© Libro N° 13843. La Sombra Del
Ciprés Es Alargada. Delibes,
Miguel. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © La Sombra Del Ciprés Es Alargada.
Miguel Delibes
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Original: © La Sombra Del Ciprés
Es Alargada. Miguel Delibes
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LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES
ALARGADA
Miguel Delibes
La Sombra Del
Ciprés Es Alargada
Miguel Delibes
Miguel Delibes (Valladolid, 1920) ocupa un lugar
sobresaliente entre los escritores españoles del siglo XX. Además de periodista
y articulista, es sobre todo un narrador con una obra publicada amplísima,
reconocida con los principales premios literarios del ámbito de la lengua
castellana. Títulos como El camino, Las ratas, Diario de un cazador, Parábola
del náufrago, Cinco horas con Mario o Los santos inocentes (ya publicada en la
colección Millenium I) se han convertido ya en clásicos de la literatura
española. La precisión de su prosa y el amplio abanico de los temas de su
escritura -Castilla y sus gentes, la caza y la pesca, el mundo de la infancia y
la visión de la muerte, la atención a los seres desvalidos- lo convierten en
uno de los maestros indiscutibles de la lengua castellana.
Con La sombra del ciprés es alargada, su primera
novela, se dio a conocer Delibes al conseguir el Premio Nadal de 1947. Pedro,
el protagonista y narrador de esta historia, es huérfano y queda confiado por
un tío suyo al señor Lesmes, que regenta una academia de segunda enseñanza en
su propio piso. Allí se alojará como pupilo el niño, rodeado de un mundo «de
reglas fijas, inconmovibles, y de mezquinos horizontes». La educación que
recibe le impulsa a desconfiar de los demás, del engaño de los sentimientos y de
cualquier compromiso. Con el despertar del uso de razón surgirá un extraño
temor a la muerte personificada en ta sombra del ciprés,
un árbol que parece un espectro, y sus frutos
«calaveritas pequeñas». Cuando, completada su educación, se haga marino y
comience a recorrer el mundo, persistirá ese pesimismo radical que parece
confirmarse por una absurda guerra. Está ya «maduro para el dolor» y dispuesto
a afrontar su mayor reto: sucumbir a los lazos del corazón o afirmar su alma
retorcida. Narrada con sencillez y emoción, esta novela anuncia ya los temas
fundamentales de la obra de Delibes: la recuperación de la infancia, la
temprana presencia de la muerte, el pesimismo como tentación contra la fe y la
vida, la indagación en el sentido del dolor, el papel crucial del amor en las
relaciones interpersonales.
Con La sombra del ciprés es alargada Miguel Delibes
se dio a conocer como narrador en 1948. Hasta esa fecha en que obtuvo el Premio
Nadal era un desconocido en el mundo literario, pero no del todo ajeno a la
vida cultural. Compatibilizaba su labor de profesor de Derecho mercantil con el
trabajo de redactor de El norte de Castilla de Valladolid. Sus primeras
colaboraciones en prensa hoy nos parecen un poca excéntricas, pues en el
periódico del que lustros más tarde fine director comenzó haciendo dibujos y caricaturas
que firmaba como MAX. Pero también hizo, rubricada con sus iniciales, MDS,
abundante crítica de cine. Así que estaba muy cercano a la más copiosa fuente
moderna de la narración.
Aunque por entonces no leía novelas -según ha
confesado-, su «fascinación» por el cine establece el puente natural que
desemboca en una firme determinación de ser escritor, más en concreto, de
convertirse en novelista. No cabe imaginar otra cosa si se observa el ritmo
continuado con que van apareciendo sus próximos títulos: Aún es de día (1949),
El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), el doble Diario del bedel
Lorenzo (1955 y 1958) o, en fin, La hoja roja (1959), por detenernos al filo de
los sesenta.
La cadencia regular de estas novelas, y el mundo
unitario que reconstruyen, tanto por las constantes temáticas como por su casi
exclusivo marco castellano, revelan la inequívoca presencia de un fabulador de
largo aliento, lo cual el tiempo no iba a desmentir. Otras muchas obras alargan
esa cadena hasta nuestros días en que nos asombra con una espléndida historia,
El hereje (1998), más propia por su aliento del vigor juvenil y de la sabiduría
de la madurez que del presunto declinar de un ya casi octogenario, aquejado
además de una grave dolencia.
Sin embargo, aquella opera prima que inauguraba una
tan dilatada y fecunda trayectoria tiene los visos de ser un libro un tanto
adánico, falto todavía de la malicia artística que da el oficio. Todo ello
porque surge de una urgencia por liberarse de preocupaciones que atenazaban al
propio escritor vertiéndolas al exterior en forma imaginativa. De ahí las
limitaciones de la novela, debidas a la génesis intuitiva de un relato
primerizo, que el mismo Delibes ha reconocido con una honestidad autocrítica
nada frecuente, e incluso en exceso rigurosa.
La sombra del ciprés es alargada tiene por soporte
una experiencia privada, algo así como la autobiografía espiritual del entonces
novelista inédito, muy intensa: la zozobra existencial del protagonista -ha
explicado Delibes- refleja su propio caso, que él vivió según se relata en el
libro. Pero no hizo por lo llano una autobiografía, sino que construyó un
argumento que ya no tiene nada que ver con su persona. Dicha trama anecdótica
se presenta separada en dos «libros». El primero consiste en el relato iniciático
de Pedro protagonista y narrador retrospectivo del relato-, un
muchacho taciturno y obsesionado por la muerte, de
la que tiene temprana noticia: el segundo expone la vida adulta del personaje,
víctima de esa idea fija y de una restrictiva educación.
Los años adolescentes de Pedro ofrecen, ante todo,
el encanto de las sencillas y amargas peripecias de un proceso de maduración
vital. Hasta la preocupación por la muerte, que parece un punto excesiva
-aunque Delibes ha replicado que no era exagerada, pues refleja fielmente sus
vivencias-, se revela con el latido de lo auténtico por la emoción humana que
encierra, por su tono afectivo. Pero el gran acierto de la obra se localiza
fuera de este ámbito de la psicología. Consiste, ante todo, en el hallazgo de un
espacio narrativo cerrado que se ciñe con justeza a la
acción. La formación de Pedro encuentra marco
adecuado en Ávila, una ciudad «pequeña y comentadora». La criba de detalles
concretos de la capital -las murallas, el cementerio, el casco viejo, la
climatología-, aparte de muy acertada, logra, sobre todo, un ambiente que
sintoniza a la perfección con el estado emocional del muchacho, que se recluye
en «un mundo aparte, silencioso y fría, como el clima que oprimía la ciudad».
En esta primera parte de La sombra del ciprés es
alargada hallamos una historia de acentos personales y casi novedosos en el
panorama de la narrativa española defines de los cuarenta. La segunda, en
cambio, no alcanza la personalidad de la anterior y coincide con el tono
existencialista, barnizado de tremendismo, bastante común en la prosa novelesca
de entonces, en el caso del vallisoletano pasado por el tamiz de una concepción
cristiana de la vida que insiste en proclamar la fe de Pedro.
En cierto modo, en La sombra del ciprés es alargada
hay dos novelas separables, de las cuales sobresale la primera, que contiene un
sugestivo relato de acceso a la experiencia. La otra muestra un carácter
distinto, y está marcada por un gusto especulativo que da lugar a frecuentes
digresiones. Por eso incluso se relega a un lugar secundario la muy atractiva
historia sentimental de Pedro, que no se desarrolla porque éste se encierra en
la rumia de sus ideas acerca de la limitación y el desvalimiento del ser humano.
Con estas peculiaridades, no resulta La sombra del
ciprés es alargada una novela ajena al mundo característico del escritor y en
ella se perciben las bases de su restante trayectoria. Aborda ya algunos de sus
temas más persistentes: la muerte, la infancia, alguna notación sobre el
progreso, la naturaleza y, sobre todo, ese reiterado motivo de la búsqueda de
la felicidad, casi siempre imposible desde esa perspectiva pesimista tan suya.
Además, se asienta una visión del hombre permanente en toda su literatura: un
ser acechado por limitaciones (á las de este libro, de carácter espiritual, se
añadirán más tarde los condicionamientos sociales).
Luego ha depurado y enriquecido ese mundo, lo mismo
que ha matizado la prosa, todavía algo literaria en esta novela inauguran
incorporando el rico castellano coloquial de su estilo posterior. Y en cuanto a
la forma, ya está aquí algo más que en génesis esa trilogía de principios que
cimientan la base inalterable de toda la narrativa delibesiana según su propia
y certera fórmula: «Un Hombre, un Paisaje y una Pasión». Así, La sombra del
ciprés es alargada constituye la partida de bautismo de un narrador que pasado
el tiempo se convirtió en uno de los nombres más representativos e importantes
de la novela española de la segunda mitad del siglo que acaba de cerrarse.
Prólogo
Sanz Villanueva
A mis padres
A mi mujer
A mi hijo
Libro primero
¿Por qué esta ansia, este amor
estos supremos anhelos en el hombre?
¿Por qué existe un destino de amar,
bárbaro y triste, en la ruina de carne
que movemos?
M. A. ALCALDE. Hoguera viva.
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
I
Un amigo hace sufrir tanto
como un enemigo
Proverbio árabe
Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas,
y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me
metieron en el alma nada más nacer. No dudo de que, aparte otras varias
circunstancias, fue el clima pausado y retraído de esta ciudad el que
determinó, en gran parte, la formación de mi carácter.
De mi primera niñez bien poco recuerdo. Casi puede
decirse que comencé a vivir, a los diez años, en casa de don Mateo Lesmes, mi
profesor. Me acuerdo perfectamente, como si lo estuviera viendo, del día que mi
tutor me presentó él...
Se iniciaba ya el otoño. Los árboles de la cuidad
comenzaban a acusar la ofensiva de la estación. Por las calles había hojas
amarillas que el viento, a ratos, levantaba del suelo haciéndolas girar en
confusos remolinos. Hicimos el camino en la última carretela descubierta que
quedaba en la ciudad. Tengo impresos en m cerebro los menores detalles de
aquella mi primera experiencia viajera. Los cascos caballos martilleaban las
piedras de la calzada rítmicamente, en tanto las ruedas, rígidas y sin
ballestas, hacían saltar y crujir el coche con gran desesperación de mi tío y
extraordinario regocijo por mi parte.
Ignoro las calles que recorrimos hasta llegar a la
placita silente donde habitaba don Mateo. Era una plaza rectangular con una
meseta en el centro, a la que se llegaba merced al auxilio de tres escalones de
piedra. En la meseta crecían unos árboles gigantescos que Cobijaban bajo sí una
fuente de agua cristalina, llena de rumores y ecos extraños.
Del otro lado de la plaza, cerraba sus confines una
mansión añosa e imponente, donde un extraño relieve, protegido en una
hornacina, hablaba de hombres y tiempos remotos; hombres y tiempos idos, pero
cuya historia perduraba amarrada a aquellas piedras milenarias.
Cuando descendimos del coche experimenté una
sincera vocación de ser auriga. Tenía el cochero un aspecto imponente
encaramado en su sitial delantero, con los pies cubiertos por una media bota
acharolada y unas polainas blancas protegiéndole sus piernas delgadas y sin
forma. Pero mi tío, que no debía de sentir hacia él el mismo respeto que yo, le
despidió tan pronto pusimos nuestras humanidades en tierra.
Antes de nada -me dijo mi tío al verse a solas
conmigo-, para cuando lo necesites, sabe que tu padre se llamó Jaime y tu madre
María. -(En toda mi vida tuve otra idea de mis padres. En adelante, siempre que
sus nombres debían figurar en algún documento, lo hice constar así, añadiendo,
entre paréntesis, «fallecido», aun cuando, en realidad, nadie me hubiera
asegurado tal desenlace.) Acto seguido mi tío desvió sus
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
consejos hacia otro lado-: Estate formal; procura
causar a este hombre una buena impresión; no enredes ni te hurgues en las
narices. En fin, pórtate como un caballero.
Dicho esto, nos acercamos a la casa, cuya fachada
no podía ser más deprimente. (Tenía sólo dos pisos y, debajo, un entresuelo con
ventanas bajas en vez de balcones. La parte izquierda de la casa tenía una sola
fila de huecos aun cuando su superficie era más amplia que la de la derecha,
recordando, por su especial asimetría, el desequilibrio de la faz de un
tuerto.) Mi tío anduvo un poco desorientado desde que entramos en la casa. Todo
se le hacía mirar y remirar con atención todas las puertas con que tropezábamos.
A tal punto llegó su falta de dominio de la situación, que me subió hasta el
segundo piso sólo para preguntar si vivía allí don Mateo Lesmes. Le dijeron que
el señor Lesmes vivía abajo, en el entresuelo, y tuvimos que deshacer el camino
andado, sin rechistar. (Pensé, para mí, que en contra del sistema de mi tutor,
si se ignora el piso de la persona que buscamos, resulta más provechoso
preguntar abajo que subir hasta el último piso, para luego, a lo mejor, tener
que volver a bajar. No le dije nada, sin embargo, porque ya me había
encarecido, en reciente ocasión, que le molestaba que un mocosuelo como yo
tratase de enmendar sus decisiones.)
Antes de llamar, mi tío me estiró la corbata y me
advirtió de nuevo sobre la necesidad de que me comportara correctamente en
presencia de don Mateo; después tomó el llamador en su mano y la vieja casa
retembló bajo el eco de dos poderosos golpes. Cuando me entretenía mirando las
estrechas y polvorientas escaleras que arrancaban de mis pies, se abrió la
puerta y mi tutor, tomándome de la mano, penetró en la casa. Una mujer
indefinible nos había abierto. Quedóse parada al vernos entrar tan
resueltamente, agarrándose, con cuatro dedos, las dos puntas bajas de su
delantal. Al cabo de un rato nos espetó:
-¿Por quién preguntan ustedes?
(Recuerdo el gozo que me produjo este primer
triunfo de mi honorabilidad. Nunca, hasta el momento, me llamaron de «usted», y
el hecho de que aquella mujer me parangonase en dignidad con mi tutor me
ocasionó un íntimo regocijo. Entonces no advertía yo lo raro que hubiese sido
que la mujer dijera: «¿Por quién preguntan usted y el niño?», en vez de: «¿Por
quién preguntan ustedes?»; de aquí que considerase aquel trato como el mayor
triunfo, hasta entonces, de mi yo personal e independiente.) Mi tío respondió
que buscábamos al señor Lesmes. La señora, con cara inexpresiva y sin soltar
las puntas de su delantal, nos dijo que su «marido» acababa de salir, pero que
no tardaría en regresar porque esperaba nuestra visita aquella tarde.
Al oír mi tutor que la mujer hablaba de «su marido»
la saludó cortésmente, deseándole buena salud. Ella contestó, sin inmutarse,
que lo mismo nos deseaba a nosotros, indicándonos, acto seguido, que pasáramos
y nos sentáramos. Lo hicimos en una salita muy linda y aseada y, una vez allí,
la señora nos dejó solos, pidiéndonos perdón antes de hacerlo.
Entonces pude fijarme a mi antojo en lo que me
rodeaba. Los muebles se parecían mucho a los de la sala de la casa de mi tío.
En ambas, sobre todo lo demás, predominaban los asientos. En ésta había un
pequeño sofá, forrado de raso rojo, lo mismo que las sillas y las butacas.
Encima del sofá había un espejo con marco dorado, rematado por un copete de
dibujos retorcidos. En un rincón, un velador negro de patas gruesas e
historiadas, con un mármol encima, sostenía una extraña cajita y un osado
florero lleno de rosas de tela con muchas manchitas de mosca. Los tabiques y el
techo estaban decorados de un vivo papel rameado. En el ángulo opuesto al del
velador había un piano negro abierto, mostrando los dientes cariados de sus
teclas, con mucho adorno encima. Al lado del piano una librería baja con varios
tomos de La Ilustración
Española y Americana.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Mi tío se sentó con una pierna sobre la otra en una
de las butacas. Yo lo hice en el sofá, muy cerca de él, con un cierto temor
hacia aquella casa que, en adelante, iba a ser mía por bastante tiempo. Ninguno
de los dos dijimos nada durante diez minutos que tardó en regresar don Mateo.
Cuando éste entró, mi tío se levantó y yo le imité.
Era don Mateo un hombre bajito, de mirada lánguida,
destartalado y de aspecto cansino. Sonrió a mi tío al estrecharle la mano y a
mí me acarició el cogote con fría cordialidad. Luego nos sentamos los tres y mi
tutor y don Mateo se enredaron en una conversación interminable sobre
enseñanza, carreras y honorarios. Mientras la conversación giró sobre los dos
primeros temas me pareció observar que don Mateo hablaba sobre ello con la
laxitud y desgana de quien cumple una obligación habitual. Cuando se abordó, en
cambio, el tema de los honorarios, sus ojos, naturalmente apagados, se animaron
con una chispita de codicia. De esto deduje que don Mateo no era un hombre a
quien sobraran recursos para vivir. Por mi parte, lo único que saqué en limpio
de aquella hora interminable fue que mi tío deseaba desentenderse de mi
educación y que don Mateo se encargaría de ella hasta que yo concluyese el
Bachillerato. Otra conclusión que extraje de aquel juego de palabras fue la de
que yo quedaría de pupilo en casa del señor Lesmes en tanto se completaba mi
formación moral e intelectual, es decir, más o menos, durante siete largos
años. Estas conclusiones iniciales favorecían a mi tío Félix y perjudicaban a
mi maestro y a mí. La definitiva favorecía a don Mateo y perjudicaba a mi
tutor, siéndome a mí indiferente; el señor Lesmes podría retirar mensualmente
del banco 800 reales en concepto de honorarios y gastos de manutención. Mi tío
justificó su desapego hacia mi pobre humanidad alegando las muchas dificultades
que le creaba su nuevo cargo de representante de no sé qué casa comercial.
Una vez rematados estos extremos m; tutor se puso
en pie, aprovechando los breves instantes que restaban hasta su inminente
despedida en ensalzar y loar mis cualidades físicas, espirituales e
intelectuales, cosa que hasta este día jamás oyera en sus labios. Ante mi
asombro don Mateo sonrió, asegurando que observaba en mi cara esas maravillosas
dotes que mi tío Félix acababa de atribuirme un tanto arbitrariamente. Eran tan
falsas unas y otras manifestaciones que, a pesar de mi corta edad, no dejé de
ver que las de mi tío las patrocinaba su ferviente deseo de deshacerse de mí y
las de mi futuro maestro los pingües honorarios y gastos de manutención que mi
alimento físico e intelectual le procuraría. A poco mi tío estrechó la mano de
aquel hombre, quien, por su parte, retuvo la de mi tío con un calor impropio de
dos personas que acababan de conocerse, aprovechando además la solemne
despedida para volver a acariciarme el cogote, esta vez con el calor interesado
que pondría un granjero en dar el pienso a su vaca de leche. Todo quedó en que
yo me incorporaría a la vida íntima de don Mateo en la noche del día siguiente.
En las veinticuatro horas que siguieron viví una
vida de expectativa. No hallaba en mis juegos las sensaciones arrobadoras de
mejores días, y únicamente mi próximo destino ocupaba todos mis pensamientos.
Después de comer, mi tío me ordenó preparase mis cosas en compañía de Elena, su
vieja criada. Así lo hicimos y antes de las ocho partía yo de aquella casa en
el mismo coche de caballos que la tarde anterior.
Cuando me apeé en la puerta de don Mateo me invadió
una sensación de soledad como no la había sentido nunca. Me hacía el efecto de
que nadie en el mundo daría un paso por afecto hacia mí. Yo era un estorbo que
únicamente por dinero podía aceptarse. Cuando llamé débilmente en la puerta del
señor Lesmes mi mano temblaba. No ignoraba que con un paso más, franqueando
aquel umbral, inauguraría una era decisiva de mi existencia. Salieron a
recibirme don Mateo y su esposa. Aquél me acogió con una sonrisa y me preguntó
por mi tío; ésta me saludó fríamente sin
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
dejar de agarrar las esquinas de su delantal, como
si en realidad no se hubiese movido de la postura en que la dejáramos la noche
anterior.
No me pasaron a la salita del piano como yo
esperaba. (Más tarde me convencí de que era ésta una de esas habitaciones de
estar donde no se está nunca.) Me condujeron a un cuarto de pequeñas
proporciones, situado enfrente de la salita y con una ventana, también pequeña,
que daba a la plaza. Casi pegada a la ventana había una camilla, con brasero
ya, a pesar de estar a últimos de septiembre, y junto a la puerta, una especie
de trinchero con copas y tazas colocadas allí con intención evidente de
lucirlas. El resto del mobiliario lo constituían unos taburetes de madera y una
butaquilla de mimbre, situado todo alrededor de la camilla. Además, lo que ya
me resultó más interesante, en un rincón de la habitación, se levantaba una
especie de trípode sosteniendo una pecera de cristal verdoso que encerraba dos
pececillos de color encarnado. Los miré con simpatía porque me pareció que
también ellos estaban prisioneros como yo en manos de aquel hombre chiquitín
que se llamaba como un apóstol de Cristo.
Lo que me chocó sobremanera fue ver la mesa
dispuesta para cenar, cuando aún no eran las ocho y media de la noche. Imaginé
que entraba en una de esas vidas de orden que tanto me disgustaban. Así y todo
hube de resignarme y sentarme a la mesa ante la indicación de mi maestro.
Esperé impaciente a que viniesen mis compañeros de mesa, pues mi curiosidad
advirtió, nada más entrar, que había en ella cuatro platos, y, que yo supiera,
no éramos más que tres los comensales. Al aparecer mi maestro con una niñita como
de tres años de la mano, lo comprendí todo y se me cayó el alma a los pies. Era
la hija del matrimonio y para mí un trasto que en modo alguno deseaba. La
sentaron en una silla, a mi lado, después de poner debajo tres grandes cojines.
Don Mateo me presentó a la chiquilla, apuntándome con el dedo -un dedo manchado
de tiza- y diciéndole «que éste era el nene que papá prometiera traerle». La
niña sonrió acentuando sus flácidos mofletes y, naturalmente, no cesó en toda
la cena de darme golpes en un brazo con un tenedor usado y repetir «nene,
nene», hasta un centenar de veces. No tuve otro remedio que sonreírle, aunque
su calificativo no me agradase demasiado.
Aquella misma noche me enteré de varias cosas. La
mujer de don Mateo se llamaba Gregoria y no era amiga de palabras ni aun en el
seno íntimo de la familia. Don Mateo tenía la carrera de maestro, carrera que
explotaba de una manera original. Era, además, el prototipo del maestro de
reglas fijas, inconmovibles, y de mezquinos horizontes. Sus primicias
pedagógicas me las brindó la misma noche de mi llegada.
-¿Sabes leer, Pedro? -comenzó.
-Sí, señor.
-¿Sabes escribir?
-Sí, señor.
-¿Sabes sumar?
-Sí, señor.
-¿Sabes restar?
-Sí, señor.
-¿Sabes multiplicar?
-Sí..., señor.
-¿Sabes dividir?
-Sí, señor.
-¿Conoces la potenciación?
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-No, señor.
Sonrió suficientemente y añadió:
-¿Ves, chiquito? De esta manera tan sencilla puedo
adivinar en un momento hasta dónde llegan tus conocimientos. (Me libré muy bien
de decirle que todo eso podría haberlo sabido sin gastar tanta saliva
preguntándome directamente, y de una vez, si conocía las cuatro reglas. En este
detalle está perfectamente retratado el procedimiento pedagógico de don Mateo.
Era enemigo de conceptos generales, de ideas abstractas. Él quería el
conocimiento particular y concreto; la rama, aunque ignorásemos el tronco de
donde salía.)
Antes de acostarme, aún tuve una satisfacción
aquella noche. Conocí a Fany. Fany era una perrita ratonera con psicología de
gato. Era faldera, amante del fogón y mimosa para reclamar los desperdicios de
la carne. No obstante, en sus manifestaciones de cariño era perro desde el
hocico hasta la punta del rabo. Noté que todos en aquella casa amaban al animal
más de lo que, aparentemente, se amaban entre sí. Yo también le cogí cariño
porque, por lo menos, demostraba la alegría de, vivir que no existía, al parecer,
en los pechos de los demás habitantes de la casa.
Cuando poco más tarde don Mateo me acompañó a mi
cuarto y se despidió de mí deseándome buenas noches, volví a experimentar la
angustia de soledad que me acongojase una hora antes. Encontré mi habitación
fría, destartalada, envuelta en un ambiente de tristeza que lo impregnaba todo,
cama, armario, mesa y hasta mi propio ser. Temblaba al desnudarme, aunque el
frío no había comenzado aún a desenvainar sus cuchillos. Me daba la sensación
de que todo, todo, hasta las paredes y el techo de la habitación, estaba húmedo
de melancolía. Por otro lado, nadie se preocupó de llevar a aquel cuarto la
caricia de un detalle. Todo raspaba, arañaba, como raspan y arañan las cosas
prácticas. No existía una cortina, o una estera, o una colcha, o una lámpara
con una cretona pretenciosa. Allí todo era rígido como la vida y útil como la
materialidad del dinero lo es a los espíritus avaros. Me resigné porque esta
vida arrastrada, materializada, estaba forzado a vivirla unos cuantos años. Y
al apagar la luz y llenarse de lágrimas mis ojos -que aguardaron a las
tinieblas para no escandalizar a la materia que me envolvía-, mi pensamiento
quedó muy cerca; dentro de la misma casa, pero, casualmente, fue a parar a Fany
y a los dos pececillos rojos que nadaban en la pecera verde.
11
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
II
Don Mateo dirigía en su casa una academia sobre
estudios de segunda enseñanza. Tenia otro profesor, además de él, que daba las
clases de letras. Distribuidos en tres habitaciones, los escasos alumnos que a
ella pertenecíamos teníamos ocupada la mañana desde las nueve, en que nos
levantábamos. Recuerdo que los alumnos que preparábamos el ingreso, con ser
sólo tres, constituíamos la clase más numerosa. Además, no sé si por aquello de
que al comenzar una obra se pone siempre en ella mayor empeño, don Mateo y el
otro profesor ponían un especial cuidado en nuestra formación. Con los
dictados, análisis gramaticales y las cuentas de dividir por decimales
pasábamos la mayor parte de la mañana, ocupando la tarde en realizar los
trabajos y resolver los problemas que quedaban pendientes en la primera mitad
del día.
Abstraído en esta clase de vida transcurrieron los
primeros meses. Después de vencer las dificultades y monotonía de las semanas
iniciales, aquello fue haciéndose incluso agradable. Encontraba en ello una
fuente abundante de distracción, a pesar de que en los días que me levantaba
del lado izquierdo se me hacía mi tarea demasiado cuesta arriba.
Cuando hacia las dos marchaban a sus casas todos
mis compañeros, yo me refugiaba en la habitación práctica y áspera que me
designaran el primer día. Doña Gregoria me había encendido ya el brasero
cotidiano, y allí, arrimado a la pequeña camillita, iniciaba mis trabajos hasta
que me avisaban para comer.
Las comidas eran siempre las mismas. Me refiero al
clima, no al contenido, aunque éste, realmente, tampoco fuese muy variado. Doña
Gregoria se sentaba frente a mí, erguida como una espingarda y con su busto
seco, únicamente abombado por la disposición de las costillas.
A mi izquierda se sentaba la pequeña Martina,
siempre con dos roderas encima de su labio superior que nacían en los
agujeritos de su nariz y concluían en la boca. (Me recordaban por su
disposición y suciedad las huellas que deja en la nieve un carromato con el eje
de sus ruedas torcido.) De espaldas a la ventana y a su derecha, frente por
frente con el trinchero, que exhibía sus estantes cargados de porcelana barata,
ocupaba su asiento el cabeza de familia y academia: don Mateo Lesmes. Su
pequeña humanidad, lenta de costumbre para todo, se movía inquieta, apresurada,
a las horas de las comidas. Y no es que comiese con glotonería. Al contrario.
Su comida era siempre frugal y el vértigo que ponía en devorarla parecía
provenir de una idea innata en él de que no valía la pena perder el tiempo para
cosa de tan leve importancia como era el comer.
Mientras duraba el refrigerio se hablaba poco.
Bueno, creo que en aquella casa se hablaba poco durante todo el día, y no digo
la noche porque la fría esposa del maestro y su tierno vástago soñaban alto. En
las primeras noches sus gritos nocturnos me estremecieron. Dormía la familia en
un cuarto vecino al mío y los ruidos de uno y otro se comunicaban a la
habitación contigua y con tan sincero detalle, que sería necesario, yo supongo,
para explicarlo de una manera fehaciente y clara, la exposición de una elevada
teoría física.
La noche de mi ingreso en aquella casa me asaltaron
horribles pesadillas. A eso de las tres me despertó un grito sobrecogedor.
Escuché y percibí que partía de la
12
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
habitación de al lado. Era Martina, la niña de don
Mateo. Entre otras palabras ininteligibles me pareció que pronunciaba con una
insistencia molesta el «nene, nene», que alcanzara su cien representación
durante la cena.
Tardé mucho en dormirme después de este
descubrimiento. Tanto que pude darme cuenta de que la charlatanería de la
pequeña era lo que se puede apellidar un «mal de herencia», congénito. A poco
de los gritos de la niña comenzó a hablar doña Gregoria. Lo suyo no eran
palabras o voces entrecortadas. Eran parrafadas largas, interminables, como si
estuviese pronunciando un discurso a media voz. Advertí que sus preferencias
estaban por la cocina, cosa que más tarde no me extrañó, porque en ella
transcurría, sin exageraciones, toda su vida. Al principio, tan sentadas eran
sus palabras, creí que hablaba con mi maestro. Rechacé esta idea al no escuchar
la contestación de éste y oír, por el contrario, que el largo discurso de su
esposa se prolongaba sin airarse, lo que no hubiera ocurrido de estar en sus
cabales y no hallar contestación. Imaginé, en medio de mi insomnio, que yo no
podría dormir en una casa animada por tales expansiones nocturnas, pero poco
tardé en convencerme de que aquellos monótonos parlamentos de madre e hija
servían para arrullar, más que para otra cosa, cuando se tenían los nervios
bien sentados.
Como detalle curioso observé en mis silenciosas
comidas el feliz instinto de conservación que animaba a la perrita Fany.
Mientras consumíamos el primer plato, generalmente a base de purés o sopas,
jamás rondaba nuestra mesa. Comprendía el animal que estos alimentos líquidos
no eran para dárselos en mano y renunciaba a sus escarceos mendicantes empapada
de la imposibilidad. Pero cuando el alimento sólido, de carne o pescado,
llegaba a la mesa, Fany arribaba con él y nos plantaba sus dos patas delanteras
en el regazo, ora a uno, ora al otro. El primer día no me atreví a darle nada.
Dudé entre si atender a sus súplicas o demostrar mi urbanidad no cogiendo los
recortes de carne con la mano. La perra insistió en sus pretensiones golpeando
mi brazo con una de sus pezuñas, pero a pesar de que el resto de los comensales
la hicieron blanco de constantes obsequios, yo no osé romper el fuego con una
confianza que estimé excesiva. Pero mi rasgo de delicadeza no fue juzgado por
doña Gregoria como se merecía. Seguramente me tomó por un glotón cuando me
dijo:
-Pero ¿no tienes nada que dar a Fany?
Me quedé confuso, ya que en mi deseo de no hacer
ascos a nada y quedar como un muchacho ejemplar me había tragado, en un
paroxismo de náuseas, los duros nervios de mi filete de carne. En adelante me
ocupé de Fany como merecía, y hubo días en que repartí con ella mi porción a
partes iguales, sin que por eso doña Gregoria se diese por ofendida. La perra
no tardó en entender mi generosidad y, a partir de dos semanas, salía a
recibirme todas las mañanas a la puerta de mi habitación.
También recuerdo ahora la curiosa actitud de don
Mateo en las horas de las comidas. Él gustaba más de rumiar su silencio que los
manjares que nos servían. Mientras esperaba, entre plato y plato, dividía en
pequeñas porciones con su cuchillo la miga de su pedazo de pan. Mientras duraba
esta operación su mirada era vaga, imprecisa, estaba ausente de su momentáneo
quehacer. Seguramente pensaría y sacaría consecuencias de la experiencia
histórica que hacía pocos minutos acababa de relatarnos. Al concluir la comida
recogía en la palma de su mano -una mano negra, pequeña, peluda- aquellas
miguitas blancas, que casi fosforescían en contraste con el color de su piel,
se acercaba a la pecerita verde e iba dejándolas caer, una a una, con cruel
parsimonia, procurando que los dos acuáticos prisioneros se repartiesen su
porción equitativamente. Yo me acercaba entonces a la pecera y Martina, a mi
lado, abría sus ojos en redondo como los peces al deglutir su alimento
cotidiano. Era el espectáculo del día. A excepción de doña Gregoria, todos
participábamos de él. Hasta Fany y Estefanía, una vieja señora, medio parienta
y medio criada, que tuteaba a
13
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
todos los de la casa. Fany también abría mucho sus
dos ojos redondos al caer la miga de pan en la pecera, aunque me terno que su
atención estuviese patrocinada más por la envidia que por la curiosidad. Cuando
esta sencilla operación concluía, nos retirábamos todos en silencio, porque
doña Gregoria dormitaba ya en una butaca de la sala isabelina después de
acariciar la iniciación de su sueño con las notas finas y pegadizas que
escapaban de la misteriosa cajita de encima del velador. Todas las tardes oía lo
mismo y no se cansaba. Hasta llegué a sospechar que si el sonido de la caja de
música hubiese dado un día una nota cambiada, doña Gregoria ya no hubiese
podido conciliar el sueño.
El señor Lesmes y Martina sesteaban tumbados en sus
camas. De Estefanía sé que, teóricamente, presumía de no dormir la siesta,
aunque una tarde que me llegué a la cocina para sacar punta a un lapicero, la
hallé cabeceando, sentada en un taburete, y recostada, lo mismo que Fany, sobre
la tibia superficie del fogón. (Pensé que, aparte del nombre, ya existía entre
ella y la perra otro punto de contacto.) No le dije nada de aquel
descubrimiento, temeroso de herir su. orgullo de mujer que se jactaba de no dormir
después de las comidas. La dejé, sin despertarla, aunque intencionadamente
«olvidé» las virutas de mi lapicero a su lado para que supiera al despertar que
alguien, inopinadamente, la sorprendió en su siestecilla de tapada.
Don Mateo tenía otras manías además de las dichas.
(Siempre he dado importancia a las manías, porque estimo que ellas son las que
definen un carácter.) El señor Lesmes creía que los conocimientos de sus
alumnos eran más amplios de lo que en realidad eran. Usaba una especie de
estribillo que adhería a su conversación sin pensar si venía o no a cuento.
Así, siempre que se hablaba sobre algo, me colocaba en la encrucijada de tener
que dar la solución. «Eso lo sabes tú», me decía con una ansiedad tal, que a
mí, aunque en verdad lo supiera, se me trababa la lengua y no acertaba con la
respuesta. Esto le irritaba un poco, aunque él, con su dominio habitual de sí
mismo, procuraba no se transparentase su irritación. A este propósito no
olvidaré una noche en que doña Gregoria cerró la cuenta de los gastos
domésticos realizados durante el mes. A punto fijo no sé a cuántos reales
ascendían sus dispendios; lo que sé perfectamente es que al preguntar a su
marido qué media representaban aquellos gastos, éste desplazó sobre mi cabeza
la cuestión: «Eso lo sabes tú», afirmó con su acostumbrada seguridad, dándome
el lápiz que asomaba siempre por el bolsillo superior de su chaqueta. Me cogió
tan de sorpresa aquel problema que, a pesar de saber perfectamente que daría
con la solución dividiendo los reales por los días del mes, me quedé parado
esperando su ayuda. Él intentó hacerlo, pero, como siempre que se pone mayor
calor que de ordinario en hacernos comprender alguna cosa, mi cabeza se llenó
de sangre y ya no fue capaz de discurrir con clarividencia. Terminó por hacerla
él, mirándome luego con un brillo de censura en sus ojos. Una oportuna trastada
de Fany empezó por distraer la atención de todos. Doña Gregoria se ocupó
después de la ímproba tarea de limpiar a Martina los mocos acumulados en las
dos roderas a lo largo de las últimas veinticuatro horas y ya, a Dios gracias,
nadie volvió a preocuparse de la media de gastos de mi celosa patrona.
En los siete años que duró mi vida en el seno de
aquella familia no volví a ver a don Mateo ahogado en tanta preocupación como
la que le agobió en las tres semanas que duró una grave enfermedad de Martina.
Discurría por la casa pálido, desencajado, virtualmente aplastado por la losa
de su pesimismo. Hasta en las clases, de ordinario tan puntual y avaro de
tiempo, el señor Lesmes se transformó por completo. Se desdecía y contradecía
en sus explicaciones con gran frecuencia, demostrándonos con ello que su espíritu
no se balanceaba en aquellos días sobre el campo de la ciencia, sino que iba
más lejos, hasta las laderas yertas donde la muerte se cobija, para rogarle que
no madrugase tanto en hurtar aquella vida apenas iniciada.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Transcurridas dos semanas, la enfermedad hizo
crisis y no tardamos mucho en volver a ver a Martina correteando por la casa,
con sus dos velas permanentes colgadas de su nariz. Todos agradecimos aquel
retorno a la vida de la niña, y doña Gregoria, mujer muy piadosa, encargó un
triduo de misas en acción de gracias, a las que sólo faltaron Fany y los
pececitos de la pecera verde. Los días de convalecencia fueron poco menos que
festivos, y lo digo porque doña Gregoria no aguardaba a la noche para soltar su
lengua. Parecía que también ella había recibido una inyección de vida, tal era
su locuacidad y la alegría que escapaba de sus ojos. Eso sí, su busto, enjuto y
pobre de ordinario, se hundió un poquitín más, como si sus costillas hubieran
cedido unos milímetros a la loca pretensión de la muerte. Su locuacidad fue
efímera. Duró lo que la alegría en la casa del pobre. Se diría que su verborrea
se desató porque en estos días doña Gregoria durmió danzando por la casa. Eran
muchas las noches pasadas junto a la cama de la enferma y el desquite fue ése:
una somnolencia que la acompañaba a todas partes y que le hacía pronunciar unos
discursos que ella, en su estado normal, hubiese guardado para sus sueños de
por las noches.
Pero doña Gregoria era además un ama de casa
excepcional. Si exceptuamos su mutismo hermético, que únicamente se rompía
cuando había de pedir o criticar algo, la esposa de mi maestro apenas si tenía
tacha. Físicamente no merecía un suspiro; moralmente era una mujer completa:
ordenada, hacendosa, limpia, piadosa y madrugadora. Diariamente se las veía con
la cocina, y sus quehaceres domésticos en ella eran tan historiados, que
empalmaba, sin interrupción, unos con otros: el desayuno, la comida y la cena.
Rara vez se la veía fuera de casa si no era para
sus visitas a la iglesia o sus compras matutinas en el mercado. Tenía pocas
amigas y casi diría que ninguna, a no ser porque la enfermedad de Martina me
demostró que, aunque superficiales, contaba al menos con tres: doña Marcela,
doña Eduvigis y doña Leonor, la vecina del piso de arriba. Desde luego eran
pocas pero, así y todo, sus espaciadas visitas no le hacían ninguna gracia a mi
reconcentrada anfitriona.
A veces la sorprendí poniendo a sus amistades en
trance de despedida.
-Bueno -solía decir levantándose-, entonces
quedamos en eso; no se me olvidará. Y muchas gracias, Marcela, por tu visita.
A Marcela no le quedaba otra salida que buscar
apresuradamente la puerta de la calle después de dar dos apretados y sonoros
besos en las lacias mejillas de doña Gregoria.
Doña Gregoria, como un eco sincero y fiel de su
marido; era también una mujer tristona. Lo que no sé es si lo era de natural o
por reflejo. Podría ocurrir que tanto don Mateo como su mujer lo fuesen por
naturaleza, y precisamente ello hubiese constituido el punto de atracción que
acabara por llevarlos al altar. Tampoco era difícil que el pesimismo innato en
alguno de ellos se hubiese transferido a su consorte en virtud de la todavía no
expuesta teoría de los «caracteres comunicantes». Teoría que tenía su perfecta
aplicación en un matrimonio sólidamente avenido, como era el de mis
anfitriones, aunque ambos se empeñasen en disimularlo.
Martina era una mocosa de tres años como tantas
otras. Parlanchina en grado sumo, como si adivinase ya que desde su pubertad
tendría que empezar a medir las palabras. Me visitaba con frecuencia en mi
habitación, generalmente para darme envidia con alguna golosina o anunciarme
alguna novedad importante para la familia.
Una tarde me comunicó la próxima llegada de «otro
nene». No tenía la menor noticia de ello, pero cuando don Mateo me lo confirmó
sentí una gran alegría en el corazón. Venía, como yo, a comenzar el
bachillerato y compartiría conmigo la habitación «áspera y práctica» que me
fuera asignada el primer día. Al acostarme
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
aquella noche no pude dormir de la alegría que
bullía en mi interior. Experimentaba la necesidad de una presencia joven que
compartiera conmigo aquella existencia monótona y fría. Los días siguientes no
alenté más que para preparar la bienvenida al nuevo visitante.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
III
Como Martina me anunciara, dos días después llegó
por la tarde un nuevo niño acompañado de una señora vestida elegantemente. Los
recibió don Mateo en la misma sala isabelina que utilizase para recibirnos a mi
tío y a mí. Por la puerta entreabierta pude ver que ocupaban hasta los mismos
asientos que ocupáramos nosotros tres meses antes. Para mayor coincidencia creo
que la conversación giraba también sobre el mismo asunto: enseñanza, carreras y
honorarios. Desde la butaquita de mimbre del cuarto de los peces donde me senté
escuchaba a ratos la conversación que tenía lugar en la sala.
La última parte, la de los honorarios, alcanzó
íntegra mis oídos, tal vez porque el señor Lesmes puso en sus palabras una
elocuencia desusada en él. Me pareció entender que la madre de aquel muchacho
abonaría mil reales mensuales por la enseñanza y manutención de «su pequeño». A
mi tío le exigieron solamente ochocientos y, después de muchas vueltas a la
cabeza, terminé por justificar aquella desigualdad pensando que el recién
ingresado tendría cara de tener más apetito que yo.
Cuando los visitantes se levantaron y la puerta de
la sala quedó abierta de par en par pude contemplar a mi sabor el aspecto de
los recién llegados. La mujer era alta, espigada y muy joven al parecer. Su
rostro era bello, y hablaba con una dulzura y suavidad tan grandes que sus
palabras me hacían el efecto de que eran pájaros multicolores con el pico de
oro, que salían danzando por la habitación en cuanto ella abría la boca. El
muchacho era rubio, muy rubio, casi albino, y con un gesto de cansancio en la
mirada que infundía compasión. Sin embargo, existía una atracción indefinible
en su figurita frágil y pálida que animaba a ponerlo sobre el piano como si
fuese una estatuilla de porcelana. Estuvieron allí parados unos minutos y
después oí cómo la señora pedía que le enseñasen nuestra habitación. Los tres
se adelantaron hacia el fondo del pasillo y oí abrir la puerta de mi cuarto. No
pude escuchar los comentarios sobre él, pero a la noche, cuando nos
acostábamos, vi que unas colchas de vivos colores cubrían nuestras camas y un
tapete chillón, en el que predominaba el rojo, estaba extendido encima de la
camilla. Aquella novedad me hizo pensar que de haber sido mi tutor y aquella
señora quienes tuviesen que vivir con don Mateo, éste y su mujer les hubiesen
atendido con mayor celo que el que ponían en servirnos a nosotros.
Mientras la señora, don Mateo y el chico se
mantuvieron lejos de mi observación, me lancé a la ventana para ver nevar. La
noche estaba obscura y los copos descendían lentamente, como si cada uno
utilizara en su descenso un invisible paracaídas; luego se posaban sobre la
plaza o sobre los añosos álamos con una lenidad de caricia y alguno, más
alborotador, volvía a levantar su vuelo, arrastrado por el viento, para tornar
a posarse unos metros más allá. La plazuela estaba desierta, blanca y
silenciosa. La luz mortecina de un farolillo sumía en un claroscuro relevante
las extrañas figuras medievales de la oquedad del caseretón de enfrente. De
pronto, observé, al pie de un álamo próximo, la obscura silueta de un hombre,
con las solapas del abrigo levantadas sobre el cuello y un sombrero metido
hasta los ojos. Estaba yo en la edad de los ladrones y de los fantasmas y
aquella súbita aparición, negra e inmóvil, me sobrecogió. Indudablemente, aquel
hombre esperaba a alguien, pues, de vez en cuando, pataleaba en el suelo con
impaciencia y se sacudía los copos de nieve que catan sobre su abrigo. Le vi de
pronto ponerse en movimiento. Avanzó sobre mi ventana y antes de que me diera
tiempo a reaccionar estaba frente a mí, separado por
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
una leve frontera de cristales, y haciéndome señas
atropelladamente con las manos. Me quedé boquiabierto. No entendía las muecas
de aquel ser extraño que tenía un copete blanco de nieve en las alas del
sombrero. Él pareció percatarse a última hora de que yo era un desconocido y se
alejó otra vez, pisando la nieve con marcada impaciencia y riéndose de mí
terror. Le vi cobijarse bajo el farol de la esquina como si quisiese templar su
cuerpo aterido con sus agudos haces de luz. No pude continuar vigilándole; a
mis espaldas sonaban los acentos musicales de la voz de la visita y las
respuestas inmediatas de mi maestro. Volví a sentarme en la butaca de mimbre y
vi pasar al grupo por la puerta entreabierta. Se detuvieron ante la de salida a
la calle. Escuché la zalamera despedida de don Mateo y casi seguidos los
sonoros estampidos de dos besos centelleantes. Luego un hondo suspiro y varios
contenidos sollozos, la puerta que se abre y se cierra y los taconazos firmes
de una mujer airosa al descender los cuatro peldaños que la separaban del
portal. Me incliné disimuladamente sobre el alféizar de la ventana y vi cómo la
mujer salía presurosa a la calle y el hombre que se cobijaba bajo el farol
corría hacia ella que le aguardaba. Él la tomó del brazo y observé que al hacerlo
sonreía con la expresión de un hombre que ha alcanzado la integridad de una
ilusión. Desaparecieron después tras una esquina, muy juntos, mientras los
copos de nieve atusaban livianamente sus siluetas obscuras.
Al volverme, don Mateo estaba junto a mí y me
increpó con acento airado:
-¿Qué miras, Pedro?
Me quedé perplejo. Contesté que miraba cómo caía la
nieve y la belleza excepcional de la ciudad muerta. Respondióme algo así como
,que la curiosidad es mala consejera de la infancia, y al advertir mi expresión
de inocencia, sonrió perdonándome. Al poco rato me dijo que fuese a ver al
nuevo ingresado.
-Conviene que os llevéis como buenos hermanos -me
anunció-; él ahora está triste y tú debes consolarlo.
Al dirigirme a mi habitación pensaba qué de
particular tendría el que un hombre esperase a una mujer a la puerta de la
calle y en que yo sorprendiese su encuentro desde la atalaya de mi ventana.
Encontré a mi compañero deshecho en llanto. Se
había volcado sobre una de las camas y con la almohada pretendía ahogar la
intensidad de sus suspiros. Me aproximé a él, tendiéndole una mano para
volverlo hacia mí. Su respuesta me paralizó.
-¡Déjame -gritó-, no quiero ver a nadie!
Retiré mi mano y me senté en la cama de enfrente.
Ignoraba de qué medios podría valerme para meter en razón a aquel muchacho
rebelde. No me contestó cuando le pregunté su nombre y me dio cuatro voces al
intentar contarle algo de las «maravillas» de la vida en casa de don Mateo.
Estimé más eficiente no hacerle caso y, sin nuevas tentativas, me aproximé a la
camilla y me puse a dibujar de memoria un paisaje nevado, hollado por las
roderas de un carro arrastrado por una mula. Así transcurrieron varios minutos.
A la media hora los sollozos de mi compañero perdieron su profundidad.
Comprendí que los continuaba hipócritamente para evitarme la suposición de que
su dolor había hecho crisis. Le molestaba, indudablemente, que yo calificase de
versátiles e inconstantes sus sentimientos. Pero este cambio me animó y
proseguí abstrayéndome, en apariencia, con mi dibujo, de todo lo que me
rodeaba. Pasó otra media hora. Mi vecino se cansó de suspirar y le oí
incorporarse a mis espaldas. No hice el menor caso. De vez en cuando él
simulaba un sollozo cargado de aflicción. Seguidamente adiviné su mirada puesta
en mi dibujo por encima de mi hombro. Ya estaba todo hecho. Aún aguanté en
silencio varios minutos, hasta que él dio señales de vida rozándome
intencionadamente la espalda con sus dedos. Entonces volví la cabeza:
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-¡Hola! -le dije indiferente.
-¡Hola! -respondió-. ¿Sabes dibujar?
-Un poco; sólo un poco.
-¡Ah...!
Rió él:
-Ese burro parece un perro.
-Es una mula -aclaré.
Doña Gregoria asomó en este momento su rostro seco
por el hueco de la puerta anunciándonos la cena. Me levanté:
-Vamos; ya verás qué bien lo vamos a pasar.
Sonrió con melancolía. Yo añadí:
-¿Cómo te llamas? Yo me llano Pedro.
-Yo Alfredo.
Volvió a sonreír. Cuando penetramos en el cuarto de
los peces, don Mateo y la niña estaban ya sentados a la mesa. Martina miró con
ojos curiosos a Alfredo, y éste con amargo gesto de resignación a Martina.
Alfredo se sentó entre la niña y yo. Doña Gregoria apareció de improviso con
una sopera humeante entre las manos, y la colocó en el centro de la mesa. Se
sentó y comenzó a servirnos. Martina concluyó pronto y al acabar se repitió la
escena de mi llegada. Empuñó la cuchara usada y, una vez perdido el respeto al
pelo albino de Alfredo, empezó a golpearle el brazo con ella, al tiempo que
repetía con cansada insistencia «nene, nene, nene».
Don Mateo, después de carraspear, inició la
investigación de los conocimientos del recién llegado. Todo, todo fue
exactamente igual que lo fuera conmigo meses antes.
-¿Sabes leer, Alfredo? -le dijo.
-Sí, señor.
-¿Sabes escribir?
-Sí, señor.
-¿Sabes sumar?
-Sí, señor.
-¿Sabes restar?
-Sí, señor.
-¿Sabes multiplicar?
-Sí, señor.
-¿Sabes dividir?
-Sí, señor.
-¿Conoces la potenciación?
Algo, señor.
(Esto me avergonzó mucho. Me arrepentí de haber
contestado en su día un «no, señor» tan rotundo.)
-¿Y la radicación? -prosiguió el maestro.
-No, señor.
-¿Nada?
-En absoluto, señor.
19
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Pero ¿nada, nada...?
El señor Lesmes quedó satisfecho, una vez más, de
su procedimiento inquisitivo. Guardó silencio, rumiando sus conclusiones
mientras su mano negra y peluda se ocupaba activamente en migar un pedazo de
pan. Doña Gregoria, una vez concluida la cena, levantó la mesa rápidamente y
marchó a la cocina a ayudar a Estefanía. Don Mateo se levantó también al poco
tiempo y nos envió a la cama, no sin antes deleitarnos con la breve comida de
sus dos huéspedes acuáticos.
Al retirarnos Alfredo y yo escuchamos un leve
ladrido. Alfredo me detuvo:
-¿Qué es eso? -me preguntó con curiosidad.
-¡Oh! ¿No conoces a Fany? -le dije-. Es lo mejor de
la familia.
Cambiamos la dirección de nuestros pasos y
entreabrí la puerta de la cocina. Fany salió disparada como una flecha y
después de brincar sobre mí con un dinamismo circense se detuvo observando a mi
compañero.
-¡Ah! No le conoces, ¿verdad Fany? Es un amigo mío
y pronto lo será también tuyo.
Alfredo se inclinó y atusó suavemente el lomo de la
perrita. Ésta saltó sobre él poniéndole sus dos patas delanteras en el
estómago. Sonrió Alfredo mientras tornaba a acariciarla. Entonces comencé a
darme cuenta de que el círculo de nuestra naciente amistad se cerraba en Fany,
la perrita ratonera de nuestro maestro. Las aficiones de Alfredo y las mías
coincidían en ella y allí se solidarizaban. Me asusté al escuchar las voces
airadas de Estefanía llamando al animal. Entreabrí de nuevo la puerta de la cocina
y Fany se coló de rondón agitando el rabo en señal de despedida.
La pálida melancolía del rostro de Alfredo se animó
con esta aparición.
-¿Vive aquí este perro? -me preguntó.
-SI, vive aquí, pero es perra.
-Es lo mismo. Pero es de don Mateo, ¿verdad?
-Sí, sí; es de don Mateo.
No dijo nada más hasta que nos vimos en nuestra
habitación. Allí, en tanto nos desnudábamos, fui advirtiéndole de las rarezas
de aquella casa. Le puse en guardia sobre las posibles peroratas nocturnas de
Martina y doña Gregoria para que no se asustase.
Me dijo que no le importaba porque él no solía
despertarse hasta por la mañana.
Alfredo ocupaba la cama de junto a la ventana y al
apagar la luz me dijo con voz opaca:
-Sigue nevando.
Entonces rememoré toda la escena que contemplara
entre la nieve aquella misma tarde. El hombre agazapado junto al farol
esperando a la señora que acompañaba a Alfredo; las muecas ridículas que me
hizo aquél al verme asomado a la ventana, confundiéndome, evidentemente, con
alguien. La salida de la señora y la sonrisa de satisfacción íntegra de aquel
hombre al tomarla del brazo.
La curiosidad terminó por vencer mi prudencia.
-¿Quién te trajo aquí, Alfredo? -musité al cabo de
unos minutos, con un hilo de voz.
Alfredo tardó en contestar.
-Era mi madre -dijo al fin-; esa señora que vino
conmigo era mi madre.
Me hizo el efecto que volvía a suspirar y que su
suspiro tenía un deje de añoranza.
-Es muy guapa, ¿verdad? -añadió al cabo de un rato.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Sí, es muy guapa... -Y, acordándome repentinamente
de su voz, continuó--: ...
Además tiene una voz muy bonita.
Alfredo hizo una nueva pausa en la obscuridad.
Luego dijo:
-Mi padre decía que al hablar parecía que cantaba.
Las palabras de mi compañero llegaban hasta mi
lecho sofocantes y cálidas. Más que palabras parecía su voz el aliento de una
hoguera. Hablaba con unción, con admiración, con orgullo. Al decir «madre» o
«padre» se le llenaba la boca de complacencia.
-Es curioso -añadí recordando mi sensación de la
tarde-, también a mí me pareció que sus palabras eran como pájaros con el pico
de oro.
Le sentí reír ahogadamente en un impulso de íntima
satisfacción. Seguidamente, como buscando un inmediato parangón, dijo:
-¿Tú tienes madre?
-No, no la tengo.
Debió de interesarle mi orfandad porque oí crujir
las sábanas como si su cuerpo buscara una postura más cómoda para escuchar.
Pero yo no añadí nada. Al contrario, apunté la conversación hacia lo que a mí
me interesaba. Lo hice con tiento, con miedo, como si a pesar de mis pocos años
ya tuviese una sensación inconsciente de que pisaba terreno prohibido.
-Y el señor que esperaba a la puerta, ¿era tu
padre?
Su voz tomó un tinte sombrío.
-¡No esperaba nadie a la puerta! -dijo cortante.
-Yo lo vi -insistí-; era un hombre con abrigo
obscuro que se agazapaba junto a un farol para librarse de la nieve. Me hizo
gestos cuando le miraba por la ventana..
-¿Que te hizo gestos a ti...? -se traicionó.
-Sí, ¿quién era?
Su voz volvió a desfallecer. Pero en su aspecto
mortecino había una especie de filo brillante y amenazador; un margen de espera
para hacer más efectista su imaginada venganza.
-No me hagas hablar de él -gimió-. Me acaloraría y
no podría dormir en toda la noche. Es el culpable de que yo esté aquí, ¿sabes?
Siempre viví tranquilo con mi madre hasta que llegó él. Llegó mirándome con
desprecio como si tuviese autoridad sobre mí. Un día me rebelé, pero mi
madre...
Guardó silencio como si el eco de la habitación le
hubiese advertido y censurado su franca locuacidad. Hubo una pausa cargada de
ansiedades inexpresadas. Su voz llegó de nuevo hasta mí, excitada y vibrante.
-¡No me hagas hablar de él! ¡Te lo suplico!
Se lamentó su cama bajo el peso de su inquietud.
Chirriaron los muelles, que parecieron amansarse al escuchar el suave roce de
las mantas contra su cuerpo. Después volvió el silencio.
-Voy a rezar -dijo de pronto-. ¿Tú no rezas?
-Sí, sí rezo...
Callamos de nuevo. Yo agradecí a Dios esta
inesperada posibilidad de confidencia. Sentía una cierta protección al imaginar
la quieta presencia de aquella criatura pálida y sumisa en la cama de al lado.
Súbitamente se oyó un grito.
-¿Quién es? -preguntó atemorizado.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Es la niña Martina; no te asustes.
-¿Grita todas las noches así?
-Muchas veces; ella y doña Gregoria son sonámbulas;
hablan dormidas.
-¿Quieres que nos durmamos nosotros? -apuntó en su
deseo de olvidarse de todo.
-Sí, vamos a dormirnos; debe de ser ya muy tarde.
Hasta mañana...
-Adiós...
Le oí volverse en la cama. Luego todo quedó tenso
en la noche. Casi se oía el volar estremecido de los copos de nieve en su
constante indecisión entre el cielo y la tierra.
22
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
IV
Los días de Navidad trajeron un deseado paréntesis
a nuestros estudios. Yo no abandoné la casa de don Mateo y Alfredo se limitó a
comer dos días en compañía de su madre.
Nuestra amistad, en cortas semanas, se había
anudado sólidamente. Apenas podía concebir yo cómo había soportado el peso de
aquella casa sin la presencia viva de Alfredo. Ahora todo era distinto: las
cosas tenían sus contornos, su voz, su latido, que compulsábamos y saboreábamos
los dos juntos. La confianza prolongaba nuestras vidas en aquella espontánea
disección nocturna de nuestras ideas, nuestros sentimientos y los variados
hechos de cada día.
Las dos semanas de vacación trajeron una nueva luz
a mi alma. Nunca había vivido una Navidad por dentro, matizada por el color y
el sabor palpitante de cada jornada y cada hora. En esta ocasión se me abrió
una perspectiva nueva, ignota y caliente. Doña Gregoria montó, sobre un
tinglado, un belén reducido, poblado de figuritas policromas e inmóviles para
recreo de Martina. Con el corazón en suspenso, Martina, Alfredo y yo fuimos
viendo cómo aquel pequeño mundo abigarrado nacía a la vida, crecía y se multiplicaba.
Entre matojos de musgo, verdosas cordilleras nevadas de harina, el señor Lesmes
puso una nota de vitalidad colocando los dos pececitos rojos de la pecera en el
seno de un lago artificial. Martina palmoteó de júbilo en su infantil
inconsciencia al ver que aquel juguete cobraba vida y movimiento, sin
importarle un ápice que los pescadores que merodeaban en la orilla fuesen de
tamaños más pequeños que los peces que trataban de pescar. A Alfredo y a mí
esto nos desilusionó un poco. Sólo a fuerza de imaginación logramos taponar la
brecha de nuestro desencanto, dando a los ingenuos pececitos rojos de la pecera
la categoría suprema de ballenatos encerrados en un lago. Aprobada esta ficción
volvimos a poner nuestros cinco sentidos en el belén. Siendo los peces
ballenatos, aquello tenía ya un aire admisible de verosimilitud.
Frente al belén pasamos los mejores ratos de
nuestras vacaciones. Martina solía subirse en una silla. y con aparatosa
lentitud nos preguntaba por la condición de cada grupo, de cada figura, de cada
miembro...
-¿Quién es ése?
La atracción fantástica del portal, desmoronado v
humilde, se ejercía tensa sobre la niña, que no daba pábulo a su inquietud.
-¡Dios!
-¡Dios! -repetía Martina la palabra abrumada de
omnipotencia. No comprendía cómo aquel Gran Señor de que su madre le hablaba
podía encerrarse en una pella de barro rosado.
-¿Y por qué está ahí?
-Por ti... y por mí... y por todos...
-¿Y por mi papá y por mi mamá?
-También.
-¿Y por el tío Cosme?
-También.
-¿Y por el abuelo?
23
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-También.
-¿Y por...?
Teníamos que interrumpirla para que no se
extendiese en la enumeración de todos sus conocidos. Pero la niña, entonces,
comenzaba a desarrollar el hilo de su curiosidad por otro cabo.
-¿Y por qué a ese pastor le falta un brazo?
-Se cayó en un abismo y se le rompió...
-¿Y por qué?
-Estaba persiguiendo a una oveja que se le había
perdido y se extravió en la noche...
-¿Y por qué?
-Porque la noche estaba muy obscura.
-¿Y por qué?
-Porque no había luna. Las nubes la tapaban y no la
dejaban respirar...
Desde su silla, Martina nos dirigía la mirada de
incomprensión de sus dos ojos redondos. Suspiró hondo para evitar ser asfixiada
como la Luna. Seguramente ignoraba la niña lo que era la Luna, el abismo y la
obscuridad. No obstante, seguía inquiriendo, inquiriendo, porque a nuestras
palabras, anudadas unas a otras, les daba ella algún sentido aislado y
fantástico que nosotros no alcanzábamos a comprender. Sin duda su infantil
imaginación tejía en torno a aquellas figuritas y a nuestras confusas explicaciones
alguna leyenda maravillosa que la embriagaba, haciéndola temblar de gozo.
Doña Gregoria nos sacó varias tardes a ver
Nacimientos. Las calles estaban cubiertas de una capa de nieve helada y la
ventisca azotaba las esquinas con frenesí de látigo. En las calles abiertas se
afilaban los punzones del frío hasta hacernos saltar lágrimas. Apenas se veta
gente fuera de las casas. Todo estaba envuelto en una fría palidez que hacía
más estrecha nuestra unión en torno a doña Gregoria. Martina caminaba
torpemente, agarrada de la mano de su madre, enroscada la bufanda del señor
Lesmes alrededor de su boca y sus narices; Alfredo y yo aprovechábamos
cualquier descuido de nuestra acompañante para hacer equilibrios de patinadores
sobre la nieve dura y reluciente.
En aquellos paseos navideños, persiguiendo nuevos
perfiles y expresiones en las figuritas de arcilla que poblaban los infinitos
Nacimientos, aprendimos Alfredo y yo a conocer el sabor agridulce de una leal y
sincera amistad de infancia. Doña Gregoria, en estos momentos, constituía un
mundo aparte, silencioso y frío, como el clima que oprimía la ciudad. Sentí
entonces frecuentemente el escalofrío que produce la confidencia al caer en un
pecho abierto a la intimidad. Alfredo me correspondía, si cabe, con mayor
efusión. Sus palabras siempre alegres parecían nuevas al salir de sus labios.
Él no entendía muchas de las cosas que le rodeaban. Las personas eran un
imponente misterio que se había resignado a no conocer. Adoraba a su madre con
un instinto casi animal, pero por ello más expresivo y encantador. A veces me
hablaba de ella con tal entusiasmo que me hacía palpar con unos dedos internos,
invisibles, el trágico bajorrelieve de mi orfandad desprovista de recuerdos.
Sólo a su lado empecé a percatarme del sentido trágico de una gran rama
separada de su tronco, de una vida desgajada de su origen mismo. Cuando
Alfredo, caminando por sus pasos naturales, abocaba a la actual situación, se
interrumpía juntando sus cejas blancas en una línea vertical. De aquel hombre
extraño apenas si sabía dar la razón de su maldad. Le envolvía uno de esos
impenetrables misterios que tan frecuentemente enturbiaban la mirada de Alfredo
al contemplar a los hombres. Instintivamente sabía de su
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
perversidad. Había quebrado su dicha de un solo
golpe y ello era suficiente. Pero ¿por qué su madre no comprendía tan
diáfanamente como él el grado de perversión de aquel hombre? ¿Por qué intentó
repetidamente hacérselo ver como un amigo fiel, leal e incluso protector?
Alfredo no lo entendía; no podía entender cómo su madre, tan dulce, tan blanda,
tan parecida a él, se resignaba a vivir separada de su hijo por mucha que fuera
la coacción que aquel hombre ejerciese sobre su voluntad pusilánime y débil. Existía
un punto obscuro en este hecho a la ingenua observación de Alfredo: ¿cómo un
corazón podía inclinarse hacia otro corazón desconocido postergando un tercer
corazón merced al cual pudo, durante muchos años, alentar el primero? Alfredo,
con su pueril fantasía, no podía comprender esto. Desconocía, en absoluto, que
pudiera existir para el hombre un móvil más fuerte que el amor sin exigencias
carnales. Seguramente para Alfredo no existía aún la pasión turbia que, mal
contenida, todo lo avasalla. Ignorando esto, a Alfredo se le cerraba
absolutamente el camino lógico y razonado que le permitiera esclarecer este
hecho incomprensible.
Tampoco yo estaba en condiciones de adivinar qué
era lo que allí, en aquellas relaciones irregulares y sin fundamento aparente,
podía acontecer. No me explicaba, igualmente, que una relación sagrada,
vinculada con un lazo de sangre, pudiera ser anulada por una relación
caprichosa y sin eslabón visible que la justificase.
El día de Navidad se me aclararon, empero, algunas
cosas. Fue aquél uno de los dos días en que Alfredo salió a comer con su madre.
Yo ocupé la mañana en acompañar a doña Gregoria y a Martina a felicitar las
Pascuas a sus parientes. Antes fui el encargado de escribir la tarjeta de
felicitación y una fotografía que Martina dedicaba a su abuelo y a sus tíos.
Doña Gregoria pasó muchos días ocupada con el
retrato de la niña. Según creo, el pobre fotógrafo hubo de repetir varias veces
el ensayo hasta que mi patrona le concedió el visto bueno. Fríamente analizada,
aquella obra de arte no respondía a la realidad. Martina había salido
favorecida en el trasplante. Las anchas roderas que habitualmente señalaban el
camino de la nariz a la boca habían desaparecido y con ellas el sarpullido
desagradable que le quedaba cuando su madre anulaba las roderas con un oportuno
esponjazo. Además, a mi entender, Martina había sido colocada con tan poca
naturalidad, que, sin verla, se adivinaba a su alrededor la mano del artista
esforzándose en restar espontaneidad a la niña a fuerza de querer presentarla
en actitud sencilla y natural. (Estaba subida en una silla de rejilla abrazando
el respaldo con su brazo corto y regordete. Una capelina blanca, rematada, como
su vestido, por un encaje historiado y costoso, caía sobre sus hombros. Cubría
sus pies con unas botitas blancas, abotonadas a un lado y por cuyo borde
superior asomaban los calcetines de una blancura inmaculada. La silueta de la
niña se destacaba sobre un fondo gris que iba paulatinamente difuminándose
hasta llegar a convertirse en blanco.)
Doña Gregoria me dictó, con una media sonrisa, la
dedicatoria de la fotografía. Me indicó también el ángulo bajo derecho como el
lugar oportuno para estamparla. Me esmeré cuanto me fue posible para no
estropear la obra de arte, empleando una letra que reservaba para las grandes
ocasiones:
«Martinita -escribí- va a dar un beso a su abuelito
José y a sus tíos Cosme y Rosa.»
Por encima de la dedicatoria anoté la fecha: 24 de
diciembre de 190...
Y en la esquina superior derecha: «Martinita, 38
meses». Hecho esto tendí gozoso la fotografía a mi rígida anfitriona. Doña
Gregoria sonreía con la baba colgando mientras
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
leyó lo que ella acababa de dictarme. Y tan bien
debió de parecerle que, arrepentida sin duda de haber concluido tan pronto, me
volvió la fotografía para que añadiese bajo la dedicatoria: «... Y a todos un
abrazo». Luego me ordenó que la leyese toda entera, lectura que escuchó con la
voluptuosa delectación que pondría un novel al escuchar unas palabras de elogio
de un maestro consagrado.
A continuación nos ocupamos en escribir una tarjeta
alusiva a las fiestas que conmemorábamos. Se trataba de una pintura del portal
de Belén, interpretado a base de mezclar detonantes coloridos, entre los que
destacaban por su profusión el rosa y el azul purísimo. Doña Gregoria me dictó,
lo mismo que con la fotografía, el contenido del mensaje, terminando por firmar
Martina llevándole yo la mano. Todo acabó, como podía esperarse, de una manera
lamentable al dejar caer Martina sobre la tarjeta un estupendo borrón que nos
costó Dios y ayuda disimular. Concluidos todos los pormenores, Martina y yo,
conducidos por doña Gregoria, nos lanzamos a la calle.
El día era frío y aunque el sol se había asomado
durante unas horas, no pudo con la nieve ni el hielo que forraban la ciudad.
Salimos a la plaza de la Santa por la puerta del Alcázar. La plaza estaba
transformada en una gran pista de hielo. Los gorriones piaban desaforadamente
desde los aleros pidiendo algún alimento para no sucumbir en aquellas jornadas
blancas y heladas. En la esquina, la casa nueva descolgaba sobre la calle sus
miradores rebordeados también por un filo blanco de nieve. En el mirador del segundo
se apiñaban curiosas las señoritas de Regatillo, chillonas y retozonas como
otra bandada de gorriones. Al pie de los miradores un gomoso, con rizados
bigotes, bombín y el característico bastoncito de Java, rondaba a las beldades.
Doña Gregoria fulminó con una mirada terrible a las «descocadas» jóvenes.
-Día llegará -observó entre dientes- en que los
hombres tendrán que subirse a los árboles...
Seguimos avanzando calle abajo, precedidos por las
nubecillas de aliento que salían de nuestras bocas. Martina, medio a rastras de
la mano de su madre, exhibía por encima de la bufanda apretada contra su nariz
dos ojillos redondos y fulgurantes. Una vez en casa de su abuelo, la naricita y
la boca de la niña fueron liberadas de la mordaza. Brincó a los brazos del
abuelo y hubo un momento en que la perdí de vista oculta entre las barbas
pobladas sin medida del viejo.
-Felices Pascuas, papá.
Doña Gregoria y el viejo se abrazaron fríamente.
Apareció a poco la tía Rosa, larga, huesuda, anatómicamente exacta a mi
patrona. Cuando las bocas de las dos hermanas se unieron, expresando
recíprocamente los buenos deseos que la una sentía respecto a la otra, tomaron
una semejanza extraordinaria con esas varas unidas en el extremo superior que
se utilizan para sostener los emparrados. Luego la tía Rosa cogió en sus brazos
a Martina y la besó hasta diez veces con ferocidad (ella no tenía
descendencia), tanteándole seguidamente las partes más ocultas de su
cuerpecillo.
-Hermana -dijo de pronto-,esta niña sigue siendo de
la calidad del tordo: la cabecita pequeña y el culo gordo.
Sonrió doña Gregoria, complacida, agarrándose por
la fuerza de la costumbre las anchas faldas de su lindo vestido nuevo.. En
tanto, su hermana reanudaba sus manifestaciones afectuosas hacia la pequeña
sobrina. De repente, el viejo abrió una puerta y nos mandó pasar y sentarnos.
La habitación, amplia y cuidada, tenia dos balcones sobre la calle. Las
personas respetables se sentaron alrededor de una camilla, ocupando una butaca
y un sofá forrados de raso azul. Yo, un poco avergonzado en aquella reunión familiar
a la que no me ataba el menor lazo, me dejé caer sobre una silla alta, un poco
apartada, con las piernas balanceándose en el vacío.
26
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Entonces doña Gregoria abrió el bolsero sacando la
fotografía de Martina y la postal que yo escribiera unas horas antes.
-Martina os trae esto con motivo de la Navidad...
El abuelo debió de sonreír porque sus barbas se
estremecieron un poco. Sacó con parsimonia unos lentes pequeños, ovalados, con
montura de plata, y los acomodó sobre el caballete de su nariz. Martina miraba
hacer a su abuelo sin darse exacta cuenta de su participación en aquel acto.
Doña Gregoria tendió el sobre a su padre; yo me sofoqué pensando que mi
persona, inadvertida hasta este momento, iba a pasar ahora a primer plano.
Volvieron a estremecerse los pelos del abuelo. Sonreía. Doña Rosa miraba al vejete
con la boca abierta. Leyó el abuelo en alta voz el contenido de las cartulinas
y sus lentes temblaron de emoción. Doña Rosa hizo un rebujo a la pequeña
Martina, comiéndosela a besos.
Inopinadamente ocurrió lo que me temía.
-¡Qué bonita letra! ¿Quién ha escrito esto? --dijo
el abuelo. Al tiempo que hablaba, su barbilla puntiaguda me señalaba. Me
sofoqué. Abrió su sonrisa, complacida, doña Gregoria:
-Pedro, ha sido Pedro, uno de los mejores alumnos
de Mateo -haciendo converger las miradas sobre mí.
-Está muy bien, muchacho -de nuevo miró,
analizándolas una por una, las letras de la misiva-; muy bien, muy bien. Esto
te honra.
A doña Gregoria se la notaba impaciente; de súbito
dijo:
Anda, Pedro, asomaos al balcón Martina y tú a ver
si veis llegar al tío Cosme.
Adiviné que doña Gregoria deseaba añadir algo sobre
mi persona que no quería que yo oyese. Martina llegó a mi lado con sus pasos
menudos y vacilantes y me tendió la mano. La tomé y nos acercamos al balcón.
-Podéis mirar a través de los cristales; sin abrir,
que hace mucho frío. Tal vez desde el otro balcón lo veáis mejor...
Quería alejarnos algo más doña Gregoria. Todo su
interés se centraba ahora en poner distancia, cuanta más mejor, entre sus
labios y mis orejas. Martina y yo nos trasladamos al otro balcón. La niña pegó
su naricilla contra el cristal empañado. Sus manecitas se restregaron contra el
cristal consiguiendo un hueco transparente. Fingía yo abstraerme en la
desmañada actividad de Martina y en la llegada del tío Cosme (a quien no
conocía), mientras, en realidad, la inquietud de mis sentidos se concretaba
sobre la conversación que en voz muy baja se desarrollaba en derredor de la
camilla.
-Mira... nene... nene.
Apuntaba Martina los balcones de enfrente. Unos
niños nos hacían muecas desde allí.
-Sí, nene, nene. (Escuchaba. Algunas palabras perdidas llegaban hasta mí:
«huérfano de que os hablé...» «... con otro...»
«huérfano también...».)
-Otro nene, mira... otro nene.
-Sí, otro nene («... si lo tenemos con nosotros es sólo por un acto de
misericordia...»
«... la madre
vive de mala
manera con un
hombre...» « ...
comprenderéis»).
Se oyó el ruido de un coche que pasaba por la calle
y que eclipsó por completo el murmullo de la voz de doña Gregoria.
-¡Arre, caballo...!
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Se alejaba el carruaje. Poco a poco logré captar de
nuevo la onda de voz de mi patrona: («... mil reales» «... lo de menos...» «...
misericordia...»).
Retumbó la voz del viejo, mancillando el tono
confidencial de la conversación:
-¡Caramba, no tanta misericordia...!
-Chist...
Volvió el tono pausado, rumoroso, íntimo, como el
roce de la corriente de un río contra los sauces de la orilla. La voz de doña
Gregoria se afilaba al adivinar un resquicio por donde poder introducir la
palanca de la crítica... («comprenderéis que el hijo de una mujer así...» «...
enveredarlo, educarlo...»).
Llegó en aquel momento el tío Cosme, sin que ni
Martina ni yo cantáramos su presencia. Su llegada alteró el rumbo que había
tomado la reunión. Sin duda él no era apto para alternar en aquellas
conversaciones de alcance privado que tan sólo podían discutir los miembros de
una misma sangre.
Confieso que cuando se hizo la hora de marcharnos
me sentí liberado de una tirantez anormal y molesta. El abuelo refrendó la
solemnidad de la fiesta entregando a Martina una reluciente y minúscula moneda
de oro. Advertí un codazo de doña Rosa a su padre y, casi instantáneamente,
cómo éste se hurgaba en los bolsillos de su chaleco y extraía de él una moneda
de plata de dos reales que colocó en mi mano apretándola después, como
diciéndome que conservase y no dilapidase aquel tesoro que me concedía en premio
a mi caligrafía excepcional.
Ya en la calle volvimos a ser un trío helado que
luchaba con la distancia, un grupo que repasaba las calles, solamente por
necesidad. Continuaban en su mirador las señoritas de Regalillo, inquietas y
cacareantes. Habían entablado conversación con e1 gomoso que, a juzgar por las
estridentes carcajadas de las jóvenes, debía de ser un ingenio más que regular.
Los ojos de mi patrona despidieron rayos al fijarse en el mirador colgado. Se
sentía humillada, desprestigiada, en su sexo, en su amor propio, en su educación
esmerada de hembra hecha para estatua y no para pedestal.
Al llegar a casa estalló la ira de doña Gregoria,
mal contenida, golpeada en el lugar más vulnerable de su dignidad.
-Mateo, esas tiorras nos están avergonzando; están
introduciendo en la ciudad costumbres y hábitos que no son nuestros, que
atentan contra nuestra manera de ser, contra nuestra dignidad, contra nuestro
pudor e, incluso, contra nuestra reputación...
Su caja torácica se inflaba y desinflaba a breves
intervalos; se estremecía su anatomía, sin carnes, con ruidos de huesos rotos.
El marido escuchaba lánguido, la mirada perdida por el suelo y el mechón de su
pelo rebelde poniéndole una cresta en la cabeza.
-No sé de quién me estás hablando.
-¿De quién se pueden decir las cosas que yo he
dicho?
-¿De las Regatillo?
-De las Regatillo, claro.
-Esas acabarán robando a la ciudad la poca
substancia incontaminada que aún le queda...
Seguía la acerba crítica cuando me encerré en mi
cuarto. Voces atipladas, desacostumbradas en aquella casa, me alcanzaban sin
que yo me preocupara de localizar su sentido. Para mí aquella ofensiva oral
contra las al parecer simpáticas señoritas de Regatillo no tenía la más mínima
importancia. Sólo una cosa me
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
preocupaba entonces: la vaga sensación de que
Alfredo era un huérfano en un grado aún más bajo que yo, con la orfandad más
deplorable y sensible que la mía, en cuanto que la suya no era la muerte quien
la dictaba. Desbrozaba la conversación oída en casa del abuelo de Martina,
tratando de concretarla en su punto fundamental, definitivo. Su madre vivía «de
mala manera» con un hombre. Esto es lo que había dicho doña Gregoria al
referirse a la madre de Alfredo. No lo entendía bien, aunque el instinto ya me indicaba
qué podía haber de malo en las relaciones entre un hombre y una mujer.
Me encontraba acodado en la ventana mirando la
plaza desierta y tiritando de frío. La casona de enfrente se me imponía con
cada una de sus piedras amarillas, vigorizadas por un pulso de siglos. La
hornacina rellenaba en parte su concavidad con el relieve de los cuatro
guerreros, dos vencedores y dos vencidos. Me fijé en ellos con más detenimiento
que de costumbre. Don Mateo solía referirse a ellos cuando afirmaba «que fueron
más serios y mejores que nosotros». Los vencedores, a caballo, pregonaban con sus
largas trompetas el triunfo; los vencidos se humillaban de rodillas, cargando
con el peso de la derrota. Allí estaban, inmortalizados en piedra. Recordé a la
madre de mi amigo, a las señoritas de Regalillo, a mi propia anfitriona... Sí,
decididamente, ellos fueron más serios y mejores que nosotros... Tenía razón el
señor Lesmes. Cuando menos, más serios; bastante más serios que nosotros...
29
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
V
Nada dije a Alfredo de mi descubrimiento del día de
Navidad. Lo contrario hubiese equivalido a poner las cosas peor de lo que
estaban, ya que hay cosas que se soportan mejor en la penumbra que perfiladas
en toda su ingrata sinceridad. A Alfredo le cabía aún la duda que afectaba no
sólo a la relación de su madre con «el hombre», sino a toda posible relación
irregular, en abstracto, entre cualquier hombre y cualquier mujer. Dejé por
ello correr los días sin dejarme ganar por la vanidad de partir con mi amigo un
descubrimiento que le tocaba tan de cerca.
Por otra parte, las conversaciones sobre nuestras
familias iban espaciándose cada vez más, sin que ni nosotros mismos nos
percatáramos de que era nuestra propia vida, la vida que vivíamos, la que
desplazaba de nuestras mentes la idea de toda otra preocupación. Tampoco su
madre, ni mi tío, aparentaban, por otra parte, ningún interés en evitar este
apagamiento de nuestra admiración y cariño hacia ellos. Vivían su vida con
absoluta independencia. Ambos faltaban de Ávila, casi sin interrupción, desde
nuestros respectivos internamientos en casa de don Mateo. La madre de Alfredo
no pasó por allí pasadas las Navidades, y mi tío, aparte una relampagueante
visita en el mes de marzo, apenas si volvió a acordarse de que, a retaguardia
de sus ocupaciones y devaneos, quedaba un sobrino y pupilo a quien, siquiera
por ley, tenía la obligación de controlar y educar. Alfredo recibía cartas con
relativa frecuencia; yo, tan de tarde en tarde, que terminé por perder el poco
gusto con que antes recibiese la correspondencia de mi tío, y, algunas veces,
dejé transcurrir varias semanas sin abrir, ni picarme la tentación de hacerlo
siquiera, las cartas que mi tío pergeñaba en Barcelona.
Fruto lógico de esta tibieza hacia ellos fue el
fomento de la amistad recíproca que nos unía a Alfredo y a mí. De mi parte,
puedo afirmar que experimentaba casi de una manera física el acercamiento
creciente de nuestros espíritus. El día que, por cualquier circunstancia, nos
fallaba alguno de los habituales ratos de expansión confidencial, me parecía
que me obligaban a cargar con un lastre insoportable que impedía el ascenso
normal del globo de mi optimismo pueril. Estábamos ya hechos como la mano y el guante,
para encontrar uno en el otro la forma y, el otro en el uno, el calor.
La vida proseguía monótona en casa de don Mateo.
Nada se alteró con la aparición de la primavera, el mismo plan de estudios, las
mismas comidas vacías y, casi siempre -excepto cuando doña Gregoria tenía que
pedir o criticar algo-, silenciosas, idénticos alaridos nocturnos y las mismas
fugas de nuestras almas hacia Fany o los pececitos rojos de la pecera verde,
que continuaban, también, alimentándose de la caridad espectacular de nuestro
maestro.
Se alteró un tanto el curso de las cosas con los
éxitos de Alfredo y mío en nuestra primera prueba intelectual. El hecho de
salir airosos en los exámenes puso en fiesta aquella casa tan apagada y
uniforme de ordinario. Por segunda vez en el curso -el día primero de año fue
la otra- doña Gregoria nos hizo vestir de gala para asistir al banquete
conmemorativo. (A punto fijo no puedo decir que aquellas comidas, a las que
todos asistíamos emperifollados, tuvieran otra finalidad que dar ocasión a doña
Gregoria para acabar de gastar un traje negro de cuerpo corto, ajustado a la
cintura y que, ocasionalmente, le brindaba la oportunidad de lucir un pecho
opulento de matrona, falseado por sabe Dios qué secretos procedimientos.
Alfredo y yo nos pusimos nuestros trajes de marinero, luciendo, por el escote,
los petos rayados de azul
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
y blanco que nos daban cierta apariencia de
animales exóticos. Enfundamos nuestras piernas en unas medias negras altas y
cubrimos los pies con unas botas de charol abotonadas hasta arriba y a un lado.
El señor Lesmes se compuso y acicaló su persona con mayor celo que de
costumbre, aunque el traje con que se presentó a la mesa era el mismo que usaba
diariamente. Martina, a quien estos festejos jamás pillaban de sorpresa, se
presentó ante nosotros embutida en el trajecito blanco de la capelina que le
sirviese para la fotografía y hediendo profundamente al perfume de violeta que
doña Gregoria solía derramar sobre su pechuga en los acontecimientos
trascendentales.
Corrió la alegría en aquella cena como en ninguna
otra ocasión. Para don Mateo nuestros aprobados tenían, si cabe, mayor
importancia que para nosotros. En la prueba se ventilaba sencillamente el ser o
no ser de él y del resto de su distinguida familia. El hecho de salir airosos
trascendía a la ciudad, pequeña y comentadora, en provecho de su academia y de
su eficiencia pedagógica.
Don Mateo llegó a los postres con un visible júbilo
bailándole en el rostro. No trataba de disimularlo; estaba satisfecho y su
contento irradiaba de él como la luz y el calor del sol, naturalmente. Brindó
con champaña por nuestro futuro, añadiendo que sería apacible si no
ambicionábamos demasiado. «Siempre es más fácil perder que ganar -terminó-, y
por eso conviene quedarse en poco.» Le aplaudimos y cuando se sentó se puso a
migar el pan de los peces en su palma tersa y morena. Cortó, además, un pedazo de
pastel de hojaldre, estimando que nuestros amigos acuáticos también tenían
derecho a festejar esta solemnidad familiar. Después, doña Gregoria hubo de
sujetarlo. Trataba de cambiar el agua de la pecera por vino blanco, alegando
que también los peces debían disfrutar de este privilegio excepcional. Poco más
tarde, nuestra patrona se lo llevó a la cama mientras Martina miraba extrañada
a su padre en quien, seguramente, sorprendía una alegre vitalidad
desacostumbrada. Así concluyó el día en que conmemoramos nuestro primer éxito
estudiantil. Por primera vez Alfredo y yo tuvimos la alegría de compartir un
acontecimiento que entonces juzgábamos trascendental para nuestras vidas. Como
rúbrica de aquel día feliz nos dimos un abrazo entrañable en el que cabía tanto
la liberación de nueve meses de acción como la perspectiva de la jornada
estival que se abría ante nosotros sedante, reconfortadora y fácil.
31
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
VI
Uno de los mejores recuerdos que guardo de mi vida
es el de aquel primer verano de estudiante en Ávila, alentado por la fragancia
de una reciente y cordial amistad y olvidado en absoluto de los estudios que me
alicortaron en los nueve meses precedentes. Ávila renacía bajo la cálida
caricia de mayo; sus torres, apuntadas de sol, modificaban por completo el
aspecto general de la ciudad. (Diríase que se trataba de un muerto resucitado,
dispuesto a vivir la nueva vida en la integridad que absurdamente había desperdiciado
antes.) Las piedras amarillentas de sus vetustos edificios parecían reaccionar
alegremente al contacto de la brisa templada que a oleadas descendía de la
Sierra. La gente abandonaba sus conchas y se apiñaba bajo el sol, avariciosa de
sus rayos, ansiosa de captar su cálido resuello en toda su intensidad, a
conciencia de que más tarde habría de faltarle y añoraría estos días
transparentes en que la ciudad se ofrecía desnuda, despojada de su manto de
nieve.
Nuestra vida en esta época tampoco se caracterizó
por la variedad. Alfredo y yo nos movíamos coaccionados por los actos ya
vividos. Hallábamos en esta conducta iterativa un encanto superior al hecho de
disfrutar lo no frecuente, lo extraordinario, lo excepcional, a no ser que
esto, por su carácter relevante y atractivo, nos animase a dejar con gusto la
distracción cotidiana.
Apenas desayunados solíamos dejar la casa de don
Mateo. Fany nos acompañaba en nuestras excursiones mañaneras que rara vez
variaban en su itinerario. Nos agradaba salir al paseo del Rastro cuando el sol
comenzaba a dorar el verdeante valle de Amblés. Por el paseo, bordeando la
muralla, llegábamos hasta los marjales del Adaja, donde gustábamos de matar las
horas hasta que se hacia el momento de comer.
La irradiación que a aquellas horas se desprendía
de la naturaleza tonificaba nuestros espíritus para el resto del día. El paseo
del Rastro se empinaba como un balcón sobre el valle. Arrimados a la verja,
Alfredo, Fany y yo, llenábamos nuestros ojos de la plenitud del día. Frente a
la muralla se levantaban, escamoteadas por la bruma, las estribaciones rocosas
y azuladas de la sierra, como otra ciudad amurallada que desafiase a la nuestra
a singular combate. En sus crestas aún se agarraba la nieve con una apariencia,
poco airosa, de ropa blanca tendida a solear. A nuestros pies, unos metros más
abajo de nosotros, se diseminaban los edificios y conventos hasta llegar al
campo cultivado de cereales y legumbres, partido en multitud de trozos de
distintos verdes, brotando, ubérrimo, de la madre tierra.
Descendíamos luego alegremente siguiendo la
pendiente del Rastro, atraídos ya por el cauce del Adaja. Los vencejos volaban
a miles, chirriantes y negros, por encima de nuestras cabezas. En su vuelo,
vertiginoso e irreflexivo, se lanzaban contra las almenas de la muralla para
salir después despedidos en dirección contraria como pelotas rebotadas en un
frontón, Al final de la muralla, descolgándonos por las rampas de la izquierda,
llegábamos a las márgenes del Adaja. El río venía decrecido por la fuerza del estío.
Su caudal se estilizaba por momentos, como una persona atacada de tisis
galopante. Las aguas, al retirarse, dejaban al descubierto el terreno pantanoso
y grisáceo del marjal. `Indas las mañanas había allí alguien acarreando tierra
que luego utilizaría para fines que me eran completamente desconocidos.
Ya en la ribera del río se intensificaba la
diversión. (Hay algo en el agua y en el fuego que atrae singularmente la
atención de los niños.) El mero hecho de contemplar
32
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
cómo el volumen del agua se deslizaba entre las dos
orillas ya suponía para nosotros algo tentador y digno de admirarse. Fany, a
nuestro lado, ladraba al agua, a las ranas que se zambullían estrepitosas en
las charcas que la retirada de las aguas había dejado aisladas, a las hojas de
los árboles que arrastraba la corriente... Fany, en esos instantes, agradecía
el privilegio de vivir. Parecía estar empapada de la dificultad que encierra la
aparición de un ser vivo sobre el mundo. No ignoraba que si su padre se hubiese
relacionado con otra perra diferente de su madre, ella no estaría ahora allí,
ladrando a las ranas, a la corriente, a las hojas verdes que flotaban sobre el
río...
Conocía al parecer toda la gama de dificultades y
azares a que obedece la presencia sobre la tierra de todo ser vivo. En su mismo
bisabuelo podría haberse quebrado la cadena cuyo último eslabón era ahora ella
y no otro. Tal vez por todo esto Fany exteriorizaba el júbilo de vivir,
pregonándolo en sus ladridos agudos y sin fundamento.
Nosotros solíamos aprovechar el encendido
entusiasmo de Fany para arrojarle pequeños palitos al centro del río. La perra
dudaba siempre al principio. Vacilaba, con las dos patas delanteras sumergidas
en el agua, ladrando a más no poder. En último extremo se decidía y nadaba
hacia el palito con la rapidez que le permitía su poco eficaz estilo perruno.
Nosotros acostumbrábamos a tumbarnos entre los
juncos, charlando de las cosas que nos afectaban. Como era natural, la casa en
cuyo seno nos movíamos ocupaba frecuentemente nuestras preferencias. Me
interesaba a mí sobremanera el concepto que a Alfredo merecían las personas o
las cosas que yo también conocía. Alfredo era observador, aunque pocas veces
encontraba justificación a los detalles y acontecimientos que observaba
diariamente. Para él todo eran hechos positivos, sin causas ni efectos.
A menudo pretendía que le desarrollase algún punto
concreto tocado por nuestro maestro en los momentos en que solía pensar
pronunciando, en voz alta, su pensamiento. Cierto día inquirió de mí la razón
por la que el señor Lesmes creía «más serios y mejores que nosotros» a los
pétreos monigotes de la hornacina. Me las vi y me las deseé para aclararle unas
ideas que yo entendía, aunque no las supiese expresar. Le expliqué que don
Mateo con esto sólo pretendía enfrentar dos edades, dos conceptos de vida, dos
civilizaciones. Él entendía que el hombre de cinco o diez siglos antes vivía
más en la realidad que el actual. Se afanaba en levantar murallas, conventos o
catedrales, porque tenía un concepto más serio de la vida: conservar la
existencia, para llegar a Dios. Nuestro maestro condenaba la frivolidad del
hombre moderno, el cual se dice hijo de Dios pero cifra toda su ilusión en
disfrutar la existencia terrena. En consecuencia, el hombre actual se limitaba
a conservar los monumentos del antiguo y únicamente levantaba teatros, cafés y
otros lugares de esparcimiento con una raíz exclusivamente material.
Alfredo me escuchaba con los ojos cerrados, como si
velándose la contemplación del cielo le fuera más sencillo asimilar mi
discurso. En cierta ocasión en que machacábamos sobre el mismo tema me dijo:
-Don Mateo parece hijo de las piedras de Ávila.
No le respondí, pero en sus palabras vi encerrada
una perfecta definición, una idea alambicada y concisa, de lo que era la
psicología del señor Lesmes.
Nuestra conversación era interrumpida diariamente
por la llegada de otros compañeros. Habíamos establecido una amistad relativa
con otros muchachos de nuestra edad. Nos reuníamos a veces hasta ocho o diez,
aunque no siempre fuéramos los mismos. Con su llegada la diversión tomaba otro
carácter. Nos descalzábamos y vadeábamos el río entre gritos y frecuentes
chapuzones. Algunos días pescábamos hasta media docena de pececitos que
asábamos en una hoguera, participando luego
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
todos del sobrio festín. La jornada concluía
llegándonos hasta el puente para admirar, desde lejos, la profusión de luces y
el sordo murmullo que escapaba de la fábrica de harinas. (Aquella fábrica
ejercía sobre todos un inexplicable poder de sugestión. Nuestras imaginaciones
forjaban a su costa las más insensatas figuraciones, por más que no existiera
motivo para ello fuera de aquellas bombillas brillantes en pleno día y del
misterioso rumor que brotaba de sus entrañas.) Desde allí nos lanzábamos en tropel
a la «conquista» de la ciudad. Nos considerábamos un ejército medieval
galopando sobre ágiles corceles, cuya única meta estribaba en asaltar la
muralla y «despojar al enemigo» de su fortaleza. Al llegar ante los muros, cada
cual con su vara a guisa de espada o lanza, nos deteníamos. Alguien arengaba
con voz vibrante a «los ejércitos»; después comenzábamos a trepar por las
piedras que, espontáneamente, sirvieran de cimiento a la muralla.
-¡Al ataque!
Nos desperdigábamos todos al escuchar esta voz. En
cada pecho alentaba una ilusión realista de hacer nuestra la fortaleza, de
rebasar sus sólidas defensas. Disparábamos los arcabuces imaginarios contra los
enemigos, igualmente fantásticos, que asomaban las cabezas entre los vanos de
las almenas. Los gritos de victoria se confundían con los lamentos de los
«heridos» y los penetrantes ladridos de Fany asustada. Poco tardábamos en
conquistar la plaza. Tal vez un cuarto de hora, tal vez menos. Inevitablemente
la fortaleza terminaba por caer en nuestras manos. Luego desfilábamos por las
calles de la ciudad, con el gesto adusto y fiero, persuadidos íntimamente de la
verdad de «nuestro heroísmo». Al entrar en casa, doña Gregoria nos saludaba
siempre con la misma pregunta:
-¿Dónde habéis estado?
La respuesta era unánime:
-En el Rastro.
La patrona se sentía satisfecha. Quizá si supiese
de nuestras excursiones a los marjales, de los vadeos del Adaja o de las
simbólicas conquistas de la ciudad, no nos pondría tan buena cara. Mas ella
tenia una fe ciega en nuestra palabra. Si le asegurábamos que veníamos del
Rastro, en el Rastro habíamos estado y no había más que hablar.
Los viernes de todas las semanas alterábamos
nuestro programa usual con motivo del mercado de ganado que se celebraba fuera
de la muralla, en su ángulo noroeste. La animación de tales días en la ciudad
se nos contagiaba a todos. Gustábamos de acudir allí a saborear las mil
incidencias a que el acontecimiento daba lugar. Los serranos bajaban hasta la
muralla con sus listadas alforjas al hombro, precedidos por sus rebaños de
carneros vigilados por experimentados marotos. Había allí rebaños de vacas, de
yeguas, de marranos negros. Aquí y allá se alzaba la voz de algún quincallero
voceando sus bagatelas. Entremezclados con la muchedumbre, multitud de lisiados
pregonaban sus muñones o sus desperfectos físicos, como si se tratase de otra
mercancía, para llamar a la caridad a los asistentes. Los gitanos, muy
abundantes, hacían gala de su habilidad logrando mantener tiesa sobre sus
cuatro patas a la res en tanto cerraban el trato con sus compradores...
Pero lo que más nos atraía a nosotros de aquel
enjambre inquieto, aureolado de una polvareda espesa y maloliente, eran los
narradores de crímenes. De entre todos, la Bruna disfrutaba de nuestras
preferencias, ya que, al interés avasallador de sus relatos unía el mérito de
recitarlos cantando y acompañada por las notas agrias y desafinadas de la
guitarra de su marido ciego. La Bruna era una mujer muy popular. Siempre tenía
en torno suyo una multitud ávida y curiosa que coreaba con profundos lamentos
el dramatismo aterrador de sus canciones. Se le atribuía a la Bruna una
34
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
fecundidad asombrosa. Habla quien afirmaba que la
Bruna había llenado de hijos las cunetas de todas las carreteras de España.
Nunca le preocupaba el momento. Traía el hijo por sus propios medios allí donde
la sorprendía el trance. La criatura, con el cordón umbilical colgando, era
adoptada siempre en el pueblo más próximo al lugar del parto. De esta sencilla
manera la Bruna no había perdido aún su libertad, y su voz cascada podía seguir
sonando por los ámbitos del mundo entero. A más de esto, la Bruna tenía buen
cuidado de variar de repertorio, con el fin de que sus incondicionales
continuasen prestándole el calor de su ferviente apoyo. Jamás se presentó en
público un viernes sin que una copla nueva figurase en su extenso repertorio.
Tengo para mí que la voz de la Bruna tenía mucha influencia en el decrecimiento
que se apreciaba aquel año en las compraventas de los mercados de los viernes.
La gente se movía inquieta entre las bestias hasta que las notas de la Bruna
comenzaban a congregar público a su alrededor.
Aquellos marinos,
que unas
horasantes, bravos
y arrogantes,
La tragedia del Reina Regente cobraba en la
expresión desgarradora de la Bruna unas proporciones inconmensurables.
Brillaban los ojos del público y un estremecimiento recorría, uno tras otro, a
toda la multitud allí apiñada. Mas la emoción de los oyentes se centuplicaba
cuando el relato recaía sobre alguna criatura tierna y desgraciada. Sobre todo
uno que hablaba del secuestro de un niño inocente por su madrastra. A Alfredo
era ésta, también, la copla que más le llenaba, tal vez por estimar su realidad
vital muy semejante a la de aquel muchachito maltratado.
(La madrastra, atizada por sus instintos
criminales,- concebía, incluso, la siniestra idea de encerrar al niño en un
arca. Su existencia allí, mísera e incómoda, adquiría una fuerza sobrecogedora
cuando al muchacho le llegaba la hora de cumplir una función fisiológica):
Cuándo se han visto
tantas maldades...
Un bote le ponían
«pa» que hiciese sus...
necesidades...
La multitud hipaba, sollozaba, se encogía, se
estremecía y la Bruna, inmutable, proseguía, proseguía su copla desoladora. A
veces otorgaba la Bruna el privilegio de elegir las coplas al público
limosnero. Bastaba con arrojar sobre la gorra casposa del marido ciego una
moneda de dos céntimos acompañada de la solicitud oral.
-¡Bruna! El Renegado de Valladolid.
Y la Bruna interpretaba, a satisfacción de todos,
El Renegado de Valladolid.
Previendo esta oportunidad Alfredo se acompañaba
todos los viernes de varias moneditas de dos céntimos. En la primera ocasión
arrojaba una sobre la mugrienta gorra del ciego, al tiempo que voceaba:
-Bruna, El niño secuestrado en un arca.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Y la Bruna recomenzaba su canción, cada vez con más
sentimiento, más dolorida de aquella acción criminal de una madre
desnaturalizada.
Casi siempre que nos deteníamos para escuchar a la
Bruna -invariablemente todos los viernes- demorábamos, sin darnos cuenta, el
regreso a casa. Doña Gregoria nos reñía sin palabras, censurándonos con los
ojos, privándonos, tácitamente, de la salida del día siguiente.
La noche de un viernes, de uno de aquellos viernes
en que la Bruna repitiera hasta seis veces la copla del niño secuestrado, ante
la petición onerosa y reiterada de Alfredo, éste, ya en la cama, me dijo:
-¿No crees que de mi vida podría cantarse también
una copla?
Me reí ahogadamente.
-Tú no estás en un arca.
-Pero a mi manera yo también estoy secuestrado.
Me reí sin ganas, tratando de restar importancia a
sus palabras.
-La gente se aburriría con tu copla.
-No lo creas; la Bruna sabría cargar las tintas
sobre «él». Es un malvado.
Suspiró profundamente y añadió:
-Yo no sé qué hay en esa copla del arca que me veo
en ella.
Me volví a reír, cada vez más forzadamente. No dijo
más. Le oí acomodarse en la cama de al lado. Me dormí con la sensación de que
Alfredo, con los ojos muy abiertos, proseguía dando vueltas en su cabeza a la
posibilidad de que la Bruna sacase una copla melodramática a su existencia.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
VII
Encauzado el verano por unas veredas tan uniformes
se nos fue como una ilusión, cuando casi no habíamos empezado a saborearlo. Me
acordé de mayo y de cómo había pensado entonces que las vacaciones estivales
eran una cosa a la que apenas si se les veía el fin. Transcurridas ya, empecé a
darme cuenta de que nada hay largo en la vida por muy largo que quiera ser.
Había vaciado un año de mi existencia desde el día que mi tío me llevara a casa
de don Mateo a bordo de una carretela descubierta. De entonces acá me quedaba
la huella de unos cuantos días, muy pocos, que destacaban sobre la uniformidad
de los demás con características peculiares. Opiné, para mis adentros, que si
la vida normal se componía de otras sesenta unidades como ésta, tenían mucha
razón los que afirmaban que la existencia era un soplo, el transcurso fugaz de
un instante, una realidad que sólo daba tiempo para meditar que, aun
pareciéndonos mentira, ya habíamos vivido la vida que nos correspondía.
Con el nuevo curso surgieron algunas novedades en
las costumbres de aquella casa. Seguramente la más interesante fue la que
adquirió el señor Lesmes de sacarnos las tardes de los domingos a dar un paseo
largo. Doña Gregoria rara vez nos acompañaba. La dejábamos en casa leyendo La
Ilustración, escuchando las notas de su caja de música, o preparando la pasta
de las croquetas para la cena.
Uno de los paseos de que conservo clara memoria fue
el que dimos el día de Todos los Santos hasta Cuatro Postes. Ocurrió en él algo
fuera de todo hábito: Don Mateo se nos volvió del revés con una sinceridad
desconcertante.
Recuerdo que iniciamos la excursión descendiendo
por la calle de Vallespín hacia la puerta del Oeste. Al pasar frente a la
puerta principal de la Casa de los Polentinos, nuestro maestro se detuvo,
apuntando a la fachada con la contera de su bastón. (Tenía un aire deslucido y
lánguido envuelto en su traje negro, asiendo con su mano izquierda la mano de
Martina y apuntando, con el bastón en la diestra, la vieja mansión.) Como si
fuese un cicerone de alquiler nos relató con pelos y señales la evolución de aquel
palacio. Al cabo de diez minutos concluyó por decirnos que de la casa en
cuestión no supervivía más que la portada y un retazo de la fachada principal.
-Lo otro -terminó- fue recientemente destruido. -Se
volvió a mí, que le escuchaba cansado, y me dijo perentoriamente-: Tú sabes
cuándo fue destruido.
No lo sabía; no intenté adivinarlo tampoco, porque
había mil posibilidades de errar en un plazo de diez siglos. Por ello creí
preferible, y no muy desacertado, contestar ambiguamente que en la Edad
Moderna.
No se molestó por mi respuesta; se contentó con
dirigirse a Alfredo, demandando lo que no había obtenido de mí.
-Eso lo sabes tú.
Tampoco lo sabía Alfredo, quien, siguiendo mi
ejemplo, manifestó, titubeando, que en la Edad Contemporánea. Don Mateo dio un
respingo:
-Eso es como no decir nada.
Nos callamos los dos.
-La mansión de los Polentinos fue destruida durante
la Guerra de la Independencia, que fue... (me señaló a mí).
-... En 1808.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Seguimos andando calle Vallespín abajo. Sentía yo
en los pies, a través de las suelas agujereadas de mis zapatos, las guijas del
suelo. La inclinación de la calle nos conducía, sin quererlo, casi corriendo.
Martina chupeteaba un caramelo y el polvo del camino se pegaba en los límites
pringosos de su pequeña boca. Al salir de la muralla nos sorprendió el zumbido
trepidante de la fábrica de harinas. Nos miramos Alfredo y yo, y ambos
desviamos después las miradas hacia las lucecitas que brillaban allí, en las ventanas,
entre correas sin fin y mecanismos atrayentes y desconocidos. Pasamos el puente
y ya en la carretera de Salamanca nos desviamos a la derecha. Teníamos Cuatro
Postes al alcance de la mano. Ascendimos el promontorio y don Mateo se sentó en
el pedestal de la cruz. Nosotros lo hicimos a su alrededor.
-Mirad -nos dijo de repente señalando frente a él.
La ciudad amurallada, quieta en aquella tarde de
noviembre, ofrecía desde allí un aspecto sugestivo y misterioso. Caía por sus
extremos como si estuviese colocada a horcajadas de alguna gigantesca
cabalgadura. La catedral y otros edificios altos se empinaban, destacando sobre
las casas vecinas, lo mismo que los días excepcionales del año transcurrido
resaltaban en mi memoria sobre la uniformidad gris de los demás. Don Mateo
contempló la ciudad durante un gran rato; luego, mirándonos a los tres, dijo:
-En este punto alcanzaron a Santa Teresa cuando
huía con su hermano a tierra de moros.
Los ojos de Martina, redondos y claros, estaban
clavados en la liviana humanidad de su padre.
-¿Y por qué?
-Escapaba para sufrir martirio por Dios.
-¿Y por qué?
-Porque era muy buena; una santa; una gran santa...
(En este instante comencé a presentir que Ávila no
era una ciudad como las demás. Tenía sus raíces clavadas en la historia, a
diferencia de otras. La historia la vigorizaba en su secuela moderna, le
proporcionaba su substancia vital, la coloreaba de un matiz especial, con la
verde e impresionante pátina del tiempo...).
Merendamos después. Había algo en la luz aquel día
que rimaba perfectamente con el ambiente de la ciudad. Quizá todos lo notábamos
inconscientemente. Y de aquí nuestro silencio; un silencio que parecía
desusado, blanco, poroso.
-El día que yo tenga dinero no viviré aquí.
Don Mateo miró a Alfredo como si de sus labios
hubiera salido una blasfemia.
Alfredo no se dio por aludido.
-Esta ciudad es aburrida, se cae de vieja.
El señor Lesmes no apartaba su mirada de Alfredo.
-¿No te gusta Ávila?
(Instintivamente miré hacia delante. El promontorio
de Cuatro Postes se despeñaba a nuestros pies hasta alcanzar el río. junto a
éste se elevaban las copas aún verdes de susurrantes arboledas. Más allá, el
terreno se encaramaba otra vez hasta llegar a la muralla sólida y amarilla.
Encima y a los lados el silencio, un espeso silencio preservado por las nubes
grises inmóviles en el cielo.)
-No; no me gusta esta ciudad. Aquí sería lo mismo
tener dinero que no tenerlo. No hay lugar para gastarlo. Y sin gastar dinero no
se puede ser feliz...
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Sus palabras adquirían en aquel clima el valor
detonante de las amapolas en un campo. Se escapaban del ambiente, desentonaban
por su ambición de este clima sin apetencias.
-Hacen falta años para percatarse de que el no ser
desgraciado es ya lograr bastante felicidad en este mundo. La ambición sin tasa
hace a los hombres desdichados si no llegan a conseguir lo que desean. La
suprema quietud con poco se alcanza, meramente con lo imprescindible.
Tenía el señor Lesmes la cabeza ladeada, recostada
en uno de los brazos de la cruz de piedra. Una sonrisa de burla estremecía los
labios de Alfredo. Sentí su codo contra mi pierna, repetidamente, haciéndome
señas.
-Tal vez el secreto -añadió don Mateo- esté en
quedarse en poco: lograrlo todo no da la felicidad, porque al tener acompaña
siempre el temor de perderlo, que proporciona un desasosiego semejante al de no
poseer nada. Debemos vigilar nuestras conquistas terrenas tanto como a nosotros
mismos. Son, casi siempre, la causa de la infelicidad de los hombres.
Martina jugaba a mi lado con un montón de blancas
piedrecitas. El codo de Alfredo seguía incrustándose en mi muslo con leves
intervalos. Adiviné que pensaba en los mil reales que mensualmente retiraba del
banco don Mateo para atender al alimento de su cuerpo y de su inteligencia. La
insistencia machacona de mi amigo hacía gorgoritear la risa en mi garganta. Un
brillo triste iluminaba las pupilas del señor Lesmes conforme iba hablando.
-No es lo trismo perder que no llegar. Si os dan a
elegir, quedaos con lo último. El hombre acostumbrado a dos, si le dan tres
será feliz; si desciende a uno, apenas percibirá la diferencia. El habituado a
diez si baja a tres difícilmente sabrá acomodarse a esta férrea limitación; si
llega a veinte no por ello se incrementará su dicha, porque hay una raya en
que, rebasada, las conquistas no proporcionan utilidad.
Súbitamente me contemplé como un ser que empieza a
usar de la razón con lógica y clarividencia. Noté que mi cuerpo se destapaba
como una botella y se hacía receptor de toda clase de influencias externas.
Creo que, por primera vez, observé en un juicio humano la prodigiosa relación
de causalidad, la lógica de un discurso razonado y fundado hasta la
consecuencia extrema. Mas el codo de Alfredo contra mi muslo me hizo pensar
que, pese a todo, también podría sonreír; o reír francamente a carcajadas hasta
que el amargo pesimismo de nuestro maestro se deshiciese en la atmósfera como
el humo. Martina había conseguido ya un aparente montón de piedrecitas blancas,
y ahora lo admiraba con una especial reverencia. Fany hurgaba en unas basuras
próximas. La tarde iba cayendo. Vimos encenderse detrás de la muralla el primer
farol. Después surgieron otras muchas luces, verdosas, inciertas.
Me asusté al volver a escuchar la voz de don Mateo.
-Para el hombre de fe la dicha no es de este mundo.
Se acomoda a los malos medios ante la esperanza de un buen fin. Y quizás esta
esperanza le facilite mayor motivo de dicha que la que puede obtener aquel que
busca, sin saciarse, hasta la última gota de placer. No; la realidad de la vida
terrena no es para el creyente, pero tampoco para el vicioso. Para aquél la
vida es una esperanza y un hastío para éste. La vida terrena es del hombre
neutro; de quien no ha puesto la base de su felicidad en nada caduco, finito,
limitado, aunque tampoco en una vida ulterior; de quien ha hecho de la vida una
experiencia sin profundidad, altura, consistencia ni raíz...
Se detuvo un momento y prosiguió:
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Éste sería el ideal del cuerpo, el ideal del
hombre si todo fuese materia. Mas habiendo detrás un alma, merced a la cual el
cuerpo alienta, supone una aberración vivir sólo para el mundo.
Sonó un ladrido de Fany detrás de nosotros. De
reojo observé a Alfredo, cuya cara estaba iluminada por una media sonrisa de
escepticismo. Martina descendía a gatas del promontorio. Don Mateo la vio y se
levantó de un salto. Tomó en brazos a la tierna criatura y la besó en el
trasero manchado de tierra. Oí una voz junto a mí.
-Vaya sermón.
Alfredo apenas podía contener la risa. Al ponerme
de pie me obsequió con un tremendo pellizco en el brazo y un guiño expresivo.
Habló don Mateo:
-Creo que ya es hora de marchar.
El señor Lesmes retornaba, poco a poco, a su
habitual y reservado estado de ánimo. La transición fue tan paulatina que me
pasó casi inadvertida. Tomó el capacho con las sobras de la merienda y me lo
confió a mí. Luego, agarrando a Martina de la mano, inició el descenso de la
leve prominencia precedido por Fany, trotona e inquieta.
En el puente nos ocurrió un suceso lamentable. Un
carro cargado de naranjas pasó a gran velocidad junto a nosotros. Tan
rápidamente se nos echó encima que a punto estuvo don Mateo en dar la voltereta
por la acitara. El susto de Fany se transformó, pasado el primer instante, en
una ira incontenible que la impulsó a lanzarse en pos del caballo ladrándole
junto a los cascos. Hubo un momento en que la vi entre las ruedas. Don Mateo la
llamó, pero la perrita, obcecada, continuaba su estéril persecución.
-¡Fany!
El grito de Alfredo, interpolado de angustia, me
estremeció. La perra se detuvo un instante y miró atrás. Todo lo demás
aconteció en un segundo. La rueda del carro cargado aplastó una de sus pequeñas
patas contra la calzada. Fany aulló de dolor y quedó tendida en la carretera,
lamiéndose la pata lesionada mientras el carro se perdía en la obscuridad.
Corrimos todos hacia el animal, que se estremecía en el suelo. Martina, Alfredo
y yo llorábamos. Me conmovió aún más la aguda desesperación de la pequeña Martina.
Yo abracé al animal izándole con cariño. Su pálida mirada agradecida renovó mis
lágrimas que ya no me esforzaba en contener.
El trayecto hasta casa fue muy semejante a una
procesión fúnebre. Yo en medio, con la perrita apretada contra mi pecho,
rodeado de ojos empañados. Sólo don Mateo supo en esta ocasión imponerse a su
tristeza; pero la expresión de su mirada de aquella tarde, cuando nos hablaba
recostado en la cruz, había regresado a sus ojos. El timbre de sus palabras,
empero, era absolutamente normal.
-Fany quedará coja.
Se marchitó la última esperanza. En un principio
juzgué cruel al señor Lesmes, pero un instante después le perdoné, pensando que
era aún más cruel alentarnos con una esperanza infundada.
Aquí tenéis la demostración de lo que antes os
decía. (Aquilaté cuánto había cambiado el mundo en un minuto. Ahora Alfredo no
me presionaba con el codo, ni sonreía escépticamente. Y, sin embargo, el motivo
subsistía.) Si Fany hubiera nacido coja de dos patas hoy se sentiría feliz de
poder disponer de tres. Pero Fany hace poco utilizaba sus cuatro patas...
Dejó la frase en el aire, pero todos, excepto
Martina y seguramente la propia Fany, le comprendimos. Evidentemente había un
riesgo en la abundancia e incluso en la misma normalidad.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Aquella noche, cuando don Mateo se puso a migar la
cena de los peces, sus manos morenas y pequeñas se movieron más nerviosas que
de costumbre.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
VIII
Estoy seguro de que Alfredo, antes de dormirse
aquella noche, sólo pensó en Fany. (Lo habíamos preparado todo concienzudamente
para pernoctar. La perrita nos escrutaba con sus ojos melancólicos, haciendo el
cálculo correspondiente e inevitable de si, en medio de todo, no la
compensarían de tener una pata de menos, aquellas raciones extraordinarias, la
posibilidad de dormir en un jergón mullido -privilegio que no conociera desde
su arribada al mundo- y las miradas de conmiseración en que todos envolvíamos
su patita machacada e, incluso, todo su ser físico.) Para Alfredo el lamentable
acontecimiento del puente fue, sin duda, el suceso del día, el suceso que más
le impresionase desde su internamiento en casa de don Mateo. De los demás actos
de la tarde no le restaba ni el más liviano rescoldo; todo quedó enterrado tras
la aguda percepción física, y la correspondiente impacción espiritual del
atropello de Fany por una carreta. Probablemente ni se acordaría ya, tampoco,
de que no hacía cinco horas que se desternillaba de risa y de que su codo se
clavaba en mi muslo para subrayarme, irónico, todo lo que a mí pudiera pasarme
inadvertido. Nada de esto recordaba ya Alfredo. Únicamente la imagen de Fany
postrada, posiblemente dolorida, debió de ocupar un momento su cabeza antes de
dormirse. El resto, las demás sensaciones de aquella tarde quedaron atrás, tan
atrás en la historia de mi amigo, que de seguro no volvería a recordarlas hasta
que un día, vacío por dentro y por fuera, le asaltasen estas rememoraciones
que, en virtud de una sensación más realista y vigorosa, habían quedado
postergadas en su día.
Alfredo roncaba a mi lado. Roncaba a los cinco
minutos de tumbarse en la cama, olvidado de las horas efervescentes de la
tarde. Sus ronquidos sonaban en la habitación regularmente; se iniciaban
gruesos y guturales para terminar en un breve silbido, cada vez más agudo. Mi
imaginación, un poco acorchada, daba a sus ronquidos la forma de un cono con la
base en la boca de mi amigo y el vértice en cualquier ángulo obscuro del techo
de la habitación...
Por mi parte yo no podía dormirme. Para mí el
accidente de Fany no habla sido un hecho aislado de los demás acontecimientos
del día. Constituía un eslabón más en la sórdida cadena de causas y efectos que
se me había manifestado por primera vez aquella tarde; la consecuencia externa
del claro razonamiento de mi maestro. Entre las palabras de éste y el percance
del puente había más de causalidad que de casualidad; más de relación que de
azar. Adivinaba, detrás de todo ello, la mano de Dios mostrándome por señas lo
que la vida era y lo que de ella cabía esperar. Advertía diáfanamente que mi
cabeza abandonaba el cómodo sesteo de la inercia de doce años y penetraba en un
período de anómala actividad. Cesaba de moverme a impulsos, por instinto; el
cerebro se erigía en centro rector de cada uno de mis actos y voliciones.
Percibí, con toda claridad, el rompimiento del sello que hasta hoy había vedado
el funcionamiento normal de mi cabeza, envuelta y sin mancha como una cosa sin
estrenar. Ahora todo era distinto. Yo ya no sólo intuía, razonaba. Columbraba
para la vida un alcance diferente al limitado horizonte color de rosa que,
hasta este momento, limitara sus perspectivas. Por asociación de ideas, mi
pensamiento escapó hasta la fábrica de harinas del otro lado de la muralla.
Configuré mi cerebro de una manera semejante a aquel misterioso mecanismo, que
ejercía sobre nosotros un inaudito poder de sugestión, adaptándolo a las
proporciones de mi cráneo. Diminutas correas sin fin, engranajes minúsculos,
lucecitas de colores, señalando bajo mi cráneo la
42
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
repercusión de la actividad del mundo, enlazando
unos hechos con otros que quizás a primera vista no tenían ningún punto de
unión. Me encontraba a mí mismo como revestido de una capa de experiencia que
Alfredo, por ejemplo, aún no había llegado a adquirir. Empezaba aquella noche a
usar de la razón. Mi interior estaba de estreno, lo mismo que lo estaba mi
exterior en la jornada bulliciosa del Domingo de Ramos. Presentí que comenzaba
a hacerme hombre por dentro, hombre capaz de delimitar su consistencia espiritual
en un instante dado, de relacionar «su actualidad» con todos sus precedentes y
consecuentes, de dirimir la contienda íntima entre el bien y el mal, de tomar
decisiones por sí mismo... Y noté que quien me habla despertado era mi maestro
con sus bien centradas palabras sobre la felicidad. Mi cabeza ya podía
dilucidar entre la dicha y la desdicha. Sus circunvoluciones actuaban ahora
bajo el riego de una substancia que secretaba la razón. Analizaba el mundo y la
vida desde un ángulo diferente al utilizado durante los doce años anteriores.
Me sentía capaz de sopesar, ponderar y decidir; en una palabra, de valerme por
mí mismo.
Y todo ello lo debía a la fría exposición de don
Mateo. Había asimilado su lección en todas sus facetas, sus determinantes y sus
consecuencias Sus palabras se hablan volcado sobre mi ser, empapándole corno si
fuese una esponja. Casi me dolía la cabeza al iniciarse esta etapa discursiva.
Percibía yo claramente, debajo de los huesos de mi cráneo, el palpitar de la
vida, la puesta en marcha de la razón, la iniciación de una corriente poderosa
que me hacía sentirme otro distinto del que hasta ahora había sido.
Un grito angustiado del otro lado del tabique
detuvo el curso de mis cavilaciones. Martina debía de soñar con perritos
atropellados a cientos por conductores inexpertos y sin escrúpulos. Se contuvo
la respiración gutural de Alfredo para retornar poco después más simétrica, más
acompasada que antes. Pensé en la fuerza lógica de las aseveraciones del señor
Lesmes. La felicidad o la desdicha era una simple cuestión de elasticidad de
nuestra facultad de desasimiento. La vida transcurría en un equilibrio constante
entre el toma y el deja. Y lo difícil no era tomar, sino dejar, desasirnos de
las cosas que merecen nuestro aprecio. Aquí estribaban las posibilidades de
felicidad de cada humano: en que su facultad de desasimiento fuese más o menos
elástica, en que el hombre estuviese irás o menos aferrado a las cosas
materiales. Por ello tal vez el secreto básico estuviese contenido en el hecho
de no tomar nunca para no tener que dejar nada. Era un remedio negativo, de
renunciación, pero, con certeza, el adecuado a mi calidad humana, desprovista
de reservas y de capacidad de sacrificio. Lo cuestionable consistía en saber si
e1 hombre tiene alguna probabilidad de subsistir sin aprehender nada, desasido
de todo, desconectado de los seres y las cosas que le rodean; si el individuo
es capaz de desarrollar su individualidad propia y primitiva sin necesidad de
echar mano de recursos extraños a sí.
La cabeza empezaba a calentárseme restregada por el
decurso de los primeros razonamientos. Quise imaginarme a un grano de trigo
aislado de los demás granos, sin rozarse con ninguno, dentro de un saco; deseé
poder concebir un punto de arena en una playa sin conexión alguna con otros
puntos; quise aislar una molécula de agua en el seno de la mar, y no me fue
posible. La realidad se me imponía con las armas de la lógica. Nada puede
existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación o de mando.
Todo está incrustado en un orden preestablecido, sometido a leyes fatales o
voluntarias, pero que por sí hablan ya de una coordinación y un nexo al menos
relativos. Deseé imaginarme a un hombre autónomo, independiente de otros
hombres y de las cosas en un grado absoluto. Voló mi imaginación a un peñasco
solitario del mar mayor del universo. Allí situé a mi hombre imaginario. Le di
por oficio el de torrero del faro. Al momento se me impuso de nuevo,
implacable, la fuerza de la realidad. Ese hombre venía de algún plinto;
naturalmente, de otro hombre. El faro debería arder de noche para evitar el
naufragio de otros hombres. Sobre esto el
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
torrero había de atender a sus necesidades
ineludibles: comer, vestir, cultivar su espíritu. Ya estaba mi hombre
encadenado; sujeto a la ráfaga interminable de la dependencia, de la conexión,
de la fatal coordinación a otros hombres y a otras cosas. El hombre
absolutamente aislado era inconcebible. En ese equilibrio entre el toma y el
deja, no era solución posible el no tomar nada para no tener que dejar nada. La
encrucijada del desasimiento, en más o en menos, había de llegar forzosamente
para todos.
Suspendió el avance de mis razonamientos un aullido
lastimero. Agucé mis oídos pero no volvió a repetirse. Pensé si mi hiperestesia
no me estaría jugando alguna mala pasada. Alfredo esta vez no se inmutó.
Prosiguió roncando, proyectando sobre cualquier ángulo de la habitación el
vértice de sus conos. Insensiblemente las correítas sin fin y las lucecitas de
mi cerebro entraron nuevamente en actividad. En pequeño, exactamente igual que
en las entrañas de la fábrica cuando la contemplábamos desde el puente. Ahora
ya aquilataba, con un perfecto ritmo, el contenido de la vida. La imagen de
otro hombre bulló en mi cerebro nuevamente y sus rasgos físicos coincidían
cabalmente con los del torrero imaginario. Avanzaba por un camino estrecho y de
repente le vi agacharse y tomar de la linde derecha una flor. Era una
margarita; en su corazón amarillo cuatro letras decían «amor». Sonriente se la
puso en el ojal y siguió adelante. Poco más allá se inclinó otra vez sobre la
linde derecha y tomó otra flor: era una violeta. Otras cuatro letras se
combinaban formando en su seno la palabra «hijo». Aún tomó otras tres violetas
con la misma inscripción y después otras dos flores distintas en una de las
cuales se leía «aumento de categoría y sueldo» y «salud» en la otra. Ésta era
una amapola. Todas ellas las tomó el hombre con la sonrisa en los labios. De
repente se dio cuenta de que la amapola estaba lacia, caída, marchita.
Instantáneamente el hombre cesó de sonreír y arrojó la flor a la cuneta de la
izquierda. Me percaté que se iniciaba el capítulo de las renunciaciones, del
desasimiento. La margarita primero comenzó a perder poco a poco sus pétalos
blancos. Suspiró el hombre y la tire lejos de sí. Pero aún continuaba avanzando
camino adelante, con aspecto cansino y desmayado, pero apurando la colilla de
la vida. Aún hubo de desprenderse el hombre de una de las pequeñas violetas. Al
arrojarla el infeliz lloraba como un niño. Poco más lejos se tambaleó el hombre
y quedó tendido en el camino. De súbito las tres pequeñas violetas que amorosamente
guardaba en su mano se desasieron de su presión y se convirtieron, merced a
algún maravilloso prodigio, en tres muchachos de mi edad. Uno tras otro,
separados, tomaron el camino y siguieron adelante. Les vi agacharse más allá,
arrancando también flores de la linde derecha del camino. Se iban transformando
en hombres poco a poco. En plena metamorfosis ya observé que tenían que arrojar
a la cuneta de la izquierda algunas flores tomadas antes de la linde derecha...
Ahora sí que había sonado un aullido quejumbroso.
El recuerdo de Fany abortó las imágenes de mi fantasía. Volví a escuchar el
aullido lastimero. Era tan tenue que únicamente yo, que velaba, hubiese podido
oírle. Me incorporé de la cama y por tercera vez percibí el lamento. Introduje
mis pies en las zapatillas y avancé hacia la puerta tanteando en la obscuridad.
Abrí de un tirón para evitar despertar a Alfredo. Se rebulló éste y tosió;
aguardé a que sus ronquidos tomaran su regularidad normal. Luego me lancé a
tientas por el pasillo y di la luz de la cocina. Las cucarachas, deslumbradas
así inopinadamente, se quedaron quietas, aplastadas contra el suelo,
pretendiendo disimular su negra presencia. Luego echaron a correr en distintas
direcciones, escondiéndose en todos los resquicios. Me aproximé a Fany, que me
observaba con su mirada cariñosa y triste. Su tenue quejido se repetía cada vez
que se pasaba la lengua por la pata rota. La acaricié con una ternura que me
sorprendió a mí mismo. La luz parda de sus ojos se posaba en mí agradecida:
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Pobre Fany... Duele, ¿verdad? Mañana estarás
mejor.
La había cogido en mis brazos, y entonces advertí
que temblaba. No dudé más. Apagué la luz y con Fany en mis brazos me trasladé a
mi cuarto. Todos dormían. La acomodé como pude sobre mi lecho, cubriéndola con
la manta. Yo me eché junto a ella oprimiéndola contra mi pecho. Me di cuenta
entonces de que tenía la almohada muy húmeda y que yo estaba llorando
acongojadamente. Fany se quejó, pegándoseme más al pecho.
-Fany, querida perrita... -le dije al oído
suavemente-. Si hubieses nacido con dos patas rotas hoy sería el día más feliz
de tu vida al verte con tres... Lo que cuesta es renunciar...
Martina dio un prolongado chillido desde su cama.
Se inquietó un momento Alfredo y volvió a toser; luego retornó su respiración
acompasada. Minutos después Fany y yo nos quedamos dormidos estrechamente
abrazados.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
IX
Iniciada la primavera llegaron unos parientes de
doña Gregoria a pasar unas semanas con nosotros. Eran marido y mujer, aunque
por su apariencia podría habérseles tomado perfectamente por madre e hijo. Ella
era gruesa, barriguda, de aspecto setentón y cansino; él un magnifico tipo de
hombre, ancho, corpulento y capitán de la Marina Mercante. A la sazón se había
retirado, pero su retiro, lejos de entibiar el vigor de sus relatos, les daba
calidades nuevas, frutos de la experiencia y de la imparcialidad de visión.
Aquellas tres semanas fueron para doña Gregoria un espolazo que rompió con la
reiteración obstructora de su vivir cotidiano. Se transformó en otra mujer. Se
la veía más activa, más animosa, más agradecida de vivir e incluso más
charlatana. La presencia de aquel primo postizo -las parientes reales eran las
dos mujeres- renovaba sus bríos recordándole constantemente su condición de
mujer. Gracias a ella Alfredo y yo podíamos enterarnos de muchas de las cosas
que ocurrían en esos glandes pedazos de agua, por lo visto azules, que la
humanidad llama mares. Nuestra patrona había escogido por estribillo aquello de
que «la carrera de marino debe de ser muy bonita» y lo adhería siempre como
remate de cada una de sus opiniones.
-La carrera tiene de bonito lo que tiene de triste
- decía el marino-. Se está en perpetuo contacto con lo infinito y se posterga
en cambio lamentablemente lo pequeño, lo estrictamente familiar e Mimo. Nuestra
carrera le hace vivir a uno una mascarada perpetua Siempre moviéndose,
modificándose constantemente los rostros y los paisajes; el marino es como un
forúnculo, aparece de improviso y se desvanece cuando empezábamos a
acostumbrarnos a vivir con él. Jamás echa raíces en ninguna parte; y no las
echa porque no puede. Yo jamás recomendaría, ni siquiera a un hombre de intensa
vida interior, la carrera de marino. Un hombre habituado a la vida interna debe
enraizar esta vida en los hechos externos que le afectan y que se repiten. Para
el marino los hechos externos apenas si tienen influencia por su constante
variabilidad.
-Así y todo, la carrera de marino debe de ser muy
bonita.
El estribillo de la patrona aguijoneaba al
visitante. Era una fórmula mágica para hacerle mover la lengua sin descanso. De
esta manera sus narraciones se extendían a acontecimientos extraordinarios y a
veces inverosímiles: incendios en alta mar, abordajes, devastadoras
tempestades... Para Alfredo y para mi tuvo aquella visita un encanto
indescriptible. Nos movíamos entre misterios, entre paisajes y cosas lejanos y
desconocidos. Empezando por el mar todo era un misterio para nosotros.
Hablarnos leído últimamente algunos libros de aventuras de carácter marinero y
esta visita se nos antojaba como un puente que nos llevaba de la cumbre de la
fantasía a la de la realidad, en la cual podíamos palpar y sobar a nuestro
gusto todas las estremecedoras mentiras que habíamos saboreado anteriormente en
letras de molde.
Doña Servanda, la esposa del marino, solía dormirse
en las tertulias de sobremesa, en las que su marido tensaba los nervios de
Alfredo y míos con sus estupendos relatos. Se dormía con sus manazas gordas y
chatas tumbadas sobre su vientre hinchado, respirando de una forma tan brutal
que las tempestades que el marino describía con fiel detalle encontraban en los
resoplidos de la dama una representación sincera y próxima de la potencia del
huracán. Esta desatención hacia las heroicidades
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
maritales me dio pie para sospechar que nadie resta
tanto vigor y mérito a las hazañas de los hombres como las personas que
completan el círculo reducido de su clan familiar.
En cambio, para nuestro maestro, los relatos de don
Felipe se ofrecían también poblados de alicientes, aunque su curiosidad tuviese
un sentido diferente al nuestro. Se interesaba mucho por el comercio de
exportación y de importación, el sistema complejo e intrincado de la imposición
aduanera, los peces voladores y otras especies marinas y, sobre todo, por cuál
era actualmente la inclinación de la balanza comercial entre España y las
naciones del Oriente Medio. Cuando el pobre don Felipe se enredaba en estas
cuestiones sufría congojas de muerte. Su rostro curtido comenzaba a sudar y el
pañuelo que utilizaba hacía sus viajes a la frente de su dueño con más
frecuencia que cuando éste se extendía, por ejemplo, en documentados pormenores
de escenas movidas y sangrientas.
Una tarde don Mateo llevó a sus huéspedes a ver la
ciudad. Alfredo, Martina y yo nos quedamos en casa. Doña Servanda no admitió la
excursión hasta que le fue garantizado que los pies no serían usados para el
trayecto. Regresaron a altas horas de la noche, haciéndose lenguas los
forasteros de las maravillas arquitectónicas que Ávila conservaba entre sus
murallas. Naturalmente, habían hecho un alto en Cuatro Postes para recrearse en
la contemplación de la ciudad lejana. Lo que más habla sorprendido a doña Servanda
era que media ciudad estuviese amurallada y la otra media no. Alguien intentó
hacerle ver que la primitiva Ávila estuvo toda ella tras los muros de la
fortaleza. Alegó doña Servanda en apoyo de su tesis que si esto era así, cómo
nos explicábamos que fuera de los muros hubiese edificios más viejos que dentro
de ellos. En el terreno de la dialéctica doña Servanda era terca como una mula.
Cuando su contrincante quiso hacerle ver la carencia de base de su argumento,
doña Servanda cubrió su vientre voluminoso con sus manos rollizas y se quedó
dormida.
Acto seguido don Felipe se puso a contar la
maravillosa perspectiva de la villa oteada desde Cuatro Postes. Don Mateo le
advirtió que cuando había que ver la ciudad desde este lugar era en invierno,
con nieve y luz de luna. (Al hacer el señor Lesmes esta indicación observé que
las visitas jamás tienen la fortuna de encontrar nuestras cosas bellas en su
fase de mayor belleza y plenitud. Siempre, fatalmente, por pitos o por flautas,
hay algo que las desluce, que las achica, que les falta, que les merma sus cualidades
sobresalientes y únicas.) Insistió el marino en que, a pesar de los pesares,
Ávila, vista desde Cuatro Postes, era un monumento histórico y artístico de
valor considerable. Nuestro maestro hizo hincapié en que no podía haber
comparación entre lo que habían visto y lo que podrían ver si se animaban a
volver para el invierno siguiente, cuando la ciudad alienta bajo la presión de
la nieve y la luna se mira en los tejados, pálida y deslucida como un espectro
de sí misma.
Don Felipe acabó por asegurar que volverían al
invierno próximo si ello les era posible. Y en vista de que doña Servanda no
cesaba en sus profundas inspiraciones y sus huracanadas espiraciones, optamos
todos por marcharnos sin más a nuestras habitaciones. Apenas me vi a solas con
Alfredo le expuse la idea que habla germinado en mi mente momentos antes:
-Tenemos que ir a Cuatro Postes una noche de
invierno, cuando todo esté nevado y la luna brille en el cielo.
Me miró Alfredo como quien mira a un ser extraño.
-No podremos hacer esto; tú lo sabes. Doña Gregoria
no nos deja salir de noche y menos cuando haya nieve en la ciudad.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Me reí de la puerilidad de Alfredo. Mi proyecto iba
más lejos de la sumisión y la obediencia. Era más osado y mucho más vasto. Le
miré a la raya donde se juntaban sus cejas casi blancas y dije con aplomo:
- Nos escaparemos cuando todos duerman. Nuestra
ventana queda a metro y medio del suelo. Nadie se dará cuenta de nuestra fuga.
Así será una aventura completa.
Brillaron de ilusión sus ojos claros y la expresión
de su rostro me indicó que si de él dependiera desencadenaría ahora mismo una
nevada de copos como platos e izaría sobre aquel cielo tibio de abril una luna
pálida, glauca y enfermiza como la que salta sobre el firmamento en los meses
helados de invierno. El ver aprobado con tanta facilidad mi proyecto me llenó
de regocijo. Aquello, mi idea sin madurar aún, cobraba visos de posibilidad con
la espontánea y vehemente adhesión de Alfredo. Nos desnudamos proyectando
nuestros comentarios sobre el deseado futuro. Alfredo se me puso delante,
súbitamente, cogiéndome los hombros con sus manos:
-Además podremos ver la fábrica de noche. ¿Verdad
que no habías pensado en ello?
Tanta dicha en lontananza me parecía excesiva para
ser cierta. Sobre la ilusión de la escapatoria, sobre el encanto de deslizarnos
por las calles heladas una madrugada de luna, sobre la increíble satisfacción
de poder recrear nuestros sentidos sobre la ciudad hermética, silenciosa y
nevada, venía ahora este complemento, alentador y sugestivo, de poder atusar
con nuestras manos la mole de la fábrica, callada y obscura, de la misma manera
que si se tratase de un monstruo dormido. Nos metimos en la cama quitándonos
recíprocamente la palabra de la boca. Tanto era lo que nos iba en aquella
proyectada expedición que de habernos asegurado alguien la imposibilidad de
realizarla como pensábamos, creo que hubiésemos enflaquecido de tristeza.
Aquella noche nos dormimos sin rezar. Yo soñé con unas brujas simpáticas,
vestidas de blanco, que se paseaban en sus escobas volando de alero a alero.
Todo estaba cubierto de nieve y la luna, que lucia demacrada y lánguida en el
cielo, era el perfil de otra bruja que había fallecido repentinamente la noche
anterior al trasladarse de la Tierra a Marte. Alfredo, según me contó a la
mañana siguiente, soñó también cosas extrañas. Hacíamos una excursión nocturna
a Cuatro Postes, pero ni Cuatro Postes era Cuatro Postes, ni Ávila Ávila, ni
nosotros éramos nosotros mismos. Tanta falta de lógica y de sinceridad
disminuyeron mi interés por el sueño de Alfredo. Casi no le entendí lo que se
esforzó en relatarme, coaccionado por ese desasosiego turbador de irrealidad
que producen los sueños. Resultaba que allí nadie era nadie; ninguno, ni el
escenario siquiera, disfrutábamos de una personalidad permanente y acusada, ni
en definitiva, el sueño fue sueño, sino una pesadilla.
A la mañana siguiente vino Fany a arañar la puerta
de nuestro cuarto. Alfredo se tiró de la cama y la dejó penetrar. Fany no
acusaba ya la depresión de los primeros días en que se vio forzada a prescindir
de una pata. Ahora era feliz con tres y la realidad de una vida soportada a
pipiricojo no parecía sumirla en la triste melancolía de la desgracia que fue y
pudo ser evitada. Desayunamos con ella y luego la expulsamos de nuestra vera
constreñidos por la precisión de preparar nuestras lecciones.
A la hora de comer, doña Gregoria se presentó
indignada. Acababa de beber en la fuente informativa de La Ilustración Española
y Americana y ansiaba orientar su juicio crítico hacia algo concreto que debía
de estar corroyéndola como un cáncer.
-Esto es el colmo -dijo tan pronto como terminamos
de sentarnos todos en derredor de la mesa. Hubo un silencio embarazoso, buscado
de propósito por doña Gregoria-. Por lo visto, ahora en Barcelona es moda
llevar el viático en automóvil. Acabo de leerlo. Apenas conozco estos
artefactos, pero me parece de lo más impropio y de lo menos respetuoso.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Infló el vientre doña Servanda. Seguidamente lo
contrajo para no robar tanto espacio en el ambiente a las ondas de su voz.
-Cosas de la civilización.
El marino, que de todo entendía, terció
seguidamente.
-La civilización en lo que atañe al espíritu es
regresiva.
Le gustó extraordinariamente esta frase a don
Mateo, quien se creyó en el deber de echar su cuarto a espadas.
-Estoy de acuerdo con usted. El hombre se engaña en
su bienestar material; no quiere entender que el progreso de la materia
requiere un substrato espiritual en que apoyarse. De otra manera se edifica en
falso, incurriendo en el peligro de que todo se venga abajo en el momento menos
pensado.
Doña Gregoria sonrió orgullosa de la polvareda que
había armado. Los contempló a todos con sus ojillos naturalmente inexpresivos,
inescrutables, hipócritas. Don Mateo migaba ahora el pan en su palma morena.
- Yo no entro con estas novedades; de seguir así,
día llegará en que todos volaremos por los aires.
Después de pronunciar esta frase doña Servanda dio
libertad a su vientre para que se expansionase. Doña Gregoria vio oportunamente
el nuevo punto de apoyo. Se limpió sus morritos con la servilleta y añadió:
-Lo que yo digo; de seguir así no tardaremos en ver
el Santísimo elevarse en un aerostato para acudir en socorro de un moribundo. Y
esto no está bien. A mi parecer los Sacramentos son antes y por encima de la
civilización -concluyó rotundamente-,aunque ésta llegue a perfeccionar el
aerostato y a rodear sus movimientos de las máximas garantías.
Nuevamente intervino don Felipe:
-Yeso que ustedes no deben quejarse; viven aquí
como en plena Edad Media.
Suspiró el señor Lesmes. Tampoco le disgustaba
tocar este tema.
-No vaya usted tan lejos. Aquí se percibe mejor que
en ninguna otra parte el rapto de nuestros valores espirituales por la
civilización. Tal vez porque hasta las piedras encierran estos valores. Yo, por
muchas vueltas que le dé, siempre acabo imaginándomela civilización como una
máquina que, como cualquier parásito, va chupando a nuestros espíritus las
mejores substancias para convertirlas en automóviles, aerostatos,
cinematógrafos y otros extraños aparatos que constituyen la monumentalidad del
más puro materialismo. En resumidas cuentas, en virtud de la civilización, el
espíritu deviene materia prima para ser transformado en productos de una
utilidad exclusivamente corporal.
Aquello empezaba a ponerse pedante, fatuo y
aburrido. Me miró Alfredo y me guiñó un ojo. Conocía la contraseña y dejé caer
al suelo un tenedor. Bastó este leve cataclismo para que doña Gregoria
advirtiese nuestra presencia, interrumpiese la tertulia para mandarnos a
nuestra habitación, y nos liberase, con ello, del sopor y la atonía de aquella
conversación tan poco interesante. Sospecho que la caída del tenedor sirvió
también de disculpa a doña Servanda para dormirse. Creo más: don Felipe supo
igualmente aprovecharse de la confusión originada para huir de un tema que no
aparentaba tampoco divertirle demasiado. La cajita de música de doña Gregoria
dejó oír sus notas a los diez minutos escasos de habernos retirado Alfredo y
yo. Esto me demostró que la reunión estaba completamente desarticulada. Me
sentí orgulloso de la buena obra que con tanto éxito acababa de realizar.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
X
De la estancia de doña Servanda y don Felipe me
quedaron dos deseos inmoderados: el de conocer el mar y el de contemplar la
ciudad nevada desde Cuatro Postes en una noche de luna. No obstante, la
sujeción a una línea de conducta establecida de antemano y la imposibilidad de
ver realizados estos deseos de momento terminaron por desplazarlos de mi
cabeza, quedando relegados a una ilusión sin posibilidades prácticas de ninguna
clase.
Con el advenimiento de la primavera se reanudó la
costumbre de los largos paseos dominicales. Don Mateo, al frente de la
patrulla, embutido en su traje negro de corte detestable, capitaneaba el grupo.
Fany brincaba a nuestro lado, sin echar de menos la pata que se llevara por
delante aquella malhadada carreta de naranjas. Opiné para mi fuero interno que
la facultad de desasimiento de la perrita era extraordinariamente elástica y
muy desarrollada.
Un día pasamos por los Deanes y nos encaminamos al
cementerio. La tarde, soleada y tibia, se dejaba mecer por la brisa
acariciadora que a soplos fugaces bajaba de la Sierra. Al dejar atrás la ciudad
me empapó un frenético deseo de vivir mil años aferrado a este día, a este
minuto, a este instante. Seguramente preveía para mi ser un futuro muy amargo
cuando con tan poco me conformaba. Los chopos a ambas orillas del paseo
prestaban refugio a millares de gorriones que se perseguían entre las ramas. A
derecha e izquierda el campo se coronaba de crestas de granito que a veces, en
virtud de una casual aglomeración, adquirían la prestancia de arcaicas ciudades
destruidas. Conforme disminuía la distancia que nos separaba del camposanto se
incrementaba el intenso golpear de los canteros contra la piedra. (Con
parsimonia daban forma geométrica a un pedrusco de granito con la luctuosa idea
de que en su día sirviese para poner frontera entre un muerto y los que detrás
le supervivían. Pensé que son muchos los vivos que viven a costa de los
muertos; que sobre sus desechos carnales hay muchas industrias establecidas,
aupadas por la fatalidad del desenlace.) Al descender una suave ondulación del
terreno, que imperceptiblemente habíamos ascendido, me di cuenta de que la ciudad
desaparecía de nuestra vista. Diríase que los vivos nada querían saber de los
muertos, ni los muertos de los vivos; deseaban ignorarse mutuamente, habitar
cada cual su zona de aislamiento. Aprecié en la actitud de los vivos un punto
de feroz egoísmo, un comportamiento desaprensivo y suicida. Convenía, a mi
entender, a los vivos tener siempre presentes a los muertos para asimilar y
aprovecharse de la experiencia acumulada en sus cuerpos en descomposición. Los
muertos siempre sabrían algo más por el simple hecho de haber vivido ya. Sus
lecciones podrían tener un contenido de escarmiento para los que quedasen
detrás. Vi a lo lejos una arboleda surgiendo junto a una tapia, la cual daba
acceso a su interior por una alta verja de hierro. Era el cementerio. Contra mi
rostro chocó una vaharada de indecible paz; la paz augusta, ininterrumpida, de
los muertos. Imaginé la algarabía que existiría detrás de aquel paredón, de ser
vivos en vez de muertos los que allí se albergaban. Ya más próximos leí arriba
de la verja la inscripción « Cementerio Católico».
Había ya debajo de la arboleda de la entrada un
penetrante olor a pino a pesar de no ser pinos los árboles de la arboleda. Me
pasó por la imaginación la idea de que los cuerpos en corrupción podrían
exhalar este olor y sentí náuseas. Luego, dentro ya del cementerio, observé que
los pinos estaban allí en fraternal camaradería con los
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
cipreses, cobijando bajo sus sombras las losas
grises de las tumbas. Era la primera vez que entraba yo en un camposanto y la
simétrica manera de esparcirse las moradas de los muertos me llamó
poderosamente la atención. No era que yo hubiese supuesto otra cosa, sino que
me impresionó que se observase para con los cadáveres una disciplina tan
austera, tan rígida, como si el lugar de su descanso fuese un campamento
militar. Sobre mis espaldas empezaba a pesarme el calor de la tarde. El camino
había sido largo y la temperatura primaveral se hacía excesiva después del
ejercicio. Avanzábamos por el paseo principal y a izquierda y derecha se
alineaban los panteones y las tumbas. Gravitaba sobre mi ánimo en aquellos
minutos una impresión definida que tan pronto me parecía de una paz con
ausencia de todo, como de agobio y fatiga espiritual. Algunas tumbas estaban
circundadas por combadas cadenas sujetas a unos prismas de granito en las
esquinas. No sé qué me daba pensar que allí debajo, entre los primeros estratos
de tierra, existiría un osario impresionante de despojos humanos: fémures,
tibias, cráneos pelados, cuerpos en semiputrefacción... Y todos aquellos huesos
habían un día formado parte de un cuerpo armonioso, pleno de vigor y
movimiento. Y seguramente habrían penetrado también alguna vez en el refugio de
los muertos anteriores a ellos impregnados del mismo sentimiento, mezcla de
repugnancia y respeto, que ahora me invadía a mí. El señor Lesmes se detuvo y
se volvió a nosotros.
-Esperadnos aquí; Martina y yo vamos a acercarnos a
la tumba de mis padres...
Volveremos en seguida.
Y se alejaron lentos; clon Mateo un poco más
enlutado que de costumbre, con un luto que se le metía hasta el alma; Martina,
inconsciente, ajena al lugar y al tiempo, expulsando a empellones de su mente,
por descabellada, la idea de que su padre hubiera podido ser hijo alguna vez.
Alfredo y yo nos detuvimos casualmente ante un
severo panteón. En la losa, como las gacetillas de un periódico, se sucedían
las líneas de letras negras, en las que constaban las fechas en que la muerte
había bajado a la tierra a vendimiar. Muchas cruces, muchas fechas, muchos
apellidos iguales. Quise remontar mi imaginación hasta el último superviviente
de aquella castigada familia. También él había precisado una inagotable reserva
en su facultad de desasimiento. Uno a uno de los muertos sumaban cinco en tres
años. Desvié mi mirada y veinte metros más abajo vi la silueta de don Mateo
recogida ante una tumba gris. En la cabecera tenía la losa una cruz metálica
ribeteada toda ella por una ranura que la taladraba de lado a lado. Entonces
ene percaté de que yo no había orado en mi vida por mis padres. Nadie me enseñó
a hacerlo y hay cosas que no pueden aprenderse solo. Advertí que nadie había
pretendido nunca fomentar mi cariño hacia ellos, ni me habían comunicado
siquiera qué tierra guardaba sus cenizas. Me había considerado siempre como un
ser independiente de otros, había aceptado desde un principio con la mayor
naturalidad el que unos seres nazcan con padres y otros no. El choque con la
realidad me dejó perplejo. Experimenté un deseo vehemente de saber algo de
ellos, por lo menos en qué lugar del mundo se habían convertido sus huesos en
barro. Luego este afán hizo crisis. Renuncié fríamente al ansia que me
embargaba, pensando que lo que la humanidad tapa no es aconsejable lo destape
el hombre aislado.
A mi lado Alfredo tenia su mirada atemorizada por
las losas que nos rodeaban por todas partes. Me tocó de improviso en un brazo.
-Mira.
Su boca se retorcía en una marcada mueca de
repugnancia. Miré hacia donde me indicaba. En la losa de detrás de mí, cruzada
por la sombra alargada de un ciprés, se leía este epitafio:
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
El niño Manolito García
murió en aciago día
víctima de una terrible
di t í
Escupió en el suelo.
-Me da asco la gente que hace bromas con los
muertos.
Alfredo había empalidecido y temblaba como las
hojas aciculares de los pinos. Le arrastré fuera del cementerio y nos sentamos
a la agradable sombra de una acacia. Tardó un rato en serenarse. Cuando se
decidió a hablarme habla un estremecimiento extraño en su pronunciación.
-Desde luego, el día que yo me muera, que me
entierren al lado de un pino, ¿me oyes, Pedro?
Me molestaba la contumaz presencia de la muerte,
este lúgubre aleteo de la parca fría e implacable. Alfredo prosiguió:
-Me moriré antes que tú; soy mucho más flojo.
Como tantas otras veces que Alfredo hablaba así
procuré tomar a broma sus palabras:
-¡Qué de tonterías dices!
-Te aseguro que no son tonterías. Los cipreses no
puedo soportarlos. Parecen espectros y esos frutos crujientes que penden de sus
ramas son exactamente igual que calaveritas pequeñas, como si fuesen los
cráneos de esos muñecos que se venden en los bazares.
Su voz me entraba hasta el corazón como una aguja
afiladísima y fría. La sonrisa que alentaba entre mis labios debió de trocarse
en una fea mueca macabra.
-Quizá tengas razón.
-sí, de todos modos prefiero descansar bajo el
aroma de un pino. Su sombra es otra cosa: más redonda, más repleta, más
humana... Es una sombra como la que proyectaría doña Servanda si hubiese nacido
árbol. Más simpática de todas maneras...
Los dos guardamos silencio como si estuviésemos
midiendo las exactas dimensiones de la última frase: «más simpática de todas
maneras...» Las salidas de Alfredo tenían la particularidad de desmoralizarme.
Bien pensado, su deseo de dormir el sueño eterno a la sombra de un pino era un
capricho tan particular que no merecía la pena de discutirlo. No obstante, su
insistencia sobre un tema tan descarnado, el ambiente que nos asfixiaba, habían
acabado por ponerme nervioso. No quería aceptar, ni en supuesto, la posibilidad
de que algún día Alfredo tuviera que separarse de mí para siempre. Prefería no
pensar en ello, sobre todo ahora que cualquier minúsculo contratiempo,
cualquier frase nueva e impremeditada, bastaban para desvelarme durante toda
una noche.
Agradecí por ello el regreso de Martina y el señor
Lesmes. Al verles a nuestro lado experimenté unas ganas locas de vocear al
viento con todas mis energías. Tentado estuve de rogar a don Mateo nos llevase
muy lejos de allí para merendar. Empero era él quien mandaba y con seguridad no
le hubiese agradado la idea de continuar andando, teniendo en consideración que
la pequeña Martina debía regresar en sus brazos. Encontré por tanto natural que
nuestro maestro se detuviese justo en lo alto de la prominencia desde la que se
dominaba por una vertiente la ciudad y el camposanto por la opuesta. Herían
nuestros oídos los rítmicos golpes de los doladores
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
al modelar la piedra. Semejaban el latido violento
del corazón de un hombre metálico, o el tictac de un reloj de fabulosas
dimensiones. Aquel golpeteo no me gustaba tampoco. Renovaba la presencia de
cosas que hubiera querido tener en aquel instante muy lejos de mí. Apenas
sentados tuvimos que levantarnos. Por el camino cruzaba un cortejo fúnebre.
Pocas personas acompañaban a la carroza. Llamó mi atención el aspecto de un
hombre joven, enlutado, que caminaba automáticamente tras el difunto. Era su
abatimiento tan acusado que se diría que la muerte, no contenta con robarle a
un ser querido, le había marcado a él con la impronta de su soplo gélido. Cruzó
el cortejo frente a nosotros. Don Mateo se descubrió y Alfredo y yo nos
santiguamos.
-Ahí tenéis un viudo bien joven -dijo el señor
Lesmes cuando se alejaban.
Ningún otro desenlace me hubiera sorprendido tanto.
Pensar que aquel hombre era ya viudo se me hacía tan increíble como si me
hubiesen asegurado que Alfredo iba a ser nombrado almirante en jefe de la flota
británica en el Mediterráneo. El señor Lesmes aprovechó la coyuntura para
hincar en nuestras almas uno de aquellos lapidarios apotegmas a que era tan
aficionado.
-Las bodas no serían tan frecuentes ni se
adornarían con detalles tan superfluos e insensatos si los novios pensasen en
su día que uno de los dos ha de enterrar al otro.
Creo que esta verdad tremenda nos impresionó
momentáneamente tanto a Alfredo corno a mí. Nunca se me había ocurrido pensar
en ella por más que su simplicidad y evidencia fuesen aterradoras. Quedé en
suspenso con el bocadillo a mitad del camino de mi boca, planeando en mi
interior la decisión de sostenerme por toda la vida en un indeclinable
celibato. Pulsé la necesidad inmediata de desahogar mis energías en cualquier
ejercicio muscular. Me incorporé y me puse a tirar piedras sobre un próximo
menhir, izado por la naturaleza. A pesar de que mi conducta fue algo insólita y
extemporánea, don Mateo y Alfredo me contemplaron como si estuviese llevando a
cabo la acción más natural del mundo..Admitieron mi ejercicio de desfogamiento
como una necesidad biológica de la que también ellos estaban precisados. Al
reclinarme de nuevo en el suelo, Fany, que había echado a correr tan pronto
inicié el ejercicio, se presentó a mí portando un trozo de granito en la boca.
Me conmovió que el animal supusiese que yo solamente había estado tratando de
jugar. La palmeé en el lomo y ella se tumbó a mi lado, pendiente la lengua por
el esfuerzo y con el trocito de granito entre su mano sana y el muñón retorcido
de la otra.
Declinaba el día cuando don Mateo decidió el
regreso. El cielo ofrecía a aquella hora un contraste pintoresco muy bello.
Sobre las puntas aún blancas de la Sierra se veían unas nubes rojizas teñidas
por el sol que ya se había ocultado. La ciudad amurallada se recostaba sobre el
fondo rosáceo del cielo con toda su impresionante altivez de reliquia donde se
amontonaban los siglos en portentoso equilibrio. El señor Lesmes se detuvo un
momento y aspiró profundamente la brisa que venía de la Sierra.
-Éste es el lugar más sano del mundo -estalló
jubiloso.
Martina, encaramada en sus hombros, no entendió
bien la alusión de su padre. Nosotros le miramos fríamente, como él me había
mirado poco antes cuando arrojaba piedras como un loco contra un enemigo
imaginario. Pensé que también él se estaba desfogando.
-¡Nadie lo querrá creer, pero hasta los muertos de
Ávila son más sanos que los vivos del resto del mundo!
Hacía el efecto de que el señor Lesmes tenía la
cabeza tan poco firme como la noche que festejáramos nuestros aprobados.
Alfredo me detuvo para dar tiempo a que ellos se alejasen.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-¡Está trastornado!, ¿has oído la tontería que ha
dicho?
-¡Bah!, es una frase.
Alfredo se irritó un poco:
-Ya lo sé que es una frase, pero es una frase
tonta. Eso es lo que digo.
Procuré aclararle el sentido que yo daba a la
palabra «frase», pero él me respondió algo airado:
-¡Todo son frases!; pero decir que unos muertos, de
donde sean, son más sanos que unos vivos, de donde sean también, es idiota, ¿no
comprendes? Si los vivos están vivos es porque están más sanos que los muertos,
de otra manera se hubieran muerto también...
Me reí a carcajadas, más de la tozudez de Alfredo
que de su razonamiento inefable. Él se unió a mis carcajadas y cuando entramos
en la ciudad habíamos olvidado en apariencia la excursión, los muertos y las
«frases» de nuestro profesor. Alfredo me llamó la atención de repente:
-Las de Regatillo siguen en el mirador, ¡míralas!
¡Si se enterase doña Gregoria...!
Charlaban las jóvenes como loritos desde su mirador
abierto a la calle. Varios petimetres rondaban por allí como moscas alrededor
de un pastel. De improviso me hizo el efecto de que una de las jóvenes arrojaba
a uno de los gomosos una llamativa rosa. El gomoso la asió en el aire, la llevó
primero a la nariz, luego al corazón y emitió un prolongado suspiro,
pretendiendo demostrar a la joven que se hallaba a punto de desmayarse. Las
risas de lorito se multiplicaron arriba, y por asociación de ideas pensé otra
vez en el inevitable berrinche de doña Gregoria de haber sido testigo de toda
esta operación.
Cuando nos adentramos en nuestra silenciosa
plazuela me di cuenta de que estaba físicamente agotado. Instintivamente dirigí
una mirada a la hornacina con sus cuatro figuritas inmóviles, iluminadas por la
luz verdosa del farol. Doña Gregoria nos esperaba con la cena puesta sobre la
camilla. Apenas si sentía algún apetito, pero mi patrona por nada del mundo nos
hubiese dispensado aquella noche de excusar nuestra presencia. Tenía que decir
algo: criticar o pedir, pero algo había; se barruntaba en las prisas que se dio
para que todo estuviese dispuesto y en el temblor de su labio inferior
reteniendo la palabra.
-Mateo -dijo de repente-, Leonor ha pasado la tarde
conmigo...
El señor Lesmes no añadió nada. Sabía que esto no
era más que un preámbulo, que lo interesante vendría después.
-Por lo visto hace tiempo que sale en Madrid un
periódico nuevo.
-¿Revista?
Nuestro maestro dijo «¿Revista?» por no dar la
sensación de que procuraba frenar a su mujer.
-No, no, diario... y, por lo que ha dicho,
sumamente interesante... Trae «Ecos», sección de «Gran Mundo», «Política»,
«Sucesos», «Teatros» y además unos grabados magníficos. Llega aquí el mismo día
que sale de Madrid... La suscripción cuesta seis reales al mes... Barato si
tenemos en cuenta...
-¿Cómo se llama?
ABC; bueno, son letras, pero no hagas mucho caso
que sean ésas...
Don Mateo puso un gesto de extrañeza:
-Pero ¿no es un periódico de chicos?
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-No, no..., de mayores, de personas mayores. Un
periódico magnífico, créeme. Yo creo que «nos» convendría suscribirnos.
Me pesaba el sueño en los ojos, pero aún tuve
tiempo de ver cómo doña Gregoria se salía con la suya. Y no es que yo tuviese
ningún reparo contra la nueva publicación, pero me pareció que ,poner en manos
de mi patrona un periódico diario suponía armar a la crítica hasta los dientes.
Sin duda doña Gregoria hablaría algo más de día en lo sucesivo.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XI
A partir de la excursión al cementerio no volvía
disfrutar en casa de don Mateo de un minuto de tranquilidad. La idea de la
muerte iba amoldándose a los limites, cada vez más amplios, de mi razón; iba
adquiriendo consistencia y fuerza, invadiendo toda mi existencia psíquica;
informándola en todas sus manifestaciones. Esta idea posibilitaba mi entera
comprensión de la exacta teoría del desasimiento. Al hombre, por el mero hecho
de vivir, le era necesario aprender antes a deshacerse de todo con una sonrisa
de escepticismo. La vida y el mundo corrían lo mismo en la felicidad que en la
desgracia. Nadie podía dormirse en la euforia del optimismo o en la angustia
del dolor; la corriente de la vida le arrastrara sistemáticamente hasta
expulsarle de su cauce por nocivo y anormal. Había que seguir la corriente,
parear la existencia intima con el impulso vital que animaba a la masa humana.
Las exigencias de la vida privaban en cierto modo al hombre de su albedrío; le
hacían esclavo de una voluntad gregaria, que no goza ni siente, sino que va; va
en un sentido o en otro, arrastrada por las circunstancias del momento,
accionada por causas absolutamente extrañas a su voluntad. La realidad de la
vida, despótica y hosca, no nos autorizaba a vivir con el muerto al hombro. Había
que desprenderse de él, desasírnosle, para que su lastre no nos hiciese romper
la armonía de la corriente vital.
Entonces pensaba en todas estas cosas a mi manera.
Tenia cumplidos los doce años, mas mi carácter introverso y pensador me
sumergía frecuentemente en estas zozobras y dudas. No quería creer que en un
plazo más o menos largo la vida me pediría a mí las cuentas que diariamente
exigía a los demás. Pensaba que era la muerte el fenómeno terreno más terrible
y frío. No hallaba trabas en todo lo demás que la existencia pudiera
solicitarme un día. Mi misma desaparición no me turbaba lo más mínimo. Creía en
Dios por encima de todas las cosas y esperaba confiado en su bondad y
misericordia infinitas. Pero el hecho de meditar en que tarde o temprano
tendría que desprenderme de los que amaba me obstruía el juicio.
Decidí muchas veces no anudar mi existencia al
mundo que habitaba, no asociarme a los hombres con raíces profundas; llegar a
la muerte con el menor lastre posible y que la muerte de los demás rebotase en
mí como un suceso indiferente y frío. En estas ocasiones una voz interior me
anunciaba que podría aún prescindir de mucho, pero que ya no me sería posible
dejarlo todo. Alfredo, en la cama de al lado, pregonaba la sinceridad de este
juicio. Su respiración jugaba conmigo aquellas noches un juego de pesadilla. De
día solía encontrarle delicado y quebradizo como una caña. En ocasiones buscaba
cualquier disculpa para abrazarle; pero, en realidad, lo que tanteaba era el
progreso casi nulo de su endeble constitución. Imaginaba que era una criatura
excesivamente pálida para ser viable, demasiado transparente para poder
contener dentro el germen de una vitalidad normal.
Algunas noches, en la laxa obscuridad de la
habitación, mis nervios se tensaban y la atmósfera cobraba una densidad
injustificada por encima de mí. Quería oírle respirar con una respiración
acompasada y perfecta. Empero sus respiraciones se me antojaban entrecortadas,
salteadas de fallos y de silbidos extraños. En estos casos me incorporaba dando
la luz. Le veía entonces con su faz blanca pegada contra la almohada,
agarrándose con los dedos de su mano izquierda la ceja albina del mismo lado.
Apagaba la luz y me acomodaba, boca arriba, con todos mis sentidos
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
expectantes, febriles. De repente Alfredo se
inquietaba y tosía dormido dos o tres veces. El corazón se me paralizaba y
supongo que mi rostro se pondría más pálido que el de mi amigo. Me quedaba
quieto a la caza de cualquier movimiento inconsciente de Alfredo, hasta que,
sin yo advertirlo, mi cabeza, agobiada por una actividad cerebral excesiva,
enhebraba otra vez el curso de uno de sus morbosos y torpes razonamientos.
En toda aquella temporada recordé mucho al joven
viudo del día de la excursión. Le veía con un gesto de abatimiento, entregado a
las garras de su dolor. Su rostro lívido, descompuesto, sin afeitar, se me
aparecía a menudo en aquellas noches en blanco. Delante iba la carroza fúnebre
sosteniendo una caja de un contenido inefable. Una caja austera rebozada de una
presencia ultraterrena considerable. pensaba que sobre ser rígida la muerte,
los vivos la adornábamos con un lujo de atributos lúgubres excesivos. Todo era
negro a su alrededor: carroza, vestido, hasta los caballos; todo, excepto la
peluca blanca del espectral auriga. La caja debería de ser roja, azul cuando
menos -imaginaba-, para celebrar debidamente el primer contacto del alma con
Dios. Mas el mundo organizaba los duelos para los que quedaban. La muerte para
el muerto era un acontecimiento de infinito valor si el desligamiento del alma
y el cuerpo se había efectuado al amparo de la caricia divina. No obstante, los
que vivimos nos empeñamos en dar al trance egoístamente el negro color del
desprendimiento y de la renuncia. Opinaba que el mal del mundo consistía en su
incauto entibiamiento de fe. La fe para muchos creyentes era dudar de lo que no
vimos. Y ante la duda cumplían con Dios por si acaso en un futuro, cuya
fatalidad muy pocos entreveían, todo aquello de la resurrección de la carne y
el castigo o el premio final era algo más que una frase timorata y pueril
asimilada mecánicamente en los primeros años de catecismo. La lívida faz del
viudo tornaba a reflejarse en mi cerebro. Comprendía la intensidad de su dolor
y casi lo compartía. Pero la pena era para él, y únicamente pensando en él se
justifican las lágrimas, los crespones y los lutos.
Cierta noche me desperté sobresaltado en virtud de
no sé qué sensación interna. Las tinieblas se aplastaban contra mí,
inexpugnables y cálidas. Merodeaba un silencio excesivo, como si el cielo y la
tierra se hubiesen desplomado de repente. Ni un grito, ni una voz, ni el
aullido de un perro callejero, ni la brisa al rozar contra la persiana del
balcón... Por no oír... Me enderecé de un golpe. ¡Por no oír, no se oía ni la
respiración de Alfredo! Tanteando busqué la llave de la luz, pero no me atrevía
a darla. Palpé durante unos segundos la fría superficie del botón. Poseía en mi
mano la luz y las tinieblas, pero me acobardaba ante la posibilidad de poder
iluminar un cuerpo sin vida. Apercibí mis oídos otra vez, inclinándome sobre el
lecho de mi amigo. No se oía nada. De nuevo tacté la llave de la luz, la
acaricié. Inopinadamente apreté el botón y grité «¡Alfredo!» con voz ahogada.
Él se movió sobresaltado, envuelto en el ovillo de su sueño profundo.
Entreabrió los ojos y dijo:
-¿Qué pasa?
Me aturdió su normalidad inesperada.
-Nada, nada: ¿estás bien?
Dio media vuelta en la cama y continuó durmiendo,
sin contestarme, agarrándose la ceja izquierda. Apagué la luz, confuso,
estrangulado de zozobra. Él estaba bien, lo que ocurría es que yo soñaba con el
viudo. Era buena señal que su respiración no sonase. Un indicio convincente de
su magnífico estado de salud. Sonreí en la obscuridad. Mi amigo estaba mejor
que nunca; con un poquito de suerte me enterraría él a mí. ¿Por qué habla de
afirmar él que era mucho más flojo que yo? El mundo estaba acostumbrado a la longevidad
de los hombres delgados y al estallido de los fuertes. Suponía una tontería
creer que el delgado precede al grueso en el camino de la tumba.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Sobre eso no podían establecerse leyes, porque es
Dios quien lo rige y no la naturaleza, ni el hombre.
A la mañana siguiente estreché conmovido a Alfredo
como si terminara de resucitar. Además, me invadía el júbilo de saber que su
respiración no sonaba. Mas al medirlo entre mis brazos le encontré más
consumido y enteco que nunca. «Medir su pecho – pensé- sería lo mismo que
adivinar el perímetro de un palo.» Sus costillas me habían dejado una impresión
dolorosa en el pecho, algo así como si el hueco que abrieran en mi carne al
abrazarle no se hubiera rellenado al ceder la presión. Con esto el buen inicio se
convirtió en un augurio desfavorable: la respiración de Alfredo no sonaba de
puro débil que era.
-Alfredo, tienes que pesarte -le dije siguiendo en
voz alta el curso de mi raciocinio-; debes pesarte todas las semanas.
Apartó el libro de sí y soltó una carcajada
estrepitosa. A continuación se puso a toser. Aquello me deprimió aún más.
-Pero ¿es que te has vuelto loco?
Temblaba el mechón albino que le caía sobre la
frente, al compás de sus carcajadas estentóreas. Él no creía en la muerte de
los cuerpos jóvenes. Yo le miraba fijamente, sin reír.
Me angustiaba su desinterés por un algo que lo
constituía todo para mí. Yo comprendía su reacción, pero la lamentaba. Le
hubiese aclarado mis embrollados temores, mas me horrorizaba hacerle víctima
como yo de presagios y amenazas infundados.
-Estás muy delgado -insistí aún.
Y eso qué importa. El mundo tiene que ser así, unos
gruesos y otros delgados, unos altos y otros bajos, unos ricos y otros pobres,
unos malos y otros buenos... ¿No comprendes que de otra manera seria
aburridísimo?
Sonaron sus carcajadas con más violencia que antes.
Hubiese querido meterle por aquella boca tan abierta la preocupación del peso
extractada en una píldora de botica.
-Tu madre te encontrará más delgaducho cuando
llegue; no te quepa duda.
Otra vez las risas. Me dolía su indolencia ante un
problema fundamental.
-Mi madre no se fija en esas idioteces, se
conformará con verme como esté, darme un beso a la llegada, otro a la despedida
y hasta la próxima visita.
Ya no reía. Repentinamente se había puesto serio.
En el fondo creo que no perdonaba a su madre su cruel postergación. Pensé si
alguno de sus amigos accidentales no habría comenzado a ilustrarle en materia
prohibida; si su mente no habría captado aún del aire el secreto de la vida y
el móvil rojo y envolvente de la torpe pasión. Con seguridad algo turbio
barruntaba Alfredo en las relaciones de su madre con «el hombre». Sus ojos no
se redondeaban de inocencia como dos años antes. Ahora herían al concentrarse la
mirada gris entre los párpados casi juntos.
Por la tarde de aquel día fuimos los dos a
pesarnos. Al salir, Alfredo me rogó irónico que espaciásemos un poco las
visitas a la botica, ya que montar en la báscula le mareaba. Su peso era
bastante normal (apenas si tenia cuatro kilos menos que yo), por lo que mi
preocupación momentánea se amortiguó un poco.
Quince días después se presentó la temporada de
exámenes. Con ella arribaron los excesos intelectuales y los madrugones. La
vigilia se estiraba a veces hasta que en la torre de algún reloj próximo
sonaban solemnemente las campanadas de las cuatro. Otros días nos acostábamos
pronto y nos levantábamos con el alba. Nuestros esfuerzos se coronaron con
éxito al fin, y en los primeros días de junio Alfredo y yo
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
éramos ya dos estudiantes de segundo año de
bachillerato. Temporalmente y debido a la intensa labor desarrollada en estos
días, mi estado de ánimo se normalizó un poco. Caía en la cama con un
agotamiento tan pronunciado que mi cabeza se entregaba al sueño tan pronto
tropezaba con la almohada.
Días después iniciamos la temporada de verano.
Habíamos soñado con ella, evocando las aventuras del verano anterior, como con
algo sobrenatural y por encima de todas las apetencias. Deseábamos renovar
minuto a minuto cada una de las correrías del año anterior. Mas a medida que el
verano discurría empezábamos a darnos cuenta de que todo lo presente tiene un
sello peculiar, de que el contenido de los actos no coincide, aunque los actos
sean, idénticos, si nuestro estado anímico los informa de distinta manera. El
valle de Amblés tenía este verano otro color; era diferente la luz del sol; la
corriente terrosa del Adaja inundaba parte de los marjales; hasta la fábrica
rumorosa y sugestiva estaba armada de una diferente arquitectura, más gris y
amazacotada, como un reflejo adecuado de mi inaudita luz interior. Con todo,
Alfredo y yo pretendíamos cegarnos a nosotros mismos; pretendíamos hacernos ver
lo que no veíamos antes y sentir lo que menos afectaba a nuestros sentimientos.
Así fueron transcurriendo aquellos meses, en que la. misma naturaleza cooperó
en un fraude ruin. Los viernes nos trasladábamos al mercado. También éste había
perdido su antiguo encanto. La Bruna no aparecía por ninguna parte. Esta
ausencia me sirvió para comprobar que en ocasiones el aliciente de cualquier
festejo se encierra en el detalle más obscuro y despreciable. Sin la Bruna, los
rebaños de carneros, las vacas, las mulas, los marranos negros, carecían de
distintivo y de divisa, de sabor y de movimiento. Retumbaban los cencerros y
las esquilas, pero sin tener un jalón de referencia, sin constituir por sí la
proporción de una parte que coopera en redondear un todo armónico. Cada cabo
tiraba por su lado y lo que antes fuese una madeja ponderada y grata era ahora
un nudo endiablado sin posibilidad de solución. Alguien afirmó que la vagarosa
Bruna, con los dineros ahorrados se había trasladado a Sevilla, donde tenía
casa propia. (Me la representé avanzando por un camino polvoriento de la mano
del ciego, repartiendo hijos por cada pueblo que dejaba atrás.) Lo cierto es
que la Bruna no reapareció por Ávila en aquel verano y que Alfredo y yo
comprobamos que con esta falta se intensificaba nuestra orfandad.
Lo que por contra tuvo en aquel estío más calor que
en el anterior fueron «las conquistas de la ciudad». El grupo de nuestros
amigos había aumentado en número, lo que ya autorizaba a que la fortaleza
tuviera sus defensores, movidos por un mismo ímpetu y celo que los atacantes.
Las mañanas transcurrían así, entre «movimientos de tropa», «escalamientos» y
«golpes de sorpresa» por uno y otro bando.
Mediado agosto se presentó la madre de Alfredo para
recogerle con ánimo de llevarle a una playa del Norte. Alfredo se mostró
entusiasmado por la proposición, máxime al garantizarle su madre que el viaje
lo harían ellos dos «solos». Me regocijé ante la idea de que la madre de mi
amigo pudiese haber roto definitivamente con «el hombre». Ello equivaldría a un
mejoramiento decisivo en el estado de salud de Alfredo y la seguridad de que su
peso, libre de este yugo opresor, se dilataría generosamente, activado por el
fuelle del amor materno. Ésta fue la razón de que aquellos quince días pasaran
sobre mí como un bálsamo redentor. Ya me imaginaba el regreso de un Alfredo
nuevo, curtido, animado de una respiración profunda y sonora. Le veía descender
del tren con una sonrisa amplia, despejada de inquietudes su cabeza, el pelo
casi blanco en contraste con su piel tersa y bronceada. Adivinaba nuestro
abrazo estrecho y cordial, y ¡rara maravilla!, las cuerdas de sus costillares
no se hincaban ya punzantes en los músculos de mi torso.
El día que nos anunciaron su llegada fue para mí un
día de fiesta. Deseoso de hacer penetrar a la madre de mi amigo las delicias de
la nueva vida fui a comprar un ramo
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
de flores, aleccionando después a Martina para que
se lo endosase a «la señora» en el momento de detenerse el tren. Poco después
la casa entera se puso a galope. Nos restaban pocos minutos para salir hacia la
estación. Me poseía un hormiguillo, semejante al que recorría mi estómago en
vísperas de exámenes, que no permitía a mi cuerpo estarse quieto. Reía por
cualquier nadería y experimentaba una vergüenza íntima y recelosa ante la
inminente entrega del ramo de flores a la madre de mi amigo. Al fin, luego de
regresar dos veces a casa desde la mitad del camino para subsanar sendos
olvidos de doña Gregoria, entramos en la estación. Mi corazón se agitaba al
deambular por el andén. Olía a tren, a viaje, a distancia y a despedidas.
Compadecía desde lo más hondo de mi pecho a los que se habían congregado allí
para decir adiós a alguien. Otra vez la ley del contraste vigorizando la
actividad humana. Sonó a distancia un chillido penetrante. Acto seguido se
recortó sobre la vía el morro de la locomotora, negro y bufante, después de
doblar la última curva. Mis pies adquirieron un peso absurdo. Les notaba
clavados en el suelo, sin permitirme el menor movimiento. Cuando la locomotora
entró en el andén, fumosa y jadeante, me sentí libre otra vez. De reojo
contemplé a Martina muy quieta, muy asustada, prendiendo con sus dos manos el
ramo de rosas y ataviada con el traje de la fotografía.
-¡Pedro!
El movimiento de rotación del mundo se aceleró bajo
las plantas de mis pies. Quería ver todo y no veía nada. Oía solamente
pronunciar mi nombre por una voz conocida. De repente le vi. Le vi entre un
enjambre de cabezas todas iguales asomadas por la ventanilla. Él agitaba los
brazos con entusiasmo y me sonreía. En la ventanilla de al lado su madre
sonreía también con su mejilla casi pegada a la «del hombre». Vi avanzar a
Martina levantando el ramo por encima de su cabecita. Casi me eché sobre ella.
-¡No se lo des! -le dije con tal imperio que la
niña se asustó.
Me dirigió su mirada azul, redonda, como
inquiriendo de mí qué destino dábamos entonces a las bellas rosas.
-¡Tíralas! -añadí atravesado de mal humor-. ¡Ahí!
¡En cualquier parte! ¡A la vía misma...!
Me obedeció Martina, sin entenderme, y el pobre
ramo quedó allí, desarticulado, deforme, mustio, cruzado sobre el raíl
brillante.
Alfredo ya estaba ante mí. Sí, traía el rostro más
moreno, transformado tal vez. También había crecido, pero su contextura era más
endeble y parecía más desgastado que nunca. Al abrazarle, sus costillas
volvieron a incrustarse en mi pecho. Abrazándonos nos sorprendió la arrancada
del tren. Crujieron las piezas de t3dos los vagones y el convoy se puso a
rodar. Por encima del hombro de Alfredo vi, intacto, por última vez, el manojo
de flores atravesado en la vía. La madre de Alfredo decía adiós desde la ventanilla.
A lo que era de ver escapaba otra vez a Madrid acompañada por «el hombre». El
señor Lesmes agitaba su mano desganado. Pasó una rueda sobre el ramo
aplastándole. Tras ella otra, otra y otra... Apreté más contra mí el escuálido
cuerpo de mi amigo. El tren se perdió en la lejanía. Sobre el riel quedaba una
mancha de humedad: la savia de las rosas trituradas...
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XII
Alfredo cayó enfermo al día siguiente de regresar
de su corto veraneo. El médico dijo que no era nada de cuidado; tal vez un
debilitamiento producido por los baños de mar o quizás un resfriado sin la
menor importancia. Un poco de dieta, una semana en la cama y el muchacho
quedaría como nuevo.
A mí las palabras del médico se me hacían
exageradamente optimistas. Creía a pies juntillas en su sinceridad y en su
ciencia, pero no creía tanto en la capacidad de resistencia de mi amigo.
Respecto a éste me había convencido de que su salud se hallaba más apurada que
cuando partió. Le veía, indudablemente, algo más crecido, más hombre, pero
mucho más arruinado en sus reservas, más quebrantado físicamente. La nariz se
le había afilado, mientras sus ojos dejaron abandonada en la playa aquella su
expresión ingenua, rutilante y móvil. En la semana larga que pasó en cama no me
separé de su lado. Gozaba oyéndole narrar los detalles captados por su retina
en su primera visita al mar. Me embriagaba como un sedante la descripción que
me hacía del océano, ondulado y rabioso unos días y quieto y manso, como un
forzudo perdonavidas, en los demás. Me hablaba de veleros, de conchas y de
gaviotas. Me contaba del encanto de la playa rubia regada por el sol. Se
detenía en levísimos pormenores de los barcos mercantes que cruzaban frente al
rompeolas antes de perderse en la ría. Charlaba y charlaba, en fin, de todo lo
que había visto y asimilado por sus cinco sentidos durante su breve escapada al
mar.
Una tarde enfocó la conversación por un lado
íntimo. Me habló de su madre, de cómo cuando comenzaron el viaje le había
prometido no volver a abandonarle y de cómo su decisión se vino abajo cuando
una mañana «el hombre» se presentó en la playa ante ellos, y con palabras
melosas y persuasivas la convenció de la necesidad de que regresara con él. La
resistencia que opuso su madre fue escasa y vacilante y la noche antes de
emprender la vuelta ya anunció a Alfredo que un acontecimiento imprevisto la
forzaba a alterar sus planes, por lo que él tendría que pasar otro curso en
casa de don Mateo. A continuación de esto Alfredo me aseguró que prefería que
los planes se hubiesen alterado si lo contrario representaba tener que
separarse de mí.
A la semana y media de estar en cama se levantó.
Comprobé que no me había equivocado en mi apreciación. Alfredo tenia un aspecto
fantasmal: alto, delgado, la cabeza formando ángulo con el tronco, con el
vértice de la primera vértebra cervical. En cuanto pudo salir a la calle nos
fuimos a pesar a la botica. Alfredo había descendido un kilo y medio de su
primitivo peso. Esta disminución no le preocupó en absoluto:
-Unas veces habrá que pesar más y otras menos;
supongo yo, ¿no? De otro modo nos moriríamos todos pesando más de cien kilos...
Por contra, a mí este descenso me inquietó mucho.
Retornaron con su antigua fuerza los pasados temores y las noches insomnes.
Dormía poco, acechando en la obscuridad cualquier indicio sospechoso que
pudiera evidenciarme cuál era el verdadero estado de salud de Alfredo. A él,
contrariamente, no le afectaba nada de lo que me ponía en guardia a mí.
Aparentaba estar seguro de sí mismo respecto a la suficiencia de sus reservas
físicas.
Si tosía, «todos tosían»; si pesaba poco, «había
infinitos que pesaban menos que él». Y, desde luego, no le faltaba razón. Sus
síntomas --los hechos vulgares que mi recelo convertía en «síntomas»-eran tan
corrientes que para cualquier ser normal no hubiesen ofrecido motivo de alarma.
Pero yo -empezaba a empaparme de ello- no era
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
un ser normal. No. No era como los demás que me
rodeaban. Profundizaba más sobre las cosas y me martirizaba con posibles penas
venideras, frecuentemente sin razón alguna. (Pensaba que las estaciones del año
se desubstanciarían de amargarse, como yo, previniendo la duración efímera de
los accidentes que las individualizan. La primavera dejaría de ser primavera,
cuna de flores y estrellas, de atormentarse con la idea de que fatalmente en
invierno habría de nevar.)
Comprendía que todo esto era una insensatez, que mi
vida cimentada tan poco sólidamente, se deslizaría de seguir así por la cuerda
floja del presagio nefasto y, en consecuencia lógica, del abatimiento. Pero a
pesar de todo, no me consideraba con fuerzas para remontar este influjo
pesimista. Me constaba que era un error, una realidad desorbitada, pero me
atraía el vértigo de este error, aun a sabiendas de que era tal error, como
seducen las fauces abiertas de un abismo aun a conciencia de que abajo se esconde
la muerte.
Semanas más tarde Alfredo se habla repuesto algo.
El verano se iba consumiendo rápidamente y la proximidad del nuevo curso nos
apremiaba a disfrutar los últimos momentos de libertad. A Alfredo le poseía en
aquellos días un afán inmoderado de correr, de jugar, de hacer ejercicio.
Deseaba más que nada verse fuera de las cuatro paredes de nuestra habitación,
airearse, oxigenarse, darse al viento y al sol con todas sus potencias y
sentidos. Aparentemente este género de vida le mejoró bastante. En los últimos
días de septiembre había recuperado el kilo y medio que perdiera en su viaje.
La línea de mi optimismo inició su curva ascendente. (Casi comprobaba dentro de
mí cómo subía o bajaba la columna del optimismo, sometido a análogas
variaciones que la columnita de mercurio de un termómetro.)
El primero de diciembre de aquel año el tiempo se
metió en nieve. Los copos no cesaban de revolotear tras los cristales; parecían
moscas envueltas en minúsculas sabanitas, dejándose caer en enjambres sobre la
superficie de la tierra. La tarde del tres de diciembre, cesó repentinamente de
nevar. Se levantó un vientecillo que barrió las nubes del firmamento. El cielo
quedó despejado, traslúcido, como un eco lejano del frío que rodeaba al mundo.
Por aquellas fechas Alfredo conservaba una fisonomía esperanzadora. Su rostro,
macilento de ordinario, había cobrado un halagüeño tono saludable. Antes de
acostarnos estuvimos los dos juntos contemplando desde la ventana la plazuela
silenciosa, vacía, rebozada de nieve. Las figuritas de la hornacina me daban
compasión. Allí permanecían, quietas, rígidas, como siempre. Vencedores y
vencidos portaban en la cabeza unos copetes de nieve de formas caprichosas.
-En la Edad Media no debían de pasar frío -musitó
Alfredo.
-Por lo menos parece que están acostumbrados.
Aquello fue la despedida. Cerré las contraventanas
y nos acostamos. Oía Alfredo pegarse contra las sábanas y momentos más tarde
tuve la vaga sensación de vecindad de un cuerpo dormido.
Yo aún velé largo rato. El insomnio era ya un
hábito en mí. Rara noche me dormía sin haber oído desde algún campanario
próximo el pareado de las dos. Aquella noche mi vigilia fue algo más breve. Me
dormí arrullado por la impresión confortadora de que la tierra tenía también
que sentirse a gusto bajo la gruesa capa de la nieve que la cubría.
No sé precisar lo que me despertó. Seguramente la
fiel llamada de mi subconsciente anunciándome la oportunidad de lograr algo que
habíamos ambicionado mucho. Mi primera percepción sensual fue la línea luminosa
que entraba por la ventana cerrada. Su claridad me atrajo, supongo que con la
misma intensidad que a una mariposa de noche. Me levanté y di unos pasos hacia
la ventana medio hipnotizado. Descorrí el pestillo y abrí sin ruido la
contravidriera. Inmediatamente se me avivó el viejo deseo
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
de contemplar la ciudad nevada desde Cuatro Postes,
iluminada por la luz de la luna. Aquella noche me parecía hecha a propósito
para que Alfredo y yo satisficiéramos nuestro anhelo. La luna llena fosforescía
como un agujero redondo en el cielo. Su haz luminoso, invisible en el espacio,
se concretaba en la plaza, arrancando de la nieve reflejos irisados.
Reverberaba también en las cabezas de las figuras de la hornacina como si
quisiera infundirles un aliento vital.
Permanecí allí un rato, abrazándome el silencio
iluminado de la placita recoleta. Me acordé de doña Servanda y de don Felipe.
No habían vuelto, como prometieron. Imaginé, no sé por qué, que a don Felipe no
le contristaría prever la muerte de su consorte. Rememoré la fisonomía del
viudo; del viudo pálido y silencioso como esta noche que se extendía ante mí.
En virtud de no sé qué presentimiento deformado pensé que la fuga a Cuatro
Postes remediaría mi estado mental y, probablemente, haría estable la mejoría transitoria
de Alfredo. Me aproximé a su cama y le zarandeé. Dio varias vueltas sobre sí
antes de despabilarse.
-¿Qué quieres?
-Hay una luna redonda como un queso. ¿Quieres que
vayamos a Cuatro Postes? Gruñó dos o tres veces entre sueños. Machacó con
reiteración de borracho: -¿Qué es lo que quieres?
-Hay luna llena, vámonos a Cuatro Postes. ¡Anda!
Abrió los ojos Alfredo todavía sin comprender bien;
de improviso se tiró de la cama diciendo:
-La luna... Cuatro Postes.
Como un muñeco mecánico empezó a calzarse. A mitad
de la operación levantó la vista hacia mí:
A Cuatro Postes, claro; casi lo habíamos olvidado
ya...
Yo me vestía en silencio, aprovechando el
resplandor de la luna que se adentraba por la contraventana abierta. Me animaba
una euforia especial, desconocida, como si entreviese en la aventura apenas
iniciada el remedio para todos nuestros males.
Yo ya estoy; cuando quieras... -algo me tentó por
dentro-; abrígate bien.
Nos comunicábamos por tenues cuchicheos, casi
imperceptibles. Alfredo me asió del brazo.
Vamos; yo también estoy listo.
Tardamos casi un cuarto de hora en abrir la
ventana. Su chirrido nos descomponía. Bullía en mi cerebro una vaga conciencia
de culpabilidad. «Si nos sorprenden iremos a la cárcel», pensaba tontamente. La
ventana cedió por último con un agudo gemido. Una pella de nieve adherida a su
marco cayó sobre la cabeza de Alfredo. La primera bocanada de vientecillo
helado se nos metió hasta los huesos. Me coloqué a horcajadas sobre la ventana
y salté fuera. La nieve amortiguó el salto. Alfredo iba a seguirme cuando le susurré:
-Entorna la ventana, si no van a congelarse todos.
Resbaló Alfredo, a pique ya de saltar, asió las
hojas de la ventana, que se cerraron de golpe con gran estrépito, y cayó a mi
lado.
-Vamos, corre... -murmuró-;seguro que nos han oído.
Yo, en cuclillas, fabricaba una bola de nieve con
parsimoniosa lentitud. Al oírle, echamos los dos a correr frenéticamente.
Cruzamos frente a los monigotes medievales de la hornacina y yo les arrojé el
proyectil. Sin haber atinado, la bola se rompió contra las narices de uno de
las trompetas.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Rió Alfredo obscuramente.
-Excelente puntería.
Doblamos la primera esquina sin detenernos. Luego,
ya a resguardo de miradas indiscretas, aminoramos el paso. Observé a mi
alrededor. La ciudad tomaba a aquella hora el perfil sincero de su auténtica
fisonomía. Por primera vez comprobé que Ávila de noche, nevada y con luna, se
encontraba consigo misma. Exhalaba su aroma de siglos sin bastardearle con
modernas impurezas; con hábitos, modas y costumbres en discrepancia con su
añeja raíz.
Descendimos a paso rápido por la calle de Santo
Domingo. La nieve, endurecida, crujía al ser oprimida por el peso de nuestros
cuerpos. Delante y detrás no se barruntaba el menor rastro de vida. Los muros
amarillos de la casa de la Santa absorbían la humedad del suelo, como si algún
perro vagabundo acabase de dejar allí la huella lamentable de su paso. Los
farolillos, en las esquinas, derramaban hacia el suelo su claridad mezquina y
enfermiza. Nuestros pasos sonaban sobre la nieve con un chasquido especial.
Cruzando la quebrada transversal que nacía a la
derecha de Santo Domingo entramos en la calle de Magana. El mismo silencio
había allí que en todas partes. El silencio confortable de un pueblo arropado
en su sueño. Dejamos a la derecha la mole negra, aislada, de San Esteban y
fuimos a parar al Arco de San Segundo, sobre el río. Alfredo rompió el silencio
inopinadamente.
-Vamos por el Puente Viejo; pasaremos más cerca de
la fábrica.
La ausencia de actividad se intensificaba allí, al
borde del Adaja. La corriente discurría apagada por debajo de una gruesa capa
de hielo. A la izquierda la fábrica penetraba en el río como una península sin
vida. Asomados al pretil nos recreamos admirando nuestro edificio predilecto.
Las cosas dormían igual que los hombres. Las ventanas clausuradas eran ojos con
los párpados vencidos. Ni el menor ruido acusaba que la fábrica viviese. No le
importaba tener sumergidos sus pies bajo las aguas congeladas. Eso era cuestión
de aclimatamiento. Los peces de la pecera, de soltarles ahora en el Adaja,
seguramente cogerían un resfriado. Se habían hecho sibaritas en su misma
cárcel.
Atravesamos el río por el Puente Viejo y salimos a
campo abierto. Poco más allá se dibujaba la silueta precaria de Cuatro Postes.
Ascendimos al promontorio, embargado yo por una emoción casi religiosa.
Recordaba el arrobo de don Mateo al hablar de la ciudad nevada, vista desde
allí, a la luz de la luna. Rememoré de nuevo en esta noche a doña Servanda y a
don Felipe. Y me sorprendí pensando reiteradamente que a don Felipe no le
apenaría la desaparición de doña Servanda. De súbito me vi agarrando la cruz de
granito de Cuatro Postes. Apenas me atrevía a darme la vuelta y tender la vista
sobre la ciudad nevada. Cuando lo hice, un sentimiento amplio, inconcreto, me
resbaló por la espalda. La ciudad, ebria de luna, era un bello producto de
contrastes. Brotaba de la tierra dibujada en claroscuros ofensivos. Era un
espectáculo fosforescente y pálido, con algo de endeble, de exinanido y de
nostálgico. La torre de la Catedral sobresalía al fondo como un capitán de un
ejército de piedra. En su derredor las moles, en blanco y negro, de la torre de
Velasco, del torreón de los Guzmanes, del Mosén Rubí... Ávila emergía de la
nieve mística y escandalosamente blanca, como una monja o una niña vestida de
primera comunión. Tenía un sello antiguo, hermético, de maciza solidez patriarcal.
La villa, centrada en plena y opulenta civilización, era como una armadura
detonando en una reunión de fraques. Imaginé que no otra, en todo el mundo,
podía ser la cuna de Santa Teresa. Porque su espíritu impregnaba, una por una,
cada una de sus piedras y sus torres. Había en las nevadas
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
almenas algo de una espectacular geometría ornada;
algo diferente a todo, algo así como un alma alejada del pecado. Entonces pensé
que la tierra es bella por sí, que sólo la manchan los hombres con sus
protestas, sus carnalidades y sus pasiones.
En mi arrobamiento había olvidado completamente a
Alfredo. Al volver la cabeza le
vi sentado
sobre el pedestal de la cruz. Le doblaba un signo de fatiga y desaliento. La
luna le iluminaba media cara, desencajada y amarilla. Experimenté una conmoción
extraña en todas mis vísceras.
-¿Qué te ocurre, Alfredo? ¿Tienes miedo?
Hizo un visaje lánguido con los ojos:
-¿Por qué había de tener miedo?
-La luna hace sombras por todas partes...
Repitió su visaje con los ojos y me miró:
-¡Qué me importan las sombras de la luna!; estoy
cansado; horriblemente cansado.
Eso es lo que me ocurre.
Le cogí de los hombros, atrayéndole hacia mí.
-No te preocupes; hemos venido muy de prisa; eso es
todo... Me retorcía el presentimiento de que eso no era todo. Intuía mi gesto
ridículo al pretender infundirle un valor que a mí me faltaba. Se incorporó
lentamente:
-Si no te importase podríamos ir marchando...
Su rostro estaba lívido. La luz del sol rebotaba en
la luna y la de la luna en la faz de Alfredo. Casi me encerraba en un círculo
vicioso de satélites, de satélites.
-Tienes mala cara...
-¡Bah!, es el reflejo de la luna.
Caminamos por el declive del cerro. Él colgado de
mi brazo y moviendo muy despacio las flacas piernas. Al atravesar el puente se
animó un poco.
-Estoy pensando que tal vez sea sueño... que me
esté cayendo de sueño... ¿Qué te parece?
Intenté animarlo.
-Puede que tengas razón; la verdad es que deben de
ser las cinco de la madrugada...
Tuvo unos minutos de reacción.
-Naturalmente, naturalmente que sí; a las cinco de
la mañana todos los hombres tienen sueño... ¡Soy un idiota!
Alcanzó una vara clavada en la nieve junto a la
acitara; la blandió luego en el aire y exclamó con voz ronca al tiempo que
echaba a correr hacia las murallas:
-¡Al ataque!
Yo le seguía, esperando verle caer en cualquier
momento; le seguía frío e impasible ante la perspectiva de aquel ataque
nocturno. Llegó a la base de la muralla y comenzó a trepar por las piedras
empotradas y resbaladizas. Se sentó súbitamente en la arista de una de ellas.
Respiraba fatigosamente, anhelantemente...
Su voz sonaba ronca en medio de aquel ambiente
recogido e inerte:
-No es sueño, Pedro... Es... que estoy enfermo.
Tengo unas ganas horribles de vomitar...
Subí hasta él. De cada poro de mi cuerpo manaba una
gota de sudor frío, angustiado. jamás me pareció tan importante mi estúpida
fortaleza. Hubiese querido
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
inyectarle parte de mi sangre nueva, joven,
incontaminada... Hubiese deseado cederle para siempre la potencia de mis
músculos; el vigor de mis miembros elásticos y firmes... Pero ¿qué conseguía
prácticamente con esos buenos deseos? Allí estaba Alfredo, empapándose de la
humedad de la nieve derretida por el calor de su cuerpo, jadeante, febril...
-Levántate, Alfredo; el frío de la nieve te puede
hacer mucho daño...
-Déjame un rato, por favor... sólo un rato... para
descansar...
La respiración de sus pulmones trascendía al resto
de su organismo. Cada inspiración se acusaba en su cabeza, en sus dedos, en
todo su ser...
Un pavor impalpable se iba adueñando de mí. Le rocé
con mis dedos la frente: el tenue contacto le estremeció. Los retiré otra vez.
Otras percepciones iban mezclándose, encadenándose, a mi preocupación esencial.
Una campana rompió, de pronto, el silencio de la madrugada, llamando a la
primera misa. Era un tañido alegre, retozón, pero mi ambiente interior lo
transformaba en lóbrego. Me percaté entonces de que la alegría es un estado del
alma y no una cualidad de las cosas; que las cosas en sí mismas no son alegres
ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las
envolvemos. Otra campana se oyó a lo lejos, más grave y austera. Encajé
mentalmente la primera en el campanario de una ermita de torre airosa y
esbelta; la segunda en un convento románico, mazacote, aplastado contra el
suelo. Los repiques de ambas se combinaban dentro de mí alternando con la
campana de mi corazón tocando a muerto. Me agaché y tomé a Alfredo sobre mi
hombro. Alfredo no protestó de su incómoda postura. Había entrado ya en esa
fase febril, en ese «dejarse llevar» voluptuoso que no exige comodidades,
delicadeza ni holgura.
Ya en el suelo me dijo con voz débil:
-Déjame; puedo andar perfectamente por mi propio
pie...
Lo puse en el suelo y lo cogí por la cintura.
Durante un rato caminamos así despacio y en silencio. Mil pensamientos cruzaron
por mi cabeza en aquel trayecto. Quería descubrir algún indicio anterior a esta
brusca decadencia de Alfredo; algún síntoma inequívoco del que pudiera
deducirse este agotamiento total. Pero no le hallaba. Contrariamente, en los
días anteriores le había encontrado mejor que nunca, más entonado, más dinámico
y brioso dentro de su debilidad original. Era posible que él, conociéndome, hubiese
querido evitarme este disgusto. Respiré cuando llegamos a la hornacina.
Indiferente observé que había luz en todas las ventanas de nuestra casa. Así
era que nos habían descubierto, que nos habían echado de menos. Maldije la
ocurrencia de haber salido aquella noche. Cruzamos la hornacina. El trompeta no
me guardaba rencor al parecer por el bolazo de dos horas antes. En el aire se
estremecían los tañidos de las campanas. Ya no eran sólo dos; eran muchas,
millares tal vez, mezclando, disonantes, las vibraciones de sus bronces.
Atravesamos la meseta entre los álamos. La
fuentecilla estaba helada. Adheridas a las piedras había una porción de
estalactitas y estalagmitas de minúsculas proporciones. Nos acercamos a la
casa. Una silueta se recortaba en la ventana del cuarto de los peces. Se oyó la
voz de doña Gregoria:
-¡Alabado sea Dios!, ya están aquí...
Recuerdo que no oí una sola palabra de censura
cuando avancé por el pasillo medio arrastrando el cuerpo de mi amigo. Doña
Gregoria y don Mateo miraban espantados hacia él. Mi patrona tardó un rato en
reaccionar. Luego echó a correr hacia la cama de Alfredo y se la dispuso
rápidamente.
-Échate, hijo, échate. ¿Qué te ha ocurrido?
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Le arropó amorosamente. La piel del cuerpo de
Alfredo era aún más blanca que las sábanas. Tiritaba y le entrechocaban los
dientes. Martina se agarraba a mi pantalón agradeciéndome que hubiésemos
vuelto. De repente, sin grandes convulsiones, le vino una arcada a Alfredo y
vomitó sobre la colcha. Martina me apretó el pantalón con más fuerza. Doña
Gregoria, sin vacilar, se aproximó al enfermo sujetándole la cabeza entre sus
manos. Alfredo volvió a vomitar. Una, dos, tres, muchas veces...
-Pronto, Mateo, vete a avisar al médico...
Salió don Mateo. Alfredo se había tumbado de nuevo.
Ahora su palidez contrastaba con la enorme mancha roja que iba extendiéndose
por el embozo de la sábana...
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XIII
Después de la hemoptisis de Alfredo me invadió una
sensación enervante, algo así como si hubiese andado un camino enormemente
largo, excesivamente largo para mis facultades limitadas. Alfredo, postrado,
aparentaba dormir apaciblemente. A su alrededor revoloteaba doña Gregoria de un
sitio a otro, desviviéndose por atenderle, porque no le faltase nada. Yo
continuaba clavado en el mismo punto desde donde presenciase su horrible
vómito. No separaba mis ojos de su rostro, consumido y seco, como si con las pesadas
bocanadas de sangre se le hubiese fugado hasta el postrer átomo de salud. La
insistencia de mi contemplación alteraba a veces el orden de facciones de mi
amigo, que tomaba alternativamente la fisonomía del viudo o del monigote de
piedra a quien estampase en la nariz una bola de nieve.
Por las contraventanas abiertas penetraba el alba;
un alba triste y espantosamente anodina; un amanecer bajo de color,
desmejorado, gris... Me poseía la impresión de estar viviendo unas horas ya
vividas. Como si no recordase más que estos instantes de otra existencia
anterior, diluida ya en la madeja del tiempo. Mis sentimientos estaban como
adormilados. Tenía los ojos y el corazón atrozmente secos, como si alguien
previamente me los hubiera estrujado hasta sacarles la última gota, de hiel o
de sangre.
El roce de la falda de doña Gregoria al pasar de
puntillas por mi lado me ocasionaba mucho bien. Lo mismo que sus cuchicheos con
Estefanía o su expresivo lenguaje por señas, o el crujir de la sábana limpia
que colocaban en el lecho de Alfredo. (A Martina la hablan apartado de la vera
del enfermo. Supongo que por dos motivos fundamentales: el temor al contagio y
el hecho de estimarla aún muy joven para ser presentada a la muerte. Yo la oía
ahora entendérselas con un pocillo de chocolate en la habitación vecina.
Adivinaba su mueca de satisfacción y su insistente purgamiento en el fondo de
la taza para rebañar hasta la última partícula de golosina. El choque de la
cucharilla contra la loza se confundía con el repicar de las campanas que era
como el timbre de un gigantesco despertador de la ciudad).
Empezaban a rodar por las calles los primeros
carros. Entraban sus tumbos a través de la ventana cerrada. Se oían los
pregones de vendedores y basureros. Me dio la idea de que el médico se
retrasaba demasiado. Encima de la mesilla de noche un elemental reloj, traído
hacía unos minutos por Estefanía, contaba el tiempo. Lo contaba marcando los
segundos con pronunciado ritmo. El día iba haciéndose rápidamente. Con todo, la
luz que penetraba por los cristales tenía un sombrío tinte opaco. El rostro de
Alfredo empalidecía cada vez que la claridad era más intensa. Sus párpados y
ojeras ponían sobre su lividez una lúgubre mancha violeta. El médico tardaba
excesivamente. El reloj deshojaba sus segundos con cruel parsimonia. Empezaron
a caer, blandos, los primeros copos de nieve de aquel día. Llamaron a la
puerta. Experimenté un gran alivio cuando la falda de doña Gregoria me rozó
suavemente al pasar junto a mí. Se oyeron unos apagados cuchicheos en la puerta
de la calle. Debía de ser el médico. Los cuchicheos me confortaron también.
Notaba que estas blandas expresiones externas atusaban, con mansedumbre, mis
nervios erizados. Entró el médico. Una dulce somnolencia iba desvirtuando mi
integridad. El médico pisaba también de puntillas y hablaba susurrando. Se lo
agradecí. Se dirigía hacia la cama de Alfredo. Don Mateo entró detrás con gesto
contrariado. «Uno de los dos ha de enterrar al otro», parecía decir. Ahora
cercaban el lecho entre todos: el médico, doña Gregoria,
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Estefanía y el señor Lesmes. Yo, sin moverme de mi
primitiva postura, observaba. Alfredo abrió los ojos y me sonrió a lo lejos.
«Tiene ya sonrisa de eternidad», pensé. El médico le puso la mano en la frente.
El gesto me dio la sensación de que mejoraba a mi amigo. Sacó el doctor el
estetoscopio de un bolsillo al tiempo que decía no sé qué a doña Gregoria. Los
brazos de mi patrona incorporaron a Alfredo mientras los dedos ágiles del
doctor desabrochaban su pijama. Bailaban las costillas de mi amigo bajo la piel.
Eran como las cuerdas tensas de una guitarra. Le aplicó la trompetilla al lado
izquierdo del pecho auscultándole:
-Respira fuerte.
Alfredo debió de entender que apremiase su
respiración porque su pecho se agitó vertiginosamente, pero sin dar profundidad
a sus inspiraciones. Abrió de nuevo los ojos y me sonrió. Seguramente pensaría
que todo esto no tenía la menor importancia: «Unos vomitarían rojo, otros
amarillo y otros azul». «También las naciones -se diría con su lógica
absurdamente ingenua- se distinguen por los colores de sus banderas, sin que
haya un color determinado para las fuertes y otro para las débiles.» «Ahora
puedo estar cansado, pero ¿quién no está cansado alguna vez?» «Mañana
seguramente podré levantarme y correr y jugar como si nada hubiera ocurrido.»
El estetoscopio hizo un minucioso recorrido a lo
largo y a lo ancho del débil pecho. En algunos puntos se detenía el doctor con
gesto inescrutable. Hacía tamborilear sus dedos y el pecho de Alfredo sonaba a
hueco. Yo contemplaba todo esto como a través de una niebla gris; como la
realización de unos preliminares inevitables para llegar a un desenlace
previsto. Por último, el médico se enderezó. Doña Gregoria, solícita, arrebujó
el cuerpo de Alfredo entre las mantas. Mi amigo había vuelto a entornar los ojos
y sonreía. Don Mateo y el médico salieron al pasillo. Estefanía los siguió con
la mirada, sin moverse de la cabecera del lecho. Un poco por instinto, mis
piernas me sacaron también de la habitación. A la puerta del cuarto de los
peces me detuve, escuchando. Doña Gregoria pasó por delante muy de prisa,
sujetando con los dedos corazón y pulgar de cada mano las puntas bajas de su
delantal. Esta vez el roce de sus vestidos me crispó los nervios. El médico se
despedía ya con el sombrero y el bastón en la mano:
-Es muy joven para ponerse en lo peor. Es de
esperar que con un reposo absoluto y una alimentación abundante estemos del
otro lado. Eso -rió- sin contar con los prodigios terapéuticos del aire de
Ávila... Ya volveré...
Al cerrarse la puerta y oír sus pisadas en la
escalera me pareció que nos abandonaba a nuestra propia suerte; que la vida de
mi amigo le importaba tan poco como a mí me hubiera importado la de su mujer,
de ser casado.
Ésta fue la iniciación de unos días de acentuada
intranquilidad, híbridos de esperanza y desesperación, angustiosos en su cariz
de t' buena vecindad con la muerte. En estas horas me transformé en un :.
faldero de doña Gregoria. Su buen corazón comprendía mi congoja y
frecuentemente alimentaba mi mortecina esperanza con palabras consoladoras y
llenas de fe.
-El clima de Ávila, hijo, es milagroso para esta
enfermedad. Yo he visto mil casos peores que se han resuelto fácilmente.
Recién oídas estas palabras, me inundaba el gozo.
La experiencia de mi patrona cobraba al tratar esta cuestión aires de
infalibilidad absoluta. La creía porque ansiaba que tuviera razón, porque tenía
qué creerla. Acudía entonces junto al lecho de mi amigo a ponerle mi inyección
de optimismo. Mas su sola contemplación me aturdía al primer vistazo. Me
sentaba junto a él en una pequeña silla enfundado en mi abrigo de invierno.
(Eran órdenes del médico que no se cerrase la ventana ni de noche ni de día.
Por este motivo mis palabras salían precedidas siempre por una nubecilla de
aliento).
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Ya estás mejor, Alfredo; el médico lo ha dicho.
(Lo que de verdad decía el médico era que el
proceso de curación sería muy largo; varios meses o quizá varios años.) Alfredo
sonreía con un movimiento de labios indefinible, sin dejar de aprisionar su
ceja albina. No queríamos que hablase una palabra y él aparentaba hallar
satisfacción en este hermético mutismo. Hacía el efecto de hallarse en completo
acuerdo con su nueva modalidad de estar, pasiva y estática. Jamás aspiraba a ir
más allá de lo que le permitían. Esta conformidad sumisa constituía para mí el
peor augurio. Su carácter volcánico, abierto, impetuoso, había experimentado
una transformación radical... Y este fenómeno me proporcionaba la señal
evidente de que Alfredo se juzgaba ya a sí mismo como un individuo apto para la
muerte.
En mis visitas terminaba por absorberme en una muda
contemplación de sus facciones. No veía una fórmula que me permitiese encadenar
unas palabras a otras en un sentido concreto. La ausencia de réplica y de
atención acababa por sumirme en mi actitud expectante. Entonces la anormalidad
de su rostro se agigantaba coceándome el corazón. Su faz, cada vez más afilada,
adquiría tonalidades cárdenas en las sienes. Allí, si la fiebre era muy alta,
veía temblar el pulso, pasar la sangre con las intermitencias impuestas por el
control de sus válvulas. Hasta estos días no reparé en las pecas salpicadas,
desordenadas, por su rostro, y que tachonaban su lividez como las estrellas el
firmamento. A ratos me entretenía contándolas, intentando contarlas.
Impensadamente me avasallaba la idea insensata de que el número de pecas
simbolizaba el número de horas que le restaban por vivir. Cerraba los ojos,
apretando fuertemente los párpados, pero un impulso invencible me imponía la
voluntad de abrirlos y de comenzar el recuento otra vez.
En otras ocasiones me figuraba que los latidos del
corazón de Alfredo no hacían más que acompasar el tictac del reloj, y que una
vez que éste agotase su cuerda concluiría la vida de mi amigo por ausencia de
fin. Me levantaba apresuradamente de mi silla y daba cuerda al viejo reloj
hasta alcanzar el tope. Sonreía. Mi amigo tenía ya garantizadas otras
veinticuatro horas de existencia.
La lima de la intranquilidad iba royendo así,
sistemáticamente, mis nervios. Mi pasajera esperanza se diluía en presencia de
Alfredo. Precisaba nuevamente establecer conexión con una voz amable,
caritativa, estimulante... En la casa todo eran medias voces, murmullos,
miradas oblicuas... Otra vez coactaría a doña Gregoria para que acudiese en mi
socorro. La buscaba por la casa, hasta encontrarla y vuelta a empezar otra vez
la rueda sin fin: optimismo, entibiamiento, depresión... Las tres fases que
jalonaban el curso de mi vida de entonces.
A la semana justa el enfermo se puso un poco peor.
Tuvo otra hemoptisis. El latido del hogar se amortiguó aún más si cabe. Se
vivía allí en un constante roce, tenue y suave, como el crujir de la seda. En
aquellos días busqué más que nunca la compañía de doña Gregoria. El mismo señor
Lesmes me acariciaba a menudo; se daba cuenta de que yo estaba jugándome a una
sola carta toda mi razón de ser y de subsistir en el tiempo. Una tarde me dijo
en tono convincente:
-No tienes que preocuparte, Pedro; éstas son cosas
corrientes que pasan todos los días. Alfredo ha tenido la suerte de vivir en
Ávila. Y el clima de Ávila es mejor que los remedios de todas las boticas. Ten
la seguridad de que, más pronto o más tarde, Alfredo se pondrá totalmente bien.
¡Otra vez el clima de Ávila! Empezaba a resultarme
desalentador fiar el restablecimiento de mi amigo a las condiciones
climatológicas de una determinada región. El soplo del aire –imaginaba- será
muy semejante en todos los puntos de la Tierra. Fiar al clima el remedio de una
enfermedad suponía echar mano del criterio
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
ruso al pelear contra Napoleón. A los rusos les
resultó bien. Pero ¿no sería diferente el influjo climático en la guerra que en
la enfermedad? ¿Es que el clima de Ávila, seco y frío, encerraría también la
propiedad de poder poner en desbandada a un apiñado ejército de microbios
armados hasta los dientes? ¿Es que la nieve, el lodo, el frío, afectarían
también a los microorganismos? De ser así, Napoleón podría ser considerado
históricamente como un bacilo de Koch y cabía afirmar, metafóricamente, que
Rusia había padecido de tuberculosis en el año 1812. (Ahora, cuando sentía a
Alfredo respirar imperceptiblemente el aire gélido de su habitación, me daba la
idea de que un millar de boticarios espolvoreaban sobre la ciudad, desde las
crestas más altas de la Sierra, los medicamentos e inhalaciones de los tarros,
cápsulas y ampollas que poblaban los estantes de sus boticas. ¡Tan sano me
imaginaba el clima de la ciudad...!)
Mis noches experimentaban con la enfermedad de
Alfredo un profundo cambio, sin excluir su forma externa. Ya no dormíamos
juntos en el mismo cuarto. El médico, aun en contra de mis deseos, nos había
forzado a la separación. Dormía ahora en la habitación donde dábamos la clase
de matemáticas. Por la noche, Estefanía y doña Gregoria trasladaban a ella un
catre que colocaban debajo del negro tablero. Allí tenían lugar mis agotadoras
luchas cerebrales. Me era imposible acostarme sin luz. Había de hacerlo con la bombilla
incandescente por encima de mí. De otra manera las sombras me estrangulaban.
Iba invadiéndome, poco a poco, una zozobra pegajosa hasta agotarme. De todas
formas sentía mis miembros cruzados por corrientes extrañas; unas corrientes
que me compelían, de repente, a estirar mis piernas o mis brazos de un modo
involuntario y automático. Entre sueños, algunas noches me parecía que el
jeroglífico de mi inquietud se trasladaba al negro tablero y allí se combinaban
las letras y los números de un enredo semimatemático preñado de incógnitas.
Cuando mi cerebro disfrutaba de la capacidad
suficiente para discurrir con frialdad, las pesadillas adquirían una
consistencia pastosa. De causa en causa iba saltando hasta topar con el efecto
fatal: la muerte. Siempre giraban mis torturas en derredor del viudo, del negro
luto, del picar de los canteros, del pino redondo y aromático elegido por
Alfredo para reposar eternamente... Me asomaba con frecuencia a la angustiosa
teoría del desasimiento. Paulatinamente iba confirmándome en ella. «Vivir es ir
perdiendo, me decía; e incluso, aunque parezca aparentemente que se gana, a lo
largo nos damos cuenta de que el falso beneficio se trueca en una pérdida más.
Todo es perder en el mundo; para los que poseen
mucho y para los que se lamentan de no tener nada.»
El sábado por la tarde se confesó Alfredo y en la
mañana del domingo el párroco le llevó la comunión. Evoqué la escena de doña
Gregoria criticando el hecho de que en Barcelona se hubiese conducido el
viático en automóvil. Rememoré las posturas respectivas del señor Lesmes, don
Felipe y doña Servanda en aquella cuestión. Las consecuencias de los diversos
puntos de vista podían condensarse en que la civilización era una porquería,
una estrella sin brillo propio, algo ficticio, cuyo relumbrón superficial podía
embaucar a los ingenuos. Este domingo, mientras Alfredo comulgaba, me di cuenta
de la vacuidad de las conversaciones humanas, aun en los terrenos que se
consideran más serios. La civilización en sí no era buena ni mala; todo
dependía de la orientación que se imprimiese a sus avances. El hecho de
transportar a Dios en automóvil o en un aerostato no lo estimaba irreverente
sino, al contrario, como una aplicación exacta del conocimiento humano; como un
encajonamiento loable del impulso civilizador puesto al servicio de la
Divinidad. Donde la civilización fallaba era en regatear sus hombres a la
muerte. Si yo fuese médico, pensaba, no descansaría hasta encontrar el remedio
contra ciertas enfermedades incurables.
71
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Maldije internamente a los médicos que dilapidaban
su vida sin dejarse morder por la preocupación de superarse; de esos médicos
pródigos que malgastan sus energías en un arrastrarse por el fango sin
percatarse nunca de las dimensiones trascendentales de su misión.
(Rumiaba yo entonces estas verdades con la
consistencia que cabe en un pecho de apenas trece años. No dejaba de comprender
que mi infancia quedó atrás, justo el día de nuestra primera excursión a Cuatro
Postes; cuando don Mateo levantó ante mi vista el telón que me eclipsaba la
vida con toda su cohorte de miserias y mezquindades.)
En la mañana que Alfredo cayó enfermo, don Mateo
avisó urgentemente a su madre a Madrid. Nada supimos de ella hasta después de
comunicarle el segundo vómito y el posible empeoramiento de su hijo. Respondió
entonces que acudiría rápidamente a su lado y que en tanto siguiéramos
teniéndola al corriente de las novedades. Deseé ardientemente que la madre de
Alfredo llegase a tiempo para encarrilar «aquello», si es que «aquello» era aún
susceptible de encarrilarse. En la noche del martes -nueve días después de caer
en cama- Alfredo mantuvo conmigo una corta conversación. -Me parece que ya
estoy mejor -me dijo con voz débil-: las fuerzas van volviéndome lentamente.
¡Qué bien lo pasamos en Cuatro Postes!, ¿verdad?
No quise desilusionarle; guardaba él un recuerdo
muy grato de su último exceso y se lo respeté. Desconocía Alfredo que de entre
todos los días torcidos que apuntalaban mi breve existencia, era el de la fuga
a Cuatro Postes el que más me amargaba, aguijoneándome sin descanso con crueles
remordimientos.
-De todos modos -siguió Alfredo-, no olvides mi
capricho de descansar a la sombra de un pino, «si fuese necesario».
Le aseguré que lo tendría en cuenta siempre que
«fuese necesario».
A continuación, agradecido, destapó sus brazos
entecos, me rodeó el cuello y me abrazó estrechamente. Le correspondí con
efusión, y al soltarle observé que a ambos nos rodaban por las mejillas unos
tontos lagrimones.
-Estoy mucho mejor...
La insistencia de Alfredo se me hacía sospechosa.
¿Es que sentía venir la muerte hacia él y quería, a toda costa, que yo no
recelase su proximidad?
-Te prometo que cuando me ponga bueno iré a pesarme
todas las semanas...
¿Por qué remachaba sobre el mismo clavo? ¿Por qué
había de empezar a restablecerse precisamente el día de su mayor calentura?
¿Por qué esa bondad, esa sumisión, ese acatamiento a mis deseos, que no había
demostrado en ninguna otra circunstancia de su vida? «Dicen que los muertos no
son nunca malos -pensé-; ¿será que Alfredo empieza a ser condescendiente porque
presiente el tránsito, porque ya ha empezado a morirse?»
-Seguramente mi madre vendrá esta noche... A veces,
¡qué pesaditas se ponen las madres! Al «hombre», si viniese, no le dejes
entrar.. Es un malvado... Y a los hombres, cuando son malos, se les puede
perdonar si reservan su maldad para ellos solos... Pero no si para ser malos
hacen uso de un instrumento inocente...
Iba a prometerle esto cuando advertí que no había
terminado de hablar. Dejó sueltas dos palabras que añadió, tras una pausa, como
si hubiesen sido objeto de una especial meditación:
-... corrompiéndole previamente.
Él sabía, entonces, o sospechaba al menos, el
género de vida de su madre. No obstante, a ella no le guardaba rencor. La
tomaba como a una víctima sacrificada por el feroz egoísmo de un hombre.
«Alfredo en estos momentos dispone de una lucidez
72
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
extraordinaria -me dije -; está calando en el alma
de "un hombre" con una profundidad desusada, como jamás lo había
hecho él.»
De repente Alfredo se enderezó levemente. Sus
mejillas caían a plomo hasta debajo de la boca, formando el óvalo consumido de
su faz. Dos rosetones coloreaban sus pómulos como un pregón de falsa salud. Me
tanteó con su mano esquelética para convencerse de que continuaba a su lado.
-Oye... que traigan a los peces... hace mucho
tiempo que no les veo comer...
Me levanté con la gravedad de un albacea;
consciente de que cumplía una súplica de última voluntad. Don Mateo y doña
Gregoria comentaban algo en voz baja, con el liviano cuchicheo que ya había
adquirido carta de naturaleza en aquel hogar. El señor Lesmes tomó la pecera,
sin dudarlo, alegre de poder llevar un consuelo al corazón del enfermo.
-Ten cuidado, Mateo; que no toque el niño los
peces... Sería horrible que se convirtiesen en unos portadores de gérmenes...
Me hirieron las frases de doña Gregoria, empleando
los términos de don Gaspar, «el médico vanguardista». Podía tener razón, pero
eran humillantes para mí, que me resistía en ver en Alfredo el menor asomo de
peligrosidad. Gruñó Fany a la puerta de la cocina. Imaginé que Alfredo
agradecería también su visita y, sin pensarlo más, escurriendo mi acción a la
vigilancia de mi patrona, entreabrí la puerta de la cocina, dándole paso. Me
brincó el animal, que echaba de menos mis habituales caricias y, luego como adivinando
el objeto de la conmoción de aquella casa, emprendió una carrera por el pasillo
y no paró hasta arrojarse sobre Alfredo y fregarle el rostro con los suaves
chupeteos de su larga lengua.
-¡Fany!
El grito de doña Gregoria me sonó igual que el de
Alfredo la noche que una carreta dejara coja a la perra. Era una llamada a la
prudencia, a la prevención... El animalillo no hizo caso y prosiguió su poco
higiénico quehacer entre gruñidos de contento por su parte y la tibia
delectación de Alfredo por otra. Doña Gregoria cogió al animal por la piel del
cuello y lo despachó con un afilado puntapié.
Quería evitar también seguramente que Fany se
convirtiese en otro «portador de gérmenes». Aulló la perra del susto y huyó
cojeando en dirección a la cocina. Nuestro maestro se acercó entonces al lecho
de Alfredo llevando sujeta entre sus manos la pecera verde. Los peces nadaban
inquietos, penetrados de la inestabilidad de su equilibrio. A duras penas
Alfredo entreabrió los ojos. Yo me puse a migar aceleradamente un pedazo de pan
sobre los prisioneros. Me miraron éstos extrañados, ignorantes del motivo por el
que aquel día se les despachaba doble ración. Transcurridos unos segundos
perdieron su interés por las causas que motivaban el festín y se lanzaron sobre
las migas de pan con manifiesto apetito. Alfredo les miraba, o siquiera, tenía
los ojos abiertos en dirección a ellos y sonreía. Cuando terminaron los peces
de comer, don Mateo los sacó de allí y todos nos despedimos del enfermo hasta
el día siguiente.
Casi no había comenzado todavía a desnudarme cuando
los acontecimientos y las sensaciones se acumularon sobre mí. Creo que el orden
cronológico de los mismos fue el siguiente:
Unos pasos rápidos en el portal y un taconeo
intenso de unos pies femeninos sobre los cuatro primeros escalones.
Un grito de mujer partiendo de un lugar
inlocalizable.
Unas palabras, pocas, rompiendo el ritmo
amortiguado que se venía usando desde hacía nueve días para conversar en
aquella casa.
73
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Un tremendo portazo.
Unas carreras alocadas, frenéticas, por el pasillo.
Una nerviosa llamada a la puerta de la calle.
Otro grito penetrante.
Repetición de la llamada a la puerta cada vez con
más frenesí...
Venía esperando esto desde hacía tanto tiempo que
estoy convencido de que ni un solo músculo de mi cuerpo se alteró. Percibí, uno
a uno, aquellos leves indicios, suficientes para explicar lo sucedido. Apreté
las mandíbulas y me encaminé a la habitación de Alfredo. Había luz en ella y
llanto. Entré. Alfredo seguía sonriendo, pero sobre el embozo de la sábana
había vuelto a surgir la terrible mancha roja. El señor Lesmes apoyaba su oído
sobre el pecho de Alfredo. Al incorporarse dijo que «no» con la cabeza. Doña
Gregoria y Estefanía alargaron sus gemidos al ver este gesto. La puerta de la
calle seguía siendo machacada implacablemente. Salió Estefanía enjugándose las
lágrimas con un pañuelo sucio. Don Mateo asió la sábana por el borde y la
levantó cubriendo el rostro lívido de Alfredo. De improviso penetraron en la
estancia muchos alaridos y tras ,líos una mujer. Aunque envejecida la reconocí
como la madre de mi amigo. Gritó aún más fuerte al ver el bulto en la cama,
coronado por una mancha roja. Se arrojó sobre él y le destapó. Alfredo seguía
sonriente. Se abrazó a él su madre, incorporándole. Cuando le soltó, el busto
de mi amigo se desplomó, rígido y pesado, sobre la almohada, escurriéndole un
hilillo de saliva rosada por la comisura izquierda de la boca.
Yo veía las cosas como si no fuese yo. Mis ojos
estaban secos. Miraba y escuchaba por simple curiosidad... Fany, desde la
cocina, soltó un aullido que luego repitió a largos intervalos durante todo el
resto de la noche.
74
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XIV
La sensación de embotamiento que me ocupó en el
momento crucial de desasirme de Alfredo se prolongó hasta el instante de
enterrarle. Muchas veces he parangonado después aquella sensación con el
acorchamiento parcial que produce en la boca una inyección cuando acudimos al
dentista para extraernos una muela. La diferencia afectaba únicamente a la
extensión y a la calidad del miembro dormido. En aquellos días la
insensibilidad se extendía a toda mi actividad interior. Vivía solamente por
los sentidos. Mantenía íntegra mi capacidad de comprensión, pero las
consecuencias de mis percepciones no pasaban de la superficie de la piel, no
trascendían a mi centro nervioso. Asistía como un espectador desapasionado a un
espectáculo cualquiera. Veía, pero la visión no me dejaba la más mínima huella;
me hacía cargo de todo sin que ese todo influyese para nada en mi vida
interior, absolutamente nula, despegada y obtusa.
Recuerdo la noche en que murió Alfredo como la más
movida externamente de cuantas he vivido hasta ahora. Nunca había sospechado
que la anulación de un ser de la costra de la Tierra desatase un torrente de
actividad semejante entre los que permanecían. Mi primitiva idea de que son
muchos los vivos que viven a costa de los muertos, se reafirmó entonces. Las
esquelas, la caja, la certificación médica, la modista, la autorización del
juzgado y tantas otras cosas más, mantuvieron aquella noche la casa de mi maestro
en plena efervescencia. Estefanía se movió mucho más de lo corriente, pese a
que la víspera se había lamentado con insistencia de un fuerte ataque de reuma
a los pies. Aquella noche Estefanía se dividió para atender a todos con una
rapidez insólita, lo que vino a demostrarme que el mejor remedio para el reuma
es poner encima del reumático una preocupación mayor.
Recuerdo perfectamente cómo Alfredo fue amortajado
por su madre y doña Gregoria con el traje azul marino que usaba para las
grandes solemnidades. No se me olvidarán las dificultades inherentes al acto de
vestir a un muerto. Las articulaciones habían perdido su flexibilidad, los
miembros todos se habían aplomado, la rigidez convertía el cuerpo en un garrote
sin elasticidad, de una sola pieza. Todo esto vino a evidenciarme que el
cuerpo, sin el alma, es un simple espantapájaros. Las dos mujeres terminaron
por dar un corte a la espalda de la marinera e hilvanarla después de puesta
sobre el cuerpo inanimado. Concluida esta operación, la madre de Alfredo se
puso a llorar. Tenía los párpados enrojecidos y su aparente belleza desapareció
con el llanto denso y silencioso. Pensé en «el hombre», en lo que diría de
poder contemplar ahora a su ídolo en toda su autenticidad, convertida en una
materia plástica sobre la que la muerte había colocado su sello sincero y frío.
Cuando dos muchachos de la funeraria introdujeron el féretro en la habitación
su llanto se hizo más agudo, más convulsivo, más profundo. La caja era blanca,
y por esto me regocijé de que Alfredo hubiese muerto sin hacerse hombre. Los
mismos muchachos de la funeraria depositaron el cuerpo de Alfredo dentro del
féretro. La máscara carnal de mi amigo, encerrada en la oquedad de la caja, se
asemejaba bastante a uno de los guerreros de la hornacina. Agradecí que no
fuese al que yo había acariciado la nariz con una bola de nieve. El azar quiso
que la semejanza se estableciese con uno de los vencidos.
Al vera Alfredo tendido en el ataúd, su madre vino
impulsivamente hacia mí y me besó y abrazó varias veces, llamándome «hijo».
Sentí en mis mejillas un asco indefinido, baboso y caliente, como si me
hubiesen aproximado al rostro alguna
75
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
alimaña carnosa y suave. Me acuerdo que abandoné
por unos segundos la compañía de mi amigo y me hundí, indeciso, en las
obscuridades del cuarto de aseo. Preferí no dar la luz para no verme la cara en
aquel instante. Recuerdo que a tientas busqué una toalla y con ella me froté
infinitas veces, hasta que percibí un escozor agudo en las mejillas. Me senté
entonces en la banqueta blanca y con la cara protegida por mis manos, acodado
en las rodillas, dejé transcurrir un breve lapso de tiempo, quieto, insensible,
suavemente transpuesto en la obscuridad. Uno de los aullidos de Fany me volvió
a medias a la realidad. Me puse de pie, advirtiendo que algo sofocante me
quemaba aún en las Mejillas. Pensé en los besos de aquella mujer y experimenté
de nuevo una viva repugnancia. Volqué el jarro de agua en el lavabo, derramando
parte de ella. Luego me jaboné el rostro varias veces hasta que comprobé que
desaparecía de mi carne la ácida impresión de sus lágrimas y sus besos. Ya más
entonado abandoné el cuarto de aseo, resuelto a no volver a dejarme acariciar.
A los pies del féretro seguían llorando varias
mujeres. Doña Leonor, la vecina del piso de arriba, había bajado con el
exclusivo fin de ver de cerca el aleteo de la muerte al rasar un cuerpo joven.
Su dolor quedaba condensado en el «pobrecito» que repetidamente pronunciaba en
un tono descendente, hasta llegar al «ito», que apenas si se oía. Lamentaba la
desgracia de verdad, pero con un pesar semejante al que podría doblegarla por
la pérdida de un canario. Esto no es de extrañar, considerando que doña Leonor
era una soltera empedernida. Allí permaneció varias horas, atracándose de
morbosas sensaciones y regodeándose posiblemente de las muchas calamidades que
la había ahorrado su virginidad.
Vencida casi la noche, la luctuosa reunión tomó un
cariz distinto. Alguien dijo oportunamente que, aunque nos deshiciésemos
materialmente en lágrimas, no por ello íbamos a reintegrar la vida «al
muchacho» y que creía más a propósito elevar al Cielo nuestras plegarias en una
piadosa intercesión por su alma, que era lo único que pervivía. Seguidamente
todos nos pusimos a rezar el Rosario dirigidos por doña Gregoria. Así estuvimos
hasta que amaneció. Las oraciones rodaban monótonas, elevándose pausadamente
hacia el Cielo. Las largas letanías arrullaban las almas adormiladas por el
dolor. Comprendí en aquella ocasión que orar es lo único digno que cabe hacer
en presencia de un difunto; que todo lo demás es una mera explosión de nuestro
inacabable egoísmo.
Entrando el día, la madre de Alfredo rogó al señor
Lesmes se preocupase de resolver todo lo atañedero al entierro. Deseaba
consumar las fúnebres ceremonias en aquel mismo día. La presencia inmóvil de
Alfredo crispaba sus nervios; no podía soportar su rígida postura, ni la
obsesiva fijeza de sus dos botas apuntando al techo.
A la hora de comer regresó don Mateo con todos los
papeles arreglados. A las cuatro el cortejo fúnebre se puso en marcha. El día
era uno de los más crudos del invierno. Por la mañana había estado nevando, y
ahora el suelo crujía al hollar nuestros pies la nieve semihelada. Un viento
frigidísimo barría las calles solitarias. La carroza avanzaba lentamente,
meciéndose en tumbos extraños. Detrás marchábamos el párroco, don Mateo y yo.
Luego un pequeño grupo de hombres desconocidos hablando de cosas y temas absurdos.
La carroza pretendía ser blanca, pero la nieve, oportuna, le echaba en cara sus
ridículas pretensiones.
Al pasar junto a la casa nueva, vislumbré a las
señoritas de Regatillo santiguándose en el mirador. Lamenté no poderle contar a
Alfredo que las señoritas de Regatillo se habían santiguado al ver su cuerpo
vacío, contrariamente a lo que solían hacer en presencia de los cuerpos con
alma dentro. Me pareció que uno de los jóvenes que acompañaban a Alfredo
piropeaba impudentemente a las señoritas del mirador. Y me pareció también que
las de Regatillo se reían y cabrioleaban alocadas, ebrias de ilusión
76
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
al solo pensamiento de que su atractivo era tan
poderoso que se ejercía incluso sobre los hombres que iban a enterrar a sus
muertos. Indudablemente, el mundo seguía...
Al doblar una esquina divisé «al hombre» en el
centro del grupo de acompañamiento. Imaginé que Alfredo hubiera detestado su
actitud y, en consecuencia, la detesté yo también. Es posible que fuera este
choque el que comenzó a desentumecer mis sentimientos. Los efectos de «la
inyección» se iban debilitando. Empecé a percatarme de que iba acompañando a
Alfredo en su último viaje, de que la caja estaba cerrada y que ya jamás
volvería a verle. Me encontré inquieto, aturdido, débil... Me di cuenta de que
mis temores se habían cumplido en un plazo relativamente corto. Sin embargo, la
lucidez no había vuelto del todo a mi cerebro. Aún no calibraba debidamente las
dimensiones de mi desgracia, no aquilataba en todo su alcance la magnitud de mi
renuncia. Oía hablar detrás de mí. Conversaciones vacías, estrambóticas, fuera
de lugar... Se hablaba de rusos, de japoneses y de Port-Arthur. Se apuntaban
las posibles consecuencias de un abortado levantamiento proletario de San
Petersburgo. Hubo quien dijo que aquello era el comienzo de «algo muy gordo».
Otro respondió que era justo y lógico que en el
siglo xx no se tolerase ya la esclavitud.
En tanto, Alfredo proseguía su camino callado hacia
la tumba. Nada importaba él. Era menos que un grano de arena. Los hombres
continuarían matándose por Port-Arthur o muriendo por conseguir unas
reivindicaciones sociales. La muerte de mi amigo nadie la tendría en cuenta.
Siquiera hubiera sido violenta merecería el aplauso y el recuerdo de su acción,
y tal vez una estatua en una apartada plaza pública si su facción lograba la
hegemonía. Mas él había desaparecido en óbito, silenciosa, apagadamente y en la
cama. (Tal vez el mundo acabaría dándose cuenta algún día de que hay también
héroes que mueren en la cama; héroes de esa clase que no buscan la muerte ajena
para satisfacer unas apetencias no siempre desinteresadas.) Habíamos salido a
la carretera del cementerio. Los árboles vigilaban desde las cunetas a ambos
lados del camino. La perspectiva no ofrecía más que nieve por todas partes.
Nieve helada, crujiente, blanca. Nieve, sólo nieve por todas partes... Evoqué
la silueta del viudo recorriendo el mismo trayecto: Imaginaba que mi apariencia
actual debía de guardar muchos puntos de contacto con la silueta evocada. Yo me
sentía flotar en el espacio blanco. Acompañaba en su último viaje al último y
único amigo. Comenzaron a inquietar mis oídos los golpes de los canteros,
produciéndome la impresión de que cada golpe arrebataba una esquirla de mi
cráneo. Trabajaban los doladores encima de la nieve. Tal vez en su trabajo les
arrebataría cualquier día la muerte, y entonces la losa pulimentada serviría
para preservar sus despojos. Pensé que era bello pulir con las propias manos
nuestro último reducto.
Ya se veía a lo lejos la verja del cementerio. Me
conmovió recordar que este mismo camino lo había recorrido pocos meses antes
mecido por las carcajadas de Alfredo. Ahora él yacía inmóvil, encerrado en el
cofre blanco que portaba la carroza. Detrás de mí continuaban hablando de
rusos, japoneses y de Port-Arthur. Nada de nada. Ni respeto para la muerte; ni
un asomo de piedad para aquellos doce años clausurados en una caja blanca como
si se tratase de unos gramos de bombones.
Se detuvo la carroza junto a la verja. Cuatro
hombres se hicieron cargo de la caja, sobre la que el párroco derramó la
lúgubre paz de su responso. Vi entumecida de frío la vieja acacia bajo cuya
sombra Alfredo eligiese el pie de un pino como lugar ideal de descanso.
Avanzamos por el paseo central precedidos por el
féretro. Cruces por todos lados. A izquierda, a derecha, al fondo ... cruces y
lápidas empenachadas de nieve. Aquí yacía Manolito García, víctima en aciago
día, de unía terrible disentería. De nuevo
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
experimenté asco y escupí sobre la nieve. Advertí
que «el hombre» había observado mi ademán y me miraba curiosamente. Los
cipreses se bamboleaban, fantasmales, recogidos bajo su manto de nieve. Recordé
dos frutos mondos que parían sus ramas y que un día poblaran la cabeza albina
de Alfredo de lucubraciones macabras.
Ya nos encontrábamos ante la tumba abierta:
«Tumba»; pensé que el vocablo tenía un sentido estremecedor, de «más allá».
Abría sus fauces poseída de un hambre de carne atroz. Me dio miedo, me dio
lástima dejar allí unos restos tan queridos. En este instante, cuando todos nos
deteníamos ante ella, cruzó como un relámpago por mi mente el contenido
inefable de los dos años anteriores. «La inyección», perdía, poco a poco, todos
sus efectos. Retornaba a mí, pujante y recia, mi habitual sensibilidad. Veía a
Alfredo moverse, hablar y actuar con su proverbial gesto alegre y cansino, con
el mechón albino colgándole sobre la frente, con una realidad impresionante y
viva. «Sí, de todos modos prefiero descansar bajo el aroma de un pino. Su
sombra es otra cosa, más redonda, más repleta, más humana... Es una sombra como
la que proyectaría doña Servanda si hubiese nacido árbol... Más simpática de
todas maneras.» «Todo son frases; pero decir que unos muertos, de donde sean,
son más sanos que unos vivos, de donde sean también, es idiota, ¿no
comprendes?» «El mundo tiene que ser así, unos gruesos y otros delgados; unos
altos y otros bajos; unos ricos y otros pobres; unos malos y otros buenos...
¿no comprendes que de otra manera sería aburridísimo...?». ¡Oh, todo qué cerca
y qué vivo permanecía dentro de mí! Veía a Alfredo subrayando sus frases con un
acento especial, prendiendo de vez en cuando los pelos de su ceja izquierda con
la mano del mismo lado... Le veía -¡Dios!-transportado de alegría lanzándose al
ataque de la ciudad, corriendo descalzo por las arenas grises de los marjales,
vadeando el Adaja con los pantalones remangados a la altura de los muslos... Y
le veía corriendo y brincando, ¡vivo!, haciéndome señas por debajo de las
faldas de la camilla cuando doña Gregoria pedía o criticaba algo, censurando mi
constante preocupación por su peso, sonriente al describirme cómo humeaban los
mercantes al virar frente al rompeolas, camino de la ría... Y le tenía tan
cerca, comprobaba su proximidad tan caliente y real, que al dirigir mis ojos a
la tumba abierta no pude creer que aquel lecho frío, aquella tierra recién
removida, atravesada por las galerías de mil gusanos, estuviese preparado para
él.
Los cuatro hombres iban ya a depositar el féretro
en el hoyo. Uno de ellos soltó una maloliente palabrota al rozar la caja en uno
de los bordes de la yacija. Creo que detrás de mí volví a oír hablar de
Port-Arthur, de rusos y de japoneses. ¡Malditos rusos y malditos japoneses! ¿Es
que no gravitaba en estos instantes sobre el mundo el riesgo inmenso de que un
soplo mortal cortase toda actividad sobre su costra?
Me mordió en las entrañas la glacial indiferencia
que me rodeaba. No puedo precisar qué otro impulso me movió. Tan sólo recuerdo
que de un tirón me desprendí de la tibia caricia de don Mateo y me arrojé sobre
el féretro blanco llamando a mi amigo a grandes voces. Recuerdo que hicieron
falta muchos hombres para arrancarme de aquel postrer abrazo y que cuando me
revolví furioso contra los que me apresaban, vi en primer término, atenazándome
con sus odiosas manos, la corpulenta figura «del hombre». Toda mi sangre hirvió
en un segundo. Mi furia, mi dolor, mi soledad tremenda, se concrecionó
súbitamente sobre aquellos ojos burlones, sobre aquella mueca incompleta que
vivificaba su desprecio. Me encaré con él en el pináculo de mi indignación.
-¡Canalla! Por usted ha ocurrido esto... Usted es
el causante de todo. Pero sepa que jamás Alfredo le agradecerá su compañía
hasta la tumba. Alfredo le odiaba a usted por encima de todas las cosas; le
juzgaba un malvado, un egoísta, un...
Me cruzó la cara de dos estruendosas bofetadas.
Mejor dicho, de una bofetada de ida y vuelta que me hizo tambalear. Don Mateo
se interpuso entre nosotros y conservo
78
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
una vaga idea de que, en palabras redondas y
claras, le llamó «cobarde» y unas cuantas cosas más. La cara me ardía, pero el
corazón se me había amansado ya; se me antojaba que Alfredo, en adelante, podía
yacer tranquilo en su tumba. «El hombre» ya sabía lo que él hubiera deseado
decirle. Podía considerarse vengado.
Sólo quedábamos el señor Lesmes y yo junto al
sepulcro de mi amigo. El resto del acompañamiento había desaparecido ya.
Seguramente proseguirían comentando sobre rusos, japoneses y PortArthur. Tal
vez sobre la inquietud proletaria que bullía en el corazón de la Siberia. Peor
para ellos. Peor para ellos que no pensaban en que algún día habrían de
realizar este viaje sin vuelta. Igual, lo mismo que Alfredo. Les traerían en
carroza, bien tumbadazos, pero se quedarían allí para no volver; y su
acompañamiento hablaría igualmente de rusos, japoneses y Port-Arthur para
escarnio de su memoria.
Caía la noche. Blandamente empezaron a descolgarse
del cielo .¡os copos de una
nueva nevada. Don Mateo deshojaba un padrenuestro
al pie de la tumba. Al
contestarle observé que a la cabecera de Alfredo se
erguía un pino de tronco recto y
copa tripuda, ornado por sus hojas perennes y
aciculares. «En primavera y verano
-pensé- le cobijará una sombra semejante a la de
doña Servanda, si en vez de mujer,
hubiese nacido árbol...»
79
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XV
Hasta después del regreso del cementerio yo no viví
la muerte de Alfredo. Sólo cuando pasé frente a la hornacina, entré en casa del
señor Lesmes y me puse en contacto con mi primitiva habitación -que hedía
profundamente a desinfectante-empecé a convencerme de la colosal dimensión de
mi desgracia. La primera impresión que me asaltó fue de vacío: un vacío hosco,
erizado, acre... Más tarde completé esta sensación con la de eternidad; este
vacío no podría remediarle en los años que me restaban de existencia. Es decir,
estaba solo y para siempre. Una tercera impresión vino a redondear mi
percepción cabal del momento. Yo no olvidarla nunca a Alfredo, no podría
olvidarlo, aunque lo intentase. Estas tres impresiones, fundidas, creaban a mi
alrededor una atmósfera densa, irrespirable. Sospeché que nunca podría
acomodarme a esta vida nueva, desasida, sin lazo espiritual alguno que me
aferrase al resto de los humanos. Me parecía que flotaba en el espacio,
absolutamente desligado de toda criatura terrena, racional e irracional.
Comprendí qué profunda verdad encerraban las palabras del señor Lesmes cuando
dijo que « entre perder y no llegar era preferible esto último». Después de
saborear la compañía de Alfredo me sería muy difícil habituarme a ser como si
no le hubiese conocido, como si los dos años últimos no hubiesen pasado de la
categoría de un sueño. Morir no es malo para el que muere, pensé; es tremendo
para el que queda navegando por la estela que el otro trazó, desbrozando,
soportando una vida larga, fofa, despojada del menor aliciente...
Imaginé sería inferior mi zozobra si mi amigo
hubiese volado íntegro a regiones superiores, si el gran viaje lo hubiera
emprendido con el alma y el cuerpo en amigable armonía. Mas el hecho de haber
velado su cuerpo inerte, de saber que sus restos secos descansaban. al amparo
de una piedra de granito, me desequilibraba hasta hacerme sentir palpablemente
que mi cuerpo flotaba ingrávido en el espacio y daba vueltas a la esfera del
mundo como un extraño e incansable satélite.
La conformación de la vida externa que en aquellos
días asumió la casa de mi maestro me prestó muy poca ayuda para desprenderme de
este sentimiento inaudito de soledad. La muerte transformó toda la casa de don
Mateo de una manera sensible. Era como si su vitalidad se hubiese levantado
ahora cimentada sobre el muro vacilante, suave como el crujir de la seda, en el
que se condensara nuestra inquietud durante la enfermedad de Alfredo. Algo de
este susurro vacilante se había pegado a nuestras vidas de modo impremeditado,
pero profundo. Cesó de oírse la cajita de música después de las comidas; se
extinguió la euforia bullanguera de Fany, el optimismo de Estefanía, la
locuacidad mutilada de la pequeña Martina. Dejaron de ser los festines de los
peces un festejo colectivo y comentado para quedar resumido a la mera
satisfacción de una necesidad fisiológica. Perdieron sus tonalidades las cosas,
los muebles y las paredes; desapareció, en fin, el reflejo de una amistad
férvida y joven, tiñendo el fondo de aquella casa, de por sí austero.
La sombra de la muerte aún duraba, agarrándose a la
superficie de las cosas. No se eclipsó con la desaparición del cadáver;
parecía, al contrario, que con la lejanía de éste se había avivado su
permanencia. Fue una melancolía póstuma, como la que pone en un hogar enlutado
la aparición de un hijo del muerto.
En las comidas se intensificaba, haciéndome daño,
esta vaharada de ausencia. Se echaba de menos el nexo, el aglutinante entre las
dos familias congregadas en derredor de la mesa, la natural y la artificial.
Sin Alfredo yo me sentía despegado de
80
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
mis anfitriones y ellos se sentían más lejos de mí.
De nada vallan los conatos de cordialidad, intentados con molesta frecuencia
por el señor Lesmes. Yo estaba allí en virtud de un contrato y el contrato aúna
los intereses, pero los corazones no salen de su abotagamiento. Faltaba la
chispa que espiritualizase las cláusulas del pacto, que hiciese espíritu la
materialidad de mi alimentación y la percepción de los ochocientos ?: reales
mensuales por parte de don Mateo. Sin embargo, era esta `;chispa lo que se había
llevado la muerte. Si de mí sólo hubiera dependido, no hubiese permanecido allí
más tiempo del necesario para enterrar a Alfredo; después me hubiese marchado
de aquella casa donde en cada movimiento, en cada detalle, en cada gemido
doloroso de las puertas al abrirse o cerrarse, tenía yo un recuerdo y una
nostalgia.
La ubicuidad del alma del ausente se percibía sin
que el tiempo la entibiase. Para mí él estaba, como Dios, en todas partes.
Pensé que era éste el hálito y la fragancia de eternidad que Dios pone en cada
humano al transmitirle la vida. Imaginé que, merced a este prodigio, la
permanencia terrena del hombre iba hasta más allá de la muerte; no se eclipsaba
hasta cincuenta años después, hasta la segunda o tercera generación.
En la misma calidad de las comidas se percibía la
marcha corporal de mi amigo. Los mil reales de cada mensualidad constituían el
muro maestro de aquella casa; eran su más sólido puntal económico. Ahora la
ubicuidad de su espíritu no devengaba renta de ninguna clase y doña Gregoria,
en cambio, había de seguir atendiendo a nuestro sustento corporal. La coacción
económica gravitaba, pues, sobre nosotros. Hasta la propia Fany supo de la
insatisfacción estomacal y de las mordeduras del hambre. Apenas si algo sólido,
fuera del pan, llegaba a nuestras bocas, y cuando llegaba era pesado y medido
previamente, de forma que la alimentación del animal había de hacerse a costa
del propio sacrificio. Con todo, como mi hambre en los primeros tiempos fue tan
escasa como mis ilusiones, Fany pudo mantener erguido su liviano cuerpecillo
gracias a mi estómago inapetente y a mi magnánima voluntad.
Recuerdo que el resto del año transcurrió para mí
en un constante y tenaz esfuerzo para adaptarme a las nuevas condiciones de
existencia. Fue un proceso duro, de lucha intensa y, en última instancia, de
una esterilidad descorazonadora. Alfredo continuaba presente, sin que el don de
la ubicuidad que acompañaba a su espíritu dejase de evidenciarse en todo
tiempo. Me aprisionaba con tenacidad, me hacia presente su ausencia, recalcaba
mi orfandad, me parecía verle y oírle a toda hora, aureolado por los reflejos
de su cabello albino. Poco pude hacer en ese tiempo fuera de dejarme llevar por
la corriente de su influencia. Le rememoraba, resucitando los pasajes más
salientes de nuestra historia común, reviviendo su optimismo, su convencimiento
de la inmortalidad de los cuerpos jóvenes, su afán ambicioso de ser rico algún
día y liberarse de la opresión de aquellos muros y liberar a su madre de su
otra opresión.
Su madre había vuelto a escapar. Sin duda liberada
de una manera distinta a la soñada por Alfredo, pero liberada al fin y al cabo.
(El dolor que parecía embargarla desaparecería como un charco de agua de lluvia
formado sobre unos estratos de tierra arenosa. Se filtraría rápidamente hasta
un lugar profundo e ignoto de su cuerpo, donde seria tarea impracticable
volverlo a alumbrar. Allí permanecería oculto, callado, asfixiado su dolor,
aquel su pesar superficial y vano que la condujo a besarme y abrazarme como si
en mi viese encarnado a su propio hijo.) Escapó con «el hombre» que aparentaba
ser el único soporte idóneo para mantener y enjugar su húmeda aflicción. Nunca
supimos qué fue de ella. Ignoré hasta el fin por qué recovecos inextricables y
ocultos discurrió en adelante su vida para terminar de consumar su negra
traición al hijo y a su memoria.
Cuando el tiempo fue mejorando, don Mateo que
observaba mi positura me autorizó a salir de paseo las tardes que lo quisiera.
Solía hacerlo dos veces por semana, y en tales ocasiones casi sin un renuncio
mis pies me conducían al cementerio. Me sentía
81
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
allí a mis anchas. No sé si seria un bienestar
morboso, pero hallaba más alivio a mi dolor entre los muertos que entre los
vivos. Me parecía un coqueteo macabro de mal gusto esa pusilánime reacción
femenina de terror hacia los muertos. ¿Por qué habíamos de temerlos si ellos
son los únicos humanos de los que no cabe esperar daño? Ellos estaban allí
quietecitos, dormidos a la sombra de sus árboles, en un estado neutro hacia el
amor, el odio y la ambición, los tres motores que activaban el flujo vital; las
tres causas que movían al hombre a abandonar su estado letárgico. Allí todo era
paz, silencio, con un fondo musical, rítmico y bailable, que ponían los
canteros al machacar sus pianos de piedra. (El hombre del siglo XX, pensé, se
daba la mano con el hombre del neolítico.) Allí, el presentimiento de Alfredo
adquiría visos de mayor verismo. Su don de la ubicuidad tomaba caracteres
reales al asomarse su espíritu a la fosa que cobijaba sus restos. Entonces me
daba la impresión de que Alfredo no se hallaba tan lejos como creía, de que su
ausencia era una separación temporal que tenía un fin, una frontera, una
limitación, como cualquier otra postura humana. Le presentía cerca, palpitante,
caliente. El cementerio se me hacía entonces como un remedio universal para toda
clase de enfermedades; un gigantesco sanatorio donde reposan los hombres sin
esa acuciante ansiedad que produce en otros lugares el temor de la muerte.
En mis visitas iba viendo crecer el pino que
resguardaba su cuerpo. Su copa iba redondeándose, haciendo tripa como un hombre
cincuentón, curvándose en una blanda conformidad de su instinto tutelar. En los
días de calor el tronco sudaba resina por los intersticios de su costra. Olía
fuerte, con un aroma cálido y penetrante. A su sombra solía yo ocultarme de la
implacable persecución del sol. Era una sombra sofocante, calinosa, pero
adecuada para templar el frío mortal del recinto. Permanecía allí, impávido, dejando
que el tiempo resbalase sobre mí, sintiéndome cada vez más cerca de Alfredo y
de su espíritu.
Un día, ganado por un insólito ardor romántico,
dibujé en la corteza del pino nuestros nombres -Alfredo y Pedro- uno debajo del
otro. Experimenté al hacerlo un sentimiento alambicado de íntima satisfacción;
algo así como el placer de poner la rúbrica debajo de un extenso escrito.
Aquella inscripción en el tronco del pino resumía nuestra amistad en un signo
palpable y solemne; hacía partícipe a la naturaleza -potente, fecunda e
inmutable- de nuestra peculiar manera de ser. Quedé muy satisfecho aquella tarde
después de terminar mi obra. En lo sucesivo, siempre que visitaba a Alfredo
gustaba de palpar el cuerpo caliente del pino, como si el riego subcutáneo de
su savia portase diluido en su substancia el poso de nuestra pasada intimidad.
Una tarde de verano varié el itinerario de mis
paseos. Por instinto, sin premeditación alguna, fui a parar al paseo del
Rastro. Hacía medio año que no pasaba por allí. Los chillidos sutiles y
cortantes de los vencejos al lanzarse contra la muralla revolvieron mi
abigarrado sedimento de emociones. Recordé las veces que Alfredo, Fany y yo nos
habíamos asomado al fértil valle de Amblés, ahíto de primavera. Al hacerlo
ahora, una bocanada de aire de la Sierra me llenó los pulmones sin mi voluntad.
Traía el aire en suspensión savia de árboles y frescor de nieve. Me hizo el
efecto de un tónico reconfortante, jugoso, imprescindible para sostener la
actividad del corazón. Pero al evocar la endeble silueta de Alfredo,
consumiéndose contra la almohada, envié una mirada recelosa a la Sierra,
culpándole de no haber poseído bastante vigor para hurtar a la muerte una vida
en transición, una vida cortada cuando aún no había casi empezado a ser.
Aquella tarde me dejé llevar por parajes muy
familiares, por parajes y lugares que tantas veces recorriéramos Alfredo y yo
juntos. Descendí hasta la orilla del Adaja y permití que la sucia arena de los
marjales acariciase mis pies descalzos; vadeé el río
82
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
como en tiempos, y para introducirme del todo en un
ambiente retrospectivo, me merqué a la fábrica para pulsar de nuevo su
vitalidad pausada y machacona. Todo se mantenía igual y, no obstante, muchas
cosas dentro de mí me anunciaban que el mundo seguía, que todo es placable en
la tierra menos el tiempo que todo lo arrastra.
Regresé a casa por la puerta del Carmen. Al pisar
los terrenos donde se celebraban las ferias de ganado, la horrible cara de la
Bruna ganó mi imaginación. La vi moviendo convulsivamente sus labios elásticos,
desgañitándose por meter en el alma de cada espectador el frío puñal de sus
canciones sensibleras. Vi a Alfredo arrojando una monedita en la casposa gorra
del ciego pidiendo la copla del niño encerrado en un arca. Supuse que ahora
Alfredo podría satisfacer su capricho sin tales dispendios, sin más que jugar
su picardía de espíritu entrometido imbuyendo en la Bruna la idea de entonar la
canción del niño secuestrado. Alfredo escucharía escéptico el tremendo relato,
con la sonrisa de suficiencia propia de los hombres que ya están «del otro
lado».
Cuando volví a casa comprobé que la rememoración
tan vívida de mejores días no me aportaba el menor consuelo. Prefería con mucho
la augusta paz del camposanto; aquella paz sólo turbada por el cadencioso picar
de los canteros. Lo otro me evocaba a un Alfredo ardiente, pleno y vivaz; el
cementerio me ayudaba a rememorar, pero las imágenes de mi recuerdo se
revolvían sobre un fondo de fatalidad ya consumada que no hacía dolorosos mis
retornos al momento actual, vacío e incómodo. Cuando al domingo siguiente volví
al cementerio tuve la alegría de ver cómo una chicharra velaba el sueño de mi
amigo desde lo alto del tronco del pino. Y el pino estaba mucho más redondo y
aromático que la última vez que le viera.
83
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XVI
Pasados los primeros meses de estupor y
desequilibrio comencé a entrar en la fría realidad. Ahora veía que la muerte lo
llenaba todo en el mundo con su vacío desolador. Sentía un malestar casi físico
encarnando mi desasosiego espiritual. Mi cuerpo se electrizaba a veces sin
motivo aparente y yo había de buscar entonces el contacto del aire helado para
apaciguar mi cuerpo y mi alma. Ahora me avergüenzo de confesar que presentía la
proximidad de un desenlace inminente para mi vida. Entonces no me avergonzaba.
Me era absurdo suponer que mi cuerpo continuase albergando un alma sin
concordancia con él por mucho tiempo. Sin duda, en mi encarnación había
existido algún error de base. No había asonancia alguna entre los dos pilares
que sostenían mi ser, por lo que el estallido que desglosase a uno del otro se
me hacía irremediable. Pensaba en un lamentable descuido divino; Dios no tenía
dispuesta aquella alma para mí, pero ella se enfundó en mi cuerpo sin
consideración a los supremos designios. De aquí nacía una lucha sorda,
enigmática, impalpable, que me traía y llevaba por sus veredas indeseables,
mientras mi todo completo asistía a esta pugna como un espectador pasivo y
paciente.
Sin embargo, observaba que yo no era una excepción,
que todos arrancamos con un lastre inicial que luego se va incrementando o
debilitando en el decurso de la existencia; que todo depende de que nuestro
espíritu sea más o menos abierto, de que su caja de resonancias esté enfocada
hacia dentro o hacia fuera. Todos portamos un impulso que nos impele desde un
principio en un determinado sentido. Ahora, que este impulso no tiene más que
una eficacia relativa; no trae y lleva al hombre como un muñeco sin voluntad;
no le hace, no le domina, le imbuye únicamente una tendencia. El hombre, su
voluntad, podría en todo momento sobreponerse al relativo determinismo que
emana de su propio yo y de la misma naturaleza de las cosas.
Pero, pensaba, el lastre del resto de la humanidad
era diferente al mío; el mundo era distinto a mí, no pensaba ni sentía como yo.
Aun en los hombres hechos y maduros observaba frecuentemente un punto de
desacuerdo. No conocía yo, fuera de mí, una vida doblada por una muerte. La
muerte siempre pasaba; la memoria del ausente iba debilitándose como esos
colores que sucumben sin transición, difuminándose. La muerte no suponía para
el mundo nada substancial; era un simple accidente. «La vida sigue.» Era la fórmula
bajo cuyo imperio se organizaban los años, los lustros y los siglos.
En cambio, yo me sentía cada vez más arrebatado por
el vacío insensato e irremediable del vuelo de Alfredo. Discurrían los meses,
los años incluso, pero la fuerza de su ausencia continuaba imponiéndoseme. Y a
mi alrededor yo veía que el curso de la vida retornaba a la normalidad, se
encarrilaba suavemente por sus vías ordinarias, incluso para aquellos que como
yo habían conocido y amado a Alfredo. Doña Gregoria volvió tras el paréntesis
de su luto, a la caja de música, a sus cadencias arrulladoras de sobremesa;
Martina, después de un descenso inapreciable de su optimismo, tornó a ser la
que era antes de marchar Alfredo; una chiquilla juguetona, vivaracha y locuaz.
El mismo señor Lesmes, tan remetido dentro de sí, acusó el tumbo durante un
tiempo, pero, al cabo, se enderezó, retornó a su vida metódica y triste, pero
con un método y una tristeza normales también. A veces pensaba si sería que el
señor Lesmes sabía disfrazar sus sentimientos mejor que yo que era un niño,
pero acababa convenciéndome de que don Mateo no tenía por qué sufrir lo que yo,
puesto
84
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
que no era un amigo lo que había perdido. También a
Fany y a Estefanía les llegó el olvido fácilmente. Con esto sus caracteres, ya
de por sí parecidos, tomaron un nuevo punto de contacto. Eso sí, la vida siguió
para todos; para mí, que sentía, y para los demás, que habían olvidado ya; para
doña Leonor, para Fany y para los dos pececitos de la pecera verde. La vida
continuó para todos a un mismo ritmo, que a unos parecía lento y a otros
rápido, excesivamente rápido y vertiginoso.
Yo encontré en adelante cierto alivio a mi vacuo
estado interior en los estudios. Como fondo se mantenía siempre la sensación de
Alfredo, pero notaba, no obstante, a pesar mío, que su albina silueta se
desplazaba, año tras año, a una más distante lejanía. No le olvidaba, pero los
contornos de su presencia se desvanecían en el tiempo.
En aquellos años estudié con avidez, como si mi
temperamento se alimentase exclusivamente de un ininterrumpido desfile de
letras negras, de palabras y de frases. Estudiaba o leía a toda hora, con un
afán insaciable de saber, de conocer, de desentrañar un mundo tan complejo, tan
vario y tan incoherente. Año tras año iba jalonando mi esfuerzo y mi vida con
un nuevo avance intelectual, dando unidad y armonía a los muchos cabos de
ciencia que en mi cerebro permanecían sin atar. Así hasta alcanzar el último curso.
Pero la vida avanzaba para todos y a un mismo
ritmo. De vez en cuando un acontecimiento cualquiera nos daba razón y evidencia
de su paso. Un día se casó una de las señoritas de Regatillo y doña Gregoria
clamó al cielo afirmando «que todas las bribonas tienen suerte». A los diez
meses la señorita de Regatillo se desdobló y parió un hijo que, en imparcial
juicio de Estefanía, era bonito como las estrellas del firmamento.
Otro día amanecieron muertos los pececitos de la
pecera verde. Su muerte se debió a una lamentable negligencia de mi patrona. La
ventana del cuarto en que pernoctaban quedó abierta toda la noche y la helada
intensa de la madrugada hizo sólido el líquido elemento en que los peces se
revolvían. A la mañana un grito de doña Gregoria puso en ebullición toda la
casa. Acudimos a su alarido y pudimos ver cómo los dos pececitos rojos estaban
incrustados, íntegros, en un opaco y redondo bloque de hielo. Hubo lágrimas.
Lloró doña Gregoria, lloró Martina y lloró Estefanía. Don Mateo se contentó con
contemplar, sonriendo melancólicamente, la palma pequeña y morena de su mano
izquierda. Pero, pese a todo, aquella noche tuvimos pescado con patatas, de
segundo plato.
Otro día nos alarmó doña Leonor con una serie de
gritos histéricos impresionantes. La habían robado. La habían desvalijado
completamente aprovechando el momento en que ella oraba en la iglesia de San
Pedro. Doña Leonor acudió a la Policía. Dos años más tarde nadie recordaba el
hecho sino esporádicamente la interesada, para justificar la falta de detalles
personales. Y advertí que, conforme corría el tiempo, las alhajas robadas
aumentaban de tamaño, de valor y de belleza.
Otro día le dio una hemiplejía al abuelo. Doña
Gregoria nos trasladó a todos durante una semana a su domicilio. Yacía el
anciano entre las sábanas con medio cuerpo vivo y la otra mitad muerto. Hasta
las barbas del lado derecho habían perdido su temblor vivaz. Cuando intentaba
sonreír sólo los pelos del lado izquierdo se movían como unos hierbajos secos
estremecidos por la brisa. Pasó la semana y como el viejo no llevaba trazas de
morir ni revivir del todo, retornamos a nuestro hogar con una nueva pena enquistada
encima del corazón de doña Gregoria que, no obstante, se adaptaba al doloroso
cambio con su característica impasibilidad.
La vida seguía su curso a un ritmo implacable,
rápido para unos, moroso para otros, pero objetivamente igual para todos. En un
punto u otro de la ciudad iba imprimiendo
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
la huella de su paso cada día. Era como un río que
después de la avenida fuese esparciendo a izquierda y derecha de su curso los
restos de los destrozos ocasionados en su expansión. Unos nacían, otros morían;
unos caían, otros se levantaban; unos quebraban, otros se enriquecían; perdían
unos la salud, otros la recobraban. Era un juego de ponderación exquisito,
equilibrado y ecuánime. La vida, con sus entrantes y salientes, constituía un
gigantesco «puzzle» abigarrado y armonioso. Lo que uno no tenía le sobraba a
otro y de la coincidencia entre las sobras y las faltas brotaba el equilibrio
humano, con nada de más, pero también sin nada de menos. La vida de la ciudad
se desplegaba ante mí como si recorriera una larga carretera en un coche
descubierto y periódicamente unos árboles más altos que otros rompiesen la
uniformidad del camino sirviéndome de puntos de referencia, de hitos
diferenciales.
Así fue finalizando la primera etapa de mi vida.
Extinguiéndose lenta, calladamente, como muere y se extingue una llama, pasando
por las sucesivas fases de embriaguez, madurez, debilitamiento progresivo y
azul. Desvaneciéndose entre los compases rutinarios de Martina golpeando el
piano. Una Martina que iba creciendo, haciéndose persona poco a poco...
En mis largas jornadas de estudio sólo su voz
turbaba el silencio que me envolvía. Sonaban primero las teclas del piano de la
sala, luego su voz, su voz mutilada e indecisa de niña que aún emplea una
infantil verborrea taquigráfica. Más tarde, con los años, su voz magnífica,
bien timbrada y flexible:
Frú, frú, frú, frú
hermosa cupletista...
Estos frú, frú...
loquito por tu amor.
86
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XVII
Así se presentaron los últimos días del último
curso. Irremisible, imperceptiblemente, había alcanzado la meta de la etapa
primera de mi vida. Contemplé su culminación sin ilusiones ni desasosiego,
simplemente como un hecho natural que en sí no me producía ni frío ni calor.
Mi tío me escribía insistentemente desde Barcelona
animándome a tomar una decisión para el porvenir, a que me inclinara hacia un
lado o hacia otro con absoluta libertad, pero que no demorase mi elección hasta
el último momento, ya que en ese caso no se elige una carrera por amor, sino
como obligado recurso.
Invariablemente, yo le respondía que tuviese
paciencia, que la cosa requería tiempo y que en el instante de tomar una
determinación se lo haría saber con toda urgencia. Por otro lado el señor
Lesmes me acuciaba en el mismo sentido. Creía ver en. mí una facilidad
extraordinaria para los números y todo su empeño estribaba en hacerme un gran
matemático; en inclinarme decididamente hacia la arquitectura o la ingeniería.
Yo no le decía que sí ni que no; le escuchaba simplemente, sin ánimo de
emprender una discusión que no nos hubiera conducido a ninguna parte. Le oía
con una absoluta indiferencia, convencido interiormente de que ni sus palabras
me harían cambiar de parecer ni tomarle si ese parecer no hubiera sido tomado
ya. Cuando don Mateo se cansaba de aconsejarme se marchaba dejándome solo.
A raíz de estas visitas solía yo meditar, con el
libro abierto delante de los ojos, sobre mi futuro destino. Confieso que la
ambición no me atosigaba con sus punzantes tentaciones. Solía yo tomar como
punto de partida mi excéntrica contextura espiritual. Iba dándome cuenta de las
anormalidades de mi carácter y mi interés directo se cifraba en hallar alguna
profesión que no se divorciase de mi especial manera de ser; más bien que se
adaptase a ella de una manera regular y elástica. Me observé bien por dentro
aquellos días por ver de descubrir en mi alma algún indicio de vocación
religiosa. Notaba que en los últimos años se había intensificado mi vida de
piedad por ser incuestionablemente ella la que más me aproximaba a Alfredo y la
que aún me permitía hacer algo por su acomodamiento ultraterreno. Después de
muchas dudas y cavilaciones concluí por desechar esta idea. Me seducía el
apartamiento del mundo, el poner frontera entre mi existencia y el siglo en que
vivía, el anular para siempre el riesgo de un nuevo arraigo terreno, cuyo
desprendimiento a la larga había de causarme un nuevo dolor, pero me acobardaba
ante la posibilidad de una vida excesivamente contemplativa, de que recayera
sobre mis hombros una responsabilidad educacional, o quizás una labor misionera,
de atracción hacia Dios de otros espíritus, para la que no me sentía con fuerza
suficiente.
Evocaba con frecuencia el punto de vista de don
Mateo frente a la vida, a pesar de que su autor últimamente aparentaba haberse
olvidado de él. Sin duda alguna «el no ser desgraciado ya es disfrutar bastante
felicidad en la tierra». Mi esperanza estaba, pues, limitada por este apotegma
mezquino, tasada previamente por mi conciencia clara de lo que la vida podía
dar de sí. Yo añoraba la quietud para mi espíritu, un estado neutro hacia los
hombres y las cosas, una premeditada indiferencia hacia cuanto en un plazo más
o menos largo podía volverse contra mí. Sabía que «la quietud suprema con poco
se alcanza; meramente con lo imprescindible». De aquí que mis meditaciones
tendiesen de modo primordial a procurarme en el porvenir una situación de
estabilidad interior, aunque en el aspecto externo no fuese holgada o dejase
algo
87
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
que desear. El secreto de esta proyectada
estabilidad estribaba «en quedarse en poco»; don Mateo lo había dicho también.
«Al tener acompaña el temor a perderlo, que ocasiona tanta intranquilidad como
el no poseer nada»; el señor Lesmes había dicho que «debemos vigilar nuestras
conquistas terrenas tanto como a nosotros mismos».
Le daba la razón a mi maestro en todos los puntos
que había desarrollado durante mi estancia a su lado. Sus constantes lecciones
se habían desenlazado en el epílogo de la muerte de Alfredo, hecho que habla
venido a demostrarme la gran distancia que separa «el perder» del «no llegar»,
la diferencia profundísima entre el «no asir» y el «desasirnos».
Enfocadas las perspectivas de mi destino desde este
ángulo -el fundamental para mi estado de alma- las consecuencias que deducía
eran siempre las mismas; análogas por lo menos. Mi facultad de desasimiento era
rígida y sin reservas; ni aun esforzándome podría darle la elasticidad mínima
para discurrir por la vida como un individúo normal. Habla de sujetarme, de
prejuzgar el alcance de mis acciones antes de consumarlas, de vigilarme noche y
día para evitar un encadenamiento sentimental que con el tiempo podría costarme
caro.
Estos razonamientos y otros similares ocupaban gran
parte de mis horas en el último mes de permanencia en casa de don Mateo.
Encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación mi cerebro discurría
serenamente, en frío, sin precipitaciones. A ratos Martina ponía un fondo
musical a mis desvelos, pero su voz, caliente y cristalina, no enturbiaba para
nada la claridad de mis razonamientos. Creo, al contrario, que su música y sus
canciones activaban mi potencia cerebral y hasta me hacía ver las soluciones más
precisas y rotundas.
Frú, frú, frú, frú
Hermosa cupletista...
Estoy, frú, , frú...
l it t
Hacía años que había sentido transformarse dentro
de mí las corrientes que vivificaban mi ser. Dejé de ser un niño para
convertirme en un medio hombre, para alcanzar esa edad peligrosa, púber, en que
los vientos de las pasiones se entrecruzan dentro de nuestro pecho poniendo un
biombo, más o menos tupido, a toda otra consideración espiritual. Adivinaba
que, con el correr del tiempo, el cuerpo se transforma, exige un complemento
físico; un complemento que iba más allá del complemento limpiamente cordial,
sin exigencias más bajas; un complemento cabal, amplio, sin restricciones,
donde los sexos descubren, al fin, el misterio para que fueron creados. En este
punto se condensaba ahora toda mi inquietud. Estaba decidido a «no tomar», a
«no asir» jamás nada que pudiera afectar al campo de mis sentimientos, a no
amar y no ser amado, a no dejarme arrastrar por la fuerza de mis instintos.
Comprendía que mi solución temporal se escondía en un amor alto y sin engaño,
en una mutua entrega de energías e inquietudes. Mas el inconveniente se
ocultaba en la misma temporalidad de esta solución, en la condición finita de
toda relación humana, en que a la larga todo muere, se derrumba, termina por
disociarse en el tiempo; en que «fatalmente uno de los dos ha de enterrar al
otro».
La experiencia de Alfredo me servía de escarmiento
en estos trascendentales instantes. Cinco años no habían bastado para debilitar
su recuerdo. No su recuerdo físico, sino su influencia, su espíritu. Un amor
más grande, una entrega más completa,
88
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
produciría en mí al deshacerse un desconcierto tan
intenso que muy bien podría concluir en la más abominable traición a Dios: el
suicidio.
Frú, frú, frú, frú
hermosa cupletista...
Estoy, frú, frú...
loquito por tu amor.
Mis determinaciones las rubricaba Martina con su
estribillo sutil, enervándolas, poniendo sordina a su relevante importancia.
Momentáneamente me dejaba portar, abatido, entregado en los brazos de su
canción. Pero inmediatamente mi cerebro, espoleado, recomenzaba su actividad
como si hubiese sido substituido por otro nuevo, fresco, potente, sin estrenar
aún.
Tres tardes antes de acabar los exámenes llegué a
una definitiva resolución. Convencido de la imposibilidad de elegir el rumbo de
mi destino estimando únicamente el valor de mis aptitudes, me decidí, al fin,
por una carrera que, conservándome en el mundo, me permitía al propio tiempo
mantenerme apartado de él. Decidí hacerme marino mercante. Esta profesión
aunaba todas mis ambiciones. Su carácter variable, la constante movilidad de
horizontes y de personas, rimaba a la perfección con mi deseo de evitar tratos
y relaciones reiterados o permanentes. Una vez tomada me pareció que era esta
solución la que, inconscientemente, había ambicionado toda la vida. Evoqué a
don Felipe y sus maravillosos relatos de la vida marinera. Rememoré la idea que
del mar me imbuyera Alfredo al regresar de su visita a la playa. Y me hizo el
efecto de que estas sensaciones, que incidían ahora en mi ser, eran
resurrección de unas mismas sensaciones que me habían poseído de siempre
anteriormente.
Había cerrado el libro como único medio de dar a mi
determinación la solemnidad obligada, como único ritual con que podía adornar
mi decisión unilateral, silenciosa y fría.
Martina cantaba desde la sala como otras tardes. Me
levanté de mi silla con la tranquilidad de quien acaba de rematar un trabajo
excesivo y urgente. Necesitaba descansar, airearme de vida externa, dejarme
absorber por acontecimientos ajenos a mí, aunque estos acontecimientos fuesen
tan simples como el ver a Martina enfrascada en su tarea de aporrear el piano.
Entré silenciosamente en la sala y observé un momento la espalda erguida de la
niña. Después me aproximé a ella sin que me advirtiera. Inopinadamente empezó a
cantar.
Tras los cristales de aquel balcón
Hay unos ojos que adoro yo...
Prenda mía del alma,
Que si tú no me quieres
De pena moriré.
Sus dedos pequeños y elásticos recorrían ágilmente
el teclado como una serie de pantorrillas femeninas danzando etéreamente sobre
un escenario de marfil. Me pregunté cómo doña Gregoria permitirla que en su
casa su propia hija, menor, entonase aquellas canciones eróticas que parecían
escritas ex profeso para halagar la graciosa coquetería de las señoritas de
Regatillo. Martina continuaba golpeando las
89
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
teclas con una clara noción de la armonía. Sus
dedos, tiernos, fugaces, rosados, se curvaban en las puntas, hacia arriba, al
pulsar cada tecla. Sólo ante Martina me di cuenta de que algo se consumía, se
cerraba sin remedio dentro de mí. Me percaté del suave ronroneo del tiempo que
escapa, que huye, sin volver una sola vez los ojos. Advertí que las cosas
empiezan a gustarnos cuando necesariamente tenemos que desprendernos de ellas.
Miré al papel rameado de las paredes como algo muy mío, como si mi propio interior
estuviese tapizado de él... En aquel mismo cuarto nos recibió, años antes, el
señor Lesmes. Entonces yo no era más que un rapaz animado por una vitalidad
prestada, sin jugo propio, sin capacidad de raciocinio. Ahora las cosas habían
cambiado y, por lo menos, ya sabía que de una sociedad de dos, uno fatalmente
ha de enterrar al otro. Sabía siquiera que la materia se desintegra, se
desvanece, que es caduca, finita, limitada. Sabía que la sombra del ciprés es
alargada y corta como un cuchillo. Sabía...
Tras los cristales de aquel
balcón
Hay unos ojos que adoro yo...
P d d l l í
Sabia que el hombre, físicamente, es como una
planta que nace de la tierra y acaba en ella... Fatalmente también...
Al día siguiente escribí a Barcelona, a mi tío,
anunciándole mi espontánea decisión. Días después recibí su respuesta, de una
disconformidad absurda. Me decía, entre otras cosas, que yo no me daba cuenta
de lo que hacía, que estaba influido por una imaginación pueril que decía muy
poco de la seriedad de un hombre de diecisiete años; que la vida de marino,
aparte de ser muy dura, no me permitiría aprovechar todas mis dotes
intelectuales que a juzgar por mis notas del bachillerato y los informes de don
Mateo eran vastas y desarrolladas: que meditase, seriamente, sobre este paso,
ya que el darle en falso equivalía a esquinarme con la vida, a perder el ritmo,
el equilibrio y caer... No me decía dónde era donde podía caer y si la caída
seria mortal de necesidad, o no. Volví a escribirle manteniéndome firme en la
línea que me había trazado. Le aseguraba que el dar mi brazo a torcer me
contrariaría tanto como podía contrariarle a él mi determinación de ingresar en
la Escuela de Náutica. Respondió que «fuese así, puesto que yo así lo deseaba».
Con esto cedió también la presión del señor Lesmes, a quien adivinaba en
concomitancia con mi tío para hacerme desistir de mi propósito. El juego y la
correspondencia «subterránea» que sin duda habían mantenido entre ambos hubo de
ceder ante mi terca contumacia, frente a mi voluntad decidida a enveredar mi
futuro conforme a los principios que directamente recibía de mi conciencia. Con
esto y el aprobado en mi última asignatura quedaron orilladas todas las
dificultades.
Dediqué los días siguientes a rematar este lapso
con dignidad. Uno de mis primeros quehaceres fue el de acudir al cementerio a
despedirme de Alfredo. El pino estaba más tripudo que nunca y la chicharra no
cesaba de cantar. Nuestros nombres, impresos en la corteza, iban creciendo de
conformidad con el desarrollo del pino. Dije adiós a Manolito García, víctima
de horrible disentería, y le compadecí otra vez. La sombra del ciprés,
alargada, acicular, dividía su lápida en dos. Pensé que las cosas largas, afiladas,
eran más tristes que las redondas. Dila razón a Alfredo, por su elección de un
lugar de reposo sombreado por un pino. Me percaté de que hay temperamentos que
parecen agujas y temperamentos que parecen dedales. Temperamentos incisivos y
temperamentos receptores. Imaginé que una sombra determinada cobija a los
hombres en la vida lo mismo que en la muerte. Adiviné que la sombra que a mí me
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
cruzaba el corazón era alargada y fina como la de
un ciprés; idéntica a la que partía en dos la lápida de Manolito García...
Al día siguiente abandoné Ávila. Cuando salí de
casa con las maletas camino de la estación, crucé la plaza para despedirme de
los muñecos de la hornacina. Estaban rígidos como nunca, indiferentes al paso
de los hombres y las cosas. «La piedra perdura; la carne no», pensé, y les dije
adiós con la mano. Mi generación pasaría sobre ellos sin mudarles. Moriría yo y
ellos permanecerían igual que el día que nací. Me volví para decirles adiós
otra vez. Comprendí entonces que en esta despedida se encerraba mi doloroso
adiós a la ciudad entera.
Doña Gregoria, Estefanía, Martina, el señor Lesmes
y Fany me acompañaban en silencio. Me parecía que la gente nos miraba con
curiosidad; nos compadecería seguramente, presintiendo una despedida. La
estación olía a carbonilla atrasada, tras años de soportar el paso de los
trenes. Noté un nudo grueso, con puntos dolorosos, en la mitad de mi cuello.
Comprobé que ese nudo crecía y aumentaba sus aristas pungentes al mirar a mis
acompañantes. Bajé la vista y me puse a pasear de puntillas sobre los
baldosines contándolos, intentando contarlos como un día las pecas de la cara,
de Alfredo. Silbó un tren. Sentí los brazos sofocantes de doña Gregoria
apretándome el cuello. Tenía húmeda la angulosa mejilla. «Cuídate, hijo;
escríbenos.» (No sé precisar si estas palabras me entraban desde fuera o salían
de dentro de mí, tan tenues eran, tan vaporosas...) Me asieron ahora los brazos
de Estefanía, la inefable Estefanía que no gustaba de dormir la siesta... EL
nudo de mi garganta crecía, crecía... Diría yo que era como las muescas en la
corteza de los árboles, ~, como nuestros nombres en la corteza del pino...
Martina saltó a mi cuello y me besó llorando. Si hubiese sido dos años más
tarde, Martina se hubiese abstenido... Noté contra las piernas el aliento
fumoso del tren. Brincó Fany una y otra vez sobre mí. Me abrazó don Mateo. De
nuevo silbó el tren. Me vi de repente encaramado en él, asomando mi rostro por
la ventanilla entre caras desconocidas, diciendo adiós con la mano. Lágrimas,
lágrimas, lágrimas... y el nudo de mi garganta esforzándose en asfixiarme, en
no dejarme respirar. Se estremeció el suelo del vagón. Ya estábamos en
movimiento. Sentí un entrañable alborozo al abandonar vivo aquel manojo de
seres. Imaginé que la sombra que velaba el corazón de don Mateo era acicular y
alargada como la del ciprés. Y también la de doña Gregoria... y la mía... Deseé
para Martina, para la pequeña Martina, una sombra plena, redonda...
Re-don-da-re-don-da...
El paso de las ruedas sobre las entrevías
subrayaba, silabeándolo, mi deseo. Allá, a lo lejos, vi agitarse un pañuelo
blanco, muy blanco, tan blanco como los retazos de nieve que aún se agarraban a
los picachos más altos de la Sierra...
91
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Libro segundo
92
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
I
No es bueno que el hombre esté solo.
Génesis.
Ya en mi nuevo acomodamiento fueron desfilando los
años. Progresó mi conciencia del mundo externo, conocí el mar, la vida en
común, la atmósfera privativa de cien ciudades, pero todo resbaló por encima de
mí sin que mi obstinada resolución tomada al abandonar Ávila se alterase en
absoluto.
Mientras estudié en la Escuela de Náutica, en
Barcelona, me alojé en casa de mi tío. Económicamente, él había prosperado
mucho. Vivía muy desahogadamente y hasta con lujo. En contra de lo que yo
neciamente había imaginado, trabajaba también, casi de sol a sol, como un
bracero. Conmigo no estuvo demasiado amable; me aceptó con resignación pero
nada más. Comprendía que el tiempo no había transcurrido en balde y que a los
diecisiete años ya empieza uno a darse cuenta de la calidad moral de las
personas que le rodean. Por ello quizás, en ocasiones le veía esforzarse por
aparentar afabilidad, cordialidad incluso, con la especiosa idea de que yo no
echase de menos otros cariños que me habían faltado en la vida.
Al verme frente a él me abrazó, asegurándome que me
había desarrollado mucho en el último año que había dejado de verme. Intentó
luego disuadirme de mi proyecto de ingresar en la Escuela de Náutica, mas yo me
sostuve en mis trece. Sólo después de dos semanas de analizar mi actitud terca
y recalcitrante, acabó por resignarse y concederme amplia libertad para que
diese a mi vida el rumbo que desease.
Recién llegado de Ávila, recuerdo que Barcelona me
causó una impresión violenta. Algo así como si de un solo salto hubiese pasado
de la serenidad mística de un convento a la vitalidad laboriosa y activa de un
gigantesco taller. Aquí la gente se movía en enjambres, agobiado cada cual por
el peso de sus problemas, pero sin tener en cada esquina un monumento añoso y
amarillo que nos recordase constantemente que la generación actual pisaba sobre
otros tres estratos históricos. En Barcelona la historia había pasado del todo;
no había ido dejando, como en Ávila, residuos o maulas más o menos arcaicos. El
señor Lesmes, pensaba, hubiese estado aquí descentrado y solo, aunque tal vez
don Mateo, de haber nacido en Barcelona, sería hoy un experto negociante en
tejidos, entregado de lleno a la fiebre del comercio y postergando en
consecuencia la llama interior que ardía sin consumirle.
Las dimensiones de la ciudad me impresionaron tanto
como su psicología. Echaba de menos mis paseos por la periferia de Ávila, donde
bastaban pocos minutos para rodear la ciudad completamente. Aquí había de
conformarme con' recorrer un par de calles sin fin para regresar a casa más
cansado que si en Ávila hubiese dado cinco vueltas seguidas a la muralla.
Estudié mucho aquellos años. Apenas si buscaba el
contacto con mis compañeros de curso. Ellos vivían su vida liviana y fácil, más
hacia fuera que hacia dentro. Su actitud me desorientaba con frecuencia. No les
entendía, ni ellos me comprendían a mí.
93
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Vivíamos en dos esferas aparte, pero tan próximas
que a cada instante cabía presumir el choque. Un día llegó éste,
inesperadamente.
Solían varios de mis compañeros matar las tardes de
los sábados organizando alguna francachela colectiva, que luego les servía al
menos para jactarse y presumir ante los demás el resto de los días de la
semana. Una mañana de lunes, el que capitaneaba el grupo adoptó conmigo una
actitud ridícula en fuerza de ser pretenciosa y soez:
-¿Cuánto tiempo hace que no vas de juerga?
-Dieciocho años.
Al principio se quedó un poco cortado, pero casi
inmediatamente soltó una estentórea carcajada y me golpeó bárbaramente la
espalda con la palma de la mano.
-Eres genial -añadió-,pero ¿por qué no te has
metido cura?
-Prefiero esto.
-¿Vas a decirme que piensas conservarte «íntegro»
moviéndote en esta clase de vida?
Nos rodeaban cinco o seis incondicionales del
gallito. Alguno, más tonto y flojo que los demás, reía sus palabras como si en
cada una de sus sílabas se encerrase un chiste.
-Por lo menos mis primeros ochenta años; luego ya
lo pensaré.
Volvió a reírse con fuerza en mis barbas. Sus
satélites le corearon.
-No querrás hacernos pensar que eres un... un...
Hubo un instante en que perdí la noción de mí
mismo. Cerré el puño derecho y le disparé un soberbio puñetazo en la mejilla.
Él se hizo atrás aturdido, reacio a creer que alguien hubiese osado levantarse
contra él. Sus compañeros, previendo una pelea, nos hicieron corro. En el fondo
creo que todos deseaban mi victoria. Los mismos incondicionales del gallito se
sentían llenos de esa morbosa sensación placentera que produce la caída del
ídolo. Les poseía un difuso afán iconoclasta. (Existe en esta clase de amistad
jerárquica, donde uno está por encima de los demás, una recóndita y secreta
esperanza de ver llegar la hora en que el déspota caiga, se derrumbe, impulsado
por la figura más obscura y anodina del grupo. Es el mismo enfermizo placer que
lleva al pueblo a aplaudir la caída del dictador que ellos auparon un día con
el propio esfuerzo.)
El gallito vino hacia mí con los, puños cerrados.
Quería ofrecerse tranquilo, frío, muy capitán, pero la mueca de conejo
rencoroso que asomaba entre sus labios le delataba. Me percataba yo de su
desventaja en relación conmigo. Él se jugaba su predominio, su hegemonía,
ganado a costa de Dios sabe qué sucios relatos de sus experiencias mujeriegas.
Yo no me jugaba nada. Todo lo más mi tranquilidad escolar para lo sucesivo, mi
apacible permanencia en el seno de mis compañeros. Intentó golpearme con sus
dos puños, pero su acaloramiento le llevó a hacer dos desgarrones en el aire.
Se hizo atrás de nuevo presintiendo mi reacción. Yo esperé aún. Cuando nos
aproximamos otra vez sentí un golpe en la garganta y un dolor agudo en los
nudillos de la mano izquierda. Le había alcanzado fuertemente en la boca y él
ahora escupía unos salivazos sanguinolentos.
Alguien nos quiso separar, pero el gallito le mandó
apartar violentamente. Una voz detrás de mí dijo: «dejadles». Se acentuaba en
mi adversario la mueca de conejillo encolerizado. Pendía de sus labios una baba
de sangre que subía o bajaba sin llegar nunca a caer del todo. De repente el
gallito vino hacia mí y comenzó a aporrearme corajudamente, sin orden,
finalidad ni método, no procurando la calidad, sino la
94
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
cantidad, corno si diez dedalitos de agua fuesen
más eficaces que una herrada para ahogar un gato. Cerré mi guardia como pude y
soporté pacientemente el chaparrón de golpes. Sin duda nuestros compañeros
imaginaron que aquello estaba ya decidido. Debieron de pensar que me entregaba
demasiado pronto. Con seguridad se sorprendieron cuando yo, de un rápido salto
hacia atrás, me puse fuera de tiro y los cuatro últimos golpes del gallito -dos
de cada puño- se perdieron en el aire. Aproveché su desconcierto para meterle
entre su defensa desarticulada dos cortados ganchos, secos y rotundos. Se
tambaleó el gallito como si estuviera ebrio. Empero volvió a aproximarse sin
notar ya los impactos de mis puños. Volví a asentarle un nuevo derechazo en la
boca del estómago, y cuando derrotado inclinaba su busto hacia mí, le propiné
un directo magnífico en la barbilla que pensé había de ser el definitivo.
Pero aún se rehizo el hombre. Admiré su capacidad
de resistencia. Tornó a enfrentárseme y a ofrecerme, desguarnecido, el
apetitoso blanco de su rostro. Le golpeé duramente la nariz por tres veces. Él
dejó caer sobre mí sus puños con escasa violencia, desmayadamente...
El corro se estrechaba en derredor nuestro. Los
espectadores tenían una respiración entrecortada, contagiados por nuestro
jadear de fuelles viejos. Sangraba el «eminente» en tanta abundancia que no
sabía yo precisar qué partes de su rostro eran las contusionadas. Súbitamente
me harté, aprecié la necesidad de desenlazar aquello rápidamente, sentí un
temor turbio de que nuestros profesores nos sorprendieran en este trance y que
la pelea pudiera trascender al. logro de mis ilusiones. Pasé enérgicamente a la
ofensiva. Bajo el dolor de uno de mis mamporros el gallito se agachó y yo,
aprovechando el resquicio de aquel desvanecimiento, disparé vigorosamente mi
puño contra su mentón rendido. El gallito acusó la impacción instantáneamente.
La cabeza se le dobló hacia atrás y cayó al suelo, fofo, quebrado, desmarrido,
como un pelele de trapo. Hubo un silencio a mi alrededor. Seguramente los
antiguos incondicionales ocupaban esta pausa en cambiar los colores de su
chaqueta. El déspota había caído, había sido triturado. En lo sucesivo no
tendrían ya por qué encogerse ante sus bravatas, ni que admirar las torpes
jactancias de sus devaneos mujeriegos. Habían sido liberados por el más nulo,
el más obscuro de sus camaradas.
Este episodio sirvió para demostrarme que la
juventud, en la segunda decena de la vida, rinde un culto, casi idolátrico, a
la potencia de los puños. En adelante mis compañeros acogieron mi presencia con
respeto y admiración. Presentía que, de haberlo deseado, mi victoria me hubiese
encumbrado al puesto que el gallito acababa de abandonar. Pero no quise
estrujar mi triunfo hasta ese punto. Me bastaba con tener garantizada mi
tranquilidad, la vida retraída, apartada, que yo gustaba de vivir. Me parecía
que con aquella pelea había desbrozado el camino de mi vida, que podría en el
porvenir avanzar con la cabeza levantada, sin el temor de que nadie me
preguntase adónde iba ni el motivo por el que yo iba así. Nadie, efectivamente,
volvió a interponerse en mi vida privada. Mi conducta podría extrañar a unos y
admirar a otros, pero nadie me criticó en lo sucesivo, ni coactó el orden,
minuciosamente seleccionado, de mis pensamientos y mis acciones.
Así, obscuramente, inadvertido, concluí mis
estudios en la Escuela de Náutica de Barcelona, dejando abrochado, rematado, un
nuevo lapso de tiempo.
Terminados mis estudios me enrolé en un barco
frutero para cumplir mis cuatrocientos días de prácticas. El buque se llamaba
San Fulgencio y desplazaba cerca de tres mil toneladas. Era un barco muy
activo; apenas si permanecía en el puerto algún día fuera de los necesarios
para la carga, la estiba y la descarga. Por lo demás navegábamos
constantemente, haciendo escalas en el Norte de España, Oeste de Francia y en
la zona meridional de Inglaterra.
95
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Aprendí entonces a ver tierras y mares; a navegar y
a desenvolverme en el mundo; empecé a convencerme de que el moverse por la
tierra causa mayores trastornos que cruzar el mar y que el temor al mar de los
hombres de tierra se debe antes que nada a un fenómeno de sugestión apoyado en
la idea obsesiva de la inmensidad en profundidad, longitud y anchura. A mí, que
poco a poco iba trocándome en un hombre de mar, me mareaba la tierra más que el
agua. Me mareaban los hombres con sus mezquinos problemas a cuestas, con su
locuacidad desbordada, con sus ambiciones, con sus odios, con la previsión
clara de su vitalidad efímera, infaliblemente limitada. Encontraba por contra
que el océano traía consigo la paz a los espíritus. Una paz sedante y fácil,
que sólo puede das lo que no ofrece límite ni barrera en el espacio ni en el
tiempo.
En aquellos días de mi primer contacto con
horizontes amplios, con superficies inconsútiles, sin rematar, creí se
desvanecería fácilmente la aleatoria amenaza que yo presentía, que yo hacía
balancear sobre mí vedándome toda posible desviación del árido camino
pretrazado. Creí ingenuamente que mi enfermedad sin microbios podría ser
tratada bebiendo intensa, pacíficamente, la naturaleza, aletargándome en su
contemplación, dejándome emparedar entre el cielo inmenso y el mar inmenso, y
llenándome de su dilatación uniforme y vasta.
A veces costeábamos el litoral y entonces un
elemento se unía al cielo y al mar, ayudándoles en su ingente tarea. Me
agradaba extraordinariamente que el San Fulgencio navegara, ciñéndose a la
costa. La tierra entonces, desde el mar, hacía el efecto de algo tan bello que
sólo podía concebirse como fondo de un decorado artificial. Las cosas y los
hombres perdían sus perfiles íntimos y se nos ofrecían uniformes, animados de
una policromía vistosa, todo un poco reducido y mecánico; ficticia en fuerza de
parecer tan bella. Y el barco continuaba zigzagueando, pronunciando las
ensenadas y los cabos, dibujando el mapa en esa línea misteriosa, que siempre
me había fascinado, donde la parte amarilla, roja o verde de las costas se
funde con el azul intenso de los mares.
Una franja de color canela solía marcar la frontera
entre el agua y la tierra. Más allá comenzaba a brotar la vegetación desigual y
asimétrica, en ese desorden caótico y ordenado al propio tiempo con que sólo
Dios sabe animar sus propias obras. En ocasiones, cuando el litoral que
recortábamos era el del Norte de España, me deleitaba dejando pasar las horas
absorto en una muda contemplación. La tierra, en esos casos, adquiría calidades
de óptima belleza. El azul y el verde se asociaban en la franja canela divisoria,
demostrando al orbe entero que entre todos los colores cabe una armonía
cromática, que ningún color riñe con otro si la tonalidad proviene de las
vitales energías que animan espontáneamente la costa de la tierra. Se extendían
los bosques, apretados, densos, exuberantes, corriendo ladera abajo hasta
detenerse a dos pasos del mar. Bosques de castaños, de eucaliptos, de
pinabetes... Bosques y bosques a lomos de los prados verdes, formando un tapiz
de irisaciones delicadas, donde nada contrastaba briosamente, sino
desposeyéndose lenta, paulatinamente, de su coloración particular; fundiéndose,
entregándose a la luz común en un mórbido impulso de renuncia hacia la propia
forma y la substancia característica.
El paisaje emanaba frescas vaharadas de clorofila,
una paz vegetal, plena, estimulante. De vez en vez algún caserío blanquísimo
aparecía en el centro de un prado, rodeado de vacas opulentas, blancas y
negras, de un rebaño de yeguas desnudas, sin arrear... Se adivinaban los
relinchos lejanos, las voces inarticuladas de los cencerros, el silbido del
gañán llamando al orden a alguna res descarriada. Después doblábamos otro cabo
y la perspectiva cobraba de súbito un aspecto fosco, salvaje, abrupto. Un acantilado
quebrado, recio, nos enseñaba los dientes amenazadoramente. Las crestas
rocosas, deformes, se asomaban al mar desde alturas
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
inconcebibles. Rompían las olas con estrépito al
chocar contra los escollos bajos, que apenas emergían de la superficie. Los
gritos de las gaviotas adquirían una penetración especial al rebotar en el
acantilado. Junto a los peñascos de la cumbre revoloteaban las grajillas,
acompañadas por el agudo acento de sus graznidos. Al vernos las gaviotas
planeaban sobre el barco, esperando que algo apreciable se desprendiese de él.
Las grajillas, contrariamente, no se inmutaban a nuestro paso. Sentían hacia la
inmensidad del mar un pánico instintivo. Aun habitando en el confín entre la
tierra y el mar, ellas vivían absolutamente de espaldas a éste. Nada querían ni
esperaban de él. Si es caso recrearse en su contemplación con una mirada
oblicua desde la altura. Pero nada más.
Ya dejábamos atrás la pequeña cala con sus
impresionantes y agudas crestas. Las gaviotas nos acompañaban un rato y
espaciadamente iban renunciando a seguirnos. De nuevo surgía de la tierra,
ondulada y turgente, la maravillosa flora con sus mil matices de verdes
combinados al desgaire. Nuevos bosques de castaños, pinos, eucaliptos... En una
ligera depresión de la costa asomaba un pueblo de pescadores, una veintena de
casas blancas, recién lavadas, con sus lanchas delante, amarradas a un
puertecito rústico y elemental. Algunas veces sus moradores nos decían adiós
agitando trapos vistosos desde las ventanas. Otras tropezábamos con las lanchas
metidas ya en faena, preparando las redes para la pesca. Pero al poco rato
también el pueblecito, las lanchas y los pescadores quedaban atrás, perdidos en
la distancia o .a cobijo de una prominencia ribeteada por la estela de nuestro
barco.
Cuando navegábamos por alta mar las percepciones de
mis sentidos, aunque distintas, contribuían también a devolverme parte de la
quietud perdida. La uniformidad del escenario hacia mucho bien a mi compleja
constitución interna. Iba lentamente limando aristas, puliendo asperezas,
redondeando, organizando mi deteriorado sistema nervioso. La mar era algunos
días como una cuartilla azul, pero sin ángulos. Otros se empinaba a trechos, se
ondulaba como una tierra atravesada de surcos. En estos casos el San Fulgencio
se adaptaba, remarcaba, uno a uno, los tumbos de su superficie, lo mismo que
esos rapaces que recorren una manzana de casas siluetándola en todos sus
accidentes con su dedo o una tiza.
En ocasiones los peces saltaban por los costados,
imitando a los pájaros. Cortaban el aire fugazmente, dejándonos la sensación de
su paso casi sin verles, sin hacer ruido, como estrellas fugaces. El cielo
brillaba arriba cubriendo el mar como un gigantesco toldo. A ratos parecía que
ambos -cielo y mar- se hacían la competencia, discutían sus dimensiones y
calidades. Al cabo me daba cuenta de que nunca dos buenos amigos se abrazan tan
estrechamente como ellos lo hacían ahora allá en la línea difusa del horizonte.
Así fueron marchando los días, fluyendo del tiempo
puntuales, monótonos, sin un fallo. Y yo seguía esperando sin tener una
conciencia clara de qué era lo que esperaba. Tal vez mi retorno a un equilibrio
interior, tal vez algo grande, tremendo, inesperado, algo indeterminado,
deseable por su misma imprecisión. En el fondo tenía esperanzas de sanar por
dentro; de que el tiempo y la naturaleza fuesen debilitando las profundas
roderas que en mi ánimo imprimiese el carro de la muerte; de poder decir algún
día «he sido un loco» y reírme hasta desmayarme de mi locura; de poder decir al
mundo con una risa de oreja a oreja: «Señores, yo jamás pensé casarme y hoy
aquí me tienen: quince hijos en veinte años.» Pero atrás de todas estas
esperanzas imprecisas y vagas, que ni aun a mí mismo conscientemente osaba
confesarme, me atormentaba una idea fatalista: «El hombre puede cambiarlo todo
-me decía-, transformarse hasta físicamente, enmendar su vida, sus instintos,
sus costumbres, pero jamás podrá modificar la luz que porta dentro de sí y z a
cuya claridad examina la mesmedad de su
97
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
paso. El hombre libremente puede elegir su camino,
pero no puede alterar a voluntad la luz bajo la cual camina.»
En tanto, seguía esperando. ¿Qué? No lo sé. Algo
indefinible, inconsistente. Pero seguía esperando...
98
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
II
Sólo Dios sabe si por aquel entonces tuve alguna
posibilidad de modificar el mundo de mis ideas. Pero, desde luego, si esa
posibilidad llegó a existir, tengo el riguroso convencimiento de que fue la
guerra quien la quebró, quien la deshizo completamente.
Aún estaba yo embarcado en el San Fulgencio cuando
estalló. Como todas las guerras, su iniciación tuvo tanto de esperado como de
sorprendente. Surgió el día que dos hombres, cabezas de país, se dieron a
razones menos que de ordinario.
-Oiga, se me está usted subiendo ya a las barbas
con tanta historia -debió de decir uno de ellos.
-¿Dice usted «guerra»?
-Sí, guerra.
-Pues, ¡sea guerra, ya que usted lo quiere!
(Verdaderamente, los dos hombres estaban deseando
zanjar sus diferencias con las armas en la mano. Lo importante era ocultar ese
deseo hasta que el de enfrente no le mostrase. Había que ganar, primero que la
guerra, la opinión universal. En resumidas cuentas, era esta opinión quien en
último término había de decidir el pleito. Y la opinión universal no se ganaba
pronunciando el primero la palabra «guerra», ya que la guerra es especialmente
odiada por los no beligerantes.)
Y un montón de hombres arremetió a tiros con otro
montón contra el que nada tenía en realidad. El otro montón respondió también,
naturalmente, con tiros. Los dos montones comenzaron a disminuir; decrecían a
ojos vistas. Y un día, después de mucho ruido y muchísima sangre, se vio que de
uno de los montones no quedaba ni rastro; del otro unos pocos, muy pocos. Estos
pocos, al ver que no restaba nada del montón de enfrente, empezaron a
desgañitarse afirmando que habían conseguido la victoria. Pero ¿habían conseguido
alguna victoria en realidad? ¿El haber disminuido su montón hasta casi
desaparecer, podía ser estimado como una victoria por el mero hecho de que el
montón adversario hubiese sido asolado? La verdad era demasiado triste para
reconocerla. Empero era cierta; el montón esquilmado sufrió una espantosa
derrota; el montón con supervivientes fue también derrotado, pero menos.
En el fondo creo que los dos bandos, por motivos
más o menos ocultos, hubiesen llegado a las manos de todas maneras. Había
muchos problemas de por medio. Pero también había que dar los rodeos oportunos
para que fuese el otro quien declarase la guerra, para poder decir un día:
«Nosotros no hicimos otra cosa que repeler la agresión.» Éste era el primer
paso hacia la derrota menor en las guerras modernas, hacia lo que los
supervivientes, un poco a ciegas, llamaban pomposamente «su victoria». La
verdad era que entre todos los problemas que distanciaban a los dos bandos no
sumaban, ni remotamente, lo que la guerra. Es decir, que las cuestiones causa
de la guerra se hacían nimias, imperceptibles al compararlas con las cuestiones
gigantescas que la lucha creaba. (Después de todo era ésta una solución muy
humana. El hombre es muy capaz de quedarse en cueros por adivinar el paradero
de la lavandera que le hurtó unos calzoncillos. Prefiere perder todo su poderío
antes que una sola unidad de él pase a incrementar el del vecino de la casa de
enfrente.)
Ningún problema ofrecía las características
fabulosas de la guerra y, sin embargo, era a la guerra donde se agarraban para
intentar resolver los problemas de menor
99
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
cuantía que abrían diferencias entre ellos. Era la
teoría del mal menor aplicada al revés; es decir, la teoría del mal mayor con
toda su cohorte de deformaciones y absurdidades.
Esta guerra empezó por desconcertarme. Siempre
pensé que en una guerra de este tipo hay un agresor y un agredido, uno que
ataca y otro que se defiende. Uno para quien la guerra es lícita, justa, y otro
para quien la guerra es absurda, caprichosa e inmoral. Por ello me pilló de
sorpresa el ver cuán difícil resultaba precisar quién de los dos contendientes
en este caso abandonó primero las vías de paz para dedicarse abierta,
decididamente, a la guerra. Las disculpas de las «hondas diferencias» para
justificarla no me convencían en absoluto. Me hubiera resultado convincente de
ser la guerra algo que, por detrás de sus monstruosidades, servía para rellenar
la «hondura de esas diferencias»; pero no desde el momento en que la guerra
abría «la más honda» de todas las diferencias para un próximo porvenir,
encerrando a los contendientes en un circulo vicioso de guerras cada vez más
extenuantes y «justificadas».
No; no había forma de precisar con rotundidad quién
era el agresor. Los dos bandos «querían» la guerra. Uno para cortar el auge del
otro. El otro para evitar la expansión del uno. Una expansión, claro, más
simbólica que real, económica exclusivamente; en fin, que la guerra la hacían
ambos no tanto por beneficio propio como por alicortar las ilusiones del
prójimo.
En la historia pasada, pensaba frecuentemente, los
campos estaban más definidos. Había siempre agresores y agredidos, ambiciosos y
ambicionados, atacantes y defensores, coincidiendo casi siempre con los fuertes
y los débiles. Pero se les conocía en seguida y, además, ellos no trataban de
enmascarar nunca sus móviles codiciosos. Romanos, bárbaros, árabes, persas y
turcos fueron agresores; peleaban impulsados por su ambición desmedida. Iban a
por más ancho campo, a por nuevos horizontes, a buscar mares si habitaban un
territorio interior o a buscar tierras si ocupaban una faja litoral. Mas iban
claramente a lo que iban. Ahora era todo diferente. Más hábiles los manejos,
más farisaicos, más diplomáticos... Ahora los contendientes se perdían en un
estéril peloteo de culpas, tratando de demostrar al mundo que ellos eran los
pobrecitos embaucados, que el verdadero agresor, el sin escrúpulos, el asesino
de mujeres y niños, era el del otro lado, el adversario. Pero no podía haber un
punto de vista general y común, como se me antojaba que existiría en la
antigüedad con respecto a las guerras de la antigüedad. «Quizá -pensé- sean
estos fenómenos de la perspectiva histórica; fenómenos que afectarán igualmente
a las guerras actuales cuando los siglos pasen sobre el mundo.»
Yo viví muy de cerca aquella guerra. Más cerca que
los mismos contendientes. Ellos, de tan cerca, no pudieron ver ni palpar la
extraña deformación que ofrecía la tierra en aquellos años. Ni el inquietante
mar de sangre que rodeaba a la civilización por todas partes. Yo sí lo vi. Tal
vez demasiado cerca, demasiado vívido y rojo para olvidarlo tan pronto. El San
Fulgencio realizó en aquella guerra, como otros buques españoles, muchos
servicios humanitarios. Un día recogimos del mar tres aviadores derribados que
se defendían con ahínco desde su aparato inservible de la implacable asechanza
de una escuadrilla de caza enemiga que los ametrallaba en cadena. Me enfureció
esta ciega pasión contra el hombre; este matar por matar, sin otro objetivo que
destripar al contrario. Evoqué las palabras de doña Gregoria cuando hablaba del
«aerostato» como de un prodigio increíble. Ahora estaba allí, fiero, acosador,
empleado con saña contra el hombre que le había sacado de la nada. Pensé que la
civilización es un arma de dos filos que se vuelve contra el hombre si éste no
se revuelve a inmovilizarla. La civilización crea y destruye a partes iguales,
dejando al hombre siempre en un
100
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
inevitable punto muerto, sometido a una humillante
y perenne relación de dependencia.
En otra ocasión salvamos a varios náufragos de un
barco mercante torpedeado por un submarino. Eran nueve hombres que luchaban
incomprensiblemente contra las olas a bordo de un minúsculo chinchorro. Estaban
extenuados, hambrientos, manteniéndose sólo merced a esos prodigiosos arrestos,
a esas reservas incalculables de que es capaz el hombre llegado al último
extremo. Una vez recogidos continuamos buscando a sus compañeros.
Las costas de Irlanda estaban próximas; se
dibujaban tenuemente, como suavizadas por un difumino, en la lejanía gris de
aquel atardecer de invierno. La mar saltaba, excitada, bronca, rizada por el
viento huracanado. Las olas se encrespaban, barrigudas, furiosas sobre la
inestable superficie, y reventaban seguidamente, como si contuviesen dentro
alguna materia explosiva. El San Fulgencio se resentía de este influjo. El mar
jugaba con él, dotándole de un movimiento de cuchareo inestable y persistente.
El viento chocaba contra la obra muerta produciendo ruidos extraños, silbidos
penetrantes y agoreros. Virábamos constantemente, olfateando aquí y allá, como
un perro de caza siguiendo un rastro. Sólo dos de los náufragos permanecían en
el puente con nosotros. Procuraban orientarnos en aquel mar vago y uniforme.
Vimos de repente una gaviota de vuelo pausado caer sobre el mar y no volver a
enderezarse. Aquello nos pareció sintomático. Al acercarnos ; observamos que el
blanco animal reposaba sobre algo deforme „,que flotaba haciendo remolinos
sobre las olas hirvientes. Lentamente el San Fulgencio se aproximó. Sentí una
impresión quebrada como un latigazo cuando alguien junto a mí afirmó que era un
ahogado. La gaviota no se inmutó con nuestra proximidad. De improviso percibí
claramente la adecuación anatómica del muerto que antes se me ofrecía como una
masa amorfa, sin armonía. La furia del mar le había desnudado. Su cuerpo tenía
un tono cárdeno, verdoso, semejante al de un árbol enfermo. El vientre hinchado
en redondo aparentaba la artificial turgencia de un aparato salvavidas. La
gaviota se precipitó en su festín, consciente de que íbamos a ella con
intención de estorbarla. De un picotazo retorcido abrió el voluminoso vientre.
Hizo un alto y miró, matrera, al barco que se acercaba. Volvió a picar.
Salieron al aire unas tripas extrañas que semejaban el cuerpo sin vida de una
culebra. A cada serie de picotazos levantaba la cabeza para observar los
progresos de nuestro avance. Experimenté un asco nauseabundo hacia aquellos
animales. Pensé en lo equivocado que había estado respecto a ellos. Me reafirmé
en mi antigua idea de que muy pocos seres en el mundo aparentan lo que son, de
que la guerra despierta los bajos instintos aun en los animales más insípidos y
despreciables.
El costado del barco, azotado por los maretazos, se
hallaba ya muy próximo al ahogado. La gaviota voló blandamente con un chillido
ávido de placer quebrado, insatisfecho. Evolucionó sobre nosotros reacia a
renunciar definitivamente a su festín macabro. Un bore gigantesco barrió la
cubierta del San Fulgencio. Se oyó un golpe seco, como si el cráneo del cadáver
hubiese chocado fuertemente contra el costado del barco. El San Fulgencio se
detuvo en medio del mar. Comenzó a caer una lluvia fina sobre nosotros. El mar
se agitaba undísono, trepidante. Dos marineros se acercaron a la borda
arrastrando un rezón de curvadas uñas. Chilló de nuevo la gaviota evolucionando
por encima de la chimenea. Los marineros arrojaron el ancla al agua como si
estuviesen pescando con arpón. La nave hocicaba y rabeaba alternativamente. La
dotación libre del San Fulgencio se apiñaba ahora en la borda, aplanada por una
sensación de ansiedad. Dos uñas del rezón mordieron el cuerpo inflamado. Cuatro
marineros tiraron de él pretendiendo izarlo hasta la cubierta. Súbitamente la
carne se rasgó y el cuerpo volvió a caer al mar con un lúgubre chapuzón. Tornó
a morder el rezón en la carne obstinada. De nuevo elevaron el cuerpo sobre la
superficie del mar.
101
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Experimenté un malestar rígido y sofocante, muy
parecido al que me embargase ante la tumba de Manolito García la primera vez
que visitara el cementerio de Ávila...
El ahogado estaba ya ante nosotros. Tenía una
conformación ruinosa e infrahumana. Aparte su vientre, abierto por la gaviota,
le faltaban las orejas y los labios. Parecía que sonreía con una mueca atroz de
suficiencia póstuma. La piel de los dedos se había desprendido de la carne y le
colgaba de las uñas amoratadas como unos jirones repugnantes de tripas de cerdo
recién lavadas. Sentí náuseas. La gaviota, en lo alto, trazó unos círculos
alrededor del barco, chillando voraz, resentida, colérica... Los supervivientes
reconocieron en seguida al compañero. Ya poco quedaba por hacer. Le fue atada
un ancla herrumbrosa a los pies, y de nuevo fue lanzado al mar, esta vez para
dejarle descansar eternamente en sus turbios abismos.
Tres cadáveres más recogimos y dimos al mar aquella
tarde. Cuando posteriormente arrumbamos hacia nuestras costas noté en mi alma
un dejo de irrealidad gris, una impresión de malestar extensivo y confuso. Me
pesaban encima los cadáveres de aquellos cuatro hombres deformados,
espantosamente deteriorados en su ponderación anatómica. El mar dejó de ser
para mí una superficie de serenidad, un compendio de paz, plana y bruñida, para
pasar a ser un agente más de la muerte; un agente activo, hipócrita, devastador.
Pensé que también aquellos cuatro hombres y los
restos de otros siete que no habíamos encontrado- tendrían lejos una familia,
una amistad, que la guerra había tronchado de súbito. Intenté descifrar el
móvil que impelía al hombre a precipitar el fin de sus semejantes. Tarea
inútil; los hombres se mataban por instinto... Maldije de la guerra y a
quienes, inicuamente, la desencadenaban. Maldije de las guerras absurdas con
todas mis fuerzas. Y únicamente dejaron de parecerme absurdas aquellas que
reprimen un movimiento de agresión auténtico e ilegítimo. «Las guerras sólo son
lícitas, compensadoras -me dije-, cuando es la propia substancia la que está en
juego, cuando es un caso de legítima defensa colectiva contra un agresor
caprichoso y sin escrúpulo.»
Aquellas jornadas tan vívidas e impresionantes me
produjeron un nuevo desequilibrio.
En los meses siguientes y cuando la guerra acabó,
me sentí embargado de un opaco sentimiento de disconformidad. Me estremecía
pensar en los vivos por causa de los muertos. No comprendía n cómo cientos de
hogares mutilados podían incorporarse a la vida 'normal sin resentirse de sus
miembros amputados. Para mí aquella guerra fue como una confirmación de la
frialdad humana. Al hombre sólo le corta las alas la bala que le mata. La
gigantesca pira de varios millones de muertos no hace más que avivar la sensualidad
de los supervivientes.
Maltraté muchas noches mi cerebro buscando una
razón que me evidenciara la glacial indiferencia del hombre por el hombre. No
había distingos en sus sentimientos. El hombre, tarde o temprano, olvidaba
siempre. Me abrumaba la efímera existencia del héroe, yo que siempre creí,
candorosamente, en su perdurabilidad eterna. La áspera realidad de la vida me
enseñaba que no; que salvo edificantes excepciones, el hogar del héroe renace
sobre sus restos con más afanes de vida terrena que nunca; que sus viudas y sus
huérfanos buscan un urgente consuelo a su dolor; que las naciones se encumbran
sobre ellos exhibiéndoles como una poderosa razón para justificar sus
reivindicaciones. Veía, en fin, que el dolor estaba ausente del mundo y que la
estela de los muertos era tan efímera y fugaz como la que dibujaba la quilla
del barco en la vastedad del océano.
Entonces fue cuando me alarmó mi insólita
contextura espiritual. Comprendí que me había formado erradamente; que no habla
razón de vida fuera de la vida misma; que
102
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
me hallaba en franca y abierta oposición con el
mundo; un mundo denso, olvidadizo, que se reía de mis ridículos temores.
Mi excitación era tan grande que busqué refugio
para mi mal en la intimidad de mi prosa desordenada. Pensé escribir un libro.
Un intento de orientación para el orbe equivocado. Pretendí trasladar a sus
páginas todos los derechos de los muertos para informar la conducta de los
vivos.
Cogí mi trabajo con la ilusión de la novedad.
Bullía en mi interior una hoguera poderosa que deseaba un orden, una expresión.
Mil ideas se agolpaban en mi cabeza. Pasé muchas horas inclinado sobre las
cuartillas. Mi trabajo avanzaba. Aquella llamada angustiosa a la razón iba
cuajándose en frases imperfectas, aunque acuñadas en la fiebre de mi ansiedad.
Volví a contemplarme imparcialmente. Analicé mi alma con la frialdad un poco
impresionante con que solía hacerlo. Y la encontré rara, retorcida, sobreexcitada
por un cúmulo de impresiones de infancia, desarrolladas más tarde a compás del
desarrollo de mi cuerpo. Volví a acordarme del señor Lesmes, el maestro de mi
infortunio, tan equivocado como yo, que era su hechura. Pero su recuerdo brotó
en mí con respeto, como si aun en medio de mi convencimiento íntimo, viese la
luz de la verdad aureolando su escuálida silueta. Entendí que el mundo marchaba
por los cauces debidos y que éramos don Mateo y yo quienes nos empeñábamos en
navegar contra corriente.
Aquella noche me torturaron extrañas pesadillas.
Don Mateo y yo éramos los tripulantes únicos del San Fulgencio, que navegaba
por un mar de sangre. De vez en cuando, peces con rostros humanos brincaban
entre ola y ola, riéndose estruendosamente. Las caras de aquellos peces eran
desconocidas, pero su número iba aumentando progresivamente hasta que el mar se
convirtió en una carcajada siniestra. El señor Lesmes y yo contemplábamos el
extraño panorama apoyados en la borda. De pronto uno de los peces pasó rozando
nuestras cabezas. Vimos su rostro y don Mateo dio un grito. Era Martina. Pero
la niña, transformada en pez, no hizo caso y se zambulló en las aguas rojas sin
cesar de reír a grandes carcajadas. Vi entonces, horrorizado, cómo el rostro de
mi maestro se metamorfoseaba lentamente en la cabeza de un asno. Y luego, se
puso a gritar con acento angustioso llamando locos a los peces. Éstos se
multiplicaron y sus risas estridentes nos rozaban cada vez más cerca. Al cabo
me di cuenta de que era mi maestro quien se había vuelto loco y tuve que
sujetarle para que no se volviese contra mí.
A la mañana siguiente quemé los capítulos de mi
libro. Entendía el significado de mi sueño por ser sólo la repercusión de mis
pensamientos de días anteriores. Y de nuevo me quedé solo en aquel barco
frutero cargado del fresco aroma de las manzanas. No tenía ya la fácil
comunicación con mi libro que me oreaba la cabeza en los instantes inciertos de
mis crisis y dudas. Sólo me encontraba relativamente a gusto en la mar,
navegando entre olas rugientes y alborotadas. Frecuentemente, en estas horas,
me asomaba hasta el espolón del buque y las olas, rotas contra la proa, me
lamían el rostro acalorado. Experimentaba entonces una sensación apacible de
euritmia perfecta entre mi ser y la naturaleza que lo envolvía. No había aquí
contradicción ni lucha, ni la tensa angustia de la impotencia que a veces me
agobiaba.
Por aquel entonces el hijo de mi naviero me regaló
una preciosa corbeta encerrada en una botella. Aparentemente aquello era una
contradicción. El hombre se resistía a admitir que primero que la corbeta
hubiera existido la botella. Era lo mismo que el camello bíblico atravesando el
ojo de una aguja. Un imposible; una imposibilidad material, absoluta, pero cuya
evidencia desconcertaba. Luego se abría paso la posibilidad de una obra de
paciencia, de paciencia controlada férreamente. Aquella corbeta se había hecho
dentro del recipiente igual que un hijo en las entrañas de la madre: por
partes, paulatina, gradualmente. Admiré abrumado la paciente hazaña.
103
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Ahora, analizando la estructura de la pequeña
naveta, se adivinaba bien que ningún pedazo era de tamaño superior a medio
palillo de dientes. El todo había adquirido consistencia y armonía merced a una
inquietud artística proveniente de fuera.
Desde el primer momento aprecié en aquella obra un
punto de afinidad con mi persona. No podía precisar qué era, en qué consistía,
pero presentía una misteriosa relación, taimada y latente.
Frecuentemente me entretenía dando vueltas al
pequeño objeto entre mis dedos. Una tarde adiviné inesperadamente el nexo
palpitante entre mi vida y la minúscula corbeta prisionera en el frasco. Yo
también poseía en mi interior una corbeta deforme, menos gallarda y airosa que
aquélla. El monstruoso prejuicio que me roía había perforado mi ser de la misma
manera que la corbeta la botella, paulatinamente, por partes que en sí
independientemente no eran ni significaban nada.
Me sentí muy tranquilo después del descubrimiento.
En lo sucesivo traté a mi botella «posesa» con más blandura; con cariño casi...
104
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
III
En todo este tiempo respeté mi decisión meditada
hondamente años antes. Evité el dar continuidad a mis relaciones personales e
incluso el profundizar en el alma de aquellos que por alguna razón estaban en
constante conexión conmigo. Huía de toda posible afinidad. Vivía una vida
autónoma, obscura, huraña. El mundo rebotaba en mí; ni yo pasaba de su costra
ni él rebasaba la superficie de mi piel. En el último año de la guerra terminé
mis prácticas, y ya con el título de piloto me incorporé a la dotación de un
nuevo barco que hacía un servicio regular transoceánico. Recuerdo que en esta
nueva etapa únicamente con una persona me aferré a un trato relativamente
continuado. Y lo hice así a conciencia, convencido de que entre él y yo jamás
podría existir una corriente de cordialidad, simplemente porque su conversación
me divertía. Le conocí en un café de Málaga de una manera curiosa. Era un café
que yo frecuentaba con alguna constancia y que me seducía precisamente por su
ausencia de tumulto, por la seriedad de sus clientes habituales. Un día aquel
hombre se me acercó. Llevaba una carpeta debajo del brazo y un lápiz blando
encaramado en la oreja. Vestía pobremente y desarrapado.
Voy a hacerle a usted una caricatura psicológica
-me dijo tomando el lápiz de su oreja y un pliego de la carpeta.
Le miré con curiosidad. Era un tipo raro. Tenía una
nuez prominente que se estremecía cada vez que hablaba. El pelo le montaba por
encima de las orejas y por detrás le caía espeso y largo formando una especie
de corta coleta. Tendría aproximadamente cincuenta años. De su persona desvié
la mirada sobre el blanco papel en que dibujaba. Vi que pintaba un círculo a
pulso y que luego se entretenía en rellenarle de negro. Me lo enseñó, riéndose
sin ambages...
-Éste es usted por dentro; no ha quedado mal del
todo, ¿verdad? Esperó un momento para medir el efecto de su audacia. Su risa
era tan sincera, tan limpia, tan desprovista de mala intención, que yo sonreí
también. Debió de estimar mi sonrisa por asentimiento...
-Le gusta, ¿no?
-No la entiendo.
-Es fácil; usted se mueve dentro de un círculo
negro, sin ilusiones... ¿acierto? Reconozco que le admiré, aunque por entonces
al menos no solté prenda. -Pero usted qué es, ¿adivino o dibujante?
-Un poco de las dos cosas; una y otra se
complementan... Estas caricaturas rara vez se me resisten. Mire, ¿ve usted
aquella señorita que toma chocolate con sus padres en la mesa de enfrente...?
-Sí, ¿por qué?
Movió ágilmente su mano sobre la inmaculada
cuartilla y transcurrido medio minuto me la enseñó.
-Mírela.
Había pintado como el capullo de una flor a punto
de estallar, ávido de distender sus pétalos, de irrumpir en la vida con toda su
plenitud.
105
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Ésta es «ella» por dentro. Se la nota que está
enamorada...
Debió de advertir en mi gesto una sombra de duda.
Se explicó:
-Se la nota simplemente en que, desde que ha
entrado aquí sus ojos dan vueltas a compás de la puerta giratoria. Sin duda
espera ver entrar a alguien. Probablemente su prometido. El día que se case se
hará flor del todo. Aunque quizá después de casada deje de ser una flor...
Se rió gruesa, sonoramente:
-No me haga caso; esto son tonterías. Es una manera
de criticar a esos que hablan de caricaturas psicológicas, que dicen plasmar en
una cuartilla los rasgos anímicos del caricaturizado... Afortunadamente, hoy
por hoy, y que yo sepa, el alma no tiene rasgos...
Hizo un rebujo con las dos cuartillas y lo tiró
debajo de la mesa. Luego añadió:
-Hablando seriamente, quiero hacerle a usted una
caricatura de verdad. Tenga la bondad.
Me torció levemente la cara para que le ofreciera
el perfil izquierdo. Acto seguido extrajo de la carpeta una nueva cuartilla y
se quedó observándome con la punta del lápiz apuntando a la blanca superficie,
describiendo pequeños circulitos en el aire...
-Usted tiene caricatura...
Trazó airosamente varias líneas sobre el papel.
Después se detuvo otra vez, dibujando en el aire círculos invisibles mientras
me observaba.
-Un momento... Esto está ya para terminar... -me
miraba nuevamente y otra vez dibujaba unas líneas o enmendaba algún trazo
anterior con una raya más gruesa-...
así... así... -de repente me la tendió-. Mire, a
ver si se conoce...
Sinceramente, no me reconocí. Jamás me había picado
la curiosidad por conocer mi rostro de lado y la imagen figurada, tomando como
punto de referencia cualquiera de mis escorzos no coincidía en modo alguno con
aquélla.
-Los interesados se reconocen a sí mismos pocas
veces. Luego, a fuerza de mirarla, acaban convenciéndose de que efectivamente
son ellos los de la cuartilla. Pero, si he de decirle la verdad, yo me conformo
con que el «paciente» no se ofenda. En ocasiones he pasado verdaderas
calamidades por este motivo tan tonto. En una de mis exposiciones...
Se detuvo, me miró y sonrió:
- Me parece que estoy poniéndome pesado -dijo de
pronto-. Si se queda usted con ella son cinco reales...
Le pagué inmediatamente.
-Por mí no tenga prisa -le advertí.
Me tomó por la palabra.
Volvió a sentarse, colocándose en la misma postura
de antes.
Echó una ojeada por el salón y añadió en tono
confidencial:
Aquí hay poco que hacer; son siempre las mismas
caras... pero siquiera me dejan entrar y todas las tardes tomo café gratis...
Me quedé contemplando la caricatura. Ciertamente,
no sé si sugestionado, me iba pareciendo que los rasgos se combinaban hasta
lograr un indudable parecido conmigo. La línea de la nariz era osada, de un
solo trazo, vigorosa y expresiva en su rotundidad. Casi todas las líneas
poseían esta cualidad: la audacia y la limpieza, una coincidencia exacta entre
lo que se había hecho y lo que se había pretendido hacer.
106
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Es usted valiente...
Me miró levantando los ojos de una manera
sintomática.
-El que no tiene nada que perder tiene más de la
mitad del camino andado para ser valiente...
Aquel hombre tenía la habilidad de expresarse en
frases redondas y concisas, como caricaturas del mismo lenguaje.
- ¿Es que cree usted -continuó- que si yo tuviera
una firma consagrada y cotizada me arriesgaría en estas audacias?
Decididamente, no. Entonces yo sólo me preocuparía de sacar bellos a mis
«pacientes». En última instancia ésa es la clave del éxito: dar al mundo por el
gusto, halagarle su tonta vanidad.
Pasó por allí el camarero y le llamé. De repente
había sentido la rara impresión de que yo formaba parte del mundo que estaba
explotando al artista, de que con los miserables cinco reales que le había dado
no tendría ni para mal comer aquella noche.
-¿Qué quiere usted tomar?
Me observó un momento con una chispa de recelo. En
seguida reaccionó:
Vaya, gracias... -miró al camarero-. Tráigame café
con leche.
Guardamos unos minutos de silencio. Su aspecto
bohemio iba ganando mi curiosidad. Y su buen conformar. Y, sobre todo, su
consideración del mundo desde un ángulo positivamente caricaturesco. Le
pregunté:
-¿Hace mucho que vive usted así?
Cruzó las piernas y me pidió un cigarrillo. Lo lió
con maravillosa rapidez. Le vi paladear el humo con fruición, luego con
prodigiosa facilidad lo expulsó lentamente, dibujando en el aire con el humo un
rostro de mujer.
-Vea... Yo puedo dibujar hasta dormido. Esto le
demostrará que en mi vida no he hecho otra cosa...
-¿Nació usted artista?
Se sonrió.
-Nacer, nacer... El hombre crece donde le plantan,
como los árboles... Yo fui el décimo hijo del portero de una academia de
dibujo.
Retornó el camarero. Al colmar el vaso, el pitorro
de la cafetera lo golpeó, volcándolo sobre el brazo del artista.
Instintivamente éste se puso en pie sacudiéndose el líquido que iba empapando
el antebrazo de su americana. Rió jubiloso:
-Bueno, traiga usted otro: éste ya va a ser difícil
tomarlo...
Se sentó a mi lado, en el diván, mostrándome la
extensa mancha de humedad.
-Realmente, cuando esto se seque -dijo-, va a ser
difícil saber cuál es la mancha, si esto del brazo, o el resto de la
americana...
Mi deseo de sondear a aquel hombre iba
acrecentándose. Le observaba con ahínco sin perder ni uno solo de sus
frecuentes visajes.
-Esto de las manchas es muy relativo. Yo ahora, con
esta chaqueta, puedo hacer dos cosas: quitar la mancha o mancharla toda por
igual. Puede que lo segundo me resulte más barato. Y de color no es fácil que
quede fea, ¿no cree?
-Tiene usted puntos de vista muy personales.
Consumió la última mitad de su cigarrillo en una
sola, absorbente, intensísima chupada; arrojó la colilla al suelo y todo su
párrafo siguiente salió de sus labios aureolado de humo.
107
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Así debe ser; es lamentable caminar por el mundo
sin ideas propias. Me horrorizan los hombres que se limitan a seguir un surco.
Admiro, en cambio, a los que abren uno nuevo aunque sea torcido o imperfecto.
-Pero con «ideas propias» no se come...
El camarero llenó ahora con cuidado el nuevo vaso
de café de mi amigo. Éste bebió un sorbo paladeándolo.
-¿Y qué de la satisfacción interior? ¿No cree usted
que se puede estar satisfecho sin probar bocado y mustio con el estómago lleno?
Créame, nunca me gustó hipotecar mi libertad. Prefiero ganar como uno y tener
tiempo de gastarlo, y no como mil, sometido a la tiranía de un hombre o una
máquina.
-No lo dirá usted por mí.
-No; lo digo por mí. Sólo por mí. En el mundo hay
tipos de todos los pareceres. No hay un hombre idéntico por dentro ni por
fuera. El mundo es muy complejo, ya lo creo. Mire --cogió la carpeta que había
dejado en el diván, a su lado. La abrió, sacando de ella varios dibujos en
papel de tamaño folio-. Tengo algunas caricaturas verdaderamente curiosas.
Observe ésta -me tendió uno de los dibujos en uno de cuyos lados decía «El
Mundo». El mundo, para mi reciente amigo, era como una naranja a la que unas
manos afiladas, de viejo avaro, extraían el zumo. En una de las manos de avaro
decía «aprovechados» y en la otra «vividores»-. Y mire ésta también... -ésta
era una caricatura de «La Humanidad». El dibujo representaba una gallina al
lado de un gigantesco montón de saneado pienso, que ella despreciaba
olímpicamente para marchar a picotear las basuras de unas caballerías-. Mire
esta otra, «La Política» -en el centro del papel había diseñado un monumental
fonógrafo tragaperras y una fila de hombres esperando turno para, mediante su
limosna, deleitarse en escuchar las frases huecas y rimbombantes que salían de
la trompeta del fonógrafo. Después me enseñó otra del «Comercio», en la que un
Mercurio con casco alado tomaba en su mano izquierda de un elegante señor con
chistera y levita una granada que luego iba repartiendo con la derecha, grano a
grano, entre un puñado de menesterosos a cambio de un billete de más valor que
el que había entregado él al elegante señor de la levita por la granada entera.
Me mostró seguidamente otras muchas caricaturas originalísimas, heterogéneas,
de diversas formas de vida e instituciones actuales o históricas, todas ellas
con un marcado sabor cáustico y cínico.
Cuando terminé de verlas me dijo, animado por mis
alabanzas:
-Éstas también están a la venta; quince reales cada
una.
-No me interesan.
-Pero repare usted en que estas cosas, el día que
le dé a un «técnico» por decir que son cosa buena, le supondrán un dineral.
Su insistencia acabó por configurármelo como el
Mercurio con casco alado de su dibujo.
-No es por eso; es que no me interesan.
Se levantó súbitamente mirando a un hombre bien
vestido que acababa de entrar.
-Perdóneme, no puedo desperdiciar esta ocasión.
Me estrechó la mano efusivamente.
-Ya sabe usted, Julián Royo, siempre a su
disposición. Aquí podrá encontrarme siempre que guste.
Tomó los bártulos de que se acompañaba y se dirigió
directamente hacia el señor que acababa de entrar. Yo pagué nuestra consumición
y salí del café llevando en la mano, cuidadosamente enrollada, mi caricatura.
108
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Al verme en mi camarote y contemplarme otra vez,
pensé si el mundo no sería realmente como lo veía Julián Royo; si mi auténtico
perfil no sería aquel que tenía delante y no el que ahora me rozaba tímidamente
con las yemas de mis dedos; sí lo que veían diariamente nuestros ojos no sería
más que una sugestión creada en torno de algo inexistente; si la vitalidad de
los demás sentidos no sería igualmente una mera y simple ilusión; si el mundo,
en fin, carecería de un carácter objetivo, real, verdadero, para pasar a ser
algo ficticio, iluminado solamente por el carácter que individualmente cada
humano queríamos atribuirle.
Guardé mi caricatura con la secreta esperanza de
que algún día nos convenceríamos todos de que sólo Julián Royo contaba con la
verdad; de que la humanidad era así, alargada, extraña, defectuosa, tal como él
la veía.
En los viajes sucesivos, cuando mi barco recalaba
en Málaga, no dejé nunca de ir a entrevistarme con mi nuevo amigo. Cada vez me
convencía más de que entre él y yo no podía existir nunca un lazo de corazones.
Su conversación me entretenía, me recreaba, me emborrachaba, pero no pasaba de
ahí.
Una vez, catorce meses más tarde, al llegar a
Málaga no pude encontrar su rastro; me aseguraron que hacía dos semanas que no
se le veía por allí y que su desaparición había coincidido con tres robos
audaces y espectaculares perpetrados en la ciudad. Recordé entonces lo que me
había dicho Julián, meses atrás, de que «él no hipotecaría por nada su
libertad». Y lo relacioné inmediatamente con su afirmación de que «en todo
caso, si las cosas venían mal, contaba con el favor marinero para dar el
salto». Conociendo el fondo fisiocrático de su filosofía de la vida (Laissez
faire, laissez passer, le monde va lui même), no dudé de su participación en
aquellos delitos que, cómodamente, le aseguraban una existencia despejada.
Años después volví a verle en Buenos Aires. Estaba
más pobre que las ratas, más hambriento y desastrado que cuando le conocí. Las
cosas le habían ido de mal en peor hasta sumirle en un presente desesperado.
Entendí que era un buen momento para hacerle ver la relación de causa a efecto
que existía entre el trabajo y la comida, y recordando yo cuánto le debía, me
las arreglé para que en adelante pudiese ganar honradamente su existencia.
Jamás me falló la confianza que deposité en él. Me fue honrado y leal por
siempre, aunque, eso sí, sin abandonar del todo su prurito de independencia.
109
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
IV
Y el tiempo siguió huyendo; sin volver una sola vez
los ojos. Así alcancé el grado de capitán y encontré un destino en el
Antracita, que por entonces era un barco carbonero; más tarde cambió de dueño y
en consecuencia se alteró también su misión: se dedicó al comercio de altura,
al comercio de corcho casi exclusivamente.
En este período y durante todas estas peripecias
continué viviendo como siempre, sólo para mis adentros. La vitalidad externa no
podía conmoverme porque no la conocía; rechazaba todas sus posibles tentaciones
y llegó un momento en que creía cosa sencilla seguir sin titubeos la línea que
me había impuesto de antemano. Soportaba una existencia obtusa, roma, sin
prominencias. Claro que tampoco las añoraba. Me había hecho a vivir así y
cualquier pasajera variación me desazonaba revolviendo en mi alma el poso de mi
pesimismo. De esta manera casi logré el punto de estabilidad que buscaba de
tantos años atrás: vivir autónomamente, sin conexiones cordiales, sin
afectos... El único nexo que me ataba a mi pasado era el recuerdo de Alfredo y
la casa de mi maestro con la preciosa carga de sus habitantes. Pero también
esta memoria se había casi extinguido dentro de mí. Mientras permanecí en la
Escuela de Náutica me carteé frecuentemente con el señor Lesmes. Después, y con
premeditación, fui demorando las respuestas, hasta que aquello se extinguió
poco a poco, imperceptiblemente, sin violencias. Seguramente pensarían de mí
que era un egoísta, un ingrato. Y tal vez no les faltase razón, aunque ni yo,
analizándome detenidamente, hubiera sabido definir mis más acusadas características.
Yo me era a mí un desdibujado misterio, un confuso remolino en el seno del cual
giraba vertiginosamente mi propia conciencia. Me poseía un raro sentimiento de
nebulosidad que me vedaba conceptuarme de una manera positiva, convincente y
radical. Tan sólo sabía que era un ser desprovisto de la sabia facultad de
perder, de desposeerse, de desasirse. Y daba por posible que de aquí emergieran
efectos defectuosos, efectos que, como el egoísmo y la ingratitud, ponían una
barrera infranqueable a toda posible tendencia a la sociabilidad.
Mas en lo hondo de mi ser agradecía la
inexpugnabilidad de esta frontera. Sincerándome conmigo mismo reconocía que mi
existencia transcurría más apacible sin conocer el fin de las personas que
había amado, que amaba aún. Prefería vivir a obscuras, ignorando, que palpar
una felicidad que a la larga se muda y se trastrueca.
A ratos, en la soledad de mi camarote, ante la
caricatura de Julián Royo y la corbeta embotellada del hijo de mi naviero,
pensaba que las dos creaciones se complementaban para engendrarme a mí, a un
individuo deforme, viscoso y complicado. Veía en los rasgos de Julián Royo una
interpretación elemental pero sincera de mi propia deformidad; en la obra del
hijo de mi antiguo naviero una realidad evidente, cuyo origen y proceso
desconocía, pero que simbolizaba, con un verismo meticuloso, mi excéntrica
idiosincrasia.
Poco tiempo después inauguramos el tráfico con
Providencia. Acepté satisfecho este tráfico transoceánico que me permitiría
intensificar mi retraída vida de mar, sin influjos de vida común, ni roces
temperamentales con psicologías más o menos acordes con la mía. Seis años más
tarde tomé un nuevo contacto con el mundo; ese contacto que a todos nos acecha
donde menos esperamos, y que inconscientemente va erigiéndose
110
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
en nervio y estímulo de nuestras existencias,
constituyéndose en eje y razón de la propia vida.
Fue un mes de abril. Cala la noche sobre las
cenizas de un día calinoso, sobre el océano. Las costas americanas se dibujaban
en lontananza sin fijeza ni expresión, como acotadas por la turbia mirada de un
miope; desvaídas y lánguidas como algo inconsciente, sin realidad ni vida. La
mar se rizaba a olas tumbadas y anchas, agitadas por un movimiento interno de
majestad humillada, como la tersura de una sábana quebrada en mil pliegues por
la retozona actividad de un animalito apresado debajo; ondulándose aquí y allá
pero sin llegar a romper del todo. Cruzaban por el espacio, hacia la costa,
bandadas de aves marinas que buscaban ya para pernoctar el abrupto cobijo de
las rocas. El Antracita cabeceaba cosquilleado en su panza por la vitalidad
oculta del mar. (Se diría que la mar sentía despertarse en sus entrañas un
tupido instinto maternal y se regodeaba meciendo nuestro barco como si fuese la
cunita de un niño recién nacido.)
Antes de hacerse el nuevo día habríamos arribado a
Providencia. Palpitaba esta conciencia en cada movimiento de a bordo; crujía y
se transparentaba a pesar de la voluntad común de velar este sentimiento. El
propio Antracita olfateaba ya en la distancia el puerto de descanso. La
actividad de la marinería se incrementaba, accionada por la proximidad de unas
jornadas de viciosa laxitud; bullía estimulante la esperanza de unas horas
mejores, aunque escondida en la pasividad disimulada de una conducta normal. La
llegada a Providencia significaba la libertad del instinto, zafarse del rígido
collar de la disciplina, trocar una vida austera, sobria, encajonada, por el
alborozo pintoresco y libre de la vida del puerto.
Apuraba la tarde el resplandor del día. Vivíamos
ese difuso instante de transición donde algo languidece lentamente sin que
nadie pueda contener su decadencia. De improviso apareció la silueta de un yate
columpiándose en la línea del horizonte. Era un barquito esbelto, con más aire
de pájaro que de pez; un barco formado, como los galgos, sobre el esqueleto de
la más elemental arquitectura. Más que vérsele se le adivinaba buido y
filiforme, cortando el mar con el pronunciado filo de su espolón. La derrota que
seguía era oblicua a la nuestra, de manera que en breves minutos las estelas de
los dos barcos se cruzarían dibujando en el mar un aspa gigantesca y espumosa.
A poco nos dimos cuenta de que el rumbo del yate era arbitrario y desigual,
como si la rueda de su timón fuese movida por un borracho. Ora se nos venia
encima verticalmente, ora se alejaba de nosotros como impelido por un
instintivo movimiento de repulsión.
Languidecía la tarde rápidamente. De momento
observamos que el último rayo de sol era aprovechado por el heliógrafo del yate
para transmitirnos un informe apresurado. Leí el mensaje: «SOS. Estamos a la
deriva.» Comprendí entonces el rumbo caprichoso del navío. Rápidamente di las
órdenes oportunas. Deseaba aprovechar lo poco que aún restaba del día para la
maniobra. Aproximé mi nave a la popa del yate. Éste había neutralizado sus
energías y se mantenía erguido, quieto, borneando ligeramente a impulsos del mar
de fondo. Botamos un chinchorro que se aproximó al portalón que hablan
descolgado los del yate. La lanchita se acercó a la escala, adhiriéndose a ella
con el ansia punzante del bichero. Fue un minuto definitivo y luego, cuando uno
de mis hombres saltó sobre la cubierta del buque averiado, me percaté de que
todo había pasado en un instante. El hombre aseguró el yate con una estacha y
un sólido cable y los tripulantes del mismo ocuparon un asiento en el
chinchorro, que los portó hasta el Antracita. Los tripulantes del yate eran
cuatro, dos hombres y dos mujeres; uno de aquellos de media edad y muy jóvenes
los otros tres. Al darme las gracias me confirmé en mi primera suposición de
que los cuatro eran americanos.
111
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
La noche estaba ya sobre nosotros y un esplendor
rojo anunciaba que de un momento a otro el firmamento daría a luz una luna
espléndida, rotunda y jovial. El Antracita habla reanudado la marcha llevando a
la zaga, como un perrito de lujo, el yate, ligero y airoso, metido en
obediencia otra vez.
Navegábamos despacio para evitar cualquier posible
colisión entre los dos buques. Los cuatro americanos charlaban en el puente con
Luis Bolea, mi primer piloto, en tanto disponía yo su alojamiento en nuestro
barco por aquella noche.
Durante la cena las dos muchachas demostraron que
la avería del yate, lejos de deprimirlas, les había causado un entusiasta y
agresivo alborozo. La aventura inesperada les proporcionaba un aliciente fuera
de la órbita vulgar de una singladura marítima sin trascendencia. Avanzada ya
la noche nuestros huéspedes se retiraron a descansar. Yo me encaramé en la
cubierta, y después de revisar la seguridad del remolque, me detuve acodado en
la amura de babor.
La luna había comenzado su espectacular ascensión
de globo de feria. Comunicaba sus reflejos a las cumbres de las olas, que
resaltaban bajo su luz en contraste con los sombríos tumbos. La luna abandonaba
en su vuelo una estela luminosa de puntos rutilantes. Me aferré la cabeza entre
los dedos y me sumergí en mi mar interior, en aquel mar impetuoso, abstruso,
que ofuscaba mi cerebro hasta cerrarle toda posibilidad de discurso. Me pesaba
mi vida aislada, artificial, guardada como en un arcano en la oquedad de mi
pecho. Me pesaba cada vez más y, sobre todo, cuando las circunstancias me
ofrecían la ocasión de comportarme normalmente, cuando la vida me rozaba como a
cada humano, con los acicates de las cosas normales que entraban en su
posesión.
-¡Hola!
Una de las muchachas se hallaba junto a mí, acodada
también en la borda.
-No apetece dormir en una noche como ésta -añadió-;
dormir mucho es restarnos voluntariamente las horas que se nos dan para
vivirlas.
Tenía el cabello suelto y la luna reverberaba
ardiente sobre su cabeza. Hubo un silencio tremendamente largo entre nosotros.
Entonces me di cuenta de que yo no estaba educado para estas cosas. Me
encontraba belicoso, disconforme con toda vida de relación. Me percaté
instintivamente de que mi acompañante era bella y atractiva. Hablaba un inglés
sugestivo con un acentuado tono irlandés.
-No es usted muy hablador -rompió ella con una
risa-; ya lo había advertido en la cena...
-Es difícil conversar cuando faltan puntos
coincidentes en la historia de dos personas.
Cogió la borda con sus dos manos y se inclinó hacia
atrás. Chisporroteó su mano izquierda al ser rozada por un haz de luna. Advertí
entonces que llevaba en su dedo anular una sortija con un grueso brillante
engarzado al aire. Levantó inopinadamente la mano enjoyada y apartó un mechón
de pelo que le cata sobre la frente.
-¡Oh!, puntos comunes tenemos de sobra.
La miré enojado.
-Por de pronto no es cosa despreciable haber
coincidido en el tiempo. La historia del mundo tiene muchos años de existencia.
-Sí, claro; usted y yo podíamos haber existido en
Egipto en tiempo de los faraones.
-Naturalmente.
Volvió a reír y tornaron a desprenderse los
extraños fulgores de su dedo anular.
112
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Aún hay más -continuó.
-¿Más?
-Colón.
-¿Colón?
-Cada uno estamos en una punta de su hazaña.
Sonreí y admiré a mi expresiva acompañante de
reojo.
-¿Qué opina usted de Colón? -dije.
-Fue un visionario genial.
-Es poco...
-¿Poco?
-Un poco poco. ¿No cree que fue también un hombre
de una audacia admirable? -sí, desde luego.
-¿Y admira usted en los hombres las visiones más
que la audacia?
Quedó un poco confusa. Sonreí yo. No dejaba de
advertir el lado cómico de esta conversación, sopesando debidamente las
circunstancias en que tenía lugar.
-Según... - dijo al fin-. Si las visiones son
geniales y por añadidura resultan verdad, se convierten en una cosa muy seria.
¿No lo cree así? En cambio, si Colón se hubiese confundido, con toda su audacia
no hubiese salido de la nada.
-Luego su celebridad estriba en sus visiones.
-En haber acertado en sus visiones.
-De otra manera no hubiese pasado a la historia...
A lo mejor como loco...
Tenía una sonrisa de ironía adormecida entre sus
labios gruesos. Sus manos, de dedos gráciles y blancos, continuaban agarradas a
la borda y de vez en cuando dejaba caer su cuerpo hacia atrás lo que le
permitían sus brazos elásticos.
-O sea, que la naturaleza, según usted, intervino
en la hazaña de Colón...
-Por lo menos le puso un continente por medio y le
hizo chocar con él...
-No es ello poco.
Rió libremente.
-Como verá no faltan puntos comunes en nuestras
respectivas historias.
Empezaba a encontrar un sabor insospechado en estas
conversaciones fútiles que de siempre había odiado. Entreveía que para algunas
gentes la vida es una broma y en broma hay que tomarla si no queremos chocar
con su inquebrantable armonía. Notaba que me iba sintiendo a gusto en este
pugilato insulso de sutilezas irónicas; que olvidaba temporalmente,
apartándolas de mí, las sombras que perennemente cercaban a mi espíritu y que
con esta fuga a regiones aéreas, sin raíz, penetraba en una zona estimulante, redonda
y fértil que me ayudaba a desprenderme de mi lastre original.
Aún hablamos durante una hora de cosas
indiferentes. La visión de sus antebrazos tersos y mórbidos comenzaba a
obsesionarme, produciéndome un deseo creciente de acariciarlos una y otra vez
con la palma de mi mano, de atusarlos de abajo arriba hasta tropezar con la
agudeza de su codo. Experimentaba un afán incomprensible de entretener a
aquella muchacha para prolongar nuestra inocua conversación hasta el fin del
tiempo, hasta el límite de la resistencia humana.
113
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
La luna continuaba mirándonos desde arriba,
arrancando fulgores vivaces de aquel brillante engarzado al aire. Llegaba a
nosotros la brisa marina entreverada de olores de puerto, cargada de los aromas
de una tierra extensa y propincua. .
-Ya veo que cuando quiere usted también sabe
hablar.
-Todo es cuestión de la habilidad de mi
interlocutor.
Giró sus manos y sus brazos poniendo el dorso hacia
arriba. El pigmento que coloreaba su piel perdía fuerzas por este lado, se
extinguía paulatinamente para volver a acentuar sus matices en una transición
sutilísima al doblar la curva del otro extremo. Este contraste del claroscuro
realzaba la redondez de sus miembros, avivando en mi pecho el afán de
acariciarlos, de palpar suavemente la tersura de su piel.
-Bueno, creo que ya es hora de descansar...
Se puso en disposición de retirarse. Presentí que
se me escapaba la sensación dulcemente enervante que durante unos minutos me
había poseído.
-¿No dice usted que dormir es perder vida?
Me sonrió mirándome a los ojos.
-Dormir poco es perder vida también, ya que la que
se vive a costa del sueño se vive sólo a medias.
Me tendió la mano, que yo estreché con la
conciencia plena de que era algo mezquino para mis ocultas ambiciones aquella
presión de sus cinco dedos ornados con un brillante.
-Si usted lo quiere -añadió-, podríamos vernos
mañana...
Mi corazón se agitó en un galope frenético. Una voz
por dentro me conminó a no aceptar.
-¿Dónde? -dije, empero.
-En el parque; frente a la estatua de Roger
Williams. A las doce.
Sonrió otra vez y se desprendió de la presión de mi
mano.
-Entonces hasta mañana-dije.
-Hasta mañana.
Aquella noche la caricatura de Julián Royo me
pareció una burla sangrienta, una deformación estúpida, grotesca e
insubstancial... Antes de dormirme tuve la impresión de que quería huir de algo
sin quererlo del todo, de que mi boca deseaba decir que «no» a algo y que todas
las células de mi cuerpo se ponían en pie, para gritar un «sí» estruendoso y
unánime.
114
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
V
Jane llegó al parque dos minutos después qué yo. Su
silueta, a la clara luz del día, adquiría una flexibilidad singular mientras
avanzaba hacia mí por el paseíllo de grava. Al saludarme observé que también su
voz tomaba unas cualidades desconcertantes, distintas a las de la noche
precedente. Su voz me recordaba ahora a la de la madre de Alfredo, aquella voz
suave y melodiosa, casi inarticulada, que era como el gorjear de una bandada de
pájaros en la profundidad de un bosque.
-¿Dónde quiere usted que vayamos?
Notaba yo que todo era indiferente fuera de ella;
que cualquier rincón del mundo sería bueno si tenía ante mí la morbidez
delicada de sus antebrazos y la dulzura desconcertante de su voz.
Comenzarnos a andar sin rumbo determinado, como
debe andarse cuando lo externo es accesorio y la fuerza de nuestro bienestar
emana de la perfecta adaptación de dos almas en compañía. Algunos transeúntes
se cruzaban con nosotros agazapados bajo su preocupación cotidiana. Tan solo
Jane y yo parecíamos enteramente libres de cadenas ajenas a nuestro propio
impulso espiritual. De repente Jane me dijo, poniéndose seria:
-Es usted un hombre extraño.
Su andar se había hecho más pando y remiso, como si
ni con sus pasos quisiese imprimir a su afirmación la idea de que fuese
acelerada y sin meditar. La miré a los ojos inquiriendo de ella qué había
observado en mí que la condujera a una aseveración tan tajante. Ella comprendió
la intención de mi mirada.
-Va usted por la calle corno pidiendo perdón a
todos cuantos le rodean. Si da usted un paso atrás al cruzar una calle para que
pase un automóvil, parece que con su ademán está pidiendo disculpas al
conductor por haberle hecho disminuir la velocidad de su vehículo. Pisa usted
la ciudad como con respeto, como con miedo a romperla, lo mismo que si visitase
una casa de porcelana de la que fuese dueño un hombre con el que usted no
tuviese confianza.
Sonrió al terminar, con un deje de amargura, como
deseando añadir que no me preocupase por lo dicho, que en realidad no tenía
demasiada importancia. Luego añadió:
-¿No lo cree usted así?
Sonreí, y para disimular mi turbación comencé a
liar pausadamente un cigarrillo.
-Me parece prematuro su juicio.
-Le aseguro que bastan un par de minutos para
advertir en usted esa falta de sinceridad y confianza con las cosas que le
rodean.
Encendí el cigarrillo mientras continuaba caminando
lentamente.
-Usted quiere decir que carezco de... ¿cómo lo
diría yo...? de mundo. ¿No es eso? Algo parecido a eso...
Di una chupada con tal aceleración, que el fuego de
la lumbre llegó a mis labios, abrasándolos. Pensé que yo le hubiese parecido
aún más extraño, de advertirle que de toda su magnífica belleza eran sus brazos
redondos y elásticos lo que más me turbaba; de haberle asegurado que su voz se
me asemejaba al gorjeo de una bandada
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
de pájaros enredados en la espesura de un bosque;
de haberle dicho que ella era la primera mujer con quien me permitía el lujo de
tener un tête à tête íntimo y prolongado. Me hubiera juzgado aún más extraño de
haberle desmenuzado la historia de mi vida desde su génesis con todo lujo de
pormenores.
-Casi conozco el mundo entero -añadí siguiendo el
curso de nuestra conversación.
-Tener mundo no consiste en recorrerle.
-Siempre se pega algo.
Aun con todo...
Jane había hecho señas a un autobús, que se detuvo
pegado a la acera frente a nosotros.
-Suba -me dijo encaramándose ella primero
ágilmente.
La seguí hasta la altura de un segundo piso. El
ómnibus, descapotado, dejaba llegar hasta nosotros ráfagas de un aire fragante
y acariciador.
-No le he consultado a usted -añadió Jane
volviéndose a mí-;este autobús va por la carretera de la costa.
-¡Espléndido!
-¿De veras no le importa?
-El sitio es indiferente.
Volvió rápidamente a mí sus ojos intensamente
claros. «Tal vez hayas hablado de más», me dije; pero ella recogió de nuevo su
intensa mirada al tiempo que sus brazos se estiraban para aferrar el respaldo
del asiento delantero.
Contemplé otra vez sus antebrazos tersos, sólidos,
divinamente formados. Los acaricié con mis ojos, dejando resbalar la vista
hasta la aguda curvatura del codo. Luego cerré los ojos temiendo que mi
excitación se transparentase en ellos, de que Jane leyera en su expresión esta
nueva anormalidad de mi carácter.
La carretera gris se extendía ante nosotros. Íbamos
dejando atrás las últimas casas de Providencia. El campo empezaba a abrirse por
los costados. Un campo apretado de vida en la atmósfera tibia de la primavera.
Al doblar un recodo apareció a nuestra izquierda el mar; el mar rozando en un
extraño aspaviento la aspereza de la costa, recortada y alta.
-¿Le parece que nos apeemos aquí?
Jane se incorporó. El autobús se detuvo a la
derecha de la cinta blanca que dividía la carretera por la mitad. Descendimos.
El ómnibus, al arrancar, olvidó una penetrante estela de gasolina quemada.
Cuando se alejó, Jane y yo nos vimos abandonados en medio de la naturaleza.
Percibí entonces la proximidad de la mujer con mayor vigor, como si cada uno de
mis poros transpirase su presencia. El sol caía sobre nosotros
perpendicularmente, pero con escasa fuerza. En la cuneta se apiñaban las
florecillas entre matojos y hierbajos medio asfixiados por la actividad de la
carretera. Saltó Jane la cuneta izquierda y yo la seguí. Ninguno de los dos
hablábamos; rumiábamos quizá la franqueza de las iniciales manifestaciones de
mi acompañante.
Al descender un ribazo divisarnos la frontera que
América ponía en este extremo del mar. Las olas rompían con fuerza contra los
riscos, hisopeando las proximidades. Saltaba la espuma blanca y rizada como una
cana cabeza de negro. A lo lejos se distinguía algún pesquero o los transportes
que iban buscando la entrada del puerto. El humo de los barcos colgaba del
cielo como un penacho de aire
negro, poco denso e inmóvil, y a intervalos breves
el viento lo barría de un brochazo del espacio sin dejar rastro de su presencia
anterior.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-¿Bajamos?
Empecé a descolgarme por las rocas sin contestar.
Jane brincaba de roca en roca detrás de mí. Experimenté una sensación
ampliamente acogedora al ver que el muro de roca iba creciendo detrás de
nosotros, aislándonos del resto del universo. Cada vez se oía trepidar el mar
más cerca. Mugía como un buey acosado, tratando de vencer inútilmente el
valladar que le oponía la naturaleza. Sus aspersiones caían en su postrer
esfuerzo blandamente a nuestros pies. Jane se detuvo de pronto, de pie sobre la
arista de una roca. Con su mano derecha protegía su vista del destello del sol
y miraba al mar, a lo lejos, a algo indeterminado y tan infinitamente lejano
que parecía otear solamente por el simple placer de convencerse de que entre el
cielo y el mar no cabía ni la brevedad de un beso. Así permaneció un rato en
silencio expectante.
-Me gusta contemplar el mar desde aquí -dijo
inopinadamente mirándome-; se palpa la influencia de algo sobrehumano en la
misma fuerza y sencillez de este trozo de mundo.
Me senté en la roca, junto a ella. Ella se sentó
también.
-Usted creerá en Dios, ¿verdad?
La miré sorprendido.
-¿Es usted católica?
-Sí; mi madre era irlandesa.
Estableció entre su país de origen y su religión
una relación fatal de causa a efecto que me agradó. Comencé a liar un
cigarrillo. Ella me alargó una minúscula petaca sonriendo:
-Fume usted del mío... si no le importa. Están
hechos.
Encendimos los pitillos. Me eché hacia atrás
apoyando un codo en la roca en que me sentaba.
-Aquí tiene que ser difícil ser católico.
Abrió los ojos dotando a su mirada de una expresión
ingenua. -¿Por qué? -Son la excepción.
-La excepción es siempre lo más puro.
-¿Lo cree usted así?
-¿Por qué no? El que lucha contra corriente tiene
que ser un convencido. Si no, resulta más fácil dejarse llevar.
-Más fácil... -dije.
-Pero la dificultad a que usted alude queda
compensada por nuestra íntima convicción de que estamos en la verdad. Y a nadie
le cuesta seguir un camino que sabe le conduce a buen fin...
-En otros lugares la excepción son los otros.
-También son convencidos y en sus prácticas, si
usted quiere, más puros. Lo que no quiere decir, naturalmente, que estén en la
verdad... Además, en Norteamérica los católicos somos ya muchos millones.
Cambié de postura y me quedé mirando a Jane con
impertinencia.
-Es usted muy buena conmigo.
Se encendieron sus mejillas un momento. Esperó a
que desapareciese su rubor para contestarme:
-No lo crea usted; en esto, como en todo, obro por
egoísmo.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Sonreí.
- Hay pocas posibilidades de saber por qué se obra
en la vida. Son muy complejos los móviles que informan nuestras conductas. El
mismo egoísmo es muy difícil de determinar, ¿no cree?
A veces.
-¿Sólo a veces? Yo estimo que en casi todos los
casos se busca la propia satisfacción. Lo que ocurre regularmente es que el
egoísmo tiene, como todo, sus grados y sus matices.
Se sonrió en silencio. Probablemente guardaría su
respuesta para sí. Era, desde luego, menos arriesgado y casi tan práctico.
Rompió, alocada, una ola a nuestros pies. Jane
arrojó la colilla de su cigarrillo sobre el abanico de espuma y se levantó.
-Vamos; debe de ser ya hora de almorzar.
Algo me impelió en este momento para ser osado.
Intenté reprimir este movimiento de audacia que brotaba inesperadamente dentro
de mí, pero fue en vano.
-¿Por qué no quiere que almorcemos juntos?
-Encantada.
Ascendimos a la carretera. Los automóviles cruzaban
en las dos direcciones perdida la individualidad de cada uno en la confusa
vitalidad del rebaño. Una estrepitosa sinfonía de bocinazos ponía a aquella
hora sobre el asfalto gris una nota de audiciones estridentes como de una Babel
mecanizada.
Avanzamos Jane y yo por la orilla de la carretera.
Pasados unos minutos comenzó a ceder la corriente de automóviles,
transformándose en un desfile pausado y rítmico.
Jane tuvo en este instante una idea luminosa.
-¿Qué diría si almorzáramos en un merendero, al
aire libre?
-Todo me parece bien.
Cruzamos la carretera. Señaló Jane una arboleda
tupida, cercada por una empalizada de la que sobresalía el rojo tejado de una
casa.
Allí podremos comer y charlar tranquilamente.
Ascendimos despacio un senderillo abierto en medio
de tina pradera. Se agachó Jane a tomar una flor. Hirvió de nuevo un segundo en
mi cabeza la antigua pesadilla del hombre avanzando por un camino, y
desprendiéndose de las flores que antes tomara. Pero fue un segundo nada más.
Cuando Jane colocó en su pelo la florecilla del campo todo volvió a cobrar
color y vida ante mis sentidos despiertos.
Entramos en el merendero. A derecha e izquierda, en
un grato desorden, se levantaban del suelo hasta una veintena de rústicas mesas
de madera, rodeadas de banquetas por todas partes. Un poco al fondo se veían
unos departamentos semirreservados circundados por un seto de boj. En el centro
del jardín, entre los árboles, estaba la casa blanca y humeante predicando la
buena disposición de la cocina. Apenas si había entre todos media docena de
comensales divididos en parejas, vigiladas cada una por una curiosa mezcolanza
de perros.
-Vamos allá.
Nos sentamos en uno de los departamentos cercados
de boj. Sentí otra vez la confortadora sensación de aislamiento que experimenté
al ver cómo la mole de rocas crecía tras nosotros al descender hasta el mar.
Los reservados tenían sillas de tijera y pequeños sofás de mimbre a diferencia
de las otras mesas. Me senté frente a Jane, que se arrellanó en su silla,
incitada de intimidad.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-¿Qué quiere usted comer?
-Un poco de ternera con patatas.
-¿Qué más?
-¡Oh!, nada más; me disgusta comer mucho de una
vez.
Se nos acercó una mujer rubia, colorada y obesa.
Anotó nuestro pedido sobre un papel grasiento con cruel parsimonia, no
atreviéndose a confiar a su memoria, sin duda congestionada, la poco extensa
lista de nuestra consumición.
-Perdóneme -dijo Jane súbitamente cambiando la
expresión de su rostro-, pero siento una terrible curiosidad por saber cómo ha
sido su vida hasta ahora.
Me retrepé en mi asiento un poco aturdido. Después
de meditar un instante dije, inclinando mi busto hacia ella:
-Le aseguro que fue muy poco interesante. Miro
hacia atrás y no hallo en ella el menor relieve.
Se nos acercaron un par de perros, encendidos sus
ojos por una golosa mirada. Me disculpé mirando hacia ellos:
-Me pone nervioso hablar con perros delante. Tienen
una mirada tan inteligente que parece que se están enterando de todo.
Di un puntapié a uno de ellos que escapó
acobardado, cediendo el mareante penduleo de su rabo. El otro le siguió.
-Bueno; ya está usted libre de oídos indiscretos.
Puso sus antebrazos redondos, sofocantes, sobre la
mesa y entrecruzó los dedos de sus manos. En su dedo anular fulgía hoy una
esmeralda rodeada de pequeños brillantes.
Me quedé pensativo un instante, acalorado por la
mirada curiosa de ella.
-He basado mi vida en unos principios bien simples.
-¿Tiene usted padres?
-No; ¿y usted?
Padre; pero ¿cuáles han sido sus principios?
Volví a guardar silencio. Se abrió una pausa
espesa, acaparada de atención.
-Elementales, increíblemente elementales...
Sus antebrazos se habían puesto verticales y ahora
sus manos sujetaban por debajo de la barbilla medio óvalo de su cara. La
contemplación de sus torneados antebrazos comenzaba a aturdirme otra vez. Ella
se hizo cargo de mi embarazo.
-¿No le parece molesto sujetar toda una vida a unos
principios previos por muy amplios que sean?
A veces es necesario.
Jane se corrigió:
-Religiosos y morales de acuerdo.
--De toda índole.
Asomó entre el seto la despierta mirada de un
chucho de raza indeterminada. Ladeó la cabeza observándome y al cabo se decidió
a penetrar. Llegó hasta mí olfateando el suelo.
119
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-¿Ve usted? -dije-; es expuesto hablar habiendo
perros en las proximidades. Apuesto a que éste ha escuchado detrás del seto
toda nuestra conversación y esta noche se morirá de risa contándosela a su
dueño.
-Estos perros no tienen dueño.
Llegó la señora obesa y pigre con su mantelillo y
unas servilletas a cuadros que colocó encima de la mesa después de largar al
perro un afilado punterazo de sus zapatos. El animal aulló, abandonándonos con
tanta presteza como si fuera perseguido por el demonio. Marchó también la
señora moviendo su humanidad a pasitos tardos y perezosos.
-Siga usted.
Intenté hacerme el distraído:
-¿De qué hablábamos?
-De los principios.
-¡Ah!
-Decía usted que su conducta ha obedecido siempre a
unos principios elementales porque los considera indispensables.
-¿Usted no?
-No, fuera de algunos aspectos; en lo demás juzgo
más agradable vivir a lo que venga.
-Es arriesgado.
-No tanto como usted cree. Y usted, ¿no se la ha
jugado nunca a sus principios?
-¿Qué quiere decir?
-Si los ha traicionado.
Hice un silencio. Por primera vez en los últimos
días, me di cuenta de que era ahora cuando me estaba traicionando a mí mismo y
a mis principios. Experimenté una rara sensación, como de tener niebla dentro
de la cabeza. Farfullé algo ininteligible. Después aclaré:
-Sí, alguna vez.
-¿Y no siente, en esos momentos, una sensación de
bienestar?
Me dio la impresión de que Jane estaba
divirtiéndose conmigo, de que veía mi cerebro a través de mis ojos con una
nitidez diáfana.
-Confeso que sí.
-¿Ve usted? Los principios no son fundamentales,
sólo sirven para entristecernos.
-Pero...
Otra vez surgió un perro junto a nosotros sin que
pudiera precisar por dónde llegó. Jane soltó una risa y estiró nuevamente sus
brazos desnudos, maravillosos, sobre el mantel. Jugueteó un momento con la
sortija.
-Me da la sensación de que también los perros
ajustan su vida a unos principios. ¿No ve qué mirada tan triste tienen?
Ladró un perro detrás del seto. Me eché a reír.
-Por aquí dicen que sí.
Entró la señora con nuestro refrigerio sobre una
bandeja de madera.
-La ternera para el señor, ¿verdad?
120
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Pareció pasmarse cuando la advertimos que no. Su
boca se contrajo en una mueca de resignación que equivalía a una absolución
incondicionada para su torpe memoria.
-Perdonen...
Dispuso las viandas sobre la mesa, largó al otro
perro otro puntapié y añadió:
-De postre les traeré un poco de fruta a los
señores, ¿verdad?
-Sí...
Se retiró.
-¿Un poco de vino? -dije.
-Muy bien.
-¿Le gusta?
Algo; pero me agrada sobre todo la sensación de
sentir una copa dentro del estómago.
Comimos. Yo admiraba con disimulo el juego de sus
mórbidos antebrazos al manejar los cubiertos: el halo reluciente que
desprendían y que les daba una apariencia de cosa inasequible.
Cuando terminamos de comer encendimos unos
pitillos. Entonces empezó a empaparme una confusa idea de deber, de que yo
estaba comportándome como un ser desocupado, cuando obligaciones ineludibles me
reclamaban en mi barco. Se lo comuniqué a Jane, que se mostró conforme con mi
intención de marcharnos.
En la carretera tomamos de nuevo el autobús. El sol
iniciaba su descenso desde lo alto. Pronto empezarnos a percibir el pulso de la
ciudad.
Hubo un silencio prolongado.
-¿Dónde para este autobús?
-Llega hasta el puerto.
Silencio otra vez. Sobre mí pesaba la idea de la
separación como una losa gris. Me apenaba tener que decir a Jane adiós, a lo
mejor para siempre.
-Mire, aquí; vamos...
Nos apeamos. La fiebre del puerto se desataba en
oleadas de actividad. Ruidos de grúas, sirenas, gritos, el latido de cien
motores. Al fondo, en un costado del primer muelle, estaba atracado el
Antracita.
Jane me tendió la mano.
-¿Cuándo volveremos a vernos?
Instantáneamente se reavivó todo mi ser. Una voz
interior me reiteró: «nunca», pero mis labios se abrieron:
-Mañana; ¿le parece?
Y al día siguiente volvimos a vernos. Y al otro y
al otro y al otro... Y comenzamos a entrar en una atmósfera de mayor confianza,
de una más íntima compenetración.
Una tarde, en la penumbra de un cinematógrafo, Jane
me dijo:
Y tú, ¿no has estado nunca enamorado?
-No puedo hacerlo -le respondí.
Y dejamos sin más que los días rodasen simétricos,
vivos, alucinantes. Yo, atraído por una fuerza blanda, desconocida, que no
pretendía descifrar... Sin intentar siquiera prever el futuro ni relacionar mi
actualidad con mis años de estudiante en Ávila. Quizá presintiese un remoto
peligro, pero era mayor mi indolencia espiritual. Me dejé, pues,
121
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
portar en manos de la inconsciencia, suave,
sosegadamente, sin indagar motivos ni presagiar efectos, en un estado neutro,
impasible, que hacía más elevado el grado de mi felicidad.
122
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
VI
Este estado de desatención hacia los principios que
de siempre habían informado mi conducta se quebró una noche en que, encerrado
en mi camarote, tropecé con la corbeta del hijo de mi ex naviero, olvidada
desde hacía dos semanas en la profundidad de un armario. Al verla ante mí me
hizo el efecto de que me recriminaba por mi comportamiento de los días pasados.
«Yo entré aquí a retazos -aparentaba decir el barquito embotellado- , pero no
podré salir sin destrozar la funda que me aprisiona. O sin destrozarme a mí,
pero en este caso, la envoltura perdería toda su substancia y su íntima razón
de ser para convertirse en un objeto inútil y despreciable. Y ¿no recuerdas que
tú eras antes igual que yo?» Reaccioné lo mismo que si saliera de un sueño.
Abrí mucho los ojos y me vi igual que quince días antes.
El mudo reproche de la corbeta embotellada fue el
punto de partida de toda una serie de consecuencias que me llevaron a
percatarme con claridad del peligro en que me había sumido mi indolencia. Hasta
este momento y durante los quince días anteriores sólo me había preocupado de
vivir, sin meterme a analizar los motivos a que podía obedecer la alteración
psíquica que compulsaba dentro de mí. Esta noche, frente a la corbeta
prisionera, advertí que llevaba dos semanas viviendo de espaldas a mis
principios, y lo que ya era más inquietante, que me había enamorado de Jane con
la fuerza de un adolescente. Este último hecho me ocasionó al confesármelo a mí
mismo un desasosiego pungente e inesperado. Había vivido aquellos días bajo una
especie de influencia hipnótica, disfrutando el presente sin inquietarme por lo
venidero, inconsciente al riesgo que una asiduidad semejante suponía.
Al confesarme la lamentable realidad sentí una gran
sorpresa, como si el hecho en cuestión afectase en vez de a mí a cualquier
conocido mío. Se cerraba ahora el paréntesis que se abriera la tarde del
salvamento del yate, y todo lo que quedaba entre ambos acontecimientos se me
hacía tan increíble como un sueño o una fuga de la imaginación a los campos
absurdos de su influencia. No podía creerlo. Me era imposible aceptar que mi
voluntad, tensa y preparada a lo largo de tantos años, hubiese sido doblegada al
primer ataque como una frágil caña por un impetuoso golpe de viento. Quise
descubrir las razones de este fallo, induciendo de mis últimos actos las causas
formales de mi conducta dócil y reiterativa de las dos semanas anteriores. ,Al
fin creí hallar una explicación lógica: yo hubiese resistido en cualquier caso
un ataque violento, pero me desarmó la sencilla ingenuidad con que Jane y yo
llegamos a compenetrarnos. Jane entró en mí lo mismo que el resplandor de la
luna o el lamento del mar, espontáneamente, sin ser buscada. En la elaboración
de los principios a que había de constreñir mi conducta no conté nunca con el
azar; y he aquí que el azar me jugaba inopinadamente una mala pasada; un yate a
la deriva, un chinchorro, una estacha... y mi corazón encadenado
simultáneamente con el yate metido nuevamente en obediencia. Después los
frecuentes encuentros, la naturaleza, la ciudad, su voz y aquellos antebrazos
torneados, tersos, inquietantes. Lo demás se hizo solo. Ella era atractiva,
ingenua, instintivamente cordial; para mí era la única mujer que había tratado
y, curiosamente, la única también que en su ser físico me parecía que
compendiaba todos los encantos exigibles.
Me miraba la corbeta a través del vidrio verdoso de
la botella: «Yo no podré salir sin destrozar la funda que me aprisiona.» Y la
voz de la corbeta era idéntica a la del prejuicio empotrado en lo hondo de mi
pecho. Tampoco mi obsesión podría
123
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
abandonarme sin romperme yo previamente en mil
pedazos. O rompiéndose mi contextura íntima, pero en ese caso sacrificando en
consecuencia mi substancia y mi razón de ser y de subsistir en el tiempo.
Me alarmaba lo que había cambiado todo para mí en
unas horas. Comprendí cuán fácil resultaba abstenerse antes de abrirse el
apetito, qué sencillo es decir «no tomaré» cuando nada existe que nos atraiga.
Ahora todo era diferente. Había algo a que renunciar; la decisión abstracta,
inconcreta, tomada veinte años antes, se concrecionaba de súbito en un objeto
deseable al que había que responder con una negativa.
En ocasiones, en mis encuentros con Jane, me había
asaltado una difusa preocupación de estar faltando a un elemental deber. Pero
mi subconsciente, igualmente de una manera difusa, me advertía para mi
conveniencia que ésta era la clase de vida que precisaba; que era ésta una
aventura esporádica de la que saldría sin raíces ni ataduras, con mi libertad
íntegra, vigorizada e insobornable.
Ante la corbeta prisionera vi que no; que mi
subconsciente, influido por mi deseo, me había hecho tomar una ruta equivocada,
que la conducta sensata en esta ocasión hubiera sido cortar la fuente del
proceso, tajar la evolución en el minuto mismo en que comenzaba a gestarse.
Veía la corbeta a través del vidrio. La observaba
con fijeza, agarrando la botella por sus dos extremos con mis dedos
engarabitados. Le di una vuelta; otra luego y otra...
¡Siempre igual! ¡Siempre decía lo mismo! No había
una solución pausada, racional, fuera de dejar las cosas como estaban, en un
punto muerto desalentador, sin ir hacia delante o hacia atrás...
Evoqué en esos momentos la figura enjuta del señor
Lesmes. Y el albino resplandor de Alfredo. «Evidentemente tendrás que renunciar
-me dije-. La cosa es seria y tú no puedes abrazarte a la vida sin perderte.»
Saltó mi imaginación a la placita recoleta y rectangular que fuera el campo de
acción de nuestra infancia. La mansión vetusta, amarilla, se erguía, allí,
chata y ciega, cerrando uno de los costados de la plaza. Y la hornacina en ella
con los cuatro guerreros dentro: dos vencedores y dos vencidos. Pensé que el
contenido de la vida se encontraba plasmado allí, en aquella pequeña y primaria
obra de arte. «`también hay en la vida vencedores y vencidos -me dije -,los que
triunfan y los que no pueden o no se atreven a triunfar.» «'Todos nacemos con
una postura, con una predisposición... unos para galopar frenéticos en sus
corceles, otros para discurrir por el mundo de rodillas, humillados, prendidas
las muñecas desolladas a las colas espumosas de los caballos...» «Todo debe
terminar cuanto antes», pensé decididamente. Y me incorporé para salir a
airearme a la cubierta.
Jane había quedado en ir a recogerme al puerto en
su coche a la mañana siguiente. Después de mis reflexiones de la noche pasada
comprendí que debía ser éste el último encuentro. Había que frenar las cosas
antes de que el instinto precipitase un final inadmisible, para mi concepción
de la vida y del mundo. Desde luego, saldría aquella mañana, me vería con Jane
y remataríamos nuestra amistad de la forma menos violenta posible, cerrando es.
círculo, sin solución de continuidad, el proceso de nuestra breve vida de
relación.
La encontré sentada en su coche, hojeando una
revista de, modas.
-¡Hola! -me dijo al verme, tirando la revista al
asiento de atrás.
Me senté a su lado y ella puso inmediatamente el
automóvil en marcha.
-¿Al parque?
-Sí, al parque.
124
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Marchábamos por las calles recién regadas,
emparedados entre una hilera de coches de distintas formas y colores. Jane
conducía suavemente, sin esforzarse, sin que la grácil armonía de sus
antebrazos se quebrase con la contracción de algún músculo. De repente dio un
viraje y nos metimos en una calle poco frecuentada que le permitió aumentar la
velocidad.
Aunque sea más largo por aquí llegaremos sin
agobios.
-Es una sabia fórmula... para todo.
-¿Te gusta rodear para llegar a un fin?
-O renunciar a este fin si son demasiados los
inconvenientes. Me lanzó una mirada de una significación extraña. Mis ojos
quedaron presididos en la admirable euritmia de sus antebrazos; obsesionados,
incrédulos...
-¡Cuidado!
Jane sorteó a una niña con un zigzag ceñido.
-Los niños son peligrosos... -dijo.
-¿Crees?
-Más que los perros.
Me reía. Ella añadió:
-¿Te gustan los niños?
-No los conozco; tan solo me he tratado a mí cuando
era pequeño y confieso que no me gustaba demasiado...
-Debiste de ser un niño simpático.
-Cualquier cosa menos eso.
Jane paró el coche en una entrada lateral del
parque. Descendimos. Brotaba la vegetación por este lado, alimentada por la
pujanza febril de una tierra henchida. En la corta perspectiva se confundían
las copas de los árboles: el álamo, el plátano, el húmedo brillo de las
magnolias. La tierra, recién regada, desprendía vahos calinosos de
agradecimiento. Por los macizos se combinaban las flores con profusión en un
abigarrado conjunto: la suavidad humilde y blanca de las petunias, el amarillo
fuerte del botón de oro, la simetría circular y mareante de la margarita, las
anémonas, las rosas y los claveles...
Nos adentramos en el parque, casi vacío a aquella
hora. Algunos niños jugueteaban por los paseos persiguiéndose a gritos. Algún
que otro bebé se recostaba cómodamente en su cochecito impulsado por la madre.
Desperdigados por los bancos se veían tres o cuatro ancianos aprovechando los
rayos de sol que se filtraban entre las hojas de los árboles para templar la
sangre de sus pies ya medio muertos. Caminamos lentamente por una gran avenida.
Casi al final nos desviamos por un paseíllo que conducía a la zona del parque
más apetecida por nosotros.
-Vamos a sentarnos.
Delante de nuestro banco, a través de un ancho
macizo congestionado de árboles, se divisaban entre las hojas las piernas de la
estatua de Roger Williams.
-¡Pobre Williams; le hemos decapitado!
-No lo creas, ha debido de perder la cabeza él solo
al contemplar los grandiosos efectos de su obra --dije.
-¿Conoces la historia de Roger Williams?
-Sólo sé que fundó la ciudad.
125
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Echó Jane la cabeza hacia atrás y se quedó un rato
quieta, mirando las hojas de los árboles.
-Eso es lo más cómodo de lo que hizo en toda su
vida.
Presentí ante Jane que mi tarea de aquella mañana
estaba erizada de dificultades. Mi decisión de acabar de una vez con nuestras
entrevistas se debilitaba cuanto más avanzaba el tiempo. «Comeremos juntos
-pensé-, y al terminar soltaré la lengua. Habré de beber más que de costumbre
para no ponerme melancólico.»
-¿Sabías que Williams fue expulsado a viva fuerza
de Massachusetts?
Intuí que Jane no pensaba en Williams en aquel
momento, que hablaba de Williams como podía haber hablado de otra cosa para
desviar mi atención de sus verdaderos pensamientos.
-Tú no estás pensando en Williams.
-¡Qué importa lo que yo piense!
Su respuesta fue rápida, incisiva, cortante. Yo me
callé con la boca abierta, mirándola.
-¿Qué te ocurre?
-¿Por qué había de ocurrirme algo? No me pasa nada;
estoy bien.
Se hizo un silencio violento. Se oyó a lo lejos el
aullido de una de las fieras del zoo. La actitud de Jane había variado
totalmente. Ahora se comportaba como una criatura herida. ¿Sería que había
intuido que era éste nuestro último paseo?
Me pasé la punta de la lengua por mis labios
resecos. Ella volvió a quedar suspensa, contemplando el pendulear de las hojas
encima de nosotros.
Al enderezar la cabeza un minuto más tarde su
expresión era de nuevo la normal.
-Perdóname, a veces me da por pensar cosas
estúpidas.
-¿Sobre Roger Williams?
Hizo un ademán picaresco con la mano:
-Tal vez se relacionen con Roger Williams; Roger
Williams era baptista, ¿sabes?
Me reafirmé en mi idea de que Jane utilizaba al
fundador de pantalla para ocultarme sus sentimientos. Súbitamente Jane me
sobresaltó:
-Tú un día te marcharás, ¿no es cierto?
-Necesariamente.
La mirada clara de sus ojos clavados en los míos me
hacía pestañear. Sentí una punzada dolorosa en mi retina.
Aunque no fuese necesario tú te marcharías un día,
¿verdad?
Experimenté una confusión violenta. La voz de ella,
sin abandonar su dulzura, tenía un timbre de interrogatorio de juez. Yo no sé
dónde podía leer aquella muchacha las determinaciones de mi voluntad.
Me incorporé de un salto.
-Vámonos; hoy quiero comer contigo.
Se levantó sumisa, y caminó a mi lado hacia la
salida.
-Iremos al merendero del primer día... si te
parece.
No respondió. Las petunias, las rosas, los claveles
cargaban de fragancia la sombra de los paseos. La tierra mojada mezclaba su
aroma con el de las flores, dando a la mezcla un refrescante sabor de pétalo
bañado.
126
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Subirnos al automóvil. Jane me miraba a los ojos y
su sonrisa ponía dos pequeños hoyuelos en sus mejillas. Tomó el volante.
-¿Vamos directos al fin o... rodeamos?
-Rodeamos.
Arrancó suavemente el coche. Inesperadamente me vi
corriendo por la cinta gris de la carretera de la costa. Jane desvió el coche
poco más adelante y le detuvo junto a la empalizada del merendero.
Tampoco esta vez había demasiada gente, por más que
el número de perros pedigüeños se hubiera multiplicado. Jane me dijo, al ver la
jauría:
-No es éste un buen sitio para una intimidad.
-Conforme con mi teoría, desde luego.
Sin consultarnos fuimos a ocupar la misma mesa de
nuestra primera excursión. Se acercó la señora obesa del pelo rubio, quien
puntualizó nuestra consumición con los mismos recursos que la otra vez, como
quien cumple austeramente con la severidad de un rito.
-¿Bien?
Nos miramos a los ojos con mutua reticencia. Se
acercó un perro.
-Hoy vamos a hacer que no nos importen estos bichos
-dije.
-Y.. ¿importan en realidad?
-Cohíben un poco.
Me levanté para cambiar la silla de Jane, que
cojeaba.
Aquí te encontrarás mejor.
La señora rubia llenaba nuestros vasos de un vino
transparente. Jane alzó su espléndido antebrazo con el vaso en la mano.
-Por tu gran idea.
Bebió. Bebimos los dos y yo colmé de nuevo los
vasos hasta rebosar.
-¿Qué idea?
Jane seguía reticente y opaca como en el parque.
-Vas a cerrar nuestro trato en el mismo sitio que
se inició. Esto es muy poético. Si algún día nos sacaran algún verso, este
detalle podría servir de estribillo.
Experimenté una sensación extraña, algo así como si
mi cuerpo se hubiese quedado hueco de repente. Me sujeté angustiosamente al
borde de la mesa.
-¡Ha de ser así, te lo juro! -dije con una voz que
parecía provenir de detrás del seto.
Regresó la mujer que nos servía y dispuso las
viandas sobre el mantel a cuadros.
-La ternera para el señor, ¿verdad?
-No, no, para la señorita.
Ah, perdonen...
Marchó. Casi lamenté su ausencia. Me daba miedo
aclarar la situación, por más que
Jane pareciera ya enterada de mis propósitos. Tomé
el vaso y lo apuré nuevamente.
Jane me enviaba ahora la más dulce de sus miradas.
-¿Sabes? Se te traslucen tus decisiones como si
fueras de cristal. Eres parecido a un niño... -dijo.
«Como si fueras de cristal.» Se me veía por dentro
lo mismo que a la corbeta a través del vidrio de la botella. Experimenté un
vivo sentimiento de pudor al sentirme
127
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
desnudo, desarropado, transparente... ¡Qué cosa tan
extraña! ¡Qué sensación tan terriblemente ingrata! Me palpé con dedos nerviosos
los huesos de mi cráneo y después los golpeé con los nudillos. ¿Sería verdad?
¿Sería cierto que mi cuerpo era transparente como el cristal? Jane me veía
hacer con una expresión de horror en su mirada intensa. Oí inesperadamente mi
voz, una voz cavernosa, metálica...
-Mírame bien, Jane, ¡mírame! ¿Crees de verdad que
estoy loco?
-¡Calla!
-¿Por qué he de callar?
-Me das miedo.
-¿Miedo? Ja... ja... ja...
Era yo quien se reía sin querer. Me oía a mí mismo,
pero era como si fuese el seto, el campo, la tierra, quien estremeciese sus
entrañas en una carcajada siniestra. Me había puesto de pie y continuaba
riéndome, sin freno ni vergüenza. Me invadía un escepticismo absoluto hacia
cuanto existía o pudiese existir. Dos perros me escrutaban con sus lánguidos
ojos marrones. Uno de ellos, asustado, empezó a ladrar.
-¿Miedo? Ja, ja, ja...
Veía a Jane encogerse sobre sí misma en un
instintivo movimiento de defensa.
-¿Por qué he de darte miedo? ¿No ves que soy un ser
inofensivo, infrahumano, cobarde?
Jane vino hacia mi y me puso las manos sobre los
hombros. Se había recuperado en un esfuerzo de voluntad.
-Ven, siéntate a mi lado... No me das pizca de
miedo, ¿sabes? Te quiero...
Mis nervios y músculos se relajaron, quedaron
flácidos, lasos. Me senté. Jadeaba con una respiración fatigosa. Notaba la
suave presión de la mano de Jane en mi frente; notaba que todo mi ser buscaba,
paulatinamente, su equilibrio, su estabilidad... Había pasado el momento de la
crisis. Entonces empecé a experimentar una vergüenza creciente por mi
comportamiento. Todo mi profundo escepticismo del minuto anterior se
metamorfoseaba en éste en un sentimiento nebuloso de insignificancia y
vergüenza.
-Vámonos, ¿quieres?
-Vamos.
Caminé aturdido, colgado inconscientemente del
brazo de Jane. Los escasos comensales nos miraron de reojo al pasar. Ya en el
coche hice un intento de justificación:
-¿Nunca has experimentado, Jane, un choque entre lo
que deseas con toda tu alma y lo que juzgas tu deber?
-Sí.
-Entonces me comprenderás.
Hubo una pausa.
-Llévame al puerto.
La cinta gris de la carretera iba desapareciendo
bajo el morro del motor. Los árboles y los edificios se cruzaban con nosotros a
increíble velocidad. Jane conducía fácil, diestramente, con sus antebrazos
inmóviles sobre el volante en contraste con él. ¡Sus brazos! Nunca más volvería
a verlos. Mi memoria perdería un día el recuerdo de sus perfiles, de la
exquisitez de sus proporciones...
Entramos en el puerto y Jane detuvo el coche.
128
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Entonces...
Demoré un minuto el descenso del automóvil. Quería
llenar mis ojos, mis sentidos todos de ella; de su aroma, de su forma, de su
color. Le tendí la mano.
Adiós, Jane.
En un movimiento impensado me incliné y besé
ardientemente las carnes firmes, morenas, de su antebrazo. Al levantar los ojos
la vi rígida, encampanada en su dignidad.
-Perdóname -balbucí y descendí del coche.
Aún la vi un segundo. Estaba ofendida, no por mi
beso, sino por el fondo de mi conducta inexplicable. Arrancó el coche, que se
perdió a los pocos instantes en el mare mágnum del muelle.
Camino de mi barco me di cuenta de que tenía los
labios abrasados por un ardor desconocido.
129
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
VII
Las aguas suelen remansarse al pie de los rápidos y
torrentes como si una vez pasado el peligro meditaran sobre el riesgo corrido
en el minuto anterior. Al ver despeñarse nuevas y continuas cataratas, cada
gota pensará: «Esa fuerza me impulsó a mí. Igual, lo mismo que a todas ésas.
¡Caramba! Quien me ha visto y quien me ve».
Algo de esto me ocurrió a mí al separarme
definitivamente de Jane. Me remansé también. Me remansé y medité: «Qué ímpetu
me vigorizaba ayer y qué quietud indiferente y lasa me apabullaba hoy». Y es
cierto que aquel tajo decisivo que cortó la antena que yo había lanzado al
exterior, me dejó alicortado y desarticulado por dentro.
Cuando emprendimos el regreso a España mi postura
ante la vida se había concretado. Ya no tenía que renunciar a todos los lazos
del corazón; había simplemente de renunciar a Jane. Comprendía que contra todo
lo demás estaba inmunizado, pero la atracción de Jane superaba ahora todas las
tentaciones que en abstracto gravitaran antes sobre mí. Involuntariamente
evocaba con frecuencia su presencia, su sutilísima perspicacia, el sentido de
nuestras conversaciones... Su evocación concluía siempre en sus antebrazos,
morenos, mórbidos, estrepitosamente plásticos y rotundos.
En estos días empecé a profundizar mi trato con
Luis Bolea, el piloto. Me convencí entonces de que los sentimientos no pueden
cortarse de un solo golpe como creía, sino que su apaciguamiento requiere un
lapso de suave transición. Yo necesitaba una válvula cordial; una válvula por
donde escapase esa misteriosa substancia que secreta a veces el corazón y que
se llama afecto.
Encontré en Luis Bolea un amigo cabal. Una amistad
que se me hacía precisa y que no rechacé por dos razones: la necesidad absoluta
de un estímulo externo y la conciencia de que esta amistad había de ser
pasajera.
Bolea era, ante todo, un hombre comprensivo. Y en
segundo término uno de esos hombres para quienes la vida es una sonrisa y la
sombra bajo la cual caminan es redonda, amable y feraz. Era, pues, mi
antagonista. A Bolea le había conocido, sin tratarle, en el último año de los
que pasé en la Escuela de Náutica de Barcelona. Empezaba él entonces la carrera
y yo estaba en trance de terminarla. Pero Bolea estudió exclusivamente por amor
al mar, por afición. Era un hombre rico. Al terminar sus estudios redondeó su
fortuna casándose con una mujer de su posición, trocando sus días de prácticas
por una prolongada luna de miel. A los dos años volvió a sentir en su pecho la
llamada del mar. Entonces se decidió a cumplir sus prácticas para obtener el
título de piloto. Dio un beso a su mujer, otro a su primer vástago y se fue al
mar durante una buena temporada. Al finalizar sus prácticas Bolea volvió a
percatarse de que no todo en el mundo ha de ser agua salada y, añorando la vida
familiar, colgó otra vez la gorra y se fue unos cuantos años a disfrutar de su
mujer y su hija. Pero como todos los hombres que caen en el mundo dotados de un
movimiento pendular, Bolea a los pocos años pensó que no todo en la vida ha de
ser una mujer y unos niños, y dando un beso a cada uno, reembarcó,
precisamente, en el Antracita, donde yo estaba de capitán.
Debido, pues, a su titubeante conducta, Bolea hizo
una carrera muy lenta. A raíz de los últimos acontecimientos de Providencia,
Luis Bolea y yo, como digo, profundizamos
130
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
bastante nuestras relaciones. Tanto, que cuajó en
una verdadera amistad. Una amistad por mi parte más bien egoísta y receptiva,
sin que a cambio de sus confidencias y consejos le diera yo gran parte de lo
mío.
Recuerdo que al partir aquella vez de Providencia,
Bolea y yo tuvimos ocasión de encontrarnos a solas en el puente la primera
noche.
-Hay nubes bajas, mal asunto -me dijo mirando el
cielo-; me gustaría por esta vez poder llegar a España de un salto, aunque
estos días no entrasen en el cómputo de mis prácticas.
Le miré sorprendido:
-La familia va tirando y uno, sin darse cuenta, se
va haciendo viejo. No se puede remediar -añadió.
-¿Teme a la vejez?
Metió los dedos pulgares bajo las solapas de su
faena.
-¿Por qué voy a temerla? La vejez es la etapa más
agradable de la vida; rodeados de los que nos quieren vivimos otra vez nuestros
recuerdos. Pero esta vez sin incertidumbre ni desasosiego, sabiendo que lo
pasado ya pasó.
Me quedé un rato expectante. De la cubierta
ascendía el suave rumor de una canción interpretada a dos voces. Los marineros
daban rienda suelta a sus nostalgias de Providencia. (Tenía un alcance
dulcemente melancólico aquella canción en alta mar, bajo la vaga luz de las
estrellas.) Les dejé hacer un punto antes de responder a Bolea.
A veces los recuerdos muerden.
-Pocas veces; de los acontecimientos de nuestra
vida se recuerda generalmente lo mejor.
-¿Y lo malo?
-Lo malo suele olvidarse en cuanto pasa. El hombre
tiene una pésima memoria para las cosas que arañan.
La canción ascendía al cielo en espirales como el
humo. Admiré el especial sentido de mucha gente ruda para cantar con
sentimiento.
«Bolea tiene razón -me dije-. El hombre tiene una
pésima memoria para las cosas que arañan.» El hombre, en general. Por eso las
excepciones no encuentran lugar en el mundo y han de sortear la vida a su
manera. Bolea tenía razón al hablar así, pero a mí tampoco me faltaba.
-Lo que es una aberración es un niño o un joven
viviendo de recuerdos.
Yo entonces había sido una aberración y continuaba
siéndolo ahora, con una curiosa particularidad: los recuerdos me arruinaban en
vez de estimularme.
-¿Y eso por qué?
-En la infancia y en la juventud es cuando se
fabrican los recuerdos.
-Pero cabe en todo tiempo el recuerdo del recuerdo.
-Las vidas uniformes no dan recuerdos. Dan tal vez
un solo recuerdo, que tampoco lo es, porque el instante de la vida en que se
intenta rememorar es análogo al evocado. ¿Quiere fumar?
(Otra particularidad de Luis Bolea era la de fumar
siempre un ínfimo tabaco liado «porque le compensaba tener el pitillo entre los
labios en la milésima de segundo en que le apetecía».)
-No, gracias; a mí me compensa hacerle.
Sonrió.
131
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Como quiera.
Encendió su cigarrillo y trató de esperar con el
fósforo encendido hasta que yo liase el mío. La lumbre le alcanzó las uñas
antes de que yo concluyese la operación.
-¡Diantre! -lo arrojó de sí.
Prendió otra cerilla y levantó la mano, dejando la
llama a la altura de nuestros rostros, equidistante de ambos. El resplandor se
reflejó en sus ojos.
-Es peligroso aguardar a hombre lento -dije.
-¡Bah!, lo más que puede ocurrir es que nos
quememos la punta de las uñas.
Tomé lumbre. Bolea sopló el fósforo, apagándole.
-Según el tamaño del fuego -añadí.
-No sé si porque me he pasado la vida viendo agua
por todas partes, pero no le temo al fuego. -El piloto cambió súbitamente de
expresión-. Otra cosa, capitán, ¿por qué no se casa usted?
Un estremecimiento de recelo me sacudió.
-¿Usted conoce a Jane? --inquirí con voz obscura.
-La conocí, como usted, la noche que llegamos a
Providencia. ¿Porqué?
-¿Y después?
-Nos hemos saludado en la ciudad un par de veces.
(Comprobé en mi alma un secreto y momentáneo rencor
contra mi piloto. ¿Con qué motivo sacaba a relucir esta cuestión tan
privativamente mía? ¿Sería que Jane había buscado en él un aliado? Me pareció
problemática esta suposición conociendo a Jane. Pero, entonces, ¿en qué se
cimentaba esta rara impertinencia? ¿En mi propio interés? ¿Creía Bolea que me
hacía con esto un gran favor? Me lo imaginé andando por las calles de
Providencia, deteniéndose de pronto al tropezar con Jane. Y hablarían. Me
desagradó la idea de que Jane hubiese hecho amistad con mi piloto. ¿Y de qué
hablarían? Del mar, del yate en reparación, de Providencia... ¡Qué tontería!
¿Cómo una mujer tan inteligente como Jane iba a hablar con nadie de esas
ambiguas sandeces? Pero de algo hablarían «ese par de veces que se saludaron».
Hablarían quizá de mí. Me desazonó este solo pensamiento. ¿Y qué tenían ambos
que decir de mí? ¿Que era un loco? ¿Que era, cuando menos, un aspirante a loco?
¡Bonita conversación para ser sostenida a espaldas de un hombre! Pero no podía
ser; no era posible que Jane pensase de mí que era un loco y menos que lo
comentase con nadie. ¿No me había dicho hasta que me quería? ¿Hablaría entonces
con Bolea de mí para compadecerme? ¡Qué molesto ser un objeto de una
conmiseración a dúo! Tampoco creía a Jane capaz de compadecerme a medias con
otro hombre. De compadecerme seria ella a solas. Y esto era ya diferente. Que
ella me compadeciese tenia para mí las untuosas calidades de un sedante. Se
saludarían nada más. Eso. Seguramente no hicieron más que estrecharse la mano y
saludarse. Esto ya era otra cosa. Aunque de todas maneras siempre era
desagradable pensar que alguien había de estrechar la mano de Jane. ¿Por qué no
se saludaría la gente con una simple inclinación de cabeza? ¿Es que se expresa
mejor la cordialidad en un mutuo manoseo? ¿Entonces por qué se saludaban
también así los hombres que se odian? Evidentemente, el apretón de manos era
una vulgar reminiscencia salvaje, derivada del apretón de narices. Tan vulgar y
desagradable el uno como el otro. Pero, después de todo, ¿qué me daba a mí que
alguien tomase la mano de Jane? ¿Es que me sentía celoso? Me sonreí de mi
propia estupidez. Celoso... Palabra estúpida de estúpidos alcances. ¿No era
Jane libre? ¿No era posible que dentro de unos meses fuese, integra, de otro
hombre? ¡Oh, qué
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
pensamiento tan profundamente desagradable! Hasta
olía mal. Posible s( era, desde luego, pero ¡diablo!, qué repugnancia me
daba...)
Una vaharada del mal tabaco quemado por Bolea me
reincorporó a la actualidad. Ya no guardaba rencor a Bolea. Fue una racha
pasajera. Al revés, le agradecía la oportunidad que me daba de hablar de Jane,
de recordarla. ¡Ah!, el recuerdo. Yo ya sí tenía recuerdos. Mejor sería
olvidarla, pero... La rememoración no minaba la solidez de mis principios.
Evocarla sí que me estaba permitido. Hablaría, pues, con Bolea de Jane, pero
sin soltar prenda; diría sólo ambigüedades. Después de todo a nadie le
interesaba la fuerza de nuestra intimidad.
-Me preguntaba usted por qué no me caso, ¿verdad?
Sonrió Bolea y tiró su nefasto pitillo a la cubierta:
-Imagino que habrá tenido usted tiempo de
meditarlo. -Tiene los ojos claros -hablé al fin.
-¿Bien?
-Nuestros hijos serían cortos de vista.
-¿Los hijos de quién?
-De Jane y míos.
-No he hablado de Jane.
-No rodeemos-dije. Adelante, pues.
-¿Tiene usted en ello un interés especial?
-¿En qué? -En esa boda -aclaré.
-Me agrada pensar que las gentes de mi aprecio van
elaborando recuerdos para rumiarlos el día que no tengan vida activa
disponible...
-Ah... muy generoso, ¿siempre ha sido usted
casamentero?
-Siempre que ha mediado un interés especial.
-¿Aquí existe?
-Evidente.
-Veamos.
Me asió con dedos crispados un antebrazo.
-¡Basta de tapujos! -bramó-. Aquí el interés es
usted. Usted debe casarse... Le falta equilibrio para pasar solo la vida.
-Ya entiendo...
-Cuestión de estimación simplemente.
-Ya entiendo. Apretó sus dedos sobre mi antebrazo
haciéndome daño.
-Le conozco hace mucho tiempo y sé...
-¿Está seguro?
-Usted obra como obra porque teme a la vida. Me
impresionó el propio eco de mi negativa: -¡No!
Me cogió rápidamente del otro antebrazo y me sujetó
rápido contra el pasamano del puente. Sus ojos se clavaban en mí con una mirada
larga, intensa:
-Sí; sólo por miedo a la vida no llega usted al
final que apetece.
Estábamos en uno de los extremos del puente. La voz
de Bolea era vigorosa, como la presión de sus manos; con un vigor contenido.
133
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Intenté sonreír.
-No, Luis; está usted equivocado.
-¡Miedo a la vida! -machacó.
-No... lo contrario.
–¿Qué?
-A la muerte.
Aún no cedía en su presión. Descendió, en cambio,
el sofoco de su voz:
-Puede entenderse como una misma cosa; la muerte no
es más que una circunstancia de la vida colocada en su último extremo.
Le miré irónicamente:
-¿Y la vida?
-La gestación de la muerte.
-Ya.
-Son dos mitades de un todo.
-Ya.
Aflojó la presión de sus dedos.
-¿Por qué no quiere entenderme?
-Usted tiene la propiedad de simplificar las
cuestiones más complejas. -¡Pruebe! ¿Por qué no se casa usted? -Tendría hijos
miopes.
No le agradó mi acento burlón. Soltó mis brazos y
enfundó sus manos en los bolsillos de su faena.
A veces se empeñan los hombres en darse cabezadas
contra una tapia cuando, si lo intentaran, podrían saltarla fácilmente.
-La tapia para unos puede ser de dos palmos, y
llegar al cielo para otros.
-Espejismos.
-Quizá.
Se alejó un tanto de mí. Su respiración era
fatigosa. Percibí que la atmósfera estaba densa y enrarecida.
-Voy a descansar un rato -me dijo-. Le ruego que no
persista en su actitud; los huesos del cráneo son duros, pero a veces llega a
abrirse la cabeza.
Comenzó a descender la escalera. Di unos pasos
hacia él.
-Dígame, ¿dónde habló con Jane de todo esto?
-¿,Eh...? ¿Cuál?
-¿Dónde vio usted a Jane?
-La saludé dos veces en Providencia.
Se perdió en la obscuridad de la cubierta.
¡Ambigüedades! ¡Abstracciones! ¿A qué este afán de no concretar? Ya no se oían
las canciones de los marineros. Todos se habían acostado ya. Todos, excepto la
rígida figura del timonel encerrado en su jaula de cristales. Me vio pasar ante
él, indiferente. ¿Seria, en realidad, mi cráneo transparente como la cabina del
timonel? ¿Tan transparente que todos podían observar lo que sucedía detrás de
sus huesos? ¿O era mi actitud tan anormal que en seguida llamaba la atención,
hasta a los menos observadores? ¡Oh, qué enrevesado debía de ser yo por
134
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
dentro! Recordé a una pobre mujer que conocí en
Barcelona de dos metros y medio de estatura. Un osteólogo le había comprado en
vida el esqueleto para examinarlo después de muerta. A fin de cuentas el
osteólogo era un optimista, ya que ¿quién le aseguraba que aquella pobre mujer
no le doblaría la vida como ahora le doblaba la talla? «Yo, por dentro -pensé-,
debo de ser muy semejante a aquella mujer por fuera.» Estoy seguro de que si mi
anormalidad pudiese conservarse incorrupta en un frasco de alcohol, se darían
de mamporros los psicoanalistas por adquirirla. ¡Habría que ver mis deformados
sentimientos encerrados en un frasco! Con seguridad tendrían la forma de un
pulpo plagado de tentáculos. ¡Qué repulsiva visión un tarro con un pulpo
dentro! ¡Diablo, como la corbeta! ¿Como la corbeta? Y como mi cerebro. ¿Por qué
no también como mi cerebro?
135
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
VIII
Entramos en la bahía de Santander una mañana
soleada de junio, con cielo despejado y brisa estimulante. Aún no había llegado
el verano sobre la ciudad, pero ya se advertían en las rubias arenas de la
Magdalena las manchas obscuras de los primeros bañistas.
Apenas si había gente en los muelles aguardando
nuestra atracada. Era nuestro buque uno de los menos golosos de cuantos hacían
el viaje transoceánico y la pacotilla por «mercancía» resultaba de poco empeño.
Algunos familiares de nuestra marinería agitaban al
aire sus pañuelos blancos en su primera expresión de bienvenida. El revoloteo
de pañuelos se contagió a poco a nuestro barco y una vez atracado se alzó hasta
el puente el rumor de los besos y achuchones del recibimiento.
Nunca hasta entonces me pareció tan vacía una
ciudad. Cuando desembarqué y tuve oportunidad de discurrir por sus calles me
vino encima un mundo liso y anodino, espantosamente desnudo y desguarnecido de
alicientes. Era como recorrer una tierra en barbecho, sin flores ni accidentes
en toda la extensión que abarcaba la vista.
Una semana después, asfixiado por el cielo plomizo
de la ciudad vacía, tomé un tren para Bilbao con el objeto exclusivo de cambiar
de ambiente.
Bilbao renacía en su hondonada con una vitalidad
múltiple. Estaba agitado por un febril movimiento industrial que se adivinaba
en cada rostro que topaba uno por la calle. Todos, apiñaditos alrededor de la
ría, laboraban por el engrandecimiento de la urbe. Pero nada alteró la
sensación de soledad que me invadiera en Santander. Con gente y sin ella mi
enervamiento continuaba. Me di cuenta entonces de que los agobios del alma son
netamente independientes del medio que nos circunda, que sólo puede intervenir
en nuestro clima interno el escenario en que nos movemos cuando nuestras
facultades receptivas no están aletargadas por una preocupación interior.
En Bilbao permanecí cuatro días escasos. Bolea me
aguardaba en Santander para tomarse él su descanso. Empero, las cosas
adquirieron una orientación distinta a la que esperábamos. Un acontecimiento
sorprendente me obligó a demorar mi regreso dos días más.
Aconteció el hecho la última noche de mi
permanencia en Bilbao. Como de costumbre, salí del hotel luego de cenar con
ánimo de acumular sueño callejeando por la ciudad. No me agradaba la idea de
encamarme sin sentirme fatigado. Ello equivaldría a declarar una de mis
frecuentes controversias cerebrales que, sobre no remediar nada, incrementaban
mi debilitamiento nervioso ya de por sí paulatinamente progresivo. Me dediqué,
pues, a recorrer callejuelas desconocidas, estrechas y obscuras, donde sólo muy
rara vez saltaba de algún balcón colgante el detalle fresco y sonriente de unos
tiestos de geranios medio marchitos. Inopinadamente empezaron a caer unos
gruesos goterones. Percibí el alivio húmedo de la ciudad en el vaho refrescante
que exhalaban ahora sus pulmones invisibles. Avancé de prisa tratando de volver
sobre mis pasos. Pero era tal el laberinto de aquellas callejuelas simétricas y
uniformes, que experimenté la necesidad de hacer un alto para evitar que el
agua me llegase hasta los huesos.
En la primera esquina vi cuatro letras tentadoras
combinándose para formar el genérico nombre de Café. Sentí lástima por aquel
café sin apellido, dotado de una
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
simple denominación abstracta, como un pobre
inclusero. Empero, la lluvia arreciaba y el lastimoso edificio, envanecido por
la necesidad, cobraba un tono y un tronío del que por sus cualidades
substanciales se hallaba exento. Próximo ya, acariciaron mis tímpanos los
sonidos armoniosos de una orquestina de poco fuste. Empujé la puerta de cristal
esmerilado y penetré.
El local era amplio y tenía un desagradable olor a
colilla de puro mezclado con el de fichas de dominó manoseadas. Las mesas, con
tablero de mármol blanco, se encontraban casi totalmente vacías. Únicamente en
los rincones se arrullaban unas cuantas parejas demasiado juntas y expresivas
para ser tomadas por enamorados. Mi entrada pasó inadvertida para todos. Hacia
el centro de la sala, propincuo al mostrador, se alzaba un miserable tablado
donde un trío vestido con blusas amarillas se esforzaban en combinar, arañando
dos violines y aporreando un piano, las notas melancólicas de La Bejarana.
Me sacudí un poco la lluvia y me senté frente a la
orquestina en un diván estrecho y forrado de un tazado y arcaico terciopelo
granate. Observé al trío con cierto detenimiento. La pianista, vuelta de
espaldas, detentaba un aspecto exótico de difícil definición. A cada lado un
violinista, enfundados en blusas amarillas, flamantes y llamativas, pero
pregonando con las rodilleras y remiendos de los pantalones y la piel agrietada
de sus zapatos que, pese a su uniforme, las notas que parían sus instrumentos apenas
si les daban para vivir.
Se me acercó un camarero con una blanca servilleta
colocada a horcajadas sobre el hombro. Pedí un coñac. Inopinadamente los
músicos concluyeron su interpretación. La mujer quedó un rato a la expectativa,
y ante los aplausos reiterados de las cuatro parejas, que sonaban pobremente en
la amplitud de la sala, se inició de nuevo su tecleo. Los dos hombres, que ya
se agachaban para encerrar los violines en sus estuches, se incorporaron con un
aire de disgusto muy marcado en sus rostros enjutos. Desconocía la pieza en que
ahora empeñaba el trío sus aceptables facultades, pero no sé en qué percibí un
algo próximo, cálido y familiar.
Instintivamente me había levantado del incómodo
diván y me arrimaba, paso a paso, al tablado. Entonces me percaté de que era el
ritmo lo que me era familiar, el método interpretativo, el hacer.
Era lo mismo que si me estuviesen leyendo un trozo
de prosa desconocido, pero que me permitía aquilatar en el ritmo especial de la
lectura un sentimiento de familiaridad. Los violinistas me miraban desde su
altura con reojos de dictadores. La mujer seguía volviéndome la espalda. Tan
sólo cuando sus manos escapaban a los extremos del teclado podía observarlas,
ver sus dedos sonrosados, gráciles como diez pantorrillas femeninas danzando un
ballet. Sus yemas tiernas, coronadas por encima por uñas pintarrajeadas de
rojo, se curvaban hacia arriba en una generosa entrega, incondicionada, a las
exigencias de la interpretación. Impróvidamente las notas de los violines se
agudizaron, las manos de la mujer escaparon a las últimas teclas, se originó
ese barullo musical precursor del desenlace. Me recorrió un escalofrío.
Experimenté la necesidad de gritar. Una nota rotunda cerró los compases de la
melodía. Se oyeron cuatro mezquinos aplausos brotando de las esquinas más
obscuras del local. Precipitadamente los violinistas clausuraron sus violines
en los estuches, como si con sus últimas agrias notas hubiese huido el espíritu
de los instrumentos y ahora encerrasen en aquellas cajas, con corte de féretro,
sus rígidos cuerpos desalmados. La mujer se mantuvo quieta con la espalda
erguida, como cuando niña. Bruscamente se acodó en el piano cerrado y ocultó su
cara invisible entre sus manos. Descendieron los violinistas del tablado.
-¡Martina! -grité entonces.
137
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Giró la mujer, lentamente, como poniéndose en
guardia, incorporándose al mismo tiempo que volvía su rostro hacia mí. Guiñó
sus ojos un segundo, como queriendo penetrarme hasta el último plano del alma.
Levantó los brazos y sus ojos adquirieron un intenso brillo.
-¡Pedro!
Con un movimiento subitáneo se dejó caer en mis
brazos llorando. La apreté contra mí, conmovido, consciente de que por vez
inicial en mi vida podía ser útil a un semejante.
Presentí que la poca vitalidad del café se había
concrecionado sobre nosotros. Tomé a Martina por la cintura y la aparté a un
rincón acotado de sombra. Oí un poco lejana una risa maliciosa. Martina me
miraba incrédula, entre sonrisas y lágrimas. Se dio cuenta de pronto de que
éramos el eje de la atención de la escasa concurrencia. Se incorporó.
-Espera un momento. Pedro, nos iremos a otro sitio
donde podamos hablar tranquilos.
Se aproximó al tablado y regresó a mí poniéndose
encima de la blusa amarilla una desfasada chaqueta de punto.
-Vámonos.
En la calle la tomé del brazo. Entonces advertí que
la mocosa Martina se había transformado en una hermosa muchacha, por más que su
espléndida belleza la amustiase un prematuro gesto de cansancio.
Aquí a la vuelta, hay otro café; ¿te parece que
entremos en él?
Se detuvo en medio de la calle. Ya no llovía y el
ambiente había refrescado.
-Si no te importa -rectificó-- prefiero hablar
contigo correteando de calle en calle.
Asentí. Al mirarla a los ojos observé que de nuevo
los nublaban las lágrimas.
-Soy una malvada, ¿sabes?
Ahora fui yo quien se detuvo.
-¿Qué quieres decir?
--Sí, déjame, Pedro; déjame tirada en medio de la
calle, si quieres, pero he sido una perdida...
La calle estaba desierta. De lejos llegaba el
sonido apagado de un acordeón como un mensaje de vicio oculto. Me pareció que
un mundo vecino a mí se desmoronaba, que me arrancaban de repente la raíz de mi
propia vida. Martina, avergonzada, apretó su rostro contra mi pecho y ahogó un
sollozo. Reanudamos nuestro paso. Las calles permanecían muertas, adormecidas
en sus medias tinieblas. De vez en cuando partía de alguna ventana iluminada
una carcajada bronca o un juramento. Pero Martina caminaba sin estremecerse,
dando la sensación de que en los últimos años había amoldado su paso menudo al
ritmo y tono de aquel clima sinuoso. Martina rompió bruscamente en un torrente
de palabras:
-Yo no podía vivir allí... ¿Quién hubiese podido
hacerlo? Mi casa, Pedro, ¿recuerdas?, era igual que un cementerio: fría,
silenciosa, monótona, sin un quiebro sorprendente. Allí no había alegría, ni
ilusiones, ni juventud, ni vida...
Agachó la cabeza sobre el pecho y se reiteró en su
llanto amargo y acongojado. Penetramos en una callejuela inundada de un
detestable olor a desperdicios de sardina. Se cruzó con nosotros la sombra
vacilante de un borracho. Martina levantó la cara, intentando alcanzar mis ojos
en la espesa y fétida penumbra.
-Dime, Pedro, ¿por qué eran así mis padres?
138
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Ahora alcanzaba a comprender la estela espeluznante
del matrimonio del señor
Lesmes. Don Mateo debía haberse enfrentado con la
vida desatado de todo vínculo.
Los hombres como él y como yo no teníamos derecho a
meternos en la cadena.
Habíamos de permanecer al margen de ella,
rematándola en uno de sus extremos.
Martina prosiguió sin que yo contestara:
-¡Mi sangre era tan distinta de la de ellos! Notaba
por días que aquella casa se me venía encima, que me acuciaban unos deseos
inmoderados de gritar y reírme a carcajadas, de decirle a mi madre que qué
sacaba de aquel mutismo hermético, asfixiante y sobrecogedor... -Hizo una
pausa-. Pero tenía que aguantarme; había de soportarlo todo mientras viviese en
casa de mis padres. Ellos eran muy dueños de ser como les viniese en gana;
ellos me habían traído a la vida y yo se la debía a ellos, riendo o llorando...
Un día...
Se aturdió un momento. Aparentó arrepentirse de su
modo de comenzar; no obstante, tras un movimiento de cabeza como el que se
efectúa para desechar un mal pensamiento, recomenzó de la misma manera:
-Un día conocí a un muchacho cuando volvía de dar
mi lección de piano. Se me acercó diciéndome que en tiempos, cuando yo no tenía
más que un año, había dado clase con mi padre. Me acompañó hasta casa. Al
despedirnos me dio su nombre, pero me rogó que nada le dijese a mi padre de
todo esto, pues siempre habían tenido unos puntos de vista diferentes y, al
marchar de la Academia, su padre había discutido fuertemente con el mío,
precisamente por discrepancias en sus puntos de vista respectivos.
Nuevamente habíamos tomado una calle distinta; otra
calle estrecha, orillada por casas de cuatro pisos, donde mirando hacia arriba
se divisaba un paseíllo de cielo perforado de lunares brillantes. Pasó una
pareja, muy apretada, en dirección opuesta a la nuestra. Martina continuó:
Aquella relación secreta que aquel día se inició,
forzosamente tenía que dejar en una vida tan uniforme como la mía una huella
profunda. Me parecía que estaba empezando a vivir una aventura de novela; un
amor desaprobado por nuestros padres era, siempre lo sería, un idilio tentador.
Pensaba que en la discordancia de puntos de vista entre mi padre y Joaquín,
sería éste quien tenía la razón. Los puntos de vista de mi padre eran,
generalmente, turbios y sombríos, lo que me hacía sospechar que los de Joaquín
serían, por lógica contraposición, diáfanos, optimistas y joviales.
Se hizo un nuevo paréntesis, que el pecho de
Martina aprovechó para emitir un sollozo. Luego prosiguió:
Yo creo que fue este ambiente de misterio de que
rodeamos nuestras relaciones el que más influyó en mi tonto enamoramiento. Nos
veíamos a horas extrañas, cada vez en lugares diferentes... Yo me dejaba portar
en su cariño tan ingenuamente que jamás se me ocurrió preguntarle qué es lo que
era, a qué se dedicaba, o en qué calle vivía...
Me bastaba, al parecer, saber que no era igual que
mi padre, y como en este punto coincidíamos, caí en el error de imaginar que
éramos dos almas paralelas que se adaptaban hasta en el G menor detalle. Así
fue pasando el tiempo. Él hablaba en abstracto de «sus negocios». «Sus
negocios» iban bien o le reclamaban en Madrid un par de días, no podría verme a
tal hora porque había de atender a sus clientes. Una tarde, sentados delante de
la cruz de Cuatro Postes, con la ciudad amurallada a nuestros pies, me dijo que
puesto que «los negocios» marchaban bien, sería oportuno ir pensando en nuestro
matrimonio...
Me miró Martina con ojos arrasados en lágrimas y
prosiguió:
-Me dio un vuelco el corazón; aquello superaba
cuanto yo hubiera podido imaginar. Joaquín era un hombre físicamente agradable;
espiritualmente, entonces me tenía
139
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
arrebatada. Al día siguiente, a hurtadillas,
comencé a bordar unas servilletas para nuestro futuro hogar. Dos días más tarde
quise sorprenderle enseñándole dos servilletas, enteramente confeccionadas por
mis manos. Experimenté mi primera desilusión al ver su gesto de desagrado.
«Nosotros no podernos hacer como los demás, Martina -me dijo-; quiero que te
convenzas de ello. Nosotros nos casaremos de una manera apagada y sin el
consentimiento de nuestros padres. Por eso todo lo que haya de hacerse lo haremos
después de nuestra boda, con nuestros propios recursos.» Me callé y no le dije
nada. Supongo que él, aunque poco le importase, se daría cuenta de que me había
herido... Un mes después me dijo que no podía esperar más y que deseaba casarse
a la semana siguiente. Le advertí que nada sospechaban aún mis padres de
nuestras relaciones, que me diese tiempo para convencerles y que, sólo cuando
se hubiesen opuesto decididamente, estaríamos en nuestro perfecto derecho de
casarnos contra su voluntad. Él se mostró airado. «¿Y eso es lo que tú me
quieres? -dijo-. ¿Sólo hasta ahí estás dispuesta a llegar por mí?» Le respondí
que estaba dispuesta a llegar donde fuese necesario por su cariño, pero sin dar
brincos forzados, sino por mis pasos naturales. Se enfureció bastante. Como
único medio de probar mi decisión me preguntó entonces: «Y si yo te dijera que
la única solución es coger el tren un día cualquiera y casarnos en Madrid o en
otra parte, ¿qué dirías?». «Si los demás medios habían fallado totalmente no me
opondría», respondí. «Tú no me quieres -silabeó encolerizado-, tú no estás
decidida a entregarte a mí.» «De momento –terminé- y de la irregular manera que
tú deseas, no.» Nos enfadamos. Dejé de verle durante dos semanas. En esos
quince días me di cuenta de que todo era preferible a continuar encerrada entre
aquellos tabiques de austeridad. La casa de mis padres y mi espíritu eran
inconciliables, definitivamente incompatibles. «Después de todo -me decía-,
Joaquín no me pedía nada contra la moral. Únicamente casarnos fuera del
asentimiento paterno. Y eso, ¿qué puede tener de particular cuando la rareza
está de parte de los padres?» Me arrepentí de mi negativa, pero como ignoraba
dónde podría encontrarle, tuve que soportar mi tedio sin intentar mover un solo
dedo para tratar de remediarlo. Una tarde, inopinadamente, tropecé con él al
regresar a casa. Le vi que venía dispuesto a acercarse, pero me pareció que era
yo la obligada a tomar la iniciativa y me abalancé sobre él. «Perdóname,
Joaquín -le dije-; he cometido una tontería... tengo fe en ti... una fe
absoluta... haremos todo cuanto tú quieras.» Nos habíamos introducido en un
portal. Él me limpió las lágrimas con el dorso de su mano. La portera debió de
ver nuestras inocentes efusiones, pero -pensé entonces- debía de ser una
solterona resentida. «Vayan a arrullarse a otro sitio -silabeó indignada-; ésta
es una casa decente y aquí no se admiten estas cosas.» Joaquín aparentó
enfadarse mucho por aquello, que estimaba una ofensa a mi pudor. Le dijo, en mi
presencia, unas frases atroces, que yo olvidé en seguida en la euforia de lo
que juzgaba «una valiente defensa de mi honra». Huimos de allí cogidos
alegremente de la mano. Al despedirnos Joaquín me dijo, besándome por primera
vez: «Pasado mañana tomaremos el tren de Bilbao y allí nos casaremos.» Volvió a
besarme. Yo sentí una embriaguez desconocida recorriendo mi cuerpo de extremo a
extremo. Aquello significaba que iba a liberarme de una vez para siempre de
aquella casa angustiosa, del frío lúgubre que aleteaba entre sus muros. Te
confieso, Pedro, que no noté el menor remordimiento al abandonarla. Se me hacía
que la dejaba por su propia culpa, expulsada por su actitud desabrida y hostil
hacia mi juventud. Dejé a mis padres una nota en la que, poco más o menos,
decía: «Me voy de esta casa donde no he encontrado nunca más que tristeza. Me
casaré con un hombre que me quiere por encima de todas las cosas. Nada temáis
por mí, porque soy enteramente feliz. Recibiréis noticias mías.» Y firmé.
Por la noche abandoné la casa de mis padres como un
ladrón, saltando por una ventana. Joaquín me esperaba en la plaza. Tomó mi
maleta y anduvimos a paso
140
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
acelerado hacia la estación. A la mañana siguiente
nos encontrábamos en Bilbao. Nada más apearnos del tren comencé a experimentar
el primer resquemor de la culpa. Me censuraba mi conciencia, todo el aliento
vital que infundía vigor a mi cuerpo. Pero no dije nada. Daba ya el hecho por
consumado. Joaquín me llevó, «provisionalmente», a una sórdida pensión de una
calleja apartada y maloliente. Debíamos ocultarnos, me dijo, hasta que nuestra
situación se legalizase a los ojos de Dios y de los hombres. «Dentro de unos
días -añadió-, podrás ocupar el mejor hotel y comprarte cuanto desees. Yo soy
rico.»
Otra vez se detuvo Martina, desfallecida por el
peso del relato. Yo había perdido la noción del espacio en aquel laberinto de
sucias callejuelas, indignado de antemano por el desenlace que presentía a la
aventura de la pequeña Martina. ¡Oh, Dios, aquella niña que nos enojase tanto a
Alfredo y a mí con su «nene, nene» espantosamente desalentador! Nos habíamos
detenido debajo de una bombilla de luz mortecina. Los sollozos de Martina
parecía que iban a arrancarle el corazón. Me miró con sus ojos nublados por las
lágrimas y continuó, entrecortadamente:
- Como imaginarás, nuestra situación jamás se
legalizó. Ni cambié de residencia, ni me vestí con los mejores vestidos, ni
supe nunca si él era rico o no lo era. Me engañó de la forma más miserable y me
abandonó tan miserablemente como me había engañado, un día que se hastió de
mí...
Calló Martina. Unos puntazos de incertidumbre
empezaron a inquietarme tras haber finalizado ella la primera parte de su
relato. No pude contenerme:
-¿Y después..., Martina? ¿Hubo después otros...?
Se abalanzó sobre mí como un gato, tapándomela boca
con sus manos, rebelándose contra mi inexpresada suposición. Resbalaban mejilla
abajo sus lágrimas incontenibles.
-¡Oh, por Dios, no; eso no! Después viví de mi
trabajo, de mi propio esfuerzo, con mi sudor... ¿No era ya bastante la
experiencia? Me coloqué en el cafetín en que me has visto; al principio tuve
que cantar para los hombres... ¡Qué asco me daba! Luego... luego se dieron
cuenta de que era verdad que yo sabía tocar el piano...
Como respondiendo a una contraseña se oyeron desde
un balcón alto las notas desafinadas de un piano enfermo. La voz cascada de un
hombre ebrio ocultó por un momento los compases musicales.
-¡Qué manera de maltratar a un piano! ¡Deberían
prohibirlo...!
Me encaré con Martina.
-¿Cuántos años hace que vives así?
-Dos; y los cinco meses que viví...
-Ya.
Medité unos instantes.
-Tú debes volver a casa.
Se encogió.
-No me atrevo; desde que salí de allí no les he
escrito ni una línea.
Me animó una energía súbita.
-Nada importa; tú volverás allí mañana. Yo iré
contigo.
-Oh, no...
Lloraba. Yo suavicé la voz.
-Iremos juntos. Conozco a don Mateo; él sabrá
perdonarte... Miré el reloj. Eran las tres menos diez de la madrugada.
141
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Anda, vamos, es tarde; te llevaré hasta tu casa.
Caminamos. Ella dócilmente a mi lado. Atravesamos
nuevamente la calleja cargada de un insoportable hedor a desperdicios de
sardina. En una calle, aún más angosta e inmunda, vertical a aquélla, se detuvo
Martina ante un portal de miserable aspecto. Se aturulló levemente.
-Vivo aquí -dijo a modo de excusa.
-¿Bien?
-No puedo irme, Pedro; compréndelo.
-Mañana vendré a buscarte; a la una.
-¿Y la orquesta?
-Yo lo arreglaré todo.
-¡Oh!
Se puso de espaldas y se encorvó buscando el ojo de
la cerradura. Gimieron los goznes y se abrió la puerta. Martina se encaró
conmigo y me tendió las dos manos.
-¡Cuánto me alegra haberte encontrado!
Insistí.
-Hasta mañana, pues.
-Estaré.
Cerró de golpe y la oí unos segundos taconear
precipitadamente escaleras arriba. Luego comencé a andar sin rumbo,
desorientado en aquel laberinto de calles, todas tan semejantes. Al fin hallé
el camino de mi hotel. Llegado a mi habitación me tumbé encima de la cama, sin
desnudarme. Tenía una conciencia anticipada de que no podría acogerme al sueño
después de los complejos sucesos del día. Se me hacía todo inverosímil,
incomprensible en su febril realidad. Junto al dolor de una pérdida aquilataba
el dolor de algo nuevo vitalizándome. ¡Pobre pequeña Martina! La analicé ahora
fríamente, como una víctima inmolada al egoísmo pesimista de su padre. Él tuvo
la culpa. Él, que trató de imponer pasivamente a cuantos le rodeaban la sombra
alargada, sutil, que dividía su corazón en dos mitades. Los hombres de esa
manera jamás podrán ser eslabón en el centro de la cadena. Únicamente por una
apetencia egoísta podía obrarse de otra forma. El hombre que se encadena se
debe primordialmente a los suyos. «No puede considerarse a un ser humano
consecuencia nuestra como algo ajeno a nosotros -me decía-, como algo hacia lo
que ya hemos hecho suficiente dotándolo de vida.» Había que darse a ellos,
hacerles un refugio tibio amoroso, ayudarles a ver la vida desde la perfecta
atalaya desde donde la contemplaban las almas sanas.
Penetraba por la ventana abierta la luz del día
cuando me adormecí. A las ocho ya me había levantado. Me bañé en agua fría para
entonarme, hice rápidamente mi equipaje y me lancé a la busca del cafetín
inclusero donde encontrase a Martina la noche anterior.
142
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
IX
¡Qué sentimientos tan inefables le inundan a uno
cuando después de una ausencia de muchos años se vuelve a poner el pie en el
lugar por donde discurrió la primera infancia! Parece como que hasta el más
mísero hierbajo -ese hierbajo reseco, cuidado, que surge junto a una tapia de
adobes- se vuelve para vernos pasar e inquirirnos por las causas de nuestro
retorno: «¡Hombre!, ¿tú por aquí? Ya te habíamos echado de menos. Lo mismo no
te acuerdas ya de mí ...».
Pero yo sí me acordaba de ellos. Me acordaba de
todos: de los baldosines del andén; de los rieles; de las fondas que a un lado
y otro de la carretera hacen calle para llegar a la estación; de las piedras de
los conventos; del mirador de aquellas inefables señoritas de Regatillo; del
balcón del abuelo; de todos y cada uno de los vanos de la muralla... Llevaba a
Ávila tan metida en el corazón que al descender del tren y pisarla me pareció
que jamás había salido de ella. Era una sensación dilatadamente acogedora, como
si cada calle, cada casa, cada piedra, cada átomo de polvo que participara en
la existencia real de la ciudad me expresase jubilosamente su cordial
bienvenida.
Martina avanzaba a mi lado menos esperanzada en
apariencia que yo. En el tren apenas si habíamos cambiado cuatro frases. Ella,
encogida en su asiento, humildemente retrepada, como un ser que desea expiar
una culpa por la que considera ofendida a la humanidad entera.
Al cruzar la muralla, Martina se humilló aún más,
como si quisiera a fuerza de encogerse diluirse en una inapreciable
insignificancia. Pasamos por delante del Palacio Arzobispal. (Comprobé la
febril diligencia de mi corazón encerrado en la caja de las costillas.) Ya
podía tocar con mis dedos la añosa mansión que prolongándose formaba uno de los
lados de la plaza donde habitaba el señor Lesmes. Al desembocar en ésta me
detuve escéptico. Alguien había absorbido a aquella placita rectangular de tan
viejo sabor gran parte de sus esencias tradicionales. ¿Dónde estaban los
centenarios y copudos álamos, la arcaica fuente, el elemental pretil que de
siempre bordeara la prominencia de la meseta central? El hombre había pasado
por allí con su piqueta demoledora. Había por lo visto que buscar una rima con
la voz «civilización» para versificar aquella placita recoleta, y no se
encontró otro mejor que la de «destrucción». Nada importaba que el rincón se
viese privado de su íntima substancia si a cambio se lograba entreverarlo en el
siglo sin que nadie advirtiese el disimulado remiendo. Pero no se fijaron que
para matar del todo la prestancia arcaica de aquel pedazo de mundo hubiera sido
preciso arrasarlo, sin dejar una piedra montada sobre otra, demolerlo íntegro a
golpe de piqueta y sembrarlo posteriormente de sal, por si aún se le ocurría al
viejo espíritu, que de fijo alentaría entre aquellas piedras amarillas, salir a
la luz y predicar un día a la posteridad la tala infame. No; todavía respiraba
la historia en aquel apacible rincón. Respiraba a pesar de los golpes de muerte
que le habían asestado, por encima del deseo de la absorbente civilización. El
hombre no podía con la historia, ni en su misma significación, ni en su
parpadeo intangible por encima de las cosas.
Nos adentramos en la plaza. Entonces fue cuando
experimenté un desasosegado temor de que hubieran desaparecido también los
muñecos de la hornacina, aquel relieve ahíto de tradición, bajo cuyo amparo
discurriese toda mi infancia. Adelanté a Martina constreñido por una
impaciencia encabritada. De lejos le vi ya destacarse sobre la uniformidad
parda del caserón. Resistía igual, sin acusar sobre sí el peso de plomo de los
años: firme, erguido, inmutable. «Mientras esto permanezca -pensé-, no
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
podrá prevalecer el instinto de borrón y cuenta
nueva que inspira al hombre de nuestros días.» Y me sentí tan rejuvenecido, tan
remozado, tan seguro sobre mis antiguas raíces, que volviendo sobre mis pasos
tomé a Martina de la mano y nos metimos sin más en el portal de su casa.
Yo no sé hasta qué ocultos repliegues y
reconditeces del alma puede llegar en ocasiones el gemido de una puerta, un
tiznón en la pared o el eco retumbante de un llamador al pedir paso en una
casa. Sólo sé que al tomar en mi mano la vieja aldaba de bronce que pendía de
la puerta de don Mateo, percibí una emoción intensa, que luego se incrementó al
resonar la casa toda bajo los ecos de mis dos golpes.
Toda una historia pasada se atropelló en mi
memoria. Aquel primer día de mi presentación en aquella casa. La entrada de
Alfredo... La llegada de su madre cuando el alma de mi amigo había volado ya...
Todo cuanto representaba un jalón de mi antigua vida cabía en las dimensiones
minúsculas de aquel viejo y mohoso llamador. Por la puerta, cuyo franqueo pedía
aquél, penetró un día Alfredo y salió otro, dejando su historia engarzada entre
los dos chirridos de unos goznes herrumbrosos.
Se oyó un andar pausado detrás de la puerta.
Martina temblaba. A mí me colmaba una emoción retrospectiva, concentrada y
enervante. Oí agarrar el picaporte y la puerta -¡aquella puerta tan definitiva
en mis recuerdos!- comenzó a ceder. De pronto nos vimos frente a frente doña
Gregoria y yo.
-¿Qué deseaba?
(¡Dios mío! ¿Es posible que la vida se estabilice
para algunos mientras para otros se desborda? ¿Es creíble que exista alguien
capaz de resistirse en sus hábitos y modos al ímpetu avasallador del tiempo?
Allí, frente a mí, estaba doña Gregoria secándose las manos en las puntas de su
delantal. La misma doña Gregoria de los tiempos pasados. Tal vez un poco más
enjuta, más corvada, más reseco aún su busto siempre mezquino... Y con los
dedos en las puntas de su delantal; igual, lo mismo que veinte años antes.)
Me aparté un poco y madre e hija quedaron
encaradas, una frente a la otra. Contra lo que esperaba, todo fue muy sencillo
y natural.
-¡Madre!
Había un perdón sangrante entreverado entre
aquellas dos sílabas; había una pasión desbordada, impenetrable, estremecida.
Doña Gregoria la tomó de las manos:
-Hola, hija.
La besó fríamente en la frente en tanto Martina se
ahogaba en sollozos contra su hombro.
Por la puerta del fondo del pasillo apareció un
hombre pálido, vestido de negro. Avanzó hasta nosotros y aparentó pasmarse de
la escena que tenía lugar ante un desconocido. Martina se irguió al oír las
próximas pisadas de su padre.
-Bienvenida, Martina; me alegra que hayas vuelto.
Bruscamente don Mateo me conoció.
-Usted es Pedro, ¿verdad? ¿Cómo está usted?
Me alargó ceremoniosamente la mano, que yo sacudí
entre la mía pretendiendo transmitirle un poco de cordialidad. Doña Gregoria se
limitó a tenderme su diestra, sin palabras.
-Pase usted.
144
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Se cerró la puerta en pos de nosotros y su gemido
tornó a impresionarme más aún que los dos seres vivos que tenia delante.
-Pase, pase...
Me precedían todos. Noté en mi pecho la violencia
de cualquier visita de cumplido. Allí no quedaba un rescoldo de buen amor. «Qué
dura escuela he tenido -pensé-; ¿tiene algo de extraño que mi alma siga una
senda tan tortuosa? El señor Lesmes y su esposa han admirado tanto a los
muñecos de la hornacina que al fin han logrado asimilar su indiferencia y su
rigidez de piedra.»
Me pasaron a la sala isabelina de tan compactos
recuerdos. ¿Era posible que también por allí hubieran desfilado veinte años de
existencia? El mismo papel rameado continuaba adornando las paredes, sirviendo
de fondo a la sillería de raso rojo, al arcaico piano, al espejo dorado, al
velador con la caja de música y al florero de rosas de tela... Entonces
comprendí que el hombre puede inmovilizar el tiempo a su capricho respecto a
las cosas que le rodean; que puede estabilizarse voluntariamente en un punto de
su existencia y no abandonarle ya hasta que la muerte le arrebate.
Únicamente volví a percibir el paso del tiempo
rozando a las cosas cuando inquirí lo que había sido de Estefanía.
-Murió -dijo el señor Lesmes.
-¿Y Fany?
-Murió; hace trece años...
Martina había escapado a su habitación. Doña
Gregoria y el señor Lesmes me hacían la visita.
-Doña Leonor murió también; el jueves hará tres
semanas -añadió doña Gregoria como satisfecha de poder continuar el capítulo de
defunciones...
Aquí estaba el curso de la vida otra vez; una nueva
riada de la vida dando fe de su paso. «Por aquí pasó la vida -me dije-; detrás,
más detrás, vendrá la historia espigando los lugares por donde la vida
discurrió. Éste es el sino de los humanos; morir, desaparecer, mientras la
médula de sus hechos les supervive.»
Se levantó inopinadamente doña Gregoria.
-Perdóneme -dijo.
Y salió rauda en dirección a la cocina.
-Todo va desapareciendo, amigo mío -añadió el señor
Lesmes como si adivinase mis pensamientos.
Y me reafirmé en mi temor de que mi cráneo debía de
ser transparente como el cristal.
De repente encontré a don Mateo terriblemente viejo
y demacrado, cediendo ya en su tenso pulso con la vida.
-Un día le dije, Pedro, que abstenerse es un buen
remedio para capear el temporal que la existencia arrastra consigo. Hoy me he
dado cuenta de que el hombre siempre tiene mucho que perder, aunque él no lo
crea así.
Pensé en Martina. «A este hombre le llevo yo muchos
años de ventaja», me dije.
-Gracias por habernos devuelto a Martina -cambió
él-; supongo que no vendrá como se fue...
-Ha sido engañada.
Se rindió todavía un poco más el señor Lesmes e
hizo una pausa. Luego dijo:
-Gracias, de todas maneras.
145
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Deseé decirle cuánta era su culpa en aquella
desgracia que ahora lamentaba: que el hombre cuando se ata debe falsear,
incluso, sus propios sentimientos en favor de los seres que de él dependen.
Pero le vi tan gastado, tan decrépito, tan entregado a su dolor, que no osé
despegar los labios en aquel sentido. Corroboré en esta oportunidad mi antigua
idea de que hay ocasiones en que nuestra vitalidad se sale de madre, nos
desborda, y cuando queremos reparar en los efectos de nuestros actos
voluntarios, observamos que han ido bastante más lejos de lo que nosotros
hablamos previsto. Sólo discurriendo así cabía justificar, explicar al menos,
la falta que ahora expiaba mi antiguo maestro.
-¿Quiere usted quedarse a comer?
Don Mateo me cumplimentaba con un protocolo
impropio de nuestra pasada confianza. No insistió cuando yo me negué a su
invitación. Transcurridos unos minutos me despedí. Salió doña Gregoria hasta la
puerta, secándose los dedos en las puntas de su delantal. Únicamente Martina
puso efusividad en sus palabras al despedirme. Cuando un momento después
paseaba inconscientemente por las calles de Ávila me asaltó la idea de que don
Mateo y doña Gregoria no hacían más que devolverme la misma moneda que yo había
utilizado anteriormente para con ellos.
146
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XI
147
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
X
La revelación inesperada de Martina y mi visita,
inesperada también, a Ávila me dieron motivo de meditación en los días que aún
pasamos en Santander. A mi regreso a esta ciudad mi mundo interior se había
alterado con la conciencia de un hecho sorprendente: la casa de don Mateo
Lesmes había sufrido una honda conmoción. Me preguntaba muchas veces cómo se
adaptarían sus habitantes a este penoso cambio. El matrimonio en realidad no me
preocupaba lo más mínimo. Embutidos ambos en su frialdad pesimista, aceptarían
su deshonor con la indiferencia lasa que los caracterizaba. Pero ¿y Martina?
¿Sabría Martina aclimatarse definitivamente a la penumbra espiritual de su
hogar? ¿No volvería a sentir de nuevo la vaharada pasional de su sangre joven y
ardiente? Sinceramente creía que el escarmiento de la pequeña Martina era de
esa clase de los que duran toda una vida. Incluso ahora, después de haber
conocido la turbulencia, llena de remordimientos de una infidelidad a sí misma,
Martina se amoldaría sin protestas a la vida monótona y a la austeridad
conventual de su propia casa. El retorno del pecador a una atmósfera de paz
suele dar, en punto a su rehabilitación, excelentes resultados. De aquí que
tuviese té en Martina, en su porvenir y en la sinceridad de su amargo arrepentimiento.
Martina no volvería a creer en la vida ni en los hombres. Sentiría a buen
seguro hacia ellos un instintivo horror que la inmunizaría contra otras
posibles calamidades. El clima nauseabundo buscado por el seductor para
conseguir su fin obraría como un enervante decisivo en la sangre turbulenta de
Martina para ayudarla a perseverar.
Estas conclusiones solían tranquilizarme en lo
atañadero a esta nueva preocupación. Había vuelto a quedarme solo en el
Antracita, ya que Bolea marchó con su familia a una finca en la proximidades de
Reinosa el mismo día de mi regreso.
Su ausencia me dejó de nuevo enfrentado con mi
cerebro. Confronté, sin embargo, que la aventura de Martina, al atraer sobre mi
cabeza otro cabo de atención, me desligaba con relativa frecuencia del recuerdo
de Jane y, en consecuencia, hacía más soportable mi vida de retraimiento.
En lo referente al señor Lesmes y doña Gregoria me
habla autosugerido una explicación razonable para justificarme su actitud
respecto de mi persona. Ellos habían puesto de su parte cuanto pudieron por
olvidarse de mi, para zafarse de este ligamento que a la larga no podría
reportarles más que nuevas pesadumbres. ¿Qué otra cosa había hecho yo en cuanto
a ellos? ¿No había comenzado por favorecer su olvido y su desprecio? ¿Y no era
el señor Lesmes quien había modelado a su gusto mi alma hipersensible? En cuanto
a doña Gregoria, recordaba que en aquellos días en que la mitad de su barbudo
padre se muriera, ella había prometido solemnemente «no querer nunca a nadie
más porque le daba miedo». ¿No era también éste un cabo más de los que
constituían mi temperamento complejo y turbio? No, nada debía sorprenderme de
su actitud que, en última instancia, era también la mía. ¿No era yo, a fin de
cuentas, una obra suya? Aparte de no haber salido de ella, ¿no era doña
Gregoria mi verdadera madre?
Solía tener estos soliloquios en la intimidad de mi
pequeño camarote, viendo siempre a través de la portilla abierta el mismo
pequeño círculo de cielo. En las manos acostumbraba a sostener la corbeta
embotellada, girándola entre las yemas de mis dedos sobre un eje invisible. A
menudo el curso de mis pensamientos me conducía a vanagloriarme de haber visto
antes que el señor Lesmes toda la profundidad de su teoría. El ejemplo de
Martina me ponía en guardia para cualquier duda que aún me cupiera en lo referente
a la conducta que con Jane había yo de seguir. Nunca sentí tan
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
arraigada en mi pecho la decisión de no volver a
verla. Me espeluznaba la idea de que algún día pudiera yo casarme y tener un
hijo. La responsabilidad de un hijo pesando sobre mí sería catastrófica.
Porque, ¿me cabía, por ventura, la posibilidad de mostrar a un ser que se
inicia el equilibrio de la vida, con su cúmulo de cosas agradables por un lado,
y el saco de los dolores en el otro? Decididamente, mi vida estaba hecha para
discurrir como ahora lo hacía, libre, desligada, sin establecer entre mi corazón
y otros seres los lazos tremendos de una insoslayable dependencia.
El círculo de cielo que oteaba a través de la
portilla iba haciéndose gris. Merced a él conocía yo que el día marchaba.
Entonces solfa levantarme y dejando sobre la mesa la corbeta prisionera,
ascendía a la cubierta.
Era curioso ver cómo el cielo y la tierra
coincidían casi siempre en encender sus luces. Las ventanas de la ciudad y las
estrellas del cielo iniciaban simultáneamente sus parpadeos, como si unas y
otras se enviasen guiños de comprensión y mutuo entendimiento. Las luces del
puerto y de las embarcaciones iban reflejándose en la superficie lisa de las
aguas. Olía a mar y a petróleo. Una mezcla difícil, característica, que
penetraba en los pulmones como un incienso ardiente y voraz.
Discurría por la cubierta mientras no me dominaba
la fatiga. Algunas noches salta a tierra y deambulaba pausadamente por los
lugares de la ciudad menos transitados. Hacia la una acostumbraba a regresar.
Entonces ya me pesaba la actividad del día y caía en la cama con afán de
desquitarme, de disfrutar unas horas de absoluto descanso cerebral, de
inhibirme de mis corrosivas preocupaciones. Unas noches lo lograba, pero la
inmensa mayoría no. El sueño desaparecía en cuanto mi cerebro tomaba la postura
horizontal. Era la hora de repasar por el tamiz de mi cabeza todas mis
preocupaciones, mis conjeturas, mis posibilidades, mis prejuicios y mis
temores; de sopesar y calibrar los hechos, los mismos hechos calibrados y
sopesados mil veces ya, siempre los mismos en las veinticuatro horas
anteriores.
No es por tanto de extrañar que yo recibiera
siempre con alegría la orden de partir. Mucho más en aquella ocasión en que a
mi natural zozobra se unta la conciencia de la lejanía de Jane.
No aspiraba a volver a verla, pero cuando menos me
agradaba saber que la tenía cerca, que el sol o las nubes nos quemaban o nos
llovían a los dos a un mismo tiempo. Zarpar esta vez significaba comenzar a
acortar la distancia que me separaba de ella; iniciar nuestra aproximación.
Cuando nos hicimos a la mar experimenté, pues, un desbordamiento de un gozo
íntimo y secreto por todo mi cuerpo. Era esto a lo más que podía aspirar y su
consecución, hecho a vivir en un plano de renuncias, me alborozaba de una manera
efervescente.
Recuerdo que en esta travesía Luis Bolea volvió a
la carga con su proverbial habilidad y diplomacia. Acostumbrábamos a hablar en
el puente durante las horas de relevo. Una noche me sorprendió por lo
directamente que aludió al asunto:
-¿Cuál es su fin próximo en la vida, capitán?
-Eludirle.
-Eludir, ¿el qué?
-Cualquier clase de fin.
-¡Monstruoso!
- Tal vez; pero al final descansarán mejor los
cansados; los que no han tenido nada; los que nada probaron...
-Dios no manda llegar hasta ahí.
-Yo lo doy por añadidura.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
En nuestras conversaciones, Bolea acababa siempre
malhumorado. Le molestaba mi intransigencia, mi impenetrabilidad, el hecho de
que no le ofreciese a sus disparos el menor resquicio vulnerable. Había
convertido su oposición en una bandera a la que servía con la mayor e
insobornable lealtad. «Es muy triste gastarnos estérilmente», solía repetirme.
Y yo encontraba que, en verdad, estaba derrochando mi vida pródigamente, sin
una sola desviación de la que pudiera decirse que era útil a Dios, a mí o a mis
semejantes.
En Providencia mi vida discurrió sombríamente en
una cerrada soledad. A veces paseaba por las calles sin un fin determinado,
quizás inconscientemente para evocar más directamente a Jane apoyándome en el
medio en que la había conocido. Una tarde me sorprendió la lluvia sentado
frente a la estatua de Roger Williams. Aguanté sin moverme, haciéndome la idea
de que el fundador transmitiría luego a Jane este sacrificio inefable que
únicamente soportaba para no perder contacto con su rememoración realista y vívida.
En otra ocasión comí en el mismo merendero en que lo hice meses antes con Jane,
azuzado por la secreta esperanza de que su rolliza dueña pudiera recordarla y
darme alguna información sobre ella. Pero nada de esto ocurrió. La pigre señora
me sirvió mi consumición sin darse por enterada de nada. Tal vez se adivinase
mayor intranquilidad e interés en las inteligentes marrones miradas de los
perros que me observaban desde todas las esquinas.
Al reemprender el viaje de regreso a España volvió
a penetrarme desde fuera una desasosegada impresión de vacío. Marchaba sin
verla, sin sentirla, sin saber siquiera si su existencia seguía latiendo en
Providencia. Bolea, empero, me aclaró la última parte de mis dudas la misma
noche de partida:
Ayer estuve con Jane -me anunció.
-¿Y bien?
-Me encargó que le saludara.
Sentí que me hacía daño esta comunicación
indirecta, la existencia de un intermediario entre nuestros corazones. Dejé,
pues, que nuestra conversación languideciera en silencio, muriera por
consumición. Pero aquella misma noche, al acostarme, advertí que surgían en mi
pecho con una virulencia alarmante los primeros brotes de una airada rebelión.
¿Por qué era yo distinto a los demás hombres? ¿Por qué Bolea la había visto,
había estrechado su mano, y ahora podía hacer su vida normal como si nada
trascendente hubiese ocurrido? Por primera vez en mi vida experimenté un sordo
y sombrío rencor hacia la desaliñada persona del señor Lesmes. ¿Con qué derecho
me había forjado a mí con unas características tan retorcidas y enigmáticas?
Tuve la idea mezquina de que el placer más completo de un alma amargada es
hacer escuela entre los que de ella dependen. Aquí se inició el desfile erizado
de una serie de imágenes que terminaron por desequilibrarme. Nunca como en
aquella ocasión y en los días y noches sucesivos, me vi tan abocado a la
locura. Vivía como bajo los efectos de una embriaguez crónica, de una niebla
pesada que se me metía hasta el eje del cerebro, impidiéndole desplegar su
función normal. Fueron unos días y unas noches borrascosos, preludio de una
crisis general que me sobrevino dos días antes de llegar a España. Caí en cama
entonces, presa de unas fiebres delirantes, y una fuga incontrolable de mi
imaginación a regiones caprichosas y abstractas. Recuerdo solamente de aquellas
horas de pesadilla que los antebrazos mórbidos y torneados de Jane pertenecían
a Roger Williams, a la estatua de Roger Williams, y que éste me hablaba desde
su pedestal en el tono persuasivo y apasionado con que solía hacerlo mi piloto.
Cuando empecé a reponerme me comunicaron que
llevábamos ya ocho días en España, ocho días encerrado yo en la sala alba y
silenciosa de aquel deprimente
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
hospital. Me encontraba débil y desmarrido, sin
imperio sobre mis nervios y músculos.
Cuando me levanté, Bolea me ofreció hospitalidad en
su finca de la montaña.
Allí hay niños, árboles y pájaros -me dijo-; no
creo que usted precise otra cosa para reponerse.
Acepté. No podía dejarme morir ni quedar expuesto a
ser encerrado en el ambiente irracional de un manicomio. Así es que en cuanto
pude levantarme, Bolea y yo marchamos, dejando el barco bajo el mando del
segundo piloto.
Según corría el tren mis poros iban transpirando la
leve paz de la naturaleza. En seguida me sentí mejorado. Desfilaban los prados
verdes, los caseríos blancos, los bosques, por delante de los ojos. Aquello era
lo que yo necesitaba. Paz, paz, paz entrándome sin límites por todos los
sentidos, traspasando en oleadas la superficie de mi piel.
Descendimos a la hora y media de viaje en una
pequeña estación alejada del pueblo. Dos filas de toscas escaleras comunicaban
el pequeño andén con la carretera. Al llegar a ésta vimos venir a lo lejos un
nutrido grupo de gente.
-Allí están -me dijo sonriente Bolea.
Era su familia. Una familia de tres generaciones
latiendo al unísono. Su suegra, su esposa, sus hijos; unos hijos todos
pequeños, iguales, como las cuentas de un misterio del rosario.
Caminamos todos juntos hacia la casa, que se
divisaba al fondo, semiescondida entre las ramas de los árboles. Los niños
cabrioleaban a nuestro alrededor, persiguiéndose, molestándose, jugando... Vi
la casa ya más próxima. Empezaba a sentirme cansado. Era una casa sólida,
arropada bajo una tupida y verdeante enredadera, circundada por una verja de
hierro a la que se abrazaba descocadamente una apretada y ofensiva zarzamora.
Bolea me ordenó acostar apenas me vi en mi
habitación. No me opuse, porque me sentía terriblemente fatigado. Tenía la cama
frente a la ventana y mis ojos gozaban, desde la muelle postura, de la lozanía
y plenitud del campo, recortado por el rectángulo de la ventana abierta. Del
prado ondulado brotaban aislados hasta una docena de frutales casi todos
distintos: una higuera, un avellano, dos manzanos, dos perales... Los pájaros
empezaban a organizar su sueño entre la enramada. Oí el canto de un ruiseñor hasta
tres veces. Poco a poco el rectángulo iluminado de la ventana fue perdiendo
color, sumiéndose en una tibia penumbra. Subían de la planta baja los chillidos
apagados de la chiquillería. Y luego la voz trepidante de la abuela acompasada
por el tercer taconazo de su artificial tercera pierna: una cachavita negra con
el pie un tanto aporreado. La anciana chillaba y alzaba la voz sin una exacta
noción de la intensidad de sus gritos, desorientada en su sordera inviolable y
obscura. Oía también la voz de Luis como un murmullo de río caudaloso. Oía, en
fin, palpitar la vida de aquella casa por debajo de mí, como aislándome del
contacto inmediato con la tierra...
Ya se habían callado los pájaros tras unos
revoloteos inciertos y acomodaticios. Me llegó hasta el rostro el aliento
perfumado de la noche; escuché, lejísimos, el eco de unos cencerros. «No des la
luz; puede que esté dormido.» Y se acercaron a mí como dos sombras, pisando de
puntillas.
Me daban algo a beber. Era un vaso de una leche
pastosa, sincera, espléndida...
Luego volví a escuchar sus pisadas alejándose de
puntillas, el crujido tenue de sus trajes al rozar los muebles... Todo quedó a
obscuras en derredor. Aún se dibujaba el rectángulo de la ventana y por encima
de las obscuras siluetas de los frutales brillaban las estrellas. Me invadió un
sopor denso y tranquilo... Después me dormí profundamente. Me despertó un
ruiseñor cantando alocadamente a dos metros de mis
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Miguel Delibes
oídos, dejándose bañar su manojo de plumas por los
primeros rayos de sol del nuevo día...
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XI
Mi total restablecimiento fue cosa de poco tiempo.
Paulatinamente fueron volviéndome las fuerzas, recuperándose todo mi ser,
sintiéndome nuevamente maduro para el dolor. Me atendía el médico del pueblo,
un practicón campechanote y afable que trató mi caso desde el primer día con
análogos remedios que si fuera una señora presa de un ataque de histerismo. Sin
embargo, tengo para mí que mi restablecimiento se hubiese consumado igual
prescindiendo de las atenciones de aquel galeno rural que, con suicida filosofía,
nos diseñaba diariamente, y con una atención muy relativa por la dignidad de su
clase, la inutilidad de la ciencia ante la muerte.
-Cuando la parca viene de veras, el médico sobra;
si no viene de veras, el enfermo, sin más que un poco de paciencia, sana solo.
Nos reímos de su postura, aunque quizás en el fondo
todos comprendiéramos con lástima que no existe en el mundo nada tan lamentable
como un hombre desprestigiándose a sí mismo y a su clase.
Así y todo, repito, mi caso no era a estas alturas
de los que precisan el concurso de la ciencia para solucionarse. Yo necesitaba
únicamente aire y serenidad. Ambas cosas las tenía allí al alcance de la mano
con una abundancia sin límites. Por las mañanas me tumbaba en una hamaca,
situada en la zona más sombría del jardín, y allí leía o miraba los árboles u
observaba distraídamente el juego de los niños. Cualquiera de estas cosas me
hacia mucho bien.
Y fue en estos días, alternando la contemplación de
los niños y los árboles, cuando me cercioré de la innegable relación existente
entre los hombres y los árboles; entre el aspecto externo de los árboles y la
conformación del alma de los hombres.
Una mañana, mientras leía, llamó mi atención el
parloteo incesante de la chiquillería. Los hijos de Luis organizaban su juego
con otros niños de los hoteles vecinos. El más pequeño de los hijos de mi amigo
quería terciar en el juego de los mayores, impulsado por esa difusa sospecha de
que cuando los mayores, que tienen más experiencia, se divierten así, será
porque la cosa es mucho más divertida que cualquier otra que pudiera
ocurrírsele a él. La posición de los más crecidos se hizo terminante y el niño
quedó postergado, torciendo la boca en una fea mueca que presagiaba una rabieta
inminente.
En este nimio detalle vi reflejarse toda mi vida.
El juego de los hombres era muy semejante al de los niños. Nuestros problemas
eran proporcionalmente de la misma magnitud que los que poblaban aquellas
cabezas, ninguna de más de diez años. Yo en la vida había sufrido la misma
postergación que el pequeño de Luis. No se me dio participación en el juego de
la existencia y mi única distracción fue la de contemplar la diversión de los
demás sin entenderla, pero presintiendo que, cuando la mayoría lo hacia así, el
que estaba equivocado era yo y nadie más que yo, que era quien quebrantaba
aquella armonía.
Ya más próxima la hora de comer, se sentaban junto
a mí Luis, su mujer y las más de las veces la madre de ésta. Ellos formaban el
núcleo de una familia encantadora. Tan espontánea y fluida era su amabilidad
que yo no me preocupaba de que mi presencia allí pudiera resultar gravosa o
molesta. Todo en ellos era natural y sincero. Se encontraban a gusto con mi
visita, al menos con esa satisfacción que producen las cosas hechas con
intención de obrar bien. Todo les parecía poco e incluso el haber
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
posibilitado y activado mi resurrección lo tomaban
como una menudencia de la menor gratitud.
En aquellos últimos días de mi permanencia allí
todo su interés se centraba en arrancarme la promesa de que volvería.
-Pero siempre que le apetezca a usted, con la misma
libertad que hubiera usado con los suyos.
Éste era el remate con que doña Sole, después de
haber orientado la trompetilla en todas las direcciones y percatada a medias de
la cuestión que se ventilaba, cerraba siempre los ofrecimientos de sus hijos.
Una de aquellas tardes, repuesto ya, salí con Luis,
paseando por las cercanías. Hacia un día tibio con algunas nubes blancas,
aparentemente inmóviles, empotradas en el azul del cielo. Advertí que Luis me
apartaba de la casa para pulsarme interiormente.
-Y qué -me dijo cuando estuvimos lejos-, ¿ha tenido
tiempo de ver quién de los dos está equivocado?
-No hay equivocación por ninguna parte.
-O error. Ante la verdad no caben dos posturas
antagónicas. Si una es cierta, la otra, su antagonista, forzosamente tendrá que
ser falsa.
-Desde su lado mi postura supone un error; la suya,
desde el mío, supone igualmente una equivocación. Pero si ambos somos
consecuentes con nuestra sombra interior, los dos estamos en la razón; en
nuestra razón respectiva, naturalmente.
Hizo un ademán resignado.
-Bien... es usted un individuo recalcitrante.
-Tal vez.
-Pero, vamos a ver...
Bolea se había medio sentado en el pretil de un
rústico puentecillo y se volvía a mí con renovadas esperanzas:
Yo sólo voy a pedirle una cosa. Medite usted sobre
el proceso evolutivo de esa obsesión que le turba. Usted no nació así. Quizá
naciese con una tendencia al pesimismo que luego, mediante un proceso que
desconozco, fue acentuándose hasta dejarle en el estado que hoy está... -cruzó
una pierna sobre otra y continuó con vehemencia-: Deseo que usted reconstruya
su vida tal como hubiese sido de no interponerse esas causas que le imprimieron
la orientación que hoy tiene. Sea sincero consigo mismo. Una vez que alcance
ese punto, compárele con su estado actual y saque las consecuencias lógicas...
Sonreí.
-Está bien.
-Pero apure el proceso hasta el último extremo,
hasta la última consecuencia...
Se levantó del pretil y se palmoteó los pantalones
manchados de polvo...
-Está bien.
-Y le prometo que con esto no volveré a meterme en
lo que no me importa. Usted se queda con las conclusiones que obtenga y obra en
consecuencia.
Volví a sonreírme.
-Bueno --siguió Bolea-, yo me voy hasta el pueblo
de al lado dando un paseo; dentro de una hora podemos encontrarnos aquí. Mire,
le recomiendo como lugar ideal
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
para una buena meditación aquella arboleda. La
llaman la Castañera, no sé por qué; pero es un buen sitio, se lo aseguro.
Me hizo una seña de despedida y se separó de mí,
golpeando alternativamente a cada paso con la picona que portaba en la mano
derecha las puntas de sus zapatos. Yo me quedé un rato indeciso. Al fin tomé la
desviación del camino en dirección a la Castañera.
Penetré en la espesura por un senderillo derecho y
empinado. En realidad sería difícil precisar por qué denominaban a estos
bosques la Castañera. Allí hay árboles de cien especies distintas, con un
verdor abigarrado y explosivo. Junto al castaño alzan su recubierta anatomía el
arce y el nogal, el olmo y el abedul; aparte de un frondoso eucalipto que se
yergue magnífico, como presidiendo el verde concilio. Es agreste y salvaje el
lugar. Los arbustos, los helechos, el hiriente acebo me dificultan extraordinariamente
la marcha agarrándose a mis piernas. He penetrado finalmente, en silencio, sin
ruido. Nadie se ha sorprendido. Tan sólo una rendaja, siempre escamona, ha
escapado veloz con sus plumas azules al viento. Una pareja de ruiseñores me
contempla curiosa desde una rama sin interrumpir el iniciado concierto. Bullen
y trinan al unísono los pequeños habitantes de aquella selva. El ágil
verderoncillo, el armonioso jilguero, el pardo malvís y hasta el pimentonero
microscópico, alzando su cabecita con aires de gran señor, mostrando vanidoso
la roja mancha de su plumaje. En su desacompasada melodía hay un no sé qué de
armonía perfecta.
Inevitablemente me he movido y he hecho ruido. Cada
cual ha tirado por su lado, batiendo difícilmente sus alas entre el enmarañado
ramaje...
El bosque se me presenta cada vez más intrincado.
Las mariposas sorprendidas en su siesta se desperezan al aire, evidenciando su
policromía vistosa; el saltaprados estira sus largas zancas y brinca lejos de
mí: mosconean, monótonos, los abejorros en todas partes.
Discurre a mi lado el agua cristalina de un pequeño
regato. De trecho en trecho se esconde entre la maleza para reaparecer más
tarde custodiado por dos hileras de rígidos juncos.
El senderillo se va borrando por momentos a mis
pies. Al apartar un arbusto he quedado sorprendido, ensimismado por la belleza
del lugar. En fuerte contraste con el laberinto de ramas y espinos, de matas y
arbustos pasados, se abre aquí la dulce apacibilidad de una braña pequeña,
verde, casi redonda, aislada de la maraña del bosque circundante por una
poderosa frontera de nogales y castaños. Así se me ha presentado: de improviso,
lisa, llana, sin obstáculo... Se ensancha el arroyuelo al caer de una leve cascada,
convirtiéndose de súbito en un tranquilo remanso, que más allá se estrecha
nuevamente para escapar al fin por el extremo opuesto forzando un ancho muro de
sauces, alisos, juncos y llorones.
Tres o cuatro ranas han dejado de croar y se
zambullen estrepitosamente en el agua. Un tordo azabache bebe en la orilla,
volviendo la cabeza desconfiado en todas direcciones. Los copudos árboles dejan
sumida a la braña en una sombra casi perpetua. Tan sólo una hebra de sol se
filtra por ellos y reverbera en el agua, lanzando al compás del oscilar de las
hojas frecuentes guiños. Los amarillos botones de la manzanilla salpican el
prado en cantidad infinita, turnando sus llamativos colores en el de las desapercibidas
campanillas.
Al pisar aquella braña recoleta, llena de vida,
experimenté un gran sosiego. Algo así como el placer que se experimenta al
zambullir la cabeza aturullada de ideas en un recipiente de agua fría. Hubiera
deseado descubrirla antes para no haber dejado pasar un solo día sin hacerle
una visita... Me senté sobre la verde alfombra, recostándome
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
en un codo. Una hormiga ascendía por el tallo de
una manzanilla. Pensé que quizás el animalito precisara medicinarse, aunque de
no comer hierba resultaba difícil pensar en este lugar en una indigestión, pero
no debía dé buscar esto, porque antes de llegar a los pétalos cambió de
dirección y comenzó a descender. «Una indecisa -pensé-. Y no me gustan las
indecisas...» La di un papirotazo y el animal se perdió entre las briznas de
hierba del suelo. Miré a mi alrededor. Verdaderamente era éste un sitio excelente
para meditar. «Mahoma, de haber meditado aquí -pensé- no hubiera prohibido a
los suyos el vino ni la carne de cerdo. Esas prohibiciones surgían, sin duda,
de una meditación desarrollada sobre un cerro árido y pelado.» Luis me había
dicho que meditase aquí; que meditase sobre mi proceso psíquico que era algo
así, en relación con el alma, como el historial médico para el cuerpo.
Medito...
«Soy así, veo así, siento así, porque un día,
cuando mi alma era aún virgen, me dijeron: "Sé así, porque la vida es de
esta manera". Y yo, que carecía de criterio propio, vi la vida como me
dijeron que era; y fui y obré en consecuencia con esta manera de estimar la
vida... Por descontado que yo era un espíritu hipersensible y asimilé esta
lección pesimista porque se adaptaba a mi manera de ser no manifestada todavía.
Después vino la corroboración de la vida misma con una lección práctica: la muerte
de Alfredo. Entonces mi temperamento abandonó su estado latente y comenzó a
desarrollarse. A desarrollarse en consonancia perfecta con las antiguas
teorías. La vida era perder y para no perder deberíamos prescindir de ganar
antes. Aquí estaba determinado el ritmo de mi conducta a lo largo de la vida.
Luego la guerra. El mundo mutilado e indiferente ante la muerte. Un hecho
inexplicable que terminaba por demostrarme que el mundo y yo no congeniábamos
de ninguna manera... Sí, pero todo arrancaba de la influencia primera del señor
Lesmes. Ahora le configuraba como un envenenador. Me chocó verme de nuevo
pensando mal del señor Lesmes... Pero ¿tenía yo en realidad algo que censurarle
o que agradecerle? ¿Qué le debía yo? ¿Prefería ser como era o hubiese preferido
ser un indolente, un ciego, como los que militaban en la fila de enfrente...?
Bueno, y borrando al señor Lesmes de mi vida, ¿qué restaría de mi consistente
temperamento actual? ¿Hubiera formado en este caso junto a los indolentes y los
ciegos? ¿Y podía estimar indolente y ciego a un Luis Bolea, por ejemplo? ¿No
estaría la verdad en un punto medio, entre el mundo indiferente y mi yo
excesivamente subjetivo y apasionado? Bolea podía ver que no había forma de
establecer un paralelo entre lo que somos y lo que pudimos haber sido. Todo se
resolvía en un complejo nudo de interrogantes sin respuesta posible. No había
base fija de partida y, consecuentemente, las dudas y bifurcaciones surgían ya
en el origen mismo, multiplicándose después... Sólo existía un punto irrebatible,
actual, aunque su proceso y evolución hubiese sido inconstante, dudoso y
movedizo: yo era ya de una manera y resultarían estériles los esfuerzos para
darme la vuelta basándose en lo que pude ser. Quitando un eslabón a mi cadena
vital y añadiéndole otro postizo no se conseguiría modificar la forma ni la
resistencia de la cadena. Todo lo demás caía por su base. ¿No era toda mi
historia una pura incógnita, una interrogación, una duda? Bolea no se daba
cuenta de lo que pedía al decirme que del paralelo extrajera hasta la última
consecuencia lógica. ¿Es que era lógico el paralelo? ¿Había siquiera en él un
punto de lógica, o tan siquiera de posibilidad? Yo rotundamente era así, como
era, y ante mí se abrían dos caminos: tomar o abstenerse. Bolea era partidario
de que tomase; yo de abstenerme. Y racionalmente todo concluía ahí. No era
posible ir más lejos...»
Me abstraje contemplando la suave corriente del
regato que besaba al pasar los pies de los sauces de las riberas. El tordo
intentó bajar a beber, pero desechó su primitiva idea al ver que el turista
proseguía descansando sobre la hierba. Croó una rana a tres metros, corriente
abajo. Las copas de los árboles hacían ruido al dejar pasar el viento por sus
intersticios. El clima de la tarde era templado. Advertí un punzante hormigueo
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
en la mano. El brazo se me había dormido de
soportar el peso de mi cuerpo. Me tumbé del todo y estiré mis dos brazos hacia
el cielo. En este momento tuve la sensación de que mi cuerpo entraba en
decadencia, de que mi vida había iniciado la curva de su descenso. Se me escapó
un gruñido seco. La majestad de los árboles a mi lado incrementaba mi impresión
de insignificancia. «Si en vez de estar tumbado aquí lo estuviera un metro por
debajo de la hierba que aplasta mi cuerpo sería que estaba muerto. ¡Qué confortadora
impresión permanecer así eternamente!» La copa de un árbol tornó a distraerme
de mis reflexiones. «Los árboles son unos buenos compañeros. Tienen la ventaja
sobre los hombres de que no hablan tan alto. A veces, sólo a veces, susurran.»
Recordé la frase de Julián Royo en sus buenos tiempos de nómada: «Los hombres
crecen donde los plantan, como los árboles». Julián Royo era un furibundo
determinista. Pero tenía razón. En su frase tal vez hubiese un átomo de verdad.
Pero sólo un átomo. Por lo demás su frase era incierta... Me fijé en el árbol,
que nuevamente susurraba desde la altura. Era un buen ejemplar de castaño. Sus
dos primeras ramas ascendían hacia el cielo rectas y perfectamente torneadas.
«Como los brazos de Jane», me dije. Y sentí la viva impresión de que Jane
permanecía a mi lado. «Así y todo hay que dejarla; a pesar de sus antebrazos.»
Comprendí súbitamente que mi salud renacía a pesar de haber iniciado mi cuerpo
la curva de la decadencia. «¡Qué facultad tan extraña ésta mía! -pensé-; un día,
muy atrás, percibí que empezaba a usar de la razón, hoy aprecio con una nitidez
diáfana que camino hacia mi ocaso físico.» Se escapó de mis labios otro
gruñido, como una involuntaria protesta. ¡Qué le íbamos a hacer! Además, lo
mejor es acabar pronto cuando se camina sin método, con una ausencia total de
sistemática y de fin inmediato...
Por primera vez había cogido el gusto a la soledad.
¡Cuánto ayuda la soledad a poner en orden la cabeza! Ahora me percataba de
dónde estaban las raíces de mi enrevesada psicología. Todo lo malo que dentro
de mí portaba residía en la cabeza, dentro de ella. Empecé a torcerme el día
que comencé a usar de la razón; mis torturas cerebrales se intensificaron en la
hora en que dejé de usar de la razón para empezar a abusar de ella. Pero,
claro, esto no tenía ningún arreglo. A pesar de los evidentes progresos de la
cirugía. Aunque tal vez extirpando un pedacito de cerebro...
Se iba haciendo tarde. Bolea me esperaría ya en el
rústico y pintoresco puente con su acitara de troncos de árbol. Me enderecé y
suspiré casi simultáneamente. Esto se acaba. Como todo. Todo se acaba y en
seguida. Pero, ¡qué diantre!, también había que dar lugar a las ranas y los
tordos suspicaces para que disfrutasen de este paraíso. Una pena no haberlo
descubierto antes. Pasado mañana todo esto se habría acabado. Otra vez el
Antracita, Providencia y... basta.
Me costó hallar el sendero entre la tupida maleza
que se apretaba a mis pies. Las aguas del regato se deshacían en espuma al
atravesar la ligera cascada. De nuevo el alboroto de los pájaros interrumpidos
en su intensa soledad. Una soledad envuelta en el eco de mil gorjeos
simultáneos... Apreté el paso. Luis me esperaría ya recostado en la acitara del
rústico puentecillo. Me agradaba pensar que ya nunca me pediría explicaciones.
Aunque confieso que sus conatos por romper mi indiferencia me producían una secreta
satisfacción. Pero de momento prefería no tener que rendirle cuentas sobre las
consecuencias deducidas del paralelo entre mi ser real y la probabilidad de
haber sido...
Al salir de la espesura me sorprendió la intensidad
de luz que aún conservaba el día. Vi desde lejos a mi amigo sentado en el borde
del puentecillo y le hice señas. Él me respondió con un ademán semejante.
Cuando nos juntamos tomamos el camino de la casa, hablándome él de cosas
indiferentes.
157
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XII
La última tarde salí con la suegra de Luis a dar un
paseo. Había llovido durante todo el día y la tregua de sol que se abrió en el
cielo después de la merienda la aprovechamos para estirar las piernas. Un
viento norte, muy fresco, barría la frondosa maleza de uno de los lados de la
carretera y secaba el asfalto, barnizado por la lluvia, con excepción de los
baches que formaban acá y allá minúsculos lagos de agua sucia. Las nubes negras
cabalgaban ligeras por el cielo que, de trecho en trecho, se ofrecía a nuestra
vista con su tono azul natural. Lucían los prados su verde charolado, más
matizado que de costumbre, y a lo lejos se veía alguna montaña alta coronada
por un desgarrón de niebla.
Doña Sole no temía a la lluvia fina ni al frío.
Salió de casa con su habitual indumentaria sin otro socorro que una capita
negra, de punto, que soportaban sus hombros huesudos. Su cachavita, también
negra, la acompañó en este paseo. Se apoyaba en ella a cada paso, lo que hacía
que nuestro caminar fuese lento y solemne como el de un desfile procesional.
Recuerdo que me extrañó su invitación a salir con
ella. Jamás habíamos hablado a solas, supongo que por la imposibilidad material
de darle a conocer un pensamiento propio sin que se enterasen todos cuantos nos
rodeaban. A doña Sole además de la trompetilla era necesario hablarla a gritos
para que entendiese. Por eso extrañé su manifestación inicial:
-Pedro -me dijo-,deseo hablar con usted.
Le sonreí corno único medio de expresar mi
aquiescencia. Cuando siguiéndola salimos a la carretera añadió:
-¿Le parece que demos una vueltecita?
Volví a sonreír para mostrarla de nuevo mi
conformidad.
Así se inició el paseo aquella tarde. Los primeros
diez minutos de camino los hicimos en silencio. Ninguno de los dos hablaba. De
cuando en cuando doña Sole se detenía para retirar de la carretera,
empujándoles con su cachavita negra, algún cristal o alguna piedra de gran
tamaño. «En detalles tan nimios como éste se conoce a las personas», pensé; y
luego me entretuve meditando si alguna vez en mi vida me había guiado este
instinto de caridad hacia mis semejantes.. Comprendí que no y me avergoncé de
ello. Cada vez que la viejecita se detuvo después a lo largo de nuestro paseo,
sentí una especie de censura interior que me sobrecogía.
AL doblar una revuelta que a pocos pasos de la casa
hacía la carretera, doña Sole se detuvo, y en esta ocasión no para apartar una
piedra.
-Pedro -volvió a decirme-, deseaba hablar con usted
a solas; ésta es la razón de este secuestro -y rió todo lo vigorosamente que la
permitían sus escasas fuerzas.
Yo reí, también, pensando si querría decir que iba
a hablarme sin testigos de ninguna especie. Por tercera vez le sonreí para
indicar que la escuchaba. Después de una corta pausa añadió:
-Desde luego, este mundo no se ha hecho para gozar.
En esto tiene usted razón. El goce es vida de otro mundo que hay que merecer
sufriendo en éste.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Caían sus palabras pausadas e ingrávidas sobre mi
pecho con la misma suavidad que caen del cielo los copos de nieve. También sus
palabras eran blancas como sus canas, y pensé que aquella mujer iba a regalarme
con un copioso maná de experiencia.
Después de otra pausa prosiguió:
-También yo sufrí en mi vida como usted y nunca
pretendí orillar este suplicio violentando la voluntad de Dios. Pensé que sus
designios se cumplen cabalmente entre los humanos y que es necio tratar de
apartarlos por la fuerza. Hay una verdad sobre todas que se nos impone con
carácter de fatalidad: Dios. Por eso, lo que viene de Él ha de aceptarse con
sumisión, porque somos sus criaturas. Hacer otra cosa supondría engañar nuestro
orgullo hasta autodeificarnos.
Volvió doña Sole a detenerse en su camino y en su
discurso. Tan medidas eran sus palabras que casi no mentiría al decir que más
allá de sus canas veía agitarse y funcionar la perfecta máquina de su cerebro.
Veía las ideas en un espantoso desorden en la zona más alta de su cabeza.
Luego, estas ideas pasaban goteando, una a una, por una criba tupida a una
segunda cavidad, de donde después de escogidas y seleccionadas llegaban a su
boca que las expresaba.
Todo está regido por un perfecto equilibrio
-continuó-. La naturaleza, las plantas, los animales, el hombre, toman y dan
con una armoniosa ponderación. junto a las altas montañas ve usted siempre los
valles profundos; a la frescura lozana de la primavera sucede la yerta
esterilidad del invierno; al lado del capullo están siempre las espinas; las
épocas de abundancia son coronadas por épocas de escasez; la guerra sigue a la
paz y la paz a la guerra, formando unos estratos semejantes a los del suelo...
Ésta es la ley del contraste que rige el mundo. Pero al mismo tiempo es la
razón de que todo, todo, tenga su sentido en el universo.
Doña Sole hizo otra breve pausa y prosiguió:
-Pero este equilibrio, esta alternación de lo bueno
y lo malo, no puede bastar para enfangarnos en el pesimismo. El pesimismo sólo
nos deja ver las espinas en los rosales, la muerte en el hombre, la carne en el
amor. Alimentados de pesimismo no vivimos la vida, la sufrirnos. Todo lo malo
de la vida se agiganta para el pesimista, y, además, lo bueno lo hace malo,
precisamente porque de todo escoge su fachada negativa. Y aquí está el error;
la contradicción con Dios; la contradicción con nosotros mismos. Cuando la vida
es amarga, hay que suavizarla con la representación de un Gólgota, y cuando es
dulce, mitigar sus dulzuras pensando que otros sufren por lo que nosotros no
sufrimos. Siempre tendiendo al equilibrio, que es el camino de la verdad.
Tornó a callar doña Sole, y de nuevo seguí a través
de su cabello aquella delicada selección de ideas que tenía lugar en su
cerebro. Sus palabras afluían en mi alma con la misma suavidad que las
pronunciaba. No me arañaban como las palabras de los demás hombres y gustaba de
dejar por una vez que alguien me acariciase el corazón. Me parecía que al igual
que el impulsivo río de montaña que caminaba a nuestra izquierda en dirección
contraria a nosotros, mi ser, después de golpearse contra las rocas y discurrir
en alborotada corriente, entraba en un remanso apacible de serenidad y paz.
Doña Sole, luego de tomar aliento, añadió:
-Por eso es necio atentar contra ese equilibrio
preestablecido. Dios no envía nunca más de lo que el hombre puede soportar. Y
el hombre no debe buscar más de lo que Dios le envía. Es terrible, créame,
Pedro, un espíritu atormentado; un espíritu que se adelanta a su momento y
piensa en la noche cuando es de día y se reboza de antemano en la angustia de
la obscuridad. Frente al sol se ha de buscar la sombra y la luz en las
tinieblas. Pero ¿por qué buscar las tinieblas en el día y en la noche?
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
»Yo tuve una época de un cruel martirio espiritual.
Me invadieron los escrúpulos de conciencia. Me sentía responsable de cuantos
desastres ocurrían a mi alrededor. Siempre, en última instancia, veta mi mano
pecadora moviendo el mecanismo de los pecados ajenos. Un consejo sincero me
permitió escapar de este tormento. « Obra -me dijeron- como tu conciencia te
ordene y aunque involuntariamente vayas sembrando de cadáveres las cuentas del
camino de tu vida, cuando llegues a Dios podrás decirle serenamente: "Señor,
yo no he matado". Y acto seguido: "Tampoco he mentido, Señor".
Hubo una pausa.
-Su caso, Pedro, aunque a usted le parezca lo
contrario, es muy semejante. Las sombras provienen de fuente distinta, pero es
del mismo género el sufrimiento. Y tampoco el suyo cuenta con el beneplácito de
Dios. La vida debe vivirse serenamente. No deben previvirse las amarguras que
nos impiden vivir con serenidad. Y cuando estas amarguras lleguen, soportarlas
con estoicismo sabiendo que alguien sufre más y con mayor resignación que
nosotros.
»Conocí a un hombre -prosiguó- que vivía
alimentando su pesimismo con desdichas que podrían acontecer. Era un enfermo
como usted. «Cómo voy a estar alegre -me decía- si, sobre lo que hoy veo,
vendrá lo que me oculta el mañana.» No hizo caso de recomendaciones ni
consejos. «Si yo pudiera evitarlo -solía confesarme- ¿cree usted que no lo
haría? Pero es que estas negruras se me imponen. No mando en ellas como no
mando en los movimientos de la Tierra. Es como un cáncer cuya maldad actual sé
que va a agravarse mañana.» Varios días le hablé corno hoy estoy haciéndolo con
usted. Le animé a desbancar el prejuicio y a enfocar la vida por su lado
alegre. Según decía, no podía hacerme caso, no por falta de voluntad, sino por
imposibilidad absoluta de utilizar ningún recurso. No quería ver el infeliz que
esta conclusión, esta dejadez ante el posible remedio, era la primera
consecuencia nefasta de su enfermedad. Si hubiera acertado a ver que el primer
paso para su curación estaba en imponerse a aquella supuesta fatalidad, tal vez
se hubiese salvado. Pero el mal fue en aumento. Buscó en la bebida una solución
absurda. Y lo que olvidaba en los efectos supremos de la embriaguez se
recrudecía después en el lánguido decaimiento del retorno a la normalidad. Se
intensificó, naturalmente, su vicio. Bebiendo quería olvidar que bebía. Se daba
cuenta, no obstante, de que éste era el verdadero paso en falso de toda su
existencia. Pero ya no tenía solución. Y todos aquellos presagios que le
amargaran prematuramente iban realizándose uno a uno, a causa, precisamente,
del remedio insensato que él tomara contra ellos cuando no eran más que una
amenaza. Un hijo suyo se extravió con su ejemplo y murió violentamente en una
pendencia. Falleció su mujer, martirizada, y llegó a su hogar la temida ruina.
Todo aquello rebasó su capacidad de aguante y un día se mató disparándose con
una pistola en la cabeza. ¿Cree usted, Pedro, que los reveses de esta vida
hubieran sido tan aparatosos de haberse impuesto este hombre a su fatídica
obsesión? Si este hombre hubiese luchado decididamente contra su prejuicio, su
ejemplo no sería hoy un canto a la desesperación. ¿Le parece que demos la
vuelta?
Doña Sole no hizo pausa entre su relato y esta
pregunta, lo que me autorizó a suponer que daba por concluida su delicada
misión. Dimos la vuelta como deseaba y de propósito buscó ella el lado opuesto
de la carretera para purificarlo con su bastoncito de «elementos nocivos». Casi
no habló nada en todo el trayecto de regreso. Me dejaba rumiar en silencio las
conclusiones de su discurso. Tan sólo recuerdo que al pasar junto a la cerca de
un prado vimos una yegua de pelo lustroso y brillante que amamantaba a un
airoso potro de poco tiempo. Doña Sole se detuvo en su lento caminar y apuntó
cuidadosamente con su cachavita en dirección a la yegua y su vástago.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Desengáñese, Pedro -me dijo-; ésta es la vida.
No habló más. Luego apoyó su bastón otra vez en el
suelo y reanudamos pausadamente el paseo.
Confieso que sus consejos me impresionaron
profundamente. Sabía de quién me hablaba al referirse a «un enfermo como
usted». Fue un hermano de su marido, quien se suicidó después de perder un hijo
violentamente. Lo que no supe hasta ahora fueron las causas de su
determinación.
Mis ojos miraban hacia el infinito. Como siempre,
proyectaba mi vida sobre un porvenir incierto. Sentía a mi lado el pausado
caminar de los pies de doña Sole. Intenté adivinar dónde tomó aquella mujer su
decisión de hablarme al corazón. Y vi, detrás de todo ello, la mano de Luis
renunciando a la misión personal y colocando el asunto en otras manos, más
competentes y más experimentadas.
Nuevamente me distrajo el rítmico golpear contra el
asfalto del bastoncito de doña Sole. Se intercalaba entre el arrastrar de sus
pisadas como un verso par sin asonante entre la rima melodiosa de los impares.
Sí, sus andares eran lo mismo que un poema salpicado de versos libres,
huérfanos y desorientados entre las parejas enamoradas de las rimas.
Arriba las nubes volvieron a tapizar el cielo.
Únicamente entre dos montes se resistía semivencido un retazo azul. Le
compadecí porque no tardaría en caer estrangulado. Las montañas altas se
empinaban por encima de la niebla empujadas por un ansia de libertad. Ellas
querían luz y aire como un tísico sediento de anchos horizontes. Y lo buscaban
arriba, por encima de las miserias de unas nubes grises que galopaban con sus
vientres pegados a la tierra. Respiré hondo porque me pareció que también a mí
me presionaba una sensación de asfixia.
Doña Sole siguió caminando sin decir una palabra.
De vez en cuando se detenía para empujar un guijarro con su bastón negro.
Cuando salvamos la última revuelta del camino y
reapareció la casa, el pecho de doña Sole reventó en un suspiro. Después
añadió:
-Prométame, hijo, que meditará sobre cuanto le he
dicho. Nada perderá con ello, se lo aseguro -se pasó la cachava a la izquierda
y me tendió su mano derecha para que la estrechara. En aquel cordial apretón de
manos quedó solemnizada mi promesa.
Cuando aquella noche presentí en mi subconsciencia
que iba ganándome el sueño me di cuenta de que una sensación trepidante y
monótona de verso incompleto me arrullaba. Era el andar de la viejecita, roto
en su rima perfecta por el seco taconazo de la negra cachava al golpear contra
el suelo...
Al día siguiente tomé por la mañana el tren de
Santander, clausurando definitivamente mi estancia en aquella casa. Al perderse
de vista el último pañuelo agitándose en la estación me dejé caer meditabundo
sobre mi asiento, pegado a la ventanilla. Reparé entonces en que la temporada
pasada en casa de doña Sole había tenido para mi espíritu las calidades que
pueda encerrar un baño tibio para un cuerpo cansado. Me sentía en ciertos
aspectos como remozado, excitado por un instintivo afán de perfeccionarme, de ser
mejor, para que ellos se convenciesen de que por encima de mi recalcitrante
actitud les concedía aún una cierta influencia sobre mi persona. Medité,
dubitativo, en el extraño paseo dado con doña Sole la tarde anterior. Sin duda
el hecho había sido organizado por Luis, siempre en la brecha, dispuesto a no
ceder cualesquiera que fuesen las dificultades. Me sonreí interiormente
recordando que dos días antes me prometiera no volver a injerirse en las
cuestiones que no le importaban. «Después de todo -me dije- él no ha insistido;
la que ha insistido ha sido su suegra.» Y me quedé tan satisfecho pensando que
Luis sabía ser fiel y leal a su palabra ....
161
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Pronto me vi envuelto otra vez en la actividad del
Antracita, y a la semana escasa de mi reincorporación recibí orden de mi
naviero de tenerlo todo listo para zarpar a la mayor brevedad. De nuevo me
hallaba encerrado en esa línea sin fin que es la vida individual de casi todos
los humanos.
A los cinco días partimos hacia Providencia.
Mediado el viaje el contramaestre me llamó; se asomaba por la amura de
estribor:
-Observe, capitán, esas olas... esas olas son las
mismas que vimos en el viaje anterior. Las he conocido por la cresta...
Y comenzó a reírse con unos aspavientos tan
desorbitados como sus carcajadas.
-Lo mejor que le puede suceder a un hombre es
creerse ingenioso... -me dijo Bolea al oído cuando el contramaestre se alejaba
congestionado de risa.
Yo me quedé en suspenso, despistado, sin ver claro
lo que en mi derredor acontecía.
Y aún le oí reír a Benito otra vez cuando descendía
torpemente hacia los sollados por la escotilla de popa...
162
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XIII
Si yo después de la temporada pasada en casa de los
Bolea, hubiese tenido la oportunidad de sondearme, tal vez hubiese apreciado
que algo definitivo se había mudado en mí. Pero como desde muchos años atrás
tenía el convencimiento de mi inalterabilidad, no juzgué pertinente un nuevo
examen de la firmeza de mis principios fundamentales, persuadido de que
proseguirían sólidos e inalterables como siempre. Sin embargo, insisto en que,
de haberme sondeado entonces, me hubiese percatado de que mi resolución, no obstante
ser aparentemente la misma, se hallaba minada por dentro. Mi decisión, a estas
alturas de la vida -más tarde me convencí de ello -, estaba ya muy debilitada,
perdida quizá su esencia íntima en aras de una apariencia resoluta, invariable
y firme.
Al regresar por segunda vez a Providencia después
de haber conocido a Jane, tenía yo la sensación subconsciente de que un nuevo
encuentro con ella significaría el fracaso de toda mi teoría forjada a costa de
muchos años de sacrificios y renunciaciones.
Yo en aquellos días gozaba engañándome a mí mismo.
«Jamás volveré a verla-me decía-, ni a recordarla, ni a dejarme envolver en su
suave y peligrosa nostalgia.» Pero mientras pretendía que esta norma fuese mi
guía, allá, en el fondo de mi ser, me sentía estremecido de añoranzas, lleno de
la nueva experiencia de que el dolor termina allá donde comienza la nostalgia.
Instintivamente deseaba encontrarla, aunque me
cuidase muy bien de manifestarme libremente este deseo. Me encubría a mí mismo
mis propias ansias, mis supremas aspiraciones. « Si nuevamente se cruza en mi
camino -me susurraba en el secreto de mis velados afanes- será que Dios lo
tiene dispuesto así, y como diría doña Sole, es arriesgado contravenir sus
disposiciones.»
En este estado de ánimo arribé de nuevo a
Providencia. Me sentí rejuvenecido al solo pensamiento de que ambos
respirábamos el mismo aire y estábamos expuestos al vaivén de unos mismos
acontecimientos. «A los dos nos roza ahora la misma onda de la vida -pensaba-.
Si es verdad que en el mundo existe una impalpable comunicación de los
espíritus, ella estará presintiendo a estas horas mi cercana proximidad.» Y el
corazón se me aceleraba de una manera espontánea, eléctrica, casi dolorosa. En
tanto me decía hipócritamente, para acallar mis ocultos y locos deseos: «Una
vez más tendré que marchar sin verla, sin oírla, sin sentirla...
despegándomela, apartándola, rechazándola de mí...».
La noche del tercer día de nuestra llegada asistí
al concierto de una orquesta muy afamada. Acudí con el convencimiento de que
las aristas de mis pensamientos se mitigarían con esta expansión. Para mí la
música posee la virtud de crear ese dolor morboso, evocador, de ese género que
se agradece al resucitarlo porque acaricia en vez de morder. Me gustaba pensar
con música al fondo; oír la música sin escucharla, relegándola a un segundo
plano, dejándola actuar únicamente como excitante y motor de los últimos posos
de mis nostalgias.
El teatro estaba lleno, excesivamente caluroso,
como si su recinto hubiera sido utilizado para almacenar las altas temperaturas
estivales. La gente permanecía grave en sus sillones, inmóvil, arrobada,
extática... Únicamente cobraban sus ojos una animación furiosa si algún próximo
vecino estallaba en una tos contenida. Entonces
163
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
todas las miradas en diez localidades a la redonda
convergían en el desgraciado que no había tenido otro remedio que quebrar con
un carraspeo o un estornudo el fragmento más delicado de alguna pieza. Fuera de
esto la música actuó sobre mí como esperaba, excitando mis sueños y fantasías,
removiendo el copioso caudal de mis nostalgias.
Cuando el concierto terminó aguardé pacientemente a
que la sala se desalojara (no he llegado nunca a comprender qué es lo que
ofrece la calle en los cinco minutos siguientes a la terminación de un
espectáculo. La gente se agolpa en las puertas como si se hubiese establecido
un apreciable galardón para los primeros que alcancen la salida. Muchas veces
me he preguntado por qué tiene prisa todo el mundo que asiste a una
representación. Y por qué esa prisa se desata precisamente en el instante de
terminar la obra. Si la obra, por gusto del autor o de los intérpretes, hubiese
durado diez minutos más, la gente no se hubiese enterado de que tenia prisa
hasta diez minutos después del momento en que en realidad la experimentó).
Me levanté de mi asiento cuando la concentración
humana del pasillo fue cediendo en sus apreturas. Entonces vi, cinco filas
detrás de la mía, una pareja más paciente que yo, que no daba la menor muestra
de premura por abandonar el local. Sentí repentinamente una paralización
extraña al fijarme en ella. Era Jane. No me veía, ni me miraba, abstraída al
parecer en una conversación absorbente con su joven acompañante. No sé qué
profunda revolución se iba operando dentro de mí. Me había quedado como
insensible, como si mi cuerpo todo se hubiera detenido en una diástole del
corazón. Al ponerme a su altura interrumpieron la conversación y Jane dirigió
los ojos al pasillo, posándolos en mí. Se intensificó vivamente mi
aturdimiento. Ella dijo «hola» con una afectada indiferencia. No sé si
respondí. Mi primera reacción consciente fue la de huir rápidamente, la de
perderme entre el rebaño humano que me precedía, soslayando aquel encuentro
inesperado y violento.
Creo recordar que al verme en la calle eché a
correr sin una orientación determinada, doblando esquinas y recorriendo calles
con una rapidez diabólica. De pronto me vi en el muelle, paralizado en su
luminosa indiferencia, adormecido y quieto en su descanso nocturno. Aminoré el
paso entonces y respiré profundamente. Tuve la impresión de que era la primera
vez que respiraba desde que saliera del teatro. Me poseía una agitación
convulsiva e incontrolable cuando me detuve al borde del agua. Reverberaban en la
superficie las luces escasas de los barcos atracados. No veía a nadie a mi
alrededor y sentí la tentación de sentarme, dejando a mis piernas tembleteantes
oscilando en el vacío. Me senté al fin sobre el bloque de hormigón, sintiendo a
mi lado la fortaleza de un férreo bolardo. Allí permanecí bastante tiempo,
hasta que noté que el ritmo de mi corazón se recobraba de nuevo. Luego me
incorporé dirigiéndome al Antracita.
Todo dormía en él menos el marinero de guardia, que
me dio las buenas noches al pasar a su lado. Cuando descendía la escalera me
detuve un instante, agarrado con las dos manos al andarivel. Comenzaba a
entrever al fondo de mi cabeza un punto de lucidez, que iba agrandándose
paulatinamente. Dos minutos después me encontraba encerrado en mi camarote,
tendido sin sueño en mi estrecha litera. Forzosamente ahora tendría que volver
a verla. Era ésta la idea que iba cobrando cuerpo en mi interior. No podía renunciar
a verla otra vez, a hablarla y a disculparme. ¿Qué tenía esto de particular?
Luego volveríamos a dejar en suspenso nuestro trato, lo mismo que lo hiciéramos
seis meses antes. ¿Existía algún motivo para privarme de esta inocente
expansión? ¿Por qué iba a acomodarme a verla con otros hombres y renunciar yo
por completo a su anhelada compañía? Esto era necio, absurdo e injustificado.
¿Por qué no podía yo decantar mi amor hasta dejarle en una limpia y sincera
amistad?
164
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Si yo me hubiese examinado interiormente con
sinceridad, tal vez me hubiese sorprendido al reparar en la falsedad de estas
reflexiones. Pero me interesaba más obligarme a creer que poseía todavía los
suficientes arrestos de voluntad para detener mi corazón en el momento que me
conviniese. El proceso de la traición requiere un movimiento paulatino para
parecer menos traición.
A la mañana siguiente llamé a Jane por teléfono y
nos pusimos de acuerdo para encontrarnos ante la entrada principal del parque.
La vi llegar con el mismo gesto alegre de nuestra
primera cita. Nada parecía haber variado, ni por fuera ni por dentro. Cuando un
tanto atropelladamente inicié minutos después mi discurso de disculpa, Jane me
dejó perplejo al asegurarme que ella no se había dado por ofendida nunca. Ante
la estatua de Roger Williams nos detuvimos.
-No querrás decirme que Roger Williams era
baptista, ¿verdad?
Rió ella como en los mejores días.
-¿Por qué no si lo era?
-Prefiero que me hables de ti.
Y habló de ella y me inquirió a mí, y así escapó
aquella mañana en la brevedad intangible de un soplo.
Por la tarde volvimos a vernos. Estuvimos en un
cinematógrafo. Jane a la salida me dijo:
-No me ha gustado la película.
-¿Por qué?
-Termina mal.
-¿Y eso qué importa?
Ya hay bastantes cosas en la vida que terminan mal.
Prefiero que las historias que se inventen nos den siempre un respiro.
A la mañana siguiente Jane y yo estuvimos de nuevo
en el acantilado. El mar de otoño era más bronco y ruidoso que el de la
primavera. Jane miraba intensamente la mar encrespada.
-El mar se impone en otoño.
-Es más gris.
Y más frío... y más implacable. Cuando rompe contra
las rocas toma calidades de turbios presentimientos.
Me estremecí. Luego de una pausa intenté
tranquilizarla:
-El mar empieza a acostumbrarse a sentirse
dominado.
-Pero de vez en cuando nos humilla con alguno de
sus mortales coletazos...
Sacudí la cabeza.
-Me estremece hablar veladamente de la muerte.
-¿La temes?
-Cuando apaga la vida de los que quiero.
-¿Es ése tu secreto?
-Mi peso, tal vez...
Me miró largamente
a los ojos
y alzó su
mano apoyándola en
mi hombro.
Instintivamente incliné la cabeza y la besé en su
suave dorso.
-¿Por qué haces eso? -preguntó ella sin moverse.
165
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-¿Qué sé yo? En la vida hay momentos que escapan a
todo control.
Por la tarde de aquel mismo día volvimos a
encontrarnos. Paseamos por el parque y estuvimos remando en uno de sus lagos
bajo la acariciadora media luz del 'crepúsculo. Después cenamos juntos en un
ruidoso restaurante y nos despedimos hasta el día siguiente.
Al encontrarme solo sentí la tranquilidad de haber
compartido con la persona a quien amaba el secreto de mi vida. Esta entrega de
mi idea fundamental significaba que se abría ante mis ojos la dimensión
atrayente de una etapa nueva, deseable y consoladora. «Ahora todo podría ser
distinto si ella me ayudase a desligarme de mi vieja obsesión, si ella se
empeñase en hacerme ver la vida por su faceta color de rosa», pensaba.
Tres días más tarde retornó el calor a pesar de
estar mediado ya el otoño. Jane me propuso marcharnos a Boston por la mañana y
regresar en el día. Cuando me vi a su lado, sentado en el coche descubierto,
recibiendo en el rostro el beso de la brisa, tuve una conciencia exacta de
dónde están los rincones más acogedores de la existencia. Todo a nuestro
alrededor respiraba armonía y serenidad. Desde el cielo intensamente azul hasta
la tierra parda poblada de verdes matojos y de perennes arboledas, dejaba en el
ánimo una impresión de plácida somnolencia.
De repente me percaté de que los antebrazos de Jane
volvían a aparecer gráciles y desnudos ante mi vista como en la pasada
primavera. Se apoyaban ahora inmóviles sobre el volante negro, torneados y
mórbidos como un eco ponderado de la maravillosa vecina naturaleza. Me quedé
mudo, suspenso en su contemplación hasta que oí su voz a mi lado:
-¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Pude contestarle que ella, sin alterarse, era capaz
de despertar dos opiniones contradictorias en un mismo pecho; pude decirle que
un impulso irreflexivo, que una irreflexión profunda... Pero respondí, en un
tono que me sorprendió a mí mismo:
-Tus brazos.
Me miró de reojo.
-¿Sólo mis brazos?
-Y el movimiento de tus brazos.
Volvió un poco más la cabeza para mirarme.
-¿Lo demás?
-Todo se refleja en el movimiento de tus brazos.
Apenas volvimos a hablar en el corto trayecto hasta
Boston. Al llegar aquí, Jane inició un largo capítulo de compras, inspirada por
esa particular facultad femenina de creer que nada de cuanto se encuentra fuera
existe donde habitualmente se reside.
Almorzamos en un restaurante español, donde aparte
del rótulo apenas si hallé algo que justificase la legitimidad de la
denominación. Cuando iniciamos el regreso caía ya la tarde, disolviéndose en
una pálida penumbra. El automóvil avanzaba raudo a la luz cenicienta del
atardecer. Habíamos levantado la capota y las sombras externas hacían más
intima nuestra vecindad.
Fue en una caprichosa parada de Jane en medio de la
soledad del campo donde todo terminó por derrumbarse. Ella se había vuelto
hacia mí, abiertos sus labios gordezuelos por la iniciación de una sonrisa. Su
voz cálida, sofocante, envolvió mi rostro dejando mi cabeza en blanco. Sólo
percibí en esos minutos su inmediata proximidad y los golpes incesantes de mi
corazón contra la caja de las costillas. Lo poco que de humano restase en mi
pecho brotó incontenible en ese instante. Tomé
166
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
uno de sus antebrazos y lo cubrí de besos
apasionados. Ella me dejó hacer. Sólo cuando levanté de nuevo la cabeza advertí
en sus ojos una expresión indecisa.
-Qué extraño hombre eres -me dijo-; ¿porqué obras
con tan poca consecuencia? Pasé mi brazo por detrás de sus hombros y la atraje
hacia mí. -Perdóname -le dije-, pero te quiero.
Cedió instantáneamente su rígida tensión y su
cabeza se apoyó confiada sobre mi hombro.
-Entonces...
Sentía el suave contacto de su pelo contra mi
mejilla, su anhelante respiración rimando con la mía, estrecharse nuestras
almas, acomodadas al fin en un mismo plano emocional.
-Entonces, si tú quieres, nunca más volveremos a
separarnos.
Se incorporó súbitamente y puso el coche en marcha.
-Lo quiero así, Pedro... Lo estaba deseando.
Oprimió la palanquita de la luz de los faros y la
carretera se iluminó por delante de nosotros.
-No es justo que en adelante sigamos caminando en
las tinieblas.
Aquella noche en Providencia no pensé más que en la
felicidad que se avecinaba. Al entrar en el Antracita me encaminé directamente
a mi camarote. Encima de mi mesa se hallaba la corbeta prisionera. Tomé la
botella en mis manos y salí a la cubierta, descendiendo después hasta tocar el
mar por el portalón de estribor. Así la botella por el cuello y la sumergí toda
ella en el agua. Escaparon de su boca unas sonoras pompas de aire. Mi obsesión
se iba ahogando lentamente. Sentí que estrangulaba entre mis dedos el último
obstáculo que impedía mi felicidad. Tras los angustiosos gorgoteos todo volvió
al silencio; al silencio translúcido, afilado, de una noche de otoño
estrellada. Sólo entonces separé mis dedos y la botella tomó el camino directo
del fondo del mar. Al alcanzar el último tramo de la escalera aprecié que
estaba sudando como si terminase de cometer una muerte violenta. Me pasé el
pañuelo por la frente e inflé mis pulmones, librados del sortilegio, de la
plenitud silente de la noche...
167
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XIV
Contra lo que había temido, los días que siguieron
a mi total rendición fueron de los más tranquilos y apacibles. Mis oscuros
temores, mis sombríos presentimientos, mis presagios infundados, quedaron
postergados de una manera absoluta. Tanto fue así, que llegué a convencerme de
que mi vida anterior había sido una simple pesadilla, remontada gracias a la
providencial aparición de Jane en el decurso de mi nublada historia. Si ahora
evocaba mi pasado en Ávila, la sinuosa envergadura temperamental del señor Lesmes,
o la flébil y amarga experiencia de mi amistad con Alfredo, era para jactarme
de haber sabido superar ese plano de renuncias y entrar en el capítulo de una
nueva existencia más humana y normal.
No me torturaba en estos días la angustia de
sentirme bajo el asfixiante patrocinio de la sombra alargada y negra de un
ciprés. El milagro de una transformación se había obrado y yo imaginaba que lo
mismo que admirase un día en el parque de una ciudad lejana había acontecido
ahora en mi corazón. En aquél admiré cómo habla germinado la semilla de un pino
en la corteza de una palmera. Ahora se exhibía aquello como un fenómeno
vegetal, como una especie de monstruo con dos cabezas o una representación del
rostro bifronte de un dios Jano. Sobre el tronco del ciprés que sombreaba mi
corazón Jane habla depositado igualmente una distinta simiente que había
arraigado y florecido bajo el celo de sus constantes cuidados.
Sentí con esto mitigarse mi temor hacia la muerte
rondadora. Sabía que en el curso del tiempo «uno de los dos habría de enterrar
al otro», pero no desorbitaba esta probable realidad, antes bien, la admitía
como una imposición de las leyes naturales que exigen el desprendimiento, el
desencadenamiento del amor antes de transitar a una nueva vida no terrena.
Habla logrado, en fin, situarme en el plano ecuánime de la relatividad del
dolor apartándome del estéril campo del sacrificio absoluto y de su estremecedora
elaboración cerebral. Mi pasión por Jane había sido como el contrapeso a mi
torcida disposición, a mi equivocada historia, a lo que hasta este momento
había considerado como mi credo de principios fundamentales. Me daba cuenta
ahora de que es un error en la vida guiarse sólo por el cerebro; que en la
vitalidad íntima, como en la externa, como en la del mundo en que nos movemos,
todo debe fundarse en el criterio de la proporción y del equilibrio; que todo
lo que el uso tiene de humano, lo tiene de inhumano el abuso, el exceso y la
desproporción. Habla llegado a topar con esa armoniosa coincidencia de la parte
en el todo, de mi yo en el mundo circundante. Rara vez me asaltaban ya las
inquietantes figuraciones dibujadas por mi imaginación en la pantalla blanca de
un futuro imprevisible. Y si esto me sucedía procuraba conducir esta corriente
morbosa hacia una desembocadura regular y humana, estrictamente acomodaticia.
«Hasta hoy he caminado a oscuras, me decía, porque nadie me enseñó antes a ver
la luz; pero ahora que la conozco no la abandonaré mientras Dios no me lo
exija.» Y rememoraba los consejos de Luis, las palabras de doña Sole, la
espantosa experiencia por ella relatada de la historia de su cuñado. Evocaba,
en una palabra, cuanto en aquellas circunstancias podía ayudarme a pensar que
había obrado bien y a olvidar cuanto de traición a mis más sólidos principios
significaba mi conducta actual.
En realidad era la esperanza de una próxima y
definitiva unión con Jane la que ocupaba casi constantemente mi actividad
cerebral en estos días. Apenas si me daba tiempo para otra cosa. Hablamos
fijado nuestra boda para una semana después a
168
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
partir del viaje a Boston, y los días se sucedían
con una rapidez vertiginosa. Gozaba previendo los efectos de mi decisión en
todos mis conocidos. ¿Qué diría don Mateo? ¿Y doña Gregoria? ¿Y qué la pequeña
Martina? ¡Qué gran alegría experimentaría la buena de doña Sole con la noticia!
Iría a verla personalmente llevando a Jane colgada de mi brazo. Se emocionaría,
sin duda, pensando cuánta parte había tenido ella en mi decisión. ¿Y Jane? ¡Qué
placer disfrutaría Jane desentrañando, detalle a detalle, el contenido
substancial de cada rincón de España! ¡Y qué satisfacción para mí poder
servirle de guía en cincuenta capitales totalmente ignoradas y desconocidas...!
Luis Bolea no se asombró con la noticia. Me asombró
a mí su falta de asombro. Se limitó a sonreírme, diciéndome, con una sonrisa,
que esperaba «esto» desde hacía varios meses. Imagino que por el Antracita
correría también la noticia como-un calambre. Empero nadie me dijo nada, a
excepción del contramaestre, que aprovechó la coyuntura para intercalar uno de
sus rústicos remiendos filosóficos: «Capitán -me dijo-, con lo de usted me
reafirmo en mi idea de que únicamente se casan los hombres que han tratado sólo
con una mujer».
Yo me reía de todo y con todos. Nada me lastimaba.
Me sentía despertar, amanecer a una vida risueña y extensa.
Con Jane viví intensamente las jornadas precursoras
de nuestra boda. Casi no podía creer que en el breve plazo de siete días
estaríamos vinculados el uno al otro indisolublemente. La indisolubilidad, que
para algunos representa la única sombra de su dicha, significaba para mí la más
sólida garantía. Pensar que por encima de sacrificios y desvelos, de venturas y
desventuras, saldría siempre reforzado nuestro amor, me conmovía profundamente,
inundando mi alma, fértil ahora, de un poroso sentimiento de ternura. En
ocasiones, Jane me decía, nublada su frente por una sombra de escepticismo:
-Me parece mentira todo lo que está pasando y lo
que está por venir.
Yo siempre le respondía lo mismo:
-¿Qué más vamos a pedir? Las cosas que parecen
mentira, o son fabulosamente lisonjeras o terriblemente desgraciadas. Una boda
siempre debe ser de las primeras...
Así fue aproximándose el día señalado. La víspera
recibí un cable de mi naviero conminándome a activar mi regreso. Aquello nos
enfrió un tanto. El padre de Jane era partidario de demorar la ceremonia hasta
el siguiente viaje del Antracita a Providencia. Alegaba que puesto que en este
viaje de regreso Jane no podría de ninguna manera acompañarme a España, lo
aplazásemos todo para tres meses después. Pero nosotros no estábamos dispuestos
a renunciar tan pronto a la serie de proyectos que últimamente habíamos forjado,
aunque Jane no pudiera encaminarse a España conmigo, y aunque para nuestra
definitiva reunión hubiésemos de esperar aún el próximo viaje del Antracita a
Providencia. Decidimos, pues, ante todo, casarnos, y que luego viniesen las
cosas al ritmo que quisieran.
Fuera de esto, la víspera de nuestra boda fue un
día más, tranquilo y sin nervios, exento de revuelos, de carreras y de gritos,
Jane hacía su matrimonio sin barullos ni histerismos. Serenamente. Agitado de
impaciencia sólo el corazón.
Aquella noche, antes de cenar, Jane me dijo:
-¿Tienes interés por algún sitio determinado? -¿Para?
-Nuestro viaje...
-Prefiero la tranquilidad.
Sonrió pausadamente:
169
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Entonces coincidimos...
-Siempre me han disgustado los viajes contra
nervios.
-Y a mí; ¿no te importaría ir a una granja en la
falda de los Apalaches?
Oprimí su mano con violencia. Jane se puso en pie,
y así cogidos salimos al jardín. La noche estaba quieta y serena. Del otro lado
del seto ascendía el rumor del mar. A lo lejos el cielo comunicaba el reflejo
de las luces de la ciudad.
-Me gusta asomarme al jardín las noches que
preceden a un día extraordinario.
-¿Para pensar?
-Sí.
-¿Y han sido muchas?
-Siempre que cumplí un año más... y algunas otras
veces.
-¿Qué pensabas?
Tardó un rato en responderme. Luego dijo:
-Hoy estoy pensando una cosa extraordinaria -hizo
una pausa-. ¿Sabes lo que dijo Zoroastro sobre el matrimonio?
-No.
Se aproximó más a mí y me miró a los ojos.
-Dijo: «El matrimonio es un puente que conduce al
Cielo», ¿te gusta? .
-Sí...
-¿Sabes que querría grabarlo a los dos en nuestros
corazones? Apoyó repentinamente su cabeza sobre mi hombro.
-Eso no es posible -murmuré.
Se enderezó de improviso.
-¿Y por qué no en nuestros aros?, poder llevarlo
con nosotros toda una vida; ¿sabes lo que eso significa?
No me dio tiempo a contestar. Me tomó
impulsivamente de la mano arrastrándome dentro de la casa.
Aquella misma noche nuestras alianzas lucían por
dentro la inscripción de Zoroastro: «El matrimonio es un puente que conduce al
Cielo». Y a la mañana siguiente Jane y yo entrábamos juntos por ese puente...
170
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XV
Salimos de Providencia la misma mañana de nuestra
boda. Era un día templado y tibio y el sol acariciaba desde lo alto sin
molestar, con una suavidad infrecuente.
Cuando tomamos la carretera hacia Boston me pareció
que inopinadamente rompía con mi pasado cargado de obscuridades, que se abría
un mundo desconocido para mí, desconectado y roto el nudo de continuidad que le
unta con el resto de mi vida. Me invadió una impresión de confortabilidad
agradable al sentir despeinarse mis cabellos por las rachas de aire que se
cruzaban en el interior del coche abierto. La tibia vecindad de mi mujer me
daba la percepción de un mundo ignorado, lanzado de súbito sobre mí con toda su
cohorte de sensaciones insitas y humanas. Entraba en el terreno de la
racionabilidad, y los neumáticos, al rodar presurosos sobre el asfalto, me
ayudaban a abrir cada vez más la distancia que me separaba del ayer.
Inflé los pulmones con fruición. Las hierbecillas
de los lados de la carretera alternaban su inclinación en consonancia con la
dirección del aire cambiante. A lo lejos, a nuestra izquierda, se erguían, casi
invisibles, las primeras estribaciones de los Apalaches. Todo, en armonioso
conjunto, cantaba a Dios un himno de plenitud.
Mi esposa pareció despertar de pronto.
-¡Ya está todo hecho! -dijo.
Yo le sonreí. Después quedé con una mano en el
volante y rodeé con mi brazo derecho sus fuertes hombros. Ella se inclinó sobre
mí y me brindó una sonrisa.
Pasó una hora. Abandonamos la carretera general y
enfilamos la cinta rojiza de un camino de arcilla a nuestra izquierda. Se
empinaba allí la carretera de manera increíble y el coche jadeó y apuró sus
reservas antes de cambiarle la velocidad. Después sintió el nervio del espolazo
y se lanzó cuesta arriba con la energía del esfuerzo in extremis.
La naturaleza alteró entonces su decoración. Los
arbustos y matojos se cerraban espesos y hoscos a los lados del camino. El tono
de la maleza era verde grisáceo, semejante al color del mar en los días de
tempestad. Olía fuerte a tomillo y los pájaros, más libres y salvajes que en
ningún otro lugar del mundo, levantaban el vuelo lejano con sus agudos pitidos
de sorpresa.
En lo alto de un repecho detuve el automóvil.
Súbitamente me di cuenta de que era esto lo que añoraba confusamente en toda mi
vida. No era el silencio lo que afloraba, era la ausencia de humanidad; esta
soledad sin ruidos monótonos de civilización...
Ahora entendía las inmensas ventajas de amputar un
pasado cuando supone una sombra para el porvenir. Entendía las poderosas
razones de quienes me hablaron en ese sentido y me percataba, más que nada, de
que el hombre, frente a la naturaleza, está más cerca que nunca de Dios.
El perfume del aire me llegaba en oleadas fugaces y
cálidas; breves y cargadas de una fragancia desconocida. Volvía a inflar mis
pulmones cuando Jane se incorporó a mi lado. Sus ojos brillaban cargados de una
misteriosa expresión. Se volvió hacia mí sin mediar entre los dos una palabra y
rozó mis hombros con las yemas de sus dedos. La plenitud del paisaje se
contagiaba a sus ojos. Los vi brillar otra vez en un momento. Luego, cuando
quise volver a darme cuenta de que existía, Jane separaba sus labios ardientes
de los míos.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Al doblar un pronunciado recodo vi brillar a través
del parabrisas la superficie verde de una pequeña meseta. Al fondo una casa
campesina con sus rústicas edificaciones anejas. Era una granjita blanca
rodeada de un primitivo vallado como otras varias con las que nos habíamos
cruzado anteriormente. Al adentrar el coche en el vallado de la granja saltaron
las aves domésticas por todas partes, aturdidas y alborotadas en espantosa
confusión. Al ruido del claxon acudió una mujer indefinida e indefinible en su
expresión atolondrada. Gritó al reconocer a Jane y al descender ésta del coche
la estrujó conmovida contra su pecho opulento. Un hombre apareció detrás. Era
un espléndido hijo del campo, atezado y corpulento, con aspecto de roble joven.
Saludó a Jane y al advertir mi presencia se detuvo un tanto aturullado. Jane me
presentó. Las cejas del hombre se arquearon de sorpresa. Ignoraba que Jane se
hubiese casado.
-¿Y Cristián...? ¿Dónde está Cristián? -preguntó mi
mujer de pronto.
Se nubló la frente del hombre como apabullado por
un mal recuerdo.
-Luego te verá... si es que quiere hablar con
alguien.
La voz del hombre, con su frase de duda colgada,
sabía a reproche.
Atraviesa un mal momento -aclaró-. Se nos ha hecho
un «absentista». Odia al campo; le aborrece. Yo ya le he dicho: volver la
espalda al campo es renegar de tu padre y de tu sangre.
Había una sombra de amargura en su voz. Hablaba con
un tono semejante al que adquiría la voz de un general que tuviese que declarar
ante el tribunal la traición de un hijo. Después se calmó. Pareció despejarse
su tristeza con nuestra presencia y hasta sonrió cuando entramos en la casa.
Ésta era vieja y rústica, con una gran chimenea en
aquella habitación inmensa de la planta baja, donde una gran mesa de nogal en
el centro, rodeada de sillas, aireaba su prestancia. Las vigas próximas a la
chimenea estaban ahumadas en una de sus aristas y unas prendas de vestir de
niños pequeños pendían desmayadas de unos gruesos clavos recubiertos de óxido.
La escalera para ascender al piso superior
arrancaba de uno de los rincones de la habitación. Era una escalera vacilante y
quejumbrosa como una vieja aquejada de achaques indefinidos. Subimos en fila
india, corriendo la conversación de boca en boca, de delante atrás, y de atrás
hacia delante, de la misma manera que si nos pasásemos un pelotón. La mujer
hablaba poco. Pasados los momentos de la llegada inesperada de Jane volvió a
encerrarse en su habitual castillo de soledad. Seguramente pensaría en su hijo,
el «absentista».
Arriba, como si descubriese mi pensamiento, dijo,
dirigiéndose a mí:
-No le extrañe que hablemos poco. En el campo
sirven los brazos y sobran las palabras. Las palabras se quedan para los
hombres de las ciudades, que son los que tienen que «arreglan» el mundo.
Recalcó la palabra «arreglan» como si en su
apreciación el mundo estuviera verdaderamente roto. Existía un dejo de
intención en aquella frase. Una intención velada, sutil, que surgía sin duda de
su profundo escepticismo hacia las posibilidades humanas.
En nuestro cuarto nos dejaron solos. Se lo agradecí
y creo que a mi esposa le pasó lo mismo. Jane me condujo ante la ventana
abierta. La naturaleza entraba bajo su marco pródiga, voluptuosamente,
recogiendo en su nostálgico abrazo de otoño esa multitud de cosas inertes que
no entienden de estaciones. Al pie de nuestra ventana picoteaban las gallinas
ya un poco repuestas de su susto; más lejos se veían hasta una docena de vacas
pastando indolentes sobre la alfombra verde del césped. Un poco más allá se iniciaba
la vegetación de arbustos bajos y apretados como niños unidos por el
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
terror; detrás la arboleda fresca de la falda de la
montaña, y más lejos aún, la informe primera arruga de los Apalaches, repetida
luego por una sombra azulada que quería esconderse entre el infinito.
Unas palomas pasaron junto a la ventana rozando
nuestros rostros. Se abatieron en la corraliza entre las gallinas, y tan súbita
fue su aparición que parecían llovidas del cielo...
Pocos minutos después, despojados de las incómodas
vestimentas del viaje, Jane y yo descendimos hasta el camino e iniciamos un
corto paseo. La arcilla de las roderas estaba endurecida. A un lado y a otro se
apretaba la vegetación superviviente del verano. No se oía el menor ruido
mecánico. Estábamos centrados en un ambiente despintado del siglo, propio de
edades remotas. El sol, en su cenit, parecía pedir a los campos que fuesen
despidiéndose de él, que sólo por favorecerles estaba faltando a su deber meticulosamente
reglamentado por la naturaleza.
Jane se percató en estos momentos de la fugacidad
de nuestra luna de miel.
-¡Qué pronto se pasan dos días! -dijo.
-Tres meses no tardan tampoco demasiado...
Al tiempo lo miden las circunstancias, no los
relojes.
Asentí. Ella insistió con acento melancólico:
-¿Y nuestra vida correrá así toda, en un constante
fluctuar...? -Procuraremos que riada ni nadie pueda volver a separarnos.
Repentinamente recordé algo que había permanecido adormecido detrás de la
agitada actividad de los últimos días.
-¿Cuándo conociste a Luis Bolea?
Al mismo tiempo que a ti.
-¿Le has tratado?
Sonrió con los ojos.
-Poco.
-¿Poco?
-¿He de decirte ya siempre la verdad?
-Sí.
Dio dos pasos más, preparando su respuesta:
-Ha sido mi aliado.
-Ya.
Me apretó el brazo con sus dos manos. Después se
justificó:
-Yo necesitaba un aliado cerca de ti.
La besé en lo más alto de su cabeza.
-Lo creo.
-Entonces, ¿no lo has tomado a mal?
-Si de verdad lo necesitabas...
-Imprescindiblemente.
La tomé por los hombros y continuamos avanzando.
Transcurridos unos minutos añadí:
Ahora habremos de perdonarnos el uno al otro muchas
cosas. -¿Tienes muchos defectos?
-Los corrientes.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Volaron lejos unos cuantos grajos graznando
guturalmente.
-¿Sabes la historia de los grajos? --dijo Jane
evadiéndose.
-No.
-¿No sabes por quién están de luto?
Sonreí.
-Lo ignoro absolutamente.
-Es un cuento muy bonito que me contaron de
pequeña. Por lo visto el grajo padre murió en el Arca de Noé cuando la madre
estaba empollando los huevos. Todos sus hijos fueron póstumos.
-Pobres.
-Es una lástima, ¿verdad?
-Sí, pero ha pasado ya tanto tiempo que éstos
podían ir pensando en ponerse de alivio.
Dimos la vuelta. Los grajos describían un
semicírculo a nuestra derecha. Poco después se posaron a la entrada del monte.
En la granja habían dispuesto ya nuestra comida
sobre un velador colocado debajo de un magnolio gigantesco. Al aproximarnos
volaron de sus ramas dos vistosas oropéndolas. Un niño, con la cara tiznada,
nos miró malhumorado, mostrándonos su tiragomas inútil ya en aquella ocasión.
Era el tercer hijo del matrimonio. Junto a él un rapazuelo de apenas dos años
le brindaba nuevas presuntas víctimas con su lengua de trapo y sus torpes
ademanes. Era el más pequeño de los hermanos. Jane le tomó en sus brazos.
-¿Dónde está Cristián?
El arrapiezo murmuró algo ininteligible y forcejeó
por zafarse de aquellos brazos, con los ojos puestos en el tirador de su
hermano.
-E... e... o... te --dijo.
-¿En el monte?
-Sí...
Jane le dio libertad. Corrió a reunirse con su
hermano y a insistirle tercamente sobre la dirección que había de tomar si
deseaba cobrar algo.
Al atardecer conocí a Cristián. Sólo con verle se
adivinaba que su adecuado soporte físico no era el campo. Ceñudo, arisco,
cerrado, nos costó Dios y ayuda hacerle despegar los labios. Cuando lo
conseguimos no hubiéramos podido seleccionar de entre su limitado vocabulario
una sola palabra amable.
-Qué fácil es a los que no lo soportan animar a los
demás a poblar el campo.
Me era difícil desde mi postura argumentarle con
fundamento y vigor convincente.
-En el campo es donde se ha refugiado lo único de
verdad que aún queda en el mundo.
-Prefiero la ciudad.
-Allí todo es ficticio.
-No importa.
-¿No importa?
-No.
Rechazó el cigarrillo que le tendía, con acre
indignación.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
-Ustedes no saben lo que es el campo. Por eso le
cantan. Pero si hubiesen probado cuánta es su ingratitud pensarían como yo.
-Todo es poco, hijo, si así se consigue conservar
la cabeza equilibrada.
-Si una cosa se hace a la fuerza, adiós el
equilibrio de la cabeza.
-En eso puede que tengas razón.
-En todo. Además, ¿para qué?
-Para qué ¿qué?
A qué tanto trabajar. ¿Por los demás? ¿Qué hacen
los demás por mí?
- Encendí un
cigarrillo para disimular mi ligera turbación. Me humillaba que los que
consideraba inferiores a mí se condoliesen en mi presencia de su precaria
situación. Me sentía yo un poco culpable de las desdichas que lamentaban.
-Todos tenemos que hacer por todos.
-Pero cuando hay detrás una compensación. Y yo,
¿qué compensación tengo? Subir a las fiestas del pueblo dos veces por año. ¿Y
qué? Tener que andar tres leguas para echar tres bailes. ¿Es esto una
compensación?
Desde la chimenea, que habían encendido, sus padres
le miraban atemorizados; el niño pequeño se había quedado dormido contra el
regazo de su madre. El otro meditaba con la cabeza entre las manos seguramente
en el conato de cacería del día siguiente.
Aún insistí. Me daba la impresión que de no decir
yo la última palabra parecía que me doblegaba ante aquel joven rebelde, que el
«absentista» se salía con la suya en su pugilato con el hombre de la ciudad.
-¿Y no es una compensación ver crecer lo nuestro,
verlo progresar, ver que va perfeccionándose todo día a día y hora a hora...?
Cristián hizo un gesto de impaciencia:
-¿Para qué?, dígame, ¿para qué? Qué me importa a mí
levantarme un día a las cinco de la mañana pensando que he doblado las
propiedades que empecé a trabajar treinta años atrás. Dígame, ¿de qué me habrá
valido doblarlas?
Bajé la voz como avergonzándome de antemano por lo
que iba a decir:
-De satisfacción... Al menos de una íntima
satisfacción.
Soltó una carcajada tan potente y dolorosa que
pensé que las vigas del techo habían acusado la impacción.
-Estoy harto de satisfacciones íntimas. ¿Se
conforman todos con satisfacciones íntimas? No, ¿verdad? ¿Por qué había de
conformarme yo? Todos queremos satisfacciones de otra clase. Más materiales si
ustedes quieren, pero de esas satisfacciones que se ven y se tocan.
Se había puesto de pie. Su padre le contemplaba
desde un rincón. Las llamas arrancaban de su tez arrugada y oscura brillos de
cuero elaborado. Inopinadamente se colocó de un salto al lado de su hijo.
-¡Cállate ya, Cristián! Tú irás a la ciudad.
Esperarás a que tu hermano tenga dos años más y entonces te marcharás...
Cedió la tensión del hijo ante el tono tajante del
padre. ¿No había conseguido al fin y al cabo lo que anhelaba? Cristián bajó la
cabeza.
-Hasta mañana, padre.
Comenzó a subir las escaleras. Todo quedó en
silencio, un silencio donde todavía vibraban las ondas de las últimas palabras.
La madre cogió al pequeño entre sus
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
brazos y se despidió. Tenía los ojos brillantes por
la proximidad del fuego. Cuando su figura se perdió en lo alto de la escalera
comencé a notar que mi corazón se aceleraba.
-Vámonos nosotros también -murmuré al oído de Jane,
que había permanecido silenciosa a lo largo de la escena.
Ascendimos los dos. Al cerrar la puerta de nuestro
cuarto sentí bullir la sangre ardiente debajo de la piel de mi cuerpo, como si
mi vida toda se hubiera concentrado de repente en el latido de aquel momento.
-Cristián es un disconforme -dije por decir algo, y
maté la luz.
Jane no contestó. Por la ventana abierta entraba el
soplo fresco de aquella noche de otoño. Parpadeaban en el cielo las estrellas y
las montañas recortadas sobre el firmamento parecían monstruos dormidos.
Como Jane temía, aquellos dos días transcurrieron
demasiado pronto. En la mañana del tercero dispusimos rápidamente nuestras
cosas e iniciamos el regreso a Providencia. La vida de aquellas cuarenta y ocho
horas había sido tan concentrada, tan apretada de íntimas sensaciones, que el
cortar nuestro contacto con la granja se me hacía más doloroso de lo que había
pensado. Jamás imaginé que una cosa pudiera en cuarenta y ocho horas arraigarse
tanto en el corazón de un hombre. Se me antojaban años las horas transcurridas
allí; años felices por el recuerdo múltiple de que iba impregnado; un soplo con
arreglo a la más estricta cronología. De todas maneras el tiempo señalado habla
pasado ya y ahora nos enfrentábamos con una larga y sombra perspectiva,
conforme la opinión de Jane de que el tiempo no estaba en los relojes, sino en
las circunstancias.
Jane, a mi lado, arropadas las piernas en una
ligera manta de viaje, no hablaba. Seguramente prolongaba nuestra breve luna de
miel en su fácil imaginación. ¿Qué pensaría? Tal vez en nuestra primera comida
debajo del brillante magnolio; o en la larga tertulia de la noche anterior
frente a la lumbre crepitante; o en Cristián, el «absentista». O ¿por qué no en
el fatigoso paseo de la tarde última, hasta la cumbre de un alto picacho? ¿No
dijo ella, al ver el mundo desde allí que «la tierra, como los buenos cuadros,
es conveniente verla de lejos»? Sí, seguramente su imaginación estaría en estos
momentos posada en el elevado y abrupto picacho de la tarde antes. Volvería
ahora a despeñar sus ojos por la ladera impresionante para ir fijando en su
retina todos los obstáculos, todos los accidentes, por cuyo lado pasáramos en
el ascenso y que ahora, oteados desde la inmensa atalaya, se convertirían en
ridículos y mezquinos.
El coche devoraba kilómetros inmune a la nostalgia.
Los árboles, a los dos lados de la carretera, me daban la impresión de que
íbamos caminando tras los barrotes de una jaula. Pronto asomaron por delante
las primeras casas de Providencia, las crestas de los edificios más altos
destacando sobre la construcción uniforme de la ciudad.
Apenas nos detuvimos en casa de Jane. Ella me rogó
esperase un instante mientras me preparaba una sorpresa. A poco se presentó con
un magnifico retrato al óleo, suyo, que no había visto hasta entonces.
Me lo tendió jubilosa:
-Toma; yo me quedo, pero él se irá contigo. Te
acompañará mucho durante nuestra separación. ¡Mira...!
With everlasting love... Al pie del cuadro decía
with everlasting love. Nos abrazamos. Entonces reparé que la voz everlasting
encerraba un vago sentido de eternidad. Veía el cuadro por encima de mi esposa,
estrechamente abrazada, y mis ojos, como si no hubiera otra cosa dentro de los
límites de su campo visual, se detenían absortos en la mágica palabra:
everlasting. Era una palabra demasiado
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
inmensa para localizar un sentimiento de este
mundo. Y yo deseaba, más que nada, que ni el sentimiento de Jane ni el mío
salvasen, separados, la frontera eterna. «No empieces con tus estúpidas
rarezas», me dije, y me estreché más contra Jane, como si quisiera fundirnos en
uno. Entonces se borró de mi vista todo objeto externo y sólo sentí a nuestras
almas palpitar al unísono.
Jane me llevó hasta el muelle. Un remolcador se
acercaba ya al Antracita. Dos obreros portuarios me hicieron señas de que
salvara rápidamente la plancha. Jane se lanzó impulsivamente a mis brazos.
Vuelve muy pronto -susurró.
La besé en silencio. Luego eché a correr hacia la
cubierta del Antracita con el cuadro debajo del brazo. Conservo un claro
recuerdo de la actitud de Jane en el muelle durante la larga desatracada del
Antracita. Su mano no dejó de decirme adiós en ningún momento. Pensé que,
¿cuándo un ser tan despreciable y ruin como yo había producido en la historia
del mundo una conmoción semejante en una criatura tan bella? Me consideré único
en la historia de todos los tiempos. Excepcionalmente afortunado, desde luego...
Más tarde, rebasada la ostial, ante el mar inmenso,
sentí en mi dedo anular la presión del matrimonio; presión del apotegma del
viejo Zoroastro. Y supuse que esta sensación debería de ser muy semejante a la
experimentada por un caballo salvaje al ser arreado por primera vez.
177
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XVI
Lo mismo que Jane pensase de la tierra y los buenos
cuadros empecé yo a pensar por esta época de los actos de los hombres. Es
decir, que para verlos en toda su dimensión, ramificados en sus consecuencias,
era preciso observarlos desde lejos, cuanto más mejor. Yo, sólo cuando volví a
encontrarme en España, sujeto a la rueda rutinaria de siempre, me di cuenta del
brusco cambio que en un momento se había operado en la estructura de mi vida.
Aprecié simultáneamente que las grandes revoluciones de la humanidad o en el
interior de los hombres, acaecen en un instante, aunque luego sus bifurcaciones
y efectos se extendieran a veces a lo largo de los años o de los siglos.
A ratos tenía una noción diáfana de la traición
consumada. Comprendía que era ésta la única vez que mi yo se había movido a
impulsos y en el fondo me regodeaba de la mala pasada que le había jugado mi
corazón a mi cerebro. Tampoco trataba nunca de justificarme mi matrimonio.
Aceptaba la realidad consumada. La vida así era corta pero fecunda; desligado
era monótona y terriblemente prolongada. ¿No había, pues, ganado algo?
Con frecuencia mi cabeza intentaba remover las
antiguas ideas que me atormentaban; presentarme, para que los razonara, los
posibles efectos de mi impremeditada acción. Yo la desoía. Prefería mantenerme
en el plano vital elegido y aunque frecuentemente notase en mi dedo anular la
presión de Zoroastro, siempre terminaba por comulgar con él en aquello de que
«el matrimonio es un puente que conduce al Cielo». En estas pasajeras
meditaciones llegué a una radical resolución: mirar la vida hacia delante, sin
dejarme influir por perniciosas reflexiones sobre el pasado.
Me convencí también en estos días de que el
espíritu sólo está en paz cuando el cuerpo está cansado. Quizá por ello y por
moverme azuzado por una inefable esperanza, mi cuerpo no halló reposo en
aquellos tres largos meses. Mi primera idea apenas verme en España, fue la de
visitar a doña Sole para comunicarle de palabra la buena nueva. No obstante, no
pude hacerlo. Doña Sole había marchado a invernar a Sevilla buscando un clima
más benigno para capear la crudeza del invierno. Hube, pues, de conformarme con
escribirle una larga carta, agradeciéndole la influencia que pudiese haber
tenido en la alteración de mi vieja norma. Seguidamente entré de lleno a
trabajarme el asunto de mi destino. No quería en lo sucesivo más mar ni nuevas
fluctuaciones. Ahora el ideal de mí vida se condensaba en arremansar el tiempo
en un hogar tranquilo donde, paso a paso, pudiera ir amontonando recuerdos
familiares que luego rumiaría y digeriría en mi senectud. Me asustó la extraña
facilidad con que se solucionó todo. Mi naviero, después de felicitarme,
encontró mi deseo perfectamente natural y me prometió, aparte de autorizarme a
traer a Jane conmigo en el próximo viaje, un puesto envidiable en las oficinas.
de Santander.
Con relativa frecuencia recibía cartas de Jane.
Ella me escribía todos los días, pero su correspondencia llegaba en montoncitos
de diez o doce cartas que yo seleccionaba minuciosamente por orden de fechas
antes de empezar a leerlas. Sus misivas suponían para mi impaciente soledad un
gran consuelo. En el primer legajo de cartas que recibí me hablaba de la
terrible sensación que se siente al ver despegar un barco de los muelles
llevándose dentro una persona que amamos. «Es - me decía- como si el remolcador
tuviese sujetas las estachas al corazón del que queda y lo fuese
178
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
arrancando de su sitio poco a poco.» A continuación
me hablaba de sus esperanzas y proyectos; de cómo había construido un
calendario con veinticuatro cuadritos blancos en cada día y del placer
confortante que suponía el tachar cada mañana las nueve horas de sueño. «Es un
calendario -me explicaba-, que llevo siempre conmigo y donde quiera me
sorprendan las campanadas de un reloj lo saco para tachar uno de los cuadritos
blancos. Es un placer tan simple y reconfortador que te lo recomiendo con toda
el alma. De esta manera casi ves pasar el tiempo; y un tiempo que sería odioso
normalmente, se transforma así en una cosa simpática porque te permite ir
disfrutando paso a paso del camino que conduce a nuestra reunión definitiva.»
Me animaba en todas sus cartas a que tuviera
paciencia «en estos pocos días que aún restaban». Insistía mucho en ello como
si no confiase demasiado en mí. Sin duda recordaba mi extraño comportamiento
del día de nuestra despedida en el merendero, en aquel tiempo en que mi cabeza
era transparente como el cristal. «Al tiempo lo que le cuesta es empezar a
andar -decía-,pero una vez hecho esto corre con la ligereza de las liebres.»
Y no le faltaba razón a Jane. Lo más costoso fueron
las dos primeras semanas.
Transcurridas éstas, pensé: «Otras cinco etapas
iguales y todo estará vencido».
Y los días comenzaron a desfilar acelerados ante
mis ojos atónitos.
Una vez estabilizado mi destino mi primordial
preocupación fue buscar una casa donde Jane y yo pudiéramos reposar nuestras
vidas. Jane me hablaba de ello en todas sus cartas. Me insistía en que lo
hiciese pronto y le facilitase detalles sobre nuestro hogar. Con este motivo
visité varios pisos desalquilados en la ciudad, sin que ninguno fuese de mi
agrado. Tenla la idea de que el amor para subsistir no precisa sólo de dos
corazones afines, sino de un medio adecuado para desenvolverse. Encontraba las
casas de la ciudad excesivamente sombrías y tristes, con gran abundancia de
espacio pero con escasa luz. Y yo deseaba una casa donde la naturaleza asomase
constantemente su presencia, donde no estuviéramos separados de ella más que
por una transparente barrera de cristales.
Al fin, después de una prolongada búsqueda,
encontré lo que quería en las afueras de la ciudad. Me chocó la minuciosa
adecuación de la realidad de mi deseo. La casa estaba situada en un altozano
verde, orientada la fachada norte hacia el mar y la del sur hacia la montaña.
No era grande, aunque las habitaciones eran bastante espaciosas. Constaba de un
piso y la planta baja, y en derredor un pequeño jardín protegido por una corta
verja de hierro con una puerta de barrotes también frente a la fachada principal.
Cuando abrí esta puerta por primera vez y escuché su quejido lastimero pensé
que muy pronto su voz herrumbrosa me sería familiar e imprescindible para
mantener el tono de mi vida. Una vez examinada la casa cerré el trato
rápidamente, temeroso de que aún pudiese alguien adelantárseme.
Desde allí, apoyado en la repisa de la chimenea,
escribí una larga carta a Jane dándole cuenta de mi hallazgo, detallándole
punto por punto la orientación, cabida y disposición de las habitaciones.
Seguidamente le explicaba la forma y las dimensiones del jardín, la situación
de los pocos árboles y arbustos que en él brotaban, confiándole además la
esperanza de que en primavera, con un poco de cuidado por nuestra parte, se
poblasen los verdes macizos de una profusión de flores detonantes y aromáticas.
En adelante gustaba de ir a pasar las tardes a mi
casita deshabitada. Allí leía las cartas de Jane y allí también solía
contestarlas. Poco a poco iba llenando la casa de muebles y detalles. Tenía en
cuenta para ello los buenos consejos de la mujer de Luis, quien estimaba los
muebles antiguos compensadores desde el punto de vista económico y del
rendimiento. Así un día me presentaba con una butaca de curvas valientes
forrada de terciopelo; otro con dos pequeños veladores restaurados para los
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
dos lados del sofá que había colocado frente a la
chimenea; otro después con una mesa de grueso tablero de nogal para mi
despacho, y así sucesivamente hasta que aquello fue adquiriendo un sentido de
confortabilidad acogedor y progresivo. Un día, hojeando una revista de muebles
americanos, se me ocurrió copiar un costurero para Jane. Una vez terminado
comenzaron a roerme las dudas de si aquello no estaría en contraposición con
las más elementales reglas del buen gusto. Consulté con la mujer de Luis, quien
aseguró que había tenido un verdadero acierto en la elección.
-La verdad es que estoy desorientado en estas cosas
le dije-; cuando pienso en algo siempre lo imagino mejor de lo que luego
resulta.
-Hace usted bien en preocuparse; a veces la
felicidad pende del detalle más insignificante.
En lo sucesivo me esmeré más aún en el
amueblamiento del hogar. A menudo me invadían dudas en lo atañedero a la
colocación de los muebles. «Tal vez sea este sillón junto a esa mesa el que
pueda truncar nuestra dicha -reflexionaba-; coloquémosle al lado de aquella
lámpara de pie.» Y de nuevo ponía la casa patas arriba porque la alteración de
lugar del sillón implicaba un cambio completo del mobiliario.
Con todo, la casa fue naciendo a la habitabilidad
paso a paso. Y una tarde, después de recorrerla detalladamente, me dije, con un
secreto fondo de alegría: «Esto está completo. Ya sólo faltan los inquilinos».
Y experimenté un pausado placer indefinible.
Por estas fechas recibí la felicitación de la
familia Lesmes con un delicado obsequio. Pero debajo de sus líneas, de aparente
cordialidad, se traslucía un sedimento de dolorosas reticencias. El señor
Lesmes añadía a su felicitación unas líneas que en principio no entendí, y de
las que sólo con el transcurso del tiempo pude extraer su equivalencia en el
lenguaje vulgar: «El hombre ideal -afirmaba- seria aquel que comenzase a vivir
después de haber asimilado la experiencia de todas las generaciones que le han
precedido en el tiempo.»
Me enviaba una frágil estatuilla que representaba
una mujer china con una especie de albardas sobre el hombro, en las que
descansaban dos chinitos de pocos meses. Este obsequio, junto al de la familia
de Luis y los de quienes estaban relacionados conmigo por razones
profesionales, fueron los únicos que recibí por motivos de mi matrimonio. Una
noche, sentado frente a la chimenea encendida de mi casa, reflexioné sobre
esto:
«Verdaderamente -me dije-, es increíble que un
hombre pueda alcanzar la edad media de la vida sin más contactos que éstos...»;
y los contactos allí estaban, alineados encima de la chimenea: la estatuilla de
porcelana, una tabaquera, otra tabaquera, un juego de escritorio y dos pesados
candelabros...
En ellos quedaba encerrada toda mi vida externa,
los únicos roces que había tornado mi ser al abrirse calle por medio de una
humanidad concentrada y densa.
Un día, semana y media antes de salir para
Providencia, me entregaron seis cartas de Jane. Como ya era hábito en mí,
esperé a la tarde para leerlas tranquilamente al amor de la chimenea de mi
casa. Salí del Antracita dos horas después de comer. La tarde estaba lluviosa y
desapacible. Quizá por ello y por el bulto cuya sensación percibía sobre el
pecho, caminase hacia la casita más acelerado que de costumbre. Cuando chirrió
la puerta de hierro al abrirla, su chirrido me sonó ya a bienvenida retozona y
cordial. Eché de menos al perro. «Sí, tras la puerta de la verja, corriendo por
el jardín, tendremos un perro que nos salude con brincos y gruñidos de
satisfacción cada vez que nos vea llegar. Como Fany hacía en casa de don
Mateo.» Me quedé un momento pensativo. «¿Como Fany? Bueno, no tendremos perro»,
murmuré entre dientes y entré en la casa.
180
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Feli, una vieja criada que provisionalmente había
tomado, me encendía el fuego todas las tardes. Ahora, cuando entré, la oí
manejar los troncos y prolongar los resoplidos con ánimo de prender la húmeda
leña. No advirtió mi entrada en la habitación y allí la sorprendí en cuclillas,
la mejilla derecha pegada al fondo del hogar y administrando sabiamente el aire
de sus pulmones por debajo de las ascuas mortecinas. Contemplé el salón desde
la entrada. «La vida desde aquí tiene otra forma -me dije-;también va a resultar
que la vida, como todo, es cuestión de ángulos de enfoque.» Me sonreí
satisfecho interiormente. Justo en este momento un soplo acertado y rastrero de
la Feli reavivó el fuego, haciendo brotar una brillante llamarada.
. La Feli levantó la cara y se puso de pie
torpemente. Me vio:
-Buenas tardes, señor.
Crepitaba la leña en la chimenea con un
chisporroteo jubiloso. La habitación se mantenía en la penumbra y el resplandor
de las llamas desplazaba sobre los tabiques sombras alargadas y vacilantes.
Salió la Feli hacia la cocina dejándome solo. Me acerqué a uno de los
ventanales. Las gotas de lluvia resbalaban por los cristales, dejando tras sí
una estela húmeda y brillante. Veía en la lejanía un blanco caserío colgado del
cielo por un penacho dé humo negro y retorcido que salía por su chimenea. Las
montañas al fondo quedaban recortadas por un cielo gris, pesado y plomizo.
Saboreé íntimamente la atmósfera tibia y recoleta de mi nuevo hogar.
Inmediatamente corrí los cortinones y di la luz de la lámpara sobre el sofá de
la chimenea. Extraje el fajo de cartas de mi bolsillo con una excitación
extraña y me senté. Ordené las seis cartas cronológicamente por las mataduras
del sello, acerqué mis pies húmedos al fuego y abrí la primera...
Sonaba en el jardín el chapoteo monótono de la
lluvia... Bailaba delante de mis ojos la caligrafía de Jane y no sé por qué la
descifraba despacio y con cuidado, como cuando caminamos en la obscuridad
temiendo tropezar. «Lo primero que quiero anunciarte hoy es que pronto
tendremos un hijo...» Me invadió una sensación tan ofuscante que tuve que
releer la frase para captar su sentido. Después noté la rara impresión de que
me estiraban, de que mi volumen físico se prolongaba en el tiempo hasta
inmortalizarse. ¡Un hijo! ¡Un ser que era como una consecuencia mía! Y al
instante se me aclaró la frase del señor Lesmes que añadía como una tonta
coletilla a su fría felicitación: «El hombre ideal sería aquel que comenzase a
vivir después de haber asimilado la experiencia de todas las generaciones que
le han precedido en el tiempo». Lo que en buenas palabras equivalía a decirme
«que era de necios tropezar en la misma piedra en que vimos tropezar a otros».
Pero ¿por qué había que juzgar esto como un tropezón? Yo ya no veía la vida de
color gris, yo estaba recuperado. ¿No me había enderezado yo? Pues más fácil me
resultaría no dejar de torcer un ser que se inicia desde un estado neutro. La
dicha de Jane, concentrada en sus renglones espontáneos y nerviosos, terminó
por disipar de mi cabeza el peso de una mala nube. «El niño tendría que ser
parecido a mí y con el tiempo tan semejantes el uno al otro como dos gotas de
agua...»
Al terminar de leer sus cartas me estiré en el
diván, descansando la cabeza en uno de sus brazos. Oía caer la lluvia incesante
sobre el jardín, entreverados sus leves chasquidos por el rumor crepitante del
fuego en la chimenea. Aprecié que soportaba mejor la nueva emoción en esta
postura voluptuosa, con ese difuso rumor por fondo. Encendí un pitillo. Por
encima de mí veía la bombilla incandescente y el aro inferior de la pantalla
delimitando el círculo luminoso. «La vida es bella a veces -pensaba-. Este haz
de luz nos cobijará a los tres algún día. La lluvia, fuera, machacará
insistentemente los campos y nosotros nos congregaremos alrededor de la
lámpara. Jane hará punto, esa labor de punto que las mujeres nunca terminan, y
yo leeré en alta voz desde esta misma postura. A sus pies, sobre la alfombra,
jugará el niño. Ella,
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
de vez en vez, nos acariciará a los dos la frente
alternativamente. Y fuera seguirá sonando la lluvia, golpeando en los cristales
con sus dedos, delgadísimos y transparentes. Desde luego, la vida a veces sabe
ser bella...»
Ignoro cuánto tiempo permanecí abismado en estas
reflexiones. Como en sueños oí a la Feli despedirse y cerrar la puerta de la
calle. A poco sonó el gemido herrumbroso de la puerta del jardín. Me sentí
apaciblemente solo y sin ganas de moverme. Más tarde, bastante más tarde, me
asaltó súbitamente la conciencia de que llevaba muchas horas sumido en un
abismo subconsciente y cerrado. Me incorporé con pereza, estirando mis
miembros. «Por esa puerta - me dije al ver frente a mí una de las salidas del
salón- entrará Jane anunciándome que podremos cenar cuando yo quiera. El niño a
estas horas ya estará dormido, tal vez en este rincón, detrás del sofá. Jane me
hablará con un dedo cruzando sus labios por temor a despertarlo. Y la Feli
quizá le llamará "angelito"...» Me puse el impermeable y abrí la
puerta de la calle. Después volví sobre mis pasos, contemplé el salón
iluminado, y apagué todas las luces.
El marco de la puerta de la calle se destacaba en
la obscuridad a pesar de lo sombrío de la noche. «Y por esta puerta entrará
algún día el niño como un torbellino a la vuelta de la escuela. Y entrará Jane
también, cargada de paquetes, al regresar de sus compras y.. algún día, tal vez
próximo, saldremos también llevados a hombros, encerrados en un cajón y con los
pies por delante.» Sacudí frenéticamente la cabeza. ¿Por qué siempre este
remate lúgubre a mis reflexiones? Eché la llave y descendí los dos escalones
que me separaban del jardín. La lluvia se concentró airada sobre mi impermeable
seco. ¿Cómo podía restar aún en la tierra algo sin empapar? Recorrí un trozo de
camino despoblado y oscuro, metiendo los pies en todos los charcos, como si los
eligiera. Olía a tierra empapada. Al fin alcancé las primeras casas. Brillaban
las calles charoladas, reverberando la luz mortecina de los faroles. Sonó muy
penetrante, a lo lejos, el silbido de un tren. El último tranvía había
circulado ya hacía más de una hora. Anduve de prisa, automáticamente, hacia el
puerto. Mis pisadas retumbaban en el húmedo silencio de la noche. Cuando las
acomodé a un determinado compás me pareció que me repetían con un tono extraño
y zumbón: «Vas a tener un hijo... Vas a tener un hijo... Vas a tener un
hijo...».
182
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XVII
Sobrevino al fin el día de la partida hacia
Providencia. El día, aunque frío, estaba despejado y el sol brillaba sobre la
superficie azul del cielo. La desatracada se me hizo lenta y premiosa, enervado
mi espíritu por la aguda excitación de mis nervios. Recordé la impaciencia de
Luis, no hacia todavía un año, al abandonar Providencia: «Me gustaría por esta
vez poder llegar a España de un salto... La familia va tirando y uno, sin darse
cuenta, va haciéndose viejo. No se puede remediar».
En esta ocasión me acontecía una cosa semejante.
Deseaba también el salto como más rápido medio de transporte, como único medio
eficaz de trasladarnos a los brazos amados en la brevedad de un instante. Por
asociación de ideas recordé a doña Sole avanzando carretera adelante apoyada en
su cachavita negra. Y ahora abarcaba con clarividencia su exacto sentido del
ritmo vital. El mundo era un equilibrio, una sucesión alternativa de montañas y
valles, donde la tierra apelmazada para engendrar un monte serviría en su caso
para rellenar la oquedad del valle contiguo y dejar la superficie de la Tierra
lisa, sin el menor obstáculo. «Igualmente -pensaba-, el abismo de soledad de
esos tres meses transcurridos será rellenado a su tiempo por el resto de la
vida en compañía de Jane.» Todo en el mundo es proporción, compensación y
equilibrio. Hasta en los delitos y las penas se percibe esta correspondencia de
proporción, compensación y equilibrio. «Después de todo ésta es la última razón
del universo. Dios lo ha hecho así y Dios sabe de todo más que todos los
hombres reunidos.»
Cuando salimos a alta mar comencé a gustar la
longitud de la estela del Antracita. «Cuanto más larga sea más próximo estaré
de mi destino.» Y aquilataba con un placer voluptuoso cada metro de
aproximación, cada minuto de nuestro avance.
En sus últimas cartas Jane me decía que me diese
prisa, que con un poco de suerte aún podríamos pasar las Navidades en
Providencia los dos juntos. Y yo me adelantaba a esta posible realidad. Me veía
con ella recorriendo las calles nevadas, abrumados de paquetes y deteniéndonos
aún ante algún escaparate forrado de golosinas. Todo el mundo era bueno en
Navidad. Si los hombres fuesen siempre corno en Navidad el mundo seria
distinto. No tendría necesidad de arreglo porque no estaría roto como ahora,
como siempre, como creía la madre de Cristián el « absentista». En Navidad los
presentes recordaban a los ausentes y los vivos a los muertos. Excelente
remedio. ¿No serla entonces que el mundo es frívolo fuera de la Navidad sólo
por imprevisión y acorchamiento de la memoria?
Mientras pensaba, el Antracita continuaba
acercándose a Providencia. Y así un día y otro y otro. Una noche me sorprendió
el contramaestre tosiendo a mi lado. Me encontró tan ensimismado que sus
palabras me dejaron un poco confuso:
-¿Qué, sintiendo la primera preocupación del hijo?
Todos a bordo sabían la noticia. No había tenido
voluntad para ocultarla. ¿No era por cierto una especie de prodigio, algo que
rompía la órbita de las cosas naturales?
No respondí al contramaestre, pero tampoco pareció
importarle.
Soltó una risotada y añadió:
-No olvide lo que le digo, el primer hijo embaraza
tanto al padre como a la madre.
183
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Reí su tosca sentencia, la agudeza de su filosofía
primitiva. Callé empero, porque sabía que la conversación con Benito se
reducía, con brevísimas injerencias de la otra parte, a un mareante y
reiterativo monólogo.
-Haga caso de mi experiencia...
Le miré con un gesto de burla. ¿De dónde extraía
este hombre la experiencia?
Él continuó como si leyese mi pensamiento:
-Usted no ignora que hay dos clases de experiencia:
la ajena y la personal. Lo bueno es cuando el hombre sabe sacar partido de la
experiencia ajena; porque si aguardamos a sacarlo de la propia entonces ya es
un poco tarde.
Me sonaron sus palabras muy parecidas a la
coletilla de don Mateo. Y me extrañó. ¿Qué puntos coincidentes podían existir
en los espíritus de dos temperamentos tan opuestos? ¿Qué fibra allá, en la
región oculta de los sentimientos, vibraba igual en el uno que en el otro? ¿Y
qué hacía vibrar esta fibra en cada uno? Porque, sin duda, los móviles de
acción en el señor Lesmes y Benito eran absolutamente diferentes. «Quizá -me
dije- exista en todos los hombres un fondo idéntico, pero que reacciona a los
acicates externos de distinta manera.»
El contramaestre siguió hablándome largo rato.
Siempre alrededor de la experiencia y de los hijos, encerrado en un cada vez
más estrecho círculo vicioso. «Porque mi padre decía...» « El boticario de mi
pueblo...» «Conocí a una mujer...» Le escuchaba, le atendía, le soportaba
porque sabía que aun así el Antracita seguiría caminando. Y yo necesitaba
distraerme, prender la cabeza en problemas ajenos, hacer más breve el vacío
paréntesis de aquella eterna travesía.
Y el Antracita continuaba avanzando... La tarde
víspera de nuestra llegada me fue imposible dominar los nervios. Me faltaba
barco, aire y vitalidad. Me hacía el efecto de que, conforme me acercaba a
Providencia, crecía la posibilidad de que Jane no fuera lo mismo que la dejé,
que la estuviesen variando en su forma o en su substancia. Hubiera deseado
hacer la postrera etapa del trayecto sujeto a la popa del Antracita, sumergido
en el mar, sintiendo por todo mi cuerpo el contacto del agua helada. No admitía
conversación. Anhelaba sólo verme ante Jane, uno frente a otro, fundiéndonos en
un estrecho y eterno abrazo. Todo lo demás era ambiguo y sin relieve,
toscamente secundario.
Cuando me acosté aquella noche, contra lo que
esperaba, quedé dormido en seguida. Soñé mucho, pero con un ritmo pausado y
verosímil. Fue aquel sueño como un compendio de mi vida transcurrida. Soñé con
Ávila, con el señor Lesmes, con Alfredo... Pero fue más bien un sueño evocador,
una resurrección completa y vívida de todo mi pasado. Todo desfiló por mi
imaginación sin violencias ni retorcimientos. Evoqué la casa de mi maestro con
sus dos polos cordiales: Fany y la pecera verde con los dos pececitos rojos. Evoqué
mi intensa amistad con Alfredo: nuestros días tranquilos, llenos, de aquellas
primeras vacaciones de verano; Cuatro Postes ... La Bruna; evoqué nuestros
paseos dominicales cuando empezaba a sentir sobre mí la responsabilidad de la
vida, la necesidad de ajustarla a nuestra íntima manera de ser y de sentir;
evoqué nuestros arriesgados juegos en los marjales del Adaja, la atracción
fascinadora de la fábrica de harinas ... Todo iba desfilando suavemente por mi
imaginación, puesta en blanco por el sueño. Las señoritas de Regatillo que
«iban robando a la ciudad lo poco que aún le quedaba de incontaminado»... Doña
Gregoria, Estefanía, Martina... La Martina de pocos años, sentada al piano a
impulsos de una precoz afición. La hornacina, los muñecos de la hornacina, los
cuatro guerreros: dos vencedores y dos vencidos... Luego la gran conmoción...
La muerte soplando los candiles de nuestros incipientes entusiasmos. La marcha
de Alfredo para no volver; el dolor de la separación; el peso póstumo de su
cuerpo gravitando sobre mi aplanada
184
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
existencia... Detrás la Escuela de Náutica,
Barcelona con su febril actividad, la pelea con el «gallito», el San Fulgencio,
el Algeciras, el Antracita... Martina otra vez, la Martina engañada y
arrepentida y... Jane; Jane como piedra de toque de mi voluntad. Una breve
lucha, un impulso... mi matrimonio. La separación; Jane aguardando impaciente
mi llegada en la cortina del muelle de Providencia...
Fue al coincidir el sueño con mi actualidad cuando
me desperté con un agudo sobresalto. Me incorporé en la litera. La luz entraba
ya por el portillo abierto, encima de mi cabeza. Me pasé la mano por la frente.
Entonces advertí que durante mi sueño no había existido el menor asomo de
violencia. Me puse en pie. «Es raro -me dije-; hoy debería estar alegre como
ningún otro día de mi vida. Y sin embargo no lo estoy. ¿Por qué habré tenido un
sueño tan extraño?»
Me lavé apresuradamente y ascendí a la cubierta. El
día ya estaba hecho y las costas de Providencia se divisaban muy próximas.
Rememoré mi sueño: «Todo es muy raro -torné a pensar- ; cuando el hombre evoca
con todos los detalles su pasado es que le amenaza algún cambio transcendental
en su existencia».
Notaba un cosquilleo insistente por la columna
vertebral. «Bah, todo son nervios.» Me calmé un poco. De repente me di cuenta
de que me faltaba paciencia para contemplar cómo nos arrimábamos metro a metro
a la costa. Descendí de nuevo a mi camarote e intenté distraerme con un libro.
Pero mi imaginación estaba fuera de allí. «Jane seguramente estará ya
esperándome en el muelle. A pesar de ser sólo las siete de la mañana... Cerré
el libro y traté de evocar su silueta tal como la dejara el día de nuestra partida:
grácil, esbelta, diciéndome adiós insistentemente con la mano. Ahora vendría a
esperarme con un hijo bulléndole ya en las entrañas. Desvié mi vista hacia su
retrato. With everlasting love, everlusting.. Nuevamente me desagradó este
vocablo cargado de inmensidad. «Prefiero las cosas más normales; esta palabra,
por más que quiera evitarlo, siempre aportará a mi cabeza la idea difusa de la
muerte.» Me incorporé y di unas vueltas por mi camarote, desalentado, como un
preso en su celda. Pronto me cansé de esta reciente ocupación. Me dejé caer en
la litera y pensé en nuestra casa, en la casa que nos aguardaba acogedora a la
otra orilla del mar. «Feli, tendrá usted buen cuidado de tenerlo todo dispuesto
para cuando la señora llegue.» «Lo que más y lo que menos todo está ya en
orden, señor>, me había respondido.
Oí inopinadamente un aullido de la sirena. Me
levanté de un salto:
-¡Diablo, esto significa que ya estamos entrando en
el puerto!
Abrí la puerta de mi cabina y me encaramé por la
primera escotilla. Efectivamente, la proa del Antracita enfilaba ya la ostia¡
del puerto de Providencia. Ascendí en un vuelo hasta el puente. Me entró por
los ojos la agitada convulsión del muelle; el ir y venir de los ligeros
barquitos para distancias reducidas, el alarido aturdidor de los remolcadores,
la labor chirriante de las grúas ocupándose en la carga y la descarga de los
buques atracados... Un poco más allá estaba nuestro hueco esperando desguarnecido
el duro contacto del Antracita. «Por entre esta baraúnda se encontrará Jane.
¿Cómo podré localizarla?» Cada vez se acercaban más las casas de Providencia.
Por la plaza que existe frente al puerto se veían cruzar los automóviles. El
cielo se mantenía cubierto con un tono tan cargado que dejaba presumir la
vecindad de la nieve...
De improviso divisé su automóvil atravesando la
conmoción de la plaza. Sentí una impresión tan violenta que hube de clavar las
uñas en la barandilla del puente para no caer. ¿Era posible todo? Ahora sacaba
Jane su mano por la ventanilla abierta y la agitaba de arriba abajo
saludándome. El práctico me dijo algo en aquel momento que no entendí. Seguía
los movimientos del coche con el menor detalle. En este instante se
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
apartaba de la cadena de automóviles, entre la que
venía emparedado, y se dirigía a uno de los costados del muelle. Continuaba
Jane agitando su mano por fuera de la ventanilla. Me dio la impresión de que
todo, por dentro y fuera de mí, se perdía en la penumbra de un plano lejano, y
que sólo ella, su figura, adquiría consistencia relevante, perfiles
fundamentales y macizos.
Súbitamente todo varió en un segundo. Un obrero
impulsando una vagoneta cargada se interpuso en el camino que seguía Jane. Se
oyó el chirrido del frenazo y se elevó en el aire una vaharada caliente de goma
quemada. Coleó el automóvil y sin que nadie pudiera preverlo cayó dando tumbos
sobre las sucias aguas del muelle. Aún se le vio un instante sobre la
superficie, pero inmediatamente desapareció entre una serie de círculos
concéntricos que iban haciéndose cada vez mayores.
Cuando extrajeron su cadáver una hora más tarde
estaba nevando. Y al ver su cuerpo por última vez logré percibir sobre su
rígida esbeltez la leve ondulación del hijo iniciado...
186
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
XVIII
Con los años he concluido por convencerme de que
esa previsión de sucesos fatales, característica de mi vida, si no diluye el
dolor, sí al menos nos prepara para soportarlo más sordamente cuando los hechos
temidos llegan a realizarse. El desasimiento de Jane, como antes el de Alfredo,
me produjo la impresión de que estaba reproduciendo ante mis ojos un momento ya
vivido; que el flébil acaecimiento no era nuevo en el curso sinuoso de mi
historia.
No recuerdo apenas nada de los primeros días que
siguieron al tremendo desenlace de mi matrimonio. Era como si alguien me
hubiese horadado el cráneo y por sus agujeros escapasen ahora hasta las más
dignas facultades de mi alma. Llevé una existencia animal, sombría, perdida la
perspectiva de dolor en la densa consistencia de la desgracia presenciada. Tan
sólo guardo de aquellos primeros días la conciencia completa del chirrido vivo,
angustiado, de los neumáticos sobre los adoquines de la calzada y el rotundo
chapuzón del automóvil al hundirse en las turbias aguas del muelle. Además la
penetrante impresión de unos círculos alucinantes, in crescendo, con el centro
justo en el lugar por donde Jane y la promesa de un hijo habían desaparecido.
Con el tiempo mi dolor cobró perfiles vigorosos,
adquirió constancia, magnitud y proporciones. Ya podía pesarlo y medirlo a mi
capricho; valorar la extensión de mi desgracia en el panorama desolador de mi
mezquino pasado. Se me demostraba que también el dolor precisa perspectiva para
poder aquilatar debidamente sus agudas aristas. Todo, pensaba, necesitaba
perspectiva en el tiempo para abarcar sus dimensiones; los actos que nos son
externos y las convulsiones que sobrevienen dentro de nosotros mismos. Ahora,
en lo sucesivo habría de irme resumiendo, achatando; habría de substraer mis
tentáculos sensitivos al mundo glacial que me rodeaba. Tenía que contraer de
nuevo mi vida, agazaparla en los justos límites de su antiguo y frío caparazón.
Mi espíritu precisaba un proceso de síntesis, semejante al del caracol que se
resume en su concha.
Comencé a gustar de nuevo la angustia desoladora de
sentirme impar sobre la costra de la tierra; de hallarme aislado, sin eslabones
afectivos, sin un sólido y macizo punto de apoyo. Se intensificó sobre mí el
convencimiento de que hasta en mi propio cuerpo se acentuaba la decadencia, de
que mi descarnada existencia se remataba en círculo y la aguja del compás que
señalaba su centro se me clavaba acerada en el corazón. Pensé que nada me
quedaba fuera de mí, que la discordancia del mundo con mi yo era ahora total,
absoluta, sin nada ni nadie que mitigase el desamparo de mi cerrada soledad.
Una noche, en viaje ya de regreso a España, recordé
a Ávila la Ávila única, maravillosamente pálida y alada de una noche de
plenilunio. La rememoré con ansias anormales, casi bestiales de poseerla, de
identificarme con ella, de relajar a su amparo mi atormentado espíritu y
dejarle que se impregnase de su añeja y nostálgica substancia. Fue este deseo
el único que se hizo fuerte en mí, que me poseyó con la más enérgica crudeza
desde la trágica desaparición de Jane. Me convencí entonces de que también las almas
precisan de un clima propicio para poder pervivir; de que era Ávila lo único
que me restaba en el seno de la tierra, de que de entre sus piedras milenarias
y sus nevadas almenas extraería mi decrecida vitalidad el estímulo suficiente
para rehacerse.
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
No me incitó el suicidio en estos días. Lejos de lo
que había temido, me percaté de que la adversidad aguza la fe y la esperanza en
una vida ulterior que nos compense de los duros reveses sufridos en ésta. Era
en esta ocasión, en esta fase mística que abrió en mi pecho la renuncia, cuando
aquilaté con exactitud dentro de mí la efímera fugacidad del tránsito, la
adjetividad de la vida, su tono accidental y secundario. Me embargó una clara
convicción de que la vida es un disputado concurso de méritos; un lapso de
prueba para ganar o perder una existencia superior. Constaté por encima de mi
retorcido dolor que Dios jamás envía al hombre nada más allá de su capacidad de
resistencia. Y me convencí, más que de nada, de que la facultad de desasimiento
es común a todos los mortales, de que ninguno, ni el más espiritualmente
desheredado, está huérfano de ella, de que yo mismo, herido y castigado, aún
tenía un motivo por que alentar pese a todos los reveses e infortunios. Pensaba
que el hombre que renuncia voluntariamente a la vida es simplemente por
obcecado egoísmo, por haberse constituido absurdamente en eje y razón de la
propia vitalidad del universo. A mí, lentamente, me parecía que cuanto más
abatido está el hombre en su equilibrio carnal, más fuerte es la necesidad que
experimenta el espíritu de desligarse, de remontarse sobre la materia
envilecida si estimamos a Dios como rector de este turbio desconcierto humano.
Cuando arribamos a Santander se intensificó mi
dolorosa sensación de absoluto abandono y, en consecuencia, mi acuciante
ansiedad por retornara Ávila, por sentir su topografía, su consistencia física,
bajo la planta de mis pies. Eran unas ansias desmesuradas, urgentes, sólo
acalladas por mi decisión íntima de conectarme cuanto antes, de nuevo, con sus
raíces multiseculares. Experimentaba la necesidad ineludible de palpar sus
piedras, de sorber su historia, de enraizarme otra vez en su misticismo
desgarrado y silencioso. En el fondo creo que lo único que anhelaba era huir de
mí mismo, amputar de mi recuerdo el último peldaño de mi historia, entroncarme
a mi primer dolor como postrer reducto de mi vitalidad decadente y roma.
El mismo día de nuestra llegada a Santander tomé el
tren para Ávila. El breve contacto con mi casa de Santander me dejó medio
enloquecido. De cada rincón extraje la dura experiencia de que el dolor más
agudo brota de las cosas sobre las que mentalmente hicimos aletear la sombra
del ausente. De aquella casa centrada en plena naturaleza saqué la exasperante
conclusión de que es ingrato cimentar nuestros estímulos en cosas materiales,
de que el soplo de la muerte es infinitamente más funesto y doloroso cuanto más
hemos coordinado la presencia del difunto con los objetos y paisajes que nos
rodean. Llevaba tatuada en el alma la mirada circular, aterrorizada, de la
Feli. La buena mujer no podía creer el relato entrecortado que surgía de mis
labios. «Las cosas que parecen mentira, o son fabulosamente lisonjeras o
terriblemente desgraciadas», había dicho yo a Jane recientemente. ¿Por qué
ahora, en la inmensidad de mi zozobra, me asaltaba esta terrible verdad como
una burla sangrienta?
Traqueteaba el tren entre lucecitas lejanas. Una
decrépita vieja con una nietecilla de pocos años eran mis únicos compañeros de
compartimiento. La niña dormitaba ahora contra el hombro de la anciana, que
difícilmente conservaba energías para sostenerse sola. «He aquí otra burla de
la vida -me dije-; la lozanía cimentada en la decrepitud; la pujanza apoyada en
la más crítica y acusada decadencia. ¿Por qué el mundo se empeña en marchar del
revés?» Otra vez la atormentadora duda: ¿O era yo quien me empeñaba en ver el
mundo a través de un prisma insólito?
Dejaba atrás Santander, el Antracita..., los
habituales resortes de mi vida. Pero ¿qué se me daba ya de todo aquello? Sentí
inopinadamente con la misma claridad que si fuese real el chirrido del frenazo
de Jane antes de precipitarse sobre las aguas del puerto. Instintivamente me
llevé las manos a los oídos, taponándolos con todas mis
188
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
fuerzas. Pero el chirrido proseguía sonando dentro,
con una persistencia asfixiante. De repente observé que la vieja me miraba de
reojo con curiosidad morbosa, con un asomo de temor en sus pupilas medio
apagadas. La expresión de su mirada ya me era familiar. Pensaba sin duda que
era un loco o, como mucho, un aventajado aprendiz de loco. Retiré las manos de
mis orejas e intenté sonreírla. Se incrementó su chispa de recelo y bajó los
ojos en tanto apretaba entre su mano huesuda los cinco dedos rosados de la criatura
que sesteaba sobre ella. Me miré las propias manos medio inconsciente. Al
volver las palmas hacia arriba examiné una vez más las cuatro pequeñas
cicatrices que rompían la tersura de cada una. Cerré los puños. Ésta era la
evidencia tangible de mi desdicha; la huella de un pasado reciente y adverso.
¿Cómo pudo ser que mis propias uñas se incrustaran en la carne de mis manos
hasta hacer saltar la sangre a borbotones? Nada recordaba de esto. Recordaba,
en cambio, la estremecedora sensación de contemplar el cuerpo inanimado de
Jane, deformado levemente por la iniciación del hijo. Y recordaba también cómo
me lancé como un cuervo sobre su mano para arrebatarle aquel aro que encerraba
la más dulce de las promesas. «El matrimonio es un puente que conduce al
Cielo.» ¿Pensó seriamente, en esto Zoroastro? ¿O habló por hablar, como hacen
muchos hombres, a humo de pajas? «A veces parece ser la propia aprensión quien
impele a realizarse los acontecimientos objeto de nuestros temores», pensaba.
Nuevamente el traqueteo agitado del tren, los ojos
de la viejecita posados fijos en mí. El revisor dictatorial horadando nuestros
billetes... ¿Y Ávila ¿Dónde estaba Ávila que tanto tardaba en aparecer? Extraje
del bolsillo de mi chaleco la alianza que durante cuatro meses circundase el
dedo anular de Jane. La introduje en mi dedo meñique pero no pasó de la primera
articulación. Al sentir el contacto de su superficie fría sobre la yema de mi
dedo me estremecí. No era Jane quien estaba fría. Era la muerte. Tal vez
también el breve apotegma del viejo Zoroastro...
Cuando me apeé en Ávila y contemplé su recogida
fisonomía a la luz incierta de un amanecer de febrero, sentí una cálida humedad
en los ángulos internos de mis ojos. La ciudad se había rebozado de nieve para
obsequiar con sus mejores galas mi llegada. Me invadía una emoción singular al
recrear mis ojos en el blanco panorama. Seguramente no era mi actitud en
aquellos momentos la de un hombre normal. Me hallaba detenido en la puerta
posterior del edificio de la estación y mis ojos saltaban de un punto a otro continuamente
con ánimo de aprisionarlo todo en mi abrazo inicial, de aspirar íntegra toda la
arcaica esencia de la ciudad de mi infancia. No sentía el frío tremendo, y sólo
inconscientemente intuía que estaba solo en toda la extensión que abarcaba mi
vista. Me lancé a caminar carretera adelante. A un lado y a otro de la
carretera se apretaban las fondas, con sus nombres detonantes, sugerentes, en
evidente contradicción con sus fachadas modestas y descuidadas. El chasquido
monótono de mis pisadas ponía la única nota de vivacidad sobre la ciudad
muerta. Andaba de prisa, sin buscar una meta determinada. De improviso me hallé
en la plaza de la Santa, con la estatua en el centro casi cubierta por la
nieve. Ante la entrada principal de la muralla me invadió una vaga congoja, un
difuso conocimiento de una relación latente entre Jane y aquellas añosas
piedras. Me detuve otra vez y permanecí un rato absorto sin saber en qué
pensaba. Luego reanudé mi camino, evitando la entrada en la ciudad amurallada,
orientando mis pasos hacia el paseo del Rastro.
Volví a experimentar un anómalo sentimiento de
placidez al desbocar mi vista por el nevado valle de Amblés. Su longitud
uniforme penetraba en mi alma como una pausa acariciadora. AL fondo las crestas
de la Sierra, albas, purísimas, con su proverbial enjundia de sólidas defensas.
Avancé sin detenerme hacia el cauce del Adaja. A mi derecha se alzaba la maciza
adustez de la muralla. Eché de menos los vencejos indecisos y gritadores de la
primavera. En su lugar las grajillas también negras enredaban su vuelo entre
las almenas, con su aletear blando, reposado, un poco
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La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
fúnebre, como de grandes y enlutados copos de
nieve. Evoqué nuestras antiguas andanzas en aquellos mismos parajes, las
ilusorias conquistas de la ciudad... Ya tenia el Adaja ante mí; un Adaja
imponente, aunque adormecido bajo una muelle colcha de nieve. Los marjales del
estío servían ahora de lecho a sus aguas congeladas. Pasé junto a la fábrica
sin detenerme, sin mirarla casi... Al cruzar el puente me sentí vacío de
espíritu. Sólo me entraban por los sentidos los detalles más nimios e
insignificantes; el chasquido crujiente de mis pies al pisar la mollar blandura
de la nieve; el penduleo incesante de un mohoso cartelón del otro lado del
puente, suelto en uno de sus extremos y pregonando las excelencias de un
establecimiento de bebidas; el ronroneo del motor de una desvencijada camioneta
detenida ante una lechería, dos puertas más allá; el vuelo rápido de una
bandada de gorriones buscando el amparo de alguna corraliza llena de
estiércol...
Continuaba andando automáticamente, sin determinar
previamente el sentido de mis pasos. Al iniciar el ascenso de la suave colina
de Cuatro Postes me encontré seriamente apurado. El jadear de mi pecho resonaba
acongojado en el ambiente quieto. Experimenté una íntima alegría al pensar que
mi resistencia carnal se agotaba, que mi ser físico se desmoronaba ya sin
remedio... Luego, ya desde la silenciosa atalaya, oteé como en tiempos la villa
amurallada. Emanaba de ella un vaho inquietante de seres y cosas en reposo, de
un estatismo mineral y sugerente. Las piedras se amontonaban con un sentido
arquitectónico diluido y bello, dando prestancia y solidez a un fragmento de
historia ya desgraciadamente fenecido. La torre de la Catedral seguía
detentando su hegemonía sobre el Mosén Rubín, la mansión de los Almarza, los
Polentinos... Todo uniformado, sin embargo, bajo una geometría blanca,
redondeada en sus ángulos y aristas por el amortiguador de la nieve. Hasta mí
ascendía el profundo clamor de las campanas de mil conventos lanzando sus ecos,
dilatados y austeros, a los albores del nuevo día.
Me vino inopinadamente a la cabeza el alcance
trascendental de la pequeña cruz de Cuatro Postes en el curso de mi vida. El
paisaje, contemplado desde aquí, hacía renacer en mi interior retazos truncados
de mi exigente pasado. En Cuatro Postes comenzó a gestarse el ímprobo alentar
de mi cerebro y ahora, vencido ya, trágicamente derrotado, buscaba nuevamente
la cruz de Cuatro Postes para extraer de ella un jugo vital que avivase la
morosa corriente de mi historia.
No sé cómo encadené a Jane a mis pensamientos. Y
otra vez torné a adivinar una vaga relación entre su ser y la naturaleza
circundante; una mutua, confortable influencia que ensartaba en una misma fibra
todo el nostálgico mundo de mis recuerdos.
Ya camino del cementerio identifiqué absolutamente
a Jane con Alfredo; tuve la sensación de que ambos representaban para mi una
misma influencia. Se me antojaba que en mi vida me había conformado con bisar
un solo número; que era uno de esos seres que nacen con una marcada
predisposición, inexorable, hacia la uniformidad y cualquier alteración los
desorbita y confunde.
Anduve lentamente, rumiando el poso de mis
memorias. Cuando los golpes rítmicos del primer cantero hirieron mis oídos tuve
un acentuado momento de estupefacción. Los doladores de hoy serían, sin duda,
hijos de los antiguos, pero en su hacer conservaban en su más cabal pureza el
ritmo, la entonación familiar del trepidante y monótono golpeteo. Avancé por el
paseo desierto, imprimiendo sobre la nevada virgen la huella sucia de mis
pasos. Conforme caminaba se incrementaba el picar de los pedreros. Sus alternativas
en el golpear de las losas otorgaba al conjunto algo de una inarticulada
sinfonía orquestal. «Ha de ser arduo para estos hombres -pensaba- parear su
vida a las exigencias de la muerte, agotar su vigor, el empuje de sus músculos,
en esta ingrata tarea.»
190
La sombra del ciprés es alargada
Miguel Delibes
Inopinadamente me vi frente a la verja cerrada del
camposanto. La vegetación circundante conservaba el tenso y helado
agarrotamiento del invierno. No se veía a nadie a mi alrededor. Sobre la puerta
de una casita contigua decía: «Conserje». Llamé con los nudillos, embargado de
un opaco sentimiento de temor. Era algo monstruoso ponerse uno frente por
frente del dueño de los muertos. Me lo imaginé enteco, alcoholizado, ansioso de
olvidar su helada vecindad. Transcurrió bastante tiempo sin que nadie respondiera
a mi llamada. Al fin escuché una voz que iba haciéndose perceptible a medida
que la puerta, después de un ruidoso correr de cerrojos, iba abriéndose sin
prisas.
-¿Qué desea usted?
No era un tono demasiado áspero el de la voz
teniendo en cuenta el aspecto somnoliento de mi interlocutora. Respeté su
indiscreto y repentino bostezo con una pausa que ella empleó, además, en
restregarse concienzudamente los ojos con el dorso de sus manos.
-Quería entrar en el cementerio...
Alargué mi mano hacia la suya en una ingenua
tentativa de soborno.
-No hace falta... -aulló dolorida y digna retirando
su mano-; dentro de media hora abriremos para todos.
No pude insistir, porque la puerta se cerró de
golpe ante mí. Paseé entonces bajo las ramas desguarnecidas de las acacias de
la entrada; de aquellas acacias que un día lejano, cuando mi dolor era sólo un
presentimiento, sirvieron de testigos a los anhelos lúgubres de Alfredo ... De
improviso vi salir de la casa a la mujer somnolienta y abrir la verja sin
dirigirme la palabra. La adiviné impregnada de compasión, movida por un impulso
instintivo de afecto hacia un semejante a quien urgía la presencia de los muertos.
Al atravesar la verja le di las gracias con una inclinación de cabeza.
Respondió con un respingo que quería ser de extrema dignidad. Imaginé que era
una de esas personas para quienes es una manera como otra cualquiera de
enfrentarse con la vida la del gesto adusto y el tono desabrido, por más que su
pecho encerrase un afectuoso corazón.
Cuando me contemplé desfilando entre dos hileras de
muertos sentí abalanzarse sobre mí una oleada de infinita paz; me hizo el
efecto de que dejaba en la puerta una insoportable carga de sinsabores y
pesadumbres. «Mi sitio está aquí -me dije-;entre los vivos y mis muertos,
actuando de intercesor.» Sentí agitarse mi sangre al aproximarme a la tumba de
Alfredo. La lápida estaba borrada por la nieve, pero nuestros nombres Alfredo y
Pedro- fosforescían sobre la costra oscura del pino. Me abalancé sobre él y palpé
su cuerpo con mis dos manos, anhelando captar el estremecimiento de su savia.
Así permanecí un rato, absorto, renovando en mi mente los primeros años de mi
vida, el latente sabor de mi primera amistad. Luego, casi inconscientemente,
extraje de un bolsillo el aro de Jane circundado, por la inscripción de
Zoroastro y me aproximé a la tumba de mi amigo. Por un resquicio de la losa
introduje el anillo y lo dejé caer. Experimenté una extraña reacción al sentir
el tintineo del anillo al chocar contra los restos del fondo. Ahora ya estaban
eslabonados, atados, mis afectos; las dos corrientes que vitalizaran mi
espíritu habían alcanzado su punto de confluencia.
Cuando una hora más tarde abandonaba el cementerio
me invadió una sensación desusada de relajada placidez. Se me hacía que ya
había encontrado la razón suprema de mi pervivencia en el mundo. Ya no me
encontraba solo. Detrás dejaba a buen recaudo mis afectos. Por delante se abría
un día transparente, fúlgido, y la muralla de Ávila se recortaba, dentada y
sobria, sobre el azul del firmamento. No sé por qué pensé en aquel instante en
la madre de Alfredo y en «el hombre». Y fue casualmente en el momento en que tropecé
con un obstáculo oculto por la nieve. Al mirar hacia el suelo comprobé que a la
nieve la hace barro el contacto del pie...
Me sonreía el contorno de Ávila allá, a lo lejos.
Del otro lado de la muralla permanecían Martina, doña Gregoria y el señor
Lesmes. Y por encima aún me quedaba Dios.

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