© Libro N° 13823. Cartas. De La Cruz,
Sor Juana Inés. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: ©
Cartas. Sor Juana Inés De La Cruz
Versión Original: © Cartas.
Sor Juana Inés De La Cruz
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://ieee.unsl.edu.ar/librosgratis/gratis/cartasjuana.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de
difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/6a/01/23/6a012324dccbb7ec2e5d755981093f81.jpg
Portada E.O.
de Imagen original:
https://assets.lectulandia.com/b/Sor%20Juana%20Ines%20de%20la%20Cruz/Cartas%20(3146)/big.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CARTAS
Sor Juana Inés De La Cruz
Cartas
Sor Juana Inés De La Cruz
SOR JUANA INES DE
LA CRUZ
CARTAS
En el siglo, Juana
Ramírez de Asbaje (San Miguel de Nepantla, 1651 - México, 1695), la Décima
Musa, autora de ingeniosidades como ésta:
Cuál sea mejor,
amar o aborrecer.
Al que ingrato me
deja, busco amante; al que amante me sigue, dejo ingrata; constante adoro a
quien mi amor maltrata; maltrato a quien mi amor busca constante. Al que trato
de amor, hallo diamante
y soy diamante al
que de amor me trata; triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me
quiere ver triunfante.
Si a éste pago,
padece mi deseo;
si ruego a aquél,
mi pundonor enojo: de entrambos modos infeliz me veo. Pero yo por mejor partido
escojo
de quien no quiero,
ser violento empleo, que de quien no me quiere, vil despojo.
CARTA ATENAGÓRICA
Carta de la Madre
Juana Inés de la Cruz, religiosa del convento de San Jerónimo de la ciudad de
Méjico, en que hace juicio de un sermón del Mandato que predicó el
Reverendísimo P. Antonio de Vie-yra, de la Compañía de Jesús, en el Colegio de
Lisboa.
Muy Señor Mío: De
las bachillerías de una conversación, que en la merced que V. md. me hace
pasaron plaza de vivezas, nació en V. md. el deseo de ver por escrito algunos
discursos que allí hice de re-pente sobre los sermones de un excelente orador,
alabando algunas veces sus fundamentos, otras disintiendo, y siempre
admirándome de su sinigual ingenio, que aun sobresale más en lo segundo que en
lo primero, porque sobre sólidas basas no es tanto de admirar la hermosu-ra de
una fábrica, como la de la que sobre flacos fundamentos se os-tenta lucida,
cuales son algunas de las proposiciones de este sutilísimo talento, que es tal
su suavidad, su viveza y energía, que al mismo que disiente, enamora con la
belleza de la oración, suspende con la dulzura y hechiza con la gracia, y
eleva, admira y encanta con el todo.
De esto hablamos, y
V. md. gustó (como ya dije) ver esto escrito; y porque conozca que le obedezco
en lo más difícil, no sólo de parte del entendimiento en asunto tan arduo como
notar proposiciones de tan gran sujeto, sino de parte de mi genio, repugnante a
todo lo que parece impugnar a nadie, lo hago; aunque modificado este
inconveniente, en que así de lo uno como de lo otro, será V. md. solo el
testigo, en quien la propia autoridad de su precepto honestará los errores de
mi obedien-cia, que a otros ojos pareciera desproporcionada soberbia, y más
ca-yendo en sexo tan desacreditado en materia de letras con la común acepción
de todo el mundo.
Y para que V. md.
vea cuán purificado va de toda pasión mi sen-tir, propongo tres razones que en
este insigne varón concurren de espe-cial amor y reverencia mía. La primera es
el cordialísimo y filial cariño a su Sagrada Religión, de quien, en el afecto,
no soy menos hija que
4
En cuya suposición,
digo que esto no es replicar, sino referir sim-plemente mi sentir; y éste, tan
ajeno de creer de sí lo que del suyo pensó dicho orador diciendo que nadie le
adelantaría (proposición en que habló más su nación, que su profesión y entendimiento),
que desde luego llevo pensado y creído que cualquiera adelantará mis discursos
con infinitos grados.
Y no puedo dejar de
decir que a éste, que parece atrevimiento, abrió él mismo camino, y holló él
primero las intactas sendas, dejando no sólo ejemplificadas, pero fáciles las
menores osadías, a vista de su mayor arrojo. Pues si sintió vigor en su pluma para
adelantar en uno de sus sermones (que será solo el asunto de este papel) tres
plumas, sobre doctas, canonizadas, ¿qué mucho que haya quien intente adelantar
la suya, no ya canonizada, aunque tan docta? Si hay un Tulio moderno que se
atreva a adelantar a un Augustino, a un Tomás y a un Crisósto-mo, ¿qué mucho
que haya quien ose responder a este Tulio? Si hay quien ose combatir en el
ingenio con tres más que hombres, ¿qué mu-cho es que haya quien haga cara a
uno, aunque tan grande hombre? Y más si se acompaña y ampara de aquellos tres
gigantes, pues mi asunto es defender las razones de los tres Santos Padres. Mal
dije. Mi asunto es defenderme con las razones de los tres Santos Padres. (Ahora
creo que acerté.)
Y entrando en él,
digo que seguiré en la respuesta el método mis-mo que siguió el orador en el
sermón citado, que es del Mandato; y es en esta forma:
Habla de las
finezas de Cristo en el fin de su vida: in finem dilexit 5
La opinión primera
es de Augustino, que siente que la mayor fi-neza de Cristo fue morir,
probándolo con el texto: Maiorem hac dilec-tionem nemo habet, ut animam
suam ponat quis pro amicis suis. (Ioan. 15 cap. I.)
Dice este orador
que mayor fineza fue en Cristo ausentarse que morir. Pruébalo por discurso:
porque Cristo amaba más a los hombres que a su vida, pues da la vida por ellos;
luego más fineza es ausentarse que morir. Pruébalo con el texto de la
Magdalena, que llora en el Se-pulcro y no al pie de la Cruz; porque aquí ve a
Cristo muerto y allí ausente, y es mayor dolor la ausencia que la muerte.
Pruébalo más, con que Cristo no hace demostraciones de sentimiento en la Cruz
cuando muere: Inclinato capite emisit spiritum y las hace en
el Huerto, porque se aparta: factus in agonia, porque le es más
sensible la ausencia que la muerte. Pruébalo con que, pudiendo Cristo resucitar
al segundo ins-tante que murió y sacramentarse después de la Resurrección --que
lo primero era el remedio de la muerte y lo segundo de la ausencia--, dilata el
remedio de la muerte hasta el tercero día, y el de la ausencia no sólo no lo
dilata, sino que le anticipa, sacramentándose el día antes de morir; luego
siente más Cristo la ausencia que la muerte.
Prueba más. Dice
que Cristo murió una vez y se ausentó una vez; pero que a la muerte no le dio
más que un remedio, resucitando una vez, mas que a la ausencia le buscó
infinitos, sacramentándose. Y así, a la muerte dio una resurrección por
remedio; pero por una ausencia multiplica infinitas presencias. Luego siente
más la ausencia que la muerte. Dice más: que siente Cristo tanto más la
ausencia que la muerte, que --siendo así que el Sacramento de la Eucaristía, en
cuanto
6
Éstas son, en
substancia, sus razones y pruebas, aunque por no dilatarme las estrecho a la
tosquedad de mi estilo, en que no poco pier-den de su energía y viveza; y será
preciso hacerlo así en todos los dis-cursos, pues V. md. los podrá leer
despacio en el mismo autor a que me refiero, y esto no es más que unos
apuntamientos o reclamos para dar claridad a la respuesta, que es ésta:
Siento con San
Agustín que la mayor fineza de Cristo fue morir. Pruébase por discurso: porque
lo más apreciable en el hombre es la vida y la honra, y ambas cosas da Cristo
en su afrentosa muerte. En cuanto Dios, ya había hecho con el hombre finezas
dignas de su Omni-potencia, como fue el criarle, conservarle, etc.; pero en
cuanto hombre, no tiene más que poder dar, que la vida. Pruébase no sólo con el
texto: Maiorem hac dilectionem, etc., el cual se puede entender de
otros amo-res; sino con otros infinitos. Sea uno el en que Cristo dice que es
buen Pastor: Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suam dat pro
ovibus suis, donde Cristo habla de sí mismo y califica su fineza con su muerte.
Y siendo Cristo quien solo sabe cuál es la mayor de sus fine-zas, claro es que
cuando se pone a ejecutoriarlas Él mismo, a haber otra mayor, la dijera; y no
ostenta para prueba de su amor más que la pron-titud a la muerte. Luego es la
mayor de las finezas de Cristo.
Más. Dos términos
tiene una fineza que la pueden constituir en el ser de grande: el término a
quo, de quien la ejecuta, y el término ad quem, de quien la
logra. El primero hace grande una fineza, por el mucho costo que
tiene al amante; el segundo, por la mucha utilidad que trae al amado.
Hay muchas finezas
que tienen el un término, pero carecen del otro. Sea ejemplo de las primeras
Jacob sirviendo catorce años. ¡Oh qué trabajos! ¡Oh qué hielos! ¡Oh qué soles!
Gran fineza de parte de
7
Encarna el Verbo, y
mide por nuestro amor la inmensa distancia de Dios a hombre; muere, y mide la
limitada que hay de hombre a muerte. Y siendo así que aquélla es mayor
distancia, cuando nos repre senta sus finezas y nos recomienda su memoria, no
nos acuerda que encarnó y nos representa que murió: Hoc est Corpus
meum, quod pro vobis tradetur; hoc facite in meam commemorationem. Pues ¿no
nos podía decir Cristo: éste es mi Cuerpo, que por vuestro amor le
tomé y me hice hombre? No, que la Encarnación no le fue penosa, ni obró luego
nuestra redención; y quiere Cristo acordarnos su costo y nuestra utilidad, que
son los dos términos que hacen perfecta una fineza, y que sólo comprende su
Muerte, que es la mayor de sus finezas.
Porque la
Encarnación fue mayor maravilla, pero no fue tan gran-de fineza: pues en cuanto
a maravilla, mayor maravilla fue hacerse Dios hombre, que morir siendo hombre;
pero en cuanto a fineza, mayor costo le tuvo morir que encarnar, porque en
encarnar no perdió nada del ser de Dios cuando se hizo Cristo, y en morir dejó
de ser Cristo, desuniéndose el cuerpo del alma, de que se hacía Cristo. Luego
fue mayor fineza el morir.
Y parece que el
mismo Señor lo reguló así. Pruébase por discurso. Todos aquellos que se eligen
por medios para algún fin, se tienen por de menor aprecio que el fin a que se
dirigen. La Encarnación fue medio para la muerte, pues Cristo se hizo hombre
para morir por el hombre; conque fue mayor fineza morir que encarnar, aunque
sea mayor mara-
8
Compra Cristo (dice
el autor) cada presencia con una muerte en el Sacramento; yo entiendo que
compra la muerte con la presencia, pues tiene la presencia por acordarnos su
muerte: Quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis. Aquella
fineza que el amante desea que se imprima en la memoria del amado,
es la que tiene por mayor. Cristo dice: Acordaos de que morí; y no dice:
Acordaos de que os crié, de que encarné, de que me sacramenté, etc. Luego la
mayor es morir.
Confírmase esta
verdad. Aquella fineza que el amante ostenta y reitera más, tiene por la mayor.
Cristo reitera su muerte, y no otra. Luego ésta fue la mayor. Y teniendo
infinitos beneficios que podernos acordar, sólo nos acuerda que murió. Luego
ésta es la mayor.
Más. Las demás
finezas de Cristo se refieren, pero no se repre-sentan. La muerte se refiere,
se recomienda y se representa. Luego no sólo es la mayor fineza, pero es
compendio de todas las finezas. Prué-bolo. Cristo en su muerte nos repite el
beneficio de la Creación, pues nos restituye con ella al primitivo ser de la
gracia. Cristo con su muerte nos reitera el de la Conservación, pues no sólo
nos conserva vida tem-poral, muriendo porque vivamos, sino que nos da su Carne
y Sangre por sustento. Cristo en su muerte nos reitera el beneficio de la
Encar-nación, pues uniéndose en la Encarnación a la carne purísima de su madre,
en la muerte se une a todos, derramando en todos su sangre. Sólo el Sacramento
parece que no se representa en la muerte: y es porque el Sacramento es la
representación de su muerte. Y esto mismo prueba ser la mayor fineza la muerte:
pues siendo tan grande fineza el Sacramento, es sólo representación de la
muerte.
Pues en verdad que
hasta ahora no hemos respondido al autor, si-no sólo defendido el sentir de
Augustino, de que la mayor fineza de Cristo fue morir. Vamos a las razones del
autor, pues ya dejamos di-chos sus fundamentos. A que, desde luego, le
concedemos que Cristo amó más a los hombres que a su vida, pues la dio por
ellos. Pero le
9
Vamos a lo primero
que es probar que Cristo no se ausentó. Sirva de prueba, al mío, su propio
argumento. Si dice que Cristo siente tanto el ausentarse y tan poco el morir,
que dilata el remedio de la muerte en la Resurrección hasta el tercero día y
anticipa el de la ausencia en el Sacramento, ¿por qué suda en el Huerto: factus
est sudor eius? ¿Por qué agoniza de congoja: factus in agonia?
¿Porque se ausenta, si queda ya presente Sacramentado en el Cenáculo? Y si
remedia la ausencia antes que llegue, ¿cuál ausencia es la que siente, ya
remediada? Luego la agonía no es de que se aparta quien deja ya asegurado el
que se queda. Luego, de todo esto, se infiere que el ausentarse no sólo no se
debe contar por la mayor fineza de Cristo, pero ni por fineza, pues nunca llegó
el caso de ejecutarla. Dice el autor que Cristo se va porque nos importa: Expedit
vobis ut ego vadam. Es verdad que se va, pero es falso que se ausenta. No
gastemos tiempo: ya sabemos la infinidad de sus presencias.
Probado el que
Cristo no se ausentó, no sirve la prueba de la Magdalena para esta conclusión,
pues sólo sirviera suponiendo el autor la ausencia que yo niego. Y mi argumento
es que la muerte de Cristo fue la mayor fineza de las finezas que obró: no de
la supuesta ausencia, que en ésa niego todo el supuesto y no hay relativo de
comparación entre lo que tiene ser y lo que no le tiene. Pero porque propuse
probar que no es la ausencia mayor dolor que la muerte, y por consiguiente, ni
mayor fineza, sino al contrario, será preciso responder a la prueba de la
Magdalena. Y así digo: que de llorar la Magdalena en el sepulcro y no llorar al
pie de la Cruz, no se infiere que sea mayor dolor el de la au-sencia que el de
la muerte; antes lo contrario.
Pruébolo. Cuando se
recibe algún grande pesar, acuden los espí-ritus vitales a socorrer la agonía
del corazón que desfallece; y esta retracción de espíritus ocasiona general
embargo y suspensión de todas las acciones y movimientos, hasta que,
moderándose el dolor, cobra el corazón alientos para su desahogo y exhala por el
llanto aquellos mis-mos espíritus que le congojan por confortarle, en señal de
que ya no
10
Pruébase con que
este mismo efecto suele ocasionar un gozo; lue-go no son indicio de muy grave
dolor las lágrimas, pues es un signo tan común, que indiferentemente sirven al
pesar y al gusto.
A dos hombres
gradúa Cristo con el dulce título de amigos. El uno es Lázaro: Lazarus
amicus noster dormit. El otro es Judas: Amice, ad quid venisti?
Suceden, a los dos, dos infortunios: muere Lázaro muerte temporal;
muere Judas muerte temporal y eterna. Bien claro se ve que ésta sería más
sensible para Cristo; y vemos que llora por Lázaro: la-crymatus est
Iesus, y no llora por Judas: porque aquí el mayor dolor embargó
al llanto, y allí el menor le permitía.
La Reina de los
Dolores para serlo también de los méritos, se ha-lla al doloroso espectáculo de
la muerte de su Unigénito; y cuando lloran con tan distante conocimiento las
hijas de Sión, no llora la tras-pasada Madre: Stantem video, flentem
non video. Porque el inferior dolor, llora; el supremo, suspende y no deja
llorar.
Dentro del mismo
caso de la Magdalena hallaremos otra prueba. No hay duda que la Magdalena amó
mucho a Cristo; el mismo Señor lo testifica: Remittuntur ei peccata
multa, quia dilexit multum. Pues sien-do este amor tan meritorio, claro
está que sería perfecto; y el perfecto, claro está que es amar a Dios sobre
todas las cosas. Luego amaba la Magdalena más a Cristo que a Lázaro su hermano.
Pues ¿cómo llora en la muerte de su hermano: ut vidit eam Iesus flentem,
etc., y no llora en la muerte de Cristo? Es porque tuvo menor dolor en la
muerte de Láza-ro que en la muerte de su Maestro. Luego se prueba ser mayor
dolor el que no deja llorar, que el que llora.
Pruébolo más. ¿Qué
dolor hay en la ausencia, sino una carencia de la vista de lo que se ama? Pues
éste, claro está que le tiene la muerte más circunstanciado: porque la ausencia
trae una carencia limitada; la muerte, una carencia perpetua. Luego es mayor
dolor el de la muerte que el de la ausencia, pues es una mayor ausencia.
11
Vamos al segundo
sentir, que es de Santo Tomás. Dice este An-gélico Doctor que la mayor fineza
de Cristo fue el quedarse con noso-tros Sacramentado, cuando se partía a su
Padre glorioso. (Ajustadme esto con aquella tan ponderada ausencia del discurso
pasado.) Vamos al caso.
Dice este
sutilísimo ingenio, que no fue la mayor fineza de Cristo sacramentarse, sino
quedar en el Sacramento sin uso de sentidos. Prué-balo con el lugar de Absalón,
cuando vuelto de Gesur a la Corte y no enteramente reducido a la gracia de
David, quería más la muerte que tan penosa ausencia. Allá verá V. md. en el
sermón lo elegante de esta prueba; que a mí me importa, primero, averiguar la
forma de este silo-gismo, y ver cómo arguye el Santo y cómo replica el autor.
El Santo dice:
Sacramentarse fue la mayor fineza de Cristo. Re-plica el autor: No fue, sino
quedar sin uso de sentidos en ese Sacra-mento. ¿Qué forma de argüir es ésta? El
Santo propone en género; el autor responde en especie. Luego no vale el
argumento. Si el Santo hablara de una de las especies infinitas de finezas que
se encierran en aquel erario riquísimo del Divino Amor debajo de los accidentes
de pan, fuera buena la oposición; pero si las comprende todas en la pala-bra
Sacramentarse, ¿cómo le responde oponiéndole una de las mismas finezas que el
Santo comprende?
Si uno dijese que
la más noble categoría era la de substancia, y otro le replicase que no, sino
el hombre, aunque para esto trajese muy elegantes pruebas (cuales son las que
trae el autor), ¿no diríamos que no servían, porque era sofístico el argumento
y pecaba en la forma, pues el hombre es especie del género substancia y está
comprendido debajo de ella? Claro está. Pues así juzgo yo éste, si no es que me
en-gaño: que bien podrá ser, pero lo que aseguro es que no será por pa-
12
Paréceme que
quitadas las primeras basas sobre que estribaba la proposición, cae en tierra
el edificio de las pruebas: que cuanto eran más fuertes, tanto son más prontas
al precipicio, saliendo flaco el fun-damento.
Ya pienso que he
satisfecho, en lo que toca a la defensa de Santo Tomás, cuya proposición abraza
y comprende todas las finezas Sacra-mentales. Pero si yo hubiera de argüir de
especie a especie con el autor dijera: que de las especies de fineza que Cristo
obró en el Sacramento, no es la mayor el estar sin uso de sentidos, sino estar
presente al desai-re de las ofensas.
Porque privarse del
uso de los sentidos, es sólo abstenerse de las delicias del amor, que es
tormento negativo; pero ponerse presente a las ofensas, es no sólo buscar el
positivo de los celos, pero (lo que más es) sufrir ultrajes en el respeto. Y es
ésta tanto mayor fineza que aqué-lla, cuanto va de un amor agraviado a un amor
reprimido; y lo que dista el dolor de un deleite que no se goza, a una ofensa
que se tolera, dista el de privarse de los sentidos al de hacer cara a los
agravios. No ver lo que da gusto, es dolor; pero mayor dolor es ver lo que da
disgusto.
Venden a José sus
hermanos en Egipto y privan a Jacob del de-leite de su vista. Atrévese Rubén a
violar el lecho de su padre. ¡Gran-des delitos ambos! Pero veamos los castigos
que Jacob les previene. A Rubén priva de la primogenitura, expresando por causal
el agravio; maldícele y quiere que no crezca: Effusus es sicut aqua,
non crescas; quia ascendisti cubile patris tui, et maculasti stratum eius.
¡Bien mere-cida pena a su culpa! Pero, veamos, ¿qué castigo asigna a los demás
por haber vendido a José? Ninguno; ni vuelve a hacer mención de tal cosa.
Pues ¿cómo? ¿Un
delito tan enorme se queda así? ¿Vender a su hermano, y a un hermano tal como
José, delicias y consuelo de Jacob y después amparo de todos? ¿Y esto se olvida
y a Rubén castigan? Sí, que en la venta de José privaron a Jacob sólo del
deleite de su amor; pero Rubén ofendió su amor y su respeto. Y es menos dolor
privarse
13
Vamos a la tercera,
que es de San Juan Crisóstomo. Dice el Santo: que la mayor fineza de Cristo fue
lavar los pies a los discípulos. Dice el autor: que no fue la mayor fineza
lavar los pies, sino la causa que le movió a lavarlos.
Otra tenemos, no
muy diferente de la pasada: aquélla, de especie a género; ésta, de efecto a
causa. ¡Válgame Dios! ¿Pudo pasarle por el pensamiento al divino Crisóstomo,
que Cristo obró tal cosa sin causa, y muy grande? Claro está que no pudo pensar
tal cosa. Antes no sólo una causa sino muchas causas manifiesta en tan
portentoso efecto como humillarse aquella Inmensa Majestad a los pies de los
hombres. Éste es el efecto; y con su energía, el Crisóstomo quiere que
infiramos de él lo grande de las causas, sin expresarlas, porque no pudo hallar
más viva expresión que referir tan humilde ministerio en tanta soberanía, como
diciendo: Mirad cómo nos amó Cristo, pues se humilló a lavarnos los pies; mirad
lo que deseó enseñarnos con su ejemplo, pues se abatió hasta lavarnos los pies;
mirad cuánto solicitó la conversión de Judas, pues llegó a lavarle los pies. Y
otras muchas más causas que el Evan-gelio expresa y muchas más que calla, y que
el Crisóstomo incluye en aquel: Lavó los pies a sus discípulos.
Pues si el motivo
de lavar los pies y la ejecución de lavarlos se han como causa y efecto, y la
causa y efecto son relativos, que aquí no pueden separarse, ¿dónde está esta
mayoría que el autor halla entre lavar y la causa de lavar, si sólo su
diferencia es ser generante la causa y el efecto engendrado? ¿Ni cuál es la
mayor fineza que da a lo que el Santo dice? Pues al fin se refunde en que
Cristo se abatió a los pies de Judas, cuyo corazón era trono de Satanás, y éste
es el efecto que el Santo pondera y expresa; y que la causa fue reducirle, y
ésta es la cau-sa, o una de las causas, que el Santo incluyó, refiriendo el
efecto, con más misteriosa ponderación que si las expresara.
Quiere el
Evangelista San Juan dar pruebas del amor del Eterno 14
Para dar mayor
claridad a lo dicho y apoyar más la propiedad con que habló el Santo, apuremos
qué cosa es fineza. ¿Es fineza, acaso, tener amor? No, por cierto, sino las
demostraciones del amor: ésas se llaman finezas. Aquellos signos exteriores
demostrativos, y acciones que ejercita el amante, siendo su causa motiva el
amor, eso se llama fineza. Luego si el Santo está hablando de finezas y actos
externos, con grandísima propiedad trae el Lavatorio, y no la causa: pues la
causa es el amor, y el Santo no está hablando del amor, sino de la fineza, que
es el signo exterior. Luego no hay para qué ni por qué argüirle, pues lleva el
Santo supuesto lo que después le sacan como nuevo.
Ya hemos respondido
por los tres Santos. Ahora vamos a lo más arduo, que es a la opinión que
últimamente forma el autor: al Aquiles de su sermón; a la que, en su sentir,
tiene por la mayor fineza de Cristo, y a la que dice que "ninguno le dará
otra que le iguale", que es decir que "Cristo no quiso la
correspondencia de su amor para sí, sino para los hombres, y que ésta fue la
mayor fineza: amar sin corresponden-cia".
Pruébalo con
aquellas palabras: Et vos debetis alter alterius lava-re pedes. De
donde infiere que Cristo no quiere que le correspondamos ni que le
amemos, sino que nos amemos unos a otros; y dice que es la mayor fineza de
Cristo ésta, porque es fineza sin interés de correspon-dencia. Para esto no
trae pruebas de Sagrada Escritura, porque dice que la mayor prueba de esta
fineza es el carecer de pruebas, porque es
15
Conque bien mirada
la proposición, tiene dos miembros a que responder. El uno es que Cristo no
quiso nuestra correspondencia. El otro, que no tiene prueba esta fineza de
Cristo. Conque serán dos las respuestas. Una, probar que no sólo no fue fineza
la que el autor dice; pero que fue fineza lo contrario, que es que Cristo
quiere nuestra co-rrespondencia, y que ésta es la fineza. La otra, probar que
cuando su-pusiéramos que era fineza la que dice el autor, no le faltaran
pruebas en la Sagrada Escritura, ni ejemplares donde nada falta.
Vamos a lo primero,
que es probar que no fue fineza la que dice el autor, ni Cristo la hizo. El
probar que Cristo quiso nuestra correspon-dencia y no la renunció, sino que la
solicitó, es tan fácil, que no se halla otra cosa en todas las Sagradas Letras que
instancias y preceptos que nos mandan amar a Dios. Ya se ve que el primer
precepto es: Dili-ges dominum Deum tuum ex toto corde tuo, et ex tota
anima tua, et ex tota mente tua. Pues ¿cómo se puede entender que Cristo no
quiere nuestra correspondencia cuando con tanto aprieto la encarga
y manda? Claro está que el autor sabrá esto mejor que yo, sino que quiso hacer
ostentación de su ingenio, no porque sintiese que lo podría probar; pues aunque
en la cláusula: et vos debetis alter alterius lavare pedes, no se
expresa el amor que nos pide Cristo para sí y se expresa el que nos manda tener
al prójimo, se incluye y envuelve en ella misma el amor de Dios, aunque no se
expresa con mayor eficacia que el del prójimo, que se manda.
Pruébolo por razón.
Manda Dios amar al prójimo y quiere que lo hagamos porque él lo manda. Luego
deja supuesto que debemos amar más a Dios, pues por su obediencia hemos de amar
al prójimo. Cuando se hace, por respeto de alguno, alguna acción a favor de otro,
más se aprecia aquél por cuya atención se hace, que al con quien se hace.
Quiere Dios
destruir al pueblo por el pecado de la idolatría. Inter-pónese Moisés diciendo:
"O perdónales o bórrame del Libro de la Vida". Perdona Dios a aquel
pueblo ingrato por esta interposición. ¿Quién quedó aquí --pregunto-- más
obligado a Dios, Moisés o el pue-blo? Claro está que Moisés, pues aunque el
beneficio resultó en bien
16
17
Quiere Dios
examinar la fe del patriarca Abraham y mándale sa-crificar a Isaac, su hijo.
Ahora reparo yo: ¿por qué es Isaac el señalado; no era hijo también Ismael?
Y si el sacrificio
había de ser de un hijo, ¿no bastaba que fuese Ismael, o al menos que Dios le
dijera: Sacrifícame uno de tus hijos, sin
18
Más. Bien sabemos
que Dios sabía lo que Abraham había de ha-cer y que le amaba más a él que a
Isaac; pues ¿para qué es este exa-men? Ya lo sabe, pero quiere que lo sepamos
nosotros, porque es Dios tan celoso, que no sólo quiere ser amado y preferido a
todas las cosas, pero quiere que esto conste y lo sepa todo el mundo; y para
esto exa-mina a Abraham. De todo esto juzgo que se puede conocer el grande
aprieto con que Cristo pide nuestro amor y que cuando manda que nos amemos, es
siendo su Majestad el medio de este amor. De manera que para amarnos unos a
otros ha de ser Su Majestad el medio y la unión. Y nadie ignora que el medio
que une dos términos, se une él más estre-cha e inmediatamente con ellos, que a
ellos entre sí. Cristo se pone por medio y unión: luego quiere que le amemos,
cuando manda que ame-mos al prójimo.
Dice más Cristo:
que su precepto es que amemos al prójimo como su Majestad nos ama: Hoc
est praeceptum meum, ut diligatis invicem, sicut dilexi vos. Aquí sólo
manda que nos amemos unos a otros. Pero para poder cumplir nosotros
este precepto, ¿qué disposición hemos menester? El mismo Cristo la
enseña: Qui diligit me, mandatum meum servabit; y el evangelista
San Juan, en la Epístola I, capítulo 5, dice: Haec est enim charitas
Dei, ut mandata eius custodiamus. Luego para cumplir el
precepto de amar al prójimo hemos de amar primero a Dios. Si Cristo (como dice
en otro sermón el mismo autor) se llama Vid y a nosotros Sarmientos: Ego
sum vitis, vos palmites, y los sarmientos primero se unen a la vid que
ellos entre sí; luego quiere Cristo, luego solicita Cristo, luego manda Cristo
que le amemos.
Creo que me he
alargado superfluamente en lo que por sí está tan claro; pero eso mismo causa
el que ocurra tanto que decir en la mate-ria, que se trabaja más en dejarlo que
en ponerlo. De lo dicho juzgo
19
Podránme replicar
que si hay fineza que sea digna de tal nombre que Cristo dejase de hacer por
nosotros con su inmenso amor. Y diré yo que sí hay, porque hay finezas que les
ocasiona a serlo nuestra li-mitada naturaleza; y ésas no hizo Cristo, porque no
eran conformes a su perfección infinita, ni decentes a su inmensa Majestad, ni
a la digni-dad y soberanía suya. Verbi gratia: Los justos hacen por Cristo
algunas finezas que Cristo no hizo por ellos, como es resistir tentaciones
lu-chando con nuestra naturaleza, que coinquinada con el pecado, está propensa
al mal, y a más de esto, el temor y peligro de ser de ellas vencido y pelear
con incertidumbre de la victoria o la pérdida. Ninguna de estas dos especies de
finezas pudo hacer Cristo, pues ni pudo ser tentado ni menos temer peligros de
pecar. Pues aunque su Majestad fue llevado al desierto, ut tentaretur a
diabolo, bien saben los doctos cómo se entiende este lugar, y lo explica el
glorioso doctor San Gregorio sobre el mismo, diciendo que la tentación es en tres
maneras: por su-gestión, delectación o consentimiento.
Del primer modo
--dice-- solamente pudo Cristo ser tentado del Demonio. Porque nosotros, cuando
somos tentados, las más veces caemos o en el consentimiento o en la
delectación, o podemos, al me-nos, caer en una de las dos cosas o en ambas;
porque como hijos de pecado y concebidos en él, tenemos en nosotros mismos la
semilla de la culpa, que es el fomes peccati que nos inclina a
pecar. Pero Cristo, nacido de madre virgen y por concepción milagrosa, era
impecable; por lo cual no pudo sentir en sí ninguna repugnancia ni
contradicción al obrar bien, y así sólo pudo ser tentado por sugestión, que es
una tentación extrínseca y que estaba muy lejos de su mente y no le podía
inclinar, ni hacer guerra ninguna. Y no teniendo ni la lucha ni el riesgo, no
pudo hacer la fineza de resistir ni temer el riesgo de pecar. Por lo cual dice
el Apóstol: adimpleo ea quae desunt passionum Christi, in carne mea pro
corpore eius, quod est Ecclesia. ¿Pues cómo, si fue copiosa la
Redención: copiosa apud eum redemptio, dice San Pablo que añade o
que llena la pasión de Cristo? ¿A la Pasión pudo faltarle
20
Pues así, el no
querer correspondencia fuera fineza en un amor humano, porque fuera desinterés;
pero en el de Cristo no lo fuera, por-que no tiene interés ninguno en nuestra
correspondencia. Pruébolo. El amor humano halla en ser correspondido, algo que
le faltara si no lo fuera, como el deleite, la utilidad, el aplauso, etc. Pero
al de Cristo nada le falta aunque no le correspondamos. En sí y consigo se
tiene todos sus deleites, todas sus riquezas y todos sus bienes. Luego nada
renunciara si renunciara nuestra correspondencia, pues nada le añade; y el
renunciar lo que era nada no era ninguna fineza; y como no era fine-za en
Cristo, por eso no la hace Cristo por nosotros. En el libro de Job, al capítulo
XXXV, se lee, hablando de la soberanía con que Dios no nos ha menester: Porro
si iuste egeris, quid donabis ei, aut quid de manu tua accipiet? Homini, qui
similis tui est, nocebit impietas tua; et filium hominis adiuvabit iustitia tua.
De donde sale claro que nosotros necesitamos de correspondencias
porque nos traen utilidades, y por tanto fuera fineza y muy grande el
renunciarlas. Pero en Cristo que no le resulta ninguna de nuestra
correspondencia, no fuera fineza el no quererla. Y por eso, como ya dije, no la
hace Cristo por nosotros; y antes hace lo contrario, que es solicitar nuestra
correspondencia sin haberla menester, y ésa es la fineza de Cristo.
Es el amor de
Cristo muy al revés del de los hombres. Los hom-bres quieren la correspondencia
porque es bien propio suyo; Cristo quiere esa misma correspondencia para bien
ajeno, que es el de los propios hombres. A mi parecer el autor anduvo muy cerca
de este punto, pero equivocólo y dijo lo contrario; porque, viendo a Cristo
desinteresado, se persuadió a que no quería ser correspondido. Y es que no dio
el autor distinción entre correspondencia y utilidad de la correspondencia. Y
esto último es lo que Cristo renunció, no la corres-
21
Acá el amante hace
la correspondencia medio para su bien; Cristo hace la correspondencia medio
para bien de los hombres. De manera que divide la correspondencia y el fin de
la correspondencia. La co-rrespondencia reserva para sí. El fin de ella, que es
la utilidad que de ella resulta, se lo deja a los hombres. Acá los amantes
recíprocos quie-ren el bien de su amor para su amado, pero el bien del amor del
amado para sí; Cristo, el bien del amor que tiene al hombre y el bien del amor
que el hombre le tiene, todo quiere que sea para el hombre. Examina Cristo a
Pedro de su amor y dícele: Petre, amas me? Responde Pedro con
aquellas ardientes ponderaciones que brotaba su encendido cora-zón, que sí y
que pondrá la vida por su amor. Veamos para qué es este examen tan apretado de
Cristo. Sin duda que quiere que Pedro le haga algún gran servicio. Sí quiere.
¿Y cuál es? Pasce oves meas. Esto es lo que quiere Cristo: que el
amor de Pedro sea suyo, pero que la utilidad resulte en las ovejas. Bien
pudiera Cristo decirle a Pedro, y parece que era más congruente: Pedro,
¿amas a las ovejas? Pues apaciéntalas; y no dice sino: Pedro, ¿me
amas a mí? Pues guarda mis ovejas. Luego quiere el amor para sí, y la
utilidad para los hombres.
Pudiéranme, ahora,
replicar diciendo: Si Cristo no ha menester el amor del hombre para bien suyo,
sino para el bien del mismo hombre, y para este bien basta el amor de Cristo,
que es quien nos ha de hacer el bien, ¿para qué solicita el amor del hombre, pues
sin que el hombre le ame, puede Cristo hacerle bien?
Para responder a
esta réplica es menester acordarnos que Dios dio al hombre libre albedrío con
que puede querer y no querer obrar bien o mal, sin que para esto pueda padecer
violencia, porque es homenaje que Dios le hizo y carta de libertad auténtica
que le otorgó. Pues ahora, de la raíz de esta libertad nace que no basta que
Dios quiera ser del hombre, si el hombre no quiere que Dios sea suyo. Y como el
ser Dios del hombre es el sumo bien del hombre y esto no puede ser sin que el
22
Ya queda probado
que Cristo quiso nuestra correspondencia y que su fineza mayor fue el quererla.
Falta ahora el probar lo que prometí, que es que, cuando supongamos que fuera
fineza el no quererla, no le faltaran --como quiere el autor-- pruebas, ni ejemplares,
a esa fineza en
23
24
Con lo cual me
parece que, aunque con mi rudeza, cortedad y po-co estudio, he obedecido a V.
md. en lo que me mandó. La demasiada prisa con que lo he escrito no ha dado
lugar a pulir algo más el discur-so, porque festinans canis caecos
parit catulos. Remítole en embrión, como suele la osa parir sus informes
cachorrillos; y así lleva este de-fecto más, entre los muchos que V. md. le
reconocerá. Pero todos van a sus manos de V. md. Unos corregirá con discreción
y otros suplirá con su amistad. El asunto también, con su dificultad, deja
disculpado el no conseguirse; pues en blanco inaccesible no queda tan desairado
el yerro del tiro como en los comunes, y basta para bizarría en los pig-meos
atreverse a Hércules. A vista del elevado ingenio del autor aun los muy
gigantes parecen enanos. ¿Pues qué hará una pobre mujer? Aunque ya se vio que
una quitó la clava de las manos a Alcides, siendo uno de los tres imposibles
que veneró la antigüedad. Y hablando más a lo cristiano, quae stulta
sunt mundi elegit Deus, ut confundat sapien-tes; et infirma mundi elegit Deus,
ut confundat fortia; et ignobilia mundi et contemptibilia elegit Deus, et ea
quae non sunt, ut ea quae sunt destrueret: ut non glorietur omnis caro in
conspectu eius. Creo cierto que si algo llevare de acierto este
papel, no es obra de mi enten-dimiento, sino sólo que Dios quiere castigar con
tan flaco instrumento la, al parecer, elación de aquella proposición: que no
habría quien le diese otra fineza igual, con que cree el orador que puede
aventajar su ingenio a los de los tres Santos Padres y no cree que puede haber
quien le iguale. Y pensando que no se estrechó la mano de Dios a Augustino,
Crisóstomo y Tomás, piensa que se abrevió a él para no poder criar quien le
responda. Que cuando yo no haya conseguido más que el atreverme a hacerlo,
fuera bastante mortificación para un varón tan de todas maneras insigne; que no
es ligero castigo a quien creyó que no
25
Finalmente, aunque
este papel sea tan privado que sólo lo escribo porque V. md. lo manda y para
que V. md. lo vea, lo sujeto en todo a la corrección de nuestra Santa Madre
Iglesia Católica, y detesto y doy por nulo y por no dicho todo aquello que se
apartare del común sentir suyo y de los Santos Padres. Vale.
Bien habrá V. md.
creído, viéndome clausurar este discurso, que me he olvidado de esotro punto
que V. md. me mandó que escribiese: Que cuál es, en mi sentir, la mayor fineza
del Amor Divino. Lo cual me oyó V. md. discurrir en la misma conversación
citada. Pues no ha sido olvido sino advertencia, porque allí, como era una
conversación sucesiva, fueron llamando unos discursos a otros, aunque no fuesen
muy del caso, y aquí es necesario hacer separación de los que no lo son, para
no confundir uno con otro. Explícome. Como hablamos de finezas, dije yo que la
mayor fineza de Dios, en mi sentir, eran los beneficios negativos; esto es, los
beneficios que nos deja de hacer porque sabe lo mal que los hemos de
corresponder. Ahora, este modo de opinar tiene mucha disparidad con el del
autor, porque él habla de finezas de Cristo, y hechas en el fin de su vida, y
esta fineza que yo digo es fineza que hace Dios en cuanto Dios, y fineza
continuada siempre; y así no fuera razón oponer ésta a las que el autor dice,
antes bien fuera una muy viciosa argumentación y muy censurable; por lo cual me
pareció separarla, y como discurso suelto e independiente de lo demás, ponerlo
aquí para que V. md. logre del todo el deseo, pues el mío es sólo obedecerle.
La mayor fineza del
Divino Amor, en mi sentir, son los beneficios que nos deja de hacer por nuestra
ingratitud. Pruébolo. Dios es infinita bondad y bien sumo, y como tal es de su
propia naturaleza comunica-ble y deseoso de hacer bien a sus criaturas. Más,
Dios tiene infinito
26
Predica el Redentor
su milagrosa doctrina, y habiendo hecho en tantos lugare tantos milagros y
maravillas, llega a su patria, que parece que debía ser preferida en el cariño,
y apenas llega, cuando en vez de aplaudirle sus vecinos y compatriotas, empiezan
a censurarle y a sa-carle las que, a su parecer de ellos, eran faltas,
diciendo: Nonne hic est fabri filius? Nonne mater eius dicitur Maria,
et fratres eius, Iacobus, et Ioseph, et Simon, et Iudas: et sorores eius, nonne
omnes apud nos sunt? Unde ergo huic omnia ista? Y prosigue el
Evangelista: Non fecit ibi virtutes multas propter incredulitatem
illorum. De manera que Cristo bien quería hacer milagros en su
patria, bien quería hacerles beneficios, pero mostraron ellos luego su dañado
ánimo en la murmu-ración y el modo con que recibirían los favores de Cristo, y
por eso se contuvo Cristo en hacerlos: por no darles ocasión de ser más malos,
como lo expresa el Evangelista: que no hizo muchas maravillas por su
incredulidad. Y bien sabía Cristo que también le habían ellos de mur-murar el
no hacerlas, y tener por escaso y avaro, y así les adelantó él
27
Luego de este mayor
cargo excusa el Señor a Nazaret con no ha-cerle beneficios, y entonces es el
mayor beneficio el no hacerlos, por-que excusa el mayor cargo que de él le
resultara. Gravius --dice el glorioso San Gregorio-- inde iudicemur,
cum enim augentur dona, rationes etiam crescunt donorum. Mientras más es lo
recibido más grave es el cargo de la cuenta. Luego es beneficio el
no hacernos bene-ficios cuando hemos de usar mal de ellos.
Hizo Dios a Judas,
fuera de los beneficios generales, muchos par-ticulares, y llegando el caso de
su sacrílega traición, lamentando Cristo, no su muerte, sino el daño del
ingrato discípulo, dice: Vae homini illi, per quem tradar ego, bonum
erat ei, si natus non fuisset. Con que parece que se arrepiente
de haberle hecho el beneficio de la creación, porque le estuviera mejor el no
haber nacido que nacer para ser tan malo. Más claro se da a entender esto
cuando ofendido Dios de las
28
De manera que se
arrepiente Dios de haber hecho beneficios al hombre que han de ser para mayor
daño del hombre. Luego es mayor beneficio el no hacerle beneficios. ¡Ah, Señor
y Dios mío, qué torpes y ciegos andamos cuando no os reconocemos esta especie
de beneficio negativo que nos hacéis!
Tiene el otro corta
fortuna y, cuando mucho, dice que es castigo de Dios. Cuando sea castigo, el
castigo también es beneficio, pues mira a nuestra enmienda, y Dios castiga a
quien ama. Pero no es sólo el beneficio de castigarnos el que nos hace, sino el
beneficio de exonerar-nos de mayor cuenta. Tiene el otro poca salud y le parece
que está Dios sordo, porque no oye sus lamentos. No está tal, sino haciéndoos
el beneficio de no daros salud, porque la habéis de emplear mal. Envi-diamos en
nuestros prójimos los bienes de fortuna, los dotes naturales. ¡Oh, qué errado
va el objeto de la envidia, pues sólo debía serlo de la lástima el gran cargo
que tiene, de que ha de dar cuenta estrecha! Y ya que, queramos envidiar, no
envidiemos las mercedes que Dios le hizo, sino lo bien que corresponde a ellas,
que esto es lo que se debe envi-diar, que es lo que le da mérito; no el
haberlas recibido, que eso es cargo. Estimemos el beneficio que Dios nos hace
en no hacernos todos los beneficios que queremos, y los que también Su Majestad
quiere hacernos y suspende por no darnos mayor cargo. Agradezcamos y ponderemos
este primor del Divino Amor en quien el premiar es bene-ficio, el castigar es
beneficio y el suspender los beneficios es el mayor beneficio, y el no hacer
finezas la mayor fineza . Y si no, díganme: Dios, que dio al Mundo su Unigénito
que encarnó y murió por el hom-bre, ¿qué podrá negar al hombre? Nada. Él mismo
dice: Quis est ex vobis homo, quem si petierit filius suus panem,
numquid lapidem po-rriget ei? Aut si piscem petierit, numquid serpentem
porriget ei? Si ergo vos, cum sitis mali, nostis bona data dare filiis vestris:
quanto magis Pater vester, qui in coelis est, dabit bona petentibus se? Pues,
29
Y así juzgo ser
ésta la mayor fineza que Dios hace por los hom-bres. Su Majestad nos dé gracia
para conocerlas, correspondiéndolas, que es mejor conocimiento; y que el
ponderar sus beneficios no se quede en discursos especulativos, sino que pase a
servicios prácticos, para que sus beneficios negativos se pasen a positivos
hallando en nosotros digna disposición que rompa la presa a los estancados
rauda-les de la liberalidad divina, que detiene y represa nuestra ingratitud.
Y a V. md. me
guarde muchos años. Vuelvo a poner todo lo dicho debajo de la censura de
nuestra Santa Madre Iglesia Católica, como su más obediente hija. Iterum vale.
(Carta
atenagórica, 1690)
30
Respuesta de la
poetisa a la muy ilustre
Sor Filotea de la
Cruz
MUY ILUSTRE Señora,
mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos
días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi
torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder
a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que
preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su si-lencio con Alberto
Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de
Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino
que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber
agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis
borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza
más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón
pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se
puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del
agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo
Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pere-unt. Y
tal que enmudecen al beneficiado.
Cuando la
felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del Bautista vio en
su casa tan desproporcionada visita como la Madre del Verbo, se le entorpeció
el entendimiento y se le suspendió el discurso; y así, en vez de
agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas: Et unde hoc mihi?
¿De dónde a mí viene tal cosa? Lo mis-mo sucedió a Saúl cuando se vio electo y
ungido rey de Israel: Numquid non filius Iemini ego sum de minima tribu
Israel, et cognatio mea novissima inter omnes de tribu Beniamin? Quare igitur
locutus es mihi sermonem istum? Así yo diré: ¿de dónde, venerable
Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una
pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar
vuestra
31
Ni al primer
imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al
segundo más que admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de
agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia,
Señora, sino ingenua ver-dad de toda mi alma, que al llegar a mis manos,
impresa, la carta que vuestra propiedad llamó Atenagórica, prorrumpí (con no
ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que
vuestro favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le
correspondo; y que como a otros corrige con castigos, a mí me quiere reducir a
fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser su deudora, como de
otros infinitos de su inmensa bondad; pero también especial modo de
avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo
misma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi
ingratitud. Y así, cuando esto considero acá a mis solas, suelo decir: Bendito
seáis vos, Señor, que no sólo no quisisteis en manos de otra criatura el
juzgarme, y que ni aun en la mía lo pusisteis, sino que lo reservasteis a la
vuestra, y me li-brasteis a mí de mí y de la sentencia que yo misma me daría
--que, forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser menos que de
con-denación--, y vos la reservasteis a vuestra misericordia, porque me amáis
más de lo que yo me puedo amar.
Perdonad, Señora
mía, la digresión que me arrebató la fuerza de la verdad; y si la he de
confesar toda, también es buscar efugios para huir la dificultad de responder,
y casi me he determinado a dejarlo al silen-cio; pero como éste es cosa
negativa, aunque explica mucho con el énfasis de no explicar, es necesario
ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el
silencio diga; y si no, dirá nada el silencio, porque ése es su propio oficio:
decir nada. Fue arrebatado el Sagrado Vaso de Elección al tercer Cielo, y
habiendo visto los arcanos secretos de Dios dice: Audivit arcana Dei,
quae no licet homini loqui. No dice lo que vio, pero dice que no lo puede
decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir
siquiera que
32
No se hallaba digno
Moisés, por balbuciente, para hablar con Fa-raón, y, después, el verse tan
favorecido de Dios, le infunde tales alientos, que no sólo habla con el mismo
Dios, sino que se atreve a pedirle imposibles: Ostende mihi faciem tuam.
Pues así yo, Señora mía, ya no me parecen imposibles los que puse al principio,
a vista de lo que me favorecéis; porque quien hizo imprimir la Carta tan sin
noticia mía, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto (siendo
de todo indigna por sí y por su autora), ¿qué no hará?, ¿qué no perdonará?,
¿qué dejará de hacer y qué dejará de perdonar? Y así, debajo del su-puesto de
que hablo con el salvoconducto de vuestros favores y debajo del seguro de
vuestra benignidad, y de que me habéis, como otro Asue-ro, dado a besar la
punta del cetro de oro de vuestro cariño en señal de concederme benévola
licencia para hablar y proponer en vuestra vene-rable presencia, digo que
recibo en mi alma vuestra santísima amones-tación de aplicar el estudio a
Libros Sagrados, que aunque viene en traje de consejo, tendrá para mí sustancia
de precepto; con no pequeño consuelo de que aun antes parece que prevenía mi
obediencia vuestra pastoral insinuación, como a vuestra dirección, inferido del
asunto y pruebas de la misma Carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra
33
34
El escribir nunca
ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con
verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno
porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho
Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la
primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las
letras, que ni ajenas repren-siones --que he tenido muchas--, ni propias
reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este
natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y
sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que
baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y
aun hay quien diga que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto,
he intentado sepultar con mi nombre mi enten-dimiento, y sacrificársele sólo a
quien me le dio; y que no otro motivo me entró en religión, no obstante que al
desembarazo y quietud que pedía mi estudiosa intención eran repugnantes los
ejercicios y compa-ñía de una comunidad; y después, en ella, sabe el Señor, y
lo sabe en el mundo quien sólo lo debió saber, lo que intenté en orden a
esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentación; y sí
sería. Si yo pudiera pagaros algo de lo que os debo, Señora mía, creo que sólo
os pagara en contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para
quien debió salir. Pero quiero que con haberos franqueado
35
Prosiguiendo en la
narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no
había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana
mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me
llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección,
me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer,
a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó,
porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo
en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, por-que la desengañó la
experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi
madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el
galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho
sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde), y puede testificarlo.
Acuérdome que en
estos tiempos, siendo mi golosina la que es or-dinaria en aquella edad, me
abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más
el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños.
Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con
todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí
decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en
Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instan-tes e
importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa
de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo
quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros
varios que tenía mi abuelo, sin que bas-tasen castigos ni reprensiones a
estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico, se admiraban, no tanto del
ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que
apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.
Empecé a deprender
gramática, en que creo no llegaron a veinte 36
Volví (mal dije,
pues nunca cesé); proseguí, digo, a la estudiosa tarea (que para mí era
descanso en todos los ratos que sobraban a mi obligación) de leer y más leer,
de estudiar y más estudiar, sin más maestro que los mismos libros. Ya se ve
cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz
viva y explicación del maestro; pues todo este trabajo sufría yo muy gustosa
por amor de
37
Con esto proseguí,
dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la
Sagrada Teología; pareciéndome preci-so, para llegar a ella, subir por los
escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿cómo entenderá el estilo de
la Reina de las Ciencias quien aun no sabe el de las ancilas? ¿Cómo sin Lógica
sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada
Es-critura? ¿Cómo sin Retórica entendería sus figuras, tropos y locucio-nes?
¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los
animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y
otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saúl al sonido del arpa de David fue
virtud y fuerza natural de la música, o sobrenatu-ral que Dios quiso poner en
David? ¿Cómo sin Aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de
días, de meses, de horas, de heb-dómadas tan misteriosas como las de Daniel, y
otras para cuya inteli-gencia es necesario saber las naturalezas, concordancias
y propiedades de los números? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa
del Testamento y la Ciudad Santa de Jerusalén, cuyas misteriosas men-suras
hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de
todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin Arqui-tectura, el gran Templo de
Salomón, donde fue el mismo Dios el artífi-ce que dio la disposición y la
traza, y el Sabio Rey sólo fue sobrestante que la ejecutó; donde no había basa
sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusión, arquitrabe sin
significado; y así de otras sus partes,
38
Del Angélico Doctor
Santo Tomás dice la Iglesia estas palabras:
39
Yo de mí puedo
asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender
en otro de otra que parece muy distante;
40
En esto sí confieso
que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir lo que con envidia
oigo a otros: que no les ha costado afán el saber. ¡Dichosos ellos! A mí, no el
saber (que aún no sé), sólo el desear saber me le ha costado tan grande que pudiera
decir con mi Padre San Jerónimo (aunque no con su aprovechamiento): Quid
ibi
41
Solía sucederme
que, como entre otros beneficios, debo a Dios un natural tan blando y tan
afable y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis
faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía, conociendo esto y movida del
grande amor que las ten-go, con mayor motivo que ellas a mí, gusto más de la
suya: así, me solía ir los ratos que a unas y a otras nos sobraban, a
consolarlas y recrearme con su conversación. Reparé que en este tiempo hacía
falta a mi estudio, y hacía voto de no entrar en celda alguna si no me obligase
a ello la obediencia o la caridad: porque, sin este freno tan duro, al de sólo
propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragili-dad) le hacía
por un mes o por quince días; y dando cuando se cumplía, un día o dos de
treguas, lo volvía a renovar, sirviendo este día, no tanto a mi descanso (pues
nunca lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto a que no me tuviesen por
áspera, retirada e ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas.
Bien se deja en
esto conocer cuál es la fuerza de mi inclinación. Bendito sea Dios que quiso
fuese hacia las letras y no hacia otro vicio, que fuera en mí casi insuperable;
y bien se infiere también cuán contra la corriente han navegado (o por mejor
decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aún falta por referir lo más
arduo de las dificul-tades; que las de hasta aquí sólo han sido estorbos
obligatorios y ca-suales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos que
directamente han tirado a estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no creerá,
viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche,
sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy
así, porque entre las flores de esas mis-mas aclamaciones se han levantado y
despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré
contar, y los que más
42
Pues por la --en mí
dos veces infeliz-- habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué
pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora
mía, que algunas veces me pongo a considerar que el que se señala --o le señala
Dios, que es quien sólo lo puede hacer-- es recibido como enemigo común, porque
parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estan-que
de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen.
Aquella ley
políticamente bárbara de Atenas, por la cual salía desterrado de su república
el que se señalaba en prendas y virtudes porque no tiranizase con ellas la
libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos, aunque
no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro, no menos eficaz aunque
no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo: que es aborrecer
al que se señala porque desluce a otros. Así sucede y así sucedió siempre.
Y si no, ¿cuál fue
la causa de aquel rabioso odio de los fariseos contra Cristo, habiendo tantas
razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál prenda más
amable que aquella divina hermosura? ¿Cuál más poderosa para arrebatar los
corazones? Si cual-quiera belleza humana tiene jurisdicción sobre los albedríos
y con blanda y apetecida violencia los sabe sujetar, ¿qué haría aquélla con
tantas prerrogativas y dotes soberanos? ¿Qué haría, qué movería y qué no haría
y qué no movería aquella incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como
por un terso cristal, se estaban transparentando los rayos de la Divinidad?
¿Qué no movería aquel semblante, que so-bre incomparables perfecciones en lo
humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moisés, de sólo la
conversación con Dios, era into-
43
Dice la Santa Madre
y madre mía Teresa, que después que vio la hermosura de Cristo quedó libre de
poderse inclinar a criatura alguna, porque ninguna cosa veía que no fuese
fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿cómo en los hombres hizo tan
contrarios efectos? Y ya que como toscos y viles no tuvieran conocimiento ni
estimación de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus
pro-pias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacía,
sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemo-niados? Pues
¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo no le amaban, por eso mismo le
aborrecían! Así lo testificaron ellos mismos.
Júntanse en su
concilio y dicen: Quid facimus, quia hic homo multa signa facit? ¿Hay
tal causa? Si dijeran: éste es un malhechor, un transgresor de la
ley, un alborotador que con engaños alborota el pue-blo, mintieran, como
mintieron cuando lo decían; pero eran causales más congruentes a lo que
solicitaban, que era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas
señaladas, no parece de hombres doctos, cuales eran los fariseos. Pues así es,
que cuando se apasionan los hom-bres doctos prorrumpen en semejantes
inconsecuencias. En verdad que sólo por eso salió determinado que Cristo
muriese. Hombres, si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿por qué
es esa tan cruel determinación? No responden más sino que multa signa
facit. ¡Válga-me Dios, que el hacer cosas señaladas es causa para que uno
muera! Haciendo reclamo este multa signa facit a aquel: radix
Iesse, qui stat in signum populorum, y al otro: in signum cui contradicetur.
¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca, que eso es el
premio de quien se señala!
Suelen en la
eminencia de los templos colocarse por adorno unas 44
Cuando los soldados
hicieron burla, entretenimiento y diversión de Nuestro Señor Jesucristo,
trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y una corona de espinas para
coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la caña y la púrpura eran afrentosas,
pero no dolorosas; pues ¿por qué sólo la corona es dolorosa? ¿No basta que,
como las demás insignias, fuese de escarnio e ignominia, pues ése era el fin?
No, por-que la sagrada cabeza de Cristo y aquel divino cerebro eran depósito de
la sabiduría; y cerebro sabio en el mundo no basta que esté escarneci-do, ha de
estar también lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría no
espere otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana
si ve la que obtuvo la divina? Coronaba la sober-bia romana las diversas
hazañas de sus capitanes también con diversas coronas: ya con la cívica al que
defendía al ciudadano; ya con la cas-
45
Quiso la misma Vida
ir a dar la vida a Lázaro difunto; ignoraban los discípulos el intento y le
replicaron: Rabbi, nunc quaerebant te Iudaei lapidare, et iterum vadis
illuc? Satisfizo el Redentor el temor: Nonne duodecim sunt
horae diei? Hasta aquí, parece que temían por-que tenían el
antecedente de quererle apedrear porque les había repren-dido llamándoles
ladrones y no pastores de las ovejas. Y así, temían que si iba a lo mismo (como
las reprensiones, aunque sean tan justas, suelen ser mal reconocidas), corriese
peligro su vida; pero ya desenga-ñados y enterados de que va a dar vida a
Lázaro, ¿cuál es la razón que
46
Hallábase el
Príncipe de los Apóstoles, en un tiempo, tan distante de la sabiduría como
pondera aquel enfático: Petrus vero sequebatur eum a longe; tan
lejos de los aplausos de docto quien tenía el título de indiscreto: Nesciens
quid diceret; y aun examinado del conocimiento de la sabiduría dijo él
mismo que no había alcanzado la menor noticia: Mulier, nescio quid
dicis. Mulier, non novi illum. Y ¿qué le sucede? Que teniendo
estos créditos de ignorante, no tuvo la fortuna, sí las aflicciones, de sabio.
¿Por qué? No se dio otra causal sino: Et hic cum illo erat. Era
afecto a la sabiduría, llevábale el corazón, andábase tras ella,
preciábase de seguidor y amoroso de la sabiduría; y aunque era tan a
longe que no le comprendía ni alcanzaba, bastó para incurrir sus
tormentos. Ni faltó soldado de fuera que no le afligiese, ni mujer do-
47
Una vez lo
consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era
cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses
que duró el poder ella man-dar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no
estudiar absoluta-mente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer,
porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios
crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada
veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y
materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca
el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si
se considera como se debe. Así yo, vuel-vo a decir, las miraba y admiraba
todas; de tal manera que de las mis-mas personas con quienes hablaba, y de lo
que me decían, me estaban resaltando mil consideraciones: ¿De dónde emanaría
aquella variedad de genios e ingenios, siendo todos de una especie? ¿Cuáles
serían los temperamentos y ocultas cualidades que lo ocasionaban? Si veía una
figura, estaba combinando la proporción de sus líneas y mediándola con el
entendimiento y reduciéndola a otras diferentes. Paseábame algunas veces en el
testero de un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba
observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel,
la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba
más bajo en lo distante que en lo pró-ximo: de donde infería que las líneas
visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figura
piramidal. Y discurría si sería ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar
si el mundo era esférico o no. Porque, aunque lo parece, podía ser engaño de la
vista, demostrando concavidades donde pudiera no haberlas.
Este modo de
reparos en todo me sucedía y sucede siempre, sin tener yo arbitrio en ello, que
antes me suelo enfadar porque me cansa
48
Pues ¿qué os
pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando
guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por
contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve
fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo
u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan
contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por
sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por
daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora,
¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio
Leo-nardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir
viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hu-biera
escrito. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que
49
Si éstos, Señora,
fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran
sido en mí, porque obro necesaria-mente. Si son culpa, por la misma razón creo
que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni
en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese
soberano talen-to, sometiéndome luego a lo que sentenciare, sin contradición ni
re-pugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi
inclinación a las letras.
Confieso también
que con ser esto verdad tal que, como he dicho, no necesitaba de ejemplares,
con todo no me han dejado de ayudar los muchos que he leído, así en divinas
como en humanas letras. Porque veo a una Débora dando leyes, así en lo militar
como en lo político, y gobernando el pueblo donde había tantos varones doctos.
Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve a tentar con
enig-mas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello reprendida,
antes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes mujeres:
unas adornadas del don de profecía, como una Abigaíl; otras de persuasión, como
Ester; otras, de piedad, como Rahab; otras de perseverancia, como Ana, madre de
Samuel; y otras infinitas, en otras
50
Si revuelvo a los
gentiles, lo primero que encuentro es con las Si-bilas, elegidas de Dios para
profetizar los principales misterios de nuestra Fe; y en tan doctos y elegantes
versos que suspenden la admi-ración. Veo adorar por diosa de las ciencias a una
mujer como Miner-va, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de
Atenas. Veo una Pola Argentaria, que ayudó a Lucano, su marido, a escribir la
gran Batalla Farsálica. Veo a la hija del divino Tiresias, más docta que su
padre. Veo a una Cenobia, reina de los Palmirenos, tan sabia como valerosa. A
una Arete, hija de Aristipo, doctísima. A una Nicostrata, inventora de las
letras latinas y eruditísima en las griegas. A una Aspa-sia Milesia que enseñó
filosofía y retórica y fue maestra del filósofo Pericles. A una Hipasia que
enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría. A una Leoncia, griega, que
escribió contra el filósofo Teo-frasto y le convenció. A una Jucia, a una
Corina, a una Cornelia; y en fin a toda la gran turba de las que merecieron
nombres, ya de griegas, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron más
que mujeres doctas, tenidas y celebradas y también veneradas de la antigüedad
por tales. Sin otras infinitas, de que están los libros llenos, pues veo
aquella egipcíaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los
sabios de Egipto. Veo una Gertrudis leer, escribir y enseñar. Y para no buscar
ejemplos fuera de casa, veo una santísima madre mía, Paula, docta en las
lenguas hebrea, griega y latina y aptísima para interpretar las Escrituras. ¿Y
qué más que siendo su cronista un Máximo Jeróni-mo, apenas se hallaba el Santo
digno de serlo, pues con aquella viva ponderación y enérgica eficacia con que
sabe explicarse dice: Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no
bastarían a publicar la sabiduría y virtud de Paula. Las mismas alabanzas le
mereció Blesila, viuda; y las mismas la esclarecida virgen Eustoquio, hijas
ambas de la misma Santa; y la segunda, tal, que por su ciencia era llamada
Prodigio del Mundo. Fabiola, romana, fue también doctísima en la Sagrada
Escritura. Proba Falconia, mujer romana, escribió un elegante libro con
centones de Virgilio, de los misterios de Nuestra Santa Fe. Nuestra reina Doña
Isabel, mujer del décimo Alfonso, es corriente que escribió
51
El venerable Doctor
Arce (digno profesor de Escritura por su vir-tud y letras), en su Studioso
Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum
studio incumbere? eaque interpretari? Y trae por la parte
contraria muchas sentencias de santos, en especial aquello del Apóstol: Mulieres
in Ecclesiis taceant, non enim permitti-tur eis loqui, etc. Trae después
otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus
similiter in habitu sancto, bene docentes, con interpretaciones de los
Santos Padres; y al fin resuelve, con su prudencia, que el leer públicamente en
las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito a las mujeres; pero que
el estudiar, escribir y en-señar privadamente, no sólo les es lícito, pero muy
provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino con
aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que
fue-ren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesa-rios
para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por
tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que
son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en
no siendo muy doctos y virtuosos y de inge-nios dóciles y bien inclinados;
porque de lo contrario creo yo que han salido tantos sectarios y que ha sido la
raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar,
especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos
de novedades en la Ley (que es quien las rehusa); y así hasta que por decir lo
que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el
Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia. A
éstos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto
que no es necio entero el que no sabe latín, pero el que lo sabe está
califi-cado. Y añado yo que le perfecciona (si es perfección la necedad) el
haber estudiado su poco de filosofía y teología y el tener alguna noticia
52
A éstos, vuelvo a
decir, hace daño el estudiar, porque es poner es-pada en manos del furioso; que
siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de
muchos. Tales fueron las Divinas Letras en poder del malvado Pelagio y del protervo
Arrio, del malvado Lutero y de los demás heresiarcas, como lo fue nuestro
Doc-tor (nunca fue nuestro ni doctor) Cazalla; a los cuales hizo daño la
sabiduría porque, aunque es el mejor alimento y vida del alma, a la manera que
en el estómago mal acomplexionado y de viciado calor, mientras mejores los
alimentos que recibe, más áridos, fermentados y perversos son los humores que
cría, así estos malévolos, mientras más estudian, peores opiniones engendran;
obstrúyeseles el entendimiento con lo mismo que había de alimentarse, y es que
estudian mucho y digieren poco, sin proporcionarse al vaso limitado de sus
entendi-mientos. A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae
data est mihi, omnibus qui sunt inter vos: Non plus sapere quam oportet
sape-re, sed sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensu-ram
fidei. Y en verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres;
y que no es sólo para ellas el taceant, sino para todos los que no
fueren muy aptos. Querer yo saber tanto o más que Aristóteles o que San
Agustín, si no tengo la aptitud de San Agustín o de Aristóte-les, aunque
estudie más que los dos, no sólo no lo conseguiré sino que debilitaré y
entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento con la desproporción del
objeto.
¡Oh si todos --y yo
la primera, que soy una ignorante-- nos tomá-semos la medida al talento antes
de estudiar, y lo peor es, de escribir con ambiciosa codicia de igualar y aun
de exceder a otros, qué poco ánimo nos quedara y de cuántos errores nos
excusáramos y cuántas torcidas inteligencias que andan por ahí no anduvieran! Y
pongo las mías en primer lugar, pues si conociera, como debo, esto mismo no
escribiera. Y protesto que sólo lo hago por obedeceros; con tanto re-celo, que
me debéis más en tomar la pluma con este temor, que me debiérades si os
remitiera más perfectas obras. Pero, bien que va a
53
Y volviendo a
nuestro Arce, digo que trae en confirmación de su sentir aquellas palabras de
mi Padre San Jerónimo (ad Laetam, de institutione filiae), donde
dice: Adhuc tenera lingua psalmis dulcibus imbuatur. Ipsa nomina per
quae consuescit paulatim verba contexere; non sint fortuita, sed certa, et
coacervata de industria. Prophetarum videlicet, atque Apostolorum, et omnis ab
Adam Patriarcharum series, de Matthaeo, Lucaque descendat, ut dum aliud agit,
futurae memoriae praeparetur. Reddat tibi pensum quotidie, de Scripturarum
floribus carptum. Pues si así quería el Santo que se educase una niña que
ape-nas empezaba a hablar, ¿qué querrá en sus monjas y en sus hijas
espi-rituales? Bien se conoce en las referidas Eustoquio y Fabiola y en
Marcela, su hermana Pacátula y otras a quienes el Santo honra en sus epístolas,
exhortándolas a este sagrado ejercicio, como se conoce en la citada epístola
donde noté yo aquel reddat tibi pensum, que es reclamo y
concordante del bene docentes de San Pablo; pues el reddat
tibi de mi gran Padre da a entender que la maestra de la niña ha de
ser la mis-ma Leta su madre.
¡Oh cuántos daños
se excusaran en nuestra república si las ancia-nas fueran doctas como Leta, y
que supieran enseñar como manda San Pablo y mi Padre San Jerónimo! Y no que por
defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres,
si algu-nos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus hijas, les fuerza
la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros hombres a enseñar a
leer, escribir y contar, a tocar y otras habilidades, de que no pocos daños
resultan, como se experimentan cada día en lastimosos ejemplos de desiguales
consorcios, porque con la inmediación del trato y la comunicación del tiempo,
suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible. Por lo cual, muchos quieren
más dejar bárbaras e incultas a sus hijas que no exponerlas a tan notorio
peligro como la familiaridad con los hombres, lo cual se excusara si hubiera
ancianas doctas, como
54
Porque ¿qué
inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa
conversación y costumbres, tuviese a su cargo la edu-cación de las doncellas? Y
no que éstas o se pierden por falta de doc-trina o por querérsela aplicar por
tan peligrosos medios cuales son los maestros hombres, que cuando no hubiera
más riesgo que la indecencia de sentarse al lado de una mujer verecunda (que
aun se sonrosea de que la mire a la cara su propio padre) un hombre tan
extraño, a tratarla con casera familiaridad y a tratarla con magistral llaneza,
el pudor del trato con los hombres y de su conversación basta para que no se
permitiese. Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres a mujeres pueda
ser sin peligro, si no es en el severo tribunal de un confesonario o en la
distante docencia de los púlpitos o en el remoto conocimiento de los libros,
pero no en el manoseo de la inmediación. Y todos conocen que esto es verdad; y
con todo, se permite sólo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es
grande daño el no haberlas. Esto debían con-siderar los que atados al Mulieres
in Ecclesia taceant, blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen; como que
no fuera el mismo Apóstol el que dijo: bene docentes. Demás de que
aquella prohibición cayó sobre lo historial que refiere Eusebio, y es que en la
Iglesia primitiva se ponían las mujeres a enseñar las doctrinas unas a otras en
los templos; y este rumor confundía cuando predicaban los apóstoles y por eso se
les mandó callar; como ahora sucede, que mientras predica el predica-dor no se
reza en alta voz.
No hay duda de que
para inteligencia de muchos lugares es me-nester mucha historia, costumbres,
ceremonias, proverbios y aun mane-ras de hablar de aquellos tiempos en que se
escribieron, para saber sobre qué caen y a qué aluden algunas locuciones de las
divinas letras. Scindite corda vestra, et non vestimenta vestra,
¿no es alusión a la ceremonia que tenían los hebreos de rasgar los
vestidos, en señal de dolor, como lo hizo el mal pontífice cuando dijo que
Cristo había blas-femado? Muchos lugares del Apóstol sobre el socorro de las
viudas ¿no miraban también a las costumbres de aquellos tiempos? Aquel
55
Todo esto pide más
lección de lo que piensan algunos que, de me-ros gramáticos, o cuando mucho con
cuatro términos de Súmulas, quieren interpretar las Escrituras y se aferran
del Mulieres in Ecclesiis taceant, sin saber cómo se ha de
entender. Y de otro lugar: Mulier in
56
57
Si el crimen está
en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que re-ferir sencillamente mi sentir
con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella, con
su santísima autoridad, no me lo prohibe, ¿por qué me lo han de prohibir otros?
¿Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mí atrevimiento, y no lo fue en
su Paterni-dad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi
entendi-miento tal cual ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solar?
¿Es alguno de los principios de la Santa Fe, revelados, su opinión, para que la
hayamos de creer a ojos cerrados? Demás que yo ni falté al decoro que a tanto
varón se debe, como acá ha faltado su defensor, olvidado de la sentencia de
Tito Lucio: Artes committatur decor; ni toqué a la Sagrada Compañía
en el pelo de la ropa; ni escribí más que para el juicio de quien me lo
insinuó; y según Plinio, non similis est conditio publicantis, et
nominatim dicentis. Que si creyera se había de publicar, no
fuera con tanto desaliño como fue. Si es, como dice el censor, herética, ¿por
qué no la delata? y con eso él quedará vengado y yo contenta, que aprecio, como
debo, más el nombre de católica y de obediente hija de mi Santa Madre Iglesia,
que todos los aplausos de docta. Si está bárbara --que en eso dice bien--,
ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo, que yo no le digo que me
aplauda, pues co-mo yo fui libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera
para disentir de mi dictamen.
Pero ¿dónde voy,
Señora mía? Que esto no es de aquí, ni es para vuestros oídos, sino que como
voy tratando de mis impugnadores, me acordé de las cláusulas de uno que ha
salido ahora, e insensiblemente se deslizó la pluma a quererle responder en
particular, siendo mi in-tento hablar en general. Y así, volviendo a nuestro
Arce, dice que co-noció en esta ciudad dos monjas: la una en el convento de
Regina, que tenía el Breviario de tal manera en la memoria, que aplicaba con
gran-dísima prontitud y propiedad sus versos, salmos y sentencias de homi-
58
Pues si vuelvo los
ojos a la tan perseguida habilidad de hacer ver-sos — que en mí es tan natural,
que aun me violento para que esta carta no lo sean, y pudiera decir aquello
de Quidquid conabar dicere, versus erat— , viéndola condenar a
tantos tanto y acriminar, he buscado muy de propósito cuál sea el
daño que puedan tener, y no le he hallado; antes sí los veo aplaudidos en las
bocas de las Sibilas; santificados en las plumas de los Profetas, especialmente
del Rey David, de quien dice el gran expositor y amado Padre mío, dando razón
de las mensuras de sus metros: In morem Flacci et Pindari nunc iambo
currit, nunc alcai-co personat, nunc sapphico tumet, nunc semipede ingreditur.
Los más de los libros sagrados están en metro, como el Cántico de
Moisés; y los de Job, dice San Isidoro, en sus Etimologías, que están en verso
heroi-co. En los Epitalamios los escribió Salomón; en los Trenos, Jeremías. Y
así dice Casiodoro: Omnis poetica locutio a Divinis scripturis sum-psit
exordium. Pues nuestra Iglesia Católica no sólo no los desdeña, mas
los usa en sus Himnos y recita los de San Ambrosio, Santo Tomás, de San Isidoro
y otros. San Buenaventura les tuvo tal afecto que apenas hay plana suya sin
versos. San Pablo bien se ve que los había estudia-do, pues los cita, y traduce
el de Arato: In ipso enim vivimus, et move-mur, et sumus, y alega el
otro de Parménides: Cretenses semper mendaces, malae bestiae, pigri. San
Gregorio Nacianceno disputa en elegantes versos las cuestiones de
Matrimonio y la de la Virginidad. Y
59
Pues si está el mal
en que los use una mujer, ya se ve cuántas los han usado loablemente; pues ¿en
qué está el serlo yo? Confieso desde luego mi ruindad y vileza; pero no juzgo
que se habrá visto una copla mía indecente. Demás, que yo nunca he escrito cosa
alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera, que
no me acuerdo haber escrito por mi gusto sino es un papelillo que llaman El
Sueño. Esa carta que vos, Señora mía, honrasteis tanto, la escribí con más
repugnancia que otra cosa; y así porque era de cosas sagradas a quienes (como
he dicho) tengo reverente temor, como porque parecía querer impugnar, cosa a
que tengo aversión natural. Y creo que si pu-diera haber prevenido el dichoso
destino a que nacía --pues, como a otro Moisés, la arrojé expósita a las aguas
del Nilo del silencio, donde la halló y acarició una princesa como vos--; creo,
vuelvo a decir, que si yo tal pensara, la ahogara antes entre las mismas manos
en que nacía, de miedo de que pareciesen a la luz de vuestro saber los torpes
borro-nes de mi ignorancia. De donde se conoce la grandeza de vuestra bon-dad,
pues está aplaudiendo vuestra voluntad lo que precisamente ha de estar
repugnando vuestro clarísimo entendimiento. Pero ya que su ventura la arrojó a
vuestras puertas, tan expósita y huérfana que hasta el nombre le pusisteis vos,
pésame que, entre más deformidades, lleva-se también los defectos de la prisa;
porque así por la poca salud que continuamente tengo, como por la sobra de
ocupaciones en que me pone la obediencia, y carecer de quien me ayude a
escribir, y estar
60
61
62
Ut desint vires,
tamen est laudanda voluntas:
hac ego contentos,
auguror esse Deos.
Si algunas otras
cosillas escribiere, siempre irán a buscar el sagra-do de vuestras plantas y el
seguro de vuestra corrección, pues no tengo otra alhaja con que pagaros, y en
sentir de Séneca, el que empezó a hacer beneficios se obligó a continuarlos; y así
os pagará a vos vuestra propia liberalidad, que sólo así puedo yo quedar
dignamente desempe-ñada, sin que caiga en mí aquello del mismo Séneca: Turpe
est benefi-ciis vinci. Que es bizarría del acreedor generoso dar al deudor
pobre, con que pueda satisfacer la deuda. Así lo hizo Dios con el
mundo im-posibilitado de pagar: diole a su Hijo propio para que se le ofreciese
63
Si el estilo,
venerable Señora mía, de esta carta, no hubiere sido como a vos es debido, os
pido perdón de la casera familiaridad o me-nos autoridad de que tratándoos como
a una religiosa de velo, hermana mía, se me ha olvidado la distancia de vuestra
ilustrísima persona, que a veros yo sin velo, no sucediera así; pero vos, con
vuestra cordura y benignidad, supliréis o enmendaréis los términos, y si os
pareciere incongruo el Vos de que yo he usado por parecerme que para la
reve-rencia que os debo es muy poca reverencia la Reverencia, mudadlo en el que
os pareciere decente a lo que vos merecéis, que yo no me he atrevido a exceder
de los límites de vuestro estilo ni a romper el mar-gen de vuestra modestia.
Y mantenedme en
vuestra gracia, para impetrarme la divina, de que os conceda el Señor muchos
aumentos y os guarde, como le supli-co y he menester. De este convento de N.
Padre San Jerónimo de Méji-co, a primero día del mes de marzo de mil
seiscientos y noventa y un años. B. V. M. vuestra más favorecida
64
Juana Inés de la
Cruz
(Respuesta de la
poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz, 1691)
Señora mía: He
visto la carta de V. md. en que impugna las fine-zas de Cristo que discurrió el
Reverendo Padre Antonio de Vieira en el Sermón del Mandato con tal sutileza que
a los más eruditos ha pareci-do que, como otra Águila del Apocalipsis, se había
remontado este singular talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó
antes el Ilustrísimo César Meneses, ingenio de los primeros de Portugal; pero a
mi juicio, quien leyere su apología de V. md. no podrá negar que cortó la pluma
más delgada que ambos y que pudieran gloriarse de verse impugnados de una mujer
que es honra de su sexo.
Yo, a lo menos, he
admirado la viveza de los conceptos, la discre-ción de sus pruebas y la
enérgica claridad con que convence el asunto, compañera inseparable de la
sabiduría; que por eso la primera voz que pronunció la Divina fue luz, porque
sin claridad no hay voz de sabidu-ría. Aun la de Cristo, cuando hablaba
altísimos misterios entre los velos de las parábolas, no se tuvo por admirable
en el mundo; y sólo cuando habló claro, mereció la aclamación de saberlo todo.
éste es uno de los muchos beneficios que debe V. md. a Dios; porque la claridad
no se adquiere con el trabajo e industria: es don que se infunde con el alma.
Para que V. md. se
vea en este papel de mejor letra, le he impreso; y para que reconozca los
tesoros que Dios depositó en su alma, y le sea, como más entendida, más
agradecida: que la gratitud y el enten-dimiento nacieron siempre de un mismo
parto. Y si como V. md. dice en su carta, quien más ha recibido de Dios está
más obligado a la co-rrespondencia, temo se halle V. md. alcanzada en la
cuenta; pues pocas criaturas deben a Su Majestad mayores talentos en lo
natural, con que ejecuta al agradecimiento, para que si hasta aquí los ha
empleado bien (que así lo debo creer de quien profesa tal religión), en
adelante sea mejor.
No es mi juicio tan
austero censor que esté mal con los versos --en 65
No apruebo la
vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues
tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. Es verdad
que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no
estudien para saber; porque sólo quiso prevenir el riesgo de elación en nuestro
sexo, propenso siempre a la vanidad. A Sarai la quitó una letra la Sabiduría
Divina, y puso una más al nombre de Abram, no porque el varón ha de tener más
letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la i añadida al nombre de
Sara explicaba temor y dominación. Señora mía se inter-preta Sarai; y no
convenía que fuese en la casa de Abraham señora la que tenía empleo de súbdita.
Letras que
engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el
Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. Notorio es a todos
que el estudio y saber han contenido a V. md. en el estado de súbdita, y que la
han servido de perfeccionar pri-mores de obediente; pues si las demás
religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, V. md. cautiva el
entendimiento, que es el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse
en las aras de la Religión.
No pretendo, según
este dictamen, que V. md. mude el genio re-nunciando los libros, sino que le
mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los evangelistas llamó
libro a la genealogía de Cristo, si no es San Mateo, porque en su conversión no
quiso este Se-ñor mudarle la inclinación, sino mejorarla, para que si antes,
cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos e intereses, cuando
após-tol mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de
Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas;
ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejo-ren los libros.
¿Qué pueblo hubo
más erudito que Egipto? En él empezaron las 66
Por grande
ponderación de la sabiduría de José, le llama la Sagra-da Escritura consumado
en la erudición de los egipcios. Y con todo eso, el Espíritu Santo dice
abiertamente que el pueblo de los egipcios es bárbaro: porque toda su
sabiduría, cuando más, penetraba los movi-mientos de las estrellas y cielos,
pero no servía para enfrenar los desór-denes de las pasiones; toda su ciencia
tenía por empleo perfeccionar al hombre en la vida política, pero no ilustraba
para conseguir la eterna. Y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios, que
todo lo sabe, la califica por necedad.
Así lo sintió Justo
Lipsio (pasmo de la erudición), estando vecino a la muerte y a la cuenta,
cuando el entendimiento está más ilustrado; que consolándole sus amigos con los
muchos libros que había escrito de erudición, dijo señalando a un santocristo: "Ciencia
que no es del Crucificado, es necedad y sólo vanidad".
No repruebo por
esto la lección de estos autores; pero digo a V. md. lo que aconsejaba Gersón:
Préstese V. md., no se venda, ni se deje robar de estos estudios. Esclavas son
las letras humanas y suelen apro-vechar a las divinas; pero deben reprobarse
cuando roban la posesión del entendimiento humano a la Sabiduría Divina,
haciéndose señoras las que se destinaron a la servidumbre. Comendables son,
cuando el motivo de la curiosidad, que es vicio, se pasa a la estudiosidad, que
es virtud.
A San Jerónimo le
azotaron los ángeles porque leía en Cicerón, arrastrado y no libre, prefiriendo
el deleite de su elocuencia a la solidez de la Sagrada Escritura; pero
loablemente se aprovechó este Santo Doctor de sus noticias y de la erudición
profana que adquirió en seme-jantes autores.
No es poco el
tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase ya, como el gran
Boecio, a las provechosas, juntando a las sutilezas de la natural, la utilidad
de una filosofía moral.
Lástima es que un
tan gran entendimiento, de tal manera se abata a las rateras noticias de la
tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el Cielo; y ya que se humille al
suelo, que no baje más abajo, conside-
67
Estoy muy cierta y
segura que si V. md., con los discursos vivos de su entendimiento, formase y
pintase una idea de las perfecciones divinas (cual se permite entre las
tinieblas de la fe), al mismo tiempo se vería ilustrada de luces su alma y
abrasada su voluntad y dulcemente herida de amor de su Dios, para que este
Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural
sobre V. md., no se vea obligado a concederla beneficios solamente negativos en
lo sobre-natural; que por más que la discreción de V. md. les llame finezas, yo
les tengo por castigos: porque sólo es beneficio el que Dios hace al corazón
humano previniéndole con su gracia para que le corresponda agradecido,
disponiéndose con un beneficio reconocido, para que no represada, la
liberalidad divina se los haga mayores.
Esto desea a V. md.
quien, desde que la besó, muchos años ha, la mano, vive enamorada de su alma,
sin que se haya entibiado este amor con la distancia ni el tiempo; porque el
amor espiritual no padece achaques de mudanza, ni le reconoce el que es puro si
no es hacia el crecimiento. Su Majestad oiga mis súplicas y haga a V. md. muy
santa, y me la guarde en toda prosperidad.
De este Convento de
la Santísima Trinidad, de la Puebla de los Ángeles, y noviembre 25 de 1690.
B. L. M. de V. md.
su afecta servidora Filotea de la Cruz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario