© Libro N° 13842. La Literatura
Y La Vida. Deleuze,
Gilles. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © La Literatura Y La Vida. Gilles
Deleuze
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Original: © La Literatura Y La
Vida. Gilles Deleuze
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Portada E.O.
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA VIDA
Gilles Deleuze
La Literatura
Y La Vida
Gilles Deleuze
Publicada en 15 de enero de 2022
Los libros hermosos están escritos en una especie
de lengua extranjera.
PROUST, Contre Sainte–Beueve
1. LA LITERATURA Y LA VIDA
Escribir indudablemente no es imponer una forma (de
expresión) a una materia vivida. La literatura se decanta más bien hacia lo
informe, o lo inacabado, como dijo e hizo Gombrowicz. Escribir es un asunto de
devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia
vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de Vida que atraviesa lo
vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir; escribiendo, se
deviene–mujer, se deviene–animal o vegetal, se deviene–molécula hasta devenir–
imperceptible. Estos devenires se eslabonan unos con otros de acuerdo con una
sucesión particular, como en una novela de Le Clézio, o bien coexisten a todos
los niveles, de acuerdo con unas puertas, unos umbrales y zonas que componen el
universo entero, como en la obra magna de Lovecraft. El devenir no funciona en
el otro sentido, y no se deviene Hombre, en tanto que el hombre se presenta
como una forma de expresión dominante que pretende imponerse a cualquier
materia, mientras que mujer, animal o molécula contienen siempre un componente
de fuga que se sustrae a su propia formalización. La vergüenza de ser un
hombre, ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir? Incluso cuando es una
mujer la que deviene, ésta posee un devenir–mujer, y este devenir nada tiene
que ver con un estado que ella podría reivindicar. Devenir no es alcanzar una
forma (identificación, imitación,
Mimesis), sino encontrar la zona de vecindad, de
indiscernibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de
unamujer, de unanimal o de unamolécula: no imprecisos ni generales, sino
imprevistos, no preexistentes, tanto menos determinados en una forma cuanto que
se singularizan en una población. Cabe instaurar una zona de vecindad con
cualquier cosa a condición de crear los medios literarios para ello, como con
el áster según André Dhôtel. Entre los sexos, los géneros o los reinos, algo pasa.
El devenir siempre está «entre»: mujer entre las mujeres, o animal entre otros
animales. Pero el artículo indefinido sólo surge si el término que hace devenir
resulta en sí mismo privado de los caracteres formales que hacen decir el,
la(«el animal aquí presente»...). Cuando Le Clézio deviene– indio, es siempre
un indio inacabado, que no sabe «cultivar el maíz ni tallar una piragua»:
más que adquirir unos caracteres formales, entra en
una zona de vecindad. De igual modo, según Kafka, el campeón de natación que no
sabía nadar. Toda escritura comporta un atletismo. Pero, en vez de reconciliar
la literatura con el deporte, o de convertir la literatura en un juego
olímpico, este atletismo se ejerce en la huida y la defección orgánicas: un
deportista en la cama, decía Michaux. Se deviene tanto más animal cuanto que el
animal muere; y, contrariamente a un prejuicio espiritualista, el animal sabe
morir y tiene el sentimiento o el presentimiento correspondiente. La literatura
empieza con la muerte del puerco espín, según Lawrence, o la muerte del topo,
según Kafka: «nuestras pobres patitas rojas extendidas en un gesto de tierna
compasión». Se escribe para los terneros que mueren,
decía Moritz. La lengua ha de esforzarse en
alcanzar caminos indirectos femeninos, animales, moleculares, y todo camino
indirecto es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas ni en el
lenguaje. La sintaxis es el conjunto de caminos indirectos creados en cada
ocasión para poner de manifiesto la vida en las cosas.
Escribir no es contar los recuerdos, los viajes,
los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo
cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el
eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta
en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como
dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para
el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias
esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al
novelista más alternativa que la de Bastardo o
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de Criatura abandonada. Ni el propio devenir–animal está a salvo de una reducción
edípica,
del tipo «mi gato, mi perro». Como dice Lawrence,
«si soy una jirafa, y los ingleses corrientes que escriben sobre mí son
perritos cariñosos y bien enseñados, a eso se reduce todo, los animales son
diferentes... ustedes detestan instintivamente al animal que yo soy». Por regla
general, las fantasías de la imaginación suelen tratar lo indefinido únicamente
como el disfraz de un pronombre personal o de un posesivo: «están pegando a
unniño» se transforma enseguida en «mi padre me ha pagado». Pero la literatura
sigue el camino inverso, y se plantea únicamente descubriendo bajo las personas
aparentes la potencia de un impersonal que en modo alguno es una generalidad,
sino una singularidad en su expresión más elevada: un hombre, una mujer, un
animal, un vientre, un niño... Las dos primeras personas no sirven de condición
para la enunciación literaria; la literatura sólo empieza cuando nace en
nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo
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(lo «neutro» de Blanchot). Indudablemente, los
personajes literarios están perfecta-mente individualizados, y no son
imprecisos ni generales; pero todos sus rasgos individuales los elevan a una
visión que los arrastran a un indefinido en tanto que devenir demasiado
poderoso para ellos: Achab y la visión de Moby Dick. El Avaro no es en modo
alguno un tipo, sino que, a la inversa, sus rasgos individuales (amar a una
joven, etc.) le hacen acceder a una visión, veel oro, de tal forma que empieza
a huir por una línea mágica donde va adquiriendo la potencia de lo indefinido:
un avaro..., algo de oro, más oro... No hay literatura sin tabulación, pero,
como acertó a descubrir Bergson, la tabulación, la función fabuladora, no
consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas
visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias.
No se escribe con las propias neurosis. La
neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae
cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es
proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche».
Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico,
médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que
la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces
como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud
de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el
atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha
visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él,
irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos
devenires que una
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salud de hierro y dominante haría imposibles. De lo
que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos
perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté
encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la
salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una
nueva visión a la cual se va abriendo al pasar.
La salud como literatura, como escritura, consiste
en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un
pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos
convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía
sepultado bajo sus traiciones y renuncias. La literatura norteamericana tiene
ese poder excepcional de producir escritores que pueden contar sus propios
recuerdos, pero como los de un pueblo universal compuesto por los emigrantes de
todos los países. Thomas Wolfe «plasma por escrito toda América en tanto en
cuanto ésta pueda caber en la experiencia de un
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único hombre». Precisamente, no es un pueblo
llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de
un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor,
pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un
pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o
la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre.
Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del
Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor,
o de todos los pueblos menores, que sólo
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encuentran su expresión en y a través del escritor.
Pese a que siempre remite a agentes singulares, la literatura es disposición
colectiva de enunciación. La literatura es delirio, pero el delirio no es
asunto del padre– madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas
y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es
histórico–mundial, «desplazamiento de razas y de continentes». La literatura es
delirio, y en este sentido vive su destino entre dos polos del delirio. El delirio
es una enfermedad, la enfermedad por antonomasia, cada vez que erige una raza
supuestamente pura y dominante. Pero es el modelo de salud cuando invoca esa
raza bastarda oprimida que se agita sin cesar bajo las dominaciones, que
resiste a todo lo que la aplasta o la aprisiona, y se perfila en la literatura
como proceso. Una vez más así, un estado enfermizo corre el peligro de
interrumpir el proceso o devenir; y nos encontramos con la misma ambigüedad que
en el caso de la salud y el atletismo, el peligro constante de que un delirio
de dominación se mezcle con el delirio
bastardo, y acabe arrastrando a la literatura hacia
un fascismo larvado, la enfermedad contra la que está luchando, aun a costa de
diagnosticarla dentro de sí misma y de luchar contra sí misma. Objetivo último
de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud,
o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por
ese pueblo que falta («por» significa menos «en lugar de» que «con la intención
de»).
Lo que hace la literatura en la lengua es más
manifiesto: como dice Proust, traza en ella precisamente una especie de lengua
extranjera, que no es otra lengua, ni un habla regional recuperada, sino un
deve-nir–otro de la lengua, una disminución de esa lengua mayor, un delirio que
se impone, una línea mágica que escapa del sistema dominante. Kafka pone en
boca del campeón de natación: hablo la misma lengua que usted, y no obstante no
comprendo ni una palabra de lo que está usted diciendo. Creación sintáctica,
estilo, así es ese devenir de la lengua: no hay creación de palabras, no hay
neologismos que valgan al margen de los efectos de sintaxis dentro de los
cuales se desarrollan. Así, la literatura presenta ya dos aspectos, en la
medida en que lleva a cabo una descomposición o una destrucción de la lengua
materna, pero también la invención de una nueva lengua dentro de la lengua
mediante la creación de sintaxis. «La única manera de defender la lengua es
atacarla... Cada escritor
está obligado a hacerse su propia lengua...» 10
Diríase que
la lengua es presa de un delirio
que la obliga precisamente a salir de sus propios
surcos. En cuanto al tercer aspecto, deriva de que una lengua extranjera no
puede labrarse en la lengua misma sin que todo el lenguaje a su vez bascule, se
encuentre llevado al límite, a un afuera o a un envés consistente en Visiones y
Audiciones que ya no pertenecen a ninguna lengua. Estas visiones no son
fantasías, sino auténticas Ideas que el escritor ve y oye en los intersticios
del lenguaje, en las desviaciones de lenguaje. No son interrupciones del proceso,
sino su lado externo. El escritor como vidente y oyente, meta de la literatura:
el paso de la vida al lenguaje es lo que constituye las Ideas.
Estos son los tres aspectos que perpetuamente están
en movimiento en Artaud:
1. la omisión de letras en la descomposición del
lenguaje materno (R, T...);
2. su recuperación en una sintaxis nueva o unos
nombres nuevos con proyección sintáctica, creadores de una lengua («eTReTé»);
3. las palabras–soplos por último, límite asintáctico
hacia el que tiende todo el lenguaje.
Y Céline, no podemos evitar decirlo, por muy
sumario que nos parezca: el Viaje o la descomposición de la lengua materna;
Muerte a crédito y la nueva sintaxis como lengua dentro de
la lengua; Guignol's
Bandy las exclamaciones
suspendidas como límite
del lenguaje, visiones y sonoridades explosivas. Para escribir, tal vez
haga falta que la lengua materna sea odiosa, pero de tal modo que una creación
sintáctica trace en ella una especie de lengua extranjera, y que el lenguaje en
su totalidad revele su aspecto externo, más allá de la sintaxis. Sucede a veces
que se felicita a un escritor, pero él sabe perfectamente que anda muy lejos de
haber alcanzado el límite que se había propuesto y que incesantemente se zafa,
lejos aún de haber concluido su devenir. Escribir también es devenir otra cosa
que escritor. A aquellos que le preguntan en qué consiste la escritura,
Virginia Woolf responde: ¿Quién
habla de escribir? El escritor no, lo que le
preocupa a él es otra cosa.
Si consideramos estos criterios, vemos que, entre aquellos que hacen libros con
pretensiones literarias, incluso entre los locos,
muy pocos pueden llamarse escritores.
1 Vid.
André Dhôtel, Terres, de mémoire, Éd. Universitaires (sobre un devenir–áster en
La Chronique fabuleuse, pag. 225).
2 Le
Clézio, Haï, Flammarion, pág. 5. En su primera novela, Le proces–verbal, Ed.
Folio– Gallimard, Le Clézio presentaba de forma casi ejemplar un personaje en
un devenir–mujer, luego en un devenir–rata, y luego en un devenir–imperceptible
en el que acaba desvaneciéndose.
3 Vid.
J.–C. Bailly, La légende dispersée, anthologie du romantisme allemand, 10–18,
pag. 38.
4 Marthe
Robert, Roman des origines et origines du roman, Grasset (Novela de los
orígenes y orígenes de la novela, Taurus).
5 Lawrence,
Lettres choisies. Pión, II, pág. 237.
6 Blanchot,
La part du feu, Gallimard, págs. 29–30, y L'entretien infini, págs. 563–564:
«Algo ocurre (a los personajes) que no pueden recuperarse más que privándose de
su poder de decir Yo.» La literatura, en este caso, parece desmentir la
concepción lingüística, que asienta en las partículas conectivas, y
particularmente en las dos primeras personas, la condición misma de la
enunciación.
7 Sobre la
literatura como problema de salud, pero para aquellos que carecen de ella o que
sólo cuentan con una salud muy frágil, vid. Michaux, posfacio a «Mis
propiedades», en La nuit remue, Gallimard. Y Le Clézio, Haï, pág. 7: «Algún
día, tal vez se sepa que no había arte, sino sólo medicina.»
8 André
Bay, prefacio a Thomas Wolfe, De la mort au matin. Stock.
9 Vid. las
reflexiones de Kafka sobre las literaturas llamadas menores, Journal, Livre de
poche, págs. 179–182 (Diarios. Lumen, 1991); y las
de Melville sobre la literatura norteamericana, D'oü viens–tu, Hawthorne?,
Gallimard, págs. 237–240.
10 Vid.
Andró Dhôtel, Terres de mémoire, Éd. Universitaires (sobre un devenir–áster en
La Chronique fabuleuse, pág. 225).

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