© Libro N° 13833. El Camino. Delibes,
Miguel. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © El Camino. Miguel Delibes
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Miranda
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EL CAMINO
Miguel Delibes
El Camino
Miguel Delibes
El Camino
Miguel Delibes
I
Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo,
sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba
el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable
y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un
quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba...
Su padre entendía que esto era progresar; Daniel, el Mochuelo, no lo
sabía exactamente. El que él estudiase el Bachillerato en la ciudad podía ser,
a la larga, efectivamente, un progreso. Ramón, el hijo del boticario, estudiaba
ya para abogado en la
ciudad, y cuando les visitaba, durante las
vacaciones, venía empingorotado como un pavo real y les miraba a todos por
encima del hombro; incluso al salir de misa los domingos y fiestas de guardar,
se permitía corregir las palabras que don José, el cura, que era un gran santo,
pronunciara desde el púlpito. Si esto era progresar, el marcharse a la ciudad a
iniciar el Bachillerato, constituía, sin duda, la base de este progreso.
Pero a Daniel, el Mochuelo, le bullían muchas dudas en la cabeza a este
respecto. Él creía saber cuanto puede saber un hombre. Leía de corrido,
escribía para entenderse y conocía y sabía aplicar las cuatro reglas. Bien
mirado, pocas cosas más cabían en un cerebro normalmente desarrollado. No
obstante, en la ciudad, los estudios de Bachillerato constaban, según decían,
de siete años y, después, los estudios superiores, en la Universidad, de otros
tantos años, por lo menos. ¿Podría existir algo en el mundo cuyo conocimiento
exigiera catorce años de esfuerzo, tres más de los que ahora contaba Daniel?
Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo —pensaba el Mochuelo— y, a
fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a
distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. La vida era
así de rara, absurda y caprichosa. El caso era trabajar y afanarse en las cosas
inútiles o poco prácticas.
Daniel, el Mochuelo, se revolvió en el lecho y los muelles de su
camastro de hierro chirriaron desagradablemente. Que él recordase, era ésta la
primera vez que no se dormía tan pronto caía en la cama. Pero esta noche tenía
muchas cosas en qué pensar. Mañana, tal vez, no fuese ya tiempo. Por la mañana,
a las nueve en punto, tomaría el rápido ascendente y se despediría del pueblo
hasta las Navidades. Tres meses encerrado en un colegio. A Daniel, el Mochuelo,
le pareció que le faltaba aire y respiró con ansia dos o tres veces. Presintió
la
escena de la partida y pensó que no sabría contener
las lágrimas, por más que su amigo Roque, el Moñigo, le dijese que un hombre
bien hombre no debe llorar aunque se le muera el padre. Y el Moñigo tampoco era
cualquier cosa, aunque contase dos años más que él y aún no hubiera empezado el
Bachillerato. Ni lo empezaría nunca, tampoco. Paco, el herrero, no aspiraba a
que su hijo progresase; se conformaba con que fuera herrero como él y tuviese
suficiente habilidad para someter el hierro a su capricho. ¡Ése sí que era un
oficio bonito! Y para ser herrero no hacía falta estudiar catorce años, ni
trece, ni doce, ni diez, ni nueve, ni ninguno. Y se podía ser un hombre
membrudo y gigantesco, como lo era el padre del Moñigo.
Daniel, el Mochuelo, no se cansaba nunca de ver a Paco, el herrero,
dominando el hierro en la fragua. Le embelesaban aquellos antebrazos gruesos
como troncos de árboles, cubiertos de un vello espeso y rojizo, erizados de
músculos y de nervios. Seguramente Paco, el herrero, levantaría la cómoda de su
habitación con uno solo de sus imponentes brazos y sin resentirse. Y de su
tórax, ¿qué? Con frecuencia el herrero trabajaba en camiseta y su pecho
hercúleo subía y bajaba, al respirar, como si fuera el de un elefante herido.
Esto era un hombre. Y no Ramón, el hijo del boticario, emperejilado y tieso y
pálido como una muchacha mórbida y presumida. Si esto era progreso, él,
decididamente, no quería progresar. Por su parte, se conformaba con tener una
pareja de vacas, una pequeña quesería y el insignificante huerto de la trasera
de su casa. No pedía más. Los días laborables fabricaría quesos, como su padre,
y los domingos se entretendría con la escopeta, o se iría al río a pescar
truchas o a echar una partida al corro de bolos.
La idea de la
marcha desazonaba a Daniel, el Mochuelo. Por la grieta del suelo se filtraba la
luz de la planta baja y el haz luminoso se posaba en el
techo con una fijeza obsesiva. Habrían de pasar
tres meses sin ver aquel hilo fosforescente y sin oír los movimientos quedos de
su madre en las faenas domésticas; o los gruñidos ásperos y secos de su padre,
siempre malhumorado; o sin respirar aquella atmósfera densa, que se adentraba
ahora por la ventana abierta, hecha de aromas de heno recién segado y de
resecas boñigas. Dios mío, qué largos eran tres meses!
Pudo haberse rebelado contra la idea de la marcha, pero ahora era ya
tarde. Su madre lloriqueaba unas horas antes al hacer, junto a él, el
inventario de sus ropas.
—Mira, Danielín, hijo, éstas son las sábanas tuyas. Van marcadas con tus
iniciales. Y éstas tus camisetas. Y éstos tus calzoncillos. Y tus calcetines.
Todo va marcado con tus letras. En el colegio seréis muchos chicos y de otro
modo es posible que se extraviaran.
Daniel, el Mochuelo, notaba en la garganta un volumen inusitado, como si
se tratara de un cuerpo extraño. Su madre se pasó el envés de la mano por la
punta de la nariz remangada y sorbió una moquita. "El momento debe de ser
muy especial cuando la madre hace eso que otras veces me prohibe hacer a
mí", pensó el Mochuelo. Y sintió unos sinceros y apremiantes deseos de
llorar.
La madre prosiguió:
—Cuídate y cuida la ropa, hijo. Bien sabes lo que a tu padre le ha
costado todo esto. Somos pobres. Pero tu padre quiere que seas algo en la vida.
No quiere que trabajes y padezcas como él. Tú —le miró un momento como
enajenada— puedes ser algo grande, algo muy grande en la vida, Danielín; tu
padre y yo hemos querido que por nosotros no quede.
Volvió a sorber la moquita y quedó en silencio. El
Mochuelo se repitió: "Algo muy grande en la vida, Danielín", y movió
convulsivamente la cabeza. No acertaba a comprender cómo podría llegar a ser
algo muy grande en la vida. Y se esforzaba, tesoneramente, en comprenderlo.
Para él, algo muy grande era Paco, el herrero, con su tórax inabarcable, con
sus espaldas macizas y su pelo híspido y rojo; con su aspecto salvaje y duro de
dios primitivo. Y algo grande era también su padre, que tres veranos atrás
abatió un milano de dos metros de envergadura... Pero su madre no se refería a
esta clase de grandeza cuando le hablaba. Quizá su madre deseaba una grandeza
al estilo de la de don Moisés, el maestro, o tal vez como la de don Ramón, el
boticario, a quien hacía unos meses habían hecho alcalde. Seguramente a algo de
esto aspiraban sus padres para él. Mas, a Daniel, el Mochuelo, no le fascinaban
estas grandezas. En todo caso, prefería no ser grande, ni progresar.
Dio vuelta en el lecho y se colocó boca abajo, tratando de amortiguar la
sensación de ansiedad que desde hacía un rato le mordía en el estómago. Así se
hallaba mejor; dominaba, en cierto modo, su desazón. De todas formas, boca
arriba o boca abajo, resultaba inevitable que a las nueve de la mañana tomase
el rápido para la ciudad. Y adiós todo, entonces. Si es caso... Pero ya era
tarde. hacía muchos años que su padre acariciaba aquel proyecto y él no podía
arriesgarse a destruirlo todo en un momento, de un caprichoso papirotazo. Lo
que su padre no logró haber sido, quería ahora serlo en él. Cuestión de
capricho. Los mayores tenían, a veces, caprichos más tozudos y absurdos que los
de los niños. Ocurría que a Daniel, el Mochuelo, le había agradado, meses atrás,
la idea de cambiar de vida. Y sin embargo, ahora, esta idea le atormentaba.
Hacía casi seis
años que conoció las aspiraciones de su padre respecto a él. Don José, el cura,
que era
un gran santo, decía, a menudo, que era un pecado
sorprender las conversaciones de los demás. No obstante, Daniel, el Mochuelo,
escuchaba con frecuencia las conversaciones de sus padres en la planta baja,
durante la noche, cuando él se acostaba. Por la grieta del entarimado divisaba
el hogar, la mesa de pino, las banquetas, el entremijo y todos los útiles de la
quesería. Daniel, el Mochuelo, agazapado contra el suelo, espiaba las
conversaciones desde allí. Era en él una costumbre. Con el murmullo de las conversaciones,
ascendía del piso bajo el agrio olor de la cuajada y las esterillas sucias. Le
placía aquel olor a leche fermentada, punzante y casi humano.
Su padre se recostaba en el entremijo aquella noche, mientras su madre
recogía los restos de la cena. Hacía ya casi seis años que Daniel, el Mochuelo,
sorprendiera esta escena, pero estaba tan sólidamente vinculada a su vida que
la recordaba ahora con todos los pormenores.
—No, el chico será
otra cosa. No lo dudes —decía su padre—. No pasará la vida amarrado a este
banco como un esclavo. Bueno, como un esclavo y como yo.
Y, al decir esto, soltó una palabrota y golpeó en el entremijo con el
puño crispado. Aparentaba estar enfadado con alguien, aunque Daniel, el
Mochuelo, no acertaba a discernir con quién. Entonces Daniel no sabía que los
hombres se enfurecen a veces con la vida y contra un orden de cosas que
consideran irritante y desigual. A Daniel, el Mochuelo, le gustaba ver airado a
su padre porque sus ojos echaban chiribitas y los músculos del rostro se le
endurecían y, entonces, detentaba una cierta similitud con Paco, el herrero.
—Pero no podemos
separarnos de él —dijo la madre—. Es nuestro único hijo. Si siquiera tuviéramos
una niña. Pero mi vientre está seco, tú lo sabes. No
podremos tener una hija ya. Don Ricardo dijo, la última vez, que he
quedado estéril después del aborto.
Su padre juró otra
vez, entre dientes. Luego, sin moverse de su postura, añadió:
—Déjalo; eso ya no
tiene remedio. No escarbes en las cosas que ya no tienen remedio.
La madre gimoteó,
mientras recogía en un bote oxidado las migas de pan abandonadas encima de la
mesa. Aún insistió débilmente:
—A lo mejor el chico no vale para estudiar. Todo esto es prematuro. Y un
chico en la ciudad es muy costoso. Eso puede hacerlo Ramón, el boticario, o el
señor juez. Nosotros no podemos hacerlo. No tenemos dinero.
Su padre empezó a dar vueltas nerviosas a una adobadera entre las manos.
Daniel, el Mochuelo, comprendió que su padre se dominaba para no exacerbar el
dolor de su mujer. Al cabo de un rato añadió:
—Eso quédalo de mi
cuenta. En cuanto a si el chico vale o no vale para estudiar depende de si
tiene cuartos o si no los tiene. Tú me comprendes.
Se puso en pie y con el gancho de la lumbre desparramó las ascuas que
aún relucían en el hogar. Su madre se había sentado, con las bastas manos
desmayadas en el regazo. Repentinamente se sentía extenuada y nula,
absurdamente vacua e indefensa. El padre se dirigía de nuevo a ella:
—Es cosa decidida.
No me hagas hablar más de esto. En cuanto el chico cumpla once años marchará a
la ciudad a empezar el grado.
La madre suspiró, rendida. No dijo nada. Daniel, el
Mochuelo, se acostó y se durmió haciendo conjeturas sobre lo que querría decir
su madre, con aquello de que tenía el vientre seco y que se había quedado
estéril después del aborto.
II
Ahora, Daniel, el Mochuelo, ya sabía lo que era tener el vientre seco y
lo que era un aborto. Pensó en Roque, el Moñigo. Quizá si no hubiera conocido a
Roque, el Moñigo, seguiría, a estas alturas, sin saber lo que era un vientre
seco y lo que era un aborto. Pero Roque, el Moñigo, sabía mucho de todo
"eso". Su madre le decía que no se juntase con Roque, porque el
Moñigo se había criado sin madre y sabía muchas perrerías. También las
Guindillas le decían a menudo que por juntarse al Moñigo ya era lo mismo que
él, un golfo y un zascandil.
Daniel, el Mochuelo, siempre salía en defensa de Roque, el Moñigo. La
gente del pueblo no le comprendía o no quería comprenderle. Que Roque supiera
mucho de "eso" no significaba que fuera un golfo y un zascandil. El
que fuese fuerte como un toro y como su padre, el herrero, no quería decir que
fuera un malvado. El que su padre, el herrero, tuviese siempre junto a la
fragua una bota de vino y la levantase de cuando en cuando no equivalía a ser
un borracho empedernido, ni podía afirmarse, en buena ley, que Roque, el
Moñigo, fuese un golfante como su padre, porque ya se sabía que de tal palo tal
astilla. Todo esto constituía una sarta de infamias, y Daniel, el Mochuelo, lo
sabía de sobra porque conocía como nadie al Moñigo y a su padre.
De que la mujer de
Paco, el herrero, falleciera al dar a luz al Moñigo, nadie tenía la culpa. Ni
tampoco tenía la culpa nadie de la falta de
capacidad educadora de su hermana Sara, demasiado brusca y rectilínea
para ser mujer.
La Sara llevó el peso de la casa desde la muerte de su madre. Tenía el
pelo rojo e híspido y era corpulenta y maciza como el padre y el hermano. A
veces, Daniel, el Mochuelo, imaginaba que el fin de la madre de Roque, el
Moñigo, sobrevino por no tener aquélla el pelo rojo. El pelo rojo podía ser, en
efecto, un motivo de longevidad o, por lo menos, una especie de amuleto
protector. Fuera por una causa o por otra, lo cierto es que la madre del Moñigo
falleció al nacer él y que su hermana Sara, trece años mayor, le trató desde
entonces como si fuera un asesino sin enmienda. Claro que la Sara tenía poca
paciencia y un carácter regañón y puntilloso. Daniel, el Mochuelo, la había
conocido corriendo tras de su hermano escalera abajo, desmelenada y torva,
gritando desaforadamente:
—¡Animal, más que
animal, que ya antes de nacer eras un animal!
Luego la oyó repetir este estribillo centenares y hasta millares de
veces; pero a Roque, el Moñigo, le traía aquello sin cuidado. Seguramente lo
que más exacerbó y agrió el carácter de la Sara fue el rotundo fracaso de su
sistema educativo. Desde muy niño, el Moñigo fue refractario al Coco, al Hombre
del Saco y al Tío Camuñas. Sin duda fue su solidez física la que le inspiró
este olímpico desprecio hacia todo lo que no fueran hombres reales, con huesos,
músculos y sangre bajo la piel. Lo cierto es que cuando la Sara amenazaba a su
hermano, diciéndole: "Que viene el Coco, Roque, no hagas tal cosa",
el Moñigo sonreía maliciosamente, como desafiándole: "Ale, que venga, le
aguardo". Entonces el Moñigo apenas tenía tres años y aún no hablaba nada.
A la Sara la llevaban los demonios al constatar el choque inútil de su amenaza
con la indiferencia burlona del pequeñuelo.
Poco a poco, el Moñigo fue creciendo y su hermana Sara apeló a otros
procedimientos. Solía encerrar a Roque en el pajar si cometía una travesura, y
luego le leía, desde fuera, lentamente y con voz sombría y cavernosa, las
recomendaciones del alma.
Daniel, el Mochuelo, aún recordaba una de las primeras visitas a casa de
su amigo. La puerta de la calle estaba entreabierta y, en el interior, no se
veía a nadie, ni se oía nada, como si la casa estuviera deshabitada. La
escalera que conducía al piso alto se alzaba incitante ante él, pero él la
miró, tocó el pasamano, pero no se atrevió a subir. Conocía ya a la Sara de
referencias y aquel increíble silencio le inspiraba un vago temor. Se entretuvo
un rato atrapando una lagartija que intentaba escabullirse por entre las losas
del zaguán. De improviso oyó una retahíla de furiosos improperios, en lo alto,
seguidos de un estruendoso portazo. Se decidió a llamar, un poco cohibido:
—¡Moñigo! ¡Moñigo!
Al instante se
derramó sobre él un diluvio de frases agresivas. Daniel se encogió sobre sí
mismo.
—¿Quién es el bruto
que llama así? ¡Aquí no hay ningún Moñigo! Todos en esta casa llevamos nombre
de santo. ¡Ale, largo!
Daniel, el Mochuelo, nunca supo por qué en aquella ocasión se quedó, a
pesar de todo, clavado al suelo como si fuera una estatua. El caso es que se
quedó tieso y mudo, casi sin respirar. Entonces oyó hablar arriba a la Sara y
prestó atención. Por el hueco de la escalera se desgranaban sus frases
engoladas como una lluvia lúgubre y sombría:
—Cuando mis pies, perdiendo su movimiento, me adviertan que mi carrera
en este mundo está próxima a su fin...
Y, detrás, sonaba
la voz del Moñigo, opaca y sorda, como si partiera de lo hondo de un pozo:
—Jesús
misericordioso, tened compasión de mí.
De nuevo las
inflexiones de Sara, cada vez más huecas y extremosas:
—Cuando mis ojos
vidriados y desencajados por el horror de la inminente muerte, fijen en vos sus
miradas lánguidas y moribundas...
—Jesús
misericordioso, tened compasión de mí.
Se iba adueñando de Daniel, el Mochuelo, un pavor helado e impalpable.
Aquella tétrica letanía le hacía cosquillas en la médula de los huesos. Sin
embargo, no se movió del sitio. Le acuciaba una difusa e impersonal curiosidad.
—Cuando perdido el uso de los sentidos —continuaba, monótona, la Sara—
el mundo todo desaparezca de mi vista y gima yo entre las angustias de la
última agonía y los afanes de la muerte...
Otra vez la voz amodorrada y sorda y tranquila del
Moñigo, desde el
pajar:
—Jesús
misericordioso, tened compasión de mí.
Al concluir Sara su
correctivo verbal, se hizo impaciente la voz de Roque:
—¿Has terminado?
—Sí —dijo Sara.
La interrogación
siguiente de la Sara envolvía un despecho mal reprimido:
—¿Escarmentaste?
—¡No!
—Entonces no abro.
—Abre o echo la
puerta abajo. El castigo ya se terminó.
Y Sara le abrió a
su pesar. El Moñigo le dijo al pasar a su lado:
—Me metiste menos
miedo que otros días, Sara.
La hermana perdía
los estribos, furiosa:
—¡Calla, cerdo! Un
día... un día te voy a partir los hocicos o yo no sé lo que te voy a hacer.
—Eso no; no me
toques, Sara. Aún no ha nacido quien me ponga la mano encima, ya lo sabes —dijo
el Moñigo.
Daniel, el Mochuelo, esperó oír el estampido del sopapo, pero la Sara
debió pensarlo mejor y el estampido previsto no se produjo. Oyó Daniel, en
cambio, las pisadas firmes de su amigo al descender los peldaños, y acuciado
por un pudoroso instinto de discreción, salió por la puerta entornada y le
esperó en la calle. Ya a su lado, el Moñigo dijo:
—¿Oíste a la Sara?
Daniel, el
Mochuelo, no se atrevió a mentir:
—La oí —dijo.
—Te habrás fijado
que es una maldita pamplinera.
—A mí me metió
miedo, la verdad —confesó, aturdido, el Mochuelo.
—¡Bah!, no hagas caso. Todo eso de los ojos vidriados y los pies que no
se mueven son pamplinas. Mi padre dice que cuando la diñas no te enteras de
nada.
Movió el Mochuelo,
dubitativo, la cabeza.
—¿Cómo lo sabe tu
padre? —dijo.
A Roque, el Moñigo,
no se le había ocurrido pensar en eso. Vaciló un momento, pero en seguida
aclaró:
—¡Qué sé yo! Se lo
diría mi madre al morirse. Yo no me puedo acordar de eso.
Desde aquel día, Daniel, el Mochuelo, situó mentalmente al Moñigo en un
altar de admiración. El moñigo no era listo, pero, ¡ahí era nada mantenérselas
tiesas con los mayores! Roque, a ratos, parecía un hombre por su aplomo y
gravedad. No admitía imposiciones ni tampoco una justicia cambiante y
caprichosa. Una justicia doméstica, se sobreentiende. Por su parte, la hermana
le respetaba. La voluntad del Moñigo no era un cero a la izquierda como la
suya; valía por la voluntad de un hombre; se la tenía en cuenta en su casa y en
la calle. El Moñigo poseía personalidad.
Y, a medida que transcurría el tiempo, fue aumentando la admiración de
Daniel por el Moñigo. Éste se peleaba con frecuencia con los rapaces del valle
y siempre salía victorioso y sin un rasguño. Una tarde, en una romería, Daniel
vio al Moñigo apalear hasta hartarse al que tocaba el tamboril. Cuando se sació
de golpearle le metió el tambor por
la cabeza como si fuera un sombrero. La gente se
reía mucho. El músico era un hombre ya de casi veinte años y el Moñigo sólo
tenía once. Para entonces, el Mochuelo había comprendido que Roque era un buen
árbol donde arrimarse y se hicieron inseparables, por más que la amistad del
Moñigo le forzaba, a veces, a extremar su osadía e implicaba algún que otro
regletazo de don Moisés, el maestro. Pero, en compensación, el Moñigo le había
servido en más de una ocasión de escudo y paragolpes.
A pesar de todo esto, la madre de Daniel, don José el cura, don Moisés
el maestro, la Guindilla mayor y las Lepóridas, no tenían motivos para afirmar
que Roque, el Moñigo, fuese un golfante y un zascandil. Si el Moñigo entablaba
pelea era siempre por una causa justa o porque procuraba la consecución de
algún fin utilitario y práctico. Jamás lo hizo a humo de pajas o por el placer
de golpear.
Y otro tanto ocurría con su padre, el herrero. Paco, el herrero,
trabajaba como el que más y ganaba bastante dinero. Claro que para la Guindilla
mayor y las Lepóridas no existían más que dos extremos en el pueblo: los que
ganaban poco dinero y de éstos decían que eran unos vagos y unos holgazanes, y
los que ganaban mucho dinero, de los cuales afirmaban que si trabajaban era
sólo para gastarse el dinero en vino. Las Lepóridas y la Guindilla mayor
exigían un punto de equilibrio muy raro y difícil de conseguir. Pero la verdad
es que Paco, el herrero, bebía por necesidad. Daniel, el Mochuelo, lo sabía de
fundamento, porque conocía a Paco mejor que nadie. Y si no bebía, la fragua no
carburaba. Paco, el herrero, lo decía muchas veces: "Tampoco los autos andan
sin gasolina". Y se echaba un trago al coleto. Después del trago trabajaba
con mayor ahínco y tesón. Esto, pues, a fin de cuentas, redundaba en beneficio
del pueblo. Mas el pueblo no se lo agradecía y lo llamaba sinvergüenza y
borracho. Menos mal que el herrero tenía correa, como su hijo,
y aquellos insultos no le lastimaban. Daniel, el
Mochuelo, pensaba que el día que Paco, el herrero, se irritase no quedaría en
el pueblo piedra sobre piedra; lo arrasaría todo como un ciclón.
No era tampoco cosa de echar en cara al herrero el que piropease a las
mozas que cruzaban ante la fragua y las invitase a sentarse un rato con él a
charlar y a echar un trago. En realidad, era viudo y estaba aún en edad de
merecer. Además, su exuberancia física era un buen incentivo para las mujeres.
A fin de cuentas, don Antonino, el marqués, se había casado tres veces y no por
ello la gente dejaba de llamarle don Antonino y seguía quitándose la boina al
cruzarse con él, para saludarle. Y continuaba siendo el marqués. Después de
todo, si Paco, el herrero, no se casaba lo hacía por no dar madrastra a sus
hijos y no por tener más dinero disponible para vino como malévolamente
insinuaban la Guindilla mayor y las Lepóridas.
Los domingos y días festivos, Paco, el herrero, se emborrachaba en casa
del Chano hasta la incoherencia. Al menos eso decían la Guindilla mayor y las
Lepóridas. Mas si lo hacía así, sus razones tendría el herrero, y una de ellas,
y no desdeñable, era la de olvidarse de los últimos seis días de trabajo y de
la inminencia de otros seis en los que tampoco descansaría. La vida era así de
exigente y despiadada con los hombres.
A veces, Paco, cuyo temperamento se exaltaba con el alcohol, armaba en
la taberna del Chano trifulcas considerables. Esto sí, jamás tiraba de navaja
aunque sus adversarios lo hicieran. A pesar de ello, las Lepóridas y la
Guindilla mayor decían de él —de él, que peleaba siempre a pecho descubierto y
con la mayor nobleza concebible— que era un asqueroso matón. En realidad, lo
que mortificaba a la Guindilla mayor, las Lepóridas, al maestro, al ama de don
Antonino, a la madre de Daniel, el Mochuelo,
y a don José, el cura, eran los músculos abultados
del herrero; su personalidad irreductible; su hegemonía física. Si Paco y su
hijo hubieran sido unos fifiriches al pueblo no le importaría que fuesen
borrachos o camorristas; en cualquier momento podrían tumbarles de un sopapo.
Ante aquella inaudita corpulencia, la cosa cambiaba; habían de conformarse con
ponerles verdes por la espalda. Bien decía Andrés, el zapatero: "Cuando a
las gentes les faltan músculos en los brazos, les sobran en la lengua".
Don José, el cura, que era un gran santo, a pesar de censurar
abiertamente a Paco, el herrero, sus excesos, sentía hacia él una secreta
simpatía. Por mucho que tronase no podría olvidar nunca el día de la Virgen,
aquel año en que Tomás se puso muy enfermo y no pudo llevar las andas de la
imagen. Julián, otro de los habituales portadores de las andas, tuvo que salir
del lugar en viaje urgente. La cosa se ponía fea. No surgían sustitutos. Don
José, el cura, pensó, incluso, en suspender la procesión. Fue entonces cuando
se presentó, humildemente, en la iglesia Paco, el herrero.
—Señor cura, si
usted quiere, yo puedo pasear la Virgen por el pueblo. Pero ha de ser a
condición de que me dejen a mí solo — dijo.
Don José sonrió
maliciosamente al herrero.
—Hijo, agradezco tu
voluntad y no dudo de tus fuerzas. Pero la imagen pesa más de doscientos kilos
—dijo.
Paco, el herrero,
bajó los ojos, un poco avergonzado de su enorme fortaleza.
—Podría llevar
encima cien kilos más, señor cura. No sería la primera vez... —insistió.
Y la Virgen recorrió el pueblo sobre los fornidos
hombros de Paco, el herrero, a paso lento y haciendo cuatro paradas: en la
plaza, ante el Ayuntamiento, frente a Teléfonos y, de regreso, en el atrio de
la iglesia, donde se entonó, como era costumbre, una Salve popular. Al concluir
la procesión, los chiquillos rodearon admirados a Paco, el herrero. Y éste,
esbozando una sonrisa pueril, les obligaba a palparle la camisa en el pecho, en
la espalda, en los sobacos.
—Tentad, tentad
—les decía—; no estoy sudado; no he sudado ni tampoco una gota.
La Guindilla mayor y las Lepóridas censuraron a don José, el cura, que
hubiese autorizado a poner la imagen de la Virgen sobre los hombros más
pecadores del pueblo. Y juzgaron el acto meritorio de Paco, el herrero, como
una ostentación evidentemente pecaminosa. Pero Daniel, el Mochuelo, estaba en
lo cierto: lo que no podía perdonársele a Paco, el herrero, era su complexión y
ser el hombre más vigoroso del valle, de todo el valle.
III
El valle... Aquel valle significaba mucho para Daniel, el Mochuelo. Bien
mirado, significaba todo para él. En el valle había nacido y, en once años,
jamás franqueó la cadena de altas montañas que lo circuían. Ni experimentó la
necesidad de hacerlo siquiera.
A veces, Daniel, el Mochuelo, pensaba que su padre, y el cura, y el
maestro, tenían razón, que su valle era como una gran olla independiente,
absolutamente aislada del exterior. Y, sin embargo, no era así; el valle tenía
su cordón umbilical, un doble cordón umbilical, mejor dicho, que le vitalizaba
al mismo tiempo que le maleaba: la vía férrea y la carretera. Ambas vías
atravesaban el valle de sur a norte, provenían de la parda y reseca llanura de
Castilla y buscaban la llanura azul del mar. Constituían, pues, el enlace de
dos inmensos mundos contrapuestos.
En su trayecto por el valle, la vía, la carretera y el río —que se unía
a ellas después de lanzarse en un frenesí de rápidos y torrentes desde lo alto
del Pico Rando— se entrecruzaban una y mil veces, creando una inquieta
topografía de puentes, túneles, pasos a nivel y viaductos.
En primavera y verano, Roque, el Moñigo, y Daniel, el Mochuelo, solían
sentarse, al caer la tarde, en cualquier leve prominencia y desde allí
contemplaban, agobiados por una unción casi religiosa, la lánguida e
ininterrumpida vitalidad del valle. La vía del tren y la carretera dibujaban,
en la hondonada, violentos y frecuentes zigzags; a
veces se buscaban, otras se repelían, pero siempre, en la perspectiva, eran
como dos blancas estelas abiertas entre el verdor compacto de los prados y los
maizales. En la distancia, los trenes, los automóviles y los blancos caseríos
tomaban proporciones de diminutas figuras de "nacimiento"
increíblemente lejanas y, al propio tiempo, incomprensiblemente próximas y
manejables. En ocasiones se divisaban dos y tres trenes simultáneamente, cada
cual con su negro penacho de humo colgado de la atmósfera, quebrando la
hiriente uniformidad vegetal de la pradera. ¡Era gozoso ver surgir las
locomotoras de las bocas de los túneles! Surgían como los grillos cuando el
Moñigo o él orinaban, hasta anegarlas, en las huras del campo. Locomotora y
grillo evidenciaban, al salir de sus agujeros, una misma expresión de jadeo,
amedrentamiento y ahogo.
Le gustaba al Mochuelo sentir sobre sí la quietud serena y reposada del
valle, contemplar el conglomerado de prados, divididos en parcelas, y
salpicados de caseríos dispersos. Y, de vez en cuando, las manchas oscuras y
espesas de los bosques de castaños o la tonalidad clara y mate de las
aglomeraciones de eucaliptos. A lo lejos, por todas partes, las montañas, que,
según la estación y el clima, alteraban su contextura, pasando de una extraña
ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y plomiza en los días oscuros.
Al Mochuelo le agradaba aquello más que nada, quizá, también, porque no
conocía otra cosa. Le agradaba constatar el paralizado estupor de los campos y
el verdor frenético del valle y las rachas de ruido y velocidad que la
civilización enviaba de cuando en cuando, con una exactitud casi cronométrica.
Muchas tardes, ante
la inmovilidad y el silencio de la Naturaleza, perdían el sentido del tiempo y
la
noche se les echaba encima. La bóveda del
firmamento iba poblándose de estrellas y Roque, el Moñigo, se sobrecogía bajo
una especie de pánico astral. Era en estos casos, de noche y lejos del mundo,
cuando a Roque, el Moñigo, se le ocurrían ideas inverosímiles, pensamientos que
normalmente no le inquietaban:
Dijo una vez:
—Mochuelo, ¿es
posible que si cae una estrella de ésas no llegue nunca al fondo?
Daniel, el
Mochuelo, miró a su amigo, sin comprenderle.
—No sé lo que me
quieres decir —respondió.
El Moñigo luchaba
con su deficiencia de expresión. Accionó repetidamente con las manos, y, al
fin, dijo:
—Las estrellas
están en el aire, ¿no es eso?
—Eso.
—Y la Tierra está
en el aire también como otra estrella, ¿verdad? —añadió.
—Sí; al menos eso
dice el maestro.
—Bueno, pues es lo que te digo. Si una estrella se cae y no choca con la
Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? ¿Es que ese aire que las
rodea no se acaba nunca?
Daniel, el Mochuelo, se quedó pensativo un instante. Empezaba a
dominarle también a él un indefinible desasosiego cósmico. La voz surgió de su
garganta indecisa y aguda como un lamento.
—¿Qué?
—No me hagas esas
preguntas; me mareo.
—¿Te mareas o te
asustas?
—Puede que las dos
cosas —admitió.
Rió,
entrecortadamente, el Moñigo.
—Voy a decirte una
cosa —dijo luego.
—¿Qué?
—También a mí me dan miedo las estrellas y todas esas cosas que no se
abarcan o no se acaban nunca. Pero no lo digas a nadie, ¿oyes? Por nada del
mundo querría que se enterase de ello mi hermana Sara.
El Moñigo escogía siempre estos momentos de reposo solitario para sus
confidencias. Las ingentes montañas, con sus recias crestas recortadas sobre el
horizonte, imbuían al Moñigo una irritante impresión de insignificancia. Si la
Sara, pensaba Daniel, el Mochuelo, conociera el flaco del Moñigo, podría,
fácilmente, meterlo en un puño. Pero, naturalmente, por su parte, no lo sabría
nunca. Sara era una muchacha antipática y cruel y Roque su mejor amigo. ¡Que
adivinase ella el terror indefinible que al Moñigo le inspiraban las estrellas!
Al regresar, ya de noche, al pueblo, se hacía más notoria y perceptible
la vibración vital del valle. Los trenes pitaban en las estaciones diseminadas
y sus silbidos rasgaban la atmósfera como cuchilladas. La tierra exhalaba un
agradable vaho a humedad y a excremento de vaca. También olía, con más o menos
fuerza, la hierba según el estado del cielo o la frecuencia de las lluvias.
A Daniel, el Mochuelo, le placían estos olores, como le placía oír en la
quietud de la noche el mugido soñoliento de una vaca o el lamento chirriante e
iterativo de una carreta de bueyes avanzando a trompicones por una cambera.
En verano, con el cambio de hora, regresaban al pueblo de día. Solían
hacerlo por encima del túnel, escogiendo la hora del paso del tranvía
interprovincial. Tumbados sobre el montículo, asomando la nariz al precipicio,
los dos rapaces aguardaban impacientes la llegada del tren. La hueca resonancia
del valle aportaba a sus oídos, con tiempo suficiente, la proximidad del
convoy. Y, cuando el tren surgía del túnel, envuelto en una nube densa de humo,
les hacía estornudar y reír con espasmódicas carcajadas. Y el tren se deslizaba
bajo sus ojos, lento y traqueteante, monótono, casi al alcance de la mano.
Desde allí, por un senderillo de cabras, descendían a la carretera. El
río cruzaba bajo el puente, con una sonoridad adusta de catarata. Era una
corriente de montaña que discurría con fuerza entre grandes piedras reacias a
la erosión. El murmullo oscuro de las aguas se remansaba, veinte metros más
abajo, en la Poza del Inglés, donde ellos se bañaban en las tardes calurosas
del estío.
En la confluencia del río y la carretera, a un kilómetro largo del
pueblo, estaba la taberna de Quino, el Manco. Daniel, el Mochuelo, recordaba
los buenos tiempos, los tiempos de las transacciones fáciles y baratas. En
ellos, el Manco, por una perra chica les servía un gran vaso de sidra de barril
y, encima les daba conversación. Pero los tiempos habían cambiado últimamente
y, ahora, Quino, el Manco, por cinco céntimos, no les daba más que
conversación.
La tasca de Quino, el Manco, se hallaba casi
siempre vacía. El Manco era generoso hasta la prodigalidad y en los tiempos que
corrían resultaba arriesgado ser generoso. En la taberna de Quino, por unas
causas o por otras, sólo se despachaba ya un pésimo vino tinto con el que
mataban la sed los obreros y empleadas de la fábrica de clavos, ubicada
quinientos metros río abajo.
Más allá de la taberna, a la izquierda, doblando la última curva, se
hallaba la quesería del padre del Mochuelo. Frente por frente, un poco
internada en los prados, la estación y, junto a ella, la casita alegre, blanca
y roja de Cuco, el factor. Luego, en plena varga ya, empezaba el pueblo
propiamente dicho.
Era, el suyo, un pueblecito pequeño y retraído y vulgar. Las casas eran
de piedra, con galerías abiertas y colgantes de madera, generalmente pintadas
de azul. Esta tonalidad contrastaba, en primavera y verano, con el verde y rojo
de los geranios que infestaban galerías y balcones.
La primera casa, a mano izquierda, era la botica. Anexas estaban las
cuadras, las magníficas cuadras de don Ramón, el boticario—alcalde, llenas de
orondas, pacientes y saludables vacas. A la puerta de la farmacia existía una
campanilla, cuyo repiqueteo distraía a don Ramón de sus afanes municipales para
reintegrarle, durante unos minutos, a su profesión.
Siguiendo varga arriba, se topaba uno con el palacio de don Antonino, el
marqués, preservado por una alta tapia de piedra, lisa e inexpugnable; el
tallercito del zapatero; el Ayuntamiento, con un arcaico escudo en el frontis;
la tienda de las Guindillas y su escaparate recompuesto y variado; la fonda,
cuya famosa galería de cristales flanqueaba dos de las bandas del edificio; a
la derecha de ésta, la plaza
cubierta de boñigas y guijos y con una fuente
pública, de dos caños, en el centro; cerrando la plaza, por el otro lado,
estaba el edificio del Banco y, después, tres casas de vecinos con sendos
jardincillos delante.
Por la derecha, frente a la botica, se hallaba la finca de Gerardo, el
Indiano, cuyos árboles producían los mejores frutos de la comarca; la
cuadra de Pancho, el Sindiós, donde circunstancialmente estuvo instalado
el cine; la taberna del Chano; la fragua de Paco, el herrero; las oficinas de
Teléfonos, que regentaban las Lepóridas; el bazar de Antonio, el Buche, y la
casa de don José, el cura, que tenía la rectoría en la planta baja.
Trescientos metros más allá, varga abajo, estaba la iglesia, de piedra
también, sin un estilo definido, y con un campanario erguido y esbelto. Frente
a ella, los nuevos edificios de las escuelas, encalados y con las ventanas
pintadas de verde, y la vivienda de don Moisés, el maestro.
Visto así, a la ligera, el pueblo no se diferenciaba de tantos otros.
Pero para Daniel, el Mochuelo, todo lo de su pueblo era muy distinto a lo de
los demás. Los problemas no eran vulgares, su régimen de vida revelaba talento
y de casi todos sus actos emanaba una positiva trascendencia. Otra cosa es que
los demás no quisieran reconocerlo.
Con frecuencia, Daniel, el Mochuelo, se detenía a contemplar las
sinuosas callejas, la plaza llena de boñigas y guijarros, los penosos
edificios, concebidos tan sólo bajo un sentido utilitario. Pero esto no le
entristecía en absoluto. las calles, la plaza y los edificios no hacían un
pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo lo hacían sus hombres y
su historia. Y Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de
pastosas
boñigas y por las casas que las flanqueaban,
pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y
al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y
peculiar de vivir.
¿Que el pueblo era ferozmente individualista y que una corporación
pública tuviera poco que hacer en él, como decía don Ramón, el alcalde? Bien.
El Mochuelo no entendía de individualismo, ni de corporaciones públicas y no
poseía razones para negarlo. Pero, si era así, los males consiguientes no
rebasaban el pueblo y, después de todo, ellos mismos pagaban sus propios
pecados.
¿Que preferían no asfaltar la plaza antes de que les aumentasen los
impuestos? Bien. Por eso la sangre no iba a llegar al río. "La cosa
pública es un desastre", voceaba, a la menor oportunidad, don Ramón.
"Cada uno mira demasiado lo propio y olvida que hay cosas que son de todos
y que hay que cuidar", añadía. Y no había quien le metiera en la cabeza
que ese egoísmo era flor o espina, o vicio o virtud de toda una raza.
Pero, ni por esto, ni por nada, podían regateársele al pueblo sus
cualidades de eficiencia, seriedad y discreción. Cada uno en lo suyo, desde
luego, pero los vagos no son vagos porque no quieran trabajar en las cosas de
los demás. El pueblo, sin duda, era de una eficacia sobria y de una discreción
edificante.
¿Que la Guindilla mayor y el Cuco, el factor, no eran discretos? Bien.
En ningún cuerpo falta un lunar. Y, en cuanto al individualismo del pueblo, ¿se
bastaban por sí solos los mozos y las mozas los sábados por la tarde y los
domingos? Don José, el cura, que era un gran santo, solía manifestar,
contristado: "Es lástima que vivamos uno a uno para todas las cosas y
necesitemos emparejarnos para ofender al Señor".
Pero tampoco don
José, el cura, quería entender que esa sensualidad era flor o espina, o vicio o
pecado de toda una raza.
IV
Las cosas pasaron en su momento y, ahora, Daniel, el Mochuelo, las
recordaba con fruición. Su padre, el quesero, pensó un nombre antes de tener un
hijo; tenía un nombre y le arropaba y le mimaba y era ya, casi, como tener un
hijo. Luego, más tarde, nació Daniel.
Daniel, el Mochuelo, evocaba sus primeros pasos por la vida. Su padre
emanaba un penetrante olor, era como un gigantesco queso, blando, blanco,
pesadote. Pero, Daniel, el Mochuelo, se gozaba en aquel olor que impregnaba a
su padre y que le inundaba a él, cuando, en las noches de invierno, frente a la
chimenea, acariciándole, le contaba la historia de su nombre.
El quesero había querido un hijo antes que nada para poder llamarle
Daniel. Y se lo decía a él, al Mochuelo, cuando apenas contaba tres años y
manosear su cuerpecillo carnoso y rechoncho equivalía a prolongar la cotidiana
faena en el entremijo.
Pudo bautizarle con
mil nombres diferentes, pero el quesero prefirió Daniel.
—¿Sabes que Daniel era un profeta que fue encerrado en una jaula con
diez leones y los leones no se atrevieron a hacerle daño? —le decía,
estrujándole amorosamente.
El poder de un
hombre cuyos ojos bastaban para mantener a raya a una jauría de leones, era un
poder superior al poder de todos los hombres; era un
acontecimiento insólito y portentoso que desde niño había fascinado al
quesero.
—Padre, ¿qué hacen
los leones?
—Morder y arañar.
—¿Son peores que
los lobos?
—Más feroces.
—¿Queeeé?
El quesero
facilitaba la comprensión del Mochuelo como una madre que mastica el alimento
antes de darlo a su hijito.
—Hacen más daño que
los lobos, ¿entiendes? —decía.
Daniel, el
Mochuelo, no se saciaba:
—¿Verdad que los
leones son más grandes que los perros?
—Más grandes.
—¿Y por qué a
Daniel no le hacían nada?
Al quesero le
complacía desmenuzar aquella historia:
—Les vencía sólo
con los ojos; sólo con mirarles; tenía en los ojos el poder de Dios.
—¿Queeeé?
Apretaba al hijo
contra sí:
—Daniel era un
santo de Dios.
—¿Qué es eso?
La madre
intervenía, precavida:
—Deja al chico ya;
le enseñas demasiadas cosas para la edad que tiene.
Se lo quitaba al padre y le acostaba. También su madre hedía a boruga y
a cuajada. Todo, en su casa, olía a cuajada y a requesón. Ellos mismos eran un
puro y decantado olor. Su padre llevaba aquel tufo hasta en el negro de las
uñas de las manos. A veces, Daniel, el Mochuelo, no se explicaba por qué su
padre tenía las uñas negras trabajando con leche o por qué los quesos salían
blancos siendo elaborados con aquellas uñas tan negras.
Pero luego, su padre se distanció de él; ya no le hacía arrumacos ni
carantoñas. Y eso fue desde que el padre se dio cuenta de que el chico ya podía
aprender las cosas por sí. Fue entonces cuando comenzó a ir a la escuela y
cuando se arrimó al Moñigo en busca de amparo. A pesar de todo, su padre, su
madre y la casa entera, seguían oliendo a boruga y a requesón. Y a él seguía
gustándole aquel olor, aunque Roque, el Moñigo, dijese que a él no le gustaba,
porque olía lo mismo que los pies.
Su padre se distanció de él como de una cosa hecha, que ya no necesita
de cuidados. Le daba desilusión a su padre verle valerse por sí, sin precisar
de su patrocinio. Pero, además, el quesero se tornó taciturno y malhumorado.
Hasta entonces, como decía su mujer, había sido como una perita en dulce. Y fue
el cochino afán del ahorro lo que agrió su carácter. El ahorro, cuando se hace
a costa de una necesidad insatisfecha, ocasiona en los hombres acritud y
encono. Así le sucedió al quesero. Cualquier gasto menudo o el menor desembolso
superfluo le producían un disgusto exagerado. Quería ahorrar, tenía que ahorrar
por encima de todo, para que Daniel, el Mochuelo, se hiciera un hombre en la
ciudad, para que progresase y no fuera como él, un pobre quesero.
Lo peor es que de esto nadie sacaba provecho. Daniel, el Mochuelo, jamás
lo comprendería. Su padre sufriendo, su madre sufriendo y él sufriendo, cuando
el quitarle el sufrimiento a él significaría el fin del sufrimiento de todos
los demás. Pero esto hubiera sido truncar el camino, resignarse a que Daniel,
el Mochuelo, desertase de progresar. Y esto no lo haría el quesero; Daniel
progresaría aunque fuese a costa del sacrificio de toda la familia, empezando
por él mismo.
No. Daniel, el Mochuelo, no entendería nunca estas cosas, estas
tozudeces de los hombres y que se justificaban como un anhelo lógico de
liberarse. Liberarse, ¿de qué? ¿Sería él más libre en el colegio, o en la
Universidad, que cuando el Moñigo y él se peleaban a boñigazo limpio en los
prados del valle? Bueno, quizá sí; pero él nunca lo entendería.
Su padre, por otra parte, no supo lo que hizo cuando le puso el nombre
de Daniel. Casi todos los padres de todos los chicos ignoraban lo que hacían al
bautizarles. Y también lo ignoró el padre del maestro y el padre de Quino, el
Manco, y el padre de Antonio, el Buche, el del bazar. Ninguno sabía lo que
hacía cuando don José, el cura, que era un gran santo, volcaba la concha llena
de agua bendita sobre la cabeza del recién nacido. O si sabían lo que hacían,
¿por qué lo hacían así, a conciencia de que era inútil?
A Daniel, el Mochuelo, le duró el nombre lo que la primera infancia. Ya
en la escuela dejó de llamarse Daniel, como don Moisés, el maestro, dejó de
llamarse Moisés a poco de llegar al pueblo.
Don Moisés, el maestro, era un hombre alto, desmedrado y nervioso. Algo
así como un esqueleto recubierto de piel. Habitualmente torcía media boca como
si intentase morderse el lóbulo de la oreja. La
molicie o el contento le hacían acentuar la mueca
de tal manera que la boca se le rasgaba hasta la patilla, que se afeitaba muy
abajo. Era una cosa rara aquel hombre, y a Daniel, el Mochuelo, le asustó y le
interesó desde el primer día de conocerle. Le llamaba Peón, como oía que le
llamaban los demás chicos, sin saber por qué. El día que le explicaron que le
bautizó el juez así en atención a que don Moisés "avanzaba de frente y
comía de lado", Daniel, el Mochuelo, se dijo que "bueno", pero
continuó sin entenderlo y llamándole Peón un poco a tontas y a locas.
Por lo que a Daniel, el Mochuelo, concernía, es verdad que era curioso y
todo cuanto le rodeaba lo encontraba nuevo y digno de consideración. La
escuela, como es natural, le llamó la atención más que otras cosas, y más que
la escuela en sí, el Peón, el maestro, y su boca inquieta e incansable y sus
negras y espesas patillas de bandolero.
Germán, el hijo del
zapatero, fue quien primero reparó en su modo de mirar las cosas. Un modo de
mirar las cosas atento, concienzudo e insaciable.
—Fijaos —dijo—; lo
mira todo como si le asustase.
Y todos le miraron
con mortificante detenimiento.
—Y tiene los ojos
verdes y redondos como los gatos — añadió un sobrino lejano de don Antonino, el
marqués.
Otro precisó aún
más y fue el que dio en el clavo:
—Mira lo mismo que
un mochuelo.
Y con Mochuelo se quedó, pese a su padre y pese al profeta Daniel y pese
a los diez leones encerrados con él en una jaula y pese al poder hipnótico de
los ojos del profeta. La mirada de Daniel, el Mochuelo,
por encima de los deseos de su padre, el quesero,
no servía siquiera para apaciguar a una jauría de chiquillos. Daniel se quedó
para usos domésticos. Fuera de casa sólo se le llamaba Mochuelo.
Su padre luchó un poco por conservar su antiguo nombre y hasta un día se
peleó con la mujeruca que traía el fresco en el mixto; pero fue en balde.
Tratar de impedir aquello era lo mismo que tratar de contener la impetuosa
corriente del río en primavera. Una cosa vana. Y él sería, en lo sucesivo,
Mochuelo, como don Moisés era el Peón; Roque el Moñigo; Antonio, el Buche; doña
Lola, la tendera, la Guindilla mayor, y las de Teléfonos, las Cacas y las
Lepóridas.
Aquel pueblo
administraba el sacramento del bautismo con una pródiga y mordaz
desconsideración.
V
Es verdad que la Guindilla mayor se tenía bien ganado su apodo por su
carita redonda y coloradita y su carácter picante y agrio como el aguardiente.
Por añadidura era una cotilla. Y a las cotillas no las viene mal todo lo que
les caiga encima. No tenía ningún derecho, por otra parte, a tratar de dominar
al pueblo. El pueblo quería ser libre e independiente y a ella ni le iba ni le
venía, a fin de cuentas, si Pancho creía o no creía en Dios, si Paco, el
herrero, era abstemio o bebía vino, o si el padre de Daniel, el Mochuelo,
fabricaba el queso con las manos limpias o con las uñas sucias. Si esto le
repugnaba, que no comiera queso y asunto concluido.
Daniel, el Mochuelo, no creía que hacer lo que la Guindilla mayor hacía
fuese ser buena. Los buenos eran los demás que le admitían sus impertinencias
e, incluso, la nombraban presidenta de varias asociaciones piadosas. La
Guindilla mayor era un esperpento y una víbora. A Antonio, el Buche, le asistía
la razón al decir esto, aunque el Buche pensaba más, al fallar así, en la
competencia comercial que le hacía la Guindilla, que en sus defectos físicos y
morales.
La Guindilla mayor, no obstante el tono rojizo de su piel, era alta y
seca como una cucaña, aunque ni siquiera tenía, como ésta, un premio en la
punta. Total, que la Guindilla no tenía nada, aparte unas narices muy
desarrolladas, un afán inmoderado de meterse en vidas ajenas y un vario y
siempre renovado repertorio de escrúpulos de conciencia.
A don José, el cura, que era un gran santo, le traía de cabeza.
—Mire usted, don José —le decía, cualquier día, un minuto antes de
empezar la misa—, anoche no pude dormir pensando que si Cristo en el Monte de
los Olivos se quedó solo y los apóstoles se durmieron, ¿quién pudo ver que el
Redentor sudase sangre?
Don José entornaba
los ojillos, penetrantes como puntas de alfileres:
—Tranquiliza tu
conciencia, hija; esas cosas las conocemos por revelación.
La Guindilla mayor
lloriqueaba desazonada y hacía cuatro pucheros. Decía:
—¿Cree usted, don
José, que podré comulgar tranquila habiendo pensado esas cosas?
Don José, el cura,
debía usar de la paciencia de Job para soportarla:
—Si no tienes otras
faltas puedes hacerlo.
Y así un día y otro
día.
—Don José, anoche
no pegué un ojo dando vueltas al asunto del Pancho. ¿Cómo puede recibir este
hombre el sacramento del matrimonio si no cree en Dios?
Y unas horas
después:
—Don José, no sé si me podrá absolver usted. Ayer domingo leí un libro
pecaminoso que hablaba de las religiones en Inglaterra. Los protestantes están
allí en franca mayoría. ¿Cree usted, don José, que si yo hubiera nacido en
Inglaterra, hubiera sido protestante?
Don José, el cura,
tragaba saliva:
—No sería difícil,
hija.
—Entonces me acuso,
padre, de que podría ser protestante de haber nacido en Inglaterra.
Doña Lola, la Guindilla mayor, tenía treinta y nueve años cuando Daniel,
el Mochuelo, nació. Tres años después, el Señor la castigó en lo que más podía
dolerle. Pero no es menos cierto que la Guindilla mayor se impuso a su dolor
con la rigidez y destemplanza con que solía imponerse a sus convecinos.
El hecho de que a doña Lola se la conociera por la Guindilla mayor ya
hace presumir que hubiese otras Guindillas menores. Y así era; las Guindillas
habían sido tres, aunque ahora solamente restasen dos: la mayor y la menor; las
dos Guindillas. Eran hijas de un guardia civil, durante muchos años jefe de
puesto en el pueblo. Al morir el guardia, que, según malas lenguas, que nunca
faltan, falleció de pena por no tener un hijo varón, dejó unos ahorros con los
que sus hijas establecieron una tienda. Naturalmente que el sargento murió en
unos tiempos en que un suboficial de la Guardia Civil podía, con su sueldo,
vivir discretamente y aun ahorrar un poco. Desde la muerte del guardia — su
mujer había muerto años antes— Lola, la Guindilla mayor, se hizo cargo de las
riendas del hogar. Se impuso a sus hermanas por edad y por estatura.
Daniel, el Mochuelo, no conoció más que a dos Guindillas, pero según
había oído decir en el pueblo, la tercera fue tan seca y huesuda como ellas y,
en su época, resultó un problema difícil diferenciarlas sin efectuar,
previamente, un prolijo y minucioso análisis.
Nada de eso desmiente que las dos Guindillas
menores hicieran pasar, en vida, a su hermana mayor un verdadero purgatorio. La
del medio era dejada y perezosa y su carácter y manera de ser trascendía al
pueblo que, por los gritos y estridentes reconvenciones que a toda hora salían
de la trastienda y la casa de las Guindillas, seguía la mala, y aun peor,
situación de las relaciones fraternas. Eso sí, decían en el pueblo y debía ser
verdad porque lo decían todos, que jamás mientras las tres Guindillas vivieron juntas
se las vio faltar un día a la misa de ocho que don José, el cura, que era un
gran santo, decía en la parroquia, ante el altar de San Roque. Allí caminaban,
tiesas y erguidas, las tres, hiciera frío, lloviera o tronase. Además marchaban
regularmente, marcando el paso, porque su padre, aparte de los ahorros, dejó a
sus hijas en herencia un muy despierto y preciso sentido del ritmo militar y de
otras virtudes castrenses. Un—dos, un—dos, un—dos; allá avanzaban las tres
Guindillas, con sus bustos secos, sus caderas escurridas y su soberbia
estatura, camino de la iglesia, con los velos anudados a la barbilla y el
breviario debajo del brazo.
Un invierno, la del medio, Elena, murió. Se apagó una mañana fosca y
lluviosa de diciembre. Cuando la gente acudió a dar el pésame a las dos
hermanas supervivientes, la Guindilla mayor se santiguaba y repetía:
—Dios es sabio y
justo en sus decisiones; se ha llevado a lo más inútil de la familia. Démosle
gracias.
Ya en el pequeño cementerio rayano a la iglesia, cuando cubrían con
tierra el cuerpo descarnado de Elena —la Guindilla del medio—, varias
plañideras comenzaron a gimotear. La Guindilla mayor se encaró con ellas,
áspera y digna y destemplada:
—No la lloréis
—dijo—; ha muerto de desidia.
Y, desde entonces, el trío se convirtió en dúo y en la misa de ocho que
don José, el cura, que era un gran santo, rezaba ante el altar de san Roque, se
echaba de menos el afilado y breve volumen de la Guindilla difunta.
Pero fue aún peor lo que ocurrió con la Guindilla menor. A fin de
cuentas lo de la del medio fue designio de Dios, mientras lo de la otra fue una
flaqueza de la carne y por lo tanto debido a su libre y despreocupado albedrío.
Por aquel entonces se estableció en el pueblo la pequeña sucursal del
Banco que ahora remataba uno de los costados de la plaza. Con el director
arribó un oficialito apuesto y bien vestido al que sólo por verle la cara de
cerca, a través de la ventanilla, le llevaban sus ahorros las vecinas de la
calle. Fue un buen cebo el que utilizó el Banco para atrapar clientela. Un
procedimiento que cualquier financiero de talla hubiera recusado, pero que en
el pueblo rindió unos resultados formidables. Tanto fue así que Ramón, el hijo
del boticario, que empezaba entonces sus estudios jurídicos, lamentó no estar
en condiciones todavía de elaborar su tesis doctoral que hubiera hecho muy a
gusto sobre el original tema "Influencia de un personal escrupulosamente
escogido en las economías de un pueblo". Con lo de "economías"
se refería a "ahorros" y con lo de "pueblo", concretamente,
a su "pequeña aldea". Lo que ocurría es que sonaba muy bien aquello
de "economía de un pueblo" y daba a su hipotético trabajo, y aunque
él lo decía en broma, una mayor altura y un alcance mucho más amplio.
Con la llegada de Dimas, el oficialito del Banco, los padres y los
maridos del pueblo se pusieron en guardia. Don José, el cura, que era un gran
santo, charló repetidas veces con don Dimas, apuntándole
las grandes consecuencias que su bigote podría
acarrear sobre el pueblo, para bien o para mal. La asiduidad con que el cura y
don Dimas se entrevistaban diluyó no poco el recelo de padres y maridos y hasta
la Guindilla menor consideró que no era imprudente ni irreligioso dejarse
acompañar, de cuando en cuando, por don Dimas, aunque su hermana mayor,
extremando el comedimiento, la censurase a gritos "su libertinaje y su
descoco notorios".
Lo cierto es que a la Guindilla menor, que hasta entonces se la antojara
aquel valle una cárcel vacía y sin luz, se le abrieron repentinamente los
horizontes y reparó, por vez primera en su vida, en la belleza de las montañas
abruptas, las calidades poéticas de la verde campiña y en lo sugestivo que
resultaba oír rasgarse la noche del valle por el estridente pitido de un tren.
Naderías, al fin y al cabo, pero naderías que logran una afilada trascendencia
cuando se tiene el corazón encandilado.
Una tarde, la
Guindilla menor regresó de su acostumbrado paseo alborozada:
—Hermana —dijo—. No sé de dónde te viene esa inquina hacia Dimas. Es el
mejor hombre que he conocido. Hoy le hablé de nuestro dinero y él me dio en
seguida cuatro ideas para colocarlo bien. Le he dicho que lo teníamos en un
Banco de la ciudad y que hablaríamos tú y yo antes de decidirme.
Aulló, escocida, la
Guindilla mayor:
—¿Y le has dicho
que se trata solamente de mil duros?
Sonrió la Guindilla
menor ante el menosprecio que su hermana hacía de su sagacidad:
—No, naturalmente. De la cifra no he dicho nada — dijo.
Lola, la Guindilla mayor, levantó sus hombros huesudos en ademán de
impotencia. Luego chilló, dejando resbalar las palabras, como por un tobogán, a
lo largo de su afilada nariz:
—¿Sabes lo que te digo? Que ese hombre es un truhán que se está burlando
de ti. ¿No ves que todo el pueblo anda en comentarios y riéndose de tu
tontería? Serás tú la única que no se entere, hermana. —Cambió repentinamente
el tono de su voz, suavizándolo—: Tienes treinta y seis años. Irene; podrías
ser casi la madre de ese muchacho. Piénsalo bien.
Irene, la Guindilla
menor, adoptó una actitud levantisca, de mar encrespada.
—Me duelen tus recelos, Lola, para que lo sepas — dijo—. Me fastidian
tus malévolas insinuaciones. Nada tiene de particular, creo yo, que se
entiendan un hombre y una mujer. Y nada significa que se lleven unos años. Lo
que ocurre es que todas las del pueblo, empezando por ti, me tenéis envidia.
¡Eso es todo!
Las dos Guindillas se separaron con las narices en alto. A la tarde
siguiente, Cuco, el factor, anunció en el pueblo que doña Irene, la Guindilla
menor, y don Dimas, el del Banco, habían cogido el mixto para la ciudad. A la
Guindilla mayor, al enterarse, le vino un golpe de sangre a la cara que le
ofuscó la razón. Se desmayó. Tardó más de cinco minutos en recobrar el sentido.
Cuando lo hizo, extrajo de un apolillado arcón el traje negro que aún
conservaba desde la muerte de su padre, se embuchó en él, y marchó a paso
rápido a la rectoría.
—Don José, Dios mío, qué gran desgracia —dijo al entrar.
—Serénate, hija.
Se sentó la
Guindilla en una silla de mimbre, junto a la mesa del cura. Interrogó a don
José con la mirada.
—Sí, ya lo sé; el
Cuco me lo contó todo —respondió el párroco.
Ella respiró fuerte y sus costillas resonaron como si entrechocasen.
Seguidamente se limpió una lágrima, redonda y apretada como un goterón de
lluvia.
—Escúcheme con
atención, don José —dijo—, tengo una horrible duda. Una duda que me corroe las
entrañas. Irene, mi hermana, es ya una prostituta, ¿no es eso?
El cura se ruborizó
un poco:
—Calla, hija. No
digas disparates.
Cerró el párroco el
breviario que estaba leyendo y carraspeó, pero su voz salió, no obstante,
empañada de una sorda gangosidad.
—Escucha —dijo—, no es una prostituta la mujer que se da a un hombre por
amor. La prostituta es la que hace de su cuerpo y de las gracias que Dios le ha
dado un comercio ilícito; la que se entrega a todos los hombres por un
estipendio. ¿Comprendes la diferencia?
La Guindilla irguió
el busto, inexorable:
—Padre, de todas
maneras lo que ha hecho Irene es un gravísimo pecado, un asqueroso pecado, ¿no
es cierto?
—Lo es, hija
—respondió el cura—, pero no irreparable. Creo conocer a don Dimas y no me
parece mal muchacho. Se casarán.
La Guindilla mayor
se cubrió los ojos con los dedos descarnados y reprimió a medias un sollozo:
—Padre, padre, pero aún hay otra cosa —dijo—. A mi hermana le ha hecho
caer el ardor de la sangre. Es su sangre la que ha pecado. Y mi sangre es la
misma que la de ella. Yo podría haber hecho otro tanto. Padre, padre, me acuso
de ello. De todo corazón, horriblemente contristada, me arrepiento de ello.
Se levantó don
José, el cura, que era un gran santo, y le tocó la cabeza con los dedos:
—Ve, hija. Ve a tu
casa y tranquilízate. Tú no tienes la culpa de nada. Lo de Irene, ya lo
arreglaremos.
Lola, la Guindilla mayor, abandonó la rectoría. En cierto modo iba más
consolada. Por el camino se repitió mil veces que estaba obligada a expresar su
dolor y vergüenza de modo ostensible, ya que perder la honra siempre era una
desgracia mayor que perder la vida. Influida por esta idea, al llegar a casa,
recortó un cartoncito de una caja de zapatos, tomó un pincel y a trazos
nerviosos escribió: "Cerrado por deshonra". Bajó a la calle y lo fijó
a la puerta de la tienda.
El establecimiento,
según le contaron a Daniel, el Mochuelo, estuvo cerrado diez días con sus diez
noches consecutivas.
VI
Pero Daniel, el Mochuelo, sí sabía ahora lo que era tener el vientre
seco y lo que era un aborto. Estas cosas se hacen sencillas y comprensibles a
determinada edad. Antes, le parecen a uno cosa de brujas. El desdoblamiento de
una mujer no encuentra sitio en la cabeza humana mientras no se hace evidente
la rotundidad delatora. Y eso no pasa casi nunca antes de la Primera Comunión.
Los ojos no sirven, antes de esa edad, para constatar las cosas palmarias y
cuya simplicidad, más tarde, nos abruma.
Mas también Germán, el Tiñoso, el hijo del zapatero, sabía lo que era un
vientre seco y lo que era un aborto. Germán, el Tiñoso, siempre fue un buen
amigo, en todas las ocasiones; hasta en las más difíciles. No llegó, con
Daniel, el Mochuelo, a la misma intimidad que el Moñigo, por ejemplo, pero ello
no era achacable a él, ni a Daniel, el Mochuelo, ni a ninguna de las cosas y
fenómenos que dependen de nuestra voluntad.
Germán, el Tiñoso, era un muchacho esmirriado, endeble y pálido. Tal vez
con un pelo menos negro no se le hubieran notado tanto las calvas. Porque
Germán tenía las calvas en la cabeza desde muy niño y seguramente por eso le
llamaban el Tiñoso, aunque, por supuesto, las calvas no fueran de tiña
propiamente hablando.
Su padre el zapatero, además del tallercito —a mano izquierda de la
carretera, según se sube, pasado el palacio de don Antonino, el marqués— tenía
diez hijos: seis como Dios manda, desglosados en unidades, y otros cuatro en
dos pares. Claro que su
mujer era melliza y la madre de su mujer lo había
sido y él tenía una hermana en Cataluña que era melliza también y había
alumbrado tres niños de un solo parto y vino, por ello, en los periódicos y el
gobernador la había socorrido con un donativo. Todo esto era sintomático sin
duda. Y nadie apearía al zapatero de su creencia de que estos fenómenos se
debían a un bacilo, "como cualquier otra enfermedad".
Andrés, el zapatero, visto de frente, podía pasar por padre de familia
numerosa; visto de perfil, imposible. Con motivos sobrados le decían en el
pueblo: "Andrés, el hombre que de perfil no se le ve". Y esto era
casi literalmente cierto de lo escuchimizado y flaco que era. Y además, tenía
una muy acusada inclinación hacia delante, quién decía que a consecuencia de su
trabajo, quién por su afán insaciable por seguir, hasta perderlas de vista, las
pantorrillas de las chicas que desfilaban dentro de su campo visual. Viéndole
en esta disposición resultaba menos abstruso, visto de frente o de perfil, que
fuera padre de diez criaturas. Y por si fuera poco la prole, el tallercito de
Andrés, el zapatero, estaba siempre lleno de verderones, canarios y jilgueros
enjaulados y en primavera aturdían con su cri—cri desazonador y punzante más de
una docena de grillos. El hombre, ganado por el misterio de la fecundación,
hacía objeto a aquellos animalitos de toda clase de experiencias. Cruzaba
canarias con verderones y canarios con jilgueras para ver lo que salía y él
aseguraba que los híbridos ofrecían entonaciones más delicadas y cadenciosas
que los pura raza.
Por encima de todo, Andrés, el zapatero, era un filósofo. Si le decían:
"Andrés, ¿pero no tienes bastante con diez hijos que aún buscas la
compañía de los pájaros?", respondía: "Los pájaros no me dejan oír
los chicos".
Por otra parte, la mayor parte de los chicos
estaban ya en edad de defenderse. Los peores años habían pasado a la historia.
Por cierto que al llamar a quintas a la primera pareja de mellizos sostuvo una
discusión acalorada con el Secretario porque el zapatero aseguraba que eran de
reemplazos distintos.
—Pero hombre de
Dios —dijo el Secretario—, ¿cómo van a ser de diferente quinta siendo gemelos?
A Andrés, el zapatero, se le fueron los ojos tras las rollizas
pantorrillas de una moza que había ido a justificar la ausencia de su hermano.
Después hurtó el cuello, con un ademán que recordaba al caracol que se reduce
en su concha, y respondió:
—Muy sencillo; el
Andrés nació a las doce menos diez del día de san Silvestre. Cuando nació el
Mariano ya era año nuevo.
Sin embargo, como ambos estaban inscritos en el Registro el 31 de
diciembre, Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", tuvo que
acceder a que se llevaran juntos a los dos chicos.
Otro de sus hijos, Tomás, estaba bien colocado en la ciudad, en una
empresa de autobuses. Otro, el Bizco, le ayudaba en su trabajo. Las demás eran
chicas, salvando, naturalmente, a Germán, el Tiñoso, que era el más pequeño.
Germán, el Tiñoso, fue el que dijo de Daniel, el Mochuelo, el día que
éste se presentó en la escuela, que miraba las cosas como si siempre estuviese
asustado. Afinando un poco, resultaba ser Germán, el Tiñoso, quien había
bautizado a Daniel, pero éste no le guardaba ningún rencor por ello, antes bien
encontró en él, desde el primer día, una leal amistad.
Las calvas del Tiñoso no fueron obstáculo para una
comprensión. Si es caso, las calvas facilitaron aquella amistad, ya que Daniel,
el Mochuelo, sintió desde el primer instante una vehemente curiosidad por
aquellas islitas blancas, abiertas en el espeso océano de pelo negro que era la
cabeza del Tiñoso.
Sin embargo, a pesar de que las calvas del Tiñoso no constituían motivo
de preocupación en casa del zapatero ni en su reducido círculo de amigos, la
Guindilla mayor, guiada por su frustrado instinto maternal en el que envolvía a
todo el pueblo, decidió intervenir en el asunto, por más que el asunto ni le
iba ni le venía. Mas la Guindilla mayor era muy aficionada a entrometerse donde
nadie la llamaba. Entendía que su desmedido interés por el prójimo lo dictaba
su ferviente anhelo de caridad, su alto sentido de la fraternidad cristiana,
cuando lo cierto era que la Guindilla mayor utilizaba esta treta para poder
husmear en todas partes bajo un rebozo, poco convincente, de prudencia y
discreción.
Una tarde, estando
Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", afanando en su
cuchitril, le sorprendió la llegada de doña Lola, la Guindilla.
—Zapatero —dijo,
apenas estuvo ante él—, ¿cómo tiene usted al chiquillo con esas calvas?
El zapatero no
perdió la compostura ni apartó la vista de su tarea.
—Déjele estar,
señora —respondió—. A la vuelta de cien años ni se le notarán las calvas.
Los grillos, los
verderones y los jilgueros armaban una algarabía espantosa y la Guindilla y el
zapatero habían de entenderse a gritos.
—¡Tenga! —añadió
ella, autoritaria—. Por las noches le va usted a poner esta pomada.
El zapatero alzó la
vista hasta ella, cogió el tubo, lo miró y remiró por todas partes y, luego, se
lo devolvió a la Guindilla.
—Guárdeselo —dijo—;
esto no vale. Al chiquillo le ha pegado las calvas un pájaro.
Y continuó
trabajando.
Aquello podía ser verdad y podía no serlo. Por de pronto, Germán, el
Tiñoso, sentía una afición desmesurada por los pájaros. Seguramente se trataba
de una reminiscencia de su primera infancia, desarrollada entre estridentes
pitidos de verderones, canarios y jilgueros. Nadie en el valle entendía de
pájaros como Germán, el Tiñoso, que además, por los pájaros, era capaz de
pasarse una semana entera sin comer ni beber. Esta cualidad influyó mucho, sin
duda, en que Roque, el Moñigo, se aviniese a hacer amistad con aquel rapaz
físicamente tan deficiente.
Muchas tardes, al
salir de la escuela, Germán les decía:
—Vamos. Sé dónde
hay nido de curas. Tiene doce crías. Está en la tapia del boticario.
O bien:
—Venid conmigo al
prado del Indiano. Está lloviznando y los tordos saldrán a picotear las
boñigas.
Germán, el Tiñoso, distinguía como nadie a las aves por la violencia o
los espasmos del vuelo o por la manera de gorjear; adivinaba sus instintos;
conocía, con detalle, sus costumbres; presentía la influencia de los cambios
atmosféricos en ellas y se diría que, de haberlo deseado, hubiera aprendido a
volar.
Esto, como puede suponerse, constituía para el Mochuelo y el Moñigo un
don de inapreciable valor. Si iban a pájaros no podía faltar la compañía de
Germán, el Tiñoso, como a un cazador que se estime en algo no puede faltarle el
perro.
Esta debilidad del hijo del zapatero le acarreó por otra parte muy
serios y sensibles contratiempos. En cierta ocasión, buscando un nido de
malvises entre la maleza de encima del túnel, perdió el equilibrio y cayó
aparatosamente sobre la vía, fracturándose un pie. Al cabo de un mes, don
Ricardo le dio por curado, pero Germán, el Tiñoso, renqueó de la pierna derecha
durante toda su vida. Claro que a él no le importaba esto demasiado y siguió
buscando nidos con el mismo inmoderado afán que antes del percance.
En otra ocasión, se desplomó desde un cerezo silvestre, donde acechaba a
los tordos, sobre una enmarañada zarzamora. Una de las púas le rasgó el lóbulo
de la oreja derecha de arriba a abajo, y como él no quiso cosérselo, le quedó
el lobulillo dividido en dos como la cola de un frac.
Pero todo esto eran gajes del oficio y a Germán, el Tiñoso, jamás se le
ocurrió lamentarse de su cojera, de su lóbulo partido, ni de sus calvas que, al
decir de su padre, se las había contagiado un pájaro. Si los males provenían de
los pájaros, bienvenidos fuesen. Era la suya una especie de resignación estoica
cuyos límites no resultaban nunca previsibles.
—¿No te duele nunca
eso? —le preguntó un día el Moñigo, refiriéndose a la oreja.
Germán, el Tiñoso,
sonrió, con su sonrisa pálida y triste de siempre.
—Alguna vez me duele el pie cuando va a llover. La oreja no me duele
nunca —dijo.
Pero para Roque, el Moñigo, el Tiñoso poseía un valor superior al de un
simple experto pajarero. Éste era su propia endeblez constitucional. En este
aspecto, Germán, el Tiñoso, significaba un cebo insuperable para buscar
camorra. Y Roque, el Moñigo, precisaba de camorras como del pan de cada día. En
las romerías de los pueblos colindantes, durante el estío, el Moñigo hallaba
frecuentes ocasiones de ejercitar sus músculos. Eso sí, nunca sin una causa
sobradamente justificada. Hay un afán latente de pujanza y hegemonía en el
coloso de un pueblo hacia los colosos de los vecinos pueblos, villorrios y
aldeas. Y Germán, el Tiñoso, tan enteco y delicado, constituía un buen punto de
contacto entre Roque y sus adversarios; una magnífica piedra de toque para
deslindar supremacías.
El proceso hasta la ruptura de hostilidades no variaba nunca. Roque, el
Moñigo, estudiaba el terreno desde lejos. Luego, susurraba al oído del Tiñoso:
—Acércate y quédate
mirándolos, como si fueras a quitarles las avellanas que comen.
Germán, el Tiñoso, se acercaba atemorizado. De todas formas, la primera
bofetada era inevitable. De otro lado, no era cosa de mandar al diablo su buena
amistad con el Moñigo por un escozor pasajero. Se detenía a dos metros del
grupo y miraba a sus componentes con insistencia. La conminación no se hacía
esperar:
—No mires así,
pasmado. ¿Es que no te han dado nunca una guarra?
El Tiñoso,
impertérrito, sostenía la mirada sin pestañear y sin cambiar de postura, aunque
las
piernas le temblaban un poco. Sabía que Daniel, el
Mochuelo, y Roque, el Moñigo, acechaban tras el estrado de la música. El coloso
del grupo enemigo insistía:
—¿Oíste, mierdica?
Te largas de ahí o te abro el alma en canal.
Germán, el Tiñoso, hacía como si no oyera, los dos ojos como dos faros,
centrados en el paquete de avellanas, inmóvil y sin pronunciar palabra. En el
fondo, consideraba ya el lugar del presunto impacto y si la hierba que pisaba
estaría lo suficientemente mullida para paliar el golpe. El gallito adversario
perdía la paciencia:
—Toma, fisgón, para
que aprendas.
Era una cosa inexplicable, pero siempre, en casos semejantes, Germán, el
Tiñoso, sentía antes la consoladora presencia del Moñigo a su espalda que el
escozor del cachete. Su consoladora presencia y su voz próxima, caliente y
protectora:
—Pegaste a mi
amigo, ¿verdad? —y añadía mirando compasivamente a Germán—: ¿Le dijiste tú
algo, Tiñoso?
—No abrí la boca.
Me pegó porque le miraba.
La pelea ya estaba hecha y el Moñigo llevaba, además, la razón en cuanto
que el otro había golpeado a su amigo sólo por mirarle, es decir, según las
elementales normas del honor de los rapaces, sin motivo suficiente y
justificado.
Y como la superioridad de Roque, el Moñigo, en aquel empeño era cosa
descontada, siempre concluían sentados en el "campo" del grupo
adversario y comiéndose sus avellanas.
VII
Entre ellos tres no cabían disensiones. Cada cual acataba de antemano el
lugar que le correspondía en la pandilla. Daniel, el Mochuelo, sabía que no
podía imponerse a el Moñigo, aunque tuviera una inteligencia más aguda que la
suya, y Germán, el Tiñoso, reconocía que estaba por debajo de los otros dos, a
pesar de que su experiencia pajarera era mucho más sutil y vasta que la de
ellos. La prepotencia, aquí, la determinaba el bíceps y no la inteligencia, ni
las habilidades, ni la voluntad. Después de todo, ello era una cosa razonable,
pertinente y lógica.
Ello no quita para que Daniel, el Mochuelo, fuera el único capaz de
coger los trenes mercancías en pleno ahogo ascendente y aun los mixtos si no
venían sin carga o con máquina nueva. El Moñigo y el Tiñoso corrían menos que
él, pero la ligereza de las piernas tampoco justificaba una primacía.
Representaba una estimable cualidad, pero sólo eso.
En las tardes dominicales y durante las vacaciones veraniegas los tres
amigos frecuentaban los prados y los montes y la bolera y el río. Sus
entretenimientos eran variados, cambiantes y un poco salvajes y elementales. Es
fácil hallar diversión, a esa edad, en cualquier parte. Con los tirachinas
hacían, en ocasiones, terribles carnicerías de tordos, mirlos y malvises.
Germán, el Tiñoso, sabía que los tordos, los mirlos y los malvises, al fin y al
cabo de la misma familia, aguardaban mejor que en otra parte, en las zarzamoras
y los bardales, a las
horas de calor. Para matarlos en los árboles o en
la vía, cogiéndolos aún adormilados, era preciso madrugar. Por eso preferían
buscarlos en plena
canícula, cuando los animales sesteaban perezosamente entre la maleza.
El tiro era, así, más corto, el blanco más reposado y, consiguientemente, la
pieza resultaba más segura.
Para Daniel, el Mochuelo, no existía plato selecto comparable a los
tordos con arroz. Si cobraba uno le gustaba, incluso, desplumarle por sí mismo
y de esta forma pudo adivinar un día que casi todos los tordos tenían miseria
debajo del plumaje. Le decepcionó la respuesta del Tiñoso al comunicarle su
maravilloso descubrimiento.
—¿Ahora te enteras?
Casi todos los pájaros tienen miseria bajo la pluma. Según mi padre, a mí me
pegó las calvas un cuclillo.
Daniel, el Mochuelo, formó el propósito de no intentar nuevos
descubrimientos concernientes a los pájaros. Si quería conocer algo de ellos
resultaba más cómodo y rápido preguntárselo a el Tiñoso.
Otros días iban al corro de bolos a jugar una partida. Aquí, Roque, el
Moñigo, les aventajaba de forma contundente. De nada servía que les concediese
una apreciable ventaja inicial; al acabar la partida, ellos apenas si se habían
movido de la puntuación obtenida de gracia, mientras el Moñigo rebasaba, sin
esfuerzo, el máximo. En este juego, el Moñigo demostraba la fuerza y el pulso y
la destreza de un hombre ya desarrollado. En los campeonatos que se celebraban
por la Virgen, el Moñigo —que participaba con casi todos los hombres del
pueblo— nunca se clasificaba por debajo del cuarto lugar. A su hermana Sara le
sulfuraba esta precocidad.
—Bestia, bestia
—decía—, que vas a ser más bestia que tu padre.
Paco, el herrero,
la miraba con ojos esperanzados.
—Así lo quiera Dios
—añadía, como si rezara.
Pero, quizá, donde los tres amigos encontraban un entretenimiento más
intenso y completo era en el río, del otro lado de la tasca de Quino, el Manco.
Se abría, allí, un prado extenso, con una gran encina en el centro y, al fondo,
una escarpada muralla de roca viva que les independizaba del resto del valle.
Enfrente de la muralla se hallaba la Poza del Inglés y, unos metros más abajo,
el río se deslizaba entre rocas y guijos de poco tamaño, a escasa profundidad.
En esta zona pescaban cangrejos a mano, levantando con cuidado las piedras y
apresando fuertemente a los animalitos por la parte más ancha del caparazón,
mientras éstos retorcían y abrían y cerraban patosamente sus pinzas en un
postrer intento de evasión tesonero e inútil.
Otras veces, en la Poza del Inglés, pescaban centenares de pececillos
que navegaban en bancos tan numerosos que, frecuentemente, las aguas negreaban
por su abundancia. Bastaba arrojar a la poza una remanga con cualquier cebo
artificial de tonos chillones para atraparlos por docenas. Lo malo fue que,
debido al excesivo número y a la fácil captura, los muchachos empezaron por
subestimarlos y acabaron despreciándolos del todo. Y otro tanto les ocurría con
los ráspanos, las majuelas, las moras y las avellanas silvestres. Cooperaba no
poco a fomentar este desdén el hecho de que don Moisés, el maestro, pusiera sus
preferencias en los escolares que consumían bobamente sus horas libres
recogiendo moras o majuelas para obsequiar con ellas a sus madres. O bien, pescando
jaramugo. Y, por si esto fuera poco, estos mismos rapaces eran los que al final
de curso obtenían diplomas, puntuaciones sobresalientes y menciones
honoríficas. Roque, el Moñigo, Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso,
sentían hacia ellos un desdén tan hondo por lo menos como el que les
inspiraban las moras, las avellanas silvestres y el jaramugo.
En las tardes calurosas de verano, los tres amigos se bañaban en la Poza
del Inglés. Constituía un placer inigualable sentir la piel en contacto directo
con las aguas, refrescándose. Los tres nadaban a estilo perruno, salpicando y
removiendo las aguas de tal manera que, mientras duraba la inmersión, no se
barruntaba, en cien metros río abajo y otros tantos río arriba, la más
insignificante señal de vida.
Una de estas tardes, mientras secaban sus cuerpecillos, tendidos al sol
en el prado de la Encina, Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, se
enteraron, al fin, de lo que significaba tener el vientre seco y de lo que era
un aborto. Tenían, entonces, siete y ocho años, respectivamente, y Roque, el
Moñigo, se cubría con un remendado calzoncillo con lo de atrás delante y el
Mochuelo y el Tiñoso se bañaban en cueros vivos porque todavía no les había
nacido la vergüenza. Fue Roque, el Moñigo, quien se la despertó y aquella misma
tarde.
Sin saber aún por qué, Daniel, el Mochuelo, relacionaba todo esto con
una conversación sostenida con su madre, cuatro años atrás, al mostrarle él la
estampa de una exuberante vaca holandesa.
—Qué bonita,
¿verdad, Daniel? Es una vaca lechera — dijo su madre.
El niño la miró
estupefacto. Él no había visto leche más que en las perolas y los cántaros.
—No, madre, no es
una vaca lechera; mira, no tiene cántaras —enmendó.
La madre reía silenciosamente de su ingenuidad. Le tomó en el regazo y
aclaró:
—Las vacas lecheras
no llevan cántaros, hijo.
Él la miró de frente para adivinar si le engañaba. Su madre se reía.
Intuyó Daniel que algo, muy recóndito, había detrás de todo aquello. Aún no
sabía que existiera "eso", porque sólo tenía tres años, pero en aquel
instante lo presintió.
—¿Dónde llevan la
leche entonces, madre? —indagó, ganado por un súbito afán de aclararlo todo.
Su madre se reía
aún. Tartamudeó un poco, sin embargo, al contestarle:
—En... la barriga,
claro —dijo.
Como una explosión
retumbó la perplejidad del niño:
—¿Quééééé?
—Que las vacas lecheras llevan la leche en la barriga, Daniel —agregó
ella, y le apuntaba con la chata uña la ubre prieta de la vaca de la estampa.
Dudó un momento Daniel, el Mochuelo, mirando la ubre esponjosa; señaló el
pezón.
—¿Y la leche sale
por ese grano? —dijo.
—Sí, hijito, por
ese grano sale.
Aquella noche, Daniel no pudo hablar ni pensar en otra cosa. Intuía en
todo aquello un misterio velado para él, pero no para su madre. Ella se reía
como no se reía otras veces, al preguntarle otras cosas. Paulatinamente, el
Mochuelo se fue olvidando de aquello. Meses después, su padre compró una vaca.
Más tarde conoció las veinte vacas del boticario y las vio ordeñar. Daniel, el
Mochuelo, se reía mucho
luego al solo pensamiento de que hubiera podido imaginar alguna vez que
las vacas sin cántaras no daban leche.
Aquella tarde, en el prado de la Encina, junto al río, mientras el
Moñigo hablaba, él se acordó de la estampa de la vaca holandesa. Acababan de
chapuzarse y un vientecillo ahilado les secaba el cuerpo a fríos lengüetazos.
Con todo, flotaba un calor excesivo y pegajoso en el ambiente. Tumbados boca
arriba en la pradera, vieron pasar por encima un enorme pájaro.
—¡Mirad! —chilló el
Mochuelo—. Seguramente será la cigüeña que espera la maestra de La Cullera. Va
en esa dirección.
Cortó el Tiñoso:
—No es una cigüeña;
es una grulla.
El Moñigo se sentó en la hierba frunciendo los labios en un gesto hosco
y enfurruñado. Daniel, el Mochuelo, contempló con envidia cómo se inflaba y
desinflaba su enorme tórax.
—¿Qué demonio de
cigüeña espera la maestra? ¿Así andáis todavía? —dijo el Moñigo.
El Mochuelo y el Tiñoso se incorporaron también, sentándose en la
hierba. Ambos miraban anhelantes al Moñigo; intuían que algo iba a decir de
"eso". El Tiñoso le dio pie.
—¿Quién trae los
niños, entonces? —dijo.
Roque, el Moñigo,
se mantenía serio, consciente de su superioridad en aquel instante.
—El parir —dijo,
seco, rotundo.
—¿El parir? —inquirieron, a dúo, el Mochuelo y el Tiñoso.
El otro remachó:
—Sí, el parir.
¿Visteis alguna vez parir a una coneja? —dijo.
—Sí.
—Pues es igual.
En la cara del
Mochuelo se dibujó un cómico gesto de estupor.
—¿Quieres decir que
todos somos conejos? —aventuró.
Al Moñigo le
enojaba la torpeza de sus interlocutores.
—No es eso —dijo—.
En vez de una coneja es una mujer; la madre de cada uno.
Brilló en las
pupilas del Tiñoso un extraño resplandor de inteligencia.
—La cigüeña no trae los niños entonces, ¿verdad? Ya me parecía raro a mí
—explicó—. Yo me decía, ¿por qué mi padre va a tener diez visitas de la cigüeña
y la Chata, la vecina, ninguna y está deseando tener un hijo y mi padre no
quería tantos?
El Moñigo bajó la voz. En torno había un silencio que sólo quebraban el
cristalino chapaleo de los rápidos del río y el suave roce del viento contra el
follaje. El Mochuelo y el Tiñoso tenían la boca abierta. Dijo el Moñigo:
—Les duele la mar,
¿sabéis?
Estalló el
reticente escepticismo del Mochuelo:
—¿Por qué sabes tú
esas cosas?
—Eso lo sabe todo cristiano menos vosotros dos, que vivís embobados
—dijo el Moñigo—. Mi madre se murió de lo mucho que le dolía cuando nací yo. No
se puso enferma ni nada; se murió de dolor. Hay veces que, por lo visto, el
dolor no se puede resistir y se muere uno. Aunque no estés enfermo, ni nada;
sólo es el dolor. —Emborrachado por la ávida atención del auditorio, añadió—:
Otras mujeres se parten por la mitad. Se lo he oído decir a la Sara.
Germán, el Tiñoso,
inquirió:
—Más tarde sí se
ponen enfermas, ¿no es cierto?
El Moñigo acentuó
el misterio de la conversación bajando aún más la voz:
—Se ponen enfermas al ver al niño —confesó—. Los niños nacen con el
cuerpo lleno de vello y sin ojos, ni orejas, ni narices. Sólo tienen una boca
muy grande para mamar. Luego les van naciendo los ojos, y las orejas, y las
narices y todo.
Daniel, el Mochuelo, escuchaba las palabras del Moñigo todo estremecido
y anhelante. Ante sus ojos se abría una nueva perspectiva que, al fin y al
cabo, no era otra cosa que la justificación de la vida y la humanidad. Sintió
una repentina vergüenza de hallarse enteramente desnudo al aire libre. Y, al
tiempo, experimentó un amor remozado, vibrante e impulsivo hacia su madre. Sin
él saberlo, notaba, por primera vez, dentro de sí, la emoción de la
consanguinidad. Entre ellos había un vínculo, algo que hacía, ahora, de su
madre una causa imprescindible, necesaria. La maternidad era más hermosa así;
no se debía al azar, ni al capricho un poco absurdo de una cigüeña. Pensó
Daniel, el Mochuelo, que de cuanto sabía de "eso", era esto lo
que más le agradaba; el saberse consecuencia de un
gran dolor y la coincidencia de que ese dolor no lo hubiera esquivado su madre
porque deseaba tenerle precisamente a él.
Desde entonces, miró a su madre de otra manera, desde un ángulo más
humano y simple, pero más sincero y estremecido también. Era una sensación
extraña la que le embargaba en su presencia; algo así como si sus pulsos
palpitasen al unísono, uniformemente; una impresión de paralelismo y mutua
necesidad.
En lo sucesivo, Daniel, el Mochuelo, siempre que iba a bañarse a la Poza
del Inglés, llevaba un calzoncillo viejo y remendado, como el Moñigo, y se
ponía lo de atrás delante. Y, entonces, pensaba en lo feo que debía ser él nada
más nacer, con todo el cuerpo cubierto de vello y sin ojos, ni orejas, ni
narices, ni nada... Sólo una bocaza enorme y ávida para mamar. "Como un
topo", pensaba. Y el primer estremecimiento se transformaba al poco rato
en una risa espasmódica y contagiosa.
VIII
Según Roque, el Moñigo, la Guindilla menor era una de las mujeres del
pueblo que tenía el vientre seco. Esto, aunque de difícil comprobación, no
suponía nada de particular porque las Guindillas, más o menos, lo tenían seco
todo.
La Guindilla menor regresó al pueblo en el tranvía interprovincial a los
tres meses y cuatro días, exactamente, de su fuga. El regreso, como antes la
fuga, constituyó un acontecimiento en todo el valle, aunque, también, como
todos los acontecimientos, pasó y se olvidó y fue sustituido por otro
acontecimiento que, a su vez, le ocurrió otro tanto y también se olvidó. Pero,
de esta manera, iba elaborándose, poco a poco, la pequeña y elemental historia
del valle. Claro que la Guindilla regresó sola, y a don Dimas, el del Banco, no
se le volvió a ver el pelo, a pesar de que don José, el cura, prejuzgaba que no
era mal muchacho. Bueno o malo, don Dimas se disolvió en el aire, como se
disolvía, sin dejar rastro, el eco de las montañas.
Fue Cuco, el factor, quien primero llevó la noticia al pueblo. Después
de la "radio" de don Ramón, el boticario, Cuco, el factor, era la
compañía más codiciada del lugar. Sus noticias eran siempre frescas y curiosas,
aunque no siempre edificantes. Cuco, el factor, ostentaba una personalidad
rolliza, pujante, expansiva y físicamente optimista. Daniel, el Mochuelo, le
admiraba; admiraba su carácter, sus conocimientos y la simplicidad con que
manejaba y controlaba la salida, entrada y circulación de los trenes por el
valle. Todo esto implicaba una
capacidad; la ductilidad y el talento de organización de un factor no se
improvisan.
Irene, la Guindilla menor, al apearse del tren, llevaba lágrimas en los
ojos y parecía más magra y consumida que cuando marchó, tres meses antes.
Aparentaba caminar bajo el peso de un fardo invisible que la obligaba a
encorvarse por la cintura. Eran, sin duda, los remordimientos. Vestía como
suelen vestir las mujeres viudas, muy viudas, toda enlutada y con una mantilla
negra y tupida que le escamoteaba el rostro.
Había llovido durante el día y la Guindilla, al subir la varga, camino
del pueblo, no se preocupaba de sortear los baches, antes bien parecía
encontrar algún raro consuelo en la inmersión repetida de sus piececitos en los
charcos y el fango de la carretera.
Lola, la Guindilla mayor, quedó pasmada al sorprender a su hermana,
indecisa, a la puerta de la tienda. Se pasó la mano repetidamente por los ojos
como queriendo disipar alguna mala aparición.
—Sí, soy yo, Lola
—murmuró la menor—. No te extrañes. Aunque pecadora y todo, he vuelto. ¿Me
perdonas?
—¡Por los siglos de
los siglos! Ven aquí. Pasa —dijo la Guindilla mayor.
Desaparecieron las dos hermanas en la trastienda. Ya en ella, se
contemplaron una a otra en silencio. La Guindilla menor se mantenía encogida y
cabizbaja y humillada. La mayor aparentaba haber engordado instantáneamente con
el regreso y el arrepentimiento de la otra.
—¿Sabes lo que has
hecho, Irene? —fue lo primero que le dijo.
—Calla, por favor
—gimoteó la hermana, y se desplomó sobre el tablero de la mesa, llorando a moco
tendido.
La Guindilla mayor respetó el llanto de su hermana. El llanto era
necesario para lavar la conciencia. Cuando Irene se incorporó, las dos hermanas
se miraron de nuevo a los ojos. Apenas precisaban de palabras para entenderse.
La comprensión brotaba de lo inexpresado:
—Irene, ¿has...?
—He...
—¡Dios mío!
—Me engañó.
—¿Te engañó o te
engañaste?
—Como quieras,
hermana.
—¿Era tu marido
cuando...?
—No... No lo es
ahora, siquiera.
—¡Dios mío!
¿Esperas...?
—No. Él me dijo...
él me dijo...
Se le rompió la voz
en un sollozo. Se hizo otro silencio. Al cabo, la Guindilla mayor inquirió:
—¿Qué te dijo?
—Que era machorra.
—¡Canalla!
—Ya lo ves; no
puedo tener hijos.
La Guindilla mayor
perdió de repente los buenos modales y, con éstos, los estribos.
—Ya sabes lo que
has hecho, ¿verdad? Has tirado la honra. La tuya, la mía y la de la bendita
memoria de nuestros padres...
—No. Eso no, Lola,
por amor de Dios.
—¿Qué otra cosa,
entonces?
—Las mujeres feas
no tenemos honra, desengáñate, hermana.
Decía esto con
gesto resignado, aplanada por un inexorable convencimiento. Luego añadió:
—Él lo dijo así.
—La reputación de
una mujer es más preciosa que la vida, ¿no lo sabías?
—Lo sé, Lola.
—¿Entonces?
—Haré lo que tú
digas, hermana.
—¿Estás dispuesta?
La Guindilla menor
agachó la cabeza.
—Lo estoy —dijo.
—Vestirás de luto
el resto de tu vida y tardarás cinco años en asomarte a la calle. Ésas son mis
condiciones, ¿las aceptas?
—Las acepto.
—Sube a casa,
entonces.
La Guindilla mayor cerró con llave la puerta de la tienda y subió tras
ella. Ya en su cuarto, la Guindilla menor se sentó en el borde de la cama; la
mayor trajo una palangana con agua tibia y le lavó los pies. Durante esta
operación permanecieron en silencio. Al concluir, la Guindilla menor suspiró y
dijo:
—Ha sido un
malvado, ¿sabes?
La Guindilla mayor
no contestó. Le imbuía un seco respeto el ademán de desolación de su hermana.
Ésta continuó:
—Quería mi dinero.
El muy sinvergüenza creía que teníamos mucho dinero; un montón de dinero.
—¿Por qué no le
dijiste a tiempo que entre las dos sólo sumábamos mil duros?
—Hubiera sido mi
perdición, hermana. Me hubiera abandonado y yo estaba enamorada de él.
—Callar es lo que
te ha perdido, loca.
—Lo gastó todo,
¿sabes?
—¿Qué?
—Vivió conmigo mientras duró el dinero. Se acabó el dinero, se acabó
Dimas. Luego me dejó tirada como a una perdida. Dimas es un mal hombre, Lola.
Es un hombre perverso y cruel.
Las escuálidas
mejillas de la Guindilla mayor se encendieron aún más de lo que habitualmente
estaban.
—Es un ladrón. Eso es lo que es. Igual, lo mismo que el otro Dimas
—dijo.
Se quedó silenciosa al apagarse su arrebato. Repentinamente los
escrúpulos empezaron a socavarle la conciencia. ¿Qué es lo que había dicho de
Dimas, el buen ladrón? ¿No gustaba el Señor de esta clase de arrepentidos? La
Guindilla mayor sintió un vivo remordimiento. "De todo corazón te pido
perdón, Dios mío", se dijo. Y se propuso que al día siguiente, nada más
levantarse, iría a reconciliarse con don José; él sabría perdonarla y
consolarla. Esto era lo que la urgía: un poco de consuelo.
Se pasó, de nuevo,
la mano por los ojos, tratando de desvanecer la pesadilla. Luego se sonó
ruidosamente la larga nariz y dijo:
—Está bien, hermana; cámbiate de ropa. Yo vuelvo a la tienda. Cuando
acabes puedes regar los geranios de la galería como hacías siempre antes de la
desgracia. Mañana verás a don José. Has de lavar cuanto antes tu alma
empecatada.
La Guindilla menor
la interrumpió:
—¡Lola!
—¿Qué?
—Me da mucha
vergüenza.
—¿Es que todavía te
queda algo?
—¿De qué?
—De vergüenza.
Irene hizo un mohín
de desesperación.
—No lo puedo
remediar, hermana.
—Vergüenza debería
haberte dado escaparte con un hombre desconocido. ¡Por Dios bendito que
entonces no hiciste tanto remilgo!
—Es que don José,
don José... es un santo, Lola, compréndelo. No entendería mi flaqueza.
—Don José comprende
todas las flaquezas humanas, Irene. Dios está en él. Además, una buena
confesión forma también parte de mis condiciones, ¿entiendes?
Se oyó el tintineo
de una moneda contra los cristales de la tienda. La Guindilla mayor se
impacientó:
—Vamos, decídete,
hermana; llaman abajo.
Irene, la Guindilla
menor, accedió, al fin:
—Está bien, Lola;
mañana me confesaré. Estoy decidida.
La Guindilla mayor descendió a la tienda. Dio media vuelta a la llave y
entró Catalina, la Lepórida. Ésta, al igual que sus hermanas, tenía el labio
superior plegado como los conejos y su naricita se fruncía y distendía
incesantemente como si incesantemente olisquease. Las llamaban, por eso, las
Lepóridas. También las apodaban las Cacas, porque se llamaban Catalina, Carmen,
Camila, Caridad y Casilda y el padre había sido tartamudo.
Catalina se
aproximó al mostrador.
—Una peseta de sal
—dijo.
Mientras la Guindilla mayor la despachaba, ella alzó la carita de liebre
hacia el techo y durante unos segundos vibraron nerviosamente las aletillas de
su nariz.
—Lola, ¿es que
tienes forasteros?
La Guindilla se cerró, hermética. Las Lepóridas eran las telefonistas
del pueblo y conocían las noticias casi tan pronto como Cuco, el factor.
Respondió cauta:
—No, ¿por qué?
—Parece que se oye
ruido arriba.
—Será el gato.
—No, no; son
pisadas.
—También el gato
pisa.
—Entiéndeme, son
pisadas de personas. No serán ladrones, ¿verdad?
La Guindilla mayor
cortó:
—Toma, la sal.
La Lepórida miró de
nuevo al techo, olisqueó el ambiente con insistencia y, ya en la puerta, se
volvió:
—Lola, sigo oyendo
pisadas arriba.
—Está bien. Vete
con Dios.
Pocas veces la tienda de las Guindillas estuvo tan concurrida como
aquella tarde y pocas veces también, de tan crecido número de clientes, salió
una caja tan mezquina.
Rita, la Tonta, la
mujer del zapatero, fue la segunda en llegar.
—¿No lo llevaste
ayer?
—Puede. Quiero más.
Al cabo de una
pausa, Rita, la Tonta, bajó la voz:
—Digo que tienes
luz arriba. Estará corriendo el contador.
—¿Vas a pagármelo
tú?
—Ni por pienso.
—Entonces déjalo
que corra.
Llegaron después la Basi, la criada del boticario; Uca, la del Chano;
María, la Chata, que también tenía el vientre seco; Sara, la Moñiga; las otras
cuatro Lepóridas; Juana, el ama de don Antonino, el marqués; Rufina, la de
Pancho, que desde que se casó tampoco creía en Dios ni en los santos, y otras
veinte mujeres más. Salvo las cuatro Lepóridas, todas iban a comprar sal y
todas oían pisadas arriba o se inquietaban, al ver luz en los balcones, por la
carrera del contador.
A las diez, cuando ya el pueblo se rendía al silencio, se oyó la voz
potente, un poco premiosa y arrastrada de Paco, el herrero. Iba éste haciendo
eses por la carretera y ante los balcones de las Guindillas se detuvo. Portaba
una botella en la mano derecha y, con la izquierda, se rascaba incesantemente
el cogote. Las frases que voceaba hubiesen resultado abstrusas e incoherentes
si todo el pueblo no hubiera estado al cabo de la calle.
—¡Viva la hermana
pródiga! ¡Viva la mujer de los muslos escurridos y el pecho de tabla!... —Hizo
un cómico gesto de estupor, se rascó otra vez el
cogote, eructó, volvió a mirar a los balcones y remató:
—¿Quién te robó el
corazón? ¡Dimas, el buen ladrón!
Y se reía él solo, incrustando el poderoso mentón en el pecho
gigantesco. Las Guindillas apagaron la luz y observaron al escandaloso por una
rendija de la ventana. "Este perdido tenía que ser", murmuró Lola, la
Guindilla mayor, al descubrir los destellos que el mortecino farolillo de la
esquina arrancaba del pelo híspido y rojo del herrero. Cuando éste pronunció el
nombre de Dimas, le entró una especie de ataque de nervios a la Guindilla
menor. "Por favor, echa a ese hombre de ahí; que se vaya ese hombre, hermana.
Su voz me vuelve loca", dijo. La Guindilla mayor agarró el cubo donde
desaguaba el lavabo, entreabrió la ventana y vertió su contenido sobre la cara
de Paco, el herrero, que en ese momento iniciaba un nuevo vítor:
—¡Vivan las...!
El remojón le cortó la frase. El borracho miró al cielo con gesto
estúpido, extendió sus manazas poniéndose en cruz y murmuró para sí, al tiempo
que avanzaba tambaleándose carretera adelante:
—Vaya, Paco, a
casita. Ya está diluviando otra vez.
IX
Comprendía Daniel, el Mochuelo, que ya no le sería fácil dormirse. Su
cabeza, desbocada hacia los recuerdos, en una febril excitación, era un
hervidero apasionado, sin un momento de reposo. Y lo malo era que al día
siguiente habría de madrugar para tomar el rápido que le condujese a la ciudad.
Pero no podía evitarlo. No era Daniel, el Mochuelo, quien llamaba a las cosas y
al valle, sino las cosas y el valle quienes se le imponían, envolviéndole en
sus rumores vitales, en sus afanes ímprobos, en los nimios y múltiples detalles
de cada día.
Por la ventana abierta, frente a su camastro quejumbroso, divisaba la
cresta del Pico Rando, hincándose en la panza estrellada del cielo. El Pico
Rando asumía de noche una tonalidad mate y tenebrosa. Mandaba en el valle esta
noche como había mandado en él a lo largo de sus once años, como mandaba en
Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, su amigo Roque, el Moñigo. La pequeña
historia del valle se reconstruía ante su mirada interna, ante los ojos de su
alma, y los silbidos distantes de los trenes, los soñolientos mugidos de las
vacas, los gritos lúgubres de los sapos bajo las piedras, los aromas húmedos y
difusos de la tierra avivaban su nostalgia, ponían en sus recuerdos una nota de
palpitante realidad.
Después de todo, esta noche era como tantas otras en el valle, sin ir
más lejos como la primera vez que saltaron la tapia de la finca del Indiano
para robarle las manzanas. Las manzanas, al fin y al cabo, no significaban nada
para el Indiano, que en Méjico tenía dos restaurantes de lujo, un
establecimiento de aparatos de radio y tres barcos
destinados al cabotaje. Tampoco para ellos significaban mucho las manzanas del
Indiano, la verdad, puesto que todos ellos recogían buenas manzanas en los
huertos de sus casas, bien mirado, tan buenas manzanas como las que tenía
Gerardo, el Indiano, en los árboles de su finca. ¿Que por qué las robaban? Eso
constituía una cuestión muy compleja. Quizá, simplificando, porque ninguno de
ellos, entonces, rebasaba los nueve años y la emoción de lo prohibido imprimía
a sus actos rapaces un encanto indefinible. Le robaban las manzanas al Indiano
por la misma razón que en los montes, o en el prado de la Encina, después del
baño, les gustaba hablar de "eso" y conjeturar sobre "eso",
que era, no menos, el origen de la vida y su misterio.
Cuando Gerardo se fue del pueblo todavía no era el Indiano, era sólo el
hijo más pequeño de la señora Micaela, la carnicera y, según decía ésta, el más
tímido de todos sus hijos. La madre afirmaba que Gerardo "era el más
tímido de todos", pero en el pueblo aseguraban que Gerardo antes de
marchar era medio tonto y que en Méjico, si se iba allá, no serviría más que
para bracero o cargador de muelle. Pero Gerardo se fue y a los veinte años de
su marcha regresó rico. No hubo ninguna carta por medio, y cuando el Indiano se
presentó en el valle, los gusanos ya se habían comido el solomillo, el hígado y
los riñones de su madre, la carnicera.
Gerardo, que ya entonces era el Indiano, lloró un rato en el cementerio,
junto a la iglesia, pero no lloró con los mocos colgando como cuando pequeño,
ni se le caía la baba como entonces, sino que lloró en silencio y sin apenas
verter lágrimas, como decía el ama de don Antonino, el marqués, que lloraban en
las ciudades los elegantes. Ello implicaba que Gerardo, el Indiano, se había
transformado mucho. Sus hermanos, en cambio, seguían amarrados al lugar, a
pesar de que, en opinión de su madre, eran más
listos que él; César, el mayor, con la carnicería
de su madre, vendiendo hígados, solomillos y riñones de vaca a los vecinos para
luego, al cabo de los años, hacer lo mismo que la señora Micaela y donar su
hígado, su solomillo y sus riñones a los gusanos de la tierra. Una conducta, en
verdad, inconsecuente e inexplicable. El otro, Damián, poseía una labranza
medianeja en la otra ribera del río. Total nada, unas obradas de pradera y unos
lacios y barbudos maizales. Con eso vivía y con los cuatro cuartos que le
procuraba la docena de gallinas que criaba en el corral de su casa.
Gerardo, el Indiano, en su primera visita al pueblo, trajo una mujer que
casi no sabía hablar, una hija de diez años y un "auto" que casi no
metía ruido. Todos, hasta el auto, vestían muy bien y cuando Gerardo dijo que
allá, en Méjico, había dejado dos restaurantes de lujo y dos barcos de
cabotaje, César y Damián le hicieron muchas carantoñas a su hermano y quisieron
volverse con él, a cuidar cada uno de un restaurán y un barco de cabotaje. Pero
Gerardo, el Indiano, no lo consintió. Eso sí, les montó en la ciudad una
industria de aparatos eléctricos y César y Damián se fueron del valle,
renegaron de él y de sus antepasados y sólo de cuando en cuando volvían por el
pueblo, generalmente por la fiesta de la Virgen, y entonces daban buenas
propinas y organizaban carreras de sacos y carreras de cintas y ponían cinco
duros de premio en la punta de la cucaña. Y usaban sombreros planchados y
cuello duro.
Los antiguos amigos de Gerardo le preguntaron cómo se había casado con
una mujer rubia y que casi no sabía hablar, siendo él un hombre de importancia
y posición como, a no dudar, lo era. El Indiano sonrió sin aspavientos y les
dijo que las mujeres rubias se cotizaban mucho en América y que su mujer sí que
sabía hablar, lo que ocurría era que hablaba en inglés porque era yanqui. A
partir de aquí, Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", llamó
"Yanqui" a su perro, porque decía que hablaba lo mismo que la
mujer de Gerardo, el Indiano.
Gerardo, el Indiano, no renegó, en cambio, de su pueblo. Los ricos
siempre se encariñan, cuando son ricos, por el lugar donde antes han sido
pobres. Parece ser ésta la mejor manera de demostrar su cambio de posición y
fortuna y el más viable procedimiento para sentirse felices al ver que otros
que eran pobres como ellos siguen siendo pobres a pesar del tiempo.
Compró la casa de un veraneante, frente a la botica, la reformó de
arriba abajo y pobló sus jardines de macizos estridentes y árboles frutales. De
vez en cuando, venía por el pueblo a pasar una temporada. Ultimamente reconoció
ante sus antiguos amigos que las cosas le iban bien y que ya tenía en Méjico
tres barcos de cabotaje, dos restaurantes de lujo y una representación de
receptores de radio. Es decir, un barco de cabotaje más que la primera vez que
visitó el pueblo. Lo que no aumentaban eran los hijos. Tenía sólo a la Mica —la
llamaban Mica, tan sólo, aunque se llamaba como su abuela, pero, según decía el
ama de don Antonino, el marqués, los ricos, en las ciudades, no podían perder
el tiempo en llamar a las personas por sus nombres enteros— y la delgadez
extremada de la yanqui, que también caía por el valle de ciento en viento, no
daba ocasión a nuevas esperanzas. César y Damián hubieran preferido que por no
existir, no existiera ni la Mica, por más que cuando ella venía de América le
regalaban flores y cartuchos de bombones y la llevaban a los mejores teatros y
restaurantes de la ciudad. Esto decía, al menos, el ama de don Antonino, el
marqués.
La Mica cogió mucho cariño al pueblo de su padre. Reconocía que Méjico
no la iba y Andrés, el zapatero, argüía que se puede saber a ciencia cierta
"si nos va" o "no nos va" un país cuando en él se dispone
de dos restaurantes de lujo, una
representación de aparatos de radio y tres barcos
de cabotaje. En el valle, la Mica no disponía de eso y, sin embargo, era feliz.
Siempre que podía hacía una escapada al pueblo y allí se quedaba mientras su
padre no la ordenaba regresar. Ultimamente, la Mica, que ya era una señorita,
permanecía grandes temporadas en el pueblo estando sus padres en Méjico. Sus
tíos Damián y César, que en el pueblo les decían "los Ecos del
Indiano", velaban por ella y la visitaban de cuando en cuando.
Daniel, el Mochuelo, nació precisamente en el tránsito de los dos barcos
de cabotaje a los tres barcos de cabotaje, es decir, cuando Gerardo, el
Indiano, ahorraba para adquirir el tercer barco de cabotaje. Por entonces, la
Mica ya tenía nueve años para diez y acababa de conocer el pueblo.
Pero cuando a Roque, el Moñigo, se le ocurrió la idea de robar las
manzanas del Indiano, Gerardo ya tenía los tres barcos de cabotaje y la Mica,
su hija, diecisiete años. Por estas fechas, Daniel, el Mochuelo, ya era capaz
de discernir que Gerardo, el Indiano, había progresado, y bien, sin necesidad
de estudiar catorce años y a pesar de que su madre, la Micaela, decía de él que
era "el más tímido de todos" y de que andaba por el pueblo todo el
día de Dios con los mocos colgando y la baba en la barbilla. Fuera o no fuera
así, lo contaban en el pueblo y no era cosa de recelar que existiera un acuerdo
previo entre todos los vecinos para decirle una cosa que no era cierta.
Cuando saltaron la tapia del Indiano, Daniel, el Mochuelo, tenía el
corazón en la garganta. En verdad, no sentía apetito de manzanas ni de ninguna
otra cosa que no fuera tomar el pulso a una cosa prohibida. Roque, el Moñigo,
fue el primero en dejarse caer del otro lado de la tapia. Lo hizo blandamente,
con una armonía y una elegancia casi felinas, como si sus rodillas y sus ingles
estuvieran montadas sobre muelles. Después les hizo
señas con la mano, desde detrás de un árbol, para que se apresurasen. Pero lo
único que se apresuraba de Daniel, el Mochuelo, era el corazón, que bailaba
como un loco desatado. Notaba los miembros envarados y una oscura aprensión
mermaba su natural osadía. Germán, el Tiñoso, saltó el segundo, y Daniel, el
Mochuelo, el último.
En cierto modo, la conciencia del Mochuelo estaba tranquila. Las manías
de la Guindilla mayor se le habían contagiado en las últimas semanas. Por la
mañana había preguntado a don José, el cura, que era un gran santo:
—Señor cura, ¿es
pecado robar manzanas a un rico?
Don José había
meditado un momento antes de clavar sus ojillos, como puntas de alfileres, en
él:
—Según, hijo. Si el robado es muy rico, muy rico y el ladrón está en
caso de extremada necesidad y coge una manzanita para no morir de hambre, Dios
es comprensivo y misericordioso y sabrá disculparle.
Daniel, el Mochuelo, quedó apaciguado interiormente. Gerardo, el
Indiano, era muy rico, muy rico, y, en cuanto a él, ¿no podía sobrevenirle una
desgracia como a Pepe, el Cabezón, que se había vuelto raquítico por falta de
vitaminas y don Ricardo, el médico, le dijo que comiera muchas manzanas y
muchas naranjas si quería curarse? ¿Quién le aseguraba que si no comía las
manzanas del Indiano no le acaecería una desgracia semejante a la que aquejaba
a Pepe, el Cabezón?
Al pensar en esto, Daniel, el Mochuelo, se sentía más aliviado. También
le tranquilizaba no poco saber que Gerardo, el Indiano, y la yanqui estaban en
Méjico, la Mica con "los Ecos del Indiano" en la ciudad, y Pascualón,
el del molino, que cuidaba de
la finca, en la tasca del Chano disputando una
partida de mus. No había, por tanto, nada que temer. Y, sin embargo, ¿por qué
su corazón latía de este modo desordenado, y se le abría un vacío acuciante en
el estómago, y se le doblaban las piernas por las rodillas? Tampoco había
perros. El Indiano detestaba este medio de defensa. Tampoco, seguramente,
timbres de alarma, ni resortes sorprendentes, ni trampas disimuladas en el
suelo. ¿Por qué temer, pues?
Avanzaban cautelosamente, moviéndose entre las sombras del jardín, bajo
un cielo alto, tachonado de estrellas diminutas. Se comunicaban por tenues
cuchicheos y la hierba crujía suavemente bajo sus pies y este ambiente de roces
imperceptibles y misteriosos susurros crispaba los nervios de Daniel, el
Mochuelo.
—¿Y si nos oyera el
boticario? —murmuró éste de pronto.
—¡Chist!
El contundente siseo de Roque, el Moñigo, le hizo callar. Se internaban
en la huerta. Apenas hablaban ya sino por señas y las muecas nerviosas de
Roque, el Moñigo, cuando tardaban en comprenderle, adquirían, en las medias
tinieblas, unos tonos patéticos impresionantes.
Ya estaban bajo el
manzano elegido. Crecía unos pies por detrás del edificio. Roque, el Moñigo,
dijo:
—Quedáos aquí; yo
sacudiré el árbol.
Y se subió a él sin demora. Las palpitaciones del corazón del Mochuelo
se aceleraron cuando el Moñigo comenzó a zarandear las ramas con toda su enorme
fuerza y los frutos maduros golpeaban la hierba con un repiqueteo
ininterrumpido de granizada. Él y Germán, el Tiñoso, no daban abasto para
recoger los
frutos desprendidos. Daniel, el Mochuelo, al
agacharse, abría la boca, pues a ratos le parecía que le faltaba el aire y se
ahogaba. Súbitamente, el Moñigo dejó de zarandear el árbol.
—Mirad; está ahí el
coche —murmuró, desde lo alto, con una extraña opacidad en la voz.
Daniel y el Tiñoso miraron hacia la casa en tinieblas. La aleta del
coche negro del Indiano, que metía menos ruido aún que el primero que trajo al
valle, rebrillaba tras la esquina de la vivienda. A Germán, el Tiñoso, le
temblaron los labios al exigir:
—Baja aprisa; debe
de estar ella.
Daniel, el Mochuelo, Y Germán, el Tiñoso, se movían doblados por los
riñones, para soportar mejor las ingentes brazadas de manzanas. El Mochuelo
sintió un miedo inmenso de que alguien pudiera sorprenderle así. Apoyó con
vehemencia al Tiñoso:
—Vamos, baja,
Moñigo. Ya tenemos suficientes manzanas.
El temor les hacía perder la serenidad. La voz de Daniel, el Mochuelo,
sonaba agitada, en un tono superior al simple murmullo. Roque, el Moñigo,
quebró una rama con el peso del cuerpo al tratar de descender precipitadamente.
El chasquido restalló como un disparo en aquella atmósfera queda de roces y
susurros. Su excitación iba en aumento:
—¡Cuidado, Moñigo!
—Yo voy saliendo.
—¡Narices!
—Gallina el que
salte la tapia primero.
No es fácil determinar de dónde surgió la aparición. Daniel, el
Mochuelo, después de aquello, se inclinaba a creer en brujas, duendes y
fantasmas. Ella, la Mica, estaba ante ellos, alta y esbelta, embutida en un
espectral traje blanco. En las densas tinieblas, su figura adquiría una
presencia ultraterrena, algo parecido al Pico Rando, sólo que más vago y
huidizo.
—Conque sois
vosotros los que robáis las manzanas, ¿eh? —dijo.
Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, fueron dejando resbalar los
frutos, uno a uno, hasta el suelo. La consternación les agarrotaba. La Mica
hablaba con naturalidad, sin destemplanza en el tono de voz:
—¿Os gustan las
manzanas?
Tembló, un
instante, en el aire, la amedrentada afirmación de Daniel, el Mochuelo:
—Siiií...
Se oyó la risa
amortiguada de la Mica, como si brotase a impulsos de una oculta complacencia.
Luego dijo:
—Tomad dos manzanas
cada uno y venid conmigo.
La obedecieron. Los cuatro se encaminaron hacia el porche. Una vez allí,
la Mica giró un conmutador, oculto tras una columna, y se hizo la luz. Daniel,
el Mochuelo, agradeció que una columna piadosa se interpusiera entre la lámpara
y su rostro abatido. La Mica, sin ton ni son, volvió a reír espontáneamente. A
Daniel, el Mochuelo, le asaltó el temor de que fuera a entregarles a la guardia
Civil.
Nunca había visto tan próxima a la hija del Indiano y su rostro y su
silueta iban haciéndole olvidar por momentos la comprometida situación. Y
también su voz, que parecía el suave y modulado acento de un jilguero. Su piel
era tersa y tostada y sus ojos oscuros y sombreados por unas pestañas muy
negras. Los brazos eran delgados y elásticos, y éstos y sus piernas, largas y
esbeltas, ofrecían la tonalidad dorada de la pechuga del macho de perdiz. Al
desplazarse, la ingravidez de sus movimientos producían la sensación de que
podría volar y perderse en el espacio lo mismo que una pompa de jabón.
—Está bien —dijo,
de pronto—. De modo que los tres sois unos ladronzuelos.
Daniel, el Mochuelo, se confesó que podría pasarse la vida oyéndola a
ella decir que era un ladronzuelo y sin cansarse lo más mínimo. El decir ella
"ladronzuelo" era lo mismo que si le acariciase las mejillas con las
dos manos, con sus dos manos pequeñas, ligeras y vitales.
La Mica se recostó
en una tumbona y su figura se estilizó aún más. Dijo:
—No voy a haceros nada esta vez. Voy a dejaros marchar. Pero vais a
prometerme que en lo sucesivo si queréis manzanas me las pediréis a mí y no
saltaréis la tapia furtivamente, como si fuerais ladrones.
Les miró, uno tras
otro, y todos asintieron con la cabeza.
—Ahora podéis iros
—concluyó.
Los tres amigos
salieron, en silencio, por el portón a la carretera. Anduvieron unos pasos sin
cambiar
palabra. Su silencio era pesado y macizo, impuesto
por la secreta conciencia de que si aún andaban sueltos por el mundo se debía,
más que a su propia habilidad y maña, al favor y la compasión del prójimo.
Esto, y más en la infancia, siempre resulta un poco deprimente.
Roque, el Moñigo, miró de refilón al Mochuelo. Caminaba éste con la boca
abierta y los ojos ausentes, como en éxtasis. El Moñigo le zarandeó por un
brazo y dijo:
—¿Qué te pasa,
Mochuelo? Estás como alelado.
Y, sin esperar
respuesta, arrojó con fuerza sus dos manzanas contra los bultos informes y
oscuros que pastaban pacientemente en el prado del boticario.
X
La amistad del Moñigo forzaba, a veces, a Daniel, el Mochuelo, a
extremar su osadía y a poner a prueba su valor. Lo malo era que el Moñigo
entendía que el valor de un hombre puede cambiar de la noche a la mañana, como
la lluvia o el viento. Hoy podía ser uno un valiente y mañana un bragazas, o a
la inversa. Todo dependía de que uno se aviniera o no a realizar las mismas
proezas que Roque, el Moñigo, realizaba cada día.
—Gallina el que no
haga esto —les conminaba una y otra vez.
Y Daniel, el Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, se veían forzados a
atravesar el puente por la acitara — quince centímetros de anchura— o a dejarse
arrastrar y hundir por la violencia del Chorro, para ir a reaparecer, empujados
por la corriente de fondo, en la Poza del Inglés, o a cruzarse, dentro del
túnel, con el tranvía interprovincial.
Con frecuencia, Daniel, el Mochuelo, que, por otra parte, no había de
violentarse demasiado para imitar las proezas del Moñigo, se despertaba en la
alta noche sobresaltado, asiéndose crispadamente al jergón de la cama.
Respiraba hondo. No estaba hundido, como soñaba, bajo el Chorro, ni le
arrastraban dando tumbos los hierros del tren, ni se había despeñado por la
acitara y volaba a estrellarse contra las rocas del río. Se hallaba bien,
cómodamente instalado en su cama de hierro, y, de momento, no había nada que
temer.
Desde este punto de vista, suponían una paz
inusitada los días de lluvia, que en el valle eran frecuentes, por más que
según los disconformes todo andaba patas arriba desde hacía unos años y hasta
los pastos se perdían ahora —lo que no había acaecido nunca— por falta de agua.
Daniel, el Mochuelo, ignoraba cuánto podía llover antes en el valle; lo que sí
aseguraba es que ahora llovía mucho; puestos a precisar, tres días de cada
cinco, lo que no estaba mal.
Si llovía, el valle transformaba ostensiblemente su fisonomía. Las
montañas asumían unos tonos sombríos y opacos, desleídos entre la bruma,
mientras los prados restallaban en una reluciente y verde y casi dolorosa
estridencia. El jadeo de los trenes se oía a mayor distancia y las montañas se
peloteaban con sus silbidos hasta que éstos desaparecían, diluyéndose en ecos
cada vez más lejanos, para terminar en una resonancia tenue e imperceptible. A
veces, las nubes se agarraban a las montañas y las crestas de éstas emergían
como islotes solitarios en un revuelto y caótico océano gris.
En el verano, las
tormentas no acertaban a escapar del cerco de los montes y, en ocasiones, no
cesaba de tronar en tres días consecutivos.
Pero el pueblo ya estaba preparado para estos accesos. Con las primeras
gotas salían a relucir las almadreñas y su "cluac—cluac", rítmico y
monótono, se escuchaba a toda hora en todo el valle, mientras persistía el
temporal. A juicio de Daniel, el Mochuelo, era en estos días, o durante las
grandes nevadas de Navidad, cuando el valle encontraba su adecuada fisonomía.
Era, el suyo, un valle de precipitaciones, húmedo y triste, melancólico, y su
languidez y apatía características desaparecían con el sol y con los horizontes
dilatados y azules.
Para los tres amigos, los días de lluvia encerraban
un encanto preciso y peculiar. Era el momento de los proyectos, de los
recuerdos y de las recapacitaciones. No creaban, rumiaban; no accionaban,
asimilaban. La charla, a media voz, en el pajar del Mochuelo, tenía la virtud
de evocar, en éste, los dulces días invernales, junto al hogar, cuando su padre
le contaba la historia del profeta Daniel o su madre se reía porque él pensaba
que las vacas lecheras tenían que llevar cántaras.
Sentados en el heno, divisando la carretera y la vía férrea por el
pequeño ventanuco frontal, Roque, el Moñigo; Daniel, el Mochuelo, y Germán, el
Tiñoso, hilvanaban sus proyectos.
Fue uno de estos días y en el pajar de su casa, cuando Daniel, el
Mochuelo, adquirió una idea concreta de la fortaleza de Roque, el Moñigo, y de
lo torturante que resultaba para un hombre no tener en el cuerpo una sola
cicatriz. Ocurrió una tarde de verano, mientras la lluvia tamborileaba en el
tejado de pizarra de la quesería y el valle se difuminaba bajo un cielo pesado,
monótono y gris.
Mas el Moñigo no se
conformaba con que la evidencia de su musculatura le entrase por los ojos:
—Mira; toca, toca
—dijo.
Y flexionó el brazo, que se transformó en un manojo informe de músculos
y tendones retorcidos. El Mochuelo adelantó tímidamente la yema de un dedo y
tocó.
—Duro, ¿verdad?
—Ya lo creo.
—Pues mira aquí.
Se alzó el pantaloncillo de pana hasta el muslo y tensó la pierna, que
adquirió la rigidez de un garrote:
—Mira; toca, toca.
Y de nuevo el dedo
del Mochuelo, seguido a corta distancia de el del Tiñoso, tentó aquel
portentoso juego de músculos.
—Más duro que el
brazo, ¿no?
—Más duro.
Luego se descubrió el tórax y les hizo tocar también y contaban hasta
doscientos sin que el Moñigo deshinchase el pecho y tuviera que hacer una nueva
inspiración. Después, el Moñigo les exigió que probasen ellos. El Tiñoso no
resistió más que hasta cuarenta sin tomar aire, y el Mochuelo, después de un
extremoso esfuerzo que le dejó amoratado, alcanzó la cuenta de setenta.
A continuación, el Moñigo se tumbó boca abajo y con las palmas de las
manos apoyadas en el suelo fue levantando el cuerpo una y otra vez. Al llegar a
la flexión sesenta lo dejó y les dijo:
—No he tenido nunca
la paciencia de ver las que aguanto. Anteanoche hice trescientas veintiocho y
no quise hacer más porque me entró el sueño.
El Mochuelo y el Tiñoso le miraron abrumados. Aquel alarde superaba
cuanto ellos hubieran podido imaginar respecto a las facultades físicas de su
amigo.
—A ver tú las que
aguantas, Mochuelo —le dijo de repente a Daniel.
—Si no sé... No he
probado nunca.
—Prueba ahora.
—El caso es...
El Mochuelo acabó tumbándose e intentando la primera flexión. Empero sus
bracitos no estaban habituados al ejercicio y todo su cuerpo temblaba
estremecido por el insólito esfuerzo muscular. Levantó primero el trasero y
luego la espalda.
—Una —cantó, con
entusiasmo, y de nuevo se desplomó, pesadamente, sobre el pavimento.
El Moñigo dijo:
—No; no es eso.
Levantando el culo primero no tiene mérito; así me hago yo un millón.
Daniel, el
Mochuelo, desistió de la prueba. El hecho de haber defraudado a su amigo
después de aquel inmoderado esfuerzo le dejó muy abatido.
Tras el frustrado intento de flexión del Mochuelo se hizo un silencio en
el pajar. El Moñigo tornaba a retorcer el brazo y los músculos bailaban en él,
flexibles y relevantes. Mirando su brazo, se le ocurrió al Mochuelo decir:
—Tú podrás a
algunos hombres, ¿verdad, Moñigo?
Todavía Roque no
había vapuleado al músico en la romería. El Moñigo sonrió con suficiencia.
Después aclaró:
—Claro que puedo a
muchos hombres. Hay muchos hombres que no tienen más cosa dura en el cuerpo que
los huesos y el pellejo.
Al Tiñoso se le
redondeaban los ojos de admiración. El Mochuelo se recostó plácidamente sobre
el montón
de heno, sintiendo a su lado la consoladora
protección de Roque. Aquella amistad era una sólida garantía por más que su
madre, la Guindilla mayor y las Lepóridas se empeñasen en considerar la
compañía de Roque, el Moñigo, como un mal necesario.
Pero la tertulia de aquella tarde acabó donde acababan siempre aquellas
tertulias en el pajar de la quesería los días lluviosos: en una competencia.
Roque se remangó el pantalón izquierdo y mostró un círculo de piel arrugada y
débil:
—Mirad qué forma
tiene hoy la cicatriz; parece una coneja.
El Mochuelo y el
Tiñoso se inclinaron sobre la pierna del amigo y asintieron:
—Es cierto; parece
una coneja.
A Daniel, el Mochuelo, le contristó el rumbo que tomaba la conversación.
Sabía que aquellos prolegómenos degenerarían en una controversia sobre
cicatrices. Y lo que más abochornaba a Daniel, el Mochuelo, a los ocho años,
era no tener en el cuerpo ni una sola cicatriz que poder parangonar con las de
sus amigos. Él hubiera dado diez años de vida por tener en la carne una buena
cicatriz. La carencia de ella le hacía pensar que era menos hombre que sus
compañeros que poseían varias cicatrices en el cuerpo. Esta sospecha le imbuía
un nebuloso sentimiento de inferioridad que le desazonaba. En realidad, no era
suya la culpa de tener mejor encarnadura que el Moñigo y el Tiñoso y de que las
frecuentes heridas se le cerrasen sin dejar rastro, pero el Mochuelo no lo entendía
así, y para él suponía una desgracia tener el cuerpo todo liso, sin una mala
arruga. Un hombre sin cicatriz era, a su ver, como una niña buena y obediente.
Él no quería una cicatriz de guerra, ni ninguna gollería: se
conformaba con una cicatriz de accidente o de lo que fuese, pero una
cicatriz.
La historia de la cicatriz de Roque, el Moñigo, se la sabían de memoria.
Había ocurrido cinco años atrás, durante la guerra. Daniel, el Mochuelo, apenas
se acordaba de la guerra. Tan sólo tenía una vaga idea de haber oído zumbar los
aviones por encima de su cabeza y del estampido seco, demoledor, de las bombas
al estallar en los prados. Cuando la aviación sobrevolaba el valle, el pueblo
entero corría a refugiarse en el bosque: las madres agarradas a sus hijos y los
padres apaleando al ganado remiso hasta abrirle las carnes.
En aquellos días, la Sara huía a los bosques llevando de la mano a
Roque, el Moñigo. Pero éste no sentía tampoco temor de los aviones, ni de las
bombas. Corría porque veía correr a todos y porque le divertía pasar el tiempo
tontamente, todos reunidos en el bosque, acampados allí, con el ganado y los
enseres, como una cuadrilla de gitanos. Roque, el Moñigo, tenía entonces seis
años.
Al principio, las campanas de la iglesia avisaban del cese del peligro
con tres repiques graves y dos agudos. Más tarde, se llevaron las campanas para
fundirlas, y en el pueblo estuvieron sin campanas hasta que concluida la
guerra, regaló una nueva don Antonino, el marqués. Hubo ese día una fiesta
sonada en el valle, como homenaje del pueblo al donante. Hablaron el señor cura
y el alcalde, que entonces era Antonio, el Buche. Al final, don Antonino, el
marqués, dio las gracias a todos y le temblaba la voz al hacerlo. Total nada,
que don José y el alcalde emplearon media hora cada uno para dar las gracias a
don Antonino, el marqués, por la campana, y don Antonino, el marqués, habló
durante otra media hora larga, sólo para devolver las gracias que acababan de
darle. Resultó todo demasiado cordial, discreto y comedido.
Pero la herida de Roque, el Moñigo, era de una esquirla de metralla. Se
la produjo una bomba al estallar en un prado cuando, una mañana de verano, huía
precipitadamente al bosque con la Sara. Los más listos del pueblo decían que el
percance se debió a una bomba perdida, que fue lanzada por el avión para
"quitar peso". Mas Roque, el Moñigo, recelaba que el peso que había
tratado de quitar el avión era el suyo propio. De todas maneras, Roque, el
Moñigo, agradecía al aviador aquel medallón de carne retorcida que le había
dejado en el muslo.
Continuaban los tres mirando la cicatriz que parecía, por la forma, una
coneja. Roque, el Moñigo, se inclinó de repente, y la lamió con la punta de la
lengua. Tras un rápido paladeo, afirmó:
—Sigue sabiendo salada. Dice Lucas, el Mutilado, que es por el hierro.
Las cicatrices de hierro saben siempre saladas. Su muñón también sabe salado y
el de Quino, el Manco, también. Luego, con los años, se quita ese sabor.
Daniel, el
Mochuelo, y Germán, el Tiñoso, le escuchaban escépticos. Roque, el Moñigo,
receló de su incredulidad. Acercó la pierna a ellos e invitó:
—Probad, veréis
como no os engaño.
El Mochuelo y el
Tiñoso cambiaron unas miradas vacilantes. Al fin, el Mochuelo se inclinó y rozó
la cicatriz con la punta de la lengua.
—Sí, sabe salada
—confirmó.
El Tiñoso lamió tras él y asintió con la cabeza.
Después dijo:
—Sí, es cierto que sabe salada, pero no es por el hierro, es por el
sudor. Probad mi oreja, veréis como también sabe salada.
Daniel, el
Mochuelo, interesado en el asunto, se aproximó al Tiñoso y le lamió el lóbulo
dividido de la oreja.
—Es verdad —dijo—.
También la oreja del Tiñoso sabe salada.
—¿A ver? —inquirió
dubitativo, el Moñigo.
Y deseoso de zanjar el pleito, chupó con avidez el lóbulo del Tiñoso con
la misma fruición que si mamase. Al terminar, su rostro expresó un profundo
desencanto.
—Es cierto que sabe
salada también —dijo—. Eso es que te dañaste con la cerca de alambre y no con
la púa de una zarzamora como crees.
—No —saltó el
Tiñoso, airado—; me rasgué la oreja con la púa de una zarzamora. Estoy bien
seguro.
—Eso crees tú.
Germán, el Tiñoso,
no se daba por vencido. Agachó la cabeza a la altura de la boca de sus
compañeros.
¿Y mis calvas, entonces? —dijo con terca insistencia—. También saben
saladas. Y mis calvas no me las hice con ningún hierro. Me las pegó un pájaro.
El Moñigo y el Mochuelo se miraron atónitos, pero, uno tras otro, se
inclinaron sobre la morena cabeza de Germán, el Tiñoso, y lamieron una calva
cada uno. Daniel, el Mochuelo, reconoció en seguida:
—Sí, saben saladas.
Roque, el Moñigo,
no dio su brazo a torcer:
—Pero eso no es una
cicatriz. Las calvas no son cicatrices. Ahí no tuviste herida nunca. Nada tiene
que ver que sepan saladas.
Y el ventanuco iba oscureciéndose y el valle se tornaba macilento y
triste, y ellos seguían discutiendo sin advertir que se hacía de noche y que
sobre el tejado de pizarra repiqueteaba aún la lluvia y que el tranvía
interprovincial subía ya afanosamente vía arriba, soltando, de vez en cuando,
blancos y espumosos borbotones de humo, y Daniel, el Mochuelo, se compungía
pensando que él necesitaba una cicatriz y no la tenía, y si la tuviera, quizá
podría dilucidar la cuestión sobre si las cicatrices sabían saladas por causa
del sudor, como afirmaba el Tiñoso, o por causa del hierro, como decían el
Moñigo y Lucas, el Mutilado.
XI
Roque, el Moñigo, dejó de admirar y estimar a Quino, el Manco, cuando se
enteró de que éste había llorado hasta hartarse el día que se murió su mujer.
Porque Quino, el Manco, además de la mano, había perdido a su mujer, la
Mariuca. Y no sería porque no se lo avisaran. Más que nadie la Josefa, que
estaba enamorada de él, y se lo restregaba por las narices a la menor
oportunidad, muchas veces sin esperar la oportunidad siquiera.
—Quino, piénsalo.
Mira que la Mariuca está tísica perdida.
Quino, el Manco, se
sulfuraba.
—¿Y a ti qué
diablos te importa, si puede saberse? — decía.
La Josefa tragaba bilis y lo dejaba. Por la noche lloraba, a solas, en
su alcoba, hasta empapar la almohada y se juraba no volver a intervenir en el
asunto. Mas a la mañana siguiente olvidaba su determinación. Le gustaba
demasiado Quino, el Manco, para abandonar el campo sin quemar el último
cartucho. Le gustaba porque era todo un hombre: fuerte, serio y cabal. Fuerte,
sin ser un animal como Paco, el herrero; serio, sin llegar al escepticismo,
como Pancho, el Sindiós, y cabal, sin ser un santo, como don José, el cura, lo
era. En fin, lo que se dice un hombre equilibrado, un hombre que no pecaba por
exceso ni por defecto, un hombre en el fiel.
Quino, en realidad, no creía en la tuberculosis. El
mundo, para él, se componía de delgados y gordos. Mariuca era delgada, como
delgados eran doña Lola y doña Irene, las Guindillas y Andrés, el zapatero. Y
él era gordo como lo era Cuco, el factor. Pero eso no quería decir que los
otros estuvieran enfermos y ellos sanos. De la Mariuca decían que estaba tísica
desde que nació, pero ahí la tenían con sus veintitrés años, lozana y fresca
como una flor.
Quino se acercó a ella sugestionado más que enamorado. Su natural
tendencia le inclinaba a las hembras rollizas, de formas calientes, caídas por
su propio peso, y exuberantes. Concretamente, hacia mujeres como la Josefa,
duras, densas y apelmazadas. Pero Quino, el Manco, reflexionaba así: "En
las ciudades, los señoritos se casan con las hembras flacas. Algo especial
tendrán las flacas cuando los señoritos que tienen estudios y talento, las
buscan así". Y se arrimó a la Mariuca porque era flaca. A los pocos días,
sí se enamoró. Se enamoró ciegamente de ella porque tenía la mirada triste y
sumisa como un corderillo y la piel azulada y translúcida como la porcelana. Se
entendieron. A la Mariuca le gustaba Quino, el Manco, porque era su antítesis:
macizo, vigoroso, corpulento y con unos ojos agudos y punzantes como bisturíes.
Quino, el Manco, decidió casarse y los vecinos se le echaron encima:
"La Mariuca está delicada". "La Mariuca está enferma".
"La tisis es mala compañera". Pero Quino, el Manco, saltó por encima
de todo y una mañana esplendente de primavera se presentó a la puerta de la
iglesia embutido en un traje de paño azul y con un pañuelo blanco anudado al
cuello. Don José, el cura, que era un gran santo, los bendijo. La Mariuca le
puso la alianza en el dedo anular de la mano izquierda, porque Quino, el Manco,
tenía seccionada la derecha.
La Josefa, a pesar de todo, no logró amargarle la
luna de miel. La Josefa se propuso que le pesara toda la vida sobre la
conciencia la sombra de su desgracia. Pero no lo consiguió.
En la iglesia, durante la primera amonestación, saltó como una pantera,
gritando, mientras corría hacia el altar de san Roque y poniendo al santo por
testigo, que la Mariuca y Quino, el Manco, no podían casarse porque ella estaba
tísica. Hubo, primero, un revuelo y, luego, un silencio hecho de cien
silencios, en el templo. Mas don José conocía mejor que ella los impedimentos y
todo el Derecho Canónico.
—Hija —dijo—, la
ley del Señor no prohibe a los enfermos contraer matrimonio. ¿Has entendido?
La Josefa, desesperada, se arrojó sobre las gradas del presbiterio y
comenzó a llorar como una loca, mesándose los cabellos y pidiendo compasión.
Todos la compadecían, pero resultaba inoperante fabricar, en un momento, otro
Quino. Desde los bancos del fondo, donde se ponían los hombres, el Manco
sonreía tristemente y se daba golpes amistosos con el muñón en la barbilla. La
Guindilla mayor, al ver que don José vacilaba, no sabiendo qué partido tomar,
se adelantó hasta la Josefa y la sacó del templo, tomándola compasivamente por
las axilas. (La Guindilla mayor pretendió, luego, que don José, el cura, dijese
otra misa en atención a ella, ya que entre sacar a la Josefa de la iglesia y
atenderla unos momentos en el atrio se le pasó el Sanctus. Y ella afirmaba que
no se iba a quedar sin misa por hacer una obra de caridad, y que eso no era
justo, ni razonable, ni lógico, ni moral y que la comían por dentro los
remordimientos y que era la primera vez que le ocurría en su vida... A duras
penas don José logró apaciguarla y devolverle su inestable paz de conciencia) .
Después continuó el Santo Sacrificio como si nada, pero al domingo siguiente no
faltó a
misa ni pancho, el Sindiós, que se coló
subrepticiamente en el coro, tras el armonio. Y lo que pasa. Aquel día, don
José leyó las amonestaciones y no ocurrió nada. Tan sólo, al pronunciar el cura
el nombre de Quino surgió un suspiro ahogado del banco que ocupaba la Josefa.
Pero nada más. Pancho, el Sindiós, dijo, al salir, que la piedad era inútil, un
trasto, que en aquel pueblo no se sacaba nada en limpio siendo un buen creyente
y que, por lo tanto, no volvería a la iglesia.
Lo gordo aconteció durante el refresco el día de la boda, cuando nadie
pensaba para nada en la Josefa. Que nadie pensara en ella debió ser el motivo
que la empujó a llamar la atención de aquella bárbara manera. De todos modos
fue aquello una oscura y dolorosa contingencia.
Su grito se oyó perfectamente desde el corral de Quino, El Manco, donde
se reunían los invitados. El grito provenía del puente y todos miraron hacia el
puente. La Josefa, toda desnuda, estaba subida al pretil, de cara al río, y
miraba la fiera corriente con ojos desencajados. Todo lo que se les ocurrió a
las mujeres para evitar la catástrofe fue gritar, redondear los ojos, y
desmayarse. Dos hombres echaron a correr hacia ella, según decían para
contenerla, pero sus esposas les ordenaron acremente volverse atrás, porque no
querían que sus maridos vieran de cerca a la Josefa toda desnuda. Entre estas
dudas y vacilaciones, la Josefa volvió a gritar, levantó los brazos, puso los
ojos en blanco y se precipitó en la oscura corriente de El Chorro.
Acudieron allá
todos menos los novios. Al poco tiempo regresó a la taberna el juez. Quino, el
Manco, decía en ese momento a la Mariuca:
—Esa Josefa es una
burra.
Por eso supieron la
Mariuca y Quino, el Manco, que la Josefa se había matado.
Para enterrarla en el pequeño camposanto de junto a la iglesia hubo sus
más y sus menos, pues don José no se avenía a dar entrada en él a una suicida y
no lo consintió sin antes consultar al Ordinario. Al fin llegaron noticias de
la ciudad y todo se arregló, pues, por lo visto, la Josefa se había suicidado
en un estado de enajenación mental transitorio.
Pero ni la sombra de la Josefa bastó para enturbiar las mieles de Quino
en su viaje de bodas. Los novios pasaron una semana en la ciudad y de regreso
le faltó tiempo a la Mariuca para anunciar a los cuatro vientos que estaba
encinta.
—¿Tan pronto? —la preguntó la Chata, que no se explicaba cómo unas
mujeres quedaban embarazadas por acostarse una noche con un hombre y otras no,
aunque se acostasen con un hombre todas las noches de su vida.
—Anda ésta. ¿Qué
tiene la cosa de particular? —dijo.
azorada, la
Mariuca.
Y la Chata masculló
una palabrota por dentro.
El proceso de gestación de la criatura no fue normal. A medida que se le
abultaba el vientre a la Mariuca se le afilaba la cara de un modo alarmante.
Las mujeres comenzaron a murmurar que la chica no aguantaría el parto.
El parto sí lo aguantó, pero se quedó en el sobreparto. Murió tísica a
la semana y media de dar a luz y dio a luz a los cinco meses justos de
suicidarse la Josefa.
Las comadres del pueblo empezaron a explicarse entonces la precipitación
de la Mariuca por pregonar su estado, aun antes de apearse del tren que la
trajo de la ciudad.
Quino, el Manco, según decían, pasó la noche solo, llorando junto al
cadáver, con la niñita recién nacida en los brazos y acariciando tímidamente,
con el retorcido muñón, las lacias e inertes melenas rubias de la difunta.
La Guindilla mayor,
al enterarse de la desgracia, hizo este comentario:
—Eso es un castigo
de Dios por haber comido el cocido antes de las doce.
Se refería a lo del alumbramiento prematuro, pero el ama de don
Antonino, el marqués, tenía razón al comentar que seguramente no era aquello un
castigo de Dios, puesto que Irene, la Guindilla menor, había comido no sólo el
cocido, sino la sopa también antes de las doce, y nada le había ocurrido.
En aquella época, Daniel, el Mochuelo, sólo contaba dos años, y cuatro
Roque, el Moñigo. Cinco después empezaron a visitar a Quino de regreso del baño
en la Poza del Inglés, o de pescar cangrejos o jaramugo. El Manco era todo
generosidad y les daba un gran vaso de sidra de barril por una perra chica. Ya
entonces la tasca de Quino marchaba pendiente abajo. El Manco devolvía las
letras sin pagar y los proveedores le negaban la mercancía. Gerardo, el
Indiano, le afianzó varias veces, pero como no observara en Quino afán alguno
de enmienda, pasados unos meses lo abandonó a su suerte. Y Quino, el Manco,
empezó a ir de tumbo en tumbo, de mal en peor. Eso sí, él no perdía la
locuacidad y continuaba regalando de lo poco que le quedaba.
Roque, el Moñigo, Germán, el Tiñoso, y Daniel, el
Mochuelo, solían sentarse con él en el banco de piedra rayano a la carretera. A
Quino, el Manco, le gustaba charlar con los niños más que con los mayores,
quizá porque él, a fin de cuentas, no era más que un niño grande también. En
ocasiones, a lo largo de la conversación, surgía el nombre de la Mariuca, y con
él el recuerdo, y a Quino, el Manco, se le humedecían los ojos y, para
disimular la emoción, se propinaba golpes reiteradamente con el muñón en la barbilla.
En estos casos, Roque, el Moñigo, que era enemigo de lágrimas y de
sentimentalismos, se levantaba y se largaba sin decir nada, llevándose a los
dos amigos cosidos a los pantalones. Quino, el Manco, les miraba estupefacto,
sin comprender nunca el motivo que impulsaba a los rapaces para marchar tan
repentinamente de su lado, sin exponer una razón.
Jamás Quino, el Manco, se vanaglorió con los tres pequeños de que una
mujer se hubiera matado desnuda por él. Ni aludió tan siquiera a aquella
contingencia de su vida. Si Daniel, el Mochuelo, y sus amigos sabían que la
Josefa se lanzó corita al río desde el puente, era por Paco, el herrero, que no
disimulaba que le había gustado aquella mujer y que si ella hubiese accedido,
sería, a estas alturas, la segunda madre de Roque, el Moñigo. Pero si ella
prefirió la muerte que su enorme tórax y su pelo rojo, con su pan se lo
comiera.
Lo que más avivaba la curiosidad de los tres amigos en los tiempos en
que en la taberna de Quino se despachaba un gran vaso de sidra de barril por
cinco céntimos, era conocer la causa por la que al Manco le faltaba una mano.
Constituía la razón una historia sencilla que el Manco relataba con sencillez.
—Fue mi hermano,
¿sabéis? —decía—. Era leñador. En los concursos ganaba siempre el primer
premio.
Partía un grueso tronco en pocos minutos, antes que nadie. Él quería ser
boxeador.
La vocación del
hermano de Quino, el Manco, acrecía la tentación de los rapaces. Quino
proseguía:
—Claro que esto no sucedió aquí. Sucedía en Vizcaya hace quince años. No
está lejos Vizcaya, ¿sabéis? Más allá de estos montes —y señalaba la cumbre
fosca, empenachada de bruma, del Pico Rando—. En Vizcaya todos los hombres
quieren ser fuertes y muchos lo son. Mi hermano era el más fuerte del pueblo,
por eso quería ser boxeador; porque les ganaba a todos. Un día, me dijo:
"Quino, aguántame este tronco, que voy a partirlo de cuatro
hachazos". Esto me lo pedía con frecuencia, aunque nunca partiera los
troncos de cuatro hachazos. Eso era un decir. Aquel día se lo aguanté firme,
pero en el momento de descargar el golpe, yo adelanté la mano para hacerle una
advertencia y ¡zas! —las tres caritas infantiles expresaban, en este instante,
un mismo nivel emocional. Quino, el Manco, se miraba cariñosamente el muñón y
sonreía—: La mano saltó a cuatro metros de distancia, como una astilla —
continuaba—. Y cuando yo mismo fui a recogerla, todavía estaba caliente y los
dedos se retorcían solos, nerviosamente, como la cola de una lagartija.
El Moñigo temblaba
al preguntarle:
—¿Te... te importa
enseñarme de cerca el muñón, Manco?
Quino adelantaba el
brazo, sonriente:
—Al contrario
—decía.
Los tres niños, animados por la amable concesión del Manco, miraban y
remiraban la incompleta extremidad, lo sobaban, introducían las uñas sucias por
las hendiduras de la carne, se hacían uno a otro
indicaciones y, al fin, dejaban el muñón sobre la mesa de piedra como si
se tratara de un objeto ya inútil.
La Mariuca, la niña, se crió con leche de cabra y el mismo Quino le
preparó los biberones hasta que cumplió el año. Cuando la abuela materna le
insinuó una vez que ella podía hacerse cargo de la niña, Quino, el Manco, lo
tomó tan a pecho y se irritó de tal modo que él y su suegra ya no volvieron a
dirigirse la palabra. En el pueblo aseguraban que Quino había prometido a la
difunta no dejar a la criatura en manos ajenas aunque tuviera que criarla en
los propios pechos. Esto le parecía a Daniel, el Mochuelo, una evidente
exageración.
A la Mariuca—uca, como la llamaban en el pueblo para indicar que era una
consecuencia de la Mariuca difunta, la querían todos a excepción de Daniel, el
Mochuelo. Era una niña de ojos azules, con los cabellos dorados y la parte
superior del rostro tachonado de pecas. Daniel, el Mochuelo, conoció a la niña
muy pronto, tanto que el primer recuerdo de ella se desvanecía en su memoria.
Luego sí, recordaba a la Mariuca—uca, todavía una cosita de cuatro años,
rondando los días de fiesta por las proximidades de la quesería.
La niña despertaba en la madre de Daniel, el Mochuelo, el instinto de la
maternidad prematuramente truncada. Ella deseaba una niña, aunque hubiera
tenido la carita llena de pecas como la Mariuca—uca. Pero eso ya no podría ser.
Don Ricardo, el médico, le dijo que después del aborto le había quedado el
vientre seco. Su vientre, pues, envejecía sin esperanzas. De aquí que la madre
de Daniel, el Mochuelo, sintiese hacia la pequeña huérfana una inclinación casi
maternal. Si la veía pindongueando por las inmediaciones de la quesería, la
llamaba y la sentaba a la mesa.
—Mariuca—uca, hija —decía, acariciándola—, querrás un poco de boruga,
¿verdad?
La niña asentía. La
madre del Mochuelo la atendía solícita.
—Pequeña, ¿tienes
bastante azúcar? ¿Te gusta?
Volvía a asentir la
niña, sin palabras. Al concluir la golosina, la madre de Daniel se interesaba
por los pormenores domésticos de la casa de Quino:
—Mariuca—uca, hija,
¿quién te lava la ropa?
La niña sonreía:
—El padre.
—¿Y quién te hace
la comida?
—El padre.
—¿Y quién te peina
las trenzas?
—El padre.
—¿Y quién te lava
la cara y las orejas?
—Nadie.
La madre de Daniel, el Mochuelo, sentía lástima de ella. Se levantaba,
vertía agua en una palangana y lavaba las orejas de la Mariuca—uca y, después,
le peinaba cuidadosamente las trenzas. Mientras realizaba esta operación
musitaba como una letanía: "Pobre niña, pobre niña, pobre niña..." y,
al acabar, decía dándole una palmada en el trasero:
—Vaya, hija, así
estás más curiosita.
La niña sonreía débilmente y entonces la madre de Daniel, el Mochuelo,
la cogía en brazos y la besaba muchas veces, frenéticamente.
Tal vez influyera en Daniel, el Mochuelo, este cariño desmedido de su
madre hacia la Mariuca—uca para que ésta no fuese santo de su devoción. Pero
no; lo que enojaba a Daniel, el Mochuelo, era que la pequeña Uca quisiera meter
la nariz en todas las salsas e intervenir activamente en asuntos impropios de
una mujer y que no le concernían.
Cierto es que Mariuca—uca disfrutaba de una envidiable libertad, una
libertad un poco salvaje, pero, al fin y al cabo, la Mariuca— uca era una
mujer, y una mujer no puede hacer lo mismo que ellos hacían ni tampoco ellos
hablar de "eso" delante de ella. No hubiera sido delicado ni
oportuno. Por lo demás, que su madre la quisiera y la convidase a boruga los
domingos y días festivos, no le producía frío ni calor. Le irritaba la
incesante mirada de la Mariuca—uca en su cara, su afán por interceptar todas
las contingencias y eventualidades de su vida.
—Mochuelo, ¿dónde
vas a ir hoy?
—Al demonio.
¿Quieres venir?
—Sí —afirmaba la
niña, sin pensar lo que decía.
Roque, el Moñigo, y
Germán, el Tiñoso, se reían y le mortificaban, diciéndole que la Uca—uca estaba
enamorada de él.
Un día, Daniel, el
Mochuelo, para zafarse de la niña, le dio una moneda y le dijo:
—Uca—uca, toma diez
y vete a la botica a pesarme.
Ellos se fueron al
monte y, al regresar, ya de noche, la Mariuca—uca les aguardaba pacientemente,
sentada a la puerta de la quesería. Se levantó al verles, se acercó a
Daniel y le devolvió la moneda.
—Mochuelo —dijo—,
dice el boticario que para pesarte has de ir tú.
Los tres amigos se
reían espasmódicamente y ella les miraba con sus intensos ojos azules,
probablemente sin comprenderles.
Uca—uca, en
ocasiones, había de echar mano de toda su astucia para poder ir donde el
Mochuelo.
Una tarde, se
encontraron los dos solos en la carretera.
—Mochuelo —dijo la
niña—. Sé dónde hay un nido de rendajos con pollos emplumados.
—Dime dónde está
—dijo él.
—Ven conmigo y te
lo enseño —dijo ella.
Y, esa vez, se fue con la Uca—uca. La niña no le quitaba ojo en todo el
camino. Entonces sólo tenía nueve años. Daniel, el Mochuelo, sintió la
impresión de sus pupilas en la carne, como si le escarbasen con un punzón.
—Uca—uca, ¿por qué
demonios me miras así? —preguntó.
Ella se avergonzó,
pero no desvió la mirada.
—Me gusta mirarte
—dijo.
—No me mires,
¿oyes?
Pero la niña no le
oyó o no le hizo caso.
—Te dije que no me
mirases, ¿no me oíste? —insistió él.
Entonces ella bajó
los ojos.
—Mochuelo —dijo—.
¿Es verdad que te gusta la Mica?
Daniel, el Mochuelo, se puso encarnado. Dudó un momento, notando como un
extraño burbujeo en la cabeza. Ignoraba si en estos casos procedía enfadarse o
si, por el contrario, debía sonreír. Pero la sangre continuaba acumulándose en
la cabeza y, para abreviar, se indignó. Disimuló, no obstante, fingiendo
dificultades para saltar la cerca de un prado.
—A ti no te importa
si me gusta la Mica o no —dijo.
Uca—uca insinuó
débilmente:
—Es más vieja que
tú; te lleva diez años.
Se enfadaron. El Mochuelo la dejó sola en un prado y él se volvió al
pueblo sin acordarse para nada del nido de rendajos. Pero en toda la noche no
pudo olvidar las palabras de Mariuca—uca. Al acostarse sintió una rara desazón.
Sin embargo, se dominó. Ya en la cama, recordó que el herrero le contaba muchas
veces la historia de la Guindilla menor y don Dimas y siempre empezaba así:
"el granuja era quince años más joven que la Guindilla...".
Sonrió Daniel, el Mochuelo, en la oscuridad. Pensó que la historia
podría repetirse y se durmió arrullado por la sensación de que le envolvían los
efluvios de una plácida y extraña dicha.
XII
El tío Aurelio, el hermano de su madre, les escribió desde Extremadura.
El tío Aurelio se marchó a Extremadura porque tenía asma y le sentaba mal el
clima del valle, húmedo y próximo al mar. En Extremadura, el clima era más seco
y el tío Aurelio marchaba mejor. Trabajaba de mulero en una gran dehesa, y si
el salario no daba para mucho, en cambio tenía techo gratis y frutos de la
tierra a bajos precios. "En estos tiempos no se puede pedir más", les
había dicho en su primera carta.
De su tío sólo le quedaba a Daniel, el Mochuelo, el vago recuerdo de un
jadeo ahogado, como si resollase junto a su oído una acongojada locomotora
ascendente. El tío se ponía compresas en la parte alta del pecho y respiraba
siempre en su habitación vapores de eucaliptos. Mas, a pesar de las compresas y
los vapores de eucaliptos, el tío Aurelio sólo cesaba de meter ruido al
respirar en el verano, durante la quincena más seca.
En la última carta, el tío Aurelio decía que enviaba para el pequeño un
Gran Duque que había atrapado vivo en un olivar. Al leer la carta, Daniel, el
Mochuelo, sintió un estremecimiento. Se figuró que su tío le enviaba,
facturado, una especie de don Antonino, el marqués, con el pecho cubierto de
insignias, medallas y condecoraciones. Él no sabía que los grandes duques
anduvieran sueltos por los olivares y, mucho menos, que los muleros pudieran
atraparlos impunemente como quien atrapa una liebre.
Su padre se rió de
él cuando le expuso sus temores. Daniel, el Mochuelo, se alegró íntimamente de
haber
hecho reír a su padre, que en los
últimos años andaba siempre con cara de vinagre y no se reía ni cuando los
húngaros representaban comedias y hacían títeres en la plaza. Al acabar de
reírse, su padre le aclaró:
—El Gran Duque es
un búho gigante. Es un cebo muy bueno para matar milanos. Cuando llegue te
llevaré conmigo de caza al Pico Rando.
Era la primera vez
que su padre le prometía llevarle de caza con él. A pesar de que a su padre no
se le ocultaba su avidez cinegética.
Todas las temporadas, al abrirse la veda, el quesero cogía el mixto en
el pueblo, el primer día, y se marchaba hasta Castilla. Regresaba dos días
después con alguna liebre y un buen racimo de perdices que, ineluctablemente,
colgaba de la ventanilla de su compartimiento. A las codornices no las tiraba,
pues decía que no valían el cartucho y que a los pájaros o se les mata con el
tirachinas o se les deja vivir. Él les dejaba vivir. Daniel, el Mochuelo, los
mataba con el tirachinas.
Cuando su padre regresaba de sus cacerías, en los albores del otoño,
Daniel, el Mochuelo, salía a recibirle a la estación. Cuco, el factor, le
anunciaba si el tren venía en punto o si traía algún retraso. De todas las
maneras, Daniel, el Mochuelo, aguardaba a ver aparecer la fumosa locomotora por
la curva con el corazón alborozado y la respiración anhelante. Siempre
localizaba a su padre por el racimo de perdices. Ya a su lado, en el pequeño
andén, su padre le entregaba la escopeta y las piezas muertas. Para Daniel, el
Mochuelo, significaba mucho esta prueba de confianza, y aunque el arma pesaba
lo suyo y los gatillos tentaban vivamente su curiosidad, él la llevaba con una
ejemplar seriedad cinegética.
Luego no se apartaba de su padre
mientras limpiaba y engrasaba la escopeta. Le preguntaba cosas y más cosas y su
padre satisfacía o no su curiosidad según el estado de su humor. Pero siempre
que imitaba el vuelo de las perdices su padre hacía "Prrrr", con lo
que Daniel, el Mochuelo, acabó convenciéndose de que las perdices, al volar,
tenían que hacer "Prrrr" y no podían hacer de otra manera. Se lo
contó a su amigo, el Tiñoso, y discutieron fuerte porque Germán afirmaba que
era cierto que las perdices hacían ruido al volar, sobre todo en invierno y en
los días ventosos, pero que hacían "Brrrr" y no "Prrrr"
como el Mochuelo y su padre decían. No resultaba viable convencerse mutuamente
del ruido exacto del vuelo de las perdices y aquella tarde concluyeron
regañando.
Tanta ilusión como por ver llegar a su padre triunfador, con un par de
liebres y media docena de perdices colgadas de la ventanilla, le producía a
Daniel, el Mochuelo, el primer encuentro con Tula, la perrita
"cocker", al cabo de dos o tres días de ausencia. Tula descendía del
tren de un brinco y, al divisarle, le ponía las manos en el pecho y, con la
lengua, llenaba su rostro de incesantes y húmedos halagos. Él la acariciaba
también, y le decía ternezas con voz trémula. Al llegar a casa, Daniel, el
Mochuelo, sacaba al corral una lata vieja con los restos de la comida y una
herrada de agua y asistía, enternecido, al festín del animalito.
A Daniel, el Mochuelo, le preocupaba la razón por la que en el valle no
había perdices. A él se le antojaba que de haber sido perdiz no hubiera salido
del valle. Le entusiasmaría remontarse sobre la pradera y recrearse en la
contemplación de los montes, los espesos bosques de castaños y eucaliptos, los
pueblos pétreos y los blancos caseríos dispersos, desde la altura. Pero a las
perdices no les agradaba eso, por lo visto, y anteponían a las demás
satisfacciones la de poder comer, fácil y abundantemente.
Su padre le relataba que una vez, muchos años atrás, se le escapó una
pareja de perdices a Andrés, el zapatero, y criaron en el monte. Meses después,
los cazadores del valle acordaron darles una batida. Se reunieron treinta y dos
escopetas y quince perros. No se olvidó un solo detalle. Partieron del pueblo
de madrugada y hasta el atardecer no dieron con las perdices. Mas sólo restaba
la hembra con tres pollos escuálidos y hambrientos. Se dejaron matar sin oponer
resistencia. A la postre, disputaron los treinta y dos cazadores por la
posesión de las cuatro piezas cobradas y terminaron a tiros entre los riscos.
Casi hubo aquel día más víctimas entre los hombres que entre las perdices.
Cuando el Mochuelo contó esto a Germán, el Tiñoso, éste le dijo que lo
de que las perdices se le escaparon a su padre y criaron en la montaña era bien
cierto, pero que todo lo demás era una inacabable serie de embustes.
Al recibir la carta del tío Aurelio le entró un nerviosismo a Daniel, el
Mochuelo, imposible de acallar. No veía el momento de que el Gran Duque llegase
y poder salir con su padre a la caza de milanos. Si tenía algún recelo, se lo
procuraba el temor de que sus amigos, con la novedad, dejaran de llamarle
Mochuelo y le apodaran, en lo sucesivo, Gran Duque. Un cambio de apodo le dolía
tanto, a estas alturas, como podría dolerle un cambio de apellido. Pero el Gran
Duque llegó y sus amigos, tan excitados como él mismo, no tuvieron tiempo ni
para advertir que el impresionante pajarraco era un enorme mochuelo.
El quesero amarró al Gran Duque por una pata en un rincón de la cuadra y
si alguien entraba a verle, el animal bufaba como si se tratase de un gato
encolerizado.
Diariamente comía más de dos kilos de
recortes de carne, y la madre de Daniel, el Mochuelo, apuntó tímidamente una
noche que el Gran Duque gastaba en comer más que la vaca y que la vaca daba
leche y el Gran Duque no daba nada. Como el quesero callase, su mujer preguntó
si es que tenían al Gran Duque como huésped de lujo o si se esperaba de él un
rendimiento. Daniel, el Mochuelo, tembló pensando que su padre iba a romper un
plato o una encella de barro como siempre que se enfadaba. Pero esta vez el
quesero se reprimió y se limitó a decir con gesto hosco:
—Espero de él un
rendimiento.
Al asentarse el
tiempo, su padre le dijo una noche, de repente, al Mochuelo:
—Prepárate. Mañana
iremos a los milanos. Te llamaré con el alba.
Le entró un escalofrío por la espalda a Daniel, el Mochuelo. De
improviso, y sin ningún motivo, su nariz percibía ya el aroma de tomillo que
exhalaban los pantalones de caza del quesero, el seco olor a pólvora de los
cartuchos disparados y que su padre recargaba con paciencia y parsimonia, una y
otra vez, hasta que se inutilizaban totalmente. El niño presentía ya el duelo
con los milanos, taimados y veloces, y, mentalmente, matizaba la proyectada
excursión.
Con el alba salieron. Los helechos, a los bordes del sendero, brillaban
de rocío y en la punta de las hierbas se formaban gotitas microscópicas que
parecían de mercurio. Al iniciar la pendiente del Pico Rando, el sol asomaba
tras la montaña y una bruma pesada y blanca se adhería ávidamente al fondo del
valle. Visto, éste, desde la altura, semejaba un lago lleno de un líquido
ingrávido y extraño.
Daniel, el Mochuelo, miraba a todas
partes fascinado. En la espalda, encerrado en una jaula de madera, llevaba al
Gran Duque, que bufaba rabioso si algún perro les ladraba en el camino.
Al salir de casa,
Daniel dijo al quesero:
—¿Y a la Tula no la
llevamos?
—La Tula no pinta
nada hoy —dijo su padre.
Y el muchacho lamentó en el alma que la perra, que al ver la escopeta y
oler las botas y los pantalones del quesero se había impacientado mucho,
hubiera de quedarse en casa. Al trepar por la vertiente sur del Pico Rando y
sentirse impregnado de la luminosidad del día y los aromas del campo, Daniel,
el Mochuelo, volvió a acordarse de la perra. Después, se olvidó de la perra y
de todo. no veía más que la cara acechante de su padre, agazapado entre unas
peñas grises, y al Gran Duque agitarse y bufar cinco metros más allá, con la
pata derecha encadenada. Él se hallaba oculto entre la maleza, frente por
frente de su padre.
—No te muevas ni
hagas ruido; los milanos saben latín —le advirtió el quesero.
Y él se acurrucó en su escondrijo, mientras se preguntaba si tendrías
alguna relación el que los milanos supieran latín, como decía su padre, con que
vistiesen de marrón, un marrón duro y escueto, igual que las sotanas de los
frailes. O a lo mejor su padre lo había dicho en broma; por decir algo.
Daniel, el Mochuelo, creyó entrever que su padre le señalaba el cielo
con el dedo. Sin moverse miró a lo alto y divisó tres milanos describiendo
pausados círculos concéntricos por encima de su cabeza. El Mochuelo experimentó
una ansiedad desconocida. Observó, de nuevo, a su padre y le vio empalidecer y
aprestar la escopeta con cuidado. El
Gran Duque se había excitado más y bufaba. Daniel, el Mochuelo, se aplastó
contra la tierra y contuvo el aliento al ver que los milanos descendían sobre
ellos. Casi era capaz ya de distinguirles con todos sus pormenores. Uno de
ellos era de un tamaño excepcional. Sintió el Mochuelo un picor intempestivo en
una pierna, pero se abstuvo de rascarse para evitar todo ruido y movimiento.
De pronto, uno de los milanos se descolgó verticalmente del cielo y
cruzó raudo, rasando la cabeza del Gran Duque. Inmediatamente se desplomaron
los otros dos. El corazón de Daniel, el Mochuelo, latía desalado. Esperó el
estampido del disparo, arrugando la cara, pero el estampido no se produjo. Miró
a su padre, estupefacto.
Éste seguía al milano grande, que de nuevo se remontaba, por los puntos
de la escopeta, pero no disparó tampoco ahora. Pensó Daniel, el Mochuelo, que a
su padre le ocurría algo grave. Jamás vio él un milano tan próximo a un hombre
y, sin embargo, su padre no hacía fuego.
Los milanos volvieron a la carga al poco rato. La excitación de Daniel
aumentó. Pasó el primer milano, tan cerca, que el Mochuelo divisó su ojo
brillante y redondo clavado fijamente en el Gran Duque, sus uñas rapaces y
encorvadas. Cruzó el segundo. Semejaban una escuadrilla de aviones picando en
cadena. Ahora descendía el grande, con las alas distendidas, destacándose en el
cielo azul. Sin duda era éste el momento que aguardaba el quesero. Daniel
observó a su padre. Seguía al ave por los puntos de la escopeta. El milano
sobrevoló al Gran Duque sin aletear. En este instante sonó el disparo, cuyas
resonancias se multiplicaron en el valle. El pájaro dejó flotando en el aire
una estela de plumas y sus enormes alas bracearon frenéticas, impotentes, en un
desesperado esfuerzo por alejarse de la zona de
peligro. Mas, entonces, el quesero disparó de nuevo y el milano se
desplomó, graznando lúgubremente, en un revoloteo de plumas.
El grito de júbilo de su padre no encontró eco en Daniel, el Mochuelo.
Éste se había llevado la mano a la mejilla al oír el segundo disparo.
Simultáneamente con la detonación, sintió como si le atravesaran la carne con
un alambre candente, como un latigazo instantáneo. Al retirar la mano vio que
tenía sangre en ella. Se asustó un poco. Al momento comprendió que su padre le
había pegado un tiro.
—Me has dado —dijo
tímidamente.
El quesero se
detuvo en seco; su entusiasmo se enfrió instantáneamente. Al aproximarse a él
casi lloraba de rabia.
—¿Ha sido mucho,
hijo? ¿Ha sido mucho? —inquirió, excitado.
Por unos segundos, el quesero lo vio todo negro, el cielo, la tierra y
todo negro. Sus ahorros concienzudos y su vida sórdida dejaron, por un
instante, de tener dimensión y sentido. ¿Qué podía hacer él si había matado a
su hijo, si su hijo ya no podía progresar? Mas, al acercarse, se disiparon sus
oscuros presentimientos. Ya a su lado, soltó una áspera carcajada nerviosa y se
puso a hacer cómicos aspavientos.
—Ah, no es nada, no
es nada —dijo—. Creí que era otra cosa. Un rebote. ¿Te duele, te duele? Ja, ja,
ja. Es sólo un perdigón.
No le agradó a Daniel, el Mochuelo, este menosprecio de su herida.
Pequeño o grande, aquello era un tiro. Y con la lengua notaba un bultito por
dentro de la mejilla. Era el perdigón y el perdigón era de cuarta. Casi una
bala, una bala pequeñita.
—Ahora me duele
poco. Lo tengo como dormido. Antes sí me dolió —dijo.
Sangraba. La cabeza
de su padre se desplazó nuevamente al milano abatido. Lo del chico no tenía
importancia.
—¿Le viste caer,
Daniel? ¿Viste el muy ladino cómo quiso rehacerse después del primer tiro?
—preguntó.
Se contagió Daniel,
el Mochuelo, del expansivo entusiasmo de su padre.
—Claro que le vi,
padre. Ha caído ahí —dijo el Mochuelo.
Y corrieron los dos juntos, dando saltos, hacia el lugar señalado. El
milano aún se retorcía en los postreros espasmos de la muerte. Y medía más de
dos metros de envergadura.
De regreso a casa,
Daniel, el Mochuelo, le dijo a su padre:
—Padre, ¿crees que
me quedará señal?
Apenas le hizo caso
el quesero:
—Nada, eso se
cierra bien.
Daniel, el
Mochuelo, casi tenía lágrimas en los ojos.
—Pero... pero, ¿no
me quedará nada de cicatriz?
—Por supuesto, eso
no es nada —repitió, desganado, su padre.
Daniel, el Mochuelo, tuvo que pensar en otra cosa para no ponerse a
llorar. De pronto, el quesero le detuvo cogiéndole por el cuello:
—Oye, a tu madre ni
una palabra, ¿entiendes? No hables de eso si quieres volver de caza conmigo,
¿de acuerdo?
Al Mochuelo le
agradó ahora sentirse cómplice de su padre.
—De acuerdo —dijo.
Al día siguiente, el quesero marchó a la ciudad con el milano muerto y
regresó por la tarde. Sin cambiarse de ropa agarró al Gran Duque, lo encerró en
la jaula y se fue a La Cullera, una aldea próxima.
Por la noche,
después de la cena, puso cinco billetes de cien sobre la mesa.
—Oye —dijo a su mujer—. Ahí tienes el rendimiento del Gran Duque. No era
un huésped de lujo como verás. Cuatrocientas me ha dado el cura de La Cullera
por él y cien en la ciudad la Junta contra Animales Dañinos por tumbar al
milano.
La madre de Daniel no dijo nada. Su marido siempre había sido obstinado
y terco para defender su postura. Y él no lo ocultaba tampoco: "Desde el
día de mi boda, siempre me ha gustado quedar encima de mi mujer".
Y luego se reía, se
reía con gruesas carcajadas, él sabría por qué.
XIII
Hay cosas que la voluntad humana no es capaz de controlar. Daniel, el
Mochuelo, acababa de averiguar esto. Hasta entonces creyó que el hombre puede
elegir libremente entre lo que quiere y lo que no quiere; incluso él mismo
podía ir, si éste era su deseo, al dentista que actuaba en la galería de Quino,
el Manco, los jueves por la mañana, mediante un módico alquiler, y sacarse el
diente que le estorbase. Había algunos hombres, como Lucas, el Mutilado, que
hasta les cercenaban un miembro si ese miembro llegaba a ser para ellos un
estorbo. Es decir, que hasta la tarde aquella que saltaron la tapia del Indiano
para robarle las manzanas y les sorprendió la Mica, Daniel, el Mochuelo, creyó
que los hombres podían desentenderse a su antojo de cuanto supusiese para ellos
una rémora, lo mismo en lo relativo al cuerpo que en lo concerniente al
espíritu.
Pero nada más abandonar la finca del Indiano con una manzana en cada
mano y las orejas gachas, Daniel, el Mochuelo, comprendió que la voluntad del
hombre no lo es todo en la vida. Existían cosas que se le imponen al hombre, y
lo sojuzgan, y lo someten a su imperio con cruel despotismo. Tal —ahora se daba
cuenta— la deslumbradora belleza de la Mica. Tal, el escepticismo de Pancho, el
Sindiós. Tal, el encendido fervor de don José, el cura, que era un gran santo.
Tal, en fin, la antipatía sorda de la Sara hacia su hermano Roque, el Moñigo.
Desde el frustrado
robo de las manzanas, Daniel, el Mochuelo, comprendió que la Mica era muy
hermosa, pero, además, que la hermosura de la Mica había
encendido en su pecho una viva llama
desconocida. Una llama que le abrasaba materialmente el rostro cuando alguien
mentaba a la Mica en su presencia. Eso constituía, en él, algo insólito, algo
que rompía el hasta ahora despreocupado e independiente curso de su vida.
Daniel, el Mochuelo, aceptó este fenómeno con la resignación con que se
aceptan las cosas ineluctables. Él no podía evitar acordarse de la Mica todas
las noches al acostarse, o los domingos y días festivos si comía boruga. Esto
le llevó a deducir que la Mica significaría para el feliz mortal que la
conquistase un muy dulce remanso de paz.
Al principio, Daniel, el Mochuelo, intentó zafarse de esta presión
interior que enervaba su insobornable autonomía, pero acabó admitiendo el
constante pensamiento de la Mica como algo consustancial a él mismo, algo que
formaba parte muy íntima de su ser.
Si la Mica se ausentaba del pueblo, el valle se ensombrecía a los ojos
de Daniel, el Mochuelo, y parecía que el cielo y la tierra se tornasen yermos,
amedrentadores y grises. Pero cuando ella regresaba, todo tomaba otro aspecto y
otro color, se hacían más dulces y cadenciosos los mugidos de las vacas, más
incitante el verde de los prados y hasta el canto de los mirlos adquiría, entre
los bardales, una sonoridad más matizada y cristalina. Acontecía, entonces,
como un portentoso renacimiento del valle, una acentuación exhaustiva de sus
posibilidades, aromas, tonalidades y rumores peculiares. En una palabra, como
si para el valle no hubiera ya en el mundo otro sol que los ojos de la Mica y
otra brisa que el viento de sus palabras.
Daniel, el
Mochuelo, guardaba su ferviente admiración por la Mica como el único secreto no
compartido. No obstante, algo en sus ojos, quizás en su voz, revelaba
una excitación interior muy difícil de acallar.
También sus amigos admiraban a la Mica. La admiraban en su belleza, lo
mismo que admiraban al herrero en su vigor físico, o a don José, el cura, que
era un gran santo, en su piedad, o a Quino, el Manco —antes de enterarse el
Moñigo de que había llorado a la muerte de su mujer— en su muñón. La admiraban,
sí, pero como se admira a las cosas bonitas o poderosas que luego no dejan
huella. Sentían, sin duda, en su presencia, a la manera de una nueva emoción
estética que inmediatamente se disipaba ante un tordo abatido con el tirachinas
o un regletazo de don Moisés, el maestro. Su arrobo no perduraba; era efímero y
decadente como una explosión.
En ello advirtió Daniel, el Mochuelo, que su estado de ánimo ante la
Mica era una cosa especial, diferente del estado de ánimo de sus amigos. Y si
no, ¿por qué Roque, el Moñigo, o Germán, el Tiñoso, no adelgazaban tres kilos
si la Mica marchaba a América, o un par de ellos si sólo se desplazaba a la
ciudad, o engordaban lo perdido y un kilo más cuando la Mica retornaba al valle
por una larga temporada? Ahí estaba la demostración de que sus sentimientos
hacia la Mica eran singulares, muy distintos de los que embargaban a sus
compañeros. Aunque al hablar de ella se hicieran cruces, o Roque, el Moñigo,
cerrase los ojos y emitiese un breve y agudo silbido, como veía hacer a su
padre ante una moza bien puesta. Esto era pura ostentación, estridencias
superficiales y no, en modo alguno, un ininterrumpido y violento movimiento de
fondo.
Una tarde, en el prado de la Encina, hablaron de la Mica. Salió la
conversación a propósito del muerto que según la gente había enterrado desde la
guerra en medio del prado, bajo el añoso árbol.
—Será ya ceniza
—dijo el Tiñoso—. No quedarán ni los huesos. ¿Creéis que cuando se muera la
Mica olerá mal, como los demás, y se deshará en polvo?
Experimentó el
Mochuelo un latigazo de sangre en la cara.
—No puede ser
—saltó, ofendido, como si hubieran afrentado a su madre—. La Mica no puede oler
nunca mal. Ni cuando se muera.
El Moñigo soltó al
aire una risita seca.
—Éste es lila
—dijo—. La Mica cuando se muera olerá a demonios como todo hijo de vecino.
Daniel, el
Mochuelo, no se entregó.
—La Mica puede
morir en olor de santidad; es muy buena —añadió.
—¿Y qué es eso?
—rezongó Roque.
—El olor de los
santos.
Roque, el Moñigo,
se sulfuró:
—Eso es un decir. No creas que los santos huelen a colonia. Para Dios,
sí, pero para los que olemos con las narices, no. Mira don José. Creo que no
puede haber hombre más santo, ¿eh? ¿Y no le apesta la boca? Don José será todo
lo santo que quieras, pero cuando se muera olerá mal, como la Mica, como tú,
como yo y como todo el mundo.
Germán, el Tiñoso, desvió la conversación. Hacía tan sólo dos semanas
del asalto a la finca del Indiano. Entornó los ojos para hablar. Le costaba
grandes esfuerzos expresarse. Su padre, el zapatero,
aseguraba que se le escapaban las ideas por las calvas.
—¿Os fijasteis ...
os fijasteis —preguntó de pronto— en la piel de la Mica? Parece como que la
tiene de seda.
—Eso se llama cutis
... tener cutis —aclaró Roque, el Moñigo, y añadió—: De todo el pueblo es la
Mica la única que tiene cutis.
Daniel, el
Mochuelo, experimentó un gran gozo al saber que la Mica era la única persona
del pueblo que tenía cutis.
—Tiene la piel como
una manzana con lustre —aventuró tímidamente.
Roque, el Moñigo,
siguió con lo suyo:
—La Josefa, la que se suicidó por el Manco, era gorda, pero por lo que
dicen mi padre y la Sara también tenía cutis. En las capitales hay muchas
mujeres que lo tienen. En los pueblos, no, porque el sol les quema el pellejo o
el agua se lo arruga.
Germán, el Tiñoso,
sabía algo de eso, porque tenía un hermano en la ciudad y algunos años venía
por las Navidades y le contaba muchísimas cosas de allá.
—No es por eso —atajó, con aire de suficiencia absoluta—. Yo sé por lo
que es. Las señoritillas se dan cremas y potingues por las noches, que borran
las arrugas.
Le miraron los
otros dos, embobados.
—Y aún sé más. —Se
suavizó la voz y Roque y Daniel se aproximaron a él invitados por su misterioso
aire de confidencia—. ¿Sabéis por qué a la Mica no se le
arruga el pellejo y lo conserva suave y fresco como si fuera una niña?
—dijo.
Las dos
interrogaciones se confundieron en una sola voz:
—¿Por qué?
—Pues porque se pone una lavativa todas las noches, al acostarse. Eso
hacen todas las del cine. Lo dice mi padre, y don Ricardo ha dicho a mi padre
que eso puede ser verdad, porque la vejez sale del vientre. Y la cara se arruga
por tener sucio el intestino.
Para Daniel, el Mochuelo, fue esta manifestación un rudo golpe. En su
mente se confundían la Mica y la lavativa en una irritante promiscuidad. Eran
dos polos opuestos e irreconciliables. Pero, de improviso, recordaba lo que
decía a veces don Moisés, el maestro, de que los extremos se tocan y sentía una
desfondada depresión, como si algo se le fuese del cuerpo a chorros. La
afirmación del Tiñoso era, pues, concienzuda, enteramente posible y verosímil.
Mas cuando dos días después volvió a ver a la Mica, se desvanecieron sus bajos
recelos y comprendió que don Ricardo y el zapatero y Germán, el Tiñoso, y todo
el pueblo decían lo de la lavativa, porque ni sus madres, ni sus mujeres, ni
sus hermanas, ni sus hijas tenían cutis y la Mica sí que lo tenía.
La sombra de la Mica acompañaba a Daniel, el Mochuelo, en todos sus
quehaceres y devaneos. La idea de la muchacha se encajonó en su cerebro como
una obsesión. Entonces no reparaba en que la chica le llevaba diez años y sólo
le preocupaba el hecho de que cada uno perteneciera a una diferente casta
social. No se reprochaba más que el que él hubiera nacido pobre y ella rica y
que su padre, el quesero, no se largase, en su día, a las Américas, con
Gerardo, el hijo menor de la señora Micaela. En tal
caso, podría él disponer, a estas
alturas, de dos restaurantes de lujo, un establecimiento de receptores de radio
y tres barcos de cabotaje o siquiera, siquiera, de un comercio de aparatos
eléctricos como el que poseían en la ciudad los "Ecos del Indiano".
Con el comercio de aparatos eléctricos sólo le separarían de la Mica los dos
restaurantes de lujo y los tres barcos de cabotaje. Ahora, a más de los
restaurantes de lujo y los barcos de cabotaje, había por medio un
establecimiento de receptores de radio que tampoco era moco de pavo.
Sin embargo, a pesar de la admiración y el arrobo de Daniel, el
Mochuelo, pasaron años antes de poder cambiar la palabra con la Mica, aparte de
la amable reprimenda del día de las manzanas. Daniel, el Mochuelo, se
conformaba con despedirla y darle la bienvenida con una mirada triste o
radiante, según las circunstancias. Eso sólo, hasta que una mañana de verano le
llevó hasta la iglesia en su coche, aquel coche negro y alargado y reluciente
que casi no metía ruido al andar. Por entonces, el Mochuelo había cumplido ya
los diez años y sólo le restaba uno para marcharse al colegio a empezar a
progresar. La Mica ya tenía diecinueve para veinte y los tres años
transcurridos desde la noche de las manzanas, no sólo no lastimaron su piel, ni
su rostro, ni su cuerpo, sino, al contrario, sirvieron para que su piel, su
cuerpo y su rostro entrasen en una fase de mayor armonía y plenitud.
Él subía la varga agobiado por el sol de agosto, mientras flotaban en la
mañana del valle los tañidos apresurados del último toque de la misa. Aún le
restaba casi un kilómetro, y Daniel, el Mochuelo, desesperaba de alcanzar a don
José antes de que éste comenzase el Evangelio. De repente, oyó a su lado el
claxon del coche negro de la Mica y volvió la cabeza asustado y se topó, de
buenas a primeras, con la franca e inesperada sonrisa de la muchacha. Daniel,
el Mochuelo, se sintió envarado, preguntándose si la Mica recordaría el
frustrado hurto de las manzanas. Pero ella no aludió al enojoso episodio.
—Pequeño —dijo—.
¿Vas a misa?
Se le atarantó la
lengua al Mochuelo y no acertó a responder más que con un movimiento de cabeza.
Ella misma abrió la
portezuela y le invitó:
—Es tarde y hace
calor. ¿Quieres subir?
Cuando reparó en sus movimientos, Daniel, el Mochuelo, ya estaba
acomodado junto a la Mica, viendo desfilar aceleradamente los árboles tras los
cristales del coche. Notaba él la vecindad de la muchacha en el flujo de la
sangre, en la tensión incómoda de los nervios. Era todo como un sueño, doloroso
y punzante en su misma saciedad. "Dios mío —pensaba el Mochuelo—, esto es
más de lo que yo había imaginado", y se puso rígido y como acartonado e
insensible cuando ella le acarició con su fina mano el cogote y le preguntó
suavemente:
—¿Tú de quién eres?
Tartamudeó el
Mochuelo, en un forcejeo desmedido con los nervios:
—De... del quesero.
—¿De Salvador?
Bajó la cabeza, asintiendo. Intuyó que ella sonreía. El fino contacto de
su piel en la nuca le hizo sospechar que la Mica tenía también cutis en las
palmas de las manos.
Se divisaba ya el
campanario de la iglesia entre la fronda.
—¿Querrás subirme
un par de quesos de nata luego, a la tarde? —dijo la Mica.
Daniel, el Mochuelo, tornó a asentir mecánicamente con la cabeza,
incapaz de articular palabra. Durante la misa no supo de qué lado le daba el
aire y por dos veces se santiguó extemporáneamente, mientras Angel, el cabo de
la Guardia Civil, se reía convulsivamente a su lado, cubriéndose el rostro con
el tricornio, de su desorientación.
Al anochecer se puso el traje nuevo, se peinó con cuidado, se lavó las
rodillas y se marchó a casa del Indiano a llevar los quesos. Daniel, el
Mochuelo, se maravilló ante el lujo inusitado de la vivienda de la Mica. Todos
los muebles brillaban y su superficie era lisa y suave, como si también ellos
tuvieran cutis.
Al aparecer la Mica, el Mochuelo perdió el poco aplomo almacenado
durante el camino. La Mica, mientras observaba y pagaba los quesos, le hizo
muchas preguntas. Desde luego era una muchacha sencilla y simpática y no se
acordaba en absoluto del desagradable episodio de las manzanas.
—¿Cómo te llamas?
—dijo.
—Da... Daniel.
—¿Vas a la escuela?
—Ssssí.
—¿Tienes amigos?
—Sí.
—¿Cómo se llaman
tus amigos?
—El Mo... Moñigo y
el Ti... Tiñoso.
Ella hizo un mohín
de desagrado.
—¡Uf, qué nombres
tan feos! ¿Por qué llamas a tus amigos por unos nombres tan feos? —dijo.
Daniel, el Mochuelo, se azoró. Comprendía ahora que había contestado
estúpidamente, sin reflexionar. A ella debió decirle que sus amigos se llamaban
Roquito y Germanín. La Mica era una muchacha muy fina y delicada y con aquellos
vocablos había herido su sensibilidad. En lo hondo de su ser lamentó su
ligereza. Fue en ese momento, ante el sonriente y atractivo rostro de la Mica,
cuando se dio cuenta de que le agradaba la idea de marchar al colegio y
progresar. Estudiaría denodadamente y quizá ganase luego mucho dinero. Entonces
la Mica y él estarían ya en un mismo plano social y podrían casarse y, a lo
mejor, la Uca—uca, al saberlo, se tiraría desnuda al río desde el puente, como
la Josefa el día de la boda de Quino. Era agradable y estimulante pensar en la ciudad
y pensar que algún día podría ser él un honorable caballero y pensar que, con
ello, la Mica perdía su inasequibilidad y se colocaba al alcance de su mano.
Dejaría, entonces, de decir motes y palabras feas y de agredirse con sus amigos
con boñigas resecas y hasta olería a perfumes caros en lugar de a requesón. La
Mica, en tal caso, cesaría de tratarle como a un rapaz maleducado y pueblerino.
Cuando abandonó la casa del Indiano era ya de noche. Daniel, el
Mochuelo, pensó que era grato pensar en la oscuridad. Casi se asustó al sentir
la presión de unos dedos en la carne de su brazo. Era la Uca—uca.
—¿Por qué has
tardado tanto en dejarle los quesos a la Mica, Mochuelo? —inquirió la niña.
Le dolió que la Uca—uca vulnerase con este desparpajo su intimidad, que
no le dejase tranquilo ni para madurar y reflexionar sobre su porvenir.
Adoptó un gracioso
aire de superioridad.
—¿Vas a dejarme en
paz de una vez, mocosa?
Andaba de prisa y
la Mariuca—uca casi corría, a su lado, bajando la varga.
—¿Por qué te
pusiste el traje nuevo para subirle los quesos, Mochuelo? Di —insistió ella.
Él se detuvo en medio de la carretera, exasperado.
Dudó, por un
momento, si abofetear a la niña.
—A ti no te importa
nada de lo mío, ¿entiendes? — dijo, finalmente.
Le tembló la voz a
la Uca—uca al indagar:
—¿Es que te gusta
más la Mica que yo?
El Mochuelo soltó
una carcajada. Se aproximó mucho a la niña para gritarle:
—¡Óyeme! La Mica es la chica más guapa del valle y tiene cutis y tú eres
fea como un coco de luz y tienes la cara llena de pecas. ¿No ves la diferencia?
Reanudó la marcha hacia su casa. La Mariuca—uca ya no le seguía. Se
había sentado en la cuneta derecha del camino y, ocultando la pecosa carita
entre las manos, lloraba con un hipo atroz.
XIV
Podían decir lo que quisieran; eso no se lo impediría nadie. Pero lo que
decían de ellos no se ajustaba a la verdad. Ni Roque, el Moñigo, tenía toda la
culpa, ni ellos hacían otra cosa que procurar pasar el tiempo de la mejor
manera posible. Que a la Guindilla mayor, al quesero, o a don Moisés, el
maestro, no les agradase la forma que ellos tenían de pasar el tiempo era una
cosa muy distinta. Mas ¿quién puede asegurar que ello no fuese una rareza de la
Guindilla, el quesero y el Peón y no una perversidad diabólica por su parte?
La gente en seguida arremete contra los niños, aunque muchas veces el
enojo de los hombres proviene de su natural irritable y suspicaz y no de las
travesuras de aquéllos. Ahí estaba Paco, el herrero. Él les comprendía porque
tenía salud y buen estómago, y si el Peón no hacía lo mismo era por sus ácidos
y por su rostro y su hígado retorcidos. Y su mismo padre, el quesero, porque el
afán ávido de ahorrar le impedía ver las cosas en el aspecto optimista y
risueño que generalmente ofrecen. Y la Guindilla mayor, porque, a fin de
cuentas, ella era la dueña del gato y le quería como si fuese una consecuencia
irracional de su vientre seco. Mas tampoco ellos eran culpables de que la
Guindilla mayor sintiera aquel afecto entrañable y desordenado por el animal,
ni de que el gato saltara al escaparate en cuanto el sol, aprovechando
cualquier descuido de las nubes, asomaba al valle su rostro congestionado y
rubicundo. De esto no tenía la culpa nadie, ésa es la verdad. Pero Daniel, el
Mochuelo, intuía que los niños tienen ineluctablemente la
culpa de todas aquellas cosas de las que no tiene la culpa nadie.
Lo del gato tampoco fue una hazaña del otro jueves. Si el gato hubiese
sido de Antonio, el Buche, o de las mismas Lepóridas, no hubiera ocurrido nada.
Pero Lola, la Guindilla mayor, era una escandalosa y su amor por el gato una
inclinación evidentemente enfermiza y anormal. Porque, vamos a ver, si la
trastada hubiese sido grave o ligeramente pecaminosa, ¿se hubiera reído don
José, el cura, con las ganas que se rió cuando se lo contaron? Seguramente, no.
Además, ¡qué diablo!, el bicho se lo buscaba por salir al escaparate a tomar el
sol. Claro que esta costumbre, por otra parte, representaba para Daniel, el
Mochuelo, y sus amigos, una estimable ventaja económica. Si deseaban un real de
galletas tostadas, en la tienda de las Guindillas, la mayor decía:
—¿De las de la caja
o de las que ha tocado el gato?
—De las que ha
tocado el gato —respondían ellos, invariablemente.
Las que "había tocado el gato" eran las muestras del
escaparate y, de éstas, la Guindilla mayor daba cuatro por un real, y dos, por
el mismo precio, de las de la caja. A ellos no les importaba mucho que las
galletas estuvieran tocadas por el gato. En ocasiones estaban algo más que
tocadas por el gato, pero tampoco en esos casos les importaba demasiado.
Siempre, en cualesquiera condiciones, serían preferibles cuatro galletas que
dos.
En lo concerniente a la lupa, fue Germán, el Tiñoso, quien la llevó a la
escuela una mañana de primavera. Su padre la guardaba en el taller para
examinar el calzado, pero Andrés, "el hombre que de perfil no se le
ve", apenas la utilizaba porque tenía buena vista. La hubiera usado si las
lupas poseyeran la
virtud de levantar un poco las sayas
de las mujeres, pero lo que él decía: "Para ver las pantorrillas más
gordas y accidentadas de lo que realmente son, no vale la pena emplear
artefactos".
Con la lupa de Germán, el Tiñoso, hicieron aquella mañana toda clase de
experiencias. Roque, el Moñigo, y Daniel, el Mochuelo, encendieron,
concentrando con ella los rayos de sol, dos defectuosos pitillos de follaje de
patata. Después se analizaron minuciosamente las cicatrices que, agrandadas por
el grueso del cristal, asumían una topografía irregular y monstruosa. Luego, se
miraron los ojos, la lengua y las orejas y, por último, se cansaron de la lupa
y de las extrañas imágenes que ella provocaba.
Fue al cruzar el pueblo hacia sus casas, de regreso de la escuela, que
vieron el gato de las Guindillas, enroscado sobre el plato de galletas, en un
extremo de la vitrina. El animal ronroneaba voluptuoso, con su negra y peluda
panza expuesta al sol, disfrutando de las delicias de una cálida temperatura.
Al aproximarse ellos, abrió, desconfiado, un redondo y terrible ojo verde, pero
al constatar la protección de la luna del escaparate, volvió a cerrarlo y
permaneció inmóvil, dulcemente transpuesto.
Nadie es capaz de señalar el lugar del cerebro donde se generan las
grandes ideas. Ni Daniel, el Mochuelo, podría decir, sin mentir, en qué
recóndito pliegue nació la ocurrencia de interponer la lupa entre el sol y la
negra panza del animal, la idea surgió de él espontánea y como naturalmente.
Algo así a como fluye el agua de un manantial. Lo cierto es que durante unos
segundos los rayos del sol convergieron en el cuerpo del gato formando sobre su
negro pelaje un lunar brillante. Los tres amigos observaban expectantes el
proceso físico. Vieron cómo los pelos más superficiales chisporroteaban sin que
el bicho modificara su postura soñolienta y voluptuosa. El lunar de fuego
permanecía inmóvil
sobre su oscura panza. De repente
brotó de allí una tenue hebra de humo y el gato de las Guindillas dio,
simultáneamente, un acrobático salto acompañado de rabiosos maullidos:
—¡!Marramiauuuu¡!
¡!Miauuuuuuuu¡!
Los maullidos
agudos y lastimeros se diluían, poco a poco, en el fondo del establecimiento.
Sin acuerdo previo, los tres amigos echaron a correr. Pero la Guindilla
fue más rápida que ellos y su rostro descompuesto asomó a la puerta antes de
que los tres rapaces se perdieran varga abajo. La Guindilla blandía el puño en
el aire y lloraba de rabia e impotencia:
—¡Golfos!
¡Sinvergüenzas! ¡Vosotros teníais que ser!
¡Me habéis abrasado el gato! ¡Pero ya os daré yo!
¡Os vais a acordar
de esto!
Y, efectivamente, se acordaron, ya que fue más leonino lo que don
Moisés, el Peón, hizo con ellos que lo que ellos habían hecho con el gato. Así
y todo, en ellos se detuvo la cadena de escarmientos. Y Daniel, el Mochuelo, se
preguntaba: "¿Por qué si quemamos un poco a un gato nos dan a nosotros una
docena de regletazos en cada mano, y nos tienen todo un día sosteniendo con el
brazo levantado el grueso tomo de la Historia Sagrada, con más de cien grabados
a todo color, y al que a nosotros nos somete a esta caprichosa tortura no hay
nadie que le imponga una sanción, consecuentemente más dura, y así, de sanción
en sanción, no nos plantamos en la pena de muerte?". Pero, no. Aunque el
razonamiento no era desatinado, el castigo se acababa en ellos. Éste era el
orden pedagógico establecido y había que acatarlo con sumisión. Era la
caprichosa, ilógica y desigual justicia de los hombres.
Daniel, el Mochuelo, pensaba,
mientras pasaban lentos los minutos y le dolían las rodillas y le temblaba y
sentía punzadas nerviosas en el brazo levantado con la Historia Sagrada en la
punta, que el único negocio en la vida era dejar cuanto antes de ser niño y
transformarse en un hombre. Entonces se podía quemar tranquilamente a un gato
con una lupa sin que se conmovieran los cimientos sociales del pueblo y sin que
don Moisés, el maestro, abusara impunemente de sus atribuciones.
¿Y lo del túnel? Porque todavía en lo de la lupa hubo una víctima
inocente: el gato; pero en lo del túnel no hubo víctimas y de haberlas habido,
hubieran sido ellos y encima vengan regletazos en la palma de la mano y vengan
horas de rodillas, con el brazo levantado con la Historia Sagrada sobrepasando
siempre el nivel de la cabeza. Esto era inhumano, un evidente abuso de
autoridad, ya que, en resumidas cuentas, ¿no hubiera descansado don Moisés, el
Peón, si el rápido se los lleva a los tres aquella tarde por delante? Y, si era
así, ¿por qué se les castigaba? ¿Tal vez porque el rápido no se les llevó por
delante? Aviados estaban entonces; la disyuntiva era ardua: o morir triturados
entre los ejes de un tren o tres días de rodillas con la Historia Sagrada y sus
más de cien grabados a todo color, izada por encima de la cabeza.
Tampoco Roque, el Moñigo, acertaría a explicarse en qué región de su
cerebro se generó la idea estrambótica de esperar al rápido dentro del túnel
con los calzones bajados. Otras veces habían aguantado en el túnel el paso del
mixto o del tranvía interprovincial. Mas estos trenes discurrían cachazudamente
y su paso, en la oscuridad del agujero, apenas si les producía ya emoción
alguna. Era preciso renovarse. Y Roque, el Moñigo, les exigió este nuevo
experimento: aguardar al rápido dentro del túnel y hacer los tres,
simultáneamente, de vientre, al paso del tren.
Daniel, el
Mochuelo, antes de aceptar, apuntó algunos sensatos inconvenientes.
—¿Y el que no tenga
ganas? —dijo.
El Moñigo arguyó,
contundente:
—Las sentirá en
cuanto oiga acercarse la máquina.
El detalle que descuidaron fue el depósito de los calzones. De haber
atado este cabo, nada se hubiera descubierto. Como no hubiera pasado nada
tampoco si el día que el Tiñoso llevó la lupa a la escuela no hubiera habido
sol. Pero existen, flotando constantemente en el aire, unos entes diabólicos
que gozan enredando los actos inocentes de los niños, complicándoles las
situaciones más normales y simples.
¿Quién pensaba, en ese momento, en la suerte de los calzones estando en
juego la propia suerte? ¿Se preocupa el torero del capote cuando tiene las
astas a dos cuartas de sus ingles? Y aunque al torero le rasgue el toro el
capote no le regaña su madre, ni le aguarda un maestro furibundo que le dé dos
docenas de regletazos y le ponga de rodillas con la Historia Sagrada levantada
por encima de la cabeza. Y, además, al torero le dan bastante dinero. Ellos
arriesgaban sin esperar una recompensa ni un aplauso, ni la chimenea ni una
rueda del tren tan siquiera. Trataban únicamente de autoconvencerse de su
propio valor. ¿Merece esta prueba un suplicio tan refinado?
El rápido entró en el túnel silbando, bufando, echando chiribitas,
haciendo trepidar los montes y las piedras. Los tres rapaces estaban pálidos,
en cuclillas, con los traseritos desnudos a medio metro de la vía. Daniel, el
Mochuelo, sintió que el mundo se dislocaba bajo sus plantas, se desintegraba
sin
remedio y, mentalmente, se santiguó.
La locomotora pasó bufando a su lado y una vaharada cálida de vapor le lamió el
trasero. Retemblaron las paredes del túnel, que se llenó de unas resonancias
férreas estruendosas. Por encima del fragor del hierro y la velocidad
encajonada, llegó a su oído la advertencia del Moñigo, a su lado:
—¡Agarráos a las
rodillas!
Y se agarró ávidamente, porque lo ordenaba el jefe y porque la atracción
del convoy era punto menos que irresistible. Se agarró a las rodillas, cerró
los ojos y contrajo el vientre. Fue feliz al constatar que había cumplido ce
por be lo que Roque les había exigido.
Se oyeron las risas sofocadas de los tres amigos al concluir de desfilar
el tren. El Tiñoso se irguió y comenzó a toser ahíto de humo. Luego tosió el
Mochuelo y, el último, el Moñigo. Jamás el Moñigo rompía a toser el primero,
aunque tuviese ganas de hacerlo. Sobre estos extremos existía siempre una
competencia inexpresada.
Se reían aún cuando
Roque, el Moñigo, dio la voz de alarma.
—No están aquí los
pantalones —dijo.
Cedieron las risas
instantáneamente.
—Ahí tenían que
estar —corroboró el Mochuelo, tanteando en la oscuridad.
El Tiñoso dijo:
—Tened cuidado, no
piséis...
El Moñigo se
olvidó, por un momento, de los pantalones.
—¿Lo habéis hecho?
—inquirió.
Se fundieron en la
tenebrosa oscuridad del túnel las afirmaciones satisfechas del Mochuelo y el
Tiñoso.
—¡Sí!
—También yo
—confesó Roque, el Moñigo; y rió en torno al comprobar la rara unanimidad de
sus vísceras.
Los pantalones seguían sin aparecer. Tanteando llegaron a la boca del
túnel. Tenían los traseros salpicados de carbonilla y el temor por haber
extraviado los calzones plasmaba en sus rostros una graciosa expresión de
estupor. Ninguno se atrevió a reír, sin embargo. El presentimiento de unos
padres y un maestro airados e implacables no dejaba mucho lugar al alborozo.
De improviso divisaron, cuatro metros por delante, en medio del
senderillo que flanqueaba la vía, un pingajo informe y negruzco. Lo recogió
Roque, el Moñigo, y los tres lo examinaron con detenimiento. Sólo Daniel, el
Mochuelo, osó, al fin, hablar:
—Es un trozo de mis
pantalones —balbuceó con un hilo de voz.
El resto de la ropa fue apareciendo, disgregada en minúsculos
fragmentos, a lo largo del sendero. La onda de la velocidad había arrebatado
las prendas, que el tren deshizo entre sus hierros como una fiera enfurecida.
De no ser por este inesperado contratiempo nadie se hubiera enterado de
la aventura. Pero esos entes siniestros que constantemente flotan en el aire,
les enredaron el asunto una vez más. Claro que, ni aun sopesando la diablura en
toda su dimensión, se
justificaba el castigo que les impuso
don Moisés, el
maestro. El Peón siempre se excedía, indefectiblemente. Además, el
castigar a los alumnos parecía procurarle un indefinible goce o, por lo menos,
la comisura derecha de su boca se distendía, en esos casos, hasta casi morder
la negra patilla de bandolero.
¿Que habían escandalizado entrando en el pueblo sin calzones? ¡Claro!
Pero ¿qué otra cosa cabía hacer en un caso semejante? ¿Debe extremarse el pudor
hasta el punto de no regresar al pueblo por el hecho de haber perdido los
calzones? Resultaba tremendo para Daniel, el Mochuelo; Roque, el Moñigo, y
Germán, el Tiñoso, tener que decidir siempre entre unas disyuntivas tan
penosas. Y era aún más mortificante la exacerbación que producían en don
Moisés, el maestro, sus cosas, unas cosas que ni de cerca, ni de lejos, le
atañían.
XV
Don Moisés, el maestro, decía a menudo que él necesitaba una mujer más
que un cocido. Pero llevaba diez años en el pueblo diciéndolo y aún seguía sin
la mujer que necesitaba. Las Guindillas, las Lepóridas y don José, el cura, que
era un gran santo, reconocían que el Peón necesitaba una mujer. Sobre todo por
dignidad profesional. Un maestro no puede presentarse en la escuela de
cualquier manera; no es lo mismo que un quesero o un herrero, por ejemplo. El
cargo, exige. Claro que lo primero que exige el cargo es una remuneración
suficiente, y don Moisés, el Peón, carecía de ella. Así es que tampoco tenía
nada de particular que don Moisés, el Peón, se embutiese cada día en el mismo
traje con que llegó al pueblo, todo tazado y remendado, diez años atrás, e incluso
que no gastase ropa interior. La ropa interior costaba un ojo de la cara y el
maestro precisaba los dos ojos de la cara para desempeñar su labor.
Camila, la Lepórida, se portó mal con él; eso desde luego; don Moisés,
el maestro, anduvo enamoriscado de ella una temporada y ella le dio calabazas,
porque decía que era rostritorcido y tenía la boca descentrada. Esto era una
tontería, y Paco, el herrero, llevaba razón al afirmar que eso no constituía
inconveniente grave, ya que la Lepórida, si se casaba con él, podría centrarle
la boca y enderezarle la cara a fuerza de besos. Pero Camila, la Lepórida, no
andaba por la labor y se obstinó en que para besar la boca del maestro habría
de besarla en la oreja y esto le resultaba desagradable. Paco, el herrero, no
dijo que sí ni que no, pero pensó que siempre sería menos desagradable besar la
oreja de
un hombre que besar los hocicos de
una liebre. Así que la cosa se disolvió en agua de borrajas. Camila, la
Lepórida, continuó colgada del teléfono y don Moisés, el maestro, acudiendo
diariamente a la escuela sin ropa interior, con la vuelta de los puños tazada y
los codos agujereados.
El día que Roque, el Moñigo, expuso a Daniel, el Mochuelo, y Germán, el
Tiñoso, sus proyectos fue un día soleado de vacación, en tanto Pascual, el del
molino, y Antonio, el Buche, disputaban una partida en el corro de bolos.
—Oye, Mochuelo
—dijo de pronto—; ¿por qué no se casa la Sara con el Peón?
Por un momento,
Daniel, el Mochuelo, vio los cielos abiertos. ¿Cómo siendo aquello tan sencillo
y pertinente no se le ocurrió antes a él?
—¡Claro! —replicó—.
¿Por qué no se casan?
—Digo —agregó a media voz el Moñigo—, que para casarse dos basta con que
se entiendan en alguna cosa. La Sara y el Peón se parecen en que ninguno de los
dos me puede ver a mí ni en pintura.
A Daniel, el Mochuelo, iba pareciéndole el Moñigo un ser inteligente. No
veía manera de cambiar de exclamación, tan perfecto y sugestivo le parecía todo
aquello.
—¡Claro! —dijo.
Prosiguió el
Moñigo:
—Figúrate lo que sería vivir yo en mi casa con mi padre, los dos solos,
sin la Sara. Y en la escuela, don Moisés siempre me tendría alguna
consideración por el hecho de ser hermano de su mujer e incluso a
vosotros por ser los mejores amigos del hermano de su mujer. Creo que me
explico, ¿no?
De la contumacia
del Mochuelo se infería su desbordado entusiasmo.
—¡Claro! —volvió a
decir.
—¡Claro! —adujo el
Tiñoso, contagiado.
El Moñigo movió la
cabeza dubitativamente:
—El caso es que
ellos se quieran casar —dijo.
—¿Por qué no van a querer? —afirmó el Mochuelo—. El Peón hace diez años
que necesita una mujer y a la Sara no la disgustaría que un hombre le dijese
cuatro cosas. Tu hermana no es guapa.
—Es fea como un
diablo, ya lo sé; pero también es fea la Lepórida.
—¿Es escrupulosa la
Sara? —dijo el Tiñoso.
—Qué va; si le cae una mosca en la leche se ríe y le dice:
"Prepárate, que vas de viaje", y se la bebe con la leche como si
nada. Luego se ríe otra vez — dijo Roque, el Moñigo.
—¿Entonces? —dijo
el Tiñoso.
—La mosca ya no
vuelve a darle guerra; es cosa de un momento. Casarse es diferente —dijo el
Moñigo.
Los tres
permanecieron un rato silenciosos. Al cabo,
Daniel, el
Mochuelo, dijo:
—¿Por qué no
hacemos que se vean?
—¿Cómo? —inquirió
el Moñigo.
El Mochuelo se levantó de un salto y se palmeó el polvo de las
posaderas:
—Ven, ya verás.
Salieron de la
bolera a la carretera. La actitud del Mochuelo revelaba una febril excitación.
—Escribiremos una nota al Peón como si fuera la propia Sara, ¿me
entiendes? Tu hermana sale todas las tardes a la puerta de casa para ver pasar
la gente. Le diremos que le espera a él y cuando él vaya y la vea creerá que le
está esperando de verdad.
Roque, el Moñigo,
adoptaba un gesto hosco, enfurruñado, habitual en él cuando algo no le
convencía plenamente.
—¿Y si el Peón
conoce la letra? —arguyó.
—La desfiguraremos
—intervino, entusiasmado, el Tiñoso.
Añadió el Moñigo:
—¿Y si le enseña la
carta a la Sara?
Daniel caviló un
momento.
—Le diremos que queme la carta antes de ir a verla y que jamás le hable
de esa carta si no quiere que se muera de vergüenza y que no le vuelva a mirar
a la cara.
—¿Y si no la quema?
—argumentó, obstinado, el Moñigo.
—La quemará. El
asqueroso Peón tiene miedo de quedarse sin mujer. Ya es un poco viejo y él sabe
que tuerce la boca. Y que eso hace feo. Y que a las
mujeres no les gusta besar la boca de un hombre en la oreja. Ya se lo
dijo la Lepórida bien claro —dijo el Mochuelo.
Roque, el Moñigo,
añadió como hablando consigo mismo:
—Él no dirá nada
por la cuenta que le tiene; le queda canguelo desde que la Camila le dio
calabazas. Tienes razón.
Paulatinamente renacía la confianza en el ancho pecho del Moñigo. Ya se
veía sin la Sara, sin la constante amenaza de la regla del Peón sobre su cabeza
en la escuela; disfrutando de una independencia que hasta entonces no había
conocido.
—¿Cuándo le
escribimos la carta, entonces? —dijo.
—Ahora.
Estaban frente a la quesería y entraron en ella. El Mochuelo tomó un
lápiz y un papel y escribió con caracteres tipográficos: "Don Moisés, si
usted necesita una mujer, yo necesito un hombre. Le espero a las siete en la
puerta de mi casa. No me hable jamás de esta carta y quémela. De otro modo me
moriría de vergüenza y no volvería a mirarle a usted a la cara. Tropiécese
conmigo como por casualidad. Sara".
A la hora de comer, Germán, el Tiñoso, introdujo la carta al maestro por
debajo de la puerta de su casa y a las siete menos cuarto de aquella misma
tarde entraba con Daniel, el Mochuelo, en casa del Moñigo a esperar los
acontecimientos desde el ventanuco del pajar.
El asunto estaba
bien planeado y todo, mas a pique estuvo de venirse abajo. La Sara, como de
costumbre, tenía encerrado al Moñigo en el pajar cuando ellos
llegaron. Y eran las siete menos
cuarto. Daniel, el Mochuelo, presumía que, necesitando como necesitaba el Peón
una mujer desde hacía diez años, no se retrasaría ni un solo minuto.
La voz de la Sara se desgranaba por el hueco de la escalera. A pesar de
haber oído un millón de veces aquella retahíla, Daniel, el Mochuelo, no pudo
evitar ahora un estremecimiento:
—Cuando mis ojos
vidriados y desencajados por el horror de la inminente muerte fijen en Vos sus
miradas lánguidas y moribundas...
El Moñigo debía
saber que eran cerca de las siete, porque respondía atropelladamente, sin dar
tiempo a la Sara a concluir la frase:
—Jesús
misericordioso, tened compasión de mí.
La Sara se detuvo
al oír que alguien subía la escalera. Eran el Mochuelo y el Tiñoso.
—Hola, Sara —dijo
el Mochuelo, impaciente—. Perdona al Moñigo, no lo volverá a hacer.
—Qué sabes tú lo
que ha hecho, zascandil —dijo ella.
—Algo malo será. Tú
no le castigas nunca sin un motivo. Tú eres justa.
La Sara sonrió,
complacida.
—Aguarda un momento
—dijo, y prosiguió rápidamente, ansiando dar cuanto antes cima a su castigo:
—Cuando perdido el uso de los sentidos, el mundo todo desaparezca de mi
vista y gima yo entre las angustias de la última agonía y los afanes de la
muerte...
—Jesús misericordioso, tened compasión de mí. Sara, ¿has terminado?
Ella cerró el
devocionario.
—Sí.
—Ale, abre.
—¿Escarmentaste?
—Sí, Sara; hoy me
metiste mucho miedo.
Se levantó la Sara
y abrió la puerta del pajar visiblemente satisfecha. Comenzó a bajar la
escalera con lentitud. En el primer rellano se volvió.
—Ojo y no hagáis
porquerías —dijo, como estremecida por un difuso presentimiento.
El Moñigo, el Mochuelo y el Tiñoso se precipitaron hacia el ventanuco
del pajar sin cambiar una palabra. El Moñigo retiró las telarañas de un
manotazo y se asomó a la calle. Inquirió angustiado el Mochuelo:
—¿Salió ya?
—Está sacando la
silla y la labor. Ya se sienta —su voz se hizo repentinamente apremiante—. ¡El
Peón viene por la esquina de la calle!
El corazón del Mochuelo se puso a bailar locamente, más locamente aún
que cuando oyó silbar al rápido a la entrada del túnel y él le esperaba dentro
con los calzones bajados, o cuando su madre preguntó a su padre, con un extraño
retintín, si tenían al Gran Duque como un huésped de lujo. Lo de hoy era aún
mucho más emocionante y trascendental que todo aquello. Puso su cara entre las
del Moñigo y el Tiñoso y vio que don Moisés se detenía frente a la
Sara, con el cuerpo un poco ladeado y
las manos en la espalda, y le guiñaba reiteradamente un ojo y le sonreía hasta
la oreja por el extremo izquierdo de la boca. La Sara le miraba atónita y, al
fin, azorada por tantos guiños y tantas medias sonrisas, balbuceó:
—Buenas tardes, don
Moisés, ¿qué dice de bueno?
Él entonces se
sentó en el banco de piedra junto a ella. Tornó a hacer una serie de muecas
veloces con la boca, con lo que demostraba su contento.
La Sara le
observaba asombrada.
—Ya estoy aquí,
nena —dijo él—. No he sido moroso, ¿verdad? De lo demás no diré ni una palabra.
No te preocupes.
Don Moisés hablaba muy bien. En el pueblo no se ponían de acuerdo sobre
quién era el que mejor hablaba de todos, aunque en los candidatos, coincidían:
don José, el cura; don Moisés, el maestro, y don Ramón, el alcalde.
La melosa voz del
Peón a su lado y el lenguaje abstruso que empleaba desconcertaron a la Sara.
—¿Le... le pasa a
usted hoy algo, don Moisés? —dijo.
Él tornó a guiñarle
el ojo con un sentido de entendimiento y complicidad y no contestó.
Arriba, en el
ventanuco del pajar, el Moñigo susurró en la oreja del Mochuelo:
—Es un cochino
charlatán. Está hablando de lo que no debía.
—¡Chist!
El Peón se inclinó ahora hacia la Sara y la cogió osadamente una mano.
—Lo que más admiro
en las mujeres es la sinceridad, Sara; gracias. Tú y yo no necesitamos de
recovecos ni de disimulos —dijo.
Tan roja se le puso la cara a la Sara que su pelo parecía menos rojo. Se
acercaba la Chata, con un cántaro de agua al brazo, y la Sara se deshizo de la
mano del Peón.
—¡Por Dios, don
Moisés! —cuchicheó en un rapto de inconfesada complacencia—. ¡Pueden vernos!
Arriba, en el
ventanuco del pajar, Roque, el Moñigo, y Daniel, el Mochuelo, y Germán, el
Tiñoso, sonreían bobamente, sin mirarse.
Cuando la Chata
dobló la esquina, el Peón volvió a la carga.
—¿Quieres que te
ayude a coser esa prenda? —dijo.
Ahora le cogía las
dos manos. Forcejearon. La Sara, en un movimiento instintivo, ocultó la prenda
tras de sí, atosigada de rubores.
—Las manos quietas,
don Moisés —rezongó.
Arriba, en el
pajar, el Moñigo rió quedamente:
—Ji, ji, ji. Es una
braga —dijo.
El Mochuelo y el Tiñoso rieron también. La confusión y el aparente enojo
de la Sara no ocultaban un vehemente regodeo. Entonces el Peón comenzó a
decirle sin cesar cosas bonitas de sus ojos y de su boca y de su pelo, sin
darle tiempo a respirar, y a la legua se advertía que el corazón virgen de la
Sara, huérfana aún de requiebros, se derretía como
el hielo bajo el sol. Al concluir la retahíla de piropos, el maestro se
quedó mirando de cerca, fijamente, a la Sara.
—¿A ver si has
aprendido ya cómo son tus ojos, nena? —dijo.
Ella rió,
entontecida.
—¡Qué cosas tiene,
don Moisés! —dijo.
Él insistió. Se notaba que la Sara evitaba hablar para no defraudar con
sus frases vulgares al Peón, que era uno de los que mejor hablaban en el
pueblo. Sin duda la Sara quería recordar algo bonito que hubiese leído, algo
elevado y poético, pero lo primero que le vino a las mientes fue lo que más
veces había repetido.
—Pues... mis ojos
son ... son... vidriados y desencajados, don Moisés —dijo, y tornó a reír en
corto, crispadamente.
La Sara se quedó tan terne. La Sara no era lista. Entendía que aquellos
adjetivos por el mero hecho de venir en el devocionario debían ser más
apropiados para aplicarlos a los ángeles que a los hombres y se quedó tan a
gusto. Ella interpretó la expresión de asombro que se dibujó en la cara del
maestro favorablemente, como un indicio de sorpresa al constatar que ella no
era tan zafia y ruda como seguramente había él imaginado. En cambio, el Moñigo,
allá arriba, receló algo:
—La Sara ha debido
decir una bobada, ¿no?
El Mochuelo aclaró:
—Los ojos vidriados
y desencajados son los de los muertos.
El Moñigo sintió deseos de arrojar un
ladrillo sobre la cabeza de su hermana. No obstante, el Peón sonrió hasta la
oreja derecha después de su pasajero estupor. Debía de necesitar mucho una
mujer cuando transigía con aquello sin decir nada. Tornó a requebrar a la Sara
con mayor ahínco y al cuarto de hora, ella estaba como abobada, con las
mejillas rojas y la mirada perdida en el vacío, igual que una sonámbula. El
Peón quiso asegurarse la mujer que necesitaba:
—Te quiero, ¿sabes, Sara? Te querré hasta el fin del mundo. Vendré a
verte todos los días a esta misma hora. Y tú, tú, dime —le cogía una mano otra
vez, aparentando un efervescente apasionamiento—, ¿me querrás siempre?
La Sara le miró como enajenada. Las palabras le acudían a la boca con
una fluidez extraña; era como si ella no fuese ella misma; como si alguien
hablase por ella desde dentro de su cuerpo.
—Le querré, don Moisés —dijo—, hasta que, perdido el uso de los
sentidos, el mundo todo desaparezca de mi vista y gima yo entre las angustias
de la última agonía y los afanes de la muerte.
—¡Así! —dijo el maestro, entusiasmado, y le oprimió las manos y guiñó
dos veces los ojos, y otras cuatro se le distendió la boca hasta la oreja y, al
fin, se marchó y antes de llegar a la esquina volvió varias veces el rostro y
sonrió convulsivamente a la Sara.
Así se hicieron novios la Sara y el Peón. Con Daniel, el Mochuelo,
estuvieron un poco desconsiderados, teniendo en cuenta la parte que él había
jugado en aquel entendimiento. Habían sido novios año y medio y ahora que él
tenía que marchar al colegio a empezar a progresar se les ocurría fijar la boda
para el dos de noviembre, el día de las Animas Benditas. Andrés, "el
hombre que de
perfil no se le ve", tampoco aprobó aquella fecha y lo dijo así sin
veladuras:
—Los hombres que
van buscando la mujer se casan en primavera; los que van buscando la fregona se
casan en invierno. No falla nunca.
A la Nochebuena siguiente, la Sara estaba de muy buen humor. Desde que
se hiciera novia del Peón se había suavizado su carácter. Hasta tal punto que,
desde entonces, sólo dos veces había encerrado al Moñigo en el pajar para
leerle las recomendaciones del alma. Ya era ganar algo. Por añadidura, el
Moñigo sacaba mejores notas en la escuela y ni una sola vez tuvo que levantar
la Historia Sagrada, con sus más de cien grabados a todo color, por encima de
la cabeza.
Daniel, el
Mochuelo, en cambio, sacó bien poco de todo aquello.
A veces lamentaba haber intervenido en el asunto, pues siempre resultaba
más confortador sostener la Historia Sagrada viendo que el Moñigo hacía otro
tanto a su lado, que tener que sostenerla sin compañía.
El día de
Nochebuena, la Sara andaba de muy buen talante y le preguntó al Moñigo mientras
daba vuelta al pollo que se asaba en el horno:
—Dime, Roque,
¿escribiste tú una carta al maestro diciéndole que yo le quería?
—No, Sara —dijo el
Moñigo.
—¿De veras? —dijo
ella.
—Te lo juro, Sara
—añadió.
Ella se llevó un
dedo que se había quemado a la boca y cuando lo sacó dijo:
—Ya decía yo. Sería
lo único bueno que hubieras hecho en tu vida. Anda. Aparta de ahí, zascandil.
XVI
Don José, el cura, que era un gran santo, utilizaba, desde el púlpito,
todo género de recursos persuasivos: crispaba los puños, voceaba, reconvenía,
sudaba por la frente y el pescuezo, se mesaba los escasos cabellos blancos,
recorría los bancos con su índice acusador e incluso una mañana se rasgó la
sotana de arriba abajo en uno de los párrafos más patéticos y violentos que
recordaría siempre la historia del valle. Así y todo, la gente, particularmente
los hombres, no le hacían demasiado caso. La misa les parecía bien, pero al
sermón le ponían mala cara y le fruncían el ceño. La Ley de Dios no ordenaba
oír sermón entero todos los domingos y fiestas de guardar. Por lo tanto, don
José, el cura, se sobrepasaba en el cumplimiento de la Ley Divina. Decían de él
que pretendía ser más papista que el Papa y que eso no estaba bien y menos en
un sacerdote; y todavía menos en un sacerdote como don José, tan piadoso y
comprensivo, de ordinario, para las flaquezas de los hombres.
Eran un poco torvos y adustos y desagradecidos los hombres del valle. No
obstante, un franco espíritu deportivo les infundía un notorio aliento humano.
Los detractores de don José, el cura, como orador, decían que no se podía
estimar que hablase bien un hombre que a cada dos por tres decía "en
realidad". Esto era cierto. Claro que puede hablarse bien diciendo
"en realidad" a cada dos por tres. Ambas cosas, a juicio de Daniel,
el Mochuelo, resultaban perfectamente compatibles. Mas algunos no lo entendían
así y si asistían a un sermón de don José era para jugarse el dinero a pares o
nones, sobre las veces que el cura decía, desde el púlpito, "en
realidad". La Guindilla mayor
aseguraba que don José decía "en realidad" adrede y que ya sabía que
los hombres tenían por costumbre jugarse el dinero durante los sermones a pares
o nones, pero que lo prefería así, pues siquiera de esta manera le escuchaban y
entre "en realidad" y "en realidad" algo de fundamento les
quedaría. De otra forma se exponía a que los hombres pensaran en la hierba, la
lluvia, el maíz o las vacas, mientras él hablaba, y esto ya sería un mal irremediable.
La gente del valle era obstinadamente individualista. Don Ramón, el
alcalde, no mentía cuando afirmaba que cada individuo del pueblo preferiría
morirse antes que mover un dedo en beneficio de los demás. La gente vivía
aislada y sólo se preocupaba de sí misma. Y a decir verdad, el individualismo
feroz del valle sólo se quebraba las tardes de los domingos, al caer el sol.
Entonces los jóvenes se emparejaban y escapaban a los prados o a los bosques y
los viejos se metían en las tascas a fumar y a beber. Esto era lo malo. Que la
gente sólo perdiese su individualismo para satisfacer sus instintos más bajos.
Don José, el cura, que era un gran santo, arremetió una mañana contra
las parejas que se marchaban a los prados o a los bosques los domingos, al
anochecer; contra las que se apretujaban en el baile cerrado; contra los que se
emborrachaban y se jugaban hasta los pelos en la taberna del Chano y, en fin,
contra los que durante los días festivos segaban el heno o cavaban las patatas
o cuchaban los maizales. Fue aquél el día en que don José, el cura, en un
arrebato, se rasgó la sotana de arriba abajo. En definitiva, el cura no dejó
títere con cabeza, ya que en el valle podían contarse con los dedos de la mano
los que dejaban transcurrir una festividad sin escapar a los prados o a los
bosques, apretujarse en el baile cerrado, emborracharse y jugar en la tasca del
Chano o segar el heno, cuchar los maizales o
cavar las patatas. El señor cura
afirmó que, "en realidad, el día del Juicio Final habría muy poca gente
del pueblo a la derecha de Nuestro Señor, si las actuales costumbres no se
enmendaban radicalmente".
Una comisión,
presidida por la Guindilla mayor, visitó al cura en la sacristía al concluir la
misa.
—Díganos, señor
cura, ¿está en nuestras manos cambiar estas costumbres tan corrompidas? —dijo
la Guindilla.
El anciano párroco carraspeó, sorprendido. No esperaba una reacción tan
rápida. Escrutó, uno tras otro, aquellos rostros predilectos del Señor y volvió
a carraspear. Ganaba tiempo.
—Hijas mías —dijo,
al fin—, está en vuestras manos, si estáis bien dispuestas.
En el atrio, Antonio, el Buche, abonaba dos pesetas a Andrés, el
zapatero, porque don José había dicho "en realidad" cuarenta y dos
veces y él había jugado a nones.
En la sacristía,
don José, el cura, agregó:
—Podemos organizar un centro donde la juventud se distraiga sin ofender
al Señor. Con buena voluntad eso no sería difícil. Un gran salón con toda clase
de entretenimientos. A las seis podríamos hacer cine los domingos y días
festivos. Claro que proyectando
solamente películas
morales, católicas a machamartillo.
La Guindilla mayor
hizo palmitas.
—El local podría
ser la cuadra de Pancho. No tiene ganado ya y quiere venderla. Podríamos
tomarla en arriendo, don José —dijo con entusiasmo.
Catalina, la
Lepórida, intervino:
—El Sindiós no
cederá la cuadra, señor cura. Es un tunante sin fe. Antes morirá que dejarnos
la cuadra para un fin tan santo.
Daniel, el Mochuelo, que había ayudado a misa, escuchaba boquiabierto la
conversación de don José con las mujeres. Pensó marcharse, pero la idea de que
en el pueblo iba a montarse un cine lo contuvo.
Don José, el cura,
apaciguó a Catalina, la Lepórida:
—No formes juicios
temerarios, hija. Pancho, en el fondo, no es malo.
La Guindilla mayor
saltó, como si la pinchasen:
—Padre, ¿es que se
puede ser bueno sin creer en Dios? —dijo.
Camila, la otra
Lepórida, infló su exuberante pechuga y cortó:
—Pancho por ganar
una peseta sería capaz de vender el alma al diablo. Lo sé porque lo sé.
Intervino, toda
excitada, Rita, la Tonta, la mujer del zapatero:
—El alma se la ha
regalado ya ese tunante. El diablo no necesita darle ni dos reales por ella.
Eso lo sabemos todos.
Don José, el cura, impuso, finalmente, su autoridad. Nombró una
comisión, presidida por la Guindilla, que llevaría a cabo las gestiones con
Pancho, el Sindiós, y se desplazaría a la ciudad para adquirir un proyector
cinematográfico. A todos les pareció de perlas la decisión. Al terminar su
perorata, don
José anunció que las próximas
colectas durante dos meses tendrían por finalidad adquirir una sotana nueva
para el párroco. Todos elogiaron la idea y la Guindilla, creyéndose obligada,
inició la suscripción con un duro.
Tres meses después, la cuadra de Pancho, el Sindiós, bien blanqueada y
desinfectada, se inauguró como cine en el valle. La primera sesión fue un gran
éxito. Apenas quedó en los montes o en los bosques alguna pareja recalcitrante.
Mas a las dos semanas surgió el problema. No había disponibles más películas
"católicas a machamartillo". Se abrió un poco la mano y hubo
necesidad de proyectar alguna que otra frivolidad. Don José, el cura,
tranquilizaba su conciencia, asiéndose, como un náufrago a una tabla, a la
teoría del mal menor.
—Siempre estarán
mejor recogidos aquí que sobándose en los prados —decía.
Transcurrió otro mes y la frivolidad de las películas que enviaban de la
ciudad iba en aumento. Por otro lado, las parejas que antes marchaban a los
prados o a los bosques al anochecer aprovechaban la
penumbra de la sala
para arrullarse descomedidamente.
Una tarde se dio la luz en plena proyección y Pascualón, el del molino,
fue sorprendido con la novia sentada en las rodillas. La cosa iba mal, y a
finales de octubre, don José, el cura, que era un gran santo, convocó en su
casa a la comisión.
—Hay que tomar medidas urgentes. En realidad ni las películas son ya
morales, ni los espectadores guardan en la sala la debida compostura. Hemos
caído en aquello contra lo que luchábamos —dijo.
—Pongamos luz en la
sala y censuremos duramente las películas —arguyó la Guindilla mayor.
A la vuelta de muchas discusiones se aprobó la sugerencia de la
Guindilla. La comisión de censura quedó integrada por don José, el cura, la
Guindilla mayor y Trino, el sacristán. Los tres se reunían los sábados en la
cuadra de Pancho y pasaban la película que se proyectaría al día siguiente.
Una tarde
detuvieron la prueba en una escena dudosa.
—A mi entender esa
marrana enseña demasiado las piernas, don José —dijo la Guindilla.
—Eso me estaba pareciendo a mí —dijo don José. Y volviendo el rostro
hacia Trino, el sacristán, que miraba la imagen de la mujer sin pestañear y
boquiabierto, le conminó—: Trino, o dejas de mirar así o te excluyo de la
comisión de censura.
Trino era un pobre hombre de escaso criterio y ninguna voluntad. Poseía
una mirada blanda y acuosa y carecía de barbilla. Todo ello daba a su rostro
una torpe y bobalicona expresión. Cuando andaba se acentuaba su torpeza, como
si le costase un esfuerzo desplazar a cada paso el volumen de aire que
necesitaba su cuerpo. Una completa calamidad. Claro que hasta el más simple
sirve para algo y Trino, el Sacristán, era casi un virtuoso tocando el armonio.
Ante la reprimenda del párroco, Trino humilló los ojos y sonrió
bobamente, contristado. Al cura le asistía la razón, pero ¡caramba!, aquella
mujer de la película tenía unas pantorrillas admirables, como no se veían
frecuentemente por el mundo.
Don José, el cura, veía que cada día crecían las dificultades. Resultaba
peliagudo luchar contra las apetencias instintivas de todo el valle. Trino
mismo, a pesar de ser censor y sacristán, pecaba de deseo y pensamiento con
aquellas mujeronas que mostraban con la mayor desvergüenza las piernas en
la pantalla. Era una tarea ímproba y él se encontraba ya muy viejo y
cansado.
El pueblo acogió con destemplanza las bombillas distribuidas por la sala
y encendidas durante la proyección. El primer día las silbaron; el segundo las
rompieron a patatazos. La comisión se reunió de nuevo. Las bombillas debían de
ser rojas para no perturbar la visibilidad. Mas entonces la gente la tomó con
los cortes. Fue Pascualón, el del molino, quien inició el plante.
—Mire, doña Lola,
para mí si me quitan las piernas y los besos se acabó el cine —dijo.
Otros mozos le
secundaron.
—O dan las
películas sin cortar o volvemos a los bosques.
Otra vez se reunió
la comisión. Don José, el cura, estaba excitadísimo:
—Se acabó el cine y
se acabó todo. Propongo a la comisión que ofrezca el aparato de cine a los
Ayuntamientos de los alrededores.
La Guindilla
chilló:
—Venderemos una
ocasión próxima de pecado, don José.
El párroco inclinó
la cabeza abatido. La Guindilla tenía razón, le sobraba razón esta vez. Vender
la máquina de cine era comerciar con el pecado.
—Lo quemaremos
entonces —dijo, sombrío.
Y al día siguiente, reunidos en el corral del párroco los elementos de
la comisión, se quemó el aparato proyector. Junto a sus cenizas, la Guindilla
mayor, en plena fiebre inquisidora, proclamó su
fidelidad a la moral y su decisión inquebrantable de no descansar hasta
que ella reinase sobre el valle.
—Don José —le dijo
al cura, al despedirse—, seguiré luchando contra la inmoralidad. No lo dude. Yo
sé el modo de hacerlo.
Y al domingo siguiente, al anochecer, tomó una linterna y salió sola a
recorrer los prados y los montes. Tras los zarzales y en los lugares más
recónditos y espesos encontraba alguna pareja de tórtolos arrullándose.
Proyectaba sobre los rostros confundidos el haz luminoso de la linterna.
—Pascualón, Elena,
estáis en pecado mortal —decía tan sólo. Y se retiraba.
Así recorrió los
alrededores sin fatigarse, repitiendo incansablemente su terrible admonición:
—Fulano, Fulana,
estáis en pecado mortal.
"Ya que los mozos y mozas del pueblo tienen la conciencia
acorchada, yo sustituiré a la voz de su conciencia", se decía. Era una
tarea ardua la que echaba sobre sí, pero al propio tiempo no estaba exenta de
atractivos.
Los mozos del pueblo soportaron el entrometimiento de la Guindilla en
sus devaneos durante tres domingos consecutivos. Pero al cuarto llegó la
insurrección. Entre todos la rodearon en un prado. Unos querían pegarla, otros
desnudarla y dejarla al relente, amarrada a un árbol, toda la noche. Al fin se
impuso un tercer grupo, que sugirió echarla de cabeza a El Chorro. La
Guindilla, abatida, dejó caer la linterna al suelo y se dispuso a entrar en las
largas listas del martirologio cristiano; aunque, de vez en cuando,
lloriqueaba, y pedía, entre hipo e hipo, un poquitín de clemencia.
Profiriendo gritos e insultos, la
condujeron hasta el puente. La corriente de el Chorro vertía el agua con
violencia en la Poza del Inglés. Flotaba, sobre la noche del valle, un ambiente
tétrico y siniestro. La multitud parecía enloquecida. Todo estaba dispuesto
para su fin y la Guindilla, mentalmente, rezó un acto de contricción.
Y, al fin de cuentas, si la Guindilla no compartió aquella noche el
lecho del río, a Quino, el Manco, había de agradecérselo, aunque él y la
difunta Mariuca hubieran comido, según ella, el cocido antes de las doce. Mas,
por lo visto, el Manco aún conservaba en su pecho un asomo de dignidad, un vivo
rescoldo de nobleza. Se interpuso con ardor entre la Guindilla y los mozos y la
defendió como un hombre. Hasta se enfureció y agitó el muñón en el aire como si
fuera el mástil de una bandera arriada. Los mozos, cuyos malos humos se habían
desvanecido en el trayecto, consideraron suficiente el susto y se retiraron.
La Guindilla se quedó sola, frente por frente del Manco. No sabía qué
hacer. La situación resultaba para ella un poco embarazosa. Soltó una risita de
compromiso y luego se puso a mirarse la punta de los pies. Volvió a reír y dijo
"bueno", y, al fin, sin darse bien cuenta de lo que hacía, se inclinó
y besó con fuerza el muñón de Quino. Inmediatamente echó a correr, asustada,
carretera adelante, como una loca.
Al día siguiente,
antes de la misa, la Guindilla mayor se acercó al confesionario de don José.
—Ave María
Purísima, padre —dijo.
—Sin pecado
concebida, hija.
—Padre, me acuso...
me acuso de haber besado a un hombre en la oscuridad de la noche —añadió la
Guindilla.
Don José, el cura,
se santiguó y alzó los ojos al techo del confesionario, resignado.
—Alabado sea el
Señor —musitó. Y sintió una pena inmensa por aquel pueblo.
XVII
Daniel, el Mochuelo, le perdonaba todo a la Guindilla menos el asunto
del coro; la despiadada forma en que le puso en evidencia ante los ojos del
pueblo entero y el convencimiento de ella de su falta de definición sexual.
Esto no podría perdonárselo por mil años que viviera. El asunto del coro
era un baldón; el mayor oprobio que puede soportar un hombre. La infamia exigía
contramedidas con las que demostrar su indiscutible virilidad.
En la iglesia ya le esperaban todos los chicos y chicas de las escuelas,
y Trino, el sacristán, que arrancaba agrias y gemebundas notas del armonio
cuando llegaron. Y la asquerosa Guindilla también estaba allí, con una varita
en la mano, erigida, espontáneamente, en directora.
Al entrar ellos,
les ordenó a todos por estatura; después levantó la varita por encima de la
cabeza y dijo:
—Veamos. Quiero
ensayar con vosotros el "Pastora Divina" para cantarlo el día de la
Virgen. Veamos — repitió.
Hizo una señal a
Trino y luego bajó la varita y los niños y niñas cantaron cada uno por su lado:
Pas—to—ra
Di—vi—naaa
Seee—guir—te— yo
quie—rooo...
Cuando ya empezaban a sintonizar las cuarenta y dos voces, la Guindilla
mayor puso un cómico gesto de desolación y dijo:
—¡Basta, basta! No
es eso. No es "Pas", es "Paaas".
Así:
"Paaas—to—ra
Di—vi—na; Seee—guir—te yo quierooo; poor va—lles y o—te—roos; Tuuus hue—llas en
pooos". Veamos —repitió.
Dio con la varita en la cubierta del armonio y de nuevo atrajo la
atención de todos. Los muros del templo se estremecieron bajo los agudos
acentos infantiles. Al poco rato, la Guindilla puso un acusado gesto de asco.
Luego señaló al Moñigo con la varita.
—Tú puedes
marcharte, Roque; no te necesito. ¿Cuándo cambiaste la voz?
Roque, el Moñigo,
humilló la mirada:
—¡Qué sé yo! Dice
mi padre que ya de recién nacido berreaba con voz de hombre.
Aunque cabizbajo, el Moñigo decía aquello con orgullo, persuadido de que
un hombre bien hombre debe definirse desde el nacimiento. Los primeros de la
escuela acusaron su manifestación con unas risitas de superioridad. En cambio,
las niñas miraron al Moñigo con encendida admiración.
Al concluir otra prueba, doña Lola prescindió de otros dos chicos porque
desafinaban. Una hora después, Germán, el Tiñoso, fue excluido también del coro
porque tenía una voz en transición y la Guindilla "quería formar un coro
sólo de tiples". Daniel, el Mochuelo, pensó que ya no pintaba allí nada y
deseó ardientemente ser excluido. No le gustaba, además, tener voz de tiple.
Pero el ensayo
del primer día terminó sin que la Guindilla estimara necesario
prescindir de él.
Volvieron al día siguiente y la Guindilla siguió sin excluirle. Aquello
se ponía feo. Permanecer en el coro suponía, a estas alturas, una deshonra. Era
casi como dudar de la hombría de uno, y Daniel, el Mochuelo, estimaba demasiado
la hombría para desentenderse de aquella selección. Mas a pesar de sus deseos y
a pesar de no quedar ya más que seis varones en el coro Daniel, el Mochuelo,
continuó formando parte de él. Aquello era el desastre. Al cuarto día la
Guindilla mayor, muy satisfecha, declaró:
—Ha terminado la selección. Quedáis sólo las voces puras. —Eran quince
niñas y seis niños—. Espero —se dirigía ahora a los seis niños— que a ninguno
de vosotros se le vaya a ocurrir cambiar la voz de aquí al día de la Virgen.
Sonrieron los niños y las niñas, tomando a orgullo aquello de tener
"las voces puras". Sólo se desesperó, por lo bajo, inútilmente,
Daniel, el Mochuelo. Pero ya la Guindilla estaba golpeando la cubierta del
armonio para llamar la atención de Trino, el sacristán, y las veintiuna voces
puras difundían por el ámbito del templo las plegarias a la Virgen:
Paaas—to—ra
Di—vi—naaa
Seee—guir—te yo
quie—rooo
Pooor va—lles y
o—te—rooos
Tuuus hue—llas en
pooos.
Daniel, el
Mochuelo, intuía lo que aquella tarde ocurrió a la salida. Los chicos
descartados, capitaneados por el Moñigo, les esperaban en el
atrio y al verles salir, formaron corro alrededor de los seis
"voces puras" y comenzaron a chillar de un modo reiterativo y
enojoso:
—¡Niñas, maricas!
¡Niñas, maricas! ¡Niñas, maricas!
De nada valió la intercesión de la Guindilla ni los débiles esfuerzos de
Trino, el sacristán, que era ya viejo y estaba como envarado. Tampoco valieron
de nada las miradas suplicantes que Daniel, el Mochuelo, dirigía a su amigo
Roque. En este trance, el Moñigo olvidaba hasta las más elementales normas de
la buena amistad. En el fondo del grupo agresor borboteaba un despecho
irreprimible por haber sido excluidos del coro que cantaría el día de la
Virgen. Por esto no importaba nada ahora. Lo importante era que la virilidad de
Daniel, el Mochuelo, estaba en entredicho y que había que sacarla con bien de
aquel embrollo.
Aquella noche al acostarse tuvo una idea. ¿Por qué no ahuecaba la voz al
cantar el "Pastora Divina"? De esta manera la Guindilla le excluiría
como a Roque, el Moñigo, y como a Germán, el Tiñoso. Bien pensado era la
exclusión de éste lo que más le molestaba. Después de todo, Roque, el Moñigo,
siempre había estado por encima de él. Pero lo de Germán era distinto. ¿Cómo
iba a conservar, en adelante, su rango y su jerarquía ante un chico que tenía
la voz más fuerte que él? Decididamente había que ahuecar la voz y ser excluido
del coro antes del día de la Virgen.
Al día siguiente, al comenzar el ensayo, Daniel, el Mochuelo, carraspeó,
buscando un efecto falso a su voz. La Guindilla tocó el armonio con la punta de
la varita y el cántico se inició:
Paaas—to—ra
Di—vi—naaa
Seee—guir—te— yo
quie—rooo...
La Guindilla se detuvo en seco. Arrugaba la nariz, larguísima, como si
la molestase un mal olor. Luego frunció el ceño igual que si algo no
respondiera a lo que ella esperaba y se sintiera incapaz de localizar la razón
de la deficiencia. Pero al segundo intento apuntó con la varita al Mochuelo, y
dijo, molesta:
—Daniel, ¡caramba!,
deja de engolar la voz o te doy un sopapo.
Había sido descubierto. Se puso encarnado al solo pensamiento de que los
demás pudieran creer que pretendía ser hombre mediante un artificio. Él, para
ser hombre, no necesitaba de fingimientos. Lo demostraría en la primera
oportunidad.
A la salida, Roque,
el Moñigo, capitaneando el grupo de "voces impuras", les rodeó de
nuevo con su maldito estribillo:
—¡Niñas, maricas!
¡Niñas, maricas! ¡Niñas, maricas!
Daniel, el Mochuelo, experimentaba deseos de llorar. Se contuvo, sin
embargo, porque sabía que su vacilante virilidad acabaría derrumbándose con el
llanto ante el grupo de energúmenos, de "las voces impuras".
Así llegó el día de la Virgen. Al despertarse aquel día, Daniel, el
Mochuelo, pensó que no era tan descorazonador tener la voz aguda a los diez
años y que tiempo sobrado tendría de cambiarla. No había razón por la que
sentirse triste y humillado. El sol entraba por la ventana de su cuarto y a lo
lejos el Pico Rando parecía más alto y majestuoso que de ordinario. A sus oídos
llegaba el estampido ininterrumpido de los cohetes y las notas desafinadas de
la charanga bajando la varga. A lo lejos, a intervalos, se percibía el tañido
de la
campana, donada por don Antonino, el
marqués, convocando a misa mayor. A los pies de la cama tenía su traje nuevo,
recién planchado, y una camisa blanca, escrupulosamente lavada, que todavía
olía a añil y a jabón. No. La vida no era triste. Ahora, acodado en la ventana,
podía comprobarlo. No era triste, aunque media hora después tuviera que cantar
el "Pastora Divina" desde el coro de las "voces puras". No
lo era, por más que a la salida "las voces impuras" les llamasen niñas
y maricas.
Un polvillo dorado, de plenitud vegetal, envolvía el valle, sus
dilatadas y vastas formas. Olía al frescor de los prados, aunque se adivinaba
en el reposo absoluto del aire un día caluroso. Debajo de la ventana, en el
manzano más próximo del huerto, un mirlo hacía gorgoritos y saltaba de rama en
rama. Ahora pasaba la charanga por la carretera, hacia El Chorro y la casa de
Quino, el Manco, y un grupo de chiquillos la seguía profiriendo gritos y dando
volteretas. Daniel, el Mochuelo, se escondió disimuladamente, porque casi todos
los chiquillos que acompañaban a la charanga pertenecían al grupo de
"voces impuras".
En seguida se avió y marchó a misa. Los cirios chisporroteaban en el
altar y las mujeres lucían detonantes vestidos. Daniel, el Mochuelo, subió al
coro y desde allí miró fijamente a los ojos de la Virgen. Decía don José que, a
veces, la imagen miraba a los niños que eran buenos. Podría ser debido a las
llamas tembloteantes de las velas, pero a Daniel, el Mochuelo, le pareció que
la Virgen aquella mañana volvía los ojos a él y le miraba. Y su boca sonreía.
Sintió un escalofrío y entonces le dijo, sin mover los labios, que le ofrecía
el "Pastora Divina" para que las "voces impuras" no se
rieran de él ni le motejaran.
Después del
Evangelio, don José, el cura, que era un gran santo, subió al púlpito y empezó
el sermón. Se
oyó un carraspeo prolongado en los
bancos de los hombres e instintivamente Daniel, el Mochuelo, comenzó a contar
las veces que don José, el cura, decía "en realidad". Aunque él no
jugaba a pares o nones. Pero don José decía aquella mañana cosas tan bonitas,
que el Mochuelo perdió la cuenta.
—Hijos, en realidad, todos tenemos un camino marcado en la vida. Debemos
seguir siempre nuestro camino, sin renegar de él —decía don José—. Algunos
pensaréis que eso es bien fácil, pero, en realidad, no es así. A veces el
camino que nos señala el Señor es áspero y duro. En realidad eso no quiere
decir que ése no sea nuestro camino. Dios dijo: "Tomad la cruz y seguidme.
>Una cosa os puedo asegurar —continuó—. El camino del Señor no está
en esconderse en la espesura al anochecer los jóvenes y las jóvenes. En
realidad, tampoco está en la taberna, donde otros van a buscarlo los sábados y
los domingos; ni siquiera está en cavar las patatas o afeitar los maizales
durante los días festivos. Dios mismo, en realidad, creó el mundo en seis días
y al séptimo descansó. Y era Dios. Y como Dios que era, en realidad, no estaba
cansado. Y, sin embargo, descansó. Descansó para enseñarnos a los hombres que
el domingo había que descansar".
Don José, el cura, hablaba aquel día, sin duda, inspirado por la Virgen,
y hablaba suavemente, sin estridencias. Prosiguió diciendo cosas del camino de
cada uno, y luego pasó a considerar la infelicidad que en ocasiones traía el
apartarse del camino marcado por el Señor por ambición o sensualidad. Dijo
cosas inextricables y confusas para Daniel. Algo así como que un mendigo podía
ser más feliz sin saber cada día si tendría algo que llevarse a la boca, que un
rico en un suntuoso palacio lleno de mármoles y criados. "Algunos —dijo—
por ambición, pierden la parte de felicidad que dios les tenía
asignada en un camino más sencillo.
La felicidad — concluyó— no está, en realidad, en lo más alto, en lo más
grande, en lo más apetitoso, en lo más excelso; está en acomodar nuestros pasos
al camino que el Señor nos ha señalado en la Tierra. Aunque sea humilde".
Acabó don José y Daniel, el Mochuelo, persiguió con los ojos su menuda
silueta hasta el altar. Quería llenarse los ojos de él, de su presencia carnal,
pues estaba seguro que un día no lejano ocuparía una hornacina en la parroquia.
Pero no sería él mismo, entonces, sino una talla en madera o una figura en
escayola detestablemente pintada.
Casi le sorprendió el ruido del armonio, activado por Trino, el
sacristán. La Guindilla estaba ante ellos, con la varita en la mano. Los
"voces puras" carraspearon un momento. La Guindilla golpeó el armonio
con la varita y Trino acometió los compases preliminares del "Pastora
Divina". Luego sonaron las
voces puras,
acompasadas, meticulosamente controladas por la varita de la Guindilla:
Paaas—to—ra
Di—vi—naaa
Seee—guir—te yo
quie—rooo
Pooor va—lles y
o—te—rooos
Tuuus hue—llas en
pooos.
Tuuu grey
des—va—li—da
Gi—mien—do te
im—plo—ra
Es—cu—cha,
Se—ño—ra,
Su ar—dien—te
cla—mor.
Paaas—to—ra
Di—vi—naaa
Seee—guir—te yo
quie—rooo
Pooor va—lles y
o—te—rooos
Tuuus hue—llas en
pooos.
Cuando terminó la misa, la Guindilla les felicitó y les obsequió con un
chupete a cada uno. Daniel, el Mochuelo, lo guardó en el bolsillo
subrepticiamente, como una vergüenza.
Ya en el atrio, dos envidiosos le dijeron al pasar "niña,
marica", pero Daniel, el Mochuelo, no les hizo ningún caso. Ciertamente,
sin el Moñigo guardándole las espaldas, se sentía blando y como indefenso. A la
puerta de la iglesia la gente hablaba del sermón de don José. Un poco apartada,
a la izquierda, Daniel, el Mochuelo, divisó a la Mica. Le sonrió ella.
—Habéis cantado muy
bien, muy bien —dijo, y le besó en la frente.
Los diez años del Mochuelo se pusieron ansiosamente de puntillas. Pero
fue en vano. Ella ya le había besado. Ahora la Mica volvía a sonreír, pero no
era a él. Se acercaba a ella un hombre joven, delgado y vestido de luto. Ambos
se cogieron de las manos y se miraron de un modo que no le gustó al Mochuelo.
—¿Qué te ha
parecido? —dijo ella.
—Encantador; todo
encantador —dijo él.
Y entonces, Daniel, el Mochuelo, acongojado por no sabía qué extraño
presentimiento, se apartó de ellos y vio que toda la gente se daba codazos y
golpecitos y miraban de un lado a otro de reojo y se decían con voz queda:
"Mira, es el novio de la Mica", "Mira, es el novio de la
Mica", "¡Caramba! Ha venido el novio
de la Mica", "Es guapo el
novio de la Mica", "No está mal el novio de la Mica". Y ninguno
quitaba el ojo del hombre joven delgado y vestido de luto, que tenía entre las
suyas las manos de la Mica.
Comprendió entonces Daniel, el Mochuelo, que sí había motivos
suficientes para sentirse atribulado aquel día, aunque el sol brillase en un
cielo esplendente y cantasen los pájaros en la maleza, y agujereasen la
atmósfera con sus melancólicas campanadas los cencerros de las vacas y la
Virgen le hubiera mirado y sonreído. Había motivos para estar triste y para
desesperarse y para desear morir y algo notaba él que se desgajaba
amenazadoramente en su interior.
Por la tarde, bajó a la romería. Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso,
le acompañaban. Daniel, el Mochuelo, seguía triste y deprimido; sentía la
necesidad de un desahogo. En el prado olía a churros y a aglomeración humana; a
alegría congestiva y vital. En el centro estaba la cucaña, diez metros más alta
que otros años. Se detuvieron ante ella y contemplaron los intentos fallidos de
dos mozos que no pasaron de los primeros metros. Un hombre borracho señalaba
con un dedo la punta de la cucaña y decía:
—Hay allí cinco
duros. El que suba y los baje que me convide.
Y se reía con un
cloqueo contagioso. Daniel, el Mochuelo, miró a Roque, el Moñigo.
—Voy a subir yo
—dijo.
Roque le acució:
—No eres hombre.
Germán, el Tiñoso, se mostraba extrañamente precavido:
—No lo hagas. Te
puedes matar.
Le empujó su desesperación, un vago afán de emular al joven enlutado, a
los niños del grupo de "los voces impuras". Saltó sobre el palo y
ascendió, sin esfuerzo, los primeros metros. Daniel, el Mochuelo, tenía como un
fuego muy vivo en la cabeza, una mezcla rara de orgullo herido, vanidad
despierta y desesperación. "Adelante —se decía—. Nadie será capaz de hacer
lo que tú hagas". "Nadie será capaz de hacer lo que tú hagas". Y
seguía ascendiendo, aunque los muslos le escocían ya. "Subo porque no me
importa caerme". "Subo porque no me importa caerme", se repetía,
y al llegar a la mitad miró hacia abajo y vio que toda la gente del prado
pendía de sus movimientos y experimentó vértigo y se agarró afanosamente al
palo. No obstante, siguió trepando. Los músculos comenzaban a resentirse del
esfuerzo, pero él continuaba subiendo. Era ya como una cucarachita a los ojos
de los de abajo. El palo empezó a oscilar como un árbol mecido por el viento.
Pero no sentía miedo. Le gustaba estar más cerca del cielo, poder tratar de tú
al Pico Rando. Se le enervaban los brazos y las piernas. Oyó un grito a sus
pies y volvió a mirar abajo.
—¡Daniel, hijo!
Era su madre, implorándole. A su lado estaba la Mica, angustiada. Y
Roque, el Moñigo, disminuido, y Germán, el Tiñoso, sobre quien acababa de
recobrar la jerarquía, y el grupo de "los voces puras" y el grupo de
"los voces impuras", y la Guindilla mayor y don José, el cura, y
Paco, el herrero, y don Antonino, el marqués, y también estaba el pueblo, cuyos
tejados de pizarra ofrecían su mate superficie al sol. Se sentía como
embriagado; acuciado por una ambición insaciable de dominio y potestad. Siguió
trepando sordo a las reconvenciones
de abajo. La cucaña era allí más delgada y se tambaleaba con su peso como un
hombre ebrio. Se abrazó al palo frenéticamente, sintiendo que iba a ser
impulsado contra los montes como el proyectil de una catapulta. Ascendió más.
Casi tocaba ya los cinco duros donados por "los Ecos del Indiano".
Pero los muslos le escocían, se le despellejaban, y los brazos apenas tenían
fuerzas. "Mira, ha venido el novio de la Mica", "Mira, ha venido
el novio de la Mica", se dijo, con rabia mentalmente, y trepó unos
centímetros más. ¡Le faltaba tan poco! Abajo reinaba un silencio expectante.
"Niña, marica; niña, marica", murmuró, y ascendió un poco más. Ya se
hallaba en la punta. La oscilación de la cucaña aumentaba allí. No se atrevía a
soltar la mano para asir el galardón. Entonces acercó la boca y mordió el sobre
furiosamente. No se oyó abajo ni un aplauso, ni una voz. Gravitaba sobre el
pueblo el presagio de una desgracia. Daniel, el Mochuelo, empezó a descender. A
mitad del palo se sintió exhausto, y entonces dejó de hacer presión con las
extremidades y resbaló rápidamente sobre el palo encerado, y sintió abrasársele
las piernas y que la sangre saltaba de los muslos en carne viva.
De improviso se vio en tierra firme, rodeado de un clamor estruendoso,
palmetazos que le herían la espalda y cachetes y besos y lágrimas de su madre,
todo mezclado. Vio al hombre enlutado que llevaba del brazo a la Mica y que le
decía, sonriente: "Bravo, muchacho". Vio al grupo de "los voces
impuras" alejarse cabizbajos. Vio a su padre, haciendo aspavientos y
reconviniéndole y soltando chorros de palabras absurdas que no entendía. Vio,
al fin, a la Uca—uca correr hacia él, abrazársele a las piernas magulladas y
prorrumpir en un torrente de lágrimas incontenibles...
Luego, de regreso a
casa, Daniel, el Mochuelo, cambió otra vez de parecer en el día y se confesó
que no tenía ningún motivo para estar
atribulado. Después de todo, el día estaba radiante, el valle era hermoso y el
novio de la Mica le había dicho sonriente: "¡Bravo, muchacho!".
XVIII
Como otras muchas mujeres, la Guindilla mayor despreció el amor mientras
ningún hombre le propuso amar y ser amada. A veces, la Guindilla se reía de que
el único amor de su vida hubiera nacido precisamente de su celo moralizador.
Sin su afán de recorrer los montes durante las anochecidas de los domingos no
hubiera soliviantado a los mozos del pueblo, y, sin soliviantar a los mozos del
pueblo, no hubiera dado a Quino, el Manco, oportunidad de defenderla y sin esta
oportunidad, jamás se hubiera conmovido el seco corazón de la Guindilla mayor,
demasiado ceñido y cerrado entre las costillas. Era, la de su primer y único
amor, una cadena de causalidad y casualidad que si pensaba en ella la abrumaba.
Son infinitos los caminos del Señor.
Los amores de la Guindilla y Quino, el Manco, tardaron en conocerse en
el pueblo. Además, progresaron con una lentitud crispante. Era un paso
definitivo, a la postre. Quino, el Manco, ya había pensado en ella, en la
Guindilla, antes del incidente con los mozos. La Guindilla no era joven y él
tampoco. Por otro lado, la Guindilla era enjuta y delgada y poseía un negocio
en marcha; y un evidente talento comercial. Precisamente de lo que él carecía.
Ultimamente, Quino estaba asfixiado por las hipotecas. Bien mirado, propiedad
de él, lo que se dice de él, no restaba ni un hierbajo del huerto. Además, la
Guindilla era delgada y tenía los muslos escurridos. Vamos, al parecer.
Naturalmente, ni él ni nadie vieron nunca los muslos a la Guindilla. En fin, la
Guindilla mayor constituía para él una solución congruente y pintiparada.
Cuando Quino, el Manco, la defendió
de los mozos en el puente no lo hizo con miras egoístas. Lo hizo porque era un
hombre noble y digno y detestaba la violencia, sobre todo con las mujeres. ¿que
luego se enredó la cosa y la Guindilla le miró de éste u otro modo, y le besó
ardorosamente el muñón y él, al beso, sintió como el cosquilleo de un calambre
a lo largo del brazo y se conmovió? bien. Eslabones de una misma cadena.
Incidencias necesarias para abordar un fin ineluctable. Designios de Dios.
El beso en la carne retorcida del muñón sirvió también para que Quino,
el Manco, constatase que aún existía en su cuerpo pujanza y la eficacia de la
virilidad. Aún no estaba neutralizado como sexo; contaba todavía. Y se dio en
pensar en eventualidades susceptibles de ser llevadas a la práctica. Y así
nació la idea de introducir una flor cada mañana a la Guindilla, por debajo de
la puerta de la tienda, antes de que el pueblo despertase.
Quino, el Manco, sabía que en esta ocasión había que obrar con tiento.
El pueblo aborrecía a la Guindilla y la Guindilla era una puritana y la otra
Guindilla un gato escaldado. Tenía que actuar, pues, con cautela, sigilo y
discreción.
Cambiaba de flor cada día y si la flor era grande introducía solamente
un pétalo. Quino, el Manco, no ignoraba que una flor sin intención se la lleva
el viento y una flor intencionada encierra más fuerza persuasiva que un filón
de oro. Sabía también que la asiduidad y la constancia terminan por mellar el
hierro.
Al mes, todo este
caudal de ternuras acabó revertiendo, como no podía menos, en don José, el
cura, que era un gran santo.
Dijo la Guindilla:
—Don José, ¿es pecado desear desmayarse en los brazos de un hombre?
—Depende de la
intención —dijo el párroco.
—Sin más intención
que desmayarse, don José.
—Pero, hija, ¿a tus
años?
—Qué quiere, señor cura. Ninguna sabe cuándo le va a llegar la hora. El
amor y la muerte, a traición. Y si es pecado desear desmayarse en los brazos de
un hombre, yo vivo empecatada, don José, se lo advierto. Y lo mío no tiene
remedio. Yo no podré desear otra cosa aunque usted me diga que ése es el mayor
pecado del mundo. Ese deseo puede más que yo.
Y lloraba.
Don José movía la
cabeza de un lado a otro maquinalmente, como un péndulo.
—Es Quino, ¿verdad?
—dijo.
El pellejo de la
Guindilla mayor se ahogó en rubores.
—Sí, él es, don
José.
—Es un buen hombre,
hija; pero es una calamidad — dijo el cura.
—No importa, don
José. Todo tiene remedio.
—¿Qué dice tu
hermana?
—No sabe nada aún.
Pero ella no tiene fuerza moral para hablarme. Sería inútil que me diera
consejos.
Irene, la Guindilla
menor, se enteró al fin.
—Parece mentira,
Lola. ¿Has perdido el juicio? — dijo.
—¿Por qué me dices
eso?
—¿No lo sabes?
—No. Pero tú
tampoco ignoras que en casa necesitamos un hombre.
—Cuando lo mío con
Dimas no necesitábamos un hombre en casa.
—Es distinto,
hermana.
—Ahora la que ha
perdido la cabeza has sido tú; no hay otra diferencia.
—Quino tiene
vergüenza.
—También Dimas
parecía que la tenía.
—Iba por tu dinero.
Dimas duró lo que las cinco mil pesetas. Tú lo dijiste.
—¿Es que crees que
Quino va por tu persona?
La Guindilla mayor
saltó, ofendida:
—¿Qué motivos
tienes para dudarlo?
La Guindilla menor
concedió:
—A la vista
ninguno, desde luego.
—Además, yo no he
de esconderme como tú. Yo someteré mi cariño a la ley de Dios.
Le brillaban los
ojos a la Guindilla menor:
—No me hables de aquello; te lo pido por la bendita memoria de nuestros
padres.
Aún en el pueblo no se barruntaba nada del noviazgo. Fue preciso que la
Guindilla y Quino, el Manco, recorrieran las calles emparejados, un domingo por
la tarde, para que el pueblo se enterase al fin. Y contra lo que Quino, el
Manco, suponía, no se marchitaron los geranios en los balcones, ni se
estremecieron las vacas en sus establos, ni se hendió la tierra, ni se
desmoronaron las montañas al difundirse la noticia. Apenas unas sonrisas
incisivas y unas insinuaciones de doble sentido. Menos no podía esperarse.
Dos semanas
después, la Guindilla mayor fue a ver de nuevo a don José.
—Señor cura, ¿es
pecado desear que un hombre nos bese en la boca y nos estruje entre sus brazos
con todo su vigor, hasta destrozarnos?
—Es pecado.
—Pues yo no puedo
remediarlo, don José. Peco a cada minuto de mi vida.
—Tú y Quino debéis
casaros —dijo, sin más, el cura.
Irene, la Guindilla
menor, puso el grito en el cielo al conocer la sentencia de don José:
—Le llevas diez
años, Lola; y tú tienes cincuenta. Sé sensata; reflexiona. Por amor de Dios,
vuelve en ti antes de que sea tarde.
La Guindilla mayor acababa de descubrir que había una belleza en el sol
escondiéndose tras los montes y en el gemido de una carreta llena de heno, y en
el vuelo pausado de los milanos bajo el cielo límpido de agosto, y hasta en el
mero y simple hecho de
vivir. No podía renunciar a ella ahora que acababa de descubrirla.
—Estoy decidida,
hermana. Tú tienes la puerta abierta para marchar cuando lo desees —dijo.
La Guindilla menor rompió a llorar, luego le dio un ataque de nervios,
y, por último, se acostó con fiebre. Así estuvo una semana. El domingo había
desaparecido la fiebre. La Guindilla mayor entró en la habitación de puntillas
y descorrió las cortinas alborozada.
—Vamos, hermana,
levántate —dijo—. Don José leerá hoy, en la misa, mi primera amonestación. Hoy
debe ser para ti y para mí un día inolvidable.
La Guindilla menor
se levantó sin decir nada, se arregló y marchó con su hermana a oír la primera
amonestación. De regreso, ya en casa, Lola dijo:
—Anímate, hermana,
tú serás mi madrina de boda.
Y, efectivamente, la Guindilla menor hizo de madrina de boda. Todo ello
sin rechistar. A los pocos meses de casada, la Guindilla mayor, extrañada de la
sumisión y mudez de Irene, mandó llamar a don Ricardo, el médico.
—Esta chica ha sufrido una impresión excesiva. No razona. De todos modos
no es peligrosa. Su trastorno no da muestra alguna de violencia —dijo el
médico. Luego le recetó unas inyecciones y se marchó.
La Guindilla mayor
se puso a llorar acongojada.
Pero a Daniel, el Mochuelo, nada de esto le causó sorpresa. Empezaba a
darse cuenta de que la vida es pródiga en hechos que antes de acontecer parecen
inverosímiles y luego, cuando sobrevienen, se percata uno de que no tienen nada
de inextricables
ni de sorprendentes. Son tan naturales como que el sol asome cada
mañana, o como la lluvia, o como la noche, o como el viento.
Él siguió la marcha de las relaciones de la Guindilla y Quino, el Manco,
por la Uca—uca. Fue un hecho curioso que tan pronto conoció estas relaciones,
sintió que se desvanecía totalmente su vieja aversión por la chiquilla. Y en su
lugar brotaba como un vago impulso de compasión.
Una mañana la
encontró hurgando entre la maleza, en la ribera del río.
—Ayúdame, Mochuelo.
Se ha escondido aquí un malvís que casi no vuela.
Él se afanó por atrapar al pájaro. Al fin lo consiguió, pero el
animalito, forcejeando por escapar, se precipitó insensatamente en el río y se
ahogó en un instante. Entonces la Mariuca—uca se sentó en la orilla, con los
pies sumergidos en la corriente. El Mochuelo se sentó a su lado. A ambos les
entristecía la inopinada muerte del pájaro. Luego, la tristeza se disipó.
—¿Es verdad que tu
padre se va a casar con la Guindilla? —dijo el Mochuelo.
—Eso dicen.
—¿Quién lo dice?
—Ellos.
—¿Tú qué dices?
—Nada.
—Tu padre, ¿qué
dice?
—Que se casa para
que yo tenga una madre.
—Ni pintada querría
yo una madre como la Guindilla — dijo el Mochuelo.
—El padre dice que
ella me lavará la cara y me peinará las trenzas.
Volvió a insistir
el Mochuelo:
—Y tú, ¿qué dices?
—Nada.
Daniel, el
Mochuelo, presentía la tribulación inexpresada de la pequeña, el valor heroico
de su hermetismo, tan dignamente sostenido.
La niña preguntó de
pronto:
—¿Es cierto que tú
te marchas a la ciudad?
—Dentro de tres
meses. He cumplido ya once años. Mi padre quiere que progrese.
—Y tú, ¿qué dices?
—Nada.
Después de hablar se dio cuenta el Mochuelo de que se habían cambiado
las tornas; de que era él, ahora, el que no decía nada. Y comprendió que entre
él y la Uca—uca surgía de repente un punto común de rara afinidad. Y que no lo
pasaba mal charlando con la niña, y que los dos se asemejaban en que tenían que
acatar lo que más convenía a sus padres sin que a ellos se les pidiera opinión.
Y advirtió también que estando así, charlando de unas cosas y otras, se estaba
bien y no se acordaba para nada de la Mica. Y, sobre todo, que la idea de
marchar a la ciudad a progresar, volvía a hacérsele ardua e insoportable.
Cuando quisiera volver de la ciudad de progresar, la Mica, de seguro,
habría perdido el cutis y tendría, a cambio, una docena de chiquillos.
Ahora se encontraba
con la Uca—uca con más frecuencia y ya no la rehuía con la hosquedad que lo
hacía antes.
—Uca—uca, ¿cuándo
es la boda?
—Para julio.
—Y tú, ¿qué dices?
—Nada.
—Y ella, ¿qué dice?
—Que me llevará a
la ciudad, cuando sea mi madre, para que me quiten las pecas.
—Y tú, ¿quieres?
Se azoraba la
Uca—uca y bajaba los ojos:
—Claro.
El día de la boda Mariuca—uca no apareció por ninguna parte. Al
anochecer, Quino, el Manco, se olvidó de la Guindilla mayor y de todo y dijo
que había que buscar a la niña costara lo que costase. Daniel, el Mochuelo,
observaba fascinado los preparativos en su derredor. Los hombres con palos,
faroles y linternas, con los pies embutidos en gruesas botas claveteadas que
producían un ruido chirriante al moverse en la carretera.
Daniel, el Mochuelo, al ver que se pasaba el tiempo sin que los hombres
regresaran de las montañas, se fue llenando de ansiedad. Su madre lloraba a su
lado y no cesaba de decir: "Pobre criatura". Por lo visto
no era partidaria de dar a la Uca—uca
una madre postiza. Cuando Rafaela, la Chancha, la mujer del Cuco, el factor,
pasó a la quesería diciendo que era probable que a la niña la hubiera devorado
un lobo, Daniel, el Mochuelo, tuvo ganas de gritar con toda su alma. Y fue en
ese momento cuando se confesó que si a la Uca—uca le quitaban las pecas, le
quitaban la gracia y que él no quería que a la Uca—uca le quitaran las pecas y
tampoco que la devorase un lobo.
A las dos de la madrugada regresaron los hombres con los palos, las
linternas y los faroles y la Mariuca— uca en medio, muy pálida y desgreñada.
Todos corrieron a casa de Quino, el Manco, a ver llegar a la niña y a besarla y
a estrujarla y a celebrar la aparición. Pero la Guindilla se adelantó a todos y
recibió a la Uca—uca con dos sopapos, uno en cada mejilla. Quino, el Manco,
contuvo a duras penas una blasfemia, pero llamó la atención a la Guindilla y le
dijo que no le gustaba que golpeasen a la niña y doña Lola le contestó irritada
que "desde la mañana era ya su madre y tenía el deber de educarla".
Entonces Quino, el Manco, se sentó en una banqueta de la tasca y se echó de
bruces sobre el brazo que apoyaba en la mesa, como si llorara, o como si
acabara de sobrevenirle una gran desgracia.
XIX
Germán, el Tiñoso,
levantó un dedo, ladeó un poco la cabeza para facilitar la escucha, y dijo:
—Eso que canta en
ese bardal es un rendajo.
El Mochuelo dijo:
—No. Es un
jilguero.
Germán, el Tiñoso, le explicó que los rendajos tenían unas condiciones
canoras tan particulares, que podían imitar los gorjeos y silbidos de toda
clase de pájaros. Y los imitaban para atraerlos y devorarlos luego. Los
rendajos eran pájaros muy poco recomendables, tan hipócritas y malvados.
El Mochuelo
insistió:
—No. Es un
jilguero.
Encontraba un placer en la contradicción aquella mañana. Sabía que había
una fuerza en su oposición, aunque ésta fuese infundada. Y hallaba una
satisfacción morbosa y oscura en llevar la contraria.
Roque, el Moñigo,
se incorporó de un salto y dijo:
—Mirad; un tonto de
agua.
Señalaba a la derecha de la Poza, tres metros más allá de donde
desaguaba El Chorro. En el pueblo llamaban tontos a las culebras de agua.
Ignoraban el motivo, pero ellos no husmeaban jamás en las razones
que inspiraban el vocabulario del
valle. Lo aceptaban, simplemente, y sabían por eso que aquella culebra que
ganaba la orilla a coletazos espasmódicos era un tonto de agua. El tonto
llevaba un pececito atravesado en la boca. Los tres se pusieron en pie y
apilaron unas piedras.
Germán, el Tiñoso,
advirtió:
—No dejarle subir.
Los tontos en las cuestas se hacen un aro y ruedan más de prisa que corre una
liebre. Y atacan, además.
Roque, el Moñigo, y Daniel, el Mochuelo, miraron atemorizados al animal.
Germán, el Tiñoso, saltó de roca en roca para aproximarse con un pedrusco en la
mano. Fue una mala pisada o un resbalón en el légamo que recubría las piedras,
o un fallo de su pierna coja. El caso es que Germán, el Tiñoso, cayó
aparatosamente contra las rocas, recibió un golpe en la cabeza, y de allí se
deslizó, como un fardo sin vida, hasta la Poza. El Moñigo y el Mochuelo se
arrojaron al agua tras él, sin titubeos. Braceando desesperadamente lograron
extraer a la orilla el cuerpo de su amigo. El Tiñoso tenía una herida enorme en
la nuca y había perdido el conocimiento. Roque y Daniel estaban aturdidos. El
Mochuelo se echó al hombro el cuerpo inanimado del Tiñoso y lo subió hasta la carretera.
Ya en casa de Quino, la Guindilla le puso unas compresas de alcohol en la
cabeza. Al poco tiempo pasó por allí Esteban, el panadero, y lo transportó al
pueblo en su tartana.
Rita, la Tonta, prorrumpió en gritos y ayes al ver llegar a su hijo en
aquel estado. Fueron unos instantes de confusión. Cinco minutos después, el
pueblo en masa se apiñaba a la puerta del zapatero. Apenas dejaban paso a don
Ricardo, el médico; tal era su anhelante impaciencia. Cuando éste salió, todos
los ojos le miraban, pendientes de sus palabras:
—Tiene fracturada
la base del cráneo. Está muy grave. Pidan una ambulancia a la ciudad —dijo el
médico.
De repente, el valle se había tornado gris y opaco a los ojos de Daniel,
el Mochuelo. Y la luz del día se hizo pálida y macilenta. Y temblaba en el aire
una fuerza aún mayor que la de Paco, el herrero. Pancho, el Sindiós, dijo de
aquella fuerza que era el Destino, pero la Guindilla dijo que era la voluntad
del Señor. Como no se ponían de acuerdo, Daniel se escabulló y entró en el
cuarto del herido. Germán, el Tiñoso, estaba muy blanco y sus labios encerraban
una suave y diluida sonrisa.
El Tiñoso sirvió de campo de batalla, durante ocho horas, entre la vida
y la muerte. Llegó la ambulancia de la ciudad con Tomás, el hermano del Tiñoso,
que estaba empleado en una empresa de autobuses. El hermano entró en la casa
como loco y en el pasillo se encontró con Rita, la Tonta, que salía despavorida
de la habitación del enfermo. Se abrazaron madre e hijo de una manera casi
eléctrica. La exclamación de la Tonta fue como un chispazo fulminante.
—Tomás, llegas
tarde. Tu hermano acaba de morir — dijo.
Y a Tomás se le saltaron las lágrimas y juró entre dientes como si se
rebelara contra Dios por su impotencia. Y a la puerta de la vivienda las
mujeres empezaron a hipar y a llorar a gritos, y Andrés, "el hombre que de
perfil no se le ve", salió también de la habitación, todo encorvado, como
si quisiera ver las pantorrillas de la enana más enana del mundo. Y Daniel, el
Mochuelo, sintió que quería llorar y no se atrevió a hacerlo porque Roque, el
Moñigo, vigilaba sus reacciones sin pestañear, con una rigidez despótica. Pero
le extrañó advertir que
ahora todos querían al Tiñoso. Por
los hipos y gemiqueos se diría que Germán, el Tiñoso, era hijo de cada una de
las mujeres del pueblo. Mas a Daniel, el Mochuelo, le consoló, en cierta
manera, este síntoma de solidaridad.
Mientras
amortajaban a su amigo, el Moñigo y el Mochuelo fueron a la fragua.
—El Tiñoso se ha muerto, padre —dijo el Moñigo. Y Paco, el herrero, hubo
de sentarse a pesar de lo grande y fuerte que era, porque la impresión lo
anonadaba. Dijo, luego, como si luchase contra algo que le enervara:
—Los hombres se
hacen; las montañas están hechas ya.
El Moñigo dijo:
—¿Qué quieres
decir, padre?
—¡Que bebáis! —dijo
Paco, el herrero, casi furioso, y le extendió la bota de vino.
Las montañas tenían un cariz entenebrecido y luctuoso aquella tarde y
los prados y las callejas y las casas del pueblo y los pájaros y sus acentos.
Entonces, Paco, el herrero, dijo que ellos dos debían encargar una corona
fúnebre a la ciudad como homenaje al amigo perdido y fueron a casa de las
Lepóridas y la encargaron por teléfono. La Camila estaba llorando también, y
aunque la conferencia fue larga no se la quiso cobrar. Luego volvieron a casa
de Germán, el Tiñoso. Rita, la Tonta, se abrazó al cuello del Mochuelo y le
decía atropelladamente que la perdonase, pero que era como si pudiese abrazar
aún a su hijo, porque él era el mejor amigo de su hijo. Y el Mochuelo se puso
más triste todavía, pensando que cuatro semanas después él se iría a la ciudad
a empezar a progresar y la Rita, que no era tan tonta como decían, habría de
quedarse sin el
Tiñoso y sin él para enjugar sus
pobres afectos truncados. También el zapatero les pasó la mano por los hombros
y les dijo que les estaba agradecido porque ellos habían salvado a su hijo en
el río, pero que la muerte se empeñó en llevárselo y contra ella, si se ponía
terca, no se conocía remedio.
Las mujeres seguían llorando junto al cadáver y, de vez en cuando,
alguna tenía algún arranque y besaba y estrujaba el cuerpecito débil y frío del
Tiñoso, en tanto sus lágrimas y alaridos se incrementaban.
Los hermanos de Germán anudaron una toalla a su cráneo para que no se
vieran las calvas y Daniel, el Mochuelo, experimentó más pena porque, de esta
guisa, su amigo parecía un niño moro, un infiel. El Mochuelo esperaba que a don
José, el cura, le hiciese el mismo efecto y mandase quitar la toalla. Pero don
José llegó; abrazó al zapatero y administró al Tiñoso la Santa Unción sin
reparar en la toalla.
Los grandes raramente se percatan del dolor acervo y sutil de los
pequeños. Su mismo padre, el quesero, al verle, por primera vez, después del
accidente, en vez de consolarle, se limitó a decir:
—Daniel, para que veas en lo que acaban todas las diabluras. Lo mismo
que le ha ocurrido al hijo del zapatero podría haberte sucedido a ti. Espero
que esto te sirva de escarmiento.
Daniel, el Mochuelo, no quiso hablar, pues barruntaba que de hacerlo
terminaría llorando. Su padre no quería darse cuenta de que cuando sobrevino el
accidente no intentaba diablura alguna, sino, simplemente, matar un tonto de
agua. Ni advertía tampoco que lo mismo que él le metió la perdigonada en el
carrillo la mañana que mataron el milano con el Gran Duque, podría habérsela
metido en la sien y haberle mandado al otro barrio. Los mayores atribuían las
desgracias a las imprudencias de los
niños, olvidando que estas cosas son siempre designios de Dios y que los
grandes también cometen, a veces, imprudencias.
Daniel, el Mochuelo, pasó la noche en vela, junto al muerto. Sentía que
algo grande se velaba dentro de él y que en adelante nada sería como había
sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy
solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que
se sentía solo, espantosamente solo, era él, y sólo él. Algo se marchitó de
repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia.
Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños. Él nunca se paró
a pensarlo y al hacerlo ahora, una sensación punzante y angustiosa casi le
asfixiaba. Vivir de esta manera era algo brillante, y a la vez, terriblemente
tétrico y desolado. Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poco, inexorablemente.
A la larga, todos acabarían muriendo: él, y don José, y su padre, el quesero, y
su madre, y las Guindillas, y Quino, y las cinco Lepóridas, y Antonio, el
Buche, y la Mica, y la Mariuca—uca, y don Antonino, el marqués, y hasta Paco,
el herrero. Todos eran efímeros y transitorios y a la vuelta de cien años no
quedaría rastro de ellos sobre las piedras del pueblo. Como ahora no quedaba
rastro de los que les habían precedido en una centena de años. Y la mutación se
produciría de una manera lenta e imperceptible. Llegarían a desaparecer del
mundo todos, absolutamente todos los que ahora poblaban su costra y el mundo no
advertiría el cambio. La muerte era lacónica, misteriosa y terrible.
Con el alba, Daniel, el Mochuelo, abandonó la compañía del muerto y se
dirigió a su casa a desayunar. No tenía hambre, pero juzgaba una medida
prudente llenar el estómago ante las emociones que se avecinaban. El pueblo
asumía a aquella hora una quietud demasiado estática, como si todo él se
sintiera recorrido y agarrotado por
el tremendo frío de la muerte. Y los árboles estaban como acorchados. Y el
quiquiriquí de los gallos resultaba fúnebre, como si cantasen con sordina o no
se atreviesen a mancillar el ambiente de duelo y recogimiento que pesaba sobre
el valle. Y las montañas enlutaban, bajo un cielo plomizo, sus formas
colosales. Y hasta en las vacas que pastaban en los prados se acentuaba el aire
cansino y soñoliento que en ellas era habitual.
Daniel, el Mochuelo, apenas desayunó regresó al pueblo. Al pasar frente
a la tapia del boticario divisó un tordo picoteando un cerezo silvestre junto a
la carretera. Se reavivó en él el sentimiento del Tiñoso, el amigo perdido para
siempre. Buscó el tirachinas en el bolsillo y colocó una piedra en la badana.
Luego apuntó al animal cuidadosamente y estiró las gomas con fuerza. La piedra,
al golpear el pecho del tordo, produjo un ruido seco de huesos quebrantados. El
Mochuelo corrió hacia el animal abatido y las manos le temblaban al recogerlo.
Después reanudó el camino con el tordo en el bolsillo.
Germán, el Tiñoso, ya estaba dentro de la caja cuando llegó. Era una
caja blanca, barnizada, que el zapatero había encargado a una funeraria de la
ciudad. También había llegado la corona encargada por ellos con la leyenda que
dispuso el Moñigo: "Tiñoso, tus amigos Mochuelo y Moñigo no te olvidarán
jamás". Rita, la Tonta, volvió a abrazarle con énfasis, diciéndole, en voz
baja, que era muy bueno. Pero Tomás, el hermano colocado en una empresa de
autobuses, se enfadó al ver la leyenda y cortó el trozo donde decía
"Tiñoso", dejando sólo: "tus amigos Mochuelo y Moñigo no te
olvidarán jamás".
Mientras Tomás
cortaba la cinta y los demás le contemplaban, Daniel, el Mochuelo, depositó con
disimulo el tordo en el féretro,
junto al cadáver de su amigo. Había pensado que su amigo, que era tan
aficionado a los pájaros, le agradecería, sin duda, desde el otro mundo, este
detalle. Mas Tomás, al volver a colocar la corona fúnebre a los pies del cadáver,
reparó en el ave, incomprensiblemente muerta junto a su hermano. Acercó mucho
los ojos para cerciorarse de que era un tordo lo que veía, pero después de
comprobarlo no se atrevió a tocarlo. Tomás se sintió recorrido por una
corriente supersticiosa.
—¿Qué... quién...
cómo demonios está aquí esto? — dijo.
Daniel, el Mochuelo, después del enfado de Tomás por lo de la corona, no
se atrevió a declarar su parte de culpa en esta nueva peripecia. El asombro de
Tomás se contagió pronto a todos los presentes que se acercaban a contemplar el
pájaro. Ninguno, empero, osaba tocarlo.
—¿Cómo hay un tordo
ahí dentro?
Rita, la Tonta,
buscaba una explicación razonable en el rostro de cada uno de sus vecinos. Pero
en todos leía un idéntico estupor.
—Mochuelo, ¿sabes
tú...?
—Yo no sé nada. No
había visto el tordo hasta que lo dijo Tomás.
Andrés, "el
hombre que de perfil no se le ve", entró en aquel momento. Al ver el
pájaro se le ablandaron los ojos y comenzó a llorar silenciosamente.
—Él quería mucho a
los pájaros; los pájaros han venido a morir con él —dijo.
El llanto se contagió a todos y a la
sorpresa inicial sucedió pronto la creencia general en una intervención
ultraterrena. Fue Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve",
quien primero lo insinuó con voz temblorosa.
—Esto... es un
milagro.
Los presentes no deseaban otra cosa sino que alguien expresase en alta
voz su pensamiento para estallar. Al oír la sugerencia del zapatero se oyó un
grito unánime y desgarrado, mezclado con ayes y sollozos:
—¡Un milagro!
Varias mujeres, amedrentadas, salieron corriendo en busca de don José.
Otras fueron a avisar a sus maridos y familiares para que fueran testigos del
prodigio. Se organizó un revuelo caótico e irrefrenable.
Daniel, el Mochuelo, tragaba saliva incesantemente en un rincón de la
estancia. Aun después de muerto el Tiñoso, los entes perversos que flotaban en
el aire seguían enredándole los más inocentes y bien intencionados asuntos. El
Mochuelo pensó que tal como se habían puesto las cosas, lo mejor era callar. De
otro modo, Tomás, en su excitación, sería muy capaz de matarlo.
Entró
apresuradamente don José, el cura.
—Mire, mire, don
José —dijo el zapatero.
Don José se acercó
con recelo al borde del féretro y vio el tordo junto a la yerta mano del
Tiñoso.
—¿Es un milagro o
no es un milagro? —dijo la Rita, toda exaltada, al ver la cara de estupefacción
del sacerdote.
Se oyó un prolongado murmullo en torno. Don José movió la cabeza de un
lado a otro mientras observaba los rostros que le observaban.
Su mirada se detuvo
un instante en la carita asustada del Mochuelo. Luego dijo:
—Sí que es raro
todo esto. ¿Nadie ha puesto ahí ese pájaro?
—¡Nadie, nadie!
—gritaron todos.
Daniel, el
Mochuelo, bajó los ojos. La Rita volvió a gritar, entre carcajadas histéricas,
mientras miraba con ojos desafiadores a don José:
—¡Qué! ¿Es un
milagro o no es un milagro, señor cura?
Don José intentó
apaciguar los ánimos, cada vez más excitados.
—Yo no puedo pronunciarme ante una cosa así. En realidad es muy posible,
hijos míos, que alguien, por broma o con buena intención, haya depositado el
tordo en el ataúd y no se atreva a declararlo ahora por temor a vuestras iras.
—Volvió a mirar insistentemente a Daniel, el Mochuelo, con sus ojillos
hirientes como puntas de alfileres. El Mochuelo, asustado, dio media vuelta y
escapó a la calle. El cura prosiguió—: De todas formas yo daré traslado al
Ordinario de lo que aquí ha sucedido. Pero os repito que no os hagáis
ilusiones. En realidad, hay muchos hechos de apariencia milagrosa que no tienen
de milagro más que eso: la apariencia. —De repente cortó, seco—: A las cinco
volveré para el entierro.
En la puerta de la
calle, don José, el cura, que era un gran santo, se tropezó con Daniel, el
Mochuelo, que le observaba a hurtadillas, tímidamente. El
párroco oteó las proximidades y como
no viera a nadie en derredor, sonrió al niño, le propinó unos golpecitos
paternales en el cogote, y le dijo en un susurro:
—Buena la has
hecho, hijo; buena la has hecho.
Luego le dio a
besar su mano y se alejó, apoyándose en la cachaba, a pasitos muy lentos.
XX
Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es
capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las
campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera.
Daniel, el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido
de las campanas. Sabía que el repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y
a júbilo y a estupor desproporcionado e irreflexivo. El corazón se le
redondeaba, entonces, a impulsos de un sentimiento de alegría completo y
armónico. Al concluir los bombardeos, durante la guerra, las campanas también
repicaban alegres, mas con un deje de reserva, precavido y reticente. Había que
tener cuidado. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos
como el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle,
entonces, se llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y
huecos de las campanas parroquiales. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos
de la tierra y a las raíces de las plantas y a la médula de los huesos de los
hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se
tornaba mollar y maleable — blando como el plomo derretido— bajo el solemne
tañir de las campanas.
Estaba lloviznando y tras don José, revestido de sobrepelliz y estola,
caminaban los cuatro hijos mayores del zapatero, el féretro en hombros, con
Germán, el Tiñoso, y el tordo dentro. A continuación marchaba el zapatero con
el resto de sus familiares, y detrás, casi todos los hombres y las mujeres y
los
niños del pueblo con rostros
compungidos, notando en sus vísceras las resonancias de las campanas, vibrando
en una modulación lenta y cadenciosa. Daniel, el Mochuelo, sentía aquel día las
campanas de una manera especial. Se le antojaba que él era como uno de los
insectos que coleccionaba en una caja el cura de La Cullera. Se diría que, lo
mismo que aquellos animalitos, cada campanada era como una aguja afiladísima
que le atravesaba una zona vital de su ser. Pensaba en Germán, el Tiñoso, y
pensaba en él mismo, en los nuevos rumbos que a su vida imprimían las
circunstancias. Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser
recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría
reproducirse. Era aquélla una sensación angustiosa de dependencia y sujeción.
Le ponía nervioso la imposibilidad de dar marcha atrás en el reloj del tiempo y
resignarse a saber que nadie volvería a hablarle, con la precisión y el
conocimiento con que el Tiñoso lo hacía, de los rendajos y las perdices y los
martines pescadores y las pollas de agua. Había de avenirse a no volver a oír
jamás la voz de Germán, el Tiñoso; a admitir como un suceso vulgar y cotidiano
que los huesos del Tiñoso se transformasen en cenizas junto a los huesos de un
tordo; que los gusanos agujereasen ambos cuerpos simultáneamente, sin
predilecciones ni postergaciones.
Se confortó un poco tanteando en su bolsillo un cuproníquel con el
agujerito en medio. Cuando concluyese el entierro iría a la tienda de Antonio,
el Buche, a comprarse un adoquín. Claro que a lo mejor no estaba bien visto que
se endulzase así después de enterrar a un buen amigo. Habría de esperar al día
siguiente.
Descendían ya la varga por su lado norte, hacia el pequeño camposanto
del lugar. Bajo la iglesia, los tañidos de las campanas adquirían una
penetración muy viva y dolorosa. Doblaron el recodo de la
parroquia y entraron en el minúsculo
cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían
todos en el pequeño recinto. A Daniel, el Mochuelo, se le aceleró el corazón al
ver la pequeña fosa, abierta a sus pies. En la frontera este del camposanto,
lindando con la tapia, se erguían adustos y fantasmales, dos afilados cipreses.
Por lo demás, el cementerio del pueblo era tibio y recoleto y acogedor. No
había mármoles, ni estatuas, ni panteones, ni nichos, ni tumbas revestidas de
piedra. Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella
en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las
múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los
acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al
fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.
El cielo estaba pesado y sombrío. Seguía lloviznando. Y el grupo, bajo
los paraguas, era una estampa enlutada de estremecedor y angustioso simbolismo.
Daniel, el Mochuelo, sintió frío cuando don José, el cura, que era un gran
santo, comenzó a rezar responsos sobre el féretro depositado a los pies de la
fosa recién cavada. Había, en torno, un silencio abierto sobre cien sollozos
reprimidos, sobre mil lágrimas truncadas, y fue entonces cuando Daniel, el
Mochuelo, se volvió, al notar sobre el calor de su mano el calor de una mano
amiga. Era la Uca—uca. Tenía la niña un grave gesto adosado a sus facciones
pueriles, un ademán desolado de impotencia y resignación. Pensó el Mochuelo que
le hubiera gustado estar allí solo con el féretro y la Uca—uca y poder llorar a
raudales sobre las trenzas doradas de la chiquilla; sintiendo en su mano el
calor de otra mano amiga. Ahora, al ver el féretro a sus pies, lamentó haber
discutido con el Tiñoso sobre el ruido que las perdices hacían al volar, sobre
las condiciones canoras de los rendajos o sobre el sabor de las cicatrices. Él
se hallaba indefenso, ahora, y
Daniel, el Mochuelo, desde el fondo
de su alma, le daba, incondicionalmente, la razón. Vibraba con unos acentos
lúgubres la voz de don José, esta tarde, bajo la lluvia, mientras rezaba los
responsos:
—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison.
Pater noster qui es
in caelis...
A partir de aquí, la voz del párroco se hacía un rumor ininteligible.
Daniel, el Mochuelo, experimentó unas ganas enormes de llorar al contemplar la
actitud entregada del zapatero. Viéndole en este instante no se dudaba de que
jamás Andrés, "el hombre que de perfil no se le ve", volvería a mirar
las pantorrillas de las mujeres. De repente, era un anciano tembloteante y
extenuado, sexualmente indiferente. Cuando don José acabó el tercer responso,
Trino, el sacristán, extendió una arpillera al lado del féretro y Andrés arrojó
en ella una peseta. La voz de don José se elevó de nuevo:
—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison.
Pater noster qui es
in caelis...
Luego fue el Peón quien echó unas monedas sobre la arpillera, y don
José, el cura, que era un gran santo, rezó otro responso. Después se acercó
Paco, el herrero, y depositó veinte céntimos. y más tarde, Quino, el Manco,
arrojó otra pequeña cantidad. Y luego Cuco, el factor, y Pascualón, el del
molino, y don Ramón, el alcalde, y Antonio, el Buche, y Lucas, el Mutilado, y
las cinco Lepóridas, y el ama de don Antonino, el marqués, y Chano y todos y
cada uno de los hombres y las mujeres del pueblo y la arpillera iba llenándose
de monedas livianas, de poco valor, y a cada d diva, don José, el cura, que era
un gran santo, contestaba con un responso, como si diera las gracias.
—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison.
Pater noster qui es
in caelis...
Daniel, el Mochuelo, aferraba crispadamente su cuproníquel, con la mano
embutida en el bolsillo del pantalón. Sin querer, pensaba en el adoquín de
limón que se comería al día siguiente, pero, inmediatamente, relacionaba el
sabor de su presunta golosina con el letargo definitivo del Tiñoso y se decía
que no tenía ningún derecho a disfrutar un adoquín de limón mientras su amigo
se pudría en un agujero. Extraía ya lentamente el cuproníquel, decidido a
depositarlo en la arpillera, cuando una voz interior le contuvo: "¿Cuánto
tiempo tardarás en tener otro cuproníquel, Mochuelo?". Le soltó compelido
por un sórdido instinto de avaricia. De improviso rememoró la conversación con
el Tiñoso sobre el ruido que hacían las perdices al volar y su pena se agigantó
de nuevo. Ya Trino se inclinaba sobre la arpillera y la agarraba por las cuatro
puntas para recogerla, cuando Daniel, el Mochuelo, se desembarazó de la mano de
la Uca—uca y se adelantó hasta el féretro:
—¡Espere! —dijo.
Todos los ojos le miraban. Notó Daniel, el Mochuelo, en sí, las miradas
de los demás, con la misma sensación física que percibía las gotas de la
lluvia. Pero no le importó. Casi sintió un orgullo tan grande como la tarde que
trepó a lo alto de la cucaña al sacar de su bolsillo la moneda reluciente, con
el agujerito en medio, y arrojarla sobre la arpillera. Siguió el itinerario de
la moneda con los ojos, la vio rodar un trecho y, luego, amontonarse con las
demás produciendo, al juntarse, un alegre tintineo. Con la voz apagada de don
José, el cura, que era un gran santo, le llegó la sonrisa presentida del
Tiñoso, desde lo hondo de su caja blanca y barnizada.
—Kirie, eleison. Christie, eleison. Kirie, eleison.
Pater noster qui es
in caelis...
Al concluir don José, bajaron la caja a la tumba y echaron mucha tierra
encima. Después, la gente fue saliendo lentamente del camposanto. Anochecía y
la lluvia se intensificaba. Se oía el arrastrar de los zuecos de la gente que
regresaba al pueblo. Cuando Daniel, el Mochuelo, se vio solo, se aproximó a la
tumba y luego de persignarse dijo:
—Tiñoso, tenías
razón, las perdices al volar hacen "Prrr" y no "Brrr".
Ya se alejaba
cuando una nueva idea le impulsó a regresar sobre sus pasos. Volvió a
persignarse y dijo:
—Y perdona lo del
tordo.
La Uca—uca le esperaba a la puerta del cementerio. Le cogió de la mano
sin decirle una palabra. Daniel, el Mochuelo, notó que le ganaba de nuevo un
amplio e inmoderado deseo de sollozar. Se contuvo, empero, porque diez pasos
delante avanzaba el Moñigo, y de cuando en cuando volvía la cabeza para indagar
si él lloraba.
XXI
En torno a Daniel, el Mochuelo, se hacía la luz de un modo
imperceptible. Se borraban las estrellas del cuadrado de cielo delimitado por
el marco de la ventana y sobre el fondo blanquecino del firmamento la cumbre
del Pico Rando comenzaba a verdear. Al mismo tiempo, los mirlos, los
ruiseñores, los verderones y los rendajos iniciaban sus melodiosos conciertos
matutinos entre la maleza. Las cosas adquirían precisión en derredor; definían,
paulatinamente, sus volúmenes, sus tonalidades y sus contrastes. El valle
despertaba al nuevo día con una fruición aromática y vegetal. Los olores se
intensificaban, cobraban densidad y consistencia en la atmósfera circundante,
reposada y queda.
Entonces se dio cuenta Daniel, el Mochuelo, de que no había pegado un
ojo en toda la noche. De que la pequeña y próxima historia del valle se
reconstruía en su mente con un sorprendente lujo de pormenores. Lanzó su mirada
a través de la ventana y la posó en la bravía y aguda cresta del Pico Rando.
Sintió entonces que la vitalidad del valle le penetraba desordenada e íntegra y
que él entregaba la suya al valle en un vehemente deseo de fusión, de
compenetración íntima y total. Se daban uno al otro en un enfervorizado anhelo
de mutua protección, y Daniel, el Mochuelo, comprendía que dos cosas no deben
separarse nunca cuando han logrado hacerse la una al modo y medida de la otra.
No obstante, el convencimiento de una inmediata separación le
desasosegaba, aliviando la fatiga de sus párpados. Dentro de dos horas, quizá
menos, él diría adiós al valle, se subiría en un tren y
escaparía a la ciudad lejana para
empezar a progresar. Y sentía que su marcha hubiera de hacerse ahora,
precisamente ahora que el valle se endulzaba con la suave melancolía del otoño
y que a Cuco, el factor, acaban de uniformarle con una espléndida gorra roja.
Los grandes cambios rara vez resultan oportunos y consecuentes con nuestro
particular estado de ánimo.
A Daniel, el Mochuelo, le dolía esta despedida como nunca sospechara. Él
no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a
él de aquella manera absorbente y dolorosa. No le interesaba el progreso. El
progreso, en verdad, no le importaba un ardite. Y, en cambio, le importaban los
trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los prados y los
maizales parcelados; y la Poza del Inglés, y la gruesa y enloquecida corriente
del Chorro; y el corro de bolos; y los tañidos de las campanas parroquiales; y
el gato de la Guindilla; y el agrio olor de las encellas sucias; y la formación
pausada y solemne y plástica de una boñiga; y el rincón melancólico y salvaje
donde su amigo Germán, el Tiñoso, dormía el sueño eterno; y el chillido
reiterado y monótono de los sapos bajo las piedras en las noches húmedas; y las
pecas de la Uca—uca y los movimientos lentos de su madre en los quehaceres
domésticos; y la entrega confiada y dócil de los pececillos del río; y tantas y
tantas otras cosas del valle. Sin embargo, todo había de dejarlo por el
progreso. Él no tenía aún autonomía ni capacidad de decisión. El poder de
decisión le llega al hombre cuando ya no le hace falta para nada; cuando ni un
solo día puede dejar de guiar un carro o picar piedra si no quiere quedarse sin
comer. ¿Para qué valía, entonces, la capacidad de decisión de un hombre, si
puede saberse? La vida era el peor tirano conocido. Cuando la vida le agarra a
uno, sobra todo poder de decisión. En cambio, él todavía estaba en condiciones
de decidir, pero como solamente tenía once años, era su padre quien
decidía por él. ¿Por qué, Señor, por qué el mundo se organizaba tan
rematadamente mal?
El quesero, a pesar del estado de ánimo de Daniel, el Mochuelo, se
sentía orgulloso de su decisión y de poder llevar a cabo su decisión. Lo que no
podían otros. La víspera habían recorrido juntos el pueblo, padre e hijo, para
despedirse.
—El chico se va
mañana a la ciudad. Tiene ya once años y es hora de que empiece el grado.
Y el quesero se quedaba plantado, mirándole a él, como diciendo:
"¿Qué dice el estudiante?". Pero él miraba al suelo entristecido. No
había nada que decir. Bastaba con obedecer.
Pero en el pueblo todos se mostraban muy cordiales y afectuosos, algunos
en exceso, como si les aligerase no poco el saber que al cabo de unas horas
iban a perder de vista a Daniel, el Mochuelo, para mucho tiempo. Casi todos le
daban palmaditas en el cogote y expresaban, sin rebozo, sus esperanzas y buenos
deseos:
—A ver si vuelves
hecho un hombre.
—¡Bien, muchacho! Tú llegarás a ministro. Entonces daremos tu nombre a
una calle del pueblo. O a la Plaza. Y tú vendrás a descubrir la lápida y luego
comeremos todos juntos en el Ayuntamiento. ¡Buena borrachera ese día!
Y Paco, el herrero,
le guiñaba un ojo y su pelo encarnado despedía un vivo centelleo.
La Guindilla mayor
fue una de las que más se alegraron con la noticia de la marcha de Daniel, el
Mochuelo.
—Bien te viene que te metan un poco
en cintura, hijo. La verdad. Ya sabes que yo no tengo pelos en la lengua. A ver
si en la ciudad te enseñan a respetar a los animales y a no pasear en cueros
por las calles del pueblo. Y a cantar el "Pastora Divina" como Dios
manda. —Hizo una pausa y llamó—: ¡Quino! Daniel se va a la ciudad y viene a
despedirse.
Y bajó Quino. Y a Daniel, el Mochuelo, al ver de cerca el muñón, se le
revivían cosas pasadas y experimentabas una angustiosa y sofocante presión en
el pecho. Y a Quino, el Manco, también le daba tristeza perder aquel amigo y
para disimular su pena se golpeaba la barbilla con el muñón reiteradamente y
sonreía sin cesar:
—Bueno, chico... ¡Quién pudiera hacer otro tanto...! Nada... lo dicho.
—En su turbación Quino, el Manco, no advertía que no había dicho nada—. Que sea
para tu bien.
Y después, Pancho,
el Sindiós, se irritó con el quesero porque mandaba a su hijo a un colegio de
frailes. El quesero no le dio pie para desahogarse:
—Traigo al chico
para que te diga adiós a ti y a los tuyos. No vengo a discutir contigo sobre si
debe estudiar con un cura o con un seglar.
Y Pancho se rió y soltó una palabrota y le dijo a Daniel que a ver si
estudiaba para médico y venía al pueblo a sustituir a don Ricardo, que ya
estaba muy torpe y achacoso. Luego le dijo al quesero, dándole un golpe en el
hombro:
—Chico, cómo pasa
el tiempo.
Y el quesero dijo:
—No somos nadie.
Y también el Peón estuvo muy simpático con ellos y le dijo a su padre
que Daniel tenía un gran porvenir en los libros si se decidía a estudiar con
ahínco. Añadió que se fijasen en él. También salió de la nada. Él no era nadie
y a fuerza de puños y de cerebro había hecho una carrera y había triunfado. Y
tan orgulloso se sentía de sí mismo, que empezó a torcer la boca de una manera
espasmódica, y cuando ya se mordía casi la negra patilla se despidieron de él y
le dejaron a solas con sus muecas, su orgullo íntimo y sus frenéticos
aspavientos.
Don José, el cura, que era un gran santo, le dio buenos consejos y le
deseó los mayores éxitos. A la legua se advertía que don José tenía pena por
perderle. Y Daniel, el Mochuelo, recordó su sermón del día de la Virgen. Don
José, el cura, dijo entonces que cada cual tenía un camino marcado en la vida y
que se podía renegar de ese camino por ambición y sensualidad y que un mendigo
podía ser más rico que un millonario en su palacio, cargado de mármoles y
criados.
Al recordar esto, Daniel, el Mochuelo, pensó que él renegaba de su
camino por la ambición de su padre. Y contuvo un estremecimiento. Le anegó la
tristeza al pensar que a lo mejor, a su vuelta, don José ya no estaría en el
confesionario ni podría llamarle "gitanón", sino en una hornacina de
la parroquia, convertido en un santo de corona y peana. Pero, en ese caso, su
cuerpo corrupto se pudriría junto al de Germán, el Tiñoso, en el pequeño
cementerio de los dos cipreses rayanos a la iglesia. Y miró a don José con
insistencia, agobiado por la sensación de que no volvería a verle hablar,
accionar, enfilar sus ojillos pitañosos y agudos.
Y, al pasar por la
finca del Indiano, quiso ponerse triste al pensar en la Mica, que iba a casarse
uno de aquellos días, en la ciudad. Pero no sintió
pesadumbre por no poder ver a la
Mica, sino por la necesidad de abandonar el valle sin que la Mica le viese y le
compadeciese y pensase que era desgraciado.
El Moñigo no había querido despedirse porque Roque bajaría a la estación
a la mañana siguiente. Le abrazaría en último extremo y vigilaría si sabía ser
hombre hasta el fin. Con frecuencia le había advertido el Moñigo:
—Al marcharte no
debes llorar. Un hombre no debe llorar aunque se le muera su padre entre
horribles dolores.
Daniel, el Mochuelo, recordaba con nostalgia su última noche en el
valle. Dio media vuelta en la cama y de nuevo atisbó la cresta del Pico Rando
iluminada por los primeros rayos del Sol. Se le estremecieron las aletillas de
la nariz al percibir una vaharada intensa a hierba húmeda y a boñiga. De
repente, se sobresaltó. Aún no se sentía movimiento en el valle y, sin embargo,
acababa de oír una voz humana. Escuchó. La voz le llegó de nuevo,
intencionadamente amortiguada:
—¡Mochuelo!
Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la carretera. Allí abajo,
sobre el asfalto, con una cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca—uca. Le
brillaban los ojos de una manera extraña.
—Mochuelo, ¿sabes?
Voy a La Cullera a por la leche.
No te podré decir
adiós en la estación.
Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y dulce de la niña, notó
que algo muy íntimo se le desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear
la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus trenzas brillaban al sol.
—Adiós, Uca—uca
—dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados.
—Mochuelo, ¿te
acordarás de mí?
Daniel apoyó los
codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha
vergüenza decir aquello, pero era ésta su última oportunidad.
—Uca—uca... —dijo,
al fin—. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? ¡No quiero
que te las quite!
Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y
no quería que la Uca—uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una
sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor
le había marcado. Y lloró, al fin.
Fin

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