© Libro N° 13869. El Círculo De
Jericó. Mallorquí,
César. Emancipación. Mayo 24 de 2025
Título Original: © El Círculo De Jericó. César
Mallorquí
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Original: © El Círculo De Jericó.
César Mallorquí
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EL CÍRCULO DE JERICÓ
César Mallorquí
El Círculo De
Jericó
César Mallorquí
El Círculo de Jericó es una recopilación de relatos
escritos por César Mallorquí utilizando el método del fix-up, según el cual se
aúnan varias historias originalmente independientes a través del recurso de
escribir una nueva historia que sirva como nexo entre ellas.
La historia escrita para este propósito es la que
da nombre el libro, El Círculo de Jericó. En ella se nos cuenta cómo un
escritor en plena sequía de ideas hace un viaje con su
familia para relajarse y recuperar la inspiración. Durante el mismo,
se encuentran, justamente el 21 de junio, solsticio de verano, con un grupo de
siete misteriosos personajes que el protagonista da en llamar El
Círculo de Jericó, reunidos en torno a un menhir en un
paraje sugerente, el fondo de un volcán inactivo en la Garrotxa.
Los siete personajes afirman reunirse de vez en
cuando para cuidar de la realidad, que esta no se mezcle o desvíe de lo que
debe ser. Para ello, cuentan historias. Cada uno de ellos relatará una
historia al escritor
y su familia, correspondientes a los siete relatos
recopilados en el libro.
César Mallorquí
El Círculo de
Jericó
ePUB v1.1
Bercebus 08.02.12
César Mallorquí
El círculo de Jericó
1.a edición: mayo 1995
© César Mallorquí, 1995 © Ediciones B, S.A., 1995
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Impreso por PURESA, S.A. Girona, 139 -
08203 Sabadell Ilustración de cubierta:
Trazo Realización de cubierta: Estudio
EDICIONES B
Presentación
Esta va a ser una presentación un poco especial, y
es que César Mallorquí es un tipo especial. Por muchas razones, entre ellas por
ser una de las voces más brillantes, sensatas, equilibradas e inteligentes en
el panorama de la ciencia ficción española. Y porque, pese a lo que ha ocurrido
hasta hoy, me gusta considerarme su amigo. Les voy a contar una historia que
casi, casi, podría llegar a ser truculenta. Suerte que el bueno de César es
poco belicoso... Vayamos por partes.
César Mallorquí es bastante más alto que yo y
también escribe mucho mejor. Lo primero se lo puedo perdonar (nunca he creído
que la valía de los seres humanos se midiera en centímetros), lo segundo no se
lo perdonaré nunca y es lo único que podría empañar la curiosa complicidad que
parece establecerse (al menos por mi parte) entre nosotros.
Pero la dicha no es nunca perfecta. Entre otras
cosas, César es algo así
como el «acaparador
oficial de premios» de la ciencia
ficción española de los últimos años. Prácticamente no hay premio convocado al
que no se presente y, lo que es mucho más grave, el tío va y los gana.
El «prácticamente» del párrafo anterior sólo
tiene una curiosa excepción: aquellos concursos literarios
en los que yo he formado parte del jurado. En ese caso, César no se lleva nunca
el premio.
Y el bueno
de César (en
verdad debe ser un buen tipo) sigue considerando que soy su amigo...
César Mallorquí ha ganado ya, con sus distintos y
más recientes relatos, los premios
Alberto Magno, Aznar, Domingo Santos y todo lo que puede ser
«ganable»
en España escribiendo relatos de ciencia ficción.
Excepto cuando yo estoy metido en el tinglado.
La cosa empezó en el año 1992 con su novela corta
La vara de hierro, que envió al Premio UPC de ciencia ficción Puedo prometer y
prometo que a mí me gustaba y era
mi candidata, por lo
menos, para el segundo premio. Pero no hubo manera de que lo obtuviera porque a
algunos de los miembros del jurado se les atravesó la historia. La primera en
la frente.
El bueno de César no desfallece y tiene más
moral que el Alcoyano. En
1993 presentó otra maravillosa novela corta al
Premio UPC. Se trataba deLa casa del doctor Pétalo y esta vez yo estaba
convencido de que era una clara
candidata al premio. La originalidad del tema, su
relación con Barcelona y con la arquitectura me hacían pensar que tenía muchos
argumentos para defender esa historia precisamente en el Premio de una universidad politécnica y,
además, en Barcelona. Como es lógico, yo no sabía a ciencia cierta que el autor
era César Mallorquí, pero el estilo (único e irrepetible) y el
pseudónimo utilizado me lo hacían
sospechar. En la reunión del jurado, e incluso antes de abrir las plicas, supe
de cierto que el autor tenía que ser Cesar Mallorquí. El gafe seguía actuando.
Pese a mis recomendaciones, el resto de los miembros del jurado dijo que yo
debía de estar
loco y que «aquello» no merecía el premio (había,
decía alguno, «escenas de sexo explícito mal realizadas»; y yo me preguntaba
intrigado qué quería decir eso y dónde estaban esas escenas en las que yo no
había ni siquiera reparado). Ahí ya me di cuenta de que, efectivamente, el
autor tenía que ser César Mallorquí, ya que ésa era la única explicación
posible del rechazo y de que esa maravilla que es La casa del doctor Pétalo no
obtuviera ningún premio. La apertura de plicas corroboró las sospechas. El
destino de César seguía marcado.
Tampoco en 1993 se llevó nada del
Premio UPC apareció sólo como finalista. A partir de aquel momento empecé a
considerarme como el «gafe» particular de César Mallorquí.
En 1994 la moral alcoyana de César decayó y ya no
se presentó al Premio UPC. Es una persona inteligente y sabía que yo
seguía formando parte
del jurado... Aunque espero que en el futuro rectifique. Incluso me veo
capaz de abandonar el jurado
del Premio UPC para ver si, sin mi aciaga presencia,
César se lleva de una vez un premio que también merece.
Pero,
aunque no se
presentara al Premio UPC, tampoco
en 1994 se libró de mí.
Tal vez sin saber que yo formaba parte del jurado,
César presentó un estupendo relato al
Premio Aznar de 1994. Precisamente ése, que al abrir las
plicas resultó ser su relato, El escritor, la muerte y el diablo, era mi
candidato más destacado y así lo dejé claro en todas las
votaciones. Pero algunos de los
otros miembros del jurado no lo entendieron así, le votaron muy mal y, al
final, la historia quedó segunda. Cuando supe el nombre del autor no me
extrañé. El destino es inexorable: la historia se repetía de nuevo.
Debo
decir que, si
vuelvo por un momento a mi
actividad de profesor universitario,
me siento tentado
a enunciar un nuevo teorema aplicable a la ciencia ficción española de
los años noventa: «La presencia de Miquel Barceló en un jurado es condición
necesaria y suficiente para que César Mallorquí no pueda obtener un premio que
posiblemente merezca.» El teorema tiene un corolario evidente que se corrobora
de forma empírica con la realidad
de los últimos
años: «Si Miquel Barceló no
forma parte de un jurado, se puede asegurar, con probabilidad cercana ciento
por ciento, que César Mallorquí obtendrá premio.»
Y el bueno de César sigue pensando que soy su
amigo... Bromas aparte, pese a lo que haya ocurrido hasta hoy, creo que hago un
favor a la ciencia ficción española deshaciendo el entuerto y aportando mi
granito de arena para que otros lectores puedan, como yo, maravillarse de
lo bien que
escribe César Mallorquí. Y como lo que se publica en NOVA CIENCIA FICCIÓ
lo decido yo sólito sin ayuda de jurados, esta vez no va a haber quien me pare.
(Escribo esto en enero, cuatro meses antes de la
prevista aparición del libro. Cabe la posibilidad de que, en estos cuatro meses,
mi arriesgada decisión
pueda haber llevado a Ediciones B a la quiebra, o
que se haya producido un incendio irreparable en la imprenta, o que un golpe de
estado fascista impida la libertad de expresión, o que... Sé que parece fuerte,
pero no las tengo todas conmigo: cuando estoy en medio de algo que puede
favorecer a César Mallorquí, los hados parecen alborotarse. En cualquier caso
declino toda responsabilidad: basta boy nunca había creído en la mala suene ni
en el mal fario...)
De las historias citadas, publiqué La vara de
hierro en el número 1 de los Quaderns UPCF que edita la asociación de ciencia
ficción de la Universidad Politécnica de Catalunya. Primer desagravio. Misión
cumplida.
Las otras historias citadas aparecen, ambas, en
este volumen que, por lo que yo recuerdo ahora, es el primer fix-up de la
ciencia ficción española. El fix-up es el recurso técnico que se utilizó en la
ciencia ficción norteamericana de los años cuarenta y cincuenta para dar forma
de libro a obras que habían visto la luz en forma de relatos, ya fueran
separados o independientes. El
autor fabrica un nexo de unión entre los relatos y éstos
aparecen en un único libro. Así nacieron series de gran fama en la ciencia
ficción mundial como, nada más y nada menos, las inolvidables Fundación de Asimov o Dune de
Herbert.
Mallorquí, al igual que los viejos maestros, ha
construido un nuevo relato, El Círculo de Jericó, de forma que alberga y
da cobijo a
siete de sus mejores historias. Con ello éstas
adquieren, en este montaje, un sentido unitario que nace de su engarce en el
misterio de El Círculo de Jericó. Algo parecido a lo que se obtiene en el
Decamerón de Bocaccio,
en los Cuentos de Canterbury de
Chaucer o en Las mil y una noches.
El resultado
es brillante, como no podría ser menos
viniendo de César Mallorquí. Y, leídos
de nuevo los relatos, al amparo del eje vertebrador
que les ofrece El Círculo de Jericó, me ha parecido encontrar en ellos incluso
un nuevo significado. Aunque, como describe el mismo autor, «se trata de un
libro de relatos que adopta la forma de siete historias distintas englobadas
por una octava narración que sirve como nexo de unión».
Antes de hablar del libro, remito al lector a la
«reseña biográfica» con la que éste finaliza, tal y como ya es habitual en las
publicaciones de NOVA CIENCIA FICCIÓN. Ya se indica al que, esta
vez, la reseña
ha sido redactada por el mismo
escritor y el editor acepta buena parte de su responsabilidad al publicarla tal
cual la envió César Mallorquí tras mi solicitud. Aunque sí resulta necesaria
una aclaración: el mismo César me dice en su
carta que la
reseña «es breve y concisa.
Está escrita en
tercera persona, pero contiene notas de pie de página en primera
persona, por lo que me temo que deberás reelaborarla». Debo reconocer que he
intentado reelaborarla pero no logro quedar satisfecho (ya
dije que Mallorquí escribe mucho mejor que yo). Por
ello la incluyo tal cual salió del teclado del autor, con mis disculpas por lo
que ello tenga de atentado a las reglas gramaticales (esa tercera persona en el
texto, que se
conviene en primera persona en las notas). ¡Qué se le va
a hacer! La brillante redacción y el humor de César se merecen la infracción de
las reglas.
Sin renunciar (del todo) a mi función de editor,
voy a incluir algunos de los interesantes comentarios que César me hacía en
su carta. Su
dilatada explicación contenía, entre otros, los siguientes puntos que,
claramente, completan su propia
imagen como escritor e interesado por la ciencia ficción:
Si deseas más información, por ejemplo mis
influencias y opiniones sobre el género, ahí van:
Mis autores «clásicos» preferidos son Bester,
Cordwainer Smith, Simak, Sturgeon y Fredric Brown (seguidos muy de cerca por
Shecley, Kuttner, el primer Bradbury y, parcialmente, Clarke).
De los escritores posteriores me
quedo con Disch, lan Watson,
Zelazny, George R.R. Martin, así como el Gibson de sus primeros cuentos y
Neuromante (el resto de su producción me ha decepcionado).
De
entre todos estos autores, y de entre todos los autores
de CF que hay y ha habido, creo que sólo dos han conseguido con su obra aportar
algo nuevo a la literatura en general. Por supuesto hay un montón de autores y
obras de gran calidad, pero
yo me refiero a escritores que
hayan conseguido crear algo distinto, no sólo en el campo de la CF, sino en el
mundo de las letras. Esos dos escritores son Cordwainer Smith y Alfred Bester
(el Alfred Bester que escribió en la década de los cincuenta).
Ahora bien, debo reconocer que cada vez veo menos
clara la diferencia que pueda existir realmente entre CF y literatura
fantástica. Parte de mis relatos se dedican, precisamente, a explorar la «zona
de nadie» que existe entre ambos géneros. En general, creo que la CF es en
realidad una técnica distinta para escribir fantasía. Sé que esto es
discutible, y no vamos a perder el tiempo discutiéndolo, pero si lo aceptamos
como hipótesis de trabajo, podré afirmar lo siguiente:
El más grande innovador escritor de
CF/Fantasía es Jorge Luis Borges.
Porque creo que Borges es un autor de relatos
fantásticos que escribe con técnica de ciencia ficción (o de «erudición ficción»,
que vendría a ser lo mismo).
De modo que, suponiendo que pueda reconocer mis
auténticas influencias literarias,
diría que son éstas:
Escritores de CF/Fantasía: Borges, Bester, Simak y
Brown.
Escritores de literatura general: los
humoristas ingleses, en particular Evelyn Waugh, Wodehouse y Richmal
Crompton (sí, sí, la autora de las aventuras de Guillermo); Mark Twain, Jack
London, Gabriel García Márquez, Antonio Machado, Enrique Jardiel
Poncela, Auster, Conan Doyle, Kipling, Heller, Harris, Fernández Flores... En
fin, un batiburrillo en el que no vale la pena
seguir hurgando. En cuanto a las influencias extraliterarias:
Hergé, el dibujante de Tintín.
No es broma, le considero uno de
los mejores narradores del
siglo XX, aunque reconozco que no puedo ser objetivo.
Otras influencias: Orson Welles, Hawks, Ford,
Kubrick y el cine en
general, la pintura holandesa del
XVI I, el movimiento romántico,
la cocina vasco-navarra y catalana, la arquitectura gótica y
modernista, la música celta, Bach, Pink Floyd, la antropología, Graves, Marvin
Harris, el estudio de las religiones
(desde una perspectiva agnóstica
y con particular interés por el sincretismo), la cinofilia (de cinos, perro)...
como ves, de todo un poco.
Ah, sí y la informática: sin los procesadores de
textos creo que no hubiera vuelto a escribir.
Envidias aparte, y limitándose a glosar la última
frase, sólo por haber contribuido
a que César
Mallorquí vuelva a escribir, la informática merece un monumento por
parte de los aficionados a la
ciencia ficción española.
En
realidad las cartas
que César Mallorquí me
ha enviado para «animarme» a
publicar El Círculo de Jericó
merecerían ser incluidas en su integridad pero, si lo hiciera, esta
presentación (casi autopresentación si me descuido)
se haría interminable. Sólo añadiré
que este fix-up incluye siete de los mejores relatos de la
ciencia ficción española aparecidos en los años noventa:
El escritor, la muerte y el diablo, finalista en
el Premio Aznar 1994, es una clásica
historia de «pacto con el diablo» al estilo de Fredric Brown y resulta incluso
original y divertida. Para mí es la ganadora moral de ese premio Aznar.
El
rebaño es uno
de los pocos relatos que Mallorquí no ha presentado
a un premio. Por eso no ha ganado ninguno. Según parece, se escribió como un
homenaje a Jack London y se confiesa deudor del relato «Vendrán lluvias
suaves» en las
famosas Crónicas marcianas
de Ray Bradbury.
En palabras del autor, «El rebaño» habla de la grandeza que
se esconde tras la futilidad de las tareas inútiles. Y también habla sobre la
tristeza. Sobre la gran tristeza que nos produce, no ya lo que ha desaparecido
para siempre, sino lo que queda, los restos de esa pérdida...
Es evidente que a César, como a mí, le gustan los
perros, esos curiosos animales que saben ser fieles a una especie que
tal vez no
merezca tal fidelidad...
El mensaje perdido es la primera historia del
Gedeón Montoya, que protagonizó,
más tarde, La vara
de hierro. Según reconoce Mallorquí es su texto más
literario y experimental,
dotado de una
rara atmósfera entre mítica e irónica. Como no podía ser
menos, obtuvo el premio Aznar de 1991.
La
pared de hielo
fue Premio Alberto Magno
(convocado por la Universidad del País Vasco) en 1992 y mezcla inteligentemente
ingeniería genética y religión. Mallorquí dice de él q u e «es pura
CF» y se
muestra
«satisfecho con su estructura
narrativa, basada en
constantes flash backs, así como en la fuerza de la historia. Creo
que es uno
de mis relatos con más garra».
Está prevista su traducción al inglés en una antología de autores europeos de
ciencia ficción.
Materia
oscura, reconoce Ma l l or
quí , «está (inconscientemente)
inspirado en El informe de Brodie, de
Borges». Es una historia mágica y colorista concebida como un
«divertimento».
Obtuvo el premio
Domingo Santos en la HISPACÓN d
1993. Es una de mis favoritas y de esas que
recuerdo con mi mejor sonrisa.
El hombre dormido obtuvo el
segundo Premio Alberto Magno en la edición de 1993,
el autor lo considera
«un homenaje a Mircea Eliade» y es difícil su
adscripción a ningún género, aunque, ¿a
quién le importa eso si el resto es tan bueno?
La casa del doctor Pétalo fue finalista en el
Premio UPC de 1993 y ha sido algo retocada para esta edición, en la que
alcanza su forma definitiva, la que, a mi juicio, es una de las mejores
novelas de la ciencia ficción española de
todos los tiempos.
Para Mallorquí
«se trata de un delirio romántico (en el sentido
más amplio de la palabra), inspirado por "La Bella y la Bestia". E arquetipo
que es Mansión me parece un verdadero
hallazgo, y creo que sus personajes son consistentes y sólidos. La
protagonista, Sara Aludel, se comporta
como un auténtico
ser humano y Dostigres resulta ser una figura tan
noble como patética».
La casa del doctor Pétalo es una gran novela que, por sí sola, justifica
esta edición. Con su publicación me siento liberado del grave complejo de culpa que sentí cuando no obtuvo premio en la
convocatoria del premio UPC de 1993
Creo, sinceramente, que lo merecía. Si César
Mallorquí puede escribir así, y si sigue
haciéndolo, creo que
este libro
puede ser un hito importante para la ciencia
ficción española de cara al siglo XX.
Finalmente, El Círculo de Jericó es la octava
historia que sirve de marco a las otras siete y, repito, les confiere (al menos
para mí) un nuevo sentido. Lo he podido comprobar personalmente al leer las
otras siete narraciones (ya conocidas en mi caso) en el seno de este engarce
final con el cual César Mallorquí ha configurado el que va a ser uno de los
libros más importantes y decisivos de la ciencia ficción española de los años
noventa y, tal vez, de todos los tiempos.
Es un
orgullo incorporar un autor
como César Mallorquí a NOVA CIENCIA FICCIÓN. A un
cinéfilo com César no le molestará que se me escape una frase tópica: «De casta
le viene al galgo.» Si José Mallorquí marcó y definió la ciencia ficción en
España durante los años cincuenta, su hijo César ya ha marcado y definido gran
parte de la ciencia ficción española de los años noventa. No
conocí personalmente a José Mallorquí, pero le leía con la
intensidad y la admiración que prestan la adolescencia y la primera juventud.
Hoy nos hallamos en otros tiempos, con otras
inquietudes y otros
resultados, pero, tal vez
con mayor madurez,
la
lectura de la obra de César Mallorquí sigue
despertando en mí la admiración y la intensidad que me produjo, en otros
tiempos y por otras razones, la obra de su padre.
Y, en el caso de César, su carrera tan sólo acaba de empezar. Hoy
el FUTURO es suyo.
Miquel Barceló
A José Mallorquí, mi padre. A María José, por ser
como es;
y a Osear y Pablo, por interrumpirme, mientras
trabajaba con el procesador de textos,
las suficientes veces como para hacerme reflexionar
más y mejor sobre lo que estaba escribiendo.
Agradecimientos
Ningún libro es fruto exclusivo de la voluntad de
su autor, y éste no escapa a esa regla. Son muchas las personas a las que debo
agradecimiento por su apoyo y ayuda. En primer lugar, a José Carlos Mallorquí,
mi hermano, que me animó a seguir adelante y cuyas observaciones sirvieron para
mejorar algunos pasajes del libro. A Elena Álvarez, que leyó con entusiasmo los
manuscritos. A Tomás Arriaga, que me dio apoyo informático. A Alberto Santos,
que se empeñó en difundir mis relatos en su revista. A los miembros de la
AEFCF, en particular a
José Antonio Alvaro, Julián Diez, Juanma Barranquero, Susana Vallejo,
Alfredo Lara y Ricard de la Casa. A Luis
Alberto de Cuenca, cuya amable e indulgente crítica significó para mí un fuerte acicate; a él va dedicado el tercer
capítulo de esta obra. Y,
last but not least, a Miquel Barceló, no por ser mi editor, ni por su
encomiable labor en pro de la literatura
fantástica, sino por votarme incondicionalmente, pese a
estar su empeño finalmente destinado al fracaso.
Gracias a todos. Sin vosotros, probablemente El
Círculo de Jericó no existiría.
1. Las lluvias
Cada vez que veo llover recuerdo la casa del
cráter. Entre sus
paredes escuché las historias por primera vez. Y fue allí,
en la cima
de un volcán dormido, donde el azar quiso que mi
camino se cruzara con los miembros del Círculo de Jericó.
El círculo existía desde hacía miles de años; o, al
menos, eso aseguraba la anciana húngara. En realidad, ellos no se denominaban a
sí mismos de ninguna manera.
Sencillamente, eran «el círculo»,
así, sin mayúsculas.
Pero podemos llamarlos el Círculo de Jericó, es un nombre tan bueno como
otro cualquiera.
Siete eran los adeptos al círculo. Siete personajes
excéntricos y casi irreales, como los siete arcángeles de Enoch, como los siete
planetas alquímicos, como los siete enanitos de la princesa Blancanieves...
Nunca supe con exactitud cuál era su propósito ni a qué se dedicaban.
Sí, es cierto
que escuché sus palabras y que ellos intentaron, a su
extraña manera, compartir conmigo el secreto que guardaban. Pero creo que en
ningún momento llegué a comprenderlos realmente, pese a la larga jornada que
permanecimos juntos, allí, en la casa del cráter, bajo la tormenta.
Cada vez que escucho el rítmico tabaleo de
la lluvia en
el tejado, recuerdo que lo único
que separa la realidad de la fantasía es una línea sutil, una tenue frontera
que podemos cruzar sin tan siquiera darnos cuenta.
Entonces siento miedo, y me aferró a algo sólido, a
un objeto sin importancia, a una fotografía, a un libro, e intento convencerme
a mí mismo de que aquello es real, consistente,
y no puede deslizarse entre mis dedos como un
puñado de mercurio.
Pero no consigo estar seguro.. Cada vez que escucho
el fragor del trueno, y el cuchillo helado del relámpago hiere mi pupila,
recuerdo rostros en la oscuridad, círculos concéntricos, mansiones encantadas,
tatuajes geométricos, árboles sefiróticos, selvas amazónicas,
dioses crueles, ciudades perdidas, locas fantasías.. Cada vez que llega la
noche y cierro los ojos para conciliar el sueño, recuerdo...
Aquel año habíamos decidido adelantar las
vacaciones. A decir verdad, lo había decidido yo. Esa es
una
de las cosas
buenas que tiene
ser escritor: puedes disponer libremente de tu tiempo. Por lo general,
eso significa pasar meses y meses sentado frente a un procesador de textos, en
absoluta soledad, en completo silencio.
No parece muy estimulante, lo reconozco; pero a cambio, es
posible aprovechar las pausas entre libro y libro para hacer lo que a
uno le venga en gana. Es decir: buscar obsesivamente el argumento para un nuevo
relato, para la
siguiente ficción.
Había concluido el manuscrito de mi última obra a
principios de mayo. Después
pasé una semana holgazaneando y otra más
fingiendo que ponía algo de orden en mi despacho. Durante la tercera semana caí
en un estado vagamente melancólico. Pasaba el
día dando largos
paseos por el campo, o contemplando en el vídeo viejas
películas de la época dorada de Hollywood. Comencé a comer compulsivamente.
Cierta noche me descubrí a mí mismo en la cocina, a las cinco de
la madrugada, untando
con salsa mayonesa las
galletas chocolateadas de mi hija. Aquello me hizo reflexionar.
Estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Y la razón, ya no podía
seguir engañándome, era que me encontraba en plena crisis creativa. No se me
ocurría nada.
Comprendo que esto puede parecer una exageración. A
fin de cuentas, ni siquiera había transcurrido un mes desde que puse el punto
final a mi último trabajo. Pero aquella
especie de desierto mental era
algo totalmente nuevo. Dentro de mi cabeza siempre habían bullido las ideas. No
todas buenas, no todas utilizables, pero ideas al fin y al cabo. Sin embargo,
en aquel momento parecía como si la fuente se hubiera secado.
Verán, hay
algo que
todo escritor ignora: de dónde
surgen las ideas. Un día, de repente, sin saber cómo, algo germina en tu
cabeza. Puede ser una imagen, un nombre, una sensación, cualquier cosa. Muy
poco quizá, pero justo lo necesario para atrapar tu atención, para obligarte a
pensar sobre ello, dándole forma y sentido. Es algo irracional sobre lo que no
existe control. O sucede o no sucede.
Y a mí me había dejado de suceder. Sumido en
un cierto fatalismo,
le
conté el problema a Susana, mi mujer. Ella, lejos
de consumirse de preocupación —como yo esperaba—, sonrió levemente
y comentó con
aire
distraído:
—No le des importancia, ya se te pasará.
—¿Que no le dé importancia...? — Adopté una actitud
digna—. Oh, claro. A fin de cuentas, es mi problema. Pero estoy seguro de que
si te pasara algo parecido a ti, sería nuestro problema.
—Pero...
—Tranquila. No voy a seguir molestándote con mis
tonterías...
Susana me tapó la boca con la mano y se sentó sobre
mis rodillas.
—Escucha, ¿te acuerdas de cuando pensabas que eras
impotente?
—Perfecto, perfecto —dije a través de los dedos de
mi mujer—; ése es justo el tema que andaba buscando para animarme.
—¿Puedes dejar de autocompadecerte un momento y
prestarme atención? Acabábamos de casarnos. Una noche no pudiste hacer el amor
conmigo. Y la noche siguiente, tampoco. Entonces pensaste que eras impotente. Y
en realidad lo eras. Te habías obsesionado tanto que sólo pensabas en si ibas o
no a tener una maldita erección. Y no la tenías. Pero cuando conseguiste
relajarte... entonces todo volvió a funcionar. Ahora te sucede lo mismo. Deja
de preocuparte y verás
cómo vuelven las ideas.
Sonrió, me dio un beso en la nariz, se levantó de
mi regazo y salió de la habitación
tarareando una alegre melodía.
Yo me quedé allí, pensativo, sintiéndome vagamente
ridículo. Susana tenía razón: estaba obsesionado. Debía relajarme.
Aquella noche apenas pude dormir. Me obsesionaba
estar obsesionado. Me preocupaba sentirme preocupado. Había caído en un círculo
vicioso. Era como un ratón enjaulado que corre y corre dentro de
una rueda, sin
llegar a moverse jamás del mismo
sitio.
Tenía que encontrar una salida a aquella situación.
¿Qué haría un ratón en mi lugar?
Un ratón mandaría al infierno la rueda, roería los
barrotes de su jaula y abandonaría la ciudad. Volvería al campo, a la
libertad...
Me incorporé en la cama, alborozado: había
encontrado la solución. Estuve a
punto de despertar a Susana para contarle mis planes, pero los dígitos
luminosos del despertador me recordaron que aquélla
no era la hora adecuada para iniciar una charla
matrimonial. De modo que di media vuelta
sobre el colchón
y, en pocos
minutos, me quedé profundamente
dormido.
A la mañana siguiente, nada más despertarnos,
le expliqué a
Susana lo que me proponía hacer.
—Tenías razón —dije con una sonrisa—. Lo que me
ocurre es pura impotencia. Pero tengo la solución.
—Fantástico —comentó distraída, mientras se
maquillaba delante del espejo del lavabo—. ¿Qué vas a hacer?
—Qué vamos a hacer —la corregí. Susana dejó de
perfilar sus pestañas
y contempló con suspicacia mi reflejo en el espejo.
—¿En qué estás pensando?
—En irnos de viaje.
—¿Qué...?
—Es justo lo que necesito ahora. Unas vacaciones.
Viajar.
—¿Estás loco? ¿Y mi trabajo? ¿Y el colegio de
Claudia?
—Oh, vamos.
Estamos a principio de junio.
Dentro de poco Claudia finalizará las clases. Y tú puedes adelantar las
vacaciones de verano. — Sonreí angelicalmente—. ¡Podemos marcharnos dentro de
dos semanas!
Susana frunció el ceño, negó débilmente con la
cabeza y comenzó a extender por su cara alguna rara poción.
—Imposible. No puedo dejar mi
trabajo ahora.
La experiencia demuestra que el noventa y nueve por
ciento de las veces un «no», en realidad, significa «quizá». No contaré
cómo lo conseguí.
Baste decir que mi mujer finalmente accedió.
Pocos días después, Claudia — nuestra hija—,
Susana y yo abandonamos Madrid en dirección al noreste
de España. A la Costa Brava. Al Mediterráneo.
Los cuatro primeros días no paró de llover. Y no me
refiero a una mansa lluvia levantina, estoy hablando de un
auténtico
diluvio que nos
tuvo encerrados día y noche en el hotel. Debo reconocer que me puse de muy
mal humor, y que probablemente me hubiera vuelto a casa, de no ser por el temor
que me inspiraban las riadas.
Pero al quinto día un fuerte viento del interior
arrastró las nubes y nos regaló
una mañana azul
y soleada, aunque demasiado
fresca para ir a la playa.
—Vámonos de excursión —dije, hojeando una guía de
turismo.
Susana
y Claudia me
miraron atentas. En ocasiones así yo me sentía como uno de esos
tradicionales padres
de familia: el hombre que toma las decisiones, el
capitán del barco. Reconozco que son
escasos los momentos en que logro
despertar tan unánime expectación en
mis dos mujeres. Así que no podía
defraudarlas.
Pasé lentamente las hojas de la guía. Había mucho
que ver, pero yo quería algo especial; un lugar mágico que nos compensara de
los largos días de encierro y temporal.
—¿Por qué no vamos a la Garrotxa?
—dijo de pronto Claudia.
Contemplé a mi hija.
—¿La Garrotxa? ¿Qué es eso?
—Oh, bueno, no lo sé... —Claudia
parecía confusa—. Alguien en el hotel dijo que era
un lugar bonito.
La Garrotxa... Busqué en la guía y encontré un
breve artículo debajo de aquel nombre.
El Parque Natural de la Garrotxa se encontraba al
este de los Pirineos, muy cerca de Olot. Al parecer, era una comarca pequeña,
cubierta de hayales y saltos de agua, cuya principal característica radica en
ser una de las escasas zonas volcánicas de la península ibérica. Oh, bueno, no
me refiero a lava candente,
erupciones y llamaradas. Según informaban los redactores
de la guía Michelín, aquellos
volcanes
llevaban más de cien mil años inactivos. Y quizás
eso no sea mucho tiempo para un volcán, pero a mí se me antojaba una cifra
razonablemente tranquilizadora.
Volcanes... Eso parecía, sugerente y misterioso, de
modo que la propuesta de Claudia fue aceptada sin discusión. No obstante, la
niña frunció levemente el ceño, corno si hubiera algo que no acabara de
comprender. Me pareció ver en su mirada un brillo extraño, una especie de
preocupación demasiado adulta para una niña de diez años de edad. Fue sólo un
segundo: al instante siguiente Claudia sonrió de nuevo y corrió veloz hacia el
coche.
Dos horas más tarde nos encontrábamos en el parque
natural. Aparcamos en una explanada rodeada de hayas. De allí partían diversos
caminos forestales.
—Tenemos varias alternativas —
comenté, siempre con la guía en la mano
—; podemos ir al cráter de la Roca Negra, al del
Torrente, al de Santa Margarita o al Croscat...
—¡Al cráter Santa Margarita! —
exclamó con vehemencia Claudia.
De hecho, con demasiada vehemencia. Observé
intrigado a mi hija.
De repente parecía
excitada y
nerviosa.
—¿Por qué el Santa Margarita? —
pregunté—. Roca Negra suena mejor...
—¡No, no, por favor, no! Vamos al
Santa Margarita. Por favor, por favor...
Claudia comenzó a tirarme de la manga y a dar
pequeños saltitos. Susana frunció el ceño y me miró extrañada. Yo suspiré.
A veces los niños se comportan de forma rara,
pensé. Aunque, en cualquier caso, ¿qué más daba un volcán u otro?
—De acuerdo, al Santa Margarita — concedí. Claudia
soltó un grito
de alegría y me besó con fuerza. Su cara era un puro fulgor de alivio.
El camino que conducía al cráter discurría al
principio por un
denso hayal, sombrío y llano. Luego iniciaba una subida muy pronunciada
para volver a nivelarse en su último tramo. Apenas eran dos kilómetros y medio,
pero había tanto barro que tardamos casi una hora en llegar al
volcán. No nos cruzamos con nadie
en todo el trayecto, lo que no era extraño, ya que la temporada de verano
acababa de comenzar y los turistas todavía no habían invadido la zona. Aun así,
resultaba un poco irreal una soledad tan extrema, aquel silencio casi
sobrenatural.
Finalmente
llegamos al borde
del
cráter. Aquello era increíblemente bello. El
volcán, completamente circular, tendría unos quinientos metros de diámetro por
setenta de profundidad. El fondo, cubierto de hierba, era totalmente plano. En
el centro se alzaba un pequeño menhir de piedra pómez. A su lado, una minúscula
ermita románica.
Pero había algo más en el cráter: un grupo de siete
personas se alineaban formando un círculo en torno al menhir. No parecían hacer
nada, tan sólo estaban allí, quietos, mirando hacia la piedra clavada en el
suelo.
—Es impresionante —comentó
Susana.
Asentí. Sin duda, aquél era un lugar mágico.
—Vamos a bajar, papá.
Claudia comenzó a descender por el camino que
bordeaba la ladera interior del cráter.
—¿No encuentras a Claudia un poco rara? —preguntó
Susana.
Me encogí de hombros.
—Quizá. Parece que le ha impresionado este lugar.
—Le ha impresionado
demasiado. No sé, es
como si... —Susana vaciló unos instantes, intentando
encontrar la forma de expresar algo todavía inconcreto. Finalmente sacudió
la
cabeza—. Da igual, son imaginaciones mías. —Levantó
la mirada y añadió—: Se está nublando.
Miré al cielo. Una muralla de negros nubarrones se
cernía por el oeste.
—Quizá debiéramos irnos —señaló Susana—. Va a
llover. —Esas nubes todavía están lejos —dije despreocupadamente—. Echamos un
vistazo rápido y luego nos volvemos.
Susana frunció el ceño, pero no hizo ningún comentario.
Me siguió en silencio mientras bajábamos por el sendero
cubierto de puzolana. Entonces me fijé en algo que no había advertido antes. En
una de las laderas del cráter,
alguien había construido una casa. Increíble:
¿quién podía tener un chalé en un parque natural ? Porque aquella construcción
moderna rompía en cierto modo el hechizo
de aquel lugar... Aunque debo reconocer que más tarde
nos resultaría de gran utilidad.
En unos minutos llegamos al fondo del cráter.
Claudia se nos había adelantado y estaba hablando con las personas que rodeaban
el menhir. Mientras nos acercábamos tuve la oportunidad de echar un vistazo a
los componentes de aquel peculiar grupo. Eran dos mujeres y cinco hombres de
las más variadas edades y aspectos. Una de
las mujeres parecía joven (no más de veinticinco
años), de aspecto menudo y frágil. La otra era una septuagenaria gruesa y
jovial. Entre el grupo de hombres había un sacerdote —el alzacuello así me lo
hizo saber— cincuentón. A su lado se encontraban un individuo calvo, de edad
indefinida, y junto a él un joven sonriente, y un sujeto maduro de aspecto
pulcro y aseado, con una fina y bien recortada barba; y finalmente un hombre de
unos cuarenta años, moreno y muy fornido, que parecía tener algo extraño en la frente,
aunque desde donde me encontraba no podía ver con claridad de qué se trataba.
Cuando llegamos junto a ellos, Claudia se volvió con la cara
iluminada:
—Están captando energía cósmica,
¿sabéis? Por lo visto este volcán es una especie de
acumulador meta... meta...
—Metapsíquico —apuntó el hombre joven.
—Eso. Un acumulador metapsíquico de energía
cósmica.
Ay, ay, ay... ¿Energía cósmica?
¿Acumulador metapsíquico? Maldije interiormente mi
mala suerte. Aquel día, precisamente aquel día, tenía que ir a toparme con un
grupo de chalados, una especie de secta o algo así.
—Vamos,
Claudia, no molestes
a
esos señores —dije, mientras simulaba interesarme
por la pequeña y austera ermita románica.
—Preciosa hija suya no molesta — dijo la gruesa
anciana con un fuerte acento extranjero que no pude identificar
—. Hermosa hija suya muchachita muy lista y gentil
es. Y muy sensible, ¿cierto no es, pequeña Claudia?
—Pero
ustedes estaban ocupados con sus cosas —protesté, con tanta
amabilidad como determinación; en modo alguno quería enredarme en una conversación
con aquellos locos—. No se preocupen por nosotros. Sigan a lo suyo.
—¿Sabe qué día es hoy? —preguntó de repente el
cuarentón fornido.
Entonces pude ver con claridad su frente: estaba
cubierta de tatuajes geométricos, rojos y negros. ¡Tatuajes! Aquel hombre
era claramente occidental, pero
parecía un salvaje. Parpadeé sorprendido.
—¿Perdón...?
—Le preguntaba si sabe cuál es la fecha de hoy. —Su
aspecto decididamente feroz contrastaba con la suavidad de su acento, también
extranjero, brasileño o portugués.
—Martes. Creo que veintiuno.
—Aja —asintió el
hombre tatuado
—. Veintiuno de junio. ¿No le dice nada esa fecha?
—¡Hoy empieza el verano! —
exclamó Claudia.
—Eso es, pequeña. El verano comenzará exactamente a
las dos y cuarenta y ocho minutos de la tarde. Es el día del solsticio, una
fecha muy especial.
—El día más largo del año — intervino el individuo
calvo; pese a ser un hombre extremadamente menudo su voz era
grave y profunda—.
La luz vence hoy a las tinieblas.
—Eso es —añadió el hombre tatuado—. El
triunfo de la
luz, pero
también el inicio de su caída. A partir de este
momento, las noches se irán volviendo más largas y la oscuridad aumentará
progresivamente su dominio. Por eso el solsticio es un asunto importante.
—Era inevitable que ustedes estuvieran hoy aquí,
con nosotros — prosiguió el individuo calvo—. Estaba escrito, igual
que está escrito
el momento exacto en que cada tallo debe brotar.
Tragué saliva. Indudablemente, la razón de aquellas
personas estaba mucho más
extraviada de lo que nadie hubiera podido suponer. Miré a Susana
buscando algún tipo de ayuda, pero descubrí que mi
mujer sonreía divertida. Siempre le habían
gustado los personajes
extravagantes. Ella solía afirmar
que ése era el motivo que
la llevó a casarse conmigo.
—Sí, bueno, posiblemente — comenté, algo
balbuceante—. Pero se está haciendo un poco tarde y...
—Usted no cree.
Me volví hacia quien había hablado. Era el
sacerdote. —¿Disculpe...?
—Usted no cree en nada. —Su mirada era tan
acusadora, su porte tan severo, que por unos instantes me sentí transportado a
mi infancia, de nuevo en
el colegio. El sacerdote prosiguió—: Usted es
el típico descreído.
En su mente materialista
no cabe noción alguna
que se aparte
de aquello que puede ser tocado, medido y pesado.
Conozco a la gente como usted. Creen saberlo todo, pero sólo son unos
ignorantes. —Masculló algo, creo que en catalán. Luego añadió—: Estoy seguro de que ni siquiera ha bautizado
a su hija.
Aquello estaba adquiriendo tintes decididamente
surrealistas: me sentía como el personaje de una película de Buñuel. Había que
irse de allí con toda rapidez, de modo
que me disponía
a
improvisar una excusa cuando la anciana intervino
de nuevo.
—¡Bautismo! ¡Bah! ¿Tú crees que preciosa niña pecado puede
albergar?
—La anciana contemplaba desafiante al sacerdote.
Con un gesto de dulce protección le pasó un brazo por los hombros a Claudia—.
Es inocencia lo que en ella veo, viejo loco. Lavar no necesita pecado alguno.
Único pecado es el tuyo. Pecado de orgullo, pecado de arrogancia.
El sacerdote abrió la boca, pero no dijo nada.
Frunció el ceño, entrelazó las manos
por detrás de la espalda
y se alejó unos pasos, con aire malhumorado.
El hombre joven se aproximó a mí. No parecía tener
más de veintiséis o veintisiete años, pero bajo su cuidada apariencia —un
informal conjunto italiano de chaqueta y pantalón grises, camisa blanca de seda
y zapatos de ante
— se adivinaba una extraña energía, un intenso
magnetismo.
—No le haga caso —dijo sonriente
—. El padre Kindelán es un hombre de firmes creencias.
Está convencido de que
el segundo Concilio
Vaticano fue una conspiración protestante. Pero es buena persona,
discúlpele.
Hice un gesto
vago con la
mano, como quitando importancia
al asunto.
Por
unos segundos me
distraje; había algo raro
en aquel joven.
Sus vestimentas eran inadecuadas para una excursión campestre, pero no
se trataba de eso. Lo sorprendente era que su ropa estaba completamente
impoluta. De hecho, ni siquiera había barro en sus zapatos. No obstante, el
camino era un cenagal. Entonces, ¿cómo había llegado hasta el volcán?
—Su hija me ha dicho que Claudia se llama —dijo,
sonriente, la anciana—. Muy bonito nombre, sí. Como Claudia Schiffer. Seguro
que tan linda como ella será. —Se volvió hacia Susana, siempre amparando bajo
su brazo a la niña—.
¿Cuántos años tiene? ¿Nueve?
—Diez —repuso mi mujer con una sonrisa.
—¡Oh, una damita ya es! Y tan encantadora... igual
que madre suya, mis ojos claro lo ven. —De pronto comenzó a rebuscar en el
interior de su enorme bolso—. Yo tengo
una nietecita de misma
edad. Vive en
Sopron, en Hungría, con mi hija.
—Encontró finalmente lo que andaba buscando: una vieja cartera de cuero. La
abrió y le mostró a Susana
y a Claudia la fotografía de una niña de ojos intensamente
azules—. ¿Preciosa no es? Como
una luminosa mañana
de
primavera, yo creo.
Y ahí estaban, mi mujer y mi hija, contemplando
fotos domésticas y charlando con aquella anciana como si se conocieran de toda
la vida. Suspiré, resignado, imaginando ya las consecuencias de tan insensata
familiaridad: largos minutos de charla absurda sobre energía cósmica, fuerzas
telúricas, metapsíquica... Y entonces ocurrió.
Primero fue
una gota de
agua cayendo sobre mi nariz. No me refiero a una gota normal, sino a una
gota enorme, a la madre de todas las gotas.
Luego un trueno que sacudió el
cráter con un estampido ensordecedor.
Las nubes, que yo creía lejanas, se amontonaban
ahora sobre nuestras cabezas, como una avalancha de algodón grisáceo. El cielo
se había oscurecido, convirtiendo la mañana en un anochecer.
Y
entonces se desencadenó
el diluvio. Una tromba de agua comenzó a caer sobre nosotros. Miré en derredor,
buscando un lugar donde guarecernos. Pero no había cerca ningún árbol, y la
ermita, además de estar cerrada, era demasiado pequeña para acogernos a todos
en su interior.
—Vayamos a la casa —sugirió el hombre tatuado,
señalando hacia el
chalé
que se alzaba
en el borde
del cráter.
Evidentemente era lo mejor que podíamos hacer, de
modo que nos pusimos a correr
por el sendero tapizado de piedra volcánica en busca
de aquel providencial refugio.
Yo fui el primero en llegar, y no porque me
encontrase particularmente en forma; lo que ocurría es que el resto del grupo,
incluyendo a mi mujer y mi hija, se había demorado ayudando a subir la cuesta a
la anciana húngara. Por unos instantes me sentí algo mezquino, pero luego el
manto de lluvia que me calaba hasta los huesos impuso su lógica. En
dos zancadas me encontré frente a la puerta. Llevé
la mano al pomo e intenté girarlo. Imposible: una férrea cerradura bloqueaba el
paso. Sacudí el pomo con energía y empujé
la puerta con el
hombro.
Todo en vano, aquella hoja de madera se
mantenía firme como
una roca.
—¿Puedo intentarlo yo? —dijo una voz a mi espalda.
Me volví: era el hombre joven y elegante. —Está cerrada
—musité. Pero me aparté a un lado, invitándole a
probar fortuna con la cerradura.
El joven se adelantó, hizo un extraño
gesto con la mano, algo así como el ademán ampuloso
de un ilusionista, y sujetó el pomo con dos dedos. Luego, lentamente, lo hizo
girar...
... y unos instantes después vi asombrado que la
puerta se abría, acompañada por un suave lamento de óxido. —E voila..,!—dijo el
joven, sonriente. Parpadeé asombrado.
—Pero, pero... —balbuceé—.
¿Cómo lo
ha hecho...? Estaba hablándole al
aire: el joven ya había entrado en la casa. Inmediatamente le siguieron la
anciana, el sacerdote
y todos los demás.
Me quedé unos instantes inmóvil
bajo la lluvia (a fin de cuentas, ya no podía estar
más mojado). Algo raro ocurría. Aquella gente, aparte de decir y hacer cosas
notablemente extrañas, se comportaba con excesiva familiaridad. En cierto modo
era como si nos hubieran estado esperando.
Sacudí la cabeza y entré en la casa. Me estaba
dejando llevar por la imaginación. Lo más probable es que fueran un puñado de
locos peligrosos, recién escapados de alguna institución psiquiátrica de alta
seguridad. Se limitarían a asesinarnos y a devorar nuestros hígados, como
siempre ocurre en las películas de
terror cuando una
familia sorprendida por la tormenta se refugia en
una casa misteriosa.
Pero la casa no tenía nada de misterioso. Se
trataba de un chalé moderno, con tres dormitorios, una cocina y un amplio
salón. Parecía un refugio de montaña, frío y funcional.
—He encontrado toallas y mantas en un armario —dijo
el joven del traje italiano, asomando la cabeza por la puerta de uno de los
dormitorios.
—Quitarnos debemos todas ropas mojadas —dijo la
anciana, con aire de abuela protectora—. Y secarnos. Si no, pulmonía.
Las
mujeres fueron a
uno de los
dormitorios, mientras que los hombres, salvo el
padre Kindelán, que se encerró en el cuarto de baño, permanecimos en el salón.
Mientras nos desnudábamos y secábamos observé que la piel del hombre tatuado
no sólo ostentaba dibujos en la frente. Todo su
cuerpo, un cuerpo extremadamente musculoso, se hallaba cubierto por complejas
geometrías: triángulos, espirales, círculos... como un lienzo vivo de Paul
Klee.
Me di cuenta de que estaba contemplando de forma
excesivamente descarada a aquel
hombre-graffiti, así que
aparté la mirada
y me afané
en
anudar una sábana alrededor de mi cintura. Entonces
observé algo desconcertante. El hombre joven se ocupaba en aquel momento de
encender un fuego en la chimenea. No se había quitado la ropa.
No se la
había quitado por
la sencilla razón de
que en su
traje no había ni una gota de
agua.
Lo cual era obviamente imposible, porque él, al
igual que todos, había permanecido varios minutos bajo una lluvia torrencial.
No obstante, mientras los demás estábamos empapados, él permanecía seco, como
si acabara de dar un paseo bajo un sol radiante.
Y el barro no se adhería a sus zapatos. Y abría
puertas cerradas.
Sinceramente, no sabía qué pensar acerca de
todo aquello. Un cuarto de hora más tarde las damas salieron
del dormitorio y, al poco, nos encontramos todos reunidos en el salón. A decir
verdad, ofrecíamos un aspecto más bien estrafalario, cubiertos por sábanas y
mantas, como romanos improvisados en una fiesta de disfraces.
Nuestras ropas estaban secándose, desperdigadas en
torno a la chimenea. Entretanto, nos mirábamos en silencio, dirigiéndonos
débiles sonrisas, un poco cohibidos
por lo ridículo
de nuestro
aspecto.
El hombre tatuado
apartó la cortina de una de las ventanas.
—Continúa lloviendo —observó—. Casi parece una
tormenta tropical.
Como si la tormenta hubiera querido enfatizar sus
palabras, un trueno sacudió los muros de la casa.
—Hace un tiempo del demonio —
comenté, por decir algo.
—No debería hablar así.
El padre Kindelán me miraba con ojos llenos de
desaprobación. Pese a ir envuelto en una sábana de color rosa, conservaba
íntegra su dignidad sacerdotal.
—¿ Qué he dicho ? —pregunté
desconcertado.
—Hace mal en mencionar tan alegremente al demonio.
—Bueno, sólo es una expresión...
—El demonio entra por las rendijas más pequeñas
—sermoneó el cura—. Y Satán es algo más que una expresión.
Había algo en aquel hombre que me hacía sentir
como un niño
cogido en falta. Afortunadamente,
la providencial intervención de la anciana me salvó de aquella situación
incómoda. —Pero bueno, siendo estamos descorteses — dijo mientras se aproximaba
a Claudia. Comenzó a acariciarle los húmedos cabellos, desenredándole el pelo
con los
dedos. Una bondadosa sonrisa afloró a su labios—:
Muy descorteses. No nos hemos presentado. Bocsánat...! Que en mi idioma decir
quiere perdón. Soy húngara, ¿ustedes saben? María Kádár es nombre mío. Aunque
por madame Kádár en trabajo se me conoce. Pero ustedes llamarme a mí María,
como amigos que ya son. —Hizo una pausa y suspiró—. Al padre Kindelán conocen
ustedes. Es cura dominico y hombre testarudo donde los haya...
El padre Kindelán frunció el ceño y miró hacia otro
lado. Aquel hombre terrible parecía desarmarse
cada vez que la anciana se
dirigía a él.
María Kádár siguió presentándonos a los restantes
miembros del grupo. El tipo calvo, delgado y de voz profunda se llamaba Azarías
Jerusalén; «Profesor Jerusalén», como señaló él mismo, con gravedad, sin
especificar la naturaleza de su profesorado. El hombre tatuado resultó ser,
para mi sorpresa, un misionero jesuíta. Se llamaba Joao Silveira y había nacido
en la ciudad portuguesa de Sintra. La mujer menuda y el individuo
de barba eran
un matrimonio argentino. Se
llamaban Isabel Boca-negra y Héctor Arauco.
—Doctor en medicina y psiquiatría por la
Universidad Nacional de Lujan
en
Buenos Aires —precisó
el doctor
Arauco, con suave acento porteño.
Sólo
restaba por presentarse
el joven de traje elegante, la única persona correctamente vestida
que había en aquel salón.
—Mi nombre es Aníbal Zarko. Pero podéis llamarme El
Gran Zarko.
Inesperadamente, hizo un amplio ademán y en sus
manos aparecieron tres pelotas de colores. Comenzó a hacer malabarismos con
ellas, manteniéndolas suspendidas en el aire. Y, súbitamente, ya no
eran tres pelotas, sino
seis. Y luego nueve. Y de
repente... ninguna. Un truco, por supuesto, pero yo juraría que
las pelotas se habían esfumado delante de mis ojos.
En serio, vi cómo desaparecían...
—¡Es
usted un prestidigitador! —
dijo Susana, divertida.
—¡Un mago! —exclamó Claudia.
—Su hija tiene razón —repuso
Zarko—.
Prestidigitador viene de
«presto»,
que significa rápido,
y del latín digitus, dedos. Es
decir, «dedos rápidos». Pero yo no utilizo mis dedos para crear ilusiones. Soy
un mago: el Gran Zarko. —Llevó su mano derecha a la oreja de Claudia e hizo
aparecer un ramillete de flores. Se lo entregó a la niña con
una reverencia—. Para
ti,
Claudia, una dama bella y perspicaz que consigue
ver la magia allí donde los demás sólo distinguen ilusión.
Claudia sonrió encantada y olió el pequeño bouquet.
—Gracias —dijo—.
¿Hará
más trucos? —Por
supuesto, dulce dama. Por supuesto. Así que el tal Zarko era un ilusionista.
Bueno, eso lo explicaba todo: la puerta abierta, el traje seco... ¿O no lo
explicaba?
—Muy bien, muy bien. —Madame Kádár juntó las manos
en un amago de aplauso. Clavó en mí su dulce mirada azul y
prosiguió—: Ya sabemos nombres de todos. Esposa suya,
Susana; hija suya, Claudia.
Pero ¿y nombre
suyo? Le dije como me llamaba. —Papá es escritor
—añadió orgullosa Claudia.
—¡Oh, escritor! —La cara de la anciana se llenó de
admiración—. Hombre muy inteligente entonces. Con muchas ideas en la cabeza.
Supongo que esperaba un cierto grado de
reconocimiento por parte de aquellas personas. Si no habían leído ninguna de
mis novelas, al menos debían haber visto mi nombre en el escaparate de alguna
librería. Pero se limitaron a sonreír amablemente sin hacer tan siquiera un
simple comentario.
—No quisiera ser indiscreta —dijo de pronto Susana,
siendo indiscreta—.
Pero ustedes pertenecen... Quiero decir,
¿forman parte de un viaje organizado, de un club o
algo así?
—¡Un club...! —exclamó alborozada madame Kádár—.
¡Quizá buena definición esa sea!
—Sólo somos un grupo de personas unidas por un
interés común —dijo el padre Silveira.
—Nos preocupa la realidad — añadió Zarko. —¿La
realidad? — preguntó Susana, genuinamente interesada—. Creo que no le
entiendo...
—Oh,
querida —los ojos
de madame Kádár se entristecieron—; el mundo tan complicado es, tan
extraño...
El
padre Silveira carraspeó
y frunció el ceño; los tatuajes de su frente ondularon como el lomo de
una culebra.
—Las personas suelen creer que la realidad es
inmutable. Piensan en ella como si fuera un río, fluyendo constantemente,
avanzando, discurriendo de forma ordenada, sin sobresaltos. No se dan cuenta de
que en un río también hay cataratas, remolinos, remansos, afluentes, lagos...
La realidad, al igual que una corriente de agua, fluye al aire libre, pero
también puede hacerlo bajo tierra, en la oscuridad.
—La realidad es cambiante —
susurró
Zarko, haciendo aparecer
una
cascada de pañuelos en sus manos.
—Ése es el objetivo de nuestro círculo —prosiguió
el padre Silveira—: mantener estable la realidad.
A
aquellas alturas, resultaba evidente que tendríamos que pasar
un buen rato en compañía de aquellas personas. De modo que lo más oportuno era
seguirles la corriente. Además, lo confieso, me habían intrigado. Oh, desde
luego, no era gente muy cuerda, pero parecían
inofensivos, incluso simpáticos.
—¿Y cómo lo hacen? —pregunté, vagamente divertido—.
¿Cómo mantienen estable la realidad?
—Bueno... —El padre Silveira hizo un gesto
impreciso—. Hay ciertas fuerzas
que contener, ciertos acontecimientos que enmendar. Hay que trazar esquemas
—sonrió—, como los tatuajes de mi cuerpo.
El padre Kindelán dirigió una reprobadora mirada
al jesuita y masculló algo entre dientes. «Tonterías
paganas», creo que fueron sus palabras.
—La realidad es como un ovillo de lana —intervino el
profesor Jerusalén
—. Y mantener la realidad significa escoger la
hebra más firme de la madeja y
evitar que las
demás hebras se mezclen con ella. La
realidad es una
cuestión de elección. —Clavó en mí su intensa
mirada—. ¿Qué hubiese ocurrido si
usted no llega
a casarse con su
esposa? Su vida sería distinta. Para empezar, Claudia no existiría.
Sonreí, me temo que con demasiada ironía. Aquel
hombre se contradecía a sí mismo.
—De modo que es posible elegir — dije—. Sin
embargo, antes, en el cráter, usted
afirmó que todo
estaba escrito. Eso es
determinismo y, que yo sepa, el determinismo está reñido con el libre albedrío.
—Todo
está escrito, en efecto
—
repuso
tranquilamente el profesor
Jerusalén—. Pero está escrito infinitas veces. Y
cada uno de esos infinitos escritos es ligeramente distinto de los otros.
Existen multitud de realidades posibles. Nosotros procuramos que una de ellas,
sólo una, nuestra realidad, siga la línea principal del destino.
—Sí, sí —insistí—;
de acuerdo. Pero todavía no lo
entiendo; ¿cómo lo hacen?
Nadie
me contestó. Todas
las miradas convergieron en
madame Kádár. La anciana suspiró y comenzó a hablar:
—Nuestro círculo de siete miembros consta. Diferentes
todos: cada uno,
según cual sea habilidad suya, de tarea distinta se
ocupa. —Su voz se convirtió en un susurro—. Pero todos vigilantes, buscando
siempre lo que es y no debe ser. ¿Comprende lo que digo yo? La realidad a veces
por camino equivocado se desvía, o quizás ocurrir pueda que otra realidad se
mezcle con mundo nuestro. Entonces actuar debemos. Nos reunimos y...
Madame Kádár hizo una pausa. Yo me incliné hacia
delante.
-¿Y...?
Sonrió dulcemente.
—Nos reunimos y sobre ello hablamos. Así las cosas se arreglan.
Enarqué las cejas. Mi expresión debía transparentar
demasiado escepticismo, porque noté que el codo de Susana se clavaba a
escondidas entre mis costillas. Ignorando aquella muda advertencia, repuse con
soterrada malicia:
—O sea que, cuando la realidad se tuerce, ustedes
hablan del asunto y todo se soluciona. —Me encogí de hombros
—. ¿Así de sencillo? ¿Sólo un poco de charla y las
cosas se arreglan?
—¿No cree que un escritor debería tener más
confianza en el poder de la palabra? —comentó Zarko con ironía.
—Pero nuestro amigo razón tiene. —
Los ojos de madame Kádár me miraron comprensivos—.
No sólo palabras son, aunque palabras hay con gran poder; son historias.
—¿Historias? —preguntó Claudia con interés.
—Oh, querida, sí. Narraciones. Cuentos. Relatos.
Una gran energía en ellos hay. Las historias mejores siempre más poderosas que
la realidad acaban siendo. ¿Te gustan
las historias, Claudia? —Mi hija
asintió enérgicamente. Madame Kádár
se volvió hacia mí—. ¿Ya usted? Aún la lluvia continúa, y ropas
secándose están. Pasar el rato
pudiéramos contando
historias, ¿no creer? Quizás además de inspiración
le sirvieran. Historias curiosas son, historias extrañas que interesar podrían
a un escritor.
Miré a través de la ventana: la lluvia era un telón
líquido que ocultaba el paisaje. El cielo,
eclipsado por un océano de nubes oscuras, retumbaba con
los ecos multiplicados de la tormenta. Aquello parecía el fin del mundo. Sin
duda, íbamos a pasar juntos mucho rato.
Volví la mirada hacia mi mujer. Susana sonrió
y me guiñó
un ojo. Claudia se inclinó hacia
mí, con la cara expectante y los ojos llenos de ansiedad. La niña estaba
encantada con aquel atajo
de locos; en concreto, parecía sentir una especial
predilección por la anciana húngara.
Bueno,
pensé, ¿acaso teníamos alguna otra cosa mejor que hacer? Me
volví hacia madame Kádár:
—Estaré encantado de escuchar sus historias —dije.
—¡Muy bien, muy bien!
—exclamó la anciana, aplaudiendo alegremente. Se
volvió hacia los demás miembros de su
«círculo»—. Muchos son los
relatos. ¿Quién comenzar desea?
—Yo
conozco una historia apropiada —dijo inesperadamente el
padre Kindelán.
—¿Tú, pater? —preguntó extrañada
madame
Kádár—. Que este
tipo de cosas no te gustaban, yo
creía.
—Y no me gustan —refunfuñó el sacerdote—. A veces
son necesarias, pero no me gustan. Sin embargo... hace poco llegó a mis oídos
una historia que parece muy adecuada. La historia trata de un escritor, y habla
sobre el pecado de la vanidad. —Comenzó a pasear lentamente de un lado a otro
del salón
—. Los artistas suelen ser arrogantes. Piensan que
realmente pueden «crear», sacar algo de la nada. ¡Locos! Omnis ars naturae
imitatio est. —Subrayó sus palabras con una risa sarcástica—. Pero de entre
todos los artistas,
son los
escritores quienes más fatuidad demuestran. Se
creen capaces de forjar mundos, de dar vida a personajes de papel... Creen, en
definitiva, que son dioses.
—No estaría yo muy seguro de eso
—objeté con una sonrisa—. Quienes realmente están
convencidos de su divinidad son los editores.
El padre Kindelán, ignorando el comentario, me miró
fijamente con los ojos entrecerrados, como si quisiera escrutar, no ya mi
rostro, sino mi alma. Levantó lentamente la mano y me señaló con el dedo.
—Usted no cree que el Diablo
exista, ¿verdad? Piensa que es una superstición, un
cuento para asustar a los niños.
—Se llevó las
manos a la espalda.
Pese a su
estrafalario indumento,
parecía hallarse en un
pulpito, en medio de un sermón apocalíptico. Cuando volvió a hablar su voz fue
grave y admonitoria—: Pero el Diablo existe, es real. El Santo Padre así lo ha
confirmado, y es dogma de fe para la Iglesia. Aun así, usted no cree en
él. Cosas, de
curas y beatas,
piensa. Pero ¿qué opinaría si yo le dijera que he visto al Diablo,
personalmente, cara a cara?
Me encogí de hombros. Desde luego
no
tenía la menor
intención de enredarme en una
discusión teológica con aquel sacerdote.
—El padre Kindelán es exorcista, sabe de lo que
habla —intervino Zarko, y no había ni un asomo de sarcasmo en sus palabras.
—Sí, conozco a mi enemigo — murmuró el religioso—.
Y lo veo por doquier. El mal está en todas partes.
Un intenso relámpago bañó de plata el interior del
salón. El sacerdote permaneció en pie, estático como la escultura de un viejo
profeta bíblico, mientras el estampido del trueno retumbaba en
nuestros oídos. Luego
suspiró y tomó asiento en un sillón próximo a la
chimenea. El rojizo resplandor de las llamas bailó en sus pupilas. Tras una
larga pausa, el padre Kindelán inició su relato con voz neutra, repentinamente
calmada y monótona:
—Mi historia comienza con una ambición frustrada.
Es la historia de un deseo insatisfecho. Y también el relato de un escritor
henchido de soberbia que creyó poder burlar a la muerte y al diablo...
El escritor, la muerte y el diablo
La historia del padre
Kindelán
Flavio Tursi recibió la decimosexta carta de
rechazo exactamente el mismo día que el procesador de textos cobró vida propia
y le habló.
Era una carta amable y bienintencionada. El asesor
literario de la editorial no se había limitado a mandarle la usual respuesta
formularia,
«su novela no encaja en nuestros planes
editoriales...» y toda esa mierda, sino que le había expuesto de manera
clara su tan sincera como demoledora opinión:
«... el estilo es rígido y pedante, la composición
de personajes tópica, la trama carece de ritmo y el argumento, sencillamente,
no resulta verosímil ni interesante. Créame cuando le digo, señor
Tursi, que no es grato para mí expresarme con esta crudeza. Pero más vale
escuchar unas palabras sinceras que vivir en el engaño. Su novela, El aroma
del recuerdo, no alcanza las mínimas cotas de
calidad. Se nota que está
trabajada, sí, pero piense
que no todos estamos capacitados para dedicamos a
actividades creativas y artísticas...»
Flavio arrugó la carta y la tiró a la papelera.
Permaneció unos segundos inmóvil, con la vista ausente, sentado frente a
la mesa de
trabajo, en la soledad perenne de su pequeño piso de
soltero. Luego ocultó la cara en el hueco de sus manos, porque no podía impedir
que el manantial amargo de sus lágrimas
brotara.
Flavio
estaba seguro de
que El aroma del recuerdo era su mejor obra. La había hecho crecer con
mimo y dedicación, la había pulido durante un largo año, le había dado lo mejor
de sí mismo. Cuando envió el manuscrito a las diversas editoriales, lo
hizo con el ánimo exaltado, seguro de la calidad de su trabajo, convencido de
que, tras seis novelas escritas y nunca editadas, por fin se
fijarían en él,
publicarían El aroma del recuerdo , y sería un éxito de ventas y de
crítica, el comienzo de una carrera vertiginosa y brillante, como la de uno de
esos raros cometas que, cada
generación,
cruzan solitarios el
cielo para iluminar el mundo con su luz...
Luego comenzaron a llegar las cartas de rechazo,
notas frías e impersonales que le herían como puñaladas de papel, y poco a poco
su entusiasmo se fue apagando, hasta que de la hoguera no quedaron más que
rescoldos, para finalmente, con la decimosexta negativa, convertirse las
últimas ascuas de su esperanza en un páramo de cenizas.
Flavio enjugó las lágrimas con la manga de
su camisa y sorbió por la
nariz. Encendió el ordenador y seleccionó el programa de proceso de
textos. Buscó el
archivo titulado EL
AROM A
DEL RECUERDO. El
cielo azul de la pantalla se pobló de letras, blancas como copos de
nieve. Flavio hizo pasar las páginas, leyendo aquí y allá, contemplando su
novela con nuevos ojos, y comprobando
que sí, que el
estilo era pedante y grotesco, y los personajes estereotipados, y la trama
burda, y el argumento banal...
Flavio torció los labios en un rictus amargo y
crispó su mano derecha hasta convertirla en un puño.
¿Por qué? ¿Por qué esa impotencia, esa incapacidad?
¿Por qué no podía escribir algo hermoso, algo brillante e intenso? ¿Por qué él,
precisamente él,
que era capaz de degustar con deleite las obras
maestras que escribían los demás, no podía sin embargo crear algo cuando menos
vivo, convincente o simplemente ingenioso?
«Oh, Dios, yo te maldigo», pensó Flavio. «¡Maldigo
tu nombre, porque me has dado el
deseo, pero no la
capacidad!»
Y Flavio, ciego de resentimiento y frustración,
descargó su puño crispado contra el teclado del ordenador.
Se arrepintió inmediatamente. El ordenador
constituía su más preciado tesoro, su más cara adquisición, y no era cuestión
estropearlo. Por otro lado, al
dar el puñetazo se había hecho un corte en el canto
de la mano y la sangre se derramaba copiosa sobre las teclas.
Flavio masculló una maldición, sacó su pañuelo y se
envolvió con él la mano, intentando
contener la hemorragia. Luego miró en derredor, buscando
con qué limpiar el teclado. Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo raro
le pasaba al ordenador. La pantalla parpadeaba
alarmantemente, invadida por crepitantes
bandas de estática
y nubes de parásitos eléctricos.
«Oh, mierda», pensó Flavio, «me lo he cargado.»
Entonces
la pantalla se
estabilizó,
convirtiéndose en un rectángulo oscuro, muy oscuro;
jamás una pantalla de ordenador había estado tan negra (pero en aquel momento
Flavio no se percató de ese curioso fenómeno). De pronto, unas letras
rojas se formaron
en el centro de la oscuridad:
BI ENVENI DO A
PENTÁCULO.
EL SET DE COM UNI CACI ONES DE INFERMÁTICA INC.
UN PROGRAM A
DISEÑADO POR: B.C. BOO.
PATENTE REGI
STRADA
N°: 999 POR
LOUI S CI PHER COMPANY.
Flavio contempló extrañado el texto.
¿Pentáculo? ¿Infermática (con «e», no con «o»)? ¿De
dónde había salido ese programa? Intentó manipular el teclado, pero estaba
bloqueado. Maldijo de nuevo y se masajeó suavemente la mano
herida, procurando calmar los latidos de dolor. El texto cambió:
¿NO ESTÁ CONTENTO CONSIGO MISMO?
¿ANHELA ALGO CON VEHEM ENCI A Y NO PUEDE
CONSEGUIRLO?
¿DARÍ A CUALQUI ER COSA POR VER
SATI SFECHOS SUS DESEOS?
¡ATRÉVASE A ENTRAR EN PENTÁCULO!
Flavio frunció el ceño. ¿Qué era aquello? ¿Un juego
de ordenador? Pero no tenía almacenado ningún juego en el disco duro.
¿Entonces...? Las letras rojas desaparecieron y, tras unos
segundos de pausa,
una figura geométrica, un
anagrama dorado, se formó en la pantalla. Era una estrella de cinco puntas con
los trazos
entrecruzados, formando en el centro un pentágono
regular. En la parte inferior del pentagrama, trazada con llameantes letras
rojas, aparecía la palabra PENTÁCULO. Más abajo, un corto texto enunciaba:
SI DESEA ENTRAR EN
PENTÁCULO PULSE LA
TECLA S.
Al lado, la rayita del cursor titilaba con
impaciencia. Flavio entrecerró los ojos y gruñó. Aquello debía de ser un virus,
o algo así. No sabía nada de informática, pero alguien le había dicho
que, en esos casos, lo mejor era apagar el
ordenador. De modo que tendió la mano y apretó el interruptor. Nada
ocurrió, el ordenador
siguió funcionando. Volvió a intentarlo. En vano.
Flavio, al fracasar en sus intentos de desconectar
el aparato, experimentó un intenso desasosiego. Así que decidió acabar
expeditivamente con aquello. Se agachó, cogió el cable y lo desenchufó de la
red. «Hecho», pensó mientras se incorporaba. «Sin electricidad este cacharro no
podrá...»
Pero sí podía. Aun cortado el suministro de
energía, el ordenador
continuaba ronroneando alegremente, como un gatito hambriento.
Aquello no era normal: ningún virus
informático podía hacer
que un ordenador funcionase sin
electricidad. Flavio se rascó la cabeza y contempló el
monitor.
SI DESEA ENTRAR EN
PENTÁCULO PULSE LA
TECLA S.
¿Qué era aquel programa y de donde había salido? Al
parecer, sólo había un camino para responder a esas preguntas.
Flavio rozó con el dedo la tecla S.
Vaciló unos instantes antes de pulsarla. Cuando lo
hizo, notó que un escalofrío le recorría la espalda.
Pero no ocurrió nada extraordinario. Una música
festiva, típica de videojuego, surgió del ordenador. La negra
pantalla parpadeó y se convirtió en una escena de animación: se trataba de una
especie de infierno,
un lugar lleno de humo y llamas,
y poblado de cómicas almas en pena. Apareció un muñequito con forma de diablo y
comenzó a gesticular. Sus diálogos aparecieron impresos en rutilantes letras
blancas:
BI ENVENI DO A
PENTÁCULO, SR. TURSI. ESTÁ UTI LI ZANDO UN
PROGRAM A I NFORM ÁTI CO
CUYO OBJETI VO ES PERM I TI RLE ESTABLECER CONTACTOS COM ERCI ALES CON EL
GRUPO EM PRESARI AL LOUI S CI PHER. SI DESEA SEGUI R ADELANTE, DEBERÁ TENER EN CUENTA
LAS SI GUI ENTES ESPECIFICACIONES:
1. LOUI S CI PHER COM PANYNO SE HACE
DERI VEN
DE LOS TRATOS CON ELLA PACTADOS. EL USUARI O RENUNCI A EXPRESAM ENTE A CUALQUI ER RECLAM ACI ÓN LEGAL EN ESTE SENTIDO.
2. M
I ENTRAS USE PENTÁCULO, EL USUARI O
SE ENCONTRARÁ PROTEGI DO DE TODO M
AL, TENI ENDO SI EM
PRE EN
CUENTA QUE, POR SU SEGURI
DAD, NO DEBERÁ ALEJARSE
M ÁS DE DOS M ETROS DEL
ORDENADOR.
¿DESEA CONTI NUAR? (EN
CASO AFI RM ATI VO PULSE LA TECLA S.)
Como hipnotizado, Flavio obedeció. El diablillo
comenzó a dar saltos de alegría,
hasta que la
imagen de la pantalla se disolvió, transformándose en
una superficie roja. Sobre el fondo carmesí
apareció de nuevo el pentagrama
dorado. En cada punta de la estrella había ahora el dibujo esquemático de una
vela. En la parte superior de la pantalla se materializó la cara traviesa del
diablillo.
GRACI AS POR SEGUI R
ADELANTE, SR. TURSI. AHORA PODRÁ ESTABLECER UNA
CI TA PERSONAL CON UN M I EM BRO DE ALTO NI
VEL DE NUESTRO
DEPARTAMENTO
COM ERCI AL,
EL SR. BELI AS, VICEPRESIDENTE
EJECUTI VO DE LOUI S CIPHER COMPANY.
PARA ELLO, EN OTRA
ÉPOCA, NECESI TARÍ A USTED CONSEGUI R SANGRE DE GALLO, CUERDA DE AHORCADO, M
ANDRAGORA Y VELAS ELABORADAS CON
GRASA DE VI RGEN. ADEM ÁS, DEBERÍ A EJECUTAR EL PROGRAM A
EL PRI M ER SÁBADO DE LUNA LLENA. PENTÁCULO, GRACI AS A SUS SOFI STI
CADOS PROCESOS DE REALI DAD VI
RTUAL, HACE OBSOLETOS LOS M
ÉTODOS
ANTES DESCRITOS.
PARA CONTI
NUAR, ES NECESARI O ENCENDER LAS
VELAS. HÁGALO PULSANDO CONSECUTI VAM ENTE LAS
TECLAS DE FUNCI ÓN
UNO, DOS, TRES, CUATRO Y CINCO.
Flavio siguió las indicaciones. A medida que lo
hacía, pequeñas llamitas animadas se materializaban sobre cada una de las cinco
velas del pentagrama.
¡M UY BI EN, SR. TURSI! YA CASI HEM OS ACABADO.
¿SENCI LLO,
VERDAD? TAN SÓLO LE FALTA ESCRI
BI R EL CONFÍ TEOR DÉO (RI TO ANTI GUO) EN
LATÍ N Y DEL REVÉS. ADELANTE.
¡JA,
JA! ES UNA BROM A. NATURALM ENTE, NO CONOCE EL
CONFÍ TEOR DÉO, Y M ENOS
DEL REVÉS.
TRANQUI LO,
PENTÁCULO DI SPONE DEL TEXTO CONSENSUADO. COPÍELO:
«M URTSON M UED M UNI M OD DA
EM ERARO, RETAP ETTE,
SOTCNAS SENM O, M
ULUAP TE M URTEP SOLOTSOPA SOTCNAS, MATSITPAB...»
Flavio comenzó a transcribir las extrañas palabras
con la ayuda del teclado. A medida que lo hacía, el texto se iba formando en el
centro del pentagrama.
¡EXCELENTE, SR. TURSI! HA
COM PLETADO LA PLEGARI A I NVERSA. AHORA
SÓLO TI ENE QUE PULSAR LA TECLA «ENTER» PARA
QUE EL SR. RELI AS SE
ENTREVISTE CON USTED.
PERO
ANTES, LEA EL SI GUI ENTE TEXTO QUE, POR RAZONES LEGALES, NOS VEM OS
OBLI GADOS A I NCLUI R: LA AUTORI DAD ABSOLUTA ADVIERTE QUE EL USO DE ESTE PROGRAM A PERJUDI CA SERI AM ENTE LA SALUD ESPI
RI TUAL ¿DESEA
PROSEGUI R? (EN CASO AFIRMATIVO PULSE ENTER).
Flavio sonrió. Realmente se trataba de un juego
curioso; y en cierto modo muy literario. Oh, por supuesto, era una tontería,
pero le había hecho olvidarse de
su depresión, de
las cartas de rechazo, de la herida de su mano... y
también, todo sea dicho, de que el ordenador estaba desenchufado y no había
explicación racional para su funcionamiento.
De modo que Flavio pulsó despreocupadamente la tecla
indicada. Y nada ocurrió.
El monitor continuó
mostrando el pentagrama y las velas, pero ningún
nuevo texto se formó en la pantalla.
Flavio frunció el ceño y volvió pulsar la tecla.
Unos segundos después lo hizo de nuevo; y luego varías veces seguidas, sin
obtener resultado alguno.
Entonces escuchó una discreta tosecilla a sus
espaldas.
Se dio la vuelta y comprobó, sobresaltado, que un
desconocido, un hombre de unos cincuenta años, de complexión atlética e
impecablemente vestido, ocupaba uno de los sillones del salón.
—¿Quién es usted? —exclamó
Flavio alarmado.
—El señor Belias —repuso el hombre, dirigiéndole
una atenta sonrisa
—. Vicepresidente de L.C.C.
—¿Co-cómo ha entrado?
—Usted me llamó. —Belias señaló con un gesto vago
el ordenador—. Ya sabe, el Pentáculo, y todo eso.
—¡Salga de mi casa inmediatamente!
—Flavio, con más fatuidad que coraje auténtico, se
levantó amenazador.
—¿Irme?
No. Tenemos que hablar de negocios. —El tono de Belias era
amable. De repente, con inusitada energía,
añadió—: ¡Siéntese, señor Tursi! —Flavio, como si aquel hombre
le hubiese robado la voluntad, obedeció al
instante. Belias prosiguió, de nuevo en
tono cordial—: Así
está mejor. Bueno, querido
amigo, su deseo es convertirse en un gran escritor, ¿no es cierto?
Aquel hombre, con su barba grisácea y el escaso
pelo, recogido en una coleta, se parecía enormemente a Sean Connery. Flavio
parpadeó: todo aquello resultaba tremendamente irreal. —¿Qué quiere de mí...?
—musitó.
—Lo de siempre. —Los labios de Belias delinearon
una encantadora sonrisa—. Su alma inmortal.
—¿Cómo...?
—Flavio tragó saliva
—. ¿Pretende hacerme creer que es
usted el Diablo?
—Si por Diablo quiere usted decir Lucifer, Príncipe
de las Tinieblas, y presidente de Louis
Cipher Company, no, no soy el
Diablo. Como ya sabe, mi nombre es Belias, y pertenezco a la tercera jerarquía
demoníaca, es decir, aquellos que fuimos Angeles Virtudes antes de la Caída. El
área de mi trabajo se centra en la fatuidad. Me ocupo de tentar a los hombres
con el pecado de la arrogancia. Si desea saber más, puede consultar la Historia admirable,
un excelente tratado sobre demonología escrito en
1612 por Sebastián
Michaélis.
Flavio respiró hondo y enarcó las cejas. De pronto
sus ojos se iluminaron: ya entendía lo que estaba ocurriendo.
—¡Esto es un sueño! —exclamó aliviado—. Estoy
dormido y soñando. Usted no existe.
—Como quiera —le concedió Belias—. Pero si es un
sueño, se trata de un buen sueño. De modo que disfrute de él. Y, entretanto,
hablemos de negocios, ¿no le parece? —Carraspeó
—.
Señor Tursi, usted quiere ser
escritor, ¿cierto? Es su máximo deseo, y hace tiempo que lucha por conseguirlo.
Pero ya tiene treinta y siete años y, la
verdad, no ha llegado muy lejos. Si me permite hablarle
con sinceridad, es usted muy mal escritor. —Pésimo. —En
aquel sueño era todo tan freudiano que Fiavio
comenzaba a divertirse—. Soy una nulidad. Creo que en el fondo estoy
castrado mentalmente por una madre dominante... —Sí, sí. —Belias agitó las
manos, como dando a entender que aquello carecía de importancia—. En otro
momento hablaremos de eso. Ahora centrémonos
en el acuerdo:
Louis Cipher Company le garantiza que usted se convertirá en el mejor
escritor del siglo veinte, desde que firme el contrato hasta que muera. Y no
quiero decir un
«buen» escritor, no. Estoy hablando del
«mejor» escritor. Shakespeare, Cervantes, Hornero,
Proust... su nombre Tursi, se codeará con los gigantes del Parnaso.
Flavio sonrió alborozado. Era el sueño más raro que
había tenido en su vida.
—Y, a cambio, usted se llevará mi alma. —Cuando
muera, por supuesto. — Se la llevará al infierno. —Sí.
—Y, concédame una pregunta:
¿cómo es el infierno? —Oh, el infierno.
—Belias se encogió de hombros—. No hay un modelo
estándar, cada persona tiene su propio
tipo de infierno.
Procuramos ofrecer un servicio personalizado. —Pero,
en cualquier caso, no será un
lugar agradable. — Hombre, se ha exagerado mucho... Agradable, agradable, no,
claro. Mas todo es acostumbrarse.
—Ya, pero no es justo. —Flavio estaba disfrutando
con aquel sueño—. Quiero decir: me ofrece unos años de gloria a cambio de una
eternidad de dolor. No parece muy equitativo. La expresión de Belias se tornó
circunspecta. Unió las yemas de los dedos y dirigió una intensa mirada a
Flavio.
—No esperaba eso de usted —dijo
con voz grave el demonio—. Le consideraba más
sofisticado. ¿Cree que unos años de gloria son escasa recompensa? Por
favor, estamos hablando del éxito
absoluto, del reconocimiento supremo. —Movió la cabeza de un lado a otro—. La
gloria auténtica no puede medirse por su duración, sino
por las cimas
de esplendor que llegue
a alcanzar. Escuche: en
el cielo hay
asteroides, rocas frías y oscuras que pueden existir para siempre.
Eternos, sí, y no obstante insignificantes. Pero también hay estrellas, mucho
más grandes, infinitamente más luminosas,
y, por
supuesto, menos duraderas. Una estrella es materia
convenida en luz. En términos cósmicos, un fenómeno fugaz: al final, tras un
último y magnífico resplandor, acabará convirtiéndose en cenizas. Pero cuando
eso ocurra, su luz se habrá extendido ya por todo el universo, dejando una
huella indeleble de su paso por la creación.
—Belias se inclinó hacia delante y susurró—: ¿Qué
prefiere ser usted, señor Tursi: una roca fría e insulsa o un astro inmenso,
radiante y soberbio?
Flavio frunció los labios y asintió
apreciativamente. Tenía que reconocer que
sus personajes oníricos se
expresaban mucho mejor que los literarios.
—Me ha convencido, señor Belias.
—Flavio sonrió despreocupadamente—.
¿Me garantiza que seré un buen escritor?
—El más grande. Los críticos le aclamarán.
—Ah, fantástico... Pero ¿y los lectores? Eso
también es importante.
—Será el escritor más leído. Cada nuevo libro,
un best seller. Fama y
fortuna, señor Tursi. Eso es lo que le aguarda.
—Acepto su oferta, señor Belias — dijo, feliz como
un niño—. ¿Dónde hay que firmar?
—¡Bravo! —exclamó el demonio—. Redactemos un
contrato y cerremos el asunto.
La impresora del ordenador se puso en marcha por sí
sola. A los pocos segundos escupió una
hoja de papel llena de cláusulas y tecnicismos.
Flavio no se molestó en leerla (a fin de cuentas, sólo se
trataba de un
sueño, ¿no?). Cogió un
bolígrafo y se
disponía a firmar cuando Belias
le contuvo con un gesto.
—Un
momento, señor Tursi.
Aún
tengo
que hacerle una
última advertencia: verá, suele ocurrir que algunos de nuestros
clientes, al cabo de un tiempo, se
arrepienten del acuerdo que han
alcanzado con nosotros.
Ya sabe, no quieren pagar, se hacen los remolones a la hora de
entregarnos su alma... En definitiva, pretenden engañarnos. —El
nacarado blanco de los dientes brilló a través de su sonrisa
—. Pero debo advertirle que eso no es posible,
señor Tursi. Nadie ha conseguido burlar al demonio. Nunca.
—Oh, perfecto. —Flavio rió alegremente—. No tengo
la menor intención de engañar a nadie. ¿Firmo ya?
—Por supuesto. Pero no emplee el bolígrafo.
Necesitaré algo de su sangre. Mire, precisamente la herida que tiene en la mano
se ha abierto. Deje caer una gota sobre el contrato.
Flavio hizo lo que le pedía Belias. En el mismo
instante en que su sangre tocó el papel, éste se elevó por el aire y flotó
hacia las manos del demonio.
«¡Efectos especiales!», pensó alborozado Flavio.
«¡Tengo que acordarme de todo esto cuando me despierte!»
—Felicidades, señor Tursi — comentó Belias mientras
guardaba el contrato en el
bolsillo interior de su
chaqueta—. Ya es usted el mayor genio literario
vivo.
—¿Ya? —Flavio se palpó el cuerpo con gesto medio
burlón—. Pues no noto nada distinto.
—Lo notará cuando se ponga a escribir. —Belias
suspiró e hizo surgir de la nada un humeante cigarro habano. Tras una profunda
inhalación, añadió—: Por cierto, como servicio complementario, totalmente
gratuito, incluimos un detallado análisis
de sangre. Lo encontrará en los archivos del procesador de textos. Puedo
adelantarle que su estado de salud es excelente, aunque
se le ha
detectado
cierto exceso de colesterol. Vigile su dieta: el
colesterol es nefasto para las enfermedades cardiovasculares. Ahora debo irme,
me esperan otros clientes.
¿Tendría la bondad de pulsar la tecla
«escape»?
—¿Sabe?, este sueño ha sido genial.
¿Volveremos a vernos?
—Claro
que sí. —Belias
sonrió como lo haría un ángel—. Entre nosotros hay lazos más fuertes que la amistad: hay
un contrato. En
virtud de esa relación le recomiendo que aproveche
bien los dones que ha recibido. Carpe diem, como decía Horacio. Buenas tardes,
señor Tursi. Pulse «escape», por
favor.
Flavio se volvió hacia el ordenador (el pentagrama
seguía ocupando toda la pantalla) y apretó la tecla indicada. Inmediatamente
se detuvo el
ronroneo del aparato; el resplandor del monitor decreció hasta
convertirse en un rectángulo
muerto. Flavio se
volvió hacia el demonio.
—¿Y ahora qué se supone que...? Pero Belias había
desaparecido. De
él sólo quedaba el aroma de su cigarro.
Flavio suspiró y se encogió de hombros. «Así son
los sueños», pensó. Y como parecía que no iba
a ocurrir nada más,
se tumbó en
el sofá,
aguardando el despertar.
Dos horas más tarde resultaba evidente que no iba a
poder despertarse, por la sencilla razón de que no estaba dormido. Entonces,
¿cómo explicar su entrevista con el señor Belias? ¿Una alucinación? En tal
caso, estaba mucho más loco de lo que imaginaba.
Revisó el contenido del ordenador. No encontró
ningún programa llamado Pentáculo, pero sí un documento archivado bajo
el epígrafe: ANÁLISIS
SEROLÓGICO. El análisis
de sangre que mencionara Belias.
Flavio frunció la nariz y oliscó el aire. Aun podía
percibirse débilmente el olor a tabaco... «¿Y si todo había sido real?», pensó.
¿Y si realmente había vendido su alma a cambio del don de la escritura?
Sólo había una forma de comprobarlo: pulsó las
teclas necesarias para abrir un nuevo documento en el procesador de textos.
Y comenzó a escribir.
Unas
horas después, Flavio
Tursi leía y releía asombrado las tres páginas que acababa de redactar.
No eran nada especial, unos simples
apuntes, una breve descripción; y sin
embargo, en
cualquier párrafo de aquel texto había mil veces
más arte y talento que en el conjunto de toda su obra anterior.
Aquélla era la prosa de un genio.
¿Cómo
describir lo que
fue la carrera de Flavio Tursi a
partir de aquel momento? No basta con unas pocas líneas; intentarlo sería tan
vano como pretender ofrecer una imagen precisa del océano con la única ayuda de
un vaso de agua.
Seis meses después de su entrevista con el señor
Belias, Flavio dio por terminada su nueva
obra, una novela
ti tul a da La
fuente callada. Envió
el manuscrito a la editorial más importante del país (una editorial que
había rechazado todos sus textos anteriores), y la novela fue entusiásticamente
aceptada en el acto, publicada con gran alarde publicitario y recibida por los
lectores y la crítica como una sublime obra maestra de soberbia factura.
De la noche a la mañana, Flavio se convirtió en una
celebridad. Entrevistas, conferencias, artículos laudatorios... Flavio abandonó
el mugriento periódico de provincias donde trabajaba y se dedicó en cuerpo y
alma a la creación literaria. Su segunda novela publicada
fue un éxito aún mayor que la primera. Y la tercera
superó con creces
a la segunda. Cada nuevo libro
era un acontecimiento, un terremoto
que sacudía las rígidas
estructuras del mundo literario.
Y pasaron los años, y llegaron los premios, las
adaptaciones para Hollywood, las ofertas millonarias, los d o c t o r a d o s
honoris causa, las biografías, el ingreso en la
Academia, los estudios críticos sobre su obra, la revista Time con su rostro en
portada... y el dinero abundante,
las mujeres jóvenes, el
envanecimiento, las drogas y las
veleidades propias de una
prima
donna vanidosa y malcriada.
Finalmente, un mes después de cumplir los
cincuenta y ocho años,
Flavio alcanzó el galardón máximo de las letras.
Sin duda, su vida era plena y luminosa. Gozaba de
éxito, fortuna y fama. Era el número uno. El mejor. El más grande.
Y,
curiosamente, Flavio llegó
a creer que todo aquello ocurría por sus propios méritos. En realidad,
se olvidó por completo del señor Belias y de la entrevista que mantuvo con él
gracias al programa Pentáculo. Borró de su memoria el
trato que había
alcanzado
con el demonio, y cuáles habrían de ser sus
consecuencias. Pero los recuerdos volvieron cuando recibió la visita de la dama
otoñal.
Ocurrió apenas quince días después de que se
fallase el Premio Nobel de Literatura, designándole a él como ganador.
Flavio había pasado toda la noche con una
jovencísima estudiante que, embelesada por su talento, deseaba realizar la
tesis doctoral sobre su obra. Por supuesto no se limitaron a tratar temas académicos, y
al poco
abandonaron la literatura para ínternarse por las
sendas húmedas de ese tipo de gimnasia horizontal, rítmica y succionadora,
a la
que tan aficionado era el
escritor.
Por la mañana, Flavio se levantó extrañamente
malhumorado. Echó, de no muy buenas maneras, a la voluntariosa estudiante y se
preparó un par de rayas de coca (había dormido poco y tenía la cabeza
embotada). Luego, químicamente energizado, tomó una ducha rápida, y se dirigió
al gran despacho de su mansión, dispuesto a pasar un rato trabajando. Se
aposentó frente al ordenador y, mientras manipulaba el
teclado, llamó por el
interfono a su mayordomo, ordenándole que sólo le
sirviera un café bien cargado para desayunar (la cocaína le quitaba el hambre).
Se desperezó y comenzó a releer el texto en
que estaba trabajando.
Se trataba de una nueva novela: El tercer círculo. No llevaba escritas
más de sesenta páginas, pero
ya era evidente que aquella habría de ser su obra
maestra, la cumbre máxima de su desmesurado talento literario.
Flavio parpadeó disgustado. Tenía acidez de
estómago, le dolía el brazo izquierdo y notaba una extraña opresión en el
pecho... Además, ¿dónde estaba su
café? Por las mañanas no podía hacer nada antes de
tomarse un par de tazas. Se volvió irritado hacia el interfono, dispuesto a
echarle una bronca a su indolente servidor... Entonces vio a la mujer.
Estaba de pie, en medio del despacho, con los
brazos caídos y la actitud lánguida. Era una dama madura, pálida, muy delgada,
de largos cabellos grises y ojos negros, rebosantes de tristeza. Se cubría con
un sencillo traje oscuro, largo hasta los pies, y un vaporoso pañuelo azul que
le cubría los hombros, cayéndole sobre
el pecho como una cascada de
seda. Olía a rosas
marchitas, y en otro tiempo debió de ser muy
hermosa; aún ahora conservaba un raro
atractivo, decadente como
las ruinas de un jardín en otoño.
—Buenos días, Flavio —dijo la mujer, y su voz fue
el susurro de los cipreses agitados por la brisa.
Flavio se incorporó, señalando malhumorado hacia la
puerta.
—Ignoro cómo ha conseguido entrar aquí, pero ya se
puede ir largando. Si quiere una entrevista,
hable con mi agente de prensa.
La mujer sonrió (¡Dios, con tanta melancolía!),
vagamente divertida por la confusión del escritor.
—No soy periodista —dijo en voz muy baja—. Me
llamo Hécate, y tenemos una cita.
—¿Una cita? —Flavio frunció el ceño—. Perdone,
pero nadie me ha
dicho que estuviese citado. Y yo a usted no la conozco, de modo que...
—Tú me conoces —susurró Hécate
—. Estuve junto a ti cuando naciste. Soy hija de la
Noche y hermana del Sueño. Soy Cloto, Lacchesis y Átropos, latría fata, que
hila las vidas de los hombres y delimita su longitud. Soy Thanatos, soy Mors,
soy Kali, soy Gorgona, soy la Segadora,
soy Gwyddyon, soy tu
destino, Flavio, tu última amante.
Flavio comenzó a alarmarse. Resultaba
incuestionable que aquella mujer distaba mucho de encontrarse en su sano
juicio, y él no tenía las menores ganas de aguantar los delirios de una loca.
Así que le dedicó la más tranquilizadora de sus sonrisas y comenzó a alejarse
de ella lentamente, en dirección a la puerta.
—Sí, sí. No se excite. Tranquila. Yo voy a salir un
momento, pero enseguida vuelvo y charlamos un rato.
—Oh, pobre Flavio —dijo con auténtica pena la
mujer—. No vas a ir a ningún sitio, mi querido amigo. ¿Es que todavía no te has
dado cuenta de lo que
sucede? ¿De verdad no sabes para qué he venido? Soy
la Muerte, querido. Tu muerte.
Hécate hizo un delicado ademán con el brazo. De su
pañuelo ondeante se desprendieron
nubes de mariposas negras que volaron por la habitación
como un
ajetreo de sombras.
El despacho se perfumó con el aroma de las madreselvas
que trepan por
las tapias de los cementerios.
Y
Flavio escuchó el
ruido de la tierra al caer sobre su ataúd, y sintió un
frío gélido en los huesos, y experimentó la horrible sensación de notar cómo el
flujo de su sangre se detenía, igual que
un río herido por la sequía.
—¡No puede ser! — exclamó espantado Flavio—. ¿Mi
muerte? ¡Pero si estoy sano como una manzana!
—Dentro de unos minutos sufrirás un ataque cardíaco
—susurró la Muerte—. No te has cuidado, Flavio. Demasiadas fiestas, demasiado
alcohol, demasiadas mujeres, demasiadas drogas, demasiada comida...
—¡No volveré a hacerlo! —aulló Flavio,
interrumpiendo la letanía reprobatoria
de Hécate—. ¡Me corregiré!
—Claro que no volverás a hacerlo, mi pobre alma
perdida. Vas a morir.
—Pero, pero... —Flavio miró a un lado y a otro,
intentando encontrar un argumento
contundente—. ¡Tengo muchas cosas
que hacer! Mañana me entrevistan por televisión, y el jueves debo asistir a una
cena de homenaje en el Círculo de Bellas Artes. Y, además...
—Sonrió exultante, como si acabara de
encontrar la excusa
definitiva—.
¡Además tengo que recoger el Premio Nobel! No puedo
hacerles un feo a los suecos...
—Sabrán disculpar tu ausencia, Flavio. A fin de
cuentas, nadie espera gran cosa de un cadáver.
—Yo...
eh... —Flavio, abatido, se
dejó caer sobre un sillón de cuero negro
—. Pero es que no estoy preparado...
—Nadie lo está, querido.
—Usted no lo comprende — balbuceó Flavio—. No puedo
morir. Si muero, iré a un sitio horrible. Verá, hace muchos años...
—Lo sé, lo sé, mi pobre alma desahuciada. Llegaste
a un acuerdo con Belias. —Suspiró—. Cometiste
un error, y en
el infierno dispondrás
de toda la eternidad para arrepentirte. Pero no debes apesadumbrarte,
querido; a veces el destino se muestra paradójico. Es cierto que cometiste un
gran pecado al vender tu
alma. Pero también
es
verdad que de aquel contrato impío surgió una
obra de extraordinaria belleza. —Suspiró de nuevo—. Eres
el más grande escritor
de todos los tiempos, Flavio. Y yo tu mayor
admiradora.
Una lucecita
comenzó a parpadear en algún rincón del
cerebro de Flavio.
¿Aquella mujer le admiraba?
—¿Ha leído...? —Flavio carraspeó para aclarar la
voz—. ¿Ha leído usted mis libros?
— To d o s . La
fuente callada, La historia iridiscente, El jardín interior,
La carta de
Alejandría... —Hécate cerró los
ojos y respiró hondo—. Cada
una de tus novelas ha significado para mí un
maravilloso deleite. Hay tanta pasión en tu prosa, tanta poesía, tanta
delicadeza. Y, al tiempo, un sentimiento tan
profundo de oscuridad
y decadencia... Oh, mi querido Flavio, has volado, altivo como un
águila, muy por encima de las cumbres más altas del Parnaso. Tu
pluma está preñada
de genio y talento, como ninguna otra lo estuvo.
Flavio
frunció el ceño:
aquella mujer sería la Muerte, pero también era una de las cursis más redomadas
que se había echado a la cara. Y además una admiradora. El
cerebro del escritor
comenzó a trabajar a toda marcha. Había una
posibilidad...
—Me alegro de que le guste mi trabajo. —Flavio
se incorporó intentando disimular
el temblor de sus piernas—. Pero tiene
razón. Cuando llega la
hora final hay
que saber encararla con
entereza. —Se aproximó a Hécate; fingió una sonrisa—. Me siento muy honrado de
que una dama tan encantadora y sensible aprecie mi obra. Y lo único que lamento
es no haber dispuesto del tiempo suficiente para concluir mi nueva novela.
Hubiese sido un honor dedicársela. —Se encogió de hombros—. En fin... nos vamos
cuando
quiera.
Flavio hizo un tímido ademán en dirección a la
puerta, pero Hécate permaneció inmóvil, con el ceño levemente fruncido,
como si una repentina duda la hiciera vacilar.
—¿Estás
escribiendo otra novela?
—preguntó al fin.
—Oh, sí. Se llama El tercer círculo. No hace mucho
que la he empezado, todavía no es más que un borrador, pero la verdad, estoy
contento con los resultados. —Flavio suspiró—. Quizás en el Más Allá pueda
concluirla.
—Lo dudo —musitó abstraída
Hécate—. Allí donde vas el papel arde
a temperatura ambiente.
—Claro... —Flavio permaneció un momento pensativo.
De pronto sus ojos se iluminaron, como si se le acabara de ocurrir una
idea—. Sabe, estoy pensando que sería un gran honor que me
diera su opinión sobre lo que llevo escrito.
—¿Quieres
que lea tu novela?
—
preguntó, sorprendida, la Muerte.
—Sí. Se trata de mi obra más personal, y me
encantaría conocer el criterio de alguien con tanta experiencia como usted.
—Pero eso es imposible... —Hécate parpadeó confundida—.
Tú te vas a
morir
de un momento a otro, tenemos que irnos...
—Oh, vamos, amiga mía; no hay que ser tan estricta.
Sólo será un ratito. Me interesa tanto su criterio... Se lo pido por favor.
Tómelo como la última voluntad de un condenado.
—Bueno, en fin... —Hécate sonrió vacilante—.
Supongo que un pequeño retraso carecerá de importancia...
Flavio aplaudió como un colegial al que,
momentáneamente, levantaran un castigo. Corrió hacia Hécate y le pasó el brazo
por los hombros para conducirla hacia el procesador de textos. Se apartó
rápidamente: tocar a aquella mujer era
como poner la mano sobre un bloque de hielo seco.
—Siéntese en mi silla —murmuró, señalando el
ordenador—. Se trata de una historia dramática. La historia de amor entre Ruth,
una judía española, militante socialista, exiliada en Francia tras la guerra
civil, y Arturo, un capitán del ejército franquista agregado a las fuerzas
nazis de ocupación. Todo ocurre en el verano de 1940, cuando las sturmtruppen
hitlerianas acaban de entrar en París...
Durante la siguiente hora, Hécate permaneció
sentada en silencio, absorta en el monitor,
haciendo pasar las
páginas electrónicas con suaves pulsaciones de su
dedo nudoso sobre el teclado. Flavio, entretanto, recorría nervioso la
habitación, de un
lado a otro, dirigiendo
furtivas miradas al rostro ensimismado de la mujer.
Interiormente, como recitando una letanía, el escritor no dejaba de repetir:
«Que le guste, que le guste, que le guste...»
—He concluido —dijo finalmente Hécate, apartando la
mirada del monitor y frotándose con
suavidad los ojos...
¿húmedos? ¿Había lágrimas recorriendo sus mejillas?
—¿Y...? —Flavio tragó saliva—,
¿qué le ha parecido?
Hécate permaneció en silencio unos instantes, el
rostro oculto, luego apartó las
manos de la
cara y le
dirigió a Flavio una mirada llena
de entusiasmo y admiración.
—Me encanta. Es la prosa más excelsa que he leído,
Flavio. Tu obra maestra. —Hécate hizo aparecer en su mano un pequeño pañuelo de
hilo negro y capturó con él las lágrimas que se agitaban en la comisura de sus
párpados
—. Tus personajes, tan humanos, tan frágiles y, a
la vez, tan fuertes... Y el aroma de la época, tan magistralmente
descrito... Sabes, por
aquel entonces
viajé mucho a través de Europa, y puedo asegurarte
que el retrato que has forjado es perfecto hasta el más mínimo detalle.
Y el dramatismo de aquellos días... con qué
perspicacia narras las contrapuestas emociones de los ciudadanos de París,
humillados y vencidos, contemplando desfilar al ejército del
Reich por les Champs Élysées. —Vaciló un instante—. ¡Es...
tan vibrante!
Flavio contuvo el repentino impulso de ponerse a
dar saltos de júbilo. Aún tenía una oportunidad.
—¿Le gusta de verdad? —insistió alborozado el
escritor. Hécate cerró los
ojos y asintió
solemnemente. —Una obra sublime.
—La Muerte vaciló un instante y luego esbozó una tímida sonrisa—. Es una pena
que esté inconclusa... ¿cómo acaba?
El escritor sintió que el corazón le daba un
vuelco de alegría.
«Ya te tengo», pensó. «¡Has
picado, vieja bruja!»
—Oh, lo siento, mi querida señora
—repuso Flavio con una sonrisa—. Ni yo mismo sé
cómo acaba. Escribir una novela es algo así como iniciar un romance: sabes
cómo empieza, pero todo lo que suceda después, ah,
dependerá de las circunstancias y del
azar. Además, lo importante de una narración no es
la historia en sí misma, sino la forma en que se presenta y desarrolla. —Tienes
razón... —Hécate frunció el ceño, pensativa. —Debo confesarle —prosiguió
Flavio— que lo que más lamento de tener que «irme» es no poder finalizar la
historia de Ruth y Arturo. Presiento que El tercer círculo sería la culminación
de mi carrera, el más grande epitafio que un literato pudiera esperar.
—Suspiró—. Ojalá dispusiera del tiempo suficiente... Por desgracia —dejó caer
teatralmente la cabeza sobre el pecho—, eso no es posible.
Un silencio, denso como un mar de mercurio, se
extendió entre el escritor y la Muerte.
—Quizá puedas disponer de ese tiempo —musitó
Hécate, la mirada abstraída—. Quizá podamos conseguir que acabes tu novela...
Flavio se irguió, repentinamente alerta, con el
corazón bombeándole locamente en el pecho.
—Pero voy a morirme —balbuceó
—. No podré escribir más.
—Humm... bueno, quién sabe. — Hécate se incorporó.
En su rostro había ahora firmeza y decisión—. Soy la Segadora: elijo el momento
en que cada
espiga debe ser cosechada. Y, aunque tu hora está
escrita, Flavio, yo puedo aumentar la longitud de tu hilo; concederte, si
deseas verlo así, una prórroga.
—¿Quiere decir que
no me voy a morir? —Quiero decir
que vivirás el tiempo necesario para acabar tu novela. Luego morirás. ¿Te
parece bien?
—¡Me parece de perlas! —Pero hay tres condiciones.
—¿Qué condiciones? — preguntó receloso Flavio. —Primera — la Muerte levantó el
dedo índice—: deberás escribir con la misma calidad de siempre. Segunda —el
dedo medio se alzó—: los protagonistas de tu novela seguirán siendo Ruth y
Arturo. Y tercera
—el anular se unió a sus restantes
compañeros—: deberás escribir
todos los días un número determinado de páginas. Si alguna vez no lo haces,
morirás. —¿Cuántas pa-páginas? — tartamudeó Flavio. Hécate, con gesto de
ilusionista, materializó una baraja. La abrió en abanico y se la mostró al
escritor: eran los arcanos mayores del tarot. Luego barajó siete veces, volvió
a extender las cartas, esta vez ocultas, y se las ofreció a Flavio. —Elige una
— ordenó la Muerte. El escritor obedeció.
La carta escogida representaba a un esqueleto
empuñando una guadaña con la que segaba manos y cabezas. Era el
único arcano del tarot que carecía de nombre, aunque
sí tenía número:
el trece.
—No
entiendo... —Flavio contempló
confuso la carta—. ¿Quiere decir
que tengo que
escribir trece páginas al día?
—La Muerte asintió. Flavio desorbitó los ojos—. ¡Pero eso es demasiado! Soy un
escritor lento, señora. Normalmente no redacto más de cuatro o cinco páginas
por jornada de trabajo. Como mucho, podría escribir siete u ocho... ¡Pero trece
es imposible! Hécate se encogió
imperceptiblemente de
hombros. —Ésas son
las condiciones, Flavio. Lo
tomas o lo
dejas. —¡Lo tomo, lo tomo! Pero ¿qué pasará si
enfermo y no puedo cumplir el cupo de páginas?
—No enfermarás. Yo misma me ocuparé de que tu salud sea de
hierro.
—Hécate sonrió con dulce tristeza—. Y ahora te
dejo, querido Flavio. Debes comenzar a trabajar ya. Esta misma noche, cuando
den las doce, volveré a verte y leeré las trece páginas que hayas escrito.
—Bajó la mirada con turbación
—. De este modo El tercer círculo será un poco obra
nuestra, tuya y mía, ¿no crees?
—Por supuesto. Además, se la dedicaré.
—Gracias... —La Muerte parpadeó e hizo un elegante
ademán de despedida. Luego, como el vaho del aliento en un cristal, se esfumó.
Flavio permaneció un par de minutos inmóvil, en
silencio, anonadado por la repentina soledad de su despacho. Acto seguido
prorrumpió en un aullido de alegría, ensayó unos pasos de baile y rió a
carcajadas.
Había conseguido burlar a la
Muerte, y de paso, al mismísimo Diablo.
Flavio, aposentado frente al
procesador de textos, proseguía
pausadamente la escritura de El tercer círculo. Sus
dedos bailaban alborozados sobre el teclado, mientras los labios dibujaban una
sonrisa risueña. Se sentía absolutamente satisfecho, porque jamás iba a morir,
porque nunca ardería en el infierno.
Su plan era sencillo: la Muerte le había prometido
que permanecería vivo hasta concluir la novela; pues bien, no la acabaría
nunca, jamás pondría fin a la historia de Ruth y Arturo. Y así Flavio Tursi
viviría para siempre.
El único problema, por supuesto, estaba en aquellas
trece puñeteras páginas que tenía
que escribir
diariamente.
El primer día casi no lo consiguió. Se tomó mucho
tiempo para comer y luego tuvo que apresurarse por la tarde. No pudo cenar y
concluyó su trabajo a las doce menos cinco. Luego llegó Hécate, leyó
el manuscrito, lloró
un poco y se despidió con palabras elogiosas. Flavio, muerto de
cansancio, se derrumbó sobre la cama. Sus sueños fueron inquietos.
Así que Flavio intentó poner algo de orden en su
situación: necesitaba un mínimo de doce horas de trabajo ininterrumpido para
escribir trece páginas. Oh, claro,
podría ir más
deprisa.
Pero
entonces la calidad
se resentiría, vulnerando así la primera condición impuesta por la
Muerte.
De modo que doce horas de trabajo, a las
que había que
añadir siete de sueño, le dejaban cinco horas para las
comidas, el ocio, las compras, las actividades sociales...
No era mucho, la verdad.
Durante los siguientes meses Flavio logró
acostumbrarse a su nueva vida. Es cierto que tuvo que renunciar a muchas cosas:
no podía viajar (recibió el Nobel por delegación), apenas le era posible
alejarse de su
casa, no podía
dar
conferencias, prácticamente carecía de vida
social... Pero su triunfo sobre las fuerzas oscuras le hacía sentirse como un
nuevo Orfeo, capaz de seducir con su arte a Carente, a Cerbero, a Hades y a
toda la corte infernal.
Por otro lado, al tener que expandir infinitamente
su novela, Flavio se vio obligado a replantear totalmente el argumento.
Aquélla, sin duda, iba a ser la obra de ficción más extensa de la historia y
eso, a parte de granjearle un lugar
en el Guinness, debía
implicar unas ambiciones literarias igualmente grandiosas. La historia
de Ruth y Arturo dejó de ser
un drama intimista
para
convertirse en una tragedia de proporciones cósmicas.
De modo que Flavio se entregó con cierto entusiasmo
al monótono ritual en que se había convertido su vida: levantarse con el alba,
escribir, escribir, escribir, escribir... y luego la visita nocturna de la
Muerte, la lectura de las nuevas
páginas, las sempiternas palabras de
admiración, el adiós,
el sueño agitado, el despertar, y de nuevo escribir, escribir y
escribir...
Fue
durante el cuarto
año cuando
Flavio descubrió que estaba harto.
Odiaba a Ruth y a Arturo, odiaba a los nazis,
odiaba a los aliados, odiaba París y
odiaba, en definitiva, El tercer círculo, su novela. No ansiaba otra
cosa que poder dejar de escribir, o por lo menos, poder escribir sobre otro
tema.
Doce años después, Flavio apenas salía ya de casa.
Cada vez le resultaba más difícil escribir, cada vez tardaba más en hacerlo. Casi todo su
tiempo de vigilia lo ocupaba con el procesador de textos. A veces, al escribir,
extraviaba los ojos y gritaba profiriendo insultos atroces contra Ruth y contra
Arturo. Por las noches, mientras dormía, soñaba una y otra
vez con El tercer
círculo, y
cuando
tenía pesadillas éstas
eran sueños horribles en los que se veía a sí mismo... escribiendo.
Muchos años más tarde, Flavio se había convertido
en un anciano ermitaño, encerrado en su despacho,
absolutamente apartado del mundo exterior (y en gran medida olvidado por él).
Era millonario, pero como no tenía ningún gasto, el dinero no hacía más que
amontonarse en el banco. Una asistenta acudía diariamente para asear la casa y
preparar la comida; pero nunca veía al escritor, ya que él le había prohibido
la
entrada en su despacho.
Entretanto, la mente de Flavio se había sumido en
una especie de disociación. Por un lado, el hombre de letras, el escritor,
continuaba narrando, lenta, pero inexorablemente, su novela eterna. El tercer
círculo superaba ya las ciento cincuenta mil páginas. Era una obra desmesurada,
sí; excesiva, por supuesto. Y sin embargo, también bella, sensible y lúcida.
Nadie, salvo Hécate, la había leído. Probablemente nadie la leería jamás: la
novela ya era mayor que la mayor de las enciclopedias, y al parecer su punto
final sólo se escribiría en ese lugar imaginario donde se unen
las líneas paralelas. No obstante, eso nada
importaba; la postrer novela de Flavio Tursi era todas las novelas. Y Ruth y
Arturo, cada mujer y cada hombre.
Por otro lado, una parte de la mente de Flavio, la
no literaria, se hundía cada vez más en la oscuridad. En cierto modo Flavio
Tursi, el hombre, ya no escribía la novela. Era casi como un espectador forzoso
del ballet que sus dedos coreografiaban sobre el teclado. Asistía
impotente, como la
víctima de una tortura, al lento goteo de sus
pensamientos transformados en letras, en palabras, en
frases, en capítulos
interminables.
Mientras escribía (y ahora lo hacía durante más de
veinte horas al día), Flavio ya no gritaba ni profería insultos: gruñía y
gemía, y de vez en cuando lanzaba dentelladas al ordenador, como si el ojo
ciclópeo del monitor fuese su enemigo mortal, su némesis. Hécate, por su parte,
acudía puntual cada noche para recibir su ración de literatura; pero ni
siquiera entonces Flavio se apaciguaba. Aceptaba con gruñidos las palabras de
elogio y se arrastraba hasta la cama para dormir con levedad dos o tres horas a
lo sumo.
En realidad, Flavio muy raramente
conseguía hallar algo de paz, un mínimo de alegría.
Eso sólo ocurría cuando el escritor evocaba el recuerdo de su victoria sobre la
Muerte, de su burla al Diablo. Entonces su ánimo se exaltaba por unos
instantes; a veces, incluso los dedos dejaban de pulsar las teclas; en
ocasiones, hasta los labios ofrecían el remedo torpe de una sonrisa.
Por desgracia, aquello duraba muy poco: al
cabo de unos
segundos los dedos retornaban
presurosos al trabajo, Ruth y Arturo se imponían a todo lo demás y
Flavio volvía a
bufar y a bramar
como un viejo
felino enloquecido por la reclusión.
Y las palabras se amontonaban, unas junto a otras,
como clavos cerrando la tapa de un féretro.
Ocurrió algún día del mes en que Flavio Tursi
cumplía la edad de ciento veintitrés años.
Por
aquel entonces, El tercer círculo andaba por las trescientas
cincuenta mil páginas. Ochenta y siete millones y medio de palabras divididas
en diecisiete mil quinientos capítulos.
Flavio, por su parte, ya no dormía en absoluto.
Pasaba todo el tiempo en su despacho
(rodeado por miles
de
disquetes de ordenador e inmensas pilas de folios),
escribiendo constantemente. Hacía mucho que no se limitaba a las trece páginas
impuestas por la Muerte; ahora
redactaba a destajo,
veinte, incluso treinta folios al día, sin descanso alguno.
Ya no gruñía ni bramaba al escribir. Simplemente
lloraba en silencio.
Y así Flavio,
convertido en un rancio montón de huesos y arrugas, apenas
con fuerzas para manipular el teclado (pero disfrutando de una inverosímil
buena salud), proseguía su labor
maníaca de dar
forma a una historia interminable, un
relato,
literalmente, más grande que la propia vida.
Como un metrónomo. Siempre igual, cada hora
idéntica a la siguiente, cada año igual que el anterior.
Hasta el día en que Flavio recibió una visita
inesperada. Al principio no se dio cuenta; pero luego, desdibujado por el
líquido titubeo de las lágrimas, percibió un movimiento delante de él, al otro
lado de la habitación. Parpadeó e intentó enfocar la mirada. Y vio al señor
Belias, sentado sobre unas resmas de papel, contemplándole sonriente. No había
cambiado nada desde que, hacía ochenta y seis años, le viera por primera
vez.
Continuaba pareciéndose a Sean
Connery.
—¿Qué haces aquí? —graznó como un cuervo Flavio, la
voz rota por el desuso—. ¡Mi alma es mía, todavía no me he muerto! ¡Ni me voy a
morir! ¡Así que vete, demonio, con el rabo entre las piernas! ¡Porque te he
engañado! ¡Yo!
—Cálmese, señor Tursi. —Belias levantó las manos
con apaciguadora ironía—. Se trata sólo de una visita de cortesía. Hacía
tiempo que me preguntaba por usted... ¿Cómo le va?
—¡Perfectamente! —chirrió Flavio. Ni siquiera ahora
sus manos dejaban de agitarse sobre el teclado (aunque en el
monitor se había esfumado el texto para ceder su
lugar al pentagrama dorado de Pentáculo)—. ¡Estoy perfectamente! ¿Y sabes por
qué, demonio? ¿Sabes
por qué? ¡Porque he engañado a la Muerte y te he
engañado a ti!
¡No me moriré nunca, y mi alma jamás arderá en el infierno!
—¡Oh, oh, oh! No me diga, señor Tursi, ¿sí? —Belias
enarcó una ceja y sonrió burlonamente—. ¿De verdad ha engañado a la Muerte...?
Yo creo que no es así.
—¡Estoy vivo, demonio, estoy vivo!
—graznó Flavio, sacudido por una risa
convulsa—. ¡Tengo más
años que
Matusalén y estoy vivo! ¡La Muerte no me cogerá;
no, no lo hará!
—Vamos, vamos, señor Tursi, véalo desde mi punto de
vista: la Muerte ya le ha cogido. —Belias señaló con un ademán el despacho
cubierto de polvo y basura, las telarañas, los disquetes desperdigados por
el suelo, las montañas de papel. Luego señaló al propio
Flavio, la ropa raída y sucia, la barba y el cabello largos y encrespados, las
uñas retorcidas, los dedos encallecidos por el continuo golpeteo contra el
teclado, los ojos rojos y llorosos, la piel mustia pegada a los frágiles huesos.
Belias sacudió la
cabeza—. No, señor Tursi; lo que usted hace no es
vivir. —Se encogió de hombros—. Verá: Hécate es una mujer romántica y además,
ya lo sabe, una gran amante de la literatura. Pero también es un ser eterno. Ha
existido siempre, y existirá para siempre. Ahora pregúntese a sí mismo una
cosa: ¿qué duración tiene un
libro, una novela
normal, para alguien infinito?
Apenas un nanosegundo, poco más
que un soplo, algo muy fugaz. Y quizá muy insatisfactorio para una lectora
impenitente. —Sonrió—. De modo que nuestra querida Hécate pensó que sería
bueno poder disfrutar
de un relato
verdaderamente largo. Una novela adecuada para leer
durante las largas y frías noches de la eternidad. Y además, escrita por el
mejor autor del mundo. — Se cruzó de brazos—. Me parece que ha sido la Muerte
quien en realidad le ha engañado a usted, señor Tursi.
Flavio parpadeó desconcertado. Luego sacudió la
cabeza, como deshaciéndose así de algún pensamiento indeseado. Los dedos
seguían tecleando compulsivos
cuando una risa
ronca surgió de su garganta.
—¡Eso no importa, engendro del Averno! ¡No importa!
Hécate es sólo un instrumento. —Rió
de nuevo; pero su
risa se truncó
al convertirse en un
acceso de tos. Cuando recuperó el aliento,
el anciano añadió—:
Mi objetivo no era Hécate, demonio. ¡Es a ti a quien quería engañar!
¿Entiendes?
¡Eres tú quien ha sido burlado! ¡Nunca tendrás mi
alma porque nunca moriré! Y así jamás podrás darte el gusto de ver cómo me
pudro en el infierno.
Belias sonrió complacido. Con pausados ademanes
extrajo un cigarro Davidoff del bolsillo interior de su chaqueta y lo encendió
cuidadosamente. Densas volutas de humo surcaron el aire enrarecido del
despacho. El demonio se levantó, comprobó con gesto distraído el
estado de sus uñas y luego dijo:
—De modo que usted controla la situación, ¿no,
señor Tursi?
—Te he vencido, demonio. ¡Sí! ¡Yo controlo! ¡Yo!
—En tal caso no le importará prestarse a
un pequeño experimento,
¿verdad? Se trata de algo muy sencillo.
—Belias señaló el teclado—. Deje de escribir. Sólo
eso. Intente no escribir.
—No me tentarás. Pretendes conseguir que no redacte
las trece páginas. ¡Pero la Muerte no segará mi cabeza, no!
—Señor Tursi, usted ya ha escrito hoy dieciséis
páginas. Puede descansar.
Además —Belias extendió los brazos—, le ofrezco un
trato: si consigue parar de escribir,
anularemos el acuerdo
y quedará cancelada su deuda con el Diablo. Adelante: intente dejar de
escribir durante, digamos, treinta segundos.
Flavio
parpadeó. ¿Dejar de escribir? Eso era sencillo. Bastaba con
proponérselo. No tenía más que ordenar a sus manos que se detuvieran y éstas
cesarían de pulsar el teclado...
Pero las manos, como si dispusieran de autonomía
propia, ignoraron las órdenes de Flavio y prosiguieron infatigables su
rítmica tarea,
escribiendo, escribiendo, escribiendo...
«¡Deteneos!», suplicó Flavio interiormente. «¡Dejad
de escribir un instante y podréis descansar para siempre! ¡Escuchadme, quedaos
quietas durante medio minuto y habremos vencido definitivamente al
Diablo!
¡Rescindirá el contrato, lo hará!»
Pero aquellas manos flacas y venosas, desoyendo los
ruegos del anciano escritor, parecieron
afanarse aun más en su labor de dar forma a la historia de Ruth y
Arturo. Y entonces Flavio experimentó un súbito ataque de pánico, e intentó que
sus piernas le apartaran del procesador, que sus brazos
arrastraran a las manos, poniendo fin a ese
automatismo espeluznante. Pero el cuerpo
de Flavio ya no le
obedecía, tenía voluntad propia y no seguía sus dictados. En realidad,
el cuerpo del anciano parecía una prolongación del procesador de textos, una
especie de organismo simbiótico que hermanaba los chips de silicio con el
protoplasma y la sangre.
—No puedo... —musitó Flavio, contemplando aterrado
la danza autónoma de sus dedos
sobre el teclado
—. No me
obedecen... ¡No consigo dejar de escribir!
—Y nunca lo conseguirá. Usted ya
no controla la situación, señor Tursi. — El demonio
sacudió de su chaqueta una invisible mota de polvo—. ¿Se acuerda de nuestra
primera entrevista? Me preguntó cómo era el infierno, y yo le contesté que cada
cual tiene el infierno que se merece.
—Belias dio una profunda calada a su habano y expelió el
humo, formando tres anillos perfectos, tres círculos concéntricos. Luego
prosiguió—: ¿Se imagina
lo que es pasar la eternidad escribiendo sin
descanso El tercer círculo? ¿Se imagina el lento transcurrir de los siglos, el
pausado advenimiento de los milenios, y usted aquí, sólo, pudriéndose en vida,
escribiendo sin pausa la misma historia, careciendo
de toda esperanza, porque ya ni siquiera podrá contar con el bálsamo liberador
de la muerte? ¿Se imagina el atroz e
infinito tormento que esto
supone? ¿Se lo imagina? —Le guiñó un ojo al escritor—. Yo diría que eso es un
martirio infernal, ¿no cree? —Belias comenzó a reír a carcajadas; sus ojos
llamearon, las facciones perdieron su habitual
cordialidad para adquirir rasgos de intenso sadismo. El aroma
tostado del puro se trocó en un acre tufo a azufre. El demonio, siempre riendo,
añadió—: No crea que me ha engañado, amigo mío; como le dije, es imposible
burlar al Diablo. ¡Lo que ocurre es que usted ya
lleva muchos años pudriéndose en el Infierno! ¡Y así seguirá para siempre! ¡Por
toda la eternidad! — Señaló el procesador de textos—. Su novela no ha hecho más
que empezar, señor Tursi...
Las carcajadas de Belias resonaron irritantes en el
interior del despacho. Flavio, sobrecogido de pavor, desorbitó los ojos y
comenzó a aullar.
Pero ni siquiera entonces las manos del escritor
dejaron de moverse sobre el teclado. Tenían mucho trabajo por delante; aún les
quedaban infinitos capítulos por escribir.
2. Los árboles de
Sefirot
El
padre Kindelán concluyó
su relato y agachó la cabeza. Mientras el eco de sus últimas palabras
todavía flotaba en el aire, observé cómo sus labios comenzaban a silabear una
muda letanía. El viejo
sacerdote estaba orando.
—Gracias, padre —dijo madame Kádár—. Una
interesante historia ha sido.
La
intervención de la
anciana pareció obrar como
una válvula de
escape. De repente, todos nos relajamos sobre
nuestros asientos, parpadeamos y nos contemplamos los unos a los otros; en mi
caso con algo de desconcierto. Susana se levantó y fue a comprobar el estado de
nuestras ropas.
—Aun están húmedas —murmuró. Miré a Claudia. Había
una expresión
ausente y seria en su rostro; parecía preocupada.
—Claudia —dije.
La niña volvió hacia mí sus grandes ojos.
—¿Sí, papá...?
—No es verdad.
—¿Qué...?
—Esa historia; no es cierta.
—Pero el padre ha dicho...
—Es una invención —la interrumpí
—. Un cuento para pasar el rato.
—No tengo por costumbre mentir — intervino el
padre Kindelán, abandonando
de pronto su plegaria—. La historia que
he contado es verdadera.
—Vamos, padre; no hay ningún escritor famoso que se
llame Flavio Tursi.
—El nombre no es auténtico —
repuso el sacerdote con tono inflexible
—;
hasta la intimidad
de un pecador debe ser protegida.
Pero la historia es cierta.
Suspiré. No deseaba discutir con aquel hombre, pero
tampoco quería ver a Claudia asustada por un cuento fantástico; de modo que me
dispuse a demostrar que el relato del cura era una ficción.
—De acuerdo —dije tras una pausa
—. La historia es verdadera. El demonio se le
aparece a Flavio Tursi a través de un procesador de textos, y luego vuelve
a verle
casi noventa años
más tarde. Pero ¿cuánto hace que
existen los procesadores de textos?
¿Diez años?
¿Quince? —Extendí los brazos con gesto de
perplejidad—. Sencillamente, no puede
haber transcurrido todo
ese
tiempo
entre las dos entrevistas que
Flavio Tursi mantuvo con el demonio.
El padre Kindelán me contempló inexpresivamente
durante varios segundos. Luego las comisuras de sus labios se elevaron por
primera vez, componiendo una sonrisa indescifrable.
—Antes comenté que en más de una ocasión me he
encontrado con mi enemigo cara a cara —dijo el sacerdote en voz muy baja—.
Reconozco que a veces charlamos, quizá compartiendo unas tazas de café; como
dos viejos ajedrecistas rivales que hacen una pausa en la contienda para
comentar alguna jugada de interés.
—Sus cejas se
enarcaron—. Fue el Diablo quien me contó esa
historia. Y para el Diablo, el tiempo no cuenta.
Abrí la boca, dispuesto a objetar que no se
pueden hacer pactos
con el Diablo, porque el Diablo
no existe, que la muerte no es una mujer y que el infierno no es más que un
cuento para asustar a los niños. Pero no dije nada, porque aquello sólo podía
conducir a una interminable
discusión metafísica.
—Las historias, historias son — intervino madame
Kádár—. Aunque reales parezcan, poder suyo conjurado es al ser contadas. —Se
volvió hacia Claudia—. Ningún mal
temer debes,
querida.
Contra ti el
demonio nada puede, porque pureza
tuya enorme poder es. Miedo jamás deberás sentir, Claudia. Jamás.
Claudia
sonrió, y con
aquella sonrisa desaparecieron de sus facciones la preocupación y el
temor. Era sorprendente la influencia que aquella anciana tenía sobre mi hija.
De hecho, creo que yo empezaba a sentir algo muy parecido a los celos.
—Es
curioso lo que
ha dicho el padre Kindelán —señaló el profesor
Jerusalén—. Me refiero a eso de que el tiempo no cuenta para el Diablo. En
realidad sí debe
de contar, aunque
supongo que de una manera distinta. Porque el
tiempo es algo esencial, es la argamasa
que mantiene unida
la realidad. Una cuestión importante, sin duda...
El profesor Jerusalén enmudeció. Su mirada se
perdió en algún punto impreciso, como si repentinamente hubiese rememorado
algo. Madame Kádár le contempló
sonriente.
—¿Quizás una buena historia para nosotros tiene,
profesor?
Azarías Jerusalén mantuvo su expresión ausente
durante unos segundos, luego
asintió.
—Sí, conozco una historia. —Vaciló
—. Pero creo que antes debería explicarles a
Claudia y su familia quién soy y a qué me dedico. —Se puso en pie. Su cuerpo
menudo, envuelto en una sábana blanca, parecía la imagen tópica de un filósofo
griego—. Como ustedes saben, mi apellido es Jerusalén. Huelga señalar que soy
judío. Judío sefardita. Pero eso no tiene mayor importancia, salvo por el hecho
de que durante mucho tiempo, en mi juventud, me dediqué a estudiar la Cábala.
—Respiró hondo—. Verán, tenía una obsesión: conocer el devenir de
los acontecimientos, el futuro, y
la Cábala parecía un medio adecuado para lograrlo. —Carraspeó—.
Ya saben, todo se basa en analizar las
combinaciones de letras que aparecen en las Sagradas Escrituras, teniendo en
cuenta sus significados simbólicos, sus valores numéricos y mediante el uso de
un Árbol Sefirótico...
—¿Un árbol qué...? —le interrumpió
Claudia.
—Por supuesto, por supuesto... Imagino que no
estarás familiarizada con esos términos. Verás, las Sefirot son los
atributos divinos: Hokbmah
es sabiduría, Hod es gloria, Tiferet es belleza, y así hasta diez. Un
Árbol Sefirótico no es más que una especie de diagrama en
el que las
Sefirot están
relacionadas entre sí mediante veintidós senderos.
Veintidós, como las letras del alfabeto hebreo. De este modo, tomando cualquier
fragmento del Talmud, podemos en
principio descubrir el significado más profundo del texto sagrado; una clase
especial de conocimiento que puede mostrarnos las claves de la creación,
algunos aspectos de la naturaleza de Dios, o... o el futuro, como yo pretendía.
—Se encogió de hombros—. Pero, en realidad, toda esta explicación es innecesaria,
porque fracasé en mis propósitos. Tres son los caminos cabalísticos: la Acción,
la Devoción y la Contemplación. Ninguno
de
ellos me condujo
a parte alguna. Debo reconocer que al ver que mis
propósitos se iban al traste, me sentí profundamente decepcionado. Yo era joven
e impetuoso, y pensaba que Dios me
estaba negando algo
que merecía. Así que me enfrenté
a Él. Le negué. — Suspiró—. Entonces Dios me castigó haciéndome un regalo.
El profesor Jerusalén inclinó la cabeza y se
refugió en un reconcentrado silencio. A decir verdad, aquella gente era
particularmente propensa a esa clase de pausas dramáticas.
—¿Cómo se puede castigar con un regalo? —preguntó
finalmente Susana.
El profesor Jerusalén levantó la mirada. —Haciendo
el regalo inadecuado —contestó—.
Yo ansiaba vislumbrar el futuro, por tanto Dios me concedió el don de conocer
el pasado.
—Pero todos podemos conocer el pasado —objetó
Claudia.
—No. La gente normal puede recordar, o leer sobre
los hechos que fueron. Pero yo contemplo el pasado que nunca he conocido. Para
mí las personas no son más que el extremo último de una cadena de
acontecimientos. Sé, por ejemplo, que tú Claudia estuviste muy enferma cuando
eras un bebé, y que tus padres pasaron muchas noches en vela,
vigilando
tu sueño. Pero
ahora estás bien, afortunadamente. Sé,
de igual modo, que tenías un oso
de peluche al que llamabas Coco, y que siempre has temido que hubiera alguien
debajo de tu cama. Pero no lo hay, pequeña, no debes sentir miedo. Sé, también,
que el verano pasado te caíste de la bicicleta y te hiciste una herida en la
rodilla...
—¡Es verdad! —exclamó mi hija, llena de asombro. En
fin, podía haberle explicado a Claudia
que todas esas cosas eran usuales, que muchos bebés
están enfermos, que son muy comunes los
miedos irracionales, y que es de lo más natural que un niño tenga un oso de
peluche (aunque, ¿cómo demonios sabía el profesor
que mi hija lo llamaba Coco?). En cuanto a la herida de la rodilla... bueno, él
pudo ver la cicatriz y deducir luego el resto de la historia. Sí, podía haber
dicho todo eso. Pero ¿qué daño puede hacer un poco de fantasía? Claudia parecía
encantada, de modo que le seguí la
corriente al profesor Jerusalén.
—Sin duda es un don extraordinario
—dije, con algo de ironía—. Pero no parece tan
terrible.
—La cuestión, señor Zarate, es que no sólo
veo el auténtico
pasado. También veo todos
los pasados
posibles, aquellos que nunca se hicieron realidad.
Por ejemplo, Claudia tuvo esa caída de la que antes hablé y el golpe le impidió
montar en bicicleta durante una semana. Pero... si hubiera cogido la bicicleta
al día siguiente, habría tenido un grave percance. Muy grave, créame. De modo
que esa herida en la rodilla... en realidad le salvó la vida a su hija.
Fruncí el ceño; esas personas se volvían a veces
demasiado morbosas para mi gusto. El profesor Jerusalén ignoró mi gesto de
desagrado y volvió a tomar asiento. Tras acariciar su calva cabeza, prosiguió:
—El problema
que plantea el don
que me fue conferido es que, teniendo la capacidad
de contemplar todo lo que pudo ser, en ocasiones me veo obligado a presenciar
cosas terribles. —Se estremeció—. La historia que quiero contarles nunca
sucedió, pero pudo suceder. Es una
historia sencilla y quizás algo triste. —Cerró los ojos y
continuó hablando, como si en la oscuridad que había tras sus párpados se
agazaparan imágenes ocultas—: Es la historia de unos perros, y de un rebaño de
ovejas...
El rebaño
La historia del profesor
Jerusalén
El cielo, como un paño de terciopelo negro cubierto
de diamantes, se alzaba en todo su esplendor sobre las oscuras cumbres de las
montañas. Por encima de los bosques y de los valles miles de estrellas
titilaban en el firmamento de aquella noche cristalina.
Pero
había una, entre
todas ellas, que no se comportaba
como suelen hacerlo las estrellas. Se movía.
Claro que aquel
objeto distaba mucho de ser una estrella. No emitía luz, la reflejaba.
'No tenía una vasta masa, pesaba poco más de seis mil quinientos kilos. No era
un objeto natural, sino artificial.
A doscientos kilómetros de altura, el satélite
Geosat D, puesto en órbita trece años
atrás mediante un
propulsor Arianne V desde la base de Kourou, sobrevolaba el sur de
Europa. Su vertical, en ese momento, se encontraba situada exactamente encima
de los Pirineos.
Geosat
estaba procediendo a realizar
las habituales observaciones
automáticas. Algunos de sus sistemas habían dejado
de ser operativos, no hay que olvidar que la vida prevista para el satélite era
de doce años, y ya llevaba funcionando uno de más. No obstante, su órbita había
entrado en una espiral descendente que le acercaba cada vez más rápidamente a
la superficie de la Tierra. De hecho, Geosat estaba condenado a una muerte tan
cierta como inminente. Y es que, según el peculiar calendario de
los artefactos orbitales, era un satélite viejo. Aun así, el
sistema de observación, cuyas funciones, entre otras, eran el registro y
proceso de datos meteorológicos, todavía
conservaba el
brío de una primera juventud electrónica.
Las cámaras de infrarrojos y ópticas escrutaron la
lejana superficie de la Tierra y su
inmediata troposfera. El cielo sobre la península ibérica y el sur
de Francia estaba limpio de nubes. Los sistemas informáticos de Geosat midieron las temperaturas, la
dirección de los vientos, el grado de humedad y las variaciones de las
corrientes marinas en el Estrecho de Gibraltar y el Golfo de Vizcaya,
procesaron la información y, casi instantáneamente, la transmitieron por enlace
de microondas a los receptores
instalados en Robledo
de
Chávela.
Pero no había nadie allí para recibir aquel
torrente de datos. No había nadie en toda la superficie de la Tierra capaz de
escuchar aquellos mensajes llovidos del cielo.
No había nadie...
Brezo soñaba con Trueno cuando unos lejanos
aullidos le despertaron. Se incorporó y olfateó inquieto el aire. Era la
madrugada de una clara noche de primavera y el poco viento que soplaba lo hacía
en dirección al llano, impidiendo a Brezo percibir los olores
de la lejana jauría.
No se trataba de lobos, por supuesto; los lobos
tardarían aún varios años en descender
de las heladas
tierras del norte para recuperar
los bosques que en otros tiempos habían sido suyos.
Eran perros, como Brezo. Perros de las más
diversas procedencias que habían
unido sus fuerzas
para sobrevivir. Pero, a diferencia de Brezo, aquellos perros hacía
mucho que habían abandonado el regazo
del Hombre. Rotos los lazos con
la humanidad, aquellos animales, en otro tiempo amistosos, se habían convertido
en bestias salvajes.
Las ovejas, que también habían escuchado los
aullidos, se agitaban nerviosas. Brezo se levantó y rodeó lentamente el corral.
Las ovejas se empujaban unas contra otras, amontonándose contra el fondo del
cercado. Las maderas de la valla, después
de tantos años
sin arreglo alguno, parecían ir a
saltar en pedazos en cualquier momento. Brezo ladró un par de veces mientras
correteaba nervioso rodeando el corral.
La dirección del viento cambió y, al poco, Brezo
pudo percibir el olor de la jauría. Eran diecinueve machos y diecisiete hembras,
once de ellas
preñadas. El aire para un perro contiene tanta
información como la luz para un humano, y aquella brisa le hablaba a Brezo de
excitación y de lucha, de cacería y
de muerte. Pero
había algo más: Brezo conocía el
olor de uno de los machos... No
recordaba cuándo, pero sabía
que alguna vez,
mucho tiempo atrás, había percibido el aroma de ese animal.
Se sentó y giró la cabeza, primero en un sentido y
luego en el otro. Brezo era viejo. Doce años son muchos para un perro. Los
músculos ya no eran tan fuertes y la resistencia había menguado. No obstante,
sus ojos conservaban toda
la agudeza, y su olfato seguía siendo tan fino como
el de un cachorro.
Conocía
aquel olor. Por
algún motivo lo asociaba a Trueno, el gran mastín, pero no podía
recordar en qué circunstancias lo había percibido por primera vez. Y no
obstante, de un modo u otro, sabía que se trataba de algo importante.
Los cánticos de caza de la lejana jauría se fueron
perdiendo en la distancia. Probablemente los perros, tras encontrar el rastro
de alguna presa, habían iniciado la persecución. De momento el peligro había
pasado.
Brezo movió el rabo, ladró
secamente y se tumbó frente a la puerta del corral.
Antes de apoyar la cabeza en el suelo permaneció unos minutos contemplando las
estrellas. Le gustaba mirarlas; ignoraba lo que eran, por supuesto, pero le
tranquilizaba observar sus guiños, el titileo de aquel oscuro campo de cirios.
Al cabo de un rato las ovejas se tranquilizaron y Brezo, poco a poco, recorrió
de nuevo el camino del sueño. Soñó con Rayo, su pequeño y vivaz maestro, y con
Trueno, el titán protector del rebaño. Y soñó con los tiempos en que el pastor
vivía, cuando los seres humanos todavía caminaban sobre la Tierra.
Al amanecer, mientras los primeros rayos del sol
comenzaban a disolver los jirones de niebla, Brezo inició el viejo ritual que
llevaba mas de diez años repitiendo. Se acercó a la puerta del corral e,
incorporándose sobre su patas traseras, hizo girar con la boca el palo de
madera que hacía las veces de pestillo. Pese a haberlo repetido cientos de
veces siempre se sentía orgulloso de aquel truco. Se lo había enseñado, como
casi todo, Rayo. Y Rayo lo había aprendido del pastor.
Tras desbloquear la puerta, Brezo la abrió, tirando
de ella con la boca. Luego se introdujo en el corral y comenzó a
correr de un lado a otro, ladrando nerviosamente y
lanzando mordiscos de lana sobre los perezosos cuerpos de los animales. Las
ovejas, siempre extremadamente limitadas, se mostraban por las mañanas
particularmente estúpidas.
Diez minutos después, el rebaño se encontraba fuera
del cercado y Brezo comenzaba a dirigirlo por el camino de la montaña. Las
nieves de los niveles más bajos se habían fundido, y en su húmedo retroceso
dejaron atrás una alfombra de tierna hierba sobre las suaves laderas. La
primavera era una época de promisión para el rebaño.
Al
pasar frente a
la casa que se
alzaba a cincuenta metros del corral, Brezo experimentó una vez más la usual
punzada de ansiedad. En el porche de aquella vivienda, frente a la entrada,
murió Rayo. Allí permanecieron sus restos durante mucho tiempo, hasta que unas
lluvias torrenciales los arrastraron colina abajo. Pero la causa de su ansiedad
era sobre todo otra: dentro de aquella casa, desde hacía diez años, estaba el
pastor. Por supuesto, de alguna manera Brezo sabía que el pastor había muerto;
durante meses el perfume de la putrefacción flotó en aquel lugar. Pero
Brezo no había
entrado para
comprobarlo,
nunca había cruzado
el dintel de la puerta. Rayo se lo impidió.
Había pasado mucho tiempo, pero Brezo aún guardaba
un nítido recuerdo del día en que el pastor entró por última vez en la casa.
Ocurrió poco después de la apresurada visita del médico, aquel asustado
hombrecillo que huía de las plagas.
Un día como
otro cualquiera el pastor se despertó al amanecer. No tenía
buen aspecto, sus movimientos eran lentos y andaba encogido, como si le doliera
el estómago; la fiebre se estaba apoderando de él. Aún así, logró conducir el
rebaño a los
pastizales.
Cierto es que todo el trabajo lo realizaron Rayo y
Brezo, pero el mero hecho de desplazar su propio cuerpo había supuesto un
triunfo para el pastor. A la vuelta se desmayó dos veces, y por dos veces
volvió a levantarse. Logró encerrar al rebaño en el corral —aunque una vez más
fueron los perros quienes llevaron a cabo la labor—, y luego se introdujo en la
casa de la que ya nunca saldría. Aquella noche Rayo y Brezo, e incluso el
habitualmente estoico Trueno, escucharon atemorizados los gritos y lamentos del
pastor. En su delirio no dejaba de pronunciar
un nombre de mujer. Luego su voz enmudeció y sólo
fueron perceptibles los jadeos. Al poco ni los
jadeos se oyeron. Fue entonces cuando Rayo entró en la vivienda y permaneció en
ella largo rato, gimiendo quedamente. Brezo, que por aquel entonces apenas
contaba dos años, se dirigió finalmente a la casa, armado del valor
irresponsable que presta la juventud. Se disponía a cruzar el umbral
cuando Rayo surgió
del interior ladrando con
fiereza, interponiéndose a su paso con el hocico fruncido y los colmillos
restallantes. Brezo era más grande que él; de hecho Rayo sólo era un pequeño
chucho que apenas levantaría cuarenta
centímetros del
suelo, mientras que Brezo se había convertido en un
vigoroso macho de alsaciano puro, todo energía y fuerza. Pero Rayo era el jefe,
de eso no cabía duda, y a Brezo ni se le había pasado por la cabeza agredirle.
De modo que el asunto quedó zanjado: la casa era tabú. No pasar. Prohibido. Se
trataba de un terreno sagrado, y
ningún perro era digno de entrar allí.
Y así había sido durante una década, incluso muchos
años después de que Rayo, el guardián de la memoria del pastor, desapareciera
para siempre de la vida de Brezo.
Tras la muerte del pastor, los
rituales de toda una existencia se impusieron al
orden natural de las cosas. Rayo había pasado años pastoreando al rebaño y
nada, ni la desaparición del pastor, iba a impedir que llevase a cabo su
trabajo. Con precisión milimétrica se despertaba cada
mañana y abría
la puerta del corral. Luego, secundado por Brezo y bajo la protectora
mirada de Trueno, conducía a las ovejas hacia los pastizales, para volver a
encerrarlas al atardecer. Ninguno de los perros se preguntaba por la carencia
de sentido de aquel pastoreo automático. ¿Cómo iban a hacerlo? Para ellos las
ovejas no significaban lana, leche
o carne. Las
ovejas eran
cosas que había
que conducir y cuidar, tal y como el Hombre había enseñado. La razón de
ser del rebaño era el rebaño en sí. Ése era el único objetivo en las vidas de
Rayo, Trueno y Brezo. Traicionar a las ovejas hubiese sido traicionarse a sí
mismos.
Sin embargo, la muerte del pastor provocó grandes
alteraciones en la vida de los perros. De entrada, y muy rápidamente, tuvieron
que hacer frente al problema de la
alimentación. En realidad no fue
una cuestión grave. El pastor, cuando vivía, sólo les daba pan duro y los
restos de su comida. Si querían carne teman que conseguirla por
sus propios medios. Brezo era el mejor cazador y
raro era el día en que no atrapaba una ardilla o un pájaro. Rayo no le andaba a
la zaga. Aunque más pequeño, era rápido e inteligente. En cuanto a Trueno,
grande y pesado, compensaba su relativa lentitud con una fuerza desmesurada.
Cuando cazaba lo hacía a lo grande y, en más de una ocasión, había compartido
con sus compañeros alguna cabra o un cerdo pequeño. Brezo aún recordaba con
deleite el día en que vio a Trueno subir por la ladera arrastrando hacia la casa
el cadáver de
un ternero de
buen tamaño. El festín duró una semana.
Pero esos tiempos ya habían pasado. Rayo y Trueno
estaban muertos, y Brezo era viejo. Afortunadamente la desaparición del Hombre
había provocado una explosión de vida en la Tierra. Prácticamente sin
predadores naturales, las aves, los herbívoros, los roedores, todas las
especies, se multiplicaron geométricamente. Sin duda aquello suponía un fuerte
desequilibrio ecológico ya que los pocos carnívoros que había, básicamente
perros, zorros y gatos, no bastaban para nivelar las cotas de población animal.
Pero a Brezo. aquello le resultaba indiferente. Nadie se queja de que su mesa
esté tan cargada
de
comida que amenace
con desplomarse. Brezo era viejo y lento, sí, pero había tanta vida a su
alrededor que realmente no tenía que esforzarse mucho para conseguir el
sustento.
En ese sentido la muerte de la humanidad había sido
una bendición.
Justo tras bordear un gran peñasco, el sendero
iniciaba una fuerte subida hacia el bosquecillo, para girar luego a la derecha
en dirección a los prados altos.
Brezo sabía que a partir de aquel momento comenzarían
sus problemas con el rebaño.
Mientras el sendero discurría estrecho, encajonado entre las
cortantes del cañón, las ovejas se mantenían
agrupadas y ninguna,
salvo las que quedaban rezagadas, se alejaba mucho de las demás. Pero al
llegar al bosque las cosas cambiaban. De entrada se trataba de un bosque de
hayas, de modo que el terreno era muy húmedo y la hierba crecía jugosa al pie
de los árboles. Para complicar más las cosas, un ancho sendero partía del
camino principal internándose en la arboleda. Era un
cortafuegos delineado por la
mano del hombre, pero eso Brezo no lo sabía. Lo que sí sabía es que las ovejas,
en vez de tomar el camino de la derecha, pugnaban por internarse
en el bosque
siguiendo
el trazado del
cortafuegos. Allí la hierba
era más sabrosa
y el musgo crecía como un manto
de brécol sobre las rocas y los troncos. Las ovejas tendían a fiarse más del
estómago que del cerebro, de modo que todos los días, sin excepción, se
obstinaban en ir hacia la izquierda, obligando
a Brezo a entablar un enconado combate con el
rebaño. Mediante gruñidos, ladridos y mordiscos, el perro conseguía apartar a
aquellos estúpidos animales del mal camino.
Y de una muerte segura. El cortafuegos, que subía
directo hacia la cima de la
colina que se alzaba a
la
izquierda del cañón, terminaba en un barranco de
quince metros de profundidad. Allí las ovejas corrían el riesgo de
caer. El barranco
se encontraba justo en la ladera más sombría de la colina, arropado por
las hayas y oculto entre los arbustos. Allí las plantas aromáticas crecían
hinchadas de humedad, allí la hierba era un bocado delicioso, allí era fácil
encontrase al borde del abismo y ni siquiera verlo.
Más de una oveja encontró la muerte en aquel
paraje. Y cada vez que esto ocurrió Brezo se había sentido culpable; la misión
de su vida consistía en evitar que cosas así sucedieran.
Aquel día Brezo no tuvo muchos problemas para
apartar al rebaño del cortafuegos, sobre todo gracias a Agria, que, sorprendentemente, tomó
sin vacilar el camino de la derecha. Agria podría haber sido la jefa del
rebaño, si las ovejas poseyeran el menor atisbo de liderazgo. En realidad Agria
se limitaba a ser la oveja que siempre caminaba delante. Las demás la seguían
ciegamente, pero hubiesen seguido a cualquier otra. Por supuesto, eso no
significaba que Agria fuese más inteligente o más astuta. Sencillamente, era
más rápida.
Agria no era su nombre. Ninguna de
las ovejas tenía nombre. Pero sí poseía cada una de
ellas un aroma distinto: Agria, Tomillo, Lechosa, Dulce, Almizcle, Miel,
Amarga... y algunos olores más para los que no hay palabras. Las palabras
fueron invento del Hombre, y el Hombre nunca tuvo muy buen olfato. Aquella
mañana, soleada e inusualmente cálida, los prados altos parecían una versión
montañosa del Jardín del Edén. El
cielo era una
bóveda intensamente azul a la que
se habían adherido algunos cirros de lana. Las montañas, como una fila de novias,
se cubrían la cara con deslumbrantes velos de nieve; las faldas de sus vestidos
eran verdes laderas de
hierba, adornadas con lazos de espliego y amarillos
encajes de mimosas. El aire, saturado
de polen, flotaba
calmado sobre los prados cubiertos de flores.
Lirios, amapolas, gencianas azules, fresas y
grosellas, perpetuinas, margaritas, narcisos... Todos los colores del espectro
salpicaban la pradera por donde pastaban las ovejas. Claro que para Brezo,
ciego a los colores, como todos los perros, aquello no era más que una monótona
sucesión de grises.
El perro alzó la cabeza y husmeó el aire de aquella
tierra que en otro tiempo fue llamada los Pirineos. A su hocico llegaron los
dulces olores de las abejas
libando
miel, las agresivas
feromonas del halcón cazador, el intenso aroma del romero y el regaliz.
Y el seco olor de la jauría.
Brezo se
agitó inquieto. De nuevo una
señal del omnipresente peligro, aunque
afortunadamente una señal lejana.
Respiró hondo. Se puso en pie y comenzó un
trotecillo hacia el rebaño. Estaba a punto de alcanzar la altura de las ovejas
más cercanas cuando un dolor intenso
y punzante le
atravesó el costado. El perro se
derrumbó sobre el suelo gimiendo y aullando. Enloquecido por el dolor, se
retorció sobre la hierba
y lanzó dentelladas a un lado y a otro, como
intentando morder a un invisible enemigo. Su boca se llenó de espuma y los ojos
de lágrimas. Las ovejas contemplaron inquietas aquel extraño comportamiento.
Al cabo de poco más de un minuto el dolor se fue
calmando hasta no ser más que un eco lejano. Brezo permaneció tumbado en la
hierba, jadeando aturdido. Algo no iba bien en el interior de su cuerpo, pero
eso tampoco lo sabía. Se limitaba a sufrir el dolor.
Finalmente se levantó. Estaba débil, pero tenía
deberes que cumplir con el rebaño. Con más voluntad que energía,
el
perro reunió a
las ovejas que se
habían dispersado. De vez en cuando notaba punzadas en el costado, aunque mucho
menos intensas que la primera.
Cuando pudo volver a descansar lo hizo sentándose
cerca de un lugar muy especial. No lo recordaba, por supuesto, pero allí, a su
lado, estaba el arbusto de brezo donde, siendo un cachorro, el pastor lo
encontró.
Había pasado tanto tiempo...
El pastor nunca comprendió cómo el cachorro pudo
llegar hasta allí. La carretera más cercana se encontraba a casi seis
kilómetros y parecía imposible que
un perro tan
pequeño hubiese
podido recorrer esa distancia internándose, solo,
en la montaña. Porque aquel perro, según los criterios
del pastor, era un perro señorito. Uno de esos perros de raza pura que sólo
sirven para engordar en un piso de la ciudad, tumbados frente a una estufa.
Claro que ese cachorro, que se arrebujaba desnutrido y helado bajo la dudosa
protección del arbusto de brezo, a duras penas podía incluirse en el apartado
de
«animales mimados». Probablemente fuese el sobrante
de una carnada excesiva, abandonado a una suerte incierta en
medio de la
carretera. Ocurría muchas veces;
un coche se
detiene, una portezuela se abre, unas manos que
dejan un bulto tembloroso en el suelo y el coche que parte deprisa, como si la
velocidad pudiera ahuyentar la
vergüenza. Normalmente todo acababa con un golpe sordo contra un
parachoques, seguido de la lenta conversión de un cuerpo peludo en mancha sobre
el asfalto.
Pero aquel cachorro había sobrevivido. Y lo más
extraño, aunque parecía a punto de morir, no demostraba miedo; sencillamente
mantenía fija la mirada en el
hombre, sin huir
ni suplicar. Quizá fue esa actitud tan poco usual lo que despertó una adormecida
fibra en el espartano corazón del pastor. El caso
es que sacó
de su zurrón un trozo de pan y se
lo tendió al cachorro.
Más tarde, cuando volvía con el rebaño hacia la
casa, el pastor no pudo evitar sentir cierta admiración por el pequeño perro
que, vacilando y dando traspiés, les seguía a cierta distancia.
Por eso, después de encerrar a las ovejas, puso
algo de leche en un plato y se la ofreció al cachorro.
—Bebe —dijo con un gruñido; el pastor pasaba
tanto tiempo sin hablar que a veces su voz se desajustaba
y parecía romperse—. Durante
una semana te daré de comer y luego, si no
te mueres antes, tendrás que ganarte el pan. Aquí
el que no trabaja no come. Puedes dormir en la leñera, con Rayo.
—Permaneció unos instantes silencioso y luego
añadió—: No tienes nombre. — Se
rascó la cabeza,
pensativo—. Estabas bajo el
brezo: te llamarás Brezo. Si no te mueres antes,
claro.
No murió. De hecho, antes de cumplirse la semana de
plazo, Brezo ya corría detrás de las ovejas intentando imitar los
precisos movimientos de Rayo.
Un pastor no necesita adiestrar más que a un perro,
solamente a uno en toda la vida. Luego
basta con poner a un
cachorro junto al perro entrenado; aprenderá él
solo, simplemente remedando el comportamiento del animal adulto.
Rayo no aceptó muy bien la llegada de Brezo. En
general le ignoraba, igual que un noble ignora la presencia de un lacayo. En
ocasiones, cuando la actividad de Brezo era particularmente
molesta, le gruñía. Pero lo normal era un digno distanciamiento. Según los
esquemas de Rayo, el pastor era Dios, él su gran sacerdote, Trueno un diácono
aplicado y Brezo... Brezo era poco más que un pagano reconvertido, un
advenedizo.
Afortunadamente Trueno, el gigantesco mastín de los
Pirineos, era distinto. Se trataba de un animal rudo y estoico, poco
sociable. Pero infinitamente
paciente con el cachorro. Sin una sola queja, Trueno permitía que Brezo se le
subiese encima, que le mordiese el morro y le tirase de las orejas.
Curiosamente, todo el cariño que Brezo recibió en su vida provino de aquel
enorme perro, de aquel tosco montón
de músculos y
dientes cuya única misión era la
violencia.
Del pequeño Rayo, Brezo aprendió el sentido del
deber. Del brutal Trueno obtuvo suavidad y dulzura. Parecía un
contrasentido, pero la vida está llena de ellos, y
el cerebro de un perro es demasiado limitado para filosofar sobre asuntos tan
abstractos.
Geosat había sido construido y financiado por
un consorcio de empresas europeas con el fin de obtener
una fuente precisa de datos terrestres acerca de minería, agricultura, pesca,
ganadería y meteorología. Se trataba, en resumen, de un proyecto privado cuyo
objetivo oficial no era otro que el puramente comercial. Claro que los
objetivos extraoficiales eran
muy
distintos.
La órbita inicial de Geosat sobrevolaba, a
setecientos cinco kilómetros de altura, algunos territorios particularmente
apropiados para el espionaje
industrial. Por ejemplo, Japón. Por ejemplo, California.
Quizá por eso Geosat contaba con instrumentos tan
inusuales como el telescopio H.R.V.
(Haute Résolution Visible), de una
resolución inferior al metro y capaz de funcionar en siete bandas de longitud
de onda. Un aparato extremadamente adecuado para obtener fotografías muy
detalladas de, pongamos, una
instalación industrial. O
el ingenio llamado SNOOPER
(«Fisgón»), un sofisticado
mecanismo (tecnología militar obtenida ilegalmente) que permitía
interceptar cualquier flujo electromagnético. Desde el aura de un ordenador hasta una simple llamada
telefónica.
Los ojos y oídos de un espía.
Sin duda Geosat era un instrumento muy eficaz para
un Consorcio ávido de dinero y poder. Pero estuvo a punto de no existir.
El problema fueron
los costes. Un satélite situado en órbita baja contaba con una vida
activa de poco más de cuatro años. Agotado el combustible, su órbita comenzaría
a declinar hasta
alcanzar la atmósfera y convertirse en cenizas.
Pero .un satélite es un artefacto extraordinariamente caro y cuatro años eran
pocos para rentabilizarlo.
Entonces
entró en escena
el Gobierno alemán con un ofrecimiento poco usual: un nuevo sistema de
impulsión a cambio de un tercio del tiempo del satélite. El nuevo propulsor
era un
inyector nucleotérmico de plasma, una versión perfeccionada del
N.E.R.V.A. (Nuclear Engine for Rocket Vehicle Aplication) obra de cierto
científico ucraniano, emigrado a Alemania cuando, en el noventa, el programa de
investigación científica de
la URSS se vino abajo.
El Geosat, dotado del sistema propulsor alemán,
podía no sólo mantener su órbita estable el triple de
tiempo, sino realizar además todo tipo de maniobras y desplazamientos
orbitales. El Consorcio dijo sí.
Los alemanes añadieron una condición más: el
hardware y el software
del ordenador del
satélite debía ser proporcionado y controlado por ellos. El
Consorcio se encogió de hombros y asintió.
Por supuesto, en el equipamiento informático, un
sistema de computación de datos llamado
BRAYN, se
encontraba la trampa. El Gobierno alemán deseaba
contar con un canal de información estratégica propio, independiente de las
redes de la OTAN; pero no podía hacerlo sin llamar la atención (el lanzamiento
de una nave espacial no es precisamente un ejemplo de discreción).
De modo que la
cobertura que ofrecía un satélite comercial de observación terrestre era
exactamente el tipo de pantalla que les convenía. Con
la condición, por supuesto, de mantener el control de la
operación. Para ello se hicieron (substrayéndolo ilegalmente
al Ministerio de Defensa japonés) con el
diseño del primer ordenador de quinta generación,
de nombre clave TOHOKU un
prodigioso cerebro electrónico basado en chips semiorgánicos y
superconductores. Luego crearon para él el programa BRAYN.
TOHOKU y BRAYN pasaron a se el cerebro de Geosat.
Y, con el tiempo, y los acontecimientos, llegaron a convertirse en la primera y
única inteligencia artificial que jamás ha existido.
Aquella tarde, mientras conducía el rebaño de
vuelta y el conjunto de la casa
y el corral comenzaba a divisarse en la lejanía,
Brezo se dio cuenta de su error: faltaba
una oveja. El
perro gimió y jadeó.
Usando el olfato
examinó de nuevo a los animales.
Almizcle no estaba.
Brezo experimentó un súbito acceso de ansiedad.
Durante unos instantes estuvo a punto de correr en busca de la oveja perdida,
pero el instinto de protección al rebaño
se impuso. Almizcle debía de
estar lejos, ya que ni siquiera su fino olfato podía localizarla. El resto
de las ovejas
no podían quedarse solas.
Pocas veces había tardado menos en
encerrar a los animales en el corral. El dolor en
el costado había cesado por completo y cuando recorrió de nuevo el camino de
los prados altos su carrera era casi tan ligera como la de un macho joven. El
sentimiento de culpa
ponía alas a sus patas.
Al cabo de media hora captó el peculiar olor de
Almizcle. Provenía del barranco. Brezo corrió hacia allí, cruzando el bosque de
hayas a través del cortafuegos. Sabía que algo andaba mal, ya que el olor de
Almizcle estaba cargado de feromonas crujientes de miedo sobre un fondo de
sangre.
Al poco rato pudo escuchar los
débiles
balidos de la
oveja. Brezo siguió el sendero
que descendía hasta el fondo del barranco. Y allí estaba Almizcle, sobre las
piedras, con el cuerpo retorcido en una posición inverosímil. Dos buitres se
encontraban cerca de ella,
preparándose para el festín. Brezo los alejó con una algarabía
de ladridos y luego se acercó a la oveja. Su lana estaba manchada de sangre,
rojo sobre blanco, como un incendio en la nieve. Tenía roto el espinazo: no
podía moverse, sólo podía balar quedamente. Su voz sonaba igual que el murmullo
de un bebé.
Brezo
ladró y tiró de
ella con la
boca, intentando ponerla en pie para conducirla de
nuevo al corral. Almizcle emitió un sonido burbujeante y miró a Brezo con
expresión de acongojada súplica. Por supuesto, eso no significa nada; las
ovejas siempre miran así.
Brezo se alejó varios metros y ladró de nuevo.
Almizcle se agitó y baló con urgencia. De algún modo, la presencia del perro la
tranquilizaba.
Así que Brezo se acercó de nuevo a ella, sentándose
a su lado. Los dos animales
permanecieron juntos largo rato.
Varias veces tuvo
el perro que alejar a lo buitres, y siempre volvió al
lado de la
oveja. Finalmente,
coincidiendo con el último rayo de sol en la
línea del horizonte,
Almizcle exhaló suavemente el aire de los pulmones y
sus ojos se
volvieron opacos. Al morro de Brezo llegó el dulzón aroma de la muerte.
El perro se levantó y lentamente inició el camino
de regreso al corral. La culpa pesaba sobre él como una losa; sabía que
Almizcle ya no formaba parte del rebaño. Ahora pertenecía a los buitres.
El
lanzamiento fue un
éxito. El cohete Arianne V se
elevó majestuoso
por encima de las selvas tropicales de la Guayana,
como un flamígero dedo de Dios señalando
la bóveda celeste. Pocos minutos después, a casi
ochocientos kilómetros de altura, el satélite se desprendió de la última fase
del propulsor e inició la primera de sus órbitas en torno a la Tierra. Desplegó
los paneles solares
y las antenas, corrigió su
posición y comenzó
a realizar el trabajo para el que había sido creado: ver, oír y
transmitir datos.
Durante dos años su labor se desarrolló sin
problema alguno. Doce horas al día Geosat trabajaba para el Consorcio, trazando
mapas geológicos,
rastreando bancos de peces o interfiriendo comunicaciones restringidas de las empresas
Honda y General Motors. Otras ocho horas estaban destinadas a las oscuras
actividades de los servicios de inteligencia
alemanes. Durante ese tiempo
Geosat proyectaba sus
finos oídos al interior del Ministerio de Defensa francés o se dedicaba
a obtener precisas imágenes de
la base aeroespacial japonesa
situada en la isla Tanegashima. Las cuatro horas restantes estaban a
disposición de las diversas instituciones que contrataban los servicios de Geosat, contribuyendo de
este modo a sufragar los costosos gastos que
suponía el mantenimiento de todo el programa
relacionado con el
satélite. Así que durante cuatro horas diarias Geosat palpaba la
atmósfera y medía la temperatura y dirección de las corrientes marinas para la
World Meteorological Organization, o delineaba mapas de actividad geotérmica
para la Organización del Año Geofísico Internacional.
Si durante aquellos dos primeros años de vida
Geosat hubiera podido experimentar emociones (algo, por aquel entonces, muy
lejos de su alcance), habría sido el
orgullo el sentimiento
preponderante.
Geosat era un instrumento casi perfecto que cumplía
óptimamente con sus múltiples labores.
Pero un día la rutina habitual del satélite se
vio interrumpída: los alemanes transmitieron una clave especial
al ordenador de a bordo, un código preestablecido que ponía en funcionamiento
un programa hasta aquel momento inactivo. Y Geosat obedeció las órdenes
inscritas en su
cerebro. Como un hijo desleal, volvió la espalda al Consorcio y se
entregó en cuerpo y alma, las veinticuatro horas del día, al servicio de
inteligencia alemán. Oh, claro,
algo muy grave
ocurría. Un
problema de extremada importancia justificaba aquella
traición; la humanidad asistía a
un conflicto bélico, territorialmente limitado, pero de consecuencias impredecibles, y cualquier
recurso estratégico debía pasar a manos de quienes tenían por
misión defender la civilización occidental (y el conjunto de mentiras e
injusticias que ésta representaba).
Geosat recibió la orden de modificar su órbita y
dedicar toda su atención a un pequeño país árabe de Oriente Medio. Una
inusitada actividad tenía allí lugar; gran despliegue de comunicaciones
electromagnéticas, movimiento de
tropas, lanzamiento de misiles hacia otro pequeño
país fronterizo... Geosat interfirió mensajes secretos, obtuvo imágenes en casi
todas las bandas del espectro y transmitió sus hallazgos a las bases alemanas
(situadas en diversos barcos
desperdigados por todos
los mares del mundo).
Finalmente fue testigo de la
explosión de las cinco bombas de hidrógeno que borraron del mapa al pequeño
país árabe. Y que pusieron en marcha un refinado y letal plan de venganza que
desataría sobre la Tierra la furia del tercer jinete del apocalipsis: la
enfermedad, la peste, las plagas.
Apenas dos meses después ocurrió algo inaudito: las
comunicaciones con la Tierra se vieron cortadas.
Y Geosat se quedó solo.
Brezo sabía que no debería haber abandonado al
rebaño, pero la curiosidad triunfó sobre el sentido del
deber. En mitad de la noche los vientos dominantes habían
cambiado brevemente de dirección, transportando el intenso aroma de la
sangrienta carnicería.
De modo que, un par de horas antes del amanecer, el
perro había partido en
busca de la fuente de aquel penetrante olor. Las
ovejas, dormidas en el corral, ni siquiera se darían cuenta de su ausencia.
Encontró los cadáveres cerca de un remanso del río,
a cuatro kilómetros de distancia en dirección al llano. Once ciervos medio
devorados: cinco hembras, dos
machos jóvenes y cuatro cervatillos.
Sus restos habían comenzado a pudrirse en medio de un
hedor indescriptible. Pese a ello, el fino olfato de Brezo captó en el ambiente
los olores mucho más débiles de la jauría. Probablemente los perros habían
sorprendido a la
manada mientras
abrevaba en el río. Y debió de ser un trabajo muy
sencillo, ya que mataron a más animales de los necesarios para comer.
Aspiró de nuevo el aroma de la putrefacción. Los
perros no desdeñan la carroña, pero Brezo había perdido últimamente el apetito.
Las punzadas en su costado seguían atormentándole. No eran muy dolorosas, pero
sí cada vez más frecuentes.
Olor a podrido. Hubo una época en que todo el
planeta apestó a podredumbre: el olor de millones de cuerpos humanos
corrompiéndose. Aquello ocurrió casi al mismo tiempo
que la muerte del pastor, poco después de la fugaz
visita del médico. El pastor no había sido un hombre sociable y rara vez bajaba
al pueblo. De hecho, solía pasar meses sin ver a otro ser humano. Tampoco tenía
televisión, ni radio. El pastor, por alguna razón, había huido del mundo y
se había refugiado
en la soledad de las montañas.
Por eso, hasta el último momento,
no tuvo noticia alguna de las plagas.
Pero un día llegó el médico conduciendo
aterrorizado un todoterreno gris. Se detuvo frente a la vivienda del pastor
para llenar de agua el sediento radiador de su vehículo. El pastor solía
ignorar a los forasteros, pero conocía al doctor,
de modo que salió de la casa para saludarlo.
El
médico gritó que
no se le acercara. Después de tantas noches en
vela, atendiendo inútilmente a cientos de enfermos incurables, estaba agotado y
nervioso. Con un torrente de palabras casi incomprensibles le habló al pastor
de las epidemias que estaban asolando a la humanidad. Decenas de enfermedades
mortales y desconocidas
se extendían por todos los
continentes, sembrando la Tierra de cadáveres. ¿Una catástrofe natural? No. Los
focos epidémicos habían aparecido simultáneamente en los
lugares
mas diversos del
planeta, alguien los había provocado. ¿Quién? A esas alturas daba igual.
Decenas de millones de personas morían cada día. La medicina no podía hacer
nada frente a enfermedades nuevas de las que nada se sabía. Enfermedades
inusitadamente contagiosas, invulnerables a cualquier tratamiento, inflexibles
en su avance asesino. Todos morían, hasta los médicos. Y él... Él no podía
hacer nada. Salvo huir. ¿Podía coger un poco de agua?
El
pastor encajó aquellas
noticias con el contumaz distanciamiento que habitualmente presidía su vida.
Se limitó
a asentir tranquilamente y a señalar con un gesto
el pozo.
El médico llenó de agua el
radiador y un par de bidones que llevaba atados en la baca del vehículo. Luego,
él mismo dio un largo trago... directamente del cubo.
Y dejó el cubo medio lleno de agua, en el borde del
pozo.
Desde ese mismo instante, los gérmenes comenzaron a
multiplicarse enloquecidamente en el agua fresca y oscura.
Finalmente el médico partió, internándose veloz en
las montañas. Cinco días más tarde moriría, ardiendo de fiebre,
en la soledad
de un
bosquecillo de abetos.
El pastor observó al todoterreno perdiéndose en la
lejanía. Se acercó al pozo y cogió el cubo: dio un par de sorbos.
El pastor murió tres semanas más tarde.
La raza humana tardó dieciocho meses en desaparecer
como especie.
Durante mucho tiempo la Tierra olió a putrefacción.
Brezo se detuvo frente al cadáver de uno de los
ciervos. Era un macho de gran
tamaño. Debía de haber sido difícil acabar con él. Lo olfateó: una miríada
de olores asaltaron
su pituitaria. De
entre todos ellos uno se alzó como un enigma
exigiendo solución: el olor del perro que Brezo creía reconocer. Sin duda había
sido el verdugo del ciervo, ya que su aroma se percibía con nitidez.
Brezo giró la cabeza. ¿Dónde y
cuándo había percibido aquel olor?
La respuesta le llegó súbitamente.
Era el aroma de un cachorro. De un cachorro tuerto.
Que ahora ya no era un cachorro. Brezo gimió.
Lo había olido hacía muchos años, el día que Trueno
se enfrentó a la jauría.
Trueno pesaba casi noventa kilos, y bajo su piel no
se escondía ni un gramo
de grasa. Su cuerpo parecía tallado en granito,
todo músculo y fibra. Claro que se trataba de un moloso, un gigante entre los
perros. Su raza había sido cuidadosamente
seleccionada, generación tras generación, no sólo en lo concerniente
al físico, si bien ésa era una cuestión importante, sino teniendo en cuenta también ciertas
peculiaridades del carácter. Por eso Trueno era tan extremadamente agresivo con
los extraños, tan territorialista, tan protector. Por
eso Trueno no
tenía miedo a nada. Salvo a su amo. Pero el pastor había
muerto, de modo
que Trueno había dejado de sentir el menor
atisbo
de temor hacia
cualquier cosa. Sin duda era un
perro muy seguro de sí mismo, y con motivos.
El enemigo natural de los mastines fue el lobo,
pero casi no quedaban lobos en Europa; había que ir hasta las heladas estepas
del norte de Europa para encontrar las primeras manadas. Desaparecido el lobo,
el hombre se convirtió en el auténtico enemigo de los mastines, por lo que la
misión de Trueno había consistido en defender al rebaño de los ladrones de
ovejas.
Pero ya no había hombres. Ya no había enemigos.
La tarea de Trueno carecía de
sentido, aunque eso, por supuesto, no se lo había
dicho nadie. ¿Un mastín para ahuyentar zorros? Como matar moscas a cañonazos.
Claro que, bien mirado, sí había enemigos. Parafraseando un viejo dicho latino:
canis cane lupus. El perro es un lobo para el perro.
Ocurrió tres años después de la muerte del pastor.
Brezo, por aquel entonces, se había convertido en un vigoroso animal,
y también en
un maestro del pastoreo. Rayo y él dominaban el rebaño con la precisión
de un coreógrafo. Eran un equipo, una unidad perfectamente conjuntada. En
cierto sentido ovejas y perros formaban
un sólo organismo, una gestalt intachable en la que
todo marchaba como un reloj. Hasta que los desmedidos fríos de aquel invierno
trajeron la desgracia.
La nieve había cubierto no sólo los prados altos,
como solía ocurrir todos lo inviernos, sino también los pastizales más bajos
que se extendían al pie de las montañas. De modo que había que descender más
aún, hasta el valle, para encontrar algo de hierba libre de nieve.
Rayo conocía el camino. Con la ayuda de Brezo y la
protección de Trueno, condujo el rebaño en dirección a los bosques del llano,
hacia lo que habían sido los dominios del Hombre.
Durante el camino cruzaron un pequeño pueblo.
Varias casas tenían el tejado hundido y cuatro o cinco esqueletos humanos se
desperdigaban por la calle principal; aquellos cadáveres tenían una década de
antigüedad. Había tres coches aparcados y un camión, todos ellos con los
neumáticos desinflados y podridos. En
el patio de una de
las casas un triciclo infantil se herrumbraba a la
intemperie.
A la salida del pueblo encontraron los restos
devorados de un potrillo, muerto hacía no más de una semana. Trueno se
acercó y lo
olfateó con visible interés. Su
aparente indolencia
quedó borrada al instante. Levantó la cabeza y la
movió a izquierda y derecha, aspirando el aire de la mañana en busca de señales
y presagios. Luego comenzó a trotar de un lado a otro, husmeando cada rincón
del camino.
Continuaron la marcha, pero Trueno, esta vez, no se
limitaba a caminar tranquilamente unos
metros por detrás del rebaño, sino que lo hacía delante,
atento a todo, en tensión.
El grupo de perros los sorprendió en la linde del
bosque, cerca de un arroyo. Surgieron de entre los árboles, silenciosos y
hambrientos. Eran once, la mayor parte mestizos de tamaño medio.
Pero el jefe... ah, el jefe era distinto. Se
trataba de un San Bernardo de pura raza y era tan inmenso que hasta Trueno
parecía pequeño a su lado.
Los perros salvajes comenzaron a desplegarse formando
un semicírculo. Un coro de
gruñidos y chasquidos de dientes recorrió la arboleda. Rayo y Brezo,
aterrorizados, intentaban que las ovejas no huyeran desperdigándose por el
bosque. Eran once perros contra tres. Cierto es que había dos cachorros en el
grupo, lo que dejaba las cosas en una proporción de tres a uno. Un balance de
fuerzas poco alentador. Pero entre los perros las
cosas no son
tan
numéricamente simples.
Trueno, la cabeza en alto y la vista fija en el San
Bernardo, se adelantó unos pasos, interponiéndose entre los predadores y el
rebaño. Durante un par de minutos nadie se movió. De no ser por el bullir de
las ovejas, la escena hubiera
parecido un fotograma congelado. El primero en atacar fue
un mestizo de buen tamaño, probablemente el segundo en el mando. Se abalanzó súbitamente
contra Trueno, gruñendo y ladrando.
Pero en el
último instante, antes de llegar
a la altura del mastín, hizo un quiebro
y retrocedió unos metros, para de nuevo volver a atacar y
de nuevo volver a variar, en el último momento, el
rumbo de su acometida. Estaba tanteando a su contrincante, y lo que pudo
observar en él no
le gustó nada. Trueno, como un
guerrero zen, no había movido ni un sólo músculo. De hecho, ni
siquiera había mirado
al mestizo mientras le atacaba. Se limitaba a permanecer
ahí, inmóvil como
un ídolo de piedra. El mestizo se detuvo y agachó la cabeza, gruñendo
por lo bajo. Lentamente comenzó a girar en torno al mastín. Y,
de súbito, igual
que un latigazo, se lanzó hacia
delante, la boca abierta mostrando los colmillos grandes como navajas,
e intentó lanzar
una
dentellada al costado del moloso.
Nadie hubiese supuesto que un perro tan grande
pudiera moverse a tal velocidad. Una décima de segundo antes de que los dientes
se clavaran en su piel, Trueno se giró e hizo presa en el cuello de su
atacante. Luego movió bruscamente la cabeza, se escuchó un
crujido seco y el cuerpo del mestizo se agitó como un trapo al viento. Trueno
trazó un arco amplio con el cuello y, como quien escupe un trozo de carne,
lanzó el cadáver del perro contra unas piedras.
Un
murmullo de gemidos.
Los perros, atemorizados, retrocedieron
unos pasos. Salvo el San Bernardo, que con andar
pesado y tranquilo se acercó al cadáver del mestizo y lo olfateó casi con
delicadeza.
Trueno alzó la cabeza y ladró dos veces. Su voz
grave y bronca contenía una advertencia: «Las ovejas son mías, no las toquéis.»
En circunstancias normales aquello, la muerte del mestizo a manos del
gigantesco mastín, hubiese puesto el punto final a la contienda. Los perros
pueden atacar en grupo a un ciervo, o a un jabalí, pero no a otro perro.
Estaban en juego milenarios instintos, antiquísimas normas de conducta que
establecían las reglas del
combate: uno contra uno, y el ganador es el jefe.
Pero el mestizo no había sido el jefe. El auténtico líder era el San Bernardo.
Para sortear definitivamente el peligro,
Trueno tenía que
luchar contra él y vencerlo. Algo nada sencillo, ya que el San Bernardo
pesaba ciento diez kilos y era, en todos los aspectos, más grande y más fuerte.
No obstante, aún estando en desventaja física, Trueno contaba con tres puntos a
su favor: era más ágil, tenía cortadas las orejas, lo que evitaría dolorosos
desgarrones, y, quizá lo más importante, aún llevaba al cuello el collar de
clavos que le puso el pastor y que
bloquearía cualquier
posibilidad de una dentellada mortal en la
garganta. El San Bernardo se apartó del cadáver del mestizo y caminó despacio
hasta situarse frente a Trueno, a no más de sesenta centímetros de distancia.
Del fondo de su pecho surgía una
especie de gruñido
grave y profundo. Pasaban los
segundos, arrastrándose como caracoles, y los dos gigantes permanecían
inmóviles, mirándose fijamente, tensos como resortes a punto de saltar.
Súbitamente los dos atacaron a la vez. Ambos eran
molosos, y comenzaron a pelear como tales. Alzándose sobre sus patas
traseras, se abalanzaron el uno
contra el otro, pecho contra pecho, las patas
delanteras agitándose como molinetes. Trueno salió violentamente despedido
hacia atrás, rodó sobre el suelo y se levantó rápido. El San Bernardo tenía
demasiada masa como para competir contra él a base de empujones. Así que Trueno
se abalanzó de nuevo, frontalmente, contra su rival, pero cuando éste elevó su
cuerpo sobre los cuartos traseros, repitiendo la táctica anterior, el guardián del
rebaño lanzó una dentellada a la parte baja de su costado. El San Bernardo
se revolvió Una rosa de sangre floreció sobre el denso pelo
castaño. El gigante
ladró,
enfurecido por el dolor, y como un oso salvaje descargó
una lluvia de mordiscos y empujones sobre Trueno. Éste
intentó esquivarlos y contraatacar, pero el San Bernardo era demasiado fuerte,
de modo que tuvo que retroceder, blandiendo los colmillos igual que un
espadachín usa el sable para contener el ímpetu de un ataque.
Pero ni aun así logró evitar que los dientes de su
contrincante le desgarraran la carne, delineando decenas de heridas sobre el
blanco pelaje.
Cuando unas piedras bloquearon su retroceso, Trueno
se vio forzado a una acción desesperada. Eludió como pudo
una
dentellada salvaje y
agachó la cabeza hasta
besar el suelo
con el hocico, ofreciendo
a su enemigo
la testuz aparentemente desprotegida.
El San Bernardo aprovechó la ocasión y mordió con furia el cuello...
para encontrarse con la dolorosa agudeza de los clavos que erizaban el collar.
Gimió y apartó sus fauces sangrantes.
Fue entonces cuando Trueno, de una veloz
dentellada, le arrancó una oreja.
El San Bernardo rugió y brincó a un lado. La sangre
manaba a torrentes por su cabeza. Una espuma escarlata le burbujeaba en la
boca, mientras el frío aire se condensaba en su aliento agitado.
Brezo abandonó la vana tarea de intentar mantener
reunido al rebaño y se acercó al límite mismo del escenario de la lucha. Los
demás perros se mantenían alejados a unos metros de los contendientes. El olor
de la sangre les había excitado, pero ninguno ladraba.
Trueno y el San Bernardo estaban inmóviles en el
centro del claro, sobre la nieve manchada de rojo, mirándose, estudiándose como
dos boxeadores en medio del ring.
El cielo cubierto
de nubes era un
plomizo dosel que inundaba de sombras el valle. A lo lejos
resonó un trueno. Comenzó a nevar.
El San Bernardo fue el primero en
reanudar
el ataque. Ya
sabía que no podía morder el cuello de su enemigo, las
heridas en la boca y la oreja desgarrada habían sido el precio a pagar por la
lección. De modo que lanzó frontalmente un par de andanadas de mordiscos, que
Trueno consiguió esquivar con
facilidad. El San Bernardo retrocedió un paso, avanzó otro y, de improviso,
atacó de costado, derribando de un fuerte empujón a su contrincante. Entonces,
igual que un verdugo descargando el hacha, clavó sus dientes en la pata trasera
del mastín.
Oh, con
qué alegría notó cómo la carne cedía, que los tendones se
cortaban, que el hueso se astillaba...
Trueno, desde el suelo, ciego de dolor, mordió
ferozmente el costado del San Bernardo, pero este dio un brinco y se alejó unos
metros, triunfante.
Trueno intentó levantarse, trastabilló y cayó de
nuevo sobre la nieve. Tenía la pata inutilizada, estaba cojo. Se incorporó como
pudo, tambaleante sobre tres apoyos, y mostró los dientes con rabia. Cualquier
otro perro se habría dado por vencido, tumbándose dócilmente y ofreciendo la
garganta, con respeto y sumisión, a su enemigo. Ese gesto hubiese bastado para
finalizar la lucha. El vencedor
orinaría sobre el
derrotado, y luego la jauría tomaría posesión del
rebaño, organizando primero una matanza,
y un festín después.
Pero Trueno no conocía el miedo. Pese a estar medio
tullido, mostró los colmillos y gruñó su desafío. El combate no había concluido
todavía.
Los perros comenzaron a ladrar, excitados ante el
inminente desenlace. El San
Bernardo se encabritó y ladró con entusiasmo. Lentamente se acercó al
mastín, que mantenía
la cabeza agachada, casi pegada
al suelo, y cuando llegó a su altura se alzó sobre sus patas traseras, dispuesto
a descargar los
colmillos en el espinazo de su rival.
Entonces sucedió lo inesperado. Trueno, con una
fuerza inesperada para un animal tullido, saltó a su vez e hizo presa en la
garganta del San Bernardo. Este intentó apartarse, sacudirse de encima los
dientes de su enemigo. Pero Trueno encajó con furia las mandíbulas. Los colmillos
atravesaron la capa de pelo y grasa y perforaron la yugular. Un
chorro de sangre brotó de la herida.
El San Bernardo se agitó, empujó, se sacudió como
un oso atrapado por un cepo. Pero Trueno mantuvo la presa mientras la
sangre de su
adversario corría por su
boca, sobre el
pecho,
derramándose en la nieve.
Finalmente el San Bernardo se derrumbó. Trueno
mantuvo clavados sus dientes en la garganta del gigante aun después de que los
últimos estertores sacudiesen el enorme cuerpo peludo y ya sin vida. Luego se
incorporó, y alzando la cabeza al cielo de acero helado, ladró al viento su
triunfo.
Brezo olfateó con precaución el cadáver del San
Bernardo. Los demás perros, las orejas
gachas y el
rabo caído, comenzaron a
alejarse en silencio. Excepto
uno, un cachorro de seis meses, mestizo de alano y San Bernardo, que sin
demostrar miedo se
aproximó al cuerpo muerto de su padre. Puso una
pata sobre él y le empujó un poco,
como intentando despertarlo. Luego alzó la cabeza lentamente.
Una cicatriz cruzaba el lugar que había ocupado su ojo derecho. Era tuerto.
El cachorro no ladró, ni gimió, ni profirió sonido
alguno. Se limitó a mirar fijamente a Brezo durante largos segundos. Luego,
siempre en silencio, se perdió veloz entre los copos de nieve.
¿Qué
fue de Trueno?
Las heridas sanaron pronto,
ningún órgano vital había sido afectado. Pero su pata
trasera nunca recuperó la movilidad. Trueno era un perro muy grande
y apenas le era
posible andar. De modo que dejó de acompañar al
rebaño y tuvo que aceptar ser alimentado por Rayo y Brezo. Los días de caza
habían acabado para él.
Los mastines son quizá los animales más orgullosos
de la creación. Probablemente por eso, apenas mes y medio más tarde, Trueno
despertó en mitad de la noche y trabajosamente tomó el camino que conducía
hacia la cima de las montañas.
Es posible que durante la primavera, con el
deshielo, sus restos congelados volvieran a recibir la caricia del sol.
Cuando las
comunicaciones con la Tierra se interrumpieron, Geosat procedió a
autoevaluar el estado de sus equipos; a fin de cuentas tan posible era que la
Tierra hubiese enmudecido como que él se hubiera quedado sordo. Pero no, sus
antenas y receptores funcionaban perfectamente
y podían, por
ejemplo, percibir el murmullo magnético de las instalaciones
hidroeléctricas situadas en tierra. O captar las emisiones automáticas de los
satélites geostacionarios de la red G.O.E.S. Per toda la banda del espectro
correspondiente a comunicaciones
comerciales y militares
se encontraba
vacía, ofreciendo tan sólo silencio barnizado de
estática. Aquello era tan extraordinario
que provocó la activación de un subprograma de emergencia.
Geosat comenzó a emitir señales a tierra. Probó primero varias frecuencias
restringidas de los canales alemanes, luego lo intentó con la banda de
comunicaciones del Consorcio, más tarde probó fortuna con los canales
electromagnéticos de la NASA y de la OTAN,
y así sucesivamente
hasta agotar, sin obtener
respuesta alguna, todas las
frecuencias habituales de comunicación radial.
En la medida que un satélite
artificial puede alarmarse, Geosat se alarmó. Estaba
diseñado para comunicar, y
la imposibilidad de hacerlo era el problema más grave que
podía afrontar.
Entonces
entró en funcionamiento una parte del sistema que sólo
debía activarse en caso
de emergencia máxima. Por primera
vez el programa informático alemán BRAYN tomó plenamente las riendas del
hardware japonés denominado TOHOKU. Y e cerebro electrónico de Geosat dio
instantáneamente un salto cuántico en la evolución de los organismos basados en
el silicio.
Porque BRAYN era un programa tan especial que podía
modificarse a sí mismo según la experiencia que fuese adquiriendo. Con otras
palabras: podía, aprender.
Tan sólo dos prioridades regían la recién activada
mente autónoma de Geosat: debía obtener datos y establecer contacto con los
seres humanos pertinentes. Por ello Geosat, usando su nueva capacidad de
raciocinio, razonó que lo primero era encontrar algún humano, comunicar con él,
y luego establecer si se trataba de un humano pertinente o no. De modo que
meditó, a su fría manera,
y decidió que
debía
realizar una intensiva exploración visual de la
superficie terrestre. Modificó levemente su órbita y, tras afinar su potente
telescopio H.R.V, procedió a observar en detalle lo que sucedía, en la Tierra.
Siete años permaneció Geosat escrutando la piel de
su planeta madre. Siete años sin distinguir rastro alguno de vida humana. En
las ciudades toda actividad se había detenido, y en las calles podían
distinguirse cadáveres humanos mezclados con los vehículos abandonados. Las
carreteras y los aeropuertos no registraban el menor tráfico, los
trenes permanecían
inmóviles en las vías y los barcos no cruzaban ya
los mares. Las fábricas no producían, las cosechas ni se recogían ni se
sembraban y el ganado se dispersaba por los campos. Toda actividad humana había
cesado.
Geosat no podía aceptar lo más evidente, que la
raza humana había perecido. Se trataba casi de un problema epistemológico, de
una idea que contradecía la segunda premisa básica de su programa; ¿cómo no iba
a haber seres humanos si él debía contactar con los seres humanos? Por ello
Geosat supuso que la humanidad se encontraba en zonas del planeta a las que él
no tenía
acceso.
Aquello le desconsoló.
No podía alterar radicalmente su posición, no podía,
por ejemplo, convertir
su órbita ecuatorial en una órbita polar. De modo que tuvo que
conformarse con optimizar sus reservas de combustible y realizar leves
alteraciones de su trayectoria, lo que le permitiría explorar nuevas, aunque
limitadas, franjas de terreno.
Dos años después seguía sin encontrar rastro alguno
de la humanidad.
Es difícil aceptar que una máquina sea capaz de
sentir ansiedad o de sufrir una
profunda depresión, pero sólo
de ese modo podía
describirse el estado
mental del cerebro de Geosat. Hay que tener en
cuenta que el satélite estaba incumpliendo la premisa básica de su existencia:
establecer comunicación con seres humanos. Y algo aún peor: Geosat era
consciente de que disponía de un tiempo
limitado. El hidrógeno
líquido que usaba como combustible prácticamente se había acabado y su
órbita estaba descendiendo peligrosamente. Tan peligrosamente que ya había
alcanzado el límite exterior de las capas más elevadas de la atmósfera y un
suave pero continuo bombardeo de moléculas de oxígeno y nitrógeno preludiaba el
inevitable final.
Geosat sabía que iba a morir sin conseguir llevar a
cabo su misión. Esta idea, a su extraña manera electrónica, le atormentaba; su
programa bullía y se retorcía intentando encontrar una solución, pero la
frustración era el único resultado.
Geosat se sentía
solo e inútil...
Hasta el día en que, sobrevolando la cordillera de
los Pirineos, descubrió un claro indicio de vida humana: un rebaño de ovejas
apacentado por un perro.
Tras la matanza de ciervos en el riachuelo, la
jauría parecía haber
desaparecido de la faz de la Tierra. Ni un olor, ni
un ladrido, ni el más mínimo rastro. Brezo hubiera podido llegar a
olvidarse de ellos,
de no ser
por el sueño que,
noche tras noche,
se le repetía: la lucha de Trueno
con el San Bernardo y la
mirada del cachorro tuerto, aguda
como una acusación, intensa como un presagio.
Las
punzadas en su
costado eran cada vez más
frecuentes y un dolor continuado y sordo se había convertido en su constante
compañero. Cada vez tenía menos apetito;
comía poco y cuando lo hacía solía vomitar parte del
alimento. Las costillas
empezaban a
marcarse
bajo la piel
y el estómago había dejado de tener una apariencia
convexa para adoptar
un aspecto cóncavo y enfermizo.
Brezo, por supuesto, continuaba cada día pastoreando al rebaño.
Mientras, el tumor que asolaba su hígado crecía,
crecía, crecía....
Ocurrió durante el alba, dos semanas después de
haber encontrado los cadáveres de los ciervos. Brezo dormía en el cobertizo que
se alzaba junto al corral. Comenzaba a amanecer cuando los ruidos le
despertaron. Abrió los ojos y levantó la cabeza. Por un instante su corazón se
detuvo.
Formando un semicírculo en torno al cercado, los
perros de la jauría se alineaban como fantasmas de ojos rojizos. El ruido de
dientes chasqueando el aire se fundía con los alarmados balidos de las ovejas.
Brezo se levantó y corrió hacia la puerta del corral, interponiéndose entre la
jauría y el rebaño. Estaba aterrorizado, sabía que no podía hacer nada, no ya
contra casi cuarenta perros, sino frente cualquier animal adulto, joven y sano.
Aun así, estaba dispuesto a luchar y dar su vida por defender al rebaño. Pero
él no era Trueno, tenía miedo.
Algunos
perros ladraron al
verle.
Todavía estaba muy oscuro, por lo que no se
distinguían bien los rasgos de cada animal, aunque era evidente que todos
aquellos perros eran mestizos. Las razas caninas habían sido una invención del
Hombre, creadas mediante cruces selectivos. Pero se trataba de una creación tan
frágil que habían bastado un par de generaciones para acabar con la labor de
miles de años.
Todos los perros de la jauría
tenían el mismo tamaño y casi el mismo aspecto. Salvo uno, un gigante que se
mantenía oculto en las sombras, y del que sólo se distinguía su enorme silueta.
Brezo frunció los belfos, mostrando
los colmillos, y gruñó en tono bajo. Mantenía las
orejas agachadas y el rabo entre las patas, intentando impedir que las
feromonas que expelía su ano transmitieran el terror que sentía.
Uno de los perros comenzó a ladrar y se acercó
amenazador a Brezo. Era un macho algo mayor que el resto, sin duda un bravucón
que pretendía hacer méritos para ascender en la rígida escala social de la
jauría. Brezo le dirigió una par de secos ladridos que, lejos de intimidarlo,
parecieron darle nuevos bríos. Algunos de los miembros de la jauría unieron sus
voces a la algarabía. Las ovejas balaban y corrían de un lado a otro del
corral,
poniendo en peligro la precaria estabilidad de la cerca.
De pronto un ladrido grave como un trueno se dejó
oír por encima del estrépito. Los perros enmudecieron. Un nuevo ladrido y hasta
las ovejas parecieron acallar sus balidos. De entre las sombras surgió el jefe
de la jauría, un animal enorme, quizá no tan pesado como lo fue Trueno, pero
sin duda más alto. Era un mestizo de alano y San Bernardo. Y le faltaba un ojo,
era tuerto.
Brezo gimió. Reconocía su olor, no su aspecto.
Había cambiado mucho desde que le vio siendo cachorro,
hacía ocho años. Tenía la altura de un gran
danés y la corpulencia de un mastín. Su corto
pelaje era blanco y canela. La cabeza, grande y angulosa, le otorgaba un
aspecto tan noble como amenazador. Su único ojo le observaba fijamente, igual
que un punto de mira centrado en una diana.
El jefe de la jauría se adelantó despacio, como un
cíclope orgulloso, hasta detenerse a pocos centímetros de Brezo. El sol
comenzaba a despuntar sobre las cumbres de las montañas y sus rayos bañaron de
oro al gigante.
Por unos instantes hubo un silencio casi sonoro. Luego el jefe bajó la
cabeza y olfateó a Brezo con curiosidad.
Algo cambió en su mirada, quizá fue un relámpago de
reconocimiento, una breve vacilación imprecisa, o simple sorpresa. Fuera lo que
fuese, el gigante se inclinó y, casi con ternura, lamió la temblorosa cabeza de
Brezo. Luego se apartó de él, se acercó a la puerta del corral, levantó
la pata y
orinó sobre ella. Acto seguido se
dio la vuelta e inició un tranquilo trote, alejándose del corral, del rebaño y
de Brezo. El resto de los perros contemplaron desconcertados la actitud de su
jefe. No entendían por qué no había acabado de una simple dentellada con aquel
perro viejo y enfermo,
por qué no
había
saltado la cerca para iniciar una matanza de
ovejas, por qué se alejaba sin dejar su habitual firma de sangre y violencia.
Dos ladridos lejanos, la llamada del jefe,
disiparon sus dudas. Todos los perros
de la jauría,
como un sólo animal, se dieron la vuelta y partieron
a la carrera. Brezo se quedó sólo con las ovejas.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué aquel perro
tuerto se había comportado así? Quizá reconoció a Brezo y recordó a Trueno, el
guerrero que mató a su padre. Quizá sintió aprensión ante el aroma a ser humano
que, aunque sutil, aún flotaba en
el corral. O,
más
probablemente, distinguió el perfume de la muerte
envolviendo, como el abrazo de una amante celosa, a Brezo.
Quién sabe... En cualquier caso, el jefe de la
jauría había orinado sobre el cercado,
dejando un nítido
mensaje:
«Este es mi territorio. Volveré.»
Brezo gimió al notar un pinchazo particularmente
agudo en su costado. Suspiró y se dispuso a sacar las ovejas del corral para
dirigirlas a los prados altos.
Una tristeza infinita se aferraba a su garganta y
le entrelazaba un nudo en el estómago.
No fue alegría lo que sintió Geosat al ver al
rebaño (un satélite, por muy evolucionado que sea, no es un buen ejemplo de
emotividad). Pero desde luego sí experimentó lo que podríamos llamar alivio
informático. Inmediatamente distendió algunos subprogramas que, hasta
aquel momento, se habían dedicado a diseñar hipótesis sobre el misterio que
envolvía la desaparición de la
humanidad. A lo largo de los años, esas hipótesis se
habían ido tornando cada vez más extravagantes.
Una de ellas,
por ejemplo, aventuraba que los hombres habían decidido establecerse en
bases
submarinas, matando previamente a los que se
oponían a la idea (eso justificaba los cadáveres en las calles).
Otra, indudablemente solipsista, suponía que nada
de lo que sus instrumentos percibían era real, y que todo se trataba de una
invención de su mente electrónica. Pero la hipótesis en que últimamente estaba
trabajando era, con mucho, la más enajenada: la humanidad se negaba a hablar
con él, porque él, en algún momento, la había ofendido. ¿Cómo? Eso todavía era
un enigma, pero no cabía duda de que se trataba de un gran pecado, algo tan
atroz que el Hombre
decidió volverle la
espalda.
Y de esa
sencilla manera Geosat había
descubierto la religión y la paranoia.
Pero todo aquello quedó borrado de un plumazo
cuando su cámara Vidicom captó la imagen del rebaño de ovejas, en perfecta
formación, dirigiéndose a los pastizales.
Un rebaño sólo
podía ser obra del Hombre. Geosat
desconectó todos los subsistemas y se concentró en su A.V.H.R.R. (Advanced Very
High Resolution Radiometer) para
realizar una minuciosa labor
de radiometría. Eran treinta y
ocho ovejas guiadas por un peno de raza imprecisa (aunque por el pelaje y el
tamaño podía tratarse de
un
alsaciano o un
pastor belga). El corral se encontraba junto a una
construcción baja, aparentemente una vivienda,
situada en una
pequeña pradera entre las montañas. Y no había rastro de hombre alguno.
Geosat completaba una órbita cada noventa minutos,
lo que significaba que dieciséis veces al día sobrevolaba la zona de
los Pirineos donde
se encontraba el rebaño. Durante cuatro de esos días el satélite estuvo
escrutando la actividad del rebaño buscando cualquier signo, el más pequeño
indicio de la presencia de un hombre vivo. No obtuvo resultado alguno, lo cual
era un auténtico
enigma; sin duda el pastoreo era una actividad
inequívocamente humana. Entonces, ¿dónde estaban los hombres?
Concluido el cuarto día de observación, Geosat
comenzó a radiar en dirección a la casa
y el corral. Probó en la banda
comprendida entre los cuatro y los seis gigaherzios, y luego
lo intentó con los
enlaces militares situados en
el espectro de los siete y ocho G.Hz.
Durante cuarenta y seis órbitas ensayó multitud de frecuencias. Sin obtener
respuesta.
Al quinto día, Geosat dejó de emitir señales de
radio. Interrumpió también todas
sus actividades de
observación.
De algún modo entró en un proceso de
introspección casi catatónico.
Su cerebro, el programa BRAYN, se había modificado sustancialmente con
el paso de los años. El aislamiento le había conducido a una intensa autonomía
(algo inconcebible para cualquier ordenador anterior a él), y esa autonomía le
había llevado, primero, a una forma elevada de autoconciencia, y después a un
sentimiento obsesivo de culpabilidad. Finalmente, Geosat aceptó
su fracaso. No conseguía establecer comunicación con el Hombre y, puestas
así las cosas, mejor era de]ar de existir, acabar con el pensamiento, porque
el pensamiento
sólo le producía dolor.
Lentamente (lentamente para un ser que razonaba
casi a la velocidad de la luz) Geosat comenzó a borrar sus bancos de datos. Con
casi humana melancolía, el satélite palpaba
los conocimientos que había
adquirido durante aquellos doce
largos años, los
saboreaba sintiendo algo parecido a la tristeza y luego los
arrojaba al sumidero
de la nada electrónica, del vacío
magnético. Adiós dijo a todos sus registros de cartografía temática, a los
análisis agrícolas, a las prospecciones geológicas. Con languidez se despedía
de sus observaciones meteorológicas, de
las evaluaciones marinas, de aquel curioso fenómeno
que años atrás pudo observar y captar, cuando una sorprendente lluvia de
estrellas, las pérsidas, cayeron agrupadas sobre el Océano Atlántico...
Un momento...
Geosat cesó su labor de destrucción de datos
y se encontró
súbitamente alerta.
Lluvia de estrellas, estrellas fugaces... ¡Por
supuesto, ésa era la solución!
El satélite, metafóricamente hablando, respiró
aliviado; había encontrado la manera
de establecer
contacto con el Hombre.
Sin pérdida de tiempo, Geosat comenzó a realizar
los cálculos necesarios. Gracias a su soporte lógico Simugraph estableció con
exactitud su posición en el espacio. Mediante radiometría obtuvo las
coordenadas precisas del corral y la vivienda. Los sensores de a bordo le
proporcionaron una evaluación estricta de sus reservas de combustible. Luego,
con alegría matemática, dedujo el empuje necesario, la, balística adecuada y
todo el sinfín de pequeños factores que podían afectar al correcto desarrollo
de suplan.
Finalmente realizó un breve estudio
de las condiciones atmosféricas de la zona. No
deseaba de ninguna manera que una tormenta inesperada le hiciese errar sus
cálculos, o que un cielo encapotado impidiera
la observación del espectáculo que se proponía ofrecer a la
humanidad.
El telesondeo le advirtió de que un frente frío
proveniente del norte había barrido toda Europa, arrastrando nubes
escarchadas de nieve.
Los cumulonimbos cubrían la cordillera de los Pirineos e impedían la
visión del cielo nocturno.
Geosat suspendió la operación que se proponía
llevar a cabo, desconectó la
mayor
parte de sus
sistemas y se mantuvo a la espera de que el clima
cambiase.
Estrellas fugaces, sí...
Pronto establecería contacto con el
Hombre.
Brezo supo que iba a morir. No se trató de un
pensamiento consciente, por supuesto. Fue instinto. Además, el dolor de su
costado era cada vez más intenso, y él se sentía tan débil...
El
clima había cambiado.
De la noche a la mañana la
primavera parecía haberse marchitado para abonar un fruto
tardío del invierno. El viento soplaba gélido y las
nubes, apelotonadas sobre las montañas, habían regado de nieve las cumbres más
altas.
Brezo no se sentía capaz de conducir el rebaño a
lugar alguno, por lo que se limitó a abrir la puerta del corral y a permitir
que las ovejas pastaran libremente por los alrededores. Tan sólo de vez en
cuando se veía obligado a reunir fuerzas para evitar que alguna oveja se
alejase demasiado.
Y fue precisamente una oveja lo que le llevó a
entrar, por primera vez en su vida, en la casa del pastor.
Miel,
el único ejemplar
de color
negro
con que contaba
el rebaño, decidió adentrarse en
la casa. Por supuesto no había ninguna razón para ello, ni en el interior había
comida, ni ella estaba buscando protección. Pero las ovejas, ya se sabe, se rigen por la
aleatoria batuta de la estupidez. Brezo, olvidando su dolor ante tamaño
sacrilegio, corrió al interior de la casa y sacó a mordiscos a la intrusa.
Una vez hecho esto, Brezo se dio cuenta de que
había estado dentro del sancta sanctorum y nada había pasado. Ni un relámpago
le había fulminado ni el fantasma de Rayo se le había aparecido como un
espíritu vengador. Permaneció
unos instantes en el umbral, dudando, hasta que por
fin se decidió a entrar de nuevo.
El interior de la casa estaba cubierto de polvo.
Paredes, muebles, cortinas, todo tenía una apariencia gris y ajada, como si el
tiempo hubiese cubierto de alas de mosca cada rincón del lugar. Brezo cruzó el
salón y se internó en la cocina. Sobre los anaqueles, unas latas de conserva,
que tiempo atrás habían reventado por la fermentación de los alimentos,
parecían extraños cilindros incrustados de una sustancia parda y reseca. Brezo
olfateó el mantel que se arrugaba sobre la mesa de madera, y los
platos polvorientos y la loza resquebrajada por las
heladas. Percibió en ellos el débil olor del pastor y, por unos instantes,
volvió a ser el cachorro que medio muerto de hambre y frío se ocultaba bajo
un arbusto, doce
años atrás.
Salió de la cocina. Al final del corto pasillo una
puerta entornada preludiaba el dormitorio. Brezo se detuvo ante ella. Una
dolorosa punzada hirió su costado, pero concentrado en el olor del pastor que
intensamente manaba del interior de la habitación, la ignoró. Durante unos
segundos creyó que
el pastor seguía vivo, que saldría furioso del
dormitorio
para
abatir sobre él un
justo castigo. Pero no, sobre las huellas
del pastor flotaba el hálito de la muerte.
Brezo entró en la habitación. La luz se filtraba a
través de los vidrios rotos de la ventana y, como el aura dorada de un
proyector, iluminaba el esqueleto caído junto a la cama. Brezo lo olfateó
con timidez... Sí,
aquéllos eran los restos del pastor. Ahí, en el intrincado
laberinto de las
vértebras, entre los arcos geométricos de las costillas, en
aquella blanca arquitectura de hueso y marfil, se encontraba el epílogo de un
hombre, el resumen torpe y estático de una
vida fugaz, una
gota de
agua
perdiéndose en el mar. Muy poca cosa, nada...
Un cansancio de piedra se abatió sobre Brezo. Gimió
y se sentó tambaleante. El dolor
clavó en él tenazas ardientes, robándole el aliento.
Sus ojos se nublaron de lágrimas y la muerte
pareció acariciarle el
hocico seco y caliente. Al poco, igual que una nube aparta su velo del
sol, el dolor se difuminó y el
aire volvió a sus
pulmones. Brezo respiró agitado y volvió a
mirar el esqueleto.
Estaba caído en el suelo, boca abajo, con el brazo derecho extendido
hacia una pequeña mesa de roble. Probablemente
el pastor, en sus últimos instantes, había
intentado incorporarse para coger algo.
¿Pero qué?
Sobre el tablero de roble sólo descansaban dos cosas: una jarra,
que en otro tiempo contuvo agua, y un marco de alpaca con una foto. El retrato
de una mujer joven, un retrato ya viejo cuando el pastor vivía.
¿Qué
sed intentó saciar
aquel hombre solitario? ¿Sed de agua o sed de compañía...? Brezo
se levantó torpemente y caminó
hacia la puerta. Antes de salir dirigió una última mirada al esqueleto. Había
visto muchos huesos a lo largo de su vida, demasiados. El mundo parecía hecho
de huesos.
Cuando el viejo perro abandonó la casa, un trueno
lejano anunció la tormenta. Poco después
comenzó a nevar.
Brezo, quién sabe de dónde sacó las fuerzas,
consiguió encerrar al rebaño en el cercado. Por última vez repitió el viejo
truco e hizo girar con la boca el madero que sellaba la puerta del corral.
Luego, mareado por el esfuerzo, se tambaleó hacia un lado, respiró hondo, vio
que varias ovejas habían quedado fuera, desperdigadas por los campos, y pensó
en ir a buscarlas, y luego pensó que no podría, y luego el dolor volvió a él.
Aulló y se retorció sobre el suelo, vomitó bilis y
sangre, la saliva espumeó en su boca y los ojos giraron enloquecidos. Luego
el dolor transcendió al dolor y
Brezo se desmayó sobre el suelo jaspeado de nieve.
Horas después, un fuerte viento del este sopló
sobre las montañas y arrastró las nubes. En ese momento la zona nocturna cubría
de sombras aquel lugar del planeta. Los Pirineos mostraron su cara a las
estrellas.
Geosat se reactivó suavemente. La visibilidad del
cielo situado sobre
el
corral era completa, su plan podía
llevarse a cabo.
Con precaución volvió a revisar todos los
cálculos. Luego inició
la cuenta atrás. Todavía tenía que cubrir una órbita casi completa antes
de dar el siguiente paso.
Setenta y cuatro minutos después Geosat usó
las pequeñas toberas laterales para crear una impulsión
tangencial que le hiciese girar sobre su eje. El propulsor principal quedó
orientado en la posición correcta. Unos minutos después el satélite alcanzó el
punto orbital adecuado para, iniciar la ignición.
0001010, 0001001...
Geosat
había encontrado en el
rebaño una prueba inequívoca de la presencia del Hombre, aunque no había
conseguido comunicar por radio.
Pero lo que sí podía hacer era establecer
comunicación visual.
0001000, 0000111...
Si utilizaba el poco combustible que le quedaba
para descolgarse de su órbita (ya de por sí descendente) y lanzarse hacia la
Tierra, igual que un saltador zambulléndose en la piscina, para ir a
caer a unos dos kilómetros de distancia del corral
y del rebaño, entonces, sin duda, se convertiría en un fenómeno luminoso
claramente visible por cualquier humano que se encontrara cerca.
0000110, 0000101...
Al entrar en la atmósfera la mayor parte de su masa
se incendiaría, convirtiéndolo en una estrella fugaz de inusitada brillantez. Y
al chocar sus restos contra las montañas, el ruido de la explosión comunicaría su presencia en muchos
kilómetros a la redonda. Y el
incendio que provocaría toda aquella energía cinética
convertida en calor sería una huella más de la presencia de
Geosat, su testamento final.
0000100, 0000011...
Eso significaba entrar en contacto,
¿no es cierto? Eso suponía cumplir por fin la
misión que se la había encomendado.
0000010, 0000001...
Geosat, por supuesto, quedaría
destruido. Su mente
se disolvería en
cenizas. Su memoria y su identidad se esfumarían,
como la llama de un candil bajo el viento. Pero eso carecía de importancia; lo
único primordial era abrazar su destino y entrar en comunión con la humanidad.
0000000.
Una, diezmillonésima de segundo antes de conectar
el motor, Geosat radió a la Tierra un último mensaje:
«Soy Geosat. Allí voy.»
Luego la tobera vomitó, durante veintidós segundos,
un intenso torrente de llamas, y arrancó al
satélite de su
órbita, proyectándolo con violencia
contra la superficie de la Tierra.
Al alcanzar la atmósfera las antenas y los paneles
se volatilizaron, la
cubierta exterior se
ciñó un traje
de fuego y los delicados circuitos del ordenador de a bordo se vieron
colapsados por el intenso calor.
Unas décimas de segundo antes de desaparecer para
siempre, la mente de Geosat experimentó algo así como la felicidad.
Era otra vez un cachorro. Estaba encima de Trueno,
jugando a morderle
el espeso pelaje que le crecía sobre el pecho
titánico. El mastín gruñía suavemente, como un gato satisfecho. Brezo se sentía
feliz. Cambio.
El jefe de la jauría le contemplaba con su
único ojo, brillante
y amenazador. Era un gigante, un dios severo e inmenso, más grande que
las montañas. Cambio.
El pastor apacentaba al rebaño junto a un estanque
de agua clara. Pero el pastor era un esqueleto,
y las ovejas eran
esqueletos, igual que
Trueno y Rayo. Esqueletos.
Brezo
corrió asustado, alejándose del rebaño. Tenía sed. Comenzó a
beber
en el estanque. Su reflejo en el agua le devolvió
la imagen de una calavera pálida. Cambio.
De nuevo era un cachorro. Muy pequeño, apenas una
bola de pelo. Alguien le acariciaba, acurrucándolo entre sus
brazos. Era un
niño. Pero Brezo nunca
había visto a
un niño...
¿Cuándo ocurrió aquello? ¿Quién era aquel niño?
Brezo se sentía protegido y feliz
en manos del
cachorro humano. Pero el niño
lloraba...
Brezo recuperó la conciencia. No tenía fuerzas para
incorporarse, de modo que siguió tendido sobre el suelo, entre la nieve recién
caída. No sentía dolor, ni
frío. No sentía nada. Logró levantar un poco la
cabeza. Miró al cielo. Un fuerte viento
había arrastrado las
nubes, dejando al descubierto un mar de estrellas. Sus estrellas. Brezo
se sintió feliz y tranquilo.
Una estrella fugaz comenzó a cruzar el firmamento,
trazando un luminoso arco sobre el horizonte.
Los últimos restos de Geosat alcanzaron la troposfera
y se precipitaron ardientes sobre
las montañas. El satélite
se había convertido en un cometa
cuya larga cola
de fuego rubricaba el cielo estrellado. Por fin
Geosat había establecido contacto.
¡Era tan hermoso! Brezo suspiró mientras sus ojos
se llenaban con la luz de aquel espectáculo nocturno. Las estrellas le
dirigieron guiños de complicidad, como viejos amigos que se encuentran después
de una larga ausencia. Finalmente, los últimos
restos del satélite alcanzaron las capas más bajas de la atmósfera y se
estrellaron contra el suelo. Una bola de fuego se elevó sobre el horizonte. Las
llamaradas
trenzaron arabescos por encima de las copas de los
árboles, incinerando abetos y pinos, fresnos y hayas.
Unos
segundos después, el estampido de la explosión sacudió el
valle.
Y Brezo, el viejo perro, el último perro del
Hombre, con los ojos todavía llenos de estrellas, exhaló una bocanada de aire y
murió.
Epílogo
Una hora después del amanecer las ovejas comenzaron
a inquietarse. A sus hocicos
llegaba el alarmante
olor a
humo que provenía del cada vez más cercano
incendio. De modo que se agruparon en un extremo del corral, apretándose unas
contra otras, empujando las
carcomidas tablas hasta que un tramo del cercado saltó en pedazos.
Fue Agria la primera en abandonar el corral,
seguida casi inmediatamente por el resto del rebaño. La amenaza del fuego las
empujó a seguir el sendero sin dilación alguna. Inconscientemente, tomaron el
camino de los prados altos.
Al llegar al bosque de hayas, Agria, que como
siempre marchaba delante, se detuvo. El cortafuegos comenzaba a su
izquierda. El camino correcto serpenteaba a
la derecha. Vaciló.
El olor a humo, a su espalda, la empujaba hacia delante. Pero el
delicioso aroma de la hierba
fresca la invitaba
a internarse en el bosquecillo.
Las ovejas balaron impacientes. Agria sacudió la
cabeza y se adentró
en el cortafuegos. Esa fue su sentencia de muerte.
Las ovejas no son una raza natural. Fueron obra del
Hombre, hace seis mil años, en las lejanas tierras de Mesopotamia. En
cierto modo, las ovejas son un producto
más de la humanidad, como las
máquinas, los
perros, la poesía, el trigo o el maíz. Las
ovejas fueron despojadas
de sus instintos, así que apenas
distinguen el peligro, no pueden subsistir por sí mismas. Las ovejas no tienen
iniciativa ni voluntad, sólo estómago.
Por eso el rebaño subió alegremente la colina, a
través del bosquecillo, y se detuvo al borde del barranco. Allí, olvidado el
cercano incendio, continuaron su festín de jara y laurel, de espliego y
regaliz.
Hasta que el fuego llegó a su lado, incendiando los
arbustos y las hayas del bosque, los matojos y la maleza del cortafuegos.
Entonces las ovejas balaron
de terror y se apretujaron, empujándose hacia el
barranco.
Agria fue la primera en caer; su cabeza se destrozó
contra una aguja de piedra. Tomillo la siguió poco después. Y Lechosa, y Miel,
y Amarga, y Dulce...
Algo del Hombre continuó vivo mientras sus obras y
sus creaciones siguieron
funcionando. Pero las máquinas pararon, y también lo hicieron
las ciudades, y la música y los reactores nucleares, y los parques de
atracciones, y los satélites artificiales.
Hasta que sólo quedó un perro y su rebaño.
Pero el perro también murió.
De modo que, mientras las ovejas se despeñaban, una
a una, la humanidad fue contando
sus cuerpos lanosos, tarareando una canción de cuna...
Buscando el sueño final.
3. El mago
—¡Por favor! —exclamó Aníbal Zarko—. Primero el
demonio, ahora el fin de la humanidad... que fúnebres nos estamos poniendo.
El profesor Jerusalén no contestó; tenía los ojos
cerrados y parecía sumido en una especie de trance estático.
—Pero esa realidad ocurrió nunca.
—Madame Kádár sonreía apaciblemente—. Camino
equivocado era, y su curso corregido fue.
—Desde
luego. Pero no
por ello deja de ser una historia
triste. —Zarko
sacó del bolsillo interior de su chaqueta una
baraja y se la tendió a mi hija, invitándola a elegir una carta—. Dediquémonos
a algo más alegre, Claudia: la magia.
Los ojos de la niña se iluminaron mientras asistía
con entusiasmo a los juegos de manos que con tanta habilidad realizaba el joven
ilusionista.
Me levanté y fui hacia la ventana. Intenté ver el
fondo del cráter, pero el cielo estaba tan oscuro y la cortina de lluvia era
tan densa que resultaba imposible distinguir algo. Consulté el reloj: faltaba
poco para la
una de la tarde. Volví a mi asiento. La silenciosa
Isabel Bocanegra, madame Kádár y el padre Silveira
se ocupaban de voltear la ropa que estaba
secándose frente al hogar.
—En menos de una hora podremos volver a vestirnos
—dijo el jesuita.
—El tiempo de una historia más —
señaló
alegremente madame Kádár—.
¿Quién proseguir desea?
Nos miramos en silencio los unos a los otros.
Aníbal Zarko, atentamente observado por la maravillada Claudia, proseguía con
sus trucos. En aquel momento hacía aparecer y desaparecer entre sus dedos
cigarrillos encendidos; era realmente increíble la habilidad de
aquel hombre.
—Espero que sea un relato más alegre —dijo Zarko;
su mano derecha sostenía ocho cigarrillos humeantes.
—¿Y si el Gran Zarko una historia cuenta? —preguntó
madame Kádár.
El ilusionista hizo desvanecer los cigarrillos.
Acarició con afecto la cabeza, de Claudia y se volvió hacia nosotros. En
sus ojos aleteaba
una velada ironía.
—¿Una historia? Por qué no... — Sonrió divertido—.
¿Saben?, el cuento del profesor Jerusalén trata en cierto modo de la grandeza
que se esconde tras la inutilidad de
ciertas acciones. En
realidad, no hay cosa más sublime que aquello que
no sirve para nada. Como mi magia. —Hizo aparecer en el aire un bastón negro,
luego lo convirtió en un pañuelo rojo; finalmente, el pañuelo se
transformó en una
esfera de cristal. Zarko la
sostuvo en la
mano—. Mi magia es inútil, he ahí
su grandeza. Además, todo el mundo piensa que no son más que trucos. Pero se
trata de auténtica magia. Lo que hago, lo hago de verdad. Aunque, ¿cómo
demostrarlo? — Se encogió de hombros—. No importa, ése sería el último engaño:
algo que parece real, pero que todo el mundo presupone ficticio, resulta ser
finalmente
cierto.
Bien, pues de
eso trata mi historia. —Zarko, en medio del salón, se
comportaba como si estuviera sobre un escenario—. Hace un año, yo trabajaba en
un teatro de París. Se trataba de una especie de festival de ilusionismo al que
acudían magos de todo el mundo. Allí conocí a un hombre llamado Gedeón Montoya,
un gitano natural de Granada. Montoya
estaba especializado en ese
tipo de magia que llamamos mentalismo; era capaz de describir con precisión el
contenido del bolso de cualquier espectadora, o de enumerar con acierto las
fechas de nacimiento de un grupo de desconocidos. Podía ver a través de las
paredes, o encontrar objetos perdidos, o leer un
libro cerrado. Jamás
había tenido ante mí a un ilusionista mejor. Y lo más sorprendente de
todo es que Gedeón Montoya no era un mago profesional, sino un simple
aficionado que se dedicaba a la magia sólo eventualmente —Zarko se encogió de
hombros—. Aquel gitano era un enigma, así que hice lo posible por conocerle,
por averiguar cuál era el secreto que se escondía detrás de sus increíbles
trucos. Bien, Montoya y yo nos hicimos amigos. Al poco me confesó que no había
ningún secreto. Era un auténtico mentalista; lo que hacía sobre el escenario no
era más
que una ínfima parte de su auténtico poder. Luego
me contó la historia de su vida, que es la historia que ahora voy a narrar. Se
trata de un relato muy extraño; comenzó hace más de dos siglos, cuando un
mensaje misterioso cruzó el firmamento...
El mensaje perdido o A orajabiá suncaí e Gedeón
Montoya
La historia de Aníbal Zarko
El
veinte de agosto
de 1783, mientras Rusia ocupaba
los territorios tártaros de Crimea e Inmanuel Kan publicaba sus Prolegómenos
para cualquier metafísica futura, un amplio frente de radiación
electromagnética codificada atravesó la órbita del sistema Tierra-Luna en
dirección a una estrella de clase G que, dos siglos más tarde,
sería catalogada como J118 por un
anónimo astrónomo europeo.
El
frente electromagnético había sido emitido por la civilización
originaria del pequeño planeta que orbitaba
otra estrella de
clase G (a punto de ingresar en la clase K) jamás
catalogada, y situada a casi doscientos años luz de nuestro planeta.
El contenido del mensaje codificado en aquel frente
electromagnético no era particularmente relevante. En términos generales,
hablaba de la divinidad, de la trascendencia y de la inmortal
consustancialidad del alma.
Cabe señalar que la civilización que lo había
emitido poseía una naturaleza extremadamente
religiosa, y que esa cualidad mística era tanto la que había propiciado el
esfuerzo de lanzar al infinito la Verdad de la Palabra como la causante de la
guerra santa que, veinte años después de emitir el mensaje, había destruido, no
sólo su civilización, sino el planeta que la contenía y la estrella que, a su
vez, orbitaba.
Por supuesto, nadie en el sistema Tierra-Luna se
percató del paso
de aquel frente de ondas, ya que el nivel tecnológico imperante en aquel
lejano
1783 andaba por los balbucientes primeros intentos
de los hermanos
Montgolfier en conseguir que un globo de aire
cálido hiciese algo
más que arder alegremente.
El caso es que el frente electromagnético llegó
a la estrella J118, sede de una civilización tecnológicamente
avanzada y filosóficamente laica. Aquellos extraños seres descifraron
fácilmente el mensaje, y con igual facilidad pasaron a considerar su contenido
como una estupidez de proporciones cósmicas.
La verdad es que hubiesen dejado correr
displicentemente el asunto si no fuese porque la proverbial vanidad
agnóstica les impelió
a contestar a
aquellos meapilas estelares, con el fin de darles,
dialécticamente, en la cresta (si es que tenían cresta o, cuando menos,
cabeza).
Así que los seres de J118 reunieron a sus mejores
intelectuales y les hicieron redactar
una respuesta. Luego decidieron apabullar a los beatos
alienígenas no sólo con el peso de sus razonamientos, sino también con la
evidencia de su superioridad científica. Si el primer mensaje había cabalgado
en un frente electromagnético amplio y disperso, la contestación les llegaría
en un finísimo haz de energía coherente.
De modo que construyeron una
estación emisora en órbita cercana a J118 y,
gracias a su sofisticada tecnología, acumularon quince segundos de energía sol,
que luego procesaron y emitieron en forma de un haz coherente cuyo diámetro, en
el momento de la emisión, no excedía de las dos mieras.
Aquel haz pagano surcó los mares estelares a la
velocidad de la luz, radiante como el elevado pensamiento que lo había creado,
raudo en su camino hacia la, por aquel entonces ya inexistente, estrella
religiosa.
Y hubiese llegado, no cabe duda, de no ser porque
en su paso se cruzó un obstáculo:
la cabeza de
Gedeón
Montoya.
El alfabeto de los árboles
Una
puerta secreta se
abre en el muro oeste del castillo. La luna desvela
la silueta de
una mujer cruzando
el dintel y atravesando,
rápida, la explanada que conduce
al bosque. Un susurro de seda, como el crepitar de un fuego, acaricia el
silencio de la noche.
La mujer corre ahora, intentando evitar la atención
de los soldados que hacen guardia en el castillo. De pronto, su hombro tropieza
con la rama de un avellano. El vestido se rasga, mostrando
a la indiscreta noche un pecho blanco y suave, como
el queso recién cuajado.
Sobre el hombro, cruzándolo, la roja sonrisa de una
herida derrama lágrimas de sangre.
Durante los lejanos tiempos en que la religión de
los druidas se extendía por
los bosques celtas,
los árboles tenían asignadas
letras y significados.
Así, por ejemplo, el abedul era la B, el roble la
D, o el acebo la T.
Una
vieja tradición galesa
cuenta que, durante la mañana de Pascua de Navidad, el primer hombre que
pisase el umbral de la casa sería, sin duda, el Muchacho del
Acebo, de siniestra
naturaleza, por ser el representante de
Saturno.
Por eso, durante la Pascua, a ese hombre se le
mantenía alejado de las mujeres.
EL RAYO CO HERENTE Y LA SINAPSIS DE GEDEÓN MONTOYA
Nadie
se dio cuenta
de que el mensaje de J118 estallaba contra la cabeza
del recién nacido. El haz coherente, por supuesto, ocupaba una fracción
del espectro electromagnético no visible
para el ojo humano. Así que nadie fue consciente del gran error que
habían cometido los agnósticos alienígenas al
pasar por alto
un obstáculo como la Tierra.
Nadie fue consciente, salvo quizá la bisabuela de
Gedeón, una anciana desdentada y senil (pero algo bruja), que en el momento del
impacto exclamó:
—¡Er chinorré sina yes timunjonó!
¡Láñela or Benguí on sun chapitel!
Lo que, traducido del caló, venía a significar: «El
niño es un mago. Trae al Demonio en su cabeza.»
Pero nadie le hizo caso.
Fuera como fuese, el haz de energía coherente y
codificada que, en aquel momento de la mañana de Navidad de
1953, tenía un diámetro de 21,7 cm., atravesó la
ventana de la pobre chabola de los Montoya, en el barrio granadino del
Sacromonte, y alcanzó de lleno la pequeña cabeza del recién nacido Gedeón,
mientras la comadrona, sujetándole por los pies boca abajo, le palmeaba
enérgicamente el trasero.
Lo normal es que aquel rayo dialéctico, investido
de quince segundos de energía sol, hubiese quemado todas y cada una de las
neuronas del bebé. Pero no lo hizo. Se trataba de un rayo dialogante y
civilizado cuya única pretensión
era encontrar un
receptor para su mensaje. Dado que el neocórtex
de Gedeón era un receptor tan bueno como cualquier
otro, el haz hablador anidó en él. Claro está que el cerebro de un tierno
infante no puede almacenar, sin sufrir
cambios, el destello
de una estrella, por muy
ordenado que ese resplandor sea.
Así que el haz de energía electromagnética
coherente de J118 reventó literalmente las sinapsis del cerebro de Gedeón,
abriéndolas a todos y cada uno de los estímulos existentes en el universo
conocido.
Dicho de otra forma, el sistema nervioso central
del niño gitano Gedeón Montoya se convirtió
en un receptor
perfecto, capaz de percibir, no sólo cualquier
alteración de todas las longitudes de onda del espectro electromagnético, sino
también los flujos de gravedad,
las fuerzas cuánticas débiles y fuertes, los taquiones y otra serie de
perturbaciones en el continuo espacio-tiempo, para las que la ciencia actual no
tiene conceptos ni palabras.
El calendario de los árboles
La mujer se interna en el bosque mientras sus ojos
destilan perlas de agua salada.
La herida del hombro palpita, pero
no es ése el motivo de su dolor. No, hay en ella
un abandono, una
pérdida forzosa, que excede con mucho el sufrimiento de la carne
rasgada.
El
avellano es un
árbol discreto, pero también
mágico; no en vano de su madera están hechas las varas zahoríes.
Los druidas no sólo asignaban una letra a cada
árbol, sino que también le concedían una época del año.
En este calendario vegetal, a la hiedra, cuya letra
era la G, le correspondía el tiempo de octubre.
Antiguamente, la última gavilla de la cosecha era
atada con hiedra, dándosele el nombre de la Muchacha de la Hiedra.
Al
último labrador en
finalizar la cosecha se le castigaba
dándole durante un año esta gavilla. Eso era augurio de mala suerte, ya que la
hiedra estrangula al árbol, igual
que una mala
esposa ahoga al hombre.
LAS SINAPSIS EXPANDIDAS EL CALDERO DE ORO
Durante sus cinco primeros años de vida, Gedeón no
pronunció ni una sola palabra. Tampoco durmió, ni lloró ni apenas se movió.
Estaba demasiado ocupado percibiendo las alteraciones gravitacionales de
la estrella de
Barnard, manteniendo un diálogo antirrelativista
con una Inteligencia Artificial de Rigel,
o, más prosaicamente, conectando
su oído derecho al curso de idiomas de la BBC.
Sus padres, por supuesto, estaban tan preocupados
por el estado de su primogénito que incluso le llevaron a la consulta de un
médico payo.
—Estamos ante un caso claro de autismo —sentenció
el doctor, con la aplastante seguridad de quien no tiene la más remota idea de
lo que sucede.
Diérasele el nombre que se le diera, Gedeón era un
auténtico problema para una
familia tan pobre
como
galopantemente extensa (a esas alturas, eran ya
cuatro los churumbeles, y un quinto venía en camino).
Así que un día, Antonio Montoya, el padre de
Gedeón, cogió a su hijo mayor y lo sentó sobre sus rodillas.
—Sinelas soque yequí arluchí, Gedeón —le dijo con
el ceño fruncido
—. Buter tué olacera marelar on ondolé jibilén.
Lo que, en el lenguaje de los payos, significa:
«Eres como una, planta, Gedeón. Más te valiera acabar en el pozo.»
Gedeón no prestó la menor atención a las palabras
de su padre, pero sí fue
muy consciente de los significativos cambios en
la estructura electromagnética de
su aura.
No cabía duda de que su corta vida corría peligro.
Así que Gedeón se desconectó de una estructura estelar particularmente anómala
del sector Sirio, dio por
finalizada una turbia conversación con los seres acuáticos de Ras Algethi, y
pasó a explorar el, llamémosle así, Campo Arquetípico Junguiano más próximo.
Encontró lo que buscaba y, acto seguido, enlazó de
nuevo con el curso de idiomas de la BBC. Carraspeó y, por primera vez en su
existencia, habló:
—Antonio, querido padre: el
once de diciembre de 1491, Abu AmirMohammed, viendo próxima la entrada
de los cristianos en Granada, metió su fortuna en un caldero y la enterró en lo
que hoy es el abandonado huerto del tío Aquiles. Da seis pasos hacia el este
desde el manzano seco y cava allí.
Luego Gedeón repitió este mensaje en inglés,
francés y ruso.
La mandíbula inferior de Antonio Montoya descendió
hasta el tope de sus articulaciones,
en explícita manifestación de
estupor. Así permaneció un
buen rato, hasta
que
Gedeón,
cansado de aquel
estado de cosas, exclamó:
—Ne pirabares, batú. Naja á or vea e tío Aquiles ta
farabustea. Oté bobiá sonacay.
«No jodas, padre. Vete al bueno del tío Aquiles y
busca. Allí hay oro.»
Antonio
cerró la boca,
frunció el ceño y depositó a su
hijo, con infinito cuidado, sobre un jergón de lana. Luego cogió una pala y,
mientras Gedeón exploraba el Centro Galáctico, se fue al huerto del tío Aquiles
y lo llenó de agujeros. En uno de ellos encontró un caldero de cobre que
contenía treinta y dos kilos de oro puro.
De esta forma los Montoya dejaron de ser una
familia extremadamente extensa y pobre, para convertirse en extremadamente rica
y extensa.
El
bosque y la
conciencia expandida
La mujer corre por el bosque, alejándose de su amor
traicionado. Cae varias veces, rasgando aun más sus ropajes. Y vuelve a correr,
ondeando en la noche sus harapos de seda y damasco.
En su ciega carrera cruza veredas y arroyos,
traspasa heléchos, se hiere de acebo y se baña en hiedra. La luna espía
su locura.
Tanto la hiedra como el acebo son saturnales: de
acebo era la clava de Saturno, y de hiedra el nido del Reyezuelo de Copete
Dorado, su ave.
A Saturno estaban dedicadas las bacanales de
octubre, cuando las basárides embriagadas corrían por los bosques, agitando
ramas de abeto entrelazadas espiralmente por hiedra.
Antiguamente,
en las Islas Británicas, se elaboraba cerveza de
hiedra, una bebida
muy embriagadora que alteraba
suavemente la conciencia.
Pero es justo
señalar que, en aquellos tiempos
encantados, los
hombres
solían intoxicarse, modificar sus sentidos, comiendo pequeñas
porciones de amanita muscaria, la seta moteada de puntos blancos que crecía en
lo verdes bosques del Cád Goddeu.
A ULUYILIA MONTOYA, PARNÉ TA A
OROTA DOR SUNDACHE Durante los catorce
año siguientes al hallazgo
del caldero de oro, Gedeón alternó la exploración del
universo y de las fuerzas que lo regían con la especulación financiera
destinada
a incrementar la cada vez más cuantiosa fortuna de
los Montoya.
Así, por ejemplo, después de viajar hacia atrás en
el tiempo, a lomos de un
taquión recesivo y melancólico, y echar una ojeada
a los diez segundos posteriores al Big Bang (quarks saltarines, hidrógeno
incipiente y todo lo demás), Gedeón le decía a su padre:
—Batú, quínela IBM. Abela cayicó
Ta bínela wolframio. Ne o abela.
«Padre, compra, acciones de IBM Tienen futuro. Y
vende wolframio. No lo tiene.»
Y así todos los días, agitando un curioso cóctel en
el que se mezclaban, a partes iguales, la cosmología más delirante con la
economía caníbal de un tiburón de las finanzas.
De esta forma, el clan Montoya llegó
a poseer una acumulación de bienes y dinero como
jamás en la
historia se había visto. Hasta
que una mañana de verano, sentado bajo
la sombra del roble más viejo de la inmensa finca
Montoya, Gedeón llegó a dos conclusiones tajantemente definitivas.
Aquella misma tarde le comunicó a su padre la
primera, la más prosaica. Estaban los
dos observando cómo Julián, el capataz, le ponía por primera
vez las bridas a Cherdiyí, el nuevo potro purasangre que había comprado Antonio
en Inglaterra, cuando Gedeón dijo seriamente:
—Batú, ne arcilamos chalar
querelando parné. Habiyamos o 17 % e saró chiquen.
Yes chulé buter,
ta os payos sé amangue bucharan
upré.
«Padre, no podemos seguir haciendo dinero. Tenemos
el diecisiete por ciento de todo el planeta. Un duro más, y los payos se nos
echarán encima.»
Antonio continuó mirando, con ojos entrecerrados,
los andares gentiles del potro. Se caló el sombrero de ala ancha y musitó con
voz suave y amable:
—Baró, Gedeón. Ácana abelamos bute parné. Sosque
tute péneles.
«Bueno, Gedeón. Ya tenemos mucho dinero. Como tú
digas.»
Luego se apartó del cercado y
comenzó a caminar en dirección al cortijo,
balanceando suavemente el bastón
que sostenía en la mano izquierda. Gedeón le siguió; parte de su
atención estaba en la Pequeña Nube de Magallanes, a 160.000 años luz.
—Batú... —dijo por fin Gedeón—. Me voy a ir. Dile
adiós a madre.
Antonio se detuvo y miró fijamente a los ojos de su
hijo. Se quitó el sombrero y se pasó un pañuelo por la frente.
—Ya... Has sido un buen hijo, Gedeón —dijo,
hablándole por primera vez en castellano; luego añadió—: Querelé jayaré on ne
bucharelarte á or jibilén. Naja sar Ostebé.
«Hice bien en no tirarte al pozo. Ve con Dios.»
Y, tras encender un cigarrillo, se dio la vuelta y
continuó, tranquilamente, el paseo.
Jamás se volverían a ver.
Gedeón, por su parte, conectó su lóbulo parietal
derecho con la red de ordenadores
del Pentágono, buceando por entre el inmenso conjunto de
mapas digitalizados del banco
de datos obtenido mediante la red
de satélitesespía. Encontró el sendero que buscaba y comenzó a andar a buen
paso.
Mientras caminaba se entretenía paladeando la sima
gravitacional de un
agujero
negro en el
Cúmulo del Centauro o calculando
la temperatura superficial de Pollux (4.523 grados kelvin). También meditaba, a
su extraña manera, en la segunda y más terrible conclusión a que había llegado
aquella mañana.
Desde hacía diecinueve años, Gedeón había ocupado
la mayor parte de su tiempo en percibir el universo. Había sondeado cada
estrella, cada nebulosa, cada pulsar. Había explorado los límites de la
materia, había dado la vuelta al continuo del espacio-tiempo, había medido a la
vez la cantidad de energía y el
lugar que ocupaba
un
electrón en su órbita cuántica (abochornando, de
paso, la memoria de Werner Karl Heisenberg). Había retrocedido en el tiempo
hasta penetrar en la Singularidad Prima, había cuantificado a la décima de
gramo toda la masa oscura del cosmos.
Había sido el alfa y el omega, el aleph, el centro
de todas las cosas.
Y no había encontrado, en aquel universo loco y
salvaje, nada, absolutamente nada, que valiese la pena.
El Grial y la vulva de la Dama de
Lago
La mujer se detiene y cae al suelo extenuada. Sus
pechos se agitan como palomas
atemorizadas. Un extraño mareo se apodera de ella y, alzando
la mirada al cielo estrellado, se siente proyectada hacia el infinito.
A su lado crece una mandrágora. La arranca y
contempla su raíz. La muerde. Sabe a tierra. La traga.
Media hora después, la mujer se levanta. Hay algo
nuevo en su mirada. Suavemente se despoja de los restos de su vestido y los
echa a un lado. Su desnudez es un reto a la luna.
Lentamente al principio, la mujer empieza a bailar.
Su vulva, húmeda, es
un chakra místico.
Cuenta la tradición cristiana que el Grial es la
copa donde José de Arimatea guardó la sangre de Cristo en la cruz. También hay
quien afirma que el Grial no sería otra cosa que el cáliz de la última de cena
de Jesús.
Esta leyenda, para algunos mistérica, para otros de
origen celta, tuvo su máxima expresión en el ciclo de Arturo, el rey héroe que,
finalmente, fue llevado a la isla
de Avalón, cubierta
de manzanos milagrosos, para sanar su heridas.
Pero Arturo, sin Ginebra, nada sería. so ich
nách dem grále ringen,
so
muoz mich iemer twingen ir kiuscblicher umbevanc.
«Si tengo que esforzarme por el Grial, el
pensamiento del puro abrazo de ella debe impulsarme».
Existe, sin embargo, otra forma de interpretar el
mito, según la cual el Grial se identificaría con la naturaleza femenina de la
divinidad incognoscible. El Grial, la copa, sería pues la vulva mística que da
paso a la matriz del conocimiento.
De este modo, la búsqueda del Grial sería la
búsqueda de un Saber que es, sobre todo, Amor.
EL
CEREBRO DE G EDEÓ MO NTO YA Y
SU PERDID HUMANIDAD
Para
comprender a Gedeón Montoya, si es que es posible entender
algo que abarca todo el espacio y todo el tiempo, necesitamos volver a los
primeros instantes de su alumbramiento.
Un haz de energía coherente codificada reventó sus
sinapsis, expandiendo su conciencia infinitamente. Le
convirtió en un receptor
perfecto, es decir,
un observador situado fuera del Principio de la Indeterminación. Su
«mirada» no
alteraba «lo mirado». Veía lo real en su prístina
integridad.
Desde
sus primeros segundos
de vida, Gedeón podía entender sin necesidad de usar conceptos. No precisaba
de ningún simbolismo cultural para procesar la información.
Miraba, a su extraña manera, y comprendía.
Huelga señalar que una aptitud de tales
características le situaba muy lejos de lo que entendemos por humanidad.
Sin embargo, el día en que, sentado sobre las
rodillas de su padre, comprendió que éste consideraba seriamente la idea de
tirarle al pozo, un
rasgo de simple primate le sesgó para siempre. El
instinto de supervivencia.
Y ese instinto fue el que le llevó, primero a
valorar su propio cuerpo, después a hablar y, finalmente, a hurtar horas de su
gozo observador para invertirlas en el manejo del sistema económico-financiero
mundial.
Gedeón Montoya, con la omnisciencia de un dios, se
volcó en las labores más prosaicas que concebirse puedan. Y lo hizo,
simplemente, para salvar el culo. No cabe duda de que las glándulas
suprarrenales le funcionaban tan bien como las neuronas.
Así que Gedeón era un poquito
humano.
Lo suficiente como
para, cercana ya su primera veintena, preguntarse acerca de su perdida humanidad.
Durante diecinueve años, había explorado el
universo de arriba abajo, hacia
atrás y hacia
delante. Pero lo había hecho como un instrumento, con la
misma emoción que pudiera embargar a un microscopio electrónico mientras
observaba una molécula de benceno.
Era un mirón sin alma y sin propósito.
Había vislumbrado los increíbles amaneceres del
cuarto planeta de la estrella doble
Albireo. Pero no
había
estado ahí para sentir en su piel la suave brisa
del mar escarlata.
Había filosofado con los frágiles habitantes de
Formalhaut, pero no había acariciado su delicada piel de raso alienígena,
ni había estrechado los suaves
tentáculos de medusa cristalina.
Había viajado en taquiones paradójicos para
observar cómo unos feos e incipientes anfibios abandonaban el caldo primigenio
del mar Tatys para iniciar su loca carrera hacia el hacha de sílex, la bomba de
hidrógeno y las novelas de Bárbara Cartland. Pero no había sentido ninguna
emoción, ninguna simpatía, ante aquellos torpes andares,
ante aquel insensato abandono.
Por eso, porque se negaba a ser un mero
radiotelescopio de inusitada sofisticación, Gedeón Montoya había dejado atrás
su familia, su fortuna de inconmensurables proporciones, sus horas de
exploración universal...
Ahora, siguiendo el sendero polvoriento, sin
más equipaje que la
ropa que le cubría, Gedeón no era otra cosa que un pobre gitano buscándose a sí
mismo.
Y su búsqueda comenzó, claro está, por el sexo.
La reina Ginebra bailando desnuda entre las sombras
de la luna
Los pies apenas rozan los heléchos y la grama. Piel
pálida, teñida de luna.
A la reina Ginebra le duelen los ojos de tanto
convertir tristeza en humedad.
Cuando gira sobre sí misma, atraída por el
resplandeciente deseo de una luciérnaga, sus manos rozan el espliego y la
retama. Su pelo color de avena se vuelve remolino, atrapando polillas en el
aire.
La reina Ginebra se detiene unos instantes, como
la cierva sorprendida por un aleteo de nubes. Dos
acebos gemelos, cubiertos de hiedra, enmarcan
su cuerpo.
Una sombra de luna difumina la escena.
EL O RG ASMO CO NSIDERAD COMO UN SALTO CUÁNTICO
Bajo ningún criterio estético podía considerarse
bello a Gedeón. Era pequeño, cetrino, escasamente musculado, de
gesto adusto... Ni siquiera la juventud de sus diecinueve
años le dotaban de gracia alguna. Ninguna mujer se hubiese tomado la
molestia de dirigirle
una segunda mirada, salvo
quizá para afianzar
con
recelo el bolso o la chaqueta.
Así que, a priori, su porvenir erótico aparecía
nebuloso e incierto. Sin embargo no hay que olvidar que Gedeón podía leer una
mente con la misma facilidad que se ojea un tebeo, y eso, no cabe duda, da una
ventaja inmensa a quien decide internarse por la senda de la seducción.
Su primera amante fue escogida con matemática
minuciosidad. Gedeón, sentado bajo un olivo, examinó el conjunto del mapa
biomórfico en un entorno de cuatrocientos kilómetros. Unos pocos minutos después había
encontrado a siete posibles candidatas.
Finalmente se decidió por Erica Ulbricht Thammasak,
una modelo alemana de origen tailandés que estaba pasando sus vacaciones en una
pequeña urbanización de la Costa del Sol.
Era indescriptiblemente hermosa. Hija de un atleta
olímpico, ganador
de tres medallas de
oro para la República Federal Alemana, y de una
estudiante tailandesa afincada
en Europa, Erica reunía lo mejor de ambos progenitores. Morena, pero de
ojos intensamente azules, la tez cobriza, el cuerpo esbelto, aunque no frágil,
los músculos elásticos y
el tacto suave como la piel de un melocotón.
Estaba sentada en la terraza de un bar marbellí
cuando Gedeón se acercó a ella hablándole en tai. Eso bastó para llamar su
atención. ¿Cómo es que aquel gitano dominaba la antigua lengua siamesa? Luego,
cuando Gedeón cambió al alemán, expresando con perfecto acento ideas tan
hermosas como un archipiélago esmeralda, la curiosidad de Erica se transformó
en algo parecido a la admiración.
Cuatro horas mas tarde, después de comprobar que
aquel joven podía encontrar palabras con las que definir lo más esencial
del alma de
una mujer, Erica experimentó
deseo. De un plumazo
quedaron borrados los rasgos turbios, la piel
cetrina, el cabello basto, la complexión escuálida. Gedeón se convirtió en un
dios capaz de engarzar palabras como diamantes al oro de una cadena. Un dios
lleno de comprensión, de dulzura, de
amabilidad. Un dios débil, pero infinito y sublime.
A medianoche se dirigieron a la habitación del
hotel de Erica, se despojaron de sus ropas, se ducharon (él lo necesitaba mucho
más que ella) y luego, mientras cada uno secaba la piel del otro, se fundieron
en un intenso abrazo.
El primer orgasmo de su existencia
hizo
que Gedeón se sintiera
sacudido por una impresión que iba más allá del mero placer físico. Durante
los escasos diez segundos que duró el climax, Gedeón se volcó en sí mismo.
Por primera vez desconectó del universo, abandonó
la luz de las
estrellas, las mareas gravitacionales de las singularidades desnudas, los
ritmos casi africanos de los pulsar. Y se centró en su propio ser.
De tal modo que se comportó en la forma que siempre
ha distinguido tanto a los meteoritos que alcanzan la atmósfera como a los
eyaculadores precoces: fue fugaz e insatisfactorio.
Así que, para el siguiente coito, Gedeón enlazó con
el canal de vídeo erótico de un hotel de Bangkok, y con el hipotálamo de
un artista pornográfico que en un oscuro cabaret
holandés practicaba el sexo con dos muchachas adolescentes.
Todo fue mucho mejor, sobre todo porque Erica tuvo
un orgasmo que Gedeón, el receptor perfecto, experimentó a su vez. Eso le llevó
a descubrir que el orgasmo femenino era muy superior en matices y sensaciones
al masculino, más corto y basto.
A partir de ese momento, y durante los tres
años siguientes, Gedeón
se
convirtió en un fornicador compulsivo, yendo de
mujer en mujer, vampirizando sensaciones y placeres ajenos, tejiendo una red
erótica que le conducía de la vulvar cadencia de una bailarina turca al
clítoris de una
mujer-leopardo de la tribu Búa, pasando por la exaltación
tántrica de una
yogui bhakti o
por el suave éxtasis de una
matrona siciliana.
Finalmente, el día en que cumplía veintitrés años,
Gedeón decidió llevar a cabo una experiencia
única. Sedujo a una
joven irlandesa, que
tenía llamaradas por cabello y un universo de pecas en la piel,
solicitando de ella una fellatio suave y cadenciosa. Justo en el
momento en que sus testículos iban a arder de
pasión, Gedeón abrió su percepción y conectó con todos los hombres y mujeres
que en aquel mismo instante estaban experimentando la culminación sexual.
Ante el horror de la joven irlandesa, Gedeón permaneció
inconsciente durante casi una hora. Al despertar, la cabeza doliente y
los genitales entumecidos, el gitano marcado por el rayo de
una estrella se
sintió exactamente tal y
como era: una
puta que, en vez de abrirse de piernas, abría sus sinapsis a un placer
carente de emoción, tan impersonal como el fulgor
de una nova.
No. El sexo le había hecho más humano, pero no era
la culminación por él esperada.
Ginebra
siguiendo el sendero
a través de los bosques de Camelot.
Ginebra quiere morir porque quiere vivir para besar
una vez más los ojos de Lanzarote.
Ginebra quiere morir porque quiere vivir en la
serenidad de Arturo, y resguardarse
en su pecho
cuando el otoño alfombre de oro
Camelot.
El sendero conduce a Ginebra a las
orillas de un lago. Una piedra se alza
cubierta de hiedra.
Clavado en la piedra, el bruñido metal de una espada
arroja guiños de luna.
Ginebra extiende la mano, pero no coge la espada.
Arranca siete hojas de hiedra.
Un gesto melancólico las lleva a su boca.
EL DO LO
R Y
LA MUERT CONTEMPLADOS DESDE EL
PICO ADAMS
Cientos de cadáveres comenzaban a descomponerse
bajo el sol que tostaba
las faldas del Pico Adams, en el centro de Sri
Lanka. En su mayor parte eran hindúes tamiles, masacrados por las fuerzas
cingalesas del presidente Sirimavo Bandaranaike.
Hombres y mujeres, niños de extremidades delgadas y
ojos grandes, bebés que no habían conocido más que el hambre y el dolor...
todos convertidos en protoplasma muerto, en festín para los buitres.
Y Gedeón, sentado en una cornisa del monte,
trescientos metros más arriba, contemplando los restos de la
carnicería, respirando los perfumes de la
putrefacción, era el
único
superviviente.
Había sobrevivido, sí. Pero también había
experimentado cada segundo de agonía,
cada herida, cada postrer
suspiro. Porque había sido la mujer traspasada por la bayoneta, el hombre
machacado a culatazos, la joven cuyo cráneo se reventó contra la piedra.
Se levantó de su asiento de piedra y descendió
hasta la pequeña llanura. Buscó un cigarrillo y lo encendió. Mientras fumaba
leyó la inscripción en el paquete de tabaco.
LAS AUTORIDADE
SANITARIAS ADVIERTEN QU FUMAR PERJUDICA SERIAMEN
LA SALUD.
Una carcajada atravesó su garganta
—era la primera vez que reía—; «no es fumar»,
pensó, «lo que perjudica la salud. Es vivir...»
Algo tirado en el suelo llamó su atención: era una
mano limpiamente cercenada a la altura de la muñeca.
La mano de un niño de cuatro años. Las lágrimas
se agolparon en los
ojos de Gedeón y fluyeron como un torrente
desbocado. Por primera vez lloraba.
¿Era eso la humanidad? ¿Acaso el dolor y la
desesperación son lo único que nos separa de la materia inerte?
Gritó, y las laderas del Pico Adams le devolvieron
el reflejo de su voz.
De
repente algo ocurrió.
En el mismo borde
de su percepción expandida pudo intuir una sombra,
una presencia danzante.
—¿Quién está ahí? —exclamó—.
¿Quién eres?
La sombra reverberó y se agitó. Gedeón no podía
verla. ¡Por primera vez
encontraba algo que
no podía abarcar ni distinguir!
—¿Quién eres tú? —dijo la sombra. Y, como la última
luz del ocaso, se
desvaneció.
La reina Ginebra bailando desnuda con los ojos
llenos de estrellas
Ginebra, la mirada brillante, dilatada,
ríe y llora a la vez. Ginebra está colocada,
dopada,
intoxicada... Borracha de hiedra, ebria de luna.
Sus ojos oyen paisajes fantasmales, y su piel ve
música nunca antes saboreada.
Ginebra está lejos.
Súbitamente, el bosque no existe y sólo queda un
campo de estrellas.
Y una sombra difusa que fluye como la leche
vertiéndose en un cántaro.
—¿Quién está ahí? —dice la sombra
—. ¿Quién eres?
—¿Quién eres tú? —contesta
Ginebra.
Un parpadeo de luna devuelve a la reina al bosque
encantado. Un corzo corre entre los acebos.
Ginebra lo sigue.
LA SO MBRA AG ITÁNDO S
DENTRO DEL MÁNDALA
La mayor parte del mensaje de J118 constituía un
conjunto de creencias filosóficas que difícilmente podían tener significado
alguno para un bípedo del planeta Tierra. Sin embargo, un 6,4 % de aquel texto
alienígena sí era comprensible para la inteligencia humana.
Se trataba de la parte que hacia referencia a dios,
negando cualquier posibilidad de afirmar o negar su existencia.
«A gnosein.» No conocer.
La verdad es que no sólo se trataba de que
en el cerebro
de Gedeón
Montoya
hubiese quedado indeleblemente
inscrito el mensaje de J118. Es que Gedeón Montoya, siendo hipersensible hasta
un grado que no podemos concebir, jamás había sentido la presencia de dios
alguno. Ni en lo más pequeño, ni en lo más grande.
Quizá por eso Gedeón, cuando quiso experimentar en
sí mismo la humanidad del pensamiento místico, eligió la más agnóstica de todas
las religiones.
Porque el budismo no sólo no adora a dios: ni
siquiera habla de él.
Gedeón marchó al Nepal, y una vez allí se internó
en el remoto valle del Manang,
rodeado por el macizo del
Anna-purna, el glaciar Domo y los picos
Tiliche, Chulu Himal y Pisang.
Solicitó asilo en el lamasterio Braga Gompa,
perteneciente a la secta kagyu- pa. Y le fue denegado.
Se
sentó en el
suelo, frente a la
puerta del monasterio, y allí permaneció tres días y tres noches.
Cuando, finalmente, un monje azafranado cruzó
las puertas con la
firme decisión de echarle, aunque fuese a la fuerza, Gedeón recitó al pie de la
letra los textos sagrados Mahayanas y el Bardo Thódol.
Unas horas después, aquellos lamas no sólo
acogieron a Gedeón, sino que le
dieron el tratamiento propio de un buda
reencarnado.
Cinco
años permaneció entre aquellas paredes de gélida arenisca.
Y durante esos cinco años aprendió a dejar de mirar
al exterior, para centrarse en su interior.
Desgraciadamente, lo que encontró dentro de sí
tampoco le resultó particularmente interesante.
Hasta que un día, mientras contemplaba un mándala
con el bodhisattva Avalokitesvara (y los seis budas de los seis mundos), Gedeón
percibió de nuevo la sombra que había intuido en las laderas del Monte Adams.
—¿Quién eres tú? —preguntó asombrado.
La sombra, en realidad algo más parecido al reflejo
de la luna en un lago, titiló y parpadeó.
—¿ Quién eres ? —repitió Gedeón. La sombra se situó
en el centro del
mándala y, por unos instantes, pareció adquirir
forma humana. Luego se difuminó de nuevo.
—¿Por qué no puedo verte? — Gedeón notaba cómo la
excitación recorría su piel—. ¿Qué quieres de mí?
Un fugaz parpadeo, un leve resplandor, una brisa
húmeda.
—La Piedra —dijo la sombra—. La
Piedra...
—¿Qué piedra?
La sombra comenzó a disolverse. Un instante antes
de desaparecer, susurró:
—Hay tanta luz en la oscuridad...
Un leve «pop»,
y Gedeón se encontró de nuevo
sólo, frente al mándala.
Se levantó y, asomándose a la ventana, contempló el
valle de Manang a la luz de la luna.
Gedeón se dio cuenta de que algo había cambiado en
él, aunque no podía decir exactamente qué.
A la mañana siguiente se despidió de los monjes
budistas y dejó atrás el
monasterio, el
valle del Manang y el
Nepal.
La danza luminosa en el Círculo de
Piedras
La carrera del corzo conduce a Ginebra al antiguo
Círculo de Piedras donde la vieja religión adoraba a Beli, Dios del Sauce y de
la Luz.
Ginebra baila una danza pagana, siguiendo con sus
pies la cadencia de los cincuenta y seis hoyos que rodean el templo pétreo.
Ginebra, tú lo sabes, forjó una leyenda de amor
sublime. Pero también
destruyó el sueño de un hombre.
Quizá su danza de hiedra sea la expiación de su
culpa.
Quizá nunca hubo tal culpa...
Ginebra sigue con la vista el vuelo de una lechuza.
De pronto, Ginebra se detiene y contempla la Gran
Piedra que Merlín alzó mágicamente en medio del Círculo.
La
sombra fantasmal se
recorta sobre el dolmen.
—La
piedra... —murmura Ginebra
—. La piedra...
—¿Qué piedra? —pregunta la sombra.
Una cortina resplandeciente se
precipita sobre el negro cielo, distrayendo a
Ginebra. Las tinieblas son un vuelo de flamígeras aves de colores.
—Hay tanta luz en la oscuridad... —
murmura la reina.
La sombra contra la piedra se disuelve como una
gota de vino en una jarra de agua.
—No te vayas —dice Ginebra. Pero la sombra ya se ha
ido.
LA ASÍNTOTA GITANA
Durante los siguientes diez años, Gedeón buscó su
perdida humanidad en las selvas amazónicas de Brasil, o en la
danza de los derviches del Yemen, o en la alta
cocina de los
mejores restaurantes franceses.
Se convirtió en artista, plasmando en el lienzo lo
que sus locos sentidos veían en el Campo Arquetípico. Fue curandero en las
plantaciones de coca bolivianas, diagnosticando gracias a su hipersensibilidad
inhumana. Recogió algodón junto a los braceros negros de Luisiana, y aceitunas
en los campos de Sicilia.
Gedeón Montoya era una curva asintótica, acercándose
infinitamente a su meta, pero sin
llegar nunca a alcanzarla.
Durante esa década sólo volvió a encontrarse en dos
ocasiones con la sombra.
La primera vez en el Yucatán, mientras se
encaramaba a las ruinas de una perdida pirámide maya. Estaba observando un
altorrelieve de la Madre Tierra, con su forma de sapo, cuando el aire se agitó
con el ya familiar parpadeo de luna. La experiencia duró unos segundos y Gedeón
sólo pudo percibir el breve fragmento de una canción gaélica:
Bum Twrcb ym Mynydd Bum cyffmewn rhaw Bum bwallyn
llaw.
«Yo he sido un corzo en la montaña / yo he sido un
hacha en la mano, yo he sido un tocón en la pala.»
Era una voz de mujer quien cantaba, y había en ella
tanta tristeza que Gedeón estuvo a punto de echarse a llorar. Además, aquella
canción parecía hablar de él, parecía escrita para él, hecha a la medida para
él, como un traje confeccionado por un sastre de Hong Kong.
La segunda vez que, tras dejar a los lamas, Gedeón
reencontró a la sombra fue en el desierto de Sonora, mientras
contemplaba un melancólico atardecer.
Un cactus se interponía entre él y el sol, y
fue justo en la
sombra que el cactus arrojaba donde el titileo de luna
surgió, esta vez silencioso y casi
estático.
—No sé quién o qué eres, pero estás empezando a
convertirte en la única razón de mi
existencia —dijo Gedeón
—. No he encontrado a nadie ni nada que como tú
pueda guarecerse de mis sentidos. Eres lo único que no puedo entender.
—Estás triste —susurró la sombra
—. ¿Por qué?
—No estoy triste... Sé. Sí lo estoy.
No soy un ser humano. Ni siquiera sé lo que
significa humanidad.
—Oh... —La sombra pareció dudar
—. Creo que eres muy humano. Incluso demasiado.
—¿Tú quién eres? ¿Dónde estás?
La sombra no contestó. De repente pareció bailar, y
el baile se convirtió en silueta, y la silueta en imagen.
La imagen de una mujer desnuda, bañada de plata,
como una diosa lunar.
—La Piedra... —dijo la Mujer-Luna y extendiendo una
mano dejó caer algo al suelo.
Gedeón lo recogió. Era una hoja de hiedra.
—Pero... —El gitano vaciló—.
¿Dónde estás?
—En la Piedra —susurró—. En la Piedra... Y, como
una vela que se apaga, se esfumó. Gedeón se incorporó y gritó:
—¡Vuelve! ¿Dónde está la piedra?
—Pareces tonto. La Piedra: con mayúscula. Gedeón se
volvió, sorprendido. Un viejo chamán indio le contemplaba con expresión
irónica.
—¿Qué haces aquí? —preguntó
Gedeón.
—Mirar
a un idiota hablando
con una sombra.
—¿Tú también la has visto?
—No estoy tan colocado... Y tú, que
la has visto, ¿sabes quién es?
—No...
—¡Vaya, hombre! —El viejo rió mostrando el interior
de su boca desdentada —¿Acaso no eres Gedeón Montoya, el Observador Perfecto,
el que todo lo conoce?
—¿Cómo lo sabes...?
—¿Te crees que eres el único que puede Ver? —Meneó
la cabeza—. Me pongo ciego con hierbas y hongos. Entonces Veo.
—¿Sabes dónde está la piedra?
—La Piedra. Con mayúscula —E chamán rió de nuevo y
bailoteó torpemente—. En realidad es el Círculo
de Piedras.
—Pero hay muchos círculos de piedras...
—¡Qué torpe eres! Sólo hay un Círculo de Piedras...
¿Qué tienes en la mano?
—Una hoja de hiedra.
—¡Pues utiliza tus supersentidos de superhéróe
barato! Enfoca la hoja de hiedra, y Mírala. ¿De dónde proviene?
Gedeón hizo lo que le indicaba el viejo.
—Viene
del Llano de
Salisbury...
¡Stonehenge! Pero... ¡Esta hoja tiene siglos de antigüedad!
—Y está fresca como una lechuga —
El chamán volvió a bailotear—. Me aburres, Gedeón.
Te crees más que humano, y sólo
eres un niño deslumhrado por el sol. Vete a la Piedra
el día del solsticio de verano. Por la noche cómete una... ¿Cómo se llama...?
No es yagé, no es ergina, no es mescalina... ¡Mira en mi cabeza, huevón!
—Amanita muscaria —dijo con un hilo de voz Gedeón.
El viejo chamán suspiró.
—Eso es. Y ahora lárgate de aquí, mocoso. Éste es
mi desierto y tú eres más aburrido que un lagarto. Más, incluso, que Carlos de
Castañeda.
Realmente, eso era ser muy
aburrido.
Gedeón
recogió en silencio
sus cosas y se marchó. Mientras cruzaba el desierto no dejaba de apretar
en el puño aquella milagrosa hoja de hiedra.
Una cita en el bosque más allá del tiempo
Ginebra, recostada sobre la hierba, la espalda
apoyada contra el musgo que cubre la Piedra, canta tristemente una tonada.
Las palabras de la canción hablan de lo que es y de
lo que no es. El corazón de
Ginebra esconde el
melancólico
sentimiento de una pérdida.
La lechuza ulula en la noche y, al igual que
una puerta que
se abre por unos
instantes, Ginebra puede vislumbrar brevemente la sombra de una
sombra.
Comienza a extender la mano, pero cuando el
movimiento acaba, la sombra ya se ha esfumado, como el vaho del aliento en el
vidrio de una ventana.
Ginebra
se incorpora y
eleva los ojos hacia Altair.
—Escúchame,
Merlín —susurra—; si el poder de un gesto tuyo hizo erigirse la Piedra,
haz algo más pequeño. Consigue que la sombra vuelva. Déjame
hablar con ella...
La lechuza sacude las alas, sin emprender el vuelo.
La sombra se agita delante de los
ojos de Ginebra
y le habla con extrañas palabras
de amor.
—Estás triste —dice la reina—.
¿Por qué?
La sombra le contesta, y hay tanto desconsuelo en
su voz que Ginebra sabe que tiene que hacer algo para apaciguar su aflicción.
Sonríe y ensaya una breve danza delante del
fantasma. Luego arranca una hoja de hiedra y se la tiende. La hoja desaparece
en el aire.
—Pero... ¿Dónde estás? —pregunta
la sombra.
—En la Piedra —contesta Ginebra
—. En la Piedra...
Y la sombra deja de fluir, como una fuente que se
seca. Pero Ginebra ya no carga con el peso de una pérdida. Sabe que no está
sola.
EL
CAMPO DE G O L ESTELAR DE 56 HOYOS
En 1740 el clérigo William Stukeley observó que el
eje de la estructura de Stonehenge
estaba orientado en dirección al nordeste, exactamente hacia
el lugar donde salía el sol cada 21 de
junio, fecha del solsticio de verano.
Desde entonces, y en número creciente, los
visitantes acudían a Stonehenge siempre que llegaba el día más largo del año.
Pero aquel 21 de junio, el día del solsticio en que
Gedeón Montoya llegó al viejo Círculo
de Piedras, nadie acudió a Stonehenge.
Y eso, en sí mismo, era tan extraordinario como el
platillo volante que aterrizó aquella mañana en Silbury Hill, la misteriosa
colina artificial cercana a Avebury.
Claro que a Gedeón parecían no importarle mucho
ninguno de aquellos
acontecimientos.
En realidad, en
lo único que pensaba era en los milagros que aquella noche podría
esconder.
Gedeón llegó a Stonehenge a las seis y media de la
tarde. Lo primero que hizo fue buscar la amanita muscaria que el viejo chamán
le había sugerido comer. Encontró una en el centro del Circulo de Piedras, así
que decidió instalarse allí mismo. Adoptó la postura de loto que tanto había
practicado en la lamastería del valle de Manang, y esperó.
Estaba meditando acerca de si debía comerse toda la
amanita, o tan sólo una fracción, cuando una voz le sobresaltó.
—Si me perdonas
la intromisión,
deberías comer sólo un poco. Esa seta es muy
venenosa.
Gedeón se volvió y vio que un extraño ser,
con la apariencia
de un cruce contra natura entre
un avestruz y un oso pardo,
se acercaba amistosamente.
—Todavía no me he drogado. Tú no tienes derecho a
estar aquí —señaló Gedeón.
—Oh, no. No soy fruto de tu imaginación. Me llamo
Marvan, el Rey Ermitaño, y he venido en un platillo volante desde la estrella
que vosotros habéis catalogado como J118.
—Absurdo —resopló Gedeón, que
se había puesto de muy mal humor al ver turbada su
soledad—. Marvan, el Rey Ermitaño,
es el protagonista
de un poema irlandés del siglo
diez.
—Es que mi nombre auténtico es difícil de
pronunciar en tu idioma. Pero lo cierto es que he venido de J118...
—Ya lo sé. Vosotros mandasteis el mensaje.
—Sí. Vaya historia, ¿eh? ¿Sabes que para emitir el
mensaje concentramos quince segundos de la energía de nuestro sol? ¿Y que por
culpa de esa manipulación nuestra estrella...?
—Se
convirtió en una
nova prematura —le interrumpió
Gedeón—.
¿Algo más?
Marvan
aleteó demostrando sorpresa.
—Estáis bien informados en este planeta...
—Verás,
resulta que ese
estúpido haz de energía coherente me dio de lleno en la cabeza. Por
vuestra culpa toda la vida he sido un desgraciado. Comprenderás que tu
presencia, o la de cualquiera de tu especie, me resulta particularmente
ingrata.
—Así que el haz tropezó contigo... Vaya casualidad.
En cualquier caso, no debe preocuparte encontrar a más de mi especie. Soy
el único que queda. Los
demás murieron en la explosión de la nova. En
cuanto a mí, me salvé gracias a ser el líder del planeta. Había un proyecto
secreto para construir una nave hiperespacial. En cuanto me enteré de que
nuestro sol se iba al carajo, y perdona el lenguaje, me metí en el prototipo y
lo programé con la misma trayectoria del haz coherente. Entonces...
—Tú no eras el líder de ningún planeta.
Trabajabas como conserje
en el complejo industrial donde construían
el prototipo de la nave. La robaste.
—La tomé prestada. El problema es que ahora no hay
a quién devolvérsela...
—¿Por
qué no te
vas y me dejas
solo?
Tengo una cita.
Marvan sonrió picaramente.
—Con una chica, ¿eh? Bueno, a lo que iba:
mientras venía para
acá descubrí que una alineación cósmica de inusuales proporciones
crearía un vórtice de fuerzas de
naturaleza desconocida, exactamente aquí.
—¿Una alineación cósmica? — Gedeón se mostró por
primera vez interesado—. Eso suena a literatura barata.
—Ya sé que
parece una bobada, pero así están las cosas. Como
comprenderás, no me voy a ir sin presenciar todo el asunto del vórtice. Y
si estás pensando en usar la fuerza, debo
advertirte de que provengo de un planeta con una gravedad muy superior a la de
tu mundo. En otras palabras, y no lo tomes como amenaza: puedo pulverizarte.
—Pues quédate, pero en silencio. Marvan se sentó en
un extremo del
megalito, bajo un dolmen, y Gedeón retornó a su
concentrada postura de loto. Ya había oscurecido, así que cogió un trozo de
amanita y, sin dudarlo, se lo comió. Sabía a rayos.
—Es
curioso eso que
estás haciendo. ¿Los de tu especie soléis intoxicaros voluntariamente?
—Cállate.
Marvan se hubiera encogido de hombros, caso de
haber tenido algún hombro que encoger.
Una hora después, el alienígena comentó:
—Ya sé que es meterme donde no me llaman, pero, si
no estás demasiado drogado para oírme, deberías quitarte de ahí. El vórtice de
fuerzas emergentes se materializará exactamente donde tú estás sentado.
Pero Gedeón estaba demasiado drogado para oírle.
Las
estrellas eran filamentos
de plata, la atmósfera un cortinaje de terciopelo negro, y la oscuridad...
¿Qué
había dicho la sombra?
«Hay tanta luz en la oscuridad...»
Las tinieblas eran abanicos de luz,
resplandecientes mareas, océanos de fulgor incandescente.
Entonces, y sin previo aviso, la sombra apareció
ante Gedeón, resplandeciente como una diosa blanca. Sólo que ya no era un
sombra, sino una mujer con una cascada de trigo por cabello y aguamarinas en
torno a las pupilas dilatadas.
—Extraño vórtice... —exclamó
Marvan.
La mujer, desnuda como la gran meretriz de
Babilonia, pero investida de
una pureza casi virginal, dio tres graciosos pasos
de danza, como
una ninfa bailando entre las adelfas.
—No eres Lanzarote —dijo ella—. Ni Arturo. ¿Quién
eres?
Gedeón se incorporó, aturdido por la droga.
—Gedeón —musitó—. Gedeón
Montoya.
—Gedeón...
—La mujer pronunció el nombre como si paladease una
baya de tejo—. Gedeón es
un nombre hermoso. Estamos muy
solos tú y yo, aquí, Gedeón. ¿Por qué tienes los ojos tan abiertos?
—No los tengo abiertos, yo... —De
repente
Gedeón comprendió. Con un
acto de voluntad insospechada, cerró los ojos de su mente a todo lo que no
fuese la mujer.
Y el universo desapareció. Sólo quedaron ella y él.
—Y, ahora, mira bien —dijo ella.
Y Gedeón miró bien, y vio el lago teñido de luna,
los bosques infinitos de las baladas celtas, los ciervos recortándose contra
las estrellas. Y la vio a ella, como jamás había visto a nadie.
—Creo que te amo —dijo Gedeón. La mujer rió.
—Qué
impulsivo. Si acabamos
de
conocernos...
Gedeón la miró desconcertado. Ella rió de nuevo y,
tomándole de la mano, comenzó a danzar por entre el brezo y la jara, bajo el
acebo y el muérdago.
Gedeón, siguiendo torpemente la danza de la mujer,
tuvo aún tiempo de decir algo más:
—Sinelas
saró má farabusteaba. Tué jelo.
«Eres cuanto buscaba. Te amo.»
Marvan
el alienígena, repentinamente
solo en el megalito de Stonehenge,
sacudió la cabeza.
Una
lechuza ululó y fue a posarse en lo alto de un
menhir.
—¿Qué te parece? —le preguntó Marvan al pájaro—.Tan
mayor y enamorado como un
muchacho, ¿eh? Vaya con
Gedeón... Qué humano después de todo.
La lechuza giró la cabeza de un lado a otro y ululó
de nuevo.
Sí, sí —dijo
Marvan—. Tienes razón. Como
vórtice de fuerzas extrañas ha resultado de lo más decepcionante. No obstante,
¿adonde habrán ido esos dos?
La lechuza emprendió el vuelo. Marvan suspiró.
—En efecto. No vale la pena quedarse aquí. La
Alineación Cósmica ha resultado ser,
al final, literatura barata. Un fenómeno sin interés.
El alienígena no sabía cuán absolutamente
equivocado estaba.
No hay nada más interesante, ni humano, que el
amor.
La Muchacha de la Hiedra y el Muchacho del Acebo se
oponen, no por ser la una símbolo de resurrección y el otro emblema de
destrucción, sino por poseer sexos contrarios, por tratarse de hombre y mujer.
Pero esta rivalidad es superficial, errónea. Hiedra
y Acebo son saturnales y su destino
es unirse en
estrecho abrazo, mezclar sus significados y letras para construir nuevas
palabras.
El acebo, verde oscuro, tomó una actitud resuelta;
está armado con muchas
puntas de lanza que hieren la mano.
Grande era el argoma en la batalla y la hiedra en
su flor; el avellano era el arbitro en ese tiempo encantado.
CÁD GODDEU (La batalla
de los árboles)
4. Una sesión de hipnotismo
Cuando Aníbal Zarko concluyó su historia nadie hizo
ningún comentario. La ropa ya se había secado, así que las mujeres se
dirigieron al dormitorio y el padre Kindelán al cuarto de baño, mientras que
los demás permanecíamos en el salón, vistiéndonos en silencio. Quince minutos
más tarde todos habíamos recuperado nuestra apariencia
normal.
Entretanto, la lluvia continuaba cayendo torrencialmente. Jamás
había
visto llover así y supuse que aquello debía de
estar ocasionando auténticas inundaciones. De modo que seguíamos estando
obligados a permanecer encerrados en aquella casa. El problema es que eran casi
las dos de la tarde, y el hambre comenzaba a hacer estragos en nuestros
estómagos.
—Hay un montón de latas en la cocina —nos informó
Aníbal Zarko—. Creo que deberíamos pensar en el almuerzo.
—Esa comida no es nuestra —gruñó el padre
Kindelán—. Si la cogemos, estaremos pecando contra el octavo mandamiento.
—Tampoco
esta casa nuestra
es, pater —repuso alegremente madame Kádár—. Y yo no oírte quejar por en
ella cobijarnos. Además, la comida pagaremos; preocuparte no debes.
Y así quedó zanjado el tema. Inmediatamente nos
pusimos manos a la obra. Aníbal Zarko,
el profesor Jerusalén, Héctor
Arauco y yo nos ocupamos de poner la mesa. El padre Silveira insistió
en cocinar, ya que
afirmó tener una
gran experiencia en sacar el máximo provecho a las conservas.
Isabel Bocanegra, Susana y Claudia se quedaron en la cocina ayudándole. El
padre Kindelán
permaneció en un rincón del salón; había sacado del
bolsillo un rosario hecho con pétalos de
rosa y se dedicaba a desgranar
sus cuentas mientras murmuraba una oración tras otra. En cuanto a madame
Kádár...
Cuando acabé de disponer los platos y los cubiertos
sobre el mantel de plástico blanco, la anciana húngara se acercó a mí.
—¿Hablar un rato podemos? —me preguntó.
—Bueno, debería echar una mano...
—objeté, señalando hacia la cocina.
—Demasiada
gente allí hay.
Otro par de manos
sólo molestar podrían.
Unos
minutos dedíqueme, amigo
mío. Con una vieja no le importará charlar,
¿verdad?
Madame
Kádár cogió mi
brazo y, con imprevista energía,
me condujo al sofá. Nos sentamos
y permanecimos unos segundos en
un (para mí) embarazoso silencio, hasta
que la anciana se decidió a
hablar.
—Usted muy orgulloso de Claudia debe estar —dijo,
alisándose con cuidado la falda.
—Es una niña extraordinaria, sí.
—Oh,
pero más que
una niña es. Casi una mujer ya. Una crisálida a punto
de en mariposa convertirse.
—Sólo tiene diez años... —dije.
—Ay, ay... Todos los padres esa equivocación cometemos.
Conservar para siempre pretendemos a nuestros queridos bebés. Pero los
niños crecen y mayores se hacen. Un día su manita de la nuestra retiran,
y ya más
nunca a dárnosla vuelven. Sin
embargo, ciegos estamos los padres, cuenta no nos damos de lo que ocurre. Y un
día, reconocer como hija nuestra no podemos a esa jovencita en que nuestro bebé
se ha convertido.
—Sí, tiene razón —dije, un poco confuso. E
insistí—: Pero Claudia tiene diez años, todavía es una niña.
—Por supuesto, por supuesto — Madame Kádár me
obsequió con una bondadosa
sonrisa—. Pero recordar debe que un día crecerá. El
polluelo en un hermoso cisne se ha de convertir, y usted impedir no debe que
aprenda a volar. Cuando a surcar el cielo Claudia dispuesta esté, ayudarla
deberá. Aunque verla abandonar el nido eso signifique, aunque perder a su bebé
eso suponga, ayúdela, señor Zarate. A volar ayúdela.
Bueno, creía entender lo que aquella mujer
pretendía decirme. Los padres no deben sobreproteger a sus hijos, ahogarlos con
un cariño tiránico. Lo que no acababa de comprender es por qué
me lo estaba
diciendo precisamente a mí; no me parecía haber dado muestras de ser
un padre particularmente posesivo.
No obstante, madame Kádár había mencionado que una
hija suya vivía en Hungría. Dejé volar por unos instantes la imaginación y
supuse que en algún momento debió existir algún problema entre ellas. Quizá la
anciana fue una madre absorbente y eso la había distanciado de su hija.
Posiblemente se limitaba a alertarme sobre los errores que ella misma había
cometido. Me sentí en cierto modo conmovido, aceptando, sin darme cuenta, como
hechos ciertos
lo que no eran más que simples conjeturas.
—Tiene usted mucha razón, señora Kádár —dije
con toda seriedad—. Nunca asfixiaré a Claudia, lo
tendré muy presente. Ella siempre podrá contar con mi apoyo,
aunque eso signifique perderla.
La anciana asintió satisfecha.
—Hombre
inteligente usted es —
dijo y, cambiando bruscamente de tema, añadió—: ¿Nuestras historias qué le
parecen?
—Son interesantes... quizás un poco raras.
—Raras, sí. Pero la vida extraña es.
No hizo más comentarios. Entrelazó las manos sobre
el regazo y se quedó mirándome en silencio,
como aguardando a que fuera yo quien continuara la conversación.
—Ese círculo suyo —dije, por decir algo—, ¿hace
mucho que pertenece a él?
—Oh, sí; más de cincuenta años.
—¿El círculo tiene cincuenta años? Pero, salvo
usted y el padre Kindelán, ninguno de sus amigos ha cumplido todavía esa
edad...
—Confundido usted está. Los miembros del círculo se
renuevan. Cincuenta años hace que en el círculo yo estoy, pero mucho más
antiguo el círculo
es. Unos nueve mil años, yo diría.
—¿Quiere decir que su grupo, el círculo, existe
desde hace nueve mil años? —pregunté, incrédulo.
—Sí.
Relativamente reciente es, otros círculos hay más antiguos. Grupo
nuestro en la
ciudad de Jericó
fue creado, siete mil años antes de Cristo.
—Así que su círculo existe desde el neolítico —No
pude evitar sonreír; aquella mujer era deliciosamente excéntrica—. Y, a medida
que sus miembros mueren, son sustituidos por otros, ¿no?
—Eso es —Madame Kádár me contempló como una abuela
orgullosa de
su nietecito—. Pero difícil resulta encontrar
miembros adecuados, ya que habilidades especiales precisan poseer.
—¿Y siempre han sido siete?
—Siete el número de los cielos es, del árbol
cósmico siete son las ramas y siete los brazos del candelabro sagrado. Setenta
y siete veces el número siete en el Antiguo Testamento se menciona, y como de
Jericó hablábamos, murallas suyas cayeron cuando siete sacerdotes, con siete
trompetas, siete vueltas dieron el día séptimo —Suspiró—. Poderoso el número
siete es, y por ello de siete miembros un círculo constar debe.
Reconozco que aquella gente
comenzaba a fascinarme. Al parecer, pertenecían a
una especie de secta (la anciana había mencionado la existencia de otros
círculos) que yo nunca había oído mencionar, quizá porque careciera de nombre.
Como todas las sectas, afirmaba
tener sus raíces
en la más lejana
antigüedad. Pero ésta
era una secta extraña.
Para empezar, la presencia de dos sacerdotes católicos
entre sus miembros ya era algo muy peculiar. Además, sus objetivos no podían
ser más surrealistas: mantener estable la realidad. Por no hablar de los
métodos que empleaban: contar historias extravagantes que
poco tenían de
piadosas o ejemplares.
Estaba intrigado, y me disponía a formularle más
preguntas a madame Kádár cuando la alegre voz de Claudia interrumpió nuestra
conversación.
—La
comida está lista.
El padre Juan ha preparado un
plato brasileño, ¡y huele muy bien!
Nos reunimos en torno a la mesa y comenzamos a
comer con apetito. El guiso de carne que había elaborado el padre Silveira
estaba realmente bueno. Le pregunté qué era.
—La verdad es que no tiene nombre. Lo preparan los
kayapó, unos indígenas de la amazonia brasileña. Ellos suelen
emplear carne de mono, o de perro, y
ocasionalmente... —Se encogió de hombros—. Bueno, en otros tiempos usaban carne
de hombre.
Contemplé mi plato con repentina aprensión.
—No te preocupes, papá —dijo Claudia, poniendo su
mano sobre mi brazo—; el padre Juan ha usado carne de cerdo en lata. Yo lo he
visto.
Un repiqueteo cristalino resonó en la habitación.
Madame Kádár golpeaba su vaso con el borde de un cuchillo, reclamando nuestra
atención.
—Unos segundos faltan para que las dos y
cuarenta y ocho
sean —dijo
sonriente—. Sugiero que un círculo formemos junto
a nuevos amigos nuestros.
Miré
sorprendido en derredor. Todos habían dejado de comer y se
daban la mano, formando una circunferencia humana. Parpadeé confuso.
—Las dos y cuarenta y ocho —El padre Kindelán,
sentado a mi izquierda, me miraba malhumorado—. El solsticio.
Bueno, tomé la mano que me ofrecía el cura, notando
entre sus dedos las cuentas del rosario, y estreché a mi vez la mano de
Claudia. Permanecimos así durante largos segundos. Todos, salvo
Susana y yo, habían cerrado los ojos. Mi mujer,
las manos entrelazadas con las del padre
Silveira e Isabel Bocanegra me miraba sonriente, con las pupilas brillando de
diversión.
Yo me sentía ridículo. Nunca me han gustado ese
tipo de ceremonias. Por ejemplo, siempre me sentía envarado cuando, las pocas
veces que pisaba una iglesia, llegaba el momento de darse la paz y me veía
obligado a estrecharle la mano a un
perfecto desconocido. En esas ocasiones solía encerrarme en una
actitud hosca, totalmente ajena al ideal de fraternidad religiosa que el rito
perseguía. Así que resulta fácil imaginar
lo
estúpido que me
sentía formando parte de esa
especie de círculo místico, o lo que quiera que fuese.
Me volví hacia Claudia y contemplé su rostro
embelesado. Tras los párpados cerrados
adiviné el nervioso movimiento de sus ojos. Pensé que la
niña se estaba tomando demasiado en serio todo aquello, y que no me gustaría
que eso supusiera el nacimiento de una, en modo alguno deseada, propensión
hacia lo religioso.
Entonces ocurrió.
No creo que
pueda encontrar palabras para
describirlo... ni siquiera estoy seguro de
que hubiera algo que
describir. El caso es que tuve la impresión de que
por un instante el tiempo se detenía y la luz, el olor de la comida, la
textura de las
paredes, el tacto de las manos
unidas, todo lo que me rodeaba, adquiría una especial definición, una extraña
nitidez.
La experiencia duró menos de un segundo, y supongo
que no fue más que el producto de mi mente sugestionada. Sin embargo, me di
cuenta de que, al igual que yo,
los demás también
se habían estremecido, como si experimentaran simultáneamente algo quizá
similar a lo que yo sentí.
Un instante después el salón se llenó
de suspiros. Nos soltamos las manos y yo miré
desconcertado a un lado y a otro. Susana me observaba con el ceño
fruncido. Le dirigí una sonrisa y me encogí levemente de hombros.
—Felicitarle debo, padre Joao — dijo de pronto
madame Kádár—. Plato suyo exquisito está; un poco a gulash me recuerda.
Tras decir esto, la anciana prosiguió risueña con
su almuerzo. Todos la imitamos; aparentemente, no había nada más que decir.
Tras finalizar la comida, Aníbal Zarko y yo nos
ocupamos de lavar los platos, y el padre Kindelán de secarlos.
Observé que, mientras pasaba el paño por la loza,
el sacerdote no cesaba de murmurar oraciones, una por cada plato; había
convertido el secado de la vajilla en una especie de rosario improvisado.
¿Es que aquel hombre nunca se cansaba de rezar?
Al concluir nuestra tarea volvimos al salón. Susana había preparado té y allí
estaban todos, bebiendo apaciblemente la humeante infusión. Claudia se había
sentado al lado de madame Kádár y ésta, sosteniendo entre sus manos una taza de
cristal, leía el futuro de la niña en los posos de té.
—...y fijarte ahí, a la derecha, debes
—decía
la anciana—; ¿una
luna en cuarto creciente ves?
Felicidad y éxito decir quiere. ¿Y la imagen que a su lado hay distingues? De
un dragón se trata. Cambio repentino, ése es significado suyo.
Susana me ofreció una taza de té, todavía caliente.
Mis manos, frías por el agua del fregadero, agradecieron poder acoger en
su seno aquella
fuente de calor. Me
senté en una silla
y di un breve sorbo a la amarga
infusión. Entonces, Héctor Arauco se incorporó y, tras carraspear
discretamente, dijo:
—Isabel, mi esposa, me ha rogado que les pregunte
si estarían interesados
en escuchar una historia suya —Todos asentimos en
silencio. Yo volví
la mirada hacia aquella frágil mujer, pero fue el doctor Arauco quien
prosiguió—: Me gustaría señalar que mi esposa es una extraordinaria médium,
capaz de ponerse en contacto con otros planos de la realidad. Ese don le
permite comunicarse con la conciencia, el espíritu si quieren, de personas que
han muerto. Aunque esto último no siempre ocurra exactamente así. Pero quizá
sea preferible que ella misma lo explique — Se
volvió hacia su mujer,
invitándola con una sonrisa
a intervenir—. Querida...
Isabel Bocanegra bajó la mirada con timidez; noté
que sus mejillas se ruborizaban mientras tragaba saliva varias veces.
Finalmente, cuando se decidió a hablar, su voz era tan débil que resultaba
difícil entender lo que decía.
—Yo
misma no acabo
de comprender cómo funciona mi don —El musical acento sudamericano
parecía apagado, contenido—. En ocasiones, los muertos hablan por mi boca; pero
también puedo entrar en contacto con espíritus de personas que todavía no han
fallecido —Vaciló—. Creo que a veces hablo con las almas de futuros difuntos,
almas tan atormentadas que, en el afán de comunicar
su dolor, rompen
los muros del tiempo —Suspiró—. Hace poco, una de esas almas vino a mí y
me contó una historia atroz. No es algo que haya ocurrido,
sino algo que
va a ocurrir. Pero supongo que
es mejor que sea él mismo quien lo narre...
Isabel Bocanegra se reclinó en el sillón donde
estaba sentada y cerró los ojos, como si aquella charla, para ella tan
excesiva, la hubiera fatigado. El doctor Arauco se aproximó a su esposa.
—Isabel debe entrar en trance — dijo—. Yo la ayudo
con un poco de hipnotismo —Se inclinó
sobre ella—.
¿Estás relajada, querida?
—Sí...
—Bien, no pienses en nada. Ahora vas a descansar;
para ello, convierte tu mente en un lugar negro y vacío. Hay una escalera, ¿lo
notas? Comienza a descender y cuenta los peldaños. Uno, dos... por
cada escalón que
bajes sentirás como un gran cansancio se adueña de
ti... tres, cuatro...
Tienes mucho sueño, Isabel, debes descansar... cinco, seis...
Cuando llegue a
diez estarás profundamente dormida... siete, ocho... Relájate, déjate
llevar... nueve y diez. Ya estás dormida, querida. ¿Me escuchas?
El breve pecho de la mujer subía y bajaba
cadenciosamente, con el ritmo de una respiración profunda. Tras una larga pausa
contestó con voz impersonal:
—Sí...
—¿Dónde te encuentras? Una nueva pausa.
—No lo sé... Hay niebla y oscuridad...
El doctor se volvió hacia nosotros.
—Ya está.
—¿La ha hipnotizado? —preguntó en voz baja Susana—.
¿Tan rápido?
—Llevamos
mucho tiempo trabajando juntos,
así que mi mujer entra en trance con
gran facilidad. Es una
especie de condicionamiento poshipnótico —Se
acarició la sien con la yema del
dedo medio—. Pueden hablar más alto, si lo desean; ella
sólo escucha mi voz.
—¿Y
ahora qué va
a pasar? —
preguntó Claudia.
—Nada. Debemos esperar.
El
doctor Arauco tomó
asiento al lado de su mujer y le
cogió la mano. Isabel Bocanegra continuaba en trance, con los ojos cerrados y
las facciones relajadas.
Paseé la mirada por la habitación. Los ojos de
todos los presentes estaban clavados en la mujer dormida. Incluso el
padre Kindelán había interrumpido sus rezos para
concentrar su atención en lo que estaba ocurriendo. Pese a encontrarnos a media
tarde, el dosel de nubes era tan
denso que apenas
se filtraba luz a través de las ventanas; el salón se
hallaba en penumbras,
sólo rotas por el resplandor rojizo que provenía de la chimenea. Escuché
el constante golpeteo de la lluvia en el tejado.
Entonces Isabel Bocanegra gimió.
—No... ¡No...!
El doctor
Arauco se inclinó sobre ella.
—¿Qué ocurre, querida?
—Está
aquí... —El rostro
de la mujer se había convertido en una máscara pálida y
crispada—. ¡Busca mi voz!
—Tranquilízate —dijo el doctor, y su mujer pareció
relajarse al instante—.
¿Quién es?
—No tiene nombre.
—Todo el mundo tiene un nombre.
—Él no. Lo ha olvidado.
El
doctor volvió a
acariciarse la sien.
—¿Qué quiere? Una pausa.
—Está confuso, su alma es un vendaval... Quiere
hablar...
—Isabel —el doctor vaciló un instante—; ¿te
importaría prestarle tu voz?
—Pero todo es muy triste —protestó débilmente la
médium—. Está muriéndose... y hay tanta amargura en él.
—Quizá si le dejas usar tu voz consigas aliviarle.
Además, querías que escucháramos su historia, ¿recuerdas?
—Es verdad... —Las facciones de la mujer se
relajaron de nuevo. Sonrió mientras comenzaba a hablar con alguien a quien no
podíamos ver—. Ven... Entra en mi cuerpo, usa mis labios y mi garganta...
Me cubrí la boca con la mano para
ocultar una sonrisa; aquellas palabras, tan
melodramáticas, parecían más una invitación erótica que una fórmula
espiritista.
De pronto, Isabel
Bocanegra abrió los ojos.
Y, de algún modo, tuve la certeza que ella ya no
era la mujer del doctor Arauco, sino otra persona muy distinta. Su mirada
reflejaba desconcierto y dolor, los labios estaban contraídos,
convertidos en una línea pálida e irregular, la frente aparecía surcada por una
miríada de finas arrugas.
Respiré hondo.
Entonces ella habló y noté que un
escalofrío me recorría el cuerpo, porque su voz no
era una suave voz de mujer, sino la voz enronquecida de un hombre.
—Apenas dispongo de tiempo — dijo—. Y las palabras
se enredan en mi cabeza. Busco entre
mis recuerdos... Pero ya no tengo
memoria... Ahora, acabo de recordar
un poema. Es ridículo, ¿no? Todo se derrumba a mi
alrededor y yo me acuerdo de un estúpido
poema... ¿Cómo era...? Hablaba de un muro frío y
transparente...
«¿Quién dice que se olvida? No hay olvido. Mira a
través de esa pared de hielo, ir esa sombra hacia la lejanía, sin el nimbo
radiante del deseo...»
La pared de hielo
La historia de Isabel
Bocanegra
Mientras escribo esto y el mundo se desmorona a
mi alrededor, me sorprendo
a mí mismo
pensando de nuevo en Helena,
recordando la belleza infinita de su cara, deslizándome por sus rizos de avena
y suspirando por la tibia calidez de su piel blanca como la leche.
Helena... Pronunciar tu nombre es sufrir un dolor
deseado. Helena Maíz, Helena Arroz, Helena Avena... Te amo
hasta perder el aliento, y saber que no
existes, que nunca
has existido, me acerca
tanto a la
muerte como el bálsamo de tu recuerdo a la vida.
He de controlarme, debo aplicar las técnicas de
yoga que me enseñó, triste ironía, el propio Nanda. ¡El mismísimo Dios!
Respiración baja, respiración media. Adopto la
postura padmasana e intento enfocar mi mente en un lugar vacío, oscuro y
distante.
Y allí está Helena esperándome.
¡Dios! Vuelvo a sentir hambre. Esto no funciona,
estoy al borde de otro ataque. Abro el paquete y contemplo el
frasco lleno de cápsulas que me entregó
Martín, advirtiéndome:
—Ten cuidado. Esta droga te aliviará. Pero al mismo
tiempo destruirá en cada toma millones de tus neuronas. No abuses
de ella, o
acabarás convertido en un vegetal.
Es para reírse, en cualquier caso acabaré
convertido en un vegetal. La droga me la dio Martín tan sólo cinco semanas
antes de suicidarse. Lo encontraron en su casa, tenía la mano izquierda y los
pies atravesados por clavos de quince centímetros. Él mismo se había clavado al
suelo. No sé por qué lo hizo. Quizás
el dolor le
permitió
olvidarse
de Nanda, el
dios tirano. Quién sabe. El caso
es que estaba allí, grapado al suelo en mitad de un charco de sangre, delante
de un televisor chispeante de estática. En el vídeo encontraron la cinta que
había estado viendo mientras agonizaba. Era una grabación familiar con imágenes
felices de su mujer y su hijito de seis años. Ambos habían muerto en la Primera
Revuelta Sagrada. Les mataron sencillamente, porque fueron sorprendidos en una
iglesia rezando a Cristo. Martín nunca pudo superarlo.
He tomado cinco cápsulas. No debería
hacerlo; ya desde
la primera
ocasión comprobé sus atroces efectos: la droga hizo
que me olvidara de mi pie derecho. Oh, sí. Está ahí, como siempre. Lo veo, es
un pie normal y sano. Pero no puedo recordarlo, la droga lo borró de mi
memoria. Así que ahora cojeo porque no puedo acordarme de lo que hay en el
extremo de mi pierna. ¿De qué me olvidaré esta vez?
Pero es un riesgo necesario. No puedo permitirme
otra recaída, seguir amando a Helena
es un lujo
que no puedo consentir. En mi
primer ataque... Oh, Nanda traidor. Fue tan ridículo. El médico no lo podía
creer, y eso que en aquel momento vivía un infierno absurdo
en un hospital abarrotado de maníacos religiosos.
Me ingresaron en coma, inconsciente.
Tenía el estómago abultado por las dieciséis cajas de
cereales que había devorado —¿Cómo puede
alguien comerse más de ocho kilos de cereales? —me preguntó
asombrado el doctor.
Me acababan de lavar el estómago, estaba muy débil.
¿Cómo podía explicarle que lo había hecho por amor, por Helena?
El médico no lo entendió, pero no hay que culparle
por ello. Murió poco después, a manos
de un fanático seguidor de Nanda, el dios.
La droga ha hecho efecto. Poco a poco mi pasión por
Helena se ha ido difuminando hasta
no ser más que un eco, una
leve pulsión imprecisa. Pero
¿qué más se ha ido, qué recuerdos se han borrado
para siempre de mi memoria? Hago un rápido repaso mental, y nada extraño
encuentro, todo parece ocupar su sitio, como la
vajilla de Copeland que mi madre
colocaba en una alacena de caoba y latón. Los platos de postre son mi primera
infancia, las fuentes delimitan mi juventud en la universidad, la salsera es mi
primera noche de amor con aquella
chica maravillosa que conocí en
la playa. Y... Y sí, hay algo
que he olvidado.
No
recuerdo mi nombre,
ignoro cómo me llamo.
Me lo tomo con calma. Después de todo, olvidar un
nombre no es peor que olvidar un pie. Aunque ahora me viene a la cabeza
una historia: según me contaron, los indígenas de las
Célebes creen que basta con escribir el nombre de alguien para capturar su
alma. Según ellos, alma y nombre son la misma cosa.
Podría
pensar que al
perder el nombre he perdido
también mi alma, si no fuera porque el alma la perdí el día que firmé un
contrato con GenCorp, la compañía
transnacional que desató
el
infierno sobre la Tierra.
¿Cómo me llamo? Qué importa. Llamadme (?). Ahora
soy una gran
interrogación.
¿Acaso no lo somos todos?
Algo se retuerce sobre el teclado. Contemplo mi
mano derecha y veo cinco tubos de carne
como gusanos sonrosados. ¿Qué
son? Por unos segundos
siento pánico. Intento calmarme. Miro
mi mano izquierda
y veo los dedos.
Recuerdo los cinco dedos
de mi mano
izquierda, siempre han estado ahí, y supongo que los cilindros de
carne que penden de
mi mano derecha son, también, dedos. Pero
no estoy seguro, y en cualquier caso, he olvidado
cómo se usan.
Continúo pulsando las teclas del ordenador con
la mano izquierda.
Es más lento, pero da igual. Sólo yo leeré esto.
No puedo evitar reírme. Lo más probable es que
pronto me olvide de leer.
Es
indiferente. Necesito una memoria, aunque sea de papel.
Debo darme prisa, y comenzar por el principio.
Y en el principio, fue la palabra...
—La palabra, señor (?), es
PROGRESO —dijo solemnemente el
jefe de personal, un hombrecillo envarado y
ridículo—. Para GenCorp no hay otro camino que el de la evolución. Y la
evolución era un
arbitrario capricho de la
suerte, hasta que cogiendo las riendas, donde antes había
azar, GenCorp puso planificación y progreso.
El
hombrecillo siguió hablando, pero
no le hice mucho caso. Me sentía demasiado feliz como para perder el sabor de
aquel momento mágico atendiendo a su absurda verborrea. Acababa de firmar el
primer contrato de mi vida (entonces no sabía que también sería el
último), tan sólo
seis meses
después
de haberme graduado.
Me sentía como un titán capaz de mover montañas. Mi atención se vio
atraída por la foto que presidía el despacho. La imagen sonriente y satisfecha
del legendario Henry Dacosta,
dueño y rector de GenCorp,
parecía hacerme guiños desde lo alto de la pared. Aquel hombre era el santo
patrón de bioquímicos y biólogos. No por sus descubrimientos, ni por su
sabiduría científica, sino por
poseer la sobrenatural capacidad
de convertir ADN en dinero.
—... ahora preséntese a Martín
Seoanes,
nuestro director. Él
le
informará de sus obligaciones.
Me levanté y tras estrechar su mano, blanda y
húmeda como una babosa, abandoné el despacho. Los pasillos de GenCorp, de puro
blancos y luminosos, parecían un gigantesco tendedero repleto de sábanas de
lino. De vez en cuando, hombres y mujeres cubiertos de batas blancas se
cruzaban en mi camino. Sólo su presencia me impedía dar saltos y bailotear. Me
sentía tan feliz como, descubrí de repente, perdido. No sé de qué manera, pero
logré llegar a la recepción (por alguna razón no quise preguntar a nadie; quizá
no deseaba que me contemplaran como
un intruso
atolondrado).
La recepcionista, una joven hermosa como un amanecer, me
dirigió una sonrisa atentamente profesional.
—El despacho del señor Seoanes se encuentra en la
planta tercera. Administración, sector A.
Mi rostro debió traslucir algo de la congoja que
sentía ante la idea de enfrentarme de nuevo a aquellos pasillos albinos, porque
la chica sacó
de un cajón una especie de
calculadora con teclado alfabético.
—Esto
es un localizador electrónico. Escribo
el nombre del señor Seoanes, ¿ve? Pulso el botón rojo
y no hay más que seguir las indicaciones que
aparecen en la pantalla.
En alas de la microelectrónica, me vi transportado
sin titubeos ante la presencia del Director General de GenCorp. Martín Seoanes
era un hombre agradable y jovial,
de unos cuarenta años, medio calvo y con el mentón
cubierto por una espesa barba.
—Llámame Martín —dijo sonriente
—, yo te llamaré (?). Aquí, en la tierra de la
doble hélice, hemos proscrito los formalismos.
Ante todo, bienvenido.
¿Qué puedo hacer por ti?
—Me dijeron que usted... que tú, me
informarías de los
pormenores de mi
trabajo.
—Te dijeron mal. Sé que estás destinado al
laboratorio de síntesis. Lo que tengas que hacer allí es para mí un
misterio. Mira, soy
el director del centro, y también biólogo, pero mi
auténtica labor está más relacionada con el papeleo y la burocracia que con las
probetas y las cadenas polinucleótidas
—Hizo una pausa para encender su pipa y, observando
de reojo mi reacción, añadió—: Los directores
técnicos de esta división de
GenCorp son los doctores Nanda y Maltman.
Si me hubieran dicho que iba a trabajar bajo
las órdenes de
Charles
Darwin,
mi sorpresa no
hubiese sido mayor.
—¿David Maltman y Jawaharlal
Nanda?
—Nunca hubieras imaginado encontrar aquí tanto
premio Nobel junto,
¿verdad?
Hoy en día nadie se acuerda de que David Maltman
fue uno de los grandes pensadores de nuestro siglo. Recibió el Nobel por su
trabajo sobre la función de las moléculas de ácido ribonucleico en los procesos
biológicos de obtención, almacenamiento y recuperación de información en los
sistemas eidéticos. O dicho de otra forma, fue quien descubrió
cómo funciona la memoria de los seres vivos.
¿Y qué decir de Jawaharlal Nanda, el único ser
humano que ha ganado tres veces el premio Nobel? En aquellos tiempos corría un
chiste, hoy irónicamente dramático, que expresaba el tamaño de su talento: «Si
Dios volviese a crear
la vida, antes consultaría con Jaw Nanda.» Más tarde
alguien añadió: «Y Nanda no aceptaría colaborar con Dios; siempre ha odiado
trabajar con segundones.»
Sí, el doctor Nanda era vanidoso; pero imagino que
es difícil no serlo si con veintitrés años ya se es doctor en
biología, bioquímica y física, y si al cumplir los
treinta y cinco se ha ganado un Nobel en cada una de esas especialidades.
Jaw Nanda, ese pequeño hindú nacionalizado
estadounidense, era un genio, no cabe duda. Quizás el más grande que ha dado la
humanidad. Aunque, como descubrí más tarde, también era el mayor hijo de puta
que ha pisado la faz de la Tierra.
Pero no adelantemos acontecimientos. En aquel momento
me sentía tan impresionado como feliz ante la perspectiva de trabajar al lado
de dos de las mayores inteligencias de nuestro
siglo. No podía sospechar que, durante más de un
año, sólo les vería, y muy de tarde en tarde, pasando fugaces por aquellos
pasillos de satén blanco.
No
estoy acostumbrado a
escribir con la mano izquierda. Me tiembla el pulso. He
encendido la televisión. Ahora
sólo existe una alternativa: el Canal Sagrado del Dios Nanda. E golpeteo de
electrones en la pantalla de fósforo me regala la imagen de una ceremonia colosal
en los Campos Elíseos de París. Al
principio no distingo de qué se trata, sólo veo multitudes vestidas con
los colores del Dios, azafrán y rojo. Luego el realizador
cambia
del plano general
a uno más corto, y puedo contemplar con detalle el
teatro que se desarrolla en el altar con forma de pirámide truncada.
Me estremezco. Aunque ya lo he presenciado otras
veces intento apartar la mirada. Pero hay algo terriblemente hipnótico en
aquellas imágenes enloquecidas.
Una larga fila de mujeres jóvenes camina a paso
lento hacia los diez sacerdotes que se afanan en lo alto del altar. Cuando las
mujeres van llegando a la cúspide de la pirámide se desprenden de las túnicas y
ofrecen su desnudez a los sacerdotes. Entonces éstos alzan sus
cuchillos y los dejan caer sobre la carne dorada.
Luego arrancan el corazón aún palpitante, o tiran de las vísceras como el
prestidigitador que saca un conejo del sombrero de copa. Inmediatamente una
jauría de acólitos recoge los cuerpos desmadejados y los arroja a la base de la
pirámide. Allí la gente bulle y pelea para conseguir llevarse alguna buena
porción de carne
humana. Tienen hambre.
No sé qué me causa más horror, si la fría mecánica
de la carnicería o las sonrisas de éxtasis en los labios de las víctimas.
Oh, por supuesto. Esa barbarie no es
más que un acto de amor sacro. A fin de cuentas,
cualquier dios que se precie debe tener poder, no sólo sobre la vida, sino
también sobre la muerte.
Pero hay algo más. Nanda no suele hacer las
cosas porque sí. Su
inteligencia inhumana siempre encuentra una
finalidad superior para
sus caprichos. El mundo,
este mundo maníaco y demente,
sufre hoy de muchas heridas. Pero las laceraciones más primarias son la
superpoblación, y su hija, el hambre. Probablemente para un intelecto lunático,
pero preciso, como el de Nanda, el sacrificio ritual de mujeres jóvenes es un
medio honesto de control
de la natalidad. Y el canibalismo, una solución
colateral que cierra circularmente el problema. Así piensa el Dios escuálido y
maligno.
Y, sin embargo, todavía hay más. Nanda siempre fue
tímido con las mujeres. Creo que le avergonzaba su cuerpo y
se sentía intimidado
por el sexo. En el fondo se está
vengando de todo el género femenino.
Me dijeron que en China decretó la muerte de veinte
millones de muchachas, simplemente ordenándoles que cogieran una piedra y no
dejaran de golpearse con ella la
cabeza hasta que pudieran ver el color de su cerebro impregnando
las duras aristas.
Yo mismo pude ver, a través del Canal Sagrado, una
increíble retransmisión de la actividad sexual del Dios. Allí estaba Nanda, en
un lecho de seda y raso, retozando con tres muchachas, con las Novias de Dios.
Una de ellas no tendría más de doce años.
¿Puede imaginarse? Aquel hombrecillo repugnante
ofreciendo al mundo su sexualidad grosera y pervertida, pellizcando pechos,
arañando glúteos, derramando su semen perverso y procaz.
Dios es una palabra obscena.
Apago
la televisión. Ahora
que intuyo próximo el fin, es más importante
que nunca seguir escribiendo.
Al cabo de muy poco tiempo me di cuenta de que el
Laboratorio de Síntesis de GenCorp estaba muy, pero que muy alejado de la
acción. Cinco meses después de no hacer otra cosa que hidrolizar anillos
purínicos y pirimidínicos (algo que ya me aburría en la facultad), me encontré con una perfecto mapa
mental de cómo funcionaban las cosas en aquel centro de investigación. Quienes
trabajábamos en las plantas primera
y segunda éramos los pinches de
cocina. Los grandes chefs practicaban su arte en el Laboratorio 7, situado en
el sótano. Y allí no entraba
nadie que no fuese invitado.
Aquello estaba cubierto por el manto del misterio.
Grandes platos se cocían en aquel laboratorio subterráneo (que algún pedante
chistoso había dado en llamar «el Hades»), pero sobre la naturaleza de aquellos
manjares... Ah, nadie sabía nada. Ni siquiera el propio Martín Seoanes, como
pude descubrir más tarde.
El caso es
que ya me
había resignado a una actividad profesional de tercera fila cuando
Martín me llamó a su despacho. Eso ocurrió poco después de que nos sometiésemos
al examen médico que GenCorp prescribía anualmente a su
personal. ¿Cómo podía pensar entonces que mientras
el médico de la empresa me extraía una muestra de sangre, mi destino se
torcía en dirección al abismo? ¿Quién
iba a imaginar
que aquel rutinario análisis clínico era mi sentencia de muerte?
—Vas a descender, (?). Los Grandes Cerebros te
reclaman —Contemplé desconcertado el barbudo rostro del director. Martín sonrió
e hizo un gesto en dirección al suelo—. El Hades. Cambio de destino. Vas a
jugar en primera división.
No sabía qué decir. Había aceptado un futuro
jalonado de mediocridad y no
estaba preparado para aquella noticia.
—¿Por qué? —logré musitar. Martín se encogió de
hombros.
—El propio Nanda lo ha solicitado. Y ha insistido
mucho en que tus nuevas responsabilidades requieren un aumento de sueldo.
Felicidades.
Mis ingresos se incrementaron en un setenta y cinco
por ciento. Me dieron una tarjeta
especial y un
número en clave que borraría a mi
paso todas las barreras de seguridad. Tres días más tarde me encontraba en el
Hades. ¿Y quién era mi guía por el laberinto del infierno?
El mismísimo, el único, su altísima
majestad, Jaw Nanda.
Enjuto,
poco más de
un metro sesenta de
estatura, calvo, de
piel tostada, frágil... El pequeño genio indoamericano parecía un gnomo
hablador, simpático e ingenioso.
—Bienvenido, bienvenido — Hablaba un extraño y a
veces confuso español—. Es suerte
para nosotros contar con jóvenes
de su talento. Créame, le
necesitamos.
¿Jóvenes de mi talento? ¿Me necesitaban? Comencé a
descubrir que a nadie, por muy genial que sea, le dan tres premios Nobel sin
ser un seductor profesional.
Nanda
cogió mi brazo
y, alfombrando el camino de amables palabras, me mostró la geografía del
Laboratorio 7. Paso a paso me llevó por los nueve círculos del Hades,
explicándome algo y omitiendo mucho. Finalmente nos detuvimos frente a un
ascensor que ostentaba, en tres idiomas, el
cartel de PROHI BI DO EL PASOy,
debajo, el signo internacional de peligro por contaminación biológica.
—Muchos
llaman a este
lugar Hades, el infierno. Es error, ¿no? Los griegos nunca dijeron que
Hades fuera sitio. Usted ya sabe, Hades era dios de infierno, el Invisible, el
Ilustre. Nunca
lugar. Pero... El Laboratorio 7 no sería infierno,
más bien sería Estigia, antesala del reino de los muertos. El infierno — sonrió
e hizo un ademán teatral hacia el ascensor— está la puerta cruzando. Por
ascensor bajando y llegando a hielo. Un infierno frío. Pero déjeme que le
sorprenda: usted será Caronte, el ascensor su barca, y en sus manos las
almas descenderán a un helado
lugar. Ése será su trabajo. Sí. Usted será Caronte.
Tras
pulsar la combinación adecuada, las puertas del
ascensor se abrieron. Lentamente bajamos al último sótano. Se trataba de un
lugar acorazado,
de paredes metálicas que reflejaban el rojo tono de
la débil iluminación. Hacía mucho frío. Algo normal si tenemos en cuenta que
allí estaban los congeladores donde, a muchos grados bajo cero, se guardaban
los biocultivos mutados, rediseñados por Nanda y sus acólitos.
—Éste es la cosecha de GenCorp — Nanda ignoró al
solitario guardia de seguridad y fue pulsando las combinaciones que abrían las
sucesivas puertas herméticas que se interponían a nuestro paso—. Aquí duerme el
fruto de esfuerzo nuestro. Trabajo suyo cuidar de él será, protegerlo de todo
mal.
Así que había abandonado mi
aburrida labor entre las probetas para convertirme
en una especie de archivero biológico. Eso era todo, procurar que a los
congelados no les saliera moho. Decepcionante, pero el entusiasmo de Nanda
borró cualquier atisbo de desilusión. El
hindú corrió a una
consola de ordenador, tecleó algo y la pantalla se llenó de números y palabras
—Mil ciento treinta y siete cultivos aquí hay.
Formas de vida nuevas, nunca antes vistas en la Tierra. Prodigios de la
bioingeniería. Milagros criogenizados
—Se detuvo un instante para buscar algo en la
pantalla—. Ejemplo, cultivo 42-C; bacteria
que metaboliza plástico
y
convierte en anhídrido carbónico. Ejemplo, cultivo
5-D; virus-vector que modifica carcinomas, no más cáncer quizá. —Como si se
tratara de un mantra pagano, Nanda fue
recitando ejemplos de los prodigios contenidos en aquellas cornucopias
escarchadas; de pronto se detuvo y su rostro se iluminó con una sonrisa orgullosa—.
Ah, Kali... La Madre Negra...
Se levantó y me indicó con un gesto que le
siguiera. Nos dirigimos a uno de los congeladores. Nanda se puso un grueso par
de guantes protectores. Al abrir la puerta
una niebla gélida serpenteó en el aire. El científico
cogió
una caja de metacrilato transparente con probetas
selladas en su interior. Me la mostró.
—Cultivo 36-J. Vector-Kali. Viruela rediseñada.
Super Viruela. Si este grupo de virus quedase libre, mataría a toda la
humanidad en breve tiempo. Nadie ni nada
podría detener al
Vector-Kali. Posee propiedad recombinante y se contagia de
docenas de maneras diversas. Un estornudo y el fin del
mundo. Una obra maestra.
Contemplé con horror aquella caja traslúcida.
—¿Qué utilidad tiene? —pregunté con un murmullo.
—Oh, espero que ninguna tenga. Es ejercicio, una
prueba.
—¿Y no sería mejor destruirlo?
Me miró sinceramente desconcertado.
—¿Por
qué? Sólo se
destruye lo incorrecto, y
Vector-Kali es perfecto...
—Me contempló con seriedad unos segundos y luego
extrajo otra caja del congelador—.
Cultivo 35-J. Bacteria que produce determinada y precisa
cantidad de insulina en riego sanguíneo. No más diabetes. Atención, en una mano
vida, en la otra muerte. Pero las cajas son iguales —Se encogió de hombros—.
¿Entonces? Vida y muerte son la misma
cosa.
Sonrió y me miró con la expresión de quien acaba de
enunciar un principio evidente.
Desgraciadamente tampoco aquella vez le entendí.
Como descubrí al poco tiempo, la monótona labor que
hasta entonces había realizado era el paradigma de la diversión comparada con
mi nuevo trabajo en el Hades. Todos los controles de los congeladores eran
informáticos. Yo me limitaba a incorporar nuevo material genético y a
introducir su clave en el ordenador. Todo lo demás era automático. Se trataba
de sistemas tan
perfectos que, en caso de un hipotético accidente,
activarían unidades autónomas,
generadores y programas que, aunque el fluido eléctrico
externo fallase, mantendrían en su lecho de hielo a los cultivos biológicos
durante cinco años.
La mano del hombre era allí un arcaísmo.
Por lo demás, nada supe de los proyectos que se
desarrollaban en el Hades. Todo era secreto y nadie parecía dispuesto a charlar
sobre su trabajo.
Había una zona en particular que se llevaba la
palma del hermetismo. El Sector M. La zona de trabajo de Nanda y
Malt-man. Aquello era un agujero negro, en el que
todo entraba, pero nada salía.
Sólo
tres incidentes turbaron
mi suave tedio El primero ocurrió en el aparcamiento de
GenCorp. Eran las siete de la tarde y me dirigía en busca
de mi coche, cuando vi salir de entre las sombras a Martín Seoanes. Nunca antes
había visto tan
serio su rostro usualmente risueño.
—(?) —me llamó—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
—Por supuesto.
—Escucha, se trata de algo confidencial —Parecía no
encontrar las palabras adecuadas—. Me gustaría que
no comentases esto con nadie. ¿Puedo confiar en ti?
Asentí, sin conseguir disimular mi desconcierto.
—(?), esto es importante —Martín hablaba con
nerviosismo—. Trabajas en el Hades, y supongo que prestarás atención a lo que
sucede a tu alrededor...
¿Has oído hablar del Proyecto Maya?
—Nadie habla mucho en el Hades. No tengo ni idea de
lo que están haciendo. ¿Qué es el Proyecto Maya?
La expresión de Martín se había convertido en
una máscara de desilusión.
—Por favor,
si en algún momento
escuchas
la palabra «Maya»,
házmelo saber. Con discreción. ¿Lo harás?
—Claro. Pero ¿de qué se...?
Me interrumpí. Martín se había desvanecido tan
rápida y nerviosamente como había llegado.
El segundo incidente, si es que se le puede llamar
así, llegó con la Navidad. La tarde del veintitrés de diciembre se celebró una
pequeña fiesta para el personal en la sala de reuniones de GenCorp. Como suele
ocurrir, la gente bebió demasiado y un par de horas más tarde la
camaradería dio paso a la libido. La mitad de los asistentes
intentaban llevarse a la cama a la otra
mitad. Generalmente a la mitad equivocada. Me
mantuve aparte, contemplando con divertido distanciamiento las diversas
maniobras de acercamiento y rechazo, los furtivos emparejamientos y las
ebriedades escandalosas. De pronto noté un cosquilleo en la nuca. Me sentía
intensamente observado. Por el rabillo del ojo, descubrí a David Maltman
mirándome fijamente. Nunca había hablado con él, ni siquiera nos habían
presentado. Era un hombre extremadamente serio y poco sociable. Sin embargo, en
aquella ocasión se acercó a mí y me tendió la mano.
—Soy David Maltman —dijo en inglés—. Usted es (?), si
no me equivoco.
Asentí.
Él se sentó
a mi lado. Llevaba en la mano un vaso con jugo de
tomate, y podría jurar que eso era todo lo que había bebido. Estaba sobrio,
pero me miraba de una forma extraña, intensa, como si entre nosotros hubiera un
microscopio. Y la ameba fuese yo.
Permanecimos en un embarazoso silencio durante
varios segundos, hasta que Maltman se inclinó hacia delante y me hizo una
pregunta estúpida.
—¿Ha olvidado alguna vez el paraguas o el abrigo?
—Negué con la
cabeza, sorprendido—. Entonces, ¿tiene usted buena
memoria?
—Supongo que lo normal.
—No
existe lo normal.
Cada persona posee su
propio archivo eidético,
diferente del de los demás — Bebió un sorbo de tomate sin dejar de
mirarme—. La memoria
lo es todo. Fuera de ella nada existe.
—El mundo está ahí. Existe —
repliqué.
—El mundo, amigo mío, solo cobra relevancia cuando
lo percibimos. Y la percepción no
es instantánea, requiere un
tiempo. Cuando veo este vaso, lo que estoy viendo es una imagen procesada
por mi cerebro e integrada en mi memoria. El vaso
auténtico no existe, sólo hay un
nebuloso fantasma codificado por
mi ARN. Usted y yo no nos estamos hablando, nos estamos recordando. ¿Entiende?
Todo lo que conocemos, todo lo que percibimos, está encerrado en nuestro
cráneo. Todo es un juego de la memoria.
Bueno, quizá Maltman no estuviese borracho. Pero
probablemente había respirado algo de óxido nitroso, o tal vez un exceso de
oxígeno puro. O, quién sabe, es posible que ésa fuese su manera de ser. Tan
raro como un político honesto.
—Quizá tenga razón —le dije con amabilidad—. Pero
muchas veces la memoria falla.
Maltman sonrió por primera vez y enarcó las cejas.
Se levantó.
—Siempre falla. Por eso el mundo es imperfecto.
Y se fue.
Más tarde comprendí la razón de aquel repentino
interés por mí, así como el sentido de sus palabras. No estaba loco. Era un
hijo de puta, pero no un excéntrico.
El tercer incidente, si merece tal nombre. Con él
comenzó mi particular calvario, mi lenta decadencia.
Todo ocurrió un jueves de mediados de enero. Un
ayudante de Nanda me entregó una caja
hermética de metacrilato con su
correspondiente cultivo dentro. Me extrañó, ya que tan sólo el día anterior
había «archivado» otro cultivo, el 13-L, y no era usual tanta frecuencia en la
labor de congelado. Me encogí de hombros y bajé en el ascensor a la
cámara criogénica. Saludé
al guardia de seguridad mientras me dirigía a los congeladores. Abrí el
marcado con la letra L, y...
Y algo cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Bajé
la mirada y contemplé la destrozada caja que había contenido el
cultivo 13-L.
Luego me di cuenta de otra cosa. El interior del
congelador no estaba de ninguna manera frío. Por algún motivo, por algún
extraño e incomprensible fallo, el congelador se
encontraba a temperatura ambiente.
Eso significaba que el cultivo, que ahora se
esparcía juguetón ante mis pies, era activo.
Suspiré y luego, como si todo se desarrollase a
cámara lenta, me acerqué a un panel
próximo a la
puerta hermética. Oprimí el botón rojo y una alarma comenzó a sonar.
Escuché cómo los sellos encajaban en sus alvéolos. De
repente me sentí muy aislado, tremendamente
solitario. Se había levantado una muralla
infranqueable cuyo único fin era separarme del mundo. Estaba en
cuarentena.
Era el leproso, el apestado.
Un extraño sentimiento de irrealidad me asalta
mientras rememoro aquel momento. Estoy aquí, en el mismo lugar donde todo
comenzó. Las paredes metálicas son las mismas, los congeladores ronronean igual
que lo hacían hace más de dos años y las luces continúan tintando de rojo este
pequeño microuniverso. Pero todo lo demás ha cambiado. Por
encima de mi
cabeza
GenCorp no es más que un montón de ruinas y el
mundo ha alcanzado la locura total adorando a un dios absurdo. Sin embargo, una
sutil inversión se ha producido. Si en aquel entonces yo era el enfermo
infeccioso aislado, ahora, encerrándome voluntariamente a veinte metros bajo
tierra y protegiéndome tras incontables toneladas de acero, he sido yo quien ha
puesto en cuarentena al mundo. Son ellos los enfermos, son ellos los que se
retuercen tras las murallas del aislamiento y la soledad. Y yo soy el que mira
tras los cristales contemplando cómo evoluciona la enfermedad que aqueja a una
humanidad condenada.
Pero algunas cosas permanecen. El cultivo 13-L
sigue dentro de mí. Y mi amor por Helena, la rubia ninfa tallada en miel y
cereal, continúa acrecentándose, segundo a segundo, sumiéndome en una extraña
pasión caníbal.
Hombres vestidos con trajes aislantes, como
astronautas de guardarropía, instalaron la improvisada enfermería en una sala
contigua a los congeladores. Pusieron una cama y trajeron una televisión, y
libros, y alimentos, incluso instalaron un compacto. Había una gruesa vidriera
a través de la que podía ver el ascensor y
las consolas. También los demás podían mirarme a
mí, como quien contempla a una cobaya inoculada.
—Tranquilo, amigo mío. Usted peligro no corre —me
dijo Nanda mediante un micrófono—. El cultivo 13- L es variedad mutada de la
gripe. Posiblemente ningún problema haya.
—Mutada, ¿en qué sentido? —
pregunté.
—Difícil es decirlo. Algunos virus del cultivo
papillomas eran. Otros, retrovirus modificados como vectores genéticos.
Me dolía la cabeza y tenía la boca seca. Me
resultaba difícil pensar, pero
hice un esfuerzo por ordenar la cabeza.
—Los retrovirus empalmarán su ADN con el mío
—señalé—. Crearan oncogenes. Cáncer.
—No, no, no, amigo mío. No VIH
13-L es
nuevo tipo de vector. No modifica ADN, y
ningún cáncer produce. De señales
ARN se trata. Sólo modifican el ARN. No definitivo
Cuando los virus mueran, el ADN restaurará naturalmente el
daño.
La fiebre empezaba a subirme. Tenía la sensación de
que alguien martilleaba en mi cabeza.
—¿Un retrovirus que afecta al ARN
y no al ADN? ¿Para qué?
—Manipulación de proteínas — Nanda sonreía
paternalmente a través del cristal—. Simple experimento
parcial. 13-L afecte
quizá temporalmente a su nivel de somatostatina. Fácil de corregir.
Ahora descanse sin temor. De usted nosotros cuidaremos.
Claro que cuidarían de mí. En aquel momento, yo era
de vital importancia para ellos.
Al tercer día la fiebre me provocó temblores
convulsivos y poco después comencé a sufrir alucinaciones. Apenas podía moverme
y vomitaba constantemente. Cuando llegó la noche
perdí el conocimiento. Y así permanecí durante seis
días.
Fue como estar encerrado en un sótano oscuro, a
veces ardiente, a veces helado, pero siempre lleno de sonidos líquidos. No
guardo de aquellos
días casi ningún recuerdo, salvo el de una curiosa pesadilla que se
repetía obsesivamente: en un negro vacío se iba formando una figura humana, por
partes, como si de un cuadro cubista se tratase. Primero un
ojo flotando en la nada, luego la nariz, un brazo. Más tarde
todo desaparecía para volver a empezar. Era una locura de fragmentos humanos
danzantes. Pero eso
no era todo.
Una
terrible ansiedad me sacudía, una sensación
punzante de hambre infinita, de deseo insatisfecho, de apetito colosal y
primario, casi sexual.
Me desperté un sábado por la tarde, sintiéndome
extremadamente débil, pero libre de fiebre y dolor. A mi lado se encontraba uno
de aquellos astronautas terrestres. A través del cristal de la escafandra
distinguí la sonrisa paternal de Jaw Nanda.
—Bienvenido, amigo mío. Curado está. Como una
manzana sano. Ya todo ha pasado.
Aun permanecí quince días más en aislamiento. Los
análisis confirmaban
que el virus mutante había sido eliminado, pero
toda precaución era poca. De alguna manera, aquel período de inacción me vino
bien. Fui recuperando fuerzas y
moral, leía mucho, veía vídeos y
hacía algo de ejercicio. Nanda se ofreció a enseñarme algunas posturas básicas
de yoga, y a eso nos dedicábamos todos los días a partir de las seis de la
tarde. En cierto modo podían haber sido unas tranquilas vacaciones. De no ser
por los sueños.
Todo comenzó al tercer día de mi recuperación. Me
había acostado pronto, tras ver una vieja película en el vídeo. Me dormí
enseguida, y con igual rapidez
acudieron a mí los sueños. Hablo en plural y no
debería hacerlo, ya que siempre se trataba de lo mismo. No un sueño normal,
surrealista y activo, sino un sueño estático y obsesivo.
En él se me aparecía la imagen de una mujer. Una
mujer inmóvil, la imagen fotográfica de una belleza rubia que me contemplaba
sonriente. Su nombre era Helena.
Y la amaba.
Pero era un amor frustrante y yo sentía deseo,
hambre. Quería ser saciado por ella, pero no lo conseguía. Y
el hambre crecía, crecía, crecía...
Al principio
no le di
importancia,
sólo eran sueños.
Pero cuando Helena salió de mis sueños para
pasar a ocupar
la mayor parte de mis
pensamientos conscientes, comencé a preocuparme. Durante los primeros días no
eran más que apariciones fugaces que me sorprendían cuando estaba distraído o
relajado. Pero al poco tiempo se convirtió en algo permanente. Era como un
recuerdo obsesivo: el recuerdo
de un amor perdido
trasmutado en deseo insatisfecho. Y hambre.
Hambre. No un apetito general e indiscriminado, no.
Hambre de algo concreto, pero indefinido.
Hambre de
Helena. ¿Un intenso deseo antropófago?
No dije nada a nadie. Atribuí mi desequilibrio a
los estragos de la intensa fiebre alucinatoria que había sufrido. Pero a medida
que pasaba el tiempo y la obsesión crecía comencé a temer seriamente por
mi salud mental.
Dos días antes del fin de la cuarentena se lo conté todo
al amable y
atento Jaw Nanda.
—¿La imagen de una mujer le persigue? —Nanda
parecía extrañamente excitado, aunque era evidente que luchaba por
disimularlo—.
¿Una mujer quizá vieja amiga?
—Nunca la había visto.
—¿Y su nombre conoce?
—Se
llama Helena. Pero
ignoro cómo lo sé. Es... un recuerdo, como una amante que vuelve a mí.
¡Pero no la conozco de nada! Me estoy volviendo loco, doctor Nanda...
A través del cristal vi que el hindú se daba la
vuelta en actitud pensativa.
—¿Algo más le sucede? —preguntó sin volverse.
—Hambre... Constantemente la siento. Creo que es
ansiedad. Pero muy intensa. Parece hambre.
Lentamente se volvió hacia mí. Me pareció
distinguir la sombra de una sonrisa
abandonando su cara,
pero
cuando me habló lo hizo con total seriedad.
—Usted no preocupar. Tras crisis febril normal es
sufrir alteraciones en psiquismo.
Algo pasajero, con seguridad. Pero discreción recomiendo.
Tanto tiempo encerrado no muy bueno para usted. Y si médicos temen por su
estado... Retrasarán salida
de cuarentena. Error que evitar debemos. Pienso que
conozco compuesto medicinal que
aliviará problemas suyos. Mañana pasado se lo daré. Y, recordar debe:
discreción. En mí confíe.
Confié en él.
Dos días después salía de mi
encierro
subterráneo. Los compañeros me dieron una fiesta de
bienvenida; todo el mundo parecía estar contento con el final de
aquella crisis. Nanda
me estrechó entre sus brazos y, llevándome a un rincón, me entregó un
frasco de comprimidos.
—Poderoso ansiolítico. Usted tomar deberá tres
pastillas al día. Verá como problemas desaparecen —Sonrió paternalmente—. Y,
de nuevo, bienvenido al mundo,
amigo mío. Bienvenido.
Cogí quince días de vacaciones. Era primavera y
podía haber hecho un viaje a alguna playa del Mediterráneo. Pero
preferí quedarme en la comodidad de mi apartamento
de soltero. El medicamento que me había
dado Nanda obró milagros. Seguía recordando a Helena,
pero la pulsión había desaparecido casi totalmente. Me
engañé creyendo que todo había pasado.
Una noche, mientras veía la televisión, llamaron
a mi puerta.
Al abrir me encontré con el hirsuto rostro de Martín Seoanes.
—¿Puedo pasar?
Le indiqué con un gesto que entrase. Desde mi
enfermedad apenas había visto un par de veces a Martín. Ahora, mientras se
sentaba en un sillón y echaba
un distraído vistazo al televisor, pude comprobar
cuánto había cambiado. Su rostro afable se había convertido en una máscara de
preocupación. Había perdido peso
y mostraba evidente nerviosismo.
—(?)
—me dijo—, ¿recuerdas cuando te hablé del proyecto Maya?
— Su vista se perdió en el infinito durante unos instantes—. ¿Sabes que la división
de GenCorp en España es la que posee la mayor dotación económica? Casi el doble
que cualquier centro de Estados Unidos. Curioso, ¿no? Oh, las razones son
sencillas. La legislación española es imprecisa con el tipo de actividades que
desarrollamos. ¿Sabes que GenCorp posee casi
cuarenta y tres mil patentes sobre organismos mutantes? ¿Y sabes cuántas están
comercializadas? Treinta y ocho. Las leyes son muy restrictivas con la
ingeniería genética. También en lo referente a la investigación. Hay cientos de
controles en Estados Unidos. Pero en España, muy pocos, casi ninguno. Por eso está
GenCorp aquí, invirtiendo miles de millones sin que nadie
pregunte a qué se dedica ese dinero —Suspiró—. Pero yo
sí me lo
pregunto. ¿Y sabes qué? No hay respuestas. Oh, sí. Existen cantidad de
proyectos subsidiarios, sí. Pero la parte del león se la lleva algo
llamado
Proyecto Maya. Un
proyecto que, oficialmente, ni siquiera existe.
¿Entiendes?
No lo entendía. Pero Martín estaba tan excitado que
no quise llevarle la contraria.
—¿Quieres tomar algo? —pregunté, pues no sabía qué
decirle.
—El Proyecto Maya —prosiguió sin hacerme caso—. Me
encontré con él por casualidad. ¿Sabes cómo? Un memorándum confidencial
electrónico entró por error en mi terminal. Era del Gran Jefe, Henry Dacosta, e
iba dirigido a Jaw Nanda —Sacó un papel del bolsillo y me lo
tendió—. Éste es el
texto, léelo.
Era un fragmento de papel de
impresora. Lo leí.
«Es imprescindible obtener resultados antes del
doce de octubre. Asigno presupuesto suplementario de
40 Mm. Espero que esto baste para
resolver los problemas. En cuanto a la fase experimental, podríamos acortar
los plazos del Proyecto
Maya si obviáramos la
experimentación con animales. Elige el sujeto más adecuado e infórmame de
los avances.»
Alcé la vista y miré interrogador a Martín. Él me
devolvió una intensa mirada. Tuve la impresión de que se encontraba bajo los
efectos de alguna droga, quizás anfetaminas.
—Y
bien, ¿qué te
parece? —dijo con un susurro.
—Que hay un proyecto secreto auspiciado directamente
desde la central. ¿Por qué tanta
preocupación?
—Oh, por nada... —Su tono era irónico—. ¿Por qué va
a inquietarme la idea de que se estén realizando experimentos ilegales con
seres
humanos? —Hizo una pausa y bajó la vista al suelo.
Finalmente añadió—: Y también puede ser
una tontería pensar que el ser
humano con quien se está experimentando eres tú.
Ahora sí que me había sorprendido.
—Ahí no dice nada de experimentos con seres
humanos... —señalé alarmado.
—«Obviar experimentación con animales.» «Elegir el
sujeto más adecuado.» ¿Qué más
quieres?
¿Pancartas?
—¿Y por qué yo? No se menciona mi nombre...
—Descubrí ese memorándum hace casi tres
meses. Al poco
tiempo
recibimos el presupuesto extraordinario anunciado.
Iba destinado a mejoras en el equipamiento
informático del Laboratorio 7 y a
gastos generales de infraestructura. Me puse a bucear en los programas y bancos
de datos relacionados con gastos
generales. Y allí lo
encontré, un acceso
reservado bajo un directorio etiquetado con las iniciales PM.
¿Entiendes? PM, Proyect Maya. He intentado entrar en ese programa, desgraciadamente en
vano. Sin embargo, lo que sí hice fue rastrear todas las conexiones del
Directorio PM con otros programas de libre acceso. ¿Y qué he
encontrado? Un pequeño
directorio, que no debería existir, en el que
figuran todos tus datos, amigo mío. Desde tu historial académico hasta un
completo informe médico
sobre tu estado de salud. Estás
en el Proyecto Maya, ¿lo sabías?
Negué con la cabeza. Martín se comportaba de forma
extraña. Y ahora empezaba a contagiarme su paranoia.
—Esos datos pueden estar relacionados con mi
accidente. Posiblemente fueran necesarios para el tratamiento.
—Estoy seguro. Pero no como tú piensas. Descubrí el
programa con tus datos casi dos
semanas antes de tu
infección —Martín sonrió tristemente—.
¿No te has preguntado sobre las extrañas
circunstancias en que
se produjo el
«accidente»? Un congelador misteriosamente
descongelado, la caja con el cultivo activo que se cae al suelo en cuanto abres
la puerta... ¿Sabes? Al congelador no le pasaba nada. No fue un problema
técnico. Ni un fallo de fluido. El congelador sencillamente estaba desactivado.
Y la caja de cultivo se encontraba mal colocada porque alguien lo quiso así. Y
tú bajaste a los congeladores porque se pretendía que te expusieras a esos
virus mutados. Un cultivo del que
no hay constancia
en
ningún sitio, salvo, quizás, en el
Directorio PM.
Me levanté y me aproximé a la ventana. Una lejana
tormenta había vestido el aire de ozono y la brisa olía a primavera. El aroma a
tierra húmeda acarició mi nariz. Me sentía confuso.
—No sé qué decirte... —dije, sin saber qué decir.
—¿Has notado algo extraño? — Martín se incorporó—.
Desde tu cuarentena, quiero decir.
Suspiré. Y luego se lo conté todo. Le hablé de mis
sueños, de mi ansiedad. Le hablé de Helena, mi amor inexistente. Y del hambre.
Y de las pastillas que me
daba Nanda. Martín me escuchó en silencio y, cuando
terminé mi relato, permaneció unos minutos pensativo. Luego se levantó y se
dirigió a la salida.
—No le encuentro sentido, (?). Pero buscaré la
respuesta. No comentes con nadie esta conversación. Estaremos en contacto
—Abrió la puerta y antes de cruzar el umbral, añadió—: Cuídate.
¿Saben
cuándo decidí matar
a Nanda? El día en que vi por primera vez a un niño de la nueva era, a un
niño- Nanda.
Era un muchacho de tres años, de ojos azules y
cabello rubio. En otras circunstancias hubiese sido muy guapo.
Pero no lo era. Sus ojos albergaban un brillo
extraviado que nada tenía de infantil. Babeaba y gruñía. Sólo podía pronunciar
una palabra: Nanda. Esa era toda su realidad.
Y ése era
todo su futuro. Aquel niño no era
ya humano, era una caricatura siniestra, un boceto del futuro que
aguardaba a toda
la humanidad.
Pero le vi. Vi cómo sus padres le obligaban a comer
(alimento para perros), apaciguándole con una foto de su dios.
Entonces pensé: «Voy
a matar a
Nanda.»
Pero ¿cómo? Su guardia pretoriana
es, literalmente, todo el mundo. No hay persona que
no esté dispuesta a dar la vida por su dios. Él vive dentro de un palacio inaccesible,
en una isla
del Egeo. Ahora no hay barcos ni aviones disponibles. ¿Cómo llegar a él?
¿Cómo se puede matar a un dios?
¿Cómo?
Mis vacaciones concluyeron. Me reintegré a
mi trabajo en GenCorp.
Nanda seguía proporcionándome las pastillas que me permitían mantener a Helena
bajo control. No me hacían olvidarla, claro. Simplemente evitaban que se
convirtiese en una obsesión. Pero ella
seguía estando presente
en mis
pensamientos. De hecho, había comenzado a fantasear
con su imagen. Me sentaba en el retrete y evocaba su rostro; luego imaginaba
sus pechos, la delicadeza de su piel, su sexo cubierto de vello rubio, como un
retazo de sol. Y me masturbaba.
No era satisfactorio, por supuesto. Pero mitigaba
un tanto la pulsión, el hambre que se agazapaba aletargada en mi interior.
Pasaron los meses. El verano llegó y se fue. El
otoño llamó a la puerta. Y todo era irrealmente cotidiano.
De vez en cuando me encontraba con
Martín
en alguno de
los blancos
pasillos. Él me sonreía, yo le saludaba. Pero no
volvimos a hablar del Proyecto Maya. Hasta que, un buen día, los
acontecimientos comenzaron a precipitarse.
Primero fue la noticia de la candidatura. Henry
Dacosta, el dueño y señor de GenCorp, se presentó como candidato a la
presidencia de Estados Unidos. Algo extraño; nunca Dacosta había participado en
ninguna actividad política. Y también
sorprendente, porque Dacosta, sin hacer la menor campaña, comenzó a
subir en todas las encuestas. Al principio consiguió el uno por ciento de los
votos. Luego el cinco.
Más tarde el diez, el veinte, el cuarenta, el
ochenta por ciento de los votos. Personas que jamás habían votado manifestaron
su irrefrenable voluntad de ver a Henry Dacosta en la Casa Blanca.
El suceso más surrealista ocurrió cuando los
candidatos republicano y demócrata afirmaron en un debate público su intención
de votar por Henry Dacosta.
Aquello fue la locura. Sin un solo anuncio, sin
debate alguno, sin hacer ningún tipo de campaña, Dacosta se convirtió en el
virtual ganador.
Por eso nadie se extrañó cuando, en noviembre,
Henry Dacosta triunfó en las
elecciones. Un ciento por ciento de participación.
Un ciento por ciento de los votos para el dueño de GenCorp. Algo imposible,
algo desconcertante. Pero algo real. Y aquello no era más que el principio.
Al día siguiente de la jornada electoral fui al
despacho del doctor Nanda. Se me estaban acabando las pastillas, aquel mágico
compuesto anti- Helena. Necesitaba más.
Eran las ocho de la tarde. Nanda se encontraba reclinado
sobre su escritorio. A su lado
había una botella de whisky medio vacía y en una mano sostenía un
vaso lleno de
ámbar con
hielo. Estaba borracho, y parecía muy feliz.
—(?), amigo viejo. ¿Tú cómo por aquí? —exclamó
al verme—. ¿A celebrar vienes victoria de gran jefe?
—No, doctor Nanda. Es que...
—¿Un trago de whisky? —me interrumpió con voz
pastosa—. Bueno es para elevar el espíritu.
—No, gracias, doctor. No bebo. He venido porque se
están acabando las pastillas que me dio la última vez...
—¡Tú no preocupación! —Bajo los efectos del
alcohol parecía más
que nunca un gnomo juguetón—. Mañana venir aquí
y pastillas mágicas
preparadas estarán. Fantasmas no te molestarán.
Pero ¡siéntate, siéntate!
Obedecí. Me tendió un periódico cuyos titulares
enunciaban la aplastante victoria de Dacosta.
—Un triunfo increíble —comenté. Nanda dejó el vaso
a un lado y me
miró unos instantes con... ¿lástima?
—Los americanos como niños son
—Había un barniz de burla en su voz—. La máxima
divinidad que concebir pueden es presidencia de su país.
—¿Divinidad? —pregunté. Me miró sonriente.
—Mañana estarán pastillas —dijo. Y dándome la
espalda apuró de un trago
su copa.
Las pastillas no estuvieron al día siguiente.
Ni nunca.
Emiten en televisión un documental sobre las Novias
de Dios.
Al llegar la primavera, cada región del planeta
debe elegir de entre sus doncellas a la más hermosa para, como en las viejas
historias, ofrendársela a la divinidad. Son las Novias de Dios Jóvenes, a veces
niñas, que arden en fervor divino ante la idea de ser fecundadas, violadas, por
el gran Nanda, por el todopoderoso Nanda, por el lujurioso Nanda.
El veintiuno de abril, hace tres días, se celebró
el festival que los devotos habitantes de esta región dedicaron a la elección
de la Novia de Dios local.
Yo acudí al festival. Había descubierto el modo de
acabar con Nanda.
Una inmensa multitud se había congregado en torno a
la pirámide truncada erigida por los acólitos de Nanda.
Cuando los sacerdotes presentaron públicamente a la
Novia se produjeron los incidentes de
siempre. Hay que darse cuenta de que aquella hermosa
muchacha de quince años, destinada a
mantener una íntima relación con dios, adquiría una
naturaleza casi sagrada.
La gente quería tocarla, absorber un poco de su
divinidad prestada. De modo que al ver aparecer sobre la pirámide escalonada a
la niña elegida, la multitud, como un animal ciego, se precipitó hacia
ella. Los guardias entraron en acción. Sus
ametralladoras también.
Sabía lo que iba a pasar, sabía que las primeras
líneas de gente caerían rápidamente
bajo el fuego.
Sabía también que las filas de atrás continuarían empujando, hasta que
los cadáveres bloquearan el paso. Y sabía, finalmente, que
los sacerdotes se
llevarían a la muchacha por la parte de atrás de la
pirámide, donde les esperaría un vehículo.
Así ocurría siempre.
Por eso me puse a un lado, alejado del centro
de la acción.
Cuando el delirio y la matanza se
abatieron sobre el festival pude rodear la pirámide, sortear los guardias y
encontrarme frente al vehículo que iba a transportar a la Novia.
El rugido de la multitud y el ruido de las
ametralladoras atronaban el aire. Los sacerdotes, asustados, no miraban en mi
dirección, por eso pude pasar inadvertido.
Pero luego los sacerdotes bajaron de la pirámide,
transportando entre sus brazos a la bellísima muchacha. Y entonces me vieron.
Me precipité hacia la chica. Dos sacerdotes se
interpusieron en mi camino. Choqué con ellos. La inercia de mi
carrera derribó a uno. El otro me sujetó por un brazo.
Había conseguido acercarme a poco más de un metro
de la Novia de Dios (que me miraba asustada).
Y entonces la escupí.
Antes de que un joven y vigoroso sacerdote me
dejara inconsciente con un hábil golpe de su báculo, pude ver cómo
mi saliva goteaba por el rostro perfecto de la
chica, desde el pómulo hasta la comisura de sus labios.
Ahora, en la pantalla de televisión, rodeada por
las casi cien Novias que van a embarcarse en un avión para formar parte del
harén de dios, he vuelto a ver el rostro de aquella muchacha a la que escupí.
Ella es mi venganza.
El lunes Henry Dacosta fue oficialmente declarado
triunfador de las elecciones norteamericanas.
El martes Jawaharlal Nanda desapareció.
El miércoles una bomba explotó en
el Sector M del Hades, el sanctasanctórum de
GenCorp. Murieron tres personas y hubo varios heridos. Las decenas de
millones de dólares invertidos en
el sofisticado equipamiento
quedaron reducidos a cenizas.
La policía intervino y las instalaciones fueron
clausuradas hasta que se arreglaran los daños. Nos mandaron a todos a casa.
El jueves se acabaron las pastillas.
El viernes mi mundo se convirtió en un delirio
alucinado donde no había otro lugar que el destinado a Helena, mi fantasma insidioso.
Ni otra sensación
que el hambre, mi castigo, mi suplicio, mi
desesperación.
El infierno en que viví cubría sus paredes con
la imagen de
una mujer rubia y adorable. Y mi
martirio era la atroz ansiedad de un apetito imposible de saciar.
Durante
todo el fin de
semana no hice otra cosa que
llamar por teléfono a Martín. Una y
otra vez su
mujer me decía que su marido
había salido de viaje, que no
sabía a dónde,
que no sabía con quién, que no
sabía cuándo volvería.
¿Y el doctor Nanda? ¿Sabía ella dónde se
encontraba?
No.
Pero yo necesitaba las pastillas, aquella medicina
milagrosa que lograba apartar a Helena de mi cabeza.
Me volví loco. El domingo por la noche destrocé mi
apartamento. Estaba a punto de prenderle fuego cuando el portero abrió la
puerta y algunos vecinos entraron
en mi hogar, cubiertos con pijamas y batas, sobresaltados por aquel escándalo
destructivo, armados de miedo, sorpresa y tímidas amenazas.
Salí corriendo de la casa. Me precipité a la calle
vacía, aullando como un lobo en celo. Corrí con todas mi fuerzas, intentando
dejar atrás la tiranía
maniática
de Helena, espantar
la ansiedad monstruosa, el deseo insatisfecho. Corrí durante no sé cuánto
tiempo, con el aliento hirviendo en mi garganta y el horno de mis pulmones
reventándome en el pecho.
Tropecé. Caí al suelo. Rodé sobre mí mismo. Mi
cabeza chocó contra el bordillo. Por unos instantes perdí el conocimiento. Me
incorporé mareado. La sangre,
como un sirope caliente, se derramó sobre mi cara. La enjugué con el antebrazo.
Abrí los ojos. Había caído delante de un supermercado cerrado. Me puse de
rodillas.
Y entonces, allí, detrás del
escaparate, bajo un cartel de oferta, lo vi.
Mi corazón se detuvo entre dos latidos. Parpadeé.
No podía creer lo que estaba viendo. Tenía que ser un sueño, un espejismo de mi
mente perturbada.
Pero no, era real. Ante mis ojos, detrás del
cristal, se alzaba una columna de paquetes con la imagen de Helena repetida una
y otra vez. Allí estaba mi amor imposible, mi delirio pasional, mi mujer
deseada, mi némesis fantasma. Su rostro de terciopelo se repetía decenas de
veces, y sobre cada retrato gemelo, su
nombre: Helena. HELENA HELENA.
Con un cubo de basura rompí el vidrio del
escaparate. Al entrar en el supermercado
me hice algunos
cortes con los cristales. Ni me di cuenta. Con la determinación de un
náufrago que ve tierra en el horizonte me abalancé sobre las imágenes de mi
amada. Cogí un paquete y lo
abrí casi a
zarpazos. Rasgué la bolsa que se encontraba en su interior. Copos
de avena. Cogí
un puñado y me lo llevé a la boca.
Oh, dios santo... Nunca había paladeado nada igual,
ningún alimento tan delicioso, ningún sabor tan matizado, tan perfecto. Tuve un
orgasmo. Mientras la mancha de
humedad oscura se
extendía por mi entrepierna, seguí comiendo con la
compulsión de un bulímico.
Acabé el paquete. Cogí otro: maíz. Y otro: arroz. Y
otro: salvado. Y otro: trigo. Y otro, y otro, y otro, y otro...
Cuando llegó la policía para apartarme de aquel
maná providencial, ya había devorado dieciséis cajas de cereales.
¡Qué aspecto debía de ofrecer! La piel rasgada,
cubierta de sangre. Rodeado de vómitos y comiendo sin
cesar, voraz como una fiera.
Cuando me metieron en la ambulancia el mundo daba
vueltas a mi
alrededor.
Cuando llegué al hospital me encontraba
inconsciente.
Cuando
desperté ya me
habían lavado el estómago.
—¿Cómo
puede alguien comerse más de ocho kilos de cereales? —me
preguntó asombrado el médico.
—Por
amor —contesté débilmente
—. Por Helena...
—¿Cómo se encuentra? —preguntó sin prestarme mucha
atención.
—Fatal... —musité.
Un grito lejano me sobresaltó. Era como el aullido
de un demonio enloquecido.
—Tranquilo —El médico tenía aspecto de estar
agotado—. Hoy parece que todo el mundo se ha vuelto loco. El hospital está
lleno de maniáticos religiosos. ¿Puede creerlo? De repente, docenas de
fanáticos surgen de todas partes. Pero no se preocupe, aunque hacen mucho ruido
no son peligrosos.
Sí lo eran.
Muy peligrosos. Pero sólo se trataba del comienzo.
Me dieron un sedante y apagaron la luz de la
habitación. Antes de dormirme
Decía: Nanda.
El lunes por la tarde vino a verme al hospital
Martín Seoanes. Parecía agotado. Y preocupado. Pero me dedicó una de sus
abiertas sonrisas llenas de encanto.
Intenté devolverle el
gesto, pero mi mente naufragaba de nuevo en Helena; sólo pude ofrecerle
una mueca crispada.
—Martín —dije—, ¿dónde está
Nanda?
—Ha desaparecido.
—Necesito su medicina...
—Ya lo sé, amigo mío —Su tono era compasivo—.
Estamos trabajando en ello. Tranquilízate.
—Martín... He averiguado quién es
Helena.
—Y yo también —Bajó los ojos al suelo—. Helena
es una
marca de cereales para el desayuno.
Me incorporé.
—¿Cómo lo sabes?
—Es una historia larga. Ahora debes descansar.
—¿Estoy loco, Martín?
—No, no. No lo estás. Todo tiene que ver con
GenCorp. Y con el Proyecto Maya, ¿te acuerdas? Maltman me lo ha contado todo.
—¿Maltman?
—Está en mi casa. Escucha: mañana
podrás salir de aquí. Vendrás conmigo y te lo
contaré. ¿De acuerdo? Ahora descansa.
Pero es difícil descansar cuando se está enamorado.
Y mucho más cuando, como a mí
me ocurría, se
está enamorado de un ser inexistente. O aún peor, de una caja de
cereales.
A la mañana siguiente me dieron el alta. Martín
vino a buscarme. Había mucho revuelo en el hospital; un fanático religioso
había asesinado a uno de los doctores. La enfermera me dijo que la víctima era
el joven médico
que me había atendido la noche
anterior.
Martín me
condujo en coche a su
casa.
No hablamos mucho
por el camino. Parecía agotado,
al borde del desfallecimiento. Yo añoraba de nuevo a Helena.
La mujer de Martín nos abrió la puerta. Me saludó
con amabilidad, pero su mirada no podía ocultar una intensa preocupación.
Imagino que mi aspecto (todas aquellas cicatrices y vendas) no debió contribuir
a tranquilizarla.
Martín me invitó a pasar a su despacho, una
habitación grande y soleada
cubierta de librerías.
Luego salió un momento.
Cuando volvió lo hizo acompañado de David Maltman.
El gran biólogo inglés, el
investigador,
el premio Nobel,
estaba aterrorizado como un niño.
Me miró esquivamente y se sentó silencioso en el
otro extremo de la habitación. Martín suspiró y se apoyó en el borde de su
escritorio.
—(?), te pondré al día de las novedades en GenCorp.
¿Te acuerdas de la explosión en el Hades? Fue una bomba. La tarde anterior un
técnico vio a Nanda manipulando el panel eléctrico donde estaba colocado el
artefacto. La policía está buscando a ese hijo de puta, pero por lo visto ha
salido del país.
—¿Destruyó su propio laboratorio?
—pregunté—. ¿Por qué?
—Ya llegaremos a eso. Escucha. Henry Dacosta se
convirtió ayer en el dictador de Estados Unidos. Lo ha hecho por aclamación. El
parlamento, las masas, el ejército, todos. Le llevaron en volandas a la Casa
Blanca.
—¿Dacosta dictador...? —Me asaltó una fuerte
impresión de irrealidad; no me hubiese sorprendido que Martín se echase a reír
gritándome «¡inocente, inocente!» Pregunté—: ¿Y GenCorp...?
—GenCorp no existe. Dacosta la ha cerrado. Todas
las instalaciones están clausuradas. Otra cosa: desde hace un par de días ha
aparecido en la ciudad un nuevo
movimiento religioso. Sus
miembros son gentes de todo tipo: ricos, pobres,
católicos o ateos. Son fanáticos. Y adoran a un dios llamado Nanda.
—¡¿Nanda...?!
Martín asintió.
Durante unos instantes se mantuvo callado, intentando poner en orden sus
ideas. Luego, tras mirar de reojo a Maltman, comenzó a hablar.
—Hace cuatro años GenCorp se encontraba al
borde de la quiebra.
Había invertido ingentes cantidades en desarrollos de bioingeniería comercial.
Un negocio muy prometedor. Pero varias leyes restrictivas habían bloqueado a la
compañía. GenCorp tenía los productos
biológicos
más avanzados, pero
no podía comercializarlos. Era un gigante con los pies de barro.
Aquella situación estaba ahogando financieramente a
Dacosta. Hasta que un día, de improviso, le visitó Jawaharlal Nanda. Para
hacerle una oferta muy extravagante. Absurda. Quién sabe, quizás en otras
circunstancias Dacosta la hubiese rechazado. Pero en aquel momento era
el proverbial clavo ardiendo al que agarrarse.
—¿De qué se trataba...?
Martín cerró los ojos y se acarició la barba. Por
unos instantes pensé que se había dormido. Cuando habló lo hizo sin
abrir los ojos, como un sonámbulo
recitando una letanía.
—Control biológico del comportamiento. Nanda
afirmaba haber descubierto un medio para modificar la conducta humana mediante
vectores biológicos. Sólo hacía falta dinero y contar con la colaboración de
nuestro querido David Maltman, la máxima autoridad mundial en eidética.
—Sólo soy un químico ignorante —
le interrumpí—. ¿Qué es eidética?
—La
ciencia que estudia
la memoria. Maltman es un genio, ¿sabes? Descifró el mecanismo de
almacenamiento de la
memoria en el
cerebro —Se volvió hacia el investigador y le habló
en inglés—. Explíquele a (?) cómo funciona el registro mnémico. Con sencillez,
doctor.
Maltman, que no había dejado de agitarse en su
asiento, se inmovilizó. Me miró furtivamente, parpadeó y comenzó a hablar con
lentitud.
—La clave para comprender las funciones del
mecanismo eidético reside en la integración holística del registro sináptico
con el engrama bioquímico. A nivel molecular podemos...
Martín le interrumpió con un gesto cansado.
—Parece que este bastardo sólo
sabe explicar las cosas de la forma complicada.
Escucha, (?), existen dos clases de memoria: a corto y a largo plazo. La
memoria a corto plazo es la que empleas, por ejemplo, para recordar el número
del guardarropa, o un
teléfono; datos que mantienes unos instantes en tu cerebro para luego olvidarlos
definitivamente. La memoria a largo plazo es la que usas para recordar, por
ejemplo, el nombre de tu madre, o el vocabulario: cualquier tipo de información
que deba almacenarse toda la vida. Cuando hablo de la memoria, me refiero a
conceptos, imágenes, palabras, emociones, a
cualquier cosa que podamos almacenar y recordar.
¿Entendido? Ahora presta atención: la memoria a corto plazo se genera en el
hipocampo en forma de campo eléctrico. ¿De acuerdo? A eso se le llama
engrama bioquímico. Pero si ese
engrama, ese campo eléctrico, permanece activo alrededor de cinco segundos, o
es violentamente excitado, entonces
modifica la producción
de ARN en las
neuronas. ¿Y qué
es el ARN? Un mensaje codificado
que determina la formación y estructura de las moléculas de proteínas. Ahí está
la base de la memoria a largo plazo. Los recuerdos se
almacenan en forma
de
proteínas codificadas por el ARN, el ácido
ribonucleico. A esto se le llama registro sináptico. ¿Está claro?
No estaba seguro del lugar a donde llevaba aquel
discurso, de modo que asentí levemente.
—La memoria es al principio un campo eléctrico en
el hipocampo —dije, como recitando una
lección—. Ese campo afecta a la
producción de ARN, y el ARN a la fabricación de proteínas. Esas proteínas
reestructuradas son los almacenes de la memoria. ¿Qué más?
—Cuanto más tiempo permanece activo el engrama
eléctrico, más ARN se produce y más proteínas duplican y
almacenan
la misma información. Cuando memorizamos algo lo que
hacemos es repetirlo constantemente; es decir, mantenemos activo el campo eléctrico
para que cree muchos duplicados proteínicos. Es como si tuviéramos una gran
librería en la que algunos libros
sólo aparecen una vez; son los recuerdos débiles. Pero otros
libros están repetidos varias veces, y cuantas más veces estén duplicados más
eficaz es el acceso a la información que contienen, sencillamente porque es más
fácil de encontrar. Ésa es la memoria profunda. Huelga decir que son esos
recuerdos más intensos, esa memoria a
largo plazo, lo que conforma nuestra personalidad,
nuestro pensamiento, nuestro inconsciente —Martín se frotó las sienes y se
volvió hacia el inglés—. Maltman ganó el Premio Nobel porque logró descifrar el
código proteínico de la memoria. Por eso le necesitaba Nanda para sus
propósitos, para su proyecto.
—Para el
Proyecto Maya —sugerí
—. ¿En qué consiste? Modificación de la conducta,
vale. ¿Cómo?
—¿Ha quedado claro que el ARN hace posible el
almacenamiento de la memoria profunda? De forma natural, el ARN es producido
según el esquema codificado en el engrama eléctrico. Pero
hay otras
formas de transmitir
un mensaje de ARN. Por ejemplo, mediante virus.
—Un momento. Los virus son
«paquetes» de ADN, no de ARN.
—No todos. Normalmente un virus no es más que un
pequeño fragmento de ADN que se introduce en el núcleo de la célula para
obligarla a producir más virus. Pero existen virus que sólo contienen ARN.
Estos virus afectan exclusivamente a la síntesis de las proteínas. ¿Entiendes?
El mismo proceso que se produce
en el cerebro con la memoria profunda —Martín se puso en pie y comenzó a pasear
por la
habitación—. Nanda afirmaba que era posible reestructurar
la memoria mediante un
vector biológico. ¿Qué clase de vector? Una colonia de virus
con su ARN codificado. Los virus se introducirían en el cuerpo humano, llegarían
al cerebro y su ARN sintetizaría proteínas idénticas a las moléculas que
almacenan la memoria.
Un
escalofrío me recorrió
la espalda.
—¿Quieres decir que esos virus crearían una memoria
falsa?
—Falsa, sí. Pero tan intensa como la auténtica. Más
intensa aún. Los virus se multiplicarán y mientras permanezcan en
el cerebro irán sintetizando una y otra vez la
misma combinación de proteínas. Irán repitiendo constantemente el mismo
mensaje, el mismo «recuerdo». Y ese
«recuerdo» acabará por convertirse en dominante.
Me acerqué a la ventana. El día era frío, pero
radiante. Con aquel sol maravilloso
en el cielo
parecía imposible la pesadilla que se cernía sobre la humanidad. Intenté
reflexionar, ajustar todas las piezas del rompecabezas. Finalmente dije:
—Entonces Helena, el hambre, mis pesadillas... Todo
lo que me está ocurriendo ¿no es más que el resultado
de la actividad de un virus?
Martín asintió. Había tristeza en su mirada.
—Fuiste un conejillo de indias —Se volvió hacia
Maltman—. ¿Por qué no le cuenta a (?) lo que le hicieron?
Maltman se removió en su asiento y esquivó la
mirada. Parecía haber perdido
la fría voluntad
que normalmente le animaba. Ahora sólo era un hombrecillo asustado.
—Al principio trabajamos con cultivos víricos
limitados. Introducíamos en el cerebro de los ratones recuerdos
de laberintos que nunca habían visto, cosas sencillas. Pero
Nanda estaba decidido a construir mensajes muy
sofisticados. Construyó en el Sector M un sistema informático muy complejo y
convirtió el laboratorio en una fábrica de ARN. Podía elaborar mensajes
moleculares con el ARN. Aunque llevaba tiempo hacerlo. Sobre todo se tardaba
mucho en mutar los virus para convertirlos en vectores ARN. Aun así Dacosta
y Nanda decidieron elaborar un mensaje vírico...
comercial. Un virus que transportase algo así como un anuncio. Cereales Helena
es un producto de una compañía filial de GenCorp. Con malas ventas. Nanda
inscribió en el
ARN de una
colonia
vírica
una imagen: los
rasgos de la mujer que aparece en los envases de
Helena. También diseñó un sentimiento: amor. Amor a Helena. Y un ansia: el
deseo irrefrenable de comer esos cereales. En resumen: una compulsión
publicitaria.
Perdí
los nervios. Me
abalancé sobre Maltman. Martín se interpuso, intentando calmarme. Acabé llorando
sobre su hombro.
—De
modo que ésa
es mi pesadilla... —gemía como un
niño, apenas podía hablar—. ¿Así querían vender cereales...? ¿Enloqueciendo a
la gente...?
—¡No, no! —Maltman se mantenía alejado—. Fue un
error. Los virus deberían inyectar su
ARN con el
«mensaje Helena» y luego morir. Pero no ocurrió
así. Los virus permanecieron activos en su cerebro, duplicando el mensaje una y
otra vez.
—Entonces, ¿por qué no voy contagiando a
todo el mundo
mi obsesión por Helena?
—Fueron virus fabricados sólo para usted. Investigamos
su estructura genética gracias a
los análisis de sangre.
—Pero... ¿Por qué yo?
—Porque usted era joven. Porque no tenía familia.
Porque era manejable.
—Luego surgió la idea del «vector presidencial»
—intervino Martín—. Dacosta pensó que era mucho mejor destinar las técnicas de
Nanda a su beneficio personal que a la publicidad de sus productos. Nanda le
fabricó un vector vírico ARN con un mensaje sencillo: «Dacosta es el líder.» Ya
has visto el resultado.
—Pero Nanda, ese loco, tenía sus propios planes
—Maltman hablaba con nerviosismo,
sudaba copiosamente—.
¡Construyó un vector para él!
Martín dejó caer los hombros.
—Creemos que Nanda diseñó un cultivo vírico con un
mensaje ARN muy
concreto.
Algo así como:
«Nanda es
Dios. Obedécele.»
—¡Los nuevos fanáticos religiosos!
—Debió probar el vector Maya en algunos barrios de
la ciudad. Es muy posible que usase los depósitos de agua para transmitir
la epidemia vírica. Ahora
empiezan a surgir los resultados.
—¿Qué se propone Nanda?
—Nanda salió de España. Antes destruyó su
laboratorio. Supongo que para evitar que se reprodujesen sus experimentos. La
policía sabe que fue a Inglaterra. Y es muy probable que allí tomase otro avión
a quién sabe dónde — Martín se estremeció—. Creo que está
diseminando
su colonia de
virus por todo el planeta.
—Queda muy poco tiempo — intervino Maltman. Ahora
el horror parecía haberle cristalizado en una actitud distante, aletargada—. En
unos meses toda la
humanidad tendrá un nuevo dios.
—¡Debe haber alguna forma de acabar con esa
epidemia! —exclamé—. Escucha, Martín: Nanda me dio unas pastillas que menguaban
los efectos de Helena.
—Estamos trabajando en ello. Pero no podemos
resumir el trabajo de cinco años en unas semanas...
—¿Le has contado a alguien esto? Martín se encogió de hombros.
Asintió.
—Pero no me han creído. Y la verdad, no puedo
culparlos.
—Nada podemos hacer. No hay tiempo —Finalmente
Maltman se había desmoronado; un brillo de demencia restallaba en su mirada—.
Nos estamos convirtiendo en marionetas y no nos damos cuenta —Sonrió sin
alegría—. Somos muñecos en manos de un loco. Pequeños muñecos...
Martín se acercó al ventanal y contempló a su hijo,
que jugaba en el jardín.
—La primera vez que oí hablar del Proyecto Maya
pensé en la civilización maya... Ya sabes,
los indios del Yucatán... Los mayas desaparecieron de
repente. Su civilización se esfumó, y nadie sabe por qué... Pero Nanda es
hindú, y piensa como un hindú. Maya es, para los hindúes, el mundo de la
ilusión, el universo de lo ficticio —Martín permaneció en silencio unos
segundos, mirando con ternura a su hijo—. ¿Qué va a ocurrir? —murmuró al fin—.
¿Qué va a ser de la gente, de los niños? — Cerró los ojos—. ¿Qué le pasará a mi
hijo?
Y una lágrima resbaló por su mejilla
hasta
esconderse por entre
la espesa barba.
Pasaron los días.
Cuando los gobiernos se dieron cuenta de que algo
extraño y peligroso estaba pasando ya era demasiado tarde. Los fanáticos
seguidores del dios Nanda se
multiplicaban como una
plaga obscena, y su culto se extendía entre la población como lo que en
realidad era: una epidemia.
Cuando
los gobiernos quisieron darse cuenta
de lo que
estaba ocurriendo, ellos mismos
eran ya devotos del dios Nanda. Y
se acabaron los gobiernos y las naciones.
Entonces reapareció Nanda, manifestándose glorioso
como un dios hecho hombre.
Y las masas rugieron de placer. El mundo entero se
transformó en una teocracia despótica.
Al cabo de unos meses, cinco mil millones de seres
humanos adoraban a Nanda.
Pero antes, claro, cuando aún había personas
normales, se produjeron las Revueltas
Sagradas. Miles de seguidores de Nanda pasaron a cuchillo
a cientos de
miles de infieles.
Qué ironía; aquellos infieles no iban a tardar mucho en convertirse a la
«auténtica fe».
Todo era una cuestión de contagio y de diferencias
en los tiempos de incubación del virus.
En cualquier caso, la mujer y el hijo de Martín
murieron a manos de los devotos de Nanda. Aquello le destrozó, pero siguió
trabajando, intentando encontrar un milagro, un remedio para aquella enfermedad
divina. Hasta que un día vino a verme. Sus ojos eran los ojos de un muerto.
—(?),
es muy posible
que seas inmune al virus de
Nanda. Creo que tu infección con el
vector maya, con Helena, te protegerá. En cierto modo fue
un experimento fallido que,
probablemente, habrá reforzado tu sistema
inmunológico. Estás vacunado. O eso espero —Sacó un paquete del bolsillo de su
arrugada chaqueta—. He traído un compuesto que puede aliviarte cuando sufras
un nuevo ataque.
Si Helena se pone pesada, tómate una pastilla. Pero ha de ponerse muy
pesada. Se trata de un cóctel de drogas altamente agresivas. En cada toma se
destruirán millones de tus neuronas. Si abusas, puedes acabar como un vegetal.
Pero te aliviará.
—¿De qué está hecho?
—En el frasco encontrarás la fórmula.
Contiene litio, codeína,
endorfinas, inhibidores de la fosfodiesterasa,
benzodiacepinas, anisomicina, tetrahidrocannabinol y estimulantes centrales
—Fingió una sonrisa y añadió—:
También le he puesto vitamina C, para que no te
acatarres —Me dio una suave palmada en el hombro y se dirigió a la puerta.
Antes de irse me miró fijamente; en sus ojos flotaban la desesperación y la
tristeza—. ¿Sabes una cosa? Yo también creo en Nanda. ¿Entiendes? Creo con
todas mis fuerzas que Nanda es Dios, estoy infectado... Es gracioso, ¿no? — Las
lágrimas comenzaron a resbalar por sus
peludas mejillas—. (?), hazme
un
favor: mata a ese bastardo. Si puedes, mátalo.
Y se fue a su casa; y allí, rodeado de sus
recuerdos, se suicidó.
¿Qué fue de mí? La civilización se desmoronó. Los
seres humanos solo vivían para adorar a Nanda, todo lo demás carecía de
significado. Pero yo estaba vacunado. Probablemente era la única persona cuerda
que quedaba en el mundo, si es que se puede llamar cuerdo a alguien que está
enamorado de un paquete de cereales.
Las ciudades se convirtieron en cloacas, las
personas murieron por millones.
Me aprovisioné de copos de avena y de maíz, de
arroz inflado y de salvado. Mientras comiese regularmente su marca de cereales,
Helena se mantendría razonablemente a raya.
Y fui a la montaña. Allí permanecí dos años y
medio.
Luego
se acabaron los
cereales. Tuve que abandonar mi refugio para buscar más.
Entonces, entre los restos de aquella humanidad
violada, vi a los niños. Subnormales sin cerebro de labios babeantes que, desde
la cuna, ya pronunciaban el nombre de dios. Y eso, el nombre de Nanda, era lo
único que
podrían llegar a articular en su vida. Así
eran los
estragos que el
virus ocasionaba en un cerebro virgen. Literalmente lo arrasaba,
llenándolo de su mensaje e impidiendo que cualquier otro conocimiento anidase
en aquellas pobres neuronas infantiles.
Decidí matarle. Por los niños.
¿Pero cómo? Sabía que Nanda tenía su abyecto
palacio en alguna isla griega (un
lugar lógico para un dios).
Pero ignoraba en cuál. Y, aunque lo supiese, tampoco tenía forma de llegar
allí. Y aunque llegase, ¿cómo matarle? ¿Cómo acabar con un dios?
Vagué por un mundo enloquecido, lleno de pústulas y
de putrefacción. Las personas eran caricaturas de seres humanos. Autómatas
hiperreligiosos de beatitud compulsiva.
Y luegp vi las masacres de mujeres. Y el
canibalismo.
Los
padres comiéndose a sus
propios hijos.
Y los hijos a sus padres.
Todo, salvo Nanda y sus designios, era indiferente.
Tenía que matar a Nanda. Pero ¿cómo?
Un día, mientras buscaba cereales entre las
ruinas de un supermercado,
encontré un bote de insecticida. Era una de las
patentes de GenCorp.
Y me quedé ahí, entre las ratas, mirando fijamente
aquel spray y pensando. Pensando... Me imaginé aquellas ruinas llenas de
cucarachas, y la nube tóxica
de insecticida abatiéndose sobre
ellas...
Entonces
di con la
solución. Descubrí el modo de acabar con Nanda. Era sencillo, siempre
había estado ahí, a mi disposición.
Volví
a la ciudad
donde había vivido antes de que
Nanda sodomizase a la humanidad.
Fui a GenCorp.
El corazón me dio un vuelco: el edificio estaba en
ruinas. Pude averiguar que un bombardero de la flota de dios había dejado caer
sobre el laboratorio sus huevos de
fuego. Supongo que Nanda quería romper con su pasado.
Pasé meses apartando escombros, buscando el camino
de mi venganza. Lo único bueno de estos tiempos es que, hagas lo que hagas,
nadie se interesa por
ti.
Finalmente lo encontré. Hallé el hueco de un
ascensor que conducía hacía abajo, hacia lo único que quedaba de GenCorp. Y
bajé por aquel túnel estrecho, y cuando llegué a mi meta, el
rumor de los ronroneantes motores y la calidez de
mil reflejos escarlata me saludaron.
Los sistemas de seguridad habían vencido a las
bombas de dios. Los congeladores que guardaban la cosecha de GenCorp seguían en
funcionamiento, conservando sus frutos en los gélidos brazos del nitrógeno
líquido.
Pero de todos esos frutos, de entre todas aquellas
maravillas de la ingeniería genética, ¿qué era lo que
buscaba?
¿Recuerdan el Cultivo 36-J?
El Vector-Kali. La Madre Negra.
La viruela rediseñada, la Super
Viruela. La obra maestra de Jaw Nanda.
«Un estornudo, y el fin del mundo.» Oh, con qué
ánimo feliz estudié en el
ordenador
los períodos de
incubación del virus, sus mecanismos de propagación. Con qué mimo descongelé
el cultivo (como una comadrona atendiendo un parto delicado).
Con qué alegría me inoculé aquella enfermedad
mortal e imparable.
Para luego, unos días después, en el momento adecuado,
dirigirme al Festival de
las Novias de
Dios. Y escupir en la cara de
aquella pobre muchacha, contagiándole la enfermedad que, como un martillo,
aplastará a una
humanidad que ya está muerta en vida.
Ah, sí. Yo también moriré. Pero será una muerte
feliz.
Porque Jawaharlal Nanda caerá
conmigo, víctima de su propia creación.
Ésa será mi venganza.
Por los niños, por Martín y por mí. Mi amor por
Helena se acrecienta
segundo a segundo. Imagino el virus mutado
inyectando su ARN en mis neuronas, almacenando una y otra vez la imagen de esa
mujer esquiva, obligándome a
amarla, llenándome de una
ansiedad extrema y provocando en mí un hambre inhumana.
Me he tomado
el compuesto que
preparó Martín. Todo. Ciento veintitrés pastillas.
Creo que será suficiente para arrasar mi memoria,
para borrar de ella no sólo a Helena, sino también todos mis recuerdos, todo lo
que soy.
La superviruela me matará. Seré su primera víctima.
Luego me seguirán unos cuantos miles de millones de
personas. La raza humana quedará borrada del planeta. Pero yo no estaré allí
para verlo. Antes de que la fiebre me
consuma y las
llagas laceren mi carne, mi cerebro se habrá ido.
Habré roto la pared de hielo del recuerdo y
no seré nada.
Quizá sólo
polvo dispersándose entre las ruinas de la memoria.
No recuerdo quién soy. Ni qué hago aquí. Hay un
texto en el ordenador, pero me
siento demasiado cansado
para leerlo.
¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? Debería preocuparme,
hacer algo,
moverme... Pero he olvidado cómo se hace.
Mi memoria parece hecha de jirones de niebla
agitados por un
vendaval. Todo se dispersa, sólo un recuerdo permanece nítido: una mujer
llamada Helena. Puedo ver con precisión sus rasgos perfectos, la piel clara
como la
leche, el azul profundo de su mirada, la dorada
cosecha de sus cabellos.
Helena... ¿Quién será?
Quizás mi esposa, o mi amante... No lo sé.
....
....
Ap nas p do mov rm . ¿ Cómo s hac
?
Cr o q lo h olv dado.
M par c q h olv dado tamb n alg nas
1 tras.
Ya nada t n s nt do.
Salvo m amor por H 1 na.
5. La ruleta de dios
—Cuando cuente hasta tres, despertarás —dijo
Héctor Arauco—. No recordarás
nada de lo
que ha ocurrido mientras estabas
en trance y te sentirás tranquila y
relajada. Uno... Dos... Tres...
Ya estás despierta, querida.
Isabel Bocanegra parpadeó varias veces y miró
desconcertada en derredor. Luego sonrió débilmente a su marido.
—¿Qué ha pasado...? —murmuró—.
¿Vino ese hombre...?
—Sí —el doctor Arauco ofreció un
vaso de agua
a su mujer—.
Y le prestaste tu voz, Isabel.
Contó su historia.
La mujer cogió el vaso entre sus manos y dio varios
sorbos pequeños: parecía un gorrión calmando su sed. Luego se incorporó y
caminó con cierta inseguridad hacia la
chimenea. Cruzó los brazos sobre
el pecho, abrazándose a sí misma, y contempló las llamas sin verlas, como si
más allá del fuego se desarrollara un espectáculo secreto que sólo ella pudiera
vislumbrar.
Nadie dijo nada. Extendí el brazo y tomé la mano de
Claudia. Sonreí, con no mucha convicción. La niña me devolvió
la sonrisa y frotó su mejilla contra el dorso de mi
mano.
—No es nada, papá —dijo, quebrando el silencio del
salón—. Esa historia ya no sucederá.
—Claro que no sucederá —protesté
—. Es sólo un cuento...
—Un cuento, sí —la alegre risa de madame Kádár
actuó como un bálsamo en el circunspecto ambiente que reinaba en el salón—. Un
cuento que ya nunca en realidad se ha de convenir.
Aunque reconocer debo que ese hombre horrible,
Nanda, igual que yo hablaba. Mismo mal castellano.
Nuestros rostros se relajaron al
multiplicarse las sonrisas. El padre Silveira se
inclinó sobre la anciana y la besó en la mejilla.
—Es usted encantadora, madame Kádár —dijo el
jesuita. Luego, dirigiéndose a los demás, añadió—: La historia ha sido
conjurada. El hilo de la realidad se mantiene firme.
—No obstante —intervino pensativo el doctor
Arauco—, hay algo en ese relato que mueve a la reflexión... Me refiero a las
ideas religiosas consideradas como una epidemia. Ideas que infectan las mentes,
que se multiplican y extienden igual que una enfermedad.
—Lo mismo ocurre con todas las ideas —repuso el
profesor Jerusalén—. Ese tipo de argumentación no pasa de ser una mera
analogía.
—Por supuesto, tiene usted razón — Héctor Arauco
acarició la punta de su bien cuidada barba—. Todas las ideas son contagiosas.
Pero las religiosas más. A fin de cuentas, poseen vectores de propagación muy
definidos: los misioneros... y le ruego que me disculpe, padre Silveira:
no interprete mis palabras como otra cosa que no sea la
pura especulación intelectual — Carraspeó—. Las ideas religiosas cuentan
también con una vía genética de
infección: la madre contagia a sus hijos a través
de la educación.
—Y la religión —intervino Aníbal Zarko con aire
travieso—, al igual que una epidemia, se difunde mejor y más rápidamente entre
las multitudes incultas, tan
necesitadas de esa higiene intelectual que es la cultura.
—¡Facilis descensus Averni! — exclamó el padre
Kindelán, y sus palabras estaban llenas de consternación
—.
¿Acaso estáis comparando
el misterio de Cristo
con la gripe?
¿Queréis decir que entre la palabra de Dios y
un puñado de virus no hay
ninguna diferencia?
—No se enfade, padre —se disculpó el doctor
Arauco—. Era pura especulación...
—¡Y un cuerno especulación! — bramó el
sacerdote—. ¡Yo a eso lo llamo blasfemia!
—A casi todo tú llamas blasfemia
—rió alegremente madame Kádár—. Sentido del humor,
padre. Sólo charlamos, ningún mal hacemos...
El viejo dominico, con el rostro enrojecido de ira,
boqueó varias veces, como si intentase decir algo, pero no encontrara palabras
lo suficientemente contundentes como para expresar con fidelidad su
indignación. Finalmente,
levantó el rosario que sostenía entre los dedos y
nos mostró el crucifijo. Parecía una versión católica de Van Helsing
enfrentándose a un grupo de vampiros.
—Geminat peccatum quem delicti non pudet! —exclamó
el sacerdote con tono melodramático. Luego adoptó una expresión hosca y, tras
volverse de espaldas, se encerró en el monótono rumor de sus oraciones.
El padre Silveira suspiró.
—La religión intenta dar respuesta a misterios
eternos, pero lo cierto es que no sabemos nada —El acento portugués prestaba a
su voz un tono relajado—. Buscamos afanosamente el sentido de la
existencia,
pero quizá nada
tenga sentido. ¿Y si todo fuera una broma? ¿Y si lo único que pudiéramos
encontrar en el Más Allá fuese la risa de Dios?
—En tal caso
—murmuró madame
Kádár—, una risa alegre sería...
—Lo dudo, querida señora —objetó Aníbal Zarko—. La
risa de Dios sería más bien, una carcajada sardónica. Alguien dijo que el azar
es la única fuerza de la naturaleza que tiene sentido del humor. Pues bien, si
en algún sitio podemos hallar un indicio de la mano de Dios, es en el azar.
—Ésa es una aseveración sorprendente —intervino
el profesor
Jerusalén. Y añadió—: Que requiere ser argumentada.
—Pero es evidente, profesor —El ilusionista
materializó una moneda entre los dedos, la arrojó al aire y la atrapó en el
interior de su puño—. ¿Cara o cruz? El azar lo determina todo, es el tejido
íntimo del universo. El azar decide si un electrón cambia de nivel, o si un
rayo cae sobre tu casa, o si el gato de Schródinger está vivo o muerto. El azar
nos gobierna. Insisto, profesor: ¿cara o cruz?
El profesor Jerusalén sonrió por primera vez.
—Dada mi religión, cara.
Zarko abrió lentamente los dedos, mostrando la
palma de su mano. Estaba vacía, la moneda había desaparecido.
—Esto es el azar: encontrar siempre lo inesperado.
—Aníbal Zarko se encogió de hombros—.
En cierta ocasión, un amigo me
contó que había pasado toda la noche jugando a la ruleta. Apostaba siempre al
dieciocho, ya que, en su opinión, ése era un número de suerte. No obstante,
aquella noche el dieciocho fue una
cifra ingrata. Mi amigo perdió todo su dinero y tuvo que
dejar de jugar. Pues bien, ¿a qué número de la ruleta fue a parar la bola justo
cuando mi amigo se había quedado sin
fichas para apostar? Al dieciocho, por supuesto. Y
es precisamente detrás de esos acontecimientos sardónicos donde podemos
vislumbrar el rostro burlón de Dios. Mucho más que en los milagros, tan
burdamente teatrales, o las revelaciones,
por lo general
tan pueriles.
—Así que usted sustituiría la cruz de
Cristo
por un signo
de interrogación,
¿no? —preguntó amablemente el padre
Silveira.
—Sin duda, amigo mío. Sin duda. El jesuita volvió a
suspirar.
—A veces me siento tentado de
compartir su opinión. El mundo es tan
extraño...
La cara tatuada del sacerdote adquirió una
expresión vagamente absorta.
—¿Me equivoco si intuyo que una historia conoce,
padre Silveira? — murmuró madame Kádár. A sus ojos de anciana se asomaba la
mirada de una niña curiosa.
El jesuita agitó la cabeza y enarcó las cejas: la
hilera de tatuajes serpenteó.
—Una historia, sí. Pero no estoy seguro de que se
trate de una historia adecuada... Oh, por supuesto, habla de una realidad
alternativa; pero no de una realidad
que pueda ser
conjurada o
cambiada. Más bien se refiere a la naturaleza íntima
de la existencia
y, sobre todo, a las maneras en que ésta puede ser percibida... e
interpretada.
—Espero que no sea algo demasiado metafísico —dijo
inopinadamente mi mujer—. Me parece que no estaría a la altura de las
circunstancias.
—En absoluto. Es una historia sencilla, aunque
decididamente exótica... ¿Han oído hablar de los pchapchá?
Aquel nombre me resultaba vagamente familiar.
Recordaba haberlo leído en un periódico, años atrás.
—Creo que es una tribu amazónica
—dije, intentando hacer memoria—.
Fueron noticia, hace no mucho tiempo...
¿en Brasil?
—Eso
es. Los pchapchá
son la última tribu descubierta
en territorio brasileño. Jamás tuvieron contacto con el hombre blanco, sin duda
porque siempre habían vivido en lo
más profundo de la selva amazónica. Su poblado se encuentra situado
entre los ríos Cogri y
Tapauá, casi cien kilómetros al este de Sao Romáo. Cien
kilómetros de jungla, ríos desbocados, mosquitos, serpientes y tormentas
tropicales.
—Un lugar encantador —dijo
sonriendo Aníbal Zarko.
—Un lugar donde la vida posee una fuerza
arrolladura. Sin duda, se trata de una tierra muy hermosa, aunque reconozco que
no exenta de peligros — El padre Silveira
carraspeó—. Hace unos años, yo
residía en la misión de Marari, el poblado más cercano a Sao Romáo. Un día vino
a verme el delegado del gobierno en la zona. Me dijo que se había denunciado la
desaparición de un antropólogo español, Pablo Vasla, en el interior de la
selva. Al parecer, se proponía llegar al poblado de los pchapchá con la intención de
estudiar sus costumbres sobre
el terreno. El
problema es que hacía ya casi un año que no se
sabía nada de él. Las autoridades locales habían organizado una expedición de
rescate y, dado mi conocimiento de los diferentes dialectos indígenas, me
rogaban que actuase como guía.
Accedí, por supuesto,
y quince días más tarde llegamos
al poblado pchapchá. —Frunció el ceño y la serpiente onduló—. Pero algo extraño
había ocurrido...
Dejó morir la frase en los labios y su mirada se
oscureció. Debo reconocer que aquellas personas eran excelentes narradoras de
historias; sabían cuál era el
momento propicio para
detener la
narración y así captar el interés, cuándo convenía
hacer una pausa dramática o recurrir al silencio para enfatizar su relato. El
caso es que todos, salvo el padre Kindelán, siempre absorto en sus
oraciones, nos hallábamos
pendientes del jesuíta.
—¿Qué
había pasado? —preguntó
Claudia.
—El poblado estaba vacío —
contestó el padre Silveira—.
No había rastro de los pchapchá. Tampoco
encontramos signos de violencia. Al parecer, los indios habían abandonado
voluntariamente el poblado por
alguna causa que
no logramos
discernir.
—¿Y el antropólogo...? —musité.
—Pablo Vasla tampoco estaba allí. Pero mentiría si
dijese que no supimos nada de él... De hecho, fui yo quien encontró el
cuaderno.
—¿Qué cuaderno? —preguntamos a la vez Claudia y yo.
—El cuaderno que contenía el diario de Pablo Vasla. Lo descubrí entre las
ruinas de una cabaña semiderruida. El antropólogo había vivido entre los
pchapchá y en ese cuaderno narraba los
acontecimientos que condujeron a su desaparición. —El padre Silveira se
encogió de hombros
—. Desgraciadamente, a mi vuelta
entregué
el diario al
superior de la orden. Poco después, recibí una carta
personal del obispo, conminándome a olvidarlo todo. En otras palabras: las
autoridades religiosas querían echar tierra sobre el asunto.
—Pero
¿qué decía el diario? —
pregunté, un tanto exasperado.
—Bueno, como acabo de comentar, tuve que
desprenderme del cuaderno...
—Hizo una pausa y sacó unos papeles doblados del
bolsillo interior de su chaqueta—. Afortunadamente, tomé la precaución de
transcribir, párrafo por párrafo, el contenido de aquel diario. Si lo desean
puedo leérselo. —El
sacerdote desdobló las páginas escritas a mano—. En
realidad, esta historia enlaza con
nuestra conversación anterior. La
naturaleza de la divinidad puede
ser algo decididamente inesperado. Quizá la obra de
Dios esté forjada en una materia extraña, demasiado oscura para ser percibida a
simple vista...
El padre Silveira bajó la mirada y contempló, casi
con resignación, el texto que tenía entre las manos. Carraspeó y comenzó a leer
en voz alta...
Materia oscura
La historia del padre Silveira
Pchapcharimé. Diez de junio,
Hace tiempo me contaron una historia. Cierto
individuo que paseaba por un parque
se detuvo frente a una
zarza erizada de
espinas. La miró durante unos segundos y, acto seguido,
saltó sobre ella. Cuando consiguieron rescatarlo, lleno de heridas y cubierto
de sangre, le preguntaron: «¿Por qué se arrojó a la zarza?» El hombre contestó:
«No sé; al principio me pareció buena
idea.»
Pues exactamente lo mismo me pasó a mí cuando el
profesor Salgado sugirió que
realizase mi primer
trabajo de campo en la selva
brasileña, estudiando a la tribu pchapchá: al principio me pareció buena idea.
(Un momento, un momento. No estoy escribiendo un
informe técnico, pero eso no significa que deba renunciar al más mínimo rigor.)
Esto es el diario de Pablo Vasla, antropólogo, y
morador desde hace tres meses en Pchapcharimé, el poblado de los pchapchá. Soy
el único occidental que hay aquí.
Vivo en una
pequeña
cabaña en la cima de un árbol, y dispongo de todo
lo que un antropólogo pueda desear: grabadora, máquina fotográfica, cuadernos
de apuntes y una tribu casi desconocida a la que estudiar. El único problema es
que, después de tres meses de vivir aquí, lo único que he grabado han sido
conversaciones sin interés (charlas banales sobre el tiempo o las mujeres), las
únicas fotos que he tomado son de índole turística y en mis cuadernos' de
apuntes no he apuntado nada. Por eso he comenzado a escribir este diario: porque
me estoy volviendo loco.
Y la causa
son los pchapchá,
el
mayor atajo de vagos e incultos que me he echado
a la cara.
En serio, comparado con ellos, el
pueblo más primitivo del planeta parecería un república de sabios. Si no he
escrito ni una nota, ni un comentario, sobre los pchapchá es porque no hay nada
que decir. No puedo estudiarles porque no existe materia
que estudiar. Es desesperante.
«¿Ha
pensado en los
pchapchá?», me dijo el profesor Salgado, mi tutor en los cursos de
doctorado. «Ya sabe, esa tribu que descubrieron hace unos años en la Amazonia.
Sería un buen trabajo de campo. El doctor Castelo-Silva los
estudió sobre el terreno, pero su labor fue muy
decepcionante...»
¿Decepcionante?
Oh, vamos. Castelo-Silva fue
un héroe. El
pobre tipo bastante hizo con descifrar su idioma.
Desde la ventana de mi choza veo al Rey-Sol sentado
sobre su atalaya, por encima de la selva, contemplando impasible el sol a
través de un cristal oscuro. Está hasta arriba de gupta, drogado como un
yonqui. Así permanecerá todo el
día, y todos los días de su vida, hasta que el sol le deje
ciego. ¿Por qué lo hace? Ah, quién sabe. Desde luego los pchapchá no hablan de
ello. Cuando les preguntas sobre lo que hace
el Rey-Sol, responden: «El Rey Sol mira el sol y hace que el sol haga.»
Y cuando les interrogas sobre el significado
de eso, los
pchapchá se echan a reír
tontamente y se van.
Odio este lugar, odio las moscas, odio las
serpientes, odio el calor y la humedad, odio la quinina que tengo que tomar
contra la malaria, odio las lluvias tropicales, odio la selva, odio a los
parásitos intestinales, pero sobre todo odio a los pchapchá. Si pudiera irme me
iría ahora mismo. No obstante, aun deberé pasar otros tres meses aquí (me pongo
enfermo tan sólo de pensarlo).
Estoy harto. Creo que usaré el
Stolichnaya.
Vaya si lo haré.
Pchapcharimé. Once de junio.
Ayer estaba algo deprimido. Perdí los estribos, lo
siento. Se supone que soy un científico, y que debo afrontar los hechos desde
un punto de vista frío y lógico. Intentaré pues, en lo sucesivo, seguir esa
línea de comportamiento.
En muchas ocasiones perdemos de vista lo evidente:
lo más sencillo es lo más difícil de encontrar. De modo que empezaré por el
principio.
Pchapcharimé fue descubierto hace
cinco años. Una avioneta que viajaba de Río Branco
a Roraima perdió altura sobre la jungla y vio las construcciones pchapchá sobre
los árboles. Al llegar a su destino,
el piloto comunicó el hallazgo a
la delegación local
del Instituto Etnológico Brasileño. Meses después, una expedición
financiada por la Universidad de Paraíba, a cuyo frente marchaba el doctor
Castelo-Silva, se internó en la selva y encontró el poblado Pchapcharimé.
Al principio, los descubrimientos de Castelo-Silva
fueron apasionantes. Los pchapchá, indígenas de raza amerindia amazónica, son
recolectores y cazadores
(más lo primero que lo segundo, aunque de vez en
cuando atrapen algún pájaro o serpiente). Viven, y ésta es su primera
peculiaridad, en las copas de los árboles. Han construido una complicada
serie de estructuras y plataformas de madera, y sobre ellas han edificado su
poblado. ¿Por qué? Los pchapchá dicen que estando arriba, «pueden ver»; y que
abajo «no pueden ver». Por eso viven arriba. ¿Qué es lo que quieren ver? No
contestan, se ríen.
Más
peculiaridades: los pchapchá no tienen organización social; no
hay jefes ni castas.
Carecen de cualquier tipo de
estamento, incluso de
especialización; todos hacen de todo (aunque en
definitiva tampoco hagan gran cosa). Entre los pchapchá no hay
discriminación sexual; hombres y mujeres son iguales. Ni siquiera existe el
matrimonio, son absolutamente polígamos, aunque esto no debe sugerir la idea de
un grupo de salvajes entregados al desenfreno sexual. Por el contrario, los
pchapchá parecen inusitadamente castos. Diría que copulan lo imprescindible
para mantener estable la población. Esto
puede deberse a algún efecto colateral de la droga.
Ah, sí, la droga. Los pchapchá
consumen a diario un alucinógeno al que
llaman gupta. Se trata de un zumo maloliente
elaborado a base de hongos y raíces. Yo no lo he probado (tampoco ellos me lo
han ofrecido), pero resulta evidente que les deja el cerebro hecho polvo. Lo
toman al atardecer, toda la tribu, hombres, mujeres y niños. Y eso es muy
extraño, porque generalmente las drogas psicotrópicas son atributo exclusivo de
determinadas castas: sacerdotes,
guerreros, o sencillamente los miembros masculinos del
grupo (como ocurre con los yanomomo). Pero no, los pchapchá son diferentes.
Desde que un niño se desteta empieza a consumir gupta.
No hay rito
de
iniciación, ni ceremonia alguna. A los dos o tres
años cada rapaz tiene derecho a su ración de droga. Así de sencillo. La
importancia de este alucinógeno en la vida de la tribu queda reflejada por su
propio idioma: en
lengua pchapchá,
«mirar»
se dice guptí. O
sea, «ver a través
de la gupta».
¿Supone esta especie de culto a
la droga algún tipo de actitud mística o religiosa? De ninguna manera. Los
pchapchá son absolutamente
agnósticos. ¿No es increíble? ¡El único pueblo de la Tierra que carece
de cualquier forma
de religión o magia! Pero ya hablaré de eso más adelante.
Estas
peculiaridades (y otras muchas) hacen de los pchapchá un
bocado en teoría
exquisito para cualquier
antropólogo. Hasta que se empieza a escarbar un poco. Entonces uno se da cuenta
de que esas singularidades reflejan carencias, no sustituciones. Los pchapchá
son como decorados: meras apariencias sin contenido alguno. No tienen ritos, no
tienen mitología (ni siquiera leyendas), no
tienen estructura social,
no tienen arte, no tienen cultura
alguna... Pero eso es imposible, va contra todo el saber antropológico, los
seres humanos nunca se han comportado así...
Hoy al atardecer he comenzado a poner en práctica
mi plan. Los pchapchá estaban reunidos en la plataforma principal, preparando
la gupta; me acerqué a ellos y, como de pasada, comenté: «En mi país tenemos un
tipo de gupta que se
llama vodka.» Nadie pareció hacerme el menor caso, todos
siguieron en lo suyo. Salvo una anciana desdentada que irguió la cabeza y me
miró con ansiedad perruna. Continuó observándome durante
la siguiente media hora, hasta
que por fin se acercó disimuladamente y me dijo:
—P'bbo —los pchapchá no saben pronunciar mi nombre,
me llaman P'bbo
—, ¿tú tienes tosnaya?
Al principio no entendí lo que decía. Luego caí: se
refería al vodka, claro. Le pregunté su nombre.
—Mi nombre hace que yo sea Mará
—¡Premio, era ella!—. ¿Tienes tosnaya, P'bbo?
Asentí. Ella abrió los ojos, como un niño el día de
Reyes, y comenzó a mascullar: «¡Dame, dame, dame...!»
—Te daré vodka, Mará —dije—. Pero a cambio tú
tienes que hablar conmigo. Esta noche,
en mi choza. Quiero que contestes unas preguntas.
Mará enmudeció y frunció el ceño;
parecía debatirse en medio de un
tormentoso conflicto interior.
—Mará hará que tú hables con ella
—dijo finalmente—. Pero esta noche no se hará
conversación. Mañana por la mañana haremos que se haga la charla. Y tú harás
que se haga el tosnaya. No olvides hacer que se haga, P'bbo.
Ah, demonios, me siento exaltado. Por fin un
contacto, por fin un pchapchá me hace algo de caso.
Debí haber mencionado el vodka mucho antes.
Pchapcharimé. Doce de junio. Cuando decidí seguir la
recomendación del profesor Salgado y
realizar mi primer trabajo de campo en Brasil,
escribí al doctor Castelo-Silva solicitando su consejo (a fin de cuentas, era
el único antropólogo que había sacado algo en claro de los pchapchá). Su
respuesta me llegó a los pocos días. Decía así:
«Querido colega: mi único consejo es que no pierda
su tiempo con esa
tribu degenerada. Los pchapchá son peculiares, sí. Tanto como un huevo
vacío, engendrado sin clara ni yema. Créame cuando le digo
que no hay
nada de
interés en ellos. Pero supongo que no me hará caso,
ya que es usted joven y, por tanto, vehemente. Mi única recomendación es que
lleve con usted unas cuantas botellas de vodka. Si logré descifrar el
lenguaje pchapchá fue a base
de sobornar con vodka a una mujer de la tribu llamada Mará. De no ser por el
alcohol, ella nunca habría colaborado conmigo. Reciba un cordial saludo.
»Post
Scriptum: La marca favorita de Mará es
Stolichnaya.»
Debo
admitir que, en
aquel momento, la carta de Castelo-Silva me indignó. Sin duda, pensé,
obedecía a esa típica actitud irracional que mueve a ciertos antropólogos a
considerar de su propiedad las tribus que han estudiado. Además, estaba
esa invitación manifiesta a
establecer comercio alcohólico con los indígenas. ¡Dios mío!
¿Es que ese hombre no conocía la ética profesional?
El primer deber de un antropólogo es respetar la cultura, las costumbres que
está investigando, no inmiscuirse.
Y, sin duda,
introducir
tóxicos
extraños en la
dieta de los nativos puede considerarse una
intromisión. Qué execrable comportamiento,
pensé entonces. Castelo-Silva era
un farsante.
Sin
embargo, quizá movido
por algún vago presentimiento, minutos antes de que mi avión partiera
hacia Recife fui a la tienda Duty Free
del aeropuerto y compré dos botellas
de vodka Stolichnaya (ahora doy
gracias a Dios por ese impulso que al principio se me antojó irracional).
Y
arrastré aquellas dos
botellas, junto con el resto de mi equipaje, mientras cruzaba medio
subcontinente en
un vuelo local a Manaos, donde me esperaba el guía.
Y seguí llevándolas cuando navegaba por
el Amazonas, y más tarde por otro río, el Juruá, afluente
del primero, que me llevó hasta el poblado de Sao Romáo. Y las dos botellas de
Stolichnaya fueron un bulto más en mi mochila mientras cruzaba la selva
amazónica, internándome en una zona que suele aparecer en los mapas como una
superficie lisa, dado que nadie ha
estado allí para
describir los detalles. Y,
finalmente, las dos botellas fueron mudos testigos de mi soledad cuando el guía
me estrechó la mano, allí, rodeados por una muralla de vegetación,
diciéndome:
—Aquí le dejo, señor Vasla. Siga el sendero siempre
hacia el este y, a un día de marcha, encontrará a los pchapchá.
—Pero, oiga —protesté—, ¿qué sendero? No veo ningún
sendero...
—Tranquilo. Coja la brújula y siga hacia el este.
Es sencillo. Y recuerde mirar
siempre hacia arriba.
Esos salvajes viven en los árboles, como los monos. —Aquello
pareció hacerle mucha gracia,
porque se puso
a reír como un loco—. Bueno, me
voy señor Vasla —añadió, secándose las risueñas lágrimas con el dorso de la
mano—. Volveré a buscarle dentro de seis meses.
En septiembre u octubre, según las lluvias.
—Comenzó a alejarse; antes de perderse de vista gritó (prorrumpiendo de nuevo
en grandes risotadas)—:
¡Recuerde que los monos viven arriba!
Caminé hacia el este (con dolor de cuello a causa
de tanto mirar hacia lo alto) y acabé
encontrando a los pchapchá. Me recibieron con indiferencia.
Oh, bueno, fueron amables, sí: me dieron alojamiento (una cabaña algo apartada
del poblado) y comida. Pero no me hacían caso, me ignoraban. Contestaban
lacónicamente a mis preguntas; o no
contestaban, escudándose tras una risa boba. Pasaban
el día haraganeando y dormitando. Luego, al
caer la noche,
tomaban la gupta y todos se iban
a sus cabañas, de las que no
podían salir hasta el amanecer.
Y ya que hablamos de eso, entre los pchapchá sólo
hay dos tabúes: uno el que acabo de mencionar, la prohibición de salir al
exterior de noche; y otro que impide
la entrada a
una pequeña montaña cercana al
poblado, un cerro llamado Pchaguptirimé («El lugar donde la mirada pone
orden»).
¿En qué
tradición se apoyan estos dos
tabúes? En ninguna. ¿Por qué no se puede salir de noche, o pisar el cerro
Pchaguptirimé? Sencillamente, porque no.
Esta mañana, poco después del amanecer, vino a mi
cabaña Mará. Tenía ojeras y parecía cansada, como si no hubiese dormido.
—¿Has
hecho que se
haga el tosnaya, P'bbo? —preguntó
nada más entrar—. ¿Harás que se haga ya? La sed es en mi boca...
Saqué la botella de vodka y se la mostré. Se le
iluminaron los ojos e intentó cogerla, pero la aparté de su alcance. Luego le
expliqué las condiciones del trato: un vaso de vodka por cada pregunta
contestada. Torció el
gesto, pero asintió. Conecté el magnetófono.
—Bien, Mará, ésta es la primera pregunta: ¿qué es y
qué hace el Rey-Sol?
Era lógico empezar por ahí. El Rey- Sol es un
misterio. Si no hay religión ni ritos entre los pchapchá, ¿qué hace ese
personaje subido a una atalaya
y mirando el sol, todo el día, a través de un cristal
ahumado? Desde luego,
se trata de una institución clave dentro de la tribu. A fin de cuentas,
actualmente hay en la aldea tres ex reyes-sol ciegos (el cristal no debe
protegerles mucho los ojos).
En realidad, todo lo relacionado con
el Rey-Sol tiene un tufo tremendo a culto solar.
Pero no es así. En cierta ocasión, al poco de llegar al poblado, le dije a un
pchapchá:
—El poderoso Hacedor brilla en el cielo. —Extendí
el brazo y señalé el sol
—. Grande es su fuerza y su luz, ¿eh?
El pchapchá me miró inexpresivo, y luego, con el
mismo tono que emplearía un terapeuta comprensivo para dirigirse a un
subnormal, contestó:
—¿Te ha afectado el calor, P'bbo? El sol no es el
Hacedor. El sol es un globo de gas caliente. ¿Lo entiendes, P'bbo?
Pero estoy
divagando. Hablaba de
mi entrevista con Mará. Le había preguntado por el
Rey-Sol. Ella frunció el ceño.
—El Rey-Sol hace que el sol haga
—Sonrió
expectante—. ¿Tosnaya, P'bbo?
—No —repuse enérgico—. Eso no es respuesta y no te
daré vodka. ¿Por qué el Rey-Sol
se pasa el día
observando el sol?
Mará movió la cabeza de un lado a otro, mirándome
con una mezcla de enfado y suficiencia.
Parecía una maestra ante un
alumno poco aventajado.
—El Rey-Sol mira el sol y hace que las cosas sean
ordenadas en el sol. Mira
y mira si funciona bien, cuenta los segundos y hace
que el sol haga. El Rey- Sol hace que las cosas sean para que el sol salga por
el este y se ponga por el oeste. —Mará se encogió de hombros y frunció los
ojos, como buscando las palabras adecuadas—: El Rey-Sol se ocupa del sol, igual
que yo soy la Reina- Luna y me ocupo de la luna, o Tama es el Rey-Tierra y se
ocupa de la Tierra... Sencillo, ¿eh? ¿Harás ahora tosnaya?
Asombrado, serví una generosa ración de vodka en un
vaso. Mará se lo bebió de un trago. Yo intenté ordenar las ideas: esa vieja
estaba hablándome de una especie de culto celeste...
Increíble: no sólo había un Rey-Sol, sino también
una Reina-Luna y un Rey- Tierra (Tama, un adulto que siempre caminaba mirando
el suelo, sin levantar la vista). ¿ Cuál era el alcance de esa religión
astronómica?
—¿Y el resto de la tribu...? — pregunté con un hilo
de voz. —Oh, bueno. —Mará se relamió—. Kumé es el que hace que los pchapchá se
ordenen para hacer. Tsué, Sato, Kina, Duma y otros cuatro, se ocupan de que los
planetas hagan (son
difíciles los planetas, tienen
muchas lunas). Los demás pchapchá miran las estrellas y
hacen que las estrellas hagan, y hacen
que hagan los cometas y los asteroides. Los niños
pequeñitos, que todavía no miran bien, procuran que el polvo del cielo haga. A
veces hacen que las estrellas fugaces hagan.
—Pero ¿cuándo miran los pchapchá, y cómo?
—pregunté.
—No.
—Mará chasqueó la lengua
—. Tú
preguntas, yo contesto, yo tosnaya. Haz que el tosnaya se haga, P'bbo. Luego
pregunta.
Serví el vodka. La anciana sólo lo hizo durar un
segundo en el vaso. Chasqueó la lengua y dijo:
—El Rey-Sol mira durante el día porque de día pasea
el sol por el cielo.
Yo, a veces, también tengo que mirar de día, porque
la luna es inconstante, y también quiere caminar de día. El resto de los
pchapchá se reúnen en secreto por
la noche, miran el firmamento y hacen que el universo haga. ¿Cómo lo hacen? —La
risa de la anciana fue como el graznido
de un cuervo—. Miramos con la gupta, P'bbo. Y con la gupta
hacemos que se
haga. Trazamos senderos en el
cielo, P'bbo. Trazamos senderos.
Mará enmudeció y miró expectante la botella.
Mientras le servía su líquida recompensa, intenté serenarme. En
definitiva, los pchapchá
poseían una
religión y un ritual. Se trataba de algo tabú, ya
que lo mantenían celosamente oculto. Incluso celebraban ceremonias secretas.
—¿Cuándo se reúnen los pchapchá para mirar el
firmamento, Mará? — pregunté.
—¡Todas las noches, P'bbo! — exclamó la vieja,
mirándome como si yo fuera idiota—. Las
estrellas aparecen por la noche,
¿no?
—Pero está prohibido salir de noche...
—Oh, vamos, P'bbo. Eres tú quien no puede
salir de noche,
porque no sabes mirar, ni sabes
hacer que se haga,
y lo único que harías es preguntar tonterías y
molestar. —Mará profirió una risotada despectiva—. Los monos
blancos sois ciegos, P'bbo. Y estúpidos: no entendéis nada, no sabéis nada.
Tanto por la insolencia de sus palabras, como por
el tono pastoso que iba adquiriendo su voz, resultaba claro que Mará se estaba
agarrando una buena curda.
Contribuí a ello
con un nuevo vaso de vodka.
—¿Dónde os reunís, Mará?
—¿Ves como eres tonto? ¿Dónde se ve bien el cielo?
Desde lo alto, P'bbo, desde lo alto. Y ¿qué lugar alto hay por aquí?
—¡ Pchaguptirimé!
Mará asintió con expresión risueña. Le serví otro
trago.
De
modo que los
pchapchá se reunían secretamente
en el cerro prohibido. Y lo hacían todas las noches (lo cual explicaba su
constante dormitar diurno).
—¿Por qué lo hacéis, Mará? — pregunté, tras
un grave carraspeo doctoral (mi profesor de Religiones
Comparadas siempre carraspeaba cuando llegaba a una cuestión
importante)—. ¿Por qué miráis al cielo?
Mará entrecerró los ojos y permaneció muda e
inmóvil largo rato.
Comenzaba a pensar que se había
dormido cuando dijo:
—¿Quieres
saber por qué lo
hacemos, P'bbo? Te lo contaré. Pero te costará lo que queda de tosnaya. Yo te
digo el secreto de los pchapchá y tú me das todo el tosnaya que queda, ¿sí?
La botella estaba aún medio llena. Podía haber
regateado con Mará, pero me sentía demasiado
ansioso por obtener respuestas,
de modo que asentí. Entonces la anciana me arrebató la botella de un manotazo
y, antes de que yo pudiese reaccionar, la vació de un trago. Pensé que aquello
iba a matarla, pero lejos de ello, Mará se relamió y
con voz muy turbia comenzó su relato:
—Al principio no había Pchapcharimé, ni
selva, ni cielo;
no había nada, y nada se hacía. Entonces llegó el Tutí...
—¿El Tutí?
—El Tutí, sí. —Mará me dirigió una mirada llena de
tedio—. Tutí, al que tú llamas Hacedor, el Creador... —Se refería a una
divinidad; pero Tutí, en lenguaje pchapchá, significa «torpe», lo que no deja
de ser un extraño nombre para un dios. La anciana prosiguió—: El Tutí vio la
nada y decidió hacer que la nada hiciese. Y torció la nada hasta que la nada
hizo buuum, y
así creó el
universo. Pero el Tutí fue un manazas, no realizó
un buen trabajo. Al principio el universo hizo bien, sí; pero al poco comenzó a
hacer mal. Y las cosas no funcionaban en el cielo, porque el Tutí había hecho
el universo con poco material. Entonces el Tutí habló a los pchapchá y les
dijo: «Lo siento, pero metí la pata. El
universo no funciona, hay demasiado poco de todo. Así que me voy. Aquí
os dejo la gupta. Vigilad el cielo. Adiós-adiós.» Y así fue como los pchapchá
recibieron la carga
de mirar el cielo y hacer que el cielo hiciese.
La voz
de Mará
se fue apagando,
hasta
enmudecer. Me disponía
a formular una nueva pregunta, pero los ronquidos de la anciana me hicieron
desistir. Apagué el magnetófono y permanecí allí unos minutos, pensativo, como
velando en silencio el sueño de aquella vieja borracha.
¿El Tutí, eh? De modo que «el
Torpe»...
Vaya historia.
Pchapcharimé. Catorce de junio.
Con todo, el mayor misterio de Pchapcharimé siempre
ha sido el lenguaje de los pchapchá: no se parece a
ningún idioma amerindio. De hecho no
se
parece a ninguna
otra lengua del mundo.
El
pchapché es un
lenguaje muy tosco (como ocurre
con casi todo lo relacionado con los
pchapchá). Las frases se forman
acumulando palabras y partículas sin orden predeterminado. Sólo hay tres
tiempos verbales, y se expresan
mediante entonaciones distintas
de la misma palabra. Algo realmente simple. No obstante, es una lengua muy precisa
en lo tocante a los números. Al parecer, a los pchapchá les gusta contar (su
sistema de numeración se basa en el once; una vez le pregunté a un pchapchá:
«¿Por qué el once?» Se
llevó las manos a la cara y, riendo tontamente,
dijo: «Porque tenemos diez dedos y la punta de la nariz»).
Otra peculiaridad de su lenguaje es la desquiciante
retórica con que se refieren a sí mismos y a lo que hacen. Por ejemplo: si ven
que una papaya se desprende de su rama, dicen que la papaya cae.
Pero si es
un pchapchá quien tira la papaya,
el pchapchá «estará haciendo que la papaya haga su caída». O si, pongamos, un
pchapchá mira una nube, dirá que
está «haciendo que la
nube haga». Parece una extraña forma de solipsismo lingüístico, como si los
pchapchá creyesen que
ellos son el
ombligo del mundo.
Bueno, finalmente había pillado a esos cabrones:
tenían una religión (animista, por cierto), tenían rituales, tenían leyendas...
en definitiva, tenían casi todo lo que hay que tener. Y yo lo había
descubierto. Estaba pensando en cómo aparecería mi nombre en el Scientific
American, y en Nature, y en Anthropos... cuando me di cuenta de que la única
prueba con que contaba era el testimonio de una anciana dipsómana.
Muy poca cosa, la verdad.
Fui a buscar a Mará, pero ya no estaba en mi
cabaña. Intenté localizarla por el poblado.
En vano, se
había
esfumado. Busqué y busqué, sin
encontrarla.
Finalmente, fue ella la que me
encontró a mí.
—¿Tosnaya, P'bbo? —me dijo nada más entrar en mi
choza—. ¿Tú preguntas y yo tosnaya?
—Todavía no —dije con severidad académica—. Mará,
¿te acuerdas del profesor Castelo-Silva? ¿Por qué no le contaste a
él lo mismo
que me has contado a mí?
—¿C'telo'ilvá...? —Mará frunció el ceño haciendo
memoria. De pronto sus ojos se iluminaron—. ¡Ah, doctor loco!
¡Sí! C'telo'ilvá me dio tosnaya para que
yo le hiciera
conocer la lengua pchapché. Y
yo le enseñé
pchapché.
¡Fue como amaestrar a un mono blanco! Pero luego a
doctor loco se le acabó el tosnaya. Y si él no hacía que se hiciese el tosnaya,
yo no haría que se hicieran las respuestas.
Vaya, de modo que Castelo-Silva había estado muy
cerca. Pero al muy pirata se le acabó la moneda de cambio. Bueno, por mí
perfecto: todavía me quedaba una botella.
Y ahora necesitaba pruebas.
—Mará —dije en tono amable (aunque enérgico)—,
necesito ver cómo miráis los pchapchá por la noche. Tengo
que ir a Pchaguptirimé y
comprobar cómo hacéis que el cielo haga.
—¡No, no! —Mará parecía asustada
—. ¡No puedes ir a Pchaguptirimé!
¡Kumé me mataría!
—Me esconderé, Mará. Nadie me verá.
—¡No, no, no! Yo respondo a tus preguntas y tú
haces que se haga el tosnaya. Eso, sí. Pchaguptirimé, no.
Saqué la botella de vodka y se la mostré. La
anciana tragó saliva y se mordió los labios.
—Si no me ayudas a ir al cerro sagrado, no te daré
más vodka. — Resulta increíble la alegría con que me
estaba entregando al soborno y la
injerencia cultural.
—¿Me darás toda la tosnaya si te llevo a
Pchaguptirimé? —preguntó vacilante. Asentí. Mará chasqueó la lengua—. Te
llevaré a Pchaguptirimé, P'bbo. Pero no ahora. Dentro de una semana vuelve a
comenzar el ciclo del cielo y hay que comprobar las cosas. Todo el mundo estará
muy ocupado y, quizá, no te verán. Dentro de una semana te diré cómo hacer que
seas de noche en la cima del
Pchaguptirimé. Y tú me
darás toda tosnaya.
Y dicho esto, la anciana se deslizó fuera de
la choza. «Dentro
de una
semana se reinicia el ciclo del cielo.»
¡Claro
que sí! Veintiuno
de junio: el solsticio de verano.
Pchaguptirimé. Veintiuno-veintidós de junio.
Debo escribir deprisa, porque no se cuándo
volverán. Y también porque ignoro lo que harán conmigo. Todo parece confuso:
jamás hubiese creído a los pchapchá capaces de emplear la violencia. Ahora no
sé qué creer. Tampoco sé qué pensar acerca de lo que vi, o creí ver, anoche en
el cerro. Pero soy un científico,
así que intentaré relatar objetivamente los hechos.
El día veintiuno (ayer) al atardecer, poco antes de
que los pchapchá tomaran su dosis diaria de gupta, Mará vino a verme a la
cabaña. Parecía nerviosa.
—Todo listo, P'bbo. Escucha: no podrás ir a
Pchaguptirimé por los árboles, te verían. Tendrás que ir por el suelo, ¿sí?
Cuando llegues al pie del cerro, busca una escala de cuerda. Yo la puse allí.
Úsala y sube en silencio. Llegarás al lugar donde los pchapchá miramos. ¡Con
cuidado de hacer que no te vean! Por eso, no hagas que se haga nada hasta el
anochecer, ¿eh? —Tragó saliva—. Ahora dame tosnaya, P'bbo. Dámela ya.
Le entregué la botella de vodka. La anciana ocultó
el alcohol dentro
del atado de hojas y raíces que colgaba de su hombro. Luego me dirigió
una nueva advertencia: «Haz que se haga que no te vean, P'bbo, sé cuidadoso», y
se fue a toda prisa.
En fin, cayó la noche y aguardé a que el silencio
reinase en el poblado; cogí la cámara de vídeo y el magnetófono, y salí al
exterior. No había nadie en Pchapcharimé, ni tampoco en el interior de las
cabañas (salvo en una, donde dormía a pierna suelta el Rey-Sol). Aún así actué
con sigilo y, sin hacer el menor ruido, descendí al suelo de la selva. Con
ayuda de la linterna me orienté hasta llegar al pie
del Pchaguptirimé. Tardé un buen rato en encontrar la escala de cuerda, y aún
más tiempo me llevó alcanzar la cima del cerro. Pero una vez arriba, el
espectáculo que contemplé compensó con creces mis esfuerzos.
Todos los pchapchá estaban allí: hombres, mujeres
y niños, sentados sobre una gran plataforma rocosa,
contemplando el cielo inmóviles y silenciosos. Tan sólo Kumé, que parecía
actuar como director de la ceremonia, se movía de un lado a otro, mirando las
estrellas como si comprobase algo. De vez
en cuando se
dirigía a algún
pchapchá,
diciéndole por ejemplo:
«Corrige Aldebarán dos centésimas de arco», o
«Incrementa 0,3 la magnitud de Mizar».
Yo estaba demasiado alejado, lo que me impedía
apreciar con detalle
el ritual. De modo que me fui acercando despacio, ocultándome en las
sombras, hasta alcanzar el abrigo de unos matorrales, a poco más de diez metros
de los pchapchá. Conecté la cámara y puse en marcha el magnetófono. Luego
contemplé asombrado la extraña ceremonia que estaba teniendo lugar.
Alrededor de la gran losa de piedra donde se
encontraban los indígenas
había una estructura de palos entrecruzados, cañas
y cuerdas. Al principio no comprendí cuál era su función, pero al poco me di
cuenta de que aquello servía como sistema de referencia para la observación del
firmamento. Además, las
paredes rocosas que se alzaban en la cima del cerro estaban cubiertas de
pinturas estilizadas. En realidad eran diagramas.
¡Se
trataba de órbitas
planetarias y mapas celestes!
¡Dios santo, aquello era un
observatorio astronómico, una especie de Stonehenge amazónico! Levanté
la vista. El cielo estrellado parecía
un mar de
candelas sobre la
selva oscura. De repente, dos estrellas fugaces
describieron brillantes arcos gemelos hasta desvanecerse justo sobre la línea
vegetal del horizonte. Dos niños pchapchá se rieron, como si hubieran hecho una
travesura. Su madre les dio un par de cachetes y les riñó:
—¡Malos-malos! Tenéis que hacer que el polvo del
cielo haga bien, no que el polvo del
cielo haga su
caída.
¿Habéis entendido?
Pasaron
varios minutos. Kumé seguía caminando de un lado a otro,
absorto en sus observaciones y dictando breves órdenes. De pronto se detuvo y
preguntó:
—¿Donde está Mará? Tiene que hacer que la luna
haga.
En efecto, ¿donde se había metido Mará? Desde
que le di el vodka
no había vuelto a verla.
Fue entonces cuando las cosas comenzaron a
precipitarse. A nuestros oídos llegó un canturreo estridente. Era la voz turbia
de Mará. La anciana venía dando traspiés por el puente de madera que unía el
cerro con el poblado. Estaba completamente borracha (y, para horror mío, traía
la delatora botella de vodka, casi vacía, en la mano).
—¡Mará! —gritó Kumé—. ¿Qué te pasa? ¡Hay que hacer
que la luna haga,
vieja loca!
—¿Hacer que la luna haga? —La anciana rió—. ¡Mira
lo que hago yo con la puta luna!
Sé que lo que ahora voy a contar parecerá increíble.
Yo mismo no lo
creo, pero esto
es lo que
vi: Mará levantó un brazo al
cielo y, entonces, la luna llena apareció
por el horizonte. Pero no lo hizo como siempre,
lentamente, sino cruzando el cielo muy deprisa, como las imágenes aceleradas de
una filmación.
—¿Quieres
que haga que
la luna haga, Kumé? —Mará apuró
el vodka y tiró la botella a un lado—. ¡Pues haré
que haga!
Y entonces, juro por lo más sagrado que eso es lo
que vi, la luna se agitó en el cielo oscuro, ¡y comenzó a cambiar de fases a
velocidad progresivamente acelerada! Luna llena, menguante, nueva, creciente y
llena de nuevo. Así sucesivamente, cada vez más rápido. Me incorporé,
abandonando la protección que me brindaban los matorrales, y contemplé aturdido
aquel increíble prodigio.
Entonces oí un grito. Bajé la vista y vi que Mará
se tambaleaba al borde del puente de madera. Estaba muy borracha; supongo que
no tuvo ninguna
oportunidad de mantener el equilibrio. Dio un
traspiés y su cuerpo enjuto se precipitó al vacío. Al cabo de un par de
interminables segundos, todos pudimos escuchar
el ruido que
hacía al estrellarse contra el
suelo.
No se por qué, pero yo me sentía indiferente, ajeno
a todo, como si estuviese contemplando un espectáculo teatral. Alcé la mirada,
buscando la luna enloquecida, mas la luna había desaparecido (e ignoro la
razón, pero aquello me llenó de inquietud).
Entonces me di cuenta de que todos los pchapchá me
miraban en silencio, con el reproche brillando en sus ojos, y
que
Kumé se acercaba
al lugar por donde había caído Mará y recogía algo del
suelo: la botella de vodka vacía.
Luego, Kumé me observó largo rato, moviendo la
cabeza de un lado a otro, como un juez a punto de dictar sentencia.
—¿Qué has hecho, P'bbo? —dijo finalmente, con
cierta dosis de tristeza en su voz. Luego se volvió a los pchapchá y
les ordenó que me
prendieran.
Y los pchapchá, como un solo hombre, se lanzaron
sobre mí y me inmovilizaron. Luego me llevaron a mi cabaña y me encerraron en
ella.
Y aquí
me encuentro, esperando a
que
vuelvan, escribiendo este
diario para intentar mantener la serenidad y el juicio justo, pues no
debo olvidar que, pese a todo, soy un científico.
Estoy oyendo voces fuera, junto a la puerta, creo
que...
(...)
Hace media hora entraron tres pchapchá en mi
habitación. Uno de ellos era Kumé. Se sentó a mi lado y me dijo gravemente:
—Voy a intentar hablarte con claridad, P'bbo,
porque los monos blancos sois limitados. ¿Mará te contó acerca del Tutí?
—Asentí con la cabeza. Kumé
prosiguió—: Entonces ya
sabes
cuál es el problema; el universo está mal hecho,
falta materia en él. El sol, las estrellas,
los planetas, los
satélites... nada tiene la
masa que debería
tener para funcionar correctamente. El nuestro es un universo chapucero. Por
eso el Tutí dio la gupta a los
pchapchá y pidió que miraran el cielo e hicieran que el cielo hiciera. —Kumé
frunció el ceño
—. ¿Me entiendes, P'bbo? Los pchapchá tomamos la
gupta y adquirimos poder. Poder para hacer que los planetas sigan los caminos
correctos, que las estrellas brillen
con la luz
adecuada, que las lunas giren y giren como debe ser.
Nosotros cuidamos del cosmos, porque
no es un cosmos automático, sino que debe ser
mirado, corregido y controlado.
¡Así que aquellos salvajes creían realmente poder
mover las estrellas con sólo mirarlas! Kumé debió advertir mi expresión de
incredulidad, porque señaló:
—No me crees, P'bbo. Entonces
¿qué hizo la luna anoche?
¿Por qué bailó en el cielo y cambió la forma de su
cara una y otra vez? ¿No te das cuenta de que fue Mará quien la movía?
Carecía
de respuesta para
ese asunto. Salvo que
se tratara de una
especie de alucinación colectiva
(aunque ésa era una respuesta
claramente insuficiente). De modo que
eludí la cuestión y me mostré muy científico:
—Kumé, dices que el universo no funciona y que tenéis
que controlarlo. Por eso vais de
noche al cerro y miráis las estrellas. Y de día dormís. Pero, escucha, las
estrellas siguen ahí de día, aunque no las veáis. ¿Quién las controla entonces?
—Otros pchapchá. —Kumé sonrió paternalmente—. En
las estrellas hay planetas, y en algunos planetas hay también pchapchá.
Hablamos con ellos
mediante guiños de estrellas. Y nos repartimos el
trabajo. En otros lugares de la Tierra hay también pchapchá, y vigilan el sol
cuando aquí es de noche, y la luna cuando no la vemos. Todos los pchapchá del
cosmos compartimos la labor. Y hacemos que el universo haga.
—Pero eso es absurdo...
—Como quieras —zanjó la cuestión Kumé—. Pero
el caso es que por tu
culpa ha muerto Mará. Y los pchapchá tenemos que hacer algo. —Puso delante de
mí un pequeño cuenco lleno de un líquido marrón—. P'bbo, deberás beber la
gupta.
Me negué a hacerlo, claro. Y fui tan
tajante en mi negativa que Kumé y los otros dos
indígenas se tuvieron que emplear a fondo para obligarme a tragar aquel líquido
maloliente.
Sabía a rayos. Y aquí estoy, esperando...
(...)
Hace
un momento, una
fila de ángeles y arcángeles ha
desfilado por mi choza. No me he preocupado, porque sé que son alucinaciones
provocadas por la droga. Ahora estoy viendo columnas de llamas alzándose por
las paredes, y diablos y salamandras bailando en el fuego. Pero no son reales.
Mi mente racional los refuta.
Aunque, la verdad, estoy muerto de miedo...
(...)
... ya no veo cosas, pero las siento...
¡Es todo tan enorme! Soy una batería humana...
estoy lleno de fuerza... ¡Mi mente crepita de energía como una dinamo! (...)
Soy-siento-miro-hago... Siento
cosas. Voy hacia la
puerta: la abro.
Nonono-hayhayhay- nadienadienadie...
¡El cielo...! Siento el cielo ¡Puedo sentirlo! Cada
estrella del firmamento es un nervio de mi carne y sus órbitas cosquillean en
mi piel y me baño en un
mar de plasma y buceo entre cometas y asteroides y
me ahogo de luz y nado hacia una superficie de terciopelo negro y me abro al
cosmos, igual que un comulgante acoge la sagrada forma de manos del
sacerdote...
¡Dios, veo de verdad, y veo que todo es imperfecto!
Pchapcharimé. No importa la fecha. He quemado mis cuadernos de
trabajo, y las cintas magnéticas. Me he desecho de
todo, ya no lo necesito. No obstante, me he resistido a destruir este diario, e
incluso ahora mismo me veo completándolo. Quizá sea porque en él
aparecen descritos los hechos que condujeron a las
nuevas circunstancias de mi vida. También es posible que sólo se trate de
sentimentalismo. A lo mejor las mariposas quieren conservar la seda de sus
capullos, para así nunca olvidar que fueron gusanos.
Poco importa. El caso es que Kumé y el resto de los
pchap-chá tenían razón: ellos hacen que el universo funcione, porque el
universo está mal hecho.
Eso me recuerda lo que dicen los científicos acerca
de la existencia
de una materia a la que llaman Materia Oscura. Por
lo visto, para
que el universo se comporte como
lo hace, es
necesario que contenga una determinada cantidad de
masa. Se trata de un fenómeno que tiene que ver con algo denominado constante
cosmológica (no sé muy bien de qué se trata).
Pero, según dicen, la masa necesaria para
estabilizar el universo no se encuentra por ningún lado. Sólo se ha detectado
un dos por ciento de ella. Al restante noventa y ocho por ciento lo llaman
Materia Oscura, porque no brilla ni emite radiación alguna. Porque no puede
verse.
Los físicos y astrónomos saben que debe estar ahí,
aunque ignoran qué es y dónde se encuentra.
Pero yo lo sé.
La Materia Oscura son los pchapchá. Ellos, gracias
a la gup-ta, mantienen unido el cosmos,
aportándole la masa que falta y haciendo
que el universo funcione, que las órbitas sean precisas, que las estrellas
brillen y que las lunas sigan atadas a los planetas con lazos de gravedad.
Oh, bueno, continuo hablando en tercera persona,
sigo sin incluirme. Y no debería hacerlo, porque yo también soy un pchapchá, y
tomo gupta, y miro el cielo, y hablo con los otros pchapchá del cosmos mediante códigos secretos de titileo
de estrellas.
Y a veces, como un niño travieso, me divierto
moviendo el polvo
del cielo, haciendo caer lluvias de estrellas fugaces sobre la selva
esmeralda.
Pero no debo olvidar quién soy. Porque yo soy
P'bbo, el Rey-Luna. Y hago que la luna haga.
6. Los sueños
La única bombilla que iluminaba el salón vacilaba y
oscilaba, como el parpadeo de un ojo radiante. Aquel titileo arrítmico era una
advertencia: el fluido eléctrico podía interrumpirse en cualquier momento.
El padre Silveira había concluido la lectura del
diario de Pablo Vasla. Consulté el reloj: faltaban veinticinco minutos para las
ocho de la tarde. Me aproximé a la ventana; casi no había luz en el exterior,
pero pude comprobar que la
muralla de lluvia seguía
derrumbándose sobre la tierra con inusitada
intensidad. Jamás había visto llover así durante tanto tiempo. Parecía una
plaga bíblica, una venganza divina o, cuando menos, una catástrofe natural de
extraordinaria violencia. Si antes había maldecido a quien decidió erigir
aquella casa en la parte más alta del cráter, ahora sentía un profundo
agradecimiento hacia aquel anónimo constructor.
Su execrable pecado urbanístico nos había salvado,
probablemente, la vida.
Me acerqué a Susana.
—Si esto sigue así, tendremos que pasar aquí la
noche.
—Qué remedio. —Mi mujer se encogió de
hombros—. Pero, en fin,
aquí hay camas, mantas y sacos de dormir. Creo que podremos acomodarnos.
—¡Claro que sí! —exclamó madame Kádár—. Arreglarnos
muy bien lograremos. Como una pequeña aventura esto debemos tomar, ¿verdad,
Claudia?
—Acarició los cabellos de la niña—.
¿Bien te lo estás pasando?
Una sonrisa iluminó la cara de mi hija.
—Es todo tan... tan... —cerró los ojos, concentrándose en
buscar la palabra adecuada—. Tan
misterioso —
dijo al fin.
—¡Eso es! —aplaudió alborozada la anciana—.
¡Misterioso! Mas al misterio no debemos temer, porque fuente de la fantasía es.
Lo oculto, lo ignorado, lo extraño... ahí el corazón de la magia se encuentra.
—El hechizo está en las preguntas, no en las
respuestas —añadió Aníbal Zarko.
—De acuerdo estamos, amigo mío
—prosiguió madame Kádár—. Como a la polilla una luz
el misterio nos atrae.
—Consultó su pequeño y anticuado reloj de pulsera—.
Tiempo hay para otro relato. —Se volvió hacia Héctor Arauco
—. ¿Quizás usted con una historia nos deleite,
doctor Arauco...?
El
médico argentino apartó
de pronto la mirada del rostro de su mujer.
—¿Una historia...? —preguntó, algo confuso.
—Claro —insistió la anciana—. Lo extraño usted
estudia, lo enigmático. Acontecimientos extraordinarios seguro que ha
presenciado.
El doctor Arauco enarcó las cejas y sonrió
débilmente. Por primera vez su expresión, habitualmente seria y algo distante,
reflejaba algo de humor.
intelectual —dijo el doctor—. Intento aplicar el
método científico a fenómenos básicamente irracionales. Y, aunque no siempre
consigo obtener resultados coherentes, cuando menos procuro no implicarme
emocionalmente en las experiencias que llevo a cabo.
—Por eso contrajo matrimonio con uno de sus sujetos
experimentales, ¿no, doctor? —observó con ironía Aníbal Zarko.
—Una dama tan sensible y encantadora como Isabel
justifica la excepción. —Héctor Arauco acarició la mano de su mujer—. Pero lo
cierto es que jamás he
experimentado en mí
mismo ningún fenómeno extraordinario.
—Suspiró—. Salvo, quizá, en cierta ocasión...
—¿Ve cómo razón yo tenía? —dijo madame Kádár—.
Seguro que una historia conoce...
—No sé si es una historia, de hecho ignoro si
sucedió realmente. —El doctor Arauco se encogió levemente de hombros—. Todo
ocurrió en un sueño...
—Algunas culturas mantienen la creencia de
que los sueños
son tan reales, o más, que el
mundo cotidiano — intervino el padre Silveira—. Los aborígenes australianos,
por ejemplo, afirman que el mundo fue creado en una
época denominada «alcheringa», el
tiempo de los sueños...
—¡Leyendas paganas! —masculló el padre Kindelán,
entre un padrenuestro y un avemaria.
—Es posible —murmuró el jesuita
—. En cualquier caso, los sueños son importantes...
—Oh, sí que lo son —afirmó el doctor Arauco—.
Pasamos la tercera parte de nuestra vida dormidos. Y, durante ese tiempo,
soñamos. ¿Por qué? Nadie lo sabe; es una de esas preguntas sin respuesta de las
que antes hablábamos. Pero el hecho es que soñamos, y hay veces en que los
sueños
parecen tan reales como la vida. — Respiró hondo—.
Hace unos meses tuve un sueño muy vivido: me encontraba en un bosque de hayas,
por la noche. Una inmensa luna llena presidía un cielo salpicado de estrellas.
Yo me había perdido, pero aquello
no me preocupaba, ya que, de un
modo u otro, sabía que estaba dormido y que nada de aquello era real. Comencé a
pasear entre los árboles, rodeado de luciérnagas y de mariposas nocturnas, y al
poco encontré una tienda de campaña frente a la cual ardía una fogata. Cuando
llegué a su altura, la entrada
de la tienda
se descorrió y apareció
un hombre de
aspecto
agradable y educado.
Le pregunté cómo se llamaba y él me contestó que le conocían por el Viajero.
Nos sentamos junto al fuego y compartimos una taza de té. Al cabo de unos minutos de
charla, aquel hombre me preguntó:
—¿Le gustan las historias?
Respondí que era psiquiatra y que, por tanto, me
pasaba la vida escuchando historias ajenas.
—No dudo que los relatos de sus pacientes sean
interesantes —comentó
—. Pero yo me refiero a otro tipo de historias... a
esas que enredan la realidad.
Le aseguré que esa clase de historias constituían
mi más preciada afición. Él sonrió y dijo:
En tal caso, le voy a contar una...
¿Sabe dónde estamos?
En un bosque.
Sí, pero ¿en qué bosque?
Me encogí de hombros y argumenté que, dado que
estaba soñando, se trataba de un bosque onírico, lo que, psicoanalíticamente
hablando, suponía una imagen de fuerte simbolismo sexual.
El
hombre sonrío alegremente
y dijo:
Psicoanalíticamente hablando, todo es sexual. Sin
embargo, ha dicho algo
interesante: está soñando. Entonces,
¿quién soy yo?
Un producto de mis sueños.
Luego no existo... Pero ¿y si fuera yo quien le
está soñando a usted?
Mejor dejar ese camino —sugerí—. Tenga en cuenta
que soy argentino. He leído a Borges.
Me obsequió con una risa franca y alegre.
Es usted gracioso. Pero tiene razón, no es cuestión
de perder el tiempo con sofismas y
paradojas. Dejemos de hablar sobre mi naturaleza y pasemos a
preguntarnos sobre mi circunstancia. Si usted está soñando, ¿dónde estoy yo?
¿En mi cabeza? —aventuré.
Es posible —murmuró—. Pero también pudiera ser que
estuviésemos en la cabeza de otro. —Se inclinó hacia delante y añadió—: ¿Ha
oído hablar alguna vez del Hombre Dormido...?
El hombre dormido
La historia del doctor Arauco
Cuando el Viajero se detuvo para beber el agua
iridiscente del manantial, no se fijó
en el árbol. Pero
luego el árbol le habló, de modo
que el Viajero se vio obligado a seguir las normas más elementales de cortesía
y charlar un rato con él.
—Es raro encontrar gente de paso
—dijo el árbol (en realidad, un castaño de
indias)—. ¿A dónde te diriges?
—No lo sé —repuso el Viajero—. Estoy buscando a
alguien.
—¡Oh...! —El árbol arrancó de sus ramas susurros de
almidón. Luego añadió—: Así que buscando a alguien,
¿eh? ¡Vaya...!
El Viajero se humedeció la cara y bebió un par de
sorbos. El agua sabía a vino de cerezas perfumado con canela.
—¿No estás muy aislado aquí? — preguntó el Viajero,
contemplando la soledad del altiplano—. Eres el único árbol que hay en muchos
kilómetros a la redonda.
—«La soledad es a veces la mejor compañía, de modo
que un corto retiro acelera un dulce
retorno.» Millón, El paraíso
perdido. —El árbol carraspeó
—. Además me acompañan mis sueños.
—Ah, sueñas... ¿Con qué?
—Sueño que soy un viajante de comercio y que me
desplazo constantemente de un pueblo a otro con un muestrario de bisutería.
El Viajero asintió y pensó que, seguramente, aquel
castaño de indias era en realidad un viajante de comercio. Pero se guardó muy
mucho de decírselo, porque no deseaba ofenderle.
—Antes
has comentado que buscabas a alguien —prosiguió el árbol
—. ¿Sería incorrecto preguntar a quién?
—En
absoluto. Busco al Hombre
Dormido.
—¡Oh, oh, oh...! —El árbol lanzó guiños de musgo y
corcho—. ¡ Una gran búsqueda es ésa! He oído decir que el Hombre Dormido se
encuentra bajo una cúpula de cristal en un palacio de Agartha.
—¿Agartha?
—Agartha, sí. La ciudad que guarda el trono dorado
con las imágenes de dos millones de dioses, la sede de la Universidad del
Conocimiento. Si miras hacia el oeste puedes ver el resplandor de Agartha en el
horizonte.
—Si
—dijo el Viajero contemplando el
poniente—. Conocía esa ciudad
por otros nombres.
—
Suspiró—. El problema es que nunca consigo
acercarme. Por mucho que camine, la ciudad siempre se encuentra a la misma
distancia de mí.
—«Hay que viajar por topofobia, para huir de cada
lugar, no buscando aquel al que va, sino escapándose de aquel de donde parte.»
Miguel de Unamuno. Lo importante es el viaje, no la meta.
El Viajero asintió apreciativamente. Cogió su
mochila y se la puso a la espalda.
—Ahora debo irme. Ha sido un placer conocerte.
—Permíteme una última pregunta —
dijo el árbol—.
¿Por qué buscas
al
Hombre Dormido?
—Quiero saber quién es; conocer su nombre.
—Ya, su nombre... Bien, pues te deseo mucha suerte.
—Gracias. —El Viajero comenzó a alejarse, pero al
cabo de unos metros se detuvo—. ¿ Te gusta ser un árbol? — preguntó.
—No está mal... —contestó el castaño—. Ya sabes,
llega un momento en la vida en que hay que echar raíces.
Se
llamaba Cezar Pallady.
Estaba
dentro de un pequeño recinto cerrado e
insonorizado, un habitáculo cúbico de cuatro metros de lado donde, según me
dijeron, podían controlarse tanto la temperatura como la presión atmosférica. A aquella cámara le llamaban
el Gabinete de Morfeo.
Pallady tendría mi edad, unos cuarenta años. Era
delgado, moreno, con el mentón poblado por una espesa barba y el pelo muy
corto. Se encontraba sentado en el suelo, sobre una pequeña alfombra, desnudo,
absolutamente inmóvil, con los ojos cerrados y las manos descansando sobre las
piernas entrecruzadas. Tenía la
cabeza
literalmente cubierta de electrodos y cables, como
una versión tecnológica de esas estatuas que representan a Buda con el cráneo
cubierto de caracoles. También tenía electrodos en el
pecho, la espalda y las
muñecas. Si podíamos verle era gracias a la batería de
monitores de televisión en circuito cerrado que le mostraban desde todos los
ángulos y encuadres posibles.
Según me dijo Irene Stasinopoulos supervisora
ejecutiva de Stütze Arzt Zwischenstaatlich, la compañía alemana que había
contratado mis servicios y me había llevado hasta Creta, Pallady era un yogui.
Y, para mayor exotismo, un
yogui rumano.
Nos
encontrábamos en el Laboratorio del Sueño, una especie de nave
industrial, blanca y luminosa, no muy grande pero de techos extremadamente
altos. Había mucho espacio disponible, pero tanto el equipo como el personal
parecían arracimados alrededor del Gabinete de Morfeo. Allí un grupo de
técnicos se afanaban en controlar los instrumentos electrónicos y realizar
anotaciones. En realidad, yo no tenía la más remota idea de lo que estaban
haciendo, de modo que me aproximé discretamente y me distraje intentando
adivinar el significado de las
lecturas que ofrecían los distintos indicadores.
Al parecer, una de las baterías de aparatos
controlaba el estado físico de Pallady: temperatura corporal, presión
sanguínea, electrocardiograma, tono muscular... en fin, todo lo usual. Lo que
ya no era tan normal es lo que indicaban las lecturas: la presión arterial era
muy baja, el ritmo respiratorio extremadamente lento y la temperatura basal
próxima a la hipotermia. Pero lo más alarmante era el pulso: ocho latidos por
minuto (y el ritmo decrecía). Aparentemente, aquel hombre se estaba muriendo.
—Increíble, ¿verdad? —Irene
se había acercado a mí y me hablaba en voz baja—.
Pallady puede controlar las funciones, en teoría autónomas, de su sistema
nervioso vegetativo. Ahora está entrando en estado cataléptico: ralentiza todo
su metabolismo y altera sus estados de percepción. Ven, te voy a enseñar algo.
Irene me llevó junto a un electroencefalógrafo.
Varias pantallas representaban las curvas de actividad eléctrica del cerebro,
al tiempo que un conjunto de agujas reproducían gráficamente esas mismas curvas
en largas bandas de papel cuadriculado.
—¿Sigues
familiarizado con esto?
—me preguntó Irene.
Asentí. Allí estaban las curvas correspondientes al
estado de vigilia, a los cuatro estados No REM y al estado REM. Ondas Beta,
Alfa, Theta, Delta.. Observé los registros y reconocí los abruptos trazos de
los Complejos K y las Ondas en
Huso. Todo parecía normal, eran las lecturas típicas de
un hombre dormido en fase de sueño profundo. No obstante, había algo
absolutamente imposible en aquellas lecturas: existía actividad simultánea en
el espectro de las ondas Beta y en el de las ondas Delta. Parpadeé y me volví
hacia Irene con una muda pregunta en los
ojos.
—Sí —sonrió—: Pallady está despierto y dormido a la
vez. Y no —se encogió de hombros—, no sé cómo lo hace.
Había oído hablar de ese tipo de cosas, pero nunca
tuve la oportunidad de presenciarlas. De modo que permanecí en silencio,
observando la actividad de los técnicos.
—Comienza el movimiento ocular rápido —dijo un
joven de pelo largo y encrespado; sus raídos vaqueros asomaban bajo la bata de
trabajo—: Cezar entra en fase REM con curvas de sierra en los tres punto cinco
hertzios y
bajando. Gran actividad onírica. ¡Ey, chicos, eso
es lo que yo llamo soñar! — Hizo una pausa—. ¡Ah-ah...! Incremento de crestas
en el registro Beta. Todos atentos; efecto Rátsel de un momento a otro.
Se produjo un revuelo salpicado de murmullos. Los
técnicos comenzaron a dirigir furtivas miradas a un solitario monitor que
mostraba una verde y fosforescente línea continua, plana y muerta.
Ignoraba lo que pretendía registrar aquel aparato,
pero fuera lo que fuese, ahora no indicaba actividad alguna.
—Bien, informad de cualquier
alteración del poligrama —dijo un hombre grueso, de
pelo cano y escaso, que parecía rondar
los sesenta años. Irene me susurró que se trataba de
Constantin Tsatsos, el gran patriarca del Centro de Investigación del Sueño
Tsatsos prosiguió—: Vigilad la temperatura del Gabinete, está bajando
demasiado. Kathy, ¿cómo andan sus constantes?
—El corazón late cuatro veces por minuto —respondió
una joven que, de quitarse las espantosas gafas de concha que llevaba, hubiera
sido realmente bonita—. Respiración constante: una inspiración y una expiración
alternativas
cada sesenta segundos.
Temperatura estable. Comienza a aumentar la presión
sanguínea, y, eh...
—La joven se sonrojó y bajó el tono de voz—. El
sujeto está experimentando una erección...
Sin duda, era una chica tímida; trabajando en un
laboratorio del sueño debería haberse acostumbrado ya a los penes erectos y las
vaginas húmedas. Según recordaba, nuestros órganos sexuales experimentan una
especie de excitación automática cuando entramos en fase de sueño profundo y
comienzan las ensoñaciones. Nadie sabe por qué ocurre, pero ocurre (aunque, al
parecer,
nada tenga que ver con la libido).
—Desaparecen las ondas lentas sincronizadas
—intervino de nuevo el joven de pelo encrespado—. Aumenta la actividad Delta
irregular, y... bueno, el diagrama Beta se ha vuelto loco. Parece que nuestro
amigo está celebrando una fiesta en su cabeza... Ojo, comienzo a obtener registros
de actividad por debajo
de los cero
punto cinco hertzios...
Todo el mundo se detuvo expectante, todas las
miradas convergieron en la pantalla reticulada del misterioso monitor. Sin
saber por qué, yo también me
puse a contemplar aquella
fosforescente línea
verde, horizontal e inmóvil.
Los
segundos transcurrieron lentos en
medio de un silencio tenso. Suspiré y comencé a pasear la mirada por el
laboratorio. En una pared alguien había fijado
con cinta adhesiva
un cartel escrito a
mano: «Los sueños han sido creados para que uno no se aburra mientras
duerme.»
Sonreí y volví a mirar el monitor.
Y entonces, justo en ese momento, la perezosa línea
verde se alzó, describiendo una cresta amplia y elevada, para luego caer en un
valle profundo. Repitió tres veces el mismo
movimiento y acto seguido recuperó su anterior
horizontalidad estática.
El silencio que reinaba en el laboratorio se volvió
estupor, asombro. Los ojos se dilataron y las bocas se abrieron maravilladas.
Era como si, en vez de unos breves «bips» en una pantalla, aquella gente
hubiese contemplado una aparición celestial.
—Duración del efecto Rátsel: dos segundos y ochenta
y siete centésimas — dijo alguien—. Tenemos
un nuevo récord.
Entonces todos comenzaron a aplaudir y
a gritar. Pelo
Encrespado besó en los labios a Chica Tímida, y las
mejillas
de ésta adquirieron
un tinte rabiosamente escarlata.
Tsatsos, el gran patriarca, sonrió satisfecho, pero
adoptó rápidamente una expresión severa, más en concordancia con su dignidad
doctoral.
—Vamos, vamos, un poco de seriedad; estamos
trabajando —dijo, como un profesor indulgente reclamando la atención de sus
alumnos (o una gallina recogiendo a sus polluelos)—. Tenemos que despertar al
señor Pallady. Escucha, Kurt —prosiguió, dirigiéndose a Pelo Encrespado—:
necesitamos los resultados del poligrama esta tarde. Y pon a tu gente a
trabajar en un estudio
comparativo de los nuevos registros...
Miré a Irene
con las cejas enarcadas. Me sentía como cuando se
llega al teatro con la función comenzada. Ella debió advertir mi desconcierto,
porque me dirigió un guiño cómplice. Luego le hizo una seña al profesor
Tsatsos. Éste asintió con la cabeza y, tras impartir una nueva retahíla de
instrucciones, se acercó a nosotros.
—Constantin —dijo Irene haciendo de maestro de
ceremonias—, te presento al doctor Juan Varnigal. Como sabes, es un prestigioso
patólogo español, y buen amigo mío además.
Nos estrechamos las manos. Su
apretón era
firme y franco, concebido para transmitir seguridad y confianza.
—Es un placer, doctor Varnigal — dijo Tsatsos—.
Conozco algunos de sus trabajos sobre patologías exóticas. Son excelentes.
—Asentí, agradeciendo sus palabras, aunque sabía que cuando hablaba de «mis
trabajos» se estaba refiriendo en realidad al estudio que realicé en
Bucaramanga, hace ya tanto tiempo, sobre el caso de la niña María Candelaria.
El profesor Tsatsos continuó—: Le imagino enterado de la actividad que
desarrollamos en el Centro de Investigación del Sueño, así
como de las características de nuestra
actual línea de experimentación...
—No, Constantin —le interrumpió Irene—. Juan no
sabe nada de todo eso. Acabamos de llegar del aeropuerto de Heraklion y todavía
no hemos tenido tiempo de hablar. Además, es preferible que se lo cuentes tú.
—Oh... —El profesor Tsatsos me miró con cierta
severidad, como si yo fuera uno de sus estudiantes menos aplicados—. En tal
caso será mejor que nos pongamos cómodos. —Se volvió hacia la Chica Tímida—.
Kathy, dile a Kurt que en cuanto pueda vaya a mi despacho.
El profesor nos indicó que le
siguiéramos. Un momento antes de abandonar el
Laboratorio del Sueño me volví hacia la batería de monitores que
continuaban componiendo una
especie de retrato cubista de Cezar Pallady. Uno de ellos mostraba un
primer plano de los ojos cerrados
del yogui. Observé que los globos
oculares se movían
por debajo de los párpados.
Luego miré la pantalla del monitor que antes había
suscitado tanta expectación. La línea verde fosforescente, no sé por qué, me
pareció la pupila sesgada de un gran lagarto.
Al principio no acepté el trabajo que me ofrecía
Irene Stasi-nopoulos. No
quería
viajar a Creta,
no quería practicar mi profesión,
no quería ver a nadie. En realidad, lo único que deseaba era quedarme en casa,
con las luces apagadas, bebiendo todo el alcohol que me fuera posible trasegar.
Sabía que si lograba beber lo suficiente, conseguiría no sentir nada, quedarme
vacío, entumecido e insensible. Y eso era lo más cerca del reposo y la
tranquilidad que yo podía estar.
Había renunciado a mi trabajo en el hospital. Eso
fue seis meses después de la muerte de Samuel, nuestro hijo. Poco después,
Carmen me dijo que no podía seguir
conmigo y que
se iba, porque
nuestra vida era un infierno. No me extrañó; hacía
mucho que no funcionábamos como pareja, antes incluso de que la enfermedad de
Samuel saliera a la luz. De hecho, creo que fue durante la agonía de nuestro
hijo cuando más unidos estuvimos. Pero al morir el niño, también murió lo único
en común que teníamos. No
me extrañó que Carmen me dejara; al contrario, casi me
produjo un cierto alivio, como cuando un mal presagio se cumple al fin.
Por eso, cuando me llamó Irene por teléfono para
pedirme que colaborara con la Stütze Arzt en un trabajo
experimental que estaban
llevando a
cabo en Creta, me negué. Andaba muy ocupado
intentando borrar de mi mente el dolor y la desesperación que me producían la
muerte de Samuel (y de paso, sí, destruyéndome a mí mismo).
Pero Irene era mi amiga. Nos habíamos conocido en
Bolivia, antes de que ella cambiara el ejercicio de la medicina por un despacho
en una multinacional. Durante un tiempo mantuvimos un torpe coqueteo que nunca
llegó a cruzar la frontera que separa los deseos de la realidad. Y creo que ésa
fue la base que cimentó nuestra amistad; nos queríamos y nos respetábamos, cosa
que rara vez ocurre simultáneamente en
las relaciones entre hombres y mujeres. Por eso
Irene viajó a Madrid, fue a mi casa y, con la ayuda de una ducha fría, me sacó
del estupor en que me encontraba. Luego tiró todo el whisky a la basura
y, durante una
semana, se quedó conmigo,
acudiendo a mi lado cuando me despertaba llorando por la noches, escuchando la
tristeza infinita de mi pérdida. Fue una buena terapeuta; me recetó un
tratamiento de sueño, alimentación sana, cariño y compañía. No diré que me
curó, pero al menos me condujo de regreso al mundo real.
—Tengo que irme —me dijo Irene el séptimo día de su
estancia en Madrid—.
Pedí unos días de vacaciones, pero ya he de volver
a Munich. Escucha, Juan ahora no te lo voy a pedir. Te lo voy a ordenar: vas
a trabajar para
mi compañía. Será cosa de un mes. Necesitamos de
tu asesoría, y tú
necesitas salir de esta casa. —Intenté protestar, pero ella me acalló con un
gesto. Luego puso en mis manos un billete de avión y un cheque—. La semana que
viene nos veremos en Creta. Mira, la Stütze Arzt se dedica a la fabricación de
material clínico. Pero la Stütze Arzt es una empresa filial de la compañía
farmacéutica Krenz. A su vez, la
Krenz subvenciona un
instituto de
investigación del sueño en Grecia; ya sabes, llevan
años buscando un somnífero
definitivo. Pues bien,
la Stütze Arzt ha desarrollado algo revolucionario relacionado
con el sueño. Y la Krenz lo está
poniendo a prueba en Creta.
—Pero Irene —protesté—, soy patólogo clínico. No
estoy al día de los avances...
—Tonterías. Te dedicaste durante años a las
enfermedades del sueño. Tu trabajo sobre María Candelaria aún se pone como
ejemplo en las facultades de medicina.
—Cruzó los brazos
y, en pleno arranque racial,
añadió—:
Vendrás conmigo a Creta, o te llevaré yo de la
oreja.
De modo que fui a Creta.
Aún no sabía nada del Hombre
Dormido.
El profesor Tsatsos llevaba un rato hablando sobre
las actividades de la institución que dirigía. Según dijo, el Centro de
Investigación del Sueño se había fundado hacía seis años gracias a las
aportaciones de diversas empresas privadas. Sus objetivos eran múltiples:
estudio de la fisiología del sueño, investigación de los procesos hipnogénicos,
experimentación con fármacos, patología de las enfermedades
del sueño... En fin, lo usual.
En realidad estaba empezando a aburrirme, de modo
que me dediqué a pasear disimuladamente la mirada por el austero despacho del
profesor Tsatsos. Sólo había libros, cintas de vídeo, archivos... El único
adorno que parecía permitirse era una
solitaria reproducción del cuadro El anciano de los días, de William
Blake. Lo cual evidenciaba un contrasentido: el profesor era el paradigma del científico,
y Blake un místico arrebatado. Comenzaba a preguntarme sobre la clase de
persona que sería Tsatsos cuando la puerta se abrió, dando paso al joven de
pelo encrespado que había visto en el laboratorio.
El profesor me lo presentó como Kurt Stoph, brillante ingeniero
electrónico alemán, y director
técnico del Centro.
Kurt resultó ser un personaje divertido e
hipersociable. Cuando Tsatsos le cedió la palabra, el alemán la usó primero
para contarnos un par de chistes malos y una surrealista historia sobre los
sueños de su
novia. Luego entró en materia.
—Pero estamos aquí para hablar sobre el
proyecto Engrama, ¿no
es cierto? ¿Sabe algo de bioelectrónica, doctor Varnigal?
—Negué con la
cabeza. Kurt asintió resignado—. En fin, procuraré
contárselo de forma sencilla. Présteme
atención porque le
voy a hablar de la lámpara de
Aladino, de magia y de prodigios. —Carraspeó—. Como usted sabe, las neuronas
del cerebro intercambian señales eléctricas. Estas señales provocan cambios de
tensión que pueden ser detectados mediante
electroencefalografía. Claro que
ése es un procedimiento muy burdo, ya que prácticamente sólo permite detectar
si hay o no actividad en el cerebro y en qué frecuencia de onda se produce.
—Kurt se encogió de hombros
—.
No obstante, actualmente
disponemos de sensores mucho más evolucionados, y
de procesos informáticos potentes y precisos. —Hizo una mueca—. La actividad
bioeléctrica del cerebro crea un complejo campo electromagnético a su
alrededor. Un especie de red estructurada, un esquema vibratorio que reproduce
los procesos bioquímicos del encéfalo. En teoría, es posible obtener
información muy precisa del estudio de ese campo magnético, al que llamamos
engrama cerebral. En ese sentido se orientaban varios proyectos del
Departamento de Investigación de la Stütze
Arzt. Estaban realmente encoñados con el tema. Y le ruego
que
perdone
mi vocabulario, señora
Stasinopoulos.
»Bueno. Entonces entró en escena un inteligente y
perspicaz ingeniero, Kurt Stoph, o sea yo, con una brillante idea:
¿y si además de obtener información del engrama
cerebral, consiguiéramos modificarlo?
¿Qué pasaría si pudiéramos actuar selectivamente sobre los
campos electromagnéticos del cerebro? Oh, buena pregunta, dijo el Departamento
de Investigación de la Stütze Arzt. Adelante, estudien el asunto.
—Kurt sacudió la cabeza—. No le aburriré con los
detalles, doctor. Estuvimos un par de años trabajando y
construimos
algo pomposamente llamado
Excitador de Engrama Bioeléctrico. ¿Cuál es la función de ese artefacto? Bien,
básicamente obtener un modelo depurado, limpio de «ruido» e interferencias, del
engrama encefálico, para luego devolvérselo al cerebro en forma de campo
magnético inducido. — Kurt se detuvo
al contemplar el parpadeo confuso de mis ojos. Manoteó el
aire y prosiguió—: Pero si no puede estar más claro: es como si realizáramos un
holograma del cerebro y luego lo superpusiéramos al original. Lo que hacemos es
retroalimentar el campo electromagnético del encéfalo, darle un
feed-back de sí mismo, vibrar y entrar en
resonancia con él. Excitar el engrama cerebral, en definitiva.
—¿Y qué esperan
conseguir con eso? —pregunté, un
tanto perplejo.
—¿Qué esperábamos conseguir? — Kurt levantó el dedo
índice—. Primero, mejorar los sistemas memorísticos. Segundo —levantó otro
dedo—, estimular los procesos de aprendizaje. Tercero... —En vez de alzar un
nuevo dedo, el ingeniero
vaciló y luego sacudió la cabeza—. Pretendíamos
aumentar la inteligencia,
nada más y nada menos. Pero eso da igual, porque en
realidad no obtuvimos nada de lo que
buscábamos. Cuando actuábamos sobre una mente
consciente, lo único que conseguíamos era adormecerla. Es irónico, lejos de
volverse más listas, las personas que usaban el Excitador de Engrama se
amodorraban y, al poco, comenzaban a roncar. —Frunció el ceño
—. Eso puede deberse al desfase existente entre las
señales del sistema sensorial y el engrama inducido, pero todavía no lo sabemos
a ciencia cierta. El caso es
que el proyecto
fue un fracaso, un desastre.
—Afortunadamente —intervino Irene—, la Stütze Arzt
no lo vio así. Enseguida quedó claro el potencial de
una máquina capaz de inducir el sueño. Imagínate,
Juan, el somnífero perfecto: sueño placentero sin agresiones químicas, sin
resaca posterior, sin adicción, sin sobredosis, sin ansiedad...
—Entonces trasladaron el proyecto Engrama al Centro
de Investigación del Sueño —continuó Kurt—. Y yo me vi forzado a cambiar mi
amado y gélido Munich por las doradas playas del mar de Creta.
—Suspiró burlón—. Pero valió la pena tan arrojado espíritu de
renuncia. Aquí hemos averiguado que el Excitador de Engrama provoca un sueño de
primera calidad, con episodios oníricos
muy vividos, así
como un
notable incremento, tanto en cantidad como en
duración, de los ciclos REM de sueño profundo. Y esos tonificantes efectos los
produce tanto en gente sana como en enfermos de insomnio crónico. Lo que,
dejando a un lado la modestia, es un hallazgo soberbio.
Kurt extendió los brazos y enarcó las cejas, dando
a entender que ya había terminado su exposición. Me disponía a hacer un vago
comentario cuando Irene me interrumpió:
—Los resultados del proyecto
Engrama
han sido muy
estimulantes.
Salvo por un detalle, que
desgraciadamente ha acabado por
convertirse en un problema.
—No
debemos llamarlo problema
—intervino el profesor Tsatsos, por primera vez
después de un largo silencio
—, sino oportunidad.
La cuestión, doctor Varnigal, es
que la máquina de Kurt hace algo que no debería hacer. Verá, cuando usamos el
Excitador de Engrama con una persona, ésta comienza a recorrer rápidamente
todas las fases del sueño normal.
En pocos minutos entra en estado No REM 1, con e
habitual sopor y el comienzo de las alucinaciones hipnagógicas. Luego pasa
aceleradamente por los tres siguientes estados No REM, para desembocar e
un sueño profundo REM con hiperactividad onírica.
Hasta aquí todo normal, salvo por la velocidad con que se produce el proceso.
Lo sorprendente es que, a los diez o quince minutos de sueño profundo, aparece
una nueva onda en el cerebro. Una onda que nunca ha existido y que evidencia
actividad en cierta región del encéfalo que, al menos bioeléctricamente, jamás
ha sido activa.
Esa
onda —subrayó Kurt—
tiene una frecuencia inferior a los cero punto cinco hertzios. La
llamamos onda R. La R viene de Rátsel. En el caso de que no domine usted el
preciso idioma alemán, le informaré de que rátsel
significa
«enigma».
La onda R —continuó Tsatsos— es la evidencia de que
el Excitador de Engrama despierta un área del cerebro usualmente inactiva. La
llamamos zona Rátsel. Si el Excitador se desconecta, la zona se vuelve inactiva
y la onda R desaparece inmediatamente. Cuando despertamos al durmiente, no
recuerda nada de lo que sucedía en su cabeza, salvo vagos movimientos de luces
y formas, y una intensa sensación de deslumbramiento.
El efecto Rátsel —intervino Irene— nos tiene
bloqueados. No podemos sacar a la luz nuestro descubrimiento si antes
no sabemos qué demonios está pasando.
La agitación de mi amiga era palpable. ¿Por qué? En
fin, el artefacto del que me hablaban podía ser de gran importancia para la
Stütze Arzt, pero es normal que en un proceso de investigación surjan problemas
que lo empantanen todo. Comencé a sospechar que me ocultaban algo.
—Esa
zona Rátsel del
cerebro —
pregunté— , ¿dónde se encuentra?
—En la base del encéfalo, cerca de la pituitaria —
respondió el profesor Tsatsos — ; junto a la glándula pineal. Todavía no hemos
localizado el área exacta, pero desde luego no es ninguna
de las que hasta ahora relacionábamos con los
procesos del sueño.
Un denso silencio cristalizó la atmósfera del
despacho. Me encogí de hombros y mostré las palmas de las manos, como diciendo:
«¿Y bien...?» Ignoraba a dónde querían llegar.
—El problema estriba en que no podemos trabajar con
la zona Rátsel si al mismo tiempo la estamos induciendo con el
Excitador de Engrama
— intervino Kurt—. Aparecen resonancias y parásitos, y las lecturas no
son fiables. En fin, un asco.
—De
modo que nos
pusimos a buscar sujetos cuyos
cerebros, en estado
normal, produjesen la onda R. —El profesor Tsatsos
encendió un cigarrillo parsimoniosamente—.
Hemos encontrado dos. A uno de ellos ya ha tenido usted la oportunidad
de verle en acción: Cezar Pallady. El señor Pallady, mediante técnicas
de yoga, puede
«despertar» la zona Rátsel de su cerebro y provocar
la aparición de la onda R.
Eso explicaba la extraña escena que había
presenciado en el Laboratorio del Sueño.
Evidentemente, la línea
verde del monitor que tanta expectación había despertado registraba la
aparición del efecto Rátsel.
—Por
desgracia, Cezar sólo
logra
mantener la onda R durante unos tres segundos
—señaló Kurt—. Muy poco tiempo para trabajar con ella. Aunque hay que reconocer
que nuestro amigo hace progresos. —El alemán había cogido una bolsita de cuero
y estaba sacando de ella
un poco de lo que parecía hierbabuena seca. La puso sobre
un papel de fumar y comenzó a liar un cigarrillo.
—Confiamos
en que el
señor Pallady conseguirá aumentar
sus períodos de actividad R —prosiguió Tsatsos—. Entonces usaremos el
Excitador de Engrama para estimular el efecto Rátsel en su cerebro.
—¿Y qué
esperan que suceda? —
pregunté.
—Cuando llevemos a cabo la experiencia le
contestaré, doctor.
Un nuevo silencio. Sacudí la cabeza y me volví
hacia Irene.
—Todo
esto es muy
interesante. Pero yo no sé nada de bioelectrónica, ni de engramas
cerebrales, ni de ondas misteriosas. Soy un patólogo, Irene. Ni siquiera estoy
seguro de entender lo que me estáis contando. ¿Qué pinto yo aquí?
—Ya llegamos a eso. —Mi amiga sonrió como una madre
comprensiva—. Constantin ha dicho que hemos encontrado a dos sujetos con ondas
R en
su actividad cerebral ordinaria. Uno es Pallady.
Ahora quiero que conozcas al otro.
Se puso en pie; los demás la imitamos. Kurt ya
había encendido su cigarrillo y el aire comenzó a saturarse de un humo
dulcememente aromático. El profesor Tsatsos parpadeó, visiblemente turbado, y
en tono de disculpa se apresuró a decir:
—Kurt
se ha ofrecido
voluntario para un estudio sobre los efectos de la cannahis en la
conducta onírica. Y se ve obligado a consumir con cierta frecuencia, eh...
marihuana.
Kurt asintió seriamente y me guiñó
un ojo.
—Hay que ver —dio una profunda calada—, los
sacrificios que pueden llegar a hacerse en nombre de la ciencia.
Irene me cogió del brazo.
—Vamos, Juan. Quiero presentarte a
Rip, el Hombre Dormido.
Junto al laboratorio se alzaba una pequeña clínica
dedicada al insomnio, la narcolepsia, el
apneas y las demás enfermedades del sueño. Allí me condujeron Irene y Tsatsos
—Kurt se había despedido de nosotros con una plácida sonrisa en los labios—, y
allí me reencontré con una parte de mi pasado.
Era un hombre de complexión delgada, frágil, tenía
la cabeza rasurada y la piel muy pálida. Debía rondar los treinta años, aunque
era difícil adivinar su edad. No había nada en sus rasgos que denunciase su procedencia. Podía ser de cualquier parte. Podía ser
cualquier persona.
Estaba tumbado sobre una cama, con el cuerpo menudo
cubierto por una bata blanca. Su pecho subía y bajaba cadenciosamente. Tenía
los ojos cerrados. Un puñado de electrodos se adherían a su cráneo desnudo,
uniéndolo mediante un manojo de cables al electroencefalógrafo que
ronroneaba
junto a él. Me acerqué y comprobé los trazos de las
agujas: aquéllos eran los gráficos típicos de un hombre que sueña.
—No sabemos cuánto tiempo lleva así —dijo Irene en
voz baja, como si temiera despertarle—. Le encontraron hace nueve años en la
isla de Skyros, en el Egeo, tirado en un olivar situado en las afueras
de la capital.
Estaba dormido, y desde entonces ha sido imposible despertarle. —¿ Quién
es ?
—pregunté.
—No llevaba documentación, nadie le conocía
en la isla,
sus huellas no están registradas... Quién sabe, quizá sea
un viajero perdido. —Irene se encogió
de hombros—. El caso es que le mandaron al
Hospital General de Atenas, donde le han cuidado durante todo
este tiempo. No hace mucho que nos enteramos de su existencia. Afortunadamente
hemos logrado que le trasladaran aquí. —Sonrió—. En el Centro le llamamos Rip;
por Rip Van Winkle, ya sabes, el personaje de Washington Irving. Pero las
enfermeras se refieren a él como el Hombre Dormido. Creo que le tienen un poco
de miedo. —Me entregó
una carpeta—. Éste es su
historial.
Ojeé la aventura
clínica de aquel hombre. No había justificación para su
estado. Todo indicaba que era un individuo
completamente sano: ninguna lesión, ninguna enfermedad, ninguna malformación.
Sencillamente estaba dormido y era imposible despertarle. Igual que le ocurrió
a María Candelaria.
Como adivinando mis pensamientos, el profesor
Tsatsos comentó:
—Inexplicable, ¿verdad? Un caso idéntico al de
aquella niña colombiana que usted atendió. Pero —señaló uno de los gráficos del
encefalograma—, ¿tenía ella esta onda en su cerebro? ¿Había actividad R en su
mente?
—Apenas disponíamos del equipo adecuado en
Bucaramanga. Y la madre
de la niña nunca nos permitió trasladarla a Bogotá
para hacerle un reconocimiento más completo. Así que —me encogí de hombros—, si
ella llevaba o no esa misteriosa onda en la cabeza, es algo que estaba fuera de nuestro alcance
comprobar. —Suspiré—. No pude hacer nada por aquella niña, profesor. Intenté un
tratamiento con lo que tenía a mano: estimulantes del
sistema nervioso central,
efedrina y anfetaminas. Pero la verdad es que nunca supe lo que le ocurría, y
mucho menos cuál era el camino de su curación.
—No se trata de que cures a Rip —
dijo
Irene, poniendo su
mano en mi
brazo—. Bastará con que hagas todo lo posible por
averiguar lo que le pasa. Y también... —Dudó un instante—. En realidad será
suficiente con que
nos digas si Rip está en condiciones de experimentar los efectos
del Excitador de Engrama. —Queremos
estimular el campo bioeléctrico de su zona Rátsel.
—Una intensa energía chispeaba tras las pupilas de
Tsatsos.
—¿Y por qué no le dejan en paz? — Tragué saliva—.
De todas formas, ¿qué esperan conseguir?
—Quién sabe. —Tsatsos sonrió por primera vez—.
Quizás obtengamos una nueva onda. O quizá Rip se despierte.
Irene me entregó una gruesa carpeta de plástico.
—En este dossier encontrarás todo lo que necesitas
saber. Vete al hotel y échale un vistazo. Mañana hablaremos.
Pensé en decir algo. Pero me limité a suspirar y
asentir.
Antes de abandonar el hospital dirigí una última
mirada al Hombre Dormido.
Su expresión era plácida y serena.
El Viajero llevaba mucho tiempo caminando, aunque
«tiempo» era una palabra con poco significado en aquel lugar. Al
principio, su deambular
fue
errático,
y el Viajero
se limitó a explorar nuevos territorios. ASí descubrió los pantanos
de la desesperación, y las selvas del deseo, y los oscuros valles del odio, y
las praderas soleadas del recuerdo. Pero, luego, el
Viajero convirtió el vagabundeo en peregrinaje e hizo de la
búsqueda del Hombre Dormido su obsesión.
Por eso, cada vez que se cruzaba con alguien por el
camino, cosa muy infrecuente en aquellos
parajes solitarios, no dejaba de preguntar por el Hombre Dormido,
obteniendo siempre la misma
respuesta: búscale en la ciudad
de nieve y cristal.
La ciudad tenía mil nombres. Se llamaba Agartha,
Mu, Babel, Kór, Helipolis, Leuké, Oz, Hiperbórea Inquanok, Amaurota,
Shangri-la, Sivapuram, Nova Solima, Opar...
La ciudad, según decían, era un lugar encantado,
con enormes edificios de hielo y vidrio, estanques de rocío, jardines de
plantas exóticas y templos de caoba y marfil.
Pero la ciudad estaba construida sobre el
horizonte, y el horizonte es una línea inalcanzable. Ésa era la razón de que
nadie hubiera conseguido nunca llegar a la ciudad.
Sin embargo, el Viajero pensaba que si el Hombre
Dormido había logrado entrar en Agartha, ¿por qué no él?
Y por eso, el Viajero fijaba su vista en el
resplandor que se distinguía a Occidente y, noche tras noche, caminaba
obstinado. Pero el horizonte siempre le precedía.
El Laboratorio del Sueño se hallaba en las afueras
de Hania, una pequeña población situada al oeste de Creta. Yo me hospedaba
en el Monasteri,
un extraño hotel edificado sobre las ruinas de un monasterio ortodoxo.
El verano no
había hecho más que comenzar, de modo que la isla
todavía no había sido violada por las hordas de turistas que cada año acudían a
sus costas. Desde la ventana de mi habitación podía contemplar el antiguo
puerto, los edificios turcos y venecianos, la vieja mezquita ahora convertida,
como un símbolo de los nuevos tiempos, en oficina de turismo...
Pasé las últimas horas de la tarde leyendo el
dossier del proyecto Engrama. Al final del mismo había un
anexo con las fichas de todo el personal del Centro. Comencé a hojearlas
rápidamente, pero me detuve al ver en una
de ellas la
fotografía de Cezar
Pallady.
Pallady, según decía aquel breve curriculum, había
nacido en Bucarest hacía cuarenta y dos años. En mil novecientos cincuenta
y nueve su familia, huyendo de la dictadura de
Ceaucescu, se trasladó a París. En el sesenta y seis, Pallady ingresó en un
seminario de la Compañía de Jesús. Durante la década de los setenta se ordenó
sacerdote y fue destinado a la misión jesuita de Gujrat, en el norte de la
India, cerca de la frontera con el Nepal. En mil novecientos ochenta y uno
abandonó la orden y el sacerdocio para dedicarse al estudio de la
espiritualidad
oriental.
Había publicado un
buen montón de libros sobre historia de las religiones, tema en el que
estaba considerado un experto, y era profesor de Antropología en la Universidad
de Delhi. Estaba casado (con una hindú) y tenía tres hijos. Una pequeña nota
final revelaba que Pallady había cursado estudios de Antropología y Filosofía
en la Sorbona... ¡Y de Física de Partículas en
la Politécnica de
París! No cabía duda de que aquel yogui rumano era un
curioso personaje.
Me acosté pronto; pero, aunque estaba agotado por
el viaje, tardé en dormirme. En la
oscuridad de mi
habitación, con los ojos abiertos y la cabeza llena
de recuerdos indeseados, escuchaba el ronroneo tentador del minibar, como un
canto de sirena que dijese: «Ven a mí, porque yo te confortaré con el preciado
don de la inconsciencia.» Pero, ay, le había prometido a Irene que me
mantendría alejado del alcohol, de modo que apreté los dientes y cerré los
ojos, intentando no pensar en nada, buscando borrar de mi mente la imagen del
cadáver de mi hijo Samuel.
Me quedé dormido sin darme cuenta, y al poco tuve
un sueño muy extraño: estaba en una
biblioteca inmensa,
atestada de libros antiguos, sentado en un sillón
de terciopelo frente a una gran puerta de madera negra labrada. Junto a ella se
encontraba el Hombre Dormido. Pero ya no dormía; por el contrario, estaba de
pie, mirándome intensamente. Yo quería levantarme, pero no podía moverme. El
Hombre Dormido alzó una mano y, señalando hacia la puerta, comenzó a negar con
la cabeza.
Ignoro la razón, pero en mi sueño aquella
silenciosa negativa bastó para aterrorizarme.
Al día siguiente, a primera hora de la mañana,
volví al Centro. Hablé con Irene y le
dije que aceptaba:
en la
medida de mi capacidad, intentaría dictaminar sobre
el estado físico de Rip. Irene sonrió con cierta ironía; desde el principio
sabía que en cuanto yo viera al Hombre Dormido aceptaría el trabajo.
De modo que fui al hospital, me puse una bata
y comencé a estudiar los análisis y pruebas que se le habían
realizado a Rip. Se trataba de un buen montón de informes, y aquello me llevó
casi dos días. Luego hice una lista con todo lo que necesitaba: equipo
especial, nuevos análisis, tomografías, scanners... Irene me informó de que el
material técnico vendría de Alemania y que la analítica se realizaría en un
laboratorio
de Atenas. Eso retrasaría todo una semana, por lo
menos. Fruncí el ceño y le pregunté a mi amiga cuál había sido la razón de
instalar el Centro en un lugar con tan poca infraestructura como Creta.
—Aquí los secretos son fáciles de guardar, Juan —me
reprendió Irene, un tanto enigmáticamente—. Aquí nadie meterá las narices en
nuestros asuntos.
Durante los siguientes días no hice prácticamente
nada. Sin el equipo adecuado tenía que limitarme a observar la monitorización
del Hombre Dormido. Cuando me hartaba de contemplar el vaivén de las agujas y
la monotonía de los gráficos, me iba a dar un paseo por
el
Laboratorio del Sueño.
Allí observaba los experimentos que se llevaban a cabo (entre ellos, una
nueva experiencia con Cezar Pallady).
En cierta ocasión, Kurt me enseñó orgulloso su
máquina. El Excitador de Engrama Bioeléctrico parecía un sillón de dentista al
que le hubieran adosado un inmenso secador de pelo. La verdad es que su aspecto
era un tanto ridículo, como el de esos cómicos artefactos que aparecen en las
viejas películas de ciencia ficción.
Fueron días tranquilos. Lo malo es que la inactividad me llevó a
estar a solas conmigo mismo y eso
hizo que los
fantasmas retornaran sigilosos. Una noche me
despertaron mis propios gritos, y
me encontré sentado en la cama, cubierto de sudor, temblando en la oscuridad y
llorando sin consuelo, como un niño con el corazón roto de dolor.
La pesadilla siempre era la misma: me veía en la
UVI del hospital, con una bata verde y la cara cubierta por una mascarilla
quirúrgica, contemplando el rostro demacrado de Samuel. Me acercaba a él, para
sentir, quizá por última vez, la
tibieza de su
piel, el regalo de su aliento. Y
entonces veía horrorizado que los rasgos de mi hijo se crispaban, que sus ojos
me dirigían una
mirada blanca, sin pupilas, y como su pequeño
cuerpo se deslizaba exánime hacia la muerte. Y entonces contemplaba al médico
coger alarmado el desfibrilador y aplicarlo
al pecho exiguo del niño. Y
notaba que una enfermera me agarraba por los brazos e intentaba hacerme salir.
Y veía cómo el cuerpo de mi hijo, sacudido por las descargas eléctricas que
pretendían volver a hacer andar su corazón, se agitaba igual que un títere en
manos de un borracho.
Y entonces me despertaba destrozado, porque aquello
no era una pesadilla, sino el minucioso recuerdo de
lo que en realidad ocurrió. A decir verdad, la
auténtica pesadilla
comenzaba al abrir
los ojos y comprender que aquel mal sueño era cierto,
que ya nunca más volvería a ver a mi hijo.
Esa noche me bebí, uno a uno, todos los botellines
de alcohol que había en el minibar. Pero ni siquiera así logré conciliar el
sueño.
Al día siguiente llegué tarde a la clínica. Daba
igual, porque el nuevo equipo
seguía sin aparecer. De
modo que le hice un rápido reconocimiento al Hombre Dormido, comprobé
que seguía tan saludable como
siempre, y fui a
deambular un rato por las instalaciones. A media
tarde, cansado de perder el tiempo, abandoné el Centro y me dirigí a la ciudad.
Estuve unas horas paseando por las viejas callejas del barrio veneciano. Cuando
se puso el sol volví a mi habitación,
pero la soledad absoluta de aquellas cuatro paredes
me empujó a salir de nuevo. Bajé al bar del hotel y tomé asiento en la terraza.
Acababan de servirme el primer whisky de la noche cuando alguien, con voz grave
y pausada, se dirigió a mí:
—¿Doctor Varnigal? No nos han presentado, pero
ambos estamos colaborando en el mismo trabajo.
Era Cezar Pallady. Nos estrechamos las manos y le
invité a sentarse a mi lado. Según me dijo, se alojaba también en el hotel
Monasteri, y hacía días que deseaba
hablar conmigo. Nos interrumpió el camarero: Pallady pidió
agua mineral. Por un instante contemplé mi vaso de whisky sintiéndome como un
depravado.
—Doctor Varnigal —Pallady se inclinó hacia
delante—: deseaba preguntarle por ese
hombre al que llaman Rip. Según tengo entendido, hace
años usted conoció un caso similar...
Asentí.
¿Cuantas veces había contado esa historia?
—Fue en Colombia. Yo estaba trabajando en el pueblo
de Bucaramanga con un grupo de la OMS. Un día vino a vernos una mujer: su hija
dormía constantemente y no había forma de despertarla. —Suspiré—. María
Candelaria Suárez; tenía quince años y era una muchacha preciosa. —Levanté el
vaso en un amago de brindis—. Pero ella —añadí—, a diferencia del Hombre
Dormido, se despertaba durante unos minutos, cada tres o cuatro días.
—Y no era narcolepsia.
—No. —Me encogí de hombros—. Jamás descubrimos la
causa de su mal. Un día su madre se la llevó y nunca más
supe de ella.
Pallady bajó la mirada y permaneció unos instantes
pensativo.
—He leído el estudio que usted escribió sobre ese
caso, doctor. —Sus ojos azules me escrutaron de nuevo—. Y he tenido la
impresión de que no lo cuenta todo. Como
si algo en aquella niña le hubiera
sorprendido, pero no se atreviese a hablar de ello.
Apuré el whisky de un trago y miré fijamente al
rumano. De pronto presentí que quizá Cezar Pallady fuese la única persona del
mundo capaz de comprender lo que vi en aquella niña.
—No
podía explicarme su sonrisa
—dije con voz neutra—. Cuando María Candelaria
despertaba, durante unos pocos minutos, yo hablaba con ella. Lo cierto es
que no estaba
del todo despierta: se
encontraba en un estadio intermedio, una especie de duermevela. Pero cuando
hablábamos yo notaba que... —tragué
saliva—, que aquella niña era feliz. ¿Entiende? Había una
extraña sonrisa en sus labios, como si supiese algo que los demás ignoráramos y
ese conocimiento la llenara de alegría.
—Suspiré—. A veces creo que María Candelaria no
quería despertarse. Que prefería dormir siempre, porque así era dichosa. Pallady
sonrió y asintió
complacido, como si aquella fuera la respuesta que
estaba esperando. Le hice señas a un camarero para que me trajera otra copa.
—He sabido que su hijo murió hace poco —dijo de
repente Pallady—. Es una gran desgracia. ¿Cómo ocurrió?
Encajé
la mandíbula. El
rumano tenía una rara habilidad para formular las preguntas
más crudas con la
inocencia de un niño.
—Mi hijo padecía leucemia — murmuré—. Murió hace
nueve meses, cuando le faltaban
unos días para cumplir ocho años. —Bebí un trago de
whisky—. Pero, si
no le importa,
preferiría no hablar de eso.
—He sido indiscreto —se disculpó
Pallady—. Lo siento.
Permanecimos
callados unos minutos.
—El otro día le vi en el Laboratorio del Sueño
—dije, más que
otra cosa para romper el
silencio—. ¿Cómo consigue provocar ese
fenómeno, la onda R, en su
cerebro?
—Hasta que el profesor Tsatsos me lo dijo, no sabía
que pasara nada raro en mi cerebro. —Pallady bebió un sorbo de agua—. ¿Sabe
algo de yoga? —Negué con la cabeza. El rumano prosiguió—: La experiencia
que realizo en
el
laboratorio se llama «persistencia de la
conciencia». Mediante las técnicas del tantra-yoga y
el ejercicio del pranayama, o control de la respiración,
alcanzo el estado samadhi y recorro los tres niveles del sueño: taijasa,
prajana y turiya. De este modo consigo pasar del estado vaisvanara, de vigilia,
al estado de sueño sin perder la lucidez mental. Luego voy descendiendo cada
vez más profundamente en el mundo onírico, hasta alcanzar el estado
cataléptico. Ése puede parecer el último nivel: un lugar oscuro en lo más hondo
de mi mente. El final de la línea, por así decirlo. Pero entonces intento
descender
aún más, empujando las tinieblas. — Pallady dudó
unos segundos, buscando el modo de describir lo indescriptible
—. Es como si una gran tela negra me cubriera por
completo. Intento avanzar, pero la tela es elástica y sólo logro que ceda un
poco. En ese
momento concentro todo mi prana,
toda mi energía, en un punto
fijo de la oscuridad. Hago que mi ser gravite sobre ese punto. Y entonces las
tinieblas se rasgan levemente, traspasadas por una luz muy intensa, cegadora.
Ahí es cuando, al parecer, una zona dormida de
mi cerebro entra en actividad y hace acto de presencia el efecto Rátsel.
—Pallady
se encogió de hombros; parecía entristecido—.
Desgraciadamente no puedo encarar mucho tiempo esa luz. Es demasiado intensa. A
los dos o tres segundos tengo que cerrar los ojos de mi mente. Y entonces
pierdo el control y todo se esfuma.
Bebí un sorbo de whisky. Aquello me sonaba
a jerga mística
sin significado alguno. Palabrería, superstición, bobadas. Aunque, para
ser justo, tenía que admitir que Pallady ejercía sobre su organismo y su mente
un control que sobrepasaba con mucho los límites aceptados por la ciencia. Era
una especie de atleta metafísico.
—¿Por qué lo hace? —pregunté, genuinamente
interesado—. Usted era sacerdote, un misionero jesuita. Y un buen día decidió
abandonarlo todo, cambiar completamente de vida. ¿Por qué?
Los ojos de Pallady chispearon divertidos. —No dejé
la Compañía de Jesús: ellos me expulsaron. Por aquel entonces yo era muy joven.
Llegué a la India y encontré toda la pobreza y dolor del mundo. Pero también un
tesoro de espiritualidad. A medida que me daba cuenta de que mi simple esfuerzo
no bastaba ni tan siquiera para aliviar un poco
de la miseria
humana que me
rodeaba, me fui volcando más en los aspectos
espirituales de aquella cultura antiquísima, y sin embargo tan nueva para mí.
Me reunía con maestros e iniciados, vestía
como ellos, aprendía de ellos. Mis superiores se
alarmaron:
«Arrepiéntete, Cezar. Estás comportándote como
un pagano», dijeron. Y
yo contesté: «¿Por
qué?
¿Acaso Dios es tan pequeño que sólo existe un
sendero para llegar a él? Dejadme recorrer mi propio camino.» Pero la Iglesia
quiere soldados, no francotiradores. Los jerarcas religiosos se ponen
muy nerviosos con
los místicos: los místicos son
independientes e impredecibles. Y difíciles de
controlar: al menor descuido se convierten en herejes. De modo que me echaron.
—Así que ésa es la razón. La búsqueda de
Dios. —Quizás al principio; luego ya no. Buscar a Dios es
como jugar al escondite con alguien que ni siquiera sabes si está ahí. No, no
es la divinidad el objeto de mi búsqueda. — Pallady reflexionó unos instantes—.
Los monj es bonpo del Tíbet hablan de un país llamado Shambhala, un misterioso
lugar del que dimana toda la fuerza espiritual del planeta y donde residen los Grandes
Iniciados. El problema es
que Shambhala no resulta fácil de encontrar.
Algunos dicen que se halla en el centro del desierto Takla Maklan, en China.
Otros afirman que se ubica en un valle
perdido de los
Himalayas, o al final de la ruta
santa del Bhadrinat, o en una inmensa gruta del altiplano mongol. Pero los
bonpo creen que, en realidad, Shambhala no se encuentra en el espacio físico
normal, sino en un territorio sutil que no puede ser percibido por los
sentidos. Un lugar inaccesible, salvo...
—Pallady pareció vacilar—. Salvo por el hecho
de que, ocasionalmente, se abren puertas que permiten el acceso.
Aunque, por lo visto, esas
puertas no
son fáciles de reconocer. —Suspiró—. En definitiva,
eso es lo que busco: una puerta que conduzca a Shambhala.
—¿Y usted cree en eso? —pregunté escéptico.
Pallady
sonrió con resignación, como si estuviese acostumbrado a
que sus palabras fueran acogidas con incredulidad.
—Muchas veces rechazamos ideas, no por los
conceptos que contienen, sino a causa de los términos en que están expresadas.
Los textos Tao chinos describieron, hace cientos de años, el
comportamiento cuántico y
relativista del universo. No
obstante, usted los
consideraría literatura mística. El Engrama
Bioeléctrico del que habla el profesor Tsatsos, ¿en qué se diferencia del aura?
O la zona Rátsel del cerebro, que coincide con la glándula pineal, a la que los
antiguos llamaban «la casa del alma». —Se encogió de hombros—. En contestación
a su pregunta: no, no creo que Shambhala tenga una existencia objetiva y
palpable. Pero sí creo que dentro de nosotros existe un Shambhala, y que es nuestro
deber recorrer el camino que conduce a él.
—Y piensa que la máquina de Kurt, el Excitador de
Engrama, puede ser un medio para
llegar a ese mágico
país,
¿no? —El ceño repentinamente fruncido del rumano me
indicó que había dado en el clavo. De modo que añadí—: Pero eso es hacer
trampa. Supongo que la perfección, la
santidad, o lo que
sea, sólo pueden conseguirse a través del esfuerzo. ¿O hay atajos para
Shambhala?
—A veces —murmuró Pallady, súbitamente abstraído—,
no es posible disponer del tiempo necesario para realizar adecuadamente el peregrinaje.
—Se puso en pie—. Ahora debo retirarme, doctor
Varnigal. Ha sido muy agradable charlar con usted. Buenas noches.
Mientras observaba a Pallady
desaparecer
dentro del hotel,
me pregunté si no me habría mostrado descortés con él. Cezar Pallady
parecía una buena persona y no pretendía incomodarle.
Apuré mi copa y pedí un nuevo whisky. Tenía que
darme prisa si quería emborracharme antes de que cerraran el bar.
Al día siguiente descubrí, para mi satisfacción,
que el equipo por fin había llegado y lo estaban instalando en la clínica. Esa
misma tarde comencé a explorar en profundidad el estado físico del Hombre
Dormido. Tomografía cerebral,
resonancia magnética,
termografía... Acogí con agradecimiento la reanudación
del trabajo, pensando que de ese modo lograría ahuyentar a
los fantasmas. Pero no fue así. Cada noche, como un torturador escrupuloso,
volvía a visitarme el mismo sueño devastador, la misma pesadilla. Cada noche
veía retorcerse el cuerpo muerto de Samuel, crispado por la electricidad del
desfibrilador. Cada noche
me despertaba roto de dolor y de pena. Y cada noche recurría a la burda
anestesia del alcohol, buscando, sino el alivio, al menos la insensibilidad.
Tardé casi
diez días en completar todas las
pruebas. Durante ese tiempo,
Cezar Pallady me visitó frecuentemente. A veces
venía acompañado por Kathy Austen, la tímida neurofisióloga americana.
Era tan evidente la admiración que Kathy sentía por
Pallady que empecé a entrever en ellos una relación que excedía lo simplemente
amistoso. No obstante, el rumano acostumbraba venir sólo. Entonces se quedaba
largo rato en silencio, observando al Hombre Dormido. Ignoro lo que veía en él,
pero de algún modo parecía obsesionarle. En ocasiones me hacía preguntas sobre
María Candelaria, intentando arrancarme cada recuerdo, cada detalle;
como si quisiera encontrarse con aquella niña colombiana
a través de mi
memoria.
Durante la segunda semana de julio, Pallady tuvo
que trasladarse a Heraklion para someterse a un reconocimiento médico completo.
El doctor Tsatsos había fijado ya la fecha en que se
usaría el Excitador de Engrama para amplificar el efecto
Rátsel en el
cerebro del rumano, y quería
asegurarse de que éste se encontraba en perfectas condiciones.
Al cabo de unos días, cuando volví a verle, encontré
a Pallady particularmente
silencioso. Parecía preocupado, pero cuando le pregunté, se
limitó
a sonreír y
a decirme que se
encontraba perfectamente.
Quizá aquélla fue la única mentira que aquel hombre
dijera en toda su vida. Poco después supe la verdad.
Una mañana, al llegar al hospital, encontré una
nota de Irene pidiéndome que, en cuanto
me fuera posible, acudiera al despacho de Tsatsos. Eso
hice, y allí les encontré esperándome, serios y circunspectos, como si alguna
catástrofe se hubiese abatido sobre el Centro.
—¿Qué
ocurre? —pregunté alarmado.
—Ha surgido un serio inconveniente
—dijo Irene—. No podemos usar el Excitador de
Engrama con Cezar Pallady.
—¿Por qué?
—Anoche llegaron los resultados de su examen médico
—repuso el profesor Tsatsos—. El señor Pallady padece la enfermedad de Hodgkin
en un grado muy desarrollado. Sólo le quedan unos meses de vida.
Me estremecí. La enfermedad de Hodgkin, o
linfosarcoma, es una de las formas mas graves de cáncer. No hay curación; es
mortal.
—¿Pallady lo sabía?
—Sí. Al parecer, durante unos
meses siguió un tratamiento de isótopos en París,
aunque luego lo dejó. —Irene chasqueó la lengua—. Pero no nos dijo nada.
Ignorábamos que estuviese enfermo.
—El caso —dijo Tsatsos— es que no podemos
arriesgarnos a trabajar con Pallady.
No en su
estado. Y buscar ahora otro yogui capaz de autoprovocar
actividad R en su cerebro... bueno, eso retrasaría inaceptablemente el
proyecto. Por tanto, sólo nos queda recurrir al Hombre Dormido.
—Juan —intervino Irene—, necesitamos saber si Rip
está en condiciones de experimentar los efectos
del Excitador de Engrama.
Me agité, confuso, sobre la silla. La noticia de la
enfermedad de Pallady me había afectado. Quizá demasiado para tratarse de
alguien casi desconocido para mí.
—Todavía no he concluido las pruebas. —Sacudí la
cabeza—. Sigo ignorando lo que le sucede al Hombre Dormido. Y tampoco sé lo que
pasaría si se expusiese a los campos magnéticos generados por esa máquina...
—El Excitador de Engrama usa potenciales muy bajos
—me interrumpió Tsatsos—. Rip recibirá mucha menos radiación que si
estuviera frente a un
televisor.
Era cierto. Pero la máquina de Kur no trabajaba
directamente sobre el cuerpo, sino sobre los campos bioeléctricos generados por
el sistema nervioso, y eso lo situaba todo en un lugar un tanto espectral. En
el peor de los casos, ¿era inofensivo el Excitador? Quién sabe...
—Juan —dijo Irene—, ¿cuál es el estado físico de
Rip?
—Se encuentra bien —me vi obligado a reconocer—.
Incluso demasiado bien. Pese a llevar diez años en la cama, es una de las
personas más sanas que he visto.
Irene
asintió en silencio.
Meditó unos segundos.
—Hoy es martes —dijo—. Si para el fin de semana no
has encontrado en Rip nada que impida llevar a cabo la experiencia, el próximo
lunes usaremos con él el Excitador de Engrama. ¿De acuerdo?
Irene me miró con una expresión entre severa y
preocupada, que en realidad quería decir: «Esto es serio, Juan. Confío en ti.»
De modo que vacilé un instante y luego asentí. ¿Qué
más podía hacer?
Aquella
noche, en la
terraza del hotel, mientras
desgranaba la primera
cuenta de mi particular rosario alcohólico, vino a
verme Cezar Pallady. No supe qué
decirle: me quedé mirándole confuso, consiguiendo apenas
balbucear un torpe saludo. Pero el rumano pasó por alto mi turbación. El
apretón de su mano vino acompañado de una cálida sonrisa.
—Sólo quiero despedirme, doctor Varnigal. Mañana
por la tarde volaré a Atenas, y de allí a Delhi. Pronto estaré con mi familia.
—Pallady parecía feliz y satisfecho—. También quería darle una cosa, doctor.
—Sacó algo de su bolsillo y me lo mostró: era una vieja moneda de su país—.
Verá, cuando escapé con mi
familia de Rumania tenía nueve años. Mientras
huíamos hacia la frontera yo estaba
muy nervioso. Para tranquilizarme, mi padre me dio esta
moneda de diez
leus y me
dijo que podría comprarme lo que
quisiera. Recuerdo que durante todo el viaje me aferraba a la moneda y no
paraba de pensar en lo que
podría adquirir con ella. —Sonrió—. Pero nunca la usé. No
compré nada, porque si lo hubiera hecho me habría quedado sin la moneda, y al
perder ésta también hubiera perdido la ilusión. De modo que se convirtió en una
especie de talismán para mí. —Sus rasgos
adquirieron una repentina
seriedad—. Tengo la impresión, doctor, de que es
usted un hombre muy atormentado. Quizá necesite de esta moneda más
que yo. —Depositó
el disco metálico sobre el mármol de la mesa—. Espero que le proporcione
al menos la misma tranquilidad que a mí me brindó hace tantos años. —Respiró
profundamente—. No le entretengo más, doctor. —Nos despedimos con un breve
apretón de manos. Antes de irse, Pallady añadió—: Recuerde la magia de la
moneda, doctor Varnigal.
No la malgaste.
El rumano se alejó. Antes de entrar en el
hotel elevó la mirada al
cielo
estrellado y contempló la luna durante unos
segundos. Había alegría en sus ojos cuando, finalmente, entró en el edificio.
Di un trago de whisky y observé la moneda que
descansaba sobre la mesa. Era de plata. Estaba fechada en 1931 y mostraba el
perfil hierático del
rey Carlos II de
Rumania. Tendí la mano para cogerla y... supongo que fue mi
imaginación, pero justo en el momento en que
mis dedos tocaron la
moneda sentí algo así como una suave corriente eléctrica y noté una
extraña relajación, un dulce dejarse
ir, como cuando estamos a punto de adormecernos y el
cuerpo parece mecerse
en un mar
calmado.
No bebí más. Subí a la habitación y, para mi
sorpresa, me dormí enseguida. Quizá se debiera a que en mi mano cerrada, muy
prieta, mantenía sujeta la moneda de Pallady. ¿Superstición? Es posible; pero
aquella noche no vi morir a mi hijo Samuel, Las pesadillas habían cesado.
Y sin embargo, soñé otra vez con el Hombre Dormido:
yo estaba de nuevo en la vieja biblioteca, esta vez junto a la puerta de madera
labrada. El Hombre Dormido se encontraba a mi lado. Negaba resignado con la
cabeza y me decía: «Te lo advertí, Juan. Pero tú te
has empeñado en cruzar el portal.» Y entonces yo
llevaba la mano al pomo de bronce (que estaba muy caliente), y comenzaba a
abrir la puerta, y por la rendija se filtraba un resplandor sobrenatural...
No recuerdo cómo terminaba el sueño, pero si sé que
lo que se ocultaba detrás de aquella puerta, fuera lo que fuese, me produjo una
gran inquietud.
Cierto
día, el Viajero
llegó a un lugar llamado Lascivia. Se trataba de un
inmenso jardín renacentista, con templetes griegos (dedicados a Príapo y
Afrodita, a Eros y Narciso), y ocultos pabellones
que permitían saciar con discreción el ansia de amor.
Aunque, a decir verdad, quienes moraban en Lascivia
no eran nada discretos: los hombres estaban dotados de inmensos falos siempre
en erección; las mujeres, por su parte, tenían grandes pechos y amplias
caderas. Y todos, hombres y mujeres, vivían desnudos, entregados tenazmente a
las prácticas sexuales más variadas.
De
hecho, mientras cruzaba Lascivia, el Viajero fue acosado por
una multitud excitada que pretendía hacerle partícipe de sus juegos eróticos.
Así que
se vio forzado a un constante rechazo de las
proposiciones más delirantes que imaginarse puedan. Y sin embargo, mientras el
Viajero rehusaba caricias y abrazos,
no dejaba de
preguntar:
«¿Alguien sabe cómo puedo encontrar al Hombre
Dormido?» Pero en respuesta sólo obtenía palabras procaces e invitaciones
libidinosas.
Finalmente, cuando
estaba a punto de abandonar Lascivia, alguien se cruzó
en su camino. Era una hermosa mujer de pechos inconcebibles.
—¿Eres tú el viajero que busca al
Hombre Dormido?
—Sí.
—Pues alguien te busca a ti.
—¿Alguien me busca... ? ¿ Quién?
—Una muchacha, ignoro su nombre.
—La mujer comenzó a frotarse los pezones—. Yo antes
vivía en Virtud, pero era un latazo. Así que decidí
trasladarme a Lascivia. Por el camino pasé por un lugar llamado el Desierto de
la Luna. Allí encontré a una chica que me
preguntó por ti.
Eso es todo.
¿Quieres que follemos?
—No, gracias —rehusó el Viajero
—. Otro día.
Mientras dejaba atrás Lascivia, el Viajero se
preguntaba quién podría ser la muchacha que le andaba buscando. Al
llegar a la primera bifurcación del sendero, se
detuvo. Como siempre, la ciudad
resplandecía lejana hacia
el oeste. Pero el Viajero sabía que el camino que se iniciaba a su
izquierda, hacia el sur, conducía al Desierto de la Luna. Dudó
unos instantes. Luego suspiró.
«En fin» pensó, «la ciudad ha existido siempre y
continuará existiendo mientras exista el horizonte. Puedo dar un rodeo, no hay
prisa».
Y, con paso
decidido, tomó el camino del sur, hacia el Desierto de la
Luna.
Al día siguiente encontré al Centro de
Investigaciones del Sueño sumido en la confusión y el abatimiento. Una de las
enfermeras me contó que Cezar Pallady había sufrido un accidente y le habían
trasladado con urgencia al hospital de Heraklion. Corrí en busca de Irene. La
hallé en su despacho; tenía el rostro contraído por la preocupación y el
enfado.
—Cezar Pallady —dijo con voz tensa—. Ese loco entró
anoche en el laboratorio y usó consigo mismo el Excitador de Engrama.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Sufrió un colapso. Le encontraron
esta mañana inconsciente en el laboratorio.
Constantin lo ha llevado al hospital.
—Dios...
—murmuré. Notaba el loco tamborileo de mi corazón en el
pecho—. ¿No decías que el Excitador era
inofensivo...?
—¡Por favor, Juan! —estalló Irene
—. ¡No me vengas ahora con más problemas! —Respiró
hondo—. Perdóname... En cualquier caso,
recuerda que ese
hombre estaba enfermo. El
Excitador de Engrama no tiene por qué haber sido la causa de...
—Sacudió
la cabeza—. Escucha: Pallady entró a hurtadillas en el
Centro,
forzó
un par de
puertas, se puso nervioso, su corazón se aceleró y
sufrió un colapso. Eso es todo.
Cerré los ojos y me froté las sienes.
¿Pallady el mentalista poniéndose nervioso?
¿Pallady el yogui descontrolando su corazón? Irene no podía estar hablando en
serio. Sentí que un gran cansancio se apoderaba de mí.
—¿Cómo se encuentra? —pregunté con un murmullo.
—Lo ignoro. Constantin me llamará en cuanto
sepa algo. —Irene
se incorporó y logró componer una sonrisa
—. Anda, Juan, sé bueno y vuelve al trabajo. Te
mantendré informado, ¿de
acuerdo?
Asentí y volví a la clínica. Pasé todo el día
ocupado con el
análisis informático de las últimas pruebas realizadas al
Hombre Dormido. Me sentía anímicamente agotado, exhausto. A
última hora Irene me comunicó que Pallady estaba fuera de peligro, aunque
todavía permanecía inconsciente. No era posible visitarle. Pero Kathy Austen
había insistido en quedarse en el hospital.
Ella nos tendría al tanto de cualquier eventualidad.
Los días siguientes transcurrieron de forma vaga,
como diapositivas proyectadas contra una pared, sin dejar
más rastro de su paso que una huella imprecisa en
la memoria. A
decir verdad, estaba deseando acabar con aquel asunto
de una vez
por todas. Quería volver a Madrid
y olvidarme de todo. Aunque lo cierto es que tampoco esperaba nada del futuro.
Me sentía vacío.
El
viernes por la
tarde se presentaron en la
clínica Irene y el profesor Tsatsos.
—¿Y bien, doctor Varnigal? —dijo Tsatsos,
dedicándome su más severa expresión—. ¿Concluyeron las pruebas?
¿Tiene algún dictamen que ofrecernos?
—¿Un dictamen...? —Qué
pretenciosa palabra. No pude evitar sonreír—. No,
no tengo ningún dictamen. Nuestro amigo
Rip goza de una salud de hierro. ¿Por qué duerme
constantemente? —Me encogí de hombros—. No tengo ni la menor idea.
Probablemente esa extraña actividad en su cerebro, el efecto Rátsel, tenga que
ver con su estado. Pero desconozco cuál es la relación.
—Escucha, Juan —intervino Irene Percibí la
ansiedad agazapándose tras los ojos de mi amiga—. ¿Rip está en
condiciones de someterse al Excitador de
Engrama?
—Santo cielo, Irene, ¿y yo qué sé?
En realidad ignoro cómo funciona esa máquina. Y
también ignoro la naturaleza de sus efectos. —De nuevo me encogí de hombros—.
Aparentemente, podéis usar esa máquina en Rip tanto como en cualquier otra
persona sana. No puedo deciros más.
El profesor Tsatsos asintió gravemente.
—En tal caso, a mediodía del lunes se procederá al
traslado de Rip al Laboratorio del Sueño. A las ocho de la tarde usaremos el
Excitador para amplificar el efecto
Rátsel en su cerebro.
Tsatsos se despidió con una
inclinación de cabeza y abandonó la clínica. Irene
se acercó y me besó en la mejilla.
—Gracias por colaborar —dijo—. Sabía que podía
confiar en ti.
Algo en su agradecimiento dejaba en mi boca un regusto amargo. De modo que la sujeté
suavemente por los brazos y pregunté:
—¿Estás segura de saber lo que haces?
—Completamente segura. —Irene sonrió y, como una
madre orgullosa, me acarició el pelo. Luego añadió—: No te preocupes, Juan.
Todo está bajo control.
Pasé el fin
de semana en
Frango
Castello, un solitario pueblo situado al sur de la
isla. Jugué a ser uno más de los ya numerosos turistas que acudían a Creta. Me
tumbé en la playa de arena fina y dorada, comí psarósupa y musaka en el restaurante local, bebí retsina y ouzo mientras escuchaba
prehistóricas canciones de Mikis Theodorakis en el viejo tocadiscos de la
taberna, al pie de la fortaleza veneciana. Quería evadirme, olvidar la muerte
de Samuel, el fracaso de mi matrimonio, la inutilidad de mi trabajo, el
sinsentido de mi vida. No deseaba pensar en Pallady, inconsciente en un
hospital, ni en el Hombre Dormido, ni en el efecto Rátsel, ni en
la
máquina de Kurt.
Tenía ganas de encogerme, de hacerme un ovillo, y
ocultarme debajo de una manta cálida y segura, como cuando era un niño y algo
me asustaba. Sencillamente, quería estar tranquilo. Sólo eso, tranquilo... No
lo conseguí.
El lunes me presenté a primera hora en el
Centro. Por lo visto, Tsatsos quería que el Hombre Dormido se
encontrara completamente monitorizado durante el experimento, así que un
pequeño ejército de técnicos y trabajadores estaban desmontando parte del
equipo de la clínica para llevarlo al Laboratorio del Sueño. Pasé la mañana
colaborando con ellos en lo que pude. Después de
comer me dispuse a realizar un último reconocimiento al Hombre Dormido. Tomé su
tensión, su temperatura y comprobé sus reflejos. Observé las curvas regulares
de su electrocardiograma, la firmeza de sus constantes vitales, el ajetreo
caótico de su actividad cerebral. Contemplé el misterioso trazado de la onda R,
el enigma, el Leviatán que el profesor Tsatsos perseguía como un nuevo y
tecnológico capitán Acab. Me aproximé al Hombre Dormido y escruté su rostro estático.
«¿Quién eres?—pensé—. ¿Por qué
no
deseas despertar? ¿En qué extraño lugar se ha extraviado tu mente?»
Me sobresaltó el ruido de la puerta al abrirse. Una
enfermera asomó tímidamente la cabeza y me comunicó que tenía una llamada
telefónica.
Era Kathy Austen desde el hospital. Dijo que Cezar
Pallady se había recuperado del coma, que estaba consciente y quería hablar
conmigo. Le contesté que en ese momento no podía dejar el trabajo, pero que por
la noche iría al hospital.
—¡No doctor! —A través del auricular percibía su
respiración agitada
—. ¡Tiene que hablar con él! ¡Es muy
importante! ¡Por favor, por favor, venga ahora
mismo...!
Y comenzó a llorar. Respiré hondo y consulté el
reloj: si me daba prisa podía estar de vuelta a las siete y media. Así que le
dije a Kathy que se tranquilizara, que
en ese mismo instante
salía para allá.
Me quité la bata y le comuniqué a la jefa de
enfermeras que iba a estar fuera un par de horas y que fuesen preparando al
Hombre Dormido para su traslado al Laboratorio. Pedí prestado un coche en las
oficinas del Centro y partí a toda velocidad hacia Heraklion. Tres cuartos de
hora más tarde cruzaba las puertas
del Hospital General.
Kathy me estaba esperando en el pasillo, frente a
la habitación que ocupaba Pallady. Tenía las mejillas pálidas, y las gafas
apenas lograban ocultar sus ojos
enrojecidos por el llanto.
—Gracias por venir, doctor. —Su voz era débil—.
Cezar sigue despierto. Pero antes de que le vea tengo que advertirle de algo...
—Tranquila. Procuraré no excitarle.
—No, no es eso. —Kathy dudó un segundo—. Es sobre
el estado físico de Cezar... Su tumor ha desaparecido. Ya no tiene cáncer.
—¡¿Qué?! —Parpadeé—. Eso es imposible...
—Lo sé. Pero han repetido la analítica dos veces, y
no cabe la menor duda: el linfosarcoma ya no existe. —Su cara se ilumino—.
¡Cezar no va a morir!
—Respiró hondo—. Ahora hable con él, doctor. Le
está aguardando.
Pallady
se hallaba tumbado
sobre una cromada cama de hospital. A su derecha, un frasco de suero se
vertía lentamente, gota a gota, en el riego sanguíneo del rumano. A la
izquierda, un silencioso monitor recogía
sus constantes vitales. Me
acerqué con sigilo. Pero debí de
hacer algún ruido,
porque
Pallady abrió los
ojos y me dirigió una frágil sonrisa.
—Buenas tarde, doctor Varnigal. — Su voz era
débil—. Me alegro de verle; quería hablar con usted...
—¿Cómo se encuentra?
—Bien, bien. No... fatal. Pero sobreviviré; al
parecer incluso más de lo que yo esperaba. —Cerró los ojos—. Kathy me ha dicho
que Tsatsos piensa usar esta tarde el Excitador de Engrama con el Hombre
Dormido. ¿Es así? — Asentí. Pallady tragó saliva; luego me miró fijamente a los
ojos—. Tiene que impedirlo, doctor.
—No
puedo hacerlo. No
sin una
buena razón.
—Hay razones... Pueden ocurrir cosas insospechadas.
—Pallady intentó buscar las palabras adecuadas—. Si se estimula el efecto
Rátsel en el cerebro del Hombre Dormido los resultados serán... imprevisibles.
Oh, por favor, amigo mío, ni yo mismo sé lo que puede ocurrir. Pero sea lo que
sea, no habrá forma de controlarlo.
—Vamos, vamos. Ha pasado cinco días en coma. Su
imaginación le está gastando una broma. No hay nada que temer, tranquilícese.
—Estoy tranquilo. No debería estarlo, pero lo estoy; ventajas de mi
entrenamiento. —Me miró con tristeza e impotencia—.
No es mi imaginación, doctor. Pero ¿cómo hacérselo entender?
—Permaneció
casi un minuto
en silencio, con los ojos cerrados. Cuando volvió a hablar su voz era opaca—.
La meta de un yogui, aquello por lo que se esfuerza, es alcanzar el
conocimiento; comprender, sin usar la razón, la naturaleza de las cosas. En
definitiva, lo que todo yogui persigue es consumar una gran experiencia
mística. —Suspiró—. Por desgracia, yo
nunca lo he conseguido. Y cuando supe que sólo me
quedaban unos meses de vida, supe también que ya nunca lo conseguiría. Por
eso, en el momento en que el profesor Tsatsos me
explicó la naturaleza del proyecto Engrama, acepté colaborar. Pensaba que
quizás el Excitador pudiera estimular de algún modo mi espíritu, catalizar mi
evolución, pero... Luego, al conocerse mis problemas de salud, fui apartado del
proyecto. Me sentí como Moisés, contemplando la Tierra Prometida, pero sin
poder entrar en ella. Ésa es la razón que me llevó a introducirme como un
ladrón en el Laboratorio del Sueño. Por eso usé conmigo mismo
el Excitador de Engrama. —Pallady se incorporó débilmente
y cogió mi brazo—. Y estuve
allí, doctor. Rasgué el velo y entré en
Shambhala.
—Tiene que descansar, Cezar. —Le obligué con
suavidad a recostarse de nuevo sobre la almohada—. Será mejor que me vaya.
—Por favor, Juan, escuche hasta el final. —Había
tanta ansiedad en su voz que me vi obligado a asentir. Pallady respiró
profundamente y prosiguió—: Shambhala no es una metáfora. Shambhala existe,
aunque tampoco es un territorio, en el sentido en que concebimos esa palabra.
No, ese lugar es algo así como un espacio onírico, una zona espectral que nos
rodea, pero que
no se mezcla
con nuestro mundo.
¿Comprende, doctor? Y el efecto Rátsel es el
camino a Shambhala.
Pero entonces, ¿quién es
el Hombre Dormido? Su mente sólo
tiene actividad R. Porque el Hombre Dormido vive en ese lugar. —Pallady tenía
la boca seca; le ayudé a beber un sorbo de agua—. Pero Rip
es algo más
—continuó—. Creo que es una puerta a Shambhala. Y si se emplea el
Excitador para estimular el área Rátsel del Hombre Dormido, la puerta se
abrirá. Por eso es necesario impedir la experiencia de esta tarde. Porque la
humanidad todavía no está preparado para Shambhala. —Dejó de
hablar y me miró fijamente. Luego bajó los ojos
y suspiró—. No
me cree, doctor. De nuevo las
palabras se convierten en obstáculos.
—Sí, Cezar; le creo —mentí—. Pero ahora debe
descansar.
—Un momento.
Déjeme contárselo de otra forma.
—Meditó unos instantes
—. ¿Conoce la teoría cuántica? ¿La
interpretación de Copenhague,
el teorema de Bell, la hipótesis de Wigner...? —Negué lentamente con la cabeza—.
Entonces intentaré explicárselo. La teoría
cuántica establece que, por lo menos a nivel subatómico, existe una
relación causal
entre el observador y los sucesos que observa. Es
decir que, de
alguna manera, el observador modifica la realidad. Pero algunos
científicos, como Schródinger o DeWitt, van más lejos y sugieren que la realidad misma no es algo definido, sino un
estado fantasmal que sólo se vuelve concreto, en un sentido u otro, cuando es
percibido por un observador. El observador hace posible la realidad, pero
también puede alterarla. No obstante...
— Pallady paseó la mirada por la
habitación, como si quisiera atrapar
las palabras en el aire — . No obstante, es posible que
existan distintos niveles de percepción,
estados
de observación más elevados que otros. Quizá la actividad
encefálica R, el efecto Rátsel, no sea más que el despertar de la conciencia a
un estado superior de observación. — Se humedeció los labios con la lengua — .
En tal caso, el Hombre Dormido sería algo así como un observador independiente,
capaz de crear en su cerebro una realidad coherente, pero diametralmente distinta
a la nuestra. Sólo en su mente, pero ¿qué ocurrirá
si el Excitador de Engrama amplifica el estado de observación del Hombre
Dormido? ¿Aumentará eso su capacidad de modificar la realidad? En tal caso, el
Hombre Dormido extendería su versión del universo,
su realidad, más allá de los límites de su mente. ¿Puede entenderlo, doctor?
Y si lo
entiende,
¿puede aceptarlo?
Suspiré. De nuevo me sentía muy cansado.
—Cezar —dije— , aunque le entendiera, aunque le
creyera, yo no puedo ir al Laboratorio del Sueño y decirles: «Eh,
abandonadlo todo. Pallady y yo
hemos estado charlando un rato y creemos que hay aspectos cuánticos, mágicos y
místicos que no habéis considerado.» —Me encogí de hombros— . Aún en el caso de
que usted
tuviera razón, necesitaría pruebas para de
mostrarlo.
Pallady recorrió con la mirada los blancos campos
de algodón que eran sus sábanas. Unos segundos después, súbitamente, sus ojos
se iluminaron.
—¡Pero existe esa prueba! —
exclamó— . ¡El vídeo!
—¿Qué vídeo?
—Cuando usé el Excitador de Engrama en el
Laboratorio del Sueño puse en funcionamiento el sistema de televisión en
circuito cerrado. Toda la experiencia está grabada. —Cogió mi mano con
insospechada energía—. Vuelva al Centro, doctor, y vea esa cinta
de vídeo. Si no observa en ella nada anormal... de
acuerdo, admitiré que todo ha sido fruto de mi imaginación. Pero si contempla
algo que no puede explicar... entonces, por favor doctor Varnigal, impida que
lleven a cabo
el experimento.
Bueno, aquello tenía cierta lógica.
—De acuerdo —acepté—. Haré lo que usted dice. Pero
ahora descanse.
Pallady sonrió
agradecido y cerró los ojos. Yo
me dirigí hacia la puerta. Estaba a
punto de abrirla cuando escuché
de nuevo su voz.
—Tenía usted razón, doctor. No hay atajos para
Shambhala. Yo crucé sus
puertas sin merecerlo, y fui inmediatamente
expulsado. Pero créame, durante el poco tiempo que pasé en ese lugar percibí
con toda claridad una presencia velada. —Hizo una pausa—. Estaba allí, doctor.
El Hombre Dormido estaba allí...
Llegué al Centro a las siete y veinte. Durante todo
el camino me había estado martilleando
la misma pregunta:
¿por qué Irene me ocultó que el «accidente» de Pallady estaba grabado en
vídeo?
El Laboratorio del Sueño era un hervidero de
actividad. Habían introducido el Excitador de Engrama dentro del Gabinete de
Morreo y ahora
estaban acomodando al Hombre Dormido en el interior de la máquina.
Kurt silbaba desafinadamente mientras comprobaba las lecturas de los
indicadores. El profesor
Tsatsos, rodeado de su habitual cohorte de colaboradores, se
ocupaba de supervisar la
monitorización, al tiempo que impartía órdenes en tono autoritario. Las
pantallas de los televisores ofrecían la imagen multiplicada del Hombre
Dormido.
Busqué con la mirada por entre el bullir de los
técnicos y distinguí a Irene al otro extremo del Laboratorio. Ella también me
vio: enarcó una ceja y se
aproximó con gesto adusto.
—Hacías falta aquí —dijo al llegar a mi altura—.
Constantin quería que te ocuparas de vigilar la monitorización de Rip. ¿Dónde
demonios te has metido?
—En Heraklion. Pallady ha salido del coma y deseaba
hablar conmigo.
—¿Pallady está consciente? ¿Y habéis hablado...?
—Irene se puso tensa, en estado de alerta; entonces supe a ciencia cierta que
me estaba ocultando algo—. ¿Qué te ha dicho?
—Ha dicho que grabó en vídeo su experiencia con el
Excitador.
—Está confundido. —Simuló una sonrisa—. No
había ninguna cinta
de
vídeo.
Miré a Irene fijamente. Casi no la reconocía;
aquella mujer manipuladora no podía ser la doctora honesta y luchadora que
conocí en Sudamérica.
—No me mientas, por favor. —Mi voz era hielo—.
Quiero ver ése vídeo.
Irene parpadeó y tragó saliva. Miró nerviosamente
en derredor y luego se volvió hacia mí.
—Este
no es lugar
para hablar. Vamos a otro sitio.
Salimos del Laboratorio y nos dirigimos en silencio al pequeño
edificio que albergaba
la zona administrativa del
Centro. Entramos en el despacho de Irene. Yo
permanecí de pie, ella se apoyó en el borde del
escritorio.
—No
sabes de qué
va todo esto, Juan. —De nuevo Irene intentaba
mostrarse maternal—. No
comprendes la importancia de este proyecto.
—¿Ah, no? Pues explícamelo. Pero antes veamos la
grabación.
—¡Basta ya! —Ahora me brindaba su lado
autoritario—. Ese vídeo es material confidencial perteneciente a la Stütze
Arzt. De modo que olvídate de él.
Respiré profundamente mientras contaba mentalmente
hasta diez. Cuando hablé, conseguí que mi voz sonara calmada.
—Escúchame
bien, Irene, porque sólo te lo voy a decir una vez. Si no
consigo ver ese
vídeo, comenzaré a hacer
llamadas telefónicas. Todavía tengo amigos en la OMS, de modo que
puedo montar un buen escándalo. Luego iré
a los periódicos
y echaré tanta mierda
encima del Centro
que Auschwitz parecerá a vuestro lado un campamento de verano. Os
acusaré de experimentar ilegalmente con seres humanos, de realizar prácticas
médicas de riesgo y de atentar contra la deontología profesional. Eso para
empezar.
Irene boqueó, como si le faltara el
aire necesario para hablar. Su rígida fachada se
vino abajo. Dejó caer la mirada y, de pronto, por detrás del maquillaje y de la
ropa impecable, se transparentó la mujer
envejecida, cansada y vulnerable.
—Tú no puedes entenderlo, Juan — dijo con un
murmullo—. El trabajo es mi vida. ¿Sabes lo que significa para mí este
proyecto? Es la oportunidad de llegar a la cima, la diferencia entre triunfar o
no ser nada. —Me miró suplicante—. Te lo voy a contar, ¿de acuerdo? El
Excitador es algo más que un somnífero electrónico. ¡Esa máquina cura a la
gente! ¿Entiendes? Sabíamos
que el cerebro
tiene la capacidad
de sanar al cuerpo, pero ignorábamos cómo lo hacía. Ahora lo hemos
descubierto: se trata del efecto Rátsel en la zona pineal del cerebro.
¿Comprendes la necesidad de mantenerlo todo en secreto? Descubrimos que
el Excitador estimulaba la
zona sanadora del encéfalo y curaba instantáneamente
ciertas enfermedades: gripe, alergias, estrés... ¿Te das cuenta de la magnitud
de este hallazgo?
—Claro que me doy cuenta —asentí, cada vez más
asqueado—. Tu preciosa máquina ha hecho que se esfumase el tumor de Pallady.
—¡Dios mío...! —Sus ojos brillaron de asombro y
júbilo—. ¿El Excitador puede curar el cáncer...?
—Maravilloso, ¿verdad? Ahora dame esa cinta.
—Juan, te lo ruego, fíate de mí.
La sujeté por los brazos y acerqué mi cara a la
suya.
—Irene, entre nosotros hay una vieja amistad,
¿verdad? Confiamos el uno en el otro, nos respetamos. Por eso te lo pido como
amigo, sin engaños ni amenazas:
déjame ver esa
grabación, por favor. Es importante.
Irene rehuyó mis ojos. Encajó la mandíbula y
durante largos segundos
pareció luchar consigo misma.
Finalmente asintió y
se dirigió a la
pequeña caja fuerte que había detrás del escritorio. Marcó la combinación y
abrió la puerta. Sacó una cinta VHS si etiquetar. Mientras
me la ofrecía
sus labios estaban contraídos, apretados el uno contra el otro,
convirtiendo su boca en una cicatriz pálida.
En el despacho había un equipo reproductor de
vídeo. Introduje la cinta en el magnetoscopio y oprimí la tecla de puesta en
marcha. El monitor parpadeó al encenderse; la pantalla ganó luminosidad hasta
mostrar un plano general de Cezar Pallady tumbado en el
interior del Excitador de Engrama. La máquina emitía
un débil zumbido. Pallady permanecía
inmóvil, con los ojos cerrados. De no ser por el titileo
de los pilotos hubiese parecido una escena congelada.
—El incidente se produce mucho después —dijo Irene
con voz átona—. Adelanta la cinta hasta la posición tres mil ciento veinte.
Hice lo que me decía. La imagen de la pantalla no
pareció sufrir cambio alguno.
Transcurrieron unos segundos
y...
... y, de
pronto, observé que
una luminiscencia
fosforescente rodeaba a
Pallady. Contuve el aliento. Pequeños glóbulos
luminosos comenzaron a recorrer el cuerpo
del rumano, bañándolo con un
resplandor lechoso. El altavoz me trajo el sonido de un intenso crepitar
eléctrico.
Súbitamente, Pallady se elevó por encima de la
máquina y flotó en el aire, todavía
dormido, con la
piel centelleante de luz y...
... y entonces dejó de estar allí, se esfumó,
desapareció igual que una gota de lluvia en el suelo seco del desierto.
Un escalofrío me recorrió la espalda mientras contemplaba
aturdido la imagen del
ahora solitario Excitador.
Me aproximé al televisor y conté interiormente los
segundos: ciento uno, ciento dos, ciento tres... Cuando llegué al ciento doce
un relámpago cegador llevó a blanco la pantalla. Luego la imagen recuperó la
nitidez y mostró el cuerpo desmadejado de Cezar Pallady, inconsciente sobre
la máquina prodigiosa de la
Stütze Arzt.
—¡Dios...! ¿Qué es esto...? —
murmuré.
—Todavía no lo entendemos completamente —dijo Irene
con voz implorante—. Pero podemos controlarlo...
Me
incorporé y la
miré con ojos
incrédulos.
—¿Qué vosotros podéis controlar eso...? ¡Por favor!
¡No tenéis ni puñetera idea de las fuerzas que estáis desencadenando! Por amor
de Dios, Irene: Pallady sólo podía provocar el efecto Rátsel durante unos
segundos. — Señalé el vídeo—. ¡Y mira lo que pasó! Pero el
Hombre Dormido es
distinto
¿no te das
cuenta? Es el
campeón mundial del efecto Rátsel, ¿y tú me dices que cuando se estimule
la actividad R de su cerebro vais a poder controlar lo que ocurra? ¿Es eso lo
que quieres hacerme creer?
Irene estaba al borde del llanto.
—Esto es... es muy importante... —
musitó.
—Sí que lo es —asentí—. Por eso hay que impedir que
el experimento siga adelante.
Consulté el reloj: eran las ocho en punto. Abandoné
el despacho dando un portazo. Irene me siguió, suplicándome que no hiciera una
locura, que confiara en ella, que no echara por los suelos su carrera. La
ignoré. Salimos al exterior; el sol era una esfera naranja sobre el horizonte.
Hacía calor. Me dirigí con paso vivo hacia el laboratorio. Ella corrió detrás
de mí. Cuando estaba a punto de abrir la puerta, Irene me sujetó
por el brazo.
—¡Juan, por favor, por favor, no intervengas!
Me desprendí de su mano y abrí la puerta del
Laboratorio del Sueño.
Entonces Irene gritó, y yo contemplé aturdido su cara
transida de terror,
y miré al interior del laboratorio.
Pero el laboratorio había dejado de existir.
Estábamos en un bosque de árboles secos y pelados.
Era de noche. Había una inmensa luna llena en el cielo, pero oscuras nubes la
velaban. El lejano y pausado tañido de
una campana arrullaba el
silencio sobrecogedor de
aquel lugar fantasmal.
Y entonces le vi.
Era el Hombre Dormido, levitando desnudo en el
centro de un claro del bosque, los brazos en cruz y la cabeza yacente sobre
el pecho, como
un
«descendimiento» de van der Weyden. Los monitores
de televisión flotaban en el aire, formando un círculo perfecto en torno a él.
Cada pantalla mostraba un primer plano de su rostro apacible.
Busqué a Irene con la mirada, pero había
desaparecido. Me pregunté dónde estaría. También me pregunté dónde podrían hallarse
el profesor Tsatsos, Kurt y los demás técnicos. Pero,
sobre
todo, me pregunté en qué lugar alucinado me
encontraba yo.
Un resplandor me cegó. El Hombre Dormido,
desprendiendo luz como un arco voltaico, ascendió veloz por el aire para
perderse de vista unos instantes después. De pronto, el firmamento se convirtió
en la desmesurada pantalla reticulada de un oscilógrafo, y una línea verde serpenteó
como un látigo celestial, trazando el familiar perfil
de la onda R.
Entonces llegó el viento. Era un huracán devastador,
una galerna. Un feroz tornado que me impelía con
violencia, amenazando con arrastrarme.
Intenté en vano encontrar asidero. Caí al suelo y
me golpeé la espalda contra un árbol. Rodé sobre mí mismo.
Noté
algo frío en
la mano y me
aferré a ello. El viento se calmó instantáneamente.
Seguía siendo de noche, pero ya no estaba en el
bosque. Me encontraba en un páramo desierto, bajo un cielo sin luna cuajado dé
estrellas. Miré lo que tenía en la mano: era la moneda rumana. La giré entre
los dedos y me devolvió un guiño de plata.
—Hola, doctor. —Me di la vuelta y vi que un monitor
de televisión flotaba frente a mí.
En la pantalla
estaba el
rostro apacible de Cezar Pallady. El rumano sonreía
con tristeza—. Por fin lo han hecho, ¿verdad? Estamos en Shambhala. —No parece
real —dije—. Es como un sueño. —Sí. El reino de los sueños... —¿Cómo podemos
salir de aquí?
—No podemos. No hay ningún sitio adonde ir. El
mundo que conocíamos ya no existe. Ha sido sustituido por éste.
—Pero antes me encontraba en un bosque, y ahora
estamos en un desierto... es desconcertante.
—Tendrás que acostumbrarte. Shambhala es un
calidoscopio.
—¿Y ahora? —Respiré hondo.
Debería estar aterrorizado, pero no era así; en
realidad, me sentía más calmado que nunca—. ¿Qué se supone que debo hacer,
Cezar?
—Shambhala no es un lugar, son millones de lugares.
—La pantalla del monitor se llenó de estática. El altavoz crepitó—. Seguro que
hay un sitio para ti, doctor. Pero debes encontrar el camino.
Pallady me guiñó un ojo, y luego, como un eco
perdido, su imagen de cristal se disolvió en la nada. El monitor se apagó. Me
quedé solo en la aridez del páramo.
«Bueno —pensé tras un rato de
reflexión—. Más vale que me ponga en marcha.»
Y comencé a andar.
El Desierto de la Luna era, quizás el lugar más
hermoso de Shambhala. Una inmensa extensión de dunas y rocas, eternamente
bañadas por la luz plateada de una, luna mágica.
La noche era perpetua en el desierto, una noche
cálida y tranquila, llena de paz y misterio. Una noche que acogía en su seno a
los espíritus cansados, a las almas
alejadas del fragor
de las pasiones. Una
noche que brindaba
el
sereno retiro de la soledad.
El Viajero pasó muchos días recorriendo aquellos
parajes. Los únicos seres que
encontró a su paso fueron lagartos de lomo irisado. Cuando les preguntó por la
muchacha, éstos le ignoraron e hicieron
girar las esmeraldas de sus ojos con
indiferencia.
Al cabo de un tiempo, el Viajero comenzó a cansarse
de la esterilidad de su búsqueda. Aquel desierto, haciendo honor a
su nombre, estaba
vacío, no había en él ni el menor
rastro de vida humana. De modo que el
Viajero decidió descansar un rato, reponer fuerzas y luego volver a
tomar el camino
del oeste, hacia la ciudad del horizonte.
Estaba preparando unas gachas de maná regadas con
hidromiel, cuando distinguió a lo lejos el tenue resplandor de una hoguera. El
Viajero se incorporó y oteó atento
la oscuridad. El
fuego ardía al pie de un elevado risco, a unos cuatro kilómetros
de distancia. El Viajero recogió sus cosas y partió raudo
hacia allí.
Una hora después, alcanzó la base de la montaña y
se encontró en un lugar poblado de restos
megalíticos: menhires, dólmenes, crómlechs, piedras oscilantes sobre
losas gigantescas, interminables alineamientos... sin duda
era un paraje mágico, casi sagrado.
El
Viajero avanzó unos
metros y, tras un inmenso altar
prehistórico, descubrió el lugar donde ardía la fogata que había visto en la
distancia. Frente al fuego había una tienda de campaña azul y amarilla. El
Viajero avanzó un par de pasos y tropezó con algo. Bajó la mirada y vio a sus
pies dos ovoides moteados de escarlata.
—Son huevos de pegaso, doctor —
dijo una voz junto a él.
El Viajero, que en otro tiempo y en otro lugar se
había llamado Juan, contempló a la mujer que le había hablado. Era una joven
morena, de ojos
grandes, oscuros y almendrados, con labios carnosos
y siempre risueños. Había crecido mucho
desde la última vez que la vio.
—María... —susurró Juan—. ¿Eres tú...?
María
Candelaria Suárez asintió feliz y corrió a abrazarse al cuello
del hombre.
—Has tardado mucho, doctor. Hacía años que te
esperaba.
Se besaron y volvieron a abrazarse, lloraron de
alegría y se cogieron de las manos,
como dos colegiales alborozados. Luego
tomaron asiento junto al fuego.
—Te has convertido en una leyenda, doctor —dijo
María—. Un mito en el reino de los mitos. Eres el Viajero, el peregrino
errante, el hombre que busca.
¿Porqué, doctor? ¿Qué persigues?
Juan se encogió de hombros.
—Conocer
el nombre del
Hombre
Dormido.
—¿ Y qué importancia tiene?
—Supongo que ninguna. Quizá sea una razón como otra
cualquiera para seguir caminando.
—Eso es triste. —María frunció levemente el ceño—.
¿No te gusta
el país de los sueños, doctor?
—¡El país de los sueños...! —Juan
sonrió sin alegría—. Aquí la gente sueña con lo que
antes era el mundo real. Aquí un hombre transformado en tigre puede soñar con
la época en que trabajaba como administrativo en una oscura oficina. —Agitó la
cabeza—. El reino de los sueños, Shambhala, el mundo detrás del espejo... La verdad, María, me da
igual. Hasta lo
imprevisible puede resultar monótono.
—Supongo que es difícil soñar sin esperanza...
Juan acarició con afecto la mano de
María.
—Ahora hablemos de ti. ¿ Qué haces aquí tan sola?
—Estábamos recorriendo algunos lugares poco
frecuentados de Shambhala.
Viajábamos en caballos alados,
pegasos; un macho
y una, hembra. La época de
incubación nos sorprendió en este desierto. —Con un gesto señaló los dos
ovoides—. Y aquí tendremos que quedamos
hasta que acabe la crianza. —Los
ojos de María se iluminaron—. Pero no estoy sola, doctor. Venga conmigo; quiero
presentarle a alguien.
María se levantó, fue hasta la tienda de campaña y
descorrió las cremalleras. Antes de entrar le hizo un gesto a Juan para que
se acercara. El
doctor
obedeció.
En el interior de la tienda alguien dormía dentro
de un saco de acampada. María le sacudió suavemente.
—Despierta, despierta. Tenemos visita.
El saco se agitó y se removió. De entre los
pliegues de tela satinada surgió una mano pequeña, y luego la cara adormecida
de un niño.
Juan notó que su corazón se detenía entre dos
latidos. Un débil gemido se escapó de sus labios.
El niño se incorporó, parpadeó e intentó enfocar la
mirada. Cuando vio a Juan su cara resplandeció de alegría.
—¡Papá!
—exclamó. Se volvió hacia María—. ¡Papá está aquí!
Juan no se atrevía a hablar, ni a moverse, como
temiendo que el más mínimo gesto rompiera el encanto e hiciera desaparecer
la imagen de su
hijo.
—Samuel
está bien, doctor
—dijo en voz muy baja María—. Lo que tú crees que le pasó es sólo un sueño,
una pesadilla. Ocurrió en otro mundo, no en éste.
—¿Donde estabas, papá? —El niño salió del saco de
dormir y se acercó al hombre—. Te he echado mucho de menos...
Y la mano
del niño acarició
la mejilla de su padre. Y entonces Juan susurró ahogadamente:
«Samuel...», y abrazó el cuerpo menudo de su hijo, estrechándolo con fuerza. Y
las lágrimas acudieron a sus ojos, como una riada impetuosa que
arrastrase a su
paso siglos de dolor, eones de tristeza.
Y allí, aferrado al cuerpo de su hijo, el doctor
Juan Varnigal, al que durante mucho tiempo llamaron el Viajero, encontró por
fin el hogar.
María sonrió satisfecha y salió al exterior.
Observó que dos grandes figuras aladas se recortaban contra
la luna. Eran los pegasos volviendo a su
nido. Luego se dio cuenta, de que un creciente
resplandor se extendía por el este.
«¡El alba!», pensó maravillada. «¡Va a amanecer en
el Desierto de la Luna por primera vez!»
Y María Candelaria se apoyó en una piedra,
aguardando risueña la salida del
sol.
En el centro de Agartha había un inmenso palacio de
hierro y cristal Era tan grande que a veces nevaba en su interior.
En el centro del palacio flotaba la figura yacente
de un hombre. Era el Hombre Dormido.
En medio de los copos de nieve que parecían levitar
a su alrededor, el Hombre Dormido giró
un poco la cabeza.
Suavemente, lentamente, sus labios se curvaron con una sonrisa. Soñaba.
Y sus sueños eran buenos.
7. La noche
La corriente eléctrica se interrumpió justo en el
instante en que el doctor Arauco concluía el relato de su historia.
Primero se produjo una intensa oscilación de la
luz, luego el resplandor de la bombilla declinó hasta desvanecerse, sumiendo al
salón en una densa oscuridad. De nuestras gargantas surgió una casi simultánea
exclamación de sorpresa. Un relámpago tino de plata las tinieblas. Luego volvió
la negrura.
—No hay situación, por mala que sea, que no pueda
empeorar —comentó
Aníbal Zarko en tono divertido. Y añadió—:
Permitidme que imite el ejemplo de Prometeo.
Escuchamos el chasquido de un encendedor y una
pequeña llama iluminó débilmente la cara del prestidigitador. Luego la llama se
alejó en dirección a la cocina. Poco después, Zarko volvió con un paquete de
velas en la mano.
—¡Hágase la luz! —dijo, mientras comenzaba a
encender, una a una, las mechas de cera.
—Las ocho y media ya son —señaló madame Kádár—.
Debiéramos quizás ahora cenar. Si
no, muy tarde se nos
hará.
Preparamos una cena ligera, compuesta en su
totalidad por latas de conserva. No nos sentamos a la mesa, como habíamos hecho
al mediodía, sino que comimos diseminados por la cocina. Al terminar, lavamos
los pocos platos y cubiertos que habíamos ensuciado. Mientras, Susana preparaba
dos jarras de leche caliente con cacao.
Nos reunimos de nuevo en el salón. El padre
Silveira había añadido unos cuantos troncos a la chimenea y ahora en el hogar
ardía un fuego
intenso y
incongruente con el comienzo del verano.
—Ahora le toca a usted, señora
Kádár —dijo de pronto Claudia.
—¿Qué es lo que a mí me toca, querida? —La anciana
sonreía.
—Contar una historia. Ahora es su turno. —Oh, pero
con mi mal castellano confusa la historia sería... —Madame Kádár agitó la
cabeza, en una risueña negativa, y dio un breve sorbo de cacao caliente.
—Eso
es hacer trampa,
querida amiga —dijo Aníbal Zarko—. Todos hemos narrado una historia. Ahora
falta su relato.
—Es justo, madame —intervino el doctor Arauco—.
Para que la magia funcione, hay que cerrar el círculo. Sin su relato, no
habremos hecho otra cosa que charlar en vano.
La anciana sonrió con la resignación de una abuela
bondadosa y dijo:
—Razón tienen, ya lo sé... Pero abusando quizás
estemos de la paciencia de nuevos amigos nuestros...
—En absoluto —repuso Susana—. Estaremos encantados
de oír su historia.
Madame
Kádár suspiró sonoramente. —Pero
puede que ya tarde sea... Claudia se acercó a ella y tomó con suavidad
su mano. —Por
favor,
señora
Kádár... —suplicó. —De acuerdo, de acuerdo —cedió la anciana
—. Un historia contaré. Pero si luego se aburren,
protestas no he de admitir... — Se frotó los ojos con gesto algo cansado
—. Primero explicarles debería en qué mi trabajo
consiste. Y tarea fácil no es, créanme...
—Madame Kádár se dedica a curar edificios —dijo el
padre Silveira.
Enarqué las cejas.
—¿Ha dicho curar edificios? — pregunté—. ¿Curar...?
No estoy seguro de entenderlo...
El
profesor Jerusalén se
inclinó hacia delante.
—Los edificios son entidades muy complejas. —Su voz
era grave y pausada—. Conjugan y distribuyen el espacio, retuercen
las dimensiones, tallan la luz y
el tiempo.
—Pero, sobre todo —apuntó Aníbal Zarko—, los
edificios albergan emociones.
—Así es —asintió el profesor Jerusalén—. Las casas
están destinadas a contener hombres
y mujeres, unos seres tan extraordinariamente
temperamentales que, muchas veces, contaminan el ambiente con sus sentimientos.
—Y las casas, por decirlo así,
enferman —añadió el prestidigitador.
—Quizás un edificio triste esté y crujir haga su
vigas con melancolía — dijo madame Kádár—. Puede que un bloque de
apartamentos nervioso se sienta y en la depresión caiga. O, tal vez, una oficina de
estrés sufra. Cuando cosas así suceden,
los moradores de esas casas en sí mismos experimentan las emociones de piedra y
metal. A expertos recurren entonces... expertos como yo.
—¿Y qué hace usted? —pregunté, realmente
interesado. —Oh, bueno... de cuál sea el mal del edificio depende. Usted
ni se imagina lo excéntrica que
una casa puede resultar... Mas, en general, otra cosa que escuchar no hago.
Con eso suele bastar —Madame Kádár respiró
hondo—. Solas se
sienten las casas; entonces las
tablas gimen, las cañerías se quejan y las chimeneas
suspiran. Pero nadie
presta atención... Así que
llego yo y a las
paredes les digo: «Vuestros problemas contadme, os abro mi corazón.» Y, de lo más
profundo de los cimientos, el canto
íntimo de la casa para mis oídos surge. Y
sus penas de
cemento escucho, y calmo su tristeza, y sosiego presto a su
alma de metal... No hay más; con eso basta.
—Una especie de psiquiatría arquitectónica —dijo
sonriendo el doctor Arauco.
—En efecto, más o menos así es, aunque no
siempre las cosas
de ese modo ocurran. —Madame
Kádár bebió un sorbo de cacao y prosiguió—: Hace no mucho, una llamada
telefónica recibí. De Italia era. En un palacete construido a la orilla del
lago de Como, al norte de Milán, un suceso
extraordinario ocurrido había. Mi presencia solicitaban con urgencia
extrema, así que el primer avión tomé para allí. Con los brazos abiertos el
propietario, un anciano de gran
encanto, me recibió.
A un
dormitorio me condujo y una puerta en una de sus
paredes me mostró.
»"Vea", me dijo. "¿Extraordinario no
es...?" Confusa yo estaba. Una simple puerta veía, similar a las otras que
en el edificio había. Nada extraordinario yo veía y así lo hice saber.
»"Claro", el propietario dijo.
"Usted la casa antes no conocía, madame; pero lo extraño es que jamás una
puerta en esa pared ha
habido. Esa puerta
no existía hasta ayer... de repente ha aparecido."
»Bueno, pensé, es cosa realmente sorprendente que
una casa multiplique el número de sus
puertas sin humana
intervención. Nunca cosa igual había visto, de modo
que pregunté a dónde esa puerta daba. Y aquel amable anciano me contestó que
abrir esa puerta imposible era, que detrás de la pared nada había y, por tanto,
a ningún sitio esa puerta podía dar.
»En fin, el trabajó acepté, y en el dormitorio que
la puerta fantasma albergaba decidí la noche pasar. Miedo no tenía, porque nada
violento escuché en la canción de la casa; así que enseguida me dormí, plácida
como una niña.
»Pero de madrugada me desperté, segura de que a mi
lado una presencia
había. Los ojos abrí y que tenía razón pude comprobar:
abierta estaba la puerta misteriosa y una persona
desconocida sonriente me contemplaba. No,
un fantasma no
era. De un ser
humano se trataba, amable y cálido, tan corriente y normal como cualquiera de
nosotros.
»Qué
hacía allí aquella
extraña puerta le pregunté.
Entonces, esa persona a mi lado
se sentó y una curiosa historia comenzó a narrarme.
»"¿ Alguna vez en la casa del doctor
Pétalo ha estado?", me preguntó...
La casa del doctor
Pétalo
La historia de madame Kádár
NUN
El doctor Pétalo vivía en una casa insólita y
prodigiosa, en compañía de sus hijos y de su secretario, rodeado de sirvientes
silenciosos y discretos, sombras
circunspectas que atendían todas sus
necesidades y, por
qué no, hasta el menor de sus
deseos.
El doctor Pétalo nunca abandonaba la casa, y
tampoco lo hacían Betania y
Yubal, sus hijos. No era necesario; su hogar tenía
un gran número de puertas y habitaciones, de recintos y salones, de jardines
perfumados por jazmines y nardos,
o por aromas
exóticos de lugares lejanos.
La casa, a la que sus moradores llamaban Mansión,
era extraordinariamente vasta, y aun así no cesaba de crecer. Constantemente se
ampliaba el número de las habitaciones, multiplicándose su volumen en una
progresión que aspiraba tenazmente al infinito.
La casa era un calidoscopio de formas cambiantes.
Y, como decíamos,
el doctor Pétalo nunca la abandonaba. Pero lo más
extraño no era eso —ya ha quedado claro que Mansión ofrecía un sinnúmero de
posibilidades—, lo realmente peculiar era que el doctor Pétalo casi nunca salía
del Invernadero. Allí pasaba las
horas y los
días, cuidando con mimo de comadrona el lento germinar
de las semillas; oficiando, como un sacerdote
durante la consagración, el milagro de la fotosíntesis; injertando, con el
pulso preciso de un
cirujano, esquejes inauditos en
la carne verde
de las plantas.
Ése era su auténtico mundo, un
universo
de polen y
savia encerrado entre las paredes
cristalinas de aquel hermoso invernadero
art nouveau. Allí vivía el doctor Pétalo, ajeno a Mansión y a los lugares que
se extendían más allá de sus paredes, encerrado en una burbuja de vidrio,
bajo los rayos de un sol otoñal; extrañamente ausente, extravagantemente
intemporal.
Y fue allí, en el Invernadero, donde una noche le
buscó Dostigres, su secretario, para consultar con él ciertos asuntos
relacionados con Mansión.
El doctor se encontraba atareado manipulando una
curiosa variedad del musgo llamado spahgnum, abriendo con
un bisturí las delicadas cápsulas parecidas a farolillos chinos que eran los esporangios, y
esparciendo sus esporas sobre húmedas
bandejas de tierra germinal.
A lo lejos
se escuchó el
suave gemido de una puerta al abrirse, y luego los pasos de un caminar
pesado y arrítmico. El doctor Pétalo miró un momento de reojo y pudo ver que su
secretario se acercaba por entre los anaqueles repletos de plantas, frutos y
flores de mil colores.
Dostigres
tenía una apariencia brutal; bajo de
estatura, la frente estrecha y los ojos pequeños,
bestiales.
La boca grande, cobijo de enormes dientes
refulgentemente blancos. El mentón enérgico y rotundo. El cuello grueso y
breve. Una densa mata de pelo negro y encrespado le cubría el cráneo huidizo.
Los hombros eran anchos, masivos como los de un gorila. Los brazos,
inusitadamente largos y fuertes, terminaban en unas manos peludas de gruesos y
macizos dedos. Sus piernas eran
cortas y estaban
arqueadas. Cojeaba al andar.
Dostigres vestía un traje italiano de lino gris, y
una camisa de seda blanca; alrededor del cuello se anudaba una discreta corbata
azul.
Cualquiera se hubiera visto favorecido con aquellas
ropas de exquisita confección. Dostigres, por el contrario, parecía un simio
disfrazado.
El secretario tardó más de un minuto en recorrer
los escasos ochenta metros que le separaban del doctor. No es que su cojera le
impidiera ir más deprisa, cuando quería podía moverse con sorprendente rapidez,
se trataba más bien de una cuestión de respeto. Sabía
que el Invernadero era un santuario, y Dostigres quería ser reverente con el
silencio húmedo de
aquel lugar. Tampoco deseaba
turbar el descanso de ciertas plantas,
interrumpir los sueños
vegetales
con el ruido
de sus pasos. Pese a ello, un nutrido macizo de
flores anaranjadas se irguió sobre sus tallos, como serpientes desperezándose,
y escupió una lluvia de semillas doradas que alcanzó a dar en el pecho de
Dostigres. El hombre se sacudió las simientes que habían quedado prendidas de
sus solapas y siguió caminando hasta llegar a la altura del doctor. Allí se
detuvo, contemplando con
admiración los lirios recién nacidos.
—Buenos días, doctor —dijo Dostigres con
voz grave y
ronca, a medio camino entre el
gruñido y la palabra—. Veo que ha hecho maravillas
con los lirios. Le felicito.
Pétalo apartó la mirada del musgo en el que
trabajaba y contempló orgulloso los lirios blanquiazulados que, a pocos metros,
crecían en tiestos de barro.
—Buenos días, Dostigres. —La voz del doctor era
terciopelo oscuro—. Y gracias. Realmente, me
ha costado mucho conseguir esa
variedad bitonal.
—Blancos y azules nítidamente separados. Muy
notable.
El doctor asintió.
—Ahí residía la dificultad, en conseguir que los
colores no se mezclaran. —Meditó unos instantes, como jugueteando con una idea
divertida
—. En cierto
modo es un
disparate,
¿verdad, Dostigres? Ya sabes, en el lenguaje de las
flores los lirios blancos significan dulzura, pureza, y los lirios azules
belleza caprichosa. Un color parece refutar al otro, ¿no es cierto?
—En tal caso, doctor, sus flores reflejan algo del
corazón humano, siempre contradictorio.
Pétalo pareció sopesar la idea.
—Nunca lo había considerado así; siempre he pensado
en las flores sólo como en flores... —El doctor sonrió—. Pero, mi buen amigo,
supongo que no vienes aquí para hablar de plantas —Se levantó del taburete—.
¿En qué puedo
ayudarte?
—Creo haber encontrado un lugar adecuado.
—Dostigres extendió sobre el banco de trabajo el rollo de papeles que llevaba
bajo el brazo—. Éstos son los planos. Una vieja vivienda de estilo modernista,
como puede comprobar. Se construyó en mil novecientos uno. Su arquitecto, un
tal Juan Prat i Serra, fue un discreto discípulo de Charles Rennie
Mackintosh. —Dostigres puso
encima de los planos una foto de la casa—. La fachada no es gran cosa,
pero observe el trabajo en hierro y piedra de la parte superior.
—Fantástico. —Pétalo asintió
vigorosamente con la cabeza—. Me encanta el
modernismo. Es un estilo tan refrescantemente vegetal... —Señaló la foto—.
¿Dónde se encuentra?
—En Barcelona, una ciudad situada en el
Mediterráneo europeo.
—Barcelona... —Pétalo cerró los ojos intentando
hacer memoria—. Disponemos de algún
recinto allí,
¿verdad?
—Un parque, doctor; obra de
Antonio Gaudí. Y algunos otros lugares.
Pétalo agitó la cabeza con aire distraído.
—Por
supuesto; hay tantas estancias... ¿Qué
parte de la
casa
escogeríamos?
—Tiene cuatro plantas, y dos pisos por planta.
Siete de esos pisos son propiedad de un banco. No creo que podamos llegar a
ningún acuerdo. Pero esta vivienda pertenece a un particular.
—Señaló la parte superior del edificio
—.
Afortunadamente es la más
adecuada. Tiene una delicada terraza de hierro forjado y unas excelentes vistas
de la ciudad.
—Parece perfecto. —Pétalo expresó su aprobación con
una amplia sonrisa. Cogió el bisturí y volvió a sentarse en el taburete, frente
al banco de trabajo—. Adelante, Dostigres, ocúpate de ello con
tu usual competencia.
El secretario recogió sus papeles y, tras inclinar
la cabeza en un mudo gesto de despedida, comenzó a alejarse. No había dado más
de tres pasos cuando se detuvo, justo al lado de un arbusto cubierto de flores
rojas, carnosas como los labios de una mujer.
—Una cosa más, doctor.
—¿Sí...? —Pétalo había reanudado su labor con las
esporas.
—Sin duda recordará que debe ser usted quien se
entreviste con el propietario.
Pétalo levantó la cabeza, siempre sonriente.
—Por supuesto. Es lo habitual, ¿no?
—Dudó unos instantes—. ¿Quién es el propietario?
—Una mujer. Se llama Sara.
Las flores rojas, súbitamente despiertas, abrieron
sus bocas escarlatas y, como un coro de gnomos, repitieron el nombre de la
mujer.
—Sara... —susurró el doctor, uniéndose al eco
vegetal—. Un nombre hermoso. Procede de la palabra hebrea saray, que significa
«princesa».
Dostigres bajó la mirada.
—Puede que Sara sea una auténtica princesa.
—Eso espero, amigo mío. Eso
espero.
El doctor Pétalo volvió al musgo y a las esporas.
Su atención se encontraba ya muy lejos del secretario y de sus asuntos caseros.
Dostigres enarcó las cejas, en un gesto que casi le
prestó apariencia humana. Luego se dio la vuelta y caminó renqueante, lento,
muy lento, hacia la salida del Invernadero.
TET
—Aquí se viene a trabajar.
¿Entiendes,
Sara? Ocho horas
al día
¿Está claro, Sara? —Los ojos de
Vázquez expresaban severidad; pese a ello, no
podían evitar posarse, de vez en cuando, en los bultos gemelos que los pechos
de la mujer marcaban bajo la blusa—. Ayer llegaste con una hora de retraso, y
te fuiste con una hora de antelación. —Frunció el ceño—. Estoy teniendo mucha
paciencia contigo, Sara. Mucha. Pero pareces empeñada en no escucharme. Esto es
Electrocom, ¿te suena? Una gran empresa multinacional de desarrollos
electrónicos, y no una reunión de amigos.
Sara se mordió el labio inferior y contuvo la
respiración. —Tuve que ir a ver a mi
abogado —dijo, intentando
mantener a raya la ira que bullía en su estómago—.
Era muy urgente. —¿Fuiste a ver a tu abogado...? ¿Para qué necesita abogados
una secretaria? ¿Te has metido en algún lío, Sara? —No, no. Es por mi piso...
—¿Tu piso? —Vázquez frunció los labios con
desprecio—. Aquí tu piso importa una mierda, Sara. Sólo nos interesa tu
trabajo. Y no
estás cumpliendo con él. —Cerró los ojos y unió las yemas de sus dedos,
como un juez considerando una sentencia—. No quiero volver a verte perdiendo el
tiempo, ¿está claro, Sara? Si ocurre otra vez, tendrás
que atenerte a
las
consecuencias. Puedes irte.
Sara se dio la vuelta y caminó hacia la salida del
despacho. Sabía que los ojos de su jefe estaban fijos en ella, desnudando su
cuerpo, violándola de una forma soterrada, pero igualmente
violenta. Salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí. Se apoyó en la
pared y fijó la mirada en uno de los fluorescentes que, a tramos simétricos,
jalonaban el techo e iluminaban la oficina. Sentía que la rabia la ahogaba, que
le exprimía el pecho exigiendo el tributo de sus lágrimas. Pero no iba a
llorar. De ninguna manera pensaba brindarle a él ese último triunfo.
Sara contó mentalmente hasta diez y luego intentó
imaginar algún lugar tranquilo y apacible. Como tantas otras veces, sus
pensamientos evocaron el rumor nocturno de las callejas de Agra, la mágica
luminosidad de los palacios orientales a la luz de la luna, el dorado reflejo
del Taj Mahal sobre el río Yamuna... Oh, por supuesto, ella nunca había estado
en la India —ni casi en ningún otro sitio—, pero eso no importaba. Había ido
allí de la mano de Kipling, a través de sus libros encantados. Acompañada de Tagore,
o de Foster, o de Salgari...
Sacudió la cabeza y respiró hondo.
Éste es el mundo real, se dijo, un mundo no muy
agradable, pero el único que existe. Sonrió con tristeza y volvió a su
mesa de
trabajo, frente al
ordenador, casi agradeciendo el anonimato de la pantalla azul y las
letras blancas. Sus dedos bailaron sobre el teclado, trenzando los hilos ajados
de una carta comercial, o de algún memorándum innecesario.
Y así, como todos los días, pasaron las horas.
Más tarde, cuando acabó su jornada matinal, Sara se
reunió con una compañera de trabajo, Teresa, su mejor amiga. Hacía
un tiempo excelente,
el
primer día realmente bueno de aquella
primavera recién estrenada,
de modo que decidieron comer en la
terraza de un restaurante cercano.
—Has
tenido problemas con
el cerdo de Vázquez, ¿no? —le preguntó Teresa mientras servía el vino.
—Otro más...
—¡Qué hijo de puta! —La furia hizo que derramase
unas gotas de vino sobre el
mantel—. ¿Sabes que el otro
día invitó a salir
a Marta, la de
contabilidad? La montó en su BMW, la llevó a
cenar a un sitio caro y luego saltó sobre ella como
un potro en celo.
—¿Qué hizo Marta?
—¿Marta...? Se bajó las bragas, levantó el culo y
se puso a moverlo. Marta es una zorrita, cariño; sabe en qué mundo vivimos y lo
que hay que hacer para sobrevivir.
Sara suspiró. Paseó la mirada por la pequeña plaza
bordeada de acacias donde se encontraba la terraza del
restaurante. —Ojalá yo tuviera las cosas tan claras. —No, cariño, no. Ella es
la que está equivocada. Si hay que convertirse en una puta, mejor ser una puta
cara. —Sacudió la cabeza—. Echar un
polvo por dinero...
si es mucho, quizá. Pero no por un sueldo de
mierda. Hay que tener un mínimo de dignidad.
—Ya. Pero Vázquez me está haciendo la vida
imposible, y la dignidad no vale de nada.
Teresa comió un bocado de espaguetis sin dejar de
mirar fijamente a su amiga.
—¿Qué
pasó, Sara? ¿Qué
ocurrió que le tiene
tan cabreado? —Ya lo
sabes. Después de la fiesta de Navidad lo intentó conmigo, y le rechacé.
—Ese es el argumento general. Entra en detalles.
—Bueno... Después de la fiesta insistió en llevarme a casa en su coche. Cuando
llegamos se acercó a mí, me cogió la mano... Y la puso sobre su... El muy
cerdo se la
había sacado,
¿entiendes?
Mientras conducía se la
sacó. Y luego puso mi mano sobre ella.
—Hizo un gesto de cómico desagrado
—. Era como tocar una babosa. Me aparté de él y
salí del coche. —¿Nada más?
—Bueno, antes de salir le miré... y me reí. —¿Te
reíste? —Teresa enarcó las cejas con malicioso júbilo. — Deberías haberlo
visto, sentado allí, en su coche tan caro, con su elegante traje, mirándome
desconcertado... ¡Con la bragueta abierta! Dios mío, era tan ridículo...
—¡Realmente te reíste! Ay, cariño, eres genial.
Ese cabrón debe tener
el
orgullo por los suelos.
—Lo que no
entiendo es por
qué tanto interés en mí. —Sara bebió un sorbo de vino—. No soy guapa.
—Qué dices. Estás muy bien, encanto.
—Gracias, pero no. Marta es guapa. Yo soy vulgar.
—Venga, Sara. Tienes un tipazo que quita el hipo. Y
voy a sincerarme: un par de tetas que siempre te he envidiado.
—¿Sabes? —Sara sonrió con tristeza—, los hombres
están seguros de que las mujeres poco agraciadas somos mas accesibles. Piensan
que una chica, al ser fea, está dispuesta a revolcarse
con el primer tipo que le haga un poco de caso.
—Deja de decir tonterías, Sara. No eres fea.
¿Quieres ver a
alguien feo? Mira a ese tipo de ahí enfrente. —Con un leve gesto de la
cabeza señaló hacia el otro lado de la plaza.
Sara alzó la mirada. A unos quince metros de
distancia distinguió a un hombre
bajo, muy ancho de hombros,
con unos brazos tan grotescamente largos que le llegaban
hasta las rodillas. Un sombrero stetson le cubría parcialmente la cara; aun así
no conseguía ocultar sus rasgos simiescos de extraordinaria fealdad. Sara
contempló, casi hipnotizada, los movimientos del
hombre. Cojeaba al andar, bamboleándose levemente, como un autómata inestable.
No había en él ninguna gracia, ni el menor atisbo de elegancia. De pronto el
hombre levantó la cabeza y
atrapó con sus
ojos la mirada de Sara.
—¡Me ha visto!
—Sara clavó la vista en el mantel, las mejillas ardientes
de rubor—. ¡Dios mío, me ha pillado espiándole!
—Que más da, cariño. Con ese aspecto debe de estar
acostumbrado a que le miren.
—Pero es un pobre tullido. No está
bien mirarle como si fuera una atracción de feria.
Qué vergüenza...
Sara continuó comiendo en silencio, concentrada
exclusivamente en su plato.
—Ya no está —dijo al cabo de un rato Teresa.
—¿Qué?
—Tu amigo, el hombre-mono. Se ha ido.
Sara inspeccionó de reojo la plaza y suspiró con
alivio. Permitió que su cuerpo se relajara sobre la silla.
—Vaya día...
—¿Cómo va lo del piso? —preguntó
Teresa, cambiando de tema.
—Como siempre. El banco me
presiona para que venda. Y yo digo que no. Ellos
amenazan con pleitear, y yo me dejo una fortuna en abogados.
—¿Cuánto te ofrece el banco? — Mucho.
—¿Y qué dice Tomás? —Que venda
—suspiró Sara.
—Pues véndeles el piso, cariño. Es enorme, no
necesitas tanto espacio. Además es viejo y feo.
—No digas eso. Nací en ese piso,
¿sabes? Toda la vida he vivido en él. Me gusta.
—Pues pleitear con un banco no te va a gustar nada.
—Teresa dejó el tenedor sobre el plato y se recostó en su
asiento—. Ay, Sara, Sara... Eres una
romántica. Y éstos
no son buenos tiempos para el romanticismo.
Sara apoyó los codos sobre la mesa y unió las
manos. Con cansancio apoyó la barbilla sobre los dedos entrelazados.
—He puesto un anuncio en el periódico. Alquilando
una habitación.
Teresa se inclinó hacia delante.
—¿Vas a meter a un extraño en tu casa? ¡Estás loca!
—¿Qué quieres que haga? Necesito dinero para pagar
a los abogados. Y el sueldo no me llega.
— ¿Se lo has dicho a Tomás? — Sara negó con la cabeza—.
Pues díselo. Pídele prestado.
—Tomás
no tiene dinero.
Y no quiero preocuparle,
ya tiene bastante con sacar la oposición.
—Pero, Sara, por Dios, ¡alquilar una habitación...!
Sara cerró los ojos.
—Es todo tan difícil, Teresa. Hay siempre tantas
complicaciones, tantos problemas...
Una repentina brisa hizo ondear los manteles sobre
las mesas; el torbellino de polvo que se formó en el centro de la plaza giró y
giró, como un derviche fantasmal.
Sara volvió a la oficina y allí
permaneció sumida en su trabajo, la mente ausente y
la memoria dormida, desgranando pantallas de ordenador como cuentas de un
rosario electrónico. A las seis recogió su mesa y apagó la terminal. Salió
a la carrera
del despacho, bajó en ascensor y cruzó el portal. Irrumpió en la calle
respirando hondo, como el buceador que surge del interior de las aguas y busca
el aire con voracidad primigenia.
El
metro estaba atestado.
Sara avanzó por entre los cuerpos apretados hasta encontrar refugio en un
rincón del vagón. Sacó del
bolso el libro
que estaba leyendo, Viaje en
busca del
doctor Livingstone al centro del África, de Henry
Stanley. Lo abrió por el lugar adecuado y comenzó a leer.
«En aquel sitio, las profundas aguas del Gombé se
deslizan entre dos orillas sinuosas, atravesando varios bosquecillos para
reaparecer después; el río y sus orillas ofrecen allí un aspecto tan
pintoresco, tan tranquilo y apacible, que decidí tomar un baño...»
Alguien, un hombre sudoroso y
anónimo, se había situado muy cerca de ella. Con
voz jadeante le susurraba palabras obscenas.
«...
iba a introducirme
en sus aguas con los brazos extendidos y las manos unidas. Pero de
repente un cuerpo enorme, cortando las ondas como una flecha, se detuvo en el
sitio en
que iba a zambullirme...»
Todo había desaparecido ya; el vagón, el metro, los
olores, el cerdo lujurioso que babeaba
su pasión
procaz... Todo irreal. Lo único auténtico eran los
paisajes africanos, las pieles talladas en ébano, los oscuros rituales.
«Al otro día, por la mañana, mis guerreros se
untaron el cuerpo con cierto ungüento mágico, compuesto de harina de
sorgho mezclada con jugo de una yerba preciosa, cuyas virtudes conocen
únicamente los hechiceros indígenas...»
Estuvo a punto de pasar de largo por su estación.
Logró salir del vagón en el último
momento, luchando contra
los
cuerpos arracimados y estáticos. Guardó el libro en
su bolso y buscó las señales y los túneles que habrían de conducirla a la
superficie, camino de su cita en el bufete.
El abogado tardó más de media hora en recibirla, y
cuando lo hizo
no fue para darle buenas noticias.
El banco había presentado los informes de tres arquitectos atestiguando que el
edificio donde se encontraba
el piso de
Sara tenía graves problemas estructurales, lo que, por razones de
segundad, hacía imprescindible una reforma en profundidad. El banco correría
con el ochenta y siete por ciento del coste de
las obras. Pero Sara, como propietaria de una
octava parte del edificio, debería aportar el trece por ciento restante.
—Y eso ¿cuanto dinero supone? — preguntó Sara. El
abogado cogió su calculadora y efectuó unas rápidas operaciones.
—Aproximadamente doce millones.
—¡¿Doce
millones?! —Sara se quedó sin aliento—. Es mucho dinero...
Tendré que hipotecar la casa...
—Usted no lo entiende, Sara. —El abogado movió la
cabeza de un lado a otro, como un padre dispuesto a corregir la ignorancia de
su hijo—. No está pleiteando contra un banco, sino contra
una institución. Contra el sistema. Mire, el banco
quiere hacerse con la
propiedad del edificio, para derribarlo y construir allí su sede central. Ha
invertido ya mucho dinero y no está dispuesto a perderlo. —Hizo una pausa
—. Supongo que ha oído hablar de la solidaridad
gremial: ningún otro banco le va a hacer préstamo alguno. ¿Puede conseguir ese
dinero de otra forma? — Sara negó con la cabeza—. Entonces le explicaré lo que
va a pasar. El banco llevará adelante las obras y luego le exigirá a usted el
dinero judicialmente. No podrá pagar y le embargarán el piso.
¿Está claro? Usted perderá su vivienda
haga lo que haga. Mi consejo es que acepte la
oferta del banco
y, con el mucho dinero que le ofrecen, se compra
otro piso donde
quiera. Sara meditó unos instantes. —Supongo que todo eso
—dijo al fin—, las obras, el juicio...
Será un proceso lento, ¿no?
—Un año y medio. Quizá dos.
—Es mucho tiempo. —Sara adoptó una expresión
decidida—. No venderé mi piso. Si es necesario ir a juicio, adelante. Quizás,
entretanto, consiga el dinero.
—Eso es confiar en un milagro. — Una sonrisa
escéptica flotaba en los labios del abogado.
Sara cogió su bolso y se puso en pie.
—¿No cree en los milagros?
—No, Sara. —El hombre suspiró— Creo en los bancos.
Eran casi las ocho cuando Sara llegó a su
casa. El sol
del atardecer atravesaba los
grandes ventanales curvados, bañando de oro las paredes blancas, derramándose
como un líquido brillante sobre el parqué barnizado.
Sara fue al dormitorio y se quitó la ropa,
dejándola pulcramente colgada en un armario que olía a membrillo y naftalina.
Luego se dirigió al cuarto de baño y, tras despojarse de la ropa interior, se
dio una ducha muy caliente,
casi abrasadora, como si el agua ardiendo pudiera
limpiarla de todas las miserias del día.
Mientras se secaba con una gran toalla de felpa
azul, Sara contempló su imagen en el espejo. La cara redonda, aniñada, enmarcada
por una corta melena de pelo moreno, ahora húmedo y
revuelto. Los ojos castaños, pequeños y apagados, y aquellos rasgos suavemente
desvaídos. Dejó de secarse. Miró sus pechos, generosos y firmes... Aunque...
¿No estaban un poco mas caídos? ¿No parecía algo
flácida la carne, allí, sobre los pezones? Inspiró hondo y contuvo el
aliento durante unos
segundos,
hinchando el
tórax. Soltó de
golpe el aire. En verano cumpliría
veintiocho años. Parecía más
joven, es verdad, pero lo cierto es que ya llevaba
veintiocho años hollando la faz de la Tierra. Veintiocho años viviendo en aquel
mismo piso.
Veintiocho años esperando. Pero ¿esperando qué?
Cerró los ojos y continuó secándose. No quería
pensar en esas
cosas, no quería deprimirse y
acabar llorando, sin saber por qué, como otras veces.
Se puso unos viejos pantalones vaqueros y una
camiseta negra, adornada con un gran dibujo
de Bart Simpson.
Pensó en llamar a Tomás. Pero Tomás estudiaba hasta
muy tarde, y no quería distraerle. Además, siempre contestaba el teléfono su
madre, una mujer triste y quejosa que tras una débil apariencia ocultaba un
tenaz, y en ocasiones tiránico, carácter.
No, Sara no estaba de humor para enredarse en una
interminable charla, rebosante de lamentaciones, con
la madre de Tomás. Así que sacó de su bolso el libro de aventuras
africanas y fue a sentarse a la terraza. Contempló el sol, ya muy bajo, casi
rozando el horizonte de tejados y antenas. Abrió el libro y comenzó a leer.
«Al salir del bosque, penetramos en una selva poco
espesa, donde se elevaban numerosos hormigueros como otras tantas dunas...»
Sonó el timbre de la puerta.
¿Quién podría ser? No esperaba a nadie, aunque
quizá Tomás había decidido hacerle una visita sorpresa... A veces actuaba así,
cuando la cabeza le dolía de tanto memorizar leyes y artículos. Sara
corrió al recibidor
y abrió la puerta.
Se quedó helada, paralizada. En el
descansillo, de pie
frente a ella,
el
hombre monstruoso y tullido que había visto en la
plaza la miraba con seriedad. Su primer impulso fue cerrar la puerta, pero se
contuvo. El hombre estaba inmóvil,
a una prudente
distancia de ella, en actitud
relajada y tranquila.
—¿Qué
desea? —No pudo
evitar que sus palabras sonaran recelosas.
—¿Sara Aludel? —Sara asintió. La voz del hombre era
inconcebiblemente ronca, pero también amable—. Discúlpeme, señorita Aludel. Sé
que mi aspecto suele inquietar a la gente. Pero le aseguro que soy inofensivo y
que mi presencia aquí obedece sólo a razones profesionales.
Sara
volvió a notar,
como horas antes en la plaza, que
sus mejillas enrojecían. «Feo no es lo mismo que malo», pensó. Intentó
relajarse.
—Perdone, es que no esperaba visitas... —De pronto
una idea le vino a la cabeza. ¿Razones profesionales? Frunció el ceño—. Ah, ya.
Trabaja usted para el banco. El hombre parpadeó, confuso.
—No
trabajo para ningún
banco. Esta mañana fui a visitarla a su trabajo. Dijeron que estaba
comiendo. Me acerqué al restaurante, pero la vi acompañada y
no quise molestarla. Vengo por el anuncio del
periódico. —
¿Cómo...?
—El anuncio. Dice
que alquila una habitación. Y aparece su nombre, junto a esta dirección.
—Pero el anuncio todavía no ha salido...
El hombre le tendió el diario que llevaba en
la mano. Sara lo cogió. Estaba
abierto por la
sección de anuncios por palabras. Había uno rodeado por un trazo de
rotulador rojo. Su anuncio.
—Es extraño, no tenía que aparecer hasta mañana.
—Miró al hombre
y sonrió por primera vez—. Lo siento, debo parecerle una tonta. Verá, lo
cierto es que pensaba alquilar la habitación a
una chica, no a un hombre...
—Oh, no, no, no. No es para mí. — El hombre frunció
levemente la nariz, y su cara, más que nunca, se asemejó a la de un mono—.
Verá, soy el secretario personal de un distinguido caballero, un notable intelectual
y filántropo, que desea discutir con usted un asunto
relacionado con su habitación. —El hombre sacó del bolsillo interior de la
americana una cartera
de piel de avestruz. Extrajo de ella una tarjeta y se
la tendió a Sara. Era un rectángulo de cartulina verde,
con el dibujo de una
flor, una orquídea, grabado en el extremo derecho. Y
un nombre en el
i zqui er do: Dr.
Pétalo. Al lado,
un número de teléfono. Ninguna dirección. El hombre
prosiguió—: Mi jefe,
el doctor Pétalo, está extremadamente interesado en hablar con usted. Y
le suplica que tenga la amabilidad de entrevistarse con él, mañana a las siete
de la tarde, en la suite Frank Lloyd Wright del hotel Ritz.
—Pero... —Sara estaba perpleja—. No acabo de
entenderlo. ¿Ese doctor quiere alquilar mi habitación?
—Créame —el hombre parecía afligido—, es difícil de
explicar. El doctor lo hará mucho mejor que yo. Acuda mañana a la cita.
Recuerde, suite
Frank Lloyd Wright. A las siete. Le aseguro que no
se arrepentirá. Buenas noches.
Tras
inclinar la cabeza,
aquel hombre extraño y deforme se alejó cojeando escaleras abajo.
Sara cerró lentamente la puerta y se dirigió
pensativa hacia el salón. Ya era casi
de noche; encendió
la luz. De pronto se dio cuenta de que en la mano,
junto a la tarjeta, todavía sostenía el periódico que le diera el
hombre torcido. Lo dejó sobre la mesa de cristal mientras se
sentaba en el
sofá. Contempló la tarjeta; era un elegante trabajo de
impresión. La orquídea,
dibujada en suaves tonos pastel, tenía una
apariencia extrañamente sensual; aunque, en fin, todas las orquídeas son así.
Doctor Pétalo... extraño nombre. Depositó la
tarjeta sobre la mesa y se tumbó en el sofá.
Al parecer un caballero llamado Pétalo, alguien con
suficiente dinero como para tener secretario personal y vivir en una suite del
Ritz, quería alquilarle la habitación...
Absurdo. Lo más probable es que fuera una treta del
banco. Aunque resultaba extraño que un banco se comportase de
forma tan rara.
Los
bancos
son poderosos, pero tediosamente previsibles.
Por otra parte...
La luz le
daba en los
ojos. Sara estiró el
brazo y la
apagó. El salón quedó en penumbras.
Por
otra parte, el tullido afirmaba que la había ido a buscar a
su trabajo — ella misma le vio en el restaurante—; pero ¿cómo sabía dónde
trabajaba? Además...
Sara dio un respingó y se incorporó bruscamente.
Había algo luminoso moviéndose sobre la mesa. Encendió la luz e inspeccionó con
precaución la superficie de vidrio, pero no encontró
nada extraño en ella. No obstante, estaba segura de
haber visto algo brillante moviéndose
despacio... Sara apagó
la luz de nuevo. Observó que lentamente una imagen se formaba encima de
la tarjeta del doctor Pétalo. Se acercó y la escrutó con atención.
—¿Qué es esto...? —murmuró asombrada. Apenas tres
centímetros por encima de la tarjeta que le diera el hombre torcido,
una luminosa y fantasmal orquídea azul, cubierta de motas
anaranjadas, giraba pausadamente sobre su eje. Sara la contempló embobada
durante un par de minutos. Luego
encendió de nuevo
la luz. La
orquídea desapareció. Cogió la tarjeta y la examinó
con cuidado. Parecía cartulina normal, de un suave color
verde, con mucha textura. Sara había visto
hologramas, y no se
parecían a esto. Claro que quizá se tratara de un producto nuevo;
los japoneses se pasaban la vida inventando cosas así. Pero
aquello era tan mágico...
Un
pensamiento, una difusa intuición, hizo que Sara cogiera el
periódico que le había dado el hombre deforme. Comprobó que su anuncio seguía
allí y luego desdobló las grandes páginas. —No es el periódico de hoy...
—susurró mientras lo hojeaba. Se fijó
en la fecha.
Era la edición de La Vanguardia del día siguiente.
Una intensa sensación de irrealidad la asaltó. Sara depositó el periódico sobre
su regazo. Durante unos segundos experimentó una profunda confusión. Intentó
calmarse. Luego apagó la luz y
acercó la tarjeta a sus ojos.
La orquídea, como un fantasma fosforescente, volvió
a iniciar su danza luminosa.
En realidad era algo muy bello. Sara sonrió.
GIMEL
Lucas Delgado tomó asiento detrás del escritorio de
acero esmaltado en blanco y dejó
la tarjeta del
doctor Pétalo, casi con reverencia, sobre su superficie.
—¿Dónde has conseguido esto?
Sara adivinó la excitación que se escondía tras las
pupilas dilatadas del hombre.
—Me lo dio un amigo.
—¿Y tu amigo de dónde lo ha sacado?
Sara se encogió de hombros. Lucas
unió las yemas de los dedos, desvió la mirada hacia
un lado y permaneció unos instantes
absorto en sus pensamientos. De
vez en cuando dirigía furtivos vistazos a la tarjeta verdosa que descansaba
sobre la mesa.
Lucas Delgado trabajaba en el departamento de
investigación de Electronic
Components —Electrocom
—, en calidad de director de proyectos. Hacía mucho
tiempo que conocía a Sara. De hecho habían sido vecinos hasta que, seis meses
atrás, Lucas aceptara venderle su piso al banco. Además
fue Lucas quien la recomendó para el puesto de
secretaria del departamento de
marketing.
Sara había acudido a él aquella mañana para
enseñarle la tarjeta del doctor Pétalo. Apagó las luces del despacho, situado
en el sótano y, por tanto, sin ventanas,
y le mostró
el mágico baile de la flor luminosa.
Lucas contempló con ojos pasmados la radiante
imagen de la orquídea intensamente azul, delicadamente moteada de naranja,
girando despacio en su órbita axial.
Luego Sara encendió la luz y le entregó la tarjeta
al sorprendido Lucas.
—¿Podrías examinar esto? Es muy curioso, ¿verdad?
A lo mejor
sabes
dónde se fabrica. —Lucas, todavía con los ojos
dilatados de asombro, miraba alternativamente a Sara y a la tarjeta. La
mujer prosiguió—: Ahora
tengo que irme. Volveré a la hora
de comer. Y, por favor, Lucas, no le enseñes la tarjeta a nadie. ¿Me lo
prometes?
El hombre asintió, todavía desconcertado.
Sara
salió del despacho, internándose deprisa por entre las
visceras de aquel edificio abrumador, frío y anónimo como un hospital de desahuciados.
Y la mañana se arrastró perezosa, entre la rutina gris de lo cotidiano y
la monotonía azul del
río
catódico que manaba, sutil, por las pantallas
fosforescentes de los ordenadores.
Todo igual que siempre, todo inmutable. Pero ahora,
en el interior de Sara, ardía un indefinido presentimiento; algo así como esa
extraña sensación que se experimenta cuando estamos a punto de entrar en un
lugar desconocido, pero que siempre hemos deseado visitar.
—Sara
—el hombre separó
las manos y señaló la tarjeta verde que descansaba sobre su mesa—: he examinado
esto y, bueno, es algo muy peculiar, ¿sabes?... La verdad, desconozco
completamente la tecnología
que lo hace funcionar. No he sabido de ningún
avance tan radical en holografía, y te prometo que estoy al tanto de esos
temas. —Se inclinó hacia delante—. Sara, me interesaría mucho hablar con tu
amigo.
—Se lo diré. —Sara no pudo evitar sonreír ante la
evidente confusión de Lucas—. ¿Qué es? ¿Un holograma?
—Pues... en un sentido muy amplio, evidentemente
sí. Esa tarjeta genera una imagen en tres dimensiones, de eso no cabe duda.
Pero también está claro que no lo hace de ninguna de las maneras hasta ahora
conocidas. Además la imagen se
mueve, lo que quiere decir
que la tarjeta genera o procesa energía. Pero no
he podido detectar
ninguna fuente de energía en ella. Sólo emite radiación en el espectro
visible. — Suspiró—. Y no sé cómo lo hace, ni de dónde surge esa imagen, ni por
qué se mueve. —Se pasó la mano por el pelo, con gesto cansado—. He realizado un
scanner de su
interior. Y no
tiene interior. Esta hecha de un material que parece cartulina,
pero que no es
cartulina, ni plástico, sino algo mucho más duro, aunque igual de flexible. La
misma tinta de la impresión... no es tinta, sino el propio material de la
tarjeta que parece alterar su color. —Suspiró—. Lo
he probado todo. Incluso he llamado al número de
teléfono que aparece inscrito.
—¿Y...?
—Es un número
inexistente. — Cogió la tarjeta
y la contempló con el ceño fruncido—. Esto es un objeto imposible, Sara.
—¿Quién puede haberlo fabricado?
—Nadie. —Lucas agitó suavemente la tarjeta—. ¿Quién
es tu amigo? ¿El doctor Pétalo? —Sara negó con la cabeza—. Da igual. Tengo que
hablar con el dueño
de la tarjeta.
Es importante.
—No te preocupes, ya te he prometido que se
lo diré. ¿Se la has
mostrado a alguien?
—No, no. Pero me gustaría que la viese un
compañero. Se trata de un especialista en...
—No. —Le quitó la tarjeta de las manos. Lucas la
miró casi con desesperación. Sara le advirtió—: Y no quiero que le hables a
nadie de esto.
—Déjamela, Sara. Sólo veinticuatro horas más
—suplicó Lucas—. El tiempo de hacerle un espectrograma láser y...
Sara selló con un dedo los labios de
Lucas.
—Has sido muy amable al examinar esto por mí. Te lo
agradezco mucho. Cuando llegue el
momento tendrás la
tarjeta. Todo el tiempo que quieras.
Lucas parecía un perro ansioso por conseguir un
hueso.
—¿Y cuándo crees que llegará ese momento?
—Cuando
averigüe algunas cosas.
—Sara se levantó—. Eres un buen
amigo, Lucas. Guárdame este secreto.
Sara no fue a comer. Se quedó en la oficina, frente
a su mesa metálica, en un rincón del
pasillo, bajo los
tubos de neón verdoso, frente al
ordenador, pensando.
Había una explicación para que el hombre tullido
tuviese el periódico del día
siguiente: cuando la
visitó en su
casa, prácticamente habían dado las nueve de la
noche. Y los periódicos comienzan a imprimirse sobre esa hora. El tullido podía
encontrarse en la imprenta, haber cogido la primera edición y
luego haber corrido
a su casa... No parecía muy
razonable, pero sí posible.
No obstante, la tarjeta y su mágica flor carecían
de explicación. Eran un enigma.
Quizá
su entrevista con
el doctor
Pétalo aclarase las cosas...
Sara
se agitó sobre
el asiento. Estaba nerviosa.
Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir. Como la víspera
de Reyes, cuando era niña, y el futuro inmediato se
presentaba lleno de sorpresas y prodigios.
Sacudió la cabeza.
«Sara, Sara», pensó, siempre fantaseando...
Las horas pasaron con lentitud exasperante.
Albaranes, cartas, llamadas telefónicas. Vázquez por el interfono, altivo como
un capitán de empresa: Sara sirve
café, Sara haz
unas fotocopias, Sara date
prisa...
Carreras a la impresora, mandar un fax, preparar el
correo, distribuir memorándums. El reloj marca las cinco y cuarto.
Una
llamada de Tomás
(era viernes): «Hola, mi amor... ¿Vamos esta noche al cine...? Te paso a
buscar a las nueve, ¿de acuerdo?»
Archivar órdenes de compra, localizar a un
proveedor, hacer un duplicado de cierto contrato, escribir un listado de
direcciones, localizar un número de teléfono, pasar las llamadas.
El reloj marca las seis menos diez. Sólo faltan
diez minutos para salir...
La puerta del despacho se abrió. Vázquez se
aproximó a Sara y le tendió un puñado de folios manuscritos.
—Hay que pasar esto a máquina y mandarlo por fax a
la central de Nueva
York.
—Pero es muy tarde, no me dará tiempo. Lo haré el
lunes a primera hora.
—Claro, y en Nueva York estarán encantados de que
todo se paralice porque una secretaria quiere irse de paseo.
—Tengo una cita a las siete...
—¡Oh, una cita! Eso lo cambia todo.
—La voz de
Vázquez expresaba un alegre sadismo—. Lo malo es que si quieres
seguir teniendo trabajo el lunes, más vale que acabes esto hoy.
Muérdete la lengua, Sara. Agacha la cabeza y
obedece.
Los dedos vuelan sobre el teclado.
Deprisa, deprisa.
Las siete menos cuarto. El texto ya está pasado.
Sara corre por la vacía oficina hasta llegar al fax, marca el número de Nueva
York. Comunica.
«Oh,
no, no, no...
Voy a llegar tarde.»
Vuelve a marcar. Línea abierta. Un suspiro de
alivio. Los folios comienzan a adentrarse por entre los rodillos del fax. Tan
lentamente...
El reloj marcaba las siete y cinco cuando Sara
salió de la oficina. La calle era
un torrente humano,
la boca del metro un enorme desagüe.
Sara se
convirtió en una molécula
más de aquel río browniano. Casi sin voluntad su
cuerpo se desplazó por los túneles de neón y las escaleras de cemento.
En su mente, Sara evocaba la orquídea asombrosa.
Camino de su cita en el Ritz todo parecía girar,
despacio, de derecha a izquierda,
como la flor
mágica del doctor Pétalo.
Un revuelo de raso y seda, de pamelas floreadas y
de trajes negros y azules sorprendió a Sara en el vestíbulo del hotel. Los
invitados a una boda deambulaban de un lado a otro, en una zigzagueante carrera
de besos, saludos y
abrazos.
Un empleado del
hotel intentaba en vano reconducir la situación hacia los salones
adecuados. Pero los novios todavía no habían llegado, la expectación se
mantenía. Un reloj, en la recepción, marcaba las siete y veintiséis minutos de
la tarde.
Sara se encontraba perdida en el lujoso vestíbulo,
entre aquella gente engalanada y altiva. Se detuvo cerca de los ascensores y
buscó con la mirada algún indicio de la suite donde estaba citada. Sin querer
se fijó en el grupo de maduras matronas que charlaban cerca de ella. Pieles y
joyas, damasco y satén, gestos distantes
y sonrisas falsas. Las
manos sujetando largos guantes blancos, como
palomas apresadas por cepos de carne.
—Sara... —La voz ronca del secretario del
doctor Pétalo la sobresaltó. Se encontraba a su lado, mirándola
inexpresivo—. Estamos muy contentos de que haya decidido venir.
—¡Oh...! Sí... Lo siento, me he retrasado.
—Eso carece de importancia. Tenga la bondad de
seguirme. El doctor está deseando conocerla.
Subieron
en ascensor hasta
el séptimo piso. Luego Sara siguió el renqueante caminar del hombre torcido
a
través de los pasillos de mármol y alfombra.
Finalmente llegaron ante una puerta
de madera que
ostentaba una placa de cristal de
roca y letras doradas. En ella podía leerse: Suite Frank Lloyd Wright. El
hombre golpeó con sus peludos nudillos en la madera de nogal y abrió la puerta
sin esperar respuesta. Le cedió el paso a la mujer.
Sara entró despacio en la increíblemente lujosa
suite. En realidad era una especie de recibidor, decorado con muebles art déco
de cuero, madera y metal. Las esquinas de las paredes y los techos estaban
rematados por largas molduras de cristal blanco. Dos grandes
espejos con motivos florales en los marcos se
enfrentaban a cada lado de la habitación, repitiendo infinitamente sus
imágenes. Cerca de una puerta cerrada, un retrato de mujer, pintado por Támara
de Lempicka, colgaba de la pared. A su lado, junto a una delicada licorera de
vidrio y marfil, el doctor Pétalo la contemplaba sonriente.
—Mi querida Sara. Qué inmenso placer conocerte. —Se
acercó a ella y estrechó cordialmente su mano entre las suyas. Eran unas manos
fuertes, pero también suaves y cálidas—. Por favor, ponte cómoda.
Sara tomó asiento en un gran sillón
tubular de cuero negro. El secretario del doctor se
dirigió a la puerta que había junto al retrato.
—¿Necesita
algo más, doctor?
—
preguntó antes de salir.
—No, gracias, Dostigres. Puedes retirarte.
«¿Dostigres... ? ¿ Qué clase de nombre era ése?»
El
hombre tullido dirigió
una pequeña reverencia a Sara y salió de la habitación, cerrando la puerta
tras de sí.
—¿Te apetece un jerez? Oh, no me digas que no.
Tienes que probar esta deliciosa cosecha del setenta y dos. Lo embotellamos en
casa, ¿sabes?
Sara observó al doctor Pétalo mientras servía el
jerez en dos pequeñas copas de cristal tallado. Vestía un elegante traje verde
oscuro y una camisa de seda, sin corbata, con el cuello abierto. No llevaba
joyas. Era muy alto, de complexión atlética. Debía rondar los cincuenta años,
aunque parecía encontrarse en plena
forma. Tenía el pelo rubio, trigueño, pero las canas
comenzaban a cubrir
las sienes, así como los aladares de su cuidada barba.
Los ojos eran azules, casi grises. Parecía un
hombre del norte,
un finlandés o un noruego, pero hablaba sin acento alguno.
—Bien, querida —dijo el doctor mientras le ofrecía
la copa de licor—; pruébalo y dime qué te parece.
Sara dio un sorbito.
—Muy bueno...
—Tenemos una pequeña finca en Sanlúcar de Barrameda
—comentó afablemente el doctor mientras tomaba asiento en un sillón próximo a
Sara—. Allí se cultiva una variedad especial de la uva palomino fino. Son unas cepas excepcionales,
créeme. Además, este jerez ha sido criado siete años en botas de roble
americano. A la temperatura adecuada, con el debido grado de humedad. No
probarás nada igual,
querida.
—Es un vino excelente. —Sara dejó su copa sobre la
pequeña mesa Clément Mere que tenía
al lado. Carraspeó—.
¿Qué desea de mí, doctor? Su secretario me dijo que
era algo relacionado con la habitación que alquilo...
Pétalo sonrió. Bebió un sorbo de jerez y lo paladeó
con los ojos cerrados. Luego depositó su copa junto a la de Sara. Había algo en
él, en su mirada, en sus movimientos, que invitaba a la confianza. De algún
modo, el doctor parecía transmitir serenidad y sosiego.
—Querida Sara —su voz era leña quemada, humo
cálido, rumor de abetos
—, te juro que lo que vas a escuchar lo he contado
ya cientos, miles de veces. Y siempre se me hace difícil encontrar las palabras
adecuadas. —Comenzó a mesarse suavemente la barba de trigo oscuro, mientras sus
ojos se tornaban soñadores.
Prosiguió—: Vivo en una
casa llamada Mansión. Es una morada grande y hermosa, rodeada de parques y
jardines, de fuentes y arroyos. Un lugar de ensueño, créeme. Un paraíso de vino
y miel. Por otra
parte, también es un sitio sorprendente. Sorprendente en muchos
sentidos. —Ahora había algo de picardía en su sonrisa—. Por ejemplo:
Mansión siempre está
creciendo.
Constantemente aumentamos el número de
sus habitaciones. Te
parecerá extraño, es natural.
Pero cada ampliación de la casa
está meticulosamente estudiada. Sólo queremos lo mejor; nos lo pensamos mucho
antes de añadir un nuevo recinto a nuestro hogar. —Se encogió levemente de
hombros—. Y, ¿sabes qué? Hemos llegado a la conclusión de que una de las
habitaciones de tu piso puede interesarnos. —Pétalo dejó de hablar y enarcó las
cejas con humor—. ¿Ves...? Te estoy confundiendo. Pero ésta es una historia
difícil de contar... Mira, considérame como un coleccionista muy
especial.
Colecciono arquitecturas,
¿comprendes? Cuando veo una construcción que me
emociona, una sala en particular, un edificio, un jardín... deseo poseerlo,
incorporarlo a mi colección. Entiéndelo, así se mueve el corazón de un
collectionneur. —Suspiró
—. En fin, me pongo en contacto con el dueño del
recinto que ha llamado mi atención, e intento llegar a un acuerdo de compra.
El doctor Pétalo extendió las manos con las palmas
hacía arriba, dando a entender que el
asunto ya estaba expuesto. Se recostó en el sillón y
cruzó una pierna sobre la otra. Le dirigió a la
mujer una sonrisa de simpatía.
Sara apartó la mirada del doctor y la dejó pasear
por el suelo alfombrado de la suite. Pensó que aquello era una locura. Apuró su
jerez y respiró hondo.
—A ver si lo he entendido: usted es como uno de
esos multimillonarios americanos que compran un castillo escocés y se lo
llevan, piedra a piedra, a su rancho de California, ¿no?
—Una feliz comparación, querida. En efecto, soy
algo así. —Y quiere comprarme un dormitorio, ¿es eso? — No se trata de un
dormitorio, sino del salón que da a la terraza. Y la terraza también.
—¿Y se va a llevar mi salón y mi terraza para
ponerlos en su mansión? — Sara no pudo
evitar que la
risa floreciera en sus labios—. ¿Y que me dejará? ¿Un gran agujero...?
—Ah, Sara. Entiendo que te rías. — Pétalo asintió
levemente y sonrió—. Pero no hace falta trasladar tu
salón. Lo conectaríamos a nuestro hogar sin necesidad de moverlo de sitio.
Simplemente, añadiríamos un
puerta más, y esa puerta conduciría a Mansión.
Sara movió la cabeza de un lado a otro.
—¿Por qué se burla de mí, doctor?
—Estoy siendo sincero contigo,
Sara. —Los ojos de Pétalo se nublaron
—. Pero sé
por experiencia que, llegados a este punto, las palabras
dejan de funcionar. Tendré que mostrártelo. — Pétalo se levantó del sillón y se
acercó a la puerta de la suite por la que había salido su secretario. Apoyó una
mano en el pomo y extendió la otra hacia Sara—.
¿Te importaría acompañarme? Sólo tardaremos unos
minutos.
Sara
dudó. Aquel hombre
podía estar desequilibrado, o ser un embaucador... Pero
no parecía peligroso, más bien al
contrario. No obstante, era imprudente fiarse de un extraño, sobre
todo cuando sus
intenciones no resultaban, de ninguna manera,
claras. Pensó en abandonar la suite y olvidarse de todo aquello. Luego recordó
la mágica tarjeta y su imposible flor giratoria...
Sara se levantó y caminó despacio hasta detenerse
al lado de Pétalo.
—¿Qué quiere enseñarme?
—Algo que te sorprenderá, no lo dudes. —Pétalo
respiró hondo, reteniendo unos segundos el aire en los pulmones. Luego lo
exhaló pausadamente—. ¿Dónde estamos ahora, Sara?
—¿Cómo...?
—¿Dónde nos
encontramos? En el
hotel Ritz, ¿no es cierto?
—Claro...
—En la Gran
Vía de Barcelona
¿verdad?
—¿A qué viene todo esto...?
—Ten paciencia. Sólo quiero dejar bien sentado que
estamos en una suite situada en el piso séptimo del Ritz. ¿Sí?
Sara desvió la mirada y movió levemente la cabeza
de un lado a otro.
«¿Qué estoy haciendo aquí?»
—Bien, querida, ¿tienes la amabilidad de
acompañarme?
El
doctor Pétalo abrió la puerta y
con un ademán le cedió el paso a la mujer.
Sara dudó un
instante y,
finalmente, cruzó el umbral.
Cuando Sara contempló lo que había detrás de la
puerta, su corazón dejó de latir un instante, para luego acelerarse locamente,
como un reloj al que se le salta la cuerda. Sus pupilas se dilataron y su
cuerpo se estremeció presa del vértigo.
El
lugar donde se
encontraba no tenía parangón con
nada que hubiese visto jamás. Era un inmenso corredor de blancas paredes, de
unos cien metros de ancho, por setenta u ochenta de alto. Su longitud no podía
calcularse, ya que los dos extremos del corredor parecían perderse en
el infinito. El
techo, de
cristal, mostraba un grandioso cielo nocturno
cuajado de estrellas. A cada lado del corredor, filas de puertas se alineaban
hasta perderse en una perspectiva dramáticamente fugada.
Era impensable que aquella descomunal construcción
estuviese en el hotel Ritz (¡el hotel entero cabría dentro de ella!), o en
cualquier otra parte de Barcelona.
De hecho, la
propia existencia del corredor parecía imposible, un atentado a la
cordura y al sentido común.
—Tranquilízate, Sara. Esto es el Pasillo Central de
Mansión. Lo hemos conectado
provisionalmente al hotel
Ritz.
Miró incrédula a Pétalo. Sara apenas podía hablar,
o moverse, o pensar. Un intenso
mareo se había adueñado de ella, haciendo peligrar su equilibrio. El
doctor la sujetó por los hombros.
—Tranquilízate,
niña —susurró—. A todo el mundo
le sucede la primera vez que ve Mansión. Pronto te acostumbrarás. Sara
apartó la mirada del doctor y volvió a contemplar el
inmenso Pasillo Central.
Todo en él evocaba formas curvas, ondulantes,
vegetales. Columnas de hierro verdoso se elevaban, pegadas a las paredes,
hasta transformarse en
palmeras de largas ramas que se entrelazaban con el
cristal del techo, amparando entre sus hojas generosos racimos de
dátiles tallados en lapislázuli, pálida hiedra trepadora de
nácar y marfil, musgo de malaquita y frutos de jaspe y rubí.
Por el centro del Pasillo, de cien en cien metros,
una infinita serie de construccionei de metal dorado y cristal, todas
idénticas, se sucedían en una fila sin fin. Eran pequeños habitáculos
transparentes, parecidos a los lujosos ascensores de principios de siglo.
El suelo estaba formado por losas cuadradas de
mármol, blancas y negras,
como un tablero de ajedrez. En las paredes,
lánguidos apliques de hierro forjado evocaban enredaderas y nenúfares. Sobre
ellos, a unos diez metros del suelo, flotaban ingrávidos grandes ovoides
luminosos, las únicas fuentes de luz que se distinguían en el Pasillo.
Reinaba un silencio total.
—Como verás, en Mansión somos muy aficionados
al art nouveau.
— Pétalo hablaba en tono suave, tranquilizador—. Personalmente encuentro
que el estilo modernista es particularmente evocador. Espero que te guste.
Sara cerró los ojos. Tenía el estómago apretado
como un puño, y no cesaba de temblar. Tragó saliva.
—Esto no es real —dijo con un hilo de voz—. Es una
alucinación...
—No, no, querida; es auténtico. Estamos en
el Pasillo Central
de mi casa, ya te lo he dicho.
Sara negó con la cabeza.
—Es una ilusión... como el holograma de la
tarjeta...
—Ya sé que es difícil de aceptar, Sara. Pero todas
estas puertas que ves
—señaló con un ademán la línea infinita de portales
alineados— conducen a los diversos recintos de la casa. Cada uno
de ellos conectados a Mansión de una forma sutil,
etérea. Igual que
hemos hecho con el hotel. —Sonrió paternalmente—. No
es fácil de entender, ya lo sé. Pero es real. —La tomó
de la mano—. Ven, confía en mí.
Sara, casi sin voluntad, se dejó llevar. Sus pasos
sembraron de ecos el silencio de aquel lugar inverosímil. Se detuvieron frente
a un gran portal de roble, con el marco tallado en formas geométricas curvas.
Tenía un símbolo grabado, una «u» tumbada hacia la izquierda, y al lado unas
palabras: nun, lamed, waw. Pétalo
giró el pomo y
abrió.
Sara sintió que el vértigo volvía a atenazar su
estómago cuando vio el embarcadero de madera, la pradera cubierta de flores
exóticas, el lago rodeado de bosques, las montañas de granito con
las cumbres veladas
de nieve. Y los dos soles gemelos, uno naranja y el otro amarillo,
poniéndose en el horizonte.
—Es uno de
los parques de Mansión. —Las manos del doctor empujaron
suavemente a Sara, invitándola a traspasar el umbral—. Lo llamo Avalon. Es mi
favorito.
Cruzaron la
puerta. Sara notó
que una suave brisa jugaba con sus cabellos
y arrancaba rumores de almidón a las copas de los
árboles. A su nariz llegaron aromas a resina y humedad, a regaliz, espliego y
jara... y una miríada de olores imposibles
de definir, porque
nunca antes habían sido percibidos.
Ah, no. Aquello no era una holografía, ni una
ilusión. Aquello era absolutamente real, aterradoramente auténtico.
Sara escuchó ruido de pisadas y un profundo
resoplar. Se volvió sobresaltada. A unos
diez metros de ella, un extraño animal pacía en las
jugosas hierbas que crecían al borde del lago. Parecía un caballo, pero no lo
era.
En la
parte superior de su
cabeza se erguía un cuerno largo y
fuerte.
—Unicornios —murmuró Pétalo, feliz como un niño—.
Hermosos animales, ¿no es cierto? Es poco frecuente verlos, pero hemos tenida
suerte. Fíjate, Sara.
Este parque Avalon, se encuentra
increíblemente alejado de tu ciudad, del hotel donde estábamos. Y, sin embargo,
formando parte de Mansión, está cerca, al alcance de la mano. ¿No te parece
maravilloso?
Sara respiraba agitadamente y no dejaba de temblar.
Como hipnotizada, contemplaba alternativamente el unicornio y los dos soles, a
punto ya de
desaparecer tras las montañas. — Sáqueme de aquí,
por favor... —musitó.
—Pero, niña, no tengas miedo. Los unicornios son
animales inofensivos.
Sara estaba demasiado mareada y aturdida para
abandonar aquel lugar sin ayuda. Además, no creía poder enfrentarse sola al
vértigo infinito del Pasillo Central.
—Quiero irme —jadeó—, vamonos, por favor...
—Querida, estas hiperventilándote
—observó el doctor—. No deberías hacerlo, porque
aquí el contenido de oxígeno es...
—¡Sáqueme de aquí, doctor! —gritó
la mujer—. ¡Lléveme al hotel!
Pétalo advirtió que las mejillas de Sara habían
adquirido el color
del nácar, que su frente estaba perlada de sudor.
—Te has mareado, niña. No te preocupes, volveremos
a la suite.
Desde el punto de vista del parque, la Puerta de
Mansión se encontraba adosada a una pequeña y ruinosa construcción de barro
y mosaicos. Pétalo, sujetando a Sara por la cintura y los hombros,
la ayudó a
cruzar el umbral.
Y se encontraron de nuevo con la grandiosa perspectiva del
Pasillo
Central. Sara cerró los ojos. Pétalo la llevó, casi
en volandas, hasta la puerta que
conducía al hotel.
Entraron en la suite y el doctor depositó a la mujer, con infinita
delicadeza, en el sillón de cuero negro.
—Te pondré otro jerez, niña. Necesitas reanimarte.
—No... No... Tengo que salir de aquí... —Sara
intentó incorporarse, pero no lo consiguió, seguía mareada. Tragó saliva varias
veces—. Yo... dentro de un minuto estaré bien... y me iré...
Pétalo asintió. Sus ojos reflejaban
comprensión y ternura.
Cogió un taburete de
madera lacada y
tomó
asiento al lado de la mujer.
—Sé que ahora te encuentras confundida, Sara. Y que
no es el mejor momento para hablar. Pero es necesario, porque pronto te
marcharás. Mira, has dado un simple vistazo a mi casa. Te has limitado a rozar
levemente su interior. Pero Mansión puede ofrecerte mucho más. Acepta mi
oferta, Sara, véndenos tu terraza y recibirás a cambio un tesoro incalculable.
Sara se incorporó y dio dos pasos vacilantes hacia
el centro de la suite.
—Tengo que irme... —Buscó, confusa, con la mirada—.
¿Mi bolso...?
—Escúchame, Sara. Podemos hacer
una prueba. Sin ningún compromiso por tu parte.
Si aceptas, abriremos
una puerta en tu salón. De forma temporal. Una puerta que conduzca a
Mansión y que te permita descubrir sus prodigios y misterios. Una puerta que
sólo tú podrás cruzar y que permanecerá abierta hasta que decidas lo que
quieres hacer.
—Mi bolso... No lo encuentro...
El doctor Pétalo sonrió con resignación. Se agachó
y cogió el bolso que estaba medio oculto bajo el sillón. Se lo tendió a la
mujer.
—Acepta mi ofrecimiento, querida Sara. Sólo será
una prueba y podrás descubrir todo lo
que Mansión puede
hacer por ti. Llámame cuando tomes una decisión,
por favor.
Sara cogió el bolso, vaciló un segundo... Se dio la
vuelta y salió de la suite con paso rápido y nervioso.
Se detuvo un instante en el pasillo del hotel. Su
mente era un torbellino de ideas e imágenes; no podía pensar con claridad. Recuperó
el aliento y se
dirigió a los ascensores.
El hall del hotel continuaba siendo un hervidero.
Los novios todavía no habían llegado y los invitados seguían revoloteando con
sus plumajes de fiesta. En realidad, todo parecía igual que cuando Sara llegó.
La
mujer se detuvo
un instante y miró el reloj de la recepción. Marcaba las
ocho menos veinticinco.
¿Sólo había permanecido diez minutos en la suite,
con el doctor? Imposible. Consultó su reloj: las ocho y media.
«¿Qué está pasando?», pensó Sara.
«¿Dios mío, qué me está ocurriendo...?» En aquel momento los novios
entraron en el vestíbulo.
Aplausos,
besos y risas.
Un remolino de cuerpos
girando concéntricos en torno a la pareja de recién casados, como hojas
de otoño resbalando por el
agua rizada de un
sumidero.
BETH
Al llegar a su casa, Sara se apoyó contra la pared
y permaneció así unos instantes, sintiéndose aliviada por el bálsamo de lo
cotidiano, de lo familiar.
Después de darse una ducha (que la tranquilizó un
poco, pero no lo
suficiente) fue al salón y se tumbó en el sofá. Estaba aturdida.
Se llevó un susto de muerte cuando sonó el timbre
de la puerta. No abrió hasta escuchar la familiar voz de Tomás al otro lado.
Había olvidado por completo la cita con su novio.
—¿Todavía estás así? —exclamó Tomás al verla con
una camiseta larga y el pelo mojado—. ¡Vamos a llegar tarde al cine!
—¿Al cine...?
—Pero,
Sara... Siempre en las nubes. Habíamos quedado en ver una
película. ¡Ya he sacado las entradas!
Sara se arregló
a toda prisa, mientras Tomás
pasaba el tiempo ha c i e nd o zapping en
el televisor. Llegaron con la
película empezada. Era una divertida comedia de Woody Alien, pero Sara
fue incapaz de
prestar
atención. En la oscuridad del cine, sus
pensamientos eran una especie de puzzle donde las imágenes se mezclaban con
emociones extrañas en medio de una intensa sensación de irrealidad.
Luego, cuando acabó la película, volvieron a casa y
se acostaron. Tomás quiso hacer el amor, y Sara lo intentó; pero estaba
demasiado nerviosa y no lograba concentrarse en nada, le era imposible pensar
en otra cosa que no fuera Mansión. Intentó incluso fingir, pero hasta aquello
le resultó imposible.
—¿Qué te pasa? —le preguntó
Tomás—. Estás muy tensa.
¿Qué podía decirle? ¿Que había
pasado la tarde viendo unicornios en un parque,
bajo la luz de dos soles? ¿Que había
estado con un
doctor loco que tenía una casa en la que cabía toda
Barcelona?
—No es nada, Tomás. —Fingió una sonrisa—. Problemas
en el trabajo, tonterías...
Sara le besó en los labios, apagó la luz de la
mesilla y cerró los ojos. Le costó mucho dormirse, y cuando lo consiguió su
sueño fue inquieto
y agitado.
El sábado pasó como una nube de algodón arrastrada
por la brisa. Sara se refugió en su mundo cotidiano; atender
la casa, preparar la comida, salir con Tomás. En
cierta medida logró arrinconar el recuerdo de Pétalo y
Dostigres, de la suite del Ritz y de Mansión. Pero, a la larga, las imágenes
volvían a fluir,
asaltándola de improviso, y su
mente experimentaba de nuevo el vértigo de Pasillo Central, y sus oídos
escuchaban las palabras del doctor Pétalo hablándole de su casa inaudita, y sus
ojos veían los unicornios pastando bajo los dos soles de Avalon.
El sábado por la noche se acostaron pronto. Sara
se obligó a
sí misma a hacer el amor con Tomás. Fue, como siempre,
un acto cotidiano y previsible,
sin excesiva pasión, pero con la precisa
pericia de un
rito muchas veces repetido.
Igual
que la noche
anterior, Sara tardó en conciliar
el sueño. Pero esta vez sus pensamientos
dejaron de girar caóticamente en torno a los acontecimientos del viernes, y
pasaron a ocuparse del futuro inmediato. ¿Qué iba a hacer? ¿Olvidarlo todo,
como aconsejaba la razón? ¿O hacer caso a su curiosidad y ponerse en contacto
con el doctor Pétalo?
Giró la cabeza y observó, bajo la débil luz que se
filtraba por la ventana, el rostro dormido de Tomás. Parecía un
niño pequeño, alguien a quien proteger.
Sara cerró los ojos e intentó dormir. Aquella noche
soñó que estaba con Dostigres, el secretario
de Pétalo, en una fiesta de disfraces, y que juntos
bailaban valses en
la pista de
un inmenso salón de espejos. Ella llevaba un traje dieciochesco, con una
gran peluca blanca, y Dostigres un rojo uniforme de dragón del ejército
francés. Tenía un aspecto ridículo.
Luego el salón de baile se convertía en el Pasillo
Central, y Dostigres decía:
«¿Qué prefieres, Sara? ¿Venderle todo el piso al
banco, o sólo el salón y la terraza a Mansión?» Más tarde aparecía
un gran conejo blanco con una chistera, y el sueño
se volvía completamente absurdo.
El domingo por la mañana Sara y Tomás desayunaron
en un bar cercano. Dieron un corto paseo hasta la boca del metro y allí se
despidieron con un beso. Tomás preparaba la oposición durante toda la semana,
incluyendo domingos, catorce horas al día, sin interrupción. Sólo se permitía
descansar los viernes por la noche y los sábados. Desde hacía tres años,
ésos eran los
únicos momentos que Sara y Tomás tenían para estar juntos. Pero, claro,
como decía Tomás, si fuera
fácil convertirse en
notario, nadie ganaría tanto dinero siéndolo.
Sara volvió a su casa y se recostó en la tumbona de
mimbre que había en la terraza. Hacía una mañana magnífica. Sara cerró los
ojos, permitiendo que su cuerpo se relajara bajo el calor radiante del sol,
y poco a
poco comenzó a ordenar sus pensamientos.
Primero buscó explicaciones racionales. Todo podía
haber sido una alucinación, un sueño. Pero aún conservaba la tarjeta del doctor
Pétalo, y eso era real.
Quizá se tratara de un engaño, de una ilusión...
Aunque si así fuera, se trataría
de una ilusión tan inconcebible que en sí
misma constituiría un
asombroso enigma.
Por último, quizá lo que le contó el doctor Pétalo
fuera cierto... Y quizá Mansión existiese, y quizás el Pasillo Central
condujera a un universo de prodigios y maravillas.
Y quizá Sara
pudiera... quizá pudiera dejar de
esperar.
Se incorporó sobre la tumbona. Durante unos minutos
permaneció completamente inmóvil, intensamente concentrada. De pronto, frunció
los labios, se levantó con aire decidido, atravesó el salón y corrió a la
contigua
sala de estar. Cogió la guía que había junto al
teléfono y buscó un número. Lo encontró y marcó. Sonaron tres señales y una
amable voz contestó al otro lado.
—Hotel Ritz, dígame.
—Quisiera hablar con uno de sus huéspedes, el
doctor Pétalo —dijo Sara, conteniendo la respiración.
Una larga pausa.
—Lo siento, señorita —contestó la voz del
conserje—. No se aloja con nosotros nadie llamado Pétalo.
—El viernes estaba allí. ¿No ha dejado alguna
dirección, o un teléfono?
Sara escuchó, a través del aparato, el lejano y
leve sonido de unas teclas de
ordenador al ser pulsadas.
—Tampoco el viernes aparece registrado nadie con
ese nombre —dijo el conserje tras una nueva pausa.
—Pero si yo le vi. Estaba en una habitación del
piso séptimo. La suite Frank Lloyd Wright.
—Creo que hay una confusión, señorita. Disponemos
de doce suites, pero ninguna se llama Frank Lloyd Wright. Además, el Ritz sólo
tiene seis pisos.
Sara
respiró profundamente. Notó que el vértigo volvía; esta vez, sin
embargo, acompañado de un sentimiento de
júbilo tan incongruente como
embriagador.
Se disculpó con el conserje y colgó. Cogió la guía
telefónica y volvió a consultarla: el apellido Pétalo no figuraba en ella. Dejó
la guía a un lado. El doctor había dicho que le llamase, ésas fueron sus
últimas palabras. Pero
¿a dónde?
En la tarjeta había un número de teléfono, por
supuesto. No obstante, Lucas dijo que se trataba de un abonado inexistente, de
una línea muerta... Sin embargo,
las cosas que
rodeaban a Pétalo parecían ser
singularmente cambiantes. Buscó en su bolso y sacó la tarjeta. Contempló
el número que
aparecía en ella y descolgó el teléfono. Tragó
saliva: la excitación se agitaba en la boca de su estómago como un hormiguero
en ebullición.
Marcó. La señal de llamada sonó cuatro veces en el
auricular, y luego, con un clic que congeló el corazón de la mujer, alguien
descolgó.
—¡Querida Sara! ¡Cuánto me alegra que hayas
decidido llamar! —La voz de Pétalo sonaba alegre y cercana. Sara
permaneció inmóvil, muda,
sin saber qué hacer o qué decir—.
¿Sara...? ¿Estás ahí?
—Sí... sí, doctor.
—No te oía. ¿Lo has meditado?
¿Deseas hacer la prueba y unirte
temporalmente a Mansión?
—Yo...
bueno, quisiera... me gustaría volver a hablar con usted.
—Claro, claro. Pero el teléfono no es un
medio civilizado de
conversar.
¿Te parece bien que nos veamos ahora mismo?
—Como desee... ¿Adonde debo ir? Hubo un silencio al
otro lado de la
línea.
—Escucha, Sara —dijo por fin el doctor—, no quiero
sobresaltarte, ni que pienses que estamos haciendo ostentaciones. Es una
cuestión práctica, como pronto comprenderás. Cuelga el
teléfono y ve al salón. Allí encontrarás algo
nuevo. No te asustes; úsalo y podremos vernos.
Y el doctor Pétalo colgó. Sara depositó el
auricular sobre el teléfono y miró con cierta aprensión hacia el salón. Se
levantó y caminó hasta el umbral de la puerta. Inspeccionó la habitación con la
mirada. Todo parecía en orden, no había nada anormal. Miró hacia la pared del
fondo...
Y vio que había una nueva puerta en el salón.
Era una puerta normal, idéntica a las restantes de
la casa. Pero en esa pared nunca antes había existido una puerta.
Sara se acercó y la examinó. Era de madera lacada
en blanco, con tiradores de bronce, como
todas las demás.
La tocó con precaución. Era
real, estaba allí.
Por unos instantes Sara sintió el imperioso deseo
de salir corriendo. Se mordió el labio inferior. «Es esto lo que deseas, ¿no?»
Llevó la mano al pomo de la puerta y lo giró. ¿Y si detrás se encontraba el
aterrador Pasillo Central? Cerró los ojos mientras abría la puerta.
Respiró hondo, parpadeó. Y miró.
Y sus ojos contemplaron la luz tamizada del
atardecer sobre el mármol blanco, los reflejos violetas y rosados
de las joyas incrustadas en la piedra labrada, los
arabescos geométricos, los versículos del Corán en las paredes...
Sara cruzó el umbral y alzó la vista. Admiró
maravillada la enorme cúpula color de hielo que, a setenta metros del suelo, se
abría como un capullo en flor.
Había visto cientos de fotografías de aquel lugar.
Estaba en el Taj Mahal, el palacio indio, en realidad un mausoleo, que
construyera el sha Yahan para albergar el cadáver de su amada esposa Muntazi.
Sara miró hacia atrás y pudo ver, a través de
la puerta, las
familiares paredes de su salón, el radiante sol del
mediodía arrancando destellos del parqué. Volvió a
admirar el interior del Taj Mahal, tenuemente iluminado por la luz dorada del
atardecer.
—Estamos aquí, Sara.
A unos doce metros de ella, junto a una gran
ventana, se encontraban Pétalo y Dostigres. El doctor hacía señas con la mano
mientras le dedicaba la más afable de sus sonrisas. Sara se acercó. Pétalo le
indicó con un ademán que tomase asiento junto a él, en una pequeña silla de
tijera. Dostigres, de pie junto al doctor, la saludó con una inclinación de
cabeza.
—Estoy feliz de volver a verte, Sara
—dijo Pétalo—. Nos hemos tomado la libertad de
conectar tu salón con el Taj Mahal. Pensamos que podría gustarte.
—¿Es el Taj Mahal de verdad? — murmuró Sara,
contemplando asombrada, a través de la ventana, el estanque rectangular
flanqueado por filas de
cipreses.
—Por
supuesto. —Los ojos
de Pétalo parecían chispear—. Es el Taj Mahal de
1653, el año
de su terminación. Hace mucho
tiempo que forma parte de Mansión. Cuando Yahan supo que el palacio, formando
parte de nuestra casa, existiría eternamente, no dudó en cederlo. Es un buen
hombre, un
romántico. Y alguien muy atormentado. Simpatizo con
él.
—Doctor —Sara notaba el loco galopar de su corazón
en el pecho—, estoy muy asustada. Por favor, explíquemelo. ¿Qué es todo esto?
¿Qué es Mansión?
—Tranquilízate,
niña. No hay motivo para tener miedo, créeme. ¿Qué es
Mansión...? —Pétalo se reclinó en su asiento—.
Una casa, un
sitio donde vivir. Mi hogar. Pero
eso no te aclara nada, ¿verdad? Mira, el núcleo de Mansión es el Pasillo
Central, tú ya lo conoces. ¿Dónde está el Pasillo Central? Eso es difícil de
explicar. Desde luego
no en Barcelona. Ni en la Tierra. Ni en ningún
lugar del universo. Digamos que se encuentra en una realidad lateral, en una
dimensión distinta, con diferente espacio y diferente tiempo. Muy cerca y muy
lejos de todas partes. —Carraspeó
—. Todas las puertas que viste a ambos lados del
Pasillo Central conducen a las diferentes estancias de Mansión. Esas estancias
se encontraban originalmente dispersas, muy separadas entre sí, tanto en la
distancia como en el tiempo. Bien, pues
Mansión pliega el
espacio y conecta esos lugares
con el Pasillo Central mediante las Puertas.
—Pero ¿de qué modo lo hace?
¿Teleportación, transmisión de materia...? ¿Cómo?
—Eso no importa, querida niña. — Pétalo rió—. Lo
sustancial es que lo hace. ¿Cómo? Eso
carece de interés. Pero quizá quieras saber el
porqué... — Sara movió afirmativamente la cabeza. Pétalo prosiguió—: A lo largo
de la historia los seres inteligentes han construido edificios. Algunos de
ellos son lugares maravillosos. Recintos que provocan emociones intensas.
Arquitecturas privilegiadas que sintetizan los secretos más íntimos del
gran arte. Obras magníficas, eternas, que sin
embargo están destinadas a
desaparecer. Porque todo es efímero, y la piedra se
hunde, el acero se quiebra, el cemento
se fractura, la entropía se alza triunfante. El sol
se convierte en una nova y,
finalmente, el universo se colapsa. Nada permanece. Y el gran arte se pierde
irremisiblemente. —Se encogió de
hombros—. Por eso existe Mansión, para preservar la belleza y la alegría, los
lugares encantados y las construcciones fabulosas.
—Preservarlas, ¿cómo? —Sara sacudió la cabeza—. No
lo entiendo. Mansión se... se conecta a un lugar. Pero no se lo lleva. Quiero
decir que éste es el Taj Mahal de Mansión, ¿no? Pero el
Taj Mahal sigue existiendo en la India, y está lleno
de turistas, y...
bueno, este lugar parece nuevo.
Pero el Taj Mahal está deteriorado por el tiempo...
—Ah, tienes razón. ¿Cómo te lo explicaría? —Pétalo
retorció, pensativo, un extremo de su bigote—. Verás, supongamos que finalmente
nos vendes tu terraza. Bien,
quedaría definitivamente unida a Mansión. Unida en el espacio, y también
en el tiempo. Porque no sólo escogemos un edificio, sino también un
momento de ese edificio. Esto quiere decir que, en
Mansión, tu terraza sería la terraza de Sara... en primavera. Y siempre sería
primavera
en la terraza
de Sara. Es decir que, en el momento de la conexión,
la terraza, por así decirlo, se dividiría en dos: una terraza seguiría en tu
tiempo normal, y acabaría
desapareciendo, junto con el edificio, la Tierra y el universo, y la
otra terraza existiría en el tiempo de Mansión. Para siempre.
—¿Quién construyó Mansión?
¿Usted?
La risa de Pétalo fue un revoloteo de palomas
negras.
—Ah, niña, no quieras saberlo todo a la vez. Ve
poco a poco.
Sara bajó la mirada y meditó unos instantes.
—¿Es usted un ser humano, doctor?
—preguntó.
La risa de Pétalo rompió de nuevo el silencio de
mármol.
—¡Claro que soy humano, querida! Nací en Italia.
—Se abrió de brazos con gesto de franqueza—. Dostigres también es humano. Y
compatriota tuyo; nació en España. ¿No es cierto, mi buen amigo?
—Así es, doctor. —La ronca voz de
Dostigres se oyó por primera vez.
Sara asintió. Permanecieron en silencio unos
segundos.
—Doctor —dijo por fin Sara—,
¿cuánto piensa pagarme por mi terraza?
—¿Te refieres a dinero? —Los ojos
de Pétalo mostraron un leve desconsuelo
—. Lo siento, querida, pero en Mansión no usamos
dinero. La retribución que pensaba ofrecerte es de otra clase.
Sara se apartó un mechón de pelo que le caía sobre
los ojos.
—Verá, doctor: si no consigo doce millones de
pesetas, perderé mi casa. — Se encogió de hombros—. Y no podré cederle la
terraza.
—Oh... —El rostro de Pétalo se volvió inexpresivo—.
Eso puede ser un problema. O no serlo. Ya veremos. — Sonrió—. Pero,
ahora, déjame explicarte cuál
será tu recompensa. En primer
lugar, podrás deambular
libremente por
Mansión y disfrutar de sus recintos. Créeme, un breve recorrido por la
casa puede ser una experiencia muy tonificante. En segundo lugar, y como ya
te he dicho,
el tiempo transcurre aquí
de una forma
distinta. Los ratos que pases en Mansión serán un tiempo extra que no
habrá transcurrido en tu mundo. Cuando vuelvas a casa descubrirás que no ha
pasado ni un segundo desde que entraste aquí.
—Por eso mi reloj se adelantó casi una hora en la
suite del hotel...
—Exacto. —Pétalo se inclinó hacia Sara y la miró
con seriedad—. Por último, querida niña,
recuerda que en
Mansión
las cosas no
se deterioran. Nada lo hace. Y
los seres vivos no escapan a esa norma. ¿Comprendes? — Hizo una pausa—. El
tiempo que pases en Mansión será realmente extra. Y si vives siempre en
Mansión, vivirás para siempre.
Sara contuvo el aliento.
—¿Quiere decir que... que Mansión es una especie de Shangri-La? —
¿Shangri-La? —Pétalo parpadeó desconcertado.
—Shangri-La es un valle imaginario del Tíbet —intervino Dostigres—. Aparece
en Horizontes perdidos, un novela del siglo veinte. Se supone que
en Shangri-La nadie
envejece.
—Oh —el doctor asintió—, pues sí. En ese sentido
Mansión es como Shangri-La. —Sara
experimentó cierta aprensión. ¿Cuántos años tenían Pétalo y Dostigres? De
momento prefería no saberlo. El doctor
se puso en
pie—. Pero ahora, niña, lo mejor es que conozcas Mansión.
Dostigres te enseñará como funciona
todo. —Sara se levantó y estrechó la mano que le tendía el doctor—. Ah,
querida, una cosa más.
¿Te gustaría cenar conmigo y con mis hijos?
Quisiera presentarte a Betania y Yubal.
—Sí, por supuesto... —Sara estaba
sorprendida; no
había pensado que el doctor tuviera familia.
—Perfecto. ¿Mañana a las nueve de la noche? Sara
asintió. Comenzaron a caminar hacia el otro extremo de la gran sala del Taj
Mahal. Al llegar a la zona central, el doctor Pétalo se detuvo junto a una
intrincada mampara de mármol y joyería. Su mirada se llenó de confusión.
—Ahí dentro yace el cuerpo de Muntazi... —dijo con
voz átona—, la esposa del sha...
El doctor apoyó la mano sobre el mármol. Tenía la
mirada extraviada, como perdido en sus pensamientos. Parecía... angustiado. Dostigres
se
aproximó a él.
—Sus plantas le esperan, doctor — dijo con suavidad
el secretario—. En el Invernadero.
Pétalo asintió. La sonrisa volvió a sus labios
mientras se dirigía hacia una de las puertas del palacio. Dostigres se volvió
hacia la mujer.
—¿Tiene la amabilidad de acompañarme, Sara?
Estaban en el Pasillo Central.
Sara
volvía a sentir
un intenso vértigo ante la
inmensidad del corredor: las palmeras art nouveau de hierro forjado, alzándose
grandiosas hacia la bóveda de cristal y el cielo estrellado,
los ingrávidos ovoides de luz, la perspectiva
brutal de las dos filas de puertas, extendiéndose infinitas hasta convertirse
en un punto de fuga...
—¿Cómo se encuentra, Sara? —
preguntó Dostigres.
—A punto de vomitar... No, es una broma. Enseguida
estaré bien. ¿Cuánto mide el Pasillo?
—Quién sabe... Hay tramos en que el espacio
se comporta de forma
extraña. No se puede medir.
Una fuerte brisa hizo ondear el pelo de Sara.
¿Viento en un lugar cerrado?
—No todas las zonas del Pasillo tienen la
misma temperatura. —
Dostigres pareció adivinarle el pensamiento—. Eso
hace que se formen corrientes de aire.
Sara observó que Dostigres era más bajo que ella. Y
ella no era alta. El secretario del doctor debía medir menos de un metro
sesenta, aunque era muy fornido. Y muy hirsuto; incluso el dorso de sus manos
estaba completamente cubierto de pelo oscuro.
—Ya estoy mejor —dijo Sara.
—Pronto se acostumbrará al Pasillo. Ahora, si le
parece bien, daremos una vuelta por Mansión. —Extendió un desmesurado brazo en
dirección a la fila de puertas—. Como
puede observar,
todas las Puertas están marcadas con letras
hebreas: kaph, taw, shin, resh, qoph, etcétera. Estas letras sirven para
identificar los recintos,
luego ya veremos cómo. —Dostigres
comenzó a caminar, paralelo a la pared—. Puede abrir cualquier
Puerta, Sara, la que
desee, y deambular por todas las estancias de Mansión. —Se detuvo junto a un
pórtico de ébano negro—. Pero jamás abra una Puerta como ésta. —El tono de
su voz era
admonitorio—. Nunca abra las Puertas negras marcadas con la letra aleph.
Va en ello su vida.
—¿Por
qué? —Sara se
alarmó—.
¿Qué
hay detrás? —Nada
agresivo,
desde luego. Aquí no existe la violencia. No
obstante, debe entender, Sara, que Mansión se une con diferentes lugares, pero
también con diferentes realidades.
—Señaló la puerta negra—. Detrás de las Puertas
Aleph hay dimensiones extrañas, realidades divergentes de la nuestra. Ámbitos
con leyes distintas que, en el mejor de los casos, la volverían loca al primer
vistazo.
Si la locura
era la mejor
opción,
¿cual sería la peor? —De acuerdo, no abriré ninguna
Puerta negra. Pero si no pueden ser
atravesadas, ¿para qué sirven?
—Hay seres que sí pueden cruzarlas;
pero desde luego, no los humanos.
Sara reflexionó unos instantes: después de todo, en
Mansión había seres ajenos a la humanidad...
—El doctor Pétalo me llevó el otro día a un parque
llamado Avalon. ¿Está en otro mundo, Dostigres?
—Se encuentra a cuatrocientos diez años-luz de la
Tierra, en un planeta que órbita en el sistema doble Albireo, en la
constelación del Cisne. Mansión no sólo tiene recintos en nuestro mundo, Sara.
Mansión se extiende por
todo el universo, y por universos
paralelos al nuestro, y por dimensiones divergentes. Mansión es
un lugar muy
vasto. —
Respiró profundamente y señaló la estructura de
metal dorado y cristal que se alzaba en el centro del Pasillo, a sesenta metros
de ellos—. Si me acompaña al ascensor
le explicaré de qué modo nos trasladamos
por Mansión.
Caminaron en silencio hasta llegar a la estructura.
Era un habitáculo transparente de planta cuadrada; medía unos cuatro metros de
alto por tres de ancho. Tenía un banco corrido de terciopelo rojo
en su interior
y una puerta de cristal en una de
sus caras. Realmente parecía un ascensor. En cualquier caso, era un artefacto
lujoso y delicado, típicamente art
nouveau, con
el metal retorcido en formas vegetales, y el vidrio
tallado con dibujos de flores y heléchos.
—Los llamamos ascensores, aunque está claro que ni
suben ni bajan. De hecho no se
mueven. Encontrará uno cada cien metros, a lo largo del Pasillo.
—Dostigres abrió la puerta de vidrio y entraron en
el habitáculo—. En realidad, este artefacto es un transportador. ¿A dónde desea
ir, Sara?
—No tengo ni la más remota idea. Decídalo usted.
—Es aficionada a la lectura,
¿verdad? —Sara asintió—. Bien, iremos a un sitio
que le gustará. Además, quiero
presentarle
a alguien. —Carraspeó;
parecía un gorila profiriendo gruñidos
—. Los ascensores sirven también para obtener
información. Puede localizarse un sitio, y también una persona. Basta con
preguntar. Observe. —Se dirigió al aire—: Mansión, ¿donde está Jorge?
—Se encuentra en Alejandría — contestó una voz
grave de mujer que parecía no proceder de ningún sitio.
—Ahora
vamos a desplazarnos, Sara. Hay
que decir en
voz alta el destino
deseado. Prepárese; las primeras veces el tránsito resulta
desconcertante. —Dostigres se
dirigió de nuevo al
aire—: Llévanos a la
Biblioteca. Puerta de Alejandría.
Instantáneamente, el Pasillo Central y el ascensor
desaparecieron. Durante una fracción de segundo, el tiempo entre
dos latidos de
un corazón acelerado, Sara y Dostigres se encontraron
flotando en un gran vacío de terciopelo negro salpicado de estrellas. Una
repentina impresión de falta de gravedad... y el corredor de Mansión volvió a
materializarse. Nada parecía haber cambiado.
—Alejandría se encuentra a la izquierda —dijo
la voz sin cuerpo—, tras la Puerta
marcada con las letras lamed-betk-beth. Babel.
—No hemos notado sensación de movimiento —señaló
Dostigres mientras abría la puerta del ascensor—; pero nos hemos desplazado a
lo largo del Pasillo, quién sabe cuantos kilómetros.
Sara siguió a Dostigres hasta la Puerta indicada.
La cruzaron y entraron en la Biblioteca de Mansión.
Era un edificio abierto, con un gran patio
ajardinado en el centro, y dos galerías, una sobre otra, sostenidas por
columnas de mármol rojo y negro. Una de
las paredes de
piedra dorada ostentaba un gran
mural representando a Alejandro Magno. El sol brillaba en lo alto de un cielo
azul surcado por aves.
Sólo podían
distinguirse dos personas en el recinto.
—Es la biblioteca de Alejandría — dijo Dostigres—.
Fue parcialmente destruida en tres ocasiones. La última, en el siglo séptimo,
resultó definitiva. Pero ahora estamos en el doscientos quince antes de Cristo,
y la biblioteca se encuentra en todo su esplendor. — Señaló las dos solitarias
figuras que conversaban al otro lado del jardín—. Acompáñeme, Sara. Quiero
presentarle a unos amigos.
Eran dos ancianos de agradable aspecto, vestidos
con ropas flagrantemente anticuadas. Uno de ellos
era ciego. Sara le reconoció.
—¡Usted es...!
—Me llamo Jorge —le interrumpió el anciano—.
Simplemente Jorge, querida. —Y añadió con musical acento argentino—: Créame
cuando le digo que estoy harto del apellido que iba a mencionar. Ese nombre no
es más que una alucinación colectiva. Aquí
puedo ser sólo Jorge. —Pero usted murió...
—Verá, amiga mía: una superstición inglesa afirma
que no sabremos que hemos muerto hasta que comprobemos que el
espejo no nos
refleja. Yo soy ciego y ni
siquiera puedo ver el espejo, de modo que quizá sí esté muerto.
—Sara, permítame presentarle a Ambrose —intervino
Dostigres, señalando al otro anciano—. Es norteamericano, y también escritor.
—Pero no tan notable como Jorge.
—Ambrose hablaba español con marcado acento
mexicano. Sara estrechó su mano—. Es un inesperado placer ver damas jóvenes
por Mansión, Sarita.
¿Puedo llamarte así?
—Claro... —Sara miró en derredor
—. ¿La de Alejandría es la única biblioteca de
Mansión?
—Oh, ni mucho menos. No es más que una de las
salas. —Ambrose comenzó a señalar las
puertas que se
abrían alrededor del patio—. Ésa es la entrada de
la biblioteca del Museo Británico. Aquélla la del Vaticano. La puerta que hay
junto a ese busto da paso a la biblioteca privada de Apolonio de Tiana; y la
que está al lado conduce al scriptorium de la abadía de Mont-St- Michel, en
el siglo XIII.
En l Biblioteca de Mansión hay
miles, millones de salas. Ésta es sólo una de ellas.
—Pero
Alejandría es un
lugar de gran encanto —comentó
Jorge—. En su tiempo reunió todo el saber de la humanidad. Aquí hay un millón
de pergaminos. Pueden encontrarse
las
obras completas de Aristóteles; incluso, y sobre
todo, las que no llegaron a nuestra época. Y desconocidos tratados de Ptolomeo
y Euclides, de los que nada sabíamos. Precisamente ahora platicábamos, Ambrose
y yo, sobre la Historia del mundo
de Berosus. Ninguno de sus tres
volúmenes sobrevivió al incendio del cuarenta y ocho. Pero están aquí, y los
hemos leído. Qué mágico, ¿no es cierto? Una vez escribí sobre un sitio como
éste...
—Basta de charlas —exclamó Ambrose—. Sarita querrá
conocer la Biblioteca. ¿Sabes que hay un zoológico con animales traídos del
Oriente...?
Y Sara, acompañada de Dostigres y los ancianos,
recorrió maravillada la Biblioteca que construyó Ptolomeo II, y contempló con
ojos asombrados las cámaras repletas de pergaminos enrollados, los manuscritos
perdidos de Platón y de Aristarco de Samos, las estatuas del dios Serapis y los
bustos solemnes de los bibliotecarios.
Y, más tarde, visitó las salas oscuras de la
Biblioteca Vaticana, y Jorge le enseñó
un desconocido evangelio escrito por José de Arimatea, y
ciertos documentos mistéricos de la iglesia primitiva, y le habló de los
secretos iniciáticos de un Cristo gnóstico, y de
las
sociedades secretas de constructores, y de los planos sagrados
del Templo de Salomón...
Y muchas horas después, Sara se sintió cansada, y
tras despedirse de los ancianos con dos besos, le pidió a Dostigres que la
acompañara a su piso.
Y finalmente, ya en su hogar, Sara comprobó que no
había transcurrido ni un segundo desde que saliera de él para entrar en
Mansión.
Todavía era mediodía en el mundo real.
Pasó el domingo, y llegó la noche, y Sara tuvo
sueños felices de aves multicolores,
de palacios lejanos
y
exóticos, del sol griego de Alejandría y de
ancianos sabios y visionarios.
SCHIN
Lunes en la oficina. Trabajo acumulado, tensión,
prisas. El perezoso reencuentro
con un ritmo
excesivo, febril.
En medio de un mar de rostros cansados y
malhumorados, Sara resplandecía con una expresión alegre y feliz. Apenas
prestaba atención al trabajo, y frecuentemente se sorprendía a sí misma perdida
en los recuerdos de Mansión. A
primera hora recibió
una
llamada
de Lucas. —La
tarjeta. —Su voz era ansiosa—.
¿Ya me la puedes dejar? ¿Hablaste con tu amigo?
—Todavía no, Lucas. Ten paciencia. La mañana pasó entre polvo de memorándums,
lluvia de fotocopias
y
música de timbres e impresoras.
Al
llegar la tarde,
Vázquez le entregó una nueva
pila de folios manuscritos y le dijo con gesto hosco:
—Pásalos a máquina y mándalos por fax a Nueva York.
Es urgente, nena; así que no te duermas.
Los dedos bailaron sobre el teclado,
amontonando palabras en
la pantalla azul. Sara
sonreía y pensaba:
«Esta
noche volveré a Mansión, y cenaré con el doctor
Pétalo, y conoceré a sus hijos...»
Terminó de pasar los manuscritos y tecleteó la
función de imprimir. Miró el reloj: las seis menos cinco. Sonó el teléfono.
—Hola, Sara. —Era Tomás—.
¿Cómo te encuentras? Ayer te vi un poco rara...
Si pudiera explicarle, si pudiera contarle lo que
le estaba pasando...
—Estoy bien, cariño. Ya te dije que no era nada.
Unos minutos de charla intrascendente. ¿Qué tal el
trabajo?
¿Se sabe ya cuándo es el examen?
¿Entonces, todo bien...? Sí, sí. Un beso
Adiós. Adiós.
Sara
colgó el teléfono
y miró el reloj: las seis y cinco. Hora de salir. Se
puso la
chaqueta, cogió su
bolso y corrió a la calle.
Recibió en la piel el beso cálido del sol y elevó los ojos al cielo. Todo era
hermoso.
Fue andando hasta el centro y comenzó a
deambular de tienda
en tienda. Quería comprar un vestido maravilloso; la ropa adecuada para
su cena en Mansión. No lo encontró hasta dos horas más tarde, en una pequeña
boutique de ropa italiana. Era un vestido
gris, discreto y elegante. Demasiado caro; pero,
qué demonios, la ocasión lo merecía.
Estaba pagando cuando lo recordó. El corazón le dio
un vuelco: no había mandado a Nueva York los papeles de Vázquez. Miró el reloj.
Demasiado tarde para volver a la oficina.
Se encogió de hombros: ya lo mandaría mañana.
Y corrió a su casa, y se duchó, y se arregló el
pelo sujetándolo con una cinta violeta, y se vistió con su vestido nuevo, y se
maquilló con más cuidado que de costumbre, y se puso unas gotas de Eau de
Rochas, su perfume favorito. Y luego
esperó, sentada en el borde del sofá, a que dieran
las nueve de la noche.
Y, finalmente, fue al salón, abrió la puerta
prodigiosa, y entró en Mansión.
Cenaron en el Palacio de la Suprema Armonía, dentro
de la sala del Trono del Dragón, en la
Ciudad Prohibida de Pekín. El centro del mundo, según las
viejas creencias chinas;
pero en Mansión, sólo uno más de
sus recintos.
Dostigres la saludó con una lacónica inclinación de
cabeza. El doctor Pétalo, por su parte, le dedicó una de sus encantadoras explosiones
de cordialidad.
—¡Sara, querida niña! —dijo,
mientras besaba su mano—. ¡Estás bellísima esta noche!
Alguien, sentado de espaldas a ella en un gran
sillón de bambú, hacía brotar una melancólica melodía de las cuerdas de un
laúd. Quienquiera que fuese dejó de tocar y se incorporó. Se trataba de un
hombre joven y alto, de ojos claros, como el color del cielo al atardecer, y el
pelo rubio, largo, recogido en una lacia cola de caballo. Sus facciones
parecían de mármol tostado, con los rasgos cincelados nítidamente en aristas de
piedra, y la nariz aguileña alzándose orgullosa como el perfil noble de un ave de
presa. Era el hombre más bello que
jamás hubiera visto Sara.
Se acercó a ella con caminar pausado. Había en su
actitud, en sus movimientos, cierto grado de languidez y distanciamiento. En su
mirada aleteaba la tristeza, y un dolor contenido que parecía brotar a cada
parpadeo.
—Sara, te presento a mi hijo Yubal
—dijo el doctor.
—Es un placer conocerte, Sara. Bienvenida a
Mansión. —La voz de Yubal era crepitar de fuego.
Yubal estrechó la mano de Sara, manteniéndola
apretada unos segundos más de lo usual. Sara experimentó un extraño cosquilleo
en la base
de la
espalda. Yubal soltó su mano.
—¿Y Betania? —le preguntó el doctor a su secretario.
—Dijo que se retrasaría, que no la esperáramos.
Pétalo frunció el ceño.
—En tal
caso, podemos comenzar.
—Señaló una mesa baja rodeada de almohadones, en el
centro de la sala—. Espero, querida, que te guste la cocina cantonesa. La cena
estará compuesta por ciento ochenta platos distintos. No hace falta que pruebes
de todo, claro, pero no dejes de saborear
las verduras taosi. Son
deliciosas...
Tomaron asiento en torno a la mesa
de laca negra. Una música oriental, pausada y un
poco disonante, inundó el ambiente. Entraron cuatro sirvientes
transportando bandejas llenas
de comida. Sara los observó mientras la servían. Eran hombres
inexpresivos, vestidos de librea, con rasgos difusos y movimientos cadenciosos,
pero algo mecánicos. Los cuatro
eran iguales, como mellizos
idénticos. Cuando se retiraron Sara se inclinó hacia el doctor.
—¿Quiénes son? —preguntó.
—¿Los criados? —Pétalo sonrió—. Querida, no te
inquietes, pero no son personas. Son creaciones de Mansión.
—¿Creaciones de Mansión...?
¿Robots?
—¡Oh, cielos, no! Robots... vaya idea. —El doctor
rió—.
Verás, Sara, cuando es necesario, Mansión puede
crear formas similares a los seres vivientes. Son conglomerados de energía
estructurada, entes ectoplasmáticos; la verdad es que no estoy muy seguro de su
naturaleza. Nosotros los llamamos tulpas. Ya sabes, como los fantasmas
tibetanos. Son la servidumbre de Mansión.
—¿Y son todos iguales?
—Idénticos; pura funcionalidad. Parecen personas,
pero no hablan, ni piensan, sólo obedecen.
Aparecen y
desaparecen según las necesidades de los habitantes de Mansión.
—Pétalo señaló una de las fuentes—. Prueba el pato lacado, Sara, es muy
notable...
Continuaron cenando. El doctor reía y charlaba,
contando divertidas historias sobre el emperador Yonglo, o acerca de la
intrigante emperatriz viuda Ts'ehi. De vez en cuando comentaba algo con
Dostigres, y éste intervenía en la conversación. Yubal, por su parte, se
mantenía silencioso, en actitud amable, pero retraída. Apenas probó la comida y
nunca, nunca, esbozó
siquiera una sonrisa. A Sara le
costaba dejar de mirarle. No sólo es que fuera un hombre
extraordinariamente bien parecido, sino que,
además, había en él algo reservado, enigmático. Como un misterio lleno de
promesas.
Los
tulpas estaban sirviendo
el postre (arroz ocho tesoros, sopa de sésamo, batatas...), cuando se
abrió una puerta y entró en la sala una mujer. Era joven, no más de veinte
años, muy alta, con ojos como aguamarinas y una larga melena del color de la
cebada en agosto. Vestía una blusa india de seda vaporosa, y pantalones cortos.
Sus piernas eran largas y esbeltas, el talle flexible, el pecho generoso y
firme. Todo en ella era estilizado y sensual.
—¡Betania! —exclamó Pétalo al verla—. ¿Te parece
bien desatender así a nuestra invitada?
La
mujer sonrió picaramente y corrió a abrazar al doctor.
—No te enfades, papá. —Le dio un fuerte beso en la
mejilla—. Se me fue el santo al cielo, perdóname. —Volvió a besarle y se apartó
de él. Le dirigió un guiño a Dostigres—. Hola, hombretón.
—Miró a su hermano con ironía—. Yubal... ¿todavía
sufriendo? —Se acercó a Sara—. Tú
eres la chica de la terraza. Bienvenida a Mansión. —La besó en las mejillas y
luego, fugazmente, en los labios. Se
alejó un paso y la
contempló con ironía—. Pero querida,
¿qué has hecho con tu aspecto? Deberías sacarte más
partido.
—¡Betania! —exclamó el doctor—.
¡No seas impertinente! —¿La sinceridad es
impertinencia? Sólo quiero ayudar, papá. Sara es mucho más bella de lo que ella
misma cree.
—En cualquier
caso no es
asunto tuyo —murmuró Yubal.
—Sois
tan... formales. —Los ojos de Betania mostraron aburrimiento y
fastidio. Se volvió hacia Sara—. Ven a verme
cuando desees. Hay
que hacer algo urgentemente con
tu pelo, y con tu ropa... Por no hablar del maquillaje.
—Sara... —comenzó, en tono de reproche, el doctor.
—Ya, ya lo sé —le interrumpió Betania—: soy inoportuna y poco considerada.
—Sonrió con picardía—. No os molesto más, solamente quería saludar. —Hizo una
burlona reverencia y se dirigió a la puerta. Antes de salir se volvió hacia
Sara—. No dejes de visitarme; lo pasaremos bien.
Y
Betania abandonó la
sala del Trono del Dragón,
dejando tras ella un incómodo silencio.
—Lo siento mucho, Sara —dijo por fin el doctor—.
Disculpa a mi hija. Betania es tan...
—Movió la cabeza,
buscando en vano la palabra adecuada.
—No hay por qué disculparse. — Sara sonrió—. Sólo
la mentira ofende, y Betania parece una mujer sincera.
—Betania es uña inconsciente — intervino Yubal. La
usual tristeza de su mirada había dado paso a un fulgor de rabia.
Terminaron los postres. El doctor continuó con sus
historias, pero el ambiente ya no era tan mágico y alegre como al principio.
Los tulpas sirvieron té de jazmín y pétalos de rosa. —¿Te acuerdas de Avalon,
Sara? —preguntó el doctor tras dejar su taza sobre el plato de porcelana.
—No lo olvidaré nunca. Estaba aterrorizada. —Oh,
pero Avalon es el último lugar del universo donde hay que sentir miedo. Es un
mundo encantador. Y de noche ofrece un espectáculo magnífico. —Se volvió hacia
su hijo—.
¿Por qué no llevas a Sara a dar un paseo por
Avalon?
Yubal parpadeó, como saliendo de un trance. Se
levantó y le tendió la mano a Sara.
—¿Quieres acompañarme? Te gustará. —Sus ojos eran
manantiales de melancolía.
Sara se incorporó y tomó su mano.
El cielo nocturno de Avalon era un
océano de luz pálida.
Millones de estrellas componían un mosaico de
guiños y titileos, de nebulosas y constelaciones, mientras tres inmensas lunas flotaban luminosas,
como desmesurados diamantes en una cúpula enjoyada.
—La luna más grande se llama Pendragón —decía
Yubal—. Y las otras dos, Ban y
Bors. Todavía faltan
por salir Gawain y Gareth. —Se recostó contra un árbol—. A veces puede
verse a Morgana en tránsito sobre Pendragón. Pero hoy no.
Sara bajó la mirada y contempló el reflejo del
firmamento en las
mansas
aguas del lago. No habían encontrado ningún
unicornio, pero la brisa traía sonidos lejanos; el aleteo húmedo de
invisibles aves acuáticas
y los periódicos chapoteos de
grandes peces de lomo irisado.
Pasearon
despacio siguiendo la orilla del lago. Yubal le hablaba a Sara
de los diferentes animales que poblaban Avalon: los barbegazi, pequeños
antropoides de pies grandes y barbas blancas como la nieve; los pixies,
diminutos roedores de piel rojiza; las zaltys, mansas serpientes bebedoras de
leche; y los árboles upas, y las salamandras,
y los pookas,
y los
kobolds, y los
cluricauns (tan aficionados al licor). Sara, entretanto, contemplaba a
Yubal de reojo, espiando sus gestos y grabando
en la memoria cada uno de sus
rasgos. Se sentía suavemente turbada a su lado.
Tras un recodo del camino, en un lugar donde el
bosque clareaba, se alzaban las ruinas de un exótico edificio de piedra.
Eran unos restos antiquísimos, cubiertos de maleza y
semienterrados por los escombros.
—¿Qué
lugar es éste?
—preguntó
Sara.
—Hace quinientos mil años, Avalon estaba habitado
por una raza de seres
extremadamente
inteligentes. Éste fue uno de los últimos edificios que
construyeron antes de desaparecer.
—¿Qué les ocurrió?
—Llegó un momento en que su civilización alcanzó un
conocimiento absoluto de las cosas, el saber total. Entonces, quién
sabe por qué, decidieron apartarse de todo lo que
habían construido, de toda su sofisticada existencia. Volvieron a la naturaleza
y, poco a poco, su inteligencia se difuminó. Finalmente, acabaron
convirtiéndose en animales. —Volvió los ojos hacia la oscura arboleda—. Ahora
son alguna de las especies que
habitan los bosques.
Quizá las hadas... Suelen frecuentar estas ruinas.
—¿Hadas?
—Bueno, no son hadas de verdad; pero lo parecen.
¿Quieres verlas? Son muy bellas. —Sara asintió. Yubal cogió el laúd que llevaba
colgado al hombro y tomó asiento sobre una columna caída
—. Ven a mi lado. A las hadas les gusta la música.
Sara se sentó junto a Yubal. Éste acarició las
cuerdas del laúd, y comenzó a cantar con voz suave, embriagadora como el vino
caliente:
—«Soy el bardo principal de
Elphin, y mi país de origen es la región
de las luminarias estivales; conozco los nombres de
las estrellas desde el norte hasta el sur, he estado en la Galaxia, en el trono
del Distribuidor. Yo estaba en Canaán cuando mataron a Absalón; yo conduje a
Awen a la llanura del valle de Hebrón...» Los rumores del bosque cesaron, como
si la noche hubiese detenido su lento faenar para prestar atención a cada
estrofa, a cada rasgueo de cuerdas.
Y de pronto, como surgidas de la nada, un enjambre
de luces parpadeantes revoloteó por entre los troncos de los árboles más
próximos. Yubal dejó de cantar, pero sus dedos siguieron tejiendo
música
en el laúd.
—Ahí están... —
susurró.
Sara contempló asombrada las luces que se acercaban
a ellos y crecían hasta convertirse en seres alados y resplandecientes. Tenían
el tamaño de palomas, pero sus cuerpos parecían levemente humanoides. Las alas,
no obstante, eran traslúcidas, como mariposas de cristal.
Las hadas danzaron en el aire a su alrededor,
dejando a su paso estelas de luz y pequeñas nubes de polvo brillante.
Sara, contemplando extasiada aquel baile luminoso, entrelazó su brazo con
el de Yubal. Éste dejó de tocar y miró a la
joven. Sara apartó sus ojos de las hadas y los posó
en la cara de Yubal, pálidamente iluminada por el resplandor de las lunas. En
él había tanta tristeza... tanta seriedad y languidez en aquellos rasgos nobles
y bellos.
Sara se inclinó hacia delante. Sus cabezas se
aproximaron, los labios se rozaron, primero con timidez, luego con audacia; los
brazos de Yubal rodearon a Sara, y ella se estrechó contra él.
Las hadas, como un remolino de luciérnagas,
danzaron en torno a los dos jóvenes, celebrando con destellos anaranjados la
apasionada cadencia de su abrazo.
De pronto Yubal se apartó de Sara. En su cara había
confusión, y algo parecido al miedo.
—Yo... No debía haberlo hecho. Lo siento. —No te
disculpes, Yubal — dijo Sara, las mejillas ruborizadas—. Yo también lo deseaba.
—¡No! —gritó Yubal, incorporándose bruscamente. Las
hadas se agitaron asustadas y desaparecieron veloces entre la vegetación. Yubal
se alejó unos pasos. Su rostro estaba tenso
—. Esto no debe volver a ocurrir. — Pero...
¿qué te
pasa? Sara estaba confusa.
—No todo es bonito en Mansión. No
creas que las cosas son tan plácidas y delicadas
como has visto hasta ahora. — Su voz sonaba amarga—. En Mansión hay asuntos de
los que nadie quiere hablar. Ni siquiera yo. —Y susurró:— Hay secretos.
Secretos que nadie te contará.
—¿Qué secretos? ¿Y qué tienen que ver con...? —Eres
una persona buena, Sara. —Ahora ya sólo había tristeza en sus palabras—. No
quiero hacerte daño. Perdóname.
Y Yubal, dándose la vuelta, se alejó de ella hasta
perderse de vista.
Sara permaneció unos minutos en las ruinas, confusa.
Luego se levantó
y
volvió a la Puerta de Avalon que conducía al
Pasillo Central de Mansión y usó uno de los ascensores, pidiéndole en voz alta
que la condujera a su casa, y atravesó el Taj Mahal, y entró en su salón
(todavía eran allí las nueve de la noche), y quiso pasar el tiempo leyendo,
pero no podía leer, y finalmente se metió en la cama e intentó dormir.
Pero
Sara no logró
conciliar el sueño. A las dos de
la madrugada, después de dar mil vueltas sobre el colchón, se levantó de la
cama, se puso unos vaqueros y
una camiseta y se
dirigió al salón.
Contempló la puerta que daba
acceso a la casa del doctor Pétalo.
«En Mansión hay secretos que nadie te contará...»
¿Qué secretos? ¿Por qué Yubal se había comportado
de ese modo? ¿Cuál era la razón de su tristeza?
Sin duda,
ésas eran preguntas que una hermana podría contestar.
Sara abrió la puerta y entró de nuevo en Mansión.
SADHE
—Claro que no es tarde —dijo Betania, invitándola a
entrar—. Me alegro de verte. ¿Te aburría mi familia?
Oh, no lo niegues. Los quiero mucho, pero son un
monumento al tedio.
—No, no es eso... Es que estaba desvelada y...
Sara enmudeció al contemplar el interior del
dormitorio. Era un domo trasparente decorado con objetos barrocos; una gran
cama con dosel, un tocador de madera dorada, armarios rococó llenos de volutas
y arcángeles...
Pero lo extraordinario era el paisaje que se
divisaba a través de las paredes de vidrio. Estaban en Titán, la gran luna
de Saturno, y el inmenso
planeta anillado llenaba casi totalmente el horizonte.
Sara notó una repentina disminución de la
gravedad al entrar
en el dormitorio.
—¿Quién construyó este lugar?
—
preguntó.
—Lo creó Mansión. —Betania se encogió de hombros—.
Ya sabes, no todas las habitaciones de Mansión son compradas. Algunas han
sido creadas por la propia casa.
Como el Pasillo, o el Invernadero
de mi padre...
A mí me gusta este lugar. Es ligero y estimulante.
—La
miró con ojos
entrecerrados—.
¿Sabes?, Sara, estás mucho mejor así. Con ropa
informal, quiero decir. Pero puede mejorarse. Ven.
Betania tomó de la mano a Sara y la llevó hasta el
tocador. La invitó a sentarse frente al espejo y se puso detrás de ella. Sujetó
sus cabellos con las manos.
—Estarías mejor con el pelo corto,
¿no crees? —Cogió unas tijeras y un peine de
carey—. A lo garçón... y un poco revuelto, como un pilluelo.
—Oye, Betania, no estoy segura de que sea buena
idea...
—Pero yo sí. —Apartó el espejo.
Y las tijeras revolotearon sobre los cabellos de
Sara, llenando el aire con nubes de pelo oscuro que flotaban lentamente hasta
posarse sobre el suelo
de mármol negro.
Cuando terminó, Betania cogió un estuche de
pinturas y comenzó
a maquillar el rostro de Sara. Unos toques de rímel para agrandar y
avellanar los ojos, azul para darles luz, un poco de palidez en las mejillas,
rojo intenso en los labios...
—Y se acabó.
Te presento a la
nueva Sara.
Betania giró el espejo y Sara pudo ver su rostro
transformado. El cabello, muy corto y desordenado, como el de un chico
travieso. Los ojos más grandes y luminosos, con un aire exótico. Todos sus rasgos
parecían haberse alterado
sutilmente. Además, la piel pálida y el estridente
rojo de los labios le conferían un aspecto... ¿algo morboso? En conjunto, sus
facciones se habían vuelto más marcadas y agresivas.
—¿Te gusta?
—Creo que... —Sara vaciló unos segundos, y sin
dejar de mirarse en el espejo, sonrió—. ¡Sí!
—¡Genial! —Betania aplaudió alegremente—. Y ahora,
vamos a ocuparnos de la ropa. —Corrió a un armario y comenzó a rebuscar entre
los vestidos. Como de pasada, comentó—: Te has enamorado de Yubal, ¿verdad?
—¿Qué...?
—Vamos, vamos. Es normal. — Betania seguía
revolviendo entre la ropa
—. Mi hermano es muy guapo, y tiene ese aire
misterioso que vuelve locas a las chicas.
Sara pensó en negarlo... pero en vez de ello le
contó a Betania lo que había ocurrido en Avalon, y el modo extraño en que se
comportó Yubal.
—Ya —repuso Betania en tono indiferente—. Se le ha
metido últimamente en la cabeza que algo horrible ha ocurrido.
—¿El qué?
—No lo sé. Ni quiero saberlo. Mi hermano es
un poco fúnebre
con sus
cosas. Demasiado serio. Pero no te preocupes:
déjale sólo unos días y se le pasará. —Sacó un vestido del armario y se lo
tendió a Sara—. Pruébatelo. Debe ser tu talla, Mansión lo acaba de crear para
ti.
Sara se
desnudó y comenzó a ponerse el vestido, un traje corto, negro, muy
ceñido y escotado.
—La ropa interior no, querida — señaló Betania, que
también se estaba cambiando —. Deja que tu cuerpo florezca.
Finalmente se contemplaron en un gran espejo
rococó. Betania, corpino transparente
y falda de
cuero rojo,
parecía una diosa escandinava. Sara era un duende
travieso y malicioso.
—Estamos arrebatadoras, querida
—dijo Betania, cogiendo de la mano a
Sara—. El mundo es nuestro. Vamonos.
—¿A dónde?
—A divertirnos, princesa. ¿Qué es la vida sin
risas?
—No
puedo, tengo que
volver a casa. Mañana...
—El mañana no existe. —Betania estaba radiante—.
Nos encontramos en la casa de mi padre, y aquí el tiempo no transcurre. Quédate
conmigo unos días. Disfruta de Mansión.
Hay tantas fiestas... ¿Conoces
Florencia?
—No, pero...
—Ah, Italia es tan sensual... — Betania inició unos
pasos de baile y tiró del brazo de Sara—. ¡Vamos a hacer locuras, princesa!
Cruzaron las puertas adecuadas y Mansión se
desplegó ante ellas, como las fotografías de un álbum que se hojea. Fueron a la
Florencia del siglo quince y se sumergieron en la algarabía de una fiesta palaciega
dada en honor
de Lorenzo de Médicis.
Betania, que parecía conocer a
todo el mundo, pronto se perdió entre los invitados. El vino corría como el
agua, al igual que las pasiones, de modo que la fiesta no tardó
en convertirse en una orgía. Sara se mantuvo
apartada, rechazando proposiciones y caricias, pero observando con curiosidad
cómo se desarrollaban las cosas. Por unos instantes le
pareció ver el
cuerpo desnudo de Betania estrechamente abrazado a dos hombres. Y
aquello, quién sabe por
qué, la turbó
de tal manera que se sintió
obligada a refugiarse en los
jardines, sumergiéndose en la relativa soledad de los amantes furtivos.
Betania, risueña como una niña, fue a buscarla una
hora más tarde. Sara insistió en volver a casa, pero Betania
se negó a escucharla. Usando las puertas de
Mansión, la llevó a un concierto de cámara
en la residencia
privada de César Borgia, y luego
a un pabellón del Palacio Pitti, donde durmieron entre sábanas de seda. Y,
cuando despertaron, fueron a contemplar la carrera del Palio, en Siena, desde
las ventanas de una casa noble y lujosa. Y, más tarde, acudieron a una fiesta
de carnaval en la Venecia del siglo
diecinueve. Y allí rieron
y bailaron hasta la madrugada. Y Sara bebió demasiado,
sintiéndose desinhibida y audaz en aquel mundo risueño de máscaras y
canales.
Y finalmente, muchas horas después,
volvieron al Pasillo Central de Mansión. Usaron los
ascensores y llegaron ante la Puerta del dormitorio de Betania. A la izquierda
se alzaba un portal negro, con la letra aleph inscrita en su hoja. Betania miró
fijamente la entrada prohibida.
—En cierta ocasión abrí una de esas puertas...
—¿Sí? —Sara parpadeó; el vino todavía la hacía
sentirse eufórica—. Dostigres me dijo que eran peligrosas...
—Dostigres es más aburrido aún que mi familia.
—Betania frunció el ceño, como intentando recordar algo—. Abrí la puerta negra,
y no pasó nada.
—¿Qué había detrás?
Los ojos de Betania se ensombrecieron.
—No lo recuerdo... —Sacudió la cabeza, su larga
melena ondeó como el ala dorada de un halcón—. Da igual, entremos.
La masa ingente
de Saturno aguardaba tras
las paredes cristalinas del domo.
Betania se despojó
de la ropa, ofreciendo su
desnudez tostada al cielo oscuro y helado de Titán. Se tumbó sobre una mullida
alfombra tibetana.
—Ven aquí, princesa. El panorama es impresionante.
Sara casi perdió el equilibrio al sentarse a su
lado.
—Ups... Creo que he bebido demasiado...
—Yo también. —Betania hablaba en voz baja—.
Nos hemos divertido...
¿verdad? De tanto reír todavía me late apresurado
el corazón. Mira...
Cogió la mano de Sara y la puso sobre su pecho,
manteniéndola allí suavemente apretada. Sara notó el seno terso y
firme latir bajo
sus dedos. Betania se inclinó
hacia ella, mirándola fijamente. La punta rosada de su lengua humedeció
despacio los labios entreabiertos... Sara se levantó, apartándose de Betania, y
caminó hacia la puerta.
—Me tengo que ir... —Estaba mareada y sofocada.
—Eres una chica maravillosa, Sara.
—Betania se había puesto en pie; su silueta se
recortaba contra Saturno—. Pero no quieres jugar. Sólo te interesa ver jugar a
los demás.
—Perdona, no me encuentro bien... yo...
—Si
deseas a Yubal
tendrás que hacer algo. —La
ironía había vuelto a su voz—. No te bastará con mirar. Recuérdalo.
Sara hizo un gesto vago, abrió la puerta y dejó
atrás el domo transparente de Titán. Poco después se encontraba en
su cama. Creyó que no podría dormir; pero lo
hizo profundamente, sin
que nada turbase su descanso.
HETH
Cuando llegó por la mañana a la oficina, todo le
pareció irreal. ¿Cómo era posible pasar tantas horas en un sitio así? Sus
compañeros de trabajo se deshicieron en comentarios sobre su nuevo aspecto; las
mujeres con cierta envidia, los hombres
con mal disimulado deseo.
Pero Sara tenía resaca, y le dolía la cabeza; de
modo que ignoró a todo el
mundo y se zambulló en el océano electrónico del procesador de textos.
A primera hora de la tarde, Vázquez la llamó a su
despacho. Sostenía en la mano un fajo de papeles y sonreía como un zorro.
—Han llamado de Nueva York reclamando estos
documentos. Te dije ayer que los mandaras por fax. ¿Qué ha pasado?
Sara cerró los ojos y exhaló una bocanada de aire.
—Me olvidé...
Vázquez se acercó a ella. Estaba disfrutando. —Oh,
te olvidaste... qué pena. Porque están muy cabreados en
Nueva York. —Se acercó más—. Y, ahora, yo puedo
hacer dos cosas: despedirte inmediatamente, o... o hacerte un favor y decir que
fue culpa mía. Pero, si te hago un favor, es lógico que tú me des algo a
cambio, ¿no crees?
—¿Algo a cambio? —Sara frunció el ceño. Luego
sonrió, como quien disfruta con una idea divertida, y caminó hasta la puerta
que daba a la oficina. Se detuvo junto a ella y miró a Vázquez. Con lentitud se
desabrochó el primer botón de la blusa; luego preguntó con picardía—: ¿Y qué
puedo hacer por usted?
Vázquez, sonriendo de oreja a oreja,
se acercó a ella.
—Bueno, puedes ser amable conmigo. —Se desabrochó
el cinturón y comenzó a desabotonar
los pantalones
—. Y cariñosa...
Los pantalones se deslizaron a lo largo de las
piernas de Vázquez hasta arrugarse sobre los zapatos de ante italiano.
—¡Oh,
qué atrevido! —Sara
le guiñó un ojo.
De repente se volvió hacia la puerta y la abrió de
par en par. Los empleados que
trabajaban al otro
lado contemplaron estupefactos la figura de su jefe, allí, en medio de
su despacho,
con los pantalones caídos y mostrando la ridicula
brevedad de sus calzoncillos de seda e iniciales bordadas.
—¡Eh, el cerdo de Vázquez quiere que sea «amable»
con él! —dijo Sara alborozada—. Y si no lo hago, me despide. ¿Qué os parece?
Vázquez, con los ojos muy abiertos, saltó a un
lado, ocultándose de las asombradas
miradas de sus subordinados.
—¡Estás
loca! —gritó, enrojecido de furia—. ¡Quedas despedida! ¿Me
oyes? ¡Despedida!
—Vázquez —Sara le miró con desprecio—: muérete.
Se dio la
vuelta y salió del despacho.
Sara estaba en su casa, tumbada sobre el sofá. Se
sentía exultante; hacía tanto tiempo que deseaba poner a Vázquez en
su lugar... Sonrió, sintiéndose como una heroína de
novela. Bien, pensó, nunca más agachar la cabeza, nunca más aceptar
arbitrariedades, nunca más sentirse inferior. Sólo hay que tener miedo al
miedo.
Aunque... ahora estaba sin trabajo, y el banco le
iba a quitar el piso, y posiblemente no pudiera ni pagar a los abogados. Sintió
que el volumen de su
alegría disminuía. ¿Qué iba a hacer...? Sonó el
teléfono; se incorporó para cogerlo.
—¿Sara? Soy el secretario del doctor. —La voz ronca
sonaba nítida en el auricular—. Espero no importunarla. Pero me preguntaba si a
usted le importaría que visitase su terraza. Creo que el panorama al atardecer
es muy hermoso. —Puede venir cuando desee, Dostigres. —¿Ahora
sería mal momento? —No, no.
Cuando quiera. — Gracias, Sara. Voy para allá. —Colgó. E inmediatamente sonaron
unos golpes en la puerta
del salón. Sara
se sobresaltó; las cosas
en Mansión
parecían transcurrir o con total lentitud o con
absoluta inmediatez, sin término medio. Sara se levantó y fue al salón. Abrió
la puerta que daba al Taj Mahal y contempló
el rostro simiesco
del deforme secretario. —Buenas tardes, Sara. —Adelante, Dostigres. Está
en su casa. El hombre entró en el salón y lo examinó en silencio. Luego
salieron a la terraza. El sol comenzaba a declinar.
—Es un lugar muy hermoso —dijo
Dostigres—. Y tranquilo.
—Mi madre lo llamaba «la sala del atardecer». —Los
ojos de Sara se volvieron soñadores—. Era traductora, y al llegar la primavera
solía sentarse
aquí, con su máquina de escribir, mientras yo
jugaba. Durante mi niñez, asociaba el buen tiempo y el verano con este lugar.
Y con el
sonido de la máquina de mi madre. —Hizo una pausa
—. Los procesadores de textos son muy prácticos.
Pero no tienen voz...
—Todo avance supone una pérdida.
—La voz del secretario se volvió más oscura y
triste—. Y toda victoria una derrota. Permanecieron unos minutos en
silencio. —Dostigres... su
nombre es muy extraño —dijo de
repente Sara—.
¿Por qué le llaman así?
—Porque maté a dos tigres. Uno en primavera y
otro en verano. —Sara
frunció el
ceño. El secretario la miró
fijamente, con su habitual seriedad—.
¿No le gusta la caza, Sara?
—No me gusta matar. Lo siento, no es asunto mío...
—Cuando aquello ocurrió, yo no era el cazador, sino
la presa. Si no los hubiera matado, ellos habrían acabado conmigo. —El rostro
de Dostigres era totalmente inexpresivo—. El segundo tigre, el que maté en
verano, me arrancó un trozo de pierna de un zarpazo. Por eso cojeo.
—Perdóneme, no quería meterme en sus asuntos. —Sara
estaba avergonzada
—. He sido indiscreta.
—No, Sara. Usted tiene un gran corazón, y es
encantadora. Nunca podría molestarme. —Su cara retorcida dejó traslucir algo
muy parecido a la ternura
—. Pero permítame que sea yo quien me entrometa. El
otro día, en el Taj Mahal, creí entender que tenía usted problemas económicos.
—No se puede imaginar hasta qué punto...
—¿Conserva
la tarjeta del
doctor
Pétalo que le di?
—Sí.
—Creo que Electrocom, la empresa donde trabaja,
estaría muy interesada en ella. No existe ninguna patente sobre ese
juguete, se lo garantizo. Le sugiero que lo venda.
—Pero no es mío...
—Sí, sí es suyo. Mansión se lo regala. Además...
—no sonrió, nunca lo hacía, pero su mirada brilló divertida— dudo de que
consigan averiguar cómo funciona. Véndales la tarjeta. — Comenzó a renquear
hacia el salón—. No la molesto más; buenas tardes, Sara.
—Buenas tardes, Dostigres.
Sara permaneció en la terraza, contemplando pensativa
al secretario del doctor mientras
desaparecía tras la puerta de Mansión. Luego fue al teléfono e hizo una
llamada.
—¡Sara...! —exclamó
Lucas Delgado al otro lado de la línea—. Me han dicho en el trabajo
que...
—Que me han
despedido. Es verdad. Pero no te
llamo por eso. ¿Te sigue interesando la tarjeta? Entonces presta atención:
habla con el presidente de Electrocom. Dile que estoy dispuesta a venderla.
—¿Venderla...? Pero...
—Escucha, si a Electrocom no le interesa, se la
venderé a otra compañía. No hace falta que digas nada ahora. Mañana pasaré por
allí.
Sara colgó y, con paso decidido, se dirigió a
la puerta de Mansión. Aún
había respuestas que obtener.
—Ay, Sarita —exclamó risueño Ambrose—; tienes los
ojos llenos de preguntas. ¿No sabes lo que les pasa a las niñas que son
curiosas?
Estaban
en un rincón
de la Biblioteca del Congreso de
los Estados Unidos. Jorge no les acompañaba.
—Necesito su ayuda, Ambrose.
—Pero niña, yo estoy de prestado en Mansión. Soy un
intruso. Tolerado; pero un intruso en cualquier caso. —Ambrose suspiró—. Verás,
hace muchísimos años, en 1913,
pensé que la
vida no valía la pena. Aunque
tenía más de setenta años, me fui a México a luchar
con las tropas de Pancho Villa. Supongo que buscaba
una muerte honorable... Pero lo que encontré fue una
pulmonía. No llegué a entrar en combate. Los rebeldes me dejaron, ardiendo de
fiebre, en una pequeña iglesia
de Chihuahua. Me estaba muriendo;
algo muy desagradable, créeme... Pero, afortunadamente, el cura se apiadó de mí. La iglesia estaba,
está, unida a Mansión. El cura me invitó a entrar, me coló. —Se encogió de
hombros—. Ya sabes lo saludable que es Mansión. Mi enfermedad desapareció y yo
me puse rápidamente en forma. Desde entonces no he salido de aquí. Pero sólo
soy un
invitado, Sarita, y eso exige discreción.
—Ambrose,
quiero conocer Mansión, nada más;
se supone que para eso estoy aquí. Por ejemplo, Dostigres... tiene un extraño
aspecto. Parece un hombre... primitivo.
—Y, técnicamente, lo es. Nació sesenta mil años
antes de tu época, al final del período interglaciar Riss- Würm. Pero no te
dejes engañar: Dostigres es muy inteligente. Y, quizá, la única persona
totalmente honesta que he conocido.
—¿Es un cromagnon?
—Aquí
las razas no
importan, Sarita.
—¿Quién construyó Mansión? ¿El doctor?
—Oh,
no. Pétalo no
podría crear algo así... Ignoro
de dónde ha salido este lugar. Ni siquiera
sé si lo
que se esconde detrás de él es
ciencia o magia. Aunque supongo que, a partir de cierto punto, esa distinción
carece de sentido. A veces pienso que se construyó sola, que Mansión es como un
ser vivo, que crece y se reproduce. Quién sabe. — Sacudió la cabeza—. En
cualquier caso, Pétalo no es más que, por así decirlo, el administrador.
Sara bajó la mirada y meditó unos instantes.
—¿Qué les pasa al doctor y a su hijos? —preguntó—.
Quiero decir que, bueno... a veces se comportan de forma rara. Por ejemplo,
Yubal dice que algo horrible ocurrió aquí. Y parece siempre tan triste...
—Ay, Sarita. —La cara de Ambrose se ensombreció—.
Pregúntaselo a ellos. Pero ten cuidado, puedes hacer mucho daño...
—Ayúdeme, Ambrose —suplicó
Sara—; por favor...
El anciano se agitó nervioso y puso cara de mal
humor.
—Soy débil con las jovencitas, ésa siempre ha sido
mi desgracia. —Cerró
los ojos y apoyó el mentón en las manos. Tras una
pausa dijo—: De acuerdo. Ven conmigo.
Ambrose se incorporó y tomó de la mano a Sara.
Abandonaron en silencio la biblioteca del Congreso y entraron en un ascensor de
Pasillo Central. El anciano dijo en voz alta:
—Llévanos a Arcadia.
Un parpadeo de estrellas les condujo frente a una
puerta marcada con la inscripción daleth-kaph-resk.
Ambrose no dijo en qué lugar ni en qué tiempo
se encontraba Arcadia,
y Sara tampoco lo preguntó. La puerta de Mansión les había llevado a una
pradera
rocosa, salpicada de olmos, con un macizo montañoso
como telón de fondo. A pocos pasos de ellos el terreno se convertía en una
breve colina sobre cuya cima se alzaba
un sencillo paralelepípedo de
piedra. Cuando se acercaron, Sara descubrió que se trataba de una tumba, en uno
de cuyos costados aparecía una inscripción tallada: «Et in Arcadia ego.» La
lápida no ostentaba fecha ni epitafio alguno, tan sólo un nombre: Rosa Pétalo.
—Rosa
Pétalo fue una
mujer muy dulce, y muy bella
—murmuró Ambrose
—. Betania, su hija, se parece mucho a ella. Pero
Rosa era más gentil. Todo el
mundo la adoraba.
—¿Quiere decir que ahí está...? — Sara vaciló y
señaló la tumba—. ¿Es la mujer del doctor...?
—El cuerpo de Rosa no se encuentra en esa tumba;
Dostigres la erigió más bien como una especie de monumento a su memoria. Creo
que se inspiró en un cuadro de Poussin... —Ambrose se encogió de
hombros—. Pero sí, Rosa Pétalo
murió. —¿Aquí? Creí que en Mansión nadie moría. ¿Cómo fue? —No lo sé.
—Ambrose se alejó unos pasos de Sara. —¿Es la muerte de su madre lo que atormenta
a Yubal? —Ya
basta, niña —dijo el anciano, claramente
molesto—.
Pregúntaselo a ellos, no a
mí. —Masculló unas ininteligibles palabras en inglés y con aire malhumorado
comenzó a alejarse.
Sara se quedó
sola, confusa, envuelta por la
melancólica calma de aquel paraje solitario y triste. Rozó con los dedos la
áspera frialdad de la lápida y cerró
los ojos. Rosa
Pétalo, pensó,
¿qué fue de ti?
Encontró al doctor Pétalo en el Invernadero. Sara
contempló maravillada la belleza de aquella estructura de hierro y
cristal; pero aún mayor fue su asombro cuando el doctor, siempre risueño,
comenzó a enseñarle su
extraña colección botánica: flores cantoras que
atraían insectos imitando sus
sonidos; un raro arbusto, de exótica procedencia, cuyas semillas volaban como
mariposas; mandragoras alienígenas que, al madurar, se desprendían de sus
raíces y caminaban. Hiedra
serpenteante, anémonas
giratorias, nenúfares blancos que cambiaban de color según el estado de ánimo
de quien los mirase...
—¿Dónde se encuentra el Invernadero, doctor?
—preguntó Sara, intentando ver a
través del cristal cubierto de vaho.
—En la Tierra, querida. Pero en una
Tierra del futuro, tres mil millones de años
después de tu época. El clima es más frío y todo está cubierto de hielo y
nieve, salvo la franja del Ecuador. Nosotros estamos en algún sitio de lo que
antes fue África, aunque la forma de los continentes ha cambiado mucho. Me
gusta este lugar, es tranquilo y relajante.
—Señaló hacia una puerta de cristal—. Si quieres,
luego puedes dar un paseo. Hay un camino, y todo parece diferente,
trastocado, como un cuadro de Van
Gogh.
—¿Todavía hay gente?
—No,
querida. Casi toda
la vida está en el
mar. En la superficie
sólo
quedan plantas y algunas, muy pocas, especies animales.
La Tierra se ha
vuelto un planeta moribundo.
—Doctor Pétalo... usted no es médico, ¿verdad?
—¡Cielos, no! —Su risa hizo
que algunas plantas se agitaran sorprendidas
—. Ni siquiera biólogo, la botánica es sólo un
hobby. Obtuve el doctorado en filosofía, por la Universidad de Siena.
—Se encogió de hombros—. Ostentar el título de
«doctor» es, por una parte, amabilidad de quienes me rodean, y por otra pura
vanidad académica.
—Discúlpeme si me entrometo,
pero... —Sara vaciló—. Su hijo Yubal
parece
muy atormentado. ¿Es por la muerte de su madre?
La sonrisa del doctor se congeló. Su mirada se
extravió en un mar de confusión. Sus ojos se anegaron de lágrimas y,
en silencio, comenzó
a llorar, sin cambiar la expresión, con el fantasma de la sonrisa aún
bailando en sus labios. Sara se acercó a él y le puso una mano sobre el hombro.
—Yo... lo lamento. Perdóneme, lo siento mucho...
—La
valeriana griega tiene hermosas flores azules. Al madurar, las
anteras estallan, soltando una nube de polen naranja. —su voz era átona. Con
la mirada perdida, la sonrisa muerta y el manantial
de sus lágrimas fluyendo silencioso, el doctor siguió hablando, extraviado,
sobre botánica.
—¿Desea
estar solo? —Sara
no sabía qué hacer, ni qué decir. El doctor parecía ignorar su presencia—.
Saldré fuera unos minutos...
Sara vaciló un instante, luego se apartó del doctor
Pétalo, cruzó la puerta de cristal y salió al exterior.
El sol era de color rojizo, y el cielo rosado, y
la hierba violeta.
Algunos
¿árboles? salpicaban una llanura desmedida que se
perdía en el horizonte. El sendero que surgía del Invernadero
conducía impreciso hacia una pequeña elevación rocosa
que se alzaba
a lo lejos. Sara comenzó a
caminar. Le preocupaba la reacción del doctor, pero el paisaje era tan extraño,
tan melancólico, que pronto su atención se vio prendida de los insólitos
colores, de la quietud extrema, fantasmagórica, de aquel mundo otoñal.
Al aproximarse, Sara comprobó que la formación
rocosa podía ser, quizá, las ruinas de un edificio. Pero unas ruinas
inconcebiblemente viejas y erosionadas.
Comenzó a rodearlas, y entonces los vio. Eran tres
seres pequeños, parecidos a monos sin pelo ni cola, con largas y
menudas
extremidades. Estaban tumbados
sobre el suelo bajo unas matas de flores, inmóviles, quizá dormidos o muertos.
Sara se acercó con precaución.
¡Las flores! ¡Eran orquídeas azules, moteadas de
naranja, como la
flor mágica del doctor...!
Uno de los seres abrió los ojos y clavó en la mujer
sus pupilas inmensas. Sara sintió que el corazón le daba un vuelco y retrocedió
unos pasos. Los dos seres restantes descorrieron sus párpados y, siempre
inmóviles, la miraron con fijeza. Sara rodeó rápidamente las ruinas y corrió
hacia la construcción art nouveau, tan
irreal y
extravagante en aquel paisaje
surrealista.
Jadeaba al entrar en el Invernadero. El doctor
Pétalo estaba manipulando tranquilamente unos macizos de flores, como si nada
hubiese ocurrido.
—¿Qué te pasa, niña? Pareces asustada. —Sara le
contó su experiencia en las ruinas. El doctor sonrió—. Querida, has tropezado
con los pucks; son inofensivos. Viven en simbiosis con ciertas orquídeas. ¿Te
fijaste en ellas? Los pucks; les doy ese nombre porque parecen duendes, se
tumban debajo y duermen, aportando con su aliento el dióxido de carbono y la
humedad que la
planta necesita. A cambio, la flor concede a los
pucks la extraordinaria capacidad de abandonar su cuerpo, de viajar
astralmente. Quién sabe en qué lugar del cosmos se encontraban cuando los
despertaste...
—Esas orquídeas... son como la flor de su
tarjeta. —Las llamo Orchis Somniator, orquídea soñadora.
Mira, ven. —El doctor se dirigió a uno de los anaqueles cubiertos de plantas y
cogió un pequeño tiesto de terracota en el que crecía una solitaria orquídea
azul. Se lo tendió a Sara, advirtiéndole—: No necesita mucha agua, ni
particulares cuidados. Comprobarás que
no hace
tanto efecto en los seres humanos como en los
pucks, pero si duermes cerca de ella es muy probable que sueñes con aquello que
más desees.
—Gracias, doctor. Es una flor muy hermosa. —Sara
contempló la delicada orquídea. Luego miró a Pétalo, buscando en él los rastros
de la crisis provocada por la mención de su mujer. Pero el doctor parecía
absolutamente normal, de modo que Sara pensó que era mejor dejarlo solo—.
Debo irme. Ha
sido usted muy amable al enseñarme el Invernadero.
—Ha
sido un placer,
querida. Vuelve cuando quieras.
Sara comenzó a alejarse, pero luego cambió de idea;
se acercó al doctor y, poniéndose de puntillas, le besó en la mejilla.
—Es usted muy bueno, doctor. Le ruego que disculpe
mi indiscreción de antes. Perdóneme.
— ¿Perdonarte...? ¿Por qué?
El doctor parecía auténticamente
desconcertado. Verdaderamente ignoraba
de qué estaba hablando Sara.
Eran más de las nueve de la noche cuando Vázquez
bajó al aparcamiento subterráneo del edificio Electrocom. Le
irritaba quedarse hasta tan tarde, pero Martín
Pereda, el presidente de la compañía, había insistido en verle, y le tuvo
esperando casi dos horas y media.
¿Para qué? Para decirle que había que readmitir a
Sara Aludel. ¿Por qué? Porque ella tenía algo de gran interés para la empresa.
¿Qué demonios podía tener de importancia Sara
Aludel...? Ah, daba igual, Vázquez sabía ser dócil con sus superiores.
¿Readmitir a Sara? Sí, por supuesto.
Ya llegaría su momento y, entonces, sabría lo que
hacer con aquella calientabraguetas.
El aparcamiento estaba silencioso y oscuro. Vázquez
pulsó el interruptor, pero las luces no se encendieron.
Masculló una maldición y caminó hacia su coche bajo el débil resplandor de las
lámparas de seguridad.
Estaba a punto de introducir la llave en la
cerradura cuando se dio cuenta de que un excremento de pájaro, como una gota de
leche petrificada, ensuciaba el techo de su BMW 525i. Profirió un taco y
comenzó a arrancar el guano, con cuidado de no rayar la pintura. Entonces vio
que alguien salía de las sombras y, cojeando, se aproximaba a él. —¿Señor
Vázquez?
Era un hombre muy bajo, de brazos largos y aspecto
simiesco. Vestía con elegancia, pero era atrozmente feo.
—¿Qué quiere? —preguntó Vázquez con desconfianza.
—Soy un amigo de Sara Aludel —dijo Dostigres, la voz neutra y profunda—. Usted
ha estado molestándola. He venido a pedirle, por favor, que deje de hacerlo.
—¿Qué deje de...? Escucha: dile a tu amiga que está
empezando a fastidiarme. Y que quien me busca, me encuentra. — Hizo un gesto
despectivo—. Y ahora largo, payaso.
—Señor Vázquez —suspiró
Dostigres—. Entre en razón, no quisiera
verme obligado a hacer uso de la fuerza.
Vázquez le
miró con incredulidad.
¿Aquel
enano cojo le
estaba amenazando? Sonrió feliz: había llegado el momento de amortizar
el gimnasio. Adoptó una postura de arte marcial y dijo:
—Mira,
gilipollas, soy cinturón negro de karate, así que más vale
que te largues corriendo...
Dostigres se movió rápido, muy rápido. Tan
veloz como una
fiera salvaje. Con una mano sujetó a Vázquez por las solapas y lo
levantó del suelo. Con la otra, le abofeteó dos veces, haciéndole perder
la conciencia por
unos segundos. Luego le sacudió para despertarle y,
manteniéndole siempre en vilo, le dijo con voz grave:
—Nunca, jamás... —con la mano libre, Dostigres
descargó un puñetazo sobre el capó
del coche, provocando una gran abolladura— se le
ocurra... — un nuevo puñetazo y el parabrisas se deshizo en
pedazos— volver a molestar... —el puño, como una maza,
aplastó el techo— a Sara Aludel... — Otro golpe y la portezuela se dobló por la
mitad—. Ahora, se lo voy repetir, punto por punto, para dejarlo claro.
Dostigres, sujetando siempre a
Vázquez con la mano izquierda, repitió
el rítmico ritual destructivo. Cuando acabó, el BMW
parecía el resultado de un choque múltiple. Entonces Dostigres acercó la cara
de Vázquez a la suya y, casi gruñendo, le dijo:
—Si no me hace caso, si me entero de que usted
perturba, aunque sea ligeramente, a Sara Aludel... volveré, le arrancaré el
corazón y me lo comeré. Y más vale que me crea, porque no sería la primera vez
que hago algo así.
Entonces
Dostigres frunció los labios y, mostrando los dientes, rugió.
Fue un bramido inhumano, bestial, la amenaza
convertida en grito. Vázquez, paralizado
de miedo, notó
que sus
esfínteres se dilataban y ensuciaba el fondillo de
los pantalones. Cuando Dostigres le soltó, cayó al suelo como un títere al que
se le cortan las cuerdas.
—Le dejo, señor Vázquez —dijo cortésmente Dostigres—.
Espero que este encuentro sea
productivo, y que las cosas hayan quedado definitivamente aclaradas. Buenas
noches.
Tras una inclinación de cabeza, el secretario del
doctor Pétalo, distante como un dios prehistórico, se perdió entre las sombras
metálicas del silencioso aparcamiento.
Sara ha vuelto a su piso. Ahora se encuentra tumbada
en la cama
de su
habitación, durmiendo tranquila junto a la orquídea
azul y naranja.
Es de noche. La ventana está abierta y un suave
viento ondea los visillos blancos. El pálido resplandor eléctrico de la ciudad
difumina la escena en tonos violetas. La flor resplandece en la semioscuridad.
Sara se agita. Los ojos, detrás de los
párpados cerrados, comienzan
a moverse a gran velocidad. Su rostro se ilumina con una dulce sonrisa.
Está soñando.
La flor mágica hace que sueñe con
Yubal.
Y es el sueño más sensual y húmedo
que jamás haya experimentado.
ZAYIN
Martín Pereda, el presidente de Electrocom, guiñó
los ojos y parpadeó cuando se encendieron las luces de su despacho. Cogió la
tarjeta verdosa y la sopesó con reverencia.
—Sin duda es algo muy... sorprendente. —Se volvió
hacía Lucas Delgado—. ¿Está seguro de que no hay nada así en el mercado?
—No existe ninguna patente que registre un
mecanismo de esas características —afirmó Lucas.
Martín Pereda carraspeó y dirigió a Sara su mejor
sonrisa de vendedor profesional.
—En primer lugar, señorita Aludel, debo disculparme
por el error cometido por Vázquez. Vázquez ha estado muy estresado últimamente
y siente mucho haber perdido los nervios, ¿no es cierto?
—Vázquez
asintió vigorosamente. Pereda
prosiguió—: Es innecesario añadir que su puesto de trabajo sigue a su
disposición. —Unió las yemas de los dedos—. En otro orden de cosas, debo
confesarle que esta empresa puede estar interesada en adquirir esta tarjeta,
y...
—En tal caso —le interrumpió Sara
—, no quiero hacerle perder su valioso tiempo. Yo
le diré mi precio. No pienso regatear,
la cantidad es
definitiva. Usted, sencillamente, diga sí o no.
Sara silabeó lentamente una cifra de ocho dígitos.
Martín
Pereda parpadeó, tragó saliva y dijo:
—Sí. —Luego se volvió hacia Vázquez y le ordenó—:
Vaya a contabilidad. Que preparen el cheque y un contrato.
El ejecutivo asintió solícito y se dirigió a la
puerta.
Sara tuvo la impresión de que, al pasar junto a
ella, Vázquez se encogía un
poco y la miraba con... ¿miedo?
—¿Tiene el dinero? —El abogado enarcó las cejas—.
Me sorprende usted, Sara...
Sara se cruzó de brazos y sonrió satisfecha. De
repente, todos los problemas parecían haberse desmoronado; recuperaba su
empleo, conseguía el dinero necesario para conservar el piso, Vázquez se
convertía en un ejemplo de caballerosidad... Además, una
puerta de su
salón conducía a un lugar lleno de maravillas. Y, tras esa puerta,
quizás esperándola, había alguien muy especial.
—Ya ve, señor abogado —la voz de
Sara dejó traslucir cierta ironía—; ahora puede
llamar al banco y decirles que Sara Aludel dispone de la cantidad necesaria
para impedir que los tiburones se queden con su hogar.
—Por supuesto —dijo el abogado, todavía algo
perplejo—. Lo haré inmediatamente, aunque empleando otras palabras, si no tiene
inconveniente. — Dudó unos instantes—. Disculpe mi curiosidad, pero hace menos
de una semana usted no tenía ni el dinero ni los medios para conseguirlo. Y
ahora, dé repente...
—Ya le dije que creía en los milagros.
El abogado asintió, flemático.
—Tendré que empezar a creer yo también. —Se inclinó
sobre la mesa y sonrió amistosamente—. En cualquier caso me alegro por usted,
Sara. Y además, si me permite decírselo, su nuevo aspecto
la favorece mucho. Parece distinta.
Sara respiró hondo y se irguió sobre su asiento.
¿Parecía distinta? Sonrió satisfecha: no.
Era distinta.
HE
Sara ha vuelto
a su piso.
Se ha
cambiado de ropa, poniéndose el traje que le
diera Betania. Y
se ha maquillado, como le
enseñara Betania. Y va a hacer lo que le sugiriera Betania: aprender a jugar.
Sara está junto a la puerta de Mansión, dudando. ¿Y
Tomás? Llevaban juntos casi diez años, y ahora ella se disponía a arrojarse a
los brazos de otro hombre... ¿Iba a traicionarle, así, alegremente, sin una
llamada, sin una explicación? Pero ¿qué podía decirle?
¿Que tenía un nuevo vecino del que se había
enamorado?
Un momento. ¿Realmente estaba enamorada de
Yubal? Apenas le
conocía, sólo le había visto unas horas... Pero, en
fin, eso es lo que sentía por él: amor. O deseo, qué importaba.
Sara
piensa que debe
llamar a Tomás y decirle algo,
aunque no sabe qué... Entonces recuerda que el tiempo transcurre de forma
distinta en la casa del doctor Pétalo, que puede pasar allí, literalmente, toda
una eternidad y encontrarse, al volver, con que en el mundo normal no ha
transcurrido ni un segundo... De modo que dispone de un tiempo infinito para
meditar.
Sara sonríe feliz y traspasa la puerta, entrando en
Mansión, y cruza el Taj Mahal, y sale
al Pasillo Central
(encontrando alegre incluso aquel corredor
ominoso), y entra en un ascensor, y pregunta: «¿Dónde está Yubal?» Y la voz
grave de mujer sin cuerpo contesta: «Yubal se encuentra en la Abadía
de Tintern. Nun-resh-teth-
nun-teth.»
Y Sara dice jubilosa: «¡Llévame allí!»
Le encontró en las ruinas de un monasterio inglés,
entre los muros cubiertos de hiedra, junto a los arcos derruidos del claustro
gótico. Era de noche; las estrellas llenaban de guiños el gran hueco abierto
por el techo derrumbado. Un buho ululaba lejano.
Al ver a Yubal, Sara olvidó todo lo que tenía
pensado decir.
Corrió hacia él con el corazón palpitando. Se
abrazaron.
—No deberías haber venido — susurró Yubal,
hundiendo su rostro en el cuello de Sara—. No puede haber nada entre nosotros,
es imposible...
—¿Por qué, por qué, por qué...? —
murmuró
Sara, besándole los
ojos—.
¿No quieres que esté contigo...?
—Claro que quiero, claro que sí... Dios mío, estás
tan llena de vida... Tu piel, tu calor, tu aliento... hacen que me sienta real.
—La besó en las sienes, y en la frente—.
Pero te haré daño, voy a
herirte...
—Oh, no, no, no. Ven... ven conmigo...
Y Sara se tumbó en el suelo, sobre la hierba
húmeda, bajo la luz de la gran luna de verano, y tendió sus brazos a Yubal, y
Yubal se arrodilló a su lado, y la besó en los labios, y luego, casi con
urgencia, se quitaron las ropas y sus cuerpos se estrecharon, como queriendo
ocupar el mismo espacio, y las manos de él exploraron, palmo a palmo, la piel
de ella, y ella
descubrió la geometría exacta de la pasión en cada uno de
sus movimientos, de sus caricias y de sus besos.
Y allí, en las ruinas oscuras de la abadía, como
ejecutando un ritual pagano, Sara y Yubal hicieron por primera vez el amor.
Desde aquel momento, y durante casi tres meses
(según el peculiar y extravagante tiempo de Mansión), Sara y Yubal no se
separaron ni un segundo.
Dormían en un palacio de Palmyra, la opulenta
capital siria del siglo III, o en
un pequeño templo
de la Ciudad Santa de Anuradhapura, en Sri Lanka
almorzaban pescado en el comedor de una casa señorial de Paphos, frente a las
playas de Chipre, o faisán con manzanas en el Salón de los Cantores del
castillo
de Neuschwanstein que construyera Luis II de
Baviera. Más tarde salían a pasea por los jardines de Versalles, o por el
parque de Fontainebleau, o por el Barrio de las Fuentes de Machu Picchu.
Durante dos semanas permanecieron encerrados en un
pequeño apartamento del París de los años veinte, donde no se ocuparon de otra
cosa más que de sí mismos: hicieron el amor, bailaron desnudos con la música
quebrada de un viejo gramófono, comieron con deleite los platos exquisitos que
les servían los tulpas, siempre silenciosos e inexpresivos, bebieron los vinos
de Burdeos y Borgoña, y volvieron a hacer
el amor, una y otra vez, entregándose mutuamente
con pasión, memorizando cada centímetro de la piel del otro, cada humedad, cada
gemido.
Y luego comenzaron a explorar el universo, buscando
tras las puertas de Mansión
planetas portentosos, asteroides
de plata, cometas de hielo carbónico, soles dorados y lunas engalanadas.
Todo eso, y mucho más, era lo que podía
proporcionarles la casa del doctor Pétalo; lugares mágicos, patios perfumados,
palacios encantados... Siempre había un recinto nuevo en Mansión, siempre
un lugar por
descubrir, siempre una arquitectura
donde soñar.
La vida de Sara se volvió cristalina y vibrante,
bulliciosa y viajera como el agua de un torrente; y Yubal siempre a su lado,
bello como una escultura renacentista, suave y amable, decadente y misterioso.
Y Sara floreció, como un rosal en primavera, se
emborrachó de felicidad y deseo, se abrió, con abandono dichoso, al placer de
no pensar, de sólo sentir.
La historia de su amor se grabó indeleblemente en
los muros de Mansión. Pero, como todas las historias de
amor, tuvo un comienzo y habría de
tener un final también.
Y el final, como siempre, llegó demasiado pronto, y
demasiado tarde a la vez.
Estaban en la Sala de los Abencerrajes del Patio de
los Leones La Alhambra del siglo catorce era muy diferente a la que Sara
conocía. Todos los mocárabes del
techo estaban pintados con
brillantes colores, y las paredes llenas de minuciosos mosaicos y hermosos
tapices, y los
suelos cubiertos con alfombras de Persia y de la India.
El crepúsculo teñía de rojo el cielo, y la brisa
llegaba cargada de aromas a
mimosas
y nardos. Las
sombras del patio se agitaban con
el tremolar de los hachones.
Sara se levantó de su lecho de almohadas y se
desperezó, como un gato satisfecho. Yubal estaba en el patio, sentado en el
suelo, punteando quedamente su laúd. Sara le miró y sonrió. Hacía
casi tres meses
que estaban juntos, y aún disponían de toda la eternidad. Salió de la
sala y se acercó a su amante.
—¿En qué piensas, Yubal?
—En
nada. Intentaba imitar
el sonido de las fuentes —se encogió de hombros—; pero haría falta un laúd
de
agua.
Sara se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en la
pierna del hombre.
Yubal también había cambiado mucho. Sus ojos ya no
destilaban amargura, y la sonrisa había vuelto a su boca. Parecía relajado y
tranquilo, incluso feliz, aunque a veces, de tarde en tarde, Sara todavía
descubría un poso de tristeza en su mirada. Pero sí, había cambiado...
Y sin embargo... después de tantos meses juntos, él
lo conocía todo acerca de ella; pero Sara no sabía nada sobre él. Ignoraba
dónde había nacido (y cuándo), cómo había llegado a Mansión,
qué había hecho durante quién sabe cuanto tiempo...
Desconocía si hubo otras mujeres, si tenía amigos u otros
parientes, aparte de
Betania y el doctor... Y eso conducía, de nuevo, a la
pregunta más intrigante: ¿qué le había ocurrido a Rosa Pétalo?
Sara observó de reojo el rostro de Yubal; no
distinguió en él ni un ápice de melancolía. Sólo vio paz.
Quizás ahora fuese el momento adecuado... —Yubal...
—Su voz vaciló como una llama cuando el gas se acaba
—. ¿Cómo era tu madre?
Yubal dejó de rasgar el laúd. Su mirada se perdió
en la oscuridad. Tardó
mucho en contestar, y cuando lo hizo su tono era
sombrío.
—Fue una mujer muy bella, y muy alegre.
Constantemente estaba de buen humor, siempre con una sonrisa en los labios. Le
gustaba mucho la música, y solía cantar. Yo tocaba para ella... Sara cogió la
mano de Yubal.
—¿Qué le pasó?
Yubal soltó la mano de Sara y se levantó,
volviéndose de espaldas. Permaneció casi un minuto en silencio, los hombros
caídos y la
cabeza inclinada.
—¿Por qué? —dijo al
fin—. ¿Por qué tenías que hablar ahora de esto ?
—Porque no sé nada de ti. —Sara se levantó—. ¿Dónde
está tu pasado? Quiero compartirlo todo contigo, Yubal. Lo bueno y lo malo.
Cuando te conocí parecías sufrir mucho. ¿Por qué? ¿Por la muerte de tu madre?
Yo sé lo que es eso, y... —Tú no sabes nada... —la interrumpió. —Mis padres
murieron en un accidente. De la noche a la mañana me quedé sola. Y me
atormenté, y sufrí, y lloré. Pero un día descubrí que pensar en ellos no me
hacía tanto daño. Y con el tiempo conseguí que su recuerdo sólo me inspirase
ternura. Tu madre murió, y eso es muy doloroso; pero tú estás vivo, y debes
seguir viviendo.
Yubal se volvió hacia ella. Su boca estaba
contraída por un rictus amargo.
—¡No sabes nada! —gritó—. Esto no tiene que ver con
mi madre. ¡Tiene que ver conmigo, y con Betania! —Con un brusco
ademán, Yubal estrelló
el laúd contra el suelo. Una única nota, discordante, acompañó a la
lluvia de fragmentos.
Sara se encogió, asustada; nunca le había visto
comportarse de un modo tan violento.
—No
discutamos, por favor...
—
murmuró—. Vamos a olvidarlo,
¿quieres?
—¡No! —La respiración de Yubal
era agitada—. Ya es tarde. Desde el principio fue
tarde. Me engañé pensando que podía olvidar lo que soy. Pero eso es imposible.
—Contuvo el aliento y cerró los ojos—. Te dije que iba a herirte, te avisé.
Pues bien, Sara, no quiero volver a verte, no quiero que me busques, no quiero
saber de ti. ¡Nunca más!
—Pero ¿por qué, Yubal? ¿Qué te pasa...? —Los ojos
de Sara se humedecieron.
—No podrías entenderlo.
—Déjame intentarlo... por favor... Yubal encajó la
mandíbula. Sus ojos
restallaron como aristas de hielo azul.
—¿Sí? ¿Quieres intentarlo? Pues escucha: soy la
casa de mi padre... ¡Yo soy Mansión!
Sara parpadeó y apretó los labios, intentando
contener el llanto.
—No te comprendo...
—Ya te lo dije. —Las facciones de Yubal se
relajaron por primera
vez, como abrumadas por el peso de una gran tristeza—. Perdóname,
Sara... pero yo... yo... —Tragó
saliva—. Lo siento.
No me busques. Jamás debemos volver a vernos. Jamás.
Yubal se dio la vuelta y con paso decidido abandonó
el patio saturado de aromas,
desapareciendo entre las
sombras de estuco y yeso, más allá del resplandor
escarlata de las llamas que bailaban en los candiles y en los hachones.
Sara se quedó sola en aquel patio de piedra y agua,
los ojos destilando dolor, y se agachó, y cogió un trozo del laúd roto, y lo
apretó contra su pecho, y sus labios formaron, sin decirlo, el nombre de Yubal.
Sara corriendo por Pasillo Central
Entra en un ascensor.
—¡Llévame a donde esté Betania! —
grita.
El mundo se convierte en un campo de estrellas.
—Suéltame... —dijo Betania, intentando zafarse de
la mano de Sara—.
¿Estás loca...?
El ojo de Saturno espiaba desde el cielo azabache
de Titán. Sara apretó con más fuerza el brazo de Betania.
—¡Ya basta! —La voz de Sara era imperiosa—. ¿Qué le
ocurre a tu hermano?
—No tengo ni idea. ¡No lo sé!
—¡Estás mintiendo! —Sara la zarandeó—. Yubal dijo
que era algo que os afectaba a los dos. ¿Qué?
Betania dejó de forcejear, sus ojos se extraviaron.
—Yubal es tan serio... tan poco divertido... —Hablaba en voz
baja, distante—. A veces dice cosas horribles. En
cierta ocasión afirmó que nosotros... —Se detuvo, como extrañada ante lo que
iba a decir.
—Continúa —la apremió Sara—.
¿Qué dijo? —Dijo que... que estamos muertos.
—¿Muertos...?
—Qué tontería, ¿verdad? —Sus ojos se iluminaron de
repente—. Pero no hay que hacerle caso. ¡Esta noche celebran una fiesta en el
palacio de los Borgia! Me pondré un vestido bonito, y conoceré a hombres
maravillosos, y beberé y bailaré toda la noche...
Cuando
Sara abandonó el dormitorio, Betania continuaba hablando
de
naderías; la mirada
perdida, las manos apretadas y el
cuerpo balanceándose adelante y atrás, adelante y atrás...
Como un felino enjaulado, enloquecido por la
cautividad.
—Pero, querida, cálmese. —Jorge movió nervioso la
cabeza.
—¡Me calmaré cuando consiga que alguien me
responda! —dijo Sara con determinación—.
Usted conoce Mansión. ¿Por qué se
comportan todos como si estuvieran locos? El doctor, Yubal, Betania... ¿Qué
sucede aquí?
—No sé de qué me habla, niña... — Jorge vaciló—.
No suelo salir
de la
Biblioteca, y yo...
—Déjale, Sarita. —Ambrose había aparecido por entre
las estanterías; depositó encima de una mesa los libros que llevaba en las
manos—. Jorge no sabe nada sobre Mansión.
—Pero usted sí, Ambrose. ¿Qué está pasando?
Ambrose la miró con irritación. Tras una pausa, le
dijo a Jorge:
—Ahora vuelvo. Sólo será un momento —y dirigiéndose
a Sara—: Acompáñame.
Estaban en la biblioteca del Museo Británico.
Ambrose y Sara fueron a una sala contigua (la biblioteca del Pótala).
—¡Ya
está bien! —exclamó Ambrose tras
cerrar la puerta—. Déjame en paz. Te lo he dicho: si
buscas respuestas, pregunta a las personas adecuadas.
—Y lo he hecho. He preguntado al doctor, a Yubal, a
Betania. Y todos parecen volverse locos en cuanto menciono a Rosa Pétalo. —Sara
apretó los puños—. ¿A quién debo preguntar entonces?
—Al auténtico guardián de Mansión
—contestó
Ambrose con sequedad—. Al
verdadero administrador. —Cerró los ojos y respiró hondo—. A
Dostigres.
—¿Dostigres...? —Las cejas de Sara
se elevaron como dos aves sorprendidas
—. Pero Dostigres es el secretario del...
—No seas ingenua —la interrumpió con exasperación
Ambrose—. El doctor Pétalo es el secretario de Dostigres, y no al
revés. —Abrió la
puerta y comenzó a traspasarla.
Antes de salir, se volvió hacia Sara—. Estás hurgando en heridas aún abiertas;
pero supongo que eso no te importa. Eres joven y estás enamorada; así que sólo
piensas en ti misma. Adelante, busca a Dostigres y sacia tu curiosidad.
Y Ambrose abandonó la sala dando un portazo.
Sara flotando en
una inmensidad
negra cubierta de estrellas. No hay gravedad. Un
temblor y Pasillo Central reaparece.
La voz dice: «Dostigres se encuentra tras la puerta
marcada Resh-Resh-Teth. Despacho del Sector Tierra.»
Sara abandona el ascensor y cruza la
Puerta indicada.
THAU
Dostigres estaba sentado tras una mesa Chippendale
cubierta de papeles y planos, junto a una vieja máquina de escribir Underwood.
Se puso en pie cuando la mujer
entró en el
pequeño
despacho atestado de archivos.
—Buenas noches, Sara. —Con un gesto la
invitó a sentarse—.
¿Desea algo? ¿Quizás un jerez...?
Sara negó con la cabeza y tomó asiento en el borde
de un sillón de cuero castaño. Tragó saliva antes de hablar.
—Creo que me debe algunas explicaciones, Dostigres.
Según Ambrose, usted no es lo que parece ser.
—Es cierto, no lo soy. —Dostigres volvió a
sentarse. Sus ojos, pequeños y negros, demasiado juntos, miraban con
melancolía—. Me he visto obligado a ocultarle parte de la verdad. Pero nunca
creí que Yubal fuese a llegar tan lejos.
Era imprevisible.
—¿Qué le pasa a Yubal? ¿Y cómo murió la mujer
del doctor Pétalo? — Sara se
inclinó hacia delante—
¿Qué está ocurriendo aquí, Dostigres? No sé qué pensar... ¿Yubal tuvo
algo que ver con la muerte de su madre? ¿O fue el doctor...? ¿Qué pasó?
—Tranquilícese. Nadie mató a Rosa Pétalo. Fue un
accidente, un terrible accidente. Pero usted desea saber lo que sucedió, es
natural... —Dostigres se reclinó en el asiento y apoyó la cabeza en su mano
(peluda como una garra)—. Desgraciadamente, para explicarme con claridad debo
remontarme muy atrás en
el tiempo, y además hablar de mí mismo...
»Verá, Sara, muchos miles de años antes de su
época, yo vivía en lo que usted
conoce como Cantabria,
en el norte de España. Éramos un
grupo, o una bandada (desde luego, no una tribu) de pr i mi ti vos
sapiens. Hombres de
las cavernas, trogloditas, como quiera llamarnos... Nuestro grupo estaba
formado por unos cincuenta individuos, entre mujeres, hombres y niños. Éramos
recolectores y cazadores. Y también el alimento preferido de los grandes gatos.
Yo tenía diecisiete años y era cazador. El mejor.
»Pero un verano, ya le hablé de ello, un tigre me
dejó inutilizada la pierna. Mis días de caza pasaron a la historia. A partir de
entonces tuve que quedarme en el
campamento, con las
embarazadas, los ancianos y los niños, fabricando utensilios o
masticando grano para convertirlo en una pasta comestible. Quizá no lo
entienda, Sara, pero para un macho de finales del pleistoceno eso era peor que
la muerte.
»Por
aquel entonces yo dormía en una
pequeña cavidad de la roca, un lugar cálido y seguro, pero desagradablemente
húmedo cuando llovía. No era un problema
importante; sin embargo,
al
disponer de mucho tiempo, comencé a buscar una
solución. Y se me ocurrió construir un armazón de maderas y hojas que, no sólo
mantuviese seco el interior, sino que además ampliase el espacio de la cueva.
Quizá le parezca algo muy elemental, pero en aquel entonces constituyó una
auténtica revolución. Fui el primero en edificar una casa.
«Entonces me visitó el Arquitecto. Yo le llamo así,
aunque nunca supe su nombre, si es
que lo tenía.
Tampoco creo que fuese
el constructor de Mansión, pero en cierto modo sí uno de sus
arquitectos. Era un ser irreal, sin forma determinada, compuesto de luz y
geometrías extrañas. Una noche apareció y habló
directamente en mi cabeza, ofreciéndome ser el administrador del Sector Tierra
de Mansión. Desde luego entonces apenas comprendí la naturaleza de lo que me
ofrecía, pero yo veía al Arquitecto como un ser sobrenatural, un dios. Por lo
tanto, obedecí. Esa misma noche encontré una puerta adosada a mi cueva. Y entré
en Mansión.
»Lo primero que hice fue aprender. Salir del
salvajismo, si lo prefiere. Mansión dispone de excelentes métodos
pedagógicos. En pocos
años me encontré preparado para
afrontar mi labor: buscar, entre
las mejores
arquitecturas construidas por la humanidad, nuevos
recintos para ampliar Mansión.
Pero enseguida tropecé con un
grave problema. Si bien mi aspecto físico no constituía ningún obstáculo para
tratar con hombres de eras remotas, sí lo era cuando debía
ponerme en contacto
con los propietarios mas
"civilizados". Les asustaba, les hacía recelar, lo que complicaba
mucho las cosas...
—Dostigres —le interrumpió Sara, impaciente—, ¿qué
tiene que ver todo eso con Yubal... con los Pétalo?
—No se impaciente, Sara; ahora llegaremos a
eso... Como decía,
mi
aspecto complicaba el trabajo. A una persona de su
época, por ejemplo, le resulta muy difícil aceptar la existencia de Mansión.
Pero si quien le habla de ella es un ser más parecido a un gorila que a
un hombre, entonces
todo se vuelve realmente
arduo. Era evidente que necesitaba encontrar a alguien
que actuase de intermediario. Y lo busqué por todo el mundo, a lo largo de toda
la historia. Finalmente lo
encontré en Italia.
»El doctor era inteligente, amable y divertido.
Poseía un poderoso encanto personal que inspiraba confianza a cualquiera que,
simplemente, le mirase.
Créame, Sara, el Pétalo que conoce no es ni sombra
del que fue. Además, el doctor tenía una familia tan encantadora como él.
Yubal, serio y
sensible, siempre con su música. La alegre y desinhibida Betania.
Y, sobre todo, Rosa Pétalo.
»Ah, Sara, la mujer del doctor tenía un don único:
era capaz de ver más allá de las apariencias, podía percibir a las personas tal
y como son en realidad. Y eso la hacía querer a todo el mundo. Y que todo el
mundo la quisiera a ella... El doctor la adoraba. Llevaban más de veinte años
casados, y aún se amaban con locura, como dos adolescentes en
primavera.
»Cuando se
instalaron en Mansión las cosas comenzaron a marchar. El doctor adoptaba
el papel de administrador, y yo, de cara a los propietarios, simulaba ser su
secretario. Aquel pequeño teatro funcionó perfectamente. Las adquisiciones se
sucedían con regularidad, y el Sector Tierra de Mansión creció y creció. Fueron
años felices, llenos de risas y alegría... Entonces, cuando menos podía
esperarse, llegó la desgracia.
«Supongo que la culpa fue de Betania, aunque
tampoco puedo responsabilizarla
totalmente. Quizás
entre
todos la malcriamos,
quizá debimos ser más rígidos con ella. Quién sabe, el caso es que Betania
era... era víctima de la curiosidad. Quería experimentarlo todo, probarlo todo,
hacerlo todo. Como
es lógico, las Puertas Aleph, la única prohibición de
Mansión, eran como un imán para ella. En cierta ocasión, eso lo supe más tarde,
Betania abrió un
poco una de
esas puertas y miró por la rendija. Tuvo suerte, lo que había detrás era
relativamente inofensivo y sólo le provocó un intenso dolor de cabeza. Pero...
»Un día, toda la familia Pétalo se
encontraba en el Pasillo Central, íbamos a celebrar
la fiesta de apertura de un nuevo recinto (por aquel entonces todo era motivo
de fiesta). Junto a la puerta de la estancia que debíamos inaugurar se
alzaba una Puerta
Aleph. Betania y Yubal estaban frente a ella, Rosa Pétalo se
encontraba a unos cinco metros de los jóvenes. El doctor y yo salíamos de un
ascensor en ese momento.
«Entonces, con una sonrisa traviesa, Betania abrió
de par en par la Puerta Aleph. Detrás había un monstruoso universo de
dimensiones alteradas.
¿Cómo explicárselo, Sara...? Lo que se alzaba tras
la puerta negra
era una
singularidad, es decir, un lugar donde todas las
leyes de la física carecen de sentido. Algo inconcebible para nuestra mente,
algo que contradice nuestra propia
existencia. Al abrir la Puerta Aleph, Betania destapó la caja de Pandora, dejó
expedito el acceso a un mundo
surreal que no
puede convivir con nuestra
realidad. Betania y Yubal, enfrente del Portal Aleph abierto de par en par,
eran refutados, negados, por la simple contemplación de aquel universo
dislocado.
»Así que Betania y Yubal se quedaron petrificados,
como un par de ratoncillos hipnotizados por
la mirada
de una serpiente. Rosa Pétalo gritó una advertencia
vana, y corrió a apartar a sus
hijos del peligro.
Pero fue demasiado tarde. La
singularidad que había tras la Puerta atrapó con sus redes de gravedad alterada
a Betania, a Yubal y a Rosa Pétalo. Los atrajo hacia sí, los absorbió, se los
llevó, convirtiéndolos en quarks, en partículas, en abstracciones. En
definitiva, los mató. Dejaron de existir.
—¿Qué
está diciendo? —exclamó
Sara—. ¡Betania y Yubal están vivos!
—Déjeme acabar la historia, Sara.
—La
mirada de Dostigres
era ahora pura tristeza, como los
ojos de un perro
extraviado—. El doctor gritó como un loco y corrió
hacia la Puerta Aleph. Le derribé, impidiéndole lo que no era otra cosa que un
suicidio. Gritó y forcejeó como un poseso. Tuve que dejarle inconsciente para
evitar que siguiese a su familia a través del umbral fatídico. Cerré la Puerta
Aleph y saqué al doctor del Pasillo. Supongo que salvé su vida, pero no su
cordura. Cuando el doctor recuperó la conciencia y recordó lo que le había
ocurrido a su familia, su razón se enajenó. Dejó de hablar, de moverse, de comer...
Se
encerró en sí mismo y
cortó cualquier lazo con la realidad. »El
doctor era mi amigo, mi mejor amigo, quizás el
único que he tenido. Y ahí estaba,
muerto en vida. ¿Qué podía hacer
yo? Durante meses
intenté encontrar la terapia adecuada. Pero todo fue en vano. Hasta que
un día, observando a un
tulpa mientras me servía la comida, tuve una idea: era muy
probable que en el mundo interior del doctor todavía viviese su familia, y que
para sacarle de allí fuera necesario traer de vuelta a su mujer y a sus hijos
al mundo exterior. Entonces recurrí a Mansión y le pedí que hiciera tres tulpas
muy especiales, tres imitaciones perfectas de seres humanos. Los tulpas
de Rosa, de Betania y de Yubal.
»Mi
idea funcionó hasta cierto punto. Cuando el doctor vio al tulpa
de su mujer, entró en crisis. Acurrucado en un rincón, no dejaba de llorar y de
balbucear. De algún modo sabía que aquella figura familiar no era Rosa Pétalo,
y eso le causaba un gran horror. De modo que le pedí a Mansión que hiciera desaparecer
la imitación de Rosa.
Sin embargo, los tulpas de Betania y Yubal parecían tranquilizar al
doctor. Gracias a su presencia, Pétalo fue recobrando, parcialmente, el juicio,
hasta alcanzar su estado actual. Ni cuerdo, ni loco, viviendo en una zona
crepuscular.
»En cuanto a Betania y Yubal... Mansión hizo un
buen trabajo. Son imitaciones tan perfectas que, ignoro cómo, han llegado a
alcanzar un cierto grado de autoconciencia. Sobre todo Yubal. Su autonomía se
ha desarrollado hasta tal punto que ha conseguido averiguar la verdad acerca de
su naturaleza. El pobre Yubal sabe que no existe, que sólo es un fantasma. Y
eso le desespera.
Dostigres dejó caer las manos sobre su regazo.
Cerró los ojos, apesadumbrado. Sara le miraba atónita, desencajada.
—Es mentira —dijo furiosa—.
¡Mentira! ¡Yubal existe, es un ser real!
—No, Sara. —Dostigres movió lentamente la cabeza de
un lado a otro
—. Yubal es un tulpa, una creación de Mansión, como
Betania, como los sirvientes. No es
un hombre, no
está vivo.
Y Sara supo que Dostigres estaba diciendo la
verdad. Y recordó las palabras de Betania: «Mi hermano dice que estamos
muertos»; y las palabras de Yubal: «Yo soy Mansión»; y la extraña crisis del
doctor en el Invernadero, y la rara
melancolía que presidía
cada rincón de aquella casa desmesurada. Y
entonces
Sara, hirviendo de
rabia, se levantó y le gritó a Dostigres:
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me
permitiste continuar con la
farsa?
—¿Cómo podía prever que te fueses a enamorar de
Yubal? —la tuteó por primera vez—; y
mucho menos que Yubal te correspondiese. —Inclinó la
cabeza—. Si te hubiese dicho la verdad, te habrías ido.
—¿Y tan importante era para ti mi estúpida terraza?
—No, Sara; no es la terraza. —Se levantó y mostró
las palmas de sus manos, implorante—. En
ocasiones lo
que importa no es el recinto, la arquitectura, sino
el propietario. Y eres tú, Sara, lo que me interesa. Porque en ti hay la misma
cualidad que encontré en Rosa Pétalo: eres capaz de ver más allá de la
superficie. Y pensé que podrías llegar a mirar en mi interior, y ver que no soy
un mono amaestrado. Y quizá sentir...
—¿Amor? —preguntó Sara con amargura—. ¿Crees que
podría llegar a querer a alguien como tú? Estás loco, Dostigres. —Frunció los
labios con furia—. ¿Te acostabas con Betania? Es posible, a ella le gustaba
hacer cosas raras, ¿verdad? Pero yo no soy así; me
mataría antes de permitir que un fenómeno de feria
como tú me tocase...
—Sara, por favor...
—¡Cállate! —gritó Sara. Luego permaneció unos
instantes en silencio, aturdida, con
el aliento agitado
y los ojos perdidos. De pronto, encajó la mandíbula y se volvió
desafiante hacia Dostigres—. Es mentira. Quieres apartarme de Yubal porque
estás celoso,
¿verdad?
Pero Yubal existe,
y me quiere, y tú no puedes
hacer nada por impedirlo. ¡Nada!
Sara barrió de un manotazo la superficie de la
mesa, llenando el aire de papeles. Corrió hacia la puerta.
Y Dostigres se quedó solo en el pequeño despacho
del Sector Tierra, de pie, estático, con los blancos folios, a su alrededor,
componiendo un otoño de papel en su lento planeo hacia el suelo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó
Yubal, mirando con dureza a Sara.
Atardecía en la Abadía de Tintern. El sol,
casi a ras
del horizonte, arrancaba largas
sombras de las ruinas góticas. Sara intentó fingir una sonrisa.
—Tenía que hablar contigo...
—Te dije que no me buscaras.
—Pero... Necesitaba verte, aunque sólo fuera una
vez más. Tenía que asegurarme de que tú...
Yubal escrutó el rostro compungido de Sara y
frunció el ceño.
—Te lo ha contado todo Dostigres,
¿verdad?
—Dostigres me ha dicho cosas absurdas...
—Dostigres te ha dicho la verdad.
—Yubal
sonrió con amargura
y se volvió hacia los muros caídos
de la abadía—. Me gustan las
ruinas, Sara. Las ruinas son como
yo: nada. Un simple recuerdo, una huella que se borra con el viento...
—¡Pero tú estás vivo! —exclamó Sara, rodeándole con
los brazos y apoyando la mejilla
en su pecho—.
Existes. He besado tus labios, Yubal, he acariciado
tu piel, he respirado tu aliento... y eres tan real como yo misma.
Yubal,
con tristeza infinita,
se deshizo de su abrazo, esta vez sin ira, con ternura.
—Pienso, y pienso que mis pensamientos son los
pensamientos de Yubal, el hijo del doctor Pétalo. Recuerdo, y mis recuerdos son
los recuerdos de Yubal. Y mi cara en el espejo es la cara de Yubal, y mi voz es
la voz de Yubal, y mis deseos, mis sentimientos, son los deseos y sentimientos
de Yubal... Pero no soy Yubal. Soy un simulacro, una imitación,
un ente creado por Mansión. Soy un fantasma, un
tulpa, como los criados de la casa de mi padre.
—¡No es verdad! —gritó Sara, llevándose una mano a
la frente—. ¡Eres Yubal, un ser humano! ¡Y te quiero...!
Yubal se alejó unos pasos de ella, cerró los ojos y
respiró hondo.
—¿De verdad me quieres? ¿Me quieres tal y como soy?
—Abrió de nuevo los ojos—.
Mírame, Sara. Mírame bien, y dime
si puedes darle tu cariño a esto...
El cuerpo de Yubal se relajó. Transcurrieron unos
segundos sin que nada ocurriera, y
de pronto algo
comenzó a cambiar en él: los rasgos de su rostro
parecieron fluir, su cuerpo esbelto se acható y dilató, los ropajes se
disolvieron hasta convertirse en un traje de librea. Y, en un instante, Yubal
dejó de estar allí para transformarse en un tulpa idéntico a cualquier otro
criado de Mansión.
Sara contempló horrorizada la metamorfosis de
Yubal. Abrió la boca e intentó decir algo, pero su voz se quebró en un gemido
apenas ahogado. El tulpa inexpresivo y difuso en que se había convertido Yubal
sonrió tristemente; cuando habló, su
voz fue la
voz de Yubal.
—¿Sigues queriéndome pese a todo, Sara? —Suspiró—.
No... ya no. Es
dificil amar a algo así, ¿verdad...?
Sara gritó y retrocedió unos pasos. Agitó la cabeza
con incredulidad y horror. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Luego comenzó a
correr, alejándose definitivamente del fantasma que había sido Yubal.
Sara en Pasillo Central. El viento aúlla a través
de las inmensas palmeras de hierro forjado. Los cortos cabellos de la mujer se
agitan, su ropa ondea. Una ráfaga de aire arranca de sus ojos un par de
lágrimas, proyectándolas hacia la fuga desmesurada del corredor, entre
las dos líneas infinitas de puertas.
Sara corre, protegiéndose los ojos con el
antebrazo. Penetra en un ascensor y, entre sollozos, pregunta:
—¿Dónde está Yubal...?
—Yubal se encuentra en la Abadía de...
—¡No! ¿Dónde está el auténtico
Yubal?
Una
pausa. Finalmente la
voz de
Mansión responde:
—Yubal murió. Ya no existe.
—Entonces —gime
Sara—, ¿quién es el Yubal que he
conocido?
—El Yubal que has conocido —dice la voz— soy yo.
Sara oculta el rostro entre las manos y grita:
—¡Llévame a casa!
RESH
Al principio todo fue tristeza y amargura.
El recuerdo de Yubal mortificaba a Sara, afligiéndola
de una manera extraña. Por un lado experimentaba la
melancolía y la añoranza de los amantes despechados; mas por otro era la rabia
de haber sido, de alguna forma, violada la emoción que en ella imperaba.
Bajo ese estado de ánimo no podía
seguir viviendo en su piso, tan cerca de Mansión;
de modo que hizo las maletas y alquiló, provisionalmente, un pequeño
apartamento.
No habló con nadie acerca de lo ocurrido (¿quién
podría creerla?), ni siquiera fue a trabajar; durante dos días apenas se movió
de la cama, encerrada en la oscuridad de su dormitorio, como queriendo volver a
una matriz cálida y protectora. Y así, tumbada, con los ojos muy abiertos y el
corazón destrozado, se arrastraron los minutos y las horas, y el tiempo se
convirtió en plomo fundido, ardiente, denso y asfixiante.
Pero llegó el fin de semana, y
entonces...
Eran casi las diez de la noche del viernes. Sara y
Tomás caminaban juntos por la calle. Tomás no dejaba de mirar a su novia;
estaba sorprendido y preocupado.
—Sara, ¿qué te pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Por Dios, te has cortado el pelo
y... y tienes un aspecto muy raro.
—¿No te gusta? —preguntó Sara, inexpresiva.
—No es eso. Pero creo que deberías haberme
consultado.
—La próxima vez lo haré.
—Además, no, no me gusta — insistió Tomás—. Pareces
otra mujer... No sé, hay algo raro en ti. Eres distinta.
—Es el corte de pelo. —Sara suspiró—. Cuando me
crezca volveré a ser la de siempre. —Sonrió mecánicamente—. Anda, date prisa, o
llegaremos tarde al cine.
Recorrieron en silencio los pocos metros que les
separaban del coche. Tomás estaba sacando las llaves del bolsillo cuando una
voz los sobresaltó.
—Buenas noches, Sara. ¿Podría hablar con usted?
Se giraron en redondo y contemplaron la
solitaria figura que,
cojeando, salía de entre las sombras del callejón.
—¡Déjame en paz, Dostigres! — gritó furiosa Sara—.
¡No quiero hablar contigo! ¿Entiendes?
—Por favor —suplicó Dostigres acercándose a ella—,
sólo pretendo explicarme...
—Eh, eh... —intervino Tomás, intentando
interponerse entre Sara y el hombre
primitivo—. ¿Qué quiere?
¡Váyase!
Dostigres ignoró a Tomás y cogió el brazo de Sara.
—Sólo será un minuto... por favor.
—¡Suéltame! —Sara intentó
apartarse—. ¡No me toques!
—¡Aléjese de ella! —Tomás comenzó a forcejear con
Dostigres; era como luchar con un bulldozer—. ¡Déjela hijo de puta!
Dostigres soltó el brazo de Sara y se volvió hacia
Tomas. Le miró con ojos de animal salvaje.
—¡No me empuje! —rugió. Y lo apartó bruscamente con
el antebrazo.
Fue un simple manotazo, pero bastó para que Tomás
se elevara por los aires, como un muñeco desmadejado, y fuera a caer
violentamente contra unos cubos de basura.
—¡Mi pie! —chilló Tomás
retorciéndose en el suelo, mientras se sujetaba el
tobillo derecho—. ¡Me lo he roto!
Sara corrió hacia su novio y se arrodilló a su lado.
Miró a Dostigres con ojos llenos
de cólera.
—¡Eres un peligro! ¡Vete de aquí! Dostigres extendió los brazos,
desolado.
Sus ojos se
movían, nerviosos, a izquierda y derecha.
—Yo... no quería hacerle nada...
—¡Monstruo! —le escupió Sara, mientras sujetaba la
cabeza del dolorido Tomás—. ¡Vuélvete a tu casa de locos y olvídate de mí!
Dostigres quiso decir algo, pero al
final, tras un imperceptible temblor de sus labios,
optó por desistir. Inclinó la cabeza y asintió. Se dio la vuelta y comenzó a
alejarse, cojeando silencioso. La
sirena de una ambulancia, como un lamento lejano, llenó de agudos el murmullo
nocturno de la ciudad.
Al
poco, Dostigres ya no fue
más que una figura grotesca perdiéndose en la noche.
—Le juro, Sara, que no deja de sorprenderme. —El
abogado enarcó las cejas y se rascó levemente la cabeza—. Vamos a ver si lo
entiendo: al principio no tenía el dinero necesario para conservar su casa,
pero estaba dispuesta
a luchar a brazo partido con el banco. Luego
consiguió el dinero. Y ahora, de pronto,
decide venderle el
piso al banco. Y todo eso en una
semana... No lo entiendo.
—Ya no me gusta mi casa. —Los labios de Sara
sonreían, pero no sus ojos—. Ahora ni siquiera vivo allí. De modo que quiero
deshacerme de ella lo antes posible.
—Bueno, en cualquier caso, no es asunto mío. —El
abogado se encogió de hombros—. Creo que hace usted bien. La oferta del banco
es muy conveniente. Si quiere podemos ocuparnos ahora mismo del papeleo.
—No. —Sara se levantó—. Volveré mañana. Tengo que
ir al hospital.
—¿Le ocurre algo?
—Mi novio sufrió un accidente y tiene un tobillo
fracturado. —Se dirigió a la puerta. Antes de abrirla se volvió hacia el
abogado—. Cuando se ponga en contacto con la gente del banco, dígales que tengo
prisa por cerrar el trato.
—No se preocupe. Ellos también. Sara vaciló unos
instantes. Por fin
preguntó:
—Van a derribar el edificio, ¿no?
El abogado asintió en silencio. Sara cerró los ojos
y sonrió con tristeza. Luego salió del despacho.
WAW
Los primeros rayos del sol naciente acariciaron el
tejado del edificio. Sara miró su reloj: eran la siete menos diez de la mañana.
A su lado, Tomás se mantenía de pie, un tanto inestable sobre su muleta.
—Maldita
escayola —masculló—;
me tiene harto...
—Pronto te la quitarán —dijo Sara. Y añadió—: No
deberías haber venido.
—Quien no debería haber venido eres tú.
Supongo que ver
destruir tu vieja casa no
resultará muy agradable
para ti. Es mejor que esté contigo.
—Una casa es sólo un montón de cemento y metal. Y
nadie siente nada por el cemento y el metal, ¿verdad?
—Entonces, ¿por qué has venido? Durante unos
segundos Sara retuvo
el aire en los pulmones. Luego lo exhaló
lentamente.
—No lo sé...
Sara contempló el edificio bajo la nueva claridad
del amanecer. Estaba rodeado de vallas de seguridad y cintas de plástico a
franjas rojas y blancas. Varios carteles advertían sobre la voladura controlada
que iba a
tener lugar dentro de unos minutos.
Habían
transcurrido dos meses desde que Sara abandonara, por última
vez, Mansión. Durante ese tiempo, vendió su casa, dejó el apartamento y
compró un moderno piso en el centro de la ciudad.
Tomás no formuló pregunta alguna sobre el incidente
con Dostigres, ni acerca de los profundos cambios que se habían producido en
Sara.
De alguna forma, sabía que había estado a punto de
perderla (aunque ignoraba cómo y por qué). De modo que Tomás le pidió a Sara
que se casaran. Inmediatamente, sin esperar a obtener la ansiada plaza de
notario. Y Sara, sin
meditarlo
mucho (o, mejor,
sin meditarlo en absoluto), dijo que sí. La boda se celebraría a finales
del verano.
El equipo de demolición estaba situado frente a la
fachada principal del edificio. Sara y Tomás se encontraban justo en el lado
contrario, de cara al portal trasero.
Sara había insistido en que no quería
encontrarse junto a aquella gente, asesinos de edificios
vestidos con chaquetas amarillas y cascos
de plástico, cuando
su viejo hogar se
viniera abajo. Prefería
estar sola (y eso incluía a Tomás, aunque para evitar herirle no se lo
había dicho).
—¿En qué piensas? —preguntó
Tomás.
—En nada —mintió Sara.
Porque,
en realidad, estaba pensando en Mansión. Al principio no
podía hacerlo con objetividad. Todos sus
recuerdos de la
casa del doctor Pétalo (¿o debía decir de la casa de
Dostigres?) conducían a Yubal, y eso dolía. Pero luego sus emociones cambiaron.
Cierto día, hacía tan sólo dos semanas, recibió una
carta escrita en papel verdoso. Era de Dostigres.
Querida Sara. He vacilado mucho antes de decidirme a
escribirle. Imagino que sigue guardándome rencor, y
supongo que tiene razón al hacerlo. Le mentí, es cierto; aunque ojalá me creyese cuando le
digo que nunca tuve intención de herirla, que todo se me escapó de las manos y
no pude controlarlo, o no tuve el valor necesario para hacerlo. En cualquier
caso, reconozco mi culpa, y por ello le pido perdón.
No obstante, quisiera que comprendiese algo: la
soledad es un territorio triste, Sara. Siempre. Pero la soledad eterna
(literalmente eterna), puede resultar un verdadero
infierno. Cuando dejé a los de mi especie y entré en Mansión corté todos
los lazos que
me unían al mundo
primitivo donde nací; sin embargo, después de tantos miles de
años, todavía no he conseguido formar parte de nada, ni
de nadie. Soy
un extraño para mis congéneres, y una
especie de gorila inteligente para los humanos normales.
El doctor Pétalo y su familia
fueron, durante un tiempo
feliz, mi única
compañía. Y ahora ya sabe lo que les ocurrió.
Luego, cuando usted apareció, creí
encontrar un oasis en el desierto de la soledad. Pensé que usted podría
ser feliz en Mansión y que, con el tiempo, quizá llegara a apreciarme como de
verdad soy. Pero las cosas raramente suceden del modo en que uno desea. Lo
siento. Mansión es un lugar más triste
desde que se fue.
Jorge y Ambrose le envían saludos. El doctor Pétalo
pregunta frecuentemente por
usted; ahora está intentando crear una variedad
tricolor de la azucena silvestre a la que piensa dar su nombre, Sara, ya que,
según dice, la azucena es símbolo de delicadeza y sencillez.
Reciba mi respeto y afecto.
Dostigres.
Por alguna razón, Sara se sintió apesadumbrada y
triste después de leer la carta de Dostigres. Y, de pronto, dejó de odiarle.
Porque aquel hombre, alejado de su tiempo y de su gente,
era en realidad patético. Un paria viviendo
en un palacio excesivo, el rey de un país
infinito y hermoso,
pero también solitario y
melancólico. Porque Mansión, en
realidad, era como el Taj Mahal, un estanque de tiempo dedicado a los
recuerdos; un lugar inmóvil en un universo en continuo movimiento. Como un
libro de ilustraciones, como una galería
de pinturas venecianas,
como esos instantes anteriores al
crepúsculo en los que todo
parece detenerse mientras el aire
se vuelve denso y dorado.
Y Sara pensó en el doctor Pétalo, extraviado en su
cosmos de esporas y polen, siempre en
aquel invernadero
anclado a un mundo moribundo, donde las flores
sueñan sueños lánguidos y marchitos.
Y Sara recordó
a Betania, tan amante de la vida, incluso después de la
muerte...
Y Sara recordó a Yubal —esta vez sin dolor, con
ternura—, un pobre fantasma evanescente viviendo una vida prestada. Ilusorio,
insignificante, pero en cierto
modo auténtico y real, porque había sido amado.
Y Sara volvió a pensar en Dostigres, y pensó que se
había portado mal con aquel hombre solitario, que no debía haberle dicho las
cosas que le dijo, y
que le gustaría tener la oportunidad de
disculparse.
—Ya falta poco —dijo Tomás, más que otra cosa por
romper el silencio que flotaba
entre los dos.
Y añadió—:
¿Sabes?, mi madre quiere que sean rosas blancas.
—¿Cómo...?
—Para decorar la iglesia. Yo pensaba en claveles,
pero ella se casó con rosas, e insiste... ¿Tú qué prefieres?
—No sé... —de pronto Sara sonrió
—: orquídeas azules.
—¿Orquídeas azules? Deben de ser muy caras. Además,
nunca he visto orquídeas azules.
—Alguien que conozco las tiene en su invernadero...
—Bueno, quizá nos haga un buen precio... Aunque no
me gustaría darle un disgusto a mi madre, ya sabes como es. Por cierto, me ha
pedido que te avise de que el jueves tenéis hora con la modista. Dice que ha
elegido un vestido de novia precioso, con la cola muy larga...
—Tomás, ya hemos hablado de eso. Preferiría un
traje sencillo.
—Pero Sara, hazlo por ella. Desde que murió papá no
levanta cabeza...
—Es nuestra boda, no la suya.
—No seas mala. Mira, está tan ilusionada que quiere
regalarnos el viaje
de novios. A Mallorca, justo al mismo sitio donde
ella pasó su luna de miel.
—¿Mallorca...? —Sara se estremeció. Había pensado
en destinos más exóticos: quizás
el Nepal, o México, o Tailandia, o Kenya... pero ¿un
hotel turístico en Mallorca? No, eso no entraba en su idea de un viaje
romántico.
Pero Sara no dijo nada. Perdió la mirada por entre
las ventanas (abiertas y sin cristales) del edificio sentenciado. Respiró
hondo.
Algo marchaba mal. Había algo tremendamente
equivocado en... en ella misma. Experimentó una especie de ahogo. Cerró
los ojos. ¿Qué
estaba
haciendo? ¿Qué vida le aguardaba? Tomás la quería,
sí, y ella se iba a convertir en su mujer, sí, la esposa del notario, sí, y
tendrían hijos, y sólo viajarían durante las vacaciones de verano, sí, y
llevarían una vida tranquila y ordenada, ¡sí, sí...! ¡Sí!
Sara abrió los ojos y parpadeó, sobrecogida por la
súbita descarga de adrenalina que, sin saber por qué, había experimentado.
Escuchó un ruido de pasos a su izquierda. Era uno de los hombres de chaqueta
amarilla y casco de plástico que, rodeando la línea protectora de
vallas y cintas,
se acercaba a ellos.
—Buenos días —dijo cuando llegó a su altura—. La
demolición se va a llevar a cabo en cinco minutos. Yo en su lugar me alejaría
un poco. Cuando activemos las cargas explosivas algunos cascotes pueden salir
despedidos más lejos de lo previsto, ya saben.
El hombre saludó con la cabeza y continuó dando la
vuelta en torno al edificio, hasta perderse de vista.
—Venga —dijo Tomás, señalando hacia el fondo de la
calle—, vamos a ponernos allí.
—Espera...
Sara buscó con la mirada la terraza de su
piso; en vano,
ya que se
encontraba justo en el lado opuesto.
Su terraza, la sala del atardecer, el lugar donde,
de niña, jugaba a ser Alexandra David-Neel explorando el Tíbet, Howard Cárter
descubriendo la tumba de Tutankhamon, o Lady Anne Blunt viajando por Arabia.
Allí, en esa terraza llena de recuerdos, estaba parte de su niñez. Si cerraba
los ojos, Sara todavía podía escuchar el cálido sonido de las
teclas golpeando la
cinta entintada y el papel, en la vieja máquina de escribir de su madre.
Y ahora esa terraza iba a desaparecer para siempre.
¿O no...? Quizás aún estuviese conectada a Mansión,
quizás en su salón
se alzase todavía una puerta mágica, la entrada a
un palacio encantado...
—¡Sara! —La voz de Tomás era apremiante—. Vámonos,
este lugar no es seguro.
Sara parpadeó. Notaba su corazón palpitando
desbocado en el pecho. Miró alternativamente a su novio y a la casa. Tragó saliva
y consultó el
reloj. Faltaban apenas dos minutos...
Y entonces Sara supo lo que tenía (lo que quería)
hacer. Se aproximó a Tomas y le abrazó con fuerza. Luego le besó intensamente.
—Perdóname
—dijo, apartándose de él. Y, sin
la menor vacilación, saltó
por encima de las vallas y echó a correr hacia la
casa.
—¡Sara! —gritó Tomás asustado—.
¡No seas loca, vuelve! Sara continuó corriendo,
mientras en su interior, como quien
formula una oración,
pensaba:
«Dostigres, ojalá no se te haya ocurrido retirar la
puerta de mi salón...»
Tomás,
entretanto, intentaba traspasar
la línea de vallas, pero su pie escayolado era un poderoso impedimento. Además,
si apenas podía andar, ¿cómo iba a dar alcance a Sara?
—¡Sara!
—gritó a pleno
pulmón—
¡Vuelve! Aterrado, Tomás vio que la mujer cruzaba
la puerta trasera
del
edificio y desaparecía en su interior.
«La explosión va a matarla», pensó Tomás. Había que
impedir aquella demolición. Miró en derredor, pero no vio a nadie, estaba solo.
Comenzó a caminar rápido, casi
a la pata
coja, hacia donde debían encontrarse los obreros.
¡Oh,
Dios, iba muy
despacio! Aceleró el paso. Gritó: —¡Paren deténganse! ¡Hay una mujer
dentro de la casa! De pronto tropezó y cayó al sueloSe puso de rodillas y buscó
la muleta. Se incorporó y comenzó a caminar otra vez. Cada paso que daba era un
latigazo de dolor en el extremo de
su pierna.
Por fin consiguió llegar hasta la esquina. La dobló
y vio, a lo lejos, que un grupo de personas, los técnicos en demoliciones,
permanecían reunidos frente al edificio.
—¡Paren! —gritó Tomás—. ¡Hay alguien dentro!
Pero los técnicos y los obreros miraban en
dirección a la casa. No le veían. Tomás cogió la muleta por un extremo y
comenzó a agitarla sobre su cabeza.
—¡Deténganse! —aulló—. ¡Van a matarla!
De pronto, uno de los hombres de
amarillo se volvió hacia él y le vio. Permaneció
unos segundos congelado, y luego, como a cámara lenta, comenzó a volverse hacia
sus compañeros...
Y entonces un rugido ensordecedor llenó el aire
tenue de la mañana.
Tomás se dio la vuelta y comprobó, con el corazón
encogido, que toda la parte baja del edificio era engullida por una densa nube
de humo y polvo, mientras la estructura vibraba y se tambaleaba, para luego
hundirse sobre sí misma, lentamente, como un gigante herido derrumbándose sobre
las arenas del desierto.
Tomás soltó la muleta y se dejó caer
de
rodillas. Tenía los
ojos llenos de lágrimas.
—Sara... —musitó.
Y el suave gemido de sus palabras se perdió en el
fragor de la piedra destruida y el metal doblado.
KAPH (EPÍLOGO)
Nunca encontraron el cadáver de Sara. Aún así, el
testimonio de Tomás bastó para que la dieran por muerta. Suicidio, dijeron. Una
extraña forma de matarse.
Tomás mandó construir una tumba para ella. Y,
aunque estaba vacía, solía
ir todos los fines de semana a visitarla. La
oposición se convocó para finales de verano; irónicamente, el examen tuvo lugar
el mismo día que tenían previsto para la boda. Tomás ni siquiera se presentó.
Pero el tiempo es el mejor bálsamo para las
heridas del corazón.
Tomás poco a poco fue olvidando, y volvió a preparar la oposición, y dos
años después aprobó el examen, convirtiéndose en el respetado notario de una pequeña ciudad de
provincias. Allí conoció a una mujer, complaciente y discreta, con la que se
casó poco después.
Y de ese
modo, Tomás olvidó
a
Sara.
Pero doce años más tarde ocurrió un hecho extraordinario. Un
mediodía, como todos los mediodías, Tomás abrió el buzón de su casa.
Dentro encontró un extraño sobre de color verde, con su nombre en el dorso,
pero sin sello ni matasellos. Lo abrió y comprobó que en su interior sólo había
una bolsita de celofán conteniendo pequeñas semillas, y una nota escrita a mano
en un papel también verdoso. El corazón le dio un vuelco.
Querido Tomás. Después del
daño
que te hice
no sabes lo feliz que me siento al saber que las cosas
te han ido tan bien en la vida. Ojalá que todo siga así, y que hasta el menor
de tus deseos se cumpla.
Junto a esta nota encontrarás unas semillas. Son de
orquídeas azules (te hablé de ellas
hace mucho tiempo,
¿recuerdas?). Plántalas, y cuando florezcan ponías
en tu mesilla de noche y duerme a su lado. Quizá logren inspirarte un sueño
tranquilo y sereno. Con todo mi cariño, recibe un beso
muy fuerte.
La carta no estaba firmada, pero no hacía falta.
Aunque habían pasado muchos años, Tomás
reconoció al primer vistazo la
letra de Sara. Se apoyó en la pared y, con los ojos aun incrédulos, comenzó a
llorar como un niño.
Mas tarde, siguiendo las instrucciones de la carta,
plantó las semillas, y semanas después, cuando florecieron las orquídeas, las
puso junto a su cama.
Y, aunque algunos malintencionados lo atribuyeron a
los delirios de un nuevo
rico, lo cierto es que a partir de aquel
momento, Tomás dedicó
todo su esfuerzo y dinero a
construir una nueva casa, hermosa y equilibrada, original y exquisita; un
recinto adecuado para formar parte de Mansión.
La casa del
doctor Pétalo se extiende por el tiempo y el espacio, a
través de las dimensiones y de los universos, sutil como una presencia intuida,
inmensa como la eternidad.
Un hombre grotesco y deforme recorre sus pasillos
sinuosos y extravagantes. No sonríe porque no sabe sonreír, igual que tampoco
sabe llorar; pero si pudiera, ahora sonreiría.
Ya no está solo.
Mientras tanto, en el Invernadero de hierro y
cristal, las plantas crecen y la savia fluye.
En un rincón, apartadas de la vista, las pequeñas
orquídeas azules moteadas de naranja continúan soñando...
A la mañana siguiente, la Bella se volvió a.
encontrar, como por encanto, en el palacio de la Bestia. Enseguida se vistió y
empezó a dar vueltas por aquellas amplias salas, por aquellas largas galerías.
Se sentía cada vez más inquieta y
miraba a cada momento el gran reloj de péndulo que
estaba a la entrada. Según su costumbre, la Bestia no se presentaba nunca antes
de la hora de la cena.
Madame Le Prince de
Beaumont, La Bella y la Bestia
8. El círculo roto
Madame Kádár entrelazó los dedos e inclinó la
cabeza. El tremor
de las velas danzó en sus pupilas
hasta que los párpados se cerraron, sumiéndose el rostro en una expresión de
cansancio.
Entonces, el padre Silveira comenzó a aplaudir, con
respeto, suavemente, como si temiese que un ruido excesivo pudiera quebrar la
cristalina atmósfera del salón. Casi al instante, el resto de sus amigos se
unió al aplauso, y también Claudia y Susana... El padre Kindelán que dormitaba sobre el
sillón, con el
sempiterno rosario entre sus manos, se
despertó sobresaltado, parpadeó confuso y, tras refunfuñar unas
palabras incomprensibles, retornó a la monótona letanía de sus plegarias. —Un
hermoso relato —murmuró Héctor Arauco. — Precioso —dijo
Claudia—. Pero señora Kádár,
¿quién le contó esa historia?
La
anciana abrió los
ojos y contempló a mi hija con
aire confuso.
—¿Quién la historia me contó...?
—Sí —intervino Susana—. Usted ha dicho que pasó la
noche en la habitación del palacio italiano donde había aparecido la puerta
misteriosa, y que de
madrugada se despertó y encontró a su lado a una
persona. ¿Quién era?
—Oh, bueno, su nombre no me dijo.
—Madame Kádár sonrió—. Pero de una mujer se
trataba.
—¿Sara Aludel? —pregunté.
—Contestarle no sabría. Una mujer joven era, morena
y de facciones dulces. Añadir sólo puedo que embarazada estaba. —La anciana
respiró hondo—. Si esta historia he contado no ha sido porque algo haya que
conjurar. De un relato de amor se trata, inocente y triste, como siempre el
amor es. Pero lo que sí mi pequeña historia muestra es que la realidad más allá
de lo que vemos se
extiende. Y aunque mantener el orden de las cosas
procuremos, aunque en aferrar el hilo de la realidad nuestro empeño pongamos,
siempre habrá una casa del doctor Pétalo que ante nosotros se alce,
recordándonos que forjados estamos en la
materia de que
los sueños están hechos. —Madame Kádár permaneció unos
instantes en silencio. Luego se incorporó con esfuerzo—. Ya tarde es
—dijo—; hora de irnos a dormir.
Poco a poco, como saliendo de un pesado estupor,
nos fuimos poniendo en pie. Acordamos con rapidez el reparto de las
habitaciones: madame Kádár, Susana
y Claudia ocuparían el
dormitorio más grande, donde había tres camas, el
doctor Arauco y su mujer se instalarían en el segundo dormitorio, Azarías
Jerusalén y el padre Kindelán dormirían en el tercero. En cuanto al padre
Silveira, Aníbal Zarko y yo... bueno, haríamos lo posible por acomodarnos en el
salón.
Media hora más tarde, la casa se encontraba en
relativo silencio: a lo
lejos podía oír la pesada respiración del padre Kindelán y, por todas partes,
el rítmico golpeteo de la lluvia sobre el tejado.
A mí me
había correspondido el sofá. Aunque insistí en sortearlo, Aníbal
Zarko y el padre Silveira se mostraron inflexibles
en su decisión de cedérmelo. El ilusionista tomó asiento en un sillón, puso los
pies sobre un taburete y, sin siquiera despojarse de la chaqueta, se quedó
profundamente dormido. El misionero jesuita, por su parte, extendió una manta
sobre el suelo y se tumbó encima. Yo objeté que aquello debía de ser muy
incómodo.
—No lo crea —dijo el sacerdote—. Muchas veces he
tenido que dormir en el suelo y, por lo menos, aquí no debo preocuparme de que
una serpiente coral se introduzca entre mis ropas.
Por un instante tuve la visión de una
selva húmeda y oscura, infestada de crótalos,
arañas e insectos. Agradecí interiormente la suerte que tenía al
encontrarme en un
parque natural cercano a los
Pirineos, sin otra preocupación que la inclemencia del tiempo. Tras desearle
las buenas noches al jesuita, me arrebujé
en la manta y cerré los ojos.
Pensé que iba a tardar en dormirme, pero el sueño,
a decir verdad, acudió a mí con la
premura de una
amante solícita.
Me despertó la claridad de la mañana. Abrí los ojos
y, al no recordar dónde me encontraba, parpadeé varias
veces, sintiéndome momentáneamente desorientado.
Luego miré el reloj: eran las siete y media de la mañana. Me incorporé en el
sofá y comprobé que Aníbal Zarko seguía profundamente dormido. Pero el padre
Silveira ya no estaba en el salón. Me puse en pie y extendí los brazos hacia
arriba, desperezándome como un gato. Entonces la puerta del cuarto de baño se
abrió y el torso desnudo, plagado
de dibujos, del jesuita asomó por el umbral.
Le saludé con la mano y él me devolvió el saludo, llevándose luego un dedo a
los labios para avisarme que los demás seguían dormidos. Asentí con la cabeza
y miré a través de la ventana. Las nubes habían
desaparecido, dejando tras su paso el brillo dorado de una radiante mañana de
verano.
Me dirigí a la puerta principal y la abrí con
cuidado. Salí al exterior; el aire todavía era fresco. Recorrí el breve jardín
que se extendía por delante de lacasa y me asomé a la barandilla de madera que
daba al interior del volcán. Supongo
que esperaba encontrar
el fondo del cráter convertido en un pequeño lago, de modo que me sorprendió
ver que ni tan siquiera podía distinguirse un simple charco en el amplio círculo
de hierba verde.
Pero
mayor fue mi sorpresa al advertir que dos figuras
humanas estaban sentadas al pie de la ermita románica, cerca del menhir. Eran
madame Kádár y Claudia, mi hija, hablando
entre sí con
las cabezas muy próximas.
Me quedé quieto, muy quieto, contemplándolas en
silencio, escuchando, entre
el murmullo del viento y el
trinar de las aves, el lejano e indescifrable rumor de su conversación.
¿Qué hacían despiertas tan temprano, allí, en
el volcán? ¿Y
de qué hablaban...?
Claudia alzó de pronto la cabeza, como si hubiese
presentido que alguien
la estaba mirando, y advirtió mi presencia. Se
incorporó, levantó una mano y la agitó. Devolví su saludo con algo de timidez,
sintiéndome pillado en falta, igual que si me hubieran descubierto espiando una
escena demasiado íntima y privada.
Entonces Claudia comenzó a correr hacia mí por el
sendero que remontaba la ladera del cráter. Y pude ver el resplandor de una
sonrisa centelleando en su cara, y la ondulación de sus cabellos jugando con la
brisa, y el brillo del sol perfilando su silueta.
Y supe instantáneamente que debía atesorar esa
imagen, guardándola en un
rincón privilegiado de mi memoria, porque sin duda
aquél era un instante de pura e irracional felicidad.
De pronto, una extraña idea me vino a la cabeza.
Pensé que, durante el día y la noche que permanecí
en la casa del cráter, en compañía de aquellos extraños, había tenido la
oportunidad de asistir a un acontecimiento único, a un milagro pequeño y
cotidiano, como el germinar de una flor, pero al tiempo prodigioso y
fantástico.
Un pensamiento absurdo, desde luego. Pero, ignoro
la razón, me fue imposible apartar esa idea de mi cabeza,
y aún hoy, en lo más recóndito de mi mente, continúo
creyendo que durante las veinticuatro horas que permanecí
en el volcán de Santa Margarita, refugiándome de una
lluvia torrencial, fui testigo de
un hecho asombroso, tan vago e impreciso que ni siquiera puedo comenzar a
describirlo.
Desayunamos café con leche y galletas. Luego
limpiamos lo que habíamos ensuciado y
lo colocamos todo en su sitio.
Calculamos el coste de los artículos consumidos y dejamos el dinero, junto a
una nota explicativa, encima de la
mesa del salón. Finalmente, abandonamos la casa.
Susana y Claudia comenzaron a despedirse de aquel
exótico grupo de personas. Intercambiaban besos y números telefónicos,
promesas de visitas futuras
e, incluso, como comprobé al observar los
ojos de mi hija y de madame Kádár, alguna que otra
lágrima.
Miré en derredor y descubrí que el padre Silveira
se encontraba algo apartado de los demás, contemplándome con mirada afable. Me
acerqué a él, le tomé del brazo y nos alejamos unos metros del grupo.
—¿Qué sucede aquí? —le pregunté. El sacerdote se mostró desconcertado.
—Pues... que yo sepa, no sucede nada. Respiré hondo.
¿Qué podía decirle?
¿Que tenía la vaga intuición de que tras aquel
aparentemente fortuito encuentro existía
un propósito, una intención
oculta? Sólo de pensarlo me sentía ridículo, de modo que me limité a preguntar:
—¿Quiénes son ustedes? — Ya lo sabe. Ayer nos presentamos... — No —le
interrumpí—. Su círculo, su grupo, su secta, como quiera llamarlo...
¿Qué es? Ya sé, ya sé... mantener estable la
realidad y contar historias. De acuerdo, pero ¿qué más?
—No hay más, somos lo que usted acaba de
decir. —El padre Silveira
parecía ahora apenado—. Pero supongo que eso no le
basta... Mire, véalo de esta forma: ningún ser humano es absolutamente
completo. Nadie posee todas las virtudes y capacidades necesarias para afrontar
con éxito una empresa de cierta complejidad. Por eso las personas se organizan,
crean estructuras más fuertes y duraderas que ellos mismos. —Se encogió de
hombros
—. Eso es nuestro círculo: un esquema que se
perpetúa, un conjunto en el que el total resulta más grande que la suma de las
partes.
Todo aquello estaba muy bien, incluso
resultaba poético. Pero
seguía
sin aclararme nada.
Miré fijamente al sacerdote.
—¿Por qué estaban ustedes aquí? Y no me
hable del solsticio;
¿por qué ayer?, ¿por qué aquí?
El jesuita me contempló en silencio durante unos
instantes.
Luego dijo:
—Por María Kádár. Enarqué las cejas.
—No le entiendo —musité—. ¿Qué quiere decir?
Entonces, el padre Silveira, con una triste sonrisa
flotando en su boca, me explicó lo que ocurría.
—Madame
Kádár está gravemente
enferma. Sólo le quedan unos meses de vida.
Abrí la boca,
pero no supe
qué decir. El sacerdote palmeó suavemente mi brazo, como si quisiera
prestarme ánimos.
—No se preocupe. A fin de cuentas, no es algo que
le concierna personalmente. —Se inclinó y cogió un guijarro del suelo; me lo
ofreció—. Tenga, conserve esto como recuerdo de nuestro encuentro.
Observé la pequeña piedra, un fragmento de material
volcánico, absolutamente negro e irregular. Casi sin darme cuenta de lo que
hacía, lo guardé
en el bolsillo. Me sentía perplejo.
—¿Nos vamos...? —La voz de Susana me sacó del
ensimismamiento en que estaba sumido.
Me despedí maquinalmente de aquellas personas,
estrechando sus manos una a una.
Al llegar a la altura de madame
Kádár vacilé un
momento, luego me incliné para besar sus mejillas arrugadas. La anciana
acercó sus labios a mi oído y susurró:
—Nuestras historias le regalamos... Escríbalas,
amigo mío.
Asentí
con un gesto
vago. Aún estaba afectado y
confuso por lo que me había revelado el padre Silveira.
—¿Van a quedarse aquí? —
pregunté.
—Creo que sí —repuso con una sonrisa Aníbal
Zarko—. Todavía tenemos cosas que
hacer.
Nos
despedimos con un
último saludo y Susana, Claudia y yo comenzamos a recorrer el camino que
conducía de vuelta a la carretera.
Mientras descendíamos por el sendero, observé con
sorpresa que el terreno no se encontraba, ni mucho menos, todo lo húmedo y
embarrado que debía estar después de una tormenta tan intensa. De hecho,
parecía como si la tierra estuviese más
seca que el día
anterior.
Me detuve.
Lo que había dicho el padre Silveira sobre madame
Kádár era terrible, es cierto. La muerte de esa anciana encantadora supondría
una dolorosa pérdida, pero aquello no explicaba en absoluto su presencia allí.
Esa revelación, lejos de aclarar mis dudas, planteaba nuevas preguntas.
—¿Qué sucede? —preguntó Susana.
—He olvidado algo —dije—. Esperadme aquí, enseguida
vuelvo...
Me di la vuelta y comencé a subir apresuradamente
por la senda forestal. Diez
minutos después alcanzaba,
jadeante, la cima del volcán.
Pero el cráter se encontraba en absoluta soledad;
no había nadie.
Comprobé que la casa estaba vacía y cerrada. Luego
exploré los alrededores, sin encontrar ni rastro de los dos sacerdotes, del
ilusionista, de la pareja sudamericana, del profesor hebreo, de la anciana
húngara... Era como si se hubiesen esfumado en el aire.
No obstante, aquello no me sorprendió.
En cierto modo, era lo que esperaba. Cuando
volvimos al hotel, pregunté
en la recepción
si la tormenta
había causado muchos daños. El conserje me
miró extrañado y afirmó que no sabía de qué
tormenta le estaba hablando. Según dijo, el sol había brillado durante todo el
día anterior. No llovió en ningún momento.
Bueno, tampoco era tan extraño. Supuse que
aquella tromba de
agua había sido un fenómeno local. Algo, a fin de cuentas, muy corriente
en las montañas. Pero no acababa de sentirme del todo convencido, de modo que,
sin decirle nada a
Susana, llamé por teléfono al
servicio meteorológico. Un amable funcionario me aseguró que en las últimas
veinticuatro horas no se
había registrado ni
una sola
precipitación en la región. Cero centímetros
cúbicos. Ni un ligero chubasco siquiera.
No sabía qué pensar de todo aquello... Dé modo que
no pensé nada. La sensación de prodigio e
irrealidad que había experimentado en el cráter se difuminaba ahora, al
encontrarme de nuevo en el mundo normal. Sin duda, todo había sido fruto de mi
imaginación, sugestionada por el extraño paisaje del volcán Santa Margarita y
por las raras historias que allí escuché.
Todo era pura fantasía. Y no había que darle más
vueltas.
Así que nuestras vacaciones
prosiguieron sin más incidentes y, al poco,
desterramos de nuestra memoria la jornada que pasamos en la casa del cráter.
A mediados de julio volvimos a Madrid. Durante
nuestra estancia en la Costa Brava había bosquejado al argumento de una novela
histórica, una especie de thriller medieval ambientado en el siglo catorce. Así
que, mientras Susana volvía al trabajo y Claudia proseguía sus vacaciones en un
campamento juvenil, yo me dedicaba a buscar documentación para mi nuevo libro.
Una
mañana de finales
de agosto,
mientras me hallaba enfrascado en la lectura de La
civilización del occidente medieval, metí la mano en el bolsillo del pantalón y encontré algo que iba
a alterar por completo mis planes de trabajo.
Era un simple guijarro, la pequeña piedra volcánica
que me diera el padre Silveira como recuerdo de nuestro encuentro.
Y puedo asegurar que fue un eficaz recuerdo, porque
instantáneamente volvió a mi cabeza todo lo acontecido en la casa del
cráter. Sin embargo, no fue ese fenómeno de súbita memoria lo que me
sorprendió, sino el
hecho de
haber olvidado completamente las experiencias que
vivimos en el volcán Santa Margarita. ¿Cómo era posible olvidar la intensa
tormenta que nos mantuvo aislados en aquella casa, el insólito grupo de
personas que allí conocimos, o las extravagantes historias que nos contaron...?
Las historias, sí... A partir del momento en que
encontré aquel guijarro en mi bolsillo, los relatos del círculo de madame Kádár
se impusieron en mi cabeza a todo lo demás. Una y otra vez, aquellas historias
invadían mi mente, impidiéndome la concentración, distrayéndome de toda
actividad que no
fuera rememorarlas.
Me obsesionaban hasta tal punto que me resultó
imposible seguir trabajando.
Flavio
Tursi, aquel perro
y su rebaño, Gedeón Montoya, el
ayudante de laboratorio que luchó contra Dios, la tribu de los pchapchá, el
Hombre Dormido, el doctor Pétalo y su casa encantada... Todos aquellos
personajes y argumentos daban
vueltas en mi cabeza, acercándose y alejándose, como
una bandada de palomas en torno a una estatua.
Entonces recordé algo: «La mejor forma de conjurar
una historia es contarla.» Así que dejé
a un lado la
novela medieval y me dediqué de lleno, yo diría que
con intensidad maníaca, a la labor de transcribir las historias que escuché en
el cráter. Las convertí en un libro. En este libro. Así que las historias han
sido definitivamente conjuradas. No obstante, aquel guijarro volcánico resucitó
en mí una segunda obsesión: de nuevo, tenía la irracional certeza de que
nuestro encuentro en el cráter con madame Kádár y su círculo de amigos no había
sido fruto de
la casualidad, sino un
hecho premeditado. Por supuesto, se trataba de un pensamiento
absurdo; fue el azar lo que nos condujo aquel
día de junio al volcán
Santa
Margarita.
Y, sin embargo, yo estaba seguro de que habían
sido ellos los
que propiciaron
nuestro encuentro.
¿Cómo...? Lo ignoro. ¿Por qué...?
Para contestar a esa pregunta desarrollé una
teoría: ellos querían contarme sus historias para que yo, a mi vez, las
escribiese y publicase. Madame Kádár
y sus compañeros
habían insistido en que para evitar que algo suceda —que la realidad se
desestabilice— basta con contarlo. Entonces, ¿qué mejor forma de narrar algo
que escribir un libro?
De modo que era yo su objetivo, yo
la razón de aquel extraño rendez-vous en el cráter.
O, al menos, eso creía hasta que, recientemente, me
desperté en mitad de la noche y descubrí lo equivocado que estaba...
Ocurrió el último día de noviembre. Había pasado la
jornada trabajando con el procesador de textos y me sentía realmente cansado.
Un fuerte dolor de cabeza, inusitadamente resistente a las aspirinas, me
atormentaba desde primeras horas
de la tarde. Así que me acosté pronto. Pensaba que la migraña iba a impedirme
conciliar el sueño, pero el caso es que me dormí con rapidez.
Hasta que algo me despertó de madrugada.
Fue una transición brusca del sueño a la vigilia.
De pronto, me encontraba totalmente espabilado, en la oscuridad del dormitorio,
con una intensa sensación de alarma martilleándome en
la cabeza. Los diodos luminosos del despertador marcaban las cuatro y
veinticinco. Susana dormía profundamente a mi lado.
Me incorporé en la cama. ¿Qué me había despertado?
¿Un ruido...? Agucé el oído y permanecí unos segundos expectante.
Entonces escuché algo, un murmullo,
quizás un llanto apagado... Fuera lo que fuese,
provenía del cuarto de Claudia. Sin encender la luz, me puse la bata y salí
apresuradamente de la habitación.
Y vi algo...
Algo
que me dejó
paralizado, inmóvil como un bloque de hielo en mitad del pasillo: por
las rendijas de la puerta que daba al
dormitorio de Claudia, se filtraba una luz lechosa, una luminosidad
fantasmal, vagamente azulada, de extraordinaria brillantez.
Jamás había visto algo así, y en ese momento tuve
la seguridad de que aquel resplandor en modo alguno podía tener una causa
natural.
Un nuevo sollozo quebró el silencio de la noche.
Corrí hacia la puerta y la abrí bruscamente.
Jadeé, desconcertado.
No sé lo
que esperaba encontrar, pero la habitación de Claudia
estaba en completa oscuridad. Permanecí unos instantes apoyado contra el marco
de la puerta, sintiendo que la cabeza me daba vueltas. Entonces escuché con
nitidez el llanto quedo de mi hija.
Me aproximé a ella y encendí la lámpara que había
sobre su mesilla de noche. Claudia estaba sentada sobre la cama, con los ojos
enrojecidos por el llanto y una
infinita tristeza en su
mirada. Al verme, se echó en mis brazos y me agarró
con fuerza.
—Ha muerto, papá —murmuró entre sollozos. Y
repitió—: Ha muerto...
—Cálmate, mi niña —dije, acariciándole la cabeza—.
Sólo ha sido una pesadilla...
—¡No, no! —insistió Claudia—.
¡Ella ha muerto...!
Un escalofrío se deslizó por mi espalda.
—¿Quién ha muerto...? —pregunté, casi sin atreverme
a hacerlo.
La niña se apartó de mis brazos y me contempló con
profundo pesar. Grandes lagrimones
recorrían sus pálidas
mejillas.
—La
señora Kádár —dijo
con un hilo de voz—. Acaba de morir...
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Cómo lo sabes? —logré preguntar.
—Ella ha venido aquí y me lo ha dicho. —Claudia
sorbió por la nariz—. Y ahora está muy triste, porque dice que el círculo se ha
roto...
—No ha sido real —objeté—. Estabas durmiendo y...
—¿Por qué no me lo dijiste? —me interrumpió. Ahora
ya no lloraba; me miraba con seriedad y reproche—. Tú
sabías que iba a morir.
Me sentí confuso. Desde que volvimos de vacaciones
no habíamos vuelto a hablar de lo ocurrido en el cráter. A decir verdad,
suponía que Claudia se había olvidado de todo aquello, igual que me ocurrió a
mí. Pero ahora, de repente,
los sucesos del verano
parecían imponerse a
nuestra vida cotidiana.
Sí, ¿por qué no había dicho nada sobre la
enfermedad de madame Kádár...?
—Porque no deseaba preocuparte — musité—. Porque te
quiero muchísimo y sabía que la muerte de esa anciana te iba
a entristecer.
Claudia asintió seriamente y se limpió las lágrimas
con una manga del pijama. Luego se inclinó hacia mí y me dio un fuerte beso en
la mejilla.
—Yo también te quiero —me dijo al oído. Luego se
apartó y me miró fijamente. Una sonrisa, quizá demasiado adulta, se formó en
sus labios—. Pero tienes razón, papá, esto no es real. Estamos soñando. Ahora
voy a apagar la luz y tú volverás a la cama para seguir durmiendo.
Y Claudia extendió el brazo, apretó el interruptor
y el dormitorio volvió a sumirse en la
oscuridad. Y yo me
levanté, y salí del cuarto de mi hija, y me metí en
la cama.
Y, con el cerebro absolutamente en blanco, cerré
los ojos y me quedé instantáneamente dormido.
Al día siguiente, por la mañana, desperté con la
vivida impresión de que algo había ocurrido durante la noche. Susana ya se
había levantado y estaba en el cuarto de baño, duchándose. Me senté en la cama
e intenté hacer memoria. No conseguía recordar si se trataba de un sueño o...
Súbitamente, evoqué la extraña luminosidad
filtrándose por debajo de la puerta,
los sollozos de mi hija,
la
conversación que mantuvimos en su dormitorio...
Me levanté y corrí en busca de Claudia. La encontré
en la cocina, desayunando un tazón de leche con cereales.
—¿Qué
pasó anoche? —pregunté, sin preámbulo alguno. La niña me
miró extrañada. —¿Anoche? Nada...
—Habías tenido una pesadilla — insistí—, llorabas y
fui a tu cuarto... ¿No te acuerdas?
Claudia se encogió de hombros.
—Pues... no. —Sonrió alegremente y siguió
desayunando. De modo que todo había
sido un sueño,
¿no? Podía
descansar tranquilo, porque aquel episodio nocturno
nunca tuvo lugar, y jamás hubo una luz fantasmal, ni nadie tuvo nunca
premoniciones de muerte...
Entonces,
¿por qué recibí,
cuatro días después, una
carta del padre Silveira notificándonos que
María Kádár había fallecido el treinta de noviembre a las cuatro y
veinte de la madrugada? A la
misma hora de la
misma noche del mismo día en que yo soñé que mi hija había soñado con la muerte
de una anciana húngara.
¿O aquello no fue un sueño...? Porque, más tarde, pensé que todas
las
piezas de aquel
nebuloso
rompecabezas podrían encajar mejor si se
contemplaban los hechos desde una perspectiva distinta.
Nuestro encuentro en el cráter había sido
premeditado, sí.
Pero no era conmigo con quien deseaban encontrarse,
sino con Claudia.
Aquella jornada en la casa del volcán, la tormenta,
el aislamiento, todo había sido un
pretexto para que el
círculo se reuniera con mi hija. Y las historias, aquellas historias que yo
había convertido en un libro, no eran para mí, sino para ella.
¿Por qué?
¿Qué interés podría tener un grupo
de adultos en conocer a una niña de diez años?
Mantener estable la realidad, ¿no es cierto? El
círculo existía para eso. Un círculo que debía constar, inexorablemente, de
siete personas...
Pero madame Kádár había muerto, el círculo estaba
roto... En tal caso, ahora necesitaban encontrar un nuevo miembro para
restaurar el círculo.
Alguien con las habilidades necesarias... Mi hija
Claudia, por ejemplo.
Oh, sí... Ya sé que esto suena paranoico. Claudia
es una niña normal y comente, y todo
lo que ocurrió
en la
casa del cráter fue que un grupo de excéntricos nos
contaron un puñado de historias inverosímiles...
Lo sé, lo sé... Éste es el mundo real, y el Diablo
no se materializa en los ordenadores, y los gitanos no son omniscientes, y no
hay tribus amazónicas que puedan mover las estrellas, ni casas encantadas cuyas
puertas den al infinito. Miro a mi alrededor y compruebo que todo está en
orden, que las cosas son sólidas y cotidianas. Somos una familia normal, la
vida nos trata bien, no hay problemas.
No obstante, cada noche me acuesto pensando que
quizá a la
mañana
siguiente encuentre vacío el cuarto de mi hija.
Porque temo que Claudia, mi niña, mi bebé, descubra
un día sus alas, y se aleje de mí
volando alto, muy
alto, mucho más allá de lo que yo pueda alcanzar.
Sobre el autor
Nota previa:
En contra de lo que es habitual en NOVA CIENCIA
FICCIÓN, esta «reseña
biográfica» no ha sido redactada por el editor, quien, reconociéndose incapaz
de superar lo aquí escrito por el autor,
no desea privar al lector del característico humor de César
Mallorquí. Se incluye más información
sobre el autor y su obra en la presentación de este libro.
César Mallorquí nació en 1953 en Barcelona, pero un
año más tarde su familia se trasladó a Madrid, ciudad en la que desde entonces
reside.
Cursó estudios de periodismo en la Facultad de
Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, aunque fue mucho
antes, en 1969,
cuando publicó su primera narración (en el número 122 de Algo. En 1970
comenzó a publicar relatos y artículos en la legendaria revista de
humor La Codorniz. Desde entonces, y a lo largo de diez años, trabajó
como guionista de radio para la cadena SER y como colaborador en diversas publicaciones
periódicas[1].
En 1981, después de trece meses de permanencia
forzosa en las Fuerzas Armadas, abandonó el periodismo para dedicarse a
la publicidad[2]. Durante once años trabajó como creativo
publicitario, suponiendo este lapso de tiempo un período de absoluta
inactividad literaria[3].
En 1991, tras abandonar el mundo de las agencias
para dirigir el
Curso de Creatividad Publicitaria del IADE (Universidad Alfonso X el Sabio) retornó a la escritura, ganando el premio
Aznar de ese año con su relato El mensaje perdido.
Desde entonces, Mallorquí
ha obtenido, además del Aznar, los premios Alberto Magno (Universidad del País
Vasco) de 1992 y 1993, el Premio Domingo
Santos de la
Hispacón de Gijón y ha sido
finalista al UPC durante dos años consecutivos (1992 y 1993).
Sus relatos han aparecido fundamentalmente en Cyber
Fantasy y Bem; en esas revistas, además de en Pórtico, ha publicado
diversos artículos sobre literatura fantástica
y CE. En
1 9 9 3 , Quaderns
UPCF publicó su novela
corta La vara de hierro, donde se continúa la historia de Gedeón
Montoya, el gitano
protagonista de El mensaje
perdido.
César Mallorquí está casado y tiene dos hijos de
corta edad. Actualmente trabaja como guionista de TV y está escribiendo una
novela de tema medieval.
____________________________________
[1]En aras de la sinceridad, debo reconocer que
en 1979 escribí
y publiqué una novela, Araciel, de no muy grata memoria. Se trataba de
un encargo y yo era muy joven... mejor dejarlo así.
[2]En realidad, antes de vestirme de
uniforme trabajé durante unos meses como
relaciones públicas de
un bar.
Este dato no es relevante, pero me gusta airearlo
para demostrar que soy como uno de esos escritores que, antes de ganarse la
vida con el procesador de textos, se han dedicado a toda suerte de oficios
extravagantes, desde la pornografía hard core hasta la teneduría de fincas,
pasando por el crimen organizado.
[3]Salvo que aceptemos que la redacción publicitaria sea, un género
literario (cosa que yo rechazo contundentemente). En
cualquier caso, en mi trabajo
como creativo publicitario he
hecho cosas tan
exóticas como escribir textos
que más tarde
irían firmados por el rey Juan Carlos y su padre.

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