© Libro N° 13867. Cartas De
Nicodemo. Dobraczynski,
Jan. Emancipación. Mayo 24 de 2025
Título Original: © Cartas De Nicodemo. Jan
Dobraczynski
Versión
Original: © Cartas De Nicodemo.
Jan Dobraczynski
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CARTAS DE NICODEMO
Jan Dobraczynski
Cartas De
Nicodemo
Jan Dobraczynski
CARTAS DE NICODEMO
Jan Dobraczynski
Versión española por ANA MARÍA RONDÓN
KLEMENSIEWICZ, hecha sobre la edición original
polaca de la obra LISTY NICODEMA, de JAN DOBRACZYNSKI.
ÍNDICE
GLOSARIO..............................................................................................7
CARTA
PRIMERA................................................................................11
CARTA
II...............................................................................................17
CARTA
III..............................................................................................33
CARTA
IV..............................................................................................47
CARTA
V...............................................................................................58
CARTA
VI..............................................................................................74
CARTA
VII............................................................................................88
CARTA
VIII.........................................................................................104
CARTA
IX............................................................................................114
CARTA
X.............................................................................................128
CARTA
XI............................................................................................150
CARTA
XII..........................................................................................165
CARTA
XIII.........................................................................................183
CARTA
XIV.........................................................................................187
CARTA
XV..........................................................................................200
CARTA
XVI.........................................................................................218
CARTA
XVII.......................................................................................232
CARTA
XVIII......................................................................................246
CARTA
XIX.........................................................................................249
CARTA
XX..........................................................................................260
CARTA
XXI.........................................................................................277
CARTA
XXII.......................................................................................296
CARTA
XXIII......................................................................................361
CARTA
XXIV......................................................................................386
CARTA
XXV.......................................................................................398
...Señor — dije —, en la
rama de aquel árbol hay un cuervo, comprendo que tu majestad no puede rebajarse
hasta mí. Pero yo necesito un signo. Cuando termine mi oración, ordena a este
cuervo que emprenda el vuelo. Esto será como una indicación de que no estoy
completamente solo en el mundo... Y observé al pájaro. Pero siguió inmóvil
sobre la rama. Entonces me incliné de nuevo ante la piedra.
Señor —dije—, tienes razón.
Tu majestad no puede ponerse a mis órdenes. Si el cuervo hubiera emprendido el
vuelo, yo ahora me sentiría más triste aún. Porque este signo lo hubiera
recibido de alguien igual a mÍ, es decir, de mí mismo; sería el reflejo de mis
deseos. Y de nuevo no hubiera encontrado sino mi propia soledad.
Me prosterné y me volví.
Pero en aquel preciso
instante mi desesperación se transformó en una inesperada alegría...
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY
GLOSARIO
Adar :
Decimosegundo mes del año (febrero-marzo).
Adonai: «Señor mío». Nombre que se daba a Dios en
el Antiguo Testamento en sustitución de Yahvé, demasiado santo para ser
pronunciado.
Amhaares: Sinónimo de plebeyo; término
despreciativo empleado por los fariseos para designar a la persona que no
observaba las prescripciones de la Ley.
Archisinagogo: Jefe de la sinagoga, elegido entre
los ancianos de la comunidad local.
As: Moneda de cobre.
Ascarios: Guardianes del Templo.
Bar: Hijo de...
Batlanim: Persona
encargada del culto diario en la sinagoga.
Belial: Nombre del jefe de los espíritus malignos.
Cufieh: Prenda de vestir para cubrir la cabeza. Cuttona: Vestido, túnica.
Chanuca: Fiesta de la dedicación del Templo,
instituida por Judas
Macabeo para purificarlo de la profanación de los
gentiles,
Edom: Nombre dado por los escritores talmudistas al
Imperio Romano, aunque en realidad corresponde al país de los edomitas o
idumeos.
Efod: Parte de la vestidura oficial del sumo
sacerdote en funciones, especie de manto para hombros y espalda.
Estadio: Medida de longitud igual a 185 m.
Fariseo: Miembro de la secta que consideraba como
norma fundamental del judaísmo no tanto la Ley escrita dada por Moisés como la
Ley oral basada en la tradición.
Filacterias: Capsulitas conteniendo tiras
arrolladas de pergamino en que estaban escritos algunos pasajes de los libros
sagrados y que, durante la plegaria, el fariseo se aplicaba sobre la frente y
el brazo izquierdo.
Forminge: Especie de cítara que precedió a la lira.
Gehinnon, Gehenna: Infierno.
Gere hasan: Prosélito de la puerta; extranjero que
vivía entre israelitas y debía acomodarse a la vida pública de éstos.
Goim: Pagano, en contraposición a los del pueblo
elegido.
Haberim: (Etim. «coaligado») Perteneciente al Gran
consejo de los fariseos.
Harem: Maldición divina.
Hagadá: Ampliación exegética de un pasaje bíblico y
desarrollo de un nuevo pensamiento basado en él.
Haggim: Fiestas solemnes.
Halaká: Glosa de la Ley, precepto práctico.
Hallel: Himno constituido por los salmos hebraicos
113-118.
Hanuka: Fiesta de la dedicación del templo.
Hasán: En la sinagoga, el ayudante del
archisinagogo.
Hosen: Ornamento sagrado del sumo sacerdote. Consta
de un pectoral cuadrado, doble, sujeto al efod por unas cadenitas de oro. Lleva
en el interior doce piedras preciosas (las doce tribus de Israel), entre las
que se encuentran las piedras Urim y Tummim, mediante las cuales el sumo
sacerdote se comunica con Dios.
Iyyar: Segundo mes del año (abril-mayo).
Khamsin: Simún.
Kinnor: Especie de cítara.
Kislév: Noveno mes del año (noviembre-diciembre).
Mashal: Parábola.
Meil: Túnica de hilo, que cae hasta las rodillas,
de color azul oscuro, usada por el sumo sacerdote.
Mínimo: Persona considerada indigna; expulsada,
echada.
Mikwoth: Uno de los doce tratados del Talmud, que
se refiere a la pureza.
More: Lo mismo que mínimo. Nabí: «Hombre de Dios»,
profeta. Naggar: Carpintero.
Nasi: Cabeza del Sanedrín.
Nazareno: Persona que ha hecho voto de consagrarse
a Dios.
Nisán: Mes con el que comienza el año santo.
Ofir: País del que Salomón hizo traer el oro y las
maderas preciosas para la construcción del Templo.
Rabbí o rabí: «Mi maestro», título que se daba a
los doctores de la ley.
Rabban: Forma solemne de rabbí.
Rosh-hake neseth: Jefe de la sinagoga.
Saduceo: Miembro de la secta contraria a la de los
fariseos, que reconocía sólo la autoridad de la Tora, o sea la Ley escrita.
Sanedrín: Supremo consejo nacional y religioso.
Seliah: Persona encargada de la lectura en las
sinagogas. Sekiná: Nombre dado a Dios en sustitución del de Yahvé. Seol: Morada
subterránea donde se reúnen los muertos. Shaburah: Pascua de Pentecostés.
Shema: Oración compuesta de tres pasajes del
Pentateuco. Sicarios: Miembros de una fanática y agresiva secta judía.
Siclo: Única moneda nacional de los judíos;
correspondía a un stater
griego.
Simlah: Manto, abrigo.
Soferim: Maestro
de la Ley, estudioso de las Escrituras.
Soteh: Necio, loco.
Taliss: Prenda de vestir que los judíos se echaban
a los hombros al ir a orar.
Tamuz: Cuarto mes del año (junio-julio).
Targumista: En las sinagogas, persona encargada de
la traducción aramea del texto hebreo de la Biblia.
Teruma: Carne de las victimas sacrificadas durante
las fiestas.
Tishri: Séptimo mes del año (septiembre-octubre).
Torah: La Ley escrita dada por Moisés al pueblo
escogido. Tummim: Véase hosen.
Urim :
Véase hosen.
Zelota: Perteneciente a una secta que aplicaba
hasta las últimas consecuencias el principio nacional teocrático esencial al
fariseísmo.
Zizith: Borlas o franjas que los israelitas
llevaban en los vestidos para recordar los mandamientos de la Ley de Dios.
CARTA PRIMERA
Esta enfermedad. Justo, me
está destrozando. Antes yo era un hombre lleno de energía, sabia mostrarme
suave y comprensivo con los que me rodeaban. No sentía esta continua irritación
e impaciencia, esta insoportable necesidad de quejarme sin cesar a los demás,
Solamente ahora descubro en mí estas desagradables características del ser
perseguido, que como una vid silvestre desea trepar sobre cualquier seto y está
resentida contra todos porque ninguna la acerca al sol tanto como ella
desearía. ¡Antes sabía negarme a tantas cosas! Hoy apenas cumplo los ayunos
prescritos. También reconozco que me estoy volviendo intolerante con los demás.
Cada vez me siento más alejado de mis haberim del Gran Consejo. Me aburren
mortalmente sus inacabables disputas sobre el tema de las purificaciones y
sus discusiones sobre
las nuevas halakás.
Todas estas cuestiones me son cada día más indiferentes. Se puede pasar
toda una vida cumpliendo escrupulosamente las prescripciones y, sin embargo, no
recibir nada a cambio... ¿Por qué ha tenido que ser ella precisamente la
víctima de esta enfermedad? Toda la Ley se resume en las palabras del salmo:
«Haz, hombre, lo que te mande el Altísimo y Él nunca te abandonará.» Nunca...
No hay muchos hombres que hayan ayunado, observado la pureza, hecho ofrendas y
meditado las halakás y hagadás tan tenazmente como yo. Aquí falla algo. No son
tantos mis pecados como para que el Altísimo tenga que castigarme por ellos con
una desgracia tan horrible. Es verdad que las Escrituras narran la historia de
Job... Pero aquel idumeo, en primer lugar, no era fiel, y en segundo lugar no
sabía cómo se sirve al todopoderoso Sekiná. Se obstinaba en no querer reconocer
que toda persona peca si no vigila, constantemente y sin descanso, la pureza de
sus pensamientos y de sus actos. Y, además, el Altísimo le hizo sufrir a él
mismo y no a alguien que le fuera tan querido como lo es Rut para mí. La
enfermedad es una cosa horrible: a menudo veo estas repugnantes y retorcidas
criaturas que viven en las grietas de la vieja muralla cerca de la puerta
Esterquilinia. Pero contemplar, cruzado de brazos, cómo la enfermedad devora el
cuerpo del ser más querido, es algo a lo que es imposible resignarse.
Con quienquiera que hable
he de mencionarlo. Dentro de poco la gente huirá de mí como de quien contagia
tristeza, igual que hay quien contagia la lepra o la enfermedad egipcia de los
ojos. Sólo una cosa me salva: mi trabajo. Creando hagadás y comentando en ellas
la grandeza del Innominable, busco el olvido como en el vino. Sé que se habla
de ellas con creciente interés. Los comentarios que llegan hasta mí me sirven
de cierto consuelo. Pero, junto con las alabanzas, recibo también críticas, y
éstas me hieren de un modo particularmente doloroso. La gente parece no
comprender que mientras vivo la enfermedad de Rut sólo puedo hablar con
palabras duras que no admiten paliativo. Si a veces se me ocurre una palabra
impropia, no lo bastante fuerte, qué remedio... Con más frecuencia cada vez me
digo:
«qué remedio», y con esta
expresión, a modo de escudo, protejo mi corazón ensangrentado. Entonces me
siento como una tortuga que ha escondido la cabeza y las patas bajo su
caparazón y prefiere no moverse antes que exponerse a un contacto doloroso.
Anteriormente, cuando pronunciaba dicha frase, ésta significaba que el asunto
era importante y que ningún sacrificio sería excesivo para solucionarlo. Hoy mi
«qué remedio» significa: más vale ignorar las cuestiones más importantes que
tener que sufrir
más aún. Pero,
a decir verdad,
¿cómo se puede sufrir más
aún? ¿Acaso no ha colmado la medida del dolor humano aquel que por miedo a
ulteriores sufrimientos se siente ya incapaz de defender nada?
También me deprime ver que
mi sufrimiento ha venido en los momentos en que el mundo entero se encuentra en
esta difícil encrucijada. No sólo tú lo notas. Aquí también parece como si una
extraña fiebre se hubiera infiltrado en la sangre de todos. Nunca en el Gran
Consejo ni el Sanedrín estallaban disputas tan violentas como ahora. Estas
discusiones continúan luego bajo el pórtico, en Xystos, y se convierten en
peleas en las que, desgraciadamente, toman parte incluso los más sabios e
ilustres doctores. Los conflictos más grandes los solucionan los sicarios. ¡Qué
escándalo! Esta secta, la de los más fieles, se presta a matar simplemente por
dinero a aquellos cuya muerte ha sido deseada por alguien. Los hombres viejos y
experimentados dicen que semejante excitación y odio existía hace veinte años
cuando, desde Galilea, iban llegando, una tras otra, las bandas de rebeldes.
Los romanos han logrado apaciguar el país y hay que reconocer que su gobierno
es más soportable que la tiranía de Herodes y sus hijos. Pero, ¿podrá durar
mucho tiempo esta paz relativa? Algo flota en el ambiente, a modo de un
inquietante soplo de tormenta que se esconde aún detrás de las montañas, pero
ya está cerca. Todos están contra todos. Para nadie es un secreto que el legado
romano en Siria odia al procurador romano en Judea, que el procurador y los
tetrarcas se pelean como perros por un hueso y que entre los descendientes de
Herodes hay tal rivalidad, que todos estarían dispuestos a matarse y
envenenarse mutuamente. Y por encima de todo esto, como la roja sombra del
Khamsim, se extiende el recuerdo del lejano emperador, cruel y loco. Las
noticias de las sanguinarias proscripciones que él ordena en Roma despiertan un
salvaje e irrefrenable sentimiento de odio en quien las escucha. En Cesarea los
griegos han atacado varias veces a los nuestros. Dicen que incluso ha habido
escaramuzas en Alejandría y Antioquía. Según he oído decir, al saber que los
pretorianos se han llevado a Seyano, la multitud ha atacado nuestro barrio en
Roma. Por todas partes guerra, sangre
y matanzas. ¡Y
hace tan poco
todavía que los
escribas romanos anunciaban la «era dorada» y la «paz eterna»!
Tengo el presentimiento de
que algo malo se prepara. En momentos así, ¿verdad?, uno preferiría sentirse
libre para poder estar alerta y vigilar de qué lado vendrá el peligro. Ahora,
en cambio, toda mi atención la absorbe esta enfermedad. Quizá mañana o pasado
ocurran hechos de importancia decisiva y yo ni siquiera me daré cuenta. Soy
como una persona que, por llevar un gran peso encima, apenas puede mirar dónde
pone los pies. Algo se está avecinando.
¿Qué crees tú, Justo, que
pueda ser esto? Contéstame: ¿tú esperas, realmente, que un día aparecerá Este a
quien llamamos Mesías? Los
saduceos hace ya tiempo que
no creen en su llegada. Empapados de
filosofía griega, lo
consideran simplemente un símbolo. Se ríen desdeñosamente cuando alguien les
habla del Hombre Mesías. Y. a decir verdad, ¿para qué necesitan al Mesías? A
ellos sólo les interesa que exista el Templo, que en este templo todo Israel deposite
sus ofrendas, que sólo ellos sean los intermediarios entre el hombre y el altar
del Señor, y, finalmente, que los romanos no se opongan a este estado de cosas.
Nosotros estamos bien lejos de quitar a la gente la fe en el Mesías. Hablamos
de El a menudo y en numerosas hagadás explicamos cómo será su llegada. Pero, a
pesar de haber hablado y escrito tantas veces sobre esto, te confieso que no
puedo librarme de la idea de que todas estas promesas suenan demasiado bien.
Malka Messiah, vencedor del Hedón, señor del mundo y de la naturaleza, que con
su llegada la hará fecunda como no lo había sido jamás.
¿Parece muy verosímil todo
esto? ¿Quiénes somos nosotros? Una nación pequeña, rodeada por docenas de otras
naciones y, lo mismo que ellas, encadenada al carro vencedor de la bárbara
Roma. Llenos de discordias internas... ¿Quién tendría que ser ese Hijo de David
para poder cambiar este estado de cosas? ¿Un simple hombre o más bien un
semidiós? Pero los semidioses andan por la tierra sólo en los Cuentas griegos.
Yo creo que hubo un tiempo en que el Altísimo obraba hechos milagrosos. Pero
hoy día sólo suceden cosas vulgares... Se cuenta que en algún lugar más allá de
los mares existe la tierra de los milagros. Pero los que lo dicen son unos
mentirosos incorregibles. El mundo que nos rodea está lejos de ser maravilloso.
Sé que lo gobiernan la ira, el odio, el orgullo, la soberbia y las pasiones...
Para vencer este mundo se tendría que ser más malo, más orgulloso, odiar más y
estar más dominado por las pasiones que todos los demás. En este mundo sólo la
guerra trae la victoria. El Mesías tendría que ser un jefe que pudiera
enfrentarnos con todos nuestros enemigos,
¡y de éstos
hay legiones enteras!
Quizás esto te desagrade, pero no puedo imaginar un
Mesías semejante. No sé apartarme de lo que veo, oigo y siento... A un hombre
que con un puñado de nuestros jóvenes se enfrentara con el mundo entero y
lograse vencerlo, ¿podríamos considerarlo un ser de carne y hueso?
Desgraciadamente, y a pesar de odiar todo lo que viene de los saduceos, siento
que empiezo a pensar como ellos. El Mesías se me aparece sólo como un modelo
ideal de todas las virtudes que nos hubiera sido dado y mediante el cual, si
pudiéramos imitarlo, aunque sólo
fuese en parte,
haríamos mejores nuestras
vidas, más agradables y más
bellas. Y creo que no solamente yo pienso así. También algunos fariseos, cuando
se menciona en su presencia la profecía sobre la vuelta de Elías, dicen
«esperadlo, esperadlo», mas con el tono de quien no cree que esto haya de
cumplirse jamás. Pero, aunque lo piensan así, no lo dicen en voz alta. Yo
tampoco suelo hablar de ello: sólo a ti te lo escribo. Justo, y lo comento a
veces con José. Como sabes, no es fariseo ni saduceo y practica la filosofía
según la cual el oro honradamente ganado es lo que da su verdadero sentido a la
existencia humana. Mis haberim me reprochan mi amistad con él y que tengamos
negocios en común, lo consideran impuro a causa de sus relaciones con los goim.
En realidad, José es un gran pecador..., pero yo le tengo un gran afecto. A
pesar de los muchos asuntos que no le dan tiempo para detenerse aquí, en
Jerusalén, ni en Arimatea, se interesa siempre por la salud de Rut y aun
encuentra ocasión para visitarla,
charlar con ella,
distraerla o llevarle
algún obsequio. Parece extraño que pueda poseer tanta bondad un hombre
que no sigue las prescripciones de la Ley: estoy seguro de que si no fuera por
sus riquezas ya le hubieran considerado mínimo. Siempre he juzgado a las
personas por su piedad y jamás sospeché que precisamente José y yo llegaríamos
a un trato tan cordial. Si no fuese por él... He vivido momentos de completa
desesperación. Sentía deseos de blasfemar, de renegar, de buscar el olvido en
los pecados. En días así, las grandes pero insinceras palabras de consuelo que
me dirigían mis haberim me producían náuseas. En cambio, una sencilla frase de
José, alguna broma dicha con el deseo de aliviar mi pena, me ayudan a recuperar
el equilibrio. Nunca como ahora me es necesaria la amistad de las personas y
nunca la había buscado con tanta insistencia. Pero, ¡es una perla tan difícil
de hallar, sobre todo cuando la necesitamos!
Aunque ahora
no colabore en
nada, mi fortuna
crece y se multiplica gracias a haberme asociado con
José. Soy casi tan rico como él. La gente nos considera como los más
acaudalados de toda Jadea. Si Rut estuviera sana, ¡cuántas alegrías podría
proporcionarle con mis riquezas!
Pero ella contempla
indiferente todo cuanto
le regalo. A veces dejo sobre su lecho joyas valiosas traídas de lejanos
países. No quiere disgustarme —tiene ahora una sensibilidad extrema
—; por eso juega un poco
con los anillos y pulseras, los coge en sus pequeñas manos, tan hábiles para
toda clase de costura, y dice: «Sí,
son muy
bonitos...» Mas, aunque
trate de ocultármelo,
noto el
desaliento en su voz. Luego
añade: «Llé-vate esto...», y con un ligero movimiento de cabeza me indica que
la deje sola. Cierra los ojos...
¡Ah! Se me hace un nudo en
la garganta cuando la veo así, y ahora cuando lo escribo.
Siempre había creído que
las riquezas que el Altísimo me ha permitido adquirir me habían sido dadas en
señal de aprobación por su parte. Cuando releo alguna de mis hagadás antes de
darla a conocer a la gente, pienso que he debido de agradar al Eterno si permite
que hable así de Él. ¿Por qué, pues, ha venido esta enfermedad, que es como una
espina clavada en mi costado? ¿Por qué Él me castiga con tanta dureza, habiendo
tantos pecadores impunes a mi alrededor? A veces me parece estar encerrado en
una horrible prisión recibiendo crueles torturas y, al mismo tiempo, creo ver
más allá de las rejas casas donde la gente vive normalmente, ama y disfruta de
las pequeñas alegrías cotidianas, tan insignificantes en sí, pero tan
deseadas en la
cautividad. ¿Quién, antes
de tener una enfermedad en su propia casa, es capaz de
comprender lo que es la salud? ¿Quién sabe hasta qué punto el amor puede anular
todas nuestras fuerzas cuando de pronto perdemos la posibilidad de ayudar a
quien más amamos?
Me parece como si el dolor
se encarnizara en mí más que en nadie. Y, sin embargo, reconozco que el mundo
entero está lleno de sufrimientos terribles que alcanzan a todos y que todos,
en cierto grado, son dignos de compasión. ¿No será que cada uno de nosotros
vive en una prisión y, cuando contempla la casa de otro pensando con envidia en
su felicidad, no ve en realidad sino otra prisión? Si lo que ha de venir ahora
al mundo ha de provocar un cambio verdadero, es necesario que traiga también
una contestación a la falta de sentido de nuestras vidas. He escrito «falta de
sentido» y, aun admitiendo la inexactitud de estas palabras, no puedo
tacharlas. Tú me conoces, Justo, y sabes que siempre seré fiel al Altísimo. No
sabría renunciar a la esperanza de que algún día me ayudará. Además, incluso
dejando aparte esta esperanza, jamás osaría abandonarle. ¿Qué me quedaría
entonces? Soy un
verdadero israelita, uno
de los que
están destinados a dar testimonio de Él. A lo largo de toda mi vida y en
todo lo que hago, mi misión consiste en servirle; sin ésta, todo trabajo me
repugna por su falta de sentido. No huiría ante Él como Jonás, y diría de
corazón todo cuanto Él me ordenase decir... Pero, ¿por que consiente esta
enfermedad?
He aquí, querido maestro,
mi actual estado de ánimo por el que preguntabas. Como ves, ha cambiado mucho
desde los tiempos en que escuchaba tus
enseñanzas sentado a
tus pies. A
veces me parece haber envejecido
mucho, aunque no debiera hablar así por respeto a tu venerable senectud.
Contéstame y volveré a escribirte acerca de mí mismo y de Rut... ¡Ojalá
entonces pueda ya decirte:
«Está curada»!
CARTA II
Querido Justo:
Viendo padecer a Rut,
intento a toda costa hacer algo. Puede que esto no sea sino un inconsciente
buscar remedio para mi propia desesperación. Para el caso, da lo mismo.
Prefiero imaginar que la ayudo en algo a tener que contemplar con los brazos
cruzados su rostro cada día más pálido, sus párpados transparentes surcados de
pequeñas venas violeta, o escuchar su respiración, que es como un gemido. ¡Oh,
Adonai! ¡Esto sobrepasa
las fuerzas humanas!
Job perdió a sus hijos, pero no está escrito que fuera testigo de sus
sufrimientos. El dolor ajeno crea un mundo cerrado de dependencia, un mundo en
el que es imposible vivir y del que no se puede huir ni con la muerte. Aunque,
a decir verdad, cuando se ha de escoger entre el dolor y la muerte no se elige
ninguno de los dos.
Así, cuando el Gran Consejo
de los fariseos envió a Chuz, Eleazar y Samuel para que observaran más de cerca
la actuación de Juan, hijo de Zacarías, yo me uní a ellos. Y no lo hice sólo
por curiosidad. Han arraigado fuertemente entre nosotros las historias de los
libros sagrados sobre profetas que curan y resucitan a las gentes. Recordé al
hijo de la viuda, en Sarepta de Sidón... Ella era pagana y, aunque piadosa, no
de nuestra sangre ni de nuestra fe. Yo, en cambio, soy judío, fiel seguidor de
la Ley, fariseo y consumidor de teruma. Toda mi existencia está consagrada al
Señor. No escatimo limosnas, no me trato con los paganos, observo la pureza,
cumplo los ayunos y rezo las oraciones. Pero no quiero alabarme... Cuando yo
mismo o alguien lo hace, siento al primer momento cierta satisfacción y alegría
que pronto desaparecen... Ocurre como cuando se come un higo sabroso y después
ningún otro fruto parece bueno. Además, ya me conoces... No quiero
vanagloriarme, pero tengo la impresión de que mi trabajo tiene un valor real.
Enseño y sé que soy escuchado. Las hagadás que escribo de un modo accesible a
todos hablan de la grandeza, del
poder y de la gloria del
Eterno. Voy a transcribirte una que compuse recientemente:
«Cierto rabí iba andando
por un camino y encontró a un ángel que llevaba un arca Se hallaban en un lugar
muy angosto y ninguno de los dos quería ceder el paso al otro. "Déjame
pasar — dijo el rabí —. Estoy meditando en Él... Apártate..." Pero el
ángel no se movió. "¿Por qué me detienes?" Se impacientó el maestro:
se trataba de un rabí muy sabio, conocedor de todos los secretos del cielo y de
la tierra. [Mientras escribía esta
hagadá pensaba en ti, Justo.]
Entonces el ángel dijo: "Te cederé el paso cuando me hayas dicho cómo es
Él." El rabí sonrió y dijo: "Has acertado, porque sólo yo te lo puedo
explicar. Él es como un rayo que, acompañado de un trueno, cae sobre el pecador
y le deja clavado en la tierra..." "¿Y qué hace con el justo?",
preguntó el ángel. "¿Llevas su arco y no lo sabes? —replicó el rabí—.
También a él le atraviesa a veces con sus flechas..." "Pero, ¿por
qué?" "Lo hace cuando el hombre crece demasiado. ¿Recuerdas que, no
pudiendo vencer a Jacob durante la lucha, al fin le hirió en un costado?"
"¿Creéis, pues, ilustre rabí, que Él teme al hombre?" «¡No digas
esto, sería una blasfemia! Hay que decirlo de otro modo: Hay en Él una secreta
debilidad, y cuando el hombre la descubre se vuelve igual a Él en fuerza. Mas
este secreto lo conocen sólo los más sa- bios..." Entonces el ángel cedió
paso al sabio maestro.»
¿Qué te parece mi hagadá?
Según mi idea, Él es todopoderoso, pero
tiene algún punto
débil. Solamente hay
que descubrir la adecuada fórmula de encantamiento. Nuestro
padre Jacob sin duda alguna la conocía,
cuando no le
cedió en nada.
Yo, desgraciadamente, la ignoro. Pero, ¿dónde y cómo buscarla? Antes me imaginaba
que el mundo se componía de dos partes: una grande, en la que estaban los
pecadores y los paganos, y otra pequeña, destinada a los seguidores de la Ley y
a los justos. Hoy empiezo a pensar que ésta es una división demasiado sencilla.
Hay pecadores, como José, a los que no sé imaginar junto a los peores, y, en
cambio, hay fieles, como los saduceos, que si quedaran justificados sería
porque la verdadera justicia no existe. No basta ser llamado fiel, llevar el
talis, las filacterias y cinco zizith en el manto. Hay una escalera, como la
que vio en sueños Jacob, por la que vamos subiendo, subiendo sin cesar. Y no es
fácil decir en cuál de sus peldaños se encuentra la palabra que obliga el
Altísimo. No se llega al final ni aun siendo fariseo... No todos mis haberim me
parecen personas bastante santas., Por ejemplo, el rabí Joel... Me irritan con
la falsa piedad que
muestran a
todo el mundo,
como hace la
meretriz con su
nueva cuttona cuando persigue a los hombres. A pesar de que no todos los
fariseos son realmente buenos y virtuosos, ¿cómo podemos comparar a su pureza,
sus oraciones, ayunos y meditaciones, la moralidad de un simple amhaares? Todos
ellos no son sino unos viles pecadores que sólo se preocupan de satisfacer sus
pasiones. Esta gente nunca levanta la mirada a lo alto; vive con el cuello
doblado hacia el suelo como un rebaño de ovejas, sin acordarse del Altísimo, de
sus ángeles y de sus virtudes, e incluso sin darse cuenta de su existencia...
El venerable Hillel decía: «Acerquemos la Ley al pueblo.» Al menos yo así procuro
hacerlo. Mis hagadás
van a los
haberim y ellos
las explican a sus oyentes. Pero, ¿qué amhaares desea escucharlas? Si
les explicara cómo hacer pan de la arena, acudirían en tropel. Mas nada les
interesa referente al Altísimo.
Pero, ¿cómo pensar en
acercar la Ley al pueblo cuando se tiene en casa una enfermedad como ésta? Los
sufrimientos de Rut son espantosos... No pueda meditar en la gloria del
Altísimo cuando a mi lado oigo gemidos
lastimeros y veo
unos labios entreabiertos, crispados por el dolor.
¿Preguntas qué dicen a esto los médicos? No saben decir
nada. Además, los
médicos... Al principio
llegaban, seguros de sí mismos y de su ciencia, y describían la
enfermedad aun antes de que se les hablara de ella. Más tarde, cuando sus
remedios fracasaron, se volvieron silenciosos y enigmáticos. Después de
consultarse entre sí con palabras incomprensibles, dejaban mis preguntas sin
responder. Cada vez exigían más, no prometían nada y no daban ninguna solución.
Finalmente, comenzaron a desaparecer... Uno tras otro iban abandonando mi casa.
Al marchar aseguraban que Rut recuperaría la salud. Pero cómo lo haría y cuándo
ninguno sabía decírmelo. Aconsejaban esperar pacientemente. Como si les
cansaran mis preguntas, me daban a entender, con un encogimiento de hombros,
que les pedía lo imposible. Ninguno quiso confesar que su ciencia había
fracasado. Más bien parecían culpar de todo a mi insistencia...
¿Te indigna saber que, en
medio de mi dolor, haya pensado en la salvación que podía venirme de manos de
este hombre de familia sacerdotal, que pasa su vida en el desierto quemado por
el sol? Cada vez se dice más de él que es un profeta. ¡Es una gran palabra!
Hace ya muchos años que no ha habido profetas en Judea. Y este hombre recuerda
realmente a Elías: se ha pasado años enteros viviendo solo, entre rocas, entre
el Hebrón y las orillas del mar de Asfalto. Cuando,
por fin, ha abandonado su
soledad y ha llegado hasta el vado cerca de Bethabara, las gentes se han puesto
a temblar. Es alto, atezado, viste una piel de camello, tiene los cabellos
encrespados y los ojos como ascuas. Dicen que no habla, grita. Repite sin
cesar: «¡Haced penitencia! ¡Haced penitencia! Arrepentíos de vuestros
pecados...» Sumerge a las gentes en el Jordán, les moja la cabeza y les da
consejos de cómo han de comportarse. Ingentes multitudes acuden a él de todas
partes.
En cuanto atravesamos las
puertas de la ciudad, nos encontramos con el gentío. En Jerusalén estos últimos
días han sido fríos: por la noche caía lluvia mezclada con nieve. Pero a medida
que bajábamos hacia Jericó el calor iba aumentando y nuestros simlah de lana
co- menzaron a molestarnos. De abajo, del lago, subía el calor como de un horno
de pan. En la carretera había cada vez más gente. Llegaban de los caminos
laterales y por los atajos. Al mismo tiempo subían otros que ya estaban de
vuelta. Les preguntaban a gritos: « ¿No se ha marchado aún el profeta?
¿Continúa en el mismo lugar?» «Sí, sigue allí», les contestaban. « ¿Todavía
bautiza?» «Sí, bautiza.» Los que volvían del Jordán estaban serios, como un
poco asustado, « ¿Grita y amenaza?», les preguntaban, y ellos contestaban:
«Acusa a los sacerdotes y a los fariseos, pero para los demás es bueno...» A
Jerusalén ya había llegado la noticia de que Juan, aun siendo de estirpe
sacerdotal, vibra de indignación contra los saduceos. Y tiene razón. Pero, ¿qué
puede tener contra nosotros? Sólo nosotros recor- damos que hay que venerar a los profetas y también decimos al pueblo que haga penitencia. Muchos
de nuestros haberim hacen penitencia voluntaria por los pecados de los impuros
amhaares. Un profeta que apareciera
ahora aquí, sólo
en nosotros encontraría apoyo.
Cada vez hacía más calor,
el aire se volvía más pesado y aumentaba la muchedumbre. Habiendo salido muy
temprano de la ciudad, nos paramos el mediodía a descansar allí donde las
blancas y rojas colinas se funden con la llanura que rodea a Jericó. Las escasas
plantas que hasta
entonces crecían sólo
entre las grietas
se convertían allá en compactas masas de vegetación que formaban como
una mullida alfombra, de la que sobresalían esbeltas palmeras. La ciudad se
extendía sobre la colina con la blancura de sus casas y la suntuosidad de sus
palacios. Al fondo del ghor, detrás de un espeso grupo de
altas hierbas y
arbustos de bálsamo,
deslizábase velozmente el Jordán. La gente bajaba a él de todas partes,
formando
como un sinfín de
riachuelos. Llegaba gente de toda clase: amhaares, artesanos, de la ciudad,
humildes tenderos, publicanos, meretrices pintarrajeadas, importantes y ricos
comerciantes, banqueros, levitas, servidores del Templo, soldados, médicos,
hombres versados en las Escrituras e incluso sacerdotes. Entre la algarabía que
producían los centenares y millares de voces, se distinguían los dialectos
galileo, cananeo, siriofenicio, la lengua nasal de los griegos, los gritos de
los árabes... Se dirigía hacia el vano la nación escogida; judíos, galileos,
gente llegada de la diáspora, y también samaritanos, idumeos y otros muchos.
Infinitas plantas hollaban la arena de las márgenes que antes de derrumbarse
eran altas y recortadas. El lecho del Jordán, que durante varios estadios es
hondo e inaccesible, al llegar allí se hace más amplio. En aquel lugar la gente
lo cruzaba entrando en el agua, que se arremolinaba formando espuma. Los que no
querían mojarse eran transportados a la otra orilla por medio de balsas y embarcaciones. El
que poseía una
barca o sabía
construirse una balsa clavando
unos cuantos maderos, podía ganarse una buena cantidad de dinero. Todos
gritaban a la vez y se lanzaban en tropel hacia los recién llegados
aparentemente más acaudalados, arrastrándolos casi a la fuerza hacia sus
embarcaciones. Estallaban continuas disputas y peleas. Ambas orillas del río
estaban atestadas de gente y por encima de esta enorme aglomeración se elevaba
una tremenda algarabía. Se hablaba del profeta, se discutía, se contaban
historias. Verdaderos rebaños de vendedores ambulantes se abrían paso entre la
multitud con cestas llenas de vituallas, pregonando sus pequeños panes de
cebada, sus cosquillas, sus peces secos o los pequeños teridios que el pueblo
come en crudo. Aquí y allá se habían encendido grandes hogueras, donde se
preparaba la comida. Otros vendedores comerciaban con frutas. Este gentío,
desparramado allí entre la vegetación, me recordaba a las multitudes de
peregrinos que acampan bajo los muros de la ciudad en los días de la Pascua y
de la fiesta de los Tabernáculos.
Cuando llegamos a orillas
del río, ya era casi de noche. Un disco luminoso colgaba sobre las colinas de
Judea, cuyos contornos, precisos y recortados, parecían a contraluz unas
sombras oscuras y severas. Era demasiado tarde para cruzar el río e ir a hablar
con el profeta; mejor sería esperar hasta la mañana siguiente. Así que nos
buscamos un lugar un poco apartado de la alborotada muchedumbre, entre la que
forzosamente debía haber gente impura. Después de hacer las abluciones de
rigor, nos acomodamos para la cena. El sol seguía su curso descendente; las
largas sombras de los árboles caían
sobre el agua, color verde
pardusco, abarcando toda la anchura del río. Todavía algunos lo cruzaban a pie,
pero la mayoría se disponía ya a descansar. Probablemente el profeta también se
había marchado, porque la gente de la orilla opuesta, que antes formaba un
grupo compacto al borde mismo del agua, se había diseminado ahora por las
márgenes. Sobre toda aquella extensión cada vez más incolora, las hogueras, con
su rojo cálido, iban siendo encendidas una a una. Las montañas del Moab se
elevaban, ligeras como una nube rosada, por encima del desfiladero que había
quedado como petrificado en la penumbra. Pero pronto se apagaron y, al volverse
grises, bajaron de nuevo de las nubes a la tierra. El agua corría, sonora, y el
bullicio comenzó a disminuir. Después de rezar las plegarias nocturnas, nos
envolvimos en nuestros mantos y nos echamos sobre el suelo. Los juncos
silbaban. Desde el fondo del ghor, el cielo parecía menos alto que de
costumbre, daba la impresión de ser como la techumbre plana de un templo. De pronto,
sin saber cuándo, se encendieron las estrenas en lo alto.
Acostado boca arriba
pensaba en Rut. El contacto con una enfermedad nos predispone a la meditación
más que el contacto con la muerte. La muerte termina algo, la enfermedad no
termina nada... Ésta llena inesperadamente, se enciende, se apaga, vuelve a encenderse...
Cuando creemos que ya se ha marchado, vuelve. Es como un continuo balanceo,
hacia delante y hacia atrás. Apretamos los dientes y esperamos que pase. Pero
no pasa. Por fin, un día llegamos a la conclusión de que va no podemos
soportarla más, de que ya no nos quedan fuerzas más que para hoy, mañana...
Pero los días siguen uno tras otro; desde aquel «mañana», han transcurrido ya
varias semanas y todo sigue igual. Una ligera mejoría, luego otra recaída...
Al principio me sobraban
fuerzas. Podía velar, buscar soluciones, probar nuevos medios. Pero al fin mis
fuerzas se han agotado, y ahora me reservo como el luchador que sólo
resistiendo sabe que podrá vencer al contrario. Esta enfermedad se ha
convertido para mí en algo así como una joroba a la que comienzo a
acostumbrarme. Antes no podía comer ni dormir. Ahora mi sueño es cada vez más
fuerte, como si temiera despertarme. Y tengo apetito... Algún día llegue así
quizás a sospechar que la enferma gime sin motivo... No he cesado de luchar y,
sin embargo, tengo la sensación de haber traicionado esta causa. La he
traicionado, aunque yo mismo no sé cuándo ni cómo.
Sobre el ghor colgaba una
cortina de niebla, detrás de la que se asomaba la roja hoz de la luz. Se oía el
rumor del agua. Tardé mucho en dormirme...
Nos despertó temprano el
bullicio de aquel hormiguero humano. Las gaviotas que volaban sobre el río
daban gritos lastimeros. Vimos que se nos acercaba un grupo de sacerdotes y
levitas. Avanzaban lentamente apoyándose en
sus bastones, arrastrando
sobre la húmeda arena sus largas
vestiduras. Unos servidores del Templo iban delante, apartando a la gente para
que los sacerdotes pudieran pasar sin rozarse con la turba. Jonatán, hijo de
Ananías, iba delante vestido con el efod, dando así a entender que llegaba allí
como representante del Templo. Por
esto fuimos los
primeros en saludarle,
aunque ninguno de nosotros podemos sufrirlo. Es hijo del anterior sumo
sacerdote, cuñado de Caifás y nasim, cabeza del Sanedrín. Es un repugnante
saduceo que se burla de los que creen en la resurrección. Se ha hecho tan
parecido a un griego, que es una desfachatez por su parte vestirse con el efod.
Él es quien ha rodeado con sus gentes el estanque de las ovejas y cobra un
tanto por cada animal que va allí a lavarse.
Correspondió a nuestro
saludo con una sonrisa amistosa, como si no fuera él quien nos llamó hace unos
días «topos que abren corredores bajo el Templo». Nos dijo: «Os damos los
buenos días, ilustres maestros.» Esperamos que más dijera. Siempre sonriendo amablemente,
nos explicó el motivo de su presencia en aquel lugar. Según parece, ni los
mismos saduceos pueden continuar fingiendo que no ven a las multitudes que se
dirigen a Bethabara. Dicen que también el procurador ha mandado a un mensajero
preguntando qué significa esta concentración a orillas del río. Incluso en el
pequeño Sanedrín se habló de esto durante todo el día. Alguien ha recordado a
tiempo la antigua tradición según la cual cada profeta nuevo debe explicar su
misión en el Templo. Por esto decidieron mandarle a Juan una delegación
que se encargara
de hacerle declarar
cuál era el motivo de su llegada. El hecho de que
Jonatán en persona se haya puesto al frente de ella, indica cuán seriamente
tratan los sacerdotes de este asunto.
—Ahora, pues, dentro de
unos instantes sabremos quién es él — resumió el nasim—, y conste que no nos
contentaremos con palabras solas. Puesto que es Elías —aquí Jonatán sonrió con
malicia —, exigiremos que nos dé una señal. Que haga un milagro. Naturalmente,
si es capaz de hacerlo...
—Se rió de nuevo, acariciándose la barba—. Le exigiremos un milagro. Y
entonces...
Los saduceos no creen en
milagros y, por lo tanto, creen que esto es una magnífica trampa para
desenmascararle. Desde luego, tienen razón
en querer disminuir
el prestigio del
hijo de Zacarías.
Los romanos siempre sospechan
y en todo
huelen una conspiración. Quizá podrá estallar algún día
la lucha por la liberación, pero hemos de evitar a toda costa que sea una lucha
desorganizada, inútil. Es evidente que Juan no es el hombre indicado para
conducir a nuestro pueblo...
Jonatán propuso que nos
uniéramos a ellos para hablar con el profeta.
Sería más eficaz dijo que
vosotros, maestros también, le hicierais unas preguntas. Si no las puede
contestar y se azara, tanto más palidecerá su prestigio...
Cuando se trata de
despellejar al miserable amhaares que viene a depositar su ofrenda, los
saduceos saben arreglárselas muy bien sin nuestra ayuda. Pero, cuando hay que
convencer de algo al pueblo, prefieren aparecer en nuestra compañía. Son
cobardes como los verdaderos traidores. Quién sabe si no sospechan que estemos
en contacto con Juan, y prefieren asegurarse atacándole conjuntamente.
Estuvimos un rato
considerando la proposición
de Jonatán. Finalmente la aceptamos.
Juan no es de los nuestros y no tenemos por qué defenderle.
Nos transportaron a la otra
orilla en dos grandes embarcaciones. Encontramos una gran multitud colocada en
semicírculo al borde mismo del agua. Del centro de aquella turba nos llegaba la
voz del que estaba hablando. Es verdad: no habla, grita. Los criados comenzaron
a abrirnos paso y la gente se apartaba, curiosa de pre- senciar lo que iba a
ocurrir. Avanzábamos lentamente por el centro. Al fin vi a Juan. Estaba en la
orilla, inclinado sobre un grupo de personas sumergidas en el agua. Es un
gigante moreno y enjuto. Pero no observé que tuviera la mirada ardiente de un
dragón. Al contrario, bajo sus erizadas cejas aparecían unos ojos soñadores,
tristes, de color gris azulado como un cielo de primavera temprana. Si no fuera
por la barba que le
avejenta, parecería muy
joven. En todos
sus movimientos y ademanes hay fiebre. Del mismo modo que al hablar
grita, al andar corre. Al vernos, se nos acercó. Por un instante me sentí
inquieto porque lo hizo como si fuera a lanzarse contra nosotros.
Pero, mientras sus
movimientos y su voz parecen provocativos, su mirada tranquiliza. Se paró ante
nosotros y se apoyó en su largo bastón.
El viento de
la mañana le
enmarañaba los cabellos
y descubría su torso, ancho y fuerte. Al pararse, lo hizo bruscamente y
en su rostro se pintó una expresión de desengaño: podía creerse que esperaba a
alguien. Jonatán se adelantó y, después de aspirar una honda bocada
de aire, habló
con voz potente
para que todos
le oyeran.
—Juan, hijo de Zacarías.
Venimos a ti en nombre de José el sumo sacerdote, y de todo el Sanedrín.
Debemos hacerte unas preguntas, tal como lo manda la tradición. ¿Estás
dispuesto a contestarlas?
—Sí —respondió en tono tajante. Tiene una
voz sonora y profunda—, Preguntad...
—Juan, hijo
de Zacarías, hijo
de Abías... — Jonatán
hablaba ahora con tono solemne y grave. La gente se apretujaba a nuestro
alrededor, en silencio, para no perder ni una palabra del diálogo —.
¿Quién eres tú? ¿Eres el
Mesías?
Se apresuró a negarlo. El
sacerdote aún no había acabado de hablar, cuando él exclamó:
— ¡No! ¡No! ¡No soy el
Mesías!
Pensé que esta respuesta
desvanecía en realidad todo el peligro. Si Juan se hubiera proclamado el
Mesías, ya no hubiese tenido que contestar
a las otras
preguntas. El Mesías
está por encima
del Templo. Aunque Jeremías... Pero estos son hechos antiguos. Hoy en
día un profeta debe bailar al son de lo que le dicen los sacerdotes, o bien
estar de nuestra parte...
— ¿O quizás eres Elías? —
preguntó Jonatán.
Ahora iba a decidirse la
suerte del bautista del Jordán. Pero la respuesta llegó tan rápida como las
anteriores:
—No lo soy...
Jonatán tuvo que tragar
saliva varias veces. Comprendí que aquella contestación negativa le había
desorientado. A mí también, a decir verdad. Las masas hablaban de él como si
fuese Elías. Al decir que no lo era, le mitad de su gloria derrumbó se sobre la
arena.
— ¿Eres profeta?
— ¡No!
Miré, intrigado, los ojos
azulgrises que se perdían en el espacio más allá de nosotros. Juan apenas si
mira a los que le rodean. Su mundo empieza en algún lugar lejano, más allá de
los que se agolpan a su alrededor. Observé que tiene los ojos rodeados de
pequeñas arrugas, como los caminantes del desierto o los navegantes,
acostumbrados a escudriñar
lejanos horizontes. Habla
y escucha como si estuviera
ausente. Aseguraría que al mismo tiempo está oyendo algo.
—Entonces, ¿quién eres?
En la pregunta de Jonatán
se adivinaba el desprecio. Contestó con la frase de Isaías:
—Soy la voz que dama en el
desierto... Entonces yo le dije:
— ¿Por qué, siendo así,
bautizas?
Por un momento su mirada
volvió de la lejanía y se posó en mí. Noté fiebre y dolorosa tensión en sus
ojos.
—Yo bautizo con agua — dijo
—, pero... — Sus ojos retrocedieron de nuevo y se fijaron en algún punto
lejano, más allá de la multitud, al otro lado del río —. Existe ya aquél que ha
sido antes de mí, pero vendrá después de mí.
Le temblaban
los labios. Perdida
la mirada en
el horizonte, hablaba con una
extraordinaria ternura, casi como una mujer cuando habla de su amado.
—No soy digno de desatar la
correa de sus sandalias... — Pero en este momento se rompió la nota blanda y
suave de su voz, y el profeta exclamó, gritando —: ¡Él vendrá y os bautizará
con el Fuego y el Espíritu!
Los grises y afables ojos
se volvieron súbitamente terribles. Desaparecida su soñadora bondad, comenzaron
a despedir llamas como ascuas sacadas del fuego y lanzadas al aire. Avanzó un
paso, apretando el bastón entre sus dos manos, y dijo:
— ¡Vosotros...! ¡Linaje de
víboras! ¿Creéis que podéis escapar a la ira del Señor? ¡El árbol podrido no se
salvará del hacha! ¿Habéis venido a preguntar? — Jonatán iba retrocediendo
mientras el enorme profeta le acosaba, acribillándole con coléricas palabras—.
¿Queréis preguntar? Sólo una cosa os digo: ¡haced penitencia! ¡haced
penitencia! Haced penitencia entre polvo y cenizas. ¡Como Nínive!
¿Creéis que sois distintos
de ellos? — Y dibujó un círculo con la mano.
Jonatán desapareció a mis
espaldas. El profeta, loco de furor, se irguió ahora ante mí; sus enfurecidas
palabras me daban de lleno en el rostro, como llamas.
—No creáis que por ser
hijos de Abraham estáis libres de pecado.
¡Mira! — Se inclinó,
recogió del suelo un puñado de pequeñas piedras pulimentadas por el agua, y las
puso delante de los ojos, sobre su mano extendida ¡Cuando el Altísimo lo desee,
hará que de estos guijarros nazcan nuevos hijos de Abraham! ¿Has comprendido?
Me asaltó un temblor tan
grande que fui incapaz de contestar. Comprenderás que hay motivo para asustarse
al verse uno amena- zado de cerca por un hombre tan enorme y encolerizado. No
sé cómo fue, pero de pronto me encontré solo. Mis compañeros y los saduceos se
escondieron entre la multitud. De todo nuestro grupo sólo yo continuaba allá, y
a mí iban dirigidos todos los gritos de Juan. A la estúpida turba aquello debía
gustarle, porque la ola cuchichear burlonamente a mis espaldas. Si él se
hubiera abalanzado con su bastón sobre mí, seguramente nadie hubiese salido en
mi defensa.
—Ya llega Él — volvió a
decir —. Ya viene, ya se acerca quizá... Su dura voz se fue dulcificando.
Apartó la mirada de mí como de
una hierba insignificante.
Entonces comprendí: este hombre vivía en
una especie de frontera
entre dos mundos, el mundo de los ensueños y el mundo de la ira. Cuando miraba
cerca, estallaba: cuando miraba lejos, soñaba.
—Lleva un bieldo en la
mano. — Hablaba como si cantara un salmo —. Con él aventará la mies y separará
el grano de la paja. Guardará el grano en el granero y quemará la paja en un
fuego que nunca se apagará...
Se quedó inmóvil. Su mirada
buscaba al que había de venir como el navegante perdido busca el puerto. Pero
ya la gente comenzaba a interrogarle. Repitieron las preguntas varias veces
antes de que él, volviendo de su ensimismamiento, les viera.
— ¿Qué debemos hacer? —
decían — ¿Qué debemos hacer, Juan, qué debemos hacer?
Aunque los miraba, no les
reprendía. Su rostro había cambiado de nuevo. Era ahora el de quien entrega
todo su amor a una criatura recién hallada. Juan les contestó:
—¿Tienes dos abrigos? Cede
uno de ellos a un mendigo...
Se dirigió a un publicano
que se había colocado u mi lado: yo ni siquiera había notado que me separaba de
este impuro una distancia menor de siete pasos.
—Coge sólo lo que te manden
coger.
Un soldado con las
insignias de Herodes preguntó:
—¿Qué debo hacer? Juan le
contestó
—Sirve por lo que te pagan.
Estáte alerta y vigila lo que te hayan ordenado vigilar, pero no maltrates, no
mates, no atropelles...
Luego vi a un amhaares que,
por su acento galileo, me pareció que debía ser un labrador o pescador de
Galilea. Era fuerte y tenía el rostro ancho y tosco. Sus pequeños ojos
desaparecían detrás de unos pómulos prominentes. Mostraba unas grandes manos
callosas. Con cara de atontado, se adelantó un poco a la multitud. Se le notaba
entre asustado y atrevido. Debía pertenecer a esa clase de personas que, cuando
en una posada estalla una riña, son los primeros en lanzarse a la pelea y luego
los primeros en huir Unas cuantos galileos, temerosos y
desgarbados, iban dándole
empujones para que avanzara. Seguramente antes les había
dicho con todo de suficiencia:
«Ya le hablaré yo...», pero
ahora se le había trabado la lengua y no le salía ni una palabra. Por fin se
decidió a hablar, pero, claro está, gritó tan fuerte que él mismo se asustó de
su voz.
—¿Qué debemos hacer?
Juan se paró frente al
grupo. Puso su tosca mano, bronceada en el dorso y blanca en la palma, en el
hombro del pescador. Los ojos del profeta se detuvieron en el galileo más
tiempo que en los demás. Él, tan distraído y que parece verlo todo sólo a
medias, fijó ahora toda su atención en la obtusa cara de aquél.
—Echa tus redes — dijo . Y
espera... espera...
Y siguió andando hacia los
que iban acercándose a él. Cediendo a un incomprensible impulso íntimo (desde
que Rut está enferma adopto a menudo las más desesperadas decisiones), también
yo me acerqué a él. Me encontré entre un grupo de gente que se dirigía al agua
para hacerse bautizar. A mi lado el pescador galileo se despojaba enérgicamente
de la cuttona, descubriendo su torso bronceado. En realidad, por mi parte,
aquello era absurdo. El agua del Jordán debe
de estar espesa de tantos
pecados como flotan en ella; los de los anhaares publicanos, mujeres públicas y
todos aquellos que no cumplen la Ley. Yo procuro cumplirla lo mejor que puedo.
Hago penitencia por los pecados de todo Israel. No he venido aquí a purificarme,
sino a buscar la salud para Rut. Y a pesar de todo, mientras me acercaba al
agua, iba doblando mi abrigo. Aunque me parecía injusto, estaba dispuesto a
permitir que me lavara, si aquello había de congraciarme con el profeta. Al
cruzarme con él, le mire. Sé que a veces me basta con la mirada para obtener
algo. Dije, casi con humildad:
—¿Qué debo hacer, rabí?
Mi...
Me interrumpió. Pero su
ademán, al tocarme el hombro con la mano, ya no era airado. Ahora no gritaba
como antes. Dijo:
—Continúa sirviendo lo
mejor que puedas, pero aprende a saber renunciar... Y espera...
Es curioso, ¿verdad? Me
dijo «espera», lo mismo que al galileo. Quizá lo dice a muchos, puesto que se
considera sólo un predecesor de
otro. Pero las
palabras «aprende a
saber renunciar» no las
entiendo en absoluto. ¿A qué he de renunciar? ¿A servir al Altísimo?
¡A esto no renunciaré nunca
mientras viva!
El agua del río, caliente y
blanda, me resbaló por la espalda. Juan dice que esta agua limpia, pero yo creo
que más bien ensucia y cubre de barro. Volví a reunirme con la multitud,
avergonzado de lo que había hecho. Seguramente te ríes de que me haya dejado
bañar junto con publicanos y meretrices. No quería volver con mis compañeros,
pero por suerte todos habían desaparecido. Me escondí entre unos arbustos de la
orilla y, sentado en el suelo, pensé en lo tontamente que me había portado. ¿De
qué me servía aquella purificación, si a cambio no había recibido siquiera la
promesa de una curación para Rut? Pero Juan, según puede verse, no cura nada,
aparta a los que le llevan enfermos.
—Mi tiempo es corto — dice
— y mi trabajo consiste en enderezar los caminos. Cuando Él venga...
Y otra vez mira a lo lejos.
Así, pues, me había bañado en el Jordán para nada. Me consolaba pensando que
todos solemos hacer cosas absurdas.
Pasé todo el día en las
márgenes del río. En Jerusalén debía de hacer frío. Desde allí se veían pesadas
nubes colgando sobre las
colinas de Judea. Donde me
encontraba, por el contrario, el aire era húmedo y pesado y los arbustos
estaban cubiertos de flores. Pero creo que no solamente por esto no me apresuré
a volver a la ciudad. En ella está Rut, y yo, aunque la quiero y haría cualquier
cosa para que sanara, cada vez sufro más al mirarla. Su enfermedad se ha
convertido en mi enfermedad.
De nuevo llegó la noche, y
Juan dejó de bautizar. La multitud, como ayer, se diseminó por las orillas. Se
encendían hogueras y los vendedores pregonaban a gritos las excelencias de sus
tartas, pescados y frutas, así como del vino joven que guardaban en jarras de
barro. No lejos de mi estaba aquel grupo de galileos que presidía el corpulento
pescador. A decir verdad todos parecían pescadores. Se sentaron alrededor del
fuego, rezaron sus oraciones y se pusieron a comer. Hablaban. Mi pescador
contaba algo en voz baja y sonora. Allí, en su círculo, no era tímido: al
contrario, parecía excesivamente alborotador. Los otros también hablaban;
justamente delante de mí pude contemplar, iluminado por el fuego, el rostro de
un muchacho, hermoso como el de una jovencita. El muchacho hablaba poco y muy
bajo. Le
vi dirigirse a un hombre
que estaba de
espaldas a mí.
«Natanael, no te he visto
al lado del profeta...» No pude oír la contestación, sólo vi como el hombre
señalaba con la mano a una
persona muy alta que se
mantenía un poco alejada de las márgenes
del río. «Tú siempre estás
soñando», añadió el chico, sonriendo. ¿En qué puede soñar gente así? Creía que
sólo podían soñar en una barca o en
una red nuevas,
en una diversión,
en unos cuantos denarios fácilmente ganados, en una
mujer... En cambio, Simón (así es como llaman al corpulento pescador) dijo: «No
es necesario soñar. El profeta Juan dice claramente que él vendrá de un momento
a otro. Sólo nos manda esperar...» Imagínate tú: piensan en este alguien como
si se tratara de una persona que a cada instante pudiese salir de detrás de los
arbustos. Continué escuchando porque me divertía su conversación. « ¿Quién será
él?», preguntó uno. « ¿Cómo que quién será? — contestó, riendo, Simón —. ¡El
Mesías! Vendrá vestido con una armadura, con una espada en la mano y rodeado de
soldados... O bien vendrá a caballo como los centuriones romanos...» « ¿Y crees
tú, Simón, que empezará la guerra? » «Quién sabe si será necesaria. Quizá todo
se derrumbe en cuanto él llegue...» «Y nosotros, ¿qué?» «
¡Iremos con él! », gritó
Simón con ardor. Alguien, a su lado, soltó una franca carcajada, desprovista de
amargura: « ¿Acaso él necesitará de
gente como
nosotros? » «Bueno,
Juan, y tú,
¿qué piensas?»,
preguntaron al muchacho del
hermoso rostro de mujer. «Yo creo — y
lo dijo como antes,
tranquila y pausadamente — que, a pesar de no ser más que unos pescadores,
podremos servirle. ¿Qué importa que él ni siquiera nos vea? Es un placer poder
servir al Mesías, aunque sea de lejos...»
«No son vanidosos», pensaba
yo, mientras miraba al cielo, acostado sobre mi simlah extendida. Como en la
noche anterior, tampoco en aquélla se veían las estrellas; una espesa neblina
subía desde el río. La luna aún no había salido. Todo estaba oscuro y sólo se
veían brillar las hogueras, doblemente numerosas al reflejarse sus destellos en
el agua.
Pensaba en Rut y en este
alguien anunciado por Juan. Y estos dos pensamientos se iban turnando y
entrelazando en mi mente.
Tardé en dormirme, pero me
desperté descansado y animoso. Mis galileos ya no estaban allí; seguramente se
hallaban entre la muchedumbre que rodeaba al profeta. Yo también fui en aquella
dirección. Deseaba contemplar una vez más a Juan antes de emprender el camino
de vuelta. Me crucé con un hombre alto, de cabellos oscuros, como salpicados de
oro, que le caían sobre los hombros. Andaba pensativo. Aparté a la gente.
Juan estaba en medio. La
gente le interrogaba de nuevo y él contestaba. Sus ojos se perdían en aquel
punto lejano, más allá de la multitud. Parecía aún más inquieto que ayer. Para
poder fijarse en las preguntas que le hacían, el profeta fruncía dolorosamente
el ceño. Era como un cantor que deseara cantar y, en cambio, hubiese de estar
escuchando aburridas palabrerías. Pero, en el momento en que salí de entre la
multitud para acercarme al grupo central, me pareció ver clavados en mí los
ojos del profeta, como dilatados por un ardiente sentimiento. Retrocedí un paso
creyendo que volvería a estallar su ira. Pero al instante me di cuenta de que
su mirada no se fijaba en mí, sino en alguien que estaba a mi lado, y que sus
labios no expresaban enojo. Al contrario, temblaban como por efecto de una
violenta emoción. Volví la cabeza para ver a quién miraba. Aquel hombre alto
con quien antes me había cruzado estaba ahora junto a mí. Tenía uno de esos
rostros que no se olvidan: el rostro de alguien a quien se ha encontrado en
alguna otra ocasión y ahora no se puede recordar dónde ni cuándo. ¿Qué más
puedo decirte? Hay caras que recuerdan el perfil de un pájaro u otro animal y
que se diferencian entre sí por tal o cual rasgo. Ésta tenía algo común con
todas las otras caras. Pero no se la podía tachar de vulgar. Era como si las
miradas bondadosas de todos los hombres se hubieran concentrado en ella sola.
Caminaba
lentamente hacia Juan y
éste avanzaba hacia él. Cuando estuvieron cerca, el profeta se paró y dijo con
voz baja y honda, temblorosa
—¿Has llegado ya...?
Se inclinó como si quisiera
caer de rodillas. Pero el recién llegado se acercó a él y le cogió por los
hombros.
—He venido para que tú me
bautices...
—¿Yo? exclamó Juan —. ¡Nunca! Si eres tú...
—Así ha de ser — dijo aquél
con tranquila determinación.
Quise ver cómo le
bautizaba, pero la gente les rodeó formando un corro compacto. Vi cómo mis
galileos se abrían paso con los codos, pero yo no tenía ganas de recibir
empujones. Decidí regresar.
Atravesé el Jordán. En
cierto momento me pareció oír un trueno. Me volví pura mirar y vi como en aquel
instante el hombre alto salía del agua y se envolvía en la cuttona. Juan decía
algo señalándole con el dedo. Pero la multitud continuaba indiferente. Me
volví. Me invadió una incomprensible tristeza, como si algo hubiera pasado a mi
lado y yo no hubiese sabido retenerlo. «He venido aquí en vano, pensé. Comencé
a escalar pesadamente la pendiente y anduve todo el día encorvado bajo una
lluvia fría que me calaba hasta los huesos.
CARTA III
Querido Justo:
Otra vez tenemos algo
nuevo. Ahora ya no se trata de Juan, hijo de Zacarías. Otro hombre ha eclipsado
su fama. La gente, así como antes iba al Jordán, sigue ahora al que ha llegado
a esta ciudad desde Galilea en compañía de sus hermanos y amigos. Le llaman
profeta, aunque él no anuncia nada. Los profetas hablaban al corazón de los
reyes, hacían estremecer tronos y templos. Él no se dirige ni al rey (en esto
le doy la razón; sólo un imbécil puede reconocer como tal al libertino del
Tiberíades) ni al Sanedrín. Simplemente sigue su camino en un interminable
vagabundeo, y habla a los amhaares y a toda una chusma entre la que no faltan
meretrices, publicanos y pordioseros. No exige respeto para sus enseñanzas;
habla donde sea, sentado bajo un árbol, el lado del camino, o sobre una roca en
cualquier lugar sombreado. ¿De quién habla? Antes de haberle oído yo mismo, no
hubiera sabido responderte. Cada uno de los que le han escuchado parece haber
entendido otra cosa. A unos lo que dice les parece insensato, a otros demasiado
elevado. Unos creen que habla con excesiva simplicidad, otros consideran que
cuesta entenderle; unos se han escandalizado al oírle, otros se han emocionado
y entusiasmado. Todos coinciden en afirmar que su lenguaje es sencillo y
fluido, lleno de melodiosas inflexiones. Bajo su apariencia de suavidad, su
agradable voz tiene una gran fuerza. Cuando alguien intenta contra- decirle, se
anima y comienza a lanzar palabras que son como rayos. La gente afirma que
nunca había oído a nadie hablar como él. Por lo que me contaron al principio,
creí que podía ser uno de los discípulos de Hillel que repitiese las enseñanzas
del viejo maestro. Incluso dicen que varias veces ha empleado la frase de éste:
«Todo el bien que desees recibir hazlo tú primero». Pero pronto llegué a la
conclusión de que no era discípulo suyo. Las enseñanzas de Hillel, como las de
un verdadero fariseo, consistían
en comentar las
Escrituras. Él, en cambio, es muy osado en el hablar y no
siempre se apoya en ellas. En
todo ello hay algo de
profeta; este sentimiento de independencia..., además, no podía conocer a
Hillel: es un hombre de mi edad o algo más joven incluso.
Luego pensé
que a lo
mejor era discípulo
de Juan, porque también él bautiza. Pero resultó que
no era él, sino sus discípulos, los que bautizaban; aunque ahora ya no lo
hacen. No es discípulo de Juan.
Pero no quiero
decírtelo aún todo...
Si lo fuera,
sería un discípulo bien ingrato,
pues ha oscurecido el nombre de su maestro como
se apaga una
lamparita con un
soplo. Aquel torrente
de personas que bajaban hacia Bethabara se ha secado como el Cedrón en
el mes de iyyar. Quizá por esto Juan ha abandonado la desembocadura del Jordán
para ir a Tiberíades y allí, a las puertas del palacio, lanzar maldiciones
sobre la cabeza del tetrarca. Antipas al volver de Roma, se ha encontrado con
el profeta que, como castigo por su incesto, le ha predicho una muerte
ignominiosa en alguna tierra lejana,
en Occidente. Otro,
en su lugar,
se hubiera humillado
o hubiese expulsado al desierto al agresivo profeta. Pero Antipas
vacila: se pasa el día pegado a las faldas de Herodías y tiembla de miedo ante
las predicciones. ¡Y un ser así querría que los romanos le entregaran el poder
sobre Judea!
Vuelvo al profeta de
Galilea. Se llama Joshua, Jesús. Un nombre tan atrevido como sus palabras. No
he logrado saber el nombre de su padre. Él tampoco lo emplea nunca. Se llama a
sí mismo de un modo muy divertido: Bar
Nash, el hijo
del hombre. ¡Como
si todos no fuéramos hijos de seres humanos! Antes era
naggar en Nazaret, ciudad que incluso entre los galileos tiene fama de ser un
nido de avispas. Hacía mesas, sillas, herramientas, arados, y levantaba casas.
Parece ser que era entendido en el oficio. De pronto lo abandonó todo y se
marchó a predicar a las gentes. Podría vivir bien con su dinero, honradamente
ganado, pero prefiere ser un vagabundo y vivir de lo que le da la gente. Es
extraño, ¿verdad? Nosotros, aun habiendo conocido de jóvenes
la vida aventurera, con los años
nos hemos vuelto amantes de una forma de vida más tranquila y segura. Con él
ocurre todo lo contrario: al llegar a la madurez, ha cambiado su sosegada y
segura existencia por otra llena de sorpresas e incógnitas.
¿Qué más podría decirte de
él? No ayuna, no es nazareo, no se abstiene de beber vino... En cambio, hace
milagros. Esto le ha hecho ganar un gran número de adeptos. Se puede no creer
en las tres cuartas partes de lo que cuentan sobre él, pero tampoco hay que
rechazarlo todo. Yo mismo he hablado con personas a quienes limpió
la vista, les curó unos
granos o quitó la fiebre con sólo tocarlas con la mano. ¿Te extraña que yo
hable con gente que se haya aprovechado de las artes mágicas del Galileo?
Desgraciadamente, es la en- fermedad de Rut lo que me ha vuelto así. No te he
hablado de ella ni una sola vez. ¿Y para qué? Si al menos algo hubiera
variado... Pero todo sigue igual. O, mejor dicho, cada día me trae algo nuevo,
una nueva derrota. La enfermedad se precipita como las ruedas de un carro sobre
una pendiente. ¿Qué podría pararla ahora, cuando el cuerpo está cada día más
débil? El último médico, al marcharse, me dijo con un falso optimismo:
«Confiemos en la fuerza de la juventud, que obra verdaderos milagros...». Ya
sabes lo que significa en boca de ellos esta frase de consuelo. Pero, aunque la
juventud fuera la única medicina, cada día que pasa disminuye su valor. No es
la juventud que devora a la enfermedad, es la enfermedad que devora a la
juventud. El carro se precipita cada vez a mayor velocidad y puede seguir haciéndolo
por mucho tiempo
todavía... Debería decir
«
¡afortunadamente! », pero
no puedo. Ya te lo escribí en otra ocasión: soy como una ciudad que ha
terminado por entregarse, pero cuyo enemigo no acepta la rendición y le ordena
seguir luchando...
Me avergüenza
decirlo, pero para
terminar de una
vez este martirio soy capaz de ir
a ver al galileo y pedirle que me ayude. ¡No me juzgues mal, Justo! Me han
contado que hizo allí, en Galilea, un milagro muy extraño. Estaba en Caná, que
es un pueblecito situado a cierta altura, cerca del mar de Genesaret, donde las
jóvenes parejas de Galilea suelen ir a celebrar los esponsales. Se encontró allí
con una de estas ceremonias, le invitaron a ella y aceptó. Aquí tienes todo un
retrato suyo. ¡Se quedó a beber vino y comer tartas de miel entre campesinos
galileos que, como sabes, tienen unas costumbres muy primitivas y siempre están
a punto de organizar riñas y borracheras!
¿Cómo se puede pensar en
conservar la pureza cuando uno se encuentra entre gente de esta clase? Es
sabido que allí nadie se
preocupa de las oraciones,
de los ayunos, de recoger las migajas ni
de lavar debidamente los
recipientes. En estas fiestas lo primero que hacen los invitados es beber
cuanto más mejor, luego se ponen a bailar
hasta caer medio
muertos mientras otros
se desgañitan cantando y, al
final, acaban todos dándose pellizcos por los rincones. Ningún fariseo
aceptaría semejante compañía. Estamos aquí para dar buen ejemplo a los amhaares
y no para aplaudir sus desenfrenos. En cambio, .el galileo no sólo estuvo con
ellos, sino que, además, cuando les faltó vino, ¡convirtió el agua en vino! Si
este milagro ocurrió realmente, hemos de convenir que este don inapreciable
estuvo en
unas manos bien
irresponsables. A mi entender, un profeta debe ser un hombre excepcional,
¿verdad? ¡A los hambrientos puede dárseles pan, pero no vino! Mis criados
reparten diariamente una cesta de pan entre los mendigos; mi administrador
calculó no hace mucho que si yo diera cada día dos panes a cada uno de los
fieles de Judea, de Galilea y aun de la diáspora, mi fortuna llegaría sólo para
tres días de semejante locura. ¡Qué ocurriría si, en vez de darles pan y
llamarlos para orar, les diera a todos una jarra de vino y un estímulo para
divertirse! La limosna mal administrada vuelve inconscientes a los pobres.
También habría que
considerar el valor de esta acción desde otro punto de vista. A los que se
cruzaron en su camino les convirtió enormes hidrias de agua en vino, para que
bebieran hasta embriagarse, entre gritos y regocijos. Pero, ¿qué hizo a los que
no se encontraran con él?
Poseyendo un don
tan grande, ¿no
hubiera debido buscar a
los más dignos?
¿No sería mas
razonable que curara, por
ejemplo, a mi Rut, en vez de inundar de vino (y de excelente calidad, según
dicen) la casa de un campesino galileo? Si me curara... Si consiguiera hacerlo,
sabría demostrarle mi gratitud.
Llegó a la ciudad antes de
las fiestas. Decidí ir a verle. Al saber que solía pararse con sus discípulos y
oyentes bajo el pórtico de Salomón, fui en aquella dirección. Le encontré
rodeado por una gran multitud. La turba huele a ajo, cebolla y aceite rancio.
Son todos amhaares, campesinos, pequeños tenderos y artesanos. Todos gritan a
la vez, empleando generalmente la lengua impura de los galileos. Seguí andando
despacio, como sumido en la meditación, pero por debajo de mi turbante, que me
había bajado casi hasta los ojos, lo observaba todo con curiosidad. ¡Por la
frente de Moisés! Ahora te voy a decir quién es este galileo. Es aquel hombre
alto a quien Juan saludó con tanto entusiasmo y al que luego bautizó en el
Jordán. No me equivoco, estoy seguro de ello. Además, tiene ese rostro que no
se olvida. Te lo escribí entonces: es un rostro humano... En vano busco otra
descripción mejor. Aquélla, ya lo sé, no te dice nada. Pero,
¿cómo describírtelo? Es
alto, bien proporcionado y su rostro expresa una armonía infinita... Otra vez
me he atascado. ¡Sí! Esta cara le va
muy bien a su cuerpo, a su
voz, a sus palabras... Es serena, pero
viviente. Incluso diría que
hay en ella demasiada vida. Sólo que, otra vez, la palabra «demasiado» no
responde a la realidad. En este rostro nada falta y nada sobra. Es como un
modelo de rostro humano, tal como deberían ser todos. Estos horribles escultores
griegos que ha
hecho venir Antipas podrían
estarle agradecidos si quisiera hacerles de modelo: estoy seguro que harían con
él una estatua para el circo de Cesarea. Pero me pregunto: ¿hay entre ellos
alguno, aunque fuera el mejor dotado, que tenga suficiente talento para
trasladar este rostro a la piedra? Es tan expresivo que resulta imposible
reducirlo a algo simple, que se pueda captar con una sola mirada. Todos los
rostros tienen algún rasgo que domina sobre los demás. Así, si quisiera
imaginarte a ti (y perdóname esta familiaridad), te describiría como una
despejada frente de pensador y, debajo, unas cejas fruncidas con expresión de
concentración. El resto ya no tendría importancia. Pero en el rostro del
galileo cada rasgo es esencial. Su frente piensa, las aletas de su nariz vibran
como por un sentimiento refrenado, y su boca... Su boca ama. No sabría
describirla de otro modo. Los finos labios que aparecen entre las barbas, tanto
si hablan como si están inmóviles, parecen siempre expresar un grito de amor.
Igual que sus ojos. Son negros como un pozo sin fondo, que llama y atrae por su
profundidad. No quiero esforzarme más: mis palabras tampoco te darán una idea
exacta. Pero no sé describírtelo de otro modo y mi estilete resbala inútilmente
sobre la tablilla. Aunque te lo describiera de mil maneras distintas, no
lograría formar con todas ellas una sola imagen clara.
Así pues, pasé por su lado
cuando él, rodeado de los suyos, les estaba diciendo algo. Fingiendo un
momentáneo interés, me acerqué al grupo. No se fijó en mí, y continuó hablando
con calor y convicción, acompañando sus palabras con movimientos de las manos.
«Se ha acercado el reino de los Cielos...» Sin demostrar gran interés, le
pregunté:
–¿A qué llamas reino, rabí?
Sólo por educación le di
este título. Me dirigió una rápida mirada y contestó sin vacilar:
—Los profetas,
hasta Juan, han
predicado la Ley.
Quien la conoce, sabe qué es el
Reino. Quien la niega, no sabe nada. Pero la Ley perdura. Llegará el fin del
cielo y la tierra, mas nada de la Ley variará...
Sus palabras todas son así:
sus expresiones, dichas en esta dura lengua de los amhaares que él emplea, nos
parecen simples, claras, ingenuamente sencillas. Su profundidad, de primer
momento inadvertida, se nos hace patente luego. Se encienden y ya no se apagan.
Es como si entraras en una cueva con una antorcha a medida
que avanzas, te va
mostrando el camino... Los profetas, la Ley, el reino... ¿Cómo este naggar de
pueblo conoce tan bien las Escrituras? Pero
de nuevo volvió
a su doctrina.
Es inteligente. En
seguida compone una hagadá. Comenzó a decir:
—Había un rey que deseó a
la mujer de su hermano. Devolvió la suya a la casa de su padre y mandó decirle:
«No me gusta tu hija, no canta bien y no cuida de que yo esté alegre. Es
pendenciera y mueve la lengua como si tuviera una rueca en la boca; además, tú
no me has dado por ella suficiente dote. Puedes quedártela.» Pero el padre de
la mujer repudiada se indignó y mandó que los mensajeros dijeran al rey:
Has obrado mal.
Cuando te llevaste
a mi hija
sabías a quién
te llevabas y no te pareció mala esposa hasta que te encaprichaste con
la esposa de tu hermano. Obrando así sumas una mala acción a otra. Restitúyele
a mi hija sus derechos y devuelve la esposa a tu hermano, con lo cual evitarás
que, reuniendo nuestros ejércitos, te castiguemos cada uno por su agravio y
que, además, entreguemos tu reino a otro.» Porque yo
os digo: quien
abandona a su
mujer para tomar
otra, comete adulterio, y quien se casa con la mujer abandonada también
es culpable de adulterio.
Otra vez este abismo detrás
de sus palabras. Parece como si contara simplemente la disputa entre Antipas y
Aretas, pero de pronto su pensamiento se separa de la tierra y comienza a
elevarse. ¿Acaso no da dos imágenes de la misma cosa cuando habla del reino que
otro se va a quedar y de aquel que, según él, se nos ha acercado ya? Sentí
deseos de preguntárselo, pero me marché, pues me pareció que una persona de mi
posición no debía pararse tanto rato entre simples amhaares. Pero debo
confesarte que jamás oí a un hombre que hablara como él. Un pensamiento no cesa
de atormentarme: ¿Y si él fuera capaz de curar a Rut? Ya te lo escribí en otra
ocasión: esta enfermedad es como una joroba. Si de pronto desapareciera, la
vida me parecería increíblemente ligera. A veces pienso que entonces ya no me
faltaría nada para ser feliz. En cambio, a ratos, me parece que si esta
preocupación cesara de pronto, saldrían de su escondrijo otras que ahora
precisamente a causa de ella me pasan inadvertidas. Y quizás en un momento dado
podría llegar a pensar que era mejor la enfermedad de Rut... ¡Pero no! ¡No! ¡Es
imposible! ¡No hay nada tan terrible como esta enfermedad!
No pude resistir al deseo
de hablarle. Naturalmente, no quise hacerlo mezclado entre la multitud de los
impuros. Lo más sencillo hubiera sido mandarle un criado y pedirle que viniera
a casa. Pero
también preferí evitar
esto. En el Gran Consejo y en el Sanedrín se habla con desprecio del profeta
galileo. ¿Qué pensarían allí si lo recibiera en mi casa? Sería cubrirme de
ridículo ante todos ellos. Incluso podrían considerarlo un acto impuro. Entonces
se me ocurrió que podría entrevistarme con él a escondidas, de noche. Sólo
habría una dificultad, y es que nunca se sabe dónde encontrarlo: es como un
pájaro que cada noche esconde su cabeza bajo el ala posado en una rama
distinta. De modo que antes sería preciso ponernos de acuerdo. Pero es
imposible acercarse a él. No está solo ni un momento. Continuamente le asedia
la multitud, e incluso mientras come le rodea un grupito de discípulos.
Por fin, al cabo de unos
días, se me ofreció una oportunidad. Entre los discípulos del profeta, vi una
cara conocida. Era un hombre bajito, oriundo de Karioth, que posee una tienda
en Bezetha. Varias veces fui a comprar allí y hablé con él. No es tonto y, a
pesar de su juventud, ha vivido bastante. Su aspecto es insignificante: es
pequeño, enclenque y está siempre tosiendo. Tiene unas manos inquietas,
escurridizas, siempre sudadas. El negocio no le fue bien: en Bezetha nadie
puede competir con los levitas que manejan el oro de Ananías y sus hijos. Los
acreedores se lo llevaron todo. Creí que había muerto. Pero ha
reaparecido al lado
del profeta. Le
sigue, le escucha
y, cuando la gente se apretuja demasiado, restablece el orden dándose
unos aires como si fuera la persona de más confianza del maestro. Logré
apartarlo del grupo por un momento. Su mano húmeda se tragó unos cuantos siclos
que le puse en ella. Prometió facilitarme una entrevista nocturna con el
profeta.
Ayer vino a traerme
noticias. Me dijo que el galileo pasaría la noche en una pequeña casita en el
Ophel y que si yo iba allá antes de la segunda guardia podría hablar con él. La
perspectiva era poco atrayente: Ophel es el barrio de los miserables y es peligroso
meterse de noche en este laberinto de barracas malolientes. Pero comprendía que
era la única manera de poder hablar con el maestro sin llamar la atención.
Renegaba en mi interior al pensar que yo, una de las más importantes personas
de Judea, miembro del Sanedrín y del Gran Consejo de los fariseos, debía ir a
entrevistarme a escondidas con el profeta de los amhaares. Pero no había
elección posible. Además, tengo constantemente ante mis ojos el rostro de Rut,
cada día más pálido, y sus negras cejas recogidas sobre la frente en un nudo de
dolor...
Por la noche salí de casa
envuelto en una simlah negra. El círculo de la luna, ya casi completo, esparcía
sobre la ciudad una luz mortecina. A cada momento, cubríanla nubes que
atravesaban velozmente el cielo perseguidas y maltratadas por el viento. Me acompañaban
dos de mis siervos, provistos de espadas y garrotes. Bajamos por las escaleras
y nos hundimos en la negra profundidad de la ciudad baja. El acueducto extendía
su arco sobre nuestras cabezas. Desde el majestuoso barrio de los palacios
penetramos, como en un abismo, en el tenebroso hormiguero de las barracas de
barro. Aquí vive la gente más pobre y aquí, durante las fiestas, paran los
peregrinos que no pueden pagarse un albergue mejor. Por suerte, las fiestas ya
se han terminado y no quedan extranjeros. Sólo han dejado montones de basura y
abono animal. Sobre todo el barrio flota una re- pugnante fetidez. Todo aquí
huele mal y de las negras aberturas sale un pestilente olor a suciedad y
miseria. Nuestros pasos resuenan en el silencio de la noche interrumpidos sólo
por los ronquidos de la gente dormida que nos llegan de todos los rincones.
Seguramente no hu- biéramos sabido hallar la casa de aquel Fegiel donde se
hospedaba el galileo si el ruido de nuestras pisadas no hubiesen hecho salir de
algún negro agujero a mi Judas. Evidentemente, estaba esperando nuestra
llegada.
—Por aquí, rabí, por aquí —
dijo —. Con cuidado. Es fácil torcerse un tobillo...
Comenzamos a subir por unos
peldaños medio derruidos, atravesamos pequeños y repugnantes pasadizos y
anduvimos a lo largo de unas paredes increíblemente mugrientas. Las nubes
habían tapado de nuevo la luna. El viento nocturno soplaba con más fuerza y rugía
lúgubremente en las estrechas callejuelas. Mi inquietud au- mentaba a medida
que me iba hundiendo más y más en el corazón de aquel laberinto, sin esperanza
de poder encontrar por mí mismo la salida.
Nunca había imaginado que
en Jerusalén, casi a los pies del Templo, existiera semejante cenagar compuesto
de toda clase de inmundicias. Hasta entonces sólo conocía la ciudad baja desde
el camino que une Xystos con las Tumbas Reales, la piscina de Siloé y la puerta
de le Fuente. Judas iba siempre delante, deslizándose ágil y rápido como una
rata entre escombros. Debía conocer cada rincón. En la oscuridad, las casas y
casitas parecían amontonarse unas sobre otras
como personas que
treparan sobre los cadáveres de sus
compañeros. La fetidez de
aquel estercolero humano nos envolvía a oleadas de diversa intensidad.
Por fin Judas se paró al
pie de una higuera cuyo tronco medio podrido crujía sacudido por las violentas
ráfagas. Ante nosotros había una pared y en ella una abertura muy baja. Judas
me dijo que esperásemos mientras él entraba. El árbol se movía y el ruido
producido por sus hojas secas recordaba el tintineo de pequeñas monedas. A
pesar de que iba bien abrigado, tenía frío y me sacudían los escalofríos. Mis
hombres miraban en todas direcciones, inquietos. Vi que aquel lugar también
despertaba en ellos cierto temor. En medio de la oscuridad me llegó la voz de
Judas.
—Pasa, rabí. El maestro no
duerme y está dispuesto a recibirte. Tus hombres que esperen fuera...
Me separé
a disgusto de
mis acompañantes. No
veía nada; avancé a tientas con
los brazos extendidos. Pero Judas puso su mano sobre la mía y me guió. Pasamos
por una especie de corredor que me pareció muy largo. Fuera rugía el viento. No
lo sentía, pero podía oírlo lamentarse con prolongados silbidos.
El corredor terminó de
pronto y con él la oscuridad. Inesperadamente, me encontré en una pequeña
habitación iluminada por una lamparita. Había allí dos bancos y unos cuantos
objetos sencillos. Al fondo se veía una ventana con una celosía que el viento
sacudía de vez en cuando como si quisiera arrancarla. En uno de los bancos estaba
sentado el galileo
con la cabeza
apoyada en las manos, sumido en la meditación,
completamente inmóvil. Ahora le veía de lado. Sobre la brillante pared se
dibujaba claramente su perfil afilado, duro, casi anguloso, y al mismo tiempo
extrañamente suave y dulce. Vi una larga nariz arqueada, con las aletas muy
marcadas, unos labios anchos pero delicados, una barbilla enérgica... Junto a
esto, unos ojos extraordinariamente bondadosos y compasivos. ¡Otra vez esta
curiosa contradicción! Podría decirse de él que es un hombre hermoso. Pero su
belleza no es modo alguno afeminada. Mientras que sus ojos hechizan, sus labios
parecen dar órdenes. Denotan fuerza y una voluntad inquebrantable. ¿No será,
acaso, un deseo de mandar? No lo creo... Las pasiones son como la fiebre:
arden, pero bajo las brasas se esconde la debilidad. Es verdad que la ambición
puede ser duradera. Pero también ella, a medida que se acerca a la meta,
destruye la paz y el equilibrio. Este hombre, en cambio, puede desear algo con
extraordinaria vehemencia, pero nunca alargará una mano febril para coger el
objeto de sus deseos. La más anhelada tentación
no le convertiría en un
tirano. Me paré, parpadeando, bajo el dintel de la puerta. Me invadió una rara
timidez. No te sorprenda esto. Quizá no sea más que un simple amhaares, pero
sabe mirar como si fuera el amo. Levantó los ojos y fijó en mí su mirada. Era
una mirada serena, amable, más bien suave y extrañamente penetrante. Cuando me
mira tengo la sensación de que ve todo mi interior, que lo sabe todo y que no
necesita palabras. Judas desapareció y nos quedamos los dos solos en la
estancia vacía. De pronto sonrió. Es una sonrisa como la luz del sol, que
despeja el cielo y nos quita el desaliento en cuanto aparece. Le contesté con
otra sonrisa. Avancé un poco, quise ser amable y le dije:
—Te saludo, buen rabí...
Con un movimiento pausado
me indicó que me sentara a su lado en el banco.
—¿Por qué
me llamas bueno? — preguntó
—. Solo el
Todopoderoso es bueno...
Su pregunta podía tener un
solo significado ¿Me crees alguien próximo
al Altísimo, o
bien, como declaran
mis adversarios, consideras que
soy un instrumento de Satanás? Vacilé. En realidad,
¿qué sé yo de él? Pero
comprendí que si no le mostraba respeto no podría obtener nada para Rut.
Además, aunque su mirada no sea
severa, cuesta decirle a la
cara: eres un siervo de Belial... Así pues, le
dije:
—Confío, rabí, que vienes
de su parte. Nadie sin la ayuda divina podría hacer los milagros que tú has
hecho.
Me senté en el banco y
esperé a ver qué decía. Continuaba con los ojos fijos en mí. Aseguraría que
sabía para qué había ido a verle. Contestó pausadamente.
—Confías... Has de saber
que quien desee ver el Reino tendrá que nacer de nuevo... Completamente de
nuevo...
Concentré mis pensamientos.
Este hombre habla de sí mismo y de este Reino como si los dos fueran la misma
cosa. No como si él fuera el que lo anuncia o el que nos guía hacia el Reino,
sino como si él mismo fuera este Reino. Pero este Reino que no existe, puesto
que no lo podemos ver, ¿qué es? ¿Hay que volver a nacer? Esto me pareció
absurdo. ¿Qué significa nacer de nuevo? ¿Tendrán los hombres que morir y volver
luego otra vez al mundo? ¿O es que al llegar a viejos se volverán niños y
entrarán de nuevo en el vientre de
su madre? Hice esta última
observación en voz alta, quizás incluso con cierto desdén. El nimbo del profeta
había disminuido a mis ojos. Con él siempre ocurre así: a veces sus palabras
son irresistibles, arrebatadoras, pero luego, de pronto, comienza a alejarse y
entonces todo parece falso. Permíteme que te repita mi descubrimiento: él quizá
podría ser un tirano, pero no quiere serlo...
Así que
hube hecho aquella
observación, mis palabras
me sonaron a falsas, como si chirriaran. Pareció no darles ninguna
importancia y continuó hablando con voz grave.
—Todo aquel que no nazca
del agua y del Espíritu no entrará en el Reino. La carne nace de la carne y es
carne. Tienes razón: el viejo no volverá al seno de su madre. Pero del espíritu
también se nace y se nacerá eternamente. No te extrañes al oírme decir hay que
nacer de nuevo ¿Oyes este viento?
Tendió en dirección a la
celosía una mano blanca y expresiva en la que se veían todavía las huellas de
un duro trabajo.
—Oyes su rumor, pero no lo
ves. No sabes de dónde viene ni adónde va, pero conoces al que tiene en su mano
los vientos y les manda soplar... Igual
ocurre con lo
que nace del
Espíritu: ya ha nacido, pero tú aún no lo has visto...
— ¿Cómo? — exclamé —. ¿Cómo ha nacido?
— ¿No lo sabes —
me preguntó con
una bondadosa ironía —, tú que
eres maestro, tú que conoces las Escrituras, explicas halakás y creas
hagadás...?
Su voz se volvió grave al
añadir:
—Sabed que os digo lo que
sé y os doy testimonio de lo que he visto. Pero vosotros no me creéis.
¿Encontraré algún día fe en la tierra?
Ahora me pareció como si en
sus palabras hubiera dolor y decepción. Dejó caer la mano que había levantado
al hablar, y su rostro, con el labio inferior caído, tomó una expresión de
triste ruego. Por un instante me pareció ver ante mí a un mendigo en acto de
mostrar a los transeúntes toda su miseria. Lo que había dicho iba dirigido a
mí. Pero al mismo tiempo hablaba a la oscuridad, a la ciudad invisible tras las
paredes de la habitación, al mundo entero:
—Os hablo de cosas
terrenales y no me creéis. ¿Cómo vais a creerme cuando os hable sobre cosas del
Cielo? Sólo Aquel que ha
descendido de los cielos
conoce el camino para llegar allí: el Hijo del
Hombre.
Sentí un escalofrío en la
espalda. ¡Este abismo detrás de cada palabra! No se dirigía a mí, ni siquiera
me miraba. Tenía los ojos fijos en el espacio. Su voz, sonora, pausada,
aumentaba en potencia a cada palabra. Aquello era como una llamada formulada a
alguien invisible, como el final de una disputa incomprensible. Aventuré una
tímida mirada a su rostro. Seguía sin comprender de qué me estaba hablando y no
sé si hay alguien que pudiera comprenderlo: su pensamiento supera a las
palabras... Habla como un sabio o como un perturbado... ¿Volver a nacer? ¿Cómo?
¿Quiere esto decir que hay que conocer algo? ¿Entenderlo? ¿Descubrirlo? ¿De qué
está hablando? Sólo una cosa vi clara y es lo necia que había sido mi
observación sobre aquel viejo que debía volverse niño. Él debe referirse a
algún elevado misterio del Espíritu. ¿Pertenece acaso a la secta de los esenios
o a la de los sadokitas? ¿Le habrá sido revelado algún conjuro que nos
descubrirá un gran misterio?
El galileo siguió:
—Primero tendrá que ser
levantado en alto como la serpiente de bronce que Moisés colgó de un palo en la
falda del monte Hor. Entonces, quien lo mire y crea no morirá. Habrá nacido
para toda la eternidad. El Altísimo
ama tanto al
género humano que
le ha mandado, a su Hijo
unigénito. No lo ha mandado para juzgarlo, sino para que dé testimonio de amor
y misericordia. No para que acuse y castigue, sino para que socorra y perdone.
Quien se aparte de Él se perderá a sí mismo. Quien venga a Él encontrará la
salvación...
No sé cuánto rato estuvo
hablando. Perdí la noción del tiempo. No le contestaba, sólo escuchaba sus
palabras en silencio. Acabé por no entender nada. Pero nació en mí la firme
convicción de que el misterio que él me anunciaba debía ser un misterio grandísimo,
el más grande de todos. Continuaba sin comprender en qué consistía, pero
presentía su valor. Los milagros y el reino; por fuerza hay una relación entre
ellos. El reino llega junto con los milagros y el más grande de todas ellos,
aunque invisible, es la bondad... Pero no sólo la bondad si no entendí mal, la
palabra bondad: no expresa ni siquiera en parte el verdadero sentido de esta
virtud del Altísimo. Puesto que el Todopoderoso ha de ser bueno, debe ser el
mejor. Se puede ser absolutamente justo, pero, ¿qué significa ser absolutamente
bueno? La justicia tiene un límite; la bondad, no. Hay sólo una justicia
verdadera. El mundo de la caridad es infinito...
Mi banco temblaba y me
parecía como si el techo de barro se me cayera
encima. El mundo
se dividía en
dos mitades. Esta conversación lo dividía todo. Antes de
ella yo era un hombre perfectamente equilibrado, poseía unos sólidos puntos de
vista sobre la vida y estaba ajeno a toda duda. ¡Ahora ya no estoy seguro de
nada! Me siento invadido por una extraña inquietud. Todo se ha desmoronado a mi
alrededor. Dicen que los moribundos sienten algo por el estilo; les parece que
no son ellos los que abandonan el mundo, sino que es el mundo el que se cae de
sus hombros y se deshace como un manto viejo roído por la polilla...
Cuando se levantó del banco
tuve un sobresalto. Con paso precipitado
se dirigió hacia
la ventana, apartó
el madero que la
cerraba y empujó
la celosía, que
se abrió con
ruido. Una tenue claridad penetró en la habitación,
junto con un último soplo de aire, y apagó antes que éste la mortecina llama de
la lamparita.
—La luz ha descendido sobre
el mundo — dijo. Al principio pensé que se refería a que acababa de amanecer.
Mas él siguió con sus pensamientos: — Pero los hombres —añadió — temen la luz y
prefieren las tinieblas que encubren sus malas acciones. La luz las llama, pero
ellos le vuelven la espalda. El sol las busca, pero ellos prefieren la
sombra...
Alzó las manos, las mantuvo
un rato a la altura del rostro y las apoyó por fin en el marco de la ventana. A
través de ella se veía brillar a los rayos del sol la blanca y verde pared del
Ophel. La sombra del hombre con sus brazos abiertos parecía el cruce de dos
direcciones. De lo alto,
desde el Templo,
llegaba el sonido
metálico de las trompetas de plata que tocaban los
levitas saludando el amanecer.
No se movió. Continuó de
pie como un fiel que rezara el shema,
de cara al Templo. Terminó
en voz baja:
—El día tiene sólo doce
horas...; luego... — Otra vez aparecía una nota dolorosa en su voz —. Luego...
en lo alto... en lo
alto..., para que todos...
Poco después me marché. No
le hablé de Rut. No
Al llegar a casa me
arrepentí de no haberlo hecho. Aquí pierde sentido todo lo que no sea esta
enfermedad. Es como una espina clavada en el pie, que primero sólo molesta y
luego se hace insoportable. Había desperdiciado la ocasión... ¿Qué había sacado
de aquella conversación? Había estado escuchando unas palabras in-
comprensibles, quizás absurdas, y me había enterado de que debía
nacer otra vez... ¡Esto es
todo! ¿Qué relación hay entre este incomprensible consejo y la salud de Rut?
Acabo esta carta mirando su rostro espantosamente pálido. ¡Oh, Justo! ¿Por qué
me ocurre esto? Sin duda alguna soy una persona que podría proclamar la gloria
del Eterno mejor y durante más tiempo que muchos. Otros no le quieren servir,
mas yo le sirvo con toda mi existencia; no hay en ella nada que no sea la
expresión de una forma de servirle. En lugar de reconocer esto, Él me ha
mandado esta enfermedad que me está destrozando lentamente, día tras día. En
lugar de castigar a sus enemigos, castiga a sus más devotos servidores. Aquel
milagro de bondad de que me hablaba el galileo,
¿no parece, visto así, una broma dolorosa? ¡Oh. Justo! ¡Aquella
conversación no me ayudó en nada! Incluso me parece como si después de ella mi
desespero fuera aún mayor. Precisamente después de todo lo que él dijo. Antes
me hubiese sido posible reconciliarme con el mundo. ¡Ahora, no! ¡No! ¡No!
CARTA IV
Querido Justo:
En mi casa todo sigue
igual.
El profeta se marchó,
volvió a Galilea. No le he visto más desde aquella entrevista en una callejuela
del Ophel. Sé que aún se quedó un tiempo en Judea, hasta que ocurrió la noticia
de que Juan había sido encarcelado. Antipas, instigado por Herodías, esperó a
que Juan emprendiera otra vez el camino de Tiberíades al Jordán y mandó tras él
a sus soldados, que lo alcanzaron y prendieron. Lo encerraron en Maqueronte,
una antigua fortaleza situada en las montañas del Moab, fronteriza con la
tierra de los nabateos. En cierta ocasión Aristóbulo se defendió allí
contra los romanos.
Luego, en el
mismo sitio donde estaba antes el castillo destruido por
Gabinio, Herodes hizo construir otro enorme y de mal gusto, como todo lo suyo.
La sombra de Nebo se extiende sobre sus muros. Estuve allí una vez. Según
parece, es imposible apoderarse de aquel fuerte, a no ser por traición. Está
construido sobre una roca que cae perpendicularmente sobre el mar, formando una
pared elevadísima y vertical. Da vértigo asomarse a aquellos muros, más aún que
cuando se llega a la esquina del pórtico de Salomón. Por los otros lados rodean
el castillo profundos desfiladeros cubiertos de salvaje y exuberante
vegetación, así como gran profusión de manantiales de agua caliente que exhalan
un olor nauseabundo. Todo aquel paraje está como transido de terror. Seguro que
por entre todas aquellas rocas pueden encontrarse huellas de garras diabólicas.
Me imagino la infinidad de espíritus impuros que deben agolparse ahora en torno
al profeta encerrado en su mazmorra. Les gustan los seres ingenuos y soñadores
como él. Penetran en el corazón humano a través de unos labios soñadores, y una
vez dentro, ya no hay remedio. No sirven para ahuyentarlos ni la «raíz de
Salomón» ni el encantamiento más eficaz. Tan pronto se supo que Juan había sido
encarcelado en Maqueronte, Jesús desapareció de Judea. Hizo bien. Cuando un
profeta es eliminado, los otros no tardan
en seguir su misma suerte.
El ejemplo es contagioso en cuanto Juan fue encarcelado, los saduceos
comenzaron a decir que lo mejor sería encarcelar también al profeta de Nazaret.
Nosotros, en el Gran Consejo, le consideramos con cierta condescendencia. Hasta
ahora no nos ha molestado demasiado y, en cambio, puede aún sernos útil: de sus
ataques contra los saduceos tampoco tenemos por qué quejarnos...
Así pues, el profeta ha
vuelto a su Galilea. Ha vuelto y continúa obrando milagros. Pienso en esto sin
cesar y escucho ávidamente todas las noticias que me dan los que vienen de
allá. La salud de Rut no ha experimentado la más ligera mejoría. El carro sigue
pre- cipitándose cuesta abajo. No puedo pensarlo, ni mirarlo, ni comentarlo por
escrito y tampoco, ni por un instante, apartar de ello mi atención. Ahora todas
las demás cuestiones son para mí solamente como un juego de sombras. Parecen
importantes y, no obstante, ¡qué poca profundidad tienen! Fallan por la base.
Sólo la enfermedad es realmente
importante y se
la advierte en
el fondo de
toda otra cuestión, como el poso
en una vasija. Vivo, como, bebo, duermo, hablo con la gente, le sonrío, me sumo
en profundos razonamientos, pero todo esto es inconsistente como el sueño. Todo
es un sueño, excepto esta enfermedad. O, mejor dicho, también ésta lo es,
porque ni en sueños logro librarme de ella. No sé cuándo me halla más indefenso
si al martirizarme mientras duermo o cuando llega a pleno sol y en plena
conciencia, implacable, como una espada sobre mi cabeza.
La enfermedad se infiltra
muy adentro, quizás hasta la misma alma del hombre. Los médicos quieren sacarla
de allí y le tienden redes. Pero no se deja atrapar. Se escabulle victoriosa de
entre todas las trampas. Raramente
se ensaña en
los cuerpos débiles, miserables. Si los ataca, es sólo
para darles un desdeñoso golpe de gracia. Su verdadero botín es el cuerpo
joven, hermoso, floreciente. Convertir el tierno bracito de un niño en un hueso
purulento en los codos y cubierto con colgajos de piel escamosa, he aquí su
mayor triunfo.
El doctor Sabatai dice que
las enfermedades son el vaho del infierno que los demonios esparcen por el
mundo. Quizás está en lo cierto. Pero yo a veces pienso que todo ha sido creado
por el eterno Adonai y, por tanto, todo lleva su señal. Las enfermedades
también fueron creadas durante aquellos seis días. Satanás no puede hacer nada
de la nada. Sólo procura estropear la obra del Altísimo...
Pero el profeta de Nazaret
vence a las enfermedades. Lo hace con una asombrosa naturalidad, casi como sin
darse cuenta. Ignoro hasta qué punto es verdad todo lo que la gente dice de él,
pero voy a relatarte tres milagros suyos que me han contado recientemente.
Apenas llegado a Judea — ¡imagínate! —, atravesó Samaria y, por el camino, se
paró en Sicar, donde se quedó varios días hablando con los samaritanos. Apenas
llegado a Judea, digo, se fue a Caná, donde anteriormente había hecho aquel
milagro un poco absurdo de cambiar el agua en vino. Allí salió a su encuentro
un hombre de la corte de Antipas, medio griego y medio árabe, persona no muy
honrada, según dicen. Quiso que el profeta bajara a Cafarnaúm para curar a su
hijo atacado de unas fiebres maligna. Para encontrar apoyo entre la
multitud repartió unos
cuantos ases y
ordenó que todos
gritasen
«¡Ayúdale, rabí! ¡Es un
buen hombre! ¡Ayúdale! ¡Cúrale a su hijo!» Cuando Jesús entró en la ciudad,
comenzaron todos a vociferar: «
¡Ayúdale! ¡Ayúdale! » Él se
paró y miró a la multitud. Frunció las cejas.
Como aquel que trae un
tesoro y la gente sólo le pide unas monedas, dijo: «Siempre exigís señales y
milagros. ¿Sois incapaces de creer sin ellos?« Las gentes se callaron y
quedaron con la boca abierta. Si al menos les hubiera dicho: « ¿Por qué llamáis
buen hombre a este desaprensivo?», o bien: Gritáis así porque os ha dado
dinero; callad, es un pagano...» ¡Pero no! Les reprendió porque pedían
milagros. Como si no supiera que le siguen sólo por esto. Entonces se acercó el
padre del muchacho y comenzó a suplicarle: «Ven, Señor; cura a mi hijo. Baja
aprisa porque se está muriendo. El camino de bajada no es difícil. Te dejaré a
la vuelta un asno para que no te canses subiendo. Ven, Señor...» El maestro le
interrumpió: «Vuelve a tu casa, tu hijo vive», y emprendió de nuevo el camino,
seguido por la multitud. El otro quedó anonadado. Seguía al nazareno, balbucía
algo, le tiraba de las ropas. Luego, se paró, se rascó la cabeza, llamó a los
suyos y se fue a casa. Al día siguiente volvió a Caná. Su hijo había sanado en
el preciso momento en
que Jesús había
dicho: «tu hijo
vive».
¿Comprendes, Justo?
Lo curó diciendo
una sola palabra,
a la distancia de Caná a
Cafarnaúm. No pronunció ningún encantamiento, ni siquiera tocó al chico.
Simplemente dijo, como sin querer: «tu hijo vive»..., y al instante la fiebre
desapareció. Quién sabe si entonces, cuando estábamos en el Ophel, no hubiera
podido decir también,
«está curada», y Rut se
hubiese levantado. No hubiera sido necesario traerle a casa. Pero, ¿sabía yo
tener fe en él? Pasé por su lado en
vano.
Hizo luego otro milagro.
Fue en Acabara. Cuando pasaba por aquel pueblecito —- siempre va de un lado
para otro como si no pudiera quedarse fijo en un sitio (acaso lo hace porque
los soldados de Antipas le van pisando los talones) — salió a su encuentro un
leproso. ¡Un hombre con la cuttona descosida había entrado en la ciudad! ¿Qué
debía hacerse ante semejante violación de la Ley? Esto sólo podía ocurrir en
Galilea. En casos así, la Ley ordena reunir a un grupo de gente que a pedradas
haga volver al impuro al desierto. Pero él se acercó al hombre del rostro
vendado como si no lo viera. El desgraciado comenzó a gritar: « ¡Rabí, cúrame!
¡Rabí, límpiame! He pecado, pero ahora hace ya mucho tiempo que sufro. ¡Cúrame!
Si tú quieres puedes hacerlo...» Primero parecía como si no le oyera, pero
después de las últimas palabras se paró. Le dirigió una mirada escrutadora.
Alargó la mano, tocó al leproso y dijo: «Sí, lo quiero.» La blanquecina piel
de las manos
del impuro se
oscureció como si hubiera caído sobre ellas una sombra. El
hombre las levantó, y con un brusco tirón se arrancó la venda que le cubría el
rostro. Estaba como en fuego; las llagas se rellenaban de carne y las manchas
desaparecían como lavadas por unas manos invisible, « ¡Rabí! », exclamó, y cayó
de rodillas. No pudo decir más porque le ahogaban el llanto, la risa y los
gemidos. El profeta se inclinó sobre él y dijo: «Ve en paz. Coge dos gorriones,
un trozo de madera de cedro, un hilo carmesí y una ramita de hisopo. Ve con
esto a Kades y preséntate al sacerdote; que él confirme tu purificación. Luego
deposita tu ofrenda como lo manda la Torah. No peques más y no cuentes quién te
ha curado...»
De nuevo
esta especie de
indiferencia... Una sola
palabra,
«quiero», y hace
desaparecer la enfermedad más horrible que existe. Y a continuación: «no lo
cuentes». Como si quisiere decir: la cosa no
tiene importancia, no hay
de qué hablar. Pero, en tal caso, ¿qué hay
que tenga importancia? Si
curar enfermedades y padecimientos no es nada, ¿en qué se encierra el verdadero
sentido de sus actos? Ya te he dicho que las palabras de este hombre abren como
un precipicio. Suenan como palabras
humanas corrientes, pero,
una vez han sonado, ya no enmudecen. Al contrario,
aumentan de sonoridad. Se llenan de ecos. Igual que sus actos. Curó a un
hombre: esto basta; pero cuando se cura a muchos, este acto se asemeja a un
alud de piedras que comienza a precipitarse por la ladera de una montaña. Puede
él decir cien veces: «no lo cuentes», mas las piedras que bajan lo repiten sin
cesar.
Y ahora el tercer milagro.
Habiendo llegado a orillas del lago, a Cafarnaúm, que es su ciudad preferida
desde que lo expulsaron de Nazaret (¡luego te lo contaré!),el profeta se fue a
la sinagoga. Era sábado. Cuando el seliah terminó los salmos y se volvió hacia
los reunidos para designar al que debía leer a los profetas, el nazareno
levantó una mano. Con decidido ademán, subió al púlpito. El hasán le tendió el
rollo de los profetas. Estaba a punto de comenzar el primer versículo cuando
entre la multitud se dejó oír un grito salvaje. El que así gritaba era un
endemoniado. Hoy en día el demonio se ha apoderado de muchos fieles seguidores
de la Ley. Algunos experimentados soferim dicen que nunca se habían visto
tantos endemoniados. La gente se apartaba del hombre, que se agitaba, rasgaba
sus vestiduras y aullaba con la boca llena de espuma. «
¡Márchate! ¡Vete! — gritaba
—. ¿A qué has venido? ¡Vete! ¡Quieres nuestra perdición! Te conozco; sé quién
eres...
— ¡Cállate! — exclamó
Jesús.
Los ojos del poseído
quedaron inmóviles. De su boca salía un ronco estertor y abundante saliva
blanca. —¡Sal de él! — ordenó con voz sosegada. El hombre dio un alarido tan
espantoso que la gente, despavorida, comenzó a abandonar la sinagoga. Se
desplomó en el suelo, de cara al empedrado, con un ruido sordo. Lo sacudieron
unas fuertes convulsiones y, con los dedos crispados, arrancaba las baldosas de
piedra. Se retorcía, pero cada vez más despacio. Por fin todo su cuerpo se
distendió y quedó inmóvil. Parecía como si hubiera muerto. En la sinagoga
reinaba un silencio absoluto y todos estaban paralizados de miedo. Da pronto,
el hombre levantó pesadamente la cabeza. Se incorporó apoyándose en las manos y
fijó los ojos en el nazareno, que seguía de pie sobre el púlpito, con sus
escritos en la mano. «Oh, Señor!», murmuró con la voz de una persona que ha
pasado por una larga enfermedad. Se acercó a él a rastras. Sus labios
buscaron la mano
del profeta, mientras
la multitud prorrumpía
en gritos de asombro, admiración y entusiasmo.
¿Te das cuenta, Justo, del
poder que tiene la palabra de este hombre? Decir «quiero» y curar a una
persona, exclamar «sal» y derrotar al demonio, son muestras de un poderío que
hasta ahora desconocíamos. Si es verdad que toda enfermedad es un ataque del demonio,
estar poseído por él debe ser la peor de todas. Ya conoces las fantasías de
nuestros médicos que se imaginan poder encontrar al fin alguna hierba o
encantamiento que cure todos los males. El profeta
de Nazaret ha encontrado
algo por el estilo: sabe penetrar en el centro preciso de las cosas.
Pero, ¿acaso hay varias
clases de enfermedad? ¿Todas son un castigo? Últimamente leo mucho el libro de
Job. ¿Por los pecados de quién estaría padeciendo Rut? No por los suyos, esto
es seguro.
¿Será por los míos? El
Altísimo sabe que le sirvo con todas mis fuerzas y
que siempre he
procurado hacerlo. Seguramente
hay
personas mejores y más
piadosas que yo. Pero si yo, un fariseo, aún
no soy bastante puro, ¿cómo
debe ser un amhaares cualquiera o un pagano? ¿Por qué alguien debería pagar tan
duramente por mis descuidos, cuando los familiares de tantos pecadores gozan de
espléndida salud?
Las noticias de estos
milagros llegan a Jerusalén desde todas partes. ¿Sabes quién es el que me ha
contado más cosas? Ese Judas de Karioth que me guió a casa del profeta. Llegó a
Jerusalén hace poco. Se mete por todas partes y tantea el terreno. Quizá lo
envía el mismo Jesús para que trate de averiguar la opinión que tienen de él
los hombres del Templo; o quizás el mismo Judas no está del todo seguro de si
continuar al lado del maestro o volver a Bezetha. Es un hombrecillo curioso.
Tiene la enfermedad del dinero. No sé qué sería de él si repentinamente se
convirtiera en dueño de un gran tesoro. Seguramente esto le costaría la vida.
Bastan unos denarios para producirle fiebre. Sólo al verlos le salen en las
mejillas unas manchas rojizas y los ojos le brillan extrañamente. Judas odia a
aquellos pescadores galileos que siguen también al profeta. Considera que todos
son unos imbéciles. Pero ante el maestro siente un temor mezclado de
admiración. Ya te dije que este pequeño tendero es bastante listo. Me confesó
en cierta ocasión que, según él, el poder de Jesús es mayor que su habilidad
para servirse del mismo. Cree que con un poder como el suyo podría hacerse algo
mejor que enseñar a los toscos campesinos galileos la manera de amarse los unos
a los otros. Pero no creo que Judas sepa lo que el profeta debería hacer. O
quizá sí lo sabe, pero no quiere descubrirme todos sus pensamientos. Creo que
hay en su corazón todo un mar de odios. Siendo así, nunca comprenderé por qué
ha querido seguir al profeta de las palabras y los actos misericordiosos. Creo
que lo único que le satisfaría sería desviar el poder del maestro hacia el
camino de la venganza. Odia a los comerciantes que han contribuido a la ruina
de su tienda, odia a los saduceos y a los levitas que le han aplastado con su
oro, odia a la gente acaudalada, a la gente rica, a la gente feliz. Pero al
mismo
tiempo odia a los
miserables como él. No hay que dejarse engañar por su humildad; es sólo un modo
de actuar que desechará a la primera ocasión propicia. Su propio orgullo herido
se rebela contra todo. Es curioso, pero a veces tengo la impresión de que este
tendero, echado de su rincón de Bezetha por los competidores, lleva en su
interior unos anhelos que sobrepasan con mucho a su pequeño cuerpo.
Fue Judas quien me contó la
expulsión de Jesús de Nazaret. Nazaret tiene fama de ser un pueblo de
aventureros, desaprensivos y estafadores. Cuesta imaginar que este hombre, sin
duda alguna virtuoso y digno, haya pasado allá toda su infancia y juventud. Quizá
si hubiese vivido entre gente distinta hubiéranse manifestado antes sus
asombrosas cualidades. Pero en Nazaret le descubrieron cuando ya se hablaba de
él en toda Judea y Galilea. Volvió a su ciudad y ésta lo recibió con muestras
de incredulidad. A nadie le gusta reconocer que no ha sabido ver lo que todos
han visto. Los nazarenos se reunieron en la sinagoga y sus rostros expresaban
mil dudas. Sólo en una cosa estaban de acuerdo: No sería poco lo que les
tendría que mostrar este naggar, cuyos hermanos y hermanas estaban allá, entre
ellos, y cuya madre se había colocado entre las mujeres, al otro lado de la
reja. Llevaron a las puertas de la sinagoga unos cuantos enfermos. La gente,
apretujada a la entrada, esperaba la llegada del profeta. Compareció éste al
fin rodeado de sus discípulos. Pasó entre los enfermos como
si no los
viera. No curó
a nadie... Entró
en la sinagoga. Cuando llegó el
momento de leer a los profetas se levantó del banco y subió al púlpito. Te
estoy contando lo que me dijo Judas, pero me parece como si yo mismo estuviera
viéndole desenrollar las tiras de pergamino y leer los versículos con su voz
fuerte y sonora, tan llena de inflexiones. Le tocó leer a Isaías. Por su
colorido y vivacidad, las profecías del hijo de Amós deben gustarle más que
cualquiera otra. Comenzó a leer:
—«El Espíritu del Señor
está sobre mí por esto me ungió, para que proclame la buena nueva a los pobres,
lleve la salud a los necesitados, la libertad a los presos, abra los ojos a los
ciegos, haga descender la gracia sobre los que sufren y anuncie a todos el año
de la remisión y de la misericordia...»
Interrumpió la lectura y
sus grandes ojos, oscuros como un mar tempestuoso, apartaron la mirada de los
pliegos para posarla sobre la gente. ¡Cuán fácil resulta reconstruir los
movimientos de este hombre aunque no se le haya visto más que una vez! Cuando dijo,
con aquella fuerza que hace estremecer el corazón: « ¡He aquí que hoy se ha
cumplido esta Escritura
ante vuestros ojos! », debió producirse en la sinagoga el más profundo de los
silencios. La gente le miraba con los ojos muy abiertos. Ahora, pensaban,
ocurrirán los milagros que todos esperamos
y el profeta
mostrará su poder
como nunca hasta entonces. Le escuchaban conteniendo la
respiración. Mas él continuó hablándoles con creciente violencia.
—¡Ciegos! exclamaba—.
¡Ciegos y sordos!
Se acerca la primavera y vosotros no salís con la
simiente al campo; se acercan las lluvias y vosotros no recogéis las espigas
maduras. ¡Ciegos! Queréis señales y no veis las señales. Queréis milagros y no
os habéis dado cuenta del milagro. ¡He aquí las palabras que escucháis desde
hace siglos! ¿Qué hacen vuestros pobres? ¿Es que no lloran de hambre y frío? Y
vuestros presos, ¿acaso no sufren atados a sus cadenas? ¿Y los pecadores? Pecan
más por ignorancia que por maldad. ¿Y el año de la remisión? ¿Dónde está el
grano dejado en el campo para el pobre? ¿Dónde está el santo descanso? Sus
palabras salían veloces, una tras otra. Los nazarenos le escuchaban con cierta
humildad. Incluso movían sus cabezas como reconociendo la belleza de su
lenguaje. Aquí y allá alguien comentaba: «Mira, mira, cómo habla. Es increíble
que pueda ser el mismo naggar que durante tantos años hemos visto pulir madera
en su taller...» Seguían esperando los milagros
que vendrían después
de las palabras.
Pero cuando exclamó: « ¡Ciegos!
Esperáis la señal y la señal ya hace tiempo que os ha sido dada», se removieron
impacientes en sus bancos. ¿Cómo?
¿No les quiere mostrar un
milagro? Sintieron que ya estaban hartos de escuchar. ¡No faltaba más! También
querían ver algo. Uno de ellos interrumpió al profeta gritando:
—¡Basta ya de palabras!
¡Haz un milagro! Se oyeron otras voces:
—¡Haz un milagro! ¡Un
milagro! ¡Haz un milagro! ¿Oyes? ¡Ya has hablado bastante!
Los miraba fríamente...
Digo mal. Él nunca mira con frialdad; pero cuando la gente le pide con
insistencia algo que él no quiere o no puede otorgar, entonces su mirada se
vuelve vidriosa e inmóvil, como la de una persona que intenta contener las
lágrimas. Los miraba sosteniendo en las manos las quejas de Isaías. Ahora todos
comenzaron a chillar a la vez: « ¡Haz un milagro! ¡Basta ya de palabras! ¡Haz
un milagro! »
¿Acaso sus hermanos
gritaban también? Él continuaba de pie frente a toda aquella multitud
vociferante. Si conoce a las personas
debe saber que en semejante
situación es siempre el histrión el que ha de ceder. Aquí entraba en juego el
honor de Nazaret. Hubiera podido obrar un milagro y luego reprocharles de nuevo
sus mentiras, su vileza, su falta de corazón. Le hubieran escuchado sumisos.
Pero él les dijo todo lo que pensaba de ellos y luego no quiso hacer el
milagro. ¿Acaso no podía? Cuando cura, añade a veces: «Tu fe te ha curado.»
Quizá para que el bien descienda sobre un hombre es necesario que haya una
especial aceptación de este don por parte del que lo recibe; pero si no la hay,
¿puede el bien convertirse simplemente en un mal? Pero él continuaba impasible.
Comenzaron a patear y vociferar:
—¡Un milagro! ¡Un milagro!
¡Queremos un milagro!
Él seguía callado, pero no
bajaba del púlpito. Permitió que alborotaran durante largo rato, hasta que al
fin levantó la mano para indicar que quería hablar. Al instante se hizo el
silencio. Estaban seguros de su victoria. Esperaban que les preguntase con una
sonrisa conciliadora ¿Qué queréis, pues, que os haga?» Cada uno tenía
preparadas mil peticiones. Le pedirían que cada nazareno, al salir, encontrase
un cofre lleno de oro, que los campos de Nazaret comenzaran a producir cosechas
diez veces más abundantes, que la fuente para la que hay qui ir hasta la falda
de la montaña, manase en lo alto de la roca, que el ganado naciera más gordo y
no enfermase nunca...
Pero él dijo:
—Me pedís un milagro.
Exclamáis Has curado extranjeros: enseña ahora cómo curas a los tuyos. Nos han
llegado noticias tuyas desde Cafarnaúm, desde Cana. No queremos ser menos que
ellos. Haz aquí algo muy grande, más grande que en ningún otro lugar. Es esto
lo que queréis, ¿verdad? Pero yo os digo: los mayores enemigos de un profeta
son su patria, su casa y su familia. Recordad que en aquellos días de hambre el
cuidado del profeta. Elías no le fue confiado a ninguna viuda israelita, sino a
una fenicia de Sarepta. Y Eliseo mandó que se lavara siete veces en el Jordán,
no los leprosos de Israel, sino un caudillo sirio...
Hasta a mí me parece oír el
alboroto que se debió producir en la sinagoga después de aquellas palabras. Les
había herido en lo vivo. La turba entera osciló como un bosque sacudido de
pronto por una ráfaga de viento y se abalanzó sobre él. Dicen que cada nazareno
lleva en su interior a un asesino. El profeta debía pagar dolorosamente
sus insolentes palabras.
Centenares de manos le agarraron. Le sacaron
arrastrándole de la
sinagoga y de
la ciudad, aullando, silbando y vociferando. Detrás de
las últimas casas de Nazaret se abre un hondo precipicio. Llevaron allí al
profeta. Si le hubieran despe- ñado se hubiera roto los brazos y las piernas, e
incluso hubiera podido matarse. Pero él, que hasta allí se había dejado
arrastrar sin resistencia alguna, sacudió los brazos con fuerza y sus
perseguidores cayeron como las hojas de otoño cuando se sacude el tronco del
árbol. No tuvo que luchar con ellos. Bastó una sombra de resistencia para que
la enfurecida pero cobarde turba diera un paso atrás. Un ser que obra milagros
puede ser peligroso, y ellos estaban firmemente convencidos de que no había
obrado ningún milagro sólo porque no había querido hacerlo y no porque no
pudiera. Pasó entre ellos como si atravesara un agua turbia y se fue. Nadie
intentó detenerle. Se quedaron inmóviles, con los dedos torcidos como garras y
los labios entreabiertos a punto de dar un grito. Antes de alejarse, se volvió
para mirarlos. Tenía esa mirada que yo llamo «fría». Quizá también había en
ella extrañeza. Dejó de mirarles y se alejó sin prisa, solo. (Sus
discípulos se habían
dispersado entre las
matas.) Sus anchas espaldas estaban encorvadas como si
cargaran con un gran peso. De nuevo se volvió. Desde lo alto veía toda Nazaret,
esparcida sobre la ladera como huesos entre la hierba. Allí había pasado los
años en que no era nadie. Hoy, cuando otras ciudades le abren sus puertas, su
ciudad natal le repudia, le rechaza. Debía despreciarlos. Pero él, en vez de
enojarse, se enterneció. Se cubrió el rostro con las manos y un temblor sacudió
sus hombros. Estaba llorando, ¿te imaginas? ¿Qué le daba tanta
tristeza? ¿El fin
de su existencia
gris entre gente miserable? Judas dice que estuvo largo
rato llorando.
Se le ha visto llorar más
de una vez. Él, que tiene tanto poder, llora viendo cómo los otros sufren y
lloran. Es como si hubiera en él dos personas: una sabe que puede curar, pero
no se da ninguna prisa para hacerlo; la otra parece robarle a la primera el
poder de obrar milagros para hacer algo en contra del sentido común... Porque,
sin duda alguna, parece mucho más sensato no curar y no mostrarse poseedor de
un poder sobrehumano...
Jesús no
curó a ningún
enfermo de Nazaret,
aunque todos estaban seguros de
que precisamente entre ellos obraría sus mayores milagros. En otras partes no
se lo pidieron y el había curado: allí lo esperaban, pero él, indiferente, pasó
de largo. O quizás indiferente no. Habrás notado que más de una vez corrijo mis
expresiones. Pero es
que, si bien nuestro juicio
sobre las otras personas resulta a menudo demasiado simple, siempre
simplificamos en exceso nuestro juicio sobre
él. En lugar
de decir «pasó
indiferente», debí haber
dicho:
«pasó simulando
indiferencia». Pero la palabra «simular» tampoco es adecuada. El nunca simula
nada: se deja llevar por sus sentimientos
como nadie y a la vez
siempre sabe dominarse como nadie. Es un
hombre como todos nosotros:
necesita comer, beber, dormir, amar, sufrir. No hay flaqueza humana que el no
posea. Pero son sólo flaquezas.
¿No crees tú,
Justo, que confundimos
demasiado fácilmente flaqueza con pecado? Imaginamos que la virtud
significa ausencia de flaqueza. Por otro lado, entre la flaqueza humana y el
pecado existe una frontera parecida a la que separa la enfermedad de la muerte.
No toda enfermedad termina en la muerte, no todo enfermo está condenado a
morir. Hay un momento en el que sobreviene la crisis. Este momento es el más
importante. La virtud no siempre está lejos de este punto. A veces se la
encuentra al borde mismo. Precisamente allá donde más le cuesta aparecer.
Así pues, ya no está aquí
el profeta de Nazaret. Recorre Galilea, cura, ahuyenta a los demonios y predica
sus enseñanzas, que sólo hablan de amor y perdón. Yo me he quedado con mi Rut
enferma y con mi inquietud, nacida de la idea de que él hubiera podido
salvarla, mas yo no se lo pedí. Ni yo mismo sé por qué ha ocurrido así...
¿Y si fuera a buscarle?
Desde hace unos días me
persigue la idea de que podría ir a su encuentro en Galilea y pedirle ayuda.
¿Crees que podría negármela? Es absurdo que pueda pensar siquiera en la
posibilidad de una negativa considerando quién es él y quién soy yo. Ayer
comuniqué este proyecto a Judas y él me animó mucho a que lo realizara. No sé
qué espera ganar con ello, pero se ha vuelto en extremo solícito.
Pero, ¿y si voy y él no
quiere hacer nada por mí? El carro sigue precipitándose a una velocidad
vertiginosa. ¡No, él no puede negármelo! Hace tantas cosas para los otros... Lo
hace siempre igual, como si no le costara el menor esfuerzo. ¡Que salve a Rut!
Si lo hace...
A decir verdad, ¿por qué
cura? No es un médico que vea en ello su misión. Cura como a pesar suyo. Como
si diera una señal. ¿Qué señal? ¡Qué importa qué señal sea ésa! ¡Que cure a mi
Rut! ¡Que la cure! ¡Toda mi vida depende de esta curación!
CARTA V
Querido Justo:
Te estoy escribiendo en
casa del ilustre Heleg, hijo de Aram, fariseo de Cafarnaúm. He realizado mis
planes y he venido a Galilea. Estoy contemplando el lago, sentado ante la casa
de mi huésped, a la sombra de un sicómoro que extiende sobre mi cabeza sus
múltiples brazos.
El sol baja como un
torrente de resina caliente por las inclinadas laderas de las montañas, que
llegan hasta el borde mismo del agua, y luego resbala por su superficie hacia
la otra orilla, y que emerge suave e irisada de mil colores, como una alfombra
tejida con infinitos hilos. El lugar es muy bello. En Judea, los días son fríos
todavía y el verdegris de los olivos apenas comienza a destacarse por entre las
paredes de las casas amarillentas después de las lluvias invernales. Aquí, en
cambio, el tiempo es delicioso ahora: todavía baja un airecillo fresco de las
cumbres nevadas, mientras del mar se desprende un suave calor como de un fuego
que se estuviera consumiendo lentamente. Sobre su inmóvil superficie aparecen
manchas irisadas de mil colores cuando en ella se reflejan el cielo, alto y
azul, el dorado sol, las verdes montarlas, las casas blancas y las rocas color
naranja. Entre estas manchas pasan lentamente, como nubecillas, los triángulos
de las velas. Los pescadores vuelven de la pesca nocturna. Quizás él va en una
de esas barcas...
Estoy, pues, en Galilea.
Tal vez debí venir antes... Pero con esta enfermedad ocurre lo siguiente:
cuando la contemplas, te repele; querrías huir cuanto más lejos mejor, para no
verla. Pero a la vez algo te retiene al lado del enfermo, como si estuvieras
amarrado a su lecho. Una enfermedad es un continuo echarse a volar y caerse. Es
un infinito número de flujos que despiertan la esperanza y otros tantos
reflujos que quitan el valor y las ganas de luchar. De improviso, sin saber
cómo ni por qué, aparecen los síntomas que tantas veces produjeron una mejoría.
Rut sonríe, come, empieza a desear la vida...
Y otra vez, no se sabe cómo
ni por qué, llega, como una negra nube, el
empeoramiento. La veo
entonces acostada, desanimada, silenciosa, triste, apagada, y se
me caen los brazos de nuevo. ¡Oh, Adonai! Entonces querría huir a los confines
del mundo para no verlo.
¡Ojalá pudiera cerrar los
ojos y olvidarlo todo...! Pero, ¿de qué me sirve cerrar los ojos? Cuando eras
niño, también debía de darte miedo una blanca simlah colgada en un oscuro
rincón de la habitación. Entonces cerrabas los ojos y te cubrías la cabeza con
la manta. Ya no veías más al fantasma. Pera no podías dormirte porque sabías
que aquello continuaba allí... Lo mismo me ocurre con la enfermedad de Rut. A
menudo, muy a menudo, cierro los párpados. Entonces no veo sus tristes ojos y
el movimiento de desánimo de su delgada mano. Pero sé, sé, siempre sé que es
así precisamente como ella mira, que es así como mueve la mano, como
reprochándome mi impotencia...
Hasta ahora no he acudido a
él... Pero mira: presiento qué clase de médico es. Sé de muchos que han pedido
un precio elevado a cambio de unas sabias palabras que no iban a servir para
nada. No sé qué querrá darme. Pero sospecho que puede pedirme a cambio mu- cho
más que a los otros... Ya sólo por las primeras palabras que me dirigió... Pero
esto te lo contaré más adelante. Te voy a escribir por orden tal como ha
ocurrido todo durante estos últimos meses.
Pasaba el invierno y yo
seguía dudando: ¿ir a verle?, ¿no ir? Por fin cesaron las lluvias y llegaron
las fiestas. Supuse que vendría a Jerusalén y que, por lo tanta, no era
necesario ir a buscarle a Galilea. Y así fue. Pero su estancia fue tan corta
que me enteré de ella cuando ya se había marchado. Llegó con una multitud de
peregrinos galileos y se marchó con ellos. Aquí, en Judea, no es muy atrevido;
quizá teme la suerte de Juan. Confía en los suyos, pero prefiere evitar a la
gente del Templo. Así y todo, antes de marcharse hizo algo de lo que toda la
ciudad no cesa de hablar. ¡En verdad no comprendo qué clase de persona es! Hay
en él una mezcla de prudencia y atrevimientos, de sensatez y
cierta tendencia a
cometer locuras. Escúchame
bien. Sabes que en uno de nuestros estanques de las Ovejas, en Bezetha,
cada año, durante las fiestas, ocurre un milagro, el agua de pronto empieza a
hervir a borbotones y el primer enfermo que entonces logra entrar en ella queda
curado. ¿Me preguntas por qué no he llevado allí a Rut? Claro... Pero imagínate
la escena: los pórticos desbordantes de miseria y mendigos... No existe
enfermedad que no encuentres allí. Cada piedra está empapada de sudor, pus y
orina. Las moscas se te meten a enjambres en la boca, en la nariz, en los ojos.
Aquellos
pobres que yacen por allí
sólo aguardan el momento del milagro. Apenas el agua mueve un poco, todos se
lanzan y corren atropellándose unos a otros. Ninguno vacilaría en matar a quien
se le pusiera por delante. Soy de esa clase de personas que detesta llegar el
primero a base de dar empujones y estar acechando para ver a quién podría
ganarle la delantera. Y no es que me importe su desgracia. Quiero serte
sincero. Si pudiera comprar el acceso al agua no dudaría en hacerlo. Creo que
tengo más derecho a un milagro que muchos de los repugnantes pecadores que
yacen por allí. Pero luchar por un sitio, por la primacía... No sé hacerlo. De
modo que intento convencerme a mí mismo de que entre aquella plebe nunca
lograría llegar al agua el primero. Mientras tanto, la chusma rodearía a Rut y
podría contagiarle alguna porquería. ¿Sería posible evitar que se rozara con
algunos de esos enfermos cuya sola vista horroriza? Quien desea un milagro debe
exponerlo todo a una sola carta. Pero a mí no me gusta el azar. Esta clase de
decisiones no son para mí. Prefiero actuar lentamente, conservando la mesura y
el buen sentido.
Pues bien, Jesús fue al
estanque. Él siempre va allí donde hay la peor gentuza, la más sucia, la más
repugnante. Andaba entre gente jadeante
de dolor, impaciencia
y odio contra
todos aquellos que habían logrado ocupar un sitio mejor, más
cercano al agua. Se paró junto a un
hombre, enfermo desde
hace largo tiempo,
que lleva muchos años tratando
inútilmente de echarse al agua en el momento oportuno. Él hace esto a menudo:
se acerca a alguien que no le llama y le hace preguntas a las que no necesita
respuesta... Le preguntó:
¿Quieres sanar?» El
enfermo, como es natural, comenzó a contarle sus penas, entre gemido y gemido:
«Pues sí, claro está, ¿quién no lo
querría? Ya hace tantos
años que no me levanto... Pero, ¡qué le voy a
hacer! Nunca podré llegar
al agua... Mis piernas no me llevan. Siem- pre se me adelantan los otros...
¡Oh, la gente es muy mala!... Sí, sólo me queda morir. Si tú, rabí, quisieras
quedarte a mi lado para conducirme de prisa hacia el agua así que la vieras
moverse... Pero sé que no querrás... Es mi destino...» Estuvo hablando así
largo rato, como toda persona a quien se le ha incrustado una enfermedad en la
vida, oscureciéndole el mundo entero. Pero Jesús le interrumpió a secas, como
si le aburriesen aquellas quejas, diciéndole: «Coge tu lecho y vete...» ¡Y el
enfermo se levantó! Se puso de pie, echose el jergón a la espalda y se fue. Ni
dio las gracias al nazareno, que ya había desaparecido entre la multitud que se
había formado en seguida a su alrededor.
Pero, cuando atravesaba la
ciudad con su carga a cuestas, le pararon los fariseos y los soferim,
escandalizados. ¡Cómo! ¿No dicen muchas halakás que está prohibido llevar pesos
en día de fiesta? ¡Y era un sábado!
Comenzaron a reprenderle,
pero el hombre
se defendía diciendo que aquél que le había curado le había mandado
coger su lecho y marchar a casa con él. De nuevo me parece que este hombre
tiene más poder que sentido común. ¿Por qué le curó sin que él se lo hubiera
pedido y precisamente en sábado? ¿No pudo haber esperado hasta el día
siguiente? ¿Era aquél el que más había merecido su curación? Se crea enemigos
inútilmente. Incluso los nuestros comienzan a odiarle. Porque escandalizar así
a la gente es una muestra de insensatez. Estamos aquí para preservar la pureza,
y quien desobedece las leyes nos tiene por fuerza en contra de él. Nosotros,
los fariseos, cuidamos de que cada palabra y cada acto del pueblo sean
constructivos. Mientras que
él, haciendo cosas
en principio buenas, escandaliza por el modo como las hace. ¡Y si la
cosa terminase aquí...! Pero, al anochecer, aquel hombre encontró a Jesús en el
Templo y comenzó a gritar: « ¡Mirad, mirad, éste es el que me ha curado! Es un
grande y sabio profeta...» Al oírlo, la gente acudió y formó corro
en torno a
ellos. Fueron también
varios fariseos y hombres versados en las Escrituras. Uno de
ellos, Saúl del Hebrón, dijo al nazareno:
—Has hecho un acto
pecaminoso al curar a este hombre en sábado. Y todavía has aumentado tu pecado
ordenándole que cargara con su jergón en día de fiesta...
Fíjate ahora en lo que le
contestó. Si juntos se hubieran puesto a examinar halakás, quizá hubieran
encontrado alguna fórmula que explicara su comportamiento. Mas él, con voz
pausada pero tajante como una espada, dijo:
—Mi Padre obra así siempre,
y yo obro así...
Ahora comprenderás por qué
todos se indignaron. Ningún profeta osó llamar al Eterno padre suyo. Quizás
este hombre predica las enseñanzas del santísimo Adonai. Se lo reconocí así
aquella vez... Pero, ¡cuánto orgullo significa creerse más próximo al Altísimo
que todos los otros mortales! Alguien exclamó:
— ¡Has blasfemado!
Pareció como si no hubiera
oíd. Siguió exponiendo su idea
—El Hijo debe imitar al
Padre en todo. El Padre, por amor al Hijo, le muestra su modo de obrar. Por
esto veréis cosas mayores todavía,
para que os maravilléis...
Igual que el Padre resucita a los muertos, así el Hijo devolverá la vida a
quien Él quiera. El Padre dio al Hijo todo su poder, para que le adoréis como
al Padre. Quien no adora al Hijo, no adora al Padre que le envió... Por esto,
oídme — aquí su voz se hizo solemne como siempre que dice palabras oscuras cuyo
profundo significado es imposible descubrir —: quien crea en mi palabra creerá
en la palabra del Padre y alcanzará la vida cierna. Dentro de poco los muertos
también oirán al Hijo, a fin de que ellos también puedan vivir. El Padre vertió
todo su poder en el Hijo y le confió su juicio porque el Hijo es un hombre...
Por mí solo no puedo hacer nada. Cuando juzgo, juzgo por la voluntad de Aquel
que me ha enviado. Cuando doy testimonio de mí, no soy yo el que da testimonio,
sino que Él, mi Padre, es quien da testimonio de mí. Queríais que Juan os
dijera quién soy. Tengo un testigo mejor que Juan, aunque él era como una
antorcha de llama muy potente. Mis obras os dicen que es el Padre el que me
envía...
—¡Está blasfemando,
blasfema! — repetían todos. Si yo hubiera estado allá seguramente también
hubiese dicho: «está blasfemando».
¿Comprendes, Justo? Él se
cree el mayor de los profetas, alguien que no
ya con sus
palabras, sino con
su vida entera
representa al
Altísimo... Saúl del Hebrón
dijo:
—No hemos oído palabras
suyas que nos den testimonio de ti.
— ¿No las habéis oído?
Arqueó las cejas y su mirada se volvió desafiante y conciliadora a la vez.
Señalando los pliegos que los soferim sostenían en la mano, exclamó: Examinad
las Escrituras y encontraréis que os hablan de mí. Pero vosotros no buscáis porque
no tenéis amor a Dios... Vienen otros en nombre propio, buscando su propia
gloria, y a éstos sí les escucháis. Pero a mí, que he venido en nombre de mi Padre
y cuya gloria
sólo busco, no
me queréis escuchar. ¡Si al menos
creyerais a Moisés! Él escribió sobre mí y me anunció. ¡Pero ni a él creéis!
¿Cómo, pues, vais a creerme a mí?
Después de aquellas
palabras tan fuertes, cortantes, firmes e insolentes, estas últimas sonaron
como una nota dolorosa. « ¿Cómo, pues, vais a creerme a mí?» Nuestros haberim
se quedaron en silencio, atragantándose con su propio furor. Sólo les faltaron
estas palabras para acabar de odiarle. Luego oí cómo relataban este suceso en
el Gran Consejo; el odio salía de sus bocas a bocanadas, como el olor a ajo
recién masticado. Lo que más les había ofendido era la afirmación de que no
creen en Moisés. En cuanto a mí, no sé realmente qué pensar. Reconozco que
este hombre dice a
veces
cosas simplemente
indignantes. Tú, que eres tan sabio, sabes que hay dos clases de verdad. Hay
una exclusivamente para el entendimiento.
La admitimos o
la rechazamos, nos
dejamos convencer o creamos nuestra propia «antiverdad» para combatirla.
Pero cuando dejamos de pensar, cuando comemos o dormimos, sostenemos una
conversación corriente con los nuestros o amamos, entonces esta verdad nos es
en realidad indiferente. Pero hay otra que no basta aceptar con el
entendimiento. Debemos aceptarla con todo nuestro ser porque, mientras no lo
hacemos, sentimos que ella se rebela en nuestro interior y nos produce dolor.
¡Quién sabe si Él no predica precisa- mente esta clase de verdad y por esto sus
palabras me ocasionan, cada vez que las oigo, una conmoción tan fuerte! Cada
una de ellas me parece una petición. ¡Y qué petición! Yo no le odio...
¿Por qué iba a odiarle? A
veces, incluso pienso que sería muy bello si existiera una verdad tan absoluta
y que llenase tanto la vida como la
que predica. ¿Me
comprendes, Justo? Quizás ahora mis palabras te
indignan. Hubo un tiempo en
que pusiste todo tu esfuerzo en inculcar en mi alma la indiferencia del sabio
al que importa no la vida, sino la verdad. En cambio, este hombre, si sólo se
le pudiera llamar filósofo, parece predicar otra teoría. Dice que lo importante
es la vida, puesto que la verdad está en él... O algo por el estilo... De todos
modos, para él la verdad y la vida no son dos conceptos distintos. Para mí...,
pues,
¡no lo sé!
Por la mañana todos, en
la ciudad, hablaban de esta conversación. Discutían y buscaban a
Jesús. Pero él desapareció durante la noche y ya no ha vuelto a aparecer en
Jerusalén. Las fiestas terminaron y comprendí que esperaba en vano a que
volviera. Si deseo aprovechar su poder y su sabiduría para salvar a Rut, debo
ir en su busca. Rut presenta de nuevo muy mal aspecto; no come y tiene aquella
mirada tan desgarradoramente triste...
Me puse en camino. Seguí,
claro está, el curso del Jordán para no encontrarme con
los samaritanos. Al
fondo del ghor
hace ya muchísimo calor y casi se
pueden ver crecer los árboles y arbustos. Un agua turbia, cuyo caudal apenas ha
disminuido después de los desbordamientos de primavera, llena el cauce del río
hasta los bordes. Pasa por allí mucha gente; sobre todo peregrinos que vuelven
de las fiestas. Encontré a dos jóvenes que habían venido de Perea pasando por
el vado cerca de Bethabara. Anduvimos juntos y durante el descanso nocturno me
enteré de que eran discípulos de Juan y lle- vaban un mensaje de su parte para
Jesús. Eso despertó mi curiosidad
e intenté averiguar en qué
consistía el mensaje. No quisieron decírmelo,
pero, en cambio,
me contaron muchas
cosas de su maestro. ¡Pobre Juan! Mientras seguí el
curso del Jordán le tuve constantemente ante mis ojos tal como le había visto
hace un año.
¡Pobre Juan! Continúa en
las mazmorras de Maqueronte. El, que durante años enteros no supo qué es una
casa que protege del sol y la lluvia, está ahora encerrado en una estrecha
celda mal ventilada.
¡Qué negros pensamientos
deben de llenar su mente! Ya entonces vivía en un mundo irreal formado por
visiones perturbadoras. Juan es
un cantor como aquel griego
que hizo surgir de la nada una guerra por
causa de una ciudad y la
vuelta de uno de sus conquistadores a través del mar Grande. Se cuenta de él
que era ciego. Yo creo que realmente lo fue. Sólo un hombre que no ve lo
inmediato puede ver aquello otro tan lejano... Pero Juan no es ciego. ¡En qué constante
martirio debe de vivir! Estoy seguro de que tú comprendes, Justo, este desgarro
interno de la persona que vive en dos mundos a la vez y siente que uno de ellos
es la negación absoluta del otro. En realidad, cada uno de nosotros...,
¿verdad? Cada uno de nosotros lleva en su interior algo que le une con la
tierra más allá del horizonte. Pero, al mismo tiempo, hay que vivir, vivir
normalmente. Yo también... Por esto quizá comprendo tan bien el infortunio de
Juan. Comprendo las tentaciones que le atormentan. Para él aquel otro mundo es
como una espina que no
puede ser extraída.
Desgraciadamente, nunca sabemos
expresar nuestros anhelos de tal modo que podamos, por el mero hecho de
expresarlos, ahogar la conciencia de nuestra debilidad... Esto me recuerda
aquella historia griega sobre Tántalo...
¡Sufrir y no poder dejar de
sufrir! Como yo a causa de Rut... Pero no sólo a causa de ella. Me sentiría
igualmente desgraciado si Rut no se me estuviera muriendo ante mis ojos desde
hace años ¿Conoces esta sensación? Alguien a tu lado está gritando. Al principio
no le haces caso. Luego este grito se apodera de tu mente. No puedes apartarlo,
no puedes concentrarte en nada. Al fin ya no sabes si es otro el que grita o
eres tú mismo... Sin querer, también tú te pones a gritar. Al darte cuenta,
cierras la boca
con fuerza, aumentas
la atención y buscas en tu interior la voz que hace poco
salía a pesar tuyo. ¡Es inútil! Otra vez el grito se apodera de ti. Pero, al
mismo tiempo, sabes que aquella voz baja que antes has querido ahogar es lo más
importante de tu vida. Lo darías todo — o así te lo parece — para oírla de
nuevo...
Aquellos dos
jóvenes, con los
rostros de expresión
retraída y ausente, son como las
manos de Juan tendidas en el espacio con el
ademán de un ciego que
busca ayuda. Nuestros profetas habían sido grandes hombres. Juan también lo es.
Pero creo que la protección de los profetas ante su propia grandeza era esta
continua proyección hacia el futuro de su visión profética. Pero, ¡ay del profeta
que, como Juan, ha sobrevivido a su misión! Si todo lo que él esperaba debía
concretarse en la aparición del nazareno, ya no debería seguir viviendo.
Deberíamos morir antes de terminar nuestra obra; más nos vale luchar por ella
que verla ya realizada. Sobre todo los cantores deberían morir antes de
terminar su canto... La gente dice que el nazareno es el Mesías, pero yo, claro
está, no lo creo. ¡No, no! ¿Te imaginas lo que sería para el cantor que hubiera
creado en su alma la visión de un máximo triunfo la llegada de semejante
Mesías? Un Mesías que es un hombre perseguido por los sacerdotes, odiado por
los fariseos y amenazado por Antipas y los romanos: un mendigo de vida siempre
insegura, un maestro incomprendido incluso por los suyos...
Porque ellos no le
comprenden. Me he convencido de ello. Le encontré en Cafarnaúm: caminaba por
entre las verdes colinas de Galilea seguido de un inmenso gentío. Cuando
entramos en alguna ciudad, no lejos del lugar donde él esté predicando, no se
encuentra en ella un alma viviente. Todo y todos le siguen. Cuando se detiene,
la multitud le rodea y contempla con los ojos muy abiertos. A veces alguien más
atrevido le interroga. Entonces habla. La gente, sentada sobre la hierba, no
aparta la vista de él; todos estarían dispuestos a escucharle durante
días enteros. Y hay que...
También él es un
cantor, sólo que su canto tiene una madurez inaccesible. Ninguna nota sobra o
desentona. De nuevo me recuerda a aquel griego ciego. Pero su canto consistía
en descubrir el mundo que ya fue, mientras que el del nazareno, no. En su
canto, la belleza del mundo es una belleza viva. Oí como decía: «Mirad los
lirios del campo...» Su voz se volvió entonces suave, extrañamente delicada.
Cuando dice «lirios», aunque no veas la flor, sientes su delicado perfume y te
parece estar tocando sus pétalos. Y luego: «Ni aun Salomón en toda su gloria
estuvo vestido como uno
de ellos...» Fíjate en
esta comparación. Otros
compararían la púrpura de un manto real a un incendio, sus destellos al brillo
de una joya... Él, en cambio, toma una florecilla insignificante. Nos descubre
la belleza allí donde ya hemos dejado de hallarla. No necesita hacer
comparaciones altisonantes. De nuevo seme ocurre aquello que te escribí en otra
ocasión: él no avasalla a nadie. Atrae a las personas sin gritar, a media voz..
Cuando se dispone a
proseguir la marcha, la multitud se aparta ante él, formando como un estrecho
callejón que no tiene fin. A su paso yacen, puestos en hileras, enfermos,
lisiados e impuros. Cuando se acerca, levantan las manos hacia él, gritan y le
llaman. Toda la miseria de la tierra galilea se le pone allí en formación. Él
se inclina sobre los enfermos, les toca a veces la frente o el hombro y habla
bajito, aprisa, siempre con el mismo tono de voz, como si con estas palabras se
alejara de su propia obra: «Levántate... estás purificado... ya no estás
enfermo... quiero que te cures...»
Yo le encontré en un
momento así. Avanzaba entre la multitud acompañado por los gritos de los
enfermos que le llamaban y del vocerío de los que habían sido curados. Nos
paramos en un lugar donde había menos gente. Se acercó prodigando curaciones
como limosnas que una persona humilde pone a escondidas en la mano de un
mendigo. Los dos discípulos de Juan se adelantaron y colocáronse delante de él.
Se paró. La gente acudió en seguida ávida de cada una de sus palabras.
Preguntóles,
—¿Qué queréis?
—Rabí — dijo uno de ellos,
nuestro maestro. Juan, hijo de Zacarías, ha oído hablar de ti en la cárcel. Nos
ha mandado para que te busquemos y te preguntemos: ¿Eres aquel que había de
venir, o hemos de seguir esperando?
En esto, pues, consistía su
mensaje. ¡Pobre Juan! En aquella mazmorra oscura su canto ha cesado, y en su
lugar ha aparecido la duda. ¿Podemos extrañamos? Más de una vez los profetas
han huido ante el peso de las palabras, como hizo Jonas. Juan no huyó. Pero
cuesta demasiado soportar la carga de un desengaño... A lo mejor en aquella
pregunta se escondía algo más. La unción con la que los mensajeros pronunciaron
aquellas palabras parece extraña. Cada profeta debe dar testimonio de sí mismo.
Aquella vez, como enviados del
Sanedrín, pedimos a
Juan que nos
explicara su misión.
El Sanedrín no ha mandado a nadie para interrogar a Jesús. Quizá por
esto Juan ha hecho lo que debe hacerse con todo nuevo anunciador de las
palabras del Altísimo: le ha enviado discípulos suyos para que preguntaren:
¿quién eres?
—Id —contestó — y contad a
Juan lo que habéis visto. El ciego ve, el sordo oye, el cojo se ha curado y
puesto a correr como un
ciervo, el mudo habla, el
leproso está limpio, el muerto ha resucitado, el pobre ha escuchado la buena
nueva.
Estas palabras son simples.
No hay en ellas nada de incomprensible. Y en su simplicidad dan la respuesta
más justa y más innegable. Si él también había comprendido la pregunta de Juan
como un llamamiento para que definiera su misión, no pudo contestarle mejor.
Sus palabras, mezcladas con citas de Isaías, dichas en este prado lleno de
gente enloquecida de alegría por su curación y entre una multitud que lo sigue
como a quien le trae la más gozosa de las nuevas, tienen la virtud de devolver
las fuerzas a un corazón solitario. Los mensajeros le saludaron y se retiraron
entre la multitud. Sus rostros abrasaban. Estoy seguro de que ocurrirá lo
siguiente: irán a ver a Juan, le repetirán lo que les ha dicho el nazareno y
volverán presurosos para convertirse en discípulos suyos. ¡Qué pronto atrae a
la gente!
Los mensajeros se fueron,
pero él no se movió. Se dirigió a la multitud que seguía aumentando sin cesar:
—¿Quién es Juan? —
preguntó, como si esperara que alguien le contestase: pero, naturalmente, nadie
habló. Siguió diciendo —-: ¿Es un junco del desierto mecido por el viento o un
cortesano de palacio vestido con una blanca cuttona? ¿O un profeta? ¡Sí, y más
que un profeta!
Citó a Malaquías con esa
facilidad con que menciona y esclarece los más oscuros textos de los profetas.
—Mando a un ángel para que
te prepare el camino... Sabed que nunca entre los nacidos de una mujer ha
habido alguien más grande que Juan. ¿Por qué no habéis aceptado su bautismo?
Habéis despreciado la ayuda que el mismo Dios os ha enviado. Como niños. Como
niños inconscientes, viendo que Juan no comía ni bebía, habéis exclamado: « ¡No
le escuchemos! El demonio está con él! » Cuando veis que el Hijo del Hombre
come y bebe, decís: « ¡No le escuchemos!
»
Entre la muchedumbre
reinaba un gran silencio.
—Pero, así y todo —concluyó
inesperadamente— Juan es más pequeño que el más pequeño en el reino de Dios.
Salió en defensa de Juan
abierta y decididamente. Si Juan le había
anunciado presentándole como a alguien
mucho más importante que él,
Jesús habla de él con afecto y casi con ternura,
pero no cambia nada de su
mutua relación. Creo que así es mejor para Juan. Sería peor que en su
cautiverio pudiera pensar que el maestro no se considera a sí mismo tal como él
le anunciaba. Sólo una cosa no puedo comprender: ¿por qué, en este reino del que
habla, Juan no es nadie? Como si quisiera aumentar mis dudas, siguió diciendo:
—Los profetas, hasta Juan,
profetizaron. El será el último... Pero vosotros matabais a los profetas y
negáis el Reino. Queréis usar la fuerza. ¡Lo intentáis en vano! El cielo y la
tierra dejarán de existir antes que cambie una sola letra de las profecías del
Señor. ¿Creéis que Elías ha de volver? ¡Pues habéis tenido a Elías entre
vosotros!
Apenas se pone a hablar se
abre ante los oyentes todo un mundo de misterio. ¿Elías?
¿Así pues, Juan es Elías?
Pero, ¡si él mismo lo había negado! Había dicho: «no lo soy.... » Es verdad que
ningún profeta había predicho un futuro tan próximo a sí mismo. Lo anunciaban
decenas y centenares de años antes. La tragedia y la grandeza de Juan es esta
conciencia de haber llegado a la orilla... Pero si después de Juan comienza
algo realmente nuevo, este algo debe tener un nombre: Reino de los Cielos...
Éste sería el
sentido de sus
misteriosas palabras sobre Juan, que es el más pequeño. Juan se ha
quedado en la otra orilla. Pero estas dos orillas, ¿no se juntarán? ¿Qué
significa esta división del tiempo que el profeta de los amhaares anuncia con
una tan inconmovible firmeza? ¿Un reino? Sigo sin comprender...
Súbitamente me di cuenta de
que él me estaba mirando Miraba como si quisiera que yo dijera algo, que le
preguntase algo. ¿Acaso me había reconocido? Dicen que siendo aún niño hacía en
el Templo tales preguntas a los sabios sacerdotes, que dejaba a todos estupefactos.
Ahora también pregunta. Pero más a menudo aún exige que se le pregunte. Se para
ante un hombre y mira como si quisiera decir: ¿Me ves y no me interrogas? ¿Por
qué? Yo te puedo contestar a todo... Cedí. Tragando saliva, le pregunté:
—Rabí, ¿qué es el reino?
¿Cómo llegar a él?
—Tienes los mandamientos —
contestó — ¿Acaso no
los conoces tú, un estudioso, un conocedor de la Ley?
Me había reconocido.
—Los conozco — dije —.
Pero... — Quería decir: los conozco, pero no sabía que cumplirlos condujera a
ningún reino... Yo mismo
soy un fiel servidor de la
Torah, observo la pureza, cumplo escrupulosamente todo lo que me mandan las
prescripciones. Soy fariseo... Y a pesar de todo no conozco el reino, el reino
de la felicidad en el que no existen desgracias, dolores, separaciones ni
enfermedades... Balbucí —: Pero, ¿cuál, rabí? ¿Qué mandamiento es el más
importante para hallar tu reino?
Sonrió: Fijaba en mí una
mirada suave, bondadosa, que me traspasaba todo.
— ¿El más importante,
preguntas? ¿No es éste? Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma,
con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y este otro, parecido a él: Ama al
prójimo como a ti mismo...
Sentí como una sacudida.
Seguramente has experimentado algo parecido: es la súbita conciencia de haber
descubierto la existencia de un hilo que une miles de pensamientos conocidos
formando uno solo. Me pareció haber comprendido el sentido de aquellas palabras.
No hay mandamiento (no mates, no cometas adulterio, no mientas, no robes) que
no se volviera necesario si existiera el amor. Un amor así, claro está. Los
hombres son malos porque no aman. ¡Si se pudiera enseñarles esto! ¿De qué sirve
que el emperador mande ofrecer sacrificios en nombre suyo si el soldado romano
nos odia? ¿De qué sirve que los ascarios recojan los impuestos para el Templo,
si la masa de los amhaares está dominada por la ira y el odio? Él tiene razón.
A la gente hay que enseñarle a amar. ¡Si se pudiera obligarla a ello! ¡Pero no
se puede forzar a amar...! Sí, es un pensamiento muy bello... ¡Pero tan
ilusorio! ¡No habrá muchas personas en este reino suyo! Con todo, consideré
que, para fortalecer a la gente, debía darle la razón.
—Has dicho bien, rabí —
contesté —. Hay que amar al Eterno con todas las fuerzas y al prójimo como a
uno mismo. Esto es más importante que todos los sacrificios u holocaustos...
Sus ojos, que habían
permanecido cerrados unos instantes, me miraron. Su luz descendió sobre mí. La
sentí como se siente el efecto de un trago de leche caliente en un cuerpo helado. Dijo pausadamente, sin
dejar de mirarme:
—No estás lejos del
reino...
— ¿Pretendía esto ser un
elogio? Pero si lo era, no muy grande en todo caso. Si de mí, que soy un
fariseo, apenas puede decirse que no
estoy lejos, ¿qué
decir entonces de
aquellos vociferantes
amhaares que lo rodean?
Pero aquello no era un elogio. No lo dijo del modo como se elogia a un hombre
que ha expuesto razonablemente una cuestión. No sé, pero tengo la impresión de
que sus palabras tenían poca relación
con las mías. «No estás
lejos...» ¿Por qué?
¿Porque le había dado la
razón? ¿O fue por...? Casi me inclino a creer que él me había destinado un
lugar «no lejos del reino», y que es allí donde me ve, o donde desearía
verme...
Continuó su camino y yo le
seguí.
Así voy desde hace unos
días vagando por los prados, sentándome en la hierba para escuchar sus
enseñanzas y admirando los milagros que obra cada
día. A veces
comparto con él los
alimentos. Vive de
un modo muy
sencillo. Generalmente pasa
la noche al aire libre, envuelto en su manto, cerca de alguna hoguera.
Cuando los otros ya duermen, se levanta, se dirige a la colina más próxima y se
pone a orar. Come muy poco, lo que encuentra o lo que los otros le dan, y más
de una vez, cuando la afluencia de gente es muy grande, se olvida de comer.
Durante el día nunca está solo. Siempre se halla rodeado de personas sedientas
de oír sus palabras y presenciar sus obras. Pero mientras los oyentes
ocasionales van cambiando sin cesar, un grupito de discípulos incondicionales
le acompaña constantemente. Él los trata como a sus amigos más íntimos. ¡Pero
estos discípulos...!
Dicen que él mismo los ha
escogido entre muchos. Podría creerse que estaba ciego cuando lo hizo. ¡Qué
manera de elegir! Son doce. Casi todos pescadores locales, gente sencilla y
grosera. A alguno le conocía por haberle visto hace un año a orillas del Jordán.
Desde lue- go, recuerdo a aquel hombretón alto, de facciones toscas como
talladas con un hacha y voz hueca como el sonido de un tambor árabe. Le gusta
hablar, vanagloriarse, sobresalir entre los demás. La boca no se le cierra ni
un instante. Pero los otros tampoco se quedan cortos. Parecen sentirse
enormemente orgullosos de que el nazareno los haya escogido como compañeros. Se
jactan de ello y muestran aires de suficiencia a los de fuera. Pero entre ellos
se pelean a más no poder. Cada uno se cree el mejor y querría ser el primero
después del maestro. Cuando él habla, se callan, pero basta que deje de hablar
o se aleje un poco para que vuelvan a alborotar. Comienzan a cruzar por el aire
palabras groseras. Cualquiera que los oyera sin haber visto ni oído antes al
nazareno huiría de aquella compañía convencido de que se trata de una pandilla
de borrachos. Por su intimidad con el maestro,
esperan alguna extraordinaria gloria
en el futuro.
¡Realmente, no le veo el
provecho de trabar amistad con gente de esta clase!
El pescador de la voz hueca
se llama Simón, hijo de Jonás. También está aquí su hermano Andrés. Luego dos
pescadores más, también hermanos: Santiago y Juan, a los que el Maestro llama
«los hijos del trueno». Juan es un muchacho todavía y tiene un hermoso rostro
de adolescente (creo que a él también le vi cuando permanecí a orillas del
Jordán). Pero las duras cuerdas ya le han estropeado las manos y tiene la
lengua afilada como los otros. A continuación viene Felipe, un muchacho con
cara de atontado que continuamente se asombra de todo y se preocupa por
cualquier cosa; pero cuando el maestro le soluciona esta preocupación prorrumpe
en grandes demostraciones de ingenua alegría, palmotea, grita y canta. Luego
viene Natanael, oriundo de Caná, que se considera, no sé porqué, el más listo
de todos; ¡un tontivano de pueblo! Otro es Simón, también de Caná, antiguo
zelota y quizá sicario, actualmente expulsado de su sociedad a causa de unos
robos de poca monta o algo por el estilo. Éste también tiene muy elevada opinión
de sí mismo y todo porque, en cierta ocasión, tomó parte en un asalto a unos
legionarios borrachos. Luego viene Tomás, un pequeño artesano impulsivo y
atolondrado como Simón; estos dos a cada momento llegan a las manos. En
contraposición a ellos está Mateo, que es el representante de la mayor miseria
que uno pueda imaginarse. Los otros son amhaares: éste, para colmo, es, o
mejor, era publicano. ¡Servía a los impuros
y recogía ases
para los romanos!
A pesar de
todo, el nazareno le admitió en
su grupo, de modo que éste también le sigue, aunque afortunadamente no abre la
boca. No hace sino mirar a todos lados, temeroso de que la gente comience a
echarle piedras.
Los dos siguientes son
hermanos del maestro. Por más que no propiamente hermanos, sino hijos de la
hermana de su madre o del hermano de su padre. Santiago se parece un poco al
nazareno, es alto, bien parecido y tiene una mirada pensativa. Generalmente habla
despacio, no discute con nadie, pero también se las da de listo. Él siempre
sabe mejor lo que se debía haber hecho y cómo, y es el único que se atreve a
hacer observaciones a su hermano. Le dice: «esto lo has hecho mal», o bien: «lo
que has hecho es injusto». Jesús, al oírlo, calla y sonríe. Su otro hermano,
Judas, es callado y obediente como Mateo. Sigue a los otros, no abre la boca y
mira al maestro con los ojos de ciervo asustado. Algún día se perderá y nadie
se dará cuenta de su ausencia.
El último es aquel tendero
de Karioth a quien conozco. Este hombre sueña con alguna venganza, pero es
listo, experimentado e incluso un poco versado en las Escrituras. Me es más
fácil hablar con él que con los otros. Desprecia a sus compañeros y considera
que el maestro cometió un gran error escogiendo unos discípulos como aquéllos.
Según él, el nazareno también es culpable de que tal distinción se les haya
subido a todos a la cabeza. No le ha bastado con haberlos admitido como amigos
suyos, sino que, además, les ha enseñado a curar gente y echar al demonio.
Escribo «les ha enseñado», aunque no es la expresión adecuada. Judas afirma que
no les ha enseñado nada. Simplemente les dijo «curad...» Ya varias veces han
logrado vencer una enfermedad y echar al demonio. ¡Qué idea entregar semejante
poder en manos como aquéllas!
Pero ellos prueban de
hacerlo sólo cuando Jesús se aleja por un momento. En su presencia no alardean
de sus facultades. Por ahora sólo él cura, y sus curas... Pero no son sólo
curas. Te escribí que mandó decir a Juan «los muertos resucitan...» Y es verdad.
Unos días antes de que yo llegase resucitó a un hombre. La cosa ocurrió como
sigue: Cuando entraba en el pueblecito galileo llamado Naim vio a unos hombres
que conducían un féretro, seguidos por la madre del muchacho muerto. La mujer
gritaba, gemía, se mesaba los cabellos y se
rasgaba la cuttona.
Ya sabes cómo
hacen las madres.
En Jerusalén cada día se ven plañideras por el estilo. Desde luego,
compadezco a la gente, sobre todo cuando se les muere un niño. No hay nada
tan doloroso como
la muerte de
un niño; es
imposible pensar en ello tranquilamente y menos resignarse a esta idea.
Debe ser aún más difícil soportarlo cuando se tiene la conciencia de haberlo
provocado con los propios pecados. A menudo se ven mujeres así, pero a él le
conmovió la desesperación de aquella madre precisamente... Se acercó, tocó el
féretro (no se fija en las reglas para conservar la pureza) y paró a los que lo
conducían. Dijo, como de costumbre, sólo unas pocas palabras: «Muchacho,
levántate, te digo.» Y el muerto se incorpora. Como es natural, se produjo un
tremendo alboroto; los hombres dejaron caer el féretro y huyeron como locos. Es
raro que
esta sola resurrección
no le haya
costado varias vidas porque, con el pánico que se produjo,
muchos hubieran podido morir pisoteados. Pero todo terminó bien. Con razón pudo
decir a los mensajeros de Juan:
«el muerto se
ha levantado de
entre los muertos». Me pregunto
si resucitaría a alguien más, al hijo de otros padres que se lo pidieran.
Yo continué siguiéndole,
pero aún no le he hablado de mi problema. Escucho lo que dice y cada vez estoy
más persuadido de que si hace algo por mí será pidiéndome mucho a cambio. Quizá
no me lo pida.... pero yo tendré que dárselo... Me paro a considerarlo y dejo
que los días vayan pasando...
El paisaje es muy bonito.
Aspiro a pleno pulmón el perfume de las primeras flores, pero así que empiezo a
disfrutar de ello siento como un golpe en el pecho: «tú aquí, y allí Rut...» Mi
alegría se extingue entonces como la llama de una lamparita bajo un soplo de
aire. Me encierro en mí mismo, exprimo todo el dolor que me llena y repito las
palabras del sabio: «vanidad de vanidades y todo vanidad...» Luego el dolor,
las penas y la añoranza se mezclan con una sensación de gusto que aparece no sé
cómo. En verdad te digo: más vale seguirle y escuchar sus explicaciones, como
cuentos que un cantor compusiera en una noche cuajada de estrellas altas, en
medio del silencio interrumpido sólo por el rumor de los riachuelos.
CARTA VI
Querido Justo:
Me pides
que te diga
en pocas palabras
en qué consiste
la doctrina del galileo. No sé si sabré hacerlo. No es una tarea fácil.
Si me preguntaras qué quiere el maestro de Nazaret, podría contestarte con una
sola palabra: todo. Esta es la verdad: exige de nosotros todo, absolutamente
todo. Te imagino arqueando las cejas para darme a entender que no comprendes
mis palabras. Estoy de acuerdo contigo, pero mira: a él también cuesta
entenderle. La verdad que anuncia es tan simple en sus pormenores que hasta un
niño la comprendería. Pero en su totalidad sobrepasa las posibilidades del
entendimiento humano. Habla de un modo claro y transparente como si te
condujera por un camino muy recto. Pero de pronto este camino se corta y a uno
le parece que se cae en un abismo. Entonces dice: dame la mano, apóyate en mí,
confía... cierra los ojos.
No hace mucho acudieron a
verle unos discípulos de Juan, que andan por aquí perdidos como ovejas sin
pastor; no han querido reunirse con los seguidores de Jesús y murmuran contra
él como si estuvieran celosos de que esté en libertad mientras su maestro continúa encarcelado
en la «fortaleza
negra». Le preguntaron:
«¿Cómo es que tus
discípulos no ayunan? « Les contestó: «Cuando el esposo está de bodas no es el
momento de ayunar. Pero llegará un día en que él marchará y entonces todos
llorarán y se lamentarán. Nadie remienda una vieja simlah con tela nueva ni
vierte vino nuevo en odres viejos...» Aparentemente, palabras sin sentido. Pero
medítalas y comprenderás lo que yo he descubierto en ellas. La doctrina que nos
ha traído no puede servir para remendar lo viejo. No completa nada, no sirve
para nada ya existente. Forma una unidad en sí misma, es un todo. Quien quiera
adoptarla debe tirar el manto viejo y desprenderse de los aires viejos. Debe
procurarse un manto nuevo y nuevos pellejos.
Pero tú querías saber en
qué consisten sus enseñanzas... Hace dos días Jesús cruzaba unos prados, en las
afueras de la ciudad, rodeado por una inmensa multitud. El día era claro como
siempre aquí. Por el cielo se deslizaba una única nube perdida, como una gran
bola de
algodón. A lo
lejos se divisaba
el lago color
esmeralda, brillante y lleno de vida. Más allá, confundidas con el
pardusco horizonte, blanqueaban las cumbres del Antilibano, cuyos contornos,
dibujados en el
aire con trazos
blanquecinos, las lucían
aparecer como separadas de
su base. El gentío avanzaba produciendo
un rumor como de un torrente de montaña. De pronto, todos se pararon. En
aquel lugar la colina quedaba cortada por un talud rocoso. El nazareno escaló
rápidamente el talud cubierto de hierba y apareció sobre nuestras cabezas,
recortada su blanca silueta contra el azul del cielo y envuelta la cabeza en un
halo de luz.
Las gentes, que ya le
conocen, adivinaron que se disponía a hablarles y comenzaron a sentarse al pie
de la colina o en las laderas. La hierba, las piedras, las rocas, todo
desapareció bajo aquella masa humana. Él continuaba de pie en lo alto,
esperando tranquilamente a que todos estuvieran sentados. Luego levantó la
cabeza hacia el cielo y, por unos instante, pareció que sus labios se movían
como si dijera algo, pero tan bajo que nadie pudo oírlo. ¡Cuánto reza! ¡Hasta
parece extraño...! Lo hace muy a menudo, pero poco rato. Incluso no sé si se
puede llamar oración a lo que hace: simplemente lanza unas palabras al aire y
al instante vuelve de nuevo a la tierra. Aquella vez también: sacudió la
cabeza, extendió los brazos y miró a la multitud.
Generalmente empieza con
una hagadá. Cuenta alguna historia: había un rey, cierto labrador, un padre...
Las gentes escuchan esta narración y mientras tanto la verdad, hábilmente
disfrazada, penetra en sus corazones sin que ellos se den cuenta. Pero esta vez
comenzó de otro modo. Dijo:
—La bendición del Altísimo
para los simples, para los que creen, para los que tienen fe y para los pobres
de espíritu. Ellos alcanzarán el reino de los Cielos...
Lo dijo con tanta gravedad
que me pareció ver a un segundo Moisés bajando de la cumbre del Sinaí para
anunciar los mandamientos recién recibidos. A decir verdad, aquello era como
los puntos de un
rescripto del César,
en el que
se enumera a las
personas que han sido admitidas ante la presencia del emperador. Continuó:
—La bendición del Altísimo
para los mansos y los pacíficos Ellos poseerán la tierra. La bendición del
Altísimo para los pobres, para los que lloran, para los hambrientos, para los
enfermos y para los presos. Sus sufrimientos terminarán
y se convertirán
en alegrías... La bendición del Altísimo para los
perseguidos y para los que han padecido injusticias. La justicia del Señor les
será otorgada...
Presté toda mi atención.
Ahora, pensé, lo sabré todo. El maestro hablaba como si leyera un código de
leyes. Pero los preceptos que enunciaba me parecieron muy singulares: no
hablaban de culpa y de castigo, sino de virtud y de recompensa. Incluso de dos
recompensas.
¿No te parece raro esto? :
«la bendición del Altísimo para los que han padecido injusticia». Según ello,
resultaría que el que ha sido injustamente
tratado sólo por
esto sería ya
bienaventurado. Y, además, como
por añadidura, se le hará justicia. Podría creerse que no hay en el mundo mejor
provecho que haber padecido injusticia. ¡O bien estos que lloran! ¿Quién puede
saber por qué llora un hombre? Quizá porque le ha correspondido un castigo
merecido Pero él no hace distinción entre los que lloran. Según él, todo el que
llora es bien- aventurado y las lágrimas de todos se convertirán en alegrías.
¿No te parece que esto es querer simplificar demasiado las complicadas
cuestiones de la vida? Pero escucha lo que dijo a continuación:
—La bendición
del Altísimo para
los misericordiosos. Ellos también obtendrán misericordia. La
bendición del Altísimo para los que tengan el corazón limpio y libre de deseos.
Ellos verán al gran Sabaoth. La bendición del Altísimo para los que hagan la
paz, para los que devuelvan bien por mal dando pan a cambio de una piedra.
Ellos serán llamados hijos de Sekiná...
Entonces vi claramente que
estaba exponiendo como un segundo decálogo, las bases de su doctrina. Desde
luego, era una hermosa recopilación. Pero, ¡cuánta ingenuidad en ella! ¿De qué
sirve prometer la bendición del Altísimo para los misericordiosos y los justos
si no se anuncia a la vez un castigo para los egoístas y los ladrones? Seamos
razonables: el mundo está lleno de maldad; junto a un número muy reducido de
personas que han escogido el camino de servir al Eterno, hay millones y
millones de amhaares que no cumplen los mandamientos y preceptos y una
incalculable multitud de paganos impuros e idólatras.
Una doctrina tan bella
debería ser vigilada como una piedra preciosa. Quien la profesase debería
encontrarse bajo la protección de la ley. Moisés decía: «Quien trabaja en
sábado, debe morir; a quien
practica la
magia, hay que
matarlo; quien ofrece
sacrificios a los dioses, debe morir; el buey que cornee a
un esclavo, será muerto a pedradas y su amo pagará al amo del siervo treinta
ciclos de plata...»
Él, por el contrario,
abandona a los buenos a su propia suerte.
¡Tienen la bendición y esto
ha de bastarles! Pero no les protege contra el mal. Porque, fíjate, coloca al
mismo nivel a los buenos y a los desgraciados. «La bendición del Altísimo para
los que lloran.... ¡Qué punto de vista tan singular! Comprendo que con lágrimas
se pueda expiar una culpa y ganar con ello la bendición. Pero quien la haya
recibido ya no debería llorar. ¿De qué serviría la bendición si tuviera que ir
acompañada de lágrimas? Se va a Dios en busca del bien, como yo he seguido al
galileo buscando la salud para Rut. ¿Qué clase de médico sería el que agravase
aún la enfermedad de su paciente? Él parece tratar las virtudes y las
desgracias como algo similar. Dice:
«La bendición del Altísimo
para los mendigos, para los presos, para los inválidos, para los enfermos...«
Sólo hay una bendición para el enfermo: ¡la salud! ¡Quien no tiene salud
tampoco tiene bendición alguna...! Pero creo que me he dejado llevar por las
palabras. La cosa tampoco es tan sencilla. ¿Por qué yo no puedo obtener la
bendición para mi Rut? Lo he ofrecido todo al Eterno Adonai, Si para mí no hay
bendiciones, ¿quién las tendrá? ¿Alguien sólo por el hecho de ser mendigo? Yo
hago limosnas, pago los diezmos, no escatimo ofrendas... ¡Ni Job dio más! «La
bendición del Altísimo para los que lloran...» ¿Tú crees, Justo, que yo no
lloro? Como un niño, como un niño pequeño lloro y sollozo, yo no he de tener
derecho a esperar justicia? ¿Y Rut a recibir la salud? ¡Por todo mi vida esta
enfermedad! Si fuera verdad lo que él dice, yo tendría ya la bendición. ¡Cien
bendiciones! Y, si las tuviera, la enfermedad hubiese desaparecido Pero no
desaparece, y yo ni sé ya imaginarme qué sería si de pronto se fuera. Así, ¿qué?
¡Es un círculo vicioso!
Él tiene razón, quien desee
aceptar su doctrina debe ponerse una simlah totalmente nueva. Ningún remiendo
sirve. Al contrario: el vino nuevo reventaría los odres viejos. Hay que cambiar
la manera de pensar, la manera de mirar al mundo, y hay que considerar como
razonable algo que hasta entonces nos había parecido una locura. No sé por qué
le sigo y qué espero. Con seguridad este nuevo odre equivale a ese nacer por
segunda vez del que hablábamos aquella noche. Pero el hombre no muda de piel
como las serpientes. Ha de continuar siendo él mismo y no lograrán cambiarle
tan radicalmente
una amenaza o una promesa.
A mí siempre me parece que él exige demasiado.
Acabó con estas palabras:
—Le bendición del Altísimo
para los que sufren por la justicia. Ellos alcanzarán el reino de los Cielos...
Y a vosotros todos también os bendecirá — extendió los brazos hacia la multitud
— cuando os odien, cuando os echen de las sinagogas, cuando os calumnien,
cuando os persigan y os maten en mi nombre, como perseguían y mataban a
los profetas. Entonces
gozad, alegraos y
esperad. Vosotros también seréis recompensados...
¿Esto es todo?, me
preguntaras. Sí. Tengo la impresión que en este canto sobre las bendiciones él
ha encerrado toda su doctrina. Digo canto porque era como un salmo. Habla de un
modo extraordinariamente sencillo y quizá por esto sus palabras van transformándose,
sin que nos demos cuenta, en un canto... ¿Acaso un canto no es siempre una
manera artificial de hablar, compuesta con la única finalidad de divertir a las
turbas? Querías que te explicara su doctrina. En lugar de hacerlo, te he ido
citando sus palabras. ¿Te ha satisfecho esto? Supongo que no. Yo también
hubiese preferido escuchar algo diferente, algo que tuviera más base y fuese
menos turbador. Cuando le escucho, me parece como si el sol cayera
verticalmente sobre mi cabeza desde un cielo radiante.
He de confesarte que más de
una vez me pregunto si no pretende destruir
la Ley, como
afirman los saduceos.
Este odre viejo,
¿no quiere significar la Torah?
Él mismo asegura que no
tiene la menor intención de abolir la Ley. Incluso ha dicho: «Mientras existan
el cielo y la tierra no se cambiará una sola letra de las Escrituras. No he
venido a destruirlas, sino a cumplirlas. Quien respete y siga la Ley encontrará
su puesto en el reino de los Cielos, aunque sea un puesto bajo y secundario...
Pero quien la cumpla será el más grande de todo el Reino...»
Cuando dice «cumplir» no
parece referirse al simple cumplimiento de las prescripciones. Para él,
«cumplir la Ley» significa encontrar en ella algún sentido oculto, profundo.
Por ejemplo, elige la antigua prohibición de las Tablas del Señar «No matarás»
y la explica así:
«Quien se encolerice contra
su hermano, es como si le matara. Quien le
llame necio, será
arrojado a la
Gehenna.» O bien
recuerda el
mandamiento «No cometerás
adulterio», y añade: «Pero yo te digo:
con sólo haber deseado a la
mujer de otro, ya has cometido adulterio.
Tu mujer es tu cuerpo. Si
la abandonas, recuerda que tú serás el culpable de que ella se entregue a
otro.» A veces dice cosas inquietantes. Así, cierto día dijo: «Oísteis lo que
mandó Moisés: si alguien golpea a otro y esto le cuesta la vida, debe pagarlo
con su vida; ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, golpe
por golpe... Pero yo os digo: si alguien te golpea en una mejilla, ofrécele
también la otra; si alguien te roba la cuttona, dale tu simlah; si alguien te
obliga a acompañarle, síguele y ve más lejos aún; si alguien te pide un
préstamo e insiste en ello, dáselo aunque sepas que haces una limosna...»
¿Acaso esto no es exigir
demasiado? Pero escucha algo más irritante aún. Ocurrió esta mañana
precisamente. Entre la multitud que le
rodeaba estaban las
familias de aquellos
galileos que fueron muertos por los romanos durante las
últimas fiestas de la siega. Al- guien mencionó aquel suceso y, naturalmente,
en el acto se oyeron llantos y lamentaciones. Estos
gritos conmovieron al
maestro. ¡Si vieras cómo inclina
hacia la gente su cabeza, que se vuelve de color de oro viejo, oscuro, cuando
la iluminan los rayos de sol; si vieras sus ojos profundos, brillantes de
compasión! Cuando alguien le habla de sufrimientos, parece sufrir más que el
que lo cuenta. «Mi hijo...», sollozaba una mujer de rostro enjuto y surcado de
arrugas como un bloque de arcilla resecada por el sol. «Mi marido...», decía
una campesina joven y esbelta, con esa voz dura e incolora con la que
revestimos el dolor. Los labios de Jesús temblaban. Suspiró y dijo de pronto a
los que le rodeaban:
—¿Creéis, acaso, que su
hijo o su marido habían pecado más que cualquiera de vosotros?
Se hizo un silencio lleno
de asombro e inseguridad.
—No —
sacudió la cabeza
—, pero si
no hacéis penitencia moriréis todos...
En sus palabras resonaba un
grito de desesperación contenido. Bajo la ondulada barba, las mandíbulas se
apretaron con fuerza. Pero entonces pareció como si le dominara otro
pensamiento. Abrió mucho los brazos como siempre que quiere hablar a todos y
para todos. Comenzó:
—¿Recordáis lo que está
escrito en el Libro del Sacerdote? No desees la sangre de tu hermano, no le
guardes rencor, no busques la venganza, y ámale como te amas a ti mismo. Pero
yo os digo — su voz creció como el Jordán en época de lluvias —: Amad a todos
vuestros enemigos y orad
por los que os persiguen y os odian. ¿Qué recompensas esperáis recibir si amáis
sólo a un hermano o a uno que os ama? Los paganos también lo hacen así. Pero
vosotros sed diferentes: sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial...
Cuando oí esto, mi primer
impulso fue abandonarle inmediatamente y volver a Jerusalén. ¿Qué conseguiré
yendo por estos mundos en pos de
un hombre cuyas
palabras son como piedras? «Ofrécele la otra mejilla...
ama a tus enemigos... » ¿Ama?
¿Quién puede amar a un
pecador, a un hombre que nos está matando? ¿Es que puede hacerse algo de
provecho cuando se ha adoptado esta actitud
respecto a nuestros
enemigos? Repito: el mundo está lleno de maldad, el bien no
puede defenderse a sí mismo: sólo él no sabe verlo. Imagina que la verdad ha de
vencer sólo porque es verdad. Desgraciadamente, no es así. Siempre se ha tenido
que ayudar a la verdad. Siempre ha sido necesario imponerla a los hombres.
Si quisiéramos escucharlo,
tendríamos que abandonar la enseñanza y comportarnos tal como querríamos que se
comportaran los demás. Pero, a decir verdad, esto es lo que él hace. Cuando le
observo de cerca, sé y siento que me ama tanto a mí como a un amhaares
cualquiera de entre la multitud, un árabe, un romano, un griego o...ve a saber
quién. ¡Y esto no es todo! Ama igualmente a un desconocido que a alguien muy
próximo: a su madre, a sus discípulos, a sus hermanos y hermanas... Al decir
«igualmente» quiero dar a entender que su amor por cada uno de nosotros es tan
grande que no puede haber en él diferencias. Se ama más o menos cuando no se
ama mucho. Pero su amor parece no tener límites. No puedo imaginármelo
negándole algo a alguien. La gente le pide milagros como si fuera un préstamo
que, evidentemente, jamás le devolverán.
¡Y él los otorga! Los
otorga como a pesar suyo, como por querer estar de acuerdo con sus propias
palabras. Pero habla sin cesar de la
misericordia y bondad del
Altísimo. Y todas las curaciones que realiza
a diario son como signos
visibles de esa verdad. Cura a los enfermos con el fin de demostrar que Adonai
no puede comportarse de otro modo con los que han tenido fe en Él. Parece
decir: mira cómo es Él: yo te he curado, ahora sabes qué puedes esperar de ÉL
Por este signo deberías confiar en Él... Pero, ¿y si esta señal no le fuera
necesaria a alguien? ¿Si alguien tuviera fe en el Eterno sin el testimonio de
un milagro? Este pensamiento ha nacido en mí hoy y comienza a inquietarme. Es
como si se me abriera una trampa bajo
los pies. Has recibido la
salud para que sepas que el Señor es misericordioso. Y cuando lo hayas creído,
entonces, ¿qué?
¿Con qué derecho habla en
nombre del Eterno? Su atrevimiento siempre me predispone mal. No puedo sufrir
esta presunción suya. Hace unos días estuvimos con él en el pueblecito de
Corozaim, muy cerca de Cafarnaúm. La gente le recibió con visible emoción, como
todos por aquí: le llevaban a sus enfermos, le tiraban del manto y de los
cordones, pues creen que con sólo tocar sus vestiduras o incluso su sombra, van
a quedar curados. Y, en efecto, así ha ocurrido más de una vez... Escuchaban
sus palabras, se golpeaban el pecho, se restregaban la nariz y se rascaban la
cabeza como una persona que por fin se
decide a hacer
un pequeño sacrificio.
Pero, cuando llegamos al pueblo
por segunda vez, lo primero que vimos fue un cortejo nupcial que, después de
dejar a la novia en casa del esposo, regresaba entre gritos desaforados a la
casa de sus padres para continuar allí los festejos. De pronto, el maestro se
paró enfurecido. Nunca se sabe qué hará o qué dirá; si sonreirá a un impuro
rebaño de amhaares o arremeterá furiosamente contra ellos. Él, tan suave y
silencioso, sabe tener también accesos de cólera. Dice entonces palabras duras
como si le silbara sobre la cabeza el látigo de un camellero. Alzó la mano y la
dejó caer con violencia como un profeta cuando lanza una maldición y exclamó:
—¡Ay de ti, Corozaím! Si
Tiro y Sidón hubieran presenciado tantos milagros como tú, ya estarían expiando
sus culpas entre llanto y cenizas. Por esto te digo: en el día del juicio mejor
lo pasarán las ciudades fenicias que tú.
Llevado por el mismo
impulso volvió la cara al camino por el que habíamos venido de Cafarnaúm,
ciudad que parece amar tanto que hasta la gente la llama su ciudad. Exclamó:
—Y tú Cafarnaúm, ¿acaso te
elevas hacia el cielo? No. El seol te arrastra. Eres peor que Sodoma. En verdad
te digo que en el día del juicio mejor lo pasarán los hombres entre los que
vivió Lot que tus habitantes...
Enmudecimos todos. Sólo
Simón, con los brazos en jarras, nos miró a todos desde arriba. También los
hijos de Zebedeo comenzaron a gritar: « ¡Tiene razón! ¡Tiene razón! ¡Así pasará
con los pecadores!
¡Se tratan con los paganos!
¡Han merecido un castigo! ¡Veréis, caerá sobre vosotros el fuego del cielo! »
Yo miraba el rostro del nazareno. Cuando éste se encolerizó, tenía una
expresión de dignidad ofendida
como si alborotaran para
insultarle a él personalmente. Pero cambió muy
pronto. Se apagó
el brillo de
sus ojos. Ahora
parecían la superficie de un pozo
muy hondo que no se sabe si brilla por el frío o despide calor como las fuentes
de Callirhoe. El tono enojado de su voz cedió de pronto. Lo que dijo a
continuación era como la queja de una
madre quo llama
a un hijo
desobediente. La dirigió
a sus discípulos « ¡No sabéis de
quién es vuestro espíritu...! » Luego siguió hablando a los habitantes de
Corozaim.
—Venid a mí todos, todos
los que sufrís y trabajáis duramente. Tomad mi yugo y llevadlo como yo, con
humildad y en silencio. Si lo hacéis así no os faltará la alegría. Porque mi
yugo no es una carga, es la felicidad...
¿La felicidad? La persona
que ha recibido una bendición es feliz.
«La bendición para los que
lloran...» es una manera de decir sois felices porque lloráis...
Pero el que llora, ¿puede
ser feliz? No, Justo, esta filosofía no es para mí. Yo lloro y no soy feliz.
Sirvo al Señor, pero esto no me da la felicidad. Si Rut se pusiera buena... Pero no, quiero serte franco. Siento este dolor más adentro
aún, como una flecha con la punta rota que se hubiera quedado clavada en no sé
qué punto de mi interior.
¿Qué es lo que él nos
ofrece? Todo es pura palabrería. Cuando me duele la cabeza, no puedo cambiar
este dolor por un dolor de muelas aunque el de cabeza me parezca en ese momento
el más molesto. Pero el ayuno es un dolor que nos buscamos nosotros mismos.
¿Por qué, pues, no puedo ofrecer todos mis ayunos a cambio de los sufrimientos
de Rut?
«La bendición del Altísimo
para los misericordiosos, para los pacíficos, para los que lloran...» Lo dice y
no se le puede contradecir porque él mismo da testimonio de ello. Es
misericordioso cuando se inclina sobre los que sufren y parece extender sobre ellos
su poder. Él hace la paz: en esa indisciplinada y ruidosa pandilla de galileos
nadie se pega, no surgen demasiadas peleas y cuando él habla todo queda en
silencio, sólo se perciben suspiros anhelantes y fuertes latidos de los
corazones. Él también llora; debe de hacerlo muy a menudo: aun- que no
lo demuestra, lo
atestiguan los profundos
surcos de sus frescas mejillas. Es pasible y sufre
persecuciones. Posee todo lo que, según sus palabras, es signo de bendición y
felicidad. Nosotros también sentimos esta bienaventuranza, que forma como una
aureola alrededor de su cabeza cuando le da el sol. Pero no creas que es alguien
muy extraordinario. Es un hombre como todos... Pero no, de
nuevo he de contradecirme a
mí mismo. No es esto. Irradia de él algo que no podemos definir, impalpable,
pero evidente. No ha existido hombre alguno que haya hablado como él... Si nos
habla de una fe tan grande en el Eterno que hasta parece una blasfemia es
porque él mismo ha sentido esta fe.
—No viváis acongojados —
repite a menudo pensando en qué comeréis o beberéis o de qué modo vestiréis.
Mirad los pájaros: no hacen
provisión de granos
y, sin embargo,
no se atormentan pensando en lo que ha de venir.
Han tenido fe y por esto cada uno de estos gorriones, que se venden a un as la
pareja, está en la mano del Señor. No os preocupéis pensando en el mañana.
Bastantes preocupaciones tenéis hoy. Buscad el reino de Dios, buscadlo ante
todo, con perseverancia, con obstinación, sin desmayo, y lo demás os será dado
por añadidura. Vuestro Padre en el Cielo sabe que el hombre no puede vivir sin
pan...
Su existencia es así, como
la de un pájaro, sin preocuparse por el mañana aunque no sin una mira en el
mañana. ¡Quién supiera vivir de este modo! Pero a personas como nosotros nos
cuesta demasiado volvernos aunque sólo sea un poco inconscientes. Prevemos
demasiado. Hoy vivimos ya en las tribulaciones del mañana. Si no llegan, ni
siquiera nos damos cuenta, preocupados como estamos por otras nuevas. Vivimos
constantemente angustiados: qué diremos cuando hagamos aquello y, cuando lo
hayamos dicho, cómo nos com- portaremos... ¡Cuántas mentiras inventamos,
pensando que así será mejor, que así será más razonable! Más de una vez tiemblo
al pensar qué sucederá si la enfermedad de Rut dura aún un año, dos... ¡Cómo
nos atormentamos nosotros mismos!
Él vive ajeno a todo esto.
Aunque sólo sonría, su sonrisa es más radiante que la sonora carcajada de otra
persona. En su voz se siente vibrar a menudo el dolor, la pena, casi la
desesperación. Pero más a menudo aún la alegría. Cuesta creerlo..., pero la tiene.
Es una alegría extraña que resuena como el agua en lo hondo de la grieta de una
roca. Podemos oírla siempre si nos acercamos y aguzamos el oído. Pero hay
momentos en que el manantial salta hacia arriba a modo de surtidor y brilla al
sol con todos los colores del arco iris. Cierto día ex- clamó: « ¡Pedid!
¡Llamad! Todo el que pida recibirá; a todo aquel que llame le será abierta la
puerta. Si has pedido un pescado, no se te dará una serpiente...» Al decirlo,
el entusiasmo irradiaba de sus palabras. Parece tener una sola pena y une sola
alegría: la pena de que los hombres puedan ser malos y la alegría, que lo
compensa
todo, de saber mayor la
bondad del Altísimo que la maldad humana... No hace mucho; cuando atravesábamos
Cafarnaúm, se nos acercaron siete ancianos de la sinagoga para pedirle que
curara a un hombre gravísimamente enfermo. Se trataba del siervo de un centurión
romano, jefe de un manípulo destinado e guardar la frontera entre las
tetrarquías de Antipas y Filipo. Según decían, el centurión estaba bien
dispuesto hacia los fieles y, habiendo él mismo entrado a formar parte de «los
que temen al Señor», contribuyó a la construcción de la sinagoga de Cafarnaúm.
«Ayúdale, rabí — decían todos —; es un buen hombre...» Él contestó «Conducidme
allá.» Anduvimos por un camino entre negros cipreses, a orillas del mar, en
dirección a la desembocadura del Jordán. Veíamos a Genezaret bañado en sol y
toda la llanura al fondo del valle; en la superficie del agua danzaban unos
reflejos de luz que parecían peces voladores. Los pescadores, con sus cuttonas
y sus cufieh en la cabeza, tiraban afanosamente de las cuerdas para traer las
redes hacia la rocosa orilla. Naturalmente, Simón. Juan y Santiago se animaron
al verlos y comenzaron a aconsejar a gritos cómo debían hacerlo. Las manos y
los pies se les iban solos hacia aquellas cuerdas y corchos, hacia aquella agua
cruzada por corrientes frías y calientes. Siguieron al maestro, mas toda su
naturaleza se quedó junto a aquellas barcas y aquellas redes:
¡Gente sencilla! Ni después
de mil llamadas y avisos se hubieran decidido a abandonarlo todo. Hasta que
cierto día él debió hablarles
de ese modo irresistible.
Conozco este episodio por lo que me contó
Juan, hijo de Zebedeo. Este
muchacho a veces se decide a hablar. Me dijo: «Ocurrió antes de la estación de
las lluvias. El maestro hablaba a las gentes y, para evitar las apreturas, se
subió a nuestra barca. Pero cuando ya el sol se había escondido tras el Carmelo
y todos se habían marchado, dijo a Simón: « ¡Echad las redes!» Habíamos pasado
toda la noche en el mar, sin haber pescado nada. Dos días antes habíamos tenido
un fuerte temporal y los peces se habían alejado de la orilla. Ahora sabíamos
que tampoco íbamos a pescar nada; las olas batían contra la orilla con
demasiada furia. Pero Simón dijo: « ¡Puesto que el rabí lo manda, partamos...!
» Nos hicimos a la mar. Cuando echamos las redes, ya las primeras manchas de la
noche flotaban sobre la superficie. Comenzamos a golpear con palos el fondo de
la embarcación. « ¡Los corchos se mueven; hay peces! », exclamó Simón.
Seguimos adelante y
nos pusimos a
tirar de las redes. A pesar de que éramos cuatro, la
red ni siquiera se movió. Como si estuviera clavada al fondo. «¡Más fuerte, mas
fuerte, muchachos!», gritó Simón, y él mismo se puso a tirar con todas sus
fuerzas. Pero fue inútil.
Por suerte, estaba cerca la barca de un amigo. Todos los que iban con él
agarraron las cuerdas por el otro lado. Sin embargo, tardamos en sacar la red.
Andrés gritó: « ¡Se están rompiendo las cuerdas! » Era verdad, se nos rompían
en las manos. Simón, pegado a la borda con todo su corpachón, procuraba hacer
de contrapeso. Gimió entre dientes: « ¡Perderemos la red...! » Hubiera sido una
pérdida desastrosa. No poseíamos ningún ahorro y nunca hubiéramos podido
comprar otra. Jadeábamos e igualmente jadeaban los de la otra barca. « ¡Ahora
sí! », exclamó Andrés. « ¡Más, más!
¡Más fuerte!», nos decía
Simón. Ahora la red realmente subía. El agua entre nuestras
barcas comenzó a
bullir. Apenas nos
quedaban
fuerzas. De pronto, sobre
la negra superficie apareció, como una roca
que surgiese del mar, una
masa plateada de peces. ¡Cuántos había! Nunca, rabí, he visto nada parecido.
Solos, jamás hubiéramos podido arrastrarlos todos hasta la orilla. Pero nos
ayudaron gentes de otras embarcaciones.
Cuando oímos el
choque de la
barca contra las piedras del fondo, ya un oscuro atardecer
lo había envuelto todo. El maestro estaba en la orilla. Simón se abrió paso, saltó
de la barca al agua y en unos cuantos saltos ganó también la orilla. Vi cómo se
lanzaba a los pies del maestro. Tú le conoces y sabes lo impulsivo que es.
Exclamó: « ¡Apártate de mí, rabí!, no soy sino un pescador...» Pero el maestro
sonrió, le tocó la cabeza con la mano y dijo: «No importa...» Apoyó con fuerza
las manos en los hombros de Simón y añadió: «A partir de ahora serás pescador
de hombres...» Entonces — y al decirlo Juan sonrió con melancolía — lo
abandonamos todo...»
Luego torcimos a la
izquierda para llegar al puente sobre el río, ya que la casa de aquel centurión
está en Julias. A medio camino vimos que se nos acercaba un jinete a caballo.
Al vernos se paró y descabalgó. Iba vestido con una corta túnica roja de soldado,
un pesado cinturón del que
colgaba un sable y unas
cáligas de piel atadas a las pantorrillas. En la mano sostenía el emblema
de su cargo: una varilla de cepa. Su rostro, rasurado, tenía una expresión de
seriedad. Se quedó a un lado del camino. Esperaba, muy rígido, a que el
nazareno llegara hasta él. Cuando le tuvo cerca dobló una rodilla y la apoyó en
el suelo. Mantenía la cabeza baja y una masa oscura de pelo rizado le tapaba el
rostro. Jesús se detuvo
—Éste es el centurión a
cuya casa nos dirigimos — le susurró el
hasán.
Mientras tanto el soldado
se había levantado, pero su cabeza continuaba inclinada y tenía las manos
juntas. Habló en griego con ese duro acento de los bárbaros del Norte:
—No te molestes, Señor...
Al saber que venías he salido a tu encuentro para decirte que no soy digno de
que seas mi huésped y hables conmigo, ni de que yo te sirva... Ya sé — continuó
—; basta que tú lo digas para que mi siervo quede curado. Eres como el tribuno
que manda a
un soldado: ve
allá o haz
aquello, y el
soldado obedece...
Se hizo un gran silencio.
El centurión continuaba con la cabeza baja, a la sombra de un árbol. Los negros
ojos del nazareno se fijaban en el soldado de un modo extrañamente penetrante.
Diría que con inquietud... Parecía estar esperando algo con gran tensión.
—Vete, pues — dijo de
pronto —. Has creído y ha sido como tú querías...
Tampoco ahora el centurión
levantó la cabeza. Con un rígido movimiento de soldado dobló la rodilla y se
inclinó muy abajo, como si quisiera tocar con los labios el borde de la simlah
del maestro. Luego se levantó, enderezando todo el cuerpo. Sólo entonces pude
ver su rostro, joven aún, resplandeciente de alegría. Este hombre se había
contentado con la palabra en vez de la obra. Vaciló, como si no supiera qué
hacer: si correr adonde estaba el caballo, o caer otra vez de rodillas. De
pronto levantó la mano e hizo un saludo militar al maestro de Nazaret, como a
un general. Se fue a paso rápido hacia el caballo y montó de un salto. Tiró con
tanta fuerza de las riendas que el corcel se encabritó. Dio media vuelta y
comenzó a subir la cuesta. Todavía se volvió una vez y levantó la mano. Luego
se lanzó al galope con un seco golpear de los cascos sobre el empedrado del
camino.
Nos quedamos mirándole
mientras se alejaba. Cuando la silueta de caballo y jinete desapareció en la
lejanía, Jesús se volvió hacia nosotros. Te he hablado ya de su alegría. Nunca
la había vista tan patente. Se podría pensar que un manantial secreto había
brotado en el corazón de este hombre. Sacudió ligeramente la cabeza, como si se
extrañara o dudara de algo. Dijo en voz baja, casi para sí mismo:
—Aún no he encontrado aquí
una fe como la suya...
Los ojos del maestro se
alzaron lentamente. Vi que, por encima de nuestras cabezas, miraba el lago,
parecido a una enorme forminge cruzada por la plateada cuerda del Jordán, los
montes de Galaad,
cobrizos y pardos, y las
orillas galileas cubiertas por una infinita gama de verdes... De pronto añadió:
—Sí; en verdad os digo que
vendrán gentes de oriente y occidente y se apoderarán del reino...
En su voz la alegría
resonaba como las campanitas de las ovejas en el aire cristalino de la mañana.
Pero, de súbito también, la empañó una tristeza como la niebla que aparece con
las primeras lluvias.
—Los hijos del reino —
concluyó en voz baja—serán arrojados a las tinieblas...
No comprendimos sus
palabras. Pasó entre nosotros y comenzó a descender hacia el mar. Le seguimos.
Mientras bajaba, yo iba pensando: se podría creer que hay en él dos personas:
una se alegra por la llegada de extraños, la otra llora porque los hijos de la
heredad podrían verse privados de ella.
Él lo quiere todo a la
vez... Comprendí esto de pronto y fue como si un rayo hubiera caído sobre la
tranquila superficie del lago.
Él lo quiere todo... Ésta
es, Justo, su doctrina sobre los bienaventurados que son felices y lloran y
sobre este reino que está lleno de prójimos y extraños. En verdad, no sé por
qué le sigo... ¿Por qué y para qué?
Pero sabe
que aquel siervo
del centurión quedó
curado a la misma hora en que él había dicho: «ha
sido..
CARTA VII
Querido Justo:
Confieso que no sé qué
escribirte. Lo que he visto últimamente ha cambiado todos mis juicios sobre él.
Varias veces te dije que le consideraba un hombre como todos. Hoy he de decirte
no sé quién es, si sólo un hombre, o más bien un ser misterioso que imita a los
hombres...
Si no
fuese porque cada
día le veo
comer y beber
como cualquiera de nosotros; si no fuera porque cierto día, cuando
entramos en el taller de un naggar, le vi sucumbir a la tentación de las
sierras, cepillos, martillos y formones, dejarlo todo de pronto, coger de un
rincón un tronco
y trabajarlo a
conciencia mostrando a cada
movimiento que conocía bien el oficio; si no fuese por la tristeza que más de
una vez he notado en su voz; si no fuese por todo esto, dejaría de creer que
realmente existe... Sin embargo, es un hombre. Sus plantas dejan huellas en la
arena y la hierba se dobla bajo su peso. Cuando está cansado lo noto en su
rostro, que palidece como el de quien ha perdido mucha sangre. Entonces se
apoya en una roca o contra la borda de una embarcación y se queda dormido. Así se durmió
precisamente cuando estábamos navegando, con el profundo sueño de un obrero
cansado capaz de dormir aun estando de pie. Pero espera; voy a contártelo todo
tal como ocurrió.
Anda, predica y cura.
Raramente pasamos más de una noche en el mismo lugar. Seguimos las carreteras y
caminos de Galilea sin hacer caso al tiempo, que ya se ha vuelto muy caluroso.
Estamos en pleno verano. Todo a nuestro alrededor ha florecido y madurado.
Pronto terminará la siega y dentro de poco podremos ya coger dátiles. La sequía
aumenta de día en día. En los pueblos y poblados se oye el grito de: « ¡A mí!
¡Venid a mí! ¡Agua! » Los estanques y torrentes más pequeños se han secado. El
Jordán ha bajado de nivel y brilla como una cinta plateada al fondo del ghor.
Al atardecer se oyen en las cercanías del lago los gritos de los que van a
sacar agua y el chirriar
de las ruedas. La abundante
vegetación que cubre las colinas circundantes se mantiene verde gracias al
incesante esfuerzo de los campesinos galileos. Si ellos dejaran de trabajar,
unas negras rocas comenzarían a despuntar entre la vegetación, como los huesos
de un esqueleto por entre los restos descompuestos. La blanca capucha del
Hermón se ha fundido; y sobre el cielo se recorta la cumbre verde y gris que
apenas sobresale de las escarpadas y amplias lomas.
Dondequiera que esté se
pone a predicar. Habla en las sinagogas, pero prefiere hacerlo al aire libre.
Le gustan las colinas con un declive pronunciado y escoge sobre todo las que
tienen un amplio campo visual para, desde allí, poder invocar como testigos de
sus palabras a las ciudades, montañas y mares lejanos. Observo que últimamente
su modo de hablar ha variado. Cuando antes contaba una hagadá, explicaba en
seguida su sentido. Hoy habla sólo con parábolas y casi nunca deja
entrever claramente su pensamiento.
Sólo si sus discípulos no le han entendido les da
explicaciones más tarde.
Quizás esta actitud tiene
por causa las contrariedades que ha tenido últimamente. El pueblo continúa
siguiéndole, escuchando todas sus palabras y maravillándose de sus milagros.
Pero los nazarenos no están ociosos, han hecho circular por todo el país calumnias
contra su paisano. Han logrado que el Templo se fijara en él. Entre los grupos
que escuchan a Jesús cada día se ven más sacerdotes, levitas y soferim, incluso
hay fariseos. También a mí han venido a preguntarme mi opinión sobre el nuevo
maestro. Vigilan cada palabra y cada acto suyo y tratan de atraparle en alguna
falta. Varias veces habló mal de nuestros haberim. Ni una de estas palabras ha
sido olvidada. En la sala de la Piedra Cuadrada lo saben todo. Me preguntaron:
"¿No has observado,
rabí, que descuida las abluciones antes de las comidas y coge el pan con manos
impuras? No se puede comer en la misma mesa con él. Tampoco observa el sábado.
Lo hemos comprobado con nuestros propios ojos. Cierto sábado, cuando aún había
trigo en los campos, pasó con sus discípulos entre unos trigales; ellos
arrancaron unas espigas, las desmenuzaron y se comieron los granos. ¿Es que
nuestras miwkoth no nos prohíben hacerlo? Cuando le llamamos la atención sobre
lo que habían hecho sus discípulos,
¿sabes, rabí, cuál fue su
respuesta? Nos recordó cómo el gran rey
David — que el Eterno tenga
su alma — cogió del Santuario los panes de la proposición y comió de ellos.
¡Comparó a estos impuros amhaares con el gran rey! Y aún añadió: «Hay aquí
alguien que es mayor que el Santuario...» ¿Quién es? ¿Él, quizá? ¡Qué blasfemia
tan
grande compararse a sí
mismo con el Santuario en el que entra el sumo sacerdote con sus sacrosantas
vestiduras! Luego añadió: «Bar Nash es el Señor del sábado...» ¡Esto es otra
blasfemia! ¿A quién llama «el Hijo del Hombre»? Daniel hablaba así del Mesías...
Pero él, cuando se refiere a su persona, dice: «Bar Nash...» ¡Se da a sí mismo
el nombre del que ha de venir! ¡Es una blasfemia! Sólo el Todopoderoso es Señor
del sábado. Cuando le dijimos que es Baal Zebub quien expulsa a los demonios
sirviéndose de él, nos gritó que somos unas víboras y que entrarán en nosotros
no uno, sino siete espíritus impuros... Tú, rabí, eres sabio, perteneces al
Gran Consejo y al Sanedrín. Tu nombre significa «vencedor». ¡Véncelo tú!
Destruye su doctrina ante los ojos de estos sucios amhaares. Que no puedan ya
sentirse orgullosos de él. ¡Has oído lo que dicen, que pertenece a la estirpe
de David! ¡Blasfeman! ¡Blasfeman! No es más que un humilde naggar. Los libros
de las estirpes fueron quemados por Herodes. ¡Que su nombre sea maldito, y que
sea confinado para siempre al más bajo círculo del Gehinnon, pues ahora por
culpa suya cualquier pordiosero puede decir que desciende de familia real!
¡Discútele públicamente sus enseñanzas, rabí! Tú eres tan sabio. Tú conoces la
Ley. A través de ti habla Bath Kol, la voz del cielo. Cuando tú hables, los
mismos cielos callarán. Ya lo dice la halaká: la autoridad del hombre versado
en leyes es mayor que la de un ángel. Hazle callar. Ya ha pasado el tiempo de
los profetas. Ahora vosotros, sólo vosotros, los soferim, podéis hablar en
nombre del Altísimo. ¡Hazle callar, rabí!”
Los ojos les brillaban bajo
sus cufieh hundidos hasta las cejas y sus largos y oscuros dedos tiraban
nerviosamente de los cordones del talis. Le odiaban todos de dondequiera que
vinieran. Pero querían que fuese yo el
que le atacase.
Me presionaban, me
tentaban con palabras aduladoras.
¡Oh, palabras, así tienen más fuerza que un sable apoyado en la garganta! Aunque
yo pensaba: si me enfrento con él, ¿quién salvará a Rut? Ya sé que blasfema y
que no cumple las prescripciones. Pero hay algo en él que me hace sentirme
impotente en su presencia. ¿Acaso al decirme que estaba cerca del reino lanzó
un maleficio sobre mí? ¡Qué sé yo! Pero no quiero argüir con él. Les contesté
que todavía era demasiado pronto, que más valía seguir escuchando lo que dice.
Exclamaron: « ¡Ya ha hablado bastante! ¡Ha dicho tantas blasfemias! Esa
pandilla de amhaares le escuchan y se tragan sus palabras como si fueran higos
dulces. Amenázale, rabí, y hazle callan. Cuando los estropee, nadie querrá
luego escuchar nuestras enseñanzas.» Quise convencerles de que no podía
hacerlo. Necesito aún observarlo y oírle hablar. Discutimos hasta muy entrada
la noche. Cuando se
marchaban, uno de ellos, un fariseo de Gischala, dijo: Das muy mal ejemplo
escuchándole y luego callándote...»
No pude dormirme hasta la
madrugada. Quizás es verdad lo que ellos dicen. Pero, ¿qué puedo hacer? No sé a
quién dar la razón. Con sólo que obligara a sus discípulos a que se lavaran las
manos y santificara el sábado, nadie podría reprocharle nada. Su doctrina no
contiene errores. Los milagros que obra parecen atestiguar que el Todopoderoso
está con él. Pero, ¿por qué es tan poco razonable?
¿Por qué dificulta tanto mi
tarea?
De modo que tal vez por
causa de todos estos que le escuchan impacientes, esperando poder atraparle en
algo, cuenta hagadás y no las explica luego.
En cierta ocasión dijo:
—El reino de los Cielos es
como la siembra. Un hombre salió a sembrar. Una semilla cayó entre cardos y
éstos la ahogaron, otra cayó junto al camino donde los que pasaban la
pisotearon, otra sobre una piedra y el sol la secó, otra en un pedregal donde
germinó pronto, pero igualmente pronto se agostó. Otras, por fin, cayeron en
tierra profunda y de ellas germinaron pesadas espigas que dieron al sembrador
más de lo que había perdido con las otras semillas...
—El reino de los Cielos —
dijo en otro momento — es como la semilla que alguien sembró y fue creciendo en
silencio, de día y de noche, y antes de que el sembrador se diera cuenta tenía
ya todo un campo de espigas a punto de siega. Y se maravilló porque la semilla
y la tierra, la lluvia y el sol lo habían hecho todo y él no tenía más que
recoger el fruto...
Aquí, a orillas del lago,
comienzan ahora a sembrar por segunda vez; por esto todas sus hagadás hablan de
la siembra. Las ruedas de las bombas chirrían, y los cubos con agua hasta los
bordes pasan y vuelven a pasar por entre los rojos surcos de las tierras recién
aradas. Él nunca habla de cosas que sus oyentes no pueden ver o no sepan
imaginar fácilmente. «Mirad los lirios... Un labrador salió a sembrar...» En
sus narraciones no hay sabios, ángeles, demonios o voces celestiales, sino
personas corrientes, simples amhaares como los que ve a su alrededor. Los
grandes Shammai, Abtalión e Hillel decían que en esto precisamente ha de
consistir la enseñanza acercar la Ley al pueblo... Así pues, él habla bien.
Pero también por este camino, desde Josué hasta los profetas, y luego desde los
profetas hasta los sabios como Shammai e Hillel, han llegado hasta nosotros las
reglas sobre
las abluciones y se han
convertido en algo más sagrado que la misma Ley, ya que nos hemos impuesto esta
obligación voluntariamente para mayor gloria del nombre de Sekiná. ¿Por qué,
pues, hay en él esta continua contradicción? Si quisiera ser de otro modo, si
sólo quisiera comprender... Porque a él no se le puede tratar como se trataría
a un sabelotodo cualquiera que engañara a las gentes con vana palabrería,
contraria a las enseñanzas de los sabios.
Le siguen ingentes
multitudes, como si ésta no fuera la época de los trabajos en el campo.
¡Millares de personas! Desde la madrugada hasta bien entrada la noche le
acompañan a todas partes. Esperan cada una de sus palabras y le llevan a sus
enfermos. Se nota que está ya muy cansado de todo, pero es incapaz de negarle
nada a nadie. Hace poco sus
discípulos intentaron apartar
a la gente
para que tuviera al menos un
momento libre para comer y descansar. Pero se dio cuenta de que trataban de
alejar a un grupo de madres que le llevaban a sus hijos para que los bendijera
y les reprendió severamente. Dijo: « ¿Por qué alejáis de mí a los niños? De
ellos es el reino de Dios...» (Otra vez él y el reino como una misma cosa...) A
pesar de esto, cada día se le ve más agotado. Así que le dejan tranquilo, apoya
la cabeza en una mano y se queda totalmente inerte. Ayer, en un momento así, oí
como decía a Simón. «Preparad la barca, al atardecer nos haremos a la mar...»
Comprendí que deseaba esca- par de todos
estos admiradores que
le dejaban extenuado.
Tuve miedo de que, si se marchaba, luego me costaría volver a
encontrarle. No querrás creerlo, pero hasta ahora no le he pedido la curación
de Rut ni he intentado siquiera hablarle... Esta continua aglomeración de gente...
Tendría que ir a empujones junto con los enfermos, los amhaares, los publicanos
y las mujeres públicas, pues la turba que le rodea está compuesta por toda
clase de gente de la más baja extracción. Hubiera tenido que exponer mi caso a
la vista de todos ellos... Además, nunca he sabido cómo dirigirme a él. Pero,
cuando oí que quería marchar a la costa oriental del lago, decidí pedirle que
me llevara consigo. Pensé que en la solitaria orilla de Decápolis encontraría
una ocasión más propicia para hablarle. Me acerqué y dije:
—Rabí, he sabido que tienes
intención de pasar a la otra orilla. Déjame ir contigo y con tus discípulos...
Levantó la cabeza, que
tenía apoyada en una mano. Los calores y el continuo esfuerzo habían hundido
sus mejillas y todo su rostro estaba como recubierto por un velo violáceo. Me
miró con sus negros
ojos sobre
los que caía
un mechón de
cabello. ¡Qué rostro
tan hermoso tiene! Unas delicadas venas le surcan las sienes y una red
de arrugas diminutas aparece y desaparece en la comisura de sus ojos. No lleva
filacterias en la frente ni en el brazo. Se viste el taliss sólo cuando entra
en la sinagoga. Si no fuera por los zizith de su abrigo, se podría creer que es
un goim. Fijó en mí su cansada mirada. Siempre mira así, como si viera en
nosotros todo, incluso lo que nosotros mismos ignoramos.
—Si quieres — dijo —,
ven... Pero recuerda: las zorras tienen sus guaridas, los pájaros sus nidos;
sólo el Hijo del Hombre no tiene casa en la que refugiarse...
Le di las gracias e iba a
marcharme cuando llegó uno de sus discípulos, Tomás, al que ellos llaman
también «el Gemelo», con el pelo en desorden y la cara cubierta de tierra. Se
paró ante él y comenzó a lamentarse. Resultó que acababan de comunicarle la muerte
de su padre.
—Rabí — sollozaba —, he de
rendir mi último servicio al que me dio la vida. No iré contigo y marcharé a
ocuparme del entierro y del banquete...
Con gran sorpresa, vi al
nazareno mover la cabeza.
—Ven con nosotros — le
dijo, como siempre, con calma, más como un ruego que como una orden, pero de
ese modo que no admite discusión—. Que los sepultureros se ocupen del muerto...
Y, de nuevo, ¿cómo he de
juzgar estas palabras? El mandamiento del Señor dice «honra a tus padres». Y
tantas prescripciones como hablan de las obligaciones del hijo hacia el
padre... ¿Quién debe enterrar a éste, sino el hijo? Él, en cambio, le dice:
¡déjalo a los se- pultureros! En esto también rechaza las enseñanzas de los
soferim.
¿Cómo justificar luego su
conducta?
Al anochecer nos reunimos
en la orilla. Mientras tanto, Simón y Andrés prepararon la barca, la metieron
en el agua e izaron la vela. Los doce tenían que ir con el maestro. Tomás
también estaba con ellos. Se había alisado el pelo después de untárselo con aceite.
Sonreía. Nada en él denotaba luto. ¡Qué influencia tan grande tienen sus
palabras sobre estos amhaares! En pos del nazareno llegó a la orilla toda una
multitud. Les desorientó la marcha del maestro... «Pero,
¿volverás, rabí, verdad que
volverás?», preguntaron ansiosamente. Contestaba con
un movimiento de
cabeza. Debía de
estar tan cansado que no tenía ni
fuerzas para hablar. Le vacilaban las piernas.
Ya antes noté que Simón,
Andrés y los hijos de Zebedeo estaban a un lado discutiendo acaloradamente.
Llegaron a mí palabras como:
«En el
«Gran Cofre» retumbaba
mucho... El maestro
dice que debemos partir hoy...
Avísale... Él lo sabe todo... Pero ¿y si...?» Me
sentí inquieto. El «Gran
Cofre» es el nombre de unas rocas situadas entre la Betsaida galilea y
Cafarnaúm, donde, según los pescadores
de aquí, se oyen retumbar
las olas del mar Grande cuando, desde occidente, se avecina una tempestad.
Intranquilo, escruté el cielo. El
tiempo parecía muy sereno.
Pero se ve que no sólo los discípulos habían oído algo porque entre la multitud
se oyeron voces gritando:
«No te vayas hoy, rabí
dicen que el Gran Cofre retumba. Podría haber tormenta...» Pareció no prestar
atención a estas palabras. En cierto
momento se adelantó de
entre la multitud el jefe de la sinagoga local, Jair, hijo de Gedidah, el mismo
que había tratado de convencer al
maestro de que curase al
siervo del centurión romano. Abriendo las manos bajo el taliss, dijo:
—Es mejor que no os
embarquéis hoy, rabí. Dicen que se avecina un temporal. El sol, a poniente, se
ha vuelto rojo...
En un último esfuerzo de
voluntad pareció vencer el cansancio y contestó:
—Por el aspecto del cielo
podéis conocer el tiempo. ¿Cómo no sabéis conocer que ya ha llegado la hora?
Simón y Juan le tendieron las manos y, ayudado por ellos, entró en la barca por
una estrecha pasarela. Le dispusieron en la popa un manto y un almohadón. El
viento de occidente aún no había comenzado a soplar, parecía retrasarse, y los
pescadores tuvieron que coger los remos. Sin gran entusiasmo me subí a la
barca. La amenaza de una próxima tormenta me había quitado las ganas de
embarcarme. Incluso estuve dudando si quedarme. También los discípulos estaban
intranquilos. Sin pronunciar palabra, nos hicimos a la mar. El sol teñía de
rojo las cumbres de las orillas galileas, a la vez que bañaba en oro la orilla
oriental hacia la que nos dirigíamos. La gente que había quedado en tierra
agitaba las manos y nos deseaba a gritos una feliz travesía. Pero el nazareno
no parecía oírles. Así que entró en la barca, se dejó caer pesadamente sobre el
almohadón. Cerró los ojos. Al instante su respiración se hizo lenta y un poco
pesada, como la de una persona dormida.
Varias veces escruté
intranquilo el cielo. En cuanto el sol se hubo hundido detrás de las colinas,
comenzaron a encenderse, aquí y allá, las primeras estrellas. Nos íbamos
alejando más y más de la costa
galilea, que
parecía fundirse con la tranquila
superficie del agua. Frente a nosotros las cumbres de las
montañas seguían pareciendo ascuas, aunque su rojo destello perdía intensidad
por momentos. Los remos se hundían rítmicamente en el agua. El viento seguía
sin aparecer y la vela colgaba ociosa. Mi inquietud comenzó a mitigarse. Parece
que no habrá tormenta, pensé. Sólo nos querían asustar. Querían retener al
maestro... Al no estar familiarizado con el mar, la perspectiva de una lucha
con las olas me producía verdadero terror. Pero no llegué a tranquilizarme del
todo. La temerosa espera continuaba allí, a flor de piel, como una espina.
Mientras la orilla fue visible, su proximidad me daba ánimos; pensaba que, en
caso de tormenta, siempre estaríamos a tiempo de refugiarnos en ella. Pero al
fin el sol se escondió y todo quedó envuelto en la oscuridad, iluminado sólo
por el tenue resplandor de las estrellas. No veíamos la orilla, no veíamos nada
a nuestro alrededor; avanzábamos como cubiertos por la tienda
del Kedar. Incluso
llegué a dudar
de si seguíamos avanzando. Era
como si el
agua se hubiera
petrificado aprisionándonos
en medio del
lago. Apenas si
podía discernir la silueta del maestro. Estaba acurrucado
sobre el banco de popa. De los discípulos, unos remaban y los restantes
dormitaban apoyados unos en otros. Nadie hablaba, y el silencio era roto sólo
por el ruido de los remos. Mi inquietud creció de nuevo. No podía dormir como
los otros. Mi mente creaba visiones. Si hubiera tormenta, me preguntaba,
¿lograríamos escapar? Estos
pescadores que tiemblan a la sola posibilidad de su llegada, ¿sabrían hacerle
frente? Procuraré desviar
mi atención en otra
dirección: comencé a pensar en Rut. Pero éste era
un pensamiento negro como
la noche que nos rodeaba, pesada, húmeda y asfixiante. Cuando mis pensamientos
vuelan al lado de Rut siento que me falta el aliento... ¡Oh, Adonai! ¿Qué hace
ella ahora? Y en seguida me la imagino acostada con los ojos abiertos, fijos en
la oscuridad, la frente sudorosa, los labios resecos y callada para no
despertar a nadie con sus gemidos. ¡Cuánto desea ella la salud, que
nosotros ni siquiera
sabemos apreciar en
nosotros mismos! ¡Oh, Rut!... Me pareció que le estaba hablando,
y de mis labios crispados se escapó un sollozo. Pero ella callaba... ¿Qué
piensa mientras permanece así acostada, atenta sólo al cruel ritmo de la
enfermedad que devora su cuerpo? ¿Por qué se queda muda y tan pocas veces
contesta a nuestras palabras? ¡Rut!... ¡No he hecho nada por ella! O, mejor,
todo lo que he hecho hasta ahora no sirve para nada... ¿De dónde viene esta
enfermedad? ¿Por qué ella precisamente ha sido víctima? ¡Oh, Adonai!... Tenía
razón Elifaz al decir que frente a ti ni el
cielo, ni las estrellas, ni
los ángeles son bastante puros... Pero yo, a pesar de todo, he de hablar
contigo. ¡Tienes que decirme por qué ella sufre tanto! ¿A causa de qué pecado?
¿Y de quién? Cualquiera que sea la prueba a que me sometas, confiaré en ti como
Job... ¡Quiero tener fe..., quiero...! ¡Oh, Adonai!... Si es verdad que él cura
en tu nombre, ¿por qué no me ha ofrecido la salud para ella? Otros no le piden
nada y reciben. Yo mendigo en silencio... ¿Es posible que él no lo vea?
Supongo que
nunca habrás oído
contar cuán súbitamente
el viento de occidente cae sobre el mar de Galilea durante una noche
tranquila. Diríase que
un puño enorme
e invisible se
había desprendido de la oscuridad para golpear nuestra embarcación. El
mástil crujió de pronto con un estruendo terrible. Algo nos levantó y nos empujó
hasta la cresta
de una gigantesca
ola para luego lanzarnos desde muy alto a un negro y
rugiente abismo. El silencio huyó como un pájaro asustado cediendo su lugar a
miles de sonidos. La negra y petrificada superficie del agua cobró vida y se
convirtió en un hervidero de blancas espumas. De nuevo fuimos lanzados al aire
y otra vez caímos en un precipicio sin fondo. La espuma, con un ronco bramido,
pasó por encima de nuestras cabezas calándonos hasta los huesos. Los hijos de
Jonás se lanzaron gritando hacia la vela. Quisieron atarla. Pero se escapó de
sus manos como un ser viviente. Una vez más una fuerte sacudida nos lanzó hacia
arriba y bajo nues- tros pies se hizo un vacío en el que nos pareció que íbamos
cayendo indefinidamente. Tambaleándose y agitando los brazos, los discípulos
continuaban luchando con la vela. Al fin lograron recogerla y ahogar el ruido
ensordecedor de la tela hecha jirones. Pero el rugido del mar continuaba
pareciéndose a una música enloquecida. Las olas golpeaban furiosas como si
fueran piedras salidas del agua. A través de los maderos de la barca, las
sentíamos agitarse como una enfurecida manada de lobos. Los golpes caían sobre nosotros
desde todas direcciones. Nos parecía que íbamos dando vueltas como un hombre
azotado por un látigo. De pronto, en medio de la oscuridad, por el lado de
proa, saltó una enorme columna de agua que se abatió sobre nosotros. Con agua
hasta las rodillas, nos agarrábamos desesperadamente a la borda y a los bancos,
mojados, ensordecidos y maltratados por el viento que nos oprimía el aliento en
el pecho. Otra ola saltó por la borda de estribor y nos pareció como si la
invisible noche nos hundiera
hasta el fondo
mismo del lago.
El agua nos llegaba ya a media pantorrilla. Pareme
que alguien a mi lado hablaba en un horrible susurro. Pero era un grito. Debía
de ser Simón el que
gritaba: « ¡Achicad el
agua!» Agarrándome al banco con una mano, e incliné y
toqué el fondo
de la embarcación. El
agua corría furiosamente de una
borda a otra. En vano intenté llenar con ella el hueco de mi mano. En este
preciso momento fuimos lanzados de nuevo a la superficie y otra vez arrastrados
al abismo. Me agarré convulsivamente a los maderos mojados. Otra ola gigantesca
se abalanzó sobre nosotros como una columna deshecha en pedazos. Me sentía
mojado y destrozado. Oí de nuevo una voz humana que el viento llevó en seguida
lejos de mí: « ¡Achicad el agua! ¡El agua! ¡Nos hundimos!» La embarcación dio
un brinco como si las olas la hubieran lanzado contra un poste clavado en el
agua. El banco se me escapó de entre las manos. Me senté en el fondo de la
barca, en el agua. Miré maquinalmente hacia arriba. Las lenguas de espuma
parecían nieve sobre unas vacilantes cumbres montañosas. Arriba, en un
fragmento de cielo que puede entrever, las estrellas brillaban tranquilas como
los ojos de un ciego, indiferentes a lo que estaban presenciando.
Intenté levantarme. Alguien
saltó por encima de mí. De nuevo oí una voz que el viento unas veces ahogaba y
otras dejaba llegar hasta mí con toda la desesperación encerrada en ella.
— ¡Maestro! ¡Maestro!
Entonces me acordé de él.
Hace poco todavía estaba en la barca, dormía... Intenté levantarme de nuevo.
Otra cascada de agua me mojó de arriba abajo.
Agarrado a la borda, logré
ponerme de rodillas. El viento me arrancó el mojado cufieh azotándome las
mejillas. El agua entraba por todos lados. Alguien muy corpulento estaba de pie
a mi lado. Debía de ser Simón. Al fondo, a popa, a pesar del balanceo y la
oscuridad, vi la blanca figura acurrucada igual que antes. ¡La tempestad no le
había despertado! ¡Dormía en la barca medio hundida como en un mullido lecho en
una habitación caldeada!...
— ¡Maestro! — gritaba la
ronca voz de Simón.
— ¡Maestro, estamos
perdidos! Maes... — gritaban también los otros.
Todos los hombres de
aquella embarcación zarandeada por el viento, perdida en la oscuridad,
prorrumpieron en gritos. Yo también grité: « ¡Maestro!» Recibimos una fuerte
sacudida. Para no caer, me agarré al duro brazo de un pescador. El agua que
llenaba la barca entorpecía nuestros movimientos. Fijé los ojos en la oscuridad
y en aquella silueta dormida que asustaba por su inmovilidad. Por fin se
movió y pareció que se
agigantaba todo él. Debió despertarse entonces. ¿Se habría quedado mudo al
abrir los ojos en medio de aquel caos? De pronto, dominado el rugido del mar,
oí su voz, infinitamente tranquila, cansada y como dolorida.
—¿Dónde está vuestra fe?
¿Por qué no confiáis en mí?
Confiar... Sentí una
quemazón en el pecho como si me hubieran asestado una puñalada. Como el eco de
una canción que nos llega rezagada, recordé las palabras de Job que yo había
dicho antes de la tempestad: Ocurra lo que ocurra, confiaré en ti...» ¡Qué fe
tan ilimitada posee él, pensé, y qué fe tan ilimitada exige! Esta tempestad
parecía desgarrar el mundo hasta lo más profundo. Todo el mundo, no sólo el que
nos rodeaba. La blanca y esbelta silueta creció inesperadamente ante mí. Se
había levantado. Oí que hablaba, pero su voz ya no era la cansada y triste voz
del maestro que corrige en vano una y mil veces. Fue como el sonido de un
trueno en medio de la tempestad, un trueno que se enfrenta con los rugidos del
viento y del mar... Habló sin gritar. Pero esta voz natural, tan llena de
autoridad, llegó hasta las estrellas y hasta el fondo del mar. Al empezar no
fue sino un sonido más, perdido en el caos de la tormenta, mas terminó siendo
una potente llamada en la noche, silenciosa como el mismo silencio... Todo lo
que antes se agitaba, los vientos, las aguas, así como las tinieblas, dejaron
de pronto de existir
y fue como
si nunca hubieran
existido...
¿Comprendes? Hacía apenas
unos minutos que las olas nos tapaban las estrellas y rozaban el cielo. Ahora
el silbido del viento había enmudecido como la cuerda rota de un instrumento...
Sobre nuestras cabezas volvió a aparecer el cielo majestuoso y las estrellas
caían de nuevo en el mar para dormirse, seguras, sobre su levemente rizada
superficie. Si no fuera que estábamos empapados de agua, jadeantes, rendidos
por la lucha contra el viento, con los nervios en tensión y con la barca llena
de agua, hubiéramos podido pensar que toda la tempestad no había sido más que
un sueño... Jesús se dejó caer sobre un banco, se acurrucó y quedose inmóvil.
¿Había vuelto a dormirse? Simón nos mandó a media voz que achicáramos el agua
de la barca. Mientras lo hacíamos, le mirábamos. Durante el temporal lo
habíamos olvidado. Ahora, no importa lo que estuviésemos haciendo, todos
nuestros pensamientos estaban concentrados en él. No nos cabía en la cabeza
que, después de todo aquello, fuera capaz de quedarse dormido como un niño cansado
que cae en la inercia del sueño, que es como la antesala de la muerte...
Pero aquí no termina todo,
Justo. Por la mañana nos acercamos a la orilla que se alzaba ante nosotros
formando un vertical acantilado. Sólo por un punto podíamos llegar a ella y
allí era por donde el agua había desgastado la roca que, al desmoronarse, se
había convertido en un montón
de informes y
puntiagudos bloques de
piedra. El maestro se despertó y,
sin pronunciar palabra, con un signo dio a entender a Simón, que como un perro
fiel no le perdía de vista, que desembarcáramos allí. Con prudencia, examinando
el fondo con un remo, pasamos por entre las rocas. El agua entre ellas se
movía, pero el mar que él había calmado estaba tan tranquilo que sin temor
alguno pudimos dejar la embarcación y tomar tierra en la rocosa orilla. Entre
los negros bloque s crecían plantas verdes y matas con flores color púrpura.
El pedregal formaba como
una brecha en el alto y casi inaccesible acantilado y conducía en suave
pendiente a un pequeño llano cubierto de abundante hierba y árboles. No lejos
divisamos una ciudad. «Es Gerasa», dijo Jaime, que conocía bien aquella región.
Una enorme piara de cerdos pacía a la sombra de unas majestuosas encinas.
Cuidaban de ella unos chiquillos medio desnudos, vestidos sólo con unas pieles
negras que les cubrían las caderas. Nos miraron con curiosidad. De pronto uno
de ellos lanzó un grito y señaló en nuestra dirección como si nos quisiera
prevenir de algo.
Nos volvimos, al mismo
tiempo oímos un alarido salvaje y espantoso.
Algo venia hacia nosotros.
Al principio fue difícil distinguir si se trataba de un hombre o de un animal.
Era un ser enorme, desnudo, cubierto de pelos, barro y sangre coagulada. De una
de sus muñecas colgaba un trozo de cadena. Comprendimos que se trataba de un
lo- co. Venía corriendo y lanzaba unos gritos inhumanos. Miré a los
pastorcillos y vi que cada uno había agarrado una pesada maza. Sus perros
comenzaron a ladrar furiosamente. Aquel demente debía de ser peligroso. Abría
las fauces y daba dentelladas en el aire con sus afilados dientes, como un
animal. Sus puños, cerrados, parecían dos enormes martillos. Aún tuve tiempo de
ver unos orificios sangrantes en el pecho y los brazos del desdichado, pero ya
Simón se había alejado un poco y gritó: « ¡El maestro! », y él y Tomás se
volvieron para protegerle. Los otros se pararon también. Mientras tanto el
demente llegó junto a Jesús, que se había quedado inmóvil, sin demostrar el
menor temor. Pero no se abalanzó sobre él, sino que se dejó caer al suelo lanzando
un horrible alarido que parecía a la vez un
sollozo y una carcajada.
Dio con la cabeza contra la piedra y la sangre le salpicó
la frente. Arrancaba
con ambas manos
la hierba y la
arrojaba al aire. De su boca abierta salía a borbotones una saliva blanca y
espesa. De pronto, entre los gritos del demente, pude distinguir unas palabras:
— ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Vete de
aquí. Jesús! — vociferaba ¡Fuera! Vete, hijo de Él! ¡Nada tienes que ver con
nosotros! ¡Todavía no ha llegado tu hora! ¡Fuera! ¡Vete!
Sentí un
escalofrío. Aquel loco
debía de estar
poseído del demonio. Confieso que
nunca había visto tan de cerca a un energúmeno. Conozco los exorcismos: sé cómo
conjurar a Zamael, padre de Caín, y a Asmodeo, nacido de un insecto... Pero
entonces estaba tan impresionado que olvidé todas las instrucciones. El hombre
daba alaridos, arañaba la tierra con las uñas, se lanzaba con todo su cuerpo
contra las piedras y lo salpicaba todo de sangre y espuma. Se me ocurrió pensar
que así mismo debió de comportarse el padre de la mentira ante el trono del
Eterno, al verse obligado a confesar que no había podido vencer a Job...
Temblaba. De pronto, Jesús dijo:
—Deja a este hombre.
Como siempre, su voz era
suave y firme, igual que cuando ordenó a la tempestad que enmudeciese. En sus
palabras no había irritación ni estridencia alguna. Era simplemente una orden
que no podía ser desobedecida.
El poseído dio un aullido
más fuerte aún y vociferó con voz ronca (él
les habla, pero
los endemoniados, en
su presencia, siempre gritan):
—¿Por qué? ¿Por qué? ¡Oh,
nos estás agotando! Pero no tememos —chilló de pronto ¡Somos muchos!
—¿Cómo te llamas? —
preguntó Jesús.
—¡Somos muchos! ¿Has oído?
¡Muchos! Todo un día no bastaría para decirte nuestros nombres. Estamos aquí
todos. Somos toda una legión...
—Todos, pues, salid de él.
El hombre gritaba como si
le estuvieran torturando. Se clavó los dientes en el brazo y se arrancó de
cuajo un pedazo de carne. Bajo el grito se oía cada vez más distintamente un
sollozo. Gemía:
—¡Vete! ¡Déjanos! ¿Qué
quieres? ¿Por que me torturas? — De un salto el endemoniado se levantó,
adelantó las piernas y se sentó. Sobre su cara ennegrecida, sobre sus labios
ensangrentados apareció una leve sonrisa implorante —. ¿Adónde iremos? —
preguntó —. Tú sabes cómo se está allí... —Una contracción de terror le
retorció la boca —. Deja que nos quedemos... Aquí —señaló con su negro dedo a
Gerasa — nos quieren. A ti no te esperan... Déjanos... ¡Nos lo podríamos
repartir! Tú allí, nosotros aquí. Te ofrecíamos todo el mundo. No lo quisiste y
ahora pretendes... Ellos no te quieren, puedes creerme. Estas piaras les son
más preciosas que tú...
—Por esto os mando entrar
en ellas. ¡Salid!
El hombre se echó hacia
atrás y durante unos minutos se estuvo retorciendo con
unas fuertes convulsiones:
Algo como una
ráfaga pasó junto a
nosotros, agitó nuestros
mantos mojados y se
desvaneció en el espacio. Oímos gritos de los pastores y aullidos de los perros
que huían con el rabo entre las piernas. Los cerdos dejaron de hozar la tierra.
Daban vueltas y chillaban despavoridos, levantando las jetas. Súbitamente, como
un negro alud de barro, toda la piara atravesó corriendo el prado en dirección
al mar. Aquellos miles de pezuñas hollando la tierra produjeron un rumor
parecido a lejanos truenos. Los primeros cerdos llegaron al borde del
acantilado y, sin disminuir la velocidad, se lanzaron al espacio. Les siguieron
todos los restantes Nada podía detenerlos. Todos, hasta el último, salieron
despedidos por el borde rocoso y, agitando torpemente sus cortas patas, cayeron
al agua, que se cerró sobre ellos como una tapa. Ni uno solo salió a flote, el
mar engulló total- mente la enorme piara.
Entonces Jesús señaló al
hombre que yacía sin sentido en tierra y dijo:
—Ocupaos de él.
Luego se dirigió lentamente
hacia una roca, se sentó sobre ella y escondió el rostro en las manos. ¿Rezaba
o lloraba? Sin dejar de observarle, nos ocupamos del hombre. Se recobró pronto.
Era obediente como un niño. Se vistió una baja cuttona que él mismo encontró no
lejos de allí en una gruta. Se lavó la sangre de la cara y las manos. Vi que
examinaba con terror su cuerpo herido. Nos seguía con la vista sin decir
palabra. Cuando, más tarde, nos acercamos al maestro para
desayunar, él también
se aproximó. Fijó
en él una mirada llena de admiración, temor y
agradecimiento. Permaneció callado,
pero sobre su
cara salvaje y
bestializada apareció una
expresión humana.
Entretanto Jesús repartió el pan y los peces que habíamos traído. También llamó
con una seña al demente. Pero tardó en acercarse para tomar su parte. Parecía
como si no pudiese creer que aquello era realmente para él. Por fin se arrodilló
y tendió tímidamente las manos, en las que el maestro depositó el pan. Lo comía
despacio como si antes besara cada trozo. No se levantó: sentose sobre
sus talones y,
del mismo modo
que antes el
pan, parecía ahora devorar cada palabra del maestro, que nos estaba
diciendo:
—¿Os ha asustado la
tormenta? ¿Creéis, acaso, que habéis sido llamados para participar en una
alegre siega? No; en verdad os digo que vendrán peores tempestades y el Hijo
del Hombre os será arrebatado. Pero no te asustes, pequeña grey: vuestro Padre
os dará el reino. Cuando yo arrojo demonios por mediación del espíritu de Dios,
es que este reino ya ha llegado. Ya está cerca... Mas no os asustéis. Ocurra lo
que ocurra, yo estaré con vosotros. No me negare a quien tampoco me haya negado
a mí. Y aunque pierda la vida, ganará la vida.
Mientras escuchábamos
aquellas asombrosas e inesperadas palabras, una enorme multitud de la ciudad se
nos acercó sin que nos diéramos cuenta. Venían gritando, pero al acercarse
enmudecieron. Observé que nos miraban asustados. Al frente de ellos iban unos
ancianos con barbas
blancas, vestidos con
unos largos mantos. Desde luego eran paganos. Les habían
conducido hasta allí aquellos pastorcillos vestidos con pieles negras sobre las
caderas. Nos señalaban a nosotros, al prado por el que hacía una hora corrieron
los cerdos y al mar que los había engullido a todos. La gente se detuvo a
cierta distancia de nosotros. Advertíase que tenían miedo de acer- carse más.
Uno de los ancianos se adelantó un poco y, saludando respetuosamente al
maestro, le dijo en griego:
—Kyrie, a ti que has
destruido nuestras piaras, te rogamos que te vayas. Debes de ser un gran mago,
puesto que has podido liberar a este desdichado. En modo alguno queremos
ofenderte... Pero márchate, te lo rogamos. Por tus vestiduras vemos que eres
judío. Vuelve con los tuyos. Nos has causado un gran daño, a pesar de que
nosotros no te hemos ofendido en nada. Te lo pedimos todos... vuelve a
embarcarte. Se ha perdido una gran riqueza. Se hubieran podido dar muchos
banquetes... No te lo reprochamos, Kyrie. Pero déjanos. Eres demasiado grande
para permanecer en
nuestra ciudad. Además,
vosotros, los judíos, no
aceptáis nuestra hospitalidad y nuestra comida os parece impura. Embárcate de
nuevo y vete.
Le hizo una respetuosa
reverencia.
—Márchate, te lo rogamos —
repitió la multitud a coro.
Todos comenzaron también a
hacerle profundas reverencias. Pensé que les contestaría. Pero se levantó y,
sin decir palabra, se encaminó hacia el mar. Le seguimos. La multitud se quedó
allí mismo, formando un semicírculo y observando todos nuestros movimientos.
Llegamos hasta la barca, que se balanceaba suavemente sobre el agua verde.
Primero entró el maestro y a continuación todos nosotros fuimos ocupando
nuestro sitio. Cuando ya nos habíamos acomodado, vi que el hombre liberado del
demonio estaba en una piedra junto a la barca. Apoyó un pie en la borda,
vacilando, y miró al nazareno con aire de súplica. Por primera vez desde que le
habían abandonado sus verdugos habló en voz muy baja:
—Llévame también a mí,
Kirie...
Pero Jesús negó con la
cabeza. (¡Nunca se sabe lo que va hacer!)
—Quédate — le dijo —.
Vuelve a casa y cuenta a todos los tuyos cuán grande es la misericordia de
Dios. Cuéntaselo a todos... — añadió, apoyando cada una de las palabras.
Hasta ahora te había
escrito que siempre recomendaba que no lo contaran a nadie. Pero a éste le
dijo: «Cuéntaselo a todos». El hombre se apartó. Sus ojos se entristecieron,
pero su expresión era de obediencia. Simón empujó la barca con un remo y
salimos de entre las rocas. El otro continuaba de pie junto al agua. Más
arriba, en la orilla, se veía el semicírculo de los gesarenos observando
atentamente nuestra embarcación. De
pronto, el hombre
gritó para que le
oyéramos, a pesar de la distancia que nos separaba:
—¡Lo contaré a todos! ¡Sí,
lo contaré!
No tardamos en estar de
vuelta en Cafarnaúm. Aún no habíamos tocado tierra y ya una gran multitud
acudió a recibir al maestro. Le saludaban agitando las manos y gritando
alegremente. Entre ellos vi a Jairo. De nuevo hizo Jesús una cosa
impresionante. Pero esto te lo contaré en la próxima carta. He de ordenar mis
ideas y decidir...
¿Quién es él, Justo? ¿Quién
es este hombre que serena las tempestades, ahuyenta a todo un ejército de
demonios y se queda dormido en medio del rugido de los vientos?
CARTA VIII
Querido Justo:
De un modo totalmente
inesperado he tenido que separarme de él. Vuelvo a Jerusalén con la sensación
de no haber sabido poner en claro quién es este hombre, qué es lo que realmente
enseña y qué quiere de mí.
Cierta mañana. poco después
de haber vuelto de Gerasa, el maestro,
sus discípulos y yo nos
encontramos en aquella
misma colina desde la que no hacía mucho él había proclamado sus
bienaventuranzas. El rocío, semejante a unas gotitas de leche que se hubieran
escapado de una jarra rota, cubría la hierba. Esta colina tiene una profunda
hendidura que rasga la cima en dos picos. Por ella, como si fuera a través de
una ventana triangular, se divisa a lo lejos el lago de Genezaret, parecido a
la enorme arena de un circo romano. Aquella
mañana se extendía
por doquier una
compacta masa de niebla amarillenta y espesa que el sol en
vano intentaba traspasar. Como nos ocurre a menudo en nuestras correrías,
pasamos la noche entre unas rocas. Dormí mal, despertándome repetidas veces.
Cada vez que levanté la cabeza de mi húmedo manto y miré, vi vacío el sitio del
maestro. Hacia el atardecer había subido a la cima de la colina y allí se quedó
rezando hasta la madrugada. Cuando comenzamos a desperezarnos nos llamó desde
lo alto:
—Venid: quiero deciros
algo.
Fuimos adonde estaba. Como
otras veces, los discípulos se lanzaron a ver quién llegaba primero. Juan, que
tiene las piernas más largas, llegó antes junto al maestro, adelantándose a
Simón, que siempre se enfada por esto. Sólo Judas y yo no tomamos parte en este
juego infantil.
Nos esperaba en la colina.
Parecía impaciente, como si tuviera prisa por comunicarnos su pensamiento.
Estaba al borde mismo de la
pendiente, que en este
punto es muy vertical; apoyó afectuosamente las manos sobre los hombros de Juan
y Simón. Dijo:
—Escuchadme, hijos míos:
quiero que os separéis y os marchéis por toda la tierra galilea para anunciar a
la gente que ya ha llegado la hora y que todos deben hacer penitencia...
Calló y los observó como si
quisiera saber el efecto que les habían producido estas palabras tan
inesperadas. Pero ellos evitaron su mirada y sólo de enojo se miraban unos a
otros con caras que expresaban sorpresa, desconfianza e inquietud. Comprendí su
inseguridad. Estos amhaares sólo se encuentran bien cuando van en grupo. Cada
uno de ellos, incluso un sabelotodo como Natanael, cuando está solo se siente
perdido y tiene miedo. Apenas les hubo dicho esto ya no les quedó nada de su
anterior seguridad en sí mismos, de su orgullo y de sus ingenuos sueños de
«reinar en el reino del maestro». Simón se rascó la nuca con su enorme mano.
—¿Y tú, maestro? — preguntó
—. ¿No iras con nosotros?
El mostró una clara sonrisa
y movió la cabeza. Estaba como una persona que ha dicho todo lo que quería
decir y ahora espera los argumentos contrarios para ir rebatiéndolos uno a uno.
—No. Iréis solos, de dos en
dos...
Se quedaron mudos. Si antes
estaban medio dormidos, ahora se sintieron anonadados.
—¿Cuándo, maestro? —
preguntó uno de ellos.
—Ahora mismo — contestó con
una suave firmeza. Comenzaron a darse codazos y mirarse significativamente.
¿Acaso pensaban que después de toda una noche en vela el maestro no sabía bien
lo que estaba diciendo? Sobre todo los turbaba el tono risueño de sus palabras.
Se consultaban con la mirada: «¿Qué pensáis de esto?» Santiago el Menor (lo
llaman así para distinguirlo del hijo de Zebedeo) torció la boca con gesto
desdeñoso. Evidentemente, no le había gustado el proyecto del «Hermano». Se
frotó la nariz con el revés de la mano e iba a decir algo, pero Felipe se
adelantó.
Éste siempre sale con algo
cuando parece que los otros se hayan tragado la lengua. Enroscándose en un dedo
los pocos pelos que le cuelgan sobre la oreja, dijo:
—Antes tendríamos
que bajar a la ciudad
para adquirir provisiones.
Ninguno de nosotros lleva sandalias decentes... — miró a los compañeros con
orgullo, como si hubiera descubierto una fuente
en medio del desierto. —Con
estos agujeros —- levantó el pie — no llegaríamos lejos...
—No tenemos ni un as —
observó Judas.
Como queriendo confirmar la
veracidad de sus palabras, abrió la alforja y nos mostró su fondo vacío. El
maestro le había encargado que administrara el poco dinero con que la gente los
socorría.
Movieron las cabezas y
dirigieron una mirada interrogante al maestro. Pero él volvió a sonreír como un
niño encantado con su propia idea.
¡No necesitáis nada! —
exclamó con calor —. Ni dinero, ni provisiones, ni siquiera una bolsa. Marchad
con las sandalias rotas y con lo que lleváis puesto. Que cada uno se haga un
bastón con la rama de un árbol: no necesitáis la vara de peregrino. Marchad tal
como vais y no os equipéis para ir de viaje. Allá... — entendió una mano y se
acercó al borde, empujando, al pasar, unos guijarros, que cayeron rodando por
la pendiente. La niebla, en el valle, había disminuido y a la grisácea luz del
amanecer veíase el mar, salpicado de espuma, con centenares de casas esparcidas
a sus orillas —, allá
—repitió — os espera la
siega. Id a trabajar. No visitéis a paganos y samaritanos, antes bien buscad
las ovejas descarriadas del rebaño de Israel. Decidles a ellas: ha llegado la
hora. Y, como señal, curad a los enfermos ungiéndolos con aceite, limpiad a los
leprosos y expulsad demonios. Aceptad lo que os den, como el obrero que no
discute su paga, y no pidáis nada. Habéis recibido de balde; dad, pues, de
balde también.
Aquí interrumpiose y los
miró esperando ver su reacción. Pero ellos seguían mirándose unos a otros,
inmóviles en su sitio. Sus palabras, en vez de animarles, aún habían aumentado
su temor. Porque no era lo mismo curar o aventurarse a expulsar demonios cuando
el maestro estaba allí, dispuesto a ayudarles, que tener que ir ahora lejos con
este poder entre las manos. En el silencio que reinaba resonó le estridente voz
de Santiago:
—Nos mandas e buscar las
ovejas... Pero allí donde hay ovejas hay también lobos...
—Has dicho bien — afirmó.
Pero su voz seguía siendo alegre —. Os mando como ovejas en medio de lobos...
Entre ellos debéis ser confiados como palomas y astutos como zorros...
—Pero si la oveja confía en
el lobo, el lobo no la soltará... —
observó Simón.
—La oveja muerta no teme al
lobo — contestó dirigiéndose al fuerte pescador —. Vosotros temed sólo e Aquel
que, incluso después de muerto, puede conservar su poder sobre vosotros. ¿Y
qué, si os matan el cuerpo? ¿Y qué, si os conducen a juicio? Sí, todo esto
llegará un día... —agregó de pronto con un tono totalmente distinto.
Aquel arranque de alegría
que tenía al principio se extinguió. Apartó de nosotros su cansada mirada y la
fijó en el espacio: parecía que
estuviera mirando algo
muy lejos, más
allá de las
grises montañas, al otro lado del mar. Su brillante mirada se nubló como
si la hubiera cubierto la niebla que ahora se estaba levantando por encima del
lago y se derretía bajo los rayos del sol.
Siempre como
si buscara sus
pensamientos más allá
del horizonte, siguió diciendo:
—He venido a traer la paz.
Pero mis palabras traerán la guerra. Por causa de ellas habrá disputas en las
casas: los hermanos, irán contra los hermanos, la mujer contra el marido. Por
ellas el hermano traicionará al hermano, el hijo al padre... He venido a traer
el amor. Pero por su causa os odiarán... A mí me odian y vosotros correréis la
misma suerte... Este será el destino de los discípulos. Seréis perseguidos como
yo, buscaréis dónde esconderos y nunca encontraréis la ciudad que os dé
refugio. En verdad os digo que aún no os habrán prendido y ya tendréis que
cargar sobre vuestras espal- das la cruz de vuestros presentimientos, de
vuestras dudas y de vuestros temores...
Dejó de hablar, pero siguió
con la mirada perdida en el espacio. Sus labios temblaban ligeramente. Pero
aquél era un día en el que toda niebla debía ceder a la tuerza del sol. Su
mirada volvió de la lejanía para posarse en aquel pequeño grupo de personas,
todavía más asustadas después
de oírle. Apareció
de nuevo su
alegre sonrisa.
Recordad, con todo, lo que
os dije aquella mañana después de la tempestad: estoy con vosotros. Quien
pierda la vida por mí, la habrá ganado, quien lleve su cruz por mí, me
encontrará... Quien os reciba durante vuestra peregrinación me recibirá a mí y,
junto conmigo, a Aquel que me ha enviado. Bendecir a todo aquel que os escuche.
¡Marchad ya, poneos en
camino! Dentro de un mes volveremos a encontrarnos en esta colina. Os estaré
esperando. Marchad pronto, el
trigo ya está maduro y la
hoz os espera. No debéis permitir que los granos caigan al suelo...
Se miraron por última vez.
En el silencio del amanecer se percibía su agitada respiración. La niebla del
lago se había desvanecido totalmente y el aire se volvió transparente como el
cristal. En el valle, unas pequeñas olas blancas corrían como agua derramada
sobre la azul y brillante superficie del lago. El calor aumentaba gradualmente
y se bebía toda la humedad que aún quedaba en la hierba y en nuestros mantos.
Tocándose con los codos, comenzaron o juntarse en grupos de dos. Simón llamó a
Juan: «Ven conmigo» (creo que temía que Juan se quedara con el maestro). Vi que
mi Judas escogía como compañero a Simón
el Zelota. Los
taciturnos Judas y
Mateo, el antiguo publicano, se
hicieron a un lado. Pero ninguna de las parejas quería ser la primera en
marchar. Iban demorando la partida y no hacían más que mirarse unos a otros.
Uno de ellos suspiró como si aspirara aire antes de tirarse al agua. Me llegó
la voz de Felipe:
«Debemos marchar sin más
demora. No tardará en hacer mucho calor...» A éste siempre le importa no el
qué, sino el cómo. Pero él tampoco se adelantó a los otros. Todos parecían
ocupados en recogerse la cuttonas
y apretarse las
correas de las
sandalias mientras con el rabillo del ojo observaban lo que hacían los
demás. Creo que allí se hubieran quedado si el maestro no hubiese dicho:
—Hijos, marchad, marchad
ya. Debéis iros. Salom alehem... Contestaron: salom alehem; y todo aquel
compacto grupito osciló
al borde de la pendiente
como una roca socavada por el agua que oscila sobre ella misma antes de caerse.
Los primeros en marchar — imagínate tú — fueron Judas, el «hermano» del Señor,
y Mateo. Los guijarros crujieron bajo sus pies. Los otros tampoco tardaron en
ponerse en camino. Pareja por pareja se inclinaban ante el maestro y
desaparecían detrás de la roca. Poco después quedamos sobre la colina solamente
nosotros dos: él y yo. Desde el fondo del barranco nos llegaban
las voces de
los caminantes y el
golpear de sus bastones. Los perdimos de vista durante
un buen rato y, cuando por fin aparecieron de nuevo, formaban ya sólo un cordón
de blancas manchas que avanzaba por el sendero en medio de un verde prado. El
maestro los siguió con la mirada. Yo, a un lado, le observaba: su rostro expresaba
emoción y ternura.
Ya te lo
he escrito en
otra ocasión: él ama como si en su amor no hubiera diferencias... Se
podría pensar que ama a aquel grupo de amhaares como un padre a sus hijos más
queridos y que considera que más que darles la vida les
ha creado, como hizo el
Todopoderoso cuando tomó de la tierra un puñado de arcilla y la soltó de su
mano transformada en un ser viviente...
Sólo cuando desaparecieron
definitivamente entre los arbustos dejó de mirarlos y, levantando los ojos a lo
alto, pareció murmurar al cielo una corta plegaria. He aquí llegado el momento,
pensé, que tanto he esperado.
Estábamos los dos solos,
lejos de la gente, con el lago allá en el valle y sobre nuestras cabezas el
cielo, inmensamente grande. Comprendí que debía ser entonces o nunca... Busqué
las palabras adecuadas. Confieso que
después de todo
lo que he
visto últimamente ya no sé hablarle como antes: me sigue resonando en
los oídos el rugido de la tempestad que serenó, el vocerío que se produjo entre
la multitud cuando la mujer de Jairo salió de su casa gritando... Esto todavía
no he tenido tiempo de contártelo. Pero, ¡ocurren tantas cosas nuevas cada día!
Hace poco resucitó a la hija de un rosh-hake- nesth. Cuando se dirigía a la
casa de Jairo, la gente le decía «No te molestes en ir, rabí. Lástima de tu
tiempo. ¡Ya ha muerto!... Escucha a las plañideras que han comenzado ya sus
lamentos...» Pero no les hacía caso. Seguía andando y movía la cabeza. «Os
equivocáis... está dormida...» Ni siquiera se daba prisa. Por el camino tuvo
que detenerse un momento porque se le acercó una mujer que tocó los zizith de
su manto y quedó curada sin que él hiciera nada... De esto también se podría
hablar largamente. Luego entró en la casa, de la que salía un ruido
ensordecedor de pífanos. Llevó consigo solamente a Juan, Simón y Santiago. Yo
me quedé fuera entre la multitud. Todo fue cuestión de pocos instantes. De
pronto, los pífanos y los lamentos enmudecieron. Se
hizo un gran
silencio en el
que resonó un espantoso grito de mujer. La mujer de
Jairo apareció a la puerta. Las lágrimas caían sobre sus mejillas llenas de
arañazos y sus labios sonreían. Hablaba aprisa, con una voz jadeante que
desfallecía constantemente: «¡Ha revivido! Ha dicho: "Despiértate"...
y ella ha abierto los ojos. Se ríe y come...» Tan de prisa como había salido
volvió a entrar en la casa. Y un grito de admiración estremeció las turbas.
Siempre me parece que
delante de él lo mejor es callarse. Pero si no se lo decía ahora, ya nunca
encontraría salvación para Rut... Comencé tartamudeando:
—Yo rabí...
En la mirada que me dirigió
leí un sentimiento de extrañeza: ¿por qué no me preguntas? Él nos fuerza a
exteriorizar nuestros pensamientos más recónditos, aun aquellos de los que
nosotros mismos no tenemos todavía plena conciencia...
—¿Quieres algo de mí? —
preguntó.
Me quedé
cortado. En aquel
momento todo debía
quedar aclarado. Su afable mirada me facilitaba la tarea. Y, a pesar de
todo,
¡no pude! No mencioné a
Rut. Cuanto más íntimo es el pensamiento que he de confesar, tanto más me
cuesta hacerlo.
Sólo pude susurrar:
—Rabí, ¿qué debo hacer para
alcanzar el reino...? La vida que dijiste... aquello de volver a... ¿Recuerdas?
Me indicó con la mirada que entendía mi pregunta.
—Tú sabes — dijo — qué
exige la Ley y cuáles son los mandamientos que trajo Moisés...
—Sí, lo se,.. — afirmé.
—Y sabes también — continuó
— cuál es el mandamiento más importante... ¿Qué más, pues, deseas saber?
Abrí los brazos,
descorazonado.
—Estas prescripciones —
al hablar, las
palabras se me endurecían en la boca y las soltaba cada
una por separado, como si fueran piedras — nunca he dejado de cumplirlas. Desde
mi juventud siempre he deseado estar en la casa del Señor, siempre he amado el
esplendor de su Templo... Le he servido con todas mis fuerzas, por encima de
todo...
—...y a pesar de esto... —
dijo como para ayudarme,
—¡Sí! — exclamé —. ¡A pesar
de esto me falta algo!
—¿Y no sabes qué?
—No... — contesté con voz
muy baja. Sentía los latidos de mi corazón.
Se quedó silencioso como si
meditara. Los saltamontes comenzaron a cantar entre la hierba soleada.
—Te lo voy a decir —oí por
fin—. Tienes demasiadas preocupaciones, disgustos, inquietudes y angustias...
Dámelas a mí, dámelas todas, Nicodemo, hijo de Nicodemo; ven y sigue mis
huellas.
—¿Cómo puedo darte mis
preocupaciones, rabí? —pregunté.
La voz, de pronto, comenzó
a temblarme y sentí una enorme emoción porque me di cuenta de que había puesto
el dedo en la llaga de mi corazón.
—Dámelas todas — repitió
suavemente.
No me explicó sus palabras.
Temí que dijera como aquella vez:
«tú eres sabio, conoces las
Escrituras, deberías saber...» ¿De qué me sirven mis
conocimientos? No sé
nada, nada, nada.
Le miré
tímidamente, pero la
expresión de su rostro me animó: había en el la
misma afabilidad que cuando
despedía a sus discípulos. Confesé:
—Tú sabes que no te
comprendo, rabí...
No me respondió ni se rió
de mí. Me habló, lleno de bondad:
—Quiero que me entregues
todo lo que te aprisiona... quiero que saques de tus espaldas la cruz de tus
penas y temores y tomes la mía... ¿Cambiamos de cruces, Nicodemo?
Sentí una sombra de
disgusto. ¡Qué comparación! La cruz es un instrumento de castigo infame y no es
agradable mencionarla siquiera. Sólo la más baja chusma ciudadana goza
contemplando semejante espectáculo. Por suerte, recientemente, Pilotos prometió
no imponer este castigo más que a los peores criminales.
—Rabí, ¿por qué mencionas
la cruz? — dije con cierto tono de reproche —. Es una muerte ignominiosa. ¿Es
que tus palabras significan un deseo de que alguien te acompañe en la dura
prueba?
Como un
eco en un
desfiladero entre montañas,
repitió mis últimas palabras.
—Sí; desearía que alguien
me acompañase en la dura prueba... Vacilé. En mi interior, los pensamientos y
los sentimientos estaban
sosteniendo una lucha. Se
me ocurrió que quizás él había notado la
creciente hostilidad de los
fariseos hacia su persona. ¿Acaso espera que yo le ayude? Al mismo tiempo
comprendí cuán peligroso era
ofrecerle ayuda. ¿Cómo
puedo saber lo que aún hará o dirá? Detesto
las decisiones tomadas a la
ligera... Levanté lentamente los ojos: su mirada avasalla a los hombres.
¿Comprendes, Justo, qué significa descubrir que este hombre me ama? Cuando
éramos jóvenes nos parecía que el mundo ascendía hacia las estrellas. Pero, ¡cuánta
más alegría no experimenta la persona que, al llegar al borde de la vida
humana, tiene la suerte de encontrar el amor...! El adolescente busca el amor,
pero no lo conoce. El hombre que ha pasado ya la misteriosa línea de los
cuarenta sabe lo que vale este trofeo. Y por esto desea
más que nunca el amor de
otra persona... ¡Si tú supieras de qué modo él nos mira! Con milagros se puede
comprar una multitud, pero conquistarla sólo es posible así. En esto debe
residir el secreto de esta absoluta entrega de los amhaares. Incluso ellos lo
han sentido a través de su dura piel. ¿Cómo podemos decir a un ser que nos
ofrece semejante amor que no queremos prometerle nada? Soy blando y a
menudo me arrepiento
de las promesas
hechas. Quizás ahora también me arrepienta. ¡No sé qué más
puede pedirme este hombre!
¡Exige tanto!
Me dijo: «dame
tus penas y
angustias...» ¿Todas?
¿Quiere decir también la
preocupación de Rut? Porque, adivinando como adivina él los pensamientos
humanos, no es posible que ignore
esta enfermedad. Quiere
aligerarme de todo... Pero, ¿qué me dará a
cambio? ¿también algún otro
«todo»? Lo ha llamado cruz... ¡Qué comparación tan desagradable!
Cuando yo estaba en la edad
en que los niños dejan su casa y pasan a estudiar a la del maestro, los
soldados de Coponio rodearon a Séforis con un círculo de cruces... Fue la
última gran locura... ¡Qué cosa tan horrible! Con razón las Escrituras dicen:
«Maldito sea el que ha sido colgado de una cruz.» ¿Sabes, Justo? Realmente, no
sabía cómo responderle. El seguía mirándome y me pareció que de nuevo, como un
velo de niebla, había oscurecido su rostro, antes radiante. Pero esta tristeza
no disminuía su amor. Quizá lo hacía resaltar más aún (si esto es posible)
porque nada es más amor que el amor nacido a pesar del dolor. Entonces no pude
resistir más. Le dije:
—Si lo deseas, rabí...si
así lo deseas, hágase... Pero en este momento me invadió un miedo, un miedo
horrible que me traspasó todo produciéndome una sensación de ahogo. En otra
ocasión te he hablado de esa trampa... Sentía como si hubiese caído en ella. El
ofrece dones a los que quiere vencer. Pero, ¿qué dará al que le haya prometido
fidelidad? ¡Rut, oh Rut! Le miré y mi temor aumentó más aún. En sus ojos
clavados en mí, en sus ojos amantes como el mismo amor, me pareció leer una
sentencia... ¡Oh, Adonai! Comprendí que ahora ya no podía pedirle nada como
Jairo: ni siquiera podía intentar robarle su poder como aquella mujer del flujo
de sangre. ¡Entregué a Rut a cambio
de aquella mirada!
¡Adonai! ¡Adonai! ¡Adonai! Jairo salvó a su hija... La mujer de
Naim recuperó a su hijo... Pero, ¿y yo? La trampa presentida se ha cerrado
sobre mí... No hay salida... ¡Oh, Adonai, ten piedad!
Mientras he estado
escribiendo, se ha hecho de noche. El viento mueve las hojas de las palmeras y
recoge el reflejo de las estrellas en
la superficie del
mar. Quizá no es verdad lo
que he pensado en relación a Rut, quizá todo quedará como
antes... ¿Como antes? Pero, lo que ahora existe, ¿puede quedar así? Cuando me
imagino lo peor, pienso: ¡todo menos esto! ¡Que esta enfermedad dure aunque sea
decenas de años! Pero sé que cuando vuelva y vea sus sufrimientos repetiré con
desesperación: ¡esto tiene que terminar de algún modo!
¡Tiene que acabarse!
El maestro y yo hemos
hecho, pues, una especie de pacto. ¿Qué resultará de él? No lo se. Le dejé en
la colina. Quizás esperará allí la vuelta de los discípulos. Yo vuelvo a Judea.
Procuraré defenderle de las acusaciones que habrán ido llegando contra el al
Sanedrín durante mi ausencia. No, no soy discípulo suyo. No tengo nada en común
con aquellos amhaares. Nuestro pacto sólo nos concierne a nosotros dos: a él y
a mí. ¿Un pacto o una amistad? Ni yo mismo lo sé... A decir verdad, todo esto
resulta un poco ridículo: le he entregado mis preocupaciones, que, claro esta,
han quedado igualmente conmigo, y he cargado con la promesa de algo ante lo
cual siento un miedo inexplicable... La cruz, ¡qué instrumento tan odioso!
Afortunadamente, tenemos la promesa de Pilatos... ¡Qué idea tan extraña hablar
de una cosa así!
CARTA IX
Querido Justo:
No sé cómo darle las
gracias. El joven, pero inteligente médico de Antioquía que me recomendaste,
vino a casa y visitó a Rut. Me gustó: parece un hombre de horizontes amplios y,
a pesar de ser griego, sabe comprender nuestras costumbres. ¿Qué me ha dicho?
Que debe curarse... ¡Ojalá! Pero, desgraciadamente, todos sus predecesores
decían lo mismo. Siento decirlo por ti. Pero, compréndeme: ¡tantas veces he
oído asegurar lo mismo! La gente me manda continuamente médicos; todos hablan
con entusiasmo del suyo. Pero ahora ya temo cada cara nueva. Temo un nuevo
desengaño... Este Lucas parece más honrado que los otros. Sus palabras no
parecen sólo misteriosas palabras para ocultar un vacío. Expone su ciencia
abiertamente, como en un mostrador, y explica minuciosamente qué se podría
hacer, qué se podría emplear, qué se podría probar... Estoy seguro de que este
hombre no se rendirá hasta el final. Pero, ¿dará resultado alguna de estas
innumerables pruebas que me propone? ¿Permitirá el tiempo aplicarlas todas? El
carro sigue precipitándose. ¿Cuánta pendiente le queda aún para seguir rodando?
Sólo él podía curarla. Pero
pasó indiferente por mi lado, como hizo con aquellos nazarenos enfermos. Quiso
castigarlos. Pero a mí, ¿por qué me castiga? A mí, que he accedido a cargar con
lo que él llama
«la cruz». Empieza a nacer
en mí la inquietante sospecha de que, bajo sus palabras, se esconde un peligro
mayor del que se podía suponer al principio. Su llamada acaba siendo
irresistible... Y parece un hombre insaciable, dispuesto a recoger lo que él mismo
no sembró...
Una gran sequía lo está
quemando todo. La tierra se ha vuelto como una ceniza blanda y ligera. Cuando,
al anochecer, sopla un poco de viento, arrastra consigo una rojiza nube de
polvo. El Cedrón se ha secado. El monte de los Olivos rechaza el calor con el
brillante verdor de las
hojas de sus
olivos, pero los
viñedos se han
ennegrecido, la hierba se
ha vuelto amarilla y frágil, las palmeras han doblado sus ramas como camellos
cansados que bajan sus cabezas, y los higos han madurado en las tupidas copas,
entre las hojas. La gente se acuesta a la sombra y espera, jadeante, la llegada
de la brisa nocturna. Todos han huido de Xystos y Bezetha para refugiarse bajo
el pórtico de Salomón. Allí se puede encontrar ahora gente de la más baja
extracción. Porque, ¿quién ha quedado en la ciudad? Los sacerdotes, con sus
familias, y todos los más ricos han marchado de Jerusalén y han ido a sus
posesiones de verano. Yo también hace días que hubiera marchado a mi
residencia, cerca de Emaús. Nunca había estado en Jerusalén durante esta época
de calores estivales. Pero esta vez he tenido que quedarme. La enfermedad de
Rut no permite cambio alguno...
Vivimos como asediados: el
rojo desierto ha llegado hasta las puertas de la ciudad y como una hiena parece
esperar su presa. En la piscina de Siloe el agua baja cada día más de nivel.
Nubes enteras de moscas zumban en el aire, denso como el aceite. Estoy sentado
al lado de Rut y las ahuyento. Tiene los ojos cerrados y respira con
dificultad. Sus blancas manos, caídas sin fuerzas sobre las sábanas, expresan
una tristeza espantosa. No puedo soportarla... Hasta ahora no he
tenido ocasión de
hablar con nadie
del maestro. De los
miembros del Gran Consejo no he visto más que a Joel bar Gorión. Ya te dije en
otra ocasión que me es odioso. Es pequeño y cargado de espaldas (afirma que
lleva sobre ellas los pecados de todo Israel). Cuando le encontré estaba
rezando por los pecadores. Tenía los brazos levantados y se golpeaba sin cesar
la cabeza contra la pared. Tuve que esperar mucho rato a que terminase. Por fin
se volvió y aparentó que hasta
entonces no había
notado mi presencia.
Me saludó con una gran cordialidad que siempre me suena a falsa.
—¡Oh, a quién veo! Al gran
rabí, al sabio rabí Nicodemo, al bar Nicodemo... ¿Ya has vuelto, rabí? ¡Cuánto
me alegro! Todos nos preguntábamos dónde habías ido y por qué has estado tanto
tiempo ausente de la ciudad. ¿Es verdad, rabí, que estuviste en Galilea? Vino
aquí gente que afirmaba haberte visto allí... ¡Repugnantes calumniadores!
Dijeron, imagínate tú, que te habían visto entre una multitud de impuros
amhaares escuchando a un charlatán que con gran regocijo de los galileos les
cuenta un sinfín de tonterías. Dije a Johanaan ben Zakkai (que el nombre de
este ilustre y sabio rabí sea siempre
ensalzado) que castigara
a aquellos mentirosos.
Le dije:
nuestro rabí Nicodemo nunca
tocaría a un amhaares, como ninguno de nuestros haberim tocaría un cadáver o un
cerdo...
Le tuve que dar las gracias
y pregunté:
—¿Qué habéis oído aquí
sobre... el profeta de Nazaret?
Los ojuelos de Joel
brillaron bajo sus párpados. Siempre se mueven de un lado para otro como dos
pequeños ratones negros. Hizo una mueca como si hubiese mordido un limón
áspero.
— ¡Je, je, je! —comenzó a
reír. Cruzó los dedos y se restregó las palmas de las manos —. ¡Je, je, je...!
El ilustre y sabio rabí bromea.
¿Profeta? ¿Qué
profeta? ¿De Nazaret?
De Nazaret sólo
salen borrachos, ladrones y locos. Sobre este mentiroso ya se ha hablado
en la sala de la Piedra
Cuadrada y se ha hablado más de lo que se
merece un more de su
especie. Lo sabemos todo acerca de él...
Apretó los
labios; en las
comisaras aparecieron unos
blancos hilitos de saliva espumeante. Pero en seguida volvió a frotarse
las manos y soltó una carcajada, breve y nerviosa:
— ¡Je, je, je...! Está bien
que el ilustre y sabio rabí haya vuelto ya. Galilea es un país de tinieblas.
Allá los fieles han de rozarse a cada paso con los goim...
También he visto a Jonatán,
hijo de Ananías. Me lo envió el sumo sacerdote. Se trata de que los dos
representemos al Sanedrín en los festejos que está organizando Antipas para
celebrar su cumpleaños. No me hace la menor gracia ir: ¡odio a los bastardos de
Herodes! Pero Caifás insistió mucho en que fuera e incluso, para congraciarse,
me mandó una hermosa
cesta de frutas
para Rut. Antipas
sabe que ningún israelita decente
entraría en Tiberíades, que él construyó sobre un cementerio (creo que el de los
saduceos, pero no estoy seguro), y prepara festejos en Maqueronte. En la
desembocadura del Jordán dos galeras aguardarán a los invitados. Las fiestas
revestirán gran esplendor, primero porque Antipas cumple cincuenta y cinco
años, y segundo porque quiere lucir a Herodías, que, por cierto, le tiene
completamente dominado. Pero la gente cree que el principal motivo de todos los
festejos es la supuesta presencia en ellos del procurador Pilatos. Antipas
estuvo enemistado con él durante largo tiempo, pero ahora a instancias de
Herodías (ella sabe dirigir el juego) y quizá también por mandato de Vitelio,
ha querido mejorar sus relaciones con él. Y tiene razón: más de una vez Pilatos
se quejó de él al César...
Contesté a Jonatán que
iría. De paso le pregunté qué había oído sobre el maestro. Me respondió con una
alegre carcajada.
—¿A mí me preguntas qué sé
de él? ¡Ja, ja, ja! Soy yo quien debería preguntártelo. Todos dicen que es un
fariseo. Alguien dijo a Caifás que repite
las enseñanzas de
Hillel, otro que
compone hagadás a la manera de Gamaliel. Confiesa, Nicodemo, que es uno
de los vuestros. Pero es igual. A nadie le importaría que contase cosas sobre
la resurrección, los ángeles y otras maravillas si su persona no provocara
tantos tumultos entre la plebe. Apenas se terminó con el otro... Quiero serte
sincero —adoptó un tono grave— y te diré que hemos decidido llamar sobre él la
atención de Antipas.
¡Que se ocupe de él! A
vosotros, los fariseos, os gusta hacer tonterías que irritan a los romanos.
Nuestro parecer — que tú, en tu fuero
interno debes compartir,
puesto que eres un hombre sensato — es
que cuanto más cuidemos de
de eliminar de nuestras vidas todo lo que pueda irritar a los romanos, tanto
más se fiarán de nosotros y tanto más podremos obtener de ellos... ¿No estás de
acuerdo, Nicodemo? A vosotros, los doctores, os gusta completar la Ley con
vuestras propias enseñanzas. En realidad, no hay en ello ningún mal (esto,
claro está, te lo digo sólo a ti) mientras se conserve la unidad del culto y
del Templo... Pero sabes bien que toda enseñanza, fe y moralidad terminan en el
momento en que cualquier aventurero del desierto comienza a imitar a un Judas
Macabeo. Y Séforis, no lo olvides, está situado en la misma colina que
Nazaret...
Es verdad, en la misma. Al
otro lado. Las cruces que hace veinticinco años plantó Coponio debían proyectar
su sombra sobre Nazaret. Estuve allí hace poco... A decir verdad, ahora quería
hablarte de esto y no de todo el alud de asuntos que me han caído encima al
volver a Jerusalén. Durante mi estancia en Galilea me he desacostumbrado un
poco de este agitado ritmo de vida de aquí. Allí el hombre piensa con lentitud
y lentamente también se llena, a la par que de silencio, de unos rumores apenas
perceptibles. ¡Aquí no hay tiempo para nada! Hay que asimilar aprisa y estar
siempre preparado para recibir mil sorpresas. ¡Aquí hay que gritar para ser
oído y no se oyen más que gritos! ¡Una vida absurda, de la que es imposible
escapar!
Después de dejar al maestro
en la colina que los nativos llaman
«Cuernos de Hattim», en
lugar de volver directamente siguiendo el
Jordán, torcí hacia
Nazaret. Recuerdo las veces que me dijiste que para conocer bien a una persona
hay que ir a visitar el lugar donde
vino al mundo y donde
transcurrió su infancia. La fama de Nazaret no es buena. Pero pensé que la voz
pública también puede estar equivocada; hay que verlo todo con nuestros propios
ojos. Sin apresurarme, en dos días llegué al lugar. Es un pueblo como otros
tantos pueblecitos galileos. Las colinas forman un semicírculo, en el centro
del cual, sobre una ladera, está Nazaret como un gato en los brazos de un niño.
Ya de lejos se ve un puñado de casitas blancas desperdigadas entre negros
cipreses que forman casi un bosquecillo. A los pies de la colina mana una
fuente por debajo de un arco de pie- dra y rodeada por una cerca hecha también
de piedra. Me paré allí, cansado y sediento. Durante largo rato no tuve con
quien hablar; sólo pasaban por allí mujeres con cántaros en la cabeza. Más
tarde llegó un levita y me saludó amablemente. Le pedí que me condujera a una
posada donde pudiera pasar la noche. Subimos juntos al pueblo por el mismo
camino por el que bajaban riendo las mujeres a buscar agua. Son bonitas, altas,
esbeltas y morenas. No vi entre ellas a ninguna que tuviera el cutis claro y el
pelo cobrizo de tantas mujeres de Judea. Sobre la colina cortada por la blanca
raya de la carretera, el Tabor levanta su pesada cabeza... Durante años enteros
él debió tenerlo constantemente ante los ojos... Ya de lejos divisé entre las
casas la sinagoga, rodeada también por una fila de cipreses. La posada estaba
sobre la misma carretera, antes de llegar a las primeras casas del pueblo.
Di las gracias al levita y
quise despedirme, pero no quiso marcharse sin antes haber llamado al posadero
para encomendarme a sus cuidados. Por el camino hablamos y se enteró de quién
era yo. Su amabilidad, que ya antes era grande, aumentó entonces considerablemente.
Se marchó al fin, después de haberme saludado repetidas veces. A continuación
fue el posadero quien quiso probarme su solicitud. Debo confesar que me
gustaron aquellas muestras de respeto. Al dirigirme a Nazaret esperaba
encontrar lo peor grosería y falta de educación. Quedé agradablemente
sorprendido. El posadero me sirvió la comida a la sombra de una robusta
higuera. Me levanté para rezar las oraciones. Cuando acabé y me disponía a
comer, oí un grito:
— ¡Rabí, no comas!
Levanté la cabeza,
extrañado. Unos hombres entraron en el patio. Por sus vestiduras se adivinaba
pronto que se trataba de los ancianos de la sinagoga local: el archisinagogo,
el seliah, el targumista y varios betlanim. El levita les había conducido hasta
allí. Todos llevaban el
taliss sobre los hombros y
las filacterias en la frente. Parecían gente piadosa y digna. El archisionagogo
llamó al posadero y le preguntó severamente si los utensilios y la comida que
me había servido no habían sido contaminados por algún contacto impuro. Pero
quedó demostrado que sus temores eran infundados. Entonces el rosh- hakenesth
se volvió hacia mí. Primero me saludó ceremoniosamente mostrando una gran
alegría por el hecho de haber querido honrar con mi presencia su mísero
pueblecito, y luego me pidió disculpas por haber gritado. Dijo:
—Discúlpame, ilustre rabí,
pero uno nunca puede fiarse de esta gente de pueblo. Dejan que las mujeres lo
toquen todo. Y el sabio del Señor dice: «entre mil podrás encontrar a un hombre
recto, pero no encontrarás a ninguna mujer que lo sea.., Discúlpame, por favor,
y come tranquilo lo que este hombre te ha servido.
Estaba realmente
sorprendido de encontrar tanta amabilidad. Los invité a que compartieran mi
comida. La temperatura era deliciosa; el calor del día había disminuido y un
suave airecillo balanceaba sobre nuestras cabezas las ramas de la higuera.
Bebimos leche agria y comimos gallina asada con ensalada de cebolla y pan. Los
rebaños volvían al pueblo: se oían los balidos de las ovejas y los gritos de
los pastorcillos. Cuando terminamos de comer nos estiramos cómodamente sobre
unos bancos que el posadero había colocado debajo del árbol para todos los
invitados.
—¿Podríamos saber, ilustre
rabí, qué te ha traído a nuestro pueblo? — preguntó al fin el archisinagogo —.
Nazaret es un mísero lugarejo y no tenemos aquí nada que pueda alegrar los ojos
de tan distinguido visitante. Además, tiene mala fama... Pero es una fama
injusta: créeme, rabí... Es verdad que ha habido aquí gente de toda clase...
Pero, ¿dónde no hay pecadores? A medida que vamos trabajando y enseñando al
pueblo la palabra del Señor, su número es cada vez menor. Si quisieras juzgarlo
por ti mismo, gran rabí.
—No lo
pongo en duda
— respondí —.
Cuando os oigo a
vosotros, tan respetables, comprendo que todo lo que dicen de los nazarenos es
mentira...
—Las palabras del gran rabí
son para nosotros como un ungüento aplicado sobre una herida abierta... —
observó uno de los betlamin.
—Las enseñanzas del sabio
valen más que el oro — añadió el levita.
—Rabí, mañana, en la
sinagoga, ¿no querrías alegrar nuestros oídos con tus doctas palabras? — dijo
con tono solemne el archisinagogo —. Hace tiempo que no ha hablado ante
nosotros nadie tan famoso...
— ¡Qué gran honor sería
para Nazaret si hablara en nuestra sinagoga el mismísimo rabban Nicodemo, hijo
de Nicodemo! — exclamó con voz chillona el seliah, que se recreaba los propios
oídos con los elogios que me dedicaba.
Sentí que
no podía resistirme
a tantas palabras
halagadoras. Estoy
acostumbrado a las
muestras de respeto,
pero aquellas palabras tenían un
atractivo particular.
—Dígnate ofrecernos un poco
de tu sabiduría — pedían. Debían de considerar mi silencio como una negativa —.
No nos niegues, «No escatimes el pan a un mendigo ni la palabra de Dios al que
la desee escuchar», decía el gran Hillel. Escucha nuestros ruegos y habla,
rabí. Aquí nunca viene
nadie. Hace años
que no hemos
oído las enseñanzas de un gran
soferim de Jerusalén... Siempre hablan los mismos...
—Excepto cuando un día
alguien se atreve a...
El hombre que esto decía
cortó la frase en seco, acribillado por las miradas de los demás. Comprendí que
se refería al maestro.
—¿Se trata acaso de vuestro
Jesús? — pregunté. Se produjo un silencio como si yo hubiese pronunciado una
palabra prohibida. Dirigiéndose rápida y furtivas miradas, mis invitados
continuaron callados. Debían de estar furiosos contra el que había dejado escapar
aquel recuerdo del maestro.
—Sí — dijo por fin el
rosh-hakeneseth — . Simón bar Arak ha mencionado ahora a este mínimo... No nos
gusta hablar de él — confesó con sinceridad —. Lo hemos excluido de la sinagoga
por blasfemo y le hemos lanzado el harem... Pero va impunemente por el mundo,
predica y engaña a la gente... Debería morir lapidado — terminó secamente.
Miré a los otros y vi que
todos apretaban los labios y movían la cabeza en señal de asentimiento.
—El rabí Jehudá está en lo
cierto — exclamó uno en voz alta —. Este hombre ha deshonrado nuestro pueblo...
¡Por su culpa se habla mal de Nazaret!
— ¿De veras tiene tanta
culpa? — pregunté .
Sin pronunciar palabra
asintieron con la cabeza.
—Es de Nazaret, ¿verdad? —
seguí preguntando.
—Desgraciadamente, sí —
contestó el archisinagogo.
—Creció entre nosotros como
un cachorro de lobo entre perros —
exclamó el levita con odio
en la voz.
—O como una serpiente en la
grieta de un muro —dijo otro en el mismo tono.
—Nadie sospechó de él...
—Le dábamos encargos...
Carpinteaba para nuestras casas...
—Desgraciadamente —
repitió el rabí
Jehudá. Suspiró —. Aunque, a decir verdad —añadió —,
podríamos renegar de él. No nació en Nazaret.
—¿No fue aquí?
—No; nuestros libros de
linaje, que mis predecesores lograron esconder a la gente de Herodes (que el
seol nunca le sea propicio), no mencionan su nacimiento. Su padre era judío...
—Y añadió entre dientes — ¡Qué bajo ha caído el linaje real!
—Así, ¿es verdad que
pertenece a la estirpe de David?
—Esto dicen
nuestros libros. Pero
podría haber en ello
algún error... Tú,
ilustre maestro, sabes
mejor que nadie cuán
bajo ha caído
nuestra grandeza. Ya
lo decía el rabí Isaías:
«príncipes infieles, compañeros de ladrones». Nuestra salvación está en la
sabiduría de los estudiosos como tú, rabí, y no en la sangre de David...
—Pero — interrumpió el
levita — está escrito que de David nacerá el Hijo de la Justicia...
El rabí Jehudá respondió
con aire de suficiencia:
—Hay quienes afirman esto.
Pero los más insignes sabios versados en las Escrituras — me miró con expresión
aduladora, invitándome con la mirada a que apoyara sus palabras — dicen que los
puros son los verdaderos descendientes de David... Además, no se puede tomar al
pie de la letra cada palabra de los profetas...
—Sí —asentí.
—El rabí lo afirma —dijo
con un tono que cerraba toda discusión. El levita, observando que nadie le
apoyaba, se calló. Jehudá se
enderezó con aire de
triunfo. Comenzó a contar:
—En los tiempos en que todo
el país se vio sacudido por unos tremendos
terremotos, seguramente por
los pecados de
Herodes, llegó a Nazaret, desde Judea, Jacob, hijo de Matán, naggar de
oficio. Se estableció aquí y se puso a trabajar... Tuvo un hijo: José. Esto fue
cuando el general romano se marchó a Jerusalén llevándose a Antígono, hijo de
Aristóbulo, el último del linaje de los Macabeos. Este José se trajo de
Jerusalén una mujer, hija de Joaquín, tejedor de oficio. Poco
tiempo después, los
romanos (¡malditos sean!),
por primera vez y contraviniendo la ley del Altísimo, mandaron hacer el
censo de los hijos de Israel. José, tal como lo ordenaba el reglamento, se marchó
al lugar de
donde era todo
su linaje: Belén.
Se llevó consigo a su esposa...
que estaba esperando un hijo. Se marcharon... y no volvieron... No se sabe por
qué. Debían de tener un motivo u otro. Las mujeres entendidas habían dicho que
aquel niño nacería antes de tiempo, como si hubiera sido concebido antes del
día en que la esposa se instalara en la casa del esposo..., pero la verdad es
que nadie entonces tenía tiempo para ocuparse de ello, Era la época de las
luchas de Judas, hijo de Ezequías, de Simón, de Athronges... Cuando, por fin,
José volvió con su esposa y el niño, todo había ya pasado. ¿Dónde habían
estado? No se sabe. Es seguro que no estuvieron todo el tiempo en Belén. Parece
ser que llegaron hasta Egipto... Así lo cuentan. Pero poco importa. Volvieron y
pusiéronse a trabajar. José era naggar como su padre y enseñó este mismo oficio
a su hijo. Su esposa trabajaba a jornal: hilaba, tejía cosía... No tuvieron más
hijos. José era un buen artesano y no le faltó trabajo. Pero enfermó y su
esposa tuvo que tejer más aún para tener de qué vivir. Al fin José murió. Su
hijo iba entonces al colegio conmigo... Era mucho más joven que yo, pero le
recuerdo cuando, sentado entre los otros niños, recitaba las palabras de la
Tora. Debían de ser muy pobres, porque nunca vi que llevase sandalias y se
cubría con un manto que era una vieja simlah de su padre... Más tarde se puso a
trabajar y tampoco le faltó quehacer. Dejó de ser un muchacho y llegó a la edad
en que el hombre puede tomar la palabra en la sinagoga. Pero nunca decía nada.
Se quedaba en la puerta, entre los más pobres, junto a aquellos a los que se
manda el limosnero, y sólo escuchaba. Hasta que un día...
—¡Abandonó la ciudad! —
gritó el que primero había hablado del maestro.
—Se marchó sin preocuparse
de nada — dijo otro - Dejó el taller y la casa y se fue...
— ¡No cumplió con la
obligación de cuidar a su madre! — exclamó el levita con indignación.
—No — el rabí Jehudá
confirmó sus palabras con severidad en la voz Si ella no trabajase la tendría
que mantener la comunidad.
— ¡Es un mal hijo! —
repetía el levita, sacudiendo la cabeza. Un amhaares siempre será un amhaares.
—La maldad se esconde en el
hombre y aparece de pronto...
Hablaban todos a la vez con
creciente excitación. Movían tanto los brazos que uno de ellos hizo caer a otro
la cajita que contenía las palabras de las Escrituras y que aquél llevaba sobre
la frente. Notabase que le odiaban terriblemente. Su recuerdo permanecía vivo
en sus corazones como un tumor cuya existencia no se puede olvidar ni por un
instante. Todos querían hacerse oír a la vez y levantaban las manos con bruscos
movimientos que desordenaban la abundante tela de sus anchas mangas. Sus
delgados dedos estaban curvados como garras. Hasta pasado un buen rato el rabí
Jehudá no se dio cuenta de lo sorprendida que yo estaba por aquella explosión
tan vehemente. Con un severo «chis...» hizo callar a sus compañeros. Bajó la
cabeza y dijo con una sonrisa:
—Discúlpanos, grande e
ilustre rabí... Nos hemos dejado llevar por la indignación. Este hombre ha
deshonrado el nombre de nuestro pueblo ante todo Israel. Pero es un amhaares
del que no hay que hacer caso... Discúlpanos... Un sabio en el Señor no mira a un
perro que ladra a su lado...
—Discúlpanos... —
repitieron los otros —. Hablamos de alguien que no es digno de que tus oídos se
ocupen de él... Discúlpanos.
Parpadeaban y hacían unas
muecas que querían ser sonrisas. Pero
en su mirada
continuaba brillando la
indignación. Repetían
«discúlpanos», pero no
sabían encontrar algún tema que los apartara de aquella cuestión. Y a mí
solamente esto me interesaba. Pregunté:
—Pero, ¿cómo era cuando
todavía estaba entre vosotros? Decís que es un mal hijo... ¿Lo fue siempre?
¿Fue insolente siendo niño o poco honrado luego como artesano? ¿Hizo algo malo?
¿Por qué se mereció el odio de todos? Quizá sabríais decírmelo... Es interesante...
Les fui
mirando uno por
uno. Se mordían
los labios para
no estallar de nuevo.
Esperaban lo que
diría Jehudá, que
por fin murmuró:
—Bueno... No hizo daño a
nadie... En realidad...
Seguían sentados, rígidos,
como si tuvieran delante un plato mal condimentado que
no pudieran despreciar,
pero que tampoco
les fuera posible comer.
—¿Y sus padres? — seguí
preguntando sin piedad.
—¿Sus padres...?
—José fue, según parece, un
buen artesano — masculló el archisinagogo —; hacia bien su trabajo...
—¿Y su madre?
Como una manzana obstinada
que no quiere caer del árbol hasta haber recibido varias sacudidas, así llegó
la respuesta.
—No... es una buena
mujer... Alguien añadió a disgusto:
—Ayudaba a los otros...
Todavía otro dejó caer,
como una moneda que no hay más remedio que dar para pagar el vino consumido:
—Si alguien estaba enfermo,
ella le cuidaba...
Como un sonido retardado me
llegó del otro extremo de la mesa:
—Muchos la bendicen...
Jabada apoyó la mano en la
mesa pesadamente, como si quisiera poner un dique a aquel torrente de palabras.
Dijo con fría animosidad:
— ¡Pero es su madre!
— ¡Sí! ¡Ella le dio a luz!
— exclamó el levita.
— ¡Todo es por su culpa! —
añadió el targumista.
—Pero — comprendí que con
una pregunta más llegaría a ser odiado como él —, pero si decís que no hizo mal
a nadie ni engaño nunca a nadie, entonces, ¿por qué...?
—Si hubiera querido seguir
trabajando honradamente — me interrumpió el rabí Jehudá, mirando a no sé qué
punto del espacio —, nadie le reprocharía nada. Era un buen naggar...
—También... ayudaba a los
otros — dijo por lo bajo uno de los
betlanim.
—Conocía las Escrituras
—dijo el seliah.
—Cumplía fielmente los
preceptos de la Ley...
—Sí, si él... — comenzó a
decir el que primero había mencionado al maestro, mas se interrumpió asustado,
temiendo decir de nuevo algo inoportuno.
— ¿Por qué, pues, sois
enemigos suyos? — pregunté.
El rosh-hakeneseth
tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
—¿Enemigos? — preguntó
desdeñosamente. Miró a los compañeros —. ¿Enemigos? — repitió. Se encogió de
hombros —. Todo pecador es enemigo del Señor — citó —. Pero es como si el
hacha se
rebelara contra el
leñador... Ninguno de
nosotros es enemigo suyo... Un
amhaares no es digno de la sonrisa ni del desprecio del sabio... — continuó
citando.
Se produjo un gran
silencio. No se volvió a reanudar la conversación. Se marcharon resentidos.
A la mañana siguiente llamé
al chiquillo que cuidaba de los asnos y le pregunté
—¿Sabes dónde está la casa
de Jesús, hijo de José, el naggar?
—Si, lo sé — respondió.
—Llévame allí y te daré un
siclo...
El chiquillo empezó a andar
de prisa. Era temprano. El sol apenas comenzaba a asomarse por detrás del Tabor
como un niño escondido tras un montón de heno mira si le están buscando.
Subimos toda la colina, dejando a nuestras espaldas las casas del pueblo. Bajo
la lisa pared rocosa se veían varias chozas de barro, pegadas a la roca como un
nido de pájaros... Las pasé de largo y llegué a la amplia cumbre cubierta de
hierba. Por el otro lado la colina bajaba en suave pendiente hacia el valle de
Jesrael. A mi derecha, al otro lado de la vertiente, debía estar Séforis. Ante
mí se alzaba el Carmelo. Digo mal
«se alzaba»,
pues mejor sería
decir que se
extendía como una espuela clavada en la llanura del mar, de
un gris plomizo.
Bajé de nuevo hacia las
chozas. El chico que me conducía iba dando saltos de alegría: la promesa de una
moneda de plata le había puesto de buen humor. Corría y luego volvía a mi lado.
Constantemente bailaban ante mis ojos sus delgadas piernas, casi negras. ( ¡Oh,
Adonai, pienso en los pies de Rut, hinchados y nunca besados por el sol!) De
pronto se paró y preguntóme:
—Rabí, ¿quieres ver dónde
vivió el soteh?
—Sí, quiero — contesté -
¿Por qué lo llamas así?
Se rascó despreocupadamente
el vientre a través de un agujero de su cuttona.
—Todos le llaman así —
contestó, mas sus infantiles ojos brillaron con astucia. Se sacudió los pelos
que le caían sobre la oreja y agregó
—: Pero otros dicen que
hace unos milagros muy grandes.
Nos paramos ante una choza.
La vieja y pesada puerta estaba cerrada con un travesaño que parecía de
confección casera. Levanté el pestillo. Del interior salió una bocanada de aire
frío; seguramente hacía tiempo que nadie había dejado penetrar allí ni un solo
rayo de sol. Se ofreció a mi vista un mísero interior, como el de una
modestísima choza de
algún campesino galileo:
había sólo unos pocos objetos: un molinillo, una prensa
de mano y una mesa de carpintero arrimada a la pared. El suelo, de tierra
apisonada, estaba cuidadosamente barrido y los utensilios de carpintería
colgaban de la pared, en orden, tal como deben quedar durante el sábado. Por
los rincones vi lo que debían ser las partes de una mesa sin terminar. Al lado
de la puerta había dos tinajas de barro llenas de agua. Mi mirada saltaba de un
detalle a otro, deseosa de descubrir algo nuevo acerca de las personas que
habían vivido allí. Sobre la mesa no había ni una viruta. Encima de la madera,
oscurecida por el tiempo (seguramente había pasado del abuelo al nieto),
blanqueaba una cruz de madera recién tallada. ¡De nuevo la cruz! Probablemente
piensa en ella sin cesar. ¡Qué rara
predilección por este instrumento de tortura tan infame!
Por lo demás, no vi nada
interesante. Salí. Pregunté al pequeño:
—¿Su madre ya no vive aquí?
—No — contestó . Dicen que
vive en Betsaida.
«Quiere estar
más cerca del
hijo», pensé. Se
comprende. Además, ¿por qué debería quedarse aquí, donde por odio hacia
él serian capaces de negarle hasta un vaso de agua? Se me ocurrió pensar que
era una lástima no haberla encontrado. Pero no sentía deseos de volver al lago.
Saqué un siclo y se lo di al muchacho. Lo cogió ávidamente con sus sucios
dedos. Di la vuelta y comencé a bajar. De pronto experimenté tal indignación contra
aquella gente que, en lugar de ir a la
sinagoga como había prometido, me
puse en camino sin demora.
¿De modo que es realmente
del linaje de David? Y no ha nacido en Nazaret, sino en Belén. Debería también
ir allá para convencerme de ello, verlo...
En Belén. ¿No te recuerda
esto la profecía del rabí Miqueas?
«Belén, la más pequeña de
las ciudades, de ti saldrá el rey de Israel, nacido de la eternidad...» ¡Tiene
suerte con las profecías!
Imagínate: aquel médico de
Antioquía me contó que los griegos también esperan la llegada de algo o de
alguien... Vivimos en una época muy interesante... Pero para mí nada existe
fuera de la enfermedad de Rut...
CARTA X
Querido Justo:
Acabo de volver de
Maqueronte. Escucha lo que ha ocurrido allí en estos últimos días.
Antipas se ha desvivido
organizando unos festejos como no habíamos
visto desde los
turbulentos tiempos de
su padre. La fortaleza estaba adornada toda ella con
colgaduras de colores como la tienda de un cacique negro, e iluminada de noche
igual que Jerusalén en los primeros días de las fiestas de la siega. Los
solitarios y salvajes desfiladeros montañosos resonaron durante toda la semana
con los tambores árabes, cítaras, kinnor y pífa- nos. Digno hijo de Herodes,
quiso contentar a todos, para los romanos había carreras, luchas y toda clase
de juegos: para los árabes, música salvaje y bailarinas, para los fieles,
cantos religiosos que entonaban por las mañanas y por las noches los levitas
venidos de Galilea.
¡Y cuántos invitados! No
faltaba nadie. En primer lugar la digna familia del tetrarca: su hermano
Filippo, gobernador de Traconítide, Batanea y Hauranítide, su sobrino
Alejandro, hijo de Alejandro, Agripa, recién llegado de Roma, y Herodes, rey de
Culcidia. El más decente de todos ellos es Filippo; es un hombre tranquilo y
silencioso y desde un principio parecieron
disgustarle aquellas ruidosas
diversiones. Dicen que gobierna su tetrarquía con justicia. Alejandro,
un jovencito fogoso, parece siempre dispuesto a realizar grandes hazañas, pero
siempre se apaga su ardor y cede el paso a la indecisión y a un visible miedo:
podría creerse que teme morir envenenado antes de tiempo. A Agripa se le ha
subido por completo a la cabeza su estancia en Roma. Habla sólo en la lengua de los griegos y de los romanos, se ha
cortado la barba y se vanagloria de su amistad con el joven Cayo, hijo de
Germánico. Junto con los descendientes de Antipatros, había también en la
fiesta toda una banda de reyezuelos y jefes árabes. Cuando ven que Antipas los
mira, mueven las cabezas con falsa admiración, como en señal de aprobación. En
el fondo le odian por la
ofensa infligida a Aretas,
que goza de una gran popularidad entre los idumeos.
Llegó para la ceremonia el
esperado Julio Poncio Pilatos. Fue la primera vez que pude verle de cerca y
hablar con él. Últimamente no se le ve casi nunca en Jerusalén. A primera vista
me dio la impresión de ser uno de estos hombres que contemplan el mundo con
filosófica indiferencia. Pero esta impresión cambió en cuanto empezó a hablar.
Entonces vi que tenía ante mí a un soldado sin educación ni cultura. Cada
ademán suyo delataba su baja condición. Cuentan de él una historia curiosa
parece ser que es hijo de un jefe galo. De niño le mandaron a Roma como rehén.
Entonces se llamaba Vinix. Allí se ocupó de él alguien de la familia de los
Claudios y le latinizaron hasta tal punto que Vinix nunca más quiso volver
junto a los suyos. Se cambió el nombre, ingresó en el ejército, le hicieron
tribuno y se distinguió en varias
guerras. Luego se
casó con Procla,
hija del senador Marco Metelo
Claudio, mujer ya un poco pasada, pero emparentada, como lo indica su apellido,
con la familia del César. Alguien me ha dicho que en aquella época Pilatos
distaba mucho de llevar una vida ejemplar, pero tenía sueños de grandeza. En
Roma cada tribuno se imagina que llegará a emperador. Seguramente por esto se
casó con una mujer fea y entrada en años, pero perteneciente a una antigua
familia patricia. Sin embargo, no consiguió mucho con ello: cierto día el
Emperador le nombró procurador de Judea. Hará de esto seis años. Los romanos consideran este
puesto como una especie de destierro: Valerio Grato solía decir que las minas
de cobre en Chipre y el gobierno de Judea son lo mismo en este sentido. En
compensación, permitió que Pilatos, violando con ello el derecho romano, se
llevase a su mujer (que así ha escapado a la suerte que ha corrido
últimamente toda la
familia de los
Claudios Metelas). Apenas
desembarcó en Cesarea, Pilatos quiso mostrarnos lo que es gobernar con mano
dura. Quizá pensaba que así llamaría la atención del César y lograría que le
diera un destino mejor. Habrás oído hablar de aquellas insignias militares que
hizo entrar en Jerusalén de noche y de aquellas tablillas votivas que mandó
colgar en los muros de la torre Antonia. Pero en los dos casos el procurador
perdió la partida. Tuvo que ceder ante la intransigente oposición de todos.
Esto le estropeó el humor para varios años. Dejó como jefe de la guarnición de
la Antonia a Sarcusio, su
tribuno de confianza,
y él mismo
se encerró en Cesarea. Viene a la ciudad muy de tarde en
tarde, durante las fiestas más señaladas, y su llegada siempre es presagio de
algún suceso sangriento. Hace un año, durante las fiestas de la siega, ordenó
que
sus soldados atacaran sin
más ni más a unos galileos que habían venido a depositar sus ofrendas. Deseaba
ver sangre. Preferimos que se esté quieto en su casa no venga a Jerusalén. Se
ha vuelto alcohólico, ha engordado y dicen que de puro aburrimiento se ha
puesto a filosofar. Ha comprendido, según parece, que ya nunca le sacarán de
aquí, porque ha dejado de molestarnos. Las relaciones entre él y el Sanedrín
han quedado tácitamente solucionadas de manera que él permanece en Cesarea y no
se mezcla en nuestros asuntos mientras nosotros cuidamos de que en la ciudad
reine una paz absoluta. Todo iría bien si no fuera por su ilimitada codicia. Ya
que no tiene poder, quiere tener oro. Exige que se le paguen por todo grandes
suma. Pide precios descaradamente elevados. A veces es imposible colmar su
avidez, lo sé porque es José quien lleva las negociaciones con él en nombre del
Sanedrín. También los hijos de Manías lo hacen por su propia cuenta. Les vende
sin escrúpulo alguno todos los cargos y cierra los ojos cuando ellos despojan
hasta del último céntimo a los pobres peregrinos. Gracias a él, los saduceos,
aunque odiados, han aumentado su poder. Por suerte, también nosotros tenemos
cierta influencia sobre él. Su mujer es gere hasar, prosélito de la puerta.
Pilatos es de mediana
estatura, ancho de espaldas; tiene unas manos grandes y torpes y los brazos
bien musculados. Sobre su calva cabeza no le quedan más que unos pocos mechones
de pelo rojizo. Anda pesadamente como un oso y reparte a derecha e izquierda
grandes palmadas sobre las espaldas de todo el mundo. Continua- mente, sin
motivo alguno, estalla en grandes carcajadas. Él y Antipas se pasearon un buen
rato por el jardín, hablando parecían dos perros que se están oliendo y se
acercan el uno al otro con las piernas rígidas. Cada uno quería hacer ver al
otro que se encontraba allí por propia voluntad, dando a entender que el otro
lo hacía por mandato de Vitelio. En realidad, los dos son unos juguetes en
manos del legado.
Luego volvieron del jardín
y Pilatos fue a saludar a todos los que estábamos allí reunidos. Se acercó
sonriendo como si fuera un tribuno que inspecciona a los nuevos reclutas. Dio
una amistosa palmada en el vientre a uno de los jefes árabes, y a otro le tiró
de la barba. Prorrumpía en grandes risotadas delante de cada persona, hacía
muecas y guiñaba el ojo significativamente. No cuesta adivinar que donde este
hombre se encuentra mejor es en una cuadra o en un cuartel. Los jefes árabes, a
los que daba palmaditas como si fueran caballos, le contestaban con una risa
que me recordaba el balido de
una oveja. Pero en el fondo
de sus negros ojos se veía hostilidad. Tanto o más odiábamos el procurador los
que estábamos bajo su poder. Pero debo reconocer que con nosotros se mostraba
menos rudo. Sólo a Jonatán le saludó como si se conocieran mucho:
—¿Cómo estás. Jonatán? —
dijo con una mueca que debía de indicar buen humor —. Por cierto — se inclinó
hacia él como si de pronto recordara algo —, ¿cuándo me traeréis el dinero?
—Lo estamos recogiendo —
contestó Jonatán con una inclinación
—Lo estáis recogiendo... —
repitió burlonamente —. ¡Ja, ja, ja! — prorrumpió en una sonora carcajada, y
guiñó el ojo —. ¿Crees que podrás engañarme? ¿Para qué lo estáis recogiendo? Os
basta meter la mano en vuestro tesoro. Hay allí oro suficiente. Sé algo de
esto. Te lo prevengo, daos prisa... —y le amenazó con el dedo, medio en broma,
medio en serio.
Jonatán, como queriendo
desviar su atención en otra dirección, me presentó a él,
—Aquí tienes, ilustre
procurador, al rabí Nicodemo: un gran sabio y fariseo, representante del
Sanedrín.
— ¡Salve!
— Pitusos movió
la mano con
cierta negligencia.
¿Fariseo? Se sorprendió de
pronto como si esta palabra le recordara algo. Se paró y preguntó. Es uno de
esos que hablan de una vida
después de la muerte, de un
premio, de un castigo, de espíritus,
¿verdad?
—Sí, noble Pitusos —
respondió prontamente Jonatán —; el rabí
Nicodemo es uno de los más
grandes doctores fariseos.
— ¡Ja, ja, ja! — Pilatos
lanzó una carcajada como un general para quien todo lo que no sea conducir una
cohorte en pie de guerra y conquistar fortalezas son nimiedades de las que sólo
los tontos se ocupan — ¡Ja, ja, ja! Es divertido. Según vosotros, los espíritus
vuelan así, ¿no es esto? —y levantó una mano hasta la frente, moviendo los
dedos en el aire—. A mi esposa le encantan esa clase de historias. A menudo la
visitan unos fariseos y le cuentan cosas sobre espíritus. Pero nosotros,
Jonatán, sabemos qué pensar de todo esto, ¿verdad?
— Puso su enorme mano sobre
el hombro del hijo de Ananías y soltó una carcajada estentórea que resonó por
todo el castillo—: ¡Ja,
ja, ja!
Al pasar delante de mí hizo
un movimiento como si quisiera golpearme el estómago con su puño de gladiador,
que es como un
martillo. Sólo de pensarlo
me sentí mareado. Pero pasó de largo y se mezcló entre los demás invitados,
riendo y gesticulando.
Las borracheras fueron
aumentando de día en día. Los banquetes se sucedían sin interrupción. En cierto
momento vi a Pilatos rodeado de bailarinas, hablando con Herodías, que estaba
recostada sobre su lecho, al otro lado de la mesa. Esta mujer, a pesar de sus
años, sabe hechizar todavía a los hombres. Su cuerpo conserva una línea
magnifica. Parece casi
una jovencita. Pero
cuando contempla a Antipas con la tierna mirada de sus negros
y brillantes ojos de largas pestañas, cuesta creer que esta misma mujer se haya
deshonrado ya una vez con una ilícita unión con uno de sus tíos, le haya
engañado y abandonado luego para irse a vivir con Antipas, también tío suyo. A
los pies de Herodías estaba sentada una muchacha joven, esbelta y de tez
morena. Cuando miro a una criatura se me aparece en el acto la imagen de Rut.
¡Ojalá pudiera no pensar en ella! Creí que era una sirvienta, pero resultó ser
la hija de Herodías y Filipo. La madre la hace estar allí y ella nos contempla
a todos con sus enormes ojos negros.
Oí fragmentos de la
conversación entre Pilatos y Herodías. Ella intentaba convencerle de que su
nuevo marido desea ser su mejor amigo:
—Ya verás, ilustre
procurador; te lo demostrará en el momento oportuno... Cuando más lo
necesites...
— ¡Nunca voy a necesitar
nada de él! — contestó altivamente, mientras mordía un muslo de pavo —. Pero ya
que tú me lo aseguras
— echó el hueso debajo de
la mesa —, estoy dispuesto a creer. — Se limpió la boca con el revés de la mano
y se quedó contemplándola —:
¡Por Hécate, tienes unos bonitos hombros, Herodías! —dijo,
acariciando al mismo tiempo
a una de las bailarinas.
Luego se inclinó sobre la
mesa y comenzó a decirle algo en voz baja, pero ya no pude oírlo. Sólo me llegó
una palabra que se le había escurrido como un siclo de una bolsa agujereada:
«corbán». ¿Qué es lo que él puede querer del tesoro del Templo? La mujer le
escuchaba sonriendo.
— Es verdad, noble
procurador — asintió al fin — realmente hay allí demasiados tesoros... — Tomó una copa y la acercó a la
de Pilatos volviendo a sonreírle —: ¿Bebemos? — dijo —. De lo otro me ocuparé
yo personalmente, pierde cuidado.
Me había picado la
curiosidad y no sabía qué pensar de aquella conversación. Consideré que debía
contárselo a Jonatán. Pero él se encogió de hombros:
— ¡Oh, ya sé! Varias veces
ha querido convencernos de que paguemos
con el dinero
del Templo la
construcción de una conducción de agua desde Siloé hasta la
Antonia. Pero tendrá que contentarse con el proyecto: una conducción de agua,
bien, ¿por qué no? Pero no con nuestro dinero. No se lo negamos y aparentamos
no acabar de entender lo que nos pide. Dejemos pasar el tiempo. Ahora buscará
apoyo en Herodías, ¡el necio!
Se marchó riendo y unos
minutos más tarde le vi hablando alegremente con Pilatos. Comienzo a creer que
le tienen más cogido de lo que nos imaginamos.
La fiesta degeneró en una
orgía. Bailarinas árabes y nubias ejecutaban sus bailes y luego se mezclaban
con los invitados. Los reyezuelos árabes eran los que más se divertían. Los
criados servían una tras otra las ánforas de vino y acompañaban a los vomitorios
a los que querían vaciar sus estómagos demasiado llenos. Mi repugnancia
aumentaba por momentos. Pilatos se destornillaba de risa en un extremo de la
mesa y repartía fuertes palmadas que resonaban hasta el techo. Al otro extremo
estaba sentado Antipas, cada vez más sombrío a pesar de su borrachera, que iba
en aumento. Entre él y Pilatos había nacido una visible hostilidad. En vano
Herodías trataba de aproximarlos. Continuaban tan ajenos el uno al otro como
los árboles en las márgenes opuestas del Jordán. Antipas parecía ser el que
oponía más resistencia; era evidente que desconfiaba de la ruidosa familiaridad
del procurador.
Cierta mañana, cuando los
invitados, cansados de la orgía nocturna, roncaban aún sobre sus lechos, salí
al jardín para rezar mis oraciones matinales. Al volver, me encontré con
Antipas: el rey estaba solo y caminaba con aire sombrío, con las manos cruzadas
a la espalda. Pensé que pasaría junto a mí sin hacerme caso. Pero, al verme, me
llamó como si precisamente me hubiera estado buscando. Me cogió del brazo y nos
dirigimos al fondo del jardín.
—Debe de indignarte, rabí
— dijo, mientras caminábamos a lo
largo de una avenida de palmeras que conservaban aún el frescor de la noche
todo lo que está ocurriendo aquí estos días. Tú eres fariseo y un hombre recto
y piadoso... Pero no deberías indignarte. No tengo más remedio que hacerlo así
para todos los no circuncisos que están
aquí — hablaba como si
desde tiempos inmemoriales fuese un seguidor de la Ley, cuando no lo fue hasta
que Herodes se avino a que los hijos de Malthake fueran circuncidados —. Si no
tratara de vivir en buenas relaciones con todos ellos, acabarían por destrozarme.
Este Pilatos es una alma mezquina y, para congraciarse con Tiberio, sería capaz
de contarle no sé qué calumnias... Agripa también querría aniquilarme. Se cree
superior a mí porque es nieto de Mariamme... Igual que Alejandro, pero éste es
más tonto. Por todas partes sólo veo enemigos... La vida es una lucha contra
todos. He de estar continuamente en guardia. Yo sólo deseo la paz. No me
importa que Pilotos «reine» en Judea. Me basta con lo que tengo... Herodías me
ama, y podría ser feliz... Pero tampoco me dejan disfrutar de esta
felicidad. Por todas
partes hay gente
mala y envidiosa...
Como vuestros saduceos, por ejemplo. ¿Qué quieren de mí? Por un lado
halagan a los romanos, por otro hacen negocios con Pilatos. ¿Puede uno ser
honrado en un mundo en que nadie lo es? Rabí, tú que eres tan sabio, dime: ¿Se
puede luchar continuamente contra todos y no tener a nadie en quien apoyarse?
Dimos la vuelta a un
pequeño estanque iluminado por el sol que parecía un bloque de ámbar rojo y
dorado en el que hubieran quedado aprisionados unos pececillos de ojos saltones
y colas como un solo de muselina. Volvimos lentamente hacia el palacio.
Dímelo continuó. Pero no
esperó mi respuesta. Me iba arrojando sus penas como una comida mal digerida.
Por todas partes enemigos y sólo enemigos. Comenzó a contarlos con los dedos,
Pilatos. Vitelio, Tiberio, Agripa, Alejandro, Filipo, Aretas, los saduceos...—.
Vosotros también me sois hostiles... Me creéis un impío, lo se. El también es
tan severo... Pero yo únicamente deseo paz y un poco de felicidad. Herodías me
ama y me cuida. Nadie me ha amado nunca, nadie me ha cuidado. Nunca podía saber
si un día cualquiera me darían un veneno. No podía fiarme ni de mi mujer. Por
esto la devolví a su padre. Herodías me seguiría hasta los confines del mundo.
¡A su lado estoy seguro! ¡Qué me importa que haya sido mujer de Filipo! Ella no
le quería, ni él a ella.
¡El despreciable hijo de un
padre malvado me había escogido como confidente de sus penas! Cree que todos le
odian (y en esto no se equivoca), que está rodeado de enemigos que amenazan su
vida y que sólo Herodías le protege contra los peligros. En este hombre, mezcla
de idumeo y samaritano, han revivido todos los temores de Herodes. Ahora,
por un exceso
de afecto, debería
envenenar a
Herodías y luego construir
un palacio en su honor, como hizo su padre con la madre de Alejandro y
Aristóbulo.
— ¡Por qué él me lo
reprocha? — estalló de pronto cuando entramos de nuevo en la sombreada avenida
en dirección al estanque
—. Yo le tenía en gran
estima, y le tengo aún. Es un rabí sabio y santo. Es un profeta. Le venero como
veneraría a Elías o a Isaías si
volvieran a la tierra. No
le condenaré a muerte aunque ella lo desea... Pero, ¿por qué me trata así? ¿Qué
le he hecho? El dice que he
obrado peor que David con
Urías ¡Yo no he hecho matar a nadie! Yo sólo amo a Herodías y ella me ama a
mí...
Entonces recordé a Juan.
Últimamente había olvidado por completo que él estaba encerrado en una mazmorra
de la fortaleza y que, mientras sobre su cabeza se organizan banquetes y
fiestas, él en su prisión sueña con la libertad perdida. Este necio le tiene
encerrado, pero aún le teme. Herodes era un lobo astuto, pero valiente. En
cambio, Antipas, como una vez dijo con razón el maestro, no es sino un zorro
capaz de merodear de noche, pero sin atreverse a plantar cara de día. Nunca
logrará hacer una acción grande.
—Juan — me aseguraba con
insistencia, quizá pensando que todos los fariseos somos de la misma opinión —
es un santo profeta. Me gusta hablar con él. Le escucho. Haría todo lo que me
dijera. Incluso lo hice. Pero no renunciaré a Herodías. ¡No! ¡No! La amo y ella
me ama. Sólo a su lado estoy seguro. La necesito. A su lado puedo ser bueno,
justo, caritativo. Un rey para ser bueno, necesita que le amen. Tengo entendido
que vosotros, los fariseos, conocéis una ley según la cual hay muchos motivos
por los cuales se puede dar una carta pidiendo el divorcio. Filipo le dará una
carta así, seguro que se la dará... ¡Le obligaré a que se la dé! Juan no quiere
ni oír hablar de esto. No se puede hablar con él porque en seguida grita y
amenaza.
Estuve paseando así durante
más de una hora, de un lado a otro del jardín, mientras él me hablaba siempre
de lo mismo. Por fin, para librarme de él, le dije que estaba dispuesto a
entrevistarme con Juan para ver si le convencía de que no debía juzgar tan
severamente las relaciones entre Antipas y Herodías. Esta idea le entusiasmó.
Quería darme las gracias. Sentí cerca de mi rostro sus repugnantes y siempre
húmedos labios. Exclamó que por fin había encontrado a un amigo. Mandó llamar
al jefe de la guardia y le encargó que me escoltara hasta la mazmorra del
prisionero.
De este modo fui a visitar
al profeta de Bethabara, aunque hubiera podido hacerlo sin la ayuda de Antipas:
la enrejada ventana de su celda da a un patio por donde el hijo de Zacarías
puede comunicarse con sus discípulos, darles sus enseñanzas y consejos. Bajé
por unos resbaladizos peldaños de piedra. En la mazmorra, sobre un jergón de
paja, yacía un hombre. Le reconocí en el acto, a pesar de lo mucho que había
cambiado durante aquellos años. Estaba delgado y envejecido y su piel, antes
bronceada por el sol, tenía ahora un color pardo amarillento
de tela descolorida.
Allí nadie le
torturaba, no llevaba cadenas y a
su lado, en el suelo, había una cesta repleta de excelente comida. Pero a un
hombre como Juan nada puede compensarle el sufrimiento de sentirse cautivo. Por
esto quizá sus claros cabellos comienzan a volverse blancos y su rostro,
crispado y surcado por infinitas arrugas, tiene las mejillas hundidas como un
odre vacío.
Cuando entré, el prisionero
no se movió. Ni siquiera levantó la cabeza. Yacía con el cuerpo medio fuera del
jergón; un rayo de sol caía sobre su rostro como una mancha luminosa.
Meditaba... o quizá no pensaba en nada y sólo exponía la cara a la caricia del
sol. Cuando me acerqué a él, abrió lentamente los ojos y se incorporó. El
guardia salió, dejándonos solos en la oscura celda, que aparecía aún mas
oscura a
causa de aquella
oblicua columna de
luz solar que se
clavaba en ella. Pero pronto mi vista se acostumbró a esta mezcla de luz
cegadora y oscuridad absoluta. El hombre estaba sentado frente a mí, apoyado en
sus rodillas levantadas. La larga sombra de su nariz le alargaba el rostro: no
podía verse si tenía la boca abierta o cerrada. Levantó la cabeza y. al
desaparecer la sombra que producían sus cejas encrespadas, pude ver los ojos
del profeta. Aquellos ojos eran lo que menos había cambiado; seguían siendo
soñadores como antes. Eran los de un ser que busca y espera algo. Ya no quedaba
en ellos ni sombra de su indignación contra todo lo que le rodeaba. Parecían
barcos que hubieran entrado para siempre en alta mar. Por de pronto tuve la
impresión de que volvían de aquella alta mar. De nuevo se encendió en ellos el
fuego de antes y sus párpados se agitaron como velas movidas por el viento. Oí
una voz ronca y baja, la misma que entonces tronaba a orillas del río.
— ¿Ya vienes a buscarme?
—Rabí... — comencé. No
comprendí su pregunta. Experimenté cierta timidez ante aquel hombre que hablaba
sin temor alguno ante
multitudes enteras —. He
venido a visitarte. No debes de acordarte ya de mí. Una vez estuve contigo en
Bethabara...
—Es posible — admitió, como
si no quisiera hacer el esfuerzo de recordar —. Eres fariseo, ¿verdad? Asentí
con un movimiento de cabeza. Supuse que seguiría interrogándome. Pero no dijo
ni una palabra más. Parecía como si de nuevo se hubiera alejado de la orilla a
la que yo le había llamado.
—Entonces, rabí, me
mandaste esperar — agregué después de una pausa —. Y me dijiste que sirviera,
pero que supiera renunciar al servicio...
Levantó la cabeza y fijó en
mí una mirada como si yo acabara de decir algo enormemente importante, algo que
se introduce en la mente con
lentitud e insistencia.
Era una mirada
interrumpida en su trayectoria como agua pasada por un tamiz.
—Sí — repitió despacio —:
saber renunciar... — Me pareció que no se dirigía a mí —. Renunciar — repitió —
como aquel que entrega al amigo su prometida y, cuando los dos se alejan
seguidos de sus invitados, él se
queda solo pero
feliz por la
felicidad del amigo. Cumplir su obligación y luego
desaparecer. Quemarse como una lamparita hasta la última gota de aceite... Y no
arrepentirse de nada...
Levantó aún más la cara y
el sol le inundó con su luz las delgadas mejillas y los labios, fuertemente
apretados. Parecía una persona que, después de una larga temporada de calor,
expone su rostro a las primeras gotas de lluvia refrescante. Pero al poco rato
aquella expresión soñadora se transformó en un sentimiento de disgusto a
impaciencia. De pronto exclamó:
— ¿A qué has venido? ¿Qué
quieres de mí?
Su voz comenzaba a ser
violenta. « ¿Qué quieres?» Era como el sonido de unos truenos a orillas del
Jordán.
—Rabí — quise explicar
tímidamente —, entonces decías, enseñabas...
—Entonces — exclamó con
acento dolorido — todo era diferente. Entonces yo era la voz. La voz del que
clama en el desierto. Entonces era el momento de preguntar y de contestar...
Hoy — se pasó la mano por su delgado pecho desnudo —, ¿quién soy yo? ¡Nadie! Me
han arrancado la lengua. Soy el silencio... Ve con él, es a él a quien debes
preguntar —. Bajó la cabeza hasta apoyar la frente en las rodillas: su
respiración se hizo entrecortada.
Entonces me
pareció que le
había comprendido. Su
cántaro estaba lleno hasta los bordes. Vino otro y le quitó los
discípulos mientras él mismo iba a parar a una mazmorra. Bajo la piel de sus
costados vi cómo
sus costillas se
estremecían con violentas sacudidas. Todo su cuerpo era
presa de escalofríos.
—¿Por qué te quedas ahí
parado? — me dijo, sin levantar la cabeza —. Te lo repito: ve con él. Él debe
crecer, mientras yo voy disminuyendo, encogiéndome, y cuando vengan por mí seré
como un niño —. Su
voz, irritada e
impaciente, se hizo
luego suave y persuasiva —. Ve... ¿Qué esperas de mí?
Ahora soy un árbol seco. Es él quien tiene hojas ahora.
Se irguió
con esfuerzo, apoyándose
contra la pared.
Su respiración se hizo honda y pausada. Le pulsaban las sienes.
—Él es la vida — siguió
murmurando en voz baja —: el ciego ve, el cojo anda, el leproso queda limpio,
el miserable oye la buena nueva... Sí, él es... —Cerró los ojos y movió la
cabeza —. Ve con él. Y que otros vayan también. Él lo sabe todo. Él ha venido
del Cielo. Él dice la verdad. Mis discípulos lo han seguido: mis buenos, mis
inteligentes discípulos. Sólo yo no puedo seguirlo...
No pude dejar de preguntar:
— ¿Tú seguirlo a él? Si
fuiste tú quien le bautizaste y no él a ti... Sonrió cama sise compadeciera de
mi falta de fe.
—La madre cría al hijo,
pero el hijo, al crecer, se hace mayor que ella. Él quería que la lluvia
celestial cayera primero sobre las manos de los hombres y de allí a la tierra.
Él quiere nuestro canto, pero cuando a nosotros nos falla la voz él lo termina
y lo hace más her- moso que el nuestro... Nuestro espíritu tiene un límite.
Sólo él no conoce límite alguno. El Padre se lo ha dado todo. Quien vaya con él
lo habrá ganado todo...
¿Así pues, crees tú, rabí,
que él es... — me arrodillé junto al lecho de paja — que él es el Mesías?
Me contestó con una estrofa
de Ezequiel:
— «Ya no habrá en Israel
mas visiones falsas, ni profecías que no podamos comprender.» — Volvió a su
canto —: El ciego ve, el muerto ha resucitado, el pobre ha oído la palabra de
consuelo. ¿Preguntas si él es el Mesías? — dijo, como si aún no hubiera contestado
a mi pregunta—. Él es aquel que había de venir. Para él he estado allanando los
caminos. He estado anunciando su llegada. Ha venido y
ha traído la salvación.
Seguidlo a él y a mí dejadme. ¡Dejadme! — Sus palabras eran de nuevo violentas.
Gritaba como si en la mazmorra hu- biera muchas
personas y no realmente yo —. ¡Dejadme! ¡Yo soy como una concha vacía!
Como uno de esos enfermos que quedan en el camino después de su paso.
¡Seguidlo! Yo ya no puedo servirle. No tengo con qué. Ya no me necesita...
En otra ocasión te escribí
lo triste que es la suerte de los profetas que llegan al final de sus
profecías. Las palabras de Juan están veladas por el dolor. Lleva en su
interior un gran vacío, pero ni una sombra
de rebelión. ¡Qué extraño! Justamente él, que
se cree el último de los profetas, hubiera debido
esperar otra clase de Mesías.
Pero, en lugar de esto, se
está torturando por otro motivo. Parece como si envidiara a sus discípulos que
han seguido al maestro de Nazaret. Ellos se han ido y él no ha podido ir... Y
esa extraña frase de Jesús: «Juan es más pequeño que los moradores del
reino»... Parece como si estos dos seres estuvieran ligados por un misterio que
yo soy incapaz de descifrar.
—Pero tú eres un gran
profeta — le dije, queriendo consolarle.
—No soy profeta — negó del
mismo modo que cuando se lo preguntamos en nombre del Sanedrín —. Soy la voz
que ha dejado de oírse... ¡Ahora ya no hace falta la voz! — exclamó de pronto.
En sus palabras vibraba aún
la nota de dolor, pero, su rostro se iluminó
igual que cuando,
por encima de mi hombro, vio
venir al galileo. Hablaba con
calor, fijando los ojos en la columna de luz llena de relucientes partículas de
polvo.
—Ahora todo hablará: las
personas, los árboles, las piedras, las estrellas. Él ya no necesita mi voz...
—Pero no todos le siguen
—observé.
Me pareció ver una sonrisa
sobre su oscuro rostro. Asintió levemente con la cabeza.
—Lo sé, no queréis
recibirlo. Pero él os llamará —aseguró con una
fe inconmovible —, y a
cada uno en
su día. A
mí también. Todavía una vez voy a
serle útil. Una sola vez... La última...
¿Podía yo suponer entonces
que aquélla era mi última entrevista con Juan, que le quedaba tan poco de vida?
Después de
seis días de
diversión continua, los
invitados de
Antipas habían comenzado a
sentirse hastiados. Pero aquella noche
la animación creció de
nuevo. Antipas —o mejor dicho, Herodías, que por todos los medios trata de
mejorar las relaciones entre Antipas y Pilatos — hizo servir a sus invitados,
en vez de vino, una bebida embriagadora elaborada en Siria con granos de maíz;
pretendía excitarlos de nuevo a la incontinencia. El efecto fue inmediato. Los
comensales se lanzaron a un frenético torbellino de diversiones licenciosas.
Bebían y comían, comían y bebían, gritando desaforadamente, riendo e
importunando a las bailarinas y a las mujeres que repartían entre ellos las
cestas con frutas. La orgía de los días
anteriores se convirtió
en un verdadero
desenfreno que recordaba los
repugnantes festejos frigios en honor de su divinidad. No sé quiénes llevaban
más la voz cantante, si los romanos, los griegos o los idumeos. Jonatán también
tomaba parte en ellos. Bajo la luz de las lámparas medio veladas por el humo
del incienso, bajo las guirnaldas de flores y entre el olor a sudor, aceite,
vino y salsas de carne, se veían unas masas informes de cuerpos medio desnudos
entrelazados, agitándose como en un ataque de fiebre. Yo, desde mi rincón,
contemplaba todo aquello con infinita repugnancia. Estaba aguardando el momento
de poder escabullirme de la sala sin ser visto, Cuando miro un espectáculo como
aquél no sólo me siento asqueado, sino también extrañamente ajeno a todo. Me
siento distinto... Pero creo que esto me ocurre no sólo en casos como éste...
¿Es a causa de la enfermedad de Rut? ¿O será por los ayunos y los años pasados
estudiando las Escrituras? Siento que soy un hombre diferente de todos y esto
me produce malestar. Es como le dije en aquella ocasión:
¡me falta algo... me falta
algo...
Vi a Antipas entre la
multitud. Permanecía sentado en el trono y a su lado, inclinada hacia él,
estaba Herodías. El tetrarca le rodeaba el talle con el brazo, pero ella se lo
apartó. Le hablaba como si quisiera convencerle de algo o pedirle algo. Por segunda
vez apartó su brazo y se fue de su lado, muy erguida la cabeza y con cara de
ofendida. No la creo capaz de ceder. Antipas la llamó, pero ella siguió sin
volver la cabeza. Se recostó en su lecho, al otro extremo de la sala.
Alguien, inesperadamente,
me dio un empujón tan fuerte que estuve a punto de caer. Me volví, irritado;
estaba seguro de que había sido algún criado por distracción. Pero me encontré
cara a cara con Pilatos. El procurador andaba tambaleándose. Tenía los ojos
medio entornados; un mechón de pelo rojo se le pegaba a la frente sudorosa.
—¿Te he empujado? —
preguntó con aire provocativo como si quisiera iniciar una pelea. Pero en
seguida soltó una carcajada — ¡Ja,
ja, ja! Eres tú, el fariseo
— apoyó su manaza en mi hombro —. Bueno, no te enfades. ¿No te habré
impurificado al tocarte? ¡Ja, ja, ja!
No apartó la mano de mí,
sino que me atrajo aún más hacia él, como si quisiera abrazarme. (¡Qué asco:
por la mañana Antipas, por la noche este romano! )
—No te enfades — repitió —.
Después podrás lavarte. Hay que lavarse; hay que tener baños, lapidarios,
sudatorios, fuentes... El agua es necesaria. ¡Ja. Ja, ja! Escúchame, amigo
fariseo — mientras él hablaba sentí sobre mi nuca su brazo afeitado y su aliento
fétido sobre mi rostro —, dicen que eres terriblemente rico.
Esperó unos momentos y se
rió otra vez.
—Me gustan los ricos.
¿Nunca me has necesitado para nada?
¿Por qué? ¿Cómo es que
nunca has venido a verme? Quiero conocerte más a fondo. Escucha... Quiero que
vengas a verme... Recuérdalo... El agua
es muy necesaria...
Te lo aseguro...
Tú te lavarás y yo me bañaré.
¡Ja, ja, ja!
Se fue tambaleándose en
dirección a la mesa. Al pasar junto a Herodías, la reina le detuvo por una
punta de la túnica. Se inclinó sobre ella. Le vi acariciarle desvergonzadamente
el brazo hasta la espalda. Herodías se reía mirándole a los ojos. Pensé que
estaría borracha y que si en aquel momento se le hubiese ocurrido echar los
brazos al cuello de Pilatos, Antipas hubiera sido capaz de matarla.
Llegaron a mis
oídos las palabras
del procurador: «
¿Qué, preciosidad, ya lo has pensado?» No pude oír la respuesta. Sólo vi
a Herodías pasar los dedos por la tensa mejilla del romano. Él, entusiasmado,
quería sentarse a su lado. Pero allí estaba Salomé. Herodías hizo levantar a la
niña, la llamó y le dijo algo señalando el centro de la sala. La pequeña alzó
tímidamente los brazos y se tapó la cara con ellos. Parecía como si la asustara
lo que su madre le pedía. Ahora fue Pilatos quien le habló, y sus palabras
hicieron que Salomé se apartara de ellos con expresión de dignidad ofendida. El
romano se acomodó, riendo, al lado de la reina.
Busqué con la mirada a
Antipas. Seguía sentado en el trono, pero vi que estaba observando atentamente
el comportamiento de Pilatos. Si Herodías quería acercar a aquellos dos
hombres, ahora lo había estropeado todo. O quizá no: es tan astuta que hay que
suponer que aquello formaba parte de algún juego complicado. Los ojos de
Antipas echaban chispas y sus manos apretaban convulsivamente el pie de su
pesada copa. Parecía como si el tetrarca, de un momento a otro, fuera
a levantarla y lanzarla
contra el romano. Pero procuraba dominarse y bebía un trago detrás de otro.
Mientras tanto, la pequeña
Salomé, echada del lado de su madre, había quedado en medio de la sala,
intimidada, en el espacio donde antes bailaban las danzarinas libias. Cuando
contemplo una silueta infantil se despiertan en mí dos sentimientos contradictorios:
uno de ternura y otro de enojo al ver ante mí a una criatura sana. Al principio
la niña me dio pena; tenía un aire inocente y parecía extrañamente
solitaria entre aquella
desenfrenada multitud. De
puntillas dio una lenta vuelta como si de pronto sintiera
curiosidad por toda aquella gente de la sala. Nadie se fijaba en ella. Las
mujeres que habían bailado antes estaban ahora recostadas en los lechos de los
invitados. Los gritos de los hombres borrachos se mezclaban con sus risas
chillonas Seguí mirando a la pequeña. Con un movimiento medio displicente y
medio divertido levantó los brazos y dio otra vuelta de puntillas. Parecía como
si imitase el baile que acababa de ver. Los músicos árabes seguían tocando sus
melodías, acompañándolas con el son de los tambores, pífanos estridentes y
gritos salvajes. Salomé continuaba dando vueltas cada vez más rítmicamente. Sus
menudos pies se movían, ágiles, acompañados por el tintineo de los brazaletes
de plata que llevaba en los tobillos. Parecía imitar lo que había visto antes,
pero su baile era muy diferente del de aquellas mujeres adultas. Parecía más
maduro... Aquella jovencita de cuerpo todavía infantil parecía entender mejor
que ellas el significado de aquellas contorsiones, de aquel balanceo, de aquel
movimiento de piernas. Las esclavas no hacían sino repetir las figuras que les
habían enseñado. Ella parecía matizar su significado obsceno. De aquellas
vueltas tímidas fue pasando a unos movimientos cada vez más vivos. Los mú-
sicos, al ver bailar a la princesa, comenzaron a tocar con más ímpetu y
entusiasmo. Salomé también aceleró el ritmo del baile. Era como si hubiera
olvidado a todos los que la rodeaban, atenta sólo al hechizo de la música. Sus
movimientos perseguían el ritmo salvaje de la me- lodía beduina. De entre los
pliegues de la cuttona surgía su delgado cuerpo moreno de talle flexible y
muslos largos y finos; sus pechos florecían como tiernos capullos después de la
lluvia primaveral. Costaba creer que
no conociera el
significado de aquellos movimientos. Yo no podría soportar
que Rut... ¿No podría soportarlo?
¿No sería mejor que pudiera
bailar aunque fuera de ese modo?
Ahora incluso
los invitados se
levantaron y rodearon
a la danzarina. Centenares
de manos acompañaban
con palmadas el
ritmo de la música. Ojos
ardientes de pasión devoraban a Salomé. Aquella desvergonzada pantomima
absorbía la atención de todos. Incluso yo, al mirarla, sentía cómo, a pesar
mío, se iban despertando en mí unos impulsos terribles... Hay momentos en que
aun las más bellas halakás se desvanecen y huyen de nuestra mente como el
humo. Somos más
débiles que nuestro
cuerpo... Cuando Salomé hacía algún movimiento más expresivo,
del círculo de hombres que la rodeaban salía una especie de aullido de lobo en
una noche de luna. A veces se oían sólo unas risas cortas, excitadas...
Alguien se
abrió paso con
violencia hasta la
primera fila del círculo. Era Antipas. Tenía las mejillas
pálidas, respiraba jadeante, en sus labios había una mueca de crueldad.
Perseguía con la mirada a la niña, pero al mismo tiempo sus ojos se movían una
y otra vez hacia Herodías, que se había levantado y estaba al otro lado,
apoyada en Pilatos. Entre aquella multitud de gente excitada, el tetrarca y su
mujer eran como la personificación de la sensualidad. Salomé parecía una
mariposa que volara entre dos flores. Tomó sobre sí la furia de sus deseos, de
su amor y de su odio...
Pero entonces algo
imprevisto hizo que la niña volviera de su arrebato. En su rostro, petrificado,
apareció una expresión de miedo y turbación. De pronto dejó de bailar y, como
un animalito asustado, recorrió el círculo buscando por donde poder huir. Pero
la gente no quería que interrumpiera el baile. Al fin corrió hacia su madre y
escondió la cabeza debajo de su brazo.
Entre los invitados
estallaron risas y gritos. La excitación general se transformó de nuevo en
orgía y una de las bailarinas comenzó a dar gritos histéricos perseguida por un
tribuno romano. Los reyezuelos árabes volvían a sus lechos empujando ante sí a las
mujeres como a un rebaño de cabras. De pronto se oyó la voz de Antipas: —
¡Salomé, continúa bailando!
La niña volvió un poco la
cabeza, pero de nuevo la escondió bajo el brazo de su madre.
— ¡Salomé, baila! Baila
otra vez. — Antipas hablaba con violencia. Se acercó a la niña —. Baila... Te
daré a cambio unos hermosos pendientes, unos brazaletes. —La pasión
insatisfecha le hacía vibrar las aletas de la nariz . Baila otra vez, Salomé...
El tetrarca hablaba a la
pequeña, pero sus palabras parecían dirigidas a Herodías.
—¡Baila! Te daré una
esclava, dos esclavas. Te daré un puñado de
corales, perlas, una
sortija, dos sortijas...
Podrás escoger del tesoro lo que quiera, ¡Pero baila!
En vez de contestar, la
pequeña se escondió más aún detrás de la madre.
— ¡Baila!
—continuó Antipas. Su
ronca voz se
hizo violenta, salvaje —. Baila,
te lo pido. ¡Yo, el rey, te lo pido! Baila... —Estaba borracho; las piernas no
le sostenían y se le trababa la lengua Baila,
¿me oyes? —gritó —. Te lo
ordeno... Si no me obedeces... ¡Ordénale que baile! — dijo a Herodías.
— ¿No ves que la niña es
tímida? — contestó ella, mirando fijamente al marido.
— Es tímida, pero antes
bien ha bailado — gritó —. ¡Volverá a bailar para mí! ¿Lo oís bien? — a su
fiebre se unía ahora la violencia
—. ¡Lo hará! Antes no
bailaba para mí, pero ahora lo hará sólo para mí. Nunca me habías dicho que
supiera bailar así... Me lo ocultabas
para que ahora, para...
para... ¡Tú!
—Antipas... — dijo
fríamente Herodías.
Su voz
tenía un sonido
metálico y su
mirada rechazaba con firmeza el ardiente fuego de los negros
ojos del rey. Dicen que la mujer puede amar a un hombre hasta la locura. Pero
el amor de Herodías sabe dominar la locura. Le miraba como un domador a sus
fieras, y este idumeo, cuyo padre mataba sin piedad a los que más amaba, se
dejaba vencer por esta mirada. Herodías es s más la nieta de Herodes que
Antipas su hijo. Apagado su ardoroso empuje, comenzó a decir, malhumorado:
—Que baile... Dile que
baile para mí. Haré para ella lo que pida —
y en un nuevo arranque
comenzó a golpearse el pecho con el puño
—. ¡Todo! ¡Tendrá todo lo
que desee! Aunque sea la mitad de mi reino... Escuchadme — exclamó mirando a
los invitados-: si la pequeña Salomé
baila para mí una vez más, le daré todo lo que me pida, aunque sea la mitad de
mi reino...
Pilatos soltó una
carcajada,
— ¡Ja, ja, ja! Esto
significa el fin del tetrarca. ¡Tendré que escribir al César para decirle que
ahora tenemos una reina en lugar de un rey!
Pero Antipas no oyó estas
palabras. Estaba excitado, se movía, daba palmadas y gritaba:
—Si Salomé baila para mí,
doy mi palabra de rey de que le daré todo lo que desee. ¡Venid, venid a ver
cómo baila la pequeña Salomé!
La madre se inclinó hacia
la niña y le estuvo hablando un rato en voz baja. La niña asintió lentamente
con la cabeza, y se colocó, obediente, en el centro de la sala, en medio de un
nuevo círculo de personas. La música volvió a sonar con su ritmo violento y
salvaje. En el rostro de Salomé se leía timidez y miedo. Tenía los ojos fijos
en su madre, como si esto le diera fuerzas. ¡Qué poder tiene esta mujer para
obligar a los otros a depender de ella! Herodías sonrió a la niña y ésta le
devolvió la sonrisa. Echó la cabeza hacia atrás y sus pequeños pies comenzaron
a moverse, primero lentamente, como si pisara uvas en un lagar, y luego de
prisa, cada vez más de prisa, hasta que por fin se lanzó al torbellino del
baile. De nuevo vi su cuerpo moreno entre las arremolinadas gasas, sus grandes
ojos, los labios entreabiertos y sus manitas
ejecutando mil rápidos
movimientos. Todo el
impudor de aquel baile volvió a
hacerse patente. Intenté no pensar en lo que aquel baile significaba,
procurando recordar que tenía ante mí a una criatura... ¿Se puede hablar de
justicia en un mundo en el que los niños viven para servir al libertinaje de
los mayores? No podía dejar de pensar: si fuera Rut... La gente aplaudía, y su
respiración, fuerte y jadeante, se hacía tan rápida como sus palmadas. Antipas
aplaudía también. Su cara irradiaba alegría, orgullo y voluptuosidad. Por el
escote de su desabrochada cuttona mostraba el pecho cubierto de pelo negro y
rizado. Movía sus gruesos labios como si saboreara algo glotonamente. Sus ojos
seguían a Salomé
o se volvían
hacia Herodías. Vencí la excitación que se había apoderado también de mí
y me dirigí hacia la salida; quería aprovecharme de que todos estaban
absorbidos por el baile para huir de la fiesta. Pero en aquel momento Salomé,
después de ejecutar un ademán obsceno, se paró. Hizo una rápida inclinación
ante Antipas y, de un salto, se colocó al lado de su madre. Si no lo hubiera
hecho, la multitud, enardecida, la hubiese lastimado. Centenares de manos se
tendían hacia ella. Las respiraciones, jadeantes, se convirtieron casi en un
grito. Los reyezuelos idumeos hacían chascar la lengua y pellizcaban de
entusiasmo a las bailarinas.
De nuevo no se oyeron más
que gritos, carcajadas y risitas. Pero la voz de Antipas dominó toda aquella
baraúnda.
—Ven, ven aquí, mi querida,
mi hermosa palomita... Has bailado maravillosamente...
Herodías dijo algo a su
hija y ésta, tímidamente y de puntillas, se acercó al tetrarca.
—Ven, quiero darte las
gracias. Has alegrado mi corazón. Nunca ha bailado nadie como tú. Ha sido
maravilloso — Le puso las manos en los hombros y la besó tiernamente en la
frente —. ¿Verdad que has bailado sólo
para mí, verdad
que sí? Ahora
pídeme lo que quieras. ¿Me oyes? Juro ante todos los
presentes que te daré todo lo que desees. Habla, no temas. Oro, esclavas, un
palacio, todo, todo lo que pidas será tuyo. ¿Oyes, honorable procurador? —
dijo, dirigiéndose a Pilatos—. Porque ha bailado para mí como no lo había hecho
nunca nadie, recibirá todo lo que desee. Habla, Salomé, habla fuerte para que
todos te oigan.
Se hizo un gran silencio.
La pequeña miró a su madre, que hizo un pequeño ademán can la cabeza. Entones
Salomé se escurrió ágilmente de los brazos de Herodes, retrocedió unos pasos,
se irguió como si fuera a dar un salto y dijo:
—Puesto que quieres
recompensarme — su voz era profunda, nada
infantil y un
poco temblorosa dame
ahora mismo, en una
bandeja, la cabeza del falso profeta que está en tu prisión...
Dicho esto, fue corriendo a
esconder la cabeza en el regazo de Herodías. El silencio se hizo aún más
impresionante, tan grande que podía oírse el zumbido de los mosquitos alrededor
de los candelabros.
—¿Quieres la cabeza del
rabí Juan, el Bautista? —preguntó Antipas lentamente como si no quisiera dar
crédito a sus propios oídos. Miró a Herodías y reflejose en sus ojos un miedo
mortal —. ¿Es que el vino os ha ofuscado el cerebro? — preguntó con voz chillona,
casi de mujer —. Este hombre es santo, es de Dios gritaba cada vez más, como
un condenado que
rechaza las acusaciones
ante los jueces —. ¿Sabéis qué puede
ocurrir si yo levanto la mano contra él?
¡Eres tú quien le ha
sugerido esto!
Se acercó a la niña y se
inclinó para tener su rostro a la misma altura que el de ella.
—Salomé —dijo —, te daré
todo lo que desees. No escuches a tu madre. Te daré oro, perlas, sedas,
esclavas, caballos... Pídeme lo que quieras. Dilo tú sola. ¡Pronto!
Pero ella, con voz ahogada
como antes, repitió:
— Dame la cabeza del falso
profeta...
— ¡Maldición! —- vociferó
¡Me has cogido en una trampa! — gritó a su mujer—. Nunca he querido concederte
esto. ¡Me has hecho caer en una trampa! Le daré todo menos esto... ¿No lo
sabes? Un rey que mata a un profeta pierde su reino para siempre...
— Te estás comportando como
un niño — respondió tranquilamente Herodías, y añadió más bajo — . Ya te lo he
dicho: o él o yo. ¿Qué puede ocurrirte, puesto que yo cuido de tus bienes?
Luego habló con voz fuerte para que todos pudieran oírla —. Has dicho que le
darías lo que te pidiera: has dado tu palabra de rey...
—He dado mi palabra —
gimió.
De nuevo estaba apagado,
anonadado. Miró la sala y los invitados como si los viera por primera vez.
Debió de ver a Pilatos sonriendo burlonamente, pero no le contestó con una
mirada de odio. Parecía buscar en torno suyo una salida de aquella situación. De
pronto, como un hombre que se agarra a cualquier madero, sin comprobar siquiera
su solidez, exclamó:
—El procurador romano me
censuraría por semejante acto...
La mirada de todos se posó
en Pilatos. Éste seguía sonriendo, pero ahora su sonrisa era amable. Las
palabras del tetrarca debieron de halagarle.
—Tú eres el rey —dijo — y
él es prisionero tuyo... Parece ser que trataba de sublevar a la gente... Haz
lo que mejor te parezca...
Antipas miró
desesperadamente a Herodías.
—Has jurado — dijo ella.
—¡No puedo matarle! —
gritó.
—Así, ¿prefieres quebrantar
tu palabra?
Salomé repitió con voz
lenta, como un lorito amaestrado:
—Dame la cabeza del falso
profeta...
—Dale lo que le prometiste
— insistió Herodías.
—Provocaréis una desgracia,
una desgracia horrible —gimió.
El miedo había enfriado su
pasión. Tenía lágrimas en los ojos. Parecía un repugnante muñeco henchido de
dolor impotente.
Oí, como en un susurro, la
voz de Herodías:
—Yo estoy a tu lado...
—Pero, ¿para qué matarle?
Ya no puede hablar, está encerrado
— intentaba él explicarle.
Ella se encogió de hombros.
—Mientras viva siempre
podrá recuperar la libertad. Entonces tendrás una rebelión en todo el país, una
guerra... Los romanos tomarán cartas en el asunto — añadió aún más bajo.
—Es un profeta — repetía
Antipas —, un santo profeta...
—No tiene nada que
profetizar — contestó ella con impaciencia — Ahora eres rey. Luego... —hizo un
movimiento despectivo con la mano
—. El presente es lo único
que importa...
— ¡Ay! — se lamentaba
Antipas —. ¡Ay, ay! ¿Por qué le ordenaste bailar? No hubiera tenido que
prometer nada...
—Tú mismo lo has querido.
— ¡Sí, yo mismo, yo mismo! ¿Por qué ha
bailado? La niña repitió otra vez:
—Dame la cabeza del falso
profeta...
—Dásela — dijo Herodías con
tono imperativo —. ¿No has oído lo que ha dicho el romano? Pensará que lo que
tú quieres es encubrir a un hombre que intenta provocar disturbios en Judea...
El tetrarca lanzó un
profundo suspiro. Con la cabeza entre las manos, encorvado, se dirigió con paso
lento hacia el trono. Se sentó en él. La sala continuaba sumida en el más
absoluto silencio, sólo se oía el crepitar del aceite en las lámparas. Por último,
Antipas llamó al jefe de su guardia personal:
— ¡Proxenio! ¡Ve, corta la
cabeza al rabí Juan y tráela aquí en una bandeja!...
Proxenio inclinose y salió.
Nadie se movía y el silencio hacíase más denso por momentos. La gente, con los
labios separados, quedose inmóvil como queda el Jordán en el espeso abrazo del
mar de Asfalto. Las mujeres se agrupaban por los rincones, asustadas. Todos los
presentes estaban horrorizados. Movíanse las luces y unas ráfagas agitaban la
cargada atmósfera de la sala. Oyese un grito lejano, salido de algún punto
apartado y profundo del palacio. La respiración de todos se hizo más fuerte.
Era como el momento precedente a la caída del primer rayo desde el cielo negro
y denso. El desenfreno y la embriaguez se habían disipado por completo. Parecía
como si
todos desearan levantarse
y huir y
nadie se atreviera
a
hacerlo el primero. Oímos
unos pasos, primero en los lejanos corredores del palacio, que fueron
acercándose poco a poco, rápidos y lentos a la vez, cada vez más fuertes. Cada
paso resonaba en nuestros corazones como
un sonajero agitado
con violencia. El hombre seguía andando y el ruido de sus
pasos nos parecía ensordecedor. Por fin el soldado apareció en el umbral de la
sala. Cuando pasó por mi lado vi sobre la bandeja una cabeza con los rubios
cabellos bañados en sangre y los ojos muy abiertos... Miraba hacia el techo
adornado con guirnaldas de flores, como si contemplara el sol naciente.
Proxenio se detuvo ante Antipas y le alargó la bandeja. Pero el tetrarca se
cubrió los ojos con las manos y la rechazó con un movimiento de horror.
— ¡No la quiero! — gritó ¡
Dásela a ella!
El soldado
se acercó a
Salomé. La niña
cogió la bandeja
y siempre de puntillas llevó la cabeza cortada a su madre. Ésta se
limitó a hacer un tranquilo ademán de aprobación. Alguien se rió con una risa
parecida al súbito chirriar de una rueda oxidada. El primero en romper el
silencio fue Pilatos. Dijo con tono indiferente
—Hay que castigar a los
rebeldes...
—Has dicho bien, noble
procurador — asintió Herodías —; para que sirva de escarmiento a los demás.
—Dicen que por Galilea anda
otro profeta — observó uno de los invitados.
Al oírlo, Antipas comenzó a
vociferar como un loco.
— ¡No es otro profeta, es
él, es él...! Yo lo he matado, pero él volverá a andar. Nadie puede matarle...
Él mismo lo decía: «me haré pequeño, insignificante, dejaré el camino libre...»
¡Es él!
Gimiendo y
sollozando, se cubrió
la cabeza con
el manto. Herodías dejó el lecho,
se acercó a su marido y le rodeó el cuello con los brazos. Él, sin dejar de
sollozar, se abrazó a ella como un niño asustado.
Aquella misma noche huí de
Maqueronte. Pero no fui yo solo: lo mismo hicieron casi todos los demás
invitados.
CARTA XI
Querido Justo:
He seguido tu consejo. Me
he levantado antes del amanecer para salir de casa temprano. El tiempo no era
muy alentador: durante la noche había soplado un viento huracanado y caído una
lluvia densa y fría mezclada con nieve. Cuando me asomé a la azotea, me
envolvió una helada ráfaga que me hizo estremecer. Todo estaba blanco. La
nieve, al fundirse, resbalaba por las paredes formando unos pequeños hilitos de
agua. Decidí aplazar la salida. Pero entonces recordé que, según me habían
contado, cuando ellos, hace años, emprendieron el viaje a la ciudad real, el
tiempo era tan malo como hoy. Pensé que, si quería encontrarlo todo tal como
había estado entonces, debía ponerme en marcha sin pérdida de tiempo, a pesar
de ese cielo frío e inhóspito. Eres tú. Justo, quien me ha enseñado que si
realmente se desea descubrir algo, hay que abandonar la actitud del hombre que
lo mira todo de lejos; si se quiere conocer a alguien, hay que seguir sus
huellas, no cuando el sol ya las ha borrado, si cuando aún son profundas en la
nieve. ¿Ves, querido maestro, cómo recuerdo cada uno de tus consejos?
Cogí, pues, el bastón, me
envolví en mi simlah y, después de rezar las oraciones matinales, salí de casa.
Las calles estaban desiertas. Sólo el viento las recorría como un perro sin
amo, excitado y hambriento. Los pies se me helaron ya antes de llegar al
palacio. Ahora está deshabitado, pero
entonces se estaba muriendo en él aquel monstruo. Le consumía la fiebre, no
podía dormir. Dicen que por la noche andaba por el palacio aullando como un
chacal en noche de luna. Invocaba los nombres de los hijos de Mariamme, a
quienes había mandado ahogar, y el de Feroras, aquel hermano al que mandó
envenenar también por exceso de amor salvaje. Mataba a todos a su alrededor,
mataba con pasión, con verdadero frenesí; como si con ello pudiera evitar que
ellos le traicionaran. Se cuenta que, en cierta ocasión, escribió
al César: «Los
mato porque podrían
dejar de
amarme. Y yo quiero que me
amen, que estén alegres cuando yo lo estoy y lloren cuando yo lloro..» Augusto
le tenía por loco y mandó al legado de Siria para que fiscalizara los asuntos
de Judea, como si el país estuviera ya bajo el poder romano. Por esto Quirinio
ordenó el censo general sin preguntarle siquiera al rey su parecer. La gente
quedó muy sorprendida cuando le fueron leídos los apógrafos. Es sabido que al
anunciar los otros censos hubo mucha oposición e incluso se llegó a verter
sangre. Pero entonces a nadie se le ocurrió luchar. La gente se puso en camino
de mala gana. El tiempo era parecido al de hoy: por entre la blanca niebla
surgían las cumbres nevadas de las
montañas y los
caminos estaban intransitables a causa del lodo, fríos y resbaladizos.
Hundiéndose en él hasta las rodillas, cruzaban el país caravanas enteras de
hombres maldiciendo a los romanos y a Herodes. Rara vez se veía a una mujer. El
censo no las incluía a ellas y en un tiempo como aquél sólo acompañaba a su
hombre alguna jovencita enamorada o alguna que de ningún modo podía quedar
sola.
Pero aquellos dos
emprendieron el camino juntos. No dejé de pensar en ellos desde que salí por la
puerta de taifa y comencé a andar por las laderas de la montaña del Mal
Consejo. Me sentía helado, y a cada paso me parecía que el frío aumentaba.
Sobre las laderas del lado norte se veían aún manchas de nieve, de las que
bajaban unos negros y tortuosos torrentes de agua parecidos a una serpiente
cuando sale del nido. El camino iba ganando altura lentamente. El viento me
azotaba el rostro con miles de gotitas heladas. De tan fríos, dejé de sentir
los dedos de los pies. Me dolía la nuca. De vez en cuando unas fuertes ráfagas
me impedían la respi- ración. Entonces me quedaba encogido y no me era posible
pensar en nada. En cuanto el viento disminuía un poco mi pensamiento volvía a
ellos.
No debió de ser un viaje
agradable para una mujer que tenía que dar a luz aquella misma noche. No se si
fue montada en un asno o si a causa de su extrema pobreza tuvo que hacerlo a
pie, apoyada sólo en su compañero. Mas, tanto si fue a pie como si no. pensé,
tuvo que sobreponerse a su debilidad. Pero podía hacerlo. Siendo la madre de un
gran hacedor de milagros, acaso ella misma también supiera hacerlos. Pero la
gente de Nazaret afirma que durante muchos años los tres llevaron una vida
completamente normal. Antes, esto me parecía incomprensible. Ahora comienzo a
comprenderlo. Puesto que un profeta — ¡me cuesta llamarle el Mesías! — ha de
aparecer como
un hombre ya maduro, es
natural que durante su infancia se vea forzado a encubrir su misión. Pero
aunque no lo muestre, posee un poder del que puede servirse cuando lo desee. El
que hoy cura a las gentes es seguro que de niño nunca estuvo enfermo. Igualmente
ella, su madre, es probable que no sintiese el tremendo miedo de toda mujer
ante los primeros dolores... ¡Quién sabe! A lo mejor, durante el camino, tampoco
sintió el azote
del viento, quizá
sus pies no se
helaron al contacto con el agua fría de los charcos: quizá tampoco sintió luego
ese dolor que llega a oleadas. El sufrimiento y la miseria debieron de ser para
ella sólo una apariencia que encubría la próxima gloria. Los viajeros, al
cruzarse con ellos, se preguntarían si aquel par de caminantes que avanzaban
penosamente, casi agotadas sus fuerzas, llegarían a alguna posada antes del
anochecer. Pero al pensarlo apretarían el paso preocupados sólo de que a ellos
mismos no les faltara
albergue. Aunque, ¿es
cierto que a
aquella mujer apenas le quedaban
fuerzas para seguir andando? No, no: segura- mente no fue así. En su interior
debían actuar ya los manantiales de su poder. Debía saber que no desfallecería
a medio camino, que no se encontraría mal antes dé tiempo, que lograría llegar a
un lugar donde poder dar a luz cómodamente. Además, aunque hubiera estado
débil, sabría que nada malo iba a ocurrirle. ¡Y todo, incluso lo más horrible,
no parece tan malo cuando se sabe que terminará bien!
Llegué al punto más elevado
del camino, a partir del cual comenzaba la bajada. El viento soplaba allí con
una tremenda intensidad. Se extendía ante mí un valle largo y abierto que se
perdía en la lejanía. Al otro lado, sobre una pequeña llanura situada entre una
cadena de colinas, se encontraba Belén. La ciudad aparecía enclavada entre dos
salientes rocosos de la montaña como un condenado entre sus dos guardianes. Al
poco rato, el viento dismi- nuyó, pero, en cambio, comenzó a nevar. El aire se
llenó de blancos copos que caían lentos y pesados y desaparecían apenas tocaban
la tierra.
Llegue al pueblecito
cansado, helado y hambriento. Sólo deseaba una
cosa: sentarme cerca
de algún fuego.
Me abandonaron las fuerzas para seguir buscando las huellas
ajenas. Me sentí enojado conmigo mismo y censuré mi propia conducta. Me
preguntaba por qué había dejado mis ocupaciones, mis meditaciones sobre las
Escrituras y la composición de hagadás. En lugar de malgastar tiempo y energía
caminando con aquel frío hacia un pueblucho cuyo pasado era una cosa bien
muerta ya, hubiera hecho mejor quedándome junto a un
buen fuego, meditando las
palabras del Eterno. Esto es lo más im- portante, o al menos lo es para mí.
Sentí que mi enojo se dirigía contra él como si él me hubiera ordenado ir al
lugar de su nacimiento en aquella mañana fría y desapacible. En mi cabeza, cubierta
hasta la frente por la capucha, nació la idea de que si él fuera realmente el
Mesías facilitaría el viaje a todo aquel que quisiera seguir sus pasos. Sería
una señal de que lo es...
Junto al camino, antes de
llegar a las otras casas, había una posada. Entré. El interior era como todos:
un patio circular rodeado de pórticos. Estaba vacío. El centro, destinado a los
animales de carga, parecía un estanque: estaba lleno de agua mezclada con barro
y estiércol. Bajo el pórtico había un fuego protegido por una estera y junto a
él se balanceaba, dormitando, el que debía de ser el dueño de la posada, porque
al verme se levantó en seguida y me saludó con amabilidad.
—El Altísimo sea contigo,
caminante.
—Y a ti te proteja siempre
— contesté.
—Que vuelvas sano y salvo
de cada viaje.
—Que tu casa te sea siempre
grata.
—El ángel te proteja contra
los bandidos y los impuros.
—Que tus arcas nunca estén
vacías.
Me senté al lado del fuego
y sentí un agradable calorcito. El posadero
me ofreció vino,
pan, queso y
aceitunas. Se quejó
del tiempo, de los romanos y de los impuestos. Cuando me quité el manto
y vio que era fariseo, comenzó a llamarme «rabí». De las tejas del pórtico caía
el agua en abundancia, pero aquel ruido no me parecía desagradable ahora que
tenía un buen fuego para calentarme. Mi mal humor se desvaneció. Al contrario,
me sentí muy complacido de estar allí y de poder al fin llegar a saber la
verdad.
—Escucha — dije al posadero
—, ¿hace tiempo que eres dueño de esta posada?
Contestó que había
pertenecido a su padre e incluso a su abuelo. Yo lo había supuesto ya.
—¿Has oído hablar de Jesús
de Nazaret? Asintió con la cabeza y dijo:
—Sí, rabí, he oído hablar
de él. Es un profeta. Antes eran dos, pero a uno de ellos, Juan, le hizo matar
el tetrarca Antipas.
—¿Es verdad — al decirlo no
se por qué me tembló la voz — que este Jesús nació aquí, en Belén?
—Sí — contestó de prisa —, nació aquí, en nuestra posada. Le observé
detenidamente. Tenía unos ojos negros y brillantes y
una barba espesa que le
llegaba hasta la mitad del pecho. Se notaba
que se había criado en un
ambiente de casa de huéspedes, en un lugar donde se cruzan noticias de todo el
mundo. No tuve que forzarle
para que hablase. Se puso a
contar sin esperar a que yo le preguntara
más cosas, Hacía muchos
años (él aún no había nacido), llegó allí, hacia el atardecer, una pareja de
caminantes. La posada estaba completamente llena de gente y no había sitio para
albergar a los recién llegados. El padre de Margalos (así se llamaba el actual
posadero), primero no quería dejarlos entrar. Pero pronto ocurrieron hechos que
demostraron que aquellas personas sabían obrar grandes milagros. Las paredes de
la posada se agrandaron para que todos pudieran caber; la nieve mezclada con
lluvia dejó de caer y comenzó a hacer calor como en el mes de tamuz; sobre la
ciudad apareció una extraña estrella con cola que señalaba la posada de su
padre. Al ver todos estos prodigios, les hicieron pasar y les cedieron el mejor
sitio al lado del fuego. Todos los viajeros y los huéspedes deseaban servirles
y honrarles. La mujer estaba encinta. Aquella misma noche dio a luz un hijo.
Todas las mujeres de la posada la atendieron. Bañaron y fajaron al niño, que
era hermoso como ningún otro en la tierra. Al nacer ya sabía hablar. Se vio en
seguida que había venido al mundo un gran profeta. El niño crecía rápidamente
como un joven tallo de morera y al cumplir un año ya sabía más cosas que un
chico de quince. Hizo muchos milagros. Al ver que su madre debía cargar, cada
día, desde le fuente que está al pie de la montaña, con un cántaro lleno de
agua, golpeó una piedra con el pie y de la roca viva manó un manantial. Siguió
manando mientras sus padres estuvieron en Belén. Cuando decidieron marchar a
Galilea, el niño tocó con la mano la cadena que dividía el patio y ésta se
transformó en una cascada de denarios y estaterios que fueron cayendo al suelo.
Los padres pudieron comprar toda una caravana de asnos para volver cómodamente
a su tierra.
— ¡Mientes, mientes! — dijo
una voz.
Escuchando la narración del
hombre no me había dado cuenta de que se había acercado a nosotros una mujer
vieja con un cántaro en la cabeza. Bajo la cuttona que llevaba atada a la
cintura aparecían sus
delgadas piernas, con las
venas a flor de piel, cubiertas de barro hasta más arriba de los tobillos.
— ¡Mientes! — repitió con
voz seca y cortante, apretando con fuerza los labios, que se rodearon de una
red de pequeñas arrugas.
— ¿A qué has venido, madre?
— le preguntó Margalos, dando evidentes muestras de descontento. Pero se calló
y volvió la cabeza.
—He venido porque he
querido venir — refunfuñó la vieja —: ¡y tú no mientas! No haces sino mentir y
mentir...
—Así, ¿no era verdad lo que
tu hijo me estaba contando? —
pregunté —. ¿Cómo fue,
entonces?
Nunca dirijo la palabra a
una simple amhaares, pero aquella vez mi curiosidad fue más fuerte. La mujer
debió de quedar muy sorprendida de que yo le hablara porque se quedó callada un
buen rato. Antes de contestar se acercó un poco. Se mantuvo ante mí erguida con
su cántaro apoyado en el hombro, como un soldado ante su jefe, con la lanza
levantada. Comenzó con voz insegura.
—Si me permites, rabí, voy
a contártelo todo. No es verdad nada de lo que mi hijo te ha dicho. El cree que
contando mentiras entretiene mejor a sus huéspedes. Pero es un necio...
Carraspeó. No se había
desatado la cuttona y seguía enseñando sus delgadas piernas, cansadas,
cubiertas de barro rojizo.
—La cosa ocurrió así... —
empezó —. Hacía un día como hoy. Igual, igual. Nevaba, todo estaba cubierto de
barro, los camellos y los asnos
temblaban de frío
y tenían el
pelo enmarañado y
mojado. Habían llegado muchísimos viajeros. Era por causa de aquel
censo... Al llegar la noche la posada estaba llena de animales y los hombres
dormían uno al lado de otro.
«Me cansé terriblemente.
Estaba extenuada. Mi marido no cesaba de gritarme que fuera a buscar agua, o
moliera grano, o cuidara de los camellos. Mi Judas, mi hijito pequeño, lloraba
en mis brazos porque el cansancio me había secado el pecho. Sólo deseaba que
llegara de una vez la noche y que toda aquella gente, que no hacía sino hablar
y comer, se fuera por fin a dormir. Entonces se me acercó un hombre. Debía de
haber llegado en aquel momento porque llevaba la ropa muy mojada. En voz baja,
como si allí todos no hablaran a grito pelado, produciendo una insoportable
algarabía, me preguntó si podía darles alojamiento a él y a su esposa. Me
explicó que acababan de llegar, que estaban muy cansados, que la mujer se había
encontrado mal
durante el camino y que
esperaba dar a luz de un momento a otro. Yo estaba como loca de cansancio.
Grité con toda mi voz: "¡No. aquí no hay sitio! Buscad otra posada. ¿No
ves lo lleno que está todo esto?" Intentó explicarme que ya habían recorrido
todo el pueblo y que nadie había querido acogerles. "Si quisierais tener
un poco de caridad y la gente intentara estrecharse un poco", continuó
diciendo con aquel suave tono de voz, "seguramente se encontraría aún un
rinconcito para mi esposa...
Yo puedo quedarme
fuera". Estas palabras acabaron de irritarme. Con su puño
menudo, Judas me golpeaba el pecho del que ya no salía nada... Los hombres, a
mi alrededor, hablaban y gritaban como locos. Con su estúpida jactancia
masculina amenazaban a los romanos. Entre todo aquel griterío oí la voz de mi
marido que me llamaba; probablemente quería que fuera de nuevo a buscar agua a
la fuente. Al pensar que otra vez me haría bajar allí de noche y con aquel
frío, sentí que la rabia me ahogaba. Comencé a gritar como si aquel hombre me
hubiera hecho algo: "¡Fuera, fuera marcha de aquí! ¿Oyes? ¡Aquí no hay
sitio para ti ni para tu mujer!
¡Fuera!".
»Debí de gritar mucho,
porque mi marido me oyó y se acercó. Estaba encantado con el movimiento que
reinaba en la posada; conversaba con los recién llegados, escuchaba sus relatos
y contaba a otros viajeros los sucesos que había oído. "¿Por qué le gritas
así a este honrado caminante?", preguntó. No podía soportar aquella
amabilidad suya de tendero. Consideraba que había que mostrar respeto a todo
recién llegado. Claro, él no se cansaba, el sólo hablaba y luego recogía el
dinero por la comida y la cama. Me asusté al pensar que sería capaz de ceder mi
jergón, en el que yo estaba soñando desde hacía horas, a la mujer de aquel
hombre. Estallé de nuevo. "¡Que se vaya! ¡No tenemos más sitio! ¿Quieres
que sirva a este mendigo? ¡Si es un desgraciado que no tiene con qué pagar el
hospedaje! ¡Mírale bien!" La expresión de inquietud que apareció en el
rostro del hombre me confirmó lo acertado de mi suposición. Debía de ser
realmente muy pobre. Grité más aún buscando con ello mi propio provecho:
"¡Conozco a la gente así! Ahora pide pan y fuego y luego no hará sino
lamentarse... ¡Échale de aquí! ¡Que se vayan él y su mujer!"
»Mis palabras produjeron el
efecto deseado. La amable expresión de mi marido cambió radicalmente. Pero
aquel par debió darle lástima porque llamó al hombre aparte y se puso a hablar
con él. El otro insistía y rogaba señalando a su mujer. A unos pasos de él
estaba su compañera. Apoyaba todo su cuerpo contra uno de los postes que
sostienen el techo.
Precisamente contra éste, rabí... Sus pies estaban sucios de barro como los
míos ahora. Su abrigo, empapado de agua, yacía en un charco. Se oprimía el
pecho con sus manos amoratadas. Su tez había adquirido un tono terroso,
entornaba los ojos y se mordía los labios. Notábase que se le estaba acercando
la hora. Pero yo comencé a gritar de nuevo porque me parecía que mi marido iba
a ceder y les ofrecería mi cama. Casi estaba dispuesta a saltar sobre ellos y
golpearles como me estaba golpeando mi Judas. Mi marido se encogió de hombros y
se rascó la cabeza. A no ser por mis gritos, hubiera acabado
por dejar que
se quedaran en
algún rincón. El hombre seguía implorando, señalando a la
mujer, que luchaba con su dolor sin pronunciar palabra. Con un movimiento de
cabeza mi marido les indicó la puerta de le posada. "Venid, os voy a encontrar
algo...", dijo. La mujer, doblada en dos, avanzaba agarrándose a cada
poste que encontraba. El hombre iba a su lado, mirando con temerosa esperanza
la cara de mi marido. Éste les acompañó hasta la verja, les señaló una
dirección y les dijo algo. Salieron. El hombre rodeó a su mujer con el brazo y
la condujo lentamente.
»No pude acostarme hasta
mucho después. Aún tuve que servir a más
gente, cocer tartas,
acarrear agua y
cuidar de los
camellos. Todos me llamaban a la vez, me daban prisas, me insultaban así
que tardaba un poco. Lloraba de rabia impotente. Judas, hambriento, se había
dormido sobre mi hombro. Mi marido, por el contrario, andaba satisfecho entre
la gente, escuchaba sus conversaciones y aceptaba todo el vino que le ofrecían.
Silbaba alegremente y hacía sonar las monedas
que llenaba en
una bolsa de
cuero sobre la
barriga. Pasando por mi lado, dijo: "He dejado que aquella gente se
instalara en la cueva, detrás del pesebre... Allí no sopla tanto el
viento". Yo solté entre dientes: "Hubiera sido mejor echarles de aquí
y aun perseguirles con los perros. ¡Mendigos descarados!" "¿Qué bicho
te ha picado hoy?", dijo él bonachonamente. "¡Pobre gente! La mujer
esta a punto de dar a luz. Podrías ir a verla..." "¿Sí? ¿y qué
más'", exclamé. "¡Que se las componga ella sola! ¿Voy a ocuparme de
cada pordiosero que pase por aquí? Quien quiera críos..." La cólera me
salía de la garganta a borbotones, como sangre. “Veo que eres muy caritativo
hoy para los vagabundos sin un as” Me separé de él porque de nuevo alguien
pedía un cubo para los camellos.
»Por fin, ya muy entrada la
noche, la gente terminó de hablar y comer y se dispuso a descansar. La posada
se llenó de ronquidos. Mi marido dormía a mi lado; había cedido su yacija a un
viajero que se la
pagó a buen precio. Cuando
vino a la mía olía asquerosamente a vino. Era repugnante... Se durmió contento
y satisfecho. Me empujó a un lado y el se quedó repantigado en el centro. En lo
que quedaba de jergón tenía que dormir Judas. Para mí ya no había sitio: me
quede en el suelo. A pesar de mi fatiga sobrehumana, no podía dormirme. Me
quedé con los ojos abiertos, temblando, de frío. En el patio, los camellos,
arrodillados, gemían y tosían. Paró de llover. Luego vino la helada, que
endureció el agua en los charcos. Cesó el ruido del agua que caía de la
azotea...»
—¿De modo que las paredes
de vuestra posada no se agrandaron? — pregunté, impaciente . ¿Y no hubo ninguna
estrella que señalara este lugar?
Se encogió de hombros y
contestó sin levantar la vista:
—Las mujeres como yo no
tenemos tiempo para fijarnos en estas cosas. Contemplar las estrellas es asunto
de hombres...
Aunque había hablado
bastante rato, no se quitó el cántaro del hombro.
Pero luego oí decir —
añadió después de una pausa — que, en efecto, apareció una estrella. Me lo
contó Simje, el hijo de Tadeo. Dicen que también se oyeron voces y cantos. Los
encontré cuando salían de la cueva... Fui allí porque no podía dormir. Recordé
lo que yo había sufrido al dar a luz... Cogí un cacharro con agua caliente, un
poco de aceite, algunos trapos... Me costó salir de la posada, pues el suelo
estaba atestado de hombres dormidos. Tenía que pasar entre ellos con cuidado.
Uno me cogió por una pierna... ¡Como si no tuviera bastante con haberme pasado
el día entera sirviéndoles a todos! Por suerte
no levantó la
voz. En la
cueva que mi
marido había mencionado recogimos
nuestros animales: dos cabras, un buey y un asno. Había allí un pesebre hecho
con un tronco vaciado. Por la abertura de la cueva salía una claridad que
iluminaba el camino. Antes de entrar en ella oí llorar al niño. Había nacido
antes de que yo llegase. La mujer estaba arrodillada junto al pesebre y hablaba
al recién nacido en voz baja. Debe de parecerte raro que en seguida, después de
dar a luz, pudiera levantarse y moverse. Pero nosotras, las mujeres que hemos
de trabajar duramente, sabemos que cuando no hay otro remedio las fuerzas nos
han de venir de donde sea. Su marido había encendido fuego en un rincón. Pero
el humo no tenía por dónde salir y llenaba por completo la cueva. El niño
lloraba porque
aquel humo denso le
irritaba los ojos y la madre lloraba inclinada sobre él...
»Al verme se asustó. Quizá
pensó que iba a echarles de allí. Pero al comprender que había ido con
intención de ayudarla, su temor se convirtió en alegría. Fue afectuosa conmigo
como si no recordara que había sido yo quien los había echado de la posada. Le
fui útil. Ella era joven e inexperta. Tuve que enseñarle todo: cómo se baña al
niño, cómo se le da d pecho, cómo se le envuelve en pañales... Tampoco había
nada con que envolver al pequeño; la bolsa de viaje de su madre estaba casi
vacía. Después de bañarle tuvimos que ponernos a lavar. Intenté mecer un poco
al niño. El humo le entraba en los ojos y en la garganta. No cesaba de llorar.
Le canté canciones, las mismas que solía cantarle a Judas. Por fin su llanto se
convirtió en sollozo, lo cual era señal
de que se
estaba durmiendo. Lo
deposité en el pesebre. A mí también me escocían los ojos
y me dolía la cabeza como si llevara una cuerda anudada a la frente. Aún ordeñé
la cabra para que la madre pudiera beber un poco de leche caliente. Cuando me disponía
a salir, la mujer se acercó y me dijo: "Gracias, herma- na..." Me
abrazó y apoyó su mejilla contra la mía. Estaba mojada de lágrimas; lloraba y
reía al mismo tiempo. "Gracias", me susurró al oído. "Él te lo
devolverá..." Creí que se refería al marido, que seguía añadiendo leña
al fuego. Me
ardían las sienes.
Pero al salir
me envolvió una oleada de aire puro, seco, refrescante. Me apoyé en una
roca. La noche tocaba a su fin, envuelta en unos ligeros vapores blanquecinos.
La escarcha brillaba sobre la hierba. Presentía que el día que estaba
comenzando volvería a ser terriblemente agitado, sin un momento para reposar.
No me imaginaba cómo iba a aguantarlo después de una noche sin dormir. Pero, en
lugar de volver y procurar dormir un poco, me quedé apoyada en aquella roca,
respirando a pleno pulmón el aire puro de la noche.
»Entonces fue cuando vi al
viejo Timeo, que venía acompañado de
sus dos hijos
y unos cuantos
pastores más. Daban
un cierto respeto con sus cayados
en la mano y sus cuchillos en el cinto. «
¿Eres tú, Sara? » Al verme
bien vino hacia mí. "¿Es verdad que en la cueva donde guardáis los
animales ha nacido un niño?" Me quedé
helada de
miedo. A pesar
de su aspecto,
Timeo es un
hombre
pacífico. Pero entonces me
pareció que tras sus palabras se escondía una amenaza. ¿Vendrían acaso con
intención de dañar a aquella gente que
yo no había dejado entrar en la posada? ¿Un niño? ¿Qué puede importarles a unos
pastores del llano aquel niño, hijo de unos
pobretones, que había
nacido en una cueva destinada a albergar animales? "¡No! No!", me
apresuré a contestar. Creí que mi mentira les detendría. Pero ellos, no dando
crédito a mis palabras, fueron hacia la cueva. Quise cortarles el paso. Me puse
a gritar, "¿Qué estáis tramando? ¡No os dejaré pasar! Es una pobre
gente... No dejaré que les hagáis nada malo. Si lo que queréis es dinero, aquí
tengo dos denarios... No es mucho, pero..." "Eres necia, Sara",
me soltó Timeo en plena cara, con profundo desdén. Me cogió de los hombros y me
apartó del camino. Entró en la cueva seguido de sus compañeros. Sólo Simje se
paró un momento y me contó en dos palabras lo de la estrella, la voz y la
claridad. Pero no le creí. Sin escuchar el final de sus explicaciones
seguí a los
otros. Al entrar
vi que se
habían quedado a la puerta, intimidados, contemplando el techo bajo de
la cueva, lleno de goteras. El día, que se introducía al mismo tiempo que
ellos, les iba descubriendo todos los rincones. La mujer, al verles, se levantó
rápidamente, asustada. Se quedó de pie con el niño en los brazos, apretándolo
contra su pecho.
Así se quedaron
todos, inmóviles, unos frente a otros: ella y ellos. Luego oí la voz de
Timeo. Con gran asombro vi que se arrodillaba y entregaba a la mujer, como si
fuera un tesoro de incalculable valor, una blanca bola de queso fresco. Los
otros también se arrodillaron. Al verlo, el rostro de la joven madre comenzó a
cambiar de expresión. Parecía no comprender aún el significado de aquel homenaje
nocturno que le era ofrecido por unos hombres desconocidos de aspecto feroz,
envueltos en pieles de cordero. Pero a todo aquel que mira sonriendo a nuestro
hijo le hemos de contestar con una sonrisa... Adelantose un paso. Como un
sacerdote que antes de sacrificar la víctima la muestra al pueblo, así ella,
sobre sus brazos extendidos, mostró niño a los pastores..
— ¿Es verdad que era
hermoso y sano? — pregunté.
—Un niño siempre es hermoso
— contestó —.Pero
no era muy sano, lloraba a
menudo, y cuando él lloraba también lo hacía su madre. Era menudito, como los
niños que llegan al mundo antes de tiempo. Su madre no siempre podía criarlo y
el niño más de una vez pasó hambre. Tuvieron que quedarse varios días en la
cueva hasta que la posada se vació un poco y pudieron pasar a ella. Debido al
frío que hacía, la delicada piel del niño se cortó y le escocia mucho. Muchos
días después aun tenía los ojos enfermos a causa del humo...
—Tu hijo me ha dicho que se
desarrollaba mucho más de prisa que un niño corriente.
Se encogió de hombros.
— Se desarrollaba como
hubiera hecho cualquier otro niño en su situación. Era el niño de unos padres
pobres nacido en un sitio frío donde pasaba hambre y sufría incomodidades...
— ¿Por qué no se le
procuraron mejores condiciones? —pregunté
—. Puesto que sabía hacer
milagros... Si él mismo, con un solo golpe del pie, hizo manar de la roca un
manantial...
— ¿Un manantial? Mi hijo te
ha mentido, rabí. A menudo toqué sus pies con mis propias manos. Eran rosados,
delicados como los pies de todo niño y sensibles al dolor. Si hubiera golpeado
con ellos una roca se hubiese lastimado y habría llorado. Su madre cuidaba de
que no se lastimara. No, no hizo manar ningún manantial en la cima de la
colina. Su madre, igual que todas nosotras, bajaba cada día a buscar agua allí
al fondo...
— ¿Y aquel dinero que salió
de la cadena?
— ¡También esto es mentira!
— exclamó —. ¡Qué mentirosa sabe ser
la lengua de un hombre
ocioso! Dinero... Cuando
iban a marcharse de aquí, su
padre me entregó un denario diciendo que no podía darme más porque no tenía,
pero que si lo deseaba estaba dispuesto a hacerme algún utensilio, puesto que
era naggar, y en- tendía en carpintería. Le dije que me hiciera una mesa y me
la hizo. Aquí la llenes, rabí, a tu lado...
Miré. Era una mesa sólida
como las que suelen tener los campesinos ricos, pero mejor terminada.
— ¿Es esto todo lo que
sabes sobre el nacimiento de Jesús de
Nazaret? — pregunté al final.
—Esto es todo, rabí.
— ¿Estuvo aquí alguna otra
vez?
—No, nunca. He oído sólo
que anda por Galilea y predica...
Se acercaba la noche;
decidí quedarme a dormir en la posada y volver a Jerusalén a la mañana
siguiente. La mujer se fue, y aún la oí trajinar ocupada en distintos trabajos
caseros.
Margalos, que debía de
estar avergonzado por las palabras de su madre, no decía nada y, sentado a mi
lado, se limitaba a canturrear algo. La oscuridad invadía el solitario patio.
Ya bien entrada la noche llegó a la posada una pequeña caravana de vendedores
ambulantes que iban del Hebrón a Damasco. Me mantuve alejado de ellos; me
parecieron gente impura. Además, la noche, oscura y húmeda, y aquel
lugar desconocido en el que
me sentía tan solo, me llenaron de pensamientos tristes. Pensé en Rut... En el
fondo, toda mi vida se reduce a un constante temor por ella... Vi que la vieja
salía de la posada. Le pregunté:
—¿Vas quizás en dirección a
la cueva? Me gustaría verla.
— Ven conmigo, rabí.
Soplaba un siento fuerte,
pero una parte del cielo estaba ya limpia de nubes, y aparecían las estallas.
La mujer llevaba una lamparita de aceite cuya llama protegía con una mano. Me
condujo hasta una pared rocosa en la que había una abertura. Entramos. La cueva
olía a animales y a paja húmeda. La mujer levantó la lámpara. El pesebre, hecho
de un tronco vaciado, estaba apoyado en dos soportes de madera. Sobre él
resoplaba un buey de labranza.
—Es aquí... —dijo.
—Es aquí... —repetí.
La paja estaba podrida. El
pesebre era duro y poco hondo. En un ángulo había un montón de basura y
excrementos de animales. Sólo el más mísero ser de la tierra, pensé, ha podido
nacer en semejante abandono. Aquél no era un lugar para un descendiente de David,
para un profeta, para un Mesías.
Me sentí más triste aún.
Tenía la impresión de que aquel bajo techo se había bajado hasta mí y me
oprimía la frente con su peso. La llamita de la lámpara se consumía temblorosa
y las sombras, como murciélagos asustados, se debatían contra las paredes de la
cueva. El buey rumiaba y la saliva de su boca caía a gotas dentro del pesebre.
La vieja no decía nada. Una vez más miré aquel interior y salí al aire libre.
El viento seguía silbando y parecía como si luchara en la oscuridad con algún
arbusto invisible.
—Escucha — dije a la mujer
—: dijiste que tenías entonces un hijo, un niño pequeño. Me parece incluso que
lo llamabas Judas. ¿No es ese con quien he estado hablando?
—No — contestó.
Anduvimos en silencio un
trecho más. Después de una pausa, agregó con voz sorda:
—Judas murió...
—¿Fue entonces...? —
pregunté con palabra vacilante. Recordé de pronto y vi como en un cuadro los
acontecimientos de aquellos
tiempos —. Fue entonces
cuando aquel monstruo mandó matar a todos
los niños de
Belén. Parece increíble
que él haya
logrado escapar a la espada de los mercenarios tracios.
—Sí — continuó la mujer —,
le mataron los soldados del rey cuando buscaban al pequeño Jesús...
—Buscaban al pequeño
Jesús... — respondí. Me pareció que había encontrado un nuevo eslabón de una
cadena que iba saliendo lentamente de las tinieblas. — Así pues, ¿le buscaban a
él?
—Sí, a él: preguntaban por
él. Pero ellos lograron huir la noche anterior. Los soldados no querían
creerlo. Amenazaban, advertían y luego, para asegurarse de que no se les
escapara, mataron a todos los niños...
—De modo que lo perdiste
por causa de él... — dije entre dientes. No contestó. Sentí que me invadía una
nueva oleada de disgusto,
casi de odio, contra aquel
hombre cuya verdad había venido a descubrir aquí. Comencé a hablar con enojo.
—¡Pues no te pagaron mal
los cuidados que les dispensaste...!
¡Seguramente hoy te
arrepientes de no haberles echado también de la cueva, a la nieve y al frío!,
¿verdad?
—No... — dijo —. Su
contestación fue apenas perceptible, como si viniera de muy lejos —. Lo que
siento es haber sido mala y poco caritativa con ellos. Me paré y, casi con
rabia, le dije:
—Pero por su culpa ha
muerto tu hijo. ¿O es que no le querías?
— Solamente suspiró —. Si
ellos no hubieran venido aquí — continué con violencia —, vuestros hijos no
hubieran sufrido las consecuencias.
¡Él se salvó, pero varios
niños tuvieron que pagarlo con sus vidas! ¡La
vida de los niños tiene un
valor incalculable! — exclamé. Dejé de pensar en su hijo y mi pensamiento se
concentró en ella. El viento me levantaba
la simlah —.
¿Era necesario que
aquello ocurriera? — añadí, como si discutiese con alguien que
no fuera aquella mujer —.
¿Por qué cura y resucita a
unos y, en cambio, a otros les deja morir por su causa? ¡Los niños no deberían
morir! —Y, dirigiéndome de nuevo a la vieja, terminé bruscamente—: ¡Yo, en tu
lugar, les odiaría!
Me eché el manto el brazo y
seguí hacia la posada. La mujer anduvo a mi lado y, cuando nos acercábamos ya a
la verja, dijo:
— No soy sino una pobre
amhaares, simple e ignorante... ¿Qué puedo saber yo? ¿Por qué iba a odiarles?
Yo fui mala con ellos y no me lo tuvieron en cuenta. Fueron tan buenos
conmigo... Nadie nunca
me ha sonreído como lo
hiciera aquella mujer y aquel niño... Me tendía los
bracitos. ¡Quién sabe!
Acaso Judas también
hubiera muerto. Acaso se hubiese ahogado en un pozo o hubiera muerto de
fiebres. En todo está la voluntad del Altísimo... ¿Qué puedo saber yo, pobre e
ignorante? ¿Dices que por su culpa murieron nuestros niños? Pero ahora dicen
que él cura, resucita, expulsa demonios y dice cosas muy hermosas... Es como si
mi Judas hubiese ayudado a que él pudiese ahora hacer todo esto...
¿Qué podía contestarle?
Entré en la posada, me eché sobre la cama e intenté dormirme. Pero el sueño
tardó en venir. Por encima del tejado del pórtico vi aparecer las estrellas,
una a una. Mi excitación se convirtió en tristeza. Sé por qué estoy triste. De
nuevo no he podido hallar lo único cuyo descubrimiento podría darme la paz y la
felicidad.
¿Quién es él, Justo? ¿Por
qué unas veces obra milagros y otras veces no? ¡Si su victoria pudiera ser
también mi victoria y la de Rut!... Pero
esta victoria parece más
una derrota mía, de Rut, de él...
CARTA XII
Querido Justo:
Pasó el invierno, la
primavera, y ha llegado el verano. Un verano seco, caluroso, inhumano como
siempre. Pero yo no me doy cuenta de nada. El ardor del mediodía no me dobla
como a una palmera. No veo nada a mi alrededor. Vivo como si no viviese: soy
todo dolor...
¿Recuerdas, Justo, cuántas
veces te he escrito que ya no podía soportar más estos continuos cambios en la
salud de Rut? Hoy aquellos tiempos casi me parecen felices. Después de cada
recaída podía tener medio día o un día entero de descanso. Podía recuperar las
fuerzas perdidas. Ahora todo esto pertenece al pasado. La enfer- medad ha
entrado en otra fase; ya no hay mejoría sino un constante empeoramiento... Antes,
el carro que
bajaba por la
pendiente disminuía a veces la velocidad; hoy corre cada vez más de
prisa... Este ímpetu me paraliza la respiración; me tambaleo como un hombre que
ha perdido el equilibrio...
¿No valdría más confesar
abiertamente que ya no podré ayudarla en nada, que debe morir?
¡Qué palabra tan horrible!
Sólo al oírla siento escalofríos. Si ella tuviera que morir... Pero, ¿por qué?
¿Por qué? Querría gritar ¡Non lo permitiré! No murió cuando la peste mataba
diariamente a centenares, a millares de
personas. El Altísimo
la libró de
ello como libró
a aquellos campesinos israelitas que Nabucodonosor precipitó en un horno
encendido. ¡Cuánto se lo agradecí entonces! Pero Él no necesitaba nuestro
agradecimiento... La salvó entonces para matarla ahora... ¡No, no lo he dicho!
Ella vive aún, ¿comprendes, Justo? Vive aún. ¡Y vivirá! ¡Yo tengo fe en Él, de
verdad la tengo!... ¿Qué hacer para tener más fe aún? Repito sin cesar el
salmo: «Tú eres mi refugio y mi torre de fortaleza... Tú me cubres con las
plumas de tus alas... A tu lado no temo al miedo de la noche ni a la flecha
enemiga que llega en la oscuridad, ni a la enfermedad que hiere en pleno
día...» Cierro
los ojos y digo con toda la
sinceridad de que soy capaz: confío, confío, confío... pero haz que cuando abra
los ojos ella esté mejor... Ya ni siquiera le pido que se cure, pido sólo que
sea como antes... Pero abro los ojos y todo sigue igual. Su rostro desfigurado,
más pálido a cada momento, más irreconocible... ¡Oh, Rut! ¡Rut! ¡No te vayas!
Quiero tener fe... Nunca creí que fuera capaz de amar tanto, que se pueda
llegar a amar tanto, con todo nuestro ser... Pero ella se va... Cada día está
más cambiada, más lejana... Está tan distinta... Desaparece como un sueño que
el día va borrando de la memoria.
¿Qué aspecto tenía cuando
aún sabía sonreír? ¡Rut! Rut! ¡Oh, Adonai...!
No le he visto durante un
año entero. No vino para las fiestas de la siega, ni para la Chanuka, ni para
la semana de Pascua. Creo saber el motivo de ello: sus enemigos aumentan
constantemente. Si bien los saduceos ya se han calmado un poco, ahora es todo
el Gran Consejo, quien desearía tenerle entre sus garras. Cada día, en la sala
de la Piedra Cuadrada, escuchan, rechinando los dientes, las palabras de Jesús
que les repite la gente enviada para seguirle. Él realmente parece hacer todo
lo posible para estar en guerra con nosotros. Cuando alguien le preguntó por
qué él y sus discípulos no observan las reglas de la pureza, contestó a los
haberim que había entre la multitud: «Todas las mikwoth son invención vuestra y
vosotros las habéis colocado más alto que los mandamientos del Señor. Ya lo
dijo el nabí Isaías: hay personas que honran al Altísimo con los labios, pero
sus corazones sólo aman la riqueza, la gloria, el poder, la ha- bilidad... No
con oraciones en voz alta es como más se honra al santo Sekná...
«Y no basta lavar por fuera
el cuerpo o el plato... La suciedad no viene del exterior y no es ella la que
mancha. Es del corazón de donde salen las impurezas y cubren toda la persona.
¿Por qué no enseñáis a la gente cómo lavar estas impurezas? ¿Les habéis
aconsejado que fueran con Juan? No, queréis que os escuchen sólo a vosotros y
que os canten vuestras alabanzas. Exigís que os respeten, que os llamen
"rabí", aunque hay un solo maestro verdadero: el Mesías; o bien os
hacéis llamar "padre", cuando sólo hay un Padre, que está en los
cielos. Habéis cargado sobre las almas de los hombres un peso superior a sus
fuerzas, pero no queréis compartirlo con ellos. ¡Por eso sed malditos, vosotros
que habéis cerrado la puerta y tirado la llave
para que nadie más pueda
entrar! ¡Sed malditos, vosotros que maltratáis a las viudas y pesáis
minuciosamente las ofrendas de comino, pero sois avaros en ofrecer vuestro
corazón! ¡Sed malditos, sepulcros blanqueados, que seguiréis apestando cuando
se os quite la cal! ¡Sed
malditos los que
ensalzáis a los
profetas, pero no recordáis ni una sola de sus enseñanzas!
¡Ciegos, guías de ciegos! Habéis matado a todo aquel que os ha sido enviado!
¡Sed malditos los que no veis un camello aun cuando sabéis ver un mosquito...!»
Son palabras terribles.
Aunque fueran dichas una sola vez, equivalen a una guerra declarada. Entre él y
el Gran Consejo no puede existir ahora más que odio. Osó atacar a los maestros
en presencia de toda una muchedumbre de amhaares. Dicen que aún añadió:
«Escuchad lo que ellos os enseñan, pero no obréis como el/os...» La multitud
estaba de su parte. Ahora ya no hay salvación para él...
Pero yo... sigo sin poder
considerarle un enemigo. Debería odiarle... Y, por añadidura, estas
maldiciones... Desgraciadamente, yo mismo conozco la falsedad y los pecados de
varios de nuestros haberim. Pero, ¿por qué hablar de esto públicamente? Él
quiere, y con razón, que los hombres tengan los corazones puros, no sólo las
manos. Mas, ¿quién sabe si obligando a la gente a cumplir muchas prescripciones
de pureza no se facilita al pecador el camino de la virtud? Él
siempre me ha
parecido poco práctico.
En todo caso prefiero un fariseo que observe la
pureza, aunque sólo sea exteriormente, a un amhaares con el corazón tan cargado
de pecados como el cuerpo de suciedad. El lo quiere todo... Por otro lado,
dejando que se acerque a él toda esta chusma compuesta de pecadores, publicanos
y meretrices, da muestras de contentarse con bien poco...
¿Dónde está, pues, la
lógica de su actuación?
Te estaba escribiendo esta
carta cuando oí frente a la puerta un ruido de pasos. Me volví y vi con
sorpresa que era Judas de Karioth.
—¿Qué haces aquí? —
pregunté —. ¿Venís todos? Continúo abrigando la secreta esperanza de que él, a
pesar de todo, vendrá y la curará. Pero Judas me dio una respuesta negativa con
la cabeza y examinó toda la habitación con una mirada inquieta, como queriendo
asegurarse de que no había allí nadie más. De puntillas, sin hacer el menor
ruido, se acercó a mí. Nunca como entonces me recordó a una rata asustada. Pero
aquella rata pegada a la pared estaba dispuesta a morder. De debajo de la
habitualmente cobarde apariencia de mi visitante surgía una llama de ira y
desesperación. Se llevó el dedo a
los labios para indicarme
silencio. Incluso sus movimientos dejaron de ser los comedidos movimientos del
tendero de Bezetha: ahora eran duros, bruscos, provocadores. De momento no pude
adivinar si había venido para hablarme o para amenazarme. De pronto se me
ocurrió que quizás el maestro había sido hecho prisionero. Olvidando que me
había pedido silencio exclamé:
— ¿Le han prendido?
— ¡Chis! — Casi me puso el
dedo en los labios para hacerme callar —. ¡Silencio! ¿Por qué levantas la voz,
rabí? ¿Por qué toda la casa ha de saber que estoy aquí? — Se quedó un momento
en silencio, lleno de miedo y enojo al mismo tiempo —. No, aún no le han
prendido. Pero le cogerán mañana o pasado. Ahora ya no se les escapará. Es el
final...
— ¿El final de qué? —
pregunté, más sorprendido por su comportamiento que por sus palabras.
—De todo — abrió los brazos
con ademán de desesperación —-, de todas nuestras esperanzas...
— ¡Ha traicionado! — Dos
grandes dientes le brillaron sobre el labio inferior, igual que los de una
rata.
— ¿Ha
traicionado? — Cada
vez entendía menos
las palabras de Judas —. ¿A quién ha traicionado?
— ¡A
nosotros! A nosotros,
a los hombres,
a todos... — Hablaba con exageración, como solía hacer
cuando en el mercado acusaba a un vecino que le hacía, según él, una
injusta competencia. —
Se ha mostrado
cobarde... —como todo cobarde,
acusaba a los otros de cobardía —. No quiere aceptar la lucha...
—No entiendo ni una palabra
de lo que estás diciendo — le dije
—- Siéntate y cuéntamelo
todo desde el principio. Puedes estar tranquilo porque nadie va a entrar.
A pesar de mis palabras,
miró de nuevo a todos los rincones. Se sentó en un taburete, con las piernas
muy abiertas. Mechones de cabellos relucientes en forma de rizos le caían sobre
las mejillas. Observé que, cuando
yo hablaba, su
rostro expresaba miedo,
y cuando comenzaba a hablar él, el miedo se transformaba en odio.
—Bien, voy a contártelo,
rabí — dijo. Se golpeó las rodillas con el puño—. ¿No te he dicho siempre,
rabí, que si él quisiera lo podría todo? Tiene un poder como ningún otro hombre
ha poseído jamás.
¿Has oído aquello que hizo
no hace mucho? ¿Lo de dar de comer a miles de personas?
En la sala de la Piedra
Cuadrada había oído contar una fantástica historia según la cual el maestro, en
Decápolis, había alimentado milagrosamente a toda una multitud de goim, pero
entonces no lo creí. Recuerdo que en cierta ocasión él dijo: «No vayáis con los
paganos ni con los samaritanos..., id con los hijos de Israel... El Hijo del
Hombre ha venido para encontrar lo que se había perdido en la nación
elegida...« También dijo: «No penséis en lo que vais a comer...»
—¿Vas a hablarme de cuando
dio de comer a los impuros de
Decápolis? — pregunté.
—Esto fue la segunda vez —
contesto —. Pero la primera dio de comer a los fieles. Estaba entonces a
orillas del mar, cerca de Betsaida. Pasaba por allí una enorme multitud de
peregrinos que iban a Jerusalén para la Pascua. Al verle se pararon para escuchar
sus enseñanzas. Les habló durante todo el día, hizo curas y volvió a pre-
dicar. Al llegar la noche le dijimos: «Es muy tarde, no sigas; te han estado
escuchando todo el día y ahora deben de estar hambrientos. Que vayan a las
aldeas vecinas a comprarse pan». Contestó como si le hubiera importunado
nuestra intervención: «Dadles de comer vosotros».
Sabía que en aquel
solitario lugar no había ni una sola tienda. Además, ¡cuánto pan hubiéramos
tenido que comprar para dar de comer a todos! Nosotros, como de costumbre, no
teníamos ni un as. El necio de Felipe calculó que para aquella multitud se
hubieran necesitado panes de cebada por valor de unos doscientos denarios como
mínimo. ¡Doscientos denarios! ¡Nuestra bolsa nunca había contenido semejante
suma! Nos quedamos sin saber qué hacer. Él siguió predicando. Tú sabes, rabí,
que le gusta poner a las personas en un aprieto y, cuando ya no saben cómo
actuar, entonces él les da una solución completamente inesperada...
—Sí —murmuré—, sé algo de esto —. Era una observación
acertada.
—Por fin
terminó de hablar
— siguió diciendo
Judas— y nos llamó. «¿Qué tenéis», preguntó, «para
poder dar a la gente?» Hubiera podido creerse que se burlaba de nosotros.
Andrés dijo: «Marcos lleva en su cesta cinco panes pequeños y dos peces... Pero
con ello no tenemos bastante ni para nosotros...» Como si no hubiera oído esta
observación, dijo: «Haced
que la gente
se siente en
grupos de
cincuenta para
poder hacer las
partes más fácilmente...» Decidí impedir que la cosa siguiera adelante:
estaba seguro de que saldría mal. «Rabí», le interrumpí, «deja que se vayan.
¿Qué les daremos? Con cinco panes para tanta gente no hay ni para empezar...
Creerán en tu promesa y luego se molestarán y se reirán de ti...» Pero él
repitió con firmeza: «Haced que se sienten...» Simón, que hace todo lo que él
desea, se puso a gritar a la multitud. Les prometió pan en nombre del
maestro. Sentí deseos de
huir. Estaba seguro
de que luego tendríamos que cargar con las
consecuencias de no haber cumplido lo prometido. Él obra maravillas, pero no
suponía que en aquella ocasión tuviera intención de hacer un milagro tan
extraordinario. ¡Mayor aún que el de Caná! Mandó a Marcos que se acercara y
cogió de su cesta el pan y los peces. ¿Recuerdas, rabí, que él nunca come sin
antes haberle compartido todo con los más próximos? Igual hizo entonces: partía
cada pan y nos lo daba diciendo que a su vez lo repartiéramos entre los
demás... ¡Aquello fue maravilloso! Cuando partí mi trozo comprendí que cada una
de aquellas partes podía ser partida de nuevo, otra vez y otra, hasta el
infinito. Yo partía un pan por la mitad y las mitades resultaban iguales que el
pan entero; podían volver a partirse por la mitad y así sucesivamente... No
comprendo cómo pudo ser... Con cada pedazo ocurría lo mismo. El pan crecía en
la mano. Los pedazos, al llegar a manos de la gente, se volvían grandes como
panes enteros. Quien se lo comía todo se quedaba sin él, pero, si lo partía, de
cada parte podía hacer cien, doscientos, mil nuevos panes de cebada. Lo mismo
acontecía con los peces. La gente, al principio no comprendió que allí estaba
sucediendo algo que no había ocurrido nunca hasta entonces. Pero pronto entre
los reunidos se levantó un murmullo de sorpresa y admiración. Comían y hablaban
y una vez saciados armaron una tremenda algarabía. Pero su admiración no podía
compararse con la nuestra. Yo me sentía como fulminado por un rayo. Comprendí
que al fin él se nos había mostrado en todo su poder. Ahora, pensé, tiene que
ocurrir lo que todos estamos esperando. Puesto que él puede multiplicar
indefinidamente el pan, sabrá hacer lo mismo con oro, tierra y armas... ¿Quién
entonces podrá vencerle? Nosotros, en cambio, venceremos a todos. El griterío
de la gente se convirtió en un verdadero alboroto cuando él mandó recoger las
sobras, con las que se llenaron doce enormes cestos, los más grandes que se
pudieron encontrar entre los reunidos.
«Mientras todos comían, él
se quedó sentado entre nosotros, en lo alto de la colina, y comió también.
Parecía cansado y contento. Pero cuando la gente se levantó y comenzó a
aclamarle, su rostro denotó
inquietud. Nos llamó
precipitadamente a su lado. "Coged las barcas y marchad ahora mismo hacia
la otra orilla. ¡Apresuraos!" "¿Y tú, rabí?", preguntó Simón.
"No os preocupéis
por mí. Subid
a las barcas.
¡Pronto! "Ahora no nos
marcharemos", intervine yo. "Has hecho hoy tu milagro más grande.
Todo este gentío y nosotros queremos honrarte
como es
debido..." Pareció muy
contrariado y exclamó."¡Calla!
¡Marchad ahora mismo!"
Los otros también se resistían a obedecer: "Déjanos quedar, rabí. La gente
quiere honrarte". La multitud, saciada ya,
se nos iba
acercando en medio
de crecientes ovaciones.
Él parecía terriblemente asustado. "Marchaos ahora mismo. ¿Cuántas
veces habré de repetíroslo? ¡Id, marchaos ya!" Nos lo pedía, nos lo ordenaba;
a toda costa quería apartarnos de él. Nunca le había visto tan excitado. Nos
asustó aquella brusquedad atemorizada. Cedimos; comenzamos a retirarnos de mala
gana. "Al menos deja que yo me quede contigo...", le susurré en voz
baja. “Ésos son unos necios amhaares, pero yo he vivido en la ciudad...”. Me
interrumpió, enojado: "¡Tú debes ser el primero en marchar!"
»Bajamos y llegamos a la
rocosa playa. El agua estaba negra y parecía espesa. Desatamos la embarcación.
En la ladera, por encima de
nuestras cabezas, se veía una gran mancha
blanca como si
fuera nieve: era
la gente que
le había rodeado. Su griterío
caía sobre el lago, resbalaba sobre su ondulada superficie como cuando se tira
una piedra plana, y volvía en forma de eco desde las rocas de Galaad. "¿Y
si volviéramos...?", propuso Tomás. "Volvamos", insistí yo.
»Comprendí que una
circunstancia como aquélla no volvería a producirse. La gente le fuerza a
menudo a hacer un milagro. ¿Por qué nosotros no podíamos intentarlo también?
¡Así terminaría de una vez aquella espera de algo que cada uno de nosotros
podría hacer en su momento! "La gente lo proclamará rey", intenté
persuadirles. "Él convertirá una espada en mil. Podremos vengar las
humillaciones recibidas..."
"¡Volvamos,
volvamos!", repitieron los
otros. Estaba seguro de haber
ganado la partida. Saqué una pierna por la borda. Pero en aquel momento Simón,
con un fuerte golpe de remo, apartó la barca de la orilla. "¡No!",
exclamó. "El maestro nos ha ordenado marchar." "Eres un
necio", grité. "Un día nos estará agradecido por haberle forzado
a..." Por toda contestación hizo silbar un remo sobre mi cabeza. "¡El
necio eres tú!", dijo. "Miradlo; quiere saber más que el mismo rabí.
¡Haz lo que él manda y no te hagas el listo!" ¿Qué podía contestarle a esto?
Este soteh es fuerte como un toro; hubiera podido
tirarme al agua y ahogarme
como a un cachorro. Estay seguro de que lo hubiera hecho sin la menor
vacilación. Su opinión prevaleció. Nadie se atrevió a decir ni media palabra
más sobre la vuelta. Andrés, Jaime y Juan recogieron los remos, obedientes.
Navegábamos contra el viento y contra las grandes olas que azotaban la proa. Yo
seguí diciendo, casi llorando de rabia impotente: "Sois unos necios, unos
necios. Si hoy le hubiéramos forzado, se hubiese mostrado a todos tal como es.
¡Necios! Mañana seríamos nosotros los amos de Israel y no esos ricachos de la
ciudad alta. ¡Necios, cobardes anthaores, dignos sólo de tratar con animales y
pescado podrido..." Resollaban en la obscuridad, pero nadie dijo nada.
Perdí los estribos. "¡Asnos, ovejas sin voluntad, necios!", les eché
a la cara, envuelta por el lienzo de la noche. "¡Perros con los rabos
entre las piernas! ¡Vaya grupo de imbéciles que se ha buscado el maestro!"
Cegado por la rabia y la desesperación iba dando puñetazos en la borda.
»Mientras tanto, el negro
espacio nos había engullido. Ya no veíamos la colina ni los millares de blancas
simlah. El vocerío de todos aquellos hombres aún nos perseguía, aumentando o
disminuyendo de intensidad, pero se hacía menos fuerte a medida que nos íbamos
apartando. Y no a causa de la distancia, sino porque la gente había dejado de
gritar. ¿Era el viento, cada vez más fuerte, lo que había apagado el entusiasmo
de los peregrinos? ¿O es que, pensé, habrá prometido ponerse al frente de ellos
al día siguiente y ahora les ha mandado descansar? Pero, ¿por qué nos había
alejado a nosotros? Sólo nosotros le hemos sido fieles desde el principio. Dejé
de gritar e insultar. Me quedé sumido en tristes meditaciones. Seguimos
navegando en medio del gran silencio que nos envolvía como un sudario.
No veíamos las estrellas,
pero sabíamos que en algún lugar su paso marca el transcurso de las horas
nocturnas. El viento soplaba con creciente fuerza. La nave se balanceaba cada
vez más. Grandes olas de blancas crestas venían contra nosotros desde la lejana
orilla. El agua saltaba por la borda al interior de la barca. Un fuerte viento
silbaba y gemía,
luchando con el
mástil y las
cuerdas que lo sostenían. Parecía como si resonaran en el
aire millares de pisadas rápidas y precipitadas. ¿Recuerdas, rabí, aquella
noche de tormenta en la que por poco naufragamos todos? Esta vez el viento no
era tan violento, pero soplaba con obstinación, aumentando su fuerza por
momentos. Por fin no pudimos avanzar más: remando con todas nuestras energías
apenas si lográbamos mantenernos en el mismo
punto. Las manos, doloridas
de tanto remar, se nos hinchaban y entumecían. Los que no movían los remos
sacaban agua de la barca. La noche seguía pasando por el cielo mate, hora tras
hora... Forzado a desarrollar una actividad constante dejé de pensar en lo que
había ocurrido y en lo que hubiera podido ocurrir. No pensaba en nada. Tenía la
frente mojada por el sudor y las olas que me salpicaban el rostro. Mi abrigo y
mi cuttona estaban completamente empapados y me dolía la nuca de tanto
inclinarme hasta el fondo de la barca para vaciar agua. Entre el rugido del
viento me llegaban de vez en cuando los gritos de Simón y la cansada
respiración de los remeros.
»Concentrada toda mi
atención en mi trabajo, no me di cuenta de nada hasta que oí un grito salido de
todas las bocas a la vez. Al principio la visión no me pareció nada de
particular: pensé que la luna, al reaparecer, había derramado sobre la movida
superficie del agua un haz de rayos temblorosos que formaban ante ella un
camino como un mosaico de plata. Pero en el acto comprendí que la luna no podía
estar sobre la misma superficie del agua y, además, no podía avanzar hacia
nosotros por un camino plateado. Lo que primero parecía un disco luminoso
resultó ser una grandiosa figura humana que venía andando o
volando sobre la
superficie del agua,
extrañamente tranquila e indiferente a la agitación constante de las
olas que se inmovilizaron al contacto con sus plantas. Comenzamos a gritar de
miedo; unos se cubrieron la cabeza con el manto, otros cayeron de ro- dillas.
La aparición siguió avanzando como si no nos viera. Llegó junto a nosotros. Los
que remaban dejaron caer los remos, algunos de los cuales fueron arrastrados
por el agua. Las olas nos empujaban y luchaban por volcar la embarcación.
Estábamos a punto de zozobrar. Pero
en aquel momento
la muerte nos
atemorizaba menos que aquella aparición.
»De pronto oímos a nuestro
lado una voz humana. ¡Una voz tan familiar! Sus apalabras fueron más fuertes
que nuestro temor. Asomamos la cabeza por la borda llenos de perplejidad. Le
vimos a él avanzando por el camino plateado; las olas se habían dormido bajo
sus pies. Nuestro miedo desapareció y se transformó en una salvaje y alborozada
alegría. Felipe daba palmadas, mientras los otros le llamaban y pedían que se
acercara. De pronto Simón saltó por la borda. Nos quedamos mudos de sorpresa.
Le vimos dirigirse hacia el maestro, los brazos en alto, con el paso inseguro
del hombre que intenta andar después de una larga enfermedad. Le miraba a los
ojos; estaba ya casi a su lado... En aquel montante llegó una gran ola que
quedó suspendida al borde
mismo del sendero de plata. Simón dio un grito y al instante se hundió en el
agua. El maestro se inclinó hacia él, le tendió una mano y le dijo unas
palabras. A continuación avanzó blandamente hacia la barca como si aquel mar enfurecido
fuese un prado de tierna hierba, llevando junto a sí a Simón, que se agarraba
convulsivamente a su brazo. Le ayudó a pasar por la borda y luego entró Él. Le
hicimos sitio y caímos todos de rodillas. Ninguno se acordaba ya
de que el
viento soplaba enfurecido
y las olas
se debatían contra nuestra embarcación... Además, todo se tranquilizó en
seguida. Con la velocidad de una flecha, sin haber tocado siquiera los remos,
nos encontramos frente a la orilla opuesta y bañados por la luz del nuevo
día... Ante nuestros ojos aparecía Cafarnaúm, acariciado por los primeros rayos
del sol...»
Me pareció raro que Judas
hablara de este modo. Siempre le consideré un hombre insensible a la belleza y
al sentimiento. Pero después de haber hablado así se estremeció como si
quisiera librarse de un contacto desagradable. En su rostro, que unos instantes
antes expresaba algo parecido a una emoción, leíanse ahora disgustos,
decepción, enojo y desesperación. Soltó una seca carcajada.
— ¿Ves, rabí? — torció los
labios —. Entonces, incluso a mí, todo me pareció luz, alegría, paz... — Añadió
entre dientes — Existe una sola alegría. Pero él... —y se encogió de hombros
desdeñosamente.
—Todo lo que acabas de
contar — le interrumpí — es asombroso.
¿Quién es él, Judas?
Estaba tan impresionado por
sus palabras que le formulé esta pregunta como si mi interlocutor fuera un
sabio saferim y no un simple tendero de Bezetha.
— ¿Quién
es él? —
repitió mi pregunta
despacio como si masticara cada palabra —. Espera, rabí, a
que te lo cuente todo.
¿Quién es él...? Aquel día,
cuando desembarcamos, yo tenía una respuesta para esta pregunta. Él quiso que
descansáramos, pero yo
no podía dormir. Pensaba
precisamente en esto, en quién es él. Por la
tarde nos llamó y fuimos a
la sinagoga. Tú la conoces, ¿verdad, rabí? Es un edificio sólido, reciamente
construido. Debió costar mucho dinero... Para todo hay dinero, menos para
nosotros.... La sinagoga estaba atestada de gente —; era aquella misma multitud
que él había alimentado milagrosamente. Después de habernos embarcado nosotros,
él logró escabullirse de entre ellos. Pero le buscaron y encontraron en
Cafarnaúm. Ya en el atrio, le rodearon todos. Querían
saber cuándo
y cómo había
atravesado el lago.
No les quiso contestar. Severamente, como si hubieran
merecido este reproche, les dijo: «Me buscáis porque habéis recibido pan.
Buscad otra clase de pan; cuando lo encontréis ya nunca volveréis a estar
hambrientos.»
«¿Dónde lo podremos
comprar?», preguntaron. Él contestó: »Creed en mis palabras y lo tendréis...»
Al oírlo me acerqué más. Renació en mí la esperanza de que al fin llegaría el
momento en que se le podría coger de la mano y obligarle a actuar. «Danos una señal
de que tus palabras son verdaderas», pedía la gente. «Moisés, en varias
ocasiones, mandó a nuestros padres el maná del cielo. Haz otro milagro con el
pan...» «Tenéis razón», murmuré. «Él puede hacerlo. Y lo hará con tal que se lo
pidáis.» Parecía escucharles a disgusto. Dijo al fin, con tono displicente: «No
fue Moisés quien envió el maná al desierto, sino vuestro Padre. Hoy os da de
nuevo un pan que es la vida misma...» «Dinos, pues, dónde buscarlo»,
exclamaban. ¿Es el pan que tú nos has dado? Dánoslo otra vez para que volvamos
a probarlo.» Vi que apretaba los labios y cerraba los ojos, ¿sabes, rabí?, como
una persona que se obstina en una idea fija. Al fin dijo con voz dura: «Yo
soy este pan...»
La gente se
echó hacia atrás:
estas palabras chocaron a todos desagradablemente. Él siguió hablando
como si quisiera desconcertarles más aún: «Aquel a quien yo me dé nunca volverá
a tener hambre...» No lo entendían. Se miraban unos a otros y se encogían de
hombros. «Veo que no queréis creerme», exclamó. «Pero yo he bajado del cielo
para que ninguno de vosotros muera.» Todos se pusieron a gritar: «¿Qué? ¿Qué
dice? ¿Qué ha dicho? ¿Del cielo? ¿De qué cielo? ¿Piensa que aquí nadie le
conoce?
¿Que nadie sabe quién es?
¡Si es el hijo de José, el naggar! Y su madre vive en Betsaida. ¿Por qué dice
que él es el pan? ¿Se ha vuelto loco?»
Pero él les hizo callar a
todos con un grito
« "¡Basta de alboroto!
Nadie llegará a mí si el Padre no se lo concede
antes. Pero vosotros
tenéis las palabras
del Padre y deberíais saber cómo se llega a mí. En
verdad os digo", ya conoces, rabí, su manera de hablar cuando quiere fijar
algo en la memoria de sus oyentes, "en verdad os digo que quien ha creído
en mí ha encon- trado la vida eterna. Si, es verdad. Yo soy el pan. Vuestros
padres comieron el maná,
pero han muerto:
mas quien coma
de mí no morirá".
»Después de esto todos se
pusieron a gritar a la vez, llenos de ira e indignación, y se burlaron de él.
¿Qué dices? ¿Qué cuentos te estás
inventando? ¿Quién habla de
comer carne humana? ¡Te has vuelto loco! Sí, pan del cielo, ¿verdad? ¿Y qué
más? ¡Loco! ¡Loco! ¿Cómo quieres que te comamos? ¿Crudo o asado?
»La admiración y respeto
que sentían por él después de aquel milagro se había derrumbado como una pared
de arcilla. Yo estaba en lo cierto al creer que aquél había sido el momento
oportuno. A no ser por aquellos necios, se le hubiera podido forzar a actuar.
Ahora ya era demasiado tarde. Se burlaban y reían de él. Y precisamente en
Cafarnaúm, que era llamada "su ciudad", y donde antes escucharon
tanto sus palabras. Los gritos de "¡Loco! ¡Soteh! ¡More!" resonaban
bajo el techo de la sinagoga adornada con motivos vegetales. En vano el
rosh-hakeneseth intentó defenderle. Él no aceptaba ninguna defensa. En lugar de
callarse seguía hablando con una rara obstinación, como si deseara perderlo
todo: "En verdad os digo que quien no coma de mi cuerpo y no beba de mi
sangre no resucitará. Porque sólo mi sangre es la bebida verdadera y sólo mi
cuerpo es el pan verdadero..."
»En otro lugar, después de
estas brutales palabras, se le hubiera expulsado de la sinagoga. Pero en
Cafarnaúm tiene de su parte a Jairo
y a varios
de los más
ancianos, y por
esto la gente
se contentaba con escupirle a los pies y marcharse. Decían: "¡Basta
de escuchar tonterías! ¿Qué significan estas palabras incomprensibles?
¡Dejemos a este
perturbado!"
»Quedamos a su lado
solamente nosotros y un pequeño grupo de personas que lo acompañaban siempre y
se consideran discípulos suyos. Pero él, como si no tuviera bastante con haber
defraudado a los otros, se volvió hacia los que quedaban. "¿Os habéis escandali-
zado?", preguntó. "¿Y luego? ¿Luego qué ocurrirá? El Espíritu es lo
que vivifica, no el cuerpo. Pero mis palabras son Espíritu... También entre
nosotros hay quien no cree en mí...", suspiró.
»Miré a todos. Unos y otros
de los asiduos oyentes encogiese de hombros y se marchaba. El grupito que le
rodeaba era como un puñado de nieve puesta sobre una piedra al sol. ¿Por qué
obró de aquel modo? ¿Qué pretende? ¿Que se crea en él? ¿Que él es el pan del
que todos podrán comer hasta saciarse sin que nunca llegue a faltar? Yo creía y
sigo creyendo que si él lo quisiera podría cambiar la faz del mundo... ¡Pero no
lo quiere!»
— ¿Lo crees así? — pregunté
a Judas.
— ¡Estoy seguro de ello! —
exclamó con energía. La ira, como una espuma, cubrió de nueva sus palabras y
sus pensamientos.
—Te lo repito, rabí se ha
mostrado cobarde y nos ha traicionado. Pero aún no te lo he contado todo.
Escucha y me darás la razón.
Hablaba con violencia,
estaba excitado y se olvidó de la prudencia que me había recomendado al llegar.
Siguió contando:
—Al salir de la sinagoga no
quedábamos a su lado más que nosotros doce. Él iba delante, cabizbajo, triste,
deprimido, sin decir palabra. Quizá comenzaba a darse cuenta del resultado de
sus insensatas palabras. La gente de la calle gritaba al verle: « ¡El loco!
¡Pan del cielo! ¡Soteh! »
»De pronto se volvió hacia
nosotros y nos dijo, con un susurro que me pareció un grito:
"¡Venid!" En seguida, inmediatamente, sin preguntar dónde ni por qué,
marchamos y abandonamos Cafarnaúm. Nos
condujo a través
de Gishala a
la región de
Tiro, entre los paganos. Nos perdimos entre los goim como
una aguja en un pajar. Estoy seguro de que él comprendió que había perdido y
huyó, atemorizado por el peligro que se cernía sobre él. ¿Acaso hasta
entonces no había
comprendido que este
peligro le acechaba
en todas partes? Durante los años anteriores habíamos errado de un lugar
para otro como una manada de animales perseguidos. Pero ésta era una huida
causada por el miedo. Huía sin perder un instante, ciego de terror. Dormíamos
bajo el cielo raso y, si comparecíamos entre la gente, era sólo durante el
tiempo indispensable para comprar pan o, mejor dicho, para mendigarlo, porque
no poseíamos ni una moneda. Pocas veces logramos obtener nada. Los
siriofenicios odian a los israelitas. Por esto casi siempre estábamos
hambrientos. Él, como si no lo viese, nos hacía seguir andando sin descanso.
Retrocedía, escogía caminos secundarios y parecía como si quisiera borrar sus
huellas ante alguien que le estuviese persiguiendo. No se detuvo a predicar ni
hizo milagros... Sólo curó al hijo de una pagana que no quería apartarse de él
a pesar de que se había negado a cumplir su ruego. Después de unos días de
vagabundeo, volvimos a Galilea. Fuimos rodeando en silencio todas las grandes
ciudades para pasar inadvertidos. Apenas si tuve tiempo de visitar a la mujer
del filiarca Chuz, que me dio unos denarios para que no pasáramos tanta hambre.
En Decápolis los paganos supieron su llegada y llevaron en masa a sus enfermos
para que él los curara. Hizo muchos milagros, les habló y alimentó
milagrosamente. Los impuros comieron hasta saciarse de siete panes y aún
llenamos cuatro cestas con las sobras.
¡Mientras tanto, nosotros
continuábamos con los estómagos vacíos!
¡No muestra ni asomo de
sentido común! Alimenta a los desconocidos y a los suyos les hace pasar hambre
y fatigas. Me dolían terriblemente
los pies de tanto andar. Su
miedo se me contagió también a mí.
Subimos a una barca y nos
fuimos a Betsaida. Hizo una visita relámpago a la ciudad; fue a saludar a su
madre, curó a un ciego... Éste fue su último milagro. Comencé a creer que su
poder estaba declinando ya. Anteriormente curaba e incluso resucitaba diciendo
una sola palabra. Esta vez tuvo que mojar los ojos del ciego con saliva, como
si fuera un mago, y cuando le preguntó: "¿Ves bien?", el ciego
contestó que no
veía muy claramente.
Dijo: "Veo personas
que parecen árboles..." Sólo después de tocarle los ojos por
segunda vez el hombre vio bien. Yo me iba llenando de presentimientos cada vez
más negros...
»Ni siquiera pasamos la
noche en Betsaida: aquella misma tarde, al anochecer, nos fuimos hacia el
Norte. Anduvimos, siguiendo el Jordán, por un sendero entre rocas que se iba
empinando progresivamente. Durante el camino habló mucho con nosotros. Pero observé
que no nos decía nada nuevo. Repitió antiguas hagadás y masalas y nos las
volvió a explicar. Ya no me quedaba la menor duda de que algo había cambiado...
Como si hubiera agotado sus fuerzas con aquellos dos grandes milagros. Ahora
era como un hombre que se sabe próximo a la muerte y no desea sino asegurar lo
que ha hecho durante su vida. Teníamos los pies ensangrentados de andar sobre
rocas; el hambre nos había debilitado y sufríamos atrozmente de calor. El lago
Meron quedó a nuestras espaldas y entramos en un valle lleno de fango. Nos
siguió conduciendo siempre hacia el Norte. Por fin llegamos a una región
hermosa y agradable surcada por unos hondos desfiladeros por donde el Jordán
pasa en forma de estrecho y plateado torrente, saltando por encima de unas
enormes roas negras. Reinaba allí un frescor delicioso. Entre las ramas de los
olivos, de los sicómoros y de los álamos se oían cantar millares de pajarillos.
Desde lo hondo nos llegaba el rumor del agua. A veces, por entre el ramaje,
asomaba la cumbre del Hermón aún cubierta por manchas de nieve. Por fin
el maestro moderó
el ritmo de
su huida. Nos
permitió descansar entre la hierba verde y jugosa, o bien sentarnos
sobre las rocas junto al rumoroso torrente. Él se alejaba y durante horas
enteras se entregaba a
la oración. Ahora
rezaba más incluso
que antes.
¿Acaso pedía al Altísimo
que le devolviera el poder perdido? Le observé con detenimiento. Me parecía
intranquilo y muy triste... ¡Ellos son los culpables de todo! Por su culpa él
no es nadie a estas horas.
Ya nada cambiará: como
hasta ahora, gobernarán Sión los ricos, sacerdotes y saduceos...»
Estoy seguro de que tuvo
que hacer un esfuerzo para no añadir:
«y los fariseos».
—Siguiendo el bosque,
dejamos a un lado Paneas, que ahora es la capital del tetrarca y se llama
Cesarea. En las afueras de la ciudad hay una roca muy grande de la cual mana
una fuente. Hay también en la roca un agujero negro y hondo, como una entrada
que condujese al mismo infierno. Los goim echan allí flores y afirman que
honran así a su dios. Con cierta aprensión y algunos incluso con miedo, pasamos
bajo la roca. Pero él se detuvo allí precisamente. Aquel día aún no nos había dirigido
la palabra: anduvo
solo, apartado de
nosotros, pensativo y ensimismado.
Entonces nos llamó
a su lado
y nos interrogó como si no
hubiera para hacerlo ningún sitio sino aquél, que parecía la
entrada al templo
infernal de una
divinidad pagana. «
¿Quién cree la gente que
soy yo? » Nos miramos todo, « ¡Hemos oído últimamente tantas versiones
distintas! Los siervos de Antipas dicen
que es Juan resucitado y
que esto lo cree el mismo tetrarca. Otros
dicen que es Elías, otros
que Jeremías o Ezequías.» Se lo repetimos y el nos escuchó cabizbajo, con los
ojos fijos en el agua que salía de la roca. De pronto alzó la vista. Sus ojos
estaban inquietos, ardientes. Nos miró como una persona cuyo destino depende de
las palabras que va a oír. Me pareció que todo él temblaba. Nos envolvió a
todos con una mirada, sin fijarse en nadie en particular. Pero me pareció que
era más bien a mí a quien se dirigió. Dijo con voz seca, cortante, lanzándonos
las palabras como si fuéramos un recipiente cuya resistencia quisiera de este
modo probar: «Y vosotros, ¿quién creéis que soy?»
»Repito: tuve la impresión
de que lo preguntaba más a mí que a los otros. Al fin y al cabo, soy el único
de sus discípulos que posee experiencia de la vida y un cierto conocimiento del
mundo..., ¿verdad? Pero, ¿qué podía contestarle yo? Si me lo hubiera preguntado
en- tonces, allí, a orillas del mar, después del milagro de los panes, mi
respuesta hubiera sido inmediata. Entonces tuve el convencimiento de que era el
Mesías. ¡Pero un Mesías no desfallece antes de lograr la victoria definitiva!
¡Un Mesías no sabe qué es la derrota! Después de todo lo que había ocurrido
últimamente, después de aquella huida,
¿podía aún decirle que era
un gran hacedor de milagros? Es verdad, había obrado dos milagros magníficos...
pero con ellos su poder había
terminado. Y fuera de estos
milagros, ¿quién es el? Nadie... Aquella
pregunta estaba fuera de
lugar. ¿Es que también desea que nosotros le abandonemos? Los otros discípulos
permanecían silenciosos; tampoco sabían qué contestar. Sentí cómo su mirada se
volvía de fuego. De pronto resonó la honda voz de Simón. Aquel necio, como si
no se hubiera dado cuenta de todo lo ocurrido últimamente, exclamó: "¡Tú
eres el Mesías y el hijo del Altísimo!"»
Judas carraspeó y con un
movimiento nervioso se pasó los dedos por la desaliñada barba. Escuché con
redoblada atención. No sin sorpresa sentí que mi corazón latía apresuradamente.
—Se produjo un gran
silencio — continuó diciendo — porque entre nosotros jamás se
habían pronunciado palabras como aquéllas. No sabía si le reprendería, aunque
el mismo las había provocado, o si, por el contrario, le complacerían. Su
mirada se apartó de nosotros y descansó en el rostro de Simón. El hijo de
Jonás, alto y corpulento, estaba con la boca abierta, sonriendo tontamente como
si quisiera cubrir con ello su turbación. Me pareció que de pronto desaparecían
del rostro del maestro todos los temores, inquietudes y penas que últimamente
habían ensombrecido sus facciones. La alegría se extendió por
ellas como se
extiende el fuego
que prende en un
puñado de hierba
seca. Cuando él
sonríe todo parece
sonreír al mismo tiempo. Es como
si el mundo entero fuera distinto... Alzó las manos y las apoyó sobre la cabeza
de Simón. «La bendición del Al- tísimo descienda sobre ti. Simón.» Hablaba
despacio, con gravedad, pero a la vez con una alegría que apenas lograba
disimular. »No por ti mismo acabas de decir lo que has dicho; es mi Padre quien
le lo ha revelado. Por eso le daré hoy otro nombre. A partir de ahora te
llamarás Kefa (roca): sobre ella edificaré mi reino y las puertas de la Gehenna
nunca podrán vencerlo. Voy a darte las llaves para que puedas abrirlo y
cerrarlo según quieras. Lo que abras en la tierra, quedará abierto allí en el
cielo, y lo que cierres aquí en la tierra, que- dara cerrado en el cielo..,
— ¡Qué promesa! — exclamé
—. ¡Y a quién se la dio!
— ¿Verdad,
rabí? — repitió
conmigo —. ¡Un
soteh, un amhaares...! ¡Él le ha
hecho el primero después de sí mismo! Pero no será un reino muy grande el que
él quiere construir. ¡Si muriera ahora lo formaríamos sólo nosotros doce, y aun
no todos! Porque yo no me quedaría ni una hora bajo las órdenes de Simón-Kefa.
¡Vaya roca! ¡Un necio y un pecador! Ninguna secta sobreviviría a sus fundadores
si se buscaran sucesores como él.
—Cierto — asentí —. Sólo tú
podrías ser su jefe. A pesar de su enojo esbozó una sonrisa.
—¡Supongo que desde aquel
momento — dije — Simón se habrá vuelto insoportablemente orgulloso!
— ¡Oh! — Soltó una
carcajada amarga y maliciosa a la vez —. Veo que lo conoces bien, rabí. Aquel
mismo día discutió ya con el nuestro. Pero quiero terminar de contártelo
todo... Cuando aún no habíamos reaccionado después de aquel nombramiento, el
maestro se sentó en la hierba entre nosotros y nos dijo que ahora debía ir a
Jerusalén, donde los soferim, los sacerdotes y los ancianos le matarán...
—¿Le matarán? — exclamé —.
Creo que exagera... Pero quizás esté en lo cierto. Aquí todos le odian después
de aquella cura en el estanque de las Ovejas. Incluso los mendigos... Creo que
no te he dicho que, desde aquel milagro suyo, el agua no ha vuelto a hervir. La
gente ha perdido la esperanza de que vuelva a moverse nunca más. Ya no se ven
aquellas multitudes bajo los pórticos. Y Jonatán ha perdido una buena fuente de
ingresos, porque sus criados cobraban dos ases por cabeza de todos los enfermos
que esperaban allí a que el agua se moviera. Pero si cree que aquí le amenaza
la muerte, que no venga. En Galilea y en Traconítide le será más fácil
esconderse...
—Él dice que debe venir
aquí y que es necesario que sufra. Dijo: «
¿De qué le serviría a un
hombre poseer el mundo entero si al mismo tiempo se perdiera a sí mismo? »
— ¿No crees que se ha
vuelto loco? — exclamé —. El que muera nunca podrá obtener nada...
—Tú mismo ves, rabí, que
algo malo ha ocurrido con él —. Judas sacudió las manos por encima de su cabeza
—. Incluso nuestro archisabio jefe, Kefa,
ha comprendido que
todo esto carece
de sentido. Pero, como que ahora se siente tan importante, se llevó al
maestro a un lado para demostrarle allí, cara a cara, la insensatez de sus
palabras. Pero el maestro, así que le hubo escuchado, le gritó severamente: «
¡Fuera! ¡Vete! ¡Fuera con tus tentaciones, satanás...!
» Sólo después de un rato,
como si hubiera reflexionado un poco, añadió: «No sabes distinguir lo que viene
de Dios y lo que viene de los
hombres...» Volvió a
nuestro grupo y continuó: ¡Escuchadme, hijos!
Quien de vosotros quiera
seguirme, debe coger su cruz y llevarla como yo la llevo...»
—Otra vez la cruz —dije más
para mí mismo que para Judas.
—Habla de ella
constantemente — afirmó —. La cruz, la cruz.
¡Qué reino será el que
tenga semejante emblema! Claro que, según dice, resucitará. E incluso dijo que
moriremos hasta que no le veamos
venir de nuevo en toda su
gloria.
—Es un consuelo bien pobre
e inseguro — murmuré. Sentí lo mismo que debe de sentir Judas: una tristeza
hondísima que quita todo deseo de vivir. Mi obsesión por la enfermedad de Rut,
que había olvidado momentáneamente absorto por la narración, volvió a mí
aumentada aún por esta tristeza. El mundo me pareció lúgubre como en un día de
crudo invierno. Súbitamente perdí el interés por todo —.
¿Cómo reaccionaron a esto
los discípulos? — pregunté aún.
—Perdieron el ánimo —
respondió Judas - Se movían y miraban unos a otros, asustado, Sí, es bien poco
consuelo estar esperando un milagro cuando su poder ya no existe y quizá no
volverá jamás... Me estuve preguntando si no sería mejor dejarlo y marcharme.
Los otros, te lo juro, querían hacer lo mismo. Él se dio cuenta. Preguntó: «
¿Vosotros también queréis
dejarme?» Entonces habló Simón, esta vez con humildad y timidez: « ¿Adónde
hemos de ir y con quién, puesto que hemos creído que tú, rabí, eres el Mesías?
». En sus palabras no habla entusiasmo. El maestro apoyó la cabeza en las manos
y de nuevo me pareció triste, inquieto, dolorido, como antes de aquella
conversación al pie de la roca del dios pagano. «Sí», dijo en voz baja, «sólo
he escogido a doce, pero también entre ellos está el demonio...» Yo lo oí y
asimismo debió de oírlo Simón, porque bajó la cabeza. Sin duda comprendió que
se refería a él...
—Así pues, os marchasteis —
dije.
—No — respondió —. Ellos,
si se hubieran marchado realmente, no habrían sabido adónde dirigir sus pasos.
Yo tampoco le he abandonado. Volveré y lo observaré todo... Quizá recupere su
poder. Pero entonces le cogeré de la mano y... ¡Aquellos necios no podrán
impedírmelo por segunda vez!
Se marchó de mi casa tal
como había llegado: sin hacer ruido, con precaución, como una rata. Volvió a su
maestro, en el que había perdido la confianza, y yo volví a la enfermedad ante
la que me sentía totalmente desarmado... El mundo ahora es para mí como un día
nublado y lluvioso, uno de esos días que llegan después de la Hanuka... Si él
ha perdido ya la facultad de curar, ¿dónde podré encontrar salvación para Rut?
CARTA XIII
Esto me ha tranquilizado un
poco. Por lo demás, estaba como ausente, le tenía constantemente ante mis ojos
tal como la encontré al volver: débil, delgada, incapaz de cambiar de postura
por sí misma... Te dije en cierta ocasión que parecía como si tuviera vergüenza
de su propio cuerpo. Pero
entonces, sobre su
cuerpo hinchado, vi por
primera vez una expresión de absoluta indiferencia por todo. No le importaba
que yo hubiese vuelto. Dejó que le volvieran la cabeza en mi dirección y movió
ligeramente los labios como si me mandara un beso a distancia. Nada lograba
despertar su interés, ni mis palabras ni los
regalos que le
había llevado. Sin
levantar la cabeza
del almohadón, agitó una mano. Siempre la recordaré así, con su negra
cabeza sobre la blanca funda y el brazo, horriblemente delgado, en alto...
¿Qué más puedo decirte?
Aquella noche, a pesar de todo, me pareció que mi esperanza renacía un poco.
«No creo que el caso sea desesperado — me aseguraba Lucas —. Está muy débil,
pero...» Me agarré ansiosamente a estas palabras. Para poder soportar la noche
quería convencerme e
mí mismo de
que aquello no
podía ser...
¿Cómo se puede conciliar el
sueño si se sabe que aquello ocurrirá ya al día siguiente? ¿O es que todo
entonces se me volvió indiferente? Sólo
deseaba tragarme las
palabras del médico
como si fueran píldoras soporíferas: cerrar los ojos
y no despertar hasta que todo hubiera terminado. Estaba agotado, Temía no poder
soportar otra prueba.
Quedé profundamente dormido
sin ensueños, ajeno e mi propia existencia...
Me despertó un grito. Ni
por un instante dudé de su significado. Me levanté de un salto, sereno,
tembloroso, pero dispuesto a plantar cara a otra nueva experiencia. Me llamaron
a su habitación. Fue a primeras horas de una madrugada gris y fría. También es
posible que el frío lo llevara yo en mi interior. Me vestí con esmero, como si
fuera a emprender un viaje. Me movía aprisa, pero mi mente percibía con
mayor rapidez aún cada uno
de mis movimientos. Casi me cogieron desprevenido cuando me avisaron que,
aunque todo parecía indicar el final, aún no se sabía nada cierto... En vez de
mandar a alguien por Lucas fui a
buscarle yo mismo.
Lo hacía todo
como en sueño,
¿Conoces esta sensación de
estar corriendo y parado al mismo tiempo?
La blanca niebla
del amanecer me
parecía espesa y pegajosa. Me crucé con varios
transeúntes... Mi cerebro trabajaba y hacía observaciones: ¡cuánta gente hay
levantada a una hora tan temprana! Y no a todos se les está muriendo alguien.
¿Muriendo? No, claro que no. Hablaba conmigo mismo. Estos son pequeños
artesanos para quienes la jornada de trabajo siempre resulta demasiado corta;
tenderos que van a estas horas en busca de mercancías para vender, publicanos
que se dirigen a su trabajo, mendigos que se dan prisa para poder ocupar los
mejores puestos a la entrada del Templo, meretrices que no vuelven hasta ahora
a sus casas. Jerusalén está lleno de gente así. Durante el día no se ven. Yo,
al menos, nunca me había fijado en ello, Para verlas he tenido que salir a esta
hora tan temprana... Pero, a decir verdad, ¿qué me importan todos ellos? ¿Qué
me importa el mundo entero? Rut se está muriendo... ¿Muriendo? Hace tres años,
tres largos años que la veo morir. ¿Qué valor tendrá mi vida sin ella, incluso
sin esta constante preocupación por su salud? Pero, ¿también todo lo otro
terminará con su muerte? ¿Acaso yo también podré morir? ¿Qué me une ahora a la
vida? ¿Mi trabajo?¿Mis hagadás? Nimiedades; no comprendo cómo he podido perder
tanto tiempo con ellas... He malgastado mi vida... No debía apartarme ni un
instante de Rut... No, no — me defendía —, debo conservar la serenidad. El
hombre no ha sido creado para soportar tanto. Cada uno de nosotros tiene una
misión que cumplir. Mis hagadás tienen su razón de ser. Si el Altísimo no
deseara que yo las escribiera, no conduciría toda mi vida par un camino tan
definido. ¿Acaso hubiera podido ser alguien distinto de quien soy? Sí y no.
Habría podido si hubiera encontrado en mi vida otros elementos. Si hubiese
encontrado un poco de satisfacción... Pero para mí toda alegría se convierte en
amargura. Tenía a Rut, y Rut se me está muriendo... La fama, el respeto, los
honores son como ecos lejanos de los que nunca estoy seguro. ¿Las riquezas?
¡Una preocupación más! Muchas veces di gracias al Eterno por habérmelas
otorgado: creía que eran un premio a mi vida. Pero, ¿qué me han dado? No he
logrado salvar a Rut. Si fuera un mendigo, si hubiera sabido mendigar...
Soñaba con poder abrazar a
un ser en cuyos brazos verter todas mis lágrimas, coger una mano cuyo solo
contacto me hiciera el dolor
menos amargo. ¡Todo el
vano! Estaba solo, solo con todo mi dolor y con
mi fe en el Invisible.
¡Oh, Adonai! Nunca
como entonces comprendí qué dura
prueba es para nuestros corazones esta invisibilidad. Sólo unos brazos que se
pudieran tocar, el real contacto con una mano, hubiera sido capaz de mitigar mi
desesperación. Aunque, a decir verdad, entonces no estaba desesperado.
Desesperarse significa rechazar por completo la esperanza. Yo no la había
rechazado; era ella la que me había abandonado. Me dejó un vacío en el que no
hay sitio ni para la rebeldía...
Cierto día llevaron un
paralítico a Jesús. Una gran multitud se agolpaba en torno a la casa donde
estaba él, haciendo inaccesible la entrada.
Los familiares del
paralítico, no queriendo
privarle de la ayuda del maestro, subieron al enfermo a
la azotea, hicieron tiras con sus sábanas y le descolgaron dejándole a los pies
de Jesús, el cual no se extrañó; contempló al paralítico como si no viera su
enfermedad, o como si descubriera otra que sólo él podía ver, y dijo: «Estás
curado de tus pecados...» Pero luego añadió otra palabra y el paralítico se
levantó.
No agujereé la azotea para
echar a Rut a sus pies. ¡Al contrario! Cuando todos buscaban en él consuelo y
fortaleza yo me avine a compartir su debilidad. Aquella vez me dijo: «Tienes
demasiadas preocupaciones... toma mi cruz.... ¿Podía saber entonces que su cruz
es también la cruz de cada uno de los hombres y que al entregarle la mía,
creyendo que así me libraba de ella, él me daba a cambio la suya? Ésta es su
verdad...
El sol se había elevado
sobre las montañas y los levitas hacían resonar sus trompetas. Me paré para
rezar la shema. Pero la oración cotidiana se quedó como paralizada en mis
labios. En vez de decir:
«Escucha, Israel; nuestro
Señor es uno...» Brotó de mi corazón un grito: ¡Adonai, devuélveme a Rut!» Y
así me quedé repitiendo una y
mil veces: «¡Devuélveme a
Rut, devuélvemela!» De pronto una fuerza
desconocida me selló los
labios, me ahogó ese grito. Me pareció que mi cuerpo se entumecía y que me
abandonaban los sentidos. Pero no podía caer; moría y no podía morir. El dolor,
que iba describiendo círculos en torno mío como una fiera que se prepara a
atacar, se abalanzó ahora sobre mi corazón y clavó en él todas sus garras.
Aquello era el máximo grado del dolor, era espina clavada en la carne viva.
Como en sueños, comprendí que sólo podía decir una palabra más y que debía
decirla. Ella era mi única salvación. Murmuré con
unos labios duros y secos
como dos trozos de madera: «Si éste es tu deseo, ven y coge...» Y de nuevo
sentí que me desmoronaba como un tejado
resecado por el
sol y maltratado
por golpes de
bastón y pisadas. No era yo quien
la descolgaba por la azotea de la casa en la que él estaba predicando. Yo era
esta casa y, a través de mi cuerpo lacerado, él cumplía su obra...
Subí las escaleras
corriendo. Subí rápidamente, pero mi pensamiento corría más aprisa que mis
piernas. Rut estaba sentada, pero era porque la sostenían. Sus ojos se
refugiaron bajo el párpado superior y sus
labios permanecían entreabiertos
descubriendo un poco los dientes.
Lo vi todo, mil detalles que no había visto o que había preferido no ver hasta
entonces... Luego los que la sostenían la soltaron. Aquello ya no era Rut...
Era un cuerpecillo pequeño y encogido. Diría que incluso estaba despojado de
toda su dignidad... Toqué una mano
caliente aún; pero
aquélla ya no
era su mano.
¿Dónde está Rut? ¿Dónde
estás? No puede ser que tú ya no existas. Sé que existes... Lo sé, lo siento...
Pero, ¿dónde? Siempre quería ir
delante de ti, apartar de
ti todo peligro. Ahora te has ido la primera...
No estas...
Ésta no eres
tú, es sólo
tu cuerpo recostado.
Las plañideras gritan en la habitación contigua, los músicos tocan los
tambores y los pífanos, horriblemente estridentes... Sé que es así, pero yo no
oigo nada. Yo también he muerto.
No, no
he muerto. Sufro,
lo cual indica
que aún vivo.
Aquel enfermo se marchó curado. Nadie podrá volver a cubrir el tejado de
mi cuerpo. Yo soy como una casa abierta a la lluvia y al sol...
CARTA XIV
Querido Justo:
Excusa mi largo silencio.
Me era difícil escribir. El tiempo pasaba y yo quedaba atrás como una isla que
sigue inmóvil aunque junto a ella pase una corriente. Pero no, en realidad no
me quedé así; la corriente me llevaba como a un tronco seco. Ya de día, me
dormí, pero luego abrí los ojos y miré a mi alrededor, perplejo. ¿Qué había
ocurrido? Estamos a finales de otoño. Han pasado los grandes calores y sólo la
tierra, seca, dura y polvorienta, nos recuerda el martirio estival. En el cielo
las nubes se acumulan en mayor cantidad cada día. Dentro de unas semanas
se convertirán en
lluvia. Mientras tanto
el aire, sofocante y seco, agota
nuestras energías. Por la noche el viento levanta nubes de polvo rojizo y
sacude las higueras que ya no tienen higos; penetra en la ciudad y silba entre
las hojas secas de las ramas que recubren las chozas. Todos los jardines,
plazas y patios están llenos de ellas. Han llegado las fiestas y desde hace dos
días ningún hombre ha vuelto a casa a dormir o a comer. Ayer noche ardían en la
ciudad millares de fuegos y en el patio del Templo tuvo lugar un gran baile.
Han llegado a Jerusalén muchos peregrinos. Las calles están atestadas de gente
que se dirige en grandes grupos hacia el Templo o bien vuelve de los pórticos
riendo, cantando, agitando ramos festivos hechos con hojas de limonero,
palmeras, sauce y mirto y gritando la fórmula sagrada del Hallel: « ¡Hosanna! »
Yo no puedo estar alegre.
No pasan por mis labios las palabras,
«Te doy gracias por haberme
escuchado y haber querido ser mi salvador. Alabad al Señor porque es
misericordioso...» Todo este alboroto festivo me irrita. Estas aparentemente
alegres fiestas de la cosecha me parecen llenas de una amarga tristeza. Se las
podría llamar igualmente fiestas de la muerte... La tierra, extenuada de calor,
jadea como un asno cansado de trabajar. Los torrentes, completamente secos,
presentan un aspecto
desolado. Todo ha muerto y sólo el hombre sigue viviendo.
¡Parece una burla! ¿Por qué
no poder inclinar la cabeza
y morir también? Poder morir en vez de este diario despertar, antes de la
cuarta guardia, con el grito terrible, este grito en el corazón siempre
igual...
Rut no está y la vida sigue
su curso. ¡Odio a ésta! Y no sólo la siento latir en mi pecho, sino que después
de varios meses de lucha, cuando parece que también sobre ella la muerte ha
puesto sus garras, siento como vuelve a renacer y reanimarme. A pesar mío
siento rena- cer la esperanza... ¡No puedo soportar por más tiempo esta
superposición continua de vida y muerte! El hombre debería vivir sólo mientras
lo deseara... Somos como los árboles: quedamos sin vida, pero luego llegan las
lluvias y los fríos, a los que sigue la primavera y el sol y debemos volver a
florecer. Después de cada llanto vuelve la alegría. ¡Yo no la quiero! Rut no
volverá a la vida... Deseo quedar hasta el final triste, dolorido y con la
herida abierta... Pero, ¿,qué hacer si
incluso ella se
cicatriza! ¿Para qué?
¿Es que alguien
envidia también mi dolor?
Me es completamente
indiferente volver a verle o no... Pero, a pesar de todo, el corazón me latió
con más fuerza cuando el día antes de la fiesta de la Expiación se me presentó
en casa, Juan, hijo de Zebedeo. Debería odiar todo recuerdo que me ligara con
el tiempo en que seguía al maestro como un mendigo mudo, implorando piedad. En
cambio, la llegada de Juan me dio una gran alegría. El maestro ha comunicado a
sus discípulos algo de su poder tranquilizador y calmante, pero que al mismo
tiempo hiere e inquieta. Sus toscos rostros, sus torpes movimientos parecen
poseer algo de su poder. Además, Juan tiene un rostro encantador: bueno,
agradable, hermoso e inteligente. Más de una vez me he preguntado de dónde
salen estas facciones tan delicadas en un simple amhaares. Me saludó con
respeto, a lo que yo contesté con sincera cordialidad. Le rogué que se sentara
y mandé traer pan, fruta, miel y vino. Con sus curtidas manos de pescador, que
no corresponden en absoluto a su rostro, hasta el punto que parecen las de otra
persona, partía el pan del mismo modo que lo parte el maestro.
—¿Cómo estáis todos? —
pregunté —. ¿Qué hace el maestro? Debes prevenirle que en Jerusalén el número
de sus enemigos no ha disminuido...
Me contestó con tono un
tanto misterioso:
—El maestro vendrá aquí
para las fiestas... Le expresé mi extrañeza
—Es una ligereza que podría
costarle cara. Debería mantenerse lo más alejado posible de este avispero. Si
ya antes tenía motivos para esconderse y huir, tanto más prudente debería ser
ahora. A pesar de haber estado ausente de Jerusalén medio año, el odio contra
él va en aumento. Su vida podría peligrar. Nuestros haberim serían capaces de
prenderle. ¿Quién le defendería? ¿La multitud? Es un aliado poco seguro.
¡Cuesta tan poco engañarla! ¿Y qué ha sido de su poder? Me contaron que había
disminuido después de aquellos dos grandes milagros de la multiplicación de los
panes. ¿Es cierto?
—Sí... Hace tiempo que el
maestro no ha obrado ningún milagro...
— confesó Juan, bajando la
cabeza —. Evita a la gente y sólo quiere estar con nosotros... Nosotros también
creemos que no debería venir aquí: Pero él... Cuando sus «hermanos» gritaban
que debía ir a Jerusalén y mostrar al mundo quién es, dijo que no iría porque
aun no había llegado su hora... Y añadió estas extrañas palabras: «pero la
vuestra es siempre...» Cuando ellos se marcharon nos encargó a Judas y a mí que
nos fuéramos a Jerusalén con las mujeres: su ma- dre, la mía, la viuda de Alfeo
y Juana, mujer de Chuz, a santificar la fiesta de los Tabernáculos. No añadió
nada más; pero yo sé que cuando manda a su madre a algún lugar es porque piensa
reunirse en breve con ella. A lo mejor sólo quería confundir a los que siguen
sus huellas. Estoy seguro de que vendrá.
—Así pues, ¿has venido con
ellas?
—Sí, rabí.
Y en relación
con esto quiero
pedirte un favor:
¿tendrías inconveniente en
recibir en tu casa a su madre y a la hermana de ella? En la ciudad hay tanta
gente que es difícil encontrar un lugar cómodo donde albergarlas. Ella no pide
nada, pero yo no puedo dejarla en cualquier parte. Es su madre... Piensa mucho
en él, reza... No es como las otras mujeres.... En tu casa, rabí, estaría muy
bien.
—Con mucho gusto. La casa,
como ves, es espaciosa. Y está vacía... Tráelas aquí y cuidaré de que no les
falte nada.
Quise aún añadir: «si él
llega, que venga también», pero no lo dije. Si se descubriera que se esconde en
mi casa esto podría acarrearme serios disgustos. El odio que sienten hacia él
lo verterían sobre mí... Sería insensato exponerme
a esto. Tengo
bastantes enemigos a pesar de hacer toda lo posible para vivir
en buenos términos con
todos... Además, prefiero
no verle en mi casa. Cuando le pedía la curación de Rut parecía no darse cuenta
de mi llamada. Hoy, cuando ya es demasiado tarde, no podría soportar la visión
de su persona al lado de su lecho vacío.
Aquella misma
tarde Juan vino
con las dos
mujeres. En los tiempos en que yo le seguía, ardía en
deseos de ver cómo era su madre. Fui siguiendo sus huellas en Nazaret y en
Belén y la imaginé de cierta manera. Ahora, pues, esperaba impaciente su
llegada. Cuando entraron en
mi casa quedé
muy sorprendido. ¿Acaso
no ocurre siempre esto cuando esperamos algo con demasiada impaciencia?
Ella es completamente distinta de como la había imaginado. Es una mujer de
aspecto insignificante, con el rostro quemado por el sol y el viento, una
amhaares como todas, sin nada de particular. Sólo una cosa sorprende en ella: a
primera vista parece una niña. La madre de un hijo adulto, y que además se ha
de ganar duramente la vida, debería parecer una anciana. Pero ella ha
conservado todo el esplendor de la juventud: es como un capullo que se hubiera
abierto y conservado en su intacta floración. Su hermana, según dicen más
joven, podría ser su abuela. Los negros ojos de María están llenos de vida y
sus labios se iluminan con una sonrisa que parece un rayo de sol sobre un campo
florido. ¡Y cuánto se parecen ella y su hijo! Es el mismo rostro repetido; el
mismo y a la vez totalmente distinto. Las facciones son iguales, pero el de él
es varonil en todos sus detalles: tiene una expresión de serenidad, fuerza,
voluntad, energía y dominio. El de ella es un rostro de mujer lleno de bondad,
entrega, dulzura y confianza. Cada ademán suyo habla y con- vence. Parece
estar siempre escuchando
y esperando algo.
¿Esperando? ¿Esperando qué?
No sé... Toda mujer espera el amor y su fruto. Ella ha tenido ya ambas cosas,
¿y aún espera?
Su voz es dulce y, al mismo
tiempo, firme, igual que la de él. Habla poco y bajito. No se parece en nada a
su hermana, que habla mucho y fuerte,
como una verdadera
galilea ( ¡a
decir verdad. nuestras judías no
son mucho más silenciosas!). Deben de gustarle los niños,
porque le bastó
cruzar unas pocas
calles para que la
siguiera todo un cortejo de niños morenos y medio desnudos que le hablaban como
si la conocieran de siempre. Por primera vez desde hace mucho tiempo, por
primera y última vez, oí voces infantiles en el atrio de mi casa. Se despidió
de los pequeñuelos con una sonrisa y acarició con la mano la cabeza o la
mejilla de varios. Esta mujer es una verdadera madre; hubiera debido tener
muchos hijos y nietos que
estuvieran a su lado y
vinieran a consultárselo todo. ¡Un solo hijo es demasiado poco para ella!
Entró sonriendo en mi
enlutada casa y en seguida pareció que se desvanecía un poco la atmósfera de
tristeza que reina ahora en ella.
¡Cuanta alegría
irradia! Y no es que
no tenga preocupaciones e inquietudes. Basta que alguien a su lado
mencione los peligros que
amenazan al maestro para
que un súbito brillo de sus ojos descubra el sentimiento que arde en su
interior, escondido como el fuego bajo la
ceniza. Estoy
seguro de que el temor
por este hijo
único no la abandona ni un instante. Viviendo con este
continuo temor parece
increíble que no esté
siempre amargada, quejosa, enojada. Todas sus palabras están llenas de dulzura
y comprensión...
De noche, incluso en
sueños, recuerdo siempre que está bajo mi techo. Esto no me priva de
despertarme cada día a la trágica hora del grito... Cada mañana me despierto
como si hubiera oído su grito de muerte... Pero debo confesar que hoy, por
primera vez desde entonces, más que en Rut he pensado en la mujer dormida en el
otro piso. El día anterior me había dirigido apenas unas pocas palabras de
saludo. Pero ya toda la casa quedó impregnada de la atmósfera que ha traído
consigo...
Al amanecer salí a la
terraza para rezar la shema con el rostro vuelto hacia el Santuario. Ella
estaba allí contemplando la vista que se extendía ante sus ojos. Desde mi casa
se divisa el Templo y la ciudad en todo su esplendor. Bajo un cielo alto y claro
del que parecía caer como un torrente el resplandor del sol naciente, se
destacaba la pesada mole verde oscuro del monte de los Olivos, por el que pasa,
surcándolo oblicuamente, el camino de Betania. Las estribaciones del monte
llegan por el lado sur hasta el mismo muro de la ciudad y allí junto con la pirámide
de la montaña del Mal
Consejo, forma una brecha que es
a modo de una ventana ampliamente abierta hacia el mar de Asfalto. Sobre el
fondo del monte de los Olivos se recorta el Templo, dorado y blanco, que domina
todo un bosque de casas y casitas, palmeras, higueras, olivos y tamarindos. A
través de la columnata que da al Tiropeón se ve el atrio dividido en su
interior por un muro bajo, los peldaños que conducen al Santuario y su enorme
fachada detrás de la que suben al cielo nubes de humo azul y que proyecta una
sombra rosada sobre el tejado erizado de agujas. Precisamente en aquel instante
resonaron las cuatro trompetas de plata de los levitas. Incliné la cabeza y,
después de bajarme el taliss sobre
la frente, me
puse a rezar
con recogimiento. Que
el
Innominable, pensé, proteja
su templo contra todo aquel que osara atacarlo. Después no sé qué me indujo a
dirigirle la palabra. En ella hay, lo mismo que en él, algo como una llamada.
Ella también, con su actitud, parece decir: pregunta, puedo contestarte; pide,
puedo dar...
—¿Cómo te sientes, Miriam?
— pregunté —. ¿Has podido descansar bien?
—Gracias, rabí —y me sonrió
con su suave, increíblemente bondadosa sonrisa (escribo «increíblemente» porque
a esta sonrisa asoma una bondad que no podemos siquiera imaginar) —. He salido
aquí antes del amanecer para contemplar el Templo bañado por los primeros rayos
de sol. ¿Verdad que es bello? Nunca me cansaría de mirarlo...
—Vienes poco a Jerusalén...
—Ahora poco. Pero he vivido
años enteros en el Templo.
—¿Años enteros? ¡Qué hacías
allí?
—Estaba entre los niños
consagrados al servicio del Altísimo. Tenía muy pocos años cuando me trajeron
aquí. Fui la primera hija de mis padres. Vine al mundo cuando ya habían perdido
toda esperanza de tener descendencia. Quisieron agradecerle al Señor su bondad
y me entregaron al Templo. Me dieron con ello una gran alegría...
Bajó la cabeza como
avergonzada de haber hablado tanto de sí misma. Por debajo del manto que le
cubría la cabeza vi sus labios ligeramente entreabiertos, lisos, suaves como
los de un niño.
—¿Te dieron luego marido
los sacerdotes? —pregunté.
—Luego fui a casa de José,
el naggar — contestóme.
—Pero ahora tu marido ha
muerto, ¿verdad? — recordé lo que me habían contado en Nazaret.
—Ha muerto — asintió.
Me pareció advertir en su
voz una nota de tristeza y ver pasar una sombra por su rostro medio vuelto
hacia mí. En esto también es igual a su hijo: su tristeza parece estar al lado
mismo de su alegría y las dos se entrelazan como una planta trepadora. O quizá
su tristeza es sólo una faceta de su alegría, como su alegría lo es de su
tristeza.
—Ha muerto — repitió bajito
— mi querido y buen José. No ha podido ver el gran día...
—Debías de querer mucho a
tu marido — observé. La idea de la muerte siempre hace sangrar mis heridas —.
La muerte — dije con amargura — siempre se lleva a los que más amamos...
Levantó la cabeza y leí en
sus ojos una creciente inquietud. Cuando alguien pronuncia la palabra muerte,
pienso en Rut, pero ella debe de pensar en su hijo. Con énfasis, como quien
quiere dominar el sentimiento con un duro razonamiento, dijo:
—Él vencerá a la muerte..
— ¿Quién es él?
—El Mesías... — murmuró.
Volvió la cabeza y miró el
dorado y puntiagudo tejado del Santuario, que parecía un enorme erizo. Me
acerqué un poco a ella; pero siempre quedaban entre nosotros siete pasos.
¿Vencer a la muerte? De pronto pregunté:
— ¿Es tu hijo el Mesías?
El sol ascendía cada vez
más, blanco, suave, otoñal. Apoyó la mano en la balaustrada de piedra. Miré sus
delicados dedos, que llevaban las señales de un duro trabajo. Ahora tampoco me
miraba. Parecía meditar la contestación. Comenzó a hablar lentamente, deteniéndose
antes de cada palabra:
—No soy
más que una
mujer... Eres tú,
rabí, quien debería saberlo. Conoces las Escrituras, los
Profetas... Yo... — pareció dudar, como si cerniera exponer todo su pensamiento
—. Ya he recibido tanto... Él ha hecho para mí las cosas más grandes... Para
una simple muchacha como yo... Lo que yo pedía lo pedía también todo Israel:
hombres sabios, santos, profetas... Nunca comprenderé por qué me ha escogido a
mi precisamente... ¿Acaso tú la comprendes, rabí? — me preguntó.
En su encantadora sonrisa
había una timidez de jovencita y, al mismo tiempo, una alegría inmensa,
embriagadora.
—Yo no puedo sino alegrarme
y proclamar que es grande, misericordioso, bueno, ensalzador de los humildes y
consolador de los afligidos...
Dejó de hablar, pero las
palabras debieron de continuar fluyendo silenciosas en su interior. Las que yo
había oído eran como unos destellos en la superficie del río, que delatan su
existencia pero no dicen nada sobre su caudal. De ella ha heredado él la cualidad
de
encerrar su
pensamiento en un
canto que tiene
forma, color y perfume. También ella tiene su canto, pero
aún no se atreve o no sabe cantarlo: sólo lo entona como un músico que prueba
el sonido de su instrumento antes de tocarlo ante los oyentes. Su mirada fue a
hundirse, más allá del Templo, en el negro espesor de los olivos.
—No me has contestado —
dije — si él es el Mesías.
—Tú deberías saberlo
— repitió —. Yo
sólo sé —le
dijo con firmeza y, a la vez,
como si se avergonzara de tener que referirse e ella misma — que llegará un día
en que todos dirán de mí: «Bendita, llena de gracia del Señor...» Todo lo que
pedirán por mi mediación y todo lo que reciban les será otorgado por
intercesión mía... Pero antes siete
espadas atravesarán mi
corazón y la
maldad saldrá a la
superficie como la espuma...
¡Qué extraños son todos los
que le rodean! Cuando se les pregunta si el es el Mesías, lo afirman en
principio, pero lo dicen como si el mesianismo no fuera más que una parte, y no
la más importante de su verdad. ¿Consideran que él es el Mesías o no? Bendijo a
Simón cuando éste le dijo que era el Mesías y algo más aún, pero a continuación
se puso a hablar de martirio, de cruz, de muerte...
—Pero él —comencé de nuevo
— por fuerza
ha debido decirte quién cree
ser. Es tu hijo.
Movió ligeramente la cabeza
y me hizo una confesión sorprendente.
–Nunca se lo he preguntado
y el nunca me lo ha dicho. ¿Quién soy yo para tener derecho a preguntar? Yo
sólo le observo y todo lo que veo lo voy ensartando en mi memoria como se
ensartan en un hilo los huesos de las aceitunas para hacer un collar.
—Pero, durante los años —
le interrumpí — en que vivió solo contigo...
—Durante todos esos años —
entornó los párpados como quien desea ver aparecer ante sus ojos lo que está
pensando — fue sólo mi hijo. El más hermoso, puesto que para toda madre el más
hermoso es siempre su primer hijo. Aquellos años fueron un período de olvido.
Incluso comencé a pensar que lo ocurrido al principio no había sido más que un
sueño del que había despertado a la vida. Hoy pienso que precisamente ese
tiempo ha sido un sueño y que la realidad fue lo del principio, y es lo de
ahora...
—Así, los años que pasó
junto a ti, según dices, ¿fueron diferentes? — pregunté cada vez más interesado
—. ¿No tuvieron nada de extraordinario, fueron normales?
—Completamente normales —
afirmó.
—¿Y cómo puedes soportarlo
ahora? — exclamé.
Llegó a mis oídos un
suspiro silencioso. Movió la cabeza como si compadeciera su propia debilidad.
Dijo:
—Si no poseyera estas pocas
cuentas ensartadas, no sé qué sería de mí... Se puede haber recibido un don
directamente del Cielo, pero esto no basta para toda una vida. Como si no fuera
suficiente...
—Él obra muchos milagros —
observé.
—Sí —asintió —, no cesa de
abrir ojos a los ciegos. Pero para aquel que ha sido curado una vez ha de
bastarle un milagro. El Reino otorga su poder sólo una vez a cada uno...
—Nunca lo he visto así —
murmuré.
Una nube de tristeza se
posó sobre mí. Retorné con el pensamiento a aquellos días en que lo había
seguido sin pronunciar palabra, sin saber cómo pedirle la curación de Rut. No
me dio nada a mí cuando repartía dones a derecha e izquierda. ¿Qué puedo esperar
ahora que su poder se ha debilitado, según asegura Judas?
—¿Has oído, rabí, aquel
mashal en el que compara el reino a un grano tirado en tierra que germina y
crece de día y de noche mientras el que lo ha sembrado se ocupa en otra cosa o
duerme? Lo que esperamos que ocurra quizá ya ha ocurrido. Así fue conmigo. Aún
no había terminado de decir «hágase como has dicho» y él ya vivía en mí...
—¿A qué te refieres,
Miriam?
Sus palabras me parecieron
como el resplandor de una linterna que iluminara de pronto un enorme palacio
sumido en la penumbra.
Bajó la cabeza. Sus morenas
mejillas curtidas por el sol se colorearon. De nuevo debió de asustarla su
propia confesión. Al contestarme, su voz era un tanto temblorosa.
—Me refiero al día en que
Gabriel vino a anunciarme que él nacería...
—¿Has visto al ángel?
Cuéntamelo. Yo — me apresuré a añadir
— creo en los ángeles y no
voy a reírme de ti...
Sonrió gentilmente como
agradeciéndome las últimas palabras. El recuerdo que sus labios habían dejado
escapar debía de ser uno de esos tesoros que preferimos esconder antes que
exponerlos a unas palabras irrespetuosas.
—Le vi tan claramente como
te veo ahora a ti, rabí. Era de madrugada y el sol apenas se había asomado tras
los montes de Galaad. Estábamos en el mes de adar. Acababa de llenar las
tinajas de agua y me había sentado junto a mi tejedora para comenzar el trabaja
Soy una buena artesana. — Se rió con cierto orgullo en la voz
—. Mi tejido siempre era el
más puro y más blanco. La gente venía desde lejos a encargármelo, y aquella
mañana el trabajo me cundía
como nunca. La lanzadera
pasaba como un rayo entre los tensos
hilos. De pronto sentí que
había alguien más en la habitación... asustada, grité y levanté la cabeza.
Apareció ante mí, como una enorme
gota de rocío
traspasada por un
rayo de sol,
una forma brillante envuelta en
alas color de arco iris. En seguida supe de quien se trataba. El corazón me
latía con tanta fuerza que tuve que apretarlo con las manos. Me pareció que se
inclinaba ante mí como un siervo ante su señora. No podía creerlo. Era yo quien
sentía deseos de incli- narme y agradecerle su aparición. Pero no pude moverme.
Estaba petrificada como la mujer de Lot. Oí su voz. Dijo: «Te saludo, llena de
gracias. Bendita...» El estupor, el temor me impedía casi respirar. No sabía
qué contestarle: no osaba creer que un ángel del Altísimo había bajado a
saludarme a mí, una simple y pobre muchacha. Pera él continuaba allí, como una
gran perla resplandeciente en una concha irisada. De pronto se me ocurrió
pensar que había bajado para castigarme. ¿Cómo había yo tenido la osadía de
pedirle al Altísimo que el tiempo se cumpliera pronto? Quise caer de rodillas.
Pero entonces vi con inmensa sorpresa que era él quien estaba de rodillas ante
mí. Juntó humildemente las manos y movió las alas en el aire como un manto que
no llegara hasta el suelo. «No temas, no te asustes...», parecía rogarme, y
este ruego suyo era como el canto de los árboles, de las nubes y las estrellas.
«De ti nacerá un hijo al que impondrás por nombre Jesús. Será hijo tuyo como es
hijo del Altísimo. Se sentará en el trono de su padre David, pero su reino ya
es y nunca tendrá fin...» « ¿Qué dices? », murmuré. «¿Cómo podrá ser? Se la
pedí a
José y él
se avino a
todo...» Extendió los
brazos en mi dirección
como si quisiera
detener mis palabras.
De nuevo oí la
súplica en su voz. «Mira», exclamó: « ¡El espíritu del Señor está sobre ti! »
Oí un rumor como si el viento hubiera penetrado en nuestra casita y diera
vueltas buscando una salida. Levanté la cabeza y me pareció
ver en la penumbra, bajo el
techo, algo como un pájaro luminoso o la llama de una lamparita. «Di una sola
palabra», continuó, «y será...
¿Hay algo que Él no pueda
hacer? ¡Pero hoy todo su poder está en tu palabra, Miriam!» Sentí de veras que
algo se estaba sopesando, como
si la tierra se balanceara
bajo mis plantas. Sabía que podía aceptar o rechazar el don que se me ofrecía.
Él me imploraba, no me mandaba.
Tuve la certeza de que si
decía: «no me atrevo, no puedo..., volvería a encontrarme al lado de mi
tejedora y el tiempo de espera seguiría
pasando. Pero
que si decía
«sí», a partir
de este momento
las estrellas y el sol lucirían de otro modo, la hierba crecería de
diferente
manera y se cumpliría la
secular promesa dada al padre Abraham. Ya no
habrá más tiempo
de espera... ¿Podía
suponer que esta
transformación maravillosa
se operaría de un modo tan imperceptible como si nada ocurriera? Pero incluso
si lo hubiera sabido hubiese
aceptado su voluntad...
Porque aquélla era su voluntad. Y por esto la realizó antes de que yo tuviera
tiempo de decirle al ángel «Hágase».
Me conoce bien y sabe que
siempre hubiera contestado así...
—¿De modo que él — pregunté
aturdido — de quién es hijo? Inclinó
la cabeza como
una esposa sumisa
que supedita su
voluntad a la del esposo.
—De Él... — Luego sonrió
con orgullo y dulzura infinita a la vez y añadió –: y mío...
—¿Y tu marido, Miriam?
Lo que ella acababa de
decir me abría unos horizontes nuevos y turbadores. El sol parecía menos claro,
el Santuario menos resplandeciente.
Su mirada, perdida en el
espacio, era tierna y afectuosa.
—Mi bueno
y querido José...
Pero ni a
él se lo
pude decir entonces aunque
comprendía cuánto sufriría al saberlo. Me amaba con el amor más hermoso, que no
exige nada a cambio. Accedió a todo lo que le pedí... Pero, ¿cómo podía prever
que el lugar que él cedía sería ocupado por otro? Accedió a no ser sino mi
protector. Renunció a mí... Por este sacrificio podía esperar otro tanto de
parte mía. Pero yo no se lo ofrecí. Se le exigió una renuncia mayor aún que la
que había hecho... Llegó un momento terrible y fue cuando leí en sus ojos que
había descubierto mi secreto. El llanto le oprimía la garganta, pero tampoco
entonces pude hablar. ¿Cómo descubrir que se ha sido objeto de una gracia tan
inmerecida? ¡Qué daría para que él lo descubriera por sí mismo, como Isabel!
¡Qué daría para poder
estrechar entre mis manos
su fidelísima cabeza y decirle que hu- manamente nada había cambiado, nada, y
que él siempre seguiría siendo el mismo para mí! Pero no podía.
Con la mirada dolorida, se
fue a la otra habitación, arrastrando pesadamente los pies. Me pareció verle
echado sobre su cama, llorando amargamente... Apenas pude dormir aquella noche.
Constantemente me parecía oír su llanto. Me quedé acostada a oscuras, llena de
tristeza por no saber consolarlo. Toqué mi cuerpo con la mano. Lo sentí moverse
en mi interior con el inconsciente mo- vimiento del niño que aún ha de nacer.
¿Inconsciente? Nunca sé dónde termina en él la conciencia que ha recibido de mí
y dónde comienza su propio verdadero y misterioso mundo. Con los dedos toqué un
pie diminuto. Lo acaricié amorosamente. Murmuré: «Tú, pequeñín mío, tú lo sabes
todo, puesto que has podido convertirte en hijo de una mujer como yo. Haz lo
que tu madre no sabe hacer. Ayúdale... Haz que él también sepa... No es más que
un hombre...» Al fin me dormí. Por la mañana, al mismo tiempo que yo se
despertaron mi tristeza y mi temor. No me levante con la primera claridad del
día que penetraba por la rendija de la ventana, sino más tarde, y despacio como
nunca fui a mis quehaceres. Retrasaba el momento en que sabía que José debía
entrar en la habitación. Temí ver su rostro. No recordaba ya mi ruego. Temblaba
al pensar que volvería a verle sufrir sin
poder aliviar su
pena. Molí unos
puñados de trigo
para el desayuno. Oí sus pasos y
el corazón comenzó a latirme apresuradamente. Entró, le miré temblorosa, ya de
antemano vencida por su dolor, pero de pronto me invadió una alegría inmensa,
sin límites. ¡El niño
había escuchado mi
ruego! José estaba
ante mí alegre, radiante, como si
hubiera vuelto a nacer. Se acercó a su mesa de trabajo, canturreando.
Entretanto, yo no me atrevía ni a respirar para no interrumpir aquella paz. Oí
el ruido de su cepillo y sus taladros y los sonoros golpes de enérgico
martillo. Estaba totalmente absorbido por su trabajo, que realizaba a gran
velocidad. Al fin lo terminó. Pero él seguía repasándolo con minuciosidad y
paciencia como si sintiera tener que dejarlo. Luego levantó la cabeza; vi cómo
en su mirada la alegría del triunfo se transformaba en ternura. Pasó suavemente
la mano por la lisa superficie de la madera. Preguntó como sin querer,
como si
se tratara de
una cosa evidente
y conocida desde
hace tiempo: «¿Así, tu hijo se llamará Jesús?.
—¿Y nunca deseó que fueras
su mujer? — pregunté sin poder reprimir mi curiosidad.
—No — contestó —. Sabía
callar... ¡Oh, sé lo que debió costarle! Créeme, rabí, seguimos siendo los
mismos de antes. En personas como nosotros el reino crece despacio,
imperceptiblemente. Vienen sequías, vientos, granizos... Parece que va a ser
destruido. Pero, no: cuantas más contrariedades ocurren, más frondoso crece. En
José creció alto como la planta de la mostaza, que llega a ser como un árbol.
Al morir...
—Entonces debió de decirte
lo que había sentido.
— ¿Para qué había de
decírmelo? El reino no necesita de palabras. Seguía con la vista al que él
llamaba hijo suyo. Me llamó a su lado. Me murmuró con una voz ya vacilante:
«Miriam, todavía no le he enseñado a
hacer ruedas... Y
aún no maneja
el cepillo con soltura... No podrá ponerse a trabajar en
seguida... Tú sola debe- rás...» Ésta fue su única preocupación al morir.
¿Has comprendido, Justo, el
sentido de sus palabras que he tratado de reproducirte con la máxima fidelidad?
Si todo esto es verdad, ¿quién es él, nacido del dolor y de la debilidad de una
mujer, pero concebido por un acto inescrutable del Todopoderoso? No lo sé y
nunca lo sabré... ¿Es que realmente él, que no me ayudó, es algo más que un
hombre? A ella la he comprendido. Es un camino hacia el Eterno. Si la hubiese
conocido mientras Rut vivía, hubiera sabido cómo pedirle... Pero, ¿es que he de
reprocharme de nuevo no haber hecho lo que hubiera podido hacer? ¡No! ¡No! ¡Me
volveré loco si sigo así! Ella es un camino que conduce al Incognoscible. Es
como la Puerta Dorada que conduce del valle del Cedrón al atrio del Santuario.
Según parece, hubo un tiempo en que estuvo tapiada, y el rabí Ezequiel dijo que
sería el mismo Altísimo quien la abriría. Podría decirse que ahora se ha
cumplido la profecía: en el valle de la muerte hay un camino abierto que
conduce directamente al altar del Señor. En antiguas narraciones se descubren a
veces significados bien inesperados.
Al anochecer dijo: «Me
siento extrañamente inquieta... Él ha llegado a la ciudad....» Efectivamente,
cubierto por el manto de la noche, vino Juan (le prohibí acercarse a mi casa de
día) con la noticia de que el maestro había llegado a Jerusalén... ¿Qué ocurrirá
ahora?
¡Me aterra su
inconsciencia!
CARTA XV
Querido Justo:
Judas estaba en lo cierto:
este hombre provoca su destino. ¿Qué quiere lograr obrando así? ¿Por qué se
obstina en crearse enemigos? Si mal no recuerdo, ya te dije en otra ocasión que
en el Gran Consejo se han acordado contra él las medidas más severas. Y poco
faltó para que ayer las cumplieran... La brusca decisión de nuestros haberim me
cogió tan desprevenido que no supe cómo salir en su defensa. ¡Le salvó un
incidente imprevisto!
En el último día de las
fiestas apareció entre la multitud como una nube que surge de pronto, no se
sabe de dónde, sobre un cielo despejado. Yo estaba entonces, pensativo, entre
la muchedumbre que se había reunido en la sinagoga al lado de la sala de la Piedra
Cuadrada y allí, escuchando sabias enseñanzas, esperaba la salida de la
procesión. De pronto
oí su voz.
Conocería esta voz
entre millones de otras voces. Es fuerte, sonora, mantenida en una sola
nota, pero no monótona, ni seca o indiferente; vibran en ella un sinfín de
sentimientos como la superficie de un lago que se colorea con mil tonalidades
distintas cuando la iluminan los primeros rayos del sol matutino. ¿Sabes
de alguien que
no diga nunca
una palabra superflua? Yo no
conozco a nadie así. Cada uno de nosotros más de una vez habla por que sí, para
decir algo. Pero en él toda palabra, aun la más insignificante, tiene el peso
de una roca. Llega hasta el fondo, golpea y produce un eco. Y si no lo produce
es porque este fondo no es sino un viscoso cenagal. Pero incluso entonces...
Sí, este eco siempre se deja oír, más fuerte o más débil, más rápido o más
lento...
Comenzó a abrir el rollo
mientras la gente murmuraba: « ¡Es él!
¡Es él! El profeta de Galilea. El que
cura, resucita y
libra de los demonios... Es él a quien quieren
matar... » Oí también estas últimas
palabras. ¿De modo que
entre los amhaares también se habla de su
muerte? Pero él no parecía
inquietarse por nada. Comenzó a leer el salmo con calma, acentuando cada
palabra:
Tú que juzgas extrañamente,
¡escúchanos! Autor de nuestra salvación,
Esperanza de la tierra y de
las aguas,
Tú que afirmas las montañas
con su fortaleza
Y mueves los mares que se
agitan a tu contacto,
¡sálvanos! Las naciones
tiemblan al contemplar tus milagros. El mundo se ha alegrado de oriente a
poniente
Porque has cubierto de
dones la tierra y has apagado su sed. Has sembrado el trigo que ha crecido
exuberante. Has traído la lluvia y has llenado las espigas. Tus campos han dado
ricas cosechas,
Los prados están verdes y
las ovejas tienen donde pacer.
Devolvió el rollo al basan
y miró todas aquellas caras que le observaban atentamente.
—«Tú que juzgas
extrañamente...» — repitió — ¿Sabéis cómo es la justicia del Altísimo?
Escuchad. Cierto día, un hombre que tenía muchas viñas se fue muy temprano al
mercado para contratar a unos braceros que le ayudaran a recoger las uvas.
Acordaron que su jornal sería de un denario al día. Cuando el sol ya estaba muy
alto sobre los montes del Moab, hacia la hora tercia, el mismo propietario fue
por segunda vez al
mercado y contrató a otros
braceros prometiendo luego pagarles lo
que fuera justo. Volvió a hacer lo mismo a la sexta y a la nona. Al anochecer,
cuando ya oscurecía sobre la puerta del mar Grande, a la hora undécima, el
hombre fue de nuevo al mercado, donde encontró a gente desocupada que nadie
había contratado y que estaba allí jugando, disputándose y quejándose de su
suerte. Les dijo: «Id todos a mi viña». Y fueron, unos aprisa y contentos,
otros despacio porque el
estar ociosos les
había vuelto holgazanes.
Al llegar la noche, a la hora de dar la paga, el propietario les reunió
a todos delante de su casa...»
Siempre que quiere poner un
ejemplo habla de cosas que ocurren a nuestro alrededor. Muchos de los que se
apretujaban entre la multitud poseían viñas y antes de las fiestas habían
tenido que pasar
cuentas con sus braceros;
otros, en cambio, pertenecían a la enorme multitud de jornaleros que no poseen
más que sus manos y venden su fuerza para tener con que comprar pan para sus
hijos. Sus palabras tienen la cualidad de retener totalmente la atención de
quien las escucha. Entre el gentío sólo se oían respiraciones precipitadas y
ruido de pisadas que se iban acercando cada vez más hacia la puerta.
—...El propietario, al dar
la paga, comenzó por los que habían llegado los últimos — siguió diciendo el
maestro —. Dio a cada uno un denario y ellos se fueron colmándole de
bendiciones y cantando de alegría. Luego pagó a los que había contratado a la
hora nona, a la sexta y a la tercia y también les dio un denario a cada uno.
Los primeros, que habían trabajado todo el día, creyeron que recibirían más.
Pero ellos también recibieron sólo un denario por cabeza. Entonces comenzaron a
murmurar y no quisieron aceptar le paga. El amo se extrañó y preguntó: « ¿Por
qué murmuráis? ¿Es que os he hecho agravio? ¿No habíamos convenido un denario
al día?» «Sí, pero, ¿por qué los otros también han recibido un denario?
Nosotros hemos trabajado durante toda la jornada. Hemos sudado y nos hemos
cansado. Hemos llenado todo el lagar. Los otros, en cambio, sólo nos han
ayudado a pisar la uva. ¡Esto no es justo!» «Pero yo os prometí un denario y
vosotros estuvisteis de acuerdo. Un denario es una paga justa y buena. ¿Podéis
negármelo?» «No, no has sido avaro», contestaron. «Un denario por un día de
trabajo es una buena paga...»
«Entonces, ¿por qué no lo
tomáis y os vais cantando a casa como los otros?» «Porque no está bien que
ellos hayan recibido lo mismo que
nosotros. Ellos no se han
cansado. Han pasado el día tumbados a la
sombra de una palmera y
luego, sólo durante una hora, han pisado unas pocas uvas... ¡Y les has dado
tanto dinero! ¡Has obrado mal e injustamente!...» « ¿He obrado injustamente
porque he sido bueno?, preguntó el amo. ¿No estaba en mi derecho al mostrarme liberal
con un hombre que había venido a mi viña a última hora? ¿No puedo hacer con lo
mío lo que me parece? La envidia os ha mordido como un escorpión. Pero la viña
es mía y mío es el fruto que habéis cogido. Para cada uno de vosotros tengo una
buena paga y se la daré a cada uno porque así me place hacerlo. Coged vuestro
dinero y marchad en paz. Bienaventurados los pobres de espíritu que no desean
riquezas. Se puede tener mucho dinero y quedarse pobre, se puede no poseer nada
y tener un corazón de rico. Marchaos antes de que me enoje.... Ved, ésta es la
justicia del Altísimo. Justicia misericordiosa para la que los primeros son los
últimos y los últimos, incluso aquellos que han ido por fuerza,
son los primeros...
Pero, ¿por qué
estos últimos son
agradecidos mientras que
los primeros, aunque hayan estado todo el tiempo en la casa del Padre, no creen
que deban agradecerle nada?
Movió la cabeza como si él
fuera aquel propietario y nosotros todos los jornaleros descontentos. Alguien
me dio un empujón. Volví la cabeza y vi a Judas. El pálido rostro del antiguo
mercader expresaba enojo. Parecía como si se hubiera sentido aludido por el
mashal del maestro y su contenido le hubiera herido en el mismo corazón. Me
hizo un guiño significativo. « ¿Ves, rabí? ¿De veras que él...?» Pero sus
últimas palabras, dichas en un susurro, fueron ahogadas por el alboroto que se
produjo entre la turba de los oyentes. La parábola, aunque no todos la
entendieron, provocó la admiración general. La gente movía la cabeza y se
decía: « ¡Qué sabio! ¡Es un verdadero profeta! ¿Dónde ha aprendido todo esto?
¿De quién? ¿Quién fue su maestro?
—¿Os maravillan mis
palabras? — oí decir al maestro. Se había quedado en el púlpito como si aún
quisiera añadir algo —. ¿Os preguntáis de dónde vienen y quién fue mi maestro?
— Debió de oír sus exclamaciones y quiso contestarles como si fuera necesario hacerlo—.
Sí, esta doctrina no es mía. Tengo un maestro — continuó
—. El que busca su propia
gloria habla de sí mismo. Pero yo no la quiero. Busco la gloria del que me lo
ha enseñado todo y me ha
enviado aquí.
Repito sus palabras
y vosotros sabéis
que son
verdaderas. Moisés,
cuando anunciaba la
Ley, hablaba como
yo.
¡Pero ninguno de vosotros
quiere escucharle!
— ¿Ninguno? — exclamé a
pesar mío.
— ¿Ninguno? — gritaron
varias voces enojadas. La gente se indignó —. ¿Qué dices? — comenzaron a
gritarle de todas partes —.
¿Que no queremos obedecer
la Ley? ¿Cómo te atreves a decirlo?
¿Quién te ha dado permiso
para juzgarnos? ¡Somos fieles israelitas! Cumplimos las prescripciones. ¿Por
qué has dicho esto? Les hizo callar.
—No obedecéis
la Ley —repitió
severamente —. Y
por esto queréis matarme.
Se produjo un corto
silencio, pero luego unas voces exclamaron
—¿Nosotros? ¿Nosotros
queremos matarte? ¿Te has vuelto loco?
¿Quién quiere matarte?
El resto de la gente
callaba observando a los que gritaban y al maestro. Mientras
unos negaban haber
abrigado nunca malas
intenciones con relación a
él, los otros debían de recordar las amenazas que se le habían hecho.
—Vosotros —dijo,
imperturbable—. Vosotros —repitió con tristeza como si se quejara a alguien —.
¿Y por qué? ¿Porque hace dos años curé a un hombre en sábado? ¿No circuncidáis
vosotros en sábado alegando que deseáis ganar con ello una nueva alma para Israel?
¿Y la vida de un hombre? ¿No os parece bastante importante? Juzgad con justicia
si tengo o no razón...
La sinagoga se llenó de
rumores. Ahora todos hablaban a la vez y gritaban a cual más fuerte.
—¿Qué dice? ¡Es un loco!
¡Un poseído! ¿Quien es este hombre?
¡Violó el
sábado! Entonces, ¿no
recordáis? en la
fuente de las
Ovejas... ¡Y lo sigue
violando! ¡Es un mínimo! Decían que este Jesús moriría si se atrevía a venir a
Jerusalén. Pero viene aquí, habla con insolencia y no teme a nadie... ¡Hay que
echarle y lapidarle! ¡Pero si es el Mesías! ¡No, es un mínimo! ¡Milagros como
éstos sólo los puede obrar un Mesías! ¡No puede ser el Mesías! Las Escrituras
dicen que el Mesías no se sabe de dónde vendrá, mientras todos sabemos que éste
es galileo...
Sobre todo aquel griterío
se elevó su voz como el grito de un pájaro en medio de la tormenta.
—Sabéis bien quién soy y de
dónde vengo. Confiad en mí, creedme. Veis que no hablo de mí y no digo mi
propia enseñanza. Os traigo la palabra de Aquel que vosotros no conocéis. Pero
yo le conozco porque vengo de su parte.
— ¿Oís? — exclamó una voz
entre la turba —. ¡Dice que lo manda el Altísimo! ¡Blasfema!
—¡Blasfemas! — repitieron varias voces.
Vi a un grupo de fariseos
que se abrían paso entre la gente gritando airadamente.
—¡Blasfema! ¡Hay que
lapidarle! ¡Blasfema!
—Pero ha hecho tantos
milagros... — objetó alguien.
—¡Blasfema, blasfema! ¡Lapidarle! — gritaban otros. De nuevo sentí
sobre mi hombro la mano de Judas.
—¿Ves, rabí, ves? — me
susurraba febrilmente el mercader al oído —. ¿Ves?... ¿No te lo decía? ¡Quiere
que le maten y a todos nosotros con él! Se ha acobardado y ha perdido su
fuerza. Nos ha
traicionado, ya te lo
decía... Me llamó ricacho... —En su excitación me pellizcó el brazo como si
quisiera arrancarme un trozo de carne —.
¡Yo un ricacho! — Soltó una
carcajada sarcástica, llena de odio —.
¿Lo oyes? Así nos paga
nuestra fidelidad...
Al final no entendí nada
porque sus palabras acabaron siendo un gorgoteo de saliva. Además, en la
sinagoga todos gritaban y no se podían distinguir bien las palabras.
—¡Blasfema! ¡Lapidarle!
— ¡Hay que echarle!
¡Echadle!
Los que gritaban así no
deseaban ver la sangre del maestro.
—¿Queréis expulsarme? — le
oí exclamar ahora. La gente se calló para poder oírle mejor mientras él movía
la cabeza como si se compadeciera de todos ellos —. No voy a estar mucho tiempo
entre vosotros... Y cuando me marche, en vano me buscaréis, porque allí donde
yo vaya vosotros no podéis entrar... Moriréis con vuestros pe- cados...
—¿Qué está diciendo? —
comenzaron a gritar de nuevo. Cada vez le entendían menos.
—¿Adónde quiere ir? ¡Quiere
matarse! — gritó una voz que me pareció ser la de Judas.
—¿O es que quiere ir con
los goim? —preguntó otro.
—¡Quiere darles
pan otra vez!
¿,Qué está diciendo?
Las preguntas se cruzaban en el aire.
De pronto, un hombre se
paró ante el público y, levantando la cabeza, preguntó directamente al maestro:
—¿Tú quién eres?
Le reconocí y un mal
presentimiento me asaltó como un escalofrío por la espalda. Aquel hombre
pequeño, de frente despejada y mirada penetrante, es uno de los jefes de la
guardia del Gran Consejo de los fariseos. Se llama Gadi. Vi también que le
seguían unos cuantos guardias con porras.
No cabía la
menor duda; nuestros
haberim habían decidido obrar pronto y sin miramientos. Podían
permitírselo. Pilatos no había venido para las fiestas y el hegémona Sarcus
había sido sobornado. Estaba seguro de que la multitud concentrada en la
sinagoga no habría salido en defensa del maestro, y la gente de la ciudad ni
siquiera sabía que él hubiera llegado a Jerusalén. La sorpresa de todos fue
enorme.
—¿Quién eres? — repitió el
pequeño guardia, como impaciente por recibir respuesta.
El rostro del maestro
tampoco ahora expresaba inquietud o inseguridad. ¿Acaso no se daba cuenta
exacta del peligro que le estaba amenazando? Sin apresurarse en contestar, fijó
sus ojos negros, hondos y tranquilos, en los inquietos ojuelos del que le interrogaba.
—Yo soy el principio... —
dijo al fin. Levantó la cabeza y envolvió con su mirada a toda la multitud
concentrada en la sinagoga —. Pero vosotros habéis rechazado este principio —
siguió —. Por esto sólo cuando me levantéis en alto os convenceréis de que soy
el que soy y que mis palabras son las palabras del Padre... Yo hago lo que Él
desea... y Él no me abandona...
Calló un momento. Ya nadie
gritaba. Todos se quedaron con los ojos y la boca muy abiertos, mirándose
interrogativamente, moviendo las
cabezas y encogiéndose
de hombros. Ahora
ya no entendían nada. El menudo guardia se rascó la
oreja, perplejo. ¿Qué querrá decir con esto? ¿De qué está hablando? ¿Qué
significa «soy el principio?» ¿El principio de qué? Una idea cruzó como una
ráfaga por mi mente: seguro
que quiere decir
el principio de
algo nuevo. El mundo en el que yo vivía antes de conocerle
era un mundo viejo. Todo en él era conocido: el amor y el odio, la miseria y la
riqueza... Él ha traído algo totalmente nuevo que comenzó con él. ¿Acaso sus
palabras significan esto precisamente? Pero, en este caso, ¿es que anuncia algo
o a alguien que aún ha de venir?
—Así pues, ¿quién eres tú?
— repitió el guardia.
Vi cómo se humedecía sus
resecos labios con la punta de la lengua. Pero el maestro no le contestó.
Levantó los brazos en alto (parecía el sacerdote que dentro de poco y con el
mismo movimiento de brazos iba a entrar por la puerta de la Fuente con el cántaro
de plata) y comenzó a hablar con ese tono suyo de voz tan peculiar, en el que
no se sabe qué es lo que domina, si la súplica o el mandato.
—Quien de vosotros esté
sediento, que venga a mí. Yo le daré de beber.
Tras los muros de la
sinagoga se oyó de pronto un sonido de trompetas, flautas y pífanos y las
primeras palabras del himno:
¡Aleluya!
Alabad todos al Señor.
Alabad su nombre.
Bendito sea por los siglos
de los siglos; Alabado sea por los siglos de los siglos, De levante a poniente
Al oír el himno, la
multitud se movió, impaciente. Era hora de salir para tomar parte en la
procesión. Pero las palabras del maestro les ataban extrañamente a él. Siguió
diciendo,
—Si alguno de vosotros
tiene sed, que crea en mí y su sed se apagará. Un río de agua viva saldrá de su
corazón... ¿No recordáis ya la promesa de Ezequiel? Allí donde llegue este
torrente, todo ser revivirá...
Pero la gente, cada vez más
atraída por la música y los cantos que llegaban de fuera, comenzó a abandonar
la sinagoga. Sólo un pequeño grupo quedó escuchando al maestro. Los guardias se
quedaron en un rincón comentando algo en voz baja y mirando a todos lados.
Me inquieté porque
supuse que querrían
aprovechar aquel momento para
prender al maestro.
Pero ellos, después
de decidir algo, salieron también. Respiré, aliviado. El peligro que le
amenazaba me había retenido en aquel lugar. Ahora me sentía liberado. Dejé de
escucharle y me dirigí hacia la salida, pensativo.
Pero algo me seguía
oprimiendo el corazón. La escena que acababa de presenciar me había confirmado
mucho de lo que Judas me había dicho. Él, realmente, parece querer desafiar el
peligro. Antes hablaba de un modo claro, sencillo, suave. Ahora habla como si
quisiera que todos se pusieran en contra de él. Esto me deprimió. Me pareció
que había terminado de hablar y apreté el paso. No sentía deseos de hablar con
el. Temía que si me decía algo, yo tendría que referirme a Rut... ¿Qué
sucedería si me dijera: « ¿Por qué no me lo dijiste antes? » ¡No, no! Lo pasado
pasado está y no hay que pensar siquiera en que hubiese podido suceder de otro
modo. Puesto que no se puede hacer retroceder el tiempo, más vale no hablar de
ello...
En cambio, decidí que, en
cuanto terminaran los festejos, iría al Gran Consejo para tratar de averiguar
lo que se está tramando allí contra el maestro.
Salí a pleno sol, guiñando
los ojos, y me junté al cortejo que bajaba hacia Siloé agitando ramos y
cantando:
He aquí la puerta del
Eterno, La puerta de los justos.
Gracias por habernos
escuchado
Y haber querido salvamos.
La piedra desechada por el
albañil
Se ha convertido en el
nuevo cimiento. El Altísimo lo ha hecho;
Hemos visto el milagro con
nuestros propios ojos...
¡Oh, Señor, sálvanos!
¡Oh, Señor, hosanna!
En el
Gran Consejo estaban
reunidos todos los
más ilustres
haberim.
Cuando entré,
todos rodeaban en
círculo al rabí
Jonatán bar Azziel, que a grandes
voces regañaba a un hombre postrado a sus pies. Reconocí en él a Gadi, el jefe
de la guardia.
— ¡Necio! ¡Perro! ¡Impuro!
— gritaba el sabio doctor —. ¿Cómo has osado? ¿No te dije bien claro lo que
debías hacer? Espera y verás lo que te has ganado. ¡Te liquidaremos a ti y a
toda tu familia!
¡Perro miserable! — Nunca
había visto al gran doctor en tal estado de excitación —. ¿Así me pagas los
favores que te he hecho? — Sin poder dominarse dio un puntapié en la boca del
postrado servidor —.
¡Perro maldito! Yo te
enseñaré a no cumplir las órdenes! ¿No ves, miserable amhaares, quiénes somos
nosotros? Nadie en Judea puede
seguir vivo
si nosotros decidimos
que ha de
morir. ¡Miserable!
¡Desgraciado! ¡Eras un
muerto de hambre cuando te tomamos a nuestro servicio y morirás de hambre
cuando te echemos de él!
El hombre trató de acercar
sus labios a las sandalias del rabí. Pero éste le dio otro puntapié en la boca.
— ¡Ahora gimes! — gritó —.
¡Pero antes te atreviste a contravenir nuestras órdenes!
—Gracia, ilustrísimo, santo
señor, gracia... — gritaba el guardia.
— ¿Pides gracia, perro
sarnoso? Explica a todas las ilustres personas aquí reunidas por qué no lo has
traído.
—No pude, excelentísimo
rabí..., no pude.
—¿No pudiste? ¿Por qué?
¿Logró escapar? ¿Pidió a la multitud que le defendiera?
—No, no —gimió el infeliz
—. No hizo nada. Pero nosotros no nos atrevimos.
—¡No os atrevisteis!
¿Habéis oído? — Jonatan se volvió, indignado,
hacia los haberim
—. ¡No se
atrevieron! Les tuvo
sin cuidado contravenir nuestras órdenes, pero, en cambio, no se
atrevie- ron a coger por el pescuezo a este mínimo y traerle aquí.
—¿Le ordenaste que lo
hiciera? — pregunté yo.
Se volvió bruscamente y me
miró con sus ojuelos que despedían fuego. Tuve la impresión de que una parte de
la furia desencadenada en él por Gadi se vertió en las palabras que me dirigió
a mí.
—¿Ah, eres tú, Nicodemo? —e
intentó dulcificar el tono de su voz
—. Desde luego, se lo he
ordenado: Todos lo hemos ordenado. Y lo mismo hubieras hecho tú si hubieses
sabido lo que este hombre ha vuelto a decir —. Los labios le temblaban como si
estuviera a punto de llorar. Se acercó
a mí —.
¿Sabes qué ha
dicho? — exclamó—.
¿Sabes? Ha compuesto una
hagadá. Es tu especialidad, rabí, así que podrás apreciarla en todo su valor...
Dijo que dos hombres fueron a orar al Templo: uno era fariseo y el otro
publicano. Pero, ¿sabes cuál de los dos era el justo? ¡El publicano! ¡Precisamente
el publicano porque oró humildemente. Mientras que el fariseo no hizo sino
vanagloriarse de sus virtudes. Es evidente que no ocurre así. ¿Por qué, pues,
él lo cuenta? ¡Para sembrar el odio! ¡Para que la gente revuelva contra
nosotros! ¡Lo que él quiere es una rebelión! No es ningún profeta, sino un
vulgar agitador. No observa el descanso del sábado ni las reglas de pureza y
ahora quiere levantar las masas contra nosotros. Ya en Galilea decía a la gente
que no se dejara engañar por nosotros...
¿Y por todo
esto hemos de
alabarle, protegerle y dejar que nos siga atacando? ¡Sí, ordené que la
guardia le trajera aquí! ¡Un hombre así no debe andar suelto! Si los sagrados
cargos sacerdotales no estuvieran en manos de unos desaprensivos, ya haría
tiempo que estaría encerrado. Pero, ¿qué les importa a ellos que alguien ataque
la verdadera fe y las prescripciones salvadoras?
¡A ellos sólo les importa
el oro, nada más! Ellos mismos traicionan la
Ley. He mandado que le
traigan aquí. Se lo he ordenado a éste. —
Señaló con el dedo al
hombre postrado en el suelo —. Y ha vuelto con las manos vacías. ¡No se ha
atrevido a coger por el pescuezo al profeta de Galilea! ¡No se ha atrevido!
¿Por qué no te has atrevido?
— ¡Oh, ilustrísimo!... —
gemía el guardia ¡Oh, ilustrísimo!... Yo... él... Nunca ha hablado nadie como
este hombre.., nunca... de veras...
—¿Nadie? ¿Nunca? —Jonatán
hablaba con irónico desprecio —.
¿Ninguno de los ilustres y
sabios rabinos? ¿Sólo ese mínimo, precisamente? — Llamó a los criados —. Sacad
de aquí a este necio y a ver si unos palos le aclaran el entendimiento. Dadle
treinta y nueve azotes, ni uno más ni uno menos. Pero golpead fuerte. Luego,
que os pague diez denarios de multa...
—¡Piedad, piedad!... —
gritó el hombre, sollozando —. ¿De dónde sacaré tanto dinero? Mis hijos morirán
de hambre...
—Así criarás
mejor a los
que vengan después
—contestó fríamente Jonatán,
Se mandó traer un
recipiente y un jarro de agua. Durante un buen rato se estuvo lavando las
puntas de los dedos bajo un chorro plateado. Mientras tanto sacaron de la sala
al guardia, que seguía gimiendo y sollozando. Jonatán se secó las manos en una
blanca toalla de hilo y dijo:
—Se nos ha escapado... ¡Si
no fuera por este estúpido, ya habríamos terminado can él para siempre! ¡Pero
le cogeremos! No le queda mucho tiempo de vida...
—Así, ¿queríais matarle,
rabí? — pregunté con cierta ingenuidad. Entonces comprendí que el maestro se
había salvado de un gran
peligro.
—No, sólo quería
acariciarle... — contestó lentamente, mirándome con los ojos entornados.
—Nuestra ley — dije, y la
voz me tembló de indignación — exige que la persona culpable sea interrogada y
juzgada a conciencia...
Jonatán no contestó. En las
comisuras de sus ojos leí un profundo desprecio, vi que a duras penas dominaba
su enojo. En cambio, el rabí Joel dijo de improviso:
—¡Tú no
le defiendas, insigne
rabí! — exclamó—.
¡No le defiendas! —El gran
penitente por los pecados de Israel temblaba de indignación —. ¿Quizá tú,
Nicodemo, también te has hecho galileo desde que fuiste allí con él? ¡Tú no le
defiendas!
—En vez de defenderle —
dijo el rabí Johanaan ben Zakkai —, harías mejor en coger los libros sagrados y
leer un poco. Recordarías que Judea es la madre de los profetas y que de
Galilea sólo salen maleantes.
—Sí, más vale que leas la
Tora — repitió otro.
Los doctores, puestos en
semicírculo, me observaban todos con mirada
penetrante. Bajo la
capa de fingida
cordialidad, sentía la frialdad de aquellas miradas como el
contacto de unos cuchillos sobre la piel desnuda. Sentí un escalofrío en la
espalda, el corazón me dio un brusco salto en el pecho y me encontré mal, como
si fuera a perder el conocimiento. Pero me dominé fingiendo indiferencia. Sin
añadir palabra alguna, abandoné la sala.
Al día siguiente el maestro
estaba bajo el pórtico de Salomón rodeado
de sus discípulos
y un grupo
de oyentes. Cuando
me acerqué, me sonrió amablemente. Dijo:
—Te saludo, amigo; el
Altísimo sea contigo...
Nunca me había llamado de
este modo, y su sonrisa también me pareció diferente: más cercana a mí, más
próximo a mí mismo... Sentí que él debía ya de saber todo lo referente a Rut.
Claro que alguien podía habérselo dicho. Pero comprendió mi dolor mejor que
nadie. Otros preguntan o expresan su compasión con frases hechas. Él no me dijo
nada. Y comprendí que no preguntaría nada. Otros, al verme, ponen una cara de
tristeza como si quisieran hacerme creer que han sentido mucho esta muerte. Él,
en cambio, me sonrió con verdadera alegría... Como si a los dos nos ligara un
secreto: el hechizo de una amistad que nadie más conoce. Y, cosa rara, aquella
sonrisa no me fue penosa. La sentí sobre mí como un chorro de agua fresca en un
día de calor. ¿Qué significa esta sonrisa? ¿Alegría? ¿Alegría de qué?
¿De que
Rut haya muerto
y de un
modo tan horrendo?
Quise rebelarme, pero no pude... ¿Por qué sonríe? Siempre sospeché que
no se siente del todo feliz
cuando cura a la gente y que lo sería si
alguien se acercara y no
quisiera ser curado...
Mi llegada interrumpió su
predicación. No sé de qué estaba hablando, pero debía de haber dicho algo muy
impresionante porque la gente, a su alrededor, estaba muy pensativa, ceñuda y
con los dedos hundidos en las barbas o la cabeza apoyada en la mano. Todos los
discípulos estaban allí. Miré sus rostros y me pareció leer en ellos una
expresión de inseguridad y temor. Algo ha cambiado, pensé. Ya
no recuerdan
en nada a
aquellos ruidosos amhaares,
tan insoportables por su firme convencimiento de que, gracias a su
maestro, se convertirían en los amos del mundo.
De pronto oí a Simón. Antes
de abrir la boca carraspeó y frunció las cejas con tanta fuerza, que se le
destacaron dos grandes venas en las
sienes. Preguntó con
miedo, como quien
sondea temeroso el fondo en el que ha quedado embarrancada su
barca:
—Entonces, si tal es la
condición del hombre con respecto a la mujer..., es mejor, ¿verdad?, no
casarse...
—No, Pedro. — Por primera
vez oí que le llamaba por su nuevo nombre —. Hay quienes son eunucos ya en el
vientre de su madre; otros fueron castrados por los hombres; pero hay también
quienes se castraron a sí mismos para alcanzar el reino. Pero no temas el que
sea capaz de esto, séalo...
Pero el gran pescador no
parecía aún convencido. Con brus- quedad en la voz, casi con desesperación,
exclamó:
—¿Cómo puede vivir un
hombre sin mujer, sin hijos y sin amor?
¿Qué les habrá exigido
ahora?, pensé. No me gusta Simón. Pero su intranquilidad era comprensible. Para
seguir al maestro había abandonado su casa, su mujer, sus hijos. Quizá ni tuvo
tiempo de despedirse de ellos. Pero no ha renunciado a ellos para siempre.
Aunque cierto día el maestro dijo que nadie dejara el arado... «Pero,
¿qué más exige ahora?»,
repetí en mi interior. El maestro dijo suavemente:
—Hay cosas que el hombre no
puede hacer ni comprender siquiera. Pero para el Eterno no hay nada imposible.
Su mirada pasó del rostro
de Simón, crispado por el esfuerzo, a los rostros angustiados de los otros
discípulos, se deslizó sobre ellos como el dedo de un músico sobre las cuerdas
de una cítara y se fijó en mí. De nuevo sentí sobre mí su mirada, que es como
un rayo de sol, como la más delicada de las caricias.
—Creedme — dijo —; aquello
lo recibirá cien veces, y además la vida eterna...
De nuevo sonrió y la
congoja desapareció de sus rostros como desaparecen las sombras de la noche al
contacto de un rayo de luz. Ellos son superficiales y se les puede consolar con
cualquier cosa. Pero reconozco que también en mí produjeron sus palabras una
inmensa alegría. ¿Conoces esta sensación? No ha ocurrido nada,
pero de pronto sentimos que
el corazón late de un modo distinto y el mundo parece diferente. De nuevo sentí
un deseo de rebelarme. Es fácil decir, protesté en mi interior, que una vez lo
hayamos dado todo volveremos a recibirlo aumentado cien veces. ¡No quiero cien
como Rut...! Sólo quiero que vuelva ella... ¡Pero no volverá! Esto no son sino
palabras..., me repetí varias veces. Pero al levantar los ojos, vi que él
seguía mirándome, y ya no sentí más deseos de rebelarme.
De repente llegó hasta
nosotros un vivo rumor de pasos y voces. La gente venía en tropel en nuestra
dirección. Volví a sentirme intranquilo; recordé las amenazas del rabí Jonatán.
También los discípulos se asustaron y sus ojos comenzaron a moverse inquietos
como si buscaran dónde esconderse. Al frente del grupo iban varios jóvenes
fariseos. Pero no vi ninguna guardia. Aquella muchedumbre conducía a alguien.
Vi sus brutales movimientos y oí los gritos con que querían obligar a este
alguien a que anduviese más de prisa. Los que rodeaban al maestro recularon
instintivamente. Él continuó sentado, impasible, con la cabeza alta y la misma
acogedora sonrisa de antes.
El gentío se detuvo ante
él. Uno de los haberim se adelantó un poco e inclinose burlonamente ante el
maestro. Comprendí que, más que para atacarle, venían con la intención de
divertirse un poco a costa del profeta de Galilea.
—Te saludo, rabí. Mira a
quién te hemos traído. Los del grupo se separaron y
empujaron hacia delante
a una mujer.
Estaba casi desnuda y apretaba
convulsivamente contra su pecho un pedazo roto de sábana. Aunque, a fuerza de
golpes, ya casi no le quedaba colo- rete en las mejillas y aunque de sus
ennegrecidas pestañas caía una cortina de negras lágrimas, no era difícil
adivinar cuál había sido su delito. Temblaba. Le habían arrancado un pendiente
y le resbalaba de la oreja un hilito de sangre. Bajó la cabeza como si quisiera
hundirla entre los hombros
y dirigía de
uno a otro
una mirada asustada. Parecía implorar a cada uno un poco
de piedad, prometiéndolo todo a cambio. No se sabía qué la aterrorizaba más: la
deshonra o la amenaza de una muerte infame. Sus maltratados pies, con las uñas
pintadas de un rojo chillón, hollaban nerviosamente la tierra. Sus ojos, que
parecían buscar en todas partes un modo de salvarse, se posaron en el maestro.
Al principio se apartaron de él, asustados, quizá su sonrisa le pareció una
burla más de aquellos que, por motivos incomprensibles para ella, habían
convertido las caricias de momentos antes en despiadados golpes. De nuevo se
encogió como un erizo. Pero a poco aventuró otra tímida mirada. Era evidente
que desconocía
al hombre que estaba
sentado ante ella al pie de una columna. Pero algo debió sorprenderle en su
aspecto porque bajó los ojos e hizo un movimiento de brazos como si quisiera
cubrir con ellos su desnudez.
El joven fariseo volvió a
hablar con voz firme y segura.
—Es una adúltera,
rabí. La hemos sorprendido en
el acto de pecar.
—¿Qué queréis de mí? —
preguntó el maestro. —Queremos que la juzgues. ¿Qué hemos de hacer con ella?
Yo no
acababa de comprender
cuál era la
finalidad de toda aquella escena. De todos modos se
trataba, sin duda, de una trampa para coger al maestro; esta intención se leía
clara en los rostros de los jóvenes haberim. —¿Qué os manda hacer Moisés?
El maestro hablaba
tranquilamente, y su suave y plácida mirada descansaba en la mujer como si no
le molestara su aspecto. Ella debía sentir esta mirada sobre sí, porque seguía
con la cabeza baja y los brazos cruzados, llena de vergüenza.
—¿Moisés? ¡Oh, conocemos la
ley! —El fariseo se rió seguro de sí mismo —. La Tora dice: quien cometa
adulterio con la mujer de otro debe morir, él y la adúltera... Esta mujer ha
cometido adulterio y debe ser lapidada según la Ley. ¿Tú qué dices a esto?
Se inclinó sonriendo
astutamente sobre el maestro, sentado al pie de la columna. Ahora me pareció
comprender en qué consistía la trampa que le tendían. Ellos conocen su gran
misericordia. Querían ponerle en evidencia y demostrar que sus principios son
contrarios a la Ley.
— ¡Debe morir! — gritaron
varios hombres —. ¡Hay que lapidarla!
—.¡Si, lapidadla! ¡Debe
morir! ¡Inmunda! —En la voz que oía a mi lado vibraba un odio vivo. Me volví y
con gran sorpresa descubrí que era la de Judas. El discípulo de Karioth tenía
los puños cerrados y los labios como si fuera a escupir. Parecía como si quisiera
lanzarse sobre la mujer —. ¡Que muera! — replicó.
—Así, ¿estás de acuerdo en
que hay que apedrearla como a un perro? — preguntó el fariseo.
En su voz se notaba el
desengaño. No había acudido allí para escuchar una confirmación de lo que manda
la Tora. La mujer, al oír aquello, tembló todavía más. Pero no hizo el menor
ademán implo- rando piedad. Sólo noté que sus rodillas se doblaban.
El maestro se levantó
lentamente. Cuando estaba sentado parecía pequeño e insignificante. Pero al
erguirse su cabeza se elevó sobre las de todos. ¡Cómo sabe cambiar! Su suave
bondad se trocó en mayestática gravedad. Ahora era alguien ante quien la gente retro-
cedió respetuosamente unos pasos.
—¿Has dicho — comenzó
despacio — que, según la Ley, el adúltero debe morir junto con la adúltera?
Quien, pues, de vosotros esté sin pecado lance una piedra sobre ella...
Pareció como si de pronto
sus negros ojos despidieran chispas. No estalló, pero su mirada cayó inflexible
sobre los hombres que le rodeaban. Éstos dieron otro paso atrás. Algunos tenían
ya una piedra en la mano, mas ahora las escondieron apresuradamente entre los
pliegues de su cuttona. Dieron todos otro paso hacia atrás. Entre la multitud y
el maestro quedó un espacio vacío en el que sólo estaba la mujer, parecida a
una estaca clavada entre piedras.
No añadió nada más. Se
inclinó, arrodillose y, sobre la losa de piedra cubierta de polvo rojizo, al
lado mismo de los pies de la pecadora, escribió algo con un dedo. La palabra
quedó allí sólo unos instantes, porque la brisa que soplaba aquel día sobre la
ciudad borró las letras escritas sobre la arena. Logré aún leer: «Tú también
has cometido adulterio». Alguien
retrocedió entre la
multitud y desapareció; era el
joven fariseo. El maestro escribió otra frase que de nuevo decía «Has cometido
adulterio». Y otro de los que estaba más cerca dio la vuelta y desapareció
también. El dedo, largo y delicado, seguía marcando signos. Las palabras se
seguían una tras otra; unas veces lograba leerlas, otras veces no. Pero después
de cada una alguien más se esfumaba. Otros marchaban también como no queriendo
leer las acusaciones a ellos dirigidas. El corro de gente disminuía sin cesar.
Muchos de los que llevaban una piedra en la mano se desprendían de ella
disimuladamente. El maestro siguió escribiendo. Era como si lo hiciera sobre el
agua: las palabras se borraban solas y desaparecían. Pero el instante que
duraban era suficiente...
Al final no quedó ninguno
de los acusadores. Sólo Judas continuaba allí con los puños apretados y
palabras llenas de odio en los labios. Hasta entonces el maestro no había
levantado la cabeza. Pero ahora la levantó. Su rostro, tan plácido aquel día,
se había oscurecido como si lo hubiera cubierto una parte del polvo en el que
escribía los pecados de la gente.
Pareció llamar con la mirada a Judas. Le
miraba con una tristeza infinita. Pero él siguió con la misma
actitud de encarnizada
obstinación. Entonces se inclinó y de nuevo escribió algo.
No logré
leer las palabras.
Pero en los
ojos del discípulo
de Karioth apareció el miedo como en un animal cogido en la trampa. Sus
crispados puños se abrieron. Miró en torno suyo para ver si alguien había leído
lo que el maestro había escrito, retirose con disimulo y se escondió detrás de
la columna.
Esperé ver qué sucedería a
continuación.
El maestro seguía
arrodillado, con el dedo apoyado en la losa. Pero ya no escribía. Levantó
lentamente la cabeza. Su rostro era de nuevo
sereno y bondadoso.
Miró a la
mujer y ella,
al instante, comenzó a llorar
silenciosamente. Sollozaba con el rostro contraído, sin poder cubrírselo con
las manos porque sostenía el pedazo de sábana. Por sus mejillas llenas de
colorete resbalaban de nuevo las lágrimas. No miraba al maestro. Apretaba
contra el pecho su barbilla, temblorosa, y bajaba cada vez más la frente. Las
lágrimas, sucias y negras, caían sobre el polvo rojizo y sus pies desnudos.
—No llores — le dijo
afablemente —. Nadie te ha condenado... Su llanto se hizo aún más desgarrador.
—Pero tú... tú... tú...
—Tampoco yo te condeno — le
sonrió dulcemente —. Ve y en adelante no peques más.
Siguió llorando cada vez
más bajo; luego dio una vuelta despacio y se fue. Él la siguió largo rato con
la mirada, como sosteniéndola en su paso. Todos nos quedamos en silencio. Su
dedo rozó de nuevo la losa cubierta de
polvo rojizo, en
la que escribió,
pensativo, unos signos. Al
mirarlos más detenidamente vi que eran palabras. Siguió escribiendo, aprisa,
sobre la superficie que la brisa alisaba sin cesar. Me pareció leer: «...dijo:
¡no iré!, pero luego se arrepintió y fue a cumplir la voluntad del Padre. En
cambio, el otro dijo: ¡iré!, pero no fue. ¿Por qué no vas, después que te he
llamado tantas veces?»
¿O acaso me pareció que
había escrito esto? ¿A quién iban dirigi- das aquellas palabras? Se borraron y
desaparecieron. El viento se las llevó. El mismo, como queriendo dar a entender
que había terminado, alisó la arena con la palma de la mano. Todos seguíamos
callados. No sé por qué, pero de pronto una inquietud se despertó en lo más
profundo de mi corazón. Era una inquietud suave, sin sacudidas, sin
desesperación. Tenía algo que, a la vez, se me mostraba radiante
como la esperanza... ¿Para
quién había escrito ¿por qué no vas?, pensé. ¿Y dónde ha de ir este alguien?
¿Adónde le llama?
Pero acaso no había escrito
nada de esto. Sin decir nada, se levantó y se fue seguido de sus discípulos.
Sentí como si despertara de un sueño. Reinaba una gran calma; sólo el viento,
silbando suavemente, cruzaba los rayos de sol que caían como un velo sobre el
valle del Cedrón y las negras laderas del monte de los Olivos. ¿Y si no lo
hubiera escrito?, me repetía yo, asomado a la balaustrada sobre el precipicio.
¡Qué hombre tan extraño! Nunca dice si desea o manda algo. Lo pide todo
tímidamente, como un mendigo atemorizado. O bien escribe sobre la arena
palabras que el viento borra al instante. ¡Y a pesar de todo, cuesta tanto
negarle algo!
CARTA XVI
Querido Justo:
Aunque estamos en otoño, y
a pesar de las densas nubes y la lluvia que ha caído, hemos pasado varios días
muy calurosos. Pero no me refiero al tiempo, sino a los acontecimientos que
hasta hoy mantienen a le gente en un
estada de febril agitación. La ciudad
entera bulle como agua hirviendo en un recipiente y está en constante
movimiento como un enorme hormiguero. Gracias a esta fiebre se han olvidado del
maestro. Ha sido una suerte, porque su actitud era excesivamente provocativa y,
si no fuera por este súbito desmán de Pilatos, es seguro que hubieran atentado
de nuevo contra su vida. La tiene en gran peligro. El romano le ha salvado con
su acción.
Después del episodio de la
mujer adúltera, el maestro desapareció de la ciudad por unos días. Me enteré de
que había ido a Betania, donde reside una familia que le recibe en su casa muy
a menudo. El cabeza de familia es un hombre llamado Lázaro, tejedor y
jardinero, fariseo de grado inferior, persona tranquila y piadosa. Es soltero y
vive con su hermana Marta, también soltera, una buena mujer, menuda, siempre
atareada, siempre en movimiento y, a pesar de esto, con una perenne sonrisa en
los labios. Ella es la primera en ayudar al prójimo, en aliviar su miseria. La
conocen los mercaderes de Bezetha, donde se la ve a menudo muy de mañana con un
carretón lleno de verduras, frutas o un pedazo de negro cilicio tejido por su
hermano. La conocen los mendigos de la puerta Esterquilinia, a quienes lleva
una buena limosna siempre que va a la ciudad. Este par de honradas personas
tienen una hermana conocida también de todos, mas no por sus virtudes
precisamente. María, la menor de los tres, pelirroja, ha ido por mal camino.
Durante uno o dos años escandalizó con su compor- tamiento a toda Jerusalén.
Luego se marchó a Galilea con un hombre de la corte de Antipas y allí comenzó
su vida de libertinaje, que siguió llevando en Tiberíades, en Magdala, en Naim.
Era la cortesana más bella de toda Judea. Estoy seguro de que, si se lo hubiese
propuesto,
Antipas, Pilatos e incluso
el mismo Vitelio serían amantes suyos. Pero no ha querido ligarse a nadie,
aunque se tratara de un rey. Prefería las caricias de los que
ella misma iba
escogiendo, uno tras
otro. Cambiaba de amante más de prisa de lo que una presumida de la
ciudad cambia de sandalias. Todos sucumbían a su hechizo. Había quien aseguraba
que debía sus éxitos a un talismán de Asmodeo que lucía colgado del cuello. A
pesar de llevar esta vida depravada, su belleza aumentaba de día en día. La he
visto en más de una ocasión y nunca podré olvidar este rostro perfecto,
orgulloso, maravillosamente bello... ¡Qué mujer! Sus ojos brillan como una
piedra tallada en mil facetas. Su boca, ligeramente desdeñosa, parece invitar a
que se la fuerce a sonreír. ¡Verdaderamente, no es posible olvidarla!
Lázaro y Marta debieron de
sufrir mucho con la mala reputación de su hermana. He visto varias veces a
Lázaro entregar ofrendas en el Templo y rezar con expresión de súplica. Estoy
convencido de que pedía al Altísimo piedad para María. Estos hermanos se tienen
un profundo afecto. Nunca oí que Lázaro o María dijeran una sola palabra contra
su hermana. En cambio, uno vez Lázaro me dijo, apretando contra la mejilla sus
dedos largos y secos: «No es una mala mujer, pero... créeme, rabí... ella no
sabe...ۛ»
Al día siguiente de llegar
el maestro a Jerusalén para las fiestas, una mujer fue por la noche a hablar
con su madre. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo y una sencilla simlah
echada sobre los hombros. Un mechón de pelo color de oro rojizo se le escapó
por entre los pliegues del pañuelo y un bellísimo pie blanco, delica- damente
curvado, asomó por debajo de la cuttona. Miré la cara de la recién llegada y me
quedé mudo de asombro. ¡Era ella, María, la mujer pública, la cortesana! Pero,
¡qué cambiada estaba! En su hermoso rostro no había ni rastro de afeites y en
sus largos dedos no brillaba ni una sortija; en vez de llevar unas ricas
sandalias, iba descalza. Cayó de rodillas ante Miriam y le abrazó las piernas
igual que hacen las jóvenes esposas a las madres de sus maridos, en señal de
respeto. Debían de conocerse mucho: se hablaron en voz baja, con gran
vivacidad, como personas que tienen muchas cosas que decirse.
¿Qué puede haber
de común entre
la madre del
maestro y esta mujer? Mientras escuchaba lo que ella le
contaba, María le puso las manos sobre los hombros. Y después de algo que la
otra le dijo, se rieron las dos alegremente. ¡Este hombre cambia el orden del
mundo! Me quedé impresionado cuando, bajo el pórtico, perdonó a aquella
pecadora. Pero perdonar no significa amistad. Él repite a menudo:
«los primeros serán los
últimos, los últimos serán los primeros». Lo dijo también cuando contó aquello
de los jornaleros de la viña. Pero,
¿qué habrá hecho esta mujer
para merecer aunque sólo fuera un denario de gracia?
Se lo pregunté a Judas,
quien, al contestarme, soltó una carcajada que sonó como el chirriar de la
rueda de un carro demasiado cargado. Este tema excita a Judas como un paño rojo
a un toro. Sólo al mencionarlo le brillan los ojos y rechinan los dientes.
—¿Preguntas, rabí, por esta
mujer de Magdala, la hermana de Lázaro?
— masculló entre
dientes —. Desde
luego... ¡No hay pecadora de las que comercian con su
cuerpo a la que él no esté dispuesto a perdonar! ¡Según él, resulta que sólo
nosotros somos culpables! — Se rió con rabia contenida —. Nosotros las
seducimos y luego las abandonamos. ¡Ellas nunca tienen la culpa de nada! Sabes
bien qué clase de mujer es ella. Incluso en estos tiempos de costumbres
relajadas, tanto libertinaje escandaliza. ¿Con quién no ha tenido tratos,
a quién no se ha
entregado? Aunque, claro
esta, escogía a los más ricos... Hasta que un día, entre la multitud que
se acercó al maestro para pedirle salud, miré y me costó creer a mis propios
ojos. ¡Ella! «¡Ah — pensé — por fin a ti también te ha tocado el castigo! Has
contraído una enfermedad. Querrías que el maestro te curase para poder tentar
de nuevo a los hombres. ¡Esperarás en vano!» Estaba convencido de que el
maestro se daría en seguida cuenta de quién se trataba. Me quedé a un lado
esperando ver qué pasaría. Se postró a sus pies chillando. Tenía espuma en la
boca. Gritó: « ¡Sálvame! ¡Sálvame! ¡Llévate mis ojos, mis cabellos, mis
dientes, todo lo que ellos quieren de mí..., pero líbrame! ¡Entonces sólo seré
para ti! » ¡Inmunda! Pero, ¿sabes qué le contestó? Dijo:
«Todo esto lo tomo y a ti
también... Y vosotros, ¡fuera de aquí! » Los malos espíritus salieron de ella
silbando como el aire de una vejiga reventada. Ella cayó desmayada. Pasaron
unos días. Estábamos en Naim. El maestro era huésped de cierto fariseo... Estaba
sentado a la mesa, cuando de pronto esta María se presentó en la sala. Se
acerca corriendo a él y cayó a sus pies. Lloraba y le mojaba los pies con sus
lágrimas. Luego se los secaba con esas greñas rojas que ella tiene... Él, en
vez de echarla de allí, aun la elogió, lo cual produjo muy mal efecto en todos.
Dijo que ella ama más porque le ha sido perdonado más. Le sonrió y le dijo: «Te
son perdonados todos tus pecados...» La gente se indignaba. ¿Cómo se puede
perdonar a una mujer como aquélla? ¡Tan fácilmente y tan en seguida! La
cortesana... ¿A cuántos
ha despojado de su dinero?
Los ha conducido a la miseria y luego los ha abandonado... ¡A mujeres así hay
que lapidarlas! El mundo nunca llegará e ser mejor mientras una mujer pueda
abandonar e un hombre por otro que tenga más dinero.
—Pero, ¿qué hace ella
ahora? — pregunté.
—¿Qué hace? Es su más fiel
esclava. Por él está dispuesta a todo. Sería capaz de sacarle los ojos a
cualquiera que intentara hacer- le daño. ¡Ahora lleva una vida extremadamente
virtuosa! ¡No debe de costarle mucho! ¡Ya lo ha probado todo, de modo que ahora
puede permitirse el lujo de practicar un poco la virtud! A ti, rabí, debe de
gustarte a veces comer un mendrugo de pan seco. ¡Pero el que nunca ha tenido
más que pan seco para roer, o ni siquiera esto...!
Hasta aquí lo que me ha
contado Judas. ¿De modo que María, de mujer pública, ha pasado a ser una
seguidora del maestro? ¡Qué extraño! ¿Y él le permite estar entre estas
humildes pero virtuosas mujeres que le acompañan en sus viajes? ¡Es una bondad
demasiado irreflexiva! La gente es capaz de sospechar de él; además, esta mujer
nunca llegará a comprender cuán monstruoso era su pecado. Los enojos de Judas a
veces me hacen reír; pero en este caso considero que tiene razón; no hay pecado
más repugnante que el de Raab. Es una mancha oscura en el linaje real. Pero,
puesto que él también es de este linaje...
Parece que a través de ella
conoció a Lázaro y Marta. Últi- mamente nunca duerme en la ciudad: así que se
hace de noche atraviesa el monte de los Olivos y se va a Betania. Dicen que
siente un gran amor por este tejedor y su hermana. Escribo «gran amor», pero, a
decir verdad, estas palabras no tienen sentido. ¿Por quién no tiene él un gran
amor? Basta mirarle para que uno comience a comprender aquella narración sobre
los jornaleros de la viña... Ese denario es como su amor... Puede darlo a
cualquiera y no habrá injusticia. Porque es algo infinitamente grande...
Aunque desde las fiestas
apenas viene a la ciudad, hace poco ha tenido otro choque con el Gran Consejo.
Cuando se dirigía al Templo pasó junto a un mendigo sentado al sol. Es un
muchacho a quien todos conocen. Sus padres le compraron el derecho de sentarse
a la entrada. Nació ciego y siempre lo ha sido. Es penoso verle sentado al sol,
con la radiante luz cayendo de lleno sobre sus pupilas sin vida. Cuando pasaban
junto a él, Felipe le preguntó:
—Rabí, tú que lo sabes
todo, dime: ¿por sus pecados le castigó el
Altísimo con la ceguera o
fue por los pecados de sus padres?
Felipe es un necio. Pero él
se detuvo como para dar más fuerza a sus palabras.
—No fue por sus pecados ni
por los de su padre — respondió —. Ha
nacido ciego para
que se cumplan
en él los
designios del Altísimo... —Se
calló, pero siguió en el mismo lugar. Su mirada pasó del muchacho a los muros
del Templo, por los que resbalaba la suave luz del sol invernal —. No tardará
en desaparecer esta luz... Se acerca la noche... —- No comprendo a qué se
refería, porque apenas comenzaba a despuntar el día —. Y cuando llegue, ya nada
podrá dispersar las tinieblas. Pero, mientras yo estoy aquí, he de ser sol... —
Se inclinó escupió y, mojando el dedo en su saliva, la mezcló con un poco de
tierra. Luego se fue hacia el mendigo llevando en el dedo un poquito de ese
barro. Lo extendió sobre los ojos ciegos del muchacho y dijo —: Ve a la piscina
de Siloé y lávate.
Mas es verdad que sus
milagros ya no son como los de antes. Este hombre comenzó a ver sólo después de
lavarse en la piscina. Cuando se dieron
cuenta de que
veía, se produjo
un tremendo griterío. Todos en la
ciudad le conocían, y él contaba por todas partes quién le había curado y cómo.
Le rodeó una multitud que escuchaba por milésima vez su explicación. Luego vino
un guardia y le condujo a la sala de
la Piedra Cuadrada.
Una hora más
tarde fui al
Gran Consejo. Ya en los pasillos oí gritos. El rabí Johanaan ben Zakkai
interrogaba a un par de viejecitos asustados. Al lado de ellos estaba el
muchacho curado. Entré y me puse a escuchar. —Así, ¿éste es vuestro hijo? —
preguntó el gran doctor —. ¡Ay de vosotros si decís una mentira!
—Sí, es nuestro hijo —
contestó la mujer.
El hombre sólo hizo un
signo afirmativo con su cabeza cubierta de pelo cano.
— ¿Y decís que nació ciego?
—Así fue, ilustrísimo...
—Nació ciego... ¿Y cómo es
que ahora ve? La mujer miró al hombre, el hombre a la mujer. Se consultaron con
la mirada. La madre quería decir algo, pero el marido, con un rápido
movimiento, le cubrió la boca con su mano pequeña y arrugada. Explicó, tartamudeando:
—No lo sabemos,
ilustrísimo... No lo sabemos. ¿Cómo íbamos a saberlo? Yo soy alfarero y me paso
el día entero haciendo vasijas de barro. Mi mujer lava y emplea en ello todas
las horas del día. No tenemos tiempo para ocuparnos de lo que la gente dice...
¿Cómo íbamos a saber cómo ocurrió esto de que él ahora vea? Somos gente humilde
e ignorante. Él es hijo nuestro, es verdad. Me lo ha dado mi mujer...
—Sí, es hijo nuestro — dijo
la vieja —. Nació ciego, el pobre.
—Sí, es tal como te lo
estoy diciendo, ilustrísimo... —Y el padre del muchacho, al hablar, arrullaba
como una paloma.
—Pero, ¿cómo es que ahora
ve? — preguntó severamente el rabí
Johanaan.
De nuevo la mujer quiso
decir algo y de nuevo el marido no le dejó pronunciar ni una palabra.
—No lo sabemos, rabí; no lo
sabemos, ilustrísimo —. A cada palabra hacía una inclinación —. ¿Cómo podríamos
saberlo? Somos ignorantes. Él — señaló al hijo— es mayor de edad y puede
contestar por sí mismo, ilustrísimo rabí.
Con un ademán de
impaciencia, Johanaan llamó al chico.
— ¿Dices que has sido
curado? — preguntó. El joven mendigo asintió con la cabeza —. Es posible, es
posible... El Altísimo lo puede todo. Depositarás una ofrenda ante el eterno
Sekiná por la gracia que ha querido concederle a un hombre como tú. Es él quien
te ha curado y no ese pecador...
—No sé si es un pecador —
dijo de pronto la voz estridente e irritada del chico —, ¡pero sé que es él
quien me ha curado!
— ¿Él? —El rabí Johanaan se
encogió de hombros —. ¿Cómo puede hacerlo? ¿Cómo un pecador puede obrar
semejante milagro?
— ¡Dilo, dilo! — exclamaban
burlonamente los haberim que rodeaban al rabí Johanaan.
— ¡Ya
os lo he
dicho dos veces!
—El joven mendigo
se impacientó —. ¿Queréis que os lo cuente otra vez? Haceos discípulos
suyos y vosotros mismos lo sabréis...
— ¡Silencio! — gritó el
rabí Johanaan ¡Silencio, necio! — golpeó el suelo con el pie —. ¡Tú sí que
puedes ser discípulo suyo! ¡Es un maestro digno de mendigos y pecadores como
tú! Pero los justos tienen un solo maestro: Moisés. Él escuchó las palabras del
Señor en
la cumbre del monte y bajó
con ellas entre la gente. Nuestros padres contemplaron su gloria. En cambio,
nadie sabe de dónde ha venido éste...
—¡Es extraño que vosotros
no lo sepáis! —exclamó el muchacho
—. Decís: « ¡Pecador,
pecador...! » —prosiguió con energía, a pesar de que sus padres le hacían
signos desesperados para que se callara
—. ¡Pero este pecador cura
a la gente! ¿Un pecador puede curar? Un milagro tan grande... Todos en la calle
decían que sólo un hombre
enviado por el Altísimo ha
podido hacer una cosa así.
— ¡Silencio! — La voz de
Johanaan resonó como una trompa —.
¡Cállate, miserable y
desvergonzado amhaares! ¡Pordiosero! ¡A quién vienes a dar lecciones! ¡Fuera!
¡Fuera de aquí! ¡Lárgate! ¡Fuera! ¡No vuelvas a entrar en la sinagoga! ¡Eres un
mínimo! — Alzó las dos manos y las agitó por encima de su frente adornada con
las filacterias
—. ¡Fuera! ¡Por el gran
Ha-Makom, cuyo nombre no se puede pronunciar y se escribe con cuarenta y dos
letras, por el eterno Sabaoth, por Miguel Arcángel y los doce restantes
arcángeles, por los serafines y los tronos, te proclamo impuro! ¡Fuera de aquí!
¡No manches el suelo de esta casa! ¡Fuera! ¡Apártate de los fieles para que no
se impurifiquen a tu contacto! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Caigan sobre ti todas las
desdichas! ¡Que la muerte y la destrucción se apoderen de ti! ¡Húndete en la
Gehenna! ¡Satanás te coja entre sus garras! ¡Fuera!
El chico salió disparado,
empujado hasta la calle por los guardias. Sus padres cayeron de rodillas y
comenzaron a golpear el suelo con la frente. Los sacaron también de allí. El
rabí Johanaan se bajó el taliss sobre la frente y oró con los brazos levantados.
—Grande y
eterno Señor, que
diste tu bendición
a Abraham, Isaac, Jacob, Moisés,
Aarón y Salomón, bendícenos a nosotros y a tu ciudad. Pero no bendigas a este
pecador...
—Amén —
contestaron a coro
los haberim, juntando piadosamente las manos.
Fue entonces cuando uno de
ellos me vio y me dijo con tono provocativo:
—Hoy, rabí, te han visto
con ese mínimo...
Todos se volvieron hacia
mí. Leí en sus ojos enojo y desafío. El corazón me latió con más fuerza y sentí
un vacío en el estómago. Primero
quise explicarles que
escucho al maestro
por simple
curiosidad, que no soy
discípulo suyo. Pero no dije nada. No acepté el desafío. Salí sin decir
palabra.
En estas
circunstancias, cuando parecía
que cada nueva aparición del maestro podía acabar
trágicamente, se produjeron unos incidentes que apartaron de él la atención de
todos. De pronto compareció en la ciudad Pilotos. Como te dije, desde hace años
viene a Jerusalén sólo para las fiestas. Pero esta vez llegó cuando ya hacía
días que
habían enmudecido los
ecos del gran
Hallel con que terminan las fiestas de la siega. Cayó
inesperadamente a modo de una nube negra como la que el viento nos trae cada
día cargada y siniestra desde más allá del mar Grande. La mañana amaneció gris
y fría y el viento llenó la casa de extraños rumores. Una oscuridad cada vez
mayor cubrió la ciudad; creí que de un momento a otro caería la primera oleada
ensordecedora de lluvia otoñal, que al chocar con la tierra reseca
y endurecida rebota
formando como un
surtidor de perlas. Pero, en vez
de la lluvia, entró en la ciudad un armado pelotón de soldados de la escolta de
Pilatos. Resonaron los cascos de sus caballos. Tuve el presentimiento de que
algo malo ocurriría. Y así fue: aún no había transcurrido una hora, vino a
buscarme un hombre llamándome para una sesión extraordinaria del Sanedrín.
Me envolví en mi simlah y
salí. El viento soplaba con fuerza cambiando de dirección sin cesar, levantando
en las estrechas calle- juelas torbellinos de polvo muy molesto. La lluvia
seguía colgada en el aire, a punto de caer. El día era triste y desapacible.
Por el cielo cru- zaban unos grandes nubarrones grises, como piezas de ropa
sucia.
Todos los miembros del
Sanedrín llegaron pronto, acuciados por la curiosidad y por tan malos
presentimientos como los míos. Apenas nos sentamos, apareció Caifás. Su cara
estaba pálida y los ojos le ardían con un resplandor siniestro. Un fuerte
temblor sacudía sus gordas mejillas.
— ¡Oh, ilustres rabinos! —
comenzó. Pero la indignación le cortó el aliento y no pudo continuar. Se llevó
las manos al cuello y luego, con un brusco movimiento, se despeinó el cabello,
que por la general lleva muy bien alisado —. ¡Oh, ilustres...! — empezó de
nuevo, res- pirando con dificultad —. Ha ocurrido una gran desgracia... Este...
este... este bárbaro... este goim impuro, este edomita, éste... ha levantado de
nuevo su sacrílega mano...
— ¡Oh, maldición! —
exclamaron todos al unísono, y todas las cabezas se inclinaron.
—¿Ha vuelto a profanar los
lugares santos con signos inmundos?
— preguntó el rabí Jonatán.
—Peor, ilustrísimo —.
Caifás resollaba y tiraba con fuerza de su hermosa barba negra —. Peor aún,
ilustrísimo. Este bárbaro... este...
— el sumo sacerdote se
atragantaba con su propia indignación —, este siervo romano, éste... ha osado
robar... ¡ha robado al corbán! —
gritó con los ojos
desorbitados, como si esta última palabra fuera una piedra que se le hubiera
atravesado en la garganta.
—¿Ha robado el tesoro del
Templo? — exclamaron muchas voces en diferentes rincones de la sala —. ¿Ha
robado el tesoro del Templo?
— Estaban aterrados —. ¿Ha
osado poner la mano sobre el tesoro del
Altísimo? — ¡Sí! ¡Lo ha
robado! — gritó Caifás, golpeando el pupitre con sus gordas manos —. ¡Infame!
¡Impuro! ¡Bárbaro!... ¡Entró allí con
los suyos y ordenó que se
le dieran... trescientos talentos!
Tras el grito de
indignación que llenó por unos momentos la sala, se oyó la estridente voz del
rabí Onkelos:
—Pero, ¿no ha sido robado
todo el tesoro, sino sólo trescientos talentos?
Se produjo un gran
silencio.
—Cada as que se encuentra
en el corbán es propiedad del Eterno
— dijo uno de los saduceos.
— ¡Trescientos talentos es
una cantidad enorme! — exclamó otro.
—Sí, lo sé, lo sé — dijo el
rabí Onkelos — Pero todos querríamos saber exactamente cómo ha sucedido todo.
Con voz ahogada, como si le
tapasen la boca con un pañuelo, Caifás explicó:
—El procurador Pilotos ha
robado trescientos talentos del tesoro del Templo.
—¿Y por
qué no robó
cuatrocientos? — preguntó
el rabí
Johanaan, interrumpiendo al
sumo sacerdote.
—Fue la cantidad que
exigió...
—¡Oh, qué amable! — dijo en
tono burlón el rabí Eleazar —. ¿Y
para qué quería tanto
dinero?
—Quería construir
un acueducto... —
contestó de mala
gana
Jonatán, hijo de Ananías.
Se hizo en la sala un
silencio muy significativo. Nuestros haberim
se dirigían miradas de
inteligencia.
—Es curioso — observó
maliciosamente el otro Jonatán —. Se arma un gran revuelo, se nos reúne a todos
aquí, el sumo sacerdote ordena que nos horroricemos ante la acción sacrílega
del romano... y, al final, ¿qué resulta? Que este malhechor llega y se lleva
cortés- mente trescientos talentos del tesoro. Trescientos talentos, ni uno más
ni uno menos. ¿Dónde encontraríamos otro que no se lo hubiera llevado todo?
¡Pero nosotros sabemos por qué ha ocurrido esto! — Con ademán acusador alargó
una mano hacia el banco de los saduceos —. ¡El romano no ha robado el dinero!
¡Vosotros mismos se lo habéis entregado!
— ¡Vosotros mismos —
exclamó el rabí Johanaan — habéis robado el tesoro!
— ¿Cómo te atreves a hablar
así? — gritaron los saduceos.
— ¡Entonces negadlo, si
podéis!
— ¡Ladrones del oro del
Altísimo!
— ¡Silencio, calumniadores!
— ¡Impuros! ¡Traidores!
— ¡Silencio! ¡Callad de una
vez!
— ¡Chis! — Jonatán, hijo de
Ananías, intentó acallar a los reuni- dos. Ocupaba el puesto de nasi y en él
recaía la obligación de man- tener el orden durante los debates —. ¡Chis!
¡Dejad ya de gritar, dejad de insultaros! Yo os lo explicaré todo...
—Bien, esperemos. Que él lo
explique — dijo el otro Jonatán volviéndose hacia los fariseos.
El aludido se frotó las
manos nerviosamente. El hijo mayor de Ananías es más griego que judío. Lee
libros griegos, mantiene largos coloquios con filósofos vagabundos griegos y,
al anochecer, en las afueras de la ciudad, se ejercita a lanzar el disco y correr.
Le gusta burlarse de todo. Pero ahora, ante todo el Gran Consejo reunido, no
tenía ganas de bromear. Parecía más bien preocupado.
—El ilustre rabí Jonatán,
hijo de Azziel, no tiene razón. No hemos dado el dinero a Pilotos. Él mismo lo
cogió. Es verdad que desde hace tiempo nos hablaba de que le diéramos
trescientos talentos para la construcción del acueducto.
— ¡Para que él y vosotros
podáis instalar en vuestras casas unos baños romanos! — exclamó un fariseo
desde el extremo del banco.
—Puedo hacerme un baño en
casa sin necesidad del acueducto
— respondió el nasi con
orgullo —. Pilatos desea la nueva conducción de agua para tener agua para sí
mismo. Pidió dinero para esto. Le
explicamos que el oro del
corbán no podía ser empleado para este
fin... que es sagrado.
—No era necesario tener
ninguna clase de explicaciones con él.
¡No hay
que hablar con
los goim! Vosotros,
los saduceos, no observáis las reglas de pureza y de aquí
vienen luego todas las complicaciones...
—El noble rabí Eleazar se
enoja innecesariamente. Alguien tiene que hablar con los romanos. Si los
romanos no trataran más que con vosotros, en el país habría constantemente
luchas y cruces en todas las colinas...
— ¡Si tuviéramos que llegar
a luchar —gritó uno de los jóvenes fariseos —, el Altísimo estaría con
nosotros! ¡Venceríamos!
—El Altísimo ayuda a los
prudentes y no a los insensatos. Desde el tiempo de los Macabeos todas las
insurrecciones han terminado en una derrota. Basta de sangre derramada
inútilmente. Necesitamos paz...
— ¡Paz no significa amistad
con los impuros! Separémonos de ellos y sirvamos al Eterno con el corazón puro.
—Pero alguien ha de tratar
con los romanos. Alguien ha de sacri- ficar su propia... pureza. Sobre la
tierra estamos nosotros y los goim. Vosotros podréis servir al Señor con el
corazón puro gracias a que nosotros hemos tomado sobre nuestros hombros el cuidado
de la nación.
— ¡Sí, aliándoos con los
impuros! ¡Por esto se perdieron diez generaciones de israelitas!
—Pero, ¿qué ocurrirá con
las dos restantes cuando todos las odien? ¿Podrían luchar contra el mundo
entero?
—Quien ha confiado en el
Altísimo no será defraudado y contem- plará con sus propios ojos la derrota de
sus enemigos.
—El Altísimo en más de una
ocasión ha dado la victoria a los enemigos de Israel...
— ¿Vosotros, los saduceos,
no creéis en el Eterno?
—Creemos, creemos en Él más
que vosotros. Pero nuestra fe no es como la fe de los ignorantes amhaares.
— ¡No cuidáis la pureza!
— ¡Esto son fantasías
vuestras! ¡Calumniadores! —comenzaron a gritar desde el banco de los saduceos.
— ¡Chis! — Jonatán, hijo de Ananías, tuvo que calmar
de nuevo la excitación de la sala
—. No discutamos
ahora. Procuremos encontrar con
Pilatos una solución a este asunto.
— ¿Qué podemos hacer,
puesto que él ya tiene el dinero?
—Nuestra misión es acercar
la ley al pueblo... — dijo con orgullo el rabí Joel.
—Precisamente,
precisamente... — continuó Jonatán —. Es una misión muy hermosa y por esto
tenéis un gran ascendiente sobre los amhaares. Contadles lo que ha ocurrido y
decidles que el romano ha cometido un robo sacrílego. Que vayan a la torre
Antonia y se pongan a gritar con todas sus fuerzas. Si los soldados los
maltratan...
—En una palabra queréis que
provoquemos un motín, ¿no es esto? — preguntó sin rodeos el rabí Johanaan.
— ¡Motín!
¡Motín! ¿Por qué
emplear en seguida
grandes palabras? Conocemos a
Pilatos. Es un
cobarde. Con él
no es necesario llegar a un
motín. Basta con que la gente grite un poco y que él ordene a sus soldados que
maten unos cuantos amhaares. Sólo nos interesa que la noticia de su acción
llegue a oídos de Vitelio. Éste ya se encargará de comunicárselo al César.
— ¿Querrías, Jonatán, que
se repitiera lo del circo de Cesarea?
— ¡Tú lo has dicho!
— ¡Hum! — El rabí Jonatán,
hijo de Azziel, carraspeó y miró a todos los bancos —. Podríamos hacer la
prueba. El pueblo hará todo lo que nosotros le mandemos — subrayó la palabra
«nosotros» —. Pero, ¿por qué
hemos de enmendar
vuestras faltas? ¿Qué
nos importa que Pilatos se os haya llevado el oro?
—No nos lo ha robado a
nosotros, sino al Templo.
—Pero vosotros lo
custodiáis.
—Somos del linaje de
Aarón...
—La pureza es lo que hace
al sacerdote y no sus vínculos de sangre.
— ¡Así lo creéis vosotros!
Pero... dejemos esto por hoy. ¿Para qué discutir, no os parece? Hoy os pedimos:
ayudadnos. Quizá mañana nosotros os podamos ayudar en algo. Bueno, decid —
consultó a los suyos con la mirada —: ¿qué queréis a cambio de la organización
de ese pequeño motín?
Hasta donde me alcanza la
memoria, nunca el Sanedrín había presenciado
semejante proposición. Los saduceos deben
sentirse muy debilitados cuando buscan acercarse a nosotros. Nuestra
secta espera desde hace cien años que el poder pase a sus manos. Ahora estoy
convencido de que esto no tardará en llegar.
— ¿Por el motín? ¿Cuánto
queremos por el motín? —Jonatán, hijo de Azziel, Johanaan y Eleazar se
consultaron en voz baja —. El Gran Consejo tendrá que meditarlo...
—Pero, ¿y el motín?
—Lo tendréis. Mañana, desde
el amanecer, las turbas estarán al pie de la torre Antonia. ¿Y vuestra promesa?
—No la olvidaremos. Estamos dispuestos a jurarlo por el oro del Templo.
Así terminó la sesión del
Sanedrín. Ahora escucha lo que ocurrió al día siguiente. Como había prometido
el rabí Jonatán, hijo de Azziel, a la mañana siguiente, desde el amanecer, una
enorme multitud se colocó a las puertas de la torre Antonia gritando: «
¡Devuelve el tesoro del Templo! ¡Devuelve el tesoro del templo! » Nuestros
haberim lo habían organizado a la perfección. Las horas pasaban y la plebe, en
vez de disminuir, gritaba cada vez más amenazadoramente. La convencieron de que
el romano había cometido un terrible sacrilegio. El amhaares nunca sabe lo que
es realmente un crimen. Pero está dispuesto a dar la vida por la fe. Pasó el
mediodía, la lluvia cayó dos veces, pero nadie se movió de la puerta. Sobre
toda la ciudad se elevaba un lúgubre clamor parecido a la triste llamada de un
pordiosero: ¡Devuelve el tesoro del Templo!» Pilatos no se mostró a las turbas
vociferantes; la puerta continuaba cerrada; la guardia romana se retiró de las
calles y se colocó sobre las murallas.
Reunidos en
el Templo, esperábamos
a que el
procurador cediera. Aquel estado
de cosas podía
durar hasta la
mañana siguiente: cuando hubo aquel incidente con las insignias y
estandartes de la legión, Pilatos se mantuvo firme durante tres días enteros.
Un grupo de jóvenes fariseos dirigía los gritos de la gente. Otros corean por
la ciudad y llevaban a las puertas de la Antonia a los que aún no habían ido.
Ellos nos trajeron la
funesta noticia. A Pilatos la experiencia anterior le sirvió de algo. Aquella
vez intentó asustar a la gente con el brillo de las espadas desnudas, pero
fracasó. Ahora probó otro sistema. Sus soldados cubiertos con mantos, se mezclaron
con la multitud, logrando pasar inadvertidos. Al oír el silbato que tenían como
señal, dejaron caer los mantos y empuñaron unos gruesos bastones que llevaban
escondidos bajo ellos. Comenzaron a repartir despiadados garrotazos,
pegando como sólo
los romanos saben pegar. Cundió el pánico entre la
multitud. Las mismas personas que hace unos años sabían encararse valerosamente
con la muerte, huían ahora como perros acobardados ante los garrotazos. Los
soldados los perseguían y rompían los palos en sus cabezas. No creo que haya un
solo hombre entre el pueblo bajo de Jerusalén que no haya tenido al menos un
par de chichones. Muchos han quedado con las piernas y brazos rotos y la cabeza
lastimosamente magullada. Incluso algunos fariseos fueron maltratados. En vez
de cantos victoriosos, la ciudad está ahora llena de gemidos y lamentos.
Hemos perdido. Pilaros
mandó llamar a nuestros representantes y les comunicó, entre risas, que está
muy agradecido al Sanedrín por haberle
ofrecido oro para
el acueducto y
que pondrá en
seguida manos a la obra. Incluso ya ha cursado las órdenes pertinentes.
Aseguré que en otoño los soldados que vigilan el orden de la ciudad podrán
bañarse en agua clara y fresca. En el atrio de Pilatos se construirá una
fuente... Al oírlo, Caifás comenzó a dar bramidos como un buey al que
estuvieran degollando. Los saduceos, ofendidos, rompieron toda relación con
Pilatos. Desde luego, podrás comprender el odio que siente ahora la población
de Jerusalén hacia los romanos.
Gracias a estos
acontecimientos no se ha hablado más del maestro. Él tampoco viene ya a la
ciudad. Se ha ido no se sabe adónde
y las últimas
nieves, suaves y
ligeras, han borrado
sus huellas. Pero sé que no ha vuelto a Galilea. Está en algún lugar no
lejos de la ciudad, como quien se aparta sólo unos pasos de su casa para poder
volver a ella a la primera llamada.
CARTA XVII
Querido Justo:
En vez de estarse
tranquilamente escondido y aprovechar el silencio que se ha formado alrededor
de su persona, el maestro está buscando de nuevo la desgracia. Llegó a
Jerusalén para la fiesta de la Chanuca. Los festejos de este año han coincidido
con un tiempo frío y lluvioso. La lluvia, mezclada con nieve, venía a ráfagas y
apagaba las luces que los fieles habían encendido en las azoteas de las casas.
Nunca las ceremonias de la bendición del Templo me habían parecido tan grises y
faltas de alegría.
La gente, helada de frío,
se había agrupado bajo los pórticos. Entonces vieron que él llegaba con un
grupo de discípulos. Alguien exclamó, « ¡Mirad, el profeta de Galilea! ¡Ha
venido! ¡No tiene miedo!
» Envuelta en sus mantos
mojados, la gente se sentía triste y desanimada. La lluvia, que apagaba las
luces de fiesta y penetraba en
las casas por todas las
rendijas, los había puesto tristes. ¿De qué
sirve que desde hace
doscientos años se celebre el día de la purificación del Templo profanado por
Epífanes? ¿Es que algo ha cambiado desde entonces? Después del general romano,
que también penetro a la fuerza en el Santuario, nadie purificó el Templo con
la solemnidad requerida y
hoy no se
conmemora este día.
Pero Pompeya, al menos, no se llevó nada. Pilatos ha robado el oro del
corbán, construye con él un acueducto y sigue impune. Todo esto,
¿no son como peldaños por
los que nuestra nación desciende cada vez
más bajo? ¿Qué somos
ahora? ¿Veremos el fin
de nuestras
humillaciones? Ahora la
gente piensa a menudo en esto, sobre todo
en el mes de kislév. No es
de extrañar, pues, que alguien entre la multitud gritara:
— ¡Escucha, rabí! ¿Cuánto
tiempo nos vas a mantener aún en este estado de inseguridad? Si eres el Mesías,
dínoslo claramente...
El maestro se detuvo. Quizá
no hubiera hablado si no le hubieran interpelado. Pero el nunca deja una
pregunta sin contestar. Dijo simplemente, como si sus palabras no tuvieran un
contenido tan extraordinario:
— ¡Tantas
veces os lo
he dicho y
no me habéis
escuchado!
¡Tantas veces os lo he
demostrado con obras y no habéis querido creerme! ¿Qué más puedo hacer? Como
predijo el profeta, he venido
a reunirme con mis ovejas.
He buscado a las que se habían perdido y
he llamado a las que se
apartaban del rebaño... ¡Quiero dar mi vida por ellas, igual que el buen pastor
la da por las suyas! Pero ahora es necesario que haya juicio entre una oveja y
otra. Se ve que no sois de mis ovejas. Si fuerais mías nadie os apartaría de
mí. Lo que el Padre me ha dado nunca nadie podrá arrebatármelo. Porque yo y el
Padre somos uno...
¿No era esto suficiente
para provocar a esta gente amargada? Su tristeza encontró una salida en la
indignación. Se levantaron en alto bastones y puños. Otros comenzaron a coger
piedras del suelo.
— ¡Está blasfemando! ¡Está blasfemando! — gritaban—.
¡Lapidadlo! ¡Está
blasfemando!
Preguntó serenamente, como
si no se diera cuenta de que su vida estaba en peligro.
— ¿Por qué queréis
lapidarme? ¿Por cuál de mis obras? ¿Por cuál de mis curaciones?
— ¡No por las curaciones! —
gritaron —. ¡Has de morir lapidado por blasfemo!
— ¿Blasfemo decís...?
—repitió tristemente —. ¿Mis palabras os suenan a blasfemia? ¿Y mis actos? ¿Y
mis obras? Si no queréis creer en mis palabras, creed en mis obras. Cada obra
mía da testimonio de mí...
Se mezcló con el gentío y,
antes de que nadie se decidiera a lanzar
sobre él una
piedra, desapareció. Debió
de abandonar la ciudad en seguida porque no se le vio más.
Pero esta corta discusión hizo que junto a la ira contra los romanos y Pilatos
apareciera de nuevo una general irritación contra él. A decir verdad, son como
dos arbustos que nacieran de una misma raíz. El pueblo está harto de la vida
que le ha tocado vivir. Desea una liberación. Por esto odia a los romanos y por
esto esperaba tanto del maestro. Empiezo a comprender a todos aquellos cuya
fidelidad, como la de Judas, se
está transformando en
irritación, reproches, e incluso en una sos- pecha de traición... Esperaban que
después de los milagros, de las curaciones, vendrían las milagrosas victorias
sobre el enemigo. Pero el maestro no piensa siquiera en esto. No entiende lo
que es un enemigo... Podría creerse que Pilatos y los romanos significan para
él lo mismo que sus hermanos. Te dije en otra ocasión que parece alegrarle y al
mismo tiempo entristecerle la extraña idea de que un día vendrá gente forastera
y se apoderará de la heredad abandonada...
¡Hay en él tantos
misterios! Pero los hombres como Judas no pueden soportar los misterios.
Siempre quieren saberlo todo. Para ellos, un denario dado lo mismo a quien ha
trabajado una jornada entera que a quien ha trabajado sólo una hora es una
simple estafa. ¡Aunque este denario tuviera el valor de todos los tesoros del
Ofir!
Pero esta mentalidad de
Judas la tienen ahora muchos en la ciudad. La chusma ciudadana habla con
desprecio del maestro. En Galilea seguramente sigue teniendo miles de amigos y
partidarios. Pero en Jerusalén ya no es así. Aquí cada uno quería verle realizar
sus propios deseos. ¿Para qué viene a Judea? Un soñador como él, predicador de
hermosas doctrinas y hagadás, debería quedarse entre los suyos. Ellos tampoco
le comprenderían, pero le apreciarían, particularmente si
evitara irritar inútilmente
a nuestros haberim. Nuestra secta permite que todos
tomen la palabra en las cuestiones referentes al Altísimo. Y su lenguaje es
hermoso... ¡Cuánto bien po- dría hacer aún enseñando al pueblo cómo amar al
Eterno Sekina, o bien curando! Mientras que, sin haber hecho nada todavía,
parece dar su tarea por terminada. ¿Qué ha logrado en estos tres años? Se ha
ganado doce discípulos y un grupo de oyentes. ¡Es bien poco! ¡Incluso si tuviera
de su parte
a toda Galilea,
Judea y Perea,
pero no Jerusalén, no habría
logrado nada! En esto nuestros doctores tienen razón: ¡sólo se puede ser
profeta en Sión!
Y él, en Jerusalén, se ha
enemistado con todos, pequeños y grandes. No queda nada de la consideración con
la que un día le recibieron. ¡Ojalá se volviera de una vez entre los suyos y se
quedara allí!
—Si se obstina en volver a
menudo a Jerusalén, temo mucho que tarde o temprano le llegará la muerte...
Dije esto porque cierto
día, imagínate tú, se me presentaron en casa las dos hermanas de Lázaro. Si
María hubiese venido sola no hubiera hablado con ella. No quiero tener relación
alguna con mujeres que hayan vivido en pecado. ¡María todavía hoy parece hechizar!...
Yo
soy un hombre puro. Que el
maestro perdone a pecadoras como ella, que hable con ellas y que incluso llegue
a aceptar comida de sus manos, me desagrada profundamente. Exagera en su
bondad. ¡La ley dejaría de existir si no hubiera un castigo para los pecadores!
Pero no quise disgustar a
Marta. ¡Es tan buena! La mujer, según afirman algunos de nuestros doctores, es
un ser inferior creado por el Altísimo y quizás en parte por Satanás. Había
dudado de esto desde hace tiempo, pero dejé de creer totalmente en ello desde
que la madre del maestro ha vivido en mi casa. Mas también Marta es toda una
persona. Me conmueve su abnegación. No vive para sí misma. Si llegara a la
conclusión de que el mundo la necesita sólo para cocinar alimentos, no se
apartaría de los fogones para el resto de su vida. Su deseo de
servir a los
demás no tiene
límites. Conozco muchas esposas fieles y abnegadas. Me
pregunto si Marta sería una buena esposa. Me temo que aceptaría de manos del
marido tanto lo bueno como lo malo, siempre con la misma sonrisa serena. Y esto
al hombre le desagrada. La mujer no debe ofrecerle sólo bondad y cuidados. Esto
le aburriría. Pero para el hermano y la hermana Marta es un amigo y un amigo
incomparable.
Te dije en otra ocasión que
irradia paz y serenidad. Pero ahora, sentada ante mí en la estera, pude ver sus
ojos dolorosamente entornados bajo las pesadas cejas fruncidas. Las dos
hermanas no se parecen en nada. Marta no es hermosa, y su cara ha conservado la
tendencia infantil a
hacer muecas. Parece
una criatura grande
y buena. María es muy diferente; su belleza emana de ella como el
perfume de una flor. Ningún colorete, ningún afeite podrían añadir nada a su
hermosura. Anda por la calle con la cabeza erguida, y su mirada se posa en los
transeúntes como por fuerza; sus ojos parecen estar siempre buscando a alguien.
Se parecen a los de Juan, hijo de Zacarías...
Vinieron a contarme sus
penas. Su hermano había enfermado gravemente. De pronto se vio atacado por unas
fiebres muy altas que le han dejado postrado en el lecho.
Primero creyeron que la
fiebre cedería como suelen ceder las enfermedades causadas por los bruscos
cambios de temperatura invernal... Pero la fiebre de Lázaro no cedía: requemaba
su cuerpo hasta dejarlo como un madero seco.
—Si sigue así unos días
más, tendrá que morir... — dijo Marta en voz baja, con esfuerzo.
— ¿Podría ayudaros en algo?
— me ofrecí. Sé que no necesitan dinero: el taller de Lázaro y el huerto de
Marta les dan suficiente para vivir.
—Aconséjanos, rabí —
respondió —. Tú sabes — y sonrió a pesar de su dolor — que si él estuviera aquí
curaría a Lázaro con sólo decir una palabra.
Para mí aquello fue como si
me hubieran asestado un golpe en el pecho. ¿No se encontraba él en Jerusalén
cuando Rut estaba enferma? ¿Por qué, pues...? De nuevo la terrible pregunta se
apoderó de mí. Nunca podré contestármela. O, mejor dicho: ya me la había
contestado. Me decía que no me ayudó porque me considera como a alguien muy
próximo a sí
mismo. Es una
explicación curiosa,
¿verdad? Pero, gracias a
ella, había recobrado la tranquilidad. Ahora, en cambio, las palabras de
aquella mujer me la han quitado de nuevo.
—Sí — contesté, dominando a
duras penas mi amargura —, es amigo vuestro; de modo que, si se lo pidierais...
Pero no está aquí. Y no sé dónde hallarle.
—Yo sé dónde está — dijo
Marta en voz baja —. Yo lo sé... Se ha ido al desierto, cerca de Efrem...
—Pues decidle que venga.
Las dos se estremecieron.
Ahora habló María, que hasta entonces no había dicho ni una palabra, dejando
que lo hiciera su hermana.
— ¡Si viniera aquí serían
capaces de matarle! Dicen que quisieron lapidarle la última vez que estuvo
aquí. Que escapó de poco...
Me pasé varias veces lo
mano por la barba mientras meditaba la respuesta.
—Sí —
reconocí —, aquí
realmente le amenazan
muchos peligros. Tiene enemigos
entre los sacerdotes,
los doctores y el
pueblo.
Sentí la tentación de
decir: « ¡Tenéis razón, no debéis llamarle! » No tengo nada contra Lázaro, ni
le deseo ningún mal, ¡pero deseaba con toda mi alma que se curara solo, sin la
ayuda del maestro! Al mismo tiempo, otros pensamientos caían sobre mi corazón
gota a gota... Bastaría que los soltara para que afluyeran como un torrente. La
salud y la vida de Rut no le importaron lo más mínimo. Su muerte le dejó
indiferente. Pero si muriera Lázaro... Sentí en mi corazón una alegría
maliciosa. Lázaro es amigo suyo. Con su muerte quizás com- prendiera lo que
siente una persona cuando no tiene quién le ayude...
Era como
si algo extraño
se adueñara de
mí, gritando, zarandeándome y no dejándome
hablar... Me martilleaban
estas frases en el
cerebro: «Entonces no
supo ver mi
desesperación.
¿Sabrá ver ahora el dolor
de estas mujeres? A mí no me ayudó. Pero a sí mismo, a sí mismo, sí que lo
hará... Esto será una prueba para
saber cómo es él...» El
tiempo pasaba y yo seguía sin saber que
contestar a Marta y María.
— ¡Si aquí tuviera que
ocurrirle algo — dijo de pronto María —, sería mejor que Lázaro muriese!
Sus palabras me parecieron
simplemente crueles. Miré, inquieto, a las dos hermanas.
—Tú, María — observé — no
debes de querer mucho a tu hermano...
— ¡No! ¡No! — se apresuró
en decir Marta. Su menudo rostro estaba contraído por la inquietud, le
temblaban los párpados y los ojos se le llenaron de lágrimas —. No, rabí, no la
juzgues así. Ella quiere mucho a Lázaro... pero ella recuerda lo que él dijo...
—No me defiendas, Marta —
interrumpió María a su hermana. Es verdad lo que ha dicho el rabí: no os quiero
bastante, no os quiero como vosotros me queréis a mí. Pero tengo tanto miedo
por él...
Su voz, grave y melodiosa,
que antes me había parecido tan despiadada, se quebró, quedó suspendida en una
nota como una piedra que, lanzada a un precipicio, queda de pronto detenida por
una mata de hierba.
—Si Lázaro muriera... sería
una desgracia horrible. Tendría que llorarle hasta el fin de mis días. Nunca
podría perdonarme haberle pagado de este modo sus bondades. Pero... si algo le
ocurriera a él — apretó los puños contra sus labios —, entonces todos los
hombres... los hombres y las piedras... tendría que... —Se quedó con los ojos
muy abiertos, como si acabara de tener una visión espeluznante —.
¡No! ¡No! ¡No! — gritó —.
¡Hay que evitarlo por todos los medios! De nuevo me pasé la mano por la barba y
vi que este movimiento me ayudaba a pensar. Si Rut viviera y yo estuviese
seguro de que él, con su llegada, la curaría, no dudaría ni un instante. De
pronto recordé su dolorosa
advertencia: « ¡Las
meretrices se os
adelantarán en el camino del Reino! » Las meretrices... Miré
a María como si la viera por primera vez. En su mirada se leía una fidelidad
ciega y una ardorosa entrega. Una expresión parecida, en tal estado de tensión,
sólo la había visto antes en el rostro de Simón. Pero el de Simón es tosco e
inexpresivo, mientras que
el de María es de una belleza turbadora. Los pecados cometidos no han dejado en
ella menor huella: como si nunca los hubiera cometido, como si no se
avergonzara de ellos. En su rostro los sentimientos presentes han borrado todo rastro
de las culpas pasadas. Miré a Marta. ¡Pobre Marta! A ella la comprendo mejor.
Ella no sabría escoger tan categóricamente como lo ha hecho su hermana. El
nuevo amor no ha borrado en ella todo lo anterior. La comprendo. Yo
también, a pesar
de lo mucho
que espero del maestro... ¿Espero? ¡Esta palabra ha
aparecido sin quererlo bajo mi estilete! ¿Qué puedo esperar de él? Rut ha muerto...
Su Reino es un reino de palabras y sueños... Él no es el Mesías... Yo y Marta
somos personas corrientes. Conocemos el precio del dolor. Conocemos la fuerza
de los lazos humanos. Tentemos lo que pueda ocurrir...
— ¿Qué podría aconsejaros?
— murmuré —. Creo — luchaba conmigo mismo —, creo que deberíais tratar de
salvar a vuestro hermano... —Hablaba como si estuviera cargado con piedras —.
Si el maestro viniere a Jerusalén, su vida podría peligrar, mas si va sólo a
vuestra casa, a Betania, ¿quién lo sabrá? Pero pedidle —acabé entre dientes —
que no venga a la ciudad...
—¡Qué bien razonas, rabí! —
exclamó Marta. Sonrió a pesar de las lágrimas, que resbalaban por sus mejillas.
María no dijo nada. Seguía sentada, con la cabeza baja, como quien ha dicho
todo lo que tenía que decir.
—No debéis de tener a nadie
a quien enviarle —. Sentí el deseo de actuar en contra de mí mismo, en contra
de mis pensamientos y mi dolor —. Si queréis, mandaré a Efrem a mi siervo Ahir.
Es un hombre listo. Él le encontrará y le conducirá hasta vuestra casa...
Se inclinaron ante mí con
respeto y agradecimiento.
Pasó toda una semana antes
de que Ahir volviera a casa. Llegó cansado, con los pies cubiertos de barro
seco y la simlah sucia y mojada. Ahir es un siervo muy fiel que utilizo sólo
para asuntos que requieran a un hombre de confianza. Su padre había servido ya
en casa del mío. No tengo secretos para él. Conozco también su espíritu de
iniciativa. No dudé de que sabría encontrar al maestro aunque estuviera
escondido en la más miserable de las aldeas.
—¿Has logrado dar con él? —
pregunté.
Aprecio tanto a Ahir que le
permití sentarse en mi presencia.
—Sí, rabí; le he encontrado
y ya viene. Si quieres verle cuando entre en Betania, ve allá ahora mismo.
Debería llegar hacia el anochecer...
—Has tardado en
encontrarle.
—No tanto, rabí. Es verdad
que ya no estaba en Efrem. Había atravesado el Jordán. Pero cuando le encontré
allí no quiso marchar en seguida...
— ¿No quiso?
—Es un hombre extraño...
Cuando le hablé de le enfermedad de Lázaro, sonrió y dijo a sus discípulos: «No
es una enfermedad mortal, pero por medio de ella la gloria descenderá sobre el
hijo del hombre». Y va no se habló más de su vuelta a Betania. Me quedé sin
saber qué pensar. Es un hombre muy extraño, rabí. Parece que lo ve todo, pero
actúa como si no viera nada. Quise volver yo solo. Pero al cabo de dos días él
mismo me llamó a su lado. Me mandó que le explicara de nuevo la enfermedad de
Lázaro. Luego dijo a los suyos: «Vamos a Judea». Al oírlo, sus discípulos
comenzaron a suplicarle que no fuera, porque allí le amenaza peligro de muerte.
Pero él dijo: «Quien camina de día ve su camino y no tropieza. Mas cuando llega
la noche puede caer... Vámonos. Nuestro amigo Lázaro se ha dormido. Hay que
despertarle. «Si duerme», dijeron los discípulos, «sanará. El sueño es la mejor
medicina...» Entonces movió la cabeza y dijo: «Lázaro se ha dormido con el
sueño de la muerte. Ha muerto...»
— ¿Cómo lo sabía? —
exclamé, asombrado. Hacia días que me habían comunicado que el hermano de Marta
y María había muerto. El pobre no aguantó hasta la llegada del maestro. Se
extinguió al amanecer, silenciosamente, como la luz de una lamparita.
—No lo sé — Ahir se encogió de hombros —, no lo sé...
Así pues, sabía que Lázaro
se estaba muriendo y, a pesar de esto, no fue antes... Debe de ser cierto lo
que yo suponía de que no le gusta socorrer a los amigos. Este descubrimiento
hubiera tenido que darme ánimos. Había hecho lo mismo con ellos que conmigo.
Pero, a pesar de ello, me sentí algo así como decepcionado. Y también tuve una
vaga conciencia de culpabilidad. Como si yo tuviera la culpa de que Lázaro
hubiese muerto sin la ayuda del maestro.
— ¿Entonces se puso en camino? — pregunté a
Ahir.
—Sí; los
discípulos ya no se opusieron
más. Uno de
ellos exclamó: « ¡Puesto que el maestro va a morir, vayamos a la muerte
con él! »
Sonreí con desdén. ¿Quién
era el que así se las daba de valiente?
¿Simón o Tomás? Los dos son
igualmente fanfarrones. Pero si supieran qué clase de peligro amenaza en
realidad a su maestro, no volverían a comparecer en Jerusalén hasta el fin de
sus días. La heroicidad, en la mayoría de los casos, es simplemente inconsciencia.
A veces siento no poder ser inconsciente en según qué momentos... Pero me di
cuenta de que estaba deseando verle. Quería saber qué diría cuando le
preguntaran: «Puesto que ahora has decidido venir,
¿por qué no lo hiciste más
pronto?
Dije a Ahir:
—Ve y llama a Datán y
Hefer. Que me traigan el bastón de viaje, la simlah y las sandalias. Ellos irán
a Betania conmigo...
La casa de Lázaro estaba de
luto. Ya no había plañideras ni pífanos, pero en todas las habitaciones se
notaba el olor a incienso quemado y. sentados a las mesas, se veían numerosos
visitantes que habían ido a dar el pésame. Marta, con la ayuda de una sirvienta,
acudía con la comida y la repartía. Tenía los ojos enrojecidos y apretaba los
labios con fuerza. Peco cuidaba de que a los invitados no les faltara nada.
Había pensado en todo y no omitía detalle. Ahogó su dolor en el trabajo.
En cambio. María estaba
sentada en un banco, en un rincón solitario del jardín. Al verme se levantó de
un salto y vino hacia mí. Un mechón
de pelo rojizo
caía sobre su
frente y mejilla
como una serpiente de cobre.
Preguntó precipitadamente:
—Rabí, ¿vendrá él?
Su respiración era agitada,
y en sus grandes ojos verdes se leía una ardiente impaciencia.
—Estará aquí de un momento
a otro — contesté.
Bajó la cabeza y lanzó un
profundo suspiro, como el corredor que, al llegar a la meta, se siente
desfallecer. Volvió a su banco.
El rostro de Marta era el
de una persona que ha sufrido una derrota, pero sabe soportarla. El de María
era, en cambio, el de una persona derrotada. Podría decirse que aquélla sigue
luchando aún.
Ahir lo había calculado
bien. El sol comenzaba a esconderse tras el monte de los Olivos cuando alguien
entró en la casa gritando:
—¡Marta! ¡Marta! ¡Ha
llegado el maestro! Marta estaba más cerca y salió la primera. Yo la seguí. Él
atravesaba precisamente entonces el portillo del bajo muro, hecho de piedras
planas. Parecía el mismo de siempre, sereno y sonriente. Marta corrió hacia él
y se echó a sus pie, Sus brazos, que soportaban tan enérgicamente todo el
trabajo de la casa, se volvieron débiles temblorosos, femeninos. Lloraba en
silencio postrada a sus pies. Él se inclinó y le acarició suavemente la cabeza. Luego
ella alzóla y le miró.
Su voz, tan
dominada en presencia de los
visitantes, se quebraba ahora:
—Si hubieses estado aquí,
rabí, Lázaro no habría muerto... — sollozó —. Pero sé — hablaba conteniendo las
lágrimas — que aun ahora, cualquier cosa que pidas al Altísimo, Él te la
concederá...
Asintió con la cabeza y
dijo:
—Tu hermano resucitará.
—Sé que resucitará — siguió
diciendo ella, sumisa —. Lo que dicen los doctores y así lo enseñas tú, rabí:
resucitará al último día.
Con suavidad y firmeza a la
vez, puso las manos sobro los hombros de ella. La apartó ligeramente, como si
quisiera contemplar sus fieles ojos, y dijo:
—Yo soy la resurrección y
la vida. Quien cree en mí, vive aunque haya muerto, y quien vive ya no morirá.
¿Tú crees esto, Marta?
Sus ojos se encontraron;
ella le miraba con fe y sumisión.
—Lo creo, rabí —contestó. Y
de pronto, con una firmeza insólita en una mujer, exclamó —: Y creo que tú eres
el Mesías, el Hijo del Altísimo que ha bajado del Cielo...
Como si sintiera que ya no
podía completar con nada esta atre- vida confesión, se levantó y se marchó con
un paso rápido. Yo estaba aturdido e impresionado. En seguida recordé que Judas
me había contado que Simón le había dirigido estas mismas palabras allí, cerca
de Paneas. « ¿Se han vuelto locos todos ellos?», se me ocurrió pensar. ¿Qué ven
en él? Desde luego, no se trata de un hombre corriente. Es un ser
extraordinario. Es un profeta, un maestro... Pero esto que
dicen ellos es
una blasfemia. Y él no
lo niega, no les
reprende por ello. ¡El Hijo del Altísimo! ¡No me está permitido ni siquiera
escucharle!
Atravesó el jardín y vino
en mi dirección. Estuve dudando si marchar o quedarme y saludarle. Pero en
aquel momento salió de la casa un grupo de gente delante de la cual iba María.
Ahora ella se postró a sus
pies. Le saludó
con las mismas
palabras que su hermana:
— ¡Oh, rabí! Si hubieses
estado aquí, Lázaro no habría muerto...
El maestro pasó la mano por
sus cabellos de fuego como si recogiera sus rojos y dorados destellos. Y, como
si este contacto tuviera algún poder mágico, el rostro de Jesús cambió de
pronto. Su expresión, serena y amable, se volvió ahora dolorosa. Por primera
vez vi lo que Judas me había contado: ¡Este hombre se estremeció! Al venir aquí
pensaba: debe de ser insensible al dolor. Incluso se lo reprochaba en mi
interior. Ahora vi un rostro que el dolor estaba transformando con la rapidez
del fuego. Lo cubrió como una máscara. Parecía como si se hubiera desmoronado
en él un dique que hasta ahora había contenido este sufrimiento, y que él le
había permitido desbordarse, e incluso lo había provocado... Más de una vez he
visto muecas de personas que lloran, y siempre había creído que estas
contracciones dolorosas son hasta cierto punto liberadoras. Pero él no hacia
mueca: su dolor no recurría a ellas para liberarse; quedó aprisionado en su
interior. El rostro se le oscureció como el cielo cubierto por una nube amenazadora
y quedó sumido en la tristeza. De pronto estalló en sollozos. Lloró como un
niño a quien apartan de su madre. Tú sabes lo que fue para mí la muerte de
Rut... Pero acaso no sufrí tanto entonces... Mi dolor tenía límites. Pero el
suyo era como un mar, como el mar Grande... En su llanto se oía el grito de
miles de personas ante las tumbas. Él lloraba por Lázaro, pero a mí me pareció
por un momento que también lloraba por Rut...
— ¿Dónde le habéis
enterrado? — preguntó entre sollozos.
—Ven, rabí, verás su
sepulcro — dijeron varios.
Nos dirigimos hacia el
fondo del jardín. Iba llorando aún, entre las dos hermanas, que también
lloraban. Le seguían los discípulos y los visitantes. Yo pensaba: «nunca
creería que le amara hasta tal punto».
¡De cuánto amor es capaz!
Nunca lograré llegar hasta el fondo de su corazón. Si aquel denario de la viña
fuera este amor suyo, ¿podría
alguien quejarse de
injusticia?
Pero si tanto amaba a
Lázaro, ¿por qué no vino a tiempo de curarle? Si sabía cuándo Lázaro había
muerto, también debió saber su enfermedad, aun antes de que Ahir se lo dijera.
¿Curó a tanta
gente y no pudo curar a
Lázaro? ¡Qué extraña amistad, que se manifiesta torturando al prójimo y aun a
sí mismo! Pero quizás esto sólo sea una muestra de cobardía por su parte. Quizá
no ha querido curarle porque sabe que cada milagro obrado en Bethania es sabido
el mismo día en Jerusalén.
Llegamos ante una roca en
la que habían excavado la sepultura. Le piedra que cierra la abertura había
sida introducida en un estrecho corredor
de mucha pendiente.
Nos detuvimos. Todo
estaba en silencio; sólo se oía
su sollozo. La sangre me latía en las sienes como la savia de primavera en las
ramas de los arbustos que nos rodeaban. Él seguía llorando. Ahora parecía un
hombre débil y acongojado, encorvado bajo un dolor superior a sus fuerzas.
¡Cómo se contradicen esta actitud suya y las palabras pronunciadas por Marta!
En aquel llanto había toda nuestra impotencia ante la muerte.
Lloró lo mismo cuando
corrieron la losa. «Esto significa el fin, el fin», me repetía entonces.
Aunque, a decir verdad, para mí no era Rut lo que yacía bajo aquella piedra.
Allí había sólo su pobre cuerpo cansado, casi repelente en su dolorosa
desolación. Mientras que ella estaba en no sé qué punto del espacio, invisible,
lejana... La losa nos aparta sólo de los recuerdos del muerto... ¿Para qué ha
venido él aquí? ¿Para llorar a Lázaro? Allí, bajo la piedra, no queda sino su
cuerpo en descomposición...
—Quitad la piedra — oí.
Primero creí que no lo
había entendido bien. Pero el murmullo de asombro y espanto que se produjo
entre los presentes me confirmó que estaba en lo cierto. Le miré. Este hombre
cambia con extraordinaria rapidez. Ya no lloraba. Estaba erguido ante la blanca
pared de piedra, como Moisés cuando golpeó la roca con su basten. No sé por qué
se me ocurrió esta comparación. La gente se apartó instintivamente, dejándole
ante la sepultura
solo con las
dos hermanas. María miraba al maestro abriendo desmesuradamente los
ojos. Sus oscuras y largas pestañas brillaban como los rayos de las estrellas.
En aquellos ojos se leía un grito, un grito de esperanza... El rostro de Marta,
antes tan dolorido, volvió a ser el rostro sereno de la persona que sabe dominar
sus sentimientos.
—Ya hiede, rabí —- contestó
—. Hoy hace cuatro días que lo bajamos a la sepultura...
La interrumpió con tono de
reproche:
— ¡Te dije antes: cree en
mí!
No se opuso más. Hizo una
seña a los criados. Cuatro hombres fuertes cogieron la piedra y, con un
esfuerzo enorme, la sacaron fuera. Apareció la negra abertura, semejante a las
fauces de un animal. Salió del interior una corriente de aire frío y olor a perfume
mezclado con el insoportable hedor de un cuerpo en descomposición. El maestro
abrió los brazos y levantó la cabeza. Siempre reza así: aprisa, en voz baja o
con un susurro apenas audible. No oí nada de lo que dijo. Pero las palabras que
dirigió a la gente las oímos todos. Las dijo en voz alta, como una orden dada a
todo un ejército preparado para la lucha. No pude huir,
pero me cubrí
los ojos con
la mano. ¡No
sé por qué tenemos este miedo a los muertos, aunque
sean los más queridos! Quizá porque este cuerpo yacente, sin movimiento, ya no
es ninguno de ellos... Es sólo un cuerpo. Me cubrí los ojos con los dedos, pero
no dejé de mirar. Seguramente estuve gritando como los otros. En el corredor
excavado para introducir la piedra que cerraba la sepultura apareció una blanca
figura que avanzó por la empinada pendiente dando unos torpes saltos... Todos
gritaban, se cubrían los ojos, caían al suelo. Dominando aquel griterío, oí su
voz:
—¡Desatadle!
Pero nadie, excepto las
hermanas y el mismo maestro, se atrevió a acercarse a la figura envuelta en
sábanas. Sólo ellos tres lo hicieron. La gente dejó de gritar. Parecía como si
todos reserváramos el resto de nuestras fuerzas para poder gritar de nuevo ante
la visión que se nos ofrecería cuando el sudario cayera de la cara del
resucitado. Pero cuando vimos entre Marta y María el rostro de su hermano,
nadie gritó. No había motivo. Era un hombre vivo, como si acabara de despertar
de un sueño, sonriente: parpadeaba y miraba un poco sorprendido a sus hermanas,
a todos nosotros y a sí mismo... Luego levantó la vista hasta el maestro. ¿Qué
había en aquella mirada?
¿Miedo? ¿Adoración?
¿Admiración? No sabría decírtelo. Yo vi en sus ojos alegría. ¿Alegría por haber
resucitado? ¿O porque la primera
persona que veía al revivir
era el maestro? Se arrodilló y él le atrajo la
cabeza contra sí mismo.
Luego, mirando a Marta, exclamó casi con alegría
—Dadle de comer, ¿no veis
que está hambriento?
Las personas que habían
presenciado aquello continuaban inmóviles, llenas de temor y admiración. Pero
se fueron animando lentamente. Uno después de otro se acercaban a Lázaro y le
tocaban tímidamente. También yo me acerqué. Era un hombre vivo. El hedor de la
descomposición había desaparecido. Tampoco quedaba nada
de su
palidez, frialdad y
rigidez... Lázaro nos
sonrió y alargó
los brazos en señal de saludo como quien vuelve de un largo viaje. Comió
del pan que le sirvió Marta. La silenciosa admiración de todos se trocó en
entusiasmo. Los discípulos dieron la primera señal. Resonaron de pronto gritos
de alegría. Todos chillaban a la vez, sin darse cuenta de que estaban gritando
como si estuvieran borrachos.
— ¡Aleluya!
¡Aleluya! ¡Qué gran
rabí! ¡Gran profeta!
¡Hijo de
David! ¡El Mesías! ¡El
Mesías! ¡El Hijo del Altísimo!
Se oía cada vez más claro:
— El Hijo del Altísimo!
¡Mesías! ¡Aleluya!
Yo no gritaba con ellos...
Me marché cuando el banquete fúnebre se transformó en una alegre fiesta. Aunque
la noche era fría y había niebla, prefería volver a Jerusalén a tener que
compartir con ellos aquella alegría nocturna. Tú, Justo, me comprendes, ¿verdad?
Él lo ha resucitado... Si yo le condujera hasta la roca donde Rut yace desde
hace cerca de un año, ¿lloraría y diría como aquí: «Sal de la tumba»? No lo
creo, no puedo creerlo... Dijo en cierta ocasión: «Hay que tener fe, y a una
orden tuya la montaña caerá al mar...» Querría creerlo,
¡pero no puedo! Así pues,
¿yo no merezco un milagro así? No lo merezco, ésta es la única respuesta. Se ve
que soy peor que todos estos amhaares, pescadores, publicanos y meretrices.
Para María ha hecho el milagro, pero para mí no lo haría... Soy peor, más
miserable, más débil, más pecador. No sé cómo ha sido, no sé cómo he podido no
verlo hasta hoy. Estaba convencido de que era mejor, más puro... Pero el ha
vuelto el mundo del revés. Lo ha entregado a manos de gente sencilla como
Simón, Tomás, Felipe... Y en él no hay sitio para mí. Hubiera tenido que ser
amhaares y no doctor, conocedor de la Ley, creador de hagadás... Pero yo ¿quién
soy? Por eso Rut sufrió y murió. Murió como señal de que no pertenezco a su
mundo. En el mundo anterior yo participaba en el festín y Lázaro era un
mendigo. Ahora se han cambiado los papeles. ¡Pero yo no quiero los restos de la
mesa de otro! ¡No siento deseos de participar en la alegría ajena!
¡Vuelvo a mi casa, a mi
soledad, a mi dolor, a mis recuerdos de Rut!
¡No quiero quedarme entre
ellos! Si él me hubiera resucitado a Rut no volvería a pedirle nada a la vida.
No sé quién es él. No hay
duda de que debe ser alguien muy grande.
Quizás es el
Mesías, quizás es
realmente el Hijo
del Altísimo... ¡pero, quien quiera que sea, la felicidad que trae
consigo no está destinada a mí!
CARTA XVIII
Querido Justo:
Desde hace unas semanas
vivo triste, amargado, casi desesperado. Nunca hasta ahora creí que se pudiera
llegar a desear la muerte. Tampoco nunca hasta ahora había caído en la
tentación de pensar que, quitándome la vida yo mismo, podría encontrar la
salvación... Siempre fui un hombre solitario. Quizá por esto mi amor por Rut
fue tan inmensamente profundo. Pero últimamente me parece como si
no hubiera conocido
la verdadera soledad
hasta ahora.
¡Ahora que él me ha
engañado! Pero veo que comienzo a hablar como Judas. Y sé que esto no es
verdad. Él no engaña. No sabría
siquiera hacerlo. Se le podría acusar de otras cosas,
pero no de
insinceridad. Él no engaña.
Somos nosotros mismos los que nos engañamos al interpretar a nuestro modo sus
palabras. ¿Qué fue lo que me dijo en aquella ocasión? «Coge mi cruz... y yo
cogeré la tuya.» No mencionó para nada a Rut. Sólo a mí me pareció que mi cruz
era esta enfermedad y la de él sus dificultades con nuestros haberim. Pero el
verdadero sentido de sus palabras es más profundo, mucho más profundo. Han
pasado tres años desde que le vi por primera vez a orillas del Jordán. Me
parecía que durante este tiempo había llegado a comprenderlo. Pero, no. ¡Sigo
sin saber quién es! Dijo hace poco que era el principio... Para mí lo ha sido
sin lugar a duda. ¿Pero el principio de qué? Tengo cuarenta años, no soy un
jovencito. He ido acumulando ciencia y prestigio. Se dice aquí que soy el mejor
creador de hagadás. Podría decirse que he hallado mi camino y que hubiera
debido seguirlo tranquilamente hasta la muerte. Es el curso natural de la vida.
Pero en la mía esta enfermedad lo ha cambiado todo. La enfermedad y a él. Fue
el principio de algo nuevo. Dejé de escribir hagadás. Esto no quiere decir que
ahora no sepa o no pueda escribirlas. ¡Al contrario! Siento en mí como una
orden de que vuelva a hacerlo. Pero lucho contra ella. No quiero... Hasta ahora
había creado mis hagadás
sin dolor, sin
esfuerzo alguno, con el
alegre
deseo de servir al
Altísimo. En cambio, ahora sé que esto ya no volverá. Escribir ahora sería ir
grabando las letras no sobre cera, sino directamente sobre el corazón. He de
escribir y lo temo. Creo, Justo, que comienzo a descubrir lo que él entonces
quería de mí... ¡Yo tenía razón! Era una trampa. ¡Quería que escribiera una
hagadá sobre él!
¡Él no sabe escribirla
solo! O quizá no puede. Pero ha exigido que yo me convierta en su estilete. Y
ésta precisamente había de ser su cruz.
Yo me
imaginaba que debía
defenderle, salvarle... Pero
él no lo
desea. Se expone. Acaso
busca la muerte. Y a mí me ha mandado que escriba una hagadá sobre él mismo.
Ahora lo sé con certeza: es esto lo que quería... Por esto no salvó a Rut.
Seguramente conocía su enfermedad, leía la desesperación en mis ojos, conocía los
momentos de su agonía. Quizá... quizá lloró por ella como lloró ante el
sepulcro de Lázaro. Pero no escuchó mis ruegos. Dejó que Rut se muriese. Y no
la resucitó. ¡Oh, es despiadado para los suyos! Y para sí mismo también... Sus
milagros son para los extraños. Judas tiene razón de sentirse engañado. Le
siguió creyendo que sería su maestro, su rey, su Mesías. En cambio, él es el
Mesías de los que le rechazan. Los que le han seguido deben compartir su
suerte, porque yo creo que es realmente el Mesías... Pero un Mesías distinto
del que esperábamos. Otra decepción más... La vida es un continuo desengaño.
¿Por qué me ha mandado escribir la hagadá sobre sí mismo? ¿Por qué a mí
precisamente? Soy miedoso, lo reconozco... Sé moverme entre elementos
conocidos, simples, aceptados por la tradición. Pero un hagadá sobre él seria
algo contrario a todo esto. Quien se decidiera a escribirla debería disponerse
a luchar contra todos. Una hagadá sobre Él
seria un escándalo...
¡Uno puede hacerse
respetar escribiendo sobre toda
clase de temas, pero no sobre Él! Soy un hombre tranquilo. Detesto las
discusiones. Soy capaz de ceder cien veces con tal de no crearme enemigos
discutiendo. Una hagadá sobre Él pondría a todos en contra de mí... Todos
serían enemigos míos. ¡No quiero, no quiero!
¿Por qué me he escogido a
mí? ¿Por qué me crucé en su camino? Dijo
entonces: «Estás cerca
del reino...», y
al instante sentí
que
aquello equivalía a
designarme un puesto de trabajo... ¿Por qué fui a
Él? ¿Acaso
Rut se hubiera
salvado? La gente,
generalmente, no pierde lo que le
es más precioso sobre la tierra. A todos les queda siempre algún consuelo... Yo
no tengo ninguno. ¡Ninguno! ¡ninguno!
¡Mi habilidad
para hacer hagadás!...
Pero incluso esto
se ha convertido para mí en una
herida en la mano... ¿Qué quiere decir,
Justo, esto que he escrito:
«herida en la mano»? Sé bien quién tiene
la mano herida. Siento
escalofríos... ¿Por qué lo he escrito? ¡Cuán
exactamente se cumplen
todas sus palabras! Me dijo: «Te doy mi cruz...» Tengo mi mano clavada a esta
hagadá suya como el condenado en el madero de la cruz...
CARTA XIX
Querido Justo:
Cuando me marché de la casa
de Lázaro resucitado estaba convencido de que no volvería allí nunca. Pero no
ha sido así. Precisamente mañana tengo intención de ir...
Vino a mi casa un mozalbete
de parte de Lázaro. El hermano de Marta me mandaba decir: «Te invito a un
banquete en mi casa. El Maestro está con nosotros. Deseamos verte».
Esto me ha sorprendido. Me
ha sorprendido, asombrado y asustado. Les hice saber lo que se había acordado
en la última sesión del Sanedrín y pedí que se lo comunicaran también al
Maestro. Además, cada día se habla más de esto y los seliah han leído en las
sinagogas las órdenes dadas por el Gran Consejo. El mismo Lázaro tampoco está
seguro, tanto más cuanto que todos hablan de su resurrección y muchos llegan a
Betania desde los más apartados rincones para ver con sus propios ojos al
hombre que ha estado muerto.
Bien es verdad que ahora
todo está más tranquilo. Dentro de poco comienzan las fiestas y ya está
llegando a Jerusalén una gran multitud de peregrinos. Entre miles de personas
cuesta menos escapar a la vigilancia de los perseguidores. En esta época es seguro
que el Sanedrín no hará nada contra el Maestro. Se cree que los galileos
defenderían al profeta, y ya sabemos de qué son capaces ellos. Pero, así y
todo, ¿para qué tentar al peligro? En vez de mostrarse a los ojos del enemigo,
sería mejor, mientras sea posible todavía, marchar a algún lugar más allá del
Jordán o a Traconítide y allí quedarse quieto durante dos o tres años. Me
parece un exceso de celo venir aquí para las
fiestas cuando la
sentencia ya ha
sido prácticamente pronunciada...
Ahora no me quedaría ni la
posibilidad de salvarle. En el Sanedrín y en el Gran Consejo desconfían de mí y
mantienen en secreto todas
sus maquinaciones contra
Él. Pero, ¿y si es el mismo Altísimo quien desea su muerte? Es éste un
pensamiento que, como una barrena, me da vueltas en el cerebro. Hasta ahora
había estado convencido en lo más profundo
de mi ser
de que el
Eterno realmente le
había confiado una misión especial. Las enseñanzas de algunos profetas,
en según qué ocasiones también parecieron escandalosas y audaces. Pero el
Altísimo los protegía. Los envolvía en el milagro de su pro- tección. ¿Y a Él
le condena a muerte? Cosa curiosa; parece como si Él lo presintiera. Si no,
¿por qué se expondría tanto? Se comporta como un hombre que se dirige con plena
conciencia al fin que le ha sido designado. Pero, si es así, en todo ello se
esconde algún enorme misterio, incomprensible para mí... ¿Qué clase de Mesías
sería el que viniera al mundo
para luego ser
condenado a muerte
por una sentencia del Altísimo?
Esperábamos al Mesías victorioso, jefe, triunfador, y no al Mesías maltratado
por el Cielo y la tierra. En verdad, no sé qué pensar de todo esto...
Pero sé que ahora no me
comprendes. He de contártelo todo y sólo entonces podré esperar de ti tu
consejo y opinión.
Al día
siguiente del milagro
de la resurrección
de Lázaro, la guardia
del Gran Consejo
llegó a Betania
para apoderarse del Maestro. Pero Él se había marchado antes
del amanecer y la gente encargada de perseguirle no logró encontrarle. Los
guardias actuaron sin miramiento alguno: maltrataron a Lázaro, derribaron al
suelo a María, revolvieron y estropearon muebles y utensilios y deshicieron a
hachazos el taller de Lázaro. Al marchar, les amenazaron diciendo que si
volvían otra vez y no se les decía dónde se esconde el Maestro, sería aún mucho
peor. El Gran Consejo ha borrado a Lázaro de la lista de miembros de nuestra
secta. Dos días después me convocaron para una reunión del Sanedrín. Debía ser
una sesión muy solemne, porque Caifás había sido elegido sumo sacerdote por
decimoquinta vez y Pilatos había confirmado su elección. A causa de la tirantez
de relaciones entre los saduceos y el procurador, no creía que la cosa
sucediera así. Pero es evidente que Pilatos trata de congraciarse con los hijos
de Betus y Ananías para poder comerciar de nuevo con ellos. No se ganaba mal la
vida con aquellos negocios. Actualmente, el único intermediario entre él y el
Sanedrín es José, y éste no tiene ninguna clase de ambición personal, de modo
que no se le puede inducir a comprar cargos.
Caifás compareció en la
reunión vestido con las sagradas vestiduras de sumo sacerdote que Pilatos mandó
sacar del tesoro de
la torre Antonia para el
tiempo de las fiestas. Al entrar él nos pusimos todos en pie y le saludamos con
varias reverencias; él, a su vez, nos bendijo.
No me gusta Caifás. Es un
hombre codicioso, irritable y goloso. Ningún procedimiento le parece malo para
ganar dinero. De todo el comercio que se hace en el recinto del Templo él
recibe un elevado tanto por ciento y, junto con sus hijos, comprueba escrupulosamente
las cuentas por temor a ser engañados por los arrendatarios. Caifás y Judas, en
muchos aspectos, se parecen, pero Judas es un pobretón que se contenta con
pequeñas cantidades y, si tuviera ocasión de manejar grandes sumas, no sabría
qué hacer con ellas. En cambio, la codicia de Caifás es tan grande que no
desprecia ni los ases arran- cados a los miserables que cambian en las tiendas
el dinero pagano por la moneda de los impuestos. Sólo en nuestros tristes
tiempos en que unos hombres desaprensivos e impíos cumplen las sagradas
funciones en el Templo, una persona como Caifás ha podido llegar a ocupar el
más alto puesto de la nación. Nadie le quiere, e incluso entre los suyos tiene
enemigos (en general, los saduceos se pelean entre sí como perros rabiosos y
sólo ante nuestros ojos procuran aparecer
unidos). Pero todos
le temen porque,
cuando se deja dominar por la ira, no repara en medios.
Tiene una cara blanca y fofa y unas gordas mejillas caídas que se le hinchan y
tiemblan cuando se enfurece; lleva peinados a la moda griega su barba y su pelo
negros. Como todos ellos, Caifás quiere parecerse a un griego, pero no le gusta
practicar los deportes griegos y luce una voluminosa y saliente barriga. Le
miro con verdadero asco. Pero he de confesar que cuando se nos aparece vestido
con el sagrado meil y el sagrado efod y lleva en la frente la placa de oro con
la inscripción «Santo para el Señor», parece otro hombre. Entonces no se ven
sus ojos llenos de codicia, sus labios sensuales, sus mejillas adiposas y su
enorme vientre. El despreciable hijo de Betus queda momentáneamente ennoblecido
por la dignidad de su cargo. José y yo fuimos los últimos en llegar a la
reunión. Vivo cerca de Caifás y acostumbro ser uno de los primeros en llegar a
las sesiones del Sanedrín. Pero esta vez, cuando entré en la sala, casi todos
los miembros del Consejo estaban ya en sus puestos. En seguida sospeché que se
me había avisado más tarde, adrede,
para poder tratar,
antes de que yo llegase,
de algo que querían mantener en secreto para mí.
Comuniqué mi suposición a José y él me confesó que había tenido la misma
impresión. Pero lo tomó a broma.
—Nos temen dijo riendo —. ¡Oh, qué necios son!
José es muy valiente; no
teme a nada ni a nadie y siente un profundo desprecio por la mayoría de los
miembros del Sanedrín. Considera que sólo saben intrigar, discutir e insultarse
mutuamente. Pero yo, desde que tuve la certeza de que se estaba tramando algo a
espaldas mías, no estuve tranquilo. Desprecio la enemistad, pero la encubierta,
venga de donde venga, me inquieta.
Por esto temblé cuando,
hacia el final de la reunión, Jonatán, hijo de Manías, me dirigió la palabra:
—Hace unos días ocurrió en
las afueras, en Betania, un hecho asombroso. Esperamos que el rabí Nicodemo,
que, según dicen, fue testigo ocular del caso, quiera contarnos lo que sucedió
allí exactamente.
El tono de voz del nasi era
cortés y logré dominar mi inquietud. Al fin y al cabo, ¿qué pueden hacerme?, me
decía yo. ¿Y porqué no hubiera
podido estar en
Betania cuando sucedió
el milagro? Me levanté y conté detalladamente todo el
incidente. La sala me escuchaba en silencio y nadie me interrumpió con
preguntas o ex- clamaciones. Pero, por la cara de mis oyentes, deduje que el
asunto no les era indiferente. Tuve la completa certeza de que antes de mi
llegada se había hablado del Maestro.
—Así pues, ilustre rabí,
¿dices que él resucitó a ese Lázaro? —
preguntó Jonatán cuando
terminé de contarlo.
El rostro del nasi tenía
una expresión burlona.
—Sí — afirmé.
—¡Hum! Por lo visto,
ocurrió allí un hecho totalmente inusitado —. Me pareció que toda aquella
historia, más que preocupar a Jonatán, le divertía, pero por no sé que razón se
veía obligado a interrogarme —.
¡Hum!... ¿Acaso Lázaro no
se habría escondido simplemente en el sepulcro para poder así ayudar a su amigo
en el milagro?
— No — negué con bastante
energía —. Es imposible. Lázaro había estado enfermo. Cuando llegamos a la
tumba encontramos la piedra corrida, obstruyendo la entrada. Cuando la sacaron,
del interior salió una bocanada de aire fétido. Entonces apareció Lázaro envuelto
en sábanas y vendas.
—Bueno, no era difícil
preparar de antemano toda la escena —dijo el nasi, riendo —. Pudo haberse
curado. Pudieron obstruir la entrada del sepulcro, sobre todo si había otra en
la parte posterior. ¿verdad?
También se puede envolver
en sábanas a un hombre vivo. Y basta colocar en la entrada un cordero muerto...
— ¿Todos estos engaños han
sido comprobados? — preguntó, inesperadamente, José.
Entre Jonatán y José existe
una antigua rivalidad que ha ido en aumento desde que José sigue tratando a
Pilatos, mientras que Jonatán, por orden de Caifás, tuvo que romper toda
relación con el procurador. Comprendí que mi amigo, al que todo aquel asunto le
traía sin cuidado, sólo quería irritar al nasi. Jonatán contestó con irónica cortesía:
—No, no han sido
comprobados. Nadie se preocupó de hacerlo. Según nos han dicho, todos se
quedaron tan extasiados ante aquel... milagro, que a nadie le pasó siquiera por
la cabeza que toda aquella historia pudiera ser un vulgar engaño. Me refiero,
claro está, a los amhaares. Porque es evidente que el ilustre rabí Nicodemo
habrá conservado su sano juicio y no se habrá dejado influir por la ingenua
historia del despertar de un muerto...
—Soy fariseo, Jonatán —
interrumpí al nasi —. Creo en la resurrección...
La sala, que hasta entonces
había escuchado en silencio, sacudió su sopor: los reunidos comenzaron a
murmurar en voz baja. De los bancos de nuestros haberim se elevaron voces
irritadas:
—¿Qué dices. Nicodemo?
También nosotros creemos en la resu- rrección y somos fariseos. Pero la gente
resucitará en el último día. La hará resucitar el Altísimo y no un pecador
cualquiera. ¿De qué estás hablando? Él no puede resucitar a nadie.
—Pero, a pesar de todo —
les contesté —, Él ha hecho resucitar a Lázaro. Ya entonces decían que tenía
ese poder. Pero esta vez lo he visto con mis propios ojos.
Después de estas palabras
se produjo un silencio interrumpido sólo por algunos susurros. Jonatán extendió
los brazos y me dirigió otra vez su burlona sonrisa.
—Puesto que el rabí
Nicodemo lo ha visto...
—No es verdad — exclamó de
pronto el rabí Jonatán, hijo de
Azziel —. ¡Nicodemo no lo
ha visto! Ya sé que no miente — se corrigió
—. Pero, sin duda alguna,
fue víctima de una alucinación.
— ¿También son víctimas de
una alucinación todos los que ven a Lázaro en el Templo y en el mercado?
—observó de nuevo José —. Yo mismo le vi precisamente ayer.
De nuevo se produjo un
silencio denso, lleno de ira.
—Sí, es verdad... — dijo
por fin el hijo de Azziel con dificultad, como quien ha de ceder —. Lázaro anda
y cuenta a todos su resurrección. Es posible que todo fuera un engaño, como ha
dicho el ilustre nasi. Pero, engaño o no, este asunto ha de terminar de una
vez. Este galileo ya ha provocado bastantes disturbios Después de este milagro todos le seguirán.
Sé lo que últimamente se dice en la ciudad. ¿Queréis tener mañana una guerra
con los romanos?
—¡Claro que no! — dijo
Caifás—. El ilustre rabí Jonatán tiene razón. Hace bien en hablar así. Nadie de
nosotros quiere la guerra. Una guerra ahora sería nuestra perdición.
—¡Hay que terminar con este
mínimo! — exclamó el rabí Eleazar.
—Sí, terminemos con él.
Según he oído, vosotros, ilustres rabinos
— Caifás se dirigió hacia
nosotros —, le habéis sorprendido en más de una ocasión predicando falsas
enseñanzas. No hay nada más fácil. Basta que un hombre a vuestras órdenes tire
la primera piedra y que la tire bien... Basta que corra un poco de sangre para
que los otros también la tiren...
—No se puede hacer esto —
dijo Jonatán, hijo de Azziel.
— ¿Por qué?
—Más de una vez nuestra
gente echó mano de las piedras... y no logró nada. Él es astuto y tiene muchos
amigos. Sobre todo ahora.
—Pues hagámosle venir aquí,
condenémosle a recibir cuarenta azotes
y prohibámosle quedarse
en la ciudad.
Que vuelva a su
Galilea.
—Ahora es ya demasiado
tarde — y la voz del rabí Joel resonó como el ronco canto de un gallo viejo —.
¡Demasiado tarde! ¡Él ya ha enseñado a la gente a pecar y a descuidar las
sagradas abluciones!
¡Debe morir!
—Sí — afirmó el rabí
Jonatán con sequedad y dureza —. ¡Debe morir!
—No tengo nada que oponer a
esto — dijo Jonatán, el nasi, encogiéndose de hombros con indiferencia —.
Sabéis, que por su culpa he sufrido grandes pérdidas. Ahora nadie espera el
milagro en el
estanque de las Ovejas...
Es un hombre peligroso en todos los conceptos. Pero meditemos un instante sobre
un punto. Si le condenamos a muerte sin más, nuestra sentencia tendrá que ser
aprobada por Pilatos. Y Pilatos, ya le conocéis, hará todo lo posible por
oponerse...
—Quizá sería mejor —
observó Jehudá, hijo de Azziel — que arreglásemos este asunto con los
sicarios...
— ¡No, no! — exclamó su
hermano, el rabí Jonatán, con obstinación. El rostro del presidente del Gran
Consejo tenía una expresión de odio—. ¡No! Sería capaz de escabullirse también
de las manos de los sicarios. Hay que matarle y destruir su doctrina. Ha de ser
juzgado y sufrir una muerte ignominiosa, a la vista de todos...
—Pero Pilatos... — insistió
el nasi.
—Quizá José podría
encargarse de esto... — propuso alguien.
—¡No contéis conmigo!
—resonó la voz estentórea de José —. No estoy dispuesto a negociar con la
muerte de nadie. ¡Soy comerciante, no asesino!
—Eres demasiado
comerciante, José — observó Eleazar con mordacidad.
—Y tú eres ¿demasiado qué?
— replicó mi amigo.
—¡Callad! — exclamó el
nasi, golpeando el suelo con su vara —.
¡No disputéis! Yo también
considero que José no debería encargarse de este asunto. Con ello no haríamos
sino demostrarle a Pilatos que
esta muerte nos interesa.
Pilatos se ha hartado de engullir oro, pero
aún no lo ha digerido y no
le contentaríamos con poco.
— ¡Perro impuro! — rugió
Caifás, que desde el incidente con el acueducto se sulfura cada vez que alguien
menciona a Pilatos.
— ¿Qué hacer, pues? —
preguntó el rabí Jonatán, hijo de Azziel
—. ¡Este hombre debe morir!
— repitió con insistencia —. Nuestro plan...
—Lo recordamos — aseguro el
otro Jonatán, interrumpiéndole.
—El nasi
está pensando sólo
en la clase
de muerte que se
merece este hacedor de milagros... — dijo Caifás, con aire conciliador.
—Aún no ha sido juzgado —me
atreví a decir. Mis palabras provocaron cierta reacción. Pero el nasi se hizo
cargo en seguida de la situación.
—Desde luego — dijo,
fijando los ojos en mí y sonriendo con ironía —. Desde luego, rabí Nicodemo.
Primero hay que prenderle y juzgarle. Juzgarle bien y con justicia. — Y,
dirigiéndose a los bancos de los fariseos, añadió —: Para esto, ante todo, hay
que saber dónde se encuentra. Anunciad en todas las sinagogas que le estamos
buscando. Fijemos una recompensa para el que nos indique su paradero...
—Pero no demasiado grande —
objetó Caifás. Y añadió, mientras acariciaba con los dedos las piedras
preciosas incrustadas en el santo hosen—:
Una recompensa excesiva
convierte al perseguido
en alguien demasiado importante.
Fijemos una recompensa
pequeña. Por ejemplo, unos treinta siclos, lo que se pide por un esclavo
que ha sido corneado por el buey del vecino. Con esto bastará... No intimidemos
al hombre que venga a entregárnosle. Seguro que será algún amhaares maloliente.
—El ilustrísimo sumo
sacerdote tiene absoluta razón — observó el
nasi.
—Y luego, ¿qué? — preguntó
Eleazar, impaciente. — Será cuestión de meditarlo — contestóle aquél—. Quizá se
podría provocar un pequeño motín.
— ¡Otro motín! —
exclamaron, descontentos, varios jóvenes fariseos —. ¿Para que de nuevo toda
Jerusalén se vea apaleada?
Pero el mismo hijo de
Azziel le hizo callar diciendo:
—¡Silencio, por favor! ¡No
os irritéis! El palo es un buen maestro. Si no fuera por estos palos, nuestro
odio hacia los romanos acabaría oxidándose. Aún pueden sernos útiles... Bueno,
ya meditaremos sobre la clase de muerte que merece este mínimo. ¡Porque es
evidente que ha de morir!
—Ha de morir — repitieron
con dureza varias voces de nuestros
haberim.
Pensaba que la sesión iba a
terminarse aquí cuando de pronto el rabí Jonatán, hijo de Azziel, se levantó y
se dirigió a Caifás.
—Tú, ilustrísimo, inauguras
hoy un nuevo año de tu poder. Seguro estoy que recuerdas el privilegio que te
está reservado para el día de hoy...
Me sorprendieron aquellas
palabras y el modo servil con el que el rabí Jonatán hablaba a su enemigo.
Desde el día de aquella protesta
común contra
Pilatos algo ha
cambiado en las
relaciones entre nuestros haberim
y los saduceos.
—Hoy — siguió diciendo
Jonatán — puedes profetizar ante las sagradas piedras Urim y Tummim. Te
llamamos y le pedimos que profetices. Di que este pecador debe morir...
— ¿Para qué preguntar? — le
interrumpió el rabí Eleazar. Vi que a los otros haberim tampoco les gustaba
aquella salida del jefe de la secta —. ¿Para qué preguntar? Todos sabemos que
él es peligroso y que debe morir...
— ¿Para que preguntar? —
repitieron otras voces.
Yo tampoco comprendía
aquella inconsciencia del rabí Jonatán.
«Está tentando
al Altísimo», pensé.
Pero al mismo
tiempo me di cuenta de que si la profecía contestaba
«no», nadie osaría levantar la
mano sobre el Maestro.
Jonatán se había dejado arrastrar por su odio.
Voces cada vez más
numerosas gritaban: « ¿Para qué preguntar? » Pero el gran doctor movió
obstinadamente la cabeza.
—Que las sagradas piedras
hablen, te lo pido, ilustrísimo.
—Lo pides... — dijo Caifás
con expresión de perplejidad—. Lo pides... ¿Sólo tú, rabí, lo pides? ¿Para qué
invocar la voz del Altísimo en un asunto de tan poca importancia.
— ¡Yo también lo pido! —
exclamé bruscamente.
Estaba seguro de salvar con
ello al Maestro: el Altísimo no puede hablar en favor de la injusticia. Allí se
estaba tramando un crimen contra un inocente y Él debía protegerle. Odio a
Caifás, pero sé que cuando le toque hacerlo profetizará como sumo sacerdote. En
momentos así, el Eterno habla incluso por boca de un pecador. ¡Que hable! Se
hará evidente para todos que el Maestro es una persona enviada por Él. Que le
proteja con su poder, puesto que yo no puedo hacer nada.
—Como queráis...
Caifás abrió los brazos,
cediendo a disgusto. No sentía el menor deseo de hacer aquella profecía y
miraba a todos lados esperando que
alguien le librara
de ella. Pero todos en
la sala perdieron
la cabeza y no supieron cómo oponerse a nuestra petición. El sumo
sacerdote seguía nerviosamente
con los dedos
las costuras del hosen. Se daba perfecta cuenta de que,
fuera cual fuera la contesta- ción de la profecía, habría de ponerle en una
situación embarazosa: le
obligaría a buscar el
asentimiento de Pilatos para cumplir la sentencia, o bien le convertiría en
guardián de la vida de una persona consi- derada desde aquel momento
inviolable, pero a la que él creía peligrosa... Pero ya no podía retroceder. El
sumo sacerdote debe profetizar cuando lo piden dos miembros del Sanedrín.
—Como queráis... — repitió,
y nos miró de nuevo a todos.
Ni siquiera Jonatán, el
nasi, tan hábil siempre, supo sugerirle ninguna solución. Nuestros haberim
quedaron sin saber qué decir frente a aquellas súbitas palabras del cabeza del
Gran Consejo.
—Rogad —
dijo Caifás— para
que el Señor
nos envíe su respuesta a través de mí...
Abrió los brazos, inclinó
la cabeza y comenzó a recitar la fórmula de la profecía:
—¡Oh, Adonai, Sabaoth,
Sekiná! Envíame tu señal, a mí, tu sumo sacerdote, al que te has dignado llamar
a tu servicio. Envíame la señal y responde: ¿Es necesario, para el bien de tu
nación escogida, que este hombre muera? Danos la señal. Pongo ahora mi mano
dentro del sagrado hosen. Siento bajo mis dedos las dos piedras sagradas Urim y
Tummim. No sé cuál es la negra ni cuál es la dorada. Pero que la que he cogido
sea tu respuesta. Si es Urim, querrá decir que has contestado «no» a mi
pregunta. Si es Tummim, es que has contestado
«sí». ¡Oh, Adai, Sabaoth,
Sekiná! ¡Siete veces santo! ¡Te invoco! ¡He escogido la piedra! ¡La saco ahora
de la bolsa sagrada! He aquí la
señal del Altísimo. ¡Mirad!
Abrió su gordezuela mano;
la gente se alzó de los bancos y rodeó al sacerdote.
— ¡Tummim! ¡Tummim!
—estallaran de pronto los gritos de todos. Me quedé anonadado —. ¡Tummim! oía a
mi lado ¡El Señor lo ha dicho! ¡Él ha de morir!
¿Qué significa esto, Justo?
Contéstame pronto, ¿qué puede significar esta profecía? ¿Es cierto que ha de
morir? ¡Qué insospe- chadas
consecuencias ha traído
aquella resurrección! En
seguida avisé a Lázaro y le mandé decir que previniera al Maestro.
Nuestras haberim siguen pensando en la manera de prenderle. En todas las
sinagogas se ha leído la orden de entregarle. Y mientras tanto Él sigue, como
si nada, en Betania. Y Lázaro me invita a que vaya...
Pero iré a pesar de todo...
En cuanto vuelva, te escribiré. Pero tú, sin esperar mi carta, contéstame qué
piensas de todo esto.
CARTA XX
Querido Justo:
Estuve en Betania y le vi.
Pero todo lo que ocurrió luego deja en segundo plano el banquete en casa de
Lázaro, del que volví triste y deprimido. Dos días más tarde tuvieron lugar los
acontecimientos decisivos. Nunca en mi vida he pasado por algo semejante. Me
parecía... ¡No, no me lo parecía, estaba seguro! Gritaba y a mi lado centenares
de personas gritaban lo mismo. Estoy seguro de que has experimentado alguna vez
este sentimiento de solidaridad. Pero la noche trajo una inquietante pausa. Y
por fin hoy...
Comenzaré por el principio.
Fui a Betania. Lázaro ofreció un banquete al Maestro y a sus discípulos. No
hubo otros invitados, excepto yo. Te dije que Lázaro fue maltratado por los
guardias cuando buscaban al Maestro. Resulta que entonces le rompieron una mano
y varias costillas, le sacaron un ojo y le magullaron todo el cuerpo. Al
golpearle le gritaban
que se acordara
bien de que
nunca había muerto. Aquel
hombre salido del
sepulcro en la
plenitud de sus fuerzas es ahora un inválido, encogido de
dolor. No pudo levantarse para saludarnos. Pero cuando el Maestro se acercó a
él le cogió impetuosamente la mano y se la llevó a los labios. Yo, sentado al
otro extremo de la mesa, pensaba: Esta resurrección no le ha hecho un gran
favor a Lázaro. En su vida anterior la gente le respetaba y honraba. Ahora,
desde un principio, le afligen penas y sufrimientos. Para Rut, la muerte
significó el final de sus padecimientos. ¿Es que para Lázaro significará el
principio de ellos? Pero, si es así, ¿por qué le hizo resucitar? ¿Y por qué
Lázaro se muestra tan agradecido?
Estaba sumido en estos
pensamientos cuando sentí su mirada posada en mí. Levanté la cabeza. Me miraba
como si me llamara. Tuve que preguntar:
—¿Deseas algo, rabí?
—Quiero preguntarte, amigo
— ahora siempre me llama así —, si te gustan las parábolas.
—Sí, me gustan, rabí. La
ciencia de la vida siempre aparece más clara en el mashal y en la hagadá. Yo
mismo he compuesto muchos de ellos...
Entonces escucha la que voy
a contarte ahora. «Un sembrador salió a sembrar y echó el grano. Una parte cayó
en tierra buena, blanda, fértil y húmeda, y germinó pronto. Pero la otra cayó
en tierra dura, pobre y estéril. Aunque llegó a echar raíces e incluso germinó,
aquel germen era débil como un niño que apenas comienza a andas Pero al
sembrador le dio pena aquella tierra de la que no crecía sino una mísera
espiga. Se puso a trabajarla otra vez: la removió profundamente con el azadón,
sacó todas las piedras que encontró, la regó... Cuando llegó el día de la
siega, la cosecha de la tierra mala fue tan abundante como la de la tierra
buena. Y dijo el labrador: ‘No me arrepiento del trabajo y de los cuidados,
porque esta tierra en la que he puesto tanto esfuerzo me es ahora más cara. Y
ha dado un fruto digno...’ ¿Qué piensas, amigo, de esta parábola?
—Es un hermoso mashal —
contesté —. Sin duda has querido decir con él que, trabajando, el hombre puede
convertir en algo de valor incluso la cosa más insignificante.
—Lo has entendido bien
—aprobó. Pero en esta aprobación se notaba una bondadosa indulgencia era como
si hablara a un niño que hubiese comprendido de sus palabras lo justo que podía
comprender
—. No hay concha tan pobre
— siguió diciendo — de la que no se pueda sacar una perla. No hay oveja en el
rebaño que no sea digna de que se la busque de noche entre rocas y espinas...
Pero esto sólo lo hace el hombre cuidadoso... Por esto el Hijo del Hombre riega
las espigas débiles y va en busca de las ovejas perdidas...
Me pareció que algo nuevo
se desprendía de sus palabras. Seguramente se refiere a sus discípulos y me
explica con delicadeza, en forma de parábola, la razón de haberles escogido a
ellos. Observé sus caras; ¡me parecieron tan inexpresivas y se leía en ellas
tan marcada inclinación a la disputa! Es una mala tierra que exige muchos
cuidados. Y no se sabe aún qué frutos dará. Él seguía mirándome y parecía
desear que yo le interrogara de nuevo. Continué:
—Pero no siempre los
esfuerzos del labrador dan el fruto deseado...
—No siempre — reconoció. Y
una nube de tristeza cruzó por su rostro —. No siempre — repitió —. Pero el
Hijo del Hombre siempre está dispuesto a ir en busca de la oveja perdida,
aunque sea en plena lluvia y tormenta. Como la mujer que ha perdido un denario
se queda barriendo la habitación hasta encontrarlo: como el labrador que abona,
labra y riega la tierra pobre hasta que le da buen fruto...
Inclinó la cabeza. De nuevo
el dolor se abatió sobre este hombre y le dobló como el fruto demasiado
abundante dobla la rama tierna, aún no bastante fuerte, de un manzano. De
pronto se me ocurrió una idea:
¡Este hombre
también ha sentido
el desengaño! Esperaba
una victoria. Pero necesitó unos compañeros y los escogió entre la gente
más baja. Ésta fue su
equivocación, una equivocación muy grande. Él
estaba convencido de que
podría cambiar a estos pescadores, artesanos y publicanos. ¡Pero no lo ha
logrado! Han seguido siendo quienes eran. Lo que ahora dice es sólo una manera
de consolarse a sí mismo. En contra de la evidencia y de la experiencia, dice
que no hay tierra mala de la que no se pueda obtener una buena cosecha. En esta
tierra de amhaares nunca crecerá nada inteligente. Él lo presiente aunque
todavía se obstina...
Pero, ¿por qué pedir lo
imposible? Un amhaares siempre será un amhaares. Se puede hacer algo para
mejorar su suerte, pero nunca se logrará nada con su colaboración. ¿Por qué no
buscó apoyo en personas como yo? Luego no hubiera tenido que lamentarse de que
la tierra mala, a pesar del abono, haya dado un fruto malo... Aquella vez,
después de nuestra
primera entrevista, salí
impresionado y enardecido. Estaba
dispuesto a seguirle. Fui a Galilea. Esperé alguna indicación suya. Si hubiera
curado a Rut... Entonces lo hubiese hecho todo por Él...
Nos servía Marta, atenta
como siempre a que a nadie le faltara nada.
María no estaba
en la habitación.
Esto me extrañó, generalmente no se aparta del lado
del Maestro. Sentada a su lado, parece devorar cada una de sus palabras. Esta
vez aún no la había visto. Pero en el preciso momento en que, me hacía esta
observación la vi entrar, Iba un poco inclinada, descalza, con el pelo suelto y
llevaba en la mano algo que apretaba fuertemente contra el pecho. Parecía una
de esas plañideras que se ven en los entierros y no una mujer que
saluda a un
huésped insigne y
esperado. Ni siquiera cuando Lázaro
estaba en la
tumba parecía tan
desesperada. Avanzaba de puntillas, siguiendo la pared, silenciosa, como
no queriendo llamar la
atención de nadie.
Se detuvo por
fin junto al
triclinio del maestro.
Entre los mechones que le caían sobre la cara vi sus ojos más oscuros, casi
negros, un poco entornados como por efecto de un intenso dolor contenido. De
pronto apartó las manos del pecho y vi que llevaba un hermoso jarrón de alabastro.
Con un hábil movimiento le rompió el cuello. Por toda la estancia se esparció
un intenso perfume. Debía de ser un ungüento de gran valor, de aquel que en el
mercado llaman «real» y lo venden muy caro. Lo vertió sobre la cabeza del
Maestro. Luego recogió delicadamente con la punta de los dedos las gotas
esparcidas y las fue extendiendo por los negros mechones de pelo, como un hábil
peluquero.
Las conversaciones de la
mesa se cortaron en seco. Mientras el Maestro parecía triste y permanecía
callado, sus discípulos, aquella noche, estaban más animados que nunca. Sus
lenguas se movían a gran velocidad, como &ruecas en pleno funcionamiento. Se
reían y discutían. Pero ahora se callaron y quedáronse mirando al maestro y a
María. No decían nada, pero sus caras parecían expresar todas el mismo
pensamiento. Felipe fue el primero en soltarlo:
— ¡Vaya, vaya, qué perfume!
¡Es el auténtico «real»! Un jarrón así debe de costar no menos de dos
denarios...
—Tres — puntualizó Judas,
que está siempre al corriente de los precios —. Tres denarios justos.
— ¡Qué bien huele!...
— ¡Pero, qué precio!
exclamó Simón el Zelota. —Con menos dinero se puede comprar ungüento oloroso —
observó Santiago el Mayor.
—¿Para qué ungüento? —
exclamó Judas —. Sólo las mujeres de mala vida usan de estas cosas. ¿Para qué
ungüento? En vez de gastar el dinero en esto, más valdría repartirlo entre los
pobres.
Estas últimas palabras
resonaron como una bofetada. Miraba a María y era evidente que sus
observaciones iban dirigidas a ella. Su mala voluntad para con ella debe de
venir de lejos; se la notaba henchida de viejas pasiones y enojos
frecuentemente contenidos. Él debió de conocerla en otro tiempo y sabe con qué
palabras puede molestarla más.
—¿No es verdad? — añadió,
dirigiéndose a los otros.
—Sí, desde luego, es verdad
— asintieron todos a coro— Tienes razón.
Judas. ¿Para qué
gastar esencias tan
caras? Más valdría
repartir este dinero entre
los pobres. Es seguro que el rabí también lo preferiría.
La mujer cayó de rodillas
sin decir palabra. No intentó defenderse. Vi su rostro cubierto por una cascada
de cabellos color rojizo dorado, junto a los pies del Maestro. Al ver su pena,
él tocó su frente con delicadeza y le acarició la cabeza con la mano. Entre
aquellos discípulos que chillaban y hacían sus comentarios a grito pelado,
ellos dos eran como una pareja de forasteros heridos por un agudo dolor que los
demás no compartían ni & sabían comprender.
—¿Por que
la herís? —
dijo en voz
baja — Me ama y ha querido servirme. A los pobres
las tendréis siempre entre vosotros. ¡Y ojalá nunca os olvidéis de ellos! Pero
a mí ya no me tendréis por mucho tiempo... Ella ha ungido mi cuerpo para la
muerte, para el sepulcro. No se lo reprochéis. En verdad os digo que, donde-
quiera que en el mundo se hable de la nueva que yo os he traído, se recordará
también esta acción suya...
Los discípulos enmudecieron
y se hizo un profundo silencio. Aquellas palabras debieron de producirles un
gran efecto, pues su alegría se esfumó en el acto. Se consultaban con la
mirada, entre asustada e interrogante, y se hablaban en voz baja.
¿Para la muerte? ¿Para la
muerte? ¿De qué está hablando?
De nuevo Felipe tomó la
palabra por todos. En sus grandes ojos incoloros brillaban dos lágrimas.
—Rabí, nosotros también te
amamos... —balbució —. ¿Por qué nos hablas de tu muerte? Si no vas a la ciudad
no te pasará nada. No vayas...
—No vayas... — repitieron
los otros.
Con movimiento lento pero
firme, movió la cabeza como quien tiene tomada una decisión desde hace tiempo y
la considera irrevocable.
—Iré allí pasado mañana —
dijo.
— ¡Pero los saduceos y los
fariseos lo sabrán! — exclamó Judas. Fijó en él su mirada, serena pero
indeciblemente triste, y contestó:
—El mundo entero lo
sabrá...
¡Y así fue! ¡El mundo
entero se enteró de ello! Aún veo desfilar ante
mis ojos los
primeros acontecimientos de
aquel día. Fui al
Templo atravesando unas
calles atestadas de geste. Los gritos que llegaban de más allá de los muros,
por el lado del valle del Cedrón, no llamaron siquiera mi atención. La ciudad,
en vigilia de fiestas, siempre está llena de gritos, cantos, ruidos, disputas y
regateos en voz alta. Algunas peregrinaciones entran en Jerusalén cantando y
acompañándose con kinnors. Yo iba pensativo y no me daba cuenta de que algo
extraordinario estaba ocurriendo. De pronto, alguien a mi lado gritó mi nombre;
era una voz conocida que al mismo tiempo sonaba de un modo extraño. Al levantar
la cabeza me encontré con los rabinos Joel y Jonatán, hijo de Azziel. No sólo
las voces de los dos grandes doctores me parecieron extrañas; su aspecto aún lo
era más. En este momento no eran dos ilustres soferim que cruzan la ciudad
sumidos en sus meditaciones, ajenos a toda aquella turba vociferante. Tenía
ante mí a dos personas excitadas que agitaban los brazos con violencia. Me
asaltaron por ambos lados.
—¡Rabí Nicodemo! ¿Qué
intenta hacer él ahora? Tú debes saberlo... ¿Qué quiere?
— ¿Quién? ¿Quién,
respetables? No sabía a quién se referían.
— ¡Pues, él! ¡Este...
profeta vuestro! — balbució el rabí local Joel. En sus palabras, más que
desprecio, había ahora temor, sólo temor.
—No sé nada... No está aquí
— contesté sin gran convicción, sorprendido por sus palabras.
—¿Cómo que no está? ¿Cómo
que no? —exclamaron al mismo tiempo —. Precisamente se está acercando ahora al
frente de miles de personas. Todos los amhaares se han unido a él. Toda la
gente...
¿Qué pretende, Nicodemo? Tú
estás en buenas relaciones con él...
¿Crees que ordenará matar?
— preguntó el rabí Joel con un hilo de voz —. ¿Verdad que es bueno?...
—¿Viene aquí?
—¿No lo oyes! ¡Mira!
Me cogieron de las manos y
me condujeron bajo el pórtico. Entre el bosque de columnas vi, efectivamente,
una enorme multitud que bajaba por el camino del monte de los Olivos hacia el
desfiladero del Cedrón.
— ¡Mira!
— gritaba Joel
¡Todos se han
ido con él! ¡Toda
Jerusalén! ¡Muchos de nuestros haberim! Vienen agitando ramas y poniendo sus
mantos bajo las patas del asno en que va montado...
Debes de haber sido tú el
que le ha hablado de aquella hagadá según la cual el Mesías llegará montado en
un asno... ¿Lo oyes? Están gritando: « ¡Gloria al hijo de David! »
—Él es hijo de David —
repetí involuntariamente.
—Es posible,
es posible... Puesto
que tú lo
afirmas... —se apresuró a decir
el rabí Joel —. Pero dinos: ¿qué pretende hacer?
¿Quiere disolver el
Sanedrín y proclamarse el Mesías?
—No —
contesté, mientras escuchaba
los gritos, que
se convertían en un verdadero estruendo a medida que el cortejo se
acercaba y miraba a la gente que salía por las puertas de la ciudad para ir a
su encuentro —. Él quiere su reino...
— ¡Su
reino significa el
dominio de los
amhaares, de los publicanos y de las meretrices! — masculló
entre dientes el rabí Jonatán con un frío odio en la mirada —. Antes que tener
un rey como él, más vale que la nación no recupere nunca su libertad.
—¡Ilustrísimo! — exclamó,
asustado, el rabí Joel, levantando los brazos en alto y mirándome intranquilo.
Adiviné que el honorable penitente por los pecados de Israel tenía miedo y
estaba dispuesto a reconocer en el Maestro al Mesías con tal de no perder su
propia vida en la revuelta. Pero el odio de Jonatán no sabe ceder. Este hombre
nunca ha cedido a nadie y estoy convencido de que nada podrá obligarle a ceder.
Prefiere morir a reconocerse vencido.
El griterío de la multitud
que entraba se desbordó bajo el doble arco de la puerta de Oro. Me sentí
enardecido y lleno de entusiasmo. Por unos instantes olvidé todas mis penas,
preocupaciones y temores.
¡Por fin, pensé, Él ha
entrado! ¡Ha demostrado quién es! Todo lo anterior, sus huidas, sus temores,
sus predicciones sobre su muerte,
fueron sólo una manera de
probar a sus discípulos. Pero el tiempo de
prueba ha terminado y
llegado el momento de la victoria. Ahora ya no será el Maestro vagabundo,
perseguido por todos. Se ha mostrado abiertamente y toda la nación ha creído en
Él. Había pensado que tenía enemigos y
que había perdido
prestigio y simpatía
entre la gente. ¡Nada de esto!
Los gritos que la ciudad le dispensaba como saludo hablaban claramente de su
triunfo. Este asustado Joel y el maldicente Jonatán eran como dos hojas
impotentes arrancadas de la rama por una fuerte ráfaga invernal. Es verdad que
aún están los romanos... Pero en este momento no me parecieron terribles. Nada
me parecía terrible. Aquel repentino cambio de situación me había llenado de
una enorme confianza en el poder del Maestro. Él lo puede
todo, pensé. ¡Es el Mesías!
Se escondía, pero ahora se ha manifestado. Josué mandó tocar las trompetas y
los muros de Jericó se derrumbaron. ¿Qué pueden hacer los romanos? ¿Le
reconocerán acaso? Además, Él lo puede todo...
—El Mesías — dije a
Jonatán, con aire provocativo — será tal como nos lo mande el Altísimo.
Me contestó con
apasionamiento igualmente provocativo:
—No queremos a un Mesías
así, aunque nos lo mandara el mismísimo Sekiná!
El cortejo entraba ya en el
atrio. No tuve ganas de seguir
la disputa con Jonatán.
Este hombre, que
con su intransigencia me había producido siempre cierta inquietud,
en aquel momento dejó de existir para mí. Pasé por su lado como si fuera un
objeto sin importan- cia. Rompí la rama de un árbol y corrí a recibir a los que
llegaban. Oí detrás de mí los pesados pasos de Joel. El gran doctor debía de
sentirse más seguro a mi lado. No era fácil llegar hasta el Maestro. Le
rodeaban centenares y miles de personas formando una masa com- pacta. Todos
gritaban en honor suyo. Era una entrada triunfal en la que en modo alguno
hubiera creído si alguien me la hubiese predicho el día anterior. Entre aquella
multitud resonaba como el repique de un tambor la voz de Simón. Los discípulos
rodeaban al Maestro como la guardia a su rey. Logré introducirme entre aquella
turba y le vi en el momento de apearse del asnillo en el que había llegado. Los
discípulos, radiantes y encantados con la victoria, no se apartaban de Él ni un
paso. Vi entre ellos a Judas. Él también parecía reventar de orgullo. Corría,
se agitaba, daba órdenes: mandó a unos que se apartaran, a otros les permitió
acercarse más... Al verme, me saludó con la cabeza, pero con tanta negligencia
como si yo no fuera un gran fariseo y él un tendero de Bezetha. Ya no era aquel
miserable que escondía sus odios bajo la máscara de una humilde sonrisa, sino
el más destacado de los cortesanos de un rey. —Acércate, rabí — dijo con aire
protector —. Y tú — gritó a un amhaares que intentaba acercarse al Maestro
— apártate. ¡Hueles mal! Apártate,
¿oyes?
¿No te lo he dicho ya? ¿Por
qué me miras así?
La multitud gritaba y
cantaba:
—¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Bien
venido, hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna!
Bien venido, ¡Rey que has entrado montado en un asnillo! ¡Aleluya!
Oí a mis espaldas un
susurro escandalizado:
—El no debería permitir que
hablaran así. Es pecado, es un gran pecado...
Joel lo dijo en voz baja,
pero el Maestro, que después de bajar del asno se dirigía al Santuario y pasaba
precisamente a nuestro lado, debió de oírlo. Volvió de pronto su rostro hacia
nosotros. En contraste con la animación general, no se leía en El la menor
alegría. Ahora parecía triste y abatido, como cuando, cediendo a la insistencia
de los que le pedían pruebas, curaba y limpiaba a las gentes. Sus pies
descalzos se destacaban claramente contra el negro cilicio. Miró a Joel sin
detenerse y el piadoso doctor se encogió bajo aquella mirada como una seta
resecada por el ardor del sol.
—Si esta gente se calla —
dijo —, las piedras se pondrán a gritar...
Pasó de largo y yo le
seguí. Pero al poco rato se detuvo como si el cuadro que se ofrecía a sus ojos
le chocara de pronto. Como siempre ocurre en los días haggim, la escalinata del
Santuario estaba atestada de puestos de vendedores. Se vendían aquí los animales
para los sacrificios y aquí también, en la parte alta de la escalinata bajo la
misma puerta, había veinte mesas donde se cambiaba la moneda con la que los
mercaderes tenían que pagar a Caifás los elevados impuestos por sus
transacciones. A los gritos de los acompañantes del Maestro se unieron,
formando un solo inmenso vocerío, los gritos de los vendedores, el tintineo de
las monedas lanzadas contra el suelo o sobre los platillos de las balanzas para
comprobar su sonido, los balidos de las ovejas, los rugidos de las vacas y
terneros y el arrullo y aleteo de las palomas. Este mercado, a las puertas
mismas del San- tuario, es un
espectáculo repugnante. No
debería estar permitido. Pero reconozco que nos hemos
acostumbrado a él. Además, cuando se trasladaron al nuevo Santuario, los
sacerdotes se apoderaron de él y lo han convertido en una fuente más de sus
riquezas. Él ha tenido que ver este mercado en más de una ocasión. Pero hoy, al
con- templarlo, su mirada ardió como si lo viera por primera vez. Su rostro
mostró sucesivamente asco, indignación, horror y por fin enojo. Enojo, pero no
ira. En sus ojos nunca se enciende la llama del odio. Ni siquiera cuando con un
movimiento lento y premeditado desató la correa
que ceñía sus
caderas y la
dobló en forma
de látigo. La multitud que le seguía se paró instantáneamente.
El Maestro avanzó hacia la escalinata solo, andando despacio como una persona
que va a cumplir una obligación penosa pero necesaria. En su enojo había
más disgusto que
severidad. Ellos ni
le vieron, ocupados
como
estaban comprando y
vendiendo. Se abrió paso entre aquel tumulto y llegó, sin que nadie se fijara
en Él, hasta el extremo superior de la escalinata. Se acercó a una de las mesas
que hacían las veces de banco y, con un movimiento solemne y majestuoso, la golpeó
con su correa y luego la empujó escaleras abajo. Un torrente de oro se vertió
sobre las piedras, entre los pies de los transeúntes y la balanza, con gran
ruido de platillos, bajó rodando por los peldaños. El cambista brincó de su
taburete y púsose a vociferar como si le despellejaran vivo. Luego pareció que
iba a abalanzarse sobre el Maestro: pero, de pronto, como si algo le detuviera,
retrocedió, y se zambulló entre la gente para recoger las monedas esparcidas
por el suelo. El Maestro siguió avanzando entre los mercaderes, derribando
mesas, rompiendo jaulas y destrozando los cercados para el ganado. En el
mercado no se oían más que gritos y lamentaciones. Pero nadie intentó
detenerle. Los tenderos agarraban sus mercancías y abandonaban precipitadamente
la escalinata. Ante aquel hombre solo huían centenares de
personas provistas de
permisos escritos y sellados para efectuar toda clase de
comercio dentro del recinto del Templo. La turbamulta que atestaba la escalinata
desapareció como el polvo lavado por la lluvia. El Maestro quedose solo: una
blanca y alta silueta con una correa colgando de su mano. Junto a sus pies
brillaban unas cuantas monedas perdidas,
como fragmentos de
ámbar, y montoncitos de abono
verde negruzco parecidos a las matas de algas marinas que el mar deja después
de la marea. Sobre la orilla desierta quedó el hombre, unos instantes antes
majestuoso y fuerte, decaído ahora y como si de súbito le hubieran abandonado
las fuerzas. Pero la multitud no se fijó en esto. Para ella, era el destructor
de la vil explotación que los sacerdotes ejercen sobre el pueblo, el
triunfador, el vencedor, el rey, ¡el Mesías! Con renovado entusiasmo, volvieron
todos a gritar,
— ¡Gloria al hijo de David!
¡Gloria! ¡Honor al rey que ha venido en nombre del Altísimo! ¡Hosanna!
¡Hosanna!
Los discípulos se acercaron
y le rodearon en círculo. Cuando me aproximé, les estaba diciendo algo. Pero
las últimas palabras que llegaron a mis oídos me dejaron suspenso y asustado.
Decía:
—Siento un gran temor...
¿Debo decir al Padre: Sálvame? No, para esto he venido...
Todavía añadió algo que no
pude oír. Entonces retumbó un trueno como si un rayo hubiera caído allí mismo.
Levanté la cabeza, pero no vi nada: sólo unas leves nubecillas cruzaban el
cielo, azul pálido.
Mientras yo
seguía mirando de
dónde venía la
tormenta, se alzaron voces entre
la multitud exclamando:
—¡Un ángel ha hablado! ¡Un
ángel! ¡He aquí al verdadero hijo de
David! ¡Aleluya!
Él no lo negó. Preguntó,
dirigiéndose a sus discípulos,
— ¿Habéis oído? Esta voz ha
sido para vosotros —Y añadió en tono solemne—: He aquí que ha comenzado el
juicio& del mundo. Ahora sólo falta que me suban a la cruz. Entonces
atraeré a todos hacia mí...
— ¡No hables así! — exclamó
Simón.
— ¡No hables así! —
gritaron los demás discípulos —. ¡No estropees nuestra alegría! ¡El Mesías no
muere! ¡No puede morir! ¡El Mesías vive eternamente! No hables así...
— ¡No
hables así! —
exclamé también yo
—. El Mesías
no muere...
Pero sentí que mi
entusiasmo y mi alegría se habían esfumado. Él los había aplastado con su temor
como los soldados enemigos cubren con piedras los pozos de una región
conquistada. No comprendo:
¿con qué fin ha venido a la
ciudad acompañado por multitudes enar- decidas, si ahora ha de huir de nuevo,
sin ser visto, hacia Betania? Estuve en lo cierto al decir que el mundo entero
se había enterado de su poder. Pero ha encendido la lámpara para volver a
apagarla en seguida. Las personas como Joel han tenido tiempo de sobreponerse a
su miedo y ahora le odian más aún a causa de esa momentánea debilidad. ¿Y los
saduceos? ¡El mercado dispersado debe de haberles sacado de
sus casillas! Me
imagino a Caifás.
Hasta ahora aparentaban
perseguir al Maestro sólo para contentarnos a nosotros. Ahora su odio contra Él
y su deseo de darle muerte van parejos con los de nuestros haberim. ¿De qué le
ha servido este triunfo, si no se ha convertido en una victoria?
Hoy, por fin, vino a la
ciudad temprano y pasó varias horas bajo los pórticos. Vi que entre sus oyentes
había varios jóvenes fariseos enviados seguramente por el Gran Consejo para
seguirle los pasos. Él tiene que saberlo, pero, desafiando el peligro, ataca
más duramente aún a nuestra secta. En cierto momento, al oír que la gente le
llamaba hijo de David, pregunte, a los haberim que estaban más cerca:
—Según vosotros, ¿de quién
será hijo el Mesías? Varias voces le contestaron, más bien a disgusto:
—De David. Así lo dicen los
profetas...
Como si no le bastara esta
respuesta, volvió a preguntar:
—¿Qué significan las
palabras del salmo «El Señor dijo a
mi Señor: Siéntate a mi diestra y yo dejaré tendidos a tus pies a todos tus
enemigos.? Así pues, ¿David llama Señor a su propio hijo? ¿Cómo es esto? ¿Cómo
os lo explicáis?
Se miraron con aire sombrío
y se fueron con la cabeza baja sin decir palabra. Les siguió con una mirada
llena de triste amor. Luego dijo:
—¡Necios y ciegos! Ahora
tampoco había enojo en su voz—. Necios y ciegos... — repitió, moviendo la
cabeza. Y de nuevo, con amargura:
¡Cuántas veces os
he enviado a
mis profetas, pero vosotros los habéis lapidado! ¡Aún ha de
colmarse la medida de vuestros crímenes! ¡Oh, ciudad! —exclamó, no con ira,
sino con dolorosa tristeza —. ¡Ciudad que matas a los profetas y a los que te
han sido enviados! —Se quedó con los bravos abiertos, contemplando las barracas
del Ophel extendidas a sus pies y los palacios de las la- deras del Sión —.
¡Oh, ciudad! —se lamentaba con voz dolorida, como se lamenta una madre por un
hijo que ha marchado y no ha vuelto —. ¡Cuantas veces he querido reunir a tus
hijos como una gallina reúne a
los polluelos bajo
sus alas, pero
ellos no lo han
querido! ¡Oh, ciudad! ¡Te espera la perdición! Quedarás desierta como una casa
después de haber pasado por ella un vendaval. Y ellos no me verán hasta que
digan: ¡Bendito el que viene en el nombre del Altísimo!
Abundantes lágrimas
resbalaban por sus mejillas. La gente escuchaba en silencio. Estas palabras los
habían asombrado e impresionado, aunque no las entendían. Él cada día parece
más triste. Incluso tiene el rostro más delgado y pálido, como si el sol de esta
primavera no quisiera tostarlo.
Hizo una seña a sus
discípulos para que le siguieran y se fue en dirección a la puerta Dorada. Me
reuní con ellos. Se avecinaba la noche y la sombra dentada de la muralla cubría
el valle como un manto, llegando hasta la tumba de Absalón. En cambio, la amplia
mole del monte de los Olivos se bañaba en rosados destellos. En el aire,
inmóvil, reinaba un gran silencio.
Cruzamos la puerta y
comenzamos a bajar al valle. El Maestro iba delante, silencioso y encorvado
como si aún llorase por la ciudad a la que
había predicho una
próxima destrucción. Los
discípulos le seguían, en grupo
reducido, como una bandada de aves asustadas. De vez en cuando se decían algo
en voz baja. La seguridad en si mismos que mostraban tres días antes había
desaparecido por completo. Los últimos éramos Judas y yo. El discípulo de
Karioth se había convertido de
nuevo en un
hombrecillo atormentado por secretos enojos. Al pasar por el puente,
bajo el que corría rumoroso el torrente, de caudal abundante aún, me dijo en
voz baja y aprisa:
— ¿Ves, rabí, ves?... De
nuevo retrocede. No quiere. Entonces, cuando lo quiso, arrebató a todos, lo
cual demuestra que puede hacerlo. Pero no quiere. ¿Por qué no quiere?
—No sé... — murmuré.
— ¿Por qué entonces no tomó
el mando en sus manos? — siguió preguntando Judas con un susurro febril —. Pudo
hacerlo, pudo... Pero ha traicionado la causa. La ha traicionado...
—¿Qué causa? — pregunté,
sin fijarme demasiado en lo que preguntaba.
Me miró con sus ojos
inyectados en sangre. También los últimos días han dejado huella en Judas: ha
adelgazado y se ha vuelto más feo, más negro e incluso diría más pequeño y
miserable. No sé por qué me recordaba ahora a una gran araña que hubiera pasado
mucho tiempo sin coger ninguna mosca entre sus patas.
—La causa... — comenzó:
pero se interrumpió y me miró de soslayo con una mirada que pareció llena de
odio —. Esto, rabí, tú no lo comprenderías nunca... — murmuró al cabo de un
rato, evasivamente.
No quiso añadir nada más y
yo tampoco me esforcé en mantener la conversación. Además, ¿de qué hubiera
podido hablarle? Cada uno de nosotros buscaba en el Maestro a alguien
totalmente distinto. Pero Él no ha respondido a las esperanzas de ninguno de
los dos. Y no porque sea alguien pequeño. Al contrario, parecía demasiado
grande, mayor que todo lo que la gente podía esperar de Él. En cierta ocasión,
cuando los enfermos llegaban a Él a centenares para que les curara, les miraba
como si les
preguntase: «¿Sólo esto
queréis de mi?» Frente a todas nuestras exigencias
parecía tener una sola respuesta:
«¿Sólo esto queréis? Lo que yo os he traído es un don incomparablemente más
precioso...» Pero si es
así, ¿qué nos ha
traído? ¿Es
que el sol
luce más desde
que El va por el
mundo hablando de ese reino suyo?
Mientras tanto salimos de
la sombra y comenzarnos a subir por la ladera
inundada de luz.
Las sombras de
nuestros cuerpos se alargaban y quebraban en los peldaños
excavados en la roja tierra arcillosa. Los grises olivos brillaban al sol,
bajos y anchos. El Maestro andaba despacio, levantando pesadamente los pies,
como si estuviera agotado por un enorme esfuerzo. También observé que levantaba
a menudo la mano para secarse el sudor de la frente. ¿O acaso no era sudor lo
que se secaba, sino lágrimas?
De pronto se paró y señaló
con la mano un pequeño prado que se extendía a la largo de una valla bajita
construida con piedras planas. Se sentó y todos nosotros hicimos lo mismo.
Durante largo rato permanecimos silenciosos. La ciudad se extendía a nuestros
pies apiñada, apretada, aplastada por la terraza de Moriah, rayada ésta como
una piel de tigre por los rayos de sol que caían sobre ella a través de la
columnata del Tiropeión. Desde aquí se podían distinguir claramente las
personas que se movían por el atrio del templo. El sol descendía y sus rayos
resbalaban oblicuamente sobre las azoteas y el patio. Pero por esto el mismo
Santuario, cuyos pilones alargados por su propia sombra se recortaban contra el
cielo encendido como una enorme pirámide escalonada vuelta de cara a nosotros,
parecía ahora más espléndido y
majestuoso que nunca.
Teníamos justamente delante de
nosotros, hundida en una negra sombra la doble puerta de los corintios que
conducen al atrio de las mujeres. El atrio mismo parecía un pozo en el que
brillaba, como una piedra en el fondo del agua, la puerta dorada que conduce al
altar de los sacrificios. La magnífica construcción que domina la espaciosa
plaza atraía nuestras miradas. Uno nunca se cansaría de contemplarla. Es el
orgullo y el amor de toda la nación. El sol, escondido detrás de ella, lucía a
través de las columna
suspendidas en lo
alto, refiejábase en el tejado dorado, saturaba de rojo el penacho de humo que se
elevaba del altar de los sacrificios y extendíase sobre todo aquel conjunto
como una aureola de azul, de púrpura y de oro. El Santuario parecía suspendido
en el aire, como una aparición ultraterrena.
¡Qué bello es! Aunque me he
pasado la vida al pie de sus muros, siempre me maravillo de su forma, tan
ligera y majestuosa a la vez. Herodes era un bandido, sin honor ni fe, pero,
sin duda alguna, su obra le redimirá de una parte de sus crímenes. Más de una
vez pienso
que, mientras
exista el Santuario,
la peor suerte
no es aún desesperada.
Evidentemente, no sólo yo
siento esto.
—Míralo, rabí — exclamó uno
de los discípulos, probablemente
Juan — ¡Qué magnífico es!
A lo
que Él contestó
en ese mismo
tono de voz
dolorido y lastimero que había
mostrado antes, bajo el pórtico:
—No quedará de él piedra
sobre piedra...
Tuve la misma sensación que
si de pronto hubiera soplado un aire helado y se hubiese introducido bajo
nuestros mantos. Me sentí horrorizado.
—¿Qué estás diciendo, rabí?
— exclamaron varias voces temblorosas —. ¡Esto no ocurrirá nunca! ¡No puede
ocurrir!
—No quedará piedra sobre
piedra... — repitió son fuerza. Yo le veía de lado, se le habían hinchado las
venas de las sienes, tenía lágrimas en los ojos y una desesperada tristeza en
el gesto de su boca —. Pero vosotros — siguió después de unos instantes de
dolorosa meditación —, cuando veáis el ejército que cercará la ciudad, huid.
¡Huid de Jerusalén a otra ciudad, a los campos, a los montes!
¡Que ninguno de vosotros
vuelva para nada! ¡Huid! Llegarán entonces días de venganza, días horribles que
los profetas han predicho. El
pueblo morirá de hambre y
de guerra y por las ruinas de la ciudad se
pasearán los paganos. Y
esto seguirá así hasta el final, hasta que se cumplan los tiempos...
—¿Y entonces? — pregunté
ávidamente. Sin mirarme, continuó:
—Entonces aparecerán
señales en el sol y en las estrellas, y entre las gentes habrá gran aflicción
como no la ha habido nunca hasta ahora. El miedo se introducirá en vosotros, el
miedo de la espera, y de él moriréis muchos de vosotros. Pero antes os atacarán.
Seréis perseguidos, encarcelados, azotados y condenados a muerte. Se os juzgará
como unos criminales. El hermano entregará al hermano y el padre al hijo... El
amor se enfriará en muchos corazones. Recordad entonces que yo os lo había
predicho. Y cuando tengáis que ir ante los tribunales, no preparéis lo que
habréis de decir. El Espíritu santo os lo inspirará y enseñará. Seréis odiados
por el mundo entero porque habéis querido ser fieles a mí. ¡Pero manteneos
firmes! Manteneos firmes entonces. Querrán engañaros. Vendrán hombres y os
dirán:
«Yo soy el Mesías». Harán
grandes prodigios y promesas.. ¡No les creáis! ¡No les escuchéis! Esperad mi
llegada. Porque yo vendré... No os dejaré a vosotros, amigos míos, solos y
atemorizados. Vendré también para los que he escogido y acortaré los días terribles.
Nos quedamos
en silencio, aterrados
y desanimados. Quizá nunca suceda lo que dice. Los profetas,
más de una vez, han predicho cosas que luego no se han cumplido. Pero El habla
con tal seguridad en la voz como si todas sus palabras tuvieran que cumplirse.
Parece saber muy bien lo que dice y por esto el cuadro que nos presenta es a la
vez tan impresionante y tan extrañamente distinto...
—Voy a resumir... — Esta
vez su voz era bondadosa. Podría creerse que se había dado cuenta del terrible
desasosiego en el que nos había sumido y quería consolarnos —. No temáis — dijo
suavemente —. Cuando esto ocurra alzad las cabezas, firmes y confiados.
Entonces yo estaré ya cerca. Cuidad sólo de que no os encuentre dormidos o
comiendo... Y orad mucho. No os canséis de orar...
—Dinos ahora cuándo
ocurrirá todo esto — pidió Felipe.
Movió la cabeza y respondió:
—El día del final no lo
conoce nadie, excepto el Padre. Debéis estar alerta. El Hijo del Hombre llegará
como un rayo y, como un ladrón, entrará de noche en vuestras casas antes de que
canten los gallos. Orad y vigilad para que no os ocurra como a los hombres del
tiempo de Noé, que no se dieron cuenta de la llegada del diluvio. Vigilad y
estad despiertos como hacen las doncellas que aguardan la llegada de sus esposos
después del banquete
de bodas... Estad alerta, pero no temáis...
A pesar de estas
consoladoras palabras, seguíamos en silencio anonadados por la horrible visión
que acababa de exponernos. De pronto resonó en el silencio la voz temblorosa de
Simón:
—Y tú. Señor, ¿dónde
estarás entonces?
Al contestar sonrió
ligeramente. El sol se habla hundido ya tras el muro dentado del Templo y sólo
unos pocos rayos iluminaban el cielo, que palidecía por momentos. La
fantasmagórica visión del Santuario rodeado por una aureola quedó petrificada
en una negra mole.
Sopló el viento, movió las
hojas de los olivos y todo se volvió a quedar en silencio.
Aquellas palabras se
derramaron como un río de aceite sobre el mar agitado de nuestro temor.
Hubiérase creído que Él nos atemorizaba
para luego poder
apoderarse de nuestro
miedo y disiparlo con una sola
palabra. Como aquella vez en el mar. Aunque su respuesta se refería sólo a
Simón, cada uno de nosotros respira más libremente, porque sentía confusamente
que aquélla era también una contestación a la inquietud de su propio corazón.
Oímos unas palabras pronunciadas en
voz baja pero
con tal fuerza
como si tuvieran que resonar
siempre:
—Allí donde tú estarás.
Pedro...
CARTA XXI
Querido Justo:
¡Ha ocurrido ya! ¡Ha
ocurrido lo que tenía que ocurrir! ¡Le han prendido! Acaso le hayan matado
ya... Pero Él debía de desearlo, pues ha hecho todo lo posible para atraer
sobre sí el odio de los sacerdotes y doctores. Es verdad que no fue a
entregarse Él mismo. Últimamente, por las noches, se escabullía de la ciudad
sin ser visto y, a campo traviesa, se dirigía a Betania, o bien pasaba la noche
en alguno de los huertos del monte de los Olivos. Pero se quedó en Jerusalén y
predicó hasta el último día. Aún ayer por la mañana habló bajo el pórtico.
Sostuvo una animada conversación con la gente enviada a Él por el Gran Consejo,
los saduceos y los herodianos. Salió vencedor de ella..., pero fue una victoria
puramente verbal. De poco le sirvió que ellos se marcharan furiosos, ardiendo
en deseos de venganza, acompañados por
las risotadas de la plebe. Las palabras que había empleado para vencerlos
tampoco fueron comprendidas por los que las aplaudían. Eran palabras suyas, sólo
suyas, implacables, a veces inesperadas, diferentes de las de toda la gente. Él
es siempre el mismo. Parece no observar regla alguna. Incluso las cosas más
bellas de nuestra existencia deben ser regidas por unas formas de acuerdo con
una ley. El hombre debe obedecer a ciertas prescripciones; ni siquiera se puede
ser bueno tal como uno quiere. Pero Él no; exige que toda regla ceda su puesto
a una única ley que, según Él, es absoluta y debe ser observada incluso en
detrimento de todas las demás: la ley de la caridad... Quien hace un acto de caridad
es como si hubiera cumplido todas las demás prescripciones. Pero, para Él, si
no se ama al Altísimo y al prójimo no tiene valor abstenerse de matar, de robar
o dominarse las pasiones; ni tiene valor la observancia de todas las
prescripciones referentes a la pureza y al sábado. Ha construido su doctrina
sobre la Ley e incluso por encima de ella... Lo que en la Ley representa la
culminación de las perfecciones humanas, para Él no es sino el principio de
ellas. La Ley
exige: «Sé una persona
honrada». Él parece enseñar: «Puesto que eres una persona honrada, puedes ser
mi discípulo. Pero, incluso si no eres una persona honrada, ama y podrás
serlo».
Ama... Esta doctrina tan
sencilla es, sin duda alguna, la más difícil. Pero, ¿por qué un hombre que sólo
exige un absoluto y constante amor es tan odiado? Hace una hora ha caído en
manos de la guardia del Templo... ¿No le habrán matado ya? Aún estoy temblando
por lo que me ha contado Santiago. Es horrible, horrible...
Cada vez que te escribo
siento deseos de comenzar la carta por el final; los acontecimientos de su vida
son tan impresionantes que los últimos siempre parecen eclipsar a los
anteriores. Pero quería que tú, Justo, conocieras todos los detalles. Trataré,
pues, de contarte ordenadamente todos los incidentes, que se han ido sucediendo
raudos, más que una flecha al dispararse.
Esta mañana
me he encontrado
al rabí Joel.
Tuve razón: al piadoso penitente por los pecados de
Israel ya se le ha pasado del todo el susto. Los ojos se mueven más rápidos que
nunca y su voz parece el croar de una rana.
—¡Oh, a quién veo, a quién
veo!... —exclamó, alzando las manos, al verme. De su boca asomaban dos dientes
amarillos y torcidos —. El rabí Nicodemo... ¡Cuánto tiempo sin vernos! — Cuatro
días enteros—. El ilustre rabí nunca asiste ahora a las sesiones del pequeño
Sanedrín...
Sus palabras me confirmaron
mi suposición de que, a espaldas mías, habían tenido efecto algunas sesiones
con una parte de los miembros del Consejo Supremo. Mis criados me habían dicho
que de noche los ancianos saduceos se reúnen con nuestros más relevantes
haberim en el palacete de Caifás, en las laderas de la montaña del Mal Consejo.
A mí y a José nadie nos ha dicho ni una palabra de esto. La mirada de Joel
recorría mi rostro como si quisiera descubrir en él mis sentimientos. Logré
adoptar una expresión de completa indiferencia. Respondí
—No tengo necesidad de
asistir a todas las reuniones.
—Desde luego, desde luego
—se apresuró a contestar. Se frotaba las manos como es su costumbre y no dejaba
de mirarme —, desde luego... — repitió —. Sin duda alguna el ilustre rabí
Nicodemo trabajaba, ¿verdad? ¿Escribe sus hermosas hagadás? ¡Oh, si yo supiera
escribir así! ¡El Altísimo ha depositado en tus manos una riqueza muy grande!
¡Muy grande! Escribe, escribe, Nicodemo. Harás
con ello grandes méritos a
los ojos del Eterno y, además, te cubrirás de
gloria. Llegará un día en
que la nación
entera estudiará las hagadás del rabí Nicodemo bar Nicodemo.
Deseo que nunca hagas otra cosa y que no distraigas tu mente en cuestiones
inútiles. Todos esperamos de ti más bellas y sabias narraciones... Escribe. Me
disgustó saber que últimamente, en lugar de escribir, seguías a este hombre de
Galilea. ¡Lástima de tu tiempo, ilustre rabí! Es mejor que escribas.
Haciéndolo, sirves realmente al Altísimo. Yo te vi con una rama en la mano,
corriendo detrás de Él... Incluso creo que dijiste que era el Mesías...
No contesté. Aparenté no
haber oído las últimas palabras. No insistió.
Pero seguía allí,
encorvado, frotándose las
manos con especial cuidado.
—Este hombre —observó — se
ha expuesto mucho... No le bastó contravenir los santos preceptos de la pureza,
sino que, además, dispersó a los mercaderes... Quizá tuvo razón al hacerlo...
Pero fue una imprudencia muy grande. ¡Oh, los saduceos no podrán perdonárselo
nunca! Ahora desean su muerte. El que tiene a Caifás por enemigo puede
esperarlo todo... Y en todo momento... Sí, sí... — suspiró de pronto—, son
graves los pecados de nuestro pueblo, muy graves. Quien haga penitencia por
ellos debe sufrir mucho...
Se alejó arrastrando los
pies. Me puse a considerar el motivo de haberme dicho todo aquello. Llegué a la
conclusión de que debió impelerle a ello su odio hacia Caifás. Joel consideraba
que el sumo sacerdote es como un tumor purulento en el cuerpo de la nación: le
odia mortalmente. Incluso su odio contra el Maestro disminuye cuando lo compara
con el que siente hacia Caifás. Supongo que no le fue fácil avenirse a la
alianza que Jonatán, hijo de Azziel, propuso a los saduceos en nombre de
nuestros haberim, y me pareció que Joel me había hablado adrede del peligro que
ya ahora amenaza al Maestro. Eran los sacerdotes, principalmente, los que
insistían en aplazar el prendimiento del Maestro hasta después de las fiestas.
Pero ahora, heridos en lo vivo por las perdidas sufridas, son capaces de
olvidar la prudencia.
Después de razonar así las
palabras de Joel, tomé una determinación. En cuanto oscureció, cogí un asno y
salí por la puerta Esterquilinia en dirección a Belén. Cuando estuve un poco
alejado de la ciudad, torcí
hacia el monte
de los Olivos
y, atravesando los jardines de las laderas, me dirigí a
Betania. Quise de este modo des- pistar a los espías que quizá vigilan mis
pasos.
La casa de Lázaro estaba
tan silenciosa que parecía comple- tamente dormida. Golpeé la puerta con la
aldaba y esperé un largo raro a que me abrieran. Por fin oí unos pasos cansinos
y apareció Lázaro. Está intentando andar apoyado en dos bastones. Confieso que
cada vez que me encuentro cara a cara con él siento cierto temor. La muerte
aleja y eleva a la persona, y no puedo olvidar que estuve ante el sepulcro
cerrado de Lázaro. Nunca he vuelto a hablar con él de este asunto... ¿Quien
sabe si hubiese sido mejor hacerlo? ¿Acaso sabría decirme algo de Rut? Allí es
posible que unos sepan algo de los otros... Pero no me atreví a preguntárselo.
Además, lo más probable es que el recuerdo del seol se haya borrado de él en el
momento de volver a la vida. Si no fuera así, ¿podría vivir sabiendo cómo es
aquello?
Me saludó con las palabras:
—El Altísimo esté
contigo, rabí. Entra,
por favor. Es tarde
y debes de
estar cansado. El
Maestro aún no duerme, estamos todos reunidos. Hoy nos
habló de ti...
—Precisamente venía para
comunicarle algo.
—Entra, pues. Marta te
traerá en seguida agua para lavarte.
Todos estaban abajo, en la
gran estancia. La claridad que salía del hogar encerraba en un círculo a un
grupo de personas en actitud de recogimiento. Él estaba sentado en medio,
alargado, enorme en su blanca cuttona, con las manos cruzadas sobre las rodillas.
No decía nada: miraba al fuego. Me chocó de pronto que aquella noche su rostro
pareciera el de un hombre viejo. Desde hace unos días cada hora que pasa es
para Él como si fuera un año entero. Y, a pesar de su gravedad, es un hombre
joven, lleno de salud y fuerza. Antes sabía volver descansado incluso de los
más largos viajes. Ahora, en cambio, parecía agotado, sin energía y como
doblado por el peso de sus preocupaciones. Respiraba pesadamente con los labios
entreabiertos. Su despejada frente estaba cubierta de arrugas. Parecía una
persona que ha perdido toda esperanza y sólo aguarda pasivamente la derrota
final. Al oír mis pasos, alzó despacio la cabeza. Una desvaída sonrisa, como un
tenue rayo de sol otoñal, movió sus labios.
—La paz sea contigo, amigo
— dijo.
Abrió los brazos y me llamó
a su lado. Así recibía a menudo a sus discípulos, pero conmigo nunca se había
mostrado tan cordial. Sentí sobre mis hombros sus cálidas manos. ¿Es que busca
en mí alguna solución? Inconscientemente, traté de mostrarme enérgico y
decidido:
la debilidad de los otros
generalmente nos hace sentirnos fuertes. Pero esta vez no pude... Yo también
estaba lleno de temor y desesperación y lo sentía a flor de piel. Ninguno de
los dos, pensé, estamos en condiciones de tomar una decisión seria. Tocando con
mi pecho el suyo, miré por encima de su hombro: los discípulos y las mu- jeres
estaban sentados, con las cabezas inclinadas. Me pareció que compartían el
decaimiento del Maestro. Incluso Marta, tan animada siempre hasta en los
momentos más difíciles, parecía ahora destrozada.
—Hoy he estado pensando en
ti, Nicodemo — oí que me decía. Abrió los brazos y me soltó —. Deseaba verte,
lo deseaba mucho...
— ¿Quieres algo de mí,
rabí? — pregunté.
Esperé que moviera
suavemente la cabeza como hace tantas veces
cuando le preguntan
si quiere comer,
beber, dormir o descansar. Pero esta vez fijó en mí una
mirada dolorida, como la de uno de esos numerosos enfermos que Él ha curado y
dijo en voz baja:
—Sí.
— ¿Qué deseas? — seguí
preguntando.
A pesar de verle en tal
estado de decaimiento no se borraba en mí el recuerdo de aquellos momentos en
que, de pronto, como una llamarada,
cedía en Él
la debilidad humana
para dar paso
aun inmenso y secreto poder. Y no sólo esto. ¡Tantas veces nos ha
mostrado su inigualable bondad! Es cierto que no salvó a Rut... pero a otros
les daba tanto que incluso yo, sin haber recibido nada, me sentía deudor suyo.
—¿Qué deseas? Dilo. Te
serviré al instante. ¿Sabes para qué he venido? Deseo salvarte. Te amenaza un
gran peligro. Mañana, al amanecer, te mandaré unos cuantos asnos o, mejor, unos
cuantos camellos y un hombre inteligente y de confianza. Irás con él muy lejos.
Aquí estás en peligro. Los fariseos y los sacerdotes están tramando algo. Hoy
me han dicho cosas por las que he deducido que serían capaces de lanzarse sobre
ti incluso durante las fiestas. Márchate sin falta. Todo se calmará en su día y
es posible que aún puedas volver.
Sentí que su mano tocaba la
mía.
—No me hables de esto,
amigo — dijo —. No me marcharé. Cada día tiene su anochecer... Espero de ti
otra cosa...
—Siendo así, ¿qué puedo
darte, rabí?
—Dame tus preocupaciones,
Nicodemo.
— ¿Mis preocupaciones?
—Sí, amigo. Quedamos así en
aquella ocasión. Ha llegado el momento. Dame hoy tus preocupaciones. Las
necesito. Las he estado esperando. Me faltaban...
—No comprendo... — balbucí.
Ahora ya no hay manera de
entenderle. Pero también entonces, al principio, ¿qué quería decir aquello de
«volver a nacer»? Nunca me lo explicó. Raramente explica sus palabras. Cuando
se le dice que son incomprensibles, se limita a mirar a los ojos y sonríe como
diciendo: «
¿No las comprendes? Llegará
un día en que las comprenderás.» Su doctrina no recuerda las doctrinas de los
filósofos griegos. Ellos definían el mundo, explicaban cómo es. Él quiere que
el hombre vaya solo de un descubrimiento a otro y que él mismo se explique
todos los secretos. No arma a la gente para la lucha de la vida. Dice palabras
incomprensibles que no se sabe cómo ni cuándo descubrirán su sentido. A
veces parece contradecirse
a sí mismo.
En varias ocasiones le he oído
decir: «Sed como niños, es necesario que seáis como niños...»
Y al mismo
tiempo estas extrañas
palabras que parecen decir:
debéis crecer para comprenderlas. Pero quien crece deja de ser niño y quien es
niño debe conformarse con no entender el mundo...
Pero tampoco esta vez me
aclaró nada. Me indicó que me sentara en
un taburete y se quedó
mirándome. En su
mirada había cordialidad, amor,
entrega. Parecía una persona que pide, que pide humildemente. Volvió a decir:
—Dame tus preocupaciones...
La madera
chisporroteaba en el
fuego. Marta se
acercó de puntillas para
preguntarme si quería beber un poco de leche caliente.
«Dame tus
preocupaciones..., pensé. Esto sonaría a burla si Él fuera capaz de burlarse.
Desde luego, estoy dispuesto a dárselas en seguida. No las escatimo. No las
deseo para mí. En realidad, para librarme de ellas he venido aquí de noche,
atravesando montes y atajos. Las he traído conmigo junto con la bolsa que
cuelga de mi cinto. Pero aquí han aumentado todavía. «Dame tus
preocupaciones...» Tampoco en aquella ocasión me libró de ellas. Miré al
Maestro por encima de un recipiente de barro. Esperé a que dijera algo más.
Pero volvió a fijar su mirada en el fuego y sobre su
rostro apareció de nuevo
una expresión de lucha interna, dolor y desánimo. « ¡Es un hombre débil! »,
pensé un momento. Desde hace tres años este pensamiento vuelve a mí sin cesar.
Y pensar que yo había estado a punto de creer una serie de cosas...
Era ya negra noche cuando
decidí marcharme. Marta fue a sacar un asno del establo. Me levanté y me
acerqué al Maestro. Parecía dormir con el rostro escondido entre las manos.
Pero lo alzó al oír mis pasos y entonces vi que tenía las mejillas mojadas por las
lágrimas. Debía de hacer rato que lloraba así, sin un sollozo siquiera. Sólo le
temblaban los labios y la barba.
—Que el Eterno sea contigo,
rabí — dije.
— ¿Ya te vas? — preguntó.
—Me marcho. Es tarde.
Pronto cantará el primer gallo.
—Sí —susurró como para sí
mismo —, es tarde... Y el gallo... — Suspiró —. Querría que pasara pronto y que
durase indefinidamente
— confesó —. Noche
inolvidable... — Se me clavó en la memoria esto que dijo:
«inolvidable». — Recuerda
— me dijo,
sacudiendo sus
propios pensamientos — que
espero tus preocupaciones. La paz sea
contigo, criatura...
Este hombre, más joven que
yo, hablaba como un viejo, como el padre de la nación... Alargó el brazo y me
pasó la mano por el rostro. Tenía los dedos calientes y suaves. Nunca he
sentido un contacto tan emocionante. Ni siquiera cuando Rut, al ver mi desesperación
por causa de sus sufrimientos, me acariciaba la cara con sus manos para
consolarme.
Delante de la casa estaba
Marta sujetando mi asno y alguien más a su lado. Por el cielo pasaban unas
grandes nubes densas que cubrían casi constantemente la claridad de la luna.
Pero en este instante había logrado huir de ellas y aparecía en lo alto su claro
disco luminoso. Las sombras de las personas parecían derretirse sobre el
camino, brillante como un río de metal líquido. En la persona que estaba junto
a Marta reconocí a Judas.
—¿Me permites, rabí —
preguntó —, que vaya contigo hasta la ciudad? Tengo que hacer allí unas compras
antes del amanecer...
—Ven — contesté.
Incluso me alegré, pues su
presencia me libraría de la lucha con mis propios pensamientos. Monté en el
asno, dije a Marta «El Señor sea contigo», y tomé el camino que me había
conducido hasta la casa
de los hermanos. Judas
caminaba a mi lado. Entramos en la zona de sombra de los árboles; por sus hojas
resbalaba la luz de la luna y caía a grandes gotas sobre el pedregoso sendero.
Se oían ladrar unos perros perdidos en la oscuridad. Cuando dejamos a nuestras
espaldas las últimas casas, nos envolvió un silencio interrumpido sólo por el
rumor de las hojas de los olivos mecidas por el viento.
—Me parece que tenías razón
— dije en cierto momento; hasta ahora no habíamos cambiado ni una palabra —. El
Maestro está totalmente acabado. Su poder ha desaparecido no sé dónde...
—¡Él mismo ha querido
librarse de él! — respondió de pronto con un
apasionado susurro. Entre
los rápidos cambios
de sombra y claridad no podía ver a mi compañero. Pero
la brusquedad de sus palabras parecía indicar que él tampoco podía dejar de
pensar en el Maestro. Sin dejarme hablar, Judas siguió diciendo con una
vehemen- cia que iba en aumento —: Ya te lo dije, rabí ¡Él lo rechazó! ¡Pudo
haber vencido! ¡Pudo! ¡Pudo haber dispersado a esta banda de ricachos, usureros,
bandidos, ladrones, explotadores
y holgazanes con el buche repleto
de denarios...! ¡Hubiera podido destruirlos! —Su enojo parecía un caballo
desbocado. Sentía su jadeante respiración, que parecía romperse en un sollozo.
—Temo —le dije — que si las
autoridades del Sanedrín estuvieran al corriente de esta debilidad suya, no lo
pensarían más. No le perderían de vista y, en cuanto se marcharan los que han
venido para las fiestas, se lanzarían sobre Él...
—¡No esperarán a que pasen
las fiestas! — me interrumpió de nuevo bruscamente —. ¡Le matarán! ¿Hoy,
mañana?... ¡Está perdido!
— En un arranque puso la
mano sobe el cuello de mi asno. El animal se paró, pues Judas tiraba de su
escuálida crin con toda la fuerza de
sus dedos encorvados como
garras —. ¡Está perdido! — repitió —. Pero, ¿por qué yo nunca he podido tener
ni cinco denarios?
Su grito, lanzado en
aquella centelleante oscuridad que parecía incrustada de lentejuelas, resonó
como un gemido parecido al hipo de un moribundo. Inesperadamente apoyó todo su
cuerpo contra el asno. Sentí sobre mi rostro su ardiente aliento. No comprendía
lo que le estaba pasando.
—Nunca he tenido ni cinco
denarios propios para comprar vino, perfume, amor... Él dice que ama a los
hombres. ¡Es pura fantasía! No comprende que nunca nadie amará a un hombre que
sea un desgraciado, un miserable,
un mendigo... Le
daban dinero... Pero
como si no lo tuviera. Yo
no podía seguir así —. La voz de Judas temblaba, le castañeteaban los dientes
—. Yo no podía... no podía. Nunca vino, nunca amigos, nunca algo mejor para
cubrirse el cuerpo, nunca una mujer que ella, por sí misma. —Repetía obsesivamente
—: Yo no podía... no podía... no podía...
Casi recostado sobre el
asno, su cabeza emergió de pronto de la oscuridad como si la sacara del agua o
de detrás de un velo. La luna le iluminó de lleno la cara, borró su color, las
arrugas y las sombras; la dejó blanca y sin vida como la cara de una estatua.
La mandíbula inferior le colgaba como la de un cadáver.
—Sigamos nuestro camino —
le dije.
Se apartó del asno
tambaleándose y avanzamos. Oía a mi lado sus pesados pasos, como se arrastraba
con el andar de un borracho. Parecía como si la escena anterior le hubiese
dejado sin fuerzas. Su respiración era fuerte, silbante. Luego oí que algo
tintineaba; debía de tener en la mano algunas monedas. Una y otra vez las
echaba al aire y volvía a cogerlas. Todo en él parecía bullir.
El camino nos condujo al
fondo de un negro desfiladero. El asno bajaba lentamente poniendo con cuidado
una pata delante de otra. Oía el golpear de sus cascos en las piedras planas.
Sobre nuestras cabezas se veía, sumido en la oscuridad, el borde rocoso que
ahora se iba volviendo cada vez más claro con los primeros rayos de luz
rompiéndose contra sus aristas. El frío de aquel lugar y quizá mi agitación
interna me hacía temblar. ¿Qué me había dicho?, traté de recordar. «Dame
tus preocupaciones...» ¿Qué significaba esto?
¿Acaso es éste uno de sus
misterios, terrible y doloroso, pero que como todo misterio suyo esconde en el
fondo una inesperada paz? ¿O
no son
más que las
semiinconscientes palabras de
un hombre
desesperado? Mi última
conversación con Él me hizo recordar aquella otra en la montaña. Allí me dijo:
«Toma mi cruz... dame la tuya...» Entonces no comprendí estas palabras.
Esperaba a pesar mío, confiaba aún en que, a pesar de todo, curaría a Rut. Pero
Rut ha muerto. Su enfermedad fue mi cruz más dolorosa, usando su misma
expresión. Él no la tomó sobre sí. Pero ahora, ¡quién sabe!, quizá le espera
una auténtica cruz... ¡Es una tortura horrible! Nunca he podido contemplar una
crucifixión. No se siquiera imaginarme qué sería si me clavaran a mí en ella.
Sólo de pensarlo me falta el aliento y siento un punzante dolor en las muñecas.
¡Me desmayaré si sigo pensando en esto! Judas también debe de sentir miedo de
la cruz. ¿Acaso para
ahogar su miedo hace sonar
constantemente estas monedas? Pero yo no puedo soportar más este tintineo.
Quería gritarle que dejara
en paz las monedas, pero no lo hice. Temí que mi observación produjera en él
otro torrente de palabras insensatas. Continué avanzando en silencio entre las
manchas de luz solar que parecían movibles y me cegaban con su claridad. Judas,
a mi lado, seguía haciendo saltar sus ciclos...
Por la mañana bajé a un
taller que hay al lado mismo de mi casa. Quería hacer un encargo, pero allí se
está tan bien que en vez de salir en seguida me senté y me quedé escuchando el
alegre repique de los martillos. Los obreros canturreaban. Esta gente sencilla
se alegra por la llegada de las fiestas y el descanso que la espera. ¡Si yo
supiera sentirme libre como ellos! Su alegría mitigó un poco mi inquietud y
comencé a olvidar las pesadillas que me habían atormentado de noche. De pronto,
a la puerta, apareció Ahir y me hizo una seña con la mano. El corazón me dio un
vuelco. Desde el primer instante comprendí que aquellos momentos de quietud
habían terminado y que mi criado era un mensajero que me llamaba de nuevo al
mundo de los temores y las preocupaciones. Cada día estaba más seguro de que
algo malo se estaba acercando, y ahora me pareció leer en el ademán de Ahir la
confirmación de que esto había ya llegado.
Abandoné el taller. Ante la
puerta me esperaban Juan y Simón, a los que Ahir había encontrado cerca de
Siloé. Venían con él para decirme que el Maestro me rogaba le dijese si podía
cederle para aquella noche la parte alta de mi casa, pues deseaba celebrar allí
con sus discípulos la Pascua galilea. Este proyecto aumentó aún más mi
inquietud. No quería negárselo. Además, no está permitido negar hospitalidad a
un peregrino que quiere comer en tu casa la cena pascual. Pero, ¿por qué hace
Él esto? ¿Para qué viene, aunque sea protegido
por la oscuridad
de la noche,
a una ciudad
en la que siempre le espera algún peligro? Y, para
colmo, quiere celebrar la Pascua a dos pasos de la casa del sumo sacerdote, en
mi casa, ¡en la de un fariseo de quien el Sanedrín sospecha que es discípulo
suyo!
¡Qué falta de reflexión, o
bien, qué manera tan inconsciente de tentar al Altísimo! Dije a Simón:
—Puesto que el Maestro lo
desea, claro está, no se lo voy a negar. ¡Pero os conjuro a que no hagáis
tonterías! ¡No volváis a hacer otra entrada triunfal en la ciudad? Venid en
silencio, en pequeños grupos, perdidos entre la gente. Lo más razonable sería que
nadie supiera que pensáis pasar la noche en Jerusalén.
Juan movió la cabeza en
señal de asentimiento. ¡Pero Simón está imposible! Volvió a invadirle una
oleada de insolencia y seguridad en sí mismo. Puso los brazos en jarras y dijo
(habla a grito pelado y, cuando empieza, llama la atención de todos):
—El Maestro no necesita
temer a nada ni a nadie. ¡Que alguien se atreva a atacarle! ¡Ya le enseñaré yo!
¡Sobre todo ahora! —y golpeó con la mano un paquete que llevaba bajo el brazo.
—¿Qué llevas ahí? —
pregunté, inquieto.
Desató el envoltorio y me
enseñó con aire triunfal dos cortas y anchas espadas de las que se pueden
comprar en cualquier herrería.
—Podrían sernos útiles —
afirmó con jactancia. Envolviéndolas de nuevo.
¡Ah, qué hombre tan necio!
¿Quiere pelear con los servidores del Templo y del Gran Consejo? Lo que aún me
quedaba de tranquilidad se desvaneció por completo. De nuevo me asaltaron los
peores presentimientos. No hay nada peor que un mal desconocido cuya llegada
tememos. Su fantasma es peor que él mismo...
Ellos cenaban arriba y
entonaban himnos mientras yo me paseaba inquieto por la planta baja, escuchando
todos los rumores que venían de fuera. Cada pisada algo más fuerte ante la
puerta de mi casa hacía latir mi corazón más de prisa. Luego, cuando volvía el
silencio, sus latidos se hacían tan lentos que las fuerzas me abandonaban y me
sentía desfallecer.
Ya era bien entrada la
noche cuando los oí salir. Respiré. Como extenuado por un gran esfuerzo, me
eché en la cama y me dormí en el acto. Pero no dormí mucho. Me despertaron.
Ahir se inclinaba sobre mí tirándome del brazo. Dijo que alguien había venido y
deseaba verme en seguida. Me levanté de un salto. No sentía sueño; estaba
consciente, pero todo yo temblaba. Incluso dormido esperaba que llegase la
desgracia. Me cubrí con un manto y salí al encuentro del recién llegado. Era
Santiago, hermano de Juan. Los hijos de Zebedeo, aunque no tienen la misma
edad, se parecen mucho: delicados y tímidos, esconden su entusiasmo y a menudo
no saben mostrarlo. Pero el Maestro, que sabe penetrar hasta lo más íntimo de
las personas y conoce nuestros sentimientos más recónditos, les llamó un día
los hijos del trueno. Cuando recuerdo que sin esfuerzo alguno, como si leyera
en un rollo abierto, sabía descubrir en un hombre sus virtudes y
defectos, estoy más
convencido de que
Él no es una
persona corriente... Santiago va siempre muy limpio, lleva el cabello
bien peinado y todo él da
una impresión de pulcritud y cuidado. Pero ahora tenía ante mí a un hombre con
una simlah arrugada y los ca- bellos mojados y en desorden, caídos sobre los
ojos y la frente. Sus pies estaban llenos de barro y heridas y tenía la mirada
extraviada. Todo él temblaba. No me dijo en seguida para qué había venido:
parecía intentarlo, como si las palabras no pudieran pasar por su garganta. Al
fin balbució:
— ¡Le han prendido...!
Aunque lo esperaba, aquello
fue como si me hubiera caído un rayo encima. Las piernas se me doblaron. Me
senté en un banco, sentí un vacío en la cabeza y ante mis ojos pasaron unas
manchas oscuras. Me sentí débil como si fuera a desmayarme. De modo que, a
pesar de todo..., comenzó a martillearme en la cabeza, a pesar de todo... Todos
mis pensamientos, todas mis conversaciones con El se concretaron ahora en estas
pocas palabras.
—A pesar de todo... —
repetí en voz alta —, no ha logrado huir, salvarse, esconderse. ¡Le han
prendido! Creo que estuve mucho rato sentado con la cabeza baja, sacudido por
escalofríos, mareado. Cuando la levanté, el hombre seguía ante mí como un árbol
destro- zado por un rayo. Mirándole, comprendí que para este discípulo lo peor
no era que el Maestro hubiera sido prendido... Sus ojos expresaban no sólo
dolor y miedo. Además, había en ellos desesperación. Esta clase de sentimiento
es contagioso: sobre la frente, en la misma raíz del cabello, sentí unas gotas
de frío sudor que parecían el contacto de unas patitas de rana. Los dientes me
cas- tañeteaban y este ruido resonaba en la casa vacía y dormida como el rumor
de unas rápidas pisadas. Haciendo un esfuerzo, susurré:
—¿Cómo ha... sido?
—Cómo ha sido... — repitió
lentamente, como si no entendiera la pregunta, como si él mismo no supiera bien
lo que había ocurrido. Inseguro, tartamudeando, comenzó a decir: Celebramos la
Pascua en tu casa, rabí. Como siempre... Él... Él... estaba triste. Desde hace
unos días estaba triste... Debiste notarlo... Decía... No sé, no lo he
entendido todo... Decía... que no tardaría en marchar y luego no tardaría en
volver porque no quiere dejarnos huérfanos... ¿Crees que le soltarán? ¿Qué
crees, rabí? — Moví la cabeza con expresión de duda. Le vi tragar saliva con
esfuerzo, dolorosamente —. Le dijimos que iríamos con Él adonde hiciera falta y
que no temíamos ni a la misma muerte. Sonrió tristemente como si no lo
creyera... Y dijo que
nos amáramos como nadie se
ama. Debemos recordar que siempre está con nosotros y que por su amor hemos de
cumplir con nuestro deber... Habló largamente, no puedo repetírtelo lodo.
Después de la cena nos lavó
los pies. Pedro
no quería, pero
Él dijo que
debía hacerlo. De modo que accedió y todos nosotros también. Luego,
aunque ya habíamos terminado la cena, tomó un pan y nos dio de él; nos dio a
cada uno de nosotros. Luego hizo lo mismo con el vino, también a cada uno de
nosotros. Y habló igual que cuando la gente se marchó indignada: que esto es
ahora su cuerpo y su sangre y que debemos comerlo y beberla.. Pero aquello
seguía siendo sólo pan y vino... No sabíamos qué pensar. Luego Judas salió en
seguida. El Maestro le dijo algo e incluso añadió: «Hazlo cuanto antes». De
nuevo repitió que nos amáramos... y que quien lo ve a Él ve también al Padre...
Porque Felipe le había preguntado cómo es el Padre y pidió que nos lo
mostrara... Habló mucho rato... Ahora se me confunde todo... Juan y yo dijimos
que seríamos en el reino los primeros. Entonces Simón se indignó y Santiago
comenzó a gritar que él será el primero porque es su «hermano». Pero el Maestro
nos mandó callar. Dijo que en el mundo los reyes son los primeros, pero en el
reino el que es primero debe ser como el siervo más humilde... Como el siervo
de los siervos... Y por fin nos preguntó si nos había faltado algo mientras
caminábamos con Él por Galilea, Perea, Samaria y Jadea. Le contestamos
que nada, y
es verdad: siempre
tuvimos de qué comer y beber, aunque el Señor nos
prohibía preocuparnos por el mañana. «Pero ahora», dijo, «ya no será así. Ahora
debéis pensar en la bolsa para los ciclos y en las provisiones, y quien no
tenga bolsa que venda su
simlah y compre
una espada.» Entonces
Simón exclamó que las
espadas ya las
había comprado y
le puso dos delante. Nos animó un gran entusiasmo y
comenzamos a gritar que lucharíamos y no permitiríamos que nadie le hiciera
nada. Los que con más fuerza gritaban eran Simón y Tomás. Pero ni siquiera miró
las espadas. Se quedó un rato con la cabeza apoyada en las manos, con el rostro
escondido en ellas, como si le hubiéramos dado un gran disgusto. Luego se
levantó y dijo: «Basta ya. Vámonos de aquí.» Era ya muy de noche y la luna brillaba
sobre las torres del Templo. En el palacio
del sumo sacerdote
se veían luces
encendidas y se
oían voces. Me extrañó que allí no estuvieran durmiendo a aquellas
horas. Nos marchamos en silencio en dirección al Ophel. De pronto una figura se
paró ante nosotros. Era María, su madre. Había estado sentada bajo una higuera
retorcida y esperaba, al parecer, a que saliéramos. Ahora
avanzó rápidamente hacia
el Maestro. Nos
detuvimos. Ellos dos se
quedaron juntos, iluminados por las manchas de luz lunar que atravesaban las
ramas del árbol sin hojas. «Hijo», oí que decía la mujer, «te lo suplico, no
vayas... te lo ruego.» Añadió algo más, pero su susurro era poco claro. Luego
Él habló también en voz muy baja sólo para ella. De pronto ella dejó escapar un
grito doloroso, retrocedió unos pasos y se cubrió el rostro. Él se le acercó,
inclinose, apoyó sus dedos en las mejillas de ella y la acarició como si Él
fuera la madre que quiere borrar el dolor y las lágrimas del rostro de su hijo.
No añadió nada más. Todo duró unos instantes apenas. Luego, suavemente, pero
con firmeza, la apartó a un lado. Ella aún se resistía y sus manos se prendían
en el manto de su hijo. La respiración agi- tada de la mujer estaba ahogada por
las lágrimas. Pero Él se dirigía ya a la puerta de la Fuente, sin volverse;
ella todavía exclamó: «
¡Velaré...! » Ninguno de
nosotros supo a qué se refería. Pasamos por su lado: se había quedado inmóvil
bajo la higuera, con los brazos
extendidos, y comenzamos a
bajar, envueltos en la oscuridad, hacia la
piscina. El Ophel quedaba a
mano izquierda como un bosque de arbustos, con su negro amontonamiento de
casas: sobre él, más allá del pórtico, brillaba el Templo. De nuevo parecía un
coloso de belleza y fuerza. ¿Recuerdas, rabí, que Él dijo en cierta ocasión que
no quedará de él piedra sobre piedra...? ¿Es posible que una cosa así ocurra?
Dime, rabí, ¿lo crees posible? Porque a mí me parece que esto no ocurrirá. A Él
le parecía que podría vencer a la gente del Templo. ¡Pero son ellos los que le
han vencido! ¿Quién lograría derribar unos muros como éstos, construidos sobre
una roca como ésta?
Se restregó la nariz.
Después de una pequeña pausa siguió:
—A la derecha, allá donde
la muralla forma una curva junto a la torre que da sobre la puerta
Esterquilinia, todo aquel rincón está cubierto de tiendas de los que han venido
para las fiestas. Pasamos por la puerta y seguimos bajando. De noche, el Cedrón
resuena como el mar en tiempo de tormenta. Cuando salimos de la ciudad Él
comenzó a hablar de nuevo. Se detuvo junto a una vid, la tocó con la mano y
dijo: «Somos como esta planta; yo soy el tronco y vosotros los sarmientos...»
Repitió que nos amáramos... «Amaos, amaos siempre, amaos sobre todo en la hora
más difícil...» No le entendíamos, nos dábamos codazos... Él lo vio. «Lo
entenderéis todo cuando os mande al Consolador... Él os lo enseñará todo...
Debo marchar para que luego venga el Consolador... Yo iré con el Padre...»
Entonces a mí y a Juan nos pareció
que le habíamos
entendido. En cierta
ocasión
estaba con nosotros y con
Simón en u. montaña... No se lo contamos a nadie porque nos mandó callar.
Allí... De veras no sé si puedo contártelo,
rabí. Pero nosotros hemos
pensado que Él
iría con el Padre igual que aquella vez en la cumbre
de la montaña. Y que de nuevo ocurriría un milagro, pero que esta vez lo
presenciaríamos todos... ¡Todo el mundo! Por esto le dijimos que ahora ya
creemos todo lo que nos ha dicho. Pero en vez de alegrarse nos miró
tristemente, como cuando discutíamos quién será el primero en el reino. «Ahora
ya me creéis...» Se mordió los labios. «Ha llegado la hora en que huiréis y me
dejaréis solo. Pero yo no estoy solo...» Luego se alzó y rezó con los brazos
abiertos.
»La luna subía cada vez más
alto y vertía su luz en el desfiladero como agua de un cántaro. Estábamos
rendidos. Durante las últimas noches habíamos dormido muy poco. La cabeza nos
daba vueltas a causa de tantas
palabras como habíamos
oído. Atravesamos despacio el
puente. Él había decidido que pasáramos la noche en el huerto de los Olivos. En
cuanto llegamos, a la tenue penumbra bajo los árboles nos quitarnos los mantos
y los extendimos en el suelo. Pero el Maestro no se sentó. Quedose en la oscuridad
como una blanca estatua pagana. "Dormid aquí", nos dijo. "yo me
voy un poco más lejos". A ninguno nos sorprendió esto: más de una vez se
ha pasado la noche orando mientras nosotros dormíamos cansados por las fatigas
del día. Al marchar nos llamó a mí, a Juan y a Simón: "Venid
conmigo".
»Fuimos hasta una roca
saliente. Allí se detuvo y nos dijo: "Estad en vela y orad. Yo también
oraré. Me siento triste como un hombre que va a morir..." Su tono de voz,
al decirlo, hizo que los tres nos miráramos a la vez. Nunca nos había hablado
así. Estaba triste desde el día del
banquete en casa
de Lázaro, pero
esta tristeza no le
impedía hablarnos y predicar. Momentos antes aún nos hablaba tranquilamente.
Pero ahora su serenidad se había roto como se rompe una burbuja
en la superficie
del agua. Me
pareció un hombre asustado, dominado
por la desesperación. "Orad,
estad en vela", repitió varias veces. "El
espíritu está lleno de entusiasmo, pero la carne ¡es tan débil!" Despacio,
como si se le doblaran las piernas, se apartó pero no mucho; algo así como la
distancia que recorrería una piedra lanzada al aire. Allí había más claridad y
le vimos postrarse. Simón dijo: "Oremos, puesto
que el rabí
lo desea". No
nos arrodillamos porque estábamos muy fatigados. Nos limitamos a repetir
las palabras del
Hallel. Pero Juan
se durmió en
seguida. Este
muchacho no sabe velar y
más de una vez se nos ha dormido en le barca... A mí también me pesaban los
párpados y la oración se me detenía en los labios. Muy pronto oí roncar a
Simón. Procuré despabilarme: no estaba seguro de si había velado todo el tiempo
o me había dormido. Pero se me ocurrió pensar que probablemente ya no hacía
falta seguir velando... Apoyé la cabeza contra un olivo y me dormí en el acto
como un tronco.
»De pronto oí la voz del
maestro. Me desperté sobresaltado. Se inclinaba sobre nosotros y nos hablaba
con voz quejumbrosa. Pare- cida a la de un mendigo de la puerta de Efraím.
"¿Por qué dormís?
¿No habéis sabido velar ni
una hora?" Bajo las ramas estaba muy oscuro, a pesar de que la luz de la
luna, más clara ahora, cubría las copas de los árboles como si fuera escarcha.
Su voz gemía en la oscuridad. Por un momento entró en una mancha de luz lunar y
pude ver su rostro. ¡Por la frente de Moisés! ¡Era terrible! ¿Has visto nunca
la cara de un hombre que ha sido lapidado? La suya estaba igual: blanca,
contraída por el dolor, tensa como una cuerda... ¡No!, digo mal; no como la
cara de una persona lapidada, sino como la de un ahogado que ha estado
ahogándose lentamente y luchando con desesperación hasta la última bocanada de
aire. La noche era helada, pero su frente estaba empapada en sudor; algunas
gotas resbalaron formando unos hilitos oscuros como si no fueran de sudor sino
de sangre. Su respiración recordaba el estertor de un moribundo... Nos quedamos
mudos. Realmente, no me imaginaba qué había podido ocurrirle. Si hubiera
podido, me hubiera levantado de un salto y huido, gritando, como de un mal sueño.
Pero me pareció estar clavado en tierra. Él seguía inclinado sobre nosotros
murmurando palabras que salían entre aquel estertor como chispas cuando se
afila un cuchillo. Hablaba bajo, pero a mí me pareció que gritaba... ¿Y sabes a
qué parecía este grito? Al de un mendigo lisiado que no puede pasar por entre
la multitud. ¡Cuántas veces lo hemos oído en medio de una aglomeración, como el
grito de un pájaro quejumbroso y dolorido!
Ahora, su voz semejaba un
grito así. "Por qué dormís?", repetía, “¿Por qué dormís? Os he
prevenido... No durmáis. Os necesito. Orad. Estad en vela. Orad.” Sólo la
primera tentación llega sola. La décima llega con la quinta, la vigésima con la
novena... La última, junto con todas las otras..."
»Alzó una mano y se la pasó
por el rostro. Tambaleándose, se volvió al lugar donde antes había estado
orando. Primero era una sombra invisible en la penumbra, pero luego
resplandeció como una
espada puesta al sol.
Lentamente, se dejó caer de rodillas. En medio del silencio, roto por el
estruendo del torrente, oíase su gemido. Repetía algo dolorosamente; sólo unas
pocas palabras, siempre las mismas. Volvía a empezarlas de nuevo, como si
cantara. No sé qué decía, pero era siempre lo mismo. A veces lo repetía más
aprisa, febrilmente; a veces más despacio, como si lo meditara. ¿Qué podía
estar diciendo? Me invadía un temor cada vez mayor. Nos dijo que rezáramos,
pero las palabras del salmo se me paralizaban en los labios; les daba vueltas,
no podía emitirlas, no tenía fuerzas para seguir adelante.
Simón balbució algo
como que, puesto
que el Maestro nos necesitaba, no
debíamos dormir. Pero, apenas lo hubo dicho... ¿Sabes, rabí?, el sueño me
parecía la única salvaguardia contra el miedo. Cuando oí roncar a Simón, sentí
que le envidiaba...
¡Él ya no tenía miedo,
mientras que yo seguía teniéndolo!...»
¿Crees que no lo
comprendía, Justo? Temblando como hierba lamida por el fuego, sentí que también
en mí crecía un ardiente deseo de hundirme en la inconsciencia del sueño. Es
nuestra salvación, si al menos así podemos evadirnos. Sólo que mi sueño nunca
es una evasión. A veces es más agotador que la realidad. He tenido muchos
sueños así después de la muerte de Rut, sueños en los que ella retornaba a la
vida para volver a morir... ¡Felices los hombres que, cerrando los ojos, pueden
olvidarlo todo!
Comprendí por qué había
dejado de hablar, avergonzado.
—¿Volvisteis a dormiros? — pregunté.
Gimió como si le hubiera
golpeado una herida mal cicatrizada.
—Tenía tanto miedo — los
dientes le castañeteaban —, tanto miedo...
—¿Entonces vinieron ellos y
le prendieron?
No contestó —. Él se acercó
otra vez. Ahora ya no gemía ni lloraba. Se limitó a decirnos, dolorido: «Ya
podéis dormir...» Le miramos restregándonos los ojos. Estábamos avergonzados de
ha- bernos dormido. Pero, ¿por qué no nos dijo que aquél era el último momento?
En más de una ocasión nos había dicho: «Velad conmigo...» ¿Cómo podíamos
suponerlo?
«De pronto resonaron unos
gritos y entre los árboles lució el rojo resplandor de las antorchas. La
guardia había cercado el huerto y de todas
partes acudían soldados,
seguros de que no podríamos escapar. Nos levantamos de un
salto. Yo quería huir, pero Simón
empuñó la espada que
llevaba consigo y preguntó, excitado: ‘¿Hemos de luchar, Señor? ¿Hemos de
luchar?’ Oí gritos de horror; eran los demás, que se habían despertado.
Mientras tanto los soldados del Templo iban cerrando el círculo. A la vacilante
luz de las antorchas veía espadas, bastones, lanzas, escudos y caras gritando
amena- zadoramente. Simón saltó el primero...
Pero Él, Justo, reprendió a
su discípulo más fiel. Curó la herida que éste hizo a un criado del sumo
sacerdote. ¿No hubiera podido huir? Él, que en tantas ocasiones desaparecía
ante los ojos de toda una multitud. Pero, según parece, había dicho: «Ahora, ya
no habrá más milagros.... ahora hay que tener la bolsa y la espada...»
¿Espada? ¿A
qué espada se
refería, puesto que
no permitió luchar a Kefas?
No tenía esperanzas de
volver a dormirme. Me dispuse, pues, a contarte todo esto y ya estaba a punto
de terminar cuando alguien llamó de súbito a mi puerta. El corazón me dio un
vuelco. Pensé inmediatamente que ellos, en esta noche, querían terminar también
con todos los amigos del Maestro. En vez de ir hacia la entrada, subí a la
azotea. El corazón me latía tan de prisa que se me ponía un velo ante los ojos.
Pero abajo no vi más que a un hombre solo.
— ¿Quién es? — pregunté.
—Soy yo, Chai.
Reconocí a uno de los
ascarios.
— ¿Qué quieres a estas
horas?
—El sumo sacerdote me manda
decirte que vayas ahora mismo a su palacio. Todo el Sanedrín se reunirá allí en
seguida para juzgar al rebelde de Galilea...
—¿De noche? No se puede
celebrar juicio por la noche. La ley lo prohíbe...
—No lo sé, rabí: no conozco
las Escrituras. Es lo que me han mandado decir. Sigo adelante...
Desapareció en la
oscuridad.
Volví a la planta baja,
donde Santiago seguía sentado junto a la pared, inmóvil y dolorido. No puede
perdonarse a sí mismo el haberse dormido.
¿Cómo ha dicho? «El Maestro
necesitaba que estuviéramos en vela... nos pidió que veláramos...» Y él se
había dormido. Pero al
menos había descansado
cerca del Maestro... ¿De qué sirve lamentarse ahora? Las veces que yo me había
dormido al lado de Rut... ¡Tampoco le hubiéramos salvado! Ni le salvaremos si
no lo logra por sí mismo. ¡Si no lo logra o si no lo quiere? Un Mesías que ha
venido pero no quiere vencer es el fin de la fe en el Mesías. ¿Y si no lo
logra? Entonces esto significaría que no es el Mesías. ¿Qué es mejor: saber que
nos hemos equivocado, o saber que la misma fe no es sino una ilusión? ¡Basta!
¡Basta! Nunca llegaré a verlo claro. Debo ir. ¿O quizá sería mejor fingir que
estoy enfermo? ¿Qué ganaré con ello? ¿Le juzgarán sin mí? Pero, ¿y si se ha
dejado prender sólo para mostrar luego su poder ante sus jueces? Entonces yo
sería como un nadador que se ahoga en la misma orilla... No: hay que ir. Hay
que ser valiente, luchar por Él. No quiero ser como este Santiago que llora y
no se atreve a asomar la cabeza a la
calle. No he conocido, es verdad, los
espléndidos días de Galilea. He llegado al final, al último momento, como aquel
jornalero rezagado a la viña de su mashal. Pensaba que sería el momento del
triunfo y resulta que es el de la amarga derrota. ¡Qué remedio! Suele ocurrir
así cuando el juego es arriesgado. Acaso me reprocharé todas mis dudas o,
quizá, no haber dudado una vez más... ¡Pero basta ya! Al final hay que mostrar
que se es alguien... Hemos de beber nuestro vino... Me voy. Enrollo la carta y
me la llevo conmigo. Si encuentro en Xistos alguna caravana que salga de la
ciudad te la mandaré ahora mismo. ¡Oh! ¿Por qué no estás aquí, Justo? ¿Sabrías
decirme tú qué significan sus palabras:
«dame tus
preocupaciones...»? ¿Qué significan? ¿Por qué quiere tomar mis preocupaciones?
¿Y cómo hacer para dárselas? Desdichadamente, nadie podrá decírmelo nunca...
¡Oh, Justo! ¡Si al menos supieras decirme
si Él espera
todavía! Porque me
dijo:
»Espero... recuerda que las
espero...» Lo dijo como habla del agua un hombre que está en el desierto. Pero
ahora es un prisionero amenazado de muerte... ¿Puedo todavía añadirle peso a un
prisionero? Pero, sino es Él, ¿quién? Sólo Él las deseaba tan ardientemente.
CARTA XXII
Querido Justo:
«Dame todo lo que te
aprisiona...» Así me dijo entonces en la colina de la doble loma. Luego, cuando
Rut murió, me pareció que había comprendido: El no quiso curarla. Pero, ¿por
qué ahora ha vuelto a decirme: «Dame tus preocupaciones» ¿Qué significa esto?
¿Qué significa,
Justo? ¿Por qué
las quiere cargar
sobre sus espaldas? ¿Cómo
pensaba hacerlo? Desdichadamente, ahora
ya nadie sabrá contestármelo...
Para todo es ya demasiado
tarde. Ahora es un prisionero amenazado
de muerte. ¿Qué
puede hacer un
prisionero por un hombre en libertad?
Acompañado por dos siervos
con antorchas (las noches ahora son claras a causa del plenilunio, pero preferí
no salir solo a la calle) me fui a casa del sumo sacerdote. Estaba llena de
luces y voces. Incluso por fuera la habían rodeado de guardias. A lo largo del
muro habían unos gordos y panzudos centinelas sólidamente apoyados sobre sus
piernas, con una lanza en la mano. En el patio habían encendido grandes
hogueras y junto a ellas se veían otros guardias, servidores del Templo,
levitas, ascarios y unos hombres desconocidos con cara de bandoleros. Junto al
muro surgían de la penumbra toda una hilera de grupas de asno. El amarillo
resplandor de las hogueras hacía danzar sobre las paredes las sombras de las
personas en movimiento. Los rayos de la luna quedaron fuera como una lluvia
sobre la calle.
Cuando hube entrado en el
patio se acercó a mí un levita.
—Te saludo, rabí — me dijo
cortésmente —. El Sanedrín todavía no ha terminado de reunirse... Mientras
tanto han llevado al prisionero a casa del ilustre Ananías. ¿Quieres ir a
escuchar lo que dirá allí?
Contesté que sí y me dirigí
al fondo del patio. La casa del sumo sacerdote está tocando a la de su suegro:
sólo hay que atravesar dos patios. Por el camino vi por todas partes hogueras
rodeadas por una
multitud de gente. Los
saduceos habían hecho levantar a media Jerusalén. Sobre todo aquel gentío se
elevaba una algarabía que a menudo se transformaba en gritos. También se oían
exclamaciones entre las columnas del vestíbulo de la casa de Ananías. El levita
me hizo entrar por una puerta lateral a una gran sala construida como los
compluvios de las casas romanas, con un depósito para el agua en el centro,
bajo el cielo raso. De espaldas a mí, bajo la columnata, estaba sentado Ananías
sobre un trono bajo. Le rodeaban varios sacerdotes y saduceos, así como unos
cuantos fariseos y doctores. Es admirable la rapidez con que una enemistad de
muchos años se ha convertido de pronto en amistad. Poco después de llegar yo,
por la otra puerta situada frente al trono de Ananías, hicieron entrar al
Maestro. Me quedé clavado en mi sitio como si hubiera echado raíces. El
espectáculo era doloroso... Jesús llevaba las manos atadas a la espalda e iba
ceñido con un grueso cinturón con clavos de hierro, al que habían atado unas cuerdas.
Mediante ellas se puede arrastrar a un hombre sin tocarle... de este modo han
debido de conducirle desde el huerto de los Olivos. Según todas las
apariencias, los siervos no le habían escatimado sufrimientos durante el
camino. Arrastrado brutalmente, debió de caerse más de una vez. Su manto y su
cuttona estaban sucios, mojados, cubiertos de barro. Además, debieron de
maltratarle, porque sus vestiduras estaban arrugadas y rotas y llevaba los
cabellos en desorden. Por debajo de la simlah asomaban sus pies ensangrentados
y magullados. Pero, a pesar de estas marcas, este hombre seguía superando en
estatura y gravedad a todos los circundantes. Su rostro expresaba tristeza y al
mismo tiempo dominio. No miraba a los lados, sino directamente y con seguridad
a la cara de Ananías. El miedo, si lo había sentido, se había sumido ahora en
el fondo de su persona como una piedra en un lago. Cuando le vi de este modo,
silencioso y erguido, me lo imaginé allí, bajo los negros árboles, diciendo a
las gentes que habían ido a prenderle: «Soy yo. Puesto que es a mí a quien
buscáis, dejad que éstos se marchen...» Su actitud debió de impresionar a las
autoridades reunidas, porque en la sala reinaba un silencio interrumpido sólo
por el crepitar de las antorchas.
De pronto oí algo así como
el croar de una rana. Era Ananías que se estaba riendo. Este saduceo, viejo y
delgado, siempre está lleno de maliciosa
burla. Los saduceos
y fariseos que
le rodeaban se le
unieron a coro. ¿Acaso necesitaban esto para decidirse a pronunciar la primera
frase contra el prisionero? Porque al poco rato oí decir al sumo sacerdote:
— ¿De modo que tú eres
Jesús de Nazaret? ¡Qué honor tenerte entre nosotros...! ¡Ja, ja, ja! Pero,
¿cómo es esto? ¿Has venido solo?
— Desde mi sitio podía ver
el perfil de gavilán de Ananías. La larga nariz le colgaba como un pico sobre
su incolora y mal poblada barba;
sus labios salientes
avanzaban como para besar —. ¿Y dónde están tus discípulos? ¿Tus siervos? ¿Y tu
reino? — De pronto cambió de
tono. Golpeó con la mano el
brazo del trono —. ¡Todo ha terminado ahora! ¡Ya has pecado bastante! ¡Basta de
blasfemias! ¡Tú, tú... —
hizo una mueca con su boca
desdentada — has profanado el Templo del Señor! ¿Pensabas, quizá, que siempre
te saldrías con la tuya?
Se calló y arrellanó en su
sillón. Pero ahora, en vez de él, gritaban los otros. Se acercaban al
prisionero y agitaban ante su cara los puños amenazadores. Los insultos caían
sobre Él como un torrente impetuoso. El hechizo de la primera impresión se estaba
desva- neciendo. Cuando el Maestro, golpeado por detrás por uno de los
guardias, cayó sobre el pavimento de piedra, todos se abalanzaron sobre Él para
golpearle y pisotearle.
Yo le contemplaba
aterrorizado. Experimentaba algo así como si en toda aquella gente se hubiera
desencadenado una maldad desco- nocida, oculta hasta entonces. Debí protestar
por aquel modo de tratar a un hombre, pero la voz se me paralizó en la
garganta. Tal vez hubiese acabado por decir algo de no haber refrenado Ananías
el entusiasmo de los atacantes. El Maestro se alzó del suelo y la gente
retrocedió unos pasos.
—Ya se ha terminado... —
repitió el anterior sumo sacerdote —. Dinos ahora qué enseñabas a la gente.
Deja que nosotros también escuchemos esas historietas tuyas —. De nuevo se rió
cruelmente y con él todos los suyos —. ¡Vamos, habla! — exclamó en tono amena-
zador —. ¿Qué te ocurre? ¿Has enmudecido de pronto?
Posiblemente aquella mirada
que seguía clavada en él, impasible, le irritaba. La voz del Maestro sonó como
siempre, serenamente ponderada y muy triste
—He predicado mi doctrina
en público. He hablado en el ateto del Templo y en las sinagogas. Todo el mundo
podía escuchar lo que yo decía. Si quieres saberlo, pregunta a los que me han
escuchado.
No terminó porque alguien
se acercó a Él de un salto y le pegó con el puño en pleno rostro. El hombre era
pequeño, pero el golpe debió de ser fuerte, porque Jesús volvió a caer. El
hombre aprovechó esta circunstancia para darle aún un puntapié mientras gritaba:
— ¡Tú, desvergonzado! ¿Así
te atreves a responder al ilustrísimo? De nuevo todos los reunidos estuvieron a
punto de lanzarse sobre
el Maestro. Pero Él se puso
primero de rodillas y luego se enderezó
del todo. De su nariz y sus
labios, magullados, bajó un río de sangre negra. Su mejilla, con la señal de
los nudillos del siervo, se hinchaba
más y más. Dijo con
dificultad, con voz cambiada:
—Si he contestado mal,
dilo. Pero si he hablado bien, ¿Por qué me pegas?
En vez de responder, el
pequeño siervo escupió con saña a la cara del Maestro y soltó una ruidosa
carcajada. Luego, mirando de lado a Ananías, chilló:
— ¡Para que no vuelvas a
hablar así!
Me pareció recordar esta
cara: una frente baja de zorro, ojos cargados de astucia, labios carnosos...
¡Sí, ya lo sé! Es Gadi, aquel a quien, durante la fiesta de los Tabernáculos,
mandó Jonatán, hijo de Azziel, con la guardia para que prendiera a Jesús y
luego le reprendió cuando volvió sin él. Despedido por el Gran Consejo, al
parecer, ha entrado al servicio de Ananías. Ahora se está vengando de
aquello... Los saduceos, los fariseos, la guardia, los servidores, todos
deseaban lanzarse de nuevo sobre el Maestro. Pero en aquel momento apareció
Chai e, inclinándose ante Ananías, le anunció que el Sanedrín se había ya
reunido y estaba esperando al prisionero.
Las reuniones del Sanedrín
tienen lugar en casa de Caifás. La sala de sesiones, con los bancos dispuestos
en semicírculo, está siempre a punto. A pesar de la hora, intempestiva y
contraria a todas las reglas, llegaron no sólo los imprescindibles veinticuatro
miembros, sino la casi totalidad de ellos. Los bancos se llenaron. En el
centro, al lado de Caifás, que saltaba de impaciencia, estaba sentado Jonatán,
hijo de Ananías, como nasi de la reunión, y su suplente Ismael, hijo de Fabi,
marido de la hija del anterior sumo sacerdote. La familia de Ananías se ha
apoderado de todos los cargos como las moscas de la carroña de un asno muerto.
En el banco de los saduceos había también otros hijos de Ananías: Eleazar,
Ananías, Jehudá, y todos los sacerdotes más ancianos con Simón Kaimita, Jesús,
hijo de Damaios, y Saúl al frente. Para sentarme en mi sitio de costumbre tuve
que pasar entre nuestros haberim: Simón, hijo de Gamaliel, Jonatán bar Azziel,
Eleazar bar Chetah, Johanaan bar Zakkai, Helias bar Abraham, Simón bar Poira,
Joel bar Gerión... Les saludé con un movimiento de cabeza, pero observé que al
verme se pusieron a murmurar algo entre
sí. José de Arimatea
también estaba ya allí. Me senté a su lado. El nasi llamó a los dos escribas,
al de la defensa y al de la parte acusadora,
y les mandó
que se sentaran
a los extremos
del semicírculo de asientos. Entonces se levantó.
—Ilustrísimos padres y
maestros — comenzó —. Nos hemos reunido aquí para juzgar a un hombre cuya
doctrina y actuación se han convertido en un peligro para la fe, la moral y la
misma existencia de la nación israelita. Sabéis a quién me refiero: a este naggar
de Galilea.
—Pero, ¿por
qué se nos
ha convocado aquí
de noche? — preguntó José, levantándose del banco —.
¿Es que ya no hay día para celebrar los juicios?
José hablaba con una voz
honda que recordaba el sonido de un cuerno. Debo reconocer que es más decidido
que yo. Son su fabulosa riqueza y sus relaciones con los romanos lo que le han
hecho así. Yo, a decir verdad, tampoco debería temer a nadie. ¿Quién podría
hacerme algo? Pero soy así... No es fácil vivir con una naturaleza como la mía
pero no la puedo cambiar. Soy yo quien hubiera debido hablar y no José. Él no
sabe mucho acerca del Maestro. Sólo lo que yo le he contado. Nunca ha hablado
con Él. ¿Acaso lo ha hecho ahora sólo por amistad hacia mí? Pero creo que más
bien ha sido por ganas de contradecir a Jonatán. Entre ellos la discordia ha
aumentado desde que, después de aquella pelea entre los saduceos y Pilatos, en
otoño, los beneficios del comercio con los romanos van a parar a las manos de
José.
—Ilustre... — Jonatán bar
Ananías inclinó la cabeza en ademán de forzado respeto —. El asunto es muy
urgente...
—Incluso en el caso más
urgente no nos está permitido decidir nada de noche.
— ¡Está permitido! —exclamó
el rabí Johanaan.
En esta sala es una
verdadera sorpresa que un fariseo se ponga de parte de un saduceo.
— ¡No está permitido! —
insistió José.
—Es verdad; cuando se trata
de la vida de un hombre no está permitido... — dijeron unas cuantas voces
inseguras desde varios rincones de la sala.
Hay un halaká que dice... —
comenzó de nuevo Johanaan.
— ¡Pero no consta en las
Escrituras! — le interrumpió secamente
José.
—Pero, puesto que el
soferim ha dicho... — se oyó en el banco de los fariseos.
— ¡El parecer del sabio
tiene valor cuando ha sido aceptado por el
Sanedrín!
—¡No! — exclamó otro de
nuestros haberim —. Las palabras de un maestro son tan santas como lo eran
antiguamente las de los profetas.
Esto produjo una viva
reacción en el banco de los saduceos. Se oyeron voces.
— ¡No es verdad! ¡Es
invención de los fariseos!
— ¡Silencio! ¡Silencio! —
Jonatán se apresuró a calmar a los reunidos —. ¡Silencio, ilustrísimos! No es
momento de discutirlo ahora. Tenemos un asunto urgente y las discusiones sobre
las enseñanzas de la Ley duran desde hace muchos años. Mientras tanto, hagamos
las paces. Puesto que todos estarnos de acuerdo en que el parecer de un sabio
maestro puede convertirse en ley, ¿no es así?, nada más fácil que convertir en
ella la opinión expresada hace un momento por el ilustre rabí Johanaan bar
Zakkai.
—Pero es que por
principio... — comenzó uno de los jóvenes fariseos del extremo del banco.
— ¡Hoy no vamos a discutir
principios!
—No vamos a discutir
principios — asintió el rabí Jonatán, hijo de Azziel. Comprendí que hoy los dos
bandos trataban de evitar a toda costa la disputa. Nuestros ancianos sacudían
la cabeza. Abandonado por los suyos, el joven fariseo se calló y volvió a sentarse.
Pero José no quería ceder.
— ¡No estoy de acuerdo! —
comenzó de nuevo —. De noche no se puede juzgar a nadie.
—Pero, puesto que los
doctores están de acuerdo con los sacerdotes...
objetó Jonatán bar Azziel.
—Sin embargo, ¡yo sigo
disconforme! — gritó José, golpeando el banco con su enorme mano.
Se produjo un embarazoso
silencio. En el banco de los fariseos y en el de los saduceos los miembros
inclinaban las cabezas y se consultaban en voz baja. Jonatán volvió a decir:
Puesto que los doctores y
los sacerdotes...
Caifás, al que desde el
principio parecía que le estuvieran pin- chando, estalló de pronto:
— ¡Qué nos importa el
parecer de uno! ¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Juzguemos pronto a este
embaucador!
—Yo, en cambio, propongo
que sigamos el parecer del doctor José — dijo inesperadamente el rabí Onkelos.
Este griego siempre encuentra una salida a las situaciones más difíciles —. Es
seguro que la sesión se prolongará. Ahora vamos a examinarlo todo, esto nos
está permitido, y la sentencia la dictaremos cuando ya sea de día. Entonces
estaremos de acuerdo con la Ley.
— ¡Es cierto! ¡Tiene razón!
¡Tiene razón! ¡Está en lo cierto! —
exclamaron todos al
unísono.
Jonatán, el nasi, sonrió
aliviado y dijo algo a Caifás. Vi que el sumo sacerdote hacía un signo con la
cabeza y dirigía a José una mirada llena de odio.
—Comencemos, pues — dijo el
nasi —. Haced entrar al acusado y a los testigos.
Dio una palmada. Los
servidores hicieron entrar primero al Maestro. Ahora no iba atado ni tenía
sangre en le boca. Pero los labios, la nariz y la mejilla estaban hinchados y
amoratados. Llevaba los cabellos en desorden. Debía de estar muy cansado,
porque a cada momento se apoyaba pesadamente, ahora sobre un pie, ahora sobre
el otro. No perdía la compostura, pero no miraba a los reunidos. Bajó la cabeza
y parecía estar contando las baldosas de color. Los cabellos le cubrían la
cara.
Detrás de Él hicieron
entrar a toda una multitud de testigos. Formaban una columna asquerosa,
repelente. Olían a ajo y a aceite rancio. Entre esta banda de auténticos
ladrones se veía algún rostro con aspecto de más honrado, pero mortalmente
asustado. Sólo con verles se comprendía que acudían bajo una amenaza o por
dinero. El nasi recitó la fórmula de rigor:
—Recordad que habéis de
decir la verdad. En caso contrario, la sangre del inocente caerá sobre
vosotros. El escriba que estaba en el centro del semicírculo de los bancos
cogió por el brazo a uno de los testigos y le condujo frente al nasi.
— ¿Cómo te llamas? —
preguntó Jonatán.
—Chuz, hijo... hijo... —
tartamudeó el hombre —, hijo... de Si... de
Simón...
— ¿Qué sabes sobre las
culpas de este hombre?
— Yo... yo... le he
visto... — balbució el desgraciado— comer... con... con... los pecadores... con
los... paganos...
—Los saduceos lo hacen a
menudo — dijo el joven fariseo a su vecino, pero tan fuerte que todos le
oyeron.
— ¿Y qué más? — preguntó
Jonatán de prisa al testigo.
—Él, él... ha dicho... que
no... que no se puede dar... una carta de divorcio...
— ¿También tú lo has oído?
— preguntó Jonatán al siguiente.
—Sí, ilustrísimo. Dijo que
antes no había cartas de divorcio.
— ¿Y que no se pueden dar
esas cartas?
—No, ilustrísimo. Dijo que
antes no había cartas así...
— ¿Y por esto no se puede
dar?
—No, ilustrísimo. Él sólo
dijo que antes no había cartas...
— ¡Echad de aquí a este
imbécil! — exclamó Caifás, impaciente
—. ¡Que hable el siguiente!
— ¿Qué sabes sobre la culpa
de este galileo? — preguntó el nasi
a un hombre pequeño,
contrahecho, con aspecto de mendigo.
— ¡Oh, sé mucho,
nobilísimo! —El inválido soltaba las palabras aprisa, atragantándose con ellas
—. Mucho... Curaba. Es decir, todos creían que curaba. Pero no era así. Muchas
de las enfermedades se reprodujeron.
—Esto indica que se servía
de artes mágicas, ¿verdad? — sugirió al testigo el rabí Joel.
— ¡Es seguro que se servía
de ellas! ¡Oh, yo lo sé muy bien...! Siempre, cuando curaba, invocaba a
Satanás...
— ¡No lo digas en voz alta,
necio! — exclamó severamente el sumo sacerdote.
— ¿Y tú —Jonatán se volvió
hacia el siguiente —, has visto también que la gente curada por él volvía a
enfermar?
— No... — negó el hombre,
mirando con terror al Maestro, que estaba cerca de él, siempre silencioso.
— ¿Por qué habéis traído
aquí a un necio como éste? — se irritó
Caifás —. ¡Fuera con él!
— El dijo a uno —exclamó
otro entre la multitud de los testigos —
que si volvía a pecar
vendría sobre él una enfermedad peor aún.
— ¡Cállate! —El sumo
sacerdote golpeó el banco con el puño —.
¡Nadie te pregunta nada!
— ¿Quién ha oído decir que
las enfermedades se han reproducido? — siguió preguntando Jonatán.
Pero entre aquella chusma
no se encontró para esto ningún otro testigo.
—Sigamos. ¿Qué más sabes? —
preguntó el nasi al mendigo charlatán.
— ¡Oh,
yo sé mucho,
mucho, muchas cosas!...
Él no daba ofrendas al Templo...
— ¿Dices la verdad?
— ¡Caiga
yo ahora muerto
aquí mismo si
digo una mentira! Cuando el recaudador fue a hablar
con sus discípulos, éstos le dijeron que el Maestro les había prohibido
pagar...
— ¡Traed aquí a ese
recaudador!
La multitud empujó a
primera fila a un hombrecillo miserable, asustado, insignificante.
— ¡Más cerca! — gritó
Jonatán —. ¡Más cerca aún! —El otro se acercó despacio, atemorizado —. Escucha
bien lo que te digo. ¿Es verdad que los discípulos de éste — y señaló con la
mano al Maestro
— no han querido pagar el
impuesto para el Templo?
—Ilustrísimo, nobilísimo...
— El hombre tragaba saliva a cada palabra y su nuez se movía arriba y abajo —
Es lo que estoy diciendo. Cuando llegué les dije que pagaran... Aquello fue en
el mes de tishri, porque en el mes de adar él no estaba en el país...
— ¡Esto no nos importa!
Contesta: ¿pagó o pagó? — preguntó, gritando, Caifás.
—Es esto, es esto... — La
nuez le saltaba como un animalito vivo que se agitara bajo su piel —. Es lo que
digo... Sus discípulos fueron a preguntárselo, ilustrísimo...
— ¿Y no pagaron?
— Es decir, ilustrísimo...
es lo que digo... fueron a preguntárselo. Y él dijo...
— ¿Que no pagaran? ¿Es
esto?
—Es lo que digo... Que
pagaran... Porque dijo...
—Pero, ¿ellos no pagaron?
—Es lo que estoy diciendo,
ilustrísimo... pagaron...
— ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Qué
imbécil! ¡El siguiente! Habla tú.
Era un hombre viejo, seco,
de aspecto tétrico, con filacterias sobre la frente y una larga barba que le
caía sobre el pecho; parecía un fariseo. Hablaba despacio, sin vacilar, en una
lengua mucho más cultivada que todos los amhaares que habían declarado antes de
él.
—Este hombre mandaba a sus
discípulos recoger mucho dinero. Decían que era para hacer limosna a las viudas
pobres y a los huérfanos. Pero todo el dinero iba a parar a él. Era un
libertino... Predicaba penitencia, pero tenía tratos con meretrices. Le seguía
toda una banda de mujeres. Organizaba para ellas grandes banquetes...
— ¿Cómo lo sabes?
—Todos le han visto en
compañía de mujeres...
— ¿Y tú también lo has
visto?
Jonatán, el nasi, se volvió
hacia un hombre que estaba a su lado.
— ¡Oh, sí! — contestó éste,
un galileo que hablaba un dialecto casi incomprensible de la región del
Tiberiades —. He visto con mis propios ojos que el rabí Nahum, de Naim, le
invitaba a un banquete. Entonces llegó una mujer de la calle y le lavó los pies...
—¿Qué está diciendo este
hombre sobre no sé quién de Naim? — dijo, irritado, el rabí Simón Que diga si
mantenía o no relaciones con las mujeres públicas.
—Esto lo
sabemos nosotros mismos
— dijo el
rabí Joel —
¿Recordáis que durante las
últimas fiestas de la Hosanna no permitió lapidar a una mujer que había sido
sorprendida en acto de cometer adulterio?
—Sí — asintieron a disgusto
unas cuantas voces —. Lo recordamos...
—No vale la pena de volver
a hablar de ello... — murmuró el rabí
Jonatán.
—Evidentemente, no vale la
pena...
— ¿Quién puede confirmar lo
que ha dicho este hombre — el nasi dirigió la pregunta a los restantes testigos
—, de que el galileo mantenía relaciones con mujeres públicas? ¡Cómo! ¿Ninguno
de vosotros lo ha visto?
— ¿Es que hemos convocado
este juicio para juzgar a alguien por estar en tratos con meretrices? — dijo la
profunda y sonora voz de José.
—Paciencia, José. Hay
todavía otras acusaciones más serias.
—Aún no las he oído. A
decir verdad, hasta ahora no he oído ninguna acusación. Los testigos se
contradicen...
— ¡Fuera con éste! —
exclamó Caifás, haciendo una seña a los criados para que se llevaran al testigo
de la barba larga.
Ahora mismo oirás, José,
algo más interesante — dijo Jonatán, hijo de Ananías —. Ven aquí tú — y con el
dedo llamó a un levita —.
¿Qué dices tú?
—Este hombre — declaró el
levita — ha celebrado hoy la cena de
Pascua.
— ¡Blasfemia! — vociferaron
varias voces —. ¡Ha faltado a la Ley!
— ¡No es verdad! — exclamó,
elevándose sobre aquel griterío la voz de José.
—Esperad, José nos lo dirá
— dijo el nasi con aire burlón —. En casa de un amigo suyo, el noble rabí
Nicodemo, miembro del Gran Consejo de los fariseos, es donde se ha celebrado el
banquete...
— ¡Es verdad! — respondió
José —. Ahora voy a contarlo... El es galileo, ¿verdad? ¿Qué dicen las
prescripciones sobre el derecho de los galileos a comer la Pascua en la noche
del sábado pascual?
—Te estás hundiendo tú
mismo. El sábado comienza por la noche...
—Pero el pascual ya ha
comenzado. Olvidáis, según veo, que habéis juntado dos sábados en uno. Además,
sabemos por que lo habéis hecho: queríais tener menos trabajo.
Se produjo un silencio.
Alguien dijo:
—Tiene razón. Los galileos
tienen derecho a aprovecharse de esto.
—Pero no sabemos — dijo
precipitadamente Jonatán, hijo de Azziel — si el banquete pascual se hizo de
acuerdo con las prescrip- ciones...
— ¿Desde cuándo un «no
sabemos» decide sobre la culpabilidad de una persona? — gritó José.
De nuevo se produjo un
silencio. Oí los furibundos resoplidos de
Caifás. Parecía un toro
cegado por una capa roja.
—Un discípulo suyo — dijo
entre dientes el hijo de Azziel — nos aseguró que después del banquete aún
vertió vino y partió pan...
— ¿Dónde está este
discípulo? Que lo diga él mismo. Pero, a pesar de que le llamaron, no
compareció.
—Se lo ha tragado la tierra
— dijo burlonamente José —. Pero nos arreglaremos sin él. Yo os lo diré: las
antiguas prescripciones dicen que en señal de amistad y fraternidad, en la
noche de Pascua, se puede compartir el pan y el vino con tal de que sea después
de celebrada ya la cena.
—Es una costumbre
olvidada... — dijo Caifás.
Su mirada era como un
cuchillo que quisiera clavarse en el pecho de mi amigo.
—Pero existe — observó
José.
— ¡El testigo siguiente! —
llamó el nasi, cortando la discusión. Oí cómo decía a Caifás en voz baja —:
Tenemos muchos.
—Este hombre — dijo
nuevamente otro galileo— no observaba los ayunos.
— ¿Dijo por qué lo hacía?
— Dijo que se ayunará
luego...
— ¿Cuando luego?
—No sé, ilustrísimo. Dijo
que llegará el tiempo para ello...
— ¿Tú también lo has oído?
— preguntó el nasi al siguiente.
—Él decía otra cosa,
ilustre: que es más importante la caridad que el ayuno.
—Y lo que ha dicho el otro
testigo, ¿tú no lo has oído? ¿Acaso no le has entendido bien? ¿Acaso no
entiendes la lengua galilea?
—La entiendo, ilustrísimo.
Pero nunca le he oído decir esto.
—Pero, ¿visteis los dos que
no ayunase?
—Yo no lo he visto —
murmuró el judío.
—Pero la gente decía que no
ayunaba — añadió de prisa el primero.
— ¿Quién más ha visto que
este hombre no ayunara? De nuevo se hizo un gran silencio. Lo interrumpió un
amhaares con el rostro cubierto de arrugas y unas grandes, duras y torpes manos
de obrero que trabaja de albañil.
—Yo le oí decir que las
abluciones no son necesarias. Dijo: los fariseos se lavan por fuera, pero a
vosotros os basta estar limpios por dentro...
— ¡Oh, qué gran pecador! —
gimió Joel, y se encogió más aún que de costumbre.
—Ésta es una acusación muy
seria — dijo el rabí Johanaan —. Permite, ilustre — se dirigió al nasi —, que
hagamos unas cuantas preguntas al testigo—. Cuando Jonatán le dio el permiso
con un movimiento de cabeza, dijo —: Escúchame, ¿has visto nunca que este
hombre, antes de comer, sumergiera las manos cerradas en el agua?
—No, no lo he visto nunca —
aseguró el testigo.
— ¿Has visto alguna
vez — preguntó
ahora el rabí Eleazar — que, al volver de la ciudad,
donde un hombre puro siempre puede haber tocado a un pecador, lavara todo su
cuerpo?
—No.
— ¿Has visto alguna vez —
prosiguió el rabí Joel —que él o sus discípulos lavaran con agua los
recipientes de cobre en los que se hace la comida?
—No.
— ¿O los recipientes de
piedra que hubiese podido tocar una mujer impura?
—No.
— ¿O el vaso de tierra en
el que cualquier desconocido hubiera podido beber?
—No.
— ¿O el lecho en el que se
acuesta un desconocido a la hora del banquete?
—Rabí Joel, si tienes
intención de ir preguntando a este hombre sobre todas las cosas que vosotros
mandáis lavar, nos faltará noche para este interrogatorio —dijo Ananías, hijo
de Ananías.
— ¿Cómo
puedes hablar así? — replicó,
indignado, el rabí
Jonatán, hijo de Azziel —.
Todas ellas son cuestiones muy serias.
—Pero demasiado largas.
—Si éstas han de ser las
culpas de este hombre — dijo José —, vámonos a dormir. Los fariseos pronto
querrán lavar las estrellas y la luna...
—Tú, José, no eres puro.
¡Frecuentas demasiado las casas de los
goim! — exclamó Joel.
—Rabí Nicodemo — me dirigía
la palabra Johanaan —, tu amigo y socio se burla de las abluciones que
seguramente tú mismo no descuidas...
—No... Cuido de la pureza —
me defendí —. Pero tampoco me gusta la exageración.
— ¿A qué llamas tú
exageración? — me atacó Joel.
—Es una exageración, como
enseñaba el gran Hillel, exigir que se lave todo un cacharro cuya asa hubiere
podido ser tocada por una mujer impura — dije, reanudando con ello la eterna
discusión.
— ¡No
es verdad! ¡No
es verdad! —
dijo, indignado, el
rabí
Eleazar —. El asa forma
parte del cacharro entero. Cuando el asa...
—Pero, ¿nos hallamos aquí
para juzgar a un blasfemo o para hablar de cacharros? — interrumpió, chillando,
Caifás.
—Estamos investigando —
observó el rabí Onkelos con falsa dulzura en la voz — hasta dónde llega la
pureza de este galileo.
— ¡Pero si afirmáis que
fuera de vosotros no hay nadie puro! —
exclamó Jesús, hijo de
Damaios.
—José tiene razón. Pronto
el sol no os parecerá bastante puro —
comentó, riendo, Simón
Kaimita.
— ¡Quien no cuida la pureza
del cuerpo no cuida tampoco la pureza del corazón! — respondió el rabí
Jonanaan.
—Si el sacerdote no lo
lavara todo, el amhaares no lavaría nada
— dijo el rabí Eleazar,
animándose.
— ¡Son grandes, muy
grandes, los pecados de Israel! — gimió Joel alzando las manos con los dedos
abiertos—. ¡Grandes son los pecados si los más grandes hablan así!...
— ¡Callad todos! — gritó
Jonatán, el nasi —. ¡Callad! — repitió hasta que disminuyeron los gritos a
ambos lados de los bancos —. Basta, ilustrísimos. No juzgaremos a este hombre
por su impureza. No es sino un simple amhaares. Todos ellos son pecadores, ¿verdad?
—Jonatán tiene razón —
reconoció el hijo de Azziel en nombre de todo el banco de los fariseos.
—El testigo siguiente — y
el nasi llamó a un hombre que tenía la típica cara del ladrón de ciudad —. ¿Qué
sabes sobre él? — preguntó.
—Él dijo que su cuerpo es
el pan del que todos deberían comer y su sangre es el vino...
— ¡Qué repugnante! —
observó con muestra de disgusto Jehudá bar Ananías.
—Sólo un soteh puede hablar
así — dijo la voz de otro saduceo.
—O un loco...
—Bazar wedam, el cuerpo y
la sangre, he aquí lo único que le importa a un amhaares. ¿Y el espíritu qué? —
exclamó Joel con voz lastimera.
— ¡Esto no es un pecado, es
una locura! — observó el joven fariseo del extremo del banco.
— ¿Qué más puedes decir de
él? — preguntó el nasi.
—Él... — el hombre se paró
y levantó las manos con ademán de indignación —, ¡él dijo que el Templo será
destruido! — exclamó.
— ¡Oh, oh, oh...! —clamaron
por todos los bancos.
— ¿Quién lo destruirá? —
preguntó el nasi al testigo. Éste se quedó unos momentos pensativo.
— ¡Los romanos! — aseguró
por fin.
— ¡Nunca el poder del Hedón
podrá destruir el Templo! — dijo severamente Ananías, hijo de Ananías—. El
Templo es eterno.
—Sí, sí — asentían todos.
— ¿No recordáis la
profecía? El Señor dijo al nabí Jeremías que con el Templo ocurriría lo mismo
que con la casa de Silo — dijo, de pronto José.
Unas miradas llenas de ira
se volvieron contra mi amigo.
—Tú, José, eres sabio y
conoces las Escrituras — dijo con voz silbante Ananías, hijo de Ananías —. Por
esto deberías recordar que Jeremías se refería a la invasión de Nabucodonosor (
¡que el seol sea despiadado con él! ), pero luego prometió la vuelta y la
reconstrucción del Templo.
— ¡Lo sé; no hace falta que
me enseñes las profecías! — José estaba de pie con el rostro vuelto hacia el
banco de los saduceos, pero miraba a algún punto del espacio más allá de ellos
—. Se ha cumplido mucho de lo que Jeremías predijo... Pero no todo. Y mucho de
lo que ya se ha cumplido puede volver a cumplirse dos, tres, diez veces aún...
¿Quién de vosotros sabe a qué nueva alianza se refería el profeta? ¿Qué
significa eso de que cada pájaro conoce su tiempo, pero el pueblo de Israel no
ha conocido el suyo? Escuchad... ¿No os parece que hay algo en el ambiente, un
algo muy grande que se puede ganar o se puede perder?
— ¡Mirad, José está jugando
a profeta! — dijo Caifás —. Otro día,
¿por qué no?, estaremos
dispuestos a escuchar sus profecías... ¡Pero hoy no tenernos tiempo que perder!
—Es verdad, tienes razón —
dijo Johanaan —. En las sinagogas siempre
escuchamos gustosos las
palabras de los
profetas. Pero ahora hemos de
terminar con este hombre.
Jonatán, hijo de Ananías,
se volvió hacia el testigo.
—Así, ¿dijo que el Templo
será destruido?
—Sí, ilustrísimo.
— ¿Por los romanos?
—No — exclamó otro
andrajoso de la ciudad baja —. Yo lo he oído: dijo que él mismo destruirá el
Templo y luego lo reconstruirá.
— ¿Qué? ¿El mismo? — El
sumo sacerdote se levantó de un salto. Aquel largo interrogatorio había agotado
todas las reservas de su paciencia. Comenzó a preguntar febrilmente —: ¿Él
mismo quiere destruir el Templo?
—Sí, ahora recuerdo; dijo
esto — exclamó el primero de los testigos —. Incluso afirmó que lo reconstruirá
en tres días...
— ¡En tres días! — El joven
Ananías soltó una carcajada —. ¿En tres días? Bueno, ¡con un milagro, quizá!
—Él incluso dijo — ahora
declaraba el otro testigo — que no lo reconstruirá con las manos...
—No — corrigió el primero
—, esto no lo dijo.
— ¡Es claro que lo dijo!
¿No lo oíste? — estalló el segundo.
—No, Semei, no lo dijo.
—Los testigos no se ponen
de acuerdo — observó José.
— ¿Acabaréis
de una vez?
— preguntó Caifás,
airado e impaciente —.Forzad
vuestra memoria y decid: ¿lo dijo o no lo dijo?
— ¡No, ilustrísimo!...
— gritó el primero.
—- ¡Lo dijo! — exclamó al mismo tiempo el otro —. ¡Dijo que
el
Hijo de Dios reconstruirá
el Templo!
Se produjo un silencio de
muerte. Este amhaares se había permitido pronunciar el nombre del Altísimo. Era
obligado echarle de allí en el acto, proclamarle mínimo y prohibirle la entrada
en el atrio de los fieles y en la sinagoga. Vi que Joel, que estaba sentado no
lejos de mí, se tapaba los oídos y, con un gemido, golpeábase la frente contra
el pupitre. Miré a Caifás y observé con sorpresa que su rostro, hasta hace poco
irritado y malhumorado, se había aclarado ahora como por efecto de un
inesperado descubrimiento. Se levantó bruscamente y alzó las dos manos.
Comprendimos que quería hablar con la autoridad que le daba su cargo. Aunque, a
decir verdad, no era necesario que fuera el mismo sumo sacerdote el que
maldijera a aquel necio. La sala enmudeció en la espera. Pero Caifás no miraba
al testigo, aterrado por efecto de sus propias palabras. Miraba al Maestro, que
seguía con la cabeza baja, entre dos guardias, como un árbol desprovisto de
hojas pero aún altivo e inflexible.
— ¡Escúchame, tú! —
exclamó. Y continuó en tono solemne —. En nombre del Altísimo te ordeno que
contestes: ¿Eres el Mesías, el Hijo de Yahvé?
Instintivamente inclinamos
las cabezas y cerramos los ajos. Sólo en
semejante conjuro y
únicamente al sumo
sacerdote le está permitido pronunciar el terrible nombre
de El que Es. El corazón me latió más de prisa. Miré al Maestro. Quienquiera
que sea Caifás, cuando habla así deja de ser un hombre corriente. Comprendí que
Él se vería obligado a contestarle. Pero, ¿que le dirá? ¿Serán de nuevo
palabras detrás de las que se abre un abismo? Levantó lentamente la cabeza.
Aquel rostro hinchado y amoratado tenía en este momento una expresión de poder
como cuando con una sola palabra expulsaba
los demonios o cuando llamó
a Lázaro en la negra abertura del sepulcro. Si el obeso hijo de Betus, con su
invocación había crecido hasta las proporciones de un superhombre, este cambio
se había producido en grado
muy superior aún
en aquel maltratado
y perseguido prisionero. ¿Acaso esperaba precisamente este momento para
derribar todo lo que había venido a derribar? Mi respiración se hizo agitada. Toda
mi vida estaba pendiente de sus labios. Caería el rayo sobre la casa de Caifás.
Pensé: «quizás a este Sansón le han vuelto a crecer los cabellos...» Sentía la
inquietud como un soplo de viento que pasara sobre nuestras cabezas. Todos:
sanedritas, servidores, guardia, testigos, Jerusalén entera miraba el rostro
del Maestro. Un día yo invoqué el destino. Hoy, con su conjuro, Caifás lo
cumplió... Cuando se oiga la respuesta, pensé, sólo quedará un hombre vivo: Él
o el sumo sacerdote.
—Atali kamarta... — oí.
Pero aquella voz no era un
rayo. Esta inverosímil declaración fue pronunciada no por medio de un rayo,
sino con unos labios doloridos, hinchados.
—Tú lo has dicho... Y por
esto veréis venir al Hijo del Hombre en toda la gloria del Señor...
Las manos de Caifás,
alzadas en ademán solemne, cayeron sobre su cuello. Se clavó sus gordos dedos
en la garganta como si le faltara el aliento. Oí un rumor de tela rasgada. Con
un brusco movimiento, de hombre al que
el ritual no
basta, el sumo
sacerdote se rasgó
la cuttona hasta abajo.
— ¡Blasfemooo...! — la voz,
con un timbre histérico, pasó de grito a rugido y se disolvió en un susurro —:
¡Blasfemooo! — Caifás volvió hacia los bancos su faz enrojecida —. ¿Habéis
oído? ¿Habéis oído?
¿Qué falta nos hacen los
demás testigos? ¿Todos nosotros no somos acaso testigos?
Los miembros del Consejo
Supremo se pusieron todos en pie. Entre los gritos de « ¡Blasfemo! ¡Blasfemia!
», se oía el rumor de las cuttonas rasgadas. « ¡Acordaos de rasgarlas empezando
por abajo!, exclamó Jonatán, hijo de Ananías. En aquella confusión general,
sólo el nasi había conservado la serenidad, y ahora nos recordaba que, según el
ritual, sólo el sumo sacerdote puede rasgar las vestiduras de arriba abajo;
todos los demás han de hacerlo en sentido contrario.
Hablé con
José y luego
estuve paseando solo
por el atrio. Meditaba y poco faltó para que los
pensamientos me hicieran estallar el
cráneo como unos
melones pesados que
rompen la cesta demasiado débil. Meditaba en todo lo
que aquello significaba. Él ha contestado al solemne conjuro del sumo sacerdote
con la afirmación de que es el Mesías, el Hijo del Altísimo... Pero al mismo
tiempo no ha matado a sus enemigos con estas palabras. Ciertas confesiones
tendrían que ser como un alud cuando cae en un desfiladero... ¿Por qué en él
las cosas que sobrepasan más los límites humanos llegan de un modo tan simple,
tan humano? ¿Quién es él? ¿Hemos estado esperando desde hace siglos al Mesías
para que él ahora, con su primera confesión, se comprara su propia muerte?
¿Para esto hemos estado esperándole? Porque este año, ya desde la primera
reunión del Sanedrín, no he tenido
la menor duda
de que había
sido condenado aun antes de que hubiese comenzado su juicio. La pausa
que propuso el nasi era necesaria sólo para dictar la sentencia de día. Por
tratarse de una sentencia de muerte, tiene que ser ratificada por Pilatos, pero
estoy convencido de que este cruel hombre no dudará ni un instante en
aprobarla. Si se tratara de pedir gracia para alguien, podría aún esperarse de
él alguna sorpresa. ¡Pero siendo una sentencia de muerte, no! De modo que le
espera la muerte... ¿Quién votará en contra? Yo, José, quizá alguien más... No
llegarán ni a seis voces. ¿Que nos queda por hacer? José sugería oponerse a la
sentencia, gritar que el juicio nocturno no es válido, que al Maestro no le han
dado defensor, que el nombre «Hijo de Dios» lo encontraremos en las
Escrituras. Pero aquí
no se trata
del nombre. Yo
sé más cosas... Hace unas horas.
Santiago me repetía sus palabras con las que aseguraba a sus discípulos que él
y el Padre son el mismo... ¡Él se considera literalmente el Hijo de Dios! Se
considera... Pero, ¿quién es él, en realidad? Durante tres años he estado
observándole de cerca y de lejos. Hacía y decía cosas impresionantes. Nunca ha
existido un hombre como él. Nunca ha existido una persona... Porque, haciendo
cosas asombrosas, era siempre un hombre. Resucitaba a los muertos, pero
temblaba de frío en una mañana fresca. Cien veces, mil veces, he visto estas
contradicciones. ¿Acaso Judas tenía razón?
¿Acaso él se ha asustado?
¿Acaso habría podido llegar a ser el Hijo de Dios, pero no hizo nada para
lograr esta dignidad? ¿Acaso hubiera
podido dejar de ser hombre,
pero ha preferido seguir siéndolo...?
Todos estos pensamientos me
hacían estallar la cabeza. Me paseaba como un sonámbulo entre las hogueras.
Alrededor de ellas la gente se había callado y dormitaba. Sólo desde el otro
extremo del
palacio me llegaban gritos.
Procuraba no ir en aquella dirección. Cuando Jonatán, el nasi, mandó que le
sacaran de la sala, parecía que todos fueran a hacerle pedazos; los guardias,
la servidumbre,
«incluso algunos miembros
del Sanedrín se lanzaron sobre él, con los puños levantados.
Le pegaban y
le daban puntapiés;
para que
moderaran su
furor donarán tuvo
que gritar: «
¡No le matéis!
No
olvidéis que aún no ha sido
condenado». En vez de pegarle, todos le escupieron a la cara repetidas veces.
José quiso defenderle, pero le apartaron e le hicieron ir a la sala de
deliberaciones. Yo logré escabullirme al atrio. No, no he logrado hacer nada por
él. ¿Por qué soy tan cobarde? Santiago se desesperaba al ver que todos los
discípulos se habían desperdigado y habían huido. Pero, ¿en qué podían ayudarle
estos pequeños amhaares? Yo..., yo incluso, ¿qué puedo hacer? Si lograra
sobornar a alguien... No escatimaría dinero; daría toda mi fortuna... Estoy
dispuesto a cumplir nuestro pacto... Él dijo: «Dame tus preocupaciones y toma
mi cruz...» ¿Cruz? Sentí un escalofrío por todo el cuerpo. Cruz... Habla tan a
menudo de ella como si supiera que en ella tuviese que morir. Porque si muere
será en la cruz. ¡Para esto
exigimos de Pilatos
la seguridad de que no crucificaría a
nadie más! Ahora
dirá: vosotros mismos
lo pedís...
¿Cómo he de tomar esta cruz
suya? ¿He de dejar que me crucifiquen con él? ¡Pero esto sería un suicidio!
Nadie desea mi muerte. ¿Para qué
yo, un hombre
delicado, sensato, inteligente
y respetado por todos, debería ir a pedir personalmente
la más ignominiosa de las muertes? Además, la cruz... No existe nada tan
horrible como esta muerte de un hombre destrozado, colgado a la vista de todos,
que espera horas y horas a que las convulsiones paralicen su corazón.
¡No es la muerte lo más
horrible, sino el acto de morir, y la cruz es un inacabable fallecimiento!
Cuando pienso en mi propia muerte siempre
quiero imaginarla rápida,
como un quedarse dormido. Sólo que la
muerte... ¿Qué sé yo cuándo
comenzó la muerte de Rut? ¿Cuándo comenzó su cruz?... Se dice: murió
plácidamente. ¿Quién muere plácidamente? No, no: no hay fuerza que me obligue a
coger su cruz en esta noche tan llena de sobresalto, ¿Por qué no lo hacen ellos,
sus discípulos? ¿Han huido y yo he de morir? ¡No, no! Antes prefiero cerrar los
ojos a todo lo que ha sido y aún será... Todo recuerdo puede arrancarse de la
memoria de algún modo. Nuestro pacto...
¡Que más
da! Además, ¿qué
efectos ha tenido
para mí? Rut ha
muerto y ahora mismo yo me estoy muriendo de miedo. El morirá por
su doctrina, por haber
hablado de su Reino, que seguramente no
existe... Si el Altísimo es
tan enormemente misericordioso como él ha
dicho en tantas ocasiones,
debería saber que uno de nosotros es un ser miserable incapaz de elevarse por
encima del miedo... Quizás hay quien es capaz de no pensar en lo que va a
ocurrir. Yo lo pienso siempre. Me consume el miedo de mis propias previsiones.
Soy así. No se ser distinto. ¿Es que su doctrina es más suave que la antigua,
según la cual a cada uno, bueno o pecador, le espera el frío, oscuro y triste
seol? ¿Cómo se puede dar la vida a cambio de algo que quizá es un milagro de la
felicidad, pero que no podemos imaginárnoslo siquiera? El reino... ¿Para qué ha
venido él? ¿Para contarnos cosas sobre un mundo distinto del que pueden ver los
ojos de un hombre vivo? ¿Para qué ha venido? Ha traído sus locos sueños a un
mundo en el que ya, de un modo u otro, sabíamos vivir. Cuando Rut murió,
pensaba: «No me ha quedado nada...» Pero la vida es más fuerte. De nuevo he
vuelto a comer, dormir, hacer planes para el futuro. Eviden- temente, podemos
sobrevivir a la muerte del ser más querido. Lo podemos todo... ¿Por qué, pues,
acordarme de este... reino?
Andaba y temblaba de frío.
Me detenía cerca de alguna hoguera, pero era incapaz de quedarme parado, y
seguía adelante. Mi sombra se me ponía delante, al lado, o bien se escapaba
hacia atrás como la cola de un manto. Las mulas, hambrientas, relinchaban. A lo
lejos, más allá de los muros de la ciudad, se oía el canto de un gallo. Los
gritos de la gente detrás del palacio eran como un sonido que no logramos
acallar con nada; el sonido de una próxima desgracia. El tiempo se
alargaba indefinidamente como
un camino conocido
en todos sus detalles, siempre el mismo.
De pronto los gritos, que
hasta entonces me habían llegado de lejos, comenzaron a aproximarse. Tenía que
haber huido: pero mis pies se habían quedado clavados en tierra. Me quedé
encogido, pestañeando como quien espera recibir un golpe en la cabeza. La gente,
vociferando, venía en mi dirección. Otros que hasta entonces no habían
tomado parte en
los ataques contra
el maestro, se apartaron de las hogueras y fueron a su
encuentro. Alguien, cerca de mí, dio un grito y de pronto un hombre corpulento
que corría hacia la puerta con la cara cubierta me dio un fuerte empujón. Me
pareció ver algo familiar en la línea de su cabeza, pero no tuve tiempo para
mi- rarle. Pasó por mi lado, rozándome casi, un grupo de servidores, guardias,
jóvenes levitas y fariseos. Entre gritos y silbidos, conducían en el centro al
maestro. Logré verle sólo un instante: el rostro cubierto de salivazos; en la
cabeza, por escarnio, una corona de paja; las ma- nos atadas a la espalda, y
una dolorida mirada que rozaba a la gente
y resbalaba por ella como
los rayos de la luna por las hojas de los árboles... Por unos momentos esta
mirada se posó en mí... No quedaba nada en ella de aquel poder milagroso de
antes. Sólo una hora antes, ante el conjuro de Caifás él era alguien cuya sola
palabra era capaz de hacer caer de rodillas a todos. Ahora ya no era más que
un hombre lanzado
al mismo fondo
de la miseria
humana: un mendigo, un leproso,
un enfermo, un prisionero, todo reunido en una sola persona... Pasó junto a mí
como una aparición, pero su imagen me quedó bajo los párpados. Ellos siguieron
adelante empujándole, escupiéndole, haciéndole reverencias burlescas. ¡Quedé
destroza- do...! ¡Si hubiera aún en él, al menos, algo del maestro de antes! Me
hubiera sido más fácil defenderle. Pero, ¿cómo defender a un hombre cuya propia
debilidad le ha convertido en algo (no sé cómo decirlo) casi repelente?...
La grisácea luz del
amanecer anunciaba el nuevo día. La servi- dumbre nos hizo volver a la sala. Al
poco rato todos habían ocupado sus puestos. Como si quisieran acelerar la
llegada del nuevo día, las lámparas estaban apagadas y las sombras chocaban
duramente con las blancas manchas de luz. Caifás se levantó lleno de
impaciencia. No dejó hablar al nasi; él mismo ordenó:
— ¡Haced entrar al
prisionero!
Debían de haberle cortado
las cuerdas poco antes porque vi que la
vida volvía lentamente
a sus caídas
manos, hinchadas y amoratadas. Se quedó de pie con la cabeza
hundida entre los brazos en un instintivo ademán de defensa. Entre sus cabellos
se veían briznas de paja y sobre las mejillas unos blancos redondeles de saliva
aún húmeda.
Con una mano apoyada en la
cadera, Caifás preguntó:
—Dinos otra vez lo que te
has atrevido a afirmar antes ¿Eres el
Mesías?
Contestó sin alzar la
cabeza, con una voz en la que vibraba el cansancio.
— ¿De qué me servirá
repetirlo? No me creeréis ni me vais a soltar... Pero ha llegado vuestra
hora...
Caifás soltó una carcajada
fría y cruel y le siguieron como animados por ella, otras voces:
— ¿De modo que eres el Hijo
del Altísimo?
Tuvo que hacer un visible
esfuerzo para vencer la debilidad que le estaba dominando; enderezó el cuerpo,
alzó la cabeza y dijo
—Tú lo has dicho: lo soy.
Después de esto, su cabeza
volvió a caer y todo su cuerpo se relajó. Parecía no oír los gritos que
estallaron a su alrededor. Se quedó ajeno a todo lo que allí ocurría. No se
movió siquiera cuando Caifás preguntó':
— ¿Qué sentencia dictáis?
— ¡Muerte! — pronunciaron
primero los labios de Jonatan, hijo de
Ananías, y la palabra
recorrió todos los bancos —: ¡Muerte! ¡Muerte!
¡Muerte!
— ¡No! — exclamó José —.
¡No estoy de acuerdo! ¡Este juicio no es válido! ¡Y la sentencia tampoco lo es!
Este hombre es inocente...
— ¿Inocente? —Caifás se
estremeció —. ¿Inocente? ¿Desde cuándo, José, le está permitido a un pecador
decir que es el Mesías y el Hijo del Altísimo?
— ¿Y si efectivamente lo
fuera? — preguntó mi amigo —. Si lo fuera...
— ¿Él? —interrumpióle el
sumo sacerdote, indignado —. ¿Él? Fíjate bien en él, José. ¿Parece alguien
distinto del que es? ¿Este sucio amhaares iba a ser et Mesías?
—Ha obrado milagros
—discutió José.
— ¡Con la ayuda del impuro!
— exclamó Johanaan bar Zakkai —. Los magos egipcios también hacían milagros
ante los faraones; sólo que los hechos de nuestro padre Moisés fueron
mayores...
— ¿Y si lo fuera? Escuchad
— José se volvió ahora hacia todos los reunidos —: Y no sé... Sólo soy un
comerciante. Nunca he hablado con él. Nunca he meditado estas cuestiones. Pero
desde que le miro, desde que le escucho, siento una nueva inquietud... ¿Qué
sería si él fuera realmente el Mesías?
Le contestó un rumor que se
transformó en gritos salidos de muchas bocas a la vez:
— ¡No digas tonterías,
José! ¡No es el Mesías, sino un embaucador! ¡Te dejas engañar! ¿Es que te ha
lanzado un maleficio?
¡El Mesías no vendrá de
Galilea!
José me había infundido
valor. Me puse en pie de un salto y grité:
— ¡Él no es de Galilea! ¡Ha
nacido en Belén! Precisamente en la ciudad...
Pero mi grito, débil y
torpe, quedó ahogado por un alud de objeciones.
— ¡Todos pueden decirlo
desde que fueron destruidos los libros de los linajes! ¡Basta de tonterías!
¡Has hecho demasiado por él, Nicodemo! ¡Le has seguido, le has recibido en tu
casa! ¡Le aclamaste cuando entró en la ciudad montado en un asno! ¿Pretendes
que todos nos inclinemos ante un amhaares cualquiera? ¡Nosotros sabemos cuáles
son las señales que anunciarán la llegada del Mesías!
—No perdamos tiempo
—exclamó Caifás —, ¡Dictemos la sentencia!
— ¡Deteneos un momento!
Este hombre... — No recuerdo haber oído nunca hablar a José de este modo. En su
mente, lúcida y fría, debe de haberse producido algún cambio —. Escuchad —
exclamó
—: ¿a vosotros no os ha
inquietado nada? ¿No os habéis dado cuenta de que todas vuestras acusaciones se
desprendían de él como la
arcilla seca de la piel?
Él, realmente, no me importa nada. Le defendía
sólo porque le estabais
juzgando injustamente... Pero ahora no sé...
— ¡Puesto que no sabes,
vete a dormir! — exclamó Ananías, hijo de Ananías —. Somos bastantes aquí para
dictar la sentencia.
—Podéis iros los dos, tú y
tu amigo. ¡Sería mejor que os fuerais y durmierais bien!
— ¡Juzguémosle! ¡Juzguémosle! — apremiaba Caifás. —
¡Juzguemos! —repitió
Jonatán, el nasi — ¿Qué sentencia
dictáis?
— ¡Muerte! ¡Muerte!
¡Muerte! — se oía en el semicírculo de los bancos, como golpes de martillo.
— ¿Han pedido todos la
muerte para el blasfemo? — preguntó el
nasi.
— ¡Yo, no! — dijo José con
dureza —. Considero esta sentencia ilegal...
—Yo tampoco... —dije,
procurando dominar el temblor de mi voz.
—Ni yo — la tercera voz,
inesperada, pertenecía al joven fariseo del extremo del banco —. Este hombre no
puede ser culpable —. El joven haberim miraba bastante atrevidamente al sumo
sacerdote —. Yo tampoco sé quién es él — confesó —, sólo me habló una vez —.
Entornó los ojos
como si quisiera
hacer revivir la
escena en la
penumbra de sus párpados
caídos, pero se dominó y adoptó de nuevo el brusco y decidido tono de voz —.
¡Pero es inocente!
Caifás soltó una risotada
estrepitosa y triunfante.
— ¡Inocente! ¡Pobrecillo
inocente! ¡Ah, vosotros...! — apretó los dientes —.
¡Pero vuestra oposición
no servirá de
nada! — Nos traspasó a los tres con una mirada de
odio —. Tú, José, los has soliviantado. ¡Te parece que porque eres el más rico
del país te está permitido todo! ¡Te arrepentirás de esta piedad tuya!
¡Ajustaremos cuentas contigo! Y
contigo. Nicodemo. ¡Traidores...! ¡Veréis...!
— rugía.
Sentí que la cabeza me daba
vueltas, como si hubiera llegado al borde de un precipicio. De un lado llegó a
mí el susurro de Jonatán, hijo de Azziel:
—Has traicionado la
obediencia del haberim. Nicodemo... Defiendes a un hombre que quería
calumniamos ante todos. Nosotros tampoco hemos terminado contigo...
En un sordo silencio, uno
por uno, abandonamos la sala. Desde la puerta
miré al maestro.
Por última vez
revivió en mí
la ligera esperanza de que aún
haría algo que lo cambiara todo... Quizás todavía mostrara su poder. Pero
seguía con la cabeza baja, inclinada hacia delante como si fuera a caerse de un
momento a otro.
Salimos. Del Templo nos
llegaba el tañido de las trompetas de plata; las agujas de las torres del
palacio de los Asmodeos se colorearon de rosa. El aire era fresco y
transparente. Sobre la hierba brillaban como perlas las gotas de rocío.
Caminábamos despacio, sin decirnos nada. Por fin, José estalló
— ¡Por las barbas de
Moisés! ¡Qué pandilla de bandidos...! ¡Y aún amenazan! Yo les enseñaré...
— ¿Adónde vas? — pregunté.
—A casa, a dormir —
contestó, malhumorado —. No podría hacer nada más por él.
—Yo no podría dormir; iré
al Templo y allí esperaré la decisión de
Pilatos...
Nos paramos. José iba a
añadir algo, pero se limitó a mover la mano con ademán irritado y se marchó sin
decir palabra. El joven fariseo seguía allí indeciso.
— Tú, rabí — me preguntó de
pronto —, ¿le habías conocido más de cerca?
Moví la cabeza de un modo
vago.
—Sí. No: intenté conocerle,
pero...
—Él me habló una vez — dijo
el joven doctor —. Fue como si hubiera introducido la mano en mi interior y me
hubiese vuelto del revés. ¿Quién es él, rabí Nicodemo?
Me encogí lentamente de
hombros.
— ¡Qué sé yo!...
—Pero, ¿dijiste que ha
nacido en Belén?
—Esto me han dicho.
— ¿Por qué no sabemos nada
cierto sobre él? — preguntó —. Es un hombre tras una cortina de niebla... ¿Se
puede luchar por alguien a quien no se conoce?
Le dejé con esta pregunta
en los labios, marchándome con paso lento. El sol brillaba con creciente
intensidad en los dorados metales del Santuario. Los peregrinos subían por el
camino. De pronto, en una hendidura del muro vi a un hombre acostado con la cabeza
metida en- tre las piedras. Al principio creí que era un borracho medio dormido
después de alguna juerga nocturna. Pero, por las convulsivas sacudidas de sus
hombros, comprendí que estaba llorando. También le reconocí por el manto. ¡Nos
separan tantas cosas; fueron siempre tan
extraños para mí
estos amhaares...! Pero
sentí una gran compasión por este corpulento y atontado
pescador. ( ¿O acaso esto no era sino compasión de mí mismo? ) Me incliné y
apoyé una mano en su brazo.
—Pedro — le dije.
No sé cómo se me ocurrió
llamarle por el nombre que le había dado el maestro. Se volvió bruscamente.
— ¡Ah, eres tú, rabí!... —
sollozó. Tenía la cara cubierta de lágrimas y barro —. ¡No me llames así! —
exclamó dolorosamente —. No soy una roca. Soy tierra, ceniza y polvo del
camino... ¿Sabes qué he hecho? —me cogió por el borde de la simlah como si temiera
que me marchara y no quisiese escucharle. De sus ojos excesivamente separados
salían verdaderas fuentes de lágrimas. Sus gruesos labios hacían muecas al
sollozar —. ¡Yo... yo... le he negado! He dicho que no te conozco... que no sé
quién es... que no le había visto nunca.
— ¿Dónde fue eso? —
pregunté.
—En el atrio del sumo
sacerdote — gimió.
En seguida recordé: era él
el que me había dado aquel empujón en la oscuridad. Así y todo, me sorprendió
que hubiera tenido valor para entrar allí.
—No llores. — Le apreté el
brazo con fuerza: quería consolarle —. Estas cosas ocurren... dije. El
hombre...
Pero no lograba consolarle.
Estalló en nuevos sollozos aún más fuertes.
—Le he traicionado... Le he
traicionado... balbuceaba —. A él, que amaba tanto...
—Esto ocurre a menudo... —
repetí — El miedo llega a ser más fuerte que el amor... Y quizá me con — me
contestaba a mí mismo —, quizá el no es quien parecía ser...
—Soy demasiado ignorante...
—lloró más fuerte aún— para saber quién es él. ¡Pero me amaba tanto! Y yo a
él... — Corrigió, en medio de un amargo sollozo—: ¡Creí amarle tanto!... Nunca
volveré a decir...
¡Nunca! ¡Nunca! —Se
golpeaba el pecho con su enorme puño —
¡Nunca! Estaba tan seguro
de mí mismo. Me indignaba contra Judas... que le ha traicionado... Y luego, yo
mismo, igual... o aún peor, aún peor... — Se llevaba sus grandes manos a la
boca con desesperación.
Es verdad, pensé; él amaba
tanto... Siempre se sentía que para cualquiera de nosotros, incluso para mí
solo, si hubiera sido necesario pasar por todo lo que ahora está pasando, lo
hubiese hecho sin detenerse a pensarlo siquiera... Simón también lo siente así,
aunque no sabe pensar. ¿Y yo? ¡Yo no le he negado! Pero tal vez porque nadie me
preguntó por él como le habían preguntado a Simón. El destino o la casualidad
me han evitado amenazas brutales. Acaso me expulsarán del Sanedrín o del Gran
Consejo... Pueden hacerlo. A él han podido matarle sin consultar siquiera a
Pilatos... Quizá sólo por esto no le he negado; pero, en cambio, he dudado...
Simón le ha negado, pero no ha dudado. Para mí esto sigue siendo una cuestión
de fe... Para él, una cuestión de amor...
¿No debería yo también
llorar como él? Pero no me quedan más lágrimas. Las últimas las vertí por Rut,
no cuando murió, sino cuando comprendí que debía morir... No tengo lágrimas, ni
tengo fe. Simón llora, pero seguramente debe parecerle que, a pesar de esta
traición,
el maestro sigue
amándole... Yo he dejado de creer que él me espera. Y por esto no puedo
llorar...
Desde la terraza sobre el
pórtico veía cómo la serpiente multicolor de
la gente se
dilataba o contraía
al entrar en
las estrechas y tortuosas callejuelas. Sobre ellas se
elevaban gritos y silbidos que aumentaban en intensidad a medida que se iba
acercando el cortejo. No era muy numeroso: al frente iba la guardia que se
abría paso a gritos y, cuando
esto no bastaba,
repartiendo bastonazos. Los seguían,
solemnes, con toda
la dignidad de
sus puntiagudos turbantes,
mantos de púrpura, efods y cadenas de oro, los sacerdotes y los
ancianos del Gran
Consejo. Inmediatamente detrás
les conducían a él. Iba rodeado de guardias y un doble cordón de éstos
contenía a la turba vociferante que se agolpaba detrás.
Era la chusma ciudadana
acostumbrada a recoger las migajas de las mesas de los sacerdotes. Esta gente
hace por dinero todo lo que se le pida. Par la noche se les había ordenado que
se reuniesen en el atrio de la casa del
sumo sacerdote. Ahora iban soltando
injurias contra el maestro. Se sumaron a ellos toda clase de mirones
callejeros que no faltan ni a esta hora tan temprana.
Pero, cuando el cortejo
pasó el puente y entró en el atrio del Templo, todo el grupo quedó ahogado en
el denso mar de peregrinos que, a pesar
de la hora,
se había reunido
allí para comprar
los animales para el sacrificio y cambiar dinero. El repugnante mercado
que él había dispersado volvió a crecer como crece una ortiga cortada o un
cardo. Aquel cortejo que trataba de abrirse paso llamó la atención de todos.
Miles de personas se abalanzaron hacia él. Los desaforados gritos y los
silbidos de los que conducían al maestro fueron ahogados por las voces llenas
de sorpresa de los que súbitamente vieron al profeta de Galilea maniatado y
rodeado de guardias. Me pareció que entre aquella algarabía oía los gritos,
llenos de indignación, de los campesinos galileos. Aquello me animó. Hace una
hora, al salir de la casa de Caifás,
estaba convencido de
que la suerte
del maestro estaba echada. Pero
ahora había renacido en mí una nueva esperan- za. ¡José no tiene razón!, pensé.
¿Qué importa que el Sanedrín haya dictado sentencia? ¡El Sanedrín e incluso el
mismo Pilatos no lo son todo! ¡Aquí están las multitudes que hace unos días
aclamaban al maestro con el nombre de hijo de David! ¡Los galileos no
entregarán a su profeta! Bajé de prisa. Mi debilidad había desaparecido, estaba
dispuesto a actuar, a luchar nuevamente por la vida del maestro.
Momentos así, de un súbito
resurgimiento de energía, también los había experimentado durante la enfermedad
de Rut. Luchando con dificultad para abrirme paso, me dirigí hacia el cortejo
que, seguido ahora por una enorme multitud, daba lentamente la vuelta al
Templo. Daba empujones e la gente. En cierto momento mi manto se prendió en la
mesa de un cambista y las monedas cayeron ruidosamente sobre las losas del
suelo. Estallaron gritos de ira e indignación; alguien gritó mi nombre con
enojo. Pero no me volví. A pesar de todo, nunca hubiera alcanzado a los
primeros del cortejo si no hubiese tenido la idea de acortar el camino pasando
por el atrio de los fieles. Por aquí se podía andar: tanto los peregrinos como
los sacrificadores se agolpaban en las puertas para salir fuera. La oleada
humana me arrastró a la parte opuesta del Santuario, bajo los muros de la
severa torre Antonia. Aquí pude reunirme con el cortejo. Rozándome con los que
iban a mi lado logré coger al vuelo algunos fragmentos de frases:
—Han prendido al galileo...
Por la noche... ¡No se les entregará! Todo el Sanedrín... ¡Maldito hijo de
Betus! ¿Adónde lo llevan? Hacía milagros,
curaba... Hechizó el
agua de la
Piscina Probática!
¡Tonterías! ¡Es el
Mesías...! ¡Blasfemas diciendo esto! ¡Es un maestro grande y bueno! ¡No. es un
mínimo! Pero, ¿y si es el Mesías? Veréis como no dejará que le hagan nada.
Vamos a verlo... ¿Y qué dicen los romanos a esto? ¡Que no se les ocurra hacer
otra vez uso de los garrotes!
A los romanos debió de
inquietarles aquel cortejo y el vocerío producido por él, porque, cuando nos
acercamos a la Antonia, oí un penetrante ruido de cuernos y silbatos en el
interior de la fortaleza. A la puerta nos recibió una triple formación de legionarios
con los yel- mos hundidos hasta los ojos y los escudos levantados, disimulados
bajo un lienzo. Por la ventana, sobre la puerta se asomaba el jefe de la
guarnición, el hegémona Sarkus, que haciendo bocina con las manos, gritó:
— ¡Deteneos! ¡Si no sois
unos rebeldes, deteneos! ¿A qué venís? El cortejo y toda la multitud que se
había juntado a éste se vertió
en la
estrecha callejuela frente
a la fortaleza.
Los miembros del
Sanedrín que iban delante,
al oír las palabras del hegémona, se pararon a unos pasos de los soldados en
formación. Pero nadie podía responder a la pregunta de Sarkus porque lo impedía
el tremendo alboroto: continuamente nuevos grupos se unían a los últimos,
preguntando el motivo
de aquella concentración, expresando
su opinión ruidosamente, gritando unos contra el maestro, otros contra
los sacerdotes y otros, por
fin, y éstos eran los más, contra los romanos. El recuerdo de los garrotes
romanos permanece vivo en la ciudad y el odio hacia Pilatos estalla por
cualquier motivo. Observé que entre la multitud había muchos fariseos mezclados,
sobre todo con los grupos de galileos, a quienes dirigían no sé qué rápidas
palabras; juraría que las estaban convenciendo de la culpabilidad del maestro.
La calle, atestada de gente, hervía como si la consumiera un incendio. Cuando
hacía ya rato
que esto duraba,
vi que el
rabí Jonatán, hijo de Azziel, decía algo a uno de los jóvenes haberim,
el cual se subió a los hombros de otro y gritó con todas sus fuerzas:
— ¡Silencio! ¡Callad! ¡El
sumo sacerdote quiere hablar!
¡Hasta dónde hemos llegado!
Tenemos que hacer callar al pueblo para que los saduceos puedan hablar... El
vocerío disminuyó. Oí la voz ronca y medio ahogada de Caifás, dirigiéndose a
Sarkus:
—Hemos venido a ver al
ilustre procurador por un asunto muy grave. Le hemos traído a un conspirador
que provoca disturbios. Ve y pídele al procurador que venga a donde tú estás y
se digne escucharnos. No podemos entrar en la fortaleza porque, como sabes,
mañana es nuestra gran fiesta y no podemos durante este tiempo entrar en casa
de nadie que no profese nuestra fe...
Sarkus ni tuvo tiempo de
contestar porque en la ventana de al lado apareció inesperadamente Pilatos. Se
quedó sólidamente apoya- do sobre sus piernas abiertas y con las manos cruzadas
sobre el pecho. Debió de haber bebido por la noche, porque tenía dos grandes
bolsas bajo los ojos, y sus labios, caídos, daban a su boca una expresión de
disgusto. Además, en
toda su figura
se leía el mal
humor, como quien se ha levantado con el pie izquierdo y no hace sino buscar la
ocasión para mostrar su enojo. Se me ocurrió pensar que Pilatos no debía de
haber olvidado aquel asunto del año anterior ni
su triunfo, como
probablemente tampoco había
olvidado las antiguas derrotas.
Para aquel hombre, envenenado por la desesperación, la venganza debía de ser
algo así como una distrac- ción o incluso lo único que daba sentido a su vida.
Se quedó callado y parecía contar por debajo de sus párpados caídos el número
de personas que componían aquella multitud. Caifás hizo una seña y los
guardias, tirando brutalmente de la cadena y de las cuerdas, llevaron al
prisionero al frente de los reunidos. La mirada de Pilatos pasó de la chusma a
los miembros del Sanedrín, ricamente vestidos, y se posó al fin sobre el
maestro. Dijo cáusticamente:
— ¿Es éste a quien habéis
venido a acusar? Veo que no habéis aguardado a que yo le juzgue. Este hombre
está medio muerto.
Decía la verdad. Durante
aquella sola noche el maestro se había convertido en la sombra de sí mismo. Su
rostro estaba cubierto de polvo, sudor y manchas rojizas producidas por los
golpes. La mejilla derecha se había hinchado y le deformaba la línea de la
nariz. Los cabellos, despeinados y cubiertos de polvo, colgaban en forma de
sucios y desordenados mechones. Daba pena ver su barba, de la que los siervos
del sumo sacerdote habían tirado y arrancado el pelo a puñados, dejándola
convertida en un amasijo de carne, sangre y cabello. Tenía los labios
entreabiertos, negros y resecos: en las comisuras, la sangre daba a su boca una
expresión de dolor. Por debajo de la frente, cubierta de barro, parecía que
miraban con esfuerzo sus ojos, ya no castaños, sino negros, como dos pequeñas
ventanas abiertas a una noche sin estrellas...
— ¡Es un gran malhechor! —
dijo Jonatán, el nasi —. Si no lo fuera, no le hubiéramos traído aquí.
—Puesto que ha hecho tantas
maldades, deberíais juzgarle vosotros mismos — dijo desde arriba la voz
burlona.
—Ya lo
hemos juzgado —
dijo el viejo
Ananías —. Según nuestro juicio,
ha merecido la muerte. Pero a nosotros, noble procurador, no nos está permitido
cumplir una sentencia...
— ¡Claro que no os está
permitido! — exclamó —. En toda Judea sólo yo decido sobre la vida y la muerte
de las personas. Si esto dependiera de vosotros... —y movió la mano
desdeñosamente—. Vuestra sentencia me importa bien poco — siguió diciendo con
malos modos —. Yo solo decidiré cuál habrá de ser su suerte. ¡Traedle! ¡Si este
hombre apenas vive! — exclamó, enojado, al ver que el maestro, brutalmente empujado
por los guardias,
había caído al
suelo —.
¿Pretendéis que juzgue a un
hombre al que antes habéis torturado?
¿Qué tenéis contra él?
— ¡Lee! — ordenó Caifás a
uno de los levitas.
Advertí que el sumo
sacerdote bullía en su interior, herido en lo vivo por las insultantes palabras
de Pilatos. A este par de hombres, quienes durante tantos años habían mantenido
constantes y continuas relaciones de verdadera amistad, la cuestión del acueducto
les había separado para siempre.
El levita alzó el rollo y
comenzó a leer como si cantara un salmo:
—«El Pontífice del
Santísimo cuyo nombre no somos dignos de pronunciar, José Caifás, hijo de
Betus, después de consultarlo con los más ilustres y sabios sacerdotes,
maestros y conocedores de la Ley de Israel, proclama que Jesús, hijo de José,
naggar de Nazaret, es culpable de incitar a la gente a no pagar los tributos
debidos al César...»
— ¡Es mentira! —
interrumpió Pilatos—. ¡Yo sé bien quién paga los impuestos y quién no los
quiere pagar!
— ¡Sigue leyendo! — dijo
Caifás con voz que delataba un furor a duras penas contenido.
— «Y también — continuó el
levita — es culpable de soliviantar al pueblo y proclamarse a sí mismo rey de
Israel...»
— ¿Rey? —Su desdeñoso enojo
se convirtió en una burla abierta
—. ¡Ah! De modo que me
habéis traído a vuestro rey... Bueno, siendo así, ¡juzguémosle! — Y dijo a un
soldado que estaba a su lado —
Tráeme aquí a ese rey.
Los soldados romanos
cogieron las cuerdas de manos de la guardia y tirando de ellas condujeron al
maestro al espacioso patio empedrado con mosaico de color. Mientras tanto, los
siervos habían sacado para Pilotas la silla curul y extendido sobre ella un baldaquino
color púrpura. Vi de lejos que Pilatos se sentaba en el trono, cuyo alto
respaldo terminaba con la odiosa figura del águila romana. A su lado se colocó
el lictor y, junto a él, se arrodilló el escriba que anota las declaraciones.
No pude oír las palabras, pero por los ademanes de Pilatos, podía
deducirse el proceso
de su conversación
con el maestro. Pilatos primero
preguntó algo, pero Jesús parecía sordo a sus palabras porque el romano tuvo
que repetirle la pegunta varias veces. Luego el procurador mandó al escriba que
le leyera de nuevo la sentencia del Sanedrín. Volvió a preguntarle algo,
señalando el rollo, a lo que el maestro respondió, pero de tal manera, que
Pilatos no hizo sino encogerse desdeñosamente de hombros como si a él mismo se
le hubiera preguntado una cosa sin sentido. De nuevo dejó caer una palabra
inclinándose hacia el prisionero, quien esta vez le contestó con unas cuantas
frases. Al oírlas Pilatos se enderezó y, apoyándose en el respaldo, se quedó
mirando fijamente al maestro como si no le hubiera visto hasta entonces. Por un
ligero movimiento de la cabeza comprendí que pasaba la mirada de los pies a los
cabellos enmarañados y luego de la cabeza a los pies descalzos y
ensangrentados del hombre
que tenía delante.
Cuando volvió a
interrogarle, en vez de
hacerlo como un juez aburrido, le hizo una pregunta con aire de perplejidad,
que el maestro contestó durante bastante rato. En cierto momento Pilatos movió
los hombros con impaciencia y sin esperar a que el prisionero acabase de hablar,
se levantó de la silla y subió la escalera. A poco le vimos de nuevo en la
ventana. Levantó la
mano para imponer
silencio a la
gente que, durante el
interrogatorio se había puesto a hablar, llenando de nuevo la calle de gritos y
discusiones.
—Yo —afirmó secamente — no
veo los crímenes de los que le acusáis...
Se hizo un momentáneo
silencio que interrumpió la aguda voz de
Caifás con un chillido:
— ¡Es un malhechor! ¡Un
conspirador! ¡Un rebelde! También se oyeron voces de otros miembros del
Sanedrín:
— ¡No puede ser, ilustre
procurador!... ¡Es un hombre peligroso!
¡Le hemos juzgado! ... ¡Ha
cometido muchos delitos!
—No los veo... —
interrumpió secamente. Comprendí que Pilatos había intuido
hasta qué punto
interesaba a saduceos
y fariseos, unidos por primera
vez, la condenación del maestro, y precisamente por esto ponía dificultades.
Los gritos, cada vez más violentos, de los sanedritas contrastaban con el
absoluto silencio de la muchedumbre, que ya no sabía qué pensar de aquellas
acusaciones dirigidas contra el maestro. Pilatos conocía demasiado bien a Jadea
para ignorar que las opiniones de
los sacerdotes y
los maestros no
tienen valor mientras el pueblo
no las apoye. Hizo restallar los dedos con aire de indiferencia —. ¡No gritéis
tanto! — dijo, como si quisiera irritarles más
—. En último término — se
balanceó sobre las piernas y humedeciose los labios —, puesto que os interesa
tanto obtener una condena para este hombre — presentí que sus palabras
volverían a ser un nuevo pinchazo para el sumo sacerdote y su séquito —, podéis
llevarle al tetrarca. Puesto que éste es galileo, se lo cedo...
Dio media vuelta y
desapareció de la ventana. Los soldados condujeron al maestro a la puerta y lo
entregaron de nuevo a los guardias, que tiraron con rabia de las cuerdas.
La multitud comenzó a
descongestionar lentamente la callejuela. Sobre ella seguía elevándose el rumor
de animadas discusiones. Los sacerdotes y maestros iban rodeados por la
guardia. Al pasar junto a mí, vi que hablaban y discutían acaloradamente.
Seguro que ninguno de ellos sentía deseos de ir a ver a Antipas. Comprendí por
qué
Pilatos los había enviado a
él. Sabía que este cobarde no se atrevería a levantar de nuevo la mano sobre un
hombre rodeado por el respeto de la mayoría. Sin duda recordaba aquella escena
en Maqueronte. En mí nació de nuevo la esperanza de que, si incluso este hombre
depravado se había puesto de su parte, el maestro saldría sano y salvo de aquel
asunto. Es verdad que el propio acusado había dicho, prevenido... Pero todo
ello podría ser sólo a modo de prueba. En no sé qué punto muy recóndito del
corazón sentí el pinchazo, como de una aguja muy fina, de un pensamiento: sabrá
salvarse a sí mismo...» Apreté con fuerza la mano. En todos nosotros viven dos
personas: una está llena de nobles deseos y grandes anhelos: la otra, incluso
en su preocupación por los demás, es capaz de esconder un algo de envidia...
¡Si existiera una fuerza capaz de limpiar los corazones humanos!
Vi también que Joel,
Onkelos y Jonatán bar Azziel, saliendo del círculo de
los guardias, en
lugar de dirigirse
hacia el palacio
de Antipas, reunían en un grupo a los fariseos diseminados entre la
multitud. Les decían
algo. Debían de
ser nuevas órdenes.
Pero, cuando me acerqué al grupo, los otros los pusieron en guardia con
una rápida mirada significativa en mi dirección.
Seguí al Sanedrín a cierta
distancia. El cortejo avanzaba de nuevo a lo largo del pórtico, atravesó el
puente y entró en Xistos. Aquí estaba el palacio construido por Antipas en
lugar del antiguo de Herodes, que los romanos se quedaron para ellos. A medida
que pasaban las horas llegaba más gente, enterada del prendimiento del maestro.
En la ciudad, atestada de peregrinos, la noticia se extendió como el fuego en
un haz de paja. Ni los preparativos de la Pascua detuvieron a la gente. La
multitud, que supo mantenerse relativamente silenciosa ante la torre Antonia,
cuando le tocó andar de una punta a otra de la ciudad, se dejó dominar por una
pueril necesidad de gritar, aullar y silbar. El caso comenzó a atraer y
apasionar a las personas como las carreras en el hipódromo con el que Herodes
ha profanado la ladera del Sión. Se discutía cada vez más acaloradamente:
—Es el Mesías... ¿Qué
dices? ¡Si es un simple galileo! ¡El Mesías no se dejaría pegar así!... Curó a
mi mujer... El Mesías vencerá al Hedón.
¿Recordáis cómo devolvió la vista a Mateo, hijo de Chuz? Pero dijo que el Templo
será destruido... Es un mínimo...
De pronto oí junto a mí a
uno de los fariseos que decía a la multitud:
—No olvidéis
que antes de la Pascua
los romanos siempre sueltan a un prisionero. Hemos de
exigirlo... —Es verdad, es verdad
— respondían —. Tienen que
soltar a uno, los malditos. Ya nos encargaremos de gritar.
—Pedid por Barrabás. Él
luchó contra ellos... — sugería el fariseo.
¿Barrabás? Casi
abrí la boca
de asombro. ¡Qué
idea! Este bandido criminal nunca
ha luchado contra los romanos. Sus víctimas eran sólo los pobres indefensos.
Los mismos saduceos pidieron a Pilatos que librara a la ciudad de este
malhechor. ¿Y ahora se sugiere a la gente que grite por su liberación?
Mientras tanto
los primeros del
cortejo habían llegado
ya al palacio. Comenzaron a
discutir con el filiarca de Antipas porque ninguno de los sanedritas quería
entrar, no fiándose de la pureza de la casa del tetrarca, y éste se negaba a
salir fuera (sabemos por qué:
¡teme a la gente!). Por fin
entregaron el prisionero a cuatro soldados tracios de la guardia del tetrarca y
se lo llevaron adentro. Los sacerdotes, los doctores y toda la chusma se
quedaron fuera, en la calle.
No esperamos mucho tiempo.
Se produjo un movimiento bajo las columnas y la guardia volvió con el maestro.
Llevaba, como antes, las manos
atadas y el
cinturón con las
cuerdas, pero sobre
sus vestiduras, sucias y rotas, le habían echado una sábana blanca. El
filiarca, sin bajar de la escalinata, anunció:
—El nobilísimo rey de
Galilea y Parea, Herodes, hijo de Herodes, os encarga, ilustres rabinos, que
digáis al ilustre procurador que le da las gracias por haberle mandado al
prisionero...
— ¡No somos mensajeros del
rey Antipas! —exclamó Jonatán bar
Ananías, indignado.
—Así lo ha dicho el rey —
el griego hizo un ademán como queriendo librarse de toda responsabilidad —. Os
devuelve al prisionero. No está dispuesto a juzgarle. Es un hombre anormal...
Los soldados tracios
empujaron al maestro hasta el pie de la escalinata de piedra. De nuevo las
cuerdas se encontraron en las manos de la guardia del Templo. Caifás les dijo
algo con voz ronca de cólera. Entonces comenzaron a pegarle con saña y a
maltratarle. El cortejo regresó al Templo. Durante el camino los guardias no
cesaron de torturar a su prisionero. Le empujaban, tiraban brutalmente de la
cadena y le daban puntapiés cuando se caía. Pensé con horror que,
puesto que
no lograban obtener
la sentencia, le
matarían simplemente.
De nuevo nos encontramos
ante las puertas de la Antonia. Pilatos, sonriendo con aire de burla, apareció
en el balcón.
— ¿Y qué? ¿El tetrarca
tampoco ha sabido ver en él los crímenes inventados por vosotros?
Los sanedritas no
contestaron, aunque se les veía apretar con rabia las mandíbulas y los puños.
Caifás volvió su roja faz hacia el hijo de Azziel y éste, en respuesta, movió
ligeramente la cabeza. Los fariseos, mezclados entre el gentío, comenzaron a
susurrar..... ¡Ahora, gritad ahora!» La multitud obedeció:
— ¡Un prisionero! ¡Suelta a
un prisionero! — Las exclamaciones iban
aumentando en potencia,
hacían coro —
¡Un prisionero!
¡Queremos un prisionero!
Al poco rato la calle
entera gritaba — ¡Suelta a un prisionero!
— ¿Qué chillan éstos? —
preguntó Pilatos a Jonatán, el nasi.
—Generalmente, ilustre
procurador, en el día de Pascua soltabas a un prisionero... — contestó el hijo
de Ananías, esforzándose en mostrarse amable —. Es lo que ellos te están
pidiendo ahora.
La muchedumbre,
embriagándose con su propio número y fuerza, gritaba como loca:
— ¡Un prisionero! ¡Suelta a
un prisionero! ¡Suelta a un prisionero! Pilatos
sonreía con malicia.
Debía de producirle
una gran
satisfacción este juego
contra sus antiguos amigos. Hizo ademán de
que quería
hablar y esperó
pacientemente a que
enmudeciera la última palabra
rezagada, como la última piedra que cae en un desprendimiento de tierras.
— ¿Queréis que dé libertad
a un prisionero? No os lo niego... — Alzó la vista y la voz por encima de las
cabezas de los sanedritas. Miró la calle, atestada de gente, que semejaba una
rama en la que se hubiera posado todo un enjambre de abejas Tengo a dos: uno de
ellos es Jesús, a quien llamáis el Mesías y a quien vuestras autoridades acaban
de entregarme. El otro es Barrabás... ¿A cuál preferís que ponga en libertad?
Se hizo un silencio
absoluto. Por las afeitadas mejillas de Pilatos pasó una sonrisa de triunfo.
¡Esta pregunta había sido un acierto! La multitud, que hasta entonces sólo
había actuado como espectador en
todo aquel asunto,
seguramente respondería ahora con sentido co- mún. Durante dos años Barrabás
había sido el terror de mercaderes y peregrinos. Pero yo, esperando con
impaciencia la voz del pueblo, no me hacía la menor ilusión sobre la postura de
Pilatos. A él no le importaba en absoluto la vida del maestro, sólo deseaba
oponerse a los deseos del Sanedrín. Hubiera luchado igualmente por la vida de
cualquier otro hombre. Por aquellas dos derrotas consideraba que se le debía
más de una victoria.
De pronto se elevó de entre
la multitud una sola voz (estoy seguro de que era la de un algún haberim, pues
conozco bien el lenguaje de los amhaares):
— ¡Suelta a Barrabás!
— ¡Suelta a Barrabás! —
repitieron otras voces.
Si hubiera dicho
tranquilamente: Fijaos en los que nombran a Barrabás; no son de los
vuestros..., no dudo de que nadie hubiese repetido la petición. El maestro no
sólo ha hecho muchas obras de misericordia, también había ridiculizado a los
fariseos y dispersado el mercado en el que el pueblo se sentía explotado. El
juego de los acusadores era enormemente arriesgado. Pero no suponía que
nuestros haberim conocieran tan bien al procurador.
Le habían hecho caer en la
trampa no había podido hablar mejor que cuando dijo, impaciente, burlándose y a
la vez autoritariamente, como si no oyera aquellas voces:
— ¡Vamos, pronto! ¿Ya
habéis escogido? ¿Queréis a Jesús? ¿O quizás alguno de vosotros prefiere al
bandido y no al carpintero de Nazaret? ¿No? En este caso os voy a poner en
libertad a Jesús...
— ¡No! — se oyó gritar —.
¡No! ¡No! ¡Queremos a Barrabás!
Ahora había más voces. La
multitud es como un niño que se deja guiar sin darse cuenta de que cumple la
voluntad ajena.
— ¡Suelta a Barrabás!
¡Queremos a Barrabás!
— ¿A Barrabás? — repitió
con voz llena de asombro y rabia.
Ahora vi claramente lo que
ocurría. La gente de la calle había comprendido que Pilatos defendía al
maestro. A ella tampoco le importaba la vida de Jesús, sino la victoria. La
lucha contra los saduceos y los fariseos se había transformado en una lucha contra
los romanos. Querían triunfar
sobre ellos. Quien
ha vencido una
vez quiere volver a
experimentar el triunfo.
Sus palabras vacilantes
parecían delatar su
debilidad. La turba siente por instinto el desaliento de su contrincante. Mil
voces chillaron a la vez:
— ¡Suelta a Barrabás! ¡A
Barrabás! — Se produjo un tumulto —.
¡A Barrabás! — Ahora todos
gritaban con toda la fuerza de sus pulmones. Barrabás ya no era el nombre de
una persona, sino un
símbolo—. ¡Suelta a
Barrabás! ¡A Barrabás!
En el rostro de Pilatos se
pintó el enojo. Estaba furioso por haber entregado su arma en manos del pueblo
y que éste la volvía contra el. Un pequeño efebo griego, como tantos hay en los
palacios, se acercó por detrás y le dijo algo. Por las mejillas de Pilatos pasó
una súbita contracción, y los ojos le brillaron inquietos. Dijo al muchacho una
corta frase, apoyó las manos en la balaustrada y se asomó. Seguía hablando por
encima da las cabezas de la gente del Templo, como si creyera que así lograría
hacerse oír.
—Así, ¿queréis a Barrabás
en vez de Jesús?
— ¡Barrabás! — aullaba toda
la turba al unísono.
— ¿Y qué he de hacer con
Jesús?
Por un
momento todos se
callaron. Sentí cada
latido de mi corazón. Si hubiera gritado: «Déjalo
también en libertad», quizá la multitud me hubiera seguido. ¡Seguro que sí...!
Pero yo no sé dirigir a una masa humana. No me gusta... La temo... Me sentí
tímido y atemorizado. La voz
se me paralizó
en la garganta.
Oí que los fariseos, mezclados de nuevo entre la
plebe, gritaban: « ¡Crucifícale! » La frente se me cubrió de sudor, me faltó el
aire en los pulmones. «
¡Crucifícale! », repitieron
los mismos de antes. Parecía imposible que una multitud compuesta por millares
de personas pudiera quedar supeditada a la voluntad de unos pocos. Pero Pilatos
ayudó de nuevo inconscientemente a los agitadores, pues hizo una mueca, apretó
los dientes y golpeó el muro con el puño, lleno de rabia. Al verlo, todos
chillaron triunfalmente:
— ¡Crucifícale!
Ahora se volvió hacia la
gente del Templo y la sinagoga:
—¿Me pedís que vuelva a
crucificar? — preguntó con ironía —.
¿Vosotros mismos me lo
pedís ahora?
—El pueblo lo quiere... —
Contestó Jonatán, el nasi, abriendo los brazos.
Las voces siguieron
gritando sin disminuir ni por un instante:
— ¡Crucifícale!
¡Crucifícale!
El procurador, vencido, se
mordió los labios. Por dos veces se había dirigido al pueblo y por dos veces
éste le había decepcionado. Pero
este bárbaro, que,
en cierta época,
había soñado con
los laureles de general, poseía una gran obstinación y un deseo salvaje
de lanzar al pueblo contra los sacerdotes, a costa de lo que fuera. No me era
difícil comprenderlo: una sola victoria de este tipo le hubiera hecho acreedor
de la hasta ahora desconocida fama de persona que sabe gobernar a Judea. Hasta
ahora nadie lo había logrado. El César sabría reconocérselo. Y quién sabe
cuáles podrían ser las conse- cuencias de semejante éxito. Aquello no era sino
un continuo juego de intereses que se disputaba por encima de la cabeza del
maestro y en el que su vida no era más que la apuesta.
El rostro
de Pilatos parecía
ahora el de
un general que ha
confiado en cierta maniobra estratégica y, para completar su eficacia, está
dispuesto a sacrificar a todos sus hombres. Llamó a un centurión. Al poco rato
salieron unos soldados hasta la puerta de la torre Antonia y se llevaron al
maestro de manos de la guardia. Pitusos se alejó del balcón y sentose de nuevo
en su silla. Condujeron al prisionero más lejos, al fondo del lisostrotos. No
pode ver dónde ni por qué. Pero había quien podía verlo. Al poco rato circuló
entre la turba un rumor como el del viento entre las hojas de una palmera « ¡Le
están azotando!
Esto duró bastante tiempo.
La gente se quedó silenciosa, en tensión, deseando la
sangre del procurador que el
maestro iba a verter por él. Del
fondo del patio nos llegaban gritos y risotadas de los soldados y, de lejos,
del Templo, los balidos de los carneros desti- nados al sacrificio. Me pareció
que oía también restallar los horribles azotes romanos. La respiración de los
presentes se volvió rápida, sonora. Pensé que si esto duraba mucho, en vez de
muerte gritarían pidiendo piedad. Pero
me equivoqué: los
azotes más bien
los excitaban e impacientaban por presenciar la última tortura.
Luego vi que un grupo de
soldados se acercaba al procurador. Éste se levantó y quedose mirándoles: pero
no... no a ellos; había allí alguien más, no costaba adivinar quién. Por fin el
procurador se dirigió hacia la escalera, seguido por los soldados. Sin decir
palabra apareció en la ventana. En la otra, al lado, apareció el maestro.
—He aquí al hombre... — oí
decir a Pilatos.
Me quedé con los ojos
cerrados, fuertemente apretados, la garganta seca y sin aliento en los
pulmones; el estómago se me subía hasta
la garganta, bajo
los párpados veía
pasar unas manchas blancas y mi corazón se agitaba como
una campana en el cuello de una oveja asustada... Aquello no era ya el
maestro... Aquello no era ya nadie... ¡Rut, Rut, pensé, también Rut, en cierto
momento, dejó de ser ella!... En el
cuadrilátero de la
ventana apareció la
aterradora y lúgubre figura,
cubierta de sangre desde la cabeza a las rodillas, de un hombre despellejado
vivo. La cabeza, inmóvil sobre el cuello rígido, llevaba una
extraña guirnalda sin
hojas, una corona
de espinas. Debajo de ella, los
ojos, o, mejor dicho, dos oscuros agujeros en los que era difícil descubrir aún
una llama de vida. Las mejillas y la barba cubiertas de sangre. El resto del
cuerpo no era sino un amasijo de carne sanguinolenta también. El manto de
púrpura que los soldados habían echado sobre sus destrozados brazos se le había
pegado a las heridas como miles de ventosas y le daba el aspecto de persona que
acaba de salir de un lagar. Por el pecho, las manos y los muslos la sangre caía
al suelo formando pequeños hilos. Los labios del que había sido el maestro
pendían sin vida. Las manos, atadas, sostenían una vara de mimbre...
Desde las primeras filas
llegó hasta mí el grito:
— ¡Crucifícale!
Casi me pareció que yo
mismo había gritado también: « ¡Cru- cifícale! ¡Que se termine esto de una vez!
¡No es posible contem- plarlo...!.
— ¡Crucifícale! — gritaban
todos a mi alrededor. — ¡Crucificadlo vosotros mismos! — exclamó Pilatos con
rabia.
Habló el rabí Jonatán bar
Azziel.
— ¿Significa esto, noble
procurador, que quieres dejarle en libertad? Nosotros no podemos crucificarle.
Pero él debe morir porque ha dicho que es el Hijo del Altísimo.
De nuevo vi sobre la lisa
cara de Pilatos la misma contracción que antes cuando el pequeño efebo le dio
no sé qué noticia. Miró a los suyos como si quisiera asegurarse de que estaban
cerca. Incluso yo podía leer el miedo en sus ojos. Sin decir palabra bajó al
patio. Vi que se hundía en su silla, en el abrazo de las doradas alas del
águila. Los soldados llevaron ante él al prisionero,
Pilatos cruzó las manos a
la espalda. Dio unos pasos pesados hacia delante y hacia atrás. Lentamente,
volvió al balcón. Yo no le miraba a él; miraba, desesperado, la roja figura,
allí en el patio. Me pareció revivirlo todo por segunda vez... Sentía lo mismo:
tenía la misma espantosa conciencia de no ser yo quien sufría, deseando no
obstante, que así fuera, porque entonces, al menos, podría ocuparme de mi
propio dolor... Y al mismo tiempo, en el fondo de mi corazón, sentía una
aturdidora sensación de alivio al saber que no era yo...
—Os digo por última vez...
—declaró Pilatos, pero no advertí convicción en el tono de su voz — que no
hallo en él crimen alguno. Le he castigado y ahora le voy a soltar...
— ¡Crucifícale! —aullaba la
turba.
— ¡Crucifícale! —gritaban
los sacerdotes, los levitas, los sadu- ceos.
— ¡Crucifícale! —
exclamaban también los fariseos, los doctores.
—Pero si es vuestro rey...
— Pilatos se comportaba como un perro atado que, en un ataque de furia
impotente, destroza la paja de su yacija —. ¿Queréis que crucifique a vuestro
rey?
— No tenernos rey —dijo,
destacándose entre el vocerío, la voz del nasi—, sino un César.
— ¿Quieres que vaya de
nuevo a Capri a quejarme de ti? —dijo alguien, seguramente el mismo Ananías.
— ¡Crucifícale!
¡Crucifícale! — vociferaban todos con saña.
— ¡El pueblo no cederá...!
—dijo uno de los saduceos.
— ¡Habrá una revuelta! —
exclamó el rabí Onkelos.
—Sabes lo poco que gustará
esto en Roma...
— ¡Crucifícale! ¿Lo oyes?
—chillaba con voz ronca Caifás —. Te llevaste el oro... Ahora crucifícale...
— ¡Crucifícale!... —
repetían todos con creciente insistencia.
— ¿Quieres que vuelva a
producirse lo que entonces en Cesarea?
— siguió preguntando
Ananías.
— ¡Este hombre debe morir!
—clamaba, sulfurado el rabí Jonatán, hijo de Azziel.
— ¡Muerte al blasfemo!
— ¡Crucifícale!
— Bien — dijo al fin,
apretando los dientes. Ahora era ya como un general que ha perdido la batalla y
cuyo ardor guerrero se convierte en un frío desprecio por el mundo entero. Bajó
las escaleras y se sentó en su silla. Yo tenía aun un poco de esperanza,
totalmente infundada... Pronunció unas palabras, erguido, con las manos
apoyadas en las rodillas. Acaso fue la horrible fórmula romana: Ibis ad crucem.
Cuando luego se volvió hacia el lictor, comprendí que precisamente había dicho
esto. En el patio se produjo un movimiento: los soldados salían y se ponían en
formación. Sacaron un caballo. El escriba dejó sus tablillas y escribió algo
sobre un madero...
El procurador apareció una
vez más en la ventana. A su lado estaba el efebo con un cántaro y un
recipiente. Con el movimiento de un sacerdote que cumple con un rito religioso,
ordenó que le vertieran agua sobre las manos. Al sacudirlas, dijo:
—No tomo sobre mí
responsabilidad alguna por esta sangre...
— ¡Nosotros la tomamos!
—gritó Caifás.
— ¡Nosotros! — exclamó
Jonatán bar Azziel, y le siguieron todos los fariseos desperdigados entre la
multitud.
— ¡Nosotros! — repetía el
populacho, sin saber bien lo que decía, embriagado por la victoria.
Por fin apareció en la
puerta el cortejo. Lo abrían un centurión a caballo y
unos veinte soldados.
Detrás de ellos
iba el maestro. Llevaba sus propias vestiduras, pero
tan sucias y ensangrentadas que parecían
los andrajos de
un mendigo. El
madero de la
cruz le aplastaba un hombro: por
debajo de aquél, rígida, sobresalía le dolo- rida cabeza coronada de espinas.
Caminaba con paso vacilante, tambaleándose.
Daba la impresión
de que, si
los criados no le
hubieran sostenido de la cintura por las cuerdas, se hubiese desviado y habría
chocado contra la multitud. Detrás de él seguían, igualmente encorvados bajo el
peso de las cruces, dos hombres de la banda de Barrabás; los aguardaba la
muerte de la que su jefe se había salvado. El resto de la centuria cerraba el
cortejo. La multitud se separó, pero, al
ver la ensangrentada
figura que avanzaba
dando tropezones, estalló en un
salvaje rugido. Para la chusma él era ahora alguien a quien el romano había
querido salvar y a quien ellos habían logrado arrancar de sus manos. Los puños
se levantaron en alto y llovieron sobre
el maestro piedras
y basura de
toda clase. Los
soldados tuvieron que formar un cordón a cada lado para proteger de los
golpes al prisionero. Pilatos, sin bajar del balcón, miraba con desprecio el
cortejo que se alejaba. De
pronto llegó Caifás, como un vendaval, hasta
la misma puerta,
casi a la
entrada de la fortaleza. Se atragantaba con su propio furor: la barba,
la cadena, el manto, las anchas
mangas, todo volaba
a su alrededor
como una nube
de pájaros. Moviendo los brazos como las aspas de un molino, chillaba
enfurecido:
— ¿Qué has hecho? ¿Por qué
lo has escrito? ¿Cómo? ¡Esto no puede ser!
Comprendí. Uno de los
criados que iba al lado del maestro llevaba una tablilla en la que Pilatos
había mandado escribir en tres lenguas distintas la
culpa del condenado:
«Jesús de Nazaret,
rey de los judíos».
— ¿Lo has mandado escribir
tú? Cogiste el dinero... — gritaba como loco. Otros saduceos y fariseos
acudieron también allí, llenos de indignación —. ¡Ordena que lo cambien!
Escribe: un embustero, un impostor, un charlatán que se hacía llamar rey...
Pero Pilatos se encogió de
hombros. Parecía un hombre que, desde el fondo de su desdicha, ha dejado de
contar con sus adversa- rios. Volviéndose hacia ellos, dijo con desdén
— Lo he escrito y no pienso
cambiarlo...
No vi cómo se lo llevaban.
El cortejo bajó y luego, desde el fondo del Tiropeón, comenzó a subir hacia la
puerta de la ciudad. Los gritos de la gente que acompañaba a los condenados no
disminuyeron ni por un instante. Pero, entre los que iban detrás como yo, se
notaba la misma febril excitación. Se lanzaban hacia delante a cada momento,
jadeando: se daban empujones, se ponían bruscamente de puntillas intentando ver
algo por encima de las cabezas de los que nos precedían. Las conversaciones
cesaron; la gente intercambiaba sólo unas cortas y escuetas observaciones.
Cuando el cortejo se detenía, todos empujaban a la vez hacia delante. Se veía
fiebre en los ojos de todos; las manos les temblaban.
Yo me arrastraba al final
del cortejo, completamente deshecho. Me faltó valor para ir al lado del
maestro. Le dejé solo... pero temía, temía ver su rostro empequeñecido bajo el
peso de la corona de espinas, sus ojos, que parecían clavados en el fondo del
cráneo. Cuando nos parábamos, entre los gritos que entonces aumentaban,
distinguía palabras que expresaban una salvaje alegría:
— ¡Ha caído! ¡Está en el
suelo! ¡Ha caído! ¡Levántate! ¡Levántate!
¡Más aprisa! ¡Muévete!
¡Tampoco tenía valor para
ver esto! ¡Cuántas veces en mi vida me he mostrado cobarde ante la
contemplación del dolor! Cada vez me costaba más andar, tropezaba... En cierto
momento, al mirar al suelo, vi sobre el empedrado del camino la huella roja de
un pie. Estaba seguro de que era el suyo el que había dejado aquella marca.
Todo él era una sola llaga, desde la cabeza rodeada de espinas hasta los pies
destrozados por los afilados cantos de las piedras... No había en todo su
cuerpo ni un solo punto sano... Temblaba al pensar que volvería a verle...
¿Cómo el cuerpo humano que posee tantos atractivos, puede llegar a ser lo más
horrible que uno se puede imaginar?
Seguí andando. Atravesamos
la puerta. El cortejo torció hacia un pequeño montículo entre el camino y la
muralla y se detuvo. En la cima de la colina, en vez de árboles, había clavados
unos cuantos palos desnudos. La ladera de piedra, pelada en varios puntos como
la piel de un asno sarnoso, sobre la que crecían sólo unos hierbajos parduscos,
era también el cementerio de los condenados. Las blancas señales pintadas sobre
la roca servían para prevenir a los que temían los contactos impuros. Los
verdaderos fieles iban por el camino, por el que podían pasar a la vez sólo dos
o tres personas. Éste fue el motivo de que el cortejo se detuviera. Pero la
chusma, impaciente y poco escrupulosa en materia de pureza, saltó a través de
las tumbas y las rocas.
Cuando logré llegar a la
cima, la crucifixión estaba ya terminando. Los dos bandidos habían sido alzados
sobre sendos palos colocados en el mismo borde. Para el maestro había sido
destinado el palo central, más alto que los otros. Por su pulimentada superficie
había resbalado la sangre de muchos malhechores y empapado la madera como una
resina que volviera al tronco. La tablilla con la inscripción insultante estaba
ya clavada y muchos la señalaban con el dedo, lanzando maldiciones contra
Pilotos. Por un momento logré ver, por encima de las cabezas de la muchedumbre,
la cabeza del maestro. Pero desapareció en seguida. Los ejecutores le habían
ordenado tenderse en tierra. A pesar del vocerío, oí los pesados golpes del
martillo. Luego alguien dio la orden y los criados que estaban detrás del palo
comenzaron a tirar de las cuerdas. El palo transversal se elevó lentamente con
el maestro clavado en él. Tenía la boca abierta, la cabeza rígida, echada hacia
atrás, todos los músculos en tensión... La
aparición del nuevo
crucificado fue recibida
por un tremendo
vocerío. La gente no sabía
qué gritar y sólo dejaba escapar unos extraños y prolongados sonidos, parecidos
a los gritos de los que se pierden en las montañas. El madero que resbalaba
sobre el palo en- contró por fin su encastre. Por la tensa, destrozada piel
cruzó un espasmo de dolor. De nuevo se oyó el sordo golpear del martillo.
Alguien, por abajo, clavaba los pies.
El maestro colgaba entre el
cielo, azul grisáceo, y la cima de la colina cubierta por una agitada masa
humana. Su cuerpo se tendía como si quisiera desclavarse de la cruz. Los
verdugos, al clavarlo, habían tirado de sus brazos con todas sus fuerzas, por lo
que el pecho, excesivamente abombado, no podía relajarse. Se ahogaba. El rostro
se le amorató, las venas del cuello se le hincharon hasta reven- tar y de sus
labios abiertos salió una respiración silbante. Excepto una estrecha tira de
tela, estaba totalmente desnudo y su cuerpo descubierto dejaba ver claramente
todas las señales de los tormentos sufridos. Todo él era una sola llaga, un
tumor abierto y purulento. No podía dejar de mirarle y no podía soportar esta
visión... En su martirio había algo más
que el mismo
dolor; algo como
un doloroso e indefenso pudor que ellos habían
profanado... De nuevo recordé a Rut, sus ojos, cuando los médicos levantaban la
sábana sobre su cuerpo deformado... El recuerdo de ella no me abandonaba ni por
un momento. Era como
si ella estuviese
colgante allí, al
lado del maestro... Casi me
pareció oír, entre el jadeante alentar de los condenados, el de ella...
La multitud se acalló un
poco. De vez en cuando alguien hablaba. Una mujer estalló en sollozos. Como si
este martirio no fuera bastante, alguien exclamó:
— ¡Oye! ¿Por qué no bajas
de la cruz?
En esta voz había mofa,
pero a la vez denotaba un desesperado llamamiento. Varias voces repitieron:
— ¡Baja de la cruz! Anda, ¿por qué no bajas?
Sabías hablar y hacer milagros... ¿Por qué ahora no dices nada? ¡Baja de la
cruz!
El rumor aumentó de nuevo.
A medida que se iban oyendo más frases como éstas, las voces hacíanse más
insistentes, febriles.
— ¡Baja de la cruz! ¡Baja
de la cruz! ¡Tú, destructor de templos!
¡Impostor! ¡Embustero!
¡Baja de la cruz! ¡Mentiroso! ¡Mesías! ¡Baja de la cruz! ¡Tú, rey! ¡Hijo del
Eterno! ¡Baja de la cruz! ¡Baja! ¡Baja!
Me pareció que una de las
voces venía de arriba. Alcé la cabeza. También uno de los bandidos crucificados
gritaba:
— ¡Baja! ¡Baja! ¿No lo
oyes?
El maestro movió su
martirizada cabeza para volverla hacia él. En su mirada no había enojo ni
reproche. Pero el bandido, como si esto le hiriese más aún, hinchó el tórax,
recogió un resto de saliva y escupió en dirección al maestro. Al mismo tiempo
masculló:
— ¡Tú, impostor!...
Entonces se oyó al otro que
colgaba, a la derecha, junto al maestro.
— ¡Necio! ¡Estás
blasfemando...! Tú sabes por qué morimos... Pero él... él... — le falló la voz;
también le faltó aire —. Rabí — volviose hacia el maestro, si... vas... a tu
reino.., quizá... te acuerdes... de mí.
De nuevo vi su cabeza
moverse sobre el cuello entumecido. Era difícil creerlo, pero por su rostro
hinchado y ensangrentado pasó algo así como la sombra de una sonrisa.
—Hoy
mismo...estaremos...allí...juntos — respondió. Y de nuevo jadeó, abriendo mucho
la boca para conseguir un poco de aire.
De pronto sentí que los
gritos en torno de las cruces habían disminuido. Fijos los ojos en el maestro,
no me había dado cuenta del fenómeno que había producido de pronto una
inquietud general. La gente, en vez de ocuparse de los condenados, miraba
inquieta a todos lados. La luz solar había perdido su potencia y acabó
apagándose del todo. No se supo cuándo, por detrás de las colinas circundantes,
surgieron unos rojizos torbellinos como de niebla o humo extendidos en el aire
húmedo y lluvioso. A pesar de ser mediodía se hacía cada vez más oscuro.
Surgieron unas ráfagas que venían de diferentes direcciones y levantaban
pequeñas columnas de polvo. Sobre el cielo, que por su colorido recordaba cada
vez más el desierto de Judea quemado
por el calor,
el sol había
dejado, perdidos detrás
de la niebla, sólo unos pocos
destellos de luz, como unas claras estrellas. Alguien gritó: e ¡La tierra se
mueve!» Aunque yo no lo sentí, me invadió un ciego terror animal. Pero no sólo
a mí. La apiñada chusma se dispersó como una manada de gorriones entre los que
cae una piedra. Todos corrían gimiendo de miedo. Quedaron en la cima sólo los
representantes del Sanedrín, los soldados y un puñado de los más
valientes. El viento
seguía girando, soplando,
silbando, y en sus
ráfagas se oían como unos
gritos humanos llenos de terror. Seguía oscureciendo como si del cielo cayera
sobre la tierra una lluvia de ceniza. En la poca luz gris y rosada que aún
quedaba aclarando la oscuridad podían divisarse sólo los objetos más próximos.
Ya no se veían los muros de la ciudad ni el camino de Joppa. Me acerqué a la
cruz. No quedaba allí casi nadie: sólo los soldados, que paseaban inquietos,
unas cuantas figuras con los mantos echados sobre la cabeza, inmóviles al pie
del palo del que pendía el maestro, y unas cuantas personas más que formaban un
grupito como de ovejas asustadas.
— ¿Has oído? — preguntó
alguien a mi lado —. Llamaba a Elías...
—Voy a darle de beber... —
contestó la otra voz —. Ha pedido agua...
—Que venga Elías y que se
la dé él mismo... — dijo un tercero, con mezcla de ironía y temor.
Miré en derredor: los
sanedritas ya no estaban allí. Se habían marchado dejando de guardia a un joven
fariseo.
Me acerqué a la cruz. El
viento arrastraba con fuerza granitos de tierra. El pesado palo se balanceaba
ligeramente. Entre los que estaban al pie había varias mujeres y un hombre. Le
reconocí: era Juan, hijo de Zebedeo. A su lado estaba la madre del maestro.
Tenía el rostro vuelto hacia la cruz en una estática expresión de dolor, como
esculpida en piedra. Apoyaba su mano sobre el palo que el viento hacía crujir.
Unos hilillos de sangre resbalaban desde lo alto sobre sus dedos. Su sangre,
pensé, se mezcla sobre este árbol con la de los más grandes pecadores... Desde
las tinieblas nos llegaba su es- tertor... Era aún más fuerte, más rápido, más
entrecortado. A la altura de mis ojos tenía sus pies, puestos uno encima de
otro y atravesados por un largo clavo. La tensión de los músculos se notaba
incluso en los dedos, abiertos y rígidos.
En pleno sol no había
tenido valor para mirarle. Pero en esta oscuridad me sentía más tranquilo si
permanecía junto a la cruz de la que él pendía. «Ahora ocurrirá algo.», pensé.
«Este súbito oscurecimiento, esta noche en medio del día, esta espantosa tensión
tienen que tener un fin. Tienen que tenerlo... O él es realmente alguien o...»
De pronto
me llegó desde
lo alto una
voz que pronunciaba palabras sueltas. Comenzó bajo,
pero luego se convirtió en un grito
sostenido que recordaba el
lamento de un pájaro nocturno. Me pareció oír:
—Abba... en tus... manos...
Alcé la mirada y escuché.
Pero ahora ya no se oía nada; sólo el palo seguía crujiendo y el viento
silbando. Los demás también escuchaban. No oímos nada más. Las tinieblas
cubrieron la figura sobre nuestras cabezas y sólo me pareció notar que las
rodillas se habían doblado para quedarse ya así.
Juan dijo: «Ha muerto», y
se cubrió la cara con las manos. Las mujeres comenzaron a llorar. Golpeábanse
la cabeza contra la tierra. Sólo la madre quedose como antes, con el rostro
seco, levantado, inmóvil y gris. Yo seguí sin moverme, con los ojos fijos en
sus plantas horadadas. Llegaron a mis oídos unas palabras griegas dichas
seguramente por alguno de los soldados:
—No podía tratarse de un
hombre corriente...
Seguí allí, insensible,
como un palo más clavado en la blanca roca. «Así, ha muerto.» pensaba. Para los
que veían en él al Hijo del Altísimo, esto tiene que haber sido una inmensa
derrota... Pero para mí también lo es, lo reconozco. Esperaba que al final
ocurriría algo... Pero que todo haya sucedido tan naturalmente... Él, que había
hecho tantos milagros... El
recuerdo del pensamiento
de que él
sabe salvarse a sí mismo me quemaba el rostro como una bofetada... ¡No
ha sabido hacerlo! Pero tampoco nosotros... Yo mismo... Le defendí, me expuse a
tener un serio disgusto con todo el Sanedrín y el Gran Consejo. Mas, con todo,
tengo la impresión de no haber hecho todo lo que estaba en mi mano hacer. Lo
mismo fue entonces, cuando Rut murió... Pero, ¿qué más podía hacer yo?
Del mismo modo que no había
visto cuándo había comenzado a oscurecer, tampoco ahora sé cuándo comenzaron a
desvanecerse aquellos lúgubres vapores. El día retornaba... Entre la roja
niebla volvieron a aparecer
rocas, colinas, la
muralla escalonada de la
ciudad, el camino, solitario en este momento. Levanté la cabeza. Él colgaba
ahora pesadamente, sin la tensión muscular que antes le mantenía erguido. La
cabeza caía sobre el pecho y los brazos, estirados como dos cuerdas flojas. El
color morado del rostro se había convertido en lívido. Veía sobre mí unos ojos
medio entornados y unos labios entreabiertos entre los que brillaban los
dientes... El cuerpo, en el último espasmo, se había retorcido horriblemente.
Comparados con la contracción de este cuerpo, los otros dos parecían
esculturas griegas. Aquí no
había ninguna proporción, ninguna armonía. Como si antes de morir en la cruz
hubiera sido atacado por la lepra y la parálisis. Como si todas las
enfermedades del mundo se hubieran concentrado en él...
En esta muerte no había
ninguna dignidad. Era sólo un espeluznante horror que uno sentía deseos de
cubrir con algo lo más pronto posible... Los otros dos aún seguían vivos; los
veía ahogarse con las últimas bocanadas de aire... En breve morirían y serían
como él.
Uno de los consuelos ante
la muerte es nuestra fe en su majestad... ¡Pero en realidad no tiene ninguna!
Nos morimos en un acto de rebeldía. Toda la desesperación de esta última lucha
se pintaba en aquel rostro que colgaba sobre mí. No podía dejar de mirarle.
¿Conoces la fuerza de atracción de un espejo y la incomprensible necesidad de
hacer muecas ante él? Este cuerpo parecía un espejo. Veía en él mi propia cara.
No lograba apartarme de su lado. Me parecía que me quedaría allí para siempre.
Lo que en la persona viva era horrible, ahora, muerto ya, se había vuelto
repugnante... No le
reprocho haber muerto.
¡Pero no puedo perdonarle que lo haya hecho de este
modo!
Sobre aquel palo habían
muerto decenas de personas. Igual que él habían dejado escapar sus últimos
ronquidos y estertores, su hipo, su rechinar de dientes... Y de pronto quedaban
colgados, exánimes... No le sirvió de nada mi proximidad. Nos morimos solos. No
oí el último suspiro de Rut, como no había oído el grito de él... Y los dos
habían muerto de un modo tan parecido, como si estuvieran uno al lado del otro.
Lejos de mí y tan cerca... Como si su muerte...
Volví la cabeza hacia el
crucificado que estaba a mi derecha. Su respiración era anhelante,
entrecortada. Recuerdo las palabras que él le había dirigido. Todas sus
palabras eran como aquéllas. Su vida y su muerte habían
sido una constante
bendición... Y, así
y todo, ha muerto. Es verdad, las rebeldías de Jacob
eran insensatas. No hay respuesta para los que discuten. ¿Y si él deseaba tomar
sobre sí todo aquel horror...? Muchas veces me he repetido: ¿por qué me ocurre
esto? ¿Por qué a mí precisamente? Pero quizá no es así. ¿Acaso esto le ocurre
no al que es culpable sino al que ama? Pero yo amo tan poco... Y amo tan mal...
Ha muerto... el día vuelve
con sus habituales preocupaciones y temores.
Ahora sé: comenzaré
a imaginarme cuáles
serán las
consecuencias de mis
palabras en la sesión del Sanedrín. El que muere se va por lo menos al reino
del silencio. Quizás a su reino... ¡Si él pudiera existir, a pesar de esta
muerte! ¡Qué no daría yo para que él hubiera dicho a Rut lo mismo que le dijo a
este ladrón! ¡Y que yo lo hubiera oído!
La rojiza oscuridad se
disipó al fin y el sol apareció entre la niebla, rojo, como si estuviera
enojado o avergonzado. Sembrando oscuridad, la nube se escondió tras el monte
de los Olivos dejando en el aire un olor como el que se percibe después de una
tempestad cruzada por los rayos. ¿Conoces este sentimiento?: nos parece que
algo ha ocurrido a nuestro lado, pero seguimos sin saber qué es. Me atormentaba
la inquietud y no podía concentrarme en nada. Volví a casa apresuradamente y
subí a la habitación. Todo estaba tal como lo habían dejado ellos al marchar.
Los criados no habían tocado aún nada. Sobre la mesa había un mantel de hilo,
un poco arrugado aquí y allá, y sobre él varios jarros, vasos y platos, pedazos
de pan y huesos. La luz solar se posaba sobre la mesa pesadamente, como una
mano cansada de trabajar. Los mantos rituales y los bastones de viaje estaban
caídos en un rincón al lado de un gran recipiente para el lavado de pies y un
jarro de agua. Me senté en el banco, pensativo. Contemplé la gran copa de la
que el maestro había bebido y de la que había dado a beber a los otros.
Brillaba en el sol como si rezumara miel. Tuve que levantarme y mirar en su
interior para cerciorarme de que estaba vacía, pues me parecía que algo bullía
y se agitaba en ella. Pero no había nada, estaba completamente vacía, como una
linterna en la que se hubiera quemado todo el aceite.
Estaba tan sumido en mis
pensamientos, que no oí los pasos en las escaleras y no levanté la cabeza hasta
que alguien me tocó en el brazo. Era José. A su lado estaba Juan, hijo de
Zebedeo, con el rostro pálido, hinchado, retorcido por el llanto. Los pelos, en
desorden, le caían sobre la frente y sus largas pestañas se agitaban rápidas
como las alas de un pájaro fugitivo.
Advertí que habían venido
para pedirme que hiciera algo. Pero yo deseaba sólo paz y olvido. Pregunté a
disgusto:
— ¿Qué deseáis?
José se sentó a mi lado en
el banco y apoyó las manos en las rodillas.
—No sé si sabes que ya ha
muerto... — dijo —. Murió pronto. Este muchacho tiene razón al decir que cuando
la noticia llegue a Caifás, el sumo sacerdote es capaz de recordarle a Pilatos
la prescripción de la Ley según la
cual es obligación
enterrar los cuerpos
de los condenados antes del
anochecer. Entonces los echan a una fosa común. Creo que este hombre merece un
entierro digno, ¿no te parece? Pero si quieres hacerlo hemos de ir ahora mismo
a ver al procurador y pedirle que nos entregue el cuerpo. Nos queda poco
tiempo. Dentro de una hora comenzará el sábado.
Dirigí a José una mirada
cansada.
— ¿Quieres pedirle su
cuerpo? Pilatos no querrá entregártelo... —
aseguré, queriendo
instintivamente librarme de aquella obligación.
—Es posible que lo
quiera... — dijo —. Seguro que pedirá dinero, pero al fin se avendrá. De todos
modos, se puede probar. Creía que tú respetabas a este hombre...
—Sí, desde luego que sí...
— balbucí. Pero seguía buscando una excusa. Estaba aterrado ante la perspectiva
de tener que ir en seguida a la casa
del procurador, regatear
por el cuerpo,
cargar con la molestia del entierro y exponerme una vez
más a las críticas de los saduceos y de los haberim. ¡Era un esfuerzo superior
a mis fuerzas!
—. ¡Pilatos no querrá
hablar hoy con nosotros! — respondí Está furioso. Es un hombre cruel, un
borracho, y se comporta como un gañan. Es capaz de descargar su enojo en
nosotros.
José me dirigió una mirada
penetrante.
—Es posible — reconoció —.
Le conozco bien... Pero este muchacho lo pide tanto... Allí, junto a la cruz,
están también María, la madre de Jesús, y varias mujeres más. Estamos de
acuerdo en que le han condenado sin culpa. Hay que actuar de acuerdo con lo que
uno cree... Pero realmente quizá sea mejor que vaya a ver a Pilatos yo solo.
Más de una vez he hablado con él. Nunca le he pedido nada.
Me levanté de un salto.
— ¡No puedes ir solo! —
grité —. Puesto que te empeñas... — Su muerte ha hecho que ahora tema cualquier
nuevo esfuerzo —. Puesto que te empeñas... — repetí, enojado, olvidando que si
José deseaba obtener el cuerpo del maestro lo hacía sin duda sobre todo para
complacerme a mí —. Esto terminará mal, verás... —seguí diciendo
—. ¡De qué sirve que ahora
le enterremos si antes no hemos sabido defenderle! Pero tú, siempre que te
obstinas...
Me paseaba por la
habitación lleno de rabia. Me paré porque de nuevo me pareció que la copa
dorada en la que el maestro había bebido estaba llena de líquido hasta rebosar.
Claro que era sólo una ilusión, pero esto volvió a dirigir mis pensamientos
hacia el maestro. Mi irritación me
pareció entonces algo
repugnante; como si le
regateara un as a un mendigo. Él ha muerto, razoné, porque no quiso ceder.
Quizá no fue quien la gente creía que era ni quien él mismo creía ser. Pero
murió como un héroe. José tiene razón. Hay que honrar dignamente esta
heroicidad...
—De veras,
iré yo solo
— trataba de
persuadirme José
Estás cansado.
— ¡No! ¡No! — Ahogué el
miedo en mi interior —. Voy contigo. Vamos.
Las calles estaban tan
llenas de gente que a duras penas podíamos
abrirnos paso. Todos
los que en
vez de hacer
por la mañana los preparativos
para la Pascua habían seguido el juicio y la ejecución, ahora se apresuraban,
tratando de aprovechar los últimos momentos del día. Así y todo, anduvimos más
de prisa que nunca. Jamás recuerdo haber llegado con tanta rapidez a las
puertas de la torre Antonia. La nube se había escondido totalmente tras el
pórtico de Salomón, el cielo estaba despejado y el sol daba de lleno en la
torre, que ardía en esta luz como una antorcha levantada sobre la ciudad.
Dimos nuestros nombres a la
entrada y un mozalbete sirio se fue al interior de la fortaleza para anunciar
nuestra llegada al procurador. Toqué a José con el codo y le recordé que nos
impurificaríamos al entrar en una casa pagana. Me respondió:
—Tu maestro, Nicodemo, no
se preocuparía de esto...
Sí, es verdad. José tenía
razón. Para él un acto de caridad estaba por encima de todas las leyes. Aunque,
por otra parte, ¿de qué sirven ahora las enseñanzas del Maestro crucificado?
Pero no había tiempo para meditar; el mozalbete volvió y dijo que el procurador
nos estaba esperando. Atravesamos el vestíbulo y el patio y subimos por las
escaleras hasta el atrio. En el centro había una pequeña fuente. Al verla
recordé la historia del robo del corbán.
Pero en aquel momento
apareció Pilatos por el lado opuesto. Se acercó sonriendo, envuelto en una
blanca toga. Cuando le saludamos, levantó
su manaza de
matarife en la
que llevaba un
anillo de caballero.
—Bien venidos — dijo —.
¿Qué os trae a mi casa, ilustres maestros, a estas horas y en un día como hoy?
Ésta es vuestra fiesta más importante, ¿no es así? Ya por la mañana los
miembros del Gran Consejo no han querido traspasar las puertas de mi casa... Como
si yo fuera un leproso... — Me pareció que se estaba burlando maliciosamente y
me sentí incómodo. Pero él trataba realmente de mostrarse amable. Nos señaló
dos sillas y él mismo se sentó también. El sol hacía brillar su cráneo coronado
por unos pocos pelos rubios—. Una desagradable oscuridad ha caído hoy sobre la
ciudad. Como el humo de un incendio.
José le dijo el motivo de
nuestra visita.
— ¡Cómo! — exclamó —. ¿Ha
muerto ya? ¡No es posible! —Me pareció que al decirlo suspiró profundamente
como un hombre a quien se ha librado de un gran peso en el corazón. Dijo —: voy
a enviar a un soldado para que lo compruebe... — hizo sonar un pequeño gong y
mandó que llamaran al centurión. Éste llegó al instante con la coraza puesta y
la vara en la mano —. Escúchame, Longino —dijo el procurador —, ve ahora mismo,
allí, a la colina, y comprueba si es verdad lo que me están diciendo estos
maestros: que el galileo ha muerto ya.
Salió el centurión. Pilatos
se levantó y se fue a la terraza que da sobre el atrio y la ciudad. Desde allí
se veía el Gólgota por encima de las azoteas de las casas: un negro montículo a
contraluz y, sobre su cima, las siluetas de las cruces y de la gente agrupada a
sus pies.
— ¡Hummm...! — murmuró,
frotándose con la mano su mandíbula cuidadosamente afeitada —. ¿Ya ha muerto?
Ha muerto... — Volvió y se sentó cómodamente en la silla —. Dicen que se
llamaba a sí mismo el hijo de Júpiter o algo por el estilo, ¿verdad? — No esperó
nuestra respuesta. Se secó
unas gotas de
sudor de la
frente—. Me he cansado hoy... — declaró con una expresión
ligeramente dolorida —. Desde el amanecer, tanto ruido, gritos, mal olor, todos
ellos inseparables compañeros de
vuestros sacerdotes —. De pronto le picó la curiosidad —.Y tú, José, ¿para qué
quieres su cuerpo?
—Querernos enterrarlo
dignamente. Este hombre era un gran profeta. No creo que fuera culpable de lo
que le han acusado los nuestros...
— ¡Claro que no era
culpable!... — asintió Pilatos ¡Desde luego que no! Pero ¿qué hacer? ¡No todos
son razonables como vosotros! Tanto
los sacerdotes como
los fariseos y
el pueblo gritaban:
«
¡Crucifícale! ¡Crucifícale!
» Si se lo hubiera negado en seguida habrían comenzado los
motines, asaltos, toda
una insurrección en
regla. Habría tenido que mandar a los soldados que restablecieran el
orden. Más vale dejar que muera un... ¿cómo le llamáis, profeta?, que tener que
matar luego a muchos. No soy un hombre cruel, aunque los judíos me tengan por
tal. En todos mis actos trato de estar de acuerdo con la filosofía de la
moderación. Pero ¿cómo aplicar ninguna filosofía si en torno mío no encuentro
más que perturbados? A un loco se le puede encerrar en una celda sin ventanas.
Pero, ¿qué hacer cuando todo un pueblo se ha vuelto loco? ¡Hay que soportar su
locura! ¡Uf! Hoy me han irritado vuestros compatriotas. A Caifás y a Jonatán,
el nasi, parece como si les hubiese picado algún bicho. ¡Querían amenazarme a
mí! ¡Pero les he dado su merecido! ¡No lo olvidarán en mucho tiempo!
Seguramente oísteis que me pedían chillando: «No escribas esto, manda escribir
que es él mismo el que se hace llamar rey...» Pero yo no he querido ceder. ¿Qué
se creen ellos, que les tengo miedo? ¡Que tengan su merecido por sus historias!
¿Lo habéis leído?:
«Rey de Judea.» ¡Ja, ja,
ja! Todos lo han leído. Se frotó las manos
¡Oh! Vuestro Sanedrín
comenzaba a imaginarse que yo iba a bailar como un mono el son de la música que
ellos quieran tocar —. La voz del procurador se convirtió en un desagradable
sonido gutural —...
¡Que se lo quiten de la
cabeza! ¡Podéis repetirles esto! ¡Yo mando y seguiré mandando! El César en
Capri y Pilatos en Cesarea.
Estalló en una ruidosa
carcajada, satisfecho de su frase. Yo también sonreí aliviado, porque comenzaba
ya a inquietarme el tono de su monólogo.
Mientras tanto, a la
entrada del atrio, apareció el centurión.
—Bueno, ¿qué? — le preguntó
Pilatos.
—Señor, es tal como han
dicho los maestros judíos.
El galileo
ha muerto. Para
asegurarme le he
atravesado el costado. De la
herida salió sangre y agua.
—De modo que es verdad... —
dijo el procurador a media voz —. Ha muerto —. Se volvió hacia nosotros —.
Parece que mientras vivía obraba milagros, curaba e incluso resucitaba a los
muertos. Alguien se lo contó a mi mujer... Suele ocurrir así: estos magos enseñan
toda clase de trucos,
pero luego, cuando
algo les sucede
a ellos, se mueren como cualquiera de nosotros. El
mundo es necio y obra neciamente. ¡Pero los más necios son los que tratan de
encontrarle un sentido a esta necedad! — Llamó al muchacho sirio —. ¡Dame un
papiro! —Escribió unas
palabras sobre un fragmento y el muchacho puso el sello —. Tomad — nos dijo —.
Mostrando esto os podréis llevar el cuerpo del galileo.
Le dimos las gracias con
una inclinación. Pero yo estaba conven- cido de que aquello no terminaría así.
Incluso me extrañó que Pilatos no hubiera empezado imponiendo condiciones. Los
dos llevábamos oro en las bolsas colgadas de nuestro cinturón y contábamos con
que, si aquello no le bastaba a Pilatos, le extenderíamos un escrito
prometiéndole más dinero.
— ¿Cuánto deseas que te
paguemos por esto, ilustre procurador?
— pregunté.
En el rostro de Pilatos se
pintó una expresión de lucha interna. Estaba a punto de decir el precio, pero
se contuvo y cruzó el atrio, pensativo. Se acercó a la balaustrada de la
terraza acariciando de nuevo su afeitada barbilla. El sol descendía cada vez
más y se escondía detrás de una colina, en dirección del Azot. Su luz atravesó
tan directamente el grupo de personas y cruces en el Gólgota, que sus formas
desaparecieron y la prominente roca parecía desierta.
—Bueno, pues... Quizá —
comenzó Pilotos. Daba la impresión de una persona que ha de renunciar a su
patrimonio o a algo igualmente caro —. Quizá, sí... O, mejor, ¡no! ¡no! —
Suspiró y su cara, en contradicción con sus palabras, se volvió mala y amarga
—. ¡No! — repitió una vez
más —. Os
regalo este cuerpo.
Recogedlo y enterradlo.
Enterradlo bien. Puesto que os lo he regalado, no escatiméis ungüento ni
perfumes. No os cuesta nada. Dadle buena sepultura. Lo hago para castigar a los
otros... —Se le iluminó le cara. Como queriendo acabar de consolarse por aquel
acto inesperada- mente generoso, dijo: — Les he dado una buena lección,
¿verdad?
¡No podrán olvidarlo! ¡Es
una broma magnífica! ¡«Rey de Judea»! ¡Ja, ja, ja!...
José, con el escrito de
Pilatos y unos hombres recogidos por el camino, se fue directamente al Gólgota
mientras yo me dirigía al mercado a comprar mirra y áloe. Las tiendas ya
estaban cerradas, pero después de llamar mucho rato abrieron una de ellas. Compré
tanto perfume cuanto pude encontrar. Dos chiquillos cargaron con la mercancía.
Nos fuimos. Las calles estaban sumidas en la sombra: sólo las azoteas se
bañaban aún en luz solar. Más allá de la puerta Vieja, el camino que va a Lidda
ceñía como un torrente la roca del Gólgota. Cuando me marché de allí, en los flancos del montículo
había una enorme multitud
de gente: ahora estaban vacíos y sólo un pequeño grupo se movía arriba. Hasta
mí llegaban sus voces, fuertes de pronto, y los golpes de martillo. Subí
rápidamente por el camino que pasa entre matas de ajedreas, cardos y chumbaras.
Me seguían los chiquillos con su carga.
Cuando llegué a la pequeña
planicie sobre la cima, ya habían descolgado el cuerpo. Yacía rígido sobre una
larga pieza de tela rosada, negruzco a causa de la sangre coagulada y teñido de
rojo por los últimos rayos de sol. Los brazos, inverosímilmente estirados,
conservaban la forma de la cruz y sobresalían mucho por ambos lados del
sudario. La cabeza, que antes colgaba sobre el pecho, había caído hacia atrás,
descubriendo la cara. Ahora aquello ya no era el rostro siempre dulce y
sonriente del maestro. La serenidad de los muertos no se refleja en él. Los
labios se habían quedado petrificados en un grito de dolor y desesperación y
aún parecía que gritaran y sufrieran. Del
maestro de antaño
sólo quedaba su
gran estatura. Vivo, aventajaba a todos en una cabeza por lo
menos; ahora, muerto, parecía aun mayor, un gigante que extendiera su cuerpo
sobre toda la colina. El grupito de personas, empujado hasta el mismo borde, me
rodeaba. En el
centro, la madre
velaba al hijo.
Con la cara descubierta, medio sentada y medio
arrodillada en el suelo sostenía sobre
sus rodillas la
cabeza del muerto.
En su rostro, asombrosamente joven y tan parecido
al del maestro, no había sino una inmensidad de dolor. No lloraba, no
sollozaba, no hablaba al yacente como se habla a los muertos. Los negros ojos
de María estaban fijos con una obsesiva insistencia en el hinchado rostro del
hijo. Este silencioso dolor era aterrador. Mirándola comprendí que, si bien la
tortura había ya terminado para él, en modo alguno había acabado para
su madre. La
mirada de la
mujer, aparentemente inmóvil,
pasaba de una herida a otra, de un morado a otro, des- cifrando la verdad de
cada huella. Parecía seguir al hijo y completar en ella misma todo lo que no se
había cumplido en el cuerpo destrozado.
Llamé aparte a José y le
mostré los perfumes.
— ¿Por qué no habéis lavado
aún el cuerpo? — pregunté —. ¡Es tan tarde! Mira, los soldados se están
impacientando.
La guardia, que mientras
tanto había descolgado los cuerpos de los dos bandidos, nos hacía señales de
que nos diéramos prisa.
—Ya lo veo — asintió José
—. Les he ofrecido dinero, pero no quieren esperar.
— ¿Qué haremos, pues?
—Hay una solución. Tampoco
tendríamos tiempo para todo... Yo, como sabes, tengo en la falda de aquella
colina un sepulcro. Podemos ungir aquí el cuerpo y lo depositaremos luego allá.
Por la mañana, después del sábado, lo lavaremos y ungiremos como es debido con
lo que has traído.
— ¡Pero la regla, José...!
— exclamé. Movió la cabeza con impaciencia.
— ¡Ah, esas farisaicas
prescripciones vuestras! Fíjate como ella lo está mirando — dijo,
señalando a María, que seguía sosteniendo sobre sus rodillas la
cabeza del maestro —. No he tenido corazón para apartarla del cuerpo como exige
una prescripción tonta... Quizá soy un pecador, pero...
Se acercó a nosotros un
viejo soldado.
—Apresuraos — dijo —.
Recoged aprisa el cuerpo. Se está haciendo de noche. Los judíos serían capaces
de lanzarse sobre nosotros porque les estamos turbando la fiesta.
— ¿Ves, Nicodemo?
No había otro remedio.
Llamamos a Juan y le comunicamos el proyecto de José. No protestó. No pareció
escandalizado por el hecho de que quisiéramos depositar en el sepulcro un
cuerpo sin lavar. Se acercó a María, tocola delicadamente en el hombro y le señaló
el sol poniente. Sin resistencia alguna, alzó de sus rodillas la cabeza de su
hijo y la dejó sobre la sábana. Juan recogió los brazos extendidos y los cruzó
sobre el pecho. Quedaron rígidos, tensos, ajenos a todo recuerdo de un ademán
suave. Al mover el cuerpo, del costado salió de
nuevo sangre y
agua. El sol
había descendido tanto
que nos parecía estar
pisoteando sus rayos.
Las sombras, alargadas,
no cabían ya en la cima y resbalaban sobre la ladera. Por fin un sudario
cubrió el rostro del maestro. Pero al cubrirlo ante nuestros ojos no lo cubrió
ante nuestros recuerdos. En mí, al menos, su imagen ha que- dado grabada como
con un hierro candente. Creí que me sentiría mejor al no ver más aquel rostro
ensangrentado que daba horror. Pero no fue así: apenas desapareció ante mis
ojos sentí que lo echaba de menos, que si no lo veía una vez más moriría,
moriría de hambre, de sed, de repugnancia por todo lo que no fuera aquel
rostro. Tú sabes lo
que puede llegar a ser la
cara de un hombre martirizado. Y sabes lo que uno piensa cuando contempla las
huellas de semejante tortura. Pero
cuando el rostro
del maestro desapareció,
¡créeme!, sentí deseos de volver
a él lo más pronto posible, a pesar de estos pensamientos. ¡No que él vuelva a
mí, sino yo a él! Era como una llamada desde el seol. Muchas veces, al hablar
con él, me pareció leer en sus ojos una llamada. Y siempre me sentía culpable
cuando no respondía a ella. ¡Este rostro me llama! Pero en vida era hermoso,
claro, lleno de bondad. Después de muerto parece gritar dolor y anunciar dolor.
Siempre te lo he dicho: yo no temo lo que ahora es, sino que
imagino lo que
será... Pero este
dolor es una
llamada.
¿Comprendes, Justo? ¿Puedes
comprender un dolor que llama?
Al día siguiente, como es
natural, no fui al sepulcro. Pero cuando, al anochecer, se terminó la Pascua,
no pude contenerme más. Salí de casa.
La luna brillaba
como una lámpara,
enorme y redonda, sonriendo ingenuamente. Las puertas
de la ciudad estaban cerradas, pero conozco los pasos por donde, de noche, se
puede salir a extramuros. Uno de ellos está cerca de la puerta del Valle. Me
apresuraba como si alguien estuviera esperándome. Cuando me encontré ya fuera
de la ciudad, sobre la llanura inundada de luna hasta el punto de cegarme, me
sentí intranquilo. Me acordé de los salteadores de caminos que nunca faltan
cerca de la muralla, y más en época de fiestas. Pero no me volví; aquella
llamada era más fuerte que mi imaginación. Anduve como hechizado a lo largo de
la muralla, siguiendo la dentada línea de claridad y sombra. Las sombras eran
hondas, casi tangibles,
mientras que la
luz resbalaba por
las superficies borrando los contornos con millones de menudos reflejos.
A veces tropezaba con alguna piedra invisible en aquella resplandeciente
claridad. La noche era fría y yo temblaba a pesar de mi gruesa simlah. Al
doblar la esquina del palacio de los Asmodeos divisé el Gólgota. A la luz de la
luna parecía realmente una enorme calavera: dos hendiduras recordaban las
órbitas de los ojos, rellenas hasta la mitad de tierra y los oscuros arbustos
de los lados parecían mechones de pelo aún por caer. Caminaba de prisa,
enganchándome el manto en los arbustos e hiriéndome dolorosamente los pies con
las cortantes piedras. La roca toda parecía llamarme. Como un enamorado, corría
impaciente a la cita. Me apresuraba para llegar a una zona de sombra que yacía
al pie de la colina como un manto caído de los hombros. Pero apenas hube
atravesado la línea divisoria
entre la claridad y la
sombra, cayó sobre mí un grito como un golpe inesperado.
— ¡Detente!
Me paré en seco. El corazón
se me subió hasta la garganta: la lengua, entumecida, se movía torpemente en mi
boca, como si estuviera hinchada.
— ¿A qué vienes aquí? —
preguntó el otro.
Salió de la oscuridad y, al
resplandor de la luna, brilló su coraza. Era un soldado romano con su escudo
cuadrado y la lanza en la mano. Yo estaba solo, de modo que se acercó a mí sin
temor alguno. Pero seguía sosteniendo la lanza en actitud de alerta.
— ¿Qué quieres? — repitió.
—Yo... nada... He venido
solo... al sepulcro... —balbucí.
— ¿Al sepulcro? — se rió —.
¿Para qué? ¡Los muertos no necesitan visitas nocturnas! Anda, cuenta ahora
mismo para qué has venido, si no quieres que te llevemos a declarar...
Me encontré mal como si
fuera a desmayarme. Me vi en mi imaginación destrozado por las más crueles
torturas. Estaba dispuesto a decirlo todo, mentira o verdad, con tal de
satisfacer al soldado con mi respuesta. Por suerte, en aquel momento, otro
soldado salió de la oscuridad. Oí una voz jovial y conocida:
—Déjale, Antonio. Es un
ilustre maestro. Yo le conozco. Vete. — El soldado dejó caer la lanza. El otro
se acercó —. ¿Me conoces, rabí? — preguntome.
—Sí, claro que sí — me
apresuré en contestar. Aunque el repentino alivio no me desató en seguida la
lengua. En cierta ocasión yo le había dado a este soldado unos denarios a
cambio de un pequeño servicio. Era un hombre viejo, con el pelo cano, listo
como pocos. Me lo trajo una vez Ahir diciendo que por dinero se podía hacer de
él lo que se quisiera. ¡Estaba salvado! ¡Claro que te conozco, Luciano! ¡Qué
Suerte haberte encontrado aquí! No lo olvidaré... Pero, dime — ya había
recuperado la voz —: ¿qué hacéis aquí?
— ¿Nosotros? — se rió —.
Nos helamos de frío y re negamos.
¿De veras no sabes nada,
rabí? Nos han mandado vigilar a este profeta galileo. Los doctores y los
sacerdotes se lo han pedido al
procurador. Al anochecer
colocaron un gran sello sobre le piedra. Si
quieres, te lo enseñaré.
Pero ahora no podrás entrar en el sepulcro.
— ¡Pero el cuerpo no fue
lavado ni ungido! — exclamé.
—No podemos remediarlo,
rabí, aunque he oído decir que fuisteis tú y el comerciante José de Arimatea
quienes os ocupasteis del entierro del profeta y que el procurador os dio el
cuerpo sin pedir nada a cambio... ¡Hace doce años que sirvo a Pilatos y aún no
había oído una cosa parecida! Más fácilmente creería que habíais tenido que
pedir prestado a los usureros para contentarle. A veces ocurren cosas curiosas.
Pero ahora no puedo ayudarte en nada. Tenemos orden de custodiar el sepulcro
hasta mañana por la noche y no dejar entrar a nadie. Los sacerdotes y los
doctores nos han prometido una pequeña recompensa a cambio. Pero, ¡qué idea,
custodiar a un muerto! Por suerte, es sólo por una noche...
—Así, ¿sólo habéis de
hacerlo hasta la próxima noche?
—Sí; según parece, este
galileo predijo que resucitaría e los tres días. Y si no resucita al tercer día
ya no lo hará. La gente cree en cuentos de esta clase y, mientras tanto,
nosotros, nos helamos y no dormimos. Acércate al fuego, rabí, y caliéntate un
poco.
Me acerqué a la hoguera que
ardía en una concavidad de la roca. Alrededor de ella yacían varios soldados
apoyados en los codos.
— ¡Oh, sois muchos! —
observé.
— ¡Sí, somos diez! —
respondió Luciano —. Basta para ahuyentar a cualquiera que quisiera acercarse
el sepulcro. Incluso a él mismo, si resucitara, volveríamos a meterle debajo de
la piedra, ¿verdad, muchachos? — gritó alegremente en la penumbra.
Resonaron unas voces
roncas:
—Ya no saldrá, no hay
cuidado... Le han matado a conciencia... Uno,
en la oscuridad,
golpeó en su
escudo, con aire
de
superioridad.
— ¡Aunque, si hiciera
falta, volveríamos a matarle!
De nuevo se rieron de ese
modo cruel y salvaje. Uno de ellos se puso a cantar una grosera canción de
soldados. Sus palabras me herían en lo vivo; en estos momentos necesitaba paz
para poder hilvanar mis pensamientos. La luna avanzaba por el cielo de un modo
imperceptible, pero el tiempo transcurría y la noche pasaba sobre nuestras
cabezas parecida a un silencioso simún. Lentamente, me fui hacia la roca.
Luciano me seguía a unos pasos de distancia. Debía de temer que intentara
arrancar el sello. Me molestaba su presencia;
deseaba quedarme
solo, al menos
por unos instantes,
con esta muerte. Le dije:
—Te prometo que no tocaré
siquiera el sello... Pero déjame orar un poco aquí al lado de la piedra. Sólo
un ratito... Y haz callar a tus compañeros,
te lo suplico.
Les daré gustoso
algo para que se
compren un odre de vino... — Saqué de mi bolsa unas cuantas monedas y se las
puse en la mano.
—Nos han prohibido beber
vino mientras estemos custodiando el sepulcro... — dijo Luciano astutamente.
—Pues os lo compráis
luego... Toma más — y añadí más dinero
—. Déjame quedarme aquí un
instante...
Se quedó parado, un tanto
perplejo, ante esta petición mía. Pero, el fin, la plata tuvo más peso que
todos sus escrúpulos. Con paso lento se fue hacia sus compañeros. Oí que les
decía algo. Le contestaron con una risotada, pero luego se hizo el silencio.
La roca era dura,
desagradable, fría y húmeda. Cuando acerqué a ella la cara tenía la sensación
de haberla acercado al rostro de un muerto. En cuanto apoyé la frente contra
ella. Comenzó a dolerme. Pasé la mano por la piedra pulimentada. Allí detrás,
en un angosto lecho de piedra, yacía aquel a quien yo había pasado tres años
observando atentamente. Le he seguido de lejos sin decidirme nunca a dar el
paso decisivo. No he experimentado ésa alegría, esperanza y entusiasmo que
embriagaba a sus discípulos. Fui a él en un momento de desgracia, destrozado
por el sufrimiento, y quizá por esto compartí con ellos una sola cosa: su
temor. En lo más hondo de mí, temía el momento en que su extraña doctrina del
reino, que parecía empezar en la nada y luego lo absorbía todo, saliera del
estado de incubación. Sentía que no siempre seguiría siendo esa dulce canción
galilea. Sus palabras germinan como semillas. Cada uno de nosotros ha sido un
trozo de tierra en el que han caído, una tierra buena o mala, rica o estéril.
¿Qué clase de tierra habría sido yo? Recuerdo bien lo que el dijo sobre aquella
tierra que era necesario arar y abonar, y aquella semilla que
exige protección contra
el calor y las lluvias...
Sus palabras no eran como una planta de fuerza salvaje que crece sola
entre los campos, que, aunque la podes, vuelve a crecer y aunque la cortes a
ras de tierra vuelve a brotar desde la misma raíz. No eran como esta planta,
pero también ellas, en cierto modo, comenzaron a crecer. No sé cuándo fue.
Dormíamos y comenzaban a empinarse. No te dabas cuenta y ya se habían
convertido en un árbol. Sus raíces
habían penetrado hasta los
cimientos de la casa. Mi vida me parecía tranquila y
segura. Hoy vivo
sobre una tierra
sacudida por conmociones
subterráneas... Le seguí de lejos... Hablé con él sólo unas pocas veces. Fui
para pedirle algo y luego no supe formular mi ruego. Rut murió. Él no la curó a
pesar de haber obrado tantos magníficos milagros. Me ofreció, a cambio, unas
palabras incomprensibles. ¿Qué significó
entonces aquello de
«volver a nacer»? ¿Qué
significaba «toma mi cruz y yo tomaré la tuya»? ¿Qué significaba «dame tus
preocupaciones»?
Pero, aunque
incomprensibles, estas palabras han ido creciendo en mí. Antes me parecían la
clave de un gran misterio. Pero no han mostrado ninguna fuerza mágica. Su
sonido no ha convertido a nadie en superhombre. Él mismo... A veces me parece
que nunca nadie ha poseído una naturaleza más humana que él precisamente. La
filosofía griega ha creado héroes, personas que por unos ideales de verdad,
bondad y belleza han sabido elevarse a alturas de un renunciamiento sobrehumano
y hecho ofrenda de sus vidas con dignidad y serenidad. Él también ha entregado
su vida. Pudo salvarla, pudo huir; incluso no con un milagro, sino simplemente
refugiándose cuando le advertimos del peligro. Ha hecho ofrenda de su vida.
Pero, ¡de qué modo tan diferente de los demás! No fue uno de esos estoicos que
tratan de vencer en sí mismos su propia humanidad. Vivió y murió con toda la
debilidad humana. Le muerte de los héroes griegos siempre es hermosa. La suya
fue horrible. Aquellas muertes poseyeron la belleza de un cuadro creado por un
artista. ¿Quién querría representar el impresionante horror de su muerte?
Siempre, siempre, hasta el fin, veré su cuerpo extendido sobre la cruz, como
siempre veré a Rut en los brazos de las mujeres que la sostenían... Un cuadro
así es una semilla de inquietud que va creciendo. La belleza de la muerte de un
héroe griego es una belleza acabada. La suya no fue bella ni fue un fin...
Aunque ya no vivía y aunque su reino, compuesto de unos cuantos hombres
miedosos y rudos, quedara deshecho en unos pocos días, nosotros, los que hemos
escuchado sus palabras, no podremos olvidar nunca una cosa... Él enseñaba que
todo es nada y que la caridad lo es todo. Éste era, ante todo, el sentido de
sus palabras, dijera lo que dijere. Si él viviera, ¡quién sabe!, a lo mejor hubiese
llegado a extenderse la verdad de que la caridad precede a todas las demás
leyes. El sólo habla de esto. Murió sólo para esta verdad. No huyó ante la más
espantosa de las muertes, como para demostrar que esta caridad, de la que tanto
había hablado, existe también en el horror de agonizar en una cruz. ¡No logró
nada! La muerte de Rut fue
horrible. Siento un
profundo rencor, no sé exactamente contra quién, de que
ella haya muerto
así. Pero la muerte
de él aún
fue más horrible. Siempre le
recordaré gritando mientras agonizaba sobre el palo de la deshonra. Cuando le
descolgamos de la cruz, cubierto de sangre y sudor, ya no hubo tiempo ni de
lavarle, como se hace con el cuerpo aun del más miserable de los fieles, antes
de depositarlo en le sepultura. No murió con la sonrisa en los labios, como la
muerte de un sabio griego... Con toda le suciedad de su tortura, le acostamos
en el sepulcro y, de prisa, como si nos avergonzáramos, corrimos la piedra.
Luego vinieron los hombres del Sanedrín y pusieron el sello... Así quedó
deshecho el testimonio de la caridad. Él murió para una verdad que no es tal
verdad. La hija de Jairo resucitó, Lázaro resucitó... Él ha muerto y yace
aplastado por el sello del Santuario — como si fuera aquella profecía de Caifás
— y la sandalia del legionario romano. Nadie ha hecho que resucitara, como él
no resucitó a Rut... Parece como si hubiera entregado a la muerte, con plena
conciencia, sólo a sí mismo y a ella. ¿Para qué? Para que estas muertes den
testimonio de que la Ley
está por encima
de la caridad,
que el Altísimo
sabe castigar, pero no quiere perdonar...
Me aparté de la pared
rocosa. Durante mi meditación, el círculo de sombras se había ensanchado y la
luz de la luna había perdido algo de su claridad. Volví hacia la hoguera.
Algunos centinelas jugaban a los dados y
los otros, paseando,
ahuyentaban el sueño
con el ejercicio.
—Gracias, Luciano — dije al
soldado. Deslicé en su mano el resto de las monedas de mi bolsa —. Muchas
gracias. Si algún día necesitares algo de mí...
Me fui. Durante largo rato
me siguieron las voces de los soldados que disputaban repartiéndose las
monedas. Luego uno de ellos comenzó a cantar de nuevo, a grito pelado, su
grosera canción. Sus sucias palabras me perseguían y caían sobre mis hombros
como pesos. «Ni esto han querido ahorrarte», pensé. Mañana, al anochecer, los
soldados volverán a sus cuarteles. Se burlarán del rey judío que murió como un
bandido del desierto y luego fue custodiado para que no resucitara. Y puesto
que eran ellos los que le custodiaban, no pudo resucitar. El
desprecio se ha
transformado en mofa
y sólo ella quedará. Nadie se burla de la cicuta.
Pero, ¿quién podrá evitar que se burlen de la cruz?
Volví a casa. No podía
dormir. Por esto te estoy escribiendo. ¡Oh, Justo, estoy pasando unos momentos
terribles! Como si todo lo que
ya ha muerto en mí una vez,
volviera a morir... Tendría que alegrarme de haber sabido mantenerme alejado de
ellos, de no haber sido discípulo suyo. El Sanedrín y el Gran Consejo quizá me
perdonarán que haya salido en su defensa. Tendría que estar satisfecho... Pero,
por lo contrario, este sentimiento me llena de desesperación. Me parece como si
los que han ido siempre con él, los que creyeron en él, hubieran conservado
algo a pesar de esta muerte y de este desengaño. ¡Yo no he salvado nada! Para
mí, él ha muerto como Rut, con todo. ¡Es como si la perdiera por segunda vez!
Como si, por segunda vez, experimentara
el dolor de
que el Altísimo
no haya querido cedérmela... Y,
al mismo tiempo, ¡oh, Justo!, es incom- prensible, pero siento como si en el
fondo de mi desesperación se estuviese operando un cambio. De nuevo resuenan en
mis oídos sus palabras sobre volver a nacer... ¿Por qué tengo la impresión de
que esta noche será precisamente la de mi segundo nacimiento? ¿Qué tiene de
común su muerte con mi nacimiento? Siento dolor en todo el cuerpo, un dolor
terrible que me traspasa todo, como el de una mujer que da a luz, o el dolor,
desconocido para el hombre adulto, del niño que llega al mundo. ¡Escríbeme qué
piensas de esto! Pero, antes de que me contestes, la noche pasará y todo habrá
terminado. Porque, a pesar de parecerme extremadamente larga, en realidad pasa
muy de prisa. Del cielo, aún sombrío, cae una tenue claridad. Todo está en
silencio y en esta paz me parece oír unas pisadas... Mi dolor continúa vivo.
Creo que incluso aumenta. Si dura mucho más volveré a nacer y en seguida
moriré. ¿Qué es la muerte? ¿Por qué no se lo pregunté a Lázaro? Me falta el
aliento... Según dicen, cuando el hombre muere ve pasar ante sí, en un
instante, toda su vida. Yo también la veo. ¡Mis hagadás, Rut y su cruz...! ¡La
cruz que yo tuve que haber tomado...!
¡Pero no la tomé! ¡Él murió
para demostrarme que está dispuesto a hacerlo todo por mí! ¡No sé por qué es
así, pero él murió por mí! ¡La cruz en la que le clavaron era mi cruz! ¡Mi
cruz! ¿Y la de él? ¿Qué he tomado sobre mí? ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! Simón cogió
una espada. Judas dicen que corrió a ver a Caifás y le arrojó e los pies el
dinero que le habían pagado por traicionar al maestro. ¿Y yo? ¿Yo, qué? ¡No he
hecho ni esto siquiera! ¡No he hecho nada! Quería sólo observar... He guardado
para mí mis temores, mis penas... ¡Ya sé qué soy yo!
¡Una tierra estéril! No
volveré a nacer. No escribiré una hagadá sobre él. Moriré antes de que
amanezca. Moriré de repugnancia de mí mismo... Moriré.
Alguien llegó corriendo
hasta la puerta de mi casa...
Justo, ¡era aquel soldado!
Le vi temblando ante mí como yo, en la noche, había temblado ante él. Jadeaba y
el sudor resbalaba por sus mejillas a pesar de que la mañana era helada. Había
perdido su escudo, su lanza y su yelmo... Apretaba en la mano unas monedas.
Gritó, golpeándose el pecho con el puño:
— ¡A ti te lo digo, rabí!
No dormíamos. ¡Y no habíamos bebido...!
¡De veras que no fue un
sueño...!
Porque, ¿sabes?, él dice
que el maestro ha salido del sepulcro. Dice...
¡Oh, Justo!, no sé qué
escribirte. Siento una sensación de ahogo y, en la piel, unos escalofríos de
terror. ¡Es imposible! ¡Es imposible! Yo no tomé su cruz. Esto sería
demasiado... No; debió solamente de parecérselo. Sería demasiada
misericordia... ¿Para qué hacerse ilusiones? Luego se tiene una sensación tan
horrible... Como si uno hubiera despertado de un sueño en el que Rut vivía y no
sufría...
CARTA XXIII
Querido Justo:
¿Cómo podré describírtelo
todo? Esto habría que cantarlo y no decirlo... ¿Cómo pueden contarse cosas
maravillosas con esta pobrísima y sencilla lengua humana que se traba y
balbucea en la boca? Lo más
terrible de su
nueva es que
uno se queda
como lanzado lejos, más allá de la tierra, a la región de las estrellas,
pero sigue teniendo el mismo cuerpo y corazón humanos...
Procuraré reunir para ti,
en una sola unidad, todos los hechos que galopan como caballos desbocados.
Apenas se hubo marchado aquel soldado, oí venir los pasos de los otros
acontecimientos. Eran de nuevo, como ayer tarde, José y Juan. Pero ahora
presentaban otro aspecto. Los dos tenían en los ojos una expresión de
aturdimiento en el que la alegría iba pareja con el miedo. Mi amigo, antes de
decirme nada, se sentó frente a mí y durante largo rato estuvo pasándose la
mano por la barba y el pelo con un movimiento que denotaba per- plejidad. Juan
permanecía a su lado, un poco inclinado. Sus negros ojos despedían chispas y
por sus labios pasaba un temblor.
— ¡Hummm...! — comenzó José
—. No sé si ya habrá llegado algo de esto a tus oídos. Pero es un hecho
asombroso. No entiendo nada. Escucha: este muchacho dice que muy de mañana todo
un grupo de mujeres
se dirigió al
sepulcro con intención
de lavar el cuerpo y ungirlo. Iban muy de prisa.
Seguramente ninguna de ellas sabía lo del sello y los centinelas. Mientras
tanto... Habla tu mismo — dijo a Juan.
—Estas mujeres, rabí —
comenzó el hijo de Zebedeo —, cuentan que en cuanto pasaron la puerta enfrente
del Gólgota se oyó como un terremoto...
—Yo no he sentido nada
—dijo José.
—Ni yo —confesé.
—Yo tampoco — siguió Juan.
El muchacho, a pesar de su febril excitación, procuraba hablar con serenidad y
claridad —. Pero ellas dicen que fue así. También dicen que fue como si un rayo
hubiera caído sobre la roca. Vieron su resplandor y oyeron el trueno... Luego
vieron correr a los soldados... ¡Imagínate, rabí! ellos huían tirando al suelo
escudos, yelmos, lanzas...
—Sí, lo sé.
Veía ante mí la cara bañada
en sudor, mortalmente asustada, de
Luciano.
—Las mujeres se asustaron
también. Unas huyeron en seguida, pero otras, a pesar del miedo, se acercaron
al sepulcro... Nosotros pasábamos la noche en casa de Safán, el curtidor, en el
Ophel. Ninguno de nosotros podía dormir. De pronto llegó Juana, la mujer de
Chuz, gritando que cuando se acercó al sepulcro con sus compañeras vio la
piedra corrida y sobre ella a un hombre envuelto en un manto que resplandecía
como el sol. Ellas están seguras de que era un ángel... Les habló y les dijo
que el maestro no estaba allí porque había resucitado... Entonces huyeron
chillando. Tratamos de tranquilizarlas. Les dijimos que seguramente todo
aquello sólo había sido una alucinación... Pero ellas gritaban, hablaban todas
a la vez, reían y oraban al mismo tiempo. Siguen creyendo que han visto a un
ángel. Aún estábamos hablando con ellas cuando llegó mi madre y dijo que cuando
estaba con María oyó la voz del maestro... No vio nada, pero oyó como hablaba
con su madre... No sabíamos qué pensar de todo aquello, pero todos temblábamos
de excitación. Tomás se puso a gritar diciendo que sin duda alguna desde el
amanecer todos habían perdido el juicio. También Natanael dijo que la tristeza
ha debido de perturbar a las mujeres y por esto cuentan cosas sin sentido. Las
mujeres gritaban y
nosotros también. Entonces
llegó María, la hermana de Lázaro. Jadeante, con los
cabellos caídos sobre los hombros, parecía como antes, cuando el demonio la
tenía aún en su poder. Golpeó tanto la puerta que supusimos que era la
guardia... Se puso a gritar más fuerte aún de lo que gritábamos todos. Decía
que le había visto... Nos quedamos aterrorizados. Estábamos seguros de que
había ocurrido algo terrible. Si yo mismo le había depositado en el sepulcro
con vosotros, ilustres... Estaba frío y rígido... Y ella dice que le ha visto
vivo... Primero no lo reconoció, pero él la llamó por su nombre y entonces se
le abrieron de pronto los ojos. Le vio frente a ella, sobre la hierba, y dice
que cuando se postró a sus pies, vio sus plantas agujereadas... Todavía nunca
un hombre descolgado de la
cruz ha seguido viviendo.
No permitió que ella le tocara. Dijo que para esto era demasiado pronto... y
desapareció. Entonces ella vino corriendo a contárnoslo lo más de prisa que
pudo. Jadeaba y tenía las piernas tan cansadas que tuvo que sentarse en el suelo.
No pudimos aguantar más tiempo encerrados en la casa. Simón y yo salimos.
Corríamos y dábamos empujones a la gente, que gritaba a nuestro paso. Pero
no nos deteníamos.
Yo llegué el
primero al sepulcro; Simón quedó un poco rezagado...
— ¿Y qué? — exclamé en el
colmo de la expectación —. ¿Y qué?
¿Qué viste?
Respiró hondo como si se
preparara para una nueva carrera.
—-El sepulcro
estaba realmente abierto...
No tuve valor
para entrar en él, por lo que esperé a Simón. Entramos juntos...
— ¿Y qué? ¿Qué?
Me moría de impaciencia por
oír la última palabra.
—El cuerpo no estaba allí —
exclamó con precipitación —. ¡En la tumba no hay nada! Todas las telas en las
que envolvimos al maestro estaban allí, tiradas en un rincón... Sobre el gran
sudario se ven las huellas de su cuerpo... Incluso el pañuelo con el que le
tapamos la boca estaba caído a un lado... Lo recogimos todo...
Respiró de nuevo y callose.
Yo también estuve callado. José me preguntó con su sonora voz:
—Nicodemo, ¿qué significa
esto?
Me encogí de hombros sin
saber qué decir.
—No sé — respondí —. No
sé... Todo esto parece un cuento. Las mujeres dicen que la tierra tiembla,
aunque nadie en la ciudad lo ha notado; un rayo cae del cielo despejado; se
aparece un hombre, o alguien que no lo es, con vestiduras resplandecientes; diez
soldados romanos huyen despavoridos. Los otros dicen que le han visto y oído;
el sepulcro está vacío... ¡No, todo junto no tiene sentido! Dejemos a un lado
las visiones, en las que no creo. Hay una cosa segura: el cuerpo ha
desaparecido... Sobre esto se pueden hacer varias conjeturas. Primera
posibilidad: Caifás ha querido profanar el cuerpo, ha mandado sacarlo del
sepulcro y echarlo
a la fosa
común. Sobornó a los
soldados para que fingieran pánico.
—Esto tampoco tiene sentido
— me interrumpió José —. Ni Caifás ni Ananías se atreverían a hacer una cosa
así. Pilatos nos entregó el
cuerpo y nos dio permiso
para enterrarlo. Supongamos que han querido hacerlo de manera que no se supiese
quién ha robado el cuerpo... Pero, ¿por qué no han esperado hasta el día
siguiente, puesto que por la noche la guardia iba a retirarse? Mientras tanto
el cuerpo estaba bajo el sello del Sanedrín. No se trataba de una cruz a la que
nadie vigila y por esto mandaron arrancarla y echarla no sé dónde... ¡Cuánto
más fácil hubiera sido robar el cuerpo cuando ye se encontrará en nuestras
manos...!
—Tienes razón — reconocí —.
Pero en tal caso son los discípulos los que se han llevado el cuerpo.
— ¡Nicodemo,
no dices más
que tonterías! ¿Los
discípulos?
¿Ellos? — y señaló con la
cabeza a Juan —. Pero si están muertos de miedo. ¡Cuánto valor habrá tenido que
reunir este muchacho para salir
de su escondrijo en pleno
día! ¿Sospechas que tengan tanta valentía
como para lanzarse sobre
los soldados romanos? ¡Estás bromeando, amigo! Pero, si no son ellos, entonces,
¿quién? ¿Es que, exceptuando a nosotros dos, tenía él algún amigo de suficiente
autoridad como para atreverse a realizar un acto como éste?
—No. Acaso Pilatos — dije
sin fe en mis propias palabras —. Me han dicho que su mujer se ha interesado
por la suerte del maestro.
Se golpeó la rodilla,
irritado.
— ¡Me obligarás a que me
ría de tus palabras! —exclamó —. ¿Te imaginas al procurador romano robando a
sus propios soldados el cuerpo de un hombre a quien él mismo condenó a muerte
hace dos días? ¡Conozco a Pilatos! ¡Hará despellejar a estos guardias! ¡Nunca
les perdonará que se hayan atrevido a huir como un rebaño de ovejas ante los
ojos de toda Jerusalén! Me imagino lo que está ocurriendo allí ahora... ¡No
mezcles a Pilatos en ese asunto!
—Pero entonces, ¿quién? —
pregunté.
José se quedó en silencio,
mirándonos de reojo a mí y a Juan.
— ¿Y si él hubiera
resucitado? — dijo lentamente. Le contesté con otra pregunta:
— ¿Crees en esto?
—No — confesó —. Soy un
hombre que admite sólo lo que se puede sopesar y tocar con la mano... Con gran
dificultad creí en la resurrección de Lázaro. Bueno, no podía dejar de creer,
puesto que le había visto andar por la ciudad... Pero cuando alguien ha resucitado
y luego ha desaparecido no soy capaz de creerlo. Mas, por otro lado, no
encuentro para
lo ocurrido ninguna
otra explicación. Por
esto pregunto: ¿y si hubiera resucitado realmente? ¿Es posible su
resurrección? ¿Será realmente posible?
—Él — exclamó Juan — decía
que resucitaría de entre los muertos. ¡Lo dijo muchas veces! ¡Ahora lo
recuerdo!
— ¿Y tú qué dices a esto? —
me pregunto José. —Como fariseo creo, desde luego, en la resurrección. Pero
creo que esto ocurrirá en un tiempo futuro, en el momento en que ocurran
ciertos cambios que nos ayuden a creer... Creo en la resurrección, pero no que
se realice en un mundo como el que nos rodea.
— En el fondo — movió los
hombros —, razonamos igual. Y tú —
preguntó a Juan —, ¿crees?
El delicado rostro del
discípulo, tan diferente del de los muchachos de su edad, cubierto de granos,
siempre sudoroso, con un constante aire burlón, ardió de pronto. Él lo creía;
yo estaba convencido de ello aun antes de que lo dijera. Declaró en voz alta:
—Sí, ilustre. Él ha
resucitado.
José, ceñudo, alzó los
brazos y los dejó caer. Levantose y cruzó varias veces la habitación. Volvió a
sentarse, e iba a decir algo cuando entró un criado anunciando que acababa de
llegar Jonatán, hijo de Ananías.
— ¿Jonatán? — exclamé,
asombrado.
— ¡Vaya, vaya! —José movió
la cabeza —. No siento menos curiosidad que tú por saber a qué ha venido. Juan
— dijo al hijo de Zebedeo —, tú márchate. Que no te encuentre aquí. Más vale
que no te vea. Vuelve junto a los tuyos, pero avísame en cuanto haya alguna
novedad.
Salí a la puerta para
recibir al inesperado visitante. Jonatán venía en una magnífica silla de manos.
¡Estos saduceos imitan en todo a los griegos y romanos! Le hice pasar a la
sala.
— ¡Oh!, ¿José también está
aquí? — exclamó al ver a mi amigo. El nasi estaba tan cordial como si el día
anterior no hubiera pasado nada entre nosotros —. Me alegro de veros a los dos
a la vez. — Se sentó y, con una sonrisa ligeramente provocativa, permitió que
le echaran agua para las manos —. Veo que siempre sigues fiel a las
prescripciones —se rió —. Bueno, Nicodemo — dijo, frotándose las manos —, ¡vaya
jugarreta que nos has hecho a todos!
— ¿A qué te refieres,
Jonatán?
—No aparentes que no lo
sabes. Si he de serte franco, nunca te hubiera creído capaz de hacer una broma
de este tipo.
—Pero, ¿de qué estás
hablando?
— ¿Aún me lo preguntas? Me
refiero a tu idea de esconder el cuerpo.
— ¿Mi idea?
—Desde luego no es mía.
Escucha, rabí, no nos creas tan tontos. Sabemos que eres tú quien ha robado el
cuerpo.
— ¡Yo no me he llevado el
cuerpo!
— ¡Ja, ja, ja! ¡Desde
luego, eres estupendo! Bueno, claro es que tú solo no te has llevado el cuerpo.
Como buen fariseo, nunca tocarías un cadáver. Pero eres lo bastante rico para
poder pagarte un servicio. No me negarás que fuiste de noche al sepulcro.
—Sí, fui...
— ¡Bien! Entonces diste a
los soldados una buena recompensa para que huyeran al ver a un espíritu... ¿No
fue así? No lo niegues; no te servirá de nada. Debo confesarte que has acertado
en la elección de tu venganza. Cuando Caifás se enteró de esto, creí que la
rabia le ahogaría allí mismo. ¡Ja, ja, ja! Me pregunto si incluso habrás
sobornado al mismo Pilatos, pues, en vez de condenar a los soldados a una buena
azotaina, les ha perdonado la culpa. ¡No recuerdo nada parecido desde que tengo
uso de razón! Este desollador os entrega gratis
el cuerpo, a
vosotros, a los
dos hombres más
ricos de Jerusalén, y luego
permite graciosamente que sus invencibles soldados, vencedores de los partos,
atraviesen la ciudad corriendo y chillando de miedo como mujeres... desde
luego, lo has organizado todo con gran habilidad. A Caifás, al final, no le ha
quedado en las manos más que la cruz, por la que ha pagado, os lo digo en
confianza, mucho dinero...
—No me he llevado el cuerpo
— repetí.
—Bien, bien... Digamos que
no te lo has llevado. Entonces es que se ha volatilizado. Pero lo importante
ahora es que los cuerpos de los muertos no se paseen por Jerusalén por su
propio pie. Durante la sesión no hemos sido muy amables contigo, lo reconozco...
A cambio de esto, tú te has burlado magníficamente de Caifás. Ojo por ojo...
¡Ja, ja, ja! Habet, como dicen los romanos. Pero ahora hay que acabar con
esto. Escucha, Nicodemo,
hagamos un pacto. Nadie de nosotros se llevará el cuerpo... Además, nadie tuvo
nunca la menor intención de hacerlo. Es un acto impío. Pero tú dinos dónde se
encuentra ahora. No lo tocaremos, te lo prometemos por lo que más quieras. Sólo
queremos saber que yace bajo esta o aquella piedra...
— ¡Pero si te digo,
Jonatán, que yo no me he llevado el cuerpo!
— ¡Claro que te lo has
llevado, claro que sí! Ha sido tu venganza. Y nosotros no te lo censuramos.
Quédatelo, si quieres. Que se esté tranquilo en el sepulcro de José o en algún
otro. ¡Pero que yazca quieto como cualquier otro cadáver!
— ¡Yo no tengo el cuerpo!
—Nicodemo, esto es inútil
palabrería.
—Te digo por última vez que
no tengo el cuerpo.
—Pues, ¿quién lo tiene?
¿José? Ahora habló mi amigo:
—Yo tampoco lo tengo. Pero
sé dónde está. — Con brusquedad y decisión alargó el dedo en dirección a
Jonatán y dijo — ¡Vosotros lo habéis escondido!
El nasi saltó del taburete.
Luego se echó a reír, pero no era una risa franca, escondía su turbación.
— ¡Ja, ja, ja!... ¡ja, ja,
ja! Tú, José, eres un jugador... Pero esta vez nadie te creerá. ¿Íbamos
nosotros a llevarnos el cuerpo? Vosotros lo habéis hecho. Escuchad Basta de
discutir: ¡si todos lo saben...! Vengo a
hablaros como amigo.
Ha habido entre
nosotros disputas y disgustos,
es verdad, pero
yo vengo ahora
con el corazón
en la mano... No quiero discutir
y me irrita la falta de sinceridad. Olvidemos lo que ya ha pasado. Escuchad:
Caifás se siente muy ofendido. Conocéis su encarnizada obstinación. Cuando
quiere vengarse no tie- ne escrúpulos. ¿Veis, pues...? Salomón dice: «más vale
perro vivo que león muerto». Pero yo os digo: a veces más vale león muerto...
Dad un buen entierro al león y todo quedará arreglado. Bueno, ¿qué decís a
esto?
Miré a José. Mi amigo
estaba serio, con expresión atenta y concentrada, como si estuviera meditando
una idea que le llegara hasta el corazón. Movió la cabeza gravemente y dijo:
—A mí también me gusta la
sinceridad, Jonatán, y no acostumbro encubrir mis acciones. Hablemos en serio.
¿Queréis forzamos a decir
que hemos escondido el
cuerpo? Pues te doy mi palabra de honrado comerciante e israelita que ni yo ni
Nicodemo tenemos nada que ver con todo esto.
Jonatán dejó a un lado la
amabilidad que había mostrado hasta entonces.
— ¡Sólo vosotros habéis
podido hacerlo! — exclamó, airado—.
¡Esta chusma galilea nunca
se hubiera atrevido a hacer una cosa así!
—Pero, a pesar de esto, no
hemos sido nosotros.
— ¿Vas a decirme que lo ha
hecho Pilatos para su Claudia?
—Pues, ¿qué ha sido del
cuerpo? No se ha evaporado, supongo yo...
—Jonatán... José se
levantó, acercose al nasi, apoyó una mano en el respaldo de la silla del otro y
se inclinó sobre él —, la misma pregunta nos estamos haciendo Nicodemo y yo
desde el amanecer. Y no hemos sabido encontrar la respuesta. O, mejor dicho, tenemos
sólo una...
— ¡Oh! — Jonatán volvió a
reír, pero su risa recordaba el chirriar de una sierra sobre un tronco duro —.
¡Ja, ja, ja...! José, tú no eres doctor
ni fariseo, sino
un comerciante sensato.
Dejemos que Nicodemo crea en
ello... ¡Pero tú y yo sabemos que es una sandez! — Acercó su cara a la de José
y cerró las mandíbulas con tanta fuerza que viese sobre sus mejillas el
movimiento de los músculos. Con voz ronca continuó — Es una sandez, pero de la
que no sabemos quién querrá aprovecharse... Sólo una cosa es segura que el
Templo y la fe sufrirán las consecuencias de esto. Vuelvo a repetirte que más
vale león muerto que perro vivo... Pero un resucitado... ¡Basta! ¡Hay que
volver a correr la piedra sobre este «espíritu»!
—Si es él mismo el que ha
quitado la piedra — dijo despacio José
—, no se le podrá cubrir
con ella por segunda vez...
— ¡No la ha quitado solo!
Vosotros le habéis enterrado, pero sé que antes un soldado le atravesó el
corazón. Ellos saben dar en el punto preciso. Un hombre al que han clavado una
lanza romana en el costado es seguro que está muerto.
— ¡Es seguro que estaba
muerto! — asintió José.
—De modo que no fue él
quien apartó la piedra. Vosotros le
habéis puesto en el sepulcro
y luego vosotros
mismos le habéis sacado de él.
—No lo hemos hecho.
— ¡José! ¡Nicodemo! He
venido aquí bien dispuesto, con sinceros deseos de llegar a un acuerdo. ¡Una
vez más os prevengo! ¡Caifás está decidido a todo! Sé que esta mañana se ha
entrevistado con el rabí Jonatán bar Azziel, con el que inesperadamente ha vuelto
a tener tratos. No permitirán que este asunto se les escurra de las manos. No
quiero asustaros, pero, si seguís con vuestra obstinación, encontrarán un medio
para obligaros a entregar el cuerpo.
—No quieres asustarnos,
pero nos asustas, ¿verdad? —dijo José con tono burlón.
—Sólo os prevengo...
—Jonatán se levantó. Por última vez intentó adoptar un tono ligero, amistoso —.
Vamos, más vale que lleguemos a un acuerdo. A fin de cuentas no nos importa lo
que hayáis podido hacer con el cuerpo. Nos interesa el sepulcro y que vosotros
declaréis a todos que el galileo yace en él...
—Pero, ¿no habrá nadie
dentro?
—Un cuerpo u otro siempre
se encontrará.
—De esto se encargarán los
sicarios, ¿no es así?
— ¡José!
Recuerda que ni tus tratos
con los romanos
ni tu dinero...
—Lo sé, no es necesario que
me lo adviertas. Ve en paz, Jonatán. Saluda al sumo sacerdote de mi parte y
dale mi condolencia por lo del deterioro de la cortina...
— ¡Esto son tontas
habladurías! Un levita tendría un mal sueño y ahora cuenta
necedades que la
plebe repite por
encantarle estas
«espeluznantes»
historias...
—Pero, según he oído decir,
es cierto que la cortina se rasgó el mismo día de la preparación.
— ¡No, no se rasgó! Y
aunque así fuera, sabes que tenemos continuos temblores de tierra. En la roca
Moriah han aparecido grietas y hendiduras; en el Templo caen objetos... También
la cortina podía...
—Naturalmente...
—Así, pues... Quizá... Sé
que sois personas sensatas. ¿Para qué luchar contra Caifás? No sé si habéis
oído que solicitó vuestra destitución del Sanedrín.
—Aunque vosotros no me
hubierais echado, yo mismo me habría ido. Después de esta sentencia, el
Sanedrín ha dejado de ser lo que era.
— ¿Es ésta tu última
palabra, José?
—Sí.
— ¿Y la tuya también,
Nicodemo?
—José la ha dicho por mí.
—En este caso ya no me
queda más que decir. No olvidéis la venganza de Caifás. Os aconsejo que
abandonéis la ciudad... No os lo perdonará nunca...
Fui a despedir al nasi hasta la puerta y volví a la sala.
José andaba de un lado a otro con la cabeza baja y las manos cruzadas a la
espalda. Me senté en el taburete que momentos antes había ocupado Jonatán. Me
sentía tembloroso y febril, en una inquietante espera. José seguía paseando en
silencio. Por fin se paró ante mí y dijo:
—Después de esta
conversación, dos cosas han quedado completamente claras. La
primera es que
la lucha de
todos ellos contra el maestro aún
no ha terminado. Son capaces de sostenerla con lo que ellos llaman su
«espíritu» y con todo aquel que crea en este «espíritu». La segunda es que si
antes podía haber alguna sospecha de que ellos hubieran escondido el cuerpo,
ahora se ha desvanecido por completo. Jonatán no mentía. Realmente, no sabe
dónde está el cuerpo. Y tampoco ha exagerado al decir que Caifás no se detendrá
ante nada. Ni Jonatán bar Azziel tampoco. Además, les comprendo: para ellos el
maestro es aún más peligroso ahora que cuando vivía... Se ha convertido en un
símbolo y un símbolo puede llegar a ser más peligroso que un hombre vivo. Ahora
tienen que luchar. Escucha, Nicodemo. Jonatán tiene razón; estás en peligro y
seguirás estándolo por un tiempo... Más adelante los odios se enfriarán, pero
ahora podrían hacerte caer en manos de los sicarios. Saben que fuiste a visitar
de noche el sepulcro... No me lo habías dicho. ¿Por qué lo hiciste?
—Este sepulcro — confesé —
parecía llamarme... —Es verdad, llama — dijo José —. Incluso ahora, vacío.
Tendremos que ir allá. Pero déjame volver a lo de tu peligro. Creo que, tal
como aconseja Jonatán, harías mejor marchándote de la ciudad. No para mucho tiempo,
sino sólo para tres o cuatro días. Tienes un palacio entre
Emaús y Lidia, ¿verdad?
Hace tiempo que no has ido allí y nadie sospechará si lo haces ahora. Llévate
contigo a este joven Cleofás que se mostró contrario a la sentencia. También se
querrán vengar en él... Tenemos que protegerle... Es un fariseo y te será más
fácil hablarle. Bueno, ¿qué te parece este plan?
No me gustan las marchas
repentinas. No me gusta cambiar inesperadamente de lugar, sobre todo en un
tiempo en que cada momento parece traer algo nuevo. Pero José tiene razón.
Preferiría que él viniera conmigo. Es muy enérgico y a mí el valor y la energía
me han abandonado por completo. La verdad es que nunca he tenido demasiada
energía. El maestro, en los momentos difíciles, debió haberle tenido a su lado.
José me había dicho en varias ocasiones que deseaba conocerle. Decía estar
interesado por su doctrina, de la que yo le había hablado. Pero no llegó a
verle. En parte, yo tengo la culpa. A decir verdad, nunca hice nada para que
este encuentro se efectuase. Siempre estaba ocupado en mí mismo y en mis
propios asuntos. Me parecía que el maestro había penetrado con tanta fuerza
sólo en mi vida... José es amigo mío, pero, en el fondo, le conozco muy poco.
Me he acostumbrado a pensar que lo único que le interesa en la vida son los
azares del comercio...
—Pero tú... — dije —. No
quiero dejarte aquí.
—No temas por mí. Nada me
amenaza. Estoy en buenas rela- ciones con los romanos y nadie se atreverá a
tocarme. Tú debes marcharte ahora mismo.
—Me iré — decidí después de
pensarlo un poco —, pero... — Me sentía incómodo sabiendo que yo marchaba y él
se quedaba afrontando el peligro —. Pero tú...
—No me pasará nada —
repitió —. Te lo aseguro... Puso una mano sobre mi hombro tranquilamente y con
la otra se acarició la ondulada barba.
De pronto me di cuenta de
todo lo que le debía a aquel hombre que cumple tan poco las prescripciones de
la Ley. Desde hace años era como un sólido roble en el que podía apoyarse el
débil arbusto de mi existencia. ¡Se mostró tan atento y tan bueno con Rut! Me
traía el oro cuando yo
no tenía tiempo
ni cabeza para
pensar en los beneficios. Un
día me dijo
que en el
testamento me nombraba heredero de toda su fortuna. Ha
vivido a mi lado y, a pesar de recibir tanto de él, simplemente no le veía...
Pero, de pronto se me han abierto los ojos. En un súbito arranque de gratitud
le tendí una mano.
—José — le dije, y la
emoción me hizo temblar la voz —, eres un verdadero amigo...
—No — dijo —, te equivocas.
Me parece que apenas he entrado en la pista de lo que debería ser la amistad...
— volvió a apretarme la mano —. Márchate y vuelve sano y salvo. Cada uno de
nosotros meditará por separado en el misterio de la desaparición de su cuerpo y
luego nos comunicaremos las conclusiones. ¿De acuerdo? — Sonrió y quedose
pensativo —. Hay misterios —dijo luego — que para comprenderlos hay que
lanzarse a ellos como se lanza uno al agua, seguro de que se abrirá ante
nosotros. Vete en paz, Nicodemo. Salom aleihem.
¿No crees que
algunas cuestiones hay
que aceptarlas primero para poder
comprenderlas después?
Andábamos despacio porque
el día se había vuelto muy caluroso, como si aquél no fuera el mes de nisán. Al
principio casi no hablamos; ambos íbamos pensativos sopesando en nuestro
espíritu los acontecimientos de la mañana. El camino de Emaús se desliza por
las rocosas laderas de la meseta sobre la que están situados el Hebrón,
Jerusalén y Gofna. La ciudad se encuentra sobre la última colina: más lejos, a
lo largo de la costa, se extiende la franja de la llanura de Sarón, cubierta ya
en esta época por una abundante vegetación y toda clase de flores olorosas.
Decidimos pasar la noche en
Emaús para proseguir la marcha a la mañana siguiente.
Estábamos más o menos a
medio camino cuando Cleofás, que hasta entonces había avanzado con aire sombrío
y la cabeza baja, relinchó como un caballo joven y comenzó a hablar con voz que
delataba una gran agitación interior.
— ¡No, no, no! ¡No logro
comprenderlo! Supongamos que haya resucitado; aunque esto es imposible. La
gente, en ocasiones ha sido resucitada en nombre del Altísimo, pero todavía
nadie ha salido por sí solo del sepulcro. Sin embargo, supongamos que haya ocurrido
así... Entonces, dime, rabí, ¿qué sentido ha tenido este juicio, este martirio,
esta muerte? Quien es capaz de resucitar por sí mismo no debería morir como un
esclavo. ¡No, no, no! ¡No lo comprenderé nunca! A no ser que tú, rabí, puedas
explicármelo. Tú debes comprender algo más... Le conocías...
—Le conocía — respondí —,
pero esto no me ayuda a compren- der toda esta historia. Es verdad que en vida
procedía a veces como
si quisiera asustar a los
suyos para así probarles... Luego desaparecían los peligros, resultaban falsos,
o bien los vencía... Pero, más a menudo, aún se dejaba vencer por la vida. Es
evidente que poseía un poder, pero nadie nunca sabía cuándo haría uso de él. El
milagro de la resurrección es el más grande de los milagros. Tienes razón al
decir, Cleofás, que quien es capaz de levantarse de entre los muertos no
debería sufrir tanto en la vida. Además, ¿de qué sirve una resurrección como la
suya? ¿Ha resucitado y desaparecido? Sólo le han visto su madre y aquella
pecadora arrepentida... Si esta resurrección tuviera que ser señal de la
veracidad de su doctrina, tendrían que verle otros...
— ¡Tendrían que verle
todos! — exclamó el joven fariseo.
—Naturalmente... Puesto que
los que no le vean no querrán creer. El Mesías no puede triunfar en un solo
corazón...
— ¿Crees tú, rabí, que era
el Mesías?
— ¡Qué sé yo! Pero, si lo
era, fue un Mesías distinto del que anunciaban las profecías. Ha traído algo
diferente de lo que esperá- bamos.
— ¿Y qué es?
—Una sola cosa: el amor...
—Pero, según parece, decía
que quien quiera ser discípulo suyo debe odiar a los suyos: a la madre, a la
esposa, a los hijos.
—Le oí decirlo. Pero eran
unas palabras extrañas, como una sola faceta de la verdad...
— ¿Así crees, rabí, que no
mandó odiar? Desde que me repitieron esto tuve miedo...
—Él no conocía la palabra
odio. Aunque decía: «He traído la espada», añadía en seguida: «La antigua Ley
dice: "¡No mates!", pero yo digo: el que se enoja ya mata...» No, te
lo aseguro, no sabía lo que significa odio. ¡Nunca odió a nadie! Ha muerto... A
mí me parece incluso que se entregó en sus manos sólo para mostrarnos que el
odio puede ser vencido...
— ¡Pero es el odio el que
venció! Y le ha matado...
—Sí — asentí.
Y de nuevo cada uno de
nosotros se sumió en su tristeza.
Nuestras dos sombras se
deslizaban oblicuamente ante nosotros. No noté el momento en que se nos unió
una tercera sombra. El
hombre que nos había
alcanzado y estaba con nosotros parecía un caminante acostumbrado a hacer
largos viajes, porque andaba ligero como si apenas tocara el suelo con los
pies. No había en él nada especial que llamara nuestra atención: era muy alto
llevaba un bastón y una cuttona arremangada para el viaje; no llevaba bolsa
alguna. No habíamos oído sus pisadas, aunque debió andar muy deprisa, pues
cuando, poco antes,
me volví en
el recodo (temía
que alguien estuviera
persiguiéndonos y esta inquietud no me abandonaba ni un instante), no vi a
nadie. Pero ahora supo adaptar su paso al nuestro.
— ¿De
qué estáis hablando?
— preguntó —.
¡Parecéis muy tristes!
Cleofás se encogió de
hombros.
—Vienes desde Jerusalén;
por lo tanto, deberías saber...
— ¿Saber qué?
—Habrás estado en la ciudad
de paso solamente y no para las fiestas. En los últimos días han ocurrido
allí...
— ¿Qué cosas?
Las preguntas de nuestro
nuevo compañero eran impacientes, como si temiera no poder llegar a entablar
diálogo con nosotros. Cleofás estaba demasiado trastornado para poder contar
ordena- damente todos los acontecimientos, de modo que hablé yo:
— ¿Has oído hablar del
profeta de Galilea que andaba por todo el país, predicando y obraba
maravillosos milagros? Curaba e incluso resucitaba... Pues, cuando hace unos
días vino a la ciudad para las fiestas, nuestros sacerdotes y doctores mandaron
prenderle y le entregaron, después de condenarle a muerte, a los romanos. Ellos
le han crucificado. Los milagros de este hombre eran tan grandes y su doctrina
tan hermosa, que muchos creyeron que venía de parte del Altísimo para
liberar a Israel.
Yo mismo lo
creí también...
¡Desgraciadamente, ha
muerto! ¡Y con una muerte horrible...! Hoy hace tres días que le depositaron en
el sepulcro...
Me interrumpí porque mi
pensamiento voló de nuevo hacia su cuerpo torturado, hacia todo el horror de
aquella muerte terrible. Durante un rato descendimos en silencio por un sendero
inclinado. Ahora teníamos el sol de frente: una gran bola roja colgaba sobre
las grises franjas de neblina que se extendían a lo largo de la convexa
superficie del mar.
—De modo que murió y le
enterraron... —Al hombre que se había reunido con nosotros no le bastaban mis
palabras —. ¿Qué más ocurrió?
Cleofás movió las manos con
un ademán desesperado.
—Hay quien cree — dijo casi
enojado— que ha resucitado. Nos dirigió una penetrante mirada.
—Y vosotros — preguntó —,
¿qué creéis?
Le miré con cierta
desconfianza; no me gustó este interrogatorio suyo. Parecía
como si supiera
todo lo referente
a la muerte
del maestro y nos hiciera estas preguntas sólo para conocer nuestra
opinión. ¿Acaso era un espía del Sanedrín? En todo caso, pensé, está solo y
nosotros somos dos. Ya nos habíamos alejado de la ciudad unos cuarenta
estadios. Además, aunque este hombre no se diferenciaba en nada de cualquier
otro caminante que hubiéramos podido
encontrar en un
camino solitario, había en él
algo que inspiraba confianza.
—Efectivamente — comencé de
nuevo —, hoy varias mujeres han ido a su sepulcro antes del amanecer...
Volvieron diciendo que ya no habían encontrado el cuerpo y, en cambio, habían
visto a un ángel, el cual, según ellas, les dijo que el muerto había resucitado.
Al saberlo, los discípulos fueron también al sepulcro y tampoco encontraron el
cuerpo...
— ¿Y qué dices tú a esto? —
preguntó al ver que de nuevo me había interrumpido.
Ya no me preguntaba lo que
había ocurrido luego, sino direc- tamente lo que yo pensaba de todo aquello.
Volví a sentir cierta desconfianza, pero de nuevo sucumbí a la fuerza de su
autoridad. Él preguntaba no como una persona curiosa, sino como un hombre que
tiene derecho a preguntar...
—No sé — respondí con
vacilación —. No sé... Este galileo fue, sin duda alguna, un ser
extraordinario. En cierto momento creí que era el Mesías...
Nunca nadie había
obrado milagros como
los suyos, nunca nadie había
hablado como él... Pero el Mesías debería ser superior a un hombre
cualquiera...
— ¿Tú, un gran soferim,
dices esto? — me interrumpió —. ¿No recuerdas lo que dijo Isaías sobre «la raíz
del árbol de Jessé»?
—Lo recuerdo. Pero también
Etam Ezrahita dijo: «He jurado a
David que su linaje durará
por todos los siglos...»
— ¿Y crees que esto no se
cumplirá?
— ¿Cómo puede cumplirse?
¡El trono real dividido y en manos extranjeras! Y él, aunque fuera del linaje
de David, ha muerto, le-han dado una muerte horrible... Si lo hubieras visto...
— ¡Hombre de corazón
perezoso! — dijo de pronto severamente
—. ¡Maestro
que no enseñas
a los demás
ni tú mismo
quieres conocer! —No recuerdo que nunca nadie me haya hablado de este
modo. Mas, a pesar de todo,
no me sentía ofendido. Hablaba irritado,
pero al mismo tiempo
parecía disipar la cortina de humo que nos había cubierto los ojos —. ¿Aún no
veis que se ha cumplido todo lo que tenía que cumplirse? ¿No nos dijo nuestro
padre Jacob que el Enviado, el Esperado, vendría cuando Judá perdiera su trono?
¿No has leído nada de esto en los libros sagrados, amigo? Escucha... — Citó con
fluidez las palabras de la profecía de Isaías: «La gloria bajará sobre el
camino del mar que atraviesa la pagana Galilea y el pueblo que vive en
tinieblas verá una gran luz...» ¿No has estado en Galilea, no has visto?
—He visto... — murmuré —.
¡Es verdad!
¡Tantas veces
he oído exclamar
«El Mesías no
vendrá de Galilea»! Pero este
hombre ha sabido extraer esta profecía de los libros sagrados como un niño
hábil pesca un pececillo en un pequeño charco. El ciego pueblo de Galilea, las
turbas de amhaares han visto la luz... Es verdad... Lo miré. Él siguió diciendo
— ¿Dónde nació? ¿No fuiste
allí a cerciorarte? ¿No has leído «Tú, Belén, tierra de Jada, de ti saldrá el
caudillo del pueblos? ¿De quién ha nacido? ¿No te lo han dicho? ¿Y no has
leído: «He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo...»? ¿No has oído
contar cómo tuvieron que huir con él a la tierra de los faraones? ¿Y qué dices
a esto: «De Egipto llamé a mi Hijo...»? ¿Quién lo anunció? ¿No decía el nabí:
«Envía e un ángel para que te prepare el camino... La voz del que clama en el
desierto, para que enderecéis los caminos del Altísimo...»?
—Todo esto es verdad... Sí,
lo es... — me repetía.
El globo solar seguía
bajando y se volvía cada vez más rojo; el mar, lejano, brillaba. Me sequé la
frente bañada en sudor. Las pala- bras del desconocido me llenaban de asombro y
de temor al mismo
tiempo. ¿Cómo es que yo
mismo no he sabido ver todo esto?, me pre- guntaba. Cada uno de los textos
citados por él caía sobre mi cabeza como un pesado garrote. He vivido en
estrecho contacto con las sagradas profecías y no he sabido leerlas. El maestro
estuvo en lo cierto cuando en varias ocasiones me dijo: « ¿Eres doctor y
maestro y no lo sabes? » Me embriagaba con el sonido de las palabras de las
Escrituras y no sabía ver su contenido. Como los otros, ciegamente y con
obstinación, exigía el cumplimiento de las profecías que me convenían a mí, que
respondían a mis propios anhelos, que traían el triunfo del ruido y no el del
silencio...
El viajero siguió diciendo:
— ¿No enseñó como lo habían
predicho: «con parábolas contaré cosas ocultas desde el principió del mundo»?
¿No envió a los suyos
«como golondrinas
de mar, para
que pescaran hombres
de todo monte, de todo collado,
de toda caverna...»? ¿No fueron predichos
todos sus milagros? ¿Acaso
el Altísimo no tenía que concertar con
vosotros una nueva alianza,
una nueva Ley, escrita en el corazón y no en el cuerpo?
— ¡Dices la verdad! — oí
decir a mi lado la exaltada voz del joven Cleofás —. Cada una de tus palabras
nos abre un nuevo libro... Pero, si es como dices, ¿por qué ha muerto? ¿Por
qué?
— ¿Y por qué ha muerto así?
— exclamé —. De un modo tan miserable, tan horrible, tan infame, tan
doloroso...
Le mirábamos los dos con
los ojos muy abiertos. Sentíamos que este hombre era incomparablemente más
instruido que nosotros. Parecía saber todo lo que nosotros ignorábamos y, al no
saberlo, estábamos llenos de temor, como aquel de quien las Escrituras dicen
«teme de día y de noche;
por la mañana dice: ¡ojalá fuera de noche!, y por la noche: ¡ojalá ya fuera de
día! »
No nos reprendió.
Suavemente, como si cantara el son de un
kinnor, comenzó
— ¿Tampoco recordáis esto:
«Gusano soy y no varón, vergüenza de hombres y desecho del pueblo... La gente
grita y mueve la cabeza:
¡Ha puesto su esperanza en
el Altísimo, que Él le salve! Cercome una banda de malignos rugiendo como
leones... Me rodearon unos perros
feroces... Horadaron
mis manos y mis pies
y contaron todos
mis
huesos... Desde la planta
del pie hasta la cabeza no hay sobre mí ni un solo trozo de carne sana... Todo
es una lívida herida. Ni belleza ni hermosura... Veíamos que no hay nada en Él,
y así y todo le hemos
deseado. A un hombre
cubierto de desprecio, al más miserable de los humanos, todo Él dolor, que
conoce toda debilidad... Nuestras enfermedades han caído sobre Él, nuestros
dolores le han herido. Para nosotros fue como un leproso, y el mismo Eterno le
condenó a morir de muerte ignominiosa... Por nosotros ha sido aniquilado, por
nuestras maldades. Pero su lividez nos ha curado. Nos desviamos del camino
recto, pero el Altísimo ha puesto sobre Él nuestros pecados. Él mismo lo
quiso... No movió los labios en defensa propia... Padeció en compañía de
malhechores y por ellos oró...» ?
— ¡Oh, Adonai! — murmuré.
Sentía los labios resecos como si estuviera atravesando un desierto sin agua.
—«Entregué mi cuerpo a los
que me azotaban y no aparté la mejilla de los que me golpeaban — siguió
diciendo —. Fui como un silencioso cordero conducido al sacrificio...»
No nos dimos cuenta del
camino andado. Cuando, después de la última frase, se paró de pronto como si
quisiera despedirse, vimos con asombro que ya habíamos llegado a Emaús. Él
parecía saber que nos deteníamos allí, pero hizo como si tuviera intención de seguir
ade- lante. Sin consultárnoslo, los dos a la vez exclamamos:
— ¡Rabí, quédate aquí con
nosotros! Queremos que nos cuentes aún muchas otras cosas... Mira, se está
haciendo de noche. Por la mañana seguirás tu camino. Quédate.
Pareció meditarlo. Pero
ante nuestra insistencia accedió y entró con nosotros en la posada. Por suerte
estaba vacía. El posadero nos colocó la mesa bajo una ancha higuera y se marchó
a preparar la comida. Unas sombras rojizas caían sobre la tierra rosada. Del
mar soplaba con fuerza, una fresca brisa refrescante. Las cimas de las colinas
por las que habíamos bajado se coloreaban de rojo vivo, como los troncos en un
fuego a punto de extinguirse.
— ¿Así, él era el Mesías? —
preguntó Cleofás con labios temblorosos.
En vez de contestar siguió
citando:
—«Este día los sordos oirán
las palabras de los libros y los ojos de los ciegos verán en las tinieblas. Los
mansos se sentirán dichosos y los pobres se alegrarán en el Santo de Israel.
Los que no me buscaban me buscarán y diré a la nación que nunca me ha llamado:
aquí estoy... Vendrán pueblos desde los confines de la tierra...»
En el aire gris y denso,
como entretejido de hilos de telarañas, su voz resonó de pronto a modo de un
triunfal grito de alegría. Después de la sangrienta visión que nos había
descubierto con las anteriores dolorosas palabras, nos hizo la impresión de un coro
de trompetas plateadas que lanzaran al cielo un canto de victoria. Nuestros
corazones latieron más vivamente, con mayor ardor aún. Pero al mismo tiempo nos
miramos inquietos. No era necesario hablar. El mismo pensamiento se había
encendido en nuestras mentes. Si era verdad todo aquello que no habíamos sabido
ver, a pesar de tener los ojos abiertos, ¿qué suerte nos esperaba e nosotros y
a toda la nación escogida, que no se había dado cuenta de la llegada del
Anunciado y le ha rechazado y crucificado? Ha sido terrible este esperar al
Mesías durante miles de años. Pero, ¿qué será el fin de esta espera unido a la
certeza de que el Mesías ha venido y nosotros no le hemos reci- bido? ¿Qué
significa rechazar al Mesías? ¿Qué ocurrirá con los que le han dado muerte al
Hijo del Altísimo?
Pero, como si adivinara
nuestros pensamientos, dijo:
—Era necesario que se
cumplieran las Escrituras... Y se han cumplido. El Hijo del Hombre ha muerto
para que vosotros no muráis y vive para que vosotros viváis. Ha tenido que
morir así para que cada uno de vosotros pueda salvarse. Porque el profeta ha
dicho: «Aunque vuestros pecados fueran
escarlata, los blanquearé
mas que la nieve...»
Seguíamos sentados en
silencio mientras el viento movía sobre nuestras cabezas las ramas de la
higuera, desprovistas de hojas. Él alargó una mano, cogió un pan que el
posadero había dejado en la mesa, lo partió y nos dio un pedazo a cada uno...
Entonces, ¡oh, Justo!, este movimiento suyo... ¡De pronto todo se hizo claro!
Me di cuenta en el acto de lo que antes no había visto: las llagas de las manos
y esta sonrisa, única en el mundo, la sonrisa del amor que no tiene límites.
¡Oh, Justo, cómo lloré entonces! Como Simón... Porque Él, después de darse a
conocer, desapareció. ¡Estaba allí y de pronto ya no estuvo! Pero el pan quedó,
y la copa de vino... y las palabras... y esta inmensa alegría en la que Él
había convertido nuestra desesperación... ¡Oh, Justo!, te lo escribo
llorando... Nos levantamos de un salto. El sol se bailaba en el mar y la noche
iba extendiéndose sobre nuestras cabezas como una tienda, pero en nosotros
había un solo pensamiento, potente, e imperativo: volver, volver; volver inme-
diatamente, decirles a todos que Él ha resucitado de veras. ¡No había en el
mundo nada más importante que esta noticia! Era menester
comunicarla a todos, había
que gritarla desde las azoteas... Comimos el pan y empezamos a desandar el
camino. Nuestras sombras eran absorbidas por la parda carretera llena de polvo.
Avanzábamos llenos de febril agitación; a veces corríamos. Ninguno de los dos
notaba si subíamos una cuesta o si nos faltaba el aliento. No nos decíamos
nada, sólo de vez en cuando nos lanzábamos alguna rápida pregunta.
— ¿Recuerdas cuando Él
decía...?
— ¡Si, lo recuerdo! El
corazón me latía con fuerza...
— ¡Lo sentíamos, Cleofás,
sentíamos que era Él!
En el cielo se encendió la
primera estrella. A veces andábamos, a veces corríamos. Ni por un momento
recordé los peligros de los que por la mañana había estado huyendo...
No me acordaba de ellos
cuando llegué a la puerta de la casa de Safán, el curtidor. Era ya negra noche
y el soldado de la torre Antonia acababa de anunciar la segunda guardia. La
luna cruzaba por el cielo sembrado de pálidas
estrellas, apagándolas a
medida que se acercaba a ellas. Unas cuantas nubecillas
blancas se recortaban con- tra el brillante
cielo negro azulado
y avanzaban lentamente
de poniente a levante. El conglomerado de casas de Ophel semejaba un
terrible desfiladero montañoso en el que hubieran caído sucesivos aludes o una
ciudad convertida en un montón de ruinas. Mientras atravesaba las tortuosas,
estrechas callejuelas (antes nunca me hubiera atrevido a pasar por allí, y
menos de noche), temblaba de impaciencia. La pequeña puerta estaba cerrada. Me
puse a golpearla con ambas manos. La noticia que llevaba me quemaba los labios
como fuego vivo. No me abrieron en seguida. Detrás de los maderos oí un leve
ruido; adiviné que alguien, asustado, trataba de mirar por le rendija para ver quién
llamaba. La impaciencia no me dejó esperar. Grité:
— ¡Soy yo! Nicodemo!
¡Abrid! ¡Soy yo! ¡Os traigo una importante noticia! ¡Abrid!
Aún me pareció que
tardaban; retrocedí unos pasos hasta colocarme en una mancha de luna, que
parecida a un espejo abandonado, caía sobre la callejuela, un poco más ancha en
aquel punto. Quise que me vieran en aquella luz y me reconocieran. En seguida
se oyó el ligero chirriar de la puerta.
—Entra rabí — me dijo en
voz baja Simón, el ZeIota ¡Ven y no grites! ¡Tu voz podría atraer el peligro!
¿Peligro? No lo temía, no
tenía miedo. Entré rápidamente por la estrecha puerta. Al final de un pequeño
corredor había una habitación espaciosa que debía de servir para secar las
pieles, porque flotaba en ella un fuerte olor a tanino y piel medio podrida.
Estaba llena de gente. A pesar de lo avanzado de la hora, nadie dormía en la
casa. En el resplandor del fuego que chisporroteaba en el hogar vi reunidos a
sus discípulos (todos menos Tomás y Judas), a su Madre y su hermana, a Marta y
María, varias mujeres más y unos hombres con aire de modestos artesanos. En
este momento todos los rostros estaban vueltos hacia mí, todos los ojos
parecían arder de curiosidad e inquietud. Debían de haberles asustado mis
bruscos golpes. Pero el temor luchaba en ellos con la curiosidad de oír la
noticia que todos, sin dame cuenta exacta de ello, estaban esperando; aunque se
notaba que no estaban todos de acuerdo y antes de que yo llegase habían
discutido.
—Ya sabemos lo de José... —
dijo de prisa Santiago, hijo de
Zebedeo.
Le interrumpí con un
impaciente movimiento de la mano. No sabía de qué me quería hablar, pero para
mí no había nada más importante que la noticia que les llevaba. Exclamé.
— ¡Le he visto! ¡Le he
visto!
El silencio duró sólo un
instante, porque de pronto todos a la vez se pusieron a hablar:
— ¿Veis como él también le ha visto? ¡Él
también ha tenido visiones! ¡Miriam le ha visto! ¡A veces, a las madres les
parece ver a sus hijos muertos! ¡No gritéis tanto, la gente nos va a oír! ¡Pero
os digo que Él ha resucitado! ¡No, no, es imposible! ¡Le he visto! ¡Me eché a
sus pies...! — oí que decía ahora María con su voz baja, casi masculina —.
¡Estás trastornada por el dolor; te lo pareció! ¡María le ha visto y yo le he
visto!— tronó la voz de Simón —. ¡Os lo aseguro!
¡Te lo
pareció, Simón! ¡De
tanto llorar estás
completamente atontado...!
— ¡Pero yo le he visto de
veras! — exclamé —. Anduvo conmigo durante varios estadios. Habló, enseñó...
Escuchad: me explicó por medio de las Escrituras que había tenido que sufrir de
aquel modo precisamente para salvarnos...
—Rabí — dijo Santiago, el
hermano del Maestro, acercándose a mí—. Se ve que también a ti la pena te ha
ofuscado el enten- dimiento... ¡No alborotéis tanto! —añadió dirigiéndose a
todos los reunidos, que trataban de convencerse unos a otros —. ¿Queréis que
todo el Ophel venga aquí atraído por vuestros gritos? ¿Que traigan a la guardia
del Templo? ¿Sabéis que nos acusan de haber robado el cuerpo? Escucha,
rabí — me
dijo de nuevo —, este
repugnante crimen que te ha tocado tan de cerca... Créeme, compartimos
sinceramente tu dolor... pero no te dejes llevar por las mismas
alucinaciones que han
tenido Miriam, Simón
y María. Les
parece haber visto al Maestro. Pero no podía ser más que una
alucinación. Él ha muerto y la gente del Templo ha robado su cuerpo. Ahora, en
cambio, nos acusan y dicen que nos lo hemos llevado nosotros. Si comenzamos a
contar por todas partes que Él ha resucitado, nos prenderán y nos matarán.
Todos los que creen haberle visto han sufrido alucinaciones. Podría ser un
espíritu... Hay gente que ha visto los espíritus de los muertos... A lo mejor
alguno de vosotros ha visto el suyo...
— ¡No
era su espíritu!
— gritó María,
sacudiendo su dorada cabeza de rojizos reflejos —. ¡No era
su espíritu! ¡Hubiera podido tocarle si El lo hubiese permitido...!
— ¡No era su espíritu! —
repitió a su vez Simón. Pero no sentí en su voz esa inquebrantable seguridad en
sí mismo que vibraba en las palabras
de María. Además,
Simón estaba como
encorvado, encogido, sumiso. No intentaba hacer prevalecer su voz sobre
la de los demás. No trataba de imponer a todos su punto de vista —. Yo tampoco
le he tocado... — dijo como excusándose —. Pero le oí hablar. El Señor dijo
así... — bajó aún más la voz queriendo imitar la manera de hablar del Maestro
—, así: «Pedro...» ¿Podría un espíritu hablar como Él? — me preguntó de pronto.
—No era un espíritu... —
asentí —-. En aquella misma mesa partía
el pan y lo daba... No, no. Soy el hombre a quien más costaría creer una cosa
inverosímil. También yo casi pude tocarle...
— ¡Pero ninguno de vosotros
le tocó! — exclamó Santiago.
—Te lo parece, Simón — dijo
Andrés —. Has visto a un espíritu.
— ¡No era un espíritu! —
volvió a exclamar María.
— ¡Si al menos, como
espíritu, pudiéramos volver a verle! — gritó de pronto Juan —. No estaríamos
tan tristes...
—No, Juan oí en este
momento la voz de Miriam. Ella habla como su Hijo; aunque lo haga en voz baja,
sus palabras siempre tienen peso y se hunden en nosotros como el grano en la
tierra. Habla poco, muy poco. Casi nos extrañó que lo hiciera entre aquel vocerío
de los que disputaban —. No, Juan — repitió —, Él no se ha levantado sólo como
espíritu. Su espíritu no ha muerto nunca. Se ha alejado de nosotros por un
momento y ha vuelto en seguida. Pero su cuerpo ha resucitado para que nuestros
ojos humanos puedan ver y nuestros labios humanos puedan hablar...
—Pero si fuera así... —
comenzó Santiago.
— ¿Habéis oído a Miriam? —
exclamó Simón —. Debo hablar, debo... —y se golpeaba el pecho con su fuerte
puño —. Debo gritar...
—No es posible guardarlo en
silencio — asentí.
Entonces fue cuando Él
apareció entre nosotros. La puerta no se abrió, el chisporroteo del fuego no
cesó, y nuestras respiraciones no se quedaron paralizadas. Seguíamos en nuestro
mundo y El estaba allí, igual al de antes: alto, con los brazos abiertos en
ademán de saludo y con su sonrisa irresistible en los labios.
—Salom aleihem — dijo.
Nadie le contestó, nadie se
movió. Nos quedamos clavados en tierra como la mujer de Lot con el rostro
vuelto hacia el incendio que devoraba las ciudades pecadoras. Reinaba un
silencio mortal; sólo llegaban a nosotros, como a través de una cortina de niebla,
unos lejanos ladridos y el rumor del viento que agitaba los cipreses.
— ¿Por qué teméis? —
preguntó ¿Por qué buscáis en vuestras cabezas una respuesta más difícil que la
que viene por sí sola? Soy yo. Mirad, examinad mis manos y mis pies. Tocadme,
no soy un espíritu desprovisto de carne y hueso. Tocadme. ¿Aún no me creéis,
hijos? ¿Aún teméis? Debéis de tener aquí algo para comer. Mirad, como vuestros
peces y vuestra miel. ¿Tampoco ahora
creéis que estoy aquí, vivo, entre vosotros?
— ¡Oh, rabí! — gritó Juan
y, cayendo de rodillas, apretó los labios contra el borde de su manto.
— ¡Rabboni! — exclamó
María, acercándose a Él de rodillas, con las manos extendidas y el rostro
radiante de felicidad.
— ¡Maestro! — sollozaba
Pedro.
— ¡Señor! — suplicaba
Santiago —. Perdona que haya podido no creer...
— ¡Jesús! —decía Miriam —.
¡Hijo mío! ...
— ¡Rabí! ¡Maestro! ¡Señor!
Todos se apretaban a su
alrededor, le besaban las manos y las vestiduras, lloraban de felicidad y
alegría. Él los estrechaba contra sí como si también se alegrara de haber
vuelto y estar de nuevo entre ellos.
El último en acercarme a Él
fui yo.
—Rabí — dije—. Anduvimos
mucho camino juntos y no te reco- nocí hasta el final... Entonces
desapareciste. Tuviste razón al hacerlo. No merezco la gracia de tu proximidad.
No supe conocer quién eras, no supe abandonarlo todo para seguirte. Si me echas
de tu lado será un castigo merecido... Y... Es que yo...
—Amigo — me interrumpió
bondadosamente —, amigo mío, al que he dado mi cruz, ven, ven más cerca para
que pueda estrecharte contra mi pecho.
¿Qué puedo decirte? Los
griegos cuentan una leyenda sobre los hijos de la diosa tierra, que eran
invencibles porque al caer sobre la tierra madre recuperaban la fuerza y la
salud y volvían a la lucha con renovado ímpetu. Esta leyenda es como un pálido
reflejo de lo que Él... Así que toqué su cálido, casi ardiente pecho, todo lo
que había en mí de debilidad se convirtió en el acto en fortaleza. ¡El me ha
curado!
¡Oh, Adonai...! ¡Él me ha
resucitado...!
Nos sentamos en el suelo,
en círculo, y Él quedose en el centro como otras veces había hecho. Volvió a
decirnos que le había sido necesario morir precisamente de aquel modo para que
se cumplieran las Escrituras y para que pudiera descender sobre todos la gracia
de la remisión de los pecados...
—Vosotros seréis mis
testigos — terminó diciendo —. Iréis por el mundo entero y llevaréis a cada uno
la promesa del Padre...
Antes del amanecer, aquel
hombre, que había cargado sobre sus espaldas las leyes del mundo para poder
dominarlas, se fue como había entrado, sin abrir la puerta.
Cuando, por la mañana,
quise marcharme, se me acercó Juan y me llevó aparte.
—Rabí — dijo —; no vuelvas
aún a tu casa, no sea que te ocurra lo mismo que a José...
— ¿José?... — exclamé.
Sentí una súbita contracción en el corazón —. ¿Qué le ha ocurrido? Habla... —
dije bruscamente —. No sé nada.
—No creía que no lo
supieras aún... —respondió, turbado—. Tu amigo, rabí, ha muerto. Fue al
sepulcro del Maestro y allí lo ase- sinaron los sicarios...
¡José ha muerto! Me
resistía a creer esta noticia. ¡José ha muerto!
¡Mi amigo, mi único amigo,
que tanto me había dado en la vida y a quien no había descubierto hasta unos
momentos antes de morir! Me
dirigí a un rincón, me
senté en un banco y me cubrí la cara con las
manos. Pero no lloré.
Aquella mañana no podía llorar. ¡Uno no puede llorar cuando ha sentido el
contacto del pecho del Hijo de Dios...! ¡De ahora en
adelante le llamaré
así! ¿Puede ser
una blasfemia pronunciar el
nombre del Altísimo cuando con este nombre se le llama a Él?
Pero José ha
muerto. Desgraciadamente, sigo
siendo un hombre. La alegría que
Él me ha dado es como un soplo de viento, apenas toca nuestra mejilla y ya
desaparece... Él no nos libra del dolor como no nos libra del mundo. Pero tanto
uno como otro son diferentes ahora. José ha muerto. Le echaré mucho de menos.
El vacío que ha quedado en mi vida después de morir Rut se hará aún más
hondo... Pero sé una cosa con certeza... ¡No la sé, pero la siento! ¡Éste será
un vacío mío solamente! Rut y José están con Él. Su muerte ha creado un nuevo
mundo lleno de inconmensurable alegría. Ellos dos están con Él. No importa que
me falten hasta el fin de mis días, no importa que nadie pueda sustituírmelos.
¡A ellos no les faltará nada! ¡Están en el Reino, con Él! Es seguro que están
con Él... ¿Qué importancia tiene, Justo, que nosotros estemos en peligro si
podemos estar tranquilos por la suerte de los que más amamos?
CARTA XXIV
Querido Justo:
Ya había comenzado a creer
que no ocurría nada.
Cada día nos reuníamos para
orar en común y cada día, arrodillados en semicírculo, rodeando el lugar donde
hace tan poco aún lo habíamos visto a Él, vivo otra vez, pedíamos, llenos de
esperanza, el consuelo prometido. ¡Pero era en vano! Conozco bien los sentimientos
de la persona que ha estado suplicando algo con todas sus fuerzas, pero este
algo no le ha sido concedido: entonces no hay en ella ni siquiera amargura,
sino simplemente un gran vacío. Todo le parece entonces, indiferente: el bien o
el mal; todo lo que ha de ocurrir, desea que ocurra ya de una vez, cuanto antes
mejor, para que se termine lo más pronto posible el tiempo de espera... Cada
vez nos alejábamos más del día en que Él nos dejó. Su gloria se iba borrando en
nosotros hora tras hora. Por desgracia, no hay milagro que dure eternamente.
Los cuadros se borran ante nuestros ojos, sobre los dedos de nuestras manos
crece una nueva piel. No hay nada que pueda convencernos de una vez para
siempre. De la mayor alegría caemos de nuevo en la desesperación. Orábamos...
¿Qué sé yo lo que sentía al rezar cada uno de ellos? Sus sentimientos podían
ser diferentes. Pero los míos eran los de una tristeza que vuelve a crecer. No,
no era que volviera a mí la duda. Era algo totalmente nuevo: una sensación de
abandono, la sensación de que la felicidad existió por un momento y se
desvaneció.
Señor, pensaba arrodillado,
ahora ya no dudo. Sé que eres el Hijo de Dios y Dios tú mismo. Sólo Dios podía
resucitar y subir a los cielos. Pero, después de mostrarnos tu divinidad, te
has ido. Has estado entre nosotros, invisible, llenándonos de una alegría
ultraterrena. Luego, por un
momento, brillaste, como
aquel ídolo pagano
que apartó por un instante el paño que cubría la cara radiante:
brillaste para volver a desaparecer. Y de nuevo no estás, como tampoco
estuviste en aquellas dos inacabables noches. ¿Qué nos ha quedado
de ti? Sólo unos
recuerdos... ¿Y qué son los recuerdos? ¿Se puede alimentar con ellos el
corazón? La vida es un constante ir hacia delante. Bueno o malo, su fin está
siempre ante nosotros. Además, tengo tan pocos recuerdos... A un hombre como yo
no le bastan los instantes pasados. ¿Con qué fin nos descubriste tu divino
amor, si luego todo tenía que volver a ser como antes? Jesús, Señor de grandeza
— seguía rezando —, has vencido a la muerte, pero no la has vencido en
nosotros. Seguimos siendo un continuo morir. El hombre no ha crecido a la
estatura de su Dios. Cuando te marchaste, los
que siempre habían
estado contigo, se
abalanzaron sobre la piedra en que quedó la huella de tus
plantas y comenzaron a besarla. Para ellos, que te amaban tanto y te eran
fieles, les basta una huella. Son tan ingenuos que imaginan poder llenarse con
esto la vida. Pero yo no soy ingenuo. Y, además, creo que no te he amado. Te
ad- miraba, te respetaba, y ahora creo en ti; pero no me está permitido decirte
que te amo. Me has sacudido como un huracán sacude una casa; me has arrancado
de los cimientos y has vuelto a colocarme en ellos, pero de un modo tan
diferente que no puedo volver a sentirme el mismo de antes. Estoy inquieto, con
la inquietud de la insatisfacción... Necesito sentirte... El hombre, en su
soledad, necesita tocar a alguien. Busca en torno suyo a un amigo, a una mujer,
incluso a un perro. Quiere tener junto así a un ser viviente. Aunque sabe que
esto es sólo una ilusión, puesto que hasta el mejor amigo no lo comprenderá
todo, la mujer querrá, a su vez, que se la consuele
y se comparta su tristeza, el
perro se marchará atraído por el ladrido de otro perro. Pero a mí no me quedan
ni esta clase de ilusiones. ¡Rut ha muerto, José ha muerto...! ¡Y a ti no puedo
tocarte!
Ellos son felices. Los
elegiste y has llenado sus pequeñas vidas. A mí no me has elegido. He acudido a
ti solo. Llamé tímidamente a tu puerta,
de noche. Soplaba
un viento que
aparecía súbitamente, duraba un
corto tiempo, luego disminuía y desaparecía no sé dónde. Las ramas de los
árboles se agitaban inquietas. Dicen que el viento hace crecer más de prisa los
árboles, que incluso el trigo se vuelve más fuerte cuando lo mece la brisa del
mar Grande... Tú también hablaste de él entonces. « ¿Oyes este viento? —
preguntaste —. Sopla de donde quiere...» Muchas veces, luego, he recordado tus
palabras. He esperado la ráfaga proveniente de ti. La he esperado, pero no he
sabido darte nada. Me avine a coger tu cruz. Pero aquello fueron sólo palabras.
No hice como ellos, que abandonaron sus casas y todo lo suyo. Te recibí sólo
con la mitad de mi corazón. ¡Si me hubieras dicho algo! Soy una persona que
necesita palabras claras e
inteligibles. Una llamada.
Una orden. Hasta el final no he sabido si me querías realmente y qué es lo que
querías de mí. Me parecía que tu deseo era que escribiera una hagadá sobre ti.
Pero ahora creo que también esto lo deseo sólo para mí. ¡Y de nuevo veo que no
te amo!
Le hablé así, Justo, pero
Él siguió callado. Ahora era un Dios en las alturas. Cuando iba por el mundo
parecía llorar con todo aquel que llorase. ¡Pero el que está en el cielo no
pierde inútilmente lágrimas! Cuando se desvaneció en el aire, ellos se quedaron
con los ojos fijos en lo alto, con expresión de alegría en sus caras. Para
ellos, El era su Maestro que se convertía abiertamente en Dios. Son demasiado
ingenuos para sospechar que dentro de unos días comenzarán de nuevo a
suspirar, a gemir
y a sentir
miedo. Yo ya
lo presentía. Mientras estaba
allí, mientras aparecía inesperadamente, medio espíritu y medio hombre vivo,
todo parecía fácil y hermoso. Pero era demasiado fácil y demasiado hermoso.
Aquello era como un tiempo dedicado al cuidado de un enfermo. Pero el enfermo
se ha curado. Él se ha marchado dejándonos una promesa que quizás entendimos
mal. Cuando nos alzábamos con las rodillas doloridas después de una larga
oración, comenzaban las preguntas: «¿Cómo será? ¿Acaso Él mismo bajará por segunda
vez a la tierra? Pero, ¿será esta vez en plena gloria y poder? ¿Cómo será el
consuelo prometido?»
Simón exclamó:
—Yo os digo que Él ahora
mandará unos ángeles y que éstos reconstruirán el reino de Israel. Y nacerá un
segundo David...
En el círculo de los
discípulos se oyó un rumor de aprobación. Tomás observó;
—Desde luego, si hemos de
ser sus testigos hasta los confines de la tierra. Él habrá de someterla primero
a nosotros...
—Pero recordad que Él dijo:
«El Reino está en nosotros...» —
observó Juan, pensativo.
—Es verdad — dijo Felipe —.
Mas si quiero dar a otro lo que llevo en mí, he de hablar. ¡Pero haz la prueba
de salir y predicar! En seguida te detiene la guardia del Templo y te lleva
ante el sumo sacerdote.
Después de esto todos
miramos instintivamente la pesada viga que
atrancaba la puerta.
Venían a mi
casa a escondidas,
a escondidas y con miedo. Su inquietud, que se había dormido en los días
de la vuelta del Resucitado, volvió a despertarse.
Yo callaba, no decía nada.
Ellos le conocían bien, recordaban muchas palabras suyas, podían citarlas. Mis
recuerdos eran más modestos. En cambio, a menudo, mis pensamientos volaban a
días atrás, cuando estábamos en la cima del monte Olivete. Él, traspasado de
luz como una nube detrás de la que se esconde el sol, se elevó por los aires.
Aún me parecía estar oyendo sus palabras: «Recibiréis un poder...» ¿Poder?
¿Cuándo vendrá? ¿Qué será? ¿Será un cambio en los destinos del mundo gracias al
cual dejarán de ser un peligro para nosotros el Gran Consejo, el Sanedrín, el
sumo sacerdote, Pilatos, los legados romanos, los tetrarcas y el lejano César?
¿O será sólo, pensaba con temor, una promesa como la del Mesías, que habrá de
asustar durante siglos enteros para luego cumplirse inesperadamente en contra
de las esperanzas nacidas a su alrededor?
Los discípulos se animaban
con las disputas. Sólo Ella guardaba silencio. ¿Acaso sabía algo más que ellos
sobre lo que iba a ocurrir? Su último grito de dolor lo dejó escapar allí, en
la cima: «Oh. Hijo — exclamó —. ¿Una vez más vas a abandonarme? Llévame
contigo, llévame, no me dejes...» Se echó a sus rodillas, a lo que Él se
inclinó y le dijo algo en voz baja, como siempre, con su rostro junto al de
Ella. Cuando terminó de
hablar, Ella se
postró más aún,
tocando sus plantas con el
rostro. No la alzó como un Hijo: se apartó de Ella como un Dios que ha dado la
orden y se marcha. No volvió a sollozar nunca más. Se levantó y quedose, muda,
entre los otros. Luego, cuando Él desapareció, se acercó como todos a las
huellas que habían quedado en la piedra, arrodillose y besó la roca con unos
labios blancos como la nieve. Se
acercaron varias mujeres
para sostenerla. Pero
ella rehusó con la cabeza. Bajó sola, no como cuando bajó del Gólgota,
que había que arrastrarla casi por el camino, ciega de dolor. Es alta como su
Hijo y sobrepasa en estatura a muchos hombres. Cuando bajaba, como una estatua,
su rostro parecía petrificado. Pero aquello duró poco. De pronto se detuvo y
esperó a los discípulos que venían detrás. Alzó los brazos como si quisiera abrazarlos
a todos en un ademán protector.
—Venid, hijos... — dijo. La
expresión de dolor quedó enterrada al fondo de Ella misma y fue sustituida por
una grande y cálida cordialidad. Envolvió a todos con la mirada; a mí también
—. Iremos a rezar juntos y, unidos en la oración, esperaremos.
La seguimos obedientes.
Ella, tan silenciosa, tan insignificante cuando
seguía las huellas
de su Hijo,
ahora parecía ejercer
un dominio sobre todo nuestro grupo. Descendíamos hacia el huerto de
los Olivos. Aquí abajo
empezó, pensé, y allí arriba terminó. Todo sobre un
mismo monte. Enfrente,
al otro lado
del valle, sobre
el Moriah, ardía al sol, dorado, blanco y orgulloso, el Santuario. El
monte Olivete era verde. Allí había piedra y oro, aquí hojas y manchas de
sombra; allí historia, aquí vida. Ella nos condujo entre los árboles al verde
valle del Cedrón, a través del torrente que corre con su angosto y moribundo
caudal entre piedras blanquecinas, hacia la puerta, a través de la ciudad vacía
y despoblada, jadeante por el calor y la espera de nuevos peregrinos.
Ahora nos repetía cada día:
«Arrodillémonos y recemos». Arrodillados en círculo dirigíamos grandes voces al
Cielo. El primer día estábamos seguros de que nuestra oración produciría un
efecto inmediato. Pero el noveno día ya no sabíamos qué pensar de su silencio.
¡No nos había contestado! Y ya ninguno de nosotros era capaz de seguir rezando.
La vida es la vida. Uno puede vivir y rezar, pero no se puede rezar y no vivir.
¡Nosotros rezábamos y no vivíamos!
Tras los muros de la casa,
la ciudad, despoblada, comenzó a llenarse de nuevo de movimiento y ruido. Se
acercaban las fiestas del Shabuah.
La gente venía
de los campos
quemada por el
sol, adornada con espigas y flores. Iba por las calles cantando. No nos
dábamos cuenta de esto. Rezábamos, rezábamos hasta perder el aliento. Pero cada
vez nos costaba más hacerlo. La vida nos llegaba de fuera atravesando las
paredes con su sonido. Sentíamos que no cedería. El pensamiento de que había
que volver a vivir de un modo u otro nos zumbaba insistentemente en la cabeza.
Había que volver a vivir como si todo lo sucedido no hubiese acontecido nunca.
Un Dios ha venido a la tierra y nos ha abierto su corazón, pero la tierra sigue
siendo la tierra. Dentro de unos años, pensé, tendremos sólo una vaga impresión
de que Él vivió, murió y resucitó. Un Dios en las alturas está
siempre presente. Pero un Dios
que ha sufrido
y ha muerto debe resucitar cada
día para acordarnos de Él.
Para ellos, pensé, todo lo
ocurrido ha sido tan extraordinario que su recuerdo les bastaría hasta la
muerte. Lo contarán a sus hijos y a sus nietos. Pero, si no ocurre nada más, su
doctrina se convertirá en una leyenda. Aun los más poderosos reinos pasan,
reinos de fuerza y gloria. ¿Por qué habría de ser más duradero un reino nacido
del amor?
A menudo la miraba a Ella.
Era el único consuelo, la única esperanza. Ellos recordaban el pasado, se
enternecían sobre lo que había sido. Estaban de nuevo en Galilea. Ella ahora no
se refería
nunca al pasado. Rezaba
para el futuro. Yo la miraba. Ella, sintiendo mi mirada, alzaba los ojos y me
sonreía. Me parecía que comprendía mi fatiga, pero con esta sonrisa me animaba
a hacer un poco de esfuerzo aún. Volvía a la oración. Me repetía con insistencia:
«Señor, envíanos lo que
nos prometiste enviar.
Envíalo pronto... Hemos podido esperar tu llegada durante
siglos enteros. La espera de un desconocido no se hace larga. Pero después de habernos
dejado oír tu voz ya no es posible seguir esperando. Ha pasado el noveno día y
no ha ocurrido nada. ¡Nueve días! ¿Comprendes lo que son tantos días? Para ti,
mil años son como un día. Pero, para nosotros, un día a menudo dura más que mil
años.»
Llegó el anochecer y
comenzó la fiesta. Toda la ciudad se volcó en las calles. La masa de peregrinos
que de día buscaba la sombra, salía ahora de las casas y de los porches.
Cortejos con antorchas se dirigían al Templo. De todas partes llegaban gritos,
estallaban risas y los cantos se elevaban al cielo como si hasta los muros
cantasen.
Comimos la cena y volvimos
a lo oración. Fue Ella quien nos llamó. Nos exigió más que ningún otro día. El
sueño nos cerraba los párpados, pero tratábamos de vencerlo a toda costa.
Recitábamos los salmos a coro. Repetíamos una y otra vez la oración que Él
mismo nos había enseñado: «Venga a nosotros tu reino...» Este reino hubiera
tenido que venir junto con el Consolador. Le noche pasaba sobre nuestras
cabezas, pesada como aquella noche de Pascua. Fue una noche de lucha.
Forcejeamos, pensé, como Jacob con el ángel y como Él cuando solo, en el fondo
del huerto, forcejeaba con el Padre. Pero nosotros éramos solamente hombres.
Incluso Ella, la madre de Dios, era una
persona humana. Resistíamos
solos... Pero, ¿era verdad que estábamos solos? En la
estancia éramos unas cuantas personas, rezando fervientemente, pero nuestra
pobre oración, que en algunos momentos se convertía en un soñoliento susurro,
parecía reforzada por millares de voces, como si a nuestro lado muchas más
estuvieran rezando. A pesar de esto, ningún día habíamos rezado tan mal,
Recitábamos los salmos con el resto de nuestras fuerzas y de nuestra atención.
A cada momento alguno de nosotros, balan- ceándose y a punto de caer, se
quedaba dormido. Las rodillas quemaban. Cada partícula de polvo se clavaba en
ellas a modo de un punzón. La noche parecía interminable. Me rebelaba en mi
interior y me preguntaba: ¿tendremos que rezar así hasta la mañana? Con
impaciencia, casi con enojo la miraba. Pero Ella comenzaba un salmo después de
otro. Viendo nuestros rostros pálidos por el esfuerzo, nos
animaba con
una sonrisa «Aún
más, hijos, un
poco más aún. Perseverad...»
Volvíamos a
nuestro balbuceo, nos
lanzábamos en la
oración como en un río cuya orilla todavía está lejos. Después de un
esfuerzo así ya no queda en el hombre nada, como si se lo hubiera arrancado
todo, como si hubiese perdido toda la sangre. La luz de las lámparas disminuía.
Su resplandor se extinguía sustituido por la claridad del día. Las tinieblas
cedían. Por fin el primer rayo de sol cayó sobre la pared. Era débil,
rosado, suave, pero
aumentaba en potencia
a cada momento como una planta
que se aferra a un pedazo húmedo de tierra. Aumentaba en potencia, en claridad,
en destellos dorados. Seguíamos orando. La pared de enfrente parecía estar
ardiendo. Estaba como incandescente y hería los ojos con sus oleadas de
resplandor. Nos escocían los párpados. Mis fuerzas se estaban agotando. Dejé
caer una mano y me apoyé en el suelo con la punta de los dedos. Me parecía que
mis rodillas eran una sola herida; como si me hubieran cortado los pies y
tuviera que apoyarme en dos sangrien- tos muñones.
De pronto, Miriam se
irguió, alzó la cabeza y abrió los brazos. Ahora parecía el sumo sacerdote en
el momento en que ofrece la víctima y espera el fuego que caerá desde arriba
para consumir la ofrenda. Decía algo en voz baja. Interrumpimos las oraciones.
La mirábamos como hechizados. Entonces...
Algo se desplomó entre
nosotros. Algo cayó desde arriba como una invisible masa de fuego y poder...
Seguramente conocerás esta sensación: cuando se avecina un huracán, nos parece
que alguien como un gigante invisible ha entrado en nuestro círculo; primero se
queda allí, impaciente, y luego comienza a debatirse, a golpear ciegamente, a
dar coces, a pegar. No se trata de alguien bueno; es un ser maligno que
descarga en nosotros su ira, un loco capaz de pisotearnos para satisfacer su
furia...
Pero el gigante al que
ahora sentíamos llegar no venía airado. Cayó sobre nosotros como un cálido
torbellino, mas contuvo su fuerza para no quemamos. Era alguien misericordioso
que tenía presente nuestra debilidad. Entró en la estancia a modo de un gran pájaro
cuyas alas rozan los rostros y producen un inquietante rumor, pero cuyo vuelo
es tranquilo y seguro. Volaba sobre nosotros describiendo invisibles círculos,
cada vez más bajo, más bajo, hasta que se posó sobre nuestras cabezas. Hubiera
podido aplastarnos, lo sentíamos claramente,
pero no lo
hizo. Sólo nos
tocaba ligeramente con un
contacto amoroso. Unas
lenguas de fuego cruzaban el aire, se detenían sobre nuestras frentes y
penetraban en nuestra mente. Lo que
estaba ocurriendo afuera
se vertía en
nuestro interior. Tragábamos el
viento y él
llegaba hasta nuestros
corazones y nuestros cerebros
quemándonos la boca como el carbón los labios de Isaías. Nos aniquilaba, pero
de un modo que nos hacía desear este aniquilamiento. Éramos como una mujer
dispuesta a morir en brazos del amante. De pronto nos dimos cuenta de que todos
estábamos gritando. Así debe de gritar el niño cuando abandona el seno materno.
El poder que se había posado sobre nosotros, a pesar de su bondad, nos estaba
destrozando. Si hubiera durado mucho, habríamos dejado de existir. Su beso
bastaba para obligar el hombre a salirse de los lazos de su propia voluntad. Un
poco más y hubiéramos sido convertidos en llamas y cruzado el espacio como
flores separadas de sus tallos. Pero aquel tremendo soplo se desvanecía ya. Nos
tocó como una caricia capaz de convertir un trozo de arcilla en un cuerpo
palpitante de vida y se fue desvaneciendo. Del poder que nos había traspasado
quedó algo en nosotros. Cuando nos levantamos, gritando aún, teníamos los
mismos cuerpos de antes, necesitados de comida y bebida, y las rodillas
deshechas, pero nuestra miseria era como la jaula de una llama capaz de quemar
la tierra entera. Nuestro equilibrio interno desapareció no sé cómo. Sentíamos
la necesidad de gritar porque había en
nosotros más de
lo que podíamos
encerrar en nuestro cuerpo.
Estábamos de pie, en semicírculo, como antes habíamos estado de rodillas,
impacientes, dispuestos a marcharnos en seguida. Nuestra voluntad se estaba
quemando como una pira rociada de aceite. No supimos ver al punto que lo que
había aparecido en nosotros era nuestro propio ser, sólo que, de pronto,
sorprendentemente maduro. ¡Escucha, Justo: comprendí lo que significa volver a
nacer! Él tenía razón: no es necesario volverse niño. Volver a nacer significa
nacer en el acto, ya en toda la plenitud de nuestras posibilidades. Nosotros,
las personas, traemos al mundo criaturas que en su día podrán llegar a ser
algo. Dios crea al acto gigantes que arrancan las puertas de una ciudad y
derrotan al ejército enemigo con una quijada de asno. ¡Oh, Justo, cuántas
cuestiones se me hicieron claras de improviso! También supe qué estaba
gritando. Gritaba la sabiduría del mundo y ellos, a mi lado, hacían lo mismo.
Pero no creas que de pronto me haya vuelto muy sabio y que te haya superado en
conocimiento a ti, mi maestro. ¡No, no! Yo sólo sé lo que necesito saber.
El camino a
seguir se me
aparece recto y bien
trazado. Sé dónde he de ir y qué he de hacer. Lo sé todo y poseo los
medios necesarios para
hacerlo. ¡Ay de mí, si no los empleara! ¡Pero iré...! ¡Iré! ¿Es que podría
quedarme? Ninguno de nosotros podría quedarse ahora...
Salimos de la casa
corriendo. Vimos una aglomeración de gente. Había allí mercaderes locales,
peregrinos y forasteros de lejanas tierras,
Al vernos soltaron
todos una carcajada.
Debíamos de presentar un aspecto
divertido: un grupito de personas con fiebre en la mirada, gritos en los labios
y agitando los brazos. Sin dejar de reír, los otros se preguntaban quiénes
éramos y por qué causa habíamos perdido
el juicio. Resonaban
a nuestro alrededor
desconocidas lenguas y dialectos.
De pronto me
di cuenta de
que comprendía alguno de ellos.
Como si al momento hubiera descubierto de un modo totalmente incomprensible el
secreto de la lengua que iba a emplear. Y esto me había ocurrido no sólo a mí.
Cada uno de nosotros recibió el conocimiento de la lengua hablada por las
personas que nos habían sido confiadas. No sólo les entendíamos, sino que
podíamos hablarles en su propia lengua. Nos quedamos turbados por el poder
recibido y, al mismo tiempo, paralizados por la orden que se encerraba en aquel
don. Ahora ya no había elección posible. ¡Cuántas veces intentamos esquivar una
obligación declarando: «no sé cómo decirlo...»! Pero ahora no podíamos
librarnos de nada. Sí, Justo, un momento así lo vivimos una sola vez en la
vida. Hoy ya sé que el poder que cayó sobre nosotros aquel día tiene también
sus límites. Podemos huir de él, podemos... Sólo que la flecha corre muy veloz
y una vez ha dado en el blanco se queda en él para siempre. El más ágil
desertor tiene que llevársela clavada en el costado...
Nos quedamos frente a
frente la multitud regocijada y varios de nosotros, temblorosos pero
fortificados. Me conozco, Justo: soy cobarde. No dejé de tener miedo ni
presentimientos. Pero la orden había
llegado y era
más fuerte que
mi temor. Ahora
comprendí: aquello era su cruz... Antes no hubiera tenido fuerzas para
llevarla. Él sabía cuándo podía dármela. El invisible pájaro de fuego que Él
nos mandó dejó en nuestros corazones algo de su amor, de este amor que ha
transformado las leyes del mundo. El hombre ha de sentir miedo. Pero el amor
desaloja el miedo lo mismo que un rayo de sol desaloja el frío de la noche
sombría en los ángulos de las murallas.
— ¡Eh, vosotros, los
borrachos! — gritó alguien entre la multitud
—. ¿Qué son esos gritos?
¿Por qué turbáis la paz del día santo?
— ¡El vino joven se les ha
subido a la cabeza!
— ¡Callad!
Era yo el que debía haberse
adelantado. Las vestiduras de fariseo les hubieran impuesto respeto. Pero yo
dudaba... ¡Ya lo comprendí y aún oponía resistencia! Ahora lo sé: aquello que
Él escribió un día sobre el polvo estaba dirigido a mí: « ¿Por qué no te vas? »
Es a mí a quien llamó: «Tierra estéril y dura». De pronto vi que Simón se abría
paso hasta la primera fila. Su ancho rostro estaba colorado como si
efectivamente estuviera borracho. Con sus grandes manos, que parecían remos,
apartaba a los compañeros. Pensé: « ¿Qué sabrá decir este amhaares?» Al fin se
colocó delante de todos. Se quedó allí alto y ancho de espaldas, bien apoyado
en las dos piernas abiertas, con los brazos caídos como si estirase de una red
llena de peces. Cuando comenzó a hablar, su potente voz dominó en seguida el
vocerío. Más de una vez le había oído lanzar algunas bruscas palabras, para
enmudecer luego como un chiquillo al que han re- gañado por hablar demasiado.
Ahora comenzó lentamente, con gravedad, dominando su impulsividad.
— ¿Decís que estamos
bebidos? No es verdad. Además, nadie bebe a una hora tan temprana. Pero no
creáis que aquí no haya ocurrido nada. Al contrario, ha llegado lo que predijo
Joel, el profeta del Señor, cuando dijo que vendría un día «en que el Altísimo enviaría
a su Espíritu sobre cada hombre...»
Yo seguía pensando: tenía
que hablar yo. Me cruzaban por la mente esbozos de hagadás. Pero al mismo
tiempo no podía sustraerme al poder de las palabras de Simón. ¿Cómo es posible
que este galileo, este pescador de Betsaida sepa hablar así? Sus palabras eran
sencillas, pero llegaban hasta la misma esencia de la cuestión. Y a la vez
admiraban por su valor. Decía:
—Supongo que no habéis
olvidado a Jesús de Nazaret, que hace tan poco vivía aún entre vosotros, hacía
señales y milagros, curaba a los enfermos, resucitaba a los muertos y escuchaba
vuestros ruegos. Habéis condenado a muerte a este Jesús y los paganos le
clavaron en cruz. Ha muerto. Pero la muerte no ha podido dominarle. El rey
David murió y fue enterrado aquí, en Sión. Pero Jesús murió y resucitó y somos
testigos de esto.
Nos señaló a nosotros y a
sí mismo. Este hombre, que hace tan poco tiempo, en el patio de la casa de
Caifás, gritaba entre gestos de terror « ¡No le conozco! »; este hombre, que no
se atrevió a acercarse a la cruz y no acudió para ayudarnos a depositar el
cuerpo en el se-
pulcro, decía ahora
con indomable fuerza:
«nosotros». Comprendí que, a
pesar de todo lo que había recibido, yo no habría sabido hablar así. En Simón
la confianza, se enciende rápida como un rayo. ¡Cómo sabe amar! Me parecía
estar descubriendo de nuevo a este hombre. Si en el reino del Maestro el amor
lo es todo, tuvo razón al hacerlo el primero en su Iglesia. ¡Con qué arcilla
tan endeble se puede moldear un recipiente del Señor!
La gente que se hallaba
frente a nosotros ya no se reía. Se quedó en
silencio, anonadada, asombrada
por las palabras
oídas. En muchos rostros se pintó
el miedo y la pena. Incluso la desesperación. De pronto alguien exclamó
— ¡No fuimos nosotros los
que le matamos! ¡Fueron los romanos!
— ¡No fuimos nosotros los
que le sentenciamos! —gritó otra voz
—. ¡Fueron los sacerdotes y
los fariseos! Nosotros somos una pobre gente...
—Ya que dices que ha
resucitado y está en el Cielo, ¿cómo podemos pedirle que nos perdone?
— ¿Qué debemos hacer? —
exclamaban por todas partes —.
¿Qué podemos hacer? Él era
bueno, caritativo... Estaba siempre de nuestra parte y no de parte de los que
nos roban... No queríamos matarle...
Simón se acercó a ellos.
Abrió los brazos con el mismo ademán con que el Maestro atraía hacia sí a las
multitudes y dijo:
—No neguéis vuestra culpa.
Pero tampoco perdáis la confianza. Él ha venido para vosotros, para vosotros
sufrió y murió, para vuestros hijos y para los que vendrán después. Yo no soy
mejor que vosotros, porque lo negué. Pero Él me lo ha perdonado todo. Él sólo
quiere que le amemos... Amadle, pues, y cambiad vuestras vidas. Haced
penitencia. Convertíos en piedras vivas de la casa del Señor. Amadle a Él y
amaos los unos a los otros. Que ningún mal aparezca entre vosotros. Recordad
que habéis sido redimidos no con oro y plata, sino con la sangre del Mesías,
del cordero purísimo. Bautizaos en nombre suyo. Que resbale sobre vosotros el
agua y os limpie como limpió la tierra durante el diluvio. Entonces también
bajará sobre vosotros el Espíritu consolador. Llegará como un viento que sopla
de generación en generación, como una lluvia que cae sobre la tierra estéril,
pero sedienta, como un perseguidor incansable en una implacable persecución,
como un juez siempre benévolo, como un mendigo que
espera a las puertas de la
casa, como un enfermo siempre deseoso de más consuelo...
Hablaba y
ellos se acercaban
llevando su miseria
sobre las palmas extendidas de
sus manos. Pedían —Bautízame... A mí también... Y a mí. Bautízanos en el nombre
de Jesús de Nazaret...
Cogí a Simón por el brazo.
— ¿Ves, Pedro? — comencé...
Quería decirle lo que de pronto se me
había hecho evidente
—. Siento tanto...
Siempre me había parecido ser mejor que cualquiera de
vosotros... En su nombre...
Me interrumpió, impaciente.
— ¡No hay de qué hablar,
Nicodemo! Recuerda que yo le negué... Pero
tampoco hay tiempo
para volver a
esto ahora. ¿Ves?
— Describió un círculo con la mano señalando a la gente que se acercaba,
sumisa —. Este fuego lo ha quemado todo —. No sabiendo si yo le había
entendido, apoyó su enorme mano en mi hombro y se inclinó sobre mí —. Cuando Él
me preguntó si le amaba, le dije: «Tú lo sabes todo...» Él sabe cuánto amor hay
encerrado en los corazones humanos. Él quiere tenerlo. Y nosotros debemos
recogerlo... Aprisa, Nicodemo, pongámonos a trabajar para que cuando Él vuelva
no nos encuentre ociosos...
CARTA XXV
Querido Justo:
Mi carta te sorprenderá.
Hace tiempo que no te había escrito. Quizás has comenzado a pensar que no
volvería a hacerlo ya más, que te había olvidado o que me había muerto... Estoy
vivo y te recuerdo, querido maestro. Incluso pienso en ti quizá más que antes,
pero de veras me es difícil escribir ahora, y siento que cada día me lo será
más. ¡Quién sabe si esta carta que te mando ahora no será la última...!
No me obligues a explicarte
cosas que nacen en nosotros como una orden. Te dije en otra ocasión que me ha
sido designada la tarea y me han sido entregados los medios. Aún esperaba un
signo. No quería emprender nada por mi propia voluntad. Ahora el signo también
ha llegado. A partir de este momento ya nada puede detenerme. Me marcho... ¿Te
preguntas adónde? Pues no lo sé. Iré hacia donde Él me envíe, donde haya
personas que me necesiten...
No soy yo sólo. Nos
dispersamos todos. El día del Señor puede llegar a cada momento. Pedro lo cree
así. Nos reunió a todos y nos dijo:
—Id adonde os guíe el
espíritu del Señor. Aquí, en la tierra de Israel, me quedo yo con Santiago, el
hermano del Señor, y Santiago, el hijo del Zebedeo. Pero los demás marchad y
pronto, porque quizá tengáis ante vosotros más camino que tiempo. Marchad...
Que Jesús, nuestro Señor, quede con vosotros...
Cuando Pedro manda, le
obedecemos sumisos. Nos arreman- gamos las cuttonas para el viaje, cogimos las
varas de peregrinos y, los que como yo no habíamos sido escogidos por el mismo
Maestro, nos arrodillamos para recibir la bendición de manos de Pedro. Él lo
hace así y así nos lo ha mandado hacer con los demás, para que el don de
predicar vaya a cada uno por nuestra mediación, de los que han sido los
primeros testigos del Señor.
A ti,
que me conoces
desde hace tiempo,
Justo, debe de extrañarte que, siendo fariseo, me
arrodille ante unos amhaares de Galilea y reciba su bendición como un preciado
tesoro. ¡Pero tantas cosas han cambiado! No sé si sabré describírtelo todo.
Estos últimos años han pasado rápidos como el agua del Jordán. En mi última
carta te hablaba de la venida del Consolador y de las elocuentes palabras de
Pedro. ¿Ves? Ya ha quedado así: Pedro siempre habla ahora el primero y nosotros
lo aceptamos todo con humildad. Aunque él no ha cambiado. Sigue siendo el
mismo... Continúa empleando la lengua de la gente inculta, tiene las manos
grandes y toscas como antes y en más de una ocasión obra demasiado de prisa y
luego tiene que retroceder. A veces vacila, no sabe qué hacer, pero nunca en
presencia del peligro. Ante el Sanedrín y el Gran Consejo ha mostrado un valor
digno de los Macabeos. Cuando le encarcelaron junto con Juan, después de haber
curado a un mendigo de la puerta Hermosa, dijo a sus jueces: « ¿Nos juzgáis por
haber devuelto la salud a un desgraciado que durante años enteros ha pedido
ayuda en vano? Sabed que le hemos curado, no con propios medios, pues no somos
más que unos pescadores y sólo sabemos echar y recoger las redes, sino en
nombre de Jesús, el que vosotros habéis crucificado. Habéis querido matarle,
pero Él ha resucitado y sigue haciendo el bien...»
Pedro se he convertido
ahora en esta clase de hombre. A veces tiembla cuando vienen a preguntarle cómo
hay que rezar, a quién se puede bautizar o cómo debe efectuarse la partición
del pan, y entonces, antes de contestar, reza, consulta y sufre como una mujer
en su primer parto. Cuando más tiembla es cuando ha de juzgar una disputa entre
hermanos... Pero, frente al peligro, no tiembla nunca. Volvieron a encarcelarle
junto con otros. Los sacerdotes se enteraron de que las multitudes los siguen
como seguían antes al Maestro y les llevan a sus enfermos: él los cura y libra
de los malos espíritus. El Maestro decía: «veréis milagros aún mayores», y así
ha ocurrido: la sola sombra de Pedro cura a la gente... Por esto llegó la
guardia y le encarceló en compañía de unos cuantos de los mayores. Pero de
noche vino un ángel y los libró. Les dijo: «seguid hablando». Por lo que ellos,
en cuanto amaneció, volvieron bajo el pórtico de Salomón y continuaron hablando
de Jesús. El sumo sacerdote los llamó, pero esta vez
no a la
fuerza, porque temía
a las multitudes,
sino pidiéndoles que fueran a verle. Se presentaron ante él sin miedo
alguno.
— ¿Por qué habláis sin
cesar de vuestro Jesús? — les preguntó
—. Nos acusáis de haber
vertido su sangre. Ya una vez os prohibimos hablar de él.
En el rostro de Pedro no se
movió ni uno solo músculo. Miraba obstinadamente a Ananías (ahora el hijo del
viejo Ananías es sumo sacerdote). Dijo:
—Hay que escuchar más al
Altísimo que a los hombres.
El sumo sacerdote, los
sacerdotes y los doctores le miraban con odio. Cuando se pusieron de acuerdo
sobre la condena del profeta galileo, ¿podían suponer que esta condena no les
permitiría volver ya más a sus viejas disputas sin importancia, sino que los
mantendría siempre unidos como aliados? Pedro siguió hablando con su profunda
voz, que retumba como las olas en el lago de Genezaret cuando comienza la
tormenta en el mar Grande
—El Altísimo ha resucitado
a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte, y le ha permitido ser salvador de
Israel. Nosotros seremos testigos de esto en el mundo entero, tanto si vosotros
os oponéis como si pensáis secundarnos...
El tribunal le condenó a
ser azotado: volvieron ensangrentados, pero llenos de alegría. Y de nuevo
hablan de Jesús en el atrio del Templo o en las casas. Kefas es el que más
habla. Se ha convertido realmente en una roca. No te sorprenda que me arrodille
ante él y que mi corazón lata con más fuerza cuando toca con su mano mi frente,
mis labios y mi pecho. Me avergüenzo de haberle mirado antes con desprecio. Es
verdad que ha cambiado mucho. Pero a menudo, aún ahora, no pienso igual que él.
A veces, incluso no puedo estar de acuerdo con sus ideas. Como en otros
tiempos, querría decir: o él o yo... Pero cuando habla y siento reflejarse en
sus palabras un amor ardiente como ninguno de los demás poseemos, me callo. Y
recuerdo lo que dijo el Maestro a orillas del mar, en Galilea «Apacienta mis
ovejas...»
He dejado
de ser fariseo.
Me han proclamado
mínimo. Han lanzado sobre mí la
maldición. Ya no pertenezco al Sanedrín. No puedo entrar en el atrio de los
fieles ni en la sinagoga. Es muy doloroso... ¡pero bien había de pagar con algo
esta dicha inigualable!
Ya no poseo riquezas. He
vendido las casas, los campos, las tiendas y los rebaños. He entregado el
dinero a los apóstoles y ellos lo han hecho repartir entre los necesitados por
la gente encargada de hacerlo. Así hacen
ahora todos nuestros
hermanos. Nadie quiere
guardar nada para sí. Todo
es propiedad del Señor y nosotros no somos sino los administradores a quienes
llegará el día de presentar las cuentas hasta el último as.
Sólo dejé de vender una
cosa: la casa en la que El cenó la noche de su prendimiento y en la que vino
sobre nosotros el Consolador. Se la di a Ella y allí se quedó a vivir...
Pero Ella tampoco está
ya... Con su partida se ha borrado la última huella terrena de su Hijo.
Santiago. José, Judas, Simón, los hermanos del Maestro, son sólo unas sombras
desvaídas. Ella, en cambio, era totalmente como Él; su rostro, sus movimientos
eran los de Él... El hijo hereda de sus padres las facciones y el modo de
comportarse. Todo lo que había en Él de humano lo tenía de Ella... ¿O acaso fue
al revés? ¿Acaso Él, que existía ya en la eternidad, al entrar en Ella como
niño, grabó sobre su frente, sus ojos y sus labios la bondad, la sonrisa y los
pensamientos propios?
En vida de Jesús fue
silenciosa. Pero después de su partida comenzó a hablar, y tuvo que hacerlo
muchas veces porque la gente quería oír cosas de Él, y para esto venía desde
lejanas tierras, de Antioquía, de Tarso, de Alejandría. Les hablaba y en sus
narraciones había siempre palabras y actos de Él. Ella parecía no existir. Era
como un árbol bajo cuya sombra se hubiera formado una leyenda. Sólo en dos
ocasiones (lo contó con una sonrisa en los labios, como la del padre que
confiesa al hijo sus flaquezas) la rama del árbol se dobló muy abajo para
entrelazarse con la historia que se estaba creando. La primera vez habló de
cuando Él, siendo niño aún, se perdió en la ciudad santa, mientras Ella y José
volvían a casa despreocupados. Ella luego desanduvo el camino, corriendo, con
los cabellos enmarañados, que se le escapaban por debajo del pañuelo, con el
pecho agitado, los labios temblorosos... La tímida jovencita galilea llamaba
osadamente a las puertas de casas desconocidas, pasaba cien veces por la misma
calle. Quería gritar de miedo. No entendía muchas cosas, pero su corazón le
decía que este Hijo nacido sin varón era la riqueza del mundo y no podía
perderlo mientras se encontrara aún entre
sus manos. No
tenía miedo por
sí misma, aunque entonces se
sentía culpable de un delito mayor que el de los asesinos y los ladrones
sacrílegos. «Que todo recaiga sobre mí — repetía una y mil veces —, pero ellos,
Señor, son inocentes...» Subía aprisa, jadeante, por la ladera del Miroah,
atravesaba los pórticos dando empujones a la gente y obligando a los fariseos,
siempre temerosos de un contacto impuro, a cederle rápidamente el paso... Y
cuando le encontró hizo
algo, que aun ahora, después de tantos años, parece dolerle: le regañó por
estar sentado tranquilamente en un círculo de soferim mientras ella recorría la
ciudad loca de miedo y desesperación. Pero Él seguía narrando con la misma sonrisa,
dijo: «
¿Y qué que me hayas estado
buscando? » A Ella no le disgustó que Él le hablase así. Pero sintió dolor al
pensar que había tenido que hacerlo: había sido menester recordarle que, frente
a los designios divinos, el miedo y la pena no son nada, y que a un Dios no se
le pierde por distracción...
—En otra ocasión...
Hablaba en voz baja, suave:
los que íbamos a escucharla casi conteníamos la respiración para no perder ni
una palabra.
—Ocurrió al principio, a
poco de haber comenzado a predicar. Hablaba entonces en Cafarnaúm, en casa de
cierto hombre piadoso. Un gran gentío se agolpaba en el interior, queriendo
escuchar sus palabras. Acudieron doctores, conocedores de las Escrituras, fariseos,
y todos
exclamaban, indignados, que su doctrina
procedía del demonio. Él les
contestaba con severidad y firmeza. Yo no estaba allí, pero unas mujeres y los
hijos de Alfeo vinieron a decirme que Jesús se había dejado arrastrar por las
palabras y que si no le interrumpíamos, los doctores le acusarían ante el
tetrarca, el cual le encerraría en la cárcel como a Juan. « ¿Se habrá vuelto
loco? » Sentí un gran temor. Dejé de pensar. Sólo resonaban en mis oídos estas
palabras: le prenderán, le encerrarán en Maqueronte, le prenderán. Corrí con
los otros. No era posible entrar en la casa: la gente la había rodeado por
completo, colgándose de las ventanas y puertas y subiéndose a la azotea. Pedí
sólo que le dijeran: «Estamos ante la casa y queremos que no hables más. Sal a
nuestro encuentro...» No comprendí, seguía sin comprender... Por encima de los
hombros de la gente me llegó la expresión que había oído durante tantos años y
cuyas palabras habían quedado encerradas en mí para volver a renacer... Preguntó
como entonces en el Templo: « ¿Y qué que mi madre y mis hermanos hayan venido?
Vosotros sois mi madre y mis hermanos.
Todo el que
cumple la voluntad
de mi Padre
es mi hermano y mi madre...» Al
instante me traspasó un gran dolor, el mis- mo que sintió Él al tener que
decirme esto... Sentía siempre cada sufrimiento suyo, incluso cuando no lo
comprendía. Pero entonces... Él siguió hablando, rechazando las acusaciones de
los soferims «
¿Así, según vosotros, el
demonio expulsa al demonio?» Y de nuevo dijo a los que antes había llamado su
madre y sus hermanos: ¿Habéis
oído lo que me han dicho?
¡Me han llamado Satanás! El discípulo nunca es más que su maestro. Puesto que
me han llamado Satanás,
¿cómo os llamarán a
vosotros, que sois familia mía? Pero no temas, pequeña grey...» Yo lloraba al
escuchar sus palabras. No porque Él
hubiera llamado madre a
otras personas, sino porque de nuevo había olvidado, hijos míos, que no se
podía temer por Él...
Durante estas
explicaciones, Ella seguía escondida a la sombra de Él, pero al mismo tiempo
parecía vivir una vida propia. Junto a su Hijo apenas si era posible verla.
Ahora, en cambio, crecía en silencio, imperceptiblemente. Cuando Pedro le pidió
que hablara a la gente que acudía para ser bautizada, se negó a hacerlo,
diciendo: «Esto es asunto vuestro. Para esto no necesitáis ayuda. Habéis
recibido bastante. Pero cuando os falten las fuerzas, cuando estropeéis su obra
y os lamentéis de haberlo hecho, entonces yo hablaré...»
Llegó una noche así.
Estábamos sentados junto a Ella cuatro de nosotros: Pedro, Juan, Lucas (ese
médico de Antioquía a quien me mandaste para que curara a Rut) y yo. Era una
noche de primavera. Los pájaros cantaban a pleno pulmón en las ramas de los
tamarindos y por la ventana de la habitación entraba un embriagante perfume de
flores. La mesa en la que aquella noche se había verificado la
Transubstanciación estaba junto a la pared. Ella se hallaba sentada en el
centro de la estancia, bajo la lamparita que colgaba del techo, a cuyo
alrededor revoloteaban un enjambre de mariposas nocturnas. Nosotros estábamos
enfrente de Ella, en el suelo.
Aquella noche había
desaparecido su placidez habitual. Había pasado la mañana orando en la soledad
y luego, por la tarde, en compañía de varias viudas, estuvo repartiendo pan
entre los nece- sitados y sirviendo a los enfermos. Esta Mujer, que hubiera podido
llevar una vida ociosa, rodeada por el respeto de todos nosotros, no dejó de
trabajar ni un solo momento. Hacía incluso más que cual- quiera de las
hermanas. ¿Acaso no podía olvidar las palabras: «mi madre y
mis hermanas son
los que cumplen
la voluntad de mi
Padre»? No había mujer más trabajadora, más sacrificada ni más esperada que
Ella. No sólo daba, sino que lo daba de tal modo que la gente se alegraba de
poder recibir de sus manos... Con su propio ejemplo enseñaba cómo hay que dar.
Esteban, el que mataron, era discípulo suyo en esto. Quizá por ello cuando le
estaban destrozando la cabeza en el valle del Cedrón, veía el Cielo abierto y a
Jesús a la diestra de Dios.
Después de una dura jornada
de trabajo, casi siempre estaba cansada. Sentada en silencio, para dormitar.
Pero ya te he dicho antes que aquella noche parecía animada como nunca. Sus
negros ojos ardían en el delgado rostro moreno como dos estrellas en el fondo
de un pozo. Era una mujer madura que había sufrido muchos dolores, miserias y
penalidades, pero no lo demostraba. No había cambiado nada desde el día en que
la vi por primera vez a la puerta de mi casa. Entonces su presencia me ayudó a
vencer el dolor por Rut... Los que la conocen desde hace tiempo dicen que no ha
cambiado nada desde el nacimiento de su Hijo... Como si a partir de aquel día
las leyes del tiempo hubieran dejado de tener influencia sobre Ella. Aquella
noche estaba tal como desearíamos ver a una persona que no tardará en irse para
mucho tiempo...
El vacilante resplandor de
la lámpara ponía sombras sobre su cara y sus manos. De pronto dijo:
—Hijo, míos, aunque yo no
esté, no me aparto de vosotros... Levantamos rápidamente la cabeza. Sentí que
el corazón se me
paralizaba. Hay palabras
que sólo los que se van saben pronunciarlas.
Dicen que también Rut dijo
la noche de su muerte: «Yo me marcho;
vosotros os quedaréis...»
—No temáis — siguió
diciendo con seguridad —. No estaré más lejos de vosotros, sino cada vez más
cerca. Cada día, cada hora, entraré más en vuestras vidas... Seré vuestra...
No comprendíamos sus
palabras, pero a los cuatro nos pareció que estaba diciendo algo enormemente
importante que quizá quedaría incomprendido durante años enteros para
encenderse de pronto en una llamarada de sol o caer en una lluvia de flores.
Seguíamos sentados con los ojos fijos en Ella. Al otro lado de la ventana las
rosas de Sarón dejaron
de despedir perfume.
Se produjo un
profundo silencio en el que cada sonido estallaba a modo de trueno, como
cuando el pájaro invisible iba a venir sobre nosotros. De nuevo, llenos de
tensión, esperábamos algo, pero no sabíamos qué. Ella prosiguió con su suave
voz, que resonaba como un canto lejano:
—De mi nació, para los que
esperaban, la esperanza; de mí volverá a nacer la caridad... Sostendré la mano
que se tenderá sobre vuestras
cabezas... Podéis esperarlo
todo de mí...
Podéis pedirlo todo... Soy la
escalera que nuestro padre Jacob vio en sueños, con ángeles que suben y bajan
volando...
Aún flotaba en el aire su
voz llena de dulzura cuando, súbi- tamente, se produjo un fenómeno
inexplicable: instantáneo como el sueño. Nunca sabremos cómo ocurrió. Fue un
momento corto como una caída de párpados. De pronto, Ella, su rostro, su figura
entera parecieron ser Él. En el vibrante encaje de luz y sombras apareció Él y
la cubrió con su presencia. Le vimos sentado en el banco, el mismo en el que un
día, levantándose, partió el pan y lo convirtió en su Cuerpo. Sus manos blancas
y agujereadas, descansaban sobre las rodillas. Y de nuevo fue como si un pájaro
hubiera caído sobre la penumbra de aquella noche primaveral. Al levantarse ya
no estaba allí ni Él ni ella. Nos pusimos de pie de un salto. Los pájaros
estallaron en sonoros cantos; parecía «como si hubieran guardado silencio
durante aquellos momentos de su partida. Volvió a sentirse el perfume de las
rosas, pero más fuerte aún, como si las flores crecieran allí mismo, en el
interior de la estancia. Ella desapareció, aunque momentos antes era aún un ser
viviente. Sus palabras seguían vivas, pero ya comenzaban a fundirse con el
silencio. Como las de los que se han ido allí y cada vez son menos un sonido,
una frase, para convertirse sólo en contenido. Sobre el banco quedó su manto;
parecía la simlah de Elías, caído del carro de fuego. Nos inclinamos ante él
con veneración. De él procedía aquel perfume de rosas. Un ramillete de blancos
capullos apenas abiertos cayó al suelo.
— ¿Dónde está? — pregunté,
aturdido, inseguro de mi propia voz, que parecía resonar como un chirrido—.
¿Dónde esta? ¿Qué ha sido de Ella?
Juan contestó:
— ¿No lo sabes? El se la ha
llevado...
Entonces recordé lo que la
gente decía sobre Juan y la promesa que él había recibido.
— ¿Él vendrá también por ti
de igual modo? — dije. Movió la cabeza:
—Muchas veces os lo he
dicho: El nunca dijo que yo no moriría. Pero entonces, durante la Pascua, sentí
su corazón... Es un gran secreto... Ella era su corazón... Ella estaba en El, y
por esto no podía morir...
De modo que no ha muerto,
Justo. Se ha marchado en alma y cuerpo... Ya no nos ligarán a Jerusalén con su
presencia. Ahora podremos dispersarnos por el mundo como semillas que el viento
hubiera arrasado de una hermosa planta. Ya no hay sitio en el que
pudiéramos volver a echar
raíces. Somos una semilla eterna y alada antes de que nos convirtamos en árbol.
Tal como El lo ha prometido...
Me marcho... Mi camino pasa
por Antioquía, de modo que una parte
la recorreré en
compañía de Lucas.
Al principio no
podía soportar su presencia. Había hecho resucitar en mí los recuerdos
de mi lucha por la vida de Rut. Pero esto pertenece ya al pasado. Rut está con
El. ¿Puedo aún seguir desesperando? Aunque no lo veo, aunque no lo siento, lo
creo, y la fe, con todo y ser más dolorosa que el ver y el sentir, es más
fuerte...
Lucas me confesó en secreto
que deseaba pintar el rostro de Ella. Me indigné y le dije que la Ley prohíbe
la reproducción de figuras humanas. Aunque Lucas sea griego, desde el momento
en que se ha unido a nosotros, ha de cumplir con las sagradas leyes del Antiguo
Testamento. Entonces me dijo que tenía otra idea: recogerá todo la que ha oído
sobre el Maestro y escribirá una narración, algo así como un hagadá...
Era yo quien tenía que
escribirla, ¿recuerdas? Pero quizá Lucas lo haga mejor... Además, no se si El
quería realmente que yo escribiera sobre Él. Mis hagadás sirvieron demasiado
tiempo a mi propia gloria. Ahora querría que ya no hubiera nada para mí, sino
todo para Él, que todo sea como Él lo desee... Iré adonde me mande ir, moriré
cuando me mande morir. El anduvo, sufrió y murió por mí. ¿Qué valor tendría mi
hagadá? ¿A quién lograría mostrarle tal como era Él en realidad? No le hemos
encontrado para los demás. Cada uno debe encontrarle por sí mismo, como yo le
encontré entonces en el camino de Emaús...
¿Acaso también Judas le
encontró cuando se arrancó el dinero del corazón y lo arrojó sobre el empedrado
del Templo? Judas... ¿Le
hubiera traicionado si yo,
a tiempo, hubiese compartido con el mis riquezas? Cada uno de nosotros le
encontrará, indudablemente, un día, pero también cada uno de nosotros puede
dificultarle este encuentro a otro...
¡Que Lucas escriba! Cuando
El quiera tener su hagadá, le bastará con hacer un signo al primer llegado.
Para mí, escribir sobre Él, ¡qué felicidad! Sería un don de su parte. Pero yo,
así y todo, soy deudor suyo. ¿Qué puedo darle a cambio de todo el amor que me
ha demos- trado?

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