© Libro N° 13844. Viejas
Historias De Castilla La Vieja. Delibes,
Miguel. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © Viejas Historias De Castilla La
Vieja. Miguel Delibes
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Original: © Viejas Historias De
Castilla La Vieja. Miguel Delibes
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VIEJAS HISTORIAS DE
CASTILLA LA VIEJA
Miguel Delibes
Viejas
Historias De Castilla La Vieja
Miguel Delibes
Miguel Delibes
Viejas Historias De Castilla La Vieja
Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
Í n d i c e
I — El pueblo en la cara.......................................................................................................... 3
II — Aniano, el Cosario........................................................................................................... 5
III — Las nueces, el autillo y el
abejaruco........................................................................................................... 6
IV — La Pimpollada del páramo........................................................................................................... 8
V — Los hermanos Hernando........................................................................................................ 10
VI — El teso macho de Fuentetoba........................................................................................................ 12
VII — Las cangrejadas de San Vito........................................................................................................ 14
VIII — La Sisinia, mártir de la
pureza........................................................................................................ 16
IX — Las murallas de Ávila........................................................................................................ 18
X — Los nublados de Virgen a Virgen........................................................................................................ 19
XI — A la sombra de los Enamorados........................................................................................................ 21
XII — El matacán del majuelo........................................................................................................ 23
XIII — Un chusco para cada castellano........................................................................................................ 24
XIV — Grajos y avutardas........................................................................................................ 26
XV — Las Piedras Negras........................................................................................................ 28
XVI — La Mesa de los Muertos........................................................................................................ 30
XVII — El regreso......................................................................................................... 32
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
I — El pueblo en la
cara
Cuando yo salí del
pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el
Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el
camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el
Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?» dijo él. Y yo
le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la
capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano».
Ya en el año cinco,
al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba ser de pueblo y
que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de
ciudad): «Isidoro, ¿de qué pueblo eres tú?». Y también me mortificaba que los
externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: «¿Te has fijado qué cara de
pueblo tiene el Isidoro?» o, simplemente, que prescindieran de mí cuando
echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran
despectivamente: «Ése no; ese es de pueblo». Y yo ponía buen cuidado por
entonces en evitar decir: «Allá en mi pueblo»...
«El día que regrese
a mi pueblo», pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y
Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos
de un triángulo valieran dos rectos: «Siéntate, llevas el pueblo escrito en la
cara». Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una
desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines
con liga, ni que los espárragos, junto al arroyo, brotaran más recio echándoles
porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí.
Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos
de ciudad y carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las
reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me
ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas
y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con
desprecio: «Mira el Isi; va cogiendo andares de señoritingo». Así, en cuanto
pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis
para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la
soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del
espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos
tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de
portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips
que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos. Pero lo curioso es
que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me
preguntase algo para decirle: «Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o
asao». O bien: «Allá, en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y
las mujeres sayas negras, largas hasta los pies». O bien: «Allá, en mi pueblo,
la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del
huevo sin llegar a romper el cascarón».
O bien: «Allá, en
mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con
una rama de carrasco para reintegrarle a la colmena». Y empecé a darme cuenta,
entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco
como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el
riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y
los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día
y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque
mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del
progreso y las perspectivas de futuro.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
II — Aniano, el
Cosario
El día que me
largué, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro y, al besarlas
en la frente, la Clara, que sólo dormía con un ojo y me miraba con el otro,
azul, patéticamente inmóvil, rebulló y los muelles chirriaron, como si también
quisieran despedirme. A Padre no le dije nada, ni hice por verle, porque me
había advertido: «Si te marchas, hazte la idea de que no me has conocido». Y yo
me hice la idea desde el principio y amén. Y después de toparme con el Aniano,
bajo el chopo del Elicio, tomé el camino de Pozal de la Culebra, con el hato al
hombro y charlando con el Cosario de cosas insustanciales, porque en mi pueblo
no se da demasiada importancia a las cosas y si uno se va, ya volverá; si uno
enferma, ya sanará; y si no sana, que se muera y que le entierren. Después de
todo, el pueblo permanece y algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos
y los rastrojos. En las ciudades se muere uno del todo; en los pueblos, no; y
la carne y los huesos de uno se hacen tierra, y si los trigos y las cebadas,
los cuervos y las urracas medran y se reproducen es porque uno les dio su
sangre y su calor y nada más.
El Aniano y yo íbamos por el camino y
yo le dije al Aniano: «¿Tienes buena hora?». Y él miró para el sol,
entrecerrando los ojos, y me dijo: «Aún no dio la media». Yo me irrité un poco:
«Para llegar al coche no te fíes del sol». dije. Y él me dijo: «Si es por eso
no te preocupes. Orestes sabe que voy y el coche no arranca sin el Aniano».
Algo me pesaba dentro y dejé de hablar. Las alondras apeonaban entre los
montones de estiércol, en la tierra del tío Tadeo, buscando los terrones más
gruesos para encaramarse a ellos, y en el recodo volaron muy juntas dos
codornices. El Aniano dijo: «Si las agarra el Antonio»; mas el Antonio no podía
agarrarlas sino con red, en primavera, porque por una codorniz no malgastaba un
cartucho, pero no dije nada porque algo me pesaba dentro y ya empezaba a
comprender que ser de pueblo en Castilla era una cosa importante. Y así que
llegamos al atajo de la Viuda, me volví y vi el llano y el camino polvoriento
zigzagueando por él y, a la izquierda, los tres almendros del Ponciano y, a la
derecha, los tres almendros del Olimpio, y detrás de los rastrojos amarillos,
el pueblo, con la chata torre de la iglesia en medio y las casitas de adobe,
como polluelos, en derredor. Eran cuatro casas mal contadas pero era un pueblo,
y a mano derecha, según se mira, aún divisaba el chopo del Elicio y el palomar
de la tía Zenona y el bando de palomas, muy nutrido, sobrevolando la última
curva del camino. Tras el pueblo se iniciaban los tesos como moles de ceniza, y
al pie del Cerro Fortuna, como protegiéndole del matacabras, se alzaba el soto
de los Encapuchados donde por San Vito, cuando era niño y Madre vivía,
merendábamos los cangrejos que Padre sacaba del arroyo y una tortilla de
escabeche. Recuerdo que Padre en aquellas meriendas empinaba la bota más de la
cuenta y Madre decía: «Deja la bota, Isidoro; te puede hacer mal». Y él se
enfadaba. Padre siempre se enfadaba con Madre, menos el día que murió y la vio
tendida en el suelo entre cuatro hachones. Aquel día se arrancó a llorar y
decía: «No hubo mujer más buena que ella». Luego se abrazó a las Mellizas y las
dijo: «Sólo pido al Señor que os parezcáis a la difunta». Y las Mellizas, que
eran muy niñas, se reían por lo bajo como dos tontas y se decían: «Fíjate
cuánta gente viene hoy por casa». Sobre la piedra caliza del recodo se
balanceaba una picaza y es lo último que vi del pueblo, porque Aniano, el
Cosario, me voceó desde lo alto del teso: «¿Vienes o no vienes? Orestes
aguarda, pero se cabrea si le retraso».
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
III — Las nueces,
el autillo y el abejaruco
El tendido de luz
desciende del páramo al llano y, antes de entrar en el pueblo, pasa por cima de
la nogala de la tía Bibiana. De chico, si los cables traían mucha carga,
zumbaban como abejorros y, en estos casos, la tía Marcelina afirmaba que la
descarga podía matar a un hombre y cuanto más a un mocoso como yo. Con la
llegada de la electricidad, hubo en el pueblo sus más y sus menos y a la
Macaria, la primera vez que le dio un calambre, tuvo que asistirla don Lino, el
médico de Pozal de la Culebra, de un acceso de histerismo. Más tarde el
Emiliano, que sabía un poco de electricidad, se quedó de encargado de la
compañía y lo primero que hizo fue fijar en los postes unas placas de hojalata
con una calavera y dos huesos cruzados para avisar del peligro. Pero lo más
curioso es que la tía Bibiana, desde que trazaron el tendido, no volvió a
probar una nuez de su nogala porque decía que daban corriente. Y era una pena
porque la nogala de la tía Bibiana era la única del pueblo y rara vez se
lograban sus frutos debido al clima. Al decir de don Benjamín, que siempre
salía al campo sobre su Hunter inglés seguido de su lebrel de Arabia,
semicorbato, con el tarangallo en el collar si era tiempo de veda, las nueces
no se lograban en mi pueblo a causa de las heladas tardías. Y era bien cierto.
En mi pueblo las estaciones no tienen ninguna formalidad y la primavera y el
verano y el otoño y el invierno se cruzan y entrecruzan sin la menor
consideración. Y lo mismo puede arreciar el bochorno en febrero que nevar en
mayo. Y si la helada viene después de San Ciriaco, cuando ya los árboles tienen
yemas, entonces se ponen como chamuscados y al que le coge ya no le queda sino
aguardar al año que viene. Pero la tía Bibiana era tan terca que aseguraba que
la flor de la nogala se chamuscaba por la corriente, pese a que cuando en el
pueblo aún nos alumbrábamos con candiles ya existía la helada negra. En todo
caso, durante el verano, el autillo se asentaba sobre la nogala y pasaba las
noches ladrando lúgubremente a la luna. Volaba blandamente y solía posarse en
las ramas más altas y si la luna era grande sus largas orejas se dibujaban a
contraluz. Algunas noches los chicos nos apostábamos bajo el árbol y cuando él
llegaba le canteábamos y él entonces se despegaba de la nogala como una sombra,
sin ruido, pero apenas remontaba lanzaba su «quiú, quiú», penetrante y dolorido
como un lamento. Pese a todo nunca supimos en el pueblo dónde anidaba el
autillo, siquiera don Benjamín afirmara que solía hacerlo en los nidos que
abandonaban las tórtolas y las urracas, seguramente en el soto, o donde las
chovas, en las oquedades del campanario.
Con el tendido de
luz aparecieron también en el pueblo los abejarucos. Solían llegar en primavera
volando en bandos diseminados y emitiendo un gargarismo cadencioso y dulce. Con
frecuencia yo me tumbaba boca arriba junto al almorrón, sólo por el placer de
ver sus colores brillantes y su vuelo airoso, como de golondrina. Resistían
mucho y cuando se posaban lo hacían en los alambres de la luz y entonces
cesaban de cantar, pero, a cambio, el color castaño de su dorso, el verde
iridiscente de su cola y el amarillo chillón de la pechuga fosforecían bajo el
sol con una fuerza que cegaba. Don Justo del Espíritu Santo, el cura párroco,
solía decir desde el púlpito que los abejarucos eran hermosos como los
arcángeles, o que los arcángeles eran hermosos como los abejarucos, según le
viniera a pelo una cosa o la otra, lo que no quita para que el Antonio, por
distraer la inercia de la veda, abatiese uno un día con la carabina de diez
milímetros. Luego se lo dio a disecar a Valentín, el secretario, y se lo envió
por Navidades, cuidadosamente envuelto, a la tía Marcelina, a quien, por lo
visto, debía algún favor.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
IV — La Pimpollada
del páramo
Todo eso es de la
parte de poniente, camino de Pozal de la Culebra. De la parte del naciente, una
vez que se sube por las trochas al Cerro Fortuna, se encuentra uno en el
páramo. El páramo es una inmensidad desolada y, el día que en el cielo hay
nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e
inhóspito es. Cuando yo era chaval, el páramo no tenía principio ni fin, ni
había hitos en él, ni jalones de referencia. Era una cosa tan ardua y abierta
que sólo de mirarle se fatigaban los ojos. Luego, cuando trajeron la luz de
Navalejos, se alzaron en él los postes como gigantes escuálidos y, en invierno,
los chicos, si no teníamos mejor cosa que hacer, subíamos a romper las
jarrillas con los tiragomas. Pero, al parecer, cuando la guerra, los hombres de
la ciudad dijeron que había que repoblar, que si en Castilla no llovía era por
falta de árboles, y que si los trigos no medraban era por falta de lluvia, y
todos, chicos y grandes, se pusieron a la tarea, pero, pese a sus esfuerzos, el
sol de agosto calcinaba los brotes y, al cabo de los años, apenas arraigaron
allí media docena de pinabetes y tres cipreses raquíticos. Mas en mi pueblo
están tan hechos a la escasez que ahora llaman a aquello, un poco fatuamente,
la Pimpollada. Mas antes de ser aquello la Pimpollada y antes de traer la luz
de Navalejos, Padre solía subir a aquel desierto siempre que se veía forzado a
adoptar alguna resolución importante. Don Justo del Espíritu Santo, el señor
cura, que era compañero de seminario de mi tío Remigio, el de Arrabal de
Alamillo, decía de Padre que hacía la del otro y, al preguntarle quién era el
otro, él respondía invariablemente que Mahoma. Y en el pueblo le decían Mahoma
a Padre aunque nadie, fuera de mí y quizá don Benjamín que tenía un Hunter inglés
para correr las liebres, sabía allí quién era Mahoma. Yo me sé que Padre subió
varias veces al páramo por causa mía, aunque en verdad yo no fuera culpable de
sus disgustos, pues el hecho de que no quisiera estudiar ni trabajar en el
campo no significaba que yo fuera un holgazán. Yo notaba en mi interior, desde
chico, un anhelo exclusivamente contemplativo y tal vez por ello nunca me
interesó el colegio, ni me interesó la petulancia del profesor, ni el tablero
donde dibujaba con tizas de colores las letras y los números. Y un domingo que
Padre se llegó a la capital para sacarme de paseo, se tropezó en el patio con
el Topo, mi profesor, y fue y le dijo: «¿Qué?». Y el maestro respondió: «Malo.
De ahí no sacaremos nada; lleva el pueblo escrito en la cara». Para Padre
aquello fue un mazazo y se diría por sus muecas y aspavientos y el temblorcillo
que le agarraba el labio inferior que le había proporcionado la mayor
contrariedad de su vida.
Por el verano él
trataba de despertar en mí el interés y la afición por el campo. Yo miraba a
los hombres hacer y deshacer en las faenas y Padre me decía: «Vamos, ven aquí y
echa una mano». Y yo echaba, por obediencia, una mano torpe e ineficaz. Y él me
decía: «No es eso, memo. ¿Es que no ves cómo hacen los demás?». Yo sí lo veía y
hasta lo admiraba porque había en los movimientos de los hombres del campo un
ritmo casi artístico y una eficacia palmaria, pero me aburría. Al principio
pensaba que a mí me movía el orgullo y un mal calculado sentimiento de
dignidad, pero cuando me fui conociendo mejor me di cuenta de que no había tal
sino una vocación diferente. Y al cumplir los catorce, Padre me subió al páramo
y me dijo: «Aquí no hay testigos. Reflexiona; ¿quieres estudiar?». Yo le dije:
«No». Me dijo: «¿Te gusta el campo?». Yo le dije: «Sí». Él dijo: «¿Y trabajar
en el campo?». Yo le dije: «No». Él entonces me sacudió el polvo en forma y, ya
en casa, soltó al Coqui y me tuvo cuarenta y ocho horas amarrado a la cadena
del perro sin comer ni beber.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
V — Los hermanos
Hernando
El páramo de
Lahoces desciende suavemente hacia Villalube del Pan y desde mi pueblo tiene
dos accesos —uno por delante del cerro y otro por detrás— por los que sólo
puede subirse a uña de caballo. De la parte de mi pueblo el cueto queda
flotando sobre los rastrojos y cuando le da la luz de cierta manera se pone
turbio y agrisado como una ballena. Y a pesar de que el páramo queda más
próximo de Villalube del Pan que de mi pueblo, las tierras son nuestras y
pertenecían cuando yo era chico a los hermanos Hernando. Hernando Hernando, el
mayor de los tres, regentaba además la cantina del pueblo y despachaba un
clarete casi incoloro que engañaba la vista porque bastaban tres vasos para
apañar una borrachera. El vino ése le pisaban en los lagares de Marchamalo, a
tres leguas de mi pueblo, y, al decir de los entendidos, no era recio tan sólo
por las uvas de sus bacillares, un verdejo sin pretensiones, sino porque los
mozos trituraban la uva sin lavarse, con la acritud del sudor y del polvo aún
agarrada a los pies. Bueno, pues los hermanos Hernando limpiaron el páramo de
cascajo y luego sembraron el trigo en cerros, como es de ley, pero a los pocos
años lo sembraron a manta y recogieron una cosecha soberana. Y todos en el
pueblo querían conocer el secreto porque el trigo sembrado a manta cunde más,
como es sabido, y nadie podía imaginar cómo con una huebra y un arado romano
corriente y moliente se consiguiera aquel prodigio. Mas los hermanos Hernando
eran taciturnos y reservones y no despegaban los labios. Y al llegar el otoño
ascendían con sus aperos por la vereda sur y, como eran tres, según subían por
el sendero, parecían los Reyes Magos. Una vez allí, daban vuelta a la tierra
para que la paja pudriera y se orease la tierra. Luego binaban en primavera
como si tal cosa, pero lo que nadie se explicaba es cómo se arreglaban para
cubrir la semilla sin cachear los surcos. Y si alguno pretendía seguirles,
Norberto, el menor de los tres, disparaba su escopeta desde el arado y, según
decían, tiraba a dar.
En todo caso, la
ladera del cerro es desnuda e inhóspita y apenas si con las lluvias de
primavera se suaviza un tanto su adustez debido a la salvia y el espliego. Por
la ladera aquella, que ignoro por qué la llaman en el pueblo la Lanzadera, se
veían descender en el mes de agosto las polladas de perdiz a los rastrojos. Los
perdigones andaban tan agudos que se diría que rodaban. Caminaban en fila
india, la perdiz grande, en cabeza, acechando cualquier imprevisto, mientras
los perdigones descendían confiados, trompicando de vez en cuando en algún
guijarro, piando torpemente, incipientemente, como gorriones. Luego, al ponerse
el sol, regresaban al páramo con los buches llenos, de nuevo en rigurosa fila
india, y allí en lo alto, en las tierras de los hermanos Hernando, pernoctaban.
Silos, el pastor,
era más perjudicial para la caza que el mismo raposo, según decía el Antonio.
Silos, el pastor, buscaba los nidos de perdiz con afán, y por las noches se
llegaba con los huevos a la cantina de Hernando Hernando y se merendaba una
tortilla. Una vez descubrió en la cárcava un nido con doce huevos y ese día
bajó al pueblo más locuaz que de costumbre. El Antonio se enteró y se llegó a
la cantina y, sin más, agarró la tortilla y la tiró al aire y le voceó al
pastor: «Anda, cázala al vuelo. Así es como hay que cazar las perdices,
granuja». El Silos se quedó, al pronto, como paralizado, pero enseguida se
rehízo y le dijo al Antonio: «Lo que te cabrea es que te gane por la mano, pero
el día que mates tú una hembra te la vas a comer con plumas». Después se puso a
cuatro patas y engulló la tortilla sin tocarla con la mano siquiera, como los
perros. Cuando el Antonio se fue, el Silos se echó al coleto tres tragos de
clarete de Marchamalo y sentó cátedra sobre lo justo y lo injusto y decía: «Si
él mata una hembra de perdiz, yo no puedo protestar aunque me deja sin huevos,
pero si yo me como los huevos, él protesta porque le dejo sin perdices. ¿Qué
clase de justicia es ésta?».
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
VI — El teso macho
de Fuentetoba
La tía Marcelina no
es de mi pueblo, sino de Fuentetoba, una aldea a cuatro leguas. Tanto da, creo
yo, porque Fuentetoba se asemeja a mi pueblo como un huevo a otro huevo.
Fuentetoba tiene cereales, alcores, cardos, avena loca, cuervos, chopos y un
arroyo cangrejero como cualquier pueblo que se precie. No obstante, Fuentetoba
ofrece dos particularidades: los chopos flacos como esqueletos y sobre el
pueblo hay un teso que no es redondo, sino arisco y con la cresta erguida como
si fuera un teso macho, un teso de pelea. A este teso, que está siempre de
vigilia sobre la aldea medio escondida entre los chopos y la tierra, le dicen
allí la Toba. Y la Toba, en contra de lo que es frecuente en la región, no es
de tierra calcárea, sino de piedra, una piedra mollar e ingrávida que se divide
con el serrucho como el queso y que se utiliza en la comarca para que los
pájaros enjaulados se afilen bien el pico frotándose con ella.
Con la tía
Marcelina ocurrió en casa algo muy chocante. En realidad, la tía Marcelina era
tía nuestra por parte de madre y yo pensaba que siempre fuera tan viejecita y
desmedrada como la conocí, aunque Padre asegurara otra cosa. Mas, así y todo,
tenía una sonrisa infantil y bondadosa y era ella la única vieja soltera del
pueblo que tenía el valor de sonreír así. Yo la apreciaba y ella me quería a mí
también. En su casa todo era orden y pulcritud y frescura y silencio. Y Padre
decía que su casa era como una tumba, pero si las tumbas son así no debe ser
cosa mala estar muerto. La tía Marcelina coleccionaba hojas, mariposas,
piedrecitas, y las conservaba con los colores tan vivos y llameantes que hacía
el efecto de que las había empezado a reunir ayer.
A mí, de chico, lo
que me encantaba era el abejaruco disecado que le regalara el Antonio, allá por
la Navidad del año ocho, cuyo plumaje exhibía todos los colores del arco iris y
más. La tía Marcelina lo tenía en la cómoda de su alcoba junto a una culebra de
muelles dorados que al agarrarla tras la cabeza movía nerviosamente la cola
como si estuviera viva y furiosa. Muchas veces yo me extasiaba ante el
abejaruco disecado o prendía a la culebra tras la cabeza para hacerla colear.
En esos casos la tía Marcelina me miraba complacida y decía: «¿Te gusta?». Yo
contestaba: «Más que comer con los dedos, tía». Y ella decía: «Tuyo será». O
bien: «Tuya será». Padre me advertía: «Antes tendrá que morir ella». Y esta
condición me ponía triste y como pesaroso de desear aquello con toda el alma.
También Padre
apreciaba mucho a la tía Marcelina y siempre que recogíamos los frutos
tempranos hacía un apartadijo y me decía: «Esto se lo llevas a tu tía». Y en
septiembre, las primeras perdices que se mataban en las laderas vecinas eran
para la tía, y para la tía eran las brevas de mayo y las sandías tempranas de
agosto. Y una vez que fuimos a la capital, Padre me compró una postal de
colores con dos enamorados bajo una parra y me dijo que se la enviase a la tía,
a pesar de que nosotros llegábamos en el coche de Pozal de la Culebra al mismo
tiempo.
Pero mi pueblo es
tierra muy sana y, por lo que dicen, hay más longevos en él que en ninguna
parte, y el año once la tía Marcelina cumplió noventa y dos. Padre dijo en el
jorco que se armó tras el refresco: «Está más agarrada que una encina». Y Madre
dijo enfadada: «¿Es que te estorba?». Pero a las pocas semanas a la tía
Marcelina le dio un temblor, empezó a consumirse y se marchó en ocho días. En
el testamento dejaba todos sus bienes a las monjas del Pino, y Padre, al
enterarse, se subía por las paredes y llamaba a la difunta cosas atroces,
incluso hablaba de reclamar judicialmente contra las monjas y exigirlas, al
menos, el importe de tantas perdices y de tantos frutos tempranos y de la
postal de los novios bajo la parra que yo la envié desde la ciudad. Pero como
no tenía papeles se aguantó y yo, al pensar en lo que habría sido del hermoso
abejaruco, sentía que me temblaban los párpados y había de esforzarme para no
llorar.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
VII — Las
cangrejadas de San Vito
El arroyo Moradillo
nace en la Fuente de la Salud, discurre por la chopera, que en mi pueblo
llamamos los Encapuchados, y se lanza luego perezosamente entre dos murallas de
carrizos y espadañas camino de Malpartida. Poco más allá tengo entendido que
vierte en el arroyo Aceitero; las aguas de éste van a desembocar en las del
Sequillo, cerca de Bellver de los Montes; las del Sequillo engrasan después las
del Valderaduey, y las del Valderaduey, por último, se juntan con las del Duero
justamente en la capital. Como es sabido, las aguas del Duero vierten en el
Atlántico, junto a Oporto, lo que quiere decir que en mi pueblo, de natural
sedentario, hay alguien que viaja y éstas son las aguas de la Fuente de la
Salud que, según dicen, tienen excelentes propiedades contra los eczemas, los
forúnculos, el psoriasis y otras afecciones de la piel, aunque lo cierto es que
la vez que a Padre le brotó un salpullido en la espalda y se bañó en las aguas
del Moradillo lo único que sacó en limpio fue una pulmonía. Sea de ello lo que
quiera, mi pueblo es un foco de peregrinaje por este motivo, peregrinaje que se
incrementó cuando la joven Sisinia, de veintidós años, hija del Telesforo y la
Herculana, fue ultrajada por un bárbaro, allá por el año nueve, y murió por
defender su doncellez. Don Justo del Espíritu Santo, el cura párroco, se
obstinó en canonizarla y elevarla a los altares, y en ésas andan metidos en el
pueblo todavía. Pero ése es otro cantar.
Tengan o no tengan
eficacia las aguas del Moradillo contra las afecciones de la piel, lo que está
fuera de duda es que es un regato cangrejero y que, allá por el comienzo del
siglo, con un esparavel y cuatro apaleadores llenaba uno, en una tarde que saliera
el norte, tres o cuatro sacos con poco esfuerzo. Por entonces las cosas no
estaban reglamentadas con rigor y uno podía pescar cangrejos con reteles, como
es de ley, o con araña, esparavel o sencillamente a mano, mojándose el culo,
como dice el refrán que debe hacer el que quiera comer peces. Lo cierto es que
por San Vito, según es tradición, las familias del pueblo nos desperdigábamos
por el arroyo a pescar cangrejos y al atardecer nos reuníamos en los
Encapuchados a merendar. Cada cual tenía su sector designado en las riberas, y
Madre, Padre, las Mellizas, la tía Marcelina y yo nos instalábamos junto a los
siete chopos rayanos al soto que en el pueblo les dicen, no sé por qué, los
Siete Sacramentos. Una vez allí, Padre depositaba cuidadosamente los reteles en
los remansos más profundos, apartando los carrizos con la horquilla. Padre
solía cebar con tasajo, pero si las cosas venían mal me entregaba la azuela y
me hacía cavar en la tierra húmeda para buscar lombrices. Los cangrejos rara
vez desdeñan este cebo. En cambio, el Ponciano cebaba los reteles con patatas
fritas, y Valentín, el secretario, con bazo de caballo, y aún había quien lo
hacía, como don Justo del Espíritu Santo, el cura párroco, con corteza de pan
de centeno. Los más vivos, sin duda, eran los hermanos Hernando, los de la
tierra del páramo de Lahoces, que colocaban el esparavel y después apaleaban
las aguas de su sector hasta que la red se llenaba de cangrejos. Al anochecer,
en el soto, cada cual los cocinaba en hogueras a su modo y los chicos hacíamos
silbatos con las patas más gruesas debidamente ahuecadas. Recuerdo que Madre
poseía una receta que venía de mi bisabuela y que consistía en poner los
cangrejos a la lumbre vivos con un dedo de aceite y un puño de sal gorda y
cuando los animales entraban en la agonía les echaba un ajo triturado con el
puño. La fórmula no tenía otro secreto que acertar con la rociada de vinagre
justo en el momento en que los cangrejos comenzaban a enrojecer. Pero la fiesta
en el soto terminaba mal por causa de Padre, que siempre empinaba la bota más
de la cuenta, y ya es sabido que el clarete de Marchamalo es traicionero y
enseguida se sube a la cabeza.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
VIII — La Sisinia,
mártir de la pureza
Mi pueblo, visto de
perfil, desde el camino que conduce a Molacegos del Trigo, flanqueado por los
postes de la luz que bajan del páramo, queda casi oculto por la Cotarra de las
Maricas. La Cotarra de las Maricas es una lomilla de suave ondulación que, sin
embargo, no parece tan suave a los agosteros que durante el verano acarrean los
haces del trigo hasta las eras. Pues bien, a la espalda de la Cotarra de las
Maricas, a cien metros escasos del camino de Molacegos del Trigo, fue apuñalada
la joven Sisinia, de veintidós años, hija del Telesforo y la Herculana, una
noche de julio allá por el año nueve. El asesino era un forastero que se trajo
don Benjamín de tierras de Ávila para hacer el agosto y que, según dijeron
luego, no andaba bien de la cabeza. Lo cierto es que, ya noche cerrada, el
muchacho atajó a la Sisinia y se lo pidió, y, como la chica se lo negara, él
trató de forzarla, y, como la chica se resistiera, él tiró de navaja y la cosió
a puñaladas. Al día siguiente, en el lugar donde la tierra calcárea estaba
empapada de sangre, don Justo del Espíritu Santo levantó una cruz de palo e
improvisó una ceremonia en la que se congregó todo el pueblo con trajes
domingueros y los niños y las niñas vestidos de Primera Comunión. Don Justo del
Espíritu Santo asistió revestido y, con voz tomada por la emoción, habló de la
mártir Sisinia y de lo grato que era al Altísimo el sacrificio de la pureza. Al
final, le brillaban los ojos y dijo que no descansaría hasta ver a la mártir
Sisinia en las listas sagradas del Santoral.
Un mes más tarde
brotaron en torno de la cruz de palo unas florecitas amarillas y don Justo del
Espíritu Santo atribuyó el hecho a inspiración divina y cuando el Antonio le
hizo ver que eran las quitameriendas que aparecen en las eras cuando finaliza
el verano, se irritó con él y le llamó ateo y renegado. Y con estas cosas el
lugar empezó a atraer a las gentes y todo el que necesitaba algo se llegaba a
la cruz de palo y se lo pedía a la Sisinia, llamándola de tú y con la mayor
confianza. En el pueblo se consideraba un don especial esto de contar en lo
Alto con una intercesora natural de Rolliza del Arroyo, hija del Telesforo y de
la Herculana. Y por el día los vecinos la llevaban flores y por las noches le
encendían candelitas de aceite metidas en fanales para que el matacabras no
apagase la llama. Y lo cierto es que cada primavera las florecillas del campo
familiares en la región —las margaritas, las malvas, las campanillas, los
sonidos, las amapolas— se apretaban en torno a la cruz como buscando amparo y
don Justo del Espíritu Santo se obstinaba en buscar un significado a cada una,
y así decía que las margaritas, que eran blancas, simbolizaban la pureza de la
Sisinia, las amapolas, que eran rojas, simbolizaban el sacrificio cruento de la
Sisinia, las malvas, que eran malvas, simbolizaban la muerte de la Sisinia,
pero al llegar a los sonidos, que eran amarillos, el cura siempre se atascaba,
hasta que una vez, sin duda inspirado por la mártir, don Justo del Espíritu
Santo afirmó que los sonidos, que eran amarillos, simbolizaban el oro a que la
Sisinia renunció antes que permitir ser mancillada. En el pueblo dudábamos
mucho que el gañán abulense le ofreciese oro a la Sisinia e incluso estábamos
persuadidos de que el muchacho era un pobre perturbado que no tenía donde
caerse muerto, pero don Justo del Espíritu Santo puso tanta unción en sus
palabras, un ardor tan violento y tan desusado, que la cosa se admitió sin la
menor objeción. Aquel mismo año, aprovechando las solemnidades de la Cuaresma,
don Justo del Espíritu Santo creó una Junta pro Beatificación de la mártir
Sisinia, a la que se adhirió todo el pueblo a excepción de don Armando y el tío
Tadeo, y empezó a editar una hojita en la que se especificaban los milagros y
las gracias dispensadas por la muchacha a sus favorecedores.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
IX — Las murallas
de Ávila
Don Justo del
Espíritu Santo publicaba trimestralmente la hojita en loor de la mártir Sisinia
y en ella dejaba constancia de los favores recibidos. Y un buen día, la tía
Zenona afirmaba en ella que careciendo de dinero para retejar el palomar acudió
a la mártir Sisinia y al día siguiente cobró tres años de atrasos de la renta
de una tierra, que aunque menguada —un queso de oveja y seis celemines de
trigo— le bastaron para adquirir la docena de tejas que el palomar requería.
Otro día, era el Ponciano quien, necesitando un tornillo para el arado, halló
uno en el pajero que, aunque herrumbroso y torcido, pudo ser dispuesto por el
herrero para cumplir su misión. Dicha gracia la alcanzó igualmente el Ponciano
después de encomendar el caso a la mártir Sisinia. En otra ocasión, fue la tía
Marcelina quien, después de pasar una noche con molestias gástricas, imploró de
la mártir Sisinia su restablecimiento y de madrugada vomitó verde y con el
vómito desapareció el mal. Aún recuerdo que en la hojita del último trimestre
del año once, el Antonio agradecía a la mártir Sisinia su intercesión para
encontrar una perdiz alicorta que se le amonó entre las jaras, arriba en
Lahoces, una mañana que salió al campo sin el Chinda, un perdiguero de Burgos
que por entonces andaba con el moquillo. Todas estas gracias significaban que
la joven Sisinia, mártir de la pureza, velaba desde Arriba por sus convecinos y
ellos correspondían enviando al párroco un donativo de diez céntimos y, en
casos especiales, de un real, para cooperar a su beatificación. Mas don Justo
del Espíritu Santo suplicaba al Señor que mostrase su predilección por la
mártir Sisinia autorizándola a hacer un milagro grande, un milagro sonado, que
trascendiera de la esfera local.
Y un día de
diciembre, allá por el año doce, don Justo del Espíritu Santo recibió desde
Ávila un donativo de veinticinco pesetas de una señora desconocida para
cooperar a la exaltación a los altares de la mártir Sisinia a quien debía una
gracia muy especial. Como quiera que el asesino de la Sisinia fuera también
abulense, don Justo del Espíritu Santo estableció entre ambos hechos una
correlación y, en la confianza de que se tratase del tan esperado milagro, el
cura marchó a Ávila y regresó tres días más tarde un tanto perplejo. Los
feligreses le asediaban a preguntas, y, al fin, don Justo del Espíritu Santo
explicó que doña María Garrido tenía un loro de Guinea que enmudeció tres meses
atrás y después de ser desahuciado por los veterinarios y otorrinolaringólogos
de la ciudad, el animal recobró el habla tras encomendarle doña María a la
mártir Sisinia. No obstante fracasar en su objetivo esencial, el viaje de don
Justo del Espíritu Santo le enriqueció interiormente ya que, a partir de
entonces, raro fue el sermón en que el párroco no apelara a la imagen de las
murallas de Ávila para dar plasticidad a una idea. Así, unas murallas como las
de Ávila debían preservar las almas de sus feligreses contra los embates de la
lujuria. El Paraíso estaba cercado por unas murallas tan sólidas como las de
Ávila, y con cada buena obra los hombres añadían un peldaño a la escala que les
serviría para expugnar un día la fortaleza. La pureza, al igual que las demás
virtudes, debía celarse como Ávila cela sus tesoros, tras una muralla de
piedra, de forma que su brillo no trascienda al exterior. Fue a partir de
entonces cuando, en mi pueblo, para aludir a algo alto, algo grande, algo
fuerte o algo importante empezó a decirse: «Más alto que las murallas de
Ávila», o «Más importante que las murallas de Ávila», aunque por supuesto
ninguno, fuera del párroco y del gañán que asesinara a la Sisinia, estuvimos
nunca en aquella capital.
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Castilla La Vieja
X — Los nublados de
Virgen a Virgen
Cada verano, los
nublados se cernían sobre la llanura y, mientras el cielo y los campos se
apagaban lo mismo que si llegara la noche, los cerros resplandecían a lo lejos
como si fueran de plata. Aún recuerdo el ulular del viento en el soto, su rumor
solemne y desolado como un mal presagio que inducía a las viejas a persignarse
y exclamar: «Jesús, alguien se ha ahorcado». Pero antes de estancarse la nube
sobre el pueblo, cuando más arreciaba el vendaval, los vencejos se elevaban en
el firmamento hasta casi diluirse y después picaban chirriando sobre la torre
de la iglesia como demonios negros.
El año de la Gran
Guerra, cuando yo partí, se contaron en mi pueblo, de Virgen a Virgen, hasta
veintiséis tormentas. En esos casos el alto cielo se poblaba de nubes cárdenas,
aceradas en los bordes, y, al chocar unas con otras, ocasionaban horrísonas descargas
sobre la vieja iglesia o sobre los chopos cercanos.
Tan pronto sonaba
el primer retumbo del trueno, la tía Marcelina iniciaba el rezo del trisagio,
pero antes encendía a Santa Bárbara la vela del monumento en cuyo extremo
inferior constaba su nombre en rojo —Marcelina Yáñez— que ella grababa con un
alfiler de cabeza negra pasando después cuidadosamente por las muescas un
pellizco de pimentón. Y al comenzar el trisagio, la tía Marcelina, tal vez para
acrecentar su recogimiento, ponía los ojos en blanco y decía: «Santo Dios,
Santo Fuerte, Santo Inmortal».
Y nosotros
repetíamos: «Líbranos Señor de todo mal». En los cristales repiqueteaba la
piedra y por las juntas de las puertas penetraba el vaho de la greda húmeda. De
vez en cuando sonaba algún trueno más potente y al Coqui, el perro, se le
erizaban los pelos del espinazo y la tía Marcelina interrumpía el trisagio, se
volvía a la estampa de Santa Bárbara e imploraba: «Santa Bárbara bendita, que
en el cielo estás escrita, con jabón y agua bendita», y, acto seguido,
reanudaba el trisagio: «Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal», y nosotros
respondíamos al unísono: «Líbranos Señor de todo mal».
Una vez, el nublado
sorprendió a Padre de regreso de Pozal de la Culebra, donde había ido, en la
mula ciega, por pernalas para el trillo. Y como dicen que la piel de los
animales atrae las exhalaciones, todos en casa, empezando por Madre, andábamos
intranquilos. Únicamente la tía Marcelina parecía conservar la serenidad y así,
como si la cosa no fuese con ella, prendió la vela a Santa Bárbara e inició el
trisagio sin otras explicaciones. Pero de pronto chascó, muy próximo, el
trallazo del rayo y, no sé si por la trepidación o qué, la vela cayó de la
repisa y se apagó. La tía Marcelina se llevó las manos a los ojos, después se
santiguó y dijo, pálida como una difunta: «Al Isidoro le ha matado el rayo en
el alcor; acabo de verlo». Isidoro era mi padre, y Madre se puso loca, y como
en esos casos, según es sabido, lo mejor son los golpes, entre las Mellizas y
yo empezamos a propinarle sopapos sin duelo. De repente, en medio del barullo,
se presentó Padre, el pelo chamuscado, los ojos atónitos, el collarón de la mula
en una mano y el saco de pernalas en la otra. Las piernas le temblaban como
ramas verdes y sólo dijo: «Ni sé si estoy muerto o vivo», y se sentó
pesadamente sobre el banco del zaguán.
Una vez que la nube
pasó y sobre los tesos de poniente se tendió el arco iris, me llegué con los
mozos del pueblo a los chopos que dicen los Enamorados y allí, al pie, estaba
muerta la mula, con el pelo renegrido y mate, como mojado. Y el Olimpio, que todo
lo sabía, dijo: «La silla le ha salvado». Pero la tía Marcelina porfió que no
era la silla sino la vela y aunque era un cabo muy pequeño, donde apenas se
leía ya en las letras de pimentón: «Elina Yáñez», la colocó como una reliquia
sobre la cómoda, entre el abejaruco disecado y la culebra de muelles.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
XI — A la sombra de
los Enamorados
Al pie del cerro
que decimos el Pintao —único en mi pueblo que admite cultivos y que ofrece
junto a yermos y perdidos redondas parcelas de cereal y los pocos majuelos que
perviven en el término— se alzan los chopos que desde remotos tiempos se
conocen con el nombre de los Enamorados. Y no cabe duda, digan lo que quieran
los botánicos, que los árboles en cuestión son macho y hembra. Y están siempre
juntos, como enlazados, ella —el chopo hembra— más llena, de formas
redondeadas, recostándose dulcemente en el hombro de él —el chopo macho—, desafiante
y viril. Allí, al pie de esos chopos, fue donde la exhalación fulminó a la mula
ciega de Padre el año de los nublados. Y allí, al pie de esos chopos, es donde
se han forjado las bodas de mi pueblo en las cinco últimas generaciones. En mi
pueblo, cuando un mozo se dirige a una moza con intención de matrimonio, basta
con que la siente a la sombra de los chopos para que ella diga «sí» o «no».
Esta tradición ha terminado con las declaraciones amorosas que en mi pueblo,
que es pueblo de tímidos, constituían un arduo problema. Bien es verdad que, a
veces, de la sombra de los Enamorados sale una criatura, pero ello no entorpece
la marcha de las cosas pues don Justo del Espíritu Santo nunca se negó a
celebrar un bautizo y una boda al mismo tiempo. En mi pueblo, digan lo que
digan las malas lenguas, se conserva un concepto serio de la dignidad, y el
sentido de la responsabilidad está muy aguzado. Según decía mi tía Marcelina,
en sus noventa y dos años de vida no conoció un mozo que, a sabiendas, dejara
en mi pueblo colgada una barriga. Pocos pueblos, creo yo, podrán competir con
esta estadística.
Cuando yo hablé —y
es un decir— con la Rosa Mari, la muchacha que desde niña me recomendara la tía
Marcelina, visité con frecuencia los Enamorados. Fue una tontería, porque la
Rosa Mari jamás me gustó del todo. Pero la Rosa Mari era una chiquilla limpia y
hacendosa que a la tía Marcelina la llenaba el ojo. La tía Marcelina me decía:
«Has de buscar una mujer de su casa». Y luego, como quien no quiere la cosa,
añadía: «Ve, ahí tienes a la Rosa Mari. El día que seas mozo debes casarte con
ella». De este modo, desde chico me sentí comprometido y al empezar a pollear
me sentí en la obligación de pasear a la Rosa Mari.
Y como nunca tuve
demasiada imaginación, el primer día que salimos la llevé a los Enamorados.
Para mi fortuna la sombra de los chopos estaba aquel día ocupada por el Corpus
y la Lucía, y la Rosa Mari no tuvo oportunidad de decirme «sí» o «no». Al otro
día que lo intenté, el Agapito me ganó también por la mano y en vista de ello
seguimos hasta el majuelo del tío Saturio, donde al decir del Antonio solía
encamar el matacán. Esto del matacán tiene también su importancia, pues en el
pueblo llegaron a decir que en él se encarnaba el demonio, aunque yo siempre lo
puse en duda. Sea como quiera, cada vez que conducía a la Rosa Mari a la sombra
de los Enamorados alguien se me había anticipado, de forma que, pese a mis
propósitos, nunca llegué a adquirir con ella un verdadero compromiso. Ahora
pienso si no sería la mártir Sisinia la que velaba por mí desde las alturas,
porque aunque la Rosa Mari era una buena chica, y hacendosa y hogareña como la
tía Marcelina deseaba, apenas sabía despegar los labios; y entre eso y que yo
no soy hablador nos pasábamos la tarde dándonos palmetazos para ahuyentar los
tábanos y los mosquitos. Por eso cuando decidí marchar del pueblo, el recuerdo
de la Rosa Mari no me frenó, siquiera pienso algunas veces que si yo no me casé
allá, cuando amasé una punta de pesos, se debiera antes que nada al recuerdo de
la Rosa Mari. Por más que tampoco esto sea cierto, que si yo no me casé allá es
porque desde que salí del pueblo tan sólo me preocupé de afanar y amontonar
plata para que, a la postre, el diablo se la lleve.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
XII — El matacán
del majuelo
El matacán del
majuelo del tío Saturio llegó a ser una obsesión en el pueblo. El matacán, como
es sabido, es una liebre que se resabia y a fuerza de carreras y de años
enmagrece, se la desarrollan las patas traseras, se la aquilla el pecho y corta
el viento como un dalle. Por otra parte, la carne del matacán no es codiciada,
ya que el ejercicio la endurece, el sabor a bravío se acentúa y por lo común no
hay olla que pueda con ella. Esto quiere decir que el afán por cazar el matacán
no lo inspiraba la apetencia de la presa sino que era una simple cuestión de
amor propio. La liebre aquella se diría que tenía inteligencia, y sabedora que
en el pueblo había buenos galgos, encamaba siempre en el majuelo del tío
Saturio. De esta forma, cuando el galguero la arrancaba, sus fintas y quiebros
entre las cepas le daban una ventaja inicial que luego incrementaba en el Otero
del Cristo, ya que las liebres, como es sabido, corren mejor cuesta arriba que
cuesta abajo. El matacán regateaba muy por lo fino y así que alcanzaba las
pajas de la vaguada podía darse por salvada, ya que las laderas del Otero del
Cristo la conducían al perdedero y, en fin de cuentas, a la libertad. De otro
lado, si el Antonio o el Norberto le acechaban con la escopeta, el matacán se
reprimía si el majuelo tenía hoja o se arrancaba largo si no la tenía, y en uno
u otro caso, tanto el Antonio como el Norberto siempre erraban el disparo. Yo
asistí a varios duelos entre los galgos del pueblo y el matacán y en todos, a
excepción del último, salió vencedor el matacán. Al Sultán, el galgo del
Ponciano, que era blando de pies, le dejaba para el arrastre después de cada
carrera, mientras el Quin, el galgo de los hermanos Hernando, que agarraba la
sarna cada primavera y andaban todo el tiempo untándole con pomada del Perú,
rara vez se acercó al matacán más de tres cuerpos. En vista de ello, don
Benjamín se creyó en el deber de poner su lebrel de Arabia y su caballo Hunter
inglés al servicio del pueblo, pues ya empezaba a rumorearse por todas partes
que el matacán era el mismísimo diablo, pese a que don Justo del Espíritu Santo
nos instaba domingo tras domingo a acorazarnos contra la superstición lo mismo
que se acorazaba Ávila tras sus murallas. Así, el día que el Silos, el pastor,
cantó la presencia del matacán en el majuelo y don Benjamín con su Hunter
inglés y su lebrel de Arabia se puso en movimiento, todo el pueblo marchó tras
él. El duelo entre el matacán y el lebrel fue violento. El matacán de salida
hizo uno de sus típicos esguinces tras la primera cepa, pero el lebrel,
intuyéndolo, le atajó y llegó a tener por un momento el rabo de la liebre entre
sus fauces. Luego, en las parras siguientes, el matacán regateó con tanta
sabiduría que le sacó dos cuerpos al lebrel. Don Benjamín galopaba en el Hunter
inglés voceando: «¡Hala, hala!», y así llegaron a las pajas del Otero del
Cristo y, una vez que comenzó la pendiente, el matacán fue sacándole ventaja al
perro hasta que se perdió de vista.
Al cabo de un
tiempo el lebrel regresó derrotado. Era un perro que desbarraba mucho y como el
terreno estaba duro se le pusieron los pies calientes. Durante una semana, don
Benjamín le tuvo amarrado, con unos botines de algodón empapados en aceite de
enebro, y cuando le dio por curado se reunió con el Ponciano, el Antonio y los
hermanos Hernando para estudiar la estrategia a seguir en su lucha con el
matacán. La encerrona que le prepararon fue tan alevosa que el Antonio le
derribó, al fin, de dos disparos desde su puesto, camino del perdedero, cuando
el matacán se había zafado ya del Sultán, del Quin, del lebrel de Arabia y de
la escopeta del Norberto. Al cabo le guisaron en la cantina de Hernando
Hernando, pero nadie pudo probar bocado porque el animal tenía un gusto que
tiraba para atrás.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
XIII — Un chusco
para cada castellano
Conforme lo dicho,
las tierras de mi pueblo quedan circunscritas por las de Pozal de la Culebra,
Navalejos, Villalube del Pan, Fuentetoba, Malpartida y Molacegos del Trigo.
Pozal de la Culebra es la cabeza y allí está el Juzgado, el Registro, la
Notaría y la Farmacia. Pero sus tierras no por ello son mejores que las
nuestras y el trigo y la cebada hay que sudarles al igual que por aquí. Los
tesos, sin embargo, nada tienen que ver con la división administrativa, porque
los tesos, como los forúnculos, brotan donde les place y no queda otro remedio
que aceptarlos donde están y como son. Y de eso —de tesos— no andamos mal en mi
pueblo, pues aparte el páramo de Lahoces, tenemos el Cerro Fortuna, el Otero
del Cristo, la Lanzadera, el Cueto Pintao y la Mesa de los Muertos. Este de la
Mesa de los Muertos también tiene sus particularidades y su leyenda. Pero iba a
hablar de las tierras de mi pueblo que se dominan, como desde un mirador, desde
el Cerro Fortuna. Bien mirado, la vista desde allí es como el mar, un mar gris
y violáceo en invierno, un mar verde en primavera, un mar amarillo en verano y
un mar ocre en otoño, pero siempre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comíamos
todos en mi pueblo. Padre decía a menudo: «Castilla no da un chusco para cada
castellano», pero en casa comíamos más de un chusco y yo, la verdad por
delante, jamás me pregunté, hasta que no me vi allá, quién quedaría sin chusco
en mi pueblo. Y no es que Padre fuese rico, pero ya se sabe que el tuerto es el
rey en el país de los ciegos y Padre tenía voto de compromisario por aquello de
la contribución. Y, a propósito de tuertos, debo aclarar que las argayas de los
trigos de mi pueblo son tan fuertes y aguzadas que a partir de mayo se prohíbe
a las criaturas salir al campo por temor a que se cieguen. Y esto no es un
capricho, supuesto que el Felisín, el chico del Domiciano, perdió un ojo por
esta causa y otro tanto le sucedió a la cabra del tío Bolívar. Fuera de esto,
mi pueblo no encerraba más peligros que los comunes, pero el más temido por
todos era el cielo. El cielo a veces enrasaba y no aparecía una nube en cuatro
meses y, cuando la nube llegaba al fin, traía piedra en su vientre y acostaba
las mieses. Otras veces, el cielo traía hielo en mayo, y los cereales, de no
soplar el norte con la aurora que arrastrara la friura, se quemaban sin
remedio. Otras veces, el agua era excesiva y los campos se anegaban arrastrando
las semillas. Otras, era el sol quien calentaba a destiempo, mucho en marzo,
poco en mayo, y les espigas encañaban mal y granaban peor. Incluso una vez, el
año de los nublados, el trigo se perdió en la era, ya recogido, porque no hubo
día sin agua y la cosecha no secó y no se pudo trillar. Total, que en mi
pueblo, en tanto el trigo no estuviera triturado, no se fiaban y se pasaban el
día mirando al cielo y haciendo cábalas y recordaban la cosecha del noventa y
ocho como una buena cosecha y desde entonces era su referencia y decían: «Este
año no cosechamos ni el cincuenta por ciento que el noventa y ocho». O bien:
«Este año la cosecha viene bien, pero no alcanzará ni con mucho a la del
noventa y ocho». O bien: «Con coger dos partes de la del noventa y ocho ya
podemos darnos por contentos». En suma, en mi pueblo los hombres miran al cielo
más que a la tierra, porque aunque a ésta la mimen, la surquen, la levanten, la
peinen, la ariquen y la escarden, en definitiva lo que haya de venir vendrá del
cielo. Lo que ocurre es que los hombres de mi pueblo afanan para que un buen
orden en los elementos atmosféricos no les coja un día desprevenidos; es decir,
por un por si acaso.
Y allí, en la
enorme extensión de tierras que se abarca desde el Cerro Fortuna, silban los
alcaravanes en los crepúsculos de junio, celebran sus juicios los cuervos
durante el invierno y se asientan en el otoño los bandos nuevos de avutardas,
porque en un campo así, tan pelado y desguarnecido, no es cosa fácil
sorprenderlas.
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Castilla La Vieja
XIV — Grajos y
avutardas
En la gran planicie
que forman las tierras de mi pueblo, de la parte de Molacegos del Trigo, hay
una guerrilla de chopos y olmos enanos, donde al decir del Olimpio celebraban
sus juicios los grajos en invierno. El Olimpio aseguraba haberlos visto por dos
veces, según salía con la huebra al campo de madrugada. Al decir del Olimpio,
los jueces se asentaban sobre las crestas desnudas de los chopos, mientras el
reo, rodeado por una nube de grajos, lo hacía sobre las ramas del olmo que
queda un poco rezagado, según se mira a la izquierda. Al parecer, en tanto
duraba el juicio, los cuervos se mantenían en silencio, a excepción de uno que
graznaba patéticamente ante el jurado. La escena, según el Olimpio, era tan
solemne e inusual que ponía la carne de gallina. Luego, así que el informador
concluía, los jueces intercambiaban unos graznidos y, por último, salían de
entre las filas de espectadores tres verdugos que ejecutaban al reo a picotazos
sin que la víctima ofreciera resistencia. En tanto duraba la ejecución, la
algarabía del bando se hacía tan estridente y siniestra que el Olimpio, la
primera vez, no pudo resistirlo y regresó con la huebra al pueblo. Cuando el
Olimpio contó esta historia, Hernando Hernando dijo que había visto visiones,
pero entonces el Olimpio dijo que le acompañáramos y allá fuimos todo el pueblo
en procesión hasta el lugar y, en verdad, los grajos andaban entre los
terrones, pero así que nos vieron levantaron el vuelo y no quedó uno. Hernando
Hernando se echó a reír y le preguntó al Olimpio dónde andaba el muerto, y el
Olimpio, con toda su sangre fría, dijo que lo habrían enterrado. Lo cierto es
que dos años después regresó al pueblo con el mismo cuento y nadie le creyó. Yo
era uno de los escépticos, pero, años más tarde, cuando andaba allá afanando,
cayó en mis manos un libro de Hyatt Verrill y vi que contaba un caso semejante
al del Olimpio y lo registraba con toda seriedad. Sea de ello lo que quiera,
los cuervos constituyen una plaga en mi pueblo y de nada vale trancar los
palomares durante la sementera una vez que los grajos andan sueltos, porque ya
es sabido que allá donde caen estos pajarracos remueven los sembrados y acaban
con la simiente.
De la misma llanada
que se extiende ante los árboles eran querenciosas, en el otoño, las avutardas
una vez los pollos llegaban a igualones. Eran pájaros tan majestuosos y prietos
de carnes que tentaban a todos, incluso a los no cazadores, como Padre. Sin
embargo, su desconfianza era tan grande que bastaba que uno abandonara el
pueblo por el camino de Molacegos del Trigo para que ellas remontasen el vuelo
sin aguardar a ver si era hombre o mujer, o si iba armado o desarmado. En
cambio, de las caballerías no se espantaban, de forma que en el pueblo
empezaron a cazarlas desde una mula, el cazador a horcajadas cubierto con una
manta. El sistema dio buenos resultados e incluso Padre, que no disparaba más
que la bota durante las cangrejadas de San Vito, cobró una vez un pollo de seis
kilos que estaba cebado y tierno como una pava. Pero el pollo ese no fue nada
al lado del macho que bajó el Valentín, el secretario, que dio en la báscula
trece kilos con cuatrocientos gramos. El Valentín andaba jactancioso de su proeza,
hablando con unos y con otros, y decía: «El caso es que no sé si disecarle o
hincarle el diente». Don Justo del Espíritu Santo le aconsejaba que le
disecara, pero el Ponciano abogaba por una merienda en la bodega de la señora
Blandina. Así pasaron los días y cuando el Valentín se decidió y, finalmente,
reunió a los amigos en la bodega de la señora Blandina y tenían todo dispuesto
para asarla, vino un mal olor y el Emiliano dijo: «Alguien se ha ido». Pero
nadie se había ido sino que la avutarda estaba podrida y empezaba a oler. Pero
al animal no le quedaban más plumas que las del pescuezo y el obispillo y
tampoco era cosa de disecarla así.
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Miguel Delibes Viejas historias de
Castilla La Vieja
XV — Las Piedras
Negras
Próximo a la
Pimpollada, sin salirse del páramo, según se camina hacia Navalejos, en la
misma línea del tendido, se observa en mi pueblo un fenómeno chocante: lo que
llamamos de siempre las Piedras Negras. En realidad, no son negras las piedras,
pero comparadas con las calizas, albas y deleznables, que, por lo regular,
abundan en la comarca, son negras como la pez. A mí siempre me intrigó el
fenómeno de que hubiera allí una veta aislada de piedras de granito que, vista
en la distancia — que es como hay que mirar las cosas de mi pueblo— parece un
extraño lunar. Allí fue donde me subió mi tío Remigio, el cura, el que fue
compañero de seminario de don Justo del Espíritu Santo, en Valladolid, la vez
que vino por el pueblo a casar a mi prima Emérita con el veterinario de
Malpartida. Yo le dije entonces a bocajarro: «Tío, ¿qué es la vocación?». Y él
me respondió: «Una llamada». Y yo le dije: «¿Cómo siente uno esa llamada?».Y él
me dijo: «Eso depende». Y yo le dije: «Tengo dieciséis años y nada. ¿Es cosa de
desesperar, tío?». Y él me dijo: «Nada de eso; confía en la misericordia de
Dios».
Mi tío Remigio era
muy nervioso y movía siempre una pierna porque sentía como corrientes y en
ocasiones, cuando estaba confesando, tenía que abrir la puerta del confesonario
para sacar la pierna y estirarla dos o tres veces. Mi tío Remigio era flaco y
anguloso y nada había redondo en su cuerpo fuera de la coronilla y, cuando yo
le pregunté si se sabía cura desde chico, tardó un rato en contestar y al fin
me dijo: «Yo oí la voz del Señor cazando perdices con reclamo, para que lo
sepas». Yo me quedé parado, pero, al día siguiente, el tío Remigio me dijo:
«Vente conmigo a dar un paseo». Y pian pianito nos llegamos a las Piedras
Negras. El se sentó en una de ellas y yo me quedé de pie, mirándole a la cara
fijamente, que era la manera de hacerle hablar. Entonces él, como si
prosiguiera una conversación, me dijo: «Yo nunca había cazado perdices con
reclamo y una primavera le dije a Patrocinio, el guarda: "Patro, tengo
ganas de cazar perdices con reclamo". Y él me dijo: "Aguarda a mayo y
salimos con la hembra". Y yo le dije: "¿La hembra?". Y él me
dijo: "Es el celo, entonces, y los machos acuden a la hembra y se pelean
por ella". Y de que llegó mayo subimos y en un periquete, sobre estas
mismas piedras, hizo él un tollo con cuatro jaras y nos encerramos los dos en
él, yo con la escopeta, vigilando. Y, a poco, él me dijo: "¿No puedes
poner quieta la pierna?". Y yo le dije: "Son los nervios". Y él
me dijo: "Aguántalos, si te sienten no entran". Y la hembra,
enjaulada a veinte pasos de la mirilla, hacía a cada paso: "Co-re-ché, co-
re-ché". Entonces me gustaban mucho las mujeres y a veces me decía:
"¿Qué puede hacer uno para librarse de las mujeres?". Y cuando la
hembra ahuecó la voz, Patrocinio me susurró al oído: "Ojo, ya recibe...
¿No puedes poner quieta la pierna?". De frente, a la derecha de mi campo
visual, apareció un macho majestuoso. Patrocinio me susurró al oído:
"¡Tira!". Pero yo apunté y bajé luego la escopeta. Y me dijo
Patrocinio: "¡Tira! ¿A qué demontres aguardas?". Volví a armarme y
apunté cuidadosamente a la pechuga del macho de perdiz. "¡Tira!",
volvió a decirme Patrocinio, pero yo bajé de nuevo la escopeta. "No puedo;
sería como si disparase contra mí mismo". Él entonces me arrebató el arma
de las manos, apuntó y disparó, todo en un segundo. Yo había cerrado los ojos y
cuando los abrí el macho aleteaba impotente a dos pasos de la jaula. Al salir
del tollo me dijo Patrocinio de mal humor: "Esa pierna adelantarías más
cortándola". Pero yo sentía náuseas y pensaba: "Ya sé lo que he de
hacer para que las mujeres no me dominen". Y así es como me hice
religioso.»
Yo tenía la boca
seca y escuchaba embobado, y al cabo de un rato le dije a mi tío Remigio: «Pero
en la jaula era la hembra la que estaba encerrada, tío». A mi tío Remigio le
brillaban mucho los ojos, dio dos pataditas al aire y me dijo: «¿Qué más da,
hijo? Lo importante es poner pared por medio».
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XVI — La Mesa de
los Muertos
A mí, como ya he
dicho, siempre me intrigaron las deformidades geológicas y recuerdo que la vez
que le pregunté al profesor Bedate por el fenómeno de las Piedras Negras, se
puso a hablarme de la época glacial, del ternario y del cuaternario y me dejó
como estaba. Es lo mismo que cuando yo le pregunté al Topo, el profesor de
Matemáticas, qué era pi y él me contestó que «tres, catorce, dieciséis», como
si eso fuera una respuesta. Cuando yo acudí al Topo o al profesor Bedate, lo
que quería es que me respondieran en cristiano, pero está visto que los que
saben mucho son pozos cerrados y se mueven siempre entre abstracciones. Por eso
me libré muy mucho de consultar a nadie por el fenómeno de la Mesa de los
Muertos, el extraño teso que se alzaba a medio camino entre mi pueblo y
Villalube del Pan. Era una pequeña meseta sin acceso viable, pues sus
vertientes, aunque no más altas de seis metros, son sumamente escarpadas.
Arriba, la tierra, fuerte y arcillosa, era lisa como la palma de la mano y tan
sólo en su lado norte se alzaba, como una pirámide truncada, una especie de
hito funerario de tierra apelmazada. En mi pueblo existía una tradición
supersticiosa según la cual el que arara aquella tierra cogería cantos en lugar
de mies y moriría tan pronto empezara a granar el trigo de los bajos. No
obstante, allá por el año seis, cuando yo era aún muy chico, el tío Tadeo le
dijo a don Armando, que era librepensador y hacía las veces de alcalde, que si
le autorizaba a labrar la Mesa de los Muertos. Don Armando se echó a reír y
dijo que ya era hora de que en el pueblo surgiera un hombre y que no sólo podía
labrar la Mesa sino que la Mesa era suya. El tío Tadeo hizo una exploración y
al concluir el verano se puso a trabajar en una especie de pluma para izar las
caballerías a la meseta. Para octubre concluyó su ingenio y tan pronto se
presentó el tempero, armó la pluma en el morro y subió las caballerías entre el
asombro de todos. La mujer del tío Tadeo, la señora Esperanza, se pasaba los
dias llorando y, a medida que transcurría el tiempo, se acentuaban sus temores
y no podía dormir ni con la tila de Fuentetoba que, al decir de la tía
Marcelina, era tan eficaz contra el insomnio que al Gasparín, cuando anduvo en
la mili, le tuvieron una semana en el calabozo sólo porque tomó media taza de
aquella tila y se quedó dormido en la garita, cuando hacía de centinela. El
caso es que, al comenzar la granazón, todos en el pueblo, antes de salir al
campo a escardar, se pasaban por la casa del tío Tadeo y la preguntaban a la
Esperanza: «¿Cómo anda el Tadeo?». Y ella respondía de malos modos porque por
aquellas fechas estaba ya fuera de sí. Sin embargo, una cosa chocaba en el
pueblo, a saber, que don Justo del Espíritu Santo no se pronunciase ni a favor
ni en contra de la decisión del tío Tadeo y tan sólo una vez dijo desde el
pulpito que no por rodear nuestras tierras de unas murallas tan inexpugnables
como las de Ávila sería mayor la cosecha, ya que el grano lo enviaba Dios.
El Olimpio y la
Macaría creyeron entender que don Justo del Espíritu Santo aludía con ello
veladamente a las escarpaduras de la Mesa de los Muertos, pero don Justo del
Espíritu Santo no dio nunca más explicaciones. No obstante, el trigo creció,
verdegueó, encañó, granó y se secó, sin que el tío Tadeo se resintiera de su
buena salud y, cuando llegó la hora de segar y el tío Tadeo cargó la pluma con
los haces, no faltaba al pie de la Mesa de los Muertos ni el Pechines, el
sacristán. Y resultó que las espigas del tío Tadeo eran dobles que las de las
tierras bajas, y al año siguiente volvió a sembrar y volvió a recoger espigas
como puños, y al siguiente, y al otro, y al otro, y esto que puede ser normal
en otro país es cosa rara en nuestra comarca que es tierra de año y vez, y al
sembrado, como ya es sabido, sucede el barbecho por aquello de que la tierra
tiene también sus exigencias y de cuando en cuando tiene que descansar.
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XVII — El regreso
De allá yo regresé
a Madrid en un avión de la SAS, de Madrid a la capital en el Taf, y ya en la
capital me advirtieron que desde hacía veinte años había coche de línea a
Molacegos y, por lo tanto, no tenía necesidad de llegarme, como antaño, a Pozal
de la Culebra. Y parece que no, pero de este modo se ahorra uno dos kilómetros
en el coche de San Fernando. Y así que me vi en Molacegos del Trigo, me topé de
manos a boca con el Aniano, el Cosario, y de que el Aniano me puso la vista
encima me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «De regreso. Al
pueblo». Y él me dijo: «¿Por tiempo?». Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo
entonces: «Ya la echaste larga». Y yo le dije: «Pchs, cuarenta y ocho años». Y
él añadió con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?».
Y yo le dije: «Gracias Aniano». Y luego, tan pronto cogí el camino, me entró un
raro temblor, porque el camino de Molacegos, aunque angosto, estaba regado de
asfalto y por un momento me temí que todo por lo que yo había afanado allá se
lo hubiera llevado el viento. Y así que pareé mi paso al de un mozo que iba en
mi misma dirección le dije casi sin voz: «¿Qué? ¿Llegaron las máquinas?». Él me
miró con desconfianza y me dijo: «¿Qué máquinas?». Yo me ofusqué un tanto y le
dije: «¡Qué sé yo! La cosechadora, el tractor, el arado de discos... ». El mozo
rió secamente y me dijo: «Para mercarse un trasto de ésos habría que vender
todo el término». Y así que doblamos el recodo vi ascender por la trocha sur
del páramo de Lahoces un hombre con una huebra y todo tenía el mismo carácter
bíblico de entonces y fui y le dije: «¿No será aquel que sube Hernando
Hernando, el de la cantina?». Y él me dijo: «Su nieto es; el Norberto». Y
cuando llegué al pueblo advertí que sólo los hombres habían mudado pero lo
esencial permanecía, y si Ponciano era el hijo del Ponciano, y Tadeo el hijo
del tío Tadeo, y el Antonio el nieto del Antonio, el arroyo Moradillo
continuaba discurriendo por el mismo cauce entre carrizos y espadañas, y en el
atajo de la Viuda no eché en falta ni una sola revuelta, y también estaban
allí, firmes contra el tiempo, los tres almendros del Ponciano, y los tres
almendros del Olimpio, y el chopo del Elicio, y el palomar de la tía Zenona, y
el Cerro Fortuna, y el soto de los Encapuchados, y la Pimpollada, y las Piedras
Negras, y la Lanzadera por donde bajaban en agosto los perdigones a los
rastrojos, y la nogala de la tía Bibiana, y los Enamorados, y la Fuente de la
Salud, y el Cerro Pintao, y los Siete Sacramentos, y el Otero del Cristo, y la
Cruz de la Sisinia, y el majuelo del tío Saturio, donde encamaba el matacán, y
la Mesa de los Muertos. Todo estaba tal y como lo dejé, con el polvillo de la
última trilla agarrado aún a los muros de adobe de las casas y a las bardas de
los corrales.
Y ya en casa, las
Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro, y ambas tenían ya el
cabello blanco, pero la Clara, que sólo dormía con un ojo, seguía mirándome con
el otro, inexpresivo, patéticamente azul. Y al besarlas en la frente se la
despertó a la Clara el otro ojo y se cubrió instintivamente el escote con el
embozo y me dijo: «¿Quién es usted?». Y yo la sonreí y la dije: «¿Es que no me
conoces? El Isidoro». Ella me midió de arriba abajo y, al fin, me dijo: «Estás
más viejo». Y yo la dije: «Tú estás más crecida». Y como si nos hubiéremos
puesto de acuerdo, los dos rompimos a reír.

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