna de paquetes con la imagen de Helena repetida una y otra vez. Allí estaba mi amor imposible, mi delirio pasional, mi mujer deseada, mi némesis fantasma. Su rostro de terciopelo se repetía decenas de veces, y sobre cada retrato gemelo, su  nombre:  Helena.  HELENA HELENA.

 

Con un cubo de basura rompí el vidrio del escaparate. Al entrar en el supermercado  me  hice  algunos  cortes con los cristales. Ni me di cuenta. Con la determinación de un náufrago que ve tierra en el horizonte me abalancé sobre las imágenes de mi amada. Cogí un paquete  y  lo  abrí   casi   a   zarpazos. Rasgué la bolsa que se encontraba en su interior.   Copos   de   avena.   Cogí   un puñado y me lo llevé a la boca.

Oh, dios santo... Nunca había paladeado nada igual, ningún alimento tan delicioso, ningún sabor tan matizado, tan perfecto. Tuve un orgasmo. Mientras la   mancha   de   humedad   oscura   se

 

extendía por mi entrepierna, seguí comiendo con la compulsión de un bulímico.

Acabé el paquete. Cogí otro: maíz. Y otro: arroz. Y otro: salvado. Y otro: trigo. Y otro, y otro, y otro, y otro...

Cuando llegó la policía para apartarme de aquel maná providencial, ya había devorado dieciséis cajas de cereales.

¡Qué aspecto debía de ofrecer! La piel  rasgada,  cubierta  de  sangre. Rodeado de vómitos y comiendo sin cesar, voraz como una fiera.

Cuando me metieron en la ambulancia el mundo daba vueltas a mi

 

alrededor.

Cuando llegué al hospital me encontraba inconsciente.

Cuando  desperté  ya  me  habían lavado el estómago.

—¿Cómo   puede   alguien  comerse más de ocho kilos de cereales? —me preguntó asombrado el médico.

—Por  amor  —contesté  débilmente

—. Por Helena...

—¿Cómo se encuentra? —preguntó sin prestarme mucha atención.

—Fatal... —musité.

Un grito lejano me sobresaltó. Era como el aullido de un demonio enloquecido.

 

—Tranquilo —El médico tenía aspecto de estar agotado—. Hoy parece que todo el mundo se ha vuelto loco. El hospital está lleno de maniáticos religiosos. ¿Puede creerlo? De repente, docenas de fanáticos surgen de todas partes. Pero no se preocupe, aunque hacen mucho ruido no son peligrosos.

  lo  eran.  Muy  peligrosos.  Pero sólo se trataba del comienzo.

Me dieron un sedante y apagaron la luz de la habitación. Antes de dormirme

 

Decía: Nanda.

El lunes por la tarde vino a verme al hospital Martín Seoanes. Parecía agotado. Y preocupado. Pero me dedicó una de sus abiertas sonrisas llenas de encanto.  Intenté  devolverle  el   gesto, pero mi mente naufragaba de nuevo en Helena; sólo pude ofrecerle una mueca crispada.

—Martín   —dije—,     ¿dónde        está

Nanda?

—Ha desaparecido.

—Necesito su medicina...

—Ya lo sé, amigo mío —Su tono era compasivo—. Estamos trabajando en ello. Tranquilízate.

 

—Martín... He averiguado quién es

Helena.

—Y yo también —Bajó los ojos al suelo—. Helena es  una  marca de cereales para el desayuno.

Me incorporé.

—¿Cómo lo sabes?

—Es una historia larga. Ahora debes descansar.

—¿Estoy loco, Martín?

—No, no. No lo estás. Todo tiene que ver con GenCorp. Y con el Proyecto Maya, ¿te acuerdas? Maltman me lo ha contado todo.

—¿Maltman?

—Está en mi casa. Escucha: mañana

 

podrás salir de aquí. Vendrás conmigo y te lo contaré. ¿De acuerdo? Ahora descansa.

Pero es difícil descansar cuando se está enamorado. Y mucho más cuando, como  a    me  ocurría,  se  está enamorado de un ser inexistente. O aún peor, de una caja de cereales.

A la mañana siguiente me dieron el alta. Martín vino a buscarme. Había mucho revuelo en el hospital; un fanático religioso había asesinado a uno de los doctores. La enfermera me dijo que la víctima  era  el  joven  médico  que  me había atendido la noche anterior.

Martín me  condujo  en coche  a  su

 

casa.  No  hablamos  mucho  por  el camino. Parecía agotado, al borde del desfallecimiento. Yo añoraba de nuevo a Helena.

La mujer de Martín nos abrió la puerta. Me saludó con amabilidad, pero su mirada no podía ocultar una intensa preocupación. Imagino que mi aspecto (todas aquellas cicatrices y vendas) no debió contribuir a tranquilizarla.

Martín me invitó a pasar a su despacho, una habitación grande y soleada  cubierta  de  librerías.  Luego salió  un  momento.  Cuando  volvió  lo hizo acompañado de David Maltman.

El    gran   biólogo       inglés,         el

 

investigador,  el  premio  Nobel,  estaba aterrorizado como un niño.

Me miró esquivamente y se sentó silencioso en el otro extremo de la habitación. Martín suspiró y se apoyó en el borde de su escritorio.

—(?), te pondré al día de las novedades en GenCorp. ¿Te acuerdas de la explosión en el Hades? Fue una bomba. La tarde anterior un técnico vio a Nanda manipulando el panel eléctrico donde estaba colocado el artefacto. La policía está buscando a ese hijo de puta, pero por lo visto ha salido del país.

—¿Destruyó su propio laboratorio?

—pregunté—. ¿Por qué?

 

—Ya llegaremos a eso. Escucha. Henry Dacosta se convirtió ayer en el dictador de Estados Unidos. Lo ha hecho por aclamación. El parlamento, las masas, el ejército, todos. Le llevaron en volandas a la Casa Blanca.

—¿Dacosta dictador...? —Me asaltó una fuerte impresión de irrealidad; no me hubiese sorprendido que Martín se echase a reír gritándome «¡inocente, inocente!» Pregunté—: ¿Y GenCorp...?

—GenCorp no existe. Dacosta la ha cerrado. Todas las instalaciones están clausuradas. Otra cosa: desde hace un par de días ha aparecido en la ciudad un nuevo     movimiento     religioso.     Sus

 

miembros son gentes de todo tipo: ricos, pobres, católicos o ateos. Son fanáticos. Y adoran a un dios llamado Nanda.

—¡¿Nanda...?!

Martín asintió.  Durante unos instantes se mantuvo callado, intentando poner en orden sus ideas. Luego, tras mirar de reojo a Maltman, comenzó a hablar.

—Hace cuatro años GenCorp se encontraba  al   borde   de   la   quiebra. Había invertido ingentes cantidades en desarrollos de bioingeniería comercial. Un negocio muy prometedor. Pero varias leyes restrictivas habían bloqueado a la compañía. GenCorp tenía los productos

 

biológicos   más   avanzados,   pero   no podía comercializarlos. Era un gigante con los pies de barro.

Aquella situación estaba ahogando financieramente a Dacosta. Hasta que un día, de improviso, le visitó Jawaharlal Nanda. Para hacerle una oferta muy extravagante. Absurda. Quién sabe, quizás en otras circunstancias Dacosta la hubiese rechazado. Pero en aquel momento  era  el  proverbial  clavo ardiendo al que agarrarse.

—¿De qué se trataba...?

Martín cerró los ojos y se acarició la barba. Por unos instantes pensé que se había dormido. Cuando habló lo hizo sin

 

abrir los     ojos,  como un     sonámbulo recitando una letanía.

—Control biológico del comportamiento. Nanda afirmaba haber descubierto un medio para modificar la conducta humana mediante vectores biológicos. Sólo hacía falta dinero y contar con la colaboración de nuestro querido David Maltman, la máxima autoridad mundial en eidética.

—Sólo soy un químico ignorante —

le interrumpí—. ¿Qué es eidética?

—La  ciencia  que  estudia  la memoria. Maltman es un genio, ¿sabes? Descifró el mecanismo de almacenamiento  de  la  memoria  en  el

 

cerebro —Se volvió hacia el investigador y le habló en inglés—. Explíquele a (?) cómo funciona el registro mnémico. Con sencillez, doctor.

Maltman, que no había dejado de agitarse en su asiento, se inmovilizó. Me miró furtivamente, parpadeó y comenzó a hablar con lentitud.

—La clave para comprender las funciones del mecanismo eidético reside en la integración holística del registro sináptico con el engrama bioquímico. A nivel molecular podemos...

Martín le interrumpió con un gesto cansado.

—Parece   que    este   bastardo      sólo

 

sabe explicar las cosas de la forma complicada. Escucha, (?), existen dos clases de memoria: a corto y a largo plazo. La memoria a corto plazo es la que empleas, por ejemplo, para recordar el  número  del  guardarropa,  o  un teléfono; datos que mantienes unos instantes en tu cerebro para luego olvidarlos definitivamente. La memoria a largo plazo es la que usas para recordar, por ejemplo, el nombre de tu madre, o el vocabulario: cualquier tipo de información que deba almacenarse toda la vida. Cuando hablo de la memoria, me refiero a conceptos, imágenes,    palabras,    emociones,    a

 

cualquier cosa que podamos almacenar y recordar. ¿Entendido? Ahora presta atención: la memoria a corto plazo se genera en el hipocampo en forma de campo eléctrico. ¿De acuerdo? A eso se le  llama  engrama bioquímico. Pero  si ese engrama, ese campo eléctrico, permanece activo alrededor de cinco segundos, o es violentamente excitado, entonces   modifica  la   producción  de ARN  en  las  neuronas.  ¿Y  qué  es  el ARN? Un mensaje codificado que determina la formación y estructura de las moléculas de proteínas. Ahí está la base de la memoria a largo plazo. Los recuerdos  se  almacenan  en  forma  de

 

proteínas codificadas por el ARN, el ácido ribonucleico. A esto se le llama registro sináptico. ¿Está claro?

No estaba seguro del lugar a donde llevaba aquel discurso, de modo que asentí levemente.

—La memoria es al principio un campo eléctrico en el hipocampo —dije, como   recitando   una   lección—.   Ese campo afecta a la producción de ARN, y el ARN a la fabricación de proteínas. Esas proteínas reestructuradas son los almacenes de la memoria. ¿Qué más?

—Cuanto más tiempo permanece activo el engrama eléctrico, más ARN se produce y más proteínas duplican y

 

almacenan  la  misma  información. Cuando memorizamos algo lo que hacemos es repetirlo constantemente; es decir, mantenemos activo el campo eléctrico para que cree muchos duplicados proteínicos. Es como si tuviéramos una gran librería en la que algunos libros  sólo  aparecen una  vez; son los recuerdos débiles. Pero otros libros están repetidos varias veces, y cuantas más veces estén duplicados más eficaz es el acceso a la información que contienen, sencillamente porque es más fácil de encontrar. Ésa es la memoria profunda. Huelga decir que son esos recuerdos más intensos, esa memoria a

 

largo plazo, lo que conforma nuestra personalidad, nuestro pensamiento, nuestro inconsciente —Martín se frotó las sienes y se volvió hacia el inglés—. Maltman ganó el Premio Nobel porque logró descifrar el código proteínico de la memoria. Por eso le necesitaba Nanda para sus propósitos, para su proyecto.

—Para el  Proyecto Maya —sugerí

—. ¿En qué consiste? Modificación de la conducta, vale. ¿Cómo?

—¿Ha quedado claro que el ARN hace posible el almacenamiento de la memoria profunda? De forma natural, el ARN es producido según el esquema codificado en el engrama eléctrico. Pero

 

hay otras  formas  de  transmitir  un mensaje de ARN. Por ejemplo, mediante virus.

—Un        momento.   Los    virus son

«paquetes» de ADN, no de ARN.

—No todos. Normalmente un virus no es más que un pequeño fragmento de ADN que se introduce en el núcleo de la célula para obligarla a producir más virus. Pero existen virus que sólo contienen ARN. Estos virus afectan exclusivamente a la síntesis de las proteínas.  ¿Entiendes?  El  mismo proceso que se produce en el cerebro con la memoria profunda —Martín se puso en pie y comenzó a pasear por la

 

habitación—. Nanda afirmaba que era posible  reestructurar  la  memoria mediante   un  vector   biológico.  ¿Qué clase de vector? Una colonia de virus con su ARN codificado. Los virus se introducirían en el cuerpo humano, llegarían al cerebro y su ARN sintetizaría proteínas idénticas a las moléculas que almacenan la memoria.

Un  escalofrío  me  recorrió  la espalda.

—¿Quieres decir que esos virus crearían una memoria falsa?

—Falsa, sí. Pero tan intensa como la auténtica. Más intensa aún. Los virus se multiplicarán y mientras permanezcan en

 

el cerebro irán sintetizando una y otra vez la misma combinación de proteínas. Irán repitiendo constantemente el mismo mensaje, el  mismo «recuerdo». Y ese

«recuerdo» acabará por convertirse en dominante.

Me acerqué a la ventana. El día era frío, pero radiante. Con aquel sol maravilloso  en  el  cielo  parecía imposible la pesadilla que se cernía sobre la humanidad. Intenté reflexionar, ajustar todas las piezas del rompecabezas. Finalmente dije:

—Entonces Helena, el hambre, mis pesadillas... Todo lo que me está ocurriendo ¿no es más que el resultado

 

de la actividad de un virus?

Martín asintió. Había tristeza en su mirada.

—Fuiste un conejillo de indias —Se volvió hacia Maltman—. ¿Por qué no le cuenta a (?) lo que le hicieron?

Maltman se removió en su asiento y esquivó  la  mirada.  Parecía  haber perdido  la  fría  voluntad  que normalmente le animaba. Ahora sólo era un hombrecillo asustado.

—Al principio trabajamos con cultivos  víricos  limitados. Introducíamos en el cerebro de los ratones   recuerdos  de   laberintos  que nunca habían visto, cosas sencillas. Pero

 

Nanda estaba decidido a construir mensajes muy sofisticados. Construyó en el Sector M un sistema informático muy complejo y convirtió el laboratorio en una fábrica de ARN. Podía elaborar mensajes moleculares con el ARN. Aunque llevaba tiempo hacerlo. Sobre todo se tardaba mucho en mutar los virus para convertirlos en vectores ARN. Aun así  Dacosta  y  Nanda  decidieron elaborar un mensaje vírico... comercial. Un virus que transportase algo así como un anuncio. Cereales Helena es un producto de una compañía filial de GenCorp. Con malas ventas. Nanda inscribió  en  el  ARN  de  una  colonia

 

vírica  una  imagen:  los  rasgos  de  la mujer que aparece en los envases de Helena. También diseñó un sentimiento: amor. Amor a Helena. Y un ansia: el deseo irrefrenable de comer esos cereales. En resumen: una compulsión publicitaria.

Perdí   los   nervios.   Me   abalancé sobre Maltman. Martín se interpuso, intentando calmarme. Acabé llorando sobre su hombro.

—De  modo  que  ésa  es  mi pesadilla... —gemía como un niño, apenas podía hablar—. ¿Así querían vender cereales...? ¿Enloqueciendo a la gente...?

 

—¡No, no! —Maltman se mantenía alejado—. Fue un error. Los virus deberían   inyectar   su   ARN   con   el

«mensaje Helena» y luego morir. Pero no ocurrió así. Los virus permanecieron activos en su cerebro, duplicando el mensaje una y otra vez.

—Entonces, ¿por qué no voy contagiando  a  todo  el  mundo  mi obsesión por Helena?

—Fueron virus fabricados sólo para usted.  Investigamos  su  estructura genética gracias a los análisis de sangre.

—Pero... ¿Por qué yo?

—Porque usted era joven. Porque no tenía familia. Porque era manejable.

 

—Luego surgió la idea del «vector presidencial» —intervino Martín—. Dacosta pensó que era mucho mejor destinar las técnicas de Nanda a su beneficio personal que a la publicidad de sus productos. Nanda le fabricó un vector vírico ARN con un mensaje sencillo: «Dacosta es el líder.» Ya has visto el resultado.

—Pero Nanda, ese loco, tenía sus propios planes —Maltman hablaba con nerviosismo,   sudaba   copiosamente—.

¡Construyó un vector para él!

Martín dejó caer los hombros.

—Creemos que Nanda diseñó un cultivo vírico con un mensaje ARN muy

 

concreto.  Algo  así  como:  «Nanda  es

Dios. Obedécele.»

—¡Los nuevos fanáticos religiosos!

—Debió probar el vector Maya en algunos barrios de la ciudad. Es muy posible que usase los depósitos de agua para  transmitir  la  epidemia vírica. Ahora empiezan a surgir los resultados.

—¿Qué se propone Nanda?

—Nanda salió de España. Antes destruyó su laboratorio. Supongo que para evitar que se reprodujesen sus experimentos. La policía sabe que fue a Inglaterra. Y es muy probable que allí tomase otro avión a quién sabe dónde — Martín se estremeció—. Creo que está

 

diseminando  su  colonia  de  virus  por todo el planeta.

—Queda muy poco tiempo — intervino Maltman. Ahora el horror parecía haberle cristalizado en una actitud distante, aletargada—. En unos meses  toda  la  humanidad  tendrá  un nuevo dios.

—¡Debe haber alguna forma de acabar con esa epidemia! —exclamé—. Escucha, Martín: Nanda me dio unas pastillas que menguaban los efectos de Helena.

—Estamos trabajando en ello. Pero no podemos resumir el trabajo de cinco años en unas semanas...

 

—¿Le has contado a alguien esto? Martín se      encogió       de      hombros.

Asintió.

—Pero no me han creído. Y la verdad, no puedo culparlos.

—Nada podemos hacer. No hay tiempo —Finalmente Maltman se había desmoronado; un brillo de demencia restallaba en su mirada—. Nos estamos convirtiendo en marionetas y no nos damos cuenta —Sonrió sin alegría—. Somos muñecos en manos de un loco. Pequeños muñecos...

Martín se acercó al ventanal y contempló a su hijo, que jugaba en el jardín.

 

—La primera vez que oí hablar del Proyecto Maya pensé en la civilización maya...  Ya  sabes,  los  indios  del Yucatán... Los mayas desaparecieron de repente. Su civilización se esfumó, y nadie sabe por qué... Pero Nanda es hindú, y piensa como un hindú. Maya es, para los hindúes, el mundo de la ilusión, el universo de lo ficticio —Martín permaneció en silencio unos segundos, mirando con ternura a su hijo—. ¿Qué va a ocurrir? —murmuró al fin—. ¿Qué va a ser de la gente, de los niños? — Cerró los ojos—. ¿Qué le pasará a mi hijo?

Y una lágrima resbaló por su mejilla

 

hasta  esconderse  por  entre  la  espesa barba.

Pasaron los días.

Cuando los gobiernos se dieron cuenta de que algo extraño y peligroso estaba pasando ya era demasiado tarde. Los fanáticos seguidores del dios Nanda se  multiplicaban  como  una  plaga obscena, y su culto se extendía entre la población como lo que en realidad era: una epidemia.

Cuando  los  gobiernos  quisieron darse  cuenta  de  lo  que  estaba ocurriendo,  ellos  mismos  eran  ya devotos del dios Nanda. Y se acabaron los gobiernos y las naciones.

 

Entonces reapareció Nanda, manifestándose glorioso como un dios hecho hombre.

Y las masas rugieron de placer. El mundo entero se transformó en una teocracia despótica.

Al cabo de unos meses, cinco mil millones de seres humanos adoraban a Nanda.

Pero antes, claro, cuando aún había personas normales, se produjeron las Revueltas  Sagradas.  Miles  de seguidores de Nanda pasaron a cuchillo a  cientos  de  miles  de  infieles.  Qué ironía; aquellos infieles no iban a tardar mucho en convertirse a la «auténtica fe».

 

Todo era una cuestión de contagio y de diferencias en los tiempos de incubación del virus.

En cualquier caso, la mujer y el hijo de Martín murieron a manos de los devotos de Nanda. Aquello le destrozó, pero siguió trabajando, intentando encontrar un milagro, un remedio para aquella enfermedad divina. Hasta que un día vino a verme. Sus ojos eran los ojos de un muerto.

—(?),  es   muy  posible  que  seas inmune al virus de Nanda. Creo que tu infección  con   el   vector   maya,   con Helena, te protegerá. En cierto modo fue un       experimento       fallido        que,

 

probablemente, habrá reforzado tu sistema inmunológico. Estás vacunado. O eso espero —Sacó un paquete del bolsillo de su arrugada chaqueta—. He traído un compuesto que puede aliviarte cuando   sufras   un   nuevo   ataque.   Si Helena se pone pesada, tómate una pastilla. Pero ha de ponerse muy pesada. Se trata de un cóctel de drogas altamente agresivas. En cada toma se destruirán millones de tus neuronas. Si abusas, puedes acabar como un vegetal. Pero te aliviará.

—¿De qué está hecho?

—En         el       frasco         encontrarás la fórmula.  Contiene    litio,  codeína,

 

endorfinas, inhibidores de la fosfodiesterasa, benzodiacepinas, anisomicina, tetrahidrocannabinol y estimulantes centrales —Fingió una sonrisa  y  añadió—:   También  le  he puesto vitamina C, para que no te acatarres —Me dio una suave palmada en el hombro y se dirigió a la puerta. Antes de irse me miró fijamente; en sus ojos flotaban la desesperación y la tristeza—. ¿Sabes una cosa? Yo también creo en Nanda. ¿Entiendes? Creo con todas mis fuerzas que Nanda es Dios, estoy infectado... Es gracioso, ¿no? — Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus  peludas  mejillas—. (?),  hazme  un

 

favor: mata a ese bastardo. Si puedes, mátalo.

Y se fue a su casa; y allí, rodeado de sus recuerdos, se suicidó.

¿Qué fue de mí? La civilización se desmoronó. Los seres humanos solo vivían para adorar a Nanda, todo lo demás carecía de significado. Pero yo estaba vacunado. Probablemente era la única persona cuerda que quedaba en el mundo, si es que se puede llamar cuerdo a alguien que está enamorado de un paquete de cereales.

Las ciudades se convirtieron en cloacas, las personas murieron por millones.

 

Me aprovisioné de copos de avena y de maíz, de arroz inflado y de salvado. Mientras comiese regularmente su marca de cereales, Helena se mantendría razonablemente a raya.

Y fui a la montaña. Allí permanecí dos años y medio.

Luego  se   acabaron  los   cereales. Tuve que abandonar mi refugio para buscar más.

Entonces, entre los restos de aquella humanidad violada, vi a los niños. Subnormales sin cerebro de labios babeantes que, desde la cuna, ya pronunciaban el nombre de dios. Y eso, el nombre de Nanda, era lo único que

 

podrían llegar a articular en su vida. Así eran  los  estragos  que  el  virus ocasionaba en un cerebro virgen. Literalmente lo arrasaba, llenándolo de su mensaje e impidiendo que cualquier otro conocimiento anidase en aquellas pobres neuronas infantiles.

Decidí matarle. Por los niños.

¿Pero cómo? Sabía que Nanda tenía su abyecto palacio en alguna isla griega (un  lugar  lógico  para  un  dios).  Pero ignoraba en cuál. Y, aunque lo supiese, tampoco tenía forma de  llegar  allí. Y aunque llegase, ¿cómo matarle? ¿Cómo acabar con un dios?

 

Vagué por un mundo enloquecido, lleno de pústulas y de putrefacción. Las personas eran caricaturas de seres humanos. Autómatas hiperreligiosos de beatitud compulsiva.

Y luegp vi las masacres de mujeres. Y el canibalismo.

Los  padres  comiéndose  a  sus propios hijos.

Y los hijos a sus padres.

Todo, salvo Nanda y sus designios, era indiferente.

Tenía que matar a Nanda. Pero ¿cómo?

Un día, mientras buscaba cereales entre  las  ruinas  de  un  supermercado,

 

encontré un bote de insecticida. Era una de las patentes de GenCorp.

Y me quedé ahí, entre las ratas, mirando fijamente aquel spray y pensando. Pensando... Me imaginé aquellas ruinas llenas de cucarachas, y la  nube  tóxica  de  insecticida abatiéndose sobre ellas...

Entonces  di  con  la  solución. Descubrí el modo de acabar con Nanda. Era sencillo, siempre había estado ahí, a mi disposición.

Volví   a   la   ciudad   donde   había vivido antes de que Nanda sodomizase a la humanidad.

Fui a GenCorp.

 

El corazón me dio un vuelco: el edificio estaba en ruinas. Pude averiguar que un bombardero de la flota de dios había dejado caer sobre el laboratorio sus   huevos   de   fuego.   Supongo   que Nanda quería romper con su pasado.

Pasé meses apartando escombros, buscando el camino de mi venganza. Lo único bueno de estos tiempos es que, hagas lo que hagas, nadie se interesa por

ti.

Finalmente lo encontré. Hallé el hueco de un ascensor que conducía hacía abajo, hacia lo único que quedaba de GenCorp. Y bajé por aquel túnel estrecho, y cuando llegué a mi meta, el

 

rumor de los ronroneantes motores y la calidez de mil reflejos escarlata me saludaron.

Los sistemas de seguridad habían vencido a las bombas de dios. Los congeladores que guardaban la cosecha de GenCorp seguían en funcionamiento, conservando sus frutos en los gélidos brazos del nitrógeno líquido.

Pero de todos esos frutos, de entre todas  aquellas  maravillas  de  la ingeniería genética, ¿qué era lo que buscaba?

¿Recuerdan el Cultivo 36-J?

El Vector-Kali. La Madre Negra.

La   viruela        rediseñada, la       Super

 

Viruela. La obra maestra de Jaw Nanda.

«Un estornudo, y el fin del mundo.» Oh, con qué ánimo feliz estudié en el

ordenador  los  períodos  de  incubación del virus, sus mecanismos de propagación. Con qué mimo descongelé el cultivo (como una comadrona atendiendo un parto delicado).

Con qué alegría me inoculé aquella enfermedad mortal e imparable.

Para luego, unos días después, en el momento  adecuado,  dirigirme  al Festival  de  las  Novias  de  Dios.  Y escupir en la cara de aquella pobre muchacha, contagiándole la enfermedad que, como un martillo, aplastará a una

 

humanidad que ya está muerta en vida.

Ah, sí. Yo también moriré. Pero será una muerte feliz.

Porque      Jawaharlal  Nanda        caerá conmigo, víctima de su propia creación.

Ésa será mi venganza.

Por los niños, por Martín y por mí. Mi  amor por  Helena se acrecienta

segundo a segundo. Imagino el virus mutado inyectando su ARN en mis neuronas, almacenando una y otra vez la imagen de esa mujer esquiva, obligándome a  amarla,  llenándome de una ansiedad extrema y provocando en mí un hambre inhumana.

Me  he  tomado  el  compuesto  que

 

preparó Martín. Todo. Ciento veintitrés pastillas.

Creo que será suficiente para arrasar mi memoria, para borrar de ella no sólo a Helena, sino también todos mis recuerdos, todo lo que soy.

La superviruela me matará. Seré su primera  víctima.  Luego  me  seguirán unos cuantos miles de millones de personas. La raza humana quedará borrada del planeta. Pero yo no estaré allí para verlo. Antes de que la fiebre me  consuma  y  las  llagas  laceren  mi carne, mi cerebro se habrá ido.

Habré roto la pared de hielo del recuerdo  y  no  seré  nada.  Quizá  sólo

 

polvo dispersándose entre las ruinas de la memoria.

No recuerdo quién soy. Ni qué hago aquí. Hay un texto en el ordenador, pero me   siento   demasiado   cansado   para leerlo.

¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? Debería  preocuparme,  hacer    algo,

moverme... Pero he olvidado cómo se hace.

Mi memoria parece hecha de jirones de  niebla  agitados  por  un  vendaval. Todo se dispersa, sólo un recuerdo permanece nítido: una mujer llamada Helena. Puedo ver con precisión sus rasgos perfectos, la piel clara como la

 

leche, el azul profundo de su mirada, la dorada cosecha de sus cabellos.

Helena... ¿Quién será?

Quizás mi esposa, o mi amante... No lo sé.

....

....

Ap nas p do mov rm . ¿ Cómo s hac

?

Cr o q lo h olv dado.

M par c q h olv dado tamb n alg nas

1 tras.

Ya nada t n s nt do.

Salvo m amor por H 1 na.

 

5. La ruleta de dios

 

 

 

—Cuando cuente hasta tres, despertarás  —dijo  Héctor  Arauco—. No   recordarás   nada   de   lo   que   ha ocurrido mientras estabas en trance y te sentirás   tranquila   y   relajada.   Uno... Dos...  Tres...  Ya  estás  despierta, querida.

Isabel Bocanegra parpadeó varias veces y miró desconcertada en derredor. Luego sonrió débilmente a su marido.

—¿Qué ha pasado...? —murmuró—.

¿Vino ese hombre...?

—Sí —el doctor Arauco ofreció un

 

vaso  de   agua  a   su  mujer—.  Y  le prestaste tu voz,  Isabel.  Contó su historia.

La mujer cogió el vaso entre sus manos y dio varios sorbos pequeños: parecía un gorrión calmando su sed. Luego se incorporó y caminó con cierta inseguridad  hacia  la  chimenea.  Cruzó los brazos sobre el pecho, abrazándose a sí misma, y contempló las llamas sin verlas, como si más allá del fuego se desarrollara un espectáculo secreto que sólo ella pudiera vislumbrar.

Nadie dijo nada. Extendí el brazo y tomé la mano de Claudia. Sonreí, con no mucha convicción. La niña me devolvió

 

la sonrisa y frotó su mejilla contra el dorso de mi mano.

—No es nada, papá —dijo, quebrando el silencio del salón—. Esa historia ya no sucederá.

—Claro que no sucederá —protesté

—. Es sólo un cuento...

—Un cuento, sí —la alegre risa de madame Kádár actuó como un bálsamo en el circunspecto ambiente que reinaba en el salón—. Un cuento que ya nunca en realidad se ha de convenir.

Aunque reconocer debo que ese hombre horrible, Nanda, igual que yo hablaba. Mismo mal castellano.

Nuestros   rostros        se      relajaron     al

 

multiplicarse las sonrisas. El padre Silveira se inclinó sobre la anciana y la besó en la mejilla.

—Es usted encantadora, madame Kádár —dijo el jesuita. Luego, dirigiéndose a los demás, añadió—: La historia ha sido conjurada. El hilo de la realidad se mantiene firme.

—No obstante —intervino pensativo el doctor Arauco—, hay algo en ese relato que mueve a la reflexión... Me refiero a las ideas religiosas consideradas como una epidemia. Ideas que infectan las mentes, que se multiplican y extienden igual que una enfermedad.

 

—Lo mismo ocurre con todas las ideas —repuso el profesor Jerusalén—. Ese tipo de argumentación no pasa de ser una mera analogía.

—Por supuesto, tiene usted razón — Héctor Arauco acarició la punta de su bien cuidada barba—. Todas las ideas son contagiosas. Pero las religiosas más. A fin de cuentas, poseen vectores de propagación muy definidos: los misioneros... y le ruego que me disculpe, padre  Silveira:  no  interprete  mis palabras como otra cosa que no sea la pura especulación intelectual — Carraspeó—. Las ideas religiosas cuentan también con una vía genética de

 

infección: la madre contagia a sus hijos a través de la educación.

—Y la religión —intervino Aníbal Zarko con aire travieso—, al igual que una epidemia, se difunde mejor y más rápidamente  entre  las   multitudes incultas, tan necesitadas de esa higiene intelectual que es la cultura.

—¡Facilis descensus Averni! — exclamó el padre Kindelán, y sus palabras estaban llenas de consternación

—.  ¿Acaso  estáis  comparando  el misterio   de   Cristo   con   la   gripe?

¿Queréis decir que entre la palabra de Dios  y  un  puñado  de  virus  no  hay ninguna diferencia?

 

—No se enfade, padre —se disculpó el doctor Arauco—. Era pura especulación...

—¡Y un cuerno especulación! — bramó  el  sacerdote—.  ¡Yo  a  eso  lo llamo blasfemia!

—A casi todo tú llamas blasfemia

—rió alegremente madame Kádár—. Sentido del humor, padre. Sólo charlamos, ningún mal hacemos...

El viejo dominico, con el rostro enrojecido de ira, boqueó varias veces, como si intentase decir algo, pero no encontrara palabras lo suficientemente contundentes como para expresar con fidelidad  su  indignación.  Finalmente,

 

levantó el rosario que sostenía entre los dedos y nos mostró el crucifijo. Parecía una versión católica de Van Helsing enfrentándose a un grupo de vampiros.

—Geminat peccatum quem delicti non pudet! —exclamó el sacerdote con tono melodramático. Luego adoptó una expresión hosca y, tras volverse de espaldas, se encerró en el monótono rumor de sus oraciones.

El padre Silveira suspiró.

—La religión intenta dar respuesta a misterios eternos, pero lo cierto es que no sabemos nada —El acento portugués prestaba a su voz un tono relajado—. Buscamos afanosamente el sentido de la

 

existencia,  pero  quizá  nada  tenga sentido. ¿Y si todo fuera una broma? ¿Y si lo único que pudiéramos encontrar en el Más Allá fuese la risa de Dios?

—En tal  caso —murmuró madame

Kádár—, una risa alegre sería...

—Lo dudo, querida señora —objetó Aníbal Zarko—. La risa de Dios sería más bien, una carcajada sardónica. Alguien dijo que el azar es la única fuerza de la naturaleza que tiene sentido del humor. Pues bien, si en algún sitio podemos hallar un indicio de la mano de Dios, es en el azar.

—Ésa es una aseveración sorprendente   —intervino   el   profesor

 

Jerusalén. Y añadió—: Que requiere ser argumentada.

—Pero es evidente, profesor —El ilusionista materializó una moneda entre los dedos, la arrojó al aire y la atrapó en el interior de su puño—. ¿Cara o cruz? El azar lo determina todo, es el tejido íntimo del universo. El azar decide si un electrón cambia de nivel, o si un rayo cae sobre tu casa, o si el gato de Schródinger está vivo o muerto. El azar nos gobierna. Insisto, profesor: ¿cara o cruz?

El profesor Jerusalén sonrió por primera vez.

—Dada mi religión, cara.

 

Zarko abrió lentamente los dedos, mostrando la palma de su mano. Estaba vacía, la moneda había desaparecido.

—Esto es el azar: encontrar siempre lo inesperado. —Aníbal Zarko se encogió  de  hombros—.  En  cierta ocasión, un amigo me contó que había pasado toda la noche jugando a la ruleta. Apostaba siempre al dieciocho, ya que, en su opinión, ése era un número de suerte. No obstante, aquella noche el dieciocho  fue  una  cifra  ingrata.  Mi amigo perdió todo su dinero y tuvo que dejar de jugar. Pues bien, ¿a qué número de la ruleta fue a parar la bola justo cuando mi amigo se había quedado sin

 

fichas para apostar? Al dieciocho, por supuesto. Y es precisamente detrás de esos acontecimientos sardónicos donde podemos vislumbrar el rostro burlón de Dios. Mucho más que en los milagros, tan burdamente teatrales, o las revelaciones,  por  lo  general  tan pueriles.

—Así que usted sustituiría la cruz de

Cristo  por  un  signo  de  interrogación,

¿no? —preguntó amablemente el padre

Silveira.

—Sin duda, amigo mío. Sin duda. El jesuita volvió a suspirar.

—A  veces me     siento tentado       de compartir su opinión. El mundo es tan

 

extraño...

La cara tatuada del sacerdote adquirió una expresión vagamente absorta.

—¿Me equivoco si intuyo que una historia conoce, padre Silveira? — murmuró madame Kádár. A sus ojos de anciana se  asomaba la  mirada de  una niña curiosa.

El jesuita agitó la cabeza y enarcó las cejas: la hilera de tatuajes serpenteó.

—Una historia, sí. Pero no estoy seguro de que se trate de una historia adecuada... Oh, por supuesto, habla de una realidad alternativa; pero no de una realidad  que  pueda  ser  conjurada  o

 

cambiada. Más bien se refiere a la naturaleza  íntima  de  la  existencia  y, sobre todo, a las maneras en que ésta puede ser percibida... e interpretada.

—Espero que no sea algo demasiado metafísico —dijo inopinadamente mi mujer—. Me parece que no estaría a la altura de las circunstancias.

—En absoluto. Es una historia sencilla,  aunque  decididamente exótica... ¿Han oído hablar de los pchapchá?

Aquel nombre me resultaba vagamente familiar. Recordaba haberlo leído en un periódico, años atrás.

—Creo que es una tribu amazónica

 

—dije,       intentando  hacer memoria—. Fueron noticia, hace no mucho tiempo...

¿en Brasil?

—Eso  es.   Los   pchapchá  son  la última tribu descubierta en territorio brasileño. Jamás tuvieron contacto con el hombre blanco, sin duda porque siempre  habían vivido  en lo  más profundo de la selva amazónica. Su poblado se encuentra situado entre los ríos  Cogri  y  Tapauá,  casi  cien kilómetros al este de Sao Romáo. Cien kilómetros de jungla, ríos desbocados, mosquitos, serpientes y tormentas tropicales.

—Un        lugar encantador  —dijo

 

sonriendo Aníbal Zarko.

—Un lugar donde la vida posee una fuerza arrolladura. Sin duda, se trata de una tierra muy hermosa, aunque reconozco que no exenta de peligros — El  padre  Silveira  carraspeó—.  Hace unos años, yo residía en la misión de Marari, el poblado más cercano a Sao Romáo. Un día vino a verme el delegado del gobierno en la zona. Me dijo que se había denunciado la desaparición de un antropólogo español, Pablo Vasla, en el interior de la selva. Al parecer, se proponía llegar al poblado de los pchapchá con la  intención de  estudiar sus  costumbres  sobre  el  terreno.  El

 

problema es que hacía ya casi un año que no se sabía nada de él. Las autoridades locales habían organizado una expedición de rescate y, dado mi conocimiento de los diferentes dialectos indígenas, me rogaban que actuase como guía.  Accedí,  por  supuesto,  y  quince días más tarde llegamos al poblado pchapchá. —Frunció el ceño y la serpiente onduló—. Pero algo extraño había ocurrido...

Dejó morir la frase en los labios y su mirada se oscureció. Debo reconocer que aquellas personas eran excelentes narradoras de historias; sabían cuál era el  momento  propicio  para  detener  la

 

narración y así captar el interés, cuándo convenía hacer una pausa dramática o recurrir al silencio para enfatizar su relato. El caso es que todos, salvo el padre Kindelán, siempre absorto en sus oraciones,  nos  hallábamos  pendientes del jesuíta.

—¿Qué  había  pasado?  —preguntó

Claudia.

—El poblado      estaba vacío

contestó el padre Silveira—.

No había rastro de los pchapchá. Tampoco encontramos signos de violencia. Al parecer, los indios habían abandonado voluntariamente el poblado por   alguna   causa   que   no   logramos

 

discernir.

—¿Y el antropólogo...? —musité.

—Pablo Vasla tampoco estaba allí. Pero mentiría si dijese que no supimos nada de él... De hecho, fui yo quien encontró el cuaderno.

—¿Qué cuaderno? —preguntamos a la vez Claudia y yo. —El cuaderno que contenía el diario de Pablo Vasla. Lo descubrí entre las ruinas de una cabaña semiderruida. El antropólogo había vivido entre los pchapchá y en ese cuaderno  narraba  los  acontecimientos que condujeron a su desaparición. —El padre Silveira se encogió de hombros

—.   Desgraciadamente,         a        mi      vuelta

 

entregué  el  diario  al  superior  de  la orden. Poco después, recibí una carta personal del obispo, conminándome a olvidarlo todo. En otras palabras: las autoridades religiosas querían echar tierra sobre el asunto.

—Pero  ¿qué  decía  el  diario? 

pregunté, un tanto exasperado.

—Bueno, como acabo de comentar, tuve que desprenderme del cuaderno...

—Hizo una pausa y sacó unos papeles doblados del bolsillo interior de su chaqueta—. Afortunadamente, tomé la precaución de transcribir, párrafo por párrafo, el contenido de aquel diario. Si lo    desean    puedo    leérselo.    —El

 

sacerdote desdobló las páginas escritas a mano—. En realidad, esta historia enlaza  con nuestra  conversación anterior. La naturaleza de la divinidad puede  ser  algo  decididamente inesperado. Quizá la obra de Dios esté forjada en una materia extraña, demasiado oscura para ser percibida a simple vista...

El padre Silveira bajó la mirada y contempló, casi con resignación, el texto que tenía entre las manos. Carraspeó y comenzó a leer en voz alta...

 

Materia oscura

 

 

 

La historia del padre Silveira

 

Pchapcharimé. Diez de junio,

 

Hace tiempo me contaron una historia. Cierto individuo que paseaba por  un parque se  detuvo frente  a  una zarza   erizada   de   espinas.   La   miró durante unos segundos y, acto seguido, saltó sobre ella. Cuando consiguieron rescatarlo, lleno de heridas y cubierto de sangre, le preguntaron: «¿Por qué se arrojó a la zarza?» El hombre contestó:

«No sé; al principio me pareció buena

 

idea.»

Pues exactamente lo mismo me pasó a mí cuando el profesor Salgado sugirió que   realizase  mi   primer  trabajo  de campo en la selva brasileña, estudiando a la tribu pchapchá: al principio me pareció buena idea.

(Un momento, un momento. No estoy escribiendo un informe técnico, pero eso no significa que deba renunciar al más mínimo rigor.)

Esto es el diario de Pablo Vasla, antropólogo, y morador desde hace tres meses en Pchapcharimé, el poblado de los pchapchá. Soy el único occidental que  hay  aquí.  Vivo  en  una  pequeña

 

cabaña en la cima de un árbol, y dispongo de todo lo que un antropólogo pueda desear: grabadora, máquina fotográfica, cuadernos de apuntes y una tribu casi desconocida a la que estudiar. El único problema es que, después de tres meses de vivir aquí, lo único que he grabado han sido conversaciones sin interés (charlas banales sobre el tiempo o las mujeres), las únicas fotos que he tomado son de índole turística y en mis cuadernos' de apuntes no he apuntado nada. Por eso he comenzado a escribir este diario: porque me estoy volviendo loco.

Y  la  causa  son  los  pchapchá,  el

 

mayor atajo de vagos e incultos que me he  echado  a  la  cara.  En  serio, comparado con ellos, el pueblo más primitivo del planeta parecería un república de sabios. Si no he escrito ni una nota, ni un comentario, sobre los pchapchá es porque no hay nada que decir. No puedo estudiarles porque no existe     materia    que     estudiar.     Es desesperante.

«¿Ha  pensado  en  los  pchapchá?», me dijo el profesor Salgado, mi tutor en los cursos de doctorado. «Ya sabe, esa tribu que descubrieron hace unos años en la Amazonia. Sería un buen trabajo de campo. El doctor Castelo-Silva los

 

estudió sobre el terreno, pero su labor fue muy decepcionante...»

¿Decepcionante?  Oh,  vamos. Castelo-Silva  fue  un  héroe.  El  pobre tipo bastante hizo con descifrar su idioma.

Desde la ventana de mi choza veo al Rey-Sol sentado sobre su atalaya, por encima de la selva, contemplando impasible el sol a través de un cristal oscuro. Está hasta arriba de gupta, drogado como un yonqui. Así permanecerá  todo  el  día,  y todos  los días de su vida, hasta que el sol le deje ciego. ¿Por qué lo hace? Ah, quién sabe. Desde luego los pchapchá no hablan de

 

ello. Cuando les preguntas sobre lo que hace el  Rey-Sol, responden: «El  Rey Sol mira el sol y hace que el sol haga.» Y cuando les interrogas sobre el significado  de  eso,  los  pchapchá  se echan a reír tontamente y se van.

Odio este lugar, odio las moscas, odio las serpientes, odio el calor y la humedad, odio la quinina que tengo que tomar contra la malaria, odio las lluvias tropicales, odio la selva, odio a los parásitos intestinales, pero sobre todo odio a los pchapchá. Si pudiera irme me iría ahora mismo. No obstante, aun deberé pasar otros tres meses aquí (me pongo enfermo tan sólo de pensarlo).

 

Estoy        harto. Creo  que    usaré el

Stolichnaya.

Vaya si lo haré.

 

 

Pchapcharimé. Once de junio.

 

Ayer estaba algo deprimido. Perdí los estribos, lo siento. Se supone que soy un científico, y que debo afrontar los hechos desde un punto de vista frío y lógico. Intentaré pues, en lo sucesivo, seguir esa línea de comportamiento.

En muchas ocasiones perdemos de vista lo evidente: lo más sencillo es lo más difícil de encontrar. De modo que empezaré por el principio.

Pchapcharimé fue descubierto hace

 

cinco años. Una avioneta que viajaba de Río Branco a Roraima perdió altura sobre la jungla y vio las construcciones pchapchá sobre los árboles. Al llegar a su destino,  el  piloto  comunicó el hallazgo   a   la   delegación  local   del Instituto Etnológico Brasileño. Meses después, una expedición financiada por la Universidad de Paraíba, a cuyo frente marchaba el doctor Castelo-Silva, se internó en la selva y encontró el poblado Pchapcharimé.

Al principio, los descubrimientos de Castelo-Silva fueron apasionantes. Los pchapchá, indígenas de raza amerindia amazónica, son recolectores y cazadores

 

(más lo primero que lo segundo, aunque de vez en cuando atrapen algún pájaro o serpiente). Viven, y ésta es su primera peculiaridad, en las  copas de  los árboles. Han construido una complicada serie de estructuras y plataformas de madera, y sobre ellas han edificado su poblado. ¿Por qué? Los pchapchá dicen que estando arriba, «pueden ver»; y que abajo «no pueden ver». Por eso viven arriba. ¿Qué es lo que quieren ver? No contestan, se ríen.

Más  peculiaridades:  los  pchapchá no tienen organización social; no hay jefes  ni  castas.  Carecen  de  cualquier tipo     de     estamento,     incluso     de

 

especialización; todos hacen de todo (aunque  en  definitiva  tampoco  hagan gran cosa). Entre los pchapchá no hay discriminación sexual; hombres y mujeres son iguales. Ni siquiera existe el matrimonio, son absolutamente polígamos, aunque esto no debe sugerir la idea de un grupo de salvajes entregados al desenfreno sexual. Por el contrario, los pchapchá parecen inusitadamente castos. Diría que copulan lo imprescindible para mantener estable la  población.  Esto  puede  deberse  a algún efecto colateral de la droga.

Ah,  sí,      la       droga. Los    pchapchá consumen a diario un alucinógeno al que

 

llaman gupta. Se trata de un zumo maloliente elaborado a base de hongos y raíces. Yo no lo he probado (tampoco ellos me lo han ofrecido), pero resulta evidente que les deja el cerebro hecho polvo. Lo toman al atardecer, toda la tribu, hombres, mujeres y niños. Y eso es muy extraño, porque generalmente las drogas psicotrópicas son atributo exclusivo de determinadas castas: sacerdotes,  guerreros,  o  sencillamente los miembros masculinos del grupo (como ocurre con los yanomomo). Pero no, los pchapchá son diferentes. Desde que un niño se desteta empieza a consumir    gupta.    No    hay   rito    de

 

iniciación, ni ceremonia alguna. A los dos o tres años cada rapaz tiene derecho a su ración de droga. Así de sencillo. La importancia de este alucinógeno en la vida de la tribu queda reflejada por su propio  idioma:   en  lengua  pchapchá,

«mirar»  se  dice guptí.  O  sea,  «ver  a través   de   la   gupta».   ¿Supone   esta especie de culto a la droga algún tipo de actitud mística o religiosa? De ninguna manera.  Los  pchapchá  son absolutamente agnósticos. ¿No es increíble? ¡El único pueblo de la Tierra que   carece   de   cualquier   forma   de religión o magia! Pero ya hablaré de eso más adelante.

 

Estas  peculiaridades  (y  otras muchas) hacen de los pchapchá un bocado  en  teoría  exquisito  para cualquier antropólogo. Hasta que se empieza a escarbar un poco. Entonces uno se da cuenta de que esas singularidades reflejan carencias, no sustituciones. Los pchapchá son como decorados: meras apariencias sin contenido alguno. No tienen ritos, no tienen mitología (ni siquiera leyendas), no  tienen  estructura  social,  no  tienen arte, no tienen cultura alguna... Pero eso es imposible, va contra todo el saber antropológico, los seres humanos nunca se han comportado así...

 

Hoy al atardecer he comenzado a poner en práctica mi plan. Los pchapchá estaban reunidos en la plataforma principal, preparando la gupta; me acerqué a ellos y, como de pasada, comenté: «En mi país tenemos un tipo de gupta   que   se   llama   vodka.»   Nadie pareció hacerme el menor caso, todos siguieron en lo suyo. Salvo una anciana desdentada que irguió la cabeza y me miró con ansiedad perruna. Continuó observándome  durante  la  siguiente media hora, hasta que por fin se acercó disimuladamente y me dijo:

—P'bbo —los pchapchá no saben pronunciar mi nombre, me llaman P'bbo

 

—, ¿tú tienes tosnaya?

Al principio no entendí lo que decía. Luego caí: se refería al vodka, claro. Le pregunté su nombre.

—Mi nombre hace que yo sea Mará

—¡Premio, era ella!—. ¿Tienes tosnaya, P'bbo?

Asentí. Ella abrió los ojos, como un niño el día de Reyes, y comenzó a mascullar: «¡Dame, dame, dame...!»

—Te daré vodka, Mará —dije—. Pero a cambio tú tienes que hablar conmigo.   Esta   noche,   en  mi   choza. Quiero que contestes unas preguntas.

Mará enmudeció y frunció el ceño;

parecía      debatirse     en      medio de      un

 

tormentoso conflicto interior.

—Mará hará que tú hables con ella

—dijo finalmente—. Pero esta noche no se hará conversación. Mañana por la mañana haremos que se haga la charla. Y tú harás que se haga el tosnaya. No olvides hacer que se haga, P'bbo.

Ah, demonios, me siento exaltado. Por fin un contacto, por fin un pchapchá me hace algo de caso.

Debí haber mencionado el vodka mucho antes.

 

Pchapcharimé. Doce de junio. Cuando      decidí seguir la

recomendación del profesor Salgado y

 

realizar mi primer trabajo de campo en Brasil, escribí al doctor Castelo-Silva solicitando su consejo (a fin de cuentas, era el único antropólogo que había sacado algo en claro de los pchapchá). Su respuesta me llegó a los pocos días. Decía así:

 

 

«Querido colega: mi único consejo es que no pierda su tiempo  con  esa  tribu degenerada. Los pchapchá son peculiares, sí. Tanto como un huevo vacío, engendrado sin clara ni yema. Créame cuando le  digo  que  no  hay  nada  de

 

interés en ellos. Pero supongo que no me hará caso, ya que es usted joven y, por tanto, vehemente. Mi única recomendación es que lleve con usted unas cuantas botellas de vodka. Si logré descifrar el lenguaje  pchapchá fue  a  base de sobornar con vodka a una mujer de la tribu llamada Mará. De no ser por el alcohol, ella nunca habría colaborado conmigo. Reciba un cordial saludo.

 

»Post  Scriptum:  La  marca favorita de      Mará es

 

Stolichnaya.»

 

 

Debo  admitir  que,  en  aquel momento, la carta de Castelo-Silva me indignó. Sin duda, pensé, obedecía a esa típica actitud irracional que mueve a ciertos antropólogos a considerar de su propiedad las tribus que han estudiado. Además,  estaba  esa  invitación manifiesta a establecer comercio alcohólico con los indígenas. ¡Dios mío!

¿Es que ese hombre no conocía la ética profesional? El primer deber de un antropólogo es respetar la cultura, las costumbres que está investigando, no inmiscuirse.  Y,   sin  duda,   introducir

 

tóxicos  extraños  en  la  dieta  de  los nativos puede considerarse una intromisión. Qué execrable comportamiento,  pensé  entonces. Castelo-Silva era un farsante.

Sin  embargo,   quizá   movido   por algún vago presentimiento, minutos antes de que mi avión partiera hacia Recife fui a  la tienda Duty Free del aeropuerto y compré  dos  botellas  de  vodka Stolichnaya (ahora doy gracias a Dios por ese impulso que al principio se me antojó irracional).

Y  arrastré  aquellas  dos  botellas, junto con el resto de mi equipaje, mientras cruzaba medio subcontinente en

 

un vuelo local a Manaos, donde me esperaba el guía. Y seguí llevándolas cuando  navegaba  por  el  Amazonas,  y más tarde por otro río, el Juruá, afluente del primero, que me llevó hasta el poblado de Sao Romáo. Y las dos botellas de Stolichnaya fueron un bulto más en mi mochila mientras cruzaba la selva amazónica, internándome en una zona que suele aparecer en los mapas como una superficie lisa, dado que nadie ha  estado  allí  para  describir  los detalles. Y, finalmente, las dos botellas fueron mudos testigos de mi soledad cuando el guía me estrechó la mano, allí, rodeados por una muralla de vegetación,

 

diciéndome:

—Aquí le dejo, señor Vasla. Siga el sendero siempre hacia el este y, a un día de marcha, encontrará a los pchapchá.

—Pero, oiga —protesté—, ¿qué sendero? No veo ningún sendero...

—Tranquilo. Coja la brújula y siga hacia el este. Es sencillo. Y recuerde mirar  siempre  hacia  arriba.  Esos salvajes viven en los árboles, como los monos.  —Aquello  pareció  hacerle mucha  gracia,  porque  se  puso  a  reír como un loco—. Bueno, me voy señor Vasla —añadió, secándose las risueñas lágrimas con el dorso de la mano—. Volveré a buscarle dentro de seis meses.

 

En septiembre u octubre, según las lluvias. —Comenzó a alejarse; antes de perderse de vista gritó (prorrumpiendo de   nuevo   en   grandes   risotadas)—:

¡Recuerde que los monos viven arriba!

Caminé hacia el este (con dolor de cuello a causa de tanto mirar hacia lo alto)  y  acabé  encontrando  a  los pchapchá. Me recibieron con indiferencia. Oh, bueno, fueron amables, sí: me dieron alojamiento (una cabaña algo apartada del poblado) y comida. Pero no me hacían caso, me ignoraban. Contestaban lacónicamente a mis preguntas;  o  no  contestaban, escudándose tras una risa boba. Pasaban

 

el  día  haraganeando y dormitando. Luego,  al  caer  la  noche,  tomaban  la gupta y todos se iban a sus cabañas, de las  que  no  podían salir  hasta  el amanecer.

Y ya que hablamos de eso, entre los pchapchá sólo hay dos tabúes: uno el que acabo de mencionar, la prohibición de salir al exterior de noche; y otro que impide  la  entrada  a  una  pequeña montaña cercana al poblado, un cerro llamado Pchaguptirimé («El lugar donde la mirada pone orden»).

¿En qué  tradición se  apoyan estos dos tabúes? En ninguna. ¿Por qué no se puede salir de noche, o pisar el cerro

 

Pchaguptirimé?  Sencillamente,      porque no.

Esta mañana, poco después del amanecer, vino a mi cabaña Mará. Tenía ojeras y parecía cansada, como si no hubiese dormido.

—¿Has  hecho  que  se  haga  el tosnaya, P'bbo? —preguntó nada más entrar—. ¿Harás que se haga ya? La sed es en mi boca...

Saqué la botella de vodka y se la mostré. Se le iluminaron los ojos e intentó cogerla, pero la aparté de su alcance. Luego le expliqué las condiciones del trato: un vaso de vodka por cada pregunta contestada. Torció el

 

gesto,        pero  asintió.       Conecté      el magnetófono.

—Bien, Mará, ésta es la primera pregunta: ¿qué es y qué hace el Rey-Sol?

Era lógico empezar por ahí. El Rey- Sol es un misterio. Si no hay religión ni ritos entre los pchapchá, ¿qué hace ese personaje  subido  a  una  atalaya  y mirando el sol, todo el día, a través de un  cristal  ahumado?  Desde  luego,  se trata de una institución clave dentro de la tribu. A fin de cuentas, actualmente hay en la aldea tres ex reyes-sol ciegos (el cristal no debe protegerles mucho los ojos).

En realidad, todo lo relacionado con

 

el Rey-Sol tiene un tufo tremendo a culto solar. Pero no es así. En cierta ocasión, al poco de llegar al poblado, le dije a un pchapchá:

—El poderoso Hacedor brilla en el cielo. —Extendí el brazo y señalé el sol

—. Grande es su fuerza y su luz, ¿eh?

El pchapchá me miró inexpresivo, y luego, con el mismo tono que emplearía un terapeuta comprensivo para dirigirse a un subnormal, contestó:

—¿Te ha afectado el calor, P'bbo? El sol no es el Hacedor. El sol es un globo de gas caliente. ¿Lo entiendes, P'bbo?

Pero  estoy divagando. Hablaba de

 

mi entrevista con Mará. Le había preguntado por el Rey-Sol. Ella frunció el ceño.

—El Rey-Sol hace que el sol haga

—Sonrió  expectante—.  ¿Tosnaya, P'bbo?

—No —repuse enérgico—. Eso no es respuesta y no te daré vodka. ¿Por qué  el  Rey-Sol  se  pasa  el  día observando el sol?

Mará movió la cabeza de un lado a otro, mirándome con una mezcla de enfado  y  suficiencia.  Parecía  una maestra ante un alumno poco aventajado.

—El Rey-Sol mira el sol y hace que las cosas sean ordenadas en el sol. Mira

 

y mira si funciona bien, cuenta los segundos y hace que el sol haga. El Rey- Sol hace que las cosas sean para que el sol salga por el este y se ponga por el oeste. —Mará se encogió de hombros y frunció los ojos, como buscando las palabras adecuadas—: El Rey-Sol se ocupa del sol, igual que yo soy la Reina- Luna y me ocupo de la luna, o Tama es el Rey-Tierra y se ocupa de la Tierra... Sencillo, ¿eh? ¿Harás ahora tosnaya?

Asombrado, serví una generosa ración de vodka en un vaso. Mará se lo bebió de un trago. Yo intenté ordenar las ideas: esa vieja estaba hablándome de una especie de culto celeste...

 

Increíble: no sólo había un Rey-Sol, sino también una Reina-Luna y un Rey- Tierra (Tama, un adulto que siempre caminaba mirando el suelo, sin levantar la vista). ¿ Cuál era el alcance de esa religión astronómica?

—¿Y el resto de la tribu...? — pregunté con un hilo de voz. —Oh, bueno. —Mará se relamió—. Kumé es el que hace que los pchapchá se ordenen para hacer. Tsué, Sato, Kina, Duma y otros cuatro, se ocupan de que los planetas  hagan  (son  difíciles  los planetas,   tienen  muchas   lunas).   Los demás pchapchá miran las estrellas y hacen que las estrellas hagan, y hacen

 

que hagan los cometas y los asteroides. Los niños pequeñitos, que todavía no miran bien, procuran que el polvo del cielo haga. A veces hacen que las estrellas fugaces hagan.

—Pero ¿cuándo miran los pchapchá, y cómo? —pregunté.

—No.  —Mará  chasqueó la  lengua

—.  Tú preguntas, yo contesto, yo tosnaya. Haz que el tosnaya se haga, P'bbo. Luego pregunta.

Serví el vodka. La anciana sólo lo hizo durar un segundo en el vaso. Chasqueó la lengua y dijo:

—El Rey-Sol mira durante el día porque de día pasea el sol por el cielo.

 

Yo, a veces, también tengo que mirar de día, porque la luna es inconstante, y también quiere caminar de día. El resto de  los  pchapchá se  reúnen en secreto por la noche, miran el firmamento y hacen que el universo haga. ¿Cómo lo hacen? —La risa de la anciana fue como el  graznido de  un cuervo—.  Miramos con la gupta, P'bbo. Y con la gupta hacemos  que  se  haga.  Trazamos senderos en el cielo, P'bbo. Trazamos senderos.

Mará enmudeció y miró expectante la botella. Mientras le servía su líquida recompensa, intenté serenarme. En definitiva,  los  pchapchá  poseían  una

 

religión y un ritual. Se trataba de algo tabú, ya que lo mantenían celosamente oculto. Incluso celebraban ceremonias secretas.

—¿Cuándo se reúnen los pchapchá para mirar el firmamento, Mará? — pregunté.

—¡Todas las noches, P'bbo! — exclamó la vieja, mirándome como si yo fuera  idiota—.  Las  estrellas  aparecen por la noche, ¿no?

—Pero está prohibido salir de noche...

—Oh, vamos, P'bbo. Eres tú quien no  puede  salir  de  noche,  porque  no sabes mirar, ni sabes hacer que se haga,

 

y lo único que harías es preguntar tonterías  y  molestar.  —Mará  profirió una risotada despectiva—. Los monos blancos sois ciegos, P'bbo. Y estúpidos: no entendéis nada, no sabéis nada.

Tanto por la insolencia de sus palabras, como por el tono pastoso que iba adquiriendo su voz, resultaba claro que Mará se estaba agarrando una buena curda.  Contribuí  a  ello  con un nuevo vaso de vodka.

—¿Dónde os reunís, Mará?

—¿Ves como eres tonto? ¿Dónde se ve bien el cielo? Desde lo alto, P'bbo, desde lo alto. Y ¿qué lugar alto hay por aquí?

 

—¡ Pchaguptirimé!

Mará asintió con expresión risueña. Le serví otro trago.

De   modo   que   los   pchapchá   se reunían secretamente en el cerro prohibido. Y lo hacían todas las noches (lo cual explicaba su constante dormitar diurno).

—¿Por qué lo hacéis, Mará? — pregunté,  tras  un  grave  carraspeo doctoral (mi profesor de Religiones Comparadas  siempre  carraspeaba cuando llegaba a una cuestión importante)—. ¿Por qué miráis al cielo?

Mará entrecerró los ojos y permaneció muda e inmóvil largo rato.

 

Comenzaba        a        pensar        que    se      había dormido cuando dijo:

—¿Quieres  saber  por  qué  lo hacemos, P'bbo? Te lo contaré. Pero te costará lo que queda de tosnaya. Yo te digo el secreto de los pchapchá y tú me das todo el tosnaya que queda, ¿sí?

La botella estaba aún medio llena. Podía haber regateado con Mará, pero me  sentía  demasiado  ansioso  por obtener respuestas, de modo que asentí. Entonces la anciana me arrebató la botella de un manotazo y, antes de que yo pudiese reaccionar, la vació de un trago. Pensé que aquello iba a matarla, pero lejos de ello, Mará se relamió y

 

con voz muy turbia comenzó su relato:

—Al principio no había Pchapcharimé,  ni  selva,  ni  cielo;  no había nada, y nada se hacía. Entonces llegó el Tutí...

—¿El Tutí?

—El Tutí, sí. —Mará me dirigió una mirada llena de tedio—. Tutí, al que tú llamas Hacedor, el Creador... —Se refería a una divinidad; pero Tutí, en lenguaje pchapchá, significa «torpe», lo que no deja de ser un extraño nombre para un dios. La anciana prosiguió—: El Tutí vio la nada y decidió hacer que la nada hiciese. Y torció la nada hasta que la  nada  hizo  buuum,  y  así  creó  el

 

universo. Pero el Tutí fue un manazas, no realizó un buen trabajo. Al principio el universo hizo bien, sí; pero al poco comenzó a hacer mal. Y las cosas no funcionaban en el cielo, porque el Tutí había hecho el universo con poco material. Entonces el Tutí habló a los pchapchá y les dijo: «Lo siento, pero metí la pata. El  universo no funciona, hay demasiado poco de todo. Así que me voy. Aquí os dejo la gupta. Vigilad el cielo. Adiós-adiós.» Y así fue como los  pchapchá  recibieron  la  carga  de mirar el cielo y hacer que el cielo hiciese.

La  voz de  Mará  se  fue  apagando,

 

hasta  enmudecer.  Me  disponía  a formular una nueva pregunta, pero los ronquidos de la anciana me hicieron desistir. Apagué el magnetófono y permanecí allí unos minutos, pensativo, como velando en silencio el sueño de aquella vieja borracha.

¿El  Tutí,  eh?    De     modo que    «el

Torpe»...

Vaya historia.

 

 

Pchapcharimé. Catorce de junio.

 

Con todo, el mayor misterio de Pchapcharimé  siempre  ha  sido  el lenguaje de los pchapchá: no se parece a ningún idioma amerindio. De hecho no

 

se  parece  a  ninguna  otra  lengua  del mundo.

El  pchapché  es  un  lenguaje  muy tosco (como ocurre con casi todo lo relacionado  con  los   pchapchá).   Las frases se forman acumulando palabras y partículas sin orden predeterminado. Sólo hay tres tiempos verbales, y se expresan  mediante  entonaciones distintas de la misma palabra. Algo realmente simple. No obstante, es una lengua muy precisa en lo tocante a los números. Al parecer, a los pchapchá les gusta contar (su sistema de numeración se basa en el once; una vez le pregunté a un pchapchá: «¿Por qué el  once?» Se

 

llevó las manos a la cara y, riendo tontamente, dijo: «Porque tenemos diez dedos y la punta de la nariz»).

Otra peculiaridad de su lenguaje es la desquiciante retórica con que se refieren a sí mismos y a lo que hacen. Por ejemplo: si ven que una papaya se desprende de su rama, dicen que la papaya  cae.  Pero  si  es  un  pchapchá quien tira la papaya, el pchapchá «estará haciendo que la papaya haga su caída». O si, pongamos, un pchapchá mira una nube,  dirá  que  está  «haciendo  que  la nube haga». Parece una extraña forma de solipsismo lingüístico, como si los pchapchá  creyesen  que  ellos  son  el

 

ombligo del mundo.

Bueno, finalmente había pillado a esos cabrones: tenían una religión (animista, por cierto), tenían rituales, tenían leyendas... en definitiva, tenían casi todo lo que hay que tener. Y yo lo había descubierto. Estaba pensando en cómo aparecería mi nombre en el Scientific American, y en Nature, y en Anthropos... cuando me di cuenta de que la única prueba con que contaba era el testimonio de una anciana dipsómana.

Muy poca cosa, la verdad.

Fui a buscar a Mará, pero ya no estaba en mi cabaña. Intenté localizarla por  el  poblado.  En  vano,  se  había

 

 

esfumado. Busqué       y       busqué,       sin

encontrarla.                

Finalmente,        fue     ella    la       que    me

encontró a mí.

—¿Tosnaya, P'bbo? —me dijo nada más entrar en mi choza—. ¿Tú preguntas y yo tosnaya?

—Todavía no —dije con severidad académica—. Mará, ¿te acuerdas del profesor Castelo-Silva? ¿Por qué no le contaste  a  él  lo  mismo  que  me  has contado a mí?

—¿C'telo'ilvá...? —Mará frunció el ceño haciendo memoria. De pronto sus ojos se iluminaron—. ¡Ah, doctor loco!

¡Sí! C'telo'ilvá me dio tosnaya para que

 

yo  le  hiciera  conocer  la  lengua pchapché.  Y  yo  le  enseñé  pchapché.

¡Fue como amaestrar a un mono blanco! Pero luego a doctor loco se le acabó el tosnaya. Y si él no hacía que se hiciese el tosnaya, yo no haría que se hicieran las respuestas.

Vaya, de modo que Castelo-Silva había estado muy cerca. Pero al muy pirata se le acabó la moneda de cambio. Bueno, por mí perfecto: todavía me quedaba una botella.

Y ahora necesitaba pruebas.

—Mará —dije en tono amable (aunque enérgico)—, necesito ver cómo miráis los pchapchá por la noche. Tengo

 

que  ir       a        Pchaguptirimé  y  comprobar cómo hacéis que el cielo haga.

—¡No, no! —Mará parecía asustada

—.   ¡No    puedes        ir       a        Pchaguptirimé!

¡Kumé me mataría!

—Me esconderé, Mará. Nadie me verá.

—¡No, no, no! Yo respondo a tus preguntas y tú haces que se haga el tosnaya. Eso, sí. Pchaguptirimé, no.

Saqué la botella de vodka y se la mostré. La anciana tragó saliva y se mordió los labios.

—Si no me ayudas a ir al cerro sagrado, no te daré más vodka. — Resulta increíble la alegría con que me

 

estaba       entregando  al       soborno      y       la injerencia cultural.

—¿Me darás toda la tosnaya si te llevo a Pchaguptirimé? —preguntó vacilante. Asentí. Mará chasqueó la lengua—. Te llevaré a Pchaguptirimé, P'bbo. Pero no ahora. Dentro de una semana vuelve a comenzar el ciclo del cielo y hay que comprobar las cosas. Todo el mundo estará muy ocupado y, quizá, no te verán. Dentro de una semana te diré cómo hacer que seas de noche en la  cima  del  Pchaguptirimé.  Y    me darás toda tosnaya.

Y dicho esto, la anciana se deslizó fuera  de  la  choza.  «Dentro  de  una

 

semana se reinicia el ciclo del cielo.»

¡Claro  que  sí!  Veintiuno  de  junio:  el solsticio de verano.

 

 

Pchaguptirimé. Veintiuno-veintidós de junio.

 

Debo escribir deprisa, porque no se cuándo volverán. Y también porque ignoro lo que harán conmigo. Todo parece confuso: jamás hubiese creído a los pchapchá capaces de emplear la violencia. Ahora no sé qué creer. Tampoco sé qué pensar acerca de lo que vi, o creí ver, anoche en el cerro. Pero soy  un  científico,  así   que   intentaré relatar objetivamente los hechos.

 

El día veintiuno (ayer) al atardecer, poco antes de que los pchapchá tomaran su dosis diaria de gupta, Mará vino a verme a la cabaña. Parecía nerviosa.

—Todo listo, P'bbo. Escucha: no podrás ir a Pchaguptirimé por los árboles, te verían. Tendrás que ir por el suelo, ¿sí? Cuando llegues al pie del cerro, busca una escala de cuerda. Yo la puse allí. Úsala y sube en silencio. Llegarás al lugar donde los pchapchá miramos. ¡Con cuidado de hacer que no te vean! Por eso, no hagas que se haga nada hasta el anochecer, ¿eh? —Tragó saliva—. Ahora dame tosnaya, P'bbo. Dámela ya.

 

Le entregué la botella de vodka. La anciana  ocultó  el  alcohol  dentro  del atado de hojas y raíces que colgaba de su hombro. Luego me dirigió una nueva advertencia: «Haz que se haga que no te vean, P'bbo, sé cuidadoso», y se fue a toda prisa.

En fin, cayó la noche y aguardé a que el silencio reinase en el poblado; cogí la cámara de vídeo y el magnetófono, y salí al exterior. No había nadie en Pchapcharimé, ni tampoco en el interior de las cabañas (salvo en una, donde dormía a pierna suelta el Rey-Sol). Aún así actué con sigilo y, sin hacer el menor ruido, descendí al suelo de la selva. Con

 

ayuda de la linterna me orienté hasta llegar al pie del Pchaguptirimé. Tardé un buen rato en encontrar la escala de cuerda, y aún más tiempo me llevó alcanzar la cima del cerro. Pero una vez arriba, el espectáculo que contemplé compensó con creces mis esfuerzos.

Todos los pchapchá estaban allí: hombres,   mujeres   y  niños,   sentados sobre una gran plataforma rocosa, contemplando el cielo inmóviles y silenciosos. Tan sólo Kumé, que parecía actuar como director de la ceremonia, se movía de un lado a otro, mirando las estrellas como si comprobase algo. De vez   en   cuando   se   dirigía   a   algún

 

pchapchá,    diciéndole    por    ejemplo:

«Corrige Aldebarán dos centésimas de arco», o «Incrementa 0,3 la magnitud de Mizar».

Yo estaba demasiado alejado, lo que me  impedía  apreciar  con  detalle  el ritual. De modo que me fui acercando despacio, ocultándome en las sombras, hasta alcanzar el abrigo de unos matorrales, a poco más de diez metros de los pchapchá. Conecté la cámara y puse en marcha el magnetófono. Luego contemplé asombrado la extraña ceremonia que estaba teniendo lugar.

Alrededor de la gran losa de piedra donde   se   encontraban  los   indígenas

 

había una estructura de palos entrecruzados, cañas y cuerdas. Al principio no comprendí cuál era su función, pero al poco me di cuenta de que aquello servía como sistema de referencia para la observación del firmamento.  Además,  las  paredes rocosas que se alzaban en la cima del cerro estaban cubiertas de pinturas estilizadas. En realidad eran diagramas.

¡Se  trataba  de  órbitas  planetarias  y mapas celestes! ¡Dios santo, aquello era un  observatorio  astronómico,  una especie de Stonehenge amazónico! Levanté la vista. El cielo estrellado parecía  un  mar  de  candelas  sobre  la

 

selva oscura. De repente, dos estrellas fugaces describieron brillantes arcos gemelos hasta desvanecerse justo sobre la línea vegetal del horizonte. Dos niños pchapchá se rieron, como si hubieran hecho una travesura. Su madre les dio un par de cachetes y les riñó:

—¡Malos-malos! Tenéis que hacer que el polvo del cielo haga bien, no que el   polvo   del   cielo   haga   su  caída.

¿Habéis entendido?

Pasaron  varios  minutos.  Kumé seguía caminando de un lado a otro, absorto en sus observaciones y dictando breves órdenes. De pronto se detuvo y preguntó:

 

—¿Donde está Mará? Tiene que hacer que la luna haga.

En efecto, ¿donde se había metido Mará?  Desde  que  le  di  el  vodka  no había vuelto a verla.

Fue entonces cuando las cosas comenzaron a precipitarse. A nuestros oídos llegó un canturreo estridente. Era la voz turbia de Mará. La anciana venía dando traspiés por el puente de madera que unía el cerro con el poblado. Estaba completamente borracha (y, para horror mío, traía la delatora botella de vodka, casi vacía, en la mano).

—¡Mará! —gritó Kumé—. ¿Qué te pasa? ¡Hay que hacer que la luna haga,

 

vieja loca!

—¿Hacer que la luna haga? —La anciana rió—. ¡Mira lo que hago yo con la puta luna!

Sé que lo que ahora voy a contar parecerá  increíble.  Yo  mismo  no  lo creo,  pero  esto  es  lo  que  vi:  Mará levantó un brazo al cielo y, entonces, la luna  llena  apareció  por  el  horizonte. Pero no lo hizo como siempre, lentamente, sino cruzando el cielo muy deprisa, como las imágenes aceleradas de una filmación.

—¿Quieres  que  haga  que  la  luna haga, Kumé? —Mará apuró el vodka y tiró la botella a un lado—. ¡Pues haré

 

que haga!

Y entonces, juro por lo más sagrado que eso es lo que vi, la luna se agitó en el cielo oscuro, ¡y comenzó a cambiar de fases a velocidad progresivamente acelerada! Luna llena, menguante, nueva, creciente y llena de nuevo. Así sucesivamente, cada vez más rápido. Me incorporé, abandonando la protección que me brindaban los matorrales, y contemplé aturdido aquel increíble prodigio.

Entonces oí un grito. Bajé la vista y vi que Mará se tambaleaba al borde del puente de madera. Estaba muy borracha; supongo     que     no     tuvo     ninguna

 

oportunidad de mantener el equilibrio. Dio un traspiés y su cuerpo enjuto se precipitó al vacío. Al cabo de un par de interminables segundos, todos pudimos escuchar  el  ruido  que  hacía  al estrellarse contra el suelo.

No se por qué, pero yo me sentía indiferente, ajeno a todo, como si estuviese contemplando un espectáculo teatral. Alcé la mirada, buscando la luna enloquecida, mas la luna había desaparecido (e ignoro la razón, pero aquello me llenó de inquietud).

Entonces me di cuenta de que todos los  pchapchá me  miraban en silencio, con el reproche brillando en sus ojos, y

 

que  Kumé  se  acercaba  al  lugar  por donde había caído Mará y recogía algo del suelo: la botella de vodka vacía.

Luego, Kumé me observó largo rato, moviendo la cabeza de un lado a otro, como un juez a punto de dictar sentencia.

—¿Qué has hecho, P'bbo? —dijo finalmente, con cierta dosis de tristeza en su voz. Luego se volvió a los pchapchá  y  les  ordenó  que  me prendieran.

Y los pchapchá, como un solo hombre, se lanzaron sobre mí y me inmovilizaron. Luego me llevaron a mi cabaña y me encerraron en ella.

Y aquí  me  encuentro, esperando a

 

que  vuelvan,  escribiendo  este  diario para intentar mantener la serenidad y el juicio justo, pues no debo olvidar que, pese a todo, soy un científico.

Estoy oyendo voces fuera, junto a la puerta, creo que...

(...)

Hace media hora entraron tres pchapchá en mi habitación. Uno de ellos era Kumé. Se sentó a mi lado y me dijo gravemente:

—Voy a intentar hablarte con claridad, P'bbo, porque los monos blancos sois limitados. ¿Mará te contó acerca del Tutí? —Asentí con la cabeza. Kumé  prosiguió—:  Entonces  ya  sabes

 

cuál es el problema; el universo está mal hecho, falta materia en él. El sol, las estrellas,  los  planetas,  los  satélites... nada  tiene  la  masa  que  debería  tener para funcionar correctamente. El nuestro es  un universo chapucero.  Por  eso  el Tutí dio la gupta a los pchapchá y pidió que miraran el cielo e hicieran que el cielo hiciera. —Kumé frunció el ceño

—. ¿Me entiendes, P'bbo? Los pchapchá tomamos la gupta y adquirimos poder. Poder para hacer que los planetas sigan los caminos correctos, que las estrellas brillen  con  la  luz  adecuada,  que  las lunas giren y giren como debe ser. Nosotros cuidamos del cosmos, porque

 

no es un cosmos automático, sino que debe  ser  mirado,  corregido  y controlado.

¡Así que aquellos salvajes creían realmente poder mover las estrellas con sólo mirarlas! Kumé debió advertir mi expresión de incredulidad, porque señaló:

—No  me  crees, P'bbo. Entonces

¿qué hizo la luna anoche?

¿Por qué bailó en el cielo y cambió la forma de su cara una y otra vez? ¿No te das cuenta de que fue Mará quien la movía?

Carecía  de  respuesta  para  ese asunto.  Salvo  que  se  tratara  de  una

 

 

especie      de      alucinación colectiva

(aunque    ésa    era     una    respuesta

claramente insuficiente). De modo que

eludí la       cuestión      y       me     mostré        muy científico:

—Kumé, dices que el universo no funciona y que  tenéis  que  controlarlo. Por eso vais de noche al cerro y miráis las estrellas. Y de día dormís. Pero, escucha, las estrellas siguen ahí de día, aunque no las veáis. ¿Quién las controla entonces?

—Otros pchapchá. —Kumé sonrió paternalmente—. En las estrellas hay planetas, y en algunos planetas hay también pchapchá. Hablamos con ellos

 

mediante guiños de estrellas. Y nos repartimos el trabajo. En otros lugares de la Tierra hay también pchapchá, y vigilan el sol cuando aquí es de noche, y la luna cuando no la vemos. Todos los pchapchá del cosmos compartimos la labor. Y hacemos que el universo haga.

—Pero eso es absurdo...

—Como quieras —zanjó la cuestión Kumé—.  Pero  el  caso  es  que  por  tu culpa ha muerto Mará. Y los pchapchá tenemos que hacer algo. —Puso delante de mí un pequeño cuenco lleno de un líquido marrón—. P'bbo, deberás beber la gupta.

Me negué a hacerlo, claro. Y fui tan

 

tajante en mi negativa que Kumé y los otros dos indígenas se tuvieron que emplear a fondo para obligarme a tragar aquel líquido maloliente.

Sabía a rayos. Y aquí estoy, esperando...

(...)

Hace   un   momento,   una   fila   de ángeles y arcángeles ha desfilado por mi choza. No me he preocupado, porque sé que son alucinaciones provocadas por la droga. Ahora estoy viendo columnas de llamas alzándose por las paredes, y diablos y salamandras bailando en el fuego. Pero no son reales. Mi mente racional los refuta.

 

Aunque, la verdad, estoy muerto de miedo...

(...)

... ya no veo cosas, pero las siento...

¡Es todo tan enorme! Soy una batería humana... estoy lleno de fuerza... ¡Mi mente crepita de energía como una dinamo! (...) Soy-siento-miro-hago... Siento  cosas.  Voy hacia  la  puerta:  la abro.

Nonono-hayhayhay- nadienadienadie...

¡El cielo...! Siento el cielo ¡Puedo sentirlo! Cada estrella del firmamento es un nervio de mi carne y sus órbitas cosquillean en mi piel y me baño en un

 

mar de plasma y buceo entre cometas y asteroides y me ahogo de luz y nado hacia una superficie de terciopelo negro y me abro al cosmos, igual que un comulgante acoge la sagrada forma de manos del sacerdote...

¡Dios, veo de verdad, y veo que todo es imperfecto!

 

Pchapcharimé. No importa la fecha. He     quemado     mis    cuadernos   de

trabajo, y las cintas magnéticas. Me he desecho de todo, ya no lo necesito. No obstante, me he resistido a destruir este diario, e incluso ahora mismo me veo completándolo. Quizá sea porque en él

 

aparecen descritos los hechos que condujeron a las nuevas circunstancias de mi vida. También es posible que sólo se trate de sentimentalismo. A lo mejor las mariposas quieren conservar la seda de sus capullos, para así nunca olvidar que fueron gusanos.

Poco importa. El caso es que Kumé y el resto de los pchap-chá tenían razón: ellos hacen que el universo funcione, porque el universo está mal hecho.

Eso me recuerda lo que dicen los científicos  acerca  de  la  existencia  de una materia a la que llaman Materia Oscura.   Por   lo   visto,   para   que   el universo se comporte como lo hace, es

 

necesario que contenga una determinada cantidad de masa. Se trata de un fenómeno que tiene que ver con algo denominado constante cosmológica (no sé muy bien de qué se trata).

Pero, según dicen, la masa necesaria para estabilizar el universo no se encuentra por ningún lado. Sólo se ha detectado un dos por ciento de ella. Al restante noventa y ocho por ciento lo llaman Materia Oscura, porque no brilla ni emite radiación alguna. Porque no puede verse.

Los físicos y astrónomos saben que debe estar ahí, aunque ignoran qué es y dónde se encuentra.

 

Pero yo lo sé.

La Materia Oscura son los pchapchá. Ellos, gracias a la gup-ta, mantienen unido el  cosmos, aportándole la  masa que falta y haciendo que el universo funcione, que las órbitas sean precisas, que las estrellas brillen y que las lunas sigan atadas a los planetas con lazos de gravedad.

Oh, bueno, continuo hablando en tercera persona, sigo sin incluirme. Y no debería hacerlo, porque yo también soy un pchapchá, y tomo gupta, y miro el cielo, y hablo con los otros pchapchá del  cosmos mediante códigos secretos de titileo de estrellas.

 

Y a veces, como un niño travieso, me  divierto  moviendo  el  polvo  del cielo, haciendo caer lluvias de estrellas fugaces sobre la selva esmeralda.

Pero no debo olvidar quién soy. Porque yo soy P'bbo, el Rey-Luna. Y hago que la luna haga.

 

6. Los sueños

 

 

 

La única bombilla que iluminaba el salón vacilaba y oscilaba, como el parpadeo de un ojo radiante. Aquel titileo arrítmico era una advertencia: el fluido eléctrico podía interrumpirse en cualquier momento.

El padre Silveira había concluido la lectura del diario de Pablo Vasla. Consulté el reloj: faltaban veinticinco minutos para las ocho de la tarde. Me aproximé a la ventana; casi no había luz en el exterior, pero pude comprobar que la      muralla      de      lluvia      seguía

 

derrumbándose sobre la tierra con inusitada intensidad. Jamás había visto llover así durante tanto tiempo. Parecía una plaga bíblica, una venganza divina o, cuando menos, una catástrofe natural de extraordinaria violencia. Si antes había maldecido a quien decidió erigir aquella casa en la parte más alta del cráter, ahora sentía un profundo agradecimiento hacia aquel anónimo constructor.

Su execrable pecado urbanístico nos había salvado, probablemente, la vida.

Me acerqué a Susana.

—Si esto sigue así, tendremos que pasar aquí la noche.

 

—Qué remedio. —Mi mujer se encogió  de  hombros—.  Pero,  en  fin, aquí hay camas, mantas y sacos de dormir. Creo que podremos acomodarnos.

—¡Claro que sí! —exclamó madame Kádár—. Arreglarnos muy bien lograremos. Como una pequeña aventura esto debemos tomar, ¿verdad, Claudia?

—Acarició los cabellos de la niña—.

¿Bien te lo estás pasando?

Una sonrisa iluminó la cara de mi hija.

—Es todo tan... tan... —cerró los ojos,  concentrándose  en  buscar  la palabra adecuada—. Tan misterioso —

 

dijo al fin.

—¡Eso es! —aplaudió alborozada la anciana—. ¡Misterioso! Mas al misterio no debemos temer, porque fuente de la fantasía es. Lo oculto, lo ignorado, lo extraño... ahí el corazón de la magia se encuentra.

—El hechizo está en las preguntas, no en las respuestas —añadió Aníbal Zarko.

—De acuerdo estamos, amigo mío

—prosiguió madame Kádár—. Como a la polilla una luz el misterio nos atrae.

—Consultó su pequeño y anticuado reloj de pulsera—. Tiempo hay para otro relato. —Se volvió hacia Héctor Arauco

 

—. ¿Quizás usted con una historia nos deleite, doctor Arauco...?

El  médico  argentino  apartó  de pronto la mirada del rostro de su mujer.

—¿Una historia...? —preguntó, algo confuso.

—Claro —insistió la anciana—. Lo extraño usted estudia, lo enigmático. Acontecimientos extraordinarios seguro que ha presenciado.

El doctor Arauco enarcó las cejas y sonrió débilmente. Por primera vez su expresión, habitualmente seria y algo distante, reflejaba algo de humor.

 

intelectual —dijo el doctor—. Intento aplicar el método científico a fenómenos básicamente irracionales. Y, aunque no siempre consigo obtener resultados coherentes, cuando menos procuro no implicarme emocionalmente en las experiencias que llevo a cabo.

—Por eso contrajo matrimonio con uno de sus sujetos experimentales, ¿no, doctor? —observó con ironía Aníbal Zarko.

—Una dama tan sensible y encantadora como Isabel justifica la excepción. —Héctor Arauco acarició la mano de su mujer—. Pero lo cierto es que   jamás   he   experimentado  en 

 

mismo ningún fenómeno extraordinario.

—Suspiró—.      Salvo,         quizá, en  cierta ocasión...

—¿Ve cómo razón yo tenía? —dijo madame Kádár—. Seguro que una historia conoce...

—No sé si es una historia, de hecho ignoro si sucedió realmente. —El doctor Arauco se encogió levemente de hombros—. Todo ocurrió en un sueño...

—Algunas culturas mantienen la creencia  de  que  los  sueños  son  tan reales, o más, que el mundo cotidiano — intervino el padre Silveira—. Los aborígenes australianos, por ejemplo, afirman que el mundo fue creado en una

 

época        denominada «alcheringa»,        el tiempo de los sueños...

—¡Leyendas paganas! —masculló el padre Kindelán, entre un padrenuestro y un avemaria.

—Es posible —murmuró el jesuita

—. En cualquier caso, los sueños son importantes...

—Oh, sí que lo son —afirmó el doctor Arauco—. Pasamos la tercera parte de nuestra vida dormidos. Y, durante ese tiempo, soñamos. ¿Por qué? Nadie lo sabe; es una de esas preguntas sin respuesta de las que antes hablábamos. Pero el hecho es que soñamos, y hay veces en que los sueños

 

parecen tan reales como la vida. — Respiró hondo—. Hace unos meses tuve un sueño muy vivido: me encontraba en un bosque de hayas, por la noche. Una inmensa luna llena presidía un cielo salpicado de estrellas. Yo me había perdido,  pero  aquello  no  me preocupaba, ya que, de un modo u otro, sabía que estaba dormido y que nada de aquello era real. Comencé a pasear entre los árboles, rodeado de luciérnagas y de mariposas nocturnas, y al poco encontré una tienda de campaña frente a la cual ardía una fogata. Cuando llegué a su altura,   la   entrada   de   la   tienda   se descorrió  y  apareció  un  hombre  de

 

aspecto  agradable  y  educado.  Le pregunté cómo se llamaba y él me contestó que le conocían por el Viajero. Nos sentamos junto al fuego y compartimos una taza de té. Al cabo de unos  minutos de  charla, aquel  hombre me preguntó:

—¿Le gustan las historias?

Respondí que era psiquiatra y que, por tanto, me pasaba la vida escuchando historias ajenas.

—No dudo que los relatos de sus pacientes  sean  interesantes  —comentó

—. Pero yo me refiero a otro tipo de historias... a esas que enredan la realidad.

 

Le aseguré que esa clase de historias constituían mi más preciada afición. Él sonrió y dijo:

En tal caso, le voy a contar una...

¿Sabe dónde estamos?

En un bosque.

Sí, pero ¿en qué bosque?

Me encogí de hombros y argumenté que, dado que estaba soñando, se trataba de un bosque onírico, lo que, psicoanalíticamente hablando, suponía una imagen de fuerte simbolismo sexual.

El   hombre  sonrío  alegremente  y dijo:

Psicoanalíticamente hablando, todo es sexual. Sin embargo, ha dicho algo

 

interesante:         está   soñando.     Entonces,

¿quién soy yo?

Un producto de mis sueños.

Luego no existo... Pero ¿y si fuera yo quien le está soñando a usted?

Mejor dejar ese camino —sugerí—. Tenga en cuenta que soy argentino. He leído a Borges.

Me obsequió con una risa franca y alegre.

Es usted gracioso. Pero tiene razón, no es cuestión de perder el tiempo con sofismas  y paradojas.  Dejemos  de hablar sobre mi naturaleza y pasemos a preguntarnos sobre mi circunstancia. Si usted está soñando, ¿dónde estoy yo?

 

¿En mi cabeza? —aventuré.

Es posible —murmuró—. Pero también pudiera ser que estuviésemos en la cabeza de otro. —Se inclinó hacia delante y añadió—: ¿Ha oído hablar alguna vez del Hombre Dormido...?

 

El hombre dormido

 

 

 

La historia del doctor Arauco

 

Cuando el Viajero se detuvo para beber el agua iridiscente del manantial, no  se  fijó  en el  árbol.  Pero  luego  el árbol le habló, de modo que el Viajero se vio obligado a seguir las normas más elementales de cortesía y charlar un rato con él.

—Es raro encontrar gente de paso

—dijo el árbol (en realidad, un castaño de indias)—. ¿A dónde te diriges?

—No lo sé —repuso el Viajero—. Estoy buscando a alguien.

 

—¡Oh...! —El árbol arrancó de sus ramas susurros de almidón. Luego añadió—: Así que buscando a alguien,

¿eh? ¡Vaya...!

El Viajero se humedeció la cara y bebió un par de sorbos. El agua sabía a vino de cerezas perfumado con canela.

—¿No estás muy aislado aquí? — preguntó el Viajero, contemplando la soledad del altiplano—. Eres el único árbol que hay en muchos kilómetros a la redonda.

—«La soledad es a veces la mejor compañía, de modo que un corto retiro acelera  un  dulce  retorno.»  Millón, El paraíso perdido. —El árbol carraspeó

 

—. Además me acompañan mis sueños.

—Ah, sueñas... ¿Con qué?

—Sueño que soy un viajante de comercio y que me desplazo constantemente de un pueblo a otro con un muestrario de bisutería.

El Viajero asintió y pensó que, seguramente, aquel castaño de indias era en realidad un viajante de comercio. Pero se guardó muy mucho de decírselo, porque no deseaba ofenderle.

—Antes  has  comentado  que buscabas a alguien —prosiguió el árbol

—. ¿Sería incorrecto preguntar a quién?

—En  absoluto.  Busco  al     Hombre

Dormido.

 

—¡Oh, oh, oh...! —El árbol lanzó guiños de musgo y corcho—. ¡ Una gran búsqueda es ésa! He oído decir que el Hombre Dormido se encuentra bajo una cúpula de cristal en un palacio de Agartha.

—¿Agartha?

—Agartha, sí. La ciudad que guarda el trono dorado con las imágenes de dos millones de dioses, la sede de la Universidad del Conocimiento. Si miras hacia el oeste puedes ver el resplandor de Agartha en el horizonte.

—Si  —dijo  el  Viajero contemplando  el  poniente—.  Conocía esa   ciudad   por   otros   nombres.  

 

Suspiró—. El problema es que nunca consigo acercarme. Por mucho que camine, la ciudad siempre se encuentra a la misma distancia de mí.

—«Hay que viajar por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel al que va, sino escapándose de aquel de donde parte.» Miguel de Unamuno. Lo importante es el viaje, no la meta.

El Viajero asintió apreciativamente. Cogió su mochila y se la puso a la espalda.

—Ahora debo irme. Ha sido un placer conocerte.

—Permíteme una última pregunta —

 

dijo  el  árbol—.  ¿Por  qué  buscas  al

Hombre Dormido?

—Quiero saber quién es; conocer su nombre.

—Ya, su nombre... Bien, pues te deseo mucha suerte.

—Gracias. —El Viajero comenzó a alejarse, pero al cabo de unos metros se detuvo—. ¿ Te gusta ser un árbol? — preguntó.

—No está mal... —contestó el castaño—. Ya sabes, llega un momento en la vida en que hay que echar raíces.

 

 

 

 

Se  llamaba  Cezar  Pallady.  Estaba

 

dentro de un pequeño recinto cerrado e insonorizado, un habitáculo cúbico de cuatro metros de lado donde, según me dijeron, podían controlarse tanto la temperatura como la  presión atmosférica. A aquella cámara le llamaban el Gabinete de Morfeo.

Pallady tendría mi edad, unos cuarenta años. Era delgado, moreno, con el mentón poblado por una espesa barba y el pelo muy corto. Se encontraba sentado en el suelo, sobre una pequeña alfombra, desnudo, absolutamente inmóvil, con los ojos cerrados y las manos descansando sobre las piernas entrecruzadas.      Tenía      la      cabeza

 

literalmente cubierta de electrodos y cables, como una versión tecnológica de esas estatuas que representan a Buda con el  cráneo  cubierto  de  caracoles. También tenía electrodos en el pecho, la espalda  y  las  muñecas.  Si  podíamos verle era gracias a la batería de monitores de televisión en circuito cerrado que le mostraban desde todos los ángulos y encuadres posibles.

Según me dijo Irene Stasinopoulos supervisora ejecutiva de Stütze Arzt Zwischenstaatlich, la compañía alemana que había contratado mis servicios y me había llevado hasta Creta, Pallady era un yogui. Y, para mayor exotismo, un

 

yogui rumano.

Nos  encontrábamos  en  el Laboratorio del Sueño, una especie de nave industrial, blanca y luminosa, no muy grande pero de techos extremadamente altos. Había mucho espacio disponible, pero tanto el equipo como el personal parecían arracimados alrededor del Gabinete de Morfeo. Allí un grupo de técnicos se afanaban en controlar los instrumentos electrónicos y realizar anotaciones. En realidad, yo no tenía la más remota idea de lo que estaban haciendo, de modo que me aproximé discretamente y me distraje intentando adivinar el significado de las

 

lecturas     que    ofrecían      los     distintos indicadores.

Al parecer, una de las baterías de aparatos controlaba el estado físico de Pallady: temperatura corporal, presión sanguínea, electrocardiograma, tono muscular... en fin, todo lo usual. Lo que ya no era tan normal es lo que indicaban las lecturas: la presión arterial era muy baja, el ritmo respiratorio extremadamente lento y la temperatura basal próxima a la hipotermia. Pero lo más alarmante era el pulso: ocho latidos por minuto (y el ritmo decrecía). Aparentemente, aquel hombre se estaba muriendo. —Increíble, ¿verdad? —Irene

 

se había acercado a mí y me hablaba en voz baja—. Pallady puede controlar las funciones, en teoría autónomas, de su sistema nervioso vegetativo. Ahora está entrando en estado cataléptico: ralentiza todo su metabolismo y altera sus estados de percepción. Ven, te voy a enseñar algo.

Irene me llevó junto a un electroencefalógrafo. Varias pantallas representaban las curvas de actividad eléctrica del cerebro, al tiempo que un conjunto de agujas reproducían gráficamente esas mismas curvas en largas bandas de papel cuadriculado.

—¿Sigues  familiarizado  con  esto?

 

—me preguntó Irene.

Asentí. Allí estaban las curvas correspondientes al estado de vigilia, a los cuatro estados No REM y al estado REM. Ondas Beta, Alfa, Theta, Delta.. Observé los registros y reconocí los abruptos trazos de los Complejos K y las   Ondas   en   Huso.   Todo   parecía normal, eran las lecturas típicas de un hombre dormido en fase de sueño profundo. No obstante, había algo absolutamente imposible en aquellas lecturas: existía actividad simultánea en el espectro de las ondas Beta y en el de las ondas Delta. Parpadeé y me volví hacia Irene con una muda pregunta en los

 

ojos.

—Sí —sonrió—: Pallady está despierto y dormido a la vez. Y no —se encogió de hombros—, no sé cómo lo hace.

Había oído hablar de ese tipo de cosas, pero nunca tuve la oportunidad de presenciarlas. De modo que permanecí en silencio, observando la actividad de los técnicos.

—Comienza el movimiento ocular rápido —dijo un joven de pelo largo y encrespado; sus raídos vaqueros asomaban bajo la bata de trabajo—: Cezar entra en fase REM con curvas de sierra en los tres punto cinco hertzios y

 

bajando. Gran actividad onírica. ¡Ey, chicos, eso es lo que yo llamo soñar! — Hizo una pausa—. ¡Ah-ah...! Incremento de crestas en el registro Beta. Todos atentos; efecto Rátsel de un momento a otro.

Se produjo un revuelo salpicado de murmullos. Los técnicos comenzaron a dirigir furtivas miradas a un solitario monitor que mostraba una verde y fosforescente línea continua, plana y muerta.

Ignoraba lo que pretendía registrar aquel aparato, pero fuera lo que fuese, ahora no indicaba actividad alguna.

—Bien,     informad     de      cualquier

 

alteración del poligrama —dijo un hombre grueso, de pelo cano y escaso, que  parecía  rondar  los  sesenta  años. Irene me susurró que se trataba de Constantin Tsatsos, el gran patriarca del Centro de Investigación del Sueño Tsatsos prosiguió—: Vigilad la temperatura del Gabinete, está bajando demasiado. Kathy, ¿cómo andan sus constantes?

—El corazón late cuatro veces por minuto —respondió una joven que, de quitarse las espantosas gafas de concha que llevaba, hubiera sido realmente bonita—. Respiración constante: una inspiración y una expiración alternativas

 

cada sesenta segundos.

Temperatura estable. Comienza a aumentar la presión sanguínea, y, eh...

—La joven se sonrojó y bajó el tono de voz—.  El  sujeto  está  experimentando una erección...

Sin duda, era una chica tímida; trabajando en un laboratorio del sueño debería haberse acostumbrado ya a los penes erectos y las vaginas húmedas. Según recordaba, nuestros órganos sexuales experimentan una especie de excitación automática cuando entramos en fase de sueño profundo y comienzan las ensoñaciones. Nadie sabe por qué ocurre, pero ocurre (aunque, al parecer,

 

nada tenga que ver con la libido).

—Desaparecen las ondas lentas sincronizadas —intervino de nuevo el joven de pelo encrespado—. Aumenta la actividad Delta irregular, y... bueno, el diagrama Beta se ha vuelto loco. Parece que nuestro amigo está celebrando una fiesta en su cabeza... Ojo, comienzo a obtener  registros  de  actividad  por debajo  de  los  cero  punto  cinco hertzios...

Todo el mundo se detuvo expectante, todas las miradas convergieron en la pantalla reticulada del misterioso monitor. Sin saber por qué, yo también me     puse     a     contemplar     aquella

 

fosforescente línea  verde, horizontal e inmóvil.

Los  segundos  transcurrieron lentos en medio de un silencio tenso. Suspiré y comencé a pasear la mirada por el laboratorio. En una pared alguien había fijado  con  cinta   adhesiva  un  cartel escrito  a  mano: «Los sueños han sido creados para que uno no se aburra mientras duerme.»

Sonreí y volví a mirar el monitor.

Y entonces, justo en ese momento, la perezosa línea verde se alzó, describiendo una cresta amplia y elevada, para luego caer en un valle profundo. Repitió tres veces el mismo

 

movimiento y acto seguido recuperó su anterior horizontalidad estática.

El silencio que reinaba en el laboratorio se volvió estupor, asombro. Los ojos se dilataron y las bocas se abrieron maravilladas. Era como si, en vez de unos breves «bips» en una pantalla, aquella gente hubiese contemplado una aparición celestial.

—Duración del efecto Rátsel: dos segundos y ochenta y siete centésimas — dijo  alguien—.  Tenemos  un nuevo récord.

Entonces todos comenzaron a aplaudir  y  a  gritar.  Pelo  Encrespado besó en los labios a Chica Tímida, y las

 

mejillas  de  ésta  adquirieron  un  tinte rabiosamente escarlata.

Tsatsos, el gran patriarca, sonrió satisfecho, pero adoptó rápidamente una expresión severa, más en concordancia con su dignidad doctoral.

—Vamos, vamos, un poco de seriedad; estamos trabajando —dijo, como un profesor indulgente reclamando la atención de sus alumnos (o una gallina recogiendo a sus polluelos)—. Tenemos que despertar al señor Pallady. Escucha, Kurt —prosiguió, dirigiéndose a Pelo Encrespado—: necesitamos los resultados del poligrama esta tarde. Y pon a tu gente a trabajar en un estudio

 

comparativo de los nuevos registros...

Miré  a  Irene  con  las  cejas enarcadas. Me sentía como cuando se llega al teatro con la función comenzada. Ella debió advertir mi desconcierto, porque me dirigió un guiño cómplice. Luego le hizo una seña al profesor Tsatsos. Éste asintió con la cabeza y, tras impartir una nueva retahíla de instrucciones, se acercó a nosotros.

—Constantin —dijo Irene haciendo de maestro de ceremonias—, te presento al doctor Juan Varnigal. Como sabes, es un prestigioso patólogo español, y buen amigo mío además.

Nos estrechamos las     manos.        Su

 

apretón era  firme y franco, concebido para transmitir seguridad y confianza.

—Es un placer, doctor Varnigal — dijo Tsatsos—. Conozco algunos de sus trabajos sobre patologías exóticas. Son excelentes. —Asentí, agradeciendo sus palabras, aunque sabía que cuando hablaba de «mis trabajos» se estaba refiriendo en realidad al estudio que realicé en Bucaramanga, hace ya tanto tiempo, sobre el caso de la niña María Candelaria. El profesor Tsatsos continuó—: Le imagino enterado de la actividad  que  desarrollamos  en  el Centro de Investigación del Sueño, así como de las características de nuestra

 

actual línea de experimentación...

—No, Constantin —le interrumpió Irene—. Juan no sabe nada de todo eso. Acabamos de llegar del aeropuerto de Heraklion y todavía no hemos tenido tiempo de hablar. Además, es preferible que se lo cuentes tú.

—Oh... —El profesor Tsatsos me miró con cierta severidad, como si yo fuera uno de sus estudiantes menos aplicados—. En tal caso será mejor que nos pongamos cómodos. —Se volvió hacia la Chica Tímida—. Kathy, dile a Kurt que en cuanto pueda vaya a mi despacho.

El    profesor      nos    indicó que    le

 

siguiéramos. Un momento antes de abandonar el Laboratorio del Sueño me volví hacia la batería de monitores que continuaban  componiendo  una  especie de retrato cubista de Cezar Pallady. Uno de ellos mostraba un primer plano de los ojos  cerrados del  yogui.  Observé que los   globos   oculares  se   movían  por debajo de los párpados.

Luego miré la pantalla del monitor que antes había suscitado tanta expectación. La línea verde fosforescente, no sé por qué, me pareció la pupila sesgada de un gran lagarto.

Al principio no acepté el trabajo que me  ofrecía  Irene  Stasi-nopoulos.  No

 

quería  viajar  a  Creta,  no  quería practicar mi profesión, no quería ver a nadie. En realidad, lo único que deseaba era quedarme en casa, con las luces apagadas, bebiendo todo el alcohol que me fuera posible trasegar. Sabía que si lograba beber lo suficiente, conseguiría no sentir nada, quedarme vacío, entumecido e insensible. Y eso era lo más cerca del reposo y la tranquilidad que yo podía estar.

Había renunciado a mi trabajo en el hospital. Eso fue seis meses después de la muerte de Samuel, nuestro hijo. Poco después, Carmen me dijo que no podía seguir  conmigo  y  que  se  iba,  porque

 

nuestra vida era un infierno. No me extrañó; hacía mucho que no funcionábamos como pareja, antes incluso de que la enfermedad de Samuel saliera a la luz. De hecho, creo que fue durante la agonía de nuestro hijo cuando más unidos estuvimos. Pero al morir el niño, también murió lo único en común que   teníamos.   No   me   extrañó   que Carmen me dejara; al contrario, casi me produjo un cierto alivio, como cuando un mal presagio se cumple al fin.

Por eso, cuando me llamó Irene por teléfono  para  pedirme  que  colaborara con la Stütze Arzt en un trabajo experimental  que  estaban  llevando  a

 

cabo en Creta, me negué. Andaba muy ocupado intentando borrar de mi mente el dolor y la desesperación que me producían la muerte de Samuel (y de paso, sí, destruyéndome a mí mismo).

Pero Irene era mi amiga. Nos habíamos conocido en Bolivia, antes de que ella cambiara el ejercicio de la medicina por un despacho en una multinacional. Durante un tiempo mantuvimos un torpe coqueteo que nunca llegó a cruzar la frontera que separa los deseos de la realidad. Y creo que ésa fue la base que cimentó nuestra amistad; nos queríamos y nos respetábamos, cosa que rara vez ocurre simultáneamente en

 

las relaciones entre hombres y mujeres. Por eso Irene viajó a Madrid, fue a mi casa y, con la ayuda de una ducha fría, me sacó del estupor en que me encontraba. Luego tiró todo el whisky a la  basura  y,  durante  una  semana,  se quedó conmigo, acudiendo a mi lado cuando me despertaba llorando por la noches, escuchando la tristeza infinita de mi pérdida. Fue una buena terapeuta; me recetó un tratamiento de sueño, alimentación sana, cariño y compañía. No diré que me curó, pero al menos me condujo de regreso al mundo real.

—Tengo que irme —me dijo Irene el séptimo día de su estancia en Madrid—.

 

Pedí unos días de vacaciones, pero ya he de volver a Munich. Escucha, Juan ahora no te lo voy a pedir. Te lo voy a ordenar:  vas  a  trabajar  para  mi compañía. Será cosa de un mes. Necesitamos  de  tu  asesoría,  y  tú necesitas salir de esta casa. —Intenté protestar, pero ella me acalló con un gesto. Luego puso en mis manos un billete de avión y un cheque—. La semana que viene nos veremos en Creta. Mira, la Stütze Arzt se dedica a la fabricación de material clínico. Pero la Stütze Arzt es una empresa filial de la compañía farmacéutica Krenz. A su vez, la  Krenz  subvenciona  un  instituto  de

 

investigación del sueño en Grecia; ya sabes, llevan años buscando un somnífero   definitivo.   Pues   bien,   la Stütze Arzt ha desarrollado algo revolucionario  relacionado  con  el sueño. Y la Krenz lo está poniendo a prueba en Creta.

—Pero Irene —protesté—, soy patólogo clínico. No estoy al día de los avances...

—Tonterías. Te dedicaste durante años a las enfermedades del sueño. Tu trabajo sobre María Candelaria aún se pone como ejemplo en las facultades de medicina.  —Cruzó  los  brazos  y,  en pleno     arranque     racial,     añadió—:

 

Vendrás conmigo a Creta, o te llevaré yo de la oreja.

De modo que fui a Creta.

Aún no      sabía nada  del     Hombre

Dormido.

El profesor Tsatsos llevaba un rato hablando sobre las actividades de la institución que dirigía. Según dijo, el Centro de Investigación del Sueño se había fundado hacía seis años gracias a las aportaciones de diversas empresas privadas. Sus objetivos eran múltiples: estudio de la fisiología del sueño, investigación de los procesos hipnogénicos, experimentación con fármacos, patología de las enfermedades

 

del sueño... En fin, lo usual.

En realidad estaba empezando a aburrirme, de modo que me dediqué a pasear disimuladamente la mirada por el austero despacho del profesor Tsatsos. Sólo había libros, cintas de vídeo, archivos... El único adorno que parecía permitirse  era  una  solitaria reproducción del cuadro El anciano de los días, de William Blake. Lo cual evidenciaba  un  contrasentido:  el profesor era el paradigma del científico, y Blake un místico arrebatado. Comenzaba a preguntarme sobre la clase de persona que sería Tsatsos cuando la puerta se abrió, dando paso al joven de

 

pelo encrespado que había visto en el laboratorio. El profesor me lo presentó como Kurt Stoph, brillante ingeniero electrónico  alemán,  y director  técnico del Centro.

Kurt resultó ser un personaje divertido e hipersociable. Cuando Tsatsos le cedió la palabra, el alemán la usó primero para contarnos un par de chistes malos y una surrealista historia sobre  los  sueños  de  su  novia.  Luego entró en materia.

—Pero estamos aquí para hablar sobre   el   proyecto   Engrama,  ¿no   es cierto? ¿Sabe algo de bioelectrónica, doctor    Varnigal?   —Negué   con   la

 

cabeza. Kurt asintió resignado—. En fin, procuraré contárselo de forma sencilla. Présteme  atención  porque  le   voy  a hablar de la lámpara de Aladino, de magia y de prodigios. —Carraspeó—. Como usted sabe, las neuronas del cerebro intercambian señales eléctricas. Estas señales provocan cambios de tensión que pueden ser detectados mediante   electroencefalografía.   Claro que ése es un procedimiento muy burdo, ya que prácticamente sólo permite detectar si hay o no actividad en el cerebro y en qué frecuencia de onda se produce. —Kurt se encogió de hombros

—.       No       obstante,       actualmente

 

disponemos de sensores mucho más evolucionados, y de procesos informáticos potentes y precisos. —Hizo una mueca—. La actividad bioeléctrica del cerebro crea un complejo campo electromagnético a su alrededor. Un especie de red estructurada, un esquema vibratorio que reproduce los procesos bioquímicos del encéfalo. En teoría, es posible obtener información muy precisa del estudio de ese campo magnético, al que llamamos engrama cerebral. En ese sentido se orientaban varios proyectos del Departamento de Investigación de la Stütze  Arzt.  Estaban  realmente encoñados con el tema. Y le ruego que

 

perdone     mi     vocabulario,     señora

Stasinopoulos.

»Bueno. Entonces entró en escena un inteligente y perspicaz ingeniero, Kurt Stoph, o sea yo, con una brillante idea:

¿y si además de obtener información del engrama cerebral, consiguiéramos modificarlo?  ¿Qué  pasaría  si pudiéramos actuar selectivamente sobre los campos electromagnéticos del cerebro? Oh, buena pregunta, dijo el Departamento de Investigación de la Stütze Arzt. Adelante, estudien el asunto.

—Kurt sacudió la cabeza—. No le aburriré con los detalles, doctor. Estuvimos un par de años trabajando y

 

construimos  algo  pomposamente llamado Excitador de Engrama Bioeléctrico. ¿Cuál es la función de ese artefacto? Bien, básicamente obtener un modelo depurado, limpio de «ruido» e interferencias, del engrama encefálico, para luego devolvérselo al cerebro en forma de campo magnético inducido. — Kurt  se  detuvo  al  contemplar  el parpadeo confuso de mis ojos. Manoteó el aire y prosiguió—: Pero si no puede estar más claro: es como si realizáramos un holograma del cerebro y luego lo superpusiéramos al original. Lo que hacemos es retroalimentar el campo electromagnético del encéfalo, darle un

 

feed-back de sí mismo, vibrar y entrar en resonancia con él. Excitar el engrama cerebral, en definitiva.

—¿Y  qué  esperan  conseguir  con eso? —pregunté, un tanto perplejo.

—¿Qué esperábamos conseguir? — Kurt levantó el dedo índice—. Primero, mejorar los sistemas memorísticos. Segundo —levantó otro dedo—, estimular los procesos de aprendizaje. Tercero... —En vez de alzar un nuevo dedo,   el   ingeniero   vaciló   y   luego sacudió la cabeza—. Pretendíamos aumentar  la  inteligencia,  nada  más  y nada menos. Pero eso da igual, porque en realidad no obtuvimos nada de lo que

 

buscábamos. Cuando actuábamos sobre una mente consciente, lo único que conseguíamos era adormecerla. Es irónico, lejos de volverse más listas, las personas que usaban el Excitador de Engrama se amodorraban y, al poco, comenzaban a roncar. —Frunció el ceño

—. Eso puede deberse al desfase existente entre las señales del sistema sensorial y el engrama inducido, pero todavía no lo sabemos a ciencia cierta. El  caso  es  que  el  proyecto  fue  un fracaso, un desastre.

—Afortunadamente —intervino Irene—, la Stütze Arzt no lo vio así. Enseguida quedó claro el potencial de

 

una máquina capaz de inducir el sueño. Imagínate, Juan, el somnífero perfecto: sueño placentero sin agresiones químicas, sin resaca posterior, sin adicción, sin sobredosis, sin ansiedad...

—Entonces trasladaron el proyecto Engrama al Centro de Investigación del Sueño —continuó Kurt—. Y yo me vi forzado a cambiar mi amado y gélido Munich por las doradas playas del mar de   Creta.  —Suspiró  burlón—.   Pero valió la pena tan arrojado espíritu de renuncia. Aquí hemos averiguado que el Excitador de Engrama provoca un sueño de primera calidad, con episodios oníricos  muy  vividos,  así   como  un

 

notable incremento, tanto en cantidad como en duración, de los ciclos REM de sueño profundo. Y esos tonificantes efectos los produce tanto en gente sana como en enfermos de insomnio crónico. Lo que, dejando a un lado la modestia, es un hallazgo soberbio.

Kurt extendió los brazos y enarcó las cejas, dando a entender que ya había terminado su exposición. Me disponía a hacer un vago comentario cuando Irene me interrumpió:

—Los       resultados   del     proyecto

Engrama  han  sido  muy  estimulantes.

Salvo        por    un     detalle,        que

desgraciadamente         ha      acabado      por

 

convertirse en un problema.

—No  debemos  llamarlo  problema

—intervino el profesor Tsatsos, por primera vez después de un largo silencio

—,  sino  oportunidad.  La  cuestión, doctor Varnigal, es que la máquina de Kurt hace algo que no debería hacer. Verá, cuando usamos el Excitador de Engrama con una persona, ésta comienza a recorrer rápidamente todas las fases del  sueño  normal.  En  pocos  minutos entra en estado No REM 1, con e habitual sopor y el comienzo de las alucinaciones hipnagógicas. Luego pasa aceleradamente por los tres siguientes estados No REM, para desembocar e

 

un sueño profundo REM con hiperactividad onírica. Hasta aquí todo normal, salvo por la velocidad con que se produce el proceso. Lo sorprendente es que, a los diez o quince minutos de sueño profundo, aparece una nueva onda en el cerebro. Una onda que nunca ha existido y que evidencia actividad en cierta región del encéfalo que, al menos bioeléctricamente, jamás ha sido activa.

Esa  onda  —subrayó  Kurt—  tiene una frecuencia inferior a los cero punto cinco hertzios. La llamamos onda R. La R viene de Rátsel. En el caso de que no domine usted el preciso idioma alemán, le  informaré  de  que  rátsel  significa

 

«enigma».

La onda R —continuó Tsatsos— es la evidencia de que el Excitador de Engrama despierta un área del cerebro usualmente inactiva. La llamamos zona Rátsel. Si el Excitador se desconecta, la zona se vuelve inactiva y la onda R desaparece inmediatamente. Cuando despertamos al durmiente, no recuerda nada de lo que sucedía en su cabeza, salvo vagos movimientos de luces y formas, y una intensa sensación de deslumbramiento.

El efecto Rátsel —intervino Irene— nos tiene bloqueados. No podemos sacar a la luz nuestro descubrimiento si antes

 

no sabemos qué demonios está pasando.

La agitación de mi amiga era palpable. ¿Por qué? En fin, el artefacto del que me hablaban podía ser de gran importancia para la Stütze Arzt, pero es normal que en un proceso de investigación surjan problemas que lo empantanen todo. Comencé a sospechar que me ocultaban algo.

—Esa  zona  Rátsel  del  cerebro —

pregunté— , ¿dónde se encuentra?

—En la base del encéfalo, cerca de la pituitaria — respondió el profesor Tsatsos — ; junto a la glándula pineal. Todavía no hemos localizado el área exacta, pero desde luego no es ninguna

 

de las que hasta ahora relacionábamos con los procesos del sueño.

Un denso silencio cristalizó la atmósfera del despacho. Me encogí de hombros y mostré las palmas de las manos, como diciendo: «¿Y bien...?» Ignoraba a dónde querían llegar.

—El problema estriba en que no podemos trabajar con la zona Rátsel si al mismo tiempo la estamos induciendo con  el  Excitador  de  Engrama  — intervino Kurt—. Aparecen resonancias y parásitos, y las lecturas no son fiables. En fin, un asco.

—De   modo  que   nos   pusimos  a buscar sujetos cuyos cerebros, en estado

 

normal, produjesen la onda R. —El profesor Tsatsos encendió un cigarrillo parsimoniosamente—.  Hemos encontrado dos. A uno de ellos ya ha tenido usted la oportunidad de verle en acción: Cezar Pallady. El señor Pallady, mediante   técnicas   de   yoga,   puede

«despertar» la zona Rátsel de su cerebro y provocar la aparición de la onda R.

Eso explicaba la extraña escena que había presenciado en el Laboratorio del Sueño.  Evidentemente,  la  línea  verde del monitor que tanta expectación había despertado registraba la aparición del efecto Rátsel.

—Por  desgracia,  Cezar  sólo  logra

 

mantener la onda R durante unos tres segundos —señaló Kurt—. Muy poco tiempo para trabajar con ella. Aunque hay que reconocer que nuestro amigo hace progresos. —El alemán había cogido una bolsita de cuero y estaba sacando  de  ella  un  poco  de  lo  que parecía hierbabuena seca. La puso sobre un papel de fumar y comenzó a liar un cigarrillo.

—Confiamos  en  que  el  señor Pallady  conseguirá  aumentar  sus períodos de actividad R —prosiguió Tsatsos—. Entonces usaremos el Excitador de Engrama para estimular el efecto Rátsel en su cerebro.

 

—¿Y qué  esperan que  suceda? —

pregunté.

—Cuando llevemos a cabo la experiencia le contestaré, doctor.

Un nuevo silencio. Sacudí la cabeza y me volví hacia Irene.

—Todo  esto  es   muy  interesante. Pero yo no sé nada de bioelectrónica, ni de engramas cerebrales, ni de ondas misteriosas. Soy un patólogo, Irene. Ni siquiera estoy seguro de entender lo que me estáis contando. ¿Qué pinto yo aquí?

—Ya llegamos a eso. —Mi amiga sonrió como una madre comprensiva—. Constantin ha dicho que hemos encontrado a dos sujetos con ondas R en

 

su actividad cerebral ordinaria. Uno es Pallady. Ahora quiero que conozcas al otro.

Se puso en pie; los demás la imitamos. Kurt ya había encendido su cigarrillo y el aire comenzó a saturarse de un humo dulcememente aromático. El profesor Tsatsos parpadeó, visiblemente turbado, y en tono de disculpa se apresuró a decir:

—Kurt  se  ha  ofrecido  voluntario para un estudio sobre los efectos de la cannahis en la conducta onírica. Y se ve obligado a consumir con cierta frecuencia, eh... marihuana.

Kurt asintió seriamente y me guiñó

 

un ojo.

—Hay que ver —dio una profunda calada—, los sacrificios que pueden llegar a hacerse en nombre de la ciencia.

Irene me cogió del brazo.

—Vamos, Juan. Quiero presentarte a

Rip, el Hombre Dormido.

Junto al laboratorio se alzaba una pequeña clínica dedicada al  insomnio, la narcolepsia, el apneas y las demás enfermedades del sueño. Allí me condujeron Irene y Tsatsos —Kurt se había despedido de nosotros con una plácida sonrisa en los labios—, y allí me reencontré con una parte de mi pasado.

 

Era un hombre de complexión delgada, frágil, tenía la cabeza rasurada y la piel muy pálida. Debía rondar los treinta años, aunque era difícil adivinar su edad. No había nada en sus rasgos que  denunciase su procedencia.  Podía ser de cualquier parte. Podía ser cualquier persona.

Estaba tumbado sobre una cama, con el cuerpo menudo cubierto por una bata blanca. Su pecho subía y bajaba cadenciosamente. Tenía los ojos cerrados. Un puñado de electrodos se adherían a su cráneo desnudo, uniéndolo mediante un manojo de cables al electroencefalógrafo   que    ronroneaba

 

junto a él. Me acerqué y comprobé los trazos de las agujas: aquéllos eran los gráficos típicos de un hombre que sueña.

—No sabemos cuánto tiempo lleva así —dijo Irene en voz baja, como si temiera despertarle—. Le encontraron hace nueve años en la isla de Skyros, en el Egeo, tirado en un olivar situado en las  afueras  de  la  capital.  Estaba dormido, y desde entonces ha sido imposible despertarle. —¿ Quién es ?

—pregunté.

—No llevaba documentación, nadie le  conocía  en  la  isla,  sus  huellas  no están registradas... Quién sabe, quizá sea un viajero perdido. —Irene se encogió

 

de hombros—. El caso es que le mandaron  al  Hospital  General  de Atenas, donde le han cuidado durante todo este tiempo. No hace mucho que nos enteramos de su existencia. Afortunadamente hemos logrado que le trasladaran aquí. —Sonrió—. En el Centro le llamamos Rip; por Rip Van Winkle, ya sabes, el personaje de Washington Irving. Pero las enfermeras se refieren a él como el Hombre Dormido. Creo que le tienen un poco de miedo.  —Me  entregó  una  carpeta—. Éste es su historial.

Ojeé  la  aventura  clínica  de  aquel hombre. No había justificación para su

 

estado. Todo indicaba que era un individuo completamente sano: ninguna lesión, ninguna enfermedad, ninguna malformación. Sencillamente estaba dormido y era imposible despertarle. Igual que le ocurrió a María Candelaria.

Como adivinando mis pensamientos, el profesor Tsatsos comentó:

—Inexplicable, ¿verdad? Un caso idéntico al de aquella niña colombiana que usted atendió. Pero —señaló uno de los gráficos del encefalograma—, ¿tenía ella esta onda en su cerebro? ¿Había actividad R en su mente?

—Apenas disponíamos del equipo adecuado en Bucaramanga. Y la madre

 

de la niña nunca nos permitió trasladarla a Bogotá para hacerle un reconocimiento más completo. Así que —me encogí de hombros—, si ella llevaba o no esa misteriosa onda en la cabeza, es  algo que estaba fuera de nuestro alcance comprobar. —Suspiré—. No pude hacer nada por aquella niña, profesor. Intenté un tratamiento con lo que tenía a mano: estimulantes  del  sistema  nervioso central, efedrina y anfetaminas. Pero la verdad es que nunca supe lo que le ocurría, y mucho menos cuál era el camino de su curación.

—No se trata de que cures a Rip —

dijo  Irene,  poniendo  su  mano  en  mi

 

brazo—. Bastará con que hagas todo lo posible por averiguar lo que le pasa. Y también... —Dudó un instante—. En realidad  será  suficiente  con  que  nos digas si Rip está en condiciones de experimentar los efectos del  Excitador de Engrama. —Queremos estimular el campo bioeléctrico de su zona Rátsel.

—Una intensa energía chispeaba tras las pupilas de Tsatsos.

—¿Y por qué no le dejan en paz? — Tragué saliva—. De todas formas, ¿qué esperan conseguir?

—Quién sabe. —Tsatsos sonrió por primera vez—. Quizás obtengamos una nueva onda. O quizá Rip se despierte.

 

Irene me entregó una gruesa carpeta de plástico.

—En este dossier encontrarás todo lo que necesitas saber. Vete al hotel y échale un vistazo. Mañana hablaremos.

Pensé en decir algo. Pero me limité a suspirar y asentir.

Antes de abandonar el hospital dirigí una última mirada al Hombre Dormido.

Su expresión era plácida y serena.

 

 

 

 

El Viajero llevaba mucho tiempo caminando, aunque «tiempo» era una palabra con poco significado en aquel lugar.  Al  principio,  su  deambular  fue

 

errático,   y   el   Viajero   se   limitó   a explorar       nuevos       territorios. ASí descubrió los pantanos de la desesperación, y las selvas del deseo, y los oscuros valles del odio, y las praderas soleadas del recuerdo. Pero, luego,  el  Viajero  convirtió  el vagabundeo en peregrinaje e hizo de la búsqueda del Hombre Dormido su obsesión.

Por eso, cada vez que se cruzaba con alguien por el camino, cosa muy infrecuente  en  aquellos  parajes solitarios, no dejaba de preguntar por el Hombre  Dormido,  obteniendo  siempre la misma respuesta: búscale en la ciudad

 

de nieve y cristal.

La ciudad tenía mil nombres. Se llamaba Agartha, Mu, Babel, Kór, Helipolis, Leuké, Oz, Hiperbórea Inquanok, Amaurota, Shangri-la, Sivapuram, Nova Solima, Opar...

La ciudad, según decían, era un lugar encantado, con enormes edificios de hielo y vidrio, estanques de rocío, jardines de plantas exóticas y templos de caoba y marfil.

Pero la ciudad estaba construida sobre el horizonte, y el horizonte es una línea inalcanzable. Ésa era la razón de que nadie hubiera conseguido nunca llegar a la ciudad.

 

Sin embargo, el Viajero pensaba que si el Hombre Dormido había logrado entrar en Agartha, ¿por qué no él?

Y por eso, el Viajero fijaba su vista en el resplandor que se distinguía a Occidente y, noche tras noche, caminaba obstinado. Pero el horizonte siempre le precedía.

 

 

 

 

El Laboratorio del Sueño se hallaba en las afueras de Hania, una pequeña población situada al oeste de Creta. Yo me   hospedaba   en  el   Monasteri,   un extraño hotel edificado sobre las ruinas de un monasterio ortodoxo. El verano no

 

había hecho más que comenzar, de modo que la isla todavía no había sido violada por las hordas de turistas que cada año acudían a sus costas. Desde la ventana de mi habitación podía contemplar el antiguo puerto, los edificios turcos y venecianos, la vieja mezquita ahora convertida, como un símbolo de los nuevos tiempos, en oficina de turismo...

Pasé las últimas horas de la tarde leyendo  el  dossier  del  proyecto Engrama. Al final del mismo había un anexo con las fichas de todo el personal del Centro. Comencé a hojearlas rápidamente, pero me detuve al ver en una  de  ellas  la  fotografía  de  Cezar

 

Pallady.

Pallady, según decía aquel breve curriculum, había nacido en Bucarest hacía cuarenta y dos años. En mil novecientos  cincuenta  y  nueve  su familia, huyendo de la dictadura de Ceaucescu, se trasladó a París. En el sesenta y seis, Pallady ingresó en un seminario de la Compañía de Jesús. Durante la década de los setenta se ordenó sacerdote y fue destinado a la misión jesuita de Gujrat, en el norte de la India, cerca de la frontera con el Nepal. En mil novecientos ochenta y uno abandonó la orden y el sacerdocio para dedicarse al estudio de la espiritualidad

 

oriental.  Había  publicado  un  buen montón de libros sobre historia de las religiones, tema en el que estaba considerado un experto, y era profesor de Antropología en la Universidad de Delhi. Estaba casado (con una hindú) y tenía tres hijos. Una pequeña nota final revelaba que Pallady había cursado estudios de Antropología y Filosofía en la Sorbona... ¡Y de Física de Partículas en  la  Politécnica  de  París!  No  cabía duda de que aquel yogui rumano era un curioso personaje.

Me acosté pronto; pero, aunque estaba agotado por el viaje, tardé en dormirme.   En   la   oscuridad   de   mi

 

habitación, con los ojos abiertos y la cabeza llena de recuerdos indeseados, escuchaba el ronroneo tentador del minibar, como un canto de sirena que dijese:  «Ven a  mí, porque yo te confortaré con el preciado don de la inconsciencia.» Pero, ay, le había prometido a Irene que me mantendría alejado del alcohol, de modo que apreté los dientes y cerré los ojos, intentando no pensar en nada, buscando borrar de mi mente la imagen del cadáver de mi hijo Samuel.

Me quedé dormido sin darme cuenta, y al poco tuve un sueño muy extraño: estaba   en   una   biblioteca   inmensa,

 

atestada de libros antiguos, sentado en un sillón de terciopelo frente a una gran puerta de madera negra labrada. Junto a ella se encontraba el Hombre Dormido. Pero ya no dormía; por el contrario, estaba de pie, mirándome intensamente. Yo quería levantarme, pero no podía moverme. El Hombre Dormido alzó una mano y, señalando hacia la puerta, comenzó a negar con la cabeza.

Ignoro la razón, pero en mi sueño aquella silenciosa negativa bastó para aterrorizarme.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, volví al Centro. Hablé con Irene  y  le  dije  que  aceptaba:  en  la

 

medida de mi capacidad, intentaría dictaminar sobre el estado físico de Rip. Irene sonrió con cierta ironía; desde el principio sabía que en cuanto yo viera al Hombre Dormido aceptaría el trabajo.

De modo que fui al hospital, me puse una  bata  y  comencé  a  estudiar  los análisis y pruebas que se le habían realizado a Rip. Se trataba de un buen montón de informes, y aquello me llevó casi dos días. Luego hice una lista con todo lo que necesitaba: equipo especial, nuevos análisis, tomografías, scanners... Irene me informó de que el material técnico vendría de Alemania y que la analítica se realizaría en un laboratorio

 

de Atenas. Eso retrasaría todo una semana, por lo menos. Fruncí el ceño y le pregunté a mi amiga cuál había sido la razón de instalar el Centro en un lugar con tan poca infraestructura como Creta.

—Aquí los secretos son fáciles de guardar, Juan —me reprendió Irene, un tanto enigmáticamente—. Aquí nadie meterá las narices en nuestros asuntos.

Durante los siguientes días no hice prácticamente nada. Sin el equipo adecuado tenía que limitarme a observar la monitorización del Hombre Dormido. Cuando me hartaba de contemplar el vaivén de las agujas y la monotonía de los gráficos, me iba a dar un paseo por

 

el  Laboratorio  del  Sueño.  Allí observaba los experimentos que se llevaban a cabo (entre ellos, una nueva experiencia con Cezar Pallady).

En cierta ocasión, Kurt me enseñó orgulloso su máquina. El Excitador de Engrama Bioeléctrico parecía un sillón de dentista al que le hubieran adosado un inmenso secador de pelo. La verdad es que su aspecto era un tanto ridículo, como el de esos cómicos artefactos que aparecen en las viejas películas de ciencia ficción.

Fueron días tranquilos. Lo malo es que la  inactividad me  llevó a  estar  a solas conmigo mismo y eso hizo que los

 

fantasmas retornaran sigilosos. Una noche  me  despertaron mis  propios gritos, y me encontré sentado en la cama, cubierto de sudor, temblando en la oscuridad y llorando sin consuelo, como un niño con el corazón roto de dolor.

La pesadilla siempre era la misma: me veía en la UVI del hospital, con una bata verde y la cara cubierta por una mascarilla quirúrgica, contemplando el rostro demacrado de Samuel. Me acercaba a él, para sentir, quizá por última  vez,  la  tibieza  de  su  piel,  el regalo de su aliento. Y entonces veía horrorizado que los rasgos de mi hijo se crispaban, que sus ojos me dirigían una

 

mirada blanca, sin pupilas, y como su pequeño cuerpo se deslizaba exánime hacia la muerte. Y entonces contemplaba al médico coger alarmado el desfibrilador  y  aplicarlo  al  pecho exiguo del niño. Y notaba que una enfermera me agarraba por los brazos e intentaba hacerme salir. Y veía cómo el cuerpo de mi hijo, sacudido por las descargas eléctricas que pretendían volver a hacer andar su corazón, se agitaba igual que un títere en manos de un borracho.

Y entonces me despertaba destrozado, porque aquello no era una pesadilla, sino el minucioso recuerdo de

 

lo que en realidad ocurrió. A decir verdad,  la  auténtica  pesadilla comenzaba  al  abrir  los  ojos  y comprender que aquel mal sueño era cierto, que ya nunca más volvería a ver a mi hijo.

Esa noche me bebí, uno a uno, todos los botellines de alcohol que había en el minibar. Pero ni siquiera así logré conciliar el sueño.

Al día siguiente llegué tarde a la clínica. Daba igual, porque el nuevo equipo  seguía  sin aparecer.  De  modo que le hice un rápido reconocimiento al Hombre Dormido, comprobé que seguía tan  saludable  como  siempre,  y  fui  a

 

deambular un rato por las instalaciones. A media tarde, cansado de perder el tiempo, abandoné el Centro y me dirigí a la ciudad. Estuve unas horas paseando por las viejas callejas del barrio veneciano. Cuando se puso el sol volví a  mi  habitación,  pero  la  soledad absoluta de aquellas cuatro paredes me empujó a salir de nuevo. Bajé al bar del hotel y tomé asiento en la terraza. Acababan de servirme el primer whisky de la noche cuando alguien, con voz grave y pausada, se dirigió a mí:

—¿Doctor Varnigal? No nos han presentado, pero ambos estamos colaborando en el mismo trabajo.

 

Era Cezar Pallady. Nos estrechamos las manos y le invité a sentarse a mi lado. Según me dijo, se alojaba también en el hotel Monasteri, y hacía días que deseaba  hablar  conmigo.  Nos interrumpió el camarero: Pallady pidió agua mineral. Por un instante contemplé mi vaso de whisky sintiéndome como un depravado.

—Doctor Varnigal —Pallady se inclinó hacia delante—: deseaba preguntarle   por   ese   hombre   al   que llaman Rip. Según tengo entendido, hace años usted conoció un caso similar...

Asentí.  ¿Cuantas  veces  había contado esa historia?

 

—Fue en Colombia. Yo estaba trabajando en el pueblo de Bucaramanga con un grupo de la OMS. Un día vino a vernos una mujer: su hija dormía constantemente y no había forma de despertarla. —Suspiré—. María Candelaria Suárez; tenía quince años y era una muchacha preciosa. —Levanté el vaso en un amago de brindis—. Pero ella —añadí—, a diferencia del Hombre Dormido, se despertaba durante unos minutos, cada tres o cuatro días.

—Y no era narcolepsia.

—No. —Me encogí de hombros—. Jamás descubrimos la causa de su mal. Un día su madre se la llevó y nunca más

 

supe de ella.

Pallady bajó la mirada y permaneció unos instantes pensativo.

—He leído el estudio que usted escribió sobre ese caso, doctor. —Sus ojos azules me escrutaron de nuevo—. Y he tenido la impresión de que no lo cuenta todo.  Como si  algo en aquella niña le hubiera sorprendido, pero no se atreviese a hablar de ello.

Apuré el whisky de un trago y miré fijamente al rumano. De pronto presentí que quizá Cezar Pallady fuese la única persona del mundo capaz de comprender lo que vi en aquella niña.

—No  podía  explicarme su sonrisa

 

—dije con voz neutra—. Cuando María Candelaria despertaba, durante unos pocos minutos, yo hablaba con ella. Lo cierto   es   que   no   estaba   del   todo despierta: se encontraba en un estadio intermedio, una especie de duermevela. Pero   cuando   hablábamos   yo   notaba que...  —tragué  saliva—,  que  aquella niña era feliz. ¿Entiende? Había una extraña sonrisa en sus labios, como si supiese algo que los demás ignoráramos y ese conocimiento la llenara de alegría.

—Suspiré—. A veces creo que María Candelaria no quería despertarse. Que prefería dormir siempre, porque así era dichosa.    Pallady   sonrió    y    asintió

 

complacido, como si aquella fuera la respuesta que estaba esperando. Le hice señas a un camarero para que me trajera otra copa.

—He sabido que su hijo murió hace poco —dijo de repente Pallady—. Es una gran desgracia. ¿Cómo ocurrió?

Encajé  la   mandíbula.  El   rumano tenía una rara habilidad para formular las  preguntas  más  crudas  con  la inocencia de un niño.

—Mi hijo padecía leucemia — murmuré—. Murió hace nueve meses, cuando   le   faltaban   unos   días   para cumplir ocho años. —Bebí un trago de whisky—.   Pero,   si   no   le   importa,

 

preferiría no hablar de eso.

—He sido indiscreto —se disculpó

Pallady—. Lo siento.

Permanecimos  callados  unos minutos.

—El otro día le vi en el Laboratorio del  Sueño  —dije,  más  que  otra  cosa para romper el silencio—. ¿Cómo consigue  provocar  ese  fenómeno,  la onda R, en su cerebro?

—Hasta que el profesor Tsatsos me lo dijo, no sabía que pasara nada raro en mi cerebro. —Pallady bebió un sorbo de agua—. ¿Sabe algo de yoga? —Negué con la cabeza. El rumano prosiguió—: La   experiencia   que   realizo   en   el

 

laboratorio se llama «persistencia de la conciencia». Mediante las técnicas del tantra-yoga  y  el  ejercicio  del pranayama, o control de la respiración, alcanzo el estado samadhi y recorro los tres niveles del sueño: taijasa, prajana y turiya. De este modo consigo pasar del estado vaisvanara, de vigilia, al estado de sueño sin perder la lucidez mental. Luego voy descendiendo cada vez más profundamente en el mundo onírico, hasta alcanzar el estado cataléptico. Ése puede parecer el último nivel: un lugar oscuro en lo más hondo de mi mente. El final de la línea, por así decirlo. Pero entonces intento descender

 

aún más, empujando las tinieblas. — Pallady dudó unos segundos, buscando el modo de describir lo indescriptible

—. Es como si una gran tela negra me cubriera por completo. Intento avanzar, pero la tela es elástica y sólo logro que ceda  un  poco.  En  ese  momento concentro    todo    mi prana,   toda   mi energía, en un punto fijo de la oscuridad. Hago que mi ser gravite sobre ese punto. Y entonces las tinieblas se rasgan levemente, traspasadas por una luz muy intensa, cegadora. Ahí es cuando, al parecer, una  zona  dormida de  mi cerebro entra en actividad y hace acto de presencia el efecto Rátsel. —Pallady

 

se encogió de hombros; parecía entristecido—. Desgraciadamente no puedo encarar mucho tiempo esa luz. Es demasiado intensa. A los dos o tres segundos tengo que cerrar los ojos de mi mente. Y entonces pierdo el control y todo se esfuma.

Bebí un sorbo de whisky. Aquello me  sonaba  a  jerga  mística  sin significado alguno. Palabrería, superstición, bobadas. Aunque, para ser justo, tenía que admitir que Pallady ejercía sobre su organismo y su mente un control que sobrepasaba con mucho los límites aceptados por la ciencia. Era una especie de atleta metafísico.

 

—¿Por qué lo hace? —pregunté, genuinamente interesado—. Usted era sacerdote, un misionero jesuita. Y un buen día decidió abandonarlo todo, cambiar completamente de vida. ¿Por qué?

Los ojos de Pallady chispearon divertidos. —No dejé la Compañía de Jesús: ellos me expulsaron. Por aquel entonces yo era muy joven. Llegué a la India y encontré toda la pobreza y dolor del mundo. Pero también un tesoro de espiritualidad. A medida que me daba cuenta de que mi simple esfuerzo no bastaba ni tan siquiera para aliviar un poco  de  la  miseria  humana  que  me

 

rodeaba, me fui volcando más en los aspectos espirituales de aquella cultura antiquísima, y sin embargo tan nueva para mí. Me reunía con maestros e iniciados, vestía  como  ellos,  aprendía de ellos. Mis superiores se alarmaron:

«Arrepiéntete, Cezar. Estás comportándote  como  un  pagano», dijeron.  Y  yo  contesté:  «¿Por  qué?

¿Acaso Dios es tan pequeño que sólo existe un sendero para llegar a él? Dejadme recorrer mi propio camino.» Pero la Iglesia quiere soldados, no francotiradores. Los jerarcas religiosos se  ponen  muy  nerviosos  con  los místicos:        los        místicos        son

 

independientes e impredecibles. Y difíciles de controlar: al menor descuido se convierten en herejes. De modo que me echaron.

—Así que ésa es la razón. La búsqueda  de  Dios.  —Quizás  al principio; luego ya no. Buscar a Dios es como jugar al escondite con alguien que ni siquiera sabes si está ahí. No, no es la divinidad el objeto de mi búsqueda. — Pallady reflexionó unos instantes—. Los monj es bonpo del  Tíbet hablan de  un país llamado Shambhala, un misterioso lugar del que dimana toda la fuerza espiritual del  planeta y donde residen los Grandes Iniciados. El problema es

 

que Shambhala no resulta fácil de encontrar. Algunos dicen que se halla en el centro del desierto Takla Maklan, en China. Otros afirman que se ubica en un valle  perdido  de  los  Himalayas, o  al final de la ruta santa del Bhadrinat, o en una inmensa gruta del altiplano mongol. Pero los bonpo creen que, en realidad, Shambhala no se encuentra en el espacio físico normal, sino en un territorio sutil que no puede ser percibido por los sentidos. Un lugar inaccesible, salvo...

—Pallady pareció vacilar—. Salvo por el  hecho  de  que,  ocasionalmente,  se abren puertas que permiten el acceso. Aunque, por  lo  visto, esas  puertas no

 

son fáciles de reconocer. —Suspiró—. En definitiva, eso es lo que busco: una puerta que conduzca a Shambhala.

—¿Y usted cree en eso? —pregunté escéptico.

Pallady  sonrió  con  resignación, como si estuviese acostumbrado a que sus palabras fueran acogidas con incredulidad.

—Muchas veces rechazamos ideas, no por los conceptos que contienen, sino a causa de los términos en que están expresadas. Los textos Tao chinos describieron, hace cientos de años, el comportamiento  cuántico  y  relativista del  universo.  No  obstante,  usted  los

 

consideraría literatura mística. El Engrama Bioeléctrico del que habla el profesor Tsatsos, ¿en qué se diferencia del aura? O la zona Rátsel del cerebro, que coincide con la glándula pineal, a la que los antiguos llamaban «la casa del alma». —Se encogió de hombros—. En contestación a su pregunta: no, no creo que Shambhala tenga una existencia objetiva y palpable. Pero sí creo que dentro de nosotros existe un Shambhala, y  que  es  nuestro  deber  recorrer  el camino que conduce a él.

—Y piensa que la máquina de Kurt, el Excitador de Engrama, puede ser un medio para  llegar  a  ese  mágico país,

 

¿no? —El ceño repentinamente fruncido del rumano me indicó que había dado en el clavo. De modo que añadí—: Pero eso es hacer trampa. Supongo que la perfección, la  santidad, o  lo  que  sea, sólo pueden conseguirse a través del esfuerzo. ¿O hay atajos para Shambhala?

—A veces —murmuró Pallady, súbitamente abstraído—, no es posible disponer del tiempo necesario para realizar  adecuadamente el  peregrinaje.

—Se puso en pie—. Ahora debo retirarme, doctor Varnigal. Ha sido muy agradable charlar con usted. Buenas noches.

Mientras   observaba   a        Pallady

 

desaparecer  dentro  del  hotel,  me pregunté si no me habría mostrado descortés con él. Cezar Pallady parecía una buena persona y no pretendía incomodarle.

Apuré mi copa y pedí un nuevo whisky. Tenía que darme prisa si quería emborracharme antes de que cerraran el bar.

Al día siguiente descubrí, para mi satisfacción, que el equipo por fin había llegado y lo estaban instalando en la clínica. Esa misma tarde comencé a explorar en profundidad el estado físico del Hombre Dormido. Tomografía cerebral,        resonancia        magnética,

 

termografía... Acogí con agradecimiento la  reanudación  del  trabajo,  pensando que de ese modo lograría ahuyentar a los fantasmas. Pero no fue así. Cada noche, como un torturador escrupuloso, volvía a visitarme el mismo sueño devastador, la misma pesadilla. Cada noche veía retorcerse el cuerpo muerto de Samuel, crispado por la electricidad del desfibrilador.  Cada  noche  me despertaba roto de dolor y de pena. Y cada noche recurría a la burda anestesia del alcohol, buscando, sino el alivio, al menos la insensibilidad.

Tardé casi  diez días  en completar todas las pruebas. Durante ese tiempo,

 

Cezar Pallady me visitó frecuentemente. A veces venía acompañado por Kathy Austen, la tímida neurofisióloga americana.

Era tan evidente la admiración que Kathy sentía por Pallady que empecé a entrever en ellos una relación que excedía lo simplemente amistoso. No obstante, el rumano acostumbraba venir sólo. Entonces se quedaba largo rato en silencio, observando al Hombre Dormido. Ignoro lo que veía en él, pero de algún modo parecía obsesionarle. En ocasiones me hacía preguntas sobre María  Candelaria,  intentando arrancarme cada recuerdo, cada detalle;

 

como si quisiera encontrarse con aquella niña  colombiana  a  través  de  mi memoria.

Durante la segunda semana de julio, Pallady tuvo que trasladarse a Heraklion para someterse a un reconocimiento médico  completo.  El  doctor  Tsatsos había fijado ya la fecha en que se usaría el Excitador de Engrama para amplificar el   efecto  Rátsel   en  el   cerebro  del rumano, y quería asegurarse de que éste se encontraba en perfectas condiciones.

Al cabo de unos días, cuando volví a verle,  encontré  a  Pallady particularmente silencioso. Parecía preocupado, pero cuando le pregunté, se

 

limitó  a  sonreír  y  a  decirme  que  se encontraba perfectamente.

Quizá aquélla fue la única mentira que aquel hombre dijera en toda su vida. Poco después supe la verdad.

Una mañana, al llegar al hospital, encontré una nota de Irene pidiéndome que,  en  cuanto  me  fuera  posible, acudiera al despacho de Tsatsos. Eso hice, y allí les encontré esperándome, serios y circunspectos, como si alguna catástrofe se hubiese abatido sobre el Centro.

—¿Qué  ocurre?  —pregunté alarmado.

—Ha surgido un serio inconveniente

 

—dijo Irene—. No podemos usar el Excitador  de  Engrama  con  Cezar Pallady.

—¿Por qué?

—Anoche llegaron los resultados de su examen médico —repuso el profesor Tsatsos—. El señor Pallady padece la enfermedad de Hodgkin en un grado muy desarrollado. Sólo le quedan unos meses de vida.

Me estremecí. La enfermedad de Hodgkin, o linfosarcoma, es una de las formas mas graves de cáncer. No hay curación; es mortal.

—¿Pallady lo sabía?

—Sí.         Al      parecer,      durante       unos

 

meses siguió un tratamiento de isótopos en París, aunque luego lo dejó. —Irene chasqueó la lengua—. Pero no nos dijo nada. Ignorábamos que estuviese enfermo.

—El caso —dijo Tsatsos— es que no podemos arriesgarnos a trabajar con Pallady.  No  en  su  estado.  Y  buscar ahora otro yogui capaz de autoprovocar actividad R en su cerebro... bueno, eso retrasaría inaceptablemente el proyecto. Por tanto, sólo nos queda recurrir al Hombre Dormido.

—Juan —intervino Irene—, necesitamos saber si Rip está en condiciones de experimentar los efectos

 

del Excitador de Engrama.

Me agité, confuso, sobre la silla. La noticia de la enfermedad de Pallady me había afectado. Quizá demasiado para tratarse  de  alguien  casi  desconocido para mí.

—Todavía no he concluido las pruebas. —Sacudí la cabeza—. Sigo ignorando lo que le sucede al Hombre Dormido. Y tampoco sé lo que pasaría si se expusiese a los campos magnéticos generados por esa máquina...

—El Excitador de Engrama usa potenciales muy bajos —me interrumpió Tsatsos—. Rip recibirá mucha menos radiación que  si  estuviera frente a  un

 

televisor.

Era cierto. Pero la máquina de Kur no trabajaba directamente sobre el cuerpo, sino sobre los campos bioeléctricos generados por el sistema nervioso, y eso lo situaba todo en un lugar un tanto espectral. En el peor de los casos, ¿era inofensivo el Excitador? Quién sabe...

—Juan —dijo Irene—, ¿cuál es el estado físico de Rip?

—Se encuentra bien —me vi obligado a reconocer—. Incluso demasiado bien. Pese a llevar diez años en la cama, es una de las personas más sanas que he visto.

 

Irene  asintió  en  silencio.  Meditó unos segundos.

—Hoy es martes —dijo—. Si para el fin de semana no has encontrado en Rip nada que impida llevar a cabo la experiencia, el próximo lunes usaremos con él el Excitador de Engrama. ¿De acuerdo?

Irene me miró con una expresión entre severa y preocupada, que en realidad quería decir: «Esto es serio, Juan. Confío en ti.»

De modo que vacilé un instante y luego asentí. ¿Qué más podía hacer?

Aquella  noche,  en  la  terraza  del hotel,  mientras  desgranaba  la  primera

 

cuenta de mi particular rosario alcohólico, vino a verme Cezar Pallady. No  supe  qué  decirle:  me  quedé mirándole confuso, consiguiendo apenas balbucear un torpe saludo. Pero el rumano pasó por alto mi turbación. El apretón de su mano vino acompañado de una cálida sonrisa.

—Sólo quiero despedirme, doctor Varnigal. Mañana por la tarde volaré a Atenas, y de allí a Delhi. Pronto estaré con mi familia. —Pallady parecía feliz y satisfecho—. También quería darle una cosa, doctor. —Sacó algo de su bolsillo y me lo mostró: era una vieja moneda de su país—. Verá, cuando escapé con mi

 

familia de Rumania tenía nueve años. Mientras huíamos hacia la frontera yo estaba  muy  nervioso.  Para tranquilizarme, mi padre me dio esta moneda  de  diez  leus  y  me  dijo  que podría comprarme lo que quisiera. Recuerdo que durante todo el viaje me aferraba a la moneda y no paraba de pensar  en lo  que  podría  adquirir  con ella. —Sonrió—. Pero nunca la usé. No compré nada, porque si lo hubiera hecho me habría quedado sin la moneda, y al perder ésta también hubiera perdido la ilusión. De modo que se convirtió en una especie de talismán para mí. —Sus rasgos     adquirieron    una     repentina

 

seriedad—. Tengo la impresión, doctor, de que es usted un hombre muy atormentado. Quizá necesite de esta moneda  más  que  yo.  —Depositó  el disco metálico sobre el mármol de la mesa—. Espero que le proporcione al menos la misma tranquilidad que a mí me brindó hace tantos años. —Respiró profundamente—. No le entretengo más, doctor. —Nos despedimos con un breve apretón de manos. Antes de irse, Pallady añadió—: Recuerde la magia de la moneda,  doctor  Varnigal.  No  la malgaste.

El rumano se alejó. Antes de entrar en  el  hotel  elevó  la  mirada  al  cielo

 

estrellado y contempló la luna durante unos segundos. Había alegría en sus ojos cuando, finalmente, entró en el edificio.

Di un trago de whisky y observé la moneda que descansaba sobre la mesa. Era de plata. Estaba fechada en 1931 y mostraba  el  perfil  hierático  del  rey Carlos  II  de  Rumania. Tendí  la  mano para cogerla y... supongo que fue mi imaginación, pero justo en el momento en que  mis  dedos  tocaron la  moneda sentí algo así como una suave corriente eléctrica y noté una extraña relajación, un   dulce   dejarse   ir,   como   cuando estamos a punto de adormecernos y el cuerpo   parece   mecerse   en   un   mar

 

calmado.

No bebí más. Subí a la habitación y, para mi sorpresa, me dormí enseguida. Quizá se debiera a que en mi mano cerrada, muy prieta, mantenía sujeta la moneda de Pallady. ¿Superstición? Es posible; pero aquella noche no vi morir a mi hijo Samuel, Las pesadillas habían cesado.

Y sin embargo, soñé otra vez con el Hombre Dormido: yo estaba de nuevo en la vieja biblioteca, esta vez junto a la puerta de madera labrada. El Hombre Dormido se encontraba a mi lado. Negaba resignado con la cabeza y me decía: «Te lo advertí, Juan. Pero tú te

 

has empeñado en cruzar el portal.» Y entonces yo llevaba la mano al pomo de bronce (que estaba muy caliente), y comenzaba a abrir la puerta, y por la rendija se filtraba un resplandor sobrenatural...

No recuerdo cómo terminaba el sueño, pero si sé que lo que se ocultaba detrás de aquella puerta, fuera lo que fuese, me produjo una gran inquietud.

 

 

 

 

Cierto  día,  el  Viajero  llegó  a  un lugar llamado Lascivia. Se trataba de un inmenso jardín renacentista, con templetes griegos (dedicados a Príapo y

 

Afrodita, a Eros y Narciso), y ocultos pabellones que permitían saciar con discreción el ansia de amor.

Aunque, a decir verdad, quienes moraban en Lascivia no eran nada discretos: los hombres estaban dotados de inmensos falos siempre en erección; las mujeres, por su parte, tenían grandes pechos y amplias caderas. Y todos, hombres y mujeres, vivían desnudos, entregados tenazmente a las prácticas sexuales más variadas.

De  hecho,  mientras  cruzaba Lascivia, el Viajero fue acosado por una multitud excitada que pretendía hacerle partícipe de sus juegos eróticos. Así que

 

se vio forzado a un constante rechazo de las proposiciones más delirantes que imaginarse puedan. Y sin embargo, mientras el Viajero rehusaba caricias y abrazos,    no    dejaba    de    preguntar:

«¿Alguien sabe cómo puedo encontrar al Hombre Dormido?» Pero en respuesta sólo obtenía palabras procaces e invitaciones libidinosas.

Finalmente, cuando  estaba  a  punto de abandonar Lascivia, alguien se cruzó en su camino. Era una hermosa mujer de pechos inconcebibles.

—¿Eres tú el viajero que busca al

Hombre Dormido?

—Sí.

 

—Pues alguien te busca a ti.

—¿Alguien me busca... ? ¿ Quién?

—Una muchacha, ignoro su nombre.

—La mujer comenzó a frotarse los pezones—. Yo  antes  vivía  en  Virtud, pero era un latazo. Así que decidí trasladarme a Lascivia. Por el camino pasé por un lugar llamado el Desierto de la Luna. Allí encontré a una chica que me   preguntó   por   ti.   Eso   es   todo.

¿Quieres que follemos?

—No, gracias —rehusó el  Viajero

—. Otro día.

Mientras dejaba atrás Lascivia, el Viajero se preguntaba quién podría ser la muchacha que le andaba buscando. Al

 

llegar a la primera bifurcación del sendero, se detuvo. Como siempre, la ciudad   resplandecía   lejana   hacia   el oeste. Pero el Viajero sabía que el camino que se iniciaba a su izquierda, hacia el sur, conducía al Desierto de la Luna.  Dudó  unos  instantes.  Luego suspiró.

«En fin» pensó, «la ciudad ha existido siempre y continuará existiendo mientras exista el horizonte. Puedo dar un rodeo, no hay prisa».

Y,   con  paso   decidido,   tomó   el camino del sur, hacia el Desierto de la Luna.

 

Al día siguiente encontré al Centro de Investigaciones del Sueño sumido en la confusión y el abatimiento. Una de las enfermeras me contó que Cezar Pallady había sufrido un accidente y le habían trasladado con urgencia al hospital de Heraklion. Corrí en busca de Irene. La hallé en su despacho; tenía el rostro contraído por la preocupación y el enfado.

—Cezar Pallady —dijo con voz tensa—. Ese loco entró anoche en el laboratorio y usó consigo mismo el Excitador de Engrama.

—¿Qué le ha ocurrido?

—Sufrió un colapso. Le encontraron

 

esta mañana inconsciente en el laboratorio. Constantin lo ha llevado al hospital.

—Dios...   —murmuré.   Notaba   el loco tamborileo de mi corazón en el pecho—. ¿No decías que el  Excitador era inofensivo...?

—¡Por favor, Juan! —estalló Irene

—. ¡No me vengas ahora con más problemas! —Respiró hondo—. Perdóname... En cualquier  caso, recuerda  que  ese  hombre  estaba enfermo. El Excitador de Engrama no tiene por qué haber sido la causa de...

—Sacudió  la  cabeza—.  Escucha: Pallady entró a hurtadillas en el Centro,

 

forzó   un   par   de   puertas,   se   puso nervioso, su corazón se aceleró y sufrió un colapso. Eso es todo.

Cerré los ojos y me froté las sienes.

¿Pallady el mentalista poniéndose nervioso? ¿Pallady el yogui descontrolando su corazón? Irene no podía estar hablando en serio. Sentí que un gran cansancio se apoderaba de mí.

—¿Cómo se encuentra? —pregunté con un murmullo.

—Lo ignoro. Constantin me llamará en  cuanto  sepa  algo.  —Irene  se incorporó y logró componer una sonrisa

—. Anda, Juan, sé bueno y vuelve al trabajo.  Te  mantendré  informado,  ¿de

 

acuerdo?

Asentí y volví a la clínica. Pasé todo el  día  ocupado  con  el  análisis informático de las últimas pruebas realizadas  al   Hombre   Dormido.  Me sentía anímicamente agotado, exhausto. A última hora Irene me comunicó que Pallady estaba fuera de peligro, aunque todavía permanecía inconsciente. No era posible visitarle. Pero Kathy Austen había  insistido en quedarse en el hospital. Ella nos tendría al tanto de cualquier eventualidad.

Los días siguientes transcurrieron de forma vaga, como diapositivas proyectadas contra una pared, sin dejar

 

más rastro de su paso que una huella imprecisa   en   la   memoria.   A   decir verdad, estaba deseando acabar con aquel  asunto  de  una  vez  por  todas. Quería volver a Madrid y olvidarme de todo. Aunque lo cierto es que tampoco esperaba nada del futuro. Me sentía vacío.

El  viernes  por  la  tarde  se presentaron en la clínica Irene y el profesor Tsatsos.

—¿Y bien, doctor Varnigal? —dijo Tsatsos, dedicándome su más severa expresión—. ¿Concluyeron las pruebas?

¿Tiene algún dictamen que ofrecernos?

—¿Un       dictamen...? —Qué

 

pretenciosa palabra. No pude evitar sonreír—.  No,  no  tengo  ningún dictamen.  Nuestro amigo  Rip  goza  de una salud de hierro. ¿Por qué duerme constantemente? —Me encogí de hombros—. No tengo ni la menor idea. Probablemente esa extraña actividad en su cerebro, el efecto Rátsel, tenga que ver con su estado. Pero desconozco cuál es la relación.

—Escucha, Juan —intervino Irene Percibí  la  ansiedad agazapándose tras los ojos de mi amiga—. ¿Rip está en condiciones de someterse al  Excitador de Engrama?

—Santo cielo, Irene, ¿y yo qué sé?

 

En realidad ignoro cómo funciona esa máquina. Y también ignoro la naturaleza de sus efectos. —De nuevo me encogí de hombros—. Aparentemente, podéis usar esa máquina en Rip tanto como en cualquier otra persona sana. No puedo deciros más.

El profesor Tsatsos asintió gravemente.

—En tal caso, a mediodía del lunes se procederá al traslado de Rip al Laboratorio del Sueño. A las ocho de la tarde usaremos el Excitador para amplificar  el  efecto  Rátsel  en su cerebro.

Tsatsos     se      despidió      con    una

 

inclinación de cabeza y abandonó la clínica. Irene se acercó y me besó en la mejilla.

—Gracias por colaborar —dijo—. Sabía que podía confiar en ti.

Algo en su agradecimiento dejaba en mi  boca un regusto amargo. De modo que la sujeté suavemente por los brazos y pregunté:

—¿Estás segura de saber lo que haces?

—Completamente segura. —Irene sonrió y, como una madre orgullosa, me acarició el pelo. Luego añadió—: No te preocupes, Juan. Todo está bajo control.

Pasé  el  fin  de  semana  en  Frango

 

Castello, un solitario pueblo situado al sur de la isla. Jugué a ser uno más de los ya numerosos turistas que acudían a Creta. Me tumbé en la playa de arena fina y dorada, comí psarósupa y musaka en el  restaurante local,  bebí retsina y ouzo mientras escuchaba prehistóricas canciones de Mikis Theodorakis en el viejo tocadiscos de la taberna, al pie de la fortaleza veneciana. Quería evadirme, olvidar la muerte de Samuel, el fracaso de mi matrimonio, la inutilidad de mi trabajo, el sinsentido de mi vida. No deseaba pensar en Pallady, inconsciente en un hospital, ni  en el  Hombre Dormido, ni en el efecto Rátsel, ni en la

 

máquina de Kurt.

Tenía ganas de encogerme, de hacerme un ovillo, y ocultarme debajo de una manta cálida y segura, como cuando era un niño y algo me asustaba. Sencillamente, quería estar tranquilo. Sólo eso, tranquilo... No lo conseguí.

El lunes me presenté a primera hora en  el  Centro.  Por  lo  visto,  Tsatsos quería que el Hombre Dormido se encontrara completamente monitorizado durante el experimento, así que un pequeño ejército de técnicos y trabajadores estaban desmontando parte del equipo de la clínica para llevarlo al Laboratorio del Sueño. Pasé la mañana

 

colaborando con ellos en lo que pude. Después de comer me dispuse a realizar un último reconocimiento al Hombre Dormido. Tomé su tensión, su temperatura y comprobé sus reflejos. Observé las curvas regulares de su electrocardiograma, la firmeza de sus constantes vitales, el ajetreo caótico de su actividad cerebral. Contemplé el misterioso trazado de la onda R, el enigma, el Leviatán que el profesor Tsatsos perseguía como un nuevo y tecnológico capitán Acab. Me aproximé al Hombre Dormido y escruté su rostro estático.

«¿Quién eres?—pensé—. ¿Por  qué

 

no  deseas  despertar? ¿En qué  extraño lugar se ha extraviado tu mente?»

Me sobresaltó el ruido de la puerta al abrirse. Una enfermera asomó tímidamente la cabeza y me comunicó que tenía una llamada telefónica.

Era Kathy Austen desde el hospital. Dijo que Cezar Pallady se había recuperado del coma, que estaba consciente y quería hablar conmigo. Le contesté que en ese momento no podía dejar el trabajo, pero que por la noche iría al hospital.

—¡No doctor! —A través del auricular percibía su respiración agitada

—. ¡Tiene que hablar con él! ¡Es muy

 

importante! ¡Por favor, por favor, venga ahora mismo...!

Y comenzó a llorar. Respiré hondo y consulté el reloj: si me daba prisa podía estar de vuelta a las siete y media. Así que le dije a Kathy que se tranquilizara, que  en ese  mismo  instante  salía  para allá.

Me quité la bata y le comuniqué a la jefa de enfermeras que iba a estar fuera un par de horas y que fuesen preparando al Hombre Dormido para su traslado al Laboratorio. Pedí prestado un coche en las oficinas del Centro y partí a toda velocidad hacia Heraklion. Tres cuartos de hora más tarde cruzaba las puertas

 

del Hospital General.

Kathy me estaba esperando en el pasillo, frente a la habitación que ocupaba Pallady. Tenía las mejillas pálidas, y las gafas apenas lograban ocultar  sus  ojos  enrojecidos  por  el llanto.

—Gracias por venir, doctor. —Su voz era débil—. Cezar sigue despierto. Pero antes de que le vea tengo que advertirle de algo...

—Tranquila. Procuraré no excitarle.

—No, no es eso. —Kathy dudó un segundo—. Es sobre el estado físico de Cezar... Su tumor ha desaparecido. Ya no tiene cáncer.

 

—¡¿Qué?! —Parpadeé—. Eso es imposible...

—Lo sé. Pero han repetido la analítica dos veces, y no cabe la menor duda: el linfosarcoma ya no existe. —Su cara se ilumino—. ¡Cezar no va a morir!

—Respiró hondo—. Ahora hable con él, doctor. Le está aguardando.

Pallady  se  hallaba  tumbado  sobre una cromada cama de hospital. A su derecha, un frasco de suero se vertía lentamente, gota a gota, en el riego sanguíneo del rumano. A la izquierda, un silencioso  monitor  recogía  sus constantes   vitales.   Me   acerqué   con sigilo. Pero debí de hacer algún ruido,

 

porque  Pallady  abrió  los  ojos  y  me dirigió una frágil sonrisa.

—Buenas tarde, doctor Varnigal. — Su voz era débil—. Me alegro de verle; quería hablar con usted...

—¿Cómo se encuentra?

—Bien, bien. No... fatal. Pero sobreviviré; al parecer incluso más de lo que yo esperaba. —Cerró los ojos—. Kathy me ha dicho que Tsatsos piensa usar esta tarde el Excitador de Engrama con el Hombre Dormido. ¿Es así? — Asentí. Pallady tragó saliva; luego me miró fijamente a los ojos—. Tiene que impedirlo, doctor.

—No  puedo  hacerlo.  No  sin  una

 

buena razón.

—Hay razones... Pueden ocurrir cosas insospechadas. —Pallady intentó buscar las palabras adecuadas—. Si se estimula el efecto Rátsel en el cerebro del Hombre Dormido los resultados serán... imprevisibles. Oh, por favor, amigo mío, ni yo mismo sé lo que puede ocurrir. Pero sea lo que sea, no habrá forma de controlarlo.

—Vamos, vamos. Ha pasado cinco días en coma. Su imaginación le está gastando una broma. No hay nada que temer, tranquilícese.

—Estoy tranquilo. No debería estarlo, pero lo  estoy; ventajas de  mi

 

entrenamiento. —Me miró con tristeza e impotencia—. No es mi imaginación, doctor. Pero ¿cómo hacérselo entender?

—Permaneció  casi  un  minuto  en silencio, con los ojos cerrados. Cuando volvió a hablar su voz era opaca—. La meta de un yogui, aquello por lo que se esfuerza, es alcanzar el conocimiento; comprender, sin usar la razón, la naturaleza de las cosas. En definitiva, lo que todo yogui persigue es consumar una gran experiencia mística. —Suspiró—. Por  desgracia,  yo  nunca  lo  he conseguido. Y cuando supe que sólo me quedaban unos meses de vida, supe también que ya nunca lo conseguiría. Por

 

eso, en el momento en que el profesor Tsatsos me explicó la naturaleza del proyecto Engrama, acepté colaborar. Pensaba que quizás el Excitador pudiera estimular de algún modo mi espíritu, catalizar mi evolución, pero... Luego, al conocerse mis problemas de salud, fui apartado del proyecto. Me sentí como Moisés, contemplando la Tierra Prometida, pero sin poder entrar en ella. Ésa es la razón que me llevó a introducirme como un ladrón en el Laboratorio del Sueño. Por eso usé conmigo  mismo  el  Excitador  de Engrama. —Pallady se incorporó débilmente y cogió mi brazo—. Y estuve

 

allí, doctor. Rasgué el velo y entré en

Shambhala.

—Tiene que descansar, Cezar. —Le obligué con suavidad a recostarse de nuevo sobre la almohada—. Será mejor que me vaya.

—Por favor, Juan, escuche hasta el final. —Había tanta ansiedad en su voz que me vi obligado a asentir. Pallady respiró profundamente y prosiguió—: Shambhala no es una metáfora. Shambhala existe, aunque tampoco es un territorio, en el sentido en que concebimos esa palabra. No, ese lugar es algo así como un espacio onírico, una zona espectral que nos rodea, pero que

 

no   se   mezcla   con   nuestro   mundo.

¿Comprende, doctor? Y el efecto Rátsel es  el  camino  a  Shambhala.  Pero entonces,  ¿quién  es  el  Hombre Dormido? Su mente sólo tiene actividad R. Porque el Hombre Dormido vive en ese lugar. —Pallady tenía la boca seca; le ayudé a beber un sorbo de agua—. Pero  Rip  es  algo  más  —continuó—. Creo que es una puerta a Shambhala. Y si se emplea el Excitador para estimular el área Rátsel del Hombre Dormido, la puerta se abrirá. Por eso es necesario impedir la experiencia de esta tarde. Porque la humanidad todavía no está preparado para Shambhala. —Dejó de

 

hablar y me miró fijamente. Luego bajó los  ojos  y  suspiró—.  No  me  cree, doctor. De nuevo las palabras se convierten en obstáculos.

—Sí, Cezar; le creo —mentí—. Pero ahora debe descansar.

—Un momento.  Déjeme  contárselo de otra forma. —Meditó unos instantes

—. ¿Conoce la teoría cuántica? ¿La interpretación  de  Copenhague,  el teorema de Bell, la hipótesis de Wigner...? —Negué lentamente con la cabeza—. Entonces intentaré explicárselo.  La  teoría  cuántica establece que, por lo menos a nivel subatómico, existe una relación causal

 

entre el observador y los sucesos que observa.  Es  decir  que,  de  alguna manera, el observador modifica la realidad. Pero algunos científicos, como Schródinger o DeWitt, van más lejos y sugieren que la  realidad misma no es algo definido, sino un estado fantasmal que sólo se vuelve concreto, en un sentido u otro, cuando es percibido por un observador. El observador hace posible la realidad, pero también puede alterarla.   No   obstante...      Pallady paseó la mirada por la habitación, como si  quisiera  atrapar  las  palabras  en el aire — . No obstante, es posible que existan distintos niveles de percepción,

 

estados  de  observación más  elevados que otros. Quizá la actividad encefálica R, el efecto Rátsel, no sea más que el despertar de la conciencia a un estado superior de observación. — Se humedeció los labios con la lengua — . En tal caso, el Hombre Dormido sería algo así como un observador independiente, capaz de crear en su cerebro una realidad coherente, pero diametralmente  distinta  a  la  nuestra. Sólo en su mente, pero ¿qué ocurrirá si el Excitador de Engrama amplifica el estado de observación del Hombre Dormido? ¿Aumentará eso su capacidad de modificar la realidad? En tal caso, el

 

Hombre Dormido extendería su versión del universo, su realidad, más allá de los límites de su mente. ¿Puede entenderlo,  doctor?  Y  si  lo  entiende,

¿puede aceptarlo?

Suspiré. De nuevo me sentía muy cansado.

—Cezar —dije— , aunque le entendiera, aunque le creyera, yo no puedo ir al Laboratorio del Sueño y decirles:  «Eh,  abandonadlo  todo. Pallady y yo hemos estado charlando un rato y creemos que hay aspectos cuánticos, mágicos y místicos que no habéis considerado.» —Me encogí de hombros— . Aún en el caso de que usted

 

tuviera razón, necesitaría pruebas para de mostrarlo.

Pallady recorrió con la mirada los blancos campos de algodón que eran sus sábanas. Unos segundos después, súbitamente, sus ojos se iluminaron.

—¡Pero     existe esa    prueba!      

exclamó— . ¡El vídeo!

—¿Qué vídeo?

—Cuando usé el Excitador de Engrama en el Laboratorio del Sueño puse en funcionamiento el sistema de televisión en circuito cerrado. Toda la experiencia está grabada. —Cogió mi mano con insospechada energía—. Vuelva al Centro, doctor, y vea esa cinta

 

de vídeo. Si no observa en ella nada anormal... de acuerdo, admitiré que todo ha sido fruto de mi imaginación. Pero si contempla algo que no puede explicar... entonces, por favor doctor Varnigal, impida  que  lleven  a  cabo  el experimento.

Bueno, aquello tenía cierta lógica.

—De acuerdo —acepté—. Haré lo que usted dice. Pero ahora descanse.

Pallady sonrió  agradecido  y cerró los ojos. Yo me dirigí hacia la puerta. Estaba a  punto de  abrirla cuando escuché de nuevo su voz.

—Tenía usted razón, doctor. No hay atajos  para  Shambhala. Yo  crucé  sus

 

puertas sin merecerlo, y fui inmediatamente expulsado. Pero créame, durante el poco tiempo que pasé en ese lugar percibí con toda claridad una presencia velada. —Hizo una pausa—. Estaba allí, doctor. El Hombre Dormido estaba allí...

Llegué al Centro a las siete y veinte. Durante todo el camino me había estado martilleando  la  misma  pregunta:  ¿por qué Irene me ocultó que el «accidente» de Pallady estaba grabado en vídeo?

El Laboratorio del Sueño era un hervidero de actividad. Habían introducido el Excitador de Engrama dentro del Gabinete de Morreo y ahora

 

estaban acomodando al  Hombre Dormido en el interior de la máquina. Kurt silbaba desafinadamente mientras comprobaba las lecturas de los indicadores.  El  profesor  Tsatsos, rodeado de su habitual cohorte de colaboradores,  se  ocupaba  de supervisar la monitorización, al tiempo que impartía órdenes en tono autoritario. Las pantallas de los televisores ofrecían la imagen multiplicada del Hombre Dormido.

Busqué con la mirada por entre el bullir de los técnicos y distinguí a Irene al otro extremo del Laboratorio. Ella también me vio: enarcó una ceja y se

 

aproximó con gesto adusto.

—Hacías falta aquí —dijo al llegar a mi altura—. Constantin quería que te ocuparas de vigilar la monitorización de Rip. ¿Dónde demonios te has metido?

—En Heraklion. Pallady ha salido del coma y deseaba hablar conmigo.

—¿Pallady está consciente? ¿Y habéis hablado...? —Irene se puso tensa, en estado de alerta; entonces supe a ciencia cierta que me estaba ocultando algo—. ¿Qué te ha dicho?

—Ha dicho que grabó en vídeo su experiencia con el Excitador.

—Está confundido. —Simuló una sonrisa—.  No  había  ninguna  cinta  de

 

vídeo.

Miré a Irene fijamente. Casi no la reconocía; aquella mujer manipuladora no podía ser la doctora honesta y luchadora que conocí en Sudamérica.

—No me mientas, por favor. —Mi voz era hielo—. Quiero ver ése vídeo.

Irene parpadeó y tragó saliva. Miró nerviosamente en derredor y luego se volvió hacia mí.

—Este  no  es  lugar  para  hablar. Vamos a otro sitio. Salimos del Laboratorio y nos dirigimos en silencio al  pequeño  edificio  que  albergaba  la zona  administrativa  del  Centro. Entramos en el despacho de Irene. Yo

 

permanecí de pie, ella se apoyó en el borde del escritorio.

—No  sabes  de  qué  va  todo  esto, Juan. —De nuevo Irene intentaba mostrarse  maternal—.  No  comprendes la importancia de este proyecto.

—¿Ah, no? Pues explícamelo. Pero antes veamos la grabación.

—¡Basta ya! —Ahora me brindaba su lado autoritario—. Ese vídeo es material confidencial perteneciente a la Stütze Arzt. De modo que olvídate de él.

Respiré profundamente mientras contaba mentalmente hasta diez. Cuando hablé, conseguí que mi voz sonara calmada.

 

—Escúchame  bien,  Irene,  porque sólo te lo voy a decir una vez. Si no consigo  ver  ese  vídeo,  comenzaré  a hacer   llamadas   telefónicas.   Todavía tengo amigos en la OMS, de modo que puedo montar un buen escándalo. Luego iré  a  los  periódicos  y  echaré  tanta mierda  encima  del  Centro  que Auschwitz parecerá a vuestro lado un campamento de verano. Os acusaré de experimentar ilegalmente con seres humanos, de realizar prácticas médicas de riesgo y de atentar contra la deontología profesional. Eso para empezar.

Irene boqueó, como si le faltara el

 

aire necesario para hablar. Su rígida fachada se vino abajo. Dejó caer la mirada y, de pronto, por detrás del maquillaje y de la ropa impecable, se transparentó  la  mujer  envejecida, cansada y vulnerable.

—Tú no puedes entenderlo, Juan — dijo con un murmullo—. El trabajo es mi vida. ¿Sabes lo que significa para mí este proyecto? Es la oportunidad de llegar a la cima, la diferencia entre triunfar o no ser nada. —Me miró suplicante—. Te lo voy a contar, ¿de acuerdo? El Excitador es algo más que un somnífero electrónico. ¡Esa máquina cura a la gente! ¿Entiendes? Sabíamos

 

que  el  cerebro  tiene  la  capacidad  de sanar al cuerpo, pero ignorábamos cómo lo hacía. Ahora lo hemos descubierto: se trata del efecto Rátsel en la zona pineal del cerebro. ¿Comprendes la necesidad de mantenerlo todo en secreto? Descubrimos  que  el  Excitador estimulaba  la  zona  sanadora  del encéfalo y curaba instantáneamente ciertas enfermedades: gripe, alergias, estrés... ¿Te das cuenta de la magnitud de este hallazgo?

—Claro que me doy cuenta —asentí, cada vez más asqueado—. Tu preciosa máquina ha hecho que se esfumase el tumor de Pallady.

 

—¡Dios mío...! —Sus ojos brillaron de asombro y júbilo—. ¿El Excitador puede curar el cáncer...?

—Maravilloso, ¿verdad? Ahora dame esa cinta.

—Juan, te lo ruego, fíate de mí.

La sujeté por los brazos y acerqué mi cara a la suya.

—Irene, entre nosotros hay una vieja amistad, ¿verdad? Confiamos el uno en el otro, nos respetamos. Por eso te lo pido como amigo, sin engaños ni amenazas:  déjame  ver  esa  grabación, por favor. Es importante.

Irene rehuyó mis ojos. Encajó la mandíbula  y  durante  largos  segundos

 

pareció     luchar consigo      misma. Finalmente  asintió  y  se  dirigió  a  la pequeña caja fuerte que había detrás del escritorio.       Marcó        la  combinación     y abrió la puerta. Sacó una cinta VHS si etiquetar.  Mientras  me  la  ofrecía  sus labios estaban contraídos, apretados el uno contra el otro, convirtiendo su boca en una cicatriz pálida.

En el despacho había un equipo reproductor de vídeo. Introduje la cinta en el magnetoscopio y oprimí la tecla de puesta en marcha. El monitor parpadeó al encenderse; la pantalla ganó luminosidad hasta mostrar un plano general de Cezar Pallady tumbado en el

 

interior del Excitador de Engrama. La máquina  emitía  un  débil  zumbido. Pallady  permanecía  inmóvil,  con  los ojos cerrados. De no ser por el titileo de los pilotos hubiese parecido una escena congelada.

—El incidente se produce mucho después —dijo Irene con voz átona—. Adelanta la cinta hasta la posición tres mil ciento veinte.

Hice lo que me decía. La imagen de la pantalla no pareció sufrir cambio alguno.  Transcurrieron  unos  segundos

y...

...  y,  de  pronto,  observé  que  una luminiscencia  fosforescente  rodeaba  a

 

Pallady. Contuve el aliento. Pequeños glóbulos luminosos comenzaron a recorrer  el  cuerpo  del  rumano, bañándolo con un resplandor lechoso. El altavoz me trajo el sonido de un intenso crepitar eléctrico.

Súbitamente, Pallady se elevó por encima de la máquina y flotó en el aire, todavía  dormido,  con  la  piel centelleante de luz y...

... y entonces dejó de estar allí, se esfumó, desapareció igual que una gota de lluvia en el suelo seco del desierto.

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras  contemplaba  aturdido  la imagen  del  ahora  solitario  Excitador.

 

Me aproximé al televisor y conté interiormente los segundos: ciento uno, ciento dos, ciento tres... Cuando llegué al ciento doce un relámpago cegador llevó a blanco la pantalla. Luego la imagen recuperó la nitidez y mostró el cuerpo desmadejado de Cezar Pallady, inconsciente  sobre  la  máquina prodigiosa de la Stütze Arzt.

—¡Dios...! ¿Qué es      esto...?       

murmuré.

—Todavía no lo entendemos completamente —dijo Irene con voz implorante—. Pero podemos controlarlo...

Me  incorporé  y  la  miré  con  ojos

 

incrédulos.

—¿Qué vosotros podéis controlar eso...? ¡Por favor! ¡No tenéis ni puñetera idea de las fuerzas que estáis desencadenando! Por amor de Dios, Irene: Pallady sólo podía provocar el efecto Rátsel durante unos segundos. — Señalé el vídeo—. ¡Y mira lo que pasó! Pero  el  Hombre  Dormido  es  distinto

¿no  te   das   cuenta?  Es   el   campeón mundial del efecto Rátsel, ¿y tú me dices que cuando se estimule la actividad R de su cerebro vais a poder controlar lo que ocurra? ¿Es eso lo que quieres hacerme creer?

Irene estaba al borde del llanto.

 

—Esto es... es muy importante... —

musitó.

—Sí que lo es —asentí—. Por eso hay que impedir que el experimento siga adelante.

Consulté el reloj: eran las ocho en punto. Abandoné el despacho dando un portazo. Irene me siguió, suplicándome que no hiciera una locura, que confiara en ella, que no echara por los suelos su carrera. La ignoré. Salimos al exterior; el sol era una esfera naranja sobre el horizonte. Hacía calor. Me dirigí con paso vivo hacia el laboratorio. Ella corrió detrás de mí. Cuando estaba a punto de abrir la puerta, Irene me sujetó

 

por el brazo.

—¡Juan, por favor, por favor, no intervengas!

Me desprendí de su mano y abrí la puerta del Laboratorio del Sueño.

Entonces Irene gritó, y yo contemplé aturdido  su cara  transida  de  terror,  y miré al interior del laboratorio.

Pero el laboratorio había dejado de existir.

Estábamos en un bosque de árboles secos y pelados. Era de noche. Había una inmensa luna llena en el cielo, pero oscuras nubes la velaban. El lejano y pausado  tañido  de  una  campana arrullaba  el  silencio  sobrecogedor  de

 

aquel lugar fantasmal.

Y entonces le vi.

Era el Hombre Dormido, levitando desnudo en el centro de un claro del bosque, los brazos en cruz y la cabeza yacente   sobre   el   pecho,   como   un

«descendimiento» de van der Weyden. Los monitores de televisión flotaban en el aire, formando un círculo perfecto en torno a él. Cada pantalla mostraba un primer plano de su rostro apacible.

Busqué a Irene con la mirada, pero había desaparecido. Me pregunté dónde estaría. También me pregunté dónde podrían  hallarse  el  profesor  Tsatsos, Kurt y los demás técnicos. Pero, sobre

 

todo, me pregunté en qué lugar alucinado me encontraba yo.

Un resplandor me cegó. El Hombre Dormido, desprendiendo luz como un arco voltaico, ascendió veloz por el aire para perderse de vista unos instantes después. De pronto, el firmamento se convirtió en la desmesurada pantalla reticulada de un oscilógrafo, y una línea verde  serpenteó  como  un  látigo celestial, trazando el familiar perfil de la onda R.

Entonces llegó el viento. Era un huracán  devastador,  una  galerna.  Un feroz tornado que me impelía con violencia, amenazando con arrastrarme.

 

Intenté en vano encontrar asidero. Caí al suelo y me golpeé la espalda contra un árbol. Rodé sobre mí mismo.

Noté  algo  frío  en  la  mano  y  me aferré a ello. El viento se calmó instantáneamente.

Seguía siendo de noche, pero ya no estaba en el bosque. Me encontraba en un páramo desierto, bajo un cielo sin luna cuajado dé estrellas. Miré lo que tenía en la mano: era la moneda rumana. La giré entre los dedos y me devolvió un guiño de plata.

—Hola, doctor. —Me di la vuelta y vi que un monitor de televisión flotaba frente  a  mí.  En  la  pantalla  estaba  el

 

rostro apacible de Cezar Pallady. El rumano sonreía con tristeza—. Por fin lo han hecho, ¿verdad? Estamos en Shambhala. —No parece real —dije—. Es como un sueño. —Sí. El reino de los sueños... —¿Cómo podemos salir de aquí?

—No podemos. No hay ningún sitio adonde ir. El mundo que conocíamos ya no existe. Ha sido sustituido por éste.

—Pero antes me encontraba en un bosque, y ahora estamos en un desierto... es desconcertante.

—Tendrás que acostumbrarte. Shambhala es un calidoscopio.

—¿Y         ahora?        —Respiré   hondo.

 

Debería estar aterrorizado, pero no era así; en realidad, me sentía más calmado que nunca—. ¿Qué se supone que debo hacer, Cezar?

—Shambhala no es un lugar, son millones de lugares. —La pantalla del monitor se llenó de estática. El altavoz crepitó—. Seguro que hay un sitio para ti, doctor. Pero debes encontrar el camino.

Pallady me guiñó un ojo, y luego, como un eco perdido, su imagen de cristal se disolvió en la nada. El monitor se apagó. Me quedé solo en la aridez del páramo.

«Bueno     —pensé      tras   un  rato       de

 

reflexión—. Más vale que me ponga en marcha.»

Y comencé a andar.

 

 

 

 

El Desierto de la Luna era, quizás el lugar más hermoso de Shambhala. Una inmensa extensión de dunas y rocas, eternamente bañadas por la luz plateada de una, luna mágica.

La noche era perpetua en el desierto, una noche cálida y tranquila, llena de paz y misterio. Una noche que acogía en su seno a los espíritus cansados, a las almas  alejadas  del  fragor  de  las pasiones.  Una  noche  que  brindaba  el

 

sereno retiro de la soledad.

El Viajero pasó muchos días recorriendo  aquellos  parajes.  Los únicos seres que encontró a su paso fueron lagartos de lomo irisado. Cuando les preguntó por la muchacha, éstos le ignoraron e  hicieron girar  las esmeraldas de sus ojos con indiferencia.

Al cabo de un tiempo, el Viajero comenzó a cansarse de la esterilidad de su búsqueda. Aquel desierto, haciendo honor  a  su  nombre,  estaba  vacío,  no había en él ni el menor rastro de vida humana. De  modo que  el  Viajero decidió descansar un rato, reponer fuerzas y luego volver a tomar el camino

 

del oeste, hacia la ciudad del horizonte.

Estaba preparando unas gachas de maná regadas con hidromiel, cuando distinguió a lo lejos el tenue resplandor de una hoguera. El Viajero se incorporó y  oteó  atento  la  oscuridad.  El  fuego ardía al pie de un elevado risco, a unos cuatro  kilómetros  de  distancia.  El Viajero recogió sus cosas y partió raudo hacia allí.

Una hora después, alcanzó la base de la montaña y se encontró en un lugar poblado  de  restos  megalíticos: menhires, dólmenes, crómlechs, piedras oscilantes sobre losas gigantescas, interminables alineamientos... sin duda

 

era un paraje mágico, casi sagrado.

El  Viajero  avanzó  unos  metros  y, tras un inmenso altar prehistórico, descubrió el lugar donde ardía la fogata que había visto en la distancia. Frente al fuego había una tienda de campaña azul y amarilla. El Viajero avanzó un par de pasos y tropezó con algo. Bajó la mirada y vio a sus pies dos ovoides moteados de escarlata.

—Son huevos de pegaso, doctor —

dijo una voz junto a él.

El Viajero, que en otro tiempo y en otro lugar se había llamado Juan, contempló a la mujer que le había hablado. Era una joven morena, de ojos

 

grandes, oscuros y almendrados, con labios carnosos y siempre risueños. Había  crecido  mucho  desde  la  última vez que la vio.

—María... —susurró Juan—. ¿Eres tú...?

María   Candelaria   Suárez   asintió feliz y corrió a abrazarse al cuello del hombre.

—Has tardado mucho, doctor. Hacía años que te esperaba.

Se besaron y volvieron a abrazarse, lloraron de alegría y se cogieron de las manos,  como  dos  colegiales alborozados.   Luego   tomaron   asiento junto al fuego.

 

—Te has convertido en una leyenda, doctor —dijo María—. Un mito en el reino de los mitos. Eres el Viajero, el peregrino errante, el hombre que busca.

¿Porqué, doctor? ¿Qué persigues?

Juan se encogió de hombros.

—Conocer  el  nombre  del  Hombre

Dormido.

—¿ Y qué importancia tiene?

—Supongo que ninguna. Quizá sea una razón como otra cualquiera para seguir caminando.

—Eso es triste. —María frunció levemente el  ceño—.  ¿No  te  gusta  el país de los sueños, doctor?

—¡El país de los sueños...! —Juan

 

sonrió sin alegría—. Aquí la gente sueña con lo que antes era el mundo real. Aquí un hombre transformado en tigre puede soñar con la época en que trabajaba como administrativo en una oscura oficina. —Agitó la cabeza—. El reino de los sueños, Shambhala, el mundo detrás del  espejo... La verdad, María, me  da  igual.  Hasta  lo  imprevisible puede resultar monótono.

—Supongo que es difícil soñar sin esperanza...

Juan acarició con afecto la mano de

María.

—Ahora hablemos de ti. ¿ Qué haces aquí tan sola?

 

—Estábamos recorriendo algunos lugares  poco  frecuentados  de Shambhala. Viajábamos en caballos alados,   pegasos;   un   macho   y   una, hembra. La época de incubación nos sorprendió en este desierto. —Con un gesto señaló los dos ovoides—. Y aquí tendremos   que   quedamos   hasta   que acabe la crianza. —Los ojos de María se iluminaron—. Pero no estoy sola, doctor. Venga conmigo; quiero presentarle a alguien.

María se levantó, fue hasta la tienda de campaña y descorrió las cremalleras. Antes de entrar le hizo un gesto a Juan para   que    se    acercara.   El    doctor

 

obedeció.

En el interior de la tienda alguien dormía dentro de un saco de acampada. María le sacudió suavemente.

—Despierta, despierta. Tenemos visita.

El saco se agitó y se removió. De entre los pliegues de tela satinada surgió una mano pequeña, y luego la cara adormecida de un niño.

Juan notó que su corazón se detenía entre dos latidos. Un débil gemido se escapó de sus labios.

El niño se incorporó, parpadeó e intentó enfocar la mirada. Cuando vio a Juan su cara resplandeció de alegría.

 

—¡Papá!  —exclamó.  Se  volvió hacia María—. ¡Papá está aquí!

Juan no se atrevía a hablar, ni a moverse, como temiendo que el más mínimo gesto rompiera el encanto e hiciera  desaparecer  la  imagen  de  su hijo.

—Samuel  está  bien,  doctor  —dijo en voz muy baja María—. Lo que tú crees que le pasó es sólo un sueño, una pesadilla. Ocurrió en otro mundo, no en éste.

—¿Donde estabas, papá? —El niño salió del saco de dormir y se acercó al hombre—. Te he echado mucho de menos...

 

Y  la  mano  del  niño  acarició  la mejilla de su padre. Y entonces Juan susurró ahogadamente: «Samuel...», y abrazó el cuerpo menudo de su hijo, estrechándolo con fuerza. Y las lágrimas acudieron a sus ojos, como una riada impetuosa  que  arrastrase  a  su  paso siglos de dolor, eones de tristeza.

Y allí, aferrado al cuerpo de su hijo, el doctor Juan Varnigal, al que durante mucho tiempo llamaron el Viajero, encontró por fin el hogar.

María sonrió satisfecha y salió al exterior. Observó que  dos  grandes figuras aladas se recortaban contra la luna. Eran los pegasos volviendo a su

 

nido. Luego se dio cuenta, de que un creciente resplandor se extendía por el este.

«¡El alba!», pensó maravillada. «¡Va a amanecer en el  Desierto de la Luna por primera vez!»

Y María Candelaria se apoyó en una piedra, aguardando risueña la salida del

sol.

En el centro de Agartha había un inmenso palacio de hierro y cristal Era tan grande que a veces nevaba en su interior.

En el centro del palacio flotaba la figura yacente de un hombre. Era el Hombre Dormido.

 

En medio de los copos de nieve que parecían levitar a su alrededor, el Hombre   Dormido   giró   un   poco   la cabeza.

Suavemente, lentamente, sus  labios se curvaron con una sonrisa. Soñaba.

Y sus sueños eran buenos.

 

7. La noche

 

 

 

La corriente eléctrica se interrumpió justo en el instante en que el doctor Arauco concluía el relato de su historia.

Primero se produjo una intensa oscilación de la luz, luego el resplandor de la bombilla declinó hasta desvanecerse, sumiendo al salón en una densa oscuridad. De nuestras gargantas surgió una casi simultánea exclamación de sorpresa. Un relámpago tino de plata las tinieblas. Luego volvió la negrura.

—No hay situación, por mala que sea, que no pueda empeorar —comentó

 

Aníbal Zarko en tono divertido. Y añadió—: Permitidme que imite el ejemplo de Prometeo.

Escuchamos el chasquido de un encendedor y una pequeña llama iluminó débilmente la cara del prestidigitador. Luego la llama se alejó en dirección a la cocina. Poco después, Zarko volvió con un paquete de velas en la mano.

—¡Hágase la luz! —dijo, mientras comenzaba a encender, una a una, las mechas de cera.

—Las ocho y media ya son —señaló madame Kádár—. Debiéramos quizás ahora  cenar.  Si  no,  muy tarde  se  nos hará.

 

Preparamos una cena ligera, compuesta en su totalidad por latas de conserva. No nos sentamos a la mesa, como habíamos hecho al mediodía, sino que comimos diseminados por la cocina. Al terminar, lavamos los pocos platos y cubiertos que habíamos ensuciado. Mientras, Susana preparaba dos jarras de leche caliente con cacao.

Nos reunimos de nuevo en el salón. El padre Silveira había añadido unos cuantos troncos a la chimenea y ahora en el   hogar   ardía   un  fuego   intenso   y

 

incongruente      con    el       comienzo    del verano.

—Ahora   le       toca   a        usted, señora

Kádár —dijo de pronto Claudia.

—¿Qué es lo que a mí me toca, querida? —La anciana sonreía.

—Contar una historia. Ahora es su turno. —Oh, pero con mi mal castellano confusa la historia sería... —Madame Kádár agitó la cabeza, en una risueña negativa, y dio un breve sorbo de cacao caliente.

—Eso   es   hacer   trampa,   querida amiga —dijo Aníbal Zarko—. Todos hemos narrado una historia. Ahora falta su relato.

 

—Es justo, madame —intervino el doctor Arauco—. Para que la magia funcione, hay que cerrar el círculo. Sin su relato, no habremos hecho otra cosa que charlar en vano.

La anciana sonrió con la resignación de una abuela bondadosa y dijo:

—Razón tienen, ya lo sé... Pero abusando quizás estemos de la paciencia de nuevos amigos nuestros...

—En absoluto —repuso Susana—. Estaremos encantados de oír su historia.

Madame  Kádár  suspiró sonoramente. —Pero puede que ya tarde sea... Claudia se acercó a ella y tomó con  suavidad  su  mano.  —Por  favor,

 

señora  Kádár...  —suplicó.  —De acuerdo, de acuerdo —cedió la anciana

—. Un historia contaré. Pero si luego se aburren, protestas no he de admitir... — Se frotó los ojos con gesto algo cansado

—. Primero explicarles debería en qué mi trabajo consiste. Y tarea fácil no es, créanme...

—Madame Kádár se dedica a curar edificios —dijo el padre Silveira.

Enarqué las cejas.

—¿Ha dicho curar edificios? — pregunté—. ¿Curar...? No estoy seguro de entenderlo...

El   profesor   Jerusalén  se   inclinó hacia delante.

 

—Los edificios son entidades muy complejas. —Su voz era grave y pausada—. Conjugan y distribuyen el espacio,  retuercen  las  dimensiones, tallan la luz y el tiempo.

—Pero, sobre todo —apuntó Aníbal Zarko—, los edificios albergan emociones.

—Así es —asintió el profesor Jerusalén—. Las casas están destinadas a  contener  hombres  y  mujeres,  unos seres tan extraordinariamente temperamentales que, muchas veces, contaminan el ambiente con sus sentimientos.

—Y las     casas, por    decirlo        así,

 

enferman —añadió el prestidigitador.

—Quizás un edificio triste esté y crujir haga su vigas con melancolía — dijo madame Kádár—. Puede que un bloque  de  apartamentos  nervioso  se sienta y en la  depresión caiga. O, tal vez, una oficina de estrés sufra. Cuando cosas  así  suceden,  los  moradores  de esas casas en sí  mismos experimentan las emociones de piedra y metal. A expertos recurren entonces... expertos como yo.

—¿Y qué hace usted? —pregunté, realmente interesado. —Oh, bueno... de cuál sea el mal del edificio depende. Usted ni  se imagina lo excéntrica que

 

una  casa            puede        resultar...             Mas,  en general, otra cosa que escuchar no hago. Con eso suele bastar —Madame Kádár respiró  hondo—.  Solas  se  sienten las casas;  entonces  las  tablas  gimen,  las cañerías        se      quejan  y    las     chimeneas suspiran.  Pero  nadie  presta  atención... Así  que  llego yo  y a  las  paredes les digo: «Vuestros problemas contadme, os abro             mi       corazón.»         Y,               de               lo               más profundo       de       los cimientos,              el      canto íntimo de la casa para mis oídos surge. Y  sus  penas  de  cemento  escucho,  y calmo su tristeza, y sosiego presto a su alma de metal... No hay más; con eso basta.

 

—Una especie de psiquiatría arquitectónica  —dijo  sonriendo  el doctor Arauco.

—En efecto, más o menos así es, aunque  no  siempre  las  cosas  de  ese modo ocurran. —Madame Kádár bebió un sorbo de cacao y prosiguió—: Hace no mucho, una llamada telefónica recibí. De Italia era. En un palacete construido a la orilla del lago de Como, al norte de Milán,  un  suceso  extraordinario ocurrido había. Mi presencia solicitaban con urgencia extrema, así que el primer avión tomé para allí. Con los brazos abiertos el propietario, un anciano de gran    encanto,    me    recibió.    A    un

 

dormitorio me condujo y una puerta en una de sus paredes me mostró.

»"Vea", me dijo. "¿Extraordinario no es...?" Confusa yo estaba. Una simple puerta veía, similar a las otras que en el edificio había. Nada extraordinario yo veía y así lo hice saber.

»"Claro", el propietario dijo. "Usted la casa antes no conocía, madame; pero lo extraño es que jamás una puerta en esa  pared  ha  habido.  Esa  puerta  no existía hasta ayer... de repente ha aparecido."

»Bueno, pensé, es cosa realmente sorprendente que una casa multiplique el número   de   sus   puertas   sin  humana

 

intervención. Nunca cosa igual había visto, de modo que pregunté a dónde esa puerta daba. Y aquel amable anciano me contestó que abrir esa puerta imposible era, que detrás de la pared nada había y, por tanto, a ningún sitio esa puerta podía dar.

»En fin, el trabajó acepté, y en el dormitorio que la puerta fantasma albergaba decidí la noche pasar. Miedo no tenía, porque nada violento escuché en la canción de la casa; así que enseguida me dormí, plácida como una niña.

»Pero de madrugada me desperté, segura de que a mi lado una presencia

 

había. Los ojos abrí y que tenía razón pude  comprobar:  abierta  estaba  la puerta misteriosa y una persona desconocida sonriente me contemplaba. No,  un  fantasma  no  era.  De  un  ser humano se trataba, amable y cálido, tan corriente y normal como cualquiera de nosotros.

»Qué   hacía   allí   aquella   extraña puerta  le  pregunté.  Entonces,  esa persona a mi lado se sentó y una curiosa historia comenzó a narrarme.

»"¿ Alguna vez en la casa del doctor

Pétalo ha estado?", me preguntó...

 

La casa del doctor

Pétalo

 

 

 

La historia de madame Kádár

 

NUN

 

El doctor Pétalo vivía en una casa insólita y prodigiosa, en compañía de sus hijos y de su secretario, rodeado de sirvientes silenciosos y discretos, sombras  circunspectas  que  atendían todas  sus  necesidades  y,  por  qué  no, hasta el menor de sus deseos.

El doctor Pétalo nunca abandonaba la casa, y tampoco lo hacían Betania y

 

Yubal, sus hijos. No era necesario; su hogar tenía un gran número de puertas y habitaciones, de recintos y salones, de jardines perfumados por jazmines y nardos,   o   por   aromas   exóticos   de lugares lejanos.

La casa, a la que sus moradores llamaban Mansión, era extraordinariamente vasta, y aun así no cesaba de crecer. Constantemente se ampliaba el número de las habitaciones, multiplicándose su volumen en una progresión que aspiraba tenazmente al infinito.

La casa era un calidoscopio de formas cambiantes. Y, como decíamos,

 

el doctor Pétalo nunca la abandonaba. Pero lo más extraño no era eso —ya ha quedado claro que Mansión ofrecía un sinnúmero de posibilidades—, lo realmente peculiar era que el doctor Pétalo casi nunca salía del Invernadero. Allí   pasaba   las   horas   y   los   días, cuidando con mimo de comadrona el lento  germinar  de  las  semillas; oficiando, como un sacerdote durante la consagración, el milagro de la fotosíntesis; injertando, con el pulso preciso  de  un  cirujano,  esquejes inauditos  en  la  carne  verde  de  las plantas.

Ése  era     su      auténtico     mundo,       un

 

universo  de  polen  y  savia  encerrado entre las paredes cristalinas de aquel hermoso  invernadero art nouveau. Allí vivía el doctor Pétalo, ajeno a Mansión y a los lugares que se extendían más allá de  sus  paredes, encerrado en una burbuja de vidrio, bajo los rayos de un sol otoñal; extrañamente ausente, extravagantemente intemporal.

Y fue allí, en el Invernadero, donde una noche le buscó Dostigres, su secretario, para consultar con él ciertos asuntos relacionados con Mansión.

El doctor se encontraba atareado manipulando una curiosa variedad del musgo llamado spahgnum, abriendo con

 

un bisturí las delicadas cápsulas parecidas a  farolillos chinos que eran los esporangios, y esparciendo sus esporas  sobre  húmedas  bandejas  de tierra germinal.

A  lo  lejos  se  escuchó  el  suave gemido de una puerta al abrirse, y luego los pasos de un caminar pesado y arrítmico. El doctor Pétalo miró un momento de reojo y pudo ver que su secretario se acercaba por entre los anaqueles repletos de plantas, frutos y flores de mil colores.

Dostigres  tenía  una  apariencia brutal; bajo  de  estatura,  la  frente estrecha y los ojos pequeños, bestiales.

 

La boca grande, cobijo de enormes dientes refulgentemente blancos. El mentón enérgico y rotundo. El cuello grueso y breve. Una densa mata de pelo negro y encrespado le cubría el cráneo huidizo. Los hombros eran anchos, masivos como los de un gorila. Los brazos, inusitadamente largos y fuertes, terminaban en unas manos peludas de gruesos y macizos dedos. Sus piernas eran  cortas  y  estaban  arqueadas. Cojeaba al andar.

Dostigres vestía un traje italiano de lino gris, y una camisa de seda blanca; alrededor del cuello se anudaba una discreta corbata azul.

 

Cualquiera se hubiera visto favorecido con aquellas ropas de exquisita confección. Dostigres, por el contrario, parecía un simio disfrazado.

El secretario tardó más de un minuto en recorrer los escasos ochenta metros que le separaban del doctor. No es que su cojera le impidiera ir más deprisa, cuando quería podía moverse con sorprendente  rapidez,  se  trataba  más bien de una cuestión de respeto. Sabía que el Invernadero era un santuario, y Dostigres quería ser reverente con el silencio  húmedo  de  aquel  lugar. Tampoco deseaba turbar el descanso de ciertas  plantas, interrumpir los  sueños

 

vegetales  con  el  ruido  de  sus  pasos. Pese a ello, un nutrido macizo de flores anaranjadas se irguió sobre sus tallos, como serpientes desperezándose, y escupió una lluvia de semillas doradas que alcanzó a dar en el pecho de Dostigres. El hombre se sacudió las simientes que habían quedado prendidas de sus solapas y siguió caminando hasta llegar a la altura del doctor. Allí se detuvo,  contemplando  con  admiración los lirios recién nacidos.

—Buenos días, doctor —dijo Dostigres  con  voz  grave  y  ronca,  a medio camino entre el gruñido y la palabra—. Veo que ha hecho maravillas

 

con los lirios. Le felicito.

Pétalo apartó la mirada del musgo en el que trabajaba y contempló orgulloso los lirios blanquiazulados que, a pocos metros, crecían en tiestos de barro.

—Buenos días, Dostigres. —La voz del doctor era terciopelo oscuro—. Y gracias. Realmente, me  ha  costado mucho conseguir esa variedad bitonal.

—Blancos y azules nítidamente separados. Muy notable.

El doctor asintió.

—Ahí residía la dificultad, en conseguir que los colores no se mezclaran. —Meditó unos instantes, como jugueteando con una idea divertida

 

—.  En  cierto  modo  es  un  disparate,

¿verdad, Dostigres? Ya sabes, en el lenguaje de las flores los lirios blancos significan dulzura, pureza, y los lirios azules belleza caprichosa. Un color parece refutar al otro, ¿no es cierto?

—En tal caso, doctor, sus flores reflejan algo del corazón humano, siempre contradictorio.

Pétalo pareció sopesar la idea.

—Nunca lo había considerado así; siempre he pensado en las flores sólo como en flores... —El doctor sonrió—. Pero, mi buen amigo, supongo que no vienes aquí para hablar de plantas —Se levantó del taburete—. ¿En qué puedo

 

ayudarte?

—Creo haber encontrado un lugar adecuado. —Dostigres extendió sobre el banco de trabajo el rollo de papeles que llevaba bajo el brazo—. Éstos son los planos. Una vieja vivienda de estilo modernista, como puede comprobar. Se construyó en mil novecientos uno. Su arquitecto, un tal Juan Prat i Serra, fue un discreto discípulo de Charles Rennie Mackintosh.  —Dostigres  puso  encima de los planos una foto de la casa—. La fachada no es gran cosa, pero observe el trabajo en hierro y piedra de la parte superior.

—Fantástico.      —Pétalo     asintió

 

vigorosamente con la cabeza—. Me encanta el modernismo. Es un estilo tan refrescantemente vegetal... —Señaló la foto—. ¿Dónde se encuentra?

—En Barcelona, una ciudad situada en el Mediterráneo europeo.

—Barcelona... —Pétalo cerró los ojos intentando hacer memoria—. Disponemos   de   algún   recinto   allí,

¿verdad?

—Un        parque,       doctor;        obra  de

Antonio Gaudí. Y algunos otros lugares.

Pétalo agitó la cabeza con aire distraído.

—Por  supuesto;  hay  tantas estancias...   ¿Qué   parte   de   la   casa

 

escogeríamos?

—Tiene cuatro plantas, y dos pisos por planta. Siete de esos pisos son propiedad de un banco. No creo que podamos llegar a ningún acuerdo. Pero esta vivienda pertenece a un particular.

—Señaló la parte superior del edificio

—.  Afortunadamente  es  la  más adecuada. Tiene una delicada terraza de hierro forjado y unas excelentes vistas de la ciudad.

—Parece perfecto. —Pétalo expresó su aprobación con una amplia sonrisa. Cogió el bisturí y volvió a sentarse en el taburete, frente al banco de trabajo—. Adelante, Dostigres, ocúpate de ello con

 

tu usual competencia.

El secretario recogió sus papeles y, tras inclinar la cabeza en un mudo gesto de despedida, comenzó a alejarse. No había dado más de tres pasos cuando se detuvo, justo al lado de un arbusto cubierto de flores rojas, carnosas como los labios de una mujer.

—Una cosa más, doctor.

—¿Sí...? —Pétalo había reanudado su labor con las esporas.

—Sin duda recordará que debe ser usted quien se entreviste con el propietario.

Pétalo levantó la cabeza, siempre sonriente.

 

—Por supuesto. Es lo habitual, ¿no?

—Dudó unos instantes—. ¿Quién es el propietario?

—Una mujer. Se llama Sara.

Las flores rojas, súbitamente despiertas, abrieron sus bocas escarlatas y, como un coro de gnomos, repitieron el nombre de la mujer.

—Sara... —susurró el doctor, uniéndose al eco vegetal—. Un nombre hermoso. Procede de la palabra hebrea saray, que significa «princesa».

Dostigres bajó la mirada.

—Puede que Sara sea una auténtica princesa.

—Eso       espero,        amigo mío.  Eso

 

espero.

El doctor Pétalo volvió al musgo y a las esporas. Su atención se encontraba ya muy lejos del secretario y de sus asuntos caseros.

Dostigres enarcó las cejas, en un gesto que casi le prestó apariencia humana. Luego se dio la vuelta y caminó renqueante, lento, muy lento, hacia la salida del Invernadero.

 

 

 

 

TET

 

—Aquí     se      viene a        trabajar.

¿Entiendes,  Sara?  Ocho  horas  al  día

¿Está        claro, Sara? —Los ojos   de

 

Vázquez expresaban severidad; pese a ello, no podían evitar posarse, de vez en cuando, en los bultos gemelos que los pechos de la mujer marcaban bajo la blusa—. Ayer llegaste con una hora de retraso, y te fuiste con una hora de antelación. —Frunció el ceño—. Estoy teniendo mucha paciencia contigo, Sara. Mucha. Pero pareces empeñada en no escucharme. Esto es Electrocom, ¿te suena? Una gran empresa multinacional de desarrollos electrónicos, y no una reunión de amigos.

Sara se mordió el labio inferior y contuvo la respiración. —Tuve que ir a ver  a  mi  abogado  —dijo,  intentando

 

mantener a raya la ira que bullía en su estómago—. Era muy urgente. —¿Fuiste a ver a tu abogado...? ¿Para qué necesita abogados una secretaria? ¿Te has metido en algún lío, Sara? —No, no. Es por mi piso...

—¿Tu piso? —Vázquez frunció los labios con desprecio—. Aquí tu piso importa una mierda, Sara. Sólo nos interesa  tu  trabajo.  Y  no  estás cumpliendo con él. —Cerró los ojos y unió las yemas de sus dedos, como un juez considerando una sentencia—. No quiero volver a verte perdiendo el tiempo, ¿está claro, Sara? Si ocurre otra vez,    tendrás    que    atenerte    a    las

 

consecuencias. Puedes irte.

Sara se dio la vuelta y caminó hacia la salida del despacho. Sabía que los ojos de su jefe estaban fijos en ella, desnudando  su  cuerpo,  violándola  de una forma soterrada, pero igualmente violenta. Salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí. Se apoyó en la pared y fijó la mirada en uno de los fluorescentes que, a tramos simétricos, jalonaban el techo e iluminaban la oficina. Sentía que la rabia la ahogaba, que le exprimía el pecho exigiendo el tributo de sus lágrimas. Pero no iba a llorar. De ninguna manera pensaba brindarle a él ese último triunfo.

 

Sara contó mentalmente hasta diez y luego intentó imaginar algún lugar tranquilo y apacible. Como tantas otras veces, sus pensamientos evocaron el rumor nocturno de las callejas de Agra, la mágica luminosidad de los palacios orientales a la luz de la luna, el dorado reflejo del Taj Mahal sobre el río Yamuna... Oh, por supuesto, ella nunca había estado en la India —ni casi en ningún otro sitio—, pero eso no importaba. Había ido allí de la mano de Kipling, a través de sus libros encantados. Acompañada de Tagore, o de Foster, o de Salgari...

Sacudió la cabeza y respiró hondo.

 

Éste es el mundo real, se dijo, un mundo no muy agradable, pero el único que existe. Sonrió con tristeza y volvió a su mesa  de  trabajo,  frente  al  ordenador, casi agradeciendo el anonimato de la pantalla azul y las letras blancas. Sus dedos bailaron sobre el teclado, trenzando los hilos ajados de una carta comercial, o de algún memorándum innecesario.

Y así, como todos los días, pasaron las horas.

Más tarde, cuando acabó su jornada matinal, Sara se reunió con una compañera de trabajo, Teresa, su mejor amiga.  Hacía  un  tiempo  excelente,  el

 

primer día realmente bueno de aquella primavera  recién  estrenada,  de  modo que decidieron comer en la terraza de un restaurante cercano.

—Has   tenido   problemas   con   el cerdo de Vázquez, ¿no? —le preguntó Teresa mientras servía el vino.

—Otro más...

—¡Qué hijo de puta! —La furia hizo que derramase unas gotas de vino sobre el  mantel—.  ¿Sabes  que  el  otro  día invitó  a  salir  a  Marta,  la  de contabilidad? La montó en su BMW, la llevó a  cenar  a  un sitio caro y luego saltó sobre ella como un potro en celo.

—¿Qué hizo Marta?

 

—¿Marta...? Se bajó las bragas, levantó el culo y se puso a moverlo. Marta es una zorrita, cariño; sabe en qué mundo vivimos y lo que hay que hacer para sobrevivir.

Sara suspiró. Paseó la mirada por la pequeña   plaza   bordeada   de   acacias donde se encontraba la terraza del restaurante. —Ojalá yo tuviera las cosas tan claras. —No, cariño, no. Ella es la que está equivocada. Si hay que convertirse en una puta, mejor ser una puta cara. —Sacudió la cabeza—. Echar un  polvo  por  dinero...  si  es  mucho, quizá. Pero no por un sueldo de mierda. Hay que tener un mínimo de dignidad.

 

—Ya. Pero Vázquez me está haciendo la vida imposible, y la dignidad no vale de nada.

Teresa comió un bocado de espaguetis sin dejar de mirar fijamente a su amiga.

—¿Qué  pasó,  Sara?  ¿Qué  ocurrió que  le  tiene  tan  cabreado?  —Ya  lo sabes. Después de la fiesta de Navidad lo intentó conmigo, y le rechacé.

—Ese es el argumento general. Entra en detalles. —Bueno... Después de la fiesta insistió en llevarme a casa en su coche. Cuando llegamos se acercó a mí, me cogió la mano... Y la puso sobre su... El   muy  cerdo   se   la   había   sacado,

 

¿entiendes?  Mientras  conducía  se  la sacó. Y luego puso mi mano sobre ella.

—Hizo un gesto de cómico desagrado

—. Era como tocar una babosa. Me aparté de él y salí del coche. —¿Nada más?

—Bueno, antes de salir le miré... y me reí. —¿Te reíste? —Teresa enarcó las cejas con malicioso júbilo. — Deberías haberlo visto, sentado allí, en su coche tan caro, con su elegante traje, mirándome desconcertado... ¡Con la bragueta abierta! Dios mío, era tan ridículo...

—¡Realmente te reíste! Ay, cariño, eres  genial.  Ese  cabrón debe  tener  el

 

orgullo por los suelos.

—Lo  que  no  entiendo  es  por  qué tanto interés en mí. —Sara bebió un sorbo de vino—. No soy guapa.

—Qué dices. Estás muy bien, encanto.

—Gracias, pero no. Marta es guapa. Yo soy vulgar.

—Venga, Sara. Tienes un tipazo que quita el hipo. Y voy a sincerarme: un par de tetas que siempre te he envidiado.

—¿Sabes? —Sara sonrió con tristeza—, los hombres están seguros de que las mujeres poco agraciadas somos mas accesibles. Piensan que una chica, al ser fea, está dispuesta a revolcarse

 

con el primer tipo que le haga un poco de caso.

—Deja de decir tonterías, Sara. No eres  fea.  ¿Quieres  ver  a  alguien feo? Mira a ese tipo de ahí enfrente. —Con un leve gesto de la cabeza señaló hacia el otro lado de la plaza.

Sara alzó la mirada. A unos quince metros de distancia distinguió a un hombre  bajo,  muy ancho  de  hombros, con unos  brazos  tan grotescamente largos que le llegaban hasta las rodillas. Un sombrero stetson le cubría parcialmente la cara; aun así no conseguía ocultar sus rasgos simiescos de      extraordinaria     fealdad.      Sara

 

contempló, casi hipnotizada, los movimientos del hombre. Cojeaba al andar, bamboleándose levemente, como un autómata inestable. No había en él ninguna gracia, ni el menor atisbo de elegancia. De pronto el hombre levantó la  cabeza  y  atrapó  con  sus  ojos  la mirada de Sara.

—¡Me  ha  visto!  —Sara  clavó  la vista en el mantel, las mejillas ardientes de rubor—. ¡Dios mío, me ha pillado espiándole!

—Que más da, cariño. Con ese aspecto debe de estar acostumbrado a que le miren.

—Pero es un pobre tullido. No está

 

bien mirarle como si fuera una atracción de feria. Qué vergüenza...

Sara continuó comiendo en silencio, concentrada exclusivamente en su plato.

—Ya no está —dijo al cabo de un rato Teresa.

—¿Qué?

—Tu amigo, el hombre-mono. Se ha ido.

Sara inspeccionó de reojo la plaza y suspiró con alivio. Permitió que su cuerpo se relajara sobre la silla.

—Vaya día...

—¿Cómo va lo del piso? —preguntó

Teresa, cambiando de tema.

—Como    siempre.     El      banco me

 

presiona para que venda. Y yo digo que no. Ellos amenazan con pleitear, y yo me dejo una fortuna en abogados.

—¿Cuánto te ofrece el banco? — Mucho.

—¿Y qué dice Tomás? —Que venda

—suspiró Sara.

—Pues véndeles el piso, cariño. Es enorme, no necesitas tanto espacio. Además es viejo y feo.

—No digas eso. Nací en ese piso,

¿sabes? Toda la vida he vivido en él. Me gusta.

—Pues pleitear con un banco no te va a gustar nada. —Teresa dejó el tenedor sobre el plato y se recostó en su

 

asiento—. Ay, Sara, Sara... Eres una romántica.   Y   éstos   no   son   buenos tiempos para el romanticismo.

Sara apoyó los codos sobre la mesa y unió las manos. Con cansancio apoyó la barbilla sobre los dedos entrelazados.

—He puesto un anuncio en el periódico. Alquilando una habitación.

Teresa se inclinó hacia delante.

—¿Vas a meter a un extraño en tu casa? ¡Estás loca!

—¿Qué quieres que haga? Necesito dinero para pagar a los abogados. Y el sueldo no me llega.

— ¿Se lo has dicho a  Tomás? — Sara negó con la cabeza—.

 

Pues díselo. Pídele prestado.

—Tomás  no  tiene  dinero.  Y  no quiero  preocuparle,  ya  tiene  bastante con sacar la oposición.

—Pero, Sara, por Dios, ¡alquilar una habitación...!

Sara cerró los ojos.

—Es todo tan difícil, Teresa. Hay siempre tantas complicaciones, tantos problemas...

Una repentina brisa hizo ondear los manteles sobre las mesas; el torbellino de polvo que se formó en el centro de la plaza giró y giró, como un derviche fantasmal.

Sara volvió         a        la       oficina        y       allí

 

permaneció sumida en su trabajo, la mente ausente y la memoria dormida, desgranando pantallas de ordenador como cuentas de un rosario electrónico. A las seis recogió su mesa y apagó la terminal.  Salió  a  la  carrera  del despacho, bajó en ascensor y cruzó el portal. Irrumpió en la calle respirando hondo, como el buceador que surge del interior de las aguas y busca el aire con voracidad primigenia.

El  metro  estaba  atestado.  Sara avanzó por entre los cuerpos apretados hasta encontrar refugio en un rincón del vagón.  Sacó  del  bolso  el  libro  que estaba    leyendo, Viaje  en  busca  del

 

doctor Livingstone al centro del África, de Henry Stanley. Lo abrió por el lugar adecuado y comenzó a leer.

 

 

«En aquel sitio, las profundas aguas del Gombé se deslizan entre dos orillas sinuosas, atravesando varios bosquecillos para reaparecer después; el río y sus orillas ofrecen allí un aspecto tan pintoresco, tan tranquilo y apacible, que decidí tomar un baño...»

 

 

Alguien,    un     hombre       sudoroso     y

 

anónimo, se había situado muy cerca de ella. Con voz jadeante le susurraba palabras obscenas.

 

 

«...  iba  a  introducirme  en sus aguas con los brazos extendidos y las manos unidas. Pero de repente un cuerpo enorme, cortando las ondas como una flecha, se detuvo en el sitio  en  que  iba  a zambullirme...»

 

 

Todo había desaparecido ya; el vagón, el metro, los olores, el cerdo lujurioso    que    babeaba    su    pasión

 

procaz... Todo irreal. Lo único auténtico eran los paisajes africanos, las pieles talladas en ébano, los oscuros rituales.

 

 

«Al otro día, por la mañana, mis guerreros se untaron el cuerpo con cierto ungüento mágico, compuesto de harina de sorgho  mezclada  con  jugo  de una yerba preciosa, cuyas virtudes  conocen  únicamente los hechiceros indígenas...»

 

 

Estuvo a punto de pasar de largo por su estación. Logró salir del vagón en el último  momento,  luchando  contra  los

 

cuerpos arracimados y estáticos. Guardó el libro en su bolso y buscó las señales y los túneles que habrían de conducirla a la superficie, camino de su cita en el bufete.

El abogado tardó más de media hora en recibirla, y cuando  lo  hizo  no  fue para darle buenas noticias. El banco había presentado los informes de tres arquitectos atestiguando que el edificio donde  se  encontraba  el  piso  de  Sara tenía graves problemas estructurales, lo que, por razones de segundad, hacía imprescindible una reforma en profundidad. El banco correría con el ochenta y siete por ciento del coste de

 

las obras. Pero Sara, como propietaria de una octava parte del edificio, debería aportar el trece por ciento restante.

—Y eso ¿cuanto dinero supone? — preguntó Sara. El abogado cogió su calculadora y efectuó unas rápidas operaciones.

—Aproximadamente doce millones.

—¡¿Doce  millones?!  —Sara  se quedó sin aliento—. Es mucho dinero... Tendré que hipotecar la casa...

—Usted no lo entiende, Sara. —El abogado movió la cabeza de un lado a otro, como un padre dispuesto a corregir la ignorancia de su hijo—. No está pleiteando contra un banco, sino contra

 

una institución. Contra el sistema. Mire, el  banco  quiere  hacerse  con  la propiedad del edificio, para derribarlo y construir allí su sede central. Ha invertido ya mucho dinero y no está dispuesto a perderlo. —Hizo una pausa

—. Supongo que ha oído hablar de la solidaridad gremial: ningún otro banco le va a hacer préstamo alguno. ¿Puede conseguir ese dinero de otra forma? — Sara negó con la cabeza—. Entonces le explicaré lo que va a pasar. El banco llevará adelante las obras y luego le exigirá a usted el dinero judicialmente. No podrá pagar y le embargarán el piso.

¿Está claro? Usted perderá su vivienda

 

haga lo que haga. Mi consejo es que acepte  la  oferta  del  banco  y,  con  el mucho dinero que le ofrecen, se compra otro  piso  donde  quiera.  Sara  meditó unos instantes. —Supongo que todo eso

—dijo al fin—, las obras, el juicio...

Será un proceso lento, ¿no?

—Un año y medio. Quizá dos.

—Es mucho tiempo. —Sara adoptó una expresión decidida—. No venderé mi piso. Si es necesario ir a juicio, adelante. Quizás, entretanto, consiga el dinero.

—Eso es confiar en un milagro. — Una sonrisa escéptica flotaba en los labios del abogado.

 

Sara cogió su bolso y se puso en pie.

—¿No cree en los milagros?

—No, Sara. —El hombre suspiró— Creo en los bancos.

Eran casi las ocho cuando Sara llegó a  su  casa.  El  sol  del  atardecer atravesaba los grandes ventanales curvados, bañando de oro las paredes blancas, derramándose como un líquido brillante sobre el parqué barnizado.

Sara fue al dormitorio y se quitó la ropa, dejándola pulcramente colgada en un armario que olía a membrillo y naftalina. Luego se dirigió al cuarto de baño y, tras despojarse de la ropa interior, se dio una ducha muy caliente,

 

casi abrasadora, como si el agua ardiendo pudiera limpiarla de todas las miserias del día.

Mientras se secaba con una gran toalla de felpa azul, Sara contempló su imagen en el espejo. La cara redonda, aniñada,  enmarcada  por  una  corta melena de pelo moreno, ahora húmedo y revuelto. Los ojos castaños, pequeños y apagados, y aquellos rasgos suavemente desvaídos. Dejó de secarse. Miró sus pechos, generosos y firmes... Aunque...

¿No estaban un poco mas caídos? ¿No parecía algo flácida la carne, allí, sobre los pezones? Inspiró hondo y contuvo el aliento      durante      unos      segundos,

 

hinchando el  tórax.  Soltó  de  golpe  el aire. En verano cumpliría veintiocho años.  Parecía  más  joven,  es  verdad, pero lo cierto es que ya llevaba veintiocho años hollando la faz de la Tierra. Veintiocho años viviendo en aquel mismo piso.

Veintiocho años esperando. Pero ¿esperando qué?

Cerró los ojos y continuó secándose. No  quería  pensar  en  esas  cosas,  no quería deprimirse y acabar llorando, sin saber por qué, como otras veces.

Se puso unos viejos pantalones vaqueros y una camiseta negra, adornada con un gran dibujo  de  Bart  Simpson.

 

Pensó en llamar a Tomás. Pero Tomás estudiaba hasta muy tarde, y no quería distraerle. Además, siempre contestaba el teléfono su madre, una mujer triste y quejosa que tras una débil apariencia ocultaba un tenaz, y en ocasiones tiránico, carácter.

No, Sara no estaba de humor para enredarse en una interminable charla, rebosante   de   lamentaciones,   con   la madre de Tomás. Así que sacó de su bolso el libro de aventuras africanas y fue a sentarse a la terraza. Contempló el sol, ya muy bajo, casi rozando el horizonte de tejados y antenas. Abrió el libro y comenzó a leer.

 

«Al salir del bosque, penetramos en una selva poco espesa, donde se elevaban numerosos hormigueros como otras tantas dunas...»

 

 

Sonó el timbre de la puerta.

¿Quién podría ser? No esperaba a nadie, aunque quizá Tomás había decidido hacerle una visita sorpresa... A veces actuaba así, cuando la cabeza le dolía de tanto memorizar leyes y artículos.  Sara  corrió  al  recibidor  y abrió la puerta.

Se quedó helada, paralizada. En el descansillo,  de  pie  frente  a  ella,  el

 

hombre monstruoso y tullido que había visto en la plaza la miraba con seriedad. Su primer impulso fue cerrar la puerta, pero se contuvo. El hombre estaba inmóvil,  a  una  prudente  distancia  de ella, en actitud relajada y tranquila.

—¿Qué  desea?  —No  pudo  evitar que sus palabras sonaran recelosas.

—¿Sara Aludel? —Sara asintió. La voz del hombre era inconcebiblemente ronca, pero también amable—. Discúlpeme, señorita Aludel. Sé que mi aspecto suele inquietar a la gente. Pero le aseguro que soy inofensivo y que mi presencia aquí obedece sólo a razones profesionales.

 

Sara  volvió  a  notar,  como  horas antes en la plaza, que sus mejillas enrojecían. «Feo no es lo mismo que malo», pensó. Intentó relajarse.

—Perdone, es que no esperaba visitas... —De pronto una idea le vino a la cabeza. ¿Razones profesionales? Frunció el ceño—. Ah, ya. Trabaja usted para el banco. El hombre parpadeó, confuso.

—No  trabajo  para  ningún  banco. Esta mañana fui a visitarla a su trabajo. Dijeron que estaba comiendo. Me acerqué al restaurante, pero la vi acompañada   y   no   quise   molestarla. Vengo por el anuncio del periódico. —

 

¿Cómo...?  —El  anuncio.  Dice  que alquila una habitación. Y aparece su nombre, junto a esta dirección.

—Pero el anuncio todavía no ha salido...

El hombre le tendió el diario que llevaba  en  la  mano.  Sara  lo  cogió. Estaba  abierto  por  la  sección de anuncios por palabras. Había uno rodeado por un trazo de rotulador rojo. Su anuncio.

—Es extraño, no tenía que aparecer hasta  mañana.  —Miró  al   hombre  y sonrió por primera vez—. Lo siento, debo parecerle una tonta. Verá, lo cierto es que pensaba alquilar la habitación a

 

una chica, no a un hombre...

—Oh, no, no, no. No es para mí. — El hombre frunció levemente la nariz, y su cara, más que nunca, se asemejó a la de un mono—. Verá, soy el secretario personal de un distinguido caballero, un notable   intelectual   y  filántropo,  que desea discutir con usted un asunto relacionado con su habitación. —El hombre sacó del bolsillo interior de la americana  una  cartera  de  piel  de avestruz. Extrajo de ella una tarjeta y se la tendió a Sara. Era un rectángulo de cartulina  verde,  con el  dibujo  de  una flor,  una  orquídea, grabado en el extremo  derecho. Y  un  nombre  en  el

 

i zqui er do: Dr.   Pétalo.  Al   lado,   un número de teléfono. Ninguna dirección. El  hombre  prosiguió—:  Mi  jefe,  el doctor Pétalo, está extremadamente interesado en hablar con usted. Y le suplica que tenga la amabilidad de entrevistarse con él, mañana a las siete de la tarde, en la suite Frank Lloyd Wright del hotel Ritz.

—Pero... —Sara estaba perpleja—. No acabo de entenderlo. ¿Ese doctor quiere alquilar mi habitación?

—Créame —el hombre parecía afligido—, es difícil de explicar. El doctor lo hará mucho mejor que yo. Acuda mañana a la cita. Recuerde, suite

 

Frank Lloyd Wright. A las siete. Le aseguro que no se arrepentirá. Buenas noches.

Tras  inclinar  la  cabeza,  aquel hombre extraño y deforme se alejó cojeando escaleras abajo.

Sara cerró lentamente la puerta y se dirigió pensativa hacia el salón. Ya era casi  de  noche;  encendió  la  luz.  De pronto se dio cuenta de que en la mano, junto a la tarjeta, todavía sostenía el periódico que le  diera el  hombre torcido. Lo dejó sobre la mesa de cristal mientras  se  sentaba  en  el  sofá. Contempló la tarjeta; era un elegante trabajo   de   impresión.   La   orquídea,

 

dibujada en suaves tonos pastel, tenía una apariencia extrañamente sensual; aunque, en fin, todas las orquídeas son así.

Doctor Pétalo... extraño nombre. Depositó la tarjeta sobre la mesa y se tumbó en el sofá.

Al parecer un caballero llamado Pétalo, alguien con suficiente dinero como para tener secretario personal y vivir en una suite del Ritz, quería alquilarle la habitación...

Absurdo. Lo más probable es que fuera una treta del banco. Aunque resultaba extraño que un banco se comportase  de   forma   tan  rara.   Los

 

bancos  son  poderosos,  pero tediosamente  previsibles.  Por  otra parte...

La  luz  le  daba  en  los  ojos.  Sara estiró  el  brazo  y  la  apagó.  El  salón quedó en penumbras.

Por  otra  parte, el  tullido afirmaba que la había ido a buscar a su trabajo — ella misma le vio en el restaurante—; pero ¿cómo sabía dónde trabajaba? Además...

Sara dio un respingó y se incorporó bruscamente. Había algo luminoso moviéndose sobre la mesa. Encendió la luz e inspeccionó con precaución la superficie de vidrio, pero no encontró

 

nada extraño en ella. No obstante, estaba segura de haber visto algo brillante moviéndose  despacio...  Sara  apagó  la luz de nuevo. Observó que lentamente una imagen se formaba encima de la tarjeta del doctor Pétalo. Se acercó y la escrutó con atención.

—¿Qué es esto...? —murmuró asombrada. Apenas tres centímetros por encima de la tarjeta que le diera el hombre  torcido,  una  luminosa  y fantasmal orquídea azul, cubierta de motas anaranjadas, giraba pausadamente sobre su eje. Sara la contempló embobada durante un par de minutos. Luego  encendió  de  nuevo  la  luz.  La

 

orquídea desapareció. Cogió la tarjeta y la  examinó  con  cuidado.  Parecía cartulina normal, de un suave color verde, con mucha textura. Sara había visto  hologramas,  y no  se  parecían a esto. Claro que quizá se tratara de un producto  nuevo;  los  japoneses  se pasaban la vida inventando cosas así. Pero aquello era tan mágico...

Un  pensamiento,  una  difusa intuición, hizo que Sara cogiera el periódico que le había dado el hombre deforme. Comprobó que su anuncio seguía allí y luego desdobló las grandes páginas. —No es el periódico de hoy...

—susurró mientras lo hojeaba. Se fijó

 

en la fecha.

Era la edición de La Vanguardia del día siguiente. Una intensa sensación de irrealidad la asaltó. Sara depositó el periódico sobre su regazo. Durante unos segundos experimentó una profunda confusión.  Intentó  calmarse.  Luego apagó la luz y acercó la tarjeta a sus ojos.

La orquídea, como un fantasma fosforescente, volvió a iniciar su danza luminosa.

En realidad era algo muy bello. Sara sonrió.

 

 

GIMEL

 

Lucas Delgado tomó asiento detrás del escritorio de acero esmaltado en blanco  y  dejó  la  tarjeta  del  doctor Pétalo, casi con reverencia, sobre su superficie.

—¿Dónde has conseguido esto?

Sara adivinó la excitación que se escondía tras las pupilas dilatadas del hombre.

—Me lo dio un amigo.

—¿Y tu amigo de dónde lo ha sacado?

Sara se encogió de hombros. Lucas

 

unió las yemas de los dedos, desvió la mirada hacia un lado y permaneció unos instantes  absorto en sus  pensamientos. De vez en cuando dirigía furtivos vistazos a la tarjeta verdosa que descansaba sobre la mesa.

Lucas Delgado trabajaba en el departamento de investigación de Electronic   Components   —Electrocom

—, en calidad de director de proyectos. Hacía mucho tiempo que conocía a Sara. De hecho habían sido vecinos hasta que, seis  meses  atrás,  Lucas  aceptara venderle su piso al banco. Además fue Lucas quien la recomendó para el puesto de   secretaria   del   departamento   de

 

marketing.

Sara había acudido a él aquella mañana para enseñarle la tarjeta del doctor Pétalo. Apagó las luces del despacho, situado en el sótano y, por tanto,  sin  ventanas,  y  le   mostró  el mágico baile de la flor luminosa.

Lucas contempló con ojos pasmados la radiante imagen de la orquídea intensamente azul, delicadamente moteada de naranja, girando despacio en su órbita axial.

Luego Sara encendió la luz y le entregó la tarjeta al sorprendido Lucas.

—¿Podrías examinar esto? Es muy curioso,  ¿verdad?  A  lo  mejor  sabes

 

dónde se fabrica. —Lucas, todavía con los ojos dilatados de asombro, miraba alternativamente a Sara y a la tarjeta. La mujer  prosiguió—:  Ahora  tengo  que irme. Volveré a la hora de comer. Y, por favor, Lucas, no le enseñes la tarjeta a nadie. ¿Me lo prometes?

El hombre asintió, todavía desconcertado.

Sara  salió  del  despacho, internándose deprisa por entre las visceras de aquel edificio abrumador, frío y anónimo como un hospital de desahuciados. Y la mañana se arrastró perezosa, entre la rutina gris de lo cotidiano y la  monotonía azul  del  río

 

catódico que manaba, sutil, por las pantallas fosforescentes de los ordenadores.

Todo igual que siempre, todo inmutable. Pero ahora, en el interior de Sara, ardía un indefinido presentimiento; algo así como esa extraña sensación que se experimenta cuando estamos a punto de entrar en un lugar desconocido, pero que siempre hemos deseado visitar.

—Sara   —el   hombre   separó   las manos y señaló la tarjeta verde que descansaba sobre su mesa—: he examinado esto y, bueno, es algo muy peculiar, ¿sabes?... La verdad, desconozco completamente la tecnología

 

que lo hace funcionar. No he sabido de ningún avance tan radical en holografía, y te prometo que estoy al tanto de esos temas. —Se inclinó hacia delante—. Sara, me interesaría mucho hablar con tu amigo.

—Se lo diré. —Sara no pudo evitar sonreír ante la evidente confusión de Lucas—. ¿Qué es? ¿Un holograma?

—Pues... en un sentido muy amplio, evidentemente sí. Esa tarjeta genera una imagen en tres dimensiones, de eso no cabe duda. Pero también está claro que no lo hace de ninguna de las maneras hasta  ahora  conocidas. Además  la imagen se mueve, lo que quiere decir

 

que la tarjeta genera o procesa energía. Pero  no  he  podido  detectar  ninguna fuente de energía en ella. Sólo emite radiación en el espectro visible. — Suspiró—. Y no sé cómo lo hace, ni de dónde surge esa imagen, ni por qué se mueve. —Se pasó la mano por el pelo, con gesto cansado—. He realizado un scanner   de   su  interior.  Y  no   tiene interior. Esta hecha de un material que parece  cartulina,  pero  que  no  es cartulina, ni plástico, sino algo mucho más duro, aunque igual de flexible. La misma tinta de la impresión... no es tinta, sino el propio material de la tarjeta que parece alterar su color. —Suspiró—. Lo

 

he probado todo. Incluso he llamado al número de teléfono que aparece inscrito.

—¿Y...?

—Es   un   número   inexistente.   — Cogió la tarjeta y la contempló con el ceño fruncido—. Esto es un objeto imposible, Sara.

—¿Quién puede haberlo fabricado?

—Nadie. —Lucas agitó suavemente la tarjeta—. ¿Quién es tu amigo? ¿El doctor Pétalo? —Sara negó con la cabeza—. Da igual. Tengo que hablar con  el  dueño  de  la  tarjeta.  Es importante.

—No te preocupes, ya te he prometido que  se  lo  diré.  ¿Se  la  has

 

mostrado a alguien?

—No, no. Pero me gustaría que la viese un compañero. Se trata de un especialista en...

—No. —Le quitó la tarjeta de las manos. Lucas la miró casi con desesperación. Sara le advirtió—: Y no quiero que le hables a nadie de esto.

—Déjamela, Sara. Sólo veinticuatro horas más —suplicó Lucas—. El tiempo de hacerle un espectrograma láser y...

Sara selló con un dedo los labios de

Lucas.

—Has sido muy amable al examinar esto por mí. Te lo agradezco mucho. Cuando  llegue  el  momento  tendrás  la

 

tarjeta. Todo el tiempo que quieras.

Lucas parecía un perro ansioso por conseguir un hueso.

—¿Y cuándo crees que llegará ese momento?

—Cuando  averigüe  algunas  cosas.

—Sara      se      levantó—.   Eres  un      buen amigo, Lucas. Guárdame este secreto.

Sara no fue a comer. Se quedó en la oficina, frente a su mesa metálica, en un rincón del  pasillo,  bajo  los  tubos  de neón verdoso, frente al ordenador, pensando.

Había una explicación para que el hombre tullido tuviese el periódico del día  siguiente:  cuando  la  visitó  en  su

 

casa, prácticamente habían dado las nueve de la noche. Y los periódicos comienzan a imprimirse sobre esa hora. El tullido podía encontrarse en la imprenta, haber cogido la primera edición  y  luego  haber  corrido  a  su casa... No parecía muy razonable, pero sí posible.

No obstante, la tarjeta y su mágica flor carecían de explicación. Eran un enigma.

Quizá  su  entrevista  con  el  doctor

Pétalo aclarase las cosas...

Sara   se   agitó   sobre   el   asiento. Estaba nerviosa. Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir. Como la víspera

 

de Reyes, cuando era niña, y el futuro inmediato se presentaba lleno de sorpresas y prodigios.

Sacudió la cabeza.

«Sara, Sara», pensó, siempre fantaseando...

Las horas pasaron con lentitud exasperante. Albaranes, cartas, llamadas telefónicas. Vázquez por el interfono, altivo como un capitán de empresa: Sara sirve  café,  Sara  haz  unas  fotocopias, Sara date prisa...

Carreras a la impresora, mandar un fax, preparar el correo, distribuir memorándums. El reloj marca las cinco y cuarto.

 

Una  llamada  de  Tomás  (era viernes): «Hola, mi amor... ¿Vamos esta noche al cine...? Te paso a buscar a las nueve, ¿de acuerdo?»

Archivar órdenes de compra, localizar a un proveedor, hacer un duplicado de cierto contrato, escribir un listado de direcciones, localizar un número de teléfono, pasar las llamadas.

El reloj marca las seis menos diez. Sólo faltan diez minutos para salir...

La puerta del despacho se abrió. Vázquez se aproximó a Sara y le tendió un puñado de folios manuscritos.

—Hay que pasar esto a máquina y mandarlo por fax a la central de Nueva

 

York.

—Pero es muy tarde, no me dará tiempo. Lo haré el lunes a primera hora.

—Claro, y en Nueva York estarán encantados de que todo se paralice porque una secretaria quiere irse de paseo.

—Tengo una cita a las siete...

—¡Oh, una cita! Eso lo cambia todo.

—La  voz  de  Vázquez  expresaba  un alegre sadismo—. Lo malo es que si quieres seguir teniendo trabajo el lunes, más vale que acabes esto hoy.

Muérdete la lengua, Sara. Agacha la cabeza y obedece.

Los dedos vuelan sobre el teclado.

 

Deprisa, deprisa.

Las siete menos cuarto. El texto ya está pasado. Sara corre por la vacía oficina hasta llegar al fax, marca el número de Nueva York. Comunica.

«Oh,  no,  no,  no...  Voy  a  llegar tarde.»

Vuelve a marcar. Línea abierta. Un suspiro de alivio. Los folios comienzan a adentrarse por entre los rodillos del fax. Tan lentamente...

El reloj marcaba las siete y cinco cuando Sara salió de la oficina. La calle era  un  torrente  humano,  la  boca  del metro un enorme desagüe.

Sara se  convirtió en una  molécula

 

más de aquel río browniano. Casi sin voluntad su cuerpo se desplazó por los túneles de neón y las escaleras de cemento.

En su mente, Sara evocaba la orquídea asombrosa.

Camino de su cita en el Ritz todo parecía girar, despacio, de derecha a izquierda,  como  la   flor   mágica  del doctor Pétalo.

Un revuelo de raso y seda, de pamelas floreadas y de trajes negros y azules sorprendió a Sara en el vestíbulo del hotel. Los invitados a una boda deambulaban de un lado a otro, en una zigzagueante carrera de besos, saludos y

 

abrazos.  Un  empleado  del  hotel intentaba en vano reconducir la situación hacia los salones adecuados. Pero los novios todavía no habían llegado, la expectación se mantenía. Un reloj, en la recepción, marcaba las siete y veintiséis minutos de la tarde.

Sara se encontraba perdida en el lujoso vestíbulo, entre aquella gente engalanada y altiva. Se detuvo cerca de los ascensores y buscó con la mirada algún indicio de la suite donde estaba citada. Sin querer se fijó en el grupo de maduras matronas que charlaban cerca de ella. Pieles y joyas, damasco y satén, gestos  distantes y sonrisas falsas.  Las

 

manos sujetando largos guantes blancos, como palomas apresadas por cepos de carne.

—Sara... —La voz ronca del secretario  del  doctor  Pétalo  la sobresaltó. Se encontraba a su lado, mirándola inexpresivo—. Estamos muy contentos de que haya decidido venir.

—¡Oh...! Sí... Lo siento, me he retrasado.

—Eso carece de importancia. Tenga la bondad de seguirme. El doctor está deseando conocerla.

Subieron  en  ascensor  hasta  el séptimo piso. Luego Sara siguió el renqueante caminar del hombre torcido a

 

través de los pasillos de mármol y alfombra. Finalmente llegaron ante una puerta  de  madera  que  ostentaba  una placa de cristal de roca y letras doradas. En ella podía leerse: Suite Frank Lloyd Wright. El hombre golpeó con sus peludos nudillos en la madera de nogal y abrió la puerta sin esperar respuesta. Le cedió el paso a la mujer.

Sara entró despacio en la increíblemente lujosa suite. En realidad era una especie de recibidor, decorado con muebles art déco de cuero, madera y metal. Las esquinas de las paredes y los techos estaban rematados por largas molduras de cristal blanco. Dos grandes

 

espejos con motivos florales en los marcos se enfrentaban a cada lado de la habitación, repitiendo infinitamente sus imágenes. Cerca de una puerta cerrada, un retrato de mujer, pintado por Támara de Lempicka, colgaba de la pared. A su lado, junto a una delicada licorera de vidrio y marfil, el doctor Pétalo la contemplaba sonriente.

—Mi querida Sara. Qué inmenso placer conocerte. —Se acercó a ella y estrechó cordialmente su mano entre las suyas. Eran unas manos fuertes, pero también suaves y cálidas—. Por favor, ponte cómoda.

Sara tomó asiento en un gran sillón

 

tubular de cuero negro. El secretario del doctor se dirigió a la puerta que había junto al retrato.

—¿Necesita  algo  más,  doctor? 

preguntó antes de salir.

—No, gracias, Dostigres. Puedes retirarte.

«¿Dostigres... ? ¿ Qué clase de nombre era ése?»

El  hombre  tullido  dirigió  una pequeña reverencia a Sara y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Te apetece un jerez? Oh, no me digas que no. Tienes que probar esta deliciosa cosecha del setenta y dos. Lo embotellamos en casa, ¿sabes?

 

Sara observó al doctor Pétalo mientras servía el jerez en dos pequeñas copas de cristal tallado. Vestía un elegante traje verde oscuro y una camisa de seda, sin corbata, con el cuello abierto. No llevaba joyas. Era muy alto, de complexión atlética. Debía rondar los cincuenta años, aunque parecía encontrarse  en  plena  forma.  Tenía  el pelo rubio, trigueño, pero las canas comenzaban  a  cubrir  las  sienes,  así como los aladares de su cuidada barba. Los  ojos eran azules, casi  grises. Parecía  un  hombre  del  norte,  un finlandés o un noruego, pero hablaba sin acento alguno.

 

—Bien, querida —dijo el doctor mientras le ofrecía la copa de licor—; pruébalo y dime qué te parece.

Sara dio un sorbito.

—Muy bueno...

—Tenemos una pequeña finca en Sanlúcar de Barrameda —comentó afablemente el doctor mientras tomaba asiento en un sillón próximo a Sara—. Allí se cultiva una variedad especial de la  uva palomino fino. Son unas cepas excepcionales, créeme. Además, este jerez ha sido criado siete años en botas de roble americano. A la temperatura adecuada, con el debido grado de humedad.   No   probarás   nada   igual,

 

querida.

—Es un vino excelente. —Sara dejó su copa sobre la pequeña mesa Clément Mere  que  tenía  al  lado.  Carraspeó—.

¿Qué desea de mí, doctor? Su secretario me dijo que era algo relacionado con la habitación que alquilo...

Pétalo sonrió. Bebió un sorbo de jerez y lo paladeó con los ojos cerrados. Luego depositó su copa junto a la de Sara. Había algo en él, en su mirada, en sus movimientos, que invitaba a la confianza. De algún modo, el doctor parecía transmitir serenidad y sosiego.

—Querida Sara —su voz era leña quemada, humo cálido, rumor de abetos

 

—, te juro que lo que vas a escuchar lo he contado ya cientos, miles de veces. Y siempre se me hace difícil encontrar las palabras adecuadas. —Comenzó a mesarse suavemente la barba de trigo oscuro, mientras sus ojos se tornaban soñadores.  Prosiguió—:  Vivo  en  una casa llamada Mansión. Es una morada grande y hermosa, rodeada de parques y jardines, de fuentes y arroyos. Un lugar de ensueño, créeme. Un paraíso de vino y miel.  Por  otra  parte,  también es  un sitio sorprendente. Sorprendente en muchos sentidos. —Ahora había algo de picardía en su sonrisa—. Por ejemplo: Mansión    siempre     está     creciendo.

 

Constantemente aumentamos el  número de  sus  habitaciones.  Te  parecerá extraño,  es  natural.  Pero  cada ampliación de la casa está meticulosamente estudiada. Sólo queremos lo mejor; nos lo pensamos mucho antes de añadir un nuevo recinto a nuestro hogar. —Se encogió levemente de hombros—. Y, ¿sabes qué? Hemos llegado a la conclusión de que una de las habitaciones de tu piso puede interesarnos. —Pétalo dejó de hablar y enarcó las cejas con humor—. ¿Ves...? Te estoy confundiendo. Pero ésta es una historia difícil de contar... Mira, considérame como un coleccionista muy

 

especial.     Colecciono     arquitecturas,

¿comprendes? Cuando veo una construcción que me emociona, una sala en particular, un edificio, un jardín... deseo poseerlo, incorporarlo a mi colección. Entiéndelo, así se mueve el corazón de un collectionneur. —Suspiró

—. En fin, me pongo en contacto con el dueño del recinto que ha llamado mi atención, e intento llegar a un acuerdo de compra.

El doctor Pétalo extendió las manos con las palmas hacía arriba, dando a entender  que  el  asunto  ya  estaba expuesto. Se recostó en el sillón y cruzó una pierna sobre la otra. Le dirigió a la

 

mujer una sonrisa de simpatía.

Sara apartó la mirada del doctor y la dejó pasear por el suelo alfombrado de la suite. Pensó que aquello era una locura. Apuró su jerez y respiró hondo.

—A ver si lo he entendido: usted es como uno de esos multimillonarios americanos que compran un castillo escocés y se lo llevan, piedra a piedra, a su rancho de California, ¿no?

—Una feliz comparación, querida. En efecto, soy algo así. —Y quiere comprarme un dormitorio, ¿es eso? — No se trata de un dormitorio, sino del salón que da a la terraza. Y la terraza también.

 

—¿Y se va a llevar mi salón y mi terraza para ponerlos en su mansión? — Sara  no  pudo  evitar  que  la  risa floreciera en sus labios—. ¿Y que me dejará? ¿Un gran agujero...?

—Ah, Sara. Entiendo que te rías. — Pétalo  asintió  levemente  y  sonrió—. Pero no hace falta trasladar tu salón. Lo conectaríamos a nuestro hogar sin necesidad de moverlo de sitio. Simplemente,   añadiríamos   un   puerta más, y esa puerta conduciría a Mansión.

Sara movió la cabeza de un lado a otro.

—¿Por qué se burla de mí, doctor?

—Estoy    siendo         sincero        contigo,

 

Sara. —Los ojos de Pétalo se nublaron

—.  Pero    por  experiencia  que, llegados a este punto, las palabras dejan de funcionar. Tendré que mostrártelo. — Pétalo se levantó del sillón y se acercó a la puerta de la suite por la que había salido su secretario. Apoyó una mano en el pomo y extendió la otra hacia Sara—.

¿Te importaría acompañarme? Sólo tardaremos unos minutos.

Sara  dudó.  Aquel   hombre  podía estar desequilibrado, o ser un embaucador...  Pero  no  parecía peligroso, más bien al contrario. No obstante, era imprudente fiarse de un extraño,    sobre    todo    cuando    sus

 

intenciones no resultaban, de ninguna manera, claras. Pensó en abandonar la suite y olvidarse de todo aquello. Luego recordó la mágica tarjeta y su imposible flor giratoria...

Sara se levantó y caminó despacio hasta detenerse al lado de Pétalo.

—¿Qué quiere enseñarme?

—Algo que te sorprenderá, no lo dudes. —Pétalo respiró hondo, reteniendo unos segundos el aire en los pulmones. Luego lo exhaló pausadamente—. ¿Dónde estamos ahora, Sara?

—¿Cómo...?

—¿Dónde nos  encontramos? En el

 

hotel Ritz, ¿no es cierto?

—Claro...

—En  la    Gran  Vía  de        Barcelona

¿verdad?

—¿A qué viene todo esto...?

—Ten paciencia. Sólo quiero dejar bien sentado que estamos en una suite situada en el piso séptimo del Ritz. ¿Sí?

Sara desvió la mirada y movió levemente la cabeza de un lado a otro.

«¿Qué estoy haciendo aquí?»

—Bien, querida, ¿tienes la amabilidad de acompañarme?

El  doctor  Pétalo abrió la puerta y con un ademán le cedió el paso a la mujer.    Sara    dudó    un   instante    y,

 

finalmente, cruzó el umbral.

Cuando Sara contempló lo que había detrás de la puerta, su corazón dejó de latir un instante, para luego acelerarse locamente, como un reloj al que se le salta la cuerda. Sus pupilas se dilataron y su cuerpo se estremeció presa del vértigo.

El  lugar  donde  se  encontraba  no tenía parangón con nada que hubiese visto jamás. Era un inmenso corredor de blancas paredes, de unos cien metros de ancho, por setenta u ochenta de alto. Su longitud no podía calcularse, ya que los dos extremos del corredor parecían perderse  en  el  infinito.  El  techo,  de

 

cristal, mostraba un grandioso cielo nocturno cuajado de estrellas. A cada lado del corredor, filas de puertas se alineaban hasta perderse en una perspectiva dramáticamente fugada.

Era impensable que aquella descomunal construcción estuviese en el hotel Ritz (¡el hotel entero cabría dentro de ella!), o en cualquier otra parte de Barcelona.  De  hecho,  la  propia existencia del corredor parecía imposible, un atentado a la cordura y al sentido común.

—Tranquilízate, Sara. Esto es el Pasillo Central de Mansión. Lo hemos conectado   provisionalmente   al   hotel

 

Ritz.

Miró incrédula a Pétalo. Sara apenas podía hablar, o moverse, o pensar. Un intenso  mareo  se  había  adueñado  de ella, haciendo peligrar su equilibrio. El doctor la sujetó por los hombros.

—Tranquilízate,  niña  —susurró—. A todo el mundo le sucede la primera vez que ve Mansión. Pronto te acostumbrarás.  Sara  apartó  la  mirada del doctor y volvió a contemplar el inmenso Pasillo Central.

Todo en él evocaba formas curvas, ondulantes, vegetales. Columnas de hierro verdoso se elevaban, pegadas a las   paredes,   hasta   transformarse   en

 

palmeras de largas ramas que se entrelazaban con el cristal del techo, amparando entre sus hojas generosos racimos  de  dátiles  tallados  en lapislázuli, pálida hiedra trepadora de nácar y marfil, musgo de malaquita y frutos de jaspe y rubí.

Por el centro del Pasillo, de cien en cien metros, una infinita serie de construccionei de metal dorado y cristal, todas idénticas, se sucedían en una fila sin fin. Eran pequeños habitáculos transparentes, parecidos a los lujosos ascensores de principios de siglo.

El suelo estaba formado por losas cuadradas de mármol, blancas y negras,

 

como un tablero de ajedrez. En las paredes, lánguidos apliques de hierro forjado evocaban enredaderas y nenúfares. Sobre ellos, a unos diez metros del suelo, flotaban ingrávidos grandes ovoides luminosos, las únicas fuentes de luz que se distinguían en el Pasillo.

Reinaba un silencio total.

—Como verás, en Mansión somos muy  aficionados  al  art  nouveau.  — Pétalo hablaba en tono suave, tranquilizador—. Personalmente encuentro que el estilo modernista es particularmente evocador. Espero que te guste.

 

Sara cerró los ojos. Tenía el estómago apretado como un puño, y no cesaba de temblar. Tragó saliva.

—Esto no es real —dijo con un hilo de voz—. Es una alucinación...

—No, no, querida; es auténtico. Estamos  en  el  Pasillo  Central  de  mi casa, ya te lo he dicho.

Sara negó con la cabeza.

—Es una ilusión... como el holograma de la tarjeta...

—Ya sé que es difícil de aceptar, Sara. Pero todas estas puertas que ves

—señaló con un ademán la línea infinita de portales alineados— conducen a los diversos recintos de la casa. Cada uno

 

de ellos conectados a Mansión de una forma  sutil,  etérea.  Igual  que  hemos hecho con el hotel. —Sonrió paternalmente—.  No  es  fácil  de entender, ya lo sé. Pero es real. —La tomó de la mano—. Ven, confía en mí.

Sara, casi sin voluntad, se dejó llevar. Sus pasos sembraron de ecos el silencio de aquel lugar inverosímil. Se detuvieron frente a un gran portal de roble, con el marco tallado en formas geométricas curvas. Tenía un símbolo grabado, una «u» tumbada hacia la izquierda, y al lado unas palabras: nun, lamed,  waw.  Pétalo  giró  el  pomo  y abrió.

 

Sara sintió que el vértigo volvía a atenazar su estómago cuando vio el embarcadero de madera, la pradera cubierta de flores exóticas, el lago rodeado de bosques, las montañas de granito  con  las  cumbres  veladas  de nieve. Y los dos soles gemelos, uno naranja y el otro amarillo, poniéndose en el horizonte.

—Es  uno  de  los  parques  de Mansión. —Las manos del doctor empujaron suavemente a Sara, invitándola a traspasar el umbral—. Lo llamo Avalon. Es mi favorito.

Cruzaron la  puerta.  Sara  notó  que una suave brisa jugaba con sus cabellos

 

y arrancaba rumores de almidón a las copas de los árboles. A su nariz llegaron aromas a resina y humedad, a regaliz, espliego y jara... y una miríada de olores imposibles  de  definir,  porque  nunca antes habían sido percibidos.

Ah, no. Aquello no era una holografía, ni una ilusión. Aquello era absolutamente real, aterradoramente auténtico.

Sara escuchó ruido de pisadas y un profundo resoplar. Se volvió sobresaltada.  A  unos  diez  metros  de ella, un extraño animal pacía en las jugosas hierbas que crecían al borde del lago. Parecía un caballo, pero no lo era.

 

En la  parte  superior  de  su cabeza  se erguía un cuerno largo y fuerte.

—Unicornios —murmuró Pétalo, feliz como un niño—. Hermosos animales, ¿no es cierto? Es poco frecuente verlos, pero hemos tenida suerte.  Fíjate,  Sara.  Este  parque Avalon, se encuentra increíblemente alejado de tu ciudad, del hotel donde estábamos. Y, sin embargo, formando parte de Mansión, está cerca, al alcance de la mano. ¿No te parece maravilloso?

Sara respiraba agitadamente y no dejaba de temblar. Como hipnotizada, contemplaba alternativamente el unicornio y los dos soles, a punto ya de

 

desaparecer tras las montañas. — Sáqueme de aquí, por favor... —musitó.

—Pero, niña, no tengas miedo. Los unicornios son animales inofensivos.

Sara estaba demasiado mareada y aturdida para abandonar aquel lugar sin ayuda. Además, no creía poder enfrentarse sola al vértigo infinito del Pasillo Central.

—Quiero irme —jadeó—, vamonos, por favor...

—Querida, estas  hiperventilándote

—observó el doctor—. No deberías hacerlo, porque aquí el contenido de oxígeno es...

—¡Sáqueme de aquí, doctor! —gritó

 

la mujer—. ¡Lléveme al hotel!

Pétalo advirtió que las mejillas de Sara  habían  adquirido  el   color   del nácar, que su frente estaba perlada de sudor.

—Te has mareado, niña. No te preocupes, volveremos a la suite.

Desde el punto de vista del parque, la Puerta de Mansión se encontraba adosada a una pequeña y ruinosa construcción de  barro  y mosaicos. Pétalo, sujetando a Sara por la cintura y los   hombros,  la   ayudó  a   cruzar   el umbral.

Y se encontraron de nuevo con la grandiosa    perspectiva    del    Pasillo

 

Central. Sara cerró los ojos. Pétalo la llevó, casi en volandas, hasta la puerta que  conducía  al  hotel.  Entraron en la suite y el doctor depositó a la mujer, con infinita delicadeza, en el sillón de cuero negro.

—Te pondré otro jerez, niña. Necesitas reanimarte.

—No... No... Tengo que salir de aquí... —Sara intentó incorporarse, pero no lo consiguió, seguía mareada. Tragó saliva varias veces—. Yo... dentro de un minuto estaré bien... y me iré...

Pétalo asintió. Sus ojos reflejaban comprensión  y  ternura.  Cogió  un taburete   de   madera   lacada   y   tomó

 

asiento al lado de la mujer.

—Sé que ahora te encuentras confundida, Sara. Y que no es el mejor momento para hablar. Pero es necesario, porque pronto te marcharás. Mira, has dado un simple vistazo a mi casa. Te has limitado a rozar levemente su interior. Pero Mansión puede ofrecerte mucho más. Acepta mi oferta, Sara, véndenos tu terraza y recibirás a cambio un tesoro incalculable.

Sara se incorporó y dio dos pasos vacilantes hacia el centro de la suite.

—Tengo que irme... —Buscó, confusa, con la mirada—. ¿Mi bolso...?

—Escúchame, Sara. Podemos hacer

 

una prueba. Sin ningún compromiso por tu  parte.   Si   aceptas,  abriremos  una puerta en tu salón. De forma temporal. Una puerta que conduzca a Mansión y que te permita descubrir sus prodigios y misterios. Una puerta que sólo tú podrás cruzar y que permanecerá abierta hasta que decidas lo que quieres hacer.

—Mi bolso... No lo encuentro...

El doctor Pétalo sonrió con resignación. Se agachó y cogió el bolso que estaba medio oculto bajo el sillón. Se lo tendió a la mujer.

—Acepta mi ofrecimiento, querida Sara. Sólo será una prueba y podrás descubrir  todo  lo  que  Mansión puede

 

hacer por ti. Llámame cuando tomes una decisión, por favor.

Sara cogió el bolso, vaciló un segundo... Se dio la vuelta y salió de la suite con paso rápido y nervioso.

Se detuvo un instante en el pasillo del hotel. Su mente era un torbellino de ideas e imágenes; no podía pensar con claridad.   Recuperó   el   aliento   y   se dirigió a los ascensores.

El hall del hotel continuaba siendo un hervidero. Los novios todavía no habían llegado y los invitados seguían revoloteando con sus plumajes de fiesta. En realidad, todo parecía igual que cuando Sara llegó.

 

La  mujer  se  detuvo  un  instante  y miró el reloj de la recepción. Marcaba las ocho menos veinticinco.

¿Sólo había permanecido diez minutos en la suite, con el doctor? Imposible. Consultó su reloj: las ocho y media.

«¿Qué está pasando?», pensó Sara.

«¿Dios mío, qué me está ocurriendo...?» En        aquel momento    los     novios

entraron en el vestíbulo.

Aplausos,  besos  y  risas.  Un remolino  de  cuerpos  girando concéntricos en torno a la pareja de recién casados, como hojas de otoño resbalando  por  el  agua  rizada  de  un

 

sumidero.

 

 

 

 

BETH

 

Al llegar a su casa, Sara se apoyó contra la pared y permaneció así unos instantes, sintiéndose aliviada por el bálsamo de lo cotidiano, de lo familiar.

Después de darse una ducha (que la tranquilizó  un  poco,  pero  no  lo suficiente) fue al salón y se tumbó en el sofá. Estaba aturdida.

Se llevó un susto de muerte cuando sonó el timbre de la puerta. No abrió hasta escuchar la familiar voz de Tomás al otro lado.

 

Había olvidado por completo la cita con su novio.

—¿Todavía estás así? —exclamó Tomás al verla con una camiseta larga y el pelo mojado—. ¡Vamos a llegar tarde al cine!

—¿Al cine...?

—Pero,  Sara...  Siempre  en las nubes. Habíamos quedado en ver una película. ¡Ya he sacado las entradas!

Sara  se  arregló  a  toda  prisa, mientras   Tomás   pasaba   el    tiempo ha c i e nd o zapping   en   el    televisor. Llegaron con la película empezada. Era una divertida comedia de Woody Alien, pero   Sara   fue   incapaz   de   prestar

 

atención. En la oscuridad del cine, sus pensamientos eran una especie de puzzle donde las imágenes se mezclaban con emociones extrañas en medio de una intensa sensación de irrealidad.

Luego, cuando acabó la película, volvieron a casa y se acostaron. Tomás quiso hacer el amor, y Sara lo intentó; pero estaba demasiado nerviosa y no lograba concentrarse en nada, le era imposible pensar en otra cosa que no fuera Mansión. Intentó incluso fingir, pero hasta aquello le resultó imposible.

—¿Qué     te       pasa? —le   preguntó

Tomás—. Estás muy tensa.

¿Qué         podía decirle?       ¿Que había

 

pasado la tarde viendo unicornios en un parque, bajo la luz de dos soles? ¿Que había  estado  con  un  doctor  loco  que tenía una casa en la que cabía toda Barcelona?

—No es nada, Tomás. —Fingió una sonrisa—. Problemas en el trabajo, tonterías...

Sara le besó en los labios, apagó la luz de la mesilla y cerró los ojos. Le costó mucho dormirse, y cuando lo consiguió   su   sueño   fue   inquieto   y agitado.

El sábado pasó como una nube de algodón arrastrada por la brisa. Sara se refugió en su mundo cotidiano; atender

 

la casa, preparar la comida, salir con Tomás.  En  cierta  medida  logró arrinconar el recuerdo de Pétalo y Dostigres, de la suite del Ritz y de Mansión. Pero, a la larga, las imágenes volvían  a  fluir,  asaltándola  de improviso, y su mente experimentaba de nuevo el vértigo de Pasillo Central, y sus oídos escuchaban las palabras del doctor Pétalo hablándole de su casa inaudita, y sus ojos veían los unicornios pastando bajo los dos soles de Avalon.

El sábado por la noche se acostaron pronto.  Sara  se  obligó  a    misma  a hacer el amor con Tomás. Fue, como siempre, un acto cotidiano y previsible,

 

sin excesiva pasión, pero con la precisa pericia  de  un  rito  muchas  veces repetido.

Igual  que  la  noche  anterior,  Sara tardó en conciliar el  sueño. Pero esta vez sus pensamientos dejaron de girar caóticamente en torno a los acontecimientos del viernes, y pasaron a ocuparse del futuro inmediato. ¿Qué iba a hacer? ¿Olvidarlo todo, como aconsejaba la razón? ¿O hacer caso a su curiosidad y ponerse en contacto con el doctor Pétalo?

Giró la cabeza y observó, bajo la débil luz que se filtraba por la ventana, el rostro dormido de Tomás. Parecía un

 

niño pequeño, alguien a quien proteger.

Sara cerró los ojos e intentó dormir. Aquella noche soñó que estaba con Dostigres,  el  secretario  de  Pétalo,  en una fiesta de disfraces, y que juntos bailaban  valses   en   la   pista   de   un inmenso salón de espejos. Ella llevaba un traje dieciochesco, con una gran peluca blanca, y Dostigres un rojo uniforme de dragón del ejército francés. Tenía un aspecto ridículo.

Luego el salón de baile se convertía en el Pasillo Central, y Dostigres decía:

«¿Qué prefieres, Sara? ¿Venderle todo el piso al banco, o sólo el salón y la terraza a Mansión?» Más tarde aparecía

 

un gran conejo blanco con una chistera, y el sueño se volvía completamente absurdo.

El domingo por la mañana Sara y Tomás desayunaron en un bar cercano. Dieron un corto paseo hasta la boca del metro y allí se despidieron con un beso. Tomás preparaba la oposición durante toda la semana, incluyendo domingos, catorce horas al día, sin interrupción. Sólo se permitía descansar los viernes por la noche y los sábados. Desde hacía tres  años,  ésos  eran  los  únicos momentos que Sara y Tomás tenían para estar juntos. Pero, claro, como decía Tomás,  si  fuera  fácil  convertirse  en

 

notario,     nadie ganaría       tanto dinero siéndolo.

Sara volvió a su casa y se recostó en la tumbona de mimbre que había en la terraza. Hacía una mañana magnífica. Sara cerró los ojos, permitiendo que su cuerpo se relajara bajo el calor radiante del  sol,  y  poco  a  poco  comenzó  a ordenar sus pensamientos.

Primero buscó explicaciones racionales. Todo podía haber sido una alucinación, un sueño. Pero aún conservaba la tarjeta del doctor Pétalo, y eso era real.

Quizá se tratara de un engaño, de una ilusión... Aunque si así fuera, se trataría

 

de una ilusión tan inconcebible que en sí misma  constituiría  un  asombroso enigma.

Por último, quizá lo que le contó el doctor Pétalo fuera cierto... Y quizá Mansión existiese, y quizás el Pasillo Central condujera a un universo de prodigios y maravillas.

Y  quizá  Sara  pudiera...  quizá pudiera dejar de esperar.

Se incorporó sobre la tumbona. Durante unos minutos permaneció completamente inmóvil, intensamente concentrada. De pronto, frunció los labios, se levantó con aire decidido, atravesó el salón y corrió a la contigua

 

sala de estar. Cogió la guía que había junto al teléfono y buscó un número. Lo encontró y marcó. Sonaron tres señales y una amable voz contestó al otro lado.

—Hotel Ritz, dígame.

—Quisiera hablar con uno de sus huéspedes, el doctor Pétalo —dijo Sara, conteniendo la respiración.

Una larga pausa.

—Lo siento, señorita —contestó la voz del conserje—. No se aloja con nosotros nadie llamado Pétalo.

—El viernes estaba allí. ¿No ha dejado alguna dirección, o un teléfono?

Sara escuchó, a través del aparato, el lejano y leve sonido de unas teclas de

 

ordenador al ser pulsadas.

—Tampoco el viernes aparece registrado nadie con ese nombre —dijo el conserje tras una nueva pausa.

—Pero si yo le vi. Estaba en una habitación del piso séptimo. La suite Frank Lloyd Wright.

—Creo que hay una confusión, señorita. Disponemos de doce suites, pero ninguna se llama Frank Lloyd Wright. Además, el Ritz sólo tiene seis pisos.

Sara  respiró  profundamente.  Notó que el vértigo volvía; esta vez, sin embargo, acompañado de un sentimiento de    júbilo    tan    incongruente    como

 

embriagador.

Se disculpó con el conserje y colgó. Cogió la guía telefónica y volvió a consultarla: el apellido Pétalo no figuraba en ella. Dejó la guía a un lado. El doctor había dicho que le llamase, ésas fueron sus últimas palabras. Pero

¿a dónde?

En la tarjeta había un número de teléfono, por supuesto. No obstante, Lucas dijo que se trataba de un abonado inexistente, de una línea muerta... Sin embargo,  las  cosas  que  rodeaban  a Pétalo parecían ser singularmente cambiantes. Buscó en su bolso y sacó la tarjeta.   Contempló   el    número   que

 

aparecía en ella y descolgó el teléfono. Tragó saliva: la excitación se agitaba en la boca de su estómago como un hormiguero en ebullición.

Marcó. La señal de llamada sonó cuatro veces en el auricular, y luego, con un clic que congeló el corazón de la mujer, alguien descolgó.

—¡Querida Sara! ¡Cuánto me alegra que hayas decidido llamar! —La voz de Pétalo sonaba alegre y cercana. Sara permaneció  inmóvil,  muda,  sin  saber qué hacer o qué decir—. ¿Sara...? ¿Estás ahí?

—Sí... sí, doctor.

—No        te       oía.    ¿Lo    has    meditado?

 

¿Deseas    hacer la       prueba        y        unirte temporalmente a Mansión?

—Yo...  bueno,  quisiera...  me gustaría volver a hablar con usted.

—Claro, claro. Pero el teléfono no es  un  medio  civilizado  de  conversar.

¿Te parece bien que nos veamos ahora mismo?

—Como desee... ¿Adonde debo ir? Hubo un silencio al otro lado de la

línea.

—Escucha, Sara —dijo por fin el doctor—, no quiero sobresaltarte, ni que pienses que estamos haciendo ostentaciones. Es una cuestión práctica, como  pronto  comprenderás. Cuelga  el

 

teléfono y ve al salón. Allí encontrarás algo nuevo. No te asustes; úsalo y podremos vernos.

Y el doctor Pétalo colgó. Sara depositó el auricular sobre el teléfono y miró con cierta aprensión hacia el salón. Se levantó y caminó hasta el umbral de la puerta. Inspeccionó la habitación con la mirada. Todo parecía en orden, no había nada anormal. Miró hacia la pared del fondo...

Y vio que había una nueva puerta en el salón.

Era una puerta normal, idéntica a las restantes de la casa. Pero en esa pared nunca antes había existido una  puerta.

 

Sara se acercó y la examinó. Era de madera lacada en blanco, con tiradores de  bronce, como todas  las  demás.  La tocó  con precaución.  Era  real,  estaba allí.

Por unos instantes Sara sintió el imperioso deseo de salir corriendo. Se mordió el labio inferior. «Es esto lo que deseas, ¿no?» Llevó la mano al pomo de la puerta y lo giró. ¿Y si detrás se encontraba el aterrador Pasillo Central? Cerró los ojos mientras abría la puerta.

Respiró hondo, parpadeó. Y miró.

Y sus ojos contemplaron la luz tamizada del atardecer sobre el mármol blanco, los reflejos violetas y rosados

 

de las joyas incrustadas en la piedra labrada, los arabescos geométricos, los versículos del Corán en las paredes...

Sara cruzó el umbral y alzó la vista. Admiró maravillada la enorme cúpula color de hielo que, a setenta metros del suelo, se abría como un capullo en flor.

Había visto cientos de fotografías de aquel lugar. Estaba en el Taj Mahal, el palacio indio, en realidad un mausoleo, que construyera el sha Yahan para albergar el cadáver de su amada esposa Muntazi.

Sara miró hacia atrás y pudo ver, a través   de   la   puerta,   las   familiares paredes de su salón, el radiante sol del

 

mediodía arrancando destellos del parqué. Volvió a admirar el interior del Taj Mahal, tenuemente iluminado por la luz dorada del atardecer.

—Estamos aquí, Sara.

A unos doce metros de ella, junto a una gran ventana, se encontraban Pétalo y Dostigres. El doctor hacía señas con la mano mientras le dedicaba la más afable de sus sonrisas. Sara se acercó. Pétalo le indicó con un ademán que tomase asiento junto a él, en una pequeña silla de tijera. Dostigres, de pie junto al doctor, la saludó con una inclinación de cabeza.

—Estoy feliz de volver a verte, Sara

 

—dijo Pétalo—. Nos hemos tomado la libertad de conectar tu salón con el Taj Mahal. Pensamos que podría gustarte.

—¿Es el Taj Mahal de verdad? — murmuró  Sara,  contemplando asombrada, a través de la ventana, el estanque   rectangular   flanqueado   por filas de cipreses.

—Por   supuesto.   —Los   ojos   de Pétalo parecían chispear—. Es el Taj Mahal  de  1653,  el  año  de  su terminación. Hace mucho tiempo que forma parte de Mansión. Cuando Yahan supo que el palacio, formando parte de nuestra casa, existiría eternamente, no dudó en cederlo. Es un buen hombre, un

 

romántico. Y alguien muy atormentado. Simpatizo con él.

—Doctor —Sara notaba el loco galopar de su corazón en el pecho—, estoy muy asustada. Por favor, explíquemelo. ¿Qué es todo esto? ¿Qué es Mansión?

—Tranquilízate,  niña.  No  hay motivo para tener miedo, créeme. ¿Qué es Mansión...? —Pétalo se reclinó en su asiento—.  Una  casa,  un  sitio  donde vivir. Mi hogar. Pero eso no te aclara nada, ¿verdad? Mira, el núcleo de Mansión es el Pasillo Central, tú ya lo conoces. ¿Dónde está el Pasillo Central? Eso es difícil de explicar. Desde luego

 

no en Barcelona. Ni en la Tierra. Ni en ningún lugar del universo. Digamos que se encuentra en una realidad lateral, en una dimensión distinta, con diferente espacio y diferente tiempo. Muy cerca y muy lejos de todas partes. —Carraspeó

—. Todas las puertas que viste a ambos lados del Pasillo Central conducen a las diferentes estancias de Mansión. Esas estancias se encontraban originalmente dispersas, muy separadas entre sí, tanto en la distancia como en el tiempo. Bien, pues   Mansión   pliega   el   espacio   y conecta esos lugares con el Pasillo Central mediante las Puertas.

—Pero      ¿de    qué    modo lo      hace?

 

¿Teleportación,  transmisión de materia...? ¿Cómo?

—Eso no importa, querida niña. — Pétalo rió—. Lo sustancial es que lo hace.  ¿Cómo?  Eso  carece  de  interés. Pero quizá quieras saber el porqué... — Sara movió afirmativamente la cabeza. Pétalo prosiguió—: A lo largo de la historia los seres inteligentes han construido edificios. Algunos de ellos son lugares maravillosos. Recintos que provocan emociones intensas. Arquitecturas  privilegiadas  que sintetizan los secretos más íntimos del gran arte. Obras magníficas, eternas, que sin    embargo    están    destinadas    a

 

desaparecer. Porque todo es efímero, y la piedra se hunde, el acero se quiebra, el  cemento se  fractura, la  entropía se alza triunfante. El  sol  se  convierte en una nova y, finalmente, el universo se colapsa. Nada permanece. Y el gran arte se  pierde  irremisiblemente.  —Se encogió de hombros—. Por eso existe Mansión, para preservar la belleza y la alegría, los lugares encantados y las construcciones fabulosas.

—Preservarlas, ¿cómo? —Sara sacudió la cabeza—. No lo entiendo. Mansión se... se conecta a un lugar. Pero no se lo lleva. Quiero decir que éste es el Taj Mahal de Mansión, ¿no? Pero el

 

Taj Mahal sigue existiendo en la India, y está  lleno  de  turistas,  y...  bueno,  este lugar parece nuevo. Pero el Taj Mahal está deteriorado por el tiempo...

—Ah, tienes razón. ¿Cómo te lo explicaría? —Pétalo retorció, pensativo, un extremo de su bigote—. Verás, supongamos que finalmente nos vendes tu  terraza.  Bien,  quedaría definitivamente unida a Mansión. Unida en el espacio, y también en el tiempo. Porque no sólo escogemos un edificio, sino  también un  momento  de  ese edificio. Esto quiere decir que, en Mansión, tu terraza sería la terraza de Sara... en primavera. Y siempre sería

 

primavera  en  la  terraza  de  Sara.  Es decir que, en el momento de la conexión, la terraza, por así decirlo, se dividiría en dos: una terraza seguiría en tu tiempo normal,  y  acabaría  desapareciendo, junto con el edificio, la Tierra y el universo, y la otra terraza existiría en el tiempo de Mansión. Para siempre.

—¿Quién  construyó   Mansión?

¿Usted?

La risa de Pétalo fue un revoloteo de palomas negras.

—Ah, niña, no quieras saberlo todo a la vez. Ve poco a poco.

Sara bajó la mirada y meditó unos instantes.

 

—¿Es usted un ser humano, doctor?

—preguntó.

La risa de Pétalo rompió de nuevo el silencio de mármol.

—¡Claro que soy humano, querida! Nací en Italia. —Se abrió de brazos con gesto de franqueza—. Dostigres también es humano. Y compatriota tuyo; nació en España. ¿No es cierto, mi buen amigo?

—Así es, doctor. —La ronca voz de

Dostigres se oyó por primera vez.

Sara asintió. Permanecieron en silencio unos segundos.

—Doctor  —dijo         por    fin     Sara—,

¿cuánto piensa pagarme por mi terraza?

—¿Te refieres a dinero? —Los ojos

 

de Pétalo mostraron un leve desconsuelo

—. Lo siento, querida, pero en Mansión no usamos dinero. La retribución que pensaba ofrecerte es de otra clase.

Sara se apartó un mechón de pelo que le caía sobre los ojos.

—Verá, doctor: si no consigo doce millones de pesetas, perderé mi casa. — Se encogió de hombros—. Y no podré cederle la terraza.

—Oh... —El rostro de Pétalo se volvió inexpresivo—. Eso puede ser un problema. O no serlo. Ya veremos. — Sonrió—.  Pero,  ahora,  déjame explicarte cuál será tu recompensa. En primer     lugar,     podrás     deambular

 

libremente por  Mansión y disfrutar de sus recintos. Créeme, un breve recorrido por la casa puede ser una experiencia muy tonificante. En segundo lugar, y como  ya  te  he  dicho,  el  tiempo transcurre  aquí  de  una  forma  distinta. Los ratos que pases en Mansión serán un tiempo extra que no habrá transcurrido en tu mundo. Cuando vuelvas a casa descubrirás que no ha pasado ni un segundo desde que entraste aquí.

—Por eso mi reloj se adelantó casi una hora en la suite del hotel...

—Exacto. —Pétalo se inclinó hacia Sara y la miró con seriedad—. Por último,  querida  niña,  recuerda  que  en

 

Mansión  las  cosas  no  se  deterioran. Nada lo hace. Y los seres vivos no escapan a esa norma. ¿Comprendes? — Hizo una pausa—. El tiempo que pases en Mansión será realmente extra. Y si vives siempre en Mansión, vivirás para siempre.

Sara contuvo el aliento.

—¿Quiere decir que... que Mansión es      una    especie        de      Shangri-La? 

¿Shangri-La? —Pétalo parpadeó desconcertado. —Shangri-La es un valle imaginario del Tíbet —intervino Dostigres—.   Aparece    en Horizontes perdidos, un novela del siglo veinte. Se supone    que    en    Shangri-La    nadie

 

envejece.

—Oh —el doctor asintió—, pues sí. En ese  sentido  Mansión es  como Shangri-La. —Sara experimentó cierta aprensión. ¿Cuántos años tenían Pétalo y Dostigres? De momento prefería no saberlo.  El  doctor  se  puso  en  pie—. Pero ahora, niña, lo mejor es que conozcas  Mansión.  Dostigres  te enseñará como funciona todo. —Sara se levantó y estrechó la mano que le tendía el doctor—. Ah, querida, una cosa más.

¿Te gustaría cenar conmigo y con mis hijos? Quisiera presentarte a Betania y Yubal.

—Sí, por supuesto... —Sara estaba

 

sorprendida; no  había  pensado que  el doctor tuviera familia.

—Perfecto. ¿Mañana a las nueve de la noche? Sara asintió. Comenzaron a caminar hacia el otro extremo de la gran sala del Taj Mahal. Al llegar a la zona central, el doctor Pétalo se detuvo junto a una intrincada mampara de mármol y joyería. Su mirada se llenó de confusión.

—Ahí dentro yace el cuerpo de Muntazi... —dijo con voz átona—, la esposa del sha...

El doctor apoyó la mano sobre el mármol. Tenía la mirada extraviada, como perdido en sus pensamientos. Parecía...    angustiado.    Dostigres    se

 

aproximó a él.

—Sus plantas le esperan, doctor — dijo con suavidad el secretario—. En el Invernadero.

Pétalo asintió. La sonrisa volvió a sus labios mientras se dirigía hacia una de las puertas del palacio. Dostigres se volvió hacia la mujer.

—¿Tiene la amabilidad de acompañarme, Sara?

Estaban en el Pasillo Central.

Sara   volvía   a   sentir   un  intenso vértigo ante la inmensidad del corredor: las palmeras art nouveau de hierro forjado, alzándose grandiosas hacia la bóveda de cristal y el cielo estrellado,

 

los ingrávidos ovoides de luz, la perspectiva brutal de las dos filas de puertas, extendiéndose infinitas hasta convertirse en un punto de fuga...

—¿Cómo  se      encuentra,   Sara?

preguntó Dostigres.

—A punto de vomitar... No, es una broma. Enseguida estaré bien. ¿Cuánto mide el Pasillo?

—Quién sabe... Hay tramos en que el  espacio  se  comporta  de  forma extraña. No se puede medir.

Una fuerte brisa hizo ondear el pelo de Sara. ¿Viento en un lugar cerrado?

—No todas las zonas del Pasillo tienen    la    misma    temperatura.   

 

Dostigres pareció adivinarle el pensamiento—. Eso hace que se formen corrientes de aire.

Sara observó que Dostigres era más bajo que ella. Y ella no era alta. El secretario del doctor debía medir menos de un metro sesenta, aunque era muy fornido. Y muy hirsuto; incluso el dorso de sus manos estaba completamente cubierto de pelo oscuro.

—Ya estoy mejor —dijo Sara.

—Pronto se acostumbrará al Pasillo. Ahora, si le parece bien, daremos una vuelta por Mansión. —Extendió un desmesurado brazo en dirección a la fila de  puertas—.  Como  puede  observar,

 

todas las Puertas están marcadas con letras hebreas: kaph, taw, shin, resh, qoph, etcétera. Estas letras sirven para identificar  los  recintos,  luego  ya veremos cómo. —Dostigres comenzó a caminar, paralelo a la pared—. Puede abrir  cualquier  Puerta,  Sara,  la  que desee, y deambular por todas las estancias de Mansión. —Se detuvo junto a un pórtico de ébano negro—. Pero jamás abra una Puerta como ésta. —El tono   de   su  voz  era   admonitorio—. Nunca abra las Puertas negras marcadas con la letra aleph. Va en ello su vida.

—¿Por  qué?  —Sara  se  alarmó—.

¿Qué   hay  detrás?   —Nada   agresivo,

 

desde luego. Aquí no existe la violencia. No obstante, debe entender, Sara, que Mansión se une con diferentes lugares, pero también con diferentes realidades.

—Señaló la puerta negra—. Detrás de las Puertas Aleph hay dimensiones extrañas, realidades divergentes de la nuestra. Ámbitos con leyes distintas que, en el mejor de los casos, la volverían loca al primer vistazo.

Si  la  locura  era  la  mejor  opción,

¿cual sería la peor? —De acuerdo, no abriré ninguna Puerta negra. Pero si no pueden ser  atravesadas, ¿para  qué sirven?

—Hay seres que sí pueden cruzarlas;

 

pero desde luego, no los humanos.

Sara reflexionó unos instantes: después de todo, en Mansión había seres ajenos a la humanidad...

—El doctor Pétalo me llevó el otro día a un parque llamado Avalon. ¿Está en otro mundo, Dostigres?

—Se encuentra a cuatrocientos diez años-luz de la Tierra, en un planeta que órbita en el sistema doble Albireo, en la constelación del Cisne. Mansión no sólo tiene recintos en nuestro mundo, Sara. Mansión se  extiende  por  todo  el universo, y por universos paralelos al nuestro, y por dimensiones divergentes. Mansión  es  un  lugar  muy  vasto. 

 

Respiró profundamente y señaló la estructura de metal dorado y cristal que se alzaba en el centro del Pasillo, a sesenta metros de ellos—. Si me acompaña al  ascensor le  explicaré de qué modo nos trasladamos por Mansión.

Caminaron en silencio hasta llegar a la estructura. Era un habitáculo transparente de planta cuadrada; medía unos cuatro metros de alto por tres de ancho. Tenía un banco corrido de terciopelo  rojo  en  su  interior  y  una puerta de cristal en una de sus caras. Realmente parecía un ascensor. En cualquier caso, era un artefacto lujoso y delicado,  típicamente art nouveau, con

 

el metal retorcido en formas vegetales, y el vidrio tallado con dibujos de flores y heléchos.

—Los llamamos ascensores, aunque está claro que ni suben ni bajan. De hecho  no  se  mueven.  Encontrará  uno cada cien metros, a lo largo del Pasillo.

—Dostigres abrió la puerta de vidrio y entraron en el habitáculo—. En realidad, este artefacto es un transportador. ¿A dónde desea ir, Sara?

—No tengo ni la más remota idea. Decídalo usted.

—Es aficionada   a        la       lectura,

¿verdad? —Sara asintió—. Bien, iremos a un sitio que le gustará. Además, quiero

 

presentarle   a   alguien.   —Carraspeó;

parecía un gorila profiriendo gruñidos

—. Los ascensores sirven también para obtener información. Puede localizarse un sitio, y también una persona. Basta con preguntar. Observe. —Se dirigió al aire—: Mansión, ¿donde está Jorge?

—Se encuentra en Alejandría — contestó una voz grave de mujer que parecía no proceder de ningún sitio.

—Ahora  vamos  a  desplazarnos, Sara.  Hay  que  decir  en  voz  alta  el destino  deseado.  Prepárese;  las primeras veces el tránsito resulta desconcertante.  —Dostigres  se  dirigió de  nuevo  al   aire—:   Llévanos  a  la

 

Biblioteca. Puerta de Alejandría.

Instantáneamente, el Pasillo Central y el  ascensor  desaparecieron. Durante una fracción de segundo, el tiempo entre dos  latidos  de  un  corazón  acelerado, Sara y Dostigres se encontraron flotando en un gran vacío de terciopelo negro salpicado de estrellas. Una repentina impresión de falta de gravedad... y el corredor de Mansión volvió a materializarse. Nada parecía haber cambiado.

—Alejandría se encuentra a la izquierda —dijo la  voz sin cuerpo—, tras la Puerta marcada con las letras lamed-betk-beth. Babel.

 

—No hemos notado sensación de movimiento —señaló Dostigres mientras abría la puerta del ascensor—; pero nos hemos desplazado a lo largo del Pasillo, quién sabe cuantos kilómetros.

Sara siguió a Dostigres hasta la Puerta indicada. La cruzaron y entraron en la Biblioteca de Mansión.

Era un edificio abierto, con un gran patio ajardinado en el centro, y dos galerías, una sobre otra, sostenidas por columnas de mármol rojo y negro. Una de  las  paredes  de  piedra  dorada ostentaba un gran mural representando a Alejandro Magno. El sol brillaba en lo alto de un cielo azul surcado por aves.

 

Sólo  podían distinguirse dos  personas en el recinto.

—Es la biblioteca de Alejandría — dijo Dostigres—. Fue parcialmente destruida en tres ocasiones. La última, en el siglo séptimo, resultó definitiva. Pero ahora estamos en el doscientos quince antes de Cristo, y la biblioteca se encuentra en todo su esplendor. — Señaló las dos solitarias figuras que conversaban al otro lado del jardín—. Acompáñeme, Sara. Quiero presentarle a unos amigos.

Eran dos ancianos de agradable aspecto, vestidos con ropas flagrantemente anticuadas. Uno de ellos

 

era ciego. Sara le reconoció.

—¡Usted es...!

—Me llamo Jorge —le interrumpió el anciano—. Simplemente Jorge, querida. —Y añadió con musical acento argentino—: Créame cuando le digo que estoy harto del apellido que iba a mencionar. Ese nombre no es más que una alucinación colectiva. Aquí  puedo ser sólo Jorge. —Pero usted murió...

—Verá, amiga mía: una superstición inglesa afirma que no sabremos que hemos muerto hasta que comprobemos que  el  espejo  no  nos  refleja. Yo  soy ciego y ni siquiera puedo ver el espejo, de modo que quizá sí esté muerto.

 

—Sara, permítame presentarle a Ambrose —intervino Dostigres, señalando al otro anciano—. Es norteamericano, y también escritor.

—Pero no tan notable como Jorge.

—Ambrose hablaba español con marcado acento mexicano. Sara estrechó su mano—. Es un inesperado placer ver damas  jóvenes  por   Mansión,  Sarita.

¿Puedo llamarte así?

—Claro... —Sara miró en derredor

—. ¿La de Alejandría es la única biblioteca de Mansión?

—Oh, ni mucho menos. No es más que una de las salas. —Ambrose comenzó a  señalar  las  puertas que  se

 

abrían alrededor del patio—. Ésa es la entrada de la biblioteca del Museo Británico. Aquélla la del Vaticano. La puerta que hay junto a ese busto da paso a la biblioteca privada de Apolonio de Tiana; y la que está al lado conduce al scriptorium de la abadía de Mont-St- Michel,  en  el  siglo  XIII.  En  l Biblioteca de Mansión hay miles, millones de salas. Ésta es sólo una de ellas.

—Pero  Alejandría  es  un  lugar  de gran encanto —comentó Jorge—. En su tiempo reunió todo el saber de la humanidad. Aquí hay un millón de pergaminos.   Pueden   encontrarse   las

 

obras completas de Aristóteles; incluso, y sobre todo, las que no llegaron a nuestra época. Y desconocidos tratados de Ptolomeo y Euclides, de los que nada sabíamos. Precisamente ahora platicábamos, Ambrose y yo, sobre la Historia  del  mundo  de  Berosus. Ninguno de sus tres volúmenes sobrevivió al incendio del cuarenta y ocho. Pero están aquí, y los hemos leído. Qué mágico, ¿no es cierto? Una vez escribí sobre un sitio como éste...

—Basta de charlas —exclamó Ambrose—. Sarita querrá conocer la Biblioteca. ¿Sabes que hay un zoológico con animales traídos del Oriente...?

 

Y Sara, acompañada de Dostigres y los ancianos, recorrió maravillada la Biblioteca que construyó Ptolomeo II, y contempló con ojos asombrados las cámaras repletas de pergaminos enrollados, los manuscritos perdidos de Platón y de Aristarco de Samos, las estatuas del dios Serapis y los bustos solemnes de los bibliotecarios.

Y, más tarde, visitó las salas oscuras de la Biblioteca Vaticana, y Jorge le enseñó  un  desconocido  evangelio escrito por José de Arimatea, y ciertos documentos mistéricos de la iglesia primitiva, y le habló de los secretos iniciáticos de un Cristo gnóstico, y de

 

las  sociedades  secretas  de constructores, y de los planos sagrados del Templo de Salomón...

Y muchas horas después, Sara se sintió cansada, y tras despedirse de los ancianos con dos besos, le pidió a Dostigres que la acompañara a su piso.

Y finalmente, ya en su hogar, Sara comprobó que no había transcurrido ni un segundo desde que saliera de él para entrar en Mansión.

Todavía era mediodía en el mundo real.

Pasó el domingo, y llegó la noche, y Sara tuvo sueños felices de aves multicolores,   de   palacios   lejanos   y

 

exóticos, del sol griego de Alejandría y de ancianos sabios y visionarios.

 

 

 

 

SCHIN

 

Lunes en la oficina. Trabajo acumulado, tensión, prisas. El perezoso reencuentro   con   un   ritmo   excesivo, febril.

En medio de un mar de rostros cansados y malhumorados, Sara resplandecía con una expresión alegre y feliz. Apenas prestaba atención al trabajo, y frecuentemente se sorprendía a sí misma perdida en los recuerdos de Mansión. A  primera  hora  recibió  una

 

llamada  de  Lucas.  —La  tarjeta.  —Su voz era ansiosa—. ¿Ya me la puedes dejar? ¿Hablaste con tu amigo?

—Todavía no, Lucas. Ten paciencia. La    mañana       pasó  entre  polvo de memorándums,  lluvia  de  fotocopias  y

música de timbres e impresoras.

Al   llegar   la   tarde,   Vázquez   le entregó una nueva pila de folios manuscritos y le dijo con gesto hosco:

—Pásalos a máquina y mándalos por fax a Nueva York. Es urgente, nena; así que no te duermas.

Los dedos bailaron sobre el teclado, amontonando  palabras  en  la  pantalla azul.  Sara  sonreía  y  pensaba:  «Esta

 

noche volveré a Mansión, y cenaré con el doctor Pétalo, y conoceré a sus hijos...»

Terminó de pasar los manuscritos y tecleteó la función de imprimir. Miró el reloj: las seis menos cinco. Sonó el teléfono.

—Hola,     Sara. —Era Tomás—.

¿Cómo te encuentras? Ayer te vi un poco rara...

Si pudiera explicarle, si pudiera contarle lo que le estaba pasando...

—Estoy bien, cariño. Ya te dije que no era nada.

Unos minutos de charla intrascendente. ¿Qué tal el trabajo?

 

¿Se sabe ya cuándo es el examen?

¿Entonces, todo bien...? Sí, sí. Un beso

Adiós. Adiós.

Sara  colgó  el  teléfono  y  miró  el reloj: las seis y cinco. Hora de salir. Se puso  la  chaqueta,  cogió  su  bolso  y corrió a la calle. Recibió en la piel el beso cálido del sol y elevó los ojos al cielo. Todo era hermoso.

Fue andando hasta el centro y comenzó  a   deambular  de   tienda   en tienda. Quería comprar un vestido maravilloso; la ropa adecuada para su cena en Mansión. No lo encontró hasta dos horas más tarde, en una pequeña boutique de ropa italiana. Era un vestido

 

gris, discreto y elegante. Demasiado caro; pero, qué demonios, la ocasión lo merecía.

Estaba pagando cuando lo recordó. El corazón le dio un vuelco: no había mandado a Nueva York los papeles de Vázquez. Miró el reloj. Demasiado tarde para volver a la oficina.

Se encogió de hombros: ya lo mandaría mañana.

Y corrió a su casa, y se duchó, y se arregló el pelo sujetándolo con una cinta violeta, y se vistió con su vestido nuevo, y se maquilló con más cuidado que de costumbre, y se puso unas gotas de Eau de Rochas, su perfume favorito. Y luego

 

esperó, sentada en el borde del sofá, a que dieran las nueve de la noche.

Y, finalmente, fue al salón, abrió la puerta prodigiosa, y entró en Mansión.

Cenaron en el Palacio de la Suprema Armonía, dentro de la sala del Trono del Dragón,  en  la  Ciudad  Prohibida  de Pekín. El centro del mundo, según las viejas  creencias  chinas;  pero  en Mansión, sólo uno más de sus recintos.

Dostigres la saludó con una lacónica inclinación de cabeza. El doctor Pétalo, por su parte, le dedicó una de sus encantadoras  explosiones  de cordialidad.

—¡Sara,    querida       niña! —dijo,

 

mientras    besaba        su      mano—.     ¡Estás bellísima esta noche!

Alguien, sentado de espaldas a ella en un gran sillón de bambú, hacía brotar una melancólica melodía de las cuerdas de un laúd. Quienquiera que fuese dejó de tocar y se incorporó. Se trataba de un hombre joven y alto, de ojos claros, como el color del cielo al atardecer, y el pelo rubio, largo, recogido en una lacia cola de caballo. Sus facciones parecían de mármol tostado, con los rasgos cincelados nítidamente en aristas de piedra, y la nariz aguileña alzándose orgullosa como el perfil noble de un ave de presa. Era el hombre más bello que

 

jamás hubiera visto Sara.

Se acercó a ella con caminar pausado. Había en su actitud, en sus movimientos, cierto grado de languidez y distanciamiento. En su mirada aleteaba la tristeza, y un dolor contenido que parecía brotar a cada parpadeo.

—Sara, te presento a mi hijo Yubal

—dijo el doctor.

—Es un placer conocerte, Sara. Bienvenida a Mansión. —La voz de Yubal era crepitar de fuego.

Yubal estrechó la mano de Sara, manteniéndola apretada unos segundos más de lo usual. Sara experimentó un extraño  cosquilleo  en  la  base  de  la

 

espalda. Yubal soltó su mano.

—¿Y         Betania?     —le   preguntó     el doctor a su secretario.

—Dijo que se retrasaría, que no la esperáramos.

Pétalo frunció el ceño.

—En tal  caso, podemos comenzar.

—Señaló una mesa baja rodeada de almohadones, en el centro de la sala—. Espero, querida, que te guste la cocina cantonesa. La cena estará compuesta por ciento ochenta platos distintos. No hace falta que pruebes de todo, claro, pero no dejes  de  saborear  las  verduras taosi. Son deliciosas...

Tomaron asiento en torno a la mesa

 

de laca negra. Una música oriental, pausada y un poco disonante, inundó el ambiente. Entraron cuatro sirvientes transportando  bandejas  llenas  de comida. Sara los observó mientras la servían. Eran hombres inexpresivos, vestidos de librea, con rasgos difusos y movimientos cadenciosos, pero algo mecánicos.  Los   cuatro  eran  iguales, como mellizos idénticos. Cuando se retiraron Sara se inclinó hacia el doctor.

—¿Quiénes son? —preguntó.

—¿Los criados? —Pétalo sonrió—. Querida, no te inquietes, pero no son personas. Son creaciones de Mansión.

—¿Creaciones    de      Mansión...?

 

¿Robots?

—¡Oh, cielos, no! Robots... vaya idea. —El doctor rió—.

Verás, Sara, cuando es necesario, Mansión puede crear formas similares a los seres vivientes. Son conglomerados de energía estructurada, entes ectoplasmáticos; la verdad es que no estoy muy seguro de su naturaleza. Nosotros los llamamos tulpas. Ya sabes, como los fantasmas tibetanos. Son la servidumbre de Mansión.

—¿Y son todos iguales?

—Idénticos; pura funcionalidad. Parecen personas, pero no hablan, ni piensan,  sólo  obedecen.  Aparecen  y

 

desaparecen según las  necesidades de los habitantes de Mansión. —Pétalo señaló una de las fuentes—. Prueba el pato lacado, Sara, es muy notable...

Continuaron cenando. El doctor reía y charlaba, contando divertidas historias sobre el emperador Yonglo, o acerca de la intrigante emperatriz viuda Ts'ehi. De vez en cuando comentaba algo con Dostigres, y éste intervenía en la conversación. Yubal, por su parte, se mantenía silencioso, en actitud amable, pero retraída. Apenas probó la comida y nunca,  nunca,  esbozó  siquiera  una sonrisa. A Sara le costaba dejar de mirarle. No sólo es que fuera un hombre

 

extraordinariamente bien parecido, sino que, además, había en él algo reservado, enigmático. Como un misterio lleno de promesas.

Los   tulpas   estaban   sirviendo   el postre (arroz ocho tesoros, sopa de sésamo, batatas...), cuando se abrió una puerta y entró en la sala una mujer. Era joven, no más de veinte años, muy alta, con ojos como aguamarinas y una larga melena del color de la cebada en agosto. Vestía una blusa india de seda vaporosa, y pantalones cortos. Sus piernas eran largas y esbeltas, el talle flexible, el pecho generoso y firme. Todo en ella era estilizado y sensual.

 

—¡Betania! —exclamó Pétalo al verla—. ¿Te parece bien desatender así a nuestra invitada?

La  mujer  sonrió  picaramente y corrió a abrazar al doctor.

—No te enfades, papá. —Le dio un fuerte beso en la mejilla—. Se me fue el santo al cielo, perdóname. —Volvió a besarle y se apartó de él. Le dirigió un guiño a Dostigres—. Hola, hombretón.

—Miró a su hermano con ironía—. Yubal...  ¿todavía  sufriendo?  —Se acercó a Sara—. Tú eres la chica de la terraza. Bienvenida a Mansión. —La besó en las mejillas y luego, fugazmente, en los  labios.  Se  alejó  un paso  y la

 

contempló con ironía—. Pero querida,

¿qué has hecho con tu aspecto? Deberías sacarte más partido.

—¡Betania! —exclamó el doctor—.

¡No seas impertinente! —¿La sinceridad es impertinencia? Sólo quiero ayudar, papá. Sara es mucho más bella de lo que ella misma cree.

—En cualquier  caso  no  es  asunto tuyo —murmuró Yubal.

—Sois  tan...  formales. —Los  ojos de Betania mostraron aburrimiento y fastidio. Se volvió hacia Sara—. Ven a verme  cuando  desees.  Hay  que  hacer algo urgentemente con tu pelo, y con tu ropa... Por no hablar del maquillaje.

 

—Sara... —comenzó, en tono de reproche, el doctor. —Ya, ya lo sé —le interrumpió Betania—: soy inoportuna y poco considerada. —Sonrió con picardía—. No os molesto más, solamente quería saludar. —Hizo una burlona reverencia y se dirigió a la puerta. Antes de salir se volvió hacia Sara—. No dejes de visitarme; lo pasaremos bien.

Y  Betania  abandonó  la  sala  del Trono del Dragón, dejando tras ella un incómodo silencio.

—Lo siento mucho, Sara —dijo por fin el doctor—. Disculpa a mi hija. Betania  es  tan...  —Movió  la  cabeza,

 

buscando en vano la palabra adecuada.

—No hay por qué disculparse. — Sara sonrió—. Sólo la mentira ofende, y Betania parece una mujer sincera.

—Betania es uña inconsciente — intervino Yubal. La usual tristeza de su mirada había dado paso a un fulgor de rabia.

Terminaron los postres. El doctor continuó con sus historias, pero el ambiente ya no era tan mágico y alegre como al principio. Los tulpas sirvieron té de jazmín y pétalos de rosa. —¿Te acuerdas de Avalon, Sara? —preguntó el doctor tras dejar su taza sobre el plato de porcelana.

 

—No lo olvidaré nunca. Estaba aterrorizada. —Oh, pero Avalon es el último lugar del universo donde hay que sentir miedo. Es un mundo encantador. Y de noche ofrece un espectáculo magnífico. —Se volvió hacia su hijo—.

¿Por qué no llevas a Sara a dar un paseo por Avalon?

Yubal parpadeó, como saliendo de un trance. Se levantó y le tendió la mano a Sara.

—¿Quieres acompañarme? Te gustará. —Sus ojos eran manantiales de melancolía.

Sara se incorporó y tomó su mano.

El cielo nocturno de Avalon era un

 

océano de luz pálida.

Millones de estrellas componían un mosaico de guiños y titileos, de nebulosas   y  constelaciones,  mientras tres inmensas lunas flotaban luminosas, como desmesurados diamantes en una cúpula enjoyada.

—La luna más grande se llama Pendragón —decía Yubal—. Y las otras dos,  Ban  y  Bors.  Todavía  faltan  por salir Gawain y Gareth. —Se recostó contra un árbol—. A veces puede verse a Morgana en tránsito sobre Pendragón. Pero hoy no.

Sara bajó la mirada y contempló el reflejo  del  firmamento  en  las  mansas

 

aguas del lago. No habían encontrado ningún unicornio, pero la brisa traía sonidos lejanos; el aleteo húmedo de invisibles  aves  acuáticas  y  los periódicos chapoteos de grandes peces de lomo irisado.

Pasearon  despacio  siguiendo  la orilla del lago. Yubal le hablaba a Sara de los diferentes animales que poblaban Avalon: los barbegazi, pequeños antropoides de pies grandes y barbas blancas como la nieve; los pixies, diminutos roedores de piel rojiza; las zaltys, mansas serpientes bebedoras de leche; y los árboles upas, y las salamandras,   y   los   pookas,   y   los

 

kobolds, y los  cluricauns (tan aficionados al licor). Sara, entretanto, contemplaba a Yubal de reojo, espiando sus  gestos  y grabando  en la  memoria cada uno de sus rasgos. Se sentía suavemente turbada a su lado.

Tras un recodo del camino, en un lugar donde el bosque clareaba, se alzaban las ruinas de un exótico edificio de  piedra.  Eran  unos  restos antiquísimos, cubiertos de maleza y semienterrados por los escombros.

—¿Qué  lugar  es  éste?  —preguntó

Sara.

—Hace quinientos mil años, Avalon estaba habitado por una raza de seres

 

extremadamente  inteligentes.  Éste  fue uno de los últimos edificios que construyeron antes de desaparecer.

—¿Qué les ocurrió?

—Llegó un momento en que su civilización alcanzó un conocimiento absoluto de las cosas, el saber total. Entonces,  quién  sabe  por  qué, decidieron apartarse de todo lo que habían construido, de toda su sofisticada existencia. Volvieron a la naturaleza y, poco a poco, su inteligencia se difuminó. Finalmente, acabaron convirtiéndose en animales. —Volvió los ojos hacia la oscura arboleda—. Ahora son alguna de las  especies  que  habitan los  bosques.

 

Quizá        las     hadas...       Suelen         frecuentar estas ruinas.

—¿Hadas?

—Bueno, no son hadas de verdad; pero lo parecen. ¿Quieres verlas? Son muy bellas. —Sara asintió. Yubal cogió el laúd que llevaba colgado al hombro y tomó asiento sobre una columna caída

—. Ven a mi lado. A las hadas les gusta la música.

Sara se sentó junto a Yubal. Éste acarició las cuerdas del laúd, y comenzó a cantar con voz suave, embriagadora como el vino caliente:

—«Soy     el       bardo principal     de

Elphin, y mi país de origen es la región

 

de las luminarias estivales; conozco los nombres de las estrellas desde el norte hasta el sur, he estado en la Galaxia, en el trono del Distribuidor. Yo estaba en Canaán cuando mataron a Absalón; yo conduje a Awen a la llanura del valle de Hebrón...» Los rumores del bosque cesaron, como si la noche hubiese detenido su lento faenar para prestar atención a cada estrofa, a cada rasgueo de cuerdas.

Y de pronto, como surgidas de la nada, un enjambre de luces parpadeantes revoloteó por entre los troncos de los árboles más próximos. Yubal dejó de cantar, pero sus dedos siguieron tejiendo

 

música  en  el  laúd.  —Ahí  están... 

susurró.

Sara contempló asombrada las luces que se acercaban a ellos y crecían hasta convertirse en seres alados y resplandecientes. Tenían el tamaño de palomas, pero sus cuerpos parecían levemente humanoides. Las alas, no obstante, eran traslúcidas, como mariposas de cristal.

Las hadas danzaron en el aire a su alrededor, dejando a su paso estelas de luz y pequeñas nubes de polvo brillante. Sara,  contemplando extasiada  aquel baile luminoso, entrelazó su brazo con el de Yubal. Éste dejó de tocar y miró a la

 

joven. Sara apartó sus ojos de las hadas y los posó en la cara de Yubal, pálidamente iluminada por el resplandor de las lunas. En él había tanta tristeza... tanta seriedad y languidez en aquellos rasgos nobles y bellos.

Sara se inclinó hacia delante. Sus cabezas se aproximaron, los labios se rozaron, primero con timidez, luego con audacia; los brazos de Yubal rodearon a Sara, y ella se estrechó contra él.

Las hadas, como un remolino de luciérnagas, danzaron en torno a los dos jóvenes, celebrando con destellos anaranjados la apasionada cadencia de su abrazo.

 

De pronto Yubal se apartó de Sara. En su cara había confusión, y algo parecido al miedo.

—Yo... No debía haberlo hecho. Lo siento. —No te disculpes, Yubal — dijo Sara, las mejillas ruborizadas—. Yo también lo deseaba.

—¡No! —gritó Yubal, incorporándose bruscamente. Las hadas se agitaron asustadas y desaparecieron veloces entre la vegetación. Yubal se alejó unos pasos. Su rostro estaba tenso

—. Esto no debe volver a ocurrir. — Pero... ¿qué  te  pasa?  Sara  estaba confusa.

—No todo es bonito en Mansión. No

 

creas que las cosas son tan plácidas y delicadas como has visto hasta ahora. — Su voz sonaba amarga—. En Mansión hay asuntos de los que nadie quiere hablar. Ni siquiera yo. —Y susurró:— Hay secretos. Secretos que nadie te contará.

—¿Qué secretos? ¿Y qué tienen que ver con...? —Eres una persona buena, Sara. —Ahora ya sólo había tristeza en sus palabras—. No quiero hacerte daño. Perdóname.

Y Yubal, dándose la vuelta, se alejó de ella hasta perderse de vista.

Sara permaneció unos minutos en las ruinas,  confusa.  Luego  se  levantó  y

 

volvió a la Puerta de Avalon que conducía al Pasillo Central de Mansión y usó uno de los ascensores, pidiéndole en voz alta que la condujera a su casa, y atravesó el Taj Mahal, y entró en su salón (todavía eran allí las nueve de la noche), y quiso pasar el tiempo leyendo, pero no podía leer, y finalmente se metió en la cama e intentó dormir.

Pero  Sara  no  logró  conciliar  el sueño. A las dos de la madrugada, después de dar mil vueltas sobre el colchón, se levantó de la cama, se puso unos  vaqueros  y  una  camiseta  y  se dirigió al salón.

Contempló la       puerta que    daba

 

acceso a la casa del doctor Pétalo.

«En Mansión hay secretos que nadie te contará...»

¿Qué secretos? ¿Por qué Yubal se había comportado de ese modo? ¿Cuál era la razón de su tristeza?

Sin duda,  ésas  eran preguntas  que una hermana podría contestar.

Sara abrió la puerta y entró de nuevo en Mansión.

 

 

 

 

SADHE

 

—Claro que no es tarde —dijo Betania, invitándola a entrar—. Me alegro de verte. ¿Te aburría mi familia?

 

Oh, no lo niegues. Los quiero mucho, pero son un monumento al tedio.

—No, no es eso... Es que estaba desvelada y...

Sara enmudeció al contemplar el interior del dormitorio. Era un domo trasparente decorado con objetos barrocos; una gran cama con dosel, un tocador de madera dorada, armarios rococó llenos de volutas y arcángeles...

Pero lo extraordinario era el paisaje que se divisaba a través de las paredes de vidrio. Estaban en Titán, la gran luna de  Saturno,  y  el  inmenso  planeta anillado llenaba casi totalmente el horizonte.

 

Sara notó una repentina disminución de  la  gravedad  al  entrar  en  el dormitorio.

—¿Quién construyó este  lugar? 

preguntó.

—Lo creó Mansión. —Betania se encogió de hombros—. Ya sabes, no todas las habitaciones de Mansión son compradas. Algunas  han  sido  creadas por la propia casa. Como el Pasillo, o el Invernadero  de  mi  padre...  A    me gusta este lugar. Es ligero y estimulante.

—La  miró  con  ojos  entrecerrados—.

¿Sabes?, Sara, estás mucho mejor así. Con ropa informal, quiero decir. Pero puede mejorarse. Ven.

 

Betania tomó de la mano a Sara y la llevó hasta el tocador. La invitó a sentarse frente al espejo y se puso detrás de ella. Sujetó sus cabellos con las manos.

—Estarías mejor con el pelo corto,

¿no crees? —Cogió unas tijeras y un peine de carey—. A lo garçón... y un poco revuelto, como un pilluelo.

—Oye, Betania, no estoy segura de que sea buena idea...

—Pero yo sí. —Apartó el espejo.

Y las tijeras revolotearon sobre los cabellos de Sara, llenando el aire con nubes de pelo oscuro que flotaban lentamente hasta posarse sobre el suelo

 

de mármol negro.

Cuando terminó, Betania cogió un estuche  de  pinturas  y  comenzó  a maquillar el rostro de Sara. Unos toques de rímel para agrandar y avellanar los ojos, azul para darles luz, un poco de palidez en las mejillas, rojo intenso en los labios...

—Y  se  acabó.  Te  presento  a  la nueva Sara.

Betania giró el espejo y Sara pudo ver su rostro transformado. El cabello, muy corto y desordenado, como el de un chico travieso. Los ojos más grandes y luminosos, con un aire exótico. Todos sus  rasgos  parecían  haberse  alterado

 

sutilmente. Además, la piel pálida y el estridente rojo de los labios le conferían un aspecto... ¿algo morboso? En conjunto, sus facciones se habían vuelto más marcadas y agresivas.

—¿Te gusta?

—Creo que... —Sara vaciló unos segundos, y sin dejar de mirarse en el espejo, sonrió—. ¡Sí!

—¡Genial! —Betania aplaudió alegremente—. Y ahora, vamos a ocuparnos de la ropa. —Corrió a un armario y comenzó a rebuscar entre los vestidos. Como de pasada, comentó—: Te has enamorado de Yubal, ¿verdad?

—¿Qué...?

 

—Vamos, vamos. Es normal. — Betania seguía revolviendo entre la ropa

—. Mi hermano es muy guapo, y tiene ese aire misterioso que vuelve locas a las chicas.

Sara pensó en negarlo... pero en vez de ello le contó a Betania lo que había ocurrido en Avalon, y el modo extraño en que se comportó Yubal.

—Ya —repuso Betania en tono indiferente—. Se le ha metido últimamente en la cabeza que algo horrible ha ocurrido.

—¿El qué?

—No lo sé. Ni quiero saberlo. Mi hermano  es  un  poco  fúnebre  con  sus

 

cosas. Demasiado serio. Pero no te preocupes: déjale sólo unos días y se le pasará. —Sacó un vestido del armario y se lo tendió a Sara—. Pruébatelo. Debe ser tu talla, Mansión lo acaba de crear para ti.

Sara se  desnudó y comenzó a ponerse el vestido, un traje corto, negro, muy ceñido y escotado.

—La ropa interior no, querida — señaló Betania, que también se estaba cambiando —. Deja que tu cuerpo florezca.

Finalmente se contemplaron en un gran espejo rococó. Betania, corpino transparente  y  falda   de   cuero  rojo,

 

parecía una diosa escandinava. Sara era un duende travieso y malicioso.

—Estamos arrebatadoras,       querida

—dijo Betania, cogiendo de la mano a

Sara—. El mundo es nuestro. Vamonos.

—¿A dónde?

—A divertirnos, princesa. ¿Qué es la vida sin risas?

—No  puedo,  tengo  que  volver  a casa. Mañana...

—El mañana no existe. —Betania estaba radiante—. Nos encontramos en la casa de mi padre, y aquí el tiempo no transcurre. Quédate conmigo unos días. Disfruta  de  Mansión.  Hay  tantas fiestas... ¿Conoces Florencia?

 

—No, pero...

—Ah, Italia es tan sensual... — Betania inició unos pasos de baile y tiró del brazo de Sara—. ¡Vamos a hacer locuras, princesa!

Cruzaron las puertas adecuadas y Mansión se desplegó ante ellas, como las fotografías de un álbum que se hojea. Fueron a la Florencia del siglo quince y se sumergieron en la algarabía de una fiesta   palaciega   dada   en   honor   de Lorenzo  de  Médicis.  Betania,  que parecía conocer a todo el mundo, pronto se perdió entre los invitados. El vino corría como el agua, al igual que las pasiones, de modo que la fiesta no tardó

 

en convertirse en una orgía. Sara se mantuvo apartada, rechazando proposiciones y caricias, pero observando con curiosidad cómo se desarrollaban las cosas. Por unos instantes   le   pareció   ver   el   cuerpo desnudo de Betania estrechamente abrazado a dos hombres. Y aquello, quién  sabe  por  qué,  la  turbó  de  tal manera que se sintió obligada a refugiarse  en  los  jardines, sumergiéndose en la relativa soledad de los amantes furtivos.

Betania, risueña como una niña, fue a buscarla una hora más tarde. Sara insistió en volver a casa, pero Betania

 

se negó a escucharla. Usando las puertas de Mansión, la llevó a un concierto de cámara  en  la  residencia  privada  de César Borgia, y luego a un pabellón del Palacio Pitti, donde durmieron entre sábanas de seda. Y, cuando despertaron, fueron a contemplar la carrera del Palio, en Siena, desde las ventanas de una casa noble y lujosa. Y, más tarde, acudieron a una fiesta de carnaval en la Venecia del siglo  diecinueve. Y  allí  rieron  y bailaron hasta la madrugada. Y Sara bebió  demasiado,  sintiéndose desinhibida y audaz en aquel mundo risueño de máscaras y canales.

Y finalmente, muchas horas después,

 

volvieron al Pasillo Central de Mansión. Usaron los ascensores y llegaron ante la Puerta del dormitorio de Betania. A la izquierda se alzaba un portal negro, con la letra aleph inscrita en su hoja. Betania miró fijamente la entrada prohibida.

—En cierta ocasión abrí una de esas puertas...

—¿Sí? —Sara parpadeó; el vino todavía la hacía sentirse eufórica—. Dostigres me dijo que eran peligrosas...

—Dostigres es más aburrido aún que mi familia. —Betania frunció el ceño, como intentando recordar algo—. Abrí la puerta negra, y no pasó nada.

—¿Qué había detrás?

 

Los ojos de Betania se ensombrecieron.

—No lo recuerdo... —Sacudió la cabeza, su larga melena ondeó como el ala dorada de un halcón—. Da igual, entremos.

La  masa  ingente  de  Saturno aguardaba  tras  las  paredes  cristalinas del  domo.  Betania  se  despojó  de  la ropa, ofreciendo su desnudez tostada al cielo oscuro y helado de Titán. Se tumbó sobre una mullida alfombra tibetana.

—Ven aquí, princesa. El panorama es impresionante.

Sara casi perdió el equilibrio al sentarse a su lado.

 

—Ups... Creo que he bebido demasiado...

—Yo también. —Betania hablaba en voz   baja—.   Nos   hemos   divertido...

¿verdad? De tanto reír todavía me late apresurado el corazón. Mira...

Cogió la mano de Sara y la puso sobre su pecho, manteniéndola allí suavemente apretada. Sara notó el seno terso  y  firme  latir  bajo  sus  dedos. Betania se inclinó hacia ella, mirándola fijamente. La punta rosada de su lengua humedeció despacio los labios entreabiertos... Sara se levantó, apartándose de Betania, y caminó hacia la puerta.

 

—Me tengo que ir... —Estaba mareada y sofocada.

—Eres una chica maravillosa, Sara.

—Betania se había puesto en pie; su silueta se recortaba contra Saturno—. Pero no quieres jugar. Sólo te interesa ver jugar a los demás.

—Perdona, no me encuentro bien... yo...

—Si  deseas  a  Yubal  tendrás  que hacer algo. —La ironía había vuelto a su voz—. No te bastará con mirar. Recuérdalo.

Sara hizo un gesto vago, abrió la puerta y dejó atrás el domo transparente de Titán. Poco después se encontraba en

 

su cama. Creyó que no podría dormir; pero  lo  hizo  profundamente,  sin  que nada turbase su descanso.

 

 

 

 

HETH

 

Cuando llegó por la mañana a la oficina, todo le pareció irreal. ¿Cómo era posible pasar tantas horas en un sitio así? Sus compañeros de trabajo se deshicieron en comentarios sobre su nuevo aspecto; las mujeres con cierta envidia,  los   hombres  con  mal disimulado deseo.

Pero Sara tenía resaca, y le dolía la cabeza; de modo que ignoró a todo el

 

mundo      y  se  zambulló    en  el océano electrónico del procesador de textos.

A primera hora de la tarde, Vázquez la llamó a su despacho. Sostenía en la mano un fajo de papeles y sonreía como un zorro.

—Han llamado de Nueva York reclamando estos documentos. Te dije ayer que los mandaras por fax. ¿Qué ha pasado?

Sara cerró los ojos y exhaló una bocanada de aire.

—Me olvidé...

Vázquez se acercó a ella. Estaba disfrutando. —Oh, te olvidaste... qué pena.  Porque  están muy cabreados  en

 

Nueva York. —Se acercó más—. Y, ahora, yo puedo hacer dos cosas: despedirte inmediatamente, o... o hacerte un favor y decir que fue culpa mía. Pero, si te hago un favor, es lógico que tú me des algo a cambio, ¿no crees?

—¿Algo a cambio? —Sara frunció el ceño. Luego sonrió, como quien disfruta con una idea divertida, y caminó hasta la puerta que daba a la oficina. Se detuvo junto a ella y miró a Vázquez. Con lentitud se desabrochó el primer botón de la blusa; luego preguntó con picardía—: ¿Y qué puedo hacer por usted?

Vázquez, sonriendo de oreja a oreja,

 

se acercó a ella.

—Bueno, puedes ser amable conmigo. —Se desabrochó el cinturón y comenzó a  desabotonar los  pantalones

—. Y cariñosa...

Los pantalones se deslizaron a lo largo de las piernas de Vázquez hasta arrugarse sobre los zapatos de ante italiano.

—¡Oh,   qué   atrevido!   —Sara   le guiñó un ojo.

De repente se volvió hacia la puerta y la abrió de par en par. Los empleados que  trabajaban  al  otro  lado contemplaron estupefactos la figura de su jefe, allí, en medio de su despacho,

 

con los pantalones caídos y mostrando la ridicula brevedad de sus calzoncillos de seda e iniciales bordadas.

—¡Eh, el cerdo de Vázquez quiere que sea «amable» con él! —dijo Sara alborozada—. Y si no lo hago, me despide. ¿Qué os parece?

Vázquez, con los ojos muy abiertos, saltó a un lado, ocultándose de las asombradas  miradas  de  sus subordinados.

—¡Estás  loca!  —gritó,  enrojecido de furia—. ¡Quedas despedida! ¿Me oyes? ¡Despedida!

—Vázquez —Sara le miró con desprecio—: muérete.

 

Se  dio  la  vuelta  y salió  del despacho.

Sara estaba en su casa, tumbada sobre el sofá. Se sentía exultante; hacía tanto tiempo que deseaba poner a Vázquez  en  su  lugar...  Sonrió, sintiéndose como una heroína de novela. Bien, pensó, nunca más agachar la cabeza, nunca más aceptar arbitrariedades, nunca más sentirse inferior. Sólo hay que tener miedo al miedo.

Aunque... ahora estaba sin trabajo, y el banco le iba a quitar el piso, y posiblemente no pudiera ni pagar a los abogados. Sintió que el volumen de su

 

alegría disminuía. ¿Qué iba a hacer...? Sonó el teléfono; se incorporó para cogerlo.

—¿Sara? Soy el secretario del doctor. —La voz ronca sonaba nítida en el auricular—. Espero no importunarla. Pero me preguntaba si a usted le importaría que visitase su terraza. Creo que el panorama al atardecer es muy hermoso. —Puede venir cuando desee, Dostigres.  —¿Ahora  sería  mal momento? —No, no. Cuando quiera. — Gracias, Sara. Voy para allá. —Colgó. E inmediatamente sonaron unos golpes en  la  puerta  del  salón.  Sara  se sobresaltó;   las    cosas    en   Mansión

 

parecían transcurrir o con total lentitud o con absoluta inmediatez, sin término medio. Sara se levantó y fue al salón. Abrió la puerta que daba al Taj Mahal y contempló  el  rostro  simiesco  del deforme secretario. —Buenas tardes, Sara. —Adelante, Dostigres. Está en su casa. El hombre entró en el salón y lo examinó en silencio. Luego salieron a la terraza. El sol comenzaba a declinar.

—Es un lugar muy hermoso —dijo

Dostigres—. Y tranquilo.

—Mi madre lo llamaba «la sala del atardecer». —Los ojos de Sara se volvieron soñadores—. Era traductora, y al llegar la primavera solía sentarse

 

aquí, con su máquina de escribir, mientras yo jugaba. Durante mi niñez, asociaba el buen tiempo y el verano con este  lugar.  Y  con  el  sonido  de  la máquina de mi madre. —Hizo una pausa

—. Los procesadores de textos son muy prácticos. Pero no tienen voz...

—Todo avance supone una pérdida.

—La voz del secretario se volvió más oscura y triste—. Y toda victoria una derrota. Permanecieron unos minutos en silencio.  —Dostigres...  su  nombre  es muy extraño —dijo de repente Sara—.

¿Por qué le llaman así?

—Porque maté a dos tigres. Uno en primavera    y  otro        en  verano.  —Sara

 

frunció el  ceño. El  secretario la miró fijamente,  con su habitual  seriedad—.

¿No le gusta la caza, Sara?

—No me gusta matar. Lo siento, no es asunto mío...

—Cuando aquello ocurrió, yo no era el cazador, sino la presa. Si no los hubiera matado, ellos habrían acabado conmigo. —El rostro de Dostigres era totalmente inexpresivo—. El segundo tigre, el que maté en verano, me arrancó un trozo de pierna de un zarpazo. Por eso cojeo.

—Perdóneme, no quería meterme en sus asuntos. —Sara estaba avergonzada

—. He sido indiscreta.

 

—No, Sara. Usted tiene un gran corazón, y es encantadora. Nunca podría molestarme. —Su cara retorcida dejó traslucir algo muy parecido a la ternura

—. Pero permítame que sea yo quien me entrometa. El otro día, en el Taj Mahal, creí entender que tenía usted problemas económicos.

—No se puede imaginar hasta qué punto...

—¿Conserva  la  tarjeta  del  doctor

Pétalo que le di?

—Sí.

—Creo que Electrocom, la empresa donde trabaja, estaría muy interesada en ella. No existe ninguna patente sobre ese

 

juguete, se lo garantizo. Le sugiero que lo venda.

—Pero no es mío...

—Sí, sí es suyo. Mansión se lo regala. Además... —no sonrió, nunca lo hacía, pero su mirada brilló divertida— dudo de que consigan averiguar cómo funciona. Véndales la tarjeta. — Comenzó a renquear hacia el salón—. No la molesto más; buenas tardes, Sara.

—Buenas tardes, Dostigres.

Sara permaneció en la terraza, contemplando  pensativa  al  secretario del doctor mientras desaparecía tras la puerta de Mansión. Luego fue al teléfono e hizo una llamada.

 

—¡Sara...! —exclamó  Lucas Delgado al otro lado de la línea—. Me han dicho en el trabajo que...

—Que  me  han  despedido.  Es verdad. Pero no te llamo por eso. ¿Te sigue interesando la tarjeta? Entonces presta atención: habla con el presidente de Electrocom. Dile que estoy dispuesta a venderla.

—¿Venderla...? Pero...

—Escucha, si a Electrocom no le interesa, se la venderé a otra compañía. No hace falta que digas nada ahora. Mañana pasaré por allí.

Sara colgó y, con paso decidido, se dirigió  a  la  puerta  de  Mansión.  Aún

 

había respuestas que obtener.

—Ay, Sarita —exclamó risueño Ambrose—; tienes los ojos llenos de preguntas. ¿No sabes lo que les pasa a las niñas que son curiosas?

Estaban  en  un  rincón  de  la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Jorge no les acompañaba.

—Necesito su ayuda, Ambrose.

—Pero niña, yo estoy de prestado en Mansión. Soy un intruso. Tolerado; pero un intruso en cualquier caso. —Ambrose suspiró—.  Verás,  hace  muchísimos años,  en 1913,  pensé  que  la  vida  no valía la pena. Aunque tenía más de setenta años, me fui a México a luchar

 

con las tropas de Pancho Villa. Supongo que  buscaba  una  muerte  honorable... Pero lo que encontré fue una pulmonía. No llegué a entrar en combate. Los rebeldes me dejaron, ardiendo de fiebre, en una  pequeña  iglesia  de  Chihuahua. Me estaba muriendo; algo muy desagradable, créeme... Pero, afortunadamente, el  cura se apiadó de mí. La iglesia estaba, está, unida a Mansión. El cura me invitó a entrar, me coló. —Se encogió de hombros—. Ya sabes lo saludable que es Mansión. Mi enfermedad desapareció y yo me puse rápidamente en forma. Desde entonces no he salido de aquí. Pero sólo soy un

 

invitado, Sarita, y eso exige discreción.

—Ambrose,  quiero  conocer Mansión, nada más; se supone que para eso estoy aquí. Por ejemplo, Dostigres... tiene un extraño aspecto. Parece un hombre... primitivo.

—Y, técnicamente, lo es. Nació sesenta mil años antes de tu época, al final del período interglaciar Riss- Würm. Pero no te dejes engañar: Dostigres es muy inteligente. Y, quizá, la única persona totalmente honesta que he conocido.

—¿Es un cromagnon?

—Aquí  las  razas  no  importan, Sarita.

 

—¿Quién construyó Mansión? ¿El doctor?

—Oh,  no.  Pétalo  no  podría  crear algo así... Ignoro de dónde ha salido este lugar.  Ni  siquiera    si  lo  que  se esconde detrás de él es ciencia o magia. Aunque supongo que, a partir de cierto punto, esa distinción carece de sentido. A veces pienso que se construyó sola, que Mansión es como un ser vivo, que crece y se reproduce. Quién sabe. — Sacudió la cabeza—. En cualquier caso, Pétalo no es más que, por así decirlo, el administrador.

Sara bajó la mirada y meditó unos instantes.

 

—¿Qué les pasa al doctor y a su hijos? —preguntó—. Quiero decir que, bueno... a veces se comportan de forma rara. Por ejemplo, Yubal dice que algo horrible ocurrió aquí. Y parece siempre tan triste...

—Ay, Sarita. —La cara de Ambrose se ensombreció—. Pregúntaselo a ellos. Pero ten cuidado, puedes hacer mucho daño...

—Ayúdeme,       Ambrose     —suplicó

Sara—; por favor...

El anciano se agitó nervioso y puso cara de mal humor.

—Soy débil con las jovencitas, ésa siempre ha sido mi desgracia. —Cerró

 

los ojos y apoyó el mentón en las manos. Tras una pausa dijo—: De acuerdo. Ven conmigo.

Ambrose se incorporó y tomó de la mano a Sara. Abandonaron en silencio la biblioteca del Congreso y entraron en un ascensor de Pasillo Central. El anciano dijo en voz alta:

—Llévanos a Arcadia.

Un parpadeo de estrellas les condujo frente a una puerta marcada con la inscripción daleth-kaph-resk.

Ambrose no dijo en qué lugar ni en qué  tiempo  se  encontraba  Arcadia,  y Sara tampoco lo preguntó. La puerta de Mansión les había llevado a una pradera

 

rocosa, salpicada de olmos, con un macizo montañoso como telón de fondo. A pocos pasos de ellos el terreno se convertía en una breve colina sobre cuya cima  se  alzaba  un  sencillo paralelepípedo de piedra. Cuando se acercaron, Sara descubrió que se trataba de una tumba, en uno de cuyos costados aparecía una inscripción tallada: «Et in Arcadia ego.» La lápida no ostentaba fecha ni epitafio alguno, tan sólo un nombre: Rosa Pétalo.

—Rosa  Pétalo  fue  una  mujer  muy dulce, y muy bella —murmuró Ambrose

—. Betania, su hija, se parece mucho a ella. Pero Rosa era más gentil. Todo el

 

mundo la adoraba.

—¿Quiere decir que ahí está...? — Sara vaciló y señaló la tumba—. ¿Es la mujer del doctor...?

—El cuerpo de Rosa no se encuentra en esa tumba; Dostigres la erigió más bien como una especie de monumento a su memoria. Creo que se inspiró en un cuadro  de  Poussin...    —Ambrose se encogió de  hombros—. Pero  sí,  Rosa Pétalo  murió.  —¿Aquí? Creí   que  en Mansión nadie moría. ¿Cómo fue? —No lo sé. —Ambrose se alejó unos pasos de Sara. —¿Es la muerte de su madre lo que  atormenta  a  Yubal?  —Ya  basta, niña     —dijo                  el       anciano,  claramente

 

molesto—.  Pregúntaselo a  ellos,  no  a mí. —Masculló unas ininteligibles palabras en inglés y con aire malhumorado comenzó a alejarse.

Sara  se  quedó  sola,  confusa, envuelta por la melancólica calma de aquel paraje solitario y triste. Rozó con los dedos la áspera frialdad de la lápida y cerró  los  ojos.  Rosa  Pétalo, pensó,

¿qué fue de ti?

Encontró al doctor Pétalo en el Invernadero.  Sara  contempló maravillada la belleza de aquella estructura de hierro y cristal; pero aún mayor fue su asombro cuando el doctor, siempre risueño, comenzó a enseñarle su

 

extraña colección botánica: flores cantoras  que  atraían insectos  imitando sus sonidos; un raro arbusto, de exótica procedencia, cuyas semillas volaban como mariposas; mandragoras alienígenas que, al madurar, se desprendían de sus raíces y caminaban. Hiedra  serpenteante,  anémonas giratorias, nenúfares blancos que cambiaban de color según el estado de ánimo de quien los mirase...

—¿Dónde se encuentra el Invernadero, doctor? —preguntó Sara, intentando   ver   a   través   del   cristal cubierto de vaho.

—En la Tierra, querida. Pero en una

 

Tierra del futuro, tres mil millones de años después de tu época. El clima es más frío y todo está cubierto de hielo y nieve, salvo la franja del Ecuador. Nosotros estamos en algún sitio de lo que antes fue África, aunque la forma de los continentes ha cambiado mucho. Me gusta este lugar, es tranquilo y relajante.

—Señaló hacia una puerta de cristal—. Si quieres, luego puedes dar un paseo. Hay un camino, y todo parece diferente, trastocado,  como  un  cuadro  de  Van Gogh.

—¿Todavía hay gente?

—No,  querida.  Casi  toda  la  vida está  en el  mar.  En la  superficie  sólo

 

quedan plantas y algunas, muy pocas, especies  animales.  La   Tierra  se  ha vuelto un planeta moribundo.

—Doctor  Pétalo...      usted no     es médico, ¿verdad?

—¡Cielos, no! —Su risa  hizo  que algunas plantas se agitaran sorprendidas

—. Ni siquiera biólogo, la botánica es sólo un hobby. Obtuve el doctorado en filosofía, por la Universidad de Siena.

—Se encogió de hombros—. Ostentar el título de «doctor» es, por una parte, amabilidad de quienes me rodean, y por otra pura vanidad académica.

—Discúlpeme    si       me     entrometo, pero... —Sara vaciló—. Su hijo Yubal

 

parece  muy  atormentado.  ¿Es       por    la muerte de su madre?

La sonrisa del doctor se congeló. Su mirada se extravió en un mar de confusión. Sus ojos se anegaron de lágrimas  y,   en  silencio,  comenzó  a llorar, sin cambiar la expresión, con el fantasma de la sonrisa aún bailando en sus labios. Sara se acercó a él y le puso una mano sobre el hombro.

—Yo... lo lamento. Perdóneme, lo siento mucho...

—La  valeriana  griega  tiene hermosas flores azules. Al madurar, las anteras estallan, soltando una nube de polen naranja. —su voz era átona. Con

 

la mirada perdida, la sonrisa muerta y el manantial de sus lágrimas fluyendo silencioso, el doctor siguió hablando, extraviado, sobre botánica.

—¿Desea  estar  solo?  —Sara  no sabía qué hacer, ni qué decir. El doctor parecía ignorar su presencia—. Saldré fuera unos minutos...

Sara vaciló un instante, luego se apartó del doctor Pétalo, cruzó la puerta de cristal y salió al exterior.

El sol era de color rojizo, y el cielo rosado,  y  la  hierba  violeta.  Algunos

¿árboles? salpicaban una llanura desmedida que se perdía en el horizonte. El sendero que surgía del Invernadero

 

conducía impreciso hacia una pequeña elevación  rocosa  que  se  alzaba  a  lo lejos. Sara comenzó a caminar. Le preocupaba la reacción del doctor, pero el paisaje era tan extraño, tan melancólico, que pronto su atención se vio prendida de los insólitos colores, de la quietud extrema, fantasmagórica, de aquel mundo otoñal.

Al aproximarse, Sara comprobó que la formación rocosa podía ser, quizá, las ruinas de un edificio. Pero unas ruinas inconcebiblemente viejas y erosionadas.

Comenzó a rodearlas, y entonces los vio. Eran tres seres pequeños, parecidos a monos sin pelo ni cola, con largas y

 

menudas  extremidades.  Estaban tumbados sobre el suelo bajo unas matas de flores, inmóviles, quizá dormidos o muertos. Sara se acercó con precaución.

¡Las flores! ¡Eran orquídeas azules, moteadas   de   naranja,   como   la   flor mágica del doctor...!

Uno de los seres abrió los ojos y clavó en la mujer sus pupilas inmensas. Sara sintió que el corazón le daba un vuelco y retrocedió unos pasos. Los dos seres  restantes  descorrieron sus párpados y, siempre inmóviles, la miraron con fijeza. Sara rodeó rápidamente las ruinas y corrió hacia la construcción art  nouveau, tan irreal  y

 

extravagante       en      aquel paisaje surrealista.

Jadeaba al entrar en el Invernadero. El doctor Pétalo estaba manipulando tranquilamente unos macizos de flores, como si nada hubiese ocurrido.

—¿Qué te pasa, niña? Pareces asustada. —Sara le contó su experiencia en las ruinas. El doctor sonrió—. Querida, has tropezado con los pucks; son inofensivos. Viven en simbiosis con ciertas orquídeas. ¿Te fijaste en ellas? Los pucks; les doy ese nombre porque parecen duendes, se tumban debajo y duermen, aportando con su aliento el dióxido de carbono y la humedad que la

 

planta necesita. A cambio, la flor concede a los pucks la extraordinaria capacidad de abandonar su cuerpo, de viajar astralmente. Quién sabe en qué lugar del cosmos se encontraban cuando los despertaste...

—Esas orquídeas... son como la flor de   su   tarjeta.   —Las   llamo Orchis Somniator, orquídea soñadora. Mira, ven. —El doctor se dirigió a uno de los anaqueles cubiertos de plantas y cogió un pequeño tiesto de terracota en el que crecía una solitaria orquídea azul. Se lo tendió a Sara, advirtiéndole—: No necesita mucha agua, ni particulares cuidados.  Comprobarás  que  no  hace

 

tanto efecto en los seres humanos como en los pucks, pero si duermes cerca de ella es muy probable que sueñes con aquello que más desees.

—Gracias, doctor. Es una flor muy hermosa. —Sara contempló la delicada orquídea. Luego miró a Pétalo, buscando en él los rastros de la crisis provocada por la mención de su mujer. Pero el doctor parecía absolutamente normal, de modo que Sara pensó que era mejor dejarlo  solo—.  Debo  irme.  Ha  sido usted muy amable al enseñarme el Invernadero.

—Ha  sido  un  placer,  querida. Vuelve cuando quieras.

 

Sara comenzó a alejarse, pero luego cambió de idea; se acercó al doctor y, poniéndose de puntillas, le besó en la mejilla.

—Es usted muy bueno, doctor. Le ruego que disculpe mi indiscreción de antes. Perdóneme.

— ¿Perdonarte...? ¿Por qué?

El doctor parecía auténticamente desconcertado.   Verdaderamente ignoraba de qué estaba hablando Sara.

 

 

 

 

Eran más de las nueve de la noche cuando Vázquez bajó al aparcamiento subterráneo del edificio Electrocom. Le

 

irritaba quedarse hasta tan tarde, pero Martín Pereda, el presidente de la compañía, había insistido en verle, y le tuvo esperando casi dos horas y media.

¿Para qué? Para decirle que había que readmitir a Sara Aludel. ¿Por qué? Porque ella tenía algo de gran interés para la empresa.

¿Qué demonios podía tener de importancia Sara Aludel...? Ah, daba igual, Vázquez sabía ser dócil con sus superiores. ¿Readmitir a Sara? Sí, por supuesto.

Ya llegaría su momento y, entonces, sabría lo que hacer con aquella calientabraguetas.

 

El aparcamiento estaba silencioso y oscuro.  Vázquez  pulsó  el  interruptor, pero las luces no se encendieron. Masculló una maldición y caminó hacia su coche bajo el débil resplandor de las lámparas de seguridad.

Estaba a punto de introducir la llave en la cerradura cuando se dio cuenta de que un excremento de pájaro, como una gota de leche petrificada, ensuciaba el techo de su BMW 525i. Profirió un taco y comenzó a arrancar el guano, con cuidado de no rayar la pintura. Entonces vio que alguien salía de las sombras y, cojeando, se aproximaba a él. —¿Señor Vázquez?

 

Era un hombre muy bajo, de brazos largos y aspecto simiesco. Vestía con elegancia, pero era atrozmente feo.

—¿Qué quiere? —preguntó Vázquez con desconfianza. —Soy un amigo de Sara Aludel —dijo Dostigres, la voz neutra y profunda—. Usted ha estado molestándola. He venido a pedirle, por favor, que deje de hacerlo.

—¿Qué deje de...? Escucha: dile a tu amiga que está empezando a fastidiarme. Y que quien me busca, me encuentra. — Hizo un gesto despectivo—. Y ahora largo, payaso.

—Señor    Vázquez     —suspiró

Dostigres—. Entre en razón, no quisiera

 

verme obligado a hacer uso de la fuerza.

Vázquez le  miró  con incredulidad.

¿Aquel  enano  cojo  le  estaba amenazando? Sonrió feliz: había llegado el momento de amortizar el gimnasio. Adoptó una postura de arte marcial y dijo:

—Mira,  gilipollas,  soy  cinturón negro de karate, así que más vale que te largues corriendo...

Dostigres se movió rápido, muy rápido.   Tan   veloz   como   una   fiera salvaje. Con una mano sujetó a Vázquez por las solapas y lo levantó del suelo. Con la otra, le abofeteó dos veces, haciéndole  perder  la  conciencia  por

 

unos segundos. Luego le sacudió para despertarle y, manteniéndole siempre en vilo, le dijo con voz grave:

—Nunca, jamás... —con la mano libre, Dostigres descargó un puñetazo sobre  el  capó  del  coche,  provocando una gran abolladura— se le ocurra... — un nuevo puñetazo y el parabrisas se deshizo  en  pedazos—  volver  a molestar... —el puño, como una maza, aplastó el techo— a Sara Aludel... — Otro golpe y la portezuela se dobló por la mitad—. Ahora, se lo voy repetir, punto por punto, para dejarlo claro.

Dostigres, sujetando    siempre      a

Vázquez con la mano izquierda, repitió

 

el rítmico ritual destructivo. Cuando acabó, el BMW parecía el resultado de un choque múltiple. Entonces Dostigres acercó la cara de Vázquez a la suya y, casi gruñendo, le dijo:

—Si no me hace caso, si me entero de que usted perturba, aunque sea ligeramente, a Sara Aludel... volveré, le arrancaré el corazón y me lo comeré. Y más vale que me crea, porque no sería la primera vez que hago algo así.

Entonces  Dostigres  frunció  los labios y, mostrando los dientes, rugió.

Fue un bramido inhumano, bestial, la amenaza convertida en grito. Vázquez, paralizado  de   miedo,   notó   que   sus

 

esfínteres se dilataban y ensuciaba el fondillo de los pantalones. Cuando Dostigres le soltó, cayó al suelo como un títere al que se le cortan las cuerdas.

—Le dejo, señor Vázquez —dijo cortésmente  Dostigres—.  Espero  que este encuentro sea productivo, y que las cosas hayan quedado definitivamente aclaradas. Buenas noches.

Tras una inclinación de cabeza, el secretario del doctor Pétalo, distante como un dios prehistórico, se perdió entre las sombras metálicas del silencioso aparcamiento.

Sara ha vuelto a su piso. Ahora se encuentra  tumbada  en  la  cama  de  su

 

habitación, durmiendo tranquila junto a la orquídea azul y naranja.

Es de noche. La ventana está abierta y un suave viento ondea los visillos blancos. El pálido resplandor eléctrico de la ciudad difumina la escena en tonos violetas. La flor resplandece en la semioscuridad.

Sara se agita. Los ojos, detrás de los párpados  cerrados,  comienzan  a moverse a gran velocidad. Su rostro se ilumina con una dulce sonrisa. Está soñando.

La flor mágica hace que sueñe con

Yubal.

Y es el sueño más sensual y húmedo

 

que jamás haya experimentado.

 

 

 

 

ZAYIN

 

Martín Pereda, el presidente de Electrocom, guiñó los ojos y parpadeó cuando se encendieron las luces de su despacho. Cogió la tarjeta verdosa y la sopesó con reverencia.

—Sin duda es algo muy... sorprendente. —Se volvió hacía Lucas Delgado—. ¿Está seguro de que no hay nada así en el mercado?

—No existe ninguna patente que registre un mecanismo de esas características —afirmó Lucas.

 

Martín Pereda carraspeó y dirigió a Sara su mejor sonrisa de vendedor profesional.

—En primer lugar, señorita Aludel, debo disculparme por el error cometido por Vázquez. Vázquez ha estado muy estresado últimamente y siente mucho haber perdido los nervios, ¿no es cierto?

—Vázquez  asintió  vigorosamente. Pereda prosiguió—: Es innecesario añadir que su puesto de trabajo sigue a su disposición. —Unió las yemas de los dedos—. En otro orden de cosas, debo confesarle que esta empresa puede estar interesada en adquirir esta tarjeta, y...

—En tal caso —le interrumpió Sara

 

—, no quiero hacerle perder su valioso tiempo. Yo le diré mi precio. No pienso regatear,  la  cantidad  es  definitiva. Usted, sencillamente, diga sí o no.

Sara silabeó lentamente una cifra de ocho dígitos.

Martín  Pereda  parpadeó,  tragó saliva y dijo:

—Sí. —Luego se volvió hacia Vázquez y le ordenó—: Vaya a contabilidad. Que preparen el cheque y un contrato.

El ejecutivo asintió solícito y se dirigió a la puerta.

Sara tuvo la impresión de que, al pasar junto a ella, Vázquez se encogía un

 

poco y la miraba con... ¿miedo?

—¿Tiene el dinero? —El abogado enarcó las cejas—. Me sorprende usted, Sara...

Sara se cruzó de brazos y sonrió satisfecha. De repente, todos los problemas parecían haberse desmoronado; recuperaba su empleo, conseguía el dinero necesario para conservar el piso, Vázquez se convertía en un ejemplo de caballerosidad... Además,  una  puerta  de  su  salón conducía a un lugar lleno de maravillas. Y, tras esa puerta, quizás esperándola, había alguien muy especial.

—Ya ve, señor abogado —la voz de

 

Sara dejó traslucir cierta ironía—; ahora puede llamar al banco y decirles que Sara Aludel dispone de la cantidad necesaria para impedir que los tiburones se queden con su hogar.

—Por supuesto —dijo el abogado, todavía algo perplejo—. Lo haré inmediatamente, aunque empleando otras palabras, si no tiene inconveniente. — Dudó unos instantes—. Disculpe mi curiosidad, pero hace menos de una semana usted no tenía ni el dinero ni los medios para conseguirlo. Y ahora, dé repente...

—Ya le dije que creía en los milagros.

 

El abogado asintió, flemático.

—Tendré que empezar a creer yo también. —Se inclinó sobre la mesa y sonrió amistosamente—. En cualquier caso me alegro por usted, Sara. Y además, si me permite decírselo, su nuevo  aspecto  la  favorece  mucho. Parece distinta.

Sara respiró hondo y se irguió sobre su asiento. ¿Parecía distinta? Sonrió satisfecha: no.

Era distinta.

 

 

 

 

HE

 

Sara  ha  vuelto  a  su  piso.  Se  ha

 

cambiado de ropa, poniéndose el traje que  le  diera  Betania.  Y  se  ha maquillado, como le enseñara Betania. Y va a hacer lo que le sugiriera Betania: aprender a jugar.

Sara está junto a la puerta de Mansión, dudando. ¿Y Tomás? Llevaban juntos casi diez años, y ahora ella se disponía a arrojarse a los brazos de otro hombre... ¿Iba a traicionarle, así, alegremente, sin una llamada, sin una explicación? Pero ¿qué podía decirle?

¿Que tenía un nuevo vecino del que se había enamorado?

Un momento. ¿Realmente estaba enamorada    de    Yubal?    Apenas    le

 

conocía, sólo le había visto unas horas... Pero, en fin, eso es lo que sentía por él: amor. O deseo, qué importaba.

Sara   piensa   que   debe   llamar   a Tomás y decirle algo, aunque no sabe qué... Entonces recuerda que el tiempo transcurre de forma distinta en la casa del doctor Pétalo, que puede pasar allí, literalmente, toda una eternidad y encontrarse, al volver, con que en el mundo normal no ha transcurrido ni un segundo... De modo que dispone de un tiempo infinito para meditar.

Sara sonríe feliz y traspasa la puerta, entrando en Mansión, y cruza el Taj Mahal,   y   sale   al    Pasillo   Central

 

(encontrando alegre incluso aquel corredor ominoso), y entra en un ascensor, y pregunta: «¿Dónde está Yubal?» Y la voz grave de mujer sin cuerpo contesta: «Yubal se encuentra en la  Abadía  de  Tintern. Nun-resh-teth- nun-teth.»

Y Sara dice jubilosa: «¡Llévame allí!»

Le encontró en las ruinas de un monasterio inglés, entre los muros cubiertos de hiedra, junto a los arcos derruidos del claustro gótico. Era de noche; las estrellas llenaban de guiños el gran hueco abierto por el techo derrumbado. Un buho ululaba lejano.

 

Al ver a Yubal, Sara olvidó todo lo que tenía pensado decir.

Corrió hacia él con el corazón palpitando. Se abrazaron.

—No deberías haber venido — susurró Yubal, hundiendo su rostro en el cuello de Sara—. No puede haber nada entre nosotros, es imposible...

—¿Por qué, por qué, por qué...? —

murmuró  Sara,  besándole  los  ojos—.

¿No quieres que esté contigo...?

—Claro que quiero, claro que sí... Dios mío, estás tan llena de vida... Tu piel, tu calor, tu aliento... hacen que me sienta real. —La besó en las sienes, y en la  frente—. Pero te  haré daño, voy a

 

herirte...

—Oh, no, no, no. Ven... ven conmigo...

Y Sara se tumbó en el suelo, sobre la hierba húmeda, bajo la luz de la gran luna de verano, y tendió sus brazos a Yubal, y Yubal se arrodilló a su lado, y la besó en los labios, y luego, casi con urgencia, se quitaron las ropas y sus cuerpos se estrecharon, como queriendo ocupar el mismo espacio, y las manos de él exploraron, palmo a palmo, la piel de ella,   y  ella   descubrió  la   geometría exacta de la pasión en cada uno de sus movimientos, de sus caricias y de sus besos.

 

Y allí, en las ruinas oscuras de la abadía, como ejecutando un ritual pagano, Sara y Yubal hicieron por primera vez el amor.

Desde aquel momento, y durante casi tres meses (según el peculiar y extravagante tiempo de Mansión), Sara y Yubal no se separaron ni un segundo.

Dormían en un palacio de Palmyra, la opulenta capital siria del siglo III, o en  un  pequeño  templo  de  la  Ciudad Santa de Anuradhapura, en Sri Lanka almorzaban pescado en el comedor de una casa señorial de Paphos, frente a las playas de Chipre, o faisán con manzanas en el Salón de los Cantores del castillo

 

de Neuschwanstein que construyera Luis II de Baviera. Más tarde salían a pasea por los jardines de Versalles, o por el parque de Fontainebleau, o por el Barrio de las Fuentes de Machu Picchu.

Durante dos semanas permanecieron encerrados en un pequeño apartamento del París de los años veinte, donde no se ocuparon de otra cosa más que de sí mismos: hicieron el amor, bailaron desnudos con la música quebrada de un viejo gramófono, comieron con deleite los platos exquisitos que les servían los tulpas, siempre silenciosos e inexpresivos, bebieron los vinos de Burdeos y Borgoña, y volvieron a hacer

 

el amor, una y otra vez, entregándose mutuamente con pasión, memorizando cada centímetro de la piel del otro, cada humedad, cada gemido.

Y luego comenzaron a explorar el universo, buscando tras las puertas de Mansión  planetas  portentosos, asteroides de plata, cometas de hielo carbónico, soles dorados y lunas engalanadas.

Todo eso, y mucho más, era lo que podía proporcionarles la casa del doctor Pétalo; lugares mágicos, patios perfumados, palacios encantados... Siempre había un recinto nuevo en Mansión,    siempre    un    lugar     por

 

descubrir,  siempre      una    arquitectura donde soñar.

La vida de Sara se volvió cristalina y vibrante, bulliciosa y viajera como el agua de un torrente; y Yubal siempre a su lado, bello como una escultura renacentista, suave y amable, decadente y misterioso.

Y Sara floreció, como un rosal en primavera, se emborrachó de felicidad y deseo, se abrió, con abandono dichoso, al placer de no pensar, de sólo sentir.

La historia de su amor se grabó indeleblemente  en  los  muros  de Mansión. Pero, como todas las historias de amor, tuvo un comienzo y habría de

 

tener un final también.

Y el final, como siempre, llegó demasiado pronto, y demasiado tarde a la vez.

Estaban en la Sala de los Abencerrajes del Patio de los Leones La Alhambra del siglo catorce era muy diferente a la que Sara conocía. Todos los  mocárabes  del  techo  estaban pintados con brillantes colores, y las paredes llenas de minuciosos mosaicos y  hermosos  tapices,  y  los  suelos cubiertos con alfombras de Persia y de la India.

El crepúsculo teñía de rojo el cielo, y la brisa llegaba cargada de aromas a

 

mimosas  y  nardos.  Las  sombras  del patio se agitaban con el tremolar de los hachones.

Sara se levantó de su lecho de almohadas y se desperezó, como un gato satisfecho. Yubal estaba en el patio, sentado en el suelo, punteando quedamente su laúd. Sara le miró y sonrió.   Hacía   casi   tres   meses   que estaban juntos, y aún disponían de toda la eternidad. Salió de la sala y se acercó a su amante.

—¿En qué piensas, Yubal?

—En  nada.  Intentaba  imitar  el sonido de las fuentes —se encogió de hombros—; pero haría falta un laúd de

 

agua.

Sara se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en la pierna del hombre.

Yubal también había cambiado mucho. Sus ojos ya no destilaban amargura, y la sonrisa había vuelto a su boca. Parecía relajado y tranquilo, incluso feliz, aunque a veces, de tarde en tarde, Sara todavía descubría un poso de tristeza en su mirada. Pero sí, había cambiado...

Y sin embargo... después de tantos meses juntos, él lo conocía todo acerca de ella; pero Sara no sabía nada sobre él. Ignoraba dónde había nacido (y cuándo), cómo había llegado a Mansión,

 

qué había hecho durante quién sabe cuanto  tiempo...  Desconocía  si  hubo otras mujeres, si tenía amigos u otros parientes,  aparte  de  Betania  y  el doctor... Y eso conducía, de nuevo, a la pregunta más intrigante: ¿qué le había ocurrido a Rosa Pétalo?

Sara observó de reojo el rostro de Yubal; no distinguió en él ni un ápice de melancolía. Sólo vio paz.

Quizás ahora fuese el momento adecuado... —Yubal... —Su voz vaciló como una llama cuando el gas se acaba

—. ¿Cómo era tu madre?

Yubal dejó de rasgar el laúd. Su mirada se perdió en la oscuridad. Tardó

 

mucho en contestar, y cuando lo hizo su tono era sombrío.

—Fue una mujer muy bella, y muy alegre. Constantemente estaba de buen humor, siempre con una sonrisa en los labios. Le gustaba mucho la música, y solía cantar. Yo tocaba para ella... Sara cogió  la  mano  de  Yubal.  —¿Qué  le pasó?

Yubal soltó la mano de Sara y se levantó, volviéndose de espaldas. Permaneció casi un minuto en silencio, los  hombros  caídos  y  la  cabeza inclinada.

—¿Por qué? —dijo al  fin—. ¿Por qué tenías que hablar ahora de esto ?

 

—Porque no sé nada de ti. —Sara se levantó—. ¿Dónde está tu pasado? Quiero compartirlo todo contigo, Yubal. Lo bueno y lo malo. Cuando te conocí parecías sufrir mucho. ¿Por qué? ¿Por la muerte de tu madre? Yo sé lo que es eso, y... —Tú no sabes nada... —la interrumpió. —Mis padres murieron en un accidente. De la noche a la mañana me quedé sola. Y me atormenté, y sufrí, y lloré. Pero un día descubrí que pensar en ellos no me hacía tanto daño. Y con el tiempo conseguí que su recuerdo sólo me inspirase ternura. Tu madre murió, y eso es muy doloroso; pero tú estás vivo, y debes seguir viviendo.

 

Yubal se volvió hacia ella. Su boca estaba contraída por un rictus amargo.

—¡No sabes nada! —gritó—. Esto no tiene que ver con mi madre. ¡Tiene que ver conmigo, y con Betania! —Con un  brusco  ademán,  Yubal  estrelló  el laúd contra el suelo. Una única nota, discordante, acompañó a la lluvia de fragmentos.

Sara se encogió, asustada; nunca le había visto comportarse de un modo tan violento.

—No  discutamos,  por favor... 

murmuró—.       Vamos        a        olvidarlo,

¿quieres?

—¡No! —La respiración de Yubal

 

era agitada—. Ya es tarde. Desde el principio fue tarde. Me engañé pensando que podía olvidar lo que soy. Pero eso es imposible. —Contuvo el aliento y cerró los ojos—. Te dije que iba a herirte, te avisé. Pues bien, Sara, no quiero volver a verte, no quiero que me busques, no quiero saber de ti. ¡Nunca más!

—Pero ¿por qué, Yubal? ¿Qué te pasa...? —Los ojos de Sara se humedecieron.

—No podrías entenderlo.

—Déjame intentarlo... por favor... Yubal encajó la mandíbula. Sus ojos

restallaron como aristas de hielo azul.

 

—¿Sí? ¿Quieres intentarlo? Pues escucha: soy la casa de mi padre... ¡Yo soy Mansión!

Sara parpadeó y apretó los labios, intentando contener el llanto.

—No te comprendo...

—Ya te lo dije. —Las facciones de Yubal  se  relajaron  por  primera  vez, como abrumadas por el peso de una gran tristeza—. Perdóname, Sara... pero yo... yo...  —Tragó saliva—.  Lo  siento.  No me busques. Jamás debemos volver a vernos. Jamás.

Yubal se dio la vuelta y con paso decidido abandonó el patio saturado de aromas,    desapareciendo    entre    las

 

sombras de estuco y yeso, más allá del resplandor escarlata de las llamas que bailaban en los candiles y en los hachones.

Sara se quedó sola en aquel patio de piedra y agua, los ojos destilando dolor, y se agachó, y cogió un trozo del laúd roto, y lo apretó contra su pecho, y sus labios formaron, sin decirlo, el nombre de Yubal.

Sara corriendo por Pasillo Central

Entra en un ascensor.

—¡Llévame a donde esté Betania! —

grita.

El mundo se convierte en un campo de estrellas.

 

—Suéltame... —dijo Betania, intentando zafarse de la mano de Sara—.

¿Estás loca...?

El ojo de Saturno espiaba desde el cielo azabache de Titán. Sara apretó con más fuerza el brazo de Betania.

—¡Ya basta! —La voz de Sara era imperiosa—. ¿Qué le ocurre a tu hermano?

—No tengo ni idea. ¡No lo sé!

—¡Estás mintiendo! —Sara la zarandeó—. Yubal dijo que era algo que os afectaba a los dos. ¿Qué?

Betania dejó de forcejear, sus ojos se extraviaron. —Yubal es tan serio... tan poco divertido... —Hablaba en voz

 

baja, distante—. A veces dice cosas horribles. En cierta ocasión afirmó que nosotros... —Se detuvo, como extrañada ante lo que iba a decir.

—Continúa        —la   apremió      Sara—.

¿Qué dijo? —Dijo que... que estamos muertos. —¿Muertos...?

—Qué tontería, ¿verdad? —Sus ojos se iluminaron de repente—. Pero no hay que hacerle caso. ¡Esta noche celebran una fiesta en el palacio de los Borgia! Me pondré un vestido bonito, y conoceré a hombres maravillosos, y beberé y bailaré toda la noche...

Cuando  Sara  abandonó  el dormitorio, Betania continuaba hablando

 

de  naderías;  la  mirada  perdida,  las manos apretadas y el cuerpo balanceándose adelante y atrás, adelante y atrás...

Como un felino enjaulado, enloquecido por la cautividad.

—Pero, querida, cálmese. —Jorge movió nervioso la cabeza.

—¡Me calmaré cuando consiga que alguien me responda! —dijo Sara con determinación—.  Usted  conoce Mansión. ¿Por qué se comportan todos como si estuvieran locos? El doctor, Yubal, Betania... ¿Qué sucede aquí?

—No sé de qué me habla, niña... — Jorge  vaciló—.  No  suelo  salir  de  la

 

Biblioteca, y yo...

—Déjale, Sarita. —Ambrose había aparecido por entre las estanterías; depositó encima de una mesa los libros que llevaba en las manos—. Jorge no sabe nada sobre Mansión.

—Pero usted sí, Ambrose. ¿Qué está pasando?

Ambrose la miró con irritación. Tras una pausa, le dijo a Jorge:

—Ahora vuelvo. Sólo será un momento —y dirigiéndose a Sara—: Acompáñame.

Estaban en la biblioteca del Museo Británico. Ambrose y Sara fueron a una sala contigua (la biblioteca del Pótala).

 

—¡Ya  está  bien!  —exclamó Ambrose  tras  cerrar  la  puerta—. Déjame en paz. Te lo he dicho: si buscas respuestas, pregunta a las personas adecuadas.

—Y lo he hecho. He preguntado al doctor, a Yubal, a Betania. Y todos parecen volverse locos en cuanto menciono a Rosa Pétalo. —Sara apretó los puños—. ¿A quién debo preguntar entonces?

—Al auténtico guardián de Mansión

—contestó  Ambrose  con  sequedad—. Al  verdadero  administrador.  —Cerró los ojos y respiró hondo—. A Dostigres.

—¿Dostigres...? —Las cejas de Sara

 

se elevaron como dos aves sorprendidas

—. Pero Dostigres es el secretario del...

—No seas ingenua —la interrumpió con exasperación Ambrose—. El doctor Pétalo es el secretario de Dostigres, y no   al   revés.   —Abrió   la   puerta   y comenzó a traspasarla. Antes de salir, se volvió hacia Sara—. Estás hurgando en heridas aún abiertas; pero supongo que eso no te importa. Eres joven y estás enamorada; así que sólo piensas en ti misma. Adelante, busca a Dostigres y sacia tu curiosidad.

Y Ambrose abandonó la sala dando un portazo.

Sara flotando      en  una        inmensidad

 

negra cubierta de estrellas. No hay gravedad. Un temblor y Pasillo Central reaparece.

La voz dice: «Dostigres se encuentra tras la puerta marcada Resh-Resh-Teth. Despacho del Sector Tierra.»

Sara abandona el ascensor y cruza la

Puerta indicada.

 

 

 

 

THAU

 

Dostigres estaba sentado tras una mesa Chippendale cubierta de papeles y planos, junto a una vieja máquina de escribir Underwood. Se puso en pie cuando  la  mujer  entró  en  el  pequeño

 

despacho atestado de archivos.

—Buenas noches, Sara. —Con un gesto  la  invitó  a  sentarse—.  ¿Desea algo? ¿Quizás un jerez...?

Sara negó con la cabeza y tomó asiento en el borde de un sillón de cuero castaño. Tragó saliva antes de hablar.

—Creo que me debe algunas explicaciones, Dostigres. Según Ambrose, usted no es lo que parece ser.

—Es cierto, no lo soy. —Dostigres volvió a sentarse. Sus ojos, pequeños y negros, demasiado juntos, miraban con melancolía—. Me he visto obligado a ocultarle parte de la verdad. Pero nunca creí que Yubal fuese a llegar tan lejos.

 

Era imprevisible.

—¿Qué le pasa a Yubal? ¿Y cómo murió la  mujer  del  doctor  Pétalo? — Sara  se  inclinó  hacia  delante—  ¿Qué está ocurriendo aquí, Dostigres? No sé qué pensar... ¿Yubal tuvo algo que ver con la muerte de su madre? ¿O fue el doctor...? ¿Qué pasó?

—Tranquilícese. Nadie mató a Rosa Pétalo. Fue un accidente, un terrible accidente. Pero usted desea saber lo que sucedió, es natural... —Dostigres se reclinó en el asiento y apoyó la cabeza en su mano (peluda como una garra)—. Desgraciadamente, para explicarme con claridad debo remontarme muy atrás en

 

el     tiempo,       y       además       hablar de      mí mismo...

»Verá, Sara, muchos miles de años antes de su época, yo vivía en lo que usted  conoce  como  Cantabria,  en  el norte de España. Éramos un grupo, o una bandada (desde luego, no una tribu) de pr i mi ti vos sapiens.   Hombres  de   las cavernas, trogloditas, como quiera llamarnos... Nuestro grupo estaba formado por unos cincuenta individuos, entre mujeres, hombres y niños. Éramos recolectores y cazadores. Y también el alimento preferido de los grandes gatos. Yo tenía diecisiete años y era cazador. El mejor.

 

»Pero un verano, ya le hablé de ello, un tigre me dejó inutilizada la pierna. Mis días de caza pasaron a la historia. A partir de entonces tuve que quedarme en el  campamento,  con  las  embarazadas, los ancianos y los niños, fabricando utensilios o masticando grano para convertirlo en una pasta comestible. Quizá no lo entienda, Sara, pero para un macho de finales del pleistoceno eso era peor que la muerte.

»Por  aquel  entonces yo dormía en una pequeña cavidad de la roca, un lugar cálido y seguro, pero desagradablemente húmedo cuando llovía. No era un problema  importante;  sin  embargo,  al

 

disponer de mucho tiempo, comencé a buscar una solución. Y se me ocurrió construir un armazón de maderas y hojas que, no sólo mantuviese seco el interior, sino que además ampliase el espacio de la cueva. Quizá le parezca algo muy elemental, pero en aquel entonces constituyó una auténtica revolución. Fui el primero en edificar una casa.

«Entonces me visitó el Arquitecto. Yo le llamo así, aunque nunca supe su nombre,  si  es  que  lo  tenía.  Tampoco creo  que  fuese  el  constructor  de Mansión, pero en cierto modo sí uno de sus arquitectos. Era un ser irreal, sin forma determinada, compuesto de luz y

 

geometrías extrañas. Una noche apareció y habló directamente en mi cabeza, ofreciéndome ser el administrador del Sector Tierra de Mansión. Desde luego entonces apenas comprendí la naturaleza de lo que me ofrecía, pero yo veía al Arquitecto como un ser sobrenatural, un dios. Por lo tanto, obedecí. Esa misma noche encontré una puerta adosada a mi cueva. Y entré en Mansión.

»Lo primero que hice fue aprender. Salir del salvajismo, si lo prefiere. Mansión dispone de excelentes métodos pedagógicos.  En  pocos  años  me encontré preparado para afrontar mi labor:    buscar,    entre    las    mejores

 

arquitecturas construidas por la humanidad,  nuevos  recintos  para ampliar  Mansión.  Pero  enseguida tropecé con un grave problema. Si bien mi aspecto físico no constituía ningún obstáculo  para  tratar  con hombres  de eras remotas, sí lo era cuando debía ponerme  en  contacto  con  los propietarios mas "civilizados". Les asustaba, les hacía recelar, lo que complicaba mucho las cosas...

—Dostigres —le interrumpió Sara, impaciente—, ¿qué tiene que ver todo eso con Yubal... con los Pétalo?

—No se impaciente, Sara; ahora llegaremos  a  eso...  Como  decía,  mi

 

aspecto complicaba el trabajo. A una persona de su época, por ejemplo, le resulta muy difícil aceptar la existencia de Mansión. Pero si quien le habla de ella es un ser más parecido a un gorila que  a  un  hombre,  entonces  todo  se vuelve  realmente  arduo.  Era  evidente que necesitaba encontrar a alguien que actuase de intermediario. Y lo busqué por todo el mundo, a lo largo de toda la historia.   Finalmente   lo   encontré   en Italia.

»El doctor era inteligente, amable y divertido. Poseía un poderoso encanto personal que inspiraba confianza a cualquiera que, simplemente, le mirase.

 

Créame, Sara, el Pétalo que conoce no es ni sombra del que fue. Además, el doctor tenía una familia tan encantadora como   él.   Yubal,   serio   y   sensible, siempre con su música. La alegre y desinhibida   Betania.  Y,   sobre   todo, Rosa Pétalo.

»Ah, Sara, la mujer del doctor tenía un don único: era capaz de ver más allá de las apariencias, podía percibir a las personas tal y como son en realidad. Y eso la hacía querer a todo el mundo. Y que todo el mundo la quisiera a ella... El doctor la adoraba. Llevaban más de veinte años casados, y aún se amaban con locura, como dos adolescentes en

 

primavera.

»Cuando se  instalaron en Mansión las cosas comenzaron a marchar. El doctor adoptaba el papel de administrador, y yo, de cara a los propietarios, simulaba ser su secretario. Aquel pequeño teatro funcionó perfectamente. Las adquisiciones se sucedían con regularidad, y el Sector Tierra de Mansión creció y creció. Fueron años felices, llenos de risas y alegría... Entonces, cuando menos podía esperarse, llegó la desgracia.

«Supongo que la culpa fue de Betania, aunque tampoco puedo responsabilizarla    totalmente.    Quizás

 

entre  todos  la  malcriamos,  quizá debimos ser más rígidos con ella. Quién sabe, el caso es que Betania era... era víctima de la curiosidad. Quería experimentarlo todo, probarlo todo, hacerlo   todo.   Como   es   lógico,   las Puertas Aleph, la única prohibición de Mansión, eran como un imán para ella. En cierta ocasión, eso lo supe más tarde, Betania  abrió  un  poco  una  de  esas puertas y miró por la rendija. Tuvo suerte, lo que había detrás era relativamente inofensivo y sólo le provocó un intenso dolor de cabeza. Pero...

»Un día, toda la familia Pétalo se

 

encontraba en el Pasillo Central, íbamos a celebrar la fiesta de apertura de un nuevo recinto (por aquel entonces todo era motivo de fiesta). Junto a la puerta de la estancia que debíamos inaugurar se alzaba  una  Puerta  Aleph.  Betania  y Yubal estaban frente a ella, Rosa Pétalo se encontraba a unos cinco metros de los jóvenes. El doctor y yo salíamos de un ascensor en ese momento.

«Entonces, con una sonrisa traviesa, Betania abrió de par en par la Puerta Aleph. Detrás había un monstruoso universo   de    dimensiones   alteradas.

¿Cómo explicárselo, Sara...? Lo que se alzaba  tras  la  puerta  negra  era  una

 

singularidad, es decir, un lugar donde todas las leyes de la física carecen de sentido. Algo inconcebible para nuestra mente, algo que  contradice nuestra propia existencia. Al abrir la Puerta Aleph, Betania destapó la caja de Pandora, dejó expedito el acceso a un mundo  surreal  que  no  puede  convivir con nuestra realidad. Betania y Yubal, enfrente del Portal Aleph abierto de par en par, eran refutados, negados, por la simple contemplación de aquel universo dislocado.

»Así que Betania y Yubal se quedaron petrificados, como un par de ratoncillos hipnotizados por  la  mirada

 

de una serpiente. Rosa Pétalo gritó una advertencia vana, y corrió a apartar a sus  hijos  del  peligro.  Pero  fue demasiado tarde. La singularidad que había tras la Puerta atrapó con sus redes de gravedad alterada a Betania, a Yubal y a Rosa Pétalo. Los atrajo hacia sí, los absorbió, se los llevó, convirtiéndolos en quarks, en partículas, en abstracciones. En definitiva, los mató. Dejaron de existir.

—¿Qué  está  diciendo?  —exclamó

Sara—. ¡Betania y Yubal están vivos!

—Déjeme acabar la historia, Sara.

—La  mirada  de  Dostigres  era  ahora pura tristeza, como los ojos de un perro

 

extraviado—. El doctor gritó como un loco y corrió hacia la Puerta Aleph. Le derribé, impidiéndole lo que no era otra cosa que un suicidio. Gritó y forcejeó como un poseso. Tuve que dejarle inconsciente para evitar que siguiese a su familia a través del umbral fatídico. Cerré la Puerta Aleph y saqué al doctor del Pasillo. Supongo que salvé su vida, pero no su cordura. Cuando el doctor recuperó la conciencia y recordó lo que le había ocurrido a su familia, su razón se enajenó. Dejó de hablar, de moverse, de comer...

Se  encerró  en           mismo  y  cortó cualquier        lazo   con    la         realidad.  »El

 

doctor era mi amigo, mi mejor amigo, quizás el único que he tenido. Y ahí estaba,  muerto  en  vida.  ¿Qué  podía hacer  yo?  Durante  meses  intenté encontrar la terapia adecuada. Pero todo fue en vano. Hasta que un día, observando  a   un  tulpa  mientras  me servía la comida, tuve una idea: era muy probable que en el mundo interior del doctor todavía viviese su familia, y que para sacarle de allí fuera necesario traer de vuelta a su mujer y a sus hijos al mundo exterior. Entonces recurrí a Mansión y le pedí que hiciera tres tulpas muy especiales, tres imitaciones perfectas de seres humanos. Los tulpas

 

de Rosa, de Betania y de Yubal.

»Mi  idea  funcionó hasta  cierto punto. Cuando el doctor vio al tulpa de su mujer, entró en crisis. Acurrucado en un rincón, no dejaba de llorar y de balbucear. De algún modo sabía que aquella figura familiar no era Rosa Pétalo, y eso le causaba un gran horror. De modo que le pedí a Mansión que hiciera   desaparecer   la   imitación  de Rosa.  Sin embargo, los  tulpas  de Betania y Yubal parecían tranquilizar al doctor. Gracias a su presencia, Pétalo fue recobrando, parcialmente, el juicio, hasta alcanzar su estado actual. Ni cuerdo, ni loco, viviendo en una zona

 

crepuscular.

»En cuanto a Betania y Yubal... Mansión hizo un buen trabajo. Son imitaciones tan perfectas que, ignoro cómo, han llegado a alcanzar un cierto grado de autoconciencia. Sobre todo Yubal. Su autonomía se ha desarrollado hasta tal punto que ha conseguido averiguar la verdad acerca de su naturaleza. El pobre Yubal sabe que no existe, que sólo es un fantasma. Y eso le desespera.

Dostigres dejó caer las manos sobre su regazo. Cerró los ojos, apesadumbrado. Sara le miraba atónita, desencajada.

 

—Es mentira       —dijo         furiosa—.

¡Mentira! ¡Yubal existe, es un ser real!

—No, Sara. —Dostigres movió lentamente la cabeza de un lado a otro

—. Yubal es un tulpa, una creación de Mansión, como Betania, como los sirvientes.  No  es  un  hombre,  no  está vivo.

Y Sara supo que Dostigres estaba diciendo la verdad. Y recordó las palabras de Betania: «Mi hermano dice que estamos muertos»; y las palabras de Yubal: «Yo soy Mansión»; y la extraña crisis del doctor en el Invernadero, y la rara  melancolía  que  presidía  cada rincón de aquella casa desmesurada. Y

 

entonces  Sara,  hirviendo  de  rabia,  se levantó y le gritó a Dostigres:

—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué   me   permitiste  continuar  con  la farsa?

—¿Cómo podía prever que te fueses a enamorar de Yubal? —la tuteó por primera  vez—;  y  mucho  menos  que Yubal te correspondiese. —Inclinó la cabeza—. Si te hubiese dicho la verdad, te habrías ido.

—¿Y tan importante era para ti mi estúpida terraza?

—No, Sara; no es la terraza. —Se levantó y mostró las palmas de sus manos,  implorante—. En ocasiones  lo

 

que importa no es el recinto, la arquitectura, sino el propietario. Y eres tú, Sara, lo que me interesa. Porque en ti hay la misma cualidad que encontré en Rosa Pétalo: eres capaz de ver más allá de la superficie. Y pensé que podrías llegar a mirar en mi interior, y ver que no soy un mono amaestrado. Y quizá sentir...

—¿Amor? —preguntó Sara con amargura—. ¿Crees que podría llegar a querer a alguien como tú? Estás loco, Dostigres. —Frunció los labios con furia—. ¿Te acostabas con Betania? Es posible, a ella le gustaba hacer cosas raras, ¿verdad? Pero yo no soy así; me

 

mataría antes de permitir que un fenómeno de feria como tú me tocase...

—Sara, por favor...

—¡Cállate! —gritó Sara. Luego permaneció unos instantes en silencio, aturdida,  con el  aliento  agitado  y los ojos perdidos. De pronto, encajó la mandíbula y se volvió desafiante hacia Dostigres—. Es mentira. Quieres apartarme de Yubal porque estás celoso,

¿verdad?   Pero   Yubal   existe,   y   me quiere, y tú no puedes hacer nada por impedirlo. ¡Nada!

Sara barrió de un manotazo la superficie de la mesa, llenando el aire de papeles. Corrió hacia la puerta.

 

Y Dostigres se quedó solo en el pequeño despacho del Sector Tierra, de pie, estático, con los blancos folios, a su alrededor, componiendo un otoño de papel en su lento planeo hacia el suelo.

—¿Qué     haces aquí? —preguntó

Yubal, mirando con dureza a Sara.

Atardecía en la Abadía de Tintern. El  sol,  casi  a  ras  del  horizonte, arrancaba largas sombras de las ruinas góticas. Sara intentó fingir una sonrisa.

—Tenía que hablar contigo...

—Te dije que no me buscaras.

—Pero... Necesitaba verte, aunque sólo fuera una vez más. Tenía que asegurarme de que tú...

 

Yubal escrutó el rostro compungido de Sara y frunció el ceño.

—Te lo ha contado todo Dostigres,

¿verdad?

—Dostigres me ha dicho cosas absurdas...

—Dostigres te ha dicho la verdad.

—Yubal   sonrió   con  amargura  y  se volvió hacia los muros caídos de la abadía—.  Me  gustan las  ruinas,  Sara. Las ruinas son como yo: nada. Un simple recuerdo, una huella que se borra con el viento...

—¡Pero tú estás vivo! —exclamó Sara, rodeándole con los brazos y apoyando  la  mejilla  en  su  pecho—.

 

Existes. He besado tus labios, Yubal, he acariciado tu piel, he respirado tu aliento... y eres tan real como yo misma.

Yubal,  con  tristeza  infinita,  se deshizo de su abrazo, esta vez sin ira, con ternura.

—Pienso, y pienso que mis pensamientos son los pensamientos de Yubal, el hijo del doctor Pétalo. Recuerdo, y mis recuerdos son los recuerdos de Yubal. Y mi cara en el espejo es la cara de Yubal, y mi voz es la voz de Yubal, y mis deseos, mis sentimientos, son los deseos y sentimientos de Yubal... Pero no soy Yubal. Soy un simulacro, una imitación,

 

un ente creado por Mansión. Soy un fantasma, un tulpa, como los criados de la casa de mi padre.

—¡No es verdad! —gritó Sara, llevándose una mano a la frente—. ¡Eres Yubal, un ser humano! ¡Y te quiero...!

Yubal se alejó unos pasos de ella, cerró los ojos y respiró hondo.

—¿De verdad me quieres? ¿Me quieres tal y como soy? —Abrió de nuevo  los  ojos—.  Mírame,  Sara. Mírame bien, y dime si puedes darle tu cariño a esto...

El cuerpo de Yubal se relajó. Transcurrieron unos segundos sin que nada   ocurriera,   y   de   pronto   algo

 

comenzó a cambiar en él: los rasgos de su rostro parecieron fluir, su cuerpo esbelto se acható y dilató, los ropajes se disolvieron hasta convertirse en un traje de librea. Y, en un instante, Yubal dejó de estar allí para transformarse en un tulpa idéntico a cualquier otro criado de Mansión.

Sara contempló horrorizada la metamorfosis de Yubal. Abrió la boca e intentó decir algo, pero su voz se quebró en un gemido apenas ahogado. El tulpa inexpresivo y difuso en que se había convertido Yubal sonrió tristemente; cuando  habló,  su  voz  fue  la  voz  de Yubal.

 

—¿Sigues queriéndome pese a todo, Sara?  —Suspiró—.  No...  ya  no.  Es dificil amar a algo así, ¿verdad...?

Sara gritó y retrocedió unos pasos. Agitó la cabeza con incredulidad y horror. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Luego comenzó a correr, alejándose definitivamente del fantasma que había sido Yubal.

Sara en Pasillo Central. El viento aúlla a través de las inmensas palmeras de hierro forjado. Los cortos cabellos de la mujer se agitan, su ropa ondea. Una ráfaga de aire arranca de sus ojos un par de lágrimas, proyectándolas hacia la fuga desmesurada del corredor, entre

 

las dos líneas infinitas de puertas.

Sara corre, protegiéndose los ojos con el antebrazo. Penetra en un ascensor y, entre sollozos, pregunta:

—¿Dónde está Yubal...?

—Yubal se encuentra en la Abadía de...

—¡No!      ¿Dónde       está   el       auténtico

Yubal?

Una  pausa.  Finalmente  la  voz  de

Mansión responde:

—Yubal murió. Ya no existe.

—Entonces —gime  Sara—,  ¿quién es el Yubal que he conocido?

—El Yubal que has conocido —dice la voz— soy yo.

 

Sara oculta el rostro entre las manos y grita:

—¡Llévame a casa!

 

 

 

 

RESH

 

Al principio todo fue tristeza y amargura.

El recuerdo de Yubal mortificaba a Sara,  afligiéndola  de  una  manera extraña. Por un lado experimentaba la melancolía y la añoranza de los amantes despechados; mas por otro era la rabia de haber sido, de alguna forma, violada la emoción que en ella imperaba.

Bajo ese estado de ánimo no podía

 

seguir viviendo en su piso, tan cerca de Mansión; de modo que hizo las maletas y alquiló, provisionalmente, un pequeño apartamento.

No habló con nadie acerca de lo ocurrido (¿quién podría creerla?), ni siquiera fue a trabajar; durante dos días apenas se movió de la cama, encerrada en la oscuridad de su dormitorio, como queriendo volver a una matriz cálida y protectora. Y así, tumbada, con los ojos muy abiertos y el corazón destrozado, se arrastraron los minutos y las horas, y el tiempo se convirtió en plomo fundido, ardiente, denso y asfixiante.

Pero llegó  el       fin     de      semana,      y

 

entonces...

Eran casi las diez de la noche del viernes. Sara y Tomás caminaban juntos por la calle. Tomás no dejaba de mirar a su novia; estaba sorprendido y preocupado.

—Sara, ¿qué te pasa?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Por Dios, te has cortado el pelo y... y tienes un aspecto muy raro.

—¿No te gusta? —preguntó Sara, inexpresiva.

—No es eso. Pero creo que deberías haberme consultado.

—La próxima vez lo haré.

 

—Además, no, no me gusta — insistió Tomás—. Pareces otra mujer... No sé, hay algo raro en ti. Eres distinta.

—Es el corte de pelo. —Sara suspiró—. Cuando me crezca volveré a ser la de siempre. —Sonrió mecánicamente—. Anda, date prisa, o llegaremos tarde al cine.

Recorrieron en silencio los pocos metros que les separaban del coche. Tomás estaba sacando las llaves del bolsillo cuando una voz los sobresaltó.

—Buenas noches, Sara. ¿Podría hablar con usted?

Se giraron en redondo y contemplaron  la  solitaria  figura  que,

 

cojeando, salía de entre las sombras del callejón.

—¡Déjame en paz, Dostigres! — gritó furiosa Sara—. ¡No quiero hablar contigo! ¿Entiendes?

—Por favor —suplicó Dostigres acercándose a ella—, sólo pretendo explicarme...

—Eh, eh... —intervino Tomás, intentando interponerse entre Sara y el hombre    primitivo—.    ¿Qué    quiere?

¡Váyase!

Dostigres ignoró a Tomás y cogió el brazo de Sara.

—Sólo será un minuto... por favor.

—¡Suéltame!      —Sara        intentó

 

apartarse—. ¡No me toques!

—¡Aléjese de ella! —Tomás comenzó a forcejear con Dostigres; era como luchar con un bulldozer—. ¡Déjela hijo de puta!

Dostigres soltó el brazo de Sara y se volvió hacia Tomas. Le miró con ojos de animal salvaje.

—¡No me empuje! —rugió. Y lo apartó bruscamente con el antebrazo.

Fue un simple manotazo, pero bastó para que Tomás se elevara por los aires, como un muñeco desmadejado, y fuera a caer violentamente contra unos cubos de basura.

—¡Mi        pie!   —chilló      Tomás

 

retorciéndose en el suelo, mientras se sujetaba el tobillo derecho—. ¡Me lo he roto!

Sara corrió hacia su novio y se arrodilló a  su lado.  Miró a  Dostigres con ojos llenos de cólera.

—¡Eres un peligro! ¡Vete de aquí! Dostigres      extendió     los     brazos,

desolado.  Sus  ojos  se  movían, nerviosos, a izquierda y derecha.

—Yo... no quería hacerle nada...

—¡Monstruo! —le escupió Sara, mientras sujetaba la cabeza del dolorido Tomás—. ¡Vuélvete a tu casa de locos y olvídate de mí!

Dostigres quiso decir algo, pero al

 

final, tras un imperceptible temblor de sus labios, optó por desistir. Inclinó la cabeza y asintió. Se dio la vuelta y comenzó  a  alejarse,  cojeando silencioso. La sirena de una ambulancia, como un lamento lejano, llenó de agudos el murmullo nocturno de la ciudad.

Al  poco,  Dostigres ya  no fue  más que una figura grotesca perdiéndose en la noche.

—Le juro, Sara, que no deja de sorprenderme. —El abogado enarcó las cejas y se rascó levemente la cabeza—. Vamos a ver si lo entiendo: al principio no tenía el dinero necesario para conservar su casa, pero estaba dispuesta

 

a luchar a brazo partido con el banco. Luego consiguió el dinero. Y ahora, de pronto,   decide   venderle   el   piso   al banco. Y todo eso en una semana... No lo entiendo.

—Ya no me gusta mi casa. —Los labios de Sara sonreían, pero no sus ojos—. Ahora ni siquiera vivo allí. De modo que quiero deshacerme de ella lo antes posible.

—Bueno, en cualquier caso, no es asunto mío. —El abogado se encogió de hombros—. Creo que hace usted bien. La oferta del banco es muy conveniente. Si quiere podemos ocuparnos ahora mismo del papeleo.

 

—No. —Sara se levantó—. Volveré mañana. Tengo que ir al hospital.

—¿Le ocurre algo?

—Mi novio sufrió un accidente y tiene un tobillo fracturado. —Se dirigió a la puerta. Antes de abrirla se volvió hacia el abogado—. Cuando se ponga en contacto con la gente del banco, dígales que tengo prisa por cerrar el trato.

—No se preocupe. Ellos también. Sara vaciló unos instantes. Por fin

preguntó:

—Van a derribar el edificio, ¿no?

El abogado asintió en silencio. Sara cerró los ojos y sonrió con tristeza. Luego salió del despacho.

 

WAW

 

Los primeros rayos del sol naciente acariciaron el tejado del edificio. Sara miró su reloj: eran la siete menos diez de la mañana. A su lado, Tomás se mantenía de pie, un tanto inestable sobre su muleta.

—Maldita  escayola  —masculló—;

me tiene harto...

—Pronto te la quitarán —dijo Sara. Y añadió—: No deberías haber venido.

—Quien no debería haber venido eres  tú.  Supongo  que  ver  destruir  tu vieja casa no resultará muy agradable

 

para ti. Es mejor que esté contigo.

—Una casa es sólo un montón de cemento y metal. Y nadie siente nada por el cemento y el metal, ¿verdad?

—Entonces, ¿por qué has venido? Durante unos segundos Sara retuvo

el aire en los pulmones. Luego lo exhaló lentamente.

—No lo sé...

Sara contempló el edificio bajo la nueva claridad del amanecer. Estaba rodeado de vallas de seguridad y cintas de plástico a franjas rojas y blancas. Varios carteles advertían sobre la voladura  controlada  que  iba  a  tener lugar dentro de unos minutos.

 

Habían  transcurrido  dos  meses desde que Sara abandonara, por última vez,  Mansión. Durante ese  tiempo, vendió su casa, dejó el apartamento y compró un moderno piso en el centro de la ciudad.

Tomás no formuló pregunta alguna sobre el incidente con Dostigres, ni acerca de los profundos cambios que se habían producido en Sara.

De alguna forma, sabía que había estado a punto de perderla (aunque ignoraba cómo y por qué). De modo que Tomás le pidió a Sara que se casaran. Inmediatamente, sin esperar a obtener la ansiada plaza  de  notario. Y Sara,  sin

 

meditarlo  mucho  (o,  mejor,  sin meditarlo en absoluto), dijo que sí. La boda se celebraría a finales del verano.

El equipo de demolición estaba situado frente a la fachada principal del edificio. Sara y Tomás se encontraban justo en el lado contrario, de cara al portal  trasero. Sara había insistido en que   no   quería   encontrarse   junto   a aquella gente, asesinos de edificios vestidos con chaquetas amarillas y cascos  de  plástico,  cuando  su  viejo hogar  se  viniera  abajo.  Prefería  estar sola (y eso incluía a Tomás, aunque para evitar herirle no se lo había dicho).

—¿En       qué    piensas?      —preguntó

 

Tomás.

—En nada —mintió Sara.

Porque,  en  realidad,  estaba pensando en Mansión. Al principio no podía  hacerlo  con objetividad.  Todos sus  recuerdos  de  la  casa  del  doctor Pétalo (¿o debía decir de la casa de Dostigres?) conducían a Yubal, y eso dolía. Pero luego sus emociones cambiaron.

Cierto día, hacía tan sólo dos semanas, recibió una carta escrita en papel verdoso. Era de Dostigres.

 

 

Querida Sara. He vacilado mucho    antes de      decidirme    a

 

escribirle. Imagino que sigue guardándome rencor, y supongo que tiene razón al hacerlo. Le mentí, es  cierto; aunque ojalá me creyese cuando le digo que nunca tuve intención de herirla, que todo se me escapó de las manos y no pude controlarlo, o no tuve el valor necesario para hacerlo. En cualquier caso, reconozco mi culpa, y por ello le pido perdón.

No obstante, quisiera que comprendiese algo: la soledad es un territorio triste, Sara. Siempre. Pero la soledad eterna

 

(literalmente eterna), puede resultar un verdadero infierno. Cuando dejé a los de mi especie y entré en Mansión corté todos los   lazos   que   me   unían   al mundo  primitivo  donde  nací; sin embargo, después de tantos miles de años, todavía no he conseguido formar parte de nada,   ni   de   nadie.   Soy   un extraño para mis congéneres, y una  especie  de  gorila inteligente para los humanos normales. El doctor Pétalo y su familia  fueron,  durante  un tiempo      feliz,      mi      única

 

compañía. Y ahora ya sabe lo que les ocurrió. Luego, cuando usted apareció, creí  encontrar un oasis en el desierto de la soledad. Pensé que usted podría ser feliz en Mansión y que, con el tiempo, quizá llegara a apreciarme como de verdad soy. Pero las cosas raramente suceden del modo en que uno desea. Lo siento. Mansión es un lugar  más  triste  desde  que  se fue.

Jorge y Ambrose le envían saludos. El doctor Pétalo pregunta   frecuentemente   por

 

usted; ahora está intentando crear una variedad tricolor de la azucena silvestre a la que piensa dar su nombre, Sara, ya que, según dice, la azucena es símbolo de delicadeza y sencillez.

Reciba mi respeto y afecto.

Dostigres.

 

 

Por alguna razón, Sara se sintió apesadumbrada y triste después de leer la carta de Dostigres. Y, de pronto, dejó de  odiarle.  Porque  aquel  hombre, alejado de su tiempo y de su gente, era en realidad patético. Un paria viviendo

 

en un palacio excesivo, el rey de un país infinito  y  hermoso,  pero  también solitario  y  melancólico.  Porque Mansión, en realidad, era como el Taj Mahal, un estanque de tiempo dedicado a los recuerdos; un lugar inmóvil en un universo en continuo movimiento. Como un libro de ilustraciones, como una galería  de  pinturas  venecianas,  como esos instantes anteriores al  crepúsculo en los  que  todo  parece  detenerse mientras el aire se vuelve denso y dorado.

Y Sara pensó en el doctor Pétalo, extraviado en su cosmos de esporas y polen,  siempre  en  aquel  invernadero

 

anclado a un mundo moribundo, donde las flores sueñan sueños lánguidos y marchitos.

Y   Sara   recordó   a   Betania,   tan amante de la vida, incluso después de la muerte...

Y Sara recordó a Yubal —esta vez sin dolor, con ternura—, un pobre fantasma evanescente viviendo una vida prestada.  Ilusorio,  insignificante,  pero en cierto modo auténtico y real, porque había sido amado.

Y Sara volvió a pensar en Dostigres, y pensó que se había portado mal con aquel hombre solitario, que no debía haberle dicho las cosas que le dijo, y

 

que le gustaría tener la oportunidad de disculparse.

—Ya falta poco —dijo Tomás, más que otra cosa por romper el silencio que flotaba   entre   los   dos.  Y  añadió—:

¿Sabes?, mi madre quiere que sean rosas blancas.

—¿Cómo...?

—Para decorar la iglesia. Yo pensaba en claveles, pero ella se casó con rosas, e insiste... ¿Tú qué prefieres?

—No sé... —de pronto Sara sonrió

—: orquídeas azules.

—¿Orquídeas azules? Deben de ser muy caras. Además, nunca he visto orquídeas azules.

 

—Alguien que conozco las tiene en su invernadero...

—Bueno, quizá nos haga un buen precio... Aunque no me gustaría darle un disgusto a mi madre, ya sabes como es. Por cierto, me ha pedido que te avise de que el jueves tenéis hora con la modista. Dice que ha elegido un vestido de novia precioso, con la cola muy larga...

—Tomás, ya hemos hablado de eso. Preferiría un traje sencillo.

—Pero Sara, hazlo por ella. Desde que murió papá no levanta cabeza...

—Es nuestra boda, no la suya.

—No seas mala. Mira, está tan ilusionada que quiere regalarnos el viaje

 

de novios. A Mallorca, justo al mismo sitio donde ella pasó su luna de miel.

—¿Mallorca...? —Sara se estremeció. Había pensado en destinos más  exóticos:  quizás  el  Nepal,  o México, o Tailandia, o Kenya... pero ¿un hotel turístico en Mallorca? No, eso no entraba en su idea de un viaje romántico.

Pero Sara no dijo nada. Perdió la mirada por entre las ventanas (abiertas y sin cristales) del edificio sentenciado. Respiró hondo.

Algo marchaba mal. Había algo tremendamente equivocado en... en ella misma. Experimentó una especie de ahogo.  Cerró  los  ojos.  ¿Qué  estaba

 

haciendo? ¿Qué vida le aguardaba? Tomás la quería, sí, y ella se iba a convertir en su mujer, sí, la esposa del notario, sí, y tendrían hijos, y sólo viajarían durante las vacaciones de verano, sí, y llevarían una vida tranquila y ordenada, ¡sí, sí...! ¡Sí!

Sara abrió los ojos y parpadeó, sobrecogida por la súbita descarga de adrenalina que, sin saber por qué, había experimentado. Escuchó un ruido de pasos a su izquierda. Era uno de los hombres de chaqueta amarilla y casco de plástico que, rodeando la línea protectora  de  vallas  y  cintas,  se acercaba a ellos.

 

—Buenos días —dijo cuando llegó a su altura—. La demolición se va a llevar a cabo en cinco minutos. Yo en su lugar me alejaría un poco. Cuando activemos las cargas explosivas algunos cascotes pueden salir despedidos más lejos de lo previsto, ya saben.

El hombre saludó con la cabeza y continuó dando la vuelta en torno al edificio, hasta perderse de vista.

—Venga —dijo Tomás, señalando hacia el fondo de la calle—, vamos a ponernos allí.

—Espera...

Sara buscó con la mirada la terraza de   su   piso;   en   vano,   ya   que   se

 

encontraba justo en el lado opuesto.

Su terraza, la sala del atardecer, el lugar donde, de niña, jugaba a ser Alexandra David-Neel explorando el Tíbet, Howard Cárter descubriendo la tumba de Tutankhamon, o Lady Anne Blunt viajando por Arabia. Allí, en esa terraza llena de recuerdos, estaba parte de su niñez. Si cerraba los ojos, Sara todavía podía escuchar el cálido sonido de  las  teclas  golpeando  la  cinta entintada y el papel, en la vieja máquina de escribir de su madre. Y ahora esa terraza iba a desaparecer para siempre.

¿O no...? Quizás aún estuviese conectada a Mansión, quizás en su salón

 

se alzase todavía una puerta mágica, la entrada a un palacio encantado...

—¡Sara! —La voz de Tomás era apremiante—. Vámonos, este lugar no es seguro.

Sara parpadeó. Notaba su corazón palpitando desbocado en el pecho. Miró alternativamente a su novio y a la casa. Tragó  saliva  y  consultó  el  reloj. Faltaban apenas dos minutos...

Y entonces Sara supo lo que tenía (lo que quería) hacer. Se aproximó a Tomas y le abrazó con fuerza. Luego le besó intensamente.

—Perdóname   —dijo,   apartándose de él. Y, sin la menor vacilación, saltó

 

por encima de las vallas y echó a correr hacia la casa.

—¡Sara! —gritó Tomás asustado—.

¡No seas loca, vuelve! Sara continuó corriendo, mientras en su interior, como quien  formula  una  oración,  pensaba:

«Dostigres, ojalá no se te haya ocurrido retirar la puerta de mi salón...»

Tomás,  entretanto,  intentaba traspasar la línea de vallas, pero su pie escayolado era un poderoso impedimento. Además, si apenas podía andar, ¿cómo iba a dar alcance a Sara?

—¡Sara!   —gritó   a   pleno   pulmón—

¡Vuelve! Aterrado, Tomás vio que la mujer  cruzaba  la  puerta  trasera  del

 

edificio y desaparecía en su interior.

«La explosión va a matarla», pensó Tomás. Había que impedir aquella demolición. Miró en derredor, pero no vio a nadie, estaba solo. Comenzó a caminar  rápido,  casi  a  la  pata  coja, hacia donde debían encontrarse los obreros.

¡Oh,  Dios,  iba  muy  despacio! Aceleró el paso. Gritó: —¡Paren deténganse! ¡Hay una mujer dentro de la casa! De pronto tropezó y cayó al sueloSe puso de rodillas y buscó la muleta. Se incorporó y comenzó a caminar otra vez. Cada paso que daba era un latigazo de dolor en el extremo de

 

su pierna.

Por fin consiguió llegar hasta la esquina. La dobló y vio, a lo lejos, que un grupo de personas, los técnicos en demoliciones, permanecían reunidos frente al edificio.

—¡Paren! —gritó Tomás—. ¡Hay alguien dentro!

Pero los técnicos y los obreros miraban en dirección a la casa. No le veían. Tomás cogió la muleta por un extremo y comenzó a agitarla sobre su cabeza.

—¡Deténganse! —aulló—. ¡Van a matarla!

De pronto, uno de los hombres de

 

amarillo se volvió hacia él y le vio. Permaneció unos segundos congelado, y luego, como a cámara lenta, comenzó a volverse hacia sus compañeros...

Y entonces un rugido ensordecedor llenó el aire tenue de la mañana.

Tomás se dio la vuelta y comprobó, con el corazón encogido, que toda la parte baja del edificio era engullida por una densa nube de humo y polvo, mientras la estructura vibraba y se tambaleaba, para luego hundirse sobre sí misma, lentamente, como un gigante herido derrumbándose sobre las arenas del desierto.

Tomás soltó la muleta y se dejó caer

 

de  rodillas.  Tenía  los  ojos  llenos  de lágrimas.

—Sara... —musitó.

Y el suave gemido de sus palabras se perdió en el fragor de la piedra destruida y el metal doblado.

 

 

 

 

KAPH (EPÍLOGO)

 

Nunca encontraron el cadáver de Sara. Aún así, el testimonio de Tomás bastó para que la dieran por muerta. Suicidio, dijeron. Una extraña forma de matarse.

Tomás mandó construir una tumba para ella. Y, aunque estaba vacía, solía

 

ir todos los fines de semana a visitarla. La oposición se convocó para finales de verano; irónicamente, el examen tuvo lugar el mismo día que tenían previsto para la boda. Tomás ni siquiera se presentó.

Pero el tiempo es el mejor bálsamo para  las  heridas  del  corazón.  Tomás poco a poco fue olvidando, y volvió a preparar la oposición, y dos años después aprobó el examen, convirtiéndose en el  respetado notario de una pequeña ciudad de provincias. Allí conoció a una mujer, complaciente y discreta, con la que se casó poco después.

 

Y  de  ese  modo,  Tomás  olvidó  a

Sara.

Pero doce años más tarde ocurrió un hecho  extraordinario.  Un  mediodía, como todos los mediodías, Tomás abrió el buzón de su casa. Dentro encontró un extraño sobre de color verde, con su nombre en el dorso, pero sin sello ni matasellos. Lo abrió y comprobó que en su interior sólo había una bolsita de celofán conteniendo pequeñas semillas, y una nota escrita a mano en un papel también verdoso. El corazón le dio un vuelco.

 

 

Querido Tomás. Después del

 

daño  que  te  hice  no  sabes  lo feliz que me siento al saber que las cosas te han ido tan bien en la vida. Ojalá que todo siga así, y que hasta el menor de tus deseos se cumpla.

Junto a esta nota encontrarás unas semillas. Son de orquídeas azules (te hablé de ellas    hace    mucho    tiempo,

¿recuerdas?). Plántalas, y cuando florezcan ponías en tu mesilla de noche y duerme a su lado. Quizá logren inspirarte un sueño tranquilo y sereno. Con todo mi cariño, recibe un beso

 

muy fuerte.

 

 

La carta no estaba firmada, pero no hacía falta. Aunque habían pasado muchos  años,  Tomás  reconoció  al primer vistazo la letra de Sara. Se apoyó en la pared y, con los ojos aun incrédulos, comenzó a llorar como un niño.

Mas tarde, siguiendo las instrucciones de la carta, plantó las semillas, y semanas después, cuando florecieron las orquídeas, las puso junto a su cama.

Y, aunque algunos malintencionados lo atribuyeron a los delirios de un nuevo

 

rico, lo cierto es que a partir de aquel momento,  Tomás  dedicó  todo  su esfuerzo y dinero a construir una nueva casa, hermosa y equilibrada, original y exquisita; un recinto adecuado para formar parte de Mansión.

La  casa  del  doctor  Pétalo  se extiende por el tiempo y el espacio, a través de las dimensiones y de los universos, sutil como una presencia intuida, inmensa como la eternidad.

Un hombre grotesco y deforme recorre sus pasillos sinuosos y extravagantes. No sonríe porque no sabe sonreír, igual que tampoco sabe llorar; pero si pudiera, ahora sonreiría.

 

Ya no está solo.

Mientras tanto, en el Invernadero de hierro y cristal, las plantas crecen y la savia fluye.

En un rincón, apartadas de la vista, las pequeñas orquídeas azules moteadas de naranja continúan soñando...

 

 

A la mañana siguiente, la Bella se volvió a. encontrar, como por encanto, en el palacio de la Bestia. Enseguida se vistió y empezó a dar vueltas por aquellas amplias salas, por aquellas largas galerías. Se sentía cada vez más inquieta y

 

miraba a cada momento el gran reloj de péndulo que estaba a la entrada. Según su costumbre, la Bestia no se presentaba nunca antes de la hora de la cena.

 

Madame Le Prince de

Beaumont, La Bella y la Bestia

 

8. El círculo roto

 

 

 

Madame Kádár entrelazó los dedos e  inclinó la  cabeza.  El  tremor  de  las velas danzó en sus pupilas hasta que los párpados se cerraron, sumiéndose el rostro en una expresión de cansancio.

Entonces, el padre Silveira comenzó a aplaudir, con respeto, suavemente, como si temiese que un ruido excesivo pudiera quebrar la cristalina atmósfera del salón. Casi al instante, el resto de sus amigos se unió al aplauso, y también Claudia y Susana... El padre Kindelán que  dormitaba sobre  el  sillón, con el

 

sempiterno rosario entre sus manos, se despertó  sobresaltado,  parpadeó confuso y, tras refunfuñar unas palabras incomprensibles, retornó a la monótona letanía de sus plegarias. —Un hermoso relato —murmuró Héctor Arauco. — Precioso  —dijo  Claudia—.  Pero señora Kádár, ¿quién le contó esa historia?

La  anciana  abrió  los  ojos  y contempló a mi hija con aire confuso.

—¿Quién la historia me contó...?

—Sí —intervino Susana—. Usted ha dicho que pasó la noche en la habitación del palacio italiano donde había aparecido la puerta misteriosa, y que de

 

madrugada se despertó y encontró a su lado a una persona. ¿Quién era?

—Oh, bueno, su nombre no me dijo.

—Madame Kádár sonrió—. Pero de una mujer se trataba.

—¿Sara Aludel? —pregunté.

—Contestarle no sabría. Una mujer joven era, morena y de facciones dulces. Añadir sólo puedo que embarazada estaba. —La anciana respiró hondo—. Si esta historia he contado no ha sido porque algo haya que conjurar. De un relato de amor se trata, inocente y triste, como siempre el amor es. Pero lo que sí mi pequeña historia muestra es que la realidad más allá de lo que vemos se

 

extiende. Y aunque mantener el orden de las cosas procuremos, aunque en aferrar el hilo de la realidad nuestro empeño pongamos, siempre habrá una casa del doctor Pétalo que ante nosotros se alce, recordándonos que forjados estamos en la  materia  de  que  los  sueños  están hechos. —Madame Kádár permaneció unos instantes en silencio. Luego se incorporó con esfuerzo—. Ya tarde es

—dijo—; hora de irnos a dormir.

Poco a poco, como saliendo de un pesado estupor, nos fuimos poniendo en pie. Acordamos con rapidez el reparto de las habitaciones: madame Kádár, Susana     y     Claudia     ocuparían    el

 

dormitorio más grande, donde había tres camas, el doctor Arauco y su mujer se instalarían en el segundo dormitorio, Azarías Jerusalén y el padre Kindelán dormirían en el tercero. En cuanto al padre Silveira, Aníbal Zarko y yo... bueno, haríamos lo posible por acomodarnos en el salón.

Media hora más tarde, la casa se encontraba  en  relativo  silencio:  a  lo lejos podía oír la pesada respiración del padre Kindelán y, por todas partes, el rítmico golpeteo de la lluvia sobre el tejado.

A    me  había  correspondido  el sofá. Aunque insistí en sortearlo, Aníbal

 

Zarko y el padre Silveira se mostraron inflexibles en su decisión de cedérmelo. El ilusionista tomó asiento en un sillón, puso los pies sobre un taburete y, sin siquiera despojarse de la chaqueta, se quedó profundamente dormido. El misionero jesuita, por su parte, extendió una manta sobre el suelo y se tumbó encima. Yo objeté que aquello debía de ser muy incómodo.

—No lo crea —dijo el sacerdote—. Muchas veces he tenido que dormir en el suelo y, por lo menos, aquí no debo preocuparme de que una serpiente coral se introduzca entre mis ropas.

Por un instante tuve la visión de una

 

selva húmeda y oscura, infestada de crótalos, arañas e insectos. Agradecí interiormente la suerte que tenía al encontrarme  en  un  parque  natural cercano a los Pirineos, sin otra preocupación que la inclemencia del tiempo. Tras desearle las buenas noches al  jesuita, me  arrebujé  en la  manta  y cerré los ojos.

Pensé que iba a tardar en dormirme, pero el sueño, a decir verdad, acudió a mí   con  la   premura   de   una   amante solícita.

Me despertó la claridad de la mañana. Abrí los ojos y, al no recordar dónde me encontraba, parpadeé varias

 

veces, sintiéndome momentáneamente desorientado. Luego miré el reloj: eran las siete y media de la mañana. Me incorporé en el sofá y comprobé que Aníbal Zarko seguía profundamente dormido. Pero el padre Silveira ya no estaba en el salón. Me puse en pie y extendí los brazos hacia arriba, desperezándome como un gato. Entonces la puerta del cuarto de baño se abrió y el  torso desnudo, plagado de  dibujos, del jesuita asomó por el umbral. Le saludé con la mano y él me devolvió el saludo, llevándose luego un dedo a los labios para avisarme que los demás seguían dormidos. Asentí con la cabeza

 

y miré a través de la ventana. Las nubes habían desaparecido, dejando tras su paso el brillo dorado de una radiante mañana de verano.

Me dirigí a la puerta principal y la abrí con cuidado. Salí al exterior; el aire todavía era fresco. Recorrí el breve jardín que se extendía por delante de lacasa y me asomé a la barandilla de madera que daba al interior del volcán. Supongo   que   esperaba   encontrar   el fondo del cráter convertido en un pequeño lago, de modo que me sorprendió ver que ni tan siquiera podía distinguirse un simple charco en el amplio  círculo  de  hierba  verde.  Pero

 

mayor fue mi sorpresa al advertir que dos figuras humanas estaban sentadas al pie de la ermita románica, cerca del menhir. Eran madame Kádár y Claudia, mi   hija,  hablando  entre      con  las cabezas muy próximas.

Me quedé quieto, muy quieto, contemplándolas  en  silencio, escuchando, entre  el  murmullo del viento y el trinar de las aves, el lejano e indescifrable rumor de su conversación.

¿Qué hacían despiertas tan temprano, allí,  en  el  volcán?  ¿Y  de  qué hablaban...?

Claudia alzó de pronto la cabeza, como si hubiese presentido que alguien

 

la estaba mirando, y advirtió mi presencia. Se incorporó, levantó una mano y la agitó. Devolví su saludo con algo de timidez, sintiéndome pillado en falta, igual que si me hubieran descubierto espiando una escena demasiado íntima y privada.

Entonces Claudia comenzó a correr hacia mí por el sendero que remontaba la ladera del cráter. Y pude ver el resplandor de una sonrisa centelleando en su cara, y la ondulación de sus cabellos jugando con la brisa, y el brillo del sol perfilando su silueta.

Y supe instantáneamente que debía atesorar esa imagen, guardándola en un

 

rincón privilegiado de mi memoria, porque sin duda aquél era un instante de pura e irracional felicidad.

De pronto, una extraña idea me vino a la cabeza.

Pensé que, durante el día y la noche que permanecí en la casa del cráter, en compañía de aquellos extraños, había tenido la oportunidad de asistir a un acontecimiento único, a un milagro pequeño y cotidiano, como el germinar de una flor, pero al tiempo prodigioso y fantástico.

Un pensamiento absurdo, desde luego. Pero, ignoro la razón, me fue imposible apartar esa idea de mi cabeza,

 

y aún hoy, en lo más recóndito de mi mente,  continúo  creyendo  que  durante las veinticuatro horas que permanecí en el volcán de Santa Margarita, refugiándome de  una  lluvia  torrencial, fui testigo de un hecho asombroso, tan vago e impreciso que ni siquiera puedo comenzar a describirlo.

Desayunamos café con leche y galletas. Luego limpiamos lo que habíamos  ensuciado  y  lo  colocamos todo en su sitio. Calculamos el coste de los artículos consumidos y dejamos el dinero, junto a una nota explicativa, encima  de  la  mesa  del  salón. Finalmente, abandonamos la casa.

 

Susana y Claudia comenzaron a despedirse de aquel exótico grupo de personas. Intercambiaban besos y números  telefónicos,  promesas  de visitas  futuras  e,  incluso,  como comprobé al  observar los  ojos  de  mi hija y de madame Kádár, alguna que otra lágrima.

Miré en derredor y descubrí que el padre Silveira se encontraba algo apartado de los demás, contemplándome con mirada afable. Me acerqué a él, le tomé del brazo y nos alejamos unos metros del grupo.

—¿Qué sucede aquí? —le pregunté. El  sacerdote se mostró desconcertado.

 

—Pues... que yo sepa, no sucede nada. Respiré  hondo.  ¿Qué  podía  decirle?

¿Que tenía la vaga intuición de que tras aquel aparentemente fortuito encuentro existía  un propósito, una  intención oculta? Sólo de pensarlo me sentía ridículo, de modo que me limité a preguntar: —¿Quiénes son ustedes? — Ya lo sabe. Ayer nos presentamos... — No —le interrumpí—. Su círculo, su grupo, su secta, como quiera llamarlo...

¿Qué es? Ya sé, ya sé... mantener estable la realidad y contar historias. De acuerdo, pero ¿qué más?

—No hay más, somos lo que usted acaba  de  decir.  —El      padre Silveira

 

parecía ahora apenado—. Pero supongo que eso no le basta... Mire, véalo de esta forma: ningún ser humano es absolutamente completo. Nadie posee todas las virtudes y capacidades necesarias para afrontar con éxito una empresa de cierta complejidad. Por eso las personas se organizan, crean estructuras más fuertes y duraderas que ellos mismos. —Se encogió de hombros

—. Eso es nuestro círculo: un esquema que se perpetúa, un conjunto en el que el total resulta más grande que la suma de las partes.

Todo         aquello       estaba muy  bien, incluso  resultaba  poético.  Pero  seguía

 

sin aclararme nada.  Miré  fijamente al sacerdote.

—¿Por qué estaban ustedes aquí? Y no  me  hable  del  solsticio;  ¿por  qué ayer?, ¿por qué aquí?

El jesuita me contempló en silencio durante unos instantes.

Luego dijo:

—Por María Kádár. Enarqué las cejas.

—No le entiendo —musité—. ¿Qué quiere decir?

Entonces, el padre Silveira, con una triste sonrisa flotando en su boca, me explicó lo que ocurría.

—Madame  Kádár  está  gravemente

 

enferma. Sólo le quedan unos meses de vida.

Abrí  la  boca,  pero  no  supe  qué decir. El sacerdote palmeó suavemente mi brazo, como si quisiera prestarme ánimos.

—No se preocupe. A fin de cuentas, no es algo que le concierna personalmente. —Se inclinó y cogió un guijarro del suelo; me lo ofreció—. Tenga, conserve esto como recuerdo de nuestro encuentro.

Observé la pequeña piedra, un fragmento de material volcánico, absolutamente negro e irregular. Casi sin darme cuenta de lo que hacía, lo guardé

 

en el bolsillo. Me sentía perplejo.

—¿Nos vamos...? —La voz de Susana me sacó del ensimismamiento en que estaba sumido.

Me despedí maquinalmente de aquellas  personas,  estrechando  sus manos una a una. Al llegar a la altura de madame   Kádár   vacilé   un   momento, luego me incliné para besar sus mejillas arrugadas. La anciana acercó sus labios a mi oído y susurró:

—Nuestras historias le regalamos... Escríbalas, amigo mío.

Asentí   con  un  gesto   vago.  Aún estaba afectado y confuso por lo que me había revelado el padre Silveira.

 

—¿Van     a        quedarse     aquí?

pregunté.

—Creo que sí —repuso con una sonrisa  Aníbal  Zarko—.  Todavía tenemos cosas que hacer.

Nos   despedimos   con   un   último saludo y Susana, Claudia y yo comenzamos a recorrer el camino que conducía de vuelta a la carretera.

Mientras descendíamos por el sendero, observé con sorpresa que el terreno no se encontraba, ni mucho menos, todo lo húmedo y embarrado que debía estar después de una tormenta tan intensa. De hecho, parecía como si la tierra  estuviese  más  seca  que  el  día

 

anterior.

Me detuve.

Lo que había dicho el padre Silveira sobre madame Kádár era terrible, es cierto. La muerte de esa anciana encantadora supondría una dolorosa pérdida, pero aquello no explicaba en absoluto su presencia allí. Esa revelación, lejos de aclarar mis dudas, planteaba nuevas preguntas.

—¿Qué sucede? —preguntó Susana.

—He olvidado algo —dije—. Esperadme aquí, enseguida vuelvo...

Me di la vuelta y comencé a subir apresuradamente por la senda forestal. Diez     minutos     después     alcanzaba,

 

jadeante, la cima del volcán.

Pero el cráter se encontraba en absoluta soledad; no había nadie.

Comprobé que la casa estaba vacía y cerrada. Luego exploré los alrededores, sin encontrar ni rastro de los dos sacerdotes, del ilusionista, de la pareja sudamericana, del profesor hebreo, de la anciana húngara... Era como si se hubiesen esfumado en el aire.

No obstante, aquello no me sorprendió.

En cierto modo, era lo que esperaba. Cuando volvimos al hotel, pregunté

en  la  recepción  si  la  tormenta  había causado muchos daños. El conserje me

 

miró extrañado y afirmó que no sabía de qué tormenta le estaba hablando. Según dijo, el sol había brillado durante todo el día anterior. No llovió en ningún momento.

Bueno, tampoco era tan extraño. Supuse  que  aquella  tromba  de  agua había sido un fenómeno local. Algo, a fin de cuentas, muy corriente en las montañas. Pero no acababa de sentirme del todo convencido, de modo que, sin decirle  nada  a  Susana, llamé  por teléfono al servicio meteorológico. Un amable funcionario me aseguró que en las  últimas  veinticuatro  horas  no  se había      registrado      ni      una      sola

 

precipitación en la región. Cero centímetros cúbicos. Ni un ligero chubasco siquiera.

No sabía qué pensar de todo aquello... Dé modo que no pensé nada. La  sensación de  prodigio e  irrealidad que había experimentado en el cráter se difuminaba ahora, al encontrarme de nuevo en el mundo normal. Sin duda, todo había sido fruto de mi imaginación, sugestionada por el extraño paisaje del volcán Santa Margarita y por las raras historias que allí escuché.

Todo era pura fantasía. Y no había que darle más vueltas.

Así  que    nuestras      vacaciones

 

prosiguieron sin más incidentes y, al poco, desterramos de nuestra memoria la jornada que pasamos en la casa del cráter.

A mediados de julio volvimos a Madrid. Durante nuestra estancia en la Costa Brava había bosquejado al argumento de una novela histórica, una especie de thriller medieval ambientado en el siglo catorce. Así que, mientras Susana volvía al trabajo y Claudia proseguía sus vacaciones en un campamento juvenil, yo me dedicaba a buscar documentación para mi nuevo libro.

Una  mañana  de  finales  de  agosto,

 

mientras me hallaba enfrascado en la lectura de La civilización del occidente medieval, metí la mano en el  bolsillo del pantalón y encontré algo que iba a alterar por completo mis planes de trabajo.

Era un simple guijarro, la pequeña piedra volcánica que me diera el padre Silveira como recuerdo de nuestro encuentro.

Y puedo asegurar que fue un eficaz recuerdo,  porque  instantáneamente volvió a mi cabeza todo lo acontecido en la casa del cráter. Sin embargo, no fue ese fenómeno de súbita memoria lo que  me  sorprendió,  sino  el  hecho  de

 

haber olvidado completamente las experiencias que vivimos en el volcán Santa Margarita. ¿Cómo era posible olvidar la intensa tormenta que nos mantuvo aislados en aquella casa, el insólito grupo de personas que allí conocimos, o las extravagantes historias que nos contaron...?

Las historias, sí... A partir del momento en que encontré aquel guijarro en mi bolsillo, los relatos del círculo de madame Kádár se impusieron en mi cabeza a todo lo demás. Una y otra vez, aquellas historias invadían mi mente, impidiéndome la concentración, distrayéndome de toda actividad que no

 

fuera rememorarlas.

Me obsesionaban hasta tal punto que me resultó imposible seguir trabajando.

Flavio   Tursi,   aquel   perro   y   su rebaño, Gedeón Montoya, el ayudante de laboratorio que luchó contra Dios, la tribu de los pchapchá, el Hombre Dormido, el doctor Pétalo y su casa encantada... Todos aquellos personajes y   argumentos   daban   vueltas   en   mi cabeza, acercándose y alejándose, como una bandada de palomas en torno a una estatua.

Entonces recordé algo: «La mejor forma de conjurar una historia es contarla.» Así  que  dejé  a  un lado  la

 

novela medieval y me dediqué de lleno, yo diría que con intensidad maníaca, a la labor de transcribir las historias que escuché en el cráter. Las convertí en un libro. En este libro. Así que las historias han sido definitivamente conjuradas. No obstante, aquel guijarro volcánico resucitó en mí una segunda obsesión: de nuevo, tenía la irracional certeza de que nuestro encuentro en el cráter con madame Kádár y su círculo de amigos no  había  sido  fruto  de  la  casualidad, sino  un  hecho  premeditado.  Por supuesto, se trataba de un pensamiento absurdo; fue el azar lo que nos condujo aquel  día  de  junio  al  volcán  Santa

 

Margarita.

Y, sin embargo, yo estaba seguro de que  habían  sido  ellos  los  que propiciaron        nuestro         encuentro.

¿Cómo...? Lo ignoro. ¿Por qué...?

Para contestar a esa pregunta desarrollé una teoría: ellos querían contarme sus historias para que yo, a mi vez, las escribiese y publicase. Madame Kádár  y  sus  compañeros  habían insistido en que para evitar que algo suceda —que la realidad se desestabilice— basta con contarlo. Entonces, ¿qué mejor forma de narrar algo que escribir un libro?

De modo que era yo su objetivo, yo

 

la razón de aquel extraño rendez-vous en el cráter.

O, al menos, eso creía hasta que, recientemente, me desperté en mitad de la noche y descubrí lo equivocado que estaba...

Ocurrió el último día de noviembre. Había pasado la jornada trabajando con el procesador de textos y me sentía realmente cansado. Un fuerte dolor de cabeza, inusitadamente resistente a las aspirinas,  me  atormentaba  desde primeras horas de la tarde. Así que me acosté pronto. Pensaba que la migraña iba a impedirme conciliar el sueño, pero el caso es que me dormí con rapidez.

 

Hasta que algo me despertó de madrugada.

Fue una transición brusca del sueño a la vigilia. De pronto, me encontraba totalmente espabilado, en la oscuridad del  dormitorio,  con  una  intensa sensación de alarma martilleándome en la cabeza. Los diodos luminosos del despertador marcaban las cuatro y veinticinco. Susana dormía profundamente a mi lado.

Me incorporé en la cama. ¿Qué me había despertado? ¿Un ruido...? Agucé el oído y permanecí unos segundos expectante.

Entonces escuché algo, un murmullo,

 

quizás un llanto apagado... Fuera lo que fuese, provenía del cuarto de Claudia. Sin encender la luz, me puse la bata y salí apresuradamente de la habitación.

Y vi algo...

Algo  que  me  dejó  paralizado, inmóvil como un bloque de hielo en mitad del pasillo: por las rendijas de la puerta que  daba  al  dormitorio de Claudia, se filtraba una luz lechosa, una luminosidad fantasmal, vagamente azulada, de extraordinaria brillantez.

Jamás había visto algo así, y en ese momento tuve la seguridad de que aquel resplandor en modo alguno podía tener una causa natural.

 

Un nuevo sollozo quebró el silencio de la noche. Corrí hacia la puerta y la abrí bruscamente.

Jadeé, desconcertado.

No    lo  que  esperaba  encontrar, pero la habitación de Claudia estaba en completa oscuridad. Permanecí unos instantes apoyado contra el marco de la puerta, sintiendo que la cabeza me daba vueltas. Entonces escuché con nitidez el llanto quedo de mi hija.

Me aproximé a ella y encendí la lámpara que había sobre su mesilla de noche. Claudia estaba sentada sobre la cama, con los ojos enrojecidos por el llanto   y  una   infinita   tristeza   en  su

 

mirada. Al verme, se echó en mis brazos y me agarró con fuerza.

—Ha muerto, papá —murmuró entre sollozos. Y repitió—: Ha muerto...

—Cálmate, mi niña —dije, acariciándole la cabeza—. Sólo ha sido una pesadilla...

—¡No,      no!    —insistió    Claudia—.

¡Ella ha muerto...!

Un escalofrío se deslizó por mi espalda.

—¿Quién ha muerto...? —pregunté, casi sin atreverme a hacerlo.

La niña se apartó de mis brazos y me contempló con profundo pesar. Grandes lagrimones     recorrían    sus     pálidas

 

mejillas.

—La  señora  Kádár  —dijo  con un hilo de voz—. Acaba de morir...

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Cómo lo sabes? —logré preguntar.

—Ella ha venido aquí y me lo ha dicho. —Claudia sorbió por la nariz—. Y ahora está muy triste, porque dice que el círculo se ha roto...

—No ha sido real —objeté—. Estabas durmiendo y...

—¿Por qué no me lo dijiste? —me interrumpió. Ahora ya no lloraba; me miraba con seriedad y reproche—. Tú

 

sabías que iba a morir.

Me sentí confuso. Desde que volvimos de vacaciones no habíamos vuelto a hablar de lo ocurrido en el cráter. A decir verdad, suponía que Claudia se había olvidado de todo aquello, igual que me ocurrió a mí. Pero ahora,   de   repente,   los   sucesos   del verano  parecían  imponerse  a  nuestra vida cotidiana.

Sí, ¿por qué no había dicho nada sobre la enfermedad de madame Kádár...?

—Porque no deseaba preocuparte — musité—. Porque te quiero muchísimo y sabía que la muerte de esa anciana te iba

 

a entristecer.

Claudia asintió seriamente y se limpió las lágrimas con una manga del pijama. Luego se inclinó hacia mí y me dio un fuerte beso en la mejilla.

—Yo también te quiero —me dijo al oído. Luego se apartó y me miró fijamente. Una sonrisa, quizá demasiado adulta, se formó en sus labios—. Pero tienes razón, papá, esto no es real. Estamos soñando. Ahora voy a apagar la luz y tú volverás a la cama para seguir durmiendo.

Y Claudia extendió el brazo, apretó el interruptor y el dormitorio volvió a sumirse  en  la  oscuridad.  Y  yo  me

 

levanté, y salí del cuarto de mi hija, y me metí en la cama.

Y, con el cerebro absolutamente en blanco, cerré los ojos y me quedé instantáneamente dormido.

Al día siguiente, por la mañana, desperté con la vivida impresión de que algo había ocurrido durante la noche. Susana ya se había levantado y estaba en el cuarto de baño, duchándose. Me senté en la cama e intenté hacer memoria. No conseguía recordar si se trataba de un sueño o...

Súbitamente, evoqué la extraña luminosidad filtrándose por debajo de la puerta,  los  sollozos  de  mi   hija,  la

 

conversación      que    mantuvimos en      su dormitorio...

Me levanté y corrí en busca de Claudia. La encontré en la cocina, desayunando un tazón de leche con cereales.

—¿Qué  pasó  anoche?  —pregunté, sin preámbulo alguno. La niña me miró extrañada. —¿Anoche? Nada...

—Habías tenido una pesadilla — insistí—, llorabas y fui a tu cuarto... ¿No te acuerdas?

Claudia se encogió de hombros.

—Pues... no. —Sonrió alegremente y siguió desayunando. De modo que todo había   sido   un   sueño,   ¿no?   Podía

 

descansar tranquilo, porque aquel episodio nocturno nunca tuvo lugar, y jamás hubo una luz fantasmal, ni nadie tuvo nunca premoniciones de muerte...

Entonces,  ¿por  qué  recibí,  cuatro días   después,   una   carta   del   padre Silveira  notificándonos  que  María Kádár había fallecido el treinta de noviembre a las cuatro y veinte de la madrugada?  A  la  misma  hora  de  la misma noche del mismo día en que yo soñé que mi hija había soñado con la muerte de una anciana húngara.

¿O aquello no fue un sueño...? Porque,  más tarde, pensé que todas

las     piezas     de     aquel     nebuloso

 

rompecabezas podrían encajar mejor si se contemplaban los hechos desde una perspectiva distinta.

Nuestro encuentro en el cráter había sido premeditado, sí.

Pero no era conmigo con quien deseaban encontrarse, sino con Claudia.

Aquella jornada en la casa del volcán, la tormenta, el aislamiento, todo había  sido  un  pretexto  para  que  el círculo se reuniera con mi hija. Y las historias, aquellas historias que yo había convertido en un libro, no eran para mí, sino para ella.

¿Por qué?

¿Qué interés podría tener un grupo

 

de adultos en conocer a una niña de diez años?

Mantener estable la realidad, ¿no es cierto? El círculo existía para eso. Un círculo que debía constar, inexorablemente, de siete personas...

Pero madame Kádár había muerto, el círculo estaba roto... En tal caso, ahora necesitaban encontrar un nuevo miembro para restaurar el círculo.

Alguien con las habilidades necesarias... Mi hija Claudia, por ejemplo.

Oh, sí... Ya sé que esto suena paranoico. Claudia es una niña normal y comente, y todo  lo  que  ocurrió  en la

 

casa del cráter fue que un grupo de excéntricos nos contaron un puñado de historias inverosímiles...

Lo sé, lo sé... Éste es el mundo real, y el Diablo no se materializa en los ordenadores, y los gitanos no son omniscientes, y no hay tribus amazónicas que puedan mover las estrellas, ni casas encantadas cuyas puertas den al infinito. Miro a mi alrededor y compruebo que todo está en orden, que las cosas son sólidas y cotidianas. Somos una familia normal, la vida nos trata bien, no hay problemas.

No obstante, cada noche me acuesto pensando   que   quizá   a   la   mañana

 

siguiente encuentre vacío el cuarto de mi hija.

Porque temo que Claudia, mi niña, mi bebé, descubra un día sus alas, y se aleje  de    volando  alto,  muy  alto, mucho más allá de lo que yo pueda alcanzar.

 

Sobre el autor

 

Nota previa:

 

En contra de lo que es habitual en NOVA    CIENCIA    FICCIÓN,    esta «reseña biográfica» no ha sido redactada por el editor, quien, reconociéndose incapaz de superar lo aquí  escrito  por  el  autor,  no  desea privar al  lector del característico humor de César Mallorquí. Se incluye más  información sobre el  autor y  su obra en la presentación de este libro.

 

 

 

 

César Mallorquí nació en 1953 en Barcelona, pero un año más tarde su familia se trasladó a Madrid, ciudad en la que desde entonces reside.

Cursó estudios de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, aunque fue   mucho   antes,   en   1969,   cuando publicó su primera narración (en el número 122 de Algo. En 1970 comenzó a publicar relatos y artículos en la legendaria     revista      de      humor La Codorniz. Desde entonces, y a lo largo de diez años, trabajó como guionista de radio para la cadena SER y como colaborador en diversas publicaciones periódicas[1].

 

En 1981, después de trece meses de permanencia forzosa en las Fuerzas Armadas, abandonó el periodismo para dedicarse  a  la  publicidad[2].  Durante once años trabajó como creativo publicitario, suponiendo este lapso de tiempo un período de absoluta inactividad literaria[3].

En 1991, tras abandonar el mundo de las  agencias  para  dirigir  el  Curso  de Creatividad                  Publicitaria   del             IADE (Universidad        Alfonso    X                el                Sabio) retornó a la escritura, ganando el premio Aznar     de      ese     año    con    su      relato El mensaje perdido.

Desde       entonces,    Mallorquí   ha obtenido, además del Aznar, los premios Alberto Magno (Universidad del País Vasco) de 1992 y 1993, el Premio Domingo  Santos  de  la  Hispacón  de Gijón y ha sido finalista al UPC durante dos años consecutivos (1992 y 1993).

Sus relatos han aparecido fundamentalmente  en Cyber  Fantasy y Bem; en esas revistas, además de en Pórtico, ha publicado diversos artículos sobre  literatura  fantástica  y  CE.  En

1 9 9 3 , Quaderns   UPCF  publicó   su novela  corta La vara de hierro, donde se continúa la historia de Gedeón Montoya,  el  gitano  protagonista  de El mensaje perdido.

 

César Mallorquí está casado y tiene dos hijos de corta edad. Actualmente trabaja como guionista de TV y está escribiendo  una  novela  de  tema medieval.

 

____________________________________

 

[1]En aras de la sinceridad, debo reconocer  que  en  1979  escribí  y publiqué una novela, Araciel, de no muy grata memoria. Se trataba de un encargo y yo era muy joven... mejor dejarlo así.

[2]En realidad, antes de vestirme de

uniforme   trabajé        durante       unos  meses como  relaciones  públicas  de  un  bar.

 

Este dato no es relevante, pero me gusta airearlo para demostrar que soy como uno de esos escritores que, antes de ganarse la vida con el procesador de textos, se han dedicado a toda suerte de oficios extravagantes, desde la pornografía hard core hasta la teneduría de fincas, pasando por el crimen organizado.

[3]Salvo    que    aceptemos  que    la redacción publicitaria sea, un género literario (cosa que yo rechazo contundentemente).  En  cualquier  caso, en mi trabajo como creativo publicitario he   hecho   cosas   tan   exóticas   como escribir   textos   que   más   tarde   irían firmados por  el  rey Juan Carlos  y su padre.

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