© Libro N° 13834. Por Siempre Y
Gomorra. Delany, Samuel
R. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © Por Siempre Y Gomorra. Samuel R.
Delany
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Original: © Por Siempre Y
Gomorra. Samuel R. Delany
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Samuel R. Delanyt
Por Siempre Y
Gomorra
Samuel R. Delany
POR SIEMPRE Y
GOMORRA
SAMUEL R. DELANY
Y descendimos en París:
Donde recorrimos la
calle Médicis con Bo, Lou y Muse dentro de la verja, Kelly y yo fuera,
haciéndonos muecas entre los barrotes, haciendo ruidos, haciendo rugir los
Jardines de Luxemburgo a las dos de la madrugada. Luego saltamos la verja y
bajamos hasta la plaza frente a Saint-Sulpice, donde Bo intentó echarme a la
fuente.
En cuyo momento
Kelly observó lo que ocurría a nuestro alrededor, tomó la tapa de un cubo de
basura, y corrió hacia los urinarios, golpeando sus paredes. Cinco muchachos
salieron precipitadamente; ni siquiera los urinarios más grandes pueden
albergar a más de cuatro.
Un chico realmente rubio apoyó su
mano sobre mi brazo y me sonrió.
—¿No crees, espaciano, que tu...
gente debería irse?
Miré su mano sobre mi uniforme azul.
—¿Est-ce que tu es un frelk?
Alzó las cejas, luego agitó la
cabeza.
—Une frelk —corrigió—.
No, no lo soy. Desgraciadamente para mí. Tienes aspecto de haber sido un hombre
alguna vez. Pero ahora... —Sonrió—. Ahora no tienes nada para mí. La policía.
—Señaló con la cabeza al otro lado de la calle, donde observé por primera vez la
gendarmería—. A nosotros no nos molestarán. Pero ustedes son extranjeros...
Pero Muse estaba ya gritando:
—¡Eh, vengan! Larguémonos de aquí.
Y nos fuimos. Hacia arriba de nuevo.
Y bajamos otra vez en Houston:
—¡Maldita sea!
—dijo Muse—. Control de Vuelo Géminis... ¿Quieren decir que ahí es donde empezó
todo? ¡Larguémonos fuera de aquí, por favor!
De modo que tomamos un autobús hasta
Pasadena, y de allí la monolínea hasta Galveston; íbamos a bajar hasta el
golfo, pero Lou encontró a una pareja con una camioneta...
—Encantados de
llevarlos, espacianos. La gente de ahí arriba en sus planetas y cosas, haciendo
todo ese buen trabajo para el gobierno.
... que se dirigían
hacia el sur, ellos y el bebé, de modo que subimos a la parte de atrás durante
cuatrocientos kilómetros de sol y viento.
—¿Creen que son
frelks? —preguntó Lou, dándome con el codo—. Apostaría a que son frelks.
Están simplemente esperando a
echarnos el anzuelo.
—No digas tonterías. Tienen el aire
encantador y estúpido de un par de chicos campesinos.
—¡Eso no quiere decir que no sean
frelks!
—Tú no confías en nadie, ¿verdad?
—No.
Y finalmente un
autobús de nuevo, que nos llevó a sacudidas cruzando Brownsville y la frontera
hasta Matamoros, donde bajamos con rodillas temblorosas al polvo y al ardiente
atardecer, con un montón de mexicanos y pollos y pescadores de langostinos del
Golfo de Texas —que olían aún peor—, y nosotros fuimos quienes
gritamos más fuerte. Cuarenta y tres prostitutas —las conté— se habían
preparado para los langostineros, y para cuando rompimos dos de las ventanas de
la estación de autobuses ya estaban todos riendo. Los langostineros decían que
no iban a pagarnos nada de comida, pero que nos emborracharían hasta las orejas
si queríamos, porque ésa era la costumbre con los langostineros. Pero nosotros
gritamos y rompimos otra ventana; luego, mientras yo estaba tendido de espaldas
en los escalones de entrada de la oficina de telégrafos, cantando, una mujer de
labios oscuros se inclinó sobre mí y puso sus manos sobre mis mejillas.
—Eres muy guapo.
—Su densa mata de pelo cayó hacia delante—. Pero los hombres están todos por
ahí observándote. Y eso les hace perder tiempo. Por desgracia, su tiempo es
nuestro dinero. Espaciano, ¿no crees que... tu gente debería irse?
Sujeté su muñeca.
—¡Usted! —susurré en español—.
¿Usted es una frelka?
—Frelko en
español. —Sonrió y palmeó el broche en forma de sol que colgaba de la
hebilla de mi cinturón—. Lo siento. Pero tú no tienes nada que... pueda
servirme a mí. Es una lástima, porque parece como si alguna vez hubieras sido
una mujer, ¿no? Y a mí me gustan las mujeres también...
Me aparté del porche.
—¡Esto es un aburrimiento, un
completo aburrimiento! —estaba gritando Muse—. ¡Vamos!
¡Vámonos!
Conseguimos estar de vuelta en
Houston antes del amanecer, no sé cómo. Y subimos.
Aquella mañana llovía en Estambul:
En la cantina
bebimos nuestro té en vasos en forma de pera, mirando afuera al otro lado del
Bósforo. Las Islas Príncipes parecían montones de basura ante la ciudad llena
de agujas.
—¿Quién sabe su camino en esta
ciudad? —preguntó Kelly.
—¿No vamos a ir juntos? —dijo Muse—.
Creía que íbamos a ir todos juntos.
—Han retenido mi
cheque en la oficina del sobrecargo —explicó Kelly—. Estoy hecho polvo. Creo
que el sobrecargo me tiene manía. —Se alzó de hombros—. No me apetece en lo más
mínimo,
pero voy a pescar a
algún frelk rico y hacerme amigo suyo. —Volvió a su té; luego observó el pesado
silencio que se había hecho—. ¡Oh, vamos! Me están mirando como si fuera a
romperles cada uno de los huesos de vuestro cuerpo tan-cuidadosamente-condicionados-desde-la-pubertad.
¡Eh, tú! —dijo, dirigiéndose a mí—. ¡No me mires con esa cara de santurrón como
si nunca hubieras ido con un frelk!
Ya empezaba.
—No te estoy mirando con ninguna cara
—dije, irritándome tranquilamente.
El deseo, el viejo deseo.
Bo se echó a reír para romper la
tensión.
—Miren, la última
vez que estuve en Estambul, un año antes de unirme a esta compañía, recuerdo
que salimos de la Plaza Taksim para bajar al Istiqlal. Justo pasados todos esos
cines baratos encontramos un pasaje pequeño bordeado de flores. Frente a nosotros
había otros dos espacianos. Hay un mercado allí dentro, y más abajo venden
pescado; luego hay un patio con naranjas y caramelos y erizos de mar y coles.
Pero sobre todo flores. De todos modos, observamos algo curioso en aquellos
espacianos. No eran sus uniformes: eran perfectos. El corte de pelo: correcto.
No fue hasta que los oímos hablar... Eran un hombre y una mujer vestidos como
espacianos, ¡intentando pescar frelks! ¡Imaginen, vaya plan para los frelks!
—Sí —dijo Lou—. Ya he oído eso antes.
Hay montones de ellos en Río.
—Les dimos una
buena paliza a aquellos dos —concluyó Bo—. Los llevamos a una calle lateral y,
¡cómo nos lo pasamos!
El vaso de té de Muse chasqueó contra
la superficie de la mesa.
—¿Desde Taksim
bajando hasta el Istiqlal hasta que encuentras las flores? ¿Por qué no nos
dijiste que era allí donde estaban los frelks, eh?
Una sonrisa en el rostro de Kelly
hubiera arreglado las cosas. Pero no hubo ninguna sonrisa.
—Demonios —dijo
Lou—, nadie ha tenido que decirme nunca dónde mirar. Salgo a la calle, y los
frelks me huelen llegar. Los distingo a medio camino de Piccadilly. ¿No tienen
nada más que té en este lugar? ¿Dónde podemos tomar una copa?
Bo sonrió.
—Es un país
musulmán, ¿recuerdas? Pero abajo, al final del Pasaje de las Flores, hay un
montón de bares pequeños con pequeñas puertas verdes y mostradores de mármol
donde puedes conseguir un litro de cerveza por unos quince centavos en liras. Y
están también todos esos puestos donde venden pescado frito y bocadillos de
tripa de cerdo...
—¿Nunca han
observado la cantidad que pueden meterse dentro los frelks? Alcohol, quiero
decir..., no tripas de cerdo.
Y nos lanzamos a
contar un montón de apasionantes historias. Terminamos con aquella acerca del
frelk al que un espaciano intentaba enrollar y que declaró: «Hay dos cosas que
me gustan. Una son los espacianos; la otra, una buena pelea...»
Pero lo único que
hacen es calmar. No curan nada. Ahora incluso Muse sabía que cada uno iba a
pasar el día por su lado.
La lluvia había
cesado, así que tomamos el transbordador para el Cuerno de Oro. Kelly preguntó
inmediatamente el camino de la plaza Taksim y el Istiqlal, y le aconsejaron que
tomara un dolmush, lo cual descubrió que era un taxi, excepto que tan sólo va a
un lugar y recoge montones y montones de gente por el camino. Y es barato.
Lou se dirigió al
puente Ataturk para ver la Ciudad Nueva. Bo decidió ir a ver lo que era
realmente el Dolma Boche; y cuando Muse descubrió que uno podía ir hasta Asia
por quince centavos —una lira y cincuenta krush—, bien, Muse decidió ir a Asia.
Yo me metí en la
confusión del tráfico a la entrada del puente, pasados los grises y chorreantes
muros de la Ciudad Vieja, bajo los cables del trolebús. Hay veces en las que
gritar y hacer tonterías no llena el vacío. Hay veces en las que uno debe
caminar por sí mismo porque duele mucho estar solo.
Caminé por un
montón de callejuelas con mulos empapados y camellos empapados y mujeres con
velos; y luego por un montón de grandes calles con autobuses y papeleras y
hombres con trajes de negocios.
Alguna gente mira a
los espacianos; otra no. Alguna gente mira o no mira de una forma que un
espaciano aprende a reconocer una semana después de haber salido de la escuela
de entrenamiento a los dieciséis años. Yo estaba caminando por el parque cuando
noté que me miraban. Ella vio que yo me había dado cuenta y desvió su mirada.
Me acerqué
lentamente sobre el mojado asfalto. Estaba de pie bajo la arcada del pequeño y
vacío cascarón de una mezquita. Cuando pasé por su lado, ella salió al patio
entre los cañones.
—Disculpe.
Me detuve.
—¿Sabe usted si
éste es o no el santuario de Santa Irene? —Su inglés tenía un acento
encantador—. He dejado la guía en casa.
—Lo siento. Yo también soy turista.
—Oh. —Sonrió—. Soy griega. Pensé que
tal vez fuera usted turco por el tono oscuro de su piel.
—Piel roja norteamericano.
Hice una inclinación de cabeza. Ella
me la devolvió.
—Entiendo. Acabo de
entrar en la universidad, aquí en Estambul. Su uniforme me dice que es usted —y
en la pausa, todas las especulaciones resueltas— un espaciano.
Me sentía incómodo.
—Sí. —Me metí las
manos en los bolsillos, agité un poco mis pies sobre la suela de mis botas, me
chupé el tercer molar izquierdo empezando por detrás..., hice todas esas cosas
que hace uno cuando se siente incómodo. «Eres tan excitante cuando te pones así»,
me dijo en una ocasión un
frelk—. Sí, lo soy
—dije demasiado secamente, con voz demasiado fuerte, y ella se sobresaltó un
poco.
Así que ella sabía
que yo sabía que ella sabía que yo sabía; me pregunté cómo íbamos a jugar al
juego Proust.
—Soy turca —dijo
ella—. No griega. Y no empiezo la universidad. Me he graduado en historia del
arte aquí en la universidad. Esas pequeñas mentiras que una inventa frente a
los extraños para proteger su ego... ¿Por qué? A veces pienso que mi ego es muy
pequeño.
Es una estrategia.
—¿Vive muy lejos de aquí? —pregunté—.
¿Y cuál es la tarifa en liras turcas?
—No puedo pagarle.
—Apretó su impermeable en torno a sus caderas. Era muy hermosa—. Me gustaría.
—Se alzó de hombros y sonrió—. Pero soy..., una pobre estudiante. No una rica.
Si desea usted irse ahora mismo, no se lo reprocharé. Pero me quedaré triste.
Me quedé. Pensé que ella iba a
sugerir un precio al cabo de un rato. No lo hizo.
Me estaba
preguntando «¿Y qué demonios piensas hacer con ese maldito dinero, de todos
modos?», cuando un soplo de viento nos arrojó agua de uno de los grandes
cipreses del parque.
—Creo que todo esto
es triste. —Se secó unas gotas del rostro. Su voz se había roto por un momento,
y por un momento miré los rastros de las gotas de agua demasiado cerca—. Creo
que es triste que hayan tenido que alterarle para hacer de usted un espaciano.
Si no lo hubieran hecho, entonces nosotros... Si los espacianos no hubieran
existido, entonces nosotros no hubiéramos podido..., ser como somos. ¿Al
principio era usted masculino o femenino?
Una nueva ducha. Yo miraba al suelo,
y las gotas se metieron por mi cuello.
—Masculino —dije—. No tiene
importancia.
—¿Cuántos años tiene? ¿Veintitrés,
veinticuatro?
—Veintitrés —mentí.
Es un reflejo. Tengo veinticinco,
pero cuanto más joven creen que eres, más te pagan. Pero yo no deseaba su
maldito dinero...
—Entonces he
calculado bien —asintió—. La mayoría de nosotros somos expertos en espacianos.
¿No se ha dado cuenta? Supongo que tenemos que serlo. —Me miró con unos enormes
ojos negros. Al final de su mirada, parpadeó rápidamente—. Debió ser usted un
hombre muy apuesto. Pero ahora es usted un espaciano, construyendo unidades de
conservación del agua en Marte, programando computadoras de prospección minera
en Ganímedes, ocupándose de las torres repetidoras de comunicaciones en la
Luna. La alteración... —Los frelks son las únicas personas a las que he oído
decir «la alteración» con tanta fascinación y lástima—. Creo que hubieran
podido hallar alguna otra solución. Que podrían haber hallado otro medio
distinto a neutralizarles, convirtiéndoles en criaturas ni siquiera andróginas;
cosas que son...
Puse mi mano en su
hombro, y ella se detuvo como si la hubiera golpeado. Miró si había alguien
cerca. Entonces, ligeramente, muy ligeramente, alzó su mano hacia la mía.
—¿Que son qué?
—Podrían haber hallado otra forma.
Sus dos manos estaban en los
bolsillos ahora.
—Hubieran podido.
Sí. Allá arriba, más allá de la ionosfera, muchacha, hay demasiadas radiaciones
para esas preciosas gónadas, si hay que trabajar en algo que te obliga a
permanecer allí veinticuatro horas al día, como en la Luna, o Marte, o los
satélites de Júpiter...
—Hubieran podido fabricar escudos
protectores. Hubieran podido efectuar más investigaciones en adaptación
biológica...
—La era de la
Explosión Demográfica —dije—. No, estaban buscando una excusa para cortar la
producción de niños aquí abajo..., especialmente los malformados.
—Oh, sí. Aún
seguimos luchando para librarnos de la reacción neopuritana de la libertad
sexual del siglo veinte.
—Fue una excelente
solución. —Sonreí, y me di unas palmadas en la entrepierna—. Estoy contento con
ella.
Nunca he sabido por qué ese gesto es
mucho más obsceno cuando lo hace un espaciano.
—Ya basta —estalló ella, apartándose.
—¿Qué le ocurre?
—Ya basta —repitió—. ¡No lo haga! Es
usted un niño.
—Pero ellos nos han
elegido entre los niños cuyas respuestas sexuales eran irreversiblemente
retardadas en la pubertad.
—¿Y sus infantiles
y violentos sustitutos del amor? Supongo que ésa es una de las cosas que
consideran más atractivas. Sí, sé que es usted un niño.
—¿De veras? ¿Y qué hay de los frelks?
Pensó un instante.
—Creo que son los
retardados sexuales que han sido olvidados. Quizá fuera la solución correcta.
¿Realmente no lamenta no tener sexo?
—Los tenemos a ustedes —dije.
—Sí. —Bajó la
vista. Miré para ver la expresión que estaba ocultando. Era una sonrisa—.
Tienen ustedes su gloriosa y exultante vida, y nos tienen a nosotros. —Volvió a
alzar el rostro. Resplandecía—. Giran ustedes en el cielo, el mundo gira bajo
ustedes, y saltan de país en país, mientras nosotros... —Volvió la cabeza a la
derecha, luego a la izquierda, y su negro cabello se enroscó y se desenroscó en
el cuello de su impermeable—. Nosotros tenemos nuestras vidas tristes,
cerradas, atadas a la gravedad, ¡adorándoles!
—Pervertidos, ¿no?
¡Enamorados de una pandilla de cadáveres en caída libre! —Repentinamente,
hundió los hombros—. No me gusta tener un complejo de
desplazamiento-sexual-en-caída-libre.
—Eso siempre me ha sonado muy fuerte.
Apartó la mirada.
—No me gusta ser un frelk. ¿Es mejor
así?
—Tampoco me gustaría a mí. Sea otra
cosa.
—Uno no elige sus
perversiones. Usted no tiene perversiones. Usted está libre de todo eso. Le amo
por eso, espaciano. Mi amor empieza con el miedo al amor. ¿No es eso
maravilloso? Un pervertido sustituye algo inalcanzable para el amor «normal»:
el homosexual, un espejo, el fetichista, un zapato, un reloj o un cinturón.
Aquellos que sufren un complejo de desplazamiento-sexual-en...
—Frelks —la corregí.
—Los frelks sustituyen —me miró de
nuevo intensamente— la carne fláccida y colgante.
—Eso no me ofende.
—Lo hubiera preferido.
—¿Por qué?
—Usted no tiene deseos. No lo
comprendería.
—Inténtelo.
—Le deseo porque
usted no puede desearme. Eso es el placer. Si alguien tuviera realmente una
reacción sexual ante... nosotros, nos sentiríamos aterrados. Me pregunto cuánta
gente había antes que ustedes, aguardando su creación. Somos necrófilos. Estoy
segura que ya no se violan más tumbas desde que ustedes aparecieron. Pero no
comprenden... —Hizo una pausa—. Si lo hicieran, entonces yo no estaría ahora
aquí removiendo las hojas con la punta del pie e intentando pensar dónde podría
conseguir sesenta liras. —Apoyó un pie sobre la protuberancia de una raíz que
había roto el pavimento—. Incidentalmente, ésa es la tarifa en Estambul.
Calculé.
—Las cosas no son más baratas a
medida que uno va hacia el este.
—Ya sabe —dijo, y dejó que su
impermeable se abriera—, usted es diferente de los demás. Usted al menos desea
saber...
—Si escupiera sobre usted por cada
vez que le ha dicho eso a un espaciano, se ahogaría.
—Vuelva a la Luna,
trozo de carne fláccida. —Cerró los ojos—. Cuélguese en Marte. Hay satélites en
Júpiter donde podría hacer algo bueno. Vuelva arriba y descienda sobre alguna
otra ciudad.
—¿Quiere venir conmigo?
—Deme algo —dije—.
Deme algo...; no es necesario que valga sesenta liras. Deme algo que usted
aprecie, algo suyo que signifique algo para usted.
—¡No!
—¿Por qué no?
—Porque yo...
—... no desea tener que entregar
parte de ese ego. ¡Ninguno de ustedes, frelks, lo desea!
—¿No comprende realmente que no deseo
comprarle?
—No tiene nada con que comprarme.
—Es usted un chiquillo —dijo ella—.
Le quiero.
Llegamos a la
puerta del parque. Ella se detuvo y permanecimos allí lo suficiente como para
que una brisa se levantara y muriera en el césped.
—Yo... —ofreció
tentativamente, señalando sin sacar las manos de los bolsillos de su
impermeable—. Vivo ahí abajo.
—Está bien —dije—. Vamos.
Un conducto de gas
había estallado en una ocasión en aquella calle, me explicó, un chorro de
llamas siguiendo la calle hasta los almacenes del fondo, demasiado rápido y
demasiado ardiente. Había sido dominado en unos pocos minutos, ninguna casa se
había derrumbado, pero las fachadas ennegrecidas relucían.
—Es una especie de
barrio de artistas y estudiantes. —Cruzamos los adoquines—. Yuri Pasha, número
catorce. En caso que vuelva usted alguna vez a Estambul.
La puerta estaba cubierta de
escamosidades negras; la alcantarilla, llena de basura.
—Muchos artistas y gente profesional
son frelks —dije, intentando parecer estúpido.
—Y también montones
de otra gente. —Entró y sujetó la puerta—. Sólo que nosotros no somos tan
discretos.
En el vestíbulo había un retrato de
Ataturk. Su habitación estaba en el segundo piso.
—Un momento, mientras busco la
llave...
¡Paisajes de Marte!
¡Paisajes de la Luna! ¡En la cabecera de su cama había un cuadro de dos metros
mostrando un amanecer desde un cráter! Había reproducciones de las fotos
originales de la
Luna realizadas por
el Observer, clavadas con chinchetas en las paredes, y fotos de
todos los generales de mirada impávida del Cuerpo Espaciano Internacional.
En una esquina de
su escritorio había un montón de esas fotonovelas sobre espacianos que uno
puede encontrar en todos los quioscos del mundo: he oído a gente decir
seriamente que son publicadas para los niños de las escuelas superiores de
espíritu aventurero. Nunca había visto las danesas. Ella tenía unas pocas
también. Había una estantería con libros de arte, textos de historia del arte.
Sobre ellos había gran cantidad de aventuras espaciales impresas en papel
barato: Vicio en la Estación Espacial N° 12, Cohete
Explorador, Órbita Salvaje.
—¿Raque, ouzo o
pernod? —preguntó—. Puedes elegir. Pero es posible que todos salgan de la misma
botella.
Sacó unos vasos del
escritorio, luego abrió un pequeño mueble que resultó ser una nevera. Sacó una
bandeja de cosas: pasteles de frutas, delicias turcas, carnes braseadas.
—¿Qué es eso?
—Dolmades. Hojas de vid rellenas con
arroz y piñones.
—Repítalo.
—Dolmades. Procede
de la misma palabra turca que dolmush. Ambas significan relleno.
—Puso la bandeja junto a los vasos—. Siéntese.
Me senté en el sofá
cama. Bajo el brocado sentí la profunda y fluida elasticidad de un colchón de
glycogel. Tienen la idea que eso se aproxima a la sensación de caída libre.
—¿Está cómodo?...
¿Me disculpa un momento? Tengo algunos amigos al otro lado del descansillo.
Desearía decirles algo. —Me guiñó un ojo—. Les gustan los espacianos.
—¿Va a hacer una
colecta para mí? —pregunté—. ¿O desea que hagan cola al otro lado de la puerta
y aguarden su turno?
Inspiró profundamente.
—En realidad iba a
sugerir ambas cosas. —De pronto meneó la cabeza—. Oh, ¿qué es lo que quiere?
—¿Qué me dará
usted? Quiero algo —dije—. Por eso vine; me siento solo. Quizá desee descubrir
hasta dónde llega esto. Aún no lo sé.
—Llegará tan lejos
como usted quiera. En cuanto a mí..., estudio, leo, pinto, hablo con mis
amigos... —Se acercó a la cama, se sentó en el suelo—. Voy al teatro, miro a
los espacianos que se cruzan conmigo por la calle hasta que uno me devuelve la
mirada; yo también estoy sola. —Puso una mano sobre mi rodilla—. Deseo algo.
—Al cabo de un minuto ninguno de los dos se había movido—. Pero no es usted
quien puede dármelo.
—No va a pagarme por ello —respondí
yo—. No va a hacerlo, ¿verdad?
Su cabeza tembló en mi rodilla. Tras
un instante dijo en un susurro, casi sin voz:
—¿No cree que...
debería irse?
—De acuerdo —dije, y me puse en pie.
Ella permanecía sentada sobre el
borde de su impermeable. Aún no se lo había quitado.
Me dirigí a la puerta.
—Incidentalmente —cruzó las manos
sobre su regazo—, hay un lugar donde quizás encuentre lo que está buscando; se
llama el Pasaje de las Flores...
Me volví hacia ella, furioso.
—¿El punto de cita de los frelks?
Escuche, ¡no necesito dinero! ¡Dije que cualquier cosa serviría! No deseo...
Ella había empezado
a menear la cabeza, sonriendo suavemente. Luego apoyó su mejilla en las arrugas
del lugar donde yo había estado sentado.
—¿Persiste usted en
no querer comprender? Es un lugar de citas de espacianos. Cuando usted se vaya,
iré a visitar a mis amigos y hablaremos de..., oh, sí, del apuesto espaciano
que se nos ha escapado. Pensé que tal vez hallaría usted..., a alguien a quien
conozca.
Con rabia, todo terminó.
—Oh —dije—. Oh, es un lugar de
reunión de espacianos. Sí. Bien, gracias.
Y salí. Y encontré
el Pasaje de las Flores, y a Kelly, Lou, Bo y Muse. Kelly estaba comprando
cerveza a fin que todos pudiéramos emborracharnos, y comimos pescado frito y
almejas fritas y salchichas fritas, y Kelly estaba agitando su dinero por todos
lados y diciendo:
—¡Deberían haberlo
visto! ¡Los cambios por los que hice pasar a ese frelk, deberían haberlo visto!
Ochenta liras es la tarifa aquí, ¡y me dio ciento cincuenta! —Y bebimos más
cerveza.
Y subimos.
F I N

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