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Libro N° 13822. Matanza Y Cultura. Batallas Decisivas En El Auge De La Civilización Occidental. Hanson, Víctor Davis.

 


© Libro N° 13822. Matanza Y Cultura. Batallas Decisivas En El Auge De La Civilización Occidental. Hanson, Víctor Davis. Emancipación. Mayo 10 de 2025

  

Título Original: © Matanza y Cultura. Víctor Davis Hanson

 

Versión Original: © Matanza y Cultura. Víctor Davis Hanson

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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MATANZA Y CULTURA

 Batallas Decisivas En El Auge De La Civilización Occidental

Víctor Davis Hanson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Matanza Y Cultura

Batallas Decisivas En El Auge De La Civilización Occidental

Víctor Davis Hanson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COLECCIÓN NOEMA

 

Matanza

 

 

 

 

 

 

Y

 

Cultura

 

 

 

 

VICTOR DAVIS HANSON

 

 

 

 

 

 

TRADUCCIÓN DE AMADO DIÉGUEZ RODRÍGUEZ

 

 

 

 

Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TURNER

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

 

 

Primera edición en español, octubre de 2004

 

Título original: Carnage and. Culture. Landmark Battles in the Rise of Western Power

 

Esta obra ha sido publicada con la ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

 

Todos los derechos reservados.

 

No está permitida la reproducción total o parcial de la obra ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin la autorización escrita de la editorial.

 

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Prohibida su venta en América Latina

 

 

 

Diseño de la colección: Enric Satué

 

Ilustración de cubierta: © Abbas / Magnum Photos

 

ISBN Turner: 84-7506-637-2

 

Depósito legal: M. 43.753-2004

 

 

Printed in Spain

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Donald Kagan y Steven Ozment

 

 

ÍNDICE

 

 

 

 

 

 

Prefacio        13

 

I L as razones de la victo ria de O ccid en te   17

 

Matones ilustrados     17

 

La primacía de las batallas     22

 

Ideas occidentales      30

 

La guerra en Occidente          38

 

P rim era p arte . C reació n    43

 

II       L a libertad, o “ v iv ir com o se q u iera”

 

Salamina, 28 de septiembre de 480 a.C .         45

 

Los ahogados 45

 

Los aqueménidas y la libertad 51

 

Las Guerras Médicas y la estrategia aplicada en Salamina       58

 

La batalla      62

 

Eleutheria      66

 

El legado de Salam ina          76

 

I I I    L a b atalla decisiva

 

Gaugamela, 1 de octubre de331 a.C   81

 

Puntos de vista          81

 

La máquina militar m acedonia          96

 

Orgía de sangre         102

 

La batalla decisiva y la doctrina bélica occidental       113

 

IV     Soldados ciudadanos

 

Carinas, 2 de agosto de 2 16 a.C .       123

 

Carnicería estival       123

 

Las mandíbulas de A n íbal    130

 

Cartago y Occidente  135

 

Las legiones de Rom a           139

 

Una idea: la nación en arm as 145

 

“Dueños de todo el mundo” : el legado del militarismo cívico 151

 

Segu n da parte . C o n tin u id ad       159

 

V       In fan tería terrateniente

 

Poitiers, 11 de octubre de 7,52 161

 

Caballos contra pies   161

 

El muro         163

 

El m artillo    167

 

El ascenso del islam   172

 

¿Edad oscura?           176

 

Infantería, propiedad y ciudadanía      183

 

Poitiers y más allá      193

 

V I     L a tecn ología y los dividendos de la razón

 

Tenochtitlán, 24 de junio de 1520-13 de agosto de 1521         197

 

Las batallas por Ciudad de M éxico    197

 

La guerra azteca        222

 

La mente de los conquistadores          227

 

Racionalismo español 234

 

¿Por qué vencieron los castellanos?    37

 

Guerra y razón          260

 

V II   E l m ercado o el capitalism o m ata

 

Lepanto, 7 de octubre de 7577 263

 

Guerra de galeras      263

 

Leyendas sobre Lepanto        280

 

Europa y los otomanos          285

 

El capitalismo, la economía otomana y el islam          300

 

Guerra y m ercado     304

 

Tercera parte . C o n tro l       309

 

V I I I D isciplina, o p o r qué los guerreros no siem pre son soldados

 

Rorke’s Drift, 22-23 de enero de 1879 311

 

Campos de m uerte    311

 

Una actitud im perial 333

 

Poder e impotencia de los zulúes        345

 

Valor no equivale a disciplina 355

 

IX     Individualism o

 

Midway, 4-6 de junio de 1942 369

 

Infiernos flotantes      369

 

La aniquilación de los Devastator       378

 

La flota imperial se hace a la m ar      388

 

El Japón occidental y el no occidental 393

 

Improvisación e iniciativa individual en M idway       406

 

El individualismo en la doctrina bélica occidental       423

 

X       D isensión y autocrítica

 

La ofensiva del Tet, 3 1 de enero-6 de abril de ig68    429

 

Batallas contra ciudades        429

 

La victoria como derrota        443

 

Consecuencias           467

 

La guerra entre revisiones, exámenes y autocrítica      477

 

E p ílogo . L a g u erra occidental: pasado y fu tu ro    485

 

El legado de Grecia   485

 

¿Otras batallas?         488

 

La singularidad de la cultura militar occidental           489

 

Continuidad de la capacidad de destrucción de Occidente       491

 

¿Occidente contra Occidente? 498

 

Glosario        503

 

Bibliografía   507

 

Indice de m apas        5 25

 

Indice onomástico y temático 527

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

 

PREFACIO

 

 

 

 

 

 

 

A lo largo de este libro empleo el término “ occidental” para referirme a la cultura de la Antigüedad clásica que surgió en Grecia y Roma, sobrevivió a la caída del Imperio romano, se propagó por Europa occidental y septentrional, se extendió a ambas Américas, a Australia y a algunas zonas de Africa y Asia

 

-durante el gran período de exploración y colonización que se produjo entre los siglos XV y X IX - , y ahora ejerce un dominio político, económico, cultural y militar mucho mayor del que por tamaño o población debería corresponderle. Si bien los títulos de los capítulos de esta obra reflejan elementos fundamentales de la tradición cultural occidental, no debe deducirse de ello que todos los Estados europeos hayan compartido siempre y sin diferencias los mismos valores, o que su proceder y sus instituciones esenciales no hayan cam biado en los más de 2.500 años que abarca su historia. Aunque admito que muchos críticos puedan estar en desacuerdo sobre las razones que motivan el dinamismo mili­ tar europeo y la propia naturaleza de la civilización occidental, no me interesa abundar aquí en los debates culturales modernos que ya se producen a este respecto. Este estudio aborda, ante todo, el dominio militar de Occidente, su moralidad es cuestión bien distinta.

 

En consecuencia, me he concentrado deliberadamente en lo que separa a Oriente de Occidente, en esas zonas de discordia que enfatizan la singular capacidad de destrucción de la doctrina bélica occidental cuando se la compara con otras tradiciones desarrolladas en Africa, Asia y ambas Américas. Recurro a generalizaciones de las que, pese a su validez, no debería inferirse que no ha habido diferencias reales entre los propios Estados europeos ni que la cultura occidental y las culturas no occidentales son monolíticas o siempre han estado enfrentadas entre sí. Por lo demás, aunque trato asuntos de gobierno, religión y economía más amplios, mi principal objetivo consiste en explicar el poder militar occidental y no la naturaleza y la evolución de la civilización occidental en su conjunto.

 

Ésta, por tanto, no es una obra destinada a especialistas. M uy al contrario, he procurado, concentrándome en tendencias generales, ofrecer al lector no especializado una síntesis de cómo ha reaccionado la sociedad occidental frente a la guerra a lo largo de sus 2.500 años de historia y no he pretendido en ningún momento llevar a cabo un trabajo de investigación de fuentes original y circuns­

 

 

crito a un período histórico concreto. He explicitado las referencias bibliográficas, que aparecen insertas entre paréntesis a lo largo de la narración, únicamente para las citas textuales de m ayor extensión, aunque, por supuesto, ofrezco in­ formación concerniente a las fuentes documentales y a los libros y artículos más relevantes en la última parte de este estudio.

 

He de dar las gracias a muchas personas. Sabina Robinson y Karin Lee, del Honors Program de la California State University (csu) en Fresno, leyeron las pruebas de esta obra con suma eficacia. Katherine Becker, estudiante de doc­ torado del programa de historia militar de la Ohio State University, me ayudó con la bibliografía y las tareas de edición. Una vez más, mi compañero de estudios clásicos en la csu en Fresno, Bruce Thornton, leyó el manuscrito de la obra en su totalidad y lo expurgó de sus numerosos errores. Luis Costa, decano de la Escuela de Artes y Humanidades de la CSU en Fresno, me concedió una opor­ tuna beca de investigación que me permitió visitar muchas bibliotecas y ver, finalmente, publicado el manuscrito. Tengo con él, y no es la primera, una deuda de gratitud.

 

He aprendido mucho sobre la cultura bélica occidental en las obras de Geoffrey Parker, John Keegan y Barry Strauss y de la correspondencia y las conversacio­ nes que he mantenido con Josiah Bunting III, Alian Millett, Joh n Lynn, Ro-bert Cowley y el propio Geoffrey Parker. También deseo dar las gracias a Charles Garrigus, Donald Kagan, John Heath, Steven Ozment y Bruce Thornton por su prolongada amistad. A lo largo de la pasada década, Donald Kagan y Steven Ozment me han enseñado mucho sobre la civilización occidental. Ambos han sido guardianes modélicos de nuestro patrimonio cultural en una época que tan a menudo nos resulta deprimente y temible. M i relación epistolar con Rita Atwood, Nick Germánicos, Debbie Kazazis, Michelle McKenna y Rebecca Sinos me fue de gran ayuda durante la redacción del manuscrito.

 

M. C. Drake, profesora de diseño y artes escénicas de la CSU en Fresno, ha dibujado los mapas originales que ilustran este estudio. Le estoy por ello muy agradecido. Glen Hartley y Lynn Chu, mis agentes literarios, son mis amigos desde hace más de una década y me han prestado un apoyo y un asesoramiento que no podría haber encontrado en ningún otro lugar. Ellos han sido el cordón um bilical que ha unido una granja de Fresno relativam ente aislada con la compleja y con frecuencia desconcertante sociedad de Nueva York. A causa de este libro y de todos los que hemos publicado anteriormente, siento por Adam Bellow, mi editor de Doubleday, el mayor aprecio.

Cara, mi esposa, leyó las pruebas finales de este estudio. Una vez más, he de darle las gracias por su apoyo constante y por mantener la cordura en nuestra vieja y desvencijada granja de 120 años y treinta hectáreas de árboles y viñas, un hogar que, por lo demás, no deja de consumir dinero, donde conviven tres adolescentes, seis perros, siete gatos, un pájaro y un conejo. M is tres hijos, Susannah, William y Pauline, asumieron de nuevo muchas de las responsabi­ lidades que me competen en la granja y en el hogar, lo que por supuesto me ha ayudado a completar la redacción de este libro.

 

V. D. H.

 

Selma, California

 

Septiembre de 2000

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

LAS RAZONES DE LA VICTORIA DE OCCIDENTE

 

 

 

 

 

Y       al sonar la trompeta avanzaron todos con las armas por delante. Según avanzaban dando gritos y conpaso cada vez más rápido, los soldados, por impulso espontáneo, se pusieron a correr hacia sus tiendas. Esto llenó de espanto a los bárbaros; la misma reina de Cilicia huyó abando­ nando la litera, y los vendedores que estaban en el campo huyeron sin cuidarse de sus mercancías. Mientras tanto, los griegos llegaron riéndose a sus tiendas; la reina de Cilicia, al ver el lucimiento y buen orden del ejército, quedó asombrada. Y Ciro se alegró al ver el miedo que infundían los griegos a los bárbaros.

 

J E N O F O N T E , Anábasis,

 

1.2.16 -18 *

 

 

 

 

MATONES ILUSTRADOS

 

I l u s o la dificultad de organizar a unos asesinos puede resultar reveladora. En el verano del año 401 a.C., Ciro el Joven contrató a 10.700 hoplitas -soldados griegos de infantería pesada armados con coraza, lanza y escudo- que habrían de ayudarlo en sus aspiraciones al trono de Persia. Estos soldados eran en su mayoría veteranos curtidos en las batallas de la reciente y prolongada guerra del Peloponeso -veintisiete años de luchas: 431-404 a.C .-, mercenarios reclutados en todos los rincones del mundo de habla griega, muchos de ellos renegados y exiliados. Tanto los que eran casi adolescentes como los que se encontraban en los últimos años de su edad adulta -pero en un estado de salud envidiable-se alistaron por dinero. En el desolado paisaje que había dejado una guerra intestina que estuvo a punto de acabar con el mundo griego, gran número de ellos se encontraban sin trabajo y tan desesperados que andaban a la búsqueda de un lucrativo empleo como asesinos. Sin embargo, entre las tropas de Ciro había también unos pocos y privilegiados estudiantes de filosofía y oratoria dispuestos a marchar sobre Asia codo con codo con los mercenarios deshere-

 

 

 

* Madrid, Espasa Calpe, 1982, traducción de Ángel Sánchez Rivero.

 

 

 

17

 

 

dados: aristócratas como Jenofonte, discípulo de Sócrates, y Próxenes, general beocio. Había también médicos, oficiales profesionales, futuros colonos y, por supuesto, los ricos amigos griegos del príncipe Ciro.

Tras una triunfal marcha hacia el oriente de más de 2.400 kilómetros en la que consiguieron dispersar a todos sus oponentes, los griegos aplastaron las líneas del ejército real de Persia en la batalla de Cunaxa, al norte de Babilonia. Por destruir un ala entera de las tropas persas pagaron un precio exiguo: un solo hoplita herido por una flecha. Empero, la victoria de los Diez Mil en el clímax del enfrentamiento por el trono persa se tornó inútil cuando Ciro, su jefe, se lanzó en pos de su hermano, Artajerjes, y tras internarse en las líneas enemigas cayó en manos de la guardia imperial persa.

 

Enfrentados de repente a las huestes enemigas y a antiguos aliados ahora hostiles, atrapados, a miles de kilómetros de su patria, sin dinero ni guías ni provisiones, sin el apoyo del aspirante a rey, con un número reducido de tropas de caballería y arqueros, los infantes expedicionarios griegos, huérfanos de jefatura, optaron por no rendirse al Imperio persa. En vez de ello se aprestaron a luchar, dispuestos a abrirse el camino de vuelta a Grecia. La brutal marcha que emprendieron hacia el norte a través de Asia y hasta las playas del mar Negro constituye el argumento central de la Anábasis (o Expedición a las tierras altas) de Jenofonte, quien formó parte de la misma y fue uno de los líderes que guiaron a los Diez Mil en su retirada.

 

Rodeados por miJes de enemigos, capturados y decapitados sus generales, forzados a atravesar las belicosas tierras de más de veinte pueblos distintos, azotados por las ventiscas, cruzando pasos de alta montaña y estepas sin agua, víctimas de la congelación, desnutrición y diversas enfermedades, y obligados a combatir contra varias tribus salvajes, los griegos alcanzaron, pese a todo, la seguridad del mar Negro con sus fuerzas casi intactas menos de año y medio después de haber abandonado sus tierras. Además, derrotaron a cuantas tropas hostiles se cruzaron en su camino. Cinco de cada seis sobrevivieron a la expe­ dición, y la mayoría de los que cayeron no lo hicieron en la batalla, sino bajo las nieves de Armenia.

 

Durante su ordalía, los Diez Mil se quedaron boquiabiertos ante los taocos, cuyas mujeres y niños saltaban desde los riscos de su aldea en suicidios rituales masivos. Los bárbaros mesinecos, un pueblo de piel blanca cuyos miembros mantenían relaciones sexuales en público sin el menor recato, también les causaron asombro. Los cálibes portaban en sus viajes las cabezas de sus adversarios masacrados. Incluso el ejército real de Persia les pareció extraño; su infantería, a la que a veces hostigaban con un látigo sus propios oficiales, huyó ante el empuje inicial de las falanges griegas. Lo que en última instancia sorprende al lector de la Anábasis no es sólo el valor, la destreza y la brutalidad del ejército griego -que al fin y al cabo no tenía más intereses en Asia que matar

 

 

 

18

 

 

y hacer dinero-, sino la enorme diferencia cultural entre los Diez M il y las aguerridas tribus a las que se enfrentaron.

 

¿En qué otro lugar del Mediterráneo marcharían filósofos y estudiantes junto a rufianes para aplastar las filas enemigas? ¿En qué otro lugar se sentiría cada soldado igual a cualquier otro miembro del ejército, o al menos se vería tan libre como él y tan dueño de su propio destino? ¿Qué otro ejército de la Antigüedad elegía a sus propios mandos? ¿Cóm o pudo, en definitiva, un contingente tan pequeño y dirigido por un comité electo abrirse paso hasta su patria a través de varios miles de kilómetros y acosado por miles de enemigos?

 

En cuanto los Diez Mil, que semejaban tanto una “democracia en lucha” como un ejército de mercenarios, abandonaron el campo de batalla de Cunaxa, los soldados, de manera ya rutinaria, se reunieron en asambleas y votaron las pro­ puestas de sus líderes electos. Cuando arreciaban las crisis, formaban comisiones ad hoc para garantizarse un número suficiente de arqueros, soldados a caballo y enfermeros. Cuando la naturaleza o el hombre los colocaban ante algún desafío inesperado -ríos infranqueables, escasez de alimentos o enemigos tribales desconocidos-, se reunían en consejos para debatir y discutir nuevas tácticas, fabricar nuevas armas o modificar la organización de las tropas. Los generales electos marchaban junto a sus hombres y luchaban a su lado y daban cuenta de sus gastos al fisco.

 

Los soldados buscaban el choque cuerpo a cuerpo con el enemigo. Todos aceptaban la necesidad de mantener una disciplina estricta y de combatir hombro con hombro siempre que fuera posible. A pesar de su crítica escasez de tropas a caballo, no sentían otra cosa que desprecio por la caballería del Gran Rey. “Nunca ha muerto nadie en una batalla a causa del mordisco o la coz de un caballo” , recordó Jenofonte a sus atribulados soldados de a pie (Anábasis, 3.2.19). Tras alcanzar la costa del mar Negro, los Diez Mil llevaron a cabo investigaciones judiciales y controles de la gestión de sus jefes; los descontentos votaron libremente y se separaron del resto a fin de afrontar el camino de vuelta por sus propios medios. El voto de un humilde pastor arcadio valía tanto como el del aristocrático Jenofonte, discípulo de Sócrates y futuro autor de tratados que versaban tanto sobre filosofía moral como sobre el potencial de renta de la Atenas antigua.

 

Pensar en un equivalente persa de los Diez M il es imposible. Imaginemos qué probabilidades tendrían las tropas de elite del rey persa -los Amrtaka, o In ­ mortales, un cuerpo de infantería pesada que contaba igualmente con 10.000 efectivos- si aisladas y abandonadas en Grecia y superadas en una proporción de diez a uno hubieran tenido que marchar desde el Peloponeso hasta Tesalia derrotando a las falanges superiores en número de todas las ciudades-Estado griegas que fueran atravesando hasta alcanzar la seguridad del Helesponto. La historia nos ofrece un equivalente más trágico y real: el ejército de invasión

 

 

 

19

 

 

MA.iAiNi.rt- 1  LUI.IUIWV

 

 

del general persa Mardonio que, en el año 479 a.C., fue derrotado en la batalla de Platea por los griegos, inferiores en número, y a continuación obligado a emprender una retirada de quinientos kilómetros a través de Tesalia y Tracia. Pese al enorme tamaño de su ejército y a la ausencia de cualquier persecución organizada, pocos persas consiguieron regresar a sus hogares. Evidentemente, no eran los Diez Mil. Su rey los había abandonado hacía mucho tiempo. En efecto, en el otoño anterior, tras la derrota de Salamina, Jerjes había regresado a la seguridad de su corte.

 

Aunque Jenofonte sugiere en varios pasajes de su obra que la pesada panoplia de bronce, hierro y madera de los Diez M il no encontró parangón en ningún rincón de Asia, la superioridad tecnológica no es argumento suficiente para explicar la m ilagrosa hazaña de los griegos. Tampoco hay pruebas de que éstos fueran “ diferentes” por naturaleza a los hombres del rey Artajerjes. La teoría seudocientífica posterior que sostiene que los europeos eran racialmente superiores a los persas no encuentra ejemplos prácticos en ningún griego de la época. Los Diez Mil eran, en efecto, mercenarios veteranos inclinados al pillaje y el robo, pero en modo alguno fueron más salvajes o belicosos que otros invasores o saqueadores de la Antigüedad; tampoco constituían una comunidad más amable o moral que las tribus a las que se enfrentaron en Asia. La religión griega no otorgaba un alto premio por poner la otra m ejilla ni predicaba la anormalidad o amoralidad de la guerra. El clima, la geografía y los recursos naturales tampoco nos aclaran gran cosa. Los hombres de Jenofonte no podían menos que envidiar a los habitantes de Asia Menor, cuyas tierras cultivables y riquezas naturales contrastaban marcadamente con la pobreza del suelo griego. De hecho, era frecuente advertir a los hombres que los griegos que emigraban hacia el este corrían el riesgo de convertirse en “comedores del letárgico loto” , en víctimas de un paisaje natural mucho más rico que el suyo.

 

Lo que la Anábasis prueba, por el contrario, es que los griegos luchaban de forma muy distinta a la de sus adversarios y que sus singulares características combativas -conciencia de la libertad personal, superior disciplina, armas sin parangón, cam aradería igualitaria, iniciativa individual, flexibilidad táctica, adaptación al terreno, preferencia por las batallas de choque con tropas de infantería pesada- constituían los mortíferos dividendos de la cultura helénica en general. El peculiar modo de matar de los griegos nacía de un gobierno consensuado, de la igualdad existente entre las clases m edias, del control civil de las cuestiones militares, de la libertad y el individualismo, del racio­ nalismo y de una política separada de la religión. La ordalía de los Diez Mil, atrapados y al borde de la extinción, descubrió la conciencia de la polis innata a todos los soldados griegos, que en aquella campaña se dirigieron a sí mismos exactamente igual que como lo hacían como civiles en sus respectivas ciudades-Estado.

 

 

 

 

 

20

 

 

De una form a o de otra, a los Diez M il los seguirían invasores europeos igualmente brutales: Agesilao y sus espartanos, el capitán mercenario Cares, Alejandro Magno, Ju lio César y los siglos de dominación de las legiones, los cruzados, Hernán Cortés, los navegantes portugueses de los mares asiáticos, los casacas rojas británicos en India y Africa, y otros cientos de ladrones, bu­ caneros, colonos, mercenarios, imperialistas y exploradores. La mayor parte de las fuerzas expedicionarias occidentales que se organizaron posteriormente eran inferiores en número y combatían a menudo lejos de su país. Sin embargo, vencieron a enemigos superiores y se valieron en diversos grados de muchos elementos de su cultura, la occidental, para masacrar sin piedad a sus oponentes.

 

Que durante la larga historia bélica de Europa la principal preocupación militar de cualquier ejército occidental haya sido otro ejército occidental es casi un lugar común. Pocos griegos murieron en la batalla de Maratón (490 a.C.), pero varios miles cayeron en los enfrentamientos que posteriormente tuvieron lugar en Nemea y Coronea (394 a.C.), y es que aquí los griegos luchaban contra los griegos. En las Guerras Médicas (490-479 a.C.) cayó un número de griegos relativamente reducido. En cambio, la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), un conflicto intestino entre los propios Estados griegos, fue un atroz baño de sangre. El propio Alejandro mató a más europeos en Asia que los cientos de miles de persas que lucharon al mando de Darío III . Las guerras civiles de Rom a estuvieron a punto de arruinar la República, algo que a Aníbal le quedó muy lejos. Waterloo, el Somme y la playa de Omaha confirman el holocausto que se produce cuando un occidental ataca a otro occidental.

 

Esta obra se propone explicar por qué es así, por qué los occidentales han sido tan diestros a la hora de aprovechar los valores de su civilización para matar a otros, a la hora de guerrear de m anera brutal sin caer ellos mismos en la batalla. A l hablar del pasado, del presente y del futuro, el relato del dinamismo de los ejércitos en el mundo es en última instancia una investigación de la capacidad militar de Occidente. Es verdad que una generalización tan amplia puede contrariar a muchos estudiosos de la guerra; no me cabe duda de que muchos profesores universitarios tacharán de chovinista, o de algo peor, tal aserción y citarán para refutarla todas sus excepciones, desde el paso de las Termopilas hasta Little Bighorn. Es cierto, además, que el común de los ciudadanos no es consciente de las continuadas y singulares propiedades mortíferas de su cultura en lo relativo a las armas. Y sin embargo, durante los últimos 2.500 años -incluso en la alta Edad M edia, mucho antes de la “revolución militar” y no simplemente como resultado del Renacimiento, el descubrim iento de Am érica o la Revolución Industrial-, han existido en Occidente una práctica de la guerra compartida, un fundamento común y un método continuado de combatir, que han hecho de los europeos los soldados más letales de la historia de la civilización.

 

 

 

 

 

27

 

 

LA PRIMACÍA DE LAS BATALLAS

 

LA GUERRA COMO CULTURA

 

No me interesa analizar aquí si la cultura militar europea es moralmente superior o mucho más infortunada y destructiva que la de los pueblos no occidentales. Los conquistadores que pusieron fin a las torturas y sacrificios humanos que se realizaban en la Gran Pirámide de Ciudad de M éxico provenían de una so­ ciedad que se movía entre la Santa Inquisición y una feroz Reconquista, y dejaron a su estela un Nuevo Mundo enfermo y casi en ruinas. Tampoco me preocupa gran cosa determinar la justicia o injusticia de algunas guerras, es decir, si el mortífero Pizarro, que con tanta calma anunció en Perú: “ L a época inca ha terminado” , era mejor o peor que sus homicidas enemigos, o si, por encima de todo, India padeció la colonización británica o extrajo algún modesto be­ neficio de la misma, o si los japoneses y norteamericanos tenían motivos para bombardear Pearl Harbor o incendiar Tokio. Prefiero no fijar mi curiosidad en las tinieblas del corazón del hombre occidental, sino en su habilidad para combatir y, más concretamente, en el modo en que su destreza militar refleja prácticas sociales, económicas, políticas y culturales que en apariencia tienen muy poco que ver con la guerra.

 

La correspondencia entre valores sociales y cultura bélica no es original, al contrario, su pedigrí es antiguo. Los historiadores griegos, cuyas narraciones se centran en la guerra, casi siempre procuraron extraer de sus relatos lecciones culturales. Ya en la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides, que relata acontecimientos sucedidos hace casi 2.500 años, el general espartano Brasidas desprecia la capacidad militar de las tribus de Iliria y M acedonia que se en­ frentaban a sus hoplitas de Esparta. Aquellos hombres, dice Brasidas de sus salvajes adversarios, no tenían disciplina y por tanto no podían aguantar una batalla de desgaste. “ Como todas las plebes”, los miembros de aquellas tribus mudaban su feroz ademán por chillidos de miedo cuando se enfrentaban al frío metal de los disciplinados hombres que los atacaban. ¿Por qué? Porque, como Brasidas les dice a sus soldados, esas tribus eran el producto de culturas en las que “las masas no gobiernan sobre unos pocos, sino que más bien son las minorías las que gobiernan a las mayorías” (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, IV. 126). *

 

En contraste con aquellos enormes ejércitos formados por “bárbaros” chillones, carentes de gobiernos de consenso y de constituciones escritas, “formidables por su número, con su insoportable clam or y la temible apariencia de las armas que blanden en el aire [...], los ciudadanos de Estados como los vuestros” ,

 

* Madrid, Gredos, 1991, traducción d e ju a n j. Torres Esbarranch.

 

 

 

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aseguraba Brasidas a sus hombres, “mantienen la posición” . Adviértase que Brasidas no dice nada ni del color de la piel, ni de la raza, ni de la religión. Por el contrario, se limita a relacionar la disciplina militar, el mantenimiento de la formación y la preferencia por la batalla de choque con la existencia de gobiernos de consenso, que otorgan a los soldados integrados en las falanges un espíritu y un sentido de igualdad superiores a los de sus enemigos. Aunque algunos consideren el interesado retrato de Brasidas de aquellas tribus frenéticas una “fantasía” o una “ficción” propia del chovinismo occidental, o discutan si la oligarquía de Esparta era un gobierno de base mayoritaria, o aduzcan que la infantería europea ha sufrido en muchas ocasiones las emboscadas y el acoso de guerrillas más débiles e inferiores en número, resulta indiscutible que entre las huestes de infantería de las ciudades-Estado griegas gobernadas mediante una Constitución la disciplina era tradición, cosa que no ocurría con los pueblos tribales del norte.

 

En un análisis que señale la relación entre guerra y cultura, ¿por qué debemos concentrarnos en las pocas horas que dura una batalla y en la experiencia de combate del soldado medio y no en el impulso épico de las guerras, con su adi­ tamento de gran estrategia, maniobras tácticas y vastos teatros de operaciones, que tan bien se prestan a una exégesis cultural y social detallada? La historia militar no debe desviarse jamás del trágico relato de las matanzas bélicas, que en última instancia se basa únicamente en las batallas. Es la cultura a la que pertenecen los soldados la que determina que miles de hombres en su mayoría inocentes vivan o mueran a la hora señalada para la lucha. Cuando llega la batalla, capitalismo o militarismo cívico dejan de ser meras abstracciones y se transforman en realidades concretas que deciden si, por ejemplo en Lepanto, los campesinos turcos de veintiún años han de sobrevivir o ser arponeados de a miles, o si, en Salamina, los zapateros y los curtidores atenienses pueden volver seguros a sus casas tras la carnicería o teñir con su propia sangre las playas del Ática.

 

 

H ay una verdad intrínseca en cada enfrentamiento. Es difícil disfrazar el veredicto dictado por un campo de batalla y es casi imposible soslayar una explicación sobre los muertos o hacer pasar por victoria una derrota lamenta­ ble. Las guerras son la suma de muchas batallas, y éstas el relato de cómo mueren o viven muchos seres humanos. Como han señalado observadores tan diversos como Aldous Huxley o John Keegan, escribir sobre un conflicto no es limitarse a hablar de la superioridad de los fusiles o las tropas imperiales o del incom­ parable filo del gladius romano, sino también, y sobre todo, describir el impacto de una bala de ametralladora en la frente de un soldado adolescente o el des­ garro que sufren las arterias y los órganos vitales de un galo anónimo. Hablar de la guerra de cualquier otro modo es una especie de inmoralidad. La idea de que, cuando reciben un balazo, los soldados, sencillamente, caen como

 

 

dormidos y no quedan destrozados, pensar que los generales mandan batallones y compañías de autómatas impersonales al fragor de la batalla en lugar de a veinteañeros que en medio de los gritos y del polvo se precipitan a través de una cortina de plomo tiene poco que ver con un enfoque científico y cultural amplio y acertado.

 

En las descripciones bélicas, los eufemismos o las omisiones del historiador militar pueden constituir una ofensa criminal. No es casualidad que los autores de talento que se han ocupado de las guerras -desde Homero, Tucídides, César, Víctor Hugo y León Tolstoi hasta Stephen Runciman, Jam es Jones y Stephen Am brose- equiparen las tácticas a la sangre, la estrategia a los cadáveres. ¿Cómo es posible escribir sobre los asuntos culturales más amplios que rodean a la guerra sin describir cómo matan y mueren los hombres que participan en ella, sin recordar que se les hurta su juventud, que sus robustos cuerpos empapan de sangre los campos de batalla?

 

Porque se lo debemos a los muertos es preciso descubrir, cueste lo que cueste, de qué modo y por qué la práctica del gobierno, la ciencia, la ley y la religión determinan el destino de los miles de soldados que se dan cita en un campo de batalla. Durante la Guerra del Golfo (íggo-iggi), el diseñador de una bomba inteligente norteamericana, el encargado de su montaje en la planta de fabri­ cación, el oficial de logística que la solicitó, la recibió, la almacenó y la colocó en un avión actuaron de modo muy distinto a sus homólogos iraquíes -si es que tales homólogos existían-, garantizando con su conducta que el inocente recluta del ejército de Sadam Hussein saltase por los aires antes de tener la menor oportunidad de escapar del ataque, morir con heroísmo o matar al piloto que lo mató. El hecho de que los adolescentes iraquíes apareciesen como objetivos en las luminosas pantallas de vídeo de los sofisticados equipos de los helicópteros estadounidenses y no al revés, o de que soldados norteamericanos procedentes, por ejemplo, del frío Minesota estuvieran mejor pertrechados para combatir en el desierto que los soldados de la cercana y calurosa Bagdad se debe, sobre todo, a que el patrimonio cultural heredado por ambos era muy distinto y, casi nada, a la valentía y a los accidentes geográficos o genéticos que diferen­ ciaban a unos de otros. En última instancia, la guerra consiste en matar. Su crónica resulta absurda cuando el historiador ignora o pasa por alto la tras­ cendencia de las muertes que ocasiona.

 

 

 

 

LAS GRANDES BATALLAS

 

L a idea de estudiar algunas “batallas decisivas” elegidas de modo arbitrario ha caído en descrédito. Hay estudios ya clásicos, como TheFifteen DecisiveBattles o f the World [Quince batallas decisivas de la historia universal], de sir Edward

 

 

 

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Creasy; Decisive Battles Since Waterloo [Batallas decisivas desde Waterloo], de Thomas Knox, o Batallas decisivas del mundo occidental; de Salamina a Madrid, d e j . F. C. Fuller. Tales compendios pretendían demostrar que el devenir de la civilización puede residir en el éxito o fracaso de una determinada carga llevada a cabo en el transcurso de una batalla decisiva, en esos actos de cobardía, arrojo y fortuna individual que Edward Creasy llamó “probabilidades huma­ nas” , en esos gestos que entran en conflicto con “ causas y efectos” de mayor envergadura y con las corrientes deterministas que el propio Creasy calificó de “fatalistas” .

 

Las grandes batallas se estudiaban también por ser consideradas dignas de un análisis ético y moral. “H ay una grandeza innegable”, decía Creasy en el pre­ facio de la obra citada, “ en la valentía disciplinada y en el aprecio por el honor que impulsa a los combatientes a hacer frente al sufrimiento y la destrucción” (p . V il) . Las batallas sacan a relucir al cobarde o al héroe que hay en todos nosotros. Según la lógica del siglo XIX, no hay mejor manera de forjar el carácter que mediante la lectura y el estudio del heroísmo o la cobardía inherentes a las luchas del pasado. A prim era vista, parece difícil discutir algunas de las afirmaciones de Edward Creasy, como la de que las batallas modifican la historia y ofrecen una lección moral imperecedera. Si Temístocles no hubiera estado presente en Salamina, los griegos, en la vulnerable infancia de la civilización occidental, muy bien podrían haber caído primero derrotados y a continuación subyugados, convirtiéndose en la satrapía más occidental de Persia, con re­ sultados catastróficos para la historia subsiguiente de Europa. Asim ism o, podem os aprender una gran lección de audacia m arcial leyendo sobre la formidable carga de los falangistas de Alejandro en Gaugamela, o el alto precio de la locura de los mandos romanos en las páginas que Tito Livio dedica a Cannas. Sin embargo, me propongo recuperar el decimonónico género de las grandes batallas debido a un propósito enteramente distinto al de revelar lo que sucedió en algunas horas decisivas de la historia o establecer algún postulado acerca de la gallardía de la guerra. Y es que en las batallas se produce también una suerte de cristalización cultural. En la batalla, los principios más sutiles y ocultos de una sociedad, que hasta el momento parecían o bien turbios o bien indefinidos, adquieren un carácter afilado y preciso y con una impie­ dad y resolución desconocidas se aplican a una sola finalidad: el asesinato organizado.

 

 

 

 

Ninguna otra cultura que no fuera la occidental podría haber dado muestras de la disciplina, moral y destreza tecnológica en el arte de matar que los europeos pusieron de manifiesto en la locura de Verdún, un enfoque industrial de la matanza distinto incluso a la masacre tribal más horrenda. Ninguna tribu de indios americanos, ningún impi zulú podría haber reunido, asistido, armado - y hecho matar y reem plazado- a tantos cientos de miles de hombres para

 

 

combatir durante meses y meses por una causa tan políticamente abstracta como la suerte de una nación Estado. Los apaches más aguerridos, protagonistas de las incursiones más audaces y homicidas de las Grandes Llanuras, se habrían marchado a sus poblados tras la primera hora de combates en Gettysburg.

 

Por igual motivo, existían pocas posibilidades de que en los oscuros días de diciembre de 1941, cuando Gran Bretaña estaba contra las cuerdas, los nazis a las puertas de Moscú y los japoneses volando sobre Hawai, el gobierno nor­ teamericano hubiera ordenado a miles de sus pilotos que se estrellasen contra la enorme flota de portaaviones del almirante Yamamoto o lanzasen en picado sus B-17 contra las refinerías de petróleo alemanas. Tras el catastrófico revés de Asdrúbal en Metauro, no existía la menor probabilidad de que la Asam blea de Cartago, como había hecho Rom a después de la mucho más grave matan­ za de Cannas, ordenase una reunión general de todos los ciudadanos físicamente capaces, la convocatoria de una verdadera nación en armas dispuesta a aplas­ tar a las odiosas legiones. Sólo en las batallas vislumbramos razones poderosas de cómo y por qué los hombres matan y mueren, que resultan muy difíciles de ocultar y más aún de ignorar.

 

H ace un siglo, Edward Creasy aseguró que la victoria de Alejandro en Gaugam ela “no sólo consiguió derrocar a una dinastía oriental, sino sustituirla por unos soberanos europeos. Además, quebró la monotonía del mundo oriental y dejó en él la impronta de la energía y superior civilización de Occidente, incluso a pesar de que la misión de Inglaterra en el presente -es decir, en los comienzos del siglo X X - sea romper con el estancamiento mental y moral de India y Catay e introducir a ambos territorios en la formidable corriente de co­ mercio y conquista del mundo anglosajón” (p. 63). Casi todo lo que se afirma en este párrafo es falso, excepto una asociación indiscutible: “Occidente” y “energía” . Inglaterra estaba en India, India no estaba en Inglaterra. Los foraji­ dos de Alejandro no eran emisarios de ninguna cultura y si se dirigieron hacia el este no fue en virtud de ninguna misión “ civilizadora”, sino con la intención de saquear nuevos territorios y en busca de botín. Sin embargo, es cierto que mataron sin morir a causa de una tradición militar que durante siglos había demostrado ser muy distinta a otras doctrinas militares del mundo antiguo y producto de una cultura social, económica y política diferente a la de la Persia aqueménida.

 

 

 

No he escogido las nueve batallas a que dedico este libro únicamente porque el destino de una civilización pendiera de su resultado, aunque no hay duda de que en Salamina, Gaugam ela y Ciudad de M éxico ése fue el caso. Tampoco he elegido esos enfrentamientos porque destaquen por el heroísmo o gallardía de los combatientes, cualidades éticas en las que supuestamente apreciamos o no la fibra moral o el carácter nacional de un grupo humano. Aunque es cierto

 

 

 

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que el armamento, la disciplina y la organización de un ejército pueden sin duda magnificar o atenuar el espíritu marcial de un hombre, la valentía, en tanto que característica humana universal, nos dice muy poco acerca de la capacidad de destrucción de los soldados de un pueblo en particular o de su cultura en general. Los europeos no eran ni más inteligentes ni más intrépidos que los nativos africanos, asiáticos y am ericanos a quienes generalmente masacraron. Es posible que los guerreros aztecas a los que los cañones de Cortés hicieron trizas o los zulúes aniquilados por los fusiles Martini-Henry en Rorke’s Drift [Barranco de Rorke] fueran los guerreros más valientes de la historia de la guerra. Los intrépidos pilotos norteamericanos que hundieron el Kaga en M idway no eran más audaces que los bravos japoneses que perecieron en su cubierta de vuelo.

 

Me declaro también incapaz de ofrecer “lecciones” militares de validez universal. El lector no encontrará en este estudio un análisis de los grandes errores tácticos que condenaron a ejércitos enteros: batallas imprudentes como Kursk, que arruinó a los panzers alemanes en Rusia, o expediciones desgraciadas como la de Varo, que finalizó con miles de bajas y puso fin a cualquier posibilidad de incorporar Germania al Imperio romano. Ciertamente, hay algo en la idea de que existe un “ arte de la guerra” imperecedero que trasciende los siglos y los continentes, pero es más propio de los hombres que combaten en una batalla que de una cultura específica: la concentración de fuerzas, el aprovecham iento de la sorpresa, la necesidad de proteger las líneas de suministro, etcétera. Lo cierto es que gran parte de los libros dedicados al estudio de las batallas ya se han escrito, y sin embargo, en su esfuerzo por dar con esas verdades universales que desvelen cómo se ganan o se pierden las guerras, tales obras no consiguen desentrañar con qué bagaje cultural entran los ejércitos en los campos de batalla.

 

Por mi parte, en cambio, he escogido los enfrentamientos que jalonan este libro por lo que nos revelan de la cultura europea en general y más concreta­ mente de los elementos esenciales de la civilización occidental. Las batallas que he seleccionado son “ decisivas” no tanto por su importancia histórica, sino porque nos descubren de qué modo combate una sociedad, son como instantáneas de una tradición cultural de hacer la guerra, no capítulos progre­ sivos en una historia global de la guerra tal como la comprendemos los occi­ dentales. Además, no todas ellas son victorias europeas. Cannas, por ejemplo, fue una horrible derrota romana; la ofensiva del Tet resultó muy embarazosa para la política norteamericana. Tampoco son combates entre un contingente exclusivam ente occidental y otro no occidental. Y es que podemos extraer lecciones muy valiosas del fenómeno de la occidentalización de los ejércitos de Cartago, del Japón im perial y de los combatientes norvietnamitas: todos ellos adoptaron hasta cierto punto tácticas y armamentos occidentales que

 

 

 

 

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les otorgaron en el campo de batalla ventajas que no pudieron igualar sus vecinos africanos o asiáticos y que, con el tiempo, les permitieron matar a miles de occidentales. A este respecto, tiene que haber un hilo conductor que explique por qué Darío III contaba con soldados griegos entre sus tropas, por qué los otomanos trasladaron su capital a la recién conquistada Constantinopla, una ciudad europea, por qué los zulúes utilizaron fusiles Martini-Henry en Rorke’s Drift, por qué el Soryu actuó en M idway como el Enterprise y por qué el AK-47

 

y el M-16 parecen casi idénticos. Además, lo contrario no se cumple: Alejandro no unió a los Inmortales a sus ejércitos, los cruzados no trasladaron la capital de Francia o Inglaterra a las conquistadas Tiro o Jerusalén, los británicos no equiparon sus regimientos con azagayas y la marina norteamericana no instituyó la enseñanza de la esgrima samurái.

 

En un esfuerzo por identificar temas compartidos y recurrentes, he optado por la diversidad en un sentido am plio: batallas en el mar, en el aire y en tierra; batallas en el Nuevo Mundo, en el Mediterráneo y en el Pacífico, y en Europa, A sia y Africa; batallas enormes o relativamente pequeñas; batallas cruciales como Midway y batallas en última instancia irrelevantes como Rorke’s Drift; batallas entre colonos y aborígenes, o de Estados contra imperios, o de una religión frente a otra. Asimismo, he procurado ilustrar los rasgos distintivos del modo occidental de hacer la guerra en casos más que improbables:por ejemplo, el valor del militarismo cívico en Cannas, donde un ejército de mercenarios aplastó al ejército romano; la supremacía de la infantería durante la alta Edad Media, época de supuesta impotencia occidental en la que se creía que bastaban los caballeros para dominar el campo de batalla; la singularidad de la tecnología y la ciencia occidentales entre los conquistadores, que sin embargo eran producto de la Inquisición y la Reconquista; la superioridad de la disciplina occidental frente a los zulúes, que constituían el ejército indígena más disciplinado y organizado de África; y el valor de la disensión y de la autocrítica durante la ofensiva del Tet, cuando una victoria clara en el campo de batalla se transformó en derrota por mor de una oposición qu e quizá pecó de exceso de celo. Es fácil darse cuenta de que el militarismo cívico o la infantería pesada salvaron a Occidente en Platea, que las tropas de Inglaterra, Francia y Alemania encar­ naban la excelencia de la tecnología occidental, y que los ejércitos coloniales eran más disciplinados que los isleños del Pacífico. Sin embargo, podemos aprender más de la flexibilidad y resistencia de Europa y de su cultura a través de esos escenarios críticos, aunque en ellos, al menos a primera vista, la manera occidental de hacer la guerra carece de dinamismo o parece del todo contra­ producente para la consecución de la victoria.

 

 

Aparte de ocuparse únicamente de enfrentamientos en los que un ejército básicamente occidental se enfrenta a otro no occidental, la única otra constante que recorre este estudio es la cronológica. Com ienzo por la Antigüedad y

 

 

 

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concluyo en el mundo contemporáneo, empiezo con lanzas y concluyo con aviones a reacción. El énfasis en la Antigüedad clásica es deliberado, porque, si bien es cierto que una m ayoría de historiadores admite que los europeos ejercieron un gran dominio del mundo de las armas entre los siglos XVI y X X , pocos sostienen que, en la guerra, Occidente gozó desde su creación de diversas ventajas sobre sus adversarios o que tal dominio no se basaba exclusivamente en la superioridad de su armamento, sino en su dinamismo cultural. Las batallas decisivas de que me ocupo no reflejan cambios evolutivos radicales en el arte de la guerra. Si la manera de hacer la guerra de los occidentales era cada vez más sofisticada y letal, sus rasgos principales quedaron firmemente establecidos en la Antigüedad clásica. En consecuencia, los enfrentamientos que he elegido reflejan un territorio compartido en la práctica de la guerra. L a libertad de expresión, por ejemplo, era fundamental en el ejército griego que luchó en la primera batalla examinada, Salamina, pero también en el ejército estadounidense que combatió 2.500 años más tarde en la ofensiva del Tet, nuestro último ejemplo. En mi opinión, que sostengo a lo largo de todo el libro, lo que condujo a la presente superioridad occidental en el terreno bélico (“Tercera parte: control”) no fue una modificación esencial o una mejora del paradigma militar clásico (“Primera parte: creación”), sino su gradual difusión por Europa y el hemisferio occidental (“Segunda parte: continuidad”). La cuestión de la herencia cultural es controvertida pero vital desde un punto de vista histórico, y sus consecuencias para el futuro son muy importantes, porque nos sugiere que, pese a la prolife­ ración de tecnologías muy avanzadas también en el mundo no occidental, la capacidad mortífera de Occidente no disminuirá.

 

Los más críticos buscarán otros ejemplos, aducirán los reveses sufridos por Occidente. Sin embargo, horribles desastres como el de Carras (53 a.C.) no afectan a la generalizada superioridad de los ejércitos occidentales. Partía está más allá del Eufrates y las legiones que allí perecieron, a miles de kilómetros de la metrópoli, no suponían más que una quinta parte de las tropas de que a la sazón disponía Rom a. Adrianópolis (378) y M anzikert (1071) supusieron derrotas enormes para las tropas occidentales, pero los romanos y los bizantinos masacrados en ambas batallas eran muy inferiores en número a sus adversarios, combatían muy lejos de sus países, fueron víctimas de una jefatura desastrosa y no eran, en definitiva, otra cosa que los reacios emisarios de dos imperios en decadencia. Algunos dirán “ ¿y Dien Bien Phu?”, olvidando que el Vietminh derrotó a los franceses en suelo vietnamita y no francés y que contaba, no con armamento autóctono, sino con artillería, misiles y armas automáticas fabricadas en Occidente, y estaba además formado por patriotas que defendían su país y contaban con la inestimable ayuda de China, mientras las francesas eran tropas coloniales sin un respaldo decidido de su metrópoli. En Oran, Afganistán, Argel, Marruecos e India, los españoles, franceses y británicos fueron aniquilados, pero

 

 

 

 

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fueron cercados, no contaban con apoyo logístico y se enfrentaban a un enemigo superior en número y equipado con armas europeas.

 

Por cada Isandhlwana, un enfrentamiento en el que un contingente occidental muy escaso y mal dirigido se vio sorprendido y masacrado por los indígenas, hay un Rorke’s Drift, batalla en la que 139 soldados británicos lograron conte­ ner a 4.000 zulúes. ¿Es posible imaginar lo opuesto, es decir, que un puñado de zulúes acabe con miles de casacas rojas armados con fusiles? En todo caso, ni la matanza de los británicos ni la muerte de los zulúes invalidan esa verdad general que nos dice que los ejércitos europeos lucharon contra los africanos con mejores armas, logística, organización y disciplina, y se impusieron por tanto pese a la valentía de los nativos y su enorme superioridad en número. Por lo demás, todas las guerras contra los zulúes se libraron en suelo africano y es sin duda inconcebible que éstos llegasen a pensar siquiera en la idea de invadir Inglaterra. Cuando el rey zulú Cetshwayo acudió a Londres, estaba ya derrotado, era sobre todo una curiosidad pintoresca y llegó vestido con traje y corbata, para asombro y satisfacción de la sociedad victoriana.

 

 

 

 

IDEAS OCCIDENTALES

 

¿PREEMINENCIA OCCIDENTAL?

 

Tras la hegemonía política y económica de Occidente se encuentra, en el pasado y en el presente, la peculiar potencia de sus armas. A ambos lados en los actuales frentes de combate, los uniformes de los ejércitos del mundo son casi idénticos. En efecto, los iraquíes visten de caqui y camuflaje y llevan botas occidentales cuando luchan contra los iraníes, y lo mismo les sucede a los somalíes que se enfrentan a los etíopes. Todos los ejércitos se distribuyen en compañías, brigadas y divisiones, una organización que a su vez está inspirada en las formaciones del ejército romano. Los tanques chinos parecen europeos, las ametralladoras africanas son como las estadounidenses y los cazas asiáticos no han incorporado sistemas de propulsión inventados en Corea o Cam boya. Si las autocracias del Tercer Mundo compran armas a China, India o Brasil, lo hacen porque estos países son capaces de copiar y producir armas diseñadas en Occidente, pero a un coste muy inferior. Los ejércitos indígenas de Vietnam y Am érica Central han conseguido grandes éxitos contra los europeos, pero debido en gran medida a que contaban con armas automáticas, munición y explosivos fabricados si­ guiendo los modelos occidentales.

 

Cierta escuela histórica, es cierto, ha afirmado que las tropas no europeas en modo alguno eran inferiores a los ejércitos occidentales, pero un estudio detallado de los casos en que se apoya este argumento -los reveses sufridos

 

 

 

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en el Pacífico, Asia, África y ambas Am éricas- revela detalles recurrentes y sin duda explicables desde un punto de vista lógico. Con frecuencia, los europeos que fueron derrotados eran inferiores en número y luchaban lejos de Europa. Sus vencedores em plearon por lo general armamento europeo o de tipo europeo, y sus victorias rara vez condujeron a la capitulación o el armisticio. Sólo algunas regiones de África y Asia -N epal, Tíbet, Afganistán y Etiopía-se resistieron a la entrada de los europeos, y los pueblos que sí consiguieron vencerlos -Japón, en la m ayoría de los casos- emulaban la doctrina militar europea casi por completo. Después de la batalla de las Termopilas, y con la excepción de los árabes en España y de los mogoles en Europa oriental, no existe prácticamente ningún ejemplo en el que un ejército no occidental haya derrotado a un ejército europeo dentro de la propia Europa y con armas no europeas. Que a veces los ejércitos coloniales europeos tuvieran que hacer frente a guerreros nativos muy superiores en número y equipados con armas occi­ dentales, y que sólo entonces fueran aniquilados, explica poco la supuesta debilidad militar de Occidente.

 

 

Otras veces, los críticos de la idea del dominio militar de Occidente señalan con cuánta facilidad se transmite la tecnología y aducen, por ejemplo, que los nativos norteamericanos eran mejores tiradores que los colonos europeos o que los marroquíes aprendieron el manejo de los cañones portugueses con gran rapidez. Pero, paradójicamente, estos argumentos demuestran lo contrario de lo que pretenden. Fueron los británicos quienes estuvieron en el Nuevo Mundo y vendieron armas a los nativos, y no al contrario; por su parte, los marroquíes no se presentaron en Lisboa y enseñaron a los portugueses el arte de la artillería pesada islámica. En este caso se confunde esa cualidad del hombre que consiste en manejar, dom inar y m ejorar una herram ienta con el hecho de crear un contexto político, social e intelectual propicio a la investigación científica, la difusión popular del conocimiento y su aplicación práctica y ventajosa para el arte de la producción en masa, que es una cuestión enteramente cultural.

 

Com o verem os al ocuparnos de Cartago y Japó n , el controvertido asunto de la occidentalización se reviste de un cariz reduccionista y a veces absurdo: no existe un concepto militar llamado “orientalización” entre las fuerzas ar­ madas de los países occidentales, al menos no en el sentido de que adopten en bloque la tecnología y la doctrina m ilitar de los países no occidentales. Meditación, religión o filosofía no son conceptos equiparables a producción industrial, investigación científica o innovación tecnológica. Importa poco dónde fue descubierta un arma por vez primera, importa mucho más si se produjo en masa y cómo, si experimentó mejoras constantes y si el ejército la empleó o no. Pocos estudiosos, sin embargo, son capaces de separar moralidad y energía. Es por ello que toda investigación de las causas del predom inio militar de Occidente se desarrolla bajo la sospecha de chovinismo cultural.

 

 

 

 

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¿NATURALEZA Y NO CULTURA?

 

¿Es la hegemonía occidental producto de la suerte, las condiciones geográfi­ cas y los recursos naturales, o un fruto tardío debido en gran parte al descu­ brimiento y posterior conquista del Nuevo Mundo (1492-1700) o a la Revolución Industrial (1750-1900)? Para explicarla, m uchos aluden a las bendiciones geográficas y naturales de Occidente. Según esta idea, que popularizó Fernand Braudel y más recientemente difundió Jared Diamond, la “evidente” ventaja tecnológica de Occidente en, por ejemplo, la fabricación de acero o armas de fuego se debe en gran medida a causas más “profundas” y en su mayoría accidentales. El eje geográfico euroasiático se vio, por ejemplo, favorecido por una temporada de cultivo prolongada, un tipo distinto de cría animal y una gran diversidad de especies. A consecuencia de ello, se produjo un aumento de la población urbana y de la dom esticación de animales que tuvo como consecuencia el crecimiento de gérmenes mortales capaces de diezmar, por no haber estado expuestas a los virus, a las comunidades extranjeras, y creó una suerte de inmunidad biológica. La topografía europea, además, dificultaba el acceso de los pueblos nóm adas hostiles y, al mismo tiempo, fom entaba la competencia entre las distintas culturas del continente, cuyas rivalidades y con­ flictos daban pie a una constante innovación. Europa tuvo la fortuna de contar con minerales imprescindibles en la producción de acero y de otros muchos productos que posibilitaban la modernización.

 

Pero, puesto que se han esforzado por desechar el argumento genético, hay que felicitar a los deterministas. Los europeos, por supuesto, no eran por naturaleza más inteligentes que los asiáticos, los africanos o los nativos del Nuevo Mundo. Claro que tampoco eran genéticamente más estúpidos, como con tan poca fortuna ha sugerido el determinista Ja red Diamond. En una alusión especialmente perturbadora a la inteligencia racial, Diamond se decanta por la inferioridad genética de la mente occidental:

 

Los nativos de Nueva Guinea [...] me impresionaron. Por norma ge­ neral eran más inteligentes, más expresivos y estaban más alerta y demostraban m ayor interés por las cosas y las personas que el europeo o el norteamericano medio. En ciertas tareas que, como razonablemente podemos suponer, reflejan aspectos de las funciones cerebrales, como la habilidad para trazar un mapa mental de unos alrededores descono­ cidos, son considerablem ente más aptos que los occidentales (Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero).

 

 

Me pregunto cuál habría sido la reacción de algunos críticos si Diamond hubiera yuxtapuesto a la expresión “nativos de Nueva Guinea” el sustantivo “europeos” .

 

 

¿Acaso hemos de creer que a Colón, en medio del océano, le faltaba esa función cerebral que, al parecer, permite trazar un “m apa mental de unos alrededores desconocidos” ?

Los esfuerzos de aquellos que pretenden reducir la historia a cuestiones biológicas y geográficas desprecian el poder y el misterio de la cultura y con demasiada frecuencia parecen teñidos de desesperación. Si es cierto que la civilización china dio al mundo la pólvora y el papel, nunca desarrolló el entorno cultural necesario para que el conjunto de la población compartiese tales descubrimientos y, por tanto, para que sus individuos más emprendedores los modificasen y mejorasen a fin de adaptarlos a las circunstancias cambiantes del entorno. Esa rigidez no se debió a una “unidad crónica de China”, ni fue el resultado de un “litoral suave” y sin islas, sino a que un conjunto complejo de condiciones favorecía la autocracia imperial, que llegó a consolidarse en un paisaje natural al fin y al cabo no muy distinto al del Mediterráneo.

 

Por el contrario, Rom a, cuya prolongada hegem onía es com parable en duración a muchas de las dinastías de la China im perial, fue un imperio especialmente innovador que extrajo su fuerza de la unidad y de casi cuatro siglos de tranquilidad. Pese a la naturaleza generalmente antiutilitarista de la ciencia clásica, los romanos desarrollaron y difundieron entre millones de personas complejas técnicas de construcción en las que se utilizaban arcos, cemento, prensas de tornillo y máquinas de bombeo, y fábricas capaces de pro­ ducir todo tipo de suministros, desde armas y armaduras hasta tintes, pren­ das de lana, vidrio y mobiliario. Además, el gobierno ejercía un control muy laxo de la difusión o el uso del conocimiento. En el mismo sentido, los griegos desarrollaron todo el poder de su sociedad en el enfrentamiento con otras culturas, precisamente cuando, durante el período helénico, sus ejércitos nacio­ nales devastaron Oriente. Los griegos aplicaron sus conocimientos científicos durante la época de los diádocos, iniciando avances desconocidos en el período clásico, durante el cual Grecia estaba compuesta por más de un millar de polis autónomas y rivales. En realidad, fuera de China, la unidad política ha repor­ tado, indistintamente, evolución o atrofia cultural. Ni la geografía ni la historia política de China bastan para explicar su cultura.

 

 

Asimismo, debemos recordar que la tierra cultivable de Am érica es tan rica como la de Europa, y favoreció la prosperidad de muchas de las dinastías áulicas del Nuevo Mundo. China, India y África cuentan con una gran riqueza mineral y disfrutan de temporadas de cosechas más provechosas que las del norte de Europa. Es cierto que Roma y Grecia están situadas en el centro del Mediterráneo y actúan por tanto como nexo comercial para todo tipo de bienes procedentes de Europa, Oriente Próximo y el norte de África, pero lo mismo le sucedía a Cartago, que gozaba de una situación tan afortunada como la de Rom a. La verdad es que nunca sabremos las razones precisas de que la civilización

 

 

 

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occidental nacida en Grecia y Roma se desarrollase de un modo tan radicalmente distinto al de sus vecinos del norte, sur y este, especialmente cuando el clima y la geografía de Grecia e Italia no eran m uy distintos a los de España, el sur de Francia, la parte occidental de Persia, Fenicia o el norte de Africa.

 

Según la corriente más reciente del determinismo biológico, ventajas naturales como las tierras de regadío de la M edia Luna Fértil o las enormes llanuras de Persia y China alientan la unidad política, lo cual es “m alo” , mientras que la adversidad climatológica y geográfica conduce a la guerra y al conflicto, lo cual, en última instancia, es “bueno” . Sin embargo, Oriente no tiene una geografía uniforme. ¿Quién puede determinar en qué se diferencia un pequeño y aislado valle de Grecia de sus homólogos casi idénticos de Persia y China? Los deter­ ministas modernos se adscriben sin saberlo al crudo determinismo histórico de los griegos, a las teorías de Hipócrates, Heródoto y Platón, que afirmaban que los rigores de la tierra continental griega endurecían a los helenos y la pródiga Persia debilitaba a sus ciudadanos.

 

En realidad, pocas sociedades antiguas estuvieron en situación más adversa que Grecia, vecina del reino aqueménida -un imperio de setenta millones de habitantes-, situada en la frontera norte de los belicosos estados del Oriente Próxim o, con una tierra cultivable menor a la mitad de su territorio, sin un solo río navegable, con muy pocos recursos naturales aparte de unos pocos bosques, algunas vetas metalíferas y escasas minas de oro, con una costa meridional vulnerable al acoso de la flota persa y unas llanuras septentrionales expuestas a la llegada de tribus nómadas procedentes de Europa y el sur de Asia, y con sus pequeñas y frágiles polis isleñas más próxim as a Asia que a Europa. ¿Hemos de culpar por tanto a sus montañas, que impedían los cultivos de regadío a gran escala y guardaban m uy pocas riquezas, o a su terreno escarpado de la fragmentación política que condujo a grandes innovaciones de todo tipo? H ay que sustituir la vieja idea victoriana de que Grecia acabó desangrándose a causa de sus luchas intestinas por la popular noción biológica de que la diversidad natural desembocó en una “rivalidad” que proporcionó a Occidente las ventajas necesarias para engancharse al carro de la innovación.

 

Las cosechas de cereal del Egipto tolemaico (305-31 a.C.) alcanzaron niveles asombrosos. Lejos de agotarse con el final de las dinastías egipcias, el valle del Nilo floreció como nunca con la introducción de las técnicas agrícolas griegas y romanas. Si los faraones estaban condenados a causa de las dificultades naturales y de un terreno agotado, los Tolomeos, que habitaron su mismo, idéntico y antiguo suelo, desde luego no lo estaban. Durante casi quinientos años, Alejandría fue, cosa que a Karnak le habría resultado imposible, el núcleo cultural y económico más importante del Mediterráneo. ¿Cómo habría sido esto posible si los miles de cosechas previas hubieran empobrecido la cuenca del Nilo dejándola improductiva para los colonos griegos? ¿Por qué no utilizaron

 

 

 

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los faraones el gran delta de Alejandría para crear un emporio en el Mediterráneo que facilitase el comercio entre Asia, Europa y Africa? Evidentemente, fue la cultura, y no la geografía, el clima o los recursos naturales, lo que cambió en el Egipto del 300 a.C. con respecto al del año 1200 a.C.

 

Pero los cambios culturales pueden producirse no sólo en una misma región, sino dentro de una misma comunidad. El silabario micènico lineal B del si­ glo X III a.C. era una escritura torpe y mayormente pictográfica empleada por el pequeño grupo de amanuenses que registraba los inventarios reales. El idioma griego del siglo Vil a.C., por el contrario, estaba muy difundido y facilitaba el cultivo de la ciencia, la filosofía, la prosa y la poesía. Evidentemente, ni el clima ni la geografía ni los animales de la Grecia central habían cambiado gran cosa en quinientos años. Lo que permitió que la lengua escrita de la Grecia continental evolucionase de modo tan distinto al de otros idiomas de la región mediterránea fue una drástica revolución en la organización social, política y económica de las com unidades helénicas. Los griegos de la cultura m icènica y los de las polis habitaban en el mismo lugar y hablaban una lengua muy parecida, pero sus valores e ideas pertenecían a dos mundos radicalmente opuestos. Las condiciones naturales de Grecia pueden explicar por qué en ambas culturas se cosechaba el olivo, se pastoreaban ovejas, se construía en piedra, barro y azulejos, e incluso por qué compartían las palabras que utilizaban para referirse a las montañas, las vacas o el mar, pero no aclaran la enorme diferencia entre la agricultura comunal micènica y las granjas unifamiliares de las polis, y mucho menos por qué motivo los ejércitos de la Grecia clásica eran muchísimo más dinámicos que los de épocas más tempranas.

 

 

Nadie niega el gran papel que la geografía, el clima y la historia biológica desempeñan en la historia. Evidentemente, los escandinavos desarrollaron una concepción del tiempo, el espacio y la guerra muy distinta a la de los nativos de Ja v a ; la falta de caballos impidió que incas y aztecas tuvieran la m ovili­ dad de sus adversarios españoles. Pero el hecho es que las regiones donde se asentaron las antiguas civilizaciones de Oriente Próximo, India, China y Asia compartieron con Occidente, al menos durante un período muy prolongado, un clima y un terreno similares y contaron con ventajas o desventajas muy parecidas en cuanto a riquezas naturales y ubicación. La tierra, el clima, los recursos, el destino, la suerte, algunos individuos de genio, los desastres natu­ rales y muchos más elementos desempeñan un papel importante en la formación de una cultura distinta, pero resulta im posible determinar con exactitud si fue el hombre, la naturaleza o la fortuna el catalizador inicial que dio origen a la civilización occidental. Em pero, lo que sí está claro es que, una vez desarrollado, O ccidente -el antiguo y el m oderno - puso muchos menos impedimentos de tipo religioso, cultural o político a la investigación de la naturaleza, la form ación del capital y la expresión individual que otras

 

 

 

 

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sociedades que por lo general se organizaban en teocracias, uniones tribales o dinastías palaciegas centralizadas.

 

 

¿UN DOMINIO TARDÍO?

 

Otros han sostenido que el auge militar de Occidente es relativamente tardío

 

y consecuencia de la difusión de la pólvora (1300-1600), el descubrimiento del Nuevo Mundo (1492-1700), o la Revolución Industrial (1750-1900), desechando la posibilidad de que la continuidad histórica de la cultura nacida en Grecia y Rom a pueda explicar por qué la revolución militar e industrial se produjo en Europa y no en Egipto, China o Brasil. Com o ocurre con cualquier civilización, la influencia de Occidente ha experimentado reveses, desde el sufrido en la alta Edad M edia (500-800) hasta el aislamiento y la posible involución inmediata­ mente posterior (800-1000), época en que los europeos rechazaron a los invasores que provenían del norte y a los musulmanes y los pueblos nómadas que llega­ ban del este. No obstante, al tratar la cuestión de un posible dominio tardío de Occidente en lo militar, que, desde este punto de vista, estaría caracterizado por su superioridad tecnológica, hay que hacer hincapié en dos asuntos. En primer lugar, durante casi mil años (479 a.Q -500) nadie puso en entredicho la hegemonía militar de Europa, y eso que los relativamente pequeños Estados de Grecia e Italia imponían su supremacía sobre vecinos más grandes y de población más numerosa. Las bases científicas, tecnológicas, políticas y culturales de la sociedad clásica no se perdieron del todo, sino que pasaron directamente del Imperio romano a los reinos europeos o fueron redescubiertas durante el período carolingio y más tarde en el Renacimiento italiano.

 

Lo fundamental de los explosivos y las armas de fuego no es que otorgaran una repentina hegemonía a los ejércitos occidentales, sino que se produjeron con gran calidad y en enormes cantidades en Occidente y no en los países no europeos, un hecho que explica, en gran medida, la apuesta cultural por el racionalismo, la investigación científica y la difusión del conocimiento, que tiene sus raíces en la Antigüedad clásica y no es específica de ningún período particular de la historia europea. H ay además algo radicalmente democrático en las ar­ mas de fuego que explica su explosivo y singular incremento en Occidente. Los cañones y los fusiles destruyen la jerarquía durante la batalla, marginando al rico caballero protegido con armadura y haciendo irrelevante incluso al arquero cuidadosamente entrenado. No es ninguna casualidad que en el Japón feudal las armas de fuego resultaran revolucionarias y peligrosas. El mundo islámico nunca desarrolló, pese a contar con las armas precisas, la táctica de disparar en descarga cerrada, que tan opuesta era a la noción de arrojo individual del guerrero a caballo. La utilización efectiva de los cañones exige que entre

 

 

 

 

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racionalismo y capitalismo exista una relación muy estrecha, una relación que asegure mejoras constantes del diseño y la fabricación y, además, una tradición igualitaria que no tema, sino que aliente, las innovaciones más mortíferas en el campo de batalla.

 

Incluso tras la caída del Imperio romano, Occidente, presuntamente atrasado y muy inferior a las culturas de China y el mundo islámico, conservó una fortaleza militar que ni por población ni por territorio parecían corresponderle. Durante la alta Edad M edia, los bizantinos hicieron gala de una gran maestría en el empleo del “fuego griego” , lo que permitió a sus flotas imponerse a escuadras islámicas numéricamente superiores; esto sucedió, por ejemplo, en el año 717 con la victoria de León III sobre la flota mucho mayor del califa Solimán. La invención de la ballesta (h. 850) -que podía fabricarse con mayor rapidez y a menor coste que los mortíferos arcos compuestos- permitió poner a disposición de miles de soldados relativamente poco entrenados un arma letal. Desde el siglo VI hasta el siglo XI, los bizantinos mantuvieron la influencia europea sobre Asia; tras el siglo X ningún ejército musulmán volvió a penetrar en Europa occidental; la Reconquista fue lenta pero firme y progresiva. En cierto sentido, por lo demás, la caída de Rom a supuso la expansión de Occidente hacia el norte, puesto que las tribus germánicas comenzaron a establecerse, cristianizarse y occidentalizarse como no lo habían hecho hasta entonces.

 

L a espectacular expansión de Europa en el siglo XVI pudo muy bien verse impulsada por la excelencia occidental en armas de fuego y grandes navios, pero estas innovaciones materiales no eran otra cosa que el producto de una larga adscripción al racionalism o, la ciencia y el capitalismo aplicados a la tecnología y no hallazgos hurtados a otras culturas. El renacimiento militar del siglo XVI supuso, en efecto, un nuevo despertar del dinamismo occidental. Aunque quizá sea m ejor hablar no de despertar, sino de “transformación” , transformación form al de la superioridad en los campos de batalla que los europeos habían demostrado ya en la época clásica y a lo largo de un milenio y que en realidad nunca se perdió del todo durante los años más sombríos de la alta Edad Media. La “revolución militar” , por tanto, no fue ninguna casua­ lidad, sino la consecuencia lógica de los orígenes helénicos de la civilización europea.

 

No debemos equiparar la libertad que gozaban los antiguos griegos a la li­ bertad de los Estados Unidos actuales, la democracia griega al gobierno parla­ mentario inglés, o el ágora a Wall Street. La libertad ganada en Salamina no es la misma que la que la victoria de M idway salvaguardó, y ésta no puede ni mucho menos compararse a la que estaba en juego en Lepanto o Tenochtitlán. Toda idea es en parte presa del tiempo y del lugar donde nace. Gran parte de la sociedad de la antigua Grecia nos parecería hoy extraña, si no sucia y vulgar, a la m ayoría de los occidentales. De las polis jam ás habría surgido una

 

 

 

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Declaración de Derechos, nosotros jam ás pondríam os nuestras sentencias judiciales en manos del voto mayoritario de un jurado masivo que desconocía el derecho de apelación a un tribunal superior. En nuestro tiempo, Sócrates habría leído el decreto que le daba derecho a guardar silencio, habría contado con asesoramiento legal gratuito, jam ás habría declarado en su contra y, una vez preso, habría salido en libertad con fianza y, tras el juicio, habría apelado la sentencia durante años. Por lo demás, su mensaje, que a los ojos de sus pares atenienses caía en el más puro radicalismo, nos parecería, por el contrario, una manifestación en extremo reaccionaria. La clave no está en mirar al pasado esperando ver el presente, sino en identificar en la historia, mirando a través del tiempo y del espacio, las semillas del cambio y de lo posible. En este sentido, Wall Street sí está mucho más cerca del ágora que del palacio de Persépolis, y los tribunales atenienses nos son más afines que las leyes dictadas por un faraón o un sultán.

 

 

 

 

LA GUERRA EN OCCIDENTE

 

Occidente ha logrado en varios terrenos una hegemonía militar que trascien­ de la mera superioridad armamentística y nada tiene que ver con la moralidad o la genética. La form a de hacer la guerra de los occidentales es tan letal precisamente porque es amoral y rara vez se ve constreñida por consideraciones rituales, religiosas, éticas o de tradición. Sólo la guían las necesidades militares. Pero tampoco hay que dejarse atrapar en las redes del determinismo tecnológico, como si las herramientas de la guerra apareciesen en un vacío y transformaran mágicamente la doctrina militar, sin pararse a pensar de qué m anera o por qué han sido creadas o de qué manera o por qué fueron utilizadas. Occidente ni siquiera ha tenido el monopolio de la excelencia en la ciencia y la tecnología. Los trirremes de Temístocles en Salamina, por ejemplo, no eran superiores a las naves dejeijes; en Midway, los portaaviones del almirante Nagumo contaban con mejores aviones que los norteamericanos. Sin embargo, los conceptos de libertad, individualismo y militarismo cívico de las escuadréis que se enfrentaron en ambas batallas eran muy distintos. Como desde casi todos los puntos de vista revelan muchos enfrentamientos, no fue únicamente la superioridad arm a­ mentística de los soldados europeos lo que los condujo a la victoria, sino una multitud de factores entre los que se encuentran la organización, la disciplina, la moral, la iniciativa, la flexibilidad y el mando.

 

M uy a menudo, los ejércitos occidentales combaten guiados por, y en pos de, un sentido de libertad legal. Son con frecuencia producto del militarismo cívico o de gobiernos constitucionales y, por tanto, supervisan su actividad personas que no pertenecen al propio ejército y que prescinden de considera­

 

 

 

os

 

 

ciones de tipo religioso. “ Ciudadano” es una palabra peculiar que tiene valor sobre todo en el vocabulario de las lenguas europeas. La infantería pesada es también un concepto sobre todo occidental, lo cual no puede sorprendernos si pensamos que las sociedades occidentales tienen en m uy alta estima la propiedad privada y en ellas la tierra está en manos de un sector muy amplio de la comunidad. Puesto que la libertad de investigación y el racionalismo son señas de identidad del mundo occidental, los ejércitos europeos han marchado a la guerra con armas superiores o al menos equiparables a las de sus adversarios y han contado con suministros mucho más generosos en virtud del matrimonio puramente occidental entre capitalismo, finanzas y logística compleja. Por el mismo motivo, los europeos han estado prestos a modificar tácticas, robar innovaciones extranjeras y tomar prestados los inventos de otros cuando, en el mercado de las ideas, sus propias tácticas y armas han de­ mostrado su insuficiencia. Los capitalistas y los científicos occidentales han sido igualmente pragmáticos y utilitaristas, y han demostrado muy poco temor a los fundamentalismos religiosos, los censores estatales o los elementos más severos del conservadurismo cultural.

 

La doctrina bélica occidental es con frecuencia una extensión de la concepción política del Estado más que un mero esfuerzo por obtener territorios, riquezas o prestigio personal, o el cumplimiento de una venganza. Los ejércitos occiden­ tales han tenido en muy alta estima el individualismo y están a menudo sujetos a la crítica y a las protestas de la sociedad civil, cosa que sirve más para mejorar que para erosionar su capacidad para hacer la guerra. D a la impresión de que la idea de la aniquilación, de combatir mano a mano para destruir al enemigo, es un concepto particularmente occidental que muy poco tiene que ver con las luchas rituales y el énfasis en el engaño y el desgaste tan común fuera de Europa. No ha existido en Occidente nada parecido a los samuráis, los maoríes o las guerras aztecas de las flores desde que los antiguos hoplitas griegos acometieron la primera erosión de los protocolos de la batalla. En resumidas cuentas, hace ya mucho tiempo que los occidentales consideran la guerra como un método para llevar a cabo lo que a la política le resulta imposible y por lo tanto, cuando recurren a ella, se decantan por aniquilar más que por frenar o humillar a quienquiera que se interponga en su camino.

 

H a habido varios períodos de la historia occidental que no siempre han respetado en su totalidad la com binación de elementos que acabamos de describir. Los conceptos de gobierno consensuado y tolerancia religiosa son las más de las veces un ideal y no una realidad tangible. A lo largo de la historia de la civilización occidental ha habido incontables concesiones y los hechos han estado muy por debajo de lo que la cultura consideraba deseable. Los cruzados eran fanáticos; muchos ejércitos europeos fueron m onárquicos y en pocas ocasiones confiaron en la supervisión de algún órgano de deliberación. En el

 

 

 

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pequeño contingente que mandó Cortés, era difícil discernir entre política y religión. Ni un solo falangista del ejército de Alejandro lo votó como general y mucho menos como rey. Entre los siglos V I y IX hay pocas pruebas de que las tropas occidentales gozasen de una superioridad tecnológica completa sobre sus enemigos. Los miembros de las tribus germanas eran tan claramente indi­ vidualistas como los legionarios de Roma.

 

Sin embargo, hay que considerar las ideas abstractas en el contexto de su época. Si es cierto que los m acedonios de Alejandro eran revolucionarios que destruyeron la libertad griega, también lo es que no podían ocultar sus vínculos con la tradición helénica. Ese patrimonio compartido explica por qué los soldados de las falanges, los comandantes de las unidades de batalla y los generales que se congregaban en torno a la mesa de Alejandro expresaban sus ideas con una libertad desconocida en la corte aqueménida. Es cierto también que la Inquisición demostró gran fanatismo y a veces actuó sin la pertinente supervisión del poder político, pero el recuento de las víctimas oca­ sionadas por sus sangrientas actividades no iguala ni siquiera el núm ero de cadáveres que en tan sólo cuatro días de 1487 se acumularon en el Gran Templo azteca de Huitzilopochtli. Incluso en las cuestiones más controvertidas, como la libertad, el gobierno consensuado y la disensión, debemos juzgar los fracasos de Occidente no a la luz del perfeccionismo utópico del presente, sino en el contexto global de su época. Los valores occidentales son absolutos, pero también están en evolución y ni fueron perfectos en su infancia ni lo son en su adolescencia.

 

 

En cualquier discusión sobre la capacidad de los ejércitos también hay que ser claro en el espinoso asunto de la división entre determinismo y libertad de elección. En ningún pasaje de este estudio pretendo sugerir que las carac­ terísticas intrínsecas de la civilización occidental predeterminaron o prede ­ terminan el éxito de Occidente en cualquier em presa militar. Lo que sin embargo sostengo es que la civilización occidental ha concedido a lo largo de la historia un abanico de ventajas a los soldados europeos que les ha permitido manejar las desventajas tácticas -inexperiencia, cobardía, inferioridad numérica, jefatura deficiente- con un margen de error más amplio que a sus adversarios. L a suerte, la iniciativa individual, la valentía, la brillantez de generales como Aníbal y Saladino, la superioridad numérica de los zulúes o los incas, todos estos elementos pudieron, en ciertas ocasiones, anular la superioridad militar de Occidente en condiciones normales.

 

Con el tiempo, sin embargo, la resistencia y adaptabilidad de la doctrina bélica occidental prevaleció, sin permitir que desastres como el de las Termopilas (480 a.C.), Trasimeno (217 a.C.), la Noche Triste (1520), Little Bighorn (1876) e Isandhlwana (1879) afectaran el curso global de los conflictos o condujeran a un derrumbe general. Con frecuencia, los ejércitos occidentales debieron su

 

 

 

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eficacia a personalidades im placables como Alejandro M agno, Escipión el Africano, Ju lio César, Carlomagno, Ricardo Corazón de León o Hernán Cortés, y a la valentía de individuos anónimos -el ala derecha de las tropas espartanas en Platea (479 a.C.), los veteranos de la Décima Legión de César en las Galias (59-51 a.C.) o las unidades de caballería pesada en Arsuf (1191)-, cuya conducta en combate, unida a la fortuna y a los errores del enemigo, cambió a menudo el curso de una batalla.

 

Sin embargo, gran parte de lo que consiguieron los bravos occidentales debe contemplarse en el marco de un escenario cultural más amplio que les reportó ventajas militares intrínsecas que, por regla general, sus adversarios no compar­ tían. Debemos tener la precaución de no juzgar la historia de la capacidad militar de Occidente en términos absolutos, sino siempre dentro de un contexto que contemple las condiciones imperantes en cada época. Los especialistas pueden discutir la eficacia de las armas occidentales, el impresionante poder de los ejércitos de China o India, la ocasional masacre de las tropas coloniales europeas, pero en cualquier debate que se plantee deben tener presente que los soldados no europeos nunca atravesaron el océano para llegar a otros territorios, que tomaron prestada otra tecnología militar en vez de difundir la suya, que no colonizaron otros tres continentes y que, normalmente, com batieron a los europeos en suelo propio y no en Europa. Aunque siempre hay que tener en cuenta las excepciones más notables, la generalización, que durante tanto tiempo han evitado los académicos por temor o ignorancia, resulta indispensable a la hora de escribir sobre historia.

 

El análisis de las batallas que he escogido para este estudio demostrará que a lo largo de la prolongada evolución de la doctrina bélica occidental ha existido un núcleo más o menos compartido de prácticas que reaparece generación tras generación, unas veces de manera irregular y otras de un modo casi holístico, y que esto explica por qué la historia de la guerra es en realidad y con tanta frecuencia la historia de las victorias militares de Occidente y por qué hoy día los mortíferos ejércitos occidentales tienen poco que temer de cualquier ad­ versario a no ser que éste sea otro ejército occidental.

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

CREACIÓN

 

 

 

II

 

LA LIBERTAD, O “V IV IR COMO SE QUIERA”

 

SALAMINA, 28 DE SEPTIEM BRE DE 480 A. C.

 

 

 

Id, hijos de los helenos,

 

id a salvar a la patria,

 

id a salvar a los hijos,

 

a las esposas, los templos

 

de los dioses ancestrales

 

y las tumbas de los padres:

 

ésta es la lucha final.

 

E s q u ilo , Los persas

 

(401-404)*

 

 

 

 

LOS AHOGADOS

 

de ser horrible ahogarse en el mar. Los brazos debatiéndose contra las olas, los pulmones llenándose de agua salada, el cuerpo cada vez más pesado y aturdido, el cerebro resquebrajándose y crepitando a medida que agota sus últimas reservas de oxígeno, la última visión consciente de la débil e inalcanzable luz del sol, ahora lejana, muy por encima de ti, sobre la superficie rizada del océano. A fines de septiembre del año 480 a.C ., ya al final del día, un tercio de los marineros de la flota persa se encontraban precisamente en esos últimos y horribles momentos de su existencia. A pocas millas de la incendiada acró­ polis ateniense, unos 40.000 súbditos del imperio d ejerjes se mecían en las profundidades y sobre las olas. Estaban muertos, agonizantes o desespera­ dos, entre los restos de más de doscientos trirremes. A todos, lejos de Asia, los aguardaba el mismo destino en las cálidas aguas del Egeo. Todos, en efecto, habían de acabar en el fondo del golfo de Egina. Su última visión de la tierra consistiría en un crepúsculo griego sobre las colinas de Salamina, o acaso en la im agen de su sombrío m onarca que, sobre las faldas del monte Egáleo, observaba cómo desaparecían, engullidos por las olas. A diferencia de las ba­ tallas en tierra firme, donde las bajas dependen tan a menudo de la tecnología de la muerte y no del lugar donde se desarrolle la batalla, en la guerra naval el mar es el principal asesino. El océano puede acabar con miles de combatientes,

 

 

 

* Madrid, Cátedra, 1986, traducción de José Alsina Clota.

 

 

 

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sin que ni el hombre ni sus armas colaboren en su fechoría. En Salamina, la mayoría de las víctimas perecieron a causa del agua que inundó sus pulmones y no porque el acero hubiera hollado sus cuerpos.

 

El trirreme, invención de origen fenicio o tal vez egipcio, era un navio de remos y no de vela. Normalmente, contaba con una tripulación de 170 remeros a los que acompañaban timoneles y alrededor de treinta infantes y arqueros que navegaban apiñados en cubierta. A diferencia de lo que ocurría en las galeras europeas posteriores, en los trirremes, los remeros se sentaban a dife­ rentes alturas y en grupos de tres, y cada uno de ellos manejaba un solo remo de no mucha longitud. La gran ventaja de los trirremes consistía en un diseño que mantenía una extraordinaria relación entre peso, velocidad y potencia. La ligereza de estas naves y la intrincada disposición de los remeros les permitía alcanzar, aun cargadas con doscientos hombres, una velocidad de casi nueve nudos en cuestión de segundos. Tanta rapidez y agilidad facilitaba el manejo de su arma principal, un espolón de bronce de dos aristas situado en la proa, justo en la línea de flotación, que les permitía arremeter contra todo tipo de em­ barcaciones. Tan compleja era la combinación de líneas, remos y velas de este antiguo navio, que en el siglo X V I, cuando los navieros venecianos quisieron construir una réplica de las naves atenienses recuperando la disposición de sus rem eros, el resultado fue una galera m uy poco m arinera. Los ingenieros modernos todavía no han encontrado todos los secretos del antiguo diseño, pese al uso de tecnología informática avanzada y a casi 2.500 años de expe­ riencia naval.

 

 

El trirreme era también una nave frágil y vulnerable que, cuando navegaba en aguas abiertas, dejaba un margen de seguridad muy escaso a los doscientos hombres que llevaba a bordo, y es que las portillas de la bancada inferior de remos estaban a muy poca distancia del agua. A diferencia de lo que ocurre en los buques de guerra modernos, en los barcos antiguos la tripulación apenas disponía de tiempo para evacuar la nave. Las galeras de la época volcaban casi instantáneamente cuando eran embestidas, y es que muchas veces bastaba un golpe lateral para anegarlas o echar a sus remeros al mar. La única esperanza de los marineros consistía en llegar a la orilla o aferrarse a alguno de los pecios que no habían sucumbido con el naufragio. Aquellos remeros o infantes que no sabían nadar, un infortunio muy frecuente en el mundo antiguo y generalizado en la flota persa, tardaban unos segundos en morir por ahogamiento. Poco importaba que la mayoría de las tripulaciones no estuvieran aherrojadas, como sucedería más tarde con las tripulaciones de esclavos de las galeras del siglo XVI, porque los trirremes podían volcar o inundarse muy rápidamente. En Salamina, las largas túnicas de los persas sólo sirvieron para empeorar las cosas. Ocho años después de la batalla, Esquilo, que muy probablemente intervino en la misma, describió su indefensión del siguiente modo: “Cuerpos muertos de quien

 

 

 

 

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quiero, / por el mar arrastrados, hundidos en las olas, / y van errantes en sus dobles capas” (Lospersas, 274-276).

 

Las aguas funerarias de los persas fueron un pequeño estrecho de apenas dos kilómetros de anchura situado entre la isla de Salamina y la región del Atica. Como en la mayoría de las grandes batallas navales de la época preindustrial, las respectivas escuadras combatieron a la vista de la costa. La lucha, en la que intervinieron más de mil trirremes, tuvo lugar en una franja marina de kilómetro y medio por kilómetro y medio, de m anera que los cadáveres, o bien moteaban la superficie del océano o bien acababan en las orillas cercanas. Esquilo recuerda: “De cadáveres llena, en hora infausta / muertos, está la costa salaminia / y todo su vecino territorio” (272-273).

 

Miles de marineros e infantes egipcios, fenicios, cilicios y de otros muchos pueblos asiáticos llenaban las costas de Salamina y el Ática; unos pocos flotaban aferrándose a los restos de las doscientas naves persas hundidas. Los tripulantes griegos remataban con flechas y jabalinas a los persas agonizantes que aún quedaban en el mar. A l mismo tiempo, diversos grupos de hoplitas recorrían Salamina arponeando a los pocos y dispersos supervivientes que encontraban en las playas. Pese a la afirmación de Esquilo - “toda la flota ha perecido” - , cientos de barcos persas lograron escapar de la matanza, eso sí, demasiado aterrorizados ante la ordenada persecución de los griegos como para detenerse a recoger a sus com pañeros. Después de la batalla, el almirante ateniense Temístocles, artífice de la victoria griega, se paseó por la orilla para contemplar el resultado de la lucha e invitó a sus hombres a coger el oro y la plata de los cadáveres de los persas. Según Esquilo, el oleaje laceraba los cuerpos, roídos de manera grotesca por los carroñeros marinos.

 

Salamina, un nombre que todavía es sinónimo de ideales abstractos como libertad y “ el nacimiento de O ccidente” , no se asocia con un baño de san­ gre. Aunque ninguna otra batalla merece como Salamina esa asociación, las referencias a los desastres bélicos acaecidos en las Guerras M édicas evocan imágenes del último contingente espartano del rey Leónidas -cu y a cabeza fue clavada en una pica-, líder de los famosos 299 que cayeron en las Termo­ pilas (480 a.C.), o de los persas de Platea (479 a.C.), que fueron masacrados sin piedad por los hoplitas de Esparta o huyeron despavoridos por los campos cultivados de Beocia. Y, sin embargo, en Salam ina no menos de doscientas naves imperiales sufrieron el embate de los espolones griegos y se hundieron. La m ayoría de ellas sucumbieron con sus tripulaciones completas, o lo que es lo mismo, con doscientos remeros y auxiliares; es decir que al menos 40.000 marineros se ahogaron y muchos otros fueron capturados o rematados cuando consiguieron alcanzar la costa. El estrecho de Salam ina es tan angosto y la escuadra persa era tan enorme -entre seiscientos y 1.200 barcos- que la imagen de los muertos resultaba inopinadam ente conspicua y causó una honda

 

 

 

 

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impresión enjerjes, el rey persa, que contemplaba la batalla desde una cercana colina del Atica.

 

Porque los griegos, en su frenesí, decidieron aniquilar a los invasores de su patria y porque, como señala Heródoto, “la m ayor parte de los bárbaros se ahogaron en el mar porque no sabían nadar” , Salamina es una de las batallas más mortíferas de la historia de la guerra naval. En el pequeño estrecho donde se desarrolló la lucha perecieron más hombres que en Lepanto (entre 40.000

 

y 50.000), que en el desastre de la Arm ada Invencible (20.000-30.000), que en Trafalgar, sumando las bajas francesas y españolas (14.000), que británicos en Jutlandia (6.784) o que japoneses en M idway (2.155). P °r el contrario, los griegos sólo perdieron cuarenta trirremes y es muy posible que la mayoría de los 8.000 tripulantes de aquellas naves consiguieran salvarse. Heródoto dice que tan sólo “unos pocos” griegos se ahogaron y que la m ayoría consiguió salir del estrecho a nado. M uy pocas veces en la historia de la guerra la catástrofe se ha decantado tan claramente hacia uno solo de los bandos, y rara vez en las épocas que precedieron a la invención de la pólvora cayeron tantos en tan pocas horas.

 

En las Guerras Médicas, que hasta la batalla de M icala se libraron exclusi­ vamente en territorio europeo, se produjeron carnicerías terribles, pero ninguna alcanzó el número de bajas de la que tuvo lugar junto a las costas del Ática. Ahogarse era, en el imaginario de los griegos, la peor de las muertes: el alma vagaba en sombras, incapaz de entrar en el Hades hasta que alguien encontrara su cuerpo y le concediera honras fúnebres. Casi ochenta años después, el gobierno de Atenas ejecutaría a sus propios generales tras la victoria de las Arginusas (406 a.C.) precisamente por no haber recogido a los supervivientes que quedaron sobre las aguas, y ante la idea de que cientos de esposos, padres y hermanos atenienses se descompusieran en las profundidades sin un funeral apropiado.

 

¿Quiénes eran los 40.000 marineros de Jerjes que se batían contra las olas en el estrecho de Salamina? Casi ninguno de ellos figura en los archivos de la historia. Conocemos tan sólo a algunos de los que además de pertenecer a la elite estaban bien relacionados, y, aun esto, gracias a las fuentes griegas. H e­ ródoto destaca únicamente al almirante Ariabignes, hermano del rey Jerjes, que se hundió con su barco. Esquilo nombra a varios generales y almirantes caídos: Artembares “en las ásperas riberas / de Silenio fue abatido” ; Dadaces “a los golpes de una pica, / con su presuroso salto / cayó al mar, desde su nave” ; el cadáver de Taragón, señor de Bactriana, “la isla de Ayante ronda”, etcétera. Prosigue y nombra a más de una decena de líderes cuyos cadáveres flotaban en las aguas del estrecho. En un pasaje particularmente truculento, representado en la escena ateniense tan sólo ocho años después de la batalla, el dramaturgo describe la masacre por boca de un mensajero persa:

 

 

 

 

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Los cascos de los bajeles

 

se volcaban, y la mar,

 

de cadáveres repleta,

 

y de restos de naufragio,

 

no era ya posible ver.

 

Y las riberas y escollos

 

de muerte se van llenando;

 

en fuga desordenada

 

marchan, remando, las naves

 

que forman el bando persa,

 

en tanto los Griegos, cual

 

si fueran atunes y otra

 

redada de peces, iban

 

con los restos de los remos

 

y con pedazos de tablas

 

atacándolos, y a todos

 

el espinazo quebraban.

 

Por el piélago se extienden

 

griteríos y lamentos,

 

hasta que, al llegar la noche,

 

se nos hurta el espectáculo

 

(Lospersas, 419-429).

 

Muchos de aquellos infortunados no eran persas, sino bactrianos, fenicios, egipcios, chipriotas, carios, cilicios y soldados de leva procedentes de diversos Estados tributarios del vasto Imperio persa - y entre ellos, griegos de Jo n ia - que habían viajado hasta Salam ina bajo coerción, para form ar parte de la gran asamblea bélica convocada por Jerjes. La mayoría de los miembros de la flota podían decir m uy poco sobre las condiciones de su propia participación y seguramente no desearan combatir en el estrecho de Salamina. Tanto Heródoto como Esquilo nos dicen que, durante la mañana de aquel 28 de septiembre, cualquier vacilación a la hora de bogar significó la ejecución sumarísima. Uno de los pasajes más lúgubres de toda la literatura clásica es aquel en el que Heródoto relata lo que le sucedió al lidio Pitio cuando las fuerzas imperiales abandonaban Asia en dirección a Grecia. Pitio suplicó al Gran R ey que, puesto que él era ya muy anciano, permitiera que uno de sus cinco hijos se quedara en casa para atenderlo. En respuesta a su petición, Jerjes mandó descuartizar al hijo favorito de Pitio e hizo colocar su torso a un lado y sus piernas a otro lado del camino por donde el enorme ejército persa debía transitar durante horas para que los reclutas constataran en los m iembros mutilados y en descomposición del pobre chico el precio de la desobediencia. Una de las ironías

 

 

 

 

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de Salamina es que la heroica resistencia griega, convocada para frenar la agresión persa y preservar la libertad de Grecia, provocó la muerte de miles de marineros asiáticos que en realidad soportaban de mala gana el imperio de Jerjes. Bajo amenaza de pena de muerte lucharon, mientras Jeijes observaba la batalla naval desde una silla colocada en el monte Egáleo. El secretario del rey persa, por lo demás, registraba con detalle la bravura o cobardía de sus súbditos a fin de otorgar recompensas o castigos.

 

En el año 490 a.C ., 6.400 persas habían muerto en M aratón durante la malograda invasión de Darío. Pocas semanas antes de Salamina, más de 10.000 soldados imperiales fueron sacrificados en la “victoria” persa de las Termopilas para quebrar la resistencia helénica y abrir las puertas de Grecia. En Artemisio, cerca del paso, un tem poral pudo hundir más de doscientas naves persas, con lo que se habrían ahogado casi tantos invasores como en Salamina. A l otoño siguiente de la batalla de la que nos ocupamos, otros 50.000 súbditos de Jeijes morirían en Platea y 100.000 más lo harían durante la retirada defi­ nitiva de los persas. Por lo tanto, un cuarto de millón de los soldados del rey persa perecieron en un vano intento por acabar con la libertad de una pe­ queña región balcánica de menos de 130.000 kilóm etros cuadrados de extensión.

 

 

Las Guerras Médicas supusieron no sólo un gran revés para Persia, sino una catastrófica pérdida de recursos humanos para el Imperio. La “divina Salami­ na”, nombre con el que en Grecia se recordó la victoria, se libró por “la libertad de los griegos” . El precio de aquella liberación fue la masacre m asiva de un gran número de soldados que habían acudido al combate a golpe de látigo, y no en virtud de ningún odio cultural, étnico o religioso hacia la cultura helénica. Ninguno de los muertos de Jerjes era ciudadano libre en una sociedad libre, de modo que es lógico que no sepamos nada de ellos. No hay obra teatral persa dedicada a su memoria. Ningún historiador persa registró el nombre de los valientes, como hizo Heródoto al ocuparse de las Termopilas, Salamina y Platea. Jerjes no promulgó ningún decreto en Persépolis para conmemorar su sacrifi­ cio. Ningún cenotafio público, ninguna elegía fúnebre recordó su pérdida. Por aquellos muertos anónimos y en su m ayoría inocentes, es nuestro deber no olvidar que la historia de Salamina es en su m ayor parte la trágica epopeya de los 40.000 hombres que se debatieron en medio del llanto y los gritos mientras se hundían lentamente hacia el fondo del mar Egeo. Lord Byron se preguntó de forma escueta acerca de aquellos combatientes anónimos:

 

 

Un rey sentado en un acantilado rocoso Que contempla Salamina nacida del mar

 

Y       miles de barcos bajo sus pies, Gentes y ejércitos todos suyos,

 

 

 

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Así él los contaba al clarear el día

 

Y, ¿dónde quedaron ya puesto el sol?

 

(Don Juan, III, 86.4).*

 

 

LOS AQ UEM ÉNIDAS Y LA LIBERTAD

 

En la época de la batalla de Salam ina, el Im perio persa era enorme. Con 2.600.000 kilómetros cuadrados de extensión y cerca de setenta millones de habitantes era la m ayor organización política que había conocido el mundo civilizado. Por el contrario, los hablantes de lengua griega del continente no llegaban a los dos millones y ocupaban un territorio que no superaba los 130.000 kilómetros cuadrados. Persia contaba, además, con una dinastía que, con menos de un siglo de antigüedad, era relativamente joven y muy robusta y se encontraba en su época de máximo esplendor. La dinastía aqueménida era en gran parte producto del genio de un monarca legendario, el rey Ciro el Grande. En un período de no más de treinta años (h. 560-530 a.C.), Ciro había transformado la pequeña y aislada monarquía persa (que dominaba el reino de Parsa, situado en una región que actualmente ocupan Irán y Kurdistán) en un gobierno de hegem onía universal. Ciro llegó a gobernar, en efecto, sobre los pueblos conquistados de la mayor parte de Asia, en un vasto territorio que se extendía desde el Egeo hasta el Indo, y abarcaba la mayor parte de las regiones com­ prendidas entre el golfo Pérsico y el mar Rojo en el sur y los mares Caspio y de Aral en el norte.

 

 

Tras perder los Estados jónicos griegos situados en las costas del Egeo, los griegos del continente estaban cada vez más familiarizados con aquel vasto y sofisticado imperio que tocaba ya sus fronteras orientales. Todo cuanto iban conociendo de Persia los fascinaba, pero también les inspiraba miedo; mucho después a los europeos les sucedería lo mismo con el Imperio otomano. Trans­ curriría poco tiempo antes de que un grupo de políticos de talento y de renegados intrigantes como Demarato, Temístocles y Alcibíades ayudaran a los persas contra su propio pueblo sin dejar por ello de aborrecerlos por apelar sin tapujos a su avaricia personal. De igual manera, los almirantes, los navieros y los estrategas italianos buscarían con el correr de los siglos lucrativos empleos entre los otomanos. Los moralistas de Grecia, al relacionar ética y cultura, identifi­ caron durante mucho tiempo la pobreza helénica con la libertad y la excelencia, y al pródigo Oriente con la esclavitud y la decadencia. En ese sentido, el poeta Focílides escribió: “La polis respetuosa de la ley, aunque pequeña y sobre un risco, supera a la absurda Nínive” (frag. 4).

 

 

* Madrid, Cátedra, 1994, traducción de Pedro Ugalde.

 

 

 

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r í t - liv ir . r \ . * \      f A i v i r . .

 

 

Durante el reinado de Darío I (521-486 a.C.), Persia fue un Imperio relativa­ mente estable. La monarquía aqueménida controlaba a la sazón una adminis­ tración provincial dividida en una veintena de satrapías. Los gobernadores persas recaudaron impuestos, organizaron levas para las campañas nacionales, construyeron caminos de gran recorrido y se ocuparon de su conservación, organizaron un eficaz servicio postal, y en general dejaron a los pueblos con­ quistados la libertad de adorar a sus propios dioses y de cumplir con los objetivos tributarios del Im perio según sus propios procedimientos. Para los griegos, que nunca lograron unificar del todo su pequeño territorio continental, la congregación de todo un continente en tomo a la dinastía aqueménida conjuraba la imagen de una potencia de recursos materiales y humanos que quedaba más allá de su comprensión.

 

Lo que más desconcertaba a los occidentales -podemos prescindir de aquellos prejuicios que les hacían ver a los orientales como blandos, débiles y afemina­ dos- era la antítesis cultural casi absoluta que el Imperio persa representaba frente a todos los elementos de la sociedad helénica, desde la política y la doctrina militar hasta la vida social y económica. Sólo unos pocos kilómetros de mar separan Asia Menor de las islas griegas del Egeo, pero, pese a gozar de un clima similar y tras varios siglos de interacción, ambas culturas eran mundos aparte. El sistema de gobierno persa había dado como resultado no una situación de debilidad y decadencia, como a veces declaraban los griegos, sino una admi­ nistración imperial relativamente eficiente y m uy rica. Si Jerjes estaba a las puertas de la Acrópolis ateniense, los griegos no habían llegado (todavía) a Persépolis. L a impresión que los griegos tenían del Imperio persa les llegaba por boca de los comerciantes, de los esclavos importados de Oriente, de sus hermanos jónicos, de los miles de hablantes de griego que encontraron empleo en la administración persa y de los mercenarios que regresaban de Persia con­ tando siniestros relatos. Esa impresión estaba teñida de temor. El éxito de la dinastía aqueménida sugería que había en el mundo pueblos -cuya proximidad con Grecia era cada vez m ayor- que abordaban la vida de un modo distinto y gracias a ello alcanzaban mucha más riqueza y prosperidad que los griegos.

 

El gobierno absoluto sobre millones de personas estaba en manos de unos pocos. El monarca y su reducida corte de parientes y consejeros (sus diversos títulos podrían traducirse del siguiente modo: “portador del arco” , “portador de la lanza” , “ amigos del rey” , “ benefactor del rey” , “ los ojos y oídos del rey”, etc.) dominaban el funcionariado y la clase sacerdotal y vivían de manera espléndida gracias a los tributos provinciales y a la propiedad de grandes extensiones de terreno. Además, las elites persas y aqueménidas dirigían un enorme ejército multicultural. A l parecer, no existía un concepto abstracto o legal de libertad en la Persia aqueménida. En la correspondencia imperial, por ejemplo, los sátrapas aparecen como esclavos: “El R ey de Reyes, Darío,

 

 

 

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hijo de Histaspes, dice lo siguiente a su esclavo Gadatas: ‘Me he percatado de que no obedeces mis órdenes en todos sus pormenores’” (R. Meiggs y D. Lewis, eds., Greek Historical Inscriptions [Inscripciones históricas griegas], 12, 1-5). El rey aqueménida actuaba como un monarca absoluto y aunque no tuviera carácter divino, sí era el regente del dios Ahura Mazda en la tierra. Todos sus súbditos y todos los extranjeros que acudían a su presencia debían cumplir con la proskynesis, arrodillarse ante el Gran Rey. Según Aristóteles, esa costumbre de venerar a los hombres como si fuesen dioses era una prueba más de las enormes diferencias existentes entre las ideas orientales y helénicas acerca del individua­ lismo, la política y la religión. Los generales griegos que vencieron en las Guerras Médicas -Pausanias, regente de Esparta, o los atenienses Milcíades y Temístocles-recibieron críticas muy severas por identificar el triunfo griego con la impor­ tancia de su intervención. M uy al contrario, cuando intentaba surcar las agitadas aguas del Helesponto, Jerjes ordenó que azotasen y “ m arcasen” al mar por “desobedecer” sus órdenes.

 

Toda civilización cuenta con un código legal. A condición de que las leyes aqueménidas sustituyesen cualquier otro estatuto, los persas, pese a ejercer un gobierno absoluto, permitieron que los jueces de Lidia, Egipto, Babilonia yjon ia conservaran sus puestos. El Gran Rey, sin embargo, podía promulgar y en­ mendar cualquier ley a su voluntad. Ninguno de los hombres que luchaba por no sucumbir a las olas el 28 de septiembre del año 480 a.C. gozaba de otro reconocimiento legal aparte del de ser bandaka, o “esclavo” de Jeijes, concepto heredado de la idea babilónica previa de que todo individuo era ardu, es decir, “propiedad” del monarca.

 

Por el contrario, en la Grecia del siglo V a.C., casi todos los dirigentes políticos de las ciudades-Estado eran elegidos por votación y sus cargos estaban sometidos a un refrendo anual por parte de un consejo electo. Ningún arconte apeló a la condición divina de su persona, la ejecución por decreto equivalía al asesinato, y nada interesaba más que evitar que surgieran tiranos como los que en el pasado inmediato habían dominado varios de los Estados más prósperos y comerciales de Grecia. Con frecuencia, incluso los esclavos y los criados de las ciudades-Estado griegas gozaban de cierta protección frente a la tortura arbi­ traria y el asesinato. No estamos hablando por tanto de dos enfoques alternativos del gobierno del Estado, sino de discrepancias fundamentales en la idea de la libertad personal que contribuirían a decidir quién habría de vivir o morir en Salamina.

 

El ejército imperial persa era muy numeroso y estaba mandado por parientes de Jerjes y elites que habían jurado lealtad al monarca. El grueso del mismo estaba form ado por infantes profesionales persas, de los que los llamados “Inmortales” eran los más famosos, y por varios contingentes complementarios de infantería pesada y ligera apoyados por unidades de caballería, carros,

 

 

 

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arqueros y lanceros. En combate, este ejército dependía de su velocidad y del número de sus tropas. En lugar de una fuerza de choque de piqueros fuertemen­ te armada y capaz de contener y dispersar a los jinetes y las tropas de a pie, con frecuencia las unidades de infantería persa estaban compuestas por reclutas procedentes de cientos de regiones distintas, hablaban lenguas muy diversas e iban armados con espadas, dagas, lanzas cortas, picos, piquetas, hachas de guerra y jabalinas, y se protegían con escudos de mimbre, chalecos de cuero y, algunas veces, cotas de malla. La instrucción, la fidelidad estricta a la tropa, el avance coordinado o la retirada en grupo les eran desconocidos. Los griegos despre­ ciaban la calidad de la infantería pesada persa y no les faltaba razón. Algunos años después de Salamina, a principios del siglo iv a.C., Antíoco, embajador griego en Arcadia, afirmó que no había en Persia un solo hombre capaz de hacer frente a los griegos. Durante la creación del Imperio persa en las estepas de Asia no hubo necesidad de formar falanges de hoplitas ciudadanos equipados con panoplias de más de treinta kilos de peso.

 

El monarca aqueménida no siempre contemplaba la batalla desde un trono, como hizo Jerjes en las Termopilas y en Salamina, con frecuencia combatía en un gran carro rodeado de su guardia personal en mitad de la línea persa, que era, al mismo tiempo, la posición más segura y la más lógica para dar las órdenes. Los historiadores griegos sacaron punta a la siguiente diferencia: los m onarcas persas eran los prim eros en huir en la derrota, mientras que no hay ni una sola batalla griega importante -las Termopilas, Delio, Mantinea, Leuctra- en la que los generales helenos sobrevivieran a la suerte de sus tropas. Ante una catástrofe militar, el rey aqueménida no recibía ningún reproche. A l contrario, eran sus subordinados, como les sucedió a los fenicios tras Salamina, los que servían de chivo expiatorio y eran ejecutados. Por el contrario, no hay ni un solo gran general griego en toda la historia de las ciudades-Estado

 

-Temístocles, M ilcíades, Pericles, Alcibíades, Brasidas, Lisandro, Pelópidas, Epam inondas- que no fuera multado, exiliado o degradado por sus errores o no muriese con sus tropas. Tras sus grandes victorias, algunos de los más triunfales y dotados comandantes griegos -com o por ejemplo los almirantes atenienses que vencieron en las Arginusas (406 a.C.) o Epaminondas, tras su regreso de liberar a los ilotas de Mesenia (369 a.C .)- fueron procesados por cargos que acarreaban la pena capital no por cobardía o incompetencia, sino por no haber prestado atención al bienestar de sus hombres o por falta de comunicación con sus supervisores civiles.

 

En un territorio tan extenso como Persia había en teoría miles de propieta­ rios y comerciantes particulares, pero el contraste con la Grecia del siglo V a.C. resulta de nuevo revelador. De la Atenas clásica no conocemos una sola granja m ayor de cincuenta hectáreas, mientras que en Asia -tanto con los aqueméni-das como con el posterior gobierno de las dinastías helénicas- las propieda­

 

 

des rurales tenían miles de hectáreas de extensión. Algunos parientes de Jer-jes poseían seguramente más propiedades que todos los remeros de la flota per­ sa juntos. La mayor parte de las mejores tierras del Imperio estaban bajo el control directo de los sacerdotes, que tenían siervos aparceros, y de terrate­ nientes absentistas, que con frecuencia poseían aldeas enteras. El propio mo­ narca era, en teoría, amo de todas las tierras del Imperio y podía ejercer sus derechos de confiscación sobre cualquier propiedad o ejecutar a su dueño por decreto.

 

En la propia Grecia, muchas jerarquías se establecían en virtud de la propiedad, pero la postura de su gobierno, un gobierno de consenso, hacia el asunto de la posesión de la tierra era muy distinta de la que tenían los persas. Las fincas de propiedad pública o sacerdotal eran de tamaño limitado y relativamente escasas, en realidad no sumaban más que el 5% de las tierras que rodeaban la polis. La propiedad de la tierra, por el contrario, estaba bastante repartida. Las subastas públicas de terrenos eran frecuentes y los precios de las ventas públicas bajos y uniformes. En las nuevas colonias, las tierras eran distribuidas por parcelas o se vendían públicamente y nunca se entregaban directamente a los miembros de la elite. Los que pertenecían a la llamada clase de los infantes hoplitas poseían por norma general granjas de alrededor de cinco hectáreas de extensión. En la mayor parte de las ciudades-Estado esta clase sumaba entre un tercio y la mitad de los ciudadanos y controlaba cerca de las dos terceras partes de la tierra cultivable, una distribución mucho más equitativa que, por ejemplo, la de la California actual, donde el 5% de los propietarios posee el 95% de todas las propiedades agrícolas.

 

 

Ningún ciudadano griego podía ser ejecutado de forma arbitraria y sin juicio previo. Tampoco se podían confiscar sus propiedades excepto por votación favorable de un consejo, fuera éste una boule de la tierra basada en oligarquías de base muy amplia o, con la democracia, una ekklesia popular. Para los griegos, la posibilidad de mantener la propiedad libre de la tierra con un título legal y la facultad de mejorarla y cederla en herencia constituían la base de la libertad. Aunque es cierto que estas tradiciones agrarias de la Grecia clásica acabarían erosionándose en las postrimerías del Imperio romano y durante la alta Edad M edia con la creación de enormes haciendas absentistas y grandes feudos eclesiásticos, el ideal no quedaría en el olvido. M uy al contrario, ese ideal proporcionó la base de la revolución y de la reforma agraria en Occidente, desde el Renacimiento y hasta nuestros días.

 

Aunque en Persia existían enormes talleres de acuñación de moneda, las fuentes que nos permiten estudiar la administración imperial aqueménida su­ gieren que muchas toneladas de metal permanecieron almacenadas y sin acuñar -hecho que más tarde confirmarían los ladrones y saqueadores del ejército de Alejandro M agno- y que la economía persa sufría un estancamiento crónico.

 

 

 

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Puesto que los metales preciosos estaban depositados en los almacenes imperiales, los tributos provinciales se abonaban con gran frecuencia en forma de “regalos”, es decir, alimentos, ganado, piezas de metal, esclavos, propiedades, más que en especie, hecho ilustrativo de una economía de alto nivel tributario y subde-sarrollada desde un punto de vista monetario. Uno de los motivos de la espec­ tacular expansión inicial y de la inflación de la Grecia helénica (323-21 a.C.) fue la rápida conversión en m oneda que emprendieron los diádocos de los metales preciosos guardados en los almacenes aqueménidas. Los diádocos, en efecto, transformaron una economía dirigida en otra de orientación capitalista y contrataron a miles de mercenarios y constructores de edificios y navios.

 

Aparte de algunos textos religiosos y políticos, la literatura persa, es decir, un corpus de obras teatrales, filosóficas o poéticas, no existía. Ciertamente, el zoroastrismo constituía una investigación metafísica fascinante, pero su razón de ser era exclusivamente religiosa. Los parámetros de su pensamiento, por tanto, eran los mismos que los de todos los tratados sagrados, es decir, estaban dominados por un celo y una contención que impedían la especulación ilimitada y una expresión verdaderamente libre. La historia -esa idea griega de investi­ gación sin obstáculos en la que las fuentes y los archivos se ven continuamente sometidos a cuestionamiento y valoración como parte de un esfuerzo por conseguir una narración imperecedera que explique el pasado- también les era desconocida a los persas, al menos en una forma que contase con amplia difusión. Lo más parecido a la historia que conocieron los persas fueron las inscripciones en piedra en las que Darío I ojerjes hacían públicas sus gestas:

 

Ahura Mazda es un gran dios. Creó esta tierra, creó al hombre, creó la paz para el hombre, hizo rey a Jeijes, un rey entre muchos, un señor entre muchos. Yo soyjerjes, el gran rey, rey de reyes, rey de tierras donde hay muchos hombres, rey de esta gran tierra ancha y lejana, hijo de Darío el rey, un Aqueménida, un persa, y por tanto de un persa, un ario, de semilla aria (A. Olmstead, History ofthe Persian Empire [Historia del Imperio Persa] p. 231).

 

 

En la Roma imperial, el emperador Augusto hacía proclamas similares, pero Rom a también contaba con un Suetonio, un Plutarco o un Tácito capaces de dejar un registro más fiel de los hechos. De igual m anera que los otomanos prohibirían las imprentas en todo su imperio por temor a la libertad de expresión, los aqueménidas desconocían la idea de la crítica pública en documentos escritos.

 

Todos los textos persas -tanto las inscripciones, como los inventarios palaciegos o los libros sagrados- concernían al rey, sus sacerdotes y burócratas, y se limitaban a asuntos de gobierno y religión. Aunque hubieran existido otras formas públicas de expresión, la victoria persa en las Termopilas no habría

 

 

 

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podido representarse sobre un escenario o ser recordada en un poema sin la aprobación dejerjes y sin que el propio Jerjes fuera el protagonista absoluto del triunfo. L a conm em oración de la victoria persa en Bactriana lo demuestra fehacientemente: “DiceJerjes, el rey: cuando me convertí en rey, había en estas tierras que están escritas en el cielo una que estaba inquieta. Después, Ahura Mazda me ayudó. Por el favor de Ahura Mazda castigué a esa tierra y la puse en su sitio” (A. Olmstead, p. 231).

 

La religión persa no era tan dictatorial como la egipcia. Los monarcas aque-ménidas, por ejemplo, no eran divinidades, como los faraones, sino emisarios en la tierra del dios Ahura Mazda. Sin embargo, el poder real gozaba de derechos divinos y todo edicto imperial se consideraba un acto sagrado. De ahí la fórmula que los reyes aqueménidas repetían constantemente: “M ío es Ahura Mazda, de Ahura M azda soy yo” . Cuando Alejandro Magno comenzó a decir esto mismo, incluso los más leales caudillos macedonios comenzaron a urdir planes para asesinarlo, dar un golpe o regresar a Grecia. Por otro lado, los pueblos conquistados del Im perio persa, como babilonios y judíos, podían adorar a sus propios dioses. Como ninguna cultura del Oriente conquistado poseía una tradición religiosa separada de la política, o abrazaba el ideal de la diversidad religiosa, la m ayoría de los súbditos de Persia consideraban el vínculo entre religión y política de la monarquía aqueménida como algo normal, no muy distinto a lo que ya conocían y, en todo caso, más tolerante.

 

Dicho esto, existían numerosas castas de hombres santos que no sólo disfru­ taban de gran poder político como representantes del rey, sino que además ambicionaban extensas propiedades en las que apoyar su tarea. L a monarquía empleaba magos oficiales -los magos de túnicas blancas- en las ceremonias públicas y los utilizaba como “controladores” religiosos encargados de garantizar la piedad de los súbditos del Im perio. Las matemáticas y la astronomía se encontraban en un estadio m uy avanzado, aunque comenzaban a someterse al escrutinio de la religión y se empleaban para promover en un contexto religioso las artes de la adivinación y la profecía. Un humanista como Protágoras (“el hombre es la medida de todas las cosas”) o un ateo racionalista como Anaxágoras (“todo lo que existe en el mundo, lo más grande y lo más pequeño, lo controla la mente [mus] [...], todo lo que existe y existirá, la mente lo dispone”) no podrían haber prosperado bajo el régimen aqueménida. Muestras de pensamiento libre semejantes a las de Anaxágoras o Protágoras sólo habrían podido surgir en Persia por dejación del control imperial. En todo caso, de ser descubiertas, habrían sido sometidas a una censura inmediata. Los habitantes de la Grecia clásica eran tan píos como los persas, pero cuando los ciudadanos conservadores pugnaban por librar a sus ciudades de los provocadores ateos estaban obligados a conse­ guir un decreto de expulsión -que debía votar la m ayoría- o un juicio justo, o al menos algo que se le pareciera.

 

 

 

 

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Si en el pasado los historiadores occidentales se basaron en autores griegos como Esquilo, Heródoto, Jenofonte, Eurípides, Isócrates y Platón para confor­ m ar estereotipos que describían a los persas como decadentes, afectados, corruptos, rodeados de eunucos y cautivados por los harenes, un detallado examen de los archivos imperiales y de las inscripciones del Imperio aquemé-nida debería evitar que nos alejásemos demasiado en la dirección opuesta. El ejército persa que combatió en Salamina no era ni decadente ni afeminado, pero sin duda constituía un universo alternativo a los valores de la cultura griega. En definitiva, en Oriente no existía ninguna polis. La Persia aqueménida -com o la Turquía otomana o el M éxico de M octezuma- era una sociedad dividida úni­ camente en dos estratos en la que muchos millones de personas eran goberna­ das por autócratas, controladas por teócratas y coaccionadas por generales.

 

 

LAS GUERRAS MÉDICAS Y LA ESTRATEGIA

 

APLICADA EN SALAMINA

 

Salam ina fue la batalla más importante en la confrontación de dos culturas completamente distintas: una vastísima, rica e imperial; la otra, pequeña, pobre

 

y descentralizada. L a primera debía su enorme poder a la obediencia, los im ­ puestos y la abundancia de recursos humanos, que cualquier cultura palaciega centralizada podía obtener con suma facilidad; la segunda, a la espontaneidad, la innovación y la iniciativa que surgen exclusivamente en las comunidades pequeñas, autónomas y libres donde conviven personas iguales ante la ley. Durante las Guerras Médicas, los griegos creían que el curso de la guerra era, por encima de cualquier otro asunto, cuestión de valores absolutos. En realidad, tenían la impresión de que se centraba sobre todo en su propia y extraña idea de libertad, o eleutheria: ellos querían conservarla, Jerjes, acabar con ella. Desde su punto de vista, la guerra dependería de por cuánta libertad merecía la pena luchar y hasta qué grado esa libertad podría compensar la enorme ventaja del rey persa en hombres, recursos materiales y experiencia militar. El triunfo de la infantería ateniense en Maratón diez años antes había detenido en seco una expedición de castigo de las tropas de Darío. En aquella batalla, de entre todas las ciudades griegas, únicamente Atenas y Platea acudieron al combate. La primera fuerza expedicionaria persa que en 490 a.C. se presentó en territorio griego no era muy numerosa para los parámetros que se alcanzarían poste­ riormente. Como mucho, a los 10.000 defensores griegos se enfrentaron unos 30.000 persas. Jerjes, sin embargo, logró con sus levas posteriores formar un ejército muy distinto.

 

 

L a batalla de las Termopilas tuvo lugar diez años después de Maratón y se saldó con una terrible derrota -pese a la valentía demostrada y a todos los

 

 

comentarios a que ha dado lugar, quizá fuera el m ayor revés en toda la historia de las operaciones panhelénicas y desde luego es una de las pocas veces en la historia que un ejército asiático ha derrotado a un ejército occidental en terri­ torio europeo-. L a batalla naval de Artemisio, que tuvo lugar de forma casi simultánea, fue, en el mejor de los casos, una retirada estratégica griega. De ahí que en cualquier análisis que pretenda dilucidar por qué motivo ganaron los griegos las guerras contra los persas, haya que considerar, sobre todo, las dos victorias fundamentales del conflicto: Salamina y Platea, la batalla prota­ gonizada por tropas de infantería que se produjo poco después de la que aquí nos ocupa.

 

M icala (agosto de 479 a.C.), batalla librada en las costas de Jon ia al mismo tiempo o cerca de las mismas fechas que Platea, no supuso tanto una prolon­ gación de la defensa del territorio griego como la inauguración del período de expansión helénica en el mar Egeo. Pero M icala sólo fue posible gracias a la victoria previa en Salamina. Platea tuvo lugar en un pequeño valle situado a unos quince kilómetros al sur de Tebas y casi un año después de la victoria de Salamina. El triunfo fue magnífico y supuso la expulsión definitiva de Grecia de las tropas de infantería del rey persa. Sin embargo, esa batalla decisiva, en la que cayó el general persa Mardonio y la m ayoría de las fuerzas invasoras fueron masacradas o se dispersaron, sólo puede entenderse dentro del contexto determinado por el éxito táctico, estratégico y moral de Salamina, que insufló a los griegos energía suficiente para continuar la guerra. En Platea, los persas lucharon sin el rey Jeijes. Su maltrecha flota y algunos de sus mejores soldados se habían ahogado en el golfo de Egina o huido a Persia casi un año antes, tras la derrota naval de Salamina. La infantería de Mardonio no contó en las costas orientales de Beocia con ninguna escuadra de apoyo. Los navios que podrían haberla ayudado estaban o en el fondo del estrecho de Salam ina o dispersos por los puertos de Oriente. Además, en Platea se congregaron más tropas griegas de infantería -cerca de 60.000 o 70.000 hoplitas y otros soldados de infantería ligera- de las que volverían a congregarse en un solo ejército en toda la historia de Grecia. Heródoto opinaba que aquel día formaron en el campo de batalla unos 110.000 helenos en varias unidades combinadas. Por tanto, en el verano de 479 a.C., los persas combatieron en Platea sin la abru­ madora superioridad numérica de que disfrutaron en Salamina y sin su rey ni su enorme flota. En Platea, los invasores no podían recibir refuerzos ni por tierra ni por mar. Los confiados griegos, en cambio, acudieron a aquella pequeña llanura de Beocia convencidos de que sus enemigos se retiraban del Ática desmoralizados tras la derrota de Salamina y abandonados por su líder militar

 

 

y político.

 

Qué distinta era la situación un año antes en Salamina, y qué difícil le resulta

 

al historiador desentrañar las claves de la victoria griega. Tras evacuar la ciudad

 

 

 

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y los campos, Atenas, cuya flota de doscientas naves era de muy reciente construcción y constituía las dos terceras partes del contingente griego, no deseaba luchar ni un solo metro más al sur. Casi todos los ciudadanos de Atenas habían sido evacuados a la propia Salamina, a Egina y a Trecén, ciudad de la Argólida. Por eso para los griegos, en septiembre de 480 a.C., alejarse siquiera una legua del golfo de Egina suponía dejar a los refugiados civiles que se en­ contraban en el Atica a merced de las tropas de Jerjes, y, básicamente, poner fin a la propia idea de Atenas, que, con la pérdida de Salamina, no poseería ya ni un solo centímetro de suelo nativo. “Mas, si no haces lo que te digo [com­ batir en Salam ina]” , advirtió Temístocles a Euribíades, uno de sus aliados peloponesios, “nosotros recogeremos de inmediato a nuestros familiares y nos trasladaremos a Siris, en Italia, que nos pertenece desde hace ya mucho tiempo; y, además, al decir de los oráculos, debemos fundar allí una colonia. Vosotros, entre tanto, al veros privados de unos aliados como nosotros, os acordaréis de mis palabras” (Heródoto, Historia, VIII.62).* En las Guerras Médicas, los griegos combatían por su libertad, pero los astutos hombres de Estado del Peloponeso pretendían posponer el enfrentamiento definitivo conjeijes hasta que no quedase otra alternativa y todas las ciudades-Estado hubieran comprometido ya sus últimas reservas en aquel Armagedón.

 

 

En Salamina, la mayoría de los griegos reconocía que la participación pos­ terior de los refugiados de Atenas, ciudad que pese a todo constituía la mayor potencia naval de cuantas componían la alianza panhelénica, dependía de dos condiciones previas: había que librar una batalla naval inmediatamente después de la evacuación del Atica y había que hacerlo en una zona de con­ tención que mantuviera a los persas alejados de la población civil ateniense. Para mantener la participación de Atenas en la guerra, base de la alianza helénica, no quedaba por tanto más opción que combatir en septiembre y junto a las costas de Salamina. Todos los pueblos griegos del norte, con excepciones sin importancia, no sólo habían desistido de toda resistencia una vez que su territorio había sido conquistado, sino que, de hecho, aportaban algunas tropas a la causa de Jerjes. L a amenaza de los atenienses de zarpar hacia el oeste, además, no era ninguna baladronada. Sin duda habrían abandonado la causa si los griegos del sur no hubieran contribuido a un último esfuerzo por resistir en Salamina.

 

 

Los atenienses habían evacuado su ciudad porque sólo contaban con unos 10.000 hoplitas, número insuficiente para oponerse a las hordas persas. Tras la carnicería de las Termopilas, ningún contingente hoplita panhelénico quiso acudir a la planicie ática para defender Atenas de un enemigo victorioso al que ahora se unían los griegos pro persas de Tesalia y Beocia. Ciertamente, la

 

* Madrid, Gredos, 1989, traducción de Carlos Schrader.

 

 

 

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m ayoría de los griegos se decantaba por una batalla decisiva que habría de librarse preferiblemente en tierra y por unidades de infantería, pero, hasta acabar con el elemento que servía de apoyo y transporte al ejército d ejeijes y facilitaba la ayuda de sus aliados, un último enfrentamiento desesperado y espectacular habría servido poco más que para provocar una masacre entre las tropas griegas. Los griegos ya habían sufrido una derrota en las Termopilas, así que con una catástrofe heroica tenían más que suficiente. La mayoría de ellos se daba cuenta, además, de que la presencia de una enorme flota enemiga impedía consolidar cualquier posición defensiva, que los persas podrían sorprender y anular con un desembarco en la retaguardia. Por otra parte, la pérdida de Beocia había eliminado toda posibilidad de contar con algunos de los mejores hoplitas del territorio continental griego.

 

No hay grandes islas en el litoral griego entre Salamina y el istmo de Corinto, en dirección sur, y no las hay en la costa nororiental de la península de la Ar-gólida. Tampoco hay ensenadas o estrechos, que habrían podido ofrecer a la flota griega, más pesada pero con muchas menos naves, un canal angosto en el que neutralizar la ventaja numérica de la armada persa. Aunque los atenienses hubieran accedido a librar la batalla al sur de Salamina, transportando a los refugiados que se encontraban en Egina y Salamina más hacia el sur para unirse a los que ya habían llegado a Trecén, sólo existían dos alternativas para plantar cara en Salam ina: una batalla naval en aguas abiertas o una defensa suicida tras las fortificaciones del istmo. Ninguna de ambas posibilidades ofrecía la mínima esperanza de victoria.

 

Según Heródoto, antes de la batalla, Temístocles pronunció un discurso ante otros comandantes griegos. En él se oponía a un enfrentamiento naval en las costas de Corinto: “Si trabas combate en las inmediaciones del istmo, librarás la batalla en mar abierto, cosa que no nos conviene en absoluto, dado que contamos con navios más pesados e inferiores en número; además, aun suponiendo que, en líneas generales, nos acom pañe la fortuna, causarás la perdición de Salam ina, M égara y Egina” (vill.60). Por el contrario, argüyó Temístocles, luchar en Salamina ofrecía a los peloponesios la posibilidad cierta de mantener a sus enemigos lejos del istmo y por tanto a distancia de su tierra. Vencer en Salamina, por otra parte, podría salvar a un tiempo a Atenas y al Peloponeso, al contrario de lo que sucedería con un éxito en el istmo, que llegaría demasiado tarde para salvar siquiera el Ática. L a clave de la defensa griega consistía en que sus dos mayores potencias, Atenas y Esparta, se mantuvieran libres y comprometidas en la defensa panhelénica.

 

Previamente, Mnesífilo, un ateniense, había advertido a Temístocles que si los griegos no combatían en Salamina había muy pocas posibilidades de que la armada panhelénica volviera a reunirse para formar una sola escuadra, ni siquiera para luchar en el istmo: “Todos ellos se dirigirán a sus respectivas

 

 

 

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ciudades, y ni Euribíades, ni ninguna otra persona, conseguirá detenerlos e im pedir que la flota se disperse” (vm .57). Por este m otivo, en el relato de Heródoto, la reina Artemisia, que formaba parte de la flota de Jerjes con el rango de almirante, advierte a los persas, aun a riesgo de su vida, que eviten Salamina, esperen y, gradualmente, se dirijan por tierra hacia el sur, hacia el istmo. Artem isia sostiene que una batalla naval en Salam ina ofrecería a los griegos, que a la sazón mantenían posturas enfrentadas, la única oportunidad de unirse frente al avance persa.

 

Según Heródoto, los peloponesios se aferraban tercamente a la idea de plantear la defensa en tierra y se apresuraron a fortificar el istmo mientras sus almirantes discutían en Salamina. Por su parte, la flota ateniense no sólo se mostraba reacia a participar en la batalla por la que apostaban los Estados del Peloponeso en un momento en que toda la población de Atenas se encontraba esclavizada -de cualquier forma, sus barcos habrían sido de poco valor si la lucha se libraba detrás de unas fortificaciones-, sino que había motivos, como preveía Heródoto, para pensar que esa batalla sería un fracaso. Y es que, de permanecer intacta, a la flota persa le resultaría muy fácil desem barcar tropas a retaguardia del ejército griego en cualquier lugar de la costa del Peloponeso.

 

La última esperanza que la civilización helénica tenía de derrotar a un im ­ perio veinte veces superior era forzarlo a plantar batalla en Salam ina. Las escasas posibilidades de victoria residían en gran parte en el genio táctico y estratégico de Temístocles y en el valor y audacia de los tripulantes de la ar­ mada panhelénica, que luchaban por la libertad y la supervivencia de sus propias familias. El problema, sin embargo, era que, a lo largo de todo el año 480 a.C., los griegos, que eran libres, continuaron polemizando, votando y profiriendo amenazas, mientras los persas, que no eran libres, se anexionaban partes de su territorio. Aquella libertad para indagar en distintas estrategias, debatir las tácticas y escuchar las quejas de los marineros resultaba bronca y poco educada, pero, cuando la batalla estaba ya a punto de desencadenarse, fueron los griegos y no los persas quienes descubrieron el mejor modo de combatir en el estrecho de Salamina.

 

 

 

 

LA BATALLA

 

Si los 40.000 persas que se ahogaron en Salam ina y sus camaradas supervi­ vientes hubieran logrado la victoria, Grecia habría perdido su autonomía y la civilización occidental habría sido abortada cuando contaba con dos siglos de vida. En cierto sentido, Salamina constituía para la frágil coalición griega la última oportunidad de frustrar el avance de Jerjes antes de que los ejérci­ tos persas ocupasen el Peloponeso, completando la conquista de la Grecia

 

 

 

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continental. Los refugiados de Atenas, cuya cultura corría el riesgo de extin­ guirse, vivían amontonados en los alojamientos provisionales de las cercanas islas de Egina y Salamina y en la costa de la Argólida. Debemos recordar que Salamina se libró cuando los atenienses ya habían perdido su patria. La batalla fue un esfuerzo no por salvar su tierra ancestral, sino para recuperarla.

 

Por desgracia, las fuentes antiguas -el historiador Heródoto y el dramaturgo Esquilo, y, durante el período romano, Plutarco, Diodoro y Nepote- no nos cuentan casi nada de la propia batalla, aunque sugieren que la remodelada flota griega se veía superada en una proporción de al menos dos a uno o, quizá, de tres o cuatro a uno. A causa de las bajas sufridas en el enfrentamiento naval de Artemisio, acaecido algunas semanas antes, y de los refuerzos subsiguientes, no estamos seguros de cuántas naves presentaron batalla por ambos bandos, pero es m uy posible que el número de navios griegos estuviese entre los trescientos y los 370, mientras la escuadra persa debía de sobrepasar holgada­ mente las seiscientas naves. Tanto Esquilo como Heródoto, sin embargo, tenían la certeza de que la flota persa era aún mayor y hablan de mil bajeles y 200.000 tripulantes. Si estas cifras son correctas, en Salamina se enfrentaron más com­ batientes que en ninguna otra batalla de la historia de la guerra naval.

 

Los observadores más antiguos señalan también que los marineros de la flota griega tenían menos experiencia que los de la escuadra persa. Estos eran remeros veteranos que ya habían bogado en las aguas de Fenicia, Egipto, Asia Menor, Chipre y la propia Grecia. La flota ateniense apenas tenía tres años. Atenas había construido más de doscientos barcos con toda rapidez y siguiendo el consejo de Temístocles, que con gran intuición había temido el aumento de las flotas de otras ciudades griegas, o de la flota persa. Con menos naves y menos experiencia en el mar, la única esperanza de la armada panhelénica se cifraba, como advirtió Temístocles, en atraer a la flota persa al estrecho que discurría entre la isla de Salamina y el continente. En aquellas aguas, los atacantes no encontrarían espacio para maniobrar, anulándose así su ventaja en recursos y experiencia marinera. Los animosos remeros griegos, por su parte, podrían embestir con sus trirremes contra la armada multicultural que acosaba su patria. Heródoto también menciona que las naves griegas eran “más pesadas” (bamteras). Esto no significa necesariamente que los trirremes helénicos estuvieran mejor diseñados o fueran más marineros. Algunos estudiosos sugieren que, con su comentario, Heródoto quería decir que los barcos griegos o bien iban lastrados con agua, o habían sido construidos con madera demasiado joven o eran más grandes y menos elegantes -es decir, al mismo tiempo menos maniobrables y más difíciles de hundir- que los persas. En cualquier caso, a los griegos no les interesaba un combate en aguas abiertas en ningún concepto. En mar abierto, los persas no sólo harían valer su superioridad numérica, sino que superarían a los griegos tácticamente.

 

 

 

 

 

 

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Los persas, engañados quizá por una estratagema de Temístocles, creyeron que los atenienses pretendían retirarse hacia el sur por la bahía de Eleusis y a través del estrecho de Mégara. En consecuencia, se separaron, debilitando sus fuerzas, con la intención de cortar el paso a la flota griega tanto al norte como al oeste de Salamina. La flota del rey atacó poco antes del alba, avanzando en tres líneas contra las dos líneas de los griegos. La escuadra persa no tardó en desorganizarse debido a las embestidas de las naves griegas y a la confusión de contar con demasiados barcos en aguas tan angostas. La uniformidad de las tripulaciones helenas y su superioridad en disciplina y moral ayudan a explicar por qué fueron capaces de atacar a las naves enemigas repetidamente sin ser abordadas por un adversario que las superaba en número. El experimentado contingente egipcio ni siquiera luchó, se limitó a esperar en vano al norte, su­ poniendo que los griegos se retirarían por las costas de Mégara.

 

Temístocles dirigió el ataque panhelénico desde su propio trirreme. Mediante las amenazas y gracias a su magnetismo personal había mantenido la cohesión de los griegos después de que los persas llegaran a ocupar todo el territorio helénico hasta el istmo de Corinto. Además, su secreta pero falsa promesa al rey persa de que se rendiría nada más comenzar la batalla había conseguido engañar a je ije s acerca del verdadero propósito de los griegos. Todas las des­ cripciones de las fuentes clásicas comparten un mismo tema: la disciplina de los griegos en el ataque -las naves avanzando en orden, las tripulaciones que remaban, embestían y retrocedían metódicamente y a la voz de m ando-, en contraste con el caos y la desorganización de los persas, que en vano y sin método alguno trataban de abordar los trirremes enemigos para matar a sus tripulantes.

 

L a batalla duró quizá unas ocho horas y tuvo lugar entre el 20 y el 30 de septiembre del año 480 a.C ., muy probablemente el día 28. Cuando llegó la noche, los barcos de la escuadra persa estaban hundidos o dispersos y las tripulaciones invasoras estaban desmoralizadas. La mayor parte de los bajeles persas se hundieron a consecuencia de las embestidas de los trirremes griegos, que destrozaron las torpes formaciones enemigas con sus espolones. La flota de Jerjes no tardó en dispersarse y dividirse en contingentes nacionales, que actuaban de forma independiente y siguiendo su propio interés. Aunque en teoría, y pese a estar en fuga, el enemigo continuaba superando en número a las naves griegas, la flota persa perdió todo su valor como escuadra de combate. Más de 100.000 marineros imperiales habían muerto o desaparecido o estaban heridos o en franca huida hacia el otro extremo del Egeo.

 

A l cabo de pocos días, el propio Jerjes emprendió el regreso a través del Helesponto acompañado por 60.000 hombres. Dejó en Grecia a su segundo en el mando, el general Mardonio, que habría de proseguir la lucha al siguiente año. Los griegos anunciaron su victoria de inmediato. Los atenienses no tardaron

 

 

 

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en recuperar el Ática y, al cabo de pocos meses, de todas partes de Grecia acudieron gran número de infantes helenos para acabar con las tropas terrestres persas que se habían retirado al norte, a Beocia, y se encontraban acampadas en Platea.

 

 

 

ELE UTHER1A

 

SALAMINA: BATALLA DE HOMBRES LIBRES

 

En el año 480 a.C. los griegos, pobres, acosados e inferiores en número -adjetivos que comparten los pueblos invadidos de todas las guerras-, gozaban, pese a todo, de algunas ventajas intrínsecas sobre los persas: conocían el terreno, se beneficiaban de una mejor logística y contaban con la posibilidad de luchar en posiciones fortificadas para neutralizar la superioridad de sus oponentes. Heródoto, además, concede gran importancia a la enorme calidad de la panoplia de bronce de los infantes griegos, que tan decisiva resultó en las batallas terres­ tres de Maratón, las Termopilas y Platea. Los propios persas parecían confusos ante el interés de los griegos por enzarzarse en una batalla decisiva - y muy destructiva- y, sobre todo, ante la temible preferencia de las falanges por el choque frontal. No compartían el concepto helénico de disciplina, que premiaba el combate en orden cerrado, un tipo de lucha donde el primer objetivo del guerrero consistía, más que en matar a un gran número de enemigos, en mantener la formación. Esta característica, innata a la doctrina militar occidental, resurgiría en el siglo siguiente y contribuye a explicar por qué los europeos Jenofonte, Agesilao y Alejandro conseguirían en Asia con algunos miles de soldados lo que Jeijes no pudo lograr en Europa con cientos de miles.

 

Dicho esto, lo cierto es que los griegos que en Salamina partieron en dos las naves enemigas con la proa de sus barcos creían que la libertad (eleutheria) era la verdadera clave de su victoria. La libertad, sostenían, había convertido a sus guerreros en mejores soldados que los persas - o que cualquier otro pueblo, tribu o Estado no libre de Oriente u Occidente- y les había insuflado más moral e incentivos para matar al enemigo. Esquilo y Heródoto no dejan la menor duda al respecto. Si no nos interesa gran cosa su descripción de las motivaciones y costumbres de los persas, casi siempre sesgada y de segunda mano, nos podemos fiar de ambos autores cuando reflejan la opinión de los griegos respecto de lo que estaba en juego en Salamina.

 

El principio moral que esgrime Heródoto es inconfundible: los ciudadanos libres son mejores guerreros puesto que luchan por su propia salvación y la de sus familias y por sus propiedades y no por los reyes, aristócratas o sacerdotes que los gobiernan. Aceptan, además, un grado m ayor de disciplina que los

 

 

 

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soldados mercenarios o que luchan bajo coacción. Heródoto afirma que des­ pués de Maratón (490 a.C.) los atenienses combatían mucho mejor. Era más fácil luchar bajo la recién adquirida democracia que durante el largo reinado de los tiranos pisistrátidas: “Los atenienses, mientras estuvieron regidos por una tiranía, no aventajaban a sus vecinos en el terreno militar; y en cambio, al desembarazarse de sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad” . Heródoto explica a qué se debe este cambio: “ Cuando eran víctimas de la opresión, se mostraban deliberadamente remisos por considerar que sus esfuerzos redundaban en beneficio de un amo, mientras que, una vez libres, cada cual, mirando por sus intereses, ponía de su parte el máximo empeño en la consecución de los objetivos” (v.78).

 

Cuando se le preguntó por qué los griegos no llegaron a un entendimiento con Persia cuando Jerjes amenazaba con conquistar Grecia, el enviado espartano explicó a Hidarnes, comandante en jefe de las provincias occidentales, que fue a causa de la libertad:

 

Hidarnes, el consejo que nos brindas no es imparcial, pues nos haces una proposición con conocimiento de causa de una faceta, pero con ignorancia de la otra: sabes perfectamente en qué consiste la esclavitud, pero todavía no has saboreado la libertad y desconoces si es dulce o no. Realm ente, si la hubieses saboreado, nos aconsejarías pelear por ella no con lanzas, sino hasta con hachas (Heródoto, V I I .135).

 

Esquilo, como indica el epígrafe del presente capítulo, sugiere que los griegos acudieron a la batalla de Salamina exhortándose unos a otros a salvar la patria, a “ salvar a los hijos, / a las esposas, los templos / de los dioses ancestrales / y las tumbas de los padres” (Los persas, 402-404). Tras la victoria, los atenienses rechazaron toda oferta de mediación con brusco desdén: “Nosotros, personal­ mente, ya sabemos sin ningún género de dudas que el Medo cuenta con un potencial muy superior al nuestro, así que, desde luego, huelga que nos eches en cara esa inferioridad. Pero, pese a todo, prendados como estamos de la li­ bertad, nos defenderemos como podamos” (Heródoto, VIII.143). Para los griegos, la libertad poseía una naturaleza casi religiosa. Los atenienses adoraban las abstracciones “democracia” y “libertad” . Esta última, incluso, formaba parte del culto a Zeus Eleutherios (Zeus dador de libertad). Am bas deidades hacían más por el ateniense medio de lo que Ahura M azda había hecho nunca por los súbditos de Persia.

 

El propio Heródoto tomó partido en su Historia e hizo el siguiente comentario acerca de la victoria de Salamina: “Si se afirmase que los atenienses fueron los salvadores de Grecia, no se faltaría a la verdad [...], al decidirse por la libertad de Grecia, fueron ellos, personalmente, quienes despertaron el patriotismo de

 

 

 

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todos los demás pueblos griegos que no habían abrazado la causa de los medos” (vil.139). Casi un año más tarde, en la batalla de Platea, la alianza helénica exigió que antes de la batalla cada soldado pronunciase el siguiente juramento: “Lucharé hasta la muerte y no tendré mi vida por más valiosa que la libertad” (Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica, X I .29.3). A la conclusión de la guerra, los griegos dedicaron un monumento a su victoria en el santuario de Delfos. Tenía la siguiente inscripción: “Los salvadores de la extensa G recia erigieron este monumento, tras liberar a sus ciudades-Estado de una aborrecible esclavitud” (Diodoro de Sicilia, Xl.33.2).

 

Los observadores de la Antigüedad creían que Salamina y las demás batallas de las Guerras Médicas se libraron en aras de la libertad y contra una “aborrecible esclavitud” , y además coincidían, si bien en un sentido abstracto, en que ser libre era el cimiento de la moral que en la lucha serviría para vencer la supe­ rioridad numérica y de recursos de cualquier enemigo potencial. Los autores griegos asociaban repetidamente la excelencia en el combate con una milicia libre. La libertad no garantizaba la victoria por sí misma, pero concedía a un ejército una ventaja que en todo momento podría neutralizar la superioridad del enemigo en jefatura, equipo o número de hombres. Aristóteles, que vivió en una época en la que el empleo de tropas mercenarias era cada vez mayor, no albergaba la menor duda sobre la relación entre libertad y excelencia castrense. Acerca de la ciudad-Estado libre, escribió: los soldados “ciudadanos mueren en sus puestos [...] porque para ellos el huir es vergonzoso y la muerte es preferible a semejante salvación. Los profesionales, en cambio, se arriesgan al principio creyendo ser más fuertes, pero cuando descubren su inferioridad huyen, porque temen la muerte más que la vergüenza” (Etica Nicomáquea, III. ni6bi6-23).*

 

 

Siempre existió un evidente contraste entre los griegos libres y el multicultural ejército de siervos reclutado por la Persia imperial. Jenofonte, por ejemplo, pone en boca de Ciro el Joven un discurso en el cual explica a sus mercenarios griegos por qué los ha contratado para luchar contra sus propios conciudadanos en la batalla de Cunaxa (401 a.C .):

 

Griegos: si os he traído a vosotros para que me ayudaseis no es porque me faltasen bárbaros, sino porque pensaba que valíais más y erais más fuertes que un crecido número de bárbaros; por eso os tomé. Mostraos, pues, dignos de la libertad (eleutherias) que poseéis y por la cual os envidio. Estad seguros de que yo cambiaría la libertad (eleutherian) por todos los bienes que poseo y por otros muchos más (Anábasis, 1.7.3-4).

 

 

* Madrid, Gredos, 1998, traducción de Julio Pallí Bonet.

 

 

 

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Este pasaje refleja todos los estereotipos tradicionales de un autor griego, pero no debemos olvidar los hechos más sobresalientes. Uno: el propio Jenofonte era un veterano de campañas en las que los griegos derrotaron a tropas asiáticas en todas y cada una de las ocasiones que se les presentaron. Dos: Darío, Jeijes, Ciro y Artajerjes (y posteriormente, Darío III) contrataron a un gran número de mercenarios griegos, mientras que casi ninguna polis griega - y muchas de ellas tenían capital suficiente para emplear tropas de casi todos los lugares del mundo mediterráneo- recurrió a los infantes persas. Tres: el propio Ciro admite que la preciosa libertad de que sólo él disfruta como autócrata de Persia se extiende al hombre corriente al otro lado del Egeo. Setenta años después, en Cunaxa, no lejos del lugar donde los Diez Mil habían hecho huir a sus adversarios persas, Alejandro Magno, que se esforzó tanto como el que más por destruir la liber­ tad griega, recordó a los macedonios, en vísperas de la batalla de Gaugamela (331 a.C.), que les resultaría fácil obtener la victoria. Aún eran, se jactaba el monarca, hombres libres que combatían contra los súbditos esclavizados de Persia.

 

Toda la literatura griega hace hincapié en la singularidad de la libertad griega, una idea extraña que, según parece, no existió en sentido abstracto en ninguna otra cultura de la época. La idea de libertad, en efecto, surgió en los siglos v il y VI a.C. entre los hablantes de lengua griega de los pequeños y relativamente aislados valles agrícolas de la tierra continental griega, de las islas del Egeo y de la costa de Asia Menor. La palabra “libertad” o su equivalente -com o las igualmente extrañas “ciudadano” (polites), “gobierno de consenso” (politeia) y “democracia” (demokratia, isegoria)- no se encuentra al parecer en el léxico de otras lenguas antiguas contemporáneas excepto el latín (libertas, civis, res publica). Ni las tribus galas del norte ni los sofisticados egipcios del sur alentaban ideas tan absurdas.

 

La libertad de las ciudades-Estado griegas no era la libertad de facto que gozan los nómadas que no pretenden otra cosa que vagar sin control. El historiador Diodoro, por ejemplo, admitía que incluso los animales salvajes luchan por su “libertad” . Tampoco era la desenfrenada laxitud de la que disfrutaba la elite dirigente de sociedades tan jerarquizadas como la persa o la egipcia. Al contrario, la eleutheria, ese descubrimiento griego, demostró ser un concepto que podría trascender los caprichos del tiempo y el espacio, de lo rural y lo urbano, de un paisaje densa o escasamente poblado, del gobierno de consenso según la estrecha definición que le dan las oligarquías o tal como se practica en las democracias. La eleutheria garantizaba a los ciudadanos libertad de asociación, libertad para elegir a sus representantes, libertad para poseer propiedades y adquirir riquezas sin temor a la confiscación, y libertad frente a la coacción o al castigo arbitrarios.

 

En las más de mil ciudades-Estado que había en Grecia, no todos eran libres. A lo largo de los cuatro siglos de historia de las polis autónomas (700-300 a.C.),

 

 

 

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hubo diversas gradaciones, de modo que para ser ciudadano de pleno derecho primero hizo falta contar con extensas propiedades, luego bastó con poseer alguna y finalmente no fue necesario tenerlas. Y lo mismo sucedió con los cargos públicos, a los que tuvieron acceso primero muy pocos, más tarde muchos y por último todos los ciudadanos. Algunos de éstos, y a título individual, no pudieron en muchos casos votar o emitir sus opiniones libre o públicamente, pero ni siquiera los Estados más oligárquicos intentaron establecer teocracias que pudieran controlar el comportamiento social, cultural y económico de sus súbditos. En general, los dirigentes de las autocracias occidentales jam ás alcanzaron el grado de poder que los déspotas orientales impusieron para controlar la vida de sus súbditos. Aun así, ninguna de las ciudades-Estado que existieron entre el mar Negro y el sur de Italia amplió la igualdad política a las mujeres, los esclavos o los extranjeros. Ideas tan laudables quedaron única­ mente en manos de pensadores utópicos o poetas cómicos como Aristófanes, los presocráticos, Platón y los filósofos estoicos.

 

En relación con la discriminación política ejercida por los griegos debemos hacer dos consideraciones. En prim er lugar y sobre todo, los pecados de la sociedad griega -esclavitud, sexismo, explotación económica, chovinismo étnico-son en su mayor parte pecados cometidos por el hombre y comunes a todas las culturas y a todas las épocas. Los “otros” del mundo griego -extranjeros, esclavos, m ujeres- eran también los “otros” en todas las demás sociedades de la época (y en la actualidad continúan marginados en algunas culturas no occidentales: la esclavitud pervive en algunos lugares de Africa, en India hay un sistema de castas, en varios continentes aún se practica la mutilación de las mujeres). En segundo lugar, la libertad es una idea en evolución, un concepto milagroso y peligroso que una vez concebido no tiene restricciones lógicas que delimiten su desarrollo definitivo. Las primeras polis, las de los siglos VII y VI a.C., insistieron en conceder más prerrogativas a los ciudadanos que más propiedades poseían, privilegios que Atenas y otras democracias abolieron en el siglo V a.C. En el siglo i v a.C., en las fechas en que se produjo la conquista macedonia, los griegos, por medio de la literatura, las representaciones teatrales, la oratoria y el debate filosófico, apelaban a una libertad e igualdad que no favorecieran exclusivamente al hombre y al nativo. Hay que ser prudentes. No podemos esperar que, en sus dos primeros siglos de existencia, la libertad fuese perfecta. En vez de ello, debemos valorar que apareciera tan pronto, fuera cual fuese la forma en que lo hizo.

 

 

 

 

EL SIGNIFICADO DE LA LIBERTAD

 

Si pudiéramos preguntarle a alguno de los marineros griegos que tomaron parte en la batalla de Salamina “ ¿qué es esa libertad por la que remas?” , nos habría

 

 

 

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respondido en cuatro partes. En primer lugar, libertad para expresar lo que se quiera. De hecho, los griegos no sólo tenían una palabra, sino dos, para la libertad de expresión: isegoria o igualdad ante el derecho de hablar públicamente en la Asamblea, y parrhesia, derecho de cada uno a decir lo que se le antoje. Como dijo Sófocles: “ Los hombres libres tienen lenguas libres” (frag. 927a). Por lo demás, esa libertad para expresarse sin trabas pudo comprobarse no sólo en los estrados atenienses, sino a lo largo de toda la campaña de Salamina. Constan­ temente se convocaban consejos. Los atenienses debatieron sobre la conveniencia de evacuar el Atica, los peloponesios si combatir o no en el istmo de Corinto, y todos los griegos si jugarse el todo por el todo en Salamina, y, en caso afirmativo, cuándo y de qué forma. Hom bres de Estado como Euribíades, Temístocles, Adimanto y los demás generales discutieron y se increparon en acalorada y abierta disputa. A aquellas deliberaciones casi constantes, Heródoto las llamó “guerras de palabras” o “gran combate de boxeo por medio de palabras” . Antes de la batalla, los hombres opinaban libremente en las calles -algo que el his­ toriador Diodoro llamó el “malestar de las masas” - , de modo que los generales se paseaban por las mismas a fin de tomar el pulso a la opinión pública. Más tarde, los atenienses llamaron a sus trirremes Demokratia, Eleutheria y Parrhesia, denominaciones que habrían supuesto la decapitación de sus capitanes en la flota persa. L a idea de que un navio persa se llamase Libertad de expresión resulta inconcebible.

 

 

En el bando persa no se daban tales licencias. A resultas de ello, su estrategia era inferior, el alto mando desconocía el estado real de su flota y no hay pruebas de que ningún almirante persa tuviera alguna incidencia en los planes de ataque. Esquilo hace que un coro de ancianos persas se lamente de que la derrota de Salamina pueda presagiar males mayores: “Ya no estarán sellados / los labios de los hombres; / eliminando el yugo que constriñe, / el pueblo se ha aflojado las riendas / y habla sin freno alguno” . (Lospersas, 591-592). Demarato, el renegado espartano, aconseja a Diceo que no exprese sus temores por la flota persa ante el re y je rje s: “ Calla, [...] y no relates este episodio a nadie más, pues, si esas palabras llegan a oídos del rey, de seguro que perderás la cabeza” (Heródoto, VIII.65). Después de la batalla, los almirantes fenicios se acercan a Jerjes para quejarse de que han sido traicionados por los griegos de Jonia, que han desertado de la causa persa. Sus críticas desagradan al rey, que los hace decapitar. Cuando los remeros griegos bogaban en pos del enemigo, estaban seguros de que podían airear sus dudas sobre el combate. Los marineros persas, en cambio, sabían que hacerlo podría significar su inmediata ejecución.

 

En segundo lugar, los rem eros griegos presentes en Salam ina luchaban asimismo convencidos de que sus gobiernos de Atenas, Corinto, Egina, Esparta y los demás Estados de la alianza panhelénica se basaban en el apoyo de la ciudadanía. Hombres como Temístocles y Euribíades fueron elegidos por el

 

 

 

V

 

pueblo o por representantes del pueblo. En Salam ina, los remeros griegos embistieron a sus adversarios con la certeza de que acudían a la batalla por propia elección. Los invasores que finalmente se ahogaron aceptaban su cruda realidad: se encontraban en aquel estrecho únicamente por capricho del rey persa. A la larga, los hombres combaten con más ahínco cuando saben que tienen la libertad de elegir de qué forma han de morir.

 

Poco después de Salamina, los veteranos griegos votaron la concesión de galardones y menciones especiales a aquellas personas que se habían distin­ guido en la batalla. De modo inverso, los escribas imperiales entregaron ajerjes listas de combatientes para que, tras el desastre, el rey impusiera los castigos que considerase oportunos. En la batalla de las Termopilas, y como era costum­ bre, los oficiales del ejército persa azotaban a sus soldados para que cargasen contra los griegos mientras los espartanos decidían sacrificar hasta el último hombre en aras de la libertad de Grecia. Golpear a un hoplita griego durante una campaña podía acarrear la reprimenda pública de un general por tal con ducta. Entre las tropas persas, fustigar a los infantes se consideraba esencial para mantener la moral. Temístocles, desdeñado por sus soldados, cuestionado en la Asamblea ateniense y atacado en el Consejo panhelénico, remó por la victoria junto a sus hombres; Jerjes se sentaba en un ornado escabel a distancia de la lucha mientras sus impresionados marineros consideraban con temor la posi­ bilidad de que el Gran R ey fijase sus ojos en ellos. La coacción y el miedo a ser ejecutado pueden ser incentivos fantásticos a la hora de luchar, pero los griegos tenían razón al pensar que, a largo plazo, la libertad es un aliciente mucho mayor.

 

 

Tercero, los griegos que combatieron en Salam ina gozaban del derecho a adquirir y vender propiedades, cederlas o heredarlas y mejorarlas o abando­ narlas a conveniencia, inmunes a la confiscación o a la coerción política o religiosa. Incluso el marinero más desposeído de Atenas podía, en teoría, abrir un comercio, cambiar sus artículos de cuero por un pequeño viñedo u ofre­ cer sus servicios como porteador o transportista con la esperanza de obtener cierto patrimonio que dejar a sus hijos. L a m ayoría de los marineros que se ahogaron en Salam ina trabajaban en enormes haciendas propiedad de reyes, sátrapas, dioses o aristócratas. Los hombres luchan mejor cuando piensan que la guerra les permitirá conservar sus tierras y no las de otros. Cuando los persas abandonaron Grecia definitivamente, abundaron las historias sobre las ingen­ tes cantidades de metales preciosos que dejaron tras de sí, algo comprensible si pensam os que en O riente no había bancos ni ninguna otra institución que protegiera el patrim onio personal de la confiscación o la tributación arbitrarias.

 

 

Más tarde, los ejércitos orientales se trasladaban a la batalla con su dinero, mientras que sus homólogos occidentales lo dejaban en su patria, confiando

 

en que la ley protegiera el capital privado del ciudadano libre. En Lepanto, A lí Bajá ocultaba un tesoro en su galera capitana, la Sultana, mientras que don Ju an de Austria no llevaba ni una pequeña parte de su fortuna personal en la Real. Si los griegos hubieran salido derrotados de Salamina, el Ática se habría convertido de inmediato en el dominio particular del Gran Rey, que a su vez lo habría repartido entre sus parientes y las elites más favorecidas, que se lo habrían arrendado a los soldados licenciados en condiciones muy poco ventajosas. L a libertad es la argamasa del capitalismo, esa sapiencia amoral de los m ercados que con tanta eficacia reparte bienes y servicios entre la ciudadanía.

 

Por último, en Salamina, los griegos gozaron de libertad de acción. Algunos atenienses, por ejemplo, prefirieron quedarse en la Acrópolis y por tanto morir en su ciudad. Otros peloponesios permanecieron en sus casas con la intención de fortificar el istmo de Corinto. A lo largo de toda la campaña, refugiados, soldados y curiosos iban y venían según les pareciese, algunos a Egina, otros a Trecén o a Salamina. Cuando el lidio Pitio se atrevió a actuar a título indi­ vidual, el rey Jerjes hizo cortar a su hijo en dos. Ningún ateniense pensó en descuartizar a aquellos com patriotas que no se plegaron al decreto de la Asam blea que optaba por la evacuación del Ática. Aristóteles señala que el principio fundamental de la libertad consiste en “vivir como se quiera; pues afirman que esto es obra de la libertad, si es que es propio del esclavo el no vivir como quiera” (Aristóteles, Política, VI. 1317b .10-13).* En el discurso funerario de Pericles, que Tucídides recoge en el libro segundo de su Historia, la idea de libertad como la capacidad de elegir sin trabas aparece reflejada como en ningún otro lugar: “ En nuestras relaciones con el Estado vivim os como ciu­ dadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta” . En Atenas, se señala un poco más tarde, “vivimos exac­ tamente como deseamos” (11.37, 39)- En el ejército persa, sólo la elite aqueménida gozaba de ese tipo de libertad. Si algunos remeros de la flota disfrutaban de él, era únicamente a resultas de una relajación de la disciplina o porque go­ zaban del favor o de la amistad del rey, que podía revocarlo a voluntad. En ningún caso era un privilegio abstracto, innato y legal del que gozaran todos los ciudadanos.

 

 

Si un marinero persa prefería perm anecer en el Ática ocupada o discutía con su sátrapa o caminaba por la playa de Jerjes sin permiso, existían tantas probabilidades de que fuera castigado como de que a su homólogo del otro lado del estrecho de Salamina lo dejaran en paz. Los ejércitos occidentales, es verdad, son rebeldes a menudo. En Salamina fue un milagro que hubiera cierta unidad

 

 

* Madrid, Alianza Editorial, 1986, traducción de Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez.

 

 

en el ataque o siquiera un somero acuerdo sobre los planes operativos cuando se congregaban tantas y tan independientes partes implicadas; y lo cierto es que discusiones semejantes estuvieron a punto de echar a pique el esfuerzo cristiano en las horas previas a Lepanto. No obstante, la libertad de acción rinde sus dividendos en la batalla. Soldados y marineros improvisan y actúan de forma espontánea si están seguros de que no los azotarán ni les cortarán la cabeza. No pierden energías procurando ocultar los fracasos por temor a la ejecución. Los hombres libres combaten libremente en la confianza de que, más tarde, el análisis y la investigación de sus colegas sabrán distinguir a los valientes de los cobardes.

 

Antes de la batalla, Temístocles envió por propia iniciativa un mensaje secreto

 

y engañoso a los persas. Los griegos se reunieron en una última asamblea ge­ neral en los minutos previos a tomar los remos. Los trirremes griegos, que provenían de las islas cercanas, se congregaron individualmente y por grupos y se alejaron de la flota persa. Arístides, general ateniense de carácter conser­ vador, desembarcó, también por iniciativa propia, en el islote de Psitalea y expulsó a la guarnición persa. Hubo muchos gestos libres y singulares a cargo de aquellos que estaban acostumbrados a “vivir como se quiera” . La libertad de expresión desemboca en la sabiduría colectiva y es por tanto esencial entre los miembros del alto mando. Plutarco relata que, en mitad del acalorado debate acerca de la defensa de Salamina, Temístocles espetó a Euribíades, su rival y comandante en jefe de la flota del Peloponeso -que había demostrado pocos deseos de combatir por los atenienses en Salam ina-: “Pégame, pero escucha”

 

(Temístocles, 11.3).* Euribíades así lo hizo... y los griegos vencieron.

 

 

 

LIBERTAD EN LA BATALLA

 

Las ideas occidentales sobre la libertad, originadas en la temprana concepción helénica de la política como gobierno consensuado (politeia) y en una economía abierta que concedía a los individuos la oportunidad de obtener beneficios (kerdos), protegían la tierra (kleros) de cada ciudadano y le ofrecían alguna independencia (autonomía), librándolo de la coacción y el castigo. Esas ideas habrían de desempeñar un papel importante en casi todas las batallas en las que intervinieron soldados europeos. La libertad, junto a otros elementos del paradigma occidental, contribuiría a anular la acostumbrada debilidad europea en recursos humanos, movilidad y líneas de suministro.

 

Resulta fácil identificar qué papel desempeñó la libertad entre las filas de combatientes europeos en Salamina, cosa que no es tan fácil discernir en las

 

* Madrid, Credos, 1996, traducción de Aurelio Pérezjiménez.

 

 

 

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batallas de la ciudad de M éxico o en Lepanto, o en las luchas intestinas entre soldados occidentales que, por ejemplo, tuvieron lugar en Agincourt, Waterloo y el Somme. Sin embargo, fueran cuales fuesen las diferencias que separaban a franceses e ingleses en la Edad Media, a estas mismas naciones a comienzos del siglo X IX o a los alemanes y a los aliados en la Primera Guerra Mundial, todos ellos compartían, a ambos lados del frente, un sentido de la libertad que jam ás estuvo presente, ni siquiera remotamente, en los ejércitos no europeos.

Incluso cuando los gobiernos constitucionales retrasaban su llegada o se perdían y el legado clásico quedaba casi olvidado, la tradición occidental de liberalismo cultural y económico sobrevivía con la fuerza suficiente como para que el súbdito de un rey europeo gozara de más libertad que un recluta del ejército imperial chino, cualquier jenízaro del turco o uno de los guerreros de las flores de Moctezuma, sometidos todos ellos a un grado de control social, económico e ideológico desconocido en la m ayor parte de Europa. Lo que más temían de los aztecas los hombres de Cortés, aparte de las continuas matanzas sacrificiales de la Gran Pirámide, es lo que temían los griegos de Jerjes, los venecianos de los otomanos, los británicos de los zulúes y los estadounidenses de los japoneses: el sometimiento del individuo al Estado, o la idea de que un súbdito sin derechos pudiera ser ejecutado sumariamente por hablar o incluso por guardar silencio si con ello desagradaba a su rey, emperador o sacerdote.

 

Si la obediencia estricta alimentada por una devoción no cuestionada puede reportar poder en el campo de batalla, cuando el sistema nervioso central de una sociedad tan jerarquizada queda aislado -el secuestro de Moctezuma, Jeijes o Darío III huyendo del campo de batalla, el jefe zulú Cetshwayo atrapado, el suicidio de un almirante japonés-, la voluntad del siervo coaccionado o del súbdito imperial se desvanece, sin dejar otra cosa que pánico o fatalismo. Japón se rindió sólo cuando su em perador accedió a hacerlo. Los Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial cuando una cám ara legislativa constituida por elección popular votó a favor de la declaración de guerra del presidente Roosevelt y la abandonaron cuando ese mismo órgano ratificó las propuestas de paz del presidente Truman.

 

L a libertad es también un activo militar. Eleva la moral del ejército en su conjunto, aumenta la confianza del más frágil de los soldados y contribuye más al consenso de los oficiales que el hecho de contar con un único comandante supremo. L a libertad es algo más que mera autonomía o que la idea de que los hombres siempre combaten con valor cuando defienden su patria para repeler a un invasor. Los persas derrotados en Micala (479 a.C.) y los que mucho después fueron aniquilados por Alejandro Magno (334-323 a.C.) defendían su tierra de un agresor extranjero, pero fueron derrotados cuando eran siervos al servi­ cio de la dinastía reinante en los dominios del Asia aqueménida y no hombres libres que luchaban por un ideal de libertad.

 

 

 

 

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EL LEGADO DE SALAMINA

 

 

Los poderes que se confrontaron en esta lucha fueron los siguientes. Por un lado, el despotismo oriental, todo el mundo oriental culto, reunido bajo un soberano. [...] Contra estos pueblos muy belicosos entran en lucha unos pequeños grupos de individualidades libres. Nunca en la historia universal la superioridad de la fuerza espiritual sobre la masa -una masa no despreciable- se ha revelado con tal esplendor.

 

Esto dijo Georg Hegel acerca de Salamina en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia,* una opinión melodramática que no coincide con la de Am old Toynbee, que en uno de sus más desafortunados apartes sugirió que una derrota griega a manos de Jerjes podría haber sido positiva para la civilización helénica: el déspota omnipresente habría salvado por fin a Grecia de sus luchas intestinas. Toynbee debería haber reparado en la suerte que corrió Jo n ia en el siglo V I a.C. y de qué modo, bajo un siglo de dominación oriental, contempló cómo desa­ parecían su dominio de la filosofía, la independencia de su gobierno y su libertad de expresión.

 

La derrota helena en Salamina habría certificado, por el contrario, el súbito fin de la civilización occidental y de esa institución griega tan singular que era la libertad. Jonia, las islas del Egeo y el territorio continental griego habrían sido ocupados y convertidos en una satrapía occidental de Persia. Los pocos griegos que hubieran sobrevivido en los Estados autónomos de Italia o Sicilia habrían sucumbido ante un nuevo ataque persa o no habrían sido otra cosa que una apartada reserva en un Mediterráneo oriental que era ya, esencialmente, un lago persa y cartaginés. Sin un continente griego libre, la cultura única de la polis se habría perdido y con ella los valores de la incipiente civilización occi­ dental. En el año 480 a.C., la propia democracia no tenía más que veintisiete años de existencia y la idea de libertad no era más que un concepto nacido dos siglos antes y compartido únicamente por algunos cientos de miles de lugareños de un rincón del Mediterráneo. Lo que más tarde permitiría a Roma dominar Grecia y Cartago fue su mortífero ejército, su capacidad para gestionar sus recursos humanos mediante levas de ciudadanos libres, una constitución flexible mediante la cual los civiles supervisaban las operaciones militares y una tradición científica dinámica que le permitió producir desde catapultas y avan­ zadas armas de asedio hasta magníficas panoplias y armas de uso personal. Sin embargo, Roma tomó prestados de Grecia todos estos elementos o se inspiró en los griegos para desarrollarlos.

 

 

 

 

 

* Madrid, Revista de Occidente, 1974, traducción de José Gaos.

 

Después de Salamina, los griegos libres nunca temerían a ninguna potencia extranjera hasta que tuvieron que vérselas con los romanos libres de la República. Ningún rey persa volvería a poner los pies en Grecia. Durante los dos mil años siguientes, ningún oriental reclamaría la posesión de Grecia. Sólo en el siglo XV, con la conquista otomana de los Balcanes, una nueva cultura se impuso sobre la empobrecida, desasistida y hacía mucho tiempo olvidada Hélade bizantina. Antes de Salamina, Atenas era una excéntrica ciudad-Estado cuyo experimento de democracia radical estaba en el vigesimoséptimo año de su infancia y su éxito aún no estaba decidido. Después de Salamina, en Atenas surgió una cultura democrática imperial que gobernó sobre el Egeo y nos legó a Esquilo, Sófocles, el Partenón, Pericles, Sócrates y Tucídides. Salamina demostró que los pueblos libres luchan m ejor que los que no lo son y que los más libres de entre los libres -los atenienses- lucharon mejor que ningún otro.

 

Tras Salamina y durante tres siglos y medio, los letales ejércitos helénicos o de inspiración helénica -los Diez Mil, los macedonios de Alejandro Magno y los mercenarios de Pirro -, aprovechando una tecnología superior y tácticas de choque, harían estragos desde el sur de Italia hasta el río Indo. La incom­ parable arquitectura griega -desde el templo de Zeus en O lim pia hasta el Partenón de Atenas-, su imperecedera literatura -desde la tragedia, la comedia

 

y la oratoria ática hasta la propia historiografía griega-, el auge de la cerámica de figuras rojas, la destreza en el realism o e idealism o de su escultura y la expansión de la idea de democracia tienen su origen en las Guerras Médicas. Por eso los historiadores marcan sobre la victoria de Salamina la línea divisoria que separa las épocas arcaica y clásica de la literatura y del arte griegos.

 

Hay una última ironía acerca de Salamina y de la idea de libertad. La victoria griega no sólo salvó a Occidente al garantizar la supervivencia del helenismo cuando la cultura de la polis sólo tenía dos siglos de vida. La misma importancia tiene que sirviera de catalizador para el renacimiento de la democracia ateniense, acontecimiento que alteró radicalmente la evolución de la ciudad-Estado al otorgar a un pueblo que ya era libre mayor libertad aún; mucha más de lo que la imaginación de cualquier hoplita del siglo v il a.C. hubiera podido concebir. Como Aristóteles comprendió más de un siglo y medio más tarde, la que había sido una polis griega sin ningún rasgo destacable, inmersa en el experimento de permitir que sus nativos votasen -los mismos que muy pronto se convertirían en los héroes de Salamina-, heredaría de repente el liderazgo cultural de Grecia.

 

Antes de Salamina, la mayor parte de las ciudades-Estado helénicas aplicaban un estricto criterio según el cual sólo gozaban de plena ciudadanía un tercio de sus habitantes, es decir, aquellos que tenían propiedades suficientes. Y todo por prevención frente a la volatilidad y comportamiento licencioso de los más pobres y no educados o de los que no tenían residencia fija. Puesto que Salamina fue una victoria de la “multitud del mar” más pobre, y no el triunfo de la infantería

 

 

compuesta por los pequeños propietarios, en el siglo siguiente la influencia de los remeros atenienses sin tierras aumentaría sustancialmente. El humilde y el indigente exigirían una representación política acorde con su destreza en los mares, que a la sazón resultaban de vital importancia. En Occidente, el que lucha demanda reconocimiento político. Aquella nueva clase naval, investida de un nuevo poder, transformó la democracia ateniense y la convirtió en una potencia imperial agresiva e im predecible compuesta por ciudadanos libres capaces de decidir lo que había de hacerse en un día cualquiera mediante su voto en la Asamblea. Por voluntad del pueblo, pronto se construirían los templos de la Acrópolis, se subvencionaría a los trágicos y se enviarían trirremes a las aguas del Egeo, aunque también se exterminaría a los melios y se ejecutaría a Sócrates. Maratón creó el mito de la infantería ateniense, mito que la flota superó gracias a la victoria de Salamina.

 

Para Platón, si Maratón había iniciado la cadena de éxitos griegos y Platea le había puesto fin, Salam ina “hizo a los griegos peores como pueblo” . La dem ocracia era para él una form a de gobierno degenerada y sus porfiados ciudadanos poco más que “ tunantes de cabeza hueca” que exigían derechos que no se habían ganado, igualdad de resultados más que de oportunidades y gobierno por el dictamen de la mayoría más que por la ley. Antes de Salami­ na, las ciudades-Estado griegas abrazaron todo un conjunto de restricciones constitucionales que limitaban la extensión de la nueva, radical y peculiar idea de libertad: títulos de propiedad para votar, guerras que libraban exclusi­ vamente aquellos propietarios cuya renta y capital les otorgaban ciertos privi­ legios, y una com pleta ausencia de impuestos, arm ada e imperialismo. Los códigos normativos de la ciudad-Estado agraria tradicional concedían la libertad y la igualdad de derechos y deberes a la minoría de la población que gozaba de educación, tierras y capital de sobra. Antes de Salamina, la esencia de la polis no era tanto igualdad para todos como búsqueda de virtud moral para todos, una búsqueda guiada por un conjunto de hombres libres, capacitados y con propiedades suficientes.

 

 

Platón, Aristóteles y la mayoría de los demás pensadores griegos, desde Tu-cídides hasta Jenofonte, que se mostraban preocupados por las consecuencias de Salam ina no sólo eran elitistas, más bien podría decirse que se percataban de los peligros inherentes al relajamiento y opulencia que podrían derivarse de un gobierno radicalmente democrático, que había instaurado los derechos del ciudadano, la elección por sufragio, los subsidios para la participación cívica, la libertad de expresión y el mercado libre. Sin controles ni equilibrios internos, desde este punto de vista reaccionario, una polis enferma de libertad acabaría por convertir al ciudadano en alguien exageradamente individualista y ensi­ mismado cuyos derechos y libertades ilimitados relegarían a un segundo plano los sacrificios comunitarios o la virtud moral. Tras Platón y Aristóteles, los

 

 

 

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más eminentes filósofos de Occidente -H obbes, Hegel, Nietzsche, y muchos otros- expresarían reservas casi idénticas acerca de esta singular idea de de­ mocracia que concedía a la ciudadanía una libertad política ilimitada sobre la base de un derecho inalienable: que los hombres nacen libres y deben morir Ubres.

 

En definitiva, los más conservadores sostenían que la política gubernamen­ tal debía depender del voto m ayoritario pero exclusivo de los ciudadanos instruidos, bien informados y con cierta solvencia económica. La guerra, como sucedió en las batallas de Maratón y Platea, debía emprenderse únicamente en defensa de la propiedad, librarse en tierra, y exigía coraje m arcial y no únicamente tecnología, navios colectivos o gran número de tropas. Los ciuda­ danos debían ser dueños de sus propias granjas, aportar sus armas, estar exentos de cualquier tributo y libres de un gobierno centralizado y ser responsables de su propia seguridad económica, en lugar de buscar trabajo remunerado, empleos públicos o ayuda estatal. Los valientes remeros de Salam ina y sus barcos, de construcción y propiedad públicas, cambiaron todo eso en una sola tarde. U na vez liberado, hasta los caudillos más autocráticos de Occidente tendrían dificultades para acabar con el virus de la libertad política radical.

 

Tras la retirada de la flota persa en Salamina, las puertas del Egeo quedaron abiertas y Atenas se encontró a la vanguardia de la resistencia griega. La democracia radical, por tanto, y su refutación de la vieja y estática polis estaba próxima. Es posible que algunos filósofos odiasen Salamina -las ideas que la batalla inspiró a Platón rayaban con la traición-, pero la victoria de Temístocles y sus rem eros no sólo salvó a Grecia y a Occidente, sino que confirió una irrevocable energía a las huestes occidentales y sirvió para difundir la idea de libertad. Cuarenta mil súbditos imperiales ahogados en el estrecho de Salamina atestiguaban el poder de esa idea.

 

Salamina no era una garantía definitiva, pero demostró ser el principio de algo que jam ás se había visto en el Mediterráneo occidental: el modo occidental de hacer la guerra desatado más allá de las fronteras de Grecia. A l cabo de tan sólo siglo y medio, la doctrina militar que había salvado a la flota griega a unos cientos de metros de la costa ateniense llevaría a Alejandro Magno a 5.000 kilómetros hacia el este, a las riberas del río Indo.

 

 

 

III

 

LA BATALLA DECISIVA

 

GAUGAMELA, 1D E OCTUBRE D E 331 A.C.

 

 

 

Los griegos, por su arrogancia y estupidez, tienen por costumbre entablar combates de la manera más insensata: cuando se declaran entre sí la guerra, los contendientes bus­ can a toda costa el terreno más aprovechable y despejado,

 

y bajan a luchar allí, de manera que los vencedores acaban retirándose con elevadas pérdidas, y, acerca de los vencidos, huelga que diga nada, pues, como es natural, resultan aniquilados.

 

H ER Ó D O T O , Historia, vn.9.2

 

 

 

 

PUNTOS DE VISTA

ÍP      EL VIEJO

 

 

U obre Parmenión! Una vez más tenía que permanecer rezagado mientras el divino Alejandro, lejos de él, en el flanco derecho, cargaba al galope contra las hordas persas. Casi toda la línea de batalla del ejército macedonio seguía a su rey: la Caballería de Compañeros que mandaba Filotas, uno de los hijos de Parmenión, la falange real de piqueros, diversas unidades de mercenarios y los veteranos infantes escuderos, o hipaspistas; es decir, casi todas las tropas que marchaban a pie o a caballo del ejército macedonio, o al menos ésa era la impresión de Parmenión. Aquél, en cambio, se encontraba justo frente al flanco derecho del ejército persa, dispuesto a afrontar una lucha encarnizada. Parme­ nión, el viejo, debía, una vez más, mantenerse firme; y para él no había más gloria que la de sostener el flanco izquierdo del ejército. No contaba más que con varios centenares de veteranos jinetes macedonios, a los que apoyaban algunas compañías de piqueros mandadas por Cratero y Simmias, con unas pocas unidades de caballería griega, que en aquella ocasión mandaba Erigió, y con los 2.000 irreductibles jinetes tesalios que lideraba Filipo.

 

En el río Gránico (334 a.C.) y en Isos (333 a.C.) Parmenión desempeñó el mismo papel, el de proteger el flanco izquierdo del ejército macedonio -el ala “ rehusada” , como dice la jerga táctica-, mientras el veloz Alejandro penetraba en la brecha abierta entre el centro y la izquierda del ejército persa,

 

 

 

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m aniobraba a espaldas de éste y ponía en fuga a su rey. El método de Alejan­ dro consistía, siempre, en aplastar al ejército imperial antes de que Parmenión fuera rebasado por las hordas de jinetes persas. Parmenión mantenía la posi­ ción y Alejandro atacaba, ésta era la fórm ula tradicional que convertía al segundo en máximo artífice de la victoria y al primero en único culpable de una eventual derrota.

 

En Gaugam ela, el ala izquierda macedonia de Parmenión estuvo a punto de implosionar: fue “ obligada a retroceder y estaba en dificultades” , señala es­ cuetamente Plutarco en su biografía de Alejandro (Alejandro, 23.9-11). En rea­ lidad, las tropas de Parm enión eran m uy inferiores en número a las de su adversario -quizá en una proporción de uno a tres- y por unos momentos estuvieron al borde del aniquilamiento. Las fuentes clásicas sugieren que en G augam ela la disparidad num érica entre ambos ejércitos era m ayor en el ala izquierda macedonia, donde las líneas estuvieron a punto de quebrarse a la primera acometida. L a caballería macedonia de Parmenión se enfrentó a excelentes tropas de caballería: buen número de jinetes armenios y capa-docios, unos cincuenta carros escitas y una fuerza combinada de caballería e infantería al mando de M aceo, sátrapa de Siria. Una oleada de 15.000 asesi­ nos a caballo atacó la isla que formaban los 5.000 infantes y jinetes que lide­ raba Parmenión.

 

No conviene subestimar a la caballería persa. Sus monturas eran de mayor tamaño que las macedonias y en Gaugam ela llevaban, igual que los jinetes, una resistente protección frontal. De las provincias orientales del Im perio provenía una tradición de caballería distinta a la occidental, que anticipaba a los posteriores caballeros bizantinos, protegidos por cotas de malla y montados sobre animales m uy resistentes y capaces de romper con facilidad las líneas de caballería e infantería ligeras. Si bien es cierto que los jinetes persas no es­ taban bien preparados para la lucha cuerpo a cuerpo -llevaban jabalinas y espadas muy inferiores en el combate a las lanzas largas y a las espadas de hoja ancha de los Compañeros de Alejandro-, gracias al tamaño de sus monturas, a sus armaduras, a su superioridad numérica y al impulso frenético del ataque, causaron estragos entre los hombres de Parmenión, que estaban obligados a mantener una posición estática.

 

Los m ariscales de Darío conocían ya el daño que la caballería pesada macedonia era capaz de hacer a los jinetes y los infantes persas, de modo que, en Gaugamela, decidieron acudir al campo de batalla mejor protegidos y con más tropas montadas que sus adversarios griegos, como si las guerras se ganasen por contar con mayor número de tropas y material y no a causa de la táctica y el espíritu. El historiador Quinto Curcio Rufo asegura que en los primeros instantes de la batalla los macedonios se quedaron muy sorprendidos ante la aparición de los guerreros nómadas escitas y bactrianos, a los que no habían

 

 

 

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v isto h a s ta e n to n c e s, d e b id o a sus “ ro stro s h irsu to s, c a b e lle r a d e s p e in a d a , c o r ­ p u le n c ia g ig a n te s c a ” (Historia de Alejandro Magno, IV. 13 .6).*

 

Parmenión se encontraba ya entre los primeros europeos que componían el séquito que inició con Alejandro la invasión de Asia y poco después se con­ vertiría en la roca sobre la que se apoyaban las tropas del rey, primero en las batallas del Gránico y de Isos y ahora en Gaugamela. Ya había perdido a un hijo luchando por la causa de Alejandro y los dos que aún sobrevivían estarían muertos antes de transcurrido un año. A l propio Parmenión, un veterano de setenta años, le restaban menos de doce meses de vida. Su hijo menor, Filotas, que ahora encabezaba la carga de los Compañeros junto a Alejandro, no tardaría en ser torturado por su rey y en morir lapidado ante las tropas acusado, falazmente, de conspiración. Pobre Parmenión, uno de los últimos amigos que acompañaron a Filipo y construyeron el ejército de Alejandro antes de que el propio rey naciera, un mariscal a quien sus enemigos persas, que se contaban por millares, no matarían en la batalla -Q uinto Curcio asegura que era “ el más diestro de los generales de Alejandro en el arte de la guerra” (iv.13. 4)-, un comandante leal que sería ignominiosamente decapitado en tiempos de paz y por orden del rey a quien tantas veces había salvado.

 

Después de la batalla del río Gránico, la primera que libró en suelo asiático, Alejandro dedicó diversas estatuas a los Compañeros caídos, visitó a los heridos y eximió a las familias de los muertos del pago de impuestos. Ahora, tres años después, Alejandro se estaba convirtiendo en un monarca de clase muy distinta. Cada vez contemplaba a sus oficiales con mayores recelos y pronto comenzaría a alistar mercenarios persas en su ejército. Cautivado por la pompa y arrogancia de los teócratas de Oriente, era un megalómano que ansiaba algo más que el saqueo y destrucción de las satrapías occidentales del Imperio persa. Su para­ noia lo llevaría a matar al hombre que lo había ayudado a crear su ejército, a alguien que, años atrás, había quitado de en medio a los aristócratas que se oponían a su ascensión al trono, a la misma persona que le había enseñado a mantener a raya, dentro y fuera del campo de batalla, a los rebeldes príncipes de las tierras bajas de Macedonia, al mismo soldado que en Gaugamela, una vez más, mantendría con firmeza su posición, salvando a su ejército. Una de las grandes ironías del último período de dominio militar de Alejandro fue su sistemática destrucción de los comandantes que habían facilitado sus grandes victorias, una purga calculada que sólo llevó a cabo después de que aquellos veteranos hubieron asegurado la destrucción del ejército aqueménida.

 

Sin embargo, para el fin de Parmenión, que murió apuñalado a manos de unos cortesanos de Alejandro en Ecbatana, capital de una lejana provincia persa -una vez muerto, lancearon su cuerpo, lo decapitaron y enviaron la cabeza

 

* Madrid, Gredos, 1986, traducción de Francisco Rejenaute Rubio.

 

 

 

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al rey macedonio, que se encontraba en otro rincón de su im perio-, todavía quedaban once meses. Ahora, en Gaugamela, el leal Parmenión tenía proble­ mas más acuciantes. Estaba rodeado. Lo cegaba el polvo levantado por los miles de caballos que galopaban en todas direcciones, pero todavía no estaba derrotado. Pese a lo que Diodoro de Sicilia llamó “ el número y la solidez de la formación de los hombres de M aceo” (Alejandro Magno, xvii.60.6),* todavía no había sido vencido, pero corría peligro de serlo, y muy pronto. Reagrupó a su vieja guardia de Caballeros macedonios y la lanzó contra las líneas persas con la orden de lancear y traspasar con sus espadas rostros y monturas. Junto a los fiables jinetes tesalios -las m ejores tropas de caballería ligera de la Antigüedad - rechazaría oleada tras oleada, garantizando la protección del ala izquierda y de la retaguardia del ejército macedonio. Si conseguía, una vez más, detener el previsible movimiento de flanco de los persas, cubrir la retaguardia m acedonia y rechazar a la mitad del ejército persa, Alejandro

 

- Alexandros Megas, monarca de Asia, divino hijo de Zeus Amón, vencedor de Darío III, futuro emperador de Persia y artífice de la victoria más brillan­ te de la historia de las confrontaciones entre Oriente y O ccidente- aún podría cabalgar hacia el triunfo y certificar la destrucción de la dinastía aqueménida.

 

Pero a Parmenión se le presentaban dos problem as críticos. Darío había elegido el campo de batalla con sumo cuidado, una llanura que no lindaba con montañas ni costas, que no contaba con un río ni un barranco que pudieran proteger las alas del ejército de Alejandro frente a los movimientos envolventes de su línea, mucho más larga que la macedonia. En aquellos momentos, en efecto, los jinetes persas se estaban agrupando a la izquierda de Parmenión y no tardarían en superarlo por el flanco, a cientos de metros de sus soldados, obligando con ello a sus tropas, que formaban una línea cada vez más magra en virtud de su inferioridad numérica, a girar sobre sí mismas en herradura

 

para no verse superadas y atacadas por retaguardia. Sus soldados tesalios, que formaban a su derecha, rechazaron una oleada de carros escitas y m erce­ narios griegos, manteniendo la posición y obligando al enemigo a rodearlo, una alternativa preferible a la de rom per sus líneas. No obstante, más a la derecha, a unos cuatrocientos metros de los tesalios, en la línea macedonia se abría una brecha cada vez m ayor que am enazaba con desbaratar el centro del ejército. Ciertamente, era posible que la carga de Alejandro por la derecha resultara mortal para el enemigo, pero, de momento, arrastraba en su avance a la m ayor parte de las tropas que formaban el centro derecha macedonio. Para proteger el flanco derecho de Parmenión, la reserva táctica sólo contaba con un par de compañías de falangistas y algunas unidades irregulares.

 

 

 

* Madrid, Akai, 1986, traducción de Antonio Guzmán Guerra.

 

 

*. En efecto, cientos de veteranos jinetes persas e indios se precipitaron por aquella brecha y cargaron contra la retaguardia del ejército de Alejandro. Irrumpieron en el campamento macedonio, mataron a los guardias y liberaron a los prisioneros persas. Podían volverse contra el ala izquierda de Parmenión en cualquier momento, reunirse con los persas de M aceo, que superaban a Parmenión por su flanco izquierdo, y atacar al septuagenario general por ambos costados, cercándolo y aniquilándolo a él y a sus hostigados jinetes. Arriano refiere que, en este punto, los macedonios de Parmenión estaban “batidos por un doble fuego” (Anábasis de Alejandro Magno, 111.15.1).* Si la izquierda del ejército macedonio caía, la caballería persa podía concluir la masacre girando sobre la retaguardia de Alejandro antes de que los Compañeros pudieran siquiera quebrar la línea de Darío. Parmenión podía o bien proteger el ala izquierda macedonia, para que no fuera superada por el flanco, o bien mantener la integridad del centro, pero no podía hacer ambas cosas.

 

Es probable que la ambición del enemigo por hacerse con el botín del cam­ pamento macedonio salvase a Parmenión, puesto que los persas y los indios que se habían precipitado por la brecha abierta en el centro de la línea se detuvieron a matar a los guardias que custodiaban el campamento, y que no estaban arma­ dos. El saqueo y la matanza fácil parecían preferibles a cargar contra los recios jinetes macedonios. Dándose cuenta del peligro, Parmenión ordenó que un men­ sajero se dirigiera inmediatamente hacia la nube de polvo que se elevaba al otro extremo del campo de batalla, un indicio siempre fiable de la posición de Alejandro. Debía encontrar al pendenciero rey y conseguir su ayuda. Entre tanto, el general ordenó a su reserva de piqueros que diese media vuelta para lancear a los persas que saqueaban el campamento y preparó a sus jinetes para un empuje final a través del cerco. Esperaba abrirse paso a través de las líneas persas y reunirse con Alejandro a mitad de camino, en tierra de nadie, para a continuación aplastar el ala derecha persa con un movimiento de pinza de las tropas de caballería. Corría el rumor de que Alejandro había hecho huir a Darío y de que incluso los contingentes persas que habían tenido éxito en su avance comenzaban a va­ cilar. Parmenión, pues, abrigaba la esperanza de que lo peor hubiera pasado ya. Quizá saliera vivo de aquella batalla. De momento, el veterano general permaneció donde estaba y, tras frenar a la vanguardia de los jinetes persas, se preparó para llevar a cabo la última carga de su vida. Debía reunirse con su rey.

 

 

 

EL RENCOR DE ALEJANDRO

 

Maldito sea Parmenión, debió de pensar Alejandro, que a lomos del venerable Bucéfalo y con su casco de hierro bruñido y con incrustaciones de piedras pre-

 

* Madrid, Gredos, 1962, traducción de Antonio Guzmán Guerra.

 

 

 

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ciosas y un peto y un cinturón de magnífica hechura tenía un aspecto resplan­ deciente. El atemorizado mensajero se las había arreglado para encontrarlo en medio de la nube de polvo justo cuando se preparaba para perseguir a Darío, que había comenzado su huida. La guardia imperial del persa y todo el centro de su ejército se habían derrumbado y se retiraban ya en dirección norte. El polvo, los gritos y los cuerpos aturdían los sentidos de la vista, del oído y del tacto. Alejandro, en mitad de aquella confusión, apenas podía distinguir el carro del aterrado Darío. Arriano relata de qué modo él y sus jinetes “presio­ naban cada vez más y empujaban con sus picas valientemente en un ataque cara a cara” , mientras la falange, “de terrible aspecto por sus largas lanzas” , los seguía, abalanzándose contra los persas sin dejar de proferir el viejo grito de guerra macedonio: “Alala, alala” (Anabasis, m.14. 2-3). Si el reciente e inesperado mensaje de Parmenión era cierto - a casi dos kilómetros a su izquierda y a retaguardia, su viejo mariscal estaba a punto de ser aniquilado-, no podría perseguir al rey aqueménida, ni hacer ningún nuevo avance. Antes de nada debía asegurar la integridad de aquellas unidades de su propio ejército que habían quedado atrás.

 

Al victorioso Alejandro le resultaba molesto girar 180 grados y volver a sumirse en el enjambre de jinetes que galopaban a su espalda para salvar a su viejo general. Curcio Rufo afirma que el rey macedonio “temblaba de ira” ante la idea de cesar en su persecución (iv.16. 3). Tras esperar el momento propicio para avanzar, se veía obligado a retroceder, y no debido a su propio fracaso, sino a causa de un éxito que, al parecer, sus lugartenientes no eran capaces de igualar. Puesto que él, tras haberse precipitado contra las líneas persas, había perdido el control de la batalla, Parmenión y sus generales tenían el deber de estar al corriente de sus planes: aguantar la posición y pivotar hacia la izquierda. El, en efecto, evitaría muy pronto desde el ala derecha el movimiento de flanco de los persas, al tiempo que la Caballería de Compañeros explotaría la inevitable brecha que estaba a punto de abrirse en la línea enemiga.

 

Mucho antes de aquel movimiento de rescate, Alejandro había comenzado ya a cansarse del viejo y del reaccionario círculo de barones de las tierras bajas de M acedonia que lo acompañaba. “Lento y desidioso”, asegura Plutar­ co, había llegado el viejo capitán a Gaugam ela: “ La vejez le había relajado ya algo sus bríos” (Vidasparalelas, “Alejandro”, 33.10-11).* Aquellos veteranos caballeros se estaban convirtiendo en un grupo molesto y suspicaz: cuanto más hacia el este marchaba el ejército, m ayor nostalgia del hogar sentían los comandantes de su caballería. Cuantos más persas derrotaba él, mayor temor tenían Parmenión y su camarilla a caer derrotados. Cuanto más hablaba él de poner un imperio y una civilización universal a los pies de su propia divinidad, más hablaban sus provincianos oficiales de su mezquino botín y de retirarse a

 

* Madrid, Cátedra, 1999, traducción de Emilio Crespo.

 

 

 

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Europa para llevar una vida de ocio y opulencia. L a edad y la nostalgia, en efecto, habían acabado con ellos.

 

Tres años antes, en el Gránico, Parmenión había advertido a Alejandro que el día estaba muy avanzado para vadear el río y comenzar el ataque. El general había tratado de abortar el avance, puesto que la corriente les llegaba a los soldados por la cintura, y el rey se había burlado de él diciendo que debía sentir vergüenza por temer a un enemigo situado al otro lado de “un pequeño riachuelo” después de haber cruzado el Helesponto (Arriano, Anábasis, 1.13.6). Alejandro prescindió de los consejos de Parmenión y ganó la batalla. A l año siguiente, en Isos, Parmenión, que a la sazón contaba sesenta y ocho años, temió sin motivo que el rey pudiera ser víctima de un envenenamiento poco antes de la lucha. Luego, durante meses, abogó por presentar batalla en el mar en lugar de saquear las plazas fuertes de Fenicia. A llí mismo, en Gaugamela, antes de que la batalla hubiera comenzado siquiera, el general, de nuevo inquieto, y su vieja guardia, aturdidos por la visión de las numerosas huestes de Darío, habían aconsejado un ataque nocturno. Ante lo cual, Alejandro finalmente le espetó: “Yo no robo la victoria” (Vidasparalelas, “Alejandro” , 31.12); e insistió en un combate frontal. Parmenión, incluso, había convencido (sabiamente) a su rey de que le convenía reconocer el terreno los días previos al enfrentamiento para asegurarse de que la llanura de Gaugam ela no ocultaba trampas que pudieran desbaratar el avance ya previsto de la caballería macedonia por la derecha.

 

 

El séquito de aduladores de Alejandro se burló de las precauciones del viejo. El filósofo Calístenes, que no tardaría en ser ejecutado, es la fuente más probable de estos cuentos morales peyorativos, que culminaron con la historia de que Parmenión había aconsejado a su rey que cesara definitivamente en su avance hacia el este. Supuestamente, antes de la cam paña de Gaugam ela, había apremiado al rey para que aceptase la oferta de última hora de Darío de ceder un imperio persa occidental a Alejandro bajo los auspicios de una tregua general. “Yo, si fuera Alejandro, aceptaría esas condiciones” , dijo a su rey. “También yo, por Zeus, si fuera Parmenión”, replicó Alejandro con acritud (Vidasparalelas, “Alejandro” , 29.8-9).

 

En el fragor de la batalla, cuando tenía a Darío al alcance de la mano, A le­ jandro rezongó que a Parmenión le preocupaba más la pérdida del campamento macedonio, con todos sus objetos de valor, que la suerte de la batalla. No obstante, envió de vuelta al emisario con la prom esa de que él y sus Com pañeros invertirían su avance. Eso sí, quiso dirigir a Parmenión la insultante admonición de que mientras los vencedores añaden las pertenencias de sus enemigos a las suyas propias, los vencidos no deben preocuparse por su dinero o sus esclavos, sino tan sólo por luchar con bravura y morir con honor. A Parmenión no le preocupaban sus objetos de valor, ni siquiera pensaba hacerse con el botín del

 

 

 

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rico campamento enemigo. A l contrario, temía que el ala izquierda sucumbiera y con ella la totalidad de un ejército macedonio que se encontraba a miles de kilómetros del Egeo. Esa misma perspectiva dejaría perplejo a Napoleón muchos siglos después. Gaugam ela, señaló el francés, era una gran victoria, pero demasiado arriesgada, puesto que la derrota habría supuesto dejar a Alejandro aislado, “ a novecientas leguas de M acedonia” . Parmenión sabía que el audaz avance de su rey, tan brillantemente calculado para dividir los debilitados centro e izquierda del ejército persa, era sin embargo una apuesta muy arriesgada, y es que en el momento en que los Compañeros iniciaron su cabalgada abrieron una fisura en las líneas macedonias. Si Alejandro tenía razón al suponer que los macedonios se encontraban a una victoria de heredar el Imperio persa en toda su extensión, Parmenión estaba igualmente en lo cierto al pensar que estaban a una derrota de la completa aniquilación. No en vano, eran 50.000 europeos, a 2.400 kilómetros de su hogar y en medio de un mar de millones de enemigos.

 

Hasta que el mensajero de Parmenión llegó junto al rey, el día había resulta­ do perfecto y la batalla transcurría a pedir de boca. Plutarco asegura que, tras aplastar la línea persa, el principal problema de Alejandro fue la enorme cantidad de muertos y por los heridos del ejército enemigo que obstruían la persecución,

 

“ cayendo unos encima de otros [...], se enredaban a los soldados y a los caballos y forcejeaban con ellos” (Vidasparalelas, “A lejandro” , 33.7). Arriano añade que los jinetes “empujaban” literalmente a los persas antes de que la falange llegara hasta su posición con sus puntiagudas picas (Anábasis, m .14.2-3). El

 

plan táctico de Alejandro era sencillo, pero brillante y muy propio de él. Mientras Parmenión pivotaba en la izquierda, a fin de mantener ocupada al ala derecha persa y garantizar la seguridad de la retaguardia, él haría desplazarse a toda la línea macedonia lentamente hacia la derecha, hacia un terreno irregular donde los carros escitas de Darío resultarían inútiles. En respuesta, el rey persa se vería forzado a desplazar su ala izquierda para rodear la derecha de Alejandro y bloquear el desplazamiento de la línea macedonia, pero para ello, en su esfuerzo por alcanzar la retaguardia de Alejandro, estaba obligado a dividir su propio centro.

 

Alejandro continuaría enviando un contingente tras otro hacia la derecha -tro-pas de caballería e infantería ligeras-, con la intención de forzar a las unidades de flanco persas a un movimiento envolvente cada vez más amplio. Entre tanto, el propio Alejandro aguantaría junto a sus veteranos hasta divisar un hueco en el corazón del debilitado centro enemigo. En previsión de tal momento, reservaba su mejor arma, una cuña compuesta por Compañeros, hipaspistas y falangistas. Con aquellos veteranos, los mejores combatientes de toda la Antigüedad, cargaría a través de la brecha, directo al corazón de la línea persa y al propio Darío. Ciertamente, el ejército persa era mucho mayor y en teoría

 

 

 

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B A T A L L A D E G A U G A M E L A ,  1 de octubre de 331 a.C .

 

Persas

 

I-- Il-- Il-- II-- ! □                                                                                                                 

 

y ¿ ¡■ ¿ ¿ /i' ¿5- ^        Darío

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  Parmenión  Falange

         Hipaspistas

         Alejandro

  Retaguardia (falange de auxiliares)

Los P R IM E R O S M I N U T O S   §% J| Mesopotamia

  ' Gaugamela

DE LA B ATALLA  

  Campamento

        

Darío '^5.      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PETICIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A       LEJANDRO Y DE SOCORRO

 

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DE PARMENIÓN

 

 

Campamento

 

 

podía envolver las dos alas del de Alejandro, pero mientras los jinetes y las reservas de éste continuaran empujando hacia fuera a las tropas de flanco de Darío la base del ataque persa tenía, con toda probabilidad, que reducirse y debilitarse. Cada ataque hacia el flanco de Alejandro exigía el traslado de nuevas tropas desde algún lugar del centro persa. Alejandro estaba seguro de que acabaría por divisar ese lugar y explotar la debilidad del enemigo antes de que fuera demasiado tarde.

 

Para Alejandro, la clave de la victoria estaba en la organización, la táctica y la capacidad para actuar en el momento oportuno. En las alas, y de modo independiente, debía situar unidades móviles bisoñas respaldadas por una línea de reserva compuesta por 6.700 efectivos de infantería pesada, mientras man­ tenía apartados de las escaramuzas preliminares a los falangistas y a la caba­ llería macedonia de elite, a fin de que asestaran el golpe decisivo contra el centro persa con la contundencia de una hoja de cuchillo. Alejandro debía actuar an­ tes de que sus dos alas se vieran superadas, pero no con demasiada prontitud, pues de ese modo golpearía contra el enorme muro del centro de Darío antes de que se hubiera debilitado lo suficiente. Cuando se abrió en la línea persa el hueco que durante tanto tiempo llevaba esperando, Alejandro se precipitó hacia la guardia imperial, directamente a por Darío y el premio del Imperio persa.

 

Alejandro se detuvo y el rey aqueménida pudo escapar; nueve meses más tarde sería asesinado por Beso, uno de sus sátrapas. El macedonio, contrariado, tiró de las riendas de Bucéfalo y se alejó de la nube de polvo donde agonizaban hombres y caballos, cabalgando en dirección opuesta, hacia los persas que, aunque ahora en retirada, habían estado a punto de aniquilar a Parmenión. El viejo barón no parecía ya en peligro. De hecho, Alejandro vio en la distancia a los jinetes persas que lo habían atacado y se dirigió directamente hacia ellos. Si no podía masacrar al séquito en fuga de Darío, sí podría, en aquel combate secundario, acabar definitivamente con los mejores jinetes de Escitia y Bactriana.

 

Las fuentes de que disponemos señalan que este último enfrentamiento entre tropas de caballería fue el momento más mortífero de toda la batalla. Más de sesenta Compañeros cayeron, cientos de caballos de ambos bandos resultaron masacrados y la caballería persa estuvo a punto de ser aniquilada. Arriano añade que “no fue posible allí lanzar dardos ni hacer maniobras de despliegue de la caballería” (Anábasis, III.15.2), sino al contrario, una guerra de golpes continuos. M ás de sesenta años antes, en la batalla de Coronea, librada por tropas de infantería, el viejo rey espartano Agesilao había hecho retroceder a su victoriosa falange para cargar contra una columna de hoplitas tebanos en retirada y, a causa de este último esfuerzo, había estado a punto de caer derrotado. Fue una batalla como “ninguna otra de nuestra época” , escribió Jenofonte, testigo presencial de aquella terrible colisión entre dos contingentes de infantería pesada.

 

 

 

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Según la tradición helénica, ningún enemigo, por lejano que estuviera, podía evitarse, rehuirse o ignorarse si existía la más pequeña oportunidad de atacarlo cuerpo a cuerpo y en masa.

 

 

SEÑOR DE ASIA

 

Alejandro acudiría a la cita de Gaugamela, pensó Darío, y, como no le cabía la menor duda, preparó la llegada del m acedonio. Buscó una llanura sin obstáculos propicia para sus carros escitas, suficiente terreno despejado para sus elefantes y congregó a miles de jinetes para formar una línea de batalla mucho más larga que la de su adversario. Ni siquiera Alejandro podría neutralizar tal desventaja numérica en un terreno tan desfavorable. Por fin, pensó Darío, una batalla dominada por la caballería y en una gran llanura, precisamente el tipo de guerra móvil en el que sus jinetes nómadas resultaban excelentes, exactamente el escenario temido por los falangistas occidentales. Alejandro, Darío estaba seguro de ello, acudiría sin dudarlo a Gaugamela, igual que había cargado a través del río Gránico y superado sus altas riberas para enfrentarse a las huestes persas, igual que había ordenado a sus hombres avanzar a través de la corriente, las empalizadas y el litoral en Isos, igual que había insistido en atacar la casi inexpugnable Tiro y las murallas de Gaza, igual que siempre había hecho para destruir cualquier obstáculo, ejército o ciudadela -d e carne o de piedra- que se interpusiera en su camino. Alejandro, en efecto, acudiría a Gaugamela sin importarle que hubiera río o no lo hubiera y con terreno favorable o desfavo­ rable. El macedonio se presentaría en el campo de batalla elegido por él mismo, Darío III, y una vez más se vería forzado a combatir según los planes dictados por Su Majestad.

 

 

¿Y por qué no? Aquellos “estúpidos” griegos siempre lo habían hecho. En Maratón, en las Termopilas, en Salam ina y en Platea habían obligado a los persas, pese a su inferioridad numérica, a entablar batallas decisivas. Setenta y siete años antes, no m uy lejos de aquel mismo lugar, los hoplitas griegos que conformaron la expedición de los Diez M il se negaron, pese a estar atra­ pados, a aceptar los términos de rendición que les ofrecía su antepasado, el rey Artajerjes II, y prefirieron abrirse paso y abandonar Persia. Incluso después de que sus generales hubieran aceptado parlamentar, m uy cerca de la propia Gaugamela, con lo que sólo consiguieron ser torturados y ejecutados por los persas, los Diez M il, pese a no tener jefatura, habían optado por la lucha. Com batieron, en efecto, durante un año entero, sem brando su camino de cadáveres hasta llegar a las seguras costas del mar Negro. Luego, a las puertas de Europa, muchos de ellos decidieron continuar, unirse al ejército espartano en Asia Menor y volver a luchar contra los persas. Sí, pensó Darío, aquel joven

 

 

y loco macedonio acudiría al río Tigris, lo perseguiría y lo obligaría a combatir una última batalla por el imperio de sus antepasados.

 

Esta vez, Darío había escogido con acierto el campo de batalla. Tenía pocos promontorios y ningún río o mar que Alejandro pudiera utilizar para proteger sus flancos. Sus súbditos habían despejado la llanura para facilitar el avance de los carros escitas. Había ocultado trampas y estacas en aquellos lugares por donde había más probabilidades de que pasara su adversario. ¿Alguna vez se habían topado los macedonios, se preguntó el rey persa, con elefantes en una batalla?

 

Darío tenía una única preocupación. La mayoría de sus mercenarios hoplitas griegos, que con tanta destreza habían combatido en las dos batallas campales que hasta la fecha había librado contra Alejandro, hacía tiempo que ya no estaban con él. L a falange original de mercenarios helénicos fue rodeada y exterminada en el Gránico y las tropas que la habían reemplazado -m ás de 20.000 efectivos- fueron destruidas o puestas en fuga en Isos. En ningún lugar de Persia podían encontrarse infantes como aquéllos, tan dispuestos a librar una batalla de choque, hombres capaces de oponerse con éxito a los piqueros de Alejandro, algo de lo que ni siquiera hubieran sido capaces los antiguos y legendarios Inmortales, ni los pintorescos “portamanzanas” , soldados persas equipados con unas lanzas con un contrapeso de forma esférica, “de manzana”, que les daban fama. A l rey Darío sólo le quedaban 2.000 hoplitas griegos y ningún hombre más con la voluntad, en un imperio de setenta millones de habitantes, de cargar contra un muro de picas macedonias. Alejandro venció en Gaugam ela y en el resto de Asia por las mismas razones por las que la infantería griega vencía en ultramar: la cultura griega apostaba por el combate cuerpo a cuerpo y por entrar en batalla en formación de hileras y columnas, y no por una guerra móvil, la superioridad numérica o las emboscadas. No por azar los veteranos de Alejandro apuntaban sus picas y espadas al rostro de la aristocrática elite de caballería persa, compuesta por caudillos sin experiencia contra un enemigo que buscaba el choque frontal, arrem etía contra ellos y los lanceaba o cercenaba sus miembros.

 

 

¿Acaso no podían los legendarios carros escitas de Darío -m ás de doscien­ tos reunió en el campo de batalla de G augam ela- segar las torpes falanges macedonias si irrumpían de improviso desde su línea, avanzaban sobre terreno favorable y se lanzaban sobre los falangistas antes de que éstos pudieran entrar en acción? ¿No podían los elefantes -Darío había trasladado quince desde India-ser también útiles si los indios los hacían avanzar a través de sus líneas para atacar a los Compañeros de Alejandro? Darío sabía que su infantería pesada no era de gran calidad, pero contaba con miles de jinetes, así que decidió que Gaugamela sería una enorme confrontación de tropas de caballería, la mayor desarrollada en suelo asiático desde la legendaria batalla de Qadesh, que casi

 

 

 

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mil años antes habían librado egipcios e hititas. Es posible que el rey persa dispusiese de unos 50.000 efectivos a caballo frente a los menos de 8.000 con que contaba Alejandro. Si podía envolver los flancos del ejército macedonio, enviando a sus preciados jinetes bactrianos y escitas contra el flanco del ala derecha enemiga y, simultáneamente, a las tropas del firme Maceo por detrás del ala izquierda, la terrible falange de Alejandro, sorprendida en la retaguardia por soldados de caballería capaces de rodear y dividir a los torpes piqueros, no resultaría en realidad tan terrible. En Gaugamela, por vez primera en aquella guerra que dirimía la suerte del Imperio persa, estaban presentes los temibles veteranos de las estepas del imperio oriental, hombres muy distintos a aquellos que Alejandro había encontrado en las satrapías occidentales, capaces de envolver por el flanco y empujar a los macedonios contra el enorme centro de tropas persas de Darío.

 

 

 

 

LA ÚLTIMA BATALLA DEL IMPERIO

 

El 1 de octubre del año 331 a.C., una fotografía aérea de la llanura de Gaugamela efectuada en los primeros minutos de la batalla habría reflejado la enorme caja de tres lados que componían los m acedonios cuando Alejandro, en su empeño por mantener al enemigo en los flancos y no permitirle llegar a reta­ guardia, hacía retroceder las dos alas de su ejército. Al cabo de una hora, sin embargo, la imagen era enteramente distinta: ambos bandos habían roto las líneas enemigas y Gaugamela se había convertido en una frenética carrera de caballos. ¿Podrían Alejandro y su Caballería de Compañeros explotar la brecha de la línea persa y aplastar a los persas antes de que los jinetes de Darío se abrieran paso a través de una brecha similar en sus propias líneas? Evidente­ mente, la respuesta era afirmativa. Alejandro deseaba, sin la menor vacilación, matar a Darío, destruir su ejército y aniquilar a todos los soldados enemigos que se encontraban en el campo de batalla. Quería perseguir y masacrar sin piedad a sus adversarios en fuga para que dejasen de existir como fuerza militar. Por eso se precipitaba contra las huestes del ejército persa con la intención de herir el rostro de sus oponentes con picas, de descabalgarlos con sus propias manos y de lanzar a sus propias monturas contra las de mayor tamaño de Darío. Por todos esos motivos, y alguno más, los fieles Compañeros siguieron a su rey frente a la horda de jinetes enemigos.

 

Por el contrario, los persas e indios que habían roto la línea macedonia se dirigían directamente hacia el campamento macedonio para hacerse con su botín y estaban más deseosos de recibir las alabanzas del rey por liberar a los prisioneros aqueménidas que de aplicarse a la dura tarea de acabar con Par-menión. Alejandro, en mitad de un mar de persas, se proponía aniquilar un

 

 

 

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ejército; los persas, tras romper la línea macedonia, se limitaban a matar a los no combatientes que habían quedado en el campamento enemigo. Los jinetes persas de las llanuras estaban acostumbrados al saqueo y disfrutaban de la rara oportunidad de matar a personas desarmadas y del frenesí de cabalgar entre tiendas y carretas, que eran los elementos básicos de la guerra nómada: mejor tomar el botín cuando lo tenían a mano que correr el riesgo de que una tribu rival se apoderase de él. Para los macedonios y los griegos, en cambio, cargar, matar y seguir matando en el combate cuerpo a cuerpo constituían la esencia de tres siglos de doctrina militar occidental.

 

Gaugamela (La Casa del Camello) fue la tercera, definitiva y mayor batalla contra el Im perio aquem énida y se trató más de una carnicería que de un enfrentamiento limpio, puesto que una fuerza numéricamente superior se de­ sintegró rápidamente víctima del pánico, el miedo y las brillantes tácticas de sus adversarios. Durante varias horas y hasta la llegada del crepúsculo, Gau­ gamela fue la historia de miles de súbditos imperiales -un cálculo razonable podría fijarlos en 50 .000 - alanceados y descabalgados por la espalda en su carrera para alcanzar la salvación a través de las llanuras del valle del alto Tigris. Los estudiosos no aciertan a dar una cifra exacta de cuántos soldados estaban presentes aquel 1 de octubre de 331 a.C. en el campo de batalla y sólo se muestran unánimes a la hora de rechazar las fantasiosas afirmaciones de los autores clásicos, según los cuales el ejército persa contaba con más de un millón de hombres. Lo más probable es que las tropas de Darío III superasen con holgura los 100.000 efectivos de infantería y caballería, que se enfrentaron a los 47.000 soldados con que contaba Alejandro, de los que entre 7.500 y 8.000 eran jinetes: el mayor ejército europeo que hasta la fecha había reunido el rey macedonio. Es posible que Alejandro contase en Gaugam ela con más soldados griegos que en las dos batallas anteriores contra los persas, puesto que los mercenarios helénicos

 

-tracios, tesalios y los recios infantes peloponesios- habían descubierto que prestar servicio al lado de los macedonios significaba vida y botín, mientras que combatir con el rey aqueménida solía suponer la muerte en tierra extraña.

 

La Mesopotamia era un buen lugar para luchar. Ambos ejércitos contaban con muchas provisiones y agua de sobra. A principios de otoño el tiempo era seco y suave, y había espacio suficiente para acomodar a miles de asesinos. Babilo­ nia, que prometía a los vencedores descanso, festejos, botín y mujeres, estaba a tres semanas de marcha por un camino relativamente fácil y cuesta abajo.

 

A fines del verano de 3 3 1 a.C., tras apoderarse de Egipto y de las regiones occidentales del Imperio persa, Alejandro se dirigió a Babilonia con la esperanza de capturarla y obligar a Darío a presentar batalla con sus últimas reservas militares. Tras comprobar cómo habían huido sus ejércitos aqueménidas en el Gránico (334 a.C.) y de nuevo en Isos (333 a.C.) y perder las importantes pla­ zas fuertes de Tiro y Gaza, además de las ricas provincias d ejo n ia, Fenicia,

 

 

 

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Egipto y Cilicia, Darío comprendió que había llegado el momento de mante­ nerse firme y luchar por la supervivencia de la mitad oriental de su imperio, la que aún conservaba. Escogió una pequeña llanura situada cerca de un pequeño afluente del río Tigris, el Bumelo, a más de quinientos kilómetros al norte de Babilonia y a poco más de cien de la ciudad de Arbelas.

 

Puesto que las tácticas de Alejandro eran bien conocidas, Darío tenía una idea precisa de lo que cabía esperar. El rey macedonio, siempre desde el ala derecha de su ejército, buscaría una brecha o alguna entrada por el flanco de la izquierda persa, se lanzaría sobre ella con unos 2.000 o 3.000 efectivos de caballería pesada y se dirigiría directamente hacia el alto mando im perial, con la esperanza, además, de que sus lanceros y sus temidos piqueros lo siguieran. Entre tanto, en la izquierda del ejército m acedonio, Parm enión aguantaría su posición, pivotando si fuera necesario, hasta que la moral del ejército imperial se quebrase y la camarilla dirigente aqueménida huyera del campo de batalla con la única intención de salvar la vida. Darío sabía todo eso, pero no pudo evitarlo, y así, la batalla transcurrió según el guión planeado por Alejandro que él tanto temía.

 

Los macedonios abrieron la formación para dejar paso a los carros escitas

 

- al parecer, esta temida pero poco práctica arma se utilizó en masa en Gaugamela por primera y única vez - y lancear a los aurigas por la espalda. Según parece, además, los elefantes de Darío se espantaron o, quizá, la falange se abrió para dejarlos pasar también a ellos, aunque es posible que ni siquiera lograran llegar a la línea de combate. Carros y elefantes fueron encontrados en su mayoría intactos e ilesos después de la batalla y recogidos como trofeos. Los segundos, tras su estreno en Gaugamela, se convirtieron en uno de los pilares de los ejércitos helenos; los primeros pasaron a formar parte de los romances griegos, inspirando muchos de los garabatos con que los técnicos occidentales llenaron sus cuadernos hasta la época de Leonardo da Vinci, y poco más. Las columnas de flanco persas nunca llegaron a rodear a sus enemigos, y los indios y persas que cargaron contra la izquierda y el centro macedonios optaron por el saqueo en lugar de destruir a Parmenión.

 

A consecuencia de todo ello, la mañana del 2 de octubre, la llanura de Gau­ gamela ofrecía un paisaje desolador: Diodoro Sículo afirma que “todo el espacio próximo a la llanura se llenó de cadáveres” (17.50.61). Cincuenta mil persas habían muerto o agonizaban -no hay que creer a las fuentes clásicas, que hablan de 300.000 bajas- entre un desecho general de no combatientes -los que solían merodear por los campamentos m ilitares-, caballos mutilados y carroñeros en busca de botín. Millares de heridos se arrastraban hasta los arroyos y charcos que rodeaban la llanura aluvial sobre la que se había desarrollado el combate. El propio Alejandro regresó al campo de batalla para enterrar a sus muertos. Recogió a poco más de cien, que se encontraban bajo los cadáveres de más de un millar de caballos macedonios. Quinientos persas cayeron en Gaugamela

 

 

 

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por cada macedonio, tal era la disparidad de cifras cuando una fuerza políglota y multicultural de hombres dominados por el pánico huía frente a asesinos veteranos que, armados con picas o sobre caballerías curtidas en la batalla, no pensaban más que en no dar media vuelta y salir corriendo delante de sus compañeros de armas, con los que habían compartido toda una vida. Una miríada de cadáveres enemigos quedaron abandonados, y se descompondrían bajo el sol del otoño. Alejandro, preocupado tan sólo por la podredumbre y el hedor, alejó rápidamente a su ejército de aquella peste y se dirigió hacia el sur, hacia Babilonia y la corte aqueménida. “Este es el desenlace que tuvo aquella batalla”, afirma Plutarco. “El imperio de los persas parecía estar completamente destruido” (Vidasparalelas, “Alejandro” , 34.1).

 

 

 

 

LA MÁQUINA MILITAR MACEDONIA

 

Las conquistas macedonias de Grecia y Persia no están exentas de ironía. Tras pasar dos décadas creando el ejército que había pacificado Grecia, el padre de Alejandro, Filipo II, fue destripado por Pausanias, aristócrata joven, parásito y resentido, quizá a consecuencia de un desengaño homosexual, pero es más probable que siguiendo órdenes del propio Alejandro y de su madre, Olimpia, que querían asegurar la sucesión del joven príncipe. Si Filipo fue asesinado en el preciso momento en que sus veinte años de criminal reinado fructificaban al fin con la creación del Estado unificado de Grecia y Macedonia, de igual modo Alejandro, tras alcanzar el Indo, m oriría en Babilonia a los treinta y tres años sin disfrutar del imperio por el que durante tanto tiempo había luchado y por el que había matado a tantos.

 

El ejército real de Macedonia fue obra de Filipo, no de Alejandro. Filipo lo creó y lo lideró durante más de veinte años, mientras que Alejandro lo comandó durante poco más de la mitad de ese período. Fue el rey Filipo quien dio forma a un nuevo y gran ejército, el que lo equipó, lo lideró y lo organizó de un modo no conocido en Grecia hasta la fecha. Pero si Filipo había creado un ejército para matar a otros griegos, a Alejandro su herencia le pareció más adecuada para matar persas.

 

En teoría, el equipo y las tácticas de la falange m acedonia no diferían radicalmente de los que empleaban los lanceros hoplitas tradicionales de las ciudades-Estado griegas, si bien los falangistas eran mercenarios escogidos entre “los más altos y más fuertes” reclutas de Filipo. La falange macedonia mantuvo la lanza, que se alargó -si la griega medía dos metros y medio, la macedonia podía alcanzar cinco o seis- y remató con una punta de hierro más pesada y una trasera de bronce más recia y acabada en forma cónica. La lanza primitiva se transformó en una verdadera pica -pesaba casi siete kilos, es decir, seis veces

 

 

 

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más que la vieja lanza hoplita-, de modo que eran necesarias ambas manos para manejarla. Los falangistas sostenían sus sarissai a dos metros de la punta trasera para que sobresalieran cuatro metros por delante, lo que concedía a los mace-donios un alcance de aproximadamente dos y medio o tres metros más que el hoplita tradicional. El viejo escudo redondo de un metro de diámetro fue sustituido por un disco metálico más pequeño que colgaba del cuello o de un hombro; las grebas, los pesados petos de bronce y el yelmo hoplitas también fueron sustituidos por protecciones de cuero o se abandonaron definitivamen­ te. Con el cambio se conseguía que las cuatro o cinco primeras hileras de la falange, y no sólo las tres primeras, asomasen las picas, con lo que se ganaba el 40% de armas apuntando al enemigo. Un frente tan erizado garantizaba un grado desconocido de poder ofensivo, además de una gran protección defensiva a las primeras hileras de falangistas.

 

Desde un punto de vista ideológico, los grandes escudos de los hoplitas griegos tradicionales, sus pesados petos y cascos, y sus lanzas de longitud moderada reflejaban los viejos valores cívicos y defensivos de los hombres de la milicia de una ciudad-Estado libre, algo completamente opuesto a la mentalidad de los falangistas macedonios, agresivos y poco protegidos, que basaban su manera de combatir en el manejo de la pica. Los macedonios, además, eran profesio­ nales y desarraigados, hombres sin polis y con frecuencia sin granja propia, que optaron por añadir más de dos metros a la lanza hoplita a costa de reducir en dos tercios eí escudo que los protegía: se optaba antes por el avance y por matar al enemigo que por la protección personal y por mantener la posición. A esta falange de duros y profesionales “compañeros de a pie” (pezetairoi), Filipo añadió la Caballería de Compañeros (hetairoi), un cuerpo de elite de jinetes patricios, con pesadas armaduras y monturas muy resistentes. En la cultura de las ciudades-Estado del sur de Grecia la cría de caballos siempre se había mirado con suspicacia. Dedicarse a ella era utilizar de modo ineficaz un suelo escaso y privilegiar a una elite que a menudo prefería la autocracia. Por lo demás, el caballo era de poco valor frente a un muro de lanceros. No ocurría lo mismo en Macedonia, una sociedad donde había dos y no tres clases, amos y siervos, y una tierra extensa como la de Tesalia. Debemos recordar, además, que la Caballería de Compañeros acabaría finalmente combatiendo contra soldados de infantería orientales, equipados con lanzas y armaduras más ligeras que las occidentales.

 

Junto a la falange, el centro de la línea macedonia estaba ocupado por otra unidad de infantería con armaduras más pesadas y lanzas más cortas: los “por-taescudos” o hipaspistas. Los hipaspistas eran las primeras tropas de infantería que seguían la ofensiva inicial de la Caballería de Compañeros, y proporcio­ naban por tanto una conexión vital entre el ataque de los jinetes y el avance, inmediatamente posterior, de la falange. Las unidades de infantería ligera profesional compuestas por arqueros, honderos y jabalineros también formaban

 

 

 

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parte de este cuerpo de ejército combinado, encargándose tanto del bombardeo prelim inar como del crucial apoyo de reserva. En Gaugam ela, fueron estas unidades, junto a los curtidos agrianes, las que rechazaron los ataques de flanco del ala izquierda persa mientras Alejandro y los hetairoi explotaban la brecha seguidos de los hipaspistas y, a continuación, de los pesados pezetairoi, que limpiaban y ampliaban el hueco con sus picas.

 

Filipo reinventó la vieja falange helénica, que cobró con él nueva importancia. Se trataba de dar un paso más allá y librarse de la dependencia del ritual y el protocolo rural que obligaba a operar cerca de su territorio nativo a los ejércitos griegos, que, además, no estaban concebidos para recibir los suministros necesarios para efectuar marchas prolongadas. Filipo tenía intención de crear un nuevo ejército nacional capaz de superar tácticamente a las falanges griegas y, al mismo tiempo, de aplastar a los Inmortales persas. Quería un ejército como la falange de los Diez Mil, que barrió del campo de batalla a la infantería persa en Cunaxa (401 a.C.), pero que también pudiera vencer a los hoplitas griegos, más mortíferos y mejor armados que las unidades persas.

 

Los macedonios conservaron la idea predominante en los ejércitos griegos según la cual el combate en masa y el choque frontal constituían el factor crucial en cualquier batalla. Integradas y protegidas por un conjunto de tropas variadas, la falange de piqueros de Filipo era más letal y versátil que las tradicionales columnas hoplitas. “Es imposible resistir el ataque de la falange” , concluyó Polibio casi dos siglos más tarde, “ cada legionario romano se opondrá a dos soldados de la primera fila de la falange, de modo que su lucha y su esfuerzo serán contra diez picas” (Polibio, Historias, XVIII.30.9-11).* No hay duda de que Polibio tenía razón: la posibilidad de que un hombre pudiera aguantar su posición cuando tres, cuatro, cinco o más puntas de lanza se clavaban en sus extremidades, cabeza, cuello o torso era ciertamente improbable. Puesto que las primeras cinco hileras de la falange macedonia presentaban un muro erizado de puntas -del que las primeras picas sobresalían casi cuatro metros-, cualquier enemigo estaba obligado a abrirse paso a través de “una tormenta de lanzas” , que se prolongaban en todos los ángulos, antes de llegar siquiera a alcanzar la hilera inicial de la falange.

 

Habiéndose librado del incómodo peso de la vieja panoplia hoplita y de la necesidad de proteger con su enorme escudo a los camaradas que combatían a su derecha, los falangistas macedonios concentraban toda su atención en el manejo de sus horribles picas. La ofensiva, las picas niveladas y el avance cons­ tante lo eran todo; la defensa, los grandes escudos y la preocupación por cubrir a los compañeros más próximos tenían menos importancia. Cuando una falange ganaba impulso y sus picas comenzaban a avanzar, nada podía resistir la terrible

 

 

* Madrid, Gredos, 1983, traducción de Manuel Balasch Recort.

 

 

fuerza del hierro griego. Imaginemos a los infortunados persas traspasados por repetidas lanzadas: el problema principal para los verdugos macedonios con­ sistía en mantener la punta de sus picas libre de los escudos destrozados de sus enem igos y del peso de sus cadáveres mutilados. Gracias a las fuentes literarias suponemos que en aquel horrible mundo de falanges y matanzas, los comandantes de infantería no reclutaban a jóvenes esbeltos y de elegante musculatura, sino a recios y curtidos veteranos con el nervio y la experiencia necesarios para no vacilar ante la tarea que tenían entre manos y mantener la formación durante la carga y el choque contra el ejército enemigo.

 

Utilizada con mayor precisión y energía, la nueva falange macedonia asestaba un golpe definitivo una vez que el objetivo había sido divisado y se hacía vulnerable gracias al trabajo de la caballería y de las unidades auxiliares. Como un martillo, las cargas de la caballería macedonia se concentraban sobre un punto prefijado de la línea enemiga, irrumpían por la brecha y, tras maniobrar, aplastaban la espalda del enemigo contra el pesado yunque erizado de puntas de lanza de la falange. Esta coordinación entre infantería y caballería dio paso a una etapa enteramente nueva en la historia de la doctrina bélica occidental y fue ideada para hacer irrelevante la superioridad num érica del enemigo. Las batallas de Filipo no fueron enormes choques frontales entre falanges, sino ofensivas dignas de un Napoleón concentradas sobre un punto en particular que a la hora de ser explotadas podían destruir al enemigo y acabar con su moral. A diferencia de las batallas igualadas que se produjeron en el interior de Grecia, el ejército macedonio de Asia estaba obligado a asumir que lucharía en una inferioridad de uno a tres.

 

En las décadas posteriores a la muerte de Alejandro, los diádocos recibieron muy a menudo críticas por abandonar el dominio del rey en la coordinación de la infantería y de la caballería en favor, simplemente, de la cantidad. Las picas se prolongaron hasta rondar los siete metros y aumentó el uso de los elefantes y la artillería de torsión en detrimento de la caballería experimenta­ da y especializada. En defensa de capitanes como Antígono, Seleuco, Eumenes y Tolomeo, hay que decir que no se enfrentaban a los persas, sino a otros ejércitos griegos y macedonios contra los cuales las cargas de caballería habrían resultado ineficaces. Para dividir a una falange de piqueros en una batalla decisiva hacían falta elefantes u otra falange. En consecuencia, no es verdad que los diádocos olvidaran la movilidad y sapiencia de Alejandro en las batallas dominadas por la caballería, es mucho más probable que, en las nuevas guerras que enfrentaban a ejércitos de piqueros griegos y macedonios liderados por veteranos europeos que habrían sido capaces de atemorizar a los jinetes de Alejandro, las considerasen irrelevantes.

 

Filipo aportó a la guerra occidental un concepto mejorado de guerra decisiva. Desde luego, la lucha cuerpo a cuerpo de los macedonios era una reminiscencia

 

 

 

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de los asaltos frontales de las falanges griegas del pasado. Las refriegas masi­ vas de la infantería, con la punta de la lanza apuntando al rostro del enemigo, constituían todavía parte del credo helénico preferido de cualquier falangista macedonio. Pero los macedonios ya no mataban en las fronteras territoriales, la batalla era, ante todo, el instrumento de una ambiciosa política de Estado. La destructiva máquina de conquista y anexión de Filipo era una fuente radical de inquietud social y agitación cultural y no aquella institución conservadora griega diseñada para preservar a la comunidad agraria existente. L a batalla decisiva y cuerpo a cuerpo, que antaño formó parte del protocolo cultural griego -notificación de intenciones, persecución limitada, intercambio de prisioneros, acuerdo para aceptar el resultado de la batalla-, se convirtió en el argumento central de una nueva guerra de aniquilación completa y brutal de la que el mun­ do todavía no había sido testigo. Los pequeños ejércitos griegos de los siglos vn y VI a.C . se daban cita en llanuras pequeñas y allí chocaban, arremetían, lanceaban y obligaban a sus adversarios a huir del campo de batalla. Con fre­ cuencia, una hora de batalla o poco más bastaba para decidir toda una guerra. Los m acedonios no veían motivos para dejar de luchar cuando el enemigo era derrotado en el campo de batalla si es que podían destruirlo por completo y saquear y destruir su casa y sus tierras o apropiarse de ellas.

 

Los hombres de Filipo, además, eran de un talante muy distinto al de los hoplitas griegos de la ciudad-Estado. En su comedia perdida Filipo, el dramaturgo Mnesimaco (h. 350 a.C.) hace decir a sus falangistas macedonios:

 

¿Sabéis contra qué clase de hombres vais a luchar? Contra nosotros, que cenamos con afiladas espadas y por vino tomamos antorchas ardien­ tes. Luego, de postre, nos traen dardos rotos de Creta y quebradas astas de picas. Por almohada utilizamos nuestros petos y escudos, y junto a los píes dejamos nuestros arcos y hondas. Por corona llevamos aros de catapulta (Mnesimaco, frag. 7 [cf. Ateneo, 10.421B]).

 

En la oratoria conservadora de las polis griegas del siglo IV a.C., el propio Fi­ lipo aparece como un monstruo cojo y tuerto, como un hombre terrible que lucharía en cualquier momento y de cualquier modo. Demóstenes advirtió a los atenienses:

 

 

Y       oís decir que Filipo se encamina a donde quiere, no por llevar tras de sí una falange de hoplitas, sino porque le están vinculados soldados armados a la ligera, jinetes, arqueros, mercenarios, en fin, tropas de esa especie. Y una vez que, con esta base de apoyo, cae sobre una ciudad afectada de discordia interna y que nadie sale en defensa de su país por desconfianza, instala sus máquinas de guerra y la asedia. Y silencio el

 

 

 

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hecho de que no establece ninguna diferencia entre verano e invierno ni tiene una estación reservada que deje pasar como intervalo (Demós-tenes, Las Filípicas, “Tercera Filípica” , 49-51)-*

 

Tras el asesinato de Filipo (336 a.C.) y el sometimiento, poco después de la destrucción de Tebas, de los Estados griegos por Alejandro, éste, que a la sazón contaba veintiún años, inauguró la planeada invasión persa de su padre con una victoria en el río Gránico, cerca del Helesponto (334 a.C.). En su primer y feroz ataque en el Gránico, Alejandro estableció una pauta en la que podemos dis­ tinguir una secuencia de sucesos que coincide con lo acaecido en Isos (333 a.C.), Gaugamela (331 a.C.) e Hidaspes (326 a.C.), sus tres grandes triunfos posteriores: brillante adaptación a un terreno con frecuencia desfavorable (libró todas sus batallas en lugares escogidos por sus adversarios); jefatura que se distinguía por dar ejemplo de valentía al frente de la Caballería de Compañeros (lo que con frecuencia estuvo a punto de costarle la vida); asombrosos ataques de caballería concentrados sobre un solo punto de la línea enemiga; jinetes que desde la retaguardia del enemigo, que contemplaba la acción con perplejidad, empujaban a éste contra las picas de la falange, y persecución de las fuerzas enemigas en el campo de batalla, lo que reflejaba la determinación del rey no sólo por derrotar, sino también por eliminar a los ejércitos hostiles. En todo momento, lo primordial era encontrar al enemigo, cargar contra él y aniquilarlo en una batalla campal. La victoria, de ese modo, no se decantaba del lado del ejército más numeroso, sino de aquel que podía mantener la formación y quebrar al enemigo como un todo cohesionado.

 

Alejandro nunca lideró un ejército superior a los 50.000 efectivos, un hecho que se debió más a la necesidad que al deseo: para mantener la paz, se vio obligado a dejar en Grecia al menos a 40.000 macedonios. En sus primeras batallas (como en Gránico e Isos) había más griegos luchando en su contra que a su lado. Puesto que también necesitaba guarniciones y fuerzas del orden para asegurar sus conquistas, lo extraño, dado que M acedonia contaba con reservas de recursos humanos muy limitadas, es que llegara a contar siquiera con un ejército. Estas consideraciones prácticas en el terreno de los recursos humanos son fundamentales a la hora de valorar sus esfuerzos “humanitarios” posteriores, es decir, el hecho de contar entre sus tropas con súbditos persas y de otros pueblos asiáticos. También hay que recordar que, durante los pri­ meros cuatro años de invasión (334 -331 a.C.), miles de griegos se dirigieron a Persia para luchar contra Alejandro, el libertador, y que casi ningún persa luchó a su lado.

 

 

 

 

 

* Madrid, Cátedra, 1998, traducción de Antonio López Eire.

 

 

 

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Para Alejandro, como para Napoleón, el tamaño del ejército adversario importaba poco, y es que su táctica consistía en concentrarse en un pequeño segmento de la línea enemiga mientras los viejos mariscales de su padre man­ tenían ocupado al enemigo en otras partes. Las reservas contribuían a asegurar que el enemigo no sorprendiera por la retaguardia. En combate, Alejandro se dedicaba a esperar, buscar una brecha y enviar a su cuña de jinetes y piqueros para aplastar al enemigo. L a carga de estas tropas provocaba escalofríos de pánico en los miles de súbditos imperiales, mucho menos disciplinados. ¿Quién de entre los soldados enemigos, cuando entre sí diferían en el habla y las costumbres, sería el prim ero en mantener la posición y morir frente a los enloquecidos macedonios sólo para que otros miembros del ejército del Gran R ey pudieran sumarse a su sacrificio y rodear a Alejandro?

 

 

 

 

ORGÍA DE SANGRE

 

¿Era griego Alejandro? Lingüísticamente, no, al menos en sentido estricto. En realidad, muy pocos habitantes de la Grecia central y meridional entendían el macedonio, un distante dialecto helénico menos parecido al griego dórico o jónico que la jerga de Arkansas al inglés de Oxford. Para los griegos, el problema con M acedonia no era su áspero y mayormente incomprensible lenguaje, y mucho menos las cuestiones de raza, el problema era su cultura. Más en concreto, al norte de la frontera griega con Tesalia, no existían verdaderas ciudades-Estado, sino pueblos y aldeas donde vivían los pobres y grandes propiedades donde habitaban los ricos, dedicados generalmente a la cría de caballos. Todos ellos estaban dominados por un conglomerado de reyezuelos belicosos e insignifi­ cantes cuyos palacios y tumbas constituyen hoy día la m ayor parte de los ha­ llazgos arqueológicos de la antigua Macedonia. Filipo unificó aquellos feudos en un verdadero reino y llevó a M acedonia a los artistas, filósofos y hombres de ciencia helenos, subvencionando su talento con un botín y un oro robados.

 

Miles de artesanos y científicos griegos contratados acompañaron a Alejan­ dro y a sus macedonios al este a fin de asegurar su superioridad tecnológica y organizativa sobre los ejércitos aqueménidas: Diadés, el técnico en asedios tesalio que “ conquistó Tiro” con su amigo Carias y otros técnicos como Filipo y Posi-donio; Gorgias, el ingeniero hidráulico, y Deinocrates, el urbanista que trazó los planos de Alejandría; Beatón, Diongnetos y Filónides, que sistemática­ mente organizaban los campamentos y supervisaban las rutas; los expertos navales Nearco y Onesícrito; Eumenes, jefe de los secretarios; el filósofo e historiador Calístenes y sus ayudantes; el ingeniero y arquitecto Aristóbulo. Los m acedonios también contrataron a miles de griegos del sur como soldados mercenarios y como científicos. Todos ellos buscaban un salario estable y el

 

 

 

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mecenazgo de la casa real. Si la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), librada por principios y por el liderazgo de Grecia, estuvo a punto de hundir las viejas ciudades-Estado griegas, las incursiones abiertamente predatorias de Alejandro en Oriente tuvieron el efecto opuesto y consiguieron producir, en vez de consumir, capital para el mundo occidental.

 

En qué lugar trazaban Filipo y Alejandro la línea de demarcación entre la tradición que importaban de Grecia y la que no era, como mucho más tarde les sucedería a los japoneses, cuestión de política, o, más propiamente, tapolitika, es decir, “ asuntos de la polis ”, De Grecia -Filipo fue un joven huésped de Tebas (369-368 a.C.) durante la época de apogeo del brillante general tebano Epaminondas-, el padre de Alejandro adoptó la falange, y con ella la tradición de las grandes unidades de infantería, el asalto frontal decisivo, la disciplina en la formación y el inicio de las maniobras tácticas. De Grecia, Filipo abrazó la tradición racionalista y la investigación científica desinteresada e indepen­ diente de la religión y el poder, sólo así pudo construir máquinas de asedio y catapultas de torsión. De Grecia, adoptó la tradición de la iniciativa individual unida a una férrea disciplina militar que ponía más énfasis en la solidaridad del grupo que en el número de enemigos muertos. De ese modo fue capaz de reclutar y formar a muchos falangistas llenos de espíritu y capaces de cargar a una orden suya contra un muro erizado de puntas de lanza.

 

Antes de la batalla de Gaugamela, Alejandro recordó a sus mercenarios que, pese a todo, eran hombres “libres” . Los persas, por el contrario, añadió, no eran más que esclavos. Es cierto que ni uno solo de sus hombres había votado a Alejandro como rey, pero no es menos cierto que en sus palabras había algo de verdad. El legado de la libertad helénica no podía definirse solamente en términos políticos, se correspondía más bien, como señaló Aristóteles, con un “vivir como se quiera” . Las falanges de Alejandro, como los mercenarios que formaron parte de la expedición de los Diez Mil, gozaron de una gran libertad de asociación, que se tradujo en la celebración de asambleas enérgicas y bulli­ ciosas y la votación de propuestas, tan sólo algunas y únicamente cuando a Alejandro le convenía. Por lo demás, en los festejos y manifestaciones deportivas disfrutaban de una familiaridad con sus superiores desconocida en la corte persa. Al final, incluso los mercenarios no ciudadanos se disgustaron con el creciente orientalismo de Alejandro y su deplorable imposición de la jbroskynesis, es decir, la costumbre de que un hombre libre se inclinase ante él, tocando el suelo con la frente, como si el rey macedonio fuese un dios viviente.

 

Filipo, empero, no tenía ningún interés en el militarismo cívico, el control civil sobre su ejército o la libertad política de sus soldados desde un punto de vista abstracto. Es decir, no le interesaba el bagaje político y social de las frágiles y balbucientes ciudades-Estado. Alejandro heredó la misma desconfianza de su padre, a la que éste añadió un brillante concepto propagandístico: la Gran

 

 

 

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Idea de una cruzada panhelénica contra Persia, un Götterdämmerung final que haría pagar a los Aqueménidas el incendio de la Acrópolis ateniense, vengar la esclavización de Jon ia y un siglo de intromisión en los asuntos de Grecia, y, al mismo tiempo, la propuesta de saquear las arcas persas de sus tesoros para enriquecer los Balcanes más allá de lo que podía alcanzar la imaginación y dar forma a la unificación de todos los pueblos de habla griega, creando, por fin, un auténtico sentimiento nacional, una nación en armas. Filipo sabía que sólo de este modo podía dejar una Grecia segura a retaguardia mientras se dirigía a la conquista del Oriente. Ciertamente, siempre habría patriotas y agitadores, como Demóstenes e Hipérides, capaces de intrigar e inquietar a la población, siempre existirían hoplitas griegos que lo combatirían en Asia, gracias a la magnífica paga que ofrecía el Gran Rey. Bajo una falsa Liga de Corinto, Filipo afirmaría que mataba por Grecia, no por propio interés. En la primera cruzada europea Filipo ofreció a Grecia, sumida en luchas fratricidas, los vínculos de unión necesarios para saquear un Oriente despótico pero unido.

 

En definitiva, la relación de Alejandro con el helenismo, con la propia cultura occidental, es paradójica. Ningún hom bre hizo más que él por difundir el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia, la arquitectura y la doctrina militar de la cultura helénica más allá de las fronteras de la Grecia continental, pero tampoco nadie hizo más que él y que Filipo, su padre, por destruir trescientos años de libertad e independencia que los propios griegos disfrutaban en el interior de Grecia. Alejandro reunió más soldados de habla griega para matar a soldados no griegos que ningún otro heleno de la historia, pero causó la muerte de más griegos en Q ueronea, Tebas, el Gránico e Isos que ningún otro general griego de la historia. Su primera intención era robar y saquear a una cleptocracia aqueménida ya caduca. A l mismo tiempo, liberó el tributo acumulado durante siglos y con la acuñación de nueva moneda alimentó un renacimiento cultural inimaginable bajo dominio persa, puesto que miles de especuladores, ingenieros y artesanos itinerantes griegos lo acompañaron a Persia. Alejandro se dirigió al Oriente, dijo, para difundir el helenismo, pero lo cierto es que ningún filósofo, santón o rey hizo más por orientalizar a los griegos que él. Alejandro debilitó las ciudades-Estado griegas seculares a fin de abrazar la teocracia asiática, dejando como legado la práctica helénica, de tres siglos de la Antigüedad, de un rey dios plutocrático acomodado y aislado de sus súbditos en una capital imperial.

 

 

L a expropiación de la tradición militar helénica por Alejandro, sin el freno de un gobierno local provinciano y las restricciones logísticas de las unidades de hoplitas no profesionalizados, significó que, por vez prim era en su historia, los griegos pudieran encontrar los límites naturales de su poder militar en el lejano río Indo. Por el mismo motivo, el hecho de que Alejandro rechazase el gobierno constitucional, el militarismo cívico y la autonomía municipal

 

 

 

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tuvo la segura consecuencia de que sus conquistas nunca dieron lugar a una civilización helénica estable en Asia, o, ni siquiera, a la libertad en la propia Grecia, sino a los reinos de los diádocos (323-31 a.C .), que heredaron una mentalidad similar a la suya. Durante tres siglos, diversos teócratas macedonios, epirotas, Seléucidas, Tolomeos y Atálidas gobernarían, lucharían, saquearían y vivirían con gran esplendor y con el barniz helénico que les conferían las elites y los profesionales griegos que pululaban por las cortes asiáticas y africanas, al menos hasta que todas ellas fueron sometidas por las legiones de la República romana. Ésta, a diferencia de los griegos del período helénico, com binaría verdaderamente las ideas de la política griega, el militarismo cívico y la batalla decisiva para forjar un ejército enorme y letal compuesto por ciudadanos con derecho a voto cuyo gobierno creaba el ejército y no al revés.

 

¿Qué consecuencias políticas y culturales tuvo el concepto de batalla decisiva en manos de Alejandro Magno? Los historiadores de la época romana, cuyas fuentes pueden trazarse a través de una intrincada senda hasta los coetáneos del propio Alejandro, nos presentan a un Alejandro “bueno” y a un Alejandro “malo” : como un Aquiles homérico redivivo cuyas juvenil exuberancia y piedad dieron como resultado el m ayor florecimiento del helenismo o como un me­ galómano matón, borracho y autocomplaciente, que masacró a todo aquel que se interpuso en su camino para, finalmente, revolverse contra sus propios compatriotas y los amigos de su padre, es decir, contra los hombres cuya lealtad y genio sirvieron para encumbrarlo. El debate prosigue hoy día. La mayoría de los griegos coetáneos del macedonio lo despreciaban por haberles robado la libertad y haber matado a gran número de ellos en Tebas o el Gránico. Si prescindimos de la épica posterior sobre Alejandro -sus supuestos esfuerzos por conseguir “el hermanamiento de la humanidad” o por llevar la “ civilización” a los bárbaros-, podemos admitir que su verdadero genio fue sobre todo militar y político, no humanista ni filosófico. Su mayor logro fue la brillante innovación de la doctrina militar griega, aderezada con el sentido común necesario para aprovechar su poder con el objetivo de liquidar y sobornar a aquellos rivales que deseaban pagarle con la misma moneda.

 

Alejandro empleó brillantemente el concepto de batalla decisiva de un modo terrible que sus inventores helenos jam ás imaginaron; después, en un golpe de verdadero genio, proclamó que había matado en aras de una idea de amor fraterno. Cortés, prodigio militar de similar altura, también aplastaría las líneas mexicas, masacrando a sus enemigos en una batalla decisiva que quedaba muy lejos de la experiencia cultural azteca, mientras sostenía que lo hacía por la

 

Corona española, la gloria de Cristo y el progreso de la civilización occiden­

 

tal. Para Alejandro, la estrategia militar no consistía en derrotar al enemigo, intercambiar los muertos, construir un monumento conmemorativo y terminar con las disputas existentes, sino, como su padre le había enseñado, en aniquilar

 

 

 

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a todos los adversarios y destruir la cultura que se había atrevido a oponerse a su gobierno imperial. Su revolucionaria práctica de persecución y destrucción total del enemigo derrotado garantizaba una cantidad de bajas tras cada batalla inimaginable tan sólo algunas décadas antes.

 

En el Gránico (mayo de 334 a.C.), Alejandro destruyó por completo el ejér­ cito persa y, después de cercarlos, mató a casi todos los mercenarios griegos; sólo se libraron de la muerte 2.000 que envió a Macedonia como esclavos. Las fuentes no concuerdan con respecto al número de bajas, pero es posible que Alejandro exterminara a entre 15.000 y 18.000 griegos cuando la batalla ya estaba decidida. Alejandro mató a más helenos en un solo día que los medos en las batallas de M aratón, las Termopilas, Salam ina y Platea juntas. En el Gránico cayeron también cerca de 20.000 persas, más que en ninguna otra batalla terrestre de los hoplitas en los dos siglos anteriores. El Gránico demostró dos cosas: que Alejandro mataría como ningún otro de los occidentales que lo habían precedido, a fin de conseguir sus fines políticos, y que se vería obligado a eliminar a miles de griegos, que por codicia o principios deseaban luchar contra él y al servicio del rey persa.

 

A l año siguiente, en Isos (333 a.C.), batalla que también libró frente al gran ejército de Darío III, las bajas alcanzaron magnitudes desconocidas en cual­ quier enfrentamiento previo en el que se hubiera visto involucrado un ejército griego o macedonio. Cayeron otros 20.000 mercenarios griegos y entre 50.000 y 100.000 reclutas persas, un reto formidable desde un punto de vista espacial y temporal: matar a más de trescientos hombres por minuto durante ocho horas. El exterminio alcanzaba nuevas cotas, evidenciando en qué podía convertirse la guerra cuando se recurría a la batalla de choque para aniquilar al enemigo en lugar de para solventar disputas fronterizas. La falange macedonia se em ­ pleaba menos para expulsar a las tropas enemigas del campo de batalla que para aniquilarlas por la retaguardia durante horas después de que la batalla ya estuviera decidida.

 

Después de Gaugamela, en la batalla del río Hidaspes (326 a.C.), su cuarta y definitiva victoria sobre el príncipe indio Poro, Alejandro mató a alrededor de 20.000 soldados enemigos. Cifras ciertamente conservadoras sugieren que en el curso de tan sólo ocho años Alejandro Magno acabó con la vida de más de 200.000 hombres únicamente en batallas decisivas. A cambio, no perdió más que a algunos centenares de macedonios. Sólo los mercenarios hoplitas griegos con quienes se topó en el Gránico y en Isos le causaron verdaderos problemas; sin embargo, cuando se vieron superados en número y rodeados, estuvieron a punto de ser aniquilados; sumando ambas batallas, cayeron cerca de 40.000, los suficientes para garantizar que en Gaugam ela apenas quedase algún griego en él ejército de Darío. Sólo César en las Galias y Cortés en México rivalizarían con Alejandro en el número de bajas enemigas en el campo de

 

 

 

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batalla y en la subsiguiente muerte de civiles durante los años de pacificación. Evidentemente, el concepto occidental de la guerra, es decir, choque frontal a cargo de falanges compuestas por soldados de infantería profesionales y muy entrenados, dio como resultado que las bajas casi se inclinaran de un solo bando, una situación que en Asia desconocían hasta aquel momento.

 

Entre aquellas batallas formales, Alejandro también atacó buen número de ciudades persas y griegas, con lo que se ponía de manifiesto la verdad de que la doctrina militar occidental no se limitaba ya a la técnica de desplegar a la infantería en la batalla, sino a una ideología consistente en un brutal asalto frontal contra cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. Alejandro capturó y esclavizó sistemáticamente a casi todas las ciudades que encontró a su paso, empezando por Asia Menor para seguir por la costa siria y las satra­ pías orientales de Persia, y terminar con la matanza de las comunidades indias del Punjab. Las fuentes clásicas nos dicen poco acerca del número preciso de hombres caídos en la captura de Mileto (334), Halicarnaso (334), Sagalasus (333)> Pisidia (333), Celene (333), Soli (333), la masacre de los branquidas (329)1 las diversas fortalezas del Sir Daria (329), la plaza fuerte de Ariamazes

 

(328) , las ciudades indias de M assaga (327), Aorno (327) y Sangala (326). La mayoría de estas plazas eran mayores que Tebas, el primer asedio de Alejandro, donde 6.000 griegos fueron masacrados en las calles. Arriano sugiere que en la conquista de las ciudades punjabíes situadas en torno a Sindimana murie­ ron 80.000 personas y que en Sangala cayeron 17.000 y otras 70.000 fueron capturadas. Un cálculo conservador puede establecer la cifra de residentes urbanos muertos entre los años 334 y 324 a.C . en un cuarto de m illón de personas, la mayoría de ellos defensores civiles que habitaban en localidades situadas en el camino de Alejandro hacia el este.

 

Las matanzas mejor documentadas son las de las ciudades fenicias de Tiro y Gaza. Tras varios meses de heroica defensa, Tiro cayó el 29 de julio del año 332 a.C . No hay datos exactos que nos digan cuántos cayeron en la defensa de la ciudad, pero en el caos del último día de su existencia fueron aniquilados entre 7.000 y 8.000 de sus habitantes. Dos mil supervivientes varones fueron crucificados; había que dar una lección sobre la futilidad de ofrecer cualquier tipo de resistencia. Entre 20.000 y 30.000 mujeres y niños fueron esclavizados. Tiro, como le había sucedido antes a Tebas, dejó de existir como comunidad. A continuación le llegó la hora a Gaza, también situada en la costa siria, pero algo más al sur. Tras un asedio de dos meses, Alejandro dejó que sus tropas asesinasen a los habitantes de la ciudad a voluntad. Todos los varones sirios fueron exterminados. Fallecieron cerca de 10.000 árabes y persas. Los millares de mujeres y niños capturados fueron vendidos como esclavos. Alejandro ató a Batis, el gobernador de Gaza, perforó sus tobillos, le puso unas correas y lo arrastró por toda la ciudad, como hacía Aquiles, hasta que expiró.

 

 

 

 

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Durante la mayor parte de la década que pasó en Asia, Alejandro fue incapaz de atraer a sus enemigos a una batalla campal, de modo que llevó la batalla hacia ellos, marchando hacia el este en medio de la oscuridad, incendiando aldeas sistemáticamente, asesinando a los dirigentes locales y arrasando plazas fuertes en sucias guerras de represalia en las que las tradiciones bélicas de los nómadas orientales -escaramuzas, emboscadas y ataques fulminantes y rápi­ dos- causaron estragos en su ejército. L a lista de pueblos diezmados en los territorios que actualmente conocemos como Irán, Afganistán y el Punjab es casi interminable. U na pequeña muestra puede darnos alguna idea del gran número de tribus que fueron pacificadas o exterminadas por Alejandro y su propensión occidental a atacar de modo implacable los principales asentamien­ tos enemigos. Las aldeas de los ucsos, situadas en los montes Zagros, al sur de Susa, fueron saqueadas de forma sistemática. La mayoría de sus habitan­ tes fueron asesinados o se vieron obligados a huir. En las Puertas de Susa, en Irán occidental, Alejandro, durante su marcha hacia Persépolis, barrió a las fuerzas del sátrapa Ariobarzanes. Sólo un puñado de supervivientes escapó montaña abajo. Alejandro tardó tan sólo cinco días en atrapar y conquistar a los mardos, un pueblo del Irán oriental, a los que incorporó a su imperio y obligó a proporcionarle hombres, caballos y alojamiento (331 a.C.).

 

En Bactriana, Alejandro combatió las revueltas y secesiones locales duramente. Al parecer, los llamados branquidas, una comunidad de griegos expatriados, fueron exterminados hasta el último hombre. Los sacanes de Sogdiana, duros veteranos de Gaugamela, fueron aniquilados, y su territorio, arrasado. Conven­ cido de que los pueblos del valle meridional de Zerushan habían colaborado con los rebeldes de Sogdiana, Alejandro atacó sus plazas fuertes. Ejecutaba a todos los defensores que sobrevivían al ataque: sólo en la captura de Cirópolis fueron asesinadas 8.000 personas. Las revueltas de Bactriana y Sogdiana (329-328 a.C.) se saldaron con dos años de ininterrumpidos saqueos, luchas y ejecuciones. Alejandro siguió la misma pauta de guerra total en India (327-326 a.C.). Masacró a todos los defensores de la ribera del río Choes en Bajaur. Después de prometer a los cercados habitantes de Asacenia que les perdonaría la vida si se rendían, ejecutó a todos los soldados profesionales que encontró entre ellos. También atacó las plazas fuertes de Ora y Aorno, y es probable que aniquilara a sus guarniciones. La m ayoría de las aldeas de los malios, un pueblo del Punjab, fueron arrasadas. Los refugiados civiles eran asesinados cuando huían hacia el desierto. La mayoría de las fuentes coinciden en que murieron decenas de miles de personas.

 

Oriente nunca había padecido nada semejante al ejército de Alejandro, que ofrecía a sus enemigos la posibilidad de optar entre la sumisión o la muerte y tenía la voluntad y el poder de conseguir ambas cosas. Ninguna de aquellas tribus tenía la más mínima oportunidad de vencer a los macedonios en una batalla

 

 

 

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campal. Su única oportunidad se cifraba en librar guerras esporádicas en te­ rreno montañoso, con la esperanza no de derrotar a Alejandro, sino de detener

 

y frustrar sus progresos. En su travesía del desierto de Gedrosia en el año 325 a.C., cuando sus propios soldados dejaron de morir a puñados, Alejandro atacó Oreítis. Leonato, su lugarteniente, mató a 6.000 hombres en una sola batalla. A causa del hambre y de las conquistas militares, Oreítis se convirtió en un territorio despoblado. Es imposible hacer una estimación siquiera relativa de los costes humanos del sometimiento de Bactríana, Irán e India, pero sí sabemos que, antes de la llegada de Alejandro, en muchas ciudades y plazas vivían millares de personas. Tras el paso del macedonio, sus poblaciones quedaron destruidas, y los defensores masculinos, aniquilados, esclavizados o reclutados.

 

¿Qué propósito tenían tantas muertes? Desconocemos los deseos de Alejan­ dro, aunque la pacificación del nuevo imperio a partir de las ruinas del régimen aqueménida es la explicación más probable a su continuada expedición de rapiña por las tierras de Asia. Unas veces, los macedonios mataban durante el viaje, otras, en el cuartel general. La máquina bélica de Alejandro era tan letal que se convirtió en un peligro incluso para sí misma. Cuando consiguió someter Persépolis, la capital persa, Alejandro permitió que sus macedonios se tomaran un día de asueto para dedicarse al saqueo y los asesinatos gratuitos. En su fre­ nesí, los macedonios incluso saqueaban las casas de la gente humilde. Se lle­ varon a las mujeres y vendieron como esclavo a todo el que sobrevivió a aquel día de azarosa matanza. Plutarco señala que los macedonios también acabaron con la vida de muchos prisioneros. Curcio Rufo añade que muchos residentes preferían saltar de los muros con sus esposas e hijos o quem ar sus propias casas y fam ilias a ser destripados en las calles. El suicidio en masa es raro entre las poblaciones europeas, pero es más común entre las víctimas de los ejércitos occidentales. Los pueblos no europeos, cuando se enfrentan a la desesperanza que supone resistir a los ejércitos occidentales, sean éstos los Diez Mil de Jenofonte, las legiones romanas en Tierra Santa o los norteamericanos en Okinawa, con frecuencia prefieren una muerte voluntaria y en grupo.

 

Tras un respiro de algunos meses, los macedonios se llevaron todo el tesoro im perial -las excavaciones modernas han encontrado m uy pocos metales preciosos en Persépolis- y quemaron el palacio real en una orgía de alcohol y desenfreno. Es probable que los fuegos se propagaran más allá del palacio y que durante un tiempo dejaran la capital inhabitable. Las fuentes documentales registran el inmenso botín reunido, 120.000 talentos según la mayoría de ellas, un tesoro material que requirió para su transporte de 10.000 pares de muías y 5.000 camellos, pero no hablan del coste en vidas humanas. Si Persépolis era la capital de un imperio de millones de personas y tenía cientos de miles de habitantes, muchos millares murieron durante la matanza inicial, la esclavización subsiguiente y las deportaciones y dispersión definitivas.

 

 

 

 

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Un imperio de setenta millones de habitantes no contaba con las fuerzas del orden necesarias para evitar que 30.000 veteranos occidentales hicieran lo que se les antojase. A consecuencia de ello, cientos de miles de personas m urieron, simplemente, porque Alejandro se topó con ellas en su camino. Muchos m acedonios y nativos murieron en la desgraciada travesía del de­ sierto de Gedrosia a finales del verano de 325 a.C ., un viaje que transcurrió a lo largo de la costa septentrional del océano Indico, desde el delta del Indo hasta el golfo Pérsico. Las fuentes clásicas ofrecen escabrosos relatos de los padecimientos y muerte de muchos de los que realizaron aquella marcha de sesenta días a través de 750 kilómetros. Alejandro inició el viaje con un ejér­ cito de al menos 30.000 combatientes, a los que seguían un numeroso contingente de mujeres y niños. Arriano, Diodoro Sículo, Plutarco y Estrabón hablan de innum erables bajas a consecuencia de la sed, el cansancio y las enfermedades, y m encionan un rastro de decenas de miles de muertos. En tres meses, Alejandro fue responsable de más muertes entre sus propias tropas, que los persas tras una década de enfrentamientos. La verdadera amenaza para los falangistas macedonios no era un renegado indio o persa, sino su propio y criminal comandante.

 

 

A       diferencia de lo que ocurría en las ciudades-Estado griegas, en el ejército macedonio no existía la costumbre del mando compartido por un consejo de generales, y tampoco había controles civiles, ni ostracismo por votación o juicios que supervisaran la actuación del ejército y de su rey. Alejandro, como mo­ narca absoluto, reaccionaba a las sospechas de deslealtad con sentencias de muerte. Toda una generación de nobles macedonios fue ejecutada por el rey al que servían. Los asesinatos del m onarca aumentaron con la paranoia y demencia de los últimos años, y con la constatación de que, tras el derrumbe del ejército real aqueménida y el exterminio o esclavización de los peligrosos mercenarios griegos, ya no necesitaba sus servicios.

 

El juicio farsa y la subsiguiente tortura y lapidación de Filotas (330 a.C.), uno de sus generales, son bien conocidos. Lejos de ser un conspirador, Filotas, que había compartido con el rey el mando de la caballería macedonia y había combatido heroicamente en todas las grandes campañas de Alejandro -fue él quien lideró la carga de la Caballería de Compañeros a través de la línea persa en Gaugam ela-, era culpable de poco más que de arrogancia y de propagar ciertos rumores sobre una posible disensión contra el rey. Tras la insidiosa muer­ te de Filotas, su padre, Parmenión, también fue asesinado (aunque contra él no se levantó cargo alguno). A medida que el ejército se desplazaba más allá de Babilonia, otros nobles m acedonios desaparecieron o fueron asesinados sumariamente. El llamado Negro Cleito, que había salvado a Alejandro en el Gránico, fue lanceado por el propio rey, borracho como una cuba, y murió durante un banquete. Algún tiempo después, varios jóvenes pajes macedonios

 

 

 

 

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fueron lapidados acusados de sedición (327 a.C.). Alejandro, además, ejecutó al filósofo Calístenes, sobrino de Aristóteles, que había puesto objeciones a la imposición de la proskynesis como saludo al rey.

 

Tras salir del desierto de Gedrosia, Alejandro inició siete días de ininterrumpida borrachera que culminaron en una serie de nuevos decretos de ejecución. Los generales Oleandro y Sitalces, y más tarde Agatón y Heracón y seiscientos de sus soldados fueron asesinados sin juicio legal ni previo aviso. Al parecer, eran culpables de mal comportamiento o insubordinación. Pero probablemente fueron ejecutados a causa de su colaboración en el asesinato, por orden del propio Alejandro, del popular Parmenión, un error que había causado gran malestar entre los veteranos y requería algún tipo de ceremonial público de expiación.

 

Alejandro diezmó literalmente un cuerpo de ejército de 6.000 hombres, la primera evidencia clara en los ejércitos occidentales de esa práctica de hacer formar una unidad y matar a uno de cada diez soldados. El rey macedonio había introducido en Occidente, tomándolas del Oriente y del sur, dos ideas gemelas: la costumbre de castigar a una unidad diezmándola y la crucifixión. A su vez, su propia contribución original a la doctrina bélica occidental fue la matanza que ocasionan las batallas decisivas cuando están por completo divorciadas de cualquier control cívico o restricción moral. Alejandro es el autor de la idea de la batalla de choque como equivalente a la aniquilación del enemigo. El mundo griego nunca había visto nada semejante.

 

Alejandro Magno no era un emisario bienintencionado del helenismo. Era un adolescente enérgico y hábil y un auténtico genio militar curioso por natu­ raleza y capaz de apreciar el valor propagandístico de rodearse de hombres de letras. Alejandro heredó de su padre un ejército temible y mortífero y tuvo la inteligencia necesaria para asegurarse la lealtad de una camarilla de sagaces y experim entados comandantes, al menos hasta que el ejército persa cayó derrotado. Alejandro supo modificar la tradición helénica de la batalla defensiva para nuevos y criminales fines y con ello dejó atónitos a sus adversarios orien­ tales, para quienes las emboscadas, las tretas, la negociación, las incursiones y el saqueo eran preferibles al combate frontal contra fuerzas de choque.

 

La época helénica (323-31 a.C.) comenzó con la destrucción de la libertad y de la autonomía política griegas a manos de Alejandro. Su introducción de la cultura militar griega al otro lado del Egeo y el estímulo económico que supu­ so la inundación de Grecia con el oro y la plata de los tesoros imperiales de Persia, que hasta el momento habían permanecido almacenados y sellados, alentaron la opresión política y la disparidad económica, aunque atrajeran a escritores y artistas a las nuevas cortes de la época. A llí donde había habido polis griegas autónomas, dejó monarquías explotadoras, que no obstante se basaron en las tradiciones occidentales del racionalism o y el aprendizaje desinteresado para crear ciudades, obras artísticas de envergadura y una agri­

 

 

 

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cultura y un comercio muy sofisticados. En el mundo de Alejandro no había espacio para patriotas y políticos, pero los sabios y los artistas tenían muchas más oportunidades y dinero que en el pasado.

 

Pese a su devoción por la cultura griega, cuando murió, Alejandro era un hombre más parecido ajerjes que a Temístocles. Bajo las dinastías helénicas que le siguieron, la milicia de ciudadanos dejó paso a los mercenarios y la guerra consumió presupuestos y mano de obra en cantidades astronómicas. La libertad de mercados, la investigación en tecnología militar y la mejora de la logística se combinaron para crear unos ejércitos occidentales inimaginables algunas décadas antes. La idea oriental de un rey divinizado se convirtió en norma en los Estados de los diádocos, con sus acostumbradas megalomanía, opresión y muertes gratuitas, que todos asociamos con las teocracias. Algunos estudiosos equiparan a Alejandro con César, Aníbal o Napoleón, con quienes compartía una voluntad de hierro, un genio militar innato y la búsqueda de un imperio más poderoso de lo que los recursos naturales de su tierra nativa les permitían. Alejandro, en efecto, guarda afinidades con todos ellos, pero a nadie se parece más que a Adolf Hitler, comparación repulsiva que sin duda ha de sorprender e incomodar a la mayoría de especialistas en cultura clásica y filohelenos.

 

Hitler también ideó y llevo a cabo una brillante pero brutal marcha hacia el este en el verano y el otoño de 1941. Tanto él como Alejandro eran singulares genios militares occidentales conscientes de que sus cuerpos m óviles o sus tropas de choque no tenían parangón en el mundo. Ambos fueron aclamados como místicos y, aunque los movía el saqueo y la rapiña, adoptaron la aparien­ cia de emisarios que trasladaban al este la “cultura” occidental y se proponían “libertar” a los pueblos oprimidos de un imperio asiático centralizado y corrupto.

 

A       los dos les gustaban los animales, trataban a las mujeres con gran deferencia (aunque a ninguno de los dos les interesaban realmente), hablaban de su propio destino y divinidad, y podían mostrarse muy corteses con sus subordinados, pese a que planearon la destrucción de cientos de miles de hombres y final­ mente mataron a muchos de sus ayudantes más próxim os y de sus grandes m ariscales. Am bos eran filósofos populares semiinstruidos que salpicaban sus órdenes de destrucción en masa de alusiones literarias. Por cada promesa de “hermandad del hombre” hubo un “Reich milenario” ; por cada casa de Pín-daro salvada de las ruinas de Tebas, sueños de una nueva Roma en Berlín; por cada Parmenión destripado, un asesinado Rommel; por cada asolada Tiro, Gaza o Sogdiana, una Varsovia o K iev arrasada, y por cada desierto de Gedrosia, un Stalingrado suicida.

 

De igual modo que Alejandro comprendía que el individualismo europeo y los conocimientos y experiencia del helenismo podrían forjar un ejército de elevada moral y por tanto servir a una autocracia temporal, Hitler aprovechó el rico legado de Alem ania y de su antaño libre ciudadanía para crear una

 

 

 

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igualmente dinámica y temible guerra relámpago. La historia llama a Alejandro emisario del gobierno mundial y visionario, al tiempo que, con justicia, considera a Hitler un monstruo depravado y mortífero. Si Alejandro hubiera muerto en el Gránico, nada más entrar en Asia (un jinete enemigo estuvo a punto de partirle la cabeza en dos), y los panzers de Hitler no se hubieran quedado atrancados a unos kilómetros de Moscú en diciembre de 1941, algunos historiadores consi­ derarían al m acedonio como un megalóm ano desequilibrado cuya insana ambición terminó en un pequeño río próximo al Helesponto y al dictador alemán un salvaje pero omnipotente conquistador que mediante brillantes y decisivas batallas derrotó al brutal imperio comunista de Stalin.

 

El fracaso de estos dos autócratas - e l imperio de Alejandro se desintegró en belicosos feudos antes de caer en manos de Rom a, mientras que el Reich milenario de Hitler duró tan sólo trece años- nos recuerda que la superioridad tecnológica, el concepto de batalla decisiva, el capitalismo y la disciplina sólo confieren a los ejércitos occidentales victorias efím eras cuando les falta el correspondiente cimiento de libertad, individualism o, control ciudadano y gobierno constitucional de Occidente. Debido a la complejidad y orígenes de la doctrina militar occidental, no hay duda de que resulta más eficaz cuando se ve confinada a los parámetros que le dieron el ser. No hubo en la Antigüe­ dad hombre más valiente en lo personal, brillante en lo militar y abyectamente criminal que Alejandro, el antiheleno, el primer conquistador europeo de una larga lista.

 

 

 

 

LA BATALLA D ECISIVA

 

Y LA DOCTRINA BÉLICA OCCIDENTAL

 

En última instancia, las guerras las deciden hombres que combaten cuerpo a cuerpo, hincan su espada y golpean o disparan a poca distancia, y expulsan al enemigo del campo de batalla. Las armas arrojadizas y la artillería pueden ayudar a la infantería, pero no pueden, por sí mismas, tanto si son dardos, como hondas u obuses, derrotar al enemigo y decidir una guerra:

 

Los bombardeos son, por sí solos, insuficientes si no se llega a esta­ blecer contacto con el enemigo. Las armas de choque son la tenaza y el martillo que el asaltante tiene en sus manos. Las armas de choque son los instrumentos militares por excelencia. No sólo las emplean los com ­ batientes valerosos y dispuestos a entablar una lucha cerrada con el enemigo, golpearlo y vencer, pero son sin duda el arma decisiva. Ganan batallas (H. Turney-High, Primitive War: ItsPractice and Concepts [La guerra primitiva: su práctica y sus conceptos], p. 12).

 

 

 

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En el Gránico, Isos y Gaugamela, el ejército persa se encontraba en una posición estática, esperando la llegada de Alejandro, impaciente, por haber escogido un terreno favorable para defenderse de los invasores. Empalizadas, riberas, obstáculos, carros escitas y elefantes detendrían lo que sus hombres no eran capaces. La famosa réplica de Alejandro en la que declaró que combatiría contra Darío III de día y abiertamente y no de noche, como un furtivo, es una de las muchas anécdotas que ilustran el deseo helénico de librar una batalla directa abierta y mortal. Quinto Curcio Rufo refiere que Alejandro, además, se burlaba de la idea de llevar a cabo una guerra de desgaste y se negaba a aceptar cualquier tipo de negociación con Darío: “No es mi costumbre entablar combate con prisioneros y mujeres: el enemigo es preciso que esté armado para que yo lo odie” (Historia de Alejandro, 4.11.17).

 

Quinto Curcio recuerda que antes de Gaugamela lo único que preocupaba a Alejandro era que Darío no se aviniera a combatir. Cuando la mañana de la batalla Parmenión lo despertó de un profundo sueño, se levantó lleno de confianza y dijo: “Cuando Darío incendiaba los campos, destruía las aldeas, echaba a perder los alimentos, yo, de indignación, no era dueño de mí mismo; pero ahora ¿por qué voy a temer, cuando se dispone a presentar batalla? ¡Por Hércules, que ha venido a satisfacer mi deseo!” (4.13.23-24). Plutarco añade que aquella misma mañana Alejandro explicó: “ ¿Pues qué? ¿No te parece que ya es una victoria el vernos libres de andar de un lado a otro y de perseguir en un país vasto y asolado a Darío, que rehúye la batalla?” (Vidasparalelas, “Alejandro” , 32.3-4). Antes de la batalla, Alejandro arengó a sus tropas y les dijo: “En su bando hay más soldados, en el nuestro, más combatirán”, porque no eran tropas de choque como ellos, curtidos y heridos en el combate cuerpo a cuerpo. Los persas, dijo el macedonio, no eran más que “el ejército informe de los bárbaros: unos no tenían más que una jabalina, otros manejaban piedras con hondas, pocos eran los que llevaban el armamento en regla” (Quinto Curcio Rufo, Historia de Ale­ jandro, 4.14.5). “Armamento en regla”, según la mentalidad occidental, eran las picas y las espadas que se utilizaban en la lucha cuerpo a cuerpo. Durante la batalla, sólo los macedonios, superados en número, cargaban en masa para romper la línea enemiga. Cuando lograban quebrar la resistencia del adversario, no prestaban atención al campamento persa y se dirigían directamente hacia el carro de Darío. Cuando el rey medo se daba a la fuga, los hombres de Alejandro lo seguían y casi llegaban a reventar sus caballos en su pretensión de matar a todo aquel que quedara en el campo de batalla y atrapar al rey huido.

 

¿Cuándo se originó la peculiar noción occidental de batalla decisiva? ¿Dónde surgió la idea de que un ejército debía buscar el cuerpo a cuerpo con su enemigo en una colisión diurna de tropas en la que no cabían las artimañas o las em­ boscadas y con la clara intención de destruir el ejército contrario en el campo de batalla o morir con honor en el intento? El concepto de batalla decisiva nació

 

 

 

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en la G recia de principios del siglo v m a.C. Es imposible encontrarlo antes o en cualquier otro lugar. Las grandes batallas libradas entre ejércitos egipcios y de Oriente Próximo en el segundo milenio antes de Cristo no fueron com ­ bates frontales de soldados de a pie fuertemente armados, sino grandes bata­ llas que decidían las unidades de jinetes, aurigas y arqueros. Las circunstancias en que nació la idea de la batalla decisiva, es decir, guerras entre pequeños propietarios ciudadanos que decidían por votación qué batallas libraban y cuáles no, explican su terrible capacidad mortífera. Sólo hombres libres, con derecho a voto y capacidad para disfrutar de la libertad, estaban dispuestos a soportar aquellas horribles colisiones de tropas de infantería, puesto que sólo las batallas de choque resultaban económicas y daban pie a que los conflictos fueran breves y definidos, y ocasionalmente, mortales.

 

En los siglos v i l y VI a.C., cuando una pequeña comunidad griega era auto-suficiente y estaba gobernada por propietarios privados, la guerra hoplita, más que una defensa dominada por las fortificaciones o las guarniciones de los pasos de montaña, tenía pleno sentido, porque consistía en reclutar al mayor y mejor armado grupo de granjeros para proteger el territorio del modo más rá­ pido, barato y decisivo posible. Para los granjeros era mucho más sencillo y económico defender sus granjas en las propias granjas que pagar tributos y con­ tratar a otros hombres sin tierra para que custodiaran los pasos de montaña. Además, en la accidentada Grecia, los pasos son tantos que, aunque bien guardados, un invasor bien pertrechado podría cruzarlos. Las incursiones, las emboscadas y el saqueo seguían siendo frecuentes -estas actividades parecen innatas a la especie hum ana-, pero la elección de una respuesta militar para vencer o proteger el territorio era una cuestión cívica, un asunto que los propios infantes propietarios tenían que votar. A ese respecto, otros medios para resolver el conflicto parecían interminables, costosos y con frecuencia nada decisivos.

 

Las prim eras batallas de choque protagonizadas por los hoplitas en los pequeños valles de Grecia marcan el verdadero comienzo de la doctrina bélica occidental, una idea formal cargada de consideraciones legales, éticas y políticas. Casi todas las guerras de un solo día que en los siglos V II y VI a.C. se libraron entre pequeños propietarios impacientes fueron conflictos de infantería en los que se dirimía la posesión de unas tierras, normalmente franjas fronterizas en disputa, cuya posesión significaba más un aumento de prestigio que de tierras fértiles. Era costumbre que el ejército de una ciudad-Estado, es decir, de Argos, Tebas o Esparta, se encontrara con su adversario a plena luz del día y en form ación de columna - la palabra “falange” significa “fila” o “ conjunto de hombres” - , de acuerdo a una reconocida secuencia de hechos que daba pie a una batalla brutal aunque no demasiado, al menos no necesariamente, mortífera.

 

Surgió todo un vocabulario dedicado a los momentos más terribles del enfrentamiento bélico que está muy presente en toda la literatura griega, lo

 

 

 

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que refleja la importancia que en la cultura helénica tenía la batalla de choqis por encima de otros métodos de lucha. Los combates entre hoplitas r e c ib í^ diversos nombres: “batalla campal” (parataxeis), “batallas por acuerdo” (mach=i ex homologon), “batallas en la llanura” (machai en to pedio) o batallas que er;L “justas y abiertas” (machai ek toy dikaiaou kai phanerou). Los puestos de combas— y las zonas del campo de batalla -las filas delanteras (protostatai o promacho, la tierra de nadie (metaixmion), el combate de cerca (sustandon)- quedaron ci dadosamente definidos. Se delim itaron las diversas etapas de la batalla, recibieron un reconocimiento formal : la carrera inicial (dromo), el choque y i ruptura de la línea (pararrexis), el ataque con lanzas (doratismos), el cuerpo i cuerpo (en chersi), la ofensiva (othismos), los cercos (kuklosis) y la huida (egklin¡

 

o trophe). Esta nomenclatura sugiere que la propia mecánica de la batalla hopli se incardinó en la cultura popular con una intensidad que no llegaron a ten« los enfrentamientos de la caballería o la infantería ligera.

 

Los griegos de la ciudad-Estado se daban cuenta de que la guerra terresti decisiva de su época era muy distinta a las contiendas anteriores. Tucídides, pe ejemplo, comienza su historia admitiendo que los griegos del pasado no luchabai como sus coetáneos y habla de los lazos tan estrechos que existían entre 1E sociedades agrarias y la guerra terrestre. La riqueza, las poblaciones agraria sedentarias del continente y la existencia de cultivos permanentes, según 1 argumentación de Tucídides, condujeron al predominio de la guerra terrestr decisiva. Aristóteles, que trazó con mayor precisión el desarrollo de la doctrini bélica griega, también hizo hincapié en el tardío surgimiento de la infantería d¡ batalla en general y de los infantes hoplitas en particular. Los primeros Estado: griegos que evolucionaron después de las monarquías, señaló, fueron regida principalmente por jinetes patricios. Por tanto, sus guerras se basaban en 1: caballería. En ese período, los hoplitas no eran aún efectivos, y no tenían “n organización [...] ni experiencia ni táctica” . Más tarde, los hoplitas se hicieroi más fuertes, lo que condujo a una transformación social y a la formación d¡ los gobiernos constitucionales (Política, lV.i2g7b.16-24).

 

De las palabras de Aristóteles se deduce que los primeros enfrentamiento; entre griegos fueron protagonizados por tropas a caballo, pero en los albores d« la ciudad-Estado se transformaron en batallas entre infantería pesada. El aug« de tales soldados y, probablemente, su manera de combatir, confirieron a lo hoplitas preeminencia política en sus polis, lo que condujo a la difusión de lo¡ gobiernos constitucionales. Si los choques masivos han formado parte de k cultura m editerránea en toda época y lugar, en Grecia se convirtieron en e dominio exclusivo de la infantería pesada, que combatía en formación y cargaba y aplastaba al enemigo al unísono y en luchas cuerpo a cuerpo. Además, las milicias de las polis griegas estaban sujetas a un conjunto de normas establecidas con consecuencias políticas y culturales más allá del campo de batalla: las batallas

 

 

 

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Jjbradas por el acuerdo de ambas partes podían decidir guerras enteras incluso guando el potencial bélico del perdedor no quedaba agotado con la derrota.

 

Como ya hemos visto, Filipo puso fin a las batallas hoplitas como forma arbitraria de resolución de conflictos. Entre tanto, aprovechó el descubrimiento griego de la batalla de choque protagonizada por la infantería y lo aplicó a un nuevo concepto occidental, el de guerra total. En las postrimerías de la ciudad-Estado libre y a la sombra de Filipo II, el orador Demóstenes, en su “Tercera filípica” (47-48), compuesta alrededor del año 341 a.C., lamentaba de qué modo la batalla decisiva se había metamorfoseado en algo temible: “Aunque todo ha cobrado un gran incremento y en nada lo de ahora es semejante a lo de antes, considero que nada se ha movido y progresado más que el arte de la guerra” ; y prosigue recordando a su auditorio que en el pasado “los lacedemonios y todos los demás, durante cuatro o cinco meses, en la estación veraniega propiamente dicha, invadían y devastaban el territorio enemigo con sus hoplitas y ejércitos de ciudadanos y luego se retiraban a sus casas de nuevo” . Finalmente, Demós­ tenes señala que los ejércitos hoplitas “ se comportaban tan a la antigua o, más bien, tan cívicamente, que ni con dinero se compraba a nadie, antes bien, la guerra era leal y clara a distancia” .

 

En contraste con esta tradición grecomacedonia en evolución, Darío heredó un distinguido pero muy distinto patrimonio que se remontaba a Ciro el Grande y se vio enriquecido por la caballería pesada escita y bactriana, las unidades de carros de Egipto y los contingentes tribales de las montañosas regiones del este y del norte de su imperio. E l ejército persa confiaba sobre todo en la movilidad, rapidez y estratagemas de sus tropas porque era especialmente fuerte en jinetes y arqueros y débil en infantería pesada, como corresponde a un pueblo nómada de las estepas sin la tradición agraria de las ciudades-Estado ni la existencia de gobiernos de consenso. La ética de los guerreros de Asia no era la de los granjeros de Grecia. Ningún medo, escita o bactriano acudía a la Asamblea, votaba si reunir o no un ejército, cogía la armadura que colgaba de la pared de su casa, se unía al regimiento de su localidad y, al lado de su “general” , marchaba y desafiaba a la falange que se le oponía en un brutal combate de choque, y luego volvía rápidamente a casa para defender su propiedad y llevar a cabo un control público del comportamiento en la batalla del ejército y de los generales.

 

 

Persas, medos, bactrianos, armenios, cilicios y lidios, que o bien disfrutaban de un gobierno tribal o bien estaban sometidos a los estamentos imperiales, confiaban en la superioridad de sus recursos humanos, en los bombardeos por parte de arqueros, honderos y jabalineros, y en los grandes movimientos envolventes a cargo de hordas de jinetes y de carros. Si un ejército occidental

 

- los romanos en Carras (53 a.C.) son buen ejemplo de ello - se mostraba lo bastante imprudente como para luchar en las extensas llanuras asiáticas sin el

 

 

 

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apoyo de la caballería, bien podría verse rodeado y superado, precisamente, por tropas a caballo. Por regla general, la superioridad de la infantería occidental y sus preferencias por la batalla de choque significan que si el ejército al que servían tenía una jefatura adecuada -por ejemplo, Pausanias en Platea (479 a.C.), César en las Galias (59-50 a.C.) o Alejandro en Gaugam ela- no había tropas en el mundo que pudieran detener su avance.

 

Los autócratas helénicos que sucedieron a Alejandro Magno constataron que sus falanges resultaban inatacables para cualquier ejército asiático y eran lo bastante adecuadas para defenderse de otra falange occidental. Con el tiempo comprobaron que Rom a introdujo en cada batalla una nueva belicosidad y burocracia de guerra que no eran más que los dividendos materiales y espiri­ tuales de una Italia unida y políticamente estable y de la idea renovada de militarismo cívico que había contribuido, tanto tiempo atrás, a la victoria griega en Salamina. A diferencia de la doctrina militar helénica, los romanos siempre presentaban la guerra decisiva como una necesidad legal (ius ad bellum), como una empresa presuntamente defensiva que impulsaban los miembros beligeran­ tes de la población rural italiana. Si sus generales pudieron matar por laus y gloria, los propios legionarios republicanos creían que combatían por preservar las tradiciones de sus ancestros (mos maiorum) y de acuerdo con los decretos constitucionales de un gobierno electo. Los ejércitos romanos continuaron ganando batallas porque añadieron su propia y novedosa contribución a la regularización de la guerra decisiva. Com o verem os al ocuparnos de la no igualada carnicería de Cannas, la doctrina militar romana se basaba en la con­ frontación masiva en batallas campales y en la aplicación al ejército de la ciencia, la práctica económ ica y la estructura política helénicas para explotar la agresividad en el campo de batalla a fin de aniquilar al enemigo en un solo día si era posible, o ser aniquilado en el intento.

 

 

La doctrina bélica griega no desapareció con el auge y caída de los reinos helénicos (323-31 a.C.) que siguieron a la división del imperio de Alejandro Magno. Lejos de ser así, durante los dos milenios siguientes de historia europea los enfrentamientos bélicos se beneficiarían de una energía desconocida hasta entonces que le insuflarían aquellos que, no siendo griegos, habían heredado de éstos el peculiar y occidental dilema de ser capaces de hacer lo que sabían que, algunas veces, no debían hacer. Alejandro Magno creó un ejército temible separando el militarismo cívico del concepto de batalla decisiva. Los romanos idearon una doctrina bélica aún más mortífera rescatando la noción de batalla de choque del lugar de donde surgió, es decir, del gobierno constitucional, en formas que iban mucho más allá de lo que la imaginación helénica pudiera concebir.

 

Pero la preferéncia occidental por la batalla de choque también sobrevivió a Rom a en las guerras de un siglo de duración que Bizancio emprendió contra

 

 

 

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l o s jinetes nómadas e islámicos y en las mortales luchas intestinas entre francos y musulmanes. Los caballeros teutónicos de la Edad M edia adaptaron la idea de combate cuerpo a cuerpo a las cargas masivas de caballería pesada, que en las Cruzadas tantos dividendos dieron a sus fuerzas inferiores en número. Las falanges volvieron a aparecer, aunque sólo en Europa, en los siglos XIV y XV, en Suiza, Alemania, España e Italia. Los pensadores del Renacimiento quisieron aplicar en la práctica las antiguas disquisiciones sobre strategia (es decir, sobre “generalato”) y taktika (disposición de las tropas), para mejorar la potencia de choque de los modernos piqueros. Pragmáticos tan diversos como Maquiavelo, Lipsio y Grocio también imaginaron que tales ejércitos prestaban un servicio constitucional al Estado, porque se daban cuenta de que la infantería pesada, si se nutría de ciudadanos libres y pequeños propietarios, constituía la fuerza de combate más efectiva en cualquier batalla de choque. Los pequeños ejérci­ tos de Europa central continuaron la tradición clásica que dictaba la predilección por las batallas terrestres y frontales. H acia el siglo x v i, Occidente se vio convulsionado por una época de enfrentamientos de choque en los que diversos ejércitos profesionales pretendían destruir la capacidad de resistencia del adversario de un modo desconocido en China, África o América. Entre 1500 y 1900 tuvieron lugar dentro del territorio europeo miles de batallas de choque protagonizadas por la infantería, es decir, más que en todo el resto del mundo.

 

Los aztecas, que intentaron derribar a Cortés y a sus hombres de sus caballos y hacer con ellos ofrendas sacrificiales en la Gran Pirámide, procedían de una tradición cultural completamente distinta que no consideraba el enfrentamiento bélico como la ocasión propicia para entablar batalla con el enemigo y zanjar definitivamente cualquier disputa con la destrucción de toda su capacidad de resistencia. Por el contrario, cuando Cortés inició por fin la toma de Ciudad de M éxico, fue destruyéndola casa por casa, en un intento por aniquilar a todos los adversarios aztecas hasta que capitulaban o dejaban de existir. Los zulúes pensaron que, tras su victoria en Isandhlwana, los británicos, derrotados en la batalla, se retirarían. No imaginaban que, según la concepción de Occidente, la guerra consistía en una serie de batallas semejantes a Isandhlwana hasta que la voluntad -o la cultura- del adversario quedaba definitivamente anulada. Los jenízaros otomanos, que aprendieron y dominaron el arte de las armas de fuego europeas, nunca compartieron la correspondiente idea occidental de luchar en disciplinadas columnas y como tropas de choque en las que el heroísmo individual estaba sometido al objetivo superior de lograr una potencia de fuego y de asalto masivas que por sí solas pudieran someter al enemigo. Los maringas de Nueva Guinea, los maoríes de Nueva Zelanda, los míticos héroes homéricos del pasado griego previo a las polis y la mayoría de las comunidades tribales buscaban en la guerra el reconocimiento social, la salvación religiosa o un nuevo estatus cultural, es decir, cualquier cosa distinta del desmembramiento

 

 

 

 

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del enemigo en el campo de batalla por medio del esfuerzo colectivo que exige una batalla de choque.

 

Occidente sigue fiel al concepto de batalla decisiva. La idea clásica según la cual una batalla campal y de choque es el único modo de resolver una guerra explica, en parte, por qué los norteamericanos consideran honorable y eficaz bombardear a los libios cuando éstos han cometido un acto terrorista en Europa o lanzar sobre las aldeas palestinas los proyectiles de gran calibre de algún acorazado de manera abierta y “justa” cuando, presuntamente, algunos residentes de esas mismas aldeas han bombardeado, en un acto de “cobardía” , un cuartel norteamericano en el que dormía un grupo de marines. Si los occidentales con­ siguen que el enemigo se implique en un intercambio de fuego de una manera abierta, la matanza subsiguiente se considera relativam ente inm aterial; los terroristas que sin rubor matan a algunas mujeres y niños, o los Estados que nos sorprenden atacando a nuestra flota una mañana de domingo, sufren por lo general la represalia de los letales ejércitos mecanizados que atacan su territorio y de los escuadrones de bombarderos que surcan sus cielos a plena luz del día.

 

A       causa de nuestra tradición helénica, en Occidente consideramos que los pocos que han caído a causa del terrorismo o de un ataque por sorpresa han sido víctimas de un acto de “ cobardía” . Las muertes, mucho más numerosas, provocadas por un asalto directo son, por el contrario, “justas” . Para el occiden­ tal, la verdadera atrocidad no está en la cifra de cadáveres, sino en el modo en que mueren los soldados y en los procedimientos que ocasionaron su muer­ te. Podemos comprender la locura de Verdún o de la playa de Omaha, pero nunca aceptaremos la lógica de la emboscada, el terrorismo o la ejecución de prisioneros y no combatientes, aunque ocasionen menos víctimas. Para los occidentales, la incineración de miles de civiles japoneses el 11 de marzo de 1945 no es un acto tan criminal como la decapitación de los pilotos que saltaban en paracaídas de los B-29 alcanzados por el fuego enemigo.

 

¿Acaso esta paradoja no ha de resolverse jam ás? Entre los campos de batalla donde se desenvolvieron los hoplitas de la Antigüedad y la época actual están las trincheras de la Primera Guerra Mundial, los bombardeos masivos y los campos de la muerte de la Segunda Guerra Mundial y la amenaza apocalíptica de una tercera guerra mundial. El hombre occidental moderno se encuentra ante un extraño dilema militar. Su excelencia en el asalto frontal y en la batalla decisiva, cuyo escenario se amplía ahora al espacio y a las profundidades del mar, podría acabar con todo cuanto le es querido, pese a la nobleza de su causa y la naturaleza moral de sus métodos bélicos. Nosotros, en Occidente, podemos luchar como no occidentales -en junglas, de manera furtiva y noc­ turna, como contraterroristas- para combatir a enemigos que no se atreven a enfrentarse a nosotros en una batalla de choque. En consecuencia, es posible que no siempre seamos completamente fieles a las grandes tradiciones helénicas

 

 

 

 

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que nos confieren una tecnología superior y la disciplina y el ardor de nuestros soldados ciudadanos libres en la batalla de choque, a no ser, claro está, que nos veamos obligados a enfrentarnos a otra potencia occidental en un combate mortal de ejércitos similares. Recordemos que Alejandro Magno combatió sobre todo contra tropas que no eran griegas en batallas decisivas y cortas en las que padeció poco. Cuando tuvo que enfrentarse a otros occidentales -en la batalla campal de Queronea o contra mercenarios griegos en Asia M enor-, el resultado fue una horrible matanza.

 

Dejo al lector con el terrible dilema de la era moderna: el método bélico que nos legaron los griegos y Alejandro Magno mejoró es tan destructivo y letal que nos encontramos en un punto muerto. Pocos no occidentales desean to­ parse con nuestros ejércitos en la batalla. A l parecer, sólo un ejército occidental puede responder con éxito en un enfrentamiento con otro ejército occidental. El estado de la tecnología y la escala armamentística son tales que un conflicto intestino en Occidente daría el resultado opuesto al pretendido por los helenos: una espantosa carnicería en ambos bandos en lugar de una rápida resolución de la contienda. Si la polis descubrió que la batalla de choque era un método glorioso de salvar vidas y reducir a una hora un enfrentamiento digno del comportamiento más heroico entre dos cuerpos de infantería pesada, Alejan­ dro Magno y los europeos que lo sucedieron quisieron poner en marcha todo el poder de su cultura para destruir a sus enemigos en el momento de horror que es una batalla de choque. Ese momento es lo que ahora nos angustia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

SOLDADOS CIUDADANOS

 

CANNAS, 2 D E AGOSTO D E 216 A.C.

 

 

 

Los ciudadanos mueren en sus puestos [...] porque para ellos el huir es vergonzoso y la muerte es preferible a seme­ jante salvación. Los profesionales, en cambio, se arriesgan al principio creyendo ser más fuertes, pero cuando descu­ bren su inferioridad huyen, porque temen la muerte más que la vergüenza.

 

A       R IS T Ó T E L E S , Ética Nicomáquea, 3 .1116 b .16-23

 

 

 

 

CARNICERÍA ESTIVAL

A

 

M      X . la caída de la tarde del 2 de agosto del año 216 a.C. ya no quedaba espa­ cio para luchar, y muy poco para morir. Debido a la asfixiante presión de sus compañeros, los legionarios romanos no podían retroceder ni avanzar, ni si­ quiera tenían sitio suficiente para manejar la espada. Los frenéticos íberos, con sus blancas túnicas, y los galos, semidesnudos, se les echaban encima. Los veteranos mercenarios africanos aparecieron de repente por sus flancos. Por retaguardia les llegaban los aullidos de los jinetes celtas, íberos y númidas. No había ninguna posibilidad de escape. Los miles de mercenarios contratados por Aníbal, amplia representación de los viejos enemigos tribales de Roma, estaban por todas partes. Los romanos no contaban ni con refuerzos ni con caballería suficientes. En una pequeña llanura de la Italia meridional, una enorme y valiente masa humana compuesta por 70.000 almas estaba rodeada por un ejército invasor deficientemente organizado, pero liderado con brillantez, que apenas tenía la

 

mitad de efectivos que el romano.

 

La confusión y el terror se acrecentaban a medida que se acercaba la noche y cada legionario empujaba y era empujado contra el enemigo ciegamente y por todas partes. Amontonada y en hileras de 35 o más soldados en fondo, el tamaño de aquella masa torpe e ingente garantizaba su próxim a destrucción. Un ejército maravilloso, concebido para combatir de forma fluida y flexible, se encontraba, inopinadamente, atrapado e inmóvil. Los hombres de Rom a nunca habían marchado a la batalla en tan gran número y jam ás volverían a hacerlo. Tampoco hasta el desastre de Adrianópolis, que tuvo lugar seis siglos después (378), optaría un ejército romano por un despliegue tan compacto e

 

 

 

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inmanejable, un despliegue que lo convertía en sencillo objetivo de las unida­ des de armas arrojadizas y, al mismo tiempo, impedía que la inmensa mayoría de sus soldados pudiera siquiera alcanzar al enemigo.

 

La visión de aquella masa debió de resultar espectacular al principio, y, al poco tiempo, escalofriante y repulsiva. A diferencia de los romanos, los hombres de Aníbal componían un grupo muy heterogéneo. En el centro, los celtas y los galos, en retroceso, combatían, según su costumbre, con el torso descubierto (“desnudos”, afirma Polibio), armados probablemente con pesados escudos de madera y espadas tan romas que sólo resultaban efectivas como armas de corte, en mandobles que dejaban el costado del atacante expuesto a la rápida estocada de su adversario. Es posible, sin embargo, que algunos portasen lanzas o jabalinas. Su pálida piel y sus cuerpos fornidos y de gran tamaño son uno de los tópicos favoritos de los historiadores romanos, prestos a deducir que los legionarios italianos, más bronceados y de menor estatura, aprovechaban el orden, la instrucción y la disciplina para matar a aquellos bárbaros por millares. Durante los dos siglos siguientes, comandantes como Mario y César destruirían ejércitos enteros compuestos por guerreros igualmente valientes y físicamente superiores. Cuando pensamos en los lugares donde los franceses han sufrido más bajas, nos vienen a la mente Agincourt o Verdún, pero el verdadero holocausto se produjo en las batallas casi desconocidas que a lo largo de dos siglos los enfrentaron a los romanos. Cayeron entonces más galos que en ninguna otra época anterior o posterior. El acero romano, no las enfermedades o el hambre, condenó a una Francia antigua y autónoma cuya población fue siste­ máticamente destruida en la batalla como no lo sería ningún otro pueblo en toda la historia del sometimiento colonial de Occidente. La anexión definitiva de G alia por parte de César convierte la lucha de los Estados Unidos en la frontera a lo largo del siglo XIX en un juego de niños. Plutarco nos recuerda que sólo en las últimas décadas de aquella brutal conquista murieron un millón de personas y otro millón fueron esclavizadas.

 

 

Quizá Aníbal situase a los valerosos galos en el centro de su línea para provocar la furia de los romanos y conseguir con ello que se precipitaran con mayor ahínco en la trampa. Tito Livio señala que, por aspecto, eran las tropas más temibles del cartaginés. En el mundo clásico, el estereotipo del bárbaro incivi­ lizado era un hombre de piel blanca, largo y grasiento cabello rubio (o rojo, que era mucho peor) y barba poblada y desarreglada. Aquella tarde, los metódicos italianos hicieron pedazos a 4.000 de aquellos bárbaros. A su lado, frente al vórtice del avance romano, formaban los mercenarios hispanos. Eran infantes ostentosos, con cascos de hierro, pesadas jabalinas y fantásticos mantos blancos ribeteados en púrpura, vestimenta que, junto a la pálida desnudez de sus aliados galos, pronto haría más evidente aquel profuso baño de sangre. A diferencia de los galos, los hispanos blandían una espada corta y de doble filo -que los

 

 

 

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romanos copiarían y mejorarían al introducir el gladius- que resultaba letal como arm a de corte y de penetración. Situados junto a los galos, fueron atacados sin misericordia, aunque Polibio afirma que de estos soldados mejor armados y protegidos sólo cayeron cientos y no miles, como otros adujeron.

 

En las primeras hileras de la masa romana en pleno avance, la lucha pronto degeneró hasta convertirse en un combate cuerpo a cuerpo donde además de las estocadas había empujones, mordeduras y arañazos. Sólo su fingida pero firme retirada y el inminente cerco que se cernía sobre ambos flancos del ejército romano salvaron a aquellas unidades tribales, compuestas por galos e hispanos dispuestos al sacrificio, de su total aniquilación. Tito Livio y Polibio se centran sobre todo en la fatalidad de las legiones romanas cercadas, pero lo cierto es que más de 5.000 hispanos y galos debieron de sufrir horribles heridas antes de caer muertos bajo el rodillo legionario. No sabemos de qué modo Aníbal y su hermano Magón consiguieron sobrevivir a aquella carnicería, pero lo que sí sabemos es que ambos se batieron en las primeras hileras, junto a galos e hispanos, garantizando con su presencia que sus peones en retirada no huyeran antes de que la trampa sobre el ejército romano estuviese cerrada.

 

Aníbal había situado a sus mejores tropas, los mercenarios africanos, en los flancos, y les había dado orden de efectuar una maniobra envolvente y atacar a los legionarios cuando éstos, ajenos a todo lo que no fuera su sed de sangre, se encontrasen en pleno avance. Aquellos mercenarios eran duros soldados profesionales que habían combatido contra buen número de tribus norteafri-canas y guerreado contra varios pueblos europeos desde su llegada a la Península Ibérica. De vez en cuando, además, si la soldada no acababa de llegar, se revolvían contra sus propios jefes cartagineses. Siglos más tarde, su legendaria dureza impresionó al novelista Gustave Flaubert, cuya novela Salambó tiene como telón de fondo una de sus innumerables y sangrientas revueltas. En Cannas, es m uy probable que acribillasen con sus jabalinas las prim eras hileras de legionarios y luego se abrieran paso hacia los flancos del ejército romano, puesto que, en pleno avance, los legionarios apenas pudieron volverse hacia los lados para enfrentarse a aquella nueva e inesperada amenaza.

 

Aunque no estaban acostumbrados a los legionarios -por lo general combatían al estilo macedonio, es decir, como falangistas, con una larga pica que debían manejar con las dos manos-, eran asesinos veteranos con mucha más experiencia que los adolescentes que nutrían las líneas romanas y sustituían a los miles de soldados que habían perecido en las batallas de Trebia y el lago Trasimeno. Además, la infantería pesada africana que formaba en los flancos de Aníbal estaba fresca y descansada, mientras los romanos estaban ya exhaustos de matar y presionar la línea formada por galos e hispanos. Los africanos observaban a su presa con detenimiento y ansia, los italianos eran ajenos al peligro que se cernía sobre ellos. A l cabo de unos segundos, los que mataban empezaron a morir y,

 

 

 

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en vista de la situación, es incluso asombroso que a lo largo de la tarde llegaran a caer hasta mil africanos, aunque esto sólo supuso una quincuagésima parte de las bajas romanas. La colisión de la infantería africana con los flancos del ejército romano debió de ser espantosa, puesto que los legionarios que formaban compactas y torpes hileras se veían de repente tajeados y desgarrados por sus vulnerables flancos, sin oportunidad ni espacio para detenerse y dar la cara a sus atacantes. Los legionarios romanos estaban excepcionalmente bien prote­ gidos por su frente, pero llevaban los costados casi al descubierto: los brazos vulnerables tras el escudo, menos protección por debajo del hombro y las orejas, el cuello y algunas partes de la cabeza completamente expuestas.

 

¿Quién era capaz de distinguir al compañero del enemigo cuando africanos e italianos luchaban entre sí si ambos llevaban petos, cascos crestados y escudos romanos similares? Polibio asegura que, cuando los africanos atacaron el largo flanco romano, las legiones perdieron el orden y su enorme masa se deshizo sin esperanza de recuperación. La parte trasera de los flancos y la base de la columna rom ana aún no habían sido cercadas, y en esto reside el otro gran error del ejército romano: aparte de su deficiente jefatura, los romanos contaban con muy escasa caballería. La mayoría de los jinetes romanos de Cannas, además, eran inferiores a los 2.000 que componían la caballería ligera númida, situada en el flanco derecho. Estos jinetes, acostumbrados a montar desde la infancia, eran capaces de lanzar sus jabalinas con precisión mortal a galope tendido y, en el cuerpo a cuerpo, manejaban las espadas y las hachas con la misma facilidad a caballo que a pie. En el ala izquierda cartaginesa se encontraba una hueste de 8.000 jinetes hispanos y galos que, armados con lanzas, espadas y pesados escudos de madera, era tan capaz como los númidas de aplastar a la caballería romana. Aníbal contaba por tanto en sus alas con 10.000 diestros jinetes que habrían de enfrentarse a 6.000 efectivos mal instruidos de caballería romana. Tras dis­ persar a los jinetes enemigos, los númidas, los galos y los hispanos giraron para atacar por retaguardia a la infantería cercada.

 

La presencia de unos 10.000 jinetes de refresco en la base de la columna ro­ mana y de 20.000 africanos en los flancos, unida al polvo que cegaba a los romanos, a los gritos de los galos e hispanos que morían en la línea cartagine­ sa y a la dificultad de distinguir a compañero de adversario, convirtió aquel campo de batalla estival en un confuso matadero. Tres horas antes, el ejército romano semejaba una masa de hierro, bronce y madera que, hilera tras hilera de cascos crestados, enormes escudos y mortíferas lanzas, avanzaba en desfile solemne haciendo gala de indisimulado orgullo frente a un variopinto conjunto de mercenarios cartagineses inferior en número a sus adversarios. Ahora, de aquella masa quedaba poco más que una pila de armas rotas, cuerpos cubiertos de sangre, piernas y brazos cercenados y miles de soldados agonizantes que se arrastraban sobre el polvo.

 

 

 

 

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El horror que inspira una batalla no proviene únicamente de la pérdida de vidas humanas, sino de la horrible metamorfosis que convierte, a gran escala y en cuestión de minutos, la carne en carroña, lo limpio en sucio, el valor en llanto y defecación. Igual que a las 10:22 del 4 de junio de 1942 los cuatro es­ beltos portaaviones del almirante Nagumo que se dirigían a M idway parecían emblemas de poder, gracia y energía imbatibles, y seis minutos después se convirtieron en infiernos en llamas de cuerpos carbonizados y acero retorcido, los miles de infantes emplumados que el 2 de agosto de 216 a.C. avanzaban en perfecto orden por el campo de batalla de Cannas se transformaron, de manera casi instantánea, en una gigantesca e inerte masa de sangre, entrañas, bronce abollado, hierro quebrado y m adera partida. Hom bres y material que eran producto de semanas de instrucción y meses de forja se vieron reducidos, en el transcurso de unos minutos, a restos y despojos por obra del genio de un solo hombre. La idea de que un generalato brillante, de que el proceso de pensamiento de una sola mente, como la de Aníbal o Escipión, puede llevar a la muerte a millares de jóvenes en una sola tarde resulta pavorosa.

 

Durante los siguientes 2.000 años, los tácticos de salón discutirían la mecánica de la carnicería de Cannas seducidos por la idea de que un ejército invasor numéricamente inferior fuera capaz de exterminar a su enemigo en el espacio de unas pocas horas y por medio de una sencilla maniobra envolvente. Tanto Clausewitz (“la actividad concéntrica sobre el enemigo no resulta apropiada para el bando más débil”) como Napoleón opinaban que la trampa de Aníbal era demasiado arriesgada y que el resultado de la batalla fue más producto de la suerte que del genio. Para el estratega prusiano Alfred von Schlieffen, sin embargo, no fue el azar el que desencadenó la carnicería de Cannas, sino el sueño hecho realidad de cualquier táctico, “maravillosamente puesto en práctica” y planeado hasta el más mínimo detalle; en esencia, justo aquello que se puede conseguir cuando la erudición militar se combina con el espíritu de lucha. Para el conde Schlieffen, que en su propia época prefiguró una Alem ania rodeada de enemigos, resultaba tranquilizador que la inteligencia de un solo hombre pudiera anular la instrucción, experiencia y la pura superioridad numérica de millares de adversarios. En efecto, Schlieffen escribiría un libro, al que muy apropiadamente pondría el título de Cannas, dedicado por entero a los intentos repetidos y directos del ejército prusiano por lograr las maniobras de envolvi­ miento de Aníbal a escala muy superior. La gran invasión alemana que con­ cluyó en el Marne (septiembre de 1914) y la batalla de Tannenberg (agosto de 1914) fueron en realidad tentativas de engañar y rodear a ejércitos enteros que invocaban la idea mítica de Cannas; sin percatarse, en realidad, de que las maniobras de envolvim iento a escala táctica no tienen por qué conducir necesariamente, ni en la Antigüedad ni ahora, a una victoria estratégica. Ade­ más, rara vez encuentra un gran capitán a un enemigo desplegado de manera

 

 

 

 

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tan absurda como las legiones romanas en agosto de 216 a.C . Los romanos que, gracias a su superioridad, podrían haber superado los flancos de la línea de Aníbal en dos kilómetros, le ofrecieron un frente que era, más o menos, de la misma longitud, y mucho menos flexible.

 

Algunas bandas de m erodeadores ataron a los heridos de pies y manos y dejaron sus maltrechos cuerpos a merced de los saqueadores, el sol de agosto y los grupos de limpieza del ejército cartaginés que volverían al día siguiente. Dos siglos más tarde, Tito Livio recordaría que la mañana del 3 de agosto todavía quedaban vivos miles de romanos a los que despertó de su sueño y agonía el relente de la mañana, únicamente para ser “rematados por el enemigo” . Algunos cadáveres “fueron hallados con la cabeza metida en agujeros excavados en tierra que se veía que habían hecho ellos mismos, y se habían asfixiado tapándose la boca con tierra que se echaron por encima” (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, xxii.51).* Miles de soldados tullidos se arrastraban como insectos. Mostraban el cuello y pedían que se pusiera fin a sus sufrimientos. Livio continúa enumerando ejemplos del extraordinario valor de los romanos, discernible tan sólo mediante la autopsia del campo de batalla. Sacaron, relata el historia­ dor, a un númida vivo de debajo de un legionario muerto. Tenía las orejas y la nariz roídas por el rabioso infante romano, al que no le había quedado más arma que los dientes. Los italianos, al parecer, luchaban desesperadamente incluso cuando sabían que su causa estaba perdida, algo de lo que muy posi blemente se percataron tras los momentos iniciales de la batalla.

 

Aníbal, siguiendo una antigua tradición de los comandantes victoriosos, inspeccionó con cierto detenimiento el campo de batalla. A l parecer, quedó perplejo ante las dimensiones de la matanza, pese a lo cual dio a sus tropas libertad para registrar los cadáveres y ejecutar a los heridos. El calor de agosto hacía imperativo desnudar a los muertos y quemar sus hinchados cuerpos. Quitar los petos y arrastrar a millares de víctimas fue una auténtica hazaña logística. Hasta la fecha no se ha descubierto ninguna fosa próxima al lugar de la batalla, ni trazo alguno de huesos, de modo que es muy probable que los cadáveres fueran abandonados para que se pudrieran al raso.

 

La destrucción de unos 50.000 italianos en una sola tarde -quizá más de doscientos hombres cayeron muertos o heridos cada minuto- fue en sí misma un enorme desafío físico a la fuerza muscular y el poder de la espada en un época en que no existían balas ni bombas. Tito Livio (xxn.49) señala que “los vencidos preferían morir en su puesto antes que huir” , lo que sólo servía para que los vencedores estuvieran aún más “furiosos porque les retrasaban la victoria” . Sobre el campo de batalla debieron de derramarse 80.000 litros de sangre. Tres siglos más tarde, el escritor satíricojuvenal hablaba de los “ríos de sangre derramada”

 

* Madrid, Gredos, 1993, traducción de José Antonio Villar Vidal.

 

 

 

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de Cannas. El mar “se volvió rojo en Lepanto” con la sangre de los 30.000 turcos muertos, pero la marea limpió el lugar al cabo de unos minutos. La espantosa carnicería de entre 50.000 y 100.000 aztecas en el asedio final de Tenochtitlán se produjo junto a un lago, cuyas aguas acabaron por mitigar el hedor. A causa de las numerosas columnas de la formación romana y de las tácticas de envol­ vimiento de Aníbal, Cannas se convirtió en un campo de batalla inusualmente reducido, uno de los más pequeños que haya congregado a tantos hombres en la larga historia de las batallas de infantería. Durante el resto del verano del año 216 a.C., la llanura de Cannas siguió siendo un miasma de entrañas hedion­ das y carne y sangre pútridas.

 

Por las fuentes clásicas -los historiadores griegos y romanos Apiano, Plutarco, Polibio y Tito L ivio - sabemos que la batalla que se desencadenó en Cannas la tarde de aquel 2 de agosto fue una de las pocas de la Antigüedad en las que todo un ejército fue destruido tras atacar y golpear al enemigo frontalmente. La aniquilación total de un contingente de hoplitas, falangistas o legionarios se produjo muy raras veces y cuando ocurrió se debió sobre todo a ataques de flanco, la persecución sostenida de unidades de caballería o a alguna emboscada. En Cannas, un ejército romano completo avanzó como un solo hombre y en terreno despejado, lo que garantizaba un choque de armas extraordinario que podía acabar o en una victoria espectacular o en una horrible derrota. Polibio calificó de “asesinato” el cerco que, a pleno día, tuvo lugar en Cannas. Para Livio fue más una matanza que una batalla. En cualquier caso, la funesta naturaleza del combate explica por qué Cannas es una de las batallas mejor recordadas de la Antigüedad: tres relatos de la misma han llegado a nuestros días.

 

Nunca en los cinco siglos de existencia de Rom a habían sido atrapados tantos infantes y sus jefes, escogidos por votación, sin la menor posibilidad de escape. Después de la batalla, Aníbal, que a la sazón contaba treinta y un años, recogió los anillos de oro de más de ochenta cónsules, ex cónsules, cuestores, tribunos y otros miembros de la clase ecuestre y los metió en un saco. Los historiado­ res militares han alabado el genio de Aníbal y culpado de la catástrofe que sufrió su adversario al sistema burocrático romano de elección e instrucción de ge­ nerales. Según estos historiadores, Cannas fue el resultado de una genialidad táctica frente a la mediocridad institucionalizada. Pero este análisis dista mucho de ser acertado. Si el sistema romano de jefatura táctica, con su compromiso con el control civil y su apuesta por un alto mando no profesional en el campo de batalla, fue responsable de poner al mando de las tropas a toda una serie de generales aficionados que perderían una larga sucesión de batallas en la Se­ gunda Guerra Púnica (219-202 a.C.), también tuvo el mérito de conseguir que ni Cannas ni los desastres previos acaecidos en los ríos Tesino y Trebia y en el lago Trasimeno no resultasen fatales en el esfuerzo bélico de Roma. Cannas, como muchas de las batallas que recordamos en este estudio, es la excepción

 

 

 

 

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que confirma la regla: incluso cuando los ejércitos romanos padecieron una jefatura nefasta, un despliegue absurdo en el campo, discusiones sobre la ma­ nera de afrontar el combate antes del mismo y se enfrentaron a un genio, el resultado de una batalla, aunque catastrófico, no era definitivo para el desenlace de la guerra. Por qué los romanos demostraron tanta elasticidad y resistencia a ceder, cualidades emblemáticas de los ejércitos occidentales a lo largo de toda su historia, es el tema de este capítulo.

 

 

 

LAS MANDÍBULAS DE ANÍBAL

 

La derrota de agosto de 216 a.C. suele atribuirse a tres factores: el despliegue y los mandos romanos fueron defectuosos; enfrente tenían a Aníbal, un genio militar; después de tres derrotas en los últimos veinticuatro meses, los legio­ narios, que habían perdido a padres, hijos y hermanos, estaban desmoraliza­ dos. Las tres explicaciones merecen nuestro crédito. El orden de batalla romano en Cannas no estuvo bien planeado. No tenía ningún sentido que las legiones se agruparan, sobre un terreno llano, en formación cerrada. De esa forma podrían verse atrapadas y aplastadas en una tenaza formada por tropas de infantería en los flancos y de caballería en retaguardia. En los valles y cañones naturales o excavados por la mano del hombre, las compañías de infantería no tenían posibilidades de moverse con independencia, al contrario, tendían a concentrarse, con el riesgo de que las atacasen por todas partes. Sin sitio para maniobrar a los costados, los legionarios perdían espacio y la capacidad, fundamental, de utilizar sus espadas con ventaja. Como falangistas disminuidos - y es que los falangistas, como ya vimos, llevaban largas picas y no espadas cortas-, fueron obligados a lanzarse contra las columnas de infantería pesada de Aníbal. Situados en columnas, esperaban en formación, como si su propia y predecible aniqui­ lación fuera inevitable. En el siglo siguiente, en las batallas de Cinocéfalos, Magnesia y Pidna, el ejército romano atacaría a las columnas griegas por los flancos, aprovechando la torpeza de movimientos de las falanges. Los romanos aprenderían que el modo de expulsar a los ejércitos extranjeros del Mediterráneo consistía en hacer precisamente lo contrario de lo que habían hecho en Cannas.

 

Debido a la sucesión interrumpida de éxitos que obtuvo Aníbal durante su descenso desde el norte de Italia (218-216 a.C.), el Senado devolvió el mando de las legiones, que estaba en manos del brillante general Fabio Máximo, a quien se habían concedido poderes dictatoriales temporales en el campo de batalla, a sus cónsules electos, que en el año 216 a.C. eran el aristocrático y cauto Lucio Emilio Paulo y el osado Terencio Varrón. Este último, al parecer, era un jefe muy popular entre lá masa. Los estudiosos han criticado la decisión, que la mañana del 2 de agosto tomó Varrón, de hacer cruzar al ejército el río Ofanto para

 

 

 

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conducirlo a la llanura, nivelada y sin árboles, de Cannas (los dos cónsules se alternaban en el mando supremo cada nuevo día). En realidad, el general romano tenía motivos para presentar batalla, puesto que las patrullas montadas de Aníbal realizaban incursiones constantes contra sus líneas y devastaban cuantas tierras podían. Esto a los romanos les suponía una dificultad añadida a la hora de mantener los abastecimientos de una hueste tan numerosa. Por el hecho de contar con un ejército tan grande, además, los legionarios albergaban la esperanza de luchar, por fin, contra Aníbal en una llanura despejada. Gracias a su superiori­ dad numérica y organizativa, esperaban aniquilar a los mercenarios del carta­ ginés, que no tendría posibilidad de preparar una emboscada o ampararse en la oscuridad o la niebla. Un año antes, en efecto, el empuje del ataque romano había estado a punto de aplastar a los cartagineses en el lago Trasimeno antes de que su ejército se viera atrapado y superado por los flancos en mitad de la niebla. En Cannas, el terreno era relativamente llano, el día ventoso y despejado, y el ejército cartaginés se desplegaba, al parecer, justo delante de las legiones. Que Aníbal recurriera de nuevo al engaño era por tanto muy improbable.

 

El verdadero error de Varrón consistió en comprometer todas sus fuerzas a la vez -tan sólo dejó en reserva 10.000 hombres, situados además lejos del campo de batalla, en dos campamentos que se encontraban a ambos lados del río -, sin formar una tercera línea lista para explotar el éxito o evitar el de­ rrumbamiento. En cualquier caso, quizá porque estaba preocupado por la calidad de sus nuevos reclutas de reemplazo o tal vez por temor a dispersarse, lo cierto es que Varrón redujo su línea de batalla a poco más de kilómetro y medio. De ese modo, un ejército que contaba con 70.000 u 80.000 efectivos no pudo situar en la vanguardia del ataque inicial a más de 2.000. En algunos puntos, la línea tenía una profundidad de entre 35 y cincuenta hileras. Fue la formación más profunda en la historia de la guerra clásica desde el ejército tebano que destruyó a los espartanos en Leuctra (371 a.C.). La diferencia es que en esta batalla la columna tebana se enfrentaba a fuerzas de caballería muy escasas y estaba bajo el mando de Epaminondas, un táctico excepcional.

 

Quizá sólo 40.000 infantes cartagineses se enfrentaban a un ejército que tenía el doble de tamaño. Sin duda, frente a efectivos tan superiores, casi cual­ quier otro ejército se hubiera desmoronado a la prim era acom etida de los legionarios. En este caso, la diferencia estribaba sobre todo en el genio táctico de Aníbal, que adaptó sus planes para sacar ventaja de la impaciencia de los tácticos romanos. Como hemos visto, Aníbal y su hermano Magón se situaron junto a los galos e hispanos -sus tropas menos fiables-justo en el punto central del ataque romano, convencidos de que su presencia bastaría para que aquellas tropas sostuvieran las líneas el tiempo necesario para llevar a cabo una retirada gradual, retrocediendo lentamente y absorbiendo todo el peso de la ofensiva romana. El centro púnico estaba arqueado hacia fuera, hacia los romanos

 

 

-Polibio llamó a esta curiosa formación un menoeides kurtoma, es decir, “forma convexa como la luna creciente” - , con la doble intención de ocultar a los piqueros africanos de las alas y de dar la impresión de que la línea era más pro­ funda de lo que en realidad era. Además, aquella formación en arco le daba m ayor margen de maniobra: cuanta más distancia pudiera retroceder el centro sin venirse abajo, más sencillo les resultaría a las alas cercar a las formaciones romanas, más estrechas.

 

Para Aníbal y sus aliados europeos la clave estaba en resistir el tiempo suficiente para que la infantería norteafricana que formaba en las alas -la elite de su ejército-y la caballería, que atacaría la retaguardia romana, pudieran rodear a la enorme masa de legionarios. Cuando esto se produjera, además, los romanos relajarían la presión del avance sin haber aplastado el centro del ejército cartaginés. En su Historia de Roma, Tito Livio remarcó que el centro de la línea púnica era “ demasiado delgada y por ello poco sólida” (xxil.47). El problema fue que en el frente de la enorme columna romana no había más de 2.000 o 3.000 legio­ narios, que en realidad sólo emplearon armas arrojadizas. Los demás, más de 70.000, empujaban ciegamente hacia delante suponiendo que la vanguardia de su ejército estaba segando el frente enemigo. Los soldados peor entrenados se encontraban probablem ente en las alas, es decir, fueron los primeros en enfrentarse a la magnífica infantería africana, a las mandíbulas de Aníbal, que estaban a punto de cerrarse. Sea cual fuere el valor que las fuentes clásicas dan a galos e hispanos, la verdad es que combatieron con bravura y, en cierto sentido, salvaron la batalla para el bando cartaginés.

 

Justo a tiempo, las cargas de los jinetes africanos por los flancos y la retaguardia, la lluvia de armas arrojadizas que caía por todas partes y la confusión de ver a los enemigos atacar en todas direcciones detuvieron el avance romano. Aníbal, a pleno día y sin ampararse en ningún engaño, había conseguido una emboscada gracias al despliegue y las maniobras de sus hombres, y lo había hecho, por demás, mientras batallaba en la cuña del ataque romano, convencido de que su presencia en aquel torbellino permitiría que sus mercenarios galos e hispanos, aunque exhaustos, retrocedieran sin venirse abajo. La maniobra de envolvimiento no tardó en completarse. U na delgada línea de tropas irregulares púnicas y europeas mantuvo a raya a la infantería romana. Si cada legionario hubiera matado a un adversario antes de morir, la batalla se habría saldado con una victoria decisiva de Rom a. Si los romanos hubieran sabido que las líneas cartaginesas no contaban más que con dos o tres hileras de fondo, las legiones podrían haberlas roto. El viento, el polvo, el ruido y el pánico, sumados a los rumores de que el enemigo estaba en todas partes, contribuyeron al caos. A causa de las enormes pérdidas sufridas en años anteriores en Trebia y Trasimeno, los romanos de Cannas eran en su m ayoría reclutas bisoños que, ayudados por muy pocos veteranos -que hubieran podido serenar sus m iedos-, se des­

 

 

 

 

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moralizaron rápidamente al darse cuenta de que, por tercera vez, un ejército romano enorme había caído en la trampa tendida por el enemigo cartaginés, una trampa de la que muy pocos podrían escapar con vida. Muchos de aquellos soldados debían de ser adolescentes y por ello quizá tiraron sus armas en el mismo momento en que comprobaron que estaban atrapados. El gran estratega Ardent du Picq creía que Aníbal había acertado al suponer que el “terror” y la “sorpresa” provocados por su maniobra envolvente pesarían más que “el valor

 

á que da pie la desesperación en las m asas” . Es decir, fue el pánico lo que mató a los legionarios en Cannas. Aun así, durante un tiempo, la presencia en el campo de batalla de tantos patricios -com o la presencia de médicos, abogados y otros profesionales cultos a las puertas de Auschwitz- debió de dar a los romanos la falsa impresión de que la destrucción total era imposible. El ejército que se congregó en Cannas era más numeroso que la población de cualquier ciudad italiana exceptuando Roma, y contaba entre sus filas con aristócratas suficientes para gestionar la mayoría de las instituciones legislativas y ejecutivas de la República romana.

 

Aníbal Barca (Gracia del Rayo de Baal) sentía poco respeto por la reputación de los legionarios. A los nueve años pronunció un juramento de odio eterno a Rom a -un magnífico óleo de Jaco b Amigoni registra el momento con gran dram atism o- y fue uno de los pocos no occidentales de la Antigüedad que aceptó de buen grado las batallas de choque contra ejércitos occidentales. El Cartaginés deseaba vencer a las legiones rom anas en batallas cam pales, lo que formaba parte de un plan más amplio para desacreditar la idea de inven­ cibilidad militar de Rom a y así conseguir que perdiera aliados en el centro y el sur de Italia.

 

Derrotar a las legiones significaba debilitar y dividir a Italia, lo que permitiría a Cartago solucionar a conveniencia sus asuntos mercantiles en el Mediterráneo Occidental y, al mismo tiempo, vengar la vergonzante derrota en la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.). Desde su descenso de los Alpes en octubre de 218 a.C. hasta la carnicería de Cannas el 2 de agosto de 216 a.C., Aníbal mató o capturó en batalla a unos 80.000 o 100.000 legionarios, junto a los cuales había miembros de las clases senatorial y ecuestre, entre ellos, dos cónsules y numerosos ex cónsules. En el espacio de veinticuatro meses, un tercio de las tropas operativas romanas, que sumaban más de un cuarto de millón de hombres, pasaron a engrosar las cifras de muertos, heridos o prisioneros en los baños de sangre de Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas. El desarrollo y el desenlace de esta última batalla, por tanto, no fueron ninguna casualidad.

 

Tras la masacre romana en Cannas y para enorme decepción de especialistas militares como su contemporáneo y subordinado M aharbal (“ Sabes vencer, Aníbal; no sabes aprovechar la victoria” [Tito Livio, xxii.51]) y el mariscal Bernard Montgomery, Aníbal no marchó sobre Roma. Durante los catorce años

 

 

 

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siguientes, Aníbal experimentaría una serie alterna de victorias y derrotas en el interior de Italia que tuvieron poco efecto estratégico sobre el curso de la Segunda Guerra Púnica. Finalmente, fue llamado a Cartago para que intentase salvar a su patria de la invasión de Escipión el Africano. No lejos de la propia Cartago, en Zama (202 a.C.), las legiones de Escipión derrotaron a los veteranos de Aníbal y la ciudad púnica aceptó los severos términos de una paz dictada por Rom a que, en esencia, puso fin a su existencia como potencia militar en el Mediterráneo. Para la destrucción definitiva de la ciudad habría de pasar tan sólo medio siglo (146 a.C.).

 

Cuando Aníbal abandonó Cartago para dirigirse a Europa en el año 219 a.C., se embarcó sin saberlo en una infructuosa odisea que lo mantendría lejos de África por espacio de casi veinte años. Pero su largo recorrido por el M edi­ terráneo, Hispania, los Alpes e Italia acabó en el mismo punto donde había empezado, si bien con miles de muertos a sus espaldas y, una vez más, un ejército rom ano con las manos libres para m archar sobre Cartago. Com o Polibio concluyó a propósito de la recuperación romana después de Cannas y del efecto de esa recuperación sobre los cartagineses: “Aníbal no se alegró tanto de su victoria sobre sus rivales como lo pasmó y admiró la fortaleza y la grandeza de ánimo de aquellos hombres [los romanos] en sus resoluciones” (Vl.58.13).

 

 

 

 

 

CARTAGO Y OCCIDENTE

 

Lo más notable de Cannas no es que durante la lucha se masacrara a miles de romanos con tanta facilidad, sino que esa matanza tuvo muy poco efecto estratégico. Un año después de la batalla, los romanos contaban con nuevas legiones de una calidad semejante a las que cayeron en agosto del año 216 a.C. -que a su vez eran reemplazos de las tropas que cayeron en Trebia y Trasimeno-, si bien comandadas por hombres que, aparte de ser designados por el Senado, habían extraído una lección de los pecados tácticos cometidos en el pasado. Los estudiosos atribuyen la resistencia y capacidad de Rom a a la extraordinaria facilidad de su gobierno para reorganizar sus legiones y movilizar a sus ciuda­ danos, y hacerlo de una forma legal, constitucional, que garantizaba el apoyo hasta del más pobre de los granjeros. En Italia, Aníbal constataría que lo que diferenciaba al ejército romano de sus m ercenarios no era tanto que aquél estuviera mejor equipado y organizado, ni fuera más disciplinado o tuviera la moral más alta, sino que era mucho más insistente y fastidioso. Podía clonarse o copiarse a voluntad incluso tras el más grave de los desastres, puesto que nuevos reclutas y oficiales continuaban dispuestos a unirse al mismo, realizar una dura instrucción y establecer un vínculo permanente con sus padres, que

 

 

 

 

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se pudrían en la llanura de Cannas, y con sus futuros hijos, que pronto matarían a miles de africanos en las afueras de la propia Cartago.

 

Si la victoria le supuso a Aníbal algunas tropas de refresco, tras la derrota, los romanos crearon nuevas legiones. Los legionarios cincuentones que cayeron en Cannas aceptaban el fin creyendo, sin ningún tipo de duda, que sus nietos, que como ellos también eran ciudadanos romanos, llevarían algún día el mismo tipo de armadura, completarían su misma formación militar y, con el correr del tiempo, vengarían su muerte y el infortunio de Rom a en una batalla librada no en Italia, sino en suelo cartaginés. Y tenían razón. El ejército que aniquilaría a los mercenarios de Aníbal en Zam a (202 a.C.) representaba menos de una décima parte de la infantería y recursos navales de Rom a en ese momento. Los desastres que ocasionó la pesadilla que para ellos fue la Segunda Guerra Púnica “no indujeron a los romanos” , señaló Tito Livio, “ a hacer en ningún momento mención de paz” (xxii.61). El éxito de Aníbal en Cannas se asemeja al de los japoneses en Pearl Harbor, una brillante victoria táctica sin ninguna consecuencia estratégica que sirvió para galvanizar en vez de para socavar la moral de los vencidos. Las asambleas de romanos y norteamericanos movili­ zaron nuevos y enormes ejércitos tras la derrota; las confiadas tropas de los Estados imperiales y belicosos que fueron Cartago y Japón se regodearon en el éxito y apenas crecieron.

 

Resulta difícil atribuir el éxito de Rom a a la hora de reaccionar positivamente ante sus catastróficas derrotas al hecho de que se adscribían a la idea de un gobierno constitucional, y es que los propios cartagineses también habían superado ya la monarquía y la tiranía. A la vista de su común origen helénico, existían ciertas similitudes superficiales entre las constituciones de Rom a y Cartago. Además, la lengua fenicia que se habló en Cartago sirvió de prototipo al alfabeto griego, y la literatura púnica -lib r ip u n id -, que se escribía en púnico y en griego, era muy respetada por los autores romanos. Esa comunidad de rasgos era natural en vista de la integración de Cartago en la economía del Mediterráneo oriental durante el siglo anterior, del hecho de que practicara una viticultura y una arboricultura muy evolucionadas y de sus tres siglos de contacto con las ciudades-Estado griegas libres, con las que mantuvo una relación cons tante y belicosa durante la colonización de Sicilia.

 

La costa cartaginesa estaba más cerca que Rom a de las culturas helénicas ancestrales de Sicilia y del sur de Italia. En los siglos IV y III a.C., muchos griegos conocían mejor a los habitantes de las costas del norte de Africa que a los pueblos que vivían en las colinas de la Italia central. Pese a que circulaban truculentos relatos de sacrificios infantiles en un cementerio sagrado (el tophet) -práctica que al parecer floreció a medida que Cartago aumentaba sus riquezas y desa­ rrollo urbano-, a la existencia de una enorme burocracia de sacerdotes y adivinos que servían al sanguinario dios Baal y a la brutal trayectoria de la dinastía

 

 

 

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magónida, cuyos monarcas eran sacerdotes y comandantes militares supremos, los cartagineses armaban ejércitos mercenarios no muy distintos a los de otros pueblos del Mediterráneo oriental, que en su mayoría era helénico.

 

Cartago, como las monarquías helénicas de su época, reclutó falanges de piqueros, incorporó elefantes en sus filas y dio empleo a generales y militares profesionales griegos expertos en táctica para que instruyeran y aconsejaran a sus propios soldados profesionales. Los hombres de Aníbal no se parecían en nada a los aztecas o a los zulúes, que padecían una enorme inferioridad tecnológica frente a sus adversarios occidentales (aunque Aníbal, al contrario que los aztecas y los zulúes, sí era inferior en número a sus enemigos). En lo militar, Cartago casi se había convertido en un Estado occidental tras combatir a los hoplitas griegos y contratar a falangistas mercenarios desde sus invasio­ nes de Sicilia a principios del siglo V a.C. Xantipo, un mercenario espartano, reorganizó el ejército cartaginés durante la Primera Guerra Púnica. Las fuentes clásicas también le adscriben el mérito de planear la fundamental victoria sobre el ejército romano de Régulo, que pereció a las afueras de Cartago el año 255 a.C. El historiador griego Sosilo acom pañó a Aníbal en sus cam pañas y le dio consejos basados en ejemplos extraídos de la historia militar helénica. El propio Aníbal quiso forjar un vínculo con el rey Filipo V de Macedonia con la espe­ ranza de que los falangistas griegos del continente pudieran desembarcar en la costa oriental de Italia y de este modo coordinar un ataque punicomacedo-nio sobre Roma.

 

 

Aunque el cartaginés era un gobierno más oligárquico que el romano, en la época de la Segunda Guerra Púnica Cartago también estaba gobernada por dos magistrados (suffetes) renovados por elección anual que actuaban en conjunción con un órgano de deliberación integrado por treinta ancianos (gerusia) y un tribunal supremo que componían 104 jueces. Todas las decisiones, además, debían ser ratificadas por una asamblea nobiliaria que componían millares de ciudadanos. Los historiadores Polibio y Tito Livio recurrieron, con cierta torpeza, por cierto, al vocabulario político griego y latino -ekklesia, boule, senatus, cónsul-, para referirse a las instituciones y órganos políticos cartagineses cuando se proponían describir a los supervisores civiles de Aníbal. Incluso Aristóteles, en su Política, incluye frecuentes menciones a la práctica constitucional cartaginesa en su comentario acerca de las formas primitivas de oligarquías legalistas, y alaba el gobierno mixto de Cartago, con separación de poderes entre órganos judiciales, ejecutivos y legislativos.

 

Cartago era una colonia fenicia fundada en el norte de Africa a finales del siglo ix a.C. por la mítica Dido (o Elisa). Por lengua, religión y cultura era un pueblo semítico, procedente de Tiro. Pero, en el siglo III a.C ., su estructura política tenía características muy europeas y su economía estaba plenamente vinculada a la ribera norte del Mediterráneo occidental.

 

 

 

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Donde Rom a difería más esencialmente de su vecino púnico, además de en cuestiones religiosas y lingüísticas, era en su idea de ciudadanía y en los deberes y derechos inherentes al título de civis romanus, idea política que trascendía con mucho los aspectos legales de un órgano deliberativo que se limitara, sin más, a respetar los preceptos constitucionales. La noción occi­ dental de gobierno consensuado que surgió en el siglo V III a.C. en la Grecia rural estaba, en principio, llena de contradicciones, puesto que la política, originalmente, no consistía en otra cosa que en la reunión de algunos propie­ tarios para deliberar sobre aquellos asuntos que los afectaban a todos. El concepto, absolutamente radical, de que los ciudadanos tenían derecho a decidir sobre su propio gobierno dio pie a una pregunta inm ediata: ¿quiénes eran ciudadanos y por qué?

 

Si la participación ciudadana en las primeras ciudades-Estado griegas, que eran en realidad pequeñas oligarquías, marcó originalmente la invención re­ volucionaria de que los gobernados debían dar su consentimiento a las decisiones de los dirigentes, los ciudadanos representados en el gobierno no llegaban en la mayoría de los casos a la cuarta parte de la población residente. Sin embargo, como lamentó Platón, existía una tendencia constante hacia el igualitarismo y la inclusión en la ciudad-Estado. Hacia el siglo V a.C., especial­ mente en Beocia y en algunos Estados del Peloponeso, para tener derecho al voto sólo hacía falta acreditar la posesión de cuatro hectáreas de tierra o su equivalente en dinero.

 

A       consecuencia de ello, hacia el siglo v a.C . la m ayoría de la población masculina adulta de Grecia podía participar por pleno derecho en el gobierno. En la Atenas imperial y en sus satélites democráticos, todos los varones libres e hijos de ciudadano varón, fuera cual fuera su riqueza o linaje, gozaban del derecho de ciudadanía, lo que permitió la formación de una enorme flota de remeros compuesta por ciudadanos libres. Y, lo que es aún más asombroso, la difusión de la ideología democrática occidental no se circunscribió a cuestiones de forma relativas al voto, sino que, por el contrario, confirió un aura igualitaria a todos los aspectos sociales de la ciudad-Estado, desde la familiaridad en el habla y en el vestir hasta cierta identidad en la apariencia y el comportamiento en público, la vida privada gozó de una liberalidad que sobreviviría incluso en los períodos de monarquía y autocracia por los que más tarde atravesaría Oc­ cidente. Conservadores como aquel ciudadano anónimo al que llamaban Viejo Oligarca (h. 440 a.C.) se quejaban de que en Atenas se tratara a los esclavos y a los pobres igual que a los hombres eminentes. Platón opinaba que la evolución lógica de la democracia no tenía límites. Las jerarquías establecidas en virtud de los méritos desaparecerían, puesto que hasta los grumetes se considerarían capitanes con derecho, por nacimiento, a coger el timón, supieran o no de artes de navegación. Llegaría un momento en que incluso los animales de Ate-

 

ñas, protestaba el filósofo, preguntarían por qué no eran iguales a los demás si el objetivo de la ideología dominante era rebajar a todos al mismo nivel.

 

Aunque con los gobiernos de Filipo y Alejandro (359-323 a.C.) y de las di­ nastías que fundaron sus sucesores (323-31 a.C.) muchas tradiciones helenísticas sufrieron una gran erosión, los ideales de la ciudad-Estado no desaparecieron del todo. Además, fueron adoptados por otros Estados. Los italianos, por ejemplo, aprendieron más sobre gobierno constitucional de las viejas colonias griegas del sur de Italia que de los reyes helenísticos del otro lado del Adriático. Una de las mayores ironías de los conflictos grecorromanos de los siglos III y II a.C. fue que las legiones eran más helénicas que los mercenarios de habla griega a los que aplastaron en las batallas de Cinocéfalos (197 a.C.) y Pidna (168 a.C.), libradas en territorio griego.

 

Por desgracia, en relación con la capacidad de formación de efectivos militares de calidad, Cartago, a diferencia de Roma, no había evolucionado más allá de la primera fase en un gobierno consensuado de inspiración helénica. Su gobierno continuaba en manos de un grupo selecto de aristócratas y de ejecutores, escogidos ambos entre la misma elite. Cartago era un enorme imperio dirigido por una pequeña camarilla deliberativa de mercaderes y comerciantes de origen nobiliario. Por el contrario, Rom a tomó prestado el ideal griego de gobierno cívico y lo mejoró y adaptó a su singular idea de nacionalidad (natio), que per­ mitía la independencia a sus aliados de habla latina, con ciudadanía plena (optimo iure) o parcial (sine sufragio) para los residentes de otras comunidades italianas, y en siglos posteriores, plena ciudadanía a aquellas personas, de cualquier taza, y lengua, que aceptasen las leyes romanas y el pago de impuestos. Lo que en origen no era más que un Estado regido por un gobierno nominal de aristócratas romanos y latinoparlantes evolucionó, como dictaba la lógica, hasta convertirse en un Estado plural en el que las asambleas locales podían actuar en contra del Senado, y los líderes populares, vetar la legislación oligárquica. Incluso cónsules como Flaminio y Varrón -el primero muerto en Trasimeno, el segundo, uno de los máximos responsable de la catástrofe de Cannas- eran, según parece, “hombres del pueblo” que daban voz al deseo de los pobres de emprender una acción militar cuanto antes frente a la oposición de aristócratas como Fabio Máximo, que abogaba por la prudencia y la dilación. En Cartago no había nadie como Flaminio o Varrón.

 

 

 

 

 

LAS LEGIONES DE ROMA

 

Nadie esperaba que el ejército romano, especialmente cuando se desplegaba en masa y en suelo italiano, fuera derrotado, y mucho menos, aniquilado. Ya a finales del siglo III a.C., los legionarios romanos se habían convertido en las tropas de

 

 

infantería más letales del mundo precisamente a causa de su movilidad, mag­ nífico equipo, disciplina singular e ingeniosa organización. El monarca y general epirota Pirro (280-275 a.C.), los comandantes cartagineses de la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) y las tribus del norte de Galia (222 a.C.) podían atestiguar la carnicería que se producía cuando sus mejores tropas trataban de oponerse a los romanos. Éstos habían desarrollado un método de lucha móvil y flexible capaz de hostigar y aplastar a los contingentes tribales escasamente organizados en Galia o Hispania y de dispersar al mismo tiempo a las columnas de disci­ plinados falangistas orientales en batallas campales por medio de maniobras de envolvimiento o de la manipulación del terreno. En los siglos III y II a.C., la historia de Rom a es el relato del sangriento despliegue de las legiones en todo el Mediterráneo, primero hacia el oeste y el sur contra íberos y africanos (270-200 a.C.), y luego hacia el este contra los reinos helénicos de Grecia y Oriente Próximo (202-146 a.C.).

 

Para indicar el alcance de las campañas romanas y el vasto abanico de experiencias de los legionarios, Tito Livio relata en su Historia de Roma la vida castrense del soldado y ciudadano romano Espurio Ligustino, un ejemplo muy citado. En sus 32 años de carrera en el ejército (200-168 a.C .), este soldado cincuentón, padre de ocho hijos, combatió contra la falange de Filipo V en Grecia, batalló en Hispania, regresó a Grecia para luchar contra Antíoco III y los etolios, pasó por Italia, donde no abandonó el ejército, y volvió de nuevo a Hispania. “Fui centurión primipilo cuatro veces en el transcurso de pocos años; 34 veces recibí de mis generales la recompensa al valor. He recibido seis coronas cívicas [por salvar la vida a un conciudadano]” (XL.34.11). Espurio Ligustino pudo añadir que se había enfrentado a las picas de los falangistas macedonios, a los elefantes de los dinastas helénicos y que había librado guerras sucias para acabar con las escaramuzas de las tribus que habitaban en los Pirineos. El genio de Rom a consistía en encontrar el modo de que un granjero italiano como Espurio luchase con más eficacia que cualquier soldado mercenario del Mediterráneo.

 

 

La legión romana, que componían entre 4.000 y 6.000 infantes, era en realidad, a finales del siglo III a.C., la laxa unión de treinta compañías llamadas manípulos (“ dedos”), cada una de las cuales estaba compuesta de dos centurias, formadas por entre sesenta y cien hom bres y lideradas por un soldado profesional y veterano llamado centurión, maestro en el avance y el asalto a la voz de mando. Cuando una legión marchaba al campo de batalla, sus sesenta centurias for­ maban tres enormes líneas, cada una de ellas capaz de compactarse en un solo y masivo grupo o de dispersarse en contingentes más pequeños dependien­ do del terreno y de las características del enemigo. Lo que el diseño táctico de un ejército romano pretendía era precisamente no entrar en un choque masivo y abigarrado con las columnas hostiles, situación en la que o podía ser presa

 

 

 

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de una maniobra de envolvimiento o bien podía verse dividido por la mayor profundidad de las formaciones enemigas.

 

A       diferencia de las falanges griegas, de las que habían evolucionado, los le­ gionarios romanos avanzaban en una formación fluida. Los soldados arrojaban sus jabalinas, o pila, y corrían para luchar de cerca contra su enemigo con sus mortales espadas cortas, el famoso gladius de doble filo forjado con acero hispano, un arm a mucho más letal y versátil que la pica macedonia. Los escudos rectangulares servían a menudo como armas de ataque, puesto que los legionarios utilizaban sus refuerzos metálicos para golpear las zonas desprotegidas del cuerpo del enemigo. Gracias al uso combinado de la jabalina, el enorme escudo y la espada de doble filo, los romanos resolvieron el viejo dilema de elegir entre un ataque con armas arrojadizas y uno cuerpo a cuerpo, entre la movilidad y el choque, y combinaban las ventajas de ambos. Por la posibilidad de lanzar sus jabalinas, los legionarios podían compararse a las unidades de jabalineros asiáticos, pero, gracias a sus largos escudos y a sus afiladas espadas, también podían actuar como un cuerpo de choque, a la manera de los falangistas griegos. A diferencia de la falange, sin embargo, las tres líneas de avance sucesivas de la legión les permitían contar con reservas y concentrar sus fuerzas sobre los puntos más débiles de la línea enemiga.

 

Frente a una falange macedonia, los ataques con armas arrojadizas sorpren­ dían y herían a los piqueros. A continuación, algunos manípulos se precipitaban al combate cuerpo a cuerpo en aquellos lugares donde las columnas enemigas mostraban mayor debilidad. De igual modo, cuando luchaban contra las tribus del norte de Europa, las legiones podían avanzar en formación, presentando un frente sólido y disciplinado de escudos y espadas capaz de abrirse paso a través de las desorganizadas tropas tribales, que tenían muy pocas posibilidades de éxito frente a un cuerpo de choque en form ación cerrada. Contra ambos adversarios, las dos líneas de manípulos que formaban a retaguardia, los principi y los triari, observaban el choque de las hileras de vanguardia, los hastati, impacientes por explotar el éxito inicial o evitar la ruptura de la línea.

 

¿Qué se sentía al enfrentarse al avance de las tres líneas de un ejército ro­ mano? La mayoría de los historiadores clásicos -en especial, César, Tito Livio, Plutarco y Tácito- consideran la cuestión desde el punto de vista romano. Sus etnocéntricos y sangrientos relatos hablan de greñudos germanos de un metro noventa de estatura que profieren extraños alaridos y gritos de guerra (el barritas), al tiempo que golpean sus armas y escudos; de galos también chillones, medio desnudos y de pelo grasiento y subidos unos encima de otros para aparentar más altura; de hordas de asiáticos, vestidos con túnica y la cara pintada, cuyo alboroto enmudece ante el disciplinado avance de los hoscos soldados profe­ sionales romanos; es decir, de cómo la inteligencia y la civilización superan siempre la inferioridad numérica y vencen al barbarismo y la fuerza bruta.

 

 

 

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Pinturas de guerra, tatuajes, mujeres semidesnudas, gritos guturales y un vario­ pinto surtido de collares de metal, cadenas, cabellos erizados y, a veces, cráneos humanos y otros miembros colgando de los cinturones de guerra pueblan por lo general los relatos que describen al Otro al que se enfrentaron las legiones romanas o los conquistadores españoles.

 

Sin embargo, no era el avance de los “bárbaros” el más inhumano y escalo­ friante, sino el romano. Las legiones, igual que los cristianos en Lepanto y los británicos en Rorke’s Drift, combatían en silencio. Avanzaban por la tierra de nadie que los separaba del ejército contrario hasta llegar a unos treinta metros de la línea enemiga. A una distancia establecida de antemano, la primera hilera lanzaba sus p ila , de más de dos metros de longitud, gritando en ese momento por vez primera, como queriendo facilitar el vuelo del proyectil. De inmediato, y sin haber recibido la menor señal que pudiera ponerlos sobre aviso, cientos de enemigos caían empalados o sus escudos quedaban inutilizados bajo un chaparrón de lanzas. A continuación, desenvainando sus letales espadas cortas, las primeras hileras de legionarios se precipitaban sobre sus perplejos adversarios. Sus escudos rectangulares tenían en el centro refuerzos de hierro que utilizaban como arietes, mientras clavaban la espada en brazos, piernas y cabeza. Luego continuaban presionando para explotar las posibles brechas que dejaban los muertos y heridos del enemigo. Casi inmediatamente llegaba un segundo ejército, la línea de principi, y arrojaba sus p ila por encima de sus compañeros, inmersos en el choque, para am pliar las brechas creadas por los primeros manípulos. Es decir, se repetía el mismo proceso: carga, lanzamiento de jabalinas y ataque con espadas, que aún reproduciría una tercera oleada de legionarios.

 

El horror de la guerra no está en la reacción, tan humana, de las culturas tribales ante el derramamiento de sangre -gritos y locura al dar y recibir la muerte, furia en la persecución del vencido, pánico próxim o a la histeria en la huida-, sino en la estudiada frialdad del avance romano, en la previsión y falta de sorpresa del lanzamiento de jabalinas y en el manejo aprendido de la espada, en la sincronización de los m anípulos en asaltos cuidadosam ente planificados. El verdadero horror es convertir la pasión y el pánico, tan humanos e impredecibles, en un asunto predecible, en una fría ciencia que consiste en matar, teniendo en cuenta las limitaciones de la potencia muscular y de las armas blancas, a tantos hombres como sea posible. Flaviojosefo, el historiador judío, captó la esencia del profesionalismo de las legiones en su fría valoración de sus hazañas: “No nos equivocaríamos si dijéramos que sus ejercicios son combates sin sangre y que sus combates son ejercicios sangrientos” (La guerra de los judíos, III.75).*

 

 

 

 

 

* Madrid, Gredos, 1998, traducción de Jesús María Nieto Ibáñez.

 

 

 

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Seguramente, el profundo odio hacia esta m anera tan estudiada de lucha explica por qué, cuando las legiones romanas se veían sorprendidas por un enemigo muy superior numéricamente y eran víctimas de una mala jefatura, como en Partía, en los bosques de Germania o en las colinas de las Galias, sus vencedores no sólo acababan con aquellos profesionales del combate, sino que, además, liberaban su odio con la decapitación y mutilación de sus cadáveres y organizaban desfiles para exhibir los restos de un enemigo que, en ocasiones pasadas, había sido capaz de matar sin morir. Los aztecas también mutilaban a los españoles y con frecuencia devoraban cadáveres y prisioneros, y aunque, según parece, hacían esto para saciar el deseo de sangre de sus dioses sedientos, gran parte de su barbarism o derivaba de la rabia que sentían ante aquellos conquistadores que, con la protección de sus corazas y la ayuda de sus cañones, ballestas, espadas toledanas y de la disciplina de sus filas, habían acabado, fría y sistemáticamente, con muchos millares de defensores en Tenochtitlán. Tras derrotar a los británicos en Isandhlwana, los zulúes decapitaron a muchos enemigos y dispusieron sus cabezas en semicírculo, en parte porque, momentos antes, muchos de sus compañeros habían saltado en pedazos, víctimas del fuego ininterrumpido de los fusiles Martini-Henry.

 

El ejército de la República romana no era sólo una máquina. Su verdadera fuerza residía en el natural impulso de la dura infantería italiana, compuesta por pequeños propietarios, por recios provincianos que votaban en las asam­ bleas locales de las ciudades y aldeas de Italia y eran tan feroces como el más temible y corpulento de los europeos que vivían al norte del continente. En la tradición del gobierno constitucional -el griego Polibio se sintió m aravilla­ do ante la República romana, cuya separación de poderes, sostenía, había m ejorado el gobierno más popular y consensuado de las ciudades-Estado helénicas-, los romanos habían conseguido una nación en armas compuesta por ciudadanos libres.

 

Igual que la mayoría de los griegos que lucharon en Salamina, los granjeros romanos impusieron voluntariamente el alistamiento de ciudadanos, votaron a favor de la guerra en las asam bleas locales y m archaron hacia Cannas decididos a expulsar a los invasores cartagineses del territorio italiano y al mando de generales elegidos en los comicios. Como los falangistas de Alejandro Magno, e influidos por la tradición griega de la batalla decisiva, los romanos no confiaban en el engaño o la emboscada, y mucho menos en las unidades de arqueros o jinetes ni en las tropas especializadas en escaramuzas. Más les habría valido seguir el consejo de Fabio M áxim o, que abogó por continuar con una guerra de desgaste y no de aniquilación contra un adversario tan brillante como Aníbal.

 

Mejor, sin embargo, habría sido que los ejércitos romanos hubieran desarrollado, como habían hecho Filipo y Alejandro, una fuerza de choque

 

 

 

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compuesta por caballería pesada capaz de integrarse en el avance de los ma­ nípulos. Con ello habrían anulado la extraordinaria m ovilidad y rapidez de los jinetes de Aníbal. Las tácticas de dilación y tierra quemada, junto a una cultura que privilegiaba a los caudillos que montaban a caballo, eran contrarias a la tradición romana del asalto frontal protagonizado por tropas de infantería. Por diversas razones políticas, militares y culturales, muy rara vez fue la caba­ llería el puntal de los ejércitos de la Antigüedad, ni cuando estaba compuesta por llamativos y orgullosos caballeros, ni cuando la integraban jinetes nómadas expertos en incursiones. Filipo y Alejandro utilizaron la caballería de un modo extraordinario, pero muy poco representativo de la doctrina militar griega y romana. Los ejércitos grecorromanos pagarían con sangre una carencia que resultó crítica en numerosas ocasiones.

 

Pese a la simplicidad del ataque romano y a la ocasional inexperiencia de sus reclutas, la disciplina de las legiones era incomparable y nadie cuestionó la fuerza y valor de la infantería italiana. El Senado rom ano, igual que la Asamblea griega y los comités de la elite real macedonia, se beneficiaba de una tradición que apostaba por enviar a sus ejércitos al combate frontal, para, mediante una batalla decisiva protagonizada por la infantería, destruir al ene­ migo en cuestión de horas. Pocos comandantes romanos fueron juzgados por incom petencia tras su derrota. Fueron procesados, desde luego, pero sólo por cobardía a la hora de entablar una batalla decisiva contra el adversario. Cuando Varrón, el cónsul que sobrevivió a Cannas, regresó a Rom a tras el desastre, fue recibido con entusiasmo. En apariencia, sus errores tácticos, que habían provocado la muerte de m illares de hombres, no significaban nada com parados con su deseo, ya probado, de encabezar una tropa de jóvenes ciudadanos sin experiencia militar, aunque los hubiera conducido a la muerte frente a las huestes de Aníbal.

 

Los infantes que cayeron en la trampa de Cannas estaban, muy probable­ mente, mejor armados y equipados que sus adversarios. Sus escudos, petos, cascos y espadas eran fruto de una tradición científica que incorporaba las mejoras dictadas por la experiencia directa del combate. Occidente, a diferencia de otras culturas, siempre había tomado prestados e incorporado como propios elementos de otras culturas, sin pensar que ello cuestionara su espíritu nacio­ nalista o supusiera una renuncia a las tradiciones y costumbres nativas. Cuan­ do ha ido de la mano de la investigación científica racional, esa flexibilidad siempre ha garantizado a los europeos armas superiores a las de sus adversarios. En Cannas, la m ayor parte de los mercenarios africanos y europeos de Aníbal iban equipados con arméis y armaduras romanas que formaban parte del botín que habían conseguido en Trebia y Trasimeno. Si casi todos los enemigos de Rom a desnudaban a sus muertos y les arrebataban las armas, pocos legionarios se interesaban por el equipo de los galos o los africanos caídos en combate.

 

 

 

 

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El ejército romano que luchó en Cannas m arcaba el cénit de la tradición militar occidental a finales del siglo III a.C . Y, sin embargo, fue derrotado por un ejército cartaginés que no podía aprovechar ninguna de las ventajas cultu­ rales de Rom a. Los hom bres de A níbal contaban con armas y tecnología inferiores a las de sus enemigos. Eran, además, mercenarios y no una milicia de ciudadanos: por supuesto, el Estado púnico no tenía la menor intención de reclutar a un ejército de pequeños granjeros. Los cartagineses no tenían un concepto abstracto de libertad política individual o de m ilitarism o cívico. Aristóteles nos recuerda que recompensaban a sus soldados en función del número de bajas que infligían al enemigo, una diferencia radical con los ejér­ citos clásicos, que primaban la disciplina y el mantenimiento de la formación, y preferían evitar la huida y proteger al compañero. Espurio Ligustino fue condecorado con varias coronas cívicas por salvar a sus camaradas, no por tener muchas muertes en su haber o coleccionar cabelleras. Cannas supuso una desgraciada inversión del paradigm a militar de la Antigüedad: un ejército occidental con gran superioridad numérica, que combatía en su país y confiaba en sus poderosos recursos, se desplegó de un modo muy poco inteligente y salió derrotado a manos de un enemigo que buscó la victoria de su cuerpo expedicionario mediante la coordinación de sus tropas y el brillante desempeño de sus generales.

 

 

 

 

 

UNA IDEA: LA NACIÓN EN ARMAS

 

Las ciudades-Estado griegas habían enrolado nuevos ciudadanos de manera ocasional y a título individual, pero estos títulos de ciudadanía eran honoríficos y escasos. Gran parte del comercio de las polis griegas quedó en manos de residentes extranjeros, de los brillantes e industriosos metecos, que quizá po­ seyeran más capital que cualquier ciudadano y no obstante tenían vetado el derecho al voto en la Asamblea. Los griegos sentían tanto celo por su autonomía y libertad y tenían tanto aprecio nacionalista al paisaje que rodeaba sus polis que no querían otorgar a extranjeros e inmigrantes -en realidad, ni siquiera a otros griegos de una polis distinta- los mismos derechos de ciudadanía que tenían los robustos granjeros que labraban sus tierras ancestrales.

 

Aunque algunos pensadores griegos, tan diversos como Heródoto e Isócrates, llegaron a tener una noción de lo griego, to hellenikon, como identidad de ideas más que de raza o idioma, identidad abierta a cualquier extranjero que quisiera compartir la cultura y las premisas políticas de la polis, el auge de la monarquía macedonia frenó en seco la evolución de una ciudad-Estado independiente y con un gobierno de consenso. L a escasez de tropas siempre fue la pesadilla de los ejércitos griegos, una carencia que venía provocada por el obtuso requisito

 

 

 

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de que todos los soldados debían ser ciudadanos, cuando no todos los residentes lo eran. Incluso los pobres que remaron por su libertad en Salamina igualaban en número a los esclavos y extranjeros que no tenían, ni tendrían, voz en el gobierno de Atenas. Esta estrecha concepción de la ciudadanía pronto conde­ naría a la ciudad-Estado independiente.

 

Por el contrario, la cultura contra la que Aníbal com batió en Italia se encontraba en medio de una transformación revolucionaria de su identidad. L a ironía de la Segunda Guerra Púnica consiste en que la incorporación a la comunidad romana de aquellos a quienes hasta el momento se había consi­ derado “extranjeros” , lo que sirvió para fortalecer aún más los cimientos sociales y militares de la República romana, se debió en gran parte a Aníbal, el enemigo jurado de Roma. Con su invasión, el general cartaginés contribuyó a acelerar una segunda evolución en la historia del gobierno republicano occidental, que superaría con mucho las constituciones provincianas de las ciudades-Estado griegas. L a creación de una verdadera ciudad-Estado tendría consecuencias m ilitares que conm overían el mundo m editerráneo hasta sus cimientos, y que, en gran parte, contribuyen a explicar el temible dinamismo militar que hoy día tiene Occidente. Cannas provocó una crisis que supuso, entre otras cosas, que la cantidad de propiedades necesarias para formar parte del ejército, concepto heredado del censo hoplita de los griegos, se rebajara primero a la mitad y luego, a lo largo de todo el siglo II a.C ., se rebajara todavía más, hasta que, con el cónsul Cayo Mario, este requisito desapareció.

 

Los pueblos de Italia -samnitas, etruscos y los habitantes grecoparlantes del sur- tenían varios grados de alianza con Roma. Incluso la desconfianza hacia los asuntos de Rom a que sentían los pueblos confederados de Italia era conse­ cuencia no tanto del temor y el odio hacia la dominación extranjera como de la envidia y el resentimiento por no ser todavía ciudadanos romanos de pleno derecho y por tanto con derecho a voto y a desempeñar cargos oficiales. En el mundo clásico, el extranjero emigraba muchas veces a las ciudades helénicas e italianas en busca de oportunidades y m ayor libertad. Entre los griegos encontraba tolerancia, indiferencia o prosperidad; entre los romanos, y con el tiempo, la ciudadanía. Las levas llevadas a cabo para vencer a Aníbal sirvieron, en definitiva, para catalizar la evolución hacia la paridad del resto de Italia con Roma.

 

Ya hacia el siglo III a.C. hubo en Roma muchos visionarios que apelaban a la ciudadanía de pleno derecho de todos los habitantes de Italia, cuestión que no se resolvería hasta la Guerra Social, que tuvo lugar a principios del siglo i a.C., cuando por fin se reconoció que los pueblos afines a R om a en ideología y circunstancias materiales debían, en teoría, ser incorporados a la comunidad romana. Cuando se produjo la invasión de Aníbal, no obstante, muchas co­ munidades italianas que no hablaban latín estaban compuestas por ciudadanos

 

 

 

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romanos que estaban bajo el amparo de la ley romana pero no tenían derecho a voto en los asuntos de la República. La necesidad de recobrar el apoyo de la Península Itálica, formar legiones y evitar deserciones a favor de Aníbal aceleró las concesiones de Roma a sus aliados. Durante el período final de la República y con el Im perio, los libertos y los pueblos mediterráneos no italianos casi llegarían a ser tan iguales ante la ley como los aristócratas romanos.

 

El concepto de ciudadanía occidental, que conllevaba un gran número de derechos y deberes, era una idea revolucionaria que proporcionaría grandes recursos a las legiones, cada vez más numerosas, y un marco legal capaz de garantizar que los soldados sintieran que, desde un punto de vista formal y contractual, eran ellos quienes habían ratificado las condiciones de su servicio militar. El antiguo mundo occidental pronto se definiría a sí mismo en térmi­ nos de cultura más que de raza, lengua o color de piel. Por sí misma, esta idea aportaría enormes ventajas a sus ejércitos en el campo de batalla. En los siglos venideros, los legionarios imperiales de un puesto fronterizo del norte de Britania o de Africa tendrían una lengua y un aspecto distinto al de aquellos que cayeron en Cannas. En alguna ocasión sufrirían los prejuicios de los nativos italianos, pero estarían equipados y organizados como los soldados romanos tradicionales y, en cuanto ciudadanos, considerarían el servicio militar más como un acuerdo contractual que como una condena provisional.

 

Ya durante las Guerras Púnicas se liberó en ocasiones a muchos esclavos y, dependiendo de su contribución militar, se les concedió la ciudadanía romana. Después de Cannas, miles de ellos participarían en el ejército y lograrían la emancipación. Los romanos, en definitiva, recogieron la idea de polis y la trans­ formaron en la idea de natío. M uy pronto no serían ya la etnia, la geografía o el nacimiento en libertad los elementos que definirían lo romano. Por el con­ trario, algún día aquellos que no hablaban latín, que habían nacido como escla­ vos y que vivían fuera de Italia podrían, en teoría, adquirir la ciudadanía, siempre y cuando, por supuesto, pudieran convencer a los órganos decisorios competentes de que eran romanos en espíritu y querían prestar el servicio militar y pagar impuestos a cambio de la protección de la ley romana y de la seguridad que otorgaba una economía libre y mercantilista.

 

Tres siglos después de Cannas, Ju ven al ridiculizaría a los “hambrientos grieguitos” que pululaban por Roma, pero aquellos hombres, además de dominar la vida comercial de la ciudad, demostrarían, junto a otrós extranjeros, que eran tan buenos ciudadanos legionarios como cualquier italiano. Fue Roma, no la Grecia clásica, la que creó la moderna e integradora idea de ciudadanía occi­ dental y la noción de valores plutocráticos que prospera en una economía libre y en crecimiento. El dinero, y no necesariamente el lugar de nacimiento, los ancestros o la ocupación, dictaría m uy pronto la categoría social de un romano. El ex esclavo Trimalción y su cohorte de invitados libertos, que na­

 

 

 

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daban en la abundancia en E l satiricón, de Petronio, novela del siglo i, eran la consecuencia lógica de la idea de integración ciudadana -es decir, social, económ ica y cultural- que continúo evolucionando incluso cuando, con el Imperio, la libertad política a escala nacional se iba extinguiendo. No por azar algunos de los autores más nacionalistas y romanos de la literatura latina, como Terencio, Horacio, Publio Siró, Polibio y Flavio Josefo, eran hijos de libertos, ex esclavos, africanos, asiáticos, griegos o judíos. Hacia el siglo II, no era frecuente encontrar a un emperador romano que hubiera nacido en Roma. ¿Qué efecto tuvieron las enormes diferencias de ambos contendientes en sus respectivas ideas de ciudadanía en la batalla librada en Cannas en agosto de 216 a.C.? Un gran efecto, sin duda. Aun en la efervescencia de la victoria, Aníbal sólo pudo conseguir, para reforzar sus tropas, a unos pocos mercenarios bien entrenados. Roma, en la decepción de la derrota, contó con una multitud de reclutas bisoños.

 

Los primeros griegos inventaron el concepto de militarismo cívico, la idea de que los que votan deben también luchar para proteger la comunidad, que, a cambio, es garante de sus derechos. Com o resultado de ello, las ciudades-Estado clásicas alinearon cuerpos de infantería que sumaban casi la mitad de su población masculina residente. Es posible que unos 70.000 ciudadanos griegos libres aniquilaran a un ejército persa compuesto por 250.000 reclutas forzosos en la batalla de Platea (479 a.C.). Esto supuso un magnífico comienzo para las pequeñas repúblicas helénicas, que no m ovilizaron ya únicamente a su elite aristocrática, sino a sus reservas de población. No obstante, los ciu dadanos de la Grecia clásica nunca llegaron a apreciar todo el potencial del militarismo cívico, debido al enorme celo con que se tomaban la noción de ciudadanía, que no se extendía a todos los ciudadanos de la polis. Los grie­ gos habían mantenido la Hélade libre de la ocupación persa gracias, en parte, a la revolucionaria idea de que todos los ciudadanos deben hacer la guerra, pero por el mismo motivo perdieron su autonomía ante los macedonios siglo y medio después, víctimas, precisamente, de la escasez de soldados ciuda­ danos.

 

 

L a consecuencia de una concepción tan estrecha de la guerra fue el auge del ejército real de Filipo y Alejandro, a quienes importaba poco la condición de sus guerreros con tal de que supieran combatir y fueran leales a quienes les pagaban. Los monarcas macedonios y sus sucesores no eran demócratas. Sin embargo, su buena disposición a integrar por igual en sus ejércitos multi­ culturales y profesionales a macedonios y griegos y pagarles la misma soldada

 

- lo s desesperados unidos por un deseo com partido de gloria y botín y no divididos por el idioma, la procedencia o el orgullo étnico- era, en cierto sentido y de un modo que jamás soñaron las ciudades-Estado griegas, perversamente igualitaria. L a existencia de enormes ejércitos mercenarios durante el período

 

 

 

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helénico (323-31 a.C.) resolvió por un tiempo el tradicional problem a de la escasez de recursos humanos, pero lo hizo de un modo que con frecuencia iba en detrimento del anterior impulso cívico de la ciudad-Estado. El mismo dilema inquietó anteriormente ajenofonte, Platón y Aristóteles, que a lo largo de su vida vieron cómo su ideal de grandes ejércitos ciudadanos se desvanecía. Los griegos podían formar ejércitos de gran tamaño o ejércitos patrióticos y llenos de espíritu, pero no ambas cosas. Cada uno de los griegos que murió en Queronea (338 a.C.), fallido esfuerzo por preservar su libertad, había vo­ tado por plantar batalla. Ni uno solo de los macedonios de Filipo II que los mató decidía dónde, cómo y por qué luchaba. Que los primeros, mal dirigidos, mal organizados y peor equipados que sus adversarios, estuvieran a punto de rechazar al inmenso ejército real de Filipo es un tributo al espíritu del gobierno cívico.

 

 

La solución a esta paradoja clásica consistía en alinear ejércitos ciudadanos que no obstante fueran de gran tamaño, combinando el militarismo cívico y el descubrimiento de la Grecia clásica con la disposición de los monarcas he­ lénicos a reclutar infantes procedentes de todos los segmentos de la sociedad. La nación rom ana y su idea radical de una ciudadanía integradora lograría tal combinación de un modo brillante, garantizando además que sus ejércitos fueran mucho mayores que los de la Grecia clásica y pese a ello mucho más patrióticos que las tropas mercenarias que por millares engrosaban las filas de las huestes helénicas.

 

La idea de una enorme nación en armas -en 218 a.C., año de comienzo de la Segunda Guerra Púnica, había dispersos por toda Italia más de 325.000 ciudadanos romanos varones; de ellos, casi un cuarto de millón estaban en edad militar- resultaba incomprensible para los cartagineses, que restringían el título de ciudadanía a un pequeño grupo de hablantes del púnico circunscritos a la zona de Cartago y sus alrededores. Desde un punto de vista militar, peor era que los cartagineses jamás se acogieran plenamente a la tradición helénica de levas ciudadanas, es decir, a llamar a filas a aquellos que gozaban de los derechos de ciudadanía, precisamente para defenderlos. Cartago tampoco compartía la idea romana de nación según la cual la nacionalidad trascendía la procedencia, la etnia y el idioma. Los miembros de las tribus africanas cercanas a Cartago, e incluso sus propios mercenarios, podían combatir a los romanos o al propio Estado púnico, tanto les daba. Aparte del barniz de ciertos representantes de la elite, un examen detenido revelaba muy pocos elementos occidentales en la consideración cartaginesa de la política y de la guerra. A diferencia de los griegos, Cartago no insistió en que debían ser sus ciudadanos quienes comba­ tieran en sus batallas. A l contrario que los romanos, le faltaron los mecanismos para equiparar políticamente a sus aliados norteafricanos o del occidente de Europa, a los pueblos conquistados o a los siervos, con sus nativos, de ahí los

 

 

 

 

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enfrentamientos constantes y a menudo brutales con sus propios ejércitos mercenarios y rebeldes. Cartago ni siquiera fingía que su Asamblea servía de foro a los deseos del pueblo. Al parecer, se trataba de una sociedad en la que existían dos, no tres, clases: la privilegiada, compuesta por aristócratas dedicados al comercio, y el resto, es decir, los siervos y los trabajadores, sin ninguna representación en los órganos decisorios.

 

Es probable que el Senado romano fuera tan aristocrático como el cartaginés, pero los púnicos no contaban con asambleas que pudieran ejercer cierto control del poder y tenían muy poca tradición para que un reformador popular, como Licinio, Hortensio o Graco, quisiera ampliar la representación, permitir la llegada a los altos cargos del gobierno a miembros de las clases medias y a “hombres nuevos”, y abogar por la reforma agraria y la redistribución de la tierra. Para el ejército esto suponía una carencia crónica de soldados cartagineses y la dependencia absoluta en el reclutamiento de mercenarios. Am bas cosas im ­ plicaban que por m uy brillantemente dirigidos que estuvieran y pese a que contaran con gran experiencia, adquirida gracias a un guerrear constante, a los ejércitos cartagineses les resultaría casi imposible alinear por mucho tiem­ po tropas tan numerosas o patrióticas como las legiones. Siglos después de Cannas, los romanos continuaron formando enormes ejércitos, incluso en los oscuros años de las guerras civiles. En los diecisiete años de conflicto que siguieron al paso de César por el Rubicón (49-32 a.C.), más de 420.000 italianos llegaron a engrosar las legiones de Roma.

 

Por el contrario, para vencer, a Aníbal no le bastaba con derrotar a los romanos en Cannas. Debía ganar cuatro o cinco batallas de esas dimensiones y de manera sucesiva, sólo así conseguiría acabar con los copiosos recursos de Rom a: más de un cuarto de millón de granjeros de toda Italia, hombres de entre diecisiete y sesenta años dispuestos a luchar por la conservación o la prom esa de la ciudadanía romana. Aníbal, además, estaba obligado a tal carnicería con un ejército compuesto por mercenarios africanos y miembros de tribus europeas en el que probablemente no había ni uno solo de los ciudadanos cartagineses con derecho a voto. Los integrantes de aquel ejército no luchaban por el deseo de obtener la ciudadanía cartaginesa, ni por la libertad de gobernar sus propios asuntos, sino, en su mayoría, por odio a Rom a o por el dinero y el botín que su extraordinario líder continuaría entregándoles, dos incentivos magníficos, desde luego, pero que no podían igualar al de los granjeros que habían votado por sustituir a sus camaradas caídos en Cannas y luchar hasta el último hombre a fin de garantizar la seguridad del populus romanus, la preservación de la res publica y el honor de su cultura ancestral, mos maiorum. La mayor parte de los granjeros italianos suponían, con razón, que a sus hijos les esperaba un futuro mejor bajo la República romana que aliados a un régimen aristocrático, extranjero y mercantil como el de Cartago.

 

 

 

 

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“DUEÑOS DE TODO EL MUNDO”:

 

EL LEGADO DEL MILITARISMO CÍVICO

 

LOS RECURSOS HUMANOS DE ROMA

 

Los griegos y otros pueblos no romanos de la Antigüedad pudieron movilizar grandes ejércitos siempre que quisieron. Pero la movilización de tribus y ejércitos mercenarios que llevaron a cabo galos, hispanos, persas o africanos no consti­ tuía, en ningún sentido, una nación en armas. Ni uno solo de los formidables adversarios que Rom a tuvo a lo largo de los siglos compartió alguna vez la idea occidental de contar con soldados ciudadanos libres. Los impresionantes númidas de Yugurta (112-104 a.C.), los cientos de miles de germanos de Ario-visto (58 a.C .), el cuarto de m illón de galos que se reunió a las órdenes de Vercingetórix (52 a.C.) y los muchos godos que cruzaron el Danubio para matar a miles de romanos en Adrianópolis (378) eran guerreros magníficos y muy numerosos. Gran parte de aquellas tribus tenían una larga historia y complejos métodos de organización militar. En el fondo, sin embargo, no eran más que ejércitos temporales compuestos por tribus nómadas que se reunían por algún motivo concreto y cuyo servicio dependía exclusivamente de la paga, el botín y el magnetismo y habilidad de su comandante o del régimen al que servían. Cuando se consideraban saciados, estos ejércitos se retiraban; cuando caían derrotados, se dispersaban; cuando vencían, sólo mantenían, por lo general, energía suficiente para lograr una sola victoria más.

 

Las ventajas del sistema republicano quedaron en evidencia en los días que sucedieron al desastre de Cannas. La derrota sacudió los cimientos del go­ bierno y la cultura de Roma. En su descripción de las consecuencias de Cannas, Tito Livio confesó: ‘Jam ás fueron tan acusados el pánico y la confusión dentro de las murallas de Rom a sin haber sido tomada la ciudad. Por eso me rendi­ ré a la dificultad y no intentaré contar lo que empequeñecería al exponerlo” (xxii.54). Gran parte de la Italia meridional optó por la defección o durante un tiempo dejó de enviar hombres y material a Roma. La rica ciudad de Capua se puso del lado de Aníbal. En Cam pania y Apulia, otras localidades siguie­ ron su ejemplo. En Hispania, el ejército que conducía Postumio, cónsul electo en 215 a.C., fue aniquilado; Tito Livio afirma que más de 20.000 legionarios murieron en aquella ocasión y que los vencedores vaciaron el cráneo de Postumio para utilizarlo como vasija. La flota cartaginesa atacó las costas de Sicilia a voluntad. La mitad de los cónsules elegidos entre los años 218 y 215 a.C. murieron en combate: Flaminio, Servilio, Paulo y Postumio. Los demás cayeron en desgracia.

 

 

¿C uál fue la reacción de Rom a ante estas catástrofes? Tras restaurar la tranquilidad en las calles y controlar el pánico, el Senado se reunió y aprobó

 

 

 

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sistemáticamente una larga serie de decretos, un gesto que recuerda las trascen­ dentales decisiones de los atenienses tras la derrota de las Termopilas, la reacción de los bizantinos en el siglo VI tras la caída del Imperio de Occidente, de los venecianos cuando cayó Chipre en 1571 o de los norteamericanos al conocer lo sucedido en Pearl Harbor. Se envió a Marcelo a Sicilia para que restaurase la situación. Se pusieron guarniciones en los puentes y las carreteras de acceso a Roma. Se alistó a todos los varones disponibles en una milicia interior para defender las murallas de la ciudad. Se nombró dictador a M arco Junio, con directrices formales para crear nuevos ejércitos valiéndose de todos los medios posibles, cosa que llevó a cabo de un modo magnífico. Marco Ju n io alistó a 20.000 hombres en cuatro nuevas legiones, aunque algunos legionarios todavía no habían cumplido los diecisiete años. Se compraron 8.000 esclavos con dinero público y se les entregaron armas con la promesa de que, si demostraban valor en el combate, se les concedería la libertad. El propio Ju n io liberó a 6.000 prisioneros y tomó el mando de una nueva legión de ex convictos. Se pidió a los aliados que reclutaran 80.000 efectivos adicionales en el plazo de un año. Mientras duró la guerra, cada año se creó el equivalente a casi dos legiones, lo que garantizaba el reem plazo constante de las bajas. H abía escasez de equipamiento, ya que los hombres de Aníbal se habían hecho con la mayor parte de las armas abandonadas en el campo de batalla, es decir, la mayoría de las fabricadas en Italia durante la década anterior. A ñn de fabricar nuevo armamento, se expropió a los templos y edificios públicos de sus ancestrales piezas militares votivas.

 

 

Un año después de la derrota de Cannas, la marina romana había pasado a la ofensiva en Sicilia, todas las bajas de la batalla habían sido reemplazadas y las legiones, derrotadas tres veces, alcanzaban ya el doble de efectivos que las tropas victoriosas de Aníbal, que habían pasado el invierno en el sur de Italia. El contraste del ejército romano con el cartaginés es abrumador: mientras Roma prom ulgaba una legislación de urgencia para formar nuevas legiones, los veteranos de Aníbal pasaban días recorriendo el campo de batalla en busca de botín mientras su sagaz comandante suplicaba a los cautos miembros de su aristocrático gobierno que le enviaran más tropas.

 

 

LA CONTINUIDAD DE LOS SOLDADOS CIUDADANOS

 

En los cinco siglos siguientes, los ejércitos romanos se enfrentarían a una larga serie de genios de la táctica, a muchos Pirro y Aníbal, cuya brillantez condujo a la aniquilación de nuevas y mal dirigidas legiones: el tuerto Sertorio y sus duros hispanos renegados, el aguerrido Espartaco y su enorme hueste de gladiadores veteranos, el hábil Yugurta de Numidia, el astuto Mitrídates

 

 

 

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de Ponto, Vercingetórix y su gran horda de celtas y galos, los partos que ex ­ terminaron al triunviro Craso y a la m ayor parte de su ejército. En conjunto, estos enemigos de Rom a acabaron, en los campos de batalla, con casi medio millón de legionarios. En última instancia, su gloriosa lucha no sirvió de nada. Casi todos ellos no pasaron de ser una promesa de conquistadores, y acabaron muertos o encadenados. Sus ejércitos desaparecieron en la batalla o fueron esclavizados, crucificados o puestos en fuga. Y es que no combatían únicamente contra otro ejército, sino contra un sistema temible y una idea. Las victorias más asombrosas de aquellos enemigos de Rom a se saldaban con un nuevo ejército romano en ciernes, mientras sus propios ejércitos se desvanecían tras una sola derrota.

 

Con la transición al Imperio y la posterior caída de Rom a (31 a.C.-476), el republicanismo desaparecería por algún tiempo de Europa. Los ejércitos occi­ dentales acabarían por ser tan mercenarios como sus adversarios y a menudo, al menos en algunas áreas, igual de tribales. No obstante, la idea de un ciudadano votante como guerrero y la tradición de que una cultura entera tome libremente el campo de batalla bajo directrices constitucionales y liderada por generales elegidos por consenso estaba demasiado arraigada como para que se olvidara por completo. En los días oscuros del Imperio tardío y en el caos que los siguió, el ideal de que los hombres que luchaban debían ser ciudadanos con prerro­ gativas legales - y algunas veces extralegales- y responsabilidades con su comunidad no se perdió del todo.

 

Incluso ante el aparente final del militarismo cívico, los llamados soldados profesionales de la Roma imperial, igual que sus homólogos republicanos de siglos anteriores, encontraron en el ejército del Im perio una continuación a cinco siglos de leyes codificadas. Esto significaba para el recluta medio verse libre del alistamiento arbitrario, además de un salario estable, protecciones con­ tractuales en lo relativo al servicio y una retirada preestablecida, y nada de levas caprichosas, acciones ilegales y castigos abusivos. Si acaso, durante el Imperio se ampliaron los derechos del soldado, hasta el extremo de que sus interesadas demandas de una soldada más alta y de mayor libertad encontraban más eco en los generales de provincias que en los líderes republicanos del pasado. De igual modo que el pujante Imperio y su economía mediterránea beneficiaron a libertos, pobres y extranjeros hasta un grado inimaginable cuando la República -m ás democrática, eso sí- se circunscribía a la Italia central, también los millares de legionarios profesionales que prestaban servicio en las fronteras encontraron a los burócratas imperiales más receptivos a sus necesidades, pese a que su derecho a elegir mediante el voto a los oficiales de alta graduación se erosionó y perdió definitivamente.

 

En una línea directa de transmisión que había comenzado en la Antigüedad clásica con las elites gobernantes y religiosas y continuado en las tradiciones

 

 

 

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populares, el militarismo cívico se mantendría vivo incluso cuando el republi­ canismo declinaba. Era, por lo demás, un fenómeno enteramente occidental. El guerrero como ciudadano y el ejército como asamblea de guerreros con derechos legales y responsabilidades cívicas eran ideas que no se encontraban en ninguna otra cultura ajena a Europa. Ni Asia, ni África, ni Am érica com ­ partían patrimonio cultural o intelectual alguno con Grecia y Rom a y, por tanto, carecían de la fuente de la que adoptar la idea, singular y plenamente republi­ cana y romana, de conjugar asambleas de votantes y soldados ciudadanos con derechos formales.

 

Incluso durante la alta Edad Media, los ejércitos de ciudadanos de la Europa “bárbara”, como el de los Merovingios de Europa occidental, los visigodos de España y los lombardos de Italia, adoptarían, como hicieron los bizantinos, la nom enclatura y la organización militar rom ana para defender sus civitates mediante las levas de soldados ciudadanos. La habilidad de los habitantes de Europa del norte a la hora de construir fortificaciones, carreteras e ingenios militares que mantuvieron a raya al islam derivaba directamente de la vieja administración imperial romana; exercitus, legión, regnum, imperiumy otros términos políticos y militares latinos -o, en Oriente, sus equivalentes griegos- continuaron configurando el lenguaje bélico desde el siglo V y a lo largo de la Edad Media. Los teóricos de la baja Edad Media estudiarían detenidamente las estratagemas de Frontino y Valerio M áxim o concernientes al uso de ejércitos ciudadanos. Durante el Imperio tardío y la Edad M edia cristiana, los padres de la Iglesia

 

- desde Ambrosio y San Agustín hasta Graciano, con su Decretum (1140), y Santo Tomás de Aquino en la Summa Teológica- perfilaron las condiciones bajo las cuales la comunidad cristiana podía librar una guerra justa y legal (ius in bello), acorde con los valores de una ciudadanía movilizada.

Durante el Renacimiento, italianos como Leonardo Brunni y Nicolás Maquia-velo adoptarían los preceptos militares de pensadores tan distintos como Jenofonte y Vegecio, el autor latino más citado entre los siglos V y XVII. Los ma­ nuscritos de Vegecio, traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, portugués y español, fueron publicados en forma de libro para que los generales medievales pudieran consultarlos en el campo de batalla. Incluso los conquistadores del reino autocrático de Carlos V estaban imbuidos de la noción de que eran una pequeña nación en armas cuando marcharon sobre Tenochtitlán. Cada solda­ do, se decían, gozaba de unos derechos y protecciones particulares, en cuanto súbdito español de los que sus adversarios aztecas carecían.

 

El gobierno constitucional acabaría por reaparecer y extenderse entre los piqueros suizos durante la Edad Media, en la Italia del siglo x v y en la Grecia bizantina -donde, en cierto modo, jam ás llegó a olvidarse-, antes de quedar firmemente arraigado con el auge del Estado nación en Europa, Am érica y Australia. En todas partes, el mejor ejemplo para aquellos que, como Montes-

 

 

 

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quieu, Rousseau y Guibert, apelaban al regreso a “la nación en armas” era el del Estado clásico, y los autores a emular, Salustio, Cicerón, Tito Livio y Plutarco, con sus relatos sobre las grandes levas de la República romana.

 

 

LOS CIUDADANOS COMO ASESINOS

 

En sí mismo, el militarismo cívico no siempre garantizó que los ejércitos occidentales gozasen de superioridad numérica, y es que la fuente de donde tomaban sus recursos humanos Europa y sus colonias era con frecuencia menos pródiga que la de Asia, África o América. Tampoco una nación en armas tuvo garantizada la victoria por el mero hecho de contar con cierta superioridad moral. Algunas veces, el cristianismo demostraría que el “Sermón de la montaña” es menos eficaz como incentivo para la guerra que el yihad. Además, los ejércitos occidentales que se aventuraron a marchar al extranjero y a ultramar eran con frecuencia pequeños, profesionales y, en algunas ocasiones, mercenarios. No obstante, el ideal de que los ciudadanos aunaran esfuerzos en la defensa colectiva - la unión de los francos, de los piqueros suizos, de los marineros de Venecia o de los pequeños propietarios de Francia e Inglaterra- contribuiría a que Europa permaneciese, durante la mayor parte del período que siguió a la caída del Imperio romano, a salvo de invasiones y a que las fuerzas expe­ dicionarias que luchaban en ultramar estuvieran entrenadas, organizadas y lideradas con un celo que em anaba de algo más que de una reducida casta aristocrática. Su valor, por tanto, no podía medirse exclusivamente por medio de una comparación de cifras y destrezas con sus adversarios no occidentales.

 

Esos adversarios eran, a veces, más aguerridos que los europeos. En ocasiones, luchaban por mejor causa que los occidentales que invadían su país, esclavizaban sin piedad a su gente, mataban mujeres y niños y rapiñaban sus riquezas. El estudio del dinamismo militar no es necesariamente una investigación de la moralidad. Ejércitos como el romano hacían muchas veces cosas que no debían. El militarismo cívico garantizaba ejércitos numerosos y con moral de combate, no tropas que respetasen las aspiraciones nacionales y culturales de sus adver­ sarios y el carácter sagrado de la vida humana. Dentro de esta consideración limitada de la eficacia militar, ningún otro pueblo marcharía a la guerra en ninguna ocasión -ni persas, ni chinos, ni cartagineses, ni indios, ni turcos, ni ára­ bes, ni africanos, ni nativos de Am érica- como una concentración de ciudadanos libres poseedores de una noción abstracta de los derechos cívicos y de acuerdo a la dirección marcada por una asamblea electa. A l contrario, por regla general, eran pagados, atemorizados o cautivados por un caudillo, un sultán, un emperador o un dios a fin de que le prestaran sus servicios. Y lo cierto es que esto, se mire por donde se mire, siempre ha demostrado ser una gran desventaja

 

 

 

 

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en el campo de batalla. Tristemente, el método occidental de creación de ejércitos de ciudadanos y de prestación de servicios de acuerdo con unos términos legales ha tenido muy poco que ver con el bien y el mal, la justicia o la injusticia, lo correcto o lo incorrecto, y más bien mucho con la destreza militar.

 

¿La significación de Cannas? La peor derrota acaecida en un solo día en la historia de cualquier ejército occidental no alteró en absoluto el curso final de la guerra. La estupidez más pura en forma de generales incompetentes y tácticas inadecuadas echó por tierra la ventaja intrínseca de las tropas occidentales: más disciplina, excelencia en el choque cuerpo a cuerpo y preferencia por el mismo, superioridad tecnológica y disposición a actuar en masa y librar una batalla decisiva. U na planificación pobre anuló también las ventajas naturales que acumulaban los romanos: combatían en su país, eran superiores en número y actuaban a la defensiva. La mala suerte de luchar contra un genio militar en su mejor momento y la inexperiencia de sus soldados, que no en vano eran reclutas bisoños enfrentados a un ejército de mercenarios veteranos, reportó a los romanos innumerables problemas. Pero, al final, todo eso importó poco.

 

L a verdadera lección de Cannas no se refiere al arte de las maniobras envolventes ni al secreto del genio táctico de Aníbal. Por eso los historiadores militares la han ignorado durante tanto tiempo. Los estudiantes de la guerra nunca deben contentarse con averiguar únicamente de qué modo combaten los soldados en una batalla, deben preguntarse por qué luchan como lo hacen y cuáles son los motivos que han conducido al enfrentamiento. L a trágica paradoja de la guerra es que con frecuencia el valor, la audacia y el heroísmo, es decir, lo que los aguerridos soldados hacen, ven, oyen y sienten en el fragor del combate, quedan a menudo ensom brecidos por elementos más am plios y abstractos, y muchas veces más dañinos. La tecnología, el capital, el carácter del gobierno, el modo en que los hombres son reclutados y pagados, y no sólo la fuerza muscular y la concentración de tropas, son los factores que deciden los conflictos entre culturas dispares y los que suelen determinar qué bando gana y cuál pierde y los hombres que han de vivir o morir.

 

Qué ingenuo Aníbal, que condujo a miles de duros guerreros a Italia convencido de que habría de m edir su genio frente a generales y soldados similares a los suyos y no frente a las anónimas instituciones del republicanismo y del militarismo cívico. Qué ingenuo al pensar que aquella guerra podrían decidirla la astucia y el heroísmo, al fin y al cabo efímeros, de sus hombres y no el perdurable poder de una idea. Los ciudadanos, al final, son los asesinos más letales de la historia.

 

En la actualidad, muchos estudiosos y estudiantes suelen mostrar gran sim­ patía por Aníbal. Es fácil decantarse por el más débil, sobre todo si demuestra tanto valor como el cartaginés, y más fácil aún que a nosotros, hoy día, las agresiones y el imperialismo de Rom a entre los siglos III y I a.C. nos resulten

 

 

 

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aborrecibles. L a aniquilación de hispanos, galos, griegos, africanos y asiáticos resulta concluyente desde un punto de vista moral. Pero si nos preguntamos por las ventajas militares de un gobierno constitucional y por los dividendos que en consecuencia tiene la idea de ciudadanía en el campo de batalla, la respuesta no está en el “tuerto comandante subido a su bestia monstruosa” que describe Ju ven al, sino en los anónimos y callados hombres que, tras ser destripados, fueron abandonados para que se pudrieran bajo el sol de agosto que abrasaba Cannas.

 

Polibio, que fue testigo de la destrucción de Cartago en el año 146 a.C . y escribió sobre Cannas setenta años después de la derrota, atribuyó, m uy acertadamente, el resurgir de Rom a tras la catástrofe a su constitución y a la rara armonía existente entre asuntos militares y civiles bajo un gobierno de consenso. Lo sucedido poco después de la matanza del 2 de agosto de 216 a.C. afectó al historiador griego más que ningún otro acontecimiento de la historia de Rom a. Lo utilizó como ejem plo para ofrecer un detallado análisis de la constitución romana y de las legiones -ocupa el libro v i de su Historia casi en su totalidad-, y continúa siendo el estudio más claro y conciso de estas dos instituciones que se haya hecho hasta la fecha. Por lo demás, el autor griego finaliza su excurso sobre el notable sistema militar y constitucional de Roma con un comentario final sobre las consecuencias de Cannas:

 

 

En efecto, los romanos, aunque entonces fueron derrotados y perdie­ ron su reputación guerrera, debido a la peculiaridad de su gobierno y a sus rectas deliberaciones, no sólo recuperaron el dominio de Italia, cuando después vencieron a los cartagineses, sino que se convirtieron en dueños de todo el mundo habitado (Polibio, Selección de Historias, 111.118.7-9).*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* Madrid, Akal, 1986, traducción de Cristóbal Rodríguez Alonso.

 

 

 

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SEGUNDA PARTE

 

CONTINUIDAD

 

 

 

V

 

INFANTERÍA TERRATENIENTE P 01TIERS, 11 D E OCTUBRE D E 732

 

 

 

Pero, con el crecimiento de las ciudades y con la pujanza de los hoplitas, fueron más los que participaban en el go­ bierno.

 

A R IS T Ó T E L E S , Política,

 

i v . i 297b i 6-24,28

 

 

 

 

CABALLOS CONTRA PIES

 

j J a confrontación en el campo de batalla entre jinetes y soldados de a pie es antigua, universal y salvaje. L a caballería siempre ha perseguido, pisotea­ do y lanceado con inmisericordia e impunidad a los infantes en fuga u hosti­ gado a los pobres y desorganizados combatientes sin montura. Cobarde, en cierto modo, ha sido esa matanza que el caballero ha llevado a cabo sobre el aislado o aterrorizado soldado de a pie. Cobarde fue, en efecto, que Pedro de A lvarado lanceara vergonzosam ente a los aztecas desarm ados, que el 17o de Lanceros británico acabase con los asustados zulúes en Ulundi, o que los jinetes mongoles arrasaran las aldeas de Asia Menor. Un joven Winston Chur-chill escribió brillantemente sobre la última carga de los lanceros británicos en Omdurman (1896), pero su relato nos habla sobre todo de la sistemática masacre de la que fueron víctimas unos soldados ya derrotados y en fuga.

 

H ay también un sesgo clasista en la distinción entre soldado de a pie y de a caballo. En virtud de ello, el aristocrático desdén del noble en tiempos de paz cobra forma, instantáneamente, con la estocada mortífera y de arriba abajo que asesta con su sable o su lanza. O quizá la natural insolencia del caballero no derive de su cuna o condición y surja en cambio en el instante mismo en que monta y cobra conciencia de su libertad de movimientos, de su relativa impu­ nidad, y de que necesita, a diferencia de sus hermanos de abajo, un grupo de sirvientes. Lo mismo le ocurre al moderno piloto de caza, cuyo dominio del aire, velocidad y control de una máquina compleja convierten, a ojos de los demás, el bombardeo en una actividad sencilla y sin esfuerzo que, en un sentido macabro, parecería un castigo casi merecido para el soldado de a pie que lo sufre. En cualquier caso, ciertamente, es tarea muy distinta a la de disparar cuerpo a cuerpo contra los hombres que se abalanzan sobre una trinchera.

 

 

 

 

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En la derrota, el veloz jinete puede evitar la muerte con su huida; de los pocos británicos que sobrevivieron a la carnicería de Isandhlwana, casi todos iban a caballo. En la victoria, los descansados e impolutos caballeros (el mundo bélico del jinete es muy distinto al polvoriento universo del infante) aparecen con frecuencia de improviso y se lanzan a la matanza, después, claro está, de que el duro combate cuerpo a cuerpo de sus inferiores de a pie haya concluido. La caballería locria estuvo a punto de atropellar a Sócrates en la batalla de Delio (424 a.C.), pero sólo cuando los recios hoplitas tebanos, sus aliados, habían aniquilado a la falange ateniense. Es frecuente que al comienzo de la batalla los jinetes teman a las filas de hoscos infantes. Los soldados de caballería del mundo entero, nacidos en el cosmos ecuestre o llegados a él por invitación, siempre han odiado las descargas de ballesta, los muros de lanzas, las líneas de escudos o las cortinas de balas, es decir, cualquier cosa que, en cuestión de segundos, pueda destruir el capital, la instrucción, el equipo y el orgullo de los que son superiores, de los guerreros que combaten a caballo.

 

Igual que en tiempo de paz la clase m edia y los pobres son siempre más numerosos que la elite, en los ejércitos occidentales antiguos los jinetes rara vez igualaban o superaban en número a los infantes. Si lejos de la caótica matanza del campo de batalla los ricos tienen de su lado las predecibles estructuras de la sociedad, en el enfrentamiento bélico los protocolos determinados por la clase y la tradición no significan nada. L a guerra, como advirtieron Grant y Sherman, que antes de la Guerra de Secesión bordeaban el fracaso social, tiene un ca­ rácter hasta cierto punto democrático. El campo de batalla es uno de los pocos escenarios donde el ingenio, el músculo y el valor todavía pueden imponerse a los privilegios, los protocolos y los prejuicios.

 

Ningún soldado de caballería se ha atrevido a cargar contra un muro de afiladas picas. Hasta el caballero mejor protegido por su armadura habría sido arrojado de su montura y asaeteado en la espalda si lo hubiera intentado. Entre una multitud de espadas y puntas de lanza en la que el jinete no puede aprovechar su velocidad para atacar o retroceder, ni siquiera la ventaja que le concede la altura y el ángulo desde el que asesta sus golpes le garantizan el éxito. En con­ secuencia, los ejércitos dan gran valor a los disciplinados cuerpos de infantería pesada, y es que cuando están bien organizados y se despliegan de un modo adecuado son capaces de acabar con la caballería. Los soldados de a pie son más ágiles y les es fácil atacar a los jinetes por la espalda, mientras que éstos tienen muchas dificultades para girar en redondo. Las afiladas picas o espadas de los infantes se hincan en los flancos, grupas, patas y ojos de los caballos y pueden conseguir que los pobres animales retrocedan en una fracción de segundo, echando por los aires a su amo. Este, por lo común, tendrá un aterrizaje mortal, sobre todo si lleva una armadura pesada. Un caballo es un blanco de gran tamaño y cuando resulta herido puede convertirse no en sirviente, sino

 

 

 

 

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en enemigo de quien lo monta. Los soldados de infantería llevan las dos manos libres para luchar, ninguna en las riendas.

 

Montar a caballo, además, es una actividad peligrosa. Miles de personas han muerto a causa de ella en tiempos de paz. Jenofonte recordó a sus Diez Mil, que no tenían caballos, las ventajas intrínsecas que los separaban de los persas, que sí los tenían: “¿Y puede negarse que nosotros marchamos sobre un vehículo mucho más seguro que los jinetes? Ellos van suspendidos sobre sus caballos, temerosos no sólo de nuestros ataques, sino también de caerse” (Anábasis, m.2.19). George S. Patton, un jinete magnífico, estuvo a punto de quedar tullido al caerse de un caballo. Entre las bombas y las balas alemanas, por el contrario, no sufrió ningún rasguño. Durante los combates más cruentos de la Guerra de Secesión, Grant quedó inmovilizado, pero no a causa de los cañones enemigos, sino por la coz de su propia montura. Si los jinetes atacan con m ayor velocidad, matan con un solo golpe de sable o de lanza y se esfuman en cuestión de minutos, los infantes cuentan con ventaja en el combate cuerpo a cuerpo. El mejor cuerpo de caballería habría cometido una estupidez en Gaugamela, Agincourt o Wa-terloo si hubiera cargado contra formaciones cerradas de duros soldados de infantería. Los europeos, por su parte, más que ninguna otra cultura de la historia de la civilización, han contado con tropas de infantería deseosas de combatir en formación y de cerca frente a cualquier enemigo, montado o no.

 

 

 

EL MURO

 

En Poitiers, la caballería musulmana de bereberes y árabes, a quienes general­ mente los europeos llamaban sarracenos, nombre de las tribus sirias de Oriente Próximo, atacaron la línea de infantes francos. Carlos Martel y su dispar ejército, compuesto por lanceros, infantería ligera e hidalgos, que habían acudido a la batalla en sus monturas, se situaron en form ación y aguantaron a pie firme durante horas, hasta la caída de la noche. Los árabes arrojaron ñechas desde sus monturas e hirieron a los francos con lanzas y espadas. Atacaron por los flancos, pero ni acabaron con los europeos ni consiguieron dispersarlos.

 

Los escasos relatos de la batalla de Poitiers que han llegado hasta nosotros coinciden en una cuestión clave: los invasores islámicos se lanzaron repetida­ mente contra los francos mientras éstos permanecían estáticos, a pie y desple­ gados en cuadro, en formación defensiva. Los infantes que bloqueaban la calzada que conducía a Tours rechazaron metódicamente todos los asaltos hasta que los atacantes se retiraron a su campamento. El cronista anónimo continuador de la Crónica de San Isidoro relata que los francos (mejor dicho, “los hombres de Europa”) eran como “un mar inamovible” (104-105). Se desplegaron “a pie, uno junto a otro” , erguidos como un “muro. [...] Com o un bloque de hielo, se

 

 

 

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mantuvieron firmes” . Luego, “ con fuertes golpes de sus espadas”, vencieron a los árabes. La imagen que nos traslada el cronista es clara: una masa de soldados casi inmóviles aguanta hombro con hombro y a pie firme, y, valiéndose de sus lanzas y espadas, repele las repetidas embestidas de los jinetes enemigos. La sorprendente resistencia de los francos reside en su potencia como grupo y en su destreza en el cuerpo a cuerpo. En el libro cuarto de la Crónica de Fredegario averiguamos que, más tarde, Carlos Martel “ condujo valientemente su línea ante los árabes” . A continuación, “se echó sobre ellos como un gran hombre de batalla” . El caudillo franco persiguió a sus enemigos, arrasó su campamento, mató a Abderramán, su general, y “los dispersó como si fueran rastrojo” . Al parecer, una suerte de “muro” había salvado a Francia. Las “numerosas lanzas” de los francos detuvieron el avance de Abderramán.

 

¿Qué sucedió en el confuso combate de Poitiers? Los francos eran grandones

 

y de un físico formidable. Iban, además, protegidos por cotas de malla o jubo­ nes de cuero cubiertos de escamas metálicas. Sus escudos redondos, como los de los antiguos hoplitas, tenían casi un metro de diámetro y eran curvos, con­ feccionados con maderas duras y estaban reforzados con remaches de hierro y cubiertos de piel. Si un hombre era lo bastante fuerte y hábil para manejar aquella monstruosidad de más de dos centímetros de grosor, había pocas posibilidades de que una flecha o jabalina pudiera alcanzarlo. Les protegía la cabeza un pequeño casco de hierro de forma cónica ideal para minimizar el efecto de los golpes que, de arriba abajo, asestaban los jinetes. Cada infante franco acudía a la batalla con más de treinta kilos en armas y protecciones. Era hombre muerto si se veía obligado a luchar en solitario, pero casi invulnerable cuando lo hacía en formación cerrada.

 

En sus batallas contra los romanos, los germanos, que vestían con prendas ligeras, lanzaban sus temidas hachas desde unos quince metros de distancia o arrojaban sus lanzas antes de entrar en el combate cuerpo a cuerpo con espadas anchas de doble filo, armas que sólo era posible blandir cuando se contaba con mucho espacio. La lucha en las zonas fronterizas se convertía en una confusa disputa de duelos singulares donde la habilidad desempeñaba un papel crucial hasta que, finalmente, los ataques sucesivos de las cohortes romanas quebraban la resistencia de los bárbaros. Hacia el siglo vm , sin embargo, la infantería franca se inclinaba menos por el uso de sus hachas y jabalinas tradicionales y rehuía el combate individual, optando por la técnica clásica romana del combate en grupo. Es m uy probable que, en Poitiers, los francos, que llevaban pesadas protecciones, portaran lanzas pesadas para blandirías directamente contra el enemigo y espadas cortas para utilizar de abajo arriba mientras mantenían los escudos a la altura del pecho en una línea continua.

 

Cuando las fuentes hablan de “un muro”, de “un bloque de hielo” y de “un mar inam ovible” , debemos imaginar, literalmente, una muralla humana casi

 

 

 

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invulnerable formada con los escudos bien pegados, los cuerpos acorazados y las armas en ristre y listas para clavarse en el vientre de cualquier jinete mu­ sulmán lo bastante estúpido como para lanzarse sobre ellos al galope. Incapaces de penetrar las líneas francas, la mayoría de los árabes optaron seguramente por rodearlos y, en medio de una gran confusión, lanzarles flechas, jabalinas o tajarlos con las largas hojas de sus alfanjes. L a caballería sarracena no lanzó ni un solo ataque frontal contra los europeos para dividir a la falange. Penetrar las líneas enemigas únicamente por medio del choque era imposible. En vez de ello, los musulmanes se acercaban en grupos numerosos, atacaban con la espada a los torpes francos, les lanzaban flechas y se alejaban. Mientras, la línea franca seguía avanzando con la esperanza de que alguno de sus ataques consi­ guiera crear una brecha en la irregular formación enemiga, una brecha que sus propios jinetes conseguirían explotar.

 

Cada soldado franco, enarbolando su escudo, intentaba clavar su lanza en las piernas del jinete enemigo o en la cabeza o los flancos de su montura, para a continuación emplear su espada contra él. El musulmán, por su parte, no dejaba de golpear contra el escudo del franco, un escudo con un refuerzo de hierro que también servía de arm a form idable contra la carne desnuda del enemigo. Gradualmente, los francos iban avanzando en masa, pisoteando y apuñalando a los jinetes caídos a sus pies, sin perder contacto con sus com ­ pañeros. En medio del polvo y la confusión de la batalla, lo fundamental para la infantería no era ver al enemigo, sino mantener la formación mientras avan­ zaba y tajaba sin descanso. Por el contrario, los jinetes luchaban ante todo de m anera individual y necesitaban ver con claridad, para distinguir cualquier brecha que pudiera abrirse en la línea enemiga o divisar a aquellos soldados heridos o desorientados que les permitieran irrumpir en la masa enemiga.

 

Para los soldados de a pie resultaba agotador manejar el escudo y la lanza contra objetivos móviles. Pero la batalla la decidían también, aparte de la m era resistencia, otros factores. A corta distancia, un soldado de infantería representaba un objetivo menos apetecible que un guerrero a caballo. El primero llevaba un casco cónico, las extremidades protegidas y un escudo que lo hacían casi invulnerable. No sucedía lo mismo con los jinetes árabes. Cuando sus caballos eran lanceados o ellos heridos en las espinillas, caían con facilidad y se encontraban pie en tierra, indefensos. Los cronistas transmiten la impresión de que Abderramán nunca pensó que sus rápidos jinetes tendrían que vérselas contra una gran masa de soldados de infantería pesada en un valle cerrado. En estas condiciones, los mismos elementos que distinguieron al ejército que, en grupos de dos y tres jinetes, sembró el terror en las calles de Poitiers garan­ tizaron su fin a manos de una línea de lanceros pesados en posición defensiva.

 

Los hombres de Carlos Martel constituían la primera generación de soldados de infantería pesada de Europa occidental que se enfrentó a los ejércitos islá­

 

 

 

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micos. Poitiers, por tanto, inauguró una lucha, que se prolongaría durante casi mil años, entre la disciplina, la fuerza y el armamento pesado de los europeos occidentales y la movilidad, superioridad numérica y destreza individual de sus enemigos musulmanes. Mientras los francos mantuvieran la formación, y lo cierto es que al parecer, y milagrosamente, conservaron el orden incluso en las postrimerías de la batalla, sin lanzarse en persecución de los árabes cuando éstos estaban ya en retirada, resultaba imposible dispersarlos o aplastarlos. Aunque los relatos coetáneos de la batalla sugieren, de modo erróneo, que cayeron poco más de mil, frente a los cientos de miles de bajas que sufrieron los árabes, sí puede ser cierto que Carlos Martel perdió tan sólo a una fracción de sus hombres repeliendo a un enemigo inusualmente numeroso para la épo­ ca. Poitiers acabó, como todas las batallas de caballería, con una enorme y sangrienta extensión de tierra jalonada de miles de caballos heridos y agoni­ zantes, mucho material abandonado y buen número de árabes muertos y heridos. Apenas se tomaron prisioneros, dado el previo y largo registro de pillajes y asesinatos de los árabes en Poitiers.

 

La palabra “ europenses” , que utilizó el continuador de la Crónica de San Isidoro, aparece por vez primera en la literatura histórica como nombre genérico para los occidentales. Es posible que el cronista quisiera decir, quizá, que el ejército de Carlos Martel era un crisol de tribus galas y germánicas, pero también podría ser que al decir “europeos” quisiera marcar una línea divisoria cultural emergente: los hombres que vivían al norte de los Pirineos y todavía luchaban según la tradición de infantería pesada de los romanos y que cuando se enfrentaban a los ejércitos musulmanes, y pese a sus luchas intestinas, tenían entre sí más semejanzas que disparidades.

 

Tras un día de lucha, los adversarios, que se habían localizado una semana antes de la batalla, regresaron a sus campamentos. Los francos se prepararon para reanudar la batalla al amanecer. Esperaban más refuerzos y, al mismo tiempo, que una nueva oleada de jinetes árabes atacase sus posiciones. En vez de ello, cuando al romper el día regresaron al campo de batalla, el ejército árabe se había desvanecido, dejando abandonadas sus tiendas y el botín, y a sus muer­ tos sin enterrar. También había muerto su caudillo, el emir Abderramán, artífice de la invasión. Los árabes, que tenían pensado ocupar y saquear Tours -com o habían hecho con la iglesia de San Hilario de Poitiers los días previos a la ba­ talla-, abandonaron sus planes.

 

Poitiers fue tan sólo el comienzo de la expulsión gradual de los musulmanes del sur de Francia. En la década que siguió a la batalla, los jefes francos rechazarían nuevas incursiones de tropas islámicas procedentes de España. El propio Carlos Martel derrotaría a los ejércitos sarracenos en Aviñón (737) y Corbière (738). Pero Poitiers señaló el extremo septentrional del avance musulmán en Europa, un lugar que sus ejércitos jamás rebasarían. Con la casi

 

 

 

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simultánea expulsión de los árabes de los puertos de Constantinopla en el año 717, las invasiones islámicas del siglo anterior quedaron por fin limitadas a la periferia de Europa.

 

 

EL MARTILLO

 

No conocemos la fecha precisa de la batalla, que probablemente tuvo lugar un sábado del mes de octubre de 732. Algunos historiadores continúan llamando al enfrentamiento “la batalla de Tours”, puesto que se produjo en algún lugar entre la vieja calzada rom ana que discurría entre esta ciudad y Poitiers. La posterior hostilidad de los cristianos hacia Carlos Martel, que confiscó algunas propiedades eclesiásticas, motivó que muchos cronistas m edievales restaran importancia al combate o ni siquiera lo mencionaran. Por otra parte, la gloria de las Cruzadas ensombreció, lógicamente, aquella confrontación inicial entre los ejércitos musulmanes y europeos. De la mayor parte de la mitología moderna y de la época referente a la batalla podemos prescindir. Los invasores musul­ manes no sumaban cientos de miles de soldados: una crónica habla de 300.000 bajas sólo en la batalla. Lo más probable, por el contrario, es que las fuerzas enfrentadas fueran parecidas en número y contasen con cerca de 20.000 o 30.000 hombres; y, en todo caso y dado el éxito de los francos a la hora de convocar a la población campesina para defender sus tierras, es posible que los europeos superasen en número al ejército invasor. Las bajas musulmanas, desde luego, fueron mucho mayores que las francas, y cabe cifrarlas en 10.000 muertos. En Poitiers, en efecto, los atacantes fueron barridos.

 

La expansión inicial del feudalismo, que coincidía en época con la batalla, no explica la victoria de los francos. L a mayor parte de las tierras de propiedad eclesiástica que expropió Carlos Martel para repartirlas entre sus caudillos y partidarios se produjo después de la batalla. Tampoco se debe a Carlos Martel, como algunas veces se aduce, la introducción del estribo en las caballerías europeas. Los estribos, en realidad, aparecieron en Occidente varias décadas antes y sólo de manera azarosa llegó a apreciar Europa occidental su gran valor, y aun esto mucho más tarde, entre los siglos ix y XI. Cuando tratan de explicar la derrota musulmana haciendo hincapié en el dinamismo tecnológico y las innovaciones organizativas de los francos, muchos estudiosos confunden dos principios universales de las batallas antiguas y medievales: uno, que, cuando mantiene la form ación y encuentra una posición defendible, un cuerpo de infantería pesada de calidad casi siempre derrota a un cuerpo de caballería de calidad, y dos, que un ejército de caballería que combate lejos de su país necesita el apoyo de una logística elaborada si desea ser algo más que una horda de jinetes en busca de forraje y botín.

 

 

 

 

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La invasión de Abderram án en 732 no fue un intento sistemático de con­ quistar Francia y establecer un gobierno musulmán al norte de los Pirineos. Los cronistas contemporáneos señalan el papel eminente del botín en sus relatos de la batalla: los árabes habían saqueado todas las iglesias y monasterios que habían encontrado a su paso en su camino hacia Poitiers, iban cargados antes de la batalla con el fruto de sus incursiones y huyeron en mitad de la noche dejándolo todo en sus tiendas para asegurar la retirada. Tanto la moral como la movilidad de los musulmanes estaban probablemente muy disminuidas cuan­ do llegaron a Poitiers, cargados de equipaje y prisioneros. Si hubieran vencido en la batalla, el saqueo habría continuado -Poitiers está a poco más de trescientos kilómetros de P arís- y conducido a una esclavización como la que habían establecido dos décadas antes en el sur de España.

 

Una Francia islámica en su totalidad era, no obstante, improbable, sobre todo porque los francos que m andaba Carlos M artel constituían un ejército de infantería bien armada y bien dispuesta compuesto por 30.000 infantes y varios miles de jinetes. Además, en España y durante la última parte del siglo v i i i , los árabes y sus súbditos bereberes lucharon entre sí con tanta frecuencia como contra los europeos, y es que a las tribus sirias les costaba imponer la cultura islámica a los pueblos del norte de Africa occidental. Hacía 915 los musulma­ nes habían sido expulsados por completo de las fronteras m eridionales de Francia. En realidad, durante el siglo IX, era más probable el ataque franco a los asentamientos musulmanes situados al otro lado de los Pirineos que la in­ vasión árabe a Francia.

 

Carlos Martel venció en Poitiers por numerosas razones. Sus hombres com­ batían por sus hogares y cerca de los mismos, no por un botín y lejos de sus bases. Los ejércitos enfrentados tenían fuerzas similares y, cuando hay paridad numérica, la ventaja siempre es del defensor. Aunque los soldados de ambos bandos iban equipados con cotas de malla y espadas de acero adaptadas de los diseños romanos, es probable que los francos utilizasen armaduras y armas más pesadas. Los Carolingios tuvieron la precaución de prohibir la exportación de sus cotas de malla y armas ofensivas, de modo que es posible que los francos contaran con superioridad en diseño y cantidad. Carlos había encontrado una posición ventajosa en Poitiers en la que su falange no podía ser superada por los flancos ni rodeada. Mantuvo su formación y ofreció la impresión de estar dispuesto a luchar completamente a la defensiva. Debido a la sorprendente resistencia de sus tropas ante las cargas de la caballería en Poitiers, Carlos comenzó a ser conocido como “el Martillo” (Martellus), en alusión al martillador bíblico Judas Macabeo, cuyos ejércitos israelitas aplastaron a los sirios gracias a la intervención divina.

 

Durante gran parte del siglo vil, los musulmanes, con un ejército de caballería relativam ente reducido, habían barrido a un número diverso de enemigos

 

 

 

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más débiles: los Sasánidas y los bizantinos, que estaban muy dispersos, en Asia, y los visigodos en el norte de África y en España. Sin embargo, cuando Abde-rramán cruzó los Pirineos, se topó con un adversario muy distinto. Los estudiosos franceses de la batalla tienen razón al señalar que los árabes habían tenido éxito contra fuerzas que, como ellos, estaban compuestas por guerreros nómadas -com o visigodos y vándalos, que habían emigrado a España y al norte de África-, pero se encontraron contra un muro al luchar contra los campesinos francos, oriundos de Europa. A ojos de estos estudiosos, la batalla de Poitiers fue un referéndum que oponía a saqueadores frente a soldados sédentarisés, que vivían en el mismo lugar, tenían propiedades y optaban por la batalla de choque y no por la guerra de incursiones.

 

Los francos, descendientes de los germani del siglo I que describió Tácito, habitaban originalmente en territorios de la ribera del bajo Rin que actualmente están en Holanda y Alemania occidental. A l parecer, emigraron en gran número a la cercana Galia hacia el siglo V. Los estudiosos no se ponen de acuerdo acerca del origen de la palabra “franco”, aunque la mayoría la asocian a su famosa hacha arrojadiza, la francisca, o a la vieja palabra germánica freh o frec, que sig­ nifica “valiente” o “salvaje” . En cualquier caso, con Clodoveo (481-511) las tribus francas se unieron en la vieja provincia rom ana de G alia y constituyeron la monarquía merovingia, que debe su nombre al legendario caudillo Merovech (Meroveo), abuelo de Clodoveo, que luchó contra los hunos en Chalons (451).

 

Tras la muerte de Clodoveo, una serie de guerras dinásticas condujeron a la creación de varios reinos independientes: Borgoña al sureste, en los valles del curso alto de los ríos Sena, Ródano y Loira; Austrasia al este, al otro lado de los ríos Mosa, M osela y Rin, y Neustria al oeste, en las grandes llanuras que bordean la costa atlántica de Francia. Hacia el año 700 Galia no era más que un pequeño territorio lleno de Estados belicosos. Hasta que llegó el reinado de Carlos Martel. Lo cierto es, sin embargo, que los francos se consideraban cada vez más una nación y menos una tribu, y más cercanos, además, a la tradición clásica que a la germánica. En realidad, los Merovingios pretendían remontar su línea ancestral no a los oscuros bosques de Alem ania, sino a la migración de los troyanos tras la caída de su mítica ciudad.

 

Carlos Martel no estaba en la línea de sucesión directa al trono merovingio, era, por el contrario, hijo bastardo del rey Pipino. Pese a la ausencia de derechos legales al trono franco, puesto que Carlos sólo era mayordomo de palacio, título equivalente al de duque entre los francos de Austrasia, se embarcó en un largo esfuerzo por unir los reinos franceses. Sus victorias dieron pie a la fundación de la dinastía carolingia, mucho más fuerte y duradera, que vería la reunifica­ ción de Europa central bajo el reinado de su nieto Carlomagno. Entre 714 y 732, en dieciocho años de guerra civil ininterrumpida, Carlos consolidó el viejo reino tripartito de Clodoveo y a continuación extendió su dominio sobre toda la vieja

 

 

 

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Galia. Hasta su muerte, acaecida en 741, Carlos pasó casi todos los años de su reinado guerreando para unir Galia o para librar a Europa del islam. En el año 734 combatió en Borgoña, al año siguiente consolidó su dominio de Aqui-tania. Entre 736 y 741 luchó de nuevo en Borgoña, en Provenza y contra los sajones. Estas guerras casi constantes permitieron que su hijo Pipino (751-780) gobernase sobre una Francia unida. Oficialm ente, fue el prim er m onarca carolingio. Con frecuencia, los relatos de la batalla de Poitiers olvidan que cuan­ do Carlos llevó a sus infantes al campo de batalla eran ya veteranos curtidos por casi veinte años de luchas contra francos, germanos y árabes.

 

Además de su brillante victoria sobre Abderramán en Poitiers, los coetáneos de Carlos Martel registran otras tres grandes conquistas que reflejan la continuidad del punto de vista clásico sobre la religión y el gobierno. La primera consistió en el restablecimiento del control político sobre la Iglesia por medio de la dis­ tribución de algunas propiedades eclesiásticas entre particulares, quienes, a su vez, prestarían servicio en el ejército nacional de Carlos. La segunda, en intentar ahondar en la secularización de la jerarquía eclesiástica con la designación de sus propios sirvientes y generales en diversos cargos religiosos. La tercera, en ampliar el control de los francos sobre la mayor parte de las viejas Galias romanas y en vincular a sus caudillos y barones a un ejército nacional que impidió sistemáticamente las incursiones de los ejércitos musulmanes hasta que el territorio de las viejas Galias se vio casi libre de sus ataques durante una generación.

 

Todos los hogares libres del reino de Carlos proporcionaron al ejército nacional un guerrero adulto. La mayoría de las veces este guerrero era un soldado de infantería pesada capaz de luchar al lado de infantes de su mismo tipo equipados con grandes escudos de madera, cotas de malla o jubones de cuero reforzado, cascos de metal de forma cónica, espadas de hoja ancha y lanzas, jabalinas, hachas o varias de estas armas. Los antecedentes clásicos explican el predominio de los soldados de infantería pesada en los ejércitos merovingios:

 

El ejército merovingio estaba muy influenciado por el Imperio romano y sus instituciones y, en comparación, debía m uy poco a los francos, que no constituían más que una minoría de la población y una pequeña parte de las tropas. Com o sucedía con muchos aspectos de la vida merovingia, la organización militar recordaba a Romania, no a Germania (B. Bachrach, Merovingian Military Organization [La organización militar merovingia], p. 128).

 

 

El legado más importante de Carlos Martel, aparte de la creación de un Estado occidental unificado lo bastante fuerte para detener el avance del islam en el sur de Europa, fue la continuación de la tradición clásica de reclutar a hombres libres para formar grandes cuerpos de infantería en los que los ciudadanos, y

 

 

 

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no los esclavos o los siervos, constituían el núcleo del ejército. Carlos Martel restableció el principio según el cual la monarquía franca y la Iglesia eran dos instituciones separadas, de modo que, en última instancia, las propiedades y los cargos eclesiásticos dependían de un monarca central. Todo ello representaba la antítesis de aquello por lo que luchaban sus adversarios en Poitiers. En teoría, durante el siguiente milenio, todos los Estados musulmanes fueron teocracias supeditadas a las leyes del Corán, mientras sus ejércitos de caballería se constituían en torno a cuerpos de siervos soldados. La línea divisoria cultural de más de mil años de duración que distinguió las guerras grecorromanas con­ tra los Aqueménidas y los Sasánidas volvió a hacerse visible en la lucha del cristianismo frente al islam.

 

 

 

EL ASCENSO DEL ISLAM

 

El Profeta murió exactamente cien años antes de la batalla de Poitiers. En el siglo transcurrido entre 632 y 732, un pequeño y débil pueblo árabe se alzó para conquistar el Imperio sasánida, arrebatar Oriente Próximo y gran parte de Asia Menor a los bizantinos y establecer un gobierno teocrático en el norte de Africa. Siglos atrás, los romanos habían construido una muralla para proteger la provincia de Siria de las belicosas tribus de Arabia, si bien, en su opinión, poco era el peligro que representaban aquellos pueblos nómadas y pobres del desierto, que tenían escasa población y nula capacidad logística y ni siquiera contaban con asentamientos estables. Sin embargo, hacia mediados del siglo VIH, el reino de los árabes, tras un vertiginoso ascenso, tenía dominios en tres continentes y controlaba una región que superaba en tamaño al antiguo Imperio romano.

 

Las conquistas árabes fueron resultado de dos fenómenos: el contacto previo con los bizantinos, de quienes tomaron prestadas, saquearon y luego adaptaron armas, armaduras y parte de su organización militar, y la debilidad de los persas sasánidas y de los visigodos, que dominaban las antiguas provincias romanas de Asia y norte de Africa. Con frecuencia se olvida que la veloz expansión del islam entre los siglos VIH y X era en realidad una reconquista de territorios que, en Persia o en Europa, habían sido dominados por extranjeros durante largo tiempo. Pese a casi setecientos años de dominio griego y romano en el norte de África, las poblaciones locales aún mantenían prácticas religiosas, lingüísticas y culturales indígenas y superaban ampliamente a los europeos y a sus elites instruidas y occidentalizadas. El islam acabó con todo ello. Cuando las viejas provincias asiáticas y africanas recuperaron una religión y un gobierno orientales, de lo que fuera el viejo Im perio romano, sólo Europa evitaba la invasión del islam. Pero la conquista de Europa central - a la que los cronistas árabes se referían como “la Gran Tierra” - era asunto muy distinto. Resulta

 

 

 

 

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comprensible que el islam, que carecía de una tradición de infantería pesada, batalla de choque y militarismo cívico y no tenía capacidad para crear y man­ tener largas líneas de suministro y transporte, se estancara en su ataque contra Occidente hasta el despertar otomano del siglo X V .

 

Pero la debilidad de otros imperios, la adaptación de las armas y la organización bizantinas y la naturalidad de que un reino asiático dominara en Asia no bastan para explicar las milagrosas conquistas del islam. Los ejércitos árabes vencían, además, a causa de la peculiar naturaleza de su nueva religión, que ofrecía a los nómadas singulares incentivos por los que luchar. Se estableció una novedosa relación entre la guerra y la fe, creando una cultura religiosa que recompensaba con el paraíso la muerte del infiel y el saqueo de las ciudades cristianas. El asesinato y el pillaje, dentro de un contexto adecuado, se convirtieron en acciones piadosas.

 

Además, el avance de los musulmanes en territorio persa, bizantino y europeo se consideraba un hecho natural, dictado por el destino. El mundo ya no estaba limitado por fronteras nacionales o esferas de influencia étnica, al contrario, era el dominio único de M ahom a, bastaba con que sus seguidores tuvieran el valor suficiente para cumplir las visiones del Profeta. El islam no era una religión estática o reflexiva, sino un credo dinámico para el que la conquista y la conversión eran condiciones inexcusables para la armonía del mundo. El islam, por lo demás, nació en un momento oportuno para las conquistas, cuando los decadentes centros urbanos de los im perios persa y bizantino del siglo V il eran especialmente vulnerables a los ataques de grandes ejércitos de caballería compuestos por guerreros imbuidos de moral.

 

Por último, la raza, la cuna y la condición social eran elementos secundarios para la fe. El esclavo, el pobre y el extranjero de piel pálida u oscura eran bienvenidos en el ejército de M ahom a siempre y cuando profesaran una fe absoluta en el islam. M uy probablemente, el ejército de Abderramán que in­ vadió Poitiers estaba compuesto en su mayoría por conversos bereberes, diri­ gido por árabes de Siria y repleto de judíos y visigodos españoles invadidos y conversos. L a árabe era una tribu relativam ente pequeña, de modo que la mecánica de pacificación y control de sus nuevos dominios islámicos resultaba imposible sin la participación activa de los pueblos conquistados.

 

El contraste entre el fulminante ascenso del islam y la expansión gradual del cristianismo se pasa por alto muy a menudo, pero no deja de ser sorprendente. Com o sostuvo Edward Gibbon, en términos estrictamente militares el auge del cristianismo en el milenio (500-1500) que siguió a la caída del Imperio romano occidental debilitó a los ejércitos occidentales. L a atrofia militar europea se debía no sólo a los cismas religiosos y a las rivalidades dinásticas, ni siquiera a la pérdida de la uniformidad que proporcionaban el latín y la cultura romana, sino, en buena parte, a la propia naturaleza del dogma cristiano.

 

 

 

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L a adoración de Jesús, que fue sobre todo un místico que no pertenecía a este mundo -no era soldado, ni comerciante, ni político-, el mensaje del “Sermón de la montaña” y la declaración de que había que “ dar al césar lo que es del césar” resultarían, con el tiempo, pobres incentivos para conseguir la unidad política de Europa, la ortodoxia religiosa y el poder militar. Las tradiciones pacifistas del cristianismo marcaron a corto plazo un agudo contraste con el islam, cuya teoría predicaba que los musulmanes no debían enfrentarse a otros creyentes, pero sí matar a todos los infieles hasta que no existiera “más dios que A lá” . En época tan tardía como el siglo xil, los padres de la Iglesia intentaron negar un enterramiento cristiano a todo aquel caballero que m oría en una justa o torneo. Su objetivo no era solamente el de salvar europeos para la lucha contra el islam, además, querían ahorrar un espectáculo bárbaro y sanguinario a la sociedad cristiana, que lo había aceptado de manera cotidiana. Poner la otra mejilla, sentir repulsa hacia el derramamiento de sangre y prepararse para el mundo venidero en el presente eran ideas antitéticas a la mayoría de las nociones clásicas de militarismo cívico, patriotismo y al celo demostrado por el Estado a la hora de reconocer las hazañas militares. El mensaje del Nuevo Testamento era muy distinto al de la Ilíada y la Eneida, o al del Corán.

 

El ejército árabe no fue diseñado para combatir por medio del choque sistemático de la infantería pesada, seguido de la toma del territorio y la im plantación de guarniciones perm anentes, que era el procedim iento que seguían los ejércitos m acedonios, rom anos y bizantinos de los im perios occidentales. El ejército islám ico, compuesto en su m ayoría por tropas de caballería, prefería la rapidez y la movilidad y optaba por sembrar el pánico, convencido de que era la ideología y no las murallas la que le aseguraría vic­ torias duraderas. Las incursiones y las emboscadas de jinetes y no las batallas decisivas entre falanges de infantería pesada m arcaban la doctrina militar musulmana:

 

 

La estructura de los ejércitos islám icos era m uy distinta a la de los occidentales. Predominaban los jinetes de todas clases y la infantería desempeñaba un papel limitado. [...] Tenían gran confianza en las em ­ boscadas, en parte porque ésta era una táctica obvia para la caballería ligera. Pero el verdadero contraste entre Oriente y Occidente estaba en la manera de afrontar la batalla. En todo el mundo, el choque cercano era decisivo y la tradición occidental apostaba por librar enfrentamien­ tos de este tipo lo antes posible. En Oriente, la caballería ligera permi­ tía rodear por los flancos y desorganizar las formaciones enemigas por medio de movimientos rápidos (J. France, Western Warfare in the Age of the Crusades [La doctrina bélica occidental en la época de las Cruzadas], pp. 212-213).

 

 

 

 

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Mientras los árabes se enfrentaron a un imperio decadente como el sasánida o a las tribus visigodas del norte de África y España, su éxito estuvo garantiza­ do. Ninguna de estas dos potencias podía agrupar a suficientes tropas de infantería pesada como para obligar a los musulmanes a librar una batalla campal. Tras la desastrosa batalla de Manzikert (1071), incluso los bizantinos se percatarían de que ya no tenían ni las fuerzas ni el apoyo logístico suficientes para derrotar al islam en Asia.

 

La vertiginosa expansión del islam fue asombrosa. En el año 634, tan sólo dos años después de la muerte de Mahoma, los ejércitos musulmanes estaban inmersos en la conquista de Persia. Siria cayó en 636, Jerusalén fue capturado en 638. Alejandría, llave del territorio visigodo del norte de África, fue ataca­ da en el año 641. Cuarenta años después los musulmanes estaban a las puertas de Constantinopla y entre 673 y 677 estuvieron a punto de capturarla. Hacia 681 los árabes llegaron a las proximidades del Atlántico, formalizando la in­ corporación al islam de los viejos reinos bereberes. Cartago fue tomada defi­ nitivamente en el año 698; Kahina, su última reina, fue capturada y decapitada, y su cabeza enviada al califa de Damasco. Sólo catorce kilómetros separaban al islam de Europa. En 715 los visigodos de España ya habían sido conquistados y las incursiones periódicas en el sur de Francia eran moneda corriente. En 718, los árabes, que habían cruzado los Pirineos en gran número, ocuparon Narbona. Mataron a todos los varones adultos y condenaron a la esclavitud a sus mujeres y niños. Hacia 720 campaban por Aquitania a su antojo. L a gran expedición de 732, que lideraba Abderram án, el gobernador de la España morisca, ya había capturado Poitiers y se dirigía hacia Tours con intención de saquearla cuando fue interceptada por Carlos Martel entre los pueblos de Vieux-Poitiers y Moussais-la-Bataille sobre la calzada que conducía a Orleans.

 

El resto del siglo ix y durante todo el siglo X, la guerra entre Oriente y O c­ cidente estallaría en el norte de España, al sur de la Península Itálica, en Sicilia

 

y en las demás grandes islas del M editerráneo. El viejo mare nostrum de los romanos se convirtió en el nuevo frente de batalla entre dos culturas antitéticas. L a presencia de barcos musulmanes en el M editerráneo y las guerras casi constantes con los bizantinos en el Adriático y el Egeo provocaron la separación permanente de Europa oriental y occidental. Se abandonó la idea de unificar el viejo imperio y en Europa creció la rivalidad entre el este cristiano ortodoxo, monolítico e imperial, y los Estados fragmentados y belicosos del oeste católico

 

y romano.

 

Sin embargo, en una guerra de jinetes no todo son ventajas, y es que resulta muy difícil transportar por mar a los ejércitos de caballería. Además, estos ejércitos requerían enormes cantidades de forraje y abundante tierra de pasto y tenían muchas dificultades para cruzar los pasos de montaña con grandes efectivos. Cuando los musulmanes llegaron a los valles de España y del este de Europa,

 

 

 

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no encontraron la misma geografía que en las estepas del desierto; la orografía, por ejemplo, no favorecía los grandes ataques de flanco de la caballería. Por lo demás, las tropas procedentes de Oriente Próximo nunca fueron lo bastante numerosas como para crear las bases de un ejército nacional. Acabarían por depender de soldados esclavos: mamelucos en Oriente Próximo y, más tarde, jenízaros otomanos. Cuando la m area islám ica bañó las costas de Europa occidental y del Imperio bizantino, su avance comenzó a detenerse. Se estableció una línea estática de defensa a m edida que, en España, los Balcanes y el Mediterráneo oriental, la civilización de Occidente iba retomando la ofensiva gracias a fuerzas de infantería compuestas en su mayoría por hombres libres.

 

 

¿EDAD OSCURA?

 

Con la caída del Im perio rom ano occidental a fines del siglo V, el norte de Europa perdió un dominio unificado, y el Mediterráneo, el norte de África y Asia se quedaron sin una economía de mercado integrada, al menos durante algún tiempo. En las zonas rurales, la ausencia de legiones que se hicieran cargo de la seguridad frente a forajidos e invasores condujo al principio a mayores trastornos, mientras que empezó a considerarse que no era el valor de los soldados en las batallas cam pales sino las grandes fortificaciones lo que garantizaba la defensa de las ciudades. L a falta de un sistema tributario cen­ tralizado condujo al descuido o abandono de acueductos, terrazas, puentes y canales de irrigación, lo que provocó la falta de agua potable en las ciudades y el declive de la productividad agrícola a consecuencia del aumento de la sedimentación en los valles y de la erosión de los cultivos en terraza.

 

El deterioro del gobierno imperial centralizado y el colapso de la cultura ur­ bana significaron, además, el fin de los grandes ejércitos estables. Italia, Hispania, G alia y Britania, a falta de la autoridad de Rom a, se vieron convulsionadas por una serie de invasiones y migraciones protagonizadas por vándalos, godos, lombardos, hunos, francos y germanos. Sin embargo, los pueblos victoriosos recién llegados de los siglos VI y v il abandonaron su cultura nómada y con frecuencia se establecieron de forma permanente en los antiguos territorios romanos, se convirtieron al cristianismo gradualmente, aprendieron latín y establecieron pequeños reinos vagamente regidos según la vieja burocracia y la tradición legal romanas. Si los nuevos ejércitos de Europa occidental eran pequeños y fragmentarios en comparación con los de Rom a y a menudo se refugiaban en castillos y ciudades fortificadas, continuaron recurriendo a las levas para formar unidades de infantería pesada que, cuando era necesario entablar una batalla decisiva, luchaban en columna y no como las antiguas hordas tribales.

 

 

La caída definitiva de Rom a trajo consigo un declive poblacional en Europa occidental. La actividad económica, por lo demás, experimentó un largo pe­ ríodo de letargo durante la alta Edad M edia (siglos Vl-ix). La Iglesia comenzó a usurpar propiedades públicas y privadas; necesitaba enormes extensiones de terreno para sostener monasterios, templos y conventos. E l clero, en un sentido estrictamente económico, no resultaba especialmente productivo. Si en algunos casos los aristócratas francos y lom bardos dedicaron, con muy poca sabiduría, las haciendas de los viejos patricios romanos a la cría de caballos, la Iglesia se valió de las cosechas de una tierra de cultivo escasa y por tanto preciosa para sostener una enorme burocracia y un ambicioso program a de construcciones. H acia finales del siglo v ni uno solo de los reinos situados entre la Italia lombarda y la España visigoda podía reunir un ejército del tamaño del contingente romano que fue aniquilado en Cannas setecientos años antes.

 

Sin embargo, la caída de Rom a sirvió en muchos casos para difundir y no para destruir la civilización clásica. Muchos fragmentos del Imperio se recobraron lentamente y mantuvieron vivo el corazón cultural del viejo Occidente. La escritura no se detuvo. En realidad, la literatura y la investigación científica jam ás se perdieron por completo. El latín continuó siendo la lengua escrita ofi­ cial del gobierno, de la Iglesia y de las leyes desde Italia hasta el mar del Norte. La alta Edad M edia, o Edad Oscura (un término que originalmente aludía a la escasez de saber escrito que la época legó a los siglos posteriores), se caracterizó no tanto por el caos de un imperio caído como por la nueva difusión de gran parte de la cultura clásica -lengua, arquitectura, doctrina m i­ litar, religión y experiencia económ ica- en el norte de Europa, especialmente en Alemania, Francia, Inglaterra, Irlanda y Escandinavia.

 

El islam se extendió en el sur y en el este a causa de la creación de un nuevo Estado completamente teocrático. Por el contrario, los restos de la cultura clá­ sica, fundidos con el cristianismo, se propagaron por la Europa occidental y septentrional debido precisamente a la caída del Imperio romano. “ Pese a los trastornos y las pérdidas” , señaló Henri Pirenne en relación al supuesto fin de la civilización romana en el norte de Europa durante el siglo V, “no aparecen principios nuevos, ni en el orden económico, ni en el orden social, ni en la situación lingüística, ni en las instituciones. Lo que subsiste de civilización es mediterráneo” (Henri Pirenne, Mahomay Carlomagno, p. 228).*

 

En realidad, los siglos v i y v il fueron testigos de muchas mejoras. Durante las últimas décadas del Imperio romano se produjo un desplazamiento gradual de campesinos, una gran concentración de la riqueza y una constante lucha de clases en las ciudades. La continuidad de la cultura clásica en la antigua Galia entre los siglos v i y V III, incluso con condiciones materiales radicalmente dife­

 

* Madrid, Alianza Editorial, 1984, traducción de Esther Benítez.

 

 

 

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rentes y problemáticas, en muchos casos significó que las autoridades locales asumieran más responsabilidades en los problemas del campo de lo que había hecho Rom a en sus dos últimos siglos. Con los Merovingios y los Carolingios no reapareció la elevada cantidad de esclavos que había caracterizado a la ci­ vilización romana (hacia el siglo IV, en ciertas partes del Imperio casi una cuarta parte de la población eran esclavos). Aunque las riquezas y la idea de nación que crearon los romanos desaparecieron durante algún tiempo de Occidente, la m ortífera tradición militar de la Antigüedad clásica se mantuvo viva. La m ayoría de los grandes descubrimientos militares en lo relativo al armamento y las tácticas que aparecerían en el milenio siguiente se originarían en Europa. Eran los dividendos, entre otros muchos, que arrojaba la cultura occidental ante la difusión del saber empírico, el método científico y la investigación libre.

 

El “fuego griego” surgió en Bizancio cerca del año 675. Aunque seguimos sin conocer los ingredientes exactos y las proporciones de la mezcla, parece ser que el torrente de llamas que disparaban las galeras bizantinas era una potente combinación de nafta, azufre, aceite y cal viva que el agua no podía apagar, una espuma tóxica casi inextinguible que podía abrasar a los buques enemigos en cuestión de segundos. Tan ingenioso como la composición química del fuego griego era el método para lanzarlo, que suponía un gran conocimiento sobre mecanismos de bombeo, presurización e ingeniería mecánica. Se calentaba el depósito sellado que contenía el material por su parte de abajo, con fuego avi­ vado por combustible y unos fuelles, y se inyectaba la mezcla gelatinosa gracias a una bom ba de aire comprimido. A continuación, la mezcla se introducía por un largo tubo de bronce y, al llegar al final de éste, se prendía. L a boca de este primitivo lanzallamas se convertía en un torrente de fuego. Los buques equipados con un ingenio tan brutal permitieron a la pequeña flota bizantina hacerse con el dominio del Mediterráneo oriental y salvar Constantinopla en varias ocasiones -ninguna más espectacular que la del año 717, cuando, en las aguas que rodeaban la capital de Bizancio, León III incendió la escuadra del califa Solimán-,

 

 

H ay mucha controversia acerca de cuál es el origen preciso del estribo -quizá sea un invento asiático-, pero lo cierto es que hacia el año 1000 la mayoría de los jinetes occidentales utilizaban nuevas sillas equipadas con estribos. Es po­ sible, por supuesto, que lo conocieran a través de los árabes, que a su vez habían copiado los diseños originales tal vez de los bizantinos o, gracias a los contactos comerciales establecidos a principios del siglo V il, de pueblos más orientales. En los reinos occidentales, el estribo no era sólo una ayuda para dominar al caballo, sino parte esencial del equipo del nuevo caballero que luchaba lanza en ristre. Gracias al estribo, cuando se lanzaba al galope para lancear a un objetivo, el caballero podía, por vez primera, amortiguar el golpe sin caer de su montura. Si este tipo de lanceros jam ás podría quebrar la resistencia de un

 

 

 

 

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auténtico cuerpo de infantería, en pequeñas unidades sí podría acabar con grupos aislados de soldados de a pie lanzados al ataque o en retirada. La introducción del estribo no supuso que los lanceros pesados dominasen a partir de entonces a los ejércitos europeos, sino que estos ejércitos, de los que la infantería continuaba siendo su núcleo fundamental, podrían, en los momentos clave de la batalla -es decir, cuando aparecía alguna brecha en la línea enemi­ ga o cuando se producía alguna dispersión-, enviar pequeñas unidades de jinetes con gran capacidad mortífera que matarían impunemente a soldados de infantería ligera y a todos aquellos infantes que estuvieran desorganizados.

 

La ballesta, que en Europa se utilizó a partir del año 850, era un arma de pe­ queño tamaño derivada del arco de vientre clásico en la que unos cables de torsión y unas ruedas dentadas sustituían la clásica manivela. Los especialistas aluden a las deficiencias de la ballesta en comparación con el arco largo inglés o el arco compuesto oriental, puesto que ambos tenían mayor alcance y mejor porcentaje de acierto. La ballesta, sin embargo, no requería tanta instrucción ni cansaba al arquero tanto como los arcos manuales y, además, sus saetas de metal, más cortas que las flechas, tenían mayor poder de penetración a corta distancia. Sólo las saetas de una ballesta podían atravesar las pesadas cotas de malla de los caballeros, de modo que un hombre relativamente pobre y sin mucho entrenamiento podía matar a un jinete aristócrata y a su acorazada mon­ tura en cuestión de segundos y por el coste de un pequeño proyectil metálico. En consecuencia, la Iglesia promulgó diversos edictos contra su uso, un gesto de represión tecnológica sin ninguna tradición en Occidente. Finalmente, sin embargo, abogó por que se prohibieran las ballestas únicamente en las guerras intestinas entre cristianos.

 

Las máquinas de asedio experim entaron mejoras constantes. A partir de 1180 se construyeron enormes catapultas que se accionaban mediante unos contrapesos y no sólo por mecanismos de torsión. Algunos trabucos tenían hasta diez toneladas de contrapesos y eran capaces de arrojar pedruscos de más de 150 kilos a una distancia superior a los cien metros, lo cual suponía exceder en cinco veces la potencia de las viejas catapultas de torsión romanas. Asimis­ mo se construían fortificaciones de piedra de una altura inconcebible para los ingenieros de la Antigüedad y con una intrincada estructura de torres, alme­ nas y recintos interiores. Los castillos y murallas de Europa no sólo eran mayores y más recios que los de África u Oriente Próximo, eran también más numerosos debido a las innovaciones en el arte de la cantería y en el transporte y mecanismos de elevación de la piedra. Las planchas de armadura, frecuentes en todo el continente hacia 1250, fueron también una especialidad europea, de modo que la mayor parte de los caballeros e infantes de Europa estaban mucho mejor protegidos que sus adversarios musulmanes. Cuando, en el siglo x iv y proce­ dente de China, se introdujo la pólvora en Occidente, sólo Europa pudo fabricar

 

 

 

 

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cañones pesados fiables -Constantinopla cayó en 1453 gracias al empleo de artillería de fabricación europea- y armas de fuego en grandes cantidades. Además, ya hacia 1430 eran frecuentes en aguas europeas los barcos de varias velas y completamente aparejados, superiores a cualquier bajel otomano o a las naves chinas.

 

U na de las claves de esa capacidad de los europeos para fabricar armas de calidad, junto a una doctrina táctica innovadora y fluida, fue la gran acogida de las publicaciones dedicadas a las investigaciones militares, que reunían ex­ periencia y teoría para ofrecer consejos pragmáticos a los comandantes en el mismo campo de batalla. Los últimos manuales romanos de Frontino, y en mayor medida los de Vegecio, se copiaron a lo largo de toda la baja Edad Media y se convirtieron en la lectura de cabecera de muchos caudillos europeos. Ra-bano M auro, arzobispo de M aguncia en el siglo IX, publicó su De re militari anotado específicamente para mejorar el comportamiento bélico de los francos. Durante los cuatrocientos años siguientes, aparecieron en toda Europa traducciones y adaptaciones de Vegecio escritas por Alfonso X (1252-1284), Bono Gimaboni (1250) y je a n de Meung (1284).

 

Las técnicas de asedio de los europeos no tenían parangón precisamente porque seguían la tradición clásica de la poliorketica (o “ arte del asedio de ciudades”). Existían manuales como el Mappae Clavicula, que enseñaba al ejér­ cito sitiador el manejo de máquinas de asedio e ingenios incendiarios. Los emperadores Mauricio (Ars militaris) y León V I (Táctica) inspiraron las tácticas navales y terrestres bizantinas con la preparación de manuales que sus almirantes y generales emplearían para mantener el Mediterráneo y sus puertos a salvo de las escuadras árabes. Por el contrario, los musulmanes no escribían sobre la guerra desde un punto de vista abstracto, teórico o ni siquiera práctico, sino más holístico y filosófico y ante todo preocupados por las normas y la conducta que debían imperar en el yihad.

 

Entre los primeros francos esta necesidad de escribir acerca de la guerra y de publicar manuales sobre su práctica emulaba directamente a los pensadores griegos y romanos. Pero la práctica militar no se desarrollaba en el vacío. Estaba, por el contrario, estrechamente relacionada con la presencia de una elite instruida familiarizada con las ideas clásicas sobre armamento y organización militar. Los Carolingios se propusieron la conservación sistemática de los manuscritos clásicos y se esforzaron por garantizar que la educación siguiera la tradición grecolatina:

 

 

Aunque definida por la religión, Europa era también una comunidad de sabios que leían y escribían en la misma lengua latina y que rescataron gran parte del legado de la Antigüedad de una pérdida irreparable. En los siglos ix y x, los maestros diseñaron un nuevd currículo de estudios

 

 

 

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basado en parte en los clásicos que habían redescubierto. Con ello sentaron las bases de las prácticas educativas de los siglos venideros (P. Riché, The Carolingians [Los Carolingios], p. 361).

 

Además, la tradición historiográfica de Grecia y Rom a continuó en el oriente

 

y occidente cristianos, siguiendo, m uy especialm ente, la aproxim ación de Heródoto, Tucídides, Tito Livio y Tácito según la cual la historia era ante todo el relato de los acontecimientos bélicos y políticos. Desde este punto de vista, Gregorio de Tours (534-594, Historia de los francos), Procopio (nacido h. 500, Historia de las guerras deJustiniano), Isidoro de Sevilla (Historia de los godos, escrita en 624) y Beda el Venerable (672-735, Historia eclesiástica del pueblo inglés) aportaron detalles antropológicos sobre diversas tribus como parte de exégesis más amplias dedicadas a conquistas y derrotas interculturales. Las obras de cientos de cronistas y com piladores menos conocidos circularon por toda Europa. El núm ero de títulos publicados en el continente superaba el de cualquier otro lugar del mundo.

 

Hubo numerosos historiadores musulmanes desde los primeros tiempos del islam, muchos de los cuales eran imparciales y notablemente críticos, pero pocos de ellos consideraban que hubiera historia antes del Profeta (siguiendo la máxima: “El islam cancela todo lo que hubo antes que él”). El Corán, además, limitaba los parámetros de la investigación. L a primacía histórica y literaria del texto sagrado no toleraba la competencia de los simples mortales. A l contrario de lo que sucedía con la historiografía clásica -h ay pocas evidencias de que, en los primeros años del islam, hubiera alguna traducción árabe de los grandes historiadores griegos-, los defectos morales y no los errores tácticos o las fallas estructurales se citaban como motivo de las derrotas islámicas. Tras Poitiers, los cronistas árabes, como sucedería con los observadores otomanos después de Lepanto, atribuyeron el desastre musulmán a su propia depravación e impiedad, que habían desencadenado la ira de Alá.

 

El arado de reja metálica tirado por caballos surgió en Europa. Esta herramienta permitía roturar la tierra con mayor rapidez y más en profundidad que los viejos arados de madera arrastrados por una yunta de bueyes. El aumento de eficacia de los cultivos dio a los occidentales más alimentos y oportunidades que a sus homólogos del sur y del este. A finales del siglo xn , los molinos de viento, que no tenían paralelo en Oriente Próximo ni en el resto de Asia, aparecieron en Inglaterra y el norte de Europa. Con un eje rotor horizontal y un mecanismo a base de engranajes, estos ingenios molían trigo a una velocidad inimaginable en la Antigüedad clásica o en el Oriente de sus contemporáneos. Los molinos de agua -sólo en la Inglaterra del siglo x i había 5 .000 -, con sistemas de funcionamiento mejorados, se utilizaban no sólo para moler grano, sino también para manufacturar papel, tejidos y metal. A consecuencia de ello, los ejércitos

 

 

 

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occidentales podían combatir con mayor facilidad lejos de su lugar de proce­ dencia, porque podían llevar consigo m ayor cantidad de suministros y porque los granjeros podían implicarse en una campaña durante períodos más largos. Los historiadores aluden con frecuencia al desorden que imperaba en los ejércitos cruzados, con pendencias constantes entre los mandos, horribles condiciones de vida y tácticas en ocasiones estúpidas, olvidando que el transporte y sumi­ nistro de miles de soldados de una costa a otra del Mediterráneo son en sí mismos una manifestación de genio logístico sin parangón en los ejércitos islámicos de la época.

 

L a ciencia y la tecnología no salvaron por sí solas a los pequeños y fragmen­ tados ejércitos europeos de sus adversarios. La tradición clásica de formación de unidades de infantería y reclutamiento de propietarios también se mantuvo viva. El mando militar y la disciplina seguían la tradición romana, de forma que, con toda naturalidad, se respetó la nomenclatura griega y latina. Los emperadores bizantinos, a la manera de los caudillos macedonios, llamaban a sus soldados systratiotai, es decir, “camaradas de armas” . Los generales, como en la Grecia clásica, continuaron llamándose strategoi, y los soldados, stratiotai, cuando en Occidente los soldados libres eran milites, que a su vez se dividían en pedites (soldados de a pie) y equites (jinetes). A los ciudadanos se los continuó reclutando de acuerdo a códigos de conducta legales y públicos llamados “capitularios” que especificaban sus derechos y deberes.

 

El ejército de Carlos Martel no era tan disciplinado ni tan grande como un ejército consular romano, pero la forma en que sus soldados de infantería pe­ sada eran reclutados, atacaban a pie y mantenían la formación era coherente con la tradición clásica. Las campañas exigían una aprobación en asamblea y los jefes debían pasar un control de su conducta después de la batalla.

 

A finales del siglo VIII, dos obstáculos que parecían insuperables y que du­ rante los siglos v y vi habían debilitado las levas imperiales, a saber, el hecho de que los ciudadanos romanos dejasen de servir en su propio ejército y los pre­ ceptos de la Iglesia cristiana temprana contra el militarismo cívico y las guerras de conquista, comenzaban a sufrir cierta erosión. San Agustín, que había escrito La ciudad de Dios tras el saqueo de Rom a en el año 410, quería asociar el castigo divino con los pecados de los romanos. Antes incluso, algunos emperadores cristianos como Graciano habían desmantelado las estatuas públicas y prohibido la conmemoración de las victorias militares porque, de algún modo, se oponían al mensaje de paz y perdón de Cristo. Sin embargo, en la primera Edad Media, el pacifismo de los padres romanos de la Iglesia, como Tertuliano (Ad mártires, De corona milites), Orígenes (Exhortatio ad martyrium, De Principiis) y Lactancio (De mortibus persecutorum), se pasó por alto en numerosas ocasiones, puesto que el credo del Antiguo Testamento y su idea de hacer la guerra al infiel se impuso al mensaje de los Evangelios. Tomás de Aquino, por ejemplo, perfiló

 

 

 

 

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las condiciones en que una guerra cristiana podía ser una guerra “justa” : en virtud de su causa, un conflicto armado podía convertirse en una em presa cristiana y moral. El cristianismo nunca tendría el fervor marcial del islam, pero durante la alta Edad M edia soslayó más o menos sus tempranas pretensiones pacifistas y su distanciamiento de los mundanos asuntos de la política. Para mantener al islam a raya se invocaba a los ejércitos de Josué y Sansón, no las amables amonestaciones de jesús.

 

Es posible que las sociedades francas, lombardas, godas y vándalas fueran tribales y sus ejércitos estuvieran mal organizados, sin em bargo, aquellos “bárbaros” compartían de un modo general la idea de que, en cuanto hombres libres pertenecientes a una comunidad, estaban obligados a luchar, y tenían libertad para hacer acopio del botín de sus enemigos. Desde el punto de vista del militarismo cívico, tenían más en común con los viejos ejércitos clásicos de pasado republicano que con los legionarios que la Rom a imperial contrataba para defender sus fronteras:

 

 

La confianza generalizada en los ciudadanos-soldados de que hacía gala Occidente rebajó las demandas de gastos militares de los gobiernos centrales. [...] De hecho, la flexibilidad de Occidente a la hora de basar su evolución en los avances que tuvieron lugar durante el período tardío del Imperio romano dio como resultado una enorme potencia militar que demostró su valor, por ejemplo, en el éxito que durante dos siglos consiguieron los Estados cruzados contra un enemigo muy superior (B. Bachrach, “ Early M edieval Europe”, en K . Raaflaub y N. Rosenstein, eds., War and Society in the Ancient and Medieval Worlds [Guerra y sociedad en la Antigüedad y en la Edad Media], p. 294).

 

 

Las legiones cayeron no a causa de debilidades organizativas, atraso tecnológico o problemas de mando y disciplina, sino debido a una escasez de ciudadanos libres dispuestos a luchar por su propia libertad y los valores de su civilización. Los bárbaros, sin embargo, sí tenían esta clase de guerreros. Por eso, cuando absorbieron el espíritu del militarismo cívico, consiguieron formar diversos y eficaces ejércitos locales. Los musulmanes lo aprendieron en Poitiers.

 

 

INFANTERÍA, PROPIEDAD Y CIUDADANÍA

 

¿HUBO UN MONOPOLIO DE LA CABALLERÍA?

 

Carlos Martel y los monarcas carolingios -sobre todo, su hijo Pipino III y su nieto Carlom agno - sentarían las bases del Estado feudal de la Edad M edia

 

 

 

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con el que, a partir del año 1000, asociamos los caballeros, la sociedad caba­ lleresca y las enormes cabalgaduras que acudían a la batalla cubiertas de una armadura. Por lo general se entiende que, entre la caída definitiva de Rom a (hacia el año 500) y la difusión de la pólvora (hacía 1400), el caballero se convirtió en el dominador de todos los campos de batalla de Europa. En realidad, en la m ayor parte de los enfrentamientos que tuvieron lugar durante aquellos mil años, los infantes continuaron superando a los caballeros en una proporción de al menos cinco a uno.

 

Incluso a fines de la Edad M edia, en las tres batallas más importantes de la guerra de los Cien Años, es decir, Crécy (1346), la segunda batalla de Poi-tiers (1356) y Agincourt (1415), la m ayoría de los com batientes que iban a caballo, que eran minoría tanto en el ejército inglés como en el francés, des­ montaron y lucharon a pie. Los temibles caballeros de Cortés, que dispersaron a una enorme m asa de aztecas, no llegaban ni al 10% de los conquistadores de M éxico . El muro de infantería que Carlos M artel formó en Poitiers no era ninguna rareza. Los infantes francos, suizos y bizantinos prefiguraban, sin saberlo, lo que sería el núcleo de sus respectivos ejércitos en la baja Edad Media.

 

Aunque es cierto que el arte m edieval glorificó al jinete como caballero aristócrata, que la Iglesia pretendió insuflarle un sentido de responsabilidad moral en la preservación de la sociedad cristiana y que la m ayor parte de las monarquías buscaban el apoyo natural de las elites montadas de grandes terratenientes, en Europa, los jinetes nunca fueron lo suficientemente numerosos o versátiles, ni resultaron lo bastante económicos, como para garantizar la vic­ toria en las grandes batallas, especialmente en aquellas en que intervinieron entre 20.000 y 30.000 combatientes. Los Carolingios no intervinieron en ningún enfrentamiento en el que la infantería no fuera el cuerpo dominante. Hay que situar el papel del feudalismo y la imagen romántica de los primeros caballeros en la perspectiva cultural apropiada:

 

 

El feudalismo carolingio, a pesar del hincapié que hacía en la posesión de un caballo, no puede equipararse al sistema militar de los nómadas. Las tierras cultivadas de Europa occidental podían albergar un ganado caballar no muy grande, y los ejércitos feudales que respondían a la llamada de las armas en nada se parecían a una horda del nomadismo montado; la diferencia se debía en gran medida a la distinta cultura militar de las tribus teutónicas, que propugnaban el combate cuerpo a cuerpo con armas afiladas, una tradición reforzada por sus encuentros con los ejércitos romanos antes de que éstos hubiesen relajado el entrenamiento legionario. Esta cultura no se había perdido cuando los guerreros occi­ dentales comenzaron a hacerse jinetes y fue reforzada por la capacidad

 

 

 

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del equipo que utilizaban y las armas que usaban a caballo (J. Keegan, Historia de la guerra, p. 346).*

 

El ejército de Carlos Martel en la batalla de Poitiers era fiel a una tradición occidental de 1.400 años de antigüedad que comenzó en Grecia y Roma y pri­ maba a una infantería de propietarios por encima de cualquier otra arma. Las razones de este original nacionalismo occidental, que se traducía en soldados de a pie fuertemente armados y protegidos, eran, una vez más, exclusivas de Europa y tenían que ver con una realidad económica, política, social y militar que se había consolidado en Grecia y que había logrado sobrevivir a la caída de Roma. Para que en la Antigüedad y en la Edad M edia un pueblo contase con una infantería eficaz, esto es, capaz de aguantar a pie firme el ataque de la caballería y de cargar sobre unidades de arqueros, ballesteros, honderos o jabalineros y superarlas, tenían que darse tres condiciones. La primera de ellas estaba relacionada con el paisaje. Los mejores infantes eran campesinos muy arraigados a sus terruños y producto de una geografía de valles y tierras bajas situados entre montañas que favorecían el cultivo intensivo. Por el contrario, el terreno montañoso era territorio de pastores que, con hondas, flechas y jabalinas, dominaban el arte de la emboscada y la defensa de los caminos, como sucedía, por ejemplo, con las diversas tribus de las colinas de Asia M enor que atacaron a Jenofonte y sus Diez M il en su retirada hacia el mar Negro. Por otro lado, las grandes estepas favorecían a los jinetes de sociedades nómadas y tribales, que contaban con abundantes tierras de pasto y, lo que es más importante, con espacio suficiente para las amplias m aniobras de flanco y envolvimiento con que la caballería podía superar a las tropas de a pie, como los romanos, por ejemplo, pudieron comprobar en Partía. De los Balcanes a las Islas Británicas, Europa era, sin embargo, un continente cubierto en su mayor parte de valles y tierras fértiles y cruzado por ríos y montañas que resultaba idóneo para las operaciones militares protagonizadas por unidades de infantería pesada: terreno llano para las cargas decisivas de los pesados y torpes infantes, con colinas y montañas próximas que los ayudaban a evitar los ataques de flanco de la caballería.

 

 

 

En segundo lugar, los mejores infantes de la época preindustrial fueron con frecuencia producto de un gobierno centralizado y no de una sociedad tribal. Las ciudades-Estado y las repúblicas tuvieron poder para congregar a la gran m ayoría de la población, para impartir cierta instrucción en la marcha en formación y el mantenimiento de las líneas, y solían suprimir los privilegios de los clanes y los barones, o al menos situaban a éstos a la altura de los demás. Ciertamente, el fin del Imperio romano destruyó durante siglos la idea clásica

 

* Barcelona, Planeta, 1995, traducción de Francisco Martín Arribas.

 

 

 

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de la nación en armas y de una autoridad política centralizada y fuerte capaz de reclutar, formar, pagar y jubilar a un cuarto de millón de legionarios armados en todo el Mediterráneo. Sin embargo, a escala reducida, las comunidades lo­ cales de Occidente y un aislado Bizancio intentaron mantener vivas las viejas tradiciones clásicas y, por medio de levas a gran escala, reclutar a los arrenda­ tarios y pequeños terratenientes y unirlos para organizar la defensa de su tierra.

 

Por último, para formar un arma de infantería numerosa y potente, debía existir, si no un gobierno de consenso, sí un supuesto igualitarismo, o, al menos, la servidumbre no debía estar demasiado extendida. Un buen infante necesitaba capital suficiente para aportar las armas adecuadas. Necesitaba, además, una especie de voz política o una relación de reciprocidad con los más ricos que garantizase un sentido de autonomía limitada. Según un punto de vista ideal, los mejores soldados de a pie debían poseer tierras o bien disfrutar de ellas. En virtud de ello lucharían con un sentido nacionalista del territorio, con la idea de que combatían hombro con hombro para proteger unas tierras que sentían como suyas.

 

El paisaje de la Europa medieval no difería del de la época clásica. Si el dominio centralizado de Rom a había desaparecido y, al menos en gran parte, las comunidades de pequeños propietarios autónomos habían desaparecido ya en el siglo ni, Europa occidental conservaba una población rural de tamaño considerable que encontraba semejanzas entre su caudillo local o el reyezuelo de la región y el viejo sistema que reclutaba y conducía a la batalla tropas formadas por hombres de igual condición. Aunque hay quien los ha llamado los “libres dependientes” , los soldados de infantería europeos que combatieron entre los siglos V II y X I no eran de condición servil y, desde un punto de vista político, gozaban de una situación mucho más favorable que los siervos del este. Todos sus deberes y obligaciones tenían sus derechos y privilegios correspon­ dientes. Por el contrario, el gran general bizantino Belisario (500-565) no se equivocaba mucho cuando describía a la infantería persa como un indisciplinado grupo de campesinos llevados por la fuerza al ejército con el único propósito de derribar murallas, robar a los cadáveres y esperar a los verdaderos soldados. En Europa occidental, por otra parte, no había nada parecido a los mamelucos o a los jenízaros.

 

 

 

 

 

LOS ORÍGENES DE LA INFANTERÍA PESADA

 

¿Cuándo surgió la tradición occidental que otorgaba supremacía a la infantería y que sobrevivió incluso a la caída de Roma? En Grecia y no antes. Como vimos al hablar de los orígenes de la batalla de choque, la polis helénica (800-600 a.C.) fue resultado de una nueva clase de pequeños propietarios libres que, como

 

 

 

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infantes hoplitas, formaban las falanges y se involucraban en batallas frontales para dirimir las disputas sobre la propiedad de la tierra. Su nacimiento marcó el declive de los caballeros aristocráticos, que habían disfrutado de privilegios durante siglos. El auge de la infantería supuso un avance revolucionario desconocido en aquellos momentos en cualquier otro lugar del Mediterráneo oriental o por la civilización micènica, origen y pasado de la cultura griega.

 

A medida que la distribución de suelo cultivado se hacía más equitativa, las tierras de pasto para los caballos iban disminuyendo. Incluso cuando se encontraba forraje, poseer caballos carecía de sentido desde un punto de vista económico. Cinco hectáreas dedicadas a cultivar cereal, frutales y viñas podían alimentar a una familia de cinco o seis miembros en lugar de proporcionar una montura a un solo hombre rico. En la época de Carlos Martel, un caballo costaba tanto como veinte cabezas de ganado. Además, por la misma cantidad de forraje, una yunta de bueyes era más eficaz a la hora de tirar del arado; y, por supuesto, los bueyes proporcionaban carne. Por el contrario, muchos europeos tenían ciertos tabúes culturales sobre el consumo de carne de caballo. En la mitología griega, caballos como Arión, Pegaso y los corceles parlantes de la Ilíada eran venerados e investidos de cualidades casi humanas por su lealtad, valor e inteligencia. Desde un punto de vísta agrícola o cultural, era absurdo criar caballos en las llanuras colonizadas y en las pequeñas comunidades de la Grecia arcaica.

 

 

Cuando, en la Grecia de los siglos vili al VI a. C., los granjeros con propiedades de tamaño medio gozaron de derechos de ciudadanía, la defensa de la comunidad pasó a depender de todos los propietarios, que votaban cuándo y dónde había que librar batallas, por lo general breves, decisivas y protagonizadas por la infantería pesada, a fin de asegurar un resultado claro que permitiese a los granjeros combatientes regresar a casa a tiempo de atender sus cosechas. Entre los pequeños propietarios que formaban las unidades de hoplitas, la posesión de un caballo no era signo de prestigio, al contrario, fomentaba la sospecha de pertenecer a grupos de ricos de derechas que conspiraban por derrocar el gobierno del pueblo. En cierta manera, se tenía la impresión de que los dueños de uno o varios caballos habían desviado recursos de la comunidad en beneficio propio. Desde un punto de vista militar, las lanzas de las apretadas filas de las falanges convertían las cargas de caballería -con sillas sin estribos y sobre ca­ ballos de pequeño tamaño- en un gesto de impotencia. Así como era más barato criar a una familia que a un caballo en una pequeña parcela de terreno, a un Estado le resultaba más económico instruir a un granjero en el manejo de la lanza y el mantenimiento de la formación que a un caballero para que no cayera de su caballo durante la lucha.

 

A       resultas de ello, hasta la llegada de Alejandro Magno, la cultura helénica denostó, durante cuatro siglos, a los miembros de la caballería. En Esparta,

 

 

 

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Jenofonte afirmó que sólo “los más débiles y los que menos ansian la gloria” montaban a caballo (Helénica, V I.4.11). Este menosprecio por la caballería fue un lugar común durante toda la historia de la Grecia clásica. El orador Lisias, por ejemplo, alardeó ante la Asamblea de que, en la batalla del río Haliartos (395 a-C.), un cliente, el rico aristócrata Mantiteo, prefirió plantar cara al peligro como hoplita, que prestar servicio desde “ la seguridad” del jinete (xvi.13). Alejandro se dio cuenta de que el monopolio bélico del infante en las ciudades-Estado griegas no tenía ningún sentido militar cuando la guerra salía de los pequeños valles de la metrópoli y obligaba a enfrentamientos con unidades asiáticas m uy diversas, como arqueros, tropas ligeras y varios tipos de jinetes, en las grandes llanuras y en las colinas de Oriente. Además, en lugar de devoción, Alejandro sentía cierta antipatía hacia lo agrario. Sus aristocráticos Compañe­ ros macedonios, como los jinetes tesalios que también formaban parte de su ejército, eran propietarios de caballos que habitaban grandes haciendas en las extensas llanuras del norte de Grecia. Todos ellos eran producto de la monarquía, no del gobierno consensuado.

 

Existe un extenso corpus de pasajes de la literatura clásica que reflejan la idea de que de una pequeña granja se obtiene un buen soldado de infantería, mientras que de una gran hacienda sólo se consiguen unos pocos jinetes de elite: la función de las tierras de cultivo es alimentar a las familias de la infantería, no perma­ necer en barbecho o destinarse a la cría de caballos. Aristóteles lamentaba que, a finales del siglo IV a.C ., el territorio que rodeaba Esparta ya no estuviera lleno de hogares habitados por infantes propietarios, aunque afirmaba que aquel territorio habría podido dar de comer a “treinta mil hoplitas” (Política, 11.1270a

 

31)    . En las postrimerías del siglo 1 Plutarco deploraba la despoblación a gran escala del campo griego, señalando que el país entero apenas podía alinear a “tres mil hoplitas” , es decir, aproximadamente el contingente que Megara aportó en la batalla de Platea (Moralia, 414A). De igual modo, el historiador Teopompo, al comentar la naturaleza elitista de un escuadrón de la Caballería de Compañeros de Filipo, aseguraba que, aunque sólo eran ochocientos, poseían unas rentas equivalentes a “no menos de diez mil propietarios griegos de las tierras mejores y más productivas” (Fragmentos de historia de Grecia, 115, 225). Teopompo sostenía que la tierra de cultivo intensivo daba como resultado una abundancia de infantes hoplitas y que éste era un ideal militar, cultural y político. Todo lo contrario sucedía en los Estados del norte, que en lugar de apoyar al pequeño propietario se decantaban por los caballeros, lo cual fomentaba la autocracia.

 

Pese a la destreza de los C aballería de Com pañeros, Filipo y Alejandro aprendieron más de los griegos que éstos de ellos, puesto que la base del ejército real de Macedonia residía en las lanzas de falangistas e hipaspistas; la caballería sumaba menos del 20% de las huestes de Alejandro. Alejandro conquistó Persia gracias a la acción conjunta de jinetes y piqueros, pero los diádocos olvidaron

 

 

 

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rápidamente este legado o lo juzgaron irrelevante en las guerras que poste­ riormente emprendieron contra otros monarcas macedonios. Entre los años 323 y 31 a.C. el Oriente helenístico sufrió las convulsiones de guerras casi constan­ tes que normalmente se decidían gracias al choque de piqueros profesionales que se bastaban por sí solos para quebrar la resistencia de otras unidades de infantería y limpiar el campo de soldados enemigos. El propio Alejandro, que desbarató las líneas de la infantería persa, habría tenido menos suerte de haber cargado frontalmente contra los falangistas de sus propios sucesores.

 

Durante casi mil años, Rom a depositó su fe en la infantería, una tradición que se fue extendiendo entre los pequeños propietarios italianos de los siglos IV y Iii a.C., que protegían al gobierno republicano prestando servicio en las legiones. El ejército romano reclutaba, además, a pequeños grupos de jinetes auxiliares entre las tribus de la Europa septentrional y los pueblos nómadas del norte de Africa. Las tradiciones de la infantería parecían duraderas. El fracaso de Rom a a la hora de crear un cuerpo de caballería de calidad semejante a la de los Compañeros de Alejandro costó al Imperio numerosos fracasos, como la masacre de las tropas de Craso en Partia (53 a.C.) o la derrota de Valeriano en Adria-nópolis (378) a manos de los godos. Sin embargo, la historia de Grecia y de Rom a es la historia de un milenio de superioridad militar sobre sus enemigos, un dominio que fue resultado de la primacía de la infantería terrateniente.

 

 

CONTINUIDAD DE LA CULTURA CLÁSICA EN LA EDAD MEDIA

 

¿Significó la caída de Rom a la vuelta a la situación de la primera Edad Oscura de Europa (1100-800 a.C.), cuando, antes del nacimiento de las polis, los barones locales, los criadores de ganado y los guerreros de a caballo dominaban una Grecia caótica y despoblada? No del todo, porque las tradiciones de Rom a, como hemos visto, no cayeron en el olvido y la segunda Edad Oscura de Europa (500-1000) no llegó jam ás a ser tan sombría como la primera, la de la Grecia que sucedió al fin de los reinos micénicos. Durante el caos que imperó en los siglos V y vi, la infantería continuó siendo el pilar de los ejércitos bizantinos, cuya proporción entre infantes y jinetes era de cuatro a uno, pese a que llegaron a desarrollar una fuerza de choque de caballeros protegidos por cotas de malla y monturas de gran alzada equipadas con estribos.

 

Francos, normandos y bizantinos se enorgullecían de las temibles cargas de sus reducidos cuerpos de elite, compuestos de caballeros protegidos por cotas de malla que, en cierto sentido, respondían al concepto occidental de solda­ dos de a pie fuertemente protegidos y armados con largas picas, pero trasladado a la caballería. Los caballeros occidentales, jinete por jinete, eran por lo general lanceros mejor protegidos y con armas más pesadas y mortíferas que sus ágiles

 

 

 

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y rápidos homólogos islámicos y reflejaban en esto la preferencia de los euro­ peos por las batallas de choque decisivas. Sin embargo, durante los grandes enfrentamientos desarrollados en suelo europeo y entre los ejércitos cruzados que combatían en Tierra Santa, aquellas cargas temibles resultaban desastrosas a no ser que se vieran acompañadas del ataque de un contingente de infantería de mayor tamaño dispuesto a entablar una lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo. Normalmente, fue la infantería y no la caballería la que decidió la suerte de las guerras carolingias.

 

Ni siquiera con la adopción del estribo en algún momento de los siglos ix y X podía la caballería pesada occidental cargar con éxito contra una unidad de infantería equipada con lanzas y grandes escudos y con voluntad suficiente para aguantar a pie firme. Con frecuencia, había grupos de jinetes propietarios de modestas extensiones de tierra que desmontaban y luchaban como infantes. El hecho de montar a caballo no significaba pertenecer a una verdadera caba­ llería de choque. A l contrario, muchas veces las monturas no eran más que meros medios de transporte que se limitaban a trasladar al campo de batalla a la infantería pesada. Lo importante no es que Europa contase con buenos cuerpos de caballería, sino que las tropas montadas siempre fueron muy inferiores en número a la infantería. El atractivo y la mitología de la Edad M edia pertene­ cían, no obstante, a los caballeros. En las pequeñas batallas y en las incursio­ nes, los caballeros equipados con cotas de malla tenían una enorme ventaja sobre los campesinos desprotegidos. Aunque Europa nunca poseyó las tierras de pasto necesarias para propiciar una verdadera cultura equina -entre las tribus nómadas era normal que un guerrero tuviera de cinco a diez caballos-, sus ricos campos solían bastar para criar animales suficientes como para crear reduci­ dos grupos de caballeros que, en cuanto pequeños señores, contribuyeron a la creación del sistema de vasallaje y, con él, al primer feudalismo medieval. La ausencia de un Estado central, por lo demás, hacía muy difícil formar soldados de a pie de manera uniforme y sistemática. Según la sabiduría popular de la época, en una batalla, cien caballeros bien entrenados equivalían a un millar de campesinos mal organizados.

 

 

Sin embargo, en torno a los atolones de aristocráticos caballeros, continuaba existiendo un mar de rústicos que constituía la mayoría de los ejércitos europeos durante las grandes crisis. La mayoría eran pequeños propietarios que, en su condición de vasallos, entregaban un porcentaje de sus cosechas a los ricos a cambio de protección o bien disfrutaban de concesiones de tierras que los aristócratas les cedían a cambio de que les prestasen sus servicios como soldados. Si los soldados de infantería de Carlos Martel carecían del concepto de ciuda­ danía que podía encontrarse en la Grecia clásica y en la Rom a republicana, lo cierto es que eran pequeños propietarios y granjeros reconocidos como hombres libres, con derechos y responsabilidades que los aristócratas locales se encargaban

 

 

 

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de proteger. No pertenecían desde luego a la clase de los mercenarios, pastores, siervos o meros esclavos que constituían la parte más significativa de los últimos ejércitos bereberes, m ongoles, árabes y otomanos que invadieron Europa. Aquellos hombres, el landwehr, eran la columna vertebral de las primeras fuerzas armadas carolingias, especialmente durante el declive de las ciudades y el comercio que se produjo tras la desintegración del Imperio romano:

 

Cuando la estructura económica se hizo predominantemente agraria, el servicio militar tendió a asociarse muy estrechamente con la propiedad de la tierra. Cada hogar libre estaba obligado al servicio de un hombre con sus armas y equipo completos. Una obligación que se convirtió en hereditaria. El ejército franco pasó a ser una leva de hombres libres que servían a voluntad del rey y bajo el mando de su representante local (J. Beeler, Warfare in FeudalEurope, 730-1200 [La guerra en la Europa feudal, 730-1200], p. 9).

 

 

El uso cada vez más extendido del estribo, que permitía a los jinetes cargar contra soldados de infantería dispersos y sin instrucción suficiente, y la necesidad de combatir a la caballería musulmana dieron lugar a que, en el siglo X, los caballeros patricios desempeñasen un papel de gran importancia. Sin embargo, también en esa época la idea de ejércitos enteros compuestos únicamente por unidades de caballería pesada capaces de barrer todo cuanto encontrasen a su paso no deja de ser, en su mayor parte, un mito.

 

 

EL VALOR DEL SOLDADO DE INFANTERÍA

 

¿Es legítimo dar más valor a alguna de las armas del ejército que a las demás? ¿Quién puede asegurar que, según las circunstancias geográficas, el clima y los objetivos estratégicos, una unidad de arqueros, caballería, artillería o marines es superior a cualquier otra? En todos los grandes ejércitos, en el de Alejandro, en el de Napoleón, en el de Wellington, los jinetes, los infantes y las unidades de armas arrojadizas o la artillería actúan al unísono; sin simetría, la victoria no habría sido más que una ilusión hasta para los más grandes capitanes. La caballería siempre pudo cargar y retirarse a más velocidad que la infantería, e introducía un elemento de terror psicológico del que carecían hasta los infantes más fieros. Com o la m ayor parte de los enemigos de Occidente iban a caballo y eran extremadamente móviles, era esencial que los europeos desarrollasen unidades de caballería de calidad suficiente para contrarrestarlos. L a victoria era incom pleta si los jinetes no se lanzaban a la persecución frenética del enemigo herido.

 

 

 

 

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Dicho esto, en cualquier guerra antigua o moderna, la victoria definitiva es imposible sin contar con excelentes soldados de a pie. Sólo la infantería puede luchar cuerpo a cuerpo, dispersar al enemigo o hacerlo pedazos, ocupar el campo de batalla y tomar posesión del territorio en disputa. Las armas antiguas, las espadas y las lanzas, eran baratas y más mortíferas que los misiles. Los infantes, no los jinetes, eran esenciales en los asedios y en la defensa de las fortificaciones, escenarios más frecuentes en las guerras medievales que los campos de batalla. La infantería, además, era mucho más versátil en terreno accidentado, fuera éste del tipo que fuera: bosques, colinas o zonas de tierras no cultivadas y con poco pasto y forraje.

 

Los jinetes y los arqueros, al igual que las modernas brigadas de blindados, artillería y aviación, podían ayudar a la infantería, pero nunca sustituirla. En el fondo, la guerra es cuestión de econom ía. Las opciones de los Estados dependen de su capacidad para producir bienes y servicios, por eso, todo ejército pretende conseguir la m ayor potencia militar al menor coste posible. En la Edad M edia, los ejércitos, como sus predecesores de la época clásica, no eran inmunes a esa limitación y muy pronto se dieron cuenta de que, hombre por hombre, una unidad de infantería podía costar una décima parte que una de caballería.

 

Entre los siglos XIV y x v i, con la introducción de la pólvora y de las armas de fuego de uso personal, la infantería inició un período especialmente mortífero. Ahora eran los tiradores, y no sólo los piqueros, quienes podían diezmar las filas de los lanceros montados: los caballos eran cada vez más vulnerables. Sin embargo, la difusión de las armas de fuego en todo el mundo no supuso la creación automática de unidades de disciplinados tiradores. Los otomanos nunca dominaron el arte de la descarga en formación. Los jenízaros disparaban al tiempo que blandían la espada, pero siempre como heroicos guerreros inmersos en un duelo singular. De modo semejante, los guerreros montados del norte de A frica disparaban sus mosquetes sobre todo desde sus caballos y camellos, en rápidas incursiones y expediciones de rapiña. Los nativos de Africa y el Nuevo Mundo consideraban las armas de fuego como flechas o jabalinas mejoradas e ignoraban las descargas en formación y el disparo secuencial. Tam­ poco China o Japón consiguieron ejércitos eficaces pese a la introducción de las armas de fuego.

 

Sólo los soldados de Europa dominaron el arte de cargar, disparar y volver a cargar a la vez, y sólo en Inglaterra, Alemania, España, Italia y los demás Estados principales de Occidente existía una tradición de infantería medieval previa que había sobrevivido desde la Antigüedad clásica y transformado las primitivas tácticas de choque de las tribus germánicas en disciplinados enfren­ tamientos frontales. La era de la pólvora vio a una Europa en auge precisamente porque no había ejércitos que empleasen m ejor las armas de fuego, que se

 

 

 

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producían en masa y eran de fácil manejo, que aquellos que anteriormente se organizaban en disciplinadas columnas y líneas de infantería. En la época que precedió al rifle automático y de repetición, los tiradores equipados con arca­ buces y mosquetes que mantenían la formación y el pie en tierra ofrecían un fuego más concentrado, rápido y preciso que el de aquellos que utilizaban sus armas a caballo o actuaban en solitario o en escaramuzas. En cierto sentido, Europa consideró que las armas renacentistas eran las sucesoras naturales de las picas del medievo.

 

 

 

 

POITIERS Y MÁS ALLÁ

 

Por más de trescientas leguas iba allá corriendo la línea victoriosa desde el peñón de Gibraltar hasta las orillas del Loira, y redoblando aquella marcha, se aposentaban los Sarracenos en el confín de Palonia y en los riscos de Escocia; pues no es el Rin más intransitable que el Nilo o el Eufrates, y a sus anchuras y sin choque naval pudo surcar una es­ cuadra arábiga la desembocadura del Támesis. Quizás en esos tiempos se estuviera enseñando la interpretación del Alcorán en las escuelas de O xford, y en sus púlpitos se estuviera demostrando igualmente a un auditorio circuncidado la santidad y la certeza de la revelación de Mahoma (E. Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, vol. VI, p. 392).*

 

 

Esto decía Edward Gibbon, quizá irónicamente o cuando menos intrigado ante la posibilidad de un O xford no cristiano, de las posibles consecuencias de una derrota franca en Poitiers. La mayoría de los historiadores de renom ­ bre de los siglos XVIII y XIX, como Gibbon, consideraban Poitiers como una batalla decisiva que marcó el punto álgido del avance musulmán en Europa. Para Leopold von Ranke, Poitiers señaló el cambio de signo de “una de las épocas más importantes de la historia del mundo, el comienzo del siglo vm , cuando la religión mahometana amenazaba con extenderse por Italia y Galia” (History o fthe Reformation [Historia de la Reforma], vol. I, p. 5). Edward Creasy incluyó Poitiers en su selecto grupo de “batallas decisivas de la historia uni­ versal” y, como Ranke, opinaba que había supuesto la salvación de Europa: “El progreso de la civilización y el desarrollo de las nacionalidades y gobiernos de la Europa moderna siguió desde ese momento hacia delante en un avance ininterrumpido y sin duda certero” (TheFifleen DecisiveBattles of the World, p. 167). Hans Delbrück, el gran historiador militar alemán, dijo que no había “batalla

 

 

* Madrid, Turner, 1984, traducción de José Mor Fuentes.

 

 

 

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más importante en la historia universal” (The Barbarían Invasions [Las invasiones bárbaras], p. 441).

 

Observadores más escépticos, como sir Charles Ornan y j . F. C. Fuller, no estaban tan convencidos de que Poitiers hubiera salvado a la civilización oc­ cidental de modo tan definitivo. No obstante, tenían la im presión de que marcaba el nacimiento de un nuevo consenso que más tarde, eso sí, salvaría a Europa: los infantes investidos de moral de una nueva cultura carolingia flan­ queados por sus señores a caballo ofrecían al menos un baluarte occidental contra las incursiones de musulmanes y vikingos. En palabras de Omán, “a partir de entonces, se oyó hablar de las invasiones francas de España, no de las invasiones sarracenas de Galia” (The Dark Ages, 476-918 [La Edad Oscura, 476-918], p. 299).

 

Recientemente, algunos estudiosos han sugerido que Poitiers, de la que tan pocos datos ofrecen las fuentes de la época, fue una mera incursión y por tanto una invención de la mitología occidental o bien que una victoria musulmana habría sido preferible a una dominación franca prolongada. Lo que es evidente es que la batalla de Poitiers supuso el inicio de una defensa occidental de Europa llena de éxitos. Estimulado por la victoria de Poitiers, Carlos Martel consiguió librar el sur de Francia de atacantes musulmanes durante décadas, unificó diversos reinos enfrascados en disputas, con lo que sentaba las bases del Imperio carolingio, y garantizó una reserva de tropas que, aportadas por los distintos feudos locales, eran fiables y estaban listas para combatir.

 

El control político directo sobre Asia y el norte de Africa por parte de Rom a (100 a.C.-400 ) fue una anomalía que se prolongó durante quinientos años: la imposición de las leyes, costumbres, lengua y organización política romanas a millones de habitantes de los pueblos conquistados del sur y del este condujo, simultáneamente, a la lenta asim ilación de los pueblos bárbaros del norte. Tras la inevitable liquidación del Imperio en el siglo V, resultó claro que, después de todo, la civilización clásica no estaba muerta y que, al contrario, había obtenido un éxito notable con la conquista de la mentalidad de sus supuestos conquistadores. Ciertamente, el corazón de Europa conservaría sus precedentes cristianos y romanos y, a continuación, comenzaría a extender sus influencias más allá de sus propias fronteras:

 

 

Por una parte, la conversión de Polonia y Hungría, así como de los reinos escandinavos, amplió la influencia de la cristiandad latina hacia el norte y el este, y, por otra, el islam sufrió un retroceso, en España debido al avance de la Reconquista y en el M editerráneo, con la anexión de Sicilia y la fundación de los Estados latinos de Oriente. Surgía al mismo tiempo una nueva Alemania, al otro lado del Elba, como consecuencia de un auge tanto militar como económico y demográfico. Los guerreros

 

 

 

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de Occidente llevaban continuamente la iniciativa frente a sus enemigos, vecinos o rivales. Esta expansión fue tanto más notable cuanto que se produjo en una época de acentuado fraccionamiento de poderes (Philippe Contamine, La guerra en la Edad Media, pp. 38-39).*

 

L a de Bizancio es la historia de mil años de resistencia ante los intentos de invasión de persas y musulmanes. La cristiandad contempló con horror la caída de Constantinopla, pero lo cierto es que durante siglos el ingenio y la disciplina bizantinos habían destruido a una serie de ejércitos islámicos mucho mayores que el que la derribó. Bizancio cayó un millar de años después que Rom a, y sólo después de sufrir un largo aislamiento y ser abandonada por Occidente. El reinado de Carlomagno (768-814) vio la expulsión definitiva de la mayoría de los musulmanes de Francia e Italia y la creación de un Estado central europeo que extendió sus influencias a toda Francia, Alemania, Escandinavia y el norte de España.

 

Hacia 1096, Europa occidental, pese a estar fragmentada, era sin embargo lo bastante fuerte como para enviar a miles de soldados a las costas de Oriente Próximo. Entre 1096 y 1189, en tres grandes Cruzadas, los europeos ocuparon Jerusalén y se hicieron con diversos enclaves en pleno corazón del islam. A lo largo de la Edad M edia fueron Europa y el Oriente Próximo los que más a salvo estuvieron de la invasión extranjera. A diferencia de los cruzados, a cualquier ejército musulmán le resultaba imposible transportar un gran número de tropas por mar y presentarse en el corazón de Europa. Ya en los siglos v il y VIH, en la cúspide del poder islámico, las escuadras islámicas se percataron de que re­ sultaba imposible tomar Constantinopla, por muy cercana que estuviese.

 

L a resistencia y flexibilidad de los europeos ofrece una explicación plausi­ ble del gran avance del poder occidental en Asia, Africa y el Nuevo Mundo a partir del siglo xvi. El oro americano, el empleo masivo de armas de fuego y las nuevas construcciones militares facilitaron la renovada fuerza de Europa contra el Otro en la época de la pólvora. Pero la tarea del historiador no consiste únicamente en trazar el curso de este asombroso ascenso de la influencia eu­ ropea, sino en preguntarse por qué la. “revolución militar” tuvo lugar en Europa y no en otro lugar. Com o respuesta puede aducirse que a lo largo de toda la Edad M edia las tradiciones militares del continente europeo, fundadas en la Antigüedad clásica, no sólo se mantuvieron vivas, sino que además mejoraron con sus sangrientas guerras contra los ejércitos islámicos, los invasores vikingos y mongoles y las tribus bárbaras del norte. Los principales componentes de la cultura militar occidental, es decir, la libertad, la batalla decisiva, el militarismo cívico, el racionalismo, la viveza de los mercados, la disciplina, la posibilidad

 

* Barcelona, Labor, 1984, traducción de Javier Faci Lacasta.

 

 

 

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de debate y la libertad de crítica, no desaparecieron con la caída de Roma. Al contrario, fueron la base que conformó los ejércitos merovingios, carolingios, franceses, italianos, holandeses, suizos, alemanes, ingleses y españoles, que con­ tinuaron la tradición militar de la Antigüedad clásica.

 

La clave de esa continuidad infatigable fue la importancia que la Antigüedad y el medievo dieron a los soldados de a pie y, muy especialmente, la idea de que los propietarios libres, y no los esclavos ni los siervos, debían prestar servicio en los contingentes de infantería pesada. Cuando las armas de fuego entra­ ron en escena, Europa, con mayor facilidad que otras culturas, transformó las filas de lanceros y piqueros en unidades de arcabuceros, que disparaban igual que habían lanceado y tajado, al unísono, a la orden, hombro con hombro y en formación. Cortés en Ciudad de México y los cristianos en Lepanto tuvieron éxito en gran parte porque no pertenecían a un pueblo nómada y ecuestre, ni a una sociedad tribal, ni a una autocracia teócrata. Por el contrario, su herencia era la de los duros soldados de a pie de las comunidades rurales y los pequeños valles colonizados, la misma de los hombres que en Poitiers formaron el muro de hielo que obligó a retroceder a Abderramán.

 

 

VI

 

LA TECNOLOGÍA Y LOS DIVIDENDOS DE LA RAZÓN TENOCHTITLÁN, 24 D EJU N IO D E 1520-13 D E AGOSTO D E 1521

 

 

 

[...] el hombre habilidoso.

 

Y       con ingenios se apodera de la campera fiera montaraz, y unciendo su cerviz al yugo, sujeta al corcel de cuello melenudo

y al toro infatigable de los montes. [...] Con recursos que tiene para todo. Nada habrá en el futuro

a lo que sin recursos se encamine. [...] Con su capacidad de inventar artes, ingenioso más de lo que se pudiera esperar, a veces al mal, otras al bien se dirige.

 

S ó f o c le s , Antígona, versos 347 -367*

 

 

 

 

LAS BATALLAS POR CIUDAD DE M ÉXICO

T SITIADOS: 24-30 DE JUNIO DE 1520

 

 

M      J a lluvia de jabalinas, flechas y piedras hirió a 46 conquistadores. Doce murieron al instante. Los indios atestaban los angostos callejones que rodeaban el cuartel general de Cortés. Los españoles estaban sitiados. “D igo” , escribió Bernal Díaz del Castillo, testigo y protagonista de la desesperada situación de los españoles en Tenochtitlán, “ que no lo sé escrebir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetíamos, que tan enteros y con más vigor peleaban que al principio” (Bemal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de

 

la Nueva España, p. 310).**

 

Los castellanos lo tenían todo en su contra. En proporción enormemente inferior a la de sus adversarios, habían cometido la estupidez de entrar en la ciudad isla de Tenochtitlán con su pequeño contingente al completo. Durante aquella horrible semana, los españoles fueron abandonando los grandiosos sueños que habían alimentado durante los ocho meses que había durado la

 

* Barcelona, Labor, 19 8 4 , traducción de Luis Gil.

 

**     Madrid, Espasa Calpe, 199 7.

 

 

 

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ocupación de Ciudad de México. La idea de gobernar la capital azteca como grandes señores europeos parecía ahora una ensoñación, una locura. Muy pronto, la posibilidad de que los aztecas les concedieran una tregua o se rindieran pareció igualmente absurda. Finalmente, los hombres de Cortés comenzaron a dudar de que pudieran salir con vida de aquella ciudad infernal, y mucho más de que pudieran llevarse su tesoro: el oro robado a los aztecas.*

 

Sólo los repetidos disparos de sus arcabuceros y ballesteros y las ocasionales descargas de cañón -cada una de ellas conseguía abatir a unos treinta atacantes-permitieron al valeroso Diego de Ordaz volver al búnker de los castellanos e informar a su caudillo que su intento de romper el cerco había fracasado: todas las calles estaban bloqueadas, abarrotadas por sus furiosos anfitriones. Pese a todo, los hombres de Ordaz blandían sus espadas de acero toledano cercenando los brazos y las piernas de los semidesnudos mexicas. Los caballeros manejaban sus lanzas de hierro protegidos por corazas y mataban a varios indios de una sola arremetida. La metralla de los cañones abatía una oleada tras otra de mexi­ cas, los pocos caballos de los españoles los pisoteaban por docenas, sus horribles mastines mordían a diestro y siniestro provocando los gritos de los atacantes. Las saetas de las ballestas y las balas de plomo de los arcabuces segaban a los desprotegidos indios desde cien o más metros de distancia.

 

La densidad de la guerra urbana y el elevadísimo número de furiosos y valientes guerreros nativos constituían una experiencia completamente nueva para los hasta el momento imbatidos conquistadores. Sus comandantes, veteranos de las guerras de España contra turcos e italianos, nunca habían visto tanta audacia ni valor en las batallas del M editerráneo. Ordaz no tardaría en com probar que su superioridad táctica y tecnológica no podría detener por mucho tiempo el avance de un enemigo infinitamente superior. Las callejas de Tenochtitlán eran muy estrechas y aquellos hombres, que demostraban tanta valentía como sus propios soldados, podrían acribillarlos con facilidad desde los tejados y abalanzarse sobre ellos. Los aztecas más desesperados habían matado a algunos de sus hombres. No se contentaban ya con derribarlos, atarlos y llevárselos cautivos para entregarlos a sus hambrientos dioses.

 

El fracaso en la ruptura del cerco por parte de los cuatrocientos conquistadores de Ordaz -entre los que se encontraban casi todos los ballesteros y arcabuceros que le quedaban a Cortés- era prueba suficiente de que de la ciudad fortaleza no había salida posible. O al menos eso parecía. Los aliados de la vecina ciudad de Tlacopán (la actual Tacuba) habían aconsejado sabiamente a Cortés el día

 

 

* Empleo indistintamente los términos “mexica” y “azteca” (derivado del náhuatl a&lan), aunque es probable que Moctezuma y sus súbditos se llamasen a sí mismos “mexicas”. La denominación “aztecas” se generalizó entre los cronistas europeos a partir del siglo XVll. La mayoría de los soldados españoles de Cortés eran castellanos, de ahí que use ambos términos para referirme a los conquistadores.

 

 

 

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anterior que no volviera a entrar en la temida Tenochtitlán. Lo que más le convenía, le dijeron, era permanecer a su lado en las riberas del lago Texcoco. “Señor” , suplicaron, “quedaos aquí en Tacuba o en Cuyoacan o en Tescuco [...] porque estando en aquellos llanos y tierra firme, si se quisieren alzar los indios mejor nos defenderemos que no metidos en la laguna” (Hugh Thomas, La conquista de México, p. 440).*

 

Un consejo excelente, pero en la capital mexica se encontraban el capturado y cuidadosamente guardado tesoro azteca, el emperador cautivo Moctezuma y el sorprendido Pedro de A l varado, junto a menos de un centenar de los mejores soldados de la expedición. Alvarado se había quedado atrás mientras Cortés regresaba a la costa para ocuparse de un rival español, Pánfilo de Narváez, que ponía en peligro su campaña. Además, con el nuevo ejército cubano de Nar­ váez, que se había “unido” a Cortés en Veracruz tras el intento fallido de su comandante por subvertir la conquista de Tenochtitlán, el extremeño contaba con más de un millar de soldados. Tenochtitlán había estado a sus pies durante casi ocho meses y tras su breve viaje a Veracruz contaba con más armas y provisiones que cuando, en julio de 1519, sus hombres hicieron encallar sus propios barcos y se internaron en el continente para llegar a la capital del reino de Moctezuma, el 8 de noviembre del mismo año. De modo que, ¿por qué preocuparse ahora?

 

¿Qué tribu se había demostrado, en todo el territorio m exicano, capaz de detener a un contingente como el suyo? En los doce meses previos, mayas, totonecas, tlaxcaltecas, otomíes y cholulas habían comprobado hasta qué punto resultaba inútil oponerse a los lanceros montados, a las armas de fuego, a las ballestas, a los fieros mastines y al acero español, a los que se unían las tácticas clásicas de infantería y la jefatura del propio Cortés, cuyo objetivo no era cap­ turar, sino aniquilar a sus enemigos con la formación de disciplinados cuadros, ataques de caballería cuidadosamente planificados y descargas masivas de armas de fuego. En noviembre de 1519 Cortés había marchado sobre Tenochtitlán con quinientos soldados, ¿acaso no podría salir de ella ahora que contaba con más de 1.200?

 

De modo que anunció a los inquietos habitantes de Tlacopán que sus caste­ llanos regresarían, a través de las calzadas que atravesaban el lago Texcoco, a la capital de la futura Nueva España, su regalo para el adolescente rey Carlos V. Harían una demostración de fuerza, derribarían unos cuantos ídolos más, amenazarían a los caciques aztecas, volverían a entrar en el palacio imperial, tomarían su botín, rescatarían a Alvarado y ordenarían a Moctezuma que pusiera fin a la fútil resistencia de sus súbditos.

 

 

* Barcelona, Planeta, 1994, traducción de Víctor Alba y C. Boune.

 

 

 

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Cortés, en efecto, volvió a entrar en Tenochtitlán y se unió a los hombres de Alvarado, pero, al poco, su ejército, ya al completo, fue rodeado y obligado a re­ fugiarse en el palacio de Axayácatl y en el templo de Tezcatlipoca. Los mexicas, antaño amistosos, bloqueaban las tres calzadas que salían de su gran isla capital. Más de mil españoles, acompañados de un pequeño contingente de valerosos aliados tlaxcaltecas -cerca de 2.000 indígenas enemigos de los aztecas-, esta­ ban rodeados en un pequeño recinto por unos 200.000 furiosos mexicas a los que se unían, en número cada vez mayor, los guerreros de sus comunidades tributarias, situadas en torno al lago Texcoco. En cuanto se evidenció que el cautivo Moctezuma había perdido el control sobre sus súbditos y que Ordaz no podía abrir un camino de salida, los castellanos empaquetaron el oro, se replegaron y comenzaron a planear su fuga antes de que fueran completamente aniquilados.

 

Si el diabólico Narváez -tuerto y encadenado en una celda- no se hubiera inter­ puesto en sus planes, Cortés y sus fanáticos habrían derribado todos los ídolos de piedra de los aztecas, fumigado las pirámides del valle de México para acabar con el hedor de los despojos, arrojado a los sacerdotes m exicas -que vestían odiosas capas hechas con la piel de sus víctimas- de la cima de las mismas, erra­ dicado sus horrendos sacrificios humanos, prohibido el canibalismo y la sodo­ mía, introducido el amor al Salvador y a continuación usurpado el poder de Moctezuma, convirtiéndose en amos y señores de un imperio de un millón de súbditos cristianos e instalando al propio Cortés en el palacio del rey azteca para convertirlo en una suerte de duque de aquella Venecia de Nueva España, i Qué grandiosas construcciones podría levantar para los supervisores europeos un con­ tingente tan enorme de trabajadores bajo el megalómano tutelaje de Cortés! ¡Qué fabulosos tesoros no podría descubrir una multitud tan ingente de mineros! Tras su entrada en Tenochtitlán, los atónitos mexicas pensaron durante un tiempo que los soldados de fortuna de Cortés eran dioses de piel blanca; sus caballos, cen­ tauros sobrenaturales que hablaban a los hombres; sus cañones, armas traídas de los cielos que lanzaban truenos mortíferos. ¿Y qué pensaban de sus mastines de enormes colmillos? Mediaba un gran abismo entre éstos y los perros falderos que los aztecas castraban y comían. También aquellos animales de endemoniadas fauces eran, sin duda, criaturas míticas. Tales eran las fantasías que hacían trizas los miles de coléricos aztecas que rodeaban el recinto de los españoles.

 

Aunque Cortés había derrotado al ejército de Pánfilo de Narváez y, tras in­ corporar a sus propias fuerzas las tropas de este último, regresado con éxito a la ciudad isla, una vez llegado a ésta, todo comenzó a torcerse. Durante su ausencia, Pedro de Alvarado, un hombre trastornado, había masacrado a miles de miembros de la nobleza mexica y se había lanzado además contra sus mujeres y niños, naturalmente indefensos. Aquel castellano loco había asesinado a mu­ chos de los asistentes a un festejo azteca con el pretexto de que tramaban una

 

 

 

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insurrección. ¿O fue con el pretexto de una supuesta reanudación de los sacri­ ficios humanos, que los españoles habían prohibido, o debido a la paranoia del propio Alvarado, o a que la visión de tanto oro y joyas en las prendas ce­ remoniales de los nobles aztecas había despertado su codicia, o tal vez al regocijo puramente sádico de un aristócrata a caballo ante la idea de hacer pedazos a cientos de indefensos pero odiados m exicas? De qué modo Alvarado y su pequeña cuadrilla compuesta por menos de un centenar de soldados se las había arreglado para matar a más de ocho mil hombres, a los que habían tomado por sorpresa y en un lugar cerrado, aún no estaba claro. Sólo el mal podía haber llevado tan lejos a un hombre como aquél.

 

En cualquier caso, Cortés no llevaba ni dos meses fuera de Tenochtitlán cuando sus asustados lugartenientes provocaron una mortífera revuelta entre sus antaño pacíficos anfitriones. “ Habéis hecho m al”, amonestó Cortés al maníaco a su regreso. “No habéis correspondido a la confianza que deposité en vos; vuestra conducta ha sido la de un hombre sin juicio” (W. Prescott, Historia de la conquista de México, p. 500).* O quizá la de un psicópata. Años más tarde, los testigos aztecas de la matanza describían el efecto de las espadas y lanzas de acero sobre la carne desnuda:

 

 

Al momento todos acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas hieren. A algunos los acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza; les rebanaron la cabeza, enteramente hecha trizas quedó su cabeza.

 

Pero a otros les damos tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren en los muslos, a éstos en las pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra. Y había algunos que aun en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos (Miguel León-Portilla, ed., E l reverso de la conquista, p. 41).**

 

Ahora, un mes más tarde, eran los propios españoles los que no encontraban el modo de huir. Durante una semana, intentaron salir de su cuartel general, poniendo a prueba la resistencia azteca en un vano intento por encontrar una salida hacia los pasos que atravesaban el lago Texcoco. Ya de noche, los hombres de Cortés vieron a través de las ventanas de su cuartel general las cabezas de sus camaradas muertos balanceándose sobre la punta de unas estacas, como si, pese a que muchas estaban ya putrefactas, fueran una suerte de muertos parlantes; sin dejar de gritar y gesticular, los aztecas las utilizaban como títeres

 

* Madrid, Istmo, 198 7, traducción de José María Fernández.

 

**     Joaquín Mortiz, México, 19 7 0 .

 

 

 

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para atemorizar a los perplejos españoles. Pese a que las muertes en las batallas que se desarrollaban en torno al recinto donde se refugiaban los españoles aumentaban día a día, los castellanos que en el fragor de la lucha daban un traspié tenían más probabilidades de caer prisioneros que de morir. Los aztecas se proponían reanudar con ellos los sacrificios humanos en la Gran Pirámide. Los suministros españoles de comida y agua dulce disminuían rápidamente. Estaban cercados y, desde los tejados cercanos, los ataques con armas arroja­ dizas no cejaban.

 

La matanza se prolongaba ya durante una semana, Cortés estaba desesperado. En la crisis que se avecinaba, sobrevivió únicamente porque tenía gran confianza en sus máquinas improvisadas y en su perspicacia militar. Entre tanto, los cañones no dejaban de disparar, masacrando a los aztecas, matando a cientos de ellos y frustrando sus intentos de entrar en el reducto de los españoles. Los hombres de Cortés cavaron un pozo, pero sólo encontraron agua salobre. Adem ás, construyeron enormes manteletes con las vigas y maderas de los tejados aztecas. Desde el interior de aquellos ingenios, hasta veinticinco hombres podían, am­ parándose en su protección, disparar y sacar sus lanzas por las aberturas. Con ellas, los ingenieros españoles esperaban despejar el área que rodeaba el palacio de Axayácatl y detener los ataques nocturnos y masivos con armas arrojadizas.

 

Por fin, Cortés arrastró al desacreditado Moctezuma al tejado del templo para que diese orden a sus súbditos de que cesaran en sus ataques. En vez de ello, los mexicas abuchearon a su maltrecho emperador y le arrojaron piedras. Cuando los españoles volvieron a encerrarlo, comprobaron que había recibido una herida mortal; su última oportunidad de parlamentar se había esfumado. En relatos posteriores, los adversarios de los castellanos sugieren que fueran éstos quienes, en su furia, asesinaron al emperador azteca, en su furia o al conocer el rumor de que Moctezuma había enviado algunos heraldos al usurpador Narváez a fin de colaborar con él en su intento de acabar con Cortés.

 

Cortés irrumpió en el cercano templo de Yopico. Las máquinas de asedio que acababan de construir lo protegieron a él y a otros cuarenta hombres que es­ calaron la pirámide, derribaron unos ídolos, expulsaron a los sacerdotes de su santuario, destruyeron los almacenes donde se guardaban las capas ceremo­ niales de piel humana y limpiaron la torre rival de arqueros y honderos, que tantas muertes habían provocado entre los españoles. La táctica y la religión impulsaban aquella matanza desesperada, es decir, la necesidad de poner fin a los constantes ataques del enemigo con armas arrojadizas y la ininterrumpida cruzada cristiana por borrar toda huella de la maquinaria sacrificial mexica. Si en un principio algunos conquistadores consideraban la guerra de religión como un impedimento, no tardaron en comprobar que la destrucción de los ídolos y de los sacerdotes aztecas reportaba beneficios también en el campo de batalla, al socavar la moral y la cohesión del enemigo. Porque lo cierto era

 

 

 

 

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que los aztecas se desesperaban al ver cómo sus dioses, por cuyo alimento luchaban, eran incapaces de evitar su propia aniquilación.

 

En la lucha por Yopico, Cortés volvió a dañarse la mano que ya tenía herida y estuvo a punto de caer de la pirám ide en un terrible choque. Su exégeta contem poráneo, Bernal Díaz del Castillo, afirmó acerca de la enloquecida ascensión de los españoles al templo: “ ¡Oh, qué pelear y fuerte batalla aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos a todos corriendo sangre y llenos de heridas,

 

y otros muertos” (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, p. 312). En aquella segunda salida desesperada murieron al menos otros veinte con­ quistadores. Pese a los cañones, los caballos y las máquinas de asedio, había demasiados aztecas en un lugar tan reducido y era im posible abrirse paso. Además, comenzaba a escasear la pólvora y apenas quedaban balas de cañón. ¿Sería necesario fundir el oro y la plata para improvisar algunas?, se preguntó Cortés. Sus heridos estaban hambrientos y necesitaban cuidados médicos. Los muros de adobe de los templos, además, comenzaban a erosionarse con el impacto de miles de lanzas y piedras. Como un emisario azteca señaló a los españoles, los mexicas y sus aliados podían perder 250 hombres por cada español y aun así aniquilar a sus atrapados huéspedes.

 

A l concluir aquella última semana de junio de 1520, Cortés se hallaba en una encrucijada. Al parecer, las opciones, como le dijeron sus lugartenientes, estaban claras: o huir con las manos vacías o quedarse junto al oro y morir en su nueva y presunta ciudad tributaria. El caudillo, en un gesto muy propio de él, no escogió ninguna de estas dos posibilidades. Se proponía, pese a la lluvia y la niebla, intentar una huida nocturna a través de las calzadas y sacar, ante las narices de los propios aztecas, las pesadas barras de oro y algunos sacos con piedras preciosas. Los castellanos envolverían en trapos los cascos de sus caballos y Cortés les ordenaría transportar un puente portátil que habían construido recientemente para salvar las zanjas de la calzada. Cargarían las barras de oro en los caballos y permitirían que los soldados cogiesen el resto: cada hombre decidiría cuánto llevaría bajo su ropa o su coraza, debían elegir entre huir ricos pero demasiado cargados o pobres pero ligeros, y, por tanto, quizá vivos. Como señaló Francisco López de Gomara, otro de los cronistas de la época: “De los nuestros tanto más morían cuanto más cargados iban de ropa, oro y joyas, pues no se salvaron más que los que menos oro llevaban y los que fueron delante o sin miedo; de manera que los mató el oro y murieron ricos”

 

(La conquista de México, p. 243).*

 

Durante las dos décadas siguientes, los supervivientes de aquella horrible noche de lamentos se enzarzarían en mutuas recrim inaciones, denuncias y calumnias, con la pretensión de determinar cuánto oro se llevaron y cuánto se

 

* Madrid, Historia íG, 1987.

 

 

 

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salvó. La m ayor parte, evidentemente, se perdió, lo que no impidió que las acusaciones prosiguieran. Cortés, en cualquier caso, confiscaría todo el metal precioso que los más afortunados consiguieron sacar de Tenochtitlán. Pero todo eso ocurriría años y cientos de muertos más tarde. De momento, los 1.300 hombres de Cortés tenían que encontrar el modo de salir de aquella isla laberíntica, que sin solución de continuidad había dejado de ser su paraíso para convertirse en su patio de ejecuciones.

 

 

 

 

LA NOCHE TRISTE: 30 DEJUNIO 1 DE JULIO DE 1520

 

Era noche cerrada y llovía. Los castellanos estaban a punto de conseguirlo. Milagrosamente, habían cruzado ya tres de los canales -el de Tecpantzinco, el de Tacuba y el de Atenchicalco- que atravesaban la calzada que habían elegido para escapar, la que conducía a la ciudad de Tlacopán. Estaban ya casi fuera de Tenochtitlán y avanzaban en columna sobre la vía elevada que transcurría sobre el lago Texcoco. Su fantástico puente portátil había conseguido salvar con éxito las zanjas que interrumpían su ruta de escape. Pero nada más alcanzar el cuarto canal, el de Mixocoatechialtitlán, una mujer que iba a sacar agua divisó a la torpe comitiva y dio la voz de alarma: “ Mexicanos. ¡Andad hacia acá: ya se van, ya van traspasando los canales vuestros enemigos!” . Un sacerdote de Huitzilopochtlí, al oír sus gritos, corrió rápidamente a llamar a los guerreros: “Capitanes, mexicanos. [...] ¡Se van nuestros enemigos! Venid a perseguirlos. Con barcas defendidas con escudos” (H. Thom as, La conquista de México,

p p . 456-457)-

 

A 1 cabo de unos minutos, cientos de canoas surcaban el lago TexCoco. Sus tripulaciones habían embarcado en varios lugares que jalonaban la estrecha cal­ zada dispuestas a atacar a la columna española. Otros atracaron cerca del ejército de Cortés y atacaron a los castellanos con armas arrojadizas. El puente portátil no tardó en ceder ante el peso de los frenéticos fugitivos. A partir de ese mo­ mento, el único modo de huir era pisando sobre los caballos de carga y los cuerpos de aquellos que iban en vanguardia y habían caído al canal, con la macabra consecuencia de proporcionar a sus aterrorizados camaradas suficiente material de relleno para hacer pie. Desde Tenochtitlán acudieron hordas de guerreros y atacaron a los conquistadores por retaguardia mientras otro contingente azteca bloqueaba el avance. Las cuatro naves de los españoles -el dominio del lago Texcoco era vital para obtener la victoria en la lucha por las calzadas- habían sido incendiadas hacía ya tiempo. Recibir ayuda por agua era imposible.

 

Lo que ocurrió en las seis horas siguientes fue la mayor derrota europea en el Nuevo Mundo desde la llegada de Colón. Los españoles, demasiado carga­

 

 

 

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dos con el oro que llevaban bajo la coraza, se esforzaban por poner en funcio­ namiento sus cañones, por calmar a sus caballos, por organizar a sus ballesteros y arcabuceros y, bajo el constante bombardeo a que los sometían los aztecas, por llenar con tierra y despojos el abismo que interrumpía su huida. Los testigos aztecas de la confusa escena recordaron más tarde de qué modo los españoles se percataron de que su ruta de escape estaba cortada, el puente derribado y de que un canal bloqueaba su avance:

 

Cuando los españoles alcanzaron el canal de los toltecas, el Tlateca-yohuacan, se lanzaron al agua igual que si se estuvieran lanzando desde un acantilado. Los tlaxcaltecas, los aliados de Tliliuhquitepec, los sol­ dados de a pie españoles y los que iban a caballo, las pocas mujeres que acompañaban al ejército, todos ellos se acercaban al borde y se zam­ bullían. El canal pronto se llenó con los cadáveres de hombres y caballos; llenaron la zanja con los cuerpos de los ahogados. Los que venían a continuación, cruzaban al otro lado andando sobre los cadáveres (M. León-Portilla, ed., The Broken Spears [Las lanzas rotas], pp. 85-86).

 

Aquellos afortunados que se encontraban al frente de la columna consiguieron llegar a la orilla, seguidos de cerca por el propio Cortés y el segundo contingente, pero por nadie más. El caudillo español reunió a cinco de sus mejores jinetes

 

- A v ila, Gonzalo, M oría, O lid y el irreductible San doval- y se abrió paso entre millares de indios con la intención de abrir una ruta por la que pudieran escapar los pocos soldados de su ejército que aún quedaban vivos. Pero era demasiado tarde.

 

A l menos la mitad de sus castellanos estaban rodeados por los mexicas; otros, los que habían caído al agua, eran apaleados hasta la muerte por los guerreros de las canoas, que los golpeaban con espadas de obsidiana; muchos eran capturados, atados y arrastrados por los nativos que venían del lago Texcoco. Gran parte de los guerreros mexicas eran excelentes nadadores y mucho más ágiles en el agua que los conquistadores, que iban cargados de oro y muchos de ellos con corazas. El propio Cortés fue alcanzado. Presa del aturdimiento, estuvo a punto de que lo ataran antes de que sus compañeros Olea y Quiñones lo arrastraran hasta un lugar seguro. No fue ésta la última vez que la obsesión de los aztecas por capturar a Malinche para sus dioses, en lugar de matarlo en el campo de batalla, lo salvó de caer hecho pedazos.

 

A la mañana siguiente incluso el salvaje Alvarado se vio superado por fin y perdió el control de la retaguardia. Herido y sin caballo, llegó dando tumbos hasta la orilla después de saltar sobre la brecha del canal. De su comandante, Ju an Velázquez de León, nunca más se supo. Probablemente muriese ahogado, o tal vez lo hiciera combatiendo, o quizá lo atraparon vivo y devoraron su

 

 

 

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cadáver después de sacrificarlo. Aunque los españoles habían salido de Tenoch-titlán en una noche lluviosa y de densa niebla, formando en un ejército de cuatro divisiones, la huida, en cuanto estuvieron rodeados y se vieron, al menos la mayoría de ellos, empujados al agua a lo largo de los dos kilómetros de calzada que atravesaba el lago Texcoco, no había tardado en convertirse en un sálvese quien pueda.

 

Contemplando los despojos humanos que bloqueaban la ruta frente a ellos, algunos hombres de la retaguardia de Alvarado dieron media vuelta y trataron de volver al recinto de Tenochtitlán. A l parecer, preferían una última y glorio­ sa batalla en tierra firme a morir apaleados de noche y sobre el estiércol de la calzada. Al llegar, aquel grupo de hombres rezagados, y condenados, encontró al parecer a otros pocos y aterrorizados castellanos que, en medio de la confusión de la huida, se habían quedado atrás -posiblemente, en las barricadas del templo de Tezcatlipoca- o que, quizá, no habían querido arriesgarse a cruzar el lago Tex­ coco. Unos doscientos castellanos, en efecto, no llegaron a salir de Tenochtitlán. Relatos aztecas posteriores refieren que, al cabo de varios días de enconada resistencia, cayeron o fueron capturados y sacrificados.

 

Finalmente, menos de la mitad de los castellanos y tlaxcaltecas consiguieron llegar a la orilla opuesta del lago a duras penas. Lo que los salvó de una muerte segura fue la determinación casi demente del propio Cortés. Lejos de dejarse llevar por el pánico, el conquistador español organizó rápidamente en Tlacopán los restos de su pequeño ejército y a continuación partió hacia la capital tlax-calteca por el camino más largo, unos 250 kilómetros por una ruta que atravesaba un territorio hostil y muy accidentado. Pese a la carnicería, sus mejores hombres consiguieron sobrevivir. Alvarado logró, en dudosas circunstancias, abrirse paso por la calzada, aunque perdió a la m ayoría de los hombres que estaban bajo su mando. Los otros grandes caballeros -A vila, Grado, Olid, Ordaz, Rangel, Sandoval y Tapia- seguían vivos. También lo estaba la inaprensible y letal María de Estrada, que había sembrado tanto terror entre los m exicas que éstos la tomaban por una diosa cristiana.

 

La supervivencia de personajes tan diestros garantizaba a los españoles un núcleo de guerreros montados fiables y experim entados capaces de cargar fríamente contra los indios y lancearlos y tajarlos casi con impunidad y que contrastaban enormemente con los reclutas que habían llegado en la expedición de Narváez. En su mayoría, los recién llegados habían cogido más oro, temían más a los m exicas y demostraban poca afinidad con Cortés y su original y veterana cohorte, que había llegado a M éxico en el otoño de 1519.

 

Cortés advirtió asimismo que su leal e inestimable intérprete, doña Marina, la M alinche, estaba a salvo. M ás im portante aún era que lo estuviera su carpintero naval, Martín López, que se había abierto paso por el malecón a estocadas. Aunque gravemente herido, él también había sobrevivido. El caudillo

 

 

 

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se dirigió a sus maltrechas y desm oralizadas tropas: “Bueno, vám onos, no nos falta nada” . En el momento de su m ayor derrota, Cortés se percató de que aún contaba con los servicios del único hombre de entre los suyos capaz de construir nuevos barcos, los que le permitirían conseguir la victoria en su próxim o, inevitable y mortal regreso. El contraste con los m exicas causa asombro: tras expulsar a los españoles, miles de valerosos vencedores prefirie­ ron celebrar la victoria y, durante unas horas decisivas, abandonaron la per­ secución de los españoles, que no eran más que unos pocos cientos y estaban en fuga; éstos, por su parte, aunque se encontraban al borde de la destrucción, habían decidido volver, por más que aún no supieran cómo, para acabar con sus verdugos.

 

 

 

 

HUIDA: 2-9 DEJULIO DE 1520

 

Cuando, tras la Noche Triste, rompió el alba, casi ochocientos europeos habían caído o desaparecido. Más de la mitad de los castellanos que habían entrado en Tenochtitlán el mes anterior o se pudrían en la laguna o estaban a punto de que les abrieran el pecho en cumplimiento del ritual azteca. Los nueve meses de campaña constante y de cuidadoso establecimiento de alianzas entre docenas de ciudades no habían servido de nada. El medio año de connivencia en el interior de Tenochtitlán con la intención de ganar la ciudad pacíficamente, ca­ racterizado por la alternancia entre amenazas y reconciliaciones con Moctezuma, también había caído en saco roto. Tras seis horas de matanza en el lago, Cortés había perdido un ejército que había tardado un año entero en formar. Duros guerreros como Alonso de Escobar y Velázquez de León ya no estaban a su lado, lógicamente, era de suponer que los habían conducido al Gran Templo de Huitzilopochtli para arrancarles el corazón durante la ceremonia de celebra­ ción de la victoria. Los sacerdotes mexicas preparaban ya las cabezas de los castellanos caídos que, a modo de trofeo, enviarían a las aldeas que rodeaban el lago Texcoco. Esas cabezas serían la prueba de que los extranjeros habían muerto. Los mexicas las pasearían por las ciudades de sus pueblos tributarios con la prohibición de ayudar a los fugitivos, que, era evidente, sangraban y huían como hombres, no como dioses.

 

 

Las fuentes aztecas registran los sucesos que se produjeron en Tenochtitlán inmediatamente después de la Noche Triste:

 

Pero pusieron los cadáveres de los españoles separados de los demás; los colocaron en filas en un lugar distinto. Sus cuerpos eran tan blancos como los capullos del maguey. Apartaron los “venados” [caballos] muertos que habían llevado a los “dioses” sobre sus lomos y reunieron cuanto

 

 

 

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los españoles, presas del terror, habían abandonado. Cuando un hombre veía algo que le gustaba, lo cogía, pasaba a ser de su propiedad; lo echa­ ba sobre el hombro y se lo llevaba a casa. También recogieron todas las armas abandonadas y las que habían caído al canal —cañones, arcabuces, espadas, lanzas, arcos y flechas—, junto con los cascos de acero, las cotas de malla y las corazas y los escudos de metal, madera y piel (M. León-Portilla, ed., The Broken Spears, p. 89).

 

Casi todos los supervivientes españoles estaban heridos o enfermos. Tras varias semanas de marcha tragando polvo y alimentándose mal, a causa de las heridas, el chaparrón de la Noche Triste y el agua fría del lago, y debido a la necesidad de llevar constantemente sus pesadas corazas, muchos de ellos padecieron enfermedades respiratorias -m uy probablemente neum onía- y murieron por docenas durante su huida. Pese a la deficiente condición de sus hombres, Cortés se vio obligado a abandonar Tlacopán y la ribera del lago tan pronto como pudo mientras los mexicas, por su parte, celebraban la victoria y se reagrupaban. Los españoles, por lo demás, habían abandonado la mayor parte del oro robado y sus cañones se encontraban en el fondo del lago Texcoco. También habían perdido casi todos sus arcabuces y ballestas y para los que les quedaban no tenían pólvora ni ballestas. En teoría, los mexicas, que habían capturado las armas de los hombres que habían muerto en la calzada o estaban a punto de hacerlo en el recinto de Tenochtitlán, tenían a su disposición mejores armas arrojadizas y de fuego que los castellanos.

 

No existe un registro exacto del número de tlaxcaltecas muertos o capturados, pero no hay duda de que las bajas superaban el millar. Los refuerzos aliados estaban a muchos kilómetros de distancia y los españoles no mantenían co municación con su pequeña guarnición de Veracruz. Según sus cálculos, Cortés había perdido el 70% de sus caballos y a dos terceras partes de sus hombres. Lo peor, sin embargo, era que se encontraba a 250 kilómetros de Tlaxcala, la ciudad aliada más próxima. ¿Y los demás aliados? De momento, se hallaba junto a la ciudad, al parecer neutral, de Tlacopán, pero en pocas horas miles de m exicas le estarían pisando los talones. Éstos, por lo demás, pretendían sin duda establecer, por medio de sobornos y regalos, algún tipo de pactos con los pueblos de su confederación para que los ayudasen a apresar a los ham ­ brientos castellanos. L a clave estaba en salir del valle a salvo. L a llanura entera estaba poblada por antiguos aliados ahora hostiles e impacientes por sumarse a la victoria azteca.

 

Lo supiera Cortés o no en aquel entonces, lo cierto era que la suerte de los españoles estaba a punto de cambiar de forma espectacular. En primer lugar, no estaba rodeado, o al menos, no todavía. En apariencia, los aztecas no estaban familiarizados con el modo de guerrear de los europeos, que, a diferencia del

 

 

 

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que ellos empleaban en las “guerras de las flores”, campañas cuyo único objetivo era la sumisión, no tenía nada que ver con ningún tipo de normas o rituales y mucho menos con capturar prisioneros, sino con la ciencia de matar al enemigo cuanto antes, perseguir a los vencidos, acabar con su voluntad de resistencia y ganar con la guerra lo que las negociaciones y la política no habían conseguido. Según los principios de la guerra de aniquilación de los europeos, dejar que un hombre como Cortés - o Alejandro Magno, Ju lio César, Ricardo Corazón de León, Napoleón o lord Chelm sford- escapase con su ejército tras una derrota no era ninguna victoria, sino, bien al contrario, la garantía de que el próximo enfrentamiento habría de ser aún más sangriento y frente a un contingente más experimentado y con la intención de zanjar la disputa de una vez por todas.

 

Cortés, por su parte, había infligido graves daños a los mexicas. La estúpida y cobarde pero enorme masacre que Pedro de Alvarado había llevado a cabo unas semanas antes en los festejos de Toxcatl había privado a los desprevenidos m exicas de sus mejores líderes militares, y cabe preguntarse si la diabólica matanza de Alvarado, que causó daños irreparables a la causa azteca, contó con el consentimiento explícito del ausente Cortés. Además, las luchas de finales de junio se habían saldado con m illares de nobles guerreros muertos o grave­ mente heridos. El todopoderoso emperador mexica murió asesinado de forma vergonzosa cuando se dirigía a sus súbditos, o quizá inmediatamente después. El tributo vital se vio interrumpido de form a permanente. En el interior de Tenochtitlán, cientos de casas fueron incendiadas y docenas de altares profa­ nados y saqueados.

 

Tras la batalla, los traumatizados mexicas volvieron a Tenochtitlán y comen­ zaron, como si el peligro hubiera pasado por fin, a limpiar los despojos de la batalla que quedaban en las calles, contentos de haberse librado de aquellos intrusos asesinos y de su terrible propensión a destruir casi todo lo que tocaban. Más importante que las considerables pérdidas mexicas era que siete barcos se dirigían ya hacia Veracruz llevando más pólvora, ballestas, caballos y algunos cañones procedentes de Cuba y España y cargados de hombres desesperados e impacientes por unirse al tan rumoreado festín de oro y hacerse ricos.

 

Cortés sabía que la muerte de tantos españoles y los rumores acerca de los sacrificios humanos y el canibalismo de los aztecas enrabietarían a los orgullosos castellanos y apelarían a su sentido del honor incitándolos a regresar para llevar el fuego y la ruina a aquellos infieles comedores de carne humana. Cortés había comprendido la doctrina bélica de los aztecas: les interesaba más hacer prisio­ neros que matar; sus armas podían aturdir pero raramente matar si no era a costa de numerosos golpes. Los guerreros aztecas preferían el combate individual a base de golpes y estocadas a las tácticas de choque y asaltos m asivos en formación cerrada. Sus brigadas se concentraban en torno a caciques locales que acudían a la lucha ataviados con plumas, vistosos ropajes y portando un

 

 

 

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estandarte; la muerte de uno de estos jefes podía significar que sus partidarios salieran huyendo presas del pánico. El comandante supremo contemplaba la lucha desde un lugar remoto y aislado de los hombres que libraban la batalla. El ejército azteca, además, era más odiado por otros pueblos nativos que los castellanos.

 

Cortés se encontraba ya en suelo seco, lejos de aquellas calzadas y canoas infernales, con espacio para sus caballos y falanges de espadachines. Dominado por el temor y la depresión que le había provocado la Noche Triste, aún no se daba cuenta de que había todavía miles de indios -tepanecas, totonecas, chalcas y otros tlaxcaltecas- que no estaban preparados para unirse a los aztecas, sino que se mantenían a la espera. En secreto, muchos de ellos deseaban que los castellanos regresasen a Tenochtitlán.

 

Para Cortés, la Noche Triste fue una gran derrota, pero para los enemigos más resueltos de los mexicas, que proporcionaban alimento a las mesas de la elite de Tenochtitlán y sus propios cuerpos a los infernales dioses aztecas, la idea de que el ejército del caudillo se hubiera abierto paso hasta la ciudad fortaleza, secuestrado al odiado emperador y masacrado a miles de sus súbditos en su retirada era motivo de asombro, no de desprecio. No todos los relatos que se propagaban a toda velocidad por el valle de M éxico hablaban del triunfo azteca sobre los castellanos, muchos de ellos hacían hincapié en que los audaces y letales hombres blancos se habían abierto paso hacia terreno seguro a través de las temibles calzadas que salían de la ciudad. Esos relatos hablaban de la carnicería a que habían sido sometidos m illares de aztecas, no sólo de que habían muerto cientos de castellanos. Tal vez el nuevo em perador azteca, Cuitláhuac, declarase que las pieles y cráneos que m ostraba a sus súbditos eran los de Cortés, Sandoval y Alvarado, pero la verdad no tardó en saberse: aquellos tres despiadados legendarios estaban vivos y resueltos a volver. Ni siquiera ese rumor, difundido por ellos mismos, que decía que los embajadores aztecas habían matado a los 45 españoles que habían quedado en Tlaxcala cuando se dirigían hacia la costa causó gran impresión. Entre tanto, las vaci­ lantes tribus de México sopesaban la situación y el agravio que suponía el tributo humano que anualmente tenían que entregar a los aztecas; muchas de ellas preferían la brutalidad castellana a la azteca y, quizá, al extraño Jesucristo de los asesinos blancos, al que no conocían, al sanguinario Huitzilopochtli, por muy familiar que éste les resultase.

 

 

Por último, corría el rumor de que uno de los últimos hombres llegados a la costa - a l parecer, un esclavo africano del contingente de Narváez- padecía viruela. Los castellanos, que habían estado al borde de la extinción en el verano de 1520, ganaban con ello un nuevo e imprevisto aliado: un bacilo letal entre una población susceptible de contraerlo. Entre una población que dormía en cabañas y en grupo, que en su m ayoría habitaba en las ciudades y no en el

 

 

 

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campo, que comía del mismo plato y se bañaba en la misma agua y que no tenía experiencia biológica ni cultural frente a las epidemias europeas, el nuevo germen pronto comenzaría a causar centenares de miles de bajas -aliadas, enemigas o neutrales-, matando a más guerreros aztecas que el acero toledano de los castellanos. La mañana del 2 de julio de 1520, empapados, heridos y al borde de la aniquilación, poco sospechaban Cortés y su patética cohorte, refugiados en Tlacopán, que al cabo de pocos meses no sólo recuperarían su reputación de antaño como temidos extranjeros de afiladas espadas y atrona­ doras armas, sino que de nuevo tendrían para los nativos la apariencia de superhombres a quienes aquella nueva y terrible m aldición de los furiosos dioses no afectaba.

 

El 2 de julio de 1520, en efecto, Cortés reunió a sus hombres e inició una marcha que, bajo el constante hostigamiento de sus enemigos, habría de prolongarse durante varios días. Finalmente, en la pequeña aldea de Otumba, situada a medio camino del territorio seguro de los tlaxcaltecas, el nuevo emperador az­ teca, Cuitláhuac, y su enorme ejército alcanzaron a los castellanos. Los anales históricos españoles dirían más tarde que Cuitláhuac contaba con unos 40.000 hombres, una cifra plausible, en realidad, dado el cambio de actitud de las villas que rodeaban Tenochtitlán. Los m exicas no tardaron en cercar a los hombres de Cortés y durante seis horas los fueron abatiendo sin descanso, tanto más cuanto que a éstos sólo les quedaban unos veinte caballos, todos ellos estaban heridos y les faltaban los cañones y los arcabuces que sí tenían en Tenochtitlán. Incluso los más escépticos admiten que los españoles de Cortés com batieron en la llanura de Otum ba en una proporción de alrededor de cien a uno.

 

 

Cuando los españoles estaban al borde del derrumbe definitivo, Cortés divisó al comandante de la línea azteca, el cihuacoatl, y a sus subordinados, adornados con vistosas plumas y con vestimentas de brillantes colores. El propio líder portaba el estandarte emplumado azteca a su espalda. Díaz del Castillo relata que Cortés no se dejó impresionar por aquella terrible insignia. A l contrario, escogió a Sandoval, Olid, Ávila, Alvarado y Ju an de Salamanca -los lanceros más certeros de la época- y cabalgó a su lado directamente hacia el enemigo. “Y desque lo vio Cortés, con otros muchos mexicanos que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olí y a Gonzalo de Domínguez y a los demás capitanes: ‘ ¡Ea, señores; rompamos por ellos y no quede ninguno dellos sin herida’” (Berna! Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, p. 322). Pese a la vasta superioridad numérica de que gozaban y a su reciente victoria en las calzadas de Tenochti­ tlán, los aztecas no podían defenderse de los ataques en plena llanura de tropas a caballo o de formaciones cerradas, y la llanura de Otumba parecía hecha a medida para los jinetes españoles. Ningún m exica se había enfrentado nunca

 

 

 

 

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con un enemigo que cargase directamente contra su cihuacoatl. Con su líder hecho pedazos por los lanceros y su estandarte de guerra en manos españolas, millares de ellos regresaron en tropel a Tenochtitlán.

 

En muchos sentidos, la batalla de Otumba fue, puesto que se produjo tan sólo ocho días después de la Noche Triste, la mayor victoria de Cortés. En un pasaje famoso, William Prescott señaló el papel que la disciplina, la ciencia militar y el liderazgo personal de Hernán Cortés desempeñaron en el cambio de tornas que sufrió el destino de los aztecas (por su parte Cuitláhuac, como anteriormente Moctezuma, se mantuvo alejado del combate):

 

Los indios en todo su vigor, y los cristianos extenuados por las enfer­ medades, hambre, largos y penosos sufrimientos, sin cañones ni armas de fuego, sin todo el aparato militar que tantas veces había causado espanto a su bárbaro enemigo, faltos aun del temor que inspira un nombre victorioso. Pero tenían de su parte la disciplina, una resolución desesperada

 

y una ciega confianza en su jefe (William Prescott, Historia de la conquista de México, p. 565).

 

Cuando Cortés llegó por fin a Tlaxcala, un territorio seguro, muchos de sus hombres, especialmente los pocos supervivientes del grupo que había aban­ donado a su archienemigo Narváez para unirse a él, estaban hartos de México. La m ayoría deseaba regresar a Veracruz y, desde allí, volver a Cuba. Otros estaban furiosos de que Ju a n Páez, que había quedado en Tlaxcala cuando Cortés se dirigió a Tenochtitlán, no hubiera intentado ayudarlos, pese a que contaba a su disposición con miles de tlaxcaltecas impacientes por socorrer a los conquistadores atrapados en la capital azteca. Por otra parte, llegaron noticias al exhausto ejército de que un contingente auxiliar de 45 españoles había sido aniquilado cuando intentaba llegar a Veracruz.

 

Y       entonces, Cortés se empeñó en empeorar las cosas y anunció que confiscaría todo el oro que habían sacado de la ciudad porque quería comprar provisiones. Además, prohibió que cualquier superviviente con intención de subir a un barco de vuelta a Cuba o a España se dirigiese hacia la costa. Francisco López de Gom ara se hizo eco del malestar de aquellos hom bres:

 

¿Qué piensa Cortés? ¿Qué quiere hacer de nosotros? ¿Por qué nos quiere tener aquí, donde muramos de mala muerte? ¿Qué le merecemos para que no nos deje ir? Estamos descalabrados, tenemos los cuerpos llenos de heridas, podridos, con llagas, sin sangre, sin fuerza, sin vestidos, nos vemos en tierra ajena, pobres, flacos, enfermos, cercados de enemigos,

 

y sin esperanza ninguna de subir de donde caímos. M uy locos y necios seríamos si nos dejásemos meter en otro peligro semejante al pasado.

 

 

 

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No queremos morir locamente como él, que con la insaciable sed que de gloria y mando tiene, no estima su muerte, cuanto más la nuestra, y no mira que le faltan hombres, artillería, armas y caballos, que hacen la guerra en esta tierra, y que le faltará la comida, que es lo principa] (Francisco López de Gomara, La conquista de México, p. 249).

 

Nadie podía im aginar que al cabo de tan sólo trece meses Hernán Cortés regresaría a Tenochtitlán, mataría a millares de indios y acabaría para siempre con la nación azteca.

 

 

LA DESTRUCCIÓN DE TENOCHTITLÁN: 28 DE ABRIL-13 DE AGOSTO DE 152!

 

A partir del 9 de julio de 1520, fecha en que los castellanos alcanzaron la ciu­ dad tlaxcalteca de Hueyotlipan y por lo tanto la seguridad, sus padecimientos fueron dism inuyendo paulatinamente durante el resto del año. Ese mismo mes de julio los tlaxcaltecas acordaron con ellos una alianza perpetua -tenían la posibilidad de reunir a cerca de 50.000 guerreros en sus territorios aliados-a cambio de una parte del botín de Tenochtitlán, exención perpetua de tributos y presencia fortificada en la ciudad una vez conquistada la capital azteca. En el mes de agosto, Cortés reformó sus tropas y a la cabeza de miles de tlaxcaltecas irrumpió en la fortaleza de Tepeaca e inició el sometimiento sistemático de las aldeas que la rodeaban. En septiembre, puso a disposición del brillante Martín López a los mejores artesanos de su ejército, a miles de trabajadores tlaxcaltecas y todo el material que aún quedaba de los barcos encallados en Veracruz y le encomendó la construcción de catorce bergantines que se pudieran desmontar, transportar a través de los montes hasta Tenochtitlán, volver a montar y botar en el lago Texcoco.

 

A       finales de aquel mismo mes, la dramática epidem ia de viruela se había propagado desde Veracruz y había llegado ya a Tenochtitlán. Miles de mexicas comenzaron a m orir de lo que, en principio, consideran un misterioso mal cutáneo. Años más tarde, los supervivientes m exicas relataron a Bem ardino de Sahagún los terribles síntomas de la enfermedad; éste, a su vez, registró lo que le contaban con un estilo digno de un Tucídides:

 

Nos salieron llagas en la cara, en el pecho y en la tripa; estábamos cubiertos de llagas sangrantes de la cabeza a los pies. La enfermedad era tan horrible que nadie podía cam inar ni moverse. Los enfermos estaban tan desvalidos que permanecían echados en sus camas como cadáveres, incapaces de m over los miembros o la cabeza. No podían yacer boca abajo ni de costado. Si se movían, chillaban de dolor. Muchos

 

 

 

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murieron de esta peste y muchos otros de hambre. No podían levantarse para buscar com ida y los demás estaban demasiado enfermos para ocuparse de ellos, así que se quedaron en sus lechos hasta que murieron de hambre. Algunos contrajeron una variedad menos grave de la enfermedad, sufrieron menos que los otros y se recuperaron bien. Pero no pudieron librarse del todo. Tenían un aspecto terrible, porque allí donde habían tenido una llaga, quedaba una espantosa cicatriz en la piel.

 

Y       algunos de los supervivientes se quedaron ciegos (M. León-Portilla, The Broken Spears, pp. 85-86).

 

Cuitláhuac, el sucesor de Moctezuma, que había atacado a Cortés en Otumba, también cayó víctima de la viruela. Fue sustituido por Cuauhtémoc, más joven y audaz. Este, el tercer emperador que en un solo año se las vería con Hernán Cortés, habría de rendir una destruida Tenochtitlán.

L a extraña secuencia de acontecimientos que transformó el destruido ejército de Cortés en un terrible contingente capaz de vengar la victoria azteca avan­ zaba irremisiblemente. A finales del otoño de 1520, siete barcos, en distintas expediciones, atracaron en Veracruz añadiendo otros doscientos hombres a los cuatrocientos o quinientos que le quedaban a Cortés. Por vez primera en seis meses, el capitán español contaba con pólvora, cañones, arcabuces y ballestas de sobra. Cortés, además, envió varias naves a La Española y ajam aica en busca de más armas y caballos. Entre tanto, durante la m ayor parte de diciembre de 1520, mientras él se encargaba de someter las aldeas de Tepeaca, el fiable Sandoval había conquistado a todas las tribus que habitaban entre Tlaxcala y la costa, asegurando con ello el transporte de suministros desde Veracruz hasta el cuartel general de los conquistadores en Tlaxcala. Si la enorme ciudad de Tenochtitlán recibía mercancías sobre todo por vía acuática, los españoles tenían a su disposición el Atlántico para garantizar el aprovisionamiento de Veracruz. Pero mientras Cortés podía construir una flota que interrumpiera el tráfico de canoas por el lago Texcoco, ningún guerrero azteca tenía la menor idea de cómo evitar que las “montañas flotantes” amarrasen en Veracruz trayendo a más demonios blancos con sus atronadoras armas.

 

El día de Año Nuevo de 1521 Cortés había pacificado a la mayor parte de tribus hostiles que habitaban entre Veracruz y Tenochtitlán y reunido buen número de suministros y soldados adicionales. Se encontraba inmerso en un ambicioso program a de construcción naval que aseguraría la protección de sus fuerzas cuando su infantería y caballería retornasen a las calzadas que atravesaban el lago Texcoco. Es posible que Cortés iniciase su marcha sobre Tenochtitlán con unos 550 efectivos de infantería -pese a todo lo su cedido,'taiitos como habían conseguido escapar de la ciudad el mes de junio anterior-, entre los que se encontraban ochenta arcabuceros y ballesteros y al menos cuarenta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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nuevas monturas y nueve cañones recién llegados. Además, escogió 10.000 de los mejores guerreros tlaxcaltecas, con cuya ayuda se dispuso a conquistar las ciudades que rodeaban Tenochtitlán. A principios de abril de 1521 el nuevo ejército se encontraba en las afueras de la capital mexica y los bergantines estaban listos para su botadura. Por su parte, diversas partidas itinerantes habían comenzado a interrumpir de manera sistemática los abastecimientos de agua y alimentos que llegaban a la ciudad. Aquella segunda ofensiva no mantuvo las apariencias de conciliación y alianza de la primera “visita” . Tras la Noche Triste, Cortés tenía intención de obtener la rendición incondicional de Cuauhté-moc, el nuevo emperador, y de su pueblo, o bien de derrotar al ejército azteca en una batalla. Si los aztecas no capitulaban, los castellanos destruirían Te­ nochtitlán piedra a piedra y la dejarían en manos de los tlaxcaltecas para que éstos la saqueasen, lo que recuerda el modo en que Alejandro arrasó Tebas y luego permitió que los pueblos beocios circundantes robaran, esclavizaran y asesinaran a sus habitantes con total impunidad.

 

A       finales de abril, tras seis meses de campaña en los territorios que rodeaban Tenochtitlán para amputar la conexión de los aztecas con su imperio tributario, el reconstituido ejército de Cortés se encontraba de nuevo en las calzadas de la capital azteca, que se había propuesto asediar. La mayoría de las ciudades de la ribera del lago Texcoco y del valle de M éxico habían sido sometidas por Cortés o se habían unido a él. Es posible que un año antes la decisión de entrar en Tenochtitlán fuera un error, pero ahora, el caudillo español estaba impaciente por demostrar que la decisión de los mexicas de permanecer en ella era un error aún mayor. Los antiguos sitiadores estaban a punto de ser sitiados. Cerca del 28 de abril de 1521, Martín López, tras cruzar las montañas y ensamblar los bergantines de fondo plano, los botó en el lago Texcoco, con mástiles, remos, cañones y una dotación de arcabuceros y ballesteros. Gracias a ellos, las canoas aztecas no volverían a atacar a los españoles que avanzasen por las calzadas. En un mundo sin bueyes ni caballos, en una tierra que no conocía la rueda, una ciudad tan enorme como Tenochtitlán, con un cuarto de millón de habitan­ tes, sólo podía recibir suministros por agua. De hecho, su supervivencia diaria dependía de las toneladas de maíz, pescado, frutas y verduras que le suminis­ traban los miles de canoas que surcaban el lago. La destrucción de esta flota no sólo mutilaría el poder militar azteca, sino que condenaría a su capital a la sumisión.

 

 

A los gritos de “ ¡Castilla, Castilla, Tlaxcala, T laxcala!” , Cortés condujo a su ejército hispanoindio a Tenochtitlán. Si bien los observadores de la época hablan de un ejército cercano al medio millón de hombres, es más probable que las tropas invasoras sumaran entre 50.000 y 75.000 hombres. ¡Son los refuerzos de última hora llegados de Veracruz, los invasores estaban liderados por unos setecientos u ochocientos soldados de infantería castellanos, noventa

 

 

 

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jinetes, 120 ballesteros y arcabuceros y tres cañones grandes, además de los pequeños falconetes y las dotaciones de los catorce bergantines. Muchos cas­ tellanos iban además equipados con nuevos cascos y espadas y algunos de ellos también con corazas y escudos nuevos. Otros tantos habían recibido repuestos para reparar sus armas de fuego.

El plan de Cortés era muy sencillo. Dividiría a su ejército en cuatro contingen­ tes y pondría a sus tres caballeros más veteranos -Alvarado, Olid y Sandoval- al mando de los tres que apostaría en las entradas principales de la ciudad. Deja­ ría la calzada de Tlacopán abierta aunque custodiada durante algún tiempo, para permitir que los fugitivos huyeran del asedio. El propio Cortés se haría cargo del cuarto contingente y embarcaría en los bergantines con unos trescientos castellanos, es decir, cada embarcación llevaba unos veinticinco hombres. Lo seguirían en botes miles de tlaxcaltecas y habitantes de las riberas del lago Texcoco (Fernando de A lva Ixtlilxochitl, descendiente del líder de los pueblos del Texcoco, afirmaría más tarde que su pueblo aportó 16.000 canoas a la armada de Cortés). La flota combinada ayudaría a las tropas terrestres que iniciarían el asalto, reforzaría el bloqueo de la ciudad y destruiría las naves enemigas.

 

El 1 de junio de 1521 Cortés ya había conseguido interrumpir el suministro de agua dulce de la ciudad e irrumpir en la isla fortaleza de Tepepolco, que los mexicas utilizaban para coordinar sus ataques sobre las tropas de invasión castellanas. Según los españoles, el asedio comenzó oficialmente el 30 de mayo, fecha en que cortaron las fuentes de suministro de la ciudad; más tarde, sus crónicas hablarían, refiriéndose a la destrucción de Tenochtitlán, de “las setenta y cinco jornadas” transcurridas entre el 30 de mayo y el 13 de agosto de 1521. Pero lo cierto es que sus progresos fueron muy lentos durante el resto del verano, puesto que los aztecas sobrepasaban en número a sus invasores muy amplia­ mente. Los defensores clavaron estacas afiladas en el barro del lago con la intención de quebrar el casco de los bergantines y se lanzaron en masa contra la Capitana de Cortés. De no ser por el valiente Martín López -en ciertos aspectos el más formidable de los hombres de Cortés- y de un pequeño grupo de hombres armados con espadas que se agruparon en torno a la nave de su líder para arrojar al agua a los aztecas que habían abordado los bergantines y matar a aquellos que intentaban atar y arrastrar al caudillo, tanto Cortés como su nave habrían sido capturados.

 

Los castellanos comenzaban a darse cuenta de que no les bastaría con de­ rrotar al ejército azteca; si querían acabar con toda resistencia, tendrían que invadir la ciudad y arrasarla. Las cuatro líneas de avance del ataque español se internarían por las calzadas, entrarían en las afueras de Tenochtitlán y a continuación se retirarían a territorio seguro para pasar la noche. El éxito dependía de hasta qué punto Cortés podría llenar las brechas producidas en los diques y mantener intactas las calzadas. De ese modo, los españoles tendrían

 

 

 

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libertad de movimientos cuando comenzaran a echar abajo las construcciones de la ciudad, derribando templos, murallas y hogares. Poco a poco, los jinetes, ballesteros y arcabuceros fueron ganando terreno para operar, buscando buenas posiciones de fuego y eliminando los rincones y calles estrechas desde donde los aztecas pudieran lanzar emboscadas. Cortés aprovechaba 2.000 años de patrimonio europeo en tácticas de asedio - la antigua ciencia helénica de la poliorcética, es decir, “ el arte de cercar una ciudad” - cuando se propuso como objetivos los suministros de agua y alimentos y los saneamientos de Tenochtitlán y concentró su artillería, incursiones y ataques con armas arrojadizas sobre los puntos débiles de la defensa azteca a fin de acrecentar el efecto natural del hambre y las epidemias.

 

Si los españoles se internaban en Tenochtitlán -donde podían caer víctimas de una emboscada y verse rodeados al tiempo que los aztecas cerraban sus rutas de escape-, se enfrentaban a una posible aniquilación. Pero si los bergantines lograban mantener abiertas las calzadas, sus soldados podrían cruzar a la ciudad todos los días, destruir una o dos manzanas de casas, matar a otros cientos de aztecas y a continuación retirarse para pasar la noche en sus recintos fortifica­ dos. Normalmente, eran los soldados de a pie los que avanzaban, apoyados por fuego de cañón, arcabuces y ballestas, y se precipitaban sobre los despro­ tegidos aztecas con sus espadas de acero toledano. En los momentos clave, docenas de lanceros montados y protegidos con cotas de malla cargaban contra los lugares donde se concentraban más enemigos o, al crepúsculo, lanzaban em boscadas contra los m exicas cuando éstos perseguían a los soldados de infantería. A finales de junio, el emperador Cuauhtémoc, tras comprobar la futilidad de las tácticas aztecas, replanteó la defensa y retiró a la mayor parte de la población superviviente de Tenochtitlán -guerreros, civiles e incluso a los ídolos y efigies de los dioses del Gran Tem plo- a la isla de Tlatelolco, situada al norte de la capital. Fue una decisión acertada: el cambio de estrategia confundió a los españoles, que entraron en la ciudad pensando que los aztecas estaban derrotados y en fuga. Además, los castellanos desconocían que Tlatelolco fuera un recinto mucho más abigarrado que los demás barrios de Tenochtitlán y, por tanto, más adecuado para una guerra urbana defensiva que las amplias avenidas del resto de la ciudad, ya destruido.

 

 

La clave de la batalla consistía en evitar que los españoles consiguieran es­ pacio para cargar con sus caballos, para que su infantería se agrupase en for­ mación cerrada o su artillería y arcabuceros encontrasen buenas posiciones. Las gentes de Tlatelolco se unieron a sus vecinos de Tenochtitlán y atacaron a los castellanos en los angostos y retorcidos callejones, cortándoles el paso en las calzadas que conducían a la otra orilla del lago. El propio Cortés fue desca­ balgado y por tercera vez arrastrado por los aztecas. Cristóbal de O lea y un tlaxcalteca anónimo se lanzaron sobre los furiosos aztecas y les cortaron las

 

 

 

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manos para salvar a su caudillo. En la emboscada inicial de Tlatelolco, más de cincuenta españoles fueron arrastrados por sus captores y otros veinte re­ sultaron muertos. Por su parte, millares de tlaxcaltecas pagaron con la vida o su captura el excesivo ímpetu de los castellanos. Fue hundido un bergantín, y con él se perdió otro valioso cañón.

 

Los mexicas decapitaron de inmediato a algunos de sus cautivos y expusieron los cadáveres ante los españoles en retirada haciendo ver que se trataba de Cortés y de sus oficiales: “ ¡Así os mataremos, igual que hemos matado a Ma-linche y a Sandoval” . Cuando los españoles alcanzaron territorio seguro, oye­ ron sonido de tambores. Bernal Díaz del Castillo recuerda lo que sucedió a continuación:

 

 

Y       desque ya los tuvieron arriba en una placeta que se hacía en el adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, vimos que a muchos dellos les ponían plumajes en las cabezas y con unos como aventadores les hacían bailar delante del Huichilobos, y desque habían bailado, luego los ponían despaldas encima de unas piedras, algo delgadas, que tenían hechas para sacrificar, y con unos nayajones de pedernal los aserraban por los pechos y les sacaban los corazones buyendo y se los ofrescían a sus ídolos que allí presentes tenían, y los cuerpos dábanles con los pies por las gradas abajo; y estaban aguardando abajo otros indios carniceros que Ies cortaban brazos y pies, y las caras desollaban, y los adobaban después como cuero de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacían borracheras, y se comían las carnes con chilmole (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, p. 429).

 

 

Los españoles temían una repetición de la Noche Triste. Los m exicas grita­ ban a los tlaxcaltecas, arrojándoles piernas asadas de compatriotas capturados y trozos de los castellanos. “¡Com ed de las carnes de esos teules [castellanos] y de vuestros hermanos, que ya bien hartos estamos dellos, y eso que nos sobra podéis hartaros dello” (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, p. 429). Cuando entre los indios aliados de Cortés se extendió la noticia de que los aztecas estaban comiendo carne española y de que docenas de conquistadores habían caído en sus manos y, emplumados, ascendían ya por la pirámide camino de su muerte, la alianza india estuvo a punto de desmoronarse. L a mayoría de los líderes indígenas temían el regreso del terror azteca, percatándose de que los europeos eran tan vulnerables ante los hambrientos dioses aztecas como ellos mismos lo habían sido antes de su llegada. Entre tanto, Cortés y sus hombres curaban sus heridas y se reagrupaban mientras Cuauhtémoc reunía a sus aliados, buscaba nuevos apoyos y enviaba partes del cuerpo de los castellanos capturados y de sus caballos a las aldeas que rodeaban el lago

 

 

 

 

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Texcoco: eran la prueba del fracaso español. Pero entonces ocurrió algo extra­ ño, o quizá previsible, teniendo en cuenta la renuncia de los aztecas a perseguir a los vencidos inmediatamente después de la Noche Triste. Durante la mayor parte de julio, los mexicas no atacaron los reductos españoles. El hambre, las enfermedades, la gran destrucción de su ciudad y los miles de bajas que habían ocasionado los combates habían diezmado el ejército de Cuauhtémoc. Una vez más, era como si los aztecas hubieran perdido fuelle tras su espectacular victoria. L a matanza y el sacrificio de algunos de sus compatriotas no detuvie­ ron a los invasores. Al contrario, después de un revés, Cortés siempre parecía más confiado.

 

A fines de julio, a los aztecas, ya muy debilitados, les resultaba imposible bloquear las calzadas, facilitando con ello el libre acceso de los castellanos a Tenochtitlán y Tlatelolco. Los suministros de Veracruz le llegaban a Cortés de manera ininterrumpida. Sus hombres fabricaron pólvora. Para ello descendieron al cráter del volcán Popocatépetl, donde encontraron azufre, el ingrediente fundamental del compuesto. Los desertores aztecas confirmaban que Tenochtitlán se moría de hambre y que el emperador, que contaba tan sólo dieciocho años, era incapaz de organizar una resistencia eficaz. Cortés, en su famosa “Tercera carta de relación” dirigida al em perador Carlos V, describió el sufrimiento desesperado de los aztecas:

 

 

[...] y los de la ciudad estaban todos encima de los muertos y otros en el agua y otros andaban nadando y otros ahogándose en aquel lago donde estaban las canoas, que era grande, era tanta la pena que tenían que no basta juicio a pensar cómo lo podían sufrir. Y no hacían sino salirse infinito número de hombres y mujeres y niños hacia nosotros, y por darse priesa al salir unos a otros se echaban al agua y se ahogaban entre aquella multitud de muertos, que, segúnd paresció, del agua sala­ da que bebían y de la hambre y mal olor había dado tanta mortandad en ellos que murieron más de cincuentas mili ánimas, los cuerpos de las cuales porque nosotros no alcanzásemos su nescesidad ni los echaban al agua, porque los bergantines no topasen con ellos, ni los echaban fuera de su conversación, porque nosotros por la cibdad no los viésemos. Y así por aquellas calles en que estaban hallábamos los montones de los muertos, que no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies (Hernán Cortés, Cartas de relación, p. 425).*

 

 

Los jinetes castellanos se paseaban por los diques a voluntad y mataban a cientos de personas que salían de sus chozas de Tlatelolco en busca de comida. Cada

 

* Madrid, Castalia, 1993.

 

 

 

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vez resultaba más difícil frenar a los tlaxcaltecas, que recorrían la ciudad matando

 

- y a veces devorando- a cuantos mexicas encontraban. El 13 de agosto, Sandoval y García Holguín atraparon a Cuauhtémoc, que huía en una canoa. Ambos reclamaron el honor de su captura, obligando a Cortés a intervenir. Lo mismo había sucedido, musitó el propio caudillo, cuando Mario y Sila se disputaron la victoria sobre el rey númida Yugurta. Fernando de A lva Ixtlilxochitl, que décadas después de la conquista relató lo sucedido desde el punto de vista de los aliados indios, recogió las palabras con que Cuauhtémoc confirmó su rendición:

 

 

¡Ah capitán! Yo ya he hecho todo mi poder para defender mi reino y librarlos de vuestras manos, y pues no ha sido mi fortuna favorable, qui­ tadme la vida que será muy justo y con esto acabaréis el reino mexica­ no, pues mi ciudad y vasallos tenéis destruidos y muerto” (Fernando de Alva Ixtlilxochitl, Obras históricas, vol. I, p. 478).*

 

Cortés perdonó la vida al joven em perador y lo llevó consigo durante su desastrosa expedición a Honduras, aunque sólo para ahorcarlo de forma vergonzosa en 1523, acusándolo, en falso, de incitar a la revuelta a los aliados indios de los españoles.

 

Desde el inicio del bloqueo de la ciudad a finales de mayo, más de 100.000 aztecas habían caído en la lucha junto a no menos de cien castellanos y 20.000 de sus aliados. Pero esto no representaba más que un pequeño porcentaje de la cifra total de bajas de ambos bandos en los dos años de combates por Ciudad de M éxico. Las enfermedades, el hambre y la guerra constante habían acabado virtualmente con la población de Tenochtitlán. El recuento final de bajas superó finalmente el millón de muertos entre las poblaciones que rodeaban el lago Texcoco. Por su parte, en la campaña de dos años iniciada con la llegada de Cortés a Veracruz, los españoles no habían perdido más de un millar de hombres de los 1.600 que, en diversos momentos, lucharon por Tenochtitlán.

 

Pero la matanza, al final, resultó aún más desoladora. En las décadas siguien­ tes, a la viruela la siguieron el sarampión y la peste bubónica, y luego la gripe, la tos ferina y las paperas. La población del M éxico central, que en la fecha en que desembarcó Cortés superaba los ocho millones de habitantes, estaba muy por debajo del millón medio siglo más tarde. En menos de dos años, Cortés y su pequeño ejército habían inaugurado una cadena de acontecimientos que acabaría por transformar la faz de todo un subcontinente y destruir una civilización.

 

 

 

 

* México, Universidad Autónoma de México, 1975.

 

 

 

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LA GUERRA AZTECA

 

Abundan los malentendidos y los estereotipos en lo concerniente a los aztecas y la guerra. Con dem asiada frecuencia, se considera a los mesoamericanos como poco más que extraños salvajes que luchaban en hordas sólo para conseguir víctimas para los sacrificios humanos a gran escala, como captores de prisioneros cuyas peculiares normas de combate evitaban la matanza en el campo de batalla. Más recientemente, sus apologistas los han reinventado como griegos del Nuevo Mundo cuya impresionante arquitectura simbolizaba una civilización progresista e ilustrada que en realidad no sacrificaba o devoraba seres humanos y que no veía motivos para llevar a cabo ningún avance en el terreno de la tecnología militar porque no lo necesitaba. En realidad, los az­ tecas no eran ni griegos ni salvajes, sino hábiles imperialistas teocráticos que habían creado, de forma cruel, un imperio político laxamente unido y basado en la percepción del terror que se apoyaba en un ejército mortífero y al que sostenía un vasto sistema tributario.

 

La diferencia entre la doctrina bélica de los aztecas y de los europeos estribaba en que la primera estaba sometida a unas limitaciones geográficas y culturales mucho mayores. Sin caballos ni bueyes, sin siquiera la rueda, el alcance ope­ rativo de los ejércitos aztecas estaba condicionado por la cantidad de víveres e impedimenta que sus porteadores humanos pudieran acarrear. A medida que Tenochtitlán ampliaba su influencia sobre Mesoamérica, a medida que la ciudad crecía y a m edida que la guerra se convertía en un acontecimiento cada vez más predecible, la organización política de todo el subcontinente m exicano se volvía más vulnerable a los ataques del exterior: los europeos podían provocar la caída de toda la estructura imperial decapitando a la peque­ ña elite de una ciudad isla que, para su m era supervivencia, necesitaba el suministro diario de miles de toneladas de alimentos.

 

Las guerras cesaban durante breves períodos entre octubre y abril -Cortés entró en Tenochtitlán precisam ente en noviem bre de 15 19 - , para permitir que los agricultores se ocuparan de las cosechas. Por otro lado, luchar era aún más raro durante el período de lluvias, que discurría entre mayo y sep­ tiem bre, y casi todos los pueblos m esoam ericanos desechaban el combate nocturno. Por el contrario, los españoles, en cuanto pueblo marítimo y de un clima templado y como veteranos de las mortíferas guerras de Europa y el M e­ diterráneo, eran capaces de luchar en cualquier época del año, de día o de noche, en su territorio o fuera de él, en la tierra o en el mar, con pocas res­ tricciones culturales o naturales.

 

Muchas confrontaciones entre los aztecas y sus vecinos comenzaban como “guerras de las flores” (xochiyaoyotl). Estos combates rituales entre guerreros de las elites de ambos bandos, en los que no se producían muchas muertes,

 

 

 

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revelaban la superioridad azteca -porque los guerreros aztecas estaban mejor entrenados, demostraban más celo y tenían más experiencia-, de ahí la futilidad de una insurrección armada real. Si el enemigo insistía en su resistencia, las guerras de las flores crecían hasta convertirse en batallas de conquista a gran escala pensadas para derrotar al enemigo definitivamente y anexionarse su territorio. Con respecto a esto, deberíamos aceptar que la creación del Imperio azteca provocó la muerte de cientos de miles de mesoamericanos sólo en las guerras que tuvieron lugar en el siglo XV.

 

Si bien es cierto que los guerreros mesoamericanos eran diestros en el manejo de las armas, había dos factores que inhibían su capacidad para matar a un gran número de soldados enem igos. En todas las guerras, la captura de prisioneros para los sacrificios humanos era prueba de excelencia en el combate y de prestigio social y, a la larga, resultaba esencial para la salud religiosa de la comunidad. Con frecuencia, los sacrificios hacían las veces de espectáculos intimidatorios y terroríficos donde el derramamiento de sangre servía para advertir a cualquier adversario potencial de las consecuencias de una postura resistente. H ay indicios de que en 1487 y durante cuatro días el rey azteca Ahuitzotl organizó la carnicería de 80.400 prisioneros en un sanguinario sacrificio colectivo celebrado con motivo de la inauguración del Gran Templo de Huitzilopochtli de Tenochtitlán: un gran reto en la historia de la muerte industrializada. El ritmo de asesinatos de Ahuitzotl, catorce muertes por minuto durante 96 horas, supera el macabro registro diario de Auschwitz o Dachau. La presencia de cuatro altares sacrificiales de form a convexa, dispuestos de modo tal que fuera fácil hacer caer a las víctimas por la pirámide, convirtió la cerem onia en un proceso de asesinato en cadena. Los verdugos se iban turnando por grupos y los que no habían intervenido sustituían a aquellos que estaban agotados de tanto golpear con sus machetes de obsidiana. Lo esencial era despachar a aquel tren de víctim as durante los festejos. No conocemos el número de sacrificados en circunstancias normales, pero sin duda alcanzaba varios millares. Ixtlilxochitl creía que cada año moría uno de cada cinco niños de los pueblos tributarios de los mexicas, aunque la estimación, más baja, del obispo Carlos Zumárraga, que cifraba las víctimas cerca de 20.000 por año, es más plausible. No deja de ser extraño que tan sólo unos pocos estudiosos hayan comparado la inclinación de los aztecas a acabar con miles de sus vecinos mediante el asesinato organizado con el exterm inio nazi de judíos, gitanos y habitantes del este de Europa.

 

 

 

Aunque en circunstancias extremas los aztecas podían luchar hasta la muerte, el entrenamiento de sus guerreros para aturdir, atar y pasar a los cautivos hacia retaguardia demostró ser un impedimento en su guerra contra los españoles. Los historiadores que afirman que los aztecas abandonaron sus luchas rituales al enfrentarse a Cortés tienen razón, pero deben admitir que a muchos guerreros

 

 

 

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les resultaría difícil descartar años de entrenamiento en unos pocos meses, sobre todo cuando tenían que enfrentarse a los piqueros y espadachines españoles, instruidos desde la adolescencia en el arte de matar de un solo golpe.

 

No podem os saber hasta qué punto aquellas luchas rituales dependían de las limitaciones tecnológicas, pero las materias primas de la guerra azteca -roble, piedra, obsidiana, piel y algodón- imposibilitaban la muerte de un gran número de guerreros. Las espadas anchas (machuahuitl) y las lanzas (tepoztopilli) eran de madera y tenían hojas de doble filo en las que llevaban incrustadas esquirlas de obsidiana. Ambas armas eran equiparables en capacidad de corte a las de metal, pero sólo durante un tiempo, al cabo de unos cuantos golpes los trozos de obsidiana se iban desprendiendo o se mellaban. Las espadas aztecas, además, no tenían punta. Asimismo, las lanzas, cuya punta era de piedra, resultaban muy difíciles de clavar.

 

Puesto que el arm a de infantería aristocrática del ejército azteca resultó particularmente ineficaz contra los soldados de a pie y a caballo de los españoles, los comandantes nativos dependían de una serie de armas arrojadizas que si podían penetrar en los brazos, piernas, cuellos y rostros desprotegidos de los hombres de Cortés. Los aztecas contaban con un tipo de lanzaproyectiles muy peculiar, el atlatl, hecho con un garrote de menos de un metro de largo que, en uno de sus extremos, tenía estrías y un gancho en el que se colocaba el proyectil. También tenían unos dardos de madera, cuyo extremo normalmente endurecían al fuego, que a veces reforzaban con puntas de piedra. Cuando eran lanzados por el atlatl, estos dardos podían alcanzar unos cincuenta metros con gran precisión, pero eran inútiles contra las corazas metálicas y, a mayor distancia, ni siquiera podían traspasar una tela gruesa de algodón. Los aztecas utilizaban los arcos sencillos (tlahuitolli), mucho más que los compuestos. Si bien es cierto que podían alcanzar una frecuencia de tiro bastante rápida y los carcaj llevaban hasta veinte flechas, estas armas carecían del alcance y poder de penetración de los modelos europeos, que desde la Antigüedad clásica habían sido fabricados a base de cuernos, cuero y madera.

 

Muchos relatos dan testimonio del peligro de los proyectiles de piedra de los aztecas y si bien los honderos nativos no contaban ni con balas metálicas ni con hondas muy sofisticadas, podían causar heridas, en las zonas desprotegidas del cuerpo, desde una distancia de cien metros. Los escudos de madera, pieles y plumas de los aztecas, igual que sus atavíos de guerra de algodón, servían para protegerse de los golpes de los filos de piedra mesoamericanos, pero no servían de nada frente al acero toledano, las saetas de metal de las ballestas o la metralla del arcabuz. En general, puede decirse que las armas de Moctezuma eran de inferior calibre que la artillería, las armas arrojadizas, las armaduras y el armamento ofensivo del ejército que, dieciocho siglos antes, estuvo a las órdenes de Alejandro Magno.

 

 

 

 

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México contaba con los recursos naturales necesarios para crear una industria armamentística sofisticada. En Taxco había suficientes y ricas vetas de hierro. En Michoacán abundaba el cobre. El volcán Popocatépetl aportaba cantidades suficientes de azufre. De hecho, un año después de la conquista, el propio Cortés, contra los edictos de la Corona, produjo pólvora y forjó mosquetes e incluso un cañón de gran tamaño en territorio azteca. ¿Por qué entre tal cornucopia de elementos propicios para la fabricación de municiones los az­ tecas se limitaron a producir garrotes, hojas de obsidiana, jabalinas, arcos y flechas? Las explicaciones más populares aluden a la necesidad. Puesto que la guerra azteca estaba pensada más para tomar prisioneros que para matar, las hojas de piedra bastaban contra los demás pueblos mesoamericanos, que iban armados de m anera similar. Esta explicación pretende sugerir que los aztecas podrían haber fabricado armas comparables a las de los europeos, y que si no lo hicieron fue porque no vieron la necesidad de hacer ningún esfuerzo adicional por mejorar un conjunto de armas que era perfectamente útil en luchas rituales cuyo objetivo consistía en aturdir al enemigo, no en causarle la muerte. Sin embargo, sugerir la posibilidad de unos conocimientos tecnológicos latentes resulta ridículo al hablar de una cultura sin una tradición racional com pleja de investigación de la naturaleza. Lo contrario tiene más probabilidades de ser cierto: los aztecas no tenían capacidad para forjar metales o fabricar armas de fuego y, por tanto, se vieron forzados a librar guerras rituales con armas más capaces de herir que de matar. Resulta difícil imaginar de qué modo los aztecas, pese a su enorme superioridad numérica, podrían haber librado una guerra de aniquilación con armas no metálicas contra un ejército feroz y de gran tamaño como el tlaxcalteca, lo que explica por qué T laxcala era un territorio en gran parte autónomo y zanjaba sus disputas con los aztecas por medio de las guerras de las flores, que eran conflictos casi ceremoniales.

 

 

 

La batalla azteca, como la lucha zulú o los ataques de las tribus germ áni­ cas, era una contienda de envolvimiento. Grandes contingentes de guerreros se esforzaban sistemáticamente en rodear al enemigo, las líneas delanteras golpeaban y atropellaban a sus adversarios antes de trasladarlos a retaguar­ dia para atarlos y llevárselos. L a necesidad de que los prisioneros marchasen junto al ejército también contribuía a impedir que los aztecas pudieran hacer cam paña lejos de sus tierras, puesto que la acum ulación de vencedores y vencidos sólo servía para incrementar las necesidades logísticas. Aunque es cierto que existía un ejército nacional azteca, en realidad, los contingen­ tes locales se agrupaban en torno a sus capitanes y abandonaban el campo en tropel si sus jefes o estandartes caían. Francisco de A guilar relata el desesperado combate de Otumba, que tuvo lugar poco después de la Noche Triste:

 

 

 

 

 

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Después de que Cortés se abriera paso entre los indios, combatiendo maravillosamente, localizando y matando a sus capitanes, a quienes se distinguía por sus escudos de oro y su altivez hacia los guerreros corrientes, pudo alcanzar a su capitán general y matarlo de una lanzada. [...] Cuan­ do esto sucedía, nosotros, los soldados de a pie al mando de Diego de Ordaz, estábamos completamente rodeados por los indios, que casi nos ponían las manos encima, pero cuando el capitán Hernando Cortés mató a su capitán general, los indios comenzaron a retirarse y nos abrieron paso, así que pocos nos persiguieron (P. de Fuentes, The Conquistadors [Los conquistadores], p. 156).

 

 

Distintos grupos de soldados se relevaban en la lucha más o menos cada quince minutos. Los aztecas carecían de un concepto de batalla decisiva por el que soldados de infantería pesada buscasen el choque cuerpo a cuerpo con el enemigo ya en un primer encuentro. No formaban en hileras ni en columnas, sus guerreros no sabían cargar o retirarse al unísono o a la orden, nunca arrojaban lanzas o flechas en descargas cerradas. Las unidades de armas arro­ jadizas no actuaban de común acuerdo con las cargas de infantería. A l carecer de caballos, la doctrina bélica azteca era una cuestión unidimensional en la que la superioridad numérica y la instrucción de los guerreros del emperador, junto con la pom pa y circunstancia de los guerreros y estandartes emplumados, bastaban para vencer toda resistencia o para lograr que el enemigo rehuyera el combate.

 

Por último, la sociedad azteca estaba incluso más jerarquizada que la España del siglo XVI. Las armas, instrucción, armaduras y posición en el campo de batalla dependían, entre los aztecas, de la cuna y prestigio del guerrero. En una pauta cíclica de causa y efecto, la clase noble tenía ventajas innatas que favorecían a sus miembros en el campo de batalla a la hora de capturar pri­ sioneros, lo que, a su vez, era prueba de su excelente marcialidad y conducía a la concesión de mayores privilegios. L a española también era una sociedad muy clasista, pero, durante la invasión, muchos conquistadores pertenecientes a las clases bajas montaron a caballo porque la situación lo exigía. Arcabuces, ballestas y espadas de acero se distribuían pródigamente entre las tropas. El com bustible que hacía funcionar al ejército de Cortés no eran tanto los privilegios aristocráticos como un deseo desesperado, que sentían tanto hidalgos como pobres, de conseguir dinero y fam a suficientes para ascender en la sociedad castellana. En el campo de batalla, y a consecuencia de esta cir­ cunstancia, en materia de armas, tácticas, reclutamiento y liderazgo, el ejército español operaba de acuerdo a principios meritocráticos o a la mera capacidad de matar. H om bres e instrumentos estaban entrenados y diseñados para, primero, desmembrar al adversario y, sólo en segundo lugar, para proporcionar

 

 

 

 

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ascenso social, prestigio y recompensa religiosa. Era más probable que el matar proporcionara privilegios que que el tener privilegios ayudara a matar.

 

 

LA MENTE DE LOS CONQUISTADORES

 

Los crueles conquistadores que siguieron a Hernán Cortés al valle de Tenochtitlán parecen, a primera vista, una pobre representación de la tradición racionalista occidental. Muchos de los más notorios eran cristianos castellanos fanáticos que vivían en un mundo maniqueo en el que el bien absoluto se oponía al mal absoluto. La España del siglo XVI, que regía Carlos V, era el país de la Inqui­ sición (que inició su actividad en 1481), la quema de brujas, la tortura y los tribunales secretos que aterrorizaban a la sociedad rural. Se perseguía a moros, judíos y protestantes, además de a católicos de dudosa fe a quienes se acusaba de cualquier cosa, desde de darse baños diarios hasta de leer literatura importada. De todos los que estaban al servicio de la Corona se esperaba una adhesión inquebrantable a un catolicismo ortodoxo y atormentado que constituía la ideología de casi todos los conquistadores que zarpaban hacia el Nuevo Mundo, algunas veces en detrimento de la pura lógica política y militar.

 

Cuando se vieron rodeados por unos 200.000 mexicas en el centro de Tenoch­ titlán, Cortés y sus partidarios exigieron a Moctezuma, de form a insensata, que derribara los ídolos aztecas para que sus súbditos se convirtieran en masa al cristianismo. Los sacerdotes católicos eran ubicuos en el Nuevo Mundo. Diversos frailes dominicos, franciscanos y jerónim os recibieron poderes de supervisión imperial para garantizar la conversión de los indios y no su matanza gratuita. Lo que vieron -arrancar corazones aún palpitantes, salas manchadas de sangre humana, colecciones de cráneos, sacerdotes adornados con capas de piel hum ana- aterrorizó a los religiosos españoles. Estaban convencidos de que los aztecas y sus vecinos eran satánicos. Los sacrificios humanos y el canibalismo eran, en su opinión, obra del Anticristo. Un conquistador anónimo resumió así la repulsión de los españoles:

 

 

Toda la gente de esta provincia de Nueva España, e incluso los de las provincias vecinas, comían carne humana y la tenían en más alto grado que a ningún otro alimento del mundo; hasta el extremo de que a veces van a la guerra y arriesgan sus vidas para matar gente y comérsela. La m ayoría de ellos, como he dicho, son sodomitas y beben en exceso (P. de Fuentes, The Conquistadors, p. 181).

 

Para evitar que las pequeñas fuerzas de la cristiandad se contaminasen de aquellas supuestas legiones de la oscuridad, los españoles se confesaban, reci­

 

 

 

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bían la absolución y asistían a misa antes de la batalla. Durante los dos años de complicada campaña en M éxico, los conquistadores estaban convencidos de que sobre sus cabezas flotaba un conjunto de seres sobrenaturales que los protegían. El paisaje mexicano no tardó en poblarse de santuarios dedicados a la Virgen y a diversos santos que conmemoraban las victorias y pedían la salvación de los infieles aztecas. La conquista estaba destinada tanto a convertir almas como a conseguir oro y tierras. La Iglesia sostuvo en muchas ocasiones la opinión de que la matanza de los conquistadores era un error contrapro­ ducente, pero los mexicas estaban mejor muertos que vivos ejerciendo como agentes del diablo.

 

Martín Lutero fue excomulgado el año que Cortés ocupó Tenochtitlán, pero el incipiente protestantismo y el consiguiente debate acerca de la doctrina religiosa cristiana no encontró eco en la Castilla de la época. En 1492, tan sólo tres décadas antes de que Cortés pusiera pie en M éxico, Isabel y Fernando habían puesto fin a la Reconquista, que se había prolongado durante cuatro siglos, con la unión de Aragón y Castilla y la expulsión de los moros de Granada. L a lucha sirvió para consolidar el Estado nación español. Durante gran parte del siglo posterior, la Corona tuvo que ocuparse de someter las insurrecciones que en el sur de España protagonizaron los moriscos, que ansiaban el regreso del dominio islámico. Además, debido a su presencia en Italia y el norte de Africa, España se convirtió en un Estado situado en primera línea de la resistencia europea frente al avance otomano, mientras seguía inm ersa en sus luchas periódicas contra las ciudades-Estado italianas y los holandeses rebeldes. Un mundo separaba a los hoscos veteranos que desembarcaban en Veracruz de los granjeros y exiliados religiosos que más tarde llegaron a Plymouth Rock.

 

El fanatismo cristiano y un catolicismo estricto constituían la defensa básica de las culturas del sur del Mediterráneo, asediadas por enemigos islámicos en el sur y en el este y por los nuevos adversarios protestantes del norte de Europa. Los protestantes europeos estaban lejos de las líneas de defensa del ataque islámico y, sin las arraigadas tradiciones de adhesión al autócrata centralista de Rom a, encontraban en la Reform a una indulgencia que los atribulados españoles, italianos y griegos no podían permitirse. En la época de la conquista de México, España se sentía, y cada vez lo estaría más, acosada por todas partes. Los poderosos judíos, gracias a su influencia económica y comercial, podrían explotar y dom inar al campesinado católico; los fanáticos protestantes po ­ drían lanzarse sobre las zonas rurales, socavando el poder de las iglesias locales y de los Estados Pontificios; moros y otomanos podrían conspirar para conse­ guir que España volviera al mundo islámico, echando por tierra la nueva crea­ ción nacional de Isabel y Fernando. En la paranoica mente española, sólo la Inquisición y la Reconquista habían salvado a España; sin embargo, la super­ vivencia de la nueva nación dependía de una clase caballeresca que pudiera

 

 

 

 

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difundir el catolicismo en el Nuevo Mundo antes de que también éste fuera colonizado por los europeos del norte y sus tesoros utilizados para extender los conflictos religiosos en el Viejo Mundo.

 

Ante enemigos reales y supuestos como éstos, no es de extrañar que, a medida que transcurría el siglo X V I, España se volviera cada vez más represiva: los estudios extranjeros muchas veces se desaconsejaban, el saber proveniente de Europa se despreciaba, la investigación estaba cada vez más teñida de un cariz religioso. Cuando Cortés zarpó hacia el Nuevo Mundo, el viejo cosmos medi­ terráneo del Im perio romano estaba a punto de iniciar una transformación revolucionaria. La explotación de las rutas comerciales del Atlántico, la explo­ ración de Am érica del Norte, el protestantismo y algunos cambios económicos radicales alejarían, inevitablemente, el poder del mundo mediterráneo hacia las naciones europeas del Atlántico norte, hacia Inglaterra, Holanda, Francia y los Estados alemanes.

 

Antes de que los castellanos pusieran pie en el Nuevo M undo, se había consolidado ya un sentido de celo misionero y una audacia militar desconocidos en el resto de Europa. España se consideraba una continuación del Sacro Im perio Romano. El habsburgo Carlos V no era únicamente el emperador de la nueva nación española, sino el heredero por derecho de los dominios de los antiguos emperadores romanos. De éstos, los más dotados -Trajano y Adriano son los primeros que vienen a la mem oria- habían nacido en Hispania. Antes y después de la conquista romana, el valor de los antiguos íberos era legendario. L a carnicería de Aníbal en Cannas, por ejem plo, habría sido imposible sin la audacia de sus mercenarios íberos. No hay figura más temible y rom ántica en la literatura latina que la del renegado Sertorio, jefe de un ejército de rebeldes íberos, azote, desde su reducto español, de las legiones romanas durante casi una década (83-73 a.C.). Por tanto, los pueblos indígenas de M éxico tuvieron la mala fortuna no ya de sufrir la invasión de aventureros o peregrinos religiosos europeos, sino de que aquella invasión la protagoni­ zaran los guerreros más audaces, mortíferos y convencidos de la Europa del siglo x v i, los hombres más temibles que España habría de dar en su siglo de mayor grandeza imperial.

 

 

Lo que impulsaba a Cortés y a sus hombres era la búsqueda del ascenso social en España y la esperanza de una mejora material en el Nuevo Mundo: tierras libres y enormes haciendas en M éxico, por supuesto, y, para los más idealis­ tas, la recompensa espiritual de convertir a millones de almas al cristianismo. Pero, por encima de todo, estaba la atracción del oro. El oro era el primer tema que surgía cuando se interrogaba a un nativo. Baratijas, cuchillos de hierro y objetos de vidrio se cambiaban por oro. Ni las preciosas plumas, ni las vistosas prendas de algodón, ni los elaborados objetos de plata de los m exicas con­ tentaban a los castellanos, sólo el oro. El oro podría convertir a un hombre en

 

 

 

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noble allá en España; el oro garantizaría a una Corona española en bancarrota mantenerse a la altura de las economías más eficientes, como las de Inglaterra y los Países Bajos, y conservar el imperio de los Habsburgo en Europa. Con el transcurso de los años, los metales preciosos llegados de M éxico y Perú supondrían una cuarta parte de los ingresos de la España imperial. Entre los años 1500 y 1650 España recibiría del Nuevo Mundo 180 toneladas de oro y 16.000 toneladas de plata.

 

El oro m exicano y peruano pagaría los ejércitos acantonados en los Países Bajos y las galeras que mantendrían a raya al turco. El oro en mano no signi­ ficaba belleza, sino poder, dinero, posición. Los lagartos, patos y peces dorados de los mexicas, producto de cientos de horas de cuidadoso trabajo artesano, se fundían en lingotes que facilitaban su transporte y representaban el poder de comprar tanto bienes como servicios. Para el español, el metal precioso era un placer abstracto y distante más que inmediato y concreto; las horas de trabajo de los nativos no tenían ningún valor comparadas con los bienes, posición y seguridad que el metal podría comprar. Cuando Cortés contempló la intrin­ cada labor de orfebrería de sus anfitriones, sus primeros pensamientos no se limitaron a su futura riqueza personal, ni al tributo debido a la Corona española, incluyeron también la compra de más caballos, pólvora, arcabuces, cañones y ballestas de los barcos que llegaban de Cuba y España. Tan perplejos estaban ante las incesantes demandas de oro de los conquistadores, que los indios de M éxico creyeron al principio que los castellanos necesitaban el metal como medicina para “sus corazones” ; algunos aztecas llegaron a creer que los españoles comían aquel estúpido polvo de oro.

 

En el siglo que siguió al descubrimiento de Colón, el conquistador del Nuevo Mundo era ley en sí mismo, y es que en los vastos y poco poblados dominios americanos, la supervisión im perial era mínima. Los extranjeros quedaban excluidos de Am érica Central y del Sur. A franceses e ingleses se los miraba con especial desprecio. Llegaban gobernadores, se embrollaban en la política local e, invariablemente, se los llam aba a capítulo o caían asesinados o víctimas de alguna enfermedad. La monarquía española quedaba a cinco semanas de viaje y su burocracia itinerante era difícil de localizar y famosa por su inacción. Cierta auditoría que pretendía el cese del virrey de Perú tardó trece años en llevarse a cabo y sumaba más de 50.000 hojas, y, pese a todo, no se concluyó definitivamente hasta 1603, cuando habían pasado algunos años del fallecimiento del virrey.

 

El gobierno tenía la costumbre, bien conocida, de sancionar los hallazgos de cualquier explorador que encontrase tierras y metales preciosos para la Corona. La forma de burlar una residencia, o inquisición real a un gobernador por mal uso de su cargo, consistía en alargar el procedimiento, liderar una expedición, colonizar nuevos territorios en nombre de la Corona, apelar a la

 

 

 

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difusión del bautismo entre los nativos y a continuación enviar al rey una quinta parte del oro, la plata y las joyas arrebatadas a los indios. El oro aplastaba toda insubordinación, el oro mitigaba los problem as de los sacerdotes a la hora de aceptar la matanza de nativos en lugar de su conversión, el oro podía conseguir que un renegado castellano o un matón andaluz se convirtiera en virrey a los ojos de los ministros del rey, lo que le suponía una pensión imperial o, cuando menos, un escudo de armas. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, la sociedad española comenzó a evolucionar y del dominio de una aristocracia terrateniente se pasó a un Estado plutocrático que permitía que unos aventureros pobres o pertenecientes a las clases medias avanzasen mediante la adquisición de fortuna en América.

 

Pocos conquistadores castellanos viajaron acompañados de su familia. Muchos menos iban en busca de una nueva vida de esforzado trabajo en alguna granja o pequeña propiedad. El deseo del colono no era fundar un hogar y a partir de una economía autosuficiente alimentar a una familia libre e inmune a las persecuciones religiosas y a la opresión política de Europa, sino convertirse en propietario absentista de una gran hacienda en la que cientos de indios se ocupasen del ganado, trabajasen en las minas y produjesen artículos de lujo como café o azúcar a fin de garantizar al caudillo una renta constante. M uy pocos conquistadores albergaban dudas sobre la primacía de la Corona o el Papa. A diferencia de los colonos de Am érica del Norte, los primeros españoles llegaron al Nuevo Mundo como emisarios y no como fugitivos de la Iglesia y del Estado. Algunos de los líderes castellanos que desembarcaron en el Caribe eran veteranos curtidos en las campañas de Italia y en las continuas guerras que contra los moriscos se desarrollaron en España y contra los otomanos en el Mediterráneo. Algunos, como Cortés, eran hidalgos de escasos medios y pre­ tensiones aristocráticas cuyas familias gozaban de la exención de algunos tributos imperiales. La mayoría eran hombres jóvenes de entre veinte y treinta años, deseosos de regresar a España antes de los cuarenta con una posición, dinero y grandes haciendas, algo que a la mayoría de ellos les habría resultado imposible de permanecer en su país. A consecuencia de ello, M éxico se consideraba no como un lugar para fundar un nuevo mundo, como sucedía con la Nueva Inglaterra puritana, sino como una valiosa fuente de la vigilancia española frente a las fuerzas de la oscuridad.

 

 

L a econom ía de Castilla a principios del siglo xvi era una econom ía deprim ida. L a agricultura, m uy especialm ente, estaba en decadencia. Los pequeños señores y los obispos poseían enormes propiedades y rebaños de ganado ovino y bovino. L a expulsión de judíos y moriscos -de estos últimos, un cuarto de millón fue expulsado en el siglo x v - había diezmado la economía del campo español; la inmigración al Nuevo Mundo arrebató posteriormente a la Península Ibérica cientos de miles de sus ciudadanos más enérgicos. Aunque

 

 

 

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fueron lucrativas durante algún tiempo, las rutas comerciales del Atlántico eran peligrosas, debido a las tormentas, a los corsarios del norte de Europa y a los piratas sin patria. El intercambio del metal del Nuevo Mundo por artículos de lujo del Viejo -cuadros, mobiliario, ropa, libros- acabaría por desbaratar las economías de España y de M éxico, a m edida que ambas iban cediendo frente a las del norte de Europa y de América, más propicias al desarrollo de los pequeños propietarios y los em presarios capitalistas. L a m inería y la producción de artículos de lujo no podían sustituir a la producción manufac­ turera en grandes cantidades y a una agricultura orientada al mercado, por mucho que el oro del Nuevo Mundo ocultase durante casi un siglo las deficien­ cias de la economía española. Entre los conquistadores castellanos había una plétora de familias nobiliarias y de títulos, pero en realidad dejaron muy poco dinero y casi ninguna oportunidad en España para el ascenso social. No es de extrañar que en los dos siglos posteriores a la hazaña de Colón casi un millón de castellanos salieran hacia el Nuevo Mundo.

 

Hacia 1500 buen número de libros impresos se habían difundido ya por Es­ paña y toda una generación de aristócratas estaba versada no sólo en la ciencia militar y en la doctrina religiosa, sino en poesía y m úsica y leía romances fantásticos poblados de amazonas, monstruos marinos, manantiales de la eterna juventud y legendarias ciudades de oro. Víctimas de la bancarrota, aspirantes a aristócratas zarparon hacia el oeste -entre 1506 y 1518, zarparon de España más de doscientos barcos en dirección a las Indias- no sólo para escapar a la pobreza en España, no sólo para enriquecerse y enriquecer a la Corona española y no solamente para convertir a millones de nativos americanos al catolicismo en guerras religiosas venideras. Los conquistadores también se hacían a la mar porque el Nuevo Mundo, con una flora, fauna y población indígena tan extrañas, era una fuente de mitos populares, perplejidad y aventura, un desafío adecuado para un joven caballero piadoso y lleno de valor. A l fin y al cabo, la Atlántida (las Antillas), las amazonas (el río Amazonas) y California (la isla de la novela Las sergas de Esplandián) existían realmente.

 

Todos los conquistadores compartían un plan muy concreto: aplastar a la opo­ sición indígena, saquear las zonas rurales en busca de oro, convertir a los paga­ nos, disfrutar de las lugareñas, tener mestizos -al parecer, Cortés tuvo varios- y a continuación establecer baronías y Estados locales en los que los terratenientes españoles pudieran ponerse a la cabeza de numerosos ejércitos de trabajadores indios para exportar alimentos y metales preciosos al Viejo Mundo. En su primer año en el Nuevo Mundo, Cortés, que a la sazón contaba poco más de veinte años, anunció que o “cenaría al son de los clarines o moriría en el patíbulo”, y más tarde pasó varios años amasando una fortuna gracias a las minas de oro

 

y a la cría de ganado en Cuba; esa fortuna lo ayudaría a financiar una expedición a las nuevas tierras de México que le reportaría aún mayores ganancias.

 

 

 

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Si entre 1492 y 1540 los conquistadores tenían las manos libres para explorar y conquistar el desconocido mundo caribeño, al cabo de cincuenta años, no eran más que curiosidades anacrónicas, cuando no, una mera molestia. Sirva de ejemplo el declive de la fortuna de Cortés y de sus caballeros al cabo de una década de la victoria de 1521. El gran crítico del imperialismo español en el Nuevo M undo, el dominico fray Bartolomé de las Casas, denunció los “cuarenta años” (1502-1542) en los que un puñado de compatriotas, mediante la conquista, las enferm edades y la explotación económica, barrieron a la población de la cuenca caribeña. Hacia 1550 la América española era un mundo de burócratas, mineros y religiosos en el que no había sitio para el empobrecido aventurero castellano, que deseaba intrigar sin supervisión en los asuntos del rey y del Papa y, por tanto, arruinar el trabajo más cuidadoso de otros a la hora de extraer las almas y el oro de las gentes y las tierras americanas. Tanto la Corona como la Iglesia comenzaban a entender que los hombres como Cortés tenían una molesta tendencia a despellejar, en lugar de a trasquilar, a las ovejas del Nuevo Mundo, y no escatimaron esfuerzos para acabar con la era de los conquistadores tan sólo algunos años después de su nacimiento.

 

La primera generación que colonizó y explotó la cuenca del Caribe estaba compuesta por hombres duros com o Diego Velázquez, gobernador de Cuba, veterano del segundo viaje de Colón y de las batallas finales de Granada; Francisco de Garay, corregidor de Jam aica, también veterano de las explora­ ciones de Colón y emparentado con el famoso explorador, y Pedro Arias Dávila, caudillo de Panamá, superviviente de las guerras civiles y, a los setenta y ocho años, el más despiadado de los gobernadores españoles. El propio Hernán Cortés era nativo de Medellín e hijo de un legendario soldado con cincuenta años de servicio a la Corona a sus espaldas.

 

Los conquistadores eran un mundo aparte de los religiosos y hombres de letras que los siguieron y consolidaron y burocratizaron lo que aquellos hombres mucho más brutales habían ganado con la espada. Los conquistadores com ­ partían lo que ahora a nosotros nos parece de una desigual m oralidad: la matanza de indios desarmados en la batalla no provocaba desprecio, como tampoco lo hacía transformar a todo un pueblo conquistado en bandas de siervos. Por el contrario, los sacrificios humanos, el canibalismo, el travestis-rao y la sodomía provocaban indignación y ultraje moral, igual que la desnudez y la falta de propiedad privada, monogamia y trabajo físico continuado. Gran parte del universo ético castellano se basaba en la posición, los modales y la presunción de ciertas maneras civilizadas; no en cuestiones fundamentales relativas a la vida y la muerte:

 

 

El miembro de un Estado civilizado, tal como lo concebían los españoles del siglo XVI, era el habitante de una ciudad vestido con jubón y calzas,

 

 

 

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y con el pelo corto. Su casa no estaba invadida de pulgas y garrapatas. Com ía en una mesa y no en el suelo. No tenía indulgencia para con los vicios antinaturales y si cometía adulterio era castigado por ello. Su mujer -que además era su única mujer y no una entre varias- no transportaba a los niños en la espalda como los monos, y esperaba que su hijo, y no su sobrino, heredara su patrimonio. No perdía el tiempo emborrachán­ dose, y tenía el debido respeto por la propiedad, tanto por la suya como por la de los demás (John H. Elliott, España y su mundo, p. 82).*

 

 

RACIONALISMO ESPAÑOL

 

E l legado de los hombres de Cortés y de los hombres como ellos fue el de una brillante conquista militar, pero también el de la aniquilación de las poblaciones indígenas de M éxico y el Caribe en apenas treinta años, y a causa de la conquista, de la destrucción de la agricultura local y de la inadvertida importación de la viruela, el sarampión y la gripe. A l igual que el “heleno” Alejandro M agno, el “ cristiano” Cortés mató a millares de personas, saqueó los tesoros imperiales, destruyó y fundó ciudades, torturó y mató, y adujo que lo hacía por el bien de la humanidad. Sus Cartas de relación a Carlos V, en las que afirmaba su interés por establecer una hermandad entre nativos y españoles, se leen en gran medida como el juramento de Alejandro en Opis (324 a.C.), en el que proclamaba un nuevo mundo en el que había cabida para todas las razas y religiones. En ambos casos, los afectados habrían contado la historia de un modo distinto.

 

 

Los conquistadores distaban mucho de ser fanáticos ignorantes. Pese a su devoción religiosa, no vivían en el mundo mítico de los mexicas -Moctezuma envió a una corte de m agos y nigromantes que debían hechizar y lanzar maldiciones a los castellanos que se aproximaban a Tenochtitlán-, sino en un cosmos romántico que, pese a sus exagerados relatos e improbables rumores, cedía en última instancia ante la percepción sensorial y la frialdad de los hechos. Los españoles, a pesar de sus bravatas, no creían que los mexicas fueran agentes del diablo, sino sociedades indígenas complejas a las que se podía conocer, neutralizar y conquistar mediante una combinación de intrigas políticas y acción militar. Los mexicas les resultaban tan extraños como ellos a los mexicas. La diferencia estribaba en que, aparte del hecho evidente de que fueron los españoles y no los mexicas los que recorrieron la mitad del mundo para conquistar una nación desconocida, los hombres de Cortés se apoyaban en una tradición de 2.000 años de antigüedad que podía aceptar los fenómenos más extraños sin

 

 

* Madrid, Alianza Editorial, 1990, traducción de Ángel Rivero Rodríguez.

 

 

 

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recurrir a la exégesis religiosa. Por medio de la percepción sensorial, la confianza en un corpus previo de conocimientos abstractos y el razonamiento inductivo, los castellanos evaluaron rápidamente la organización política de Tenochtitlán, la capacidad militar de su ejército y, en líneas generales, la religión de la nación mexica.

 

Nunca habían visto nada parecido a los sacerdotes m exicas, con su pelo apelmazado y embadurnado de sangre y sus mantos de piel humana, ni a los sacrificios en masa, ni a los ritos que consistían en arrancar el corazón de sus víctimas drogadas cuando aún palpitaba. Pero pronto dedujeron que aquellos indios sagrados no eran dioses, que, pese a la retórica de la Iglesia católica, ni siquiera eran diablos, sino seres humanos inmersos en unos ritos religiosos muy extraños que podían, lógicamente, despertar el odio de sus aliados sub­ yugados. El cristianismo les decía que la religión azteca era el mal, pero fue la tradición intelectual europea la que les dio las herramientas para investigarla, comprobar su debilidad y, finalmente, destruirla. Por el contrario, después de la llegada de los castellanos, los aztecas seguían perplejos, sin saber si se enfrentaban a hombres o a semidiós es, a centauros o a caballos, a barcos o a montañas flotantes, a deidades propias o extranjeras, a truenos o cañones, a emi­ sarios o enemigos.

 

El propio Cortés era un hombre semiinstruido que durante un tiempo trabajó como notario, estudió latín y leyó La guerra de las Galias, de César, la Historia, de Tito Livio y otros clásicos de la literatura militar. A l menos una parte de su éxito en las horas más oscuras de las guerras mexicas se debió a su cautivadora oratoria, adornada con alusiones a Cicerón y Aristóteles y jalonada de citas latinas de los historiadores y dramaturgos romanos. Debemos recordar que en el siglo I a.C., durante los últimos años de la República romana y los primeros del principado, Hispania era el centro intelectual de Europa. De ella provenían personajes de la talla de los filósofos morales Séneca el Viejo y su hijo Séneca, del poeta Marcial y del agrónomo Columela.

 

Aunque la Inquisición y la intolerancia religiosa que dominaban España pronto la aislarían de los principales centros de saber del norte de Europa, lo que condujo a un claro declive a partir de 1650, en el siglo xv i, el ejército español estaba en la vanguardia de la tecnología militar y de la ciencia táctica abstracta. Muchos de los hombres que marcharon con Cortés no eran meros notarios, hidalgos arruinados y sacerdotes familiarizados con la literatura latina, sino ávidos lectores de tratados políticos y científicos de la España de su tiempo. Más importante es que estuvieran educados como burócratas y abogados en el método inductivo de aducir pruebas, precedentes y leyes a fin de apoyar un argumento ante una audiencia de colegas supuestamente desinteresados.

 

Es posible que los conquistadores de Cortés no fueran intelectuales, pero estaban equipados con las mejores armas de la Europa del siglo XVI y curtidos

 

 

 

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en las luchas contra el moro, el italiano y el turco. Las bases de dos milenios de ciencia militar occidental, que se ocupaba de temas tan dispares como fortificación, asedio, tácticas de combate, balística, maniobras de caballería, logística, lucha con pica y espada o tratamiento médico en el campo de batalla, significaron, en definitiva, que hacían falta cien mexicas para abatir a un solo castellano. Cuando eran atacados por un número muy superior de mexicas, los españoles formaban en hileras, combatían al unísono y con una disciplina no cuestionada, y disparaban en descargas cerradas. En la miríada de inespe­ radas crisis que surgían cada semana, Cortés y su consejeros más cercanos -el brillante Martín López, el valeroso y firme Sandoval, el mercurial A lvarado - no se limitaban a rezar, hablaban, discutían y elaboraban una táctica o una solución mecánica que les permitiera enmendar el error de haber entrado en una isla fortaleza habitada por miles de personas. A Cortés también le preo­ cupaba que sus acciones quedasen registradas y que fueran criticadas, revisadas y difundidas entre miles de españoles allá en la metrópoli.

 

El individualismo español era evidente en todos los ámbitos. El más inespe­ rado aportaba sus ideas, algunas a medio cocer, como las de aquel veterano de las guerras de Italia que, cuando escaseaba la pólvora, convenció a Cortés de que lo mejor era construir una enorme catapulta (que, finalmente, fue un gran fracaso). Existía una camaradería entre soldados y general desconocida entre los m exicas: ningún guerrero azteca se habría atrevido a acercarse a M octezuma ni a Cuauhtémoc, su sucesor, para proponerle una innovación táctica, naval o logística. Así como los Compañeros de Alejandro gozaban de un nivel de intimidad con su rey inimaginable entre Darío y sus Inmortales, Cortés comía, dormía y recibía las críticas de sus caballeros de un modo im ­ pensable entre los mexicas.

 

Los occidentales se habían aventurado en tierras no occidentales para viajar, escribir y registrar sus observaciones desde los logógrafosjónicos del siglo VI a.C. Periegéticos como Cadmo, Dioniso, Caronte, Damastes y Hecateo - a los que seguirían a Asia y Egipto exploradores y conquistadores como los imperialistas atenienses, los Diez Mil de Jenofonte y Alejandro M agno- habían escrito tratados didácticos sobre Persia (Pérsica) y viajes fuera de Grecia (Periploi). Por el con­ trario, durante la gran invasión d e je rje s de Grecia (480 a.C.), el m onarca persa tenía, al parecer, muy poca o ninguna información sobre la naturaleza de las ciudades-Estado helenas.

 

Los mercaderes, exploradores, conquistadores y científicos romanos conti­ nuaron la tradición griega de investigación de la naturaleza, ampliando su difusión al M editerráneo entero, el norte de A frica y Europa. A diferencia de los emperadores aztecas, Cortés se beneficiaba de una tradición antropológica de literatura escrita que describía pueblos y fenómenos extraños, los evaluaba y catalogaba y extraía un sentido de su entorno natural que se rem ontaba a

 

 

 

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Heródoto, Hipócrates, Aristóteles y Plinio: la vieja y arrogante idea occidental de que nada le es inexplicable al dios Razón si el investigador cuenta con datos empíricos suficientes y el método inductivo adecuado. Moctezuma o temía o adoraba la novedad que no podía explicar; Cortés trataba de encontrar una explicación a una novedad a la que no temía ni veneraba. En última instancia, ésa es la razón de que Tenochtitlán y no Veracruz -por no hablar de Sevilla-yaciera en ruinas.

 

 

 

¿POR QUÉ VENCIERON LOS CASTELLANOS?

 

LO INEXPLICABLE

 

Casi un cuarto de millón de personas vivía en las ciudades-isla gemelas de Tenochtitlán y Tlatelolco. Más de un millón de mexicas de habla náhuatl de las poblaciones que rodeaban el lago Texcoco eran súbditos tributarios del Imperio azteca. Más allá del valle de M éxico había aún más pueblos que les debían obediencia. El gran mercado de Tenochtitlán tenía capacidad para 60.000 personas y la ciudad era más grande que la mayoría de los centros urbanos de Europa: Sevilla, la mayor ciudad de España, no llegaba a los 100.000 habitan­ tes. Calzadas de ingeniosa construcción con numerosos puentes levadizos, un enorme acueducto de piedra, pirámides más grandes (en volumen) que las de Egipto y flotas de miles de canoas que surcaban un lago magníficamente aprovechado convertían la isla en una maravilla arquitectónica y en una forta­ leza inexpugnable.

 

Jardines flotantes, zoos de exóticos animales tropicales y una enorme elite religiosa y política cuyos miembros se engalanaban con oro, joyas y vistosas plumas intrigaron lo suficiente a los hombres de Cortés para que jurasen, en algunas narraciones de la época, que no había en Europa ciudad que pudiera rivalizar con Tenochtitlán en riqueza, poder, belleza y tamaño. Empero, al cabo de dos años, un pequeño contingente castellano sin líneas de suministro seguras, no familiarizado ni con el territorio ni con las costumbres de la zona, atacado al principio por todos los grupos nativos que encontraba, víctim a de varias enfermedades tropicales y sufriendo por una alimentación que desconocía, enfrentado a las autoridades de Cuba y más tarde obligado a luchar contra otro contingente castellano enviado para arrestar a Cortés, derrotó al Imperio azteca, desencadenando una serie de acontecimientos que aniquilarían a la mayoría de sus habitantes y arruinarían su majestuosa capital.

 

Los propios españoles atribuyeron, erróneamente, su asombroso éxito a una virtud innata, a la superioridad de su inteligencia y a la religión cristiana. Durante casi quinientos años, los críticos m exicanos y europeos de la conquista han

 

 

 

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ofrecido diversas y contradictorias explicaciones de aquella hazaña casi impo­ sible, explicaciones que van desde el papel de los aliados tlaxcaltecas y las en­ fermedades hasta el genio del propio Cortés y los obstáculos culturales que impedían un cálculo adecuado del tiempo y una comunicación sistemática. Pocos han buscado la respuesta en el contexto más amplio de la tradición militar occidental, que era antigua y letal.

 

 

 

 

¿ALIADOS NATIVOS?

 

¿Provocó Cortés el enfrentamiento de unos nativos contra otros al consolidar una cínica alianza que habría de ver cómo M éxico destruía su propia cultura en una guerra civil de la que él sería el único y definitivo beneficiario? Para entender la conquista de M éxico como un hecho debido esencialmente a las disputas internas entre las naciones mexicas, tres conjeturas tendrían que ser ciertas. Primera, que las tribus mesoamericanas podrían haber arrasado Tenoch-titlán poco tiempo antes por sus propios medios y sin la ayuda española. Sin embargo, los relatos de la época demuestran que las tribus vecinas no habían podido derrocar a los m exicas antes de la llegada de los españoles y que, después, en la lucha contra los aztecas, eran muy ineficaces cuando no contaban con el apoyo europeo. Segunda, que, tras la destrucción de Ciudad de M éxico, los nativos de M éxico podrían haberse revuelto contra los españoles, renovado los ataques emprendidos a la llegada de Cortés y, finalmente, puesto fin a la presencia castellana de una vez por todas, garantizando con ello una liberación definitiva de sus opresores aztecas y europeos. En realidad, sucedió lo contrario: la destrucción de Tenochtitlán marcó el fin de toda autonomía mexica. Ni antes de la llegada de los españoles hubo tribu indígena capaz de derrotar a los aztecas, ni después de la conquista pudieron los nativos expulsar a los españoles. Tercera, que los pueblos mesoamericanos, fraccionados e inmersos en continuas disputas, quisieron cooperar no entre ellos, sino únicamente con un contingente europeo unido y cohesionado, con lo que parece sugerirse que fueron las luchas intestinas de los nativos, y no la superioridad militar española, la que evitó una victoria india. Y sin embargo, en las filas europeas había casi tanta disensión como entre los nativos de M éxico. El propio Cortés escapó por m uy poco del arresto en Cuba y se convirtió en objetivo de varios complots de asesinato. Las autoridades de L a Española lo calificaron, oficialmente, de renegado y se vio obligado a robar y confiscar suministros a punta de arcabuz. En mitad de sus delicadas negociaciones con Moctezuma, tuvo que abandonar Tenochtitlán. Dejó en la ciudad a una pequeña fuerza liderada por Alvarado y marchó con sus hombres a lo largo de cuatrocientos kilómetros por la ruta, difícil y peligrosa, que llevaba de regreso a Veracruz, pero antes de llegar tuvo que derrotar a

 

 

 

 

 

 

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las tropas de Narváez, más numerosas que las suyas, y todo ello mientras era sometido al ataque de varios pueblos mesoamericanos, que pretendían sacar algún provecho de su debilidad.

 

En resumen, acuciado de problemas, sin sanción oficial y cuando era casi un proscrito para sus superiores del Caribe, Cortés convirtió un mundo nativo dominado por las tensiones y los conflictos constantes en una guerra de aniquilación totalmente nueva contra el pueblo más poderoso de la historia de M éxico, lo que habría resultado imposible sin caballos y superioridad en tec­ nología y tácticas. Tras la conclusión de aquella campaña y al cabo de pocos años, pacificó todo M éxico bajo la autoridad española, una situación que, aparte de algunas revueltas ocasionales, caracterizó la historia mexicana desde la caída de Tenochtitlán en 1521 hasta la Guerra de Independencia del siglo X IX .

 

En cualquier discusión acerca de la conquista de México, las cifras nos dicen muy poco. La disciplina, las tácticas y la tecnología de los invasores, no el in­ manejable tamaño del ejército azteca o las enormes concentraciones de sus enemigos nativos, explican por qué, tras la llegada de Cortés, el Imperio azteca desapareció en menos de dos años. Los españoles, que acabaron con la auto­ nomía de todas las tribus de México, convirtieron los rutinarios conflictos nativos en una definitiva guerra de aniquilación. Tras el desastre de la Noche Triste del 1 de julio de 1520, Cortés perdió a casi todos sus aliados tlaxcaltecas y se vio rodeado por miles de guerreros de tribus hostiles. La propia Tlaxcala estaba a muchos kilómetros de distancia y cuestionaba su fidelidad a la alianza. Sin em bargo, los españoles, ayudados en realidad únicamente por unos pocos supervivientes tlaxcaltecas, se abrieron paso luchando en su huida del lago Texcoco, masacrando a miles de nativos en su marcha y obligando a otros a volver a integrar su federación. Además, a principios de julio de 1521 -poco más de un año después de la Noche Triste-, tras sufrir la em boscada en el Tlatelolco, la m ayoría de los aliados de Cortés se marcharon súbitamente y sin previo aviso al ver cómo docenas de castellanos cautivos eran conducidos a la Gran Pirámide para ser sacrificados en una truculenta ceremonia pública. Los relatos nativos de aquel espectáculo explican por qué la coalición de Cortés se desvaneció tan de repente:

 

 

 

Uno a uno los obligaron a subir al altar del templo, donde los sacer­ dotes los sacrificaron. Prim ero fueron sacrificados los españoles, a continuación sus aliados. Los mataron a todos. Nada más concluir los sacrificios, los aztecas clavaron las cabezas de los españoles en filas de picas. También alinearon las cabezas de sus caballos. Pusieron las cabezas de los caballos en la parte de abajo y las cabezas de los españoles en la de arriba, y todas las colocaron mirando al sol (M. León-Portilla, The Broken Spears, p. 107).

 

 

 

 

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Las fuentes de la época señalan que, en este punto, del enorme ejército nativo que Cortés había reclutado en las aldeas que rodeaban el lago Tlatelolco, tan sólo unos cien mesoamericanos permanecieron junto a los españoles. Los pue­ blos más distantes de Malinalco y Tula se rebelaron, lo que obligó a Cortés a enviar expediciones de castigo a fin de asegurar la fidelidad de los volubles caciques de Cuernavaca y Otomí.

 

La diferencia numérica que caracterizó las batallas de la conquista de M éxico no deja de causar asombro. En todos los enfrentamientos, los castellanos se veían superados en una proporción de al menos cien a uno, m ayor incluso que la que habrían de experim entar los británicos en la m ayor parte de las batallas de las guerras zulúes de 1879. En mitad de las revueltas y de la disolución de su ejército, Cortés mantuvo el asedio sobre Tenochtitlán, sometió a los alia­ dos rebeldes y reincorporó a los nativos escépticos a sus filas. A l parecer, los aztecas, asediados, no pudieron vencer a los castellanos pese a que éstos estaban aislados; los otros pueblos de M éxico, por su parte, no tenían confianza sufi­ ciente como para destruir Tenochtitlán sin la ayuda de los españoles y tampoco marcharon sobre las calzadas para matar al debilitado Cortés.

 

Q uizá a los sedentarios historiadores de nuestra época les resulte difícil comprender el miedo que dominó las mentes de aquellos que casi rutinaria­ mente eran tajados por las hojas de acero toledano, triturados por la metralla, pisoteados por los caballos, destrozados por los mastines, y cuyos miembros eran heridos con impunidad por balas de mosquete y saetas de ballesta, por no mencionar a los miles a quienes Cortés y Alvarado ejecutaron sumariamente en Cholula y el templo de Tlacochcalco. Los relatos españoles y nahuas de la época están llenos de escenas espeluznantes que describen de qué modo el acero y las balas españolas desm em braban y destripaban a los m esoamericanos, acom pañadas de descripciones del pánico que aquel caos provocaba entre las poblaciones indígenas. A nosotros, que hemos vivido el siglo x x y hemos sido testigos de cómo bastaron algunos centenares de guardias nazis para gasear a millones de judíos, o de qué modo unos pocos miles de perturbados y cobardes jem eres rojos asesinaron a cientos de miles de cam boyanos, no debería sorprendernos que el horror y el pánico que provocan unas herramien­ tas mortales muy complejas neutralicen, tan a menudo y con tanta facilidad, la mera superioridad numérica.

 

 

El distinguido historiador Ross Hassig, especialista en el período azteca, ha señalado con mucha razón que la mayoría de las narraciones de la conquista subestiman la contribución mesoamericana a la victoria española. A sí pues, seamos claros: Cortés no podría haber conquistado Tenochtitlán en tan sólo dos años sin el apoyo masivo de sus aliados nativos (primero los totonecas y luego los tlaxcaltecas), pero los indios, que antes de la llegada de los europeos habían luchado en vano contra los aztecas, tampoco habrían podido hacerlo sin la ayuda

 

 

 

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de Cortés. La valoración del papel de los nativos es cuestión de grado y tiene que ver con el tiempo y los costes.

 

Las decenas de miles de indios que, como guerreros, porteadores y albañiles, prestaron su ayuda, alimentaron a Cortés y lucharon a su lado resultaban indispensables en el esfuerzo de los castellanos. Sin su contribución, a Cortés le habrían hecho falta millares de soldados españoles, de los que habrían caído varios centenares, y quizá hubiera necesitado una década o más. No obstan­ te, habría conseguido sus propósitos aun en el caso de enfrentarse a un M éxi­ co unido sin la colaboración de los nativos. La conquista española de México, contra pueblos que no tenían caballos ni conocían la rueda, las armas de hierro o acero, los barcos transoceánicos, la pólvora, ni contaban con una larga tradición de asedios científicos, es paradigm ática de un modo de conquista brutal y sistemático que en ningún otro lugar del Nuevo Mundo precisó necesariamente de la complicidad de los nativos.

 

Los mesoamericanos lucharon contra los aztecas no porque quisieran a los españoles -en realidad, durante gran parte de 1519 y los primeros meses de 1520, intentaron acabar con Cortés-, sino porque éstos eran un inesperado y poderoso adversario que podía enfrentarse a otro adversario aún más terrible, Tenochti-tlán, que había masacrado sistemáticamente a sus propias mujeres y niños de un modo horrible y macabro. Las guerras casi constantes del siglo anterior contra los aztecas habían dejado a la m ayor parte de los pueblos mesoamericanos situados entre Tenochtitlán y la costa, y muy especialmente a los tlaxcaltecas, bajo un sometimiento opresivo que había expoliado sus campos y sus poblacio­ nes, llevándose tributos materiales y humanos, u obligados a vivir en estado de sitio durante seis meses al año a fin de librarse del pillaje azteca.

 

La aparición de los españoles convenció a la m ayoría de los súbditos del Imperio azteca de que había llegado un pueblo al que no podían derrotar pero que, al mismo tiempo, parecía capaz de aniquilar a sus archienem igos, los m exicas, y estaba en posesión de ventajas tecnológicas y materiales que le permitirían establecer -com o de manera clarividente advirtieron los defensores aztecas a los tlaxcaltecas durante los últimos y amargos días del asedio de Tenochtitlán- una hegem onía duradera sobre todos los nativos de M éxico. Deberíam os considerar la contribución indígena a la conquista como el combustible que avivó el fuego que consumió a los aztecas, pero admitir que la chispa y las llamas fueron españolas. Sin la presencia española, ni siquiera los bravos tlaxcaltecas se habrían liberado -y, en efecto, hasta la llegada de los españoles no lo habían hecho- de la opresión azteca. Teniendo en cuenta la capacidad occidental para fabricar armas mortíferas, su tendencia a producir artículos baratos en grandes cantidades y su tradición de considerar la guerra desde un punto de vista pragmático y no ritual, es decir, com o m ecanism o para continuar la política por otros medios, no puede extrañar que muchos

 

 

 

 

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mesoamericanos, tribus africanas y nativos de Am érica del Norte se unieran a las tropas europeas para matar aztecas, zulúes y lakotas.

 

La clave para acabar con el Imperio azteca, que centralizaba sus comunica­ ciones, burocracia y ejército en una isla fortaleza, era la destrucción de Te-nochtitlán, operación que ninguna tribu mesoamericana podía llevar a cabo y mucho menos concebir. Es cierto que muchos pueblos nativos pretendían utilizar a Cortés como activo táctico en su guerra constante contra los mexicas, pero no acabaron de comprender el gran objetivo estratégico de los españoles, es decir, la aniquilación del Imperio azteca como condición previa a la anexión de México como región tributaria del Imperio español. Por ello, se convirtieron, de forma inconsciente, en peones de una vieja tradición europea de pensamiento estra­ tégico que era completamente ajena a su idea de para qué servía una guerra.

 

Ni los tlaxcaltecas ni los mexicas tenían la noción abstracta de que la guerra es el último recurso y el árbitro final de la política, idea exclusivamente occidental que se remonta a la amoral observación de Aristóteles, que figura en el primer libro de su Política, de que el propósito de la guerra siempre es la “ adquisi­ ción” y que, por tanto, es un fenómeno lógico que tiene lugar cuando un Estado es mucho más fuerte que otro y en consecuencia pretende “de un modo natural” el sometimiento político de su rival inferior por todos los medios posibles. Este punto de vista es uno de los temas recurrentes de las Historias, de Polibio, está omnipresente en La guerra de las Galias, de César, y fue ampliado y discutido en términos abstractos por pensadores occidentales tan diversos como Maquia-velo, Hobbes y Clausewitz. En sus Leyes, Platón afirmaba que todo Estado debe, cuando sus recursos se agotan, buscar la anexión o incorporación de tierras nuevas que no le pertenecen, un resultado lógico de su ambición e interés.

 

 

¿ENFERMEDADES?

 

No hay cifras precisas sobre el número de aztecas que murieron como conse­ cuencia de enfermedades entre 1519 y 1521. Se trata de un tema espinoso en el que no sólo intervienen las cifras, sino cuestiones como la intención deliberada de los europeos o su culpabilidad. Durante la mayor parte del siglo XVI, México fue sacudido por una sucesión de enfermedades provenientes de Europa -viruela, gripe, peste, paperas, tos ferina y saram pión - que redujeron su población indígena entre el 75 y el 90%. El subcontinente mexicano, que tal vez tenía cerca de veinticinco millones de habitantes antes de la conquista, contaba medio siglo después con tan sólo uno o dos millones. Es una de las grandes tragedias de la subyugación del continente americano a manos de los europeos.

 

Sin embargo, a efectos estrictamente militares, que es lo que aquí nos ocupa, lo que a nosotros nos atañe es un asunto más limitado y mayormente amoral:

 

 

 

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la eficacia de los ejércitos. ¿Hasta qué punto fue relevante para la conquista de Tenochtitlán en agosto de 1521 que en el año 1520 llegara la viruela a América? Los observadores nativos, que describieron los síntomas de la enfermedad con todo detalle a los últimos españoles, creían que la epidemia había acabado con uno de cada quince habitantes de la ciudad. Los estudiosos actuales cal­ culan que, tan sólo en el primer contagio, la epidemia acabó con entre el 20 y el 40% de la población del M éxico central, afectando por igual a los aztecas y a sus enemigos. Quizá entre 20.000 y 30.000 aztecas perecieron a causa de la enfermedad durante los dos años que duró la conquista de M éxico, una cifra muy alta que sin duda contribuyó a debilitar el poder de los mexicas.

 

Por terribles que sean esas cifras, no está claro que la viruela desempeñara un gran papel en la destrucción de Tenochtitlán. No obstante, los millones de indios que hicieron posible la creación del virreinato de Nueva España murieron en el siglo que siguió a la victoria de Cortés, sobre todo durante las epidemias de tifus que tuvieron lugar entre 1545 y 1548 y entre 1576 y 1581. Según el Códice Florentino, el primer brote de la enfermedad tuvo un alcance limitado y definido, y afectó a la población entre principios de septiembre y fines de noviembre de 1520. Luego, durante el asedio final (abril-agosto de 1521), la epidemia había remitido ya en su mayor parte. Cuando, en abril de 1521, Cortés llegó a Tenoch­ titlán para emprender su segunda campaña, la ciudad llevaba seis meses casi libre de la enferm edad. L a viruela mató también a miles de los aliados de Cortés, causando entre ellos más bajas que entre los aztecas, puesto que los totonecas, chalcas y tlaxcaltecas estaban en contacto más estrecho con los eu­ ropeos que llegaban a Veracruz, origen de la epidemia. A l parecer, además, la enfermedad fue más virulenta en la costa, cerca de la base de las operaciones españolas y entre las tribus aliadas de Cortés. Hasta cierto punto, el aislamiento de Tenochtitlán, la altura a la que se encontraba y la zona de tierra de nadie que en virtud de la situación bélica la rodeaba le proporcionaban una barrera inicial, por frágil que fuera, que podía limitar los efectos de la infección.

 

El argumento de las enfermedades contagiosas vale para ambos bandos, y es que los europeos padecieron una gran variedad de enfermedades tropicales de las que no tenían experiencia y ante las que no eran inmunes. La m ayor parte de los relatos de la época m encionan constantemente enfermedades de los bronquios y fiebres que debilitaron seriamente y en ocasiones causaron la muerte a los hombres de Cortés. Las malarias y disenterías del Nuevo Mundo eran mucho más violentas que las que se conocían en España. Algunos solda­ dos también padecieron úlceras parecidas a las que causa la sífilis, un mal especialmente incómodo para aquellos hombres que llevaban coraza en un clima tropical. Además, no todos los hombres de Cortés habían sufrido ya la viruela y no eran por lo tanto inmunes a una enfermedad que aún mataba a miles de personas en las grandes áreas urbanas de Europa. Debido al pequeño

 

 

 

 

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tamaño de su ejército, que algunas decenas de españoles contrajeran la enfermedad pudo tener tanto efecto en la eficacia militar de los conquistadores como lo tuvo el hecho de que millares de nativos resultaran infectados en un Imperio azteca de más de un millón de personas. En las cartas del propio Cortés y en los anales de los observadores españoles de la época, a la viruela, aunque se la menciona, nunca se la considera uno de los factores decisivos de la lucha en ninguno de los dos bandos. Esto se debe a que los castellanos, azotados a su vez por diversas enfermedades e incapaces de detectar ninguna debilidad repentina en la resistencia de Tenochtitlán, nunca llegaron a darse cuenta de que la enfermedad se había convertido en una pandemia que estaba diezmando a sus enemigos.

 

Lo que evitó que los europeos fueran aniquilados por las nuevas fiebres y las viejas enfermedades se explica tanto por causas biológicas como dem o­ gráficas y culturales. Como grupo de guerreros jóvenes y con diversos ante­ cedentes y experiencia viajera, los castellanos rara vez se encerraban en pequeños cuartos ni permanecían en contacto con mujeres, niños y ancianos durante mucho tiempo. Tampoco tenían que cuidar a los civiles afectados ni tenían ninguna responsabilidad sobre ellos. Aparte de cierta inmunidad bio­ lógica a la viruela, los españoles se beneficiaban de una larga tradición empírica en la lucha contra las enfermedades: en el año 1600, Sevilla perdería la mitad de su población a causa de la peste, pero se recuperaría sin que la destruyeran ni la enfermedad ni una oportunista invasión extranjera.

 

Durante la lucha, los conquistadores aplicaban vendas de lana y algodón a las heridas y no tardaron en darse cuenta de que la grasa de los indios recién ma­ sacrados actuaba como excelente - y m acabro - bálsamo curativo. Aunque, evidentemente, la Europa del siglo XVI no tenía ningún conocimiento científico acerca de los virus y los bacilos, y en realidad lo desconocía todo sobre el mecanismo de actuación de los agentes infecciosos, los españoles podían recurrir a una larga tradición em pírica que se rem ontaba a autores clásicos como Hipócrates y Galeno, que recopilaron sus observaciones de primera mano de las epidemias que sacudieron a las ciudades griegas e italianas y contribuyeron, por tanto, a consolidar una cultura médica que hacía hincapié en el manteni­ miento de una cuarentena adecuada, las dietas medicinales, el sueño y la cuidadosa cremación de los cadáveres.

 

A       consecuencia de aquel legado, los españoles sabían que el contacto estrecho con los enfermos propagaba la epidemia, que había que librarse inmediatamente de los muertos, que el avance de cualquier enfermedad era predecible si se observaban los síntomas con atención y que el proceso de observación empírica, diagnosis y prevención era más eficaz que los hechizos y sacrificios. Quizá los sacerdotes católicos arguyeran que uno caía enfermo cuando Dios decidía castigarlo por sus pecados y que sólo podría curarse mediante la oración, pero

 

 

 

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la m ayoría de los españoles sabían que, una vez que la infección atacaba, la enfermedad seguía una evolución predecible que tal vez las medicinas, la dieta, los cuidados y el aislamiento podrían detener.

 

Por el contrario, los nativos de M éxico, como los antiguos egipcios y muchos sacerdotes católicos, creían que las enfermedades internas eran causadas por dioses o demonios enemigos del enfermo que querían castigarlo o tomar posesión de su cuerpo y a quienes, por tanto, podía vencerse mediante conjuros y encan­ tamientos. Para determinar la etiología de una enfermedad, los adivinadores aztecas observaban la figura que dejaban unas cuantas judías al caer sobre un paño de algodón. Varios sacrificios, animales y humanos, apaciguarían sin duda a los furiosos Macuilxochitl o Tezcatlipoca, ¿o quizá a Xipa?. L a idea de que un buen número de actividades como dormir, bañarse y tomar saunas en grupo, comer en el suelo, vestir piel humana, practicar el canibalismo o no enterrar inmediatamente a los muertos o deshacerse de ellos por cualquier otro medio estaban relacionadas con la propagación de las enfermedades apenas era conocida en Mesoamérica, ni siquiera por los herboristas.

 

Para Cortés, la verdadera ventaja de la epidemia de viruela que se extendió entre los aztecas no fue la reducción de sus efectivos, sino las consecuencias políticas y culturales. Como los españoles no morían con la misma frecuencia que los indios, se extendió entre estos la idea -que tras la Noche Triste olvidaron por un tiem po- de que los europeos eran algo más que simples mortales. A medida que la viruela barría a la población mesoamericana y acababa con sus jefes, los castellanos tuvieron buen cuidado de apoyar y ayudar sólo a aquellos nuevos líderes favorables a su causa. La viruela contribuyó a afianzar la reputación de los españoles como seres de fuerza sobrehumana y consolidó sus apoyos entre los nativos aliados, pese al hecho de que la enfermedad mató a tantos de sus partidarios como de sus enemigos, y, por consiguiente, no tuvo un efecto real sobre la diferencia numérica entre atacantes y sitiados.

 

 

¿CONFUSIÓN CULTURAL?

 

U na de las explicaciones más recientes y populares del milagro español se basa en la idea de confusión cultural. Unas veces se aduce una exégesis se­ miótica, la de que los aztecas concebían y expresaban la realidad de un modo radicalmente distinto al español y, por tanto, quedaron perplejos hasta la impotencia ante la llegada de los europeos. Otras veces se afirma, con más lógica, que el pueblo azteca había desarrollado una práctica bélica singular que no le valdría para vencer a un enemigo como los españoles, tan radicalmente distintos a los adversarios que hasta la fecha conocía. Es cierto que, al principio, los aztecas no eran conscientes del peligro que suponían los españoles ni de la superioridad

 

 

 

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de su tecnología militar. Tal vez los tomaran por una suerte de seres divinos que encarnaban el profetizado regreso del dios Quetzalcóatl a través del mar y en compañía de su séquito. Muchos mexicas creyeron que las armas de fuego de los españoles lanzaban truenos, que sus barcos eran montañas flotantes, sus caballos una especie de centauros divinos, y jinete y animal una misma criatura. Muchos estudiosos sostienen que la ausencia de una escritura silábica, la naturaleza altamente ritualizada del discurso formal azteca y las para ellos ex ­ trañas ideas de los españoles ocasionaron que los mexicas se sintieran confusos ante la form a de hablar de los europeos, mucho más directa que la suya, y vulnerables frente a su método causa-efecto, que dictaba su política y su forma de hacer la guerra.

 

A l parecer, ya antes de la llegada de los españoles a Veracruz, Moctezuma asoció los rumores sobre su presencia en el Caribe con el anunciado regreso de Quetzalcóatl y el derrocamiento del imperio azteca. La concentración de autoridad religiosa y poder político absoluto en las manos de un solo gobernante, unida a la visión mítica del mundo del emperador azteca, explica en parte la fatal decisión de la jerarquía m exica de admitir a Cortés en Tenochtitlán en noviem bre de 1519 . M uy pronto, la elite azteca se daría cuenta de que los españoles no eran dioses, pero su vacilación y temor iniciales habían dado ya a Cortés la iniciativa en la campaña. Otros han señalado la omnipresencia de los ritos religiosos en la vida azteca, y muy especialmente su influencia en la previsión y convencionalismo con que se planteaba la guerra, con un énfasis exagerado no en la muerte del enemigo, sino en la toma de prisioneros para convertirlos en víctimas sacrificiales de sus dioses. Desde este punto de vista, es posible que los conquistadores españoles, Cortés entre ellos, pudieran morir fácilmente, pero escaparon a esta suerte gracias al vano esfuerzo de los aztecas por capturarlos con vida.

 

 

Com o en el caso de la epidemia de viruela, el argumento de la confusión cultural es una cuestión de grado. Es posible que los mexicas creyesen que Cortés y sus hombres eran divinidades y, por tanto, bajasen la guardia o temieran su ataque, cuando, en 1519, los españoles eran más vulnerables, es decir, cuando estaban rodeados en el interior de Tenochtitlán. Lo cierto es que no intentaron matar a los españoles en combate y, en consecuencia, perdieron innumerables oportunidades de exterminar a un enemigo sobre el que tenían una abrumadora superioridad numérica. Sin embargo, cuando llegó la Noche Triste, los españoles llevaban en Tenochtitlán casi ocho meses. Los aztecas tuvieron la oportunidad de examinar a sus huéspedes personalmente, de comprobar su manera de comer, dormir, defecar, de buscar relaciones sexuales con las nativas y de exhibir su ansia de oro. Gracias a los comentarios que Moctezuma conocía desde hacía tiempo, sabía que en las guerras que los españoles habían librado contra otomíes y tlaxcaltecas (abril-noviembre de 1519) los españoles habían sangrado igual que

 

 

otros hombres. Adem ás, algunos de ellos habían caído en la batalla, lo que evidenciaba que, por su ser físico, eran muy similares a los habitantes de México. Antes de entrar en Tenochtitlán, también habían perecido algunos caballos, en combate y descuartizados o sacrificados. A su llegada, en el valle de México todos sabían que aquellos animales eran criaturas semejantes a los venados, aunque de mayor tamaño, sin ningún atributo divino.

 

En el primer verdadero enfrentamiento bélico que tuvo lugar sobre las calzadas de Tenochtitlán el i de julio de 1520, los aztecas rodearon a Cortés con la clara intención de aniquilar a sus hombres, no a unos dioses. En aquellas condiciones, con un ataque nocturno y en masa sobre los diques, era casi imposible capturar a los castellanos, de modo que no fue ningún accidente, sino una acción deliberada, que la enorme mayoría de los seiscientos u ochocientos españoles que perdieron la vida aquella noche fueran asesinados o muriesen ahogados.

 

En los combates que posteriormente tuvieron lugar durante la huida de los españoles a Tlaxcala y de nuevo en el asedio final de Tenochtitlán, los mexicas emplearon espadas de acero capturadas a los castellanos. Es posible también que coaccionasen a algunos prisioneros para que les enseñaran el manejo de la ballesta. Los mexicas cambiaron de táctica a menudo, aprendieron a evitar los ataques en masa en las llanuras y durante el gran asedio de la capital demostraron gran ingenio a la hora de reducir la lucha a sus estrechas callejas, donde las emboscadas y los ataques con armas arrojadizas podían anular la acción de los caballos y cañones españoles. Por otra parte, acabaron por com­ prender que los españoles pretendían exterminarlos y, lógicamente, desconfiaron de sus peticiones de m ediación, tentando a sus enemigos tlaxcaltecas con proféticas advertencias de que, tras su propia aniquilación, también ellos acabarían por ser esclavizados a manos de los extranjeros.

 

Si los aztecas lucharon con alguna desventaja, fue la de su instrucción y costumbres, que los habían habituado a capturar y atar a sus enemigos en lugar de a herirlos y acabar con ellos, costumbre que, según se demostró, era muy difícil de erradicar incluso contra soldados que, como los españoles, se lanzaban a una lucha sin cuartel. Pero debemos recordar que la idea de que el objetivo de un soldado en la batalla es el de capturar al enemigo en lugar de matarlo no es en absoluto occidental y sólo reafirma nuestra tesis de que el menú completo de la guerra occidental, esto es, sus tácticas de aniquilación, ataque masivo, formaciones cerradas y tecnología avanzada, fue en gran parte res­ ponsable de la conquista de México.

 

Además del enorme problem a de su inferioridad en armamento y tácticas, a menudo se pasa por alto la mayor desventaja cultural de los aztecas: el viejo problem a del derrumbe de los sistemas, que am enaza a todas las dinastías palaciegas en las que el poder político se concentra en una pequeña elite; otro fenómeno no europeo que ha concedido a los ejércitos occidentales enormes

 

 

 

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ventajas en sus enfrentamientos con otras culturas. La brusca destrucción de los palacios micénicos (h. 1200 a.C.), la repentina desintegración del Imperio persa con la huida de Darío III del campo de batalla de Gaugamela, el fin de los incas y la acelerada caída de la Unión Soviética atestiguan que las dinastías palaciegas padecen una precariedad extrem a ante los estímulos exteriores. Cada vez que una pequeña elite pretende controlar toda actividad política y económ ica desde una ciudadela fortificada, el reducto de una isla, un gran palacio o un Krem lin amurallado, el desmoronamiento del imperio sigue en poco tiempo a la desaparición, fuga o descrédito de esa elite de grandes del imperio, fenómeno que, de nuevo, contrasta con los órganos económicos y políticos occidentales, más descentralizados, menos jerarquizados y con mayor control local. El propio Cortés se percató de esa vulnerabilidad, secuestrando a Moctezuma tan sólo una semana después de su llegada. Con la huida de su sucesor, el em perador Cuauhtémoc, en agosto de 1521, la resistencia de los aztecas llegó a su brusco final.

 

 

 

 

MALINCHE

 

Los magníficos relatos de William Prescott y Hugh Thomas sobre la conquista de México sugieren que el rápido derrumbamiento de los mexicas a costa de tan pocas pérdidas por parte de los españoles habría sido imposible sin el genio singular y la audacia asesina de Hernán Cortés, a quien los nativos llamaban “Malinche”, apelativo derivado del nombre náhuatl, Mainulli o Malinali, de su infatigable compañera e intérprete maya, la brillante e irreductible doña Marina. Casi todos los estudios modernos acerca de la conquista de México sugieren que otros conquistadores -ni siquiera hombres tan intrépidos como el gobernador de Cuba Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, a quien enviaron para arrestar a Cortés, o los capaces lugartenientes del extremeño, el bravo Sandoval o el imprudente Alvarado- no habrían conseguido lo que Cortés consiguió.

 

No es necesario creer en la teoría histórica del “gran hom bre” para darse cuenta de que en algunas ocasiones clave - a l hundir sus barcos poco después de llegar a M éxico y penetrar en el continente, en la guerra con Tlaxcala y en su posterior y brillante alianza con esta ciudad, en el secuestro de Moctezuma, en la derrota de Narváez y el sumar las tropas de éste a las suyas de forma milagrosa, casi sin una sola baja, en el heroico camino de huida tras la Noche Triste, en la marcha de regreso, en la construcción de los bergantines y en la recuperación tras el último revés en Tlatelolco- sólo la valentía, la oratoria y la habilidad política de Cortés salvaron su expedición. Tan sólo siete años des­ pués de la conquista de 1521, Pánfilo de Narváez, que no había podido detener a Cortés y, al contrario, había perdido un ojo en el intento, encabezó una

 

 

 

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expedición que se internó en Florida con quinientos hombres y cien caballos, es decir, unos efectivos comparables a los de Cortés al llegar a México. Tan sólo cuatro de aquellos conquistadores sobrevivieron, y aun así, tardaron varios años en ser rescatados. Valga esto para ilustrar la magnífica catástrofe que, incluso cuando estaban bien pertrechadas, podían sufrir las tropas españolas en el Nuevo Mundo en caso de ser lideradas por hombres sin capacidad ni coraje.

 

Manuel Orozco y Berra describe a Cortés como una figura casi maquiavélica, más allá del bien y del mal, pero, sin lugar a dudas, distinta a cualquier otra de su generación:

 

Considérense su ingratitud hacia Diego Velázquez, sus arteros y engañosos tratos con las tribus, su traición a Moctezuma. Póngase en su haber la inútil masacre de Cholula, el asesinato del monarca azte­ ca, su insaciable deseo de oro y placeres. No se olvide que mató a su primera esposa, Catalina Juárez, que al torturar a Cuauhtémoc cometió una bajeza, que arruinó a su rival, Garay, que conservando el mando se hizo sospechoso de la muerte de Luis Ponce y de M arcos de Aguílar. Acúseselo incluso de todo lo demás que la historia registra como pro­ bado. Pero en ese caso, concedámosle que era un político sagaz y un capitán capaz y valiente que llevó a buen puerto una de las hazañas más asombrosas de los tiempos modernos (Fernando de A lva Ixtlilxo-chitl, Ally o f Cortes [Aliado de Cortés], p. xxvi).

 

 

En realidad, Cortés era un guerrero, un intrigante despiadado y un político de una energía sobrehumana y de un talento sin parangón ni siquiera entre los magníficos conquistadores españoles del siglo xvi, sus rivales de exploración. Estuvo gravemente enfermo a causa de varios virus tropicales en numerosas ocasiones y ya antes de salir de España padeció la malaria. En las batallas por Ciudad de M éxico estuvo a punto de sufrir una conmoción y fue herido en una mano, en un pie y en una pierna. En tres ocasiones, corrió peligro de ser capturado, arrastrado y ser víctima en alguna de las ceremonias sacrificiales en la Gran Pirámide de Tenochtitlán. Desbarató numerosas conjuras contra su vida que tramaron castellanos y nativos y neutralizó a sus rivales en la lejana corte de Carlos V. Tuvo varios hijos con varias mujeres y fue acusado de asesinar a su primera esposa, Catalinajuárez. A punto de morir durante la Noche Triste, herido, rodeado su ejército de enemigos, Cortés, quizá por fanatismo religioso, honor castellano, patriotismo español, pura codicia, reputación, o una mezcla de todo ello y algo más, se negó a retirarse hasta la segura Veracruz:

 

 

[...] acordándome que siempre a los osados ayuda la fortuna y que éramos cristianos y confiando en la grandísima bondad y misericordia

 

 

 

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de Dios, que no perm itiría que del todo pereciésem os y se perdiese tanta y tan noble tierra como para Vuestra Majestad estaba pacífica y en punto de se pacificar ni se dejase de hacer tan grand servicio como se hacía en continuar la guerra, por cuya causa se había de seguir la paci­ ficación de la tierra como antes estaba, acordé y me determiné de por ninguna m anera bajar los puertos hacia la mar; antes pospuesto todo trabajo y peligros que se nos podiesen ofrescer, les dije que yo no había de desamparar esta tierra porque en ello me parescía que demás de ser vergonzoso a mi persona y a todos muy peligroso a Vuestra Majestad hacíamos muy grand traición, y que antes me determinaba de por todas las partes que pudiese volver contra los enemigos y ofenderlos por cuantas vías a mí fuese posible (H. Cortés, Cartas de relación, pp. 290-291).

 

 

Cortés vio cómo más de la mitad de sus hombres -unos mil de entre 1.600 - morían o caían prisioneros en un período de dos años. En tres ocasiones, los supervivientes, heridos y enfermos, estuvieron a punto de rebelarse. Secuestró a Moctezuma, libró otra guerra contra el hermano y el sobrino del emperador azteca, en varias ocasiones combatió y repelió a sus aliados tlaxcaltecas, fue derrotado y se ganó a las tropas de refresco españolas que habían sido enviadas para llevarlo a Cuba con grilletes. Zarpó hacia España para apelar por su causa, condujo a un enorme contingente a Guatem ala y afirmó que sería capaz de liderar una expedición a China si le daban barcos y hombres. Todo eso hizo un hombre de corta estatura -un metro sesenta- y unos setenta kilos de peso, que en 1504 y con veinte años llegó a L a Española sin un real en el bolsillo.

 

Dicho esto, sin caballos, armas de fuego ni de metal, armaduras, barcos, lebreles ni ballestas, por no mencionar la sagacidad militar de sus lugartenien­ tes, entre quienes había hombres con experiencia en la construcción naval, la fabricación de pólvora y el uso integrado de caballería e infantería, incluso Cor­ tés habría fracasado. Las diferencias, mucho más marcadas que en las guerras entre romanos y cartagineses o entre macedonios y persas, eran demasiado grandes como para que un brillante líder azteca o un conquistador español inepto hubieran alterado el resultado final del conflicto. Si un Alvarado o un Sandoval hubieran mandado a los castellanos en la ciudad de M éxico en no­ viembre de 1520, y si se hubieran topado con el feroz Cuauhtémoc en lugar de con el cauto y atribulado Moctezuma, es posible que la expedición hubiera fracasado. Pero de igual manera que durante la campaña de Cortés de 1521 hasta siete contingentes alcanzaron sucesivamente las costas mexicanas, habría habido grandes expediciones para reemplazar las pérdidas sufridas en el revés inicial, algunas de ellas encabezadas por mejores generales y compuestas incluso por más hombres; en los asentamientos del Caribe había unos 30.000 españoles. Tras el desastre de la Noche Triste, el propio Cortés afirmó que su vida era de

 

 

 

 

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poco valor, puesto que había ya millares de españoles en el Nuevo Mundo dispuestos a ocupar su lugar y someter a los aztecas.

 

La conquista de M éxico es uno de los pocos acontecimientos de la historia en que la tecnología -Europa en el apogeo de su renacimiento militar contra enemigos que no tenían caballos, ni conocían la rueda, ni las armas de metal, ni la pólvora- se bastó por sí misma para anular el peso de variables como el genio y las hazañas individuales. El sometimiento de la Am érica del Norte occidental se llevó a cabo en cuatro décadas de una guerra en la que no intervino ni un solo conquistador de la valía de Cortés ni existió ningún centro neurál­ gico vulnerable semejante a la ciudad isla de Tenochtitlán. La batalla por la frontera norteamericana estuvo marcada por diversos generales de habla in­ glesa que, por pura incompetencia, perdieron el mando y la vida en estúpidos asaltos contra tribus indias valientes e ingeniosas, que, equipadas con caballos y armamento occidental, se desenvolvían en un paisaje de enormes proporcio­ nes, pero todo ello apenas tuvo consecuencias en la im parable invasión del territorio indio y en la sistemática derrota de las partidas de guerra organizadas por los nativos. Tampoco debemos olvidar que, en los siglos X y X I, los ex ­ ploradores escandinavos de la costa noroccidental de Am érica del Norte -los prim eros invasores europeos del Nuevo M undo - no consiguieron un éxito duradero contra las tribus nativas debido a que carecían de armas de fuego y caballos y desconocían tácticas bélicas complejas, aparte de que desembarcar en el continente americano en sucesivas flotillas de barcos transoceánicos no estaba a su alcance. Pese a su excelencia en el arte de la navegación y sus legendarias proezas guerreras, los pueblos del norte de Europa no pudieron conquistar ni colonizar un continente porque no contaban con un suministro de hombres y material ni asequible ni continuo.

 

 

 

 

 

ARMAMENTO Y TÁCTICAS DE LOS ESPAÑOLES

 

Aquellos historiadores actuales que atribuyen el asombroso éxito de los caste­ llanos a la confusión cultural, las enfermedades, los aliados nativos y a todo tipo de causas secundarias se resisten a admitir el papel esencial de la tecnología y la superioridad militar de los occidentales. Quizá teman que por esta afirmación se los pueda acusar de eurocentrismo o de sugerir la superioridad moral o mental de Occidente. Lo cierto, sin embargo, es que la enorme distancia entre el equipo y las tácticas de los ejércitos m exica y español no es cuestión de virtud o de genes, sino de cultura e historia.

 

En todas las categorías de armas y arm aduras los españoles eran muy superiores a las tribus nativas con que se toparon. Sus espadas de acero eran más afiladas y ligeras que los garrotes rematados con obsidiana de los mexicas

 

 

 

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y tenían una hoja mucho más larga. Un soldado hábil en su manejo podía emplearlas para hincar y tajar, y, como atestiguan las fuentes escritas y sugieren las ilustraciones m exicas, podían cercenar una extremidad y poner fuera de combate a un oponente desprotegido de un solo golpe. L a espada de los conquistadores españoles descendía directamente del gladius romano, más corto, que en su origen era también una espada hispana que equipó a los legionarios con el arma de mayor poder de penetración del Mediterráneo clásico. Los 1.600 castellanos que conquistaron M éxico portaban estas armas tan letales, a las que en gran parte se debieron sus victorias, aun cuando se quedaban sin saetas ni munición.

 

Muchos soldados españoles llevaban largas picas de madera de fresno. La m ayor parte de ellas medían entre cuatro y cinco metros de largo y estaban rematadas por puntas de metal muy afiladas. Igual que las sarissai macedonias, en las que se inspiraban, cuando las blandían las tropas en formación cerrada

- los tercios castellanos fueron durante algún tiempo el cuerpo de infantería más mortífero de la España del siglo X V I - , creaban un muro impenetrable. Según la jerga militar española de la época eran un “ campo de hierro” en el que no se podía entrar. Cuando un jinete con arm adura utilizaba la pica contra un rezagado del ejército adversario, le bastaba un solo golpe para decapitarlo. Además, los españoles utilizaron también cientos de jabalinas, menos pesadas que las picas pero, como éstas, con punta de acero. Las jabalinas, como las pila romanas, eran mortales cuando las utilizaban las unidades que se acercaban al enemigo y las lanzaban poco antes del choque cuerpo a cuerpo.

 

Casi todos los españoles llevaban cascos de acero que, además de la cabeza, les protegían la cara y resultaban impenetrables para las flechas o las lanzas de puntas de piedra. Muchos de ellos, además, iban protegidos por corazas y portaban escudos reforzados con acero, lo que explica por qué murieron tan pocos a consecuencia de las estocadas de los aztecas o de los golpes de sus garrotes. Los que caían, lo hacían cuando decenas de aztecas conseguían rodearlos y tirar de ellos. Los derribaban precisamente, quizá, por el peso del metal que los protegía. Ninguna tribu del Nuevo Mundo había experimenta­ do jam ás el choque de cuerpos de infantería, tradición europea que tenía su origen en las falanges que en el siglo V II a.C. combatieron en los campos de batalla de la antigua Grecia y que sólo en muy raras ocasiones pudo encontrarse lejos de Europa.

 

El problema principal de los europeos en muchas de las batallas de infantería que libraron contra aztecas y tlaxcaltecas fue el agotamiento. Protegidos por corazas, los españoles eran casi invulnerables a los ataques con espadas y armas arrojadizas, pero pronto, tras dar puntadas y estocadas con sus pesadas lanzas y espadas, eran presa del cansancio y se veían obligados a retirarse, buscando la protección de los cañones y los arcabuces:

 

 

Los españoles, rodeados por todas partes, comenzaron a golpearlos, matándolos como moscas. En cuanto caían algunos, otros los reempla­ zaban. Los españoles eran como una islote en mitad del mar al que las olas sacudieran por todas partes. Este terrible conflicto duró cuatro horas, durante las cuales muchos mexicanos murieron y casi todos los aliados de los españoles y algunos de éstos también. Al mediodía, con el insoportable agotamiento de la batalla, los españoles comenzaron a ceder (Bernardino de Sahagún, La conquista de México).

 

Cada castellano aniquilaba a decenas de enemigos, en algunos casos a cientos, para asegurar su propia supervivencia, un enorme esfuerzo de potencia y resistencia muscular para unos hombres de corta estatura enfundados en cora­ zas y cotas de malla. Les preocupaba sobre todo tropezar o que los hicieran caer y los arrastrasen por el suelo. Las fuentes de que disponemos informan que, en el curso de aquellos dos años de guerra, cientos de castellanos cayeron heridos, pero, asimismo, que sufrieron casi todas sus heridas y contusiones, que rara vez eran fatales, en las extremidades. Para matar a un hombre hay que atravesarle el rostro o el pecho con la hoja de una espada u otro instrumento de metal, cosa que a los guerreros aztecas les resultaba casi imposible cuando se enfrentaban a aquellos soldados protegidos por corazas.

 

Los estudiosos que subestiman la importancia del acero español deberían explicar por qué, tras la Noche Triste y la emboscada de Tlatelolco, los aztecas se apresuraron a hacer uso de las escasas y preciosas lanzas y espadas castellanas que habían caído en su poder. ¿Por qué apreciaban tanto los tlaxcaltecas que los españoles formasen en vanguardia en todos los enfrentamientos que libraron a pie, como cuerpos de infantería, contra los aztecas? ¿Acaso daban por sentado que eran los únicos capaces de abrirse paso a través de las líneas enemigas? Durante la estación húmeda, muchos conquistadores opinaban que las prendas de algodón de los nativos, más cómodas y ligeras que sus corazas, eran protección suficiente frente a los proyectiles de piedra y las armas de obsidiana de los indígenas. En algunas ocasiones, en efecto, los conquistadores se desprendían de sus corazas, lo que prueba bien a las claras que temían muy poco a las armas aztecas, pese a que las blandieran algunos de los combatientes más fieros de la historia de la guerra.

 

Pero la superioridad de sus armas blancas era sólo uno de los aspectos de la ventaja española. Las ballestas y los arcabuces eran más precisos y tenían mayor alcance y poder de penetración que cualquier honda o flecha de los nativos. Las ballestas españolas podían lanzar saetas que en tiro parabólico alcanzaban más de doscientos metros y que en fuego directo y a unos cien metros eran de una precisión letal. Para utilizarlas no hacía falta una gran destreza y era fácil fabricar saetas y repuestos con materias prim as indígenas. Su principal

 

 

 

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inconveniente era el peso (unos siete kilos) y una frecuencia de tiro relativa­ mente lenta (una saeta por minuto). Aunque los arqueros aztecas podían disparar cinco o seis flechas por minuto, rara vez podían alcanzar blancos situados a doscientos metros, y sus proyectiles con punta de sílex no podían, ni siquiera a corta distancia, penetrar los órganos vitales de los españoles que iban protegidos por una coraza. Las flechas de los nativos, además, eran menos precisas que las saetas de las ballestas. Por otro lado, hacían falta varios años para llegar a ser un arquero consumado, mientras que cualquier castellano podía sustituir a un ballestero muerto o herido sin mayor problema.

 

Los arcabuces (mosquetes primitivos con llave de mecha) tenían las mismas ventajas e inconvenientes de las ballestas, esto es, enorme poder de penetración, bastante precisión, gran alcance y fácil aprendizaje, pero su frecuencia de tiro era muy baja y eran engorrosos e incómodos, sin embargo, eran mucho más mortíferos, porque podían detener a varios guerreros desprotegidos de un solo disparo. También eran fáciles de fabricar y reparar. L a verdadera ventaja de las armas de fuego no residía en su manejo, en realidad, eran aparatosas y difíciles de cargar, sino en su precisión y eficacia. Un buen tirador podía matar a un enemigo desde unos 150 metros y a menor distancia sus enormes proyectiles

 

-algunas balas de plomo podían pesar hasta ciento setenta gram os- podían atravesar a varios aztecas si no llevaban ninguna protección. En la primavera de 1521, en su regreso a Tenochtitlán, Cortés contaba con cerca de ochenta ballesteros y arcabuceros. En formación cerrada, con los ballesteros disparando por encima de la cabeza de los arcabuceros, sus hombres podían lanzar, en disparos secuenciales, una andanada de diez o quince proyectiles cada diez segundos. Contra las masivas hordas m exicas, cuando errar el tiro era muy difícil, y durante períodos muy cortos de diez o quince minutos, los castellanos podían matar a cientos de enemigos, sobre todo cuando los tiradores se situaban detrás de los piqueros o disparaban desde los bergantines o en posiciones fortificadas.

 

En la manera de hacer la guerra de los europeos de la época se estaba pro­ duciendo un renacimiento de las tácticas y el armamento. Las unidades de arcabuceros hicieron pedazos incluso a las formaciones más disciplinadas de piqueros suizos y españoles en Marignano (1519), Bicoca (1522) y Pavía (1525). Si los nuevos mosquetes, disparados en descargas cerradas, podían desbaratar columnas de rápidos y disciplinados piqueros europeos, no hay duda de su efectividad contra contingentes más numerosos pero mucho peor organizados y m uy mal protegidos de guerreros aztecas. Aunque los aztecas hubieran capturado muchos arcabuces y aprendido su manejo, la posesión de un arma tecnológicamente tan avanzada no habría, por sí sola y sin estar inscrita en el marco de una investigación científica más amplia, supuesto un gran avance. En realidad, los arcabuces no eran más que una fase en la evolución ininterrum­

 

 

 

 

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pida de las armas de fuego europeas, que pronto conocerían las llaves de chispa, los cañones estriados y la pólvora sin humo.

 

Los españoles tenían casi un siglo de experiencia en la integración en la batalla de unidades de piqueros y arcabuceros para evitar las cargas de la caballería aristocrática europea: los segundos, se adelantaban a la formación, disparaban, se retiraban tras un muro de lanzas, cargaban y volvían a adelantarse y a disparar. Contra los infantes mexica que combatían semidesnudos, las formaciones de veteranos castellanos eran casi invulnerables. Los que consideran con escepti­ cismo la superioridad de las armas europeas deben recordar que las tácticas de ataque en horda de los ejércitos indígenas -los zulúes son un ejemplo excelente de esta afirm ación- hicieron que los cañones occidentales fueran especialmente letales aun antes de la era de los fusiles de repetición.

 

L a disciplina de los españoles era legendaria. Los cañones, mosqueteros y ballesteros disparaban al unísono, en una mortífera sinfonía contra las masas atacantes. Era raro que un arcabucero o un soldado con espada saliera huyendo si su superior inmediato caía. Por el contrario, los contingentes regionales aztecas eran proclives a desintegrarse cuando los reverenciados cuachpantli -los vistosos estandartes montados sobre una estructura de bambú que portaban a su espalda los guerreros más ilustres- caían al suelo o en manos del enemigo. El valor y la destreza individuales demostrados en la batalla no siempre son sinónimos de disciplina militar, que en Occidente se define sobre todo por la capacidad de mantener la formación y luchar hombro con hombro.

 

Lo que más aterrorizaba a los aztecas, sin embargo, eran los cañones espa­ ñoles. Iban montados sobre ruedas o carretas y algunos modelos se cargaban ya por detrás, lo que disminuía el intervalo entre disparo y disparo. Las fuentes de que disponem os no coinciden ni en el núm ero ni en el tipo de los que em plearon los hom bres de Cortés en su cam paña de dos años (muchos se perdieron en la Noche Triste), pero sí sabemos que contaron con entre diez y quince, entre los que había falconetes, de pequeño tamaño, y bombardas, más grandes. Cuando se utilizaban de un modo apropiado contra las huestes aztecas eran de una eficacia extraordinaria: disparaban metralla, enormes balas de cañón o piedras de hasta cinco kilos. Los falconetes, más pequeños y de retrocarga, podían disparar cada minuto y medio y tenían un alcance efectivo de quinientos metros en fuego directo y de ochocientos metros en disparo parabólico. Cuando apuntaban contra los mexicas que atacaban su posición, cada descarga destrozaba extrem idades, cabezas y torsos y los proyectiles atravesaban a decenas de guerreros.

 

Los cronistas españoles dan mucha importancia a los caballos de Cortés -con cuarenta contó en el asedio final a Tenochtitlán- y al terror absoluto que provocaban entre los aztecas. Al principio, los mexicas los tomaron por extraños centauros o por criaturas divinas capaces de hablar con sus jinetes. Sólo más

 

 

 

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tarde se percataron de que eran animales de pastoreo semejantes a enormes venados. Aparte de las ventajas obvias que un caballo aporta a un ejército

 

- provocar el pánico entre el enemigo, labores de reconocimiento y transporte y gran m ovilidad-, eran invencibles cuando los montaba un lancero acoraza­ do, lo que indujo a Bernal Díaz del Castillo a calificarlos como “la única espe­ ranza de supervivencia” de los españoles.

 

Históricamente, el único modo de derrotar a la caballería era combatir en masa, como hicieron los francos en Poitiers, o con picas, a la manera de las falanges suizas, o, como preferían los franceses frente a las cargas de caballería, con una cortina de fuego de mosquete. Pero los aztecas no podían poner en práctica ninguna de estas tácticas, les faltaba una tradición de infantería terrateniente, guerra de choque y armas de fuego de cualquier tipo. Si trataban de agruparse en gran número para cerrar el paso a los jinetes, se hacían muy vulnerables a las descargas de cañón. Por tanto, actuando al unísono con la artillería, los jinetes españoles demostraron una eficacia letal atropellando y lanceando a los guerreros aztecas que combatían desperdigados u obligándolos a protegerse formando grupos y ofreciendo de ese modo mejor blanco a los cañones.

 

A diferencia de los caballos de poca alzada de los ejércitos de la Antigüe­ dad, los de Cortés eran andaluces de ascendencia bereber, desarrollados a partir de los ejemplares árabes de m ayor tamaño llevados a España por los moros. Tiempo después, los observadores ingleses afirmaron que los caballos de las Indias Occidentales eran los mejores que jamás habían visto. Su gran tamaño y la habilidad de sus jinetes -los hidalgos españoles como Sandoval y Alvarado montaban desde la infancia y eran maestros en el manejo de la lanza desde la montura- convertían a la caballería española en un espectáculo temible:

 

Resulta extraordinario que un puñado de jinetes pudiera infligir tales estragos sobre unas hordas de indios tan numerosas; y, en efecto, parece que los jinetes no causaban el daño directamente, sino que la repentina aparición de aquellos centauros (por utilizar el término de Díaz del Castillo) provocaba tanta desmoralización que los indios desfallecían, permitiendo que los infantes españoles los atacasen con renovado ímpetu. [...] Los indios no sabían cómo combatir a aquellas bestias sobrenaturales, medio animales y medio hombres, y, simplemente, se quedaban paralizados mientras los cascos los golpeaban y las fulminantes espadas los tajaban

 

y abatían (J. White, Cortés and the Downfall o f the Aztec Empire [Cortés y la caída del Imperio azteca], p. 169).

 

No todas las armas de esa mortal eficacia provenían de España. Algunas de las que resultaron más letales se alojaban en la propia mente de los conquista­ dores, a modo de latentes proyectos mentales de máquinas de matar que sólo

 

 

 

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se hacían reales cuando la lucha lo exigía. Los españoles no tardaron en darse cuenta de que entre la enorme riqueza de M éxico había una cantidad incal­ culable de materias primas aún sin explotar útiles para las armas y los intereses europeos, desde magnífica madera para construir barcos y máquinas de asedio hasta vetas metalíferas para forjar espadas y los elementos necesarios para fabricar pólvora.

 

A menudo se sugiere que los recursos naturales determinan por sí solos el dinamismo cultural o militar de una sociedad. A propósito de esto hay que recordar que los aztecas vivían sobre lo que para cualquier traficante de armas habría sido un filón: un subcontinente rico en hierro y en ingredientes sufi­ cientes para fabricar pólvora, bronce y acero. En realidad, fue la falta de una aproximación sistemática al saber abstracto y a la ciencia y no la escasez de metales o minerales la que condenó a los aztecas. Tal vez carecieran de ruedas de carreta porque no tenían caballos, pero lo cierto es que también desconocían otros instrumentos que, basados en la rueda, servían para la guerra y el comercio: carretillas, calesas, molinos de agua, ruedas de molino, poleas, engranajes; y es que entre ellos no existía ni una tradición de ciencia racionalista ni el clima propicio para la investigación desinteresada.

 

En ningún otro aspecto estuvo el racionalismo español más presente que en la construcción ad hoc de una maquinaria militar inspirada en diseños navales y de asedio que se remontaban a la Antigüedad clásica. Durante las amargas luchas que tuvieron lugar la víspera de la Noche Triste, los españoles constru­ yeron, en el espacio de unas pocas horas, tres manteletes, torretas portátiles de madera que protegían a los arcabuceros y ballesteros que desde su interior disparaban por encima de las cabezas de los infantes que los acompañaban. Cuando Cortés descubrió que no podía pasar por las calzadas que atravesaban el lago Texcoco, mandó construir puentes portátiles, especialidad europea que se remonta a las campañas de César en Galia y Germania. Tras la huida de Tenochtitlán, los españoles fabricaron pólvora con el azufre recogido en el “monte humeante” más próximo (el volcán Popocatépetl, situado a 5.452 metros sobre el nivel del mar). A los herreros nativos se les dieron planos e instrucciones para que colaborasen en la elaboración de más de 100.000 puntas de flecha de cobre para sus propios arcos y de 50.000 saetas para las ballestas de los españoles. En un intento de ahorrar pólvora, durante los últimos días del asedio se cons­ truyó una catapulta, si bien el diseño del cabrestante, el armazón y los resortes correspondió a un aficionado, porque la catapulta resultó del todo ineficaz.

 

Pero el proyecto más impresionante fue la brillante botadura, dirigida por Martín López, de trece bergantines prefabricados. Estas naves eran enormes botes, semejantes a una galera, de más de doce metros de eslora y tres de manga que, impulsados por velas y remos y de fondo plano y poco más de medio metro de calado, estaban diseñados especialmente para las aguas bajas y pantanosas

 

 

del lago Texcoco. Cada bergantín llevaba veinticinco hombres, a los que podían sumarse algunos caballos, e iba equipado con un cañón. Para construir estos barcos, los españoles obligaron a miles de tlaxcaltecas a recuperar la madera

y el metal de los navios que habían hecho embarrancar a su llegada a Vera-cruz. Martín López hizo que sus grupos de trabajo, formados por nativos cui­ dadosamente organizados, desmontasen los bergantines y los transportasen hasta el lago Texcoco a través de territorio montañoso en una larga columna de unos 50.000 porteadores y guerreros. Cuando, ya en la estación seca, llegaron a Tenochtitlán, Martín López proyectó un canal de cuatro metros de anchura y profundidad a través del cual llevarían los barcos desde las marismas y hacia las aguas más profundas del lago. Cuarenta mil tlaxcaltecas tomaron parte de este proyecto que se prolongó durante siete semanas.

 

Los bergantines demostraron ser el factor decisivo de la guerra, no en vano eran tripulados por un tercio de las tropas españolas y tenían asignados el 75% de los cañones, arcabuces y ballestas disponibles. Estos barcos mantuvieron las calzadas despejadas, garantizaron la seguridad de los campamentos españoles durante las noches, desembarcaron infantería en los puntos más débiles de las líneas enemigas, forzaron el bloqueo de la ciudad, destruyeron sistemáticamente las canoas aztecas y transportaron alimentos y suministros vitales a los diversos contingentes españoles que se encontraban aislados. Los bergantines convir­ tieron el lago Texcoco, que en principio era el punto más vulnerable, en el mayor activo del ataque español. Tenían la cubierta y la amurada bastante altas para evitar los abordajes y proteger a los arcabuceros y ballesteros cuando disparaban y cargaban sus armas, elemento indicativo de la tradicional habilidad occidental para combinar tácticas navales y de infantería:

 

 

Sin embargo, haciendo balance, Tenochtitlán tuvo una importancia que no puede atribuirse a Salam ina: Tenochtitlán es sinónimo de victoria definitiva, de conclusión de una guerra; Salamina, no. En Salamina se puso a prueba a una civilización, en Tenochtitlán una civilización fue aplastada. Es posible que en toda la historia no exista una victoria naval similar, un enfrentamiento que haya dado por concluida una guerra y puesto fin a una civilización (C. Gardiner, Naval Power in the Conquest of México [El poder naval en la conquista de México], p. 188).

 

Los bergantines, pese a haber sido construidos a unos doscientos kilómetros del lago Texcoco, demostraron ser obras de ingeniería naval más ingeniosas para luchar en aguas aztecas que cualquier otra embarcación construida en el propio M éxico a lo largo de toda la historia de su civilización. Fueron protagonistas de una hazaña que sólo fue posible gracias a un enfoque científico, racional y sistemático que Occidente llevaba aplicando dos milenios.

 

 

 

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Casi todos los elementos de la tradición militar occidental desempeñaron un papel importante en la victoria española. Gracias a ellos, Cortés y sus hombres pudieron vencer los problemas de logística, la inferioridad num érica y una geografía desconocida. Los cientos de miles de páginas que ocuparon los pleitos, investigaciones formales y mandatos judiciales que se cruzaron los conquista­ dores atestiguan el fuerte sentido de su libertad y de sus derechos que poseía cada guerrero, un militarismo cívico practicado por individuos con derechos y privilegios que ni Cortés ni la corona española podían infringir sin apoyo constitucional. Mientras se dirigían al encuentro de Pánfilo de Narváez, algunos de los hombres de Cortés atraparon a Alonso de Mata, un emisario que llevaba documentos legales y citaciones que relegaban del mando a Cortés. A raíz de ello se produjo un debate acerca de la autoridad oficial de Mata, que finalizó cuando éste no pudo aportar ninguna documentación que lo acreditase como notario del rey ni demostrar, por tanto, la autenticidad de sus decretos.

De hecho, en el siglo X V I había en España un sentimiento m uy arraigado de libertad política que quizá nada ejemplifique mejor que el tratado Govierno del ciudadano, d eju an de Costa (1549-1595), dedicado a los derechos y compor­ tamiento del ciudadano en una comunidad constitucional. En la misma época, Jerónim o de Blancas, uno de los biógrafos de Cortés, escribió Aragonesium rerum comentarii (1588), que estudiaba la naturaleza contractual de la m onarquía aragonesa y su relación con los poderes legislativo y judicial del Estado.

 

Los mexicas no compartían la tendencia de los castellanos a librar enfrenta­ mientos decisivos y sangrientos: en las calles y calzadas elevadas de Tenochti-tlán, en la llanura de Otumba, en el lago Texcoco. Preferían, por el contrario, espectáculos diurnos en los que la posición social, el rito y la toma de prisioneros formaban parte integral de la batalla. A lo largo de todo el conflicto, diversos comerciantes y em presarios del Nuevo M undo y de España atracaron en Veracruz, e, impacientes por obtener beneficios, abastecieron a Cortés de municiones, alimentos, armamento y caballos. Cortés, que carecía de recursos, confiscó el oro de compañeros y enemigos para pagar aquellos suministros, consciente de que, en una sociedad de libre m ercado, si había negocio en Veracruz, Tenochtitlán acabaría por llenarse de granujas europeos cargados de pólvora, armas y hombres con que comerciar.

 

Liderados a veces por Sandoval, Ordaz, Olid o Alvarado, los conquistadores debían su vida a un sistema abstracto de mando y obediencia y no sólo a un líder magnético como Cortés. A lo largo de toda la conquista, la iniciativa individual proporcionó a Cortés innumerables ventajas. En realidad, las quejas constantes de sus lenguaraces subordinados y la amenaza de una supervisión y una investigación formal por parte de las autoridades españolas obligaban a Cortés a consultar la estrategia a seguir con sus lugartenientes y a planear sus tácticas sabiendo que, en caso de fallar, recibiría innumerables críticas. Todos

 

 

 

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estos componentes de la tradición militar occidental daban a los españoles una enorme ventaja. En definitiva, gracias a una tradición racionalista de unos dos milenios de antigüedad, Hernán Cortés sabía que, gracias a las herramientas que empleaba en la batalla, las bajas infligidas por su ejército podían superar en varios millares a las que causaban sus enemigos.

 

 

GUERRA Y RAZÓN

 

A partir de la Edad de Piedra, todos los pueblos han llevado a cabo, de una forma o de otra, una actividad científica diseñada para mejorar la guerra orga­ nizada. Pero, empezando por los griegos, la cultura occidental ha demostrado una singular proclividad a pensar de un modo abstracto, a debatir el conoci­ miento, la religión y la política por separado y a idear formas de adaptar los avances teóricos a un uso práctico mediante el matrimonio de libertad y capi­ talismo. El resultado ha sido un incremento constante de la capacidad técnica de los ejércitos occidentales para matar a sus adversarios. ¿No es extraño que los hoplitas griegos, los legionarios romanos, los caballeros medievales, las flotas bizantinas, los soldados de a pie del Renacimiento, las galeras del Mediterráneo y los arcabuceros occidentales estuvieran siempre equipados con armas de mayor poder destructivo que sus adversarios? Ni siquiera la captura o adquisición de armas occidentales eran garantía de paridad tecnológica, como comprobaron otomanos, indios y chinos. Puesto que, en Europa, la fabricación de armamento es un fenómeno en evolución, la obsolescencia está garantizada en cuanto tiene lugar, de forma casi simultánea, la invención de nuevas armas. La creatividad nunca ha sido m onopolio de los europeos, y mucho menos la brillantez intelectual. A l contrario, la voluntad de Occidente a la hora de elaborar armas superiores a cualesquiera otras se basa en muchas ocasiones en su inigualable capacidad para tomar prestadas, adaptar o robar ideas prescindiendo de los cambios políticos, religiosos y sociales que con frecuencia acarrea la tecnología nueva, como la incorporación y mejora de los trirremes, el gladius romano, el astrolabio y la pólvora atestiguan.

 

 

Los estudiosos tienen razón al señalar que los europeos ni inventaron las armas de fuego ni disfrutaron del monopolio de su uso. Pero deben reconocer que la capacidad para fabricar y distribuir este tipo de armas a gran escala y para aumentar su letalidad era única en Europa. Desde la introducción de la pólvora en el siglo x iv hasta la actualidad, todas las mejoras importantes en la tecnología de las armas de fuego -la llave de mecha, la llave de chispa, la cápsula fulminante, la pólvora sin humo, el cañón de rifle, la bala Minié, el rifle de repetición y la ametralladora- han tenido lugar en Occidente o bajo los auspicios de Occidente. Como norma general, los europeos nunca emplearon ni importaron armas chinas

 

 

 

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u otomanas y no tomaron como modelo la técnica de fabricación de municiones de asiáticos o africanos.

La idea de una innovación y mejora continuas en el uso de la tecnología se enmarca en la sentencia que Aristóteles dejó en su Metafísica en el sentido de que, en Grecia, las teorías de filósofos anteriores contribuían a una especie de suma progresiva de saber. En la Física (204B) admite: “ En el caso de los descubrimientos, los resultados de los trabajos previos que otros han aportado han ido progresando paso a paso en manos de aquellos que los han recogido” . El desarrollo tecnológico de Occidente es en gran parte el resultado de la investigación empírica, la adquisición de conocimientos mediante la percepción sensorial, la observación y experimentación de los fenómenos y el registro de los datos recogidos. La información factual es en sí misma duradera, eterna, y al mismo tiempo, se incrementa y se hace más precisa gracias a la crítica colectiva

 

y el cambio de los tiempos. Que hubiera un Aristóteles, un Jenofonte o un Eneas el Táctico en los comienzos de la cultura occidental y nadie equiparable en el Nuevo M undo explica por qué siglos más tarde alguien como Cortés pudo fabricar cañones y pólvora en Am érica mientras los aztecas no fueron capaces de utilizar la artillería española que capturaron, por qué durante siglos el po­ tencial mortífero de las tierras que rodeaban Tenochtitlán se mantuvo ignoto, pero éstas fueron minadas en busca de pólvora y vetas metalíferas meses después de la llegada de los españoles.

 

L a superioridad tecnológica occidental no es resultado únicamente del renacimiento militar del siglo XVI o de un accidente de la historia y mucho menos consecuencia de los recursos naturales, por el contrario, se asienta en un viejo método de investigación, en una mentalidad peculiar que se remonta a los griegos y a ninguna otra época anterior. Aunque, supuestamente, un matemático teórico como Arquímedes declarase que “todo el asunto de la técnica e ingeniería es sórdido e innoble, como todo arte que se preste simplemente al uso y el beneficio”, sus máquinas -sus polispastos y, al parecer, un enorme cristal que emitía por reflexión un rayo de calor- retrasaron dos años la captura de Siracusa. En la Primera Guerra Púnica, la armada romana no sólo copió los modelos griegos y cartagineses, sino que quiso garantizar sus victorias con la introducción de innovaciones como el corvus, una especie de grúa que levantaba los barcos enemigos por encim a del agua. Mucho antes de que los B-29 estadounidenses dejaran caer napalm sobre Tokio, los bizantinos lanzaban a través de unos tubos de bronce descargas de fuego griego, una mezcla secreta a base de nafta, azufre y cal viva que igual que su homólogo moderno seguía ardiendo incluso cuando se le echaba agua.

 

El conocimiento militar también era abstracto y público, no sólo empírico. Los manuales militares, desde los de Eliano (Taktike theoria) y Vegecio (Epito­ ma rei militaris) hasta los grandes textos sobre táctica y balística del siglo XVI

 

 

 

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(v. g., Practica manual di artiglierra [1586], de Luigi Collado, o De militia Romana [1595-1596], de Justo Lipsio), incorporan conocimientos de primera mano e in­ vestigaciones teóricas abstractas encam inados a ofrecer consejos prácticos. Por el contrario, los más brillantes manuales militares chinos e islámicos son textos mucho más ambiciosos y holísticos, y por lo tanto menos pragmáticos en cuanto proyectos para matar, marcados por la religión, la política o la filosofía, y repletos de ilusiones y axiomas referentes a Alá, el yin y el yang, lo caliente y lo frío, la unidad y la diversidad, etcétera.

 

La valentía demostrada en el campo de batalla es una característica humana, pero la capacidad de fabricar armas mediante los mecanismos de producción en masa para neutralizarla es un fenómeno cultural. Con frecuencia, Hernán Cortés, igual que Alejandro Magno, Ju lio César, d on ju án de Austria y otros capitanes occidentales, aniquiló sin piedad a un enemigo numéricamente superior no porque sus soldados fueran necesariamente mejores en la guerra, sino porque sus tradiciones de investigación independiente, racionalismo y ciencia sin duda sí lo eran.

 

 

VII

 

 

EL MERCADO LEPANTO,

 

 

O       EL CAPITALISM O MATA

 

7DE OCTUBRE DE 1571

 

 

 

Y son las reservas monetarias, más que las contribuciones obligatorias, las que sostienen las guerras.

 

T U C ÍDIDES, Historia de la guerra del Peloponeso, 1.141.5

 

 

 

 

GUERRA DE GALERAS

 

SIN CUARTEL

 

3^ u é era aquello? ¿Barcazas mercantes? El almirante otomano Muadin Zade A li Bajá nunca había visto nada parecido a los seis extraños barcos que flotaban unos centenares de metros por delante de las galeras que formaban su línea de ataque. ¿Eran acaso un nuevo tipo de buques de suministro? Evidentemente, eran nuevos y, además, enormes, iy avanzaban directamente hacia la Sultana, su nave capitana! Aquellos seis artefactos colosales eran galeazas venecianas de reciente construcción. C ada una de ellas iba equipada con unos cincuenta cañones, que se erizaban como púas por babor y estribor y por las cubiertas elevadas de la proa y la popa. Cada uno de aquellos novedosos navios podía lanzar seis veces más metralla que la nave de remos más grande de Europa y sólo en términos de potencia de fuego equivalían a una docena de las galeras más comunes de la flota del sultán.

 

En aguas tranquilas como aquéllas disponían además de gran movilidad y, gracias a sus velas y remos, podían maniobrar y virar con rapidez y disparar en cualquier dirección. A l cabo de unos instantes, aquellos seis mastodontes comenzaron a disparar, sin dejar de mecerse sobre las olas, y a hacer saltar en pedazos las galeras de A lí Bajá. Se había desencadenado una “tanta horribile et perpetua tempesta”, como afirmó un cronista de la época. La metralla y las balas de cañón de tres kilos atravesaban las cubiertas de las naves turcas. Los proyectiles, más escasos, de quince o incluso treinta kilos destruían secciones enteras de los barcos otomanos justo en su línea de flotación, destrozando hombres, planchas y remos con una sola andanada.

 

“Barcos grandes, barcos grandes con cañones”, gritaban las tripulaciones turcas al ver de dónde provenía aquel fuego asesino. Dos de los comandantes de las

 

 

 

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galeazas, Antonio y Ambrosio Bragadino, acababan de enterarse de la horrible tortura y muerte de su hermano Marcantonio, acaecidas en Chipre pocas semanas antes. Ahora, la mañana del domingo 7 de octubre de 1571, ambos hermanos urgían a sus centenares de artilleros a disparar sin tregua, decididos, por cobrarse venganza, a no hacer prisioneros.

 

Si los barcos de A lí Bajá no acertaban a superar a las galeazas para entablar combate con la armada cristiana lo antes posible, la flota otomana en su conjunto, pese a ser de mayor tamaño que su enemiga, sería sistemáticamente despedazada en el mar:

 

 

El mar estaba completamente cubierto de hombres, penóles, remos, toneles y todo tipo de armas. Parecía increíble que seis galeazas hubieran causado tanta destrucción, porque hasta la fecha nunca se las había probado en primera línea de combate (K. M. Setton, The Papacy and the Levant [El papado y el Levante], p. 1.056).

 

En opinión de muchos observadores cristianos, un tercio de la escuadra otomana había quedado dispersa, inutilizada o hundida antes de que la batalla propia­ mente dicha diera comienzo. Unos 10.000 marinos turcos cayeron al mar cuando sus galeras fueron destruidas en treinta minutos por los disparos de tan sólo cuatro bajeles europeos: dos de las seis galeazas, las situadas en el ala derecha, se desplazaron de posición y apenas libraron acción alguna. A lí Bajá vislumbró en aquellas extrañas galeazas el futuro de la guerra naval, que ya no se basa­ ría en espolones, abordajes, ni remeros, sino en cañones de hierro producidos en masa y navios de gran tamaño y altos costados.

 

No obstante, una parte del centro de la flota otomana, 96 galeras y embar­ caciones de escolta encabezadas por la Sultana, de A lí Bajá, finalmente sorteaba las violentas andanadas de las galeazas y se dirigía directamente hacia la Real, de don juán de Austria, una enorme galera botada en los astilleros de Sevilla y decorada por la artística mano del propio Ju an Bautista Vázquez. El vistoso estandarte bordado del príncipe, adornado con una imagen de Cristo crucificado y los escudos de España, Venecia y la Liga Santa, marcaba a los ojos de todos el centro de la línea cristiana. D o n ju án iba flanqueado por el capitán papal Marcantonio Colonna, que moriría valerosamente en la batalla, y el septuage­ nario veneciano Sebastiano Veniero. Gracias al genio singular y a la magnani­ midad del príncipe, la frágil confederación cristiana había quedado bajo el mando táctico combinado de un genovés, un veneciano y un español.

 

Cuando los maltrechos barcos turcos se aproximaban a la armada de la Liga Santa, los sacerdotes corrían por las cubiertas bendiciendo a las tripulaciones instantes antes de que las galeras colisionasen. Muchos de ellos iban armados y no pensaban en otra cosa que en ofrecer a sus rebaños, al tiempo que consuelo

 

 

 

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espiritual, apoyo material. “Hijos míos” , había dicho d on juán a sus hombres hacía tan sólo unos minutos, “estamos aquí para vencer o morir; que el Cielo decida” . Cada uno de los barcos de la flota que combatió en Lepanto iba ador­ nado con un crucifijo. Serían los cristianos y no los musulmanes, supuestamen­ te más fanáticos, quienes lucharían como posesos, presos de la furia desatada por los rumores de las recientes atrocidades cometidas por los otomanos en Chipre y Corfú, convencidos de que aquélla era la última oportunidad de entablar batalla con la flota turca en un choque decisivo que les permitiría vengar varias décadas de invasiones islámicas.

 

A l cabo de unos instantes, ochocientos soldados cristianos y turcos se enzar­ zaron en un combate a muerte en la Sultana, una galera muy ornamentada con brillantes cubiertas de oscura madera de castaño. Sin embargo, y pese a su belleza, la Sultana carecía de las redes de protección contra abordajes que llevaba la Real, de modo que se convirtió en el centro neurálgico de la carnicería para ambos bandos, en un verdadero campo de batalla flotante donde la cruz y la media luna dirimieron sus diferencias. Los cristianos, la m ayoría de los cuales iban equipados con coraza y arcabuz, estuvieron por dos veces a punto de abrirse camino hasta el mismo centro del navio de A lí Bajá, pero un en­ jam bre de turcos pugnaba por rechazarlos. Las galeotas otomanas que habían sobrevivido al bombardeo inicial de las galeazas amarraban constantemente junto a los dos buques insignia, que parecían fundidos el uno al otro, y des­ cargaban refuerzos con la esperanza de que su superioridad num érica y la habilidad de los jenízaros pudieran neutralizar la preeminencia de las armas de fuego, arm aduras y cohesión de las unidades de infantería italianas y españolas. Además, a la Sultana se acercaban también naves cristianas que a su vez descargaban arcabuceros con la intención de unirse a la lucha por la posesión del barco de A lí Bajá.

 

 

La mayoría de las galeras europeas, particularmente las españolas, eran de m ayor tamaño que sus hom ologas otomanas. Sus cubiertas, más elevadas, permitían a los soldados saltar con facilidad al abordaje de los barcos turcos, mientras cientos de tiradores cristianos perm anecían a bordo y disparaban con impunidad sobre los perplejos arqueros enemigos. Además, los cristianos -especialmente los españoles- se sentían cómodos en los combates masivos, en los que la disciplina, la cohesión y la mera superioridad conseguían vencer el valor individual y la destreza marcial de los jenízaros.

 

Por fin, una última arremetida encabezada por el propio donjuán, que blandía hacha de guerra y espada de hoja ancha, consiguió aplastar a la tripulación de la Sultana. A lí Bajá, que disparaba un arco de pequeño tamaño, cayó víctima de una bala de arcabuz que le destrozó el cráneo. A l cabo de unos minutos, su cabeza estaba clavada en una pica sujeta en el alcázar de la Real. En el mástil de su nave, su preciada bandera verde y dorada de la M eca había dejado

 

 

 

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sitio a la insignia del papado. En cuanto las tripulaciones advirtieron que su capitán había sido decapitado y el estandarte del sultán había caído en manos del mismísimo don juán, el pánico hizo presa en lo que quedaba de las 96 naves que formaban el centro de la flota otomana. Los españoles se alejaron del buque vencido y buscaron, a su derecha, nuevas presas.

 

Entre tanto, el ala izquierda cristiana, a cuyo mando se encontraba Agostino Barbarigo -pocos días después de la batalla perecería víctima de una horrible herida en un ojo-, era superada por el flanco y empujada contra las costas etolias por el ala derecha otomana, que era de mayor tamaño y mandaba el animoso Mehmet Siroco (o Suluk). Las tres alas de la flota de d on juán constituían una línea de batalla que superaba por poco los 7.500 metros; los almirantes de la Liga Santa, por tanto, albergaban la comprensible preocupación de que los otomanos, que formaban un frente de batalla más largo, pudieran superar sus flancos y atacar por retaguardia. Sin embargo, Agostino Barbarigo, en una brillante hazaña de marinería, reculó, manteniendo a la mayoría de los barcos enemigos frente a su línea, y a continuación comenzó a empujarlos hacia la costa mientras batía sus cubiertas con fuego artillero, esperando el inevitable abordaje de las galeras turcas, que no en vano eran superiores en número. El almirante Barbarigo tenía bajo su mando a las mejores galeras del arsenal de Venecia -entre ellas, la Cristo resucitado, la Fortuna y la Caballo marino-, y tanto sus tripulaciones como sus barcos, aunque inferiores en número, eran cualita­ tivamente superiores a sus homólogos otomanos.

 

Cuando los soldados turcos agotaron las existencias de flechas, muchas de las cuales llevaban la punta envenenada, la lucha entre Siroco y Barbarigo se convirtió en otra especie de batalla campal entre unidades de infantería. Los frenéticos cristianos, equipados con coraza y armas de fuego, se percataron de que podían aniquilar sistemáticamente a los campesinos turcos, la m ayoría de los cuales se habían quedado sin flechas y no tenían corazas, ni arcabuces, ni recibieron el socorro de los jenízaros. Mehmet Siroco también fue decapitado. Su cuerpo fue arrojado por la borda de form a ignominiosa. Los cristianos hundieron o capturaron a la mayoría de sus 56 buques, mataron a sus tripula­ ciones y no perdonaron la vida ni a los que se rindieron ni a los heridos. Más tarde, proclam aron que ni una sola de las galeras de M ehmet Siroco ni sus tripulaciones pudieron escapar a su destino.

 

Las tropas de Agostino Barbarigo se propusieron matar, por aturdidos e indefensos que estuviesen -sobre todo a aquellas alturas de la batalla-, a todos los marineros y soldados otomanos que encontraran, al tiempo que liberaron a miles de maltrechos galeotes cristianos: en Lepanto serían liberados unos 15.000. Los relatos españoles e italianos de la batalla glorifican repetidas veces la salvación de los esclavos europeos y sólo de pasada reconocen que la mayoría de los turcos muertos fueron asesinados probablemente a sangre fría, mientras

 

 

 

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suplicaban piedad en las cubiertas de sus barcos o cuando flotaban indefensos entre restos y cadáveres. L a m ayoría de los mejores comandantes navales venecianos, es decir, Marino Contarini, Vincenzo Querini y Andrea Barbarigo, sobrino del almirante Agostino, cayeron durante la ordalía.

 

Sólo el ala derecha cristiana, que mandaba el veterano genovés Gian Andrea Doria, corría algún peligro. Los almirantes de la Liga Santa jurarían más tarde que Doria se había desplazado hacia su flanco en una maniobra que, al tiempo que lo alejaba del cuerpo de batalla de donjuán, no lo acercaba en absoluto a la flota turca. ¿Acaso, según se dijo más tarde, el sagaz veneciano esperaba con aquel desplazamiento salvar sus barcos de una posible destrucción? Lo cierto es que las galeras cristianas que acababan de entablar batalla contra el centro de A lí Bajá temían, que si Andrea Doria continuaba bogando hacia la derecha para evitar que su contingente nacional se viera superado por el flanco y atacado por el legendario y temido corsario Uluj Alí, su propio flanco quedase expuesto.

 

A l cabo de unos minutos, sus peores temores se hicieron realidad cuando, entre la derecha y el centro cristiano, se abrió una brecha. Uluj Alí y una docena de galeras otomanas se lanzaron, en una maniobra que recuerda a la de Alejandro Magno en Gaugamela, hacia la brecha, en dirección a los flancos y la retaguardia del exhausto centro cristiano. Fue aquí donde tuvo lugar el mayor número de bajas cristianas. Las galeras de don ju án , sorprendidas, fueron atacadas por los costados sin que tuvieran oportunidad de virar y disparar. Los corsarios de Uluj A lí se dispusieron a remolcar a sus presas. Las cubiertas de las galeras venecianas y españolas, tres de las cuales estaban tripuladas por los Caballeros de M alta y bajo el mando del legendario Pietro Giustiniani, comenzaron a llenarse de muertos y heridos. Por desgracia para los otomanos, sin embargo, sólo la codicia impulsaba el último esfuerzo de Uluj Alí, que detuvo su ataque para recoger y remolcar sus trofeos de guerra en lugar de seguir presionando al enemigo y destruir, con el espolón de sus galeras, más naves cristianas.

 

Dos de los almirantes más valerosos de la Liga, Ju an de Cardona y Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que se encontraban al mando de la reserva cristiana -com puesta por unas cuarenta galeras-, estaban preparados para la nueva eventualidad y, con la ayuda de las victoriosas naves del centro de don Ju an , consiguieron alejar a cañonazos al grupo de Uluj Alí. A l cabo de unos minutos, en efecto, los cañones cristianos habían hecho huir al corsario. De no haber cortado las amarras de que se valía para remolcar a sus presas, su contingente habría saltado en pedazos. Los cristianos pagaron caro la cautela de Andrea Doria, pero la huida de Uluj A lí resultó todavía más gravosa. Uluj A lí fue el único almirante turco veterano del Mediterráneo que sobrevivió a la batalla, y sería él quien se encargase de supervisar la reconstrucción de la flota del sultán al año siguiente y de dirigir la exitosa captura de Túnez en 1574.

 

 

  B a t a l l a d e L e p a n to , I                       de octubre de 1571      

. \      (                                                                                                                                

■\      -'A                                                                                                                          

  •‘ « C o r f i '  '                                                                                                                              

  V                                                                                                                          a Lepanto

  /      ‘OXIA V                                                                                                                               

         \           Cabo Scwpha                                                                                                

                     O                                 43                                                                              

                     o                                                                                                                   

                     o          Galeaza                                                                                                         

                     o                                 < 3                                                                             

                     o                                                                                                                   

                     o                                                                                                                   

                     o                                                                                                                   

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                     o          Galeaza           I  >                                                      "iS?                 :*%

                     o                                 <=3                                                                

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                     o                                 <£3                                                                            

                     o                      Ala derecha turca,                                                                              

                     o                      ; Mehmed Siroco (Suluk)                                             Lepanto  u &

                     0                                                                                

                     o                      56 galeras                                Mar Mediterráneo       

         Ala izquierda cristiana,                                                dife                                        

         Agostino ßarbarigo                                                                                                    

                     63 galeras                    ¿3»                                         

                                                                    O         ¿3                                          

                                 Galeaza l  >                 ¿SJS                                       

                                                                    <23 <33           43*<0  >         

                                 o                                                                                

                                             Centro cristiano,                      <£?                             

                                 o                                             4ÍSS ¿S>          <0                    <¡S      

                                 O         Don Juan de Austria                            -«5»                * 2    3 

                     Qi»  O                                                                                   

                     O         t=>       63 galeras                                                                   Reserva turca,

         Reserva cristiana,                                                                    ¿KC-"'                         128 barcos

                                 o                                             imJ/'                                       

  Don Alvaro de Bazán                                                                                                                   

         35                                Galeaza                                               Centro turco.                            

         Reserva cristiana,         O         CP                                           Ali Baja                                    

                                 CP                                           96 galeras                                           

  Donjuán de Cardona O                                                                                                       

         8 galeras                                                                                                                               

         Galeaza           d >       " 'oo                                                                                                  

                                                                                                                                          

                                 o          Golfo de Lepanto                                 4¿2                                         

                                 Ci                                                                   Ala izquierda turca,

         Galeaza                       Ca.                                                                 

                                 Cs.                                                                                         IJluj Ali           

                                                                                                                    93 galeras       

  Ata izquierda cristiana,        O                                                        *%■                                       

         o                                                                                                       

         Gian Andrea Doria                                                                                                                

64 Í   «£?

 

 

 

 

 

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En el centro, en la derecha y en la izquierda, por fin, los cristianos habían tenido éxito a lo largo de toda la línea de batalla. La victoria se debió, de una parte, a las andanadas iniciales que las galeazas lanzaron contra la flota otomana a casi una milla de distancia, y de otra, a los cañones de las galeras europeas, que, superiores en número y calidad a los del adversario, disparaban por encima de las proas truncadas de sus naves apuntando directamente a la línea de flo­ tación de las galeras turcas. Los cañones otomanos apuntaban demasiado alto, eran más lentos y, finalmente, dejaron de disparar. En casi todos los casos, los barcos cristianos destruyeron a sus enemigos en un intercambio de fuego. Cuando las galeras quedaban enganchadas por los costados y se planteaba una lucha de infantería en las cubiertas, los europeos, muy especialmente los 27.800 que componían el contingente español -entre los que había 7.300 mercenarios ale-m anes-, demostraron ser muy superiores a los soldados de a pie turcos. Los arcabuces de los españoles pesaban entre siete y diez kilos y disparaban, con un alcance de entre cuatrocientos y quinientos metros, una bala de sesenta gramos que destrozaba cualquier cuerpo que se interpusiese en su trayectoria. Los otomanos sólo tenían éxito cuando podían lanzarse en masa sobre alguna galera cristiana aislada y enterrarla bajo un mar de flechas para luego caer sobre sus heridos defensores. Tenían poca experiencia en los combates de choque en espacios reducidos tan propios de la infantería pesada, enfrentamientos en los que la solidaridad y la disciplina de grupo, y no el heroísmo personal o la capacidad de maniobra, decidían la victoria.

 

 

Hacia las 15:30 de aquel domingo de octubre, poco más de cuatro horas después de que las galeazas abrieran fuego, la batalla había terminado. Más de 150 mu­ sulmanes y cristianos cayeron por cada minuto de lucha. Es decir, Lepanto se saldó con unos 40.000 muertos -am én de los millares de combatientes que cayeron heridos o desaparecieron-, lo que la sitúa, junto a Salamina, Cannas

 

y el Somme, como una de las batallas de un solo día más sangrientas de la historia de la guerra. Cuando concluyó, dos terceras partes de las galeras de la gran flota mediterránea del Imperio otomano flotaban destrozadas, convertidas en despojos, o eran remolcadas por las naves cristianas que regresaban hacia Occidente.

 

 

CLOACAS FLOTANTES

 

En la batalla de Lepanto intervinieron casi 180.000 hombres. Remaron, dispa­ raron y se hirieron en unas condiciones que un soldado de hoy día casi no puede ni imaginar. Las galeras de guerra de ambos bandos eran embarcaciones sucias y horribles, tan mugrientas de cerca como elegantes en la distancia. Cuando se enzarzaban en un combate mortal se convertían en poco más que en espeluznantes plataformas flotantes invadidas por la muerte, en nada parecidas

 

 

 

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a los elegantes navios que, según las viejas leyendas, se deslizaban sobre las espumosas aguas del M editerráneo. Los cambios radicales experim entados por la guerra naval en los dos últimos milenios no se debían a un avance de la tecnología o el diseño náutico. Los trirremes de la Antigüedad y las galeras venecianas no eran tan distintos en tamaño, construcción y potencia. Los cambios consistían, más bien, en m odificaciones del servicio o de las tácticas. En el siglo X VI, más concretamente, los remeros solían ser esclavos e ir encadenados, las unidades de infantes de marina eran más numerosas y las naves recorrían distancias más largas y a mar abierto.

 

Si la flota de invasión ateniense del año 415 a.C., con naves mucho más ligeras, se detenía todas las noches en las playas durante su largo y sinuoso viaje desde El Pireo hasta Sicilia, en el siglo X V I, las galeras atravesaban, en algunas ocasiones, el Mediterráneo sin costear. En teoría, estas embarcaciones llevaban a bordo agua suficiente para veinte jornadas, y por tanto, navegaban de noche, sin buscar cobijo adecuado para sus rem eros esclavos. Adem ás, los viajes transmediterráneos entre Asia M enor y España o Francia, de los que prácti­ camente no había noticia en la Antigüedad, eran frecuentes hacia 1571 y a menudo se prolongaban durante días sin que ningún capitán buscase escalas nocturnas en puertos seguros.

 

L a m ayoría de las grandes galeras de guerra venecianas que combatieron en Lepanto tenían cincuenta metros de eslora y nueve de manga. Cada costado llevaba entre veinte y cuarenta bancadas de remos, remos enormes de más de doce metros de largo que debían manejar cinco hombres. Las tripulaciones, por tanto, duplicaban o triplicaban a las de la Antigüedad clásica. Las velas se soltaban sólo durante las travesías previas a la batalla y en las posteriores a la misma, o en combate, si bien en este caso durante breves períodos, cuando convenía reforzar una maniobra de avance con el impulso del viento favorable. Puesto que en las cubiertas se apiñaban cuantos infantes, arqueros y arcabuceros podían, a veces la em barcación corría riesgo de hundirse por el peso de cuatrocientos o quinientos remeros y soldados. Además de contar con grupos de abordaje -compuestos por cerca de doscientos infantes-, cada galera disponía para atacar a su presa de un espolón de hierro de entre tres y siete metros de largo y de varios cañones, a veces, hasta veinte, de los cuales los de m ayor calibre iban colocados a proa y a popa y los más pequeños en los costados y, repartidos de manera azarosa, en cubierta. Muchas galeras contaban con un cañón principal de bronce de 175 milímetros que pesaba varias toneladas y podía disparar un proyectil de treinta kilos con un alcance de unos dos kilómetros.

 

 

L a galera era un barco bastante frágil que corría riesgo de volcar incluso con una pequeña tormenta (a finales del siglo XVI, los Estados cristianos perdían en el Mediterráneo cerca de cuarenta al año debido tan sólo al mal tiempo),

 

 

 

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pero también era un navio de construcción sencilla. Los modelos más comunes y estilizados podían alcanzar una velocidad de ocho o más nudos durante unos veinte minutos y tenían costados muy bajos que permitían que sus grupos de infantes saltasen con facilidad al bajel capturado. No obstante, el apiñamien­ to de los remeros y el hecho de que casi estuvieran al nivel del agua convertían aquellos barcos en un lugar insalubre durante la travesía y en un osario en la batalla. Las galeras estaban siempre atestadas y sus tripulaciones morían destrozadas por la metralla y las balas de cañón, abrasadas por los proyectiles incendiarios y acribilladas por las flechas y las balas de pequeño calibre. Como sus costados eran bajos y carecían de blindajes y techos de protección, cada descarga ocasionaba un número terrible de bajas.

 

Gianpietro Contarini, historiador de la época, afirmó que en Lepanto estaba “tutto il mare sanguinoso”, es decir, que las aguas se tiñeron con la sangre de millares de cristianos y turcos que se desangraron hasta morir. Tras la batalla, miles de heridos se aferraban a los pecios que flotaban entre los cadáveres. Los testigos recordaron luego que los jenízaros atrapados -blancos fáciles en virtud de su tamaño, vistosas ropas y tocados de plumas- se apiñaban y buscaban refugio bajo los bancos de remos a m edida que los cañones iban haciendo pedazos a las galeras turcas, barridas además por el fuego de los arcabuces desde las cubiertas, más altas, de las naves cristianas. Cuando se quedaban sin muni­ ción, los jenízaros arrojaban contra los tiradores españoles cualquier cosa que tuvieran a mano, incluidos naranjas y limones.

 

Había tantos combatientes confinados en un espacio tan reducido -muchas veces, hasta cuatrocientos remeros y soldados en unos trescientos metros cuadrados- que pocos disparos, de arco, cañón o arcabuz, erraban el blanco. Si en la antigua guerra de trirremes, en la que el objetivo era hundir la nave enemiga con una arremetida de espolón, la mayor parte de las bajas se producían por ahogamiento, en los combates navales del siglo XVI, las víctimas por flechas y fuego de cañón eran también muy numerosas, como lo eran las bajas entre los galeotes, que bogaban encadenados, cuando su galera era víctima de un abordaje. Las galeras tenían un diseño muy apropiado para aguas relativamente tranquilas como las del Mediterráneo, donde hay poco oleaje, y su potencia de fuego y velocidad la convertían en un predador terrible para los barcos mercantes. Sin embargo, cuando una galera se enfrentaba a otra, su poder quedaba neutralizado y la batalla resultante más parecía una confusa revuelta terrestre que un combate naval.

 

El alcance máximo del cañón de menor calibre de una galera no superaba los quinientos metros. Debido a la baja frecuencia de tiro de las flotas, en especial de la flota otomana, la m ayor parte de los barcos sólo podían disparar una andanada antes de que su objetivo se hubiera acercado y estuviera ya a punto de clavar el espolón o lanzarse al abordaje mientras los atacantes se desesperaban

 

 

 

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por volver a cargar. Los europeos que combatieron en Lepanto contaban con la gran ventaja de disponer de más cañones y más potentes en todos los puntos de su línea - la artillería veneciana era la de m ayor calidad del m undo-, de manera que podían concentrar sus andanadas sobre las galeras otomanas a medida que éstas se aproximaban: bastó una descarga de decenas de cañones para aniquilar a toda la primera oleada de abordadores.

 

L a introducción de cañones, arcabuceros y remeros esclavos añadió a la antigua idea de barcos de guerra impulsados por remos un grado de sufrimiento y de muerte que, tal como demostró Lepanto, no tenía precedentes. Pese a que en Salamina la suma total de bajas fue superior, las tripulaciones que dos mi­ lenios antes libraron esta batalla no habrían podido imaginar aquel tormento. M uchas veces, cuando sus galeras eran abordadas y sometidas al fuego a quemarropa de cañones y mosquetes, tripulaciones enteras, esto es, cientos de remeros y tiradores, caían masacradas. Gianprieto Contarini afirmó que Lepanto fue una enorme confusión de espadas, cimitarras, mazas, cuchillos, flechas, arcabuces y granadas incendiarias. Un cronista español menciona que, tras la batalla, los cristianos pudieron comprobar que en una de las galeras de su ala derecha no había un solo hombre que no estuviera muerto o herido. Era un tópico por todos conocido que las naves europeas del Mediterráneo, y muy especialmente las venecianas, no contaban con los recursos humanos de la flota otomana y, por tanto, recurrían cada vez más a la pólvora para que hiciera lo que el músculo no podía conseguir. En la guerra de galeras, además, los combatientes eran mucho más vulnerables que en tierra. Las naves iban sobrecargadas y apenas había espacio suficiente para moverse. El mar, por lo demás, im pedía cualquier vía de retirada. Los soldados cristianos llevaban corazas, los otomanos, pesadas túnicas, de modo que, cuando caían al agua o eran arrojados por la borda, tenían m uy pocas posibilidades de sobrevivir. Por lo demás, casi todas las cubiertas estaban enceradas y aceitadas para dificultar el paso a los intrusos.

 

 

Los otomanos todavía recurrían al ataque con espolón y a los abordajes con arcos y espadas, pero la introducción de cañones que podían disparar balas de hierro o proyectiles de piedra de quince o más kilos capaces de agujerear los costados, muy bajos, de cualquier galera, significaba que las aguas podían tragar a los galeotes encadenados en espacio de muy pocos minutos. En Lepanto, los cristianos abandonaron muchas galeras, en lugar de rem olcarlas como trofeos, y dejaron que se hundieran, y es que habían sido víctimas no de las unidades de abordaje, sino del fuego de sus cañones. La táctica clásica de atacar simultáneamente y con espolones un barco tras otro para evitar el avance enemigo perdió importancia cuando los nuevos buques europeos comenzaron a llevar los costados erizados de cañones y fueron por lo tanto capaces de disparar en cualquier dirección. Para economizar plomo y pólvora, los cristianos que

 

 

 

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lucharon en Lepanto recorrieron las aguas en pequeños botes rematando con picas a todo aquel musulmán que seguía con vida.

 

El ataque con espolones pasó definitivamente a mejor vida con la introducción del cañón de bronce. Equipar una galera con cañones de dos toneladas y media suponía un peso adicional que hacía necesario el aumento del número de remeros para recuperar la velocidad original de la nave. Pero el incremento de reme­ ros añadía peso y exigía espacio. Finalmente, fueron las leyes de la física las que determinaron el tamaño y el peso de un navio para que no perdiera fiabilidad, esto aparte, por supuesto, de cuestiones tan complejas como el suministro logístico de tripulaciones compuestas por cuatrocientos remeros y soldados.

 

La respuesta estaba, no en las novedosas y fuertemente armadas galeazas, sino en los galeones de tres mástiles. Los galeones no tenían remos, sino costados más altos y anchas velas que dejaban más espacio a bordo, tripulaciones más pequeñas y poder locomotor suficiente para montar un número cada vez mayor de cañones pesados y transportar toneladas de pólvora y munición. A diferen­ cia de la galera mediterránea, además, los galeones, de mayor tamaño, podían surcar el Atlántico y el Pacífico y permanecer en el mar varias semanas. Los otomanos no disponían, como Francia y España, de puertos en el Atlántico, así que, en el siglo X V II, carecían de experiencia en la navegación transoceánica y les faltaban los conocimientos técnicos necesarios para construir galeones de primera clase. Era más frecuente ver buques de guerra europeos que galeras otomanas en las aguas islámicas del golfo Pérsico y del mar Rojo.

 

El nombre de Lepanto evoca límpidas imágenes de vistosos estandartes renacentistas, enormes óleos de los maestros europeos y muy diversas conme­ moraciones materiales y espirituales cristianas. Sin embargo, la vida a bordo de una galera mediterránea del siglo X VI era casi insoportable. Pasados cinco años, la mayoría de los barcos que prestaban un servicio continuado se pudrían y eran poco fiables. A diferencia de lo que sucedía en el antiguo trirreme, que no siempre era impulsado por esclavos y en el que, por tanto, cada remero disponía de cierto espacio, el galeote del siglo XVI solía ir encadenado a su banco junto a otros cuatro esclavos. Orinaba, defecaba y, con mar gruesa, vomitaba en el mismo lugar donde bogaba. Vestido con un simple taparrabos, no tenía nada que lo protegiera del agua m arina, la lluvia, la escarcha o, en verano, que constituía la m ayor parte de la temporada de navegación, del abrasador sol del Mediterráneo. El remero del siglo XVI tampoco era libre, como su homólogo de la Antigüedad, de bajar a tierra. Su barco, además, tampoco buscaba cobijo en la costa al caer la noche, de modo que, algunas veces, bogaba, dormía y comía sin poder moverse de su banco durante varios días. Com ía tortas y un vaso de vino y no los panecillos y las provisiones que constituían la ración característica, y adecuada, de los hombres libres de la antigua armada ateniense. Cuando una flota de cien barcos amarraba en algún puerto, una auténtica ciudad

 

 

flotante de 40.000 bocas hambrientas agotaba rápidamente las reservas de alimentos del municipio y dejaba un pestilente cargamento compuesto por toneladas de aguas residuales que propagaba enfermedades y un persistente miasma por toda la ciudad.

 

Diversos cronistas de la época refieren también varios detalles que sirven para confirm ar aquel horror. M arineros, infantes de m arina y rem eros llevaban pañuelos perfumados -al parecer, éste es el origen de la proclividad del hombre mediterráneo a perfum arse- para disimular el hedor y evitar el consecuente vómito. Cuando una galera se plagaba de moscas, cucarachas, piojos, pulgas y ratas, y sus planchas de diez centímetros de grosor se llenaban de porquería, su capitán, en particular si se trataba de un exigente caballero de Malta, la hundía temporalmente a pocos metros de la costa con la esperanza de que unas cuantas horas de inmersión en agua marina pudieran librarla de su carga de parásitos. Las epidemias, normalmente de cólera y tifus, podían acabar con flotillas en­ teras, lógico cuando un hombre pasaba día y noche encadenado junto a otros cuatro, cociéndose en los excrementos, orina y sudor de los demás y rodeado de moscas y piojos. Éstas eran las condiciones en que prestaban servicio los cerca de 200.000 marinos desesperados que se enfrentaron entre sí el 7 de octubre de 1571.

 

 

 

 

CULTURA E INNOVACIÓN MILITAR EN LEPANTO

 

Las costas de Lepanto, localidad situada en la parte occidental de Grecia, eran un escenario muy probable para una batalla naval entre Europa y sus enemigos; no en vano, la ciudad se encontraba en la línea que separaba los Balcanes otomanos y el M editerráneo occidental cristiano. Siem pre que Oriente y Occidente se enfrentaban en el Mediterráneo, las aguas del golfo de Corinto eran un nexo lógico para una batalla, como atestiguaban los combates que tuvieron lugar, en aguas muy cercanas, en Actium (31 a.C.) y Prevesa (1538). La propia Salamina se encuentra a unos trescientos kilómetros al este, al otro lado del golfo de Corinto. L a flota otomana, tras un victorioso período de conquistas en Chipre, planeaba pasar el invierno en la pequeña bahía de lo que hoy es la pequeña comunidad turística de Naupacta, situada en la costa noroccidental del golfo. En cuanto llegara la primavera y con sus tripulaciones descansadas y en forma, A lí Bajá, el almirante del sultán, pretendía iniciar una serie de incursiones muy lejos de Estambul y, quizá, la invasión de las costas de Europa a fin de proteger Chipre, que había capturado el mes de agosto anterior.

 

 

En respuesta al ataque sobre M alta (1565), a la matanza de cristianos a manos de los turcos en Famagusta (agosto de 1571) y a posteriores incursiones otomanas

 

 

 

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en las costas europeas, la confederación formada por Venecia, España y los Estados Pontificios constituyó por fin una gran, si bien un tanto frágil, alianza. A principios de otoño de 1571 la flota combinada de la recién bautizada Liga Santa se abrió paso desde Sicilia y a través del Adriático. Los cristianos se habían lanzado a la búsqueda desesperada de la escuadra otomana antes de que comenzase la estación invernal y el Mediterráneo se encrespara demasiado com o para librar una batalla decisiva entre barcos de remos. El temor de la alianza consistía en que una flota otomana que pasaba el invierno tan cerca de Europa occidental pudiera cruzar el Adriático a toda velocidad e iniciar una oleada de saqueos, secuestros y asesinatos en las localidades costeras de Italia y alcanzar la propia Venecia.

 

Para evitar que la enorme armada predatoria del sultán sorprendiese a sus pequeñas flotillas y las derrotase, el papa Pío V logró convencer a Felipe II de España y al Senado veneciano de que debían fusionar sus escuadras y jugarse el todo por el todo a fin de librarse de una vez por todas de la amenaza turca en el Mediterráneo occidental. Si no encontraban a los otomanos aquel mismo otoño, advirtió el papa, existían muchas probabilidades de que la nueva y sin­ gular unidad de acción llegase a su fin. Cada Estado cristiano se vería forzado una vez más a resistir en solitario y concertar la paz con el sultán por separado. La tarde del 28 de septiembre, mientras se encontraba en Corfú, a la flota de la Liga Santa llegaron rumores de que la armada turca se encontraba anclada en las costas del golfo de Corinto, no muy lejos de allí. Cuando, una semana más tarde, la flota cristiana alcanzó las costas de Etolia, donjuán de Austria convenció a sus polémicos almirantes de que había que atacar a los turcos a la mañana siguiente, la del domingo 7 de octubre. El español, en efecto, zanjó toda discusión con un tajante: “Caballeros, el momento de las deliberaciones ha pasado, es hora de luchar” . Com o en Salamina, una armada europea donde abundaban las disputas había de enfrentarse a un mando asiático unificado y autocrático.

 

Lo que a la Liga Santa le faltaba en barcos y recursos humanos (los otomanos los superaban en al menos treinta galeras, en embarcaciones de menor tamaño y en 20.000 soldados) lo suplía con un mando táctico de m ayor calidad y diversas y sutiles ventajas en tecnología náutica. El almirante en jefe de los confederados, donjuán de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I de España y medio hermano de Felipe II, era uno de los capitanes más notables y capaces del universo mediterráneo del siglo X V I, que se caracterizaba por un conjunto de brillantes y tercos marinos y generales venecianos y genoveses: Sebastiano Veniero, gobernador de Creta y futuro dogo de Venecia; Pietro Giustiniani, prior de Mesenia; Marcantonio Colonna, comandante de las naves del papado, y Agostino Barbarigo, almirante del ala izquierda cristiana en Lepanto.

 

Las crónicas de la época abundan en la actitud desinteresada de donjuán y en su resuelto afán por unir a las dispares naciones del sur de Europa para evitar

 

 

 

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más incursiones de los turcos en Occidente, especialmente en las ciudades costeras del Mediterráneo occidental. No tenemos por qué creer todos los detalles de las crónicas que nos retratan a este príncipe de veintiséis años como un personaje romántico -esas que nos dicen que tenía a un tití por mascota y también un león domesticado, que lo describen bailando una giga en el puente de su buque insignia, la Real, momentos antes del combate- para reconocer que pocas figuras de la época podrían haber mantenido unida una coalición de rivales tan dispares. Los venecianos, de una mentalidad ante todo mercantil, aceptaron la lucha contra sus antiguos socios comerciales con no pocas reticencias y sólo ante la amenaza de la aniquilación. El Imperio español estaba tan dispuesto a enfrentarse a italianos, holandeses, ingleses y franceses como a los turcos. Las firmes advertencias de los Estados Pontificios acerca del peligro que el M edi­ terráneo corría de convertirse en un lago musulmán pocas veces se tomaban en serio, especialmente al considerar las intrigas de los papas en las guerras dinásticas de la sucesión de los reinos europeos. En cualquier caso, por vez primera en varias décadas, la cristiandad encontró a un líder magnánimo más interesado en poner freno a la expansión del islam que en enriquecerse o conseguir ventajas para su propio Estado a expensas de Europa. (D onjuán cedió el diezmo que le correspondía por la victoria de Lepanto a los pobres y heridos de la flota, y, además, entregó un donativo de 30.000 ducados de oro a la agradecida ciudad de Mesina.)

 

 

Los cristianos se aproximaron a las aguas del golfo de Lepanto con casi 300 naves venecianas, españolas y genovesas de distintos tamaños, 208 galeras, 6 galeazas, 26 galeones (que llegaron tarde y no participaron en la lucha) y otras 76 embarcaciones más pequeñas que en total sumaban una escuadra de 50.000 remeros y 30.000 soldados, un contingente pancristiano de un tamaño desco­ nocido desde las Cruzadas. Aun así, esta fuerza era menor que la flota de casi 100.000 hombres y 230 barcos de gran tamaño del sultán, a los que se sumaban otros 80 equipados con cañones. Sin em bargo, como se dem ostraría poco después, en Lepanto, el factor decisivo fue la calidad de las galeras cristianas y no la superioridad numérica de los otomanos. Las galeras venecianas eran las mejor diseñadas y más estables del Mediterráneo, tanto era así que servían de modelo a las naves otomanas. Los bajeles españoles también eran más recios y mejor construidos que los turcos. D onjuán, tras consultar con los almirantes venecianos, había equipado a las galeras aliadas con innovaciones desconoci­ das en la flota otomana, lo que, irónicamente, acabó por confirmar, precisamente en la m ayor batalla de galeras desde Actium, que la época del barco de remos había llegado a su fin. Lepanto sería el último gran enfrentamiento entre galeras de la historia.

 

 

En prim er lugar, los cristianos habían serrado los espolones de sus naves, asumiendo que el tiempo de los ataques con espolón había pasado y que sus

 

 

 

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barcos estarían mejor equipados con algunos cañones adicionales. Además, los espolones im pedían colocar los cañones en los castillos de proa, lo que obligaba a los artilleros a apuntar excesivam ente alto para evitar la proa de sus propios barcos. Sin embargo, con mejores trayectorias de tiro y más espacio para colocar cañones adicionales, las galeras cristianas podían disparar justo en la dirección de su línea de avance. En Lepanto, los cañones cristianos acribillaron los costados de las galeras otomanas, mientras la mayor parte de los proyectiles enemigos pasaban demasiado alto, golpeando sin causar gran daño los mástiles y aparejos de sus adversarios. El mérito de saber que sería el fuego de los cañones y no los espolones de bronce el que hundiría más barcos otomanos corresponde a don juán y a sus almirantes.

 

El arsenal de Venecia y la habilidad de los operarios españoles contribuyeron también a que las galeras cristianas estuvieran mucho mejor armadas. No sólo contaban con más cañones -1.8 15 totalizaban los barcos de la Liga Santa por

 

750   de la escuadra otomana, que, no obstante, era mucho m ayor-, sino que cada uno de ellos estaba m ejor forjado y cuidado que sus homólogos otomanos. Después de la batalla, los venecianos advirtieron que cientos de cañones turcos capturados eran poco fiables o inservibles, como demuestra el análisis meta­ lúrgico que en la actualidad se ha hecho de los cañones que aún se conservan. Los europeos los utilizaron como trofeos o para reciclar, y es que en un mercado libre unas armas tan inferiores sólo tenían valor como materia prima. Teniendo en cuenta lo que podían obtener por ellos en el competitivo mercado europeo, donde abundaban los últimos diseños de cañones forjados en los talleres italianos, ingleses, alem anes y españoles, a los vencedores lo mismo les habría dado capturar anclas o contrapesos.

 

Los cristianos contaban también con muchos cañones giratorios de menor tamaño con los que podían acribillar las galeras otomanas y despejarlas de abordadores. Los soldados europeos que iban en cubierta vestían pesadas corazas que los hacían casi invulnerables frente a las flechas turcas. Muchos más infantes cristianos iban armados con arcabuces, armas de aparatoso manejo pero mortíferas a una distancia de entre trescientos y quinientos metros, sobre todo cuando se utilizaban contra una masa de soldados confinada en un espacio reducido. Por esta razón, el vicealmirante turco Pertau Bajá había aconsejado a sus comandantes que evitasen la batalla: sus hombres, adujo, eran reclutas de un reino feudal, no tenían armas de fuego ni estaban acostum brados a combatir contra arcabuceros protegidos por corazas. Si los mosquetes primitivos eran muy poco precisos desde un punto de vista moderno, los arcabuceros sí podían, protegidos por las redes antiabordaje, apoyarlos sobre la cubierta de las naves y apuntar cómodamente contra las tripulaciones turcas. Puesto que las galeras iban atestadas y chocaban y se enganchaban entre sí, era muy difícil que un arcabucero errase el blanco.

 

 

 

 

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Las tropas europeas contaban con más experiencia y mejor instrucción en el uso de armas de fuego, de modo que podían disparar sus cañones y mosquetes, que además estaban mejor fabricados y empleaban una pólvora más fiable, con una frecuencia de tiro tres veces superior a la de sus hom ólogos otomanos, más escasos. Ciertamente, el arco recurvo de los otomanos era un arma letal

- con más alcance, precisión y frecuencia de tiro que la ballesta-, pero para manejarlo con destreza hacían falta meses de entrenamiento, el arquero quedaba exhausto tras algunas decenas de tiros y, además, no se podía fabricar con tanta rapidez ni en tantas cantidades como las ballestas o las armas de fuego. Los europeos, como era característico en ellos, se esforzaban por poner tantas armas mortíferas en tantas manos y con tanta rapidez como fuera posible, lo de menos era la posición social del tirador o su situación económ ica y el entrenamiento necesario para utilizar un arma con eficacia.

 

En Europa, las derivaciones sociales de la tecnología militar eran bastante menos importantes que su eficacia. El sultán, sin embargo, se cuidaba mucho de que las armas no provocasen -com o la im prenta- ningún malestar social o cultural. Muchas veces, los jenízaros y otras tropas otomanas peor instruidas empleaban armas de fuego europeas, pero ni siquiera entonces, al menos no en la mayoría de los casos, aplicaban tácticas apropiadas a la guerra de infantería, como el ataque en masa, porque iban en contra del código heroico del guerrero musulmán y de la posición elitista de tales unidades. “ En vez de utilizar los mosquetes en masse, como sucedía en Occidente, o hacer que los piqueros actuasen en masa y de form a coordinada, los otomanos consideraban que cada mosquetero o tirador arriesgaba su vida por un lugar en el paraíso” (A. Wheatcroft, The Ottomans[Los otomanos], p. 67).

 

En Lepanto, la posesión de más y mejores armas de fuego - y con m ayor frecuencia de tiro-, munición más fiable y artilleros y tiradores mejor entrenados se sumaban para otorgar a los europeos enormes ventajas, siempre que a los capitanes no les entrase el pánico y navegasen directamente al corazón de la temida flota turca. Tras muchas décadas de ver cómo los hombres de mar europeos eran sorprendidos por los corsarios islámicos cuando surcaban el Mediterráneo en pequeños grupos y de asistir a la destrucción de las poblaciones costeras de sus Estados en los repentinos ataques de las galeras otomanas, don Ju an llevó a cabo una hazaña ciertamente singular al convencer a sus almirantes de que, por vez primera desde que se tenía noticia, los europeos contaban con todas las ventajas. Los otomanos estaban atrapados y se vieron forzados a luchar de día y abiertamente contra el poder com binado de los mejores marinos europeos, que, por fin, podían poner enjuego su abrumadora potencia de fuego en un choque bélico.

 

Los barcos norteafricanos y turcos eran más numerosos y ligeros, pero estaban peor armados que los europeos y basaban en su superioridad numérica, la

 

 

 

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rapidez, la sorpresa y la agilidad el éxito de sus incursiones sobre la costa y de los ataques a las flotas enemigas. Estaban diseñados para escoltar a los mercantes, llevar a cabo operaciones anfibias y apoyar asedios, no para enzarzarse en duelos de artillería contra los navios europeos. Por desgracia, A lí Bajá olvidó estos factores y aceptó una batalla decisiva contra una escuadra cristiana con gran potencia de fuego, un combate que ninguna flota del mundo -excepto una compuesta por galeones y cañoneras inglesas- podría haber ganado. En cierto sentido, sin embargo, Alí Bajá no tenía elección. En general, la historia no estaba del lado de las galeras, y en particular, desdeñaba ya a los militares otomanos. Veinte años después de Lepanto dos o tres galeones británicos montaban tantos cañones como toda la flota turca del Mediterráneo.

 

Además de la presencia de seis galeazas, naves inspiradas en los estudios teóricos de diseños navales que se remontaban a la Grecia helénica, y a un m ayor número de cañones y armas de fuego de pequeño calibre, los cristianos habían colocado en sus galeras redes de abordaje metálicas ideadas para proteger sus propias galeras mientras los artilleros hacían blanco sobre el enemigo. Más tarde, d o n ju án aseguró que, gracias a estas redes, los otomanos no aborda­ ron ni un solo barco cristiano, una afirmación asombrosa en caso de ser cierta. Los remeros de las flotas respectivas también eran cualitativamente distintos. Gran parte de la política naval de Venecia en el siglo x v i se caracterizó por los debates acerca de la composición de las tripulaciones de la flota republicana. Durante décadas, los venecianos se negaron a aceptar la idea de que, para igualar en tamaño a la armada otomana, su propia flota necesitase miles de remeros de todas clases, muchos más de los que podían encontrarse entre los ciudadanos libres de la república. A l principio, los venecianos contrataron rem eros extranjeros, luego se decantaron por los indigentes y, más tarde, recurrieron a los delincuentes convictos, y en raras ocasiones también a cautivos y esclavos. A las mismas exigencias tuvieron que hacer frente los demás Estados italianos y España, lo que desembocó, aunque tarde y con verdaderas reticencias, en el uso de esclavos. Aunque en Lepanto ambos bandos contaban con tripulaciones de galeotes, entre los remeros cristianos aún podía encontrarse a algunos hombres libres y, ciertamente, era mucho más probable que la Liga Santa, y no los otomanos, liberase a sus esclavos. Por el contrario, antes de la batalla, a los cristianos que bogaban en las galeras turcas se los amenazó con la muerte si levantaban la cabeza y existen indicios de que al menos en algunos barcos de la flota se amotinaron en mitad del combate.

 

 

En efecto, en la flota turca no había ni un solo combatiente libre: ni los desgraciados remeros, ni los jenízaros, ni los campesinos reclutados para la milicia imperial, ni los marinos y almirantes renegados, ni el propio A lí Bajá. Frente a ellos, los almirantes cristianos eran aristócratas libres; muchos de ellos ni siquiera eran soldados profesionales, al contrario, entre ellos había

 

 

 

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muchos civiles, como el septuagenario Sebastiano Veniero, abogado veneciano que com partía el mando del centro cristiano con don Ju an de Austria, o Marcantonio Colonna, noble terrateniente veneciano al mando del contingente del papado. Ni el Papa, ni el dogo de Venecia, ni el rey Felipe II podían eje­ cutar a ninguno de estos orgullosos y a menudo tercos individuos de manera arbitraria, ni siquiera de haber cosechado un fracaso en Lepanto. En cambio, A lí Bajá y sus comandantes sabían que, tras una derrota embarazosa, el sultán habría exigido buen número de cabezas.

 

 

 

LEYENDAS SO BRE LEPANTO

 

Más de 15.000 esclavos cristianos fueron liberados en Lepanto y el sultán perdió más de doscientas galeras y casi un centenar de barcos de menor tonelaje. Italia quedó a salvo de una invasión marítima y, poco después de la batalla, Europa flirteó con la idea de navegar hasta el Cuerno Dorado o liberar a los pueblos de habla griega de Morea, Chipre y Rodas. La flota cristiana -la mayor armada europea del Mediterráneo hasta la época m oderna- sufrió entre 8.000 y 10.000 muertos, 21.000 heridos y perdió diez galeras. En cambio, en Lepanto cayeron 30.000 otomanos, muchos de ellos experimentados arqueros a los que costaría muchos años reemplazar. Miles de turcos fueron ejecutados cuando los cristianos se disponían a remolcar sus galeras, muchos más fueron abandonados a merced del mar y de las aves carroñeras. Tras la batalla, los cristianos recorrieron el lugar en pequeños botes y mataron a tiros o lancearon a muchos otomanos que aún seguían vivos. Los saqueadores buscaban las faltriqueras, talegas, joyas y prendas de vestir de la derrotada elite turca. Los anales cristianos refieren que sólo se tomaron 3.458 prisioneros, una cifra asombrosamente baja sí pensamos que los turcos contaban con casi 100.000 efectivos. L a mayoría de los jenízaros, componentes de las tropas de choque, perecieron; el historiador Gianpietro Contarini opinaba que miles de estos soldados de elite fueron asesinados. No hay registros de los miles de otomanos heridos, muchos de los cuales debieron de sufrir horribles heridas por arma de fuego. Los vencedores remolcaron hasta Corfú 180 embarcaciones de todo tipo, aunque más tarde descubrieron que la mayor parte de ellas ni siquiera podían repararse. La marea arrastró a docenas de ellas hasta las costas de Etolia. Sólo un puñado regresaron

 

a Lepanto.

 

Las pérdidas fueron doblemente gravosas para el sultán, que, a diferencia

 

de los europeos, no tenía capacidad para fabricar miles de arcabuces ni la posibilidad de formar un nuevo ejército de reclutas. Sus remeros, por no hablar de los diseñadores y fabricantes de municiones, eran mercenarios, renegados o esclavos capturados en las costas europeas. Además, teniendo en cuenta que

 

 

 

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los europeos fabricaban armas de fuego más baratas y de m ayor calidad y sencillez, se vería obligado a importarlas:

 

El mayor efecto del desarrollo de las armas de fuego de pequeño calibre sobre la guerra en el mar no se produjo, como cabría suponer, de forma directa, gracias al incremento de la potencia de fuego, sino indirectamente, en virtud de una brusca reducción de los tiempos de instrucción y entrenamiento. Debido a esto, las naciones que dependían del arcabuz tenían mayor flexibilidad frente a las bajas numerosas que aquellas otras que dependían del arco recurvo compuesto. Aunque era fácil convertir en mosquetero a un aldeano español, era virtualmente imposible hacer de los campesinos anatolios maestros del arco recurvo (J. Guilmartin, Gunpowder and Galkys [Pólvora y galeras], p. 254).

 

 

La pérdida de 34 almirantes otomanos y de 120 capitanes de galera suponía que, pese al m asivo program a de reemplazos del sultán -en los doce meses siguientes, los turcos fabricaron 150 barcos con madera demasiado verde y cientos de cañones de deficiente calidad -, su flota andaría escasa de marinos y arqueros experimentados y de galeras fiables.

Los no occidentales protestan, con razón, porque Europa monopoliza con­ memoraciones y se apropia del arte de la historia. En ningún momento ha sido este desequilibrio más cierto que en los días posteriores a Lepanto, una “victoria” occidental que millones de personas no tardaron en conocer a través de la historia, las obras de arte y la literatura popular. En ninguno de estos ámbitos se abordó la batalla desde el punto de vista otomano. En realidad, sólo conocemos la amenaza que tras la batalla profirió el sultán de matar a todos los cristianos de Estambul, el comentario sarcástico del gran visir acerca de que los cristianos sólo les habían “afeitado las barbas” , y varios relatos que hablan de los lamentos de las familias de los caídos. Las pocas crónicas turcas sobre la batalla apenas se difundieron y no tenían valor literario, eran más bien informes secos, formales, rígidos y sancionados por el gobierno que no ofrecían ningún atractivo a ningún lector fuera de la reducida y oculta elite gubernamental de Estambul. Los parámetros de investigación de estas cróni­ cas de corte escritas por Selanki, Alí, Lokman y Zeirek estaban cuidadosamen­ te definidos: el escriba corría el riesgo de ser exiliado o ejecutado. Las fuentes otomanas atribuyen la derrota a la ira de Alá y a la necesidad de que los pecados de los musulmanes díscolos fueran castigados. Las vagas acusaciones de impiedad y laxitud general sólo servían para exacerbar las iras del gobierno contra su propio pueblo, de modo que no podía haber grandes exégesis ni análisis de las carencias del armamento, los mandos y la organización naval del sultán.

 

 

 

 

 

 

 

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En cambio, por todo el Mediterráneo se difundieron emotivas narraciones de primera mano, escritas en español e italiano, que sin embargo no coincidían entre sí desde un punto de vista factual o analítico. Sabemos tan poco de la experiencia turca en Lepanto como de los padecimientos de Abderramán en Poitiers o de los mexicas en Tenochtitlán. Lo que conocemos acerca de los no occidentales que intervinieron en la batalla es de segunda mano y, con frecuencia, resultado de investigaciones y publicaciones europeas. Por tanto, casi todos los nombres de los soldados de Jerjes, Darío III, Aníbal, Abderramán, Mocte­ zuma, Selim II y el rey zulú Cetshwayo se han perdido para el archivo de la historia, y los pocos que conocemos sobreviven en gran parte debido a los esfuerzos de Esquilo, Heródoto, Arriano, Plutarco, Polibio, Tito Livio, San Isidoro, Bernal Díaz, Rosell, Gianpietro Contarini, el obispo Colenso o el coronel Hartford, que formaban parte de una tradición intelectual y política ajena a persas, africanos, aztecas, otomanos y zulúes.

 

Hoy, las cosas han cambiado muy poco en cuanto al monopolio exclusivamente occidental de la historia militar. Los 6.000 millones de habitantes del planeta tienen más posibilidades de leer, oír y ver las crónicas sobre la Guerra del Golfo (1990) hechas desde la ventajosa posición de norteamericanos o europeos que desde el punto de vista iraquí. El relato de la Guerra de Vietnam es sobre todo occidental; incluso los críticos más feroces de la intervención de los Estados Unidos dan poco crédito a los comunicados oficiales y a las historias escritas en el Vietnam comunista. Pese a todo, se publicaron más crónicas independientes en la llamada Edad Oscura de Europa, que durante el largo período de existencia de los imperios persa y otomano. Aunque lo sea desde el punto de vista dejeijes, el sultán, el Corán o el Politburó de Hanoi, en realidad, no es historia, al menos no en el sentido occidental de escribir aquello que puede ofender, causar problemas o ser tachado de blasfemia.

 

Esa es la naturaleza de las sociedades que permiten que haya voces que disienten y libertad de expresión. Incluso cuando los ciudadanos europeos y norteamericanos atacan abiertamente la conducta militar de sus gobiernos, la franqueza tiene a menudo la irónica consecuencia de destacar la credibilidad de Occidente y afianzar su dominio en la difusión del conocimiento. Lo mismo sucede con Lepanto: la mayoría de los lectores de Europa, América, Africa e incluso Asia tienen más posibilidades de conocer la batalla a través de un relato inglés, español, francés o italiano, o mediante una alusión de Cervantes, Byron o Shakespeare, que por medio de una crónica otomana escrita en turco.

 

La cristiandad nunca había visto celebraciones como las de la victoria de Lepanto. En Italia y España, las multitudes cantaban por todas partes el Te Deum, el cántico tradicional de la Iglesia de alabanza y gratitud a Dios. En el Vatica­ no el Papa estableció el 7 de octubre como fiesta de Nuestra Señora del Rosario, fiesta que aún hoy se celebra en algunas iglesias de Italia. Durante la mayor

 

 

 

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parte del invierno, las alfombras, estandartes, armas y turbantes capturados a los turcos jalonaban las calles y comercios de Venecia, Rom a y Génova. Se acuñaron monedas conmemorativas con la inscripción “Por la gracia de Dios, en el año de la gran victoria naval contra los turcos” . Cientos de miles de grabados, tallas de m adera y medallones circularon incluso en la Europa protestante. Por toda Venecia se erigieron monumentos a la victoria en los que aparecía el león alado de San M arcos. Grandes pintores de la escuela veneciana como El Veronés, Vicentino y Tintoretto pintaron enormes lienzos dedicados a Lepanto; el de este último se centra en la toma del buque insignia de Alí Bajá y en la herida mortal de Agostino Barbarigo. Un notable fresco de la batalla pintado por Giorgio Vasari adorna todavía el Vaticano, donde hay docenas de cuadros y esculturas que celebran aquella victoria asombrosa. Tiziano pintó un retrato conmemorativo de Felipe II en el que el monarca aparece de pie ante un altar y levanta hacia el cielo a su hijo Fernando mientras la Victoria desciende de las nubes; al fondo, un cautivo turco contempla la escena y una flota arde en la distancia.

 

 

En Mesina, Andrea Calamech esculpió una impresionante estatua de donjuán de Austria -que aún conserva su grandiosidad- en reconocimiento a la acción del príncipe, que había salvado a la ciudad de caer en manos del turco. La Canción de Lepanto, de Fernando de Herrera, figura todavía hoy en muchas antologías de la poesía occidental. Años más tarde, Miguel de Cervantes, a quien le quedó inútil el brazo izquierdo a consecuencia de las heridas recibidas en la batalla, inmortalizó Lepanto en el Quijote: “Porque más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron” (il. 39). El niño príncipe que se convertiría enjacobo I de Inglaterra compuso un poema épico de varios cientos de versos en conmemoración de la victoria. Al parecer, también el joven Shakespeare, cuando aún vivía en Stratford, quedó profundamente impresionado: el protagonista de La tempestad, una de sus últimas obras, es el duque Próspero, cuyo nombre está inspirado en algunos nobles italianos que participaron en la batalla; Otelo presta servicio con los venecianos en Chipre, isla que deben defender del ataque turco.

 

La mayoría de los cuadros y de las canciones populares atribuían la notable victoria cristiana a la intercesión divina, pero incluso los historiadores seculares que se decantaban por exégesis tácticas de la batalla no acertaban a definir de qué modo había conseguido la Liga Santa poner fin a varios siglos de agresión turca en unas pocas horas. ¿Por qué, en efecto, vencieron los europeos cuando eran inferiores en número, se encontraban en aguas desconocidas y hostiles, lejos de sus puertos, pertenecían a gobiernos sumidos en un odio recíproco y mortal y hasta momentos antes de la batalla abundaba entre ellos la discordia y estaban divididos? ¿Fue debido a la suerte, al repentino cambio de los vientos que proporcionó a las galeras de don Ju a n una velocidad añadida cuando

 

 

 

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navegaban hacia el centro de la línea otomana, o a las suaves brisas que per­ mitieron que el humo de sus cañones cegase a sus enemigos? ¿O fue quizá debido a las aguas relativamente tranquilas y a la ausencia de lluvia que permitió que las lentas y pesadas galeazas pudieran maniobrar fácilmente y apuntar a vo ­ luntad justo frente a la flota turca y que miles de arcabuces cristianos tuvieran la mecha seca? Sin duda, también fue decisiva la torpeza de los otomanos al aceptar el reto de una batalla decisiva contra los barcos cristianos, que eran más pesados y estaban mejor armados. En cuanto las galeazas lanzaron su primera andanada y, a la vista de todos, comenzaron a avanzar disparando por todos sus costados, los testigos de ambos bandos advirtieron que incluso los indomables turcos “tenían miedo” . Todas las crónicas atribuyen una parte importante del éxito cristiano a las seis fortalezas flotantes y a su bombardeo de las primeras líneas otomanas al comienzo de la batalla.

 

¿O acaso la ventaja era espiritual? La batalla de Lepanto tuvo lugar una ma­ ñana de domingo. Las tripulaciones de la Liga Santa asistieron a misa sobre las cubiertas de las naves mientras se preparaban para matar. Pocos días antes, en Corfú, los cristianos habían recibido noticias de la caída de Chipre y de la truculencia y perfidia de los otomanos en Famagusta, donde no habían dejado con vida a ningún rehén ni prisionero. L a historia más repetida entre las tripulaciones de Lepanto era el horrible relato de la tortura y desfiguración de Marcantonio Bragadino, comandante de la valiente guarnición de la ciudad, que fue desollado vivo y disecado después de que le prometieran un pasaje a la salvación si capitulaba. Las tripulaciones de donjuán habían visto el reciente sacrilegio de los otomanos en Corfú, donde profanaron las tumbas cristianas, torturaron a varios sacerdotes, secuestraron a civiles y arrasaron las iglesias. Todas las fuentes contemporáneas señalan que cuando los infantes cristianos abordaron las galeras turcas lucharon con una fiereza casi inhumana.

 

¿O es que Lepanto se decidió gracias al brillante liderazgo de d o n ju án , que repartió a las galeras venecianas, españolas e italianas por toda su línea de batalla a fin de mantener la arm onía? No menos importantes fueron las actitudes políticas del Papa y de Felipe II. Sin em bargo, el factor que más hizo por neutralizar el valor y la superioridad numérica de los otomanos fue la presencia de muchos barcos europeos de primera clase, con gran potencia de fuego y soldados bien armados: un homenaje a los diseños, producción y distribución de armamentos occidentales que operan únicamente en el seno de las economías capitalistas. La abundancia de cañones, arcabuces, ballestas y barcos de m agnífica construcción neutralizó la superioridad num érica otomana, la reputación del temido soldado turco y la ventaja de luchar en aguas propias de un solo golpe, proporcionando a la Liga Santa grandes posibilidades de victoria -siem pre que mantuviera la cohesión y sus tácticas y generalato fueran competentes- cuando nadie preveía la victoria.

 

 

 

 

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EUROPA Y LOS OTOMANOS

 

UN CONTINENTE FRAGMENTADO

 

La Europa central y oriental del siglo x v i , como ocurría desde el siglo VI, se sentía asediada por Oriente. Si el islam había unificado el norte de Africa y Asia Menor, que se habían convertido en una especie de provincias o protectorados de un vasto Imperio otomano, Europa nunca se había visto sacudida como entonces por las guerras de religión. La cristiandad, partida en dos por el catolicismo ro­ mano y la ortodoxia oriental, iba a fragmentarse todavía más en el siglo XVI con el cisma del protestantismo y el surgimiento de Estados nación en Inglaterra, Fran­ cia, los Países Bajos, Italia y España, fundados sobre principios de afinidad étnica, cultural y lingüística y no en una fidelidad monolítica al Vaticano.

 

Francia, tras librarse, a principios del siglo X , de los últimos invasores islá­ micos, mantuvo, si bien con altibajos, una alianza con los otomanos durante gran parte del siglo XVI. Esta amistad no siempre fue pasiva: los franceses habían aprovechado la ayuda otomana para arrebatar Córcega a G énova en 1532 y habían permitido que el almirante turco Barbarroja pasase el invierno con su flota de galeras -tripulada nada menos que por esclavos cristianos- en puertos franceses (1543-1544). No es de extrañar que la mañana de la batalla, el almirante otomano Hasan A lí urgiera a los turcos a abandonar puerto y bogar para presentar batalla en el golfo de Corinto. Los cristianos, afirm aba, eran “ de distintas naciones” y seguían “varios ritos religiosos” .

 

Si los otomanos miraban hacia Occidente cada vez con mayor frecuencia, y no sólo buscando esclavos y botín, sino también armamento y productos manufacturados, Occidente se volvía cada vez más hacia el oeste y el sur. El continente americano, recién descubierto, y las rutas comerciales a lo largo del litoral africano ofrecían riquezas sin necesidad de luchar contra los turcos o pagar rígidos aranceles para cruzar en caravana el Asia otomana. En el si­ glo xv i, una Europa occidental desunida no se veía sólo acosada por un Oriente hegemónico, sino que había desarrollado una serie de nuevos centros mercantiles -M adrid, París, Londres y Am beres-, que cada vez se interesaban menos por el patio trasero del Mediterráneo oriental.

 

Los Balcanes y las islas griegas se consideraban escenarios secundarios complicados y poco dignos de un enfrentamiento con la flota turca, sobre todo, a causa del estancamiento general que sufría el Imperio otomano en compa­ ración con las nuevas rutas comerciales que se abrían ya por todas partes. En cualquier caso, la m ayoría de los cristianos esclavizados eran de religión ortodoxa y, en realidad, los europeos occidentales se habían enemistado con los bizantinos mucho antes de la caída de Constantinopla. Las líneas divisorias que marcaban la confrontación entre lo cristiano y lo musulmán, entre Oriente

 

 

 

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y Occidente, también se estaban diluyendo. Unas veces, Inglaterra y Francia colaboraban con el sultán, otras, lo ignoraban. Por su parte, Venecia era cada vez más dependiente del comercio con la costa turca. Lepanto sería una de las últimas grandes batallas de la historia en la que unas pocas potencias occidentales se unían contra el islam únicamente sobre la base de una cultura y una religión compartidas.

 

Pese a todo, el islam en general y los otomanos en particular eran, en teoría, más poderosos en cuanto a población, recursos naturales y territorio ocupado que cualquier Estado cristiano mediterráneo. Pero por igual motivo, el poder islámico era claramente inferior al del sur de Europa si es que ésta llegaba a unirse alguna vez en una gran expedición. En aquellas raras ocasiones en que se establecían alianzas, aunque fueran parciales - la gran Prim era Cruzada (1096-1099) es el mejor ejem plo-, el éxito occidental, incluso lejos de Europa, no fue infrecuente ya antes de la exploración del Atlántico, la Reform a y la introducción de la pólvora. El dinamismo militar europeo era un continuo de la Antigüedad clásica, no una consecuencia casual de la edad de la pólvora y del descubrimiento del Nuevo Mundo. La Primera Cruzada había concluido con la ocupación de Tierra Santa por los francos y revelado una habilidad muy singular para desplazar y alimentar ejércitos en tierra y en el mar que no tenía equivalente en el mundo islámico. En las raras ocasiones en que los extranjeros atacaban el interior de Europa -Jerjes, los moriscos, los árabes, los mongoles, los otomanos-, sus monarcas se encontraban al frente de ejércitos imperiales o religiosos unificados, mientras que sus oponentes occidentales estaban aislados, divididos y a menudo en desacuerdo. Los escasos esfuerzos colectivos de la cristiandad pronto menguaron y hacia el año 1300 el Medite­ rráneo no vio ninguna expedición paneuropea com parable a las Cruzadas. Sin embargo, incluso en un estado de fragmentación política y religiosa, Europa se mantuvo relativamente a salvo de una invasión islámica, puesto que una ope­ ración de esas características requería unidades de infantería pesada y una capacidad logística que quedaban más allá de las posibilidades de cualquier sultán. En el siglo x v , la unificación otomana de gran parte de Asia, los Balcanes y el norte de África, y la aceptación general de un dios que concedía gran valor al avance de la religión por la espada, colocó a una Europa dividida en situación de enorme desventaja. Como sucedió en el siglo VIII, comienzo de las conquistas islámicas, una vez más, muchos reinos cristianos y occidentales pequeños y belicosos iban a ser atacados de manera ininterrumpida y uno a uno por un Estado enorme y unido religiosa y políticamente.

 

 

 

 

Los mulás y los intelectuales otomanos no consideraban la guerra como una actividad dañina en sí misma. La elite cultural no ponía ninguna objeción a la idea de yihad, algo en absoluto comparable al creciente interés de Europa por el pacifismo o la teoría de la “guerra justa” . En ningún tratado islámico aparece

 

 

 

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algo equiparable a la idea promulgada por Erasmo y otros de que la guerra era algo intrínsecamente pernicioso y sólo podía llevarse a cabo en cir­ cunstancias morales muy estrictas. Es posible que los ciudadanos de Europa hubieran heredado su noción de libertad personal de la Antigüedad clásica y la de hermandad espiritual de Cristo, pero la supervivencia de Occidente se basaba en lo bien que habían sabido ignorar la idea de que matar siempre era pecaminoso.

 

Europa, en efecto, combinaba las viejas tradiciones occidentales de batalla decisiva, con el propósito de aniquilar al enemigo, del capitalismo, que le permitía fabricar armas eficaces en abundancia, y del militarismo cívico, que hizo que la población se uniese en masa para resistir a los otomanos. Por fortuna, pocos elementos del cristianismo, tal como éste evolucionó en la Edad Media, se oponían al lucro privado o al capitalismo. Si durante algún tiempo los religiosos mostraron su preocupación por la pérdida de vidas humanas, no pusieron reparos a que los miembros de su rebaño lucrasen mientras pudieran.

 

En la época de la batalla de Lepanto, Europa había perdido hacía mucho tiempo las viejas provincias romanas del norte de África, Oriente Próximo, Asia M enor y la mayoría de los Balcanes, además de las aguas costeras del Medite­ rráneo oriental, que estaban, de manera firme, en manos musulmanas y cada vez más bajo el dominio de Estambul. Para la expansión de un enorme imperio cultural a los otomanos les resultó útil una religión unificadora que defendía la guerra contra el infiel, lo que para los occidentales suponía enfrentarse a enemigos de un fervor religioso y moral desconocido en los mortíferos avances de persas, cartagineses y hunos, que habían invadido Europa y durante algún tiempo amenazaron con anexionar Grecia y Rom a a sus dominios.

 

Los cristianos, pese a la discordia que anidaba entre ellos, aún contaban con enormes ventajas sobre los ejércitos del sultán. Pese al desgaste sufrido por la hegemonía del poder militar occidental con la caída de Rom a, durante más de mil años la mayoría de los Estados europeos se las habían arreglado para conservar en forma latente las tradiciones culturales de la Antigüedad clásica

 

- el racionalismo, el militarismo cívico, algunas formas de capitalismo, ciertas ideas de libertad, el individualismo, la confianza en la infantería pesada y la batalla decisiva-, que les proporcionaron más poder militar del que en teoría debía corresponderles en virtud de su población, recursos o territorio. El problema principal de Europa ya no era un imperante pacifismo, sino las guerras casi constantes. Tras el reinado de Carlomagno, la ausencia de un poder político central a lo largo de toda la Edad Media había dado pie a un uso casi suicida de la doctrina militar occidental: los príncipes europeos se habían sumido en continuas luchas intestinas de un encarnizamiento extremo.

 

La tecnología de la construcción de galeras era mucho más avanzada en las ciudades-Estado republicanas de Italia y en la España imperial que en Asia, y

 

 

 

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también mucho más flexible y susceptible de evolucionar a fin de responder a nuevos retos en el mar. Igual que flotas islámicas anteriores habían emulado las técnicas náuticas y la administración naval bizantinas, la organización de la flota turca e incluso la terminología que se empleaba en su seno eran una copia de modelos genoveses o venecianos. Resulta asombroso que ambos bandos contaran con barcos muy similares, y de diseño italiano exclusivamente. Toda innovación militar, desde el perfil de los espolones hasta la creación de las galeazas y el uso de redes de abordaje, corría por cuenta de Europa. La ciencia militar, con el renacimiento de las nociones de táctica y estrategia en la nueva era de la pólvora, era de dom inio occidental. No era, por tanto, ninguna casualidad que los principales capitanes de ambas flotas fueran europeos. El propio sultán prefería almirantes italianos renegados, más familiarizados con las costumbres y los idiomas europeos y, en consecuencia, más capaces de adaptar sus galeras a las últimas innovaciones del enemigo.

 

No todos los soldados de la flota cristiana eran ciudadanos libres con derecho a voto -sólo Venecia y unos pocos Estados italianos eran republicanos-, pero las tripulaciones de la Liga Santa no estaban compuestas exclusivamente por esclavos, cosa que sí sucedía en la flota otomana, en la que ni los jenízaros de las unidades de elite ni los galeotes existían a efectos políticos. Era más probable que el esclavo de una galera turca quisiera escapar que el de una cristiana, los soldados europeos eran personas libres y no propiedad de un autócrata imperial:

 

En toda la flota, quitaron los grilletes a los esclavos cristianos y los equiparon con armas, alentándolos a que las utilizasen con valor con la prom esa de liberarlos y darles alguna recom pensa. A los esclavos musulmanes, por el contrario, les revisaron con cuidado las cadenas que los mantenían en sus puestos y aseguraron los remaches; a éstos, además, les pusieron esposas, para impedir que utilizasen las manos para otro propósito que no fuera remar (W. Stirling-Maxwell, DonJuan ofAustria, vol. i, p. 404).

 

 

Además, los cristianos, que padecían las incursiones constantes de los corsarios del norte de África y de las galeras turcas, buscaban una batalla decisiva de manera deliberada. Era la armada de la Liga Santa la que deseaba combatir contra la del sultán y matar a los otomanos en el mar. L a escuadra turca se encontraba recluida en sus cuarteles de invierno y era reacia a luchar. En la flota cristiana, además, mentes y personalidades muy diversas se habían puesto manos a la obra. Aventureros españoles, italianos, franceses, ingleses y alemanes, Caballeros de Malta, nobles de otras muchas órdenes religiosas, incluso pro­ testantes y, al menos, una mujer alzada en armas, discutieron y se pelearon hasta segundos antes de la primera descarga, y es que la armada cristiana gozaba de

 

 

 

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las ventajas que confieren la diversidad de opiniones y la libertad de los comandantes para reaccionar como mejor les pareciera ante las condiciones cambiantes del combate. Ni siquiera la autocracia de la monarquía cristiana de España, que operaba en un laberinto de controles y supervisiones judiciales y cívicas, maniataba la libertad del individuo como lo hacía el totalitarismo del gobierno del sultán.

 

Sin embargo, lo que proporcionó a los Estados mucho más pequeños de la federación cristiana una oportunidad de victoria fue su notable capacidad, teniendo en cuenta que contaban con poblaciones y territorios limitados, para crear capital y, por tanto, para construir excelentes navios, producir en masa armas de fuego modernas y contratar tripulaciones diestras y experimentadas. Aunque en Lepanto Europa estaba representada por tan sólo tres potencias mediterráneas -el papado, España y Venecia-, la suma de su producción nacional era mayor que la de toda la economía del Imperio otomano. Antes de que la flota llegara siquiera a zarpar, los ministros papales habían calculado el coste de mantener doscientas galeras operativas durante un año, y habían adelantado los fondos necesarios.

 

 

 

 

UNA ESPLÉNDIDA CIUDAD-ESTADO

 

Buen ejemplo de las enormes diferencias económicas de ambos adversarios es la república veneciana, pese a que su producción de bienes y servicios era mucho menor que la de las economías francesa, española o inglesa. En la época de Lepanto, Venecia tenía una población inferior a los 200.000 habitantes y sus territorios se reducían a unos cuantos cientos de kilómetros cuadrados en el norte de Italia y algunos puestos com erciales en el M editerráneo oriental, Grecia, Creta y la costa del Adriático. En cambio, el sultán regía sobre una población que multiplicaba en varios cientos a la de Venecia y contaba con muchas más reservas de madera, minerales, productos agrícolas y metales preciosos. Adem ás, controlaba un territorio m iles de veces m ayor que el veneciano que servía de lucrativo nexo mercantil entre Oriente y Occidente.

 

Y       sin embargo, en términos de activos militares, económicos y comerciales, y de influencia en el Mediterráneo, Venecia fue, a lo largo de todo el siglo XVI, rival de los otomanos casi en condiciones de igualdad.

 

En apariencia, el poder veneciano se basaba en su extraña capacidad para fabricar armas de acuerdo a los modernos principios de la especialización y la producción capitalista: de los siete millones de ducados de ingresos anuales, 500.000 quedaban reservados para financiar las actividades del gran Arsenal donde se fabricaban miles de mosquetes, arcabuces y cañones, amén de muchas toneladas de m adera seca, que constituían una reserva estratégica de la que

 

 

 

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podían disponer en cualquier momento. Aparte de con decenas de pequeños astilleros privados, Venecia también contaba con un consejo público gracias al cual, cuando se producía una crisis, podía disponer de barcos preparados de antemano, consejo no muy distinto a la Ju nta de Producción de Guerra de los Estados Unidos, que durante la Segunda Guerra Mundial organizó la industria y la mano de obra bajo los auspicios de la iniciativa privada a fin de crear cadenas de producción armamentística de m anera instantánea. Tres años después de Lepanto, el monarca francés Enrique III, que se encontraba en Venecia, visitó el Arsenal, que, para su asombro, montó, botó y equipó una galera en ¡una hora! En condiciones normales, el Arsenal, recurriendo a principios de construcción naval, financiación y producción en masa comparables únicamente a los del siglo x x , era capaz de botar una flota entera de galeras en el espacio de unos pocos días:

 

 

Siguiendo órdenes del Consejo de los Diez, había que mantener veinticinco galeras en los puertos, armadas y equipadas para zarpar. El resto debían estar en tierra, con el casco y la superestructura completos, listas para ser botadas en cuanto los calafateadores hubieran sellado las juntas con brea y estopa. Tanto los muelles como la rada donde se en­ contraban debían mantenerse despejados, para que se pudieran botar tan rápido como hiciera falta. Cada galera era identificada con un número con el que también se marcaban sus aparejos y otros objetos, de manera que pudieran montarse lo más rápido posible (F. Lañe, Venetian Ships and Shipbuilders of the Renaissance [Barcos y astilleros venecianos en el Renacimiento], p. 142).

 

 

El sultán turco construyó una copia del Arsenal cerca del Cuerno Dorado y contrató barcos venecianos y napolitanos a fin de copiar los logros venecianos (los resultados fueron dispares: los visitantes extranjeros pudieron ver piezas de artillería esparcidas por todas partes, pero no fabricadas allí, sino en su mayor parte robadas y producto del pillaje). Pero, si la habilidad de los turcos para construir una moderna flota de galeras se basaba en sus esfuerzos por importar o robar productos y técnicas occidentales -d e esta manera, reemplazó casi todas las pérdidas sufridas en Lepanto en dos años-, el poder veneciano era producto de una capacidad intelectual, política y cultural que no existía en Oriente y no se basaba ni en la población, ni en los recursos naturales, ni en los territo­ rios, ni tampoco en la capacidad de saqueo, el cobro de impuestos o el talento extranjero.

 

El Arsenal era una expresión natural del capitalismo y del gobierno constitucional venecianos y operaba de un modo que para Estambul resultaba inimaginable. Venecia era gestionada como una república, con un presidente

 

 

 

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ejecutivo electo, el dogo, y un Senado de mercaderes aristocráticos que per­ mitía que el capital del comercio estuviera exento de tributos y fuera legalmente inmune a la confiscación. Además, las empresas venecianas gozaban de una protección legal que las convertía en entidades abstractas y meritocráticas, en negociados que podían trascender a los individuos y cuyo éxito o fracaso se basaba en el beneficio económico. Las empresas venecianas no dependían de la vida, salud o posición de ninguna persona o clan en particular, sino, únicamente, de su eficacia para operar siguiendo principios em presariales abstractos como la inversión y el reembolso, con el corolario de instrumentos financieros como las participaciones, los dividendos, los seguros y los préstamos. Puesto que el Estado asumía inversiones m uy caras como la construcción de buques mercantes y las tareas de protección naval, los pequeños comerciantes podían, bajo la égida de las instituciones públicas, competir con corporaciones más grandes en las subastas por el derecho a utilizar los barcos y las rutas comerciales. En la época de Lepanto, en el puerto de Venecia daban comienzo o finalizaban más de ochocientas travesías comerciales por año, es decir, a su puerto arribaban más de dos barcos al día.

 

Cuando este capitalismo sancionado por el Estado operaba en una sociedad bastante libre y era supervisado por los consejos públicos electos de la república, personas de talento de todas clases encontraban un clima favorable a los negocios que no se parecía a ningún otro del Mediterráneo. Junto a la combinación de gobierno de consenso, mercado libre e inversión, la devoción por el racionalismo y la investigación científica desinteresada explican por qué las galeras venecianas eran las mejor diseñadas y armadas del Mediterráneo. No existía en Asia nada semejante al mercado europeo de ideas dedicado a la búsqueda de armas cada vez más mortíferas, nada parecido, por ejemplo, a las investigaciones empíricas con cañones de hierro y de bronce que publicaron Vannoccio Biringuccio, Pirotechnia (Venecia, 1540); Niccoló Tartaglia, La nova scientia (Venecia, 1558), y Luigi Collado, Practica manual di artiglierra (Venecia, 1586, en italiano; Milán, 1592, en español). Estos tratados ortodoxos se veían complementados muy a menudo por informes anuales publicados por comisiones y juntas en Venecia y G énova y por estudios más informales que corrían a cargo de los propios constructores de barcos, como el informe que en 1546 publicó el impresor Teodoro sobre las actividades del Arsenal. La libertad para intercambiar ideas y el patrimonio clásico del racionalismo, evidentes, por ejemplo, en el tratado de marinería, propulsión náutica y armamento de García de Toledo (Madrid, h. 1560), o en la obra de Pedro de Medina Regimentó de navegación (Sevilla, 1563), atestiguan que los europeos conjugaban experiencias de primera mano y teorías abstractas con la intención de lograr progresos en la ciencia de la construcción naval y la navegación. La investigación militar era parte de los estudios superiores en Venecia. Se llevaba a cabo en la cercana universidad de Padua, donde las

 

 

 

 

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enseñanzas científicas y médicas, bajo la dirección de los célebres Gabriele Falloppio (1523-1562) y Fabricius Aquapendente (1537-1610), no tenían parangón. En pintura, Tintoretto, Giorgione y Tiziano mantenían viva la excelencia del espíritu helénico que inspiró el Renacimiento italiano, al tiempo que impresores como Aldo Manuzio (1450-1515) no tardaron en consolidar el mayor centro de publicaciones de Europa, con las famosas ediciones príncipe de los clásicos grecolatinos.

 

Por el contrario, en Estambul no hubo imprentas hasta finales del siglo x v e incluso entonces permanecieron prohibidas durante mucho tiempo debido al temor de que difundieran informaciones perjudiciales para el Estado. En realidad, el islam nunca se llevaría bien con la prensa libre ni con la idea de la difusión masiva y sin cortapisas del conocimiento. La m ayoría del arte y de la literatura otomanos más conocidos eran de inspiración cortesana, sometidos a una censura religiosa e imperial mucho más estricta que la que se conoció en Occidente. El racionalismo no casaba con la primacía política del Corán en que se basaba el poder del sultán. Por todo ello, los conocimientos obtenidos en la guerra de galeras sólo podían adquirirse en la práctica o mediante los relatos de tradición oral que circulaban entre los hombres de mar, ya que los otomanos no contaban con verdaderas universidades, ni imprentas, ni con una difusión de la lectura lo suficientemente am plia para facilitar la especulación abstracta.

 

 

La fuerza de Venecia frente a los turcos no residía en la geografía, los recursos naturales, el celo religioso o un com prom iso continuo con la guerra y las expediciones de saqueo, sino en un sistema que prim aba el capitalismo, el gobierno de consenso y la devoción por la investigación desinteresada. Sólo de este modo podían los ingenieros, pilotos y almirantes más hábiles y experi­ mentados neutralizar la enorme ventaja de los turcos en territorios y tributos, una tradición cultural de guerreros nómadas y su enorme superioridad numérica. El sultán contrataba comerciantes, constructores navales y marinos europeos e importaba armas de fuego e incluso pintores retratistas. Europa, por su parte, no requirió los servicios de ningún turco.

 

 

 

 

“OTOMANISMO”

 

Acaso el hecho que mejor ejemplifique las diferencias en las economías de los Estados enfrentados en Lepanto sean los 150.000 cequíes de oro encontrados en el barco de A lí Bajá. Y en las galeras de otros almirantes otomanos se hallaron tesoros casi tan valiosos. Sin sistema bancario al que recurrir, temeroso de la confiscación en caso de contrariar al sultán y siempre cauto a la hora de ocultar sus riquezas a los recaudadores de impuestos, en Lepanto, A lí Bajá llevaba

 

 

 

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consigo su enorme fortuna personal. De su galera la sacaron los cristianos tras matar al almirante y antes de hundir su barco. Si un m iem bro de las altas jerarquías de la sociedad otomana -era cuñado del sultán y estaba inmerso en un gran yihad en favor de su m onarca- no podía invertir ni ocultar su capital en ningún lugar de Estambul, qué no les sucedería a los miles de súbditos turcos menos afortunados que él.

 

Los ricos comerciantes y mercaderes otomanos invertían dinero en Europa a menudo de forma subrepticia y solían importar costosos bienes de lujo de los países occidentales, o escondían o enterraban sus ahorros para no arriesgarse a que, en un futuro, les arrebatasen el dinero acumulado. A consecuencia de ello, en el Imperio otomano existía una escasez crónica de capital para invertir en educación, obras públicas y gastos militares. Quizá Adam Smith tuviera en mente a Alí Bajá cuando escribió: “En aquellas naciones infortunadas, en efecto, donde los hombres temen continuamente la violencia de sus superiores, a menudo entierran y esconden una gran parte de sus riquezas, una práctica que es frecuente en Turquía, Indostán y, según creo, en la mayoría de los demás gobiernos de Asia” (La riqueza de las naciones). En cualquier caso, los miles de venecianos y demás italianos y griegos que vivían en Estambul facilitaban, junto a judíos y armenios, una vasta red comercial entre Oriente y Occidente. Era muy común el intercambio de productos de gran valor, como las armas de fuego europeas, los artículos manufacturados y los tejidos, por materias primas de Asia como el algodón, la seda, especias y otros productos agrícolas. Por el contrario, Venecia no veía necesidad de contar con una camarilla de especialistas turcos en banca y comercio para mejorar su economía.

 

L a organización política y religiosa que mantenía la economía cerrada de los otomanos era a un tiempo ilustrada y horrible, eficaz y estática, lógica y atrasada, y, en casi todos los aspectos, opuesta al capitalismo de mercado. Tradicionalmente, los historiadores han tachado al gobierno otomano de corrupto, burocrático e inepto, lo que resulta tan engañoso como esas recientes propuestas revisionistas que retratan al Im perio turco como un sistema no muy distinto, y en todo caso más evolucionado, a sus homólogos europeos. En la época de Lepanto, las prácticas militar, económica y política otomanas no podrían haber sido más distintas a las costumbres europeas. En primer lugar, la burocracia militar y gubernamental estaba en manos de esclavos -80.000 o m ás- que habían sido comprados a los tratantes o capturados en la guerra y en las incursiones en países extranjeros, o bien recogidos en virtud de un “tributo” obligado que se efectuaba durante el devshirme, la inspección que cada cuatro años llevaba a cabo el Estado de las provincias cristianas conquistadas para seleccionar jóvenes cristianos a fin de iniciar su conversión forzada al islam. Los mejores cautivos cristianos eran educados en la lengua y la religión de los turcos, para a continuación ocupar altos cargos del gobierno y el ejército. De este modo

 

 

 

 

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se convertían en fieles y m uy preciados esclavos del propio sultán durante toda su vida.

 

A resultas de ello, la elite militar y gubernamental sufría una renovación continua. En ella no eran aceptados, al menos no con facilidad, los musulmanes de nacimiento, y no se prolongaba indefinidamente mediante sucesión dinás­ tica o hereditaria. Los hijos del devshirmeno ascendían en virtud de su nacimiento o riqueza. De este modo surgió una especie de meritocracia -versión de pesadilla del modelo que Platón propuso en su República-, en virtud de la cual se separaba a los jóvenes de sus padres, se les daba una educación pública, avanzaban según sus méritos y se los m otivaba para servir al Estado. El devshirme garantizaba al sultán una camarilla de seguidores que no tenían padres y no imaginaban ningún ascenso para sus hijos, y es que éstos nacían musulmanes y, por tanto, no podían entrar a formar parte del cuerpo de funcionarios del gobierno ni ser reclutas jenízaros. Si bien es cierto que la m ayoría de los súbditos con­ quistados de los Balcanes lamentaban el robo de los niños cristianos, los padres de los afectados confesaron en alguna ocasión que el servicio imperial en el gobierno del sultán podría dar a sus hijos un futuro mejor que el de siervos provinciales y pobres.

 

 

El recurso a los cristianos conversos evitó en parte la amenaza que suponía el hecho de que los turcos oriundos adquiriesen poder y, por tanto, comenzasen una insurrección, al tiempo que era prueba fehaciente para todo el Imperio del dinamismo del islam y de su capacidad para transformar a la mejor juventud cristiana en los más devotos y leales súbditos del sultán. Durante los siglos de existencia del Imperio fueron capturados y convertidos millones de cristianos. En Lepanto, la m ayor parte de los mandos militares, de los burócratas que gestionaban la logística de la flota, los jenízaros y los galeotes encadenados a los remos eran antiguos cristianos, convertidos a la esclavitud y al islam de manera forzada.

 

El devshirme también ilustraba hasta qué punto la religión impregnaba todos los aspectos de la vida otomana. Los más grandes almirantes de la flota otomana del siglo X VI -Jayr al Din, llamado Barbarroja, Uluj A lí (Ochiali) y Turgud Alí Bajá (Dragut)- eran europeos y cristianos de nacimiento. La propia madre del sultán, Hürrem Sultán, esposa de Solimán el M agnífico, era una cristiana ucraniana hija de un sacerdote. El gran visir, o primer ministro, del Imperio en la época de la batalla de Lepanto, Mehmet Sokulu, era un eslavo de los Balcanes. Parte del secreto del éxito marcial de los otomanos era su ambivalente relación con Europa, a la que cortejaban y odiaban a un tiempo, a la que robaban y con la que com erciaban, sin dejar de dar la bienvenida a los mercaderes occidentales, de secuestrar adolescentes europeos y de contratar a criminales renegados. Que la capital del Im perio otomano ya no estuviera en el este, sino en la venerada ciudad europea de Constantinopla, era en realidad un

 

 

 

 

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reconocim iento de las ventajas financieras inherentes a su proxim idad a Occidente.

 

El Imperio, como en el caso de los gobernantes aqueménidas de Asia Meno.r, estaba en manos del sultán, que, en cierto modo, era también esclavo, ya quie había nacido de una de las esclavas del harén de su padre y era siervo de A lá. En 1538, en una inscripción que recuerda a las de Darío o Jerjes, Solimán eA Magnífico dejó el siguiente testimonio en la ciudad moldava de Bender:

 

Soy esclavo de Dios y sultán de este mundo. Por la gracia de D ios soy el líder de la comunidad de Mahoma. El poder de Dios y los milagros de M ahom a me acompañan. Yo soy Solimán, en cuyo nombre se l«ee la jutba en la M eca y Medina. En Bagdad, soy el sha, en los reinos bi­ zantinos, el césar, y en Egipto, el sultán que envía sus flotas a los madres de Europa, el M agreb e India. Soy el sultán que tomó la corona y el trono de Hungría y se los entregó a un humilde esclavo. El Voivoda Pitru alzó la cabeza en rebelión, pero los cascos de mi caballo lo revolcaron en el polvo, y yo conquisté las tierras de Moldavia (H. Inalcik, The Ottoman Empire [El Imperio otomano], p. 41).

 

 

La sucesión correspondía al más ambicioso de los muchos hijos de un gobernante, para quien era decisiva la colaboración de su madre y hermanos a la hora de eliminar a sus posibles rivales, que podían contarse por decenas. La m ayoría de las hijas de un sultán morían asesinadas nada más nacer. Las intrigas de la corte, los envenenamientos y las ejecuciones gratuitas eran tan macabras como las que relata Suetonio en Los doce Césares. La autocracia, en Oriente u Occidente, siempre es mala, pero podía resultar nefasta cuando, para decidir quién sería el nuevo hombre fuerte de la corte, se la combinaba con una sucesión ritual de derramamientos de sangre entre los miembros de la elite gobernante. En consecuencia, puede decirse que las dos ñotas enfrentadas en Lepanto representaban polos opuestos de la organización política y religiosa: la flota otomana estaba compuesta por los esclavos del sultán; la cristiana, era una alianza de Estados autónomos, algunos de los cuales estaban regidos por un gobierno electo.

 

 

El espectacular crecimiento otomano en el siglo XV se basó en dos fenómenos: la capacidad de unos pueblos nómadas para unirse y cabalgar hacia el oeste y el sur a fin de capturar y saquear los Estados más ricos y sedentarios de sus alrededores -Bizancio, los feudos cristianos del norte de los Balcanes, el Egipto mameluco y los regímenes islámicos de Irán y Anatolia oriental-, y su habilidad para conseguir tributos y transportar hasta Europa las riquezas del Oriente, como algodón, seda, especias y productos agrícolas, e intercambiarlas por armas, barcos y artículos manufacturados. En tanto los ejércitos otomanos pudieran

 

 

 

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adquirir nuevas tierras y continuar con el pillaje, encontrar nuevos recursos para conseguir esclavos y monopolizar las rutas comerciales entre el este y el oeste, «1 Imperio podía extenderse y prosperar pese a las deficiencias intrínsecas de ¡su economía y a la inestabilidad política de la administración.

 

En principio, el sultán poseía todas las tierras del Imperio ; en la práctica, las mejores haciendas se entregaban a los funcionarios y militares más poderosos. Toda propiedad estaba sometida a altos impuestos. No existía una clase de ciudadanos propietarios con derecho a voto. L a aristocracia, que recaudaba impuestos o poseía tierras, copaba los cargos locales, mientras que los puestos de la administración nacional estaban ocupados por los esclavos cristianos q.ue proporcionaba el devshirme. L a m ayor parte de los efectivos del ejército otomano no pertenecían a la clase de los jenízaros. El sultán reclutaba sus tropas mediante el sistema del timar, por medio del cual los caudillos militares recibían un;a parte de los territorios conquistados y el control casi absoluto de sus alrededores. Tras recaudar los tributos imperiales, el timariota se quedaba con todo el excedente que podía arrancar de los campesinos, que tenían con él una relación de vasallaje, y prometía reclutarlos y equiparlos en tiempo de guerra. Si los jenízaros eran soldados esclavos nacidos en el extranjero, el resto de la armada y el ejército otomanos estaba compuesto principalmente por sier vos campesinos que debían lealtad a su caudillo local. Este sistema de trabajo esclavo suponía un agudo contraste con el de los ejércitos europeos, que o bien reclutaban sus soldados y remeros entre su propia población, como hacía Venecia, o bien buscaban soldados en el m ercado libre con obligaciones contractuales claras y bien entendidas. A primera vista, el sistema de recluta­ miento otomano tenía la ventaja de ser “gratuito” y basarse en la camaradería y la confianza de los m iembros de una misma localidad y no en el salario. Pero un análisis pormenorizado revela que el método del ¿¿mar dependía de la continua adquisición de nuevas tierras, el liderazgo hábil en la batalla de un autócrata timariota, campañas relativamente breves para evitar el abandono de la producción agrícola y victorias constantes a fin de proporcionar botín a lo que en esencia eran tropas bajo coerción.

 

 

Todo gobierno despótico está sometido a algunos controles en form a de limitaciones religiosas, o bien a consecuencia del auge de una clase intelectual y comercial que resulta necesaria. Con los otomanos, en efecto, el poder del Estado jam ás estuvo separado del control religioso del islam. La omnipresencia de la ideología m usulmana motivó que la m ayoría de la vida intelectual y comercial quedase bajo los auspicios del Corán. Los sabios musulmanes fundaron centros de enseñanza religiosa y de exégesis del libro sagrado, pero las universidades no pudieron llevar a cabo una investigación real que pudiera conducir a la innovación militar, el progreso tecnológico o el renacimiento económico:

 

 

 

 

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El saber otomano estaba vinculado al saber islámico tradicional, que consideraba el aprendizaje de la religión como la única ciencia verdadera y cuyo único propósito era comprender la palabra de Dios. El Corán y los preceptos del Profeta constituían la base de este aprendizaje; la razón no era más que una herramienta auxiliar al servicio de la religión. El método de las ciencias religiosas consistía en buscar las pruebas de un argumento primero en el Corán, luego en los preceptos del Profeta, a continuación en los precedentes registrados y, sólo como último recurso, en el razonamiento personal (H. Inalcik, The Ottoman Empire, p. 41).

 

Pese a los esfuerzos de algunos revisionistas recientes por negar el punto de vista decimonónico según el cual la otomana era una economía “estancada”, apenas hay dudas de que el islam tuvo un efecto más perjudicial en las actividades propias del libre mercado del que tuvo el cristianismo sobre el capitalismo europeo. En primer lugar, en el Imperio otomano nunca existió un verdadero sistema de oferta y dem anda o de beneficio y pérdida, y mucho menos un mecanismo de préstamos con intereses: “El islam desaprueba categóricamente la existencia de intereses en cualquier transacción económica. El concepto coránico de la riba no se limita al préstamo con interés. Literalmente, riba sig­ nifica sobre y por encima de algo, y se aplica a bienes muebles o inmuebles” (M. Choudhury, Contributions to Islamic Economic Theory [Aportaciones a la teoría económica islámica], p. 15).

 

No existía actividad bancaria en el sentido estricto de la palabra. Fueron los inversores europeos, de hecho, quienes fundaron el primer banco otomano en 1856. Era más probable que las fortunas personales en moneda corriente se enterrasen o embargasen que se invirtiesen o dejasen en depósito. El gobierno regulaba los precios por decreto y los gremios los controlaban de manera férrea. No había preceptos constitucionales que protegiesen la propiedad privada, que estaba sometida a la confiscación imperial. Los tributos eran altos, arbitrarios y se aplicaban de m anera caprichosa. Los propietarios jam ás sabían en qué momento podría aparecer el recaudador de impuestos o cuánto les pediría. La burocracia y el ejército otomanos, de enorme tamaño, devoraban el presupuesto y absorbían todo el capital disponible. El índice de alfabetización era muy bajo: no más del 10% de la población sabía leer. No había verdaderas universidades seculares en las que pudiera educarse una clase financiera o diplomática. Las haciendas que eran propiedad de los mulás tenían una gran extensión y estaban exentas del pago de impuestos. En numerosas ocasiones, el islam afirmaba que los préstamos eran usura y estaban en contra de los preceptos del Corán.

 

En consecuencia, cuando la economía mundial experimentó cambios radicales, como sucedió con la importación masiva de metales preciosos del Nuevo Mundo y la apertura de rutas comerciales alternativas -rutas hacia Oriente que cubrían

 

 

 

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los galeones europeos-, los otomanos se vieron incapaces de adaptarse a la nueva situación. Cualquier Estado europeo grande o pequeño -Venecia, España, Inglaterra, Francia o los Países Bajos- podía construir una flota del mismo tamaño que la del sultán sin tener ni la gran extensión ni los enormes recursos humanos del Im perio otomano. En definitiva, precisamente en la época de Lepanto, una vez que el Imperio hubo alcanzado su punto máximo de crecimiento fácil, los otomanos se vieron superados por una desastrosa pero lógica sucesión de circunstancias:

 

 

Al quedar detenida la expansión militar, el Estado se vio sometido a una profunda tensión. Los ingresos se hundieron y fue imposible mantener adecuadamente al ejército y la armada, lo que a su vez redujo las opciones militares. El sistema hizo presa sobre sí mismo con una precipitación bastante indecorosa. Los impuestos se elevaron tanto que produjeron el despoblamiento. El camino hacia la riqueza personal para los funcionarios políticos y los oficiales militares rápidamente se entendió como la com­ pra y la explotación de los cargos públicos. L a corrupción ya se había iniciado en el siglo XVI cuando Solimán permitió la venta de cargos y la acumulación de fortunas privadas a la elite turca dentro de la burocracia imperial; los miembros de la denominada Institución Rectora (Eric. L. Jones, E l milagro europeo, pp. 231-232).*

 

 

 

 

SIGNIFICADO DE LEPANTO

 

Los estudiosos suelen considerar Lepanto como una victoria táctica que condujo a un punto muerto estratégico. Tras la aplastante derrota de la flota turca -durante casi un año se vieron muy pocos barcos de guerra otomanos en el Mediterráneo-la Liga Santa fracasó a la hora de sacar partido de su ventaja. Chipre siguió en manos otomanas, igual que Grecia. En menos de dos años, Venecia, que sufrió una enorme pérdida de ingresos debido a los recortes en el comercio asiático, había firmado la paz con el sultán. En los dos siglos siguientes, el avance otomano aplastaría Creta, proseguiría por Hungría y se detendría a las puertas de Viena. En tan sólo un año, los astilleros del sultán, copiados del Arsenal de Venecia y gestionados por técnicos europeos, construyeron una flota totalmente nueva, aunque de calidad muy cuestionable.

 

No obstante, Lepanto, como Poitiers, marcó un hito en la historia de las relaciones entre Oriente y Occidente. L a victoria aseguró definitivamente el Mediterráneo occidental y las galeras del islam rara vez se aventurarían a través

 

* Madrid, Alianza Editorial, 1990, traducción de Manuel Pascual Morales.

 

 

 

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del Adriático, de igual modo que, tras Poitiers, los musulmanes de España dejarían de representar una amenaza para la Europa septentrional. En cuanto se detuvo el avance otomano en Lepanto, la autonomía a largo plazo del Mediterráneo occidental no volvió a correr peligro. Gracias a Lepanto, el creciente comercio atlántico prosiguió sin novedad. Los europeos no sólo se enriquecían con los tesoros del Nuevo Mundo, sino que, para Europa, con crecientes intereses comerciales en Oriente, por las rutas que rodeaban el Cuerno de África, el Imperio otomano era cada vez más irrelevante. En 1580, el emir Mehmet Ibn-Emir el-Su’udi escribió: “Los europeos han descubierto el secreto de los viajes oceánicos. Son los señores del Nuevo Mundo y de las puertas de India. [...] Los pueblos del islam carecen de las últimas informaciones de la ciencia de la geografía y no comprenden la amenaza que supone que los europeos se hayan hecho con el comercio de los mares” (W. Alien, Problems ofTurkish Power in the Sixteenth Century [Los problemas del poder turco en el siglo xvi], p. 30).

 

Asimismo, Lepanto había demostrado que Europa no necesitaba estar unida para derrotar a los turcos. Una coalición a i hoc de unas pocas naciones medi­ terráneas bastaba para detener el avance de un Estado otomano basado en la teocracia y el despotismo. El desequilibrio Oriente-O ccidente sólo podía aumentar a medida que la población y la actividad económica crecían a un ritmo mucho m ayor debido a los mercados libres europeos, el protestantismo y el comercio global. Por el contrario, la cultura militar de los otomanos, que tenía su origen en las estepas orientales de Asia Menor y había alcanzado los límites de su sencilla expansión, se vio por vez prim era enfrentada a Estados más form idables que los enervados bizantinos y que los reinos aislados de los Balcanes, a naciones cuyas continuas mejoras en armas de fuego, fortificacio­ nes y embarcaciones, y su continuo uso de tácticas militares complejas, podían vencer con facilidad la destreza marcial que los guerreros turcos demostraban a título individual.

 

La lucha de galeras que la cruz y la media luna desarrollaron en el Medite­ rráneo tampoco está exenta de ironía, y es que, en 1571, los Estados del Atlántico norte -Inglaterra, Francia y los Países Bajos- poseían más y mejores barcos que las arcaicas embarcaciones que combatieron en Lepanto. Pese a que otomanos

y europeos m eridionales luchaban por lo que consideraban la suprem acía mundial, eran los navios transoceánicos de los países norteños los que cimentaban la posesión del Nuevo Mundo y de las colonias y rutas comerciales asiáticas, demostrando que los premios estratégicos ya no podían encontrarse en el M editerráneo. En la nueva era de los cañones y las velas no tenía sentido meter entre doscientos y cuatrocientos hombres en un bajel de remos que un galeón que llevaba la mitad de tripulación podía hacer saltar en pedazos con facilidad y a gran distancia. H acia 1571 los españoles eran los marinos más modernos del Mediterráneo y, sin embargo, en menos de veinte años los galeones

 

 

 

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y cañones de su armada demostrarían ser inferiores en todos los sentidos a los de una flota británica que contaba con artillería, tripulaciones, oficialidad y aparejos de superior calidad.

Finalmente, don ju án demostró en Lepanto que los europeos meridionales no tenían por qué temer a los terribles turcos, cuyo avance de un siglo de duración a través de los Balcanes tanto pánico había sembrado entre la cristiandad. Con la Reconquista de España y la victoria de Lepanto, el futuro del dinamismo militar ya no tenía que ver con caballos, nómadas o corsarios. Había que volver al viejo paradigma de la Antigüedad clásica: superioridad tecnológica, econo­ mías creadoras de capital y ejércitos de ciudadanos. Los otomanos habían m odelado un brillante im perio militar basado en el valor de los guerreros nómadas, la adquisición de armas de fuego y especialistas europeos, y los grandes cismas de la cristiandad entre católicos, protestantes y ortodoxos. Al final, sin embargo, fue necesario hacer cálculos, y es que la fuente de la que emanaba el capital otomano se secó con la caída de Bizancio y la apertura del comercio marítimo de A sia por parte de los europeos. A los sultanes, la tecnología importada les resultaba cada vez más cara o difícil de copiar. Entre tanto, se percataron de que la ciencia militar europea no era estática, de que evolucionaba desde el mismo instante en que se vendía al extranjero. “Aquel día, que fue para la Cristiandad tan dichoso” , escribió Cervantes acerca de Lepanto en el Quijote, “porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar” (il. 39).

 

 

 

 

EL CAPITALISMO, LA ECONOMÍA OTOMANA Y EL ISLAM

 

¿Por qué la flota otomana que combatió en Lepanto era el producto del pillaje, las incursiones, los impuestos y los aranceles sobre el comercio con Occidente, mientras que los barcos de Venecia y los Estados Pontificios respondían más a los dividendos del capital invertido en la banca, la industria, la colonización y las exploraciones? ¿Por qué, como norma, los otomanos y otros Estados islámicos intercambiaban con los europeos materias primas por productos manufactu­ rados? ¿Por qué había fabricantes, diseñadores navales y de armas y coman­ dantes m ercenarios europeos y renegados en Estambul, pero, en términos relativos, Occidente empleaba a muy pocos turcos? ¿Por qué Europa no aprendió de los otomanos a fabricar cañones y galeras en masa? ¿Por qué la flota turca no contaba con las novedosas galeazas, y la flota cristiana sí?

 

El mundo musulmán nunca ha desarrollado plenamente verdaderas economías de mercado porque éstas están en contradicción con la falta de libertad y se oponen a los preceptos del Corán, que no establece distinción entre la vida política, cultural y económ ica y la vida religiosa y, por tanto, desalienta un

 

 

 

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racionalismo económico sin restricciones. La controversia académica aún debate la nebulosa relación entre islam y mercado libre, y es que los historiadores han intentado explicar las Tazones de que Europa fuera capaz de proyectar su poder sobre el corazón del mundo islámico durante siglos y por qué hoy en día las economías de los Estados islámicos son mucho más débiles que las de sus homólogos occidentales, por qué, por ejemplo, el producto interior bruto del pequeño Israel supera a la suma del producto interior bruto de todas las naciones de la costa norte de Africa.

 

El debate hace extraños compañeros de cama. Los estudiosos progresistas de Occidente se han esforzado por sugerir que las econom ías árabes son simplemente “distintas” de, en lugar de menos eficientes que, las occidentales, y es que los observadores europeos y norteamericanos no incluyen en la ecuación los saludables beneficios de la cultura islámica: menos criminalidad, mayores vínculos familiares, menos consumismo gratuito y más ofrendas caritativas. Añaden que, durante siglos, los Estados musulmanes encontraron formas muy ingeniosas de soslayar los preceptos religiosos formales en contra del cobro de intereses, olvidando que estos procedimientos torpes y furtivos evitaban en realidad la creación fácil de capital. Aunque resulte extraño, los economistas islámicos han adoptado en algunas ocasiones una interpretación muy distinta

 

- y más honrada-, reconociendo los impedimentos morales a la creación de capitales inherentes a la religión islámica. Muchos se enorgullecen de que, hoy en día, en los países islámicos existan frenos religiosos y éticos al materialismo y al más puro racionalismo económico.

 

Si la escuadra otomana que combatió en Lepanto era menos avanzada que su adversaria europea y si un solo Estado europeo tenía capacidad para construir y financiar casi tantos barcos como el imperio del sultán, en la actualidad, la comunidad islámica, que sobrepasa ampliamente los mil millones de fieles

- aunque diste mucho de ser m onolítica-, se encuentra en clara desventaja militar frente a cada uno de los ejércitos occidentales, pese a la enorme riqueza generada por la producción y exportación de petróleo. Así como Venecia podía igualar en galeras a los otomanos, hoy en día, Francia, Gran Bretaña o los Estados Unidos poseen, por separado, tantos aviones, barcos y armas nucleares como para superar la potencia agregada de todo el mundo islámico. Veinticuatro siglos después de que Ciro el Jo ve n contratase a los Diez M il para hacerse con el trono de Persia y quinientos años después de que los otomanos copiasen el Arsenal de Venecia, Sadam Hussein compró todas sus armas a los traficantes occidentales con los beneficios obtenidos por la industria petrolífera iraquí, empresa creada y mantenida con tecnología e ingenieros occidentales.

 

El capital es la clave de la guerra a gran escala, lo que Cicerón llamó “el nervio de la guerra”, sin el cual un ejército no puede formarse, alimentarse o combatir. El capital es la fuente de la innovación tecnológica, que está inextricablemente

 

 

 

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ligada a la libertad, y es con frecuencia expresión del individualismo y, por tanto, vital para el éxito militar en cualquier época. Que el capitalismo naciera en Occidente, se extendiera por Europa, haya sobrevivido a los modelos socialista y comunista, por lo demás, de inspiración occidental, y, en su última manifes­ tación global, se encuentre indisolublemente vinculado a la libertad personal y la democracia explica en no pequeña parte el predominio militar occidental desde Salamina hasta la Guerra del Golfo. En el pasado y en el presente existen enormes diferencias entre la m anera de afrontar la econom ía capitalista en Occidente y en el mundo islám ico:

 

 

Si el capitalismo democrático es producto de la experiencia humana, la base de la doctrina económica del islam es de inspiración divina. En consecuencia, la vida económica de un musulmán no es de vocación enteramente materialista o mundana. Su estímulo se deriva tanto del impulso individual de conseguir riquezas, como de su deseo de convertirse en obediente siervo de Dios. Esto es, la intención cuenta, y el tipo de actividad económica en que se implica un musulmán debe ser legítimo. (M. Abdul-Rauf, A Muslim ’s Reflections on Democratic Capitalism [Reflexiones de un musulmán sobre el capitalismo democrático], p. 6o).

 

La base del capitalismo, ni siquiera la del capitalismo mediterráneo del siglo X V I, no fue nunca la justicia social o la “intención” o el deseo de ser “legítimo”, sino el reconocim iento de la codicia eterna del hom bre, fundamental a la hora de modelar un sistema que admite el propio interés como algo natural. Los chipriotas y griegos del siglo X V II despreciaban a los turcos no sólo por motivos étnicos o religiosos, sino debido a la destrucción gradual que, bajo el dominio otomano, sufrió su vida económica y material. Como terratenientes absentistas, los venecianos con propiedades en el Mediterráneo oriental habían sido tan implacables con sus aparceros y campesinos de habla griega como sus sucesores otomanos -los ricos palacios que todavía hoy podemos ver en Venecia son prueba suficiente de aquella extorsión-, pero su conocimiento del comercio exportador, su capacidad para vender a los precios más altos los productos agrícolas en los puertos mediterráneos y su propensión a establecer algunas industrias tuvieron como consecuencia siquiera un atisbo de prosperidad.

 

Los oprimidos campesinos sólo habrían gozado de mejores condiciones de vida bajo el dominio otomano si hubieran pagado menos impuestos que sometidos a los europeos. Estos crearon mucho capital y una parte del mismo revirtió, a largo plazo, en la población. En mi opinión, la enorme aversión que los oprimidos de antaño y de hoy en día sienten hacia el capitalismo no se debe únicamente a que este sistema origina grandes desigualdades y a que, con frecuencia, los factores que diferencian a los que lucran y a los que sufren

 

 

 

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son injustos y arbitrarios, sino también al reconocimiento soterrado de que en una economía de libre mercado las muchas víctimas de la codicia de unos pocos viven, pese a todo, en mejores condiciones que los que pertenecen a aquellas sociedades donde im pera el socialismo utópico de los bien inten­ cionados. Es difícil para los pobres admitir los beneficios que reciben de los ricos pero moralmente inferiores, que jamás tuvieron intención de concederles beneficio alguno:

 

 

Para que un sistema capitalista funcione, el Estado tiene que proteger los m ercados libres; no regularlos o interferir en su actividad. Tanto por motivos políticos como religiosos, esto era algo que el sultán no podía hacer. Por aquel entonces, los otomanos desconocían el concepto de balanza comercial. [...] La política comercial otomana, cuyo origen se remontaba a las tradiciones milenarias del Oriente Próximo, consistía sobre todo en que el Estado se ocupase de que a los habitantes y artesanos de las ciudades no les faltase lo imprescindible ni padeciesen escasez de materias primas. En consecuencia, se fomentaban las importaciones, que siempre eran bien recibidas, y se evitaba la exportación. (H. Inalcik, en K . Karpat, ed., The Ottoman State and Its Place in World History [El Estado otomano y su lugar en la historia universal], p. 57).

 

 

El capitalismo no se circunscribe al comercio, al contrario, trae consigo una compleja estructura de seguros, empresas, contabilidad, dividendos, intereses, libre acceso a la información y protección de la propiedad privada y el beneficio a cargo de los gobiernos. Sin libertad de precios y de mercados, que son los mejores jueces de lo que la población desea y necesita, una producción eficaz es im posible. Puesto que resulta im posible saber de m anera inmediata las apetencias y necesidades de millones de personas, para conocerlas un Estado centralizado y coercitivo se Umita por lo general a hacer suposiciones, con frecuencia equivocadas, o a darles la espalda.

 

Lepanto com pró tiempo para que un Occidente m editerráneo aturdido sustituyera el poder perdido de la unidad política de la Antigüedad clásica por el mercado transoceánico, que tenía mucha más fuerza. Si la Edad M edia había sido testigo de cierto estancamiento de Europa, a medida que una serie de pequeñas y belicosas monarquías se oponían al avance de árabes, vikingos, mongoles y otomanos y ponían en marcha las Cruzadas y la Reconquista, las nuevas naciones Estado emprenderían la ofensiva no sólo contra las comuni­ dades islámicas, sino también contra los pueblos indígenas de África, Australia y el Nuevo Mundo. No es que Estambul no contase con inteligencia innata, al contrario, acaso fuera superior: el faro turco del Bosforo, con ventanas de cristal emplomado y sus lámparas a base de mechas que flotaban en aceite era mucho

 

 

 

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mejor que los modelos europeos. El Imperio otomano contaba con buen número de matemáticos, médicos e ingenieros, pero éstos y otros pensadores trabajaban aislados y desconocían las investigaciones que se llevaban a cabo en Europa. Ninguno gozaba de apoyo suficiente por parte de las instituciones, siempre alertas ante la posible reacción de los fundamentalistas islámicos.

^altaba un sistema integrador capaz de aplicar la brillantez de los individuos a una producción masiva de artículos que pudiera beneficiar y enriquecer a la población sin importar su posición o sus intereses culturales o religiosos. A consecuencia de ello, el sultán podía contratar a un ingeniero naval veneciano y construir unos astilleros siguiendo el modelo del Arsenal de Venecia, pero no disponía de una teoría o práctica autóctona de la construcción naval ni podía contar con más innovaciones náuticas que las que les proporcionase la emulación de los navios occidentales. Para invertir la situación habría necesitado apostar por la competencia, no poner trabas al beneficio económico, recurrir a una economía monetaria integrada en el Mediterráneo y disponer de universidades, bancos e imprentas. De otro modo, el sultán se veía obligado a dedicar el enorme capital cosechado a base de conquistas, tributos y rapiñas a comprar lo que no era capaz de fabricar, una estrategia que garantizaba que sus soldados nunca tendrían ni tantas armas ni tan efectivas como las de sus enemigos occidentales. En Lepanto morirían millares de ellos precisamente por este motivo.

 

 

 

GUERRA Y MERCADO

 

En su form a más básica, el capitalismo nació en la antigua Grecia. Ese an­ tecedente contribuye a explicar por qué los europeos de épocas posteriores, pese a pasar varios siglos sumidos en el canibalismo político y religioso, pro­ tegieron su autonomía de los no occidentales y fueron tan ricos como sus rivales islámicos, más unidos que ellos. L a palabra kerdos, que significa “beneficio” , es omnipresente en & griego clásico. Aunque los estudiosos de la Antigüedad aún se dividen entre “modernistas” y “primitivistas”, que no se ponen de acuerdo sobre la difusión del libre m ercado y la valoración abstracta de la teoría capitalista en el mundo clásico, existe el consenso cada vez m ayor de que hacia el siglo V a.C . la actividad económica de Grecia, y muy especialmente de la Atenas imperial, estaba descentralizada, gobernada por las leyes de la oferta y la demanda, y se caracterizaba por una idea muy desarrollada de lo que son los mercados, el beneficio, la banca y los seguros. El gobierno, por su parte, garantizaba el carácter inviolable de la propiedad privada y los derechos hereditarios.

 

 

A mediados del siglo V a.C ., los griegos eran conscientes del papel que el dinero y los mercados comenzaban a desempeñar en las guerras. Posteriormente,

 

 

 

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conservadores como Platón y Aristóteles lamentaron que la guerra hubiera dejado de depender del valor de las falanges hoplitas, para convertirse en una empresa terrestre y naval en la que, gracias al dinero, los ejércitos viajaban lejos de su lugar de origen, recibían salarios y suministros, y se nutrían de mer­ cenarios y de armas muy sofisticadas como buques, piezas artilleras y máqui­ nas de asedio. El capital y no el valor decidía quién vivía y quién moría. Al parecer, Occidente abandonó todos sus reparos sobre la guerra y la actividad económica precisamente durante los siglos V y IV a.C ., dando por zanjadas las incipientes ideas relativas a las guerras limitadas libradas de acuerdo a ciertas normas y jerarquías marciales, y a las economías morales que operaban según principios distintos a los puramente comerciales. El impulso fue capitalista y democrático: los técnicos tenían todo el derecho a lucrar construyendo mejores armas que sus competidores, mientras los gobernantes pretendían equipar con armamento económico y letal a tantos de sus súbditos como les fuera posible.

 

En el primer volumen de la Historia de Tucídides, Pericles, el gran hombre de Estado democrático, recuerda a sus conciudadanos atenienses las ventajas militares innatas que su economía de mercado les ofrece a la hora de afrontar la guerra contra los Estados más rurales y provincianos del Peloponeso:

 

Los hombres que trabajan ellos mismos la tierra están más dispuestos a contribuir a la guerra con su persona que con su dinero; los anima la creencia de que sobrevivirán a los peligros, pero no tienen la seguridad de que el dinero no se agote antes de tiempo [...]. Es cierto que en una sola batalla los peloponesios y sus aliados son capaces de enfrentarse a todos los griegos juntos, pero son incapaces de sostener una guerra contra una organización militar que no es como la suya (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 1.141.5-6).

 

 

La sensación de que la guerra era cuestión de dinero comenzaba a arraigar incluso en Esparta. Cerca de la misma época (431 a.C.), el rey Arquidamo hizo notar a sus perplejos camaradas que “la guerra no es tanto cuestión de armas como de dinero” (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, 1.83.2).

 

Durante la época helenística, nadie ponía ya en tela de juicio la novedosa noción de que el dinero ganaba las guerras. Gracias al saqueo del tesoro aqueménida, Alejandro Magno espoleó un renacimiento militar en el Medite­ rráneo oriental que se prolongó más de dos siglos. Grupos relativamente pequeños de dinastías de habla griega gobernaban vastas poblaciones asiáticas en el Asia seléucida y en el Egipto tolemaico gracias a su habilidad para fundar complejos regímenes comerciales, organizar la agricultura y formar enormes ejércitos mercenarios equipados con elaboradas máquinas de asedio, catapul­ tas y barcos de guerra - y todo debido a la conversión de los viejos tesoros aque-

 

 

 

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ménidas en monedas acuñadas-, Rom a fue la máquina de guerra capitalista por excelencia del mundo antiguo, ya que la actividad militar se valoraba en términos de factibilidad económica, como ilustra el profuso registro de documentos e inscripciones imperiales que dan fe de un intrincado sistema logístico que se sostenía a base de contratas privadas. Las culturas clásicas, a diferencia de sus adversarios del norte y del Mediterráneo oriental, basaban, en parte, su éxito militar en su capacidad para acuñar moneda, el respeto a la propiedad privada y la gestión libre de los mercados.

 

Los observadores han señalado que, en las postrimerías del Im perio, la impotencia militar de Rom a era el resultado de una depreciación de la moneda, de un nivel impositivo exagerado y de la manipulación de los mercados debido a ineficaces controles de precios, comerciantes estatales corruptos y falta de supervisión de los recaudadores de impuestos particulares: el maravilloso sistema de creación de capital a la inversa, devorando ahorros y vaciando el campo de lo que antaño fueran trabajadores rurales muy productivos. Pero incluso durante el colapso del Imperio y la Edad Media, los europeos fabricaron en grandes cantidades una enorme variedad de armas de gran calidad, desde blindajes hasta inigualables espadas de doble filo, ballestas y fuego -griego, lo que provocó que muchos Estados publicasen decretos que prohibían a sus comerciantes exportar esas armas a cualquier enemigo potencial.

 

L a alternativa a la guerra financiada por el capitalismo era la simple coerción

 

- e l reclutamiento forzado de soldados sin p ag a - o las levas tribales con la promesa de repartir un gran botín. Por ambos sistemas podían formarse ejércitos enormes y llenos de moral: el ejército galo de Vercingetórix, que, con un cuarto de millón de hombres, estuvo a punto de derrotar a César en Alesia (52 a.C.), y las invasiones nómadas de Gengis Kan (1206-1227) y Tamerlán (1381-1405), que conquistaron la m ayor parte de Asia, son los ejem plos más notables. Cetshwayo, como veremos en el próximo capítulo, reunió a 20.000 zulúes que masacraron a los británicos en Isandhlwana (1879). Pero ni siquiera las hordas más asesinas podían mantener -alimentar, vestir y pagar- un contingente militar equipado con armamento complejo durante un período relativamente largo. Llega un momento en que granjeros, comerciantes y mercaderes no trabajan si no se les paga y es casi imposible mantener un ejército permanente sin salarios regulares ni contratos de suministro.

 

Aquellos Estados, antiguos y modernos, que no adoptaron los principios del capitalismo y la empresa privada, tarde o temprano hubieron de enfrentarse, si iban a la guerra durante un período suficientemente prolongado, con ejércitos occidentales abastecidos por un m ercado libre y amoral. En tales casos, la superioridad numérica, un liderazgo brillante y el valor en el combate del Otro podían verse neutralizados por un ejército menor y quizá peor liderado, pero sin duda mejor alimentado, equipado y armado por aquellos que vieron

 

 

 

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en la guerra un beneficio económico. A lí Bajá no fracasó en Lepanto debido a su locura táctica, ni porque los jenízaros no demostraran valor, ni siquiera porque los turcos anduvieran escasos de metales preciosos. L a trágica pérdida de miles de fieles otomanos en las costas de Etolia se debió sobre todo a que los cristia­ nos dependían de un sistema más o menos laico de capitalismo de mercado que producía en plenitud galeazas, arcabuces, cañones, redes de abordaje, galeras fabricadas en masa y a unos comandantes capaces de asumir riesgos que no vacilaron en serrar las proas de sus barcos cuando la situación lo requería.

 

 

TERCERA PARTE

 

 

CONTROL

 

 

 

V III

 

DISCIPLINA, O POR QUÉ

 

LOS GUERREROS NO SIEM PRE SON SOLDADOS RO RKE’S DRIFT, 22-23 D E ENERO D E 1879

 

 

Pues, pese a ser libres, no son libres del todo, ya que rige sus destinos un supremo dueño, la ley, a la que, en sufuero interno, temen mucho más, incluso, de lo que tus súbditos te temen a ti. De hecho, cumplen todos sus mandatos, y siempre manda lo mismo: no les permite huir del campo de batalla ante ningún contingente enemigo, sino que deben permanecer en sus puestos para vencer o morir.

 

H ERÓDOTO,

 

Historias, vn.104

 

 

 

 

CAMPOS DE MUERTE

 

“CADA HOMBRE EN SU PUESTO"

 

L o s últimos momentos de la batalla de Isandhlwana fueron horribles. Tras varios minutos de mortíferas descargas que habían segado varias oleadas de zulúes, la unidad de caballería de nativos de Natal del coronel Anthony Durnford, compuesta por 250 jinetes y 300 infantes de las tribus ngwane y basuto, se quedó sin munición. Por desgracia para Durnford, su contingente nativo no había formado en cuadro. H abía desmontado, se había dispersado a lo largo de los riscos en una delgada línea de entre seiscientos y ochocientos metros de longitud y disparaba sus carabinas sin haber calado las bayonetas. Durnford, como todos los comandantes británicos del campamento situado en los cerros de Isandhlwana, había subestimado gravemente el tamaño de los imfiis (regimientos) zulúes. En consecuencia, durante la m ayor parte de la mañana había expuesto a sus hombres sin ninguna necesidad en salidas que sólo habían servido para alejarlos del campamento. Com o oficial en jefe de las unidades de Isandhlwana, Durnford había cometido el error de no formar con los efectivos de la guarnición algún tipo de perímetro defensivo, tal como era costumbre en el ejército británico. Pagaría con su vida y la de sus tropas aquella estupidez táctica. M iles de zulúes, en efecto, rompieron con facilidad sus debilitadas líneas, lancearon a sus hombres o los pusieron en fuga, y pronto estuvieron entre los carrom atos, ¡y a espaldas de las tropas regulares! Por

 

 

 

 

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otro lado, a lo largo de casi todas las líneas británicas, los soldados disparaban cada vez menos y buscaban cada vez más unas municiones que no tenían.

 

Por primera vez y después de casi una hora de sistemáticas descargas británicas, que los estaban masacrando, los zulúes pudieron utilizar a voluntad sus mortales azagayas. Superado el letal fuego de los fusiles que había frenado sus cargas iniciales a campo abierto, iniciaron una lucha cuerpo a cuerpo contra las tropas auxiliares que custodiaban los carrom atos británicos. Dentro ya del campamento, aquellos guerreros descalzos y con ropas muy ligeras, armados con lanzas afiladas como navajas, gozaban en realidad de cierta ventaja frente a sus enem igos británicos, que, aparte de ir más cargados, iban equipados con fusiles tiro a tiro Martini-Henry diseñados para matar a mil metros, no a cinco. “¡Gwas unhlongo!¡Guias inglubi!” (“IMat&d a los hombres blancos! ¡Matad a los cerdos!”), gritaban los zulúes cuando un jinete británico o nativo con la fortuna suficiente de contar con montura trataba, con desesperación, de abrirse paso entre sus huestes.

 

Entre tanto, una unidad de infantería británica situada a unos seiscientos metros hacia el noreste -los cerca de cuatrocientos fusileros del veterano 24o Regimiento- seguía con vida y se aprestaba a dividirse en pequeñas formaciones en cuadro que, cual pequeños islotes de cincuenta o sesenta hombres, quedaban aislados entre sí. Desde sus nuevas posiciones, los soldados del 24o de infantería comenzaron a disparar metódicamente sobre los zulúes que, en oleadas, se precipitaban en torno a ellos por todas partes. Cuando se quedaban sin mu­ nición, algunos se estrechaban la mano y cargaban a bayoneta calada y otros utilizaban cuchillos y azagayas capturadas a los nativos y se llevaban consigo a tantos zulúes como podían. Tras la batalla, muchos nativos afirmaron que algunos soldados británicos murieron blandiendo sus fusiles descargados y golpeando al enemigo a puñetazos. Todos caían al poco de quedarse sin balas. Sólo cuando les faltaba la munición tenían los zulúes la oportunidad de atacarlos a cierta distancia con sus lanzas y hacer blanco sobre ellos con su propio y esporádico fuego de fusilería.

 

El valor dem ostrado por el 24o no fue m otivo de sorpresa. En la época, algunos describieron este regim iento de la siguiente form a: “ Ningún niño recluta, sólo hombres maduros y curtidos por la guerra, en su m ayor parte barbados. Guardaban una disciplina espléndida y tenían confianza en la victoria, mantuvieron la posición y causaron grandes bajas en cada descarga” (M. Barthorp, The Zulu War [La guerra zulú], p. 61). Lo cierto, sin embargo, es que, cuando lord Chelmsford dividió sus fuerzas, el resto de los hombres del 24o, demasiado pocos y demasiado alejados de las reservas de munición, no volvieron a formar en cuadro. Estaban condenados a ser aniquilados en bolsas y en pequeños grupos. Fue como si sus oficiales, igual que los generales romanos en Cannas, hicieran todo lo posible por ignorar las ventajas que les

 

 

 

 

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reportaba su disciplina marcial y el hecho de disponer de un poder ofensivo superior.

 

Cerca de 20.000 guerreros zulúes se movían a sus anchas al otro lado de las largas líneas británicas, que antes de comenzar la lucha se extendían nada menos que 2.500 metros, formando un enorme y peligroso semicírculo en torno a la colina de Isandhlwana. Esta táctica, como los tenientes coroneles Henry Pulleine y Anthony W. Durnford, comandantes de las tropas británicas implicadas en la operación, advirtieron por fin momentos antes de morir, no era la correcta para luchar contra la nación zulú. Methlagazulu, un zulú que combatió en la batalla, relataría más tarde los últimos minutos del coronel Durnford:

 

Opusieron una resistencia encarnizada. Unos disparaban con pistolas, otros utilizaban sus espadas. Oí muchas veces que alguien decía “fuego”, pero éramos demasiados para ellos y los matamos a todos en sus puestos. Cuando todo terminó, me acerqué a echar un vistazo a aquellos hombres y vi a un oficial con el brazo en cabestrillo y un enorme bigote rodeado de carabineros, soldados y otros hombres que no sé quiénes eran (Narrative o fF ield Operations Connected with the Zulu War o fi8 jg [Relatos de las operaciones relacionadas con la guerra zulú de 1879], p. 38).

 

Hacia las dos de la tarde del 22 de enero de 1879, es decir, dos horas después de que los impis zulúes hubieran rodeado el campamento, todo había terminado. De las seis compañías del 24o Regimiento que participaron en la lucha, apenas sobrevivieron una docena de hombres. Murieron veintiún oficiales. Casi todos los 1.800 hombres que componían el destacamento original de Isandhlwana cayeron en el com bate: los regulares del ejército británico, los voluntarios coloniales y los asistentes encargados de los carromatos sumaban 950 efectivos, los nativos pertenecientes a los regimientos de Natal, 850. Los pocos supervi­ vientes consiguieron cabalgar hacia lugar seguro en mitad de la confusión general. Varias horas más tarde, las tropas de la colum na central de lord Chelmsford, que en teoría acudían en socorro de los vencidos, llegaron al lugar de la matanza:

 

 

Había muertos por todas partes. Los habían colocado en hileras. Todos estaban mutilados, con las tripas abiertas, para, según la creencia zulú, liberar su espíritu. Aquí habían hecho un espantoso círculo con las cabezas de varios soldados, allá, un niño tambor colgaba de un carromato por los pies: le habían cortado el cuello. H abía un policía montado de Natal echado encima de un zulú, en la misma postura en que había muerto. H abía otros dos combatientes muy juntos; el zulú tenía una bayoneta atravesada en el cráneo, el hombre blanco, una azagaya clavada en el

 

 

 

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pecho. Un soldado del 24o tenía una lanza en la espalda y, a su lado, dos azagayas con la punta doblada. Vimos imágenes similares por todo el campo (D. Clammer, The Zulu War [La guerra zulú], pp. 96-97).

 

El ejército británico no volvió a contar con niños para el servicio activo: en Isandhlwana encontraron a cinco muchachos a los que les habían cortado los genitales para colocárselos en la boca. Muchos guerreros zulúes cortaron las mandíbulas barbadas de los caídos británicos y se las llevaron a modo de trofeo. Otros pisotearon las tripas de los cadáveres hasta deshacerlas y muchos más profanaron los torsos truncados. También colocaron algunas cabezas en círculo.

A       su vez, las macabras heridas causadas por las enormes balas de calibre 45 de los fusiles Martini-Henry -m iem bros cercenados, mejillas y rostros destro­ zados, torsos y tripas con horribles boquetes- m arcaban a los muertos zu­ lúes, mucho más numerosos, y habrían de identificar a los supervivientes de Isandhlwana durante una generación. Varias décadas después de la batalla, los observadores europeos serían testigos de la agonía de muchos veteranos guerreros a los que faltaban brazos y piernas o tenían el cuerpo desfigurado a causa de espantosas heridas de bala.

 

Un siglo de luchas en Sudáfrica había enseñado a los colonos bóers que los europeos, pese a encontrarse en abrumadora inferioridad numérica y contar con armas lentas e imprecisas que, equipadas con llave de chispa, era preciso cargar por la boca del cañón, podían derrotar a contingentes zulúes que los superaban en una proporción de entre cincuenta y cien a uno; esto, claro está, en el caso de que se siguiera el procedimiento adecuado. La clave estaba en la disciplina. Había que establecer un campamento seguro, con los pesados carromatos de suministros situados en círculo y atados entre sí, formando lo que llamaban un laager, una tarea fastidiosa que requería horas de esforzado trabajo en las que había que desenganchar, mover y unir los carromatos y formar con ellos un muro impenetrable. Había que enviar patrullas y exploradores cada hora y a intervalos regulares, dada la facilidad de los zulúes para reptar furtivamente y en gran número a través de las hierbas altas. Había que apilar las municiones en el centro del laager y distribuirlas generosamente entre todos los carromatos, y en caso de ataque, era necesario mantener descargas ininterrumpidas de fuego a fin de que los zulúes, que se movían con mucha rapidez, se mantuvieran alejados del campamento. Lo ideal era situar a los tiradores hombro con hombro a fin de lograr una densa cortina de fuego y evitar con ello que los zulúes penetrasen por los huecos dejados por los británicos y abriesen brechas en su línea defensiva, además de que así se reforzaba la moral y se facilitaba la posibilidad de que los soldados pudiesen hablar entre sí mientras disparaban.

 

Si quedaba tiempo, lo mejor era limpiar de grandes obstáculos el área que rodeaba el laager, lo que permitiría que los fusileros pudieran disparar sobre

 

un terreno despejado. Luego había que esparcir ramas de espino y botellas rotas, o, mejor aún, cavar zanjas y rampas para frenar el avance de los guerreros enemigos, que iban descalzos y semidesnudos. Además, había que distribuir la artillería de campo -y, cuando se disponía de ellas, las primitivas ametralladoras Gatling- por los puntos más vulnerables del laager, a fin de desviar a las oleadas de atacantes hacia el fuego de los fusiles. Todo esto era necesario para superar las ventajas intrínsecas que conferían a los zulúes su velocidad, capacidad de sorpresa y enorme superioridad numérica. Para vencer, los europeos, m uy inferiores en número, tenían que matar a los zulúes a muchos metros de distancia, antes de que se precipitasen sobre sus líneas. Sin embargo, en Isandhlwana, los británicos no siguieron ninguno de los pasos del procedimiento que ellos mismos habían establecido tan cuidadosamente. ¿Por qué?

 

Isandhlw ana fue el prim er gran enfrentam iento de la guerra zulú. Los británicos, víctimas de su arrogancia, no se habían percatado de la enorme habilidad de los zulúes para desplazar m illares de guerreros a m uy largas distancias sin que nadie los descubriese hasta que se encontraban a m uy pocos metros de su objetivo. Aunque el Martini-Henry hacía blanco hasta a 1.500 me­ tros de distancia con una mortífera bala de calibre 45 de unos 480 gramos y era m uy preciso incluso a esa distancia, no era un arm a de repetición, sino un fusil tiro a tiro. Ciertamente, un fusilero experimentado y equipado con cartucheras estándar de setenta proyectiles podía, durante cierto tiempo, mantener una frecuencia de fuego de doce disparos por minuto. Pero la ne­ cesidad de cargar las balas una a una significaba que mientras los soldados británicos se esforzaban por cargar su arma, y si además se encontraban ais­ lados, sin haber formado en cuadro y sin contar con algún tipo de posición defensiva, podían verse superados con facilidad por las oleadas de zulúes que se lanzaban sobre ellos a la carrera. El mejor fusilero podía tardar hasta cinco segundos en sacar un cartucho usado, cargar otro, apuntar y disparar, un ritmo de tiro insostenible cuando el combate se prolongaba varias horas. Si se producía siquiera una breve interrupción en el suministro de cartuchos, y en Isandhlwana hubo varias, cualquier impi rápido era capaz de aprovechar la pausa entre descarga y descarga y cubrir la distancia que lo separaba de las líneas inglesas para precipitarse sobre ellas. Aunque tuviera llenas las cartucheras, cualquier fusilero, por rápido que fuera, podía quedarse sin munición al cabo de cinco o seis minutos y verse por tanto forzado a un combate cuerpo a cuerpo en abru­ madora inferioridad numérica.

 

 

En los últimos años de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, los soldados de la Unión utilizaron rifles de repetición Spencer y Henry, como hicieron las tropas de Sherman en su marcha a través de G eorgia y las dos Carolinas en el otoño e invierno de 1864 y 1865. El Winchester modelo 1873 de calibre 32 con sistema de repetición a palanca era omnipresente en las grandes

 

 

llanuras y podía disparar tres veces más rápido que el Martini-Henry: más de treinta balas por minuto, cuando el Martini-Henry sólo podía llegar, en el mejor de los casos, a diez o doce. Sin embargo, el innato conservadurismo británico (la infantería había mantenido durante décadas el mosquete de llave de chispa Brown Bess como arma reglamentaria), la arrogancia de pensar que en las guerras coloniales y frente a nativos equipados únicamente con lanzas las armas de repetición no resultaban esenciales, ciertas políticas económicas con escasa visión de futuro y el deseo de mantener un fusil de largo alcance y gran calibre evitaron que el ejército británico adoptara armas de menor calibre pero mucho más versátiles. La guerra anglo-zulú fue una de las últimas en las que un ejército europeo utilizó rifles tiro a tiro contra adversarios nativos. En Isandhlwana, además, los británicos no contaban con ametralladoras Gatling para proteger su guarnición.

 

La mañana del 22 de enero de 1879 nadie tenía conciencia de que era necesaria cierta cautela. Isandhlwana iba a ser la batalla que lord Chelmsford, comandante en jefe inglés en Zululandia, deseaba y obtendría, una oportunidad para que los fusileros británicos, apoyados por la caballería y la artillería, se enfrentaran a la nación zulú y a todo el potencial de su fuerza militar. El deseo de librar una batalla campal podría explicar por qué Chelmsford no prestó atención a los muchos mensajes que le llegaron de su acosado campamento a última hora de la mañana y a primera hora de la tarde de aquel 22 de enero. En su opinión, en lugar de temer había que agradecer la presencia del ejército zulú en una llanura. Los británicos llevaban tiempo buscando una batalla decisiva que les permitiera poner fin a una campaña que deseaban corta y barata. Y en aquel momento lo tenían todo a su favor.

 

En realidad, los británicos sólo temían una guerra de guerrillas prolongada, con emboscadas y escaramuzas constantes, no un enfrentamiento a la luz del día y al estilo europeo. Chelmsford, además, disponía de artillería y de más de medio millón de cartuchos de fusil en el campamento de Isandhlwana. Por otra parte, contaba con algunos batallones de prim era línea, como los que pertenecían al 24o Regimiento, con larga experiencia en el combate de descargas sostenidas capaces de detener la carga de cualquier enemigo a una distancia de mil metros y de aniquilarlo a trescientos. A l menos, eso creía.

 

El principal impizulú, compuesto por unos 20.000 guerreros, se había puesto en marcha hacía varios días y aún le quedaban ocho kilómetros para llegar al campamento de Isandhlwana. Los zulúes, que igual que los aztecas habían aprendido a hacer la guerra a partir de combates ritualizados, preferían luchar a pleno día y en oleadas; y aproximarse siempre a campo abierto para intentar su famosa m aniobra de flanco, lo que los convertía en blancos perfectos para los disciplinados fusileros británicos. Lord Chelm sford lo sabía muy bien, así que apenas tenía motivos para preocuparse. ¿No había derrotado cuatro

 

 

 

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décadas antes, en diciembre de 1838, el bóer Andries Pretorius a 12.000 zulúes en el río Ncom e (conocido a partir de entonces por el nombre de río Sangre), de los que 3.000 m urieron y muchos más cayeron heridos, con menos de quinientos rancheros bóers? A diferencia de los ingleses, los bóers habían utilizado mosquetes de llave de chispa -lentos, fastidiosos y poco precisos-con los que, parapetados en un laager formado con carromatos, dispararon sistemáticamente durante más de dos horas sobre las huestes zulúes antes de hacer salir del recinto a algunos jinetes para perseguir a los heridos y a los que huían.

 

Aparte de pecar de ingenuidad y arrogancia, ¿qué se hizo mal en Isandhlwana cuatro décadas después? Los británicos habían invadido Zululandia en enero de 1879 con tres columnas m uy lentas y carentes de m aniobrabilidad que totalizaban 17.000 efectivos. U na larga caravana de suministros compuesta por 725 carromatos tirados por 7.600 bueyes transportaba raciones, tiendas de campaña, baterías artilleras y unos dos millones de cartuchos. La intención de los británicos era librar una campaña breve que, según se planeaba, no debía durar más de dos o tres meses: llevaban balas suficientes para matar a cada hombre, mujer y niño zulú casi diez veces. Aunque los efectivos combinados de infantería británica, auxiliares nativos y colonos apenas sumaban un ter­ cio de las fuerzas con que contaba el ejército zulú - e l contingente británico, además, no disponía más que de 5.400 regulares-, el plan de Chelmsford consistía en dividir sus fuerzas y avanzar sobre la plaza zulú de Ulundi en tres columnas que cruzarían por tres lugares distintos una frontera de trescientos kilómetros separadas por cien kilómetros entre sí. De este modo pretendía obligar a los zulúes a aceptar una batalla decisiva, evitando con ello una guerra de guerrillas y la invasión repentina de la provincia de Natal, que se encontraba bajo dominio británico.

 

 

En cualquier caso, la falta de buenos caminos en Zululandia hacía casi imposible que los 725 carromatos de la fuerza de invasión avanzasen en una sola caravana. Gracias a la experiencia adquirida en diversas guerras contra otras tribus del sur de África y a una reciente incursión contra algunos kraal zulúes, los británicos estaban convencidos de que ninguna carga de nativos africanos podría salir indemne del fuego sostenido de una unidad de fusileros. Finalmente, las circunstancias demostrarían que estaban en lo cierto, pero tanta confianza sólo podía dar sus frutos cuando se veía reforzada por la disciplina

 

y la precaución.

 

El propio  Chelm sford  se situó al frente de la columna que acampó en

 

Isandhlwana, pero esta columna se dividió la mañana del ataque, porque Chelm sford abandonó el campamento con 2.500 hombres -m uchos más de los que dejó de guarnición- con la intención de entablar contacto con algunos impis zulúes que, según algunos rumores, sumaban 20.000 efectivos. Aunque a

 

 

 

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las nueve y media de la mañana, cuando sólo se encontraba a veinte kilómetros de distancia, recibió la noticia de que los zulúes atacaban el campamento en aquellos mismos momentos, Chelm sford creyó que, en realidad, Pulleine, Durnford y sus tropas sólo estaban siendo puestos a prueba por el enemigo, y que no corrían peligro. En consecuencia, durante el resto de la mañana y las prim eras horas de la tarde, un contingente m ayor que el que había sido abandonado a su suerte en Isandhlwana estuvo acampado a menos de cuatro horas de marcha y no envió ayuda alguna, pese a recibir una serie de mensajes en los que se com unicaba que la guarnición estaba rodeada y en situación desesperada. Al parecer, Chelmsford creyó que era él y no Pulleine quien estaba más cerca del grueso de las fuerzas zulúes y que los hombres de Isandhlwana podrían resistir en solitario el ataque. Com o los hechos demostrarían, todos sus cálculos fueron erróneos. Si hubiera salido hacia Isandhlwana cuando recibió el primer mensaje de Pulleine, quizá habría llegado en plena batalla. En ese caso, sus tropas habrían recuperado su fuerza original y él habría podido subsanar el flagrante error táctico de sus subordinados.

 

Hay que achacar al teniente coronel Henry Pulleine, y también al imprudente Anthony Durnford, la m ayor parte de la responsabilidad por la catástrofe de Isandhlwana. Tras la marcha de lord Chelmsford, Pulleine, que nunca había entrado en acción y mucho menos estado al mando de una fuerza operativa tan grande como la que ahora tenía en sus manos, no tomó ninguna disposición para que sus fuerzas formasen en cuadro durante el primer ataque. En vez de ello, desplegó a sus tropas para que cubriesen un perímetro de más de kilómetro y medio de longitud, una distancia demasiado grande como para formar una línea sólida de defensa. En realidad, lo que es aún peor, Pulleine ordenó a sus dispersas compañías que avanzasen hacia los zulúes para formar una línea que pudiera contactar con las tropas montadas de Durnford. Éste, por su parte, había cometido la estupidez de alejarse del campamento para después retirarse y apostar a sus nativos en una delgada línea demasiado alejada de las compañías de fusileros regulares que protegían el campamento.

 

Pulleine tampoco dejó ninguna unidad de reserva y no defendió el flanco izquierdo. Ni siquiera al principio cerraron los ingleses su perímetro defensivo, dejando sus carromatos y tiendas de campaña completamente desprotegidos. Algunos hombres habían salido de sus tiendas precipitadamente, sin cartuchos de reserva ni bayonetas. Los zulúes no podían haber deseado mejor escenario para su ataque. Tras un respiro inicial de unos quince minutos -entre los nativos reinó la confusión al com probar que, con las descargas iniciales, cientos de sus guerreros más bravos caían hechos pedazos a más de un kilómetro de las líneas inglesas-, Pulleine aún tuvo oportunidad de replegar a todas sus fuerzas hacia el campamento, en donde podrían haber formado en círculo alrededor de los carromatos y aprovisionarse de munición y comida. En cambio, a causa

 

 

 

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del pánico, la inexperiencia o a una valoración errada del peligro que corrían, no ordenó ningún cambio en el despliegue de sus tropas.

 

La noche anterior, los británicos no se habían molestado en formar un laager con los carromatos, de manera que el campamento tenía más de un kilómetro de extensión. El mismo lord Chelmsford, tras emitir al principio de la campaña la orden de que era obligatorio formar laagers y aconsejable cavar trincheras, insistió en Isandhlwana en que ninguna de ambas cosas era necesaria. Isandhl-wana, declaró, era un campamento temporal y su intención era abandonarlo al día siguiente. Más tarde adujo que a los auxiliares les habría llevado toda la noche organizar una posición fortificada, que el suelo era demasiado duro para cavar trincheras y que, además, había acampado en una elevación natural del terreno que le proporcionaba ventaja en caso de ataque. Sin embargo, casi todos los oficiales coloniales con experiencia en la lucha contra los zulúes mostraron su alarma ante la falta de preparativos. Sólo aquellos que a la mañana siguiente abandonaron el campamento con Chelmsford sobrevivieron.

 

En realidad, las directivas oficiales de lord Chelmsford, en las que apelaba a la necesidad de construir todas las noches laagers sólidos, a que las columnas mantuvieran una comunicación constante, a organizar patrullas de caballería frecuentemente y a mantenerse alerta para prevenir los ataques sorpresa de los zulúes, no eran otra cosa que papel mojado. En la práctica, operaba en la errónea creencia de que una columna de 1.000 o 2.000 europeos equipados con fusiles Martini-Henry podía actuar a sus anchas. Aunque en el campamento había medio millón de cartuchos de calibre 45, casi todos los defensores se quedaron sin munición mucho antes de la carnicería final. La munición se al­ m acenaba en un polvorín central, guardada en pesadas cajas de madera reforzadas con aros de cobre y con la tapa atornillada, y no se distribuyó entre las compañías. Las tropas nativas de Durnford no tardaron en quedarse sin acceso al polvorín y es posible que un oficial de intendencia demasiado quisquilloso se negase a suministrar más cartuchos a algunas compañías, ale­ gando que los soldados de éstas cometían un error al abrir unas cajas que no les pertenecían a ellos, sino al 24o Regimiento. Los supervivientes relataron la confusión reinante y cómo algunos hombres, desesperados, rompían las cajas con las bayonetas, sacaban las balas a puñados y volvían corriendo a sus lejanas posiciones para reanudar la lucha. Con frecuencia, los pelotones de suministro, que conseguían la munición más fácilmente, tenían que recorrer casi un kilómetro para abastecer a los fusileros de las posiciones más alejadas. Pese a decisiones tan desastrosas como no preparar posiciones defensivas, enviar a más de la mitad de sus fuerzas a cazar patos la mañana de la batalla y dispersar a los defensores a lo largo de una posición indefendible, los británicos podrían haber resistido el ataque zulú si hubieran repartido la munición adecuadamente a lo largo de toda su línea de defensa.

 

 

 

 

 

 

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Cuando las compañías del 24o Regim iento se vieron superadas, algunos hombres se retiraron a los carromatos en busca de refugio y cartuchos. Según los relatos orales de los zulúes sobre la batalla, el capitán Younghusband fue uno de los últimos en morir. Disparó ininterrumpidamente desde el interior de un carromato hasta que los nativos lo rodearon y lo mataron a tiros. Los zulúes hacían hincapié en la disciplina demostrada en los últimos momentos por los defensores ingleses: “Ah, aquellos soldados rojos de Isandhlwana, i qué pocos eran y cómo lucharon! ¡Caían como piedras, cada hombre en su puesto!” (D. Clammer, TheZulu War, p. 86). Varios testigos afirmaron que Dumford reunió a algunos fusileros en un pequeño círculo y, a intervalos regulares, gritaba

 

“ ¡fuego!” , a medida que la munición se les acababa. En los últimos y horribles minutos de matanza, ningún batallón de fusileros británicos regulares abandonó su posición y salió huyendo, pese a que los zulúes los superaban en una pro­ porción de cuarenta a uno.

A sí concluyó la carnicería de la colina de Isandhlwana, el desastre más anunciado aunque no el más gravoso de la historia colonial británica. Aunque m uy pronto la prensa londinense se haría eco de la incom petencia general que condujo a aquella desgracia, casi nadie mencionó que murieron 2.000 zulúes y que otros 2.000 se alejaron del campo de batalla a rastras y murieron al poco tiempo o quedaron inútiles para el combate. Por tanto, la única derrota clara de los británicos en la guerra zulú supuso también el mayor peaje pagado por la nación zulú en toda la guerra. Por cada minuto de la batalla, los defensores, que estaban condenados a la derrota, hirieron o mataron ¡a más de treinta zulúes! Puesto que en el campamento no habría más de seiscientos soldados con fusiles Martini-Henry, hay que suponer que cada soldado de infantería británico mató o hirió una media de entre cinco y siete zulúes antes de perecer.

 

Cuando tuvo noticia de su “victoria” , el rey Cetshwayo señaló con tristeza: “Han clavado una azagaya en el vientre de la nación. No hay lágrimas bastantes para velar a los muertos” . Por destruir una pequeña guarnición británica había tenido que pagar un alto precio: la destrucción de casi una décima parte de su ejército. Cornelius Vign, que por aquella época se encontraba de visita entre los zulúes, informó acerca de una ceremonia fúnebre que llevaron a cabo unas mujeres y unos niños en el kraal de un msundusi muerto en Isandhlwana, una escena que debió de repetirse miles de veces en las semanas posteriores a la batalla: “Cuando se acercaban al kraal o entraban en él, prorrumpían en alaridos y se revolcaban por el suelo. De noche, aquellos alaridos cortaban la respiración” (C. Vign, Cetshwayo’s Dutchman [El holandés de Cetshwayo], p. 28). Para los zulúes, la derrota británica suponía que el fin de las hostilidades estaba próximo. Después de todo, una tribu enemiga había sido vencida en una batalla campal y lo lógico era que dejase de luchar. “El rey se alegró al oír que su pueblo había vencido a los blancos”, escribió Vign, que hacía las veces de traductor

 

 

 

 

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para Cetshwayo, “y creyó, pensando que los blancos no tenían soldados, que la guerra estaba a punto de terminar” (Cetshwayo’s Dutchman, p. 30).

 

Otro impi zulú de reserva compuesto por más de 4.000 guerreros veteranos se dirigía ya hacia R orke’s Drift, emplazamiento británico situado a diez kilómetros de distancia en el que un pequeño contingente de poco más de un centenar de soldados organizaba tranquilamente un puesto de aprovisionamiento y un hospital. En cuanto acabaran con aquellos rezagados, el resto de los británicos advertiría la futilidad de su empeño y se retiraría a la provincia de Natal. Cetshwayo no tenía la menor duda al respecto. Una de las grandes ironías de las guerras anglo-zulúes es que, al primer indicio de que iba a producirse un ataque, los dos “nada excepcionales” tenientes que se encontraban al mando de la guarnición de Rorke’s Drift comenzaron a reforzar su posición de inmediato. Formaron una línea compacta, distribuyeron cuanta munición fue preciso y, a lo largo de las dieciséis horas siguientes, se valieron de la disciplina del ejército británico para neutralizar la enorme superioridad numérica y el formidable valor de un ejército zulú completamente fresco.

 

 

 

 

“RESULTA DIFÍCIL IMAGINAR PEOR POSICIÓN”

 

A diferencia de lo que ocurrió en el campamento de Isandhlwana, que se encontraba en una elevación del terreno, en Rorke’s Drift todo estuvo a favor de los zulúes. En el puesto había dos viejas granjas de piedra que habían sido reconvertidas en puesto misionero, pero se encontraban a unos cuarenta metros de distancia y eran prácticamente indefendibles. En una de ellas, los británicos habían instalado un hospital donde descansaban 35 soldados heridos o enfermos que, como pudieron, tuvieron que incorporarse a la improvisada defensa del campamento. Ambas construcciones tenían tejados de paja, de modo que podían incendiarse con facilidad. Peor fue, sin embargo, que los zulúes no tardasen en ocupar los promontorios que rodeaban el puesto por tres lados. Además, había en los alrededores una serie de obstáculos -huertos, muros, pozos y otras construcciones- que im pedían el fuego directo y ofrecían protección a los guerreros zulúes.

 

L a colina de Oskarberg, situada al sur del campamento, permitía que los francotiradores enemigos disparasen sobre el ñanco norte de los defensores sin correr ningún peligro. Por lo demás, los zulúes contaban con cientos de fusiles europeos modernos, que habían conseguido unas horas antes, en Isandhlwana, y con más de un cuarto de millón de cartuchos de calibre 45. Cuando, pasadas las cinco de la tarde, se inició el ataque, comenzaba a caer la noche, lo que ofrecía una nueva protección a los zulúes. “Resulta difícil imaginar peor posición”, señaló un oficial refiriéndose a las defensas de Rorke’s Drift.

 

 

 

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Los británicos contaban con un contingente que sólo representaba el 5% de las fuerzas que acababan de perecer en Isandhlwana, donde, además, el terreno había favorecido a los vencidos.

 

Las tropas de Rorke’s Drift no contaban con ningún oficial experimentado. El m ayor Henry Spalding, comandante de la pequeña guarnición, había salido poco antes del m ediodía hacia Helpm akaar, puesto situado a unos quince kilómetros, en busca de refuerzos y había dejado a sus hombres en manos de dos oficiales sin experiencia. Antes de marchar, el mayor Spalding llamó ajoh n Chard, su lugarteniente, y le recordó que ahora era él quien estaba al mando, aunque también añadió que no esperaba ninguna actividad en la zona, al menos durante su breve ausencia. L a m ayoría de los hom bres de la guarnición se quejaban de que la acción, y la oportunidad para la gloria, se desarrollaba unos kilómetros más al norte, en Zululandia, y más concretamente en el cam ­ pamento de Isandhlwana, donde la columna central del contingente británico trataba de aplastar a los impis zulúes, y no allí, en un pequeño puesto fronterizo de Natal, muy lejos del frente.

 

El teniente John Chard había llegado a Sudáfrica pocas semanas antes y había sido asignado a una unidad de Ingenieros Reales con el cometido de supervisar la construcción de un transbordador situado a algunos centenares de metros del barranco. Chard debía com partir el mando del puesto con el teniente Gonville Bromhead, que mandaba la compañía B del segundo batallón del 24o Regimiento, unidad cuyas otras compañías caían aniquiladas en aquellos pre­ cisos instantes en Insandhlwana. Ni Chard ni Brom head, que padecía una sordera casi total, tenían gran experiencia de combate. Ciertamente, sus su­ periores no los consideraban oficiales demasiado brillantes: “ caso perdido”, escribió de él en cierta ocasión uno de los superiores de Bromhead. No había nada en su historial que hiciera pensar en el gran heroísmo y liderazgo de que ambos harían gala en las diez horas desesperadas que se avecinaban. Al parecer, Jam es Dalton -cincuenta años, uno noventa de estatura y muy fom ido-, un ex sargento mayor que estaba a cargo de la cantina y había estado presente en diversas batidlas, estuvo involucrado en muchas de las decisiones iniciales relativas a la defensa del puesto.

 

Aparte de la ausencia de buenas posiciones defensivas naturales y de no contar con unos mandos experimentados, la inferioridad numérica de los británicos era enorme. En el puesto no había más que 139 soldados regulares y 35 de ellos estaban convalecientes en el hospital. Tras excluir a cocineros, asistentes y auxiliares, resultaba que sólo ochenta de esos soldados eran fusileros. Al cono­ cer la noticia de que los zulúes estaban aplastando al regimiento de Isandhlwana y de que otros impis se acercaban al lugar con más de 4.000 guerreros, un inquietante número de europeos y nativos auxiliares que podrían haber colaborado en la defensa de la guarnición optaron por abandonar el puesto y

 

 

 

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huyeron aterrorizados en dirección oeste, buscando la seguridad de Natal. Si muchos relatos británicos de los hechos sugieren que el ataque zulú fue improvisado y azaroso, es mucho más probable que los jefes tribales se dieran cuenta de que la mayoría de los suministros de Chelmsford estaban en Rorke’s Drift. L a captura del puesto serviría para alimentar a miles de hambrientos nativos y, al mismo tiempo, sustraería sus reservas a la columna central de lord Chelmsford.

 

La idea de que ochenta fusileros podrían hacer lo que casi 2.000 no habían logrado parecía absurda. Los occidentales solían combatir en inferioridad numérica en ocasiones abrumadora, como sucedió en Salamina, Gaugamela, Tenochtitlán, Lepanto y Midway, pero en esos casos disponían de ejércitos de miles de hombres con los que plantear una defensa. Incluso Cortés, en el asalto final a Ciudad de M éxico, contó con cientos de europeos y no tan sólo con decenas. La inferioridad numérica, como hemos visto, puede compensarse mediante la superioridad tecnológica, unas tropas llenas de moral, una infantería de calidad, abundantes suministros y disciplina, pero los europeos necesitaban la cohesión de un fuego sostenido por cientos de soldados para ofrecer resistencia al ataque de miles de efectivos. Los 50.000 hombres de Alejandro Magno consiguieron derrotar al cuarto de millón de soldados con que contaba Darío, pero, si la mañana del 31 de octubre del año 3 3 1 a.C. Alejandro sólo hubiera contado con 10.000 efectivos, M aceo habría superado a Parmenión y los macedonios habrían perdido hasta el último hombre.

 

Los británicos enviaron a un par de soldados al puesto cercano de Helpmakaar en busca de refuerzos. Justo entonces llegaron los pocos hombres que habían logrado huir de Isandhlwana, en su mayoría miembros de la policía montada y carabineros coloniales de Natal que sin embargo se negaron a unirse a la defensa del puesto. En torno a un centenar de jinetes coloniales al mando del teniente Vause que habían escapado de Isandhlwana y ocupaban posiciones en Rorke’s Drift se sobresaltaron al ver las dimensiones del contingente zulú. Su marcha supuso la pérdida de cien fusiles M artini-Henry para las magras defensas de la guarnición. Con ellos huyó la compañía de fusileros nativos del capitán Stephenson, a la que siguió el propio Stephenson y algunos oficiales europeos sin destino. Cuando se alejaban al galope, los hombres de Chard dispararon sobre un sargento.

 

Aparte del efecto obvio sobre la moral de las tropas -en las dos o tres horas que transcurrieron entre la confirm ación del desastre de Isandhlwana y el ataque a la guarnición de Rorke’s Drift, los defensores británicos habían sido testigos de cómo una serie de unidades coloniales y nativas llegaban al puesto, difundían testimonios horribles sobre lo acontecido y huían dominadas por el terror-, la reducción del número de efectivos que pudieran sostener el perímetro defensivo obligó a modificar todo el plan de resistencia. Si cuando Chard y

 

 

 

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Brom head tuvieron noticia del inminente ataque tenían a su disposición posiblemente a unos 450 soldados, tres horas después tenían suerte de contar siquiera con un centenar de hombres capacitados o en condiciones de disparar, es decir, cerca de un tirador por cada cuatro metros de perímetro defensivo. Chard decidió que haría falta un reducto interior que hiciera las veces de refugio cuando el perímetro exterior, insuficientemente defendido y construido a base de sacos de harina, se viniera abajo irremisiblemente..

 

El enemigo era formidable. El ejército que se aproximaba estaba comandado por el príncipe Dabulamanzi, hermano del rey Cetshwayo, y contaba con más de 4.000 zulúes. El príncipe había incumplido las órdenes del rey en dos aspectos: no debía entrar en la provincia británica de Natal -R orke’s Drift se encontraba justo al otro lado de la frontera de Zululandia con Natal- y no debía atacar a ninguna unidad británica parapetada en una posición fortificada. Dabulamanzi estaba al mando de dos de las divisiones más veteranas del ejército de Cetshwayo

 

- los 3.000 o 3.500 guerreros de los regimientos uThulwana y uDloko eran en su mayoría hombres casados de entre cuarenta y uno y cincuenta años de edad-, pero también contaba con los mil solteros de cerca de treinta años de edad de la unidad inDlu-yengwe. Todos ellos constituyeron el contingente de reserva en Isandhlwana. Antes de atacar R orke’s Drift, habían pasado algunas horas matando a los fugitivos y heridos que andaban desperdigados por las llanuras de la región desesperados por escapar. Después de que sus zulúes cruzasen el río Búfalo para entrar en Natal, Dabulamanzi se apresuró a reunir a sus tres regimientos y comenzó los preparativos para asaltar el puesto británico. Algunos guerreros tenían experiencia en las luchas tribales de la década anterior, pero más importante era que estuvieran relativamente descansados y no hubieran tomado parte en la carnicería de Isandhlwana, donde, en una sola tarde, una décim a parte de los hombres de la nación zulú habían resultado muertos o heridos.

 

Para todos, lo importante era clavar sus lanzas antes de volver a casa, especialmente tras el magnífico éxito de sus compañeros en la ruptura de las líneas británicas en Isandhlwana. H ay que añadir que algunos de ellos contaban con mosquetes y que un pequeño grupo estaba en posesión de parte de los ocho­ cientos Martini-Henry y de los cientos de miles de cartuchos que los británicos perdieron en Isandhlwana. Si los zulúes conseguían situar a algunos tiradores en la colina de Oskarberg, que dominaba el puesto de R orke’s Drift, y pro­ porcionaban fuego de cobertura al grueso de sus guerreros, que habrían de lanzarse en masa contra las partes más débiles del perímetro norte, era muy posible que consiguieran tomar el puesto ya en la primera carga.

 

Los zulúes, sin em bargo, se enfrentaban a un problem a desconocido: el carácter de las tropas de la compañía B del 24o Regimiento apostadas en Rorke’s Drift. Com o los espartanos de Leónidas en las Termopilas, pese a la cruenta

 

 

 

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batalla que a todas luces se avecinaba, los británicos tenían escasísimas posibilidades de retirada. Al menos ochenta de aquellos hombres eran fusileros regulares y, por tanto, buenos tiradores capaces de acertar sobre un hombre solo a trescientos metros y de frenar el avance de una m asa com pacta de guerreros a un kilómetro de distancia. Todos ellos habían decidido vencer o morir en su puesto. Sin embargo, vista la abrumadora superioridad del enemigo, la segunda opción era la más probable. ¿Por qué eligieron luchar los británicos en condiciones tan desfavorables? Su disciplina se derivaba de la instrucción, de las normas que im peraban en el ejército británico, del temor y respeto que sentían hacia sus oficiales y de la camaradería y lealtad que se guardaban los soldados entre sí. Se encontraban en una posición fortificada que, aunque improvisada, impedía a los zulúes cualquier maniobra de flanco o infiltración, que tanto éxito les había reportado en Isandhlwana. Para tomar el reducto, los zulúes tendrían que hacer frente al fuego de fusil y a las bayonetas de los británicos, saltar los parapetos que protegían el puesto y m atar a cuantos hombres encontraran a su paso.

 

 

El fuego de fusilería se prolongó durante diez horas sin interrupción. Con sus fúsiles de calibre 45, los casacas rojas destrozaron metódicamente los cuerpos de muchos zulúes a poca distancia y cercenaron brazos, piernas y vientres con la afilada hoja de sus bayonetas. Los zulúes, por su parte, no tuvieron tanto éxito en su intento de herir con sus azagayas el hombro o el cuello de los fusileros que defendían el perímetro, aunque abrigaban la esperanza de que sus propios tiradores pudieran abatir a los vistosos casacas rojas desde las colinas cercanas. Durante la tarde del 22 de enero de 1879 y hasta la madrugada del 23, los tenientes Chard y Bromhead transformarían su pequeña guarnición en una auténtica tormenta que derramaría fuego sobre cientos de guerreros zulúes. Pero aquella matanza, en realidad, no se produjo más que en virtud del cumplimiento estricto de los preceptos de la disciplina y la práctica militar británicas, gracias a los cuales, los hombres que defendían los parapetos de Rorke’s Drift dispararon sin interrupción ni respiro pese a tener hombros, brazos y manos amoratados y ensangrentados a causa del manejo de la pólvora y del enorme retroceso de sus fusiles Martini-Henry.

 

 

 

 

DIECISÉIS HORAS EN RORKE’S DRIFT

 

22 de enero de i8jg, 14:30 horas. En los minutos posteriores a conocer la noticia de la carnicería de Isandhlwana, Chard, Bromhead y Dalton admitieron que retirarse de Rorke’s Drift llevando consigo a los heridos en los pesados y lentos carromatos tirados por bueyes de que disponían era imposible. En vez de ello, dieron orden de vaciar todas las tiendas de campaña, que no obstante dejaron

 

 

 

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en su lugar, fuera del recinto, para que obstaculizasen el avance de los atacantes. A continuación, supervisaron los alrededores rápidamente y decidieron el emplazamiento del perímetro defensivo. En el puesto había grandes cajas de pan y sacos de harina que servirían para preparar un parapeto, siempre que los soldados presentes en la guarnición dispusieran de al menos una hora para apilarlos. Para ello, la experiencia de Chard en el cuerpo de Ingenieros Reales resultó m uy valiosa. De inmediato, el propio Chard, Brom head y Dalton organizaron varios grupos de trabajo y comenzaron a levantar el oblongo perímetro defensivo, que discurriría entre las tres construcciones de piedra del puesto y algunos carromatos. Los soldados y las tropas nativas, que todavía no habían huido del campamento, apilaron las cajas (de cincuenta kilos cada una) y los sacos de harina (cien kilos) formando una barricada de cerca de metro y medio de alto que permitiría a los fusileros contar con cierta protección mientras apuntaban o cargaban sus fusiles.

 

Aquellos sacos eran un regalo de Dios, ya que tenían la densidad y el peso suficientes para que ni las balas pudieran traspasarlos ni los atacantes empujarlos y volcarlos. En el muro exterior del hospital se abrieron algunos agujeros para que los pacientes pudieran disparar sobre los impis que se aproximaran por el sur. En una asombrosa hazaña de trabajo improvisado, oficiales, soldados na­ tivos, enfermos y soldados regulares consiguieron levantar, en poco más de una hora, una barricada de unos cuatrocientos metros de largo bajo la amenaza de su inminente aniquilación. Por fortuna, en la parte norte del recinto el terreno se elevaba ligeramente, una ventaja natural que pudo incorporarse al parapeto de sacos de harina, de modo que, en algunos lugares, su parte exterior se elevaba no metro y medio, sino hasta dos metros. Ningún zulú podría salvar tanta altura con rapidez, lo que lo situaría en una posición muy vulnerable frente a las balas y bayonetas británicas.

 

15:30 horas. Chard, que puesto que superaba ligeramente en antigüedad a Brom head ejercía el mando, regresó al río, reunió a la cuadrilla de técnicos que trabajaba en el transbordador, recogió la barcaza y las herramientas y evacuó el muelle. Aunque sabía ya, por varias fuentes, que varios miles de zulúes que habían aniquilado a un contingente veinte veces mayor que el suyo se acercaban al puesto, ni él ni sus hombres demostraron el menor signo de pánico. En vez de ello, Brom head y él recorrieron el perím etro de aquel pequeño fuerte improvisado y comprobaron que en ningún lugar tenía el parapeto una altura inferior a los 130 centímetros. A continuación, ordenó a sus exhaustos hombres que descansaran un poco antes del asalto.

 

Los fusileros del 24o Regimiento se situaron en sus puestos intercalándose con los demás defensores. Tenían las cartucheras llenas y un buen montón de balas apiladas a sus pies. A continuación, calaron bayonetas. Los dos jóvenes oficiales, que apenas tenían experiencia en Á frica y mucho menos frente a

 

 

 

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los zulúes, hicieron en menos de dos horas y bajo la amenaza de una destrucción completa lo contrario de lo que sus superiores, mucho más experimentados, habían hecho en Isandhlwana. Gracias a ello dieron a sus combatientes, que se encontraban en abrum adora inferioridad numérica, más oportunidad de sobrevivir de la que los condenados de Isandhlwana tuvieron jamás.

 

16:30 horas. Nada más llegar los zulúes y producirse los primeros y dispersos disparos, los grupos de nativos y colonos huyeron, dejando a solas a la com pañía B del segundo batallón del 24o Regim iento, con su esquelético contingente de cien soldados regulares británicos, que se vieron obligados a redistribuirse a lo largo del debilitado perímetro. Chard se percató de que la fortificación original era demasiado grande para unas fuerzas tan escasas -ahora contaba con poco más de cien hombres, no con 450 -, de modo que ordenó construir un segundo parapeto con cajas de pan. Esta segunda línea discurría de Norte a Sur y unía el alm acén con el perím etro norte. Los defensores dispondrían así de una segunda línea de defensa en el caso de que la primera se viniese abajo.

 

77:30 horas. El combate propiamente dicho comenzó en la parte norte de la barricada de sacos de harina. Por desgracia, en este lugar, las defensas eran muy débiles y una serie de obstáculos naturales -el huerto, una cerca, una zanja situada a unos treinta metros del parapeto, algunos arbustos y un muro de piedra de dos metros de alto situado poco más allá de la línea de defensa británica- ofrecían a los zulúes varios lugares donde cobijarse y coordinar sus ataques. Entre tanto, desde la colina de Oskarberg, situada al sur, algunos zulúes disparaban con fusiles Martini-Henry capturados sobre la espalda de los defensores del perím etro norte, y a veces daban en el blanco. A l grito de “¡Usuthu! ¡Usuthu!”, los mil zulúes del inDlu-yengwe corrieron hacia la parte sur del perím etro. A l cabo de unos minutos, el puesto estaba sometido al feroz ataque zulú que llevaban a cabo los tiradores situados en la colina de Oskarberg, los lanceros, que lanzaban repetidas ofensivas, y otros guerreros que, escondidos en la zanja o tras el muro de piedra, las construcciones y los árboles que quedaban al otro lado del perímetro defensivo, disparaban espo­ rádicamente.

 

 

Durante la hora y media siguiente, los soldados británicos que defendían la parte norte del perímetro segaron oleada tras oleada de zulúes, que pronto se percataron de que era imposible superar los sacos de harina sin recibir un disparo o sufrir una herida de bayoneta. El principal problema de los británicos era el sobrecalentamiento de sus fusiles. Cuando los cañones de los Martini-Henry se ponían al rojo vivo, los casquillos de bronce de los cartuchos se dilataban nada más ser introducidos en los mismos. Cuando esto sucedía, el arm a se encasquillaba y resultaba im posible disparar. El soldado que sufría esta inconveniencia se veía obligado a limpiar el cañón con una varilla. En estas

 

 

 

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circunstancias, un pequeño grupo de zulúes se agachaba al otro lado de la barricada de sacos y ayudaba a uno de sus compañeros a saltar el parapeto. Para solventar este problem a, Brom head organizó grupos de fusileros escogidos que se lanzaban con la bayoneta calada sobre todos los guerreros zulúes que conseguían salvar la barricada. L a m ayoría de los británicos que morían o resultaban heridos, y cada vez eran más, lo eran a consecuencia de los disparos de los guerreros parapetados en la colina de Oskarberg. Casi ningún fusilero murió víctima de una azagaya zulú. Si los zulúes hubieran coordinado los dis­ paros de sus fusiles y hubieran sido buenos tiradores, podrían haber acabado fácilmente con toda la guarnición británica, sobre todo porque disponían de cientos de tiradores para hacer frente al centenar escaso con que contaba el contingente británico.

 

19:00 horas. Cuando cayó la noche, el hospital estaba en llamas. Sus pacientes corrían riesgo de morir abrasados y su captura suponía la caída de la parte oeste del perímetro defensivo. Durante la hora siguiente, y en una retirada heroica, tan sólo ocho pacientes consiguieron escapar del edificio. Poco después, Chard ordenó que toda la guarnición se replegase tras la segunda barricada, que discurría de Norte a Sur. El nuevo perímetro tenía tan sólo una tercera parte de extensión que el original. Además, los británicos contaban con una tercera posición defensiva más reducida y mejor fortificada. Se trataba de un reducto circular construido con sacos de harina que formaban una barricada de tres metros de altura. Servía de protección a los que habían sido evacuados del hospital y de parapeto a algunos fusileros que disparaban sobre las cabezas de los compañeros que defendían el perímetro exterior.

 

En algún lugar de la llanura, quizá tan sólo a algunos kilómetros de los zulúes, el mayor Spalding cabalgaba por fin junto a sus prometidos refuerzos desde el puesto de Helpmakaar. Sin embargo, en cuanto divisó el resplandor de las llamas que consumían el hospital y vio a las huestes zulúes, dio media vuelta y regresó a Helpmakaar con su contingente. A l parecer, estaba convencido de que sus hombres y campamento habían sido ya aplastados. De haber proseguido hacia Rorke’s Drift, es muy posible que hubiera conseguido abrirse paso a través de los impis zulúes y aportar unos refuerzos esenciales en el momento más crítico de la batalla.

 

22:00 horas. Tras casi cinco horas de lucha, la batalla comenzó a inclinarse lentamente a favor de los británicos. En el informe oficial, el teniente Chard declaró: “Por la noche el enemigo mantuvo un fuego esporádico e intentó varios asaltos que conseguimos rechazar. El vigor del ataque se mantuvo hasta después de la medianoche. Nuestros hombres, disparando con la mayor frialdad, no desperdiciaron un solo cartucho. El resplandor del incendio del hospital nos resultó de gran ayuda” (Narrative ofField Operations Connected with theZulu War

 

° f 1^79>PP- 46-47)-

 

 

 

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BATALLA DE R ORKE’S DRIFT,

 

2 2 - 2 3 de enero de 1879

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reducto de

sacos de harina

 

parapeto de

cajas de víveres

segundo perímetro

 

Almacén

 

" O    l.Inicial, 2 . Principal, 3 .Último

Cocinas         Ataques zulúes

 

 

 

 

 

 

 

 

Hlobane

X

 

Captura de

\Cetshwayo ’

 

V

 

\ X     Isandhlwana

 

Rorke’s         ZULULANDIA

 

Helpmakaar   k                                                        

                                 VictoryH ill    

NATAL                                            X        

         i           Gingindhlovu  

o Millas         20        40                    ,           X         Océano Indico

                                 *'4                  

o Kilómetros 40                                                      

                                                        

 

 

 

 

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En plena noche, los francotiradores zulúes situados en el promontorio de Oskarberg perdieron la visión de sus blancos y se unieron a la refriega. El nuevo y reducido perímetro incorporaba el robusto almacén en su costado sur. Con ello se evitaba la posibilidad de que los soldados que defendían el parapeto pudieran recibir disparos por la espalda. El incendio del hospital, como señaló Chard, tuvo el no intencionado efecto de ilum inar el área circundante, lo que permitía ver a los zulúes que trataban de acercarse a las defensas británicas. Aunque los defensores sufrían ya numerosas bajas, el nuevo perímetro, más reducido, les permitió apretar sus líneas. Con ello, ganaron en concentración de fuego y facilitaron el suministro de municiones. Por otra parte, si los británicos estaban agotados por el esfuerzo realizado desde su apresurada carrera por fortificar el recinto, de la que ya habían transcurrido siete horas, los zulúes estaban aún en peor forma: llevaban prácticamente dos días sin comer y doce horas de marcha y combate ininterrumpidos.

 

2 j:jo horas. Los británicos abandonaron el kraal de piedra situado en el ex ­ tremo noreste de su perímetro defensivo inicial y se refugiaron en un pequeño recinto de menos de 150 metros de perímetro. Muchas de sus bayonetas -terribles armas de acero de hoja triangular y unos cuarenta centímetros de largo- estaban dobladas o retorcidas. Los cañones de sus fusiles les quemaban las manos y, cada poco, se encasquillaban. La mayoría esperaba un último ataque de unos 3.000 o más zulúes que acabaría definitivamente con la resistencia de la guar­ nición. Los soldados cercados en el pequeño perímetro no podían conocer el alto precio que sus fusiles se estaban cobrando en los atacantes, ni el hambre y el cansancio que se abatía sobre éstos a medida que se aproxim aba la m e­ dianoche.

 

Pese a todo, los zulúes siguieron poniendo a prueba a los británicos en un vano esfuerzo por salvar el parapeto de sacos de harina. Solían morir de un dis­ paro o por herida de bayoneta mientras se esforzaban por apartar con las manos los cañones de los fusiles británicos; muchas veces, el acero al rojo vivo les abrasaba manos y brazos durante el forcejeo. A partir de la medianoche, sin embargo, los ataques fueron ya más esporádicos y Chard y Bromhead ordenaron a la mitad de los defensores que reparasen la barricada de sacos, distribuyeran más munición y metieran el carro del agua en el reducto a fin de prepararse para el asalto final que sin duda tendría lugar al alba.

 

23     de enero de i8 jg , 4:00 horas. Con las prim eras luces del día, Chard su­ pervisó el campo de batalla y formó nuevos grupos para que continuasen con la reparación de las barricadas, recogieran las armas de los zulúes caídos y, con mucha cautela, explorasen la llanura que se abría ante el puesto. Aun ­ que los zulúes habían desaparecido misteriosamente, la m ayoría de los de­ fensores perm anecieron en el segundo perím etro en espera de un nuevo ataque.

 

 

 

 

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y:oo horas. Una larga línea de guerreros zulúes apareció de repente en las crestas de las colinas que rodeaban el barranco, pero, al poco, comenzaron a retirarse. Abandonaban el asedio en el preciso momento en que una última carga les habría asegurado la victoria sobre la guarnición británica. O estaban demasiado exhaustos y hambrientos para proseguir la lucha o habían divisado la columna de refuerzos de lord Chelmsford, que se acercaba al puesto. Las partidas de reconocimiento encontraron a 35 1 enemigos muertos. El número de heridos que se alejaron del campo de batalla a rastras debía de añadir otras doscientas bajas a la cifra total. Estimaciones posteriores sugieren que los zulúes perdieron entre cuatrocientos y ochocientos guerreros, puesto que en las siguientes semanas se encontraron muchos cadáveres en los alrededores de Rorke’s Drift. En general, los británicos subestimaron las bajas zulúes durante todo el conflicto, y es que solían limitarse a contar los muertos que encontraban en un kilómetro a la redonda del campo de batalla, ignorando que la mayoría de zulúes heridos se alejaban a rastras y, sin cuidados médicos ni agua ni comida, fallecían a algunos kilómetros del lugar del combate. Las bajas británicas fueron pocas: quince muertos y doce heridos. El coronel Harford, que llegó a Rorke’s Drift al día siguiente acompañando a la columna de Chelmsford, afirmó que el puesto “tenía el mismo aspecto que si lo hubiera arrasado un huracán. Había muchos muertos y lo único que perm anecía intacto era un pequeño fuerte circular formado con sacos de harina situado justo en el centro de la guarnición” (D. Child; ed., The Zulu War Journal o f Colonel Henry Harford, C. B . [Diario de la guerra zulú del coronel médico Henry Harford], p. 37).

 

Tras la batalla, los británicos contaron más de 20.000 cartuchos vacíos, cifra asombrosa teniendo en cuenta que en la batalla sólo intervinieron un centenar de soldados. En ocho horas de combate ininterrumpido, la guarnición había disparado en torno a doscientos cartuchos de calibre 45 por hombre. De media, cada soldado británico había matado o herido a cinco zulúes. Por cada casaca roja muerto, habían caído más de treinta zulúes. L a batalla de Rorke’s Drift parecía la cara opuesta de Isandhlwana:

 

En ambas acciones, los zulúes emplearon la misma y sencilla estrata­ gema envolvente, atacando en masa sin grandes complejidades pero con extraordinario valor. R orke’s Drift demostró que una com pañía de fusileros podía contener el ataque de 4.000 zulúes siempre y cuando cumpliera con una serie de prem isas: 1) una formación de combate com­ pacta; 2) una posición defensiva rudimentaria, o laager, en la que para­ petarse; 3) un suministro de municiones eficaz. Los bóers habían subrayado repetidamente las dos primeras; la tercera resulta elemental. La conclusión era ineludible. La diferencia entre el enorme desastre de Isandhlwana y el triunfo menor de Rorke’ s Drift estribaba en que un

 

 

 

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par de tenientes no particularmente brillantes habían tomado unas precauciones elementales que sus superiores habían descuidado (A. Lloyd, The Zulu War, i8yg [La guerra zulú de 1879], p. 103).

 

Pese a haber sido testigo de la m ayor victoria de la historia zulú, el rey Cetshwayo había perdido en tan sólo veinticuatro horas, en los enfrentamien­ tos de Isandhlwana y R orke’s Drift, a 4.000 de los 20.000 guerreros que componían su ejército. En su patria aún quedaban dos columnas enemigas y una revuelta Gran Bretaña se aprestaba a enviar miles de nuevos reclutas para vengar la masacre de Isandhlwana. La nación zulú nunca había combatido contra un moderno contingente de disciplinados fusileros capaces de apuntar, disparar y cargar al unísono y, cuando actuaban de modo individual, disparar siguiendo un estricto procedimiento que se adaptaba a la naturaleza y distancia del objetivo.

 

¿Por qué vencieron los británicos en Rorke’s Drift contra un enemigo tan abrumador? Porque sus soldados disponían de mejores suministros de víveres y munición y atención médica, y eran tiradores mucho mejor entrenados. Y, lo que es más importante, su sistema de disciplina institucionalizada les permitía mantener una cortina de fuego como jamás se había visto en Africa en ninguna de las guerras que los nativos habían librado entre sí. La economía británica, industrializada y capitalista, contaba con los medios de transporte y suministro necesarios para mantener a miles de soldados lejos de su metrópoli. La ciencia europea era la responsable de la fabricación del fusil Martini-Henry, un arma formidable cuyas enormes balas y asombrosa precisión contribuyeron a neu­ tralizar de un plumazo la superioridad numérica zulú.

 

Durante toda la campaña, los oficiales británicos se esforzaron por entablar batallas decisivas para ganar o perder la guerra en un enfrentamiento abierto. Durante las dieciséis horas transcurridas en las barricadas de Rorke’s Drift, decenas de soldados británicos -com o por ejemplo Dalton, el oficial encargado de la cantina (condecorado con la cruz Victoria), verdadero baluarte en la organización de los defensores, o Reynolds, cirujano (también condecorado con la cruz Victoria), que construyó un puesto improvisado para los heridos, o el soldado Hook (cruz Victoria), que rescató a los enfermos del hospital- tomaron la iniciativa y actuaron a título individual con la intención de mejorar las defensas. Todos los tiradores parapetados tras los sacos de harina habían ingresado en el ejército con una idea muy clara de sus derechos y deberes, y sentían una lealtad extrema hacia sus compañeros de regimiento. La disciplina de la unidad exigía que los hombres disparasen hasta la extenuación o la muerte y un entrenamiento estricto les permitía apuntar bien y dar en el blanco. El 22 de enero de 1879 la guarnición de Rorke’s Drift demostró que contaba con los cien hombres más peligrosos del mundo.

 

 

 

 

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UNA ACTITUD IM PERIAL

 

¿POR QUÉ COMBATIR A LOS ZULÚES?

 

Muchos conflictos suelen comenzar por disputas fronterizas. Y eso fue lo que ocurrió en la guerra anglo-zulú de 1879, que sin duda comenzó a causa de los desacuerdos sobre la dem arcación de las fronteras de Zululandia con las provincias europeas de Natal y el Transvaal; no obstante, y teniendo en cuenta el deseo colonial de obtener más territorios, mano de obra y seguridad, la guerra era inevitable. Los británicos no tenían ninguna razón obvia para invadir Zululandia, salvo el pretexto de un ataque preventivo. Muchos de los ministros de Londres tampoco deseaban tener nada que ver con una guerra en el sur de África en un momento en el que los vitales intereses del Imperio en India, Egipto y Afganistán exigían todos sus recursos. Asimismo, ningún observador llegó a constatar que un ejército zulú hubiese efectuado una incursión en Natal o el Transvaal e iniciado las hostilidades. Las reiteradas órdenes del rey Cetshwayo, por otra parte, insistían en im pedir que sus impis cruzasen las fronteras de Zululandia.

 

Otras regiones del sur de África estaban relativamente deshabitadas cuando los primeros granjeros y ganaderos holandeses e ingleses, impacientes por un trozo de tierra, se establecieron en la zona entre los siglos XVII y XIX . Zululandia, por su parte, constituía el hogar ancestral de numerosas tribus y había sido relativamente ignorada por los europeos.

 

Sin embargo, con el estallido de la guerra en 1879 se estableció un reparto general y bien definido de las tierras del suroeste africano, reparto que estableció unas fronteras precisas para el reino autónomo y densam ente poblado del rey Cetshwayo. A principios de enero de 1879, l ° rd Chelmsford atravesó el río Búfalo-Tugela con una fuerza com binada de más de 17.000 hombres e invadió la nación zulú cumpliendo órdenes del alto comisionado de Sudáfrica, sir Bartle Frere. Aunque, oficialmente, Chelm sford estaba “pro­ tegiendo” Natal, su verdadera misión consistía en encontrar a los impis zulúes, destruirlos en una batalla, capturar a Cetshwayo y, a continuación, acabar con la nación autónoma zulú. L a guerra anglo-zulú fue desde su comienzo una guerra de agresión contra el pueblo zulú encam inada a elim inar para siempre la am enaza que suponía la presencia de un gran ejército indígena en una frontera junto a la que se encontraban los asentam ientos y colonias menos poblados de bóers y británicos. El administrador del Transvaal, lord Shepstone, esbozó inocentem ente la preocupación británica por la presencia de los impis zulúes, afirmando que: “ Si a su debido tiempo hubié­ ramos transformado a los 30.000 guerreros de Cetshwayo en trabajadores asalariados, Zululandia se habría convertido en un país pacífico y próspero

 

 

 

 

 

 

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y no sería lo que ahora es, una fuente de continuo peligro para sí misma y para sus vecinos” (J. Guy, The Destruction o f the Zulu Kingdom [La destrucción del reino zulú], p. 47).

 

Tras varios años de disputas fronterizas con los bóers del vecino Transvaal, la cuestión de la integridad territorial de Zululandia fue sometida al estudio de una Comisión de Demarcación de Fronteras patrocinada por los británicos. Esta Comisión informó a Frere que ¡las tierras en disputa pertenecían proba­ blemente a los zulúes! Según la Comisión, la crisis fronteriza había sido causada por una agresión bóer, acom pañada del beneplácito británico y no por una expansión imperial zulú. Debido a la propia naturaleza de los métodos europeos de explotación ganadera, cada familia autónoma necesitaba miles de hectáreas, lo cual provocaba una absurda paradoja en el paisaje local: una población colonial dem andaba enormes cantidades de tierras que anteriormente per­ tenecían a las tribus, pero a la vez carecía de la densidad suficiente para proteger los grandes territorios que se habían expropiado a los zulúes. En la vecina provincia de Natal, alrededor del 80% de las tierras, cerca de cuatro millones de hectáreas, pertenecían a tan sólo 20.000 europeos, mientras que el millón de hectáreas menos deseable se lo disputaban 300.000 nativos africanos. Ahora bien, los colonos europeos no tenían, por sí solos, los medios suficientes para proteger lo que habían conquistado de forma tan sangrienta.

 

Debido a que el gobierno británico no tenía interés real en anexionarse Zululandia -la región tenía pocas riquezas naturales, había muchas enfermedades y su población era orgullosa y difícil de gobernar-, y dado que tampoco había evidencias de que se produjese una agresión zulú contra Natal ni el Transvaal, las razones exactas de que el ejército británico iniciara su invasión de 1879 continúan siendo un misterio. Quizá los motivos estén en la amplia libertad para actuar que se concedió al imprevisible Frere, quien estaba decidido a iniciar una guerra a toda costa en la creencia de que la marea de la historia estaba inexorablemente en contra de la espada del militarismo zulú y de que con la conquista de Zululandia él podría ser nombrado procónsul imperial de una nueva y ampliada Sudáfrica confederada.

 

Más concretamente, Frere y sus mandos estaban muy preocupados por el ejército zulú, compuesto por 40.000 guerreros, un contingente extraordinario para una población que probablemente fuera inferior a los 250.000 habitantes. Según la form a de pensar de Frere, la existencia de un ejército nativo tan poderoso en las fronteras implicaba que en cualquier momento podría ocurrir una catástrofe, sobre todo teniendo en cuenta el récord de conquistas guerreras de los zulúes durante el siglo anterior y la demanda constante que los colonos hacían de nuevas tierras de pasto. Frere pasaba por alto el hecho de que, pese a que había permanecido movilizado, el ejército zulú había mantenido la paz con los británicos durante cerca de 37 años, y obvió que serían los europeos

 

 

 

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quienes llevasen a cabo la alteración del statu quo imperante. Frere, en efecto, desoyó las advertencias de sir Henry Bulwer, gobernador de Natal y superior en rango, en el sentido de que los británicos debían acatar los resultados de su propia Comisión investigadora. En lugar de ello, el alto comisionado intentó extender la protección de su gobierno a los agresivos poblados bóers, los cuales estaban ansiosos de que el ejército imperial de Inglaterra ajustase las cuentas a sus antiguos ofensores, los zulúes.

 

Deseoso de precipitar las hostilidades, Frere se escudó en tres incidentes que, según declaró, hacían la guerra inevitable. Un jefe zulú, Sihayo, había sacado a dos de sus esposas adúlteras del protectorado inglés de Natal para después ejecutarlas en Zululandia, hecho que espantaba el sentido que Frere tenía sobre la inviolabilidad del territorio im perial británico y que atentaba contra la moralidad de la sociedad inglesa del siglo x ix . Pero el rey Cetshwayo se negó a entregar a Sihayo. En respuesta, los británicos, como los antiguos príncipes griegos que se aprestaron a em barcar hacia Troya para vengar un supuesto secuestro, consideraron que se trataba de una cuestión de honor y exigieron una réplica a la acción de Sihayo. Poco después, una partida im perial de reconocimiento que recorría el río Tugela a su paso entre Zululandia y Natal fue detenida, aunque sin daño alguno, por unos grupos de cazadores zulúes que sospecharon, muy acertadamente, que dicha expedición cartográfica era el preludio para la anexión formal de algunos de sus territorios fronterizos. Y finalmente, para m ayor indignación de Frere, algunos m isioneros habían abandonado recientemente Zululandia, quejándose de que los zulúes conver­ sos al cristianismo eran a menudo maltratados por Cetshw ayo y a veces asesinados.

 

 

Interpretando a su manera dichas informaciones de segunda mano y basándose, al parecer, en que los zulúes no se comportaban en su propia tierra como caballeros ingleses, Frere consideró que tenía motivos legales para iniciar la invasión de la soberana Zululandia. En su ultimátum exigió a Cetshwayo que renunciase a su notable sistema de organización militar y con ello que renunciase también a su numeroso ejército. La respuesta del rey zulú, traducida de maneras diversas y en ocasiones reproducida erróneamente por algunas fuentes, resulta impresionante por su orgullo y candor:

 

¿Dije yo en alguna ocasión a Somtseu (Shepstone, el representante británico en Zululandia) que yo no mataría? ¿Acaso dijo él a la gente blanca que yo hice esa afirmación? Porque, si lo hizo, entonces los engañó. Yo mato, pero no considero que haya hecho todavía nada en ese sentido. ¿Por qué los hombres blancos quieren comenzar por nada? Yo no he comenzado aún a matar, es la costumbre de nuestra nación y yo no me apartaré de ella. ¿Por qué el gobernador de Natal me habla sobre mis

 

 

 

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leyes? ¿Acaso voy yo a Natal y le dicto a él las suyas?” (D. Morris, The Washing ofSpears [El lavado de las lanzas], p. 280).

 

Tanto los colonos bóers como los ingleses querían mano de obra barata - la esclavitud había sido abolida en el sur de Á frica hacía ya décadas- para desarrollar sus granjas y las infraestructuras de las colonias del Transvaal y Natal. Y obviamente, les desagradaba la idea de que 40.000 zulúes estuvie­ sen obligados al servicio militar, lo cual no favorecía el hecho de que de­ seasen cruzar la frontera desarmados y necesitados en calidad de trabajadores baratos. Sir Garnet Wolseley, que sustituyó a Chelm sford como comandan­ te en jefe de las tropas británicas al final de la guerra, también anotó en su diario la percepción que tenían los británicos de una Zululandia posbéli­ ca ideal:

 

 

Nuestra disputa era con Cetshwayo, que era culpable de crueldades con su pueblo: de haber quitado la vida a algunos de sus súbditos sin juicio previo y de que, bajo su mandato, ni vidas ni haciendas estaban a salvo. Adem ás, el sistema militar que propugnaba im pedía que los hombres se casaran y trabajaran, obligándolos por tanto a permanecer en la pobreza. [...] En el futuro a todos los hombres se les debería permitir casarse e ir y venir por donde les plazca, y trabajar para quien quieran, de forma que puedan hacerse ricos y prósperos, que es lo que nosotros deseamos que lleguen a ser (A. Prestan, ed., The South Afiican Journal of Sir Garnet Wolseley i8jg-i88o [El diario sudafricano de sir Garnet Wolseley 1879-1880], p. 59).

 

 

Adem ás, a los empresarios locales les encantaba la idea de tener a un gran contingente militar británico en la colonia - la Corona llegaría a gastar unos 5,25 millones de libras esterlinas durante las guerras zulúes- y comenzaron a hacer cola para convertirse en proveedores del ejército. Los propietarios de caballos y tiendas, los fabricantes de carromatos y los cocheros de Natal recibieron de buen grado la oportunidad de elevar los precios hasta niveles astronómicos, cosa que hicieron los colonos residentes, quienes aprovecharon la inyección de capital y recursos humanos que se produjo en el sur de África. Chelmsford y el cuerpo de oficiales de Natal también esperaban con impaciencia la opor­ tunidad de una barata, rápida y gloriosa victoria, que no podría sino impulsar sus carreras. Se produjo una enconada competencia entre oficiales por lograr un destino entre las tropas de la inminente invasión, se trataba de una aventura militar anhelada y prevista como corta, relativamente segura y llena de opor­ tunidades de conseguir gloria frente a un oponente valeroso pero tecnológica­ mente atrasado.

 

 

 

 

 

 

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LOS EUROPEOS Y EL OTRO

 

En un sentido amplio, la guerra fue tan sólo el resultado de la actitud insidiosa de los británicos, muy característica de todos los europeos, hacia los pueblos indígenas. Se inspiraba en una mezcla de chovinismo, imperialismo violento y buena voluntad mal entendida. Para los británicos, el ejército de Cetshwayo constituía un impedimento para que su pueblo accediese a la “ civilización” . El pueblo zulú, lógicamente, debía abrazar con satisfacción la religión y la cultura de una raza “ superior” . El cristianismo podría suponer para los zulúes el fin de la poligamia, las ejecuciones y los asesinatos arbitrarios, el canibalismo esporádico, las decapitaciones, la infamante desnudez, la sodomía y todo aquello que los misioneros consideraban aspectos extraños de las prácticas sexuales rituales, que rodeaban la purificación de los guerreros: uku-hlobonga, o sexo intercrural (entre las piernas) sin penetración fálica para los guerreros solteros, y sula izem.be, relación sexual com pleta para los casados después de haber luchado hasta tener que “limpiar el hacha” . Las leyes inglesas evitarían también los asesinatos aleatorios de Cetshwayo y supondrían el paso del nomadismo al sedentarismo, base necesaria para desarrollar una economía capitalista eficaz, respetuosa con la propiedad privada y capaz de prom over un nivel de vida más alto.

 

 

En 1856 los británicos constataron que Cetshwayo había masacrado en una atroz guerra civil a más de 7.000 guerreros que apoyaban a su hermano, además de a otros 20.000 miembros de su propia tribu, entre los que se encontraban ancianos, mujeres y niños. En lo sucesivo, la zona situada junto al río Tugela donde se produjeron las matanzas pasó a llamarse Mathambo, es decir, “el lugar de los huesos” . Mucho antes, Chaka había asesinado a un número de víctimas diez veces superior. Los reyes zulúes, como hicieran también los monarcas aztecas, mataron a más indígenas en sus guerras tribales y en los asesinatos aleatorios que cometían por diversión que los europeos en los campos de batalla en el curso de sus conquistas. Poco antes de llegar al trono zulú, Cetshwayo asesinó a casi todos aquellos de sus hermanos, medio hermanos, primos y parientes lejanos que podían disputarle la sucesión.

 

El potencial del ejército británico era prueba suficiente de la superioridad del estilo de vida europeo, o al menos eso pensaban Frere y Chelmsford en vísperas de la que, como daban por hecho, sería una rápida conquista.

 

Los británicos cruzaron la frontera de Zululandia el 11 de enero de 1879. Lleno de orgullo, lord Frere escribió: “ Confío en que, con la ayuda de Dios, en pocas semanas seamos capaces de librarnos del diablo que durante tanto tiempo ha estrangulado casi toda la vida de estas colonias” (C. Goodfellow, Great Britain and South African Confederation, 1870-1881 [Gran Bretaña y la Confederación Sudafricana, 1870-1881], p. 165).

 

 

 

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Com o en la conquista española de M éxico o la conquista del Oeste nor­ teamericano, la invasión británica de Zululandia se vio seguida de la abso­ lutamente previsible secuencia de acontecimientos que durante cuatro siglos había caracterizado la entrada de los europeos en Asia, las Américas, Australia y Africa. En 1800 los europeos eran sólo 180 millones de los 900 millones de habitantes que aproximadamente sumaban la población mundial y sin embargo ocupaban o dominaban de una u otra forma cerca del 85% de las tierras del mundo.

 

En 1890 dos tercios de todos los barcos transatlánticos eran británicos y la mitad del comercio marítimo era efectuada por navios de construcción británica. La mayoría del transporte marítimo de alguna manera facilitaba o beneficiaba al imperialismo británico. L a capacidad productiva de la industria británica, así como las peculiaridades de su flota imperial y de su marina mercante los hacían capaces de poder desembarcar tropas y suministros en cualquier lugar del planeta en cuestión de semanas, una capacidad que no compartía ningún otro país no europeo e incluso muy pocos en Europa. En cierto sentido, Gran Bretaña estaba presente en Asia, Africa, Australia y las Américas, sencillamente porque era la única nación del mundo que podía permitírselo.

 

Las primeras exploraciones europeas del siglo X VI condujeron a coloniza­ ciones esporádicas que a veces se vieron seguidas por invasiones y conquistas. Un reducido número de europeos -franceses en el sureste asiático, españoles en América, alemanes en Africa central, británicos en todas partes- solía provocar hostilidades al anexionarse tierras de modo ilegítimo o incursionar en los territorios de caza o pastoreo de los indígenas en busca de minerales, oro, puertos o agua. A menudo los seguían colonos y comerciantes que pretendían establecer asentamientos permanentes. Los documentos legales - y a fuesen concesiones de la Corona española o proclamaciones verbales de los burócratas británicos-eran expedidos rápidamente y se leían ante la realeza local, naturalmente iletrada, y proporcionaban el pretexto necesario para la anexión. Los occidentales tenían la extraña pero característica costumbre de leer una larga lista de agravios antes de que alguno de sus ejércitos aniquilase a sus enemigos nativos y analfabetos. Lord Frere, como antes Hernán Cortés, fue muy escrupuloso a la hora de anunciar la destrucción de una nación entera, alegando, públicamente, un derecho moral y legal para ello: expidió una declaración de trece puntos en la que expresaba sus reclamaciones, declaración que un Cetshwayo analfabeto no pudo leer y cuyo sentido no habría comprendido del todo aunque se la hubieran traducido.

 

 

Con frecuencia y a causa de la arrogancia de los mandos europeos, a su excesiva confianza en la superioridad tecnológica de sus ejércitos y al desco­ nocimiento del enorme tamaño de los contingentes indígenas, las primeras y pequeñas fuerzas expedicionarias europeas eran exterminadas: la Noche Triste

 

 

 

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e Isandhlwana no son más que dos de las muchas derrotas sufridas en Indochina, América, África central e India por los ejércitos europeos. En el siglo X IX la venta de armas de fuego europeas dio pie a alguna revancha de los nativos, como la masacre de la caballería norteamericana en Little Bighorn en 1876, o la derrota británica en Maiwand (Afganistán), en 1880, o la victoria etíope sobre los italianos en Adua, en 1896. Pero estos reveses, que en su m ayoría se produjeron a finales del siglo X IX , época en que muchos vendieron a los indígenas rifles de repetición de fácil manejo y abundante munición, se vieron seguidos, casi inmediatamente, de renovados ataques de ejércitos occidentales más sabios, mejor equipados y mejor mandados, que perseguían no sólo más territorios, sino, en venganza, la conquista completa y en ocasiones la des­ trucción de un pueblo.

 

A lo largo de las guerras coloniales, la profanación de los muertos europeos tras las primeras batallas -los sacrificios de las pirámides de Ciudad de México, los destripamientos de Isandhlwana, las decapitaciones dejartum - se interpretó como causa suficiente para no dar cuartel al enemigo y aniquilarlo en combates librados conforme a la idea europea de una guerra limpia. Los europeos se sentían, casi sin excepción, víctimas del ultraje cuando, en las guarniciones tomadas por el enemigo, descubrían los cadáveres decapitados, destripados o sin cabellera de sus soldados. Los europeos consideraban que ese tipo de mu­ tilaciones -com etidas después de la batalla, a veces sobre los cadáveres de mujeres y niños- constituían un acto de depravación mucho m ayor que hacer saltar en pedazos los cuerpos de los guerreros indígenas con cañones y fuego de fusilería. Estas eran acciones que se llevaban a cabo en la batalla y no tenían como objeto ningún cadáver, sino guerreros con vida.

 

Las crónicas europeas solían retratar con simpatía a jefes tribales com o Moctezuma, Caballo Loco o Cetshwayo. Pero no existen testimonios escritos de los nativos, salvo los relatos orales recopilados por los misioneros cristianos y los exploradores. Los jefes indígenas solían proclamar, sin duda de forma ingenua, que la expulsión de los intrusos europeos significaría el fin de las hostilidades. Desconocían que su propia victoria temporal sobre la avanzadilla de las fuerzas europeas sellaba su destino, que culminaría con la llegada de una segunda oleada de soldados occidentales que, con el pretexto de una revancha, consolidarían los cimientos de una ulterior conquista.

 

El canibalismo, los sacrificios humanos, las decapitaciones, el asesinato de prisioneros, la idolatría, la poligamia y la ausencia de leyes escritas eran citados de forma asidua como pretextos para la anexión de territorios, durante sus cuatro siglos de colonialismo en América, Asia y Africa. A diferencia de sus adversarios, franceses, españoles e ingleses proclamaban que el asesinato de miles de personas era un requisito inevitable para encauzar a muchos indígenas por el difícil camino de la occidentalización. Los misioneros y las altas jerarquías eclesiásticas e

 

 

 

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intelectuales de Gran Bretaña denunciaban la rapacidad de su imperio, pero, en vez de abogar por la retirada, recomendaban soluciones para mejorar la vida de los indígenas o asimilarlos. Los zulúes debían ser occidentalizados y convertidos en civilizados súbditos ingleses y de esta manera quedar protegidos por dos leyes, la de la opresión imperial y la de su propio salvajismo indígena. Pocos críticos liberales, si es que hubo alguno, recomendaron la retirada y que se dejara a los zulúes en paz, aunque, como podía ocurrir, pudieran matarse entre sí y continuar con sus guerras intertribales.

 

Normalmente, Hernán Cortés o Chelmsford conseguían suficientes aliados indígenas para que los ayudasen en su causa, y es que su objetivo era conquistar a las tribus más numerosas y belicosas de la región. En su opinión, la caída de la nación azteca o zulú acabaría con la inquietud en que vivían los nativos de su entorno y serviría para ganarse muchas simpatías y hacer aliados, sobre todo entre aquellos que previamente habían sido víctimas de la brutalidad de dichos regímenes belicosos. Además, suministrando armas de fuego o bienes materiales de origen europeo a los nativos, lograban que en Am érica y Africa siempre hubiera suficientes contingentes tribales dispuestos a sumarse a las expediciones europeas. El ansia de botín y el anhelo de seguridad y de un suministro permanente de artículos de los comerciantes occidentales garantizaba su lealtad. No deberíamos olvidar que muchos nativos, víctimas durante décadas de las matanzas tribales, odiaban a los aztecas y a los zulúes más que a los europeos.

 

En la lucha propiamente dicha, al menos durante la primera generación de guerras coloniales, solían oponerse tecnología militar y disciplina a valentía y superioridad numérica. Los zulúes, igual que los aztecas, no fabricaban armas de fuego propias y no com prendían ese principio de la doctrina militar occidental según el cual antes, durante y después del combate cuerpo a cuerpo, los soldados disparaban al unísono y en formación, siguiendo un orden y a la voz de mando. Los zulúes llevaban décadas capturando o comprando armas de fuego, pero la idea británica de disparar andanadas m asivas de forma continua y regular -id ea que no era sino el resultado de un entrenamiento cuidadoso y de un método que se basaba en la disciplina- era algo completa­ mente ajeno a la doctrina bélica africana. Pese a em plear alrededor de ochocientos modernos fusiles Martini-Henry y cientos de miles de cartuchos capturados en Isandhlwana, la puntería de los zulúes jamás dejó de ser imprecisa, azarosa y casi siempre ineficaz.

 

En teoría, después de la victoria de Isandhlwana la nación zulú estaba tan bien armada como lo que quedaba del cuerpo central de la columna británica y además era veinte veces más numerosa. Pero de igual modo que los arcabuceros otomanos que intervinieron en Lepanto nunca fueron capaces de dominar la técnica europea que consistía en que formaciones muy numerosas de mosque­ teros abrieran fuego al unísono, los tiradores zulúes, para quienes los fusiles

 

 

 

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no eran más que armas más efectivas que las indígenas -una punta de metal con m ayor poder de penetración o una azagaya con más alcance-, que sólo servían para que cada uno de los guerreros, de forma individual, pudiera llevar a cabo m ayores hazañas. Los zulúes casi siempre apuntaban hacia arriba, creyendo que, como ocurría con las jabalinas, el proyectil perdería impulso y caería al suelo demasiado pronto. Los impis también capturaron unos cuantos cañones en Isandhlwana - y consiguieron algunos carromatos de munición-, pero nunca los emplearon contra los británicos. No sólo carecían de experiencia y de conocimientos sobre artillería pesada, sino también de la disciplina necesaria para cargar, apuntar y disparar un arma pesada a intervalos regulares, por no mencionar la habilidad precisa para uncir los bueyes a los carromatos.

 

Puertos y buques transatlánticos resultaban decisivos para las potencias europeas, ya que permitían trasladar una cantidad prácticamente inagotable de armas de fuego de fabricación industrial y suministros a la región donde se desarrollaba el conflicto. Durante las guerras zulúes, Zululandia no dejó de recibir tropas, armas, alimentos y municiones provenientes de Ciudad del Cabo y Durban. Tras el desastre de Isandhlwana, un nuevo ejército británico, compuesto por aproximadamente 10.000 soldados y cuatrocientos oficiales, llegó a Natal procedente de Inglaterra en menos de cincuenta días. Por lo general, los ejércitos nativos nunca llegaron a darse cuenta de que Veracruz o Durban eran meras estaciones de tránsito que permitían a los conquistadores españoles o británicos reunir los recursos humanos que necesitaban en cuestión de semanas, recursos que procedían de una superpoblada e inquieta Europa, situada a varios miles de kilómetros, pero a tan sólo unas semanas de distancia.

 

Los ejércitos aztecas, musulmanes o zulúes dependían casi siempre de rápidas maniobras de envolvimiento y de flanco, tácticas que habían demostrado su eficacia contra las tribus indígenas vecinas. Sin dejar demasiados elementos a la im provisación, confiaban en que sus bien entrenados guerreros, mucho más móviles, numéricamente superiores y muy valerosos, conseguirían embos­ car o sorprender a unos contingentes europeos menores en número. De ese modo conseguían éxitos allí donde había arbustos espesos, bosques o selva. Tampoco dejaban de realizar los rituales tradicionales de la guerra, ni siquiera durante las últimas batallas contra los europeos, y, dado que a los indígenas les incom odaba combatir de noche, no solían completar sus victorias persi­ guiendo a los vencidos cuando ya ningún obstáculo podía oponérseles. Incluso consentían que fenómenos culturales -com o, por ejemplo, fiestas religiosas, danzas previas al combate, banquetes y ritos anuales de fertilidad- o naturales

 

- por ejemplo, consideraciones relacionadas con las estaciones u observaciones astronómicas extraordinarias- tuviesen prioridad sobre los preparativos de la batalla. Después de la invasión británica, Cetshwayo formó a su ejército para que sus brujos provocasen el vóm ito a cerca de 20.000 guerreros. Fueron

 

 

 

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necesarios tres días para administrarles el tónico en cuestión y que cada guerrero desfilase ante un pozo que se iba llenando con el vómito de todos. Después, tuvieron que ayunar, a fin de que todo el ejército estuviese “purificado” . Ló ­ gicamente, el vigor de los impis quedó drásticamente debilitado.

 

Desde los griegos en adelante, los occidentales también dispusieron una serie de rituales preparatorios para la guerra: sacrificios antes de la batalla, arengas y música, días sagrados de tregua, vestimentas ceremoniales, ejercicios. Pero estas prácticas se preparaban con tanta prontitud como se posponían o incluso se suprimían, conforme lo determinasen las necesidades militares. En consonancia con esto, la mayor parte de los ejércitos europeos no practicaban rituales prebélicos de ayuno, vómito, purgas o automutilación que pudieran impedir la eficacia de los soldados en el campo de batalla. Como mucho, antes del combate las tropas europeas recibían una ración de ron, una austera arenga y un recordatorio de última hora sobre el orden en que se debía abrir fuego. Desde los griegos, los sacrificios previos a la batalla y los rituales se habían convertido en gestos sin contenido que servían para elevar la moral más que para comunicarse con los dioses.

 

Los europeos estaban dispuestos a combatir los 365 días del año, de día o de noche, sin prestar atención a las exigencias de su fe cristiana o del año natural. El mal tiempo, las enfermedades y los obstáculos geográficos no eran a sus ojos otra cosa que dificultades que podían superarse con la tecnología apropiada, la disciplina militar y el capital necesario, y rara vez se consideraban expresiones de una mala voluntad divina o de la hostilidad de un espíritu superior. Los europeos solían tomarse sus fracasos de forma diferente a como se los tomaban sus adversarios de Asia, Am érica o África. La derrota no era un síntoma de la ira de los dioses ni de un sino adverso, sino consecuencia racional de un fallo táctico, logístico o tecnológico, elementos todos ellos fáciles de remediar en la siguiente ocasión - y hasta que culminaba la conquista, siempre había una si­ guiente ocasión-, merced a una minuciosa inspección y análisis. En Zululandia, y tal como hacían todos los ejércitos occidentales, según observó Clausewitz, los británicos consideraron que la guerra era la continuación de la política por otros medios. A diferencia de lo que les ocurría a los zulúes, para el ejército británico la guerra no era una ocasión para que los guerreros obtuviesen botín, mujeres o prestigio.

 

Los pueblos indígenas lucharon más a menudo junto a los europeos, de lo que algunos europeos, a título individual, lucharon junto a los nativos. Hernán Cortés contó con la ayuda de cientos de miles de tlaxcaltecas, como contaron en Africa los británicos con los llamados cafires. Básicamente, ni aztecas ni zulúes en­ contraron europeos dispuestos a luchar a su lado contra otros invasores blancos. Pánfilo de Narváez anhelaba destruir a Cortés, no a la causa española; por ello después de ser derrotado la m ayoría de sus hombres se sumaron a la

 

 

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expedición contra Tenochtitlán. Jo h n Dunn ayudó en ocasiones a los zulúes, pero durante la guerra anglo-zulú de 1879 rápidamente volvió a unirse a los británicos. Ni un solo europeo luchó en las filas de Cetshwayo contra los bri­ tánicos, a pesar de que casi todos los bóers rechazaban al gobierno inglés de África. Por el contrario, miles de africanos se alistaron en diversos regimientos coloniales.

 

Para los europeos, las dificultades solían provenir de los enfrentamientos contra sus propios colonos: contra los bóers en África y contra los primeros estadou­ nidenses en América. Unos y otros libraron costosas guerras de independencia em pleando armas, disciplina y tácticas que en muchos casos copiaban o superaban a las de los británicos venidos de ultramar. Los bóers, por ejemplo, mataron a más británicos en una sola semana de las guerras bóer -aproxim a­ damente 1.800 en M agersfontein, Storm berg y Colenso, y esto únicamente del 11 al 16 de diciembre de 1899 - de los que mataron los zulúes durante todos los enfrentamientos de 1879.

 

Muchos historiadores han evitado debatir la cuestión de la superioridad militar europea porque o la confunden con asuntos relativos a la inteligencia o la moralidad, o se centran en las derrotas ocasionales de los europeos, como si éstas hubieran sido habituales. De esta forma, basándose en esas excepciones, pretenden negar la dominación europea como norma general. De hecho, la capacidad de los europeos para conquistar a los no europeos, generalmente lejos de Europa, a pesar de los enormes problem as logísticos y con un número relativam ente escaso de combatientes, y a menudo en un terreno y clima desconocidos y hostiles, no tiene nada que ver con asuntos relativos a la inteligencia, una moralidad innata o la superioridad religiosa; por el contrario ilustra, una vez más, la existencia de un factor com ún propio de una tradición cultural peculiar, que, iniciada con los griegos, ha proporcionado extraordinarios beneficios a los ejércitos occidentales en los campos de batalla.

 

 

 

 

ZULÚ POSMORTEM

 

Lo que sucedió después de Rorke’s Drift es bastante representativo de las guerras coloniales que se libraron a finales de siglo X IX y habría de suceder repetidas veces en el Congo, Egipto, Sudán, Afganistán y el Punjab. Tras la victoria en el puesto de Rorke’s Drift, lord Chelmsford, con un ejército reforzado, retomó la invasión de Zululandia. Además de los primeros enfrentamientos sangrientos que aquel mismo año tuvieron lugar en Ineyzane (22 de enero), el río Intombi (11 de marzo), el fuerte en Eshowe (6 de febrero-3 de abril) y Hlobane (27-28 de marzo), los británicos libraron tres decisivas batallas en Kambula (29 de marzo), Gingindhlovu (2 de abril) y Ulundi (4 de julio). En Kambula y Gingindhlovu,

 

 

 

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las fuerzas británicas y coloniales, en campos fortificados, habrían aniquilado completamente a los zulúes que los atacaron si éstos hubieran llevado hasta sus últimas consecuencias sus cargas y ataques casi suicidas.

En la última batalla de la guerra en Ulundi, ocurrida cerca del cuartel general del rey Cetshwayo, una formación en cuadro británica -los británicos contaban con artillería y ametralladoras Gatling- abandonó deliberadamente su fortín para iniciar la marcha en un claro desafío e instando a atacar a los zulúes, que sabían ya que resultaba fútil cargar contra cualquier tipo de fortificación, pero no que intentar rom per una sólida formación de tiradores europeos en una explanada donde no había ningún obstáculo era una estupidez de un calibre semejante. En menos de cuarenta minutos, los casacas rojas -4.165 europeos y 1.152 africanos- rechazaron a 20.000 zulúes. Al menos 1.500 guerreros cayeron muertos y otros 3.000 resultaron heridos: muchos de ellos se alejaron y fallecieron en algún escondrijo.

 

Cuando todo hubo terminado, los muertos zulúes y británicos fueron en­ terrados en el campo de Ulundi. De un modo típicamente occidental, los británicos erigieron una placa conmemorando a aquellos a quienes habían eliminado: “En memoria de los valientes guerreros que aquí cayeron en 1879 en defensa del viejo reino zulú” . Los británicos, como los españoles en M éxico y los norteamericanos en el Oeste, no sólo habían derrotado a sus mucho más numerosos enemigos, sino que habían destruido su autonomía y cultura. Aún se escriben libros sobre el puñado de casacas rojas británicos que tan heroica­ mente mantuvieron su posición en Rorke’s Dríft, pero no conocemos más de algunas decenas de nombres propios de los varios miles de valientes zulúes que cayeron destrozados por la balas de los Martini-Henry. En este sentido, podemos unirlos trágicamente a los anónimos persas, aztecas y turcos que murieron en masa y permanecen olvidados como individuos, como personas reales, lejos de los asépticos números que citan los historiadores: “40.000” muertos o “ 20.000” desaparecidos. En cambio, el motor de la historiografía occidental -producto de una tradición libre y racionalista- conmemora al detalle a sus caídos, mucho menos numerosos. Sin un Heródoto, un Bernal Díaz del Castillo o un Gianpietro Contarini, el arrojo de los hombres en la batalla se esfumaría al tiempo que sus cadáveres se descomponen.

 

 

Cuando en enero de 1879 se inició la guerra zulú, Cetshwayo disponía de entre 30.000 y 40.000 soldados. Seis meses después, los británicos habían acabado con al menos 10.000 en los distintos campos de batalla de Zululandia, y no cabe duda de que otros tantos sucumbieron posteriormente a causa de las heridas recibidas. Nunca se llevó a cabo ningún recuento exacto sobre el núm ero de zulúes m uertos; pero la ausencia de cuidados m édicos y la naturaleza de las balas de calibre 45 de los M artini-Henry indican que a lo largo de la guerra miles de heridos murieron por herida de bala o infección,

 

 

 

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o, simplemente, desangrados. Los delicados y a la vez pesados proyectiles de un fusil Martini-Henry, por no mencionar la munición de las ametralladoras Gatling y de las piezas artilleras, hacían tremendos agujeros en la carne, como atestiguaban los cuerpos lisiados y llenos de horrorosas cicatrices de los pocos zulúes veteranos que sobrevivieron a las batallas. En realidad, en uno de los peores días de la historia de las colonias inglesas, el 22 de enero de 1879, el ejército británico, pese a todo, quizá matase a más de 5.000 zulúes en Isandhl-wana, R orke’s Drift e Ineyzane, es decir, entre el 12 y el 16% de todos los efectivos del ejército zulú.

 

Hacia el final de la guerra, los zulúes habían perdido la mayoría de su ganado, que los británicos y otros nativos habían matado, disgregado o robado. El sistema de regimentación imperial se había desbaratado para siempre y los británicos les imponían una paz inviable, ya que dividía el reino de Cetshwayo en trece Estados belicosos, una solución que im pedía intencionadamente cualquier tipo de prosperidad en Zululandia y prolongaba la guerra contra las colonias europeas vecinas. L a “victoria” de 1879 se consiguió a costa de tan sólo 1.007 soldados y 76 oficiales británicos muertos en combate. Un pequeño aunque indeterminado número de combatientes auxiliares sucumbió a las enfermedades tropicales y a las heridas. En los seis meses que había durado la guerra, los soldados británicos habían matado, de promedio, diez o más zulúes por cada uno de sus compañeros caído, a pesar de que en la mayor parte de las batallas se encontraban en una inferioridad de entre cinco y cuarenta a uno. El legado de la invasión británica -la conquista bélica y un acuerdo vergonzoso que dividía al pueblo zulú en facciones impotentes y en guerra- supuso el final de un Estado independiente y la virtual destrucción de un modo de vida.

 

 

 

 

PODER E IMPOTENCIA DE LOS ZULÚES

 

CHAKA

 

Africa no conoció tribu más belicosa que la zulú. De los cientos de ejércitos tribales del continente, ninguno era tan evolucionado como los impis, ni en su organización ni en su estructura de mando. En las guerras nativas desarrolladas en el continente ninguna otra tribu podía igualarse en disciplina a los zulúes. A diferencia de los ejércitos nativos, los zulúes habían abandonado práctica­ mente las armas arrojadizas y preferían lanzas pequeñas para luchar cuerpo a cuerpo. Sin embargo, una minúscula fuerza británica borró del mapa al ejérci­ to más temido de África en cuestión de meses. ¿Cóm o fue posible?

 

Como le sucedía al imperio azteca antes de la invasión española, cuando en el siglo X IX los europeos comenzaron a llegar a Natal en cantidades importantes,

 

 

 

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la nación zulú era una creación relativamente nueva. Durante casi trescientos años los zulúes no habían sido sino una docena de tribus nómadas que com­ partían el habla bantú y migraron lentamente hacia lo que hoy son Natal y Zululandia. Sin embargo, a principios d e siglo XIX, Dingiswayo, un jefe de los mthethwa, una de las muchas tribus nguni, abandonó radicalmente la práctica bélica tradicional bantú consistente en incursiones y escaramuzas que pretendían incorporar al ejército nacional a las tribus derrotadas.

 

En su esfuerzo de construir un sistema federado mediante la creación de una milicia profesional, Dingiswayo restringió la antigua práctica de guerras rituales libradas básicamente con armas arrojadizas y a causa de los derechos sobre las tierras de pastoreo. En estas guerras, los heridos siempre eran relativamente leves y los que no participaban en el combate apenas sufrían daños. En los ocho años que duró su reinado (1808-1816), Dingiswayo fundó las bases del Imperio zulú, dando un vuelco a los protocolos ancestrales de la cultura bantú en el suroeste africano por medio de la incorporación a su imperio de las tribus derrotadas, que hasta entonces eran exterminadas o esclavizadas, del inicio del comercio con los portugueses que llegaban a la costa, y de hacer de la vida civil un mero com plem ento del entrenam iento militar. Uno de sus lugartenientes más célebres, el líder revolucionario Chaka, de la diminuta tribu zulú, asumió el control del Imperio en 1816 -control que mantuvo hasta 18 28 - y lo transformó a fin de que sirviera de cimiento a un enorme ejército regular, de una manera inimaginable incluso hasta para el mismo Dingiswayo. Los cam bios revolucionarios de Chaka en la práctica m ilitar m arcan el verdadero ascenso del poder zulú, un reino guerrero que existiría durante los sesenta años siguientes (1816-1876), hasta la conquista británica. Antes de ser asesinado por sus hermanos en 1828, Chaka había transform ado por com pleto la doctrina bélica africana, resistido la llegada de los blancos, exterminado a 50.000 de sus enemigos en combate y asesinado gratuitamente a muchos de sus conciudadanos en ataques de demencia imperial que cada vez eran más frecuentes. El legado de los doce años de reinado de Chaka consistió en una frágil coalición im perial de medio m illón de individuos y en un ejército nacional de casi 50.000 guerreros. Durante la década de form ación del nuevo im perio zulú, nada más y nada menos que alrededor de un millón de africanos habían sido asesinados o habían muerto de hambre como resultado directo de los sueños imperiales de Chaka. El sur de África, por tanto, ilustra una característica de la experiencia militar colonial europea aún no suficientemente reconocida: en África, Asia y Am érica tanto las tribus indígenas como los europeos mataron en combate a más de sus congéneres que el enemigo. Entre 1820 y 1902, por ejemplo, Chaka y sus sucesores masa­ craron a muchos más zulúes que lord Chelmsford, y los bóers masacraron a muchos más británicos que Cetshwayo.

 

 

 

 

 

 

 

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UN ESTADO GUARNICIÓN

 

Mucha mitología y literatura rodean al ejército zulú, pero podemos prescindir de la idea popular de que sus guerreros luchaban tan bien por su impuesto celibato sexual o gracias al uso de drogas estimulantes (o que incluso aprendieron de los comerciantes británicos u holandeses el sistema de regimientos y la terrorífica táctica de envolvimiento). Los zulúes tenían bastantes experiencias sexuales antes del matrimonio, llevaban rapé en campaña, raramente fumaban cannabis, bebían una cerveza ligera y crearon su método de avance en batalla totalmente a partir de su propia experiencia de décadas de derrotar a otros guerreros tribales. Aunque puede que de la observación de los primeros ejércitos coloniales europeos aprendieran la disposición en regimientos militares, quizá hasta el procedimiento para forjar lanzas de metal de alta calidad, fueron creaciones totalmente indígenas el sistema de organización en regimientos según edad y clase y las tácticas de ataque al modo del búfalo.

La preponderancia innegable de los zulúes en el poder derivaba de tres fuentes tradicionales de eficacia militar: el potencial humano, la movilización y la táctica. Los tres juntos eran extraños a casi todos los métodos nativos africanos de lucha. La conquista de tribus bantúes en el sureste africano bajo el liderazgo de Chaka significó que durante la mayor parte del siglo X IX hasta la conquista británica (es decir, durante los subsiguientes reinados de los reyes Dingane, 1828-1840; Mpande, 1840-1872, y Cetshwayo, 1872-1879), los zulúes controlaron una po­ blación que oscilaba entre las 250.000 y las 500.000 personas, y es posible que pudieran reunir un ejército de unos 40.000 o 50.000 hombres en unos

35     impis, en muchas ocasiones más numerosos que ninguna otra fuerza, negra o blanca, en Africa.

A diferencia de la mayoría de ejércitos tribales de la sabana, los zulúes no eran una simple horda que luchaba como una muchedumbre espontánea. No organizaban luchas rituales, lo que evitaba que los prolegómenos tradicionales y la guerra de armas arrojadizas minaran su capacidad letal. Por el contrario, los impis zulúes eran el reflejo de las costumbres básicas sociales de la misma nación zulú, una sociedad diseñada en casi cada faceta de la vida para la constante rapiña del botín de guerra y por la necesidad de que los sujetos individuales supieran qué es matar por sí mismos. Si el guerrero azteca perseguía hacerse con tantos cautivos como pudiera para escalar socialmente, un zulú no podía situarse en una buena posición ni tener la oportunidad de crear su propio hogar hasta que hubiera “bañado su lanza” en la sangre de un enemigo.

 

Toda la nación estaba estructurada en regimientos (como Esparta en la época clásica) organizados según edad y clase, que podían sobrepasar incluso los lazos tribales. Los chicos de catorce o quince años recibían una formación militar formal y servían de porteadores de impedimenta. Al final de la adolescencia,

 

 

 

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momento de entrar en los impis, se suponía que la m ayoría de los muchachos eran ya unos guerreros hechos y derechos, capaces de correr descalzos ochenta kilómetros en un día. Cohortes de solteros se organizaban en regimientos durante toda su vida, y no se les permitía a los hombres casarse oficialmente hasta bien cumplidos los treinta, sin recibir a cambio ninguna compensación especial; así, la capacidad de fundar una familia independiente servía como gran línea de división social en el ejército. Bajo el sistema de Chaka, 20.000 hombres de menos de treinta y cinco años permanecerían solteros y sujetos a un entrenamiento m ilitar constante. H asta los guerreros más viejos, que legalmente podían tomar esposas y establecer sus propios kraals u hogares autónomos, a menudo se encontraban, además, embarcados en largas campañas militares.

 

Sin embargo, la idea de “celibato” forzoso entre los guerreros es exagerada, puesto que los hombres zulúes se entregaban normalmente a una variedad de actividades sexuales con mujeres, si bien sin llegar a la penetración. Lo que realmente significaba el “ celibato” era que a los guerreros no se les permitía formar pareja con compañeras estables para formar un hogar independiente, o tener contacto sexual con muchachas vírgenes hasta bien entrados los treinta. Puesto que el retraso a la hora de tener hijos entre las muchachas significaba una reducción en la fertilidad misma de los zulúes, tales ritos, según la edad y clase, pueden haber sido impuestos por Chaka para controlar la población de Zululandia (así como para ralentizar la insostenible explotación de pastos para el ganado que se criaba en un área ya de por sí superpoblada).

 

Cualquiera que fuera la causa real de esa peculiar práctica de regimentación según edad y clase, el resultado fue el desarrollo de un inusual espíritu marcial entre las tropas, al tiempo que los impis (diferenciados por epítetos distintivos, tocados especiales, joyas, plumas e insignias en los escudos) luchaban de por vida como unidades diferenciadas junto a sus huestes de compañeros de la misma edad. Tácticamente, el tipo de ataque zulú era simple pero eficaz. El despliegue en batalla tomaba su nombre del búfalo de El Cabo, ya que cada impi se dividía en cuatro grupos, incluyendo los flancos o “ cuernos” de dos regimientos de jóvenes. Estas alas se extendían rápidamente alrededor de los dos lados del enemigo, esperando rodear así a la fuerza rival y conducirla contra el “pecho” o regimiento de veteranos de impis, mientras la “espalda” , o los reservistas de mayor edad, irrumpirían cuando la tropa hostil estuviera com ­ pletamente enfrascada en la lucha. Aunque predecible, la estandarización de la táctica de ataque demostró tener éxito frente a tribus rivales de las llanuras, gracias a la asombrosa habilidad de los zulúes para moverse sin ser detectados entre la hierba, peinar la zona, correr para rodear y envolver a un enemigo sorprendido y, por último, acabar con él en combate cuerpo a cuerpo clavando sus lanzas y utilizando sus garrotes.

 

 

 

 

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Durante el reinado de Chaka, el ejército había abandonado en gran parte el uso de la lanza arrojadiza por el de la azagaya corta que podía utilizarse para asestar puñaladas (llamada iKlwa por el sonido de succión que hacía cuando se sacaba del pecho o el vientre de un enemigo), además de un escudo alto de cuero. La nueva azagaya tenía una hoja de hierro mucho más pesada y grande que la variante arrojadiza, además de un mango bastante más corto, puesto que iba a ser usada sobre todo como un arma blanca, por lo que iba en consonancia con un escudo más grande. Del mismo modo que el legionario romano se enfrentaba a su enemigo cara a cara, el guerrero zulú podía estrellar o alcanzar con su escudo al enemigo, mientras rápidamente alzaba, en una hábil arremetida hacia arriba, su azagaya, cuyo relativo pequeño tamaño y afilado extremo la asemejaba más a un gladius que a una lanza griega. Cada guerrero blandía asimismo una clava o garrote de madera dura con un nudo en la punta. A diferencia de casi todas las otras fuerzas tribales de África, los zulúes hacían la guerra cuerpo a cuerpo, sin em plear armas arrojadizas, y esperaban encontrar al enemigo de frente y derrotarlo mediante su m ayor valentía, habilidad con las armas y fuerza muscular. Las vestimentas de color claro (que incluían plumas de varios tipos, borlas de cola de vaca, collares de cuero y tocados), los gritos de guerra, el golpeteo de las lanzas contra el escudo y las danzas antes de la batalla tenían por objetivo infundir el miedo en el enemigo antes de la arremetida inicial.

 

 

Un impi zulú normalmente podía recorrer de 150 a 300 kilómetros en una campaña en cuestión de tres días, llevando consigo poca comida o suministros, ya que se esperaba de él que viviera del ganado capturado al enemigo. Los jóvenes o uDibi llevaban esterillas para dormir y toda la comida que pudieran cargar y que les permitiera mantenerse aún con los impis. Una vez que el enemigo era identificado, los jefes de los impis se reunían para asignar a los respectivos regimientos la posición de “cuernos”, “pecho” y “espalda” . El ejército se acercaba al enemigo corriendo, con la intención de rodearlo y aplastarlo en cuestión de minutos, a lo que seguía el saqueo del territorio del derrotado antes de volver a casa. En la batalla en sí, el sempiterno entrenamiento con la azagaya y la clava, junto con la habilidad de los impis y la pericia para realizar un cerco rápido, propiciaban una clara ventaja en la lucha a favor de los guerreros zulúes durante el combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, los panegiristas tanto pasados como presentes del valor zulú han olvidado en buena m edida la debilidad militar inherente al sistema en su conjunto, los fallos intrínsecos que lo hicieron extremadamente vulnerable, no sólo ante los ejércitos regulares europeos, como el británico, sino incluso ante las milicias coloniales de bóers y colonos ingleses que disponían de muchos menos efectivos y habían sido escasamente entrenadas.

 

En primer lugar, aunque los guerreros zulúes hacían frente a un duro proceso de formación militar y se sometían a un brutal sistema de regimientos en los

 

 

 

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impis que duraba toda la vida, la valentía y la ferocidad resultantes no eran en absoluto com parables a la noción europea de disciplina militar, que hacía hincapié más bien en la instrucción, en una estricta form ación en líneas y columnas, las descargas en grupo sincronizadas, una rígida cadena de mando, nociones abstractas de táctica y estrategia y un código escrito de justicia militar. En cambio, los impis rivales eran propensos a pelearse entre sí, e incluso a luchar hasta la muerte en disputas internas, sobrepasando con mucho las típicas escaramuzas a golpes entre regimientos del ejército británico.

 

Tampoco había un verdadero sistema de mando, ya que frecuentemente los impis desobedecían las órdenes directas de su rey (los regimientos de uThul-wana, uDloko e inDlu-yengwe hicieron caso omiso en Rorke’s Drift de las órdenes de Cetshwayo de no atacar a la posición fortificada o adentrarse en Natal) y luchaban como unidades independientes sin un mando sincronizado. Así, el uThulwana y el uDloko se encontraron por casualidad con el inDlu-yengwe, al tiempo que este último regimiento más joven desafiaba al príncipe Dabulamanzi a que se les uniera junto con sus dos impis de más edad para un asalto instantá­ neo a Rorke’s Drift. Más que de un descuidado y superficial plan de ataque, de lo que carecían era de un conocimiento sistemático de la formación militar y de las ventajas de marchar de manera ordenada, lo que provocaba un caos general en el desarrollo real de la batalla, que reducía además las posibilidades de que la retirada no se convirtiera en una espantada, o de que los ataques se realizaran en oleadas debidamente ordenadas. Si bien los zulúes luchaban frente a frente, lo hacían como individuos; los impis no se basaban en formaciones conjuntadas y en el lanzamiento simultáneo de lanzas para conseguir un efecto de shock en el primer enfrentamiento. Contra Rorke’s Drift, una serie de asaltos descoordinados dieron lugar a que desapareciera la fuerza zulú. En cambio, un asalto en masa y repentino que hubiera agrupado a miles de guerreros en un punto determinado de la barricada habría superado en pocos minutos a la pequeña guarnición.

 

El guerrero zulú vivía en un mundo de espíritus y brujería, en clara antítesis de la mentalidad europea absolutamente laica sobre eficacia militar, gobernada por reglas abstractas, regulaciones y la tecnología brutal de los fusiles, las am etralladoras Gatling y la artillería. Antes de la batalla, los hechiceros confeccionaban pociones con intestinos de toros sacrificados, hierbas y agua con el fin de que dieran fuerza a los guerreros para el duro trance que se acercaba. Los zulúes eran sometidos a dietas estrictas y se les proporcionaban eméticos (que lo único que conseguían era debilitar su energía) y pedazos de carne humana ceremonial. Tras abatir al enemigo, su cadáver era destripado para permitir que el espíritu saliera y para prevenir represalias contra el asesino. Los hechiceros lanzaban sus maleficios a los clanes rivales mediante maldiciones y sortilegios al estilo vudú. La misteriosa capacidad de los soldados británicos de masacrar

 

 

 

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a miles de atacantes zulúes con fuego de rifle, sufriendo a la vez muy pocas bajas, era explicada igualmente recurriendo a la magia, no a la lógica del entre­ namiento, la ciencia militar y la disciplina. Por ello, aun después de cada una de las horribles matanzas sufridas, la táctica zulú no cambió en absoluto, ya que se invocaba a la superstición para explicar la milagrosa pantalla de plomo que esperaba a los impis cuando se acercaban a las líneas británicas.

 

Para la mentalidad zulú, también la brujería tenía la clave de por qué los ingleses con sus fusiles eran capaces de matar a cientos de guerreros, mientras que los zulúes, con esas mismas armas que habían capturado a los británicos, no acertaban sino a un número pequeño de sus objetivos (en esos casos, el fallo estaba en que disparaban demasiado alto para dar “fuerza” a la bala y en que nunca lo hacían en descargas coordinadas). Tras la terrible derrota zulú en Kambula, los guerreros supervivientes estaban convencidos de la intervención de criaturas sobrenaturales a favor del bando británico, y preguntaron a Cornelius Vign por qué “tantos pájaros blancos, como nunca antes habían visto, vinieron volando sobre ellos desde el bando de los blancos. Y ¿por qué fueron atacados también por perros y monos, vestidos y portando armas de fuego al hombro? Uno de ellos me dijo incluso que había visto cuatro leones en el laager. Dijeron: ‘Los blancos no juegan limpio; traen animales para que la destrucción caiga sobre nosotros’” (C. Vign, Cetshwayo’s Dutchman, p. 38). En sucesivos ataques contra los europeos, los guerreros dispararon sus fusiles contra las explosiones provocadas por las bombas de artillería, creyendo que los proyectiles contenían hombrecitos blancos dispuestos a matar a todo el que encontraran a su paso. Después de la guerra, los veteranos estaban convencidos de que habían sido vencidos por una cortina protectora de acero que los británicos habían colgado de su ejército, quizá una explicación divina del muro de plomo desplegado por los casacas rojas o los reflejos de las bayonetas británicas.

 

 

 

 

 

VALIENTES PERO DÉBILES

 

La táctica zulú era estática y, por ende, predecible para los europeos. La tropas de un campamento fortificado o una formación británica en cuadro podían esperar que se produjera desde el principio un doble movimiento envolvente, como preludio del avance del “pecho” principal. Aunque en teoría la “espalda” era una reserva móvil, los guerreros que la formaban no estaban sujetos a un mando central y por ello no eran dirigidos contra puntos débiles y determinados de la resistencia en las filas del enemigo. A menudo no desempeñaban ningún papel en la lucha y lo mismo huían que reforzaban el “pecho” y los “ cuernos” en caso de que éstos fracasaran inicialmente.

 

 

 

 

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Mucho se ha hablado de la impresionante movilidad zulú, pero se ignoran a menudo dos factores fundamentales: el ejército sólo podía llevar unas pocas armas de fuego (aunque casi 20.000 mosquetes y fusiles habían ido penetrando en Zululandia durante décadas antes de la invasión británica), debido a la ausencia de transporte rodado para acarrear reservas importantes de cartuchos.

Y       dado que la com ida tampoco era transportada en grandes cantidades, los ejércitos zulúes necesitaban una victoria inmediata antes de que comenzaran a agotarse físicamente y a pasar hambre. En Rorke’s Drift un esfuerzo final y conjuntado al alba podría haber roto las defensas británicas, pero ya por la mañana los asediadores zulúes llevaban más de dos días sin tener prácticamente nada que comer y estaban hambrientos hasta el punto de experimentar debilidad física.

 

Los estudiosos modernos ridiculizan frívolamente el papel de los lentos y pesados trenes de aprovisionamiento, así como la falta de movilidad de las tristes columnas de Chelmsford. Pero eran los británicos, no los zulúes, quienes llegaban a cada batalla bien alimentados, bien pertrechados y en posesión de municiones y armas de fuego sin prácticamente límite alguno. Es posible que los carromatos británicos tuvieran una apariencia casi cómica (cinco metros y medio de largo, casi dos de ancho y más de metro y medio de alto) y necesitaran, allá por donde fueren, de diez a quince bueyes para recorrer unos ocho kilómetros diarios por la abrupta Zululandia. Sin embargo, podían llevar la asombrosa cantidad de más de 3.500 kilos de armas y m uniciones, aparte de forraje, com ida y agua. En las batallas posteriores, cualquier zulú que se introdujera en los campamentos británicos abría inmediatamente, en el fragor de la lucha incluso, las cajas de provisiones capturadas, como demostraron posteriormente los trozos de comida semiingerida que quedaron en la boca de los cadáveres.

 

La imagen del soldado británico en Africa, cargado, lento, pesado y quemado por el sol, ha devenido en una caricatura de la falta de sentido práctico, ignorancia y carencia de confort material. Pero, en realidad, era un guerrero mucho más letal que su oponente, el ágil zulú de ropas ligeras. Este personaje ha sido prácticamente deificado en los últimos tiempos en las universidades nortea­ mericanas (lo que no deja de resultar paradójico en el caso del genocida Chaka) como una especie de invencible luchador por la libertad. Pero ni resultaba aterrador, ni am aba la libertad. En realidad, el hombre más letal del África era el típico soldado británico blancucho, de poco más de uno sesenta y cinco de estatura, algo menos de setenta kilos de peso, ligeramente desnutrido, la mayoría de las veces procedente de los guetos industriales de Inglaterra, cargado con un pesado fusil de cuatro kilos y medio y unos veintisiete kilos de víveres, agua y municiones en el cinto y la mochila. Este soldado de aspecto muy poco impresionante habría de acabar con una media de tres o más zulúes en casi todos los enfrentamientos de la guerra.

 

La m ayoría de los impis no golpeaban al enemigo como un bloque cohesio­ nado, y la ausencia de armadura en el cuerpo había consolidado el hecho de que los lanceros zulúes jam ás fueran capaces de precipitarse ni siquiera contra las líneas de sus enemigos tribales. Los escudos eran usados como elemento de defensa personal y como arma, no para formar un grueso muro de protección. Los zulúes sólo practicaban un método de guerra basado en la aglomeración, parecido en este sentido a la manera azteca de correr hacia las líneas enemigas para asestar puñaladas y machetazos en pequeños grupos. Si el atacante era ampliamente inferior en número, caía presa del pánico, o si su formación ca­ recía de firmeza, entonces inevitablemente el sistema de carga y cerco zulú tenía éxito. Sin embargo, frente a una posición fortificada o una formación en cuadro de soldados británicos con fusiles, toda la línea de asalto se rompía y se dispersaba ante los disparos continuados o las cargas con bayoneta que los seguían.

 

Incluso la adquisición de armas de fuego no alteró las tácticas inamovibles de los zulúes: mientras unos hombres disparaban por iniciativa propia inten­ tando alcanzar al enemigo, otros guerreros se ocupaban de las lanzas. A ninguno se le enseñó a atacar en línea o a disparar siguiendo órdenes. Cetshwayo nunca buscó un método completo para cargar y disparar armas de fuego, pese a que éstas existían en Zululandia desde unos cincuenta años antes de la guerra anglo-zulú de 1879. Aunque se habían introducido caballos hacía más de dos siglos en el sur de África, los zulúes sólo los montaban esporádicamente, y ni tenían grandes criaderos ni ensayaron ningún método para crear patrullas a caballo (asegurando así que los británicos dispusieran de exploradores con más m ovilidad y de mortales perseguidores en las postrimerías de la batalla).

 

A la postre, a menudo se combinaban en el caprichoso método de ataque zulú tanto el armamento europeo como el tradicional: miles de hombres corrían más o menos a su voluntad en línea recta contra el enemigo, mientras otros disparaban sin ton ni son desde la distancia, con la esperanza de que su gran mayoría en número, el ruido y su propia velocidad amedrentaría o derrumbaría al adversario. En Isandhlwana, la escasez de efectivos británicos, los fallos en la formación y la pobre distribución de munición permitieron que los atacantes lograran la victoria. En casi todos los otros enfrentamientos posteriores (el fiasco nocturno en Hlobane es la notable excepción), la táctica de cargas descoordinadas resultó suicida. Y cuando dichos asaltos fracasaban nunca había órdenes de retirada, mucho menos de una retirada combativa o de unas salidas cubiertas y orga­ nizadas. En cambio, la totalidad de los impis, como las tribus germanas en el limes romano, se derrumbaba y huía corriendo precipitadamente del enemigo. En las guerras zulúes, la caballería británica acabó con miles de indígenas a los que lanceó, disparó y clavó tranquilamente la bayoneta una vez que la carga de los impis hubiera sido anulada y se hubiese extendido entre ellos el miedo.

 

Los relatos de los británicos registran cientos de incidentes que resaltan el inigualable valor zulú (hombres de cuarenta y cincuenta años que cargaban temerariamente contra las barreras de relucientes ametralladoras Gatling; cientos de combatientes que pisoteaban a sus propios muertos para forcejear con las bayonetas de los fusiles británicos en Rorke’s Drift, antes de que los fusiles Martini-Henry descargaran sus enormes balas contra sus cuellos y caras). Durante las escaramuzas preliminares, antes de la batalla final de Ulundi, Francés Colenso relató: “Un solo guerrero, acosado por varios lanceros, se percató de que era imposible correr o huir. Se dio la vuelta, plantó cara a sus enemigos; abriendo los brazos ofreció su desnudo pecho estoicamente al acero, y cayó, frente al enemigo, como todo soldado valiente debería hacer” (History ofthe Zulu War and Its Origin [Historia de la guerra zulú y su origen], p. 438). En el contexto de las luchas tribales del sur de Africa, los zulúes advirtieron que, durante casi un siglo, su valor inigualable, su destreza física, velocidad y enormes contingentes propiciaban la victoria definitiva y, a menudo, la masacre de sus enemigos. Pero en una lucha contra tropas disciplinadas de fusileros británicos, su primitivo método condujo a la autodestrucción de su nación.

 

Los zulúes habían descartado gran parte del protocolo militar tradicional del sur de Africa (como la guerra de armas arrojadizas, contiendas rituales y la captura de prisioneros para pedir rescate), y Cetshwayo parecía seguir considerando la inminente guerra con los británicos como una representación que se resolvería con un solo acto de habilidad militar. En su mente, su ejército lucharía “ un solo día”, y después llegarían a un acuerdo con los ingleses. Si los líderes zulúes hubieran examinado tanto las victorias como las derrotas en Isandhlwana y Rorke’s Drift, se habrían deshecho de todo el lastre que suponía su método tradicional de ataque, y habrían optado por una guerra de guerrillas que incluyera en su avance emboscadas a las hileras de carromatos de mercancías británicos (y, sobre todo, habrían evitado también cargar contra posiciones atrincheradas y formaciones en cuadro de la infantería británica). Cuando la guerra estalló, el mismo Cetshwayo parecía presentir que las apuestas estarían a favor de los zulúes si evitaban los atrincheramientos de los fusileros británicos y combatían a los europeos sólo por sorpresa, mientras se desplazaban o de noche.

 

Los zulúes tenían un ejército mucho más numeroso, conocían el terreno a fondo y tenían datos fiables sobre el avance de las tres columnas de británicos. Además, a éstos les resultaba muy difícil atravesar Zululandia (un territorio sin carreteras, del que prácticamente no había mapas, entreverado de ríos y arroyos, y lleno de quebradas y cañones) con carromatos cargados con toneladas de equipamiento que apenas podían viajar más de diez kilómetros al día, y eso en el mejor de los casos. De haber llevado a cabo constantes ataques contra esas caravanas, los zulúes podrían haber conseguido que los regimientos británicos quedaran empantanados en el corazón de Zululandia, sin posibilidad de recurrir a nuevos

 

suministros, encenagados en una guerra que no contaba con el apoyo del estado mayor o del primer ministro allá en Londres. En vez de eso, la fuerza de los rituales, la costumbre y la tradición hicieron que los “cuernos” , el “pecho” y la “espalda” de los impis zulúes atacaran como siempre lo habían hecho, y así fueron, como de costumbre, masacrados por la artillería británica.

 

Aunque los zulúes fueran famosos por su acatamiento de los edictos reales, desde el reinado de Chaka (que había estrangulado uno a uno a aquellos que estornudaban, reían o simplemente lo miraban en su presencia), se producía cierta arbitrariedad en lo relativo al castigo, lo que, a largo plazo, tendía a minar la cohesión entre ellos. Casi todos los grandes líderes zulúes desde Dingiswayo y Chaka hasta Cetshwayo (que probablemente fue envenenado tras la conquista británica) fueron asesinados. Mpande, padre de Cetshwayo, reinó más de treinta años (1840-1872) y murió mientras dormía, pero sólo después de haber delegado en sus últimos años la mayoría de su poder a favor de los impis locales y de su hijo.

 

Por contra, el ejército británico, en el que norm alm ente se azotaba y encarcelaba a los criminales, tenía un código escrito de conducta y castigo. Los soldados sabían más o menos lo que se esperaba de ellos, asumían una apli­ cación de la justicia relativamente uniforme y predecible para todos los rangos, y consideraban que no estarían sometidos a ejecuciones arbitrarias. La m ayo­ ría de ellos obedecían las órdenes movidos por un sentido de la justicia más que por el mero temor. Ningún oficial o m agistrado británico tenía poder absoluto sobre un subordinado, a diferencia de lo que ocurría con los reyes zulúes o aztecas. El pequeño ejército profesional de Inglaterra era mucho más representativo de un militarismo cívico que los miles de guerreros congre­ gados en los impis de Cetshwayo: los primeros luchaban sabiendo que la vida militar era un reflejo de las costumbres y valores civiles, mientras que los segundos lo hacían con el conocimiento de que la sociedad era un eco del ejército. En una nación de m illones de personas, el ejército británico era minúsculo, pero ni la reina podría ejecutar a un solo militar sin, al menos, celebrar una vista o un juicio.

 

 

 

 

 

VALOR NO EQUIVALE A DISCIPLINA

 

LAS TRADICIONES DEL EJÉRCITO BRITÁNICO

 

En 1879 había ejércitos más grandes y mejor organizados en Europa (sobre todo el francés y el alemán) que el colonial británico. La sangrienta Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865) y la corta pero violenta guerra franco-prusiana (1870-1871) habían puesto punto y final al uso masivo de la caballería y a las tácticas

 

de marcha lenta en líneas ordenadas. La ametralladora, nuevos rifles de repetición y los proyectiles de artillería acabaron con las últimas pretensiones aristocráticas de que la guerra fuera un asunto caballeresco y marcaron el preludio de la m oderna guerra industrial. En cambio, tras Waterloo (1815), los británicos, con muy pocas excepciones (la desastrosa guerra de Crim ea de 1854-1856 es la que confirma la regla), lucharon en contiendas coloniales, frente a enemigos que no contaban con armas modernas, fortificaciones bien diseñadas, ni tácticas sofisticadas. El resultado fue que se mantuvo un ejército peculiarmente reaccio­ nario, que poco a poco se halló al margen de la evolución que se estaba pro­ duciendo en Occidente hacia enormes tropas de reclutas bien pertrechados. El ejército Victoriano (más que la armada) era un fiel reflejo de las divisiones de clase de la sociedad inglesa. Puesto que ninguna fuerza más moderna ni en Europea ni en América lo desafiaba, hasta el último momento no se vio necesidad de desmantelar las tácticas de una época ya pasada, o de sustituir los privile­ gios de nacimiento por el mérito como el principal criterio para ascender.

 

Hubo que esperar hasta la década anterior a la guerra zulú para que Edward Cardwell, subsecretario de Guerra británico, llevara a cabo por fin un intento significativo de reforma, eliminando la com pra de destinos, mejorando las condiciones de los hombres alistados y acelerando la introducción de fusiles modernos, artillería y ametralladoras Gatling. Sin embargo, todavía en 1879 había solamente 180.000 soldados británicos (un número bastante menor que el del ejército del Imperio romano, con 250.000 hombres) para defender un imperio que abarcaba Asia, Africa, Australia y Am érica del Norte, y que tenía que enfrentarse con frecuencia a revueltas por toda la India, Afganistán y el sur y el oeste de Africa. Pero el número insuficiente de efectivos y el clasismo imperante no representaban los únicos problemas. El ejército estaba también acosado por las crisis presupuestarias crónicas (la armada seguía recibiendo el grueso del presupuesto de Gran Bretaña en defensa), lo que provocó que los salarios fueran a menudo pobres y las armas quedaran obsoletas. A finales del siglo XIX, demasiados oficiales (incluso después de la abolición del sistema de adquisición por el que los aristócratas, literalmente, compraban sus destinos), continuaban haciendo gala de una mentalidad conservadora que miraba con desconfianza los progresos científicos y técnicos, que, de hecho, eran el motor de la sociedad industrial. Lo que salvó al ejército británico y lo convirtió en una fuerza policial temible en las guerras coloniales del siglo xix, a pesar de su debilidad en los mandos y de una deficiente financiación, fue su disciplina y entrenamiento legendarios. Los casacas rojas ingleses, en su mayoría, estaban mejor instruidos y motivados que casi ninguna otra tropa en el mundo. Cuando formaban en sus cuadros de infausto recuerdo, eran los mejores soldados tanto dentro como fuera de Europa a la hora de disparar una descarga mortal de fuego de rifle de manera continua, precisa y sostenida.

 

 

En los minutos anteriores al ataque a Rorke’s Drift, ni uno de los soldados regulares de las tropas británicas huyó para unirse a los cientos de colonos y destacamentos nativos que partieron antes de que se aproxim aran miles de zulúes. En vez de eso, menos de cien hombres físicamente capaces dispararon continuamente más de 20.000 ráfagas y permanecieron en los terraplenes unas dieciséis horas. En el baño de sangre acaecido en Isandhlwana unas horas antes, casi todas las compañías regulares del 24o Regim iento del ejército regular británico fueron sobrepasadas in situ, pero no huyeron para dispersarse. Uguku, un veterano zulú presente en la matanza, recordaba posteriormente aquella resistencia final inglesa:

 

 

Estaban completamente rodeados por todos lados; permanecieron codo con codo y rodeando a algunos hombres que estaban en el centro. Ya no les quedaba munición, excepto los pocos revólveres con los que nos disparaban muy de cerca. Fuimos totalmente incapaces de romper su formación en cuadro hasta que matamos a muchos de ellos arrojándoles nuestras azagayas a corta distancia. Finalmente, de este modo los vencimos (F. Colenso, History ofthe Zulu War and Its Origin, p. 413).

 

Momentos antes del ataque zulú a Rorke’s Drift, los hombres del teniente Chard dispararon a un sargento europeo que huía con el Contingente Nativo de Natal del capitán Stephenson. Chard no sintió ninguna necesidad de mencionar los disparos en su informe, y el cuerpo de oficiales británicos no llevó a cabo investigación alguna sobre asesinato de un suboficial colonial, aparentemente justificado por el abandono de su posición. Posteriormente, sir Garnet Wolseley incluso criticaría a los tenientes Melville y Coghill, el animoso dúo que intentó salvar los colores de la reina en Isandhlwana. En opinión de Wolseley, ningún oficial británico, bajo ninguna circunstancia, ha de cabalgar fuera del campa­ mento mientras sus hombres, asediados, siguen con vida y luchando (por muy sacrosanto que sea el estandarte del regimiento). Los pocos contingentes a caballo que salieron de Isandhlwana tras el colapso de la resistencia de la infantería evidentemente quedaron posteriormente bajo sospecha. Tras el desastre menor en el río Intombi, el teniente Harward fue convocado ajuicio por haber salido a caballo para buscar ayuda mientras sus soldados estaban aún rodeados por los zulúes. Aunque Harward fue absuelto por un tribunal militar de justicia, el general Wolseley insistió en que se leyera un documento donde manifestaba su desacuerdo con el veredicto frente a cada regimiento del ejército. La indignación de Wolseley ante la idea de que un oficial británico abandonara a sus hombres está muy presente en su apología del mantenimiento de la formación y las líneas, que ilustra la confianza que debe presidir el corazón de la legendaria disciplina del ejército:

 

 

 

 

 

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Cuanto más desesperada sea la posición en la que un oficial encuentra a sus hombres, más firme ha de ser su deber de quedarse y compartir su fortuna, ya sea para bien o para mal. Precisamente, el hecho de que el oficial británico siempre haya obrado así es lo que lo hace ocupar esa posición tan estim ada en todo el mundo y por lo que posee esa influencia que tiene en las filas de nuestro ejército. El soldado ha aprendido a sentir que, ocurra lo que ocurra, puede mirar confiado a su oficial en el momento más horrible de peligro, sabiendo que nunca lo abandonará bajo circunstancia alguna. Es a esa fe del soldado británico en sus oficiales a la que debemos la mayoría de los hechos más valerosos registrados en nuestros anales militares; y debido a que el veredicto de este tribunal m ilitar va directamente contra la raíz de esta fe, creo necesario destacar oficialmente mi más rotundo desacuerdo con la teoría sobre la que este veredicto se ha basado (D. Clammer, The Zulu War, p. 143).

 

 

 

L a gran fuerza del ejército británico residía en la capacidad de form ar en líneas y cuadros. En esta formación, cada fila de tres o cuatro líneas de soldados (a menudo boca abajo, de rodillas y de pie) disparaban a la orden, recargaban y posteriormente hacían fuego de nuevo cinco o diez segundos después. La secuencia exacta de disparos de la totalidad de la com pañía aseguraba prácticamente una cortina sostenida de fuego, aunque se tratara de los fusiles tiro a tiro Martini-Henry. Como en una caja, cuatro ángulos rectos aseguraban un centro seguro para el equipaje, refugio para los heridos y las reservas (la integridad de toda la formación en cuadro se basaba en la idea de que ningún soldado británico se rendiría en ningún punto a lo largo de todo el perímetro). Frecuentemente, para asegurar el control del fuego, se ponían estacas a intervalos de cien metros en el campo de batalla para permitir a los sargentos de artillería afinar la secuencia de los disparos y a cada uno de los fusileros calibrar sus objetivos.

 

La arrem etida de un ataque de lanceros británicos contra los zulúes era igualmente aterradora en sus cuidadosamente disciplinadas fases:

 

El 17o de Lanceros, o Regimiento Duque de Cambridge, era una unidad llena de orgullo. “ Gloria o muerte” era su lema y Balaclava era una de las insignias que llevaban con más honor. D rury-Low e [coronel del regimiento] los colocó meticulosamente, como si se tratara de un desfile. [...] Viendo a las tropas en sus grandes caballos ingleses, con sus uniformes azules y recubiertos de blanco, parecían una máquina por lo preciso de su vestimenta. Drury-Lowe adelantaba su regimiento al paso de columnas de soldados y, cuando el terreno se hizo llano, dio las órdenes “ial trote!

 

 

 

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¡Formad escuadrones! ¡Alineaos!” . Luego, con los hombres alineados, dos recios “ ¡al galope!” . Los caballos se precipitaron y, cuando dejaron de moverse, las lanzas revestidas de acero, las banderolas ondeando, un “ ¡a la carga!”, a la vez que un alborozo, estallaron desde el cuadro. El regimiento superó rápidamente a los zulúes, que se batían en retirada, y las lanzas, tan implacables como las azagayas, se elevaban y caían mien­ tras las tropas atravesaban guerrero a guerrero y sacudían los cuerpos desde las puntas (D. Clammer, The Zulu War, p. 214).

 

 

¿QUÉ ES LA DISCIPLINA OCCIDENTAL?

 

Mostrar valor mientras se está siendo atacado es un rasgo humano común a los guerreros en todo el mundo. Todos pueden exhibir un arrojo extraordinario. Com o tampoco es una característica peculiarm ente occidental el valor del subalterno, esto es, obedecer las órdenes. Tanto los ejércitos tribales como los civilizados encuentran el éxito desde el temor, incluso el terror, que los com ­ batientes sienten por su líder, su general, rey o autócrata. Los zulúes que se agarraban a los cañones al rojo vivo de los fusiles Martini-Henry en la muralla norte de Rorke’s Drift eran tan valientes como los ingleses que tranquilamente los volaban en mil pedazos segundos más tarde con balas de rifle de calibre 45. Del mismo modo eran casi tan obedientes a sus peculiares generales, cargando a la orden contra posiciones fortificadas en sucesivas oleadas humanas.

 

Pero, al final, los zulúes (que podían ser ejecutados con un simple movimiento de cabeza de su rey), y no los británicos, huyeron de Rorke’s Drift:

 

Nos parece paradójico que unos hombres tan valientes en sus ataques huyeran despavoridos cuando éstos finalmente fracasaban. Sin embargo, no les parecía paradójico a los zulúes. Ellos esperaban escapar corriendo si los ataques finalmente fracasaban. [...] Una vez que un cuerpo de hombres comenzaba a correr, el efecto en los otros era contagioso, como ocurre en la mayoría de los ejércitos. A veces, los regimientos de Chaka huían de este mismo modo también. Era el final clásico de una batalla zulú. O destrozaban a sus enemigos o huían (R. Edgerton, Like Lions They Fought [Como leones lucharon], p. 188).

 

 

Horas antes, después del momento de su m ayor victoria en Isandhlwana, la mayoría de los impis se dispersaron volviendo a casa con el botín (qué diferentes en el triunfo de los mortíferos lanceros británicos, quienes seis meses des­ pués, tras la matanza en Ulundi, continuaron persiguiendo a los derrotados zulúes durante larguísimas horas). ¿Por qué carecían los valientes y obedientes

 

 

 

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zulúes tanto en la victoria como en la derrota de la disciplina de los valientes y obedientes soldados británicos?

 

Desde los griegos en adelante, los occidentales han buscado distinguir los momentos de valor individual y obediencia a los líderes de una valentía más am plia e institucionalizada, que deriva de la arm onía entre la disciplina, el entrenamiento y los valores igualitarios entre los hombres y los oficiales. Comenzando con la tradición helénica, los europeos .prestaron mucha atención a organizar tipos de supuesto valor según una jerarquía, desde la impetuosidad singular de audaces actos individuales hasta el sólido arrojo que se comparte en una línea de batalla (insistiendo en que lo prim ero era fundamental para la victoria solamente en ocasiones, mientras que lo último lo era siempre).

 

Heródoto, por ejemplo, después de la batalla de Platea (479 a.C.) se percató de que los espartanos no concedieron la recompensa del valor a Aristodemo, quien se separó precipitadamente de la formación cargando casi suicidamente para asestar puñaladas a los persas. Todo lo contrario, los espartanos dieron el premio a un tal Posidonio, que luchó junto a sus compañeros hoplitas en la falange, bravamente pero “sin tener deseos de perder la vida” (Heródoto, H is­ torias, ix.71). Heródoto prosigue sugiriendo que Aristodemo no había luchado con la razón, sino como un loco, para redimir su reputación mancillada por no haber estado presente en la gloriosa batalla de las Termopilas el verano anterior.

 

El estándar griego de valor está íntimamente ligado al entrenamiento y la disciplina: el hoplita ha de luchar con la razón fría, no desde el desvarío. Da a su propia vida un alto valor, no a cualquier precio, y sin embargo está dispuesto a ofrecerla por la polis. Su éxito en la batalla se cifra no solamente en cuántos hombres mata o en cuánto coraje personal despliega, sino en la m edida en que su propia valía en el combate ayuda al avance de sus camaradas, a mantener el orden en la derrota o a preservar la formación cuando se es atacado.

 

Este énfasis en el grupo no era una cuestión solamente espartana, sino que formaba parte de un código extensamente respetado en todas las ciudades-Estado griegas. Leemos a menudo en la literatura griega ese mismo tema de la cohesión del grupo entre los soldados normales (todos los ciudadanos pueden ser buenos luchadores si se dedican a defender a sus semejantes y la cultura en general). En el segundo libro de la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides, vemos cómo el general ateniense Pericles recuerda a la Asamblea en su oración fúnebre que los hombres que son valientes de verdad no son los enloquecidos, “los desgraciados, los que pueden despreciar la vida con más razón” . Para esos hom­ bres, dice, “no existe la esperanza de bien alguno” . Por el contrario, los ver­ daderamente valientes son aquellos para quienes “ en caso de fracaso, las diferencias son enormes” (Tucídides, II.43.5).

 

Por toda la literatura griega encontramos referencias a la necesidad de mantenerse en form ación, a la mente y la disciplina como elementos más

 

 

importantes que la mera fuerza y las bravuconadas. Los hombres llevan sus escudos, escribió Plutarco, “para toda la formación” (Moralia, 220A). L a verdadera fuerza y el verdadero valor son para llevar un escudo en formación, no para matar a decenas de enemigos en combate individual, lo que, por otra parte, es cierto que supuso el fundamento de la épica y la mitología. Jenofonte nos recuerda que de los propietarios libres emana la cohesión y disciplina de grupo: “También enseña la agricultura a mandar a los hombres. Contra los enemigos, en efecto, se debe marchar con hombres, y con hombres también se realza la labranza de la tierra” (Económico, V.14 ).* Solamente se castigaba a aquellos que bajaban los escudos, rompían la formación o contagiaban el miedo, nunca a aquellos que no conseguían matar a suficientes contrincantes.

 

Del mismo modo, sólo hay desdén para esos luchadores histriónicos de las tribus, de los que a veces incluso sale un tremendo griterío, especialmente cuando dicho espectáculo no va acompañado de la disciplina para marchar y permanecer en formación. “Los emblemas no han herido nunca”, dice Esquilo (Los siete contra Tebas, 397-399).** Tucídides, en boca del general espartano Brasidas en su ataque a los aldeanos ilirios, resume el incipiente desprecio occidental por el arte de la guerra tribal:

 

 

Así, estos bárbaros ofrecen una imagen terrible a quienes no los conocen; pues causan impresión por el número de hombres que se presentan a la vista y son irresistibles por el estruendo de su griterío, y su manera de blandir inútilmente sus armas produce un cierto efecto de amenaza. Pero, cuando traban combate con adversarios que soportan todas estas mani­ festaciones, ya no son los mismos; al no presentar una formación regular, no se avergüenzan de abandonar una posición cuando se ven acosados por el enemigo; y, dado que la huida y el ataque tienen para ellos la misma consideración de conducta honorable, el valor no tiene comprobación [...] y en adelante sabréis que turbamultas como ésta, cuando se las aguanta en su primer ataque, se limitan a hacer con amenazas ostentación desde lejos de un valor en perspectiva; si, por el contrario, se cede ante ellas, al sentirse en seguridad, se apresuran a mostrar su coraje pisándoos los talones (Historia de la guerra del Peloponeso, IV .126.5-7).

 

 

Los zulúes eran bastante más proclives que los ilirios a explotar sus ataques contra formaciones sólidas; no obstante, el contraste general que hace Tucídides entre el griterío y el espectáculo por un lado y el mantenerse firme en una línea (“orden regular de batalla” ) por otro es relevante para la guerra anglo-zulú.

 

* Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 199 7.

 

**     Madrid, Cátedra, 199 0, traducción de José Alsina Clota.

 

 

 

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Aquellos soldados que en ambas guerras pudieran organizarse en formación, aceptar y pasar órdenes y reconocer una cadena de mando estaban más próximos a avanzar, mantenerse en su posición y retirarse al unísono y alineados. A lo largo del tiempo y del espacio, tal movimiento sistemático de hombres, más que cualquier otro factor basado en el azar, ha probado ser el más efectivo a la hora de matar al enemigo.

 

 

 

 

EL PARADIGMA CLÁSICO

 

Aristóteles, sobre todo, fue el pensador griego más sistemático a la hora de diseccionar la naturaleza del valor y su relación con el interés propio, la obediencia y la disciplina. Alcanza prácticamente las mismas conclusiones que otros pensadores griegos cuando explica por qué ciertos tipos de valentía son preferibles y más duraderos que otros, e inseparables, además, de la noción del Estado y la confianza en su gobierno. En su cuidadoso análisis de cinco tipos de coraje militar, Aristóteles concede preferencia al valor cívico, que sólo los soldados ciudadanos no profesionales poseen, debido al temor que experimentan a mostrarse cobardes ante sus convecinos y conciudadanos y al deseo de que les reconozcan la virtud que tales cuerpos públicos ofrecen a los hombres desinteresados. Aristóteles señala, haciéndose eco de Pericles: “Puesto que toda virtud im plica una elección [...] es evidente que siendo el valor una virtud, hará que el hombre soporte las cosas temibles por algún fin, de tal m anera que no es por ignorancia (ya que, más bien, hace juzgar rectamente), ni por placer, sino porque es bueno” (Ética Nicomáquea, 12303.25-30).

 

Aristóteles también reconoce un aparente segundo valor: el de los soldados que están mejor entrenados o superiormente equipados, los cuales se pueden permitir ser valientes porque gozan de ventajas materiales. Pero nos advierte que tales hombres, a los que se les presume valentía, en realidad no la tienen: en cuanto su superioridad material cese, probablemente huyan. Asim ism o, Aristóteles reconoce un tercer tipo de aparente valentía, frecuentemente considerado verdadero arrojo: el del enajenado, que ya sea por dolor, locura u odio lucha sin lógica y sin consideración por la muerte (o el bienestar de sus semejantes). Éste, también, es un valor transitorio que puede desaparecer cuando el espíritu de la audacia se aleja.

 

De la misma manera, la cuarta y quinta categorías de Aristóteles, la del ciego optimista y la del ignorante respectivamente, tampoco se ajustan a los criterios de valentía. El ánimo de estos luchadores puede estar basado en erróneas percepciones y, por tanto, es efímero. Algunos hombres son audaces porque han valorado cuidadosamente que la fortuna está a su favor; mas pueden estar equivocados en sus estimaciones sobre el campo de batalla, o no ser conscientes

 

 

 

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¿ e que la superioridad es veleidosa y pronta a cambiar en segundos. En cada caso, su bravura no está enraizada en los valores y en el carácter y mucho menos es producto de un sistema, por lo que no es duradera ni se puede contar siempre con ella en el fragor de la batalla.

 

Por la misma regla, los ignorantes luchan bien sólo porque viven bajo la errónea impresión de que la superioridad está de su lado; huyen cuando caen en la cuenta del peligro real. Com o el optimista, el inconsciente refleja una valentía relativa, no una virtud absoluta. Platón en su diálogo Laques argumenta en el mismo sentido cuando Sócrates plantea que el verdadero valor es la posibilidad de que un soldado luche y se mantenga en form ación incluso cuando sabe que las opciones están en contra (en oposición al supuesto héroe que combate bravamente sólo cuando tiene todas las posibilidades de su lado).

 

Muy pronto la noción de disciplina se institucionalizó en la cultura occidental como la capacidad de mantenerse en formación y el obedecer las órdenes de los oficiales superiores, que obtenían su autoridad por prerrogativa constitucional. El juramento anual de los efebos atenienses (los jóvenes reclutas que habrían de ser durante dos años los guardianes del puerto de El Pireo y el territorio del Ática) incluía la siguiente promesa: “Y no abandonaré al hombre que esté a mi lado, sea cual fuere mi posición en la línea. [...] Ofreceré mi pronta obediencia en cualquier momento a aquellos que ejerciten su autoridad pruden­ temente, a las leyes establecidas y a aquellas leyes que entren en vigor racio­ nalmente en el futuro” (M. Tod, GreekHistoricalInscriptions, vol. 2, p. 204). Autores como Jenofonte y Polibio hablaban de los ejércitos como si de murallas se tratase, donde cada hilada sería una sola compañía, cada ladrillo un soldado, y la argamasa de la disciplina mantuviese a los hombres y las compañías en sus exactos lugares, asegurando la integridad del baluarte. La alternativa, en pala­ bras de Jenofonte, era el caos “como una muchedumbre abandonando el teatro” (Comandante de caballería, v il .2). L a cultura clásica aceptaba que los que componían las huestes no sintieran terror de sus dirigentes ni fueran temerariamente osados. Es más, eran predecibles en batalla, tanto en el posi-cionamiento como en el movimiento de sus propios cuerpos y en la predispo­ sición mental y espiritual para aceptar órdenes. En el fragor del combate, todos los hombres podrían perder el miedo al rey ante la muerte. El coraje, tal como Aristóteles supo ver, también puede ser una veleidosa emoción. Los cosacos, como han señalado los modernos historiadores militares que se han ocupado de dichos guerreros nómadas, eran incansables en el acoso, pero a menudo también reaccionaban cobardemente cuando los papeles se invertían y se encontraban en una batalla de choque contra columnas de enemigos.

 

 

El ejército romano buscó burocratizar el valor cívico mediante el entrena­ miento y una profunda adhesión a una estricta formación y el reconocimiento de que la valentía no supone un mérito individual. Flavio Josefo, el historiador

 

 

 

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judeorromano de principios del siglo I, en una observación famosa y a menudo citada, comentaba la superioridad romana en el campo de batalla:

 

Si además tenemos en cuenta el resto de su disciplina militar, veremos que son dueños de un Imperio tan grande como resultado de su propio esfuerzo, no como si ello fuera un regalo de la Fortuna. Pues no empiezan a hacer uso de las armas sólo cuando hay guerra, ni mueven sus manos, que han estado sin hacer nada en tiempo de paz, únicamente cuando tienen necesidad de ello, sino que, como si hubieran nacido dotados de armas, no dan tregua a sus ejercicios ni esperan el momento propicio para practicar. [...] No nos equivocaríamos si dijéramos que sus ejercicios son combates sin sangre y que sus combates son ejercicios sangrientos (Flavio Josefo, La guerra de los judíos, m.70-75).

 

 

Casi cuatrocientos años después, en el siglo IV de nuestra era, Vegecio, el autor de un manual sobre instituciones castrenses romanas, puso de manifiesto una vez más que dicho entrenamiento y organización estaban en la base del éxito en batalla de los romanos: “ Se conseguía la victoria no por simples números o un valor innato, sino por la habilidad y la instrucción. Entendemos que el pueblo romano no debía la conquista del mundo a otra causa que a la instrucción militar, la disciplina en sus campamentos y la práctica en el arte de la guerra” (Vegecio, Epitoma rei militaris, 1.1). L a popularidad de Vegecio entre los francos y otras monarquías germ ánicas que se desarrollaron en Europa occidental durante la Edad M edia nació de su énfasis en crear líneas y columnas disci­ plinadas. Para estos pueblos, mostró cómo el furor teutónico podía ser encauzado adecuadamente para crear soldados de a pie llenos de ánimo pero a la vez disciplinados.

 

 

 

 

INSTRUCCIÓN, FORMACIÓN, ORDEN Y AUTORIDAD

 

La disciplina, tal como surgió en Europa, es el intento de institucionalizar un tipo específico de valor mediante el entrenamiento y la mentalización que se manifiestan en el mantenimiento de la formación y el orden. Esta obsesión occidental por una instrucción estricta se vincula con el hecho de que, mientras que todos los hombres están dispuestos a echar a correr cuando la situación deviene desesperada, el entrenamiento y la convicción pueden alterar tal comportamiento. La clave no es hacer de cada hombre un héroe, sino crear hombres que, en conjunto, sean más valientes que sus aliados que no han sido entrenados para resistir a una carga enemiga, así como de obedecer las órdenes de los superiores en el fragor de la batalla con el fin de proteger a los que

 

 

están de su parte. Su obediencia se debe a un sistema cívico atem poral y constante, no a una tribu, familia o amigos pasajeros.

 

¿Cóm o se adquiere y se mantiene la disciplina a lo largo de los siglos? Los ejércitos griego, romano y, posteriormente, europeos encontraron la respuesta a través de la instrucción y un contrato escrito y perfectamente definido entre el soldado y el Estado. Los grandes capitanes del siglo X V II como Guillermo de Nassau relacionaron directamente su preferencia por la capacidad de abrir fuego masivamente con las teorías de estrategas griegos y romanos que enfati­ zaron la necesidad de que los falangistas y los legionarios perm anecieran perfectamente formados. La capacidad de marchar en orden y de alinearse en formación tiene ventajas inmediatas y más abstractas. Las tropas pueden des­ plegarse y recibir órdenes más rápida y eficazmente cuando marchan en for­ maciones ajustadas. Las formaciones en columna e hilera permiten disparar colectivamente y llevar a cabo a las compañías oleadas secuenciadas con rifles. Pero la instrucción misma en un sentido más amplio refuerza la atención del soldado a los mandos. La predisposición a marchar al paso con sus compañeros está en el origen de que el soldado occidental esté preparado para hacer exactamente lo que su oficial al mando ordene. Un hombre que sepa encontrar su puesto en la formación, marchar en cadencia con sus compañeros y mantener la fila estará más dispuesto a obedecer otras órdenes más decisivas, a usar sus armas siguiendo las órdenes y, por último, a derrotar al enemigo.

 

Los occidentales sobre todo ponen el énfasis precisamente en esta extraña noción de mantenerse juntos al mismo tiempo:

 

Pero, de hecho, una estricta instrucción llama la atención por su ausencia en la m ayoría de ejércitos y tradiciones militares. En realidad, desde una perspectiva mundial, la manera en que los griegos, romanos y después los modernos europeos explotaron el efecto psicológico de mantenerse juntos al mismo tiempo era una singularidad fuera de la norma de la historia militar. ¿Por qué habrían de especializarse los europeos en explotar las extraordinarias posibilidades de una estricta instrucción? (W. McNeill, Keeping Together in Time [Mantenerse juntos a un tiempo], p. 4).

 

M cNeill prosigue dando varias respuestas a su propia pregunta. Pero es fundamental en toda su argumentación la noción de comunidad cívica, o la idea de que los hombres libres aceptan un contrato consensuado con el ejército, de ahí que esperen derechos y acepten responsabilidades. En tal contexto, la instrucción no se considera necesariamente como algo opresivo, ni siquiera para los occidentales altamente individualistas, sino como una manifestación obvia de igualdad que da a todos los soldados, provenientes de orígenes muy distintos, una ropa uniforme, de idéntica apariencia, y un único cuerpo dinámico, donde

 

 

 

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la identidad privada y el estatus individual son momentáneamente eliminados. McNeill considera que la instrucción estaba en relación con “una ciudadanía activa y participativa, típica estampa de los conceptos griego y romano de libertad” (p. 112). Podríamos añadir que la fírme formación de la falange griega, donde cada hombre ocupaba una posición equidistante de los otros, era un reflejo de la Asam blea, donde cada ciudadano tenía el mismo derecho que otro (y ambos organismos igualitarios, falange y Asam blea, eran abastecidos en última instancia por el campo griego, donde un entramado de granjas, y no de grandes posesiones, era la norma).

 

Los adolescentes que se incorporaban al primer curso en el Virginia Military Institute, por ejemplo, eran inmediatamente rapados, desposeídos de sus ropas civiles y se les enseñaba instrucción militar y a marchar al paso, de modo que las distinciones de clase social, raza o afiliación política anteriores se desvanecían en las columnas de cadetes de apariencia, movimiento e himnos idénticos. Si ahora tomamos, por ejemplo, la banda callejera o de moteros más peligrosa y pendenciera, con ametralladoras Uzi y años de experiencia disparando a matones rivales, podemos afirmar que no tendría oportunidad alguna en una batalla contra un regimiento de estudiantes del Virginia M ilitary Institute, ninguno de los cuales tiene la más mínima falta por la que haya sido arrestado o ha lanzado un solo disparo en una reyerta en toda su vida. Sin embargo, estos cadetes, a diferencia de la disciplinada infantería nazi o estalinista, con su paso marcial, están perfectamente informados de las condiciones en las que deben prestar su servicio y ampliamente protegidos mediante un sistema de justicia militar de los castigos improcedentes (si aceptaran la violencia gratuita serían sancionados severamente). Éste es el poder de la instrucción y la disciplina que ésta genera para crear una lealtad cívica fuera de obligaciones tribales y familiares.

 

 

Luchar en líneas y en formación es, de alguna manera, la manifestación esencial del igualitarismo occidental, pues todas las jerarquías existentes fuera del campo de batalla se desvanecen en el anonimato de una falange de hombres semejantes, bien entrenados y de pensamiento parecido. Probablemente, los cartagineses contrataron los servicios del instructor espartano Xantipo en la Primera Guerra Púnica por la misma razón por la que los japoneses enrolaron en sus filas a profesores franceses y alemanes a finales de siglo x ix : crear soldados, ya sean falangistas o tiradores, que puedan formar y marchar en línea y, por ende, luchar a la manera mortal de los occidentales (tal como aprenderían rápidamente romanos y norteamericanos). Vegecio, hace unos 2.000 años, subrayó este peculiar énfasis de los occidentales en la instrucción:

 

 

Justo al comienzo de la instrucción, hay que enseñar a los reclutas el paso militar. Porque en la marcha y en la batalla nada es más im ­

 

portante que el hecho de que todas las tropas marquen el paso. Esto sólo se puede lograr por medio de una práctica constante, que es el único medio de que los soldados aprendan a marchar con rapidez y en formación. Frente al enemigo, un ejército dividido y desordenado siempre se encuentra en grave peligro (Epitoma rei militaris, 1.1.9).

 

Fundamental a la tradición europea de disciplina militar es el énfasis en la defensa, o la creencia, como hemos visto desde Heródoto, en que es mejor no correr que ser un consumado asesino. Aristóteles en su Política (7.1324b.15 y ss.) relata la extraña costumbre de los hombres extraños a la polis, quienes ponen un énfasis inusual en matar al enemigo (los escitas no pueden beber de una copa ceremonial hasta que hayan matado a un hombre; los íberos colocan varillas alrededor de las tumbas de los guerreros para señalar el número de hombres que han matado en batalla; los m acedonios deben llevar un ronzal, no un cinturón, hasta que acaben con la vida de un hom bre en batalla), en claro contraste con las costumbres de la ciudad-Estado. El ejército zulú también pertenecía a esta larga tradición tribal, ya que sus guerreros recibían collares de ramitas de sauce, atestiguando cada uno de ellos el número de muertos de los que podían vanagloriarse.

 

Del mismo modo que Aristóteles señalara, el énfasis occidental en la cohesión defensiva, estrechamente relacionada con la instrucción y el orden, pone el máximo interés en mantener la integridad de una posición o formación. Todos los códigos de justicia militar en Occidente definen claramente la cobardía, primero, como alejarse de la formación o abandonar la línea, independiente­ mente de la situación, y no como un fracaso en matar a un número determinado de enemigos. Si para un guerrero azteca era un orgullo superar y capturar a una serie de prisioneros nobles, un arcabucero o piquero español era galar­ donado por mantenerse en su sitio y por ayudar a la cohesión de la línea o la columna mientras ésta esquilmaba anónimamente al enemigo. En el contexto de las guerras zulúes, los británicos, como los zulúes, tenían un método de ataque y una m anera predecible de luchar. Pero el sistema británico hacía hincapié en la formación, la instrucción y el orden, llamando valientes a aquellos que se mantenían en estos valores. En un sentido abstracto, los soldados que luchaban como un todo (es decir: disparaban al unísono, cargaban a la orden como un grupo, se retiraban cuando recibían la consigna y no perseguían precipitada y prem aturam ente o por dem asiado tiempo) derrotaban a sus enemigos.

 

 

La guerra anglo-zulú de 1879 proporciona asombrosos ejemplos de valentía zulú contrapuestos a la disciplina inglesa. Pero mientras el ejército indígena era frecuentemente tan valiente como el británico, nadie podría pretender que era igual de disciplinado:

 

L a invención clave es la del Estado, es decir, lo civil en contraste con un control social basado en lazos sanguíneos. El gobierno civil es la línea divisoria, el umbral, el horizonte entre lo que es civilizado y aquello que no lo es. Sólo el Estado puede erigir grandes ejércitos. Solamente él puede instruir y entrenar hombres para hacerlos soldados más que guerreros. Sólo el gobierno puede mandar, no solicitar, y puede castigar a aquellos a los que no les apetezca luchar ese día. [...] El guerrero primitivo se encontraba sin el apoyo de un gobierno organizado y estructurado. No estaba predispuesto a someterse a la disciplina y era incapaz, o impaciente, de obedecer consignas precisas. Sólo descubrió los principios tácticos inherentes a la caza de animales. [...] Estaba demasiado directamente ocupado con la contienda que tenía delante como para planear campañas en vez de batallas (H. Turney-High, Primitive War, p. 258).

 

 

Se concedieron once cruces Victoria por Rorke’s Drift (prácticamente, una por cada diez soldados). Ninguna fue otorgada por el número de “muertes” , aunque disponemos de varios relatos que atestiguan de qué forma algunos tiradores británicos abatieron a decenas de zulúes. Las críticas modernas su­ gieren que tal profusión de elogios tuvo como objetivo mitigar el desastre en Isandhlwana y garantizar al público Victoriano que la capacidad de lucha de los soldados británicos permanecía incuestionable. Puede que sí, o puede que no. Pero en los extensos anales de la historia militar es difícil encontrar algo parecido a Rorke’s Drift, donde una fuerza sitiada, superada en número en una relación de cuarenta a uno, sobrevivió y mató a veinte hombres por cada uno de los defensores que caía. Pero también es raro encontrar guerreros tan bien entrenados como los soldados europeos; y más raro aún es encontrar a algún europeo tan disciplinado como los casacas rojas británicos de finales de siglo XIX.

 

 

I X

 

INDIVIDUALISMO

 

MIDWAY, 4-6 D E JU N IO D E  1942

 

 

 

Donde los hombres no son dueños de sí mismos ni indepen­ dientes, sino que están bajo un señor, su preocupación no es cómo ejercitarse en las artes de la guerra, sino cómo dar la impresión de no ser aptos para el combate. [...] En efecto, sus almas están esclavizadas y no quieren, de buen grado, correr peligros al azar en defensa de un poder ajeno: en cambio, los hombres independientes eligen los peligros en su propio interés y no en el de otros, están dispuestos voluntariamente y marchan ante elpeligro, pues recogen enpersona elpremio de su victoria. De esta manera, las instituciones contribuyen, y no las que menos, al valor.

 

H I P Ó C R A T E S , Tratados hipocráticos.

 

Sobre los aires, aguas y lugares, 16, 23*

 

 

 

 

INFIERNOS FLOTANTES

 

T mañana del 4 de junio de 1942, primer día de la batalla de Midway, el mayor enfrentamiento entre portaaviones de la historia de la guerra naval - a excepción de la batalla del golfo de Leyte, que tuvo lugar en 1944 -, había dos lugares donde estar presente no podía ser más funesto. El prim ero de ellos era cualquiera de los cuatro portaaviones japoneses sometidos al ataque de los bombarderos en picado estadounidenses. Los cuatro buques tenían sus cubiertas de vuelo repletas de aviones que se encontraban repostando y rear­ mándose cuando, del modo más inesperado, fueron atacados. Depósitos de combustible, explosivos de gran potencia y todo tipo de munición se vieron expuestos, por imprudencia, a una lluvia de bombas norteamericanas de 250 y 500 kilos. Las cubiertas de los hangares también estaban llenas, de forma casi promiscua, de municiones y torpedos. Y es que en aquellos momentos las tripulaciones japonesas se afanaban, en un esfuerzo vano pero frenético, por sustituir el armamento preparado para el previsto ataque a M idway por otro más adecuado para el imprevisto ataque a la flota de portaaviones ñor-

 

 

 

* Madrid, Gredos, 1983, traducción de J . A. López Pérez y E. García Arroyo.

 

 

 

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teamericana, que, recién localizada, se encontraba a poco menos de doscientas millas en dirección este.

 

En circunstancias tan especiales, los portaaviones se encontraban en una situación muy vulnerable. El impacto de una sola bomba de 500 kilos sobre una cubierta abarrotada de aviones cargados de combustible y munición podía desencadenar una serie de explosiones capaces de incendiar el buque entero y enviarlo a pique en cuestión de minutos: 500 kilos de explosivos arruinando en un minuto un barco que había costado cinco años de trabajo y 10.000 toneladas de acero. En la batalla de Midway, tres de los preciados portaaviones de flota de la armada imperial japonesa, el Akagi, el Kaga y el Soryu, veteranos de la ininterrumpida sucesión de victorias cosechada por los japoneses en los primeros seis meses de guerra, se encontraban precisamente en ese infrecuente estado de indefensión absoluta cuando, sin que nadie advirtiera la maniobra, los bombarderos en picado norteamericanos se lanzaron sobre ellos desde más de 3.000 metros de altitud. En menos de seis minutos, entre las 10:22 y las 10:28 de la mañana del 4 de junio de 1942, el orgullo de la flota de portaaviones japonesa fue presa de las llamas y el curso de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico quedó alterado definitivamente. A diferencia de las grandes batallas navales del pasado -Artem isio (480 a.C.), Salamina (480 a.C.), Actium (31 a.C.), Lepanto (1571), Trafalgar (1805) yju tlan d ia (1916)-, M idway se libró en mar abierto, donde, una vez perdida su plataforma vital, los marineros, ilesos o abrasados, no encontrarían costas en las que refugiarse ni pequeños botes que los recogieran.

 

 

Es probable que el prim er portaaviones en ser atacado fuera el Kaga (Gozo

 

Infinito), buque de 33.000 toneladas que transportaba 72 bombarderos y cazas.

 

Veinticinco bombarderos en picado SED Dauntless de los escuadrones V B -6

 

y V S -6, procedentes del portaaviones estadounidense Enterprise y al mando del hábil Wade M cClusky, se abalanzaron sobre él. Nueve de los aviones de M cClusky lograron abrirse paso a través de una densa cortina de fuego an­ tiaéreo, cayendo en picado sobre el portaaviones japonés a más de cuatrocientos kilómetros por hora. Cuatro bombas impactaron sobre el objetivo. A l cabo de unos segundos, los aviones japoneses, cargados de combustible, armados y listos para despegar, comenzaron a explotar, abriendo enormes agujeros en la cubierta de vuelo. Casi todo el que estaba cerca m urió en aquellos momentos. Todos los objetos de metal que había en cubierta -llaves, tubos, accesorios- se convirtieron en metralla que destrozaba toda la piel que encon­ traba a su paso. Poco después, otras dos bombas partieron por la mitad el elevador del buque e incendiaron los aviones que se encontraban en la cubierta inferior. Otra bom ba hizo saltar en pedazos la superestructura, matando a todos los oficiales que se encontraban en el puente de mando, y, entre ellos, al capitán.

 

 

Casi de inmediato, el Kaga se quedó sin energía eléctrica. Los motores se pararon y comenzaron los estallidos. Es raro que un portaaviones se parta en dos y se hunda rápidamente. Han sido muy pocas las veces que los enormes proyectiles de los acorazados han hecho blanco en ellos y son buques muy marineros y fiables incluso cuando sufren el impacto de algún torpedo, hecho también muy infrecuente por contar con la protección de una escolta de cruceros y destructores. Sin embargo, en cuestión de unos minutos, ochocientos hombres de la tripulación del Kaga murieron abrasados y descuartizados o se desintegraron en la nada. El enfrentamiento de un portaaviones contra otro buque puede ser, gracias a una combinación letal de bombas, torpedos, fuego de ametralladoras y combustible de aviación, una experiencia horrible aun sin la poderosa intervención de los grandes cañones navales de 450 milímetros. Aunque medio año antes los japoneses habían hecho exactamente lo mismo a los acorazados norteam ericanos atracados en Pearl Harbor, ahora, sus humeantes portaaviones no se encontraban en la rada de ningún puerto, sino en alta mar, a cientos de m illas de cualquiera de sus territorios. Las tripulaciones cifraban su única y leve esperanza de rescate y de atención médica en los demás buques japoneses, sometidos como ellos a un ataque aéreo y, por tanto, m uy cautos a la hora de aproxim arse demasiado a los portaaviones, que eran presa de los incendios y las explosiones. Algunos oficiales optaron por irse a pique con sus barcos, avergonzados de haber decepcionado a su emperador.

 

 

Casi a la misma hora en que el Kaga sufrió el primer impacto, su portaaviones gemelo, el Akagi (Castillo Rojo), buque insignia del almirante Nagumo -34.000 toneladas de desplazamiento y 63 aviones-, fue sorprendido cuando se en­ contraba en la misma situación por Dick Best y al menos cinco bombarderos en picado SBD del prim er grupo del Escuadrón de Bom barderos V B - 6 , que también procedían del Enterprise. Aunque este grupo contabilizaba en total no más de 2.500 kilos de bombas, el Akagi también se encontraba en mitad de las operaciones previas al despegue de al menos cuarenta aviones cargados de munición y combustible que se dirigían a destruir el portaaviones Yorktown. Dos o quizá tres bombas hicieron blanco en el portaaviones japonés. Las explo­ siones causaron el estallido de algunos aviones japoneses que estaban a punto de despegar y agujerearon la cubierta de vuelo antes de alcanzar los tanques de combustible y los pañoles de las cubiertas inferiores. El contraalmirante Kusaka recordaría más tarde que

 

 

la cubierta estaba en llamas y los antiaéreos y las ametralladoras, tras ser alcanzados por el fuego, disparaban solos. Había cadáveres por todas partes y nadie era capaz de decir dónde se produciría la siguiente explosión. [...] Me quemé las manos y los pies -en uno de ellos sufrí

 

 

 

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una quemadura muy grave-. Y así es como abandonamos el Akagi, de forma caótica, sin orden de ningún tipo (W. Smith, Midway, p. 111).

 

A       diferencia de lo que ocurre en tierra, los hombres que son bombardeados en un portaaviones que se encuentra en alta mar tienen pocas vías de escape y han de buscar refugio en el reducido espacio delimitado por la cubierta de vuelo. Un soldado de infantería sometido a un intenso bombardeo en Gua-dalcanal podía correr, cavar una trinchera o encontrar algún refugio; un marino japonés en mitad de un portaaviones sacudido por las explosiones en M idway tenía que elegir entre m orir abrasado, asfixiado en el interior del barco o destrozado sobre una cubierta de vuelo al rojo vivo y saltar por la borda para fallecer ahogado, quemado por el sol o, quizá, devorado por los tiburones que merodean en las cálidas aguas del Pacífico. En realidad, en M idway, a un japonés que hubiera saltado o caído al agua no podía sucederle nada mejor que ser rescatado por algún buque norteamericano, lo que equivalía a la vida y la seguridad en un campo de prisioneros de los Estados Unidos. Para un marino o aviador norteamericano que cayese al mar en Midway, sin embargo, no había peor pesadilla que ser capturado por un barco de la armada imperial. Cuando los japoneses capturaban a un norteam ericano, lo sometían a un interrogatorio rápido y a continuación lo decapitaban o lo arrojaban por la borda atado a un peso muerto.

 

 

En cuanto a los atacantes, a diferencia de los bom bardeos de “precisión” que desde 7.000 o más metros de altitud llevaban a cabo los grandes aviones de alta cota, los bombarderos en picado de la marina tenían muchas posibili­ dades de dar en el blanco, a no ser que los pilotos se vieran sacudidos por las explosiones, fueran derribados o, sencillamente, no fueran capaces de salir de un picado que llegaba a situarlos a muy pocos metros de la cubierta del buque enemigo. En Midway, un solo bombardero en picado Dauntless, que se acercaba hasta trescientos metros de su objetivo cargado con una bomba de 250 kilos, resultaba más letal que un escuadrón de quince bom barderos B-17, que se limitaban a soltar sus explosivos desde una altitud de entre 5.000 y 7.000 metros, pese a que cada uno de ellos cargaba hasta 4.000 kilos de bombas.

 

Una bomba de un bombardero en picado estadounidense entró, en efecto, en el hangar del Akagi y provocó el estallido de los torpedos que había allí almacenados. Los torpedos estallaron en cadena, haciendo que el buque se desgarrase desde su interior. A diferencia de los portaaviones británicos, ni los rápidos y mucho más maniobrables portaaviones japoneses ni los nortea­ m ericanos llevaban cubiertas de vuelo acorazadas. Éstas, por el contrario, eran de madera y ofrecían escasa protección al combustible, los aviones y las bombas almacenadas debajo: en Midway, ardieron con facilidad, junto a los aviones que se preparaban para el despegue. Sobre el Akagi, más de doscientos

 

hombres perecieron en cuestión de segundos. Mitsuo Fuchida, oficial de la marina japonesa y famoso piloto, se encontraba a bordo del buque insignia de Nagumo en el momento de la catástrofe:

 

Bajé dando tumbos por una escalera que conducía a la sala de avia­ dores. Estaba abarrotada de miembros del personal de hangares que habían sufrido quemaduras muy graves. Se produjo otra explosión, a la que, rápidamente, siguieron otras muchas. Con cada una de ellas, la su­ perestructura se estremecía. El humo de los hangares, que estaban en llamas, entraba por los pasillos y llegó al puente y a la sala de aviadores, obligándonos a buscar otro refugio. Trepé al puente y pude ver que el Kaga y el Soryu también habían sido alcanzados. De sus cubiertas se elevaban densas columnas de humo negro. Era una escena espantosa (M. Fuchida y M. Okimiya, Midway, theBattle tha.tDoom.edJapan [Midway, la batalla que condenó ajap ó n j, p. 179).

 

 

Los mejores pilotos de la marina imperial fueron aniquilados en cuestión de minutos. Tan importante como su pérdida fue la de los miembros más veteranos de las tripulaciones de cubierta de los portaaviones japoneses, los raros e irreemplazables expertos que, gracias a su larga experiencia, dominaban el difícil arte de armar, revisar y abastecer los aviones en la cubierta de un portaaviones que no dejaba de cabecear.

 

En aquel increíble lapso de seis minutos, un tercer portaaviones japonés, el Soryu (Dragón Verde), de 18.000 toneladas, estaba a punto de sufrir el mismo infierno que sus dos homólogos. Esta vez, el daño lo infligieron M ax Leslie y su Escuadrón de Bom barderos VB-3, perteneciente al portaaviones estadouni­ dense Yorktown, que se encontraba a poco más de cien millas de los buques ja ­ poneses. Setecientos dieciocho hombres de la tripulación del Soryu no tardaron en morir carbonizados. Los bombarderos norteamericanos no llevaban bombas perforadoras, eficaces contra planchas de blindaje grueso, lo que las más de las veces suponía un serio contratiempo, y es que las bombas convencionales no eran capaces de atravesar las cubiertas de m adera de los portaaviones japoneses para estallar en los pañoles, salas de máquinas y tanques de com ­ bustible. Tras el fracaso total de los 41 aviones torpederos norteamericanos que habían atacado minutos antes, lo cierto es que había muy pocas posibilidades de alcanzar el vulnerable interior de los portaaviones de Nagumo únicamente con las pequeñas bombas de los Dauntless. Pero, como sucedió con el Akagiy el Kaga, según ya hemos visto, al atacar el Soryu, los pilotos estadounidenses se encontraron con una ventaja inesperada: los japoneses estaban preparando sus aviones para el despegue. De este modo, a las 10:22 de la mañana de aquel 4 de junio, la zona más vulnerable de los tres portaaviones japoneses era

 

 

precisamente su cubierta de madera. Las explosiones de los bombarderos japoneses, cargados de combustible y explosivos, resquebrajarían las cubiertas de sus propios barcos. En aquellas peculiares circunstancias, el estallido de una bomba norteamericana podía provocar la explosión encadenada de docenas de bombas japonesas.

 

Cuando fue alcanzado, el Soryu se encontraba a unas diez o doce millas al norte y al este de los otros dos portaaviones en llamas de la flota japonesa y, como ellos, estaba a punto de hacer despegar sus aviones para lanzar un ataque masivo contra los tres portaaviones de la escuadra estadounidense. Los trece bombarderos de M ax Leslie comenzaron sus picados a casi 4.000 metros de altitud sin que los japoneses los advirtieran, sus cazas volaban a poca altura, demasiado ocupados en acabar con los últimos aviones torpederos de Lem Massey como para patrullar las nubes que flotaban sobre sus cabezas. A l menos tres de las bombas de los pilotos del Yorktown impactaron en el Soryu, explosivos de 500 kilos lanzados desde poco más de quinientos metros de altitud. El portaaviones, más pequeño que el Akagi y el Kaga, no tardó en convertirse en un infierno a medida que los estallidos de las bombas, munición, aviones y mangueras de gasolina lo hacían pedazos. A l cabo de pocos segundos, se cortó la corriente eléctrica; al cabo de treinta minutos, se dio la orden de abandonar el barco. A l capitán, el almirante Yanagimoto, se lo vio por última vez gritando “¡Banzai!” desde el puente, en mitad de las llamas. Los últimos cuatro aviones del grupo de Leslie, pensando que no tenía sentido volver a caer sobre el Soryu, que ya estaba moribundo, se lanzaron sobre un acorazado y un destructor. Desde las cubiertas inferiores, Tatsuya Otawa, uno de los pilotos del Soryu, vio cómo “todo estallaba: aviones, bombas, depósitos de combustible” (W. Lord, Incredible Victory [Victoria increíble], p. 174), antes de que la onda expansiva de una explosión lo empujase por la borda, tirándolo al mar.

 

E l cuarto y último portaaviones japonés, el más m oderno Hiryu (Dragón Volador), de 20.000 toneladas, que se había dirigido gradualmente hacia el sureste durante los ataques que, a primeras horas de la mañana, habían llevado a cabo los aviones de la marina y del ejército con base en Midway, escapó a la primera oleada de los bombarderos en picado procedentes de los portaaviones norteamericanos. Al cabo de unos minutos, el Hiryu fue capaz de lanzar su propio y devastador ataque sobre el Yorktown, cuyas dotaciones contribuyeron a su posterior hundimiento. Sin embargo, a primera hora de la tarde del 4 de junio, una formación de bombarderos en picado norteamericanos sin protección de cazas procedente del Enterprise y del propio Yorktown consiguió localizarlo. Poco antes de las 16:00 horas, veinticuatro SBD , diez del inutilizado y maltrecho Yorktown y el resto pertenecientes al Enterprise, al mando de los tenientes Earl Gallagher, Dick Best y Dewitt W. Shumway, se lanzaron en picado desde las nubes sin ser vistos. Cuatro bombas dieron en el blanco. Una vez más, los

 

 

 

 

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estadounidenses incendiaron algunos bombarderos y cazas japoneses que se preparaban para el despegue. El elevador del Hiryu saltó por los aires y se es­ trelló contra el puente. Casi todos los miembros de la tripulación que murieron en el barco -m ás de cuatrocientos- lo hicieron en aquel instante, atrapados bajo el puente y envueltos en llamas. El capitán del Hiryu, el contraalmirante Tamon Yamaguchi, uno de los comandantes más brillantes y audaces de la armada japonesa, permaneció en el puente de mando y se hundió con el buque, una pérdida irreparable, puesto que, a ojos de muchos, estaba destinado a ser el sucesor del almirante Yamamoto, almirante en jefe de la marina imperial. Cuando un subordinado le comentó que aún quedaba dinero en la caja de seguridad del barco, Yamaguchi ordenó que lo dejaran donde estaba. “Lo necesitaremos, habrá que pagarse una comida en el infierno”, murmuró (W. Lord, Incredible Victory, p. 251).

 

En menos de doce horas, 2.155 marinos japoneses habían perdido la vida, cuatro grandes portaaviones estaban destrozados y no tardarían en hundirse, y más de 332 aviones, junto a sus diestros pilotos, se habían perdido. Cuando la batalla se diera por terminada, los norteamericanos habrían hundido, además, un crucero pesado y dañado gravemente a otro. El Akagi, el Kaga, el Hiryu y el Soryu, orgullo de la armada imperial, veteranos de diversas campañas contra chinos, británicos y norteamericanos, reposaban en el fondo del océano Pacífico. En seis minutos, cuando apenas habían transcurrido seis meses de lucha, la balanza de la guerra naval en el Pacífico se había inclinado del lado estadou­ nidense y los peores temores del almirantazgo japonés acerca de una represalia masiva a cargo de los Estados Unidos se vieron confirmados.

 

En términos estrictamente militares, la cifra de muertos en M idway no es muy alta, menos de 4.000 entre las dos escuadras. Las bajas no fueron más que una fracción de las que sufrieron los romanos en Cannas o los persas en Gauga-m ela, y la batalla fue mucho menos cruenta que los grandes y sangrientos enfrentamientos navales de Salamina, Lepanto, Trafalgar y Jutlandia, o que la posterior derrota japonesa en el golfo de Leyte. Pero el hundimiento de los cuatro portaaviones suponía la pérdida de una irreem plazable inversión en millones de días de trabajo especializado y de preciado y escaso capital, y de la única posibilidad que los japoneses tenían de destruir la flota y las bases del Pacífico norteamericanas. Más de cien de los mejores pilotos navales japoneses perecieron en un solo día, cifra equivalente al de toda una promoción anual de aviadores. Nunca había sufrido Jap ó n una derrota tan drástica cuando la tecnología, el material, la experiencia y los hombres estaban tan decididamente a su favor. En Washington, el almirante Ernest J . King, jefe de Operaciones Navales, afirmó, en referencia a las acciones del 4 de junio, que la batalla de M idway había sido la primera derrota decisiva de la armada japonesa en 350 años y que, tras ella, el equilibrio naval en el Pacífico quedaba restaurado.

 

 

 

 

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Los portaaviones japoneses eran, en efecto, irremplazables. Durante toda la Segunda Guerra M undial, los japoneses sólo botaron otros siete grandes portaaviones. Los norteamericanos, en cambio, fabricaron más de cien, entre grandes portaaviones de flota y portaaviones ligeros y de escolta. Los nortea­ mericanos, además, construirían o repararían veinticuatro acorazados -pese a perder casi todos en el ataque a Pearl H arbor- y un número incontable de cruceros pesados y ligeros, destructores, submarinos y barcos de apoyo. Durante cuatro años de guerra, los norteamericanos construyeron dieciséis buques de guerra por cada buque de guerra que construían los japoneses.

 

Peor aún para los japoneses era que su producción mensual de aviones para la marina y el ejército rara vez superase las mil unidades, una suma que, hacia el verano de 1945, apenas llegaba a la mitad a causa de los bombardeos norteamericanos, la necesidad de dispersar las fábricas y la escasez de material y mano de obra. Por el contrario, los norteamericanos no tardaron en construir un complejo bombardero pesado B-24, compuesto por unas 100.000 piezas, cada 63 minutos. Los operarios de las fábricas de aviación norteamericanas, que superaban ampliamente en número a los japoneses, cuadruplicaban en produc­ tividad a sus homólogos del bando contrario. En agosto de 1945, a menos de cuatro años de su ingreso en la guerra, los Estados Unidos habían fabricado casi 300.000 aviones y 87.620 barcos de guerra. A mediados de 1944, la industria norteamericana construía flotas completamente nuevas, equipadas con unidades de aviación naval comparables en tamaño a todas las fuerzas norteamericanas que combatieron en Midway, cada seis meses. A partir de 1943, los barcos y aviones norteamericanos -dieciséis nuevos portaaviones clase Essex con bom ­ barderos en picado Helldiver, cazas Corsair y Hellcat, y aviones torpederos Avenger- fueron cualitativa y cuantitativamente superiores a sus homólogos del bando japonés. Los modernos acorazados clase Iowa que aparecieron en la segunda mitad de la guerra eran superiores en velocidad, armamento, alcance y protección defensiva a cualquier buque de la armada japonesa y mucho más efectivos, incluso, que los gigantescos Yamato y Mushasi. Pocos meses después de M idway, el ejército y la m arina de los Estados Unidos no sólo se habían recuperado de todas sus pérdidas, sino que sus fuerzas crecían en proporción geométrica, mientras que la armada japonesa comenzó a decrecer, puesto que las anticuadas y bombardeadas fábricas japonesas no eran siquiera capaces de reemplazar los aviones y barcos obsoletos que caían víctimas de los cañones norteamericanos. Lo que había sucedido tras el desastre de Cannas y con el Arsenal de Venecia parecía repetirse.

 

 

Pese a todo, la arm ada estadounidense había tenido que pagar un precio muy alto por el bombardeo llevado a cabo la mañana del 4 de junio. El Hornet había perdido once de sus doce cazas Wildcat; el Yorktown, cinco bombarderos en picado y cinco cazas, y el Enterprise, catorce bombarderos en picado y un

 

 

 

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caza. Pero estas pérdidas eran tolerables comparadas con la aniquilación casi completa sufrida por los aviones torpederos norteamericanos minutos antes de las 10:22 horas.

 

 

 

LA ANIQUILACIÓN DE LOS DEVASTATOR

 

L a batalla de Midway puede entenderse mediante dos hechos ligados entre sí de forma inextricable: la destrucción de toda un arma aérea norteamericana a manos de los cazas japoneses y el hundimiento de los portaaviones de la propia flota japonesa; y es que el primer hecho condujo directamente al segundo. En Midway, tan peligroso fue estar sobre un portaaviones japonés como pilotar uno de los torpes y obsoletos aviones torpederos T B D Devastator que, en la mañana del 4 de junio de 1942, abrieron el ataque de los portaaviones norteamericanos contra la flota nipona. En cierto sentido, su aniquilación por los cazas Zero japoneses, junto con la intervención de algunos cazas Wildcat norteamericanos, dio a sus camaradas de los bombarderos en picado la oportunidad de atacar sin grandes obstáculos. Todos los bombarderos torpederos norteamericanos se aproxim arían valerosam ente a la escuadra japonesa, ninguno alcanzaría sus objetivos y casi todos serían derribados con sus dos tripulantes a bordo. De los 82 hombres que atacaron a los portaaviones japoneses en los TBD, sólo sobrevivieron trece. Sin embargo, uno de los dos comandantes de los aviones japoneses que intervinieron en Midway, Mitsuo Fuchida, se mofó, en un informe redactado la víspera de la batalla, de que los norteam ericanos carecían de voluntad de lucha.

 

 

Los TBD Devastator, que habían entrado en servicio a mediados de los años treinta, eran, cuando los norteamericanos entraron en guerra, incapaces de devastar nada. En realidad, eran poco más que ataúdes volantes para el piloto y el artillero que los tripulaban. Cuando iban cargados con un torpedo, también obsoleto, de 500 kilos -m uy poco fiable, capaz de pasar por debajo de la quilla de su objetivo o de no explotar cuando impactaba contra él-, no superaban los 170 kilómetros por hora y, equipados para el combate, su radio de acción era de tan sólo trescientos kilómetros. Cuando atacaban un barco que avanzaba en dirección opuesta a treinta nudos de velocidad, casi tenían que rozar la superficie del agua para lanzar el torpedo mientras reducían la distancia a una velocidad real de menos de cien kilómetros por hora, si es que no había viento de cara. A plena carga, apenas podían ascender. Sus largas y expuestas maniobras de aproximación los convertían en objetivos muy fáciles para los cazas Zero japoneses, que, en Midway, se lanzaron en picado algunas veces en grupos de hasta cuarenta unidades y a casi quinientos kilómetros por hora. A diferencia de los obsoletos aviones torpederos norteamericanos, los bombarderos torpederos

 

 

 

 

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japoneses podían, en 1941, alcanzar picados de casi quinientos kilómetros por hora, amén de llevar un torpedo mucho más pesado y eñcaz y tener un radio de acción mucho mayor.

El 4 de junio de 1942, 35 de los 41 Devastator que atacaron a los portaaviones japoneses fueron derribados, un hecho que hoy en día apenas resulta com ­ prensible a la luz de las prácticas del ejército norteamericano, en el que unas tropas que disfrutan de una abrumadora superioridad numérica, tecnológica y material evitan algunas veces la lucha por temor a perder un puñado de combatientes. L a m ayoría de las tripulaciones de los Devastator de M idway jamás habían despegado armadas con torpedos de la cubierta de un portaaviones y ahora las enviaban en misión de combate en sus decrépitos aviones, con una cantidad de combustible que apenas les alcanzaba para regresar al buque y contra un blanco cuyo tamaño, composición y localización conocían sólo a inedias. Más tarde, en el último año de la guerra, los militares norteamericanos sintieron espanto al com probar cómo los japoneses hacían uso de aviones kamikaz.es, pero lo cierto es que la orden de atacar dada a los Devastator en Midway exigía poco menos que el suicidio.

 

M idway fue la última gran batalla en que se utilizaron aquellos obsoletos aviones torpederos. Ya en la propia batalla algunos pilotos de la marina contaban con los nuevos Grumman TBF Avenger, los aparatos que habrían de sustituir a los Devastator y que, armados con nuevos torpedos, completarían al final de la guerra un formidable registro de ataques contra la armada japonesa. Los Avenger casi duplicaban la velocidad de los Devastator, llevaban el doble de armamento y podían infligir un daño mucho mayor. Sin embargo, en junio de 1942 todavía no habían sustituido a ninguno de los antiguos T B D de los portaaviones que combatieron en M idway; de hecho, diecinueve Avenger de reemplazo llegaron a Pearl H arbor desde Norfolk, Virginia, el 29 de mayo, tan sólo un día después de que el llornet zarpase hacia Midway. Los pilotos con base en M idway sí contaron con seis de estos nuevos aviones torpederos. Si los Devastator de los tres portaaviones que intervinieron en la batalla hubieran sido sustituidos por Avenger, los norteamericanos podrían haber hundido algunos buques más y, sin duda, habrían perdido menos pilotos, aunque, como veremos, la victoria en Midway se debió, en cierto sentido, a la vulnerabilidad de aquellos aparatos obsoletos, que atrajeron oleadas de codiciosos Zero cuando el verdadero peligro para la flota japonesa estaba en lo alto del cielo y no a ras del agua. En todo caso, el historiador naval Samuel Eliot Morison, con una expresión que recuerda a la de Tito Livio a propósito de Cannas, tituló un capítulo de su relato de la batalla “La carnicería de los bombarderos torpederos” . U na carnicería lastimosa, en efecto.

 

 

La mañana del 4 de junio de 1942, el capitán de corbetaJohn C. ‘Jack” Waldron, comandante del Escuadrón de Aviones Torpederos VT -8 del Hornet, distribuyó

 

 

 

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entre sus tripulaciones copias de su último mensaje poco antes del despegue.

 

Los documentos mimeografiados concluían con un tono melancólico:

 

MI MAYOR ESPERANZA ES QUE ENCONTREMOS UNA SITUACIÓN TÁCTICA FAVORABLE, PERO SI NO ES ASÍ Y SUCEDE LO PEOR, QUIERO QUE CADA UNO DE NOSOTROS HAGA CUANTO ESTÉ EN SU MANO PARA DESTRUIR A NUESTROS ENEM IGOS. SI QUEDA UN SOLO AVIÓN PARA LA APROXIM ACIÓN FINAL, QUIERO QUE EL HOMBRE QUE LO PILOTE FIJE EL OBJETIVO Y CONSIGA UN BLANCO. QUE DIOS NOS ACOMPAÑE A TODOS. BUENA SUERTE, FELIZ ATERRIZAJE, ¡ M A N D A D L O S A L INFIERNO ! (G. Prange, Miracle at Midway [Milagro en Midway], p. 240).

 

 

Jack Waldron despegó del Homet para. el último vuelo de su vida a las 8:06 de la mañana. Estaba al frente de quince Devastator y se dirigía a atacar a la flota japonesa. Los problemas surgieron casi inmediatamente después del despegue. Los 35 bombarderos en picado y los diez cazas Wildcat que lo acompañaban -también pertenecían al Homet- pronto se perdieron, a causa del cielo encapotado, por encima de los pesados Devastator. Waldron se vio obligado a localizar y atacar a los portaaviones japoneses en solitario, tarea casi imposible, porque no contaba ni con Wildcat que lo protegieran del ataque de los Zero ni con bombarderos en picado Dauntless que obligaran a los barcos japoneses a dividir sus baterías antiaéreas. De este modo, todas las defensas aéreas y navales de los buques japoneses se concentrarían en los lentos aparatos de Waldron, que se aproximarían a pocos metros del agua a 170 kilómetros por hora. A los bombarderos en picado del Homet les fue todavía peor, porque no consiguieron encontrar a la flota japonesa y no soltaron, por tanto, ni una sola bomba. Sin embargo, que los bombarderos en picado y los cazas del Homet no encontrasen sus objetivos no fue quizá tan patético como algunos historiadores señalan. H ay que recordar que aquellos aviones no contaban ni con radares ni con instrumentos de navegación avanza­ dos y que, en su mayoría, iban pilotados por hombres inexpertos -ninguno de los pilotos del Homet había entrado todavía en acción-, que volaban sobre un interminable océano Pacífico en busca de unos barcos que, a gran altura, no eran más que pequeños puntos sobre una superficie uniforme.

 

A       causa de las numerosas maniobras de distracción efectuadas para sortear los ataques de los aviones basados en M idway a primera hora de la mañana, los portaaviones del almirante Nagumo no se encontraban exactamente en el lugar en que, según los cálculos del estado mayor norteamericano, debían estar cuando los cazas y bombarderos norteamericanos llegaran a su altura. Instintivamente, Waldron supuso que el enemigo había cambiado de rumbo y viró hacia el norte. De este modo, el suyo fue el prim er escuadrón naval norteam ericano que encontró a la flota japonesa.

 

 

 

 

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Sin protección de cazas ni ayuda de bombarderos en picado, percatándose de que era el primer piloto norteamericano con base en portaaviones en atacar, y sabiendo que, en caso de sobrevivir al torpedeo de los buques japoneses, no tenía suficiente combustible para regresar, Waldron comunicó por radio al Hornet que, no obstante, tenía intención de seguir adelante con el ataque. El capitán Marc Mitscher recordaría que Waldron “prometió que intentaría salvar todos los obstáculos, sabiendo que su escuadrón estaba condenado a la destrucción y que no tenía ninguna posibilidad de regresar con vida a su portaaviones” (S. Morison, Coral Sea, Midway, and Submarine Actions, May ig42-August 1942 [Mar del Coral, Midway y operaciones submarinas, mayo 1942-agosto 1942], p. 117).

 

El primer Zero derribó uno de los T B D de Waldron. En pocos minutos, los otros catorce aparatos del Escuadrón de Torpederos VT -8 se vieron sometidos al fuego de los cañones y ametralladoras de los cazas japoneses. Los pocos aviones que consiguieron soltar sus torpedos no consiguieron hacer blanco ni en el Akagi ni en el Soryu. Los lentos Devastator que no explotaron al recibir impactos de ametralladora se desintegraron al estrellarse contra el mar, cla­ vando el morro en las olas y dando una voltereta de campana a 170 kilómetros por hora. A l propio Waldron se lo vio por última vez de pie en la carlinga en llamas de su avión. Su intuición y habilidad habían logrado conducir al Escua­ drón V T -8 directamente hasta los portaaviones japoneses, pero, por desgracia, los demás cazas y bombarderos del Hornet seguían a su espalda, la mayoría de ellos perdidos, a miles de metros por encima de su cabeza, y eso que él pilotaba un TBD Devastator.

 

Las batallas de infantería de las guerras modernas son brutales y aterradoras, pero las heridas que sufren los pilotos navales son por lo general más horribles y sus posibilidades de supervivencia virtualmente nulas. Normalmente, imagi­ namos que la piel metálica de un avión, su carlinga de vidrio y el blindaje que protege el asiento del piloto desvían los proyectiles y ofrecen a su ocupante cierta protección. En realidad, puesto que los aviones reciben muy a menudo el impacto de una ráfaga de balas a altas velocidades, la fuerza combinada del proyectil y de su blanco en el punto de entrada suelen destrozar literalmente al piloto. Además, los pilotos aeronavales de la Segunda Guerra Mundial se sentaban sobre miles de litros de combustible y llevaban explosivos a unos cen­ tímetros de los pies, listos para desintegrarlos en el instante en que el fuego de las trazadoras y los cañones enemigos prendieran esta mezcla letal.

 

Pilotar un Devastator cargado en M idway debía de ser como conducir una camioneta Ford por el carril derecho de una autopista, con la parte de atrás y los asientos cargados de dinamita, mientras otros vehículos mucho más rápidos te disparan con ametralladora al tiempo que te adelantan. A diferencia de lo que les ocurre a los heridos en la guerra terrestre, en el aire ni siquiera una herida no mortal puede ser tratada rápidamente y el piloto no puede ser evacuado

 

 

 

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a retaguardia. Ser alcanzado era el principio, no el final, del tormento. Los mismos proyectiles que hacían sangrar al piloto dañaban o destruían el avión, que, a buen seguro, no tardaría en estrellarse o convertirse en una bola de fuego. Incluso en época de paz el asiento de un avión de pasajeros que cae al mar se llena de pequeñas esquirlas de metal del propio avión: los cuerpos, mucho más frágiles, de sus ocupantes se pulverizan o se carbonizan debido a la fuerza del impacto y al fuego subsiguiente.

 

En condiciones ideales, en un ataque a cargo de aviones con base en por­ taaviones, los Devastator habrían sido los últimos en intervenir, después de que los SBD Dauntless se lanzasen en picado, zumbando desde 3.500 metros de altitud, y de que los Wildcat hicieran lo mismo a m ayor velocidad y desde una altitud superior para cubrir el ataque. Luego, con los buques y los aviones enemigos ocupados, los lentos aviones torpederos se deslizarían en plena refriega y a ras del agua y, en teoría sin gran oposición, lanzarían sus torpedos. En cambio, debido a la confusión sufrida por los bom barderos en picado y los cazas norteamericanos, sobre los Devastator del escuadrón de Jack Waldron se abatió todo el poder aéreo y antiaéreo de la escuadra japonesa. Ni un solo avión del VT -8 sobrevivió. De los treinta tripulantes que despegaron del Hornet a las ocho de aquella mañana sólo el alférez George H. Gay se salvó de la masacre; aunque herido, consiguió alejarse de su Devastator después de estrellarse contra el mar y permaneció a flote sin que los barcos japoneses lo advirtieran hasta que, la tarde del día siguiente, fue recogido por un avión de rescate norteame­ ricano. La derrota del Escuadrón VT-8 fue sólo la primera de las tres que aquel 4 de junio sufrieron otros tantos escuadrones de aviones torpederos. El relato de los acontecimientos que más tarde ofreció el alférez George G ay es lo único que nos permite adivinar lo que sintieron sus veintinueve compañeros de unidad durante los últimos minutos de su vida.

 

Cuando los mortíferos Zero regresaban periódicamente a sus portaaviones para repostar y cargar los depósitos de munición durante la cacería de patos de la mañana, un observador del Akagi advirtió que “las dotaciones de servicio vitoreaban a los pilotos que regresaban, les daban palmaditas en la espalda y gritaban palabras de aliento. En cuanto un avión estaba listo, el piloto asentía, aceleraba el motor y el aparato volvía rugiendo a los cielos. La escena se repetía una y otra vez a medida que la desesperada batalla aérea proseguía” (M. Fu-chida y M. Okumiya, Midway, the Battle that DoomedJapan, p. 176). Los pilotos norteamericanos tenían pocas posibilidades de sobrevivir incluso cuando con­ seguían evitar las balas de los Zero; la m ayoría de los que conseguían saltar de sus bombarderos antes de que se hundieran eran ametrallados en el agua. Los dos pilotos navales que, según se sabe, cayeron prisioneros en M idway fueron interrogados y, poco después, los ataron, les pusieron un peso muerto y los arrojaron por la borda. Los barcos japoneses tenían orden de interrogar

 

 

 

 

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a los prisioneros para averiguar la posición del enemigo y, a continuación, “deshacerse de ellos como corresponde” .

 

En los portaaviones japoneses la moral estaba por las nubes, rayana casi en la arrogancia. Claro que, ¿por qué no? Hasta el momento, la armada imperial no había sufrido ninguna derrota importante y no sentía otra cosa que desprecio por el potencial de lucha de los marinos, pilotos e infantes norteamericanos. Desde el comienzo de las hostilidades el 7 de diciembre de 1941, las unidades de portaaviones japonesas habían hundido o inutilizado por sí solas ocho acorazados y dos cruceros (Pearl Harbor, 7 de diciembre) y bombardeado y hundido los acorazados británicos Repulse y Prince o f Wales (en las costas de Kuantan, 10 de diciembre), los cruceros Houston y Marblehead (al norte de Java, 4 de febrero de 1942) y los cruceros británicos Exeter, Cornwally Dorsetshire (el 27 de febrero en las costas de Tjilaljap y el 5 de abril cerca de Colombo). También habían enviado a pique o causado graves daños a tres portaaviones aliados (al Hermes, cerca de Trincomalee, 9 de abril, y al Lexington y al Yorktown [dañado] en la batalla del mar del Coral, 8 de mayo). Y todo únicamente a costa de algunos destructores y de un portaaviones ligero. En vísperas de la batalla de Midway, la Flota del Pacífico de los Estados Unidos sólo disponía de un acorazado y de tres portaaviones. Los norteamericanos no habían hundido todavía un solo buque japonés importante. El ex piloto M asatake O kum iya y el ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi resumieron así esta notable cadena de victorias aeronavales japonesas en el primer medio año de guerra:

 

 

L a lista de buques japoneses y enemigos perdidos en los primeros seis meses de la guerra era la constatación literal de un concepto que la marina calificaba como “condiciones de combate ideales”, para “librar una batalla naval decisiva únicamente mediante el control del aire” . En los diez años previos a la Guerra del Pacífico, entrenamos a nuestros aviadores en la creencia tácita de que las batallas navales libradas bajo nuestro dominio del aire sólo podían desembocar en victoria. Las fases iniciales de la Guerra del Pacífico afianzaron dramáticamente esa creencia (M. Okumiya y J . Horikoshi, Zero!, p. 153).

 

 

Muchas veces, esa confianza se tradujo en crueldad gratuita hacia los soldados capturados, a quienes se consideraba unos cobardes por rendirse. Durante la primera campaña de la isla de Wake, que se desarrolló inmediatamente después de Pearl Harbor, los marinos japoneses torturaban y golpeaban de forma rutinaria a los marines que capturaban antes de enviarlos a los campos de prisioneros de China yjap ón . A l menos cinco norteamericanos fueron decapitados ritual­ mente sobre la cubierta de un transporte. A continuación, y entre los vítores de los marineros japoneses, sus cuerpos fueron mutilados y arrojados al mar.

 

 

 

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Desde el comienzo de la Guerra del Pacífico, los japoneses abordaban las batallas de un modo brutal. Esto se debía, de una parte, a una animosidad racial innata, y, de otra, a la perversión del antiguo código bushido que los políticos militaristas japoneses impusieron en los años treinta, y también, a un odio alimentado durante la larga presencia colonial europea en Asia. Aquella brutalidad pronto encontraría las correspondientes represalias entre las fuerzas anglonorteame­ ricanas. Ese odio mutuo explica en gran medida la tensión y el espíritu que animaron a los combatientes que se enfrentaron en Midway.

 

Casi por norma, los soldados japoneses, mucho después de que la batalla hubiera cesado, continuaban matando y torturando a prisioneros desarmados que se habían rendido -en China, las Filipinas y el Pacífico- con mucha más frecuencia que los británicos o los norteamericanos. En el bando aliado no existía nada comparable a los campos de concentración japoneses, donde los experimentos médicos más macabros y los fusilamientos arbitrarios no eran infrecuentes. Ciertam ente, los norteam ericanos com eterían brutalidades a mucha m ayor escala, como atestiguan el bombardeo de las ciudades japonesas con proyectiles incendiarios y los ataques nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, pero a ojos de los soldados y ciudadanos estadounidenses - y esto es enteramente característico de la doctrina bélica occidental, que tiene su origen en los campos de batalla de la antigua Grecia y evolucionó más tarde en el concepto romano, m edieval y cristiano de guerra justa (ius in bello)-, el bom bardeo m asivo e indiscriminado era asunto muy distinto al asesinato de un prisionero de guerra.

 

Los aliados mataban a escala masiva, pero casi exclusivamente en asaltos directos y al descubierto, tras verdaderas declaraciones de intenciones, a menudo en represalia y bajo fuego hostil, y no de m anera rutinaria, en campos de prisioneros o después de un alto el fuego. Las baterías antiaéreas y los cazas japoneses disparaban sobre las tripulaciones de bombarderos que se lanza­ ban en paracaídas, quienes, normalmente, cuando se veían obligadas a aterrizar en territorio enemigo eran ejecutadas. Para los norteamericanos, en cualquier combate abierto, los japoneses eran “libres” de evitar el bom bardeo de sus centros industriales y urbanos. Sabían que sus aviones se aproximaban y, además, debían esperar represalias por haber iniciado la guerra y por librarla en China y el Pacífico de una manera bárbara y cruel. Los norteamericanos argumentaban que, si ellos mataban durante los intercambios de fuego, lo hacían como parte del esfuerzo por quebrar la base militar industrial sobre la que se asentaba el Japón imperial, algo que era más o menos justo en una batalla campal. Por el con­ trario, los japoneses se limitaban a contar muertos y de la cuenta extraían que bajo las bombas norteamericanas habían muerto cientos de miles de civiles inocentes, muchos más que los prisioneros estadounidenses que podían haber torturado y ejecutado sus guardias e interrogadores.

 

 

 

 

 

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Esta oposición se cumple en todos los enfrentamientos bélicos entre Oriente y Occidente de la historia: los occidentales aborrecían las ejecuciones suma­ rias y las torturas de sus combatientes cautivos e indefensos, mientras sus fuerzas armadas, mucho mejor equipadas, al descubierto y de forma “justa” , aniquilaban a miles de oponentes durante la lucha. Para los no occidentales, el fuego de ametralladora, las descargas de artillería y los bombardeos masivos contra sus relativamente mal equipados soldados y sus vulnerables poblaciones civiles eran acciones propias de bárbaros, pese a que, por su parte, mutilaban y ejecutaban a los prisioneros de guerra con mucha frecuencia. En este sentido, por ejemplo, Hernán Cortés y lord Chelmsford se escandalizaron cuando supieron que az­ tecas y zulúes torturaban y mataban a sus prisioneros, pero perseguir y lancear por la espalda a miles de indios o africanos semidesnudos en el fragor de la batalla les parecía algo normal. Los británicos se quedaron horrorizados al comprobar que sus compañeros caídos en Isandhlwana habían sido decapita­ dos y descuartizados, pero en Ulundi les pareció justo emplear ametralladoras contra los guerreros zulúes, que sólo llevaban lanzas. Para los estadounidenses, arrojar bombas incendiarias y carbonizar a casi 200.000 soldados, trabajadores y civiles japoneses durante una sola semana de bombardeos sobre Tokio en marzo de 19 4 5, mientras enviaban a los prisioneros japoneses a campos de prisioneros relativamente humanos situados en territorio norteamericano, tenía mucho sentido desde un punto de vista militar. Para los japoneses, el asesinato de los tripulantes de los B-29 derribados, a menudo mediante una decapitación sumaria, era una pequeña compensación por la cremación de cientos de miles de conciudadanos.

 

 

Más o menos a la misma hora en que el Escuadrón de Torpederos VT -8 de Jack Waldron era aniquilado durante el aciago ataque sobre el Soryu, otro grupo de Devastator, los catorce aviones torpederos del Escuadrón V T -6 del por­ taaviones Enterprise, que comandaba el capitán de corbeta Eugene E. Lindsey, sobrevolaba el Akagi para lanzarse sobre el Kaga. Aunque la unidad de aviones torpederos del Enterprise tenía más experiencia que los Devastator de Waldron -algunos de sus pilotos habían volado ya en las campañas de las Marshall y de W ake-, los T B D de Lindsey, igual que los aparatos del Hornet, volaban sin escolta de cazas y tampoco contaban con la ayuda de los bombarderos en picado, que aún sobrevolaban las nubes a gran altura. El fallo en los cálculos de localización de la flota japonesa, la presencia de nubes y la variedad de altitudes a que volaban los bombarderos torpederos, los cazas y los bombarderos en picado provocaron que aquel grupo de Devastator también perdiera contacto con sus compañeros poco después de despegar del Enterprise. En realidad, el grupo de cazas de este portaaviones no consiguió encontrar ni a los aviones torpederos ni a los bombarderos en picado que debía escoltar y regresó al buque sin haber disparado un solo tiro.

 

L a ausencia de cualquier tipo de aviones de apoyo convertía la destrucción del Escuadrón VT-6 en algo inevitable. Pero la facilidad con que los japoneses abatieron esta segunda oleada de aviones torpederos provocó una falsa sensación de seguridad en los artilleros de la flota imperial: algunos oficiales tenían la sensación de que podrían destruir a toda la fuerza aeronaval norteamericana por sí solos, sin llegar siquiera a atacar sus portaaviones. Al comandante Genda, que navegaba en el Akagi, los Devastator le parecieron muías cansadas. Tras derribar en unas pocas horas los bombarderos con base en tierra y los aviones torpederos de los portaaviones, los tripulantes de la armada imperial conclu­ yeron que los norteamericanos se mostraban sorprendentemente valientes, pero como aficionados y sin experiencia, además de que llevaban aviones anticuados y torpedos de mala calidad, una valoración acertada en casi todos sus puntos.

 

Veinticinco Zero que patrullaban los cielos sobre los portaaviones japoneses descendieron en picado para aplastar al Escuadrón V T -6 a algunas millas de la flota imperial. Durante quince minutos, las baterías antiaéreas y los cazas se cebaron en los lentos Devastator, que se separaron en dos grupos para atacar al Kaga por ambos costados. El avión de Lindsey fue uno de los primeros en ser alcanzado y no tardó en incendiarse. Finalmente, a las 9:58 de la mañana, casi dos horas después de que hubieran despegado del Enterprise, los cuatro TBD del V T -6 que aún no habían sido derribados consiguieron acercarse al Kaga lo suficiente para lanzar sus torpedos. Ninguno dio en el blanco. Estos cuatro aparatos fueron los únicos de la segunda oleada de torpederos que consiguie­ ron volver a su portaaviones. Otros veinte tripulantes de aviones torpederos norteamericanos habían desaparecido bajo las aguas. La matanza de los TBD proseguía.

 

Tres portaaviones norteamericanos lanzaron sus escuadrones contra la flota japonesa que se aproximaba a M idway a eso de las 8 de la mañana del 4 de junio. El último grupo de aviones torpederos, los doce Devastator del VT-3 del Yorktown, que iban al mando de Lem M assey, se acercó al Soryu cuando los TBD del Hornet y del Enterprise caían al mar. Igual que los demás aviones torpederos, los de Lem Massey, que también carecían de protección de cazas, atrajeron sobre sí el fuego concentrado de los antiaéreos y de los cazas japoneses. Sólo cinco de aquellos TBD consiguieron acercarse lo suficiente al Soryu para descargar sus torpedos. No obstante, tres de ellos cayeron demasiado lejos de su objetivo. De seis a diez Zero siguieron a lo que quedaba del VT-3 hasta el portaaviones, obligando a los aparatos norteamericanos a volar a poco más de cincuenta metros de altura.

 

Massey, como Waldron y Lindsey, no consiguió sobrevivir al ataque. Ni la capacidad ni el valor significaban nada cuando se estaba a los mandos de un obsoleto Devastator. Los pocos tripulantes del Escuadrón de Torpederos VT-3

 

 

que consiguieron regresar a su portaaviones informaron que M assey fue uno de los primeros en ser derribado. Se lo vio por última vez de pie sobre una de las alas de su avión, tras salir a rastras de la carlinga en llamas. L a pequeña escuadrilla de cazas de escolta que comandaba Jim m y Thatch libraba un valiente combate contra varios Zero a unos kilómetros de Massey y no pudo ayudar al E s c u a d ró n VT -3. Como hemos d ic h o y a , d e b id o a u n a mezcla d e mala suerte, incompetencia y mal funcionamiento del estado mayor, la primera oleada de cazas y bombarderos en picado del tercer portaaviones norteamericano, el Hornet, no desem peñó ni el más mínimo papel en los ataques iniciales a la flota japonesa. Los Wildcat y Dauntless del Hornet regresaron a su portaaviones o hicieron aterrizajes de emergencia en M idway o se estrellaron en el mar por falta de combustible. Sólo los aviones torpederos de Jack Waldron encontraron al enemigo. Y, sin excepción, fueron derribados.

 

Para cuando los japoneses habían abatido la tercera oleada de aviones tor­ pederos, el grupo de cazas Zero que sobrevolaba la flota en misión de protección se había dispersado y volaba a muy poca altura, no a la altitud que debía, ni en formación, sobre sus buques, en busca de bombarderos en picado. Tras la cacería de la mañana, muchos cazas japoneses aterrizaban para repostar y cargar munición y toda la atención del gran arsenal de baterías antiaéreas de la flota se concentraba en barrer los últimos aviones torpederos que sobrevolaban la superficie del océano. Milagrosamente, casi a la hora exacta en que los japoneses contenían la tercera y última oleada de TBD, decenas de bombarderos en picado Dauntless procedentes del Enterprise y del Yorktown alcanzaron sus objetivos, como si alguien les hubiera dicho que ya podían entrar en escena. Los primeros X02 aviones de los portaaviones que habían atacado a la flota japonesa se habían perdido o habían sido derribados, pero aún quedaban 50 bombarderos en pi­ cado -m enos de una tercera parte del grupo original- para comenzar el ataque. De modo que, con gran sorpresa y asombro, se lanzaron en picado y sin oposición desde 3.500 metros de altitud dispuestos a incendiar el Akagi, el Kaga y el Soryu.

 

Para el norteamericano moderno de comienzos del siglo X XI, aquellos pilotos de portaaviones que vivieron hace más de medio siglo -M assey, Waldron y Lindsey, a quienes se vio por última vez tratando de escapar de un mar en llamas mientras sus aviones eran ametrallados por los Z ero - son ejemplares sobrehu­ manos de lo que constituía el heroísmo en los aciagos meses que siguieron al ingreso de los Estados Unidos en la Segunda Guerra M undial. Incluso sus nombres parecen caricaturas de una antigua e inquebrantable hombría nor­ teamericana: M ax Leslie, Lem Massey, Wade McClusky, Jack Waldron; pilotos malogrados, y no todos ellos jóvenes reclutas de dieciocho años, sino, a menudo, hombres casados y con hijos, que subían a sus decrépitos aviones no sólo con buena disposición, sino también con entusiasmo, para lanzarse contra la flota

 

 

 

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japonesa y, en unos segundos, dejar huérfanas a sus familias si tal cosa era necesaria por defender todo aquello por lo que sentían aprecio. Uno se pregunta si los Estados Unidos, donde hoy en día tantos Jasons, Ashleys y Nicoles que habitan en zonas residenciales entretienen sus días con juegos de ordenador, volverán a ver a gentes como ellos.

 

 

LA FLOTA IM PERIAL SE HACE A LA MAR

 

M idway fue una de las mayores batallas navales de la Segunda Guerra Mundial y, como la batalla del golfo de Leyte, que tuvo lugar dos años después, uno de los enfrentamientos más complejos y decisivos en la historia de la guerra naval. Librada a lo largo de tres días, y a uno y otro lado del meridiano que marca el cambio de fecha, se desarrolló en un teatro de operaciones de más de mil millas de extensión. Durante la misma, se produjeron ataques de los portaaviones japoneses contra Midway, ataques entre portaaviones a cargo de aviones tor­ pederos y bombarderos en picado, duelos aéreos entre Zero japoneses y cazas norteamericanos con base en tierra y en portaaviones, torpedeos submarinos y contraataques de destructores con cargas de profundidad, misiones de bom ­ bardeo a cargo de bombarderos de alta cota y en picado y de aviones torpederos con base en Midway, y fútiles esfuerzos por parte de los acorazados y cruce­ ros pesados japoneses por entablar batalla con fuego de artillería contra los cruceros y portaaviones norteamericanos. En la primera semana de junio de 1942, los hombres que sobrevolaban y surcaban la superficie o los fondos del Pacífico trataban con ahínco de hacerse volar en pedazos.

 

El almirante Yamamoto, artífice del ataque por sorpresa a Pearl Harbor, reunió para la ofensiva de M idway y las Aleutianas casi doscientos barcos entre por­ taaviones, acorazados, cruceros, destructores, submarinos y buques de transporte. Las tripulaciones de estos buques, cuyo desplazamiento total superaba el millón y medio de toneladas, sumaban más de 100.000 hombres y eran mandadas por veinte almirantes. Sólo en el teatro de operaciones de Midway intervendrían 86 navios. El enfrentamiento con la flota norteamericana, por tanto, se apro­ xim aba por cifra de combatientes a las descomunales batallas navales que en el pasado habían enfrentado a Oriente y Occidente en Salamina (entre 150.000 y 250.000) o Lepanto (entre 180.000 y 200.000). La flota japonesa que zarpó hacia M idway era la escuadra más poderosa de la historia de la guerra naval, hasta que los norteamericanos congregaron otra aún mayor y más mortífera poco más de dos años después, en la batalla del golfo de Leyte.

 

Los aviadores de los portaaviones Akagi, Kaga, Hiryu y Soryu se encontraban entre los mejores de Japón y tenían muchos más años de experiencia que sus bisoños homólogos de la flota norteamericana. La armada imperial contaba

 

 

con un potencial aeronaval cercano a los setecientos aviones, con base en por­ taaviones y en tierra, de los cuales trescientos acudieron a Midway. Los japoneses tenían tanta confianza en la victoria de M idway - “ el centinela de H aw ai”- , que imaginaban la campaña como un preludio de operaciones más vastas que, idealmente, situarían a sus fuerzas de portaaviones a las puertas de Nueva Caledonia y Fiji a principios de julio de 1942, para luego desplazarlas y bombardear Sydney y las bases aliadas en el sur de Australia a fines del mismo mes, antes de reunir a toda la flota y lanzar un ataque a gran escala sobre Hawai a principios de agosto.

 

A principios del otoño de 1942, Yamamoto com pletaría su sueño de una ofensiva relámpago contra los perplejos y poco preparados norteamericanos con la ocupación de Midway. Tras la pérdida de todas sus bases en el Pacífico, interrumpidas sus líneas de suministro con Australia y con la Flota del Pacífi­ co en el fondo del mar, los Estados Unidos, no había duda, buscarían una paz negociada, una paz que ratificase el dominio japonés sobre Asia y definiese con claridad los límites de la influencia norteamericana en el Pacífico. El ataque por sorpresa sobre Tokio que el 18 de abril llevó a cabo un escuadrón de bombarderos medios B-25 que despegaron del portaaviones Hornet, desde algún lugar del océano, sólo sirvió para convencer al alto mando japonés de que debía acelerar sus planes de final de verano a fin de librar el Pacífico de la molestia norteamericana.

 

Los historiadores se han ocupado profusamente de los defectos del plan de Yamamoto, que, según se demostraría, era demasiado complicado, estuvo mal coordinado y tenía demasiadas metas: la conquista de Midway, la ocupación de las Aleutianas occidentales y la destrucción de la flota de portaaviones norteam ericana eran objetivos difíciles de obtener al mismo tiempo y, en ocasiones, antitéticos. La flota japonesa fue fragmentada en una serie de fuerzas de ataque inconexas -al menos cinco, a su vez divididas en varios grupos- que debían actuar de un modo muy disperso y a menudo sin comunicarse entre sí.

 

A       consecuencia de ello, los japoneses no fueron capaces de concentrar su enorme superioridad numérica en un solo lugar.

 

Según el plan, los buques de Yamamoto iniciarían las hostilidades situando más de quince submarinos al este de Midway a fin de detectar la aproximación de la flota norteamericana desde Hawai o la costa oeste de los Estados Unidos. Los submarinos podían abastecer de combustible a los aviones de reconoci­ miento de la marina y notificar con antelación al grueso de la flota cualquier dato relativo al tamaño y número de las fuerzas enemigas en tránsito antes de torpedear a sus buques principales. Sin embargo, a causa de magnífico trabajo del servicio de inteligencia norteamericano, que conoció de antemano el plan de ataque japonés, casi todos los submarinos nipones se situaron en sus puestos demasiado tarde y Yamamoto no pudo recibir de ellos ninguna información

 

 

 

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concerniente a las maniobras de los norteamericanos. Durante la mayor parte de la prim era fase de la batalla, se m antuvieron a retaguardia de la flota norteamericana, sin sospechar que ésta ya se encontraba cerca de Midway, esperando a los portaaviones japoneses.

 

A       continuación, una fuerza de ataque estaría situada en el norte. Al mando de este grupo estaba el vicealmirante Moshiro Hosogaya, que contaba con dos portaaviones ligeros, seis cruceros, doce destructores, seis submarinos y otros buques diversos, junto a los 2.500 soldados que debían ocupar las Aleutianas. El asalto a estas islas fue un éxito táctico, pero no representó ninguna ventaja estratégica para los japoneses. Si la ocupación de Midway facilitaría los ataques sobre Hawai y el cuartel general de la flota norteamericana, ningún miembro del almirantazgo japonés acertó a explicar la importancia que a largo plazo podía tener la posesión de una o dos gélidas islas del mar de Bering. Estaban demasiado alejadas de Hawai y de la costa oeste de los Estados Unidos y, aunque había en ellas algunas tropas norteamericanas, carecían de industria.

 

Contra las propias islas Midway, los japoneses enviarían a la Primera Fuerza de Ataque de Portaaviones del almirante Chuichi Nagumo, con el Akagi, el Kaga, el Hiryu y el Soryu, a los que apoyarían dos acorazados, tres cruceros y once destructores divididos en varios grupos. Después de que los aviones embarcados en los portaaviones ablandasen las defensas de M idway en sucesivas misiones de ataque, el contraalmirante Raizó Tanaka llegaría al mando de doce transpor­ tes y tres destructores que trasladarían a los 5.000 hombres encargados de la ocupación de las islas. Si esta fuerza de ocupación necesitaba apoyo, o si la flota norteamericana mordía el cebo e intentaba contrarrestar la invasión, el viceal­ mirante Takeo Kurita proporcionaría el fuego de cobertura necesario para el asalto con cuatro cruceros pesados y dos destructores, a los que se uniría la escuadra aún mayor del almirante Nobutake Kondo, compuesta por dos aco­ razados, cuatro cruceros pesados, un crucero ligero, ocho destructores y un portaaviones ligero. Los japoneses imaginaban a una flota norteamericana mal­ trecha e ingenua que llegaría con retraso y atacaría desesperadamente a una sucesión de barcos que actuaban como señuelo, antes de ser aniquilada por los acorazados y portaaviones imperiales que la estaban aguardando.

 

El contraalmirante Ruitaro Fujita llegaría más tarde con dos transportes de hidroaviones y dos buques de menor tamaño que ocuparían la cercana y pequeña isla de Kure con la esperanza de establecer una fuerza aérea con base en tierra que contribuyese a realizar misiones de reconocimiento sobre Midway y a atacar a la flota norteamericana. En una batalla de superficie, los norteamericanos no contaban con barcos capaces de contrarrestar los grandes cañones japone­ ses. Si sus portaaviones perdían su pantalla aérea protectora y maniobraban demasiado cerca de la rápida flota japonesa, nada evitaría que los acorazados nipones hicieran pedazos todos sus buques.

 

 

El corazón de la marina japonesa estaba en otra parte. Cuatro acorazados, dos cruceros ligeros y doce destructores avanzaban a mucha distancia, al norte de M idway, al mando del vicealmirante Shiro Takasu, y junto a ellos iba el propio almirante Isoroku Yamamoto, al frente del grueso de la flota, con tres acorazados -entre los que se encontraba el form idable Yamato, de 64.000 toneladas, con cañones de 460 milímetros capaces de lanzar proyectiles de alta potencia a una distancia de hasta cuarenta kilómetros-, un crucero ligero, nueve destructores y tres portaaviones ligeros. Esta fuerza septentrional cubriría los flancos del asalto a las Aleutianas y, en teoría, ocuparía una posición que le permitiría regresar al suroeste, en dirección a Midway, si los norteamericanos respondían a la invasión. En su opinión, Yamamoto había creado una cadena de hierro de fuerzas navales entrelazadas que se extendía a lo largo de mil millas, entre las Aleutianas y Midway, lo que impediría a los norteamericanos realizar ningún movimiento hacia el oeste, evitando con ello que se produjera un nuevo bombardeo de la metrópoli japonesa. Pese a su complejidad, el plan japonés respondía a una lógica sencilla: bloqueando el norte del Pacífico entre las Aleutianas y Midway, Yamamoto se aseguraba de que o bien sus fuerzas sep­ tentrionales o bien las meridionales acabarían con los aturdidos norteamerica­ nos, que eran m uy inferiores en número. Estos tendrían que aceptar la lucha o ver cómo sus islas del norte y del sur caían en manos japonesas. Qué extraño que el sacrificio de casi un centenar de tripulantes de aviones torpederos norteam ericanos diera al traste con las tan elaboradas ideas de Yamamoto para aniquilar a la Flota del Pacífico.

 

 

L a enorm e distancia existente entre los dos grupos significaba, además, que los norteamericanos, muy inferiores numéricamente, no podrían defender ambos ataques. Los acorazados y los portaaviones de Yamamoto actuarían como una especie de reserva m óvil dispuesta a caer sobre la zona de con­ traataque de la Flota del Pacífico, mientras las fuerzas de asalto de las Aleutianas y M idway y las flotas de acorazados y cruceros que las escoltaban completaban las invasiones. E ra poco probable que los cautos norteamericanos asomasen hasta que las Aleutianas y M idw ay fueran ocupadas y para entonces se en­ frentarían a ellos los bombarderos con base en esas islas recién adquiridas y las fuerzas aeronavales, liberadas ya de su misión de protección a los vulnerables transportes de tropas. Puesto que hasta el momento la marina japonesa no había sufrido ninguna derrota importante y era cualitativamente superior, tampoco necesitaría toda su fuerza combinada para aplastar a la flota norteamericana, débil y sin experiencia.

 

El único problem a de los japoneses fue dar por sentado que los norteame­ ricanos -efectivam ente muy inferiores en núm ero- actuarían de modo com­ placiente y serían tomados por sorpresa y, sin embargo, estaban preparados y a la espera. En la víspera de la batalla, un informe del servicio de inteligencia

 

 

 

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del almirante Nagumo afirmaba: “Aunque el enemigo carece de voluntad de lucha, es probable que contraataque si nuestras operaciones de ocupación pro­ gresan satisfactoriamente” . A l parecer, a Yamamoto le resultaba inconcebible que los norteamericanos, a quienes ya había vencido anteriormente, pudieran anticipar los desembarcos de Midway, y mucho menos que pudieran llegar a las islas antes que él, con tres portaaviones dispuestos a oponerse a los buques de Nagumo. Pero los norteamericanos contaban con radares en sus barcos y en el propio atolón de Midway, que en realidad haría las veces de portaaviones insumergible.

 

Desde el punto de vista norteamericano, si finalmente se libraba una batalla de portaaviones cerca de Midway, el combate estaría casi igualado: cuatro por­ taaviones japoneses contra tres de los suyos ayudados por el apoyo aéreo que podría brindarles el atolón. A l modo de Napoleón, el almirante Chester Nimitz se enfrentaría a la cadena de Yamamoto por tramos, destruyendo eslabones aislados hasta que las fuerzas estuvieran más igualadas: prim ero hundiría a los portaaviones, núcleo de la flota japonesa, a continuación evitaría el desembarco en Midway, que era más importante desde un punto de vista es­ tratégico, y finalmente, procedería, si era necesario, a un asalto aeronaval sobre los acorazados y cruceros de Yamamoto.

 

Para reunir una flota tan colosal, los buques japoneses tendrían que zarpar de diversos puertos que se encontraban a una distancia de hasta 1.800 millas, e incluso cuando llegasen a sus destinos algunos barcos estarían separados por mil millas náuticas. Si mantenían el silencio radiofónico, existían pocas probabilidades de que todos los componentes de la flota mantuvieran las comunicaciones, que resultaban críticas cuando uno de los elementos claves del ingente plan consistía en arrastrar fuera de sus puertos a la escuadra nortea­ mericana y converger sobre ella aprovechando la superioridad numérica de la fuerzas combinadas que atacaban por el norte y por el sur.

 

Para oponerse a estas fuerzas, los norteamericanos encontraron dificultades incluso para reunir tres portaaviones, entre ellos, el Yorktown, que había sufrido daños muy importantes en la reciente batalla del mar del Coral. En dirección a las Aleutianas se dirigió un pequeño contingente compuesto por dos cruceros pesados, tres cruceros ligeros y diez destructores al mando del contraalmirante Robert Theobald, pero su desempeño fue muy pobre y no tuvo papel alguno en la batalla: ni evitó el desembarco japonés ni atacó a los barcos enemigos. Hawai no disponía de acorazados que desplegar en Midway. En su lugar, el almirante Nimitz reunió apresuradamente todo lo que tenía, es decir, ocho cruceros y quince destructores. Entre M idw ay y Pearl Harbor, diecinueve submarinos hacían labores de patrulla.

 

E l plan japonés era poco flexible, pero no tenía por qué estar condenado al fracaso, sobre todo dada la enorme superioridad numérica de la flota imperial

 

 

 

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en todas las categorías de buques y la m ayor experiencia de sus tripulaciones. Pero, como veremos, en fases críticas de la planificación, combate y postrime­ rías de la batalla, el personal militar norteamericano de todas las graduaciones se mostró inusualmente innovador, incluso excéntrico, y, a veces, impredecible. La m ayoría de los soldados norteamericanos no temieron asumir la iniciativa cuando las órdenes de sus superiores eran vagas o, simplemente, no existían, algo que contravenía por completo el procedimiento de operaciones de la flota im perial, que a su vez reflejaba m uchos de los valores predom inantes y de las actitudes inherentes a la sociedad japonesa. En consecuencia, los norteam ericanos im provisaron cuando sus planes se desbarataban y recu­ rrieron a métodos de ataque nuevos e innovadores cuando la ortodoxia no daba resultados, de form a no m uy distinta a los cristianos cuando serraron las proas de sus galeras en Lepanto para aumentar la precisión de sus cañones o a Cortés cuando envió a sus hombres al volcán Popocatépetl para abastecerse de pólvora.

 

 

 

 

EL JAPÓN OCCIDENTAL Y EL NO OCCIDENTAL

 

En M idway, los norteam ericanos eran superiores tecnológicamente a los japoneses tan sólo por disponer de radar y en el terreno de las comunicaciones. Los aviones de sus fuerzas aeronavales -lo s cazas W ildcat, los torpederos Devastator y los bom barderos en picado D auntless- eran inferiores a sus homólogos japoneses, que disfrutaban de mayor velocidad, mejor maniobra-bilidad y armamento más fiable. En 1942, los torpedos japoneses eran los mejores del mundo, los norteamericanos posiblemente los peores. El caza Zero, ligero, rápido y fácil de construir, era un producto de ingeniería de verdadero genio. En 1941 las fuerzas aéreas de los Estados Unidos no disponían de nada semejante. Los cuatro portaaviones japoneses eran tan m odernos como los m odelos británicos y norteam ericanos. Ja p ó n había construido los acorazados más grandes del mundo: el Yamatoy el Musashi, que estaba a punto de ser botado, cuyo gran tonelaje así como la potencia de su armamento los hacían superiores a cualquier buque de superficie británico o norteamericano en la fase inicial de la guerra.

 

Evidentemente, la victoria estadounidense en M idway no se debió -com o muchos observadores japoneses alegaron después de la guerra- a la superioridad de la tecnología occidental. En realidad, Jap ó n llevaba más de medio siglo adaptando muchos de los preceptos de la organización militar y de la fabricación armamentística europeas como parte de una revolución masiva de la sociedad japonesa por abrazar la ciencia y los métodos de producción industrial de Occidente. A comienzos del siglo XX, un Estado con pocos recursos materiales

 

 

 

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se había convertido en una verdadera potencia mundial en gran parte porque había adoptado la doctrina bélica occidental. Los buques japoneses que combatieron en Midway eran la encarnación de la ciencia militar occidental, no de la asiática.

 

Japón nunca fue colonizado ni conquistado por los occidentales hasta 1945. Su lejanía de Europa, su proximidad a los Estados Unidos aislacionistas y volcado hacia dentro del siglo X IX , el hecho de contar con una tierra no demasiado prometedora y de carecer de recursos naturales, y su enorme y hambrienta po­ blación lo hacían muy poco atractivo a ojos de los conquistadores occidentales. Sin embargo, tras sus primeros y tardíos contactos con Occidente, el Japón decimonónico había decidido, con plena conciencia, no rechazar, sino emular y mejorar los métodos de producción industrial y de investigación tecnológica occidentales. Si el avión fue inventado en los Estados Unidos, el acorazado y el portaaviones en Gran Bretaña y los Estados Unidos, y el concepto de una flota de alta mar propulsada por petróleo era netamente europeo, en 1941 los japoneses habían igualado, y en algunos casos superado, a británicos y nortea­ mericanos en diseño naval y aeronáutico. A diferencia de otros países asiáticos

 

- y especialmente de China-, a finales del siglo X IX, Japón había comenzado a prescindir de sus inhibiciones culturales innatas para adaptarse a gran escala a las ideas occidentales de capitalismo, desarrollo industrial y operaciones mi­ litares. Incluso los más conservadores desde un punto de vista cultural admitían que sería imposible resistir a los bárbaros y demonios occidentales simplemente gracias a una valentía superior y al vigor samurái. Japón lograría su supervivencia mediante la adopción de las armas y de los métodos de producción en masa europeos. El ingenio japonés, por su parte, estaría alerta en cada paso dispuesto a aportar mejoras allí donde fuera posible.

 

Tras el primer contacto que a mediados del siglo XVI establecieron con los portugueses, los japoneses aprendieron a fabricar armas de fuego. A l cabo de unas décadas, equiparon ejércitos enteros con cañones y mosquetes mejorados, y en el proceso amenazaron la jerarquía samurái, cuyo capital marcial dependía de una base espiritual antitecnológica, xenófoba y antimoderna. Com o reac­ ción a la nueva tecnología, los señores feudales fueron desarmando gradual­ mente a las poblaciones y evitaron la im portación de nuevas armas como parte de un rechazo general a cualquier tipo de influencia extranjera. A prin­ cipios del siglo X V II Japón prohibió casi todas las exportaciones y los navios transoceánicos. El cristianismo se convirtió en una religión ilegal y la mayoría de los extranjeros fueron deportados. H acia 16 35 Jap ó n volvió a quedar completamente aislado de todo contacto con los bárbaros “malolientes y narizotas” , situación que habría de prolongarse hasta la llegada del comodoro Matthew Perry a la bahía de Tokio en 1853 con una flota de formidables buques de guerra norteamericanos. Para entonces, el progreso tecnológico japonés se

 

 

 

 

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había estancado: el arsenal nacional no contaba más que con un puñado de anticuadas armas de fuego con que oponerse a los norteamericanos.

 

Los cañones y los proyectiles del comodoro Perry, su flota de buques de vapor y sus marines equipados con fusiles convencieron a los japoneses de que tenían que admitir la llegada de barcos extranjeros. En 1854, cuando Perry regresó a Japón desde China, los japoneses suscribieron un tratado formal que permitía a los barcos norteamericanos el acceso a sus aguas y la libre navegación por los mares que rodeaban las islas japonesas. Varias naciones europeas siguieron el ejemplo de Perry y comenzaron a comerciar con Japón y a introducirse en todo el subcontinente asiático. Pero esta humillación dio origen a un cambio radical. Contrastando con el resentimiento de China y el sureste asiático, los japoneses reaccionaron a la invasión extranjera tratando de ponerse a la par y no sólo con rencor, admitiendo que para una potencia imperial era una locura dar la espalda a la ciencia occidental. Tras algunos esfuerzos inútiles por resistirse, la cultura japonesa, inmersa en una revolución material e ideológica generalizada y sin precedentes, comenzó a adoptar los métodos de fabricación y las prácticas bancarias occidentales a gran escala.

 

En el último cuarto del siglo x ix el poder de los señores de la guerra japoneses había llegado a su fin. En 1877 tuvo lugar en Satsuma una última y desesperada revuelta de guerreros samuráis que, armados con catanas y mosquetes de llave de mecha, fueron derrotados sin paliativos por un ejército de leva equipado e instruido al estilo europeo. Los japoneses comprobaron que la doctrina bélica occidental se imponía a la clase, la tradición y el patrimonio cultural de la nación y era insidiosamente efectivo porque en el campo de batalla únicamente buscaba la utilidad. Los clanes samuráis se convirtieron en meras curiosidades y la población se unió tras su emperador en un nuevo esfuerzo por emular a los modernos Estados nación de Europa:

 

 

Se com praron fusiles y cañones en Francia. [...] Cuando Alem ania derrotó a Francia en 1871, los japoneses se decantaron rápidamente por los vencedores. M uy pronto, los soldados japoneses desfilaban a paso de oca y aprendieron las tácticas de infantería de los prusianos. Los oficiales navales japoneses, la mayoría de los cuales eran samuráis del antaño rebelde clan de Satsuma, aprendieron de la Marina Real británica, con frecuencia, tras pasar años a bordo de los buques ingleses. Además, Japón construyó sus nuevos barcos en Inglaterra, porque Gran Bretaña dominaba los mares y los japoneses querían aprender de los mejores. La occidentalización de Jap ó n no se limitó al ámbito militar. Las ar­ tes, la literatura, la ciencia, la música y la moda occidentales también florecieron. Los estudiantes universitarios celebraban todo lo occidental, [...], los samuráis se convirtieron en industriales, magnates del ferrocarril

 

 

 

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y banqueros (R. Edgerton, Warriors ofthe Rising Sun [Guerreros del Sol Naciente], p. 44).

 

A consecuencia de todo ello, en 1894, los japoneses habían expulsado a China de Corea, gracias, sobre todo, a un ejército completamente occidentalizado y, por tanto, mejor organizado y equipado que ninguna otra fuerza de Asia. Si los chinos se habían limitado a importar desordenadamente cañones y barcos de Europa, resistiéndose a organizar la infraestructura necesaria para crear una industria de armas moderna, la armada y el ejército japoneses aprovechaban los frutos de su propia y recién nacida pero pujante producción armamentística y adoptaban los últimos principios de la doctrina táctica europea, a la que sumaron, por lo demás, iniciativas innovadoras propias como ataques nocturnos y asaltos masivos sobre los puntos débiles de las líneas enemigas.

 

En 1900, durante la rebelión de los bóxers, la fuerza expedicionaria japonesa demostró ser una de las más disciplinadas y mejor armadas y organizadas de cuantas marcharon para liberar Pekín, que en su mayoría eran europeas. Cuando, en 1904, estalló la guerra ruso-japonesa, los nipones, aunque muy inferiores numéricamente, no tardaron en demostrar no sólo que sus fuerzas navales y terrestres estaban mejor estructuradas y disciplinadas que el contingente ruso, mucho más numeroso, sino que sus cañones, barcos, munición y modernos métodos de suministro también eran muy superiores. Su artillería naval resultó especialmente mortífera, y demostró mucha mayor precisión, alcance y frecuen­ cia de tiro que la rusa.

 

En una de las revoluciones más notables de la historia de las armas, Japón se colocó, en poco más de un cuarto de siglo (1870-1904) y desde el punto de vista militar, casi a la misma altura de las potencias europeas. Aunque carecía de la población y recursos naturales de China y Rusia, sus vecinos más próximos, consiguió demostrar que con un ejército occidentalizado y de prim era línea era capaz de derrotar a fuerzas muy superiores en número. El ejemplo de Japón refuta, por tanto, la idea, ahora tan popular, de que la topografía, los recursos

 

- com o las minas de hierro y carbón- o la vulnerabilidad genética frente a las enfermedades y otros factores naturales determinan el dinamismo cultural y la potencia militar. La metrópoli japonesa no cambió ni antes, ni durante, ni después de su milagrosa ascensión como potencia militar, que se prolongó un siglo entero, lo que sí cambió fue su radical emulación, a lo largo del siglo XIX, de elementos de la tradición occidental completamente ajenos a su propia herencia cultural.

 

Los almirantes y generales japoneses no sólo equipararon su graduación y vestimenta a las de sus homólogos europeos, sino que sus barcos y cañones también eran casi idénticos. Por desgracia para sus adversarios asiáticos, la occidentalización del ejército japonés no fue una fase pasajera. Japón afrontó

 

 

 

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la adopción de armas y tácticas occidentales no como un mero complemento a varios siglos de doctrina militar propia ni como un barniz de ostentación, sino como una reestructuración básica, radical y permanente de sus fuerzas armadas que lo llevaría a la hegemonía en Asia.

Sin embargo, la adopción a gran escala de tecnología occidental no siempre fue lo que parecía a primera vista. Había una terca permanencia de las tradi­ ciones culturales japonesas que resurgirían para entorpecer una aceptación definitiva de la investigación científica y del desarrollo armamentístico tal como se abordaban en Occidente. Los japoneses siempre mantuvieron una actitud ambigua hacia sus propios esfuerzos de occidentalización radical:

 

Tras la visita de Perry, los japoneses se vieron obligados a admitir que la tecnología occidental, si no otros aspectos de la cultura del Occidente, era m uy superior a la suya. Pero este tipo de admisiones son molestas para cualquiera, y lo fueron muy especialmente para los japoneses, y es que éstos, más que la m ayoría de pueblos de la tierra, estaban imbuidos de un sentido de grandeza, de superioridad inherente, incluso de la divinidad de la raza yam ato. La am bivalencia de los japoneses respecto a su propio valor era dolorosa de un modo m uy patente. Como muchos se sintieron inferiores, llegaron a temer y a odiar a los occidentales, igual que anteriormente habían temido y odiado a los chinos. Cuando, más tarde, los occidentales dem ostraron su vulnerabilidad, la tentación de destruirlos aumentó (R. Edgerton, Warriors o f the Rising Sun, p. 306).

 

 

Más desafortunada era la postura oficial del gobierno japonés, que sistemáti­ camente se esforzaba por disculpar la incongruencia que suponía adoptar masivamente la tecnología y los métodos industriales de una cultura comple­ tamente distinta y supuestamente bárbara y corrupta. La respuesta que surgió de todo ello estaba inscrita en unos términos básicamente racistas y chovinistas: los europeos eran despreciables no sólo por decadentes, feos, apestosos y egoístas, sino, además, por mimados, consentidos y blandos; no eran más que unos perezosos que triunfaban únicamente gracias a inventos y a máquinas muy ingeniosos, y no a un coraje innato o a su hombría.

 

Ya a principios del siglo X X comenzó a cristalizar en Japón una complicada exégesis sobre la relación entre tecnología europea y cultura japonesa: la japonesa era una raza superior de guerreros que se había limitado a adoptar las ideas extranjeras para permitir que sus heroicos luchadores compitieran en igualdad de condiciones. Ciertamente, si los industriales y los científicos procedían a m odernizar la econom ía y el ejército japoneses de acuerdo a los modelos europeos, la población en general continuaría siendo una sociedad asiática

 

 

 

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autocràtica y muy jerarquizada que rechazaba las ideas propias del liberalismo occidental con tanta vehemencia como emulaba la ciencia europea.

 

Japón continuaría gobernado por antiguas nociones de vergüenza que dicta­ ban todos los aspectos de la vida pública e imponían al japonés medio de qué modo debía actuar en público, expresar emociones y gastar dinero en vivienda y bienes materiales. L a devoción al emperador era absoluta. La importación de tecnología no se vería complementada por ningún tipo de individualismo, al menos no en el sentido en que lo entendían los occidentales. El ejército gozó de un control casi absoluto del gobierno. Y, de este modo, se planteó la paradoja clásica: ¿podrían unas armas y una organización militar modernas, de corte europeo y en rápida evolución, integrarse en una cultura estática como la japonesa sin un bagaje político y cultural complementario de individualismo, gobierno de consenso, capitalismo laissez-faire y libertad de expresión? Una de las tesis de este libro es que la doctrina bélica occidental no se basa únicamente en la supremacía tecnológica, sino en un conjunto de tradiciones sociales, po­ líticas y culturales que son la causa de muchas ventajas militares que van más allá de la m era posesión de armas complejas. L a alta tecnología no puede importarse sin más. Para que no se estanque y quede obsoleta inmediatamente, hay que adoptar con ella diversas prácticas: la investigación libre, el método científico, la indagación sin restricciones y el sistema de producción capitalista.

 

L a carencia de grandes reservas de recursos naturales en el interior de Japón, el auge del fascismo en Europa durante las décadas de 1920 y 1930, el racismo demostrado por los colonos europeos y la discriminación de los inmigrantes asiáticos en los Estados Unidos contribuyeron a consolidar la posición de los nacionalistas y militaristas de derechas japoneses antes de la Segunda Guerra Mundial. En un país pequeño com ojapón, sin reservas materiales ni territoriales, pero muy necesitado a causa de una población muy numerosa, rodeado por la presencia colonial europea en Hong Kong, Singapur, Macao, Filipinas y el sureste asiático, y enfrentado en el Pacífico a un potente ejército norteamericano, era natural, ante la necesidad de buscar nuevos recursos, recuperar y dar nueva form a al ancestral espíritu samurái. El viejo código caballeresco bushido, la idea propia del shinto de los japoneses como pueblo elegido y la exaltación tradicional de los guerreros podían transformarse en la era industrial en la agresiva idea, también patentemente racista, de que los extranjeros eran débiles y cobardes y, por tanto, merecedores de las peores atrocidades de la inevitable guerra que se avecinaba.

 

El Jap ó n m ilitarizado anterior a la guerra se cim entaba en al menos dos principios básicos. El primero era el shinto, la religión oficial, que predicaba la inquebrantable soberanía imperial del dios viviente, es decir, del emperador, el origen divino de la raza japonesa y el destino preclaro de Japón . A este respecto, hay que señalar que la com binación de autoridad política y reli­

 

 

 

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giosa no era muy distinta a la de aqueménidas, árabes, aztecas u otomanos y absolutamente antitética a la de sus respectivos adversarios occidentales. El segundo principio era el ancestral y feudal código samurái, que los militaristas del siglo x ix reinterpretaron y reformaron para dar lugar al bushido, es decir, la idea de que los valores guerreros de una elite medieval podían imponerse en un Estado nación completamente nuevo como el Jap ó n moderno.

 

Este nuevo aspecto de la cultura japonesa - la suspicacia hacia todo lo extran­ je ro - y el inicio de hostilidades con China en 19 31 dificultaron la importación de las innovaciones tecnológicas más recientes. Cuanto más pretendía unjapón belicista contar con un ejército nacionalista pero occidentalizado, menos probable era que los Estados Unidos y Gran Bretaña ampliaran sus créditos blandos y le facilitaran la importación de recursos y nuevas tecnologías. En el interior, cuanto más se empeñaba Japón en adoptar los diseños más recientes en materia militar, más se evidenciaba la hipocresía de su postura. A l fin y al cabo, volvía a tomar prestadas la ciencia y la tecnología de una sociedad a la que despreciaba ostensiblemente tachándola de corrupta e inferior, pero se negaba a adoptar la radical reestructuración política y cultural que, siguiendo las líneas m aestras occidentales, le garantizaría una paridad tecnológica sostenible. L a m isma paradoja afectaría a gran parte del Tercer Mundo du­ rante el resto del siglo X X : comprar tecnología occidental no es lo mismo que mantenerla, adaptarla, fabricarla y enseñar a la ciudadanía a utilizarla y a m ejorar con ella. En M idway, Ja p ó n contaba con m ejores aviones que los norteamericanos, pero sus ideas de individualismo, libertad y política eran muy distintas a las de las culturas occidentales. El apogeo de los gobiernos militaristas japoneses, con su insistencia en el culto al emperador, continuó sofocando el individualism o, el debate en libertad y la discrepancia en un momento en que un enfoque racionalista de la política industrial y de investigación habría resultado decisivo para que la industria arm am entística japonesa siguiese creciendo e innovando. La hostilidad occidental hacia el militarismo japonés y la resistencia de Japón a convertirse en una sociedad libre y abierta abocaron a un punto muerto en el terreno de la innovación tecnológica, y, en algunas ocasiones, incluso a una incapacidad para recurrir al ingenio de los propios japoneses.

 

 

 

Si en junio de 1942, en Midway, la marina japonesa era tecnológicamente similar, o quizá superior, a la armada norteamericana, esta paridad no podía durar una vez que el gobierno, la industria privada y los ciudadanos estadou­ nidenses se movilizaran para la guerra. En efecto, apenas un año y medio después de Pearl Harbor, los japoneses no sólo eran numéricamente inferiores a los nor­ teamericanos, sino que en áreas clave como el diseño aeronáutico, la artillería, los tanques, el radar, la investigación nuclear, los medicamentos, el suministro de víveres, la construcción de bases y la producción de material en masa estaban

 

 

claramente por detrás. En 1944, la marina, la fuerza aérea y el ejército japoneses utilizaban más o menos el mismo equipo que al comienzo de la guerra. Sus homólogos norteamericanos, por el contrario, producían aviones, barcos y vehículos que casi resultaban inimaginables en 1941.

 

Podría decirse que la única razón de que los norteamericanos contasen en M idway con un armamento inferior al japonés fue la com placencia general en que los Estados Unidos se sumieron tras la Primera Guerra Mundial, com ­ placencia alimentada por ideas utópicas sobre la paz mundial, una política aislacionista y la depresión económica. A finales de 1941 los norteamericanos aún estaban despertando de casi dos décadas de funesta negligencia en todo lo relativo a preparación militar y aún no se habían librado de un crecimiento económico excesivamente lento y de un desempleo muy alto. Por el contrario, los japoneses llevaban casi diez años dedicando un porcentaje mucho mayor de su producto nacional bruto, muy inferior al estadounidense, a gastos de defensa y amasando experiencia en los campos de batalla de China. En Midway, quizá por última vez en la guerra, los japoneses contaban con más y mejores barcos y aviones que los norteamericanos.

 

No hay pruebas de que el occidentalizado ejército japonés fuera reacio a librar una batalla decisiva, tal como acostumbraban a hacer los occidentales. Resultaba evidente que la marina japonesa era tan agresiva como la norteamericana. El ejército japonés había adoptado las tácticas de la infantería alemana del siglo XIX, pero estas tácticas, que optaban por las cargas frontales y los asaltos masivos, se demostrarían desastrosas frente a las ametralladoras, los fusiles automáticos y la artillería de campaña del ejército norteamericano. Sus enormes acoraza­ dos eran la prueba de que su armada estaba concebida para los grandes duelos artilleros con los buques de superficie enemigos, a los que podría destruir gracias a su enorme potencia de fuego, igual que había hecho con los rusos en 1904. Si bien es cierto que las tradiciones militares de la guerra samurái tenían fuertes elementos rituales que podían imponer lo formal sobre lo funcional -aunque los japoneses conocieron las armas de fuego en el siglo x v i, prohibieron su uso durante los doscientos años siguientes-, en 1941, la armada imperial era tan agresiva como la armada norteamericana y a menudo tan deseosa como ésta de entablar una batalla decisiva. A la importación de armas occidentales se sumó la idea europea de asalto frontal.

 

Sin embargo, donde los japoneses se encontraron en clara desventaja pese a su enfoque de la doctrina militar desde un punto de vista occidental fue en su fracaso a la hora de valerse de esas batallas decisivas para librar una ininterrumpida guerra de aniquilación, práctica espantosa que no encajaba en sus tradiciones samuráis. Los japoneses no se encontraban cómodos con la idea occidental, tan distinta a las suyas, de buscar al enemigo sin descanso y obligarlo a un enfrentamiento amargo y definitivo, un choque sangriento

 

 

 

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cuyo resultado fuese decisivo para el bando con m ayor potencia de fuego, disciplina y número de tropas.

 

Por el contrario, frente a los rusos en 1904 y 1905 y a los chinos entre 1931 y 1937, los militares japoneses libraron brillantemente una larga serie de bata­ llas, aunque, con frecuencia, aparte de dejar escapar una victoria completa, no las consideraban necesariamente como parte de un gran plan estratégico para destruir al enemigo definitivamente y conseguir que éste perdiera toda posibilidad de proseguir la guerra. Los japoneses sabían cómo matar a miles de combatientes en el campo de batalla y estaban dispuestos a sacrificar a buen número de soldados en heroicos y suicidas asaltos frontales contra posiciones fortificadas, pero esta ferocidad marcial no puede equipararse al deseo de los occidentales de continuar librando batallas de choque hasta que uno de los dos bandos saliera victorioso o fuera aniquilado. En las doctrinas militares japonesa y musulmana, la sorpresa, el ataque repentino, un desastre en el campo de batalla o una derrota vergonzosa debían forzar a cualquier adversario a sentarse a la mesa de negociaciones y celebrar un pacto.

 

En el caso de la Guerra del Pacífico, la preferencia de los japoneses por los ataques de distracción y sorpresa a expensas de las acciones frontales les supuso perder muchas y muy importantes oportunidades. Pese a su brillante e inesperado ataque a Pearl Harbor, que dejó a los norteamericanos indefensos, no contaban con un plan posterior para continuar bom bardeando las islas Hawai hasta conseguir su sumisión, a la que quizá habrían podido seguir diversas incursiones sobre los puertos de la costa oeste con el objetivo de destruir el último refugio de la flota de portaaviones del Pacífico. En vez de ello, tras los ataques de la mañana del 7 de diciembre de 1941, los portaaviones del almirante Nagumo se alejaron de Pearl H arbor rápidamente, dejando intactos los depósitos de combustible que abastecían a la Rota del Pacífico y sin localizar a los portaaviones norteamericanos. En la batalla del mar del Coral, que tuvo lugar unas semanas antes de M idway, una victoria táctica japonesa desem bocó en una derrota estratégica cuando los japoneses, perplejos ante la ferocidad de la resistencia norteamericana y la pérdida de decenas de sus mejores pilotos aeronavales, pospusieron la invasión de Port Moresby. Tanto la batalla de M idway como el posterior y monumental enfrentamiento en el golfo de Leyte vieron el fracaso de las tácticas japonesas sobre todo porque los nipones optaron por dispersar sus fuerzas en la ingenua creencia de que se podía destruir al enemigo mediante el engaño y no en un choque frontal:

 

 

Sobrevaloraban la sorpresa, que tan bien les había funcionado al prin­ cipio, y suponían que podían conseguirla siempre. Les encantaban las maniobras de diversión, que sus fuerzas apareciesen en los lugares más extraños para confundir al enemigo y sacarlo de sus bases. Creían que

 

 

 

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una batalla decisiva en el mar se regía por los mismos principios que una batalla decisiva en tierra: conducir al enemigo a una situación táctica desfavorable, cortarle la retirada, atacar por los flancos y, luego, con­ centrarse en su aniquilación (S. Morison, Coral Sea, Midway, and Submarine Actions, May 1942-August 1942, p. 78).

 

La movilidad y estratagemas de los japoneses eran reflejo no sólo de la famosa sentencia del almirante Yamamoto acerca de la capacidad industrial de ambos beligerantes, quien afirmó que podría lograr que durante seis meses el Pacífico se convirtiera en un infierno, pero que, a partir de ese momento, no podía prometer nada. A l contrario, casi todos los estrategas serios del ejército japonés admitían sentirse m uy incómodos con la guerra abierta que los enfrentaba a británicos y norteam ericanos, situación m uy novedosa que los obligaba a continuos choques frontales con la flota angloestadounidense. En 1941, en el alto mando japonés nadie parecía consciente de que un ataque por sorpresa conduciría inevitablemente, a ojos de los norteamericanos, a una guerra total en la que los Estados Unidos combatirían por destruir a su adversario o harían frente a la aniquilación en el intento. A lo largo de la historia y desde que Jerjes invadiera Grecia, los no occidentales han caído en el error de suponer que las democracias son débiles y pusilánimes. Aunque tardan en dejarse llevar por la ira, normalmente, los gobiernos constitucionales occidentales prefieren una guerra de aniquilación -para barrer a los melios del mapa del Egeo, sembrar de sal el suelo de Cartago, convertir Irlanda en una tierra casi baldía, destruir Jerusalén antes de reocuparla, confinar a toda una cultura, la de los nativos norteamericanos, a las reservas, reducir a cenizas las ciudades japonesas- y son adversarios mucho más mortíferos que los autócratas o los m onarcas militaristas. Pese a alguna demostración brillante del uso de las estratagemas y la sorpresa y a grandes éxitos en las “maniobras bélicas indirectas” - la gran incursión de Epaminondas en Mesenia (369 a.C.) y la marcha de Sherman hacia el mar (1864) son ejemplos notables-, los militares occidentales continúan creyendo que el modo más económico de librar una guerra consiste en encontrar al enemigo, reunir fuerzas suficientes para aplastarlo y, a continuación, avanzar directa y abiertamente y aniquilarlo en el campo de batalla, lo que forma parte de una tradición cultural que apuesta por concluir las hostilidades rápida, de­ cisiva y definitivamente. Estudiar las operaciones navales norteamericanas en la Segunda Guerra Mundial es catalogar una serie de esfuerzos continuos por avanzar hacia el oeste, en dirección ajapón, localizar y destruir la flota japonesa, arrancar al Estado japonés todos los territorios que había ocupado y llegar hasta la metrópoli del imperio. Además, los marinos norteamericanos que lucharon en M idw ay no eran más que la prim era oleada de una enorme m area que haría ingresar en las fuerzas armadas a más de doce millones de ciudadanos.

 

 

Igual que los romanos después de Cannas o las democracias durante la Primera Guerra Mundial, los representantes políticos norteamericanos habían votado por ir a la guerra contra Japó n . Las encuestas revelaron que la ciudadanía apoyaba de forma casi unánime una guerra de aniquilación contra los perpe­ tradores del ataque a PearI Harbor. En los Estados Unidos, además, se cele­ braron elecciones durante el conflicto, mientras el gobierno electo ponía en marcha una de las revoluciones industriales y culturales más radicales de la historia de la república, al transformar el país en una enorme planta de producción de armas.

 

Los japoneses, por el contrario, sólo de manera esporádica habían adoptado las ideas de gobierno constitucional y militarismo cívico que imperaron en la Europa del siglo XIX . Luego, en efecto, bajo los regímenes militaristas de la dé­ cada de 1930, las desecharon definitivamente. Los teóricos militares japoneses sostenían que para conseguir un ejército numeroso e imbuido de moral, y más en consonancia con sus propias tradiciones culturales, había que inculcar en todos los ciudadanos una devoción fanática por el em perador y la creencia en la inevitable hegemonía del pueblo japonés. Sólo unos cuantos oficiales sabios y omniscientes podían apreciar el espíritu guerrero de los japoneses, y la mayoría de ellos no veían la necesidad de que el pueblo debatiera la conveniencia de atacar a la potencia industrial más grande del mundo:

 

 

Los occidentales no se daban cuenta de que bajo un barniz de moder­ nización y occidentalización, Japón continuaba siendo oriental. Su paso del feudalismo al imperialismo había sido tan precipitado que sus líderes, a quienes de Occidente sólo interesaban sus métodos y no sus valores, no tenían ni tiempo ni deseo suficientes para desarrollar el liberalismo y el humanismo (J. Toland, The RisingSun [El Sol Naciente], vol. 1, p. 74).

 

Tras la batalla de Midway, al pueblo japonés se le ocultó la magnitud del de­ sastre - a los heridos se los mantuvo en régim en de aislam iento- y sólo se habló de la “gran victoria” de las Aleutianas. M uy al contrario, el electorado estadounidense no sólo recibió detalles muy concretos de la batalla, sino que, a través de un periódico importante, pudo averiguar una información tan vital como que, antes de comenzar la lucha, su ejército había logrado desvelar los códigos cifrados que protegían las comunicaciones de la armada japonesa. En el bando japonés, el individualismo estaba sometido al consenso de grupo:

 

Com o [los líderes japoneses] estaban imbuidos de la ideología nacio­ nalista, les resultaba m uy difícil, si no imposible, analizar la situación militar de un modo frío, realista, científico. La instrucción militar hacía hincapié en la “movilización espiritual” -Seishin Kyoiku- como el aspecto

 

 

 

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más importante en la preparación de las tropas para la batalla. Básica­ mente, esa movilización consistía en un adoctrinamiento en el espíritu y los principios de la ideología nacionalista japonesa: la identificación del individuo con la nación y su subordinación a la voluntad del empe­ rador. Era la continuación de un proceso que había comenzado mucho antes, en las escuelas. En Japón, una de las razones de la existencia del servicio militar era que, gracias a él, los militares tenían oportunidad de instruir a casi toda la población masculina en los ideales del bushido y del kodo (la doctrina imperial) (S. Huntington, The Soldier and the State [El soldado y el Estado], p. 128).

 

 

A       consecuencia de ello, durante la m ayor parte de la guerra, Japón desplegó fuerzas muy numerosas y tropas muy motivadas. En las operaciones de Midway, por ejemplo, intervinieron muchos más japoneses que norteamericanos, y con tanta moral y ganas de combatir como ellos. Pero la ausencia de un militarismo cívico, es decir, de la idea de que una ciudadanía libre votase un gobierno de consenso que estableciera las condiciones de prestación del servicio militar, daba como resultado un tipo de combatiente muy distinto: a menudo un fanático estereotipado y no alguien que estaba sujeto a unas obligaciones contractuales, que anteponía el ánimo a la fría razón, la uniformidad a la individualidad, que, además del sacrificio, abrazaba el suicidio de buen grado, que aceptaba el credo oficial que prefería un espíritu nacionalista anónimo a los decretos honoríficos personales y la mención individual. Todas estas diferencias culturales tan sutiles se pondrían de manifiesto en M idw ay y contribuyen a explicar por qué un enemigo numéricamente muy superior sufrió una derrota tan rotunda.

 

Se ha concedido gran importancia a la, al parecer, gran desventaja de Japón en recursos naturales, al hecho de que tuviera menor población que los Estados Unidos y al pequeño tamaño de su territorio nacional. Pero en Midway, Japón tenía, gracias a su recién adquirido imperio, abundante combustible para sus barcos y víveres de sobra para sus marinos, mucho más numerosos que los norteamericanos. Además, debemos recordar que Japón tenía casi la mitad de habitantes que los Estados Unidos, que su floreciente imperio le reportó amplios suministros de caucho, petróleo y metales estratégicos, y que llevaba casi una década de ventaja en la form ación de un gran ejército. En 1941 la frontera rusa estaba muy tranquila, y en 1941 y 1942 una enorme parte de Manchuria mantuvo una paz relativa, de modo que, a efectos prácticos, Japón se enfren­ taba a un único adversario: las tropas angloestadounidenses del Pacífico. Para los Estados Unidos, que dedicaban la mayor parte de su equipo y de sus fuerzas armadas a derrotar a alemanes e italianos y a abastecer a británicos, chinos y soviéticos, y que, además, combatían a miles de kilómetros de su metrópoli, la situación era muy distinta. Era este país, y no Jap ó n , el que se veía en la

 

 

nada envidiable coyuntura de librar una guerra en dos frentes, con adversarios temibles y aliados más débiles. Si los Estados Unidos adoptaron sin rodeos una política que apostaba por derrotar primero a los nazis, Japón dedicó casi todos sus recursos a atacar a las fuerzas angloestadounidenses en Asia y el Pacífico. Durante más de medio siglo, los japoneses habían llevado a cabo sendas transferencias de las prácticas económicas y militares occidentales y habían desarrollado una marina moderna y una compleja economía industrializada. Al menos durante un breve período de uno o dos años, esta adaptación de tecnología europea les permitió competir con cualquier potencia militar europea, como atestiguan sus asombrosas victorias navales en los seis primeros años de guerra en el Pacífico. A l poco de comenzar el conflicto, Jap ó n había asegurado sus fuentes de materias primas y sus fuerzas armadas vencían en todos los frentes, amparadas en una religión que predicaba la superioridad racial, los valores marciales y el destino imperial de los japoneses.

 

El fervor religioso, el bushido, el haraquiri o las prácticas de hundirse con el barco o atacar al modo kamikaze otorgaban a los japoneses gran arrogancia en la victoria y un sincero fanatismo y fatalismo en la derrota. Pero esos hábitos y actitudes solían tener consecuencias negativas para la evolución práctica de la guerra y, como se demostró, no servían como contrapartida al individualismo audaz de su “decadente” adversario. Aunque un almirante pierda sus buques, su inteligencia sigue haciendo falta. Los pilotos veteranos son más valiosos como instructores que como aviadores suicidas. Los oficiales jóvenes pueden aportar más a su ejército hablando que silenciando su opinión; valorar una derrota en vez de aceptar la culpa de la misma puede ser vergonzoso, pero, en la guerra, suele ser indispensable; un general sagaz se lleva sus conocimientos a la tumba cuando se hace el haraquiri. De igual modo, los marinos japoneses vivieron experiencias de prim era mano que los almirantes debieron escuchar; a los que planificaron la guerra les habría ido mejor con un electorado informado y atento; y discutir de estrategia con el em perador habría sido sin duda más fructífero que inclinarse en su presencia.

 

Pese a apelar a la creación de una Gran Esfera de Coprosperidad de Asia Oriental entre los pueblos conquistados de China, Corea, el sureste asiático y las islas del Pacífico, Jap ó n carecía de una tradición de ciudadanía libre con derecho a voto y jam ás pensó en la posibilidad de que los ciudadanos asiáticos no japoneses pudieran incorporarse a su ejército y recibir las mismas garantías y libertades constitucionales que los propios nipones. Jap ó n viviría y moriría en aras de una identidad racista, definiendo, y demonizando, a los norteame­ ricanos como “blancos” y a sus propios ciudadanos como miembros de un pueblo “ am arillo” superior a todos los demás. En la época de la batalla de Midway, en Japón no había prensa libre ni elecciones, sino una dictadura militar que estaba, de modo patente, a entera disposición de un rey emperador.

 

 

 

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A       consecuencia de ello se produjo una anomalía fascinante: tras la alegría inicial con que celebraron los éxitos de sus libertadores asiáticos, los países vecinos de Japón, que llevaban décadas sometidos al oneroso racismo e imperialismo de franceses, holandeses, alemanes, británicos y norteamericanos, se inclina­ ban más por la colaboración con los norteamericanos “blancos” que con sus her­ manos asiáticos japoneses. A l fin y al cabo, el gobierno electo de los primeros acaso podría, con el correr de los años, ampliar la independencia a los súbditos de sus países satélites. La dictadura nipona, que se definía a sí misma en términos racistas, sólo auguraba la explotación económica, sin ninguna posibilidad de equidad en ningún tiempo futuro. Es más probable que cambien y evolucionen los corazones de los hombres que viven en dem ocracia que la voluntad de un emperador.

 

Si, en teoría, los norteamericanos eran más una cultura que una raza (aunque a los negros, por ejemplo, se les continuaba negando de forma vergonzosa el derecho al voto en muchos estados norteamericanos y en el Pacífico padecieron una segregación que a menudo les im pedía desem peñar otro papel que el de cocineros o cam illeros), el credo del m ilitarismo japonés residía en la asunción implícita de la innata superioridad racial de los japoneses sobre los pueblos asiáticos “inferiores” . Si Jap ó n hubiera acogido la tradición dem o­ crática occidental y un cambio cultural que apostase por el individualismo y la autoexpresión, bien podría haber galvanizado a los países de su área de influencia en contra de la codicia de los europeos -claro que, en un escenario ficticio como éste, no habría habido necesidad de una Segunda Guerra Mundial en el Pacífico-.

 

 

Si la falta de tradiciones liberales supuso un obstáculo para el esfuerzo de guerra que los japoneses pusieron en m archa el 4 de junio de 1942, fue la reglamentación de la propia cultura militar japonesa, lastrada por una carencia absoluta de individualismo, la que resultaría crítica en una batalla como Midway, caracterizada por la rapidez y las grandes distancias. Un examen detallado de este enfrentamiento sugiere que la fe intrínseca de los norteamericanos en el individualismo, producto a su vez de una larga tradición de gobierno de consenso y de libertad de expresión, en todos y cada uno de los momentos cruciales de la batalla resultó decisiva. Más que la suerte, la sorpresa o lo accidental, es el poder del individuo lo que explica la increíble victoria de los estadounidenses.

 

 

IM PROVISACIÓN E INICIATIVA INDIVIDUAL EN MIDWAY

 

Sugerir que, en M idway, los norteamericanos se comportaron de un modo absolutamente individualista mientras los marinos y pilotos japoneses actuaban como autómatas irreflexivos sería una caricatura de la com pleja relación de

 

 

 

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los soldados con el Estado. L a obediencia forma parte de la naturaleza de la vida castrense de casi todas las culturas. Sin una cadena de mando, no puede haber órdenes ni disciplina militar. La marina norteamericana que combatió en tylidway era muy disciplinada y la arm ada japonesa contaba con miles de soldados imaginativos e inteligentes que dieron lo mejor de sí mismos para remediar el desastre del 4 de junio.

 

Dicho esto, la cultura japonesa tenía una noción de individualismo muy distinta a la que suele entenderse, no en vano habían pasado siglos sin que sus ciudadanos considerasen la necesidad de contar con representantes electos, escribir en libertad, decir lo que pensaban y manifestarse espontáneamente ante cualquier agravio:

 

 

La voluntad de subordinar el individuo al grupo, de sacrificar los intereses individuales por el bien de la familia, la ciudad y la nación (bien entendido que, en caso de incompatibilidad de intereses, los del grupo de mayor tamaño debían imponerse), se unía a la importancia de mantener la armonía de la familia, la ciudad y la nación y al hecho de considerar que cualquier amenaza a la unidad era moralmente reprobable, y que aquel que desencadenaba un conflicto mediante el desafío al statu quo era, necesariamente, un malhechor (R. Dore, LandReform inJapan [Reforma agraria en Japón], p. 393).

 

 

Incluso aquellos especialistas que disienten de la visión estereotípica y euro-céntrica según la cual los japoneses daban poco valor al individualismo y, por tanto, al gobierno de consenso admiten que los japoneses tenían una noción de individuo distinta a la de Occidente:

 

Para el lector occidental, incluso para aquel que vivió en Alem ania en la década de 1930, la autoritaria pirámide en que se apoyaba el ejército japonés, basada en estas comunidades estratificadas, debía de resultar sofocante y represiva. ¿Cuántos de nosotros habríamos estado dispuestos a subordinar completamente nuestra individualidad a la familia, la ciudad y la nación? Y sin embargo, no hay motivos para afirmar que aquellos japoneses que no pertenecían al estrato más prominente de aquella sociedad orgánica creyeran que estaban oprimidos, o sometidos a una dictadura, o, si lo hacían, que les importara (R. Smethurst, A Social Basis for PrewarJapanese Militarism, p. 182).

 

 

No es nuestra intención sugerir que los soldados japoneses, muy motivados y disciplinados, en general valerosos y dispuestos, sin excepción, a morir por su emperador, fueran guerreros menos capaces que los norteamericanos. Pero sí,

 

 

 

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en cam bio, que en una batalla tan am plia y com pleja como M idway, y en realidad, durante toda la Guerra del Pacífico, la flota imperial dejó pasar muchas oportunidades por una falta de iniciativa que resultaba endém ica entre los militares japoneses, un rasgo característico y nada excepcional de la sociedad japonesa en general. Mitsuo Fuchida y Masatake Okumiya, oficiales de alta graduación de la armada japonesa, ofrecen un análisis digno de un Tucídides sobre la derrota de la marina imperial en Midway:

 

En última instancia, la causa principal de la derrota de Japón no sólo en la batalla de Midway, sino en la guerra, reside en el carácter nacional japonés. H ay en nuestro pueblo una irracionalidad y una impulsividad que desembocan en acciones que con frecuencia resultan extrañas y a menudo contradictorias. Una tradición provinciana nos hace dogmáticos y cortos de miras, reacios a descartar los prejuicios y lentos a la hora de adoptar incluso las m ejoras necesarias si exigen nuevos conceptos. Indecisos y vacilantes, caemos con facilidad en el engaño, lo que a su vez nos hace desdeñar a los otros. Oportunistas pero carentes de un espíritu atrevido e independiente, estamos acostumbrados a depender de los demás y a agachar la cabeza ante nuestros superiores (M. Fuchida y M. Okumiya, Midway, the Battle that DoomedJapan, p. 247).

 

 

En al menos cuatro hechos esenciales - la descodificación del código cifrado de la arm ada japonesa, la reparación del portaaviones Yorktown, la naturale­ za del mando naval norteam ericano y el comportamiento de los pilotos norteamericanos-, la fe de los estadounidenses en el individualismo por enci­ ma del consenso de grupo, en la improvisación en lugar de en los planes pre­ concebidos y en la flexibilidad más que en las jerarquías resultó decisiva en Midway.

 

 

 

 

LOS DESCIFRADORES

 

El contraste más evidente se produjo en el crítico ámbito de los servicios de inteligencia, que acaso decidieron la batalla antes de que llegase a comenzar. L a descodificación de mensajes cifrados, en contraposición a las labores de espionaje en territorio enemigo y a las tareas que en general llevan a cabo los servicios de inteligencia, es un arte muy refinado. Se requieren complejas habilidades matemáticas, profundos conocimientos lingüísticos, conciencia histórica y social del contexto en que se transmiten los mensajes secretos, estar familiarizado con la mecánica de las transmisiones de radio y un gran sentido común para distinguir lo probable de lo probado. El ejemplo de los brillantes

 

 

 

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esfuerzos de los británicos por desentrañar el sistema de cifrado alemán - la tarea de descodificación de los mensajes telegrafiados de la Wehrmacht que con el nombre clave de U L T R A se llevó a cabo en Bletchley Park - ilustra hasta qué punto los m ejores descifradores suelen ser personas individualistas, a menudo reflexivas y excéntricas, y pertenecientes a todos los ámbitos de la sociedad, aunque con exceso se los represente como sabios recluidos en los departamentos de lenguas o ciencias matemáticas de las universidades.

 

Mentes tan creativas funcionan mejor cuando se les concede cierta autonomía y se les permite una relajación general del protocolo exigido por la disciplina militar. Normalmente, al descifrador no sólo le molesta la reglamentación tí­ pica de la vida castrense, sino que es completamente opuesto a ella. Los crip-toanalistas de la m arina norteam ericana, con su inform alidad y falta de convencionalismos, se asemejan mucho a los heterodoxos marginados que, cuarenta años más tarde, pusieron en m archa la revolución inform ática en Silicon Valley. Seguram ente, no es ninguna casualidad que, de todos los beligerantes de la Segunda G uerra M undial, los descifradores británicos y norteam ericanos, que contaban con universidades independientes y con departamentos de criptoanálisis que se remontaban a la Primera Guerra M un­ dial, fueran los más competentes, y los japoneses, los menos.

 

Antes de que la flota japonesa llegara siquiera a aproximarse a Midway, el alto mando norteamericano conocía aproximadamente la localización, dirección, calendario y objetivos de la escuadra de Yamamoto. Los frenéticos esfuerzos de los estadounidenses por fortificar y equipar las antaño abandonadas islas M id­ way con aviones, tropas y piezas artilleras; la rápida preparación de una con­ traofensiva naval; el fracaso de los submarinos japoneses a la hora de localizar y atacar a la flota norteamericana, y la segura travesía de los portaaviones de Nimitz hasta el punto estratégico donde se dispusieron a esperar a los buques japoneses, cuya llegada estaba próxim a, se produjeron porque la armada norteamericana consiguió descifrar los mensajes de telegrafía codificados de los japoneses. A mediados de mayo de 1942 Midway se llenó, de repente, de cañones, aviones y defensores, hasta el extremo de que resulta difícil imaginar que la fuerza de invasión japonesa hubiera podido tomar con facilidad la isla principal del atolón ni siquiera en el caso de que la armada japonesa hubiera conseguido hundir a los portaaviones norteamericanos.

 

Normalmente, se atribuye la responsabilidad principal del esfuerzo de la armada norteamericana por descifrar el código naval de los japoneses, conocido por el nombre dejN -25 y compuesto de unas 45.000 cifras de cinco dígitos, a los com andantesJosephJ. Rochefort y Laurence Safford. “Mis archivos no eran muy buenos”, confesó Rochefort sobre su trabajo, “lo tenía todo en la cabeza” (G. Prange, Miracle at Midway, p. 2o).Joseph Rochefort dirigía, en bata y zapatillas, la Unidad de Inteligencia de Combate de la Flota del Pacífico (conocida por

 

 

 

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el nombre de HYPO), órgano anormalmente autónomo situado en un sótano sin ventanas de la base de Pearl Harbor al que Laurence Safford encargó la des­ codificación de las transmisiones japonesas, dejándole las manos más o menos libres para que procediese como mejor le pareciera:

 

Resulta difícil determinar quién de los dos era más excéntrico. Safford, que se había graduado en la Academ ia Naval de Annapolis en 1916, era una de esas personas que constituyen la pesadilla de los sastres militares y de las organizaciones en las que debe im perar el orden. Llevaba el cabello al estilo “profesor chiflado” y farfullaba las frases, porque su boca era incapaz de seguir el ritmo de su mente. Su fuerte era la matemática pura. Rochefort era un hambre de maneras amables, serio y atento, pero también contumaz, enérgico e impaciente con las jerarquías y la burocracia. Su mente desconocía las lim itaciones de todo oficial que ha recibido una instrucción ortodoxa (D. van der Vat, The Pacific Campaign, World War 11 [La cam paña del Pacífico, Segunda Guerra Mundial], pp. 88-89).

 

 

El bien avenido grupo de Rochefort recibió un gran apoyo del almirante Nimitz, un personaje muy tradicional al que en modo alguno m olestaba la peculiar organización de la HYPO ni el aspecto de sus hombres. Por el contrario, aquel conjunto de librepensadores de aspecto extraño y tan poco militar despertaba suspicacias en muchos miembros del alto mando de la armada: al almirante King no le impresionaba demasiado su labor. Ahora bien, resulta imposible imaginar a sus homólogos en la marina japonesa, en la que la falta de formalidad, el desprecio del protocolo, la peculiar apariencia, la falta de archivos minuciosos y el desdén generalizado por la vida castrense no habrían encontrado excusa ni aun con la premisa de que tal colección de intelectuales y excéntricos necesitaba esa libertad y relajación para contribuir al esfuerzo de guerra.

 

Los historiadores más serios de la batalla de M idway no vacilan en atribuir la mayor responsabilidad de la victoria norteamericana a la labor de Rochefort. Samuel Eliot Morison concluye: M idway “fue una victoria de la inteligencia, aplicada sabiamente y con valentía” (Coral Sea, Midway and Submarine Actions, May 1942-August 1942, p. 158). Los historiadores y veteranos japoneses Mitsuo Fuchida y Masatake Okumiya coinciden en el mismo análisis sobre la primera gran derrota de los japoneses en la época moderna:

 

No hay la menor duda de que el descubrimiento del plan de ataque japonés fue la causa principal de la derrota de Japón . Desde el punto de vistajaponés, este éxito del servicio de inteligencia enemigo implicaba un fracaso por nuestra parte, fracaso a la hora de tomar las precauciones

 

 

 

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adecuadas para mantener nuestros planes en secreto. [...] Pero fue una victoria del servicio de inteligencia norteamericano en un sentido mucho más amplio. Tan importante como los logros que, desde un punto de vista positivo, obtuvo la inteligencia enemiga en esta ocasión, fueron, desde un punto de vista negativo, el mal funcionamiento y la ineficacia del servicio de inteligencia japonés (Midway, the Battle that DoomedJapan, p. 232).

 

El individualismo demostrado por Joseph Rochefort y su grupo, y su capacidad y libertad para actuar con éxito en el seno de las fuerzas armadas norteameri­ canas son representativos de la importancia que en Occidente se concede a la expresión y a la iniciativa individuales, dividendos ambos del gobierno constitucional, el capitalismo de mercado y la libertad personal. Cientos de bravos marinos japoneses murieron abrasados porque un oficial que trabajaba en zapatillas supo que se aproximaban.

 

 

 

 

LA REPARACIÓN DEL YORKTOWN

 

Si gracias a su servicio de inteligencia los norteamericanos supieron de ante­ mano el plan de ataque japonés, la asombrosa reparación del Yorktown, que se encontraba muy dañado, les permitió contar con tres y no con dos portaavio­ nes para enfrentarse a los cuatro buques de este tipo del almirante Nagumo. Sin el papel fundamental desempeñado por los escuadrones del Yorktown en el hundimiento de los portaaviones japoneses y el hecho de que el buque atrajera sobre sí toda la contraofensiva japonesa, librando de ella, al mismo tiempo, al Enterprise y al Hornet, la batalla podría haberse perdido. Los constantes duelos aéreos de los cazas Wildcat de Jim m y Thatch, el soberbio desempeño de los bombarderos en picado SBD de M ax Leslie y el sacrificio de los Devastator de Lem M assey no habrían sido posibles si el buque al que pertenecían no hubiera sido sometido a un innovador trabajo de reparación en los muelles de Pearl Harbor pocos días antes.

 

El Yorktown había sufrido graves desperfectos menos de un mes antes de Midway. El 8 de mayo, en efecto, durante la batalla del mar del Coral, el buque había recibido el impacto directo de una bomba y numerosos impactos cercanos le habían causado un gran deterioro. Los bom barderos navales japoneses habían destrozado su cubierta de vuelo, destruido diversas galerías y mamparos y perforado el blindaje de sus costados. A causa de los daños, no podía rebasar los 25 nudos: las bombas que cayeron cerca de él habían actuado igual que cargas de profundidad, rom piendo conductos de combustible y causando enormes filtraciones. Además, tenía el cableado eléctrico y los depósitos de combustible destrozados. Sus escuadrillas aéreas, por lo demás, habían

 

 

 

 

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sido diezmadas por el fuego antiaéreo y los aviones japoneses. Los daños del buque eran tan graves que la armada japonesa estaba convencida de que se había hundido poco después del combate del mar del Coral. Pese a todo, el Yorktown consiguió llegar a Pearl Harbor el 27 de mayo.

 

La m ayoría de los técnicos norteamericanos calculaban que la reparación del buque podría demorarse al menos tres meses, quizá seis si se quería recuperar el estado que mantenía antes de la batalla. Pero los trabajos comenzaron minutos después de que el Yorktown entrase en el dique seco de Pearl Harbor. Antes de que el agua hubiera salido completamente del astillero, los operarios, los técnicos de mantenimiento y los diversos responsables de las empresas fabricantes, acompañados por el propio almirante Nimitz, se paseaban ya por el enorme buque para inspeccionar los daños y preparar el material necesario para la reparación. Miles de agendas comenzaron a llenarse con el trabajo previsto para los próximos días:

 

 

En el casco y en el interior del buque se pusieron a trabajar más de 1.400 operarios entre carpinteros, mecánicos, soldadores y electricistas. Junto a los trabajadores del astillero, actuaron por turnos durante el resto de aquel día y del siguiente, con sus dos noches correspondientes, construyendo los mamparos y las planchas necesarias para que el barco recuperase su resistencia estructural y sustituyendo los cables, fijaciones e instrumentos dañados por las explosiones (S. Morison, Coral Sea, Midway and Submarine Actions, May ig42-August 1942, p. 81).

 

Los habitantes de Oahu se quejaron de los cortes de corriente, y es que todos los recursos eléctricos de la isla se pusieron a disposición de los cientos de sol­ dadores que trabajaban en el Yorktown. Gran parte de los trabajos se desarro­ llaron de manera improvisada, sin programa previo, sin esperar instrucciones:

 

No había tiempo para planes o bosquejos. Los hombres trabajaban directamente sobre las vigas y las barras de acero que llegaban al barco. Cuando se procedía sobre una zona dañada, los fogoneros retiraban las partes más deterioradas, los carpinteros preparaban una nueva pieza, la cortaban para que encajase perfectamente, y los ajustadores y soldadores la colocaban. Luego se pasaba a la siguiente tarea (W. Lord, Incredible Victory, pp. 36-37).

 

 

Como resultado de ello, la mañana del sábado 30 de mayo de 1942, el Yorktown, tras 68 horas y con muchos electricistas y mecánicos todavía a bordo, abandonó el dique seco equipado con nuevos aviones y pilotos de reemplazo. Los últimos operarios abandonaron el buque en lanchas motoras cuando se alejaba del puerto

 

 

 

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para enfrentarse a los portaaviones de Nagumo. Para celebrar aquella hazaña asombrosa, la banda del buque, que se dirigía hacia el oeste y no hacia el este, como antaño se había prometido a la tripulación, formó sobre la recién remendada cubierta de vuelo y tocó, en un gesto lleno de ironía, “California, Here I Com e” .

 

L a reacción de los japoneses ante la pérdida de pilotos y los desperfectos sufridos tras la batalla del mar del Coral por sus dos más nuevos y mejores portaaviones, el Shokaku y el Zuikaku, no pudo ser más distinta. Del Shokaku, que arribó a la base naval de Kure diez días antes que el Yorktown a Pearl Harbor y con muchos menos daños estructurales, el capitán Yoshitake Miwa, coman­ dante aéreo de la flota, afirmó que, aunque los daños no eran graves, harían falta tres meses para repararlo. Su buque gemelo, el Zuikaku, aunque apenas sufría ningún deterioro, había perdido al 40% de sus aviadores en el mar del Coral, de modo que se pasó toda la batalla de M idway descansando en puerto, y en excelentes condiciones, a la espera de nuevos aviones y pilotos de reemplazo. El contraste entre la respuesta de norteamericanos y japoneses ante la necesidad de reparar los daños sufridos en la batalla del mar del Coral no pudo ser mayor:

 

 

[Nimitz] debía recurrir a todos sus portaaviones disponibles, de ahí la energía, la urgencia y la presión ejercida para poner al maltrecho Yorktown en situación de combate. Fue una labor enorme y una victoria previa espectacular. En cambio, los japoneses se demoraron en la reparación del Shokaku y con los reemplazos del Zuikaku, confiados en que podían desencadenar un infierno sobre la Flota del Pacífico de los Estados Unidos aun sin la ayuda de estos dos veteranos de Pearl Harbor (G. Prange, Miracle at Midway, p. 384).

 

 

Si los papeles se hubieran invertido, si los mandos con ideas modernas y los equipos de operarios hubieran estado en Kure y no en Pearl Harbor, el al­ mirante Nagumo se habría enfrentado a dos y no a tres portaaviones nortea­ mericanos con seis y no con cuatro portaaviones japoneses. En este supuesto, es difícil imaginar de qué modo habrían escapado el Enterprise y el Hornet al hundimiento.

 

Sabemos con cuánta brillantez actuaron los mandos norteamericanos que insistieron en la pronta reparación del Yorktown, pero los registros históricos suelen pasar por alto los cientos de decisiones individuales y la inteligente im provisación de los soldadores, remachadores, electricistas, carpinteros y oficiales de suministros que, por propio criterio y sin órdenes escritas, convirtieron un buque casi arruinado en un arsenal flotante que contribuiría a destruir a la Primera Fuerza de Ataque de Portaaviones del almirante Nagumo.

 

FLEXIBILIDAD EN EL MANDO

 

El vasto plan táctico del almirante Yamamoto para M idway era inflexible. Pocos -acaso ninguno- de sus subordinados más sagaces se esforzaron por convencerlo de que los efectivos de la armada estarían demasiado dispersos, de que en las operaciones de las islas Aleutianas se malgastarían aviones y buques que podrían resultar preciosos, y de que una estrategia que insistía en destruir a la flota norteamericana y, al mismo tiempo, en tomar varias islas que se encontraban a mil millas de distancia entre sí era contradictoria y absurda. Una larga tradición de deferencia hacia los superiores, unida al enorme prestigio adquirido por Yamamoto tras Pearl Harbor, im pedía cualquier debate serio, lo que podría haber redundado en al menos algunas modificaciones del plan. El contraalmi­ rante Kusaka, jefe del estado m ayor del almirante Nagumo, estaba al tanto de las reservas que en privado manifestaban muchos oficiales del alto mando japonés sobre los planes de Yamamoto: “El hecho era que el plan ya había sido decidido en el cuartel general de la Flota Combinada y nos vimos obligados a aceptarlo tal y como había sido diseñado” (G. Prange, Miracle at Midway, p. 28).

 

La rígida apuesta estratégica de Yamamoto casi era garantía de problemas tácticos, al tiempo que reflejaba la jerarquía institucional existente en el mando im perial, una jerarquía que desalentaba la iniciativa y el pensamiento inde­ pendientes. Los críticos del comportamiento de los mandos japoneses en Midway suelen centrarse en las principales decisiones que tomó el almirante Nagumo la mañana del 4 de junio, a saber: 1) su orden de enviar a la mayor parte de los cazas encargados de proteger a su flota junto a los bombarderos que atacaron las islas M idway; 2) su decisión de enviar contra M idway a los bombarderos de sus cuatro portaaviones sin mantener una reserva por si los portaaviones norteamericanos aparecían de repente, y 3) su fatal determinación de no hacer despegar a sus aviones en cuanto supo que los portaaviones enemigos estaban cerca para que pudieran sustituir sus bombas por torpedos. En los tres casos, Nagumo, que se suicidó en un búnker subterráneo de Saipán en junio de 1944, se limitó a seguir el procedimiento habitual de la armada japonesa, sin darse cuenta de que aquella batalla no se parecería en nada a sus pasadas victorias, conseguidas sobre adversarios cogidos por sorpresa, muy inferiores en número y faltos de experiencia.

 

 

En cuanto a los ataques sobre las islas Midway, el procedimiento estándar de operaciones japonés dictaba que las misiones de bombardeo recibieran una escolta masiva de cazas. Sin embargo, la mañana del 4 de junio se dieron sobre el cielo de M idway dos circunstancias que habrían exigido una modificación de ese procedimiento: en prim er lugar, los cazas que defendían M idway no eran muy eficaces; es decir, los bombarderos japoneses podrían haber conseguido sus objetivos con una mínima protección de sus cazas; en segundo lugar, al no

 

 

haber localizado aún a la flota norteamericana, era muy importante mantener una importante reserva de cazas sobre los portaaviones para protegerse de un posible ataque aeronaval. Sin embargo, ni Nagumo ni sus oficiales consideraron necesario alterar sus convicciones para adaptarse a las circunstancias.

 

Nagumo dedicó casi todos los aviones que tenía a su disposición a un objetivo inm óvil que no contaba con una fuerza de cazas o bom barderos capaz de poner en serios aprietos a la flota o a los aviones japoneses. Las inmóviles islas M idw ay no podían escabullirse del servicio de inteligencia de Nagumo ni tampoco, como las continuas e infructuosas misiones de bombardeo de aquella mañana demostraron, podrían haber hundido sus portaaviones. Por el con­ trario, los móviles y no detectados Enterprise, Hornet y Yorktown podían hacer ambas cosas.

 

Que Nagumo retuviera la mitad de sus bombarderos en previsión de un po­ sible ataque a la flota norteamericana y a la mayor parte de sus cazas sobrevo­ lando sus portaaviones en misión de vigilancia habría sido una m aniobra innovadora y poco ortodoxa. De ese modo, podría haber mantenido el ataque sobre M idway, aunque con menos efectivos y en salidas regulares, mientras com probaba si había buques norteamericanos en la zona. En la Guerra del Pacífico, lanzar al mismo tiempo todo cuanto se tenía era en ocasiones una estrategia muy acertada -los almirantes norteamericanos harían exactamente eso contra Nagumo al cabo de unos minutos-, pero sólo como maniobra pre­ ventiva contra los rápidos portaaviones, cuyos bombarderos en picado podían ser mortíferos; carecía de sentido contra islas cuyos aviones eran obsoletos y, según se había demostrado, incapaces de atacar con éxito un buque en alta mar. Nagumo, y en esto el enorme plan de Yamamoto merece gran parte de la culpa, se concentraba en un objetivo equivocado que podía causarle a él muy pocos daños, mientras descuidaba el blanco que acabaría por enviar a sus buques al fondo del océano.

 

Aún más crítica fue la decisión de rearm ar sus bom barderos en lugar de enviarlos rápidamente contra los portaaviones norteamericanos recién des­ cubiertos. La innegable ventaja de que los aviones llevasen torpedos en lugar de bombas se vio anulada inmediatamente por el hecho de exponer grave­ mente los cuatro portaaviones japoneses al mismo tiempo, pues, al cambiar las bombas por torpedos, sus cubiertas de vuelo quedaron repletas de explosivos y de aviones recién armados y abastecidos. A Nagumo también le preocupaba el hecho de que, si los hacía despegar inmediatamente, sus bombarderos no podrían contar con protección de cazas: los pilotos de estos aviones estaban exhaustos tras el ataque sobre M idw ay y las operaciones de protección aérea de sus portaaviones y también debían repostar. Sin embargo, los bombarderos en picado podrían, aun sin escolta, haber divisado a la flota norteamericana y algunos de ellos se las habrían arreglado para sortear las defensas antiaéreas

 

 

 

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e infligir algún daño a los buques enemigos. Fue el deseo de destruir al enemigo a toda costa y de mantener sus aviones lejos de una cubierta de vuelo que se había convertido en el blanco del adversario lo que hizo que, la tarde del mismo 4 de junio, el almirante Spruance lanzase todos los aviones disponibles del Enterprise y del Hornet contra el Hiryu. Y aunque no contaban con protección de cazas, los pilotos norteamericanos hicieron trizas el buque japonés.

 

Era una buena política atacar objetivos terrestres con bombas y los buques con los excelentes torpedos japoneses, pero la batalla rara vez concede tiempo a la buena política y, por el contrario, exige adaptación inmediata a las cir­ cunstancias. En una batalla de portaaviones, los aviones de la flota tienen que mantenerse en vuelo defendiendo a los buques y lejos de ellos para hundir al enemigo. Mitsuo Fuchida y Masatake Okum iya afirmaron: “Nagumo optó por lo que le parecía más ortodoxo y seguro, pero desde ese preciso momento sus portaaviones estaban condenados” (Midway, the Battle that DoomedJapan,

 

p.      237). M ás tarde, incluso el alm irante Kusaka adm itiría que retener un buen número de aviones listos y armados para despegar en cuanto los por­ taaviones enem igos fueran avistados habría sido una buena m edida de seguridad, pero afirmó que, en M idway, tal precaución parecía infundada: “ Nos hubiera parecido casi intolerable que el comandante en jefe retuviera indefinidam ente a la mitad de sus efectivos sólo por si acaso aparecía una fuerza enemiga que quizá ni siquiera se encontraba en la zona” (G. Prange, Miracle at Midway, p. 215).

 

Finalmente, los japoneses utilizaban los portaaviones y los acorazados de un modo convencional, fosilizado, que no se adaptaba a las realidades volátiles y en constante cambio de las batallas del teatro del Pacífico. En la guerra contra los norteam ericanos, los acorazados no podían ser em blemas del prestigio nacional cuya misión principal consistía en entablar batalla con otros acorazados y destrozar a cruceros y destructores. Por el contrario, eran más efectivos cuando actuaban en misiones de pantalla junto a los portaaviones, que en la guerra moderna eran mucho más valiosos, sumando su enorme arsenal antiaéreo a la protección de estos irreemplazables buques. Navegando junto a ellos, atraían sobre sí el primer ataque de submarinos y aviones (normalmente, los acorazados resultaban blancos muy atractivos para los pilotos, pero era muy difícil hacer blanco sobre ellos desde el aire, tenían un blindaje más grueso y eran menos vulnerables a los torpedos), al tiempo que servían para proteger los transportes de tropas y podían ablandar las defensas costeras con sus enormes cañones de 406 y 460 milímetros.

 

Si todos los acorazados de Yamamoto hubieran acompañado a los portaa­ viones de Nagumo y luego, durante la noche, se hubieran acercado a Midway para bombardear su aeródromo, es muy probable que los japoneses hubieran derribado muchos más bom barderos norteam ericanos, que éstos, además,

 

 

 

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hubieran repartido sus ataques entre los portaaviones japoneses y estos impresionantes buques, y que no hubiera existido una necesidad tan perentoria de lanzar aviones sobre las islas Midway, sometidas ya al constante bombardeo naval de los acorazados. Y sin embargo, los acorazados de Yamamoto no entraron en acción. Durante la mayor parte de la guerra, los enormes Yamato y Mushasi y los demás acorazados japoneses no fueron más que activos desperdiciados y rara vez fueron desplegados de m anera eficaz en cualquiera de las grandes batallas del Pacífico. Los norteamericanos, en cambio, actuaron de forma distinta. Tras el desastre de Pearl Harbor y el posterior hundimiento de los acorazados británicos Primee ofWalesy Repulse y de numerosos cruceros pesados a manos de las fuerzas aeronavales niponas, diseñaron un cometido totalmente nuevo para sus acorazados. A partir de 1942 aquellos mastodontes de la marina actuarían como escolta de los portaaviones siempre que fuera posible, como sucedió en Okinawa, donde los protegieron y atrajeron sobre sí una parte del ataque japonés, o para bombardear las defensas costeras, como ocurrió en las Filipinas y en las playas de Normandía.

 

Desde un punto de vista ideal, los portaaviones debían navegar en forma­ ciones separadas a fin de dispersar los ataques aéreos. Por desgracia, los japo ­ neses se aproxim aron a M idw ay del modo contrario, agrupando sus cuatro portaaviones en una franja muy estrecha incluso a pesar de que los acorazados navegaban a mucha distancia. Para ellos, habría sido mucho mejor formar dos o incluso tres grupos operativos, separados por no más de cincuenta millas a fin de coordinar los ataques aéreos. De ese modo podrían haber atenuado el efecto de los bombarderos en picado, como sucedió con los norteamericanos, cuya división en dos grupos operativos - e l Grupo Operativo 16 y el Grupo Operativo 17 - supuso que el Yorktown atrajese sobre sí todas las bombas japo ­ nesas, librando a los distantes Enterprise y Hornetde todo ataque. Cabe imaginar lo que habría sucedido en M idway si el resuelto y particularmente combativo almirante Yamaguchi se hubiera encontrado a cincuenta millas del Akagi y del Kaga, con un control directo sobre los efectivos del Hiryu y del Soryu y si cerca de doce acorazados hubieran protegido ambas fuerzas de portaaviones. Pero una táctica como ésa habría exigido una descentralización real y un mando supremo elástico, en lugar de una rígida jerarquía que situaba el poder absoluto en manos de un almirante que estaba virtualmente incomunicado.

 

L a cadena de mando norteam ericana era mucho más flexible y las órde­ nes del almirante de la flota lo suficientemente dúctiles como para admitir al­ teraciones en cuanto la batalla comenzase. Básicamente, Nimitz ordenó a los almirantes F ra n k J. Fletcher y Raym ond Spruance que, haciendo uso de la información que les había proporcionado el servicio de inteligencia, se situasen en el flanco de la flota japonesa, superior en número, la atacasen con todos sus efectivos y se retirasen en cuanto los acorazados japoneses acudieran en

 

 

 

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su ayuda. Los detalles del ataque -en realidad, hasta el orden de batalla de los buques- quedaban en manos de Fletcher y Spruance, los comandantes operativos. Las órdenes de Nimitz los inducían a “causar al enemigo el mayor daño posible valiéndose de tácticas de desgaste” . Sus ataques habrían de estar

 

“ regidos por el principio de riesgos calculados, que en este caso quiere decir que deben evitar que sus fuerzas queden expuestas al ataque de fuerzas ene­ migas superiores si no hay grandes probabilidades de infligir, a consecuencia de tal exposición, un daño superior a esas mismas fuerzas” (G. Prange, Miracle atM idway, pp. 99-100).

 

Si el almirante Nagumo se sentía obligado por el deber a lanzar un ataque “como es debido” , los almirantes Spruance y Fletcher enviaron contra los japoneses a casi toda la fuerza aeronaval de que disponían a la prim era oportunidad y por propia iniciativa. Es posible que esta acción fuera precipitada, pero se basaban en la convicción de que en la guerra de portaaviones el primer ataque es con frecuencia el más importante, ya que puede anular la capacidad de respuesta del enemigo y destruir la base de operaciones de cientos de aviones que acaso se encuentren ya en el aire.

 

Los desacuerdos eran infrecuentes en las altas jerarquías del almirantazgo japonés, pero cuando se producían solían dar lugar a tensiones que se mani­ festaban en formas contraproducentes y extrañamente ritualizadas: ofertas de dimisión o incluso de suicidio, esfuerzos del rival por asumir toda la culpa, determinación a hundirse con el propio barco para pagar un error táctico (du­ rante la campaña de Pearl Harbor, los almirantes Nagumo y Yamaguchi resol­ vieron una disputa sobre el despliegue de los portaaviones de este último con un combate de lucha). Los norteamericanos actuaban de un modo mucho más informal y relajado. El almirante Fletcher, por ejemplo, que se encontraba a bordo del dañado Yorktown, dejó en manos del almirante Spruance la decisión clave de cuándo hacer despegar a los aviones de la flota, sin rencor ni preocu­ pación por los honores de la victoria:

 

 

[Fletcher] sabía muy bien que el almirante que mandase aquellos barcos a la victoria naval más importante de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial se convertiría en un héroe popular y se aseguraría un lugar en la historia. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que ya no podía mandar sus unidades aéreas con plena eficacia, le entregó las riendas a Spruance. Fue un gesto desinteresado llevado a cabo en plena acción y que da idea de la integridad personal y el patriotismo de Fletcher. La reputación de Nimitz y Spruance ha ensombrecido un tanto la de Fletcher, pero él fue el vínculo entre los dos, un hombre de talento que demostró suficiente inteligencia y carácter para dejar las manos libres a un hombre de genio (G. Prange, Miracle atMidway, p. 386).

 

 

 

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Las tradiciones castrenses de los Estados Unidos y Japón concedían un gran valor al hecho de ejercer el mando supremo desde el propio campo de batalla

- una seña de identidad de los ejércitos occidentales desde que los generales hoplitas lucharon en primera línea junto a las falanges griegas-, pero los nor­ teamericanos estaban más dispuestos que los japoneses a abandonar cualquier formalismo en aras de la efectividad, sobre todo en un teatro de operaciones tan complejo y de la magnitud del de Midway. El almirante Yamamoto, autor de aquel plan inmanejable, viajaba a bordo del Yamato, pero, puesto que los japoneses ordenaron y respetaron el silencio de radio y el buque insignia del almirante en jefe navegaba lejos de sus portaaviones, apenas tuvo oportunidad de mantener una com unicación directa con los almirantes que llevaban el peso de la batalla. En Midway, Yamamoto mantuvo tanto control de los acon­ tecimientos com ojerjes desde su trono imperial del monte Egáleo en Salamina, y esto, aun con mucha menos inform ación que el m onarca persa sobre el desarrollo de la batalla.

 

Comparativamente, el almirante Nimitz pudo, desde Pearl Harbor, hacer una valoración casi inmediata de los acontecimientos de junio de 1942 y, en efecto, mantuvo un diálogo casi ininterrumpido con sus almirantes. De hecho, tanto por radio como físicamente, Nimitz estaba, desde su despacho de Pearl Harbor, más cerca de la acción de M idway que Yamamoto en su acorazado en mitad del océano Pacífico. Esa tradición japonesa según la cual el almirante en jefe debía ocupar el buque más poderoso de la flota (Yamamoto se encontraba en un acorazado, ¡durante una batalla de portaaviones!), la resolución con que un experimentado comandante de portaaviones se fue a pique con su buque y la aceptación sin reparos de los planes del alto mando podían ser prácticas muy disciplinadas y castrenses, pero no necesariamente eficaces desde un punto de vista militar. Como cualquier caudillo exaltado, Yamamoto trazó su plan, ordenó a sus subordinados que se ciñesen a él y luego, relativamente aislado y en mitad del silencio, navegó hacia la batalla en el enorme, ostentoso y mayormente irrelevante Yamato.

 

Por desgracia, sus adversarios prestaban poco crédito a la tradición samurái y optaron por mantener una comunicación electrónica constante y se dieron consejos ad hoc, mientras elaboraban nuevos planes de emergencia y, en alguna ocasión, se intercambiaban el mando. Estos almirantes preferían supervisar el completo abandono de sus buques y, por supuesto, perdían menos hombres cuando aquellos se hundían. Estaban más impacientes por obtener un barco nuevo que por irse al fondo del mar con el viejo y, en lugar de dejarse consumir por la derrota, extraían lecciones de ella. Cuando miles de sus marineros tra­ taban de encontrar salvación durante los últimos momentos de un barco que se hundía, les importaba muy poco que la fotografía del presidente Roosevelt fuera a reposar muy pronto en el fondo del Pacífico.

 

 

 

 

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No todas las batallas navales apelan a la imaginación y exigen un cambio de planes. Almirantes norteamericanos tan excéntricos, pugnaces e independientes como Halsey y Fletcher podían a veces -com o sucedió en las batallas del mar del Coral, Guadalcanal y golfo de L ey te - poner en peligro a sus flotas por pura agresividad. Pero, en general, es una verdad absoluta de las batallas de portaaviones, y en realidad de todas las batallas, que los combatientes no pueden conocer por completo y de antemano las fuerzas del adversario, lo que provoca que los planes queden obsoletos instantes después del primer disparo y que los méritos de la reacción, la improvisación y la iniciativa sean por lo general superiores a los del método, el consenso y el respeto a las jerarquías y el pro­ cedimiento. A este respecto, en el campo de batalla es mejor contar con soldados independientes que predecibles, con oficiales que se preocupan por saber qué puede ser más eficaz en cada momento en lugar de ceñirse a lo convencional y aceptado por todos.

 

 

 

 

LA INICIATIVA DE LOS PILOTOS

 

Los norteamericanos tenían aviones anticuados, muchos pilotos poco entrenados y poca experiencia en la guerra de portaaviones. Sin embargo, lanzaron sucesivos ataques aéreos en los que tripulaciones que hacían gala de un gran individualismo llevaron a cabo misiones impredecibles y emplearon métodos muy poco ortodoxos que consiguieron desbaratar a la metódica flota de portaaviones japonesa y conducir a su decisiva destrucción. Desde los buques japoneses todos los que observaron los ocho primeros y fútiles ataques norteamericanos sacudían la cabeza ante la poca profesionalidad demostrada por los pilotos con base en tierra o en el mar, y se quedaron de piedra al comprobar que, en la novena incursión y de manera insospechada, los bombarderos en picado aparecían para destruir su flota.

 

Los especialistas suelen señalar que los pilotos con base en M idway -que manejaban obsoletos Brewster Buffalo, Vaught Vindicator, nuevos torpederos Avenger, desfasados bombarderos en picado SBD, cazas Wildcat, bombarderos ligeros B -26 (llamados “Merodeadores”) y fortalezas volantes B - 17 - no infligieron grandes daños a la escuadra japonesa. Sin em bargo, sus ataques, aunque descoordinados, improvisados y poco diestros, se produjeron de un modo casi ininterrumpido, lo que sirvió para desguarnecer las defensas japonesas y tener ocupados a sus cazas, cuyos pilotos no tardaron en agotarse y en necesitar munición y combustible. Antes de que los portaaviones se incendiaran, desde el atolón de M idway se lanzaron no menos de cinco misiones de bombardeo y a menudo los pilotos partieron por propia iniciativa.

 

Poco después del mediodía del 3 de junio, es decir, un día antes de la batalla decisiva, nueve B-17 del ejército despegaron de M idway para atacar a la flota

 

 

 

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japonesa cuando todavía se encontraba a seiscientas millas de distancia. Los pilotos de estos aparatos no tenían experiencia de combate y, entre todos, llevaban menos de once toneladas de bombas. No consiguieron ningún blanco. Horas después, cuando los B-17 estaban ya de regreso, de M idway despegó un variopinto grupo de aviones de reconocimiento P B Y -que apenas sobrepa­ saban los 170 kilómetros por hora- a los que se les había hecho un estrafalario apaño de modo que pudieran ir equipados con un torpedo. Su intención era llevar a cabo un sorprendente ataque nocturno sobre la flota japonesa. Excepto ligeros desperfectos en un buque cisterna, esta segunda y aún más peculiar misión tuvo poco éxito.

 

A       las 7 de la mañana del día siguiente, cuando los aviones de los portaaviones japoneses se dirigían a Midway, del atolón despegaron dos escuadrillas de aviones torpederos Avenger y bombarderos B -26 en dirección a la flota de Nagumo. No tenían ningún plan de vuelo concreto y mucho menos una táctica conjunta. Desde el Akagi, el teniente O gawa pensó que su ataque fue completamente estúpido, opinión que se vio refrendada cuando los Zero de la flota imperial derribaron a la m ayoría de los Avenger y a uno de los cuatro B -26 . Una vez más, los norteamericanos no consiguieron ningún blanco.

 

Poco más de una hora después, quince B -17 sobrevolaron la flota japonesa para dar comienzo al cuarto ataque con bombarderos de los norteamericanos. Las fortalezas volantes dejaron caer sus bombas desde casi 7 .0 0 0 metros de altitud, pero sólo consiguieron aproximarse a sus blancos -m ás tarde, aducirían un fantasioso éxito-, sin lograr ningún impacto. Pocos minutos después, once decrépitos Vindicator de la marina prosiguieron con el bombardeo, a menos de doscientos metros de altitud, según la vieja táctica de planeo. Tampoco consiguieron ningún blanco.

 

Los cinco ataques lanzados desde M idway fueron improvisados y en ellos intervinieron pilotos de la marina y del ejército que volaron en al menos cinco tipos distintos de bom barderos, soltaron las bom bas a unas altitudes que oscilaron entre los 2 0 0 y los 7 .0 0 0 metros, no contaron con la preparación adecuada y llevaron torpedos defectuosos y bombas que no podían causar daños de im portancia a un buque blindado m oderno. Cuando las cinco misiones terminaron, los barcos japoneses seguían intactos y la mitad de los aviones con base en M idway se habían perdido, pero la escuadra nipona estaba exhausta tras varias horas de constante lucha y vigilancia y aún tenía que enfrentarse a las tres malogradas oleadas de Devastator del Enterprise, el Hornet y el Yorktown, que ya aparecían por el horizonte para iniciar sus igualmente im productivos ataques con torpedos. El capitán Fuchida y el comandante O kum iya resum ieron los ataques de los aviones procedentes de M idway, haciendo especial hincapié en lo ocupados que estuvieron los japoneses para repelerlos:

 

 

 

 

 

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En general, todos estábamos de acuerdo en que había poco que temer de las tácticas ofensivas del enemigo. Pero, paradójicamente, la ineficacia de aquellos ataques contribuyó en no poca m edida a la victoria final norteamericana. Descuidamos algunas precauciones obvias que, de haber respetado, habrían evitado el fiasco que se produjo pocas horas después. Después de todo, los sacrificios aparentemente fútiles de los aviones con base en tierra del enemigo no fueron en vano (Midway, the Battle that DoomedJapan, p. 163).

 

 

Como ya hemos visto, los pilotos de los aviones torpederos de los tres portaa­ viones norteamericanos improvisaron tanto como los que procedían de Midway, y, debido a la inferioridad de sus aparatos y a su falta de experiencia, sufrieron un destino semejante. Sin embargo, si las cosas hubieran discurrido con normalidad, pocos de ellos habrían localizado a la flota japonesa. Los cazas y bombarderos en picado del Hornet no consiguieron encontrarla; 45 aparatos, es decir, casi un tercio de los 152 que lanzaron el primer ataque, ni siquiera vieron al enemigo. Contactar por radio con M idway era difícil y después del despegue los pilotos no podían recibir datos actualizados, de modo que no supieron que el enemigo había cambiado de rumbo y navegaba en una dirección casi opuesta. Cuando, tras una hora o más de vuelo, los norteamericanos lle­ garan al lugar donde debían encontrar a los portaaviones japoneses, éstos se encontrarían a treinta o cuarenta millas al norte y, al menos en teoría, a salvo. Los bombarderos norteamericanos, por lo demás, se encontraban en el límite de su autonomía y volaban en una dirección equivocada.

 

Algunos comandantes de las fuerzas aeronavales de los Estados Unidos hicieron caso omiso de las órdenes y se lanzaron a la búsqueda de los japoneses confiados en su propia iniciativa. Jack Waldron, comandante del escuadrón de Devastator del Hornet, dijo a sus hombres: “Seguidme, yo os llevaré hasta ellos” (W. Smith, Midway, p. 102). Y, en efecto, los condujo hasta los japoneses, y también a la muerte. Gracias a su intuición, Jack Waldron encontró los buques japoneses, y supuso, correctamente, que Nagumo arrum baría al norte en cuanto tuviera noticias de la presencia de portaaviones norteamericanos en la zona. Aunque todos sus aviones fueron derribados, su acción contribuyó a que, mientras exterminaban a los norteamericanos, las escuadrillas de cazas japoneses que protegían sus portaaviones olvidaran el peligro en forma de bombarderos en picado que podría abatirse sobre ellos desde los cielos. Si Waldron no hubiera cambiado de rumbo, jamás habría encontrado a la flota enemiga y, por tanto, los japoneses habrían derribado con mucha más facilidad a las otras dos oleadas de aviones torpederos y habrían estado esperando a los SBD.

 

De igual modo; cuando Wade McClusky, que estaba al mando de los bom ­ barderos en picado del Enterprise, llegó al punto de reunión, situado a 155 millas

 

 

 

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de su portaaviones, sus aviones no encontraron a la flota japonesa. Por instinto, también él supuso que los portaaviones de la flota im perial habían cambiado de rumbo (lo ayudó, ciertamente, la estela del destructor japonés Arashi, que avanzaba a toda máquina en pos del contingente de Nagumo) y viró hacia el norte. Encontró a los portaaviones japoneses cuando tenía las reservas de com ­ bustible al límite. Si M cClusky no hubiera intuido el cambio de rumbo de los japoneses, si su intuición no hubiera sido acertada, o si hubiera volado en círculo tratando de establecer contacto por radio para pedir instrucciones, los bom barderos del Enterprise, como les sucedió a los del Hornet, no habrían desempeñado papel alguno en la lucha. El Akagi y el Kaga habrían escapado, y, sin duda, el Enterprise y el Hornet habrían sentido su ira muy pronto. No es de extrañar que George Murray, el comandante del Enterprise, calificase la iniciativa de M cClusky como “la decisión más importante de toda la batalla” (G. Prange, Miracle atMidway, p. 260).

 

Durante el bombardeo y cuando constaba que había que rematar a los barcos ya alcanzados o que, por el contrario, sus bombas encontrarían mejores blancos en los buques que aún estaban intactos, los pilotos estadounidenses tomaron, en cuestión de segundos, decisiones contrarias a sus órdenes. L a improvisación contribuyó al hundimiento del Hiryu y a que el crucero pesado Mogami sufriera graves daños. Los bom barderos norteam ericanos que los atacaron habían recibido la orden de lanzarse sobre otros objetivos.

 

A menudo, la audacia y el entusiasmo contagioso de los resueltos pilotos norteamericanos podían ser muy ineficaces cuando no abiertamente peligrosos, como demuestra lo sucedido con los ataques lanzados desde Midway. Varias de las improvisadas misiones realizadas por los B -17 fueron imprudentes y los pi­ lotos de una de ellas acabaron atacando un submarino norteamericano. La noche del 6 de junio, una escuadrilla de B -24 voló hacia la isla de Wake. El fracaso fue completo: los aviones no encontraron la isla y del general de brigada Cla-rence Tinker, comandante de la escuadrilla, nunca más se supo. No obstante, si comparamos el desempeño de los pilotos de aviones de reconocimiento, de caza y de bombardeo de las fuerzas norteamericanas y japonesas, no hay duda de que los primeros demostraron mayor capacidad de iniciativa y adaptación.

 

Y       en Midway, igual que sucedería en el resto de la Guerra del Pacífico, esa independencia reportaba buenos dividendos.

 

 

EL INDIVIDUALISMO EN LA DOCTRINA BÉLICA OCCIDENTAL

 

Los norteamericanos perderían decenas de portaaviones, acorazados y cruceros en los tres años que siguieron a Midway en los ataques llevados a cabo por los valerosos y brillantes marinos y pilotos japoneses, y es que los Estados Unidos

 

 

 

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buscaban la ruina de Japón y no sólo librarse de este país como amenaza militar. En Guadalcanal, Tarawa, Peleliu, Iwo Jim a, Okinawa y en las diversas acciones navales que tuvieron lugar en las islas Salomón, millares de norteamericanos de las tres armas del Ejército serían masacrados ante el asalto de tropas japo ­ nesas perfectamente organizadas. Sin embargo, hay un hecho que nos sigue asombrando: en menos de cuatro años, tras ser cogidos por sorpresa y absolu­ tamente faltos de preparación, los Estados Unidos, que destinaron la mayor parte de sus fuerzas al teatro de operaciones europeo y no recurrieron ni a cargas banzfli, ni a ataques kamikaze, ni a suicidios rituales, no sólo derrotaron al enorme y curtido ejército japonés, sino que destruyeron a la propia nación japonesa, poniendo fin a medio siglo de su existencia como formidable potencia militar y Estado industrial moderno. En aquellos tres años, la marina, el ejército y la fuerza aérea japoneses no sólo perdieron la guerra del Pacífico, sino que dejaron de existir.

 

A       resultas de todo ello, en agosto de 1945, Jap ó n estaba en mucha peor forma que un siglo antes, cuando, en 1853, el comodoro Perry arribó a la bahía de Tokio para espolear la occidentalización de la nación japonesa. Un siglo de occidentalización sin liberalismo no había llevado a Japón a la igualdad con las potencias occidentales, sino a su propia destrucción. En el logro brutal y sin precedentes que el ejército norteamericano había conseguido en 45 meses, resultó esencial una larga tradición de confianza en la iniciativa individual que contrastaba de manera muy marcada con el venerable énfasis oriental en el consenso de grupo, la obediencia a la autoridad im perial o divina y el sometimiento del individuo a la sociedad. M idway fue el principio del fin para los japoneses. En M idw ay perdieron a sus mejores aviadores, a muchas dotaciones de la fuerza aeronaval que eran irreemplazables y a la espina dorsal de su flota de portaaviones, y lo que es más importante, en tan sólo tres días, su confianza se resquebrajó hasta tal extremo que a partir de entonces cuando un buque norteamericano apareciera en el horizonte, en lugar de buscar el enfrentamiento, lo temerían.

 

Hacía mucho tiempo que el individualismo tenía un papel importante en la eficacia militar de Occidente. En el campo de batalla solía manifestarse en tres niveles: entre el alto mando, entre los propios soldados y en la sociedad que los nutría y armaba. Todas las culturas pueden crear líderes brillantes, independientes e intuitivos. Roma tuvo que enfrentarse a jefes tribales y monarcas orientales m uy dotados -Yugurta, Vercingetórix, Búdica, M itrídates-, cuya habilidad les reportó importantes victorias en el campo de batalla. Pero su individualismo y el de otros que los siguieron no era característico de sus culturas; al contrario, en su caso destacó tan sólo porque gozaban de un poder absoluto. En consecuencia, a su muerte -casi todos los enemigos de Rom a murieron en la batalla o se suicidaron-, sus guerras de liberación se venían abajo. Eso nos

 

 

 

 

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sugiere que ese tipo de monarquías, teocracias o tiranías rara vez facilitan que prosperen los jefes militares de talento, y mucho menos una nación de partidarios capaces de confiar en su propia iniciativa y de actuar con independencia a la hora de librar una guerra.

Lo mismo puede afirmarse de monarcas como los faraones, los reyes de México y Perú, los emperadores chinos y los sultanes otomanos, que concentraban la autoridad militar en sus propias manos y desalentaban la iniciativa individual de sus súbditos. Con ello conseguían que sus oportunidades de victoria no dependieran de la im provisación, sino, únicamente, de su propio juicio, en general, erróneo. Por el contrario, generales como Temístocles, Lisandro -el genio espartano-, Escipión el Africano, el brillante Belisario, Cortés y los modernos George Patton y Curtís LeM ay podían estar en desacuerdo con su propio Estado, pero rodeados de subordinados tan independientes como ellos e impacientes por aprovechar el sentido de la iniciativa y no sólo la disciplina de sus tropas.

 

En las filas de los ejércitos occidentales hay con frecuencia soldados que ejercitan una independencia de juicio que no existe en otros ejércitos. Cabe recordar al “viejo” que en la batalla de Mantinea (418 a.C.) detuvo la lucha para advertir al alto mando espartano que había desplegado mal sus tropas; las brutales discusiones que tenían lugar entre los Diez Mil de Jenofonte en Asia Menor (401 a.C.), que eran tanto una democracia móvil y en armas como una banda de asesinos m ercenarios; a los diversos y excéntricos grupos de la aristocracia franca, que durante las Cruzadas disputaban entre sí tanto como combatían al enemigo; a los almirantes que discutieron en Lepanto hasta poco antes de iniciada la batalla, o a los militares de carrera británicos que en India y África demostraron imaginación suficiente para conseguir la victoria pese a la mediocridad de su alto mando.

 

Todo ciudadano actúa en ocasiones como individuo y como ser humano va­ lora su libertad e independencia. Pero el reconocimiento formal o legal de la esfera de acción soberana de una persona desde un punto de vista social, político y cultural es un concepto exclusivamente occidental, que es temido, muchas veces con razón, en la mayoría del mundo no occidental. El individualismo, a diferencia del gobierno de consenso y del reconocimiento constitucional de la libertad legal, es una entidad cultural más que política. Es uno de los dividendos de la política y la economía occidentales, que en sentido abstracto y concreto otorga libertad a los individuos al tiempo que fomenta una curiosidad e iniciativa personales desconocidas en las sociedades donde no hay verdaderos ciudadanos y ni el gobierno ni los mercados son libres.

 

Como hemos visto en los casos de Salamina y Cannas, las grandes tradiciones occidentales de libertad, gobierno constitucional, derechos de propiedad y militarismo cívico dan lugar a un insidioso individualismo. La ekklesia ateniense

 

 

 

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votó la desastrosa expedición a Sicilia de los años 413-415 a.C. y a continuación adoptó medidas decisivas y heroicas para mantener a Atenas en guerra durante otros nueve años, de un modo muy parecido a como el Parlamento británico en el siglo XIX y el Congreso norteamericano en el siglo X X autorizaron todo tipo de medidas políticas y económicas que ponían el esfuerzo de guerra en manos de miles de ciudadanos libres e independientes. Entre la afirmación que en el siglo V a.C. hizo el sofista Protágoras, “ el hombre es la medida de todas las cosas”, y la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por las Naciones Unidas en 1948 y redactada por juristas occidentales (“los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos humanos fundamentales, en la dignidad y valor del ser humano y en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres”) han transcurrido 2.500 años de tradición en los que la libertad personal y la confianza innata en el individuo se han situado por encima de los derechos colectivos religiosos o políticos, un principio que no tiene equivalente fuera del mundo occidental. Para bien o para mal, pocos occidentales creen que una vaca sagrada es más importante que un ser humano, que el emperador es superior a cualquier otro individuo, que un peregrinaje religioso puede ser la culminación de toda una vida, que en la guerra a menudo es necesaria una carga suicida para demostrar la dignidad del individuo, o que un combatiente ha de arriesgar su vida por salvar un retrato del emperador.

 

Por el contrario, Jap ó n , falto de comandantes supremos independientes, soldados con capacidad de improvisación y un Parlamento soberano, confiaba en la obediencia ciega, como han hecho la mayoría de los adversarios de O c­ cidente en los últimos dos milenios y medio. Una jerarquía rígida y la completa sumisión del individuo a la divinidad del emperador suponían que, en Japón, una pequeña camarilla de militaristas dictaba la política a seguir sin la ratifica­ ción o tan siquiera el conocimiento de los ciudadanos, a quienes nunca se consideró como personas libres y con derechos inalienables adquiridos en el mismo instante de nacer y confiados a la protección del Estado. Igual que los vastos ejércitos de los imperios del antiguo Oriente, el control centralizado y una ideología de masas facilitaron la creación de un ejército numeroso, maravillosamente entrenado y lleno de moral, pero vulnerable a los contraata­ ques de una nación en armas que se ponía en manos del saber colectivo de millares de individuos libres e independientes.

 

Con el fin de la Guerra del Pacífico, la ruina de la sociedad japonesa y la caída en desgracia de los militaristas, los mecanismos de control que durante un siglo habían impedido la puesta en marcha de una democracia parlamentaria de corte occidental y todo cuanto ha de acom pañarla se vinieron abajo. La introducción en la posguerra de un gobierno constitucional supuso una redistribución de la tierra. La libertad de expresión y de prensa, la emancipación de la mujer y la creación de una clase media de consumidores fueron también

 

 

 

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algunos de los dividendos de la ocupación norteamericana. A consecuencia de ello, si bien es cierto que aún no se ha producido una reinterpretación radical del papel del individuo en la sociedad, Japón cuenta, al comienzo del nuevo milenio, con uno de los ejércitos m ejor liderados, más innovadores y más avanzados tecnológicamente del mundo, un ejército que, además, se encuentra bajo el control absoluto de un Parlamento y de un gobierno de elección popular y está sometido a la aprobación de los ciudadanos.

 

Si en el pasado una adopción parcial de la metodología y la ciencia militar occidentales consiguió que Japón estuviera, a comienzos del siglo X X , a punto de alcanzar tecnológicamente a los ejércitos de Europa y de los Estados Unidos, su actual integración, mucho más completa, de las instituciones políticas y sociales occidentales le garantiza un ejército que, al menos a escala táctica, está prácti­ camente a la altura de cualquier ejército europeo. En el próximo siglo, el pro­ greso científico de Japón en el terreno de las armas no dependerá totalmente de la emulación de lo extranjero, sino del impulso que le dé su propia sociedad libre y liberal, siempre y cuando continúe alentando el talento y la iniciativa individuales hasta extremos que no conoció en su largo y belicoso pasado.

 

 

 

X

DISENSIÓN  Y AUTOCRÍTICA

LA    OFENSIVA     DEL     TET, 31DE ENERO-6DE ABRIL        DE       1968

 

 

 

 

L a expedición a Sicilia , cuyo fracaso no se debió tanto a un error de cálculo respecto a las fuerzas contra las que se dirigía el ataque como a l hecho de que aquellos que habían enviado la expedición no adoptaron luego las m edidas que convenían a l cuerpo expedicionario, sino que, a causa de sus desavenencias personales respecto a la jefatu ra del pueblo, debilitaron la fuerza del ejército y, p o r prim era vez, el gobierno de la ciu d a d se vio turbado p o r disensiones internas. S in embargo [ ...] no se entregaron hasta que no cayeron derribados p o r sus prop ias rivalidades.

 

T u c íd id e s, H istoria de la guerra

d el Peloponeso, 11.65.11-13

 

 

 

BATALLAS CONTRA CIUDADES

 

EMBATADA NORTEAMERICANA EN SAIGÓN

 

A^/aigón estaba tranquila, como suele suceder los días festivos. En efecto, se había acordado una tregua de 36 horas para celebrar el Tet Nguyen Dan, o fiesta del año nuevo lunar. Por otro lado, el Vietcong rara vez entraba en los centros urbanos de Vietnam del Sur para atacar abiertamente y con fuerzas de cierta envergadura. Pero en la madrugada del 3 1 de enero de 1968 todo cam bió de repente y sin que nadie advirtiera ningún indicio previo. Todo Vietnam del Sur, o eso parecía a juzgar por los preocupantes informes que llegaban al cuartel general norteamericano en Saigón, era objeto de una revuelta que, en cuestión de minutos, habían provocado los activistas infiltrados del enemigo. Muchas ciudades, pueblos y pequeñas aldeas -m ás de cien en total-fueron atacados, una circunstancia que, en principio, a los generales nortea­ mericanos les resultaba inimaginable. Estaban convencidos de que el enemigo jam ás atacaría en masa y mucho menos después de los grandes bombardeos de 1967, que poco a poco habían ido inclinando la balanza en contra de los norvietnamitas.

 

 

El centro neurálgico del poder norteamericano en Vietnam del Sur se en­ contraba en la capital, Saigón, supuestamente, una fortaleza inexpugnable.

 

 

 

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El bastión de la enorme red de apoyo civil y militar de los norteamericanos, el MACV (Military Assistance Command Vietnam, es decir, Mando de Asistencia Militar en Vietnam), era la embajada, que, con sus feos muros de cemento, parecía la viva imagen de la firmeza y el compromiso con que los Estados Unidos se habían propuesto detener la incursión comunista desde el norte y favorecer la creación de una nación democrática y capitalista en el sur. Tras su formidable éxito en la Segunda Guerra Mundial dos décadas antes y la salvación de una Corea del Sur libre y capitalista en 1953, durante los primeros años de la Guerra de Vietnam el ejército norteamericano continuaba actuando con una sensa­ ción de invencibilidad. En su opinión, el problema del sureste asiático no con­ sistía en derrotar al enemigo, sino en encontrarlo y obligarlo a hacerse visible y luchar. Cuando esto sucediera, los norteamericanos, gracias a su abrumador potencial bélico, no tardarían en destruirlo.

 

Pero las calles de una ciudad son tan contrarias como la jungla a la manera de hacer la guerra de los occidentales. Mientras los norteamericanos deseaban bombardear y disparar en terreno abierto a fin de aniquilar a miles de comu­ nistas, los norvietnamitas preferían atacar de manera furtiva y al amparo de la noche, y no para disparar únicamente contra los combatientes enemigos. De hecho, la embajada también era uno de sus objetivos, en realidad el objetivo más importante de la ofensiva que a las 3 de la madrugada del 3 1 de enero de 1968 se desencadenó en toda la nación. Unos 4.000 guerrilleros del Vietcong -m uchos de ellos vestidos de civil y con ayuda de algunas unidades de infil­ trados del ejército regular norvietnam ita- atacaron casi todas las sedes y edi­ ficios de los gobiernos survietnamita y norteam ericano en Saigón. Cientos de pequeños grupos intentaron irrumpir en los cuarteles del ARVN (Army of the Republic of Vietnam, es decir, Ejército de la República de Vietnam), la radio estatal y las cadenas de televisión, las comisarías, los edificios oficiales y en muchos hogares de miembros del ejército y de la policía y de oficiales norteamericanos en una descabellada operación que pretendía dar pie a una insurrección general e iniciar con ella la durante tanto tiempo prometida guerra de liberación nacional.

 

 

Diecinueve soldados de un comando del Vietcong trataron de entrar en la embajada norteamericana, un lugar sellado, y acabar con un pequeño contin­ gente de guardias perplejos y soñolientos. Llegados en un camión y en un taxi, abrieron un boquete en los muros del recinto, mataron a cinco marines nor­ teamericanos e intentaron, sin conseguirlo, derribar las pesadas puertas del edificio principal de la em bajada con granadas y armas automáticas. ¿Qué pensaría el pueblo norteamericano cuando, al cabo de unas horas, las cadenas de televisión abrieran sus inform ativos con im ágenes de los hom bres del Vietcong mirando a las cámaras desde las ventanas del despacho del embajador Ellsworth Bunker?

 

 

 

 

43°

 

Claro que esto no llegó a suceder. Cinco horas después del ataque, los helicópteros norteamericanos habían colocado tropas aerotransportadas en el recinto de la embajada. Estas tropas mataron a los diecinueve asaltantes y aseguraron el lugar. El asalto enemigo, como muchos otros que tuvieron lugar aquella misma mañana contra el palacio del presidente Nguyen Van Thieu y otros edificios norteamericanos y survietnamitas, fue una completa sorpresa y, al mismo tiempo, un gran fracaso. M ientras arengaban a sus tropas, los responsables del plan se jactaban de que las incursiones marcarían el inicio de una revuelta general contra los norteamericanos y sus anfitriones del gobierno “títere” :

 

 

Avanzad rápidamente para llevar a cabo ataques decisivos y repetidos a fin de aniquilar tantas tropas norteamericanas, de sus satélites y del gobierno títere como sea posible. Al mismo tiempo, hay que coordinar estas operaciones con actividades de lucha política y proselitismo militar. [...] Haced gala hasta sus últimas consecuencias de vuestro heroísmo revolucionario a fin de superar todos los obstáculos y dificultades y llevar a cabo sacrificios que permitan luchar de un modo continuado y agresivo. Estad preparados para aplastar los contraataques del enemigo y mantened vuestra actitud revolucionaria en toda circunstancia (L. Berman, “Tet Offensive”, en M. Gilbert y W. Head, eds., The Tet Offensive [La ofensiva del Tet], p. 21).

 

 

L a mayoría de los habitantes de Saigón, sin embargo, estaban más preocupa­ dos por la falta de seguridad y los tiroteos esporádicos que se producían en las calles. Temían que los oficiales y funcionarios vietnamitas y norteamericanos se parapetasen en sus residencias privadas y comenzasen a disparar a cualquiera que les pareciese sospechoso.

 

Pocos vietnamitas deseaban provocar a su propio gobierno y mucho menos a los norteamericanos, y la mayoría de la población local observaba la situación con cierto distanciamiento. Casi nadie se sumó al “levantamiento” comunista. M uchos, sin em bargo, querían com probar de cerca el grado de éxito del Vietcong a fin de sopesar las posibilidades de que los comunistas pasaran a controlar sus vidas en sustitución de los norteam ericanos. Igual que los tlaxcaltecas que siguieron a Cortés para masacrar a los m exicas, que, como ellos, también eran indígenas, o los soldados irregulares de las unidades tri­ bales que formaban parte de las fuerzas de lord Chelm sford en Zululandia, los survietnamitas estaban listos para com batir al lado de los mortíferos occidentales contra los odiados comunistas, pero sólo si éstos les garantizaban la victoria militar y una paz duradera. Y ahora, en cambio, ¡habían atacado su embajada!

 

 

A       m edia mañana, mientras los soldados y funcionarios norteam ericanos adecentaban la embajada, Ellsworth Bunker llegó a la misma, listo para trabajar, acom pañado de decenas de cámaras de televisión y reporteros, muchos de los cuales enviaron a los Estados Unidos fantasiosos comunicados que decían que el Vietcong había tomado durante algún tiempo la embajada y estaba en posesión de sus principales dependencias. Pero la desinformación no provenía sólo de la prensa. En los Estados Unidos, el presidente Lyndon B. Johnson se apresuró a asegurar a la nación que la incursión se parecía más a una revuelta en un gueto de Detroit que a una operación militar de importancia. El general W illiam W estmoreland, jefe de las tropas norteam ericanas destacadas en Vietnam, insistiría ante el país en que aquellos ataques sistemáticos no eran más que operaciones de distracción destinadas a llevar recursos del asedio a la base norteamericana de Khesanh, situada al norte del país. No obstante, Westmoreland veía con optimismo aquellas concentraciones de tropas, ya que de ese modo el enemigo se convertía en un blanco más fácil para el for midable potencial bélico norteamericano. Si los políticos temían la ofensiva, Westmoreland veía en ella una oportunidad de victoria.

 

A l mes siguiente se demostraría que la valoración inicial de Westmoreland sobre la ofensiva del Tet era errónea. No obstante, su convicción de que, en aquellos momentos, era muy probable que miles de enemigos vietnamitas se encontraran expuestos, en situación vulnerable y a punto de ser aniquilados era com pletam ente acertada. Durante los tres años anteriores, todas sus iniciativas habían ido encaminadas a crear las condiciones necesarias para librar una batalla decisiva en la que el ejército norteamericano pudiera desplegar su maravillosamente entrenada y disciplinada infantería de choque y su enorme superioridad tecnológica y material con el objetivo de aplastar al enemigo y regresar a casa. Para los norteamericanos que se encontraban en Vietnam, como para todos los occidentales que combaten en ultramar, el problem a siempre había sido la negativa del enemigo a entablar batallas propiamente dichas. El enemigo, en efecto, casi siempre optaba por una guerra de infiltración, por luchar en la jungla, por las acciones terroristas y por las incursiones casa a casa. En su lucha contra Alejandro, Darío III encontró seguridad en la huida, no en la batalla; Abderramán tuvo más éxito en el saqueo de Narbona que en su enfrentamiento con Carlos Martel en Poitiers; los aztecas consiguieron algunas victorias cuando atacaron a los españoles de noche, por sorpresa o en algún paso de montaña; Cetshwayo habría conseguido mucho más lanzando em ­ boscadas contra las caravanas de víveres del ejército británico que cargando contra sus formaciones en cuadro.

 

 

A lo largo de la semana siguiente, sesenta millones de norteamericanos vieron desde sus hogares una imagen muy distinta de aquella primera noche de ataques. Las cámaras habían recogido imágenes de aquellos de sus compatriotas que

 

 

 

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habían muerto en el jardín de la embajada. Las calles de Saígón aparecían llenas de tanques y obuses. Los titulares decían: “ L a guerra alcanza Saigón” . Durante días, la televisión emitió una imagen perturbadora: el general Nguyen Ngoc Loan volando la cabeza a un infiltrado del Vietcong. Que el prisionero hubiera formado parte de las unidades infiltradas que habían abatido a muchos de los miembros del personal de seguridad de Loan, incluido un oficial al que mata­ ron en su propia casa junto a su esposa y sus hijos, o que se hubiera acordado que los agentes enemigos sin uniforme y vestidos de civil no tenían por qué recibir el mismo trato que los soldados capturados no eran más que datos perdidos en el frenesí informativo de aquellos días. Eddie Adams, el fotógrafo de Associated Press que tomó la instantánea para la revista Life, ganó el premio Pulitzer a la mejor fotografía.

 

A l parecer, la imagen de aquellos sesos esparcidos resumía el embrollo del Tet: los norteamericanos muertos e incapaces de proteger el centro neurálgi­ co de su enorme fuerza expedicionaria mientras sus corruptos aliados sur-vietnamitas disparaban sobre hombres inocentes y desarmados. Y todo ello en un momento en que al pueblo estadounidense se le aseguraba: “Se vislumbra la luz al final del túnel” . Pegados a sus televisores, los norteamericanos se pre­ guntaban si la victoria era realmente posible y ya no sabían a quién ni qué creer:

 

 

Dice mucho de esta guerra que la gran imagen de la ofensiva del Tet sea la fotografía tomada por Eddie Adams de un general survietnamita pegándole un tiro a un hombre con los brazos atados a la espalda, que la cita más memorable sea el maldito epigrama a que hizo referencia Peter Arnett en relación a Ben Tre, “Fue necesario destruir la ciudad para salvarla”, y que el único prem io Pulitzer concedido a un reportaje dedicado a un hecho acaecido durante el Tet se otorgase dos años más tarde de la ofensiva a Seymour M . Hersh, que nunca ha puesto los pies en Vietnam, por hacer pública la matanza de más de cien civiles que el ejército norteamericano perpetró en M ay Lai (D. Oberdorfer, Tet!,

 

P- 332)-

 

Cerca de la embajada, en el hipódromo de Phu Tho, que estaba ocupado por el Vietcong, se inició una batalla muy enconada. En la zona confluían varios bulevares y había suficientes espacios abiertos para coordinar a todo un ejército, así que el hipódromo se convirtió en uno los objetivos principales de la ofensiva. En los edificios que rodeaban la pista, los norvietnamitas apostaron a cientos de francotiradores. Las tropas norteamericanas y los soldados del ARVN tuvieron que combatir casa por casa para localizarlos y desalojarlos, pero los miembros del Vietcong rara vez se rendían y hubo que matarlos a casi todos. Por su

 

parte, la televisión culpaba a los norteamericanos de estar destruyendo una zona residencial, como si nadie hubiera advertido que los francotiradores habían comenzado a disparar sobre los marines en plena tregua del Tet.

Se tardó casi tres semanas en matar o expulsar de Saigón a las últimas uni­ dades de infiltrados bien organizadas. U na compañía de marines del tercer batallón de la 7a División de Infantería trató de tomar por asalto el hipódromo de Phu Tho, enfrentándose a un batallón del Vietcong. La lucha era brutal, típica de la guerra urbana:

 

Los fusiles sin retroceso abrían boquetes en los muros, luego dispara­ ban los lanzagranadas y, a continuación, los soldados se metían por los huecos humeantes. Cientos de civiles dominados por el pánico huían entre los vehículos blindados en plena batalla. La columna continuó luchando contra el Vietcong con ferocidad, casa por casa, acercándose cada vez más al hipódromo. Los helicópteros zumbaban ruidosamente y bombardeaban los edificios con cañones y cohetes. Aquel mismo día [31 de enero] a eso de la una de la tarde la compañía había tomado otras dos manzanas. Luego, las tropas del Vietcong se retiraron a unas posiciones excavadas tras los bancos de cemento del parque, respaldadas por las armas pesadas que habían emplazado en las torres de cemento situadas en las gradas del propio hipódromo (S. Stanton, The Rise and F a ll of an American Army [Decadencia y caída de un ejército norteamericano], p. 225).

 

 

BAÑO DE SANGRE EN HUÉ

 

U na lucha callejera aún más encarnizada se desarrollaba cerca de la Zona Desmilitarizada (D M Z ), en la capital provincial de Hué, antigua y pintoresca ciudad imperial del Vietnam unificado, de cerca de 140.000 habitantes. Aunque era la tercera localidad más grande de Vietnam y se encontraba cerca de la frontera norvietnamita, Hué apenas había sufrido el zarpazo de la guerra. Pero esta situación estaba a punto de cambiar. Aproximadamente a la misma hora del ataque a la em bajada norteamericana, tres columnas de tropas norviet-namitas, con dos regimientos completos y dos batallones del Vietcong que sumaban cerca de 12.000 hombres, irrumpieron en las calles de Hué. Unidos a los infiltrados, que se habían m ezclado con la multitud que celebraba el Tet, aplastaron sin dificultad las pequeñas guarniciones del ARVN y ocuparon la “ Ciudadela” , enorme fortaleza situada entre los templos y palacios antiguos que dominaban la ciudad vieja.

 

Cuando los norvietnamitas se hicieron con el control de Hué, sus agentes comenzaron una sistemática operación de búsqueda de soldados survietnamitas,

 

 

funcionarios, simpatizantes del gobierno norteamericano y extranjeros en ge­ neral. Fueron arrestadas entre 4.000 y 6.000 personas. La mayor parte murió fusilada o apaleada. Se buscó sobre todo a médicos, religiosos y maestros. Más tarde, se encontrarían 3.000 cadáveres en una fosa común. A los demás se los dio por “desaparecidos” . Aunque Hué no tardó en llenarse de reporteros occidentales, pocos comentaron estas ejecuciones y aquellos que lo hicieron negaron que hubieran ocurrido.

 

El contraataque encabezado por los marines norteamericanos fue feroz. Tras veintiséis días de combates ininterrumpidos, con ataques de tanques, llegada de refuerzos y bombardeos aéreos, la Ciudadela fue recuperada, aunque había quedado en ruinas. Igual que en Saigón, los marines no tenían ni idea de dónde se encontraba el enemigo hasta que recibían los disparos procedentes de viviendas particulares:

 

 

Por fin comprendí por qué tuvimos tantas dificultades para cruzar la calle. Muchas de aquellas casas eran de una sola planta, pero un par de ellas tenían dos plantas, lo cual proporcionaba a las fuerzas del N V A [North Vietnamese Army, o Ejército Norvietnamita], que nos estaban esperando, una magnífica posición. Desde sus emplazamientos, el N V A podía dispararnos sin m ayores problem as, casi a bocajarro, cuando intentábamos cruzar la calle. En cuanto nos dimos cuenta, comprendimos la situación con claridad, así que dirigimos nuestro fuego de réplica a las ventanas y pasillos de las casas que había al otro lado de la calle. Con toda probabilidad, allí estaban las posiciones desde donde nos disparaba el enem igo. Finalm ente nos percatam os de que el NVA también nos disparaba desde una red intercomunicada de posiciones excavadas entre las casas, al nivel de la calle (N. Warr, PhaseLine Green [Fase línea verde], pp. 159-160).

 

 

Los norteamericanos habían sido entrenados para una guerra de maniobras y aniquilación en la jungla y las tierras húmedas, con breves pero cruentos enfrentamientos en los que intervendrían la artillería y la aviación y tras los cuales se retirarían a posiciones fortificadas y relativamente seguras. Igual que los hoplitas o los casacas rojas de lord Chelmsford, lo importante era encontrar al enemigo y derrotarlo valiéndose de una potencia de fuego superior -potencia de fuego que en realidad era resultado de una disciplina, tecnología y logística m ejores-, Pero si el general Westmoreland afirm aba que el Tet era un error del enemigo porque daba a sus fuerzas la rara posibilidad de combatir a los norvietnamitas de una manera abierta, lo cierto es que muy pocas de las ofensivas llevadas a cabo durante el Tet fueron batallas de choque en el sentido en que lo entendemos los occidentales. Normalmente, para los norteamericanos, sacar

 

 

 

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ventaja de su potencial ofensivo significaba llevar a cabo bombardeos aéreos y terrestres de las zonas residenciales donde se refugiaban los francotiradores del Vietcong. L a destrucción de estas zonas, por otro lado, sólo conseguía encrespar a los propietarios survietnamitas y concitar la atención de los medios de comunicación hostiles.

 

En Hué, el Vietcong y los norvietnamitas se infiltraban en las líneas enemi­ gas de noche y en pequeñas unidades independientes y a menudo no unifor­ madas. Iban equipados con armas automáticas, morteros y lanzagranadas y disparaban desde ventanas y muros y mezclados entre la multitud, obligando a los marines a librar un contraataque que por sus características podría compararse con la batalla de Stalingrado, porque había que desalojar al enemigo casa por casa, en acciones en las que se destruían cientos de viviendas. Con frecuencia, los norteamericanos tenían que optar entre el riesgo de caer víctimas de los francotiradores o arrasar edificios enteros, y a menudo de cierta impor­ tancia histórica o artística, empleando obuses y bombarderos:

 

Estaban sucios, sin afeitar y cubiertos del polvo de los escombros de ladrillo y de piedra. El sudor y las manchas de sangre ocultaban la fatiga de sus rostros. Los codos y las rodillas les asom aban a través de los agujeros del uniforme, uniform e que no se habían quitado en dos semanas. [...] Los marines, entrenados para actuar como una fuerza móvil y anfibia de acción rápida, se habían convertido en topos, en una colección de ratas estática e inmóvil y se refugiaban entre los montones de escombros rodeados de muros agujereados por las bombas, auto­ m óviles calcinados y cables y árboles caídos. L a muerte los estaba esperando para darles, en cualquier momento, un toquecito en el hombro que muchos nunca verían venir (G. Smith, The Siege ofHue [El asedio de Hué], p. 158).

 

 

Pese a todo, el enemigo fue expulsado de Hué en menos de un mes. El re­ cuento definitivo de bajas era de un desequilibrio dramático. Los norteame­ ricanos y sus aliados survietnamitas - la compañía de elite Hac Bao (Pantera Negra) tuvo el privilegio de entrar en el palacio imperial y aplastar los últimos reductos del enem igo- habían matado a 5 .113 norvietnamitas. Por su parte, los norteamericanos sólo habían perdido 147 hombres y habían sufrido 857 heridos. Es decir, esta proporción de cifras de bajas habría bastado para indicar una victoria notable en ambas guerras mundiales. Y sin embargo, los reporteros que deambulaban libremente por Hué hicieron caso omiso de los sacrificios de ambos bandos y sólo mostraron interés por la situación táctica. Casi todos entrevistaron a los soldados norteamericanos en mitad de una sucia lucha calle­ jera. Con frecuencia enviaban a sus periódicos pequeñas entrevistas como la

 

 

 

 

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PRINCIPALES BATALLAS DE  LA O FENSIVA DEL T ET,

 

31 de enero - 6 de abril de  1968

 

. VI KTVAtt B E L NORTE

 

~ DM Z (Zona Desmilitarizada}

 

 

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siguiente, hecha en pleno combate a un marine que se había tomado un minuto de respiro:

 

¿Qué te resulta más duro?

 

No saber dónde están [...] eso es lo peor. Corriendo por todas partes, metidos en alcantarillas, cloacas [...] por todas partes. Pueden estar en cualquier sitio. Tienes la esperanza de sobrevivir, día a día. Todo lo que queremos es volver a casa e ir a la universidad. A sí están las cosas.

 

¿Hasperdido a algún amigo?

 

A algunos. El otro día perdimos a uno. Todo esto apesta. En serio (S.

 

Karnow, Vietnam, p. 533).

 

Por vez prim era en la historia de la guerra occidental -en realidad, por vez primera en la historia de cualquier guerra-, millones de padres, parientes y amigos podían ver en directo y desde la seguridad de sus hogares cómo combatían los soldados. Las imágenes de los heridos y los muertos se emitían por televisión con todo lujo de detalles truculentos y en color. Las tomaban los reporteros de cualquier nación, periodistas que, en su mayoría, tenían libertad para acercarse, ver y enviar a sus medios lo que quisieran. Y los votantes estadounidenses tenían posibilidad de oírlo, verlo o leer sobre ello en cuestión de horas si no de minutos. Cuando los avances tecnológicos en el terreno de las telecomunicaciones, que a menudo se traducían en grabaciones que se emitían de forma abreviada y aisladas de cualquier contexto concreto, se combinaron con una libertad ilimitada, a la que en Occidente siempre se le ha dado una enorme importancia, surgió una vehemencia civil contra la guerra pocas veces vista, ni siquiera en las voces que se alzaron contra la expedición ateniense a Sicilia, la conquista europea de Am érica o la conducta de los británicos durante las guerras contra bóers y zulúes.

 

Mientras los norteamericanos veían imágenes de los atroces combates en televisión y oían las entrevistas realizadas a marines asqueados que encontraban a sus aliados survietnamitas tan poco dispuestos a atacar las posiciones ene­ migas como mortíferos a sus adversarios norvietnamitas, apenas se dedicaron reportajes a las matanzas de inocentes cometidas por el ejército de Vietnam del Norte. Tampoco recibió la menor atención la asombrosa capacidad de unos sorprendidos e inferiores marines para expulsar a 10.000 norvietnami­ tas de un centro urbano fortificado en poco más de tres semanas a costa de menos de 150 muertos. Hué, aunque brutal, fue otra impresionante victoria del ejército norteam ericano, una hazaña bélica que quizá rivalizara con cualquier acto de valor de la Prim era o de la Segunda Guerra M undial. Y eso no era todo.

 

 

KHESANH

 

Cuando el 3 1 de enero de 1968 los norvietnamitas y el Vietcong rompieron la tregua de 36 horas del Tet, atacaron con más de 80.000 hombres algunas de las ciudades más importantes de Vietnam del Sur, localidades como Saigón, Quangtri, Hué, Da Nang, Nha Trang, Quinhon, Kontum, Banmethuot, M y Tho, Can Tho y Ben Tre. Unas 35 capitales de provincia fueron invadidas en un momento en que el 50% del ejército survietnamita se encontraba de permiso con motivo del año nuevo lunar. Y sin embargo, de la mayoría de los objetivos, menos de Saigón y Hué, los infiltrados del enemigo fueron expulsados en menos de una semana. El contraataque fue asombroso, sobre todo teniendo en cuenta que los norteam ericanos habían sido cogidos por sorpresa; su servicio de inteligencia había advertido de las dimensiones y fecha de la invasión semanas antes, pero el alto mando del M ACV, inmerso en diversas disputas, restó importancia a los informes.

 

Aunque habían conseguido infiltrar a contingentes relativamente pequeños de tropas en infraestructuras básicas de ciudades tan importantes como Saigón y Hué, los norvietnamitas obtuvieron un dividendo psicológico de la ofensiva que no guardaba proporción con el daño infligido a los norteamericanos y sus aliados. Sabían que no necesitaban obtener la victoria, sino, únicamente, mantener viva la ofensiva durante algunos días en diversas zonas que se tenían por seguras a fin de causar una tormenta de recriminaciones y protestas en los Estados Unidos. Al principio, además, los mandos norteamericanos confundieron las intenciones del enemigo. El propio general Westmoreland pensó que las ofensivas del Tet no eran más que maniobras de distracción destinadas a distraer tropas estadouni­ denses del asedio de Khesanh, y sin embargo, lo contrario tenía más visos de verdad: el asedio de Khesanh, iniciado días atrás, estaba pensado para distraer la atención de los ataques a las ciudades que tuvieron lugar el 31 de enero.

 

Poco después de las 5 de la madrugada del 21 de enero, diez días antes del comienzo oficial de la ofensiva del Tet, los norvietnamitas desencadenaron una descarga artillera que constituía la fase inicial del asalto a la base nor­ teamericana de Khesanh con varios miles de soldados. La base de Khesanh era una guarnición avanzada situada cerca de la DMZ que tenía por cometido la interrupción de las líneas de suministro de tropas y material entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. Durante la última semana de enero, las noti­ cias del ataque a los perplejos soldados de la base recorrieron el mundo. Muchos periódicos calificaron el asedio de nuevo Dien Bien Phu (en 1954, la guarnición francesa de Dien Bien Phu estuvo a punto de ser aniquilada antes de que sus 16.000 supervivientes capitularan).

 

Sin embargo, en Khesanh, los bombardeos diarios, los suministros constantes, la evacuación relativamente segura de los refugiados laosianos y vietnamitas y

 

 

 

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el hecho de que las comunicaciones no se interrumpieran en ningún momento contribuyeron a que las tropas sitiadas se mantuvieran en relativa buena forma. ¿Era Khesanh una base de tanto valor estratégico como para aferrarse a ella a toda costa? En realidad, estratégicamente, la base valía muy poco. Los nortea­ mericanos optaron por conservar la base como cebo, al parecer, de acuerdo a un plan que se proponía atraer a divisiones enteras de las tropas norvietnamitas a una lucha abierta, aunque también es posible que no se retirasen por temor a dar muestras de debilidad precisamente en un año electoral y cuando en los Estados Unidos arreciaban las protestas contra la guerra. Fuera cual fuese el motivo para conservar la base, lo cierto es que lejos de ser otro Dien Bien Phu, Khesanh se convirtió en una nueva y devastadora demostración del poder militar norteam ericano. Si los franceses que fueron cercados en Dien Bien Phu eran inferiores en número, no contaron con apoyo aéreo y se encontraron aislados en territorio norvietnamita y cerca de la frontera china, los norteame­ ricanos recibían refuerzos de suministros a diario, estaban al sur de la D M Z , mantenían una comunicación fluida con el exterior y todos los días dejaban caer sobre el enemigo muchas toneladas de bombas. No obstante, los marines rodeados se encontraban en medio de un mar de tropas norvietnamitas veteranas y no estaban seguros de cuál era su misión exacta. Porque, en efecto, ¿cuál era el plan norteam ericano para Khesanh? ¿Acaso la base era, como afirm aba Westmoreland, la clave de la defensa de la DiMZ y de futuras operaciones en Laos? ¿O no era más que un campo de batalla destinado exclusivam ente a incrementar las bajas del enemigo y, por tanto, a ser abandonado en cuanto concluyera el asedio?

 

 

Las tropas de veteranos norvietnamitas habían cogido por sorpresa y aplas­ tado a las tropas survietnamitas y laosianas de la cercana guarnición de Lang Vei y con ellas a sus asesores militares norteamericanos, lo que les proporcionó un control absoluto de las rutas que conducían a Khesanh. Pronto, la base fue sometida a un bombardeo casi ininterrumpido -algunos días cayeron hasta mil misiles y bombas de artillería y m ortero-, en un esfuerzo por acabar con la resistencia de los marines y destruir su aeródromo. Los norvietnamitas es­ taban equipados con moderno armamento soviético y chino, como el mortero pesado de 122 milímetros, misiles tierra-tierra, lanzallamas, tanques y artillería pesada de 130 milímetros, la m ayoría de ella adaptada de modelos alemanes, franceses y norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial. En Vietnam del Norte, miles de asesores militares soviéticos y chinos trabajaban furtivamente pero a destajo descargando las baterías artilleras y enseñando a los vietnamitas a usarlas.

 

 

Pese al nuevo y letal armamento de los norvietnamitas, la respuesta de los norteamericanos al ataque fue devastadora y constituye uno de los ataques de artillería terrestre y aérea más mortíferos en la historia de las batallas de infantería.

 

 

 

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Durante los casi tres meses que duró el asedio de Khesanh -desde el 20 de enero hasta mediados de abril de 1968-, los norteamericanos arrojaron 110.022 toneladas de bombas y dispararon 142.081 proyectiles de artillería, aunque algunos calculan que los proyectiles terrestres superaron los 200.000. U na potencia de fuego tan asombrosa exigía suministros ininterrumpidos y, en efecto, a Khesanh llegaron, por avión y bajo un fuego enemigo constante, más de 14.000 toneladas en provisiones. M iles de norvietnamitas murieron incinerados en la jungla que rodeaba la base. La mayor parte de las estimaciones sitúan la cifra de muertos y heridos graves cerca de los 10.000, es decir, la mitad de las fuerzas norviet­ namitas que, al parecer, intervinieron en el asedio.

 

Khesanh se convirtió en una desgraciada matanza para los comunistas. Si en los Estados Unidos los norteamericanos, apoyaran o no a su gobierno, se quejaban de que muchos marines habían muerto de form a innecesaria por defender un puesto fronterizo, los norvietnamitas guardaron silencio. Sacrificar a millares de jóvenes por tomar un pequeño aeródromo en un esfuerzo que al final resultó en vano formaba parte de su lógica. Un piloto de la fuerza aérea norteamericana recordó la devastación causada por los bombardeos:

 

A mediados de febrero, la zona era como el resto de Vietnam, mon­ tañosa y cubierta por una jungla tan densa que bajo la bóveda de los árboles la visibilidad era escasa. Cinco semanas después, la jungla se había convertido literalmente en un desierto con vastas franjas de tierra removida y sin apenas árboles, en un paisaje de astillas y cráteres causados por las bombas (T. Hoopes, The Limits o f Intervention [Los límites de la in­ tervención], p. 213).

 

 

M urieron menos de doscientos norteamericanos, 1.600 resultaron heridos y, de éstos, 845 fueron evacuados. Sin duda, las cifras reales son superiores si consideramos los combates librados en los alrededores de Khesanh y en Lang Vei, la ofensiva de rescate llevada a cabo en abril (Operación Pegasus) y las bajas sufridas entre las tripulaciones de los aviones de combate y de transporte, pero aun así, por cada norteamericano caído en Khesanh perdieron la vida cincuenta norvietnamitas, un balance completamente desequilibrado que se acerca a la terrible desproporción de bajas españolas y aztecas en M éxico o británicas y zulúes en el sur de Africa.

 

En lugar de asom brarse ante la matanza, los medios de com unicación norteamericanos consideraron el asedio una dramática derrota. Tras el comienzo de la ofensiva del Tet y la captura casi simultánea del Pueblo, barco que realizaba labores para el servicio de inteligencia en aguas coreanas, la revista Life advirtió a sus lectores de los reveses que a escala global estaban sufriendo los nortea­ mericanos y que culminaban con “ el oneroso baño de sangre de Khe Sanh” .

 

 

El 22 de marzo, es decir, al cabo de dos meses de asedio y cuando el contraataque norteam ericano llevaba ya un mes a un nivel muy alto y estable, Arthur Schlesinger afirmó en un artículo publicado en el Washington Post: “Hagamos lo que hagamos, no podemos volver a pasar por otro Dien Bien Phu” . Además, advirtió a los norteamericanos: “No sacrifiquemos a nuestros valientes hombres por la locura de los generales y la obstinación de los presidentes” . Oliver E. Chub se hizo eco de la histeria general en el New Republic: Khesanh, dijo recordando el comentario de Bismarck acerca del valor relativo de los soldados alemanes frente a una intervención en los Balcanes, “no es digna de la vida de un solo marine” , y concluyó que el asedio “podía muy fácilmente terminar con un de­ sastre militar sin precedentes en la guerra de Vietnam ” (B. Nalty, A ir Power and the Fight forK he Sanh [El poder aéreo y la lucha por Khesanh], pp. 39-40). Entre tanto, a las tres semanas de comenzar el asedio y anticipando las tácticas de la Guerra del G olfo, una unidad de bom barderos trazó una retícula de bombardeo alrededor de la base asediada de manera que, cada noventa minutos

 

y las veinticuatro horas del día, tres bom barderos B-52 m achacaban un cuadrado de uno por dos kilómetros de lado con explosivos y napalm . La fuerzas aéreas com enzaron a destruir m etódicamente a casi todo ser vivo situado a un kilómetro de las defensas de la base.

El asedio concluyó el 6 de abril y con él la última de las batallas que se habían iniciado el día del Tet. Pero entonces, a finales de junio, convencido de que la resistencia había supuesto un éxito abrumador para los norteamericanos, el MACV ordenó el cierre y el desmantelamiento de la base. El 5 de julio Khesanh fue arrasada. Los norteam ericanos destruyeron en unas horas lo que los norvietnamitas no habían podido en varios meses. Todos los puentes de la cercana Carretera 9, que semanas antes habían sido laboriosamente reparados para permitir que los convoyes llegaran hasta los marines atrapados, fueron volados. A l parecer, tras la ofensiva del Tet y con la interrupción de los bom ­ bardeos, los norteamericanos abandonaban la idea de levantar un muro en la DMZ y estacionar tropas en ciertas áreas de defensa avanzada próximas a la fron­ tera norvietnamita. Los marines que habían soportado un fuego intenso durante casi tres meses se pusieron furiosos y estuvieron a punto de rebelarse al conocer la noticia. En su opinión, era la posesión de la base y no el número de bajas infligidas al enemigo lo que daba un significado tangible a la lucha de los amigos que habían entregado sus vidas en la batalla.

 

En abril de 1968 los candidatos a la presidencia de las muy próxim as elecciones hablaban de reducir la presencia militar en Vietnam. Robert Kennedy prometía una retirada negociada, Hubert Humphrey insinuaba una tregua de los bombardeos, la alternativa de Richard Nixon era la gradual “vietnamización” de Indochina. Com o manifestó el almirante Ulysses Grant Sharp, a la sazón comandante en jefe de la Flota del Pacífico, a propósito de la asombrosa victoria

 

 

 

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norteamericana de Khesanh: “En Washington se pusieron tan histéricos con la ofensiva del Tet que los invadió la locura y decidieron que había que poner fin a la guerra aunque no fuéramos nosotros quienes la ganásemos” (B. Nalty, Air Power and the Fightfor Khe Sanh, p. 104). La valerosa defensa de la base, el terrible daño ocasionado a los norvietnamitas y el brusco abandono de Khesanh resultan paradigmáticos a la hora de valorar en qué se había convertido Vietnam en la prim avera de 1968: un atolladero donde las operaciones militares no tenían necesariamente nada que ver con ninguna percepción sobre el valor o el curso de la guerra. Khesanh, en mayor sentido que Hué, reveló la incom ­ petencia del alto mando norteamericano, la valentía y disciplina de los marines, la pasmosa superioridad de la fuerza aérea norteamericana y la histeria que se había apoderado de gran parte de los medios de comunicación estadouni­ denses, que durante toda la guerra menospreciaron la capacidad del ejército para infligir daños al enemigo y en sus postrimerías exageraron las pérdidas y el sufrimiento de los comunistas. Quizá fuera Bui Diem, embajador surviet-namita en los Estados Unidos, quien mejor resumió la paradoja que fue ganar pero perder el Tet:

 

 

 

No mucho después, me resultó evidente que la retirada de las fuerzas norteamericanas de Vietnam sólo era cuestión de tiempo y de formas. En este sentido, los ataques del Tet de 1968 bien podrían considerarse el preludio al final de la guerra, que se produjo cinco años después. Por este motivo, el Tet fue el clím ax de la Segunda Guerra de Indochina. En mi opinión, fue en el momento de la ofensiva cuando la opinión pública norteamericana y las tergiversaciones e ideas falsas arrancaron la derrota de las garras de una victoria potencial (“ M y Recollections of the Tet Offensive” , en M. Gilbert y W. Head, eds., The Tet Offensive, p. 133).

 

 

LA VICTORIA COMO DERROTA

 

ATOLLADERO

 

Después del Tet, los militares norteamericanos solían jactarse de que no habían sufrido ni una sola derrota importante en toda la guerra. Esta bravuconada, incluso aplicada a los diez años de presencia norteamericana en Vietnam, es válida excepto en el caso de algunos pequeños puestos ocupados por asesores militares estadounidenses que en ciertas ocasiones fueron aplastados con ataques por sorpresa. Aunque algunas fases de la ofensiva del Tet se prolongaron a lo largo de varios meses, la primera etapa de la lucha concluyó prácticamente en menos de un mes. Hué fue liberada a finales de febrero de 1968, Khesanh, a

 

 

 

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principios de abril, una semana después de los ataques lo habían sido gran número de ciudades más pequeñas.

 

Pese a la espectacular cobertura que los medios de comunicación dedicaron a la ofensiva, las encuestas continuaban demostrando que una gran mayoría de ciudadanos norteamericanos apoyaban la actuación de los Estados Unidos durante la ofensiva; según algunas de ellas, el 70% de los ciudadanos preferían la victoria militar a la retirada. Es posible que Walter Cronkite hubiera regresado de Vietnam para anunciar a millones de norteamericanos que la situación militar se había estancado y que “la única salida racional [...] sería entablar negociaciones, no como vencedores, sino como un pueblo honorable” (N. Graeber, “The Scholar’s View of Vietnam ”, en D. Showalter y j . Albert, An American Dilema [Un dilema americano], p. 29), pero la m ayoría de los norteamericanos todavía apoyaban una guerra que, en su opinión, podía ganarse en poco tiempo. El problema del ejército en Vietnam, al menos a corto plazo, no fue que no contase con una mayoría de partidarios entre los ciudadanos norteamericanos, sino que existía en los Estados Unidos una creciente, influyente y muy compleja minoría de críticos y activistas a quienes importaba mucho más poner fin a la presencia norteamericana en Vietnam de lo que a los que apoyaban la intervención les importaba que ésta continuase.

 

Desde un punto de vista estrictamente militar, la tragedia del Tet no se fundaba en la derrota. Lo malo fue que, tras su éxito, los norteamericanos no supieron capitalizar el fracaso comunista, interrumpieron los bombardeos y, en lugar de la exultación propia de la victoria, dieron al enemigo impresión de debilidad. En realidad, la decisiva victoria del Tet de 1968 marcó el comienzo de una reducción presupuestaria radical. El gran aumento de presupuesto y efectivos que tuvo lugar en el período 1965-1967 tuvo como consecuencia que el 4 de abril de 1968 la presencia norteamericana en Vietnam alcanzara su cota más alta, con 543.000 hombres. A partir de entonces, sin embargo, esa presencia com enzaría a disminuir bruscamente, de m anera que el 1 de diciembre de 1972 tan sólo quedaban 30.000 hombres y, después del alto el fuego de 1973, prácticamente ninguno. Al parecer, el presidente Johnson, como demuestran las palabras que dirigió a su gabinete el 28 de febrero de 1968, es decir, un mes después del comienzo del Tet, comprendía la naturaleza de su propio dilema, que consistía en ganar batallas en Vietnam y perder la guerra de las relaciones públicas en los Estados Unidos:

 

 

Hem os de tener cuidado con declaraciones del tipo de la que hizo Westmoreland cuando regresó y dijo que veía “la luz al final del túnel” .

 

Y       ahora nos golpean con esta ofensiva del Tet. Ho Chi Minh nunca ha ganado unas elecciones. [...] En muchos sentidos es como Hitler. [...] A nosotros, al presidente y al gabinete, nos llaman asesinos, pero nunca

 

 

 

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dicen nada del señor Ho. Todas las pancartas están aquí. Todas dicen “Parad la guerra”, pero allí no se ve ninguna. Y entonces él lanza el ataque del Tet, rompe la tregua y calienta el conflicto interviniendo en cuarenta y cuatro ciudades, y todo ello cuando nosotros le proponem os una interrupción de los bombardeos. Nos sucede lo que a ese abogado de pueblo que, tras el mejor alegato de su vida, no puede impedir que su cliente acabe electrocutado. Eso es lo que nos pasa (L. Berman, “Tet Offensive”, en M. Gilbert y W. Head, eds., The Tet Offensive, p. 43).

 

Incluso los norvietnamitas admitieron que habían sufrido una derrota contun­ dente. En pocas semanas murieron alrededor de 40.000 miembros del Vietcong y soldados del ejército regular. En el año 1968 murieron más vietnamitas que norteamericanos en toda la década que duró su presencia en Vietnam . La estrategia comunista de llevar a las calles a los grupos locales fue un desastre sin paliativos. Lejos de provocar la insurrección general, acabó en un baño de sangre y destruyó la infraestructura del Vietcong en Vietnam del Sur durante al menos dos años. Después del Tet, el brazo armado del Frente de Liberación Nacional perdió virtualmente toda su eficacia y hubo que reconstruirlo desde cero sin sus organizadores más veteranos. Esos fueron los costes que los nor­ vietnamitas hubieron de pagar por no entender la capacidad de devastación del arm a aérea norteamericana, la disciplina de sus tropas y la abrum adora superioridad de sus suministros, factores que, en el campo de batalla, podían invertir, al menos por un tiempo, las desventajas que suponían ser cogidos por sorpresa, contar con un mal generalato y padecer cierta inquietud social en la metrópoli.

 

Diversos líderes comunistas admitieron el terrible precio del Tet. El coronel general Tran Van Tra confesó, pese a un doble lenguaje muy característico, que desafiar a los norteamericanos directamente había sido un gran error y había causado muchas bajas:

 

 

No nos basamos en un cálculo científico ni en una escrupulosa va ­ loración de todos los factores, sino, en parte, en una ilusión basada en nuestros deseos subjetivos. Por este motivo, aunque la decisión fue sabia, inteligente y oportuna, y aunque la pusimos en marcha con organización y audacia y con una gran coordinación en todos los frentes, y aunque todos actuaron con gran valentía, sacrificaron sus vidas y al final conseguimos invertir la situación estratégica en Vietnam e Indochina, hubimos de hacer frente a grandes sacrificios y a unas pérdidas en recursos humanos y material, especialmente entre los grupos -en todos los niveles de la jerarquía-, que nos debilitaron muy claramente (R. Ford, Tet 1968,

 

P- 139)-

 

 

 

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Si los norvietnamitas eran conscientes de que habían perdido la ofensiva del Tet, ¿por qué a la mayoría de los observadores occidentales les pareció que había sido el enemigo quien había vencido ?

 

Gran parte de los problemas de percepción provinieron de las expectativas existentes antes de la ofensiva. Los militares norteamericanos, asediados, aguijoneados por la corriente antibelicista imperante, habían asegurado pre­ maturamente a la opinión pública que a comienzos de 1968 la guerra se inclinaba rápidamente hacia una victoria norteamericana. De esta valoración excesiva­ mente optimista de la situación provino el error de pensar que a los nor­ teamericanos ya no les bastaba con derrotar al enemigo en el campo de batalla. En 1968, para los militares estadounidenses, y siempre y cuando quisieran que la oposición interna cesara y el apoyo de los ciudadanos continuase, era igualmente crucial lograr al menos otros cuatro objetivos: probar que, tras cuatro años de intensos combate terrestres, los norvietnamitas estaban próxim os a capitular; demostrar sin ningún género de dudas que los survietnamitas estaban cuando menos preparados para hacerse cargo de la m ayor parte de sus obligaciones defensivas; garantizar que los Estados Unidos podrían retirarse con rapidez y con un número mínimo de bajas, y corroborar que Vietnam del Sur era una democracia humana y liberal.

 

El Tet, una clara victoria norteam ericana, hizo añicos esas pretensiones, demostró que tales objetivos se habían convertido en algo problemático. Paradójicamente, la derrota demostró que la estrategia norvietnamita a largo plazo resultaba clarividente, aunque a Vietnam del Norte le despreocupase por completo el alto precio de esa estrategia en vidas humanas. Mientras los comunistas estuvieran dispuestos a sufrir miles de muertos simplemente para que la batalla con los norteamericanos siguiera viva, el tiempo estaba de su lado. Como un oficial del servicio de inteligencia norteamericano afirmó acerca de la brutal estrategia de desgaste del general Vo Nguyen Giap: “Su ejército no envía ataúdes al norte; Giap mide su éxito según el tráfico de los ataúdes norteamericanos que van hacia los Estados Unidos” (G. Lewy, America in Vietnam [Los Estados Unidos en Vietnam], p. 68).

 

Mientras los soviéticos y los chinos les proporcionasen armamento de primera calidad, mientras el Vietcong pareciese a muchos académ icos, pacifistas y periodistas norteamericanos influyentes un grupo de patriotas y libertadores y no un movimiento terrorista que había roto una tregua, y mientras los militares norteamericanos tratasen de librar una guerra convencional de acuerdo a normas absurdas y más pendientes de la cifra de muertos que de la conquista y dominio del territorio, los norvietnam itas continuarían reclutando soldados con la promesa de una pronta liberación, y esto, sin dejar de matar norteamericanos, según la terrible aritmética de las cifras de muertos. En cierta ocasión, un heraldo azteca advirtió a Cortés que los m exicas podían perder 250 guerreros por

 

 

 

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cada castellano muerto y aun así ganar la guerra. Trasladada al contexto de la guerra de Vietnam, esta admonición ejerció un profundo efecto sobre el general Westmoreland, y no porque en el campo de batalla hubiera muy pocos norteamericanos y demasiados enemigos, sino porque, desde un punto de vista político, a las bajas norteamericanas se les había marcado un límite preestable­ cido. Tal vez la clase política norteamericana creyera que Vietnam era una guerra por poderes enm arcada en un conflicto contra la tiranía comunista que duraba ya veinticinco años, pero lo cierto es que el pueblo norteamericano ponía cada vez más en duda la necesidad de ceder sus dineros y a sus hijos para una lucha tan lejana cuando no existían muchas probabilidades de que chinos o rusos alcanzaran las playas de Am érica del Norte vía Vietnam . Si Westmoreland hubiera estado en el lugar de Cortés en Tenochtitlán en 1520, habría informado de la amenaza azteca al rey Felipe II, solicitando instrucciones y pidiendo más conquistadores antes de avanzar. Cortés, por su parte, asintió al escuchar el pronóstico del heraldo azteca y planeó matar a 250 aztecas por cada conquistador caído.

 

Durante la ofensiva del Tet, 800.000 refugiados abandonaron sus aldeas y gran parte de ellos se dirigieron a Saigón, que no tardó en crecer hasta los cuatro millones de habitantes. El programa de pacificación rural patrocinado por los norteamericanos conocido como CORDS (Civil Operations and Revolutionary Development Support, es decir, Apoyo al Desarrollo Revolucionario y a las Operaciones Civiles) quedó en agua de borrajas y se evaporaron las esperanzas de que el campo llegara a ser seguro alguna vez. El ataque sobre Hué, las masacres que allí se llevaron a cabo y que el Vietcong consiguiera entrar en la embajada norteamericana causaron gran impresión en muchos survietnamitas. Si los burócratas norteamericanos de Saigón no eran inmunes a un ataque, ¿qué seguridad podía esperar la población rural vietnamita? La base de Khesanh, salvada heroicamente por encontrarse muy cerca de la DMZ, una ubicación clave, fue abandonada y arrasada, lo que demostraba muy poca consideración por los símbolos en una guerra repleta de ellos. El subsecretario de la Fuerza Aérea, Townsend Hoopes, resumió así la depresión de los norteamericanos:

 

 

Una cosa nos quedó clara: la ofensiva del Tet era el elocuente con­ trapunto del efusivo optimismo de noviembre. Demostraba de manera concluyente que los Estados Unidos no controlaban la situación, que no estaban ganando, que el enemigo conservaba una enorme fuerza y vitalidad, tanta, sin duda, como para borrar la idea de una victoria alia­ da clara de la mente de cualquier persona objetiva. [...] Incluso el incondicional y conservador Wall Street Journal afirmó a mediados de febrero: “En nuestra opinión, el pueblo norteamericano debería estar dispuesto a aceptar, si es que no lo está ya, la idea de que, tal vez, todo

 

 

 

 

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el esfuerzo llevado a cabo en Vietnam esté condenado, de que, tal vez, la situación se esté desmoronando ya bajo nuestros pies” (The Limits of Intervention [Los límites de la intervención], pp. 146-147).

 

Tras la victoria del Tet, el ejército norteamericano solicitó otros 206.000 efectivos y un cuarto de millón de tropas de reserva adicionales, a ojos del pueblo nor­ teamericano, un gesto que no demostraba precisamente que sus fuerzas armadas estuvieran ganando la contienda. Townsend Hoopes calificó esta petición de “barbaridad” . Sin nuevas tácticas ni una estrategia a largo plazo, la jefatura del MACV optaba por aumentar el número de tropas, excediendo con mucho el supuesto límite de 525.000 efectivos. El pueblo norteamericano se preguntó: ¿no derrotaron los Estados Unidos hace poco más de veinte años a la Wehrmacht alemana en Normandía con menos tropas y en menos tiempo? El gobierno hizo caso omiso a las peticiones.

 

Los cálculos del ejército norteamericano eran notoriamente inexactos en su valoración de las bajas enemigas en Vietnam. Por necesidad, sin embargo, el recuento de las bajas propias era mucho más preciso. L a m ayoría de los observadores establecieron entre 1.000 y 2.000 el número de muertos nortea­ mericanos durante la ofensiva del Tet. Al pueblo norteamericano le importaba muy poco que sus chicos estuvieran matando al enemigo según la insólita proporción de treinta o cuarenta muertos por cada Gl* caído. A los ciudadanos, como a los militares, les preocupaban más las bajas -pero las norteamericanas, no las norvietnamitas, igual que al general G iap -, y no dejaban de ver cómo aumentaban hasta alcanzar cifras intolerables, es decir, trescientos o cuatrocientos muertos por semana.

 

Qué extraño que en la culminación de una mortífera tradición militar de

 

2.500 años de antigüedad los estrategas norteamericanos hicieran caso omiso de los preceptos dictados por la herencia de los ejércitos occidentales. Cortés, que como los norteamericanos en Vietnam también era inferior en número, que estaba lejos de casa y en un clima extraño, que además estuvo a punto de su­ frir la insurrección de sus tropas y tuvo que hacer frente a las amenazas de sus superiores, que también luchaba contra un enemigo fanático que no le concedió cuartel, que contaba con aliados más débiles, sabía al menos que a sus propios soldados y a la Corona española les importaba poco cuántos cadáveres enemigos pudiera contar y mucho que tomase y conservase Tenochtitlán y pusiera fin a su resistencia con la m ayoría de su propio ejército vivo. Lord Chelm sford, que también estaba rodeado de críticos dentro y fuera del ejército, bajo amenaza

 

 

 

* Siglas de Government Issue, en principio, aplicadas a los uniformes y el equipo de los soldados norteamericanos y, finalmente, a los propios soldados [N. del TJ.

 

 

de ser relevado en el mando, que además ignoraba las características, situación y tamaño exactos de su enemigo, que sospechaba de los colonos hóers, de los idealistas ingleses y de sus aliados tribales, sabía al menos que hasta que con­ quistase Zululandia, destruyese el núcleo de los kraals reales y capturase al rey Cetshwayo la guerra proseguiría pese a los miles de zulúes que cayesen bajo el mortífero fuego de sus Martini-Henry.

 

Los generales norteam ericanos nunca se percataron del todo, o nunca consiguieron transmitirlo con claridad a los líderes políticos de Washington, de esta sencilla lección: que el número de enemigos muertos significaba poco en sí mismo si no conseguían asegurar y conservar el territorio survietnamita e invadir Vietnam del Norte, humillarlo o dejarlo impotente. Pocos miembros del alto mando norteamericano, si es que hubo alguno, destacaron ese principio por encima de las desastrosas reglas de aquella contienda, que sólo eran garantía de que muchos de sus soldados morirían sin una oportunidad real de obtener una victoria militar decisiva. Era como si los millares de licenciados de las academias militares de los Estados Unidos no tuvieran ni la menor idea de que poseían un patrimonio, una herencia militar mortífera, la de la doctrina bélica occidental.

 

 

 

 

ANALOGÍAS, LO VERDADERO Y LO FALSO

 

En los libros sexto y séptimo de su Historia de la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), Tucídides relata la larga lista de errores cometidos por los jefes y ciudadanos atenienses durante el viaje de su escuadra a Sicilia (415-413 a.C.) y después del mismo. Tucídides nos dice que se produjo un agitado debate sobre la decisión de enviar a la flota y que los aliados de Atenas en Sicilia, que habían solicitado ayuda para hacer frente a la agresión de los siracusanos, se revelaron corruptos, arteros, débiles y, en definitiva, de poco valor en la batalla. El principal responsable de la expedición, Alcibíades, fue reclamado ante la presencia de una voluble Asam blea antes siquiera de entrar en acción. Acabó por ofrecer ayuda al enemigo y residir en Esparta, principal adversaria de Atenas durante los veintisiete años de la guerra del Peloponeso.

 

Los demás comandantes, Lámaco y Nicias, se mostraron indecisos, vacilantes y paranoicos acerca de las consecuencias políticas de quedar empantanados en una guerra que, pese a las enormes fuerzas desplazadas desde Atenas, no podían ganar. De hecho, la resistencia del viejo conservador Nicias a atacar Siracusa y su petición de refuerzos masivos más parecían impulsadas por la preocupación sobre su propio futuro político que por su sapiencia estratégica. Si Tucídides lamentaba que la campaña habría podido ganarse si los atenienses hubieran apoyado a sus tropas, su propio relato de los acontecimientos parece

 

 

 

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a veces desmentir esta afirmación. Los atenienses, nos dice, no enviaron una escuadra, sino dos, es decir, más barcos, hombres y suministros de los que sus propios generales habían solicitado.

 

A l final, el relato de Tucídides sobre la expedición siciliana se lee como una tragedia de Sófocles, y es que, como el general Omar Bradley afirmó acerca de la posibilidad de librar una guerra contra los chinos a principios de la dé­ cada de 1950, aquélla era “una guerra equivocada que se libraba en el lugar equivocado, en el momento equivocado y contra un enemigo equivocado” . Al fin y al cabo, para Atenas, Sicilia era un teatro de operaciones completamente nuevo y lejano - a más de 1.300 kilómetros por m ar- que la obligaba a en­ frentarse a una potencia que no la había atacado directamente y en un momento en que el ejército espartano tenía las manos libres para marchar sin oposición hasta las murallas de su metrópoli.

 

No es de extrañar, nos dice Tucídides, que los ciudadanos atenienses perdieran empuje ante la continua llegada de noticias sobre el estancamiento de la situación y la necesidad de enviar más hombres y material. En cualquier sociedad, antigua o moderna, gobernada por el consenso se alzan voces de protesta cuando las operaciones de ultramar son gravosas económicamente y en vidas humanas y no se vislumbra en ellas una eventual victoria. En este sentido, el aumento de las protestas contra la Guerra de Vietnam dentro de los Estados Unidos era predecible. Las disensiones en la propia metrópoli están en consonancia con la historia. La ciudadanía occidental siempre manifiesta su oposición a su doctrina bélica en aquellas raras ocasiones en que la victoria se vuelve esquiva, a menudo con resultados no necesariamente negativos para los intereses a largo plazo de la nación, aunque sin duda sí lo sean para los infortunados soldados que se encuentran en el campo de batalla.

 

Los objetivos geopolíticos regionales y globales de los norteamericanos estuvieron más o menos claros desde un principio: conseguir un Estado no comunista, seguro e independiente en el sur de Vietnam y con ello poner fin a una agresión comunista generalizada en el sureste asiático. Pero los métodos para lograr estos objetivos aparentemente morales eran muy poco claros. La fórmula de la victoria nunca llegó a esbozarse. Los costes que podría acarrear la consecución de esos objetivos nunca se computaron. Desde un punto de vista ideal, a principios de los años sesenta se creía que los norteamericanos conseguirían entrenar a un ejército de resistencia democrático y avanzado. En dos o tres años, este nuevo ejército de la República de Vietnam tal vez pudiera defender su país en solitario, aunque, para preservar la paz y tal como ocurrió en Corea, quizá necesitase la presencia casi permanente de unos 30.000 soldados norteamericanos situados a lo largo de una zona desmilitarizada. Un agradecido pueblo vietnamita apoyaría en ese caso a su nuevo gobierno democrático y se alistaría solícitamente en su ejército para salvar a su país del comunismo, que

 

 

 

 

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tanta discordia y muerte en la sociedad civil había ocasionado en el pasado.

 

A l menos esto es lo que se pensaba.

 

Sin embargo, en 1964 los comunistas demostraban ya más dureza, los surviet-namitas más debilidad y el pueblo norteamericano m ayor escepticismo del que se suponía. En este punto, entre finales de 1964 y mediados de 1965, el presidente Johnson adoptó una desastrosa estrategia consistente en llevar a cabo una escalada continua de la guerra sin cambiar las reglas de combate de acuerdo a las cuales habían operado hasta entonces sus pequeños contingentes de tropas. El presidente, que no sabía nada de asuntos militares, no se percató de que enviar a cientos de miles de soldados norteamericanos a Vietnam para derrotar a unos comunistas del Tercer M undo -m ás de medio millón de tropas, 1,2 millones de bombas arrojadas al año, miles de enemigos muertos cada mes, trescientos o cuatrocientos estadounidenses muertos cada sem ana- era una prueba enormemente com prom etida que elevaba las apuestas geopolíticas regionales y globales de aliados y adversarios. Con un contingente tan enorme, el fracaso suponía una evidencia innegable de debilidad y, por tanto, una invitación a los soviéticos a embarcarse en nuevas aventuras. El fracaso, además, provocaría un aumento de las protestas en los Estados Unidos y pondría de manifiesto la incompetencia del gobierno survietnamita. Cuando los imperios dedican unos recursos tan ingentes a una aventura militar, el tiempo se convierte en su enemigo, y es que, si no se consigue un éxito inmediato, las dudas, fatales para cualquier nación hegemónica, se apoderan de ciudadanos y aliados, que comienzan a incomodarse.

 

 

Y       sin embargo, durante casi una década, los norteamericanos continuaron librando una guerra convencional sobre un terreno no convencional sin frentes de batalla claramente definidos ni frente interior contra el que luchar. Puesto que la estrategia global se ceñía a la prom esa de detener la expansión del comunismo en Asia y al mismo tiempo procuraba evitar, a cualquier precio, un enfrentamiento indirecto o accidental con chinos o soviéticos, cada vez que se debatía un cambio de táctica los estrategas se veían en la tesitura de hacer frente a todo tipo de paradojas. En general, se imponía una política que impedía el minado de puertos -hasta 1972- o la destrucción de edificios gubernamentales importantes en Hanoi y Haiphong por temor a matar a algún asesor o proveedor extranjero de los comunistas. Existía, además, una prohibición expresa de invadir Vietnam del Norte. Las centrales eléctricas y los grandes almacenes de material, que proporcionaban la energía y el equipo necesarios para abastecer a los soldados, también fueron objetivos prohibidos durante años. Durante la mayor parte de la guerra ningún soldado norteamericano tuvo permiso para entrar en Cam boya, Tailandia o Laos, aunque se sabía que en estos países el Vietcong tenía refugios y enormes depósitos de suministros. Se optó por los ataques aéreos y artilleros y por las bases defensivas fortificadas en lugar de apostar por

 

 

 

 

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ambiciosas ofensivas contra la guerrilla y por mantener un esfuerzo continuado contra los insurgentes a fin de librar del Vietcong a pueblos y ciudades.

 

Resulta irónico que, gracias a sus confusos esfuerzos para mantener la guerra dentro de unos parámetros equívocos y mal pensados, la administración nor­ teamericana consiguiera que la matanza se prolongara a lo largo de casi diez años. En el caótico universo vietnamita, el bombardeo indiscriminado de las junglas se consideraba una práctica militar aceptable, mientras que el ataque de precisión, mucho más humano, a las fábricas y astilleros de Hanoi no lo era; a consecuencia de ello, la vida de miles de norteamericanos sería sacrificada en aras de una derrota. Después de la guerra, y pese a que algunos activistas contrarios a la misma asegurasen que el ejército norteamericano había matado a miles de personas en las calles y estado a punto de arrasar la capital, los visitantes de Hanoi se quedaban perplejos al comprobar que la ciudad apenas había sufrido daños a causa de los bombardeos.

 

Las administraciones de Johnson y Nixon creyeron que podrían repetir lo ocurrido en Corea, una especie de victoria conseguida pese a la corrupción del gobierno surcoreano, la entrada en guerra de un enorme ejército chino, la muerte de casi 50.000 norteam ericanos, y a los parám etros estrictamente políticos que habían guiado el desarrollo del conflicto. Sin embargo, tanto Johnson como Nixon malinterpretaron la analogía con Corea. En términos relativos, los soviéticos y los chinos eran mucho más débiles con respecto a los Estados Unidos en 1950 que en 1965. En Corea, ni unos ni otros suponían una amenaza nuclear digna de consideración para las costas norteamericanas. Pero el gobierno norteamericano subestimó el tradicional temor de los chinos al poder del ejército estadounidense en una guerra convencional y no recordó que los comunistas chinos habían sufrido 800.000 muertos en Corea a conse­ cuencia de los bombardeos aéreos y terrestres norteamericanos y no tenían deseos de que la m ism a debacle se repitiese en Vietnam . Si bien es cierto que era necesario tomar precauciones para no provocar a las potencias nucleares comunistas, en la m ayor parte de los casos, una desproporcionada cautela con respecto a rusos y chinos reprimió en exceso el alcance de la respuesta norteamericana.

 

 

Hacia 1965, los norteamericanos, que estaban convencidos de que existía el riesgo potencial de que el conflicto se extendiese, con el consiguiente peligro de introducción de armas nucleares, evitaron atacar los barcos soviéticos que navegaban por aguas norvietnamitas, no persiguieron a los cazas que viola­ ban el espacio aéreo y no quisieron presionar a Hanoi hasta el extremo de que chinos y soviéticos considerasen necesaria su intervención para salvar al régimen. La administración Johnson prefería que los soldados norteamericanos perdieran la vida a manos de furtivos voluntarios chinos y soviéticos a que muriesen en una batalla abierta. Además, en 1950, los pilotos norteamericanos

 

 

no tardaron en dominar los cielos norcoreanos, mientras que en 1972 Vietnam contaba con avanzado material de defensa aérea chino y soviético -8.000 cañones antiaéreos, 250 baterías de misiles tierra-aire, entre doscientos y trescientos modernos cazas a reacción y miles de asesores militares extranjeros-, lo cual significaba que, en cualquier cam paña de bom bardeo, la cifra de aviones norteamericanos derribados no dejaría de aumentar. Por otro lado, Vietnam era mucho más frondoso que Corea, de modo que los bombardeos eran mucho más imprecisos, puesto que la bóveda boscosa de la jungla ocultaba la localización exacta de las tropas enemigas.

 

Mucho más importante fue que el presidente surcoreano, Syngman Rhee, hubiera recibido más apoyo de su nación que cualquiera de los líderes sur-vietnamitas. Rhee había sido capaz de postularse como protector de la autonomía coreana frente a los títeres norvietnamitas del Estado estalinista chino, de modo equivalente a como Ho Chi Minh había hecho en Vietnam recordando a la población que los norteamericanos no eran más que los últimos imperialistas de una larga cadena de agresores franceses y japoneses a los que los vietnamitas ya habían conseguido expulsar años atrás. En Corea, los norteamericanos estaban convencidos de que su contumacia había detenido una marea comunista que avanzaba en dirección a Japón . Pocos, por el contrario, creían que tras ganar en el Vietnam el comunismo fuera a ampliar su esfera de influencia más allá del sureste asiático, una región que importaba a muy pocos soldados o ciudadanos norteamericanos. Por lo demás, en 1964, los norteamericanos eran un pueblo distinto al de los primeros años cincuenta, época en que comenzó la Guerra Fría. Eran, en efecto, una nación más acom odada, progresista y en general cansada de dos décadas de constante y costosa política de disuasión del comunismo en todo el mundo.

 

Finalmente, si en Corea los Estados Unidos se enfrentaban a la amenaza real de un bloque comunista unido, en 1965 muchos norteamericanos tenían la sensación, sin duda algo ingenua, de que China y Rusia casi eran enemigos, de que, tradicionalmente, Vietnam había sido enemigo de China y de que los comunistas camboyanos, laosianos y tailandeses no estaban unidos y por el contrario compartían una larga historia de antagonismos mutuos y hacia los vietnamitas. Así pues, en Vietnam, era mucho más difícil convencer a los aliados de los Estados Unidos o a la propia nación norteamericana de que la agresión comunista representaba un peligro para los propios Estados Unidos o para Europa:

 

 

El comunismo vietnamita, por detestable que pueda parecer, no representaba una clara amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. Si Vietnam hubiera estado en África o en el oeste de Asia en lugar de junto a la frontera china, la victoria comunista sobre una colonia

 

 

 

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francesa o un régimen anticomunista sólo habría supuesto una preocu­ pación pasajera (D. Oberdorfer, Tet!, p. 334).

 

Todas estas consideraciones habrían sido discutibles si los Estados Unidos hubieran ganado la guerra de manera rápida y decisiva. Pero este tipo de victoria, la deseada, resultaba imposible teniendo en cuenta bajo qué condiciones diri­ gieron la guerra los militares norteamericanos. Finalmente, millones de esta­ dounidenses acabarían por enfurecer e impacientarse al darse cuenta de la ignorancia e incompetencia de sus líderes políticos y militares.

 

 

FRACTURAS

 

Ya en 1965, tres años antes de la ofensiva del Tet, en el seno de las clases política y militar de los Estados Unidos surgían enormes fracturas a medida que los medios de comunicación y la cultura popular coincidían en que la guerra no sólo era un error, sino que, además, era cada vez más amoral. En la izquierda radical, una vieja coalición de comunistas, socialistas y pacifistas aliada con nuevos disidentes y anarquistas muy diversos -un amplio espectro de personajes que iba desde Tom Hayden, Ja n e Fonda y Abbie Hoffman hasta Susan Sontag, M ary McCarthy, Ramsey Clark y los hermanos Berrigan- abogaba abiertamente por la salida norteam ericana de Vietnam . Este grupo aceptaba, cuando no recibía de buen grado, la derrota y tachaba el papel de los Estados Unidos de imperialista, racista y explotador, lo que estaba en consonancia, desde su punto de vista, con gran parte de su historia. De hecho, muchos de estos activistas deseaban la formación de tribunales encargados de juzgar crímenes de guerra y el procesamiento de políticos y militares norteamericanos.

 

M enos extremistas, pero quizá igual de ingenuos, eran muchos liberales tradicionalistas que iban radicalizando sus posturas a medida que progresaba la guerra. Para ellos, los norvietnamitas eran parecidos a los socialistas europeos y el conflicto de Vietnam no era más que una “guerra civil”, pese a que existían evidencias de que las atrocidades norvietnamitas se remontaban a principios de la década de 1950, de la implicación en el conflicto de chinos y soviéticos y de que en Vietnam del Sur los comunistas contaban con m uy pocos apoyos. Estas dos facciones apelaban abiertamente a una retirada inmediata o eran indiferentes a una victoria militar norvietnamita.

 

Los demócratas m oderados aún creían en la idea de contención que ca­ racterizaba la Guerra Fría. Sin embargo, después del Tet, algunos disidentes y ex miembros de la administración Johnson como Robert McNamara opinaban que el precio de la victoria en Vietnam era tal vez demasiado alto y originaba demasiadas desavenencias en el seno de la sociedad norteamericana. Muchos

 

 

razonaban que las tropas estadounidenses estaban mejor en cualquier otro lugar, es decir, en Corea y en Europa, como baluartes disuasivos contra una posible agresión china o soviética. En general, hacia 1970, los moderados apelaban a una paz negociada y, una vez conseguida, a una gradual pero irrevocable retirada para evitar que la nación se hiciera pedazos.

 

Los conservadores también estaban divididos. Los de extrema derecha, como Barry Goldwater y George Wallace, con quien Curtís LeM ay se presentó a las elecciones presidenciales en 1968, no veían razones para no poner fin a la guerra con rapidez y una victoria empleando todos los medios posibles, incluida la invasión de Vietnam del Norte y, quizá, el uso de armas nucleares tácticas. Confiaban en la superioridad táctica norteamericana sobre los norvietnamitas y en la ventaja estratégica de los Estados Unidos con respecto a Rusia y China. En su opinión, a los Estados Unidos no les faltaba potencial, sino voluntad.

 

Los que pertenecían a la corriente mayoritaria del Partido Republicano también estaban furiosos ante las normas impuestas al conflicto, pero creían que una guerra convencional pero vigorosa podría obtener resultados rápidamente sin necesidad de recurrir a una invasión a gran escala de Vietnam del Norte ni a una declaración de guerra. Los miembros de este grupo, por tanto, abogaban por intensificar los bombardeos de Vietnam del Norte, llevar a cabo incursiones en Laos, Cam boya y Tailandia, mantener un control aéreo constante de los países supuestamente neutrales, minar los puertos del enemigo y comenzar un bloqueo en aguas vietnamitas. En 1970 la vietnamización por la que apostaba Richard Nixon se convirtió en su credo. Suponían que mantener la intensidad de los bombardeos bastaría para reforzar la resistencia survietnamita.

 

Finalmente, algunos populistas de la corriente dominante y los aislacionistas conservadores, entre los que se encontraban personajes como el senador Wayne Morse y Mike Mansfield o los editores del Wall StreetJournal, argumentaban que Vietnam estaba fuera de la esfera norteamericana de intereses y no era digno de una sola muerte norteamericana. Sus demandas de retirada, sin embargo, se centraban en la terrible pérdida de vidas de ciudadanos estadounidenses y de capital en Asia, algo m uy distinto a lo que decían sus hom ólogos de la izquierda radical, al parecer, más preocupados por los muertos vietnamitas que por los norteamericanos.

 

Otras fracturas no eran tan ideológicas. Los sureños, por ejemplo, valoraban sobre todo el “honor” de los Estados Unidos y en líneas generales apoyaban una escalada del conflicto siempre que condujese a la victoria, mientras que en Nueva Inglaterra o en la costa oeste apostaban más por la retirada inmediata. Pese a que un alto porcentaje de su electorado estaba combatiendo y muriendo en Vietnam, los líderes negros e hispanos consideraban la oposición a la guerra como parte integrante de cuestiones más amplias relacionadas con los derechos civiles y las alianzas con los blancos liberales y, en consecuencia, abogaban

 

 

 

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por salir de la contienda de inmediato y a cualquier precio. Las mujeres solían valorar más la paz que la victoria. Los más instruidos apostaban por una reevaluación de la situación cuando no por un reconocimiento de la derrota, mientras que entre aquellos que no habían pasado por la universidad había una mayoría que apoyaba la política del gobierno norteamericano.

A       la hora de identificar a unos y a otros por su postura frente a la guerra, las etiquetas “republicano” o “demócrata” comenzaron a significar muy poco. Incluso etiquetas más rígidas como las de “halcones” y “palomas” solían trans­ formarse en “fascistas” y “comunistas” , y, al final, en “criminales de guerra y traidores” , lo que no deja de recordarnos la situación descrita por Tucídides en el libro tercero de su Historia de la guerra del Peloponeso a propósito del estan­ camiento de la situación en Corcira (Corfú, 427 a.C.). Cuando las sociedades gestionadas mediante el consenso han de hacer frente a guerras que las debilitan, afirma Tucídides, van perdiendo irremisiblemente el delgado barniz de la cultura que tanto les ha costado adquirir. L a civilidad, la moderación y la honradez en la expresión son las primeras víctimas de esta situación extrema. El mismo perjuicio podía esperarse de una sociedad libre que estaba incómoda con la conducción y los gastos de una guerra impopular y al parecer incontrolable. Las comedias de Aristófanes, las tragedias de Eurípides y la Historia de Tucí­ dides, escritas durante la guerra del Peloponeso, constituyen un copioso precedente de una corriente de disensión antibelicista que se remonta a los orígenes de la civilización occidental. Pero en las protestas por la guerra de Vietnam intervenían tres factores nuevos en la cultura occidental que quizá las diferenciaban de la larga tradición occidental de oposición a las operaciones militares.

 

 

En primer lugar, debido a la era electrónica era casi seguro que la matanza sería televisada en directo. Pocos jefes militares norteamericanos, que dieron rienda suelta a los reporteros de televisión y a los reporteros fotográficos, se dieron cuenta de las consecuencias de esta revolución mediática. La Primera o la Segunda Guerra Mundial podrían haber concluido de un modo distinto si los europeos hubieran visto la carga del Somme en toda su inmediatez o si los ciudadanos de los Estados Unidos hubieran contemplado la matanza de la playa de Omaha mientras los reporteros comentaban, en el mismo momento en que se estaba produciendo, la locura que cometían los norteamericanos al atacar posiciones fijas con el mar encrespado. Los cortometrajes documentales rodados en el Somme, en efecto, conmocionaron a la opinión pública británica. Si se hubieran proyectado más películas semejantes, si los combates se hubieran emitido en directo, es muy posible que la población inglesa hubiera dejado de prestar su apoyo a la guerra. El alto mando norteamericano, si bien veladamente, se percató al final de que la cobertura que los medios de comunicación prestaron a la guerra de Vietnam suponía cambios revolucionarios:

 

 

 

 

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La imagen de algunas casas de Saigón en llamas presentada por la voz grave de un comentarista como ejemplo de la destrucción causada en la capital creaba la inevitable impresión de que en todo Saigón o en su mayor parte ocurría lo mismo. Esa tendencia humana a generalizar a partir de un único hecho y extraer conclusiones universales ha sido siempre una de las causas principales de las visiones distorsionadas de Vietnam y sin duda contribuyó al pesimismo que en 1968 se extendió por los Estados Unidos después de la ofensiva del Tet (M. Taylor, Swords and Plowshares [Espadas y arados], p. 215).

 

 

La pura espontaneidad de la imagen audiovisual, junto a la necesidad de que los comentarios que la acompañan y su montaje sean fragmentarios, daban más valor aún a la integridad y competencia de los periodistas, en un momento en que había dem anda de reporteros y se los enviaba a Vietnam sin mucha experiencia ni orientación. M illones de telespectadores podían ver a un Gl incendiando una aldea y sin em bargo no escuchar ningún comentario que explicase por qué lo hacía. El bombardero de Hué fue emitido a todo el mundo, lo que provocó el aumento del antiamericanismo, pero ni siquiera las cadenas de televisión norteamericanas emitieron de forma simultánea imágenes de las fosas comunes de la misma ciudad donde se apilaban miles de inocentes masacrados por los comunistas.

 

En segundo lugar, puesto que Vietnam coincidió con el período de mayor agitación cultural y política de la historia de los Estados Unidos -los derechos civiles, la liberación de la mujer, la música rock, las drogas, la revolución sexual-, la guerra constituyó un catalizador general para protestas antisistema de todo tipo y fue el lugar de reunión de buen número de disidentes. Los reporteros gráficos y los equipos de televisión se adaptaron a la nueva cultura de los medios y adoptaron un punto de vista contestatario, lo que los diferenciaba de los viejos corresponsales de guerra. Si los futuros Patton del ejército norteamericano deseaban un breve destino en Vietnam a fin de ganar experiencia de combate

 

y titulares útiles para futuras promociones, también los periodistas y los reporteros que querían hacer carrera podían conseguir celebridad inmediata y la condición de famosos si exageraban cualquier ejemplo especialmente destacado de la incompetencia o ignominia del ejército estadounidense. Que tantos oficiales de alta graduación y reporteros -opuestos con respecto a la guerra, pero iguales en su conducta con respecto a sus carreras- mintieran de modo habitual al pueblo norteamericano era lamentable pero predecible, dada la naturaleza de

la implicación de su país en la guerra.

 

En tercer lugar, a principios de los años sesenta, los Estados Unidos se encontraban en el punto culminante de su prosperidad económica, con un nivel de riqueza jam ás alcanzado por ninguna civilización anterior. Como resultado

 

 

 

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de ello, m illones de norteamericanos disidentes -estudiantes, intelectuales, periodistas- tenían posibilidades de viajar, disfrutar de su ocio y disponer de dinero sin estar sometidos a las restricciones que en el pasado imponía un trabajo continuo. Un estilo de vida caracterizado por la libertad, la movilidad y el gasto, que antaño sólo podía permitirse una reducida aristocracia, estaba ahora a disposición de millones de personas. Si en el pasado había muchos estudiantes pobres que jam ás salían del campus, trabajaban largas horas y se preocupaban únicamente de sus notas y futuro empleo, mientras que los profesores rara vez abandonaban su universidad y estaban obligados por largos programas de estu­ dios, en Estados Unidos, a principios de los años sesenta, millones de activistas tenían tiempo y libertad para viajar y dinero para emplear su energía en protestas y activismo.

 

L a televisión tenía grandes presupuestos para corresponsales itinerantes, emisiones por satélite, viajes en avión y reportajes de investigación. Las uni­ versidades ofrecían matrículas gratuitas, prórrogas de estudios y becas. Las ayudas, los años sabáticos, las colaboraciones y la prensa subvencionada daban a una clase académica anteriormente empobrecida nuevas oportunidades para publicar y difundir todo tipo de críticas hacia la guerra. El movimiento anti­ belicista se convirtió en una industria que movía muchos millones de dólares y cuya existencia, como los enormes gastos que originaba Vietnam, se basaba completamente en la enorme producción de la economía capitalista nortea­ mericana. Como consecuencia de ello, las protestas solían cruzar los límites tradicionales de la disensión y ayudaban directamente al enemigo, como más tarde confesaron los norvietnamitas:

 

 

Todos los días, nuestros jefes escuchaban las noticias internacionales que la radio emitía a las nueve de la mañana. Querían estar al tanto del aumento del movimiento antibelicista en los Estados Unidos. Las visitas a Hanoi de gente como Ja n e Fonda, algunos ex ministros y el ex fiscal general Ram sey C lark nos daban confianza para aguantar cuando sufríamos algún revés en el campo de batalla. Nos pusimos eufóricos cuando, en una conferencia de prensa, Ja n e Fonda, que se había puesto un vestido rojo norvietnam ita, afirmó que estaba aver­ gonzada de lo que estaban haciendo los norteam ericanos y que lu ­ charía junto a nosotros (L. Sorley, A Better War [Una guerra mejor],

 

P- 93)-

 

En la larga historia de las guerras en que ha intervenido Occidente es difícil imaginar un conflicto más difícil que Vietnam, donde el soldado norteamericano se enfrentaba a úna hueste de enemigos que jam ás im aginaron otros com ­ batientes: a ciudadanos de su propio país que a menudo condenaban sus acciones

 

 

 

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y prestaban ayuda al enemigo, a terroristas e infiltrados del Vietcong que se hacían pasar por civiles vietnamitas neutrales y a su propio gobierno, que por razones ajenas a la lógica militar restringía los lugares y los medios para responder al enemigo.

 

 

 

MITOS SOBRE VIETNAM

 

La prensa y los medios audiovisuales norteamericanos se percataron con relativa prontitud de lo que sucedía en Vietnam : los militares y los altos cargos de Washington tergiversaban con frecuencia la situación bélica y a veces la falseaban. Las tácticas norteamericanas -especialm ente los bombardeos tipo alfombra de junglas y bosques- eran ineficaces, cuando no inhumanas y contraproducen­ tes, al menos, ocasionalmente. La exención del servicio militar no era equitativa. El gobierno survietnamita era a menudo poco honrado. Las normas del conflicto eran cómicas.

 

De modo que los periodistas y reporteros tenían toda la razón cuando afir­ maban que el alto mando norteamericano dirigía aquella extraña guerra con mucha ineptitud. Sólo el 15% de los 536.000 efectivos que se encontraban en Vietnam estaban en primera línea. Aunque era cierto que en Vietnam no había zonas completamente seguras a causa del terrorismo y los infiltrados, la mayoría de los veteranos apenas entraban en contacto con el enemigo. Al cabo de un año de servicio, cuando los pocos soldados destinados en primera línea se habían adaptado por fin a los rigores de la guerra, debían volver a casa sin más. Con frecuencia, los oficiales no permanecían en una unidad de combate más de seis meses. Por otro lado, algunas bases alejadas del frente contaban con piscinas, cines y clubes nocturnos.

 

Se hacía necesaria una discusión pública de estos problemas, y se produjo. La disensión resultó de un valor incalculable y contribuyó a una necesaria re­ consideración del propósito, la conducción y la moralidad de una guerra no declarada que se libraba muy lejos de las fronteras de los Estados Unidos. A los movimientos antibelicistas los siguió una reforma del ejército, la entrada en vigor de una m uy necesaria legislación para evitar los abusos del poder presidencial y un análisis sobre la pertinencia de la intervención militar en ultramar. Después de 1968, el ejército norteamericano, que disminuyó en efec­ tivos, actuó con más perspicacia y, bajo el mando del general Creighton W. Abrams, puso fin a muchos de los abusos que habían subrayado los medios de comunicación. Al final, como en el caso de la desastrosa expedición siciliana de la antigua Atenas, muchos decidieron que los Estados Unidos no debían invertir tantos fondos ni vidas tan lejos de casa y en una guerra que no podía ganarse limitándose a las normas aceptadas de la Guerra Fría, que impedían

 

 

 

 

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interrumpir totalmente las líneas de suministro de los comunistas o invadir Vietnam del Norte.

 

Y       sin embargo, con la crítica generalizada a la política norteamericana, muy a menudo surgía la histeria -las predecibles licencias de una sociedad occidental libre y rica que tanto habían molestado a críticos de la democracia como Hegel y Platón-, que ensombrecía la verdad y daba pábulo a las mistificaciones. Como consecuencia de ello, pocos saben que después de la victoria norteamericana en el Tet o durante los bombardeos de castigo de Vietnam del Norte de 1973, un Vietnam del Sur no comunista era viable, siempre y cuando el pueblo norteamericano hubiera sabido los hechos que concernían a los progresos de la guerra o a la sórdida historia y conducta de los comunistas norvietnamitas. No obstante, y pese a la cobertura de los medios, es posible especular que muchos menos vietnamitas habrían muerto o sido exilados si los comunistas no hubieran conquistado todo el país en 1975.

 

Casi todo lo que la prensa occidental dijo acerca del Tet fue tan engañoso como las declaraciones de los norvietnamitas en el sentido de que habían logrado una gran victoria militar o la afirmación de los militares norteamericanos de que la ofensiva comunista no tendría consecuencias políticas a largo plazo que pudieran conducir a un cambio de la política de su gobierno. En Big Story [Gran noticia], el veterano reportero Peter Braestrup dedicó una gruesa obra de dos volúmenes a exponer los engaños y las mentiras dichos por los medios de co­ municación occidental a propósito de la ofensiva del Tet. Desde su punto de vista, la noticia de una victoria norteam ericana dura y caracterizada por la notable valentía de los soldados norteamericanos no encajaba bien ni con el sensacionalismo capaz de labrar magníficas carreras profesionales ni con el sen­ timiento antibelicista generalizado entre los propios reporteros.

 

Si bien no era cierto que el gobierno survietnamita fuera muy jeffersoniano, tampoco lo era que el Frente de Liberación Nacional o los norvietnamitas contasen con un enorme apoyo popular entre los survietnamitas. Antes del Tet los comunistas se jactaban, y así se dijo, de que diez de los catorce millones de survietnamitas vivían en sectores que se encontraban bajo control directo norteamericano y que por tanto acogerían de buen grado la “liberación” del Tet. En realidad, la gran m ayoría de los survietnamitas vivían en zonas de seguridad del A R V N y del ejército norteamericano. M uy pocos se unieron a la revuelta, la mayoría sintió más y no menos miedo después de la fallida ofensiva del Tet. Hué no quedó completamente en ruinas. Lejos de ser arrasada y casi abandonada, la ciudad recibió mucha ayuda norteam ericana para su re­ construcción. A finales de año, la mayoría de los refugiados habían vuelto y la ciudad había recuperado el pulso que tuvo antes de los combates. Pero los medios de comunicación dijeron otra cosa: “ La única manera de conquistar Hué fue destruyéndola” .

 

 

 

 

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El comentario, que no se correspondía con la realidad, era un eco de lo que un oficial norteamericano había dicho a Peter Arnett a propósito de la lucha en Ben Tre, una ciudad del delta del Mekong: “Fue necesario destruir la ciudad para salvarla” (D. Oberdörfer, Tet!, p. 184). Pese a que no había pruebas, aparte de la palabra del propio Peter Arnett, de que ningún oficial hubiera dicho nada parecido, al perplejo e indignado pueblo norteamericano se le presentó la frase como indicativo de la forma absurda y deliberada en que los militares estadounidenses habían respondido a la ofensiva del Tet. Arnett nunca dijo el nombre de su supuesta fuente, ni tampoco consiguió a nadie, civil o militar, que pudiera corroborar la frase. Una investigación militar destinada a encontrar al supuesto oficial no consiguió nada. En realidad pudo ocurrir que los asesores norteamericanos en Ben Tre, a los que el Vietcong estaba superando, solicitaran un bombardeo aéreo de la ciudad para evitar su aniquilación y que, probable­ mente, ese bombardeo ocasionase bajas civiles, pero no hay ninguna evidencia de que los norteamericanos destruyeran Ben Tre deliberadamente ni de que la destrucción pudiera tomarse como un gesto indicativo de la política oficial aplicada en Vietnam.

 

Los bombardeos de Vietnam del Sur o del Norte no iban dirigidos contra civiles inocentes. Fueron los ataques indiscrim inados de la artillería del Vietcong y norvietnamita los que causaron las mayores matanzas de inocentes. El paisaje vietnamita no quedó asolado a consecuencia de los bombardeos norteamericanos o el uso de herbicidas. Sólo el 10% del territorio rural, donde habitaba menos del 3% de la población del país, fue sometido a los defoliantes durante los programas de pulverización aplicados entre 1962 y 1971. Durante el año del Tet se plantaron 40.000 hectáreas de nuevos brotes importados de arroz. En 1969 la producción de arroz alcanzó los 5,5 millones de toneladas métricas, cifra superior a la de cualquier otro año desde la Segunda Guerra Mundial. En 1971 la milagrosas cepas de arroz norteamericanas dieron como resultado la m ayor cosecha de la historia de Vietnam del Sur: 6,1 millones de toneladas métricas. A causa de la presión norteam ericana, el gobierno survietnamita repartió más de un millón de hectáreas entre cerca de 400.000 granjeros en 1972, un momento en el que en Vietnam del Norte, un país donde la propiedad privada había dejado de existir y en el que, en los años cincuenta, miles de personas fueron etiquetadas como capitalistas y por tanto asesinadas o exiliadas, a veces por poseer una hectárea de tierra. Lo que arruinó la economía rural vietnamita fue la infiltración del Vietcong en el campo y la co­ lectivización de la tierra, confirm ada en 1975, cuando ya durante la paz la producción agrícola de todo tipo se vino abajo. A finales de la década de 1970 Vietnam era uno de los países más pobres del mundo y estaba al borde de la hambruna en una zona de Asia rodeada de Japó n , Indonesia y Corea del Sur, países muy ricos. L a economía mejoró en las décadas de 1980 y Í990

 

 

 

 

 

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debido sobre todo a la introducción de modestas reformas propias de una eco­ nomía mercantilista.

 

No todos los críticos de la presencia norteamericana en Vietnam eran disidentes por principios. Incluso mucho tiempo después de la guerra, muchas personas confesaron abiertamente que preferían una victoria comunista y daban, por tanto, una visión romántica del Tet que revelaba más sobre su propia ideología que sobre lo que había ocurrido en el campo de batalla:

 

En términos generales, la ofensiva del Tet supuso una poderosa contribución a la reconstrucción de ciertas corrientes socialistas en los Estados Unidos. [...] Cuando los insurgentes salieron a la luz “gritando sus lemas y peleando con enervante furia” , nos dimos cuenta de que no sólo eran nobles víctimas, sino de que iban a ganar la guerra. Arrastrados por el empuje de su resistencia, queríamos asociarnos con los revolu­ cionarios vietnamitas (el Tet hizo de la bandera del FLN un emblema) y averiguar de qué modo nuestra recién descubierta visión del “poder para el pueblo” podía llevarse a cabo aquí, en los Estados Unidos. [...] La ofensiva demostró que el socialismo no era sólo una postura moral o un sueño académico, sino una posibilidad real enmarcada en la acción colectiva de unas personas reales (D. Hunt, “ Rem em bering the Tet Offensive” , en M. Gettleman et al., eds., Vietnam and America [Vietnam y los Estados Unidos], p. 376).

 

 

Se hizo caso omiso de las masacres de Hué, de la derrota general de los vietnamitas durante el Tet y del rechazo al comunismo que existía tanto en Vietnam del Sur como en los Estados Unidos. En vez de ello, se dijo que los criminales ataques y ejecuciones de Vietnam del Norte durante la tregua del año nuevo lunar habían sido “rápidos y tranquilos” (p. 366).

 

Aunque los survietnamitas eran corruptos y con frecuencia brutales, nunca se vieron involucrados en una masacre de la escala de las que se perpetraban en Vietnam del Norte. Mucho antes de las matanzas de Hué los comunistas habían obtenido un sórdido récord de ejecuciones y persecuciones que los críticos de la guerra olvidaban o ignoraban. El gobierno de Vietnam del Norte no hizo jam ás ningún intento por participar de forma honesta en unas elecciones que, en 1956, habrían permitido a todos los vietnamitas votar libremente y sin coerción; en 1976, por el contrario, otras elecciones “ libres” dieron como resultado el 99% de votos a favor de los comunistas. Cuando se produjo la partición del país (1954), nueve de cada diez refugiados se dirigieron al sur, el número total de refugiados que expresó su postura política echándose a los caminos casi llegó al millón. Más de 10.000 vietnamitas fueron ejecutados durante la colectivización agraria que los comunistas llevaron a cabo a comienzos de los

 

 

 

462

 

 

años cincuenta; en realidad, esta cifra bien podría rebasar los 100.000, y sería entonces un preludio del holocausto que habría de ocurrir en Cam boya en 1977 y 1978. A pesar de todo, algunos críticos antibelicistas eminentes afirmaron:

 

¿Aquellos que estuvimos en Vietnam y nos oponíamos a la presencia norteamericana esperábamos el eclipse repentino del Gobierno R evo ­ lucionario Provisional y la imposición del poder por parte del Norte? Pues yo no. ¿Anticipábamos la reconciliación, como ocurrió en Hungría tras la revolución? Eso es lo que yo esperaba. ¿Preveíamos la creación de una cadena de campos de reeducación en los que decenas de miles de personas acabarían encarceladas sin juicio y durante períodos indefinidos? ¿Esperábamos que los liberadores fueran condenados algunos años más tarde por Am nistía Internacional por violar los derechos humanos? ¿Esperábam os que cientos de miles de personas se echaran al mar en botes y abandonasen las tierras de sus antepasados, que en tan alta estima tenían? (W. Shawcross, “The Consequence of the War for Indochina” , en H. Salisbury, ed., Vietnam Reconsidered [Nuevas consideraciones sobre Vietnam], p. 244).

 

 

La respuesta a estas preguntas era “por supuesto” , según podía advertir cualquier observador sensato a la vista del atroz récord de violaciones de los derechos humanos de los norvietnam itas en las décadas previas a la guerra o en las carnicerías sistemáticas que los jefes del Partido Comunista de China y de la Unión Soviética habían llevado a cabo en sus países. Quizá el m ayor crimen m oral de los disidentes norteamericanos fuera su posterior y casi unánime silencio sobre el holocausto camboyano, sin duda uno de los acontecimientos más horribles e inhumanos del siglo xx . Los pocos que escribieron sobre aquella matanza culpaban con frecuencia a los Estados Unidos de que los jemeres rojos hubieran llegado al poder, como si aquellos que habían combatido al comunismo fueran causantes de la victoria comunista que condujo a un holocausto co­ munista.

 

Pero no todas las críticas de aquella guerra norteamericana eran meras posturas académicas de café. Cientos de norteamericanos visitaron Hanoi para colaborar con los norvietnamitas. Tom Hayden y ja n e Fonda emitieron propaganda hostil a las tropas de primera línea norteamericanas y llamaron a su hijo Troi -nombre que más tarde cambiaron por el de Troy- en honor a un héroe norvietnamita. En plena guerra, David Halberstam escribió una biografía m uy favorable a Ho Chi Minh (Ho, Nueva York, 1971). Liberales destacados como Martin Luther King afirmaron falsamente que los norvietnamitas estaban influenciados por los ideales de la Constitución norteamericana y que nuestros bombardeos podían compararse a las atrocidades cometidas por los nazis durante la Segunda Guerra

 

 

 

4 %

 

 

Mundial. Comunistas como Herbert Aptheker y Michael Myerson aseguraron a los norteamericanos que los prisioneros de guerra recibían un buen trato. Los dos se entrevistaron con altos funcionarios enemigos, fueron entrevistados por la radio norvietnamita y a continuación dieron conferencias que trataban de la nobleza de la causa comunista.

 

En general, los norteamericanos que visitaban Vietnam veían a los comunistas como “héroes” y a los prisioneros norteamericanos como criminales de guerra. David Dillinger, que entrevistó a los prisioneros de guerra norteamericanos en Hanoi, calificó las torturas que sufrieron de “broma de los prisioneros de gue­ rra”, afirmando que la administración Nixon había inventado los informes que hablaban de prisioneros torturados e inocentes. “La única tortura verificada re­ lacionada con los prisioneros de guerra norteamericanos de los norvietnamitas” , pontificó Dillinger, “es la de las familias de los prisioneros, que llevan a cabo el Departamento de Estado, el Pentágono y la Casa Blanca” (G. Lewy, America in Vietnam, p. 336). Algún tiempo después, Anne Weills resumía mejor las sensa­ ciones de los activistas en la siguiente reflexión: “Deberían comprender que, en el seno del movimiento antibelicista, ser capaz de ir a Vietnam o conocer a la señora Binh en París [jefa de la delegación del Frente Nacional de Liberación] se consideraba un gran honor. Los que lo hacían eran nuestros héroes y heroínas” (J. Clinton, The Loyal Opposition [La oposición leal], p. 124). Alien Ginsberg escribió un poema: “ ¡Dejemos que el Vietcong venza al ejército norteamericano! [...] y, si por mí fuera, que perdamos y nuestra voluntad / se quiebre / y nuestros ejércitos se dispersen” (CollectedPoems, 1947-1980 [Poemas reunidos, 1947-1980], p. 478).

 

 

Años después del conflicto Noam Chomsky, que visitó Hanoi en 1970, resumió mejor que nadie la contumaz visión que de los Estados Unidos tenían los activistas contrarios a la guerra:

 

Atacamos una nación, matamos a varios millones de personas, asola­ mos el paisaje, empleamos armas químicas, dejamos el país lleno de bombas que todavía hoy causan la muerte de muchas personas, llevamos a cabo una guerra química con cientos de miles de víctimas y, a pesar de todo esto, la única cuestión humanitaria que se plantea es si nos están proporcionando información sobre los aviadores norteamericanos que derribaron mientras los bombardeaban. Es el único problema humani­ tario que queda pendiente. H ay que retrotraerse a la Alem ania nazi para encontrar un nivel semejante de cobardía y degradación (J. Clinton, The Loyal Opposition, p. 195).

 

 

Para disgusto de reporteros y activistas antibelicistas, el periodista francés Jean Lacouture, cuyo laudatorio libro Ho ChiMinh fue una de las fuentes de la biografía

 

 

 

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de Halberstam, admitiría en una entrevista realizada años más tarde que fue la ideología y no la verdad la que impulsó gran parte de los reportajes que llevó a cabo en Vietnam:

 

A veces mi comportamiento era más el de un militante que el de un periodista. Disimulé ciertos defectos de los norvietnamitas durante la guerra con los norteamericanos porque creía que su causa era lo bastante buena y justa como para que yo sacara a la luz sus errores. Yo creía que no era oportuno revelar la naturaleza estalinista del régimen norvietnamita justo cuando N ixon estaba bom bardeando Hanoi (G. Sevy, ed., The American Experience in Vietnam [La experiencia norteamericana en Viet­ nam], p. 262).

 

 

Una década después de la derrota de los Estados Unidos, Keyes Beech, veterano reportero norteam ericano, consideró la cobertura del conflicto con cierta perspectiva:

 

 

Los medios de comunicación ayudamos a perder la guerra. Oh, sí, lo hicimos, pero no a causa de ninguna enorme conspiración, sino por la m anera de informar sobre el conflicto. Con frecuencia se olvida que la guerra se perdió en los Estados Unidos, no en Vietnam . Las tropas norteamericanas no perdieron ninguna batalla, pero no ganaron la guerra. [...] Los visitantes de esa capital mísera, em pobrecida [Hanoi] suelen oír a sus anfitriones vietnamitas quejarse del trato hostil que ahora reciben de la prensa en comparación con los viejos tiempos (“How to Lose a War:

 

A       Response from an ‘ Oíd A sia H and’”, en H. Salisbury, ed., Vietnam Reconsidered, p. 152).

 

Asimismo, los medios de comunicación crearon toda una mitología en torno a los soldados norteamericanos y a los veteranos que regresaban de Vietnam. Pero lejos de volverse locos por la experiencia, sufrir de desórdenes y estrés postraumático, o dejarse consumir por el alcohol y las drogas, los veteranos de Vietnam se adaptaban a la sociedad tan bien como los de cualquier otra guerra y entre ellos no había mayor incidencia de enfermedades mentales que en la población en general:

 

 

El retrato del veterano de Vietnam como una persona adaptada y a quien la guerra no había ocasionado mayores problemas habría puesto en duda los planes de los antibelicistas, de ahí que la evidencia de que los veteranos de Vietnam se estaban readaptando o ya se habían rea­ daptado y bien a la sociedad norteamericana solía quedar ensombreci­

 

 

 

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da por las estridentes y excitadas recriminaciones que se alzaban contra el gobierno norteamericano (E. Dean, Shook Over //¿//[Salidos del infierno], p. 183).

 

En Vietnam el consumo de drogas no estaba más extendido que entre la población civil en general. Por el contrario, la m ayoría de los veteranos expresaron más tarde grandes remordimientos por la pérdida absurda de tantos amigos cercanos y también por la incapacidad de ganar la guerra, la subsiguiente invasión comunista, los campos de realojamiento, las personas que huyeron en botes y el holocausto camboyano. Tiempo después de la guerra, el 99% de los soldados que prestaron servicio en Vietnam declararon que estaban satisfechos de haberlo hecho.

 

Tampoco fueron, en alguna especie de complot racista del gobierno, las cifras de bajas de negros o hispanos desproporcionadas de acuerdo a los porcentajes de población de estas comunidades. El exhaustivo estudio estadístico de Thomas Thayer concluye: “ Pese a las denuncias en sentido contrario, los negros no soportaron una carga injusta en la guerra de Vietnam en términos de muertos en combate. [...] El perfil medio del norteamericano muerto en combate era el de un hombre blanco de veintiún años de edad, que además era soldado regular y formaba parte de una unidad de marines o del ejército de tierra” (War Without Fronts [Guerra sin frentes], p. 114). El 86°/o de todos los muertos eran, según los registros, de raza caucásica.

 

Si se puede establecer alguna generalización, es en cuestiones de clase. La vasta m ayoría de aquellos que lucharon en prim era línea en Vietnam , dos tercios de los cuales no eran tropas de leva forzosa, sino voluntarios, eran, de m anera muy desproporcionada, blancos de clase baja de los estados rurales del sur. Eran jóvenes que pertenecían a un cosmos socioeconómico absolu­ tamente distinto al de los periodistas que los mal representaban, a los activistas y universitarios antibelicistas que los castigaban y a los generales del alto mando que tan mal los dirigieron, todos ellos pertenecientes a las clases medias y altas de la sociedad. La clase fue el tercer palo que los activistas antibelicistas se dejaron sin tocar. Quizá sea una cierta incomodidad la que explique por qué películas tan populares como E l cazador (a la que el corresponsal de guerra Peter Am ett calificó de “basura fascista”), la música de Creedence Clearwater Revival (por ejemplo, “Fortúnate Son”) y las primeras canciones de Bruce Springsteen (por ejemplo, “Shut Out the Light”, “Bom in the USA” ) -que se ocupan de las actitudes étnicas o de clase con respecto a las desigualdades de la guerra- fueron ignoradas o criticadas por los críticos más elitistas de Vietnam. Y sin embargo, lejos de estar locos o tener un comportamiento rebelde o desengañado, la mayoría de los soldados que tanto valor demostraron en Vietnam eran voluntarios que más tarde confirmaron su orgullo por haber prestado servicio en aquella guerra.

 

 

 

 

466

 

 

El 9g% de los norteamericanos que contratan viajes turísticos por Vietnam son honorables veteranos licenciados del ejército.

Las actitudes y conducta de los soldados norteamericanos resultaban espe­ cialmente sorprendentes en una guerra no declarada que se prolongó durante más de una década y se libró en condiciones terribles. También fueron muy raros los reportajes que señalaban que, para los combatientes, Vietnam fue una guerra mucho más brutal que, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial, lo cual es una nueva prueba del extraordinario comportamiento del soldado norteamericano. Los soldados de infantería que lucharon en el Pacífico, por ejemplo, mantuvieron una media de cuarenta días de combate en cuatro años; los soldados que combatieron en primera línea en Vietnam estaban en contacto con el enemigo más de doscientos días en un solo año de servicio.

 

La mayor parte de los libros dedicados a la Guerra de Vietnam publicados entre 1968 y 1973 en los Estados Unidos no son fieles a la verdad. A diferencia de los relatos coetáneos de M idway o la guerra zulú, esos libros recogían datos sesgados y ofrecían análisis diseñados para galvanizar a la opinión pública o defender opiniones, posiciones y conductas de dudosa veracidad o ética. La mayoría de los estudios dedican capítulos enteros al centenar de civiles inocentes masacrados por los norteamericanos en M y Lai, pero no dicen casi nada de los casi 3.000 ejecutados a sangre fría por los comunistas en Hué. La gran y no cantada tragedia del movimiento antibelicista fue que su propia falta de credibilidad, equidad y gusto por la hipérbole hicieron tanto por mancillar la sagrada tradición occidental de debate abierto y cuidadoso control de las operaciones militares como los peores excesos del ejército norteamericano en Vietnam.

 

 

 

 

 

CONSECUENCIAS

 

UN VIETNAM UNIFICADO

 

La guerra de los norteamericanos se prolongó otros cinco años después del Tet. Con la retirada de la tropas de tierra y el fin del apoyo aéreo en los años 1973 y 1974, la futura derrota de Vietnam del Sur era segura. Sin la preocupación de los bombardeos norteamericanos, la ayuda china y soviética aumentó. Inmedia­ tamente después de los acuerdos de paz de 1973, los norvietnamitas, confiados en su inmunidad con respecto a los bombardeos norteamericanos, multiplicaron por cuatro los suministros militares que enviaban a Vietnam del Sur en el año 1972. A diferencia de lo ocurrido en Corea, donde los Estados Unidos habían dejado miles de soldados a fin de garantizar el armisticio, en marzo de 1973, casi todos los soldados norteamericanos habían abandonado Vietnam. Saigón

 

 

 

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cayó el 30 de abril de 1975 tras una masiva ofensiva comunista. Sin embargo, los norvietnamitas habían pagado un precio terrible por la victoria: al menos un millón de combatientes muertos y quizá una cifra semejante de heridos y desaparecidos. A l final, los comunistas sufrieron cuatro veces más bajas que el ejército survietnamita.

 

Muchos acusaron a los norteamericanos de haber matado inadvertidamente a 50.000 civiles durante una década de bombardeos. Si esto es cierto, se trata de una consecuencia trágica y terrible de la guerra y habla muy mal de los bom bardeos que las fuerzas aéreas llevaron a cabo, a menudo de form a indiscriminada, de caminos rurales, junglas y villorrios con la intención de in­ terrumpir las rutas de suministro. Sin embargo, considerada como porcentaje de la población norvietnamita, esa infortunada cifra representa un peaje civil mucho más pequeño del que Alem ania y ja p ó n pagaron en la Segunda Guerra Mundial, y sólo una fracción de los 400.000 civiles a quienes, al parecer, los comunistas asesinaron mediante el bombardeo indiscriminado de ciudades y los ataques terroristas. Para los Estados Unidos, la derrota supuso 58.000 muertos y más de 150.000 millones de dólares, aparte de los costes sociales y culturales.

 

La victoria comunista supuso mayores muertes y trastornos a los vietnamitas que varias décadas de guerra, con frecuencia más lentamente y a consecuencia del hambre, los encarcelamientos y la huida del país, más que mediante los asesinatos en masa. Las ocupaciones japonesa y francesa habían provocado éxodos moderados, pero nada en la historia de Vietnam era comparable a la emigración masiva que se produjo en Vietnam del Sur tras la invasión comunista de 1975. Las cifras son controvertidas, pero la m ayoría de los historiadores admiten que más de un millón de personas abandonaron el país en em bar­ caciones pequeñas y cientos de miles cruzaron por tierra a la vecina Tailandia e incluso a China. En total, la cifra de vietnamitas exiliados a consecuencia de la unificación excede con mucho la de los que huyeron del norte al sur tras la división del país en 1954, que rebasaba el millón de personas. Los Estados Unidos acogieron a 750.000 inmigrantes vietnamitas y de otros países del sureste asiático, y el resto de países occidentales otro millón. Los que fallecieron en botes que hacían agua o se hundían a consecuencia de las tormentas sumaban entre 50.000

 

y 100.000. Para abandonar el país, la m ayoría tenían que sobornar a los funcionarios comunistas, para que después la marina vietnamita los robase en alta mar. Conviene recordar, además, que en 1980 los comunistas vietnamitas exiliaron también a miles de compatriotas de etnia china en una campaña de limpieza étnica de las zonas rurales.

 

En los dos años que siguieron a la caída de Saigón (1975-1977), en el sureste asiático murieron casi el doble de civiles - a consecuencia del holocausto camboyano, las ejecuciones sumarias, las horrendas condiciones de vida de los campos de concentración y las huidas abortadas de los refugiados- que

 

 

 

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durante la década (1965-1974) en que la presencia norteam ericana fue más numerosa. Cuando se le preguntó por los miles de m édicos, ingenieros y profesionales liberales enviados a los campos de concentración, un funcionario norvietnamita respondió: “Tenemos que librarnos de la basura burguesa” . En privado, sin embargo, el jefe de relaciones con la prensa de la ciudad de Ho Chi Minh comentaba a propósito de la emigración a los Estados Unidos “Abran las puertas, y a la noche siguiente todo el mundo escapará” (S. Karnow, Vietnam,

 

p p . 3 2 , 3 6 ) .

 

No existen datos de aquellos que murieron en los campos de reeducación

 

-sólo en Vietnam del Sur había cuarenta de estos cam pos-, pero se cree que fueron varios millares. Los miembros de la elite del Partido Comunista escogieron como vivienda las residencias más lujosas de norteamericanos y survietnamitas. U na de las denuncias más insistentes de la izquierda norteam ericana era la corrupción de la clase dirigente survietnamita, pero el latrocinio de esta clase palidecía en com paración con el del gobierno comunista que se hizo cargo del país en 1975. Con él, incluso los barcos chinos y soviéticos que descargaban en Haiphong tenían que pagar sobornos y los funcionarios locales hicieron fortunas haciendo la vista gorda ante aquellos que deseaban huir del país o evadirse de los campos de concentración. L a m ayoría de las informaciones del Vietnam de posguerra no sugieren que en el sureste asiático la paz fue más gravosa que la guerra contra los norteamericanos, ni que los funcionarios comunistas mataron o expulsaron de su país a más compatriotas en veinticuatro meses de armisticio que los norteamericanos en diez años de lucha.

 

A l cabo de m uy poco, el escenario de la teoría del dominó, tan ridiculizado por los críticos de la Guerra Fría, se convirtió en un hecho. Con la caída de Vietnam, Laos y Cam boya cayeron bajo dominación comunista y Tailandia fue m arginada durante algún tiempo y obligada a cortar lazos con los nortea­ mericanos. Después de 1975 la Unión Soviética no sólo no redujo su tendencia a intervenir en el exterior, sino que la incrementó, iniciando hostilidades en Afganistán, Centroam érica y Á frica oriental. Tras la guerra, el ejército del Vietnam comunista en lugar de disminuir sus efectivos los aumentó y no tardó en convertirse en la fuerza terrestre más numerosa del mundo tras los ejércitos chino y soviético: entre soldados regulares y tropas paramilitares sumaba tres millones de hombres. Naturalmente, no tardó en combatir en China y Camboya. Pocos activistas norteamericanos del movimiento antibelicista se manifestaron en protesta por los cientos de miles de asiáticos que se mataron entre sí entre 1975 y 1980. Claro que, por aquel entonces, los muertos de ambos bandos eran

 

comunistas.

 

La experiencia de Vietnam es el peor escenario imaginable en una sociedad libre y en guerra, una prueba para la institución de la libertad de crítica básicamente distorsionada porque muchos de los disidentes ignoraban la realidad,

 

contaban con herramientas de com unicación instantáneas y enormemente poderosas, y sus simpatías estaban más con el enemigo que con sus propios soldados. Sin embargo, los escollos de esa crítica ni siquiera en condiciones tan singulares minaron el poder de los Estados Unidos a largo plazo. La pérdida de Vietnam a favor del comunismo no fue un presagio de tiempos venideros, sobre todo a la vista de la aparentemente inevitable marcha del capitalismo democrático durante los años ochenta y noventa, una marea que finalmente acabó por arrastrar incluso a la Unión Soviética, antiguo patrocinador de Vietnam, y erosionó la ortodoxia comunista en China. Hoy en día, 179 de los 192 países independientes del mundo cuentan con una cámara legislativa más o menos genuina y con representantes electos. Vietnam, como la Cuba de Castro, estaba, y está, en el bando equivocado de la historia.

 

Los determ inistas aducirán que Vietnam acabaría siendo libre tarde o tem prano y que una guerra norteam ericana era un teatro de operaciones periférico con bajas innecesarias que no afectó la lucha m ayor por contener el comunismo ni el inevitable avance del capitalismo democrático de consumo. H abía dominós, pero demasiado pequeños para ser de im portancia global. Por otro lado, los partidarios de la guerra podrían aducir que la lucha de Vietnam debilitó al comunismo y contribuyó a proteger las Filipinas, M ala­ sia y Singapur, y que, a causa de la derrota norteamericana, miles de habitantes del sureste asiático murieron o fueron condenados a la pobreza y la tiranía hasta que la supuestamente inevitable ola de la libertad de estilo occidental los alcance en el siglo XXI. Para los millones de personas que murieron en el sureste asiático inmediatamente después de la retirada norteamericana y para los miles de norteam ericanos y vietnam itas que m urieron en Vietnam en una confusa cruzada por evitar precisamente las atrocidades posteriores, las suposiciones sobre lo que podría haber ocurrido en Vietnam a largo plazo no significan nada.

 

 

 

 

 

VIETNAM Y LA DOCTRINA BÉLICA OCCIDENTAL

 

Los militares norteam ericanos en Vietnam , lejos de actuar de un modo incompetente, reflejaron en sus operaciones diarias todos los elementos letales del paradigma tradicional occidental. Pese a informaciones exageradas sobre sediciones y un elevado consumo de drogas, el soldado norteamericano estaba bien entrenado y era muy disciplinado, incluso cuando era evidente que ya no libraba una guerra por la victoria y en el interior de su país los críticos eran cada vez más numerosos. En los Estados Unidos, y pese a las desigualdades en que incurría el sistema de reclutamiento, el militarismo cívico seguía vivo. Con el descenso de la edad de voto, todos los soldados de más de dieciocho

 

 

años podían hacer valer su opinión en las elecciones generales y expresar libremente su opinión sobre las condiciones en que desarrollaban el servicio militar a cualquier periodista. En cambio, no podía decirse lo mismo del Vietcong ni de los norvietnamitas. Al parecer, la mayor parte de los soldados norteame­ ricanos votaban por líderes políticos que apostaban por prolongar la interven­ ción en Vietnam. Lo cierto es que, en general, mientras estuvieron en Indochina una mayoría de norteamericanos quería que sus soldados permanecieran allí y que cuando empezaron a retirarse la mayoría de los norteamericanos prefería que volvieran. Pero el derecho al voto y la libertad de expresión no eran característicos ni del Vietcong ni del ejército norvietnamita. En última instancia, incluso los comunistas vencedores admitieron esa diferencia básica. Después de la guerra, Pham Xuan An, ex general del Vietcong, señaló con disgusto: “Toda esa cháchara sobre la ‘liberación’ que tuvo lugar hace veinte o treinta años, todos los complots, todos los cuerpos, dieron lugar a este país empobrecido y deshecho liderado por una banda de teóricos semiinstruidos y paternalistas” (L. Sorley, A Better War, p. 384).

 

Por la libertad lucharon los norteamericanos y libres eran los que lucharon por ella. Sin embargo, paradójicamente, si apenas disfrutaron de libertad durante el conflicto, su promesa impulsó a muchos vietnamitas que se unieron a una causa comunista disfrazada de guerra por la independencia. A l campesino vietnamita se le prometió una guerra “de liberación”, aunque la libertas es mucho más una idea propia de la República romana que del patrimonio cultural del indígena vietnam ita. Puesto que los comunistas habían luchado ininterrum ­ pidamente contra japoneses, franceses y norteamericanos durante unos treinta años, nunca tuvieron ocasión de gobernar en paz y, por tanto, de cumplir con sus promesas. Toda ilusión se desvaneció con la victoria de 1975, cuando por fin llegó la hora de cobrar tres décadas de retórica democrática. Duang Van Toai, antiguo partidario del Vietcong, explicó por qué paradoja él y otros ayudaron a un movimiento tan hostil a la libertad:

 

 

Com o otras personas del movimiento de oposición de Vietnam y de los Estados Unidos, yo estaba hipnotizado por los programas políticos del Frente de Liberación Nacional, que incluían la famosa y correcta política de reconciliación nacional sin represalias y una estrategia de no alineamiento y de independencia con respecto a norteamericanos, rusos y chinos. [...] Bajo la dominación de los japoneses, casi dos millones de vietnamitas morían de hambre, pero ninguno huyó de Vietnam. Durante la guerra y con los gobiernos de Saigón, cientos de miles de prisioneros fueron arrestados y encarcelados, pero nadie huyó del país. Sin embargo, los que son pro Hanoi o están hipnotizados por la propaganda de Hanoi afirman que la gente de los botes son refugiados económicos [...] [pero]

 

 

 

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entre esos refugiados [...] también había vietcong, antiguos líderes de la oposición e incluso el ex ministro de Justicia del Vietcong. Puede imaginar en qué situación se encuentra la justicia de un país cuando el ministro de justicia tiene que huir (“Freedom and the Vietnamese” , en H. Salisbury, ed., Vietnam Reconsidered, p. 225).

 

El Vietcong y los norvietnamitas no habían galvanizado a su ejército prome­ tiéndole que no habría elecciones libres, ni propiedad privada, ni libertad de expresión, sino con las muy occidentales ideas de creación de una “república” de funcionarios electos y de una prensa libre. A consecuencia de ello, los soldados vietnamitas que prestaban servicio al comunismo (en realidad, un vastago de la corriente de pensamiento utópico europea que se remontaba a Platón) lucharon como nacionalistas contra extranjeros en la errónea esperanza de conseguir precisamente ese ideal occidental que aboga por la libertad personal y la autonomía de la nación. En vez de ello, se percataron de que, en 1975, con ocasión de la primera paz real tras tres décadas de guerra, ni su propio gobierno era una república, ni ellos eran libres. Es también otra inadvertida ironía de la Guerra de Vietnam que aquellos que resistieron a los norteamericanos lo hicieron asumiendo las promesas -pero nunca la realidad- de los Estados Unidos: sueños vacíos que engañaron no sólo a sus propios soldados, sino a gran parte de las clases intelectual, universitaria y periodística norteamericanas. L a República Democrática de Vietnam, nombre oficial de Vietnam del Norte, no extrajo su discurso de las sagradas tradiciones del sureste asiático o de las perversiones del estalinismo, sino del lenguaje de libertad de Grecia y Roma. Y sin embargo, Vietnam no tuvo una democracia ni una república.

 

L a econom ía norteam ericana produjo una plétora de armas, suministros bélicos y bienes de consumo que consiguieron echar del campo a más de un millón de campesinos que se dirigieron a un Saigón ya superpoblado y, de paso, crear una econom ía floreciente. En líneas generales, a la econom ía capitalista norteamericana le resultaba mucho más fácil enviar material por barco y avión a varios miles de kilómetros de distancia que a Rusia y a China hacerlo a sus vecinos de la puerta de al lado. Las armas norteam ericanas eran por regla general mejores que las del enemigo, especialmente en aviación, radares, barcos, blindados y en el terreno de las comunicaciones. En aquellos aspectos en que el Vietcong y los norvietnamitas conseguían la paridad -sobre todo en fusiles automáticos, morteros, cañones antitanque, minas y granadas-era únicamente como resultado de importar armas chinas y rusas, cuyos diseños se basaban en realidad en modelos europeos o eran resultado de la tradición occidental de investigación. L a historia del desarrollo y producción del arm am ento soviético es la historia de la ayuda norteam ericana durante la Segunda Guerra Mundial, de la captura y copia de armas alemanas en el frente

 

 

 

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oriental (1941-1945), del reclutamiento de científicos alemanes después de la guerra, de la constante em ulación de los diseños occidentales gracias al espionaje y la defección, y en definitiva, de la im portación que durante los siglos x v ili y x ix hizo Rusia de expertos alem anes, británicos y franceses con el fin de modernizar el ejército zarista.

 

Los vietnamitas no contaban con una tradición científica autóctona -excepto por algunos casos de ingeniosas trampas antipersonales de madera y bam bú-en la que m odelar sus armas mortales. Sin armas de estilo occidental, los comunistas habrían sido aniquilados. Y lo mismo puede decirse de la orga­ nización y la disciplina militares vietnamitas. Los equivalentes norvietnamitas de términos como “división” y “general” , junto al entrenamiento con armas automáticas y a las tácticas de infantería, se basaban en modelos chinos y soviéticos, que a su vez se inspiraban en los ejércitos occidentales. Si bien es cierto que los norvietnamitas llevaron a cabo cam bios innegables en las operaciones para reflejar las realidades nativas, una de las grandes ironías de la guerra es que los norteamericanos muriesen a causa de los disparos de fusiles asombrosamente similares a sus M -14 y M -16 y a manos de soldados, tenientes, compañías y regimientos que en el nivel organizativo más básico reflejaban las suyas como una imagen especular. Prácticamente, sólo un experto sería capaz de -distinguir un mortero estadounidense de 8 1 milímetros de su homólogo norvietnamita de 82 milímetros.

 

Pese a que los norvietnamitas importasen al por mayor las armas y la orga­ nización occidentales, los norteamericanos no tardaron en percatarse de que sus propios soldados -libres, individualistas, con una logística magnífica, con espléndida impedimenta, impacientes por entablar una batalla de choque-no eran una fuerza estática o estancada. A l contrario, las fuerzas armadas norteamericanas evolucionaron a lo largo de la guerra y demostraron una clara superioridad sobre las norvietnamitas, pese a contar con horrendas líneas de suministro, carecer de un frente bien definido, sufrir una fuerte oposición en su propio país y estar obligadas a combatir de acuerdo a ciertas normas restrictivas que impedían optar, según la preferencia tradicional de los ejércitos occidentales, por la batalla decisiva.

 

En 1944 ningún ejército norteamericano habría combatido contra los alemanes en Francia sin permiso para cruzar el Rin o bombardear Berlín a voluntad. Japón habría ganado la Segunda Guerra Mundial si los Estados Unidos se hubieran limitado a luchar en las junglas y a ocupar las ciudades del im perio nipón, prometiendo no bombardear Tokio, minar sus puertos, atacar los lugares donde se refugiaban sus tropas o invadir su metrópoli, mientras periodistas y críticos visitaban Tokio y emitían para las tropas norteamericanas desde las emisoras japonesas. Ni Truman ni Roosevelt se habrían ofrecido a negociar con Hitler o Stalin tras el éxito del desembarco de Normandía y la devastadora campaña

 

 

 

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de bombardeos llevada a cabo sobre Tokio en marzo de 1945. En la Segunda Guerra Mundial los soldados norteamericanos cayeron persiguiendo la victoria no a fin de evitar la derrota o de presionar a un gobierno totalitario para que negociase los términos de un armisticio. En la guerra, es de locos no emplear todo el potencial militar de que se dispone o permitir que el enemigo se refugie en sus escondrijos en la derrota, refugios que con frecuencia quedan fuera de la zona de combate permitida, y apostar por el cese de las operaciones cuando, incluso como pretexto, se le ofrece el inicio de negociaciones.

 

El ejército norteamericano no reaccionó bien a las operaciones o imposiciones orwelianas. La cifra de tropas de retaguardia ascendió de modo vertiginoso: entre el 80 y el 90% de todos los soldados destinados en Vietnam no intervinieron en ningún combate. Con el tiempo de servicio limitado a un año, era seguro que muchos reclutas morirían en los primeros meses de acción mientras los supervivientes eran enviados a casa precisamente cuando habían adquirido experiencia suficiente y parecían más capaces de enseñar a otros a sobrevivir en el campo de batalla. A menudo, los militares convirtieron Vietnam en una pesadilla burocrática: “ El directorio del M ando de Asistencia M ilitar tenía más de cincuenta páginas e incluía a un jefe de estado mayor, dos vicecoman­ dantes con sus estados m ayores, un subjefe de estado m ayor para asuntos económicos, dos subjefes para otros asuntos, un secretariado del estado mayor, y tres ‘grupos de estado m ayor’ completos: un estado mayor general, un ‘estado mayor especial’ y un ‘estado mayor personal”’ (R. Spector, After Tet [Después del Tet], p. 215).

 

 

Algunas veces, la insistencia en luchar abierta y directamente sólo en apariencia conseguía traducirse en una guerra occidental tradicional -es decir, batalla de choque, asalto directo, abrumadora potencia de fuego-, que no contaba con el corolario de la conquista y toma de posesión del territorio. Aplastar al enemigo gracias a una potencia de fuego superior y avanzar con una infantería disciplinada formaba parte de la tradición militar europea en que bebieron Alejandro Magno y Carlos Martel. Capturar y luego abandonar un territorio que había costado un gran precio tomar no formaba parte de esa tradición. El 10 de mayo de 1969, por ejemplo, el general M elvin Zais, comandante de la 10 1a División A ero ­ transportada, lanzó a sus tropas contra la tristemente fam osa “ Colina de la Ham burguesa” (cota 937). Durante el cruento tiroteo que condujo al asalto directo a la cresta de la colina, sus hombres sufrieron 56 muertos, y el enemigo, más de quinientos. A l responder a los ruidosos ataques verbales que desde los Estados Unidos lanzaron los políticos a raíz del aparente desperdicio de vidas norteamericanas en aquel intercambio de bajas con una proporción de diez a uno - la colina fue abandonada rápidamente después de su captura-, Zais resumió sin pretenderlo la doctrina bélica occidental y por qué no tenía por qué conducir a una victoria estratégica en Vietnam:

 

 

 

 

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Esa colina estaba en mi área de operaciones, era en ella donde estaba el enemigo y en ella lo ataqué. [...] Si lo hubiera encontrado en otra colina [...] le aseguro que lo habría atacado igualmente. [...] Es cierto que, como porción de terreno, la cota 937 no era de particular importancia. Sin embargo, el hecho de que las fuerzas del enemigo estuvieran situadas precisamente allí sí tenía una gran importancia (G. Lewy, America in Vietnam, p. 144).

 

 

Una guerra limitada que prescindía de la captura y protección del terreno y en esencia pretendía evitar la derrota de un Vietnam del Sur en el que muchas veces im peraba la corrupción en lugar de lograr la victoria sobre el curtido ejército de Vietnam del Norte -quizá sabia y necesariamente y para evitar un conflicto de mayores dimensiones o tal vez equivocadamente, por un temor artificial a la intervención china o japonesa- era un referéndum sobre la sabiduría política norteamericana, no un punto de inflexión sobre el potencial militar de Occidente. Entonces y ahora, pocos dudaban de que los Estados Unidos pudieran ganar la Guerra de Vietnam, aunque muchos no estaban seguros de si debían hacerlo.

 

 

 

¿QUIÉN PERDIÓ LA GUERRA?

 

Pese a los recientes argumentos esbozados en sentido contrario, los medios de comunicación no perdieron la Guerra de Vietnam. Los periodistas no arrancaron la derrota política de las garras de la victoria militar. Sin embargo, al acentuar los frecuentes errores estadounidenses y la corrupción survietnamita sin prestar una atención equiparable a las atrocidades norvietnamitas, a la historia brutal del comunismo en Asia y a las apuestas geopolíticas que estaban en juego, sólo contribuyeron al colapso del poder y la resistencia de los norteamericanos. Su capacidad para abordar de un modo sensacionalista algunos reveses relati­ vamente menores y para exagerar las modestas victorias comunistas contribuía a menudo a cambiar la opinión pública, lo que les confería una enorme influencia sobre los políticos norteamericanos que dirigían el curso de la guerra.

 

Y       sin embargo, en última instancia, fue el alto mando norteam ericano el que complicó la guerra, pese a contar con soldados valerosos, buenos equipos y suministros de sobra. Las altas jerarquías perdieron el conflicto porque se acomodaron sin imaginación a las condiciones de control y examen políticos que dificultaban pero no imposibilitaban la victoria. Los conservadores y los liberales con principios valoraban correctamente el absurdo de la estrategia imperante: los primeros al pedir que los norteamericanos debían luchar por ganar cualquier guerra en que interviniesen, los segundos al insistir en que, dada

 

 

 

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la situación política, los Estados Unidos no podían luchar para ganar y por tanto no debían luchar. Cuando la nación comprendió las condiciones en que era preciso librar aquella guerra y lo que suponían, decidió que el conflicto tenía un precio que no quería pagar. Los militares podrían haber ganado fácilmente la guerra que querían librar, pero no sabían cómo librar la guerra que se les pidió que ganaran -una guerra que, no obstante, podía ganarse con audacia e ingenio-, así que optaron por los bombardeos incesantes y absurdos -veinticinco toneladas de bombas por cada kilómetro cuadrado de Vietnam, 250 kilos de explosivos por cada hombre, mujer y niño vietnamita- sin llegar a comprender por qué cientos de miles de vietnamitas luchaban de parte de una criminal dictadura comunista que pronto esclavizaría a su país y arruinaría su economía. Un realista de la escuela de Bismarck, sin consideración por el sufrimiento humano o la miseria de los vietnamitas bajo el régimen comunista, aduciría que los Estados Unidos no tenían ningún interés geopolítico en gastar una cantidad tan ingente de recursos humanos y capital en un país relativamente insignificante que, abandonado a su suerte bajo la dictadura comunista, habría acabado por convertirse en una molestia tan grande para sus vecinos comunistas como lo era para los Estados Unidos, cuando el verdadero cambio de la Guerra Fría consistió en que la disputa ya no se libraba únicamente sobre la propiedad del terreno, sino sobre la economía global, la tecnología y la cultura del consumo de masas.

 

 

Aunque los periodistas que enviaban a los Estados Unidos reportajes sesgados y a menudo parciales no tuvieran intención de poner de relieve la inconsistencia del alto mando militar y de los políticos norteamericanos ante su propia nación, el caso es que fue eso precisamente lo que consiguieron. Aunque arruinara la causa de Vietnam, la larga tradición occidental de libertad de expresión y de autocrítica no arruinó a los Estados Unidos. Los comunistas ganaron la guerra y perdieron la paz, masacrando a su pueblo y destruyendo su economía, y todo ello en una sociedad cerrada y sometida a la censura. Los Estados Unidos, pese a su proclividad al autodesprecio, perdieron la guerra y ganaron la paz porque su modelo de democracia y capitalismo ganó más partidarios que nunca y, tras la ordalía, los sectores reformistas de su ejército se hicieron más fuertes, no más débiles.

 

Los archivos de que disponemos sobre Vietnam -libros, películas, documentos oficiales- son casi exclusivamente occidentales. Los antibelicistas criticaron este monopolio de la información a pesar de que ellos mismos escribían y opinaban en el seno de una sociedad libre y por tanto contribuían a ese predominio de las publicaciones occidentales. Cuando apareció en prensa o en vídeo, la versión comunista de la guerra fue observada con gran escepticismo. Pocos dudaban de que no se trataba de publicaciones libres o de que el gobierno que controlaba la difusión de la información no era creíble. En cambio, si bien es cierto que

 

 

tanto el gobierno norteamericano como sus críticos falsearon la realidad en muchas ocasiones, raras veces lo hicieron al mismo tiempo o sobre las mismas cuestiones. En el mercado de las informaciones conflictivas, la mayoría de los observadores tenían la sensación de que la libertad era el garante de la verdad, así que buscaron la veracidad en cualquier parte menos en las fuentes norvietnamitas, chinas y rusas. La noble o vergonzosa experiencia norteame­ ricana en la Guerra de Vietnam continúa siendo una historia exclusivamente occidental.

 

 

 

 

LA GU ERRA ENTRE REVISIONES, EXÁM ENES Y AUTOCRÍTICA

 

Aunque por sus formas las revisiones, disensiones y autocríticas civiles que se produjeron durante la Guerra de Vietnam fueron distintas a cualesquiera otras que tuvieron lugar en el pasado, por su espíritu no fueron en absoluto novedosas. De igual modo que Pericles (apodado “ Cabeza de Cebolla”) era ridiculizado en los escenarios atenienses, al general Westmoreland (“Waste-more-land” [o “Desperdicia-más-tierra”]) lo ponían en la picota en los campus de las univer­ sidades norteamericanas. A l contrario que Westmoreland, Pericles marcaba la frente de sus cautivos, pero sus detractores atenienses lo criticaban por ello. Tal como hicieron los derechistas atenienses que lisonjeaban a Esparta en los últimos meses de la guerra del Peloponeso, Jane Fonda coqueteó con los enemigos de su país. Recordemos que Platón, en un comentario que bordeaba la traición, afirmó que la gran victoria de Salamina fue un error que había empeorado a los atenienses como pueblo.

 

Para Esquilo, la guerra no era más que “el alimento de Ares” ; Sófocles la consideraba “el padre de nuestros pesares” ; incluso el imperialista Pericles la ca­ lificaba de “profunda locura” . “ Lo convierten en un desierto y luego lo llaman paz”, afirmó Tácito a propósito de la conducta del ejército romano en las guerras coloniales. L a materia prima de la historia, el teatro, la oratoria, la poesía y el arte occidentales -Bruegel, G oya y Picasso- siempre ha sido la crítica de los conflictos de su época y con frecuencia la denuncia del absurdo de todas las guerras. Las tragedias de Eurípides, que se representaban ante casi 20.000 ciu­ dadanos y votantes atenienses, reflejan la evolución que se produjo en la comprensión de lo que significaban las pérdidas humanas y materiales a medida que transcurría la guerra del Peloponeso. El desastre de Sicilia y las tres décadas de pestes, golpes de Estado y destrucción de Estados neutrales que acaecieron durante aquella guerra se asemejan más al conflicto de Vietnam que la Segunda Guerra Mundial. Las troyanas, de Eurípides, representada no mucho después de que los atenienses masacraran a los melios (415 a.C.), relata de qué modo las inocentes madres, esposas e hijas de los troyanos sufren las consecuencias de

 

 

 

 

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la guerra. El dramaturgo cómico Aristófanes también escribió varias obras -L o s acarnienses, La paz y Lisístrata- que ridiculizan el interminable comercio de las guerras y denuncian que el especulador y el megalómano están más interesados en sí mismos que en los ciudadanos. Mientras un ejército espartano marchaba a través del campo ateniense, el pueblo de Atenas observaba cómo sus propios ciudadanos denigraban la política de evacuación forzada y continuaban la guerra contra Esparta.

 

Es posible que la conducta de Ja n e Fonda, Tom H ayden y los hermanos Berrigan rayara en la traición, pero no hasta el extremo en que cayeron los griegos dejonia, que en el año 480 a.C. se unieron al bando persa en Salamina. Quizá las conferencias de prensa celebradas en Saigón -apodadas “ Las locuras de las cinco en punto” - fueran enconadas y se caracterizasen por un continuo intercambio de acusaciones y contraacusaciones, pero no eran menos vehementes que los altercados casi físicos que tuvieron lugar entre Temístocles y sus almirantes la víspera de Salamina, o que las ejecuciones y enfrentamientos entre españoles e italianos en las horas previas al combate de Lepanto. Tal vez los medios de comunicación destruyeran la reputación del general Westmoreland, pero no lo perjudicaron más que los chismorreos de la Asamblea ateniense a Temístocles, uno de sus héroes, que fue exiliado y murió en el extranjero, objeto del desprecio de sus compatriotas. Las críticas a la Guerra de Vietnam motivaron la caída de Lyndon Johnson, pero la tormenta de disensión que provocó la guerra del Peloponeso supuso la penalización de Pericles y, finalmente, su agotamiento, enfermedad y muerte antes de que concluyera el tercer año de aquel conflicto que se prolongó durante veintisiete años.

 

De igual modo que ningún disidente norvietnamita protestó en Washington por la matanza que sus propios soldados habían perpetrado en Hué, Jerjes, igual que el Politburó de H anoi, no toleraba ni disensiones ni críticas. R e ­ cordemos de nuevo el destino de los almirantes fenicios descuartizados en Salamina o del pobre lidio Pitio, que tan erróneamente creyeron que podían razonar con el Gran Rey. Continúa siendo una verdad irrefutable que en Salamina un griego, en Cannas un romano, en Lepanto un veneciano, en Rorke’s Drift un inglés y en Midway y Vietnam un estadounidense podían votar y hablar como les placiera, cosa que no puede decirse de los persas, cartagineses, otomanos, zulúes, japoneses y vietnamitas. Incluso autócratas como Alejandro o Cortés respondían por lo común a las críticas de sus lugartenientes y soldados de un modo que los emperadores persas y aztecas no solían hacer.

 

Es posible que a Lyndon Johnson lo destruyeran los críticos estadounidenses, pero algunos milenios antes si siquiera el autócrata Alejandro Magno escapó del escrutinio de sus adversarios occidentales. Cuando Alejandro le preguntó por sus deseos, el filósofo Diógenes pidió a su rey que se apartase, porque lo estaba tapando el sol. Alejandro era, no hay duda, un matón y un hombre

 

 

 

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peligroso que durante un tiempo puso en peligro la libertad de Occidente, pero comparado con los autócratas aqueménidas era un aficionado. H abía muchas más posibilidades de encontrarlo a él discutiendo con sus generales m acedonios que a je rje s debatiendo con sus sátrapas. Podía ser víctim a de los ataques de un Demóstenes en mitad de la Asam blea y un filósofo sentado en la esquina de una calle cualquiera podía decirle que se apartase, cosa muy im probable en la corte de Darío. Hernán Cortés, que entregó a su rey un subcontinente y un sinfín de barcos cargados de metales preciosos, sufrió sin embargo el rechazo y el ostracismo en su vejez, cuando, en lugar de recibir las alabanzas y glorificaciones de la Corona española, su audaz y mortífero pasado se convirtió en objeto de vituperación por parte de los clérigos, de cen­ sura por parte de los burócratas y fue motivo de pleitos que presentaron sus antiguos compañeros de armas.

 

Durante el tiempo que duró la ordalía de Vietnam, el Congreso y el presidente se enfrentaron con motivo de la conducción de la guerra y diversos generales desfilaron por el Capitolio para testificar, pese a que congresistas y senadores recibieron la orden de pasar por la Casa Blanca para dar cuenta de sus votos “desleales” . Pero a diferencia de los republicanos romanos, pocos generales norteamericanos disfrutaban de mandos propios y separados. Los senadores norteamericanos m uy rara vez interfirieron en el campo de batalla. Las disputas y denuncias a la prensa que tuvieron lugar durante la guerra de Vietnam no son nada comparadas con la confrontación que protagonizaron los cónsules romanos la noche previa a Cannas. Lucio Emilio Paulo y el imprudente Terencio Varrón, por lo demás, funcionarios electos, se despreciaban, de modo que los planes para el ejército cuyo mando com partían siempre chocaban. Fabio M áxim o, cuya estrategia consiguió inclinar por fin la balanza de la Segunda G uerra Púnica, fue acusado de cobardía por sus tácticas dilatorias. Con posterioridad al mismo, muchos cronistas obviaron la hazaña de Carlos Martel en Poitiers, y es que la Iglesia lo había dem onizado por haber confiscado buen número de sus tierras.

 

 

En plena conquista de México, el gobernador de Cuba Diego Velázquez tachó de criminal a Cortés. Este tuvo que interrumpir su estancia en Tenochtitlán cuando Pánfilo de Narváez llegó a Veracruz con una orden de arresto. El propio fray Bernardino de Sahagún tenía muy poco bueno que decir de su paisano y sin embargo escribió con gran compasión de los nativos a los que el conquistador había masacrado. Pese a las cartas “ oficiales” que Cortés dirigió a Carlos V, sus coetáneos nos ofrecen un relato distinto de los hechos. Bartolomé de las Casas opinaba que los españoles trataban a los indios de forma abominable, de modo que escribió con todo detalle acerca de los pecados de la conquista. En la fecha de su muerte, Cortés era un hombre completamente marginado, criticado en muchas publicaciones, poco apreciado y necesitado de dinero.

 

 

 

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No obstante, lo poco que sabemos de los críticos de Moctezuma nos ha llegado a través de las fuentes españolas y no de las mexicanas. Mientras, a pesar de su éxito, los españoles criticaban a Cortés por su crueldad y orgullo desme­ dido, los caciques aztecas sólo se volvieron contra Moctezuma cuando no pudo expulsar a los españoles de Tenochtitlán. Ningún azteca escribió o criticó la decisión de matar a millares de inocentes en la Gran Pirámide.

 

El obispo de Natal, John Colenso, y sus hijas dedicaron sus vidas a poner al corriente a los británicos de la crueldad con que su gobierno trataba a los zulúes.

 

A       su vez, la prensa británica publicó noticias sensacionalistas aunque a menudo imprecisas sobre Isandhlwana, lo que convenció a la opinión pública de que había que enviar, aunque no había necesidad, grandes contingentes de refuerzo, pero también le hizo cuestionarse la presencia británica en Zululandia. Aquella guerra enalteció muy pocas carreras, desde luego, ni la de lord Chelmsford, ni la de sir Gamet Wolseley, su sucesor. Durante el conflicto, los Colenso actuaron a favor de los zulúes y en contra de la inhumanidad de los británicos con tanta intensidad como los antibelicistas norteamericanos que apoyaron a los nor-vietnamitas.

 

El pueblo japonés leyó que Midway había sido una gran victoria; para impedir que la opinión pública tuviera noticias del desastre, los marinos heridos en la batalla fueron confinados en hospitales. El almirante Yamamoto fue el único responsable del plan fallido, no sintió gran necesidad de discutirlo y no toleró disensión alguna con respecto al mismo. Estos hechos contrastan con el vivo discurso que agitaba a la opinión pública norteamericana, vivo hasta el extremo de que detalles secretos y m uy delicados de la operación se filtraron a los periódicos antes incluso del comienzo de la batalla. El almirante Nimitz convocó diversas reuniones para debatir la estrategia a seguir y una vez trazado, el plan fue enviado a Washington a fin de que un gobierno electo lo ratificase. Pese a ser un comunista confeso, Ho Chi Minh tenía más en común con los militaristas japoneses que con los demócratas norteamericanos.

 

Con frecuencia, los vietnamitas recurrían a la comunidad académica, a las figuras religiosas y a los intelectuales norteamericanos para neutralizar el po­ tencial bélico de su enemigo, cosa que su propio ejército no podía hacer. No por casualidad, cuando la campaña comunista para denigrar a los norteamericanos y santificar a los norvietnamitas se amplió a nivel mundial, no lo hizo a través de los medios de comunicación comunistas o del Tercer M undo, sino de la prensa y la televisión occidentales. Los términos “títeres de los Estados Unidos” y “belicistas vendidos al capitalismo” sonaban bien en los campus universitarios, pero no pertenecían al vocabulario de la verdad, y no fueron precisamente las expresiones de ese tipo las que convencieron al pueblo norteam ericano de que había que poner fin a la guerra. The New York Times y 6o Minutes bastaron para conseguir lo que ni el Pravda ni el Daily Worker hubieran podido lograr:

 

 

 

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que los norteamericanos se dieran cuenta de que la guerra era injusta y no se podía ganar. Para los norvietnamitas, los puntillosos, polémicos y desconcertantes estadounidenses -estuvieran próximos a ja n e Fonda o a William F. Buckleys-no eran tanto buenos o malos como, sobre todo, insistentes.

 

¿Qué conclusión debemos extraer entonces de este último principio de la práctica militar de Occidente, de este hábito de 2.500 años de antigüedad que consiste en someter las operaciones bélicas a un examen público y a una revisión polí­ tica constantes y a menudo autodestructivas? ¿Puede surgir algo bueno de una ciudadanía voluble pero capaz de dictar cuándo, dónde y cómo deben luchar sus soldados mientras permite que sus escritores, artistas y periodistas critiquen libre y a veces agriamente la conducta de sus propias tropas? Sin duda, en el caso de las informaciones relativas a la ofensiva del Tet y a la Guerra de Vietnam

 

- cuya vehemencia y absurdo las convierten en un caso emblemático para evaluar la conveniencia de autorizar o no la disensión y los ataques directos al ejército propio-, ¿no puede argumentarse que la licencia para la crítica de que gozó la opinión pública perdió una guerra que los Estados Unidos podrían haber ganado?

Si bien es cierto que la actitud de unos medios de comunicación sin freno de ningún tipo y el constante escrutinio público de hasta las operaciones militares más nimias afectaron el esfuerzo norteamericano en Vietnam, también lo es que los principios y el proceso de autorrecrim inación contribuyeron a corregir algunos fallos muy serios de la estrategia y las tácticas norteamericanas. Los militares estadounidenses que combatieron en Vietnam entre 1968 y 1971 bajo el mando del general Abram s libraron una guerra mucho más eficaz que la que se desarrolló entre 1965 y 1967 en gran parte debido a los debates surgidos dentro y fuera del propio ejército. Los bombardeos de 1973, lejos de ser ineficaces e indiscriminados, volvieron a sentar a los comunistas a la mesa de negociaciones porque destruyeron algunas instalaciones básicas para Vietnam del Norte. La Operación Linebacker II, emprendida por Nixon, fue mucho más mortífera para la maquinaria de guerra de Hanoi que la indiscriminada y muy criticada O peración Rolling Thunder que se había llevado a cabo años antes. Si en 1965 la administración Johnson no tenía idea de lo que estaba en ju ego en Vietnam o de lo que podría resultar de las normas que imperaban en el conflicto, en 1971, el gobierno de Nixon comprendió con exactitud el dilema de los Estados Unidos. A consecuencia del creciente sentimiento antibelicista y de la libertad de debate y disensión, Nixon se percató del atolladero en que estaba metido.

 

Más importante aún era que el Tet no fuera sólo una batalla, ni Vietnam una guerra aislada. Am bas tenían lugar sobre el tapiz universal de la Guerra Fría, una lucha global entre valores y culturas. En este contexto, la licencia para la crítica que imperaba en Occidente, si bien actuó en detrimento de los pobres soldados a quienes se pidió que repelieran la ofensiva del Tet, consiguió que a

 

 

 

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largo plazo los Estados Unidos ganasen en credibilidad. Derrotar a Occidente es con frecuencia necesario no sólo para repeler a sus ejércitos, sino para extinguir su singular monopolio sobre la difusión de la información, para aniquilar no sólo a sus soldados, sino a sus emisarios de la libertad de expresión.

 

Los comunistas norvietnamitas, en teoría tenaces y astutos, nunca compren­ dieron este pertinaz componente de la práctica militar occidental. En vez de ello, experimentaban una gran confusión ante la presencia de los Estados Unidos en Vietnam: criticaban a su administración, pero evitaban una crítica genera­ lizada de su pueblo; condenaban a sus militares, pero elogiaban a sus intelec­ tuales; se mostraban eufóricos al comprobar el corte sesgado de las informaciones, pero quedaban perplejos y dolidos cuando se publicaba una noticia que revelaba la naturaleza dictatorial de su régimen; observaron con petulancia los reportajes de la televisión norteamericana sobre la “liberación” de Saigón, pero con furia los dedicados a los muchos refugiados que huyeron de Vietnam en pequeños botes. Si los perplejos norvietnamitas se alegraban de que el Washington Post dijera peores cosas de su propio ejército que de los comunistas y si observaban con curiosidad el hecho de que una estrella de cine posase en Hanoi junto a una batería artillera en lugar de representar una obra patriótica en el Carnegie Hall - y aun así no la metieran en la cárcel por eso -, también reaccionaron con furia cuando les preguntaron por el carácter de las elecciones “libres” de 1976 y con sorpresa al comprobar que, finalmente, algunos reporteros valientes informaron al mundo acerca del holocausto comunista de Camboya.

 

Esta extraña propensión a la autocrítica, al control civil y la crítica popular de las operaciones militares -parte en sí misma de una tradición occidental más amplia de libertad personal, gobierno de consenso e individualismo- plantea por tanto una paradoja. El fomento de la evaluación pública y del reconocimiento de los errores en el seno del ejército desemboca en última instancia en una mejor planificación y en una respuesta más flexible ante la adversidad. Saber que quienes cuestionen la conducta del ejército serán los propios soldados, que los ciudadanos la examinarán cuidadosamente y que los periodistas la interpretarán, harán de ella motivo de sus editoriales y a menudo la deformarán es garantía de responsabilidad y da pie a un gran número de puntos de vista.

 

Al mismo tiempo, hay veces en que esa libertad de réplica puede dificultar las operaciones militares en el preciso momento en que se llevan a cabo, tal como Tucídides advirtió y Platón temió -según quedó reflejado en La República-, cosa que precisamente sucedió durante la ofensiva del Tet. Es posible que en Vietnam, y debido a que la franqueza y la histeria sustituyeron a las valoraciones positivas y razonadas, los Estados Unidos prolongasen su agonía y perdieran algunas batallas, pero sin duda no perdieron la guerra contra el comunismo. Si la estadounidense hubiera sido una sociedad tan cerrada como la vietnamita, bien podría haber ganado aquella batalla y perdido la guerra, como le sucedió

 

 

 

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a la Unión Soviética, que im plosionó tras entrar en guerra con Afganistán, una intervención militar semejante a la guerra de Vietnam por su ineptitud táctica, su torpeza política y su imbecilidad estratégica, pero un mundo aparte con ella porque los rusos negaron toda libertad de crítica, debate público e información sin censura centrados en su error. Qué curioso que los principios que pueden dificultar el progreso diario de un ejército occidental durante una batalla garanticen el triunfo definitivo de su causa. Si el compromiso de Occidente con la autocrítica motivó en parte la derrota norteamericana en Vietnam, ese mismo compromiso fue también fundamental en la explosión de la influencia global de Occidente durante las décadas que prosiguieron a la guerra, incluso a pesar de que el enorme y a menudo belicoso ejército vietnamita luchase por un régimen despreciado en su propio país, rechazado en el exterior y sumido en la bancarrota económica y moral.

 

En pocas décadas, Vietnam se parecerá a Occidente mucho más de lo que Occidente se parecerá a Vietnam. A l final, dentro y fuera del campo de batalla, la libertad de expresión, el titular rutilante, la exposición brillante y la idea de que un hombre con traje y corbata y no con gafas de sol, charreteras y revólver sea el comandante en jefe del ejército tienen mucha más posibilidades de ganar que de perder guerras. Tucídides, que deploraba la estupidez ateniense que impregnó la expedición a Sicilia y que apenas tuvo alguna palabra de elogio para la Asam blea y sus impenitentes retóricos, observaba con admiración la asombrosa tendencia de los atenienses a corregir los errores del pasado y a perseverar frente a adversidades inimaginables.

 

Si comenzamos este capítulo con la ácida crítica del historiador griego a la inconstancia de Atenas y al hecho de que sus ciudadanos no apoyaran lo suficiente a su propia expedición, debemos finalizarlo recordando otra observación del mismo Tucídides, ciertamente mucho menos conocida, relativa a la manera en que enfrentaba la guerra una cultura abierta como la griega. A l final, sostenía Tucídides, resultó que los siracusanos combatían con tanta destreza a los atenienses porque también ellos era una sociedad libre y gozaban de “un régimen democrático como el suyo” (Historia de la guerra del Peloponeso, Vll.55.2). Para Tucídides, las sociedades libres son las más fuertes en la guerra: “Lo evidenciaron los siracusanos, que, al tener una manera de ser más semejante a la de los atenienses, fueron los que mejor les hicieron la guerra” (vill.96.5).

 

 

 

EPÍLO GO

 

LA GUERRA OCCIDENTAL: PASADO Y FUTURO

 

 

 

 

 

A       todos les toca p a s a r la vid a entera en guerra incesante contra las ciudades todas [ . . . ] pues lo que la m ayoría de las gentes lla m a n p a z no es más que un nombre, y, en realidad, hay una guerra perpetua y no declarada de cada ciudad contra todas las demás.

 

P l a t ó n , L a s leyes, 1.625c!*

 

 

 

 

EL LEGADO DE GRECIA

 

j* .) e sde las luchas de los primeros griegos hasta las guerras del siglo x x existe cierta continuidad en la práctica militar europea. Como el título de este apartado sugiere, la herencia de la guerra occidental no se encuentra en toda su amplitud en otras culturas ni comienza antes de los primeros griegos. Las tropas egipcias no compartían una idea de libertad personal, ni los persas del ejército del Gran Rey tenían una concepción propia del militarismo cívico o del control civil. Los tracios no abrazaron la tradición científica, ni Fenicia contó con disciplinadas filas de falangistas. L a antigua Escitia no contaba con infantería terrateniente ni con pequeños propietarios. En el Mediterráneo de la Antigüe­ dad, por tanto, no existió ejército comparable al griego que combatió en las Termopilas, Salamina o Platea.

 

Esa tradición de 2.500 años de antigüedad no sólo explica por qué los ejércitos occidentales vencieron a sus adversarios pese a luchar en inferioridad numérica, sino también su asombrosa capacidad para proyectar su poder mucho más allá de las costas de Europa y los Estados Unidos. El número de efectivos, la orografía, la alimentación, la salud, el clima, la religión, factores de los que habitualmente depende el éxito o el fracaso en las guerras, sirvieron en última instancia de muy poco cuando de lo que se trataba era de detener a los ejércitos occidentales, cuya m ayor cultura les permitió superar los obstáculos que les oponían el hombre y la naturaleza. Ni siquiera la brillantez táctica de un Aníbal sirvió de mucho.

 

 

 

 

* M adrid, A lianza Editorial, 2002, traducción de Jo sé M anuel Pabón y M anuel Fernández G aliano.

 

 

 

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Con esto no quiero decir que a lo largo de tres milenios todos los ejércitos occidentales hayan compartido una misma pauta de conducta bélica en cualquier período de agitación, tiranía o decadencia. U na gran distancia separa a los falangistas de los soldados norteamericanos, la victoria de Tenochtitlán nada tuvo que ver con la de Salamina. Tampoco debemos olvidar que muchos que no pertenecen a Occidente también han formado ejércitos mortíferos que en di­ versas épocas y como los mongoles, los otomanos y los vietnamitas comunistas derrotaron a cualquier contingente que se les opuso en Asia y mantuvieron en jaque a Europa. Pero desde Grecia hasta el presente y a lo largo del tiempo y del espacio, las afinidades demostradas por las sociedades occidentales en su for­ ma de hacer la guerra resultan asombrosas, duraderas y con demasiada frecuencia ignoradas, lo cual nos sugiere que los historiadores contemporáneos no han prestado demasiada atención al legado clásico que ha constituido el núcleo de la energía militar occidental a lo largo de los siglos. La lectura de los capítulos de este libro provoca una sensación de déjà vu, la extraña idea de que falangistas, legionarios, soldados con cota de malla, conquistadores, casacas rojas, GI y marines comparten ciertas ideas básicas acerca de cómo se libran y se ganan las guerras.

 

En las batallas contra los pueblos de Asia, África y el Nuevo Mundo, en los enfrentamientos con tribus o imperios se trasluce un legado compartido a lo largo de los siglos que ha permitido que europeos y norteamericanos venzan de un modo inequívoco y letal, y en las raras ocasiones en que han sido de­ rrotados, lo sean a manos de un enemigo que ha adoptado su propia organi­ zación militar, tomado prestadas sus armas o los ha atrapado muy lejos de su país. Advierta el lector que en ninguno de los ejemplos que aquí estudiamos puede decirse que la victoria occidental fuera consecuencia de una inteligen­ cia superior innata, de la moralidad cristiana o de algún tipo de particularidad religiosa o genética. Si persas, cartagineses, musulmanes, aztecas, otomanos, zulúes y japoneses combatían de modo muy distinto, todos ellos tenían dos circunstancias en común: ni luchaban como los occidentales, ni a través de los océanos. Tanto parajerjes como para Darío III, Abderramán, Moctezuma, A lí Bajá y Cetshwayo la guerra era una cruzada teocrática, tribal o dinástica en la que la rapidez, el engaño o el valor podrían neutralizar la disciplina de la infantería occidental o la tecnología y el capital de Europa. Ni Moctezuma se imaginaba combatiendo en el Mediterráneo, ni A lí Bajá vería las Américas.

 

En los escasos episodios bélicos que hemos examinado, las similitudes son claras. En el año 480 a.C. y por su manera de construir y tripular sus barcos, de debatir y votar la estrategia a seguir en la batalla, y de elegir y supervisar la conducta de sus jefes, los marinos griegos estaban más próximos a los vene­ cianos que dos milenios más tarde combatieron en Lepanto que éstos de los hombres del sultán, que eran esclavos por ley, exactamente igual que los hombres de Jerjes que remaron en Salamina. Por el mismo motivo, podría decirse que

 

 

 

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a los legionarios de Cannas y a los soldados británicos que combatieron en Rorke’s Drift y en otras batallas de la guerra zulú los inspiraba el mismo espíritu que a los falangistas del pequeño ejército expedicionario de Alejandro Magno. Los casacas rojas que lucharon en Zululandia disparaban cuando recibían la orden, procuraban mantener la formación y cargaban a la voz de mando y a la vez. Las prietas y ordenadas filas de las falanges -fueran éstas formadas por piqueros macedonios o fusileros británicos- son desconocidas fuera del ámbito europeo. L a forma en que Rom a reconstruyó sus ejércitos tras la derrota de Cannas no difiere gran cosa de la política que siguieron los norteamericanos después de Pearl Harbor y durante los meses previos a Midway. Tras la derrota, romanos y norteamericanos recurrieron a una tradición republicana semejante y consiguieron que una ciudadanía libre y con derecho a voto se alzase como una nación en armas.

 

Por norma, las falanges macedonias, igual que el ejército de Cortés, la flota cristiana que combatió en Lepanto y la compañía de fusileros británicos que defendió R orke’s Drift, disponía de un armamento m uy superior al de sus adversarios. Existían m uy pocas probabilidades de que pese a la riqueza de sus recursos naturales los aztecas pudieran por propia iniciativa fabricar arcabuces, pólvora o ballestas, los otomanos cañones de bronce y los zulúes fusiles Martini-Henry, y escasas dudas de que un arcabuz era más mortal que una jabalina, un cañón veneciano de 2.500 kilos más letal que su clon otomano, y una bala de calibre 45 muy superior a una azagaya. En el siglo x ix Japón se percató en beneficio propio de que sólo los europeos eran capaces de diseñar acorazados, y de que los acorazados eran superiores a cualquiera de las embarcaciones que surcaban el mar deljapón . Los norvietnamitas no luchaban con las lanzas tribales que les habían pertenecido en el pasado.

 

El potencial militar de Occidente, sin embargo, no se circunscribe a su superioridad tecnológica. De igual modo que el movimiento pacifista y la constante vigilancia de que fueron objeto los militares que combatían en Vietnam condicionaron el comportamiento de los ejércitos norteamericanos en el sureste asiático, el obispo Colenso y su familia publicaron escritos muy críticos con la invasión británica de Zululandia. El relato que fray Bernardino de Sahagún hace de la conquista de M éxico pretendía juzgar la m oralidad del ejército de su paisano, de una forma impensable en la sociedad azteca, zulú o vietnamita. No es ninguna casualidad que Temístocles, como les sucediera a los victoriosos Cortés y lord Chelmsford, no muriera como un héroe en una patria agradecida porque había masacrado a sus enemigos. ¿Acaso estas diferencias debilitaban la capacidad de los occidentales para librar una guerra? No siempre, o al menos no a largo plazo. La tradición de crítica y vigilancia tan propia de Occidente no sólo ha consolidado la credibilidad europea y ha servido por tanto para que la m ayor parte de la historia bélica escrita y publicada sea occidental, sino que

 

 

 

 

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también ha demostrado que muchas personas que no intervienen en el campo de batalla tienen voz para decidir cómo emplea su propia nación sus riquezas y caudal humano, y que, algunas veces, esas personas han salvado al ejército de sí mismo.

 

 

 

¿OTRAS BATALLAS?

 

Me ocupo de las batallas que aparecen en este estudio más como ejemplos representativos de tendencias generales que de leyes absolutas. Son episodios que reflejan temas recurrentes, no capítulos en una historia general de la guerra occidental. Dicho esto, sin embargo, he de afirmar que no estoy seguro de que las conclusiones hubieran sido muy distintas si hubiésemos examinado, escogiéndolos al azar, otros enfrentamientos que tuvieron lugar cerca de las mismas fechas y lugares y con resultados similares, por ejemplo, Platea (479 a.C.), el Gránico (334 a.C.), Trasimeno (217 a.C.), Covadonga (718), la conquista de Perú (1532-1539), el asedio de Malta (1565), el mar del Coral (1942) e Inchon (1950). En casi todas esas batallas pueden observarse los mismos paradigmas de libertad, batalla decisiva y de choque, militarismo cívico, tecnología, capitalismo, individualismo y control civil y disensión pública. En lo concreto, hay un largo trecho entre el fuego griego y el napalm, entre el ostracismo y el impeachment* pero desde un punto de vista abstracto no están tan distantes.

 

Incluso una lista escogida al azar de desgraciadas derrotas occidentales, como, por ejemplo, las Termopilas (480 a.C.), Carras (53 a.C.) Adrianópolis (378), Manzikert (1071), Constantinopla (1453), Adua (1896), Pearl Harbor (1941) y Dien Bien Phu (1953-1954), no nos llevaría a conclusiones radicalmente distintas. En la mayoría de estos casos, ejércitos occidentales muy inferiores en número (los romanos mandados por Craso, los bizantinos, por Constantino, los italianos en Etiopía, los franceses en Vietnam) no fueron bien desplegados o no estaban bien preparados, y, una vez más, luchaban lejos de Europa. Ni siquiera estas catástrofes pusieron en peligro, al menos no siempre y desde luego no al poco de suceder, a Grecia, Roma, Italia, los Estados Unidos o Francia. Las derrotas de impacto histórico más duradero -Adrianópolis, Constantinopla o Dien Bien Phu- ocurren en las fronteras de Europa o próximas al fin de algún régimen o imperio en decadencia. Y el victorioso Otro no contaba ni con armas de inspi­ ración occidental ni con asesores formados en Occidente.

 

El patrimonio militar occidental, en sí mismo dividendo de un cimiento cultural peculiar y mucho mayor, no ha determinado de ninguna forma predestinada

 

* En los Estados Unidos, acusación formulada contra un alto funcionario por haber cometido algún delito en el desempeño de su cargo [N. del T.J.

 

 

el resultado de ninguno de los enfrentamientos entre el Occidente y el resto del mundo. De no ser por los tenientes Chard y Bromhead y por el sargento Dalton, R orke’s Drift podría haberse convertido en una derrota. Salamina, Lepanto y M idway son también demostraciones de un mando táctico brillante. Las guerras las libran hombres reales y caprichosos en condiciones absolutamente impredecibles: calor, frío, lluvia, en un clima tropical o ártico, cerca o lejos de su país. En Africa, Asia y América, los ejércitos occidentales fueron aniquilados a menudo -m uchas veces porque fueron liderados por estúpidos y libraron una guerra equivocada en un lugar equivocado y el momento más inoportuno-, pero sus soldados, por los motivos culturales que he perfilado en este estudio, lucharon con un margen mucho mayor que el que tenían sus adversarios.

 

Temístocles, Alejandro Magno, Cortés y los oficiales británicos y norteame­ ricanos de los dos últimos siglos gozaron de ventajas innatas que a largo plazo consiguieron compensar los terribles efectos de la imbecilidad de sus generales, las tácticas fallidas, las líneas de suministro demasiado alargadas, las dificultades del terreno y la inferioridad numérica, o, simplemente, de un “mal día” . Esas ventajas eran inmediatas y totalmente culturales, y en ningún caso producto de los genes, los gérmenes o la geografía de un distante pasado. A pesar de lo ocurrido en Isandhlwana, de las deficiencias tácticas de lord Chelmsford y de su falta de respeto por los valerosos impis, el Imperio zulú estaba condenado a caer en cuanto los británicos decidieron cruzar las fronteras de Zululandia.

 

AI analizar esos escenarios, como Cannas o el Tet, en que un ejército occidental se encuentra en las peores condiciones posibles, la resistencia, flexibilidad y capacidad mortífera de Occidente aún nos parecen más notables. Si la tradición de disensión y debate puede sobrevivir a Vietnam, nadie pondrá en duda el lugar que ocupa en la práctica militar occidental. Si la infantería occidental prevaleció durante la alta Edad Media, la época de los caballeros, sus ventajas intrínsecas han de parecemos todavía más evidentes en Poitiers y antes y después de esta batalla. Reclutar legiones de ciudadanos libres en Cannas sólo para que cayesen derrotadas ante el ejército de m ercenarios de Aníbal requiere una cuidadosa y exhaustiva valoración del militarismo cívico. La guerra contra los zulúes, el ejército más disciplinado y organizado de África, fue una improbable pero valiosa lección para comprender el inigualado valor del orden, el rango y la disciplina de los ejércitos occidentales.

 

 

 

 

LA SINGULARIDAD DE LA CULTURA M ILITAR OCCIDENTAL

 

La discusión de la destreza militar occidental exige una precisión de vocabulario que a menudo falta en la mayoría de los estudios que se ocupan de la historia de la guerra. L a libertad política, idea que no existe fuera de Occidente, no es

 

 

 

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una característica universal de la humanidad. Las elecciones y las constituciones occidentales no son lo mismo que la libertad tribal, por la cual muchas tierras y poca gente proporcionan ocasionalmente a los individuos la oportunidad de encontrar soledad e independencia. El deseo de luchar como hombres libres es también distinto al simple impulso de unos defensores capaces de expulsar a tiranos y potencias extranjeras de su patria. Persas, aztecas, zulúes y nor-vietnamitas deseaban librar su tierra natal de la presencia de tropas extranje­ ras, pero luchaban por la autonomía de su cultura y no como ciudadanos libres y con derecho a voto, con derechos protegidos por una constitución escrita y ratificada. Un zulú podía vagar con relativa libertad por las llanuras del sur de Africa, gozar de un estilo de vida quizá más “libre” que el que un casaca roja británico llevaba en sus estrictos cuarteles, pero era al zulú, y no al inglés, a quien podían ejecutar por una simple indicación de su rey, como Chaka demostró decenas de miles de veces. Los comunistas norvietnamitas prometieron en falso a sus tropas una “república democrática” de estilo occidental -no una monarquía asiática, ni un Estado policial comunista, ni una sociedad feudal- como recompensa por su guerra nacionalista frente a los intrusos occidentales.

 

Todos los ejércitos se ven en ocasiones inmersos en una confrontación masiva, pocos optan por una lucha cruenta y de choque y evitan combatir a distancia o furtivamente cuando tienen siquiera una mínima oportunidad de librar una batalla decisiva. Asimismo, desde los persas hasta los otomanos, todos los ejércitos desarrollaron complejos métodos de leva de tropas, pero fuera de Occidente ningún Estado reclutó a sus soldados con el acuerdo tácito de que su servicio militar estaba inextricablemente unido a su condición de ciudadanos libres con la capacidad de decidir cuándo, cómo y por qué iban a la guerra. Todas las culturas cuentan con soldados de a pie, pero los infantes que luchan en masa, toman y mantienen territorios y combaten cuerpo a cuerpo constituyen una especialidad exclusivamente occidental producto de una larga tradición propia de una ciudadanía propietaria de clase m edia que se siente incómoda tanto con los campesinos sin tierras como con los aristócratas que van a caballo.

 

La capacidad de utilizar un arma, de mejorar su eficacia con la práctica, no puede compararse a lo que supone inventar y fabricar armas en grandes cantidades. Naturalmente, los nativos americanos y africanos podían aprender el manejo de los fusiles y rifles europeos, convertirse en grandes tiradores y, en ocasiones, reparar una culata o un cañón rotos. Pero no podían producir armas de manera industrial -en muchos casos no podían producirlas en modo alguno- y mucho menos fabricar m odelos mejorados o dejar constancia en una literatura escrita de los principios abstractos de la balística o la munición a fin de llevar a cabo una investigación avanzada.

 

Vender y com prar son actividades propias de toda la humanidad, pero la protección abstracta de la propiedad privada, la institucionalización del interés

 

 

 

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y la inversión, y la comprensión del funcionamiento de los mercados no lo son. El capitalismo es algo más que la venta de bienes, que la existencia de dinero, que la presencia de un bazar. Es, por el contrario, una práctica particular de Occidente que admite que el hombre es una criatura interesada y canaliza su codicia en la producción de enormes cantidades de bienes y servicios a través de los mercados libres y con garantías institucionales que protegen el lucro personal, el libre cambio, los depósitos de capital y la propiedad privada.

 

Los guerreros no siempre son soldados. Am bos tipos de asesinos pueden ser valientes, pero las tropas disciplinadas valoran más al grupo que al héroe singular y pueden aprender a marchar en orden, herir, cargar o disparar en masa y a la voz de mando, y a avanzar o retirarse al unísono, algo que a los más bravos aztecas, zulúes o persas les resultaba imposible. Todo ejército cuenta con hombres de valor, pero pocos alientan la iniciativa de sus soldados y acogen de buen grado la improvisación en lugar de rechazarla y es que muchos temen que en la guerra un ejército de soldados independientes se asemeje por su com­ portamiento a un grupo de ciudadanos en tiempo de paz. Las disputas entre soldados y los desacuerdos entre una pequeña camarilla de generales -fueran éstos los capitanes de Hitler o los caciques aztecas- ocurren en toda fuerza armada. Pero la institucionalización de la crítica en el seno del ejército - la supeditación de los soldados a los líderes políticos, la existencia de tribunales de justicia, el sometimiento de los códigos de disciplina a revisión, denuncia y ratificación- es desconocida fuera de Occidente. La libertad de los ciudadanos a criticar guerras y a guerreros pública y profusamente no tiene ninguna tradi­ ción fuera de Europa.

 

 

 

 

CONTINUIDAD DE LA CAPACIDAD

 

DE DESTRUCCIÓN DE OCCIDENTE

 

¿Qué hay del presente y del futuro? ¿Continuará imperando el letal patrimonio de la doctrina bélica occidental? ¿Debe hacerlo? En una serie de guerras fronterizas que tuvieron lugar en los años 1947-1948, 1956, 1967, 1973 y 1982, la pequeña nación israelí combatió y derrotó de manera decisiva a una laxa coalición de vecinos árabes a quienes la Unión Soviética, China y Francia suministraban armas muy sofisticadas. Durante esos años, la población de Israel nunca llegó a superar los cinco millones de habitantes, mientras que los adversarios que la rodean -en distintas épocas, Israel se ha enfrentado a Siria, Egipto, Líbano, Jordania, Irak y los Estados del G olfo - superaban ampliamente los cien millones. Pese a tener que luchar en fronteras prácticamente inde­ fendibles, contar con una base de población muy pequeña y a que en muchas ocasiones fue atacado por sorpresa, el ejército israelí -que en realidad había

 

 

 

 

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creado una brillante generación de inmigrantes europeos- consiguió, pese a encontrarse siempre en inferioridad numérica, poner en liza tropas mejor organizadas, abastecidas y disciplinadas y compuestas por soldados individualistas y bien entrenados. Israel era una sociedad democrática con un mercado libre, elecciones libres y libertad de expresión, y sus enemigos no lo eran.

 

En menos de tres meses -2 de abril-14 de junio de 1982-, una fuerza expedi­ cionaria británica cruzó 13.000 kilómetros de mar gruesa y expulsó al ejército argentino que se había atrincherado en las Malvinas pese a que a éste podían abastecerlo con gran facilidad los barcos y aviones procedentes de las costas de la Patagonia, a 350 kilómetros escasos de las islas. A costa de 255 muertos bri­ tánicos -en su mayoría marinos que perecieron a consecuencia de los ataques con misiles a los cruceros de la arm ada- y a pesar de los enormes problemas logísticos de la operación, del excelente armamento de su adversario y de la completa sorpresa que supuso la invasión argentina, el gobierno de Margaret Thatcher recuperó finalmente aquel pequeño archipiélago del Atlántico sur. Una vez más, una sociedad capitalista y democrática como la del Reino Unido contó en aquella guerra menor y extraña con combatientes más disciplinados y mejor entrenados que su adversario, soldados muy distintos a los que envió a combatir la dictadura argentina.

 

El 17 de enero de 1991 una coalición de aliados liderada por los Estados Unidos derrotó al veterano ejército iraquí -1.200.000 soldados de tierra, 3.850 piezas de artillería, 5.800 tanques, 5.100 vehículos blindados- en cuatro días a. costa de menos de 150 mujeres y hombres soldados norteamericanos, la mayoría de los cuales cayeron a consecuencia de algún misil, el fuego amigo u otros acciden­ tes. Igual que el argentino, el ejército de Sadam Hussein contaba con excelentes equipos. Muchos de sus soldados eran curtidos veteranos de una brutal guerra con Irán y se encontraban atrincherados en su propia patria o a muy pocos kilómetros de ella. L a invasión previa de Kuwait, como la de las Malvinas y la Guerra del Yom Kippur, se llevó a cabo con una sorpresa inicial absoluta. El ejército iraquí, por lo demás, podía recibir suministros con facilidad, a través de la carretera que lo comunicaba con Bagdad.

 

Los soldados iraquíes no sólo estaban mal disciplinados y organizados, además, ninguno de ellos era, en ningún sentido, un individuo libre. Finalmente, la Guardia Republicana fue tan eficaz contra los occidentales como los Inmortales dejeijes. Ni uno solo de los soldados calcinados por los aviones norteamericanos votó por la invasión de Kuwait o por oponerse a los Estados Unidos. Los planes de Sadam no podían ser objeto de discusión, su economía era como un negocio familiar ampliado. Todo su armamento, desde el gas venenoso hasta los tanques y las minas, era importado. Si un periodista iraquí cuestionaba la decisión de invadir Kuwait tenía muchas probabilidades de acabar como el lidio Pitio en la víspera de la invasión persa de Grecia. El ejército iraquí -que no tenía

 

 

 

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capacidad para invadir Europa o los Estados U nidos- fue aniquilado no muy lejos de los campos de batalla de Cunaxa y Gaugamela, donde los Diez Mil de Jenofonte y el ejército de Alejandro Magno habían derrotado y puesto en fuga a los ejércitos nativos tanto tiempo atrás.

 

El análisis de otras guerras recientes sugiere que ni siquiera la importación de tanques, aviones y cañones occidentales o la adquisición en otros lugares de armamento de diseño occidental garantiza el éxito del Otro. Que los oficiales árabes o argentinos recibieran instrucción en el extranjero significaba muy poco. Tampoco importó que sus ejércitos estuvieran organizados siguiendo los modelos europeos. Pese a las dificultades logísticas, Israel, Gran Bretaña y los Estados Unidos y sus socios más importantes en la Guerra del Golfo solían conseguir la victoria con relativa facilidad tras combates cortos y violentos basados en una combinación de elementos que sólo Europa había puesto en práctica en los últimos 2.500 años de guerra occidental.

 

Sencillamente, los militares israelíes, británicos y norteamericanos compartían un enfoque cultural común de la guerra, una tradición holística que va mucho más allá de los obuses y aviones que em pleaba y es muy distinta a la de sus respectivos y a veces valerosos adversarios. Nada de lo ocurrido en las últimas décadas del siglo XX sugiere el final del dominio militar de Occidente y mucho menos de la guerra. Si los Estados Unidos hubieran desatado todo su brutal arsenal de poder militar y prescindido de las restricciones políticas, la Guerra de Vietnam habría concluido en uno o dos años y podría muy bien haber sido un conflicto tan descompensado como la Guerra del Golfo.

 

Normalmente, se habla de tres posibles escenarios bélicos para el futuro: que no haya guerras, que haya algunas guerras o que haya una sola guerra que acabe con el mundo. La guerra, como los griegos nos enseñaron, parece innata a la especie humana, el “padre de todos nosotros” , como afirmó Heráclito. Tanto los idealistas de la izquierda como los pesimistas de la derecha -sean utópicos kantianos o sombríos hegelianos preocupados por el fin de la historia- han pronosticado algunas veces el cese de la guerra civilizada. Los primeros esperaban una paz mundial bajo la égida de órganos judiciales internacionales, que últi­ mamente encarnarían las Naciones Unidas y el Tribunal Penal Internacional; los segundos lamentan una extensión de la atrofia generalizada como resultado de la deprimente uniformidad del capitalismo global y los derechos democráticos, bajo los cuales los nada heroicos pero enervados ciudadanos del planeta no arriesgarán nada que pudiera poner en peligro el confort de que disfrutan.

 

Sin embargo, la a menudo idealista y autodenominada administración paci­ fista de Clinton (1992-2000) llevó a cabo más intervenciones en el extranjero que ningún otro gobierno norteam ericano en todo el siglo X X . Las guerras contemporáneas no sólo son frecuentes, sino que normalmente son mucho más brutales que las del siglo xix . Los holocaustos de Ruanda y los Balcanes eran

 

 

cruentos enfrentamientos tribales propios de una comunidad precivilizada y mayormente inmune a las críticas y denuncias internacionales. La Guerra del Golfo de 1991 exprimió el poder de los Estados Unidos hasta el extremo de que hubo que recurrir a las reservas de la Guardia Nacional, un estado de mo­ vilización que rara vez se alcanzó ni siquiera durante las peores crisis de la Guerra Fría. Un porcentaje significativo del petróleo mundial estuvo embar­ gado, en llamas o corrió peligro en el mar, durante no poco tiempo. Belgrado fue bombardeada y el Danubio bloqueado; en Bosnia y Kosovo, que están tan sólo a unas pocas horas de Rom a, Atenas y Berlín, se llevaron a cabo asesinatos en masa sin ningún tipo de vigilancia durante seis años. Al parecer, las naciones, los clanes y las tribus continuarán luchando pese a las amenazas y las sanciones internacionales, y las lecciones de la historia, pese a la intervención de la única superpotencia del planeta, ajenas al absurdo económico inherente a cualquier aritmética bélica moderna. Una guerra puede conducirse de un modo racional, pero sus orígenes jam ás suelen serlo.

 

Por igual motivo, pese a la creciente uniformidad de los ejércitos del mundo

 

- sus armas automáticas, la cadena de mando y la apariencia de sus uniformes son cada vez más genuinamente occidentales-, existen pocas probabilidades de que la nueva cultura global vaya a dar pie a un período de paz perpetua. Aquellos consumidores de distintas razas, religiones, lenguas y naciones que llevan zapatillas Adidas, compran programas de Microsoft y beben Coca-Cola tienen tantas probabilidades de matarse entre sí como siempre, y también de sentarse después de la batalla a ver la reposición de La isla de Gilligan en cualquier canal internacional de televisión.

 

Los intelectuales de mayor visión y carácter, productos de la nueva cultura intelectual occidentalizada, no pudieron hacer otra cosa que suspirar cuando durante la prim avera de 1982, en las desoladas regiones del Atlántico sur, los marinos británicos hacían saltar en pedazos a los argentinos y viceversa. Jorge Luis Borges, el argentino de educación europea, señaló la estupidez de la Gue­ rra de las Malvinas comparando a las dos naciones civilizadas con “ dos calvos peleándose por un peine” . Pero el hecho es que se enfrentaron, y ninguna de las dos naciones se parecían a los “hom bres sin torsos” nietzscheanos que podrían pensar que un puñado de colinas ventosas situadas en mitad de ninguna parte no eran dignas de interrum pir la visión de un partido de fútbol por televisión. Tucídides, que afirmaba que escribía historia porque la consideraba “un bien para todas las épocas”, nos recuerda que los Estados luchan por “miedo, interés y honor” , y no siempre por motivos razonables, necesidad económica o por la pura supervivencia. El honor, incluso en esta época decadente y pese a las sombrías predicciones de Platón, Hegel, Nietzsche y Spengler, todavía existe y continuará provocando, creo, que las personas se maten todavía durante un tiempo.

 

 

 

 

 

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Es cierto que algunos elementos tradicionales de la guerra occidental parece que han desaparecido. En los Estados Unidos y en Europa los ejércitos merce­ narios son la norma. No son necesariamente ejércitos completamente profe­ sionales, sino refugios para los desafectos de la sociedad en busca de una oportunidad que pese a todo saben que otros que pertenecen a una clase social muy distinta serán quienes decidan dónde, cuándo y cómo han de luchar y morir. En la actualidad, votan menos norteamericanos -militares o civiles- que nunca y la mayoría de ellos no tienen la menor idea de la naturaleza de su propio ejército ni de su relación histórica con su gobierno y ciudadanía. El crecimiento de la administración federal y de las corporaciones globales ha reducido el número de norteamericanos que trabajan con autonomía, tanto en granjas familiares como en pequeñas empresas o comercios locales. Para muchos, la libertad equivale a ausencia de responsabilidad, mientras que la cultura de los centros comerciales, el vídeo e Internet parece fomentar la uniformidad y la complacencia más que el racionalismo, el individualismo y la iniciativa. ¿Contará siempre Occidente con personas del tipo de las que lucharon en M idway o con ciudadanos como los que remaron por su libertad en Salamina, o con jóvenes como los que se apresuraron a reforzar sus maltrechas legiones tras el desastre de Cannas?

 

Los pesimistas ven semillas de decadencia en los aletargados adolescentes de los acomodados barrios residenciales de los Estados Unidos. Pero yo no estoy seguro de que hayamos llegado ya a una situación de colapso. L a historia nos enseña que, mientras Europa y América del Norte conserven su adhesión a los principios del gobierno constitucional, el capitalismo, la libertad de asociación religiosa y política, la libertad de expresión y la tolerancia intelectual, los occi­ dentales podrán encontrar, si los necesitan, soldados valientes, disciplinados y bien equipados capaces de matar como ningún otro del mundo. En mi opinión, a no ser que se erosionen por completo o sean destruidos, nuestros principios e instituciones pueden sobrevivir a los períodos de decadencia que pueda traer nuestro exceso material, a épocas en que la noción crítica del militarismo cívico nos parezca molesta, incómoda para el disfrute de nuestra abundancia material, a épocas en que la libertad de expresión se emplee para hacer hincapié en nuestras propias imperfecciones sin preocuparse de la naturaleza quizá espantosa de nuestros enemigos. No estuvieron siempre presentes en Europa todos los elementos del punto de vista occidental sobre la guerra. Los efluvios del republicanismo romano mantuvieron el funcionamiento del Imperio mucho tiempo después de que el ideal del soldado ciudadano hubiera dado paso a los ejércitos mercenarios.

 

 

Tampoco es probable un segundo escenario, el de una guerra total provocada por potencias nucleares como los Estados Unidos, Europa, Rusia o China o un belicoso mundo islámico que conseguiría incinerar el planeta. Dos enemigos colosales - la Unión Soviética y los Estados U nidos- no emplearon sus enormes

 

 

 

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arsenales nucleares durante los casi cincuenta años que duró la Guerra Fría. No hay motivos para pensar que el mundo sea más proclive a la guerra tras la caída del comunismo. El legado de las dos potencias a los demás es la contención nuclear, no la imprudencia. Los arsenales estratégicos -nucleares o biológicos-no aumentan, sino que decrecen. Si la historia de los conflictos militares sirve de guía, tampoco hay motivos para creer que la posesión de armas nucleares equivalga siempre a tener garantizada la destrucción del adversario. Los sistemas defensivos situados más allá de la atmósfera están a punto de desplegarse. La capacidad para protegerse de los ataques es una ley de la historia militar, aunque se haya olvidado durante el último medio siglo ante la amenaza de un apocalipsis nuclear. En la actualidad, y de nuevo, se tiende a hacer hincapié en la defensa y se destinan enormes sumas a los sistemas de protección de misiles, a la contrainsurgencia e incluso a los blindajes corporales para protegerse de los impactos de bala, la metralla y el fuego.

 

En este nuevo siglo, cualquier nación que amenace con utilizar la bom ba atómica sabe que se enfrenta a dos alternativas muy desagradables: una represalia masiva y, muy pronto, la posibilidad de que al usarla sea desviada o destruida antes de alcanzar al adversario. La prudencia en el empleo de las armas nucleares estratégicas, y no su despilfarro, continúa formando parte de los procedimientos básicos de actuación en cualquier guerra fría o caliente. Las epidemias, el gas nervioso y nuevos virus que ni siquiera imaginamos, nos dicen, acabarán por matarnos a todos. Pero los historiadores militares pueden responder que las fuerzas de vigilancia, las defensas de las fronteras, las tecnologías de prevención y vacunación y los servicios de contraespionaje tampoco se quedan quietos. El espectro de la disuasión es un fenómeno humano, no de una cultura específica, como demuestra el hecho de que todas las naciones -incluso las democráticas-se embarquen en una política de protección de sus intereses. Un Estado delin­ cuente que patrocine a un terrorista que tenga intención de soltar un virus mortal en Manhattan es pese a todo consciente de que su propia existencia se mide en poco más que en los quince minutos que puede tardar un misil en alcanzar su territorio.

 

Si no vamos a gozar de una paz perpetua ni de una sola conflagración que acabe con la especie, la tercera opción, la de que haya guerras convencionales im previstas y quizá más mortíferas (desde que terminó la Segunda Guerra Mundial han perecido más hombres y mujeres en combate que durante aquel conflicto), parece la más probable en los próximos mil años. En Occidente aún nos estremecemos al pensar en la matanza de la Segunda Guerra Mundial en gran parte porque acabó con las vidas de muchos occidentales, pero olvidamos que desde el fin de la Alemania de Hitler, las guerras tribales, los conflictos a que dio lugar la Guerra Fría y sus propios gobiernos han acabado con un número mayor de coreanos, chinos, africanos, indios y habitantes del sureste asiático.

 

 

 

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A       este respecto, el futuro de la guerra occidental parece mucho más pertur­ bador, a raíz de que desde 1945 hayan muerto tantas personas a causa de la expansión por el mundo no occidental de las armas y las tácticas occidentales. L a inquietud más obvia es la continua difusión de las nociones occidenta­ les de disciplina militar, im portancia de la tecnología, batalla decisiva y capitalismo sin su acompañante fundamental de libertad, militarismo cívico, control civil y debate y disensión social. M uy pronto, las semiautocracias más ominosas -C hina, Corea del Norte e Irán, en posesión de armas nucleares-estarán, mediante la adquisición o la promoción de una elite militar y científica formada en Occidente, a punto de igualar la capacidad de Europa y América del Norte en investigación y desarrollo de armamentos y organización militar sin tener por qué recurrir a la importación o la venta, y sin tener ningún sentido de afinidad hacia sus mentores, sino una gran animadversión. Tan mortífero como una red de satélites de vigilancia en China es un ejército chino con una cadena de mando que goce de una flexibilidad e iniciativa inspiradas en los ejércitos de Europa y los Estados Unidos, o con una industria de municiones privada y no estatal.

 

 

En un futuro próxim o, ¿puede el mundo no occidental importar nuestro armamento y organización y doctrina militar sin importar también los principios que inspiraron su origen? ¿Pueden un Irán, Vietnam, Pakistán o una China capitalistas y con una comunidad científica importante equipar y organizar un ejército complejo y superior a cualquier ejército occidental sin ciudadanos libres, individualismo dentro de la jerarquía de mandos, un control civil constante y la supervisión de sus tácticas y estrategias? ¿Pueden esos posibles adversarios limitarse a recoger los frutos de Occidente, tan prontos a marchitarse, sin recoger también las raíces de tolerancia intelectual, religiosa y política? ¿Ganarán al­ gunas batallas pero no las guerras, o quizá nos amenazarán siempre con el espectro de media docena de misiles de cabeza nuclear dirigidos contra Los Angeles?

 

Un oficial puede robar secretos diariamente a través de Internet, pero, si no puede discutir sus ideas abiertamente con sus superiores civiles y militares, no hay garantías de que la información que recoja se aplique de una forma óptima a fin de que asegure la paridad con Occidente. Y si nuestros adversarios adoptan el gobierno de consenso, la libertad de expresión y una economía de mercado, ¿continuarán siendo nuestros adversarios? ¿Conseguirá la adopción de la cultura occidental extinguir gradualmente la hostilidad religiosa, étnica, cultural y racial hacia el propio Occidente? Tal vez sí o tal vez no. Pero no es ésta la única cuestión relevante, porque no hay actualmente ninguna garantía, como no la hubo en el pasado, de que Occidente permanezca monolítico y siempre estable y no proclive a volver su vasto arsenal contra sí mismo. Los Estados que acogen la cultura occidental tienen menos probabilidades de atacar

 

 

 

 

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al Occidente tradicional, pero no con la suficiente improbabilidad como para dar por sentado que nunca lo harán, o que nunca se atacarán entre sí. A lo largo de la historia, el mayor horror de la guerra organizada no han sido las luchas constantes que han tenido lugar lejos de Europa y entre sociedades tribales, ni siquiera los conflictos que Occidente ha librado con el Otro, sino las contiendas mucho más mortíferas que han estallado en el interior de Europa entre los propios occidentales. En mi opinión, cuanto más occidental sea el planeta, más europeizados estarán los campos de batalla.

 

Por lo tanto, deberíamos tomar nota de otra verdad general que se deriva del estudio de las batallas que trato en este libro. Habitualmente, la historia de la lucha de los occidentales contra el Otro es el relato de las batallas que tuvieron lugar fuera de Europa y los Estados Unidos. Excepto en aquellas raras ocasiones en que un contingente asiático, africano o musulmán realizó alguna incursión sobre la periferia de Europa -Jerjes, Aníbal, los mongoles, los moros y los otomanos-, el corazón de la cultura occidental no ha corrido peligro desde los comienzos del Imperio romano. Nada que podamos vislumbrar en un futuro cercano sugiere que los no occidentales librarán una gran guerra dentro de Europa o los Estados Unidos. Cuando la batalla arrasa el interior de Occidente es porque se produce una guerra civil o una lucha por la hegemonía entre las propias potencias occidentales. No veo motivos para que en el siglo venidero este escenario tenga menos probabilidades de darse que las invasiones y ataques de aquellos que viven fuera del paradigma occidental.

 

 

 

 

¿OCCIDENTE CONTRA OCCIDENTE?

 

Es posible que con la difusión a escala mundial de una idea compartida de democracia, capitalismo, libertad de expresión, individualismo y una economía global, las guerras mundiales sean menos probables. Y sin embargo, también es cierto que, cuando estallen, las posibles guerras sean mucho más letales y arrastren todos los recursos de una tradición militar que resulta mortífera. Es algo que ya hoy en día podem os vislum brar: las luchas tribales en las que personas y comunidades utilizan armas occidentales aunque no tengan ni la menor idea de cómo fabricarlas.

 

El peligro, sin embargo, no es sólo la difusión de las armas atómicas y de los cazas F-16, sino sobre todo la diseminación del conocimiento, el racionalismo, la creación de universidades libres y, quizá, incluso el aumento de la democracia, el capitalismo y el individualismo en todo el mundo, los verdaderos ingredientes, como hemos visto en los ejemplos analizados en este estudio, de una manera de guerrear mucho más mortífera. Muchos ven en el avance del racionalismo, el capitalismo y la democracia y de sus valores complementarios las semillas de

 

 

 

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una paz y prosperidad perpetuas. Podría ser, pero debemos recordar que esas ideas son también los cimientos que en el pasado crearon los ejércitos más mortíferos del mundo.

 

El verdadero riesgo para el futuro, como siempre ha sucedido en el pasado, no es un declive de la moral occidental o la amenaza de ese Otro ahora adornado con el barniz de las armas sofisticadas, sino el viejo espectro de una guerra espantosa en el seno del propio Occidente, la vieja Europa o los Estados Unidos con el menú completo del dinamismo económico, militar y político de Occidente. En un solo día, Gettysburg acabó con más norteamericanos que todas las guerras indias del siglo XIX . Un pequeño contingente bóer mató a más soldados británicos en seis días que los zulúes en un año. La mayoría de las crisis que asolaron el mundo en el siglo X X tuvieron su origen en las dos guerras mundiales: la situación de Alemania, la división y unificación de Europa, el auge y caída del imperio ruso, la expansión del comunismo tras la derrota del fascismo, el desastre de los Balcanes y la entrada de los Estados Unidos en los asuntos del mundo.

 

Muchos aceptan esa verdad que dice que las democracias no luchan contra las democracias, una afirmación que la estadística respalda. Pero en el contexto de la guerra occidental y a causa de la gran capacidad mortífera de las armas occidentales, el margen de error es muy pequeño, e incluso una guerra intestina en el interior de Europa puede provocar una matanza y el caos cultural. En realidad, muchos gobiernos de consenso han luchado contra otros gobiernos de consenso. Atenas destruyó su cultura con la invasión de la democrática Sicilia (415 a.C.). L a dem ocrática Beocia luchó contra la dem ocrática Atenas en Mantinea (362 a.C.). La Rom a republicana acabó con la federación de Estados aqueos de Grecia y arrasó Corinto (146 a.C.). Las repúblicas italianas del Rena­ cimiento se echaban constantemente al cuello unas de otras. La Francia revo­ lucionaria y la Inglaterra parlamentaria fueron enemigas mortales; unos Estados Unidos democráticos lucharon dos veces contra el gobierno de consenso de Gran Bretaña. Existieron un presidente y un Senado para la Unión y otros para los confederados. Tanto los bóers como los británicos del sur de África contaban con representantes electos. Los primeros ministros electos de India y Pakistán se han amenazado varias veces. La creación de un Parlamento pa­ lestino no ha llevado la paz a Oriente Próximo, y no hay ninguna garantía de que, aunque Palestina consiguiera más autonomía, ese órgano electo fuera menos proclive a la guerra con Israel que el señor Arafat. También la Alemania del kaiser tenía un Parlamento. Hitler llegó al poder mediante elecciones, no por medio de un golpe de Estado. La entrada de Rusia en Chechenia recibió la aprobación parlamentaria.

 

 

Es muy probable que las democracias no se enfrenten entre sí, pero cuando lo hacen - y lo hacen- ambos bandos introducen en la contienda resultante todo el terrible menú de la guerra occidental. Cada Nicias puede tener un homólogo

 

 

 

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dem ocrático como Herm ócrates de Siracusa; cada Arsenal veneciano de producción en cadena, un astillero genovés igual de eficiente; cada soldado ciudadano Grant, un Lee; cada brillante Mauser, un Colt; cada excéntrico y altamente cualificado científico alemán especializado en cohetes, un genio británico del radar. La guerra civil occidental en el interior de Europa o los Estados Unidos no tiene por qué ser necesariamente un suceso tan catastrófico simplemente porque se lleve más vidas que las que se perdieron en la China de Mao o en los cincuenta años de derramamiento de sangre en África, aunque un conflicto de ese tipo bien podría exceder los muertos de ambos aconteci­ mientos históricos. Com o ya sucedió en el pasado, un Occidente fratricida más bien amenaza a la civilización que para bien o para mal ha dado al mundo su presente nivel de vida y es la causa de su industrialización, avances tecnológicos, cultura popular y proyectos de organización política.

 

Deberíamos contemplar con aprensión el hecho de que en Europa se vislum ­ bren una vez más importantes agitaciones, más que en ningún otro momento desde los años treinta. El aumento de influencia de una Alem ania unificada no ha hecho más que empezar. El espectro de un Estado paneuropeo subraya la posición cada vez más ambigua de Gran Bretaña y parece crear cierta unidad entre sus miembros a través de un antagonismo colectivo hacia los Estados Unidos y de la envidia que se siente por esta nación. La inseguridad del este de Europa es parte de un dilema mayor al que se enfrenta una Rusia que no es ni europea ni asiática. El orgullo y los temores de un Japón occidentalizado no cesan, al contrario, se acentúan debido a la ascensión de una China capitalista y al comportamiento impredecible de ambas Coreas, que a su vez prometen una identidad nacionalista unificada tal vez alentada por el capitalismo de Corea del Sur y el arsenal nuclear de Corea del Norte. El resurgimiento del aislacionismo en los Estados Unidos crece cuando su intervención en el extran­ jero es m ayor que nunca, pese a que el apoyo ciudadano a la misma está en bajos mínimos históricos. Waterloo, el Somme, Verdún, Dresde y Normandía parecen los lejanos y mortíferos fantasmas que bien podrían amenazar al mundo en el futuro.

 

 

No me preocupan tanto las guerras constantes en que en el milenio que viene podrían enzarzarse Occidente y el resto del mundo -con más conflictos, por ejemplo, en Oriente Próximo y sus alrededores, o insurrecciones cruentas en Africa y Am érica del Sur-, si tales guerras, pese a la profusión de tecnología y maquinaria mortal, se alejan de la tradición occidental y se mantienen dentro de los distintos enfoques bélicos de los pueblos indígenas. Pero, si la historia puede servir de guía para el futuro, ¿no hemos sentido siempre el verdadero peligro para el progreso y la civilización en aquellos casos en que un ejército occidental vuelve su mortífero arsenal contra sí mismo? Si es así, roguemos por otro medio siglo de aberrante paz americana y europea, por algunas déca­

 

das más de raro y buen comportamiento, tan ajeno al pasado de Occidente. Recordem os, además, que cuanto más occidental se vuelva el mundo, más probabilidades hay de que todas sus guerras sean de naturaleza occidental y por tanto más mortales. Es posible que todos seamos occidentales en el próximo milenio, pero esto puede ser muy peligroso. L a cultura no es una mera abs­ tracción. Cuando se trata de la guerra, es una realidad que a menudo decide si miles de hombres y mujeres en su mayoría inocentes han de vivir o morir.

 

La civilización occidental ha dado a la humanidad el único sistema económico que funciona, una tradición racionalista que por sí sola nos permite el progreso material y tecnológico, la única estructura política que garantiza la libertad del individuo, un sistema ético y una religión que extraen lo m ejor de la humanidad, y la guerra más letal que sea posible concebir. Esperemos ser capaces de comprender por fin este legado. Es una herencia muy pesada y en ocasiones ominosa que no debemos negar ni tampoco avergonzamos de ella. A l contrario, hay que insistir en que nuestra letal m anera de hacer la guerra no sepulta, sino que por el contrario sirve a nuestra civilización.

 

 

GLOSARIO

 

 

 

 

 

 

Alta Edad Media: período de la historia de Europa que transcurrió, aproximadamente, entre el año 500 y el 1000. En la cultura anglosajona se lo conoce también como “Edad Oscura”, porque el desplome de las instituciones que siguió a la caída del Imperio romano condujo a la característica escasez de información que marcó esos quinientos años.

 

Anábasis: transcripción de la palabra griega que significa “expedición a las tierras altas” ; es también el título de sendas obras de los historiadores Jenofonte y Arriano, que relataron las marchas a las tierras altas de Asia de los Diez Mil y de Alejandro Magno.

 

Aqueménidas: dinastía que reinó sobre el Imperio persa entre los años 557 y 323 a.C.

 

Arcabuz: antiguo mosquete con llave de mecha. Normalmente, y debido a su peso, era necesario apoyarlo en una vara para disparar.

 

A R V N : siglas inglesas de Ejército de la República de Vietnam, el ejército del gobierno de Vietnam del Sur.

 

Atica: península de Grecia, región en la que se encuentra Atenas.

 

Azagaya: lanza corta de los zulúes con una larga punta de metal. Se utilizaba más como arma blanca que como arma arrojadiza.

Aztecas: pueblo que vivía en Aztlán (“región blanca de las garzas”), área que rodeaba la ciudad de Tenochtitlán. El término se utiliza como sinónimo del más genérico “mexicas” , es decir, los habitantes del Imperio azteca del centro de México.

 

Bizancio: genéricamente, la civilización del Imperio romano oriental que poco a poco desarrolló una cultura exclusivamente griega tras la fundación de Constantinopla (o Bizancio) en el año 330; durante más de mil años, hasta su definitiva destrucción en el año 1453, los bizantinos mantuvieron vivas las tradiciones del Imperio romano dentro de un contexto griego.

 

Bóers: colonos de ascendencia holandesa que se asentaron en Sudáfrica.

 

Boule: normalmente, la cámara alta del órgano legislativo de la mayoría de las ciudades Estado de Grecia.

Bushido: “el camino del guerrero” ; el código de los samuráis, una amalgama de principios que los japoneses situaron en la cima de sus valores poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Combinaba elementos del budismo zen, de la cultura feudal japonesa y del fascismo de los años treinta.

 

Caballería de compañeros: el cuerpo de veteranos de caballería pesada que formaba las alas del ejército de Alejandro Magno. Normalmente, patricios de la sociedad macedonia.

Caudillo: en el siglo x v i solía utilizarse para referirse a los capitanes españoles presentes en el Caribe y México, donde, durante una o dos generaciones, los conquistadores y gober­ nadores españoles ejercieron un poder casi absoluto.

 

Centuriones: los principales oficiales profesionales de las legiones romanas. Cada uno de ellos mandaba una centuria, es decir, a cien legionarios. Con las reformas militares llevadas a cabo durante la primera época de la República, se estableció que cada legión contase con sesenta centuriones; las centurias, sin embargo, se agrupaban en grupos de seis, de forma que cada legión contase con diez cohortes, las principales unidades tácticas de los ejércitos romanos.

 

 

Cónsules: los dos más altos funcionarios que anualmente elegía el Senado republicano romano.

 

Debían aplicar los decretos del Senado y liderar los ejércitos que acudían a la batalla.

 

Cruz Victoria: la más alta condecoración británica a la valentía. Consistía en una medalla de bronce en forma de cruz de Malta.

Devshirme: la inspección que cada cuatro años llevaban a cabo los otomanos de los territorios cristianos conquistados a fin de escoger jóvenes y niños a los que se convertiría al islam con la intención de transformarlos en fieles funcionarios al servicio del sultán.

Diez Mil (los): los mercenarios griegos contratados por Ciro el Joven en el año 401 a.C.

 

para ayudarlo en su intento de hacerse con la corona de Persia.

 

DMZ: siglas inglesas de Zona Desmilitarizada, frontera oficial que entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur establecieron los acuerdos de paz de 1954; en teoría, debía quedar inmune a las operaciones militares de ambos bandos, pero, en realidad, fue escenario de algunos de los combates más violentos de la Guerra de Vietnam.

Edad Media: término que describe, aproximadamente, el milenio de la historia de Europa que transcurrió entre la caída de Roma (476) y el inicio del Renacimiento (h. 1450). Se utiliza sobre todo en asociación con Europa occidental.

 

Ekklesia: asamblea donde concurrían todos los ciudadanos votantes en la mayoría de las ciudades Estado de Grecia.

Eleutheria: término del griego clásico que aludía a la libertad política.

 

Falange: unidad de hoplitas o falangistas equipados con armas pesadas que formaba en columnas de lanceros de ocho a dieciséis hombres en fondo.

 

Falangistas: soldados macedonios de infantería equipados con picas que formaban parte de la falange en la época helenística.

Galeaza: galera híbrida de gran tamaño con tres velas, costados altos y buen número de cañones; en los siglos XVI y X V II fue utilizada como buque de guerra en aguas del Mediterráneo.

 

Galeón: gran navio de vela con varios palos, muchas velas y tres o cuatro cubiertas; se usó en alta mar y tanto para el comercio como para la guerra.

Galeota: pequeña y rápida galera que normalmente tenía dos velas y aprovechaba para impulsarse la acción de los remos y la fuerza del viento.

 

Galera: gran nave de remos de una sola vela y con costados muy bajos que se utilizó como buque de guerra en aguas mediterráneas desde la época romana hasta finales del siglo XVI.

Gatling: primitiva ametralladora que conseguía una alta frecuencia de fuego gracias a sus diversos cañones, que rotaban sobre un eje central que se hacía girar con una manivela.

Gladius: espada corta del legionario romano. Tenía una hoja de unos cuatro centímetros de ancho y sesenta centímetros de largo y se utilizaba como arma de corte y como arma de punta. Se inspiraba en un modelo hispano.

 

Guerras Púnicas: las tres guerras (264-241 a.C., 218-201 a.C., 149-146 a.C.) que libró Roma contra Cartago y que condujeron a la destrucción definitiva de esta ciudad.

Helénico: en sentido literal, “griego” ; adjetivo que habitualmente describe en inglés el período de la historia de Grecia que transcurrió entre el año 700 y el 323 a.C.

Helenismo: época de la historia griega que transcurrió entre la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) y la victoria romana en la batalla de Actium (31 a.C.).

Hidalgos: miembros de la baja nobleza española, habitualmente empobrecidos. La mayoría de ellos eran castellanos, andaluces y extremeños, que, como conquistadores, surcaron el Atlántico hacia el Nuevo Mundo en busca de fortuna, celebridad y nuevo prestigio social.

 

Hipaspistas: “portaescudos”, los soldados de infantería del ejército macedonio. Llevaban grandes escudos y lanzas cortas. Proporcionaban una línea de defensa flexible entre la Caballería de Compañeros y la falange propiamente dicha.

 

 

 

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Hoplita: soldado griego de infantería pesada que combatía con lanza, armadura y un escudo de gran tamaño y en formación cerrada. En principio, el término denominaba a los miem­ bros de la clase agraria de las ciudades Estado griegas que podían pagarse la imprescindible panoplia, pero con el paso del tiempo se utilizó para referirse a cualquier soldado de la falange.

 

Impi: término que se aplica genéricamente al ejército zulú, pero con más frecuencia a los regimientos de este ejército.

 

Inmortales: soldados de infantería escogidos que conformaban la guardia imperial del Imperio

 

aqueménida. Mantenían un número constante de efectivos: diez mil.

 

Kraal: pequeña aldea zulú rodeada por una cerca; el término también se utilizaba para referirse a los cercados donde los zulúes guardaban ganado y, en un sentido más genérico, a sus viviendas.

 

Laager: campamento afrikaner, normalmente, rodeado por una sucesión de carromatos atados entre sí.

 

Legionario: soldado romano de infantería que combatió entre los siglos m a.C. y V . Iba equipado con jabalina (pilum), espada corta (gladius) y un escudo largo y oblongo (scutum),

y formaba parte de una legión que componían 6.000 efectivos.

 

M ACV: siglas inglesas de Mando de Asistencia Militar en Vietnam, nombre que recibía el ejército norteamericano desplazado en Vietnam.

Malinche: nombre que dieron los indios a Hernán Cortés. Se derivaba de los términos aztecas mainulli o malinali (duodécimo mes del calendario mexica); en principio, fue así como llamaron a doña Marina, la compañera e intérprete de Cortés, y luego, por extensión, al propio Cortés.

 

Mamelucos: casta de guerreros vasallos que llegó a gobernar Egipto entre los siglos x m  y XVII.

 

Manípulo: unidad del ejército romano que, en plenitud, sumaba doscientos efectivos; una legión de treinta manípulos estaba formada por 6.000 soldados. Durante las primeras décadas de la República, los manípulos fueron la principal unidad táctica del ejército.

 

Medieval: adjetivo que se refiere a la cultura de la Edad Media. Deriva del latín medius (medio) y aevum (edad).

Metecos: residentes extranjeros de las ciudades Estado griegas; muy numerosos en Atenas.

 

Metralla: normalmente, pequeños perdigones de hierro que hacían de relleno de las balas de cañón y actuaban como armas antipersona.

 

Natal: provincia colonial británica del suroeste de Africa, situada al sur y al oeste de Zululandia.

 

Su capital era Durban.

 

Occidental: adjetivo que se emplea genéricamente para referirse a la civilización europea que nació y se desarrolló en Grecia y al oeste de Grecia y compartía valores básicos que se originaron en la Antigüedad clásica, entre los que se incluían, aunque no se limitara a ellos, el gobierno constitucional, las libertades civiles, el libre intercambio de ideas, la autocrítica, la propiedad privada, el capitalismo y la separación entre pensamiento religioso, político y científico.

Panhelénico: literalmente, “de toda Grecia” ; con frecuencia se utiliza para referirse a la laxa alianza de las ciudades Estado griegas que lucharon contra Persia.

Pica: vara larga con punta metálica muy afilada; las picas, a diferencia de las lanzas, tenían más de tres metros de largo y había que utilizarlas con ambas manos. En general, se asocia al ejército macedonio y a la infantería medieval suiza.

 

Polis:ciudad-Estado griega; incluía el centro urbano y los terrenos agrícolas que la rodeaban.

 

Proskynesis: el acto de postrarse ante un noble y/o besarle los pies; práctica muy normal en

 

Persia, pero considerada repugnante por la cultura griega cuando Alejandro Magno intentó

 

introducirla entre sus tropas.

 

 

 

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Res publica: forma romana de gobierno consensuado bajo la cual los representantes populares, más a menudo que los propios ciudadanos, votaban la legislación y a los altos funcionarios del poder ejecutivo.

 

Samurái: guerreros del Japón feudal cuyo mítico código de valores y de conducta intentaron reeditar los militares japoneses e imbuir a sus soldados en la década de 1930 y principios de la década de 1940.

 

Sarissa: la larga pica (de entre cuatro y siete metros de longitud) que llevaba, con ambas manos, el soldado de infantería macedonio.

 

Timariota: señor feudal otomano al que se le entregaban tierras conquistadas y el dominio sobre un grupo de siervos a cambio de su compromiso de aportar soldados en caso de guerra.

 

Tribunos: los seis oficiales de alta graduación que conducían las legiones; en su sentido político, magistrados del Estado encargados de velar por los intereses de la plebe.

 

Trirreme: buque de guerra griego con tres bancadas de remos. Llevaba cerca de 170 remeros.

 

Vietcong: en teoría, el movimiento insurgente comunista e independiente de Vietnam del Sur; en realidad, un ejército que dependía de los dictados y suministros del gobierno comunista de Vietnam del Norte.

 

Yihad: guerra religiosa de los musulmanes contra los supuestos enemigos del islam.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

 

 

 

I.  LAS RAZONES DE LA VICTORIA DE OCCIDENTE

 

Hay toda una línea de investigación dedicada a analizar las diversas causas del predominio militar de Occidente, especialmente desde el siglo xvi en adelante. Entre los títulos más destacados, se pueden citar: C. Cipolla, Guns, Sails and Empires: Technological Innovation and the Early Phases of European Expansionism (Cambridge, 1965) [Cañones y velas: primera fase de la expansión europea, traducción de Gonzalo Pontón, Barcelona, Ariel, 1967]; M. Roberts, The Military Revolution, 1560-1660 (Belfast, 1956); G. Parker, The Military Revolution: Military Innovation and the Rise of the West, 1500-1800,2a ed. (Cambridge, 1996) \La revolución militar: innovación military apogeo de Occidente, 1500-1800, traducción de Alberto Piris Laespada yjosé Luis Gil Aristu, Madrid, Alianza Editorial, 2002];J. Black, A Military Revolution ? Military Change and European Society, 1550-1800 (Basingstoke, Inglaterra, 1991); P. Curtin, The World and the West The European Challenge and the Overseas Response in the Age ofEmpire (Cambridge, 2000); D. Eltis, The Military Revolution in Sixteenth-Century Europe (Nueva York, 1995), y C. Rodgers (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military

 

Transformation ofEarly Módem Europe (Boulder, Colorado, 1995). Y entre los que defienden una revolución militar aún más antigua, A. Ayton y j . L. Price (eds.), The Medieval Military Revolution: State, Society, and Military Change in Medieval and Early Modem Europe (Nueva York, 1995).

Sobre los contactos entre Oriente y Occidente e influencias mutuas en la tecnología, véanse:

 

D.      Ralston, Importing the European Army: The Introduction of European Military Techniques and Institutions into the Extra-European World, 1600-1^14 (Chicago, 1990); R. MacAdams, Paths of Fire: An Anthropologist’s Inquiry into Western Technology (Princeton, Nuevajersey, 1996); L. White, Machina Ex Deo: Essays in the Dynamism of Western Culture (Cambridge, Massachusetts, 1968), y especialmente, D. Headrick, Tools ofEmpire: Technology and European Imperialism in the Nineteenth Century (Nueva York, 1981) [Los instrumentos del imperio: tecnología e imperialismo europeo en el siglo xix, traducción de Javier García Sanz, Barcelona, Altaya, 1998]. La cuestión del dinamismo cultural de Europa es tratada de forma brillante en dos volúmenes: D. Landes, The Wealth and Poverty ofNations: Why Some Are So Rich and Some So Poor (Nueva York, 1998) [La riqueza, y la pobreza de las naciones, traducción de Santiago Jordán, Barcelona, Crítica, 2000], y E. L. Jones,

 

The European Miracle: Environments, Economies, and Geopolitics in the History ofEurope and Asia

 

(Cambridge, 1987) [El milagro europeo, traducción de Manuel Pascual Morales, Madrid, Alianza Editorial, 1994]. Véanse también los ensayos incluidos en L. Harrison y S. Huntington (eds.), Culture Matters: How Values Shape Human Progress (Nueva York, 2000).

 

Para un buen debate sobre la naturaleza de la cultura occidental (y la corriente crítica dentro del mundo académico), resultan muy sugerentes los trabajos de K. Windshuttle, The Killing ofHistory: How Literary Critics and Social Theorists Are Murdering Our Past (Nueva York, 1996); A. Herman, The Idea ofDecline in Western History (Nueva York, 1997) [La idea de decadencia en la historia occidental, traducción de Carlos Gardini, Barcelona, Editorial Andrés Bello, 1998],

 

y D. Gress, From Plato to NATO: The Idea of the West and Its Opponents (Nueva York, 1998). Véase también T. Sowell, Conquests and Cultures: An International History (Nueva York, 1998).

Por otra parte, como introducción a la línea de investigación que pone en tela de juicio la idea del predominio occidental (y que ha generado una amplísima bibliografía), son espe­ cialmente recomendables los siguientes títulos: K. Sale, The Conquest of Paradise: Christopher

 

 

 

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Columbus and the Columbian Legacy (Nueva York, 1990); D. Peers (ed.), Warfare and Empires: Contact and Conflict Between European and Non-European Military and Maritime Forces and Cultures

 

(Brookfield, Vermont, 1997); F. Fernández Armesto, Millennium: A History of the Last Thousand Years (Nueva York, 1995) [Millenium, traducción de C. Boune y Victor Alba, Barcelona, Planeta, 1995]; M. Adas, Machines as the Measure ofMen: Science, Technology, and Ideologies of Western Dominance (Nueva York, 1989); T. Todorov, The Conquest ofAmerica: The Question of the Other (Nueva York, 1984), y F. Jameson y M. Miyoshi (eds.), The Cultures of Globalization (Durham y Londres, 1998).

 

El enfoque posmodemo al análisis del predominio occidental marca las obras de M. Foucault, The Archaeology ofKnowledge (Nueva York, 1972) [Obra completa, Madrid, Siglo x x i de España Editores, 1979]; M. de Certeau, The Writing of History (Nueva York, 1988); E. Said, Culture and Imperialism (Londres, 1993) [Cultura e imperialismo, traducción de Nora Castelli, Barcelona, Anagrama, 1996]; Orientalism (Londres, 1978) [Orientalismo, traducción de María Luisa Fuentes, Madrid, Ediciones Libertarias-Prodhufi, 1990]; F. Jameson, Postmodernism, or, The Cultural Logic ofLate Capitalism (Londres, 1991) [El posmodernismo o la lógica cultural del posmodernismo avanzado, traducción de José Luis Pardo Torio, Barcelona, Paidós, 2002]. Como ejemplo del punto de vista más tradicional de defensa de la civilización occidental, véanse S. Clough, Basic Values of Western Civilization (Nueva York, i960), y C. N. Parkinson, East and West (Londres, 1963) [El Este contra el Oeste, Barcelona, Deusto, 1964]. N. Douglas es autor del entretenido y polémico Good-Bye to Western Culture (Nueva York, 1930).

 

Entre las obras que aportan teorías de tipo geográfico y biológico para explicar la preeminencia de Occidente, destacan:J. Diamond, Guns, Germs, and Steel: The Fates ofHuman Societies (Nueva York, 1997) [Armas, gérmenes y acero, traducción de Fabián Chueca, Barcelona, Debate, 1998]; A. Crosby, Ecological Imperialism: The Biological Expansion of Europe, goo-igoo (Cambridge, 1986) [Imperialismo ecológico. La expansion biológica de Europa, 900-1900, traducción de Montserrat Iniesta, Barcelona, Crítica, 1999], y M. Harris, Cannibals and Kings: The Origins of Cultures (Nueva York, 1978) [Caníbales y reyes: los orígenes de las culturas, traducción de Horacio González, Madrid, Alianza Editorial, 1997]. Y como ejemplo de un interesante esfuerzo por ponderar la influencia del determinismo natural con el factor humano y cultural, véanse W. McNeill, The Rise of the West (Chicago, 1991), y The Pursuit ofPower: Technology, Armed Force, and Society Since A.D. 1000 (Chicago, 1982) [La búsqueda del poder: tecnología, fuerzas armadas y sociedad, traducción de René Palacios Moré, Madrid, Siglo XX I, 1998].

 

En el soberbio volumen A History of Warfare (Nueva York, 1993) [Historia de la guerra, traducción de Francisco Martín Arribas, Barcelona, Planeta, 1995], de J . Keegan, se ofrece un magnífico resumen de la relación entre guerra y cultura. Véase también K . Raaflaub y

 

N.      Rosenstein (eds.), War and Society in the Ancient and Medieval Worlds (Cambridge, Massachusetts, 1998). Respecto a las descripciones de las “grandes batallas”, destacan las obras de E. Creasy,

The Fifteen Decisive Battles ofthe World: From Marathon to Waterloo (Nueva York, 1908); T. Knox, Decisive Battles Since Waterloo (Nueva York, 1887); J . F. C. Fuller, A Military History ofthe Western World (Nueva York, 1954) [Batallas decisivas del mundo occidental. Obra completa, traducción de Julio Fernández Yáñez, Barcelona, Caralt, 1973]; A. Jones, The Art of War in the Western World

 

(Nueva York, 1987), y R Gabriel y D. Boose, The Great Battles ofAntiquity: A Strategic and Tactical Guide to Great Battles That Shaped the Development of War (Westport, Connecticut, 1994).

 

 

II.      LA LIBERTAD, O “V IV IR COMO SE QUIERA” SALAMINA, 28 ÜE SEPTIEMBRE DE 480 A.C.

 

 

Los principales puntos en los que se centra la investigación son determinar con exactitud la fecha del combate, la magnitud de la armada persa, desentrañar la estrategia urdida por

 

Temistocles e identificar los distintos islotes que jalonan el estrecho de Salamina. Todos estos temas se tratan en una serie de volúmenes sobre las Guerras Médicas, como, por ejemplo, J . Lazenby, The Defence of Greece 490-479 B.C. (Warminster, Inglaterra, 1993); P. Green, The Greco-Persian Wars (Berkeley, California, 1994), y C. Hignett, Xerxes’ Invasion of Greece (Oxford, 1963). Aún resulta de gran utilidad G. B. Grundy, The Great Persian War and Its Preliminaries (Londres, íyor). En muchos aspectos, la magnífica crónica de la batalla de George Grote (incluida en el volumen V de su History of Greece, 2a ed., Nueva York, 1899) aún no ha sido superada; la editorial Routledge ha publicado una nueva edición de esta obra con una introducción de Paul Cartledge (Londres, 2000).

 

Diversos autores han intentado desentrañar la complicada topografía de la batalla y las complejas descripciones de la misma en las fuentes antiguas. Por ejemplo, G. Roux, “Eschyle, Hérodote, Diodore, Plutarque racontent la bataille de Salamine”, Bulletin de Correspondance Hellénique98 (1974), 51-94, y los capítulos correspondientes en H. Delbrück, Warfare in Antiquity, vol. 1 de The History ofthe Art of War (Westport, Connecticut, 1975); N. G. L. Hammond, Studies in Greek History (Oxford, 1973), y W. K. Pritchett, Studies in Ancient Greek Topography /(Berkeley y Los Ángeles, 1965). Los textos de Heródoto y Plutarco relativos a la batalla pueden consultarse en W. W How y J . Wells (eds.), A Commentary on Herodotus (Oxford, 1912), vol. 2, pp. 378-387, y F .J. Frost, Plutarch’s Themistocles: A Historical Commentary (Princeton, Nueva Jersey, 1980).

 

La idea de libertad en la Grecia antigua es analizada en muchos libros. Entre ellos, A. Momigliano, “The Persian Empire and Greek Freedom”, en A. Ryan (ed.), The Idea ofFreedom: Essays in Honour ofIsaiah Berlin (Oxford, 1979), pp. 139-151, y O. Patterson, Freedom in the Making of Western Culture (Nueva York, 1991). Véanse asimismo los ensayos incluidos en M. I. Finley, Economy and Society in Ancient Greece (Nueva York, 1982) [La Grecia antigua: economía y sociedad, traducción de Teresa Sampedro, Barcelona, Crítica, 2000]. Acerca del valor simbólico de la victoria de Salamina en el imaginario colectivo ateniense: C. Meier, Athens: A Portrait of the City in Its Golden Age (Nueva York, 1998), y N. Loraux, The Invention ofAthens: The Funeral Oration in the Classical City (Cambridge, Massachusetts, 1986).

 

Se han publicado interesantes estudios sobre los Aqueménidas que analizan el contenido de las fuentes persas, como: H. Sancisi-Weerdenburg y A. Kuhrt, AchaemenidHistory I: Sources, Structures and Synthesis (Leiden, 1987); J . Boardman etal. (eds.), The Cambridge Ancient History, 2a ed., Persia, Greece and the Western Mediterranean c. 525 to 479 (Cambridge, 1988); J . M. Cook, The Persian Empire (Nueva York, 1983); M. Dandamaev, A Political History of the Achaemenid Empire (Leiden, 1989), y A. T. Olmstead, History ofthe Persian Empire, Achaemenid Period (Chicago, 1948). Véase también el capítulo dedicado a los Aqueménidas en la historia de Irán de R. Frye, The History ofAncient Iran (Munich, 1984). Y para más detalles sobre la carta de Darío a Gadatas,

R.      Meiggs y D. Lewis (eds.), A Selection of Greek Historical Inscriptions to the End ofthe Fifth Century

 

B.C. (Oxford, 1989).

 

Entre los estudios específicamente dedicados a las relaciones culturales entre Grecia y Persia, se pueden consultar las obras de D. Lewis, Sparta and Persia: Lectures Delivered at the University of Cincinnati, Autumn 1976, in Memory of Donald W Bradeen (Leiden, 1977), y Selected Papers in Greek and Near Eastern History (Cambridge, 1997); A. R. Burn, Persia and the Greeks: The Defence ofthe West, c. 546-478 B. C. (Nueva York, repr. ed., 1984); M. Miller, Athens and Persia in the Fifth Century B.C. (Cambridge, 1997), y, sobre todo, el artículo de S. Averintsev, “Ancient Greek ‘Literature’ and Near Eastern ‘Writings’: The Opposition and Encounter of Two Creative Principies, Part One: The Opposition”, Arion 7.1 (primavera/verano 1999), pp. 1-39. El libro de A. Ferrill, The Origins of War: From the Stone Age to Alexander the Great (Nueva York, 1985), ofrece un buen resumen sobre el ejército persa.

 

 

Sobre los barcos y la marina griegos, destacan los libros de C. Starr, The Influence of Sea-Power on Ancient History (Nueva York, 1989); L. Casson, The Ancient Mariners: Seafarers and Sea Fighters ofthe Mediterranean in Ancient Times (Londres, 195 9), y Ships and Seamanship in the Ancient World (Princeton, Nueva Jersey, 1971), y J . S. Morrison y R. T. Williams, Greek Oared Ships 900-322 B.C. (Londres, 1968). J . S. Morrison, J . E Coates, y N. B. Ranov proporcionan, tanto en The Athenian Trireme: The History and Reconstruction of an Ancient Greek Warship (Cambridge, 2000) como en An Athenian Trireme Reconstructed: The British Sea Trials of “Olympias” (British Archaeological Series 486, Oxford, 1987), reconstrucciones del antiguo trirreme.

 

Hay toda una línea de investigación que se hace eco de los prejuicios que los griegos construyeron contra los persas, y que está representada por las obras de E. Hall, Inventing the Barbarian: Greek SelfDefinition Through Tragedy (Oxford, 1989); F. Hartog, The Mirror of Herodotus (Berkeley y Los Ángeles, 1988), y P. Georges, Barbarian Asia and the Greek Experience: From the Archaic Period to the Age ofXenophon (Baltimore, Maryland, 1994). Un ejemplo extremo de esta corriente sería el libro de P. Springborg, Western Republicanism and the Oriental Prince (Austin, Texas, 1992).

 

 

III.     LA BATALLA DECISIVA

 

GAUGAMELA, I DE OCTUBRE DE 33) A.C.

 

Gaugamela ha sido ampliamente analizada en multitud de trabajos académicos de todo tipo, la mayoría de ellos artículos publicados en revistas especializadas. Al lector medio quizá le sería más conveniente empezar con algunos manuales de tipo general sobre las batallas de Alejandro. Por ejemplo, la breve y sugerente monografía de E. W. Marsden, The Campaign of Gaugamela (Liverpool, 1964). La campaña de Gaugamela es también el tema central del libro de J . F. C. Fuller, The Generalship ofAlexander the Great (Londres, 1958); esta batalla merece una completa descripción en Warfare in Antiquity, vol. 1 de The History ofthe Art of War {Westport, Connecticut, 1975), de H. Delbriick, y en A Military History ofthe Western World, vol. 1 (Londres, 1954), de J . F. C. Fuller [Batallas decisivas del mundo occidental, obra completa, traducción de Julio Fernández Yáñez, Barcelona, Caralt, 1973] ; también es analizada por E. Creasy en The Fifteen Decisive Battles of the World: From Marathon to Waterloo (Nueva York, 1908).

 

The Macedonian Empire: The Era of Warfare Under Philip II and Alexander the Great, 359-323 B. C.

 

(Jefferson, Carolina del Norte, 1998), de J. Ashley, está centrado exclusivamente en asuntos militares, lo mismo que el libro de D. Engels, Alexander the Great and the Logistics of the Macedonian Army (Berkeley, California, 1978). N. G. L. Hammond, por su parte, trata de forma brillante el reinado de Alejandro desde el punto de vista militar, pero falla en lo que se refiere al análisis histórico en Alexander the Great: King, Commander, and Statesman (Park Ridge, Nueva Jersey, 1989) [Alejan­ dro Magno, traducción de Adolfo Domínguez Monedero, Madrid, Alianza Editorial, 1992] y Three Historians ofAlexander the Great: The So-Called Vulgate Authors, Diodorusjustin, and Curtius (Cambridge, 1983); junto con G. T. Griffith, es autor de A History ofMacedonia, vol. 2 (Oxford, 1979).

 

Los principales autores dedicados a las fuentes antiguas sobre Gaugamela (especialmente los relatos que de la batalla hacen Plutarco, Diodoro, Arriano y Curcio que tan difíciles resultan de conciliar) son :J. R. Hamilton, Plutarch’s Alexander: A Commentary (Oxford, 1969); N. G.

 

L.      Hammond, Sources for Alexander the Great: An Analysis ofPlutarch’s Life and Arrian’s Anabasis Alexandras (Cambridge, 1993); A. B. Bosworth, A Historical Commentary on Arrian’s History of Alexander, vol. 1 (Oxford, ig8o);J. C. Yard Iey, Justin: Epitome of the Philippic History ofPompeius Trogus, Books 11-12: Alexander the Great (Oxford, 1997) ;J . Atkinson, A Commentary on Q. Curtius Rufus’ Historiae Alexandri Magni, Books3 & 4 (Londres, 1980), y L. Pearson, The Lost Histories ofAlexander the Great (Nueva York, i960).

 

 

 

510

 

 

Se han publicado numerosas biografías de Alejandro Magno que tratan con detalle la campaña de Gaugamela. Las más difundidas son las de R. Lane Fox, Alexander the Great (Londres, 1973); W. W. Tarn, Alexander the Great, vols. 1-2 (Chicago, 1981); P Green, Alexander of Macedón (Berkeley y Los Ángeles, 1974); U. Wilcken, Alexander the Great (Nueva York, 19 ® 7)> y, sobre todo, el excelente y sobrio retrato que del macedonio hace A . B. Bosworth en Conquest and Empire: The Reign of Alexander the Great (Cambridge, 1988). A pesar de los excelentes libros de Bosworth y Green, y de los significativos artículos al respecto publicados por E. Badian, en estos tiempos de multiculturalismo y en los que, además, se han recrudecido las tensiones en los Balcanes, ha vuelto a ganar adeptos la visión romántica de Alejandro como rey filósofo y promotor de una especie de hermandad universal, tanto en los círculos académicos estadounidenses como de otros países.

 

Sobre los orígenes y tradiciones occidentales de la batalla decisiva, véanse V. D. Hanson, The Western Way of War: Infantry Battle in Classical Greece (Berkeley, 2000), y The Other Greeks: The Family Farm and the Agrarian Roots of Western Civilization (Berkeley, 1999); D. Dawson, The Origins

 

, of Western Warfare: Militarism and Morality in the Ancient World (Boulder, Colorado, 1996); R.

 

Weigley, The Age ofBattles: The Questfor Decisive Warfarefrom Breitenfeld to Waterloo (Bloomington,

 

Indiana, 1991); R. Preston y S. Wise, Men in Arms: A History of Warfare and Its Interrelationships

 

with Western Society (Nueva York, 1970), y G. Craig y F Gilbert (eds.), Makers ofModern Strategy:

 

'  Military Thoughtfrom Machiavelli to Hitler (Princeton, Nueva Jersey, 1943). Y sobre las diferencias

 

tentre las escaramuzas primitivas y los combates “civilizados”, H. H. Turney High, Primitive

 

¡War: Its Practice and Concepts (Columbia, Carolina del Sur, 1971).

 

j-'Las referencias bibliográficas a las fuentes persas en general se han citado para el capítulo

 

i anterior, sobre la batalla de Salamina, aunque conviene mencionar aquí algunas obras S centradas en el último período aqueménida y, sobre todo, en Darío III. Véanse, por ejemplo,

 

flos libros de E. Herzfeld, The Persian Empire (Wiesbaden, 1968); A. Stein, Old Routes of Western

 

iIran: Narrative ofan ArchaeologicalJourney (Nueva York, 1969); por último, P. Briant en Histoire

 

E    de Tempireperse (Paris, 1996) ofrece un nuevo e interesante punto de vista sobre este período.

 

 

IV.    SOLDADOS CIUDADANOS

 

CANNAS, 2 DE AGOSTO DE 216 A.C.

 

Las principales fuentes para la batalla de Cannas las ofrecen los historiadores Polibio (3.110-118) y Livio (22.44-50), y, en mucha menor medida, Apio, el F'abio de Plutarco y Dión Casio. El principal problema reside en conciliar las abultadas cifras que aparecen en el texto de Polibio -referentes tanto al número de efectivos (8G.000) como al de bajas (70.000) del ejército romano- con las que aporta Livio que, aunque puestas en tela de juicio, resultan mucho más creíbles (48.000 bajas). Además, los investigadores aún discuten sobre la decisión de Aníbal de no marchar sobre Roma y asediar la ciudad, aprovechando el caos que se produjo después de la batalla. Otras controversias menores se centran en determinar cuáles fueron el armamento y las tácticas empleados por las tropas de Aníbal, tanto las africanas como las de sus aliados europeos (por ejemplo, saber si la mayoría lucharon con espadas o con lanzas), o la localización exacta de los campamentos romanos.

 

Se pueden encontrar completas descripciones de la batalla en los trabajos de M. Samuels, “The Reality of Cannae”, Militargeschichtliche Mitteilungen 47 (1990), pp. 7-29; P. Sabin, “The Mechanics of Battle in the Second Punic War”, Bulletin ofthe Institute ofClassical Studies 67 (1996),

 

pp.    59-79, y V. Hanson, “Cannae”, en R. Cowley (ed.), The Experience e/M r(N ueva York, 1992). Para cuestiones de detalle sobre topografía, táctica y estrategia, resultan muy útiles F. W.

 

Walbank, A Historical Commentary on Polybius, vol. 1 (Oxford, 1957), pp. 435-449; J- Kromayer

 

 

 

5”

 

 

y G. Veith, Antike Schlachtfelder in Italien und Afrika (Berlín, 1912), vol. 1, pp. 341-346, y H. Delbrück, Warfare in Antiquity, vol. 1 de The History of the Art of War (Westport, Connecticut,

 

1975) (Berlin, 1920), vol. 1, pp. 315-335.

La más ajustada y documentada narración de la Segunda Guerra Púnica y de la batalla de Cannas se encuentra en el excelente libro dej. F. Lazenby Hannibal’s War: A Military History of the Second Punic War (Norman, Oklahoma, 1998), quien se apoya especialmente en los testimonios de las fuentes antiguas. B. Craven en The Punic Wars (Nueva York, 1980), y N. Bagnall en The Punic Wars (Londres, 1990) aportan estudios de carácter más general.

 

Se han publicado varias biografías de Aníbal para el gran público centradas en las cuestiones militares, como las de K. Christ, Hannibal (Darmstadt, Alemania, 1974); S. Lanul, Hannibal (París, 1995); J . Peddie, Hannibal’s War (Gloucestershire, Inglaterra, 1997), y T. Bath, Hannibal’s Campaigns (Cambridge, 1981). A. Toynbee en Hannibal’s Legacy, 2 vols. (Londres, 1965), y, sobre todo, P. Brunt en Italian Manpower 225 B. C.-14 (Londres, 1971) se centran en el análisis del potencial bélico y humano de Roma.

 

Hay un buen número de manuales fácilmente accesibles sobre la historia e instituciones de la antigua Cartago, como los de D. Soren, A. Ben Khader y H. Slim, Carthage: Uncovering the Mysteries and Splendors ofAncient Tunisia (Nueva York, 1990); J . Pedley (ed.), New Light on Ancient Carthage (Ann Arbor, Michigan, 1980), y G. y C. Picard, The Life and Death of Carthage (Nueva York, 1968). S. Lancel ofrece en Carthage: A History (Oxford, 1995) [ Cartago, trad, de Ma José Aubet, Barcelona, Crítica, 1994] una interesante descripción de la interrelación entre Roma y Cartago. Para un análisis de más calado sobre las líneas estratégicas del imperialismo de Roma en el marco de las Guerras Púnicas, véanse W. V. Harris, War and Imperialism in Republican Rome327-70 B.C. (Oxford, 2a ed., 1984) [Guerra e imperialismo en la Roma republicana, trad, de Carmen Santos Fontela, Madrid, Siglo xxi], y J . S. Richardson, Hispaniae, Spain, and the Development o fRoman Imperialism, 218-82 B.C. (Nueva York, 1986).

 

La tradición militar del pueblo romano se toca de forma general en la obra de D. Dawson, The Origins of Western Warfare (Boulder, Colorado, 1996), y más pormenorizadamente en la de P. Rahe, Republics, Ancient and Modern (Chapel Hill, Carolina del Norte, 1992). En varios libros y artículos, B. Bachrach defiende la idea de un continuum en Europa central y septentrional desde el punto de vista militar, que se mantuvo casi ininterrumpidamente desde la época imperial hasta casi la Edad Media; véase sobre todo su Merovingian Military Organization (4 8 1-J51) (Mineápolis, Minesota, 1972).

 

La bibliografía sobre el ejército en Roma es amplísima. Hay varios textos recomendables de carácter general sobre las legiones en época republicana, como los de F. E. Adcock, The Roman Art o f War Under the Republic (Cambridge, Massachusetts, 1940); H. M. D. Par­ ker, The Roman Legions, 2a ed. (Oxford, 1971); B. Campbell, The Roman Army, 31 B.C.-A.D. 37: a sourcebook (Londres, 1994), y L. Keppie, The Making ofthe Roman Army (Totowa, Nuevajersey, 1984). Sobre la influencia de Cannas en el posterior pensamiento militar occidental, véanse J . Kersétz, “Die Schlacht bei Cannae und ihr Einfluss auf die Entwicklung der Kriegskunst”, BeitrigederMartín-Luther Universitdt (1980), 29-43; A. von Schlieffen, Cannae (Fort Leavenworth, Kansas, 1931), y A. du Picq, Battle Studies (Harrisburg, Pensilvania, 1987).

 

 

V.      INFANTERÍA TERRATENIENTE

 

POITIERS, 11 DE OCTUBRE DE 732

 

Apenas disponemos de algún texto contemporáneo a la batalla de Poitiers, pues un buen número de fuentes sobre la Antigüedad tardía y los comienzos de la Edad Media no llegan al año 732. La Historia Francorum de Gregorio de Tours se detiene en 594, y la anónima

 

 

 

512

 

Liber Historiae Francorum fue completada hacia 727. La historia de Beda el Venerable llega justo al 73I1 un año antes de la batalla.

 

Aunque la Crónica de Fredegario termina en 642, alguien dejó posteriormente en ella un breve relato de la batalla (J. M. Wallace-Hadrill, The Four Books of the Chronicle ofFredegar with its Continuations [Londres, i960] ), tal y como hizo también el anónimo autor que prosiguió la Crónica de San Isidoro (T. Mommsen, Isidori Continuatio Hispana, Monumenta Germaniae Histórica, Auctores Antiquissimi, vol. 11 [Berlín, 1961]). La ausencia de relatos de primera mano de este combate hace que existan hipótesis muy diversas sobre su desarrollo y trascendencia reales. Así, en la bibliografía anterior a los años cincuenta -alemana y francesa en su mayoría- no es raro leer que Poitiers marcó el principio de la era feudal, del dominio de poderosos caballeros, y que supuso la salvación de la civilización occidental, todo ello a pesar de que las escasas fuentes atestigüen que la caballería desempeñó un papel muy limitado -si es que en realidad tuvo alguno- en la victoria final, y de que cuando tuvo lugar la batalla aún faltaban muchos años para que se consolidara el feudalismo; y todo eso, además, sin mencionar que la incursión de Abderramán sólo fue una más en una larga serie de pequeñas escaramuzas que a medida que transcurría el siglo VIH se iban haciendo cada vez más raras, pues tanto las luchas de los musulmanes en España como la consolidación de los francos en Europa inevitablemente condujeron a que se debilitaran las veleidades expansionistas del islam al otro lado de los Pirineos. Poitiers debería interpretarse más bien como la victoria de una animosa infantería a la defensiva, en vez de como la consecuencia de una supuesta superioridad tecnológica o militar; un síntoma, en suma, de la incapacidad de los árabes de culminar con éxito ambiciosas campañas en el norte más que como el símbolo de salvación del Occidente cristiano.

 

Para una descripción de la batalla, véanse la monografía de M. Mercier y A. Seguin, Charles Martel et la bataille de Poitiers (París, 1944), y, sobre todo, el artículo de B. S. Bachrach, “Charles Martel, Mounted Shock Combat, the Stirrup, and Feudalism”, incluido en el libro Armies and Politics in the Early Medieval West (Aldershot, Inglaterra, 1993). Los ensayos que componen este volumen ofrecen un buen panorama de los más sugestivos argumentos de Bachrach sobre la relativa importancia de la caballería o las fortificaciones durante los períodos merovingio y carolingio. Véase también su Merovingian Military Organization (Mineápolis, Minesota, 1972), y “Early Medieval Europea”, incluido en Raaflaub y N. Rosenstein (eds.), War and Society in the Ancient and Medieval Worlds (Washington, DC, 1999).

 

Sobre los francos, Merovingios y Carolingios hay varias obras recomendables como las de K. Scherman, The Birth ofFrance (Nueva York, 1987); P Riché, The Carolingians: A Family Who Forged Europe (Filadellia, 1993); E. James, The Origins ofFrance: From Clovis to the Capetians, 5 00-1000 (Londres, 1982), y H. Delbriick, The Barbarian Invasions, vol. 2 de The History of the ArtofW artyjestpoTi, Connecticut, 1980).

 

R. Gerberding es autor de un libro sobre Carlos Martel, The Rise of the Carolingians and the Liber Historiae Francorum (Oxford, 1987). Para dos completas descripciones de la batalla, véanse J . F. C. Fuller, A Military History of the Western World, vol. 1, From the Earliest Times to the Battle ofLepanto (Londres, 1954), pp. 339-350 y E. Creasy, The Fifteen Decisive Battles of the World: From Marathon to Waterloo (Nueva York, 1908), pp. 157-169.

 

La guerra en Europa entre los años 500 y 1000 es tratada por D. Nicolle en Medieval Warfare: Source Book, vol. 2, Christian Europe and Its Neighbors (Nueva York, 1996), donde utiliza una gran cantidad de material comparativo. Probablemente el manual más accesible y analítico al respecto sea el d e j. Beeler, Warfare in Feudal Europe, 730-1200 (Ithaca, Nueva York, 1971). Se pueden consultar datos sobre armamento y servicio militar -aunque a partir del año 1000-en otros manuales, como los de P. Contamine, War in the Middle Ages {Londres, 1984) [La guerra en la Edad Media, traducción de Francisco Javier Fací Lacasta, Barcelona, Labor, 1984], y F. Lot, L’Art militaire et les armées au moyen age en Europe et dans le proche orient, 2 vols. (París,

 

1946), donde se presentan una serie de fuentes secundarias alemanas y francesas relativas a esta batalla. Véanse también las menciones a la misma en M. Keen (ed.), Medieval Warfare (Oxford, 1999); T. Wise, Medieval Warfare (Nueva York, 1976), y A. V. B. Norman, The Medieval Soldier (Nueva York, 1971). Sobre el armamento utilizado en época posterior por los francos y otros pueblos de Europa occidental, J . France, Western Warfare in the Age ofthe Crusades, 1000-

 

1300 (Ithaca, Nueva York, 1999), y Victory in the East: A Military History of the First Crusade (Cambridge, 1994).

 

Algunos interesantes ensayos sobre aspectos culturales de la doctrina bélica medieval han sido recopilados en el libro de D. Kagay y L. Andrew Villalon (eds.), The Circle of War in the Middle Ages: Essays on Medieval Military and Naval History (Suffolk, Inglaterra, 1999). El libro de T. Newark, The Barbarians: Warriors and Wars of the Dark Ages (Londres, 1988), cuenta con excelentes ilustraciones.

 

Tanto en Mohammed and Charlemagne (Londres, 1939), de H. Pirenne [Mahomay Carlomagno, traducción de Esther Benitez, Madrid, Alianza Editorial, 2003], como en Mohammed, Charle­ magne, and the Origins of Europe: Archaeology and the Pirenne Thesis (Ithaca, Nueva York, 1983) de R. Hodges y D. Whitehouse, se pueden encontrar interesantes teorías sobre la evolución histórica y cultural de Europa en la llamada Edad Oscura. Si se busca una aproximación desde un punto de vista más tradicional a lo que fue la cultura medieval occidental, se pueden consultar las obras de R. Dales, The Intellectual Life of Western Europe in the Middle Ages (Washington, DC, 1980), y W. C. Bark, Origins ofthe Medieval World (Stanford, California, 1958). Medieval Foundations of the Western Intellectual Tradition, 400-1400 (New Haven, Connecticut, 1997), de M. Golish, se centra en aspectos literarios. Otra obra clásica sobre la alta Edad Media es The Dark Ages, 4j6-c)i8 (Londres, 1928), de C. Oman.

 

Los primeros tiempos del islam y la formación de su ideología expansionista son analiza­ dos por P. Crone en Slaves on Horses: The Evolution of the Islamic Polity (Cambridge, 1980), y Meccan Trade and the Rise ofIslam (Princeton, Nueva Jersey, 1987); así como M. A. Shaban en Islamic History, A.D. 600-750 (A.H. 132) (Cambridge, 1971).

Y       sobre la trascendencia de la batalla de Poitiers véase el ensayo de B. Strauss, “The Dark Ages Made Lighter”, en el libro de R. Cowley (ed.), What If? (Nueva York, 1998), pp. 71-92.

 

 

VI.    LA TECNOLOGÍA Y LOS DIVIDENDOS DE LA RAZÓN

 

TENOCHTITLÁN, 24 DEJUNIO DE 1520 - 13 DE AGOSTO DE 1521

 

La conquista de México se ha convertido en un recurso frecuente en los estudios culturales contemporáneos sobre la guerra, debido fundamentalmente a que su desarrollo se puede seguir tanto por los relatos de los españoles como por los de los aztecas. Aunque los investigadores aceptan sin reparos las descripciones de los autores españoles sobre la magnificencia de Tenochtitlán, la belleza de sus jardines o la abundancia de sus mercados, rechazan de plano los relatos mucho más descarnados de esos mismos autores sobre la práctica del canibalismo, los sacrificios humanos y las torturas perpetrados por los indígenas. Se considera que los “esquemas” y “paradigmas” europeos no deben aplicarse a la hora de analizar la cultura azteca, si bien otros aspectos de la misma, como el arte, la arquitectura o los conocimientos astronómicos son valorados a partir de presupuestos mucho más “canónicos” . En cualquier caso, nuestro interés particular se centra en los asuntos puramente militares de la conquista, por lo que se evitarán juicios morales sobre la conducta de los conquistadores durante dicha conquista.

 

Conviene recordar que la teoría sobre el dominio militar cimentado en la superioridad tecnológica no siempre es compartida por las fuentes españolas contemporáneas a la conquista,

 

 

en las que a menudo se pone el énfasis en la “superioridad moral”, inteligencia “innata” y virtudes cristianas de los conquistadores para explicar su victoria.

Hay varios libros de mérito sobre este tema, entre los cuales, y a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, destaca el clásico volumen de W. H. Prescott, History of the Conquest of Mexico (Nueva York, 1843) [Historia de la conquista de México, traducción de José María Fernández de la Vega, Madrid, Istmo, 1987]. Para los lectores que busquen bibliografía más moderna, es más que recomendable Conquest: Montezuma, Cortés, and the Fall of Old Mexico (Nueva York, 1993) de H. Thomas [La conquista de México, traducción de Víctor Alba y C. Boune, Barcelona, Planeta, 2000]. Asimismo, destaca la obra de R. C. Padden, The Hummingbird and the Hawk: Conquest and Sovereignty in the Valley ofMexico, 1503-1541 (Columbus, Ohio, 1967). El libro de A . B. Bosworth, Alexander and the East (Oxford, 1996), por su parte, ofrece un análisis comparativo.

 

Abundan los relatos contemporáneos o cuasi contemporáneos a la conquista. El más importanLe es el de Bernal Díaz del Castillo, The Discovery and Conquest ofMexico, 7577-752;, traducido al inglés por A. P. Maudslay (Nueva York, 1956) [Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Madrid, Espasa Calpe, 1997]; destacan también las cartas de Hernán Cortés, cuya fiabilidad ha sido a menudo puesta en duda, Letters from Mexico, traducidas al inglés por A. Pagden (Nueva York, 1971) [Cartas de relación de la conquista de México, Madrid, Espasa, 1982]; sin olvidar el libro The Conquistadors: First-Person Accounts ofthe Conquest o fMexico (Nueva York, 1963) de P. de Fuentes.

 

Sobre los relatos aztecas y la crítica a los medios empleados en la conquista por los españoles, véanse Bernardino de Sahagún, General History ofthe Things ofNew Spain: Florentine Codex, Book

12.    The Conquest o fMexico, traducido al inglés por H. Cline (Salt Lake City, Utah, 1975) [Historia general de las cosas de Nueva España, Madrid, Historia 16,1990], y la antología editada por Miguel León-Portilla, The Broken Spears: The Aztec Account of the Conquest of Mexico, 2a ed. (Boston, 1992) [parte de esta obra se encuentra en español en E l reverso de la conquista, México, Joaquín Mortiz, 1970]. Véase también Fernando de Alva Ixtlilxochitl, Ally of Cortés (El Paso, Texas, 1969) [Obras históricas, México, Universidad Autónoma de México, 1975].

 

Las biografías de Cortés son innumerables. Las de más fácil acceso son las de Salvador de Madariaga, Hernán Cortés: Conqueror ofMexico (Garden City, Nueva York, 1969) [Hernán Cortés, Espasa, Madrid, 1986], y J . M. White, Cortés and the Downfall of the Aztec Empire: A Study in a Conflict of Cultures (Nueva York, 1971) [Hernán Cortés, traducción de Neri Daurella, Barcelona, Grijalbo, 1973]. Ofrece mucha información la hagiografía (prácticamente con­ temporánea al conquistador) de Francisco López de Gomara, Cortés: The Life of the Conqueror by His Secretary (Berkeley, Calif., 1964) [La conquista de México, Madrid, Historia 16, 1987).

 

Los libros de G. Parker, The Army of Flanders and the Spanish Road, 1567-165;): The Logistics ofSpanish Victory and Defeat in the Low Countries’ Wars (Cambridge, 1972) [E l ejército deFlandes y el camino español, traducción de Manuel Rodríguez Alonso, Madrid, Alianza Editorial, 2003], y R. Martínez y T. Barrer (eds.), Armed Forces in Spain Past and Present (Boulder, Colorado, 1988), son estudios especializados sobre los ejércitos españoles en el siglo x v i . Sobre la guerra en Europa durante los siglos x v i y X V II, véanse C. M. Cipolla, Guns, Sails, and Empires: Technological Innovation and the Early Phases ofEuropean Expansion 1400-1700 (Nueva York, 1965) [Cañones y velas en la primera fase de la expansión europea, traducción de Gonzalo Pontón, Barcelona, Ariel, 1967] ;J. Black, European Warfare 1160-1815 (New Haven, Connecticut, 1994), y F. Tallett, War and Society in Early-Modern Europe, 1495-1715 (Londres y Nueva York, 1992). Y sobre la situación político militar de España en el siglo XVI y la influencia de su imperio en Europa, destacan Spain and Its World, 1500-1700: Selected Essays (New Haven, Connecticut, 1989) d e j. H. Elliott [España y su mundo, 1500-1700, traducción de Ángel Rodríguez Rivero y Xavier Gil Pujol, Madrid, Alianza Editorial, 1991], y Spain, Europe and the Atlantic World:

 

 

 

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Essays in Honour ofJohn H. Elliott, de R. Kagan and G. Parker (eds.) (Cambridge, 1995) [España, Europa y el mundo atlántico: homenaje a John H. Elliott, traducción de Lucía Blasco Mayor y María Cordón, Madrid/Valladolid, Marcial Pons Ediciones de Historia/ Junta de Castilla y León, 1991].

 

Ross Hassig es autor de algunos libros fundamentales sobre el ejército azteca en los que intenta explicar la conquista desde el punto de vista de los indígenas, como son: Mexico and the Spanish Conquest (Londres y Nueva York, 1994); Aztec Warfare: Political Expansion and Imperial Control (Norman, Oklahoma, 1988], y War and Society in Ancient Mesoamerica (Berkeley y Los Angeles, 1992). Para cuestiones más generales sobre la cultura y sociedad aztecas, véanse, por ejemplo, las obras de P. Carasco, The Tenocha Empire of Ancient Mexico: The Triple Alliance of Tenochtitlan, Tetzcoco, and Tlacopan (Norman, Oklahoma, 1999), y G. Collier, R. Rosaldo y J.

Wirth, The Inca and Aztec States, 1400-1800: Anthropology and History (Nueva York, 1982).

 

El protagonismo de los bergantines españoles en la batalla del lago Texcoco es estudiado en Naval Power in the Conquest ofMexico (Austin, Texas, 1956), de C. H. Gardiner, asi como en Martín López: Conquistador Citizen ofMexico (Lexington, Kentucky, 1958), del mismo autor.

 

En el artículo de G. Raudzens, “So Why Were the Aztecs Conquered, and What Were the Wider Implications? Testing Military Superiority as a Cause of Europe’s Preindustrial Colonial Conquests”, War in History 2.1 (1995), pp. 87-104, se minimiza el papel de las tácticas y tecnología europeas en el proceso de conquista. En este mismo sentido, véanse también: T. Todorov, The Conquest ofAmerica: The Question of the Other (Nueva York, 1984); I. Clendinnen, Ambivalent Conquests: Maya and Spaniard in Yucatan, 1517-1570 (Cambridge, 1987), y, también de I. Clendinnen, Aztecs: An Interpretation (Cambridge, 1991). Y para un análisis crítico de este tipo de estudios, el libro de K. Windschuttle, The Killing of History: How Literary Critics and Social Theorists Are Murdering Our Past (Nueva York, 1997).

 

 

V       II. EL MERCADO, O EL CAPITALISMO MATA LEPANTO, ID E OCTUBRE DE 1511

 

Durante siglos, los relatos de Lepanto estaban teñidos de un triunfalismo cristiano, y se enfatizaba además el gran alivio que para Occidente supuso que por fin se detuviera el avance del turco por el Mediterráneo. Estudios más recientes sobre esta confrontación se ven libres de este sesgo ideológico. Sin embargo, a fecha de hoy todavía carecemos de una sola monografía en lengua inglesa que trate de forma exclusiva y actualizada esta batalla. En consecuencia, a menudo tendemos a olvidar que, junto con Salamina y Cannas, Lepanto, que también duró uno solo día, fue uno de los choques más cruentos de toda la historia de Europa. Ciertamente en ningún otro conflicto anterior los occidentales masacraron a tantos prisioneros como hicieron los españoles e italianos tras el combate, cuando la mayoría de los miles de marineros turcos perdieron sus vidas. Así, Lepanto ocupa un siniestro lugar de honor junto a las batallas del Somme y de Cannas como macabro ejemplo de la capacidad del hombre por superar las limitaciones de tiempo y espacio a la hora de, literalmente, aniquilar a miles de congéneres en unas pocas horas.

 

Para una completa descripción de la batalla en la que se incluyen las principales fuentes españolas, italianas y turcas, véanse los libros de G. Parker, Spain and the Netherlands, 1559-1659 (Short Hills, Nueva Jersey, 1979) [España y los Países Bajos, 1559-1659, traducción de Luis Suárez, Madrid, Rialp, 1986]; D. Cantemir, The History of the Growth and Decay of the Ottoman Empire, traducción de N. Tinda (Londres, 1734); A. Wiel, The Navy of Venice (Londres, 1910), y, sobre todo, K. M. Setton, The Papacy and the Levant (1204-1571), vol. 4, The Sixteenth Century from Julius III to Pius FfFiladelfia, 1984). En History ofthe Reign ofPhilip the Second, vol. 4 (Filadelfia,

 

 

 

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i<j041, de W. H. Prescott, se ofrece un apasionante relato de la batalla. Aparte de desacuerdos sobre el número de bajas, la posición real de unos cuantos barcos frente a la costa griega y las consecuencias estratégicas a largo plazo de la victoria, no hay demasiados puntos controvertidos entre los investigadores sobre el desarrollo de los acontecimientos durante la batalla.

 

Para algunos análisis más detallados al respecto, véanse A. C. Hess, “The Battle of Lepanto and Its Place in Mediterranean History”, Past and Present 57 (1972), pp. 53-73, y, sobre todo, Lesure, Lepante: La crise de I’empire Ottomane (Paris, 1971). C. Ornan en A History of the Art of War in the Sixteenth Century (Nueva York, 1937), J . F. C. Fuller en A Military History ofthe Western World, vol. 1, From the Earliest Times to the Battle ofLepanto (Londres, 1954) y R. C. Anderson en Naval Wars in the Levant, 1559-1853 (Princeton, Nuevajersey, 19,52) ofrecen un valioso examen sobre la estrategia empleada en la batalla.

 

Lepanto y las fuentes primarias sobre la batalla son tratados en los capítulos correspondientes de algunas monografías sobre los ejércitos en el siglo xvi, como, por ejemplo, las de G. Hanlon, The Twilight of a Military Tradition: Italian Aristocrats and European Conflicts, 1560-1800 (Nueva York, 1998) ;J . F. Guilmartin,Jr., Gunpowder and Galleys: Changing Technology and Mediterranean

 

Warfare at Sea in the Sixteenth Century (Cambridge, 1974), y W. L. Rodgers, Naval Warfare Under Oars, 4th to 16th Centuries {Anápolis, Maryland, 1967). Contiene buenas ilustraciones la obra de R. Gardiner y j . Morrison (eds.), The Age of the Galley: Mediterranean Oared Vessels Since Pre-Classical Times (Anápolis, Maryland, 1995). Véase también F. C. Lane, Venetian Ships and Shipbuilders of the Renaissance (Westport, Connecticut, 1975).

 

H ay algunas descripciones de la batalla fácilmente accesibles para el lector medio con ilustraciones contemporáneas del combate, como, por ejemplo, los libros de R. Marx, The Battle ofLepanto, 1571 (Cleveland, Ohio, 1966), y j . Beeching, The Galleys ofLepanto (Londres, 1982) [Lasgaleras de Lepanto, traducción d ej. M. Álvarez Flórez, Argos Vergara, 1984]. También proporcionan interesantes datos sobre Lepanto las biografías de don Juan de Austria, especialmente la ya clásica de W. Stirling-Maxwell, Don John ofAustria (Londres, 1883), que incluye la referencia a las fuentes de la época; véase también el interesante estudio de C. Petrie, Don John ofAustria (Nueva York, 1967) [Don Juan de Austria, traducción de Luis Ruiz, Madrid, Editora Nacional, 1968]. Y sobre la espectacular conmemoración que de esta victoria de la cristiandad se hizo en el arte y la literatura, véase L. von Pastor, The History of the Popes, from the Close of the Middle Ages (Londres, 1923) [Historia de los Papas, traducción de A. Oria et al., Gustavo Gili, 1961]. La recopilación de G. Benzoni (ed.), IIMediterráneo nella Seconda Meta del ’500 alia Luce di Lepanto (Florencia, 1974), incluye un agudo ensayo en inglés acerca de las fuentes otomanas sobre el conflicto, escrito por H. Inalcik y con el título “Lepanto in Ottoman Sources”, pp. 185-192.

 

D.      Vaughan en Europe and the Turk: A Pattern of Alliances (Nueva York, 1976); K. Karpat (ed.), en The Ottoman State and Its Place in World History (Leiden, 1974), y H. Koenigsberger y G. Mosse en Europe in the Sixteenth Century (Nueva York, 1968) aluden a las condiciones económicas y sociales en el Mediterráneo durante el siglo XVI. Sobre cuestiones relativas a la geografía y el capitalismo, véanse sobre todo los trabajos de F. Braudel, Civilization and Capitalism, I5¡h-i8th Century: The Perspective ofthe World (Nueva York, 1979) [Civilización material, economía y capitalismo, siglos xv-xvi11 (3 vols.), traducción de Isabel Pérez Villanueva, Vicente Bordoy y Néstor Miguez, Madrid, Alianza Editorial, 1984], y The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age ofPhilip II, vol. 1 (Nueva York, 1972) [El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, traducción de W. Roces et al., Madrid, FCE], Véase también el libro de E. L. Jones,

 

The European Miracle: Environments, Economies, and Geopolitics in the History ofEurope and Asia

 

(Cambridge, 1987) [El milagro europeo, traducción de Manuel Pascual Morales, Madrid, Alianza

 

Editorial, 1994].

 

 

 

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Sobre la práctica militar en Occidente, véase J . France, Western Warfare in the Age o f the Crusades, 1000-1300 (Ithaca, Nueva York, 1999). R. Murphey en Ottoman Warfare, 7500-7700 (New Brunswick, Nueva Jersey, 1999) ofrece una detallada monografía sobre el ejército y la armada turcos. W. H. McNeill en Venice: The Hinge ofEurope, io8 i-ijffj (Chicago, 1974) y A. Tenenti en Piracy and the Decline of Venice 1580-1615 (Berkeley y Los Ángeles, 1967) tratan sobre las cuestiones económicas en la República de Venecia.

 

La sociedad, ejército y cultura otomanos constituyen un vasto campo de investigación; se han escrito meritorios estudios introductorios sobre la estructura de este imperio, sus finanzas

 

y los gastos militares, como, por ejemplo, The Ottoman Empire: The Classical Age 1300-1600 (Londres, 1973) de H. Inalcik; Problems of Turkish Power in the Sixteenth Century (Londres, 1963) de W. E. D. Allen; o History of the Ottoman Empire and Modern Turkey, vol. 1, Empire of the Gazfls: The Rise and Decline of the Ottoman Empire, 1280-1808 (Cambridge, 1976), de S. Shaw. Más recientes son los trabajos de A. Wheatcroft, The Ottomans (Nueva York, 1993), y J . McCarthy, The Ottoman Turks: An Introductory History to 1923 (Londres, 1997).

 

La relación entre el islam y el capitalismo es tan controvertida como un campo minado, dado que los investigadores occidentales suelen hacer énfasis en las restricciones al libre mercado impuestas por la ley musulmana, algo que, por su parte, los estudiosos musulmanes rebaten señalando que en la fe islámica no hay ninguna norma incompatible con el desarrollo del libre mercado. Sobre este tema, véanse H. Islamoglu-Inan (ed.), The Ottoman Empire and the World-Economy (Cambridge, 1987); M. Choudhury, Contributions to Islamic Economic Theory (Londres, 1986), y M. Abdul-Rauf, A Muslim’s Reflections on Democratic Capitalism (Washington, D C , 1984). David Landes ha escrito dos ensayos excelentes sobre el papel del capitalismo en las relaciones entre Oriente y Occidente: The Rise of Capitalism (Nueva York, 1966) [Estudios sobre el nacimiento y desarrollo del capitalismo, Madrid, Ayuso, 1971], y The Unbound Prometheus: Technological Change and Industrial Development in Western Europefrom 1750 to the Present (Cambridge, 1969) [Progreso tecnológico y Revolución Industrial, traducción de Francisca Antolín Fargas, Madrid, Tecnos, 1979].

 

 

VIII.  DISCIPLINA, O POR QUÉ LOS GUERRERO S NO SIEM PRE SON SOLDADOS

 

RORKE’S DRIFr, 21-23 DE ENERO DE 1879

 

Existe una historia británica de la guerra con abundantes notas a pie de página que es todo un ejemplo de erudición decimonónica: Narrative ofField Operations Connected with the Zulu War ofi8jg (Londres, 1881). También se publicaron una serie de fascinantes libros de memorias en relación con la misma. Henry Harford, que hablaba zulú, formaba parte del contingente de nativos de Natal y se vio envuelto en lo más duro del combate; véase D. Child (ed.), The Zulu WarJournal of Colonel Henry Harford, C.B. (Hamden, Connecticut, 1980). F. E. Colenso (hija del obispo de Natal) realiza una defensa del coronel Durnford, cuyas erróneas tácticas fueron quizá la causa de que se perdiera Isandhlwana, junto con una benévola descripción de los zulúes, en su History of the Zulu War and Its Origin (Westport, Connecticut, 1970). Un veterano de las guerras tribales en Sudáfrica, T. Lucas, es autor de un libro escrito poco después de Isandhlwana y Rorke’s Drift, con el título The Zulus and the British Frontiers (Londres, 1879). Los diarios de sir Garnet Wolseley proporcionan alguna información sobre el final de la guerra zulú: véase A. Preston (ed.), The South African Journal of Sir Garnet Wolseley, 7879-1880 (Ciudad del Cabo, 1973). De más valor documental son las memorias de un intérprete bóer al servicio de los zulúes, Cornelius Vign, cuyo diario fue traducido del holandés por el obispo J . W. Colenso: C. Vign, Cetshwayo’s Dutchman: Being the PrivateJournal ofa White Trader in Zululand During the British Invasion (Nueva York, 1969).

 

 

 

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J . Guy es autor de un libro sobre la decadencia y caída del reino zulú que se centra en las causas económicas de la guerra, especialmente el afán de los británicos por explotar los recursos naturales y la descripción de la vida colonial de los bóers: The Destruction of the Zulu Kingdom: The Civil War inZululand, 1879-1884 (Ciudad del Cabo, 1979). Véanse también C. F. Goodfellow, Great Britain and South African Confederation, 1870-1881 (Londres, 1966) y, sobre todo,J. P. C.

 

Laband y P S. Thompson, Field Guide to the War in Zululand and the Defence of Natal i8yg

 

(Pietermaritzburg, Sudáfrica, 1983).

 

Un libro clásico sobre la rebelión de los zulúes y la guerra anglo-zulú de 1879 es        de D.

 

Morris, The Washing of the Spears: A History of the Rise of the Zulu Nation Under Shaka and Its

 

Fall in the Zulu War of i8jg (Nueva York, 19C5). Las principales campañas de la guerra son descritas por D. Clammer en The Zulu War (Nueva York, 1973); M. Barthorp, The Zulu War (Poole, Inglaterra, 1980), que además incluye excelentes ilustraciones, y A. Lloyd, The Zulu War, i8y¡) (Londres, 1974). Los libros más actualizados sobre el desarrollo de la guerra son los de R. Edgerton, Like Lions They Fought: The Zulu War and the Last Black Empire in South Africa (Nueva York, 1988), con gráficos relatos de las batallas, y S. Clarke (ed.), Zululand at War: The Conduct of the Anglo-Zulu War (Johanesburgo, 1984).

 

Hay varias monografías consagradas a Rorke’s Drift. Tal vez la más conocida sea la de M. Glover, Rorke’s Drift: A Victorian Epic (Londres, 1975), aunque también incluye fascinantes ilustraciones y fotografías Terrible Night at Rorke’s Drift, d ej. W. Bancroft (Londres, 1988). Véase también R. Furneux, The Zulu War: Isandhlwana and Rorke’s Drift (Londres, 1963).

La bibliografía sobre la cultura zulú y su breve imperio es muy amplia, y, además de los libros especializados, se pueden encontrar fácilmente buenas introducciones en inglés sobre los principales puntos. Véanse Shaka ’s Heirs, de J . Selby (Londres, 1971); el clásico de A. T. Bryant, The Zulu People: As They Were Before the White Men Came (Nueva York, 1970), y el libro de J . Y. Gibson, The Story of the Zulus (Nueva York, 1970). El misionero norteamericano Josiah Tyler dejó una vivida descripción de las costumbres y vida cotidiana de los zulúes en Forty Years Among the Zulus (Boston, 1891). Tal vez el mejor trabajo sobre el ejército zulú sea el de

 

I. Knight, The Anatomy of the Zulu Army: From Shaka to Cetshwayo, 1818-1879 (Londres, 1995). Una breve selección de la miríada de publicaciones sobre el ejército británico en el si­

glo x ix incluiría los libros de G. Harries-Jenkins, The Army in Victorian Society (Londres, 1977); G. S t.J. Barclay, The Empire Is Marching {Londres, 1976); T. Pakenham, The Boer War (Nueva York, 1979); M. Carver, The Seven Ages of the British Army (Nueva York, 1984), y j . Haswell, The British Army: A Concise History (Londres, 1975)- Acerca de la importancia de la instrucción, véase W. H. McNeill, Keeping Together in Time: Dance and Drill in Human History (Cambridge, Massachusetts, 1995); y para la relación entre instrucción militar, valentía y la naturaleza del coraje, W. Miller, The Mystery of Courage (Cambridge, Massachusetts, 2000).

 

Para estudios generales sobre los ejércitos tribales, véanse B. Ferguson y N. L. Whitehead (eds.), War in the Tribal Zone: Expanding States and Indigenous Warfare (Santa Fe, Nuevo México, 1992); J . Haas (ed.), The Anthropology of War (Cambridge, 1990), y, sobre todo, el libro clásico de H. H. Turney High, Primitive War: Its Practice and Concepts (Columbia, Carolina del Sur,

 

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IX.    INDIVIDUALISMO

 

MIDWAY, 4-8 DEJUNIO DE 1942

 

Sobre la batalla de Midway se han escrito muchos libros, y a menudo constituye el capítulo más importante de los volúmenes dedicados al campo de batalla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Por lo que se refiere a las monografías consagradas a esta batalla,

 

 

 

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destaca la de G. Frange (en colaboración con D. Goldstein y K. Dillion), M iracle a t M id w a y (Nueva York, 1982), que trata de los principales puntos. El libro de P. Frank y J . Harrington, R en dezvous a t M id w a y : U SS Yorktow n a n d the Japan ese C arrier F leet (Nueva York, 1967), ofrece un análisis sobre la reparación, regreso y final hundimiento del Yorktow n en la batalla. El popular Incredible Victory (Nueva York, 1967)1 Increíble victoria, Barcelona, Plaza yjanés, 1969], de Walter Lord, es un relato muy bien escrito que incluye testimonios de primera mano con veteranos japoneses y americanos que participaron en la batalla. Además, existen por lo menos cuatro estudios de carácter general que describen la batalla desde el lado americano: A. Barker, M id w a y : The Turning P o in t (Nueva York, 1971); R. Hough, The B a ttle o f M id w a y (Nueva York, 1970); W. W. Smith, Midway: Turning Point of the Pacific (Nueva York, 1966), y I. Werstein, The Battle ofMidway (Nueva York, 1961).

 

En cuanto a los capítulos sobre Midway en libros dedicados a la Guerra del Pacífico, aún resulta de gran valor el que se incluye en Coral Sea, Midway, and Submarine Actions, May 1942-August 1942, vol. 4 de History of United States Naval Operations in World W3zr//(NueVa York, 1949), de Samuel Eliot Morison, al que se unen los que aparecen en The Pacific War, 1941-1945 (Nueva York, 1981), de J . Costello, y The Barrier and the Javelin: Japanese and Allied Pacific Strategies, February to June 1942 (Anápolis, Maryland, 1983), de H. Willmott. En el volumen de D. van der Vat, The Pacific Campaign, World War II: The US-Japanese Naval War, 1941-45, se puede encontrar una buena revisión de la batalla, acompañada de valiosas observaciones procedentes del bando japonés. En The Price ofAdmiralty: The Evolution of Naval Warfare (Nueva York, 1989), de John Keegan, Midway se toma como ejemplo de la gradual disminución de la importancia de los buques de guerra frente a los aviones. R. Overy dedica en Why the Allies Won (Nueva York, 1996) varias páginas a analizar las ventajas de los japoneses tanto en armamento como en experiencia. Y se discute el papel de los servicios de inteligencia norteamericanos en los libros de D. Kahn, The Codebreakers: The Story ofSecret Writing (Nueva York, 1996), y R. Lewin, The American Magic: Codes, Cyphers and the Defeat ofJapan (Nueva York, 1982).

 

Hay una cantidad apreciable de fotografías, dibujos, mapas, cuadros y estadísticas sobre la marina japonesa en A. Watts y B. Gordon, The Imperial Japanese Navy (Garden City, N Y , 1971), y J . Dunnigan y A. Nofi, Victory at Sea: World War II in the Pacific (Nueva York, 1995).

 

M. Fuchida y M. Okumiya, dos veteranos de la campaña Midway-Aleutianas, escribieron M id w a y, the B a ttle th a t D o o m ed J a p a n : TheJapan ese N a v y ’s Story (Anápolis, Maryland, 1955), un fascinante relato, equilibrado y reflexivo, desde el lado japonés. M. Okumiya y J . Horikoshi, junto con M. Caidin analizan en Zero! (Nueva York, 1956) la batalla de Midway en el contexto de la guerra aeronaval en el Pacífico. Igualmente interesante resulta el diario de M. Ugaki, F adin g Victory: The D ia ry o f A d m ira l M atóm e U gaki, 1941 -45 (Pittsburgh, Pensilvania, 1991). En el libro de D. Evans (ed.) TheJapanese N a v y in W orld W a r l l i n the W ords o f F orm er N a v a l Officers (Anápolis, Maryland, 1986) se incluye una antología de testimonios de japoneses que participaron en las más importantes batallas navales del Pacífico.

 

También incluyen interesantes capítulos desde el punto de vista japonés los volúmenes de R. O’Connor, The Imperial Japanese Navy in World War II (Anápolis, Maryland, 1969); P. Dull, A Battle History of the ImperialJapanese Navy (Anápolis, Maryland, 1978); E. Andrie, Death ofa Navy:Japanese Naval Action in World War //(Nueva York, 1957), y j . Toland, TheRising Sun: The Decline and Fall of the Japanese Empire, 1936-1945, 2 vols. (Nueva York, 1970).

 

Se ofrecen abundantes datos sobre la batalla en las biografías de los respectivos comandantes en jefe de los dos bandos. Por ejemplo, véanse las de H. Agawa, The Reluctant Admiral: Yamamoto and the Imperial Navy (Anápolis, Maryland, 1979) ;J . Potter, Yamamoto: The Man Who Menaced America (Nueva York,. 1965); T. Buell, The Quiet Warrior: A Biography ofAdmiral Raymond A. Spruance (Boston, 1974), y E. Hoyt, How They Won the War in the Pacific: Nimitz and His Admirals (Nueva York, 1970).

 

 

 

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Se trata del proceso de occidentalización de Japón en numerosos libros, como los de S. Eisenstadt,/aj&an«c Civilization: A Comparative View (Chicago, 1995), y M. y S. Harries, Soldiers of the Sun: The Rise and Fall of the Imperial Japanese Army, 1868-1945 (Nueva York, 1991), ambos de carácter general. Si se busca un acercamiento más detallado y erudito, resulta recomendable el trabajo d e j. Arnason, Social Theory andjapanese Experience: The Dual Civilization (Londres

 

y Nueva York, 1997). E. L. Presseisen en Befare Aggression: Europeans Prepare theJapanese Army (Tucson, Arizona, 1965), R. P. Dore en Land Reform in Japan (Londres, 1959) y, sobre todo, S. P. Huntington en The Soldier and the State: The Theory and Politics of Civil-Military Relations (Cambridge, Massachusetts, 1957) se centran en la adaptación de Japón a las prácticas militares europeas y la introducción en el país de la tecnología europea durante el siglo X IX.

 

Sobre la historia militar japonesa y las consideraciones culturales niponas acerca de la teoría y práctica de la guerra, son recomendables las obras de T. Cleary, The Japanese Art ofWar: Understanding the Culture ofStrategy (Boston, 1991), y R. J . Smethurst, A Social Basis for Prewar Japanese Militarism: The Army and the Rural Community (Berkeley y Los Ángeles, 1974). Por último, Robert Edgerton en Warriors of the Rising Sun: A History of the Japanese Military (Nueva York, 1997) aporta interesantes ideas sobre la actitud de los japoneses para con los pueblos conquistados y los prisioneros, y apunta que el período de mayor brutalidad al respecto, entre 1930 y 1945, debe considerarse una aberración en la larga tradición militar de Japón.

 

 

X.      DISENSIÓN Y AUTOCRÍTICA

 

LA OFENSIVA DEL TET, 31 DE EN ERO S DE ABRIL DE 1968

 

Tal vez se ha escrito más sobre Vietnam que sobre el resto de las batallas analizadas en este volumen juntas, lo que sin duda refleja la influencia de los medios de comunicación y editoriales estadounidenses, así como el interés del tema para la generación de norteamericanos que crecieron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Evidentemente, se dan muy distintos tratamientos al conflicto, aunque estas diferencias parecen estar basadas más en la cronología que en la ideología. Gran parte del material publicado entre 1968 y 1975 tiene un sesgo hostil a la presencia y estrategia norteamericanas; tanto en las obras de los críticos más izquierdistas, en las que se hacía hincapié en la injusticia que representaba la ocupación estadounidense, como en las de los investigadores más conservadores, donde se hacía mención a la ineptitud militar a la que se unía un liderazgo político débil.

 

Sin embargo, a principios de los años ochenta, ante la ausencia de elecciones libres en el Vietnam unificado, el éxodo masivo de vietnamitas, el holocausto en Camboya, la invasión soviética de Afganistán y la crisis de los rehenes de Irán, se produjo un lento aunque indudable viraje en las valoraciones generales sobre este conflicto. Si bien la mayoría de los nortea­ mericanos aún coincidían en que la guerra había estado mal dirigida, y que tal vez incluso fue innecesaria, muchos empezaron a argumentar que las causas que condujeron a ella habían sido justas, y que podría haberse ganado si se hubiera aplicado una estrategia correcta en los momentos decisivos. Los revisionistas empezaron a sentir que, de algún modo, la historia había acabado dándoles la razón, mientras que empezaron a mostrar posturas menos radicales, cuando no claramente apologéticas, la mayoría de los primeros críticos, algunos de los cuales habían visitado Vietnam del Norte, alabado a los regímenes comunistas del sureste asiático y participado en programas propagandísticos de radio contra los soldados esta­ dounidenses.

 

Se puede encontrar un buen resumen de las diferentes líneas de investigación en los libros d ej. S. Olson, The Vietnam War: Handbook ofthe Literature and Research (Westport, Connecticut, 1993), y R. D. Burns y M. Leitenberg, The Wars in Vietnam, Cambodia, andLaos, 1945-11)82 (Santa

 

 

 

5 2 1

 

 

Bárbara, California, 1983). Sobre la batalla del Tet en concreto, aún resulta muy útil la monografía de D. Oberdorfer, Tet! (Nueva York, 1971). También se incluyen algunos ensayos de gran interés sobre esta ofensiva en el libro editado por M. J . Gilbert y W. Head, The Tet Offensive (Westport, Connecticut, igg6). Véase también el de W. Pearson, Vietnam Studies: The War in the Northern Provinces, 1966-7968 (Washington, D C , 1975). Asimismo, se pueden encontrar buenos capítulos dedicados a Tet en conocidas monografías como la de S. Stanton, The Rise and Fall ofan American Army: us Ground Forces in Vietnam, 1965-1973 (Novato, California, 1985). El impresionante estudio en dos volúmenes sobre la cobertura periodística de la batalla realizado por P. Braestrup (Big Story: How the American Press and Television Reported and Interpreted the Crisis of Tet 1968 in Vietnam and Washington [Boulder, Colorado, 1977]) aún constituye un irrecusable retrato de los medios de comunicación. Tet Offensive 1968: Turning Point in Vietnam (Londres, 1990), de J . Arnold, incluye interesantes mapas e ilustraciones [Ofensiva del Tet, Madrid, Ediciones del Prado, 1994].

 

Sobre los errores del servicio de inteligencia norteamericano para prever la sorpresa que supuso el Tet, véase R. F. Ford, Tet 1968: Understanding the Surprise (Londres, 1995), que achaca a las discordias políticas entre las diferentes agencias de inteligencia la cadena de errores que impidió hacer uso de los excelentes datos que se había logrado reunir. También se han publicado algunos interesantes ensayos sobre la guerra, y, especialmente, el papel de la fuerza aérea durante el Tet, como el de D. Showalter y j . G. Albert, An American Dilemma: Vietnam, 1964-1973 (Chicago, 1993); sobre las operaciones militares emprendidas tras la ofensiva, véase

 

R.      Spector, After Tet: The Bloodiest Year in Vietnam (Nueva York, 1993).

 

Ofrece estadísticas sobre los soldados que combatieron en Vietnam (edad, nivel socio­ económico, cuerpo en el que sirvieron, bajas sufridas, etc.) T. Thayer en War Without Fronts: The American Experience in Vietnam (Boulder, Colorado, 1985); y sobre las ideas falsas acerca de los veteranos del Vietnam, véase E. T. Dean, Shook Over Hell: Post-Traumatic Stress, Vietnam, and the Civil War (Norman, Oklahoma, 1989). En el libro de T. Hoopes, The Limits ofIntervention: An Inside Account of How theJohnson Policy of Escalation in Vietnam Was Reversed (Nueva York, t973), que dedica un capítulo a la ofensiva, se da información sobre las intrigas políticas en Washington que afectaron el desarrollo de la batalla.

 

J . Record, en The Wrong War: Why We Lost in Vietnam (Anápolis, Maryland, 1998), analiza pormenorizadamente las razones de la derrota en Vietnam, deteniéndose especialmente en la ineptitud militar y la ausencia de razones políticas y estratégicas que justificaran la intervención norteamericana. G. Lewy en America in Vietnam (Nueva York, 1978); L. Sorley en A Better War: The Unexamined Victories and Final Tragedy ofAmerica’ Last Years in Vietnam (Nueva York, 1999), y M. Lind, Vietnam, the Necessary War: A Reinterpretation ofAmerica’s Most Disastrous Military Conflict (Nueva York, lggg) aluden a la tergiversación que supuso presentar el Tet como parte integrante de una serie de esfuerzos por cambiar la percepción general de que no sólo era imposible ganar en Vietnam, sino que la presencia norteamericana en la zona era moralmente reprobable, en lo que también coinciden S. Karnow, Vietnam: A History (Nueva York, 1983), y

 

N.      Sheehan, A Bright Shining Lie: John Paul Vann and America in Vietnam (Nueva York, 1988).

 

El Tet es parte de varias recopilaciones de fuentes primarias, discursos y artículos destinadas a los estudiantes universitarios; los editores de estas antologías suelen adoptar una postura crítica a la hora de valorar la intervención norteamericana y las acciones militares emprendidas en Vietnam. Véanse a este respecto las obras editadas p o rj. Werner y D. Hunt, The American War in Vietnam (Ithaca, Nueva York, 1993); G. Sevy, The American Experience in Vietnam: A Reader (Norman, Oklahoma, 1989); M. Gettleman et al., Vietnam and America: A Documented History (Nueva York, 1995), y.J. Rowe and R. Berg, The American War and American Culture (Nueva York, 1991). Otras antologías de documentos más equilibradas son las de M. Raskin y B. Fall, The Vietnam Reader: Articles and Documents on American Foreign Policy and the VietNam Crisis

 

 

 

522

 

(Nueva York, 1965), y H. Salisbury, Vietnam Reconsidered: Lessonsfrom a War (Nueva York, 1994).

 

M.     Hershberger en Traveling to Vietnam: American Peace Activists and the War (Siracusa, Nueva York, 1998), y j . Clinton, The Loyal Opposition: Americans in North Vietnam, 7965-7972 (Boulder, Colorado, 1995), ofrece un acercamiento favorable a los activistas que estuvieron en Vietnam del Norte.

Recientemente se han publicado numerosos relatos de los veintiséis días que duró la lucha casa por casa en Hué, la mayoría, memorias escritas por veteranos que presenciaron aquella masacre. Véanse N. Warr, Phase Line Green: The Battle for Hue, 1968 (Anápolis. Maryland, 1997); K . Nolan, Battle for Hue, Tet, 1968 (Novato, California, 1983); G. Smith, The Siege ofHue (Boulder, Colorado, 1999), y E. Hammel, Fire in the Streets: The Battle for Hue, Tet 1968 (Chicago, 1991). Sobre Khesanh, véanse los impactantes relatos d e j. Prados y R. Stubbe, Valley of Decision: The Siege ofKhe Sanh (Nueva York, 1991), y R. Pisor, The Siege ofKhe Sanh (Nueva York, 1982). El papel de la aviación en el asedio está bien narrado por B. Nalty en Air Power and the Fight for Khe Sanh (Washington, DC, 1973), publicado por la Oficina de Historia de la Fuerza Aérea.

 

Hay varias buenas memorias, bastante dogmáticas, escritas poco después de la guerra por algunos de los principales mandos militares norteamericanos en la zona. Destacan las de W. C. Westmoreland, A Soldier Reports (Nueva York, 1976); M. Taylor, Swords and Plowshares (Nueva York, 1972), y U. S. Sharp, Strategy for Defeat: Vietnam in Retrospect (Nueva York, 1978).

 

 

 

ÍNDICE DE MAPAS

 

 

 

 

 

 

Batalla de Salam ina  65

 

Batalla de G augam ela          89

 

Batalla de Cannas      134

 

Batalla de Poitiers      168

 

Batalla de Tenochtitlán          215

 

Batalla de Lepanto     268

 

Batalla de Rorke’s Drift         329

 

Batalla de M idw ay   375

 

Las batallas más importantes de la ofensiva del Tet     437

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

525

 

 

ÍNDICE ONOMÁSTICO Y TEMÁTICO

 

 

 

 

 

 

 

Abderramán, 164-166, 169-171, 173, 175, 196, 182, 432, 486, 513

 

Abrams, Creighton W., 459, 481

 

Actium, 274, 276, 370, 504

 

Adams, Eddie, 433

 

Adimanto, 71

 

Adrianópolis, 19, 123, 151, 189, 488

 

Agesilao, 21, 66, 90

 

Agincourt, 75, 124, 163, 184

 

Ahura Mazda, 53, 56-57, 67

 

Air Power and the Fightfor Khe Sanh (Nalty),

 

442-443, 523

Alcibíades, 51, 54, 449

 

Alejandro, Vida de (Plutarco), 82, 86, 88, 96, 114

 

Alejandro Magno: 21, 49, 79, 113, 139; aniquilación y guerra total, 99-101, 106-109; asesinato de su padre, 96; batalla decisiva, resultados de la, 105-113; Bucéfalo (caballo de), 85, 90; campaña persa, 103-105; cifra de muertes ocasionadas, 21, 106-107; conquista de Grecia, 101, 103-105; conquista de Oriente Próximo e India, 107-108; críticas, 478-479; crucifixión, introduce la, 111; diezmo, el castigo del, 111; ejército de, 40, 69, 77, 101; fórmulas de ataque,

 

81-82, 90-91, 101-102; Gaugamela, 82, 85-91, 94-96, 101, 118; Gaza, 91, 107; Gránico, 87, 101, 104-106; Hidaspes, 101, 106; Hitler, comparado con, 112-113; influencia helénica, 26, 102-105; Isos, 87, gi-g2, 94, 101, 104, 106, 114; juramento en Opis, 234; liderazgo, cualidades de, 101-102; paranoia, megalomanía y despotismo, 83, 86, 105, 110-111; Parmenión y, 81-88, 90, 93, 95, 110-112, 114; práctica de la jbrokynesis, 103, 111; tesoros aqueménidas, saqueo de los,

 

 

 

 

 

 

 

305-306; Tiro, 91, 94, 102, 107, 112;

 

y la libertad, 103-104. Véanse también Gaugamela; ejército macedonio

 

A lí Bajá, Muaddinzade, 263-265, 267, 274, 279-281, 283, 292-293, 307, 486

Alí Bajá, Turgud (Dragut), 294 Alí, Hasán, 285 Alí, Uluj, 267, 294

 

Ally of Cortés (Ixtlilxochitl), 220-221, 223,

 

24 9

Alta Edad Media, 21, 28, 36-37, 55, 154, 177, 183, 489

 

Alvarado, Pedro de, 161, 199-201, 205-206, 209-211, 217, 236, 238, 240, 248, 250, 256,

 

259

 

Ambrose, Stephen, 24

 

American Dilema, An (Showalter y Albert),

4 4 4

American Experience in Vietnam, 7%«(Sevy),

 

465

 

American in Vietnam (Lewy), 446, 475 Anabasis (Arriano), 85, 86, 87, 88, 107, 110 Anabasis (Jenofonte), 17, 18, 19, 68, 163 Anaxagoras, 57

 

Aníbal: 21, 40; antecedentes, 133-135; brillantez, 127-129; campaña después de Cannas, 133-135, 151-152; derrota de, 133 135; ejército sin ciudadanos, 150; ejército sin reemplazos, 148; en Cannas, 123-130; influencia helénica, 136-138; ingenuidad, 156-157; Mago, su hermano, 125, 131

 

Aniquilación, 39, 48, 100 101, 106-109, 111, 118, 209

 

Antigona (Sófocles), 197

 

Antígono, 99

 

Antíoco, 54

 

Aorno, 107, 108

 

Apiano, 129

 

Aquino, Tomás de, 154, 182

 

 

Aquitania, 171, 175

 

Aragonesium rerum comentarii (Blancas), 259

 

Argentina, 4g2, 494

 

Arginusas, 48, 54

 

Argos, 115

 

Ariamazes, 107

 

Ariobarzanes, 108

 

Ariovisto, 151

 

Arístides, 74

 

Aristodemo, 360

 

Aristóteles, 53, 68, 73, 77, 78, 103, 111, 116, 123, J37, ’ 45. '49, »61, 188, 235, 237, 242, 261, 305, 362-363, 367

Armas, gérmenes y acero (Diamond), 32 Armas. Véase tecnología y guerra

 

y por batallas

 

Arnett, Peter, 461, 466

 

Arquímedes, 261

 

Arriano, 85, 86, 87, 88, 107, 110 Arsuf, 41

 

Artajeijes, 18, 20, 69, 91 Artemisio, cabo, 50, 59, 63, 370 Asdrúbal, 26

 

Atenas: ataque persa y destrucción de la Acrópolis, 53-54; ciudadanía, 69-70, 138, 145-146; disciplina militar, 363; errores en la guerra del Peloponeso y en Sicilia, 425, 449-450, 499; evacuación de los ciudadanos, 59-60, 73; gobierno, 71-72; invasión macedonia, 101; Maratón, 58; poderío marítimo, 60-61, 63-64; renacimiento democrático, 77-78; trirremes, nombres de los, 71; y la libertad, 73, 76-79; y la victoria de Salamina, 66, 76-79

 

Augusto, 56

 

Auschwitz, 133, 233

 

Austria, donjuán de, 73, 262, 264, 275, 280, 283, 517

 

Aviñón, 166

 

Aztecas: 58, i98n.; Ahuitzotl, matanza de

 

prisioneros en, 223; aniquilación por Cortés, 118, 238-239; armamento, 224-225, 251-253; brutalidad, 209-211; Cuauhtémoc, 214, 216, 218-219, 220-221, 236, 248-250; Cuitláhuac, 210-212, 214; desventajas

 

 

tecnológicas y confusión cultural, 137, 198, 245-247, 251-254, 256; epidemia de viruela, enfermedades europeas y victoria de los españoles, 210-211, 213-214, 221, 234, 242-246; falta de disciplina militar, 254-255; falta de familiaridad con la doctrina bélica europea, 208-209; “guerras de las flores”, 38, 208-209, 222-223, 225'> herencia bélica y tácticas de guerra, 222-227; huida de Cortés y celebración, 208; jerarquía militar y status, 226; masacre de Alvarado, 200-201, 209; mutilación de españoles, 143, 198, 207, 219-220; pérdida de liderazgo y caída, 247; rendición, 220-221; sometimiento del individuo al Estado, 75; tácticas de guerra, 225-226,

 

247-248, 341, 432; teócratas imperialistas, 222, 236; tesoro, 199, 229-230; toman a los españoles por dioses, 200, 235, 246; torturas y sacrificios humanos, 22, 39-40, 75, 201, 207-208, 222-224, 227-228,

 

239.  Véanse también Ciudad de México; Moctezuma

 

Bachrach, B., 171

 

Bactriana, 48, 57, 90, 108, 109, 117 Barbarían Invasions, The (Delbrück), 193-194 Barbarigo, Agostino, 266-267, 27 5 i 283 Barbarroja, Jayr al-Din, 285, 294

 

Batalla de choque: como característica militar de Occidente, 66, 94, 113, 118-121, 163; eficacia de la, 113; y Cortés, 119, 196; y los británicos, 119; y los españoles, 25!-252; y los griegos, 19, 20, 22, 98,

 

115-118; y los macedonios, 92-93, 98-99,

 

114,  117; y los romanos, 117

 

Batalla decisiva: 99-101; evolución del concepto de, 114-115; Lepanto, 28g; resistencia de Japón a la, 400-402; y Alejandro Magno, 104-113; y la doctrina bélica occidental, 113-121, 287, 340, 400, 402-403; y los pueblos indígenas, 340-341

Batallas decisivas del mundo occidental; de Salamina a Madrid (Fuller), 25

 

Bazán, Alvaro de, 267

 

Belisario, 186, 425

 

 

 

52 8

 

 

Best, Dick, 374

 

Better War, A (Sorley), 471

 

Big Story (Braestrup), 460

 

Bizantinos, 172, 174, 175, 178, 182, 186, 189, 261, 285

 

Blancas, Jerónimo de, 259

 

Bóers, 314, 317, 331, 333-336, 343, 346,

 

349, 438, 449, 499

 

Borges, Jorge Luis, 494

 

Bradley, Ornar, 450

 

Bragadino, Antonio y Ambrosio, 264 Bragadino, Marcantonio, 284 Branquidas, 107-108

Brasidas, 22-23, 5 4 , 361

Braudel, Fernand, 32

 

Broken Spears, The (León-Portilla), 205, 208,

 

214, 239

 

Bromhead, Gonville, 322, 324-326, 328,

 

330, 489

Brunni, Leonardo, 154 Bulwer, Henry, 335 Bunker, Ellsworth, 430, 432 Byron, lord (George Gordon), 50

 

Caballería: bizantina, 189; británica en Isandhlwana, 311; caballeros; 184, 187-191; condiciones favorables, 184 185, 211-212; conquistadores, 198, 211-212; contra la infantería, 19, 39, 116-117; de Compañeros, 81-83, 85-88, 90, 92-93, 96-97, 101, 110, 188-189, 236; defensa contra la, 256; en Poitiers, 163-166; estribos, 167, 178, 187, 189; europea, 191; musulmana, 174; persa, 82-85, 88-90, 92-93

 

Caballeros de Malta, 267, 274 Caballo Loco, 339 Calamech, Andrea, 283 Calístenes, 87, 102, 111

 

Camboya, 30, 240, 451, 453, 455, 463, 466, 468-469, 482, 521

 

Canción de Lepanto (Herrera), 283 Cannas: 27, 118, 123-157; bajas de Aníbal,

 

125; bajas romanas, 124; batalla, 125-128, 131-133; combate de Aníbal en, 125; derrota, causas de la, 130; el ejército romano en, 115-116, 132-135; fallos de la

 

 

jefatura romana, 25, 126, 130-132,

 

 

144-145; lecciones de la batalla, 130-131; lugar de la batalla, 130-131; matanza en, 127-129; plano, 134; respuesta romana a la derrota, 25, 135-137, 151; significado, 1.56-157; tamaño de los ejércitos, 123, 126, 131, 133; trampa de Aníbal, 125, 127, 131-133; y Aníbal, 125; y la caballería, 126; y la composición del ejército de Aníbal, 124-126

 

Cannas (Schlieffen), 127

 

Capitalismo: 37-39, 500-501; armamento: fabricación, desarrollo, difusión, 38-39, 259-262, 277, 287; diádocos, 56; en Venecia, 290-292; español, en el Nuevo Mundo, 259; europeo, 287; griego, 74, 304-306; kerdos (lucro), 304; propiedad de la tierra y propiedad privada, 54-55, 72-73; y cultura, 301-304; y el Imperio otomano y el islam, 300-304

 

Cardona, Juan de, 267 Cardwell, Edward, 356 Carolingians, The (Riché), 180-181 Carres, 29, 117, 488

 

Cartago: adopción de las tácticas militares romanas, 27-28, 31; como Estado occidental, 136-137; conquista musulmana, 175; cultura, 136-139; derrota, 157; diferencias con los valores culturales y políticos de Roma, 26, 137-139- 1 4 5 , i49-!5o; historia, 137; Primera Guerra Púnica, 133, 140, 360; Segunda Guerra Púnica, 129, 135-136, 146

 

Carlomagno, 41, 170, 177, 183, 195, 287

 

Cartas de relación (Cortés), 249-250

 

Casas, Bartolomé de las, 233, 479

 

Castillo, Bernal Díaz del, 197, 203, 211, 219,

 

256>344. 515

Celene, 107

 

Cervantes, Miguel de, 282, 283, 300

 

César, Julio, 21, 24, 41, 106, 112, 118, 124, 141, 150, 209, 235, 242, 257, 262, 306

 

Cetshwayo, rey, 30, 75, 282, 306, 320-321, 324, 332-333, 335-338, 339, 341,

343-346, 347, 350, 353-355, 432, 449, 486

Cetshwayo’s Dutchman (Vign), 320

 

 

 

52.9

 

 

Chaka, 337, 345-349, 3 5 2 , 355, 359, 490 Chálons, 170

 

Chard, John, 322-328, 330, 357, 489 Chelmsford, lord, 209, 312-313, 316-319,

323,  331, 333, 336'337, 34°, 343, 346,

352, 385, 431, 435, 448, 480, 487, 489

 

China, 33

 

Chipre, 63, 152, 264, 265, 274, 280, 283-284, 298

 

Chomsky, Noam, 464

 

Chub, Oliver E., 442

 

Churchill, Winston, 161

 

Cicerón, 155, 235, 301

 

Cinocéfalos, 130, 139

 

Ciro el Grande, 51, 69, 117

 

Ciro el Joven, 17-18, 68, 301

 

Ciudad de Dios La (San Agustín), 182 Ciudad de México (Tenochtitlán), 37, 129,

 

143, 154, 198 n., 237; aliados de Cortés y la conquista, 198-200, 213, 238-242; asedio; tamaño y grandeza, 237; bajas españolas, 197-199, 201, 207-208, 218, 221; bajas mexicas, 198, 201-202, 206-207, 209' 210, 221; batallas por, 197-221; caballería, 161, 184, 198, 255-256; bergantines españoles, 257-258; destrucción de, 213-221; epidemia de viruela, enfermedades europeas y victoria, 210-211, 213, 214, 242-245, 246; fin de la autonomía mexica, 238, 241-242; huida de Cortés, 207-213; mapa, 215; máquinas de batalla de los españoles, 257-258; mayor derrota europea, 204-207; motivación de los españoles, 229-230; Noche Triste, 40,

 

204-207, 210, 255; objetivo estratégico de los españoles, 241-242; por qué venció Cortés, 237-260; rendición de los aztecas, 220-221; superioridad numérica mexica, 198, 200, 216, 237; superioridad tecnológica de los españoles, 198, 218,

245-248, 251-261; tácticas de guerra total, 217-218, 220-222, 258; tamaño de las fuerzas de Cortés, 200, 216-217; teoría de la confusión cultural mexica, 245-248. Véanse también aztecas, Cortés, Moctezuma

 

 

Clausewitz, Karl von, 127, 242, 342 Cleito, el Negro, 110 Clodoveo, 170

 

 

Colenso, Francés, 354, 357

 

Colenso, John, 282, 480, 487 Colonna, Marcantonio, 264, 275, 280 Constantinopla, 28, 167, 175, 178, 180, 195,

 

285, 294, 488

 

Contarmi, Gianpietro, 271, 272, 280, 282,

 

3 4 4

Coral, mar del, 401

 

Coral Sea, Midway, and Submarine Actions, May 14<)2-August 1492 (Morison), 401-402, 410, 412

Corbiére, 166

 

Córcega, 285

 

Corfú, 265, 275, 280, 284, 456

 

Corinto, 71

 

Coronea, 21, 90

 

Cortés, Hernán o Malinche: 21, 39-40, 41, 105, 231, 234; aliados en México, ígg, 213, 238-242, 243, 249-250, 342-343', asedio de Tenochtitlán, 199-200; bajas, 197-199, 201, 206, 209-210, 218, 221, 249-250; bajas del enemigo, 106-107, !98, 201-202, 206, 210, 221; caballería, 161, 184, 198, 255-256; composición del ejército, 235; conquista de México, 199, 214-215, 33g; cualidades de liderazgo, 248-251, 259, 425; democracia y debate entre las tropas, 236; destrucción de Tenochtitlán

 

y del Imperio azteca, 213-221; disciplina en el ejército, 236; educación, 235; guerreros mortíferos y fanáticos, 229; hijos mestizos, 232, 249; huida, 207-213; la viruela, las epidemias y la victoria, 210-211, 213, 214, 242-244; los españoles como inmortales, 246; máquinas de guerra, 257; motivación, 229, 231-233; Noche Triste, 204-207, 210, 249, 255; Otumba, batalla de, 211-212, 259; refuerzos, 209-210, 214; resistencia a las epidemias, 245; sitio, 218, 257-258; tácticas de aniquilación y guerra total, 209, 217-218, 220-221, 234, 210; tamaño del ejército, ígg, 216-217; victoria,

 

 

 

 

53°

 

 

motivos de la, 196; y el racionalismo,

 

234-237, ; y Pánfilo de Narváez, 199, 200, 239, 248, 479. Véanse también Tenochtitlán; España

 

Cortés and the Downfall of the Aztec Empire

 

(White), 256

 

Costa, Juan de, 259

 

Cratero, 81

 

Creasy, Edward, 24-26, 193 Cristianismo: actitud hacia los pueblos

 

indígenas, 337-343; catolicismo mediterráneo, 117-229; contra el islam, 173"174i guerra justa, 154, 182-183, 286-287, 384; guerras del papado contra los otomanos, véase Lepanto; ; preceptos contra la guerra, 173-174; reacción frente a los aztecas, 227-228; y el protestantismo, 285, 286-288; y España, 227-229; y Europa, 177

 

Crónica de Fredegario, 164

 

Cruzadas, 21, 39, 195, 285-286

 

Cultura occidental: alta Edad Media, 37,

 

154, 176-183; amoralidad de la guerra en la, 38; ascendencia, 36-36; batalla de choque, táctica de la, 66, 94, 114-121, 162-163; batalla decisiva, 113-121, 259, 287, 340; capacidad mortífera de la, 13; capitalismo y guerra, 37, 74, 287, 301-307; catalizador de los orígenes de la, 35-36; conquista brutal del Nuevo Mundo, 241-242; contemporánea, 494-496; continuidad cultural desde Grecia y Roma, 36-38, 15 3 15 5 . 171, 17 9 ' 1^2>l85 " 186, 194-196, 285-287, 485-488; cristianismo y ejército, 173-174; cultura y capacidad para luchar, 22-24, 27-29, 40; definición, 13; democracia, libertad y capacidad militar, 29, 40, 72, 74-78, 115, 137-139, 185-186, 191, 290-292, 404, 425-427; desarrollo del Estado nación y dinamismo militar, 146-150, 154-155, 185-186; desequilibrio Oriente-Occidente, 299-300; difusión del conocimiento, 34, 35-36, 179-180, 260-262, 291-292; dirección de los ejércitos en el campo de batalla, 419; disciplina militar, 28, 64, 93-

 

 

94, 102-103, 259'26o, 355-368; disensión y autocrítica (libertad de expresión), 28-29, 35-36, 70-74, 259-260, 282, 288-289, 425-426, 444-450, 456, 477-483, 487-488; doctrina militar, 38-41, 79, 94, 106, 118-

 

 

121, 259, 342-343>3 85, 47° - 474, 489-501;

 

ejercito occidental frente a ejército occidental, 21, 498-501; ejércitos públicos y condiciones legales del servicio militar, 156, 259; expansión europea en el siglo XVI, 37; explosivos y armas de fuego en la, 36, 192-193, 195-196; fuerzas expedicionarias y capacidad para superar a los enemigos, 21; futuro de la, 495"501 j grandes batallas y elementos básicos de la, 11-12; guerras “justas”, 154, 182, 286, 384-385; individualismo y ejército, 39-40, 53, 103, 392“393, 423-427; infantería pesada, 39, 161, 185-193; literaria e historiográfica, tradición,

 

236-237, 261-262, 281-283, 344-345. 477; locura de Verdún y la, 25; manuales de táctica y estrategia, 180-181, 261-262; masacre, impiedad y, 21; militarismo cívico (soldados ciudadanos), 118, 123,

 

139-145, 149-157, 171-172. 259, 287, 404; nacionalismo, 36, 234-237; prácticas bélicas y armamento de las naciones africanas y asiáticas, 27-28; preeminencia de la, 30-37; principios universales de la organización militar, 30-31, 494-495; propiedad de la tierra y propiedad privada, 54-55, 72, 78-79; Renacimiento,

 

154   ; renacimiento militar del siglo XVI, 37, 195; resistencia y flexibilidad, 28, 40, 76, 129-130, 152, 195-196, 483; separación de Iglesia y Estado, 172, 342; tecnología de la, 28-29, 260-262, véase también tecnología y guerra; tradición de investigación intelectual e improvisación, 260-262, 291-292; valores y batalla, conexión con, 22, 147-148, 259, 342-343; viaje y tradición de investigación natural, 236-237, 260-262; y el “ciudadano”, 38-39, 69; y la formación de soldados letales, 21, 38-41

 

 

 

 

53    

 

 

Cunaxa, 18-19, 68, 69, 98, 493 Curcio, Quinto, 82, 83, 86, 109, 114

 

Dalton, James, 322, 325-326, 332, 489 Darío, 50, 52, 56, 58, 69

Darío III, 21, 28, 6g, 75, 82, 84-88, 90-95, 106, 114, 117, 236, 248, 282, 295, 323, 432, 479, 486

 

DarkAges, The (Ornan), 194 Dávila, Pedro Arias, 233

 

Decisive Battles Since Waterloo (Knox), 25 Decretum (Graciano), 154 Delbrück, Hans, 193

 

Delio, 54, 162

 

Demarato, 51, 71

 

Democracia(s): como valor occidental, 40, 76-77; disciplina, combatir en formación,

 

y batalla de choque, 22-23, 64, 92-94, 103, 114-121; efectos sobre el ejército, 19, 22, 40, 66-68, 70, 74-75, 76; en Roma,

137-138; expansión y renacimiento de Atenas, 77-79; guerras entre, 498-501; peligros inherentes, 78-79; resistencia y adaptabilidad de la cultura y de la, 76-77,

1 3 5 ^ '9 5 - '9 (); y Ia antigua Grecia, 137-138,

143

 

Demóstenes, 100-101, 104, 117, 479 Destruction of the Zulu Kingdom, The (Guy),

 

3 3 4

Diamond, Jared, 32

 

Dien Bien Phu, 29, 440

 

Diez Mil, los, 17-20, 6g, 77, 91, 185, 236 Diezmar las tropas, 111

 

Diodoro Sículo, 63, 68, 69, 71, 84, 95, 110 Diógenes, 478

 

Disciplina militar: de los británicos en Isandhlwana, 320; de los británicos en Rorke’s Drift, 224-225, 231-232; en España, 236, 254-255; en Grecia, 64, 66-67; en la alta Edad Media, 182-183; en Macedonia, 92-94, 103; en Roma, 144; falta entre los aztecas, 255; falta entre los zulúes, 350; instrucción, formación, orden y mando, 364-368; paradigma clásico, 362-364; y la cultura occidental, 28

 

 

Don Juan (Byron), 50-51

 

Donjuán de Austria, 73, 262, 264, 275, 280, 283, 300

 

Don Juan ofAustria (Stirling-Maxwell), 288 Don Quijote de la Mancha (Cervantes), 300 Doria, Gian Andrea, 267

Durnford, Anthony W., 311, 313, 318-320

 

Egina, 45, 59, 60-61, 63, 71, 73

 

Egipto: 34-35, 57, 115; Alejandría, 34-35, 102, 175

 

Ejército británico: 17o lanceros, 161, 358-359; armamento, 315-316, 344"345. 357; bajas, guerra anglo-zulú, 344-345; caballería, 161; desciframiento de códigos, 301; disciplina, 320, 325, 332, 356-359, 367-368; provisiones, 352; soldados en África, 352-355; tamaño, siglo XIX, 356; tradiciones, 355-359

 

Ejército cartaginés: armamento, 125; elefantes, 137; en Galia, 124-125, 131; hispanos en el, 124-125, 131; mercenarios, 123, 124, 136-137, 150, 366; mercenarios africanos, 125-126, 131

 

Ejército griego: aniquilación, política de,

 

39)    47; armas y equipos, 20, 64, g6-g7; atacar a un hoplita, 72; batalla de choque, 19, 20, 22-23, 66, 92, 98-99, 115-118; como “democracias en lucha”, 19, 72; división cultural de los oponentes, 18-19; el paradigma clásico: valor, obediencia, disciplina, 362-364; elección de los líderes, 19, 72; en Platea, 59; gobierno de consenso y disciplina, impacto en, 20, 22-23; hoplitas (falanges), 17, 18, 19, 39, 54, 66, 96-97, 115-117, 186-189, 252, 366; infantería pesada contra caballería, 19, 38, 116-117, 161, 162, 186-i8g; infantería y armada, 78; jefes criticados, juzgados y castigados después de la batalla, 48, 53-55, 72, 447-448; jefes luchando junto a soldados, 19, 54; libertad para unirse a él y abandonarlo, 73; los Diez Mil, 17-20, 69, 77, 91; mercenarios, 17-20, 28, 68-69, 106> 148-149; moral, 64; ritos y sacrificios antes de

 

 

 

 

532

 

 

la batalla, 342; soldados ciudadanos, 148; tradición helénica, 27; trirremes, 38, 46, 63-64, 71, 270-271; tropas disciplinadas, 23, 64, 66, 359-362; y la idea de polis, 20; y la tecnología, 20. Véase también por batallas

 

Ejército macedonio: 96-102; armas y equipo, 82, 96-97, 114-115, 252; autocracia en el, 110-111, 148; batalla de choque, 98-99, 114-117; batalla decisiva y guerra total, 99-100, 104-113; Caballería de Compañeros (hetairoi), 81-82, 97, 144, 188-189; de Filipo, 99-100, 103-104; elefantes, 91-92; falangistas, 39-40, 92-93, 96-100, 141; generales, 81-85; grito de guerra, 86; Infantería de Compañeros (pezetairoi), 97; lucha como hombres libres o mercenarios, 69, 77-78, 103, 148-149; opinión y disensión, 40; portaescudos o hipaspistas, 97; superado en número por los ejércitos asiáticos, 99; tácticas, 98-99; tradición helénica, 39-40; de Alejandro Magno, 97-98. Véanse también Alejandro Magno; Gaugamela; Filipo

 

 

Ejército persa: 53-54; armas y equipo, 54, 82; bajas en Salamina, 45; caballería, 82, 92-93; castigo de la disensión y la desobediencia, 49-50, 71; derrota del ejército de Mardonio, comparada con los Diez Mil, 20; destrucción por Alejandro Magno, 106-109; elefantes, 92; ética de los guerreros, 117; falta de disciplina, 93-94, 186; flota, 46; fuerza expedicionaria en Grecia, 58; fustigar a la infantería, 18, 72; huida de soldados, 18; Inmortales (Amrtaka), 19, 53, 92; intimidado por la falange, 92-93; libertad limitada a la elite, 73; pillaje, 94; portamanzanas, 92; reclutamiento y coerción de los soldados, 49, 54, 68-69; rey en la batalla, 54; tácticas de batalla y enfoque de la guerra, 117-118; y el lidio Pitio, 49, 73. Véanse también Gaugamela, Salamina

 

Ejército romano: aniquilación, 118; armas, 126, 140-142, 144-145, 152; derrota de

 

 

Aníbal, 133-135; disciplina, 141-144, 364; errores de los mandos en Cannas, 25; gladius, 23, 125, 141, 252; guerra decisiva, 118, 144; infantería, 139-145, 166, 189; libertad y superioridad del, 76, 136; odio hacia el, 143; resistencia y flexibilidad, 129, 135-136, 151-152; y el método de liderazgo y control cívico, 127; y el militarismo cívico (soldados ciudadanos), 118, 12 3, 139-145, 1 4 9 15 3 . 15 5 ; y la batalla de choque, 118-119, 141-142, 143-144; y la caballería, 189; y las falanges, 141

 

E l milagro europeo (Jones), 298 Eneas el Táctico, 261 Epaminondas, 54, 103, 131, 402 Erigió, 81

 

Escipión el Africano, 40-41, 127, 135, 425 España: aliados en México, 200, 212, 238-

 

242; ansia de oro, 229-232; apoyo constitucional y avances sociales en el ejército, 226-227, 2591 Armada Invencible, 48; armamento, 198, 235-236, 251-255; avance otomano, 228; caballería, 161, 184, 198, 255-256; Carlos V, 229, 234; como centro intelectual de Europa, 235; como continuación del Sacro Imperio Romano, 229; como plutocracia, 231; conquista de América, razones del éxito, 237-260; conquista de Perú, 230; conquista islámica, 175, 228-229; conquista y colonización de América, motivaciones en la, 228-229, 231-232; conquistadores, 22, 28, 154, ig8,

 

226-227, 235-236, 259; cristianos castellanos, 227-229, 231, 234; disciplina militar, 236, 254-255; diseño de maquinaria militar, 257-258; economía de los castellanos, 231-232; expulsión de los judíos y moriscos, 232; individualismo, 236; infantería, 252, véase también conquistadores; Inquisición, 22, 40, 227, 235; instrucción en el manejo de la pica y de la espada, 224; Isabel y Femando, 228; legado de Cortés y de sus hombres, 234; libertad política, 259; los hispanos frente a los romanos, 124;

 

 

 

533

 

 

muerte de Postumio, 151; prácticas médicas, 244-245; racionalismo, 234-237; reacción a las bajas de Ciudad de México, 209-210; Reconquista, 22, 37, 228-229; repugnancia ante las costumbres aztecas, 227-228; tácticas,

 

255-260; utilización de perros, 198, 200 España y su mundo (Elliot), 233-234 Esparta, 21, 22, 23, 41, 47, 53, 61, 67, 71, 115,

 

187-188, 305, 347, 449, 4 7 7 -4 7 8 ; Coronea, 90; Termopilas, 21, 31, 40, 47, 50, 54, 56, 58, 60-61, 66, 72, 91, 10, 152, 324, 360, 485, 488

 

Espartaco, 152

 

Esquilo, 45, 46, 47, 48, 49, 58, 63, 66, 67, 71, 77, 282, 361, 477

Estados Unidos: agitación cultural y política en los sesenta, 457-458; armada, 283; armas y tecnología, 24, 399; bombardeo de ciudades y ataques nucleares, 384; clima, geografía, recursos naturales, 33; construcción de aviones en la Segunda Guerra Mundial, 377; construcción de barcos en la Segunda Guerra Mundial, 377; descifrado de códigos secretos, 409-411; descuido del ejército en el período de entreguerras, 400; despliegue militar en el extranjero con la administración Clinton, 493; disensión y guerra de Vietnam, 444-449, 454-460, 477-483; gobierno electo y guerra, 75, 403; herencia cultural y enfoque de la guerra, 24, 25, 120, 383-385; libertad, 37; libertad de expresión, 29; reforma del ejército, 459; respuesta a Pearl Harbor, 136; servicio de inteligencia, 389-390; tamaño y movilización de las fuerzas armadas, 402; teoría del dominó, 469; y el individualismo en Midway, 406-423. Véanse también Midway, guerra de Vietnam

 

 

 

Estrabón, 110

 

Estrada, María de, 206

 

Etica Nicomáquea (Aristóteles), 68, 123, 362 Eumenes, 99

 

 

Euribíades, 60, 62, 71-72, 74 Eurípides, 58, 477

 

Europa: actitud hacia los pueblos indígenas, 337-343; aliados entre los pueblos indígenas, 340; caballeros, 184, 189-190; caída de Roma y alta Edad Medi-a, 176-177; capitalismo y cultura,

 

300-304, 306-307; colonización, véase imperialismo; continuidad clásica, 194-196; desarrollo tecnológico en la Edad Media, 180-182; dividida por los conflictos religiosos, 285-289; expansión en el siglo XVI, 37, 338; fabricación de armamentos y equipos, 280-281, 289, 304, 307, véa« también francos; Guerra de los Cien Años, 184; imperialismo en Africa, Asia, Australia y América, 333-336, 3 3 7 "3 4 5 ; infantería en la Edad Media, i8g-ig6; invasiones islámicas,

 

163-167, 169-170, 175, 176, 193-196, 275-276, 285, 298-300; invasiones y migraciones en la Alta Edad Media, 176; la guerra como continuación de la política, 342; maestría en las descargas de fuego, 192-193, 196; manuales romanos de teoría militar, 180; máquinas de asedio, 180; origen del nombre, 166; recursos humanos, reclutamiento y disponibilidad, 280-281, 288; resistencia a las enfermedades y las fiebres, 245; reunión de fondos para la guerra, 289; soldados ciudadanos, 171-172, 183; superioridad militar, 343; y la amenaza otomana, 285-289, véase también Lepante; y la tradición militar de la Antigüedad clásica, 178-183; y el cristianismo, 176-177

 

 

Falange: griega, 17, 18, 19, 3g-4o, 54, 66, g6-97, 115-116, 186-189, 25 2>366; macedonia, 39-40. 92-93, 96-100, 140-141, 188-189; romana, 140-142, ; española, 252

 

Famagusta, 274, 284

 

Fenicios, 54

 

Fifteen Decisive Battles of the World, The

 

(Creasy), 24-25, 26

 

Filipo (Mnesimaco), 100

 

 

 

534

 

 

Filipo de Macedonia, 81, 83, 96-104, 117; y el concepto de guerra total, 117

Filipo II de España, 275 Filosofia de la historia (Hegel), 76 Filotas, 81, 110

 

Física (Aristóteles), 261

 

Flaminio, 139

 

Flaubert, Gustave, 125

 

Flavio Josefo, 142, 148, 363-364 Fletcher, almirante Frank J., 417-418, 420 Focilides, 51

 

Fragmentos de historia de Grecia (Teopompo), 188

 

France, J ., 174

 

Francia, 29, 285, véase también francos Francos: ancestros, 170; armamento y

 

equipo, 163-165; dinastía carolingia, 170-171, 180, 184, 191; en Poitiers, 163-166; manuales de teoría militar, 180; infantería (sédentarisés), 163-166, 170, 189-191; monarquía merovingia, 170-171; nombre, origen, 170; reinos, 170; y el concepto de soldados ciudadanos, 171-172, 182-184, 190-igi; y las Cruzadas, 286; y los invasores musulmanes, 165-167, 169,

 

173

 

Frere, Bartle, 333, 334-335, 3 3 7 , 3 3 8 Frontino, 154, 180

 

Fuerzas navales: auge de la marina británica, 300; bergantines españoles,

 

257-258; condición de las tripulaciones de galeras, 273-274; flota otomana, 271-272, 277, 288; galeras españolas, 263-265, 276-277; galeras venecianas o genovesas, 266, 270-271, 276-277, 288, 289-291; guerra de galeras, 270-273; japoneses, Segunda Guerra Mundial, 377, 382-384, 388-393, 414-418; Lepanto, innovaciones militares en, 279-280, 287; muerte por ahogamiento, 45-48, 272; norteamericanas, 377, 388-389; romanas, 261; superioridad española, 299-300; tácticas clásicas, 272-273; tratados y manuales, 291; trirremes, 38, 46, 63-64, 71, 270, 271. Véanse también Lepanto, Midway, Salamina

 

 

Fujita, almirante Ruitaro, 390 Fuller, J . F. C., 25, ig4

 

 

Galia y galos, 41, 124-125, 141-143, 170-171. Véase también francos

 

Gallagher, Earl, 374 Garay, Francisco de, 233

 

Gaugamela: 81-121; armamento, 82; bajas macedonias, 90; bajas persas, 95-96; ; Caballería de Compañeros, 81-82, 86-88, 90, 92-93; carga de Alejandro Magno en, 26, 85-91; disciplina de los macedonios, 93-94; ejército y caballería persas, 82-84, 88-90, 92-93; elefantes, 92-9 3 , 9 5 ; fuga de Darío, 90, 114; importancia de la victoria de Alejandro Magno, 26, 118; jefes macedonios, 81-85; los macedonios a punto de caer derrotados, 81-85; lugar de la batalla, 84, 91 -9 3 , 9 4 -9 5 ; Maceo, 82, 84-85; mapa, 8g; plan táctico de Alejandro Magno,

 

88-go, g4, 101; tácticas de batalla persas,

 

91-95; tácticas de combate cuerpo a cuerpo macedonias, 92-93, 114; tamaño de las fuerzas enfrentadas, 82, 94; tradiciones militares del mundo helénico, 26; tropas macedonias, 81-82,

9394

Gay, George H., 382

 

Gaza, 91, 94, 107, 112

 

Gengis Kan, 309

 

Germanos, 40, 141, 151, 164, 170

 

Gettysburg, 26

 

Giap, Vo Nguyen, 446 Gibbon, Edward, 173, 193 Giustiniani, Pietro, 267, 275 Godos, 151, 183, 189

 

Gomara, Francisco López de, 203, 212-213 Govierno del ciudadano (Costa), 259

 

Gran Bretaña: actitud hacia los pueblos indígenas y en la guerra anglo-zulú, 337-343; aliados entre los pueblos indígenas, 242; hundimiento del Prince of Wales y del Repulse, 417; islas Malvinas, 492, 494; motivos de la guerra zulú, 333-336; renovación de suministros y mano de

 

 

 

535

 

 

obra, 341-342; superioridad militar e industrial, 337-338; y el gobierno parlamentario, 37; y los otomanos,

 

285-286. Véanse también ejército británico; Isandhlwana; Rorke’s Drift

Grandes batallas: elección, 26-30; otros enfrentamientos y la herencia militar de Occidente, 488-489; valor de estudiarlas, 24-27

 

Gránico, río, 81, 83, 87, 91, g2, 94, 101, 104-106, 110, 113, 114, 488

Great Britain and South African Confederation,

 

1870-1881 (Goodfellow), 337

 

Grecia: Alejandro Magno y, 101-105, m ' 113; arte, 77; Atenas atacada por Persia, 51-52; capitalismo en, 74, 304-306; ciudadanía, 145-146; ciudades-Estado, libertad de las, 69-70, 145-146; clima, orografía, recursos naturales, 20, 33-34; comienzo de la doctrina bélica occidental, 114-116; conquista otomana, 302; conquista por Alejandro Magno, 101; desarrollo cultural, causas, 3 4 - 35 ; época helenística, ciencia aplicada en la, 33; épocas arcaica y clásica, 77; filosofía

 

y librepensamiento, 57-58; la guerra como respuesta militar a la invasión, 115-116; legado, 485-488; léxico relacionado con la guerra, 115-116; léxico relacionado con la noción de libertad, 69; libertad,

 

3 7 , 5 1 , 5 3 . 66-79; Liga de Corinto, 104; literatura, 77; muertos por ahogamiento, 48; Persia, percepción de, y relación con, 5 1_53, 5^. población y extensión, 51; propiedad de la tierra y propiedad privada, 54-55, 72-73, 78-79; religión, 20, 57-58, 67-68; sistema político y legal, 53; tradición de investigación natural, 236-237; unificación, 102-104; y el gobierno de consenso, 20, 71-72, 138-139, 143; y la historia (y la libertad de investigación), 56, 77, 181, 281-282; y los micénicos, 35. Véanse también ejército griego; Platea; Salamina

 

Greek Historical Inscriptions, 53, 363 Gregorio de Tours, 181

 

 

Guerra aérea: pilotos norteamericanos, iniciativa de los, 420-423; Grumman TBF Avenger, 379; Guerra del Golfo, 442; japoneses, 414-416; pilotos japoneses,

 

3 7 6 -3 7 7 . 3 % Khesanh, 439-441; Midway, 369-374, 377-388; SBD Dauntless, bombarderos, 370, 387; TBD Devastator, 378-388; Wake, bombardeo de la isla de, 423; Wildcat, cazas, 377-378, 380, 382,

 

3 87. 3 9 3 . 411. 4 2°; Zer°, cazas, 378-383,

386-388, 393, 421

 

Guerra como cultura, la: 22-24, 489-491; aniquilación como concepto occidental, la, 39, 100, 209, 402-403; cobardía y justicia, concepto de, 120, 384-385; cristalización en la batalla, 25; ejércitos en la batalla y su bagaje cultural, los, 27; España y la conquista del Nuevo Mundo, 234-237; fe, el concepto islámico de la guerra y la, 173-174; grandes batallas, estudio de las, 24-30; importancia de las formas de matar, 120, 338-340, 385; Occidente y la, 38-41, 79, 94, 106, 118-121,

 

3 4 2 -3 4 3 , 385, 4 7 0 -4 7 5 , 485-488, 489-501; sacrificios y rituales prebélicos de los pueblos primitivos, 342; y las batallas decisivas, 113-121

 

Guerra de Corea, 452-453 Guerra de las Galios (César), 242

 

Guerra de los judíos, La (Flavio Josefo), 142,

 

364

 

Guerra de Vietnam: aliados de los Estados Unidos, 431; analogías con la Grecia clásica, 449-450, 456, 477-479; apoyo de los disidentes norteamericanos a los comunistas, 463-464; armamento, 472-473; bajas civiles, 461, 468; bajas norvietnamitas, 468; cobertura de los medios, 432-433, 436-438; como atolladero, 443-449; consecuencias, 467-470, 483; derrota de Vietnam del Sur, 467; derrota, causas de la, 475-477; dificultades en la lucha de la guerra decisiva, 430, 432, 435-436, 475; el soldado norteamericano en la, 465-467, 470-471; errores de los norteamericanos,

 

 

 

536

 

 

 

451-454, 458-459, 475; escalada del conflicto, 451; estrategia norvietnamita,

 

429-430, 4 3 4 -4 3 6 , 439-44°, 4 4 6 ; fotografía de la ejecución de un soldado, 432-433; generales norteamericanos, la doctrina bélica occidental y, 449; historiografía y documentos sobre la, 476; la Colina de la Hamburguesa, 474; limitaciones de la implicación norteamericana, 452-453, 473-475; mitos

 

e imprecisiones de los medios, 459-467; objetivos de los norteamericanos,

 

450-452; Saigón, 429-434, 447; sitio de Khesanh, 432; y la disensión, 444-448,

 

454-459, 477-483; y la doctrina bélica occidental, 470-475. Véase tambiénTet

 

Guerra del Golfo, 24, 282, 302, 442, 493-494 Guerras Médicas, 21, 47-48, 50, 53, 58-62,

68, 77, 509. Véase también por batallas Gunpower and Galleys (Guilmartin), 281

 

Halicarnaso, 107

 

Halsey, William Frederick, 420

 

Hassig, Ross, 240

 

Hegel, Georg, 76, 79

 

Heródoto, 34, 48, 49, 50, 58-63, 66-67, 71,

81, 145, 181, 237, 282, 311, 344, 360, 367,

 

509

 

Herrera, Fernando de, 283 Hidarnes, 67

 

Hidaspes, río, 101 Hipócrates, 34, 237, 244, 369

Historia de Alejandro (Quinto Curcio), 83, 86, 114

 

Historia de la conquista de México (Prescott), 201, 212, 248

Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (Gibbon), 173, 193

 

Historia de la guerra del Peloponeso (Tucídides), 263, 429, 449-450, 483

 

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Díaz del Castillo), 197, 203, 211, 219, 256

 

Historias (Heródoto), 311

 

History of the Persian Empire (Olmstead),

 

«56, 57

 

U 1 M U M A S I I U Ü          t           J L M A U C - U

 

 

History of the Reformation (Ranke), 193 History of the Zulu War and Its Origin

 

(Colenso), 354, 357

 

Hitler, Adolf, Alejandro Magno comparado con, 112-113

 

Ho Chi Minh, 444, 453, 463, 464, 469, 480 Ho Chi Minh (Lacouture), 464-465 Hobbes, 79, 242

Homero, 24

 

Hook, soldado, 332 Hosogaya, Moshiro, 390 Hussein, Sadam, 24, 301, 492 Huxley, Aldous, 23

 

 

Imperio otomano: armamento y tecnología militar, 277-288; armas de fuego, falta de maestría, 192, 278; ; autocracia y despotismo, 288-289, 292, 295-296; captura cristiana, esclavitud y robo de niños, 293-294; colaboradores italianos, 51; colonización de Europa, incursiones, crecimiento del Imperio, 274-275, 286-287, 295-296, 298-300; comparación con Venecia, 289-292; cultura, 2g2, 296-298; cultura y aproximación a la guerra, 119-120, 266; devshirme, 293-294; economía, 288, 292-293; ejército de esclavos, vasallos, reclutas, 279, 288-289, 293"294; esclavos, uso de, 294-295; falta de historia militar escrita, 281; gobierno y organización política, 292-296; guerra, tradiciones de, y religión, 286-287; historiadores, 181; invasión de España, 228; jenízaros, 192, 265, 266, 271, 288; Lepanto, significado de, 298-300; potencia naval, 263-265; problemas de capital y falta de sistema bancario, 292-293, 296-298, 300-304; propiedad de la tierra, 296; recursos humanos y material, dificultad de reemplazo, 280; relación de Europa con, 51, 285-289; religión, 293-294, 296-297; religión y restricciones a la investigación intelectual, 292, 294, 296-297; sistema militar, 294, 297; sometimiento del individuo al Estado, 75; sultán, 294-295; transferencia de

 

capital a Constantinopla, 28, 294-295.

 

Véanse también islam, Lepanto

 

Imperio zulú: actitud británica hacia los pueblos nativos, 337-343; armamento, 312, 348-349> 351-352; armamento occidental, 27-28, 344-345; bajas en la guerra anglo-zulú, 344-345; Chaka, 345-346, 349, 352, 355; creación, 345-346; cultura, 337, 347-348; debilidad del ejército, 351-355; derrota, 30, 332, 343-345; desventaja tecnológica, 137, 340-341; doctrina bélica, método y tácticas, 316,

 

340-341, 347-355; falta de disciplina militar, 350, 359-360, 367; formación del ejército zulú, 306; furia y mutilación de los adversarios, 142, 314; guerra anglo-zulú, como guerra de agresión contra los zulúes, 333, 343-345; guerra civil, 337; impis (regimientos), 311, 333; movilidad de los guerreros, 315, 351-352; potencial militar, 347-351; religión, rituales y guerra, 337, 341-342, 350-351; Sangre, derrota en el río, 316-317; sistema militar, 354-355; sometimiento del individuo al Estado, 75; táctica de ataque en oleadas

 

y vulnerabilidad, 255, 352-353; tácticas

 

bóers, 314-315, 317, 331-332; valentía de los zulúes, 40, 353-355, 367; valores culturales y enfoque de la guerra, 25-26, 118, 345-346; y el imperialismo británico, 333-336; y la invasión británica de Zululandia, 317-318; y la matanza del 17o de Lanceros, 161. Véanse también Cetshwayo; Isandhlwana; Rorke’s Drift

 

Incas, 22, 35, 40

 

Incredible Victory (Lord), 374, 412

 

India, 21, 22, 26, 29, 30, 33, 35, 41, 70, 92, 107, 108, 109, 295, 333, 339, 356, 425,

4 9 9

 

Individualismo, 38-40, 103, 392-393, 406-427; flexibilidad del mando, 414-420; iniciativa de los pilotos norteamericanos, 420-423; peligros, 425; reparación del Yorktown, 411-413; y el descifrado de códigos, 408-411; y la doctrina bélica occidental, 423-427

 

 

Infantería: armas de la, 191-193; continuidad de la infantería clásica en la Edad Media, 189-191; en Poitiers, 163-166, 167, 183-185; en Roma, 139-145, 166, 185; española, 252; falangistas macedonios, 40, 91-93,

96-100, 140-141, 188-189; hoplitas'griegos (falanges), 17, 18, 19, 39, 54, 66, 96,115-117; origen de la infantería pesada, 186-189; requisitos para que sea eficaz,

 

185-186; valor de la, 191-193; ventajas,

 

162-163; y el igualitarismo, 186, 236; y la pólvora y las armas de fuego, 192-193; y los ejércitos medievales, 183-186. Véase también batalla de choque

 

Irán, 108

 

Irak, 24, 492

 

Isandhlwana: 30, 40, 143, 162, 306; armamento de los británicos, 46; armamento de los zulúes, 419; bajas británicas, 311-314, 319-320; bajas zulúes, 314, 320; batalla, 311-315, 317-320; ; disciplina de los británicos, 320; el 24o Regimiento, 312-314, 316, 319-320, 322, 324, 326-327; fuerzas británicas, 311-312; errores británicos, 312-313, 316-319; masacre final, 320; mutilación de los muertos, 314; fuerzas zulúes (impis), 311,

 

313. 3l6

 

Isidoro de Sevilla, san, 163, 166, 181, 282 Islam: 36-37; África y Asia Menor, 285;

 

avance y fin de la expansión en Europa, 163-167, 169-170, 175-176, 193-196, 275-276, 285, 298-300; caballería, 174-176; como teocracia, 172, 177; composición del ejército, 175-176; conquista de Oriente Próximo, 175-176; conquistas árabes, 172-173; contra la cristiandad, 173-174; difusión de la religión, 173-175, 177; expulsión de España, 228; expulsión de Francia, 167-169; forma de hacer la guerra, 174; génesis, 172-176; guerra y fe, 173, 286-287; historiadores, 180; tácticas bélicas, 341; tradición militar, 172-173; y Constantinopla, 194-195; y el capitalismo, 300-304. Véanse también Imperio otomano; Poitiers

 

Isos, 81, 83, 87, 91-92, 94, 101, 104, 106, 114 Isócrates, 58, 145

 

Ixtilxochitl, Fernando de Alva, 217, 221, 249

 

Jacobo I, 283

 

Japón: adopción de la doctrina militar y de armamento occidentales, 27-28, 31, 366, 395-398; ataques suicidas, 26; batalla decisiva, resistencia a librar una, 400-401; bushido, 384, 298-399, 404, 405; campaña de las Aleutianas, 389-390; conflictos con Rusia y China, 400-401; control de la información, 480; cultura y doctrina bélica, 277, 394, 396-399, 400-401, 403-406, 419-420; derrota, 423-424; disciplina militar, 407, 410; el ejército antes de la guerra, 3gg; el Japón feudal y las armas de fuego, 36; estrategia,

 

389-393, 399-402, 414-418; fuerzas navales, 382-383, 388-393, 399-400, 410; gobierno, 397-398, 403-405; importancia de Midway, 376-377; individualismo frente a subordinación al Estado y falta de iniciativa, 75, 407-408, 413, 426-427; la paradoja de adoptar las armas y la jerarquía militar occidentales, 397-399, 424; occidental y no occidental, 393-406, 424; prisioneros, trato a los, 382-384; reparación del Shokaku y del Zuikaku, 413; samuráis, 39, 395, 400, 419; sustitución de materiales de guerra y equipos, deficiencias en la, 377, 3gg-4oo, 413; tecnología miliLar, 393-397; Tokio, bombardeos de, 22, 38g

 

 

Jenofonte, 17, 18, 19, 20, 58, 66, 68, 69, 78, 90, 109, 149, 154, 163, 185, 187-188, 236, 261, 361, 363, 425, 493

 

Jerjes, 20, 38, 45, 48-50, 52-55, 56-62, 64, 66-67, 69, 71-73, 75.-76, 112, 236, 282, 286, 2 9 5 . 4 ° 2 , 4 i9 >4 7 8 -4 7 9 : 486, 492, 498

 

Jerusalén, conquista musulmana de, 175 Johnson, Lyndon B., 432, 444, 451-452, 454,

 

478, 481

 

Jones, James, 24

 

Junio, Marco, 152

 

Jutlandia, 370, 376 Juvenal, 128-129, *47>J5 7

 

Keegan, John, 14, 23

 

Keeping Together in Time (McNeill), 365-366 King, Ernest J ., 376, 410 Knox, Thomas, 25

 

Kondo, almirante Nobutake, 390 Kurita, almirante Takeo, 390 Kursk, 27

 

Kusaka, almirante, 371, 414, 416

 

La conquista de México (Sahagún), 253, 479, 487

 

La conquista de México (Thomas), 199, 204, 248

 

La nova scientia (Tartaglia), 291 Lacouture, Jean, 464

 

Land Reform inJapan (Dore), 407

 

Las filípicas (Demóstenes), 100-101, 117 Las troyanas (Eurípides), 477-478 LeMay, Curtís, 425, 455 León III, 37, 178

 

Léon, Juan Velázquez de, 205, 207 Leónidas, 47, 324

 

Lepanto: 23, 37, 73-74, 129, 142, 181, 196; armamento y equipo de los cristianos, 265, 272, 277-279; armamento y equipo de los turcos, 266, 277-278; bajas cristianas, 237, 269, 271-272; bajas turcas, 263-264, 266-267, 269, 271, 280; batalla, 263-269, 283-284; búsqueda de la batalla decisiva, 288; capitalismo y victoria, 307; celebración y conmemoración de la victoria, 282-283; choque de culturas e ideologías, 295; cultura e innovación militar, 274-280; derrota turca, 269, 280, 298; desde el punto de vista religioso, 284; disciplina en el combate de los cristianos, 265; flota de la confederación naval, 263-265, 266, 269; flota turca, 263-264, 275, 248-249, 388; jenízaros, 265, 266, 271, 278, 279, 280, 288; la Real, 264; la Sultana, 263, 264, 265; leyenda sobre, 280-284; liberación de los esclavos de las galeras cristianas, 266-267, 280; Liga

 

MA1AÍNZ.A T          UUL1UK A

 

Santa, 264, 266-267, 275, 277, 279, 283-284; lugar de la batalla, 274; mapa, 268; marinos, ciudadanos libres o independientes de la Liga Santa, 279, 288; marinos, esclavos, vasallos y reclutas de los turcos, 279, 288, 293-294; relatos históricos, 281-282; significado de la batalla, 298-300. Véase también fuerzas navales

 

Leslie, Max, 373, 374, 387, 411 Leuctra, 54, 131

 

Leyes, Las (Platón), 485

 

Leyte, golfo de, 369, 376, 388, 401, 420 Libertad: como concepto en evolución, 70;

 

como valor castrense, 72, 74-75, 76-77, 115, 425-427; como valor occidental, 40, 75-77, 425-428, 471-472; en la Edad Media, infantería, 191; la guerra de Vietnam y los valores de los Estados Unidos, 471-472; los aqueménidas comparados con los griegos, 51-58, 479; renacimiento democrático en Grecia, 77-78; y la eleutheria, 58, 66-74; Y Salamina, 45, 50, 51, 5 8- 62, 66-79

 

Libertad de expresión: 71, 487-488; en

 

Grecia, 71, 73-74, 425, 447-448; en Lepanto, 28g; en los Estados Unidos y en Vietnam, 29, 444-448, 454-458, 477-494; en Salamina, 29, 70-72

 

Liga Santa, 264, 266, 267, 275, 277, 279, 283, 284, 288, 298. Véase también Lepanto

 

Ligustino, Espurio, 140, 145

 

Like Lions They Fought (Edgerton), 359 Limits ofIntervention, The (Hoopes), 441,

 

447-448

 

Lindsey, Eugene E., 385, 386, 387 Lisandro, 54, 425

Lisias, 188

 

Little Bighorn, 21, 40 Loan, Nguyen Ngoc, 443

López, Martín, 206, 213, 216, 217, 236, 257-258

 

Los siete contra lebas (Esquilo), 361 Louis William, de Nassau, 365 Loyal Opposition, The (Clinton), 464

 

 

Macedonia: acuñación de moneda, 56; clima, geografía, recursos naturales, 97; cría de caballos, 97; diádocos, 33, 56, 99, 105, 112, 188-189; Ia batalla como política de Estado y expansión, 100; unificación con Grecia, 96; y la economía capitalista,

 

56.    Véase también Alejandro Magno Maceo, 82, 84-85, 93, 323 Magnesia, 130

 

Maharbal, 133

 

Mahoma, 173, 175, 177, 193, 295

 

Mahomay Carlomagno (Pirenne), 177 Malta, 274, 488

Malvinas, 492, 494 Mantinea, 54, 425, 499 Manuzio, Aldo, 292 Manzikert, 29, 175, 488 Maoríes, 39, 119 Maquiavelo, 119, 154, 242

 

Maratón, 21, 50, 58, 66, 67, 78, 79, 91, 106 Mardonio, 20, 59, 64

Marina, la Malinche, doña, 206, 248 Marines, 120, 191, 383, 395, 430, 434'436,

 

438, 440-443, 466, 486 Mame, 127

Martel, Carlos, el Martillo, 163-167, 169-172, 175, 182, 183-185, 187, 190, 194, 432, 474

 

Massaga, 107

 

Massey, Lem, 374, 386-387, 411 Mauro, Rabano, 180

 

Máximo, Fabio, 130, 139, 143, 479

 

Máximo, Valerio, 154

 

McClusky, Wade, 370, 387, 422, 423

 

Merovingian Military Organization (Bachrach),

 

171

 

Mesinecos, 18

 

Mesina, 276, 283

 

Metafísica (Aristóteles), 261

 

Metauro, 26

 

Methlagazulu, 313

 

Micala, batalla de, 48, 59, 75 Micénicos, 35, 187, 189, 248

 

Midway: 127; Akagi, 370-374, 376, 381-382, 385-388, 390, 417, 421, 423; aviones japoneses, 38, 369-374, 376, 377; bajas japonesas, 370-371, 376-377; bajas

 

 

norteamericanas, 377-378, 382-383; batalla, 369-378, 380-388, 420-421; descifrado de códigos secretos, 408-411; Enterprise, 28, 370, 371, 374, 377, 385-387, 411, 413, 415-417, 421-423; estrategia japonesa, 389-393, 414-418; estrategia y flexibilidad de mando de los norteamericanos, 417-420; guerra aérea, 370, 3 7 2 -3 7 6 , 378-388, 420-423; Hiryu,

 

3 7 4 , 376, 388, 390, 416-417, 423; Homet,

377, 3 7 9 -3 8 2 , 385-387, 389, 411, 413, 415-417, 421-423; improvisación y victoria norteamericanas, 392-393, 406-423; Kaga, 27, 370-371, 373-374, 376, 385-388, 390, 417, 423; la naturaleza crucial de, 28, 376; libertad, individualismo, militarismo cívico y victoria, 37, 38; lugar de la batalla, 370; mapa, 375; Mogami, 423; número de barcos, 388; portaaviones japoneses, 369-370, 388; portaaviones norteamericanos, 370, 373374, 377, 385" 387, 392; radar, 391-392; rescate de marinos y pilotos, 371-372, 382; Soryu, 28, 37 °, 37 3 -374, 37 6 , 381, 385-388, 390, 417; victoria norteamericana, razones de

 

la, 404-405, 408-423; Yamato, 377, 391,

 

3 9 3 , 417, 419; Yorktown, 371, 3 7 3 ‘ 3 7 4 , 3 7 7 ,

383, 386-387, 392, 408, 411-413, 415, 417-

418, 421

 

Midway (Smith), 371-372, 422 Midway, the Battle that DoomedJapan

(Fuchida), 373, 382, 408, 410-411, 416, 422

 

Milciades, 53, 54

 

Mileto, 107

 

Miracle at Midway (Prange), 380, 409, 413, 414, 416, 418, 423

 

Mitridates, 152-153, 424

 

Mnesifilo, 61

 

Moctezuma, 58, 75, ig8n., 199-200, 202, 207, 212, 214, 224, 227, 234, 236-238, 246, 248-250, 282, 339, 479-480, 486

 

Montesquieu, 155 Montgomery, Bernard, 133

 

Morison, Samuel Eliot, 379, 381, 402, 410, 412

 

Murray, George, 423

 

 

Muslim’s Reflections on Democratic Capitalism, A (Abdul Rauf), 302

 

 

Nagumo, almirante Chuichi, 38, 127, 371, 373, 380, 390, 392, 401, 411, 413-416, 418, 421-423

 

Napoleon Bonaparte, 88, 99, 102, 112, 127, »9», 209, 392

 

Narbona, 175, 432

 

Narrative ofField Operations Connected with the Zulu War of 1879, 313, 328

 

Narváez, Panfilo de, 199, 200, 202, 206, 210, 121, 239, 248, 259, 342, 479

Naval Power in the Conquest ofMexico (Gardiner), 258

 

Nemea, 21

 

Nepote, 63

 

Nietzsche, Friedrich, 79, 494

 

Nimitz, Chester William, 392, 409-410, 412-

413, 417-419, 480

Norvietnamitas, véanse Tet; guerra de

 

Vietnam

 

Nueva Guinea, 32, 119 Númidas, 123, 126, 128, 151, 221

 

Obras históricas (Ixtlilxochitl), 221 Ogawa, teniente, 421

Omaha, playa, 21, 120, 456 Omdurman, 161

 

Ordaz, Diego de, 198, 200, 206, 226, 259 Oman, Charles, 194

 

Otawa, Tatsuya, 374

 

Ottoman Empire, The (Inalcik), 295, 297 Ottoman State and Its Place in World History,

 

The (Inalcik), 303

 

Ottomans, The (Wheatcroft), 278

 

Otumba, 211-212, 214, 225, 25g

 

Pacific Campaign, World War II, The (Van der Vat), 410

 

Papacy and the Levant, The (Setton), 264 Parmenión, 81-88, 90, 93, 95, 110-112, 114,

 

323

 

Partía, 29, 143, 185, 189

 

Patton, George S., 163, 425, 457 Paulo, Lucio Emilio, 130, 151, 479

 

 

 

541

 

 

Pausanias, 53, 96, 118

 

Pearl Harbor, 22, 136, 152, 371, 377, 379,

 

3 83, 388, 392, 399, 401, 403, 410-414, 417-

 

419, 487-488

 

Pelópidas, 54

 

Peloponeso, guerra del, 17, 21, 22, 74, 103,

 

449, 456, 477-478,

 

Pericles, 54, 73, 77, 305, 360, 362, 477, 478 Persas, Los (Esquilo), 45, 47, 49, 67, 71 Persépolis, 38, 50, 52, 108-109

 

Persia: capital, 51; ciencia, 57; Ciro el Joven, 17-18, 68, 301; clima, geografía, recursos naturales, 20, 33-34; concepto de libertad personal o legal, falta de, 56; conquista macedonia, 83, 105-109; conquista por los ejércitos musulmanes, 175'176; Cunaxa, batalla de, 18-19; derrota en las Guerras Médicas, consecuencias de la, 50; economía, 55-56; gobierno, 52-53, 57; habitantes como esclavos o sirvientes del rey, 51, 52-53; historia, registro de la, 56; Imperio aqueménida, 26, 34, 51-58, 84, 479; literatura, falta de, 50, 56; poder real, 57; práctica de la proskynesis, 53; propiedad de la tierra, 54; registros públicos, 56-57; religión, 53, 56-57; sistema legal, 53; sometimiento del individuo al Estado, 75; y los Diez Mil, 17-21, 69, 77, 91; y los mercenarios griegos, 17-18, 28, 92, 106,

 

148.  Véanse también Cunaxa; ejército persa; Platea

Phase Line Green (Warr), 435 Picq, Ardent du, 133 Pidna, 130, 139

 

Pío V, 275

 

Pirenne, Henri, 177

 

Pirotechnia (Biringuccio), 291

 

Pirro, 77, 140, 152

 

Pisidia, 107

 

Pitio, el lidio, 49, 73, 478, 492 Platea (ciudad-Estado), 58

 

Platea, batalla de: 59, 79, 360; ala derecha de los espartanos, 41; armas, 66; bajas persas, 47, 50, 148; derrota del ejército de Mardonio comparada con los Diez Mil,

 

 

19-20; el ejército griego en la, 59, 92; militarismo cívico e infantería terrateniente, 28, 148; relatos, 50; victoria, 118

 

Platón, 34, 58, 70, 78-79, 138, 149, 242, 294,

 

305,  363, 4('o, 472, 477, 482, 494

 

Plutarco, 56, 63, 74, 82, 86, 88, 96, 109-110, 114, 124, 129, 141, 155, 188, 282, 361

 

Poitiers: armamento y equipo, 169; bajas islámicas, 167; caballería, 163, 165, 167; derrota del ejército islámico, 166, 167; disciplina de los francos, 167, 169, 182; el ejército de Carlos Martel como continuación de la tradición occidental, 185, 194; importancia de la victoria franca, 193-196; la infantería como muro, 163-166, 196; lugar de la batalla, 169, 175; mapa, 168; sarracenos, 163, 175; tamaño de los ejércitos, 166, 167; victoria franca, razones de la, 169

 

Polibio, 98, 124, 125, 126, 129, 132, 135, 137, 143, 148, 157, 242, 282, 363

 

Política (Aristóteles), 73, 116, 137, 161, 188, 242, 367

Postumio, 151

 

Practica manual di artiglierra (Collado), 262, 291

 

Pretorius, Andries, 317

 

Prevesa, 274

 

Primitive War: Its Practice and Concepts

 

(Turney-High), 113, 368

 

Problems of Turkish Power in the Sixteenth

 

Century (Allen), 299

 

Procopio,181

 

Protágoras, 57, 426 Pulleine, Henry, 313, 318

 

Qadesh, 92

 

Queronea, 104, 121, 149

 

Racionalismo, 36, 234-237, 291-292

 

Ranke, Leopold von, 193

 

Regimentó de navegación (Medina), 291

 

Resistencia y flexibilidad del método bélico

 

occidental, 28, 38, 76, 123, 130, 133, 152, 195, 247, 483

 

 

 

542

 

 

Reynolds (cirujano en Rorke’s Drift), 332 Ricardo Corazón de León, 41, 209 Riché, P., 181

 

Rochefort, Joseph J ., 409-411

 

Roma: 127-157; ciudadanía y democracia, 137-13g, 143, 146-150; ciudadanos, número de, 149; clima, geografía, recursos naturales, 33-34; conquista de Grecia, 139; esclavos, militares y ciudadanos, 147; Estado nación, 145-150; guerras civiles, 21; Guerras Púnicas, 123-157; historiadores romanos, 56; innovaciones y avances tecnológicos durante el Imperio, 33, 144-145; levas ciudadanas para el ejército después de Cannas, 26, 135-136, 151; libertad de expresión y de investigación, 56, 478; Primera Guerra Púnica, 133, 140, 261; recursos humanos, 151-153; Segunda Guerra Púnica, 129, 135-136, 146, 479; Varo intenta conquistar Germania, 27; y el capitalismo, 305-307

 

Rorke’s Drift: 27, 28, 30; armamento británico, 325, 332; armamento zulú, 321; bajas británicas, 331; bajas zulúes, 330-331; batalla, 320-321, 325-332, 356-357; búsqueda de refuerzos, 322-323, 328; construcción de barricadas, 326; cruces Victoria, 368; disciplina de las tropas británicas comparada con la de los espartanos en las Termopilas, 324-325, 332; errores zulúes, 324-325; falta de oficiales veteranos, 322; fuerzas zulúes, 322-324; huida de los jinetes, 323; lugar de la batalla, 321; mapa, 329; motivos de la victoria británica, 322; muerte de un desertor, 357; número de soldados británicos (ochenta fusileros), 322-323; 24o Regimiento, 312-313, 316, 319-320, 322, 324, 326-327, 357

 

Reverso de la conquista, E l (León-Portilla), 201 Runciman, Stephen, 24

 

Safford, Laurence, 409-410 Sagalassus, 107 Saladino, 40

 

 

Salambó (Flaubert), 125

 

Salamina: bajas griegas, 48, 106; bajas persas, 45, 47; batalla, 62-66; composición de la armada persa, 47-49; consecuencias de la batalla, 48-50; chivos expiatorios de los persas, 54; desventajas de los griegos, 59-61; ejército griego y victoria en, 23, 38; estrategia, 58-62; importancia de la victoria griega, 26; Jerjes contempla la batalla desde lejos,

 

47~4^ 5°> 54. 72; la elite persa en, 48; legado, 76-79; libertad (eleutheria) y victoria en, 37, 50, 53, 58, 76-79; lugar de la batalla, 47, 61, 274, 370; mapa, 65; mayor número de combatientes en una batalla naval, 63; muerte de aliados griegos, 50; muerte por ahogamiento, 45-48; número de naves, 47, 63, 388; relatos sobre, 50; retirada de Jerjes, 64, 75; retirada persa, 47; suposiciones: y si los griegos hubieran perdido, 25, 76; Temístocles y, 47, 60-64, 7 J’ 7 2>74. 47®; ventajas de los griegos, 66-67

 

Salustio, 155

 

San Agustín, 154, 182

 

Sandoval, 205, 206, 210-211, 214, 217, 219, 221, 236, 248, 250, 256, 259

 

Sangala, 107

 

Satiricón, E l (Petronio), 148

 

Schlesinger, Arthur,Jr., 422 Schlieffen, Alfred von, 127

 

Segunda Guerra Mundial, 27. Véanse también Japón; Midway

 

Seleuco, 99

 

Sertorio, 152, 229

 

Sevilla, 237, 244, 264

 

Shakespeare, William, 282, 283

 

Sharp, Ulysses Grant, 442

 

Shepstone, lord, 333, 335

 

Shook Over Hell (Dean), 465-466

 

Shumway, Dewitt W., 374

 

Sicilia, 76, 136, 137, 151, 152, 175, 194, 270, 275, 426, 429, 438, 449, 450, 477, 483, 499

SiegeofHue, T/foíSmitli), 436

 

Simmias, 81

 

Sir Daria, 107

 

 

 

543

 

 

Siracusa, 261, 449

 

Siroco, Mehmet, 266

 

Smith, Adam, 293

 

Social Basis for PrewarJapanese Militarism, A

 

(Smethurst), 407

 

Sócrates, 17, íg, 38, 77, 78, 162, 363 Sófocles, 71, 77, 450, 477 Sokulu, Mehmet, 294

 

Soldier and the State, The (Huntington),

 

403-404

 

Soli, 107

 

Solimán el Magnífico, 294-295, 2g8 Solimán, 37, 178

Somme, 21, 75, 269, 456, 500, 516 Sosilo, 137

 

South AfricanJournal c f Sir Garnet Wolseley, The, 336

 

Spalding, Henry, 322, 328

 

Spruance, almirante Raymond, 416-418

 

Suetonio, 56, 295

 

Suicidio masivo, 109

 

Summa Teológica (Aquino), 154

 

Tácito, 56, 141, 170, 181, 477 Takasu, almirante Shiro, 391 Tamerlán, 306

 

Tanaka, Raízo, 390

 

Tebas, 59, 101, 103-105, 107, 112, 115, 216 Tecnología y guerra: 28-29, 33, 36-37, 145;

 

acero español, 124-125, 141, 199, 251-253; adopción por Africa y Asia de la doctrina bélica y del armamento occidentales, 28, 30-31; ballesta, 37, 143, 162, 179, 197-199, 208-209, 214, 218, 224, 226, 230, 240, 247, 250, 253-254, 257-258, 278, 284, 306, 487; cañones y artillería, 272; castillos y fortificaciones, 179; conquista de América, 250-251; desarrollo del capitalismo y suministros, 38-39, 259-261, 277-278, 286, 289, 301-307; el arado y los molinos, 181; el cañón, 244, 277-278; en Japón, 393-395; en los Estados Unidos, 393-395; Europa y la alta Edad Media, 178-179; explosivos y armas de fuego, 33,

 

36-37,179-180, 19 2_19 3 , 2 5 4 -2 5 5 , 260-261; “fuego griego”, 178, 261; fusiles Martini-

 

 

Henry, 312, 314-316, 319-320, 324-325,

 

 

327, 332, 340, 344*345, 354, 358-359, 449, 487; fusiles Spencer y Henry, 315; Grecia, 20; los medios de comunicación

 

y la información, 433-434, 436-438; manuales, 180-181, 261-262, 291; máquinas de asedio, 179; mosquete de llave de chispa Brown Bess, 316; papel de Cortés en la conquista de México, 251-260; pilotos de caza, 161; ramificaciones sociales, 278; razón, pensamiento abstracto y tradición de investigación científica, 260-262; rifle Winchester de repetición, 315; tomar prestado de otras culturas, 144; y la cultura occidental, 28-29, 33, 36-37, 144; y la infantería, 114

 

Temístocles, 25, 38, 47, 51, 53, 54, 60-64, 7 i"

72, 74, 7 9 , n2, 425, 4 7 8 , 487, 489, 509 Temístocles (Plutarco), 74

 

Tenochtitlán. Véase Ciudad de México Teopompo, 188

 

Termopilas, las, 21, 31, 40, 47, 50, 54, 56, 58, 60-61, 66, 72, 91, 10, 152, 324, 360, 485, 488

 

Tesalia y los tesalios, 19, 20, 60, 81, 84, 94, 97, 102, 188

 

Tesino, 129

 

Tet, ofensiva del: 27, 28; armamento norteamericano, 441; armamento norvietnamita, 440; ataque a la embajada norteamericana en Saigón, 429-434; bajas norteamericanas, 436, 441, 448; bajas norvietnamitas, 436, 441, 445, ; ciudades atacadas, 439; cobertura de los medios, 433-434, 4 3 6-4 3 8, 4 4 1 -4 4 2, 4 4 4 , 460, 480-481; fuerzas norvietnamitas, 438; Hué, 434-438, 447; Khesanh, 439-443, 447; mapa, 437; paradojas de la victoria norteamericana, 443, 445-446. Véase también guerra de Vietnam

 

Tet (Ford), 445

 

7í//(Oberdorfer), 433, 453-454, 461

Tet Offensive, The (Gilbert y Head, eds.), 431, 443,444-445,

Thatch, Jimmy, 387, 411

 

 

 

544

 

 

Tinker, Clarence, 423

Tiro, 28, 91, 9 4 >102’ 107>112, 137

Tito Livio, 25, 124, 125, 128, 129, 132, 133, 136, 137, 140, 141, i5 i> 155, 181, 235, 282, 3 7 9

 

Toledo, García de, 2gi

 

Tolstoi, León, 24

 

Toynbee, Arnold J., 76

 

Trafalgar, 48, 370, 376

 

Trasimeno, 40, 125, 129, 131-133, 135, 139, 144, 488

Trebia, 125, 129, 132-133, 135, 144 Trimalción, 147-148

 

Tucidides, 22, 24, 73, 77, 78,116, 181, 213,

 

3 ° 5, 3 6°> 361, 408, 449-450, 456, 482,

483, 494

 

Turney-High, H., 113, 3G8 Turquía. Véase Imperio otomano

 

Ulundi, 161, 317, 3 4 3 -3 4 4 , 3 5 4 , 3 5 9 , 3 § 5 Unión Soviética, fin de la, 248, 470

 

Varrón, Terencio, 130-131, 139, 144, 479 Vause, teniente, 323

 

Veda el Venerable, 181 Vegecio, 154, 180, 261, 364, 366 Velázquez, Diego, 233, 248, 249, 479 Venecia: 289-292; amenaza otomana, 275-

 

276; aprendizaje, investigación y ciencias militares, 291-292; armada, 266, 269-271; Arsenal, 289-291, 301, 304; artillería, 272; capitalismo y gobierno constitucional, 290-292; comercio, 286; fabricación de barcos y armas, 289-290; impresores, 291; y Lepanto, 264, 275

 

Venetian Ships and Shipbuilders of the Renaissance (Lane), 290

 

Veniero, Sebastiano, 264, 275, 280 Vercingetórix, 151, 153, 306, 424

 

Verdún, cultura y matanza continuada en, 25, 120

 

 

Vietnam (Karnow), 438

 

 

Vietnam and America (Gettleman et al.), 462 Vietnam Reconsidered (Salisbury), 463, 465,

471-472

 

Vign, Cornelius, 320, 351, 518

 

Waldron, John C. “Jack”, 379, 380-382,

 

385-387, 422

 

War and Society in the Ancient and Medieval Worlds (Raaflaub y Rosenstein), 183

 

War Without Fronts (Thayer), 466 Warriors of the Rising Sun (Edgerton), 395-

396, 397

 

Washing of the Spears, The (Morris), 335-336 Waterloo, 21, 75, 163, 356, 500

 

Western Warfare in the Age of the Crusades

 

(France), 174

 

Westmoreland, William, 432, 435, 43g, 440,

 

444,  447, 477-478

Wolseley, Garnet, 336, 357, 480, 518

 

Xantipo, 137, 366

 

Yamaguchi, almirante Tamon, 376, 417-418 Yamamoto, almirante Isoroku, 26, 376,

388-389, 3 9 1 -3 9 2, 402, 409, 414-417, 419 ,

480

 

Yanagimoto, almirante, 374 Yugurta, 151, 152, 221, 424

 

Zais, Melvin, 474

 

Zama, 135, 136

 

Zero! (Okumiya y Horikoshi), 383

 

Zoroastrismo, 56

 

Zulu WarJournal of Colonel Henry Harford, C. B „ The (Child), 331

 

Zulu War, The (Barthorp), 312

 

Zulu War, The (Clammer), 313-314, 320, 358,

 

3 5 9

Zulu War, The (Lloyd), 331-332 Zumarraga, Carlos, 223

 

 

 

 

 

 

 

 

 

545

 

 

COLECCIÓN NOEMA

 

 

 

 

 

 

1 John Lukacs, Cinco días en Londres. Churchill solo frente a Hitler

 

2 Dore Ashton, Una fábula del arte moderno

 

3 Han Israéls, E l caso Freud. Histeria y cocaína

 

4 Brassai, Conversaciones con Picasso

 

5 Richard Pipes, Propiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia

 

6 Peter Forbath, E l río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra

 

7 Guy Davenport, Objetos sobre una mesa. Desorden armonioso en arte y literatura

 

8 John Demos, Historia de una cautiva. De cómo Eunice Williams fue raptada por los indios mohavuks, y del vano intento de su padre por recuperarla

 

9 Alexander Nehamas, Nietzsche, la vida como literatura

 

ío      Edith Hamilton, E l camino de los griegos

 

n Gabriel Josipovici, Confianza o sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir

 

12     William Gaunt, La aventura estética. Wilde, Swinburne y Whistler: tres vidas de escándalo

 

13     M ary Midgley, Delfines, sexo y utopías. Doce ensayos para sacar la filosofía a la calle

 

14     John M cCourt, Los años de esplendor. JamesJoyce en Trieste, 1904-1920

 

15     Cari Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo X X I ? Hitler como precursor

 

16     Brassai, Henry Miller. Los años en París

 

17     Édouard Glissant, Faulkner, Mississippi

 

18     William Carlos Williams, En la raíz de América. Iluminaciones sobre la historia de un continente

 

19     Ted Gioia, Historia del jazz

 

20     Mary Warnock, Guía ética para personas inteligentes

 

21     Donald Kagan, Sobre las causas de la guerra y la preservación de la paz

 

■22   Sanche de Gramont, E l dios indómito. La historia del río Níger

 

23     C. L. R. Jam es, Los jacobinos negros. Toussaint L ’Ouverture y la Revolución de Haití

 

24     Peter Conrad, Los asesinatos de Hitchcock

 

25     John Lukacs, E l Hitler de la Historia. Juicio a los biógrafos de Hitler

 

26     Richard Davenport-Hines, La búsqueda del olvido. Historia global de las drogas, 7500-2000

 

27     Roy Porter, Breve historia de la locura

 

28     Czeslaw Milosz, Abecedario. Diccionario de una vida

 

29     Steven Johnson, Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software

 

30     Philip Ball, La invención del color

 

31     Robert Darnton, Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen

 

32     John Golding, Caminos a lo absoluto. Mondrian, Malévich, Kandinsky, Pollock, Newman, Rothko y StiU

 

33     Lauro Martines, Sangre de abril. Florencia y la conspiración contra los Médicis

 

 

 

 

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