© Libro N° 13822.
Matanza Y
Cultura. Batallas Decisivas En El Auge De La Civilización Occidental. Hanson, Víctor Davis. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Matanza y Cultura. Víctor Davis
Hanson
Versión Original: © Matanza y Cultura.
Víctor Davis Hanson
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MATANZA Y CULTURA
Batallas Decisivas En El Auge De La
Civilización Occidental
Víctor Davis Hanson
Matanza Y
Cultura
Batallas Decisivas En El
Auge De La Civilización Occidental
Víctor Davis Hanson
COLECCIÓN NOEMA
Matanza
Y
Cultura
VICTOR DAVIS HANSON
TRADUCCIÓN DE AMADO DIÉGUEZ RODRÍGUEZ
Batallas decisivas en el auge de la civilización
occidental
TURNER
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición en español, octubre de 2004
Título original: Carnage and. Culture. Landmark Battles in the Rise of
Western Power
Esta obra ha sido publicada con la ayuda de la Dirección General del
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ISBN Turner: 84-7506-637-2
Depósito legal: M. 43.753-2004
Printed in Spain
A Donald Kagan y Steven Ozment
ÍNDICE
Prefacio 13
I L as razones de la victo ria de O
ccid en te 17
Matones ilustrados 17
La primacía de las batallas 22
Ideas occidentales 30
La guerra en Occidente 38
P rim era p arte . C reació n 43
II L a libertad, o “ v iv ir
com o se q u iera”
Salamina, 28 de septiembre de 480 a.C . 45
Los ahogados 45
Los aqueménidas y la libertad 51
Las Guerras Médicas y la estrategia aplicada en Salamina 58
La batalla 62
Eleutheria 66
El legado de Salam ina 76
I I I L a b atalla decisiva
Gaugamela, 1 de octubre de331 a.C 81
Puntos de vista 81
La máquina militar m acedonia 96
Orgía de sangre 102
La batalla decisiva y la doctrina bélica occidental 113
IV Soldados ciudadanos
Carinas, 2 de agosto de 2 16 a.C . 123
Carnicería estival 123
Las mandíbulas de A n íbal 130
Cartago y Occidente 135
Las legiones de Rom a 139
Una idea: la nación en arm as 145
“Dueños de todo el mundo” : el legado del militarismo cívico 151
Segu n da parte . C o n tin u id ad 159
V In fan tería terrateniente
Poitiers, 11 de octubre de 7,52 161
Caballos contra pies 161
El muro 163
El m artillo 167
El ascenso del islam 172
¿Edad oscura? 176
Infantería, propiedad y ciudadanía 183
Poitiers y más allá 193
V I L a tecn ología y los
dividendos de la razón
Tenochtitlán, 24 de junio de 1520-13 de agosto de 1521 197
Las batallas por Ciudad de M éxico 197
La guerra azteca 222
La mente de los conquistadores 227
Racionalismo español 234
¿Por qué vencieron los castellanos? 37
Guerra y razón 260
V II E l m ercado o el capitalism
o m ata
Lepanto, 7 de octubre de 7577 263
Guerra de galeras 263
Leyendas sobre Lepanto 280
Europa y los otomanos 285
El capitalismo, la economía otomana y el islam 300
Guerra y m ercado 304
Tercera parte . C o n tro l 309
V I I I D isciplina, o p o r qué
los guerreros no siem pre son soldados
Rorke’s Drift, 22-23 de enero de 1879 311
Campos de m uerte 311
Una actitud im perial 333
Poder e impotencia de los zulúes 345
Valor no equivale a disciplina 355
IX Individualism o
Midway, 4-6 de junio de 1942 369
Infiernos flotantes 369
La aniquilación de los Devastator 378
La flota imperial se hace a la m ar 388
El Japón occidental y el no occidental 393
Improvisación e iniciativa individual en M idway 406
El individualismo en la doctrina bélica occidental 423
X D isensión y autocrítica
La ofensiva del Tet, 3 1 de enero-6 de abril de ig68 429
Batallas contra ciudades 429
La victoria como derrota 443
Consecuencias 467
La guerra entre revisiones, exámenes y autocrítica 477
E p ílogo . L a g u erra occidental: pasado y fu tu ro 485
El legado de Grecia 485
¿Otras batallas? 488
La singularidad de la cultura militar occidental 489
Continuidad de la capacidad de destrucción de Occidente 491
¿Occidente contra Occidente? 498
Glosario 503
Bibliografía 507
Indice de m apas 5 25
Indice onomástico y temático 527
12
PREFACIO
A lo largo de este libro empleo el término “ occidental” para referirme
a la cultura de la Antigüedad clásica que surgió en Grecia y Roma, sobrevivió a
la caída del Imperio romano, se propagó por Europa occidental y septentrional,
se extendió a ambas Américas, a Australia y a algunas zonas de Africa y Asia
-durante el gran período de exploración y colonización que se produjo
entre los siglos XV y X IX - , y ahora ejerce un dominio político, económico,
cultural y militar mucho mayor del que por tamaño o población debería
corresponderle. Si bien los títulos de los capítulos de esta obra reflejan
elementos fundamentales de la tradición cultural occidental, no debe deducirse
de ello que todos los Estados europeos hayan compartido siempre y sin
diferencias los mismos valores, o que su proceder y sus instituciones esenciales
no hayan cam biado en los más de 2.500 años que abarca su historia. Aunque
admito que muchos críticos puedan estar en desacuerdo sobre las razones que
motivan el dinamismo mili tar europeo y la propia naturaleza de la
civilización occidental, no me interesa abundar aquí en los debates culturales
modernos que ya se producen a este respecto. Este estudio aborda, ante todo, el
dominio militar de Occidente, su moralidad es cuestión bien distinta.
En consecuencia, me he concentrado deliberadamente en lo que separa a
Oriente de Occidente, en esas zonas de discordia que enfatizan la singular
capacidad de destrucción de la doctrina bélica occidental cuando se la compara
con otras tradiciones desarrolladas en Africa, Asia y ambas Américas. Recurro a
generalizaciones de las que, pese a su validez, no debería inferirse que no ha
habido diferencias reales entre los propios Estados europeos ni que la cultura
occidental y las culturas no occidentales son monolíticas o siempre han estado
enfrentadas entre sí. Por lo demás, aunque trato asuntos de gobierno, religión
y economía más amplios, mi principal objetivo consiste en explicar el poder
militar occidental y no la naturaleza y la evolución de la civilización
occidental en su conjunto.
Ésta, por tanto, no es una obra destinada a especialistas. M uy al
contrario, he procurado, concentrándome en tendencias generales, ofrecer al
lector no especializado una síntesis de cómo ha reaccionado la sociedad
occidental frente a la guerra a lo largo de sus 2.500 años de historia y no he
pretendido en ningún momento llevar a cabo un trabajo de investigación de
fuentes original y circuns
crito a un período histórico concreto. He explicitado las referencias
bibliográficas, que aparecen insertas entre paréntesis a lo largo de la
narración, únicamente para las citas textuales de m ayor extensión, aunque, por
supuesto, ofrezco in formación concerniente a las fuentes documentales y a los
libros y artículos más relevantes en la última parte de este estudio.
He de dar las gracias a muchas personas. Sabina Robinson y Karin Lee,
del Honors Program de la California State University (csu) en Fresno, leyeron
las pruebas de esta obra con suma eficacia. Katherine Becker, estudiante de
doc torado del programa de historia militar de la Ohio State University, me
ayudó con la bibliografía y las tareas de edición. Una vez más, mi compañero de
estudios clásicos en la csu en Fresno, Bruce Thornton, leyó el manuscrito de la
obra en su totalidad y lo expurgó de sus numerosos errores. Luis Costa, decano
de la Escuela de Artes y Humanidades de la CSU en Fresno, me concedió una opor
tuna beca de investigación que me permitió visitar muchas bibliotecas y ver,
finalmente, publicado el manuscrito. Tengo con él, y no es la primera, una
deuda de gratitud.
He aprendido mucho sobre la cultura bélica occidental en las obras de
Geoffrey Parker, John Keegan y Barry Strauss y de la correspondencia y las
conversacio nes que he mantenido con Josiah Bunting III, Alian Millett, Joh n
Lynn, Ro-bert Cowley y el propio Geoffrey Parker. También deseo dar las gracias
a Charles Garrigus, Donald Kagan, John Heath, Steven Ozment y Bruce Thornton
por su prolongada amistad. A lo largo de la pasada década, Donald Kagan y
Steven Ozment me han enseñado mucho sobre la civilización occidental. Ambos han
sido guardianes modélicos de nuestro patrimonio cultural en una época que tan a
menudo nos resulta deprimente y temible. M i relación epistolar con Rita
Atwood, Nick Germánicos, Debbie Kazazis, Michelle McKenna y Rebecca Sinos me fue
de gran ayuda durante la redacción del manuscrito.
M. C. Drake, profesora de diseño y artes escénicas de la CSU en Fresno,
ha dibujado los mapas originales que ilustran este estudio. Le estoy por ello
muy agradecido. Glen Hartley y Lynn Chu, mis agentes literarios, son mis amigos
desde hace más de una década y me han prestado un apoyo y un asesoramiento que
no podría haber encontrado en ningún otro lugar. Ellos han sido el cordón um
bilical que ha unido una granja de Fresno relativam ente aislada con la
compleja y con frecuencia desconcertante sociedad de Nueva York. A causa de
este libro y de todos los que hemos publicado anteriormente, siento por Adam
Bellow, mi editor de Doubleday, el mayor aprecio.
Cara, mi esposa, leyó las pruebas finales de este estudio. Una vez más,
he de darle las gracias por su apoyo constante y por mantener la cordura en
nuestra vieja y desvencijada granja de 120 años y treinta hectáreas de árboles
y viñas, un hogar que, por lo demás, no deja de consumir dinero, donde conviven
tres adolescentes, seis perros, siete gatos, un pájaro y un conejo. M is tres
hijos, Susannah, William y Pauline, asumieron de nuevo muchas de las
responsabi lidades que me competen en la granja y en el hogar, lo que por
supuesto me ha ayudado a completar la redacción de este libro.
V. D. H.
Selma, California
Septiembre de 2000
I
LAS RAZONES DE LA VICTORIA DE OCCIDENTE
Y al sonar la trompeta
avanzaron todos con las armas por delante. Según avanzaban dando gritos y
conpaso cada vez más rápido, los soldados, por impulso espontáneo, se pusieron
a correr hacia sus tiendas. Esto llenó de espanto a los bárbaros; la misma
reina de Cilicia huyó abando nando la litera, y los vendedores que estaban en
el campo huyeron sin cuidarse de sus mercancías. Mientras tanto, los griegos
llegaron riéndose a sus tiendas; la reina de Cilicia, al ver el lucimiento y
buen orden del ejército, quedó asombrada. Y Ciro se alegró al ver el miedo que
infundían los griegos a los bárbaros.
J E N O F O N T E , Anábasis,
1.2.16 -18 *
MATONES ILUSTRADOS
I l u s o la dificultad de organizar a unos asesinos puede resultar
reveladora. En el verano del año 401 a.C., Ciro el Joven contrató a 10.700
hoplitas -soldados griegos de infantería pesada armados con coraza, lanza y
escudo- que habrían de ayudarlo en sus aspiraciones al trono de Persia. Estos
soldados eran en su mayoría veteranos curtidos en las batallas de la reciente y
prolongada guerra del Peloponeso -veintisiete años de luchas: 431-404 a.C .-,
mercenarios reclutados en todos los rincones del mundo de habla griega, muchos
de ellos renegados y exiliados. Tanto los que eran casi adolescentes como los
que se encontraban en los últimos años de su edad adulta -pero en un estado de
salud envidiable-se alistaron por dinero. En el desolado paisaje que había dejado
una guerra intestina que estuvo a punto de acabar con el mundo griego, gran
número de ellos se encontraban sin trabajo y tan desesperados que andaban a la
búsqueda de un lucrativo empleo como asesinos. Sin embargo, entre las tropas de
Ciro había también unos pocos y privilegiados estudiantes de filosofía y
oratoria dispuestos a marchar sobre Asia codo con codo con los mercenarios
deshere-
* Madrid, Espasa Calpe, 1982, traducción de Ángel Sánchez Rivero.
17
dados: aristócratas como Jenofonte, discípulo de Sócrates, y Próxenes,
general beocio. Había también médicos, oficiales profesionales, futuros colonos
y, por supuesto, los ricos amigos griegos del príncipe Ciro.
Tras una triunfal marcha hacia el oriente de más de 2.400 kilómetros en
la que consiguieron dispersar a todos sus oponentes, los griegos aplastaron las
líneas del ejército real de Persia en la batalla de Cunaxa, al norte de
Babilonia. Por destruir un ala entera de las tropas persas pagaron un precio
exiguo: un solo hoplita herido por una flecha. Empero, la victoria de los Diez
Mil en el clímax del enfrentamiento por el trono persa se tornó inútil cuando
Ciro, su jefe, se lanzó en pos de su hermano, Artajerjes, y tras internarse en
las líneas enemigas cayó en manos de la guardia imperial persa.
Enfrentados de repente a las huestes enemigas y a antiguos aliados ahora
hostiles, atrapados, a miles de kilómetros de su patria, sin dinero ni guías ni
provisiones, sin el apoyo del aspirante a rey, con un número reducido de tropas
de caballería y arqueros, los infantes expedicionarios griegos, huérfanos de
jefatura, optaron por no rendirse al Imperio persa. En vez de ello se
aprestaron a luchar, dispuestos a abrirse el camino de vuelta a Grecia. La
brutal marcha que emprendieron hacia el norte a través de Asia y hasta las
playas del mar Negro constituye el argumento central de la Anábasis (o
Expedición a las tierras altas) de Jenofonte, quien formó parte de la misma y
fue uno de los líderes que guiaron a los Diez Mil en su retirada.
Rodeados por miJes de enemigos, capturados y decapitados sus generales,
forzados a atravesar las belicosas tierras de más de veinte pueblos distintos,
azotados por las ventiscas, cruzando pasos de alta montaña y estepas sin agua,
víctimas de la congelación, desnutrición y diversas enfermedades, y obligados a
combatir contra varias tribus salvajes, los griegos alcanzaron, pese a todo, la
seguridad del mar Negro con sus fuerzas casi intactas menos de año y medio
después de haber abandonado sus tierras. Además, derrotaron a cuantas tropas
hostiles se cruzaron en su camino. Cinco de cada seis sobrevivieron a la expe
dición, y la mayoría de los que cayeron no lo hicieron en la batalla, sino bajo
las nieves de Armenia.
Durante su ordalía, los Diez Mil se quedaron boquiabiertos ante los
taocos, cuyas mujeres y niños saltaban desde los riscos de su aldea en
suicidios rituales masivos. Los bárbaros mesinecos, un pueblo de piel blanca
cuyos miembros mantenían relaciones sexuales en público sin el menor recato,
también les causaron asombro. Los cálibes portaban en sus viajes las cabezas de
sus adversarios masacrados. Incluso el ejército real de Persia les pareció
extraño; su infantería, a la que a veces hostigaban con un látigo sus propios
oficiales, huyó ante el empuje inicial de las falanges griegas. Lo que en
última instancia sorprende al lector de la Anábasis no es sólo el valor, la
destreza y la brutalidad del ejército griego -que al fin y al cabo no tenía más
intereses en Asia que matar
18
y hacer dinero-, sino la enorme diferencia cultural entre los Diez M il
y las aguerridas tribus a las que se enfrentaron.
¿En qué otro lugar del Mediterráneo marcharían filósofos y estudiantes
junto a rufianes para aplastar las filas enemigas? ¿En qué otro lugar se
sentiría cada soldado igual a cualquier otro miembro del ejército, o al menos
se vería tan libre como él y tan dueño de su propio destino? ¿Qué otro ejército
de la Antigüedad elegía a sus propios mandos? ¿Cóm o pudo, en definitiva, un
contingente tan pequeño y dirigido por un comité electo abrirse paso hasta su
patria a través de varios miles de kilómetros y acosado por miles de enemigos?
En cuanto los Diez Mil, que semejaban tanto una “democracia en lucha”
como un ejército de mercenarios, abandonaron el campo de batalla de Cunaxa, los
soldados, de manera ya rutinaria, se reunieron en asambleas y votaron las pro
puestas de sus líderes electos. Cuando arreciaban las crisis, formaban
comisiones ad hoc para garantizarse un número suficiente de arqueros, soldados
a caballo y enfermeros. Cuando la naturaleza o el hombre los colocaban ante
algún desafío inesperado -ríos infranqueables, escasez de alimentos o enemigos
tribales desconocidos-, se reunían en consejos para debatir y discutir nuevas
tácticas, fabricar nuevas armas o modificar la organización de las tropas. Los
generales electos marchaban junto a sus hombres y luchaban a su lado y daban
cuenta de sus gastos al fisco.
Los soldados buscaban el choque cuerpo a cuerpo con el enemigo. Todos
aceptaban la necesidad de mantener una disciplina estricta y de combatir hombro
con hombro siempre que fuera posible. A pesar de su crítica escasez de tropas a
caballo, no sentían otra cosa que desprecio por la caballería del Gran Rey.
“Nunca ha muerto nadie en una batalla a causa del mordisco o la coz de un
caballo” , recordó Jenofonte a sus atribulados soldados de a pie (Anábasis,
3.2.19). Tras alcanzar la costa del mar Negro, los Diez Mil llevaron a cabo
investigaciones judiciales y controles de la gestión de sus jefes; los
descontentos votaron libremente y se separaron del resto a fin de afrontar el
camino de vuelta por sus propios medios. El voto de un humilde pastor arcadio
valía tanto como el del aristocrático Jenofonte, discípulo de Sócrates y futuro
autor de tratados que versaban tanto sobre filosofía moral como sobre el
potencial de renta de la Atenas antigua.
Pensar en un equivalente persa de los Diez M il es imposible. Imaginemos
qué probabilidades tendrían las tropas de elite del rey persa -los Amrtaka, o
In mortales, un cuerpo de infantería pesada que contaba igualmente con 10.000
efectivos- si aisladas y abandonadas en Grecia y superadas en una proporción de
diez a uno hubieran tenido que marchar desde el Peloponeso hasta Tesalia
derrotando a las falanges superiores en número de todas las ciudades-Estado
griegas que fueran atravesando hasta alcanzar la seguridad del Helesponto. La
historia nos ofrece un equivalente más trágico y real: el ejército de invasión
19
MA.iAiNi.rt- 1 LUI.IUIWV
del general persa Mardonio que, en el año 479 a.C., fue derrotado en la
batalla de Platea por los griegos, inferiores en número, y a continuación
obligado a emprender una retirada de quinientos kilómetros a través de Tesalia
y Tracia. Pese al enorme tamaño de su ejército y a la ausencia de cualquier
persecución organizada, pocos persas consiguieron regresar a sus hogares.
Evidentemente, no eran los Diez Mil. Su rey los había abandonado hacía mucho
tiempo. En efecto, en el otoño anterior, tras la derrota de Salamina, Jerjes
había regresado a la seguridad de su corte.
Aunque Jenofonte sugiere en varios pasajes de su obra que la pesada
panoplia de bronce, hierro y madera de los Diez M il no encontró parangón en
ningún rincón de Asia, la superioridad tecnológica no es argumento suficiente
para explicar la m ilagrosa hazaña de los griegos. Tampoco hay pruebas de que
éstos fueran “ diferentes” por naturaleza a los hombres del rey Artajerjes. La
teoría seudocientífica posterior que sostiene que los europeos eran racialmente
superiores a los persas no encuentra ejemplos prácticos en ningún griego de la
época. Los Diez Mil eran, en efecto, mercenarios veteranos inclinados al
pillaje y el robo, pero en modo alguno fueron más salvajes o belicosos que
otros invasores o saqueadores de la Antigüedad; tampoco constituían una comunidad
más amable o moral que las tribus a las que se enfrentaron en Asia. La religión
griega no otorgaba un alto premio por poner la otra m ejilla ni predicaba la
anormalidad o amoralidad de la guerra. El clima, la geografía y los recursos
naturales tampoco nos aclaran gran cosa. Los hombres de Jenofonte no podían
menos que envidiar a los habitantes de Asia Menor, cuyas tierras cultivables y
riquezas naturales contrastaban marcadamente con la pobreza del suelo griego.
De hecho, era frecuente advertir a los hombres que los griegos que emigraban
hacia el este corrían el riesgo de convertirse en “comedores del letárgico
loto” , en víctimas de un paisaje natural mucho más rico que el suyo.
Lo que la Anábasis prueba, por el contrario, es que los griegos luchaban
de forma muy distinta a la de sus adversarios y que sus singulares
características combativas -conciencia de la libertad personal, superior
disciplina, armas sin parangón, cam aradería igualitaria, iniciativa
individual, flexibilidad táctica, adaptación al terreno, preferencia por las
batallas de choque con tropas de infantería pesada- constituían los mortíferos
dividendos de la cultura helénica en general. El peculiar modo de matar de los
griegos nacía de un gobierno consensuado, de la igualdad existente entre las
clases m edias, del control civil de las cuestiones militares, de la libertad y
el individualismo, del racio nalismo y de una política separada de la
religión. La ordalía de los Diez Mil, atrapados y al borde de la extinción,
descubrió la conciencia de la polis innata a todos los soldados griegos, que en
aquella campaña se dirigieron a sí mismos exactamente igual que como lo hacían
como civiles en sus respectivas ciudades-Estado.
20
De una form a o de otra, a los Diez M il los seguirían invasores
europeos igualmente brutales: Agesilao y sus espartanos, el capitán mercenario
Cares, Alejandro Magno, Ju lio César y los siglos de dominación de las
legiones, los cruzados, Hernán Cortés, los navegantes portugueses de los mares
asiáticos, los casacas rojas británicos en India y Africa, y otros cientos de
ladrones, bu caneros, colonos, mercenarios, imperialistas y exploradores. La
mayor parte de las fuerzas expedicionarias occidentales que se organizaron
posteriormente eran inferiores en número y combatían a menudo lejos de su país.
Sin embargo, vencieron a enemigos superiores y se valieron en diversos grados
de muchos elementos de su cultura, la occidental, para masacrar sin piedad a
sus oponentes.
Que durante la larga historia bélica de Europa la principal preocupación
militar de cualquier ejército occidental haya sido otro ejército occidental es
casi un lugar común. Pocos griegos murieron en la batalla de Maratón (490
a.C.), pero varios miles cayeron en los enfrentamientos que posteriormente
tuvieron lugar en Nemea y Coronea (394 a.C.), y es que aquí los griegos
luchaban contra los griegos. En las Guerras Médicas (490-479 a.C.) cayó un
número de griegos relativamente reducido. En cambio, la guerra del Peloponeso
(431-404 a.C.), un conflicto intestino entre los propios Estados griegos, fue
un atroz baño de sangre. El propio Alejandro mató a más europeos en Asia que
los cientos de miles de persas que lucharon al mando de Darío III . Las guerras
civiles de Rom a estuvieron a punto de arruinar la República, algo que a Aníbal
le quedó muy lejos. Waterloo, el Somme y la playa de Omaha confirman el
holocausto que se produce cuando un occidental ataca a otro occidental.
Esta obra se propone explicar por qué es así, por qué los occidentales
han sido tan diestros a la hora de aprovechar los valores de su civilización
para matar a otros, a la hora de guerrear de m anera brutal sin caer ellos
mismos en la batalla. A l hablar del pasado, del presente y del futuro, el
relato del dinamismo de los ejércitos en el mundo es en última instancia una
investigación de la capacidad militar de Occidente. Es verdad que una
generalización tan amplia puede contrariar a muchos estudiosos de la guerra; no
me cabe duda de que muchos profesores universitarios tacharán de chovinista, o
de algo peor, tal aserción y citarán para refutarla todas sus excepciones,
desde el paso de las Termopilas hasta Little Bighorn. Es cierto, además, que el
común de los ciudadanos no es consciente de las continuadas y singulares
propiedades mortíferas de su cultura en lo relativo a las armas. Y sin embargo,
durante los últimos 2.500 años -incluso en la alta Edad M edia, mucho antes de
la “revolución militar” y no simplemente como resultado del Renacimiento, el
descubrim iento de Am érica o la Revolución Industrial-, han existido en
Occidente una práctica de la guerra compartida, un fundamento común y un método
continuado de combatir, que han hecho de los europeos los soldados más letales
de la historia de la civilización.
27
LA PRIMACÍA DE LAS BATALLAS
LA GUERRA COMO CULTURA
No me interesa analizar aquí si la cultura militar europea es moralmente
superior o mucho más infortunada y destructiva que la de los pueblos no
occidentales. Los conquistadores que pusieron fin a las torturas y sacrificios
humanos que se realizaban en la Gran Pirámide de Ciudad de M éxico provenían de
una so ciedad que se movía entre la Santa Inquisición y una feroz Reconquista,
y dejaron a su estela un Nuevo Mundo enfermo y casi en ruinas. Tampoco me
preocupa gran cosa determinar la justicia o injusticia de algunas guerras, es
decir, si el mortífero Pizarro, que con tanta calma anunció en Perú: “ L a
época inca ha terminado” , era mejor o peor que sus homicidas enemigos, o si,
por encima de todo, India padeció la colonización británica o extrajo algún modesto
be neficio de la misma, o si los japoneses y norteamericanos tenían motivos
para bombardear Pearl Harbor o incendiar Tokio. Prefiero no fijar mi curiosidad
en las tinieblas del corazón del hombre occidental, sino en su habilidad para
combatir y, más concretamente, en el modo en que su destreza militar refleja
prácticas sociales, económicas, políticas y culturales que en apariencia tienen
muy poco que ver con la guerra.
La correspondencia entre valores sociales y cultura bélica no es
original, al contrario, su pedigrí es antiguo. Los historiadores griegos, cuyas
narraciones se centran en la guerra, casi siempre procuraron extraer de sus
relatos lecciones culturales. Ya en la Historia de la guerra del Peloponeso, de
Tucídides, que relata acontecimientos sucedidos hace casi 2.500 años, el
general espartano Brasidas desprecia la capacidad militar de las tribus de
Iliria y M acedonia que se en frentaban a sus hoplitas de Esparta. Aquellos
hombres, dice Brasidas de sus salvajes adversarios, no tenían disciplina y por
tanto no podían aguantar una batalla de desgaste. “ Como todas las plebes”, los
miembros de aquellas tribus mudaban su feroz ademán por chillidos de miedo
cuando se enfrentaban al frío metal de los disciplinados hombres que los
atacaban. ¿Por qué? Porque, como Brasidas les dice a sus soldados, esas tribus
eran el producto de culturas en las que “las masas no gobiernan sobre unos
pocos, sino que más bien son las minorías las que gobiernan a las mayorías”
(Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, IV. 126). *
En contraste con aquellos enormes ejércitos formados por “bárbaros”
chillones, carentes de gobiernos de consenso y de constituciones escritas,
“formidables por su número, con su insoportable clam or y la temible apariencia
de las armas que blanden en el aire [...], los ciudadanos de Estados como los
vuestros” ,
* Madrid, Gredos, 1991, traducción d e ju a n j. Torres Esbarranch.
22
aseguraba Brasidas a sus hombres, “mantienen la posición” . Adviértase
que Brasidas no dice nada ni del color de la piel, ni de la raza, ni de la
religión. Por el contrario, se limita a relacionar la disciplina militar, el
mantenimiento de la formación y la preferencia por la batalla de choque con la
existencia de gobiernos de consenso, que otorgan a los soldados integrados en
las falanges un espíritu y un sentido de igualdad superiores a los de sus
enemigos. Aunque algunos consideren el interesado retrato de Brasidas de
aquellas tribus frenéticas una “fantasía” o una “ficción” propia del chovinismo
occidental, o discutan si la oligarquía de Esparta era un gobierno de base
mayoritaria, o aduzcan que la infantería europea ha sufrido en muchas ocasiones
las emboscadas y el acoso de guerrillas más débiles e inferiores en número,
resulta indiscutible que entre las huestes de infantería de las ciudades-Estado
griegas gobernadas mediante una Constitución la disciplina era tradición, cosa
que no ocurría con los pueblos tribales del norte.
En un análisis que señale la relación entre guerra y cultura, ¿por qué
debemos concentrarnos en las pocas horas que dura una batalla y en la
experiencia de combate del soldado medio y no en el impulso épico de las
guerras, con su adi tamento de gran estrategia, maniobras tácticas y vastos
teatros de operaciones, que tan bien se prestan a una exégesis cultural y
social detallada? La historia militar no debe desviarse jamás del trágico
relato de las matanzas bélicas, que en última instancia se basa únicamente en
las batallas. Es la cultura a la que pertenecen los soldados la que determina
que miles de hombres en su mayoría inocentes vivan o mueran a la hora señalada
para la lucha. Cuando llega la batalla, capitalismo o militarismo cívico dejan
de ser meras abstracciones y se transforman en realidades concretas que deciden
si, por ejemplo en Lepanto, los campesinos turcos de veintiún años han de
sobrevivir o ser arponeados de a miles, o si, en Salamina, los zapateros y los
curtidores atenienses pueden volver seguros a sus casas tras la carnicería o
teñir con su propia sangre las playas del Ática.
H ay una verdad intrínseca en cada enfrentamiento. Es difícil disfrazar
el veredicto dictado por un campo de batalla y es casi imposible soslayar una
explicación sobre los muertos o hacer pasar por victoria una derrota lamenta
ble. Las guerras son la suma de muchas batallas, y éstas el relato de cómo
mueren o viven muchos seres humanos. Como han señalado observadores tan
diversos como Aldous Huxley o John Keegan, escribir sobre un conflicto no es
limitarse a hablar de la superioridad de los fusiles o las tropas imperiales o
del incom parable filo del gladius romano, sino también, y sobre todo,
describir el impacto de una bala de ametralladora en la frente de un soldado
adolescente o el des garro que sufren las arterias y los órganos vitales de un
galo anónimo. Hablar de la guerra de cualquier otro modo es una especie de
inmoralidad. La idea de que, cuando reciben un balazo, los soldados,
sencillamente, caen como
dormidos y no quedan destrozados, pensar que los generales mandan
batallones y compañías de autómatas impersonales al fragor de la batalla en
lugar de a veinteañeros que en medio de los gritos y del polvo se precipitan a
través de una cortina de plomo tiene poco que ver con un enfoque científico y
cultural amplio y acertado.
En las descripciones bélicas, los eufemismos o las omisiones del
historiador militar pueden constituir una ofensa criminal. No es casualidad que
los autores de talento que se han ocupado de las guerras -desde Homero,
Tucídides, César, Víctor Hugo y León Tolstoi hasta Stephen Runciman, Jam es
Jones y Stephen Am brose- equiparen las tácticas a la sangre, la estrategia a
los cadáveres. ¿Cómo es posible escribir sobre los asuntos culturales más
amplios que rodean a la guerra sin describir cómo matan y mueren los hombres
que participan en ella, sin recordar que se les hurta su juventud, que sus
robustos cuerpos empapan de sangre los campos de batalla?
Porque se lo debemos a los muertos es preciso descubrir, cueste lo que
cueste, de qué modo y por qué la práctica del gobierno, la ciencia, la ley y la
religión determinan el destino de los miles de soldados que se dan cita en un
campo de batalla. Durante la Guerra del Golfo (íggo-iggi), el diseñador de una
bomba inteligente norteamericana, el encargado de su montaje en la planta de
fabri cación, el oficial de logística que la solicitó, la recibió, la almacenó
y la colocó en un avión actuaron de modo muy distinto a sus homólogos iraquíes
-si es que tales homólogos existían-, garantizando con su conducta que el
inocente recluta del ejército de Sadam Hussein saltase por los aires antes de
tener la menor oportunidad de escapar del ataque, morir con heroísmo o matar al
piloto que lo mató. El hecho de que los adolescentes iraquíes apareciesen como
objetivos en las luminosas pantallas de vídeo de los sofisticados equipos de
los helicópteros estadounidenses y no al revés, o de que soldados
norteamericanos procedentes, por ejemplo, del frío Minesota estuvieran mejor
pertrechados para combatir en el desierto que los soldados de la cercana y
calurosa Bagdad se debe, sobre todo, a que el patrimonio cultural heredado por
ambos era muy distinto y, casi nada, a la valentía y a los accidentes
geográficos o genéticos que diferen ciaban a unos de otros. En última
instancia, la guerra consiste en matar. Su crónica resulta absurda cuando el
historiador ignora o pasa por alto la tras cendencia de las muertes que
ocasiona.
LAS GRANDES BATALLAS
L a idea de estudiar algunas “batallas decisivas” elegidas de modo
arbitrario ha caído en descrédito. Hay estudios ya clásicos, como TheFifteen
DecisiveBattles o f the World [Quince batallas decisivas de la historia
universal], de sir Edward
24
Creasy; Decisive Battles Since Waterloo [Batallas decisivas desde
Waterloo], de Thomas Knox, o Batallas decisivas del mundo occidental; de
Salamina a Madrid, d e j . F. C. Fuller. Tales compendios pretendían demostrar
que el devenir de la civilización puede residir en el éxito o fracaso de una
determinada carga llevada a cabo en el transcurso de una batalla decisiva, en
esos actos de cobardía, arrojo y fortuna individual que Edward Creasy llamó
“probabilidades huma nas” , en esos gestos que entran en conflicto con “
causas y efectos” de mayor envergadura y con las corrientes deterministas que
el propio Creasy calificó de “fatalistas” .
Las grandes batallas se estudiaban también por ser consideradas dignas
de un análisis ético y moral. “H ay una grandeza innegable”, decía Creasy en el
pre facio de la obra citada, “ en la valentía disciplinada y en el aprecio por
el honor que impulsa a los combatientes a hacer frente al sufrimiento y la
destrucción” (p . V il) . Las batallas sacan a relucir al cobarde o al héroe
que hay en todos nosotros. Según la lógica del siglo XIX, no hay mejor manera
de forjar el carácter que mediante la lectura y el estudio del heroísmo o la
cobardía inherentes a las luchas del pasado. A prim era vista, parece difícil
discutir algunas de las afirmaciones de Edward Creasy, como la de que las
batallas modifican la historia y ofrecen una lección moral imperecedera. Si Temístocles
no hubiera estado presente en Salamina, los griegos, en la vulnerable infancia
de la civilización occidental, muy bien podrían haber caído primero derrotados
y a continuación subyugados, convirtiéndose en la satrapía más occidental de
Persia, con re sultados catastróficos para la historia subsiguiente de Europa.
Asim ism o, podem os aprender una gran lección de audacia m arcial leyendo
sobre la formidable carga de los falangistas de Alejandro en Gaugamela, o el
alto precio de la locura de los mandos romanos en las páginas que Tito Livio
dedica a Cannas. Sin embargo, me propongo recuperar el decimonónico género de
las grandes batallas debido a un propósito enteramente distinto al de revelar
lo que sucedió en algunas horas decisivas de la historia o establecer algún
postulado acerca de la gallardía de la guerra. Y es que en las batallas se
produce también una suerte de cristalización cultural. En la batalla, los
principios más sutiles y ocultos de una sociedad, que hasta el momento parecían
o bien turbios o bien indefinidos, adquieren un carácter afilado y preciso y
con una impie dad y resolución desconocidas se aplican a una sola finalidad:
el asesinato organizado.
Ninguna otra cultura que no fuera la occidental podría haber dado
muestras de la disciplina, moral y destreza tecnológica en el arte de matar que
los europeos pusieron de manifiesto en la locura de Verdún, un enfoque
industrial de la matanza distinto incluso a la masacre tribal más horrenda.
Ninguna tribu de indios americanos, ningún impi zulú podría haber reunido,
asistido, armado - y hecho matar y reem plazado- a tantos cientos de miles de
hombres para
combatir durante meses y meses por una causa tan políticamente abstracta
como la suerte de una nación Estado. Los apaches más aguerridos, protagonistas
de las incursiones más audaces y homicidas de las Grandes Llanuras, se habrían
marchado a sus poblados tras la primera hora de combates en Gettysburg.
Por igual motivo, existían pocas posibilidades de que en los oscuros
días de diciembre de 1941, cuando Gran Bretaña estaba contra las cuerdas, los
nazis a las puertas de Moscú y los japoneses volando sobre Hawai, el gobierno
nor teamericano hubiera ordenado a miles de sus pilotos que se estrellasen
contra la enorme flota de portaaviones del almirante Yamamoto o lanzasen en
picado sus B-17 contra las refinerías de petróleo alemanas. Tras el
catastrófico revés de Asdrúbal en Metauro, no existía la menor probabilidad de
que la Asam blea de Cartago, como había hecho Rom a después de la mucho más
grave matan za de Cannas, ordenase una reunión general de todos los ciudadanos
físicamente capaces, la convocatoria de una verdadera nación en armas dispuesta
a aplas tar a las odiosas legiones. Sólo en las batallas vislumbramos razones
poderosas de cómo y por qué los hombres matan y mueren, que resultan muy
difíciles de ocultar y más aún de ignorar.
H ace un siglo, Edward Creasy aseguró que la victoria de Alejandro en
Gaugam ela “no sólo consiguió derrocar a una dinastía oriental, sino
sustituirla por unos soberanos europeos. Además, quebró la monotonía del mundo
oriental y dejó en él la impronta de la energía y superior civilización de
Occidente, incluso a pesar de que la misión de Inglaterra en el presente -es
decir, en los comienzos del siglo X X - sea romper con el estancamiento mental
y moral de India y Catay e introducir a ambos territorios en la formidable
corriente de co mercio y conquista del mundo anglosajón” (p. 63). Casi todo lo
que se afirma en este párrafo es falso, excepto una asociación indiscutible:
“Occidente” y “energía” . Inglaterra estaba en India, India no estaba en
Inglaterra. Los foraji dos de Alejandro no eran emisarios de ninguna cultura y
si se dirigieron hacia el este no fue en virtud de ninguna misión “
civilizadora”, sino con la intención de saquear nuevos territorios y en busca
de botín. Sin embargo, es cierto que mataron sin morir a causa de una tradición
militar que durante siglos había demostrado ser muy distinta a otras doctrinas
militares del mundo antiguo y producto de una cultura social, económica y
política diferente a la de la Persia aqueménida.
No he escogido las nueve batallas a que dedico este libro únicamente
porque el destino de una civilización pendiera de su resultado, aunque no hay
duda de que en Salamina, Gaugam ela y Ciudad de M éxico ése fue el caso.
Tampoco he elegido esos enfrentamientos porque destaquen por el heroísmo o
gallardía de los combatientes, cualidades éticas en las que supuestamente
apreciamos o no la fibra moral o el carácter nacional de un grupo humano.
Aunque es cierto
26
que el armamento, la disciplina y la organización de un ejército pueden
sin duda magnificar o atenuar el espíritu marcial de un hombre, la valentía, en
tanto que característica humana universal, nos dice muy poco acerca de la
capacidad de destrucción de los soldados de un pueblo en particular o de su
cultura en general. Los europeos no eran ni más inteligentes ni más intrépidos
que los nativos africanos, asiáticos y am ericanos a quienes generalmente
masacraron. Es posible que los guerreros aztecas a los que los cañones de
Cortés hicieron trizas o los zulúes aniquilados por los fusiles Martini-Henry
en Rorke’s Drift [Barranco de Rorke] fueran los guerreros más valientes de la
historia de la guerra. Los intrépidos pilotos norteamericanos que hundieron el
Kaga en M idway no eran más audaces que los bravos japoneses que perecieron en
su cubierta de vuelo.
Me declaro también incapaz de ofrecer “lecciones” militares de validez
universal. El lector no encontrará en este estudio un análisis de los grandes
errores tácticos que condenaron a ejércitos enteros: batallas imprudentes como
Kursk, que arruinó a los panzers alemanes en Rusia, o expediciones desgraciadas
como la de Varo, que finalizó con miles de bajas y puso fin a cualquier
posibilidad de incorporar Germania al Imperio romano. Ciertamente, hay algo en
la idea de que existe un “ arte de la guerra” imperecedero que trasciende los
siglos y los continentes, pero es más propio de los hombres que combaten en una
batalla que de una cultura específica: la concentración de fuerzas, el
aprovecham iento de la sorpresa, la necesidad de proteger las líneas de suministro,
etcétera. Lo cierto es que gran parte de los libros dedicados al estudio de las
batallas ya se han escrito, y sin embargo, en su esfuerzo por dar con esas
verdades universales que desvelen cómo se ganan o se pierden las guerras, tales
obras no consiguen desentrañar con qué bagaje cultural entran los ejércitos en
los campos de batalla.
Por mi parte, en cambio, he escogido los enfrentamientos que jalonan
este libro por lo que nos revelan de la cultura europea en general y más
concreta mente de los elementos esenciales de la civilización occidental. Las
batallas que he seleccionado son “ decisivas” no tanto por su importancia
histórica, sino porque nos descubren de qué modo combate una sociedad, son como
instantáneas de una tradición cultural de hacer la guerra, no capítulos progre
sivos en una historia global de la guerra tal como la comprendemos los occi
dentales. Además, no todas ellas son victorias europeas. Cannas, por ejemplo,
fue una horrible derrota romana; la ofensiva del Tet resultó muy embarazosa
para la política norteamericana. Tampoco son combates entre un contingente
exclusivam ente occidental y otro no occidental. Y es que podemos extraer
lecciones muy valiosas del fenómeno de la occidentalización de los ejércitos de
Cartago, del Japón im perial y de los combatientes norvietnamitas: todos ellos
adoptaron hasta cierto punto tácticas y armamentos occidentales que
27
les otorgaron en el campo de batalla ventajas que no pudieron igualar
sus vecinos africanos o asiáticos y que, con el tiempo, les permitieron matar a
miles de occidentales. A este respecto, tiene que haber un hilo conductor que
explique por qué Darío III contaba con soldados griegos entre sus tropas, por
qué los otomanos trasladaron su capital a la recién conquistada Constantinopla,
una ciudad europea, por qué los zulúes utilizaron fusiles Martini-Henry en
Rorke’s Drift, por qué el Soryu actuó en M idway como el Enterprise y por qué
el AK-47
y el M-16 parecen casi idénticos.
Además, lo contrario no se cumple: Alejandro no unió a los Inmortales a sus
ejércitos, los cruzados no trasladaron la capital de Francia o Inglaterra a las
conquistadas Tiro o Jerusalén, los británicos no equiparon sus regimientos con
azagayas y la marina norteamericana no instituyó la enseñanza de la esgrima
samurái.
En un esfuerzo por identificar temas compartidos y recurrentes, he
optado por la diversidad en un sentido am plio: batallas en el mar, en el aire
y en tierra; batallas en el Nuevo Mundo, en el Mediterráneo y en el Pacífico, y
en Europa, A sia y Africa; batallas enormes o relativamente pequeñas; batallas
cruciales como Midway y batallas en última instancia irrelevantes como Rorke’s
Drift; batallas entre colonos y aborígenes, o de Estados contra imperios, o de
una religión frente a otra. Asimismo, he procurado ilustrar los rasgos
distintivos del modo occidental de hacer la guerra en casos más que
improbables:por ejemplo, el valor del militarismo cívico en Cannas, donde un
ejército de mercenarios aplastó al ejército romano; la supremacía de la
infantería durante la alta Edad Media, época de supuesta impotencia occidental
en la que se creía que bastaban los caballeros para dominar el campo de
batalla; la singularidad de la tecnología y la ciencia occidentales entre los
conquistadores, que sin embargo eran producto de la Inquisición y la
Reconquista; la superioridad de la disciplina occidental frente a los zulúes,
que constituían el ejército indígena más disciplinado y organizado de África; y
el valor de la disensión y de la autocrítica durante la ofensiva del Tet,
cuando una victoria clara en el campo de batalla se transformó en derrota por
mor de una oposición qu e quizá pecó de exceso de celo. Es fácil darse cuenta
de que el militarismo cívico o la infantería pesada salvaron a Occidente en
Platea, que las tropas de Inglaterra, Francia y Alemania encar naban la
excelencia de la tecnología occidental, y que los ejércitos coloniales eran más
disciplinados que los isleños del Pacífico. Sin embargo, podemos aprender más
de la flexibilidad y resistencia de Europa y de su cultura a través de esos
escenarios críticos, aunque en ellos, al menos a primera vista, la manera
occidental de hacer la guerra carece de dinamismo o parece del todo contra
producente para la consecución de la victoria.
Aparte de ocuparse únicamente de enfrentamientos en los que un ejército
básicamente occidental se enfrenta a otro no occidental, la única otra
constante que recorre este estudio es la cronológica. Com ienzo por la
Antigüedad y
28
concluyo en el mundo contemporáneo, empiezo con lanzas y concluyo con
aviones a reacción. El énfasis en la Antigüedad clásica es deliberado, porque,
si bien es cierto que una m ayoría de historiadores admite que los europeos
ejercieron un gran dominio del mundo de las armas entre los siglos XVI y X X ,
pocos sostienen que, en la guerra, Occidente gozó desde su creación de diversas
ventajas sobre sus adversarios o que tal dominio no se basaba exclusivamente en
la superioridad de su armamento, sino en su dinamismo cultural. Las batallas
decisivas de que me ocupo no reflejan cambios evolutivos radicales en el arte
de la guerra. Si la manera de hacer la guerra de los occidentales era cada vez
más sofisticada y letal, sus rasgos principales quedaron firmemente establecidos
en la Antigüedad clásica. En consecuencia, los enfrentamientos que he elegido
reflejan un territorio compartido en la práctica de la guerra. L a libertad de
expresión, por ejemplo, era fundamental en el ejército griego que luchó en la
primera batalla examinada, Salamina, pero también en el ejército estadounidense
que combatió 2.500 años más tarde en la ofensiva del Tet, nuestro último
ejemplo. En mi opinión, que sostengo a lo largo de todo el libro, lo que
condujo a la presente superioridad occidental en el terreno bélico (“Tercera
parte: control”) no fue una modificación esencial o una mejora del paradigma
militar clásico (“Primera parte: creación”), sino su gradual difusión por
Europa y el hemisferio occidental (“Segunda parte: continuidad”). La cuestión
de la herencia cultural es controvertida pero vital desde un punto de vista
histórico, y sus consecuencias para el futuro son muy importantes, porque nos
sugiere que, pese a la prolife ración de tecnologías muy avanzadas también en
el mundo no occidental, la capacidad mortífera de Occidente no disminuirá.
Los más críticos buscarán otros ejemplos, aducirán los reveses sufridos
por Occidente. Sin embargo, horribles desastres como el de Carras (53 a.C.) no
afectan a la generalizada superioridad de los ejércitos occidentales. Partía
está más allá del Eufrates y las legiones que allí perecieron, a miles de
kilómetros de la metrópoli, no suponían más que una quinta parte de las tropas
de que a la sazón disponía Rom a. Adrianópolis (378) y M anzikert (1071)
supusieron derrotas enormes para las tropas occidentales, pero los romanos y
los bizantinos masacrados en ambas batallas eran muy inferiores en número a sus
adversarios, combatían muy lejos de sus países, fueron víctimas de una jefatura
desastrosa y no eran, en definitiva, otra cosa que los reacios emisarios de dos
imperios en decadencia. Algunos dirán “ ¿y Dien Bien Phu?”, olvidando que el
Vietminh derrotó a los franceses en suelo vietnamita y no francés y que
contaba, no con armamento autóctono, sino con artillería, misiles y armas
automáticas fabricadas en Occidente, y estaba además formado por patriotas que
defendían su país y contaban con la inestimable ayuda de China, mientras las
francesas eran tropas coloniales sin un respaldo decidido de su metrópoli. En
Oran, Afganistán, Argel, Marruecos e India, los españoles, franceses y
británicos fueron aniquilados, pero
*9
fueron cercados, no contaban con apoyo logístico y se enfrentaban a un
enemigo superior en número y equipado con armas europeas.
Por cada Isandhlwana, un enfrentamiento en el que un contingente
occidental muy escaso y mal dirigido se vio sorprendido y masacrado por los
indígenas, hay un Rorke’s Drift, batalla en la que 139 soldados británicos
lograron conte ner a 4.000 zulúes. ¿Es posible imaginar lo opuesto, es decir,
que un puñado de zulúes acabe con miles de casacas rojas armados con fusiles?
En todo caso, ni la matanza de los británicos ni la muerte de los zulúes
invalidan esa verdad general que nos dice que los ejércitos europeos lucharon
contra los africanos con mejores armas, logística, organización y disciplina, y
se impusieron por tanto pese a la valentía de los nativos y su enorme
superioridad en número. Por lo demás, todas las guerras contra los zulúes se
libraron en suelo africano y es sin duda inconcebible que éstos llegasen a
pensar siquiera en la idea de invadir Inglaterra. Cuando el rey zulú Cetshwayo
acudió a Londres, estaba ya derrotado, era sobre todo una curiosidad pintoresca
y llegó vestido con traje y corbata, para asombro y satisfacción de la sociedad
victoriana.
IDEAS OCCIDENTALES
¿PREEMINENCIA OCCIDENTAL?
Tras la hegemonía política y económica de Occidente se encuentra, en el
pasado y en el presente, la peculiar potencia de sus armas. A ambos lados en
los actuales frentes de combate, los uniformes de los ejércitos del mundo son
casi idénticos. En efecto, los iraquíes visten de caqui y camuflaje y llevan
botas occidentales cuando luchan contra los iraníes, y lo mismo les sucede a
los somalíes que se enfrentan a los etíopes. Todos los ejércitos se distribuyen
en compañías, brigadas y divisiones, una organización que a su vez está
inspirada en las formaciones del ejército romano. Los tanques chinos parecen
europeos, las ametralladoras africanas son como las estadounidenses y los cazas
asiáticos no han incorporado sistemas de propulsión inventados en Corea o Cam
boya. Si las autocracias del Tercer Mundo compran armas a China, India o
Brasil, lo hacen porque estos países son capaces de copiar y producir armas
diseñadas en Occidente, pero a un coste muy inferior. Los ejércitos indígenas
de Vietnam y Am érica Central han conseguido grandes éxitos contra los
europeos, pero debido en gran medida a que contaban con armas automáticas,
munición y explosivos fabricados si guiendo los modelos occidentales.
Cierta escuela histórica, es cierto, ha afirmado que las tropas no
europeas en modo alguno eran inferiores a los ejércitos occidentales, pero un
estudio detallado de los casos en que se apoya este argumento -los reveses
sufridos
3 °
en el Pacífico, Asia, África y ambas Am éricas- revela detalles
recurrentes y sin duda explicables desde un punto de vista lógico. Con
frecuencia, los europeos que fueron derrotados eran inferiores en número y
luchaban lejos de Europa. Sus vencedores em plearon por lo general armamento
europeo o de tipo europeo, y sus victorias rara vez condujeron a la
capitulación o el armisticio. Sólo algunas regiones de África y Asia -N epal,
Tíbet, Afganistán y Etiopía-se resistieron a la entrada de los europeos, y los pueblos
que sí consiguieron vencerlos -Japón, en la m ayoría de los casos- emulaban la
doctrina militar europea casi por completo. Después de la batalla de las
Termopilas, y con la excepción de los árabes en España y de los mogoles en
Europa oriental, no existe prácticamente ningún ejemplo en el que un ejército
no occidental haya derrotado a un ejército europeo dentro de la propia Europa y
con armas no europeas. Que a veces los ejércitos coloniales europeos tuvieran
que hacer frente a guerreros nativos muy superiores en número y equipados con
armas occi dentales, y que sólo entonces fueran aniquilados, explica poco la
supuesta debilidad militar de Occidente.
Otras veces, los críticos de la idea del dominio militar de Occidente
señalan con cuánta facilidad se transmite la tecnología y aducen, por ejemplo,
que los nativos norteamericanos eran mejores tiradores que los colonos europeos
o que los marroquíes aprendieron el manejo de los cañones portugueses con gran
rapidez. Pero, paradójicamente, estos argumentos demuestran lo contrario de lo
que pretenden. Fueron los británicos quienes estuvieron en el Nuevo Mundo y
vendieron armas a los nativos, y no al contrario; por su parte, los marroquíes
no se presentaron en Lisboa y enseñaron a los portugueses el arte de la
artillería pesada islámica. En este caso se confunde esa cualidad del hombre
que consiste en manejar, dom inar y m ejorar una herram ienta con el hecho de
crear un contexto político, social e intelectual propicio a la investigación
científica, la difusión popular del conocimiento y su aplicación práctica y
ventajosa para el arte de la producción en masa, que es una cuestión
enteramente cultural.
Com o verem os al ocuparnos de Cartago y Japó n , el controvertido
asunto de la occidentalización se reviste de un cariz reduccionista y a veces
absurdo: no existe un concepto militar llamado “orientalización” entre las
fuerzas ar madas de los países occidentales, al menos no en el sentido de que
adopten en bloque la tecnología y la doctrina m ilitar de los países no
occidentales. Meditación, religión o filosofía no son conceptos equiparables a
producción industrial, investigación científica o innovación tecnológica.
Importa poco dónde fue descubierta un arma por vez primera, importa mucho más
si se produjo en masa y cómo, si experimentó mejoras constantes y si el
ejército la empleó o no. Pocos estudiosos, sin embargo, son capaces de separar
moralidad y energía. Es por ello que toda investigación de las causas del
predom inio militar de Occidente se desarrolla bajo la sospecha de chovinismo
cultural.
3 1
¿NATURALEZA Y NO CULTURA?
¿Es la hegemonía occidental producto de la suerte, las condiciones
geográfi cas y los recursos naturales, o un fruto tardío debido en gran parte
al descu brimiento y posterior conquista del Nuevo Mundo (1492-1700) o a la
Revolución Industrial (1750-1900)? Para explicarla, m uchos aluden a las
bendiciones geográficas y naturales de Occidente. Según esta idea, que
popularizó Fernand Braudel y más recientemente difundió Jared Diamond, la
“evidente” ventaja tecnológica de Occidente en, por ejemplo, la fabricación de
acero o armas de fuego se debe en gran medida a causas más “profundas” y en su
mayoría accidentales. El eje geográfico euroasiático se vio, por ejemplo,
favorecido por una temporada de cultivo prolongada, un tipo distinto de cría
animal y una gran diversidad de especies. A consecuencia de ello, se produjo un
aumento de la población urbana y de la dom esticación de animales que tuvo como
consecuencia el crecimiento de gérmenes mortales capaces de diezmar, por no
haber estado expuestas a los virus, a las comunidades extranjeras, y creó una
suerte de inmunidad biológica. La topografía europea, además, dificultaba el
acceso de los pueblos nóm adas hostiles y, al mismo tiempo, fom entaba la
competencia entre las distintas culturas del continente, cuyas rivalidades y
con flictos daban pie a una constante innovación. Europa tuvo la fortuna de
contar con minerales imprescindibles en la producción de acero y de otros
muchos productos que posibilitaban la modernización.
Pero, puesto que se han esforzado por desechar el argumento genético,
hay que felicitar a los deterministas. Los europeos, por supuesto, no eran por
naturaleza más inteligentes que los asiáticos, los africanos o los nativos del
Nuevo Mundo. Claro que tampoco eran genéticamente más estúpidos, como con tan
poca fortuna ha sugerido el determinista Ja red Diamond. En una alusión
especialmente perturbadora a la inteligencia racial, Diamond se decanta por la
inferioridad genética de la mente occidental:
Los nativos de Nueva Guinea [...] me impresionaron. Por norma ge neral
eran más inteligentes, más expresivos y estaban más alerta y demostraban m ayor
interés por las cosas y las personas que el europeo o el norteamericano medio.
En ciertas tareas que, como razonablemente podemos suponer, reflejan aspectos
de las funciones cerebrales, como la habilidad para trazar un mapa mental de
unos alrededores descono cidos, son considerablem ente más aptos que los
occidentales (Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero).
Me pregunto cuál habría sido la reacción de algunos críticos si Diamond
hubiera yuxtapuesto a la expresión “nativos de Nueva Guinea” el sustantivo
“europeos” .
¿Acaso hemos de creer que a Colón, en medio del océano, le faltaba esa
función cerebral que, al parecer, permite trazar un “m apa mental de unos
alrededores desconocidos” ?
Los esfuerzos de aquellos que pretenden reducir la historia a cuestiones
biológicas y geográficas desprecian el poder y el misterio de la cultura y con
demasiada frecuencia parecen teñidos de desesperación. Si es cierto que la
civilización china dio al mundo la pólvora y el papel, nunca desarrolló el
entorno cultural necesario para que el conjunto de la población compartiese
tales descubrimientos y, por tanto, para que sus individuos más emprendedores
los modificasen y mejorasen a fin de adaptarlos a las circunstancias cambiantes
del entorno. Esa rigidez no se debió a una “unidad crónica de China”, ni fue el
resultado de un “litoral suave” y sin islas, sino a que un conjunto complejo de
condiciones favorecía la autocracia imperial, que llegó a consolidarse en un
paisaje natural al fin y al cabo no muy distinto al del Mediterráneo.
Por el contrario, Rom a, cuya prolongada hegem onía es com parable en
duración a muchas de las dinastías de la China im perial, fue un imperio
especialmente innovador que extrajo su fuerza de la unidad y de casi cuatro
siglos de tranquilidad. Pese a la naturaleza generalmente antiutilitarista de
la ciencia clásica, los romanos desarrollaron y difundieron entre millones de
personas complejas técnicas de construcción en las que se utilizaban arcos,
cemento, prensas de tornillo y máquinas de bombeo, y fábricas capaces de pro
ducir todo tipo de suministros, desde armas y armaduras hasta tintes, pren das
de lana, vidrio y mobiliario. Además, el gobierno ejercía un control muy laxo
de la difusión o el uso del conocimiento. En el mismo sentido, los griegos desarrollaron
todo el poder de su sociedad en el enfrentamiento con otras culturas,
precisamente cuando, durante el período helénico, sus ejércitos nacio nales
devastaron Oriente. Los griegos aplicaron sus conocimientos científicos durante
la época de los diádocos, iniciando avances desconocidos en el período clásico,
durante el cual Grecia estaba compuesta por más de un millar de polis autónomas
y rivales. En realidad, fuera de China, la unidad política ha repor tado,
indistintamente, evolución o atrofia cultural. Ni la geografía ni la historia
política de China bastan para explicar su cultura.
Asimismo, debemos recordar que la tierra cultivable de Am érica es tan
rica como la de Europa, y favoreció la prosperidad de muchas de las dinastías
áulicas del Nuevo Mundo. China, India y África cuentan con una gran riqueza
mineral y disfrutan de temporadas de cosechas más provechosas que las del norte
de Europa. Es cierto que Roma y Grecia están situadas en el centro del
Mediterráneo y actúan por tanto como nexo comercial para todo tipo de bienes
procedentes de Europa, Oriente Próximo y el norte de África, pero lo mismo le
sucedía a Cartago, que gozaba de una situación tan afortunada como la de Rom a.
La verdad es que nunca sabremos las razones precisas de que la civilización
33
occidental nacida en Grecia y Roma se desarrollase de un modo tan
radicalmente distinto al de sus vecinos del norte, sur y este, especialmente
cuando el clima y la geografía de Grecia e Italia no eran m uy distintos a los
de España, el sur de Francia, la parte occidental de Persia, Fenicia o el norte
de Africa.
Según la corriente más reciente del determinismo biológico, ventajas
naturales como las tierras de regadío de la M edia Luna Fértil o las enormes
llanuras de Persia y China alientan la unidad política, lo cual es “m alo” ,
mientras que la adversidad climatológica y geográfica conduce a la guerra y al
conflicto, lo cual, en última instancia, es “bueno” . Sin embargo, Oriente no
tiene una geografía uniforme. ¿Quién puede determinar en qué se diferencia un
pequeño y aislado valle de Grecia de sus homólogos casi idénticos de Persia y
China? Los deter ministas modernos se adscriben sin saberlo al crudo
determinismo histórico de los griegos, a las teorías de Hipócrates, Heródoto y
Platón, que afirmaban que los rigores de la tierra continental griega
endurecían a los helenos y la pródiga Persia debilitaba a sus ciudadanos.
En realidad, pocas sociedades antiguas estuvieron en situación más
adversa que Grecia, vecina del reino aqueménida -un imperio de setenta millones
de habitantes-, situada en la frontera norte de los belicosos estados del
Oriente Próxim o, con una tierra cultivable menor a la mitad de su territorio,
sin un solo río navegable, con muy pocos recursos naturales aparte de unos
pocos bosques, algunas vetas metalíferas y escasas minas de oro, con una costa
meridional vulnerable al acoso de la flota persa y unas llanuras
septentrionales expuestas a la llegada de tribus nómadas procedentes de Europa
y el sur de Asia, y con sus pequeñas y frágiles polis isleñas más próxim as a
Asia que a Europa. ¿Hemos de culpar por tanto a sus montañas, que impedían los
cultivos de regadío a gran escala y guardaban m uy pocas riquezas, o a su
terreno escarpado de la fragmentación política que condujo a grandes
innovaciones de todo tipo? H ay que sustituir la vieja idea victoriana de que
Grecia acabó desangrándose a causa de sus luchas intestinas por la popular
noción biológica de que la diversidad natural desembocó en una “rivalidad” que
proporcionó a Occidente las ventajas necesarias para engancharse al carro de la
innovación.
Las cosechas de cereal del Egipto tolemaico (305-31 a.C.) alcanzaron
niveles asombrosos. Lejos de agotarse con el final de las dinastías egipcias,
el valle del Nilo floreció como nunca con la introducción de las técnicas
agrícolas griegas y romanas. Si los faraones estaban condenados a causa de las
dificultades naturales y de un terreno agotado, los Tolomeos, que habitaron su
mismo, idéntico y antiguo suelo, desde luego no lo estaban. Durante casi
quinientos años, Alejandría fue, cosa que a Karnak le habría resultado
imposible, el núcleo cultural y económico más importante del Mediterráneo.
¿Cómo habría sido esto posible si los miles de cosechas previas hubieran
empobrecido la cuenca del Nilo dejándola improductiva para los colonos griegos?
¿Por qué no utilizaron
34
los faraones el gran delta de Alejandría para crear un emporio en el
Mediterráneo que facilitase el comercio entre Asia, Europa y Africa?
Evidentemente, fue la cultura, y no la geografía, el clima o los recursos
naturales, lo que cambió en el Egipto del 300 a.C. con respecto al del año 1200
a.C.
Pero los cambios culturales pueden producirse no sólo en una misma
región, sino dentro de una misma comunidad. El silabario micènico lineal B del
si glo X III a.C. era una escritura torpe y mayormente pictográfica empleada
por el pequeño grupo de amanuenses que registraba los inventarios reales. El
idioma griego del siglo Vil a.C., por el contrario, estaba muy difundido y
facilitaba el cultivo de la ciencia, la filosofía, la prosa y la poesía.
Evidentemente, ni el clima ni la geografía ni los animales de la Grecia central
habían cambiado gran cosa en quinientos años. Lo que permitió que la lengua
escrita de la Grecia continental evolucionase de modo tan distinto al de otros
idiomas de la región mediterránea fue una drástica revolución en la
organización social, política y económica de las com unidades helénicas. Los
griegos de la cultura m icènica y los de las polis habitaban en el mismo lugar
y hablaban una lengua muy parecida, pero sus valores e ideas pertenecían a dos
mundos radicalmente opuestos. Las condiciones naturales de Grecia pueden
explicar por qué en ambas culturas se cosechaba el olivo, se pastoreaban
ovejas, se construía en piedra, barro y azulejos, e incluso por qué compartían
las palabras que utilizaban para referirse a las montañas, las vacas o el mar,
pero no aclaran la enorme diferencia entre la agricultura comunal micènica y
las granjas unifamiliares de las polis, y mucho menos por qué motivo los
ejércitos de la Grecia clásica eran muchísimo más dinámicos que los de épocas
más tempranas.
Nadie niega el gran papel que la geografía, el clima y la historia
biológica desempeñan en la historia. Evidentemente, los escandinavos
desarrollaron una concepción del tiempo, el espacio y la guerra muy distinta a
la de los nativos de Ja v a ; la falta de caballos impidió que incas y aztecas
tuvieran la m ovili dad de sus adversarios españoles. Pero el hecho es que las
regiones donde se asentaron las antiguas civilizaciones de Oriente Próximo,
India, China y Asia compartieron con Occidente, al menos durante un período muy
prolongado, un clima y un terreno similares y contaron con ventajas o
desventajas muy parecidas en cuanto a riquezas naturales y ubicación. La
tierra, el clima, los recursos, el destino, la suerte, algunos individuos de
genio, los desastres natu rales y muchos más elementos desempeñan un papel
importante en la formación de una cultura distinta, pero resulta im posible
determinar con exactitud si fue el hombre, la naturaleza o la fortuna el
catalizador inicial que dio origen a la civilización occidental. Em pero, lo
que sí está claro es que, una vez desarrollado, O ccidente -el antiguo y el m
oderno - puso muchos menos impedimentos de tipo religioso, cultural o político
a la investigación de la naturaleza, la form ación del capital y la expresión
individual que otras
35
sociedades que por lo general se organizaban en teocracias, uniones
tribales o dinastías palaciegas centralizadas.
¿UN DOMINIO TARDÍO?
Otros han sostenido que el auge militar de Occidente es relativamente
tardío
y consecuencia de la difusión de la
pólvora (1300-1600), el descubrimiento del Nuevo Mundo (1492-1700), o la
Revolución Industrial (1750-1900), desechando la posibilidad de que la
continuidad histórica de la cultura nacida en Grecia y Rom a pueda explicar por
qué la revolución militar e industrial se produjo en Europa y no en Egipto,
China o Brasil. Com o ocurre con cualquier civilización, la influencia de
Occidente ha experimentado reveses, desde el sufrido en la alta Edad M edia
(500-800) hasta el aislamiento y la posible involución inmediata mente
posterior (800-1000), época en que los europeos rechazaron a los invasores que
provenían del norte y a los musulmanes y los pueblos nómadas que llega ban del
este. No obstante, al tratar la cuestión de un posible dominio tardío de
Occidente en lo militar, que, desde este punto de vista, estaría caracterizado
por su superioridad tecnológica, hay que hacer hincapié en dos asuntos. En
primer lugar, durante casi mil años (479 a.Q -500) nadie puso en entredicho la
hegemonía militar de Europa, y eso que los relativamente pequeños Estados de
Grecia e Italia imponían su supremacía sobre vecinos más grandes y de población
más numerosa. Las bases científicas, tecnológicas, políticas y culturales de la
sociedad clásica no se perdieron del todo, sino que pasaron directamente del
Imperio romano a los reinos europeos o fueron redescubiertas durante el período
carolingio y más tarde en el Renacimiento italiano.
Lo fundamental de los explosivos y las armas de fuego no es que
otorgaran una repentina hegemonía a los ejércitos occidentales, sino que se
produjeron con gran calidad y en enormes cantidades en Occidente y no en los
países no europeos, un hecho que explica, en gran medida, la apuesta cultural
por el racionalismo, la investigación científica y la difusión del
conocimiento, que tiene sus raíces en la Antigüedad clásica y no es específica
de ningún período particular de la historia europea. H ay además algo radicalmente
democrático en las ar mas de fuego que explica su explosivo y singular
incremento en Occidente. Los cañones y los fusiles destruyen la jerarquía
durante la batalla, marginando al rico caballero protegido con armadura y
haciendo irrelevante incluso al arquero cuidadosamente entrenado. No es ninguna
casualidad que en el Japón feudal las armas de fuego resultaran revolucionarias
y peligrosas. El mundo islámico nunca desarrolló, pese a contar con las armas
precisas, la táctica de disparar en descarga cerrada, que tan opuesta era a la
noción de arrojo individual del guerrero a caballo. La utilización efectiva de
los cañones exige que entre
36
racionalismo y capitalismo exista una relación muy estrecha, una
relación que asegure mejoras constantes del diseño y la fabricación y, además,
una tradición igualitaria que no tema, sino que aliente, las innovaciones más
mortíferas en el campo de batalla.
Incluso tras la caída del Imperio romano, Occidente, presuntamente
atrasado y muy inferior a las culturas de China y el mundo islámico, conservó
una fortaleza militar que ni por población ni por territorio parecían
corresponderle. Durante la alta Edad M edia, los bizantinos hicieron gala de
una gran maestría en el empleo del “fuego griego” , lo que permitió a sus
flotas imponerse a escuadras islámicas numéricamente superiores; esto sucedió,
por ejemplo, en el año 717 con la victoria de León III sobre la flota mucho
mayor del califa Solimán. La invención de la ballesta (h. 850) -que podía
fabricarse con mayor rapidez y a menor coste que los mortíferos arcos
compuestos- permitió poner a disposición de miles de soldados relativamente
poco entrenados un arma letal. Desde el siglo VI hasta el siglo XI, los
bizantinos mantuvieron la influencia europea sobre Asia; tras el siglo X ningún
ejército musulmán volvió a penetrar en Europa occidental; la Reconquista fue
lenta pero firme y progresiva. En cierto sentido, por lo demás, la caída de Rom
a supuso la expansión de Occidente hacia el norte, puesto que las tribus
germánicas comenzaron a establecerse, cristianizarse y occidentalizarse como no
lo habían hecho hasta entonces.
L a espectacular expansión de Europa en el siglo XVI pudo muy bien verse
impulsada por la excelencia occidental en armas de fuego y grandes navios, pero
estas innovaciones materiales no eran otra cosa que el producto de una larga
adscripción al racionalism o, la ciencia y el capitalismo aplicados a la
tecnología y no hallazgos hurtados a otras culturas. El renacimiento militar
del siglo XVI supuso, en efecto, un nuevo despertar del dinamismo occidental.
Aunque quizá sea m ejor hablar no de despertar, sino de “transformación” ,
transformación form al de la superioridad en los campos de batalla que los
europeos habían demostrado ya en la época clásica y a lo largo de un milenio y
que en realidad nunca se perdió del todo durante los años más sombríos de la alta
Edad Media. La “revolución militar” , por tanto, no fue ninguna casua lidad,
sino la consecuencia lógica de los orígenes helénicos de la civilización
europea.
No debemos equiparar la libertad que gozaban los antiguos griegos a la
li bertad de los Estados Unidos actuales, la democracia griega al gobierno
parla mentario inglés, o el ágora a Wall Street. La libertad ganada en
Salamina no es la misma que la que la victoria de M idway salvaguardó, y ésta
no puede ni mucho menos compararse a la que estaba en juego en Lepanto o
Tenochtitlán. Toda idea es en parte presa del tiempo y del lugar donde nace.
Gran parte de la sociedad de la antigua Grecia nos parecería hoy extraña, si no
sucia y vulgar, a la m ayoría de los occidentales. De las polis jam ás habría
surgido una
37
Declaración de Derechos, nosotros jam ás pondríam os nuestras sentencias
judiciales en manos del voto mayoritario de un jurado masivo que desconocía el
derecho de apelación a un tribunal superior. En nuestro tiempo, Sócrates habría
leído el decreto que le daba derecho a guardar silencio, habría contado con
asesoramiento legal gratuito, jam ás habría declarado en su contra y, una vez
preso, habría salido en libertad con fianza y, tras el juicio, habría apelado
la sentencia durante años. Por lo demás, su mensaje, que a los ojos de sus
pares atenienses caía en el más puro radicalismo, nos parecería, por el
contrario, una manifestación en extremo reaccionaria. La clave no está en mirar
al pasado esperando ver el presente, sino en identificar en la historia, mirando
a través del tiempo y del espacio, las semillas del cambio y de lo posible. En
este sentido, Wall Street sí está mucho más cerca del ágora que del palacio de
Persépolis, y los tribunales atenienses nos son más afines que las leyes
dictadas por un faraón o un sultán.
LA GUERRA EN OCCIDENTE
Occidente ha logrado en varios terrenos una hegemonía militar que
trascien de la mera superioridad armamentística y nada tiene que ver con la
moralidad o la genética. La form a de hacer la guerra de los occidentales es
tan letal precisamente porque es amoral y rara vez se ve constreñida por
consideraciones rituales, religiosas, éticas o de tradición. Sólo la guían las
necesidades militares. Pero tampoco hay que dejarse atrapar en las redes del
determinismo tecnológico, como si las herramientas de la guerra apareciesen en
un vacío y transformaran mágicamente la doctrina militar, sin pararse a pensar
de qué m anera o por qué han sido creadas o de qué manera o por qué fueron
utilizadas. Occidente ni siquiera ha tenido el monopolio de la excelencia en la
ciencia y la tecnología. Los trirremes de Temístocles en Salamina, por ejemplo,
no eran superiores a las naves dejeijes; en Midway, los portaaviones del
almirante Nagumo contaban con mejores aviones que los norteamericanos. Sin
embargo, los conceptos de libertad, individualismo y militarismo cívico de las
escuadréis que se enfrentaron en ambas batallas eran muy distintos. Como desde
casi todos los puntos de vista revelan muchos enfrentamientos, no fue
únicamente la superioridad arm a mentística de los soldados europeos lo que
los condujo a la victoria, sino una multitud de factores entre los que se
encuentran la organización, la disciplina, la moral, la iniciativa, la
flexibilidad y el mando.
M uy a menudo, los ejércitos occidentales combaten guiados por, y en pos
de, un sentido de libertad legal. Son con frecuencia producto del militarismo
cívico o de gobiernos constitucionales y, por tanto, supervisan su actividad
personas que no pertenecen al propio ejército y que prescinden de considera
os
ciones de tipo religioso. “ Ciudadano” es una palabra peculiar que tiene
valor sobre todo en el vocabulario de las lenguas europeas. La infantería
pesada es también un concepto sobre todo occidental, lo cual no puede
sorprendernos si pensamos que las sociedades occidentales tienen en m uy alta
estima la propiedad privada y en ellas la tierra está en manos de un sector muy
amplio de la comunidad. Puesto que la libertad de investigación y el
racionalismo son señas de identidad del mundo occidental, los ejércitos
europeos han marchado a la guerra con armas superiores o al menos equiparables
a las de sus adversarios y han contado con suministros mucho más generosos en
virtud del matrimonio puramente occidental entre capitalismo, finanzas y
logística compleja. Por el mismo motivo, los europeos han estado prestos a
modificar tácticas, robar innovaciones extranjeras y tomar prestados los
inventos de otros cuando, en el mercado de las ideas, sus propias tácticas y
armas han de mostrado su insuficiencia. Los capitalistas y los científicos
occidentales han sido igualmente pragmáticos y utilitaristas, y han demostrado
muy poco temor a los fundamentalismos religiosos, los censores estatales o los
elementos más severos del conservadurismo cultural.
La doctrina bélica occidental es con frecuencia una extensión de la
concepción política del Estado más que un mero esfuerzo por obtener
territorios, riquezas o prestigio personal, o el cumplimiento de una venganza.
Los ejércitos occiden tales han tenido en muy alta estima el individualismo y
están a menudo sujetos a la crítica y a las protestas de la sociedad civil,
cosa que sirve más para mejorar que para erosionar su capacidad para hacer la
guerra. D a la impresión de que la idea de la aniquilación, de combatir mano a
mano para destruir al enemigo, es un concepto particularmente occidental que
muy poco tiene que ver con las luchas rituales y el énfasis en el engaño y el
desgaste tan común fuera de Europa. No ha existido en Occidente nada parecido a
los samuráis, los maoríes o las guerras aztecas de las flores desde que los
antiguos hoplitas griegos acometieron la primera erosión de los protocolos de
la batalla. En resumidas cuentas, hace ya mucho tiempo que los occidentales
consideran la guerra como un método para llevar a cabo lo que a la política le
resulta imposible y por lo tanto, cuando recurren a ella, se decantan por
aniquilar más que por frenar o humillar a quienquiera que se interponga en su
camino.
H a habido varios períodos de la historia occidental que no siempre han
respetado en su totalidad la com binación de elementos que acabamos de
describir. Los conceptos de gobierno consensuado y tolerancia religiosa son las
más de las veces un ideal y no una realidad tangible. A lo largo de la historia
de la civilización occidental ha habido incontables concesiones y los hechos
han estado muy por debajo de lo que la cultura consideraba deseable. Los
cruzados eran fanáticos; muchos ejércitos europeos fueron m onárquicos y en
pocas ocasiones confiaron en la supervisión de algún órgano de deliberación. En
el
39
pequeño contingente que mandó Cortés, era difícil discernir entre
política y religión. Ni un solo falangista del ejército de Alejandro lo votó
como general y mucho menos como rey. Entre los siglos V I y IX hay pocas
pruebas de que las tropas occidentales gozasen de una superioridad tecnológica
completa sobre sus enemigos. Los miembros de las tribus germanas eran tan
claramente indi vidualistas como los legionarios de Roma.
Sin embargo, hay que considerar las ideas abstractas en el contexto de
su época. Si es cierto que los m acedonios de Alejandro eran revolucionarios
que destruyeron la libertad griega, también lo es que no podían ocultar sus
vínculos con la tradición helénica. Ese patrimonio compartido explica por qué
los soldados de las falanges, los comandantes de las unidades de batalla y los
generales que se congregaban en torno a la mesa de Alejandro expresaban sus
ideas con una libertad desconocida en la corte aqueménida. Es cierto también
que la Inquisición demostró gran fanatismo y a veces actuó sin la pertinente
supervisión del poder político, pero el recuento de las víctimas oca sionadas
por sus sangrientas actividades no iguala ni siquiera el núm ero de cadáveres
que en tan sólo cuatro días de 1487 se acumularon en el Gran Templo azteca de
Huitzilopochtli. Incluso en las cuestiones más controvertidas, como la
libertad, el gobierno consensuado y la disensión, debemos juzgar los fracasos
de Occidente no a la luz del perfeccionismo utópico del presente, sino en el
contexto global de su época. Los valores occidentales son absolutos, pero
también están en evolución y ni fueron perfectos en su infancia ni lo son en su
adolescencia.
En cualquier discusión sobre la capacidad de los ejércitos también hay
que ser claro en el espinoso asunto de la división entre determinismo y
libertad de elección. En ningún pasaje de este estudio pretendo sugerir que las
carac terísticas intrínsecas de la civilización occidental predeterminaron o
prede terminan el éxito de Occidente en cualquier em presa militar. Lo que
sin embargo sostengo es que la civilización occidental ha concedido a lo largo
de la historia un abanico de ventajas a los soldados europeos que les ha
permitido manejar las desventajas tácticas -inexperiencia, cobardía,
inferioridad numérica, jefatura deficiente- con un margen de error más amplio
que a sus adversarios. L a suerte, la iniciativa individual, la valentía, la
brillantez de generales como Aníbal y Saladino, la superioridad numérica de los
zulúes o los incas, todos estos elementos pudieron, en ciertas ocasiones,
anular la superioridad militar de Occidente en condiciones normales.
Con el tiempo, sin embargo, la resistencia y adaptabilidad de la
doctrina bélica occidental prevaleció, sin permitir que desastres como el de
las Termopilas (480 a.C.), Trasimeno (217 a.C.), la Noche Triste (1520), Little
Bighorn (1876) e Isandhlwana (1879) afectaran el curso global de los conflictos
o condujeran a un derrumbe general. Con frecuencia, los ejércitos occidentales
debieron su
40
eficacia a personalidades im placables como Alejandro M agno, Escipión
el Africano, Ju lio César, Carlomagno, Ricardo Corazón de León o Hernán Cortés,
y a la valentía de individuos anónimos -el ala derecha de las tropas espartanas
en Platea (479 a.C.), los veteranos de la Décima Legión de César en las Galias
(59-51 a.C.) o las unidades de caballería pesada en Arsuf (1191)-, cuya
conducta en combate, unida a la fortuna y a los errores del enemigo, cambió a
menudo el curso de una batalla.
Sin embargo, gran parte de lo que consiguieron los bravos occidentales
debe contemplarse en el marco de un escenario cultural más amplio que les
reportó ventajas militares intrínsecas que, por regla general, sus adversarios
no compar tían. Debemos tener la precaución de no juzgar la historia de la
capacidad militar de Occidente en términos absolutos, sino siempre dentro de un
contexto que contemple las condiciones imperantes en cada época. Los
especialistas pueden discutir la eficacia de las armas occidentales, el
impresionante poder de los ejércitos de China o India, la ocasional masacre de
las tropas coloniales europeas, pero en cualquier debate que se plantee deben
tener presente que los soldados no europeos nunca atravesaron el océano para
llegar a otros territorios, que tomaron prestada otra tecnología militar en vez
de difundir la suya, que no colonizaron otros tres continentes y que,
normalmente, com batieron a los europeos en suelo propio y no en Europa. Aunque
siempre hay que tener en cuenta las excepciones más notables, la
generalización, que durante tanto tiempo han evitado los académicos por temor o
ignorancia, resulta indispensable a la hora de escribir sobre historia.
El análisis de las batallas que he escogido para este estudio demostrará
que a lo largo de la prolongada evolución de la doctrina bélica occidental ha
existido un núcleo más o menos compartido de prácticas que reaparece generación
tras generación, unas veces de manera irregular y otras de un modo casi
holístico, y que esto explica por qué la historia de la guerra es en realidad y
con tanta frecuencia la historia de las victorias militares de Occidente y por
qué hoy día los mortíferos ejércitos occidentales tienen poco que temer de
cualquier ad versario a no ser que éste sea otro ejército occidental.
PRIMERA PARTE
CREACIÓN
II
LA LIBERTAD, O “V IV IR COMO SE QUIERA”
SALAMINA, 28 DE SEPTIEM BRE DE 480 A. C.
Id, hijos de los helenos,
id a salvar a la patria,
id a salvar a los hijos,
a las esposas, los templos
de los dioses ancestrales
y las tumbas de los padres:
ésta es la lucha final.
E s q u ilo , Los persas
(401-404)*
LOS AHOGADOS
de ser horrible ahogarse en el mar. Los brazos debatiéndose contra las
olas, los pulmones llenándose de agua salada, el cuerpo cada vez más pesado y
aturdido, el cerebro resquebrajándose y crepitando a medida que agota sus
últimas reservas de oxígeno, la última visión consciente de la débil e
inalcanzable luz del sol, ahora lejana, muy por encima de ti, sobre la
superficie rizada del océano. A fines de septiembre del año 480 a.C ., ya al
final del día, un tercio de los marineros de la flota persa se encontraban
precisamente en esos últimos y horribles momentos de su existencia. A pocas
millas de la incendiada acró polis ateniense, unos 40.000 súbditos del imperio
d ejerjes se mecían en las profundidades y sobre las olas. Estaban muertos,
agonizantes o desespera dos, entre los restos de más de doscientos trirremes.
A todos, lejos de Asia, los aguardaba el mismo destino en las cálidas aguas del
Egeo. Todos, en efecto, habían de acabar en el fondo del golfo de Egina. Su
última visión de la tierra consistiría en un crepúsculo griego sobre las
colinas de Salamina, o acaso en la im agen de su sombrío m onarca que, sobre
las faldas del monte Egáleo, observaba cómo desaparecían, engullidos por las
olas. A diferencia de las ba tallas en tierra firme, donde las bajas dependen
tan a menudo de la tecnología de la muerte y no del lugar donde se desarrolle
la batalla, en la guerra naval el mar es el principal asesino. El océano puede
acabar con miles de combatientes,
* Madrid, Cátedra, 1986, traducción de José Alsina Clota.
45
sin que ni el hombre ni sus armas colaboren en su fechoría. En Salamina,
la mayoría de las víctimas perecieron a causa del agua que inundó sus pulmones
y no porque el acero hubiera hollado sus cuerpos.
El trirreme, invención de origen fenicio o tal vez egipcio, era un navio
de remos y no de vela. Normalmente, contaba con una tripulación de 170 remeros
a los que acompañaban timoneles y alrededor de treinta infantes y arqueros que
navegaban apiñados en cubierta. A diferencia de lo que ocurría en las galeras
europeas posteriores, en los trirremes, los remeros se sentaban a dife rentes
alturas y en grupos de tres, y cada uno de ellos manejaba un solo remo de no
mucha longitud. La gran ventaja de los trirremes consistía en un diseño que
mantenía una extraordinaria relación entre peso, velocidad y potencia. La
ligereza de estas naves y la intrincada disposición de los remeros les permitía
alcanzar, aun cargadas con doscientos hombres, una velocidad de casi nueve
nudos en cuestión de segundos. Tanta rapidez y agilidad facilitaba el manejo de
su arma principal, un espolón de bronce de dos aristas situado en la proa,
justo en la línea de flotación, que les permitía arremeter contra todo tipo de
em barcaciones. Tan compleja era la combinación de líneas, remos y velas de
este antiguo navio, que en el siglo X V I, cuando los navieros venecianos
quisieron construir una réplica de las naves atenienses recuperando la
disposición de sus rem eros, el resultado fue una galera m uy poco m arinera.
Los ingenieros modernos todavía no han encontrado todos los secretos del
antiguo diseño, pese al uso de tecnología informática avanzada y a casi 2.500
años de expe riencia naval.
El trirreme era también una nave frágil y vulnerable que, cuando
navegaba en aguas abiertas, dejaba un margen de seguridad muy escaso a los
doscientos hombres que llevaba a bordo, y es que las portillas de la bancada
inferior de remos estaban a muy poca distancia del agua. A diferencia de lo que
ocurre en los buques de guerra modernos, en los barcos antiguos la tripulación
apenas disponía de tiempo para evacuar la nave. Las galeras de la época
volcaban casi instantáneamente cuando eran embestidas, y es que muchas veces
bastaba un golpe lateral para anegarlas o echar a sus remeros al mar. La única
esperanza de los marineros consistía en llegar a la orilla o aferrarse a alguno
de los pecios que no habían sucumbido con el naufragio. Aquellos remeros o
infantes que no sabían nadar, un infortunio muy frecuente en el mundo antiguo y
generalizado en la flota persa, tardaban unos segundos en morir por
ahogamiento. Poco importaba que la mayoría de las tripulaciones no estuvieran
aherrojadas, como sucedería más tarde con las tripulaciones de esclavos de las
galeras del siglo XVI, porque los trirremes podían volcar o inundarse muy
rápidamente. En Salamina, las largas túnicas de los persas sólo sirvieron para
empeorar las cosas. Ocho años después de la batalla, Esquilo, que muy
probablemente intervino en la misma, describió su indefensión del siguiente
modo: “Cuerpos muertos de quien
46
quiero, / por el mar arrastrados, hundidos en las olas, / y van errantes
en sus dobles capas” (Lospersas, 274-276).
Las aguas funerarias de los persas fueron un pequeño estrecho de apenas
dos kilómetros de anchura situado entre la isla de Salamina y la región del
Atica. Como en la mayoría de las grandes batallas navales de la época
preindustrial, las respectivas escuadras combatieron a la vista de la costa. La
lucha, en la que intervinieron más de mil trirremes, tuvo lugar en una franja
marina de kilómetro y medio por kilómetro y medio, de m anera que los
cadáveres, o bien moteaban la superficie del océano o bien acababan en las
orillas cercanas. Esquilo recuerda: “De cadáveres llena, en hora infausta /
muertos, está la costa salaminia / y todo su vecino territorio” (272-273).
Miles de marineros e infantes egipcios, fenicios, cilicios y de otros
muchos pueblos asiáticos llenaban las costas de Salamina y el Ática; unos pocos
flotaban aferrándose a los restos de las doscientas naves persas hundidas. Los
tripulantes griegos remataban con flechas y jabalinas a los persas agonizantes
que aún quedaban en el mar. A l mismo tiempo, diversos grupos de hoplitas
recorrían Salamina arponeando a los pocos y dispersos supervivientes que
encontraban en las playas. Pese a la afirmación de Esquilo - “toda la flota ha
perecido” - , cientos de barcos persas lograron escapar de la matanza, eso sí,
demasiado aterrorizados ante la ordenada persecución de los griegos como para
detenerse a recoger a sus com pañeros. Después de la batalla, el almirante ateniense
Temístocles, artífice de la victoria griega, se paseó por la orilla para
contemplar el resultado de la lucha e invitó a sus hombres a coger el oro y la
plata de los cadáveres de los persas. Según Esquilo, el oleaje laceraba los
cuerpos, roídos de manera grotesca por los carroñeros marinos.
Salamina, un nombre que todavía es sinónimo de ideales abstractos como
libertad y “ el nacimiento de O ccidente” , no se asocia con un baño de san
gre. Aunque ninguna otra batalla merece como Salamina esa asociación, las
referencias a los desastres bélicos acaecidos en las Guerras M édicas evocan
imágenes del último contingente espartano del rey Leónidas -cu y a cabeza fue
clavada en una pica-, líder de los famosos 299 que cayeron en las Termo pilas
(480 a.C.), o de los persas de Platea (479 a.C.), que fueron masacrados sin
piedad por los hoplitas de Esparta o huyeron despavoridos por los campos
cultivados de Beocia. Y, sin embargo, en Salam ina no menos de doscientas naves
imperiales sufrieron el embate de los espolones griegos y se hundieron. La m
ayoría de ellas sucumbieron con sus tripulaciones completas, o lo que es lo
mismo, con doscientos remeros y auxiliares; es decir que al menos 40.000
marineros se ahogaron y muchos otros fueron capturados o rematados cuando
consiguieron alcanzar la costa. El estrecho de Salam ina es tan angosto y la
escuadra persa era tan enorme -entre seiscientos y 1.200 barcos- que la imagen
de los muertos resultaba inopinadam ente conspicua y causó una honda
47
impresión enjerjes, el rey persa, que contemplaba la batalla desde una
cercana colina del Atica.
Porque los griegos, en su frenesí, decidieron aniquilar a los invasores
de su patria y porque, como señala Heródoto, “la m ayor parte de los bárbaros
se ahogaron en el mar porque no sabían nadar” , Salamina es una de las batallas
más mortíferas de la historia de la guerra naval. En el pequeño estrecho donde
se desarrolló la lucha perecieron más hombres que en Lepanto (entre 40.000
y 50.000), que en el desastre de la
Arm ada Invencible (20.000-30.000), que en Trafalgar, sumando las bajas
francesas y españolas (14.000), que británicos en Jutlandia (6.784) o que
japoneses en M idway (2.155). P °r el contrario, los griegos sólo perdieron
cuarenta trirremes y es muy posible que la mayoría de los 8.000 tripulantes de
aquellas naves consiguieran salvarse. Heródoto dice que tan sólo “unos pocos”
griegos se ahogaron y que la m ayoría consiguió salir del estrecho a nado. M uy
pocas veces en la historia de la guerra la catástrofe se ha decantado tan
claramente hacia uno solo de los bandos, y rara vez en las épocas que
precedieron a la invención de la pólvora cayeron tantos en tan pocas horas.
En las Guerras Médicas, que hasta la batalla de M icala se libraron
exclusi vamente en territorio europeo, se produjeron carnicerías terribles,
pero ninguna alcanzó el número de bajas de la que tuvo lugar junto a las costas
del Ática. Ahogarse era, en el imaginario de los griegos, la peor de las
muertes: el alma vagaba en sombras, incapaz de entrar en el Hades hasta que
alguien encontrara su cuerpo y le concediera honras fúnebres. Casi ochenta años
después, el gobierno de Atenas ejecutaría a sus propios generales tras la
victoria de las Arginusas (406 a.C.) precisamente por no haber recogido a los
supervivientes que quedaron sobre las aguas, y ante la idea de que cientos de
esposos, padres y hermanos atenienses se descompusieran en las profundidades
sin un funeral apropiado.
¿Quiénes eran los 40.000 marineros de Jerjes que se batían contra las
olas en el estrecho de Salamina? Casi ninguno de ellos figura en los archivos
de la historia. Conocemos tan sólo a algunos de los que además de pertenecer a
la elite estaban bien relacionados, y, aun esto, gracias a las fuentes griegas.
H e ródoto destaca únicamente al almirante Ariabignes, hermano del rey Jerjes,
que se hundió con su barco. Esquilo nombra a varios generales y almirantes
caídos: Artembares “en las ásperas riberas / de Silenio fue abatido” ; Dadaces
“a los golpes de una pica, / con su presuroso salto / cayó al mar, desde su
nave” ; el cadáver de Taragón, señor de Bactriana, “la isla de Ayante ronda”,
etcétera. Prosigue y nombra a más de una decena de líderes cuyos cadáveres
flotaban en las aguas del estrecho. En un pasaje particularmente truculento,
representado en la escena ateniense tan sólo ocho años después de la batalla,
el dramaturgo describe la masacre por boca de un mensajero persa:
48
Los cascos de los bajeles
se volcaban, y la mar,
de cadáveres repleta,
y de restos de naufragio,
no era ya posible ver.
Y las riberas y escollos
de muerte se van llenando;
en fuga desordenada
marchan, remando, las naves
que forman el bando persa,
en tanto los Griegos, cual
si fueran atunes y otra
redada de peces, iban
con los restos de los remos
y con pedazos de tablas
atacándolos, y a todos
el espinazo quebraban.
Por el piélago se extienden
griteríos y lamentos,
hasta que, al llegar la noche,
se nos hurta el espectáculo
(Lospersas, 419-429).
Muchos de aquellos infortunados no eran persas, sino bactrianos,
fenicios, egipcios, chipriotas, carios, cilicios y soldados de leva procedentes
de diversos Estados tributarios del vasto Imperio persa - y entre ellos,
griegos de Jo n ia - que habían viajado hasta Salam ina bajo coerción, para
form ar parte de la gran asamblea bélica convocada por Jerjes. La mayoría de
los miembros de la flota podían decir m uy poco sobre las condiciones de su
propia participación y seguramente no desearan combatir en el estrecho de
Salamina. Tanto Heródoto como Esquilo nos dicen que, durante la mañana de aquel
28 de septiembre, cualquier vacilación a la hora de bogar significó la
ejecución sumarísima. Uno de los pasajes más lúgubres de toda la literatura
clásica es aquel en el que Heródoto relata lo que le sucedió al lidio Pitio
cuando las fuerzas imperiales abandonaban Asia en dirección a Grecia. Pitio
suplicó al Gran R ey que, puesto que él era ya muy anciano, permitiera que uno
de sus cinco hijos se quedara en casa para atenderlo. En respuesta a su
petición, Jerjes mandó descuartizar al hijo favorito de Pitio e hizo colocar su
torso a un lado y sus piernas a otro lado del camino por donde el enorme
ejército persa debía transitar durante horas para que los reclutas constataran
en los m iembros mutilados y en descomposición del pobre chico el precio de la
desobediencia. Una de las ironías
49
de Salamina es que la heroica resistencia griega, convocada para frenar
la agresión persa y preservar la libertad de Grecia, provocó la muerte de miles
de marineros asiáticos que en realidad soportaban de mala gana el imperio de
Jerjes. Bajo amenaza de pena de muerte lucharon, mientras Jeijes observaba la
batalla naval desde una silla colocada en el monte Egáleo. El secretario del
rey persa, por lo demás, registraba con detalle la bravura o cobardía de sus
súbditos a fin de otorgar recompensas o castigos.
En el año 490 a.C ., 6.400 persas habían muerto en M aratón durante la
malograda invasión de Darío. Pocas semanas antes de Salamina, más de 10.000
soldados imperiales fueron sacrificados en la “victoria” persa de las
Termopilas para quebrar la resistencia helénica y abrir las puertas de Grecia.
En Artemisio, cerca del paso, un tem poral pudo hundir más de doscientas naves
persas, con lo que se habrían ahogado casi tantos invasores como en Salamina. A
l otoño siguiente de la batalla de la que nos ocupamos, otros 50.000 súbditos
de Jeijes morirían en Platea y 100.000 más lo harían durante la retirada defi
nitiva de los persas. Por lo tanto, un cuarto de millón de los soldados del rey
persa perecieron en un vano intento por acabar con la libertad de una pe queña
región balcánica de menos de 130.000 kilóm etros cuadrados de extensión.
Las Guerras Médicas supusieron no sólo un gran revés para Persia, sino
una catastrófica pérdida de recursos humanos para el Imperio. La “divina
Salami na”, nombre con el que en Grecia se recordó la victoria, se libró por
“la libertad de los griegos” . El precio de aquella liberación fue la masacre m
asiva de un gran número de soldados que habían acudido al combate a golpe de
látigo, y no en virtud de ningún odio cultural, étnico o religioso hacia la
cultura helénica. Ninguno de los muertos de Jerjes era ciudadano libre en una
sociedad libre, de modo que es lógico que no sepamos nada de ellos. No hay obra
teatral persa dedicada a su memoria. Ningún historiador persa registró el
nombre de los valientes, como hizo Heródoto al ocuparse de las Termopilas, Salamina
y Platea. Jerjes no promulgó ningún decreto en Persépolis para conmemorar su
sacrifi cio. Ningún cenotafio público, ninguna elegía fúnebre recordó su
pérdida. Por aquellos muertos anónimos y en su m ayoría inocentes, es nuestro
deber no olvidar que la historia de Salamina es en su m ayor parte la trágica
epopeya de los 40.000 hombres que se debatieron en medio del llanto y los
gritos mientras se hundían lentamente hacia el fondo del mar Egeo. Lord Byron
se preguntó de forma escueta acerca de aquellos combatientes anónimos:
Un rey sentado en un acantilado rocoso Que contempla Salamina nacida del
mar
Y miles de barcos bajo sus
pies, Gentes y ejércitos todos suyos,
50
Así él los contaba al clarear el día
Y, ¿dónde quedaron ya puesto el sol?
(Don Juan, III, 86.4).*
LOS AQ UEM ÉNIDAS Y LA LIBERTAD
En la época de la batalla de Salam ina, el Im perio persa era enorme.
Con 2.600.000 kilómetros cuadrados de extensión y cerca de setenta millones de
habitantes era la m ayor organización política que había conocido el mundo
civilizado. Por el contrario, los hablantes de lengua griega del continente no
llegaban a los dos millones y ocupaban un territorio que no superaba los
130.000 kilómetros cuadrados. Persia contaba, además, con una dinastía que, con
menos de un siglo de antigüedad, era relativamente joven y muy robusta y se
encontraba en su época de máximo esplendor. La dinastía aqueménida era en gran
parte producto del genio de un monarca legendario, el rey Ciro el Grande. En un
período de no más de treinta años (h. 560-530 a.C.), Ciro había transformado la
pequeña y aislada monarquía persa (que dominaba el reino de Parsa, situado en
una región que actualmente ocupan Irán y Kurdistán) en un gobierno de hegem
onía universal. Ciro llegó a gobernar, en efecto, sobre los pueblos
conquistados de la mayor parte de Asia, en un vasto territorio que se extendía
desde el Egeo hasta el Indo, y abarcaba la mayor parte de las regiones com
prendidas entre el golfo Pérsico y el mar Rojo en el sur y los mares Caspio y
de Aral en el norte.
Tras perder los Estados jónicos griegos situados en las costas del Egeo,
los griegos del continente estaban cada vez más familiarizados con aquel vasto
y sofisticado imperio que tocaba ya sus fronteras orientales. Todo cuanto iban
conociendo de Persia los fascinaba, pero también les inspiraba miedo; mucho
después a los europeos les sucedería lo mismo con el Imperio otomano. Trans
curriría poco tiempo antes de que un grupo de políticos de talento y de
renegados intrigantes como Demarato, Temístocles y Alcibíades ayudaran a los
persas contra su propio pueblo sin dejar por ello de aborrecerlos por apelar
sin tapujos a su avaricia personal. De igual manera, los almirantes, los
navieros y los estrategas italianos buscarían con el correr de los siglos
lucrativos empleos entre los otomanos. Los moralistas de Grecia, al relacionar
ética y cultura, identifi caron durante mucho tiempo la pobreza helénica con
la libertad y la excelencia, y al pródigo Oriente con la esclavitud y la
decadencia. En ese sentido, el poeta Focílides escribió: “La polis respetuosa
de la ley, aunque pequeña y sobre un risco, supera a la absurda Nínive” (frag.
4).
* Madrid, Cátedra, 1994, traducción de Pedro Ugalde.
5 J
r í t - liv ir . r \ . * \ f A
i v i r . .
Durante el reinado de Darío I (521-486 a.C.), Persia fue un Imperio
relativa mente estable. La monarquía aqueménida controlaba a la sazón una
adminis tración provincial dividida en una veintena de satrapías. Los
gobernadores persas recaudaron impuestos, organizaron levas para las campañas
nacionales, construyeron caminos de gran recorrido y se ocuparon de su
conservación, organizaron un eficaz servicio postal, y en general dejaron a los
pueblos con quistados la libertad de adorar a sus propios dioses y de cumplir
con los objetivos tributarios del Im perio según sus propios procedimientos.
Para los griegos, que nunca lograron unificar del todo su pequeño territorio
continental, la congregación de todo un continente en tomo a la dinastía
aqueménida conjuraba la imagen de una potencia de recursos materiales y humanos
que quedaba más allá de su comprensión.
Lo que más desconcertaba a los occidentales -podemos prescindir de
aquellos prejuicios que les hacían ver a los orientales como blandos, débiles y
afemina dos- era la antítesis cultural casi absoluta que el Imperio persa
representaba frente a todos los elementos de la sociedad helénica, desde la
política y la doctrina militar hasta la vida social y económica. Sólo unos
pocos kilómetros de mar separan Asia Menor de las islas griegas del Egeo, pero,
pese a gozar de un clima similar y tras varios siglos de interacción, ambas
culturas eran mundos aparte. El sistema de gobierno persa había dado como
resultado no una situación de debilidad y decadencia, como a veces declaraban
los griegos, sino una admi nistración imperial relativamente eficiente y m uy
rica. Si Jerjes estaba a las puertas de la Acrópolis ateniense, los griegos no
habían llegado (todavía) a Persépolis. L a impresión que los griegos tenían del
Imperio persa les llegaba por boca de los comerciantes, de los esclavos
importados de Oriente, de sus hermanos jónicos, de los miles de hablantes de
griego que encontraron empleo en la administración persa y de los mercenarios
que regresaban de Persia con tando siniestros relatos. Esa impresión estaba
teñida de temor. El éxito de la dinastía aqueménida sugería que había en el
mundo pueblos -cuya proximidad con Grecia era cada vez m ayor- que abordaban la
vida de un modo distinto y gracias a ello alcanzaban mucha más riqueza y
prosperidad que los griegos.
El gobierno absoluto sobre millones de personas estaba en manos de unos
pocos. El monarca y su reducida corte de parientes y consejeros (sus diversos
títulos podrían traducirse del siguiente modo: “portador del arco” , “portador
de la lanza” , “ amigos del rey” , “ benefactor del rey” , “ los ojos y oídos
del rey”, etc.) dominaban el funcionariado y la clase sacerdotal y vivían de
manera espléndida gracias a los tributos provinciales y a la propiedad de
grandes extensiones de terreno. Además, las elites persas y aqueménidas
dirigían un enorme ejército multicultural. A l parecer, no existía un concepto
abstracto o legal de libertad en la Persia aqueménida. En la correspondencia
imperial, por ejemplo, los sátrapas aparecen como esclavos: “El R ey de Reyes,
Darío,
52
hijo de Histaspes, dice lo siguiente a su esclavo Gadatas: ‘Me he
percatado de que no obedeces mis órdenes en todos sus pormenores’” (R. Meiggs y
D. Lewis, eds., Greek Historical Inscriptions [Inscripciones históricas
griegas], 12, 1-5). El rey aqueménida actuaba como un monarca absoluto y aunque
no tuviera carácter divino, sí era el regente del dios Ahura Mazda en la
tierra. Todos sus súbditos y todos los extranjeros que acudían a su presencia
debían cumplir con la proskynesis, arrodillarse ante el Gran Rey. Según Aristóteles,
esa costumbre de venerar a los hombres como si fuesen dioses era una prueba más
de las enormes diferencias existentes entre las ideas orientales y helénicas
acerca del individua lismo, la política y la religión. Los generales griegos
que vencieron en las Guerras Médicas -Pausanias, regente de Esparta, o los
atenienses Milcíades y Temístocles-recibieron críticas muy severas por
identificar el triunfo griego con la impor tancia de su intervención. M uy al
contrario, cuando intentaba surcar las agitadas aguas del Helesponto, Jerjes
ordenó que azotasen y “ m arcasen” al mar por “desobedecer” sus órdenes.
Toda civilización cuenta con un código legal. A condición de que las
leyes aqueménidas sustituyesen cualquier otro estatuto, los persas, pese a
ejercer un gobierno absoluto, permitieron que los jueces de Lidia, Egipto,
Babilonia yjon ia conservaran sus puestos. El Gran Rey, sin embargo, podía
promulgar y en mendar cualquier ley a su voluntad. Ninguno de los hombres que
luchaba por no sucumbir a las olas el 28 de septiembre del año 480 a.C. gozaba
de otro reconocimiento legal aparte del de ser bandaka, o “esclavo” de Jeijes,
concepto heredado de la idea babilónica previa de que todo individuo era ardu,
es decir, “propiedad” del monarca.
Por el contrario, en la Grecia del siglo V a.C., casi todos los
dirigentes políticos de las ciudades-Estado eran elegidos por votación y sus
cargos estaban sometidos a un refrendo anual por parte de un consejo electo.
Ningún arconte apeló a la condición divina de su persona, la ejecución por
decreto equivalía al asesinato, y nada interesaba más que evitar que surgieran
tiranos como los que en el pasado inmediato habían dominado varios de los
Estados más prósperos y comerciales de Grecia. Con frecuencia, incluso los
esclavos y los criados de las ciudades-Estado griegas gozaban de cierta
protección frente a la tortura arbi traria y el asesinato. No estamos hablando
por tanto de dos enfoques alternativos del gobierno del Estado, sino de
discrepancias fundamentales en la idea de la libertad personal que
contribuirían a decidir quién habría de vivir o morir en Salamina.
El ejército imperial persa era muy numeroso y estaba mandado por
parientes de Jerjes y elites que habían jurado lealtad al monarca. El grueso
del mismo estaba form ado por infantes profesionales persas, de los que los
llamados “Inmortales” eran los más famosos, y por varios contingentes
complementarios de infantería pesada y ligera apoyados por unidades de
caballería, carros,
53
arqueros y lanceros. En combate, este ejército dependía de su velocidad
y del número de sus tropas. En lugar de una fuerza de choque de piqueros
fuertemen te armada y capaz de contener y dispersar a los jinetes y las tropas
de a pie, con frecuencia las unidades de infantería persa estaban compuestas
por reclutas procedentes de cientos de regiones distintas, hablaban lenguas muy
diversas e iban armados con espadas, dagas, lanzas cortas, picos, piquetas,
hachas de guerra y jabalinas, y se protegían con escudos de mimbre, chalecos de
cuero y, algunas veces, cotas de malla. La instrucción, la fidelidad estricta a
la tropa, el avance coordinado o la retirada en grupo les eran desconocidos.
Los griegos despre ciaban la calidad de la infantería pesada persa y no les
faltaba razón. Algunos años después de Salamina, a principios del siglo iv
a.C., Antíoco, embajador griego en Arcadia, afirmó que no había en Persia un
solo hombre capaz de hacer frente a los griegos. Durante la creación del
Imperio persa en las estepas de Asia no hubo necesidad de formar falanges de
hoplitas ciudadanos equipados con panoplias de más de treinta kilos de peso.
El monarca aqueménida no siempre contemplaba la batalla desde un trono,
como hizo Jerjes en las Termopilas y en Salamina, con frecuencia combatía en un
gran carro rodeado de su guardia personal en mitad de la línea persa, que era,
al mismo tiempo, la posición más segura y la más lógica para dar las órdenes.
Los historiadores griegos sacaron punta a la siguiente diferencia: los m
onarcas persas eran los prim eros en huir en la derrota, mientras que no hay ni
una sola batalla griega importante -las Termopilas, Delio, Mantinea, Leuctra-
en la que los generales helenos sobrevivieran a la suerte de sus tropas. Ante
una catástrofe militar, el rey aqueménida no recibía ningún reproche. A l
contrario, eran sus subordinados, como les sucedió a los fenicios tras Salamina,
los que servían de chivo expiatorio y eran ejecutados. Por el contrario, no hay
ni un solo gran general griego en toda la historia de las ciudades-Estado
-Temístocles, M ilcíades, Pericles, Alcibíades, Brasidas, Lisandro,
Pelópidas, Epam inondas- que no fuera multado, exiliado o degradado por sus
errores o no muriese con sus tropas. Tras sus grandes victorias, algunos de los
más triunfales y dotados comandantes griegos -com o por ejemplo los almirantes
atenienses que vencieron en las Arginusas (406 a.C.) o Epaminondas, tras su
regreso de liberar a los ilotas de Mesenia (369 a.C .)- fueron procesados por
cargos que acarreaban la pena capital no por cobardía o incompetencia, sino por
no haber prestado atención al bienestar de sus hombres o por falta de
comunicación con sus supervisores civiles.
En un territorio tan extenso como Persia había en teoría miles de
propieta rios y comerciantes particulares, pero el contraste con la Grecia del
siglo V a.C. resulta de nuevo revelador. De la Atenas clásica no conocemos una
sola granja m ayor de cincuenta hectáreas, mientras que en Asia -tanto con los
aqueméni-das como con el posterior gobierno de las dinastías helénicas- las
propieda
des rurales tenían miles de hectáreas de extensión. Algunos parientes de
Jer-jes poseían seguramente más propiedades que todos los remeros de la flota
per sa juntos. La mayor parte de las mejores tierras del Imperio estaban bajo
el control directo de los sacerdotes, que tenían siervos aparceros, y de
terrate nientes absentistas, que con frecuencia poseían aldeas enteras. El
propio mo narca era, en teoría, amo de todas las tierras del Imperio y podía
ejercer sus derechos de confiscación sobre cualquier propiedad o ejecutar a su
dueño por decreto.
En la propia Grecia, muchas jerarquías se establecían en virtud de la
propiedad, pero la postura de su gobierno, un gobierno de consenso, hacia el
asunto de la posesión de la tierra era muy distinta de la que tenían los
persas. Las fincas de propiedad pública o sacerdotal eran de tamaño limitado y
relativamente escasas, en realidad no sumaban más que el 5% de las tierras que
rodeaban la polis. La propiedad de la tierra, por el contrario, estaba bastante
repartida. Las subastas públicas de terrenos eran frecuentes y los precios de
las ventas públicas bajos y uniformes. En las nuevas colonias, las tierras eran
distribuidas por parcelas o se vendían públicamente y nunca se entregaban
directamente a los miembros de la elite. Los que pertenecían a la llamada clase
de los infantes hoplitas poseían por norma general granjas de alrededor de
cinco hectáreas de extensión. En la mayor parte de las ciudades-Estado esta
clase sumaba entre un tercio y la mitad de los ciudadanos y controlaba cerca de
las dos terceras partes de la tierra cultivable, una distribución mucho más
equitativa que, por ejemplo, la de la California actual, donde el 5% de los
propietarios posee el 95% de todas las propiedades agrícolas.
Ningún ciudadano griego podía ser ejecutado de forma arbitraria y sin
juicio previo. Tampoco se podían confiscar sus propiedades excepto por votación
favorable de un consejo, fuera éste una boule de la tierra basada en
oligarquías de base muy amplia o, con la democracia, una ekklesia popular. Para
los griegos, la posibilidad de mantener la propiedad libre de la tierra con un
título legal y la facultad de mejorarla y cederla en herencia constituían la
base de la libertad. Aunque es cierto que estas tradiciones agrarias de la
Grecia clásica acabarían erosionándose en las postrimerías del Imperio romano y
durante la alta Edad M edia con la creación de enormes haciendas absentistas y
grandes feudos eclesiásticos, el ideal no quedaría en el olvido. M uy al contrario,
ese ideal proporcionó la base de la revolución y de la reforma agraria en
Occidente, desde el Renacimiento y hasta nuestros días.
Aunque en Persia existían enormes talleres de acuñación de moneda, las
fuentes que nos permiten estudiar la administración imperial aqueménida su
gieren que muchas toneladas de metal permanecieron almacenadas y sin acuñar
-hecho que más tarde confirmarían los ladrones y saqueadores del ejército de
Alejandro M agno- y que la economía persa sufría un estancamiento crónico.
55
Puesto que los metales preciosos estaban depositados en los almacenes
imperiales, los tributos provinciales se abonaban con gran frecuencia en forma
de “regalos”, es decir, alimentos, ganado, piezas de metal, esclavos,
propiedades, más que en especie, hecho ilustrativo de una economía de alto
nivel tributario y subde-sarrollada desde un punto de vista monetario. Uno de
los motivos de la espec tacular expansión inicial y de la inflación de la
Grecia helénica (323-21 a.C.) fue la rápida conversión en m oneda que
emprendieron los diádocos de los metales preciosos guardados en los almacenes
aqueménidas. Los diádocos, en efecto, transformaron una economía dirigida en
otra de orientación capitalista y contrataron a miles de mercenarios y
constructores de edificios y navios.
Aparte de algunos textos religiosos y políticos, la literatura persa, es
decir, un corpus de obras teatrales, filosóficas o poéticas, no existía.
Ciertamente, el zoroastrismo constituía una investigación metafísica
fascinante, pero su razón de ser era exclusivamente religiosa. Los parámetros
de su pensamiento, por tanto, eran los mismos que los de todos los tratados
sagrados, es decir, estaban dominados por un celo y una contención que impedían
la especulación ilimitada y una expresión verdaderamente libre. La historia
-esa idea griega de investi gación sin obstáculos en la que las fuentes y los
archivos se ven continuamente sometidos a cuestionamiento y valoración como
parte de un esfuerzo por conseguir una narración imperecedera que explique el
pasado- también les era desconocida a los persas, al menos en una forma que
contase con amplia difusión. Lo más parecido a la historia que conocieron los
persas fueron las inscripciones en piedra en las que Darío I ojerjes hacían
públicas sus gestas:
Ahura Mazda es un gran dios. Creó esta tierra, creó al hombre, creó la
paz para el hombre, hizo rey a Jeijes, un rey entre muchos, un señor entre
muchos. Yo soyjerjes, el gran rey, rey de reyes, rey de tierras donde hay
muchos hombres, rey de esta gran tierra ancha y lejana, hijo de Darío el rey,
un Aqueménida, un persa, y por tanto de un persa, un ario, de semilla aria (A.
Olmstead, History ofthe Persian Empire [Historia del Imperio Persa] p. 231).
En la Roma imperial, el emperador Augusto hacía proclamas similares,
pero Rom a también contaba con un Suetonio, un Plutarco o un Tácito capaces de
dejar un registro más fiel de los hechos. De igual m anera que los otomanos
prohibirían las imprentas en todo su imperio por temor a la libertad de
expresión, los aqueménidas desconocían la idea de la crítica pública en
documentos escritos.
Todos los textos persas -tanto las inscripciones, como los inventarios
palaciegos o los libros sagrados- concernían al rey, sus sacerdotes y
burócratas, y se limitaban a asuntos de gobierno y religión. Aunque hubieran
existido otras formas públicas de expresión, la victoria persa en las
Termopilas no habría
56
podido representarse sobre un escenario o ser recordada en un poema sin
la aprobación dejerjes y sin que el propio Jerjes fuera el protagonista
absoluto del triunfo. L a conm em oración de la victoria persa en Bactriana lo
demuestra fehacientemente: “DiceJerjes, el rey: cuando me convertí en rey,
había en estas tierras que están escritas en el cielo una que estaba inquieta.
Después, Ahura Mazda me ayudó. Por el favor de Ahura Mazda castigué a esa
tierra y la puse en su sitio” (A. Olmstead, p. 231).
La religión persa no era tan dictatorial como la egipcia. Los monarcas
aque-ménidas, por ejemplo, no eran divinidades, como los faraones, sino
emisarios en la tierra del dios Ahura Mazda. Sin embargo, el poder real gozaba
de derechos divinos y todo edicto imperial se consideraba un acto sagrado. De
ahí la fórmula que los reyes aqueménidas repetían constantemente: “M ío es
Ahura Mazda, de Ahura M azda soy yo” . Cuando Alejandro Magno comenzó a decir
esto mismo, incluso los más leales caudillos macedonios comenzaron a urdir
planes para asesinarlo, dar un golpe o regresar a Grecia. Por otro lado, los
pueblos conquistados del Im perio persa, como babilonios y judíos, podían
adorar a sus propios dioses. Como ninguna cultura del Oriente conquistado
poseía una tradición religiosa separada de la política, o abrazaba el ideal de
la diversidad religiosa, la m ayoría de los súbditos de Persia consideraban el
vínculo entre religión y política de la monarquía aqueménida como algo normal,
no muy distinto a lo que ya conocían y, en todo caso, más tolerante.
Dicho esto, existían numerosas castas de hombres santos que no sólo
disfru taban de gran poder político como representantes del rey, sino que
además ambicionaban extensas propiedades en las que apoyar su tarea. L a
monarquía empleaba magos oficiales -los magos de túnicas blancas- en las
ceremonias públicas y los utilizaba como “controladores” religiosos encargados
de garantizar la piedad de los súbditos del Im perio. Las matemáticas y la
astronomía se encontraban en un estadio m uy avanzado, aunque comenzaban a
someterse al escrutinio de la religión y se empleaban para promover en un
contexto religioso las artes de la adivinación y la profecía. Un humanista como
Protágoras (“el hombre es la medida de todas las cosas”) o un ateo racionalista
como Anaxágoras (“todo lo que existe en el mundo, lo más grande y lo más
pequeño, lo controla la mente [mus] [...], todo lo que existe y existirá, la
mente lo dispone”) no podrían haber prosperado bajo el régimen aqueménida.
Muestras de pensamiento libre semejantes a las de Anaxágoras o Protágoras sólo
habrían podido surgir en Persia por dejación del control imperial. En todo
caso, de ser descubiertas, habrían sido sometidas a una censura inmediata. Los
habitantes de la Grecia clásica eran tan píos como los persas, pero cuando los
ciudadanos conservadores pugnaban por librar a sus ciudades de los provocadores
ateos estaban obligados a conse guir un decreto de expulsión -que debía votar
la m ayoría- o un juicio justo, o al menos algo que se le pareciera.
57
Si en el pasado los historiadores occidentales se basaron en autores
griegos como Esquilo, Heródoto, Jenofonte, Eurípides, Isócrates y Platón para
confor m ar estereotipos que describían a los persas como decadentes,
afectados, corruptos, rodeados de eunucos y cautivados por los harenes, un
detallado examen de los archivos imperiales y de las inscripciones del Imperio
aquemé-nida debería evitar que nos alejásemos demasiado en la dirección
opuesta. El ejército persa que combatió en Salamina no era ni decadente ni
afeminado, pero sin duda constituía un universo alternativo a los valores de la
cultura griega. En definitiva, en Oriente no existía ninguna polis. La Persia
aqueménida -com o la Turquía otomana o el M éxico de M octezuma- era una
sociedad dividida úni camente en dos estratos en la que muchos millones de
personas eran goberna das por autócratas, controladas por teócratas y
coaccionadas por generales.
LAS GUERRAS MÉDICAS Y LA ESTRATEGIA
APLICADA EN SALAMINA
Salam ina fue la batalla más importante en la confrontación de dos
culturas completamente distintas: una vastísima, rica e imperial; la otra,
pequeña, pobre
y descentralizada. L a primera
debía su enorme poder a la obediencia, los im puestos y la abundancia de
recursos humanos, que cualquier cultura palaciega centralizada podía obtener
con suma facilidad; la segunda, a la espontaneidad, la innovación y la iniciativa
que surgen exclusivamente en las comunidades pequeñas, autónomas y libres donde
conviven personas iguales ante la ley. Durante las Guerras Médicas, los griegos
creían que el curso de la guerra era, por encima de cualquier otro asunto,
cuestión de valores absolutos. En realidad, tenían la impresión de que se
centraba sobre todo en su propia y extraña idea de libertad, o eleutheria:
ellos querían conservarla, Jerjes, acabar con ella. Desde su punto de vista, la
guerra dependería de por cuánta libertad merecía la pena luchar y hasta qué
grado esa libertad podría compensar la enorme ventaja del rey persa en hombres,
recursos materiales y experiencia militar. El triunfo de la infantería
ateniense en Maratón diez años antes había detenido en seco una expedición de
castigo de las tropas de Darío. En aquella batalla, de entre todas las ciudades
griegas, únicamente Atenas y Platea acudieron al combate. La primera fuerza
expedicionaria persa que en 490 a.C. se presentó en territorio griego no era
muy numerosa para los parámetros que se alcanzarían poste riormente. Como
mucho, a los 10.000 defensores griegos se enfrentaron unos 30.000 persas.
Jerjes, sin embargo, logró con sus levas posteriores formar un ejército muy
distinto.
L a batalla de las Termopilas tuvo lugar diez años después de Maratón y
se saldó con una terrible derrota -pese a la valentía demostrada y a todos los
comentarios a que ha dado lugar, quizá fuera el m ayor revés en toda la
historia de las operaciones panhelénicas y desde luego es una de las pocas
veces en la historia que un ejército asiático ha derrotado a un ejército
occidental en terri torio europeo-. L a batalla naval de Artemisio, que tuvo
lugar de forma casi simultánea, fue, en el mejor de los casos, una retirada
estratégica griega. De ahí que en cualquier análisis que pretenda dilucidar por
qué motivo ganaron los griegos las guerras contra los persas, haya que
considerar, sobre todo, las dos victorias fundamentales del conflicto: Salamina
y Platea, la batalla prota gonizada por tropas de infantería que se produjo
poco después de la que aquí nos ocupa.
M icala (agosto de 479 a.C.), batalla librada en las costas de Jon ia al
mismo tiempo o cerca de las mismas fechas que Platea, no supuso tanto una
prolon gación de la defensa del territorio griego como la inauguración del
período de expansión helénica en el mar Egeo. Pero M icala sólo fue posible
gracias a la victoria previa en Salamina. Platea tuvo lugar en un pequeño valle
situado a unos quince kilómetros al sur de Tebas y casi un año después de la
victoria de Salamina. El triunfo fue magnífico y supuso la expulsión definitiva
de Grecia de las tropas de infantería del rey persa. Sin embargo, esa batalla
decisiva, en la que cayó el general persa Mardonio y la m ayoría de las fuerzas
invasoras fueron masacradas o se dispersaron, sólo puede entenderse dentro del
contexto determinado por el éxito táctico, estratégico y moral de Salamina, que
insufló a los griegos energía suficiente para continuar la guerra. En Platea,
los persas lucharon sin el rey Jeijes. Su maltrecha flota y algunos de sus
mejores soldados se habían ahogado en el golfo de Egina o huido a Persia casi
un año antes, tras la derrota naval de Salamina. La infantería de Mardonio no
contó en las costas orientales de Beocia con ninguna escuadra de apoyo. Los
navios que podrían haberla ayudado estaban o en el fondo del estrecho de Salam
ina o dispersos por los puertos de Oriente. Además, en Platea se congregaron
más tropas griegas de infantería -cerca de 60.000 o 70.000 hoplitas y otros
soldados de infantería ligera- de las que volverían a congregarse en un solo
ejército en toda la historia de Grecia. Heródoto opinaba que aquel día formaron
en el campo de batalla unos 110.000 helenos en varias unidades combinadas. Por
tanto, en el verano de 479 a.C., los persas combatieron en Platea sin la abru
madora superioridad numérica de que disfrutaron en Salamina y sin su rey ni su
enorme flota. En Platea, los invasores no podían recibir refuerzos ni por
tierra ni por mar. Los confiados griegos, en cambio, acudieron a aquella
pequeña llanura de Beocia convencidos de que sus enemigos se retiraban del
Ática desmoralizados tras la derrota de Salamina y abandonados por su líder
militar
y político.
Qué distinta era la situación un año antes en Salamina, y qué difícil le
resulta
al historiador desentrañar las claves de la victoria griega. Tras
evacuar la ciudad
59
y los campos, Atenas, cuya flota de doscientas naves era de muy reciente
construcción y constituía las dos terceras partes del contingente griego, no
deseaba luchar ni un solo metro más al sur. Casi todos los ciudadanos de Atenas
habían sido evacuados a la propia Salamina, a Egina y a Trecén, ciudad de la
Argólida. Por eso para los griegos, en septiembre de 480 a.C., alejarse
siquiera una legua del golfo de Egina suponía dejar a los refugiados civiles
que se en contraban en el Atica a merced de las tropas de Jerjes, y,
básicamente, poner fin a la propia idea de Atenas, que, con la pérdida de
Salamina, no poseería ya ni un solo centímetro de suelo nativo. “Mas, si no
haces lo que te digo [com batir en Salam ina]” , advirtió Temístocles a
Euribíades, uno de sus aliados peloponesios, “nosotros recogeremos de inmediato
a nuestros familiares y nos trasladaremos a Siris, en Italia, que nos pertenece
desde hace ya mucho tiempo; y, además, al decir de los oráculos, debemos fundar
allí una colonia. Vosotros, entre tanto, al veros privados de unos aliados como
nosotros, os acordaréis de mis palabras” (Heródoto, Historia, VIII.62).* En las
Guerras Médicas, los griegos combatían por su libertad, pero los astutos
hombres de Estado del Peloponeso pretendían posponer el enfrentamiento
definitivo conjeijes hasta que no quedase otra alternativa y todas las
ciudades-Estado hubieran comprometido ya sus últimas reservas en aquel
Armagedón.
En Salamina, la mayoría de los griegos reconocía que la participación
pos terior de los refugiados de Atenas, ciudad que pese a todo constituía la
mayor potencia naval de cuantas componían la alianza panhelénica, dependía de
dos condiciones previas: había que librar una batalla naval inmediatamente
después de la evacuación del Atica y había que hacerlo en una zona de con
tención que mantuviera a los persas alejados de la población civil ateniense.
Para mantener la participación de Atenas en la guerra, base de la alianza
helénica, no quedaba por tanto más opción que combatir en septiembre y junto a
las costas de Salamina. Todos los pueblos griegos del norte, con excepciones
sin importancia, no sólo habían desistido de toda resistencia una vez que su
territorio había sido conquistado, sino que, de hecho, aportaban algunas tropas
a la causa de Jerjes. L a amenaza de los atenienses de zarpar hacia el oeste,
además, no era ninguna baladronada. Sin duda habrían abandonado la causa si los
griegos del sur no hubieran contribuido a un último esfuerzo por resistir en
Salamina.
Los atenienses habían evacuado su ciudad porque sólo contaban con unos
10.000 hoplitas, número insuficiente para oponerse a las hordas persas. Tras la
carnicería de las Termopilas, ningún contingente hoplita panhelénico quiso
acudir a la planicie ática para defender Atenas de un enemigo victorioso al que
ahora se unían los griegos pro persas de Tesalia y Beocia. Ciertamente, la
* Madrid, Gredos, 1989, traducción de Carlos Schrader.
60
m ayoría de los griegos se decantaba por una batalla decisiva que habría
de librarse preferiblemente en tierra y por unidades de infantería, pero, hasta
acabar con el elemento que servía de apoyo y transporte al ejército d ejeijes y
facilitaba la ayuda de sus aliados, un último enfrentamiento desesperado y
espectacular habría servido poco más que para provocar una masacre entre las
tropas griegas. Los griegos ya habían sufrido una derrota en las Termopilas,
así que con una catástrofe heroica tenían más que suficiente. La mayoría de
ellos se daba cuenta, además, de que la presencia de una enorme flota enemiga
impedía consolidar cualquier posición defensiva, que los persas podrían
sorprender y anular con un desembarco en la retaguardia. Por otra parte, la
pérdida de Beocia había eliminado toda posibilidad de contar con algunos de los
mejores hoplitas del territorio continental griego.
No hay grandes islas en el litoral griego entre Salamina y el istmo de
Corinto, en dirección sur, y no las hay en la costa nororiental de la península
de la Ar-gólida. Tampoco hay ensenadas o estrechos, que habrían podido ofrecer
a la flota griega, más pesada pero con muchas menos naves, un canal angosto en
el que neutralizar la ventaja numérica de la armada persa. Aunque los
atenienses hubieran accedido a librar la batalla al sur de Salamina,
transportando a los refugiados que se encontraban en Egina y Salamina más hacia
el sur para unirse a los que ya habían llegado a Trecén, sólo existían dos
alternativas para plantar cara en Salam ina: una batalla naval en aguas
abiertas o una defensa suicida tras las fortificaciones del istmo. Ninguna de
ambas posibilidades ofrecía la mínima esperanza de victoria.
Según Heródoto, antes de la batalla, Temístocles pronunció un discurso
ante otros comandantes griegos. En él se oponía a un enfrentamiento naval en
las costas de Corinto: “Si trabas combate en las inmediaciones del istmo,
librarás la batalla en mar abierto, cosa que no nos conviene en absoluto, dado
que contamos con navios más pesados e inferiores en número; además, aun
suponiendo que, en líneas generales, nos acom pañe la fortuna, causarás la
perdición de Salam ina, M égara y Egina” (vill.60). Por el contrario, argüyó
Temístocles, luchar en Salamina ofrecía a los peloponesios la posibilidad
cierta de mantener a sus enemigos lejos del istmo y por tanto a distancia de su
tierra. Vencer en Salamina, por otra parte, podría salvar a un tiempo a Atenas
y al Peloponeso, al contrario de lo que sucedería con un éxito en el istmo, que
llegaría demasiado tarde para salvar siquiera el Ática. L a clave de la defensa
griega consistía en que sus dos mayores potencias, Atenas y Esparta, se
mantuvieran libres y comprometidas en la defensa panhelénica.
Previamente, Mnesífilo, un ateniense, había advertido a Temístocles que
si los griegos no combatían en Salamina había muy pocas posibilidades de que la
armada panhelénica volviera a reunirse para formar una sola escuadra, ni
siquiera para luchar en el istmo: “Todos ellos se dirigirán a sus respectivas
61
ciudades, y ni Euribíades, ni ninguna otra persona, conseguirá
detenerlos e im pedir que la flota se disperse” (vm .57). Por este m otivo, en
el relato de Heródoto, la reina Artemisia, que formaba parte de la flota de
Jerjes con el rango de almirante, advierte a los persas, aun a riesgo de su
vida, que eviten Salamina, esperen y, gradualmente, se dirijan por tierra hacia
el sur, hacia el istmo. Artem isia sostiene que una batalla naval en Salam ina
ofrecería a los griegos, que a la sazón mantenían posturas enfrentadas, la
única oportunidad de unirse frente al avance persa.
Según Heródoto, los peloponesios se aferraban tercamente a la idea de
plantear la defensa en tierra y se apresuraron a fortificar el istmo mientras
sus almirantes discutían en Salamina. Por su parte, la flota ateniense no sólo
se mostraba reacia a participar en la batalla por la que apostaban los Estados
del Peloponeso en un momento en que toda la población de Atenas se encontraba
esclavizada -de cualquier forma, sus barcos habrían sido de poco valor si la
lucha se libraba detrás de unas fortificaciones-, sino que había motivos, como
preveía Heródoto, para pensar que esa batalla sería un fracaso. Y es que, de
permanecer intacta, a la flota persa le resultaría muy fácil desem barcar
tropas a retaguardia del ejército griego en cualquier lugar de la costa del
Peloponeso.
La última esperanza que la civilización helénica tenía de derrotar a un
im perio veinte veces superior era forzarlo a plantar batalla en Salam ina.
Las escasas posibilidades de victoria residían en gran parte en el genio
táctico y estratégico de Temístocles y en el valor y audacia de los tripulantes
de la ar mada panhelénica, que luchaban por la libertad y la supervivencia de
sus propias familias. El problema, sin embargo, era que, a lo largo de todo el
año 480 a.C., los griegos, que eran libres, continuaron polemizando, votando y
profiriendo amenazas, mientras los persas, que no eran libres, se anexionaban
partes de su territorio. Aquella libertad para indagar en distintas
estrategias, debatir las tácticas y escuchar las quejas de los marineros
resultaba bronca y poco educada, pero, cuando la batalla estaba ya a punto de
desencadenarse, fueron los griegos y no los persas quienes descubrieron el
mejor modo de combatir en el estrecho de Salamina.
LA BATALLA
Si los 40.000 persas que se ahogaron en Salam ina y sus camaradas
supervi vientes hubieran logrado la victoria, Grecia habría perdido su
autonomía y la civilización occidental habría sido abortada cuando contaba con
dos siglos de vida. En cierto sentido, Salamina constituía para la frágil
coalición griega la última oportunidad de frustrar el avance de Jerjes antes de
que los ejérci tos persas ocupasen el Peloponeso, completando la conquista de
la Grecia
62
continental. Los refugiados de Atenas, cuya cultura corría el riesgo de
extin guirse, vivían amontonados en los alojamientos provisionales de las
cercanas islas de Egina y Salamina y en la costa de la Argólida. Debemos
recordar que Salamina se libró cuando los atenienses ya habían perdido su
patria. La batalla fue un esfuerzo no por salvar su tierra ancestral, sino para
recuperarla.
Por desgracia, las fuentes antiguas -el historiador Heródoto y el
dramaturgo Esquilo, y, durante el período romano, Plutarco, Diodoro y Nepote-
no nos cuentan casi nada de la propia batalla, aunque sugieren que la
remodelada flota griega se veía superada en una proporción de al menos dos a
uno o, quizá, de tres o cuatro a uno. A causa de las bajas sufridas en el
enfrentamiento naval de Artemisio, acaecido algunas semanas antes, y de los
refuerzos subsiguientes, no estamos seguros de cuántas naves presentaron
batalla por ambos bandos, pero es m uy posible que el número de navios griegos
estuviese entre los trescientos y los 370, mientras la escuadra persa debía de
sobrepasar holgada mente las seiscientas naves. Tanto Esquilo como Heródoto,
sin embargo, tenían la certeza de que la flota persa era aún mayor y hablan de
mil bajeles y 200.000 tripulantes. Si estas cifras son correctas, en Salamina
se enfrentaron más com batientes que en ninguna otra batalla de la historia de
la guerra naval.
Los observadores más antiguos señalan también que los marineros de la
flota griega tenían menos experiencia que los de la escuadra persa. Estos eran
remeros veteranos que ya habían bogado en las aguas de Fenicia, Egipto, Asia
Menor, Chipre y la propia Grecia. La flota ateniense apenas tenía tres años.
Atenas había construido más de doscientos barcos con toda rapidez y siguiendo
el consejo de Temístocles, que con gran intuición había temido el aumento de
las flotas de otras ciudades griegas, o de la flota persa. Con menos naves y
menos experiencia en el mar, la única esperanza de la armada panhelénica se
cifraba, como advirtió Temístocles, en atraer a la flota persa al estrecho que
discurría entre la isla de Salamina y el continente. En aquellas aguas, los atacantes
no encontrarían espacio para maniobrar, anulándose así su ventaja en recursos y
experiencia marinera. Los animosos remeros griegos, por su parte, podrían
embestir con sus trirremes contra la armada multicultural que acosaba su
patria. Heródoto también menciona que las naves griegas eran “más pesadas”
(bamteras). Esto no significa necesariamente que los trirremes helénicos
estuvieran mejor diseñados o fueran más marineros. Algunos estudiosos sugieren
que, con su comentario, Heródoto quería decir que los barcos griegos o bien
iban lastrados con agua, o habían sido construidos con madera demasiado joven o
eran más grandes y menos elegantes -es decir, al mismo tiempo menos
maniobrables y más difíciles de hundir- que los persas. En cualquier caso, a los
griegos no les interesaba un combate en aguas abiertas en ningún concepto. En
mar abierto, los persas no sólo harían valer su superioridad numérica, sino que
superarían a los griegos tácticamente.
63
Los persas, engañados quizá por una estratagema de Temístocles, creyeron
que los atenienses pretendían retirarse hacia el sur por la bahía de Eleusis y
a través del estrecho de Mégara. En consecuencia, se separaron, debilitando sus
fuerzas, con la intención de cortar el paso a la flota griega tanto al norte
como al oeste de Salamina. La flota del rey atacó poco antes del alba,
avanzando en tres líneas contra las dos líneas de los griegos. La escuadra
persa no tardó en desorganizarse debido a las embestidas de las naves griegas y
a la confusión de contar con demasiados barcos en aguas tan angostas. La
uniformidad de las tripulaciones helenas y su superioridad en disciplina y
moral ayudan a explicar por qué fueron capaces de atacar a las naves enemigas
repetidamente sin ser abordadas por un adversario que las superaba en número.
El experimentado contingente egipcio ni siquiera luchó, se limitó a esperar en
vano al norte, su poniendo que los griegos se retirarían por las costas de
Mégara.
Temístocles dirigió el ataque panhelénico desde su propio trirreme.
Mediante las amenazas y gracias a su magnetismo personal había mantenido la
cohesión de los griegos después de que los persas llegaran a ocupar todo el
territorio helénico hasta el istmo de Corinto. Además, su secreta pero falsa
promesa al rey persa de que se rendiría nada más comenzar la batalla había
conseguido engañar a je ije s acerca del verdadero propósito de los griegos.
Todas las des cripciones de las fuentes clásicas comparten un mismo tema: la
disciplina de los griegos en el ataque -las naves avanzando en orden, las
tripulaciones que remaban, embestían y retrocedían metódicamente y a la voz de
m ando-, en contraste con el caos y la desorganización de los persas, que en
vano y sin método alguno trataban de abordar los trirremes enemigos para matar
a sus tripulantes.
L a batalla duró quizá unas ocho horas y tuvo lugar entre el 20 y el 30
de septiembre del año 480 a.C ., muy probablemente el día 28. Cuando llegó la
noche, los barcos de la escuadra persa estaban hundidos o dispersos y las
tripulaciones invasoras estaban desmoralizadas. La mayor parte de los bajeles
persas se hundieron a consecuencia de las embestidas de los trirremes griegos,
que destrozaron las torpes formaciones enemigas con sus espolones. La flota de
Jerjes no tardó en dispersarse y dividirse en contingentes nacionales, que
actuaban de forma independiente y siguiendo su propio interés. Aunque en
teoría, y pese a estar en fuga, el enemigo continuaba superando en número a las
naves griegas, la flota persa perdió todo su valor como escuadra de combate. Más
de 100.000 marineros imperiales habían muerto o desaparecido o estaban heridos
o en franca huida hacia el otro extremo del Egeo.
A l cabo de pocos días, el propio Jerjes emprendió el regreso a través
del Helesponto acompañado por 60.000 hombres. Dejó en Grecia a su segundo en el
mando, el general Mardonio, que habría de proseguir la lucha al siguiente año.
Los griegos anunciaron su victoria de inmediato. Los atenienses no tardaron
64
65
en recuperar el Ática y, al cabo de pocos meses, de todas partes de
Grecia acudieron gran número de infantes helenos para acabar con las tropas
terrestres persas que se habían retirado al norte, a Beocia, y se encontraban
acampadas en Platea.
ELE UTHER1A
SALAMINA: BATALLA DE HOMBRES LIBRES
En el año 480 a.C. los griegos, pobres, acosados e inferiores en número
-adjetivos que comparten los pueblos invadidos de todas las guerras-, gozaban,
pese a todo, de algunas ventajas intrínsecas sobre los persas: conocían el
terreno, se beneficiaban de una mejor logística y contaban con la posibilidad
de luchar en posiciones fortificadas para neutralizar la superioridad de sus
oponentes. Heródoto, además, concede gran importancia a la enorme calidad de la
panoplia de bronce de los infantes griegos, que tan decisiva resultó en las
batallas terres tres de Maratón, las Termopilas y Platea. Los propios persas
parecían confusos ante el interés de los griegos por enzarzarse en una batalla
decisiva - y muy destructiva- y, sobre todo, ante la temible preferencia de las
falanges por el choque frontal. No compartían el concepto helénico de
disciplina, que premiaba el combate en orden cerrado, un tipo de lucha donde el
primer objetivo del guerrero consistía, más que en matar a un gran número de
enemigos, en mantener la formación. Esta característica, innata a la doctrina
militar occidental, resurgiría en el siglo siguiente y contribuye a explicar
por qué los europeos Jenofonte, Agesilao y Alejandro conseguirían en Asia con
algunos miles de soldados lo que Jeijes no pudo lograr en Europa con cientos de
miles.
Dicho esto, lo cierto es que los griegos que en Salamina partieron en
dos las naves enemigas con la proa de sus barcos creían que la libertad
(eleutheria) era la verdadera clave de su victoria. La libertad, sostenían,
había convertido a sus guerreros en mejores soldados que los persas - o que
cualquier otro pueblo, tribu o Estado no libre de Oriente u Occidente- y les
había insuflado más moral e incentivos para matar al enemigo. Esquilo y
Heródoto no dejan la menor duda al respecto. Si no nos interesa gran cosa su
descripción de las motivaciones y costumbres de los persas, casi siempre
sesgada y de segunda mano, nos podemos fiar de ambos autores cuando reflejan la
opinión de los griegos respecto de lo que estaba en juego en Salamina.
El principio moral que esgrime Heródoto es inconfundible: los ciudadanos
libres son mejores guerreros puesto que luchan por su propia salvación y la de
sus familias y por sus propiedades y no por los reyes, aristócratas o
sacerdotes que los gobiernan. Aceptan, además, un grado m ayor de disciplina
que los
66
soldados mercenarios o que luchan bajo coacción. Heródoto afirma que
des pués de Maratón (490 a.C.) los atenienses combatían mucho mejor. Era más
fácil luchar bajo la recién adquirida democracia que durante el largo reinado
de los tiranos pisistrátidas: “Los atenienses, mientras estuvieron regidos por
una tiranía, no aventajaban a sus vecinos en el terreno militar; y en cambio,
al desembarazarse de sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad” . Heródoto
explica a qué se debe este cambio: “ Cuando eran víctimas de la opresión, se
mostraban deliberadamente remisos por considerar que sus esfuerzos redundaban
en beneficio de un amo, mientras que, una vez libres, cada cual, mirando por
sus intereses, ponía de su parte el máximo empeño en la consecución de los
objetivos” (v.78).
Cuando se le preguntó por qué los griegos no llegaron a un entendimiento
con Persia cuando Jerjes amenazaba con conquistar Grecia, el enviado espartano
explicó a Hidarnes, comandante en jefe de las provincias occidentales, que fue
a causa de la libertad:
Hidarnes, el consejo que nos brindas no es imparcial, pues nos haces una
proposición con conocimiento de causa de una faceta, pero con ignorancia de la
otra: sabes perfectamente en qué consiste la esclavitud, pero todavía no has
saboreado la libertad y desconoces si es dulce o no. Realm ente, si la hubieses
saboreado, nos aconsejarías pelear por ella no con lanzas, sino hasta con
hachas (Heródoto, V I I .135).
Esquilo, como indica el epígrafe del presente capítulo, sugiere que los
griegos acudieron a la batalla de Salamina exhortándose unos a otros a salvar
la patria, a “ salvar a los hijos, / a las esposas, los templos / de los dioses
ancestrales / y las tumbas de los padres” (Los persas, 402-404). Tras la
victoria, los atenienses rechazaron toda oferta de mediación con brusco desdén:
“Nosotros, personal mente, ya sabemos sin ningún género de dudas que el Medo
cuenta con un potencial muy superior al nuestro, así que, desde luego, huelga
que nos eches en cara esa inferioridad. Pero, pese a todo, prendados como
estamos de la li bertad, nos defenderemos como podamos” (Heródoto, VIII.143).
Para los griegos, la libertad poseía una naturaleza casi religiosa. Los atenienses
adoraban las abstracciones “democracia” y “libertad” . Esta última, incluso,
formaba parte del culto a Zeus Eleutherios (Zeus dador de libertad). Am bas
deidades hacían más por el ateniense medio de lo que Ahura M azda había hecho
nunca por los súbditos de Persia.
El propio Heródoto tomó partido en su Historia e hizo el siguiente
comentario acerca de la victoria de Salamina: “Si se afirmase que los
atenienses fueron los salvadores de Grecia, no se faltaría a la verdad [...],
al decidirse por la libertad de Grecia, fueron ellos, personalmente, quienes
despertaron el patriotismo de
67
todos los demás pueblos griegos que no habían abrazado la causa de los
medos” (vil.139). Casi un año más tarde, en la batalla de Platea, la alianza
helénica exigió que antes de la batalla cada soldado pronunciase el siguiente
juramento: “Lucharé hasta la muerte y no tendré mi vida por más valiosa que la
libertad” (Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica, X I .29.3). A la
conclusión de la guerra, los griegos dedicaron un monumento a su victoria en el
santuario de Delfos. Tenía la siguiente inscripción: “Los salvadores de la
extensa G recia erigieron este monumento, tras liberar a sus ciudades-Estado de
una aborrecible esclavitud” (Diodoro de Sicilia, Xl.33.2).
Los observadores de la Antigüedad creían que Salamina y las demás
batallas de las Guerras Médicas se libraron en aras de la libertad y contra una
“aborrecible esclavitud” , y además coincidían, si bien en un sentido
abstracto, en que ser libre era el cimiento de la moral que en la lucha
serviría para vencer la supe rioridad numérica y de recursos de cualquier
enemigo potencial. Los autores griegos asociaban repetidamente la excelencia en
el combate con una milicia libre. La libertad no garantizaba la victoria por sí
misma, pero concedía a un ejército una ventaja que en todo momento podría
neutralizar la superioridad del enemigo en jefatura, equipo o número de
hombres. Aristóteles, que vivió en una época en la que el empleo de tropas
mercenarias era cada vez mayor, no albergaba la menor duda sobre la relación
entre libertad y excelencia castrense. Acerca de la ciudad-Estado libre,
escribió: los soldados “ciudadanos mueren en sus puestos [...] porque para
ellos el huir es vergonzoso y la muerte es preferible a semejante salvación.
Los profesionales, en cambio, se arriesgan al principio creyendo ser más
fuertes, pero cuando descubren su inferioridad huyen, porque temen la muerte
más que la vergüenza” (Etica Nicomáquea, III. ni6bi6-23).*
Siempre existió un evidente contraste entre los griegos libres y el
multicultural ejército de siervos reclutado por la Persia imperial. Jenofonte,
por ejemplo, pone en boca de Ciro el Joven un discurso en el cual explica a sus
mercenarios griegos por qué los ha contratado para luchar contra sus propios
conciudadanos en la batalla de Cunaxa (401 a.C .):
Griegos: si os he traído a vosotros para que me ayudaseis no es porque
me faltasen bárbaros, sino porque pensaba que valíais más y erais más fuertes
que un crecido número de bárbaros; por eso os tomé. Mostraos, pues, dignos de
la libertad (eleutherias) que poseéis y por la cual os envidio. Estad seguros
de que yo cambiaría la libertad (eleutherian) por todos los bienes que poseo y
por otros muchos más (Anábasis, 1.7.3-4).
* Madrid, Gredos, 1998, traducción de Julio Pallí Bonet.
68
Este pasaje refleja todos los estereotipos tradicionales de un autor
griego, pero no debemos olvidar los hechos más sobresalientes. Uno: el propio
Jenofonte era un veterano de campañas en las que los griegos derrotaron a
tropas asiáticas en todas y cada una de las ocasiones que se les presentaron.
Dos: Darío, Jeijes, Ciro y Artajerjes (y posteriormente, Darío III) contrataron
a un gran número de mercenarios griegos, mientras que casi ninguna polis griega
- y muchas de ellas tenían capital suficiente para emplear tropas de casi todos
los lugares del mundo mediterráneo- recurrió a los infantes persas. Tres: el
propio Ciro admite que la preciosa libertad de que sólo él disfruta como
autócrata de Persia se extiende al hombre corriente al otro lado del Egeo. Setenta
años después, en Cunaxa, no lejos del lugar donde los Diez Mil habían hecho
huir a sus adversarios persas, Alejandro Magno, que se esforzó tanto como el
que más por destruir la liber tad griega, recordó a los macedonios, en
vísperas de la batalla de Gaugamela (331 a.C.), que les resultaría fácil
obtener la victoria. Aún eran, se jactaba el monarca, hombres libres que
combatían contra los súbditos esclavizados de Persia.
Toda la literatura griega hace hincapié en la singularidad de la
libertad griega, una idea extraña que, según parece, no existió en sentido
abstracto en ninguna otra cultura de la época. La idea de libertad, en efecto,
surgió en los siglos v il y VI a.C. entre los hablantes de lengua griega de los
pequeños y relativamente aislados valles agrícolas de la tierra continental
griega, de las islas del Egeo y de la costa de Asia Menor. La palabra
“libertad” o su equivalente -com o las igualmente extrañas “ciudadano”
(polites), “gobierno de consenso” (politeia) y “democracia” (demokratia,
isegoria)- no se encuentra al parecer en el léxico de otras lenguas antiguas
contemporáneas excepto el latín (libertas, civis, res publica). Ni las tribus
galas del norte ni los sofisticados egipcios del sur alentaban ideas tan
absurdas.
La libertad de las ciudades-Estado griegas no era la libertad de facto
que gozan los nómadas que no pretenden otra cosa que vagar sin control. El
historiador Diodoro, por ejemplo, admitía que incluso los animales salvajes
luchan por su “libertad” . Tampoco era la desenfrenada laxitud de la que
disfrutaba la elite dirigente de sociedades tan jerarquizadas como la persa o
la egipcia. Al contrario, la eleutheria, ese descubrimiento griego, demostró
ser un concepto que podría trascender los caprichos del tiempo y el espacio, de
lo rural y lo urbano, de un paisaje densa o escasamente poblado, del gobierno
de consenso según la estrecha definición que le dan las oligarquías o tal como
se practica en las democracias. La eleutheria garantizaba a los ciudadanos libertad
de asociación, libertad para elegir a sus representantes, libertad para poseer
propiedades y adquirir riquezas sin temor a la confiscación, y libertad frente
a la coacción o al castigo arbitrarios.
En las más de mil ciudades-Estado que había en Grecia, no todos eran
libres. A lo largo de los cuatro siglos de historia de las polis autónomas
(700-300 a.C.),
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hubo diversas gradaciones, de modo que para ser ciudadano de pleno
derecho primero hizo falta contar con extensas propiedades, luego bastó con
poseer alguna y finalmente no fue necesario tenerlas. Y lo mismo sucedió con
los cargos públicos, a los que tuvieron acceso primero muy pocos, más tarde
muchos y por último todos los ciudadanos. Algunos de éstos, y a título
individual, no pudieron en muchos casos votar o emitir sus opiniones libre o
públicamente, pero ni siquiera los Estados más oligárquicos intentaron
establecer teocracias que pudieran controlar el comportamiento social, cultural
y económico de sus súbditos. En general, los dirigentes de las autocracias
occidentales jam ás alcanzaron el grado de poder que los déspotas orientales
impusieron para controlar la vida de sus súbditos. Aun así, ninguna de las
ciudades-Estado que existieron entre el mar Negro y el sur de Italia amplió la
igualdad política a las mujeres, los esclavos o los extranjeros. Ideas tan
laudables quedaron única mente en manos de pensadores utópicos o poetas
cómicos como Aristófanes, los presocráticos, Platón y los filósofos estoicos.
En relación con la discriminación política ejercida por los griegos
debemos hacer dos consideraciones. En prim er lugar y sobre todo, los pecados
de la sociedad griega -esclavitud, sexismo, explotación económica, chovinismo
étnico-son en su mayor parte pecados cometidos por el hombre y comunes a todas
las culturas y a todas las épocas. Los “otros” del mundo griego -extranjeros,
esclavos, m ujeres- eran también los “otros” en todas las demás sociedades de
la época (y en la actualidad continúan marginados en algunas culturas no
occidentales: la esclavitud pervive en algunos lugares de Africa, en India hay
un sistema de castas, en varios continentes aún se practica la mutilación de
las mujeres). En segundo lugar, la libertad es una idea en evolución, un
concepto milagroso y peligroso que una vez concebido no tiene restricciones
lógicas que delimiten su desarrollo definitivo. Las primeras polis, las de los
siglos VII y VI a.C., insistieron en conceder más prerrogativas a los
ciudadanos que más propiedades poseían, privilegios que Atenas y otras
democracias abolieron en el siglo V a.C. En el siglo i v a.C., en las fechas en
que se produjo la conquista macedonia, los griegos, por medio de la literatura,
las representaciones teatrales, la oratoria y el debate filosófico, apelaban a
una libertad e igualdad que no favorecieran exclusivamente al hombre y al
nativo. Hay que ser prudentes. No podemos esperar que, en sus dos primeros
siglos de existencia, la libertad fuese perfecta. En vez de ello, debemos
valorar que apareciera tan pronto, fuera cual fuese la forma en que lo hizo.
EL SIGNIFICADO DE LA LIBERTAD
Si pudiéramos preguntarle a alguno de los marineros griegos que tomaron
parte en la batalla de Salamina “ ¿qué es esa libertad por la que remas?” , nos
habría
7 o
respondido en cuatro partes. En primer lugar, libertad para expresar lo
que se quiera. De hecho, los griegos no sólo tenían una palabra, sino dos, para
la libertad de expresión: isegoria o igualdad ante el derecho de hablar
públicamente en la Asamblea, y parrhesia, derecho de cada uno a decir lo que se
le antoje. Como dijo Sófocles: “ Los hombres libres tienen lenguas libres”
(frag. 927a). Por lo demás, esa libertad para expresarse sin trabas pudo
comprobarse no sólo en los estrados atenienses, sino a lo largo de toda la
campaña de Salamina. Constan temente se convocaban consejos. Los atenienses
debatieron sobre la conveniencia de evacuar el Atica, los peloponesios si
combatir o no en el istmo de Corinto, y todos los griegos si jugarse el todo
por el todo en Salamina, y, en caso afirmativo, cuándo y de qué forma. Hom bres
de Estado como Euribíades, Temístocles, Adimanto y los demás generales
discutieron y se increparon en acalorada y abierta disputa. A aquellas
deliberaciones casi constantes, Heródoto las llamó “guerras de palabras” o
“gran combate de boxeo por medio de palabras” . Antes de la batalla, los
hombres opinaban libremente en las calles -algo que el his toriador Diodoro
llamó el “malestar de las masas” - , de modo que los generales se paseaban por
las mismas a fin de tomar el pulso a la opinión pública. Más tarde, los
atenienses llamaron a sus trirremes Demokratia, Eleutheria y Parrhesia,
denominaciones que habrían supuesto la decapitación de sus capitanes en la
flota persa. L a idea de que un navio persa se llamase Libertad de expresión
resulta inconcebible.
En el bando persa no se daban tales licencias. A resultas de ello, su
estrategia era inferior, el alto mando desconocía el estado real de su flota y
no hay pruebas de que ningún almirante persa tuviera alguna incidencia en los
planes de ataque. Esquilo hace que un coro de ancianos persas se lamente de que
la derrota de Salamina pueda presagiar males mayores: “Ya no estarán sellados /
los labios de los hombres; / eliminando el yugo que constriñe, / el pueblo se
ha aflojado las riendas / y habla sin freno alguno” . (Lospersas, 591-592).
Demarato, el renegado espartano, aconseja a Diceo que no exprese sus temores
por la flota persa ante el re y je rje s: “ Calla, [...] y no relates este
episodio a nadie más, pues, si esas palabras llegan a oídos del rey, de seguro
que perderás la cabeza” (Heródoto, VIII.65). Después de la batalla, los
almirantes fenicios se acercan a Jerjes para quejarse de que han sido
traicionados por los griegos de Jonia, que han desertado de la causa persa. Sus
críticas desagradan al rey, que los hace decapitar. Cuando los remeros griegos
bogaban en pos del enemigo, estaban seguros de que podían airear sus dudas
sobre el combate. Los marineros persas, en cambio, sabían que hacerlo podría
significar su inmediata ejecución.
En segundo lugar, los rem eros griegos presentes en Salam ina luchaban
asimismo convencidos de que sus gobiernos de Atenas, Corinto, Egina, Esparta y
los demás Estados de la alianza panhelénica se basaban en el apoyo de la
ciudadanía. Hombres como Temístocles y Euribíades fueron elegidos por el
V
pueblo o por representantes del pueblo. En Salam ina, los remeros
griegos embistieron a sus adversarios con la certeza de que acudían a la
batalla por propia elección. Los invasores que finalmente se ahogaron aceptaban
su cruda realidad: se encontraban en aquel estrecho únicamente por capricho del
rey persa. A la larga, los hombres combaten con más ahínco cuando saben que
tienen la libertad de elegir de qué forma han de morir.
Poco después de Salamina, los veteranos griegos votaron la concesión de
galardones y menciones especiales a aquellas personas que se habían distin
guido en la batalla. De modo inverso, los escribas imperiales entregaron
ajerjes listas de combatientes para que, tras el desastre, el rey impusiera los
castigos que considerase oportunos. En la batalla de las Termopilas, y como era
costum bre, los oficiales del ejército persa azotaban a sus soldados para que
cargasen contra los griegos mientras los espartanos decidían sacrificar hasta
el último hombre en aras de la libertad de Grecia. Golpear a un hoplita griego
durante una campaña podía acarrear la reprimenda pública de un general por tal
con ducta. Entre las tropas persas, fustigar a los infantes se consideraba
esencial para mantener la moral. Temístocles, desdeñado por sus soldados,
cuestionado en la Asamblea ateniense y atacado en el Consejo panhelénico, remó
por la victoria junto a sus hombres; Jerjes se sentaba en un ornado escabel a
distancia de la lucha mientras sus impresionados marineros consideraban con
temor la posi bilidad de que el Gran R ey fijase sus ojos en ellos. La
coacción y el miedo a ser ejecutado pueden ser incentivos fantásticos a la hora
de luchar, pero los griegos tenían razón al pensar que, a largo plazo, la
libertad es un aliciente mucho mayor.
Tercero, los griegos que combatieron en Salam ina gozaban del derecho a
adquirir y vender propiedades, cederlas o heredarlas y mejorarlas o abando
narlas a conveniencia, inmunes a la confiscación o a la coerción política o
religiosa. Incluso el marinero más desposeído de Atenas podía, en teoría, abrir
un comercio, cambiar sus artículos de cuero por un pequeño viñedo u ofre cer
sus servicios como porteador o transportista con la esperanza de obtener cierto
patrimonio que dejar a sus hijos. L a m ayoría de los marineros que se ahogaron
en Salam ina trabajaban en enormes haciendas propiedad de reyes, sátrapas,
dioses o aristócratas. Los hombres luchan mejor cuando piensan que la guerra
les permitirá conservar sus tierras y no las de otros. Cuando los persas
abandonaron Grecia definitivamente, abundaron las historias sobre las ingen
tes cantidades de metales preciosos que dejaron tras de sí, algo comprensible
si pensam os que en O riente no había bancos ni ninguna otra institución que
protegiera el patrim onio personal de la confiscación o la tributación
arbitrarias.
Más tarde, los ejércitos orientales se trasladaban a la batalla con su
dinero, mientras que sus homólogos occidentales lo dejaban en su patria,
confiando
en que la ley protegiera el capital privado del ciudadano libre. En
Lepanto, A lí Bajá ocultaba un tesoro en su galera capitana, la Sultana,
mientras que don Ju an de Austria no llevaba ni una pequeña parte de su fortuna
personal en la Real. Si los griegos hubieran salido derrotados de Salamina, el
Ática se habría convertido de inmediato en el dominio particular del Gran Rey,
que a su vez lo habría repartido entre sus parientes y las elites más
favorecidas, que se lo habrían arrendado a los soldados licenciados en
condiciones muy poco ventajosas. L a libertad es la argamasa del capitalismo,
esa sapiencia amoral de los m ercados que con tanta eficacia reparte bienes y
servicios entre la ciudadanía.
Por último, en Salamina, los griegos gozaron de libertad de acción.
Algunos atenienses, por ejemplo, prefirieron quedarse en la Acrópolis y por
tanto morir en su ciudad. Otros peloponesios permanecieron en sus casas con la
intención de fortificar el istmo de Corinto. A lo largo de toda la campaña,
refugiados, soldados y curiosos iban y venían según les pareciese, algunos a
Egina, otros a Trecén o a Salamina. Cuando el lidio Pitio se atrevió a actuar a
título indi vidual, el rey Jerjes hizo cortar a su hijo en dos. Ningún
ateniense pensó en descuartizar a aquellos com patriotas que no se plegaron al
decreto de la Asam blea que optaba por la evacuación del Ática. Aristóteles
señala que el principio fundamental de la libertad consiste en “vivir como se
quiera; pues afirman que esto es obra de la libertad, si es que es propio del
esclavo el no vivir como quiera” (Aristóteles, Política, VI. 1317b .10-13).* En
el discurso funerario de Pericles, que Tucídides recoge en el libro segundo de
su Historia, la idea de libertad como la capacidad de elegir sin trabas aparece
reflejada como en ningún otro lugar: “ En nuestras relaciones con el Estado
vivim os como ciu dadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas
sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra
nuestro vecino si hace algo que le gusta” . En Atenas, se señala un poco más
tarde, “vivimos exac tamente como deseamos” (11.37, 39)- En el ejército persa,
sólo la elite aqueménida gozaba de ese tipo de libertad. Si algunos remeros de
la flota disfrutaban de él, era únicamente a resultas de una relajación de la
disciplina o porque go zaban del favor o de la amistad del rey, que podía
revocarlo a voluntad. En ningún caso era un privilegio abstracto, innato y
legal del que gozaran todos los ciudadanos.
Si un marinero persa prefería perm anecer en el Ática ocupada o discutía
con su sátrapa o caminaba por la playa de Jerjes sin permiso, existían tantas
probabilidades de que fuera castigado como de que a su homólogo del otro lado
del estrecho de Salamina lo dejaran en paz. Los ejércitos occidentales, es
verdad, son rebeldes a menudo. En Salamina fue un milagro que hubiera cierta
unidad
* Madrid, Alianza Editorial, 1986, traducción de Carlos García Gual y
Aurelio Pérez Jiménez.
en el ataque o siquiera un somero acuerdo sobre los planes operativos
cuando se congregaban tantas y tan independientes partes implicadas; y lo
cierto es que discusiones semejantes estuvieron a punto de echar a pique el
esfuerzo cristiano en las horas previas a Lepanto. No obstante, la libertad de
acción rinde sus dividendos en la batalla. Soldados y marineros improvisan y
actúan de forma espontánea si están seguros de que no los azotarán ni les
cortarán la cabeza. No pierden energías procurando ocultar los fracasos por
temor a la ejecución. Los hombres libres combaten libremente en la confianza de
que, más tarde, el análisis y la investigación de sus colegas sabrán distinguir
a los valientes de los cobardes.
Antes de la batalla, Temístocles envió por propia iniciativa un mensaje
secreto
y engañoso a los persas. Los
griegos se reunieron en una última asamblea ge neral en los minutos previos a
tomar los remos. Los trirremes griegos, que provenían de las islas cercanas, se
congregaron individualmente y por grupos y se alejaron de la flota persa.
Arístides, general ateniense de carácter conser vador, desembarcó, también por
iniciativa propia, en el islote de Psitalea y expulsó a la guarnición persa.
Hubo muchos gestos libres y singulares a cargo de aquellos que estaban
acostumbrados a “vivir como se quiera” . La libertad de expresión desemboca en
la sabiduría colectiva y es por tanto esencial entre los miembros del alto
mando. Plutarco relata que, en mitad del acalorado debate acerca de la defensa
de Salamina, Temístocles espetó a Euribíades, su rival y comandante en jefe de
la flota del Peloponeso -que había demostrado pocos deseos de combatir por los
atenienses en Salam ina-: “Pégame, pero escucha”
(Temístocles, 11.3).* Euribíades así lo hizo... y los griegos vencieron.
LIBERTAD EN LA BATALLA
Las ideas occidentales sobre la libertad, originadas en la temprana
concepción helénica de la política como gobierno consensuado (politeia) y en
una economía abierta que concedía a los individuos la oportunidad de obtener
beneficios (kerdos), protegían la tierra (kleros) de cada ciudadano y le
ofrecían alguna independencia (autonomía), librándolo de la coacción y el
castigo. Esas ideas habrían de desempeñar un papel importante en casi todas las
batallas en las que intervinieron soldados europeos. La libertad, junto a otros
elementos del paradigma occidental, contribuiría a anular la acostumbrada
debilidad europea en recursos humanos, movilidad y líneas de suministro.
Resulta fácil identificar qué papel desempeñó la libertad entre las
filas de combatientes europeos en Salamina, cosa que no es tan fácil discernir
en las
* Madrid, Credos, 1996, traducción de Aurelio Pérezjiménez.
74
batallas de la ciudad de M éxico o en Lepanto, o en las luchas
intestinas entre soldados occidentales que, por ejemplo, tuvieron lugar en
Agincourt, Waterloo y el Somme. Sin embargo, fueran cuales fuesen las
diferencias que separaban a franceses e ingleses en la Edad Media, a estas
mismas naciones a comienzos del siglo X IX o a los alemanes y a los aliados en
la Primera Guerra Mundial, todos ellos compartían, a ambos lados del frente, un
sentido de la libertad que jam ás estuvo presente, ni siquiera remotamente, en
los ejércitos no europeos.
Incluso cuando los gobiernos constitucionales retrasaban su llegada o se
perdían y el legado clásico quedaba casi olvidado, la tradición occidental de
liberalismo cultural y económico sobrevivía con la fuerza suficiente como para
que el súbdito de un rey europeo gozara de más libertad que un recluta del
ejército imperial chino, cualquier jenízaro del turco o uno de los guerreros de
las flores de Moctezuma, sometidos todos ellos a un grado de control social,
económico e ideológico desconocido en la m ayor parte de Europa. Lo que más
temían de los aztecas los hombres de Cortés, aparte de las continuas matanzas
sacrificiales de la Gran Pirámide, es lo que temían los griegos de Jerjes, los
venecianos de los otomanos, los británicos de los zulúes y los estadounidenses
de los japoneses: el sometimiento del individuo al Estado, o la idea de que un
súbdito sin derechos pudiera ser ejecutado sumariamente por hablar o incluso
por guardar silencio si con ello desagradaba a su rey, emperador o sacerdote.
Si la obediencia estricta alimentada por una devoción no cuestionada
puede reportar poder en el campo de batalla, cuando el sistema nervioso central
de una sociedad tan jerarquizada queda aislado -el secuestro de Moctezuma,
Jeijes o Darío III huyendo del campo de batalla, el jefe zulú Cetshwayo
atrapado, el suicidio de un almirante japonés-, la voluntad del siervo
coaccionado o del súbdito imperial se desvanece, sin dejar otra cosa que pánico
o fatalismo. Japón se rindió sólo cuando su em perador accedió a hacerlo. Los
Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial cuando una cám ara
legislativa constituida por elección popular votó a favor de la declaración de
guerra del presidente Roosevelt y la abandonaron cuando ese mismo órgano
ratificó las propuestas de paz del presidente Truman.
L a libertad es también un activo militar. Eleva la moral del ejército
en su conjunto, aumenta la confianza del más frágil de los soldados y
contribuye más al consenso de los oficiales que el hecho de contar con un único
comandante supremo. L a libertad es algo más que mera autonomía o que la idea
de que los hombres siempre combaten con valor cuando defienden su patria para
repeler a un invasor. Los persas derrotados en Micala (479 a.C.) y los que
mucho después fueron aniquilados por Alejandro Magno (334-323 a.C.) defendían
su tierra de un agresor extranjero, pero fueron derrotados cuando eran siervos
al servi cio de la dinastía reinante en los dominios del Asia aqueménida y no
hombres libres que luchaban por un ideal de libertad.
75
EL LEGADO DE SALAMINA
Los poderes que se confrontaron en esta lucha fueron los siguientes. Por
un lado, el despotismo oriental, todo el mundo oriental culto, reunido bajo un
soberano. [...] Contra estos pueblos muy belicosos entran en lucha unos
pequeños grupos de individualidades libres. Nunca en la historia universal la
superioridad de la fuerza espiritual sobre la masa -una masa no despreciable-
se ha revelado con tal esplendor.
Esto dijo Georg Hegel acerca de Salamina en sus Lecciones sobre la
filosofía de la historia,* una opinión melodramática que no coincide con la de
Am old Toynbee, que en uno de sus más desafortunados apartes sugirió que una
derrota griega a manos de Jerjes podría haber sido positiva para la
civilización helénica: el déspota omnipresente habría salvado por fin a Grecia
de sus luchas intestinas. Toynbee debería haber reparado en la suerte que
corrió Jo n ia en el siglo V I a.C. y de qué modo, bajo un siglo de dominación
oriental, contempló cómo desa parecían su dominio de la filosofía, la
independencia de su gobierno y su libertad de expresión.
La derrota helena en Salamina habría certificado, por el contrario, el
súbito fin de la civilización occidental y de esa institución griega tan
singular que era la libertad. Jonia, las islas del Egeo y el territorio
continental griego habrían sido ocupados y convertidos en una satrapía
occidental de Persia. Los pocos griegos que hubieran sobrevivido en los Estados
autónomos de Italia o Sicilia habrían sucumbido ante un nuevo ataque persa o no
habrían sido otra cosa que una apartada reserva en un Mediterráneo oriental que
era ya, esencialmente, un lago persa y cartaginés. Sin un continente griego
libre, la cultura única de la polis se habría perdido y con ella los valores de
la incipiente civilización occi dental. En el año 480 a.C., la propia
democracia no tenía más que veintisiete años de existencia y la idea de
libertad no era más que un concepto nacido dos siglos antes y compartido
únicamente por algunos cientos de miles de lugareños de un rincón del
Mediterráneo. Lo que más tarde permitiría a Roma dominar Grecia y Cartago fue
su mortífero ejército, su capacidad para gestionar sus recursos humanos
mediante levas de ciudadanos libres, una constitución flexible mediante la cual
los civiles supervisaban las operaciones militares y una tradición científica dinámica
que le permitió producir desde catapultas y avan zadas armas de asedio hasta
magníficas panoplias y armas de uso personal. Sin embargo, Roma tomó prestados
de Grecia todos estos elementos o se inspiró en los griegos para
desarrollarlos.
* Madrid, Revista de Occidente, 1974, traducción de José Gaos.
Después de Salamina, los griegos libres nunca temerían a ninguna
potencia extranjera hasta que tuvieron que vérselas con los romanos libres de
la República. Ningún rey persa volvería a poner los pies en Grecia. Durante los
dos mil años siguientes, ningún oriental reclamaría la posesión de Grecia. Sólo
en el siglo XV, con la conquista otomana de los Balcanes, una nueva cultura se
impuso sobre la empobrecida, desasistida y hacía mucho tiempo olvidada Hélade
bizantina. Antes de Salamina, Atenas era una excéntrica ciudad-Estado cuyo
experimento de democracia radical estaba en el vigesimoséptimo año de su
infancia y su éxito aún no estaba decidido. Después de Salamina, en Atenas
surgió una cultura democrática imperial que gobernó sobre el Egeo y nos legó a
Esquilo, Sófocles, el Partenón, Pericles, Sócrates y Tucídides. Salamina
demostró que los pueblos libres luchan m ejor que los que no lo son y que los
más libres de entre los libres -los atenienses- lucharon mejor que ningún otro.
Tras Salamina y durante tres siglos y medio, los letales ejércitos
helénicos o de inspiración helénica -los Diez Mil, los macedonios de Alejandro
Magno y los mercenarios de Pirro -, aprovechando una tecnología superior y
tácticas de choque, harían estragos desde el sur de Italia hasta el río Indo.
La incom parable arquitectura griega -desde el templo de Zeus en O lim pia
hasta el Partenón de Atenas-, su imperecedera literatura -desde la tragedia, la
comedia
y la oratoria ática hasta la propia
historiografía griega-, el auge de la cerámica de figuras rojas, la destreza en
el realism o e idealism o de su escultura y la expansión de la idea de
democracia tienen su origen en las Guerras Médicas. Por eso los historiadores
marcan sobre la victoria de Salamina la línea divisoria que separa las épocas
arcaica y clásica de la literatura y del arte griegos.
Hay una última ironía acerca de Salamina y de la idea de libertad. La
victoria griega no sólo salvó a Occidente al garantizar la supervivencia del
helenismo cuando la cultura de la polis sólo tenía dos siglos de vida. La misma
importancia tiene que sirviera de catalizador para el renacimiento de la
democracia ateniense, acontecimiento que alteró radicalmente la evolución de la
ciudad-Estado al otorgar a un pueblo que ya era libre mayor libertad aún; mucha
más de lo que la imaginación de cualquier hoplita del siglo v il a.C. hubiera
podido concebir. Como Aristóteles comprendió más de un siglo y medio más tarde,
la que había sido una polis griega sin ningún rasgo destacable, inmersa en el
experimento de permitir que sus nativos votasen -los mismos que muy pronto se
convertirían en los héroes de Salamina-, heredaría de repente el liderazgo
cultural de Grecia.
Antes de Salamina, la mayor parte de las ciudades-Estado helénicas
aplicaban un estricto criterio según el cual sólo gozaban de plena ciudadanía
un tercio de sus habitantes, es decir, aquellos que tenían propiedades
suficientes. Y todo por prevención frente a la volatilidad y comportamiento
licencioso de los más pobres y no educados o de los que no tenían residencia
fija. Puesto que Salamina fue una victoria de la “multitud del mar” más pobre,
y no el triunfo de la infantería
compuesta por los pequeños propietarios, en el siglo siguiente la
influencia de los remeros atenienses sin tierras aumentaría sustancialmente. El
humilde y el indigente exigirían una representación política acorde con su
destreza en los mares, que a la sazón resultaban de vital importancia. En
Occidente, el que lucha demanda reconocimiento político. Aquella nueva clase
naval, investida de un nuevo poder, transformó la democracia ateniense y la
convirtió en una potencia imperial agresiva e im predecible compuesta por
ciudadanos libres capaces de decidir lo que había de hacerse en un día
cualquiera mediante su voto en la Asamblea. Por voluntad del pueblo, pronto se
construirían los templos de la Acrópolis, se subvencionaría a los trágicos y se
enviarían trirremes a las aguas del Egeo, aunque también se exterminaría a los
melios y se ejecutaría a Sócrates. Maratón creó el mito de la infantería
ateniense, mito que la flota superó gracias a la victoria de Salamina.
Para Platón, si Maratón había iniciado la cadena de éxitos griegos y
Platea le había puesto fin, Salam ina “hizo a los griegos peores como pueblo” .
La dem ocracia era para él una form a de gobierno degenerada y sus porfiados
ciudadanos poco más que “ tunantes de cabeza hueca” que exigían derechos que no
se habían ganado, igualdad de resultados más que de oportunidades y gobierno
por el dictamen de la mayoría más que por la ley. Antes de Salami na, las
ciudades-Estado griegas abrazaron todo un conjunto de restricciones
constitucionales que limitaban la extensión de la nueva, radical y peculiar
idea de libertad: títulos de propiedad para votar, guerras que libraban
exclusi vamente aquellos propietarios cuya renta y capital les otorgaban
ciertos privi legios, y una com pleta ausencia de impuestos, arm ada e
imperialismo. Los códigos normativos de la ciudad-Estado agraria tradicional
concedían la libertad y la igualdad de derechos y deberes a la minoría de la
población que gozaba de educación, tierras y capital de sobra. Antes de
Salamina, la esencia de la polis no era tanto igualdad para todos como búsqueda
de virtud moral para todos, una búsqueda guiada por un conjunto de hombres
libres, capacitados y con propiedades suficientes.
Platón, Aristóteles y la mayoría de los demás pensadores griegos, desde
Tu-cídides hasta Jenofonte, que se mostraban preocupados por las consecuencias
de Salam ina no sólo eran elitistas, más bien podría decirse que se percataban
de los peligros inherentes al relajamiento y opulencia que podrían derivarse de
un gobierno radicalmente democrático, que había instaurado los derechos del
ciudadano, la elección por sufragio, los subsidios para la participación
cívica, la libertad de expresión y el mercado libre. Sin controles ni
equilibrios internos, desde este punto de vista reaccionario, una polis enferma
de libertad acabaría por convertir al ciudadano en alguien exageradamente
individualista y ensi mismado cuyos derechos y libertades ilimitados
relegarían a un segundo plano los sacrificios comunitarios o la virtud moral.
Tras Platón y Aristóteles, los
78
más eminentes filósofos de Occidente -H obbes, Hegel, Nietzsche, y
muchos otros- expresarían reservas casi idénticas acerca de esta singular idea
de de mocracia que concedía a la ciudadanía una libertad política ilimitada
sobre la base de un derecho inalienable: que los hombres nacen libres y deben
morir Ubres.
En definitiva, los más conservadores sostenían que la política
gubernamen tal debía depender del voto m ayoritario pero exclusivo de los
ciudadanos instruidos, bien informados y con cierta solvencia económica. La
guerra, como sucedió en las batallas de Maratón y Platea, debía emprenderse
únicamente en defensa de la propiedad, librarse en tierra, y exigía coraje m
arcial y no únicamente tecnología, navios colectivos o gran número de tropas.
Los ciuda danos debían ser dueños de sus propias granjas, aportar sus armas,
estar exentos de cualquier tributo y libres de un gobierno centralizado y ser
responsables de su propia seguridad económica, en lugar de buscar trabajo
remunerado, empleos públicos o ayuda estatal. Los valientes remeros de Salam
ina y sus barcos, de construcción y propiedad públicas, cambiaron todo eso en
una sola tarde. U na vez liberado, hasta los caudillos más autocráticos de
Occidente tendrían dificultades para acabar con el virus de la libertad
política radical.
Tras la retirada de la flota persa en Salamina, las puertas del Egeo
quedaron abiertas y Atenas se encontró a la vanguardia de la resistencia
griega. La democracia radical, por tanto, y su refutación de la vieja y
estática polis estaba próxima. Es posible que algunos filósofos odiasen
Salamina -las ideas que la batalla inspiró a Platón rayaban con la traición-,
pero la victoria de Temístocles y sus rem eros no sólo salvó a Grecia y a
Occidente, sino que confirió una irrevocable energía a las huestes occidentales
y sirvió para difundir la idea de libertad. Cuarenta mil súbditos imperiales
ahogados en el estrecho de Salamina atestiguaban el poder de esa idea.
Salamina no era una garantía definitiva, pero demostró ser el principio
de algo que jam ás se había visto en el Mediterráneo occidental: el modo
occidental de hacer la guerra desatado más allá de las fronteras de Grecia. A l
cabo de tan sólo siglo y medio, la doctrina militar que había salvado a la
flota griega a unos cientos de metros de la costa ateniense llevaría a
Alejandro Magno a 5.000 kilómetros hacia el este, a las riberas del río Indo.
III
LA BATALLA DECISIVA
GAUGAMELA, 1D E OCTUBRE D E 331 A.C.
Los griegos, por su arrogancia y estupidez, tienen por costumbre
entablar combates de la manera más insensata: cuando se declaran entre sí la
guerra, los contendientes bus can a toda costa el terreno más aprovechable y
despejado,
y bajan a luchar allí, de manera
que los vencedores acaban retirándose con elevadas pérdidas, y, acerca de los
vencidos, huelga que diga nada, pues, como es natural, resultan aniquilados.
H ER Ó D O T O , Historia, vn.9.2
PUNTOS DE VISTA
ÍP EL VIEJO
U obre Parmenión! Una vez más tenía que permanecer rezagado mientras el
divino Alejandro, lejos de él, en el flanco derecho, cargaba al galope contra
las hordas persas. Casi toda la línea de batalla del ejército macedonio seguía
a su rey: la Caballería de Compañeros que mandaba Filotas, uno de los hijos de
Parmenión, la falange real de piqueros, diversas unidades de mercenarios y los
veteranos infantes escuderos, o hipaspistas; es decir, casi todas las tropas
que marchaban a pie o a caballo del ejército macedonio, o al menos ésa era la
impresión de Parmenión. Aquél, en cambio, se encontraba justo frente al flanco
derecho del ejército persa, dispuesto a afrontar una lucha encarnizada. Parme
nión, el viejo, debía, una vez más, mantenerse firme; y para él no había más
gloria que la de sostener el flanco izquierdo del ejército. No contaba más que
con varios centenares de veteranos jinetes macedonios, a los que apoyaban
algunas compañías de piqueros mandadas por Cratero y Simmias, con unas pocas
unidades de caballería griega, que en aquella ocasión mandaba Erigió, y con los
2.000 irreductibles jinetes tesalios que lideraba Filipo.
En el río Gránico (334 a.C.) y en Isos (333 a.C.) Parmenión desempeñó el
mismo papel, el de proteger el flanco izquierdo del ejército macedonio -el ala
“ rehusada” , como dice la jerga táctica-, mientras el veloz Alejandro
penetraba en la brecha abierta entre el centro y la izquierda del ejército
persa,
81
m aniobraba a espaldas de éste y ponía en fuga a su rey. El método de
Alejan dro consistía, siempre, en aplastar al ejército imperial antes de que
Parmenión fuera rebasado por las hordas de jinetes persas. Parmenión mantenía
la posi ción y Alejandro atacaba, ésta era la fórm ula tradicional que
convertía al segundo en máximo artífice de la victoria y al primero en único
culpable de una eventual derrota.
En Gaugam ela, el ala izquierda macedonia de Parmenión estuvo a punto de
implosionar: fue “ obligada a retroceder y estaba en dificultades” , señala es
cuetamente Plutarco en su biografía de Alejandro (Alejandro, 23.9-11). En rea
lidad, las tropas de Parm enión eran m uy inferiores en número a las de su
adversario -quizá en una proporción de uno a tres- y por unos momentos
estuvieron al borde del aniquilamiento. Las fuentes clásicas sugieren que en G
augam ela la disparidad num érica entre ambos ejércitos era m ayor en el ala
izquierda macedonia, donde las líneas estuvieron a punto de quebrarse a la
primera acometida. L a caballería macedonia de Parmenión se enfrentó a
excelentes tropas de caballería: buen número de jinetes armenios y capa-docios,
unos cincuenta carros escitas y una fuerza combinada de caballería e infantería
al mando de M aceo, sátrapa de Siria. Una oleada de 15.000 asesi nos a caballo
atacó la isla que formaban los 5.000 infantes y jinetes que lide raba
Parmenión.
No conviene subestimar a la caballería persa. Sus monturas eran de mayor
tamaño que las macedonias y en Gaugam ela llevaban, igual que los jinetes, una
resistente protección frontal. De las provincias orientales del Im perio
provenía una tradición de caballería distinta a la occidental, que anticipaba a
los posteriores caballeros bizantinos, protegidos por cotas de malla y montados
sobre animales m uy resistentes y capaces de romper con facilidad las líneas de
caballería e infantería ligeras. Si bien es cierto que los jinetes persas no
es taban bien preparados para la lucha cuerpo a cuerpo -llevaban jabalinas y
espadas muy inferiores en el combate a las lanzas largas y a las espadas de
hoja ancha de los Compañeros de Alejandro-, gracias al tamaño de sus monturas,
a sus armaduras, a su superioridad numérica y al impulso frenético del ataque,
causaron estragos entre los hombres de Parmenión, que estaban obligados a
mantener una posición estática.
Los m ariscales de Darío conocían ya el daño que la caballería pesada
macedonia era capaz de hacer a los jinetes y los infantes persas, de modo que,
en Gaugamela, decidieron acudir al campo de batalla mejor protegidos y con más
tropas montadas que sus adversarios griegos, como si las guerras se ganasen por
contar con mayor número de tropas y material y no a causa de la táctica y el
espíritu. El historiador Quinto Curcio Rufo asegura que en los primeros
instantes de la batalla los macedonios se quedaron muy sorprendidos ante la
aparición de los guerreros nómadas escitas y bactrianos, a los que no habían
82
v isto h a s ta e n to n c e s, d e b id o a sus “ ro stro s h irsu to
s, c a b e lle r a d e s p e in a d a , c o r p u le n c ia g ig a n te s c a
” (Historia de Alejandro Magno, IV. 13 .6).*
Parmenión se encontraba ya entre los primeros europeos que componían el
séquito que inició con Alejandro la invasión de Asia y poco después se con
vertiría en la roca sobre la que se apoyaban las tropas del rey, primero en las
batallas del Gránico y de Isos y ahora en Gaugamela. Ya había perdido a un hijo
luchando por la causa de Alejandro y los dos que aún sobrevivían estarían
muertos antes de transcurrido un año. A l propio Parmenión, un veterano de
setenta años, le restaban menos de doce meses de vida. Su hijo menor, Filotas,
que ahora encabezaba la carga de los Compañeros junto a Alejandro, no tardaría
en ser torturado por su rey y en morir lapidado ante las tropas acusado,
falazmente, de conspiración. Pobre Parmenión, uno de los últimos amigos que acompañaron
a Filipo y construyeron el ejército de Alejandro antes de que el propio rey
naciera, un mariscal a quien sus enemigos persas, que se contaban por millares,
no matarían en la batalla -Q uinto Curcio asegura que era “ el más diestro de
los generales de Alejandro en el arte de la guerra” (iv.13. 4)-, un comandante
leal que sería ignominiosamente decapitado en tiempos de paz y por orden del
rey a quien tantas veces había salvado.
Después de la batalla del río Gránico, la primera que libró en suelo
asiático, Alejandro dedicó diversas estatuas a los Compañeros caídos, visitó a
los heridos y eximió a las familias de los muertos del pago de impuestos.
Ahora, tres años después, Alejandro se estaba convirtiendo en un monarca de
clase muy distinta. Cada vez contemplaba a sus oficiales con mayores recelos y
pronto comenzaría a alistar mercenarios persas en su ejército. Cautivado por la
pompa y arrogancia de los teócratas de Oriente, era un megalómano que ansiaba
algo más que el saqueo y destrucción de las satrapías occidentales del Imperio
persa. Su para noia lo llevaría a matar al hombre que lo había ayudado a crear
su ejército, a alguien que, años atrás, había quitado de en medio a los aristócratas
que se oponían a su ascensión al trono, a la misma persona que le había
enseñado a mantener a raya, dentro y fuera del campo de batalla, a los rebeldes
príncipes de las tierras bajas de Macedonia, al mismo soldado que en Gaugamela,
una vez más, mantendría con firmeza su posición, salvando a su ejército. Una de
las grandes ironías del último período de dominio militar de Alejandro fue su
sistemática destrucción de los comandantes que habían facilitado sus grandes
victorias, una purga calculada que sólo llevó a cabo después de que aquellos
veteranos hubieron asegurado la destrucción del ejército aqueménida.
Sin embargo, para el fin de Parmenión, que murió apuñalado a manos de
unos cortesanos de Alejandro en Ecbatana, capital de una lejana provincia persa
-una vez muerto, lancearon su cuerpo, lo decapitaron y enviaron la cabeza
* Madrid, Gredos, 1986, traducción de Francisco Rejenaute Rubio.
83
al rey macedonio, que se encontraba en otro rincón de su im perio-,
todavía quedaban once meses. Ahora, en Gaugamela, el leal Parmenión tenía
proble mas más acuciantes. Estaba rodeado. Lo cegaba el polvo levantado por
los miles de caballos que galopaban en todas direcciones, pero todavía no
estaba derrotado. Pese a lo que Diodoro de Sicilia llamó “ el número y la
solidez de la formación de los hombres de M aceo” (Alejandro Magno,
xvii.60.6),* todavía no había sido vencido, pero corría peligro de serlo, y muy
pronto. Reagrupó a su vieja guardia de Caballeros macedonios y la lanzó contra
las líneas persas con la orden de lancear y traspasar con sus espadas rostros y
monturas. Junto a los fiables jinetes tesalios -las m ejores tropas de
caballería ligera de la Antigüedad - rechazaría oleada tras oleada,
garantizando la protección del ala izquierda y de la retaguardia del ejército
macedonio. Si conseguía, una vez más, detener el previsible movimiento de
flanco de los persas, cubrir la retaguardia m acedonia y rechazar a la mitad
del ejército persa, Alejandro
- Alexandros Megas, monarca de
Asia, divino hijo de Zeus Amón, vencedor de Darío III, futuro emperador de
Persia y artífice de la victoria más brillan te de la historia de las
confrontaciones entre Oriente y O ccidente- aún podría cabalgar hacia el triunfo
y certificar la destrucción de la dinastía aqueménida.
Pero a Parmenión se le presentaban dos problem as críticos. Darío había
elegido el campo de batalla con sumo cuidado, una llanura que no lindaba con
montañas ni costas, que no contaba con un río ni un barranco que pudieran
proteger las alas del ejército de Alejandro frente a los movimientos
envolventes de su línea, mucho más larga que la macedonia. En aquellos
momentos, en efecto, los jinetes persas se estaban agrupando a la izquierda de
Parmenión y no tardarían en superarlo por el flanco, a cientos de metros de sus
soldados, obligando con ello a sus tropas, que formaban una línea cada vez más
magra en virtud de su inferioridad numérica, a girar sobre sí mismas en
herradura
para no verse superadas y atacadas por retaguardia. Sus soldados
tesalios, que formaban a su derecha, rechazaron una oleada de carros escitas y
m erce narios griegos, manteniendo la posición y obligando al enemigo a
rodearlo, una alternativa preferible a la de rom per sus líneas. No obstante,
más a la derecha, a unos cuatrocientos metros de los tesalios, en la línea
macedonia se abría una brecha cada vez m ayor que am enazaba con desbaratar el
centro del ejército. Ciertamente, era posible que la carga de Alejandro por la
derecha resultara mortal para el enemigo, pero, de momento, arrastraba en su
avance a la m ayor parte de las tropas que formaban el centro derecha
macedonio. Para proteger el flanco derecho de Parmenión, la reserva táctica
sólo contaba con un par de compañías de falangistas y algunas unidades
irregulares.
* Madrid, Akai, 1986, traducción de Antonio Guzmán Guerra.
*. En efecto, cientos de veteranos jinetes persas e indios se
precipitaron por aquella brecha y cargaron contra la retaguardia del ejército
de Alejandro. Irrumpieron en el campamento macedonio, mataron a los guardias y
liberaron a los prisioneros persas. Podían volverse contra el ala izquierda de
Parmenión en cualquier momento, reunirse con los persas de M aceo, que
superaban a Parmenión por su flanco izquierdo, y atacar al septuagenario
general por ambos costados, cercándolo y aniquilándolo a él y a sus hostigados
jinetes. Arriano refiere que, en este punto, los macedonios de Parmenión
estaban “batidos por un doble fuego” (Anábasis de Alejandro Magno, 111.15.1).*
Si la izquierda del ejército macedonio caía, la caballería persa podía concluir
la masacre girando sobre la retaguardia de Alejandro antes de que los
Compañeros pudieran siquiera quebrar la línea de Darío. Parmenión podía o bien
proteger el ala izquierda macedonia, para que no fuera superada por el flanco,
o bien mantener la integridad del centro, pero no podía hacer ambas cosas.
Es probable que la ambición del enemigo por hacerse con el botín del
cam pamento macedonio salvase a Parmenión, puesto que los persas y los indios
que se habían precipitado por la brecha abierta en el centro de la línea se
detuvieron a matar a los guardias que custodiaban el campamento, y que no
estaban arma dos. El saqueo y la matanza fácil parecían preferibles a cargar
contra los recios jinetes macedonios. Dándose cuenta del peligro, Parmenión
ordenó que un men sajero se dirigiera inmediatamente hacia la nube de polvo
que se elevaba al otro extremo del campo de batalla, un indicio siempre fiable
de la posición de Alejandro. Debía encontrar al pendenciero rey y conseguir su
ayuda. Entre tanto, el general ordenó a su reserva de piqueros que diese media vuelta
para lancear a los persas que saqueaban el campamento y preparó a sus jinetes
para un empuje final a través del cerco. Esperaba abrirse paso a través de las
líneas persas y reunirse con Alejandro a mitad de camino, en tierra de nadie,
para a continuación aplastar el ala derecha persa con un movimiento de pinza de
las tropas de caballería. Corría el rumor de que Alejandro había hecho huir a
Darío y de que incluso los contingentes persas que habían tenido éxito en su
avance comenzaban a va cilar. Parmenión, pues, abrigaba la esperanza de que lo
peor hubiera pasado ya. Quizá saliera vivo de aquella batalla. De momento, el
veterano general permaneció donde estaba y, tras frenar a la vanguardia de los
jinetes persas, se preparó para llevar a cabo la última carga de su vida. Debía
reunirse con su rey.
EL RENCOR DE ALEJANDRO
Maldito sea Parmenión, debió de pensar Alejandro, que a lomos del
venerable Bucéfalo y con su casco de hierro bruñido y con incrustaciones de
piedras pre-
* Madrid, Gredos, 1962, traducción de Antonio Guzmán Guerra.
85
ciosas y un peto y un cinturón de magnífica hechura tenía un aspecto
resplan deciente. El atemorizado mensajero se las había arreglado para
encontrarlo en medio de la nube de polvo justo cuando se preparaba para
perseguir a Darío, que había comenzado su huida. La guardia imperial del persa
y todo el centro de su ejército se habían derrumbado y se retiraban ya en
dirección norte. El polvo, los gritos y los cuerpos aturdían los sentidos de la
vista, del oído y del tacto. Alejandro, en mitad de aquella confusión, apenas
podía distinguir el carro del aterrado Darío. Arriano relata de qué modo él y
sus jinetes “presio naban cada vez más y empujaban con sus picas valientemente
en un ataque cara a cara” , mientras la falange, “de terrible aspecto por sus
largas lanzas” , los seguía, abalanzándose contra los persas sin dejar de
proferir el viejo grito de guerra macedonio: “Alala, alala” (Anabasis, m.14.
2-3). Si el reciente e inesperado mensaje de Parmenión era cierto - a casi dos
kilómetros a su izquierda y a retaguardia, su viejo mariscal estaba a punto de
ser aniquilado-, no podría perseguir al rey aqueménida, ni hacer ningún nuevo
avance. Antes de nada debía asegurar la integridad de aquellas unidades de su
propio ejército que habían quedado atrás.
Al victorioso Alejandro le resultaba molesto girar 180 grados y volver a
sumirse en el enjambre de jinetes que galopaban a su espalda para salvar a su
viejo general. Curcio Rufo afirma que el rey macedonio “temblaba de ira” ante
la idea de cesar en su persecución (iv.16. 3). Tras esperar el momento propicio
para avanzar, se veía obligado a retroceder, y no debido a su propio fracaso,
sino a causa de un éxito que, al parecer, sus lugartenientes no eran capaces de
igualar. Puesto que él, tras haberse precipitado contra las líneas persas,
había perdido el control de la batalla, Parmenión y sus generales tenían el
deber de estar al corriente de sus planes: aguantar la posición y pivotar hacia
la izquierda. El, en efecto, evitaría muy pronto desde el ala derecha el
movimiento de flanco de los persas, al tiempo que la Caballería de Compañeros
explotaría la inevitable brecha que estaba a punto de abrirse en la línea
enemiga.
Mucho antes de aquel movimiento de rescate, Alejandro había comenzado ya
a cansarse del viejo y del reaccionario círculo de barones de las tierras bajas
de M acedonia que lo acompañaba. “Lento y desidioso”, asegura Plutar co, había
llegado el viejo capitán a Gaugam ela: “ La vejez le había relajado ya algo sus
bríos” (Vidasparalelas, “Alejandro”, 33.10-11).* Aquellos veteranos caballeros
se estaban convirtiendo en un grupo molesto y suspicaz: cuanto más hacia el
este marchaba el ejército, m ayor nostalgia del hogar sentían los comandantes
de su caballería. Cuantos más persas derrotaba él, mayor temor tenían Parmenión
y su camarilla a caer derrotados. Cuanto más hablaba él de poner un imperio y
una civilización universal a los pies de su propia divinidad, más hablaban sus
provincianos oficiales de su mezquino botín y de retirarse a
* Madrid, Cátedra, 1999, traducción de Emilio Crespo.
86
Europa para llevar una vida de ocio y opulencia. L a edad y la
nostalgia, en efecto, habían acabado con ellos.
Tres años antes, en el Gránico, Parmenión había advertido a Alejandro
que el día estaba muy avanzado para vadear el río y comenzar el ataque. El
general había tratado de abortar el avance, puesto que la corriente les llegaba
a los soldados por la cintura, y el rey se había burlado de él diciendo que
debía sentir vergüenza por temer a un enemigo situado al otro lado de “un
pequeño riachuelo” después de haber cruzado el Helesponto (Arriano, Anábasis,
1.13.6). Alejandro prescindió de los consejos de Parmenión y ganó la batalla. A
l año siguiente, en Isos, Parmenión, que a la sazón contaba sesenta y ocho
años, temió sin motivo que el rey pudiera ser víctima de un envenenamiento poco
antes de la lucha. Luego, durante meses, abogó por presentar batalla en el mar
en lugar de saquear las plazas fuertes de Fenicia. A llí mismo, en Gaugamela,
antes de que la batalla hubiera comenzado siquiera, el general, de nuevo
inquieto, y su vieja guardia, aturdidos por la visión de las numerosas huestes
de Darío, habían aconsejado un ataque nocturno. Ante lo cual, Alejandro
finalmente le espetó: “Yo no robo la victoria” (Vidasparalelas, “Alejandro” ,
31.12); e insistió en un combate frontal. Parmenión, incluso, había convencido
(sabiamente) a su rey de que le convenía reconocer el terreno los días previos
al enfrentamiento para asegurarse de que la llanura de Gaugam ela no ocultaba
trampas que pudieran desbaratar el avance ya previsto de la caballería
macedonia por la derecha.
El séquito de aduladores de Alejandro se burló de las precauciones del
viejo. El filósofo Calístenes, que no tardaría en ser ejecutado, es la fuente
más probable de estos cuentos morales peyorativos, que culminaron con la
historia de que Parmenión había aconsejado a su rey que cesara definitivamente
en su avance hacia el este. Supuestamente, antes de la cam paña de Gaugam ela,
había apremiado al rey para que aceptase la oferta de última hora de Darío de
ceder un imperio persa occidental a Alejandro bajo los auspicios de una tregua
general. “Yo, si fuera Alejandro, aceptaría esas condiciones” , dijo a su rey.
“También yo, por Zeus, si fuera Parmenión”, replicó Alejandro con acritud
(Vidasparalelas, “Alejandro” , 29.8-9).
En el fragor de la batalla, cuando tenía a Darío al alcance de la mano,
A le jandro rezongó que a Parmenión le preocupaba más la pérdida del
campamento macedonio, con todos sus objetos de valor, que la suerte de la
batalla. No obstante, envió de vuelta al emisario con la prom esa de que él y
sus Com pañeros invertirían su avance. Eso sí, quiso dirigir a Parmenión la
insultante admonición de que mientras los vencedores añaden las pertenencias de
sus enemigos a las suyas propias, los vencidos no deben preocuparse por su
dinero o sus esclavos, sino tan sólo por luchar con bravura y morir con honor.
A Parmenión no le preocupaban sus objetos de valor, ni siquiera pensaba hacerse
con el botín del
87
rico campamento enemigo. A l contrario, temía que el ala izquierda
sucumbiera y con ella la totalidad de un ejército macedonio que se encontraba a
miles de kilómetros del Egeo. Esa misma perspectiva dejaría perplejo a Napoleón
muchos siglos después. Gaugam ela, señaló el francés, era una gran victoria,
pero demasiado arriesgada, puesto que la derrota habría supuesto dejar a
Alejandro aislado, “ a novecientas leguas de M acedonia” . Parmenión sabía que
el audaz avance de su rey, tan brillantemente calculado para dividir los
debilitados centro e izquierda del ejército persa, era sin embargo una apuesta
muy arriesgada, y es que en el momento en que los Compañeros iniciaron su
cabalgada abrieron una fisura en las líneas macedonias. Si Alejandro tenía
razón al suponer que los macedonios se encontraban a una victoria de heredar el
Imperio persa en toda su extensión, Parmenión estaba igualmente en lo cierto al
pensar que estaban a una derrota de la completa aniquilación. No en vano, eran
50.000 europeos, a 2.400 kilómetros de su hogar y en medio de un mar de
millones de enemigos.
Hasta que el mensajero de Parmenión llegó junto al rey, el día había
resulta do perfecto y la batalla transcurría a pedir de boca. Plutarco asegura
que, tras aplastar la línea persa, el principal problema de Alejandro fue la
enorme cantidad de muertos y por los heridos del ejército enemigo que obstruían
la persecución,
“ cayendo unos encima de otros [...], se enredaban a los soldados y a
los caballos y forcejeaban con ellos” (Vidasparalelas, “A lejandro” , 33.7).
Arriano añade que los jinetes “empujaban” literalmente a los persas antes de
que la falange llegara hasta su posición con sus puntiagudas picas (Anábasis, m
.14.2-3). El
plan táctico de Alejandro era sencillo, pero brillante y muy propio de
él. Mientras Parmenión pivotaba en la izquierda, a fin de mantener ocupada al
ala derecha persa y garantizar la seguridad de la retaguardia, él haría
desplazarse a toda la línea macedonia lentamente hacia la derecha, hacia un
terreno irregular donde los carros escitas de Darío resultarían inútiles. En
respuesta, el rey persa se vería forzado a desplazar su ala izquierda para
rodear la derecha de Alejandro y bloquear el desplazamiento de la línea
macedonia, pero para ello, en su esfuerzo por alcanzar la retaguardia de
Alejandro, estaba obligado a dividir su propio centro.
Alejandro continuaría enviando un contingente tras otro hacia la derecha
-tro-pas de caballería e infantería ligeras-, con la intención de forzar a las
unidades de flanco persas a un movimiento envolvente cada vez más amplio. Entre
tanto, el propio Alejandro aguantaría junto a sus veteranos hasta divisar un
hueco en el corazón del debilitado centro enemigo. En previsión de tal momento,
reservaba su mejor arma, una cuña compuesta por Compañeros, hipaspistas y
falangistas. Con aquellos veteranos, los mejores combatientes de toda la
Antigüedad, cargaría a través de la brecha, directo al corazón de la línea
persa y al propio Darío. Ciertamente, el ejército persa era mucho mayor y en
teoría
88
B A T A L L A D E G A U G A M E L A ,
1 de octubre de 331 a.C .
Persas
I-- Il-- Il-- II-- ! □ □ □ □ □ □ □ □ □ □ □ □ □ □
y ¿ ¡■ ¿ ¿ /i' ¿5- ^ Darío
nCZ] CZ] HHHH HhMHH HHHHHHH ^ ^
Carros Carros \ N\^,||
II ^
Parmenión Falange
Hipaspistas
Alejandro
Retaguardia (falange de
auxiliares)
Los P R IM E R O S M I N U T O S §%
J| Mesopotamia
' Gaugamela
DE LA B ATALLA
Campamento
Darío '^5.
C ARGA DE
PETICIÓN
A LEJANDRO Y DE SOCORRO
|j'ág«i.-dl
DE PARMENIÓN
Campamento
podía envolver las dos alas del de Alejandro, pero mientras los jinetes
y las reservas de éste continuaran empujando hacia fuera a las tropas de flanco
de Darío la base del ataque persa tenía, con toda probabilidad, que reducirse y
debilitarse. Cada ataque hacia el flanco de Alejandro exigía el traslado de
nuevas tropas desde algún lugar del centro persa. Alejandro estaba seguro de
que acabaría por divisar ese lugar y explotar la debilidad del enemigo antes de
que fuera demasiado tarde.
Para Alejandro, la clave de la victoria estaba en la organización, la
táctica y la capacidad para actuar en el momento oportuno. En las alas, y de
modo independiente, debía situar unidades móviles bisoñas respaldadas por una
línea de reserva compuesta por 6.700 efectivos de infantería pesada, mientras
man tenía apartados de las escaramuzas preliminares a los falangistas y a la
caba llería macedonia de elite, a fin de que asestaran el golpe decisivo
contra el centro persa con la contundencia de una hoja de cuchillo. Alejandro
debía actuar an tes de que sus dos alas se vieran superadas, pero no con
demasiada prontitud, pues de ese modo golpearía contra el enorme muro del
centro de Darío antes de que se hubiera debilitado lo suficiente. Cuando se
abrió en la línea persa el hueco que durante tanto tiempo llevaba esperando,
Alejandro se precipitó hacia la guardia imperial, directamente a por Darío y el
premio del Imperio persa.
Alejandro se detuvo y el rey aqueménida pudo escapar; nueve meses más
tarde sería asesinado por Beso, uno de sus sátrapas. El macedonio, contrariado,
tiró de las riendas de Bucéfalo y se alejó de la nube de polvo donde agonizaban
hombres y caballos, cabalgando en dirección opuesta, hacia los persas que,
aunque ahora en retirada, habían estado a punto de aniquilar a Parmenión. El
viejo barón no parecía ya en peligro. De hecho, Alejandro vio en la distancia a
los jinetes persas que lo habían atacado y se dirigió directamente hacia ellos.
Si no podía masacrar al séquito en fuga de Darío, sí podría, en aquel combate
secundario, acabar definitivamente con los mejores jinetes de Escitia y
Bactriana.
Las fuentes de que disponemos señalan que este último enfrentamiento
entre tropas de caballería fue el momento más mortífero de toda la batalla. Más
de sesenta Compañeros cayeron, cientos de caballos de ambos bandos resultaron
masacrados y la caballería persa estuvo a punto de ser aniquilada. Arriano
añade que “no fue posible allí lanzar dardos ni hacer maniobras de despliegue
de la caballería” (Anábasis, III.15.2), sino al contrario, una guerra de golpes
continuos. M ás de sesenta años antes, en la batalla de Coronea, librada por
tropas de infantería, el viejo rey espartano Agesilao había hecho retroceder a
su victoriosa falange para cargar contra una columna de hoplitas tebanos en
retirada y, a causa de este último esfuerzo, había estado a punto de caer derrotado.
Fue una batalla como “ninguna otra de nuestra época” , escribió Jenofonte,
testigo presencial de aquella terrible colisión entre dos contingentes de
infantería pesada.
90
Según la tradición helénica, ningún enemigo, por lejano que estuviera,
podía evitarse, rehuirse o ignorarse si existía la más pequeña oportunidad de
atacarlo cuerpo a cuerpo y en masa.
SEÑOR DE ASIA
Alejandro acudiría a la cita de Gaugamela, pensó Darío, y, como no le
cabía la menor duda, preparó la llegada del m acedonio. Buscó una llanura sin
obstáculos propicia para sus carros escitas, suficiente terreno despejado para
sus elefantes y congregó a miles de jinetes para formar una línea de batalla
mucho más larga que la de su adversario. Ni siquiera Alejandro podría
neutralizar tal desventaja numérica en un terreno tan desfavorable. Por fin,
pensó Darío, una batalla dominada por la caballería y en una gran llanura,
precisamente el tipo de guerra móvil en el que sus jinetes nómadas resultaban
excelentes, exactamente el escenario temido por los falangistas occidentales.
Alejandro, Darío estaba seguro de ello, acudiría sin dudarlo a Gaugamela, igual
que había cargado a través del río Gránico y superado sus altas riberas para
enfrentarse a las huestes persas, igual que había ordenado a sus hombres
avanzar a través de la corriente, las empalizadas y el litoral en Isos, igual
que había insistido en atacar la casi inexpugnable Tiro y las murallas de Gaza,
igual que siempre había hecho para destruir cualquier obstáculo, ejército o
ciudadela -d e carne o de piedra- que se interpusiera en su camino. Alejandro,
en efecto, acudiría a Gaugamela sin importarle que hubiera río o no lo hubiera
y con terreno favorable o desfavo rable. El macedonio se presentaría en el
campo de batalla elegido por él mismo, Darío III, y una vez más se vería
forzado a combatir según los planes dictados por Su Majestad.
¿Y por qué no? Aquellos “estúpidos” griegos siempre lo habían hecho. En
Maratón, en las Termopilas, en Salam ina y en Platea habían obligado a los
persas, pese a su inferioridad numérica, a entablar batallas decisivas. Setenta
y siete años antes, no m uy lejos de aquel mismo lugar, los hoplitas griegos
que conformaron la expedición de los Diez M il se negaron, pese a estar atra
pados, a aceptar los términos de rendición que les ofrecía su antepasado, el
rey Artajerjes II, y prefirieron abrirse paso y abandonar Persia. Incluso
después de que sus generales hubieran aceptado parlamentar, m uy cerca de la
propia Gaugamela, con lo que sólo consiguieron ser torturados y ejecutados por
los persas, los Diez M il, pese a no tener jefatura, habían optado por la lucha.
Com batieron, en efecto, durante un año entero, sem brando su camino de
cadáveres hasta llegar a las seguras costas del mar Negro. Luego, a las puertas
de Europa, muchos de ellos decidieron continuar, unirse al ejército espartano
en Asia Menor y volver a luchar contra los persas. Sí, pensó Darío, aquel joven
y loco macedonio acudiría al río Tigris, lo perseguiría y lo obligaría a
combatir una última batalla por el imperio de sus antepasados.
Esta vez, Darío había escogido con acierto el campo de batalla. Tenía
pocos promontorios y ningún río o mar que Alejandro pudiera utilizar para
proteger sus flancos. Sus súbditos habían despejado la llanura para facilitar
el avance de los carros escitas. Había ocultado trampas y estacas en aquellos
lugares por donde había más probabilidades de que pasara su adversario. ¿Alguna
vez se habían topado los macedonios, se preguntó el rey persa, con elefantes en
una batalla?
Darío tenía una única preocupación. La mayoría de sus mercenarios
hoplitas griegos, que con tanta destreza habían combatido en las dos batallas
campales que hasta la fecha había librado contra Alejandro, hacía tiempo que ya
no estaban con él. L a falange original de mercenarios helénicos fue rodeada y
exterminada en el Gránico y las tropas que la habían reemplazado -m ás de
20.000 efectivos- fueron destruidas o puestas en fuga en Isos. En ningún lugar
de Persia podían encontrarse infantes como aquéllos, tan dispuestos a librar
una batalla de choque, hombres capaces de oponerse con éxito a los piqueros de
Alejandro, algo de lo que ni siquiera hubieran sido capaces los antiguos y
legendarios Inmortales, ni los pintorescos “portamanzanas” , soldados persas equipados
con unas lanzas con un contrapeso de forma esférica, “de manzana”, que les
daban fama. A l rey Darío sólo le quedaban 2.000 hoplitas griegos y ningún
hombre más con la voluntad, en un imperio de setenta millones de habitantes, de
cargar contra un muro de picas macedonias. Alejandro venció en Gaugam ela y en
el resto de Asia por las mismas razones por las que la infantería griega vencía
en ultramar: la cultura griega apostaba por el combate cuerpo a cuerpo y por
entrar en batalla en formación de hileras y columnas, y no por una guerra
móvil, la superioridad numérica o las emboscadas. No por azar los veteranos de
Alejandro apuntaban sus picas y espadas al rostro de la aristocrática elite de
caballería persa, compuesta por caudillos sin experiencia contra un enemigo que
buscaba el choque frontal, arrem etía contra ellos y los lanceaba o cercenaba
sus miembros.
¿Acaso no podían los legendarios carros escitas de Darío -m ás de
doscien tos reunió en el campo de batalla de G augam ela- segar las torpes
falanges macedonias si irrumpían de improviso desde su línea, avanzaban sobre
terreno favorable y se lanzaban sobre los falangistas antes de que éstos
pudieran entrar en acción? ¿No podían los elefantes -Darío había trasladado
quince desde India-ser también útiles si los indios los hacían avanzar a través
de sus líneas para atacar a los Compañeros de Alejandro? Darío sabía que su
infantería pesada no era de gran calidad, pero contaba con miles de jinetes,
así que decidió que Gaugamela sería una enorme confrontación de tropas de
caballería, la mayor desarrollada en suelo asiático desde la legendaria batalla
de Qadesh, que casi
92
mil años antes habían librado egipcios e hititas. Es posible que el rey
persa dispusiese de unos 50.000 efectivos a caballo frente a los menos de 8.000
con que contaba Alejandro. Si podía envolver los flancos del ejército
macedonio, enviando a sus preciados jinetes bactrianos y escitas contra el
flanco del ala derecha enemiga y, simultáneamente, a las tropas del firme Maceo
por detrás del ala izquierda, la terrible falange de Alejandro, sorprendida en
la retaguardia por soldados de caballería capaces de rodear y dividir a los
torpes piqueros, no resultaría en realidad tan terrible. En Gaugamela, por vez
primera en aquella guerra que dirimía la suerte del Imperio persa, estaban
presentes los temibles veteranos de las estepas del imperio oriental, hombres
muy distintos a aquellos que Alejandro había encontrado en las satrapías
occidentales, capaces de envolver por el flanco y empujar a los macedonios
contra el enorme centro de tropas persas de Darío.
LA ÚLTIMA BATALLA DEL IMPERIO
El 1 de octubre del año 331 a.C., una fotografía aérea de la llanura de
Gaugamela efectuada en los primeros minutos de la batalla habría reflejado la
enorme caja de tres lados que componían los m acedonios cuando Alejandro, en su
empeño por mantener al enemigo en los flancos y no permitirle llegar a reta
guardia, hacía retroceder las dos alas de su ejército. Al cabo de una hora, sin
embargo, la imagen era enteramente distinta: ambos bandos habían roto las
líneas enemigas y Gaugamela se había convertido en una frenética carrera de
caballos. ¿Podrían Alejandro y su Caballería de Compañeros explotar la brecha
de la línea persa y aplastar a los persas antes de que los jinetes de Darío se
abrieran paso a través de una brecha similar en sus propias líneas? Evidente
mente, la respuesta era afirmativa. Alejandro deseaba, sin la menor vacilación,
matar a Darío, destruir su ejército y aniquilar a todos los soldados enemigos
que se encontraban en el campo de batalla. Quería perseguir y masacrar sin
piedad a sus adversarios en fuga para que dejasen de existir como fuerza
militar. Por eso se precipitaba contra las huestes del ejército persa con la
intención de herir el rostro de sus oponentes con picas, de descabalgarlos con
sus propias manos y de lanzar a sus propias monturas contra las de mayor tamaño
de Darío. Por todos esos motivos, y alguno más, los fieles Compañeros siguieron
a su rey frente a la horda de jinetes enemigos.
Por el contrario, los persas e indios que habían roto la línea macedonia
se dirigían directamente hacia el campamento macedonio para hacerse con su
botín y estaban más deseosos de recibir las alabanzas del rey por liberar a los
prisioneros aqueménidas que de aplicarse a la dura tarea de acabar con
Par-menión. Alejandro, en mitad de un mar de persas, se proponía aniquilar un
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ejército; los persas, tras romper la línea macedonia, se limitaban a
matar a los no combatientes que habían quedado en el campamento enemigo. Los
jinetes persas de las llanuras estaban acostumbrados al saqueo y disfrutaban de
la rara oportunidad de matar a personas desarmadas y del frenesí de cabalgar
entre tiendas y carretas, que eran los elementos básicos de la guerra nómada:
mejor tomar el botín cuando lo tenían a mano que correr el riesgo de que una
tribu rival se apoderase de él. Para los macedonios y los griegos, en cambio,
cargar, matar y seguir matando en el combate cuerpo a cuerpo constituían la
esencia de tres siglos de doctrina militar occidental.
Gaugamela (La Casa del Camello) fue la tercera, definitiva y mayor
batalla contra el Im perio aquem énida y se trató más de una carnicería que de
un enfrentamiento limpio, puesto que una fuerza numéricamente superior se de
sintegró rápidamente víctima del pánico, el miedo y las brillantes tácticas de
sus adversarios. Durante varias horas y hasta la llegada del crepúsculo, Gau
gamela fue la historia de miles de súbditos imperiales -un cálculo razonable
podría fijarlos en 50 .000 - alanceados y descabalgados por la espalda en su
carrera para alcanzar la salvación a través de las llanuras del valle del alto
Tigris. Los estudiosos no aciertan a dar una cifra exacta de cuántos soldados
estaban presentes aquel 1 de octubre de 331 a.C. en el campo de batalla y sólo
se muestran unánimes a la hora de rechazar las fantasiosas afirmaciones de los
autores clásicos, según los cuales el ejército persa contaba con más de un
millón de hombres. Lo más probable es que las tropas de Darío III superasen con
holgura los 100.000 efectivos de infantería y caballería, que se enfrentaron a
los 47.000 soldados con que contaba Alejandro, de los que entre 7.500 y 8.000
eran jinetes: el mayor ejército europeo que hasta la fecha había reunido el rey
macedonio. Es posible que Alejandro contase en Gaugam ela con más soldados
griegos que en las dos batallas anteriores contra los persas, puesto que los
mercenarios helénicos
-tracios, tesalios y los recios infantes peloponesios- habían
descubierto que prestar servicio al lado de los macedonios significaba vida y
botín, mientras que combatir con el rey aqueménida solía suponer la muerte en
tierra extraña.
La Mesopotamia era un buen lugar para luchar. Ambos ejércitos contaban
con muchas provisiones y agua de sobra. A principios de otoño el tiempo era
seco y suave, y había espacio suficiente para acomodar a miles de asesinos.
Babilo nia, que prometía a los vencedores descanso, festejos, botín y mujeres,
estaba a tres semanas de marcha por un camino relativamente fácil y cuesta
abajo.
A fines del verano de 3 3 1 a.C., tras apoderarse de Egipto y de las
regiones occidentales del Imperio persa, Alejandro se dirigió a Babilonia con
la esperanza de capturarla y obligar a Darío a presentar batalla con sus
últimas reservas militares. Tras comprobar cómo habían huido sus ejércitos
aqueménidas en el Gránico (334 a.C.) y de nuevo en Isos (333 a.C.) y perder las
importantes pla zas fuertes de Tiro y Gaza, además de las ricas provincias d
ejo n ia, Fenicia,
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Egipto y Cilicia, Darío comprendió que había llegado el momento de
mante nerse firme y luchar por la supervivencia de la mitad oriental de su
imperio, la que aún conservaba. Escogió una pequeña llanura situada cerca de un
pequeño afluente del río Tigris, el Bumelo, a más de quinientos kilómetros al
norte de Babilonia y a poco más de cien de la ciudad de Arbelas.
Puesto que las tácticas de Alejandro eran bien conocidas, Darío tenía
una idea precisa de lo que cabía esperar. El rey macedonio, siempre desde el
ala derecha de su ejército, buscaría una brecha o alguna entrada por el flanco
de la izquierda persa, se lanzaría sobre ella con unos 2.000 o 3.000 efectivos
de caballería pesada y se dirigiría directamente hacia el alto mando im perial,
con la esperanza, además, de que sus lanceros y sus temidos piqueros lo
siguieran. Entre tanto, en la izquierda del ejército m acedonio, Parm enión
aguantaría su posición, pivotando si fuera necesario, hasta que la moral del
ejército imperial se quebrase y la camarilla dirigente aqueménida huyera del
campo de batalla con la única intención de salvar la vida. Darío sabía todo eso,
pero no pudo evitarlo, y así, la batalla transcurrió según el guión planeado
por Alejandro que él tanto temía.
Los macedonios abrieron la formación para dejar paso a los carros
escitas
- al parecer, esta temida pero poco
práctica arma se utilizó en masa en Gaugamela por primera y única vez - y
lancear a los aurigas por la espalda. Según parece, además, los elefantes de
Darío se espantaron o, quizá, la falange se abrió para dejarlos pasar también a
ellos, aunque es posible que ni siquiera lograran llegar a la línea de combate.
Carros y elefantes fueron encontrados en su mayoría intactos e ilesos después
de la batalla y recogidos como trofeos. Los segundos, tras su estreno en
Gaugamela, se convirtieron en uno de los pilares de los ejércitos helenos; los
primeros pasaron a formar parte de los romances griegos, inspirando muchos de
los garabatos con que los técnicos occidentales llenaron sus cuadernos hasta la
época de Leonardo da Vinci, y poco más. Las columnas de flanco persas nunca
llegaron a rodear a sus enemigos, y los indios y persas que cargaron contra la
izquierda y el centro macedonios optaron por el saqueo en lugar de destruir a
Parmenión.
A consecuencia de todo ello, la mañana del 2 de octubre, la llanura de
Gau gamela ofrecía un paisaje desolador: Diodoro Sículo afirma que “todo el
espacio próximo a la llanura se llenó de cadáveres” (17.50.61). Cincuenta mil
persas habían muerto o agonizaban -no hay que creer a las fuentes clásicas, que
hablan de 300.000 bajas- entre un desecho general de no combatientes -los que
solían merodear por los campamentos m ilitares-, caballos mutilados y
carroñeros en busca de botín. Millares de heridos se arrastraban hasta los
arroyos y charcos que rodeaban la llanura aluvial sobre la que se había
desarrollado el combate. El propio Alejandro regresó al campo de batalla para
enterrar a sus muertos. Recogió a poco más de cien, que se encontraban bajo los
cadáveres de más de un millar de caballos macedonios. Quinientos persas cayeron
en Gaugamela
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por cada macedonio, tal era la disparidad de cifras cuando una fuerza
políglota y multicultural de hombres dominados por el pánico huía frente a
asesinos veteranos que, armados con picas o sobre caballerías curtidas en la
batalla, no pensaban más que en no dar media vuelta y salir corriendo delante
de sus compañeros de armas, con los que habían compartido toda una vida. Una
miríada de cadáveres enemigos quedaron abandonados, y se descompondrían bajo el
sol del otoño. Alejandro, preocupado tan sólo por la podredumbre y el hedor,
alejó rápidamente a su ejército de aquella peste y se dirigió hacia el sur,
hacia Babilonia y la corte aqueménida. “Este es el desenlace que tuvo aquella
batalla”, afirma Plutarco. “El imperio de los persas parecía estar completamente
destruido” (Vidasparalelas, “Alejandro” , 34.1).
LA MÁQUINA MILITAR MACEDONIA
Las conquistas macedonias de Grecia y Persia no están exentas de ironía.
Tras pasar dos décadas creando el ejército que había pacificado Grecia, el
padre de Alejandro, Filipo II, fue destripado por Pausanias, aristócrata joven,
parásito y resentido, quizá a consecuencia de un desengaño homosexual, pero es
más probable que siguiendo órdenes del propio Alejandro y de su madre, Olimpia,
que querían asegurar la sucesión del joven príncipe. Si Filipo fue asesinado en
el preciso momento en que sus veinte años de criminal reinado fructificaban al
fin con la creación del Estado unificado de Grecia y Macedonia, de igual modo
Alejandro, tras alcanzar el Indo, m oriría en Babilonia a los treinta y tres
años sin disfrutar del imperio por el que durante tanto tiempo había luchado y
por el que había matado a tantos.
El ejército real de Macedonia fue obra de Filipo, no de Alejandro.
Filipo lo creó y lo lideró durante más de veinte años, mientras que Alejandro
lo comandó durante poco más de la mitad de ese período. Fue el rey Filipo quien
dio forma a un nuevo y gran ejército, el que lo equipó, lo lideró y lo organizó
de un modo no conocido en Grecia hasta la fecha. Pero si Filipo había creado un
ejército para matar a otros griegos, a Alejandro su herencia le pareció más
adecuada para matar persas.
En teoría, el equipo y las tácticas de la falange m acedonia no diferían
radicalmente de los que empleaban los lanceros hoplitas tradicionales de las
ciudades-Estado griegas, si bien los falangistas eran mercenarios escogidos
entre “los más altos y más fuertes” reclutas de Filipo. La falange macedonia
mantuvo la lanza, que se alargó -si la griega medía dos metros y medio, la
macedonia podía alcanzar cinco o seis- y remató con una punta de hierro más
pesada y una trasera de bronce más recia y acabada en forma cónica. La lanza
primitiva se transformó en una verdadera pica -pesaba casi siete kilos, es
decir, seis veces
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más que la vieja lanza hoplita-, de modo que eran necesarias ambas manos
para manejarla. Los falangistas sostenían sus sarissai a dos metros de la punta
trasera para que sobresalieran cuatro metros por delante, lo que concedía a los
mace-donios un alcance de aproximadamente dos y medio o tres metros más que el
hoplita tradicional. El viejo escudo redondo de un metro de diámetro fue
sustituido por un disco metálico más pequeño que colgaba del cuello o de un
hombro; las grebas, los pesados petos de bronce y el yelmo hoplitas también
fueron sustituidos por protecciones de cuero o se abandonaron definitivamen
te. Con el cambio se conseguía que las cuatro o cinco primeras hileras de la
falange, y no sólo las tres primeras, asomasen las picas, con lo que se ganaba
el 40% de armas apuntando al enemigo. Un frente tan erizado garantizaba un
grado desconocido de poder ofensivo, además de una gran protección defensiva a
las primeras hileras de falangistas.
Desde un punto de vista ideológico, los grandes escudos de los hoplitas
griegos tradicionales, sus pesados petos y cascos, y sus lanzas de longitud
moderada reflejaban los viejos valores cívicos y defensivos de los hombres de
la milicia de una ciudad-Estado libre, algo completamente opuesto a la
mentalidad de los falangistas macedonios, agresivos y poco protegidos, que
basaban su manera de combatir en el manejo de la pica. Los macedonios, además,
eran profesio nales y desarraigados, hombres sin polis y con frecuencia sin
granja propia, que optaron por añadir más de dos metros a la lanza hoplita a
costa de reducir en dos tercios eí escudo que los protegía: se optaba antes por
el avance y por matar al enemigo que por la protección personal y por mantener
la posición. A esta falange de duros y profesionales “compañeros de a pie”
(pezetairoi), Filipo añadió la Caballería de Compañeros (hetairoi), un cuerpo
de elite de jinetes patricios, con pesadas armaduras y monturas muy
resistentes. En la cultura de las ciudades-Estado del sur de Grecia la cría de
caballos siempre se había mirado con suspicacia. Dedicarse a ella era utilizar
de modo ineficaz un suelo escaso y privilegiar a una elite que a menudo
prefería la autocracia. Por lo demás, el caballo era de poco valor frente a un
muro de lanceros. No ocurría lo mismo en Macedonia, una sociedad donde había
dos y no tres clases, amos y siervos, y una tierra extensa como la de Tesalia.
Debemos recordar, además, que la Caballería de Compañeros acabaría finalmente
combatiendo contra soldados de infantería orientales, equipados con lanzas y
armaduras más ligeras que las occidentales.
Junto a la falange, el centro de la línea macedonia estaba ocupado por
otra unidad de infantería con armaduras más pesadas y lanzas más cortas: los
“por-taescudos” o hipaspistas. Los hipaspistas eran las primeras tropas de
infantería que seguían la ofensiva inicial de la Caballería de Compañeros, y
proporcio naban por tanto una conexión vital entre el ataque de los jinetes y
el avance, inmediatamente posterior, de la falange. Las unidades de infantería
ligera profesional compuestas por arqueros, honderos y jabalineros también
formaban
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parte de este cuerpo de ejército combinado, encargándose tanto del
bombardeo prelim inar como del crucial apoyo de reserva. En Gaugam ela, fueron
estas unidades, junto a los curtidos agrianes, las que rechazaron los ataques
de flanco del ala izquierda persa mientras Alejandro y los hetairoi explotaban
la brecha seguidos de los hipaspistas y, a continuación, de los pesados
pezetairoi, que limpiaban y ampliaban el hueco con sus picas.
Filipo reinventó la vieja falange helénica, que cobró con él nueva
importancia. Se trataba de dar un paso más allá y librarse de la dependencia
del ritual y el protocolo rural que obligaba a operar cerca de su territorio
nativo a los ejércitos griegos, que, además, no estaban concebidos para recibir
los suministros necesarios para efectuar marchas prolongadas. Filipo tenía
intención de crear un nuevo ejército nacional capaz de superar tácticamente a
las falanges griegas y, al mismo tiempo, de aplastar a los Inmortales persas.
Quería un ejército como la falange de los Diez Mil, que barrió del campo de
batalla a la infantería persa en Cunaxa (401 a.C.), pero que también pudiera
vencer a los hoplitas griegos, más mortíferos y mejor armados que las unidades
persas.
Los macedonios conservaron la idea predominante en los ejércitos griegos
según la cual el combate en masa y el choque frontal constituían el factor
crucial en cualquier batalla. Integradas y protegidas por un conjunto de tropas
variadas, la falange de piqueros de Filipo era más letal y versátil que las
tradicionales columnas hoplitas. “Es imposible resistir el ataque de la
falange” , concluyó Polibio casi dos siglos más tarde, “ cada legionario romano
se opondrá a dos soldados de la primera fila de la falange, de modo que su
lucha y su esfuerzo serán contra diez picas” (Polibio, Historias,
XVIII.30.9-11).* No hay duda de que Polibio tenía razón: la posibilidad de que
un hombre pudiera aguantar su posición cuando tres, cuatro, cinco o más puntas
de lanza se clavaban en sus extremidades, cabeza, cuello o torso era
ciertamente improbable. Puesto que las primeras cinco hileras de la falange
macedonia presentaban un muro erizado de puntas -del que las primeras picas
sobresalían casi cuatro metros-, cualquier enemigo estaba obligado a abrirse
paso a través de “una tormenta de lanzas” , que se prolongaban en todos los
ángulos, antes de llegar siquiera a alcanzar la hilera inicial de la falange.
Habiéndose librado del incómodo peso de la vieja panoplia hoplita y de
la necesidad de proteger con su enorme escudo a los camaradas que combatían a
su derecha, los falangistas macedonios concentraban toda su atención en el
manejo de sus horribles picas. La ofensiva, las picas niveladas y el avance
cons tante lo eran todo; la defensa, los grandes escudos y la preocupación por
cubrir a los compañeros más próximos tenían menos importancia. Cuando una
falange ganaba impulso y sus picas comenzaban a avanzar, nada podía resistir la
terrible
* Madrid, Gredos, 1983, traducción de Manuel Balasch Recort.
fuerza del hierro griego. Imaginemos a los infortunados persas
traspasados por repetidas lanzadas: el problema principal para los verdugos
macedonios con sistía en mantener la punta de sus picas libre de los escudos
destrozados de sus enem igos y del peso de sus cadáveres mutilados. Gracias a
las fuentes literarias suponemos que en aquel horrible mundo de falanges y
matanzas, los comandantes de infantería no reclutaban a jóvenes esbeltos y de
elegante musculatura, sino a recios y curtidos veteranos con el nervio y la
experiencia necesarios para no vacilar ante la tarea que tenían entre manos y
mantener la formación durante la carga y el choque contra el ejército enemigo.
Utilizada con mayor precisión y energía, la nueva falange macedonia
asestaba un golpe definitivo una vez que el objetivo había sido divisado y se
hacía vulnerable gracias al trabajo de la caballería y de las unidades
auxiliares. Como un martillo, las cargas de la caballería macedonia se
concentraban sobre un punto prefijado de la línea enemiga, irrumpían por la
brecha y, tras maniobrar, aplastaban la espalda del enemigo contra el pesado
yunque erizado de puntas de lanza de la falange. Esta coordinación entre
infantería y caballería dio paso a una etapa enteramente nueva en la historia
de la doctrina bélica occidental y fue ideada para hacer irrelevante la
superioridad num érica del enemigo. Las batallas de Filipo no fueron enormes
choques frontales entre falanges, sino ofensivas dignas de un Napoleón
concentradas sobre un punto en particular que a la hora de ser explotadas
podían destruir al enemigo y acabar con su moral. A diferencia de las batallas
igualadas que se produjeron en el interior de Grecia, el ejército macedonio de
Asia estaba obligado a asumir que lucharía en una inferioridad de uno a tres.
En las décadas posteriores a la muerte de Alejandro, los diádocos
recibieron muy a menudo críticas por abandonar el dominio del rey en la
coordinación de la infantería y de la caballería en favor, simplemente, de la
cantidad. Las picas se prolongaron hasta rondar los siete metros y aumentó el
uso de los elefantes y la artillería de torsión en detrimento de la caballería
experimenta da y especializada. En defensa de capitanes como Antígono,
Seleuco, Eumenes y Tolomeo, hay que decir que no se enfrentaban a los persas,
sino a otros ejércitos griegos y macedonios contra los cuales las cargas de
caballería habrían resultado ineficaces. Para dividir a una falange de piqueros
en una batalla decisiva hacían falta elefantes u otra falange. En consecuencia,
no es verdad que los diádocos olvidaran la movilidad y sapiencia de Alejandro
en las batallas dominadas por la caballería, es mucho más probable que, en las
nuevas guerras que enfrentaban a ejércitos de piqueros griegos y macedonios
liderados por veteranos europeos que habrían sido capaces de atemorizar a los
jinetes de Alejandro, las considerasen irrelevantes.
Filipo aportó a la guerra occidental un concepto mejorado de guerra
decisiva. Desde luego, la lucha cuerpo a cuerpo de los macedonios era una
reminiscencia
99
de los asaltos frontales de las falanges griegas del pasado. Las
refriegas masi vas de la infantería, con la punta de la lanza apuntando al
rostro del enemigo, constituían todavía parte del credo helénico preferido de
cualquier falangista macedonio. Pero los macedonios ya no mataban en las
fronteras territoriales, la batalla era, ante todo, el instrumento de una
ambiciosa política de Estado. La destructiva máquina de conquista y anexión de
Filipo era una fuente radical de inquietud social y agitación cultural y no
aquella institución conservadora griega diseñada para preservar a la comunidad
agraria existente. L a batalla decisiva y cuerpo a cuerpo, que antaño formó
parte del protocolo cultural griego -notificación de intenciones, persecución
limitada, intercambio de prisioneros, acuerdo para aceptar el resultado de la
batalla-, se convirtió en el argumento central de una nueva guerra de
aniquilación completa y brutal de la que el mun do todavía no había sido
testigo. Los pequeños ejércitos griegos de los siglos vn y VI a.C . se daban
cita en llanuras pequeñas y allí chocaban, arremetían, lanceaban y obligaban a
sus adversarios a huir del campo de batalla. Con fre cuencia, una hora de
batalla o poco más bastaba para decidir toda una guerra. Los m acedonios no
veían motivos para dejar de luchar cuando el enemigo era derrotado en el campo
de batalla si es que podían destruirlo por completo y saquear y destruir su
casa y sus tierras o apropiarse de ellas.
Los hombres de Filipo, además, eran de un talante muy distinto al de los
hoplitas griegos de la ciudad-Estado. En su comedia perdida Filipo, el
dramaturgo Mnesimaco (h. 350 a.C.) hace decir a sus falangistas macedonios:
¿Sabéis contra qué clase de hombres vais a luchar? Contra nosotros, que
cenamos con afiladas espadas y por vino tomamos antorchas ardien tes. Luego,
de postre, nos traen dardos rotos de Creta y quebradas astas de picas. Por
almohada utilizamos nuestros petos y escudos, y junto a los píes dejamos
nuestros arcos y hondas. Por corona llevamos aros de catapulta (Mnesimaco,
frag. 7 [cf. Ateneo, 10.421B]).
En la oratoria conservadora de las polis griegas del siglo IV a.C., el
propio Fi lipo aparece como un monstruo cojo y tuerto, como un hombre terrible
que lucharía en cualquier momento y de cualquier modo. Demóstenes advirtió a
los atenienses:
Y oís decir que Filipo se
encamina a donde quiere, no por llevar tras de sí una falange de hoplitas, sino
porque le están vinculados soldados armados a la ligera, jinetes, arqueros,
mercenarios, en fin, tropas de esa especie. Y una vez que, con esta base de
apoyo, cae sobre una ciudad afectada de discordia interna y que nadie sale en
defensa de su país por desconfianza, instala sus máquinas de guerra y la
asedia. Y silencio el
100
hecho de que no establece ninguna diferencia entre verano e invierno ni
tiene una estación reservada que deje pasar como intervalo (Demós-tenes, Las
Filípicas, “Tercera Filípica” , 49-51)-*
Tras el asesinato de Filipo (336 a.C.) y el sometimiento, poco después
de la destrucción de Tebas, de los Estados griegos por Alejandro, éste, que a
la sazón contaba veintiún años, inauguró la planeada invasión persa de su padre
con una victoria en el río Gránico, cerca del Helesponto (334 a.C.). En su
primer y feroz ataque en el Gránico, Alejandro estableció una pauta en la que
podemos dis tinguir una secuencia de sucesos que coincide con lo acaecido en
Isos (333 a.C.), Gaugamela (331 a.C.) e Hidaspes (326 a.C.), sus tres grandes
triunfos posteriores: brillante adaptación a un terreno con frecuencia
desfavorable (libró todas sus batallas en lugares escogidos por sus
adversarios); jefatura que se distinguía por dar ejemplo de valentía al frente
de la Caballería de Compañeros (lo que con frecuencia estuvo a punto de
costarle la vida); asombrosos ataques de caballería concentrados sobre un solo
punto de la línea enemiga; jinetes que desde la retaguardia del enemigo, que
contemplaba la acción con perplejidad, empujaban a éste contra las picas de la
falange, y persecución de las fuerzas enemigas en el campo de batalla, lo que
reflejaba la determinación del rey no sólo por derrotar, sino también por
eliminar a los ejércitos hostiles. En todo momento, lo primordial era encontrar
al enemigo, cargar contra él y aniquilarlo en una batalla campal. La victoria,
de ese modo, no se decantaba del lado del ejército más numeroso, sino de aquel
que podía mantener la formación y quebrar al enemigo como un todo cohesionado.
Alejandro nunca lideró un ejército superior a los 50.000 efectivos, un
hecho que se debió más a la necesidad que al deseo: para mantener la paz, se
vio obligado a dejar en Grecia al menos a 40.000 macedonios. En sus primeras
batallas (como en Gránico e Isos) había más griegos luchando en su contra que a
su lado. Puesto que también necesitaba guarniciones y fuerzas del orden para
asegurar sus conquistas, lo extraño, dado que M acedonia contaba con reservas
de recursos humanos muy limitadas, es que llegara a contar siquiera con un
ejército. Estas consideraciones prácticas en el terreno de los recursos humanos
son fundamentales a la hora de valorar sus esfuerzos “humanitarios”
posteriores, es decir, el hecho de contar entre sus tropas con súbditos persas
y de otros pueblos asiáticos. También hay que recordar que, durante los pri
meros cuatro años de invasión (334 -331 a.C.), miles de griegos se dirigieron a
Persia para luchar contra Alejandro, el libertador, y que casi ningún persa
luchó a su lado.
* Madrid, Cátedra, 1998, traducción de Antonio López Eire.
101
Para Alejandro, como para Napoleón, el tamaño del ejército adversario
importaba poco, y es que su táctica consistía en concentrarse en un pequeño
segmento de la línea enemiga mientras los viejos mariscales de su padre man
tenían ocupado al enemigo en otras partes. Las reservas contribuían a asegurar
que el enemigo no sorprendiera por la retaguardia. En combate, Alejandro se
dedicaba a esperar, buscar una brecha y enviar a su cuña de jinetes y piqueros
para aplastar al enemigo. L a carga de estas tropas provocaba escalofríos de
pánico en los miles de súbditos imperiales, mucho menos disciplinados. ¿Quién
de entre los soldados enemigos, cuando entre sí diferían en el habla y las
costumbres, sería el prim ero en mantener la posición y morir frente a los enloquecidos
macedonios sólo para que otros miembros del ejército del Gran R ey pudieran
sumarse a su sacrificio y rodear a Alejandro?
ORGÍA DE SANGRE
¿Era griego Alejandro? Lingüísticamente, no, al menos en sentido
estricto. En realidad, muy pocos habitantes de la Grecia central y meridional
entendían el macedonio, un distante dialecto helénico menos parecido al griego
dórico o jónico que la jerga de Arkansas al inglés de Oxford. Para los griegos,
el problema con M acedonia no era su áspero y mayormente incomprensible
lenguaje, y mucho menos las cuestiones de raza, el problema era su cultura. Más
en concreto, al norte de la frontera griega con Tesalia, no existían verdaderas
ciudades-Estado, sino pueblos y aldeas donde vivían los pobres y grandes
propiedades donde habitaban los ricos, dedicados generalmente a la cría de
caballos. Todos ellos estaban dominados por un conglomerado de reyezuelos
belicosos e insignifi cantes cuyos palacios y tumbas constituyen hoy día la m
ayor parte de los ha llazgos arqueológicos de la antigua Macedonia. Filipo
unificó aquellos feudos en un verdadero reino y llevó a M acedonia a los
artistas, filósofos y hombres de ciencia helenos, subvencionando su talento con
un botín y un oro robados.
Miles de artesanos y científicos griegos contratados acompañaron a
Alejan dro y a sus macedonios al este a fin de asegurar su superioridad
tecnológica y organizativa sobre los ejércitos aqueménidas: Diadés, el técnico
en asedios tesalio que “ conquistó Tiro” con su amigo Carias y otros técnicos
como Filipo y Posi-donio; Gorgias, el ingeniero hidráulico, y Deinocrates, el
urbanista que trazó los planos de Alejandría; Beatón, Diongnetos y Filónides,
que sistemática mente organizaban los campamentos y supervisaban las rutas;
los expertos navales Nearco y Onesícrito; Eumenes, jefe de los secretarios; el
filósofo e historiador Calístenes y sus ayudantes; el ingeniero y arquitecto
Aristóbulo. Los m acedonios también contrataron a miles de griegos del sur como
soldados mercenarios y como científicos. Todos ellos buscaban un salario
estable y el
102
mecenazgo de la casa real. Si la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.),
librada por principios y por el liderazgo de Grecia, estuvo a punto de hundir
las viejas ciudades-Estado griegas, las incursiones abiertamente predatorias de
Alejandro en Oriente tuvieron el efecto opuesto y consiguieron producir, en vez
de consumir, capital para el mundo occidental.
En qué lugar trazaban Filipo y Alejandro la línea de demarcación entre
la tradición que importaban de Grecia y la que no era, como mucho más tarde les
sucedería a los japoneses, cuestión de política, o, más propiamente,
tapolitika, es decir, “ asuntos de la polis ”, De Grecia -Filipo fue un joven
huésped de Tebas (369-368 a.C.) durante la época de apogeo del brillante
general tebano Epaminondas-, el padre de Alejandro adoptó la falange, y con
ella la tradición de las grandes unidades de infantería, el asalto frontal
decisivo, la disciplina en la formación y el inicio de las maniobras tácticas.
De Grecia, Filipo abrazó la tradición racionalista y la investigación
científica desinteresada e indepen diente de la religión y el poder, sólo así
pudo construir máquinas de asedio y catapultas de torsión. De Grecia, adoptó la
tradición de la iniciativa individual unida a una férrea disciplina militar que
ponía más énfasis en la solidaridad del grupo que en el número de enemigos
muertos. De ese modo fue capaz de reclutar y formar a muchos falangistas llenos
de espíritu y capaces de cargar a una orden suya contra un muro erizado de
puntas de lanza.
Antes de la batalla de Gaugamela, Alejandro recordó a sus mercenarios
que, pese a todo, eran hombres “libres” . Los persas, por el contrario, añadió,
no eran más que esclavos. Es cierto que ni uno solo de sus hombres había votado
a Alejandro como rey, pero no es menos cierto que en sus palabras había algo de
verdad. El legado de la libertad helénica no podía definirse solamente en
términos políticos, se correspondía más bien, como señaló Aristóteles, con un
“vivir como se quiera” . Las falanges de Alejandro, como los mercenarios que
formaron parte de la expedición de los Diez Mil, gozaron de una gran libertad
de asociación, que se tradujo en la celebración de asambleas enérgicas y bulli
ciosas y la votación de propuestas, tan sólo algunas y únicamente cuando a
Alejandro le convenía. Por lo demás, en los festejos y manifestaciones
deportivas disfrutaban de una familiaridad con sus superiores desconocida en la
corte persa. Al final, incluso los mercenarios no ciudadanos se disgustaron con
el creciente orientalismo de Alejandro y su deplorable imposición de la
jbroskynesis, es decir, la costumbre de que un hombre libre se inclinase ante
él, tocando el suelo con la frente, como si el rey macedonio fuese un dios
viviente.
Filipo, empero, no tenía ningún interés en el militarismo cívico, el
control civil sobre su ejército o la libertad política de sus soldados desde un
punto de vista abstracto. Es decir, no le interesaba el bagaje político y
social de las frágiles y balbucientes ciudades-Estado. Alejandro heredó la
misma desconfianza de su padre, a la que éste añadió un brillante concepto
propagandístico: la Gran
103
Idea de una cruzada panhelénica contra Persia, un Götterdämmerung final
que haría pagar a los Aqueménidas el incendio de la Acrópolis ateniense, vengar
la esclavización de Jon ia y un siglo de intromisión en los asuntos de Grecia,
y, al mismo tiempo, la propuesta de saquear las arcas persas de sus tesoros
para enriquecer los Balcanes más allá de lo que podía alcanzar la imaginación y
dar forma a la unificación de todos los pueblos de habla griega, creando, por
fin, un auténtico sentimiento nacional, una nación en armas. Filipo sabía que
sólo de este modo podía dejar una Grecia segura a retaguardia mientras se
dirigía a la conquista del Oriente. Ciertamente, siempre habría patriotas y
agitadores, como Demóstenes e Hipérides, capaces de intrigar e inquietar a la
población, siempre existirían hoplitas griegos que lo combatirían en Asia,
gracias a la magnífica paga que ofrecía el Gran Rey. Bajo una falsa Liga de
Corinto, Filipo afirmaría que mataba por Grecia, no por propio interés. En la
primera cruzada europea Filipo ofreció a Grecia, sumida en luchas fratricidas,
los vínculos de unión necesarios para saquear un Oriente despótico pero unido.
En definitiva, la relación de Alejandro con el helenismo, con la propia
cultura occidental, es paradójica. Ningún hom bre hizo más que él por difundir
el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia, la arquitectura y la doctrina
militar de la cultura helénica más allá de las fronteras de la Grecia
continental, pero tampoco nadie hizo más que él y que Filipo, su padre, por
destruir trescientos años de libertad e independencia que los propios griegos
disfrutaban en el interior de Grecia. Alejandro reunió más soldados de habla
griega para matar a soldados no griegos que ningún otro heleno de la historia,
pero causó la muerte de más griegos en Q ueronea, Tebas, el Gránico e Isos que
ningún otro general griego de la historia. Su primera intención era robar y saquear
a una cleptocracia aqueménida ya caduca. A l mismo tiempo, liberó el tributo
acumulado durante siglos y con la acuñación de nueva moneda alimentó un
renacimiento cultural inimaginable bajo dominio persa, puesto que miles de
especuladores, ingenieros y artesanos itinerantes griegos lo acompañaron a
Persia. Alejandro se dirigió al Oriente, dijo, para difundir el helenismo, pero
lo cierto es que ningún filósofo, santón o rey hizo más por orientalizar a los
griegos que él. Alejandro debilitó las ciudades-Estado griegas seculares a fin
de abrazar la teocracia asiática, dejando como legado la práctica helénica, de
tres siglos de la Antigüedad, de un rey dios plutocrático acomodado y aislado
de sus súbditos en una capital imperial.
L a expropiación de la tradición militar helénica por Alejandro, sin el
freno de un gobierno local provinciano y las restricciones logísticas de las
unidades de hoplitas no profesionalizados, significó que, por vez prim era en
su historia, los griegos pudieran encontrar los límites naturales de su poder
militar en el lejano río Indo. Por el mismo motivo, el hecho de que Alejandro
rechazase el gobierno constitucional, el militarismo cívico y la autonomía
municipal
104
tuvo la segura consecuencia de que sus conquistas nunca dieron lugar a
una civilización helénica estable en Asia, o, ni siquiera, a la libertad en la
propia Grecia, sino a los reinos de los diádocos (323-31 a.C .), que heredaron
una mentalidad similar a la suya. Durante tres siglos, diversos teócratas
macedonios, epirotas, Seléucidas, Tolomeos y Atálidas gobernarían, lucharían,
saquearían y vivirían con gran esplendor y con el barniz helénico que les
conferían las elites y los profesionales griegos que pululaban por las cortes
asiáticas y africanas, al menos hasta que todas ellas fueron sometidas por las
legiones de la República romana. Ésta, a diferencia de los griegos del período
helénico, com binaría verdaderamente las ideas de la política griega, el militarismo
cívico y la batalla decisiva para forjar un ejército enorme y letal compuesto
por ciudadanos con derecho a voto cuyo gobierno creaba el ejército y no al
revés.
¿Qué consecuencias políticas y culturales tuvo el concepto de batalla
decisiva en manos de Alejandro Magno? Los historiadores de la época romana,
cuyas fuentes pueden trazarse a través de una intrincada senda hasta los
coetáneos del propio Alejandro, nos presentan a un Alejandro “bueno” y a un
Alejandro “malo” : como un Aquiles homérico redivivo cuyas juvenil exuberancia
y piedad dieron como resultado el m ayor florecimiento del helenismo o como un
me galómano matón, borracho y autocomplaciente, que masacró a todo aquel que
se interpuso en su camino para, finalmente, revolverse contra sus propios
compatriotas y los amigos de su padre, es decir, contra los hombres cuya
lealtad y genio sirvieron para encumbrarlo. El debate prosigue hoy día. La
mayoría de los griegos coetáneos del macedonio lo despreciaban por haberles
robado la libertad y haber matado a gran número de ellos en Tebas o el Gránico.
Si prescindimos de la épica posterior sobre Alejandro -sus supuestos esfuerzos
por conseguir “el hermanamiento de la humanidad” o por llevar la “
civilización” a los bárbaros-, podemos admitir que su verdadero genio fue sobre
todo militar y político, no humanista ni filosófico. Su mayor logro fue la
brillante innovación de la doctrina militar griega, aderezada con el sentido
común necesario para aprovechar su poder con el objetivo de liquidar y sobornar
a aquellos rivales que deseaban pagarle con la misma moneda.
Alejandro empleó brillantemente el concepto de batalla decisiva de un
modo terrible que sus inventores helenos jam ás imaginaron; después, en un
golpe de verdadero genio, proclamó que había matado en aras de una idea de amor
fraterno. Cortés, prodigio militar de similar altura, también aplastaría las
líneas mexicas, masacrando a sus enemigos en una batalla decisiva que quedaba
muy lejos de la experiencia cultural azteca, mientras sostenía que lo hacía por
la
Corona española, la gloria de Cristo y el progreso de la civilización
occiden
tal. Para Alejandro, la estrategia militar no consistía en derrotar al
enemigo, intercambiar los muertos, construir un monumento conmemorativo y
terminar con las disputas existentes, sino, como su padre le había enseñado, en
aniquilar
105
a todos los adversarios y destruir la cultura que se había atrevido a
oponerse a su gobierno imperial. Su revolucionaria práctica de persecución y
destrucción total del enemigo derrotado garantizaba una cantidad de bajas tras
cada batalla inimaginable tan sólo algunas décadas antes.
En el Gránico (mayo de 334 a.C.), Alejandro destruyó por completo el
ejér cito persa y, después de cercarlos, mató a casi todos los mercenarios
griegos; sólo se libraron de la muerte 2.000 que envió a Macedonia como
esclavos. Las fuentes no concuerdan con respecto al número de bajas, pero es
posible que Alejandro exterminara a entre 15.000 y 18.000 griegos cuando la
batalla ya estaba decidida. Alejandro mató a más helenos en un solo día que los
medos en las batallas de M aratón, las Termopilas, Salam ina y Platea juntas.
En el Gránico cayeron también cerca de 20.000 persas, más que en ninguna otra
batalla terrestre de los hoplitas en los dos siglos anteriores. El Gránico
demostró dos cosas: que Alejandro mataría como ningún otro de los occidentales
que lo habían precedido, a fin de conseguir sus fines políticos, y que se vería
obligado a eliminar a miles de griegos, que por codicia o principios deseaban
luchar contra él y al servicio del rey persa.
A l año siguiente, en Isos (333 a.C.), batalla que también libró frente
al gran ejército de Darío III, las bajas alcanzaron magnitudes desconocidas en
cual quier enfrentamiento previo en el que se hubiera visto involucrado un
ejército griego o macedonio. Cayeron otros 20.000 mercenarios griegos y entre
50.000 y 100.000 reclutas persas, un reto formidable desde un punto de vista
espacial y temporal: matar a más de trescientos hombres por minuto durante ocho
horas. El exterminio alcanzaba nuevas cotas, evidenciando en qué podía
convertirse la guerra cuando se recurría a la batalla de choque para aniquilar
al enemigo en lugar de para solventar disputas fronterizas. La falange
macedonia se em pleaba menos para expulsar a las tropas enemigas del campo de
batalla que para aniquilarlas por la retaguardia durante horas después de que
la batalla ya estuviera decidida.
Después de Gaugamela, en la batalla del río Hidaspes (326 a.C.), su
cuarta y definitiva victoria sobre el príncipe indio Poro, Alejandro mató a
alrededor de 20.000 soldados enemigos. Cifras ciertamente conservadoras
sugieren que en el curso de tan sólo ocho años Alejandro Magno acabó con la
vida de más de 200.000 hombres únicamente en batallas decisivas. A cambio, no
perdió más que a algunos centenares de macedonios. Sólo los mercenarios
hoplitas griegos con quienes se topó en el Gránico y en Isos le causaron
verdaderos problemas; sin embargo, cuando se vieron superados en número y
rodeados, estuvieron a punto de ser aniquilados; sumando ambas batallas,
cayeron cerca de 40.000, los suficientes para garantizar que en Gaugam ela
apenas quedase algún griego en él ejército de Darío. Sólo César en las Galias y
Cortés en México rivalizarían con Alejandro en el número de bajas enemigas en
el campo de
106
batalla y en la subsiguiente muerte de civiles durante los años de
pacificación. Evidentemente, el concepto occidental de la guerra, es decir,
choque frontal a cargo de falanges compuestas por soldados de infantería
profesionales y muy entrenados, dio como resultado que las bajas casi se
inclinaran de un solo bando, una situación que en Asia desconocían hasta aquel
momento.
Entre aquellas batallas formales, Alejandro también atacó buen número de
ciudades persas y griegas, con lo que se ponía de manifiesto la verdad de que
la doctrina militar occidental no se limitaba ya a la técnica de desplegar a la
infantería en la batalla, sino a una ideología consistente en un brutal asalto
frontal contra cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. Alejandro
capturó y esclavizó sistemáticamente a casi todas las ciudades que encontró a
su paso, empezando por Asia Menor para seguir por la costa siria y las satra
pías orientales de Persia, y terminar con la matanza de las comunidades indias
del Punjab. Las fuentes clásicas nos dicen poco acerca del número preciso de
hombres caídos en la captura de Mileto (334), Halicarnaso (334), Sagalasus
(333)> Pisidia (333), Celene (333), Soli (333), la masacre de los branquidas
(329)1 las diversas fortalezas del Sir Daria (329), la plaza fuerte de
Ariamazes
(328) , las ciudades indias de M
assaga (327), Aorno (327) y Sangala (326). La mayoría de estas plazas eran
mayores que Tebas, el primer asedio de Alejandro, donde 6.000 griegos fueron
masacrados en las calles. Arriano sugiere que en la conquista de las ciudades
punjabíes situadas en torno a Sindimana murie ron 80.000 personas y que en
Sangala cayeron 17.000 y otras 70.000 fueron capturadas. Un cálculo conservador
puede establecer la cifra de residentes urbanos muertos entre los años 334 y
324 a.C . en un cuarto de m illón de personas, la mayoría de ellos defensores
civiles que habitaban en localidades situadas en el camino de Alejandro hacia
el este.
Las matanzas mejor documentadas son las de las ciudades fenicias de Tiro
y Gaza. Tras varios meses de heroica defensa, Tiro cayó el 29 de julio del año
332 a.C . No hay datos exactos que nos digan cuántos cayeron en la defensa de
la ciudad, pero en el caos del último día de su existencia fueron aniquilados
entre 7.000 y 8.000 de sus habitantes. Dos mil supervivientes varones fueron
crucificados; había que dar una lección sobre la futilidad de ofrecer cualquier
tipo de resistencia. Entre 20.000 y 30.000 mujeres y niños fueron esclavizados.
Tiro, como le había sucedido antes a Tebas, dejó de existir como comunidad. A
continuación le llegó la hora a Gaza, también situada en la costa siria, pero
algo más al sur. Tras un asedio de dos meses, Alejandro dejó que sus tropas
asesinasen a los habitantes de la ciudad a voluntad. Todos los varones sirios
fueron exterminados. Fallecieron cerca de 10.000 árabes y persas. Los millares
de mujeres y niños capturados fueron vendidos como esclavos. Alejandro ató a
Batis, el gobernador de Gaza, perforó sus tobillos, le puso unas correas y lo
arrastró por toda la ciudad, como hacía Aquiles, hasta que expiró.
707
Durante la mayor parte de la década que pasó en Asia, Alejandro fue
incapaz de atraer a sus enemigos a una batalla campal, de modo que llevó la
batalla hacia ellos, marchando hacia el este en medio de la oscuridad,
incendiando aldeas sistemáticamente, asesinando a los dirigentes locales y
arrasando plazas fuertes en sucias guerras de represalia en las que las
tradiciones bélicas de los nómadas orientales -escaramuzas, emboscadas y
ataques fulminantes y rápi dos- causaron estragos en su ejército. L a lista de
pueblos diezmados en los territorios que actualmente conocemos como Irán,
Afganistán y el Punjab es casi interminable. U na pequeña muestra puede darnos
alguna idea del gran número de tribus que fueron pacificadas o exterminadas por
Alejandro y su propensión occidental a atacar de modo implacable los
principales asentamien tos enemigos. Las aldeas de los ucsos, situadas en los
montes Zagros, al sur de Susa, fueron saqueadas de forma sistemática. La
mayoría de sus habitan tes fueron asesinados o se vieron obligados a huir. En
las Puertas de Susa, en Irán occidental, Alejandro, durante su marcha hacia
Persépolis, barrió a las fuerzas del sátrapa Ariobarzanes. Sólo un puñado de
supervivientes escapó montaña abajo. Alejandro tardó tan sólo cinco días en atrapar
y conquistar a los mardos, un pueblo del Irán oriental, a los que incorporó a
su imperio y obligó a proporcionarle hombres, caballos y alojamiento (331
a.C.).
En Bactriana, Alejandro combatió las revueltas y secesiones locales
duramente. Al parecer, los llamados branquidas, una comunidad de griegos
expatriados, fueron exterminados hasta el último hombre. Los sacanes de
Sogdiana, duros veteranos de Gaugamela, fueron aniquilados, y su territorio,
arrasado. Conven cido de que los pueblos del valle meridional de Zerushan
habían colaborado con los rebeldes de Sogdiana, Alejandro atacó sus plazas
fuertes. Ejecutaba a todos los defensores que sobrevivían al ataque: sólo en la
captura de Cirópolis fueron asesinadas 8.000 personas. Las revueltas de
Bactriana y Sogdiana (329-328 a.C.) se saldaron con dos años de ininterrumpidos
saqueos, luchas y ejecuciones. Alejandro siguió la misma pauta de guerra total
en India (327-326 a.C.). Masacró a todos los defensores de la ribera del río
Choes en Bajaur. Después de prometer a los cercados habitantes de Asacenia que
les perdonaría la vida si se rendían, ejecutó a todos los soldados
profesionales que encontró entre ellos. También atacó las plazas fuertes de Ora
y Aorno, y es probable que aniquilara a sus guarniciones. La m ayoría de las
aldeas de los malios, un pueblo del Punjab, fueron arrasadas. Los refugiados
civiles eran asesinados cuando huían hacia el desierto. La mayoría de las
fuentes coinciden en que murieron decenas de miles de personas.
Oriente nunca había padecido nada semejante al ejército de Alejandro,
que ofrecía a sus enemigos la posibilidad de optar entre la sumisión o la
muerte y tenía la voluntad y el poder de conseguir ambas cosas. Ninguna de
aquellas tribus tenía la más mínima oportunidad de vencer a los macedonios en
una batalla
108
campal. Su única oportunidad se cifraba en librar guerras esporádicas en
te rreno montañoso, con la esperanza no de derrotar a Alejandro, sino de
detener
y frustrar sus progresos. En su
travesía del desierto de Gedrosia en el año 325 a.C., cuando sus propios
soldados dejaron de morir a puñados, Alejandro atacó Oreítis. Leonato, su
lugarteniente, mató a 6.000 hombres en una sola batalla. A causa del hambre y
de las conquistas militares, Oreítis se convirtió en un territorio despoblado.
Es imposible hacer una estimación siquiera relativa de los costes humanos del
sometimiento de Bactríana, Irán e India, pero sí sabemos que, antes de la
llegada de Alejandro, en muchas ciudades y plazas vivían millares de personas.
Tras el paso del macedonio, sus poblaciones quedaron destruidas, y los
defensores masculinos, aniquilados, esclavizados o reclutados.
¿Qué propósito tenían tantas muertes? Desconocemos los deseos de Alejan
dro, aunque la pacificación del nuevo imperio a partir de las ruinas del
régimen aqueménida es la explicación más probable a su continuada expedición de
rapiña por las tierras de Asia. Unas veces, los macedonios mataban durante el
viaje, otras, en el cuartel general. La máquina bélica de Alejandro era tan
letal que se convirtió en un peligro incluso para sí misma. Cuando consiguió
someter Persépolis, la capital persa, Alejandro permitió que sus macedonios se
tomaran un día de asueto para dedicarse al saqueo y los asesinatos gratuitos.
En su fre nesí, los macedonios incluso saqueaban las casas de la gente
humilde. Se lle varon a las mujeres y vendieron como esclavo a todo el que
sobrevivió a aquel día de azarosa matanza. Plutarco señala que los macedonios
también acabaron con la vida de muchos prisioneros. Curcio Rufo añade que
muchos residentes preferían saltar de los muros con sus esposas e hijos o quem
ar sus propias casas y fam ilias a ser destripados en las calles. El suicidio
en masa es raro entre las poblaciones europeas, pero es más común entre las
víctimas de los ejércitos occidentales. Los pueblos no europeos, cuando se
enfrentan a la desesperanza que supone resistir a los ejércitos occidentales,
sean éstos los Diez Mil de Jenofonte, las legiones romanas en Tierra Santa o
los norteamericanos en Okinawa, con frecuencia prefieren una muerte voluntaria
y en grupo.
Tras un respiro de algunos meses, los macedonios se llevaron todo el
tesoro im perial -las excavaciones modernas han encontrado m uy pocos metales
preciosos en Persépolis- y quemaron el palacio real en una orgía de alcohol y
desenfreno. Es probable que los fuegos se propagaran más allá del palacio y que
durante un tiempo dejaran la capital inhabitable. Las fuentes documentales
registran el inmenso botín reunido, 120.000 talentos según la mayoría de ellas,
un tesoro material que requirió para su transporte de 10.000 pares de muías y
5.000 camellos, pero no hablan del coste en vidas humanas. Si Persépolis era la
capital de un imperio de millones de personas y tenía cientos de miles de
habitantes, muchos millares murieron durante la matanza inicial, la
esclavización subsiguiente y las deportaciones y dispersión definitivas.
109
Un imperio de setenta millones de habitantes no contaba con las fuerzas
del orden necesarias para evitar que 30.000 veteranos occidentales hicieran lo
que se les antojase. A consecuencia de ello, cientos de miles de personas m
urieron, simplemente, porque Alejandro se topó con ellas en su camino. Muchos m
acedonios y nativos murieron en la desgraciada travesía del de sierto de
Gedrosia a finales del verano de 325 a.C ., un viaje que transcurrió a lo largo
de la costa septentrional del océano Indico, desde el delta del Indo hasta el
golfo Pérsico. Las fuentes clásicas ofrecen escabrosos relatos de los
padecimientos y muerte de muchos de los que realizaron aquella marcha de
sesenta días a través de 750 kilómetros. Alejandro inició el viaje con un ejér
cito de al menos 30.000 combatientes, a los que seguían un numeroso contingente
de mujeres y niños. Arriano, Diodoro Sículo, Plutarco y Estrabón hablan de
innum erables bajas a consecuencia de la sed, el cansancio y las enfermedades,
y m encionan un rastro de decenas de miles de muertos. En tres meses, Alejandro
fue responsable de más muertes entre sus propias tropas, que los persas tras
una década de enfrentamientos. La verdadera amenaza para los falangistas
macedonios no era un renegado indio o persa, sino su propio y criminal
comandante.
A diferencia de lo que
ocurría en las ciudades-Estado griegas, en el ejército macedonio no existía la
costumbre del mando compartido por un consejo de generales, y tampoco había
controles civiles, ni ostracismo por votación o juicios que supervisaran la actuación
del ejército y de su rey. Alejandro, como mo narca absoluto, reaccionaba a las
sospechas de deslealtad con sentencias de muerte. Toda una generación de nobles
macedonios fue ejecutada por el rey al que servían. Los asesinatos del m onarca
aumentaron con la paranoia y demencia de los últimos años, y con la
constatación de que, tras el derrumbe del ejército real aqueménida y el
exterminio o esclavización de los peligrosos mercenarios griegos, ya no
necesitaba sus servicios.
El juicio farsa y la subsiguiente tortura y lapidación de Filotas (330
a.C.), uno de sus generales, son bien conocidos. Lejos de ser un conspirador,
Filotas, que había compartido con el rey el mando de la caballería macedonia y
había combatido heroicamente en todas las grandes campañas de Alejandro -fue él
quien lideró la carga de la Caballería de Compañeros a través de la línea persa
en Gaugam ela-, era culpable de poco más que de arrogancia y de propagar
ciertos rumores sobre una posible disensión contra el rey. Tras la insidiosa
muer te de Filotas, su padre, Parmenión, también fue asesinado (aunque contra
él no se levantó cargo alguno). A medida que el ejército se desplazaba más allá
de Babilonia, otros nobles m acedonios desaparecieron o fueron asesinados
sumariamente. El llamado Negro Cleito, que había salvado a Alejandro en el
Gránico, fue lanceado por el propio rey, borracho como una cuba, y murió
durante un banquete. Algún tiempo después, varios jóvenes pajes macedonios
110
fueron lapidados acusados de sedición (327 a.C.). Alejandro, además,
ejecutó al filósofo Calístenes, sobrino de Aristóteles, que había puesto
objeciones a la imposición de la proskynesis como saludo al rey.
Tras salir del desierto de Gedrosia, Alejandro inició siete días de
ininterrumpida borrachera que culminaron en una serie de nuevos decretos de
ejecución. Los generales Oleandro y Sitalces, y más tarde Agatón y Heracón y
seiscientos de sus soldados fueron asesinados sin juicio legal ni previo aviso.
Al parecer, eran culpables de mal comportamiento o insubordinación. Pero
probablemente fueron ejecutados a causa de su colaboración en el asesinato, por
orden del propio Alejandro, del popular Parmenión, un error que había causado
gran malestar entre los veteranos y requería algún tipo de ceremonial público
de expiación.
Alejandro diezmó literalmente un cuerpo de ejército de 6.000 hombres, la
primera evidencia clara en los ejércitos occidentales de esa práctica de hacer
formar una unidad y matar a uno de cada diez soldados. El rey macedonio había
introducido en Occidente, tomándolas del Oriente y del sur, dos ideas gemelas:
la costumbre de castigar a una unidad diezmándola y la crucifixión. A su vez,
su propia contribución original a la doctrina bélica occidental fue la matanza
que ocasionan las batallas decisivas cuando están por completo divorciadas de
cualquier control cívico o restricción moral. Alejandro es el autor de la idea
de la batalla de choque como equivalente a la aniquilación del enemigo. El
mundo griego nunca había visto nada semejante.
Alejandro Magno no era un emisario bienintencionado del helenismo. Era
un adolescente enérgico y hábil y un auténtico genio militar curioso por natu
raleza y capaz de apreciar el valor propagandístico de rodearse de hombres de
letras. Alejandro heredó de su padre un ejército temible y mortífero y tuvo la
inteligencia necesaria para asegurarse la lealtad de una camarilla de sagaces y
experim entados comandantes, al menos hasta que el ejército persa cayó
derrotado. Alejandro supo modificar la tradición helénica de la batalla
defensiva para nuevos y criminales fines y con ello dejó atónitos a sus
adversarios orien tales, para quienes las emboscadas, las tretas, la
negociación, las incursiones y el saqueo eran preferibles al combate frontal
contra fuerzas de choque.
La época helénica (323-31 a.C.) comenzó con la destrucción de la
libertad y de la autonomía política griegas a manos de Alejandro. Su
introducción de la cultura militar griega al otro lado del Egeo y el estímulo
económico que supu so la inundación de Grecia con el oro y la plata de los
tesoros imperiales de Persia, que hasta el momento habían permanecido
almacenados y sellados, alentaron la opresión política y la disparidad
económica, aunque atrajeran a escritores y artistas a las nuevas cortes de la época.
A llí donde había habido polis griegas autónomas, dejó monarquías explotadoras,
que no obstante se basaron en las tradiciones occidentales del racionalism o y
el aprendizaje desinteresado para crear ciudades, obras artísticas de
envergadura y una agri
ar
cultura y un comercio muy sofisticados. En el mundo de Alejandro no
había espacio para patriotas y políticos, pero los sabios y los artistas tenían
muchas más oportunidades y dinero que en el pasado.
Pese a su devoción por la cultura griega, cuando murió, Alejandro era un
hombre más parecido ajerjes que a Temístocles. Bajo las dinastías helénicas que
le siguieron, la milicia de ciudadanos dejó paso a los mercenarios y la guerra
consumió presupuestos y mano de obra en cantidades astronómicas. La libertad de
mercados, la investigación en tecnología militar y la mejora de la logística se
combinaron para crear unos ejércitos occidentales inimaginables algunas décadas
antes. La idea oriental de un rey divinizado se convirtió en norma en los
Estados de los diádocos, con sus acostumbradas megalomanía, opresión y muertes
gratuitas, que todos asociamos con las teocracias. Algunos estudiosos equiparan
a Alejandro con César, Aníbal o Napoleón, con quienes compartía una voluntad de
hierro, un genio militar innato y la búsqueda de un imperio más poderoso de lo
que los recursos naturales de su tierra nativa les permitían. Alejandro, en
efecto, guarda afinidades con todos ellos, pero a nadie se parece más que a
Adolf Hitler, comparación repulsiva que sin duda ha de sorprender e incomodar a
la mayoría de especialistas en cultura clásica y filohelenos.
Hitler también ideó y llevo a cabo una brillante pero brutal marcha
hacia el este en el verano y el otoño de 1941. Tanto él como Alejandro eran
singulares genios militares occidentales conscientes de que sus cuerpos m
óviles o sus tropas de choque no tenían parangón en el mundo. Ambos fueron
aclamados como místicos y, aunque los movía el saqueo y la rapiña, adoptaron la
aparien cia de emisarios que trasladaban al este la “cultura” occidental y se
proponían “libertar” a los pueblos oprimidos de un imperio asiático
centralizado y corrupto.
A los dos les gustaban los
animales, trataban a las mujeres con gran deferencia (aunque a ninguno de los
dos les interesaban realmente), hablaban de su propio destino y divinidad, y
podían mostrarse muy corteses con sus subordinados, pese a que planearon la
destrucción de cientos de miles de hombres y final mente mataron a muchos de
sus ayudantes más próxim os y de sus grandes m ariscales. Am bos eran filósofos
populares semiinstruidos que salpicaban sus órdenes de destrucción en masa de
alusiones literarias. Por cada promesa de “hermandad del hombre” hubo un “Reich
milenario” ; por cada casa de Pín-daro salvada de las ruinas de Tebas, sueños
de una nueva Roma en Berlín; por cada Parmenión destripado, un asesinado
Rommel; por cada asolada Tiro, Gaza o Sogdiana, una Varsovia o K iev arrasada,
y por cada desierto de Gedrosia, un Stalingrado suicida.
De igual modo que Alejandro comprendía que el individualismo europeo y
los conocimientos y experiencia del helenismo podrían forjar un ejército de
elevada moral y por tanto servir a una autocracia temporal, Hitler aprovechó el
rico legado de Alem ania y de su antaño libre ciudadanía para crear una
112
igualmente dinámica y temible guerra relámpago. La historia llama a
Alejandro emisario del gobierno mundial y visionario, al tiempo que, con
justicia, considera a Hitler un monstruo depravado y mortífero. Si Alejandro
hubiera muerto en el Gránico, nada más entrar en Asia (un jinete enemigo estuvo
a punto de partirle la cabeza en dos), y los panzers de Hitler no se hubieran
quedado atrancados a unos kilómetros de Moscú en diciembre de 1941, algunos
historiadores consi derarían al m acedonio como un megalóm ano desequilibrado
cuya insana ambición terminó en un pequeño río próximo al Helesponto y al
dictador alemán un salvaje pero omnipotente conquistador que mediante
brillantes y decisivas batallas derrotó al brutal imperio comunista de Stalin.
El fracaso de estos dos autócratas - e l imperio de Alejandro se
desintegró en belicosos feudos antes de caer en manos de Rom a, mientras que el
Reich milenario de Hitler duró tan sólo trece años- nos recuerda que la
superioridad tecnológica, el concepto de batalla decisiva, el capitalismo y la
disciplina sólo confieren a los ejércitos occidentales victorias efím eras
cuando les falta el correspondiente cimiento de libertad, individualism o,
control ciudadano y gobierno constitucional de Occidente. Debido a la
complejidad y orígenes de la doctrina militar occidental, no hay duda de que
resulta más eficaz cuando se ve confinada a los parámetros que le dieron el
ser. No hubo en la Antigüe dad hombre más valiente en lo personal, brillante
en lo militar y abyectamente criminal que Alejandro, el antiheleno, el primer
conquistador europeo de una larga lista.
LA BATALLA D ECISIVA
Y LA DOCTRINA BÉLICA OCCIDENTAL
En última instancia, las guerras las deciden hombres que combaten cuerpo
a cuerpo, hincan su espada y golpean o disparan a poca distancia, y expulsan al
enemigo del campo de batalla. Las armas arrojadizas y la artillería pueden
ayudar a la infantería, pero no pueden, por sí mismas, tanto si son dardos,
como hondas u obuses, derrotar al enemigo y decidir una guerra:
Los bombardeos son, por sí solos, insuficientes si no se llega a esta
blecer contacto con el enemigo. Las armas de choque son la tenaza y el martillo
que el asaltante tiene en sus manos. Las armas de choque son los instrumentos
militares por excelencia. No sólo las emplean los com batientes valerosos y
dispuestos a entablar una lucha cerrada con el enemigo, golpearlo y vencer,
pero son sin duda el arma decisiva. Ganan batallas (H. Turney-High, Primitive
War: ItsPractice and Concepts [La guerra primitiva: su práctica y sus
conceptos], p. 12).
113
En el Gránico, Isos y Gaugamela, el ejército persa se encontraba en una
posición estática, esperando la llegada de Alejandro, impaciente, por haber
escogido un terreno favorable para defenderse de los invasores. Empalizadas,
riberas, obstáculos, carros escitas y elefantes detendrían lo que sus hombres
no eran capaces. La famosa réplica de Alejandro en la que declaró que
combatiría contra Darío III de día y abiertamente y no de noche, como un
furtivo, es una de las muchas anécdotas que ilustran el deseo helénico de
librar una batalla directa abierta y mortal. Quinto Curcio Rufo refiere que
Alejandro, además, se burlaba de la idea de llevar a cabo una guerra de
desgaste y se negaba a aceptar cualquier tipo de negociación con Darío: “No es
mi costumbre entablar combate con prisioneros y mujeres: el enemigo es preciso
que esté armado para que yo lo odie” (Historia de Alejandro, 4.11.17).
Quinto Curcio recuerda que antes de Gaugamela lo único que preocupaba a
Alejandro era que Darío no se aviniera a combatir. Cuando la mañana de la
batalla Parmenión lo despertó de un profundo sueño, se levantó lleno de
confianza y dijo: “Cuando Darío incendiaba los campos, destruía las aldeas,
echaba a perder los alimentos, yo, de indignación, no era dueño de mí mismo;
pero ahora ¿por qué voy a temer, cuando se dispone a presentar batalla? ¡Por
Hércules, que ha venido a satisfacer mi deseo!” (4.13.23-24). Plutarco añade
que aquella misma mañana Alejandro explicó: “ ¿Pues qué? ¿No te parece que ya
es una victoria el vernos libres de andar de un lado a otro y de perseguir en
un país vasto y asolado a Darío, que rehúye la batalla?” (Vidasparalelas,
“Alejandro” , 32.3-4). Antes de la batalla, Alejandro arengó a sus tropas y les
dijo: “En su bando hay más soldados, en el nuestro, más combatirán”, porque no
eran tropas de choque como ellos, curtidos y heridos en el combate cuerpo a
cuerpo. Los persas, dijo el macedonio, no eran más que “el ejército informe de
los bárbaros: unos no tenían más que una jabalina, otros manejaban piedras con
hondas, pocos eran los que llevaban el armamento en regla” (Quinto Curcio Rufo,
Historia de Ale jandro, 4.14.5). “Armamento en regla”, según la mentalidad
occidental, eran las picas y las espadas que se utilizaban en la lucha cuerpo a
cuerpo. Durante la batalla, sólo los macedonios, superados en número, cargaban
en masa para romper la línea enemiga. Cuando lograban quebrar la resistencia
del adversario, no prestaban atención al campamento persa y se dirigían
directamente hacia el carro de Darío. Cuando el rey medo se daba a la fuga, los
hombres de Alejandro lo seguían y casi llegaban a reventar sus caballos en su
pretensión de matar a todo aquel que quedara en el campo de batalla y atrapar
al rey huido.
¿Cuándo se originó la peculiar noción occidental de batalla decisiva?
¿Dónde surgió la idea de que un ejército debía buscar el cuerpo a cuerpo con su
enemigo en una colisión diurna de tropas en la que no cabían las artimañas o
las em boscadas y con la clara intención de destruir el ejército contrario en
el campo de batalla o morir con honor en el intento? El concepto de batalla
decisiva nació
114
en la G recia de principios del siglo v m a.C. Es imposible encontrarlo
antes o en cualquier otro lugar. Las grandes batallas libradas entre ejércitos
egipcios y de Oriente Próximo en el segundo milenio antes de Cristo no fueron
com bates frontales de soldados de a pie fuertemente armados, sino grandes
bata llas que decidían las unidades de jinetes, aurigas y arqueros. Las
circunstancias en que nació la idea de la batalla decisiva, es decir, guerras
entre pequeños propietarios ciudadanos que decidían por votación qué batallas
libraban y cuáles no, explican su terrible capacidad mortífera. Sólo hombres
libres, con derecho a voto y capacidad para disfrutar de la libertad, estaban
dispuestos a soportar aquellas horribles colisiones de tropas de infantería,
puesto que sólo las batallas de choque resultaban económicas y daban pie a que
los conflictos fueran breves y definidos, y ocasionalmente, mortales.
En los siglos v i l y VI a.C., cuando una pequeña comunidad griega era
auto-suficiente y estaba gobernada por propietarios privados, la guerra
hoplita, más que una defensa dominada por las fortificaciones o las
guarniciones de los pasos de montaña, tenía pleno sentido, porque consistía en
reclutar al mayor y mejor armado grupo de granjeros para proteger el territorio
del modo más rá pido, barato y decisivo posible. Para los granjeros era mucho
más sencillo y económico defender sus granjas en las propias granjas que pagar
tributos y con tratar a otros hombres sin tierra para que custodiaran los
pasos de montaña. Además, en la accidentada Grecia, los pasos son tantos que,
aunque bien guardados, un invasor bien pertrechado podría cruzarlos. Las
incursiones, las emboscadas y el saqueo seguían siendo frecuentes -estas
actividades parecen innatas a la especie hum ana-, pero la elección de una
respuesta militar para vencer o proteger el territorio era una cuestión cívica,
un asunto que los propios infantes propietarios tenían que votar. A ese
respecto, otros medios para resolver el conflicto parecían interminables,
costosos y con frecuencia nada decisivos.
Las prim eras batallas de choque protagonizadas por los hoplitas en los
pequeños valles de Grecia marcan el verdadero comienzo de la doctrina bélica
occidental, una idea formal cargada de consideraciones legales, éticas y
políticas. Casi todas las guerras de un solo día que en los siglos V II y VI
a.C. se libraron entre pequeños propietarios impacientes fueron conflictos de
infantería en los que se dirimía la posesión de unas tierras, normalmente
franjas fronterizas en disputa, cuya posesión significaba más un aumento de
prestigio que de tierras fértiles. Era costumbre que el ejército de una
ciudad-Estado, es decir, de Argos, Tebas o Esparta, se encontrara con su
adversario a plena luz del día y en form ación de columna - la palabra
“falange” significa “fila” o “ conjunto de hombres” - , de acuerdo a una
reconocida secuencia de hechos que daba pie a una batalla brutal aunque no
demasiado, al menos no necesariamente, mortífera.
Surgió todo un vocabulario dedicado a los momentos más terribles del
enfrentamiento bélico que está muy presente en toda la literatura griega, lo
115
que refleja la importancia que en la cultura helénica tenía la batalla
de choqis por encima de otros métodos de lucha. Los combates entre hoplitas r e
c ib í^ diversos nombres: “batalla campal” (parataxeis), “batallas por acuerdo”
(mach=i ex homologon), “batallas en la llanura” (machai en to pedio) o batallas
que er;L “justas y abiertas” (machai ek toy dikaiaou kai phanerou). Los puestos
de combas— y las zonas del campo de batalla -las filas delanteras (protostatai
o promacho, la tierra de nadie (metaixmion), el combate de cerca (sustandon)-
quedaron ci dadosamente definidos. Se delim itaron las diversas etapas de la
batalla, recibieron un reconocimiento formal : la carrera inicial (dromo), el
choque y i ruptura de la línea (pararrexis), el ataque con lanzas (doratismos),
el cuerpo i cuerpo (en chersi), la ofensiva (othismos), los cercos (kuklosis) y
la huida (egklin¡
o trophe). Esta nomenclatura
sugiere que la propia mecánica de la batalla hopli se incardinó en la cultura
popular con una intensidad que no llegaron a ten« los enfrentamientos de la
caballería o la infantería ligera.
Los griegos de la ciudad-Estado se daban cuenta de que la guerra
terresti decisiva de su época era muy distinta a las contiendas anteriores.
Tucídides, pe ejemplo, comienza su historia admitiendo que los griegos del
pasado no luchabai como sus coetáneos y habla de los lazos tan estrechos que
existían entre 1E sociedades agrarias y la guerra terrestre. La riqueza, las
poblaciones agraria sedentarias del continente y la existencia de cultivos
permanentes, según 1 argumentación de Tucídides, condujeron al predominio de la
guerra terrestr decisiva. Aristóteles, que trazó con mayor precisión el
desarrollo de la doctrini bélica griega, también hizo hincapié en el tardío
surgimiento de la infantería d¡ batalla en general y de los infantes hoplitas
en particular. Los primeros Estado: griegos que evolucionaron después de las
monarquías, señaló, fueron regida principalmente por jinetes patricios. Por
tanto, sus guerras se basaban en 1: caballería. En ese período, los hoplitas no
eran aún efectivos, y no tenían “n organización [...] ni experiencia ni
táctica” . Más tarde, los hoplitas se hicieroi más fuertes, lo que condujo a
una transformación social y a la formación d¡ los gobiernos constitucionales
(Política, lV.i2g7b.16-24).
De las palabras de Aristóteles se deduce que los primeros
enfrentamiento; entre griegos fueron protagonizados por tropas a caballo, pero
en los albores d« la ciudad-Estado se transformaron en batallas entre
infantería pesada. El aug« de tales soldados y, probablemente, su manera de
combatir, confirieron a lo hoplitas preeminencia política en sus polis, lo que
condujo a la difusión de lo¡ gobiernos constitucionales. Si los choques masivos
han formado parte de k cultura m editerránea en toda época y lugar, en Grecia
se convirtieron en e dominio exclusivo de la infantería pesada, que combatía en
formación y cargaba y aplastaba al enemigo al unísono y en luchas cuerpo a
cuerpo. Además, las milicias de las polis griegas estaban sujetas a un conjunto
de normas establecidas con consecuencias políticas y culturales más allá del
campo de batalla: las batallas
116
Jjbradas por el acuerdo de ambas partes podían decidir guerras enteras
incluso guando el potencial bélico del perdedor no quedaba agotado con la
derrota.
Como ya hemos visto, Filipo puso fin a las batallas hoplitas como forma
arbitraria de resolución de conflictos. Entre tanto, aprovechó el
descubrimiento griego de la batalla de choque protagonizada por la infantería y
lo aplicó a un nuevo concepto occidental, el de guerra total. En las
postrimerías de la ciudad-Estado libre y a la sombra de Filipo II, el orador
Demóstenes, en su “Tercera filípica” (47-48), compuesta alrededor del año 341
a.C., lamentaba de qué modo la batalla decisiva se había metamorfoseado en algo
temible: “Aunque todo ha cobrado un gran incremento y en nada lo de ahora es
semejante a lo de antes, considero que nada se ha movido y progresado más que
el arte de la guerra” ; y prosigue recordando a su auditorio que en el pasado
“los lacedemonios y todos los demás, durante cuatro o cinco meses, en la
estación veraniega propiamente dicha, invadían y devastaban el territorio
enemigo con sus hoplitas y ejércitos de ciudadanos y luego se retiraban a sus
casas de nuevo” . Finalmente, Demós tenes señala que los ejércitos hoplitas “
se comportaban tan a la antigua o, más bien, tan cívicamente, que ni con dinero
se compraba a nadie, antes bien, la guerra era leal y clara a distancia” .
En contraste con esta tradición grecomacedonia en evolución, Darío
heredó un distinguido pero muy distinto patrimonio que se remontaba a Ciro el
Grande y se vio enriquecido por la caballería pesada escita y bactriana, las
unidades de carros de Egipto y los contingentes tribales de las montañosas
regiones del este y del norte de su imperio. E l ejército persa confiaba sobre
todo en la movilidad, rapidez y estratagemas de sus tropas porque era
especialmente fuerte en jinetes y arqueros y débil en infantería pesada, como
corresponde a un pueblo nómada de las estepas sin la tradición agraria de las
ciudades-Estado ni la existencia de gobiernos de consenso. La ética de los
guerreros de Asia no era la de los granjeros de Grecia. Ningún medo, escita o
bactriano acudía a la Asamblea, votaba si reunir o no un ejército, cogía la
armadura que colgaba de la pared de su casa, se unía al regimiento de su
localidad y, al lado de su “general” , marchaba y desafiaba a la falange que se
le oponía en un brutal combate de choque, y luego volvía rápidamente a casa
para defender su propiedad y llevar a cabo un control público del
comportamiento en la batalla del ejército y de los generales.
Persas, medos, bactrianos, armenios, cilicios y lidios, que o bien
disfrutaban de un gobierno tribal o bien estaban sometidos a los estamentos
imperiales, confiaban en la superioridad de sus recursos humanos, en los
bombardeos por parte de arqueros, honderos y jabalineros, y en los grandes
movimientos envolventes a cargo de hordas de jinetes y de carros. Si un
ejército occidental
- los romanos en Carras (53 a.C.)
son buen ejemplo de ello - se mostraba lo bastante imprudente como para luchar
en las extensas llanuras asiáticas sin el
117
1
apoyo de la caballería, bien podría verse rodeado y superado,
precisamente, por tropas a caballo. Por regla general, la superioridad de la
infantería occidental y sus preferencias por la batalla de choque significan
que si el ejército al que servían tenía una jefatura adecuada -por ejemplo,
Pausanias en Platea (479 a.C.), César en las Galias (59-50 a.C.) o Alejandro en
Gaugam ela- no había tropas en el mundo que pudieran detener su avance.
Los autócratas helénicos que sucedieron a Alejandro Magno constataron
que sus falanges resultaban inatacables para cualquier ejército asiático y eran
lo bastante adecuadas para defenderse de otra falange occidental. Con el tiempo
comprobaron que Rom a introdujo en cada batalla una nueva belicosidad y
burocracia de guerra que no eran más que los dividendos materiales y espiri
tuales de una Italia unida y políticamente estable y de la idea renovada de
militarismo cívico que había contribuido, tanto tiempo atrás, a la victoria
griega en Salamina. A diferencia de la doctrina militar helénica, los romanos
siempre presentaban la guerra decisiva como una necesidad legal (ius ad
bellum), como una empresa presuntamente defensiva que impulsaban los miembros
beligeran tes de la población rural italiana. Si sus generales pudieron matar
por laus y gloria, los propios legionarios republicanos creían que combatían
por preservar las tradiciones de sus ancestros (mos maiorum) y de acuerdo con
los decretos constitucionales de un gobierno electo. Los ejércitos romanos
continuaron ganando batallas porque añadieron su propia y novedosa contribución
a la regularización de la guerra decisiva. Com o verem os al ocuparnos de la no
igualada carnicería de Cannas, la doctrina militar romana se basaba en la con
frontación masiva en batallas campales y en la aplicación al ejército de la
ciencia, la práctica económ ica y la estructura política helénicas para
explotar la agresividad en el campo de batalla a fin de aniquilar al enemigo en
un solo día si era posible, o ser aniquilado en el intento.
La doctrina bélica griega no desapareció con el auge y caída de los
reinos helénicos (323-31 a.C.) que siguieron a la división del imperio de
Alejandro Magno. Lejos de ser así, durante los dos milenios siguientes de
historia europea los enfrentamientos bélicos se beneficiarían de una energía
desconocida hasta entonces que le insuflarían aquellos que, no siendo griegos,
habían heredado de éstos el peculiar y occidental dilema de ser capaces de
hacer lo que sabían que, algunas veces, no debían hacer. Alejandro Magno creó
un ejército temible separando el militarismo cívico del concepto de batalla
decisiva. Los romanos idearon una doctrina bélica aún más mortífera rescatando
la noción de batalla de choque del lugar de donde surgió, es decir, del
gobierno constitucional, en formas que iban mucho más allá de lo que la
imaginación helénica pudiera concebir.
Pero la preferéncia occidental por la batalla de choque también
sobrevivió a Rom a en las guerras de un siglo de duración que Bizancio
emprendió contra
118
l o s jinetes nómadas e islámicos y en las mortales luchas intestinas
entre francos y musulmanes. Los caballeros teutónicos de la Edad M edia
adaptaron la idea de combate cuerpo a cuerpo a las cargas masivas de caballería
pesada, que en las Cruzadas tantos dividendos dieron a sus fuerzas inferiores
en número. Las falanges volvieron a aparecer, aunque sólo en Europa, en los
siglos XIV y XV, en Suiza, Alemania, España e Italia. Los pensadores del
Renacimiento quisieron aplicar en la práctica las antiguas disquisiciones sobre
strategia (es decir, sobre “generalato”) y taktika (disposición de las tropas),
para mejorar la potencia de choque de los modernos piqueros. Pragmáticos tan
diversos como Maquiavelo, Lipsio y Grocio también imaginaron que tales
ejércitos prestaban un servicio constitucional al Estado, porque se daban
cuenta de que la infantería pesada, si se nutría de ciudadanos libres y
pequeños propietarios, constituía la fuerza de combate más efectiva en
cualquier batalla de choque. Los pequeños ejérci tos de Europa central
continuaron la tradición clásica que dictaba la predilección por las batallas
terrestres y frontales. H acia el siglo x v i, Occidente se vio convulsionado
por una época de enfrentamientos de choque en los que diversos ejércitos profesionales
pretendían destruir la capacidad de resistencia del adversario de un modo
desconocido en China, África o América. Entre 1500 y 1900 tuvieron lugar dentro
del territorio europeo miles de batallas de choque protagonizadas por la
infantería, es decir, más que en todo el resto del mundo.
Los aztecas, que intentaron derribar a Cortés y a sus hombres de sus
caballos y hacer con ellos ofrendas sacrificiales en la Gran Pirámide,
procedían de una tradición cultural completamente distinta que no consideraba
el enfrentamiento bélico como la ocasión propicia para entablar batalla con el
enemigo y zanjar definitivamente cualquier disputa con la destrucción de toda
su capacidad de resistencia. Por el contrario, cuando Cortés inició por fin la
toma de Ciudad de M éxico, fue destruyéndola casa por casa, en un intento por
aniquilar a todos los adversarios aztecas hasta que capitulaban o dejaban de
existir. Los zulúes pensaron que, tras su victoria en Isandhlwana, los
británicos, derrotados en la batalla, se retirarían. No imaginaban que, según
la concepción de Occidente, la guerra consistía en una serie de batallas
semejantes a Isandhlwana hasta que la voluntad -o la cultura- del adversario
quedaba definitivamente anulada. Los jenízaros otomanos, que aprendieron y
dominaron el arte de las armas de fuego europeas, nunca compartieron la
correspondiente idea occidental de luchar en disciplinadas columnas y como
tropas de choque en las que el heroísmo individual estaba sometido al objetivo
superior de lograr una potencia de fuego y de asalto masivas que por sí solas
pudieran someter al enemigo. Los maringas de Nueva Guinea, los maoríes de Nueva
Zelanda, los míticos héroes homéricos del pasado griego previo a las polis y la
mayoría de las comunidades tribales buscaban en la guerra el reconocimiento
social, la salvación religiosa o un nuevo estatus cultural, es decir, cualquier
cosa distinta del desmembramiento
” 5
del enemigo en el campo de batalla por medio del esfuerzo colectivo que
exige una batalla de choque.
Occidente sigue fiel al concepto de batalla decisiva. La idea clásica
según la cual una batalla campal y de choque es el único modo de resolver una
guerra explica, en parte, por qué los norteamericanos consideran honorable y
eficaz bombardear a los libios cuando éstos han cometido un acto terrorista en
Europa o lanzar sobre las aldeas palestinas los proyectiles de gran calibre de
algún acorazado de manera abierta y “justa” cuando, presuntamente, algunos
residentes de esas mismas aldeas han bombardeado, en un acto de “cobardía” , un
cuartel norteamericano en el que dormía un grupo de marines. Si los
occidentales con siguen que el enemigo se implique en un intercambio de fuego
de una manera abierta, la matanza subsiguiente se considera relativam ente inm
aterial; los terroristas que sin rubor matan a algunas mujeres y niños, o los
Estados que nos sorprenden atacando a nuestra flota una mañana de domingo,
sufren por lo general la represalia de los letales ejércitos mecanizados que
atacan su territorio y de los escuadrones de bombarderos que surcan sus cielos
a plena luz del día.
A causa de nuestra tradición
helénica, en Occidente consideramos que los pocos que han caído a causa del
terrorismo o de un ataque por sorpresa han sido víctimas de un acto de “
cobardía” . Las muertes, mucho más numerosas, provocadas por un asalto directo
son, por el contrario, “justas” . Para el occiden tal, la verdadera atrocidad
no está en la cifra de cadáveres, sino en el modo en que mueren los soldados y
en los procedimientos que ocasionaron su muer te. Podemos comprender la locura
de Verdún o de la playa de Omaha, pero nunca aceptaremos la lógica de la
emboscada, el terrorismo o la ejecución de prisioneros y no combatientes,
aunque ocasionen menos víctimas. Para los occidentales, la incineración de
miles de civiles japoneses el 11 de marzo de 1945 no es un acto tan criminal
como la decapitación de los pilotos que saltaban en paracaídas de los B-29
alcanzados por el fuego enemigo.
¿Acaso esta paradoja no ha de resolverse jam ás? Entre los campos de
batalla donde se desenvolvieron los hoplitas de la Antigüedad y la época actual
están las trincheras de la Primera Guerra Mundial, los bombardeos masivos y los
campos de la muerte de la Segunda Guerra Mundial y la amenaza apocalíptica de
una tercera guerra mundial. El hombre occidental moderno se encuentra ante un
extraño dilema militar. Su excelencia en el asalto frontal y en la batalla
decisiva, cuyo escenario se amplía ahora al espacio y a las profundidades del
mar, podría acabar con todo cuanto le es querido, pese a la nobleza de su causa
y la naturaleza moral de sus métodos bélicos. Nosotros, en Occidente, podemos
luchar como no occidentales -en junglas, de manera furtiva y noc turna, como
contraterroristas- para combatir a enemigos que no se atreven a enfrentarse a
nosotros en una batalla de choque. En consecuencia, es posible que no siempre
seamos completamente fieles a las grandes tradiciones helénicas
120
que nos confieren una tecnología superior y la disciplina y el ardor de
nuestros soldados ciudadanos libres en la batalla de choque, a no ser, claro
está, que nos veamos obligados a enfrentarnos a otra potencia occidental en un
combate mortal de ejércitos similares. Recordemos que Alejandro Magno combatió
sobre todo contra tropas que no eran griegas en batallas decisivas y cortas en
las que padeció poco. Cuando tuvo que enfrentarse a otros occidentales -en la
batalla campal de Queronea o contra mercenarios griegos en Asia M enor-, el
resultado fue una horrible matanza.
Dejo al lector con el terrible dilema de la era moderna: el método
bélico que nos legaron los griegos y Alejandro Magno mejoró es tan destructivo
y letal que nos encontramos en un punto muerto. Pocos no occidentales desean
to parse con nuestros ejércitos en la batalla. A l parecer, sólo un ejército
occidental puede responder con éxito en un enfrentamiento con otro ejército
occidental. El estado de la tecnología y la escala armamentística son tales que
un conflicto intestino en Occidente daría el resultado opuesto al pretendido
por los helenos: una espantosa carnicería en ambos bandos en lugar de una
rápida resolución de la contienda. Si la polis descubrió que la batalla de
choque era un método glorioso de salvar vidas y reducir a una hora un
enfrentamiento digno del comportamiento más heroico entre dos cuerpos de
infantería pesada, Alejan dro Magno y los europeos que lo sucedieron quisieron
poner en marcha todo el poder de su cultura para destruir a sus enemigos en el
momento de horror que es una batalla de choque. Ese momento es lo que ahora nos
angustia.
12 1
IV
SOLDADOS CIUDADANOS
CANNAS, 2 D E AGOSTO D E 216 A.C.
Los ciudadanos mueren en sus puestos [...] porque para ellos el huir es
vergonzoso y la muerte es preferible a seme jante salvación. Los
profesionales, en cambio, se arriesgan al principio creyendo ser más fuertes,
pero cuando descu bren su inferioridad huyen, porque temen la muerte más que
la vergüenza.
A R IS T Ó T E L E S , Ética
Nicomáquea, 3 .1116 b .16-23
CARNICERÍA ESTIVAL
A
M X . la caída de la tarde del
2 de agosto del año 216 a.C. ya no quedaba espa cio para luchar, y muy poco
para morir. Debido a la asfixiante presión de sus compañeros, los legionarios
romanos no podían retroceder ni avanzar, ni si quiera tenían sitio suficiente
para manejar la espada. Los frenéticos íberos, con sus blancas túnicas, y los
galos, semidesnudos, se les echaban encima. Los veteranos mercenarios africanos
aparecieron de repente por sus flancos. Por retaguardia les llegaban los
aullidos de los jinetes celtas, íberos y númidas. No había ninguna posibilidad
de escape. Los miles de mercenarios contratados por Aníbal, amplia
representación de los viejos enemigos tribales de Roma, estaban por todas
partes. Los romanos no contaban ni con refuerzos ni con caballería suficientes.
En una pequeña llanura de la Italia meridional, una enorme y valiente masa
humana compuesta por 70.000 almas estaba rodeada por un ejército invasor
deficientemente organizado, pero liderado con brillantez, que apenas tenía la
mitad de efectivos que el romano.
La confusión y el terror se acrecentaban a medida que se acercaba la
noche y cada legionario empujaba y era empujado contra el enemigo ciegamente y
por todas partes. Amontonada y en hileras de 35 o más soldados en fondo, el
tamaño de aquella masa torpe e ingente garantizaba su próxim a destrucción. Un
ejército maravilloso, concebido para combatir de forma fluida y flexible, se
encontraba, inopinadamente, atrapado e inmóvil. Los hombres de Rom a nunca
habían marchado a la batalla en tan gran número y jam ás volverían a hacerlo.
Tampoco hasta el desastre de Adrianópolis, que tuvo lugar seis siglos después
(378), optaría un ejército romano por un despliegue tan compacto e
123
inmanejable, un despliegue que lo convertía en sencillo objetivo de las
unida des de armas arrojadizas y, al mismo tiempo, impedía que la inmensa
mayoría de sus soldados pudiera siquiera alcanzar al enemigo.
La visión de aquella masa debió de resultar espectacular al principio,
y, al poco tiempo, escalofriante y repulsiva. A diferencia de los romanos, los
hombres de Aníbal componían un grupo muy heterogéneo. En el centro, los celtas
y los galos, en retroceso, combatían, según su costumbre, con el torso
descubierto (“desnudos”, afirma Polibio), armados probablemente con pesados
escudos de madera y espadas tan romas que sólo resultaban efectivas como armas
de corte, en mandobles que dejaban el costado del atacante expuesto a la rápida
estocada de su adversario. Es posible, sin embargo, que algunos portasen lanzas
o jabalinas. Su pálida piel y sus cuerpos fornidos y de gran tamaño son uno de
los tópicos favoritos de los historiadores romanos, prestos a deducir que los
legionarios italianos, más bronceados y de menor estatura, aprovechaban el
orden, la instrucción y la disciplina para matar a aquellos bárbaros por
millares. Durante los dos siglos siguientes, comandantes como Mario y César
destruirían ejércitos enteros compuestos por guerreros igualmente valientes y
físicamente superiores. Cuando pensamos en los lugares donde los franceses han
sufrido más bajas, nos vienen a la mente Agincourt o Verdún, pero el verdadero
holocausto se produjo en las batallas casi desconocidas que a lo largo de dos
siglos los enfrentaron a los romanos. Cayeron entonces más galos que en ninguna
otra época anterior o posterior. El acero romano, no las enfermedades o el
hambre, condenó a una Francia antigua y autónoma cuya población fue siste
máticamente destruida en la batalla como no lo sería ningún otro pueblo en toda
la historia del sometimiento colonial de Occidente. La anexión definitiva de G
alia por parte de César convierte la lucha de los Estados Unidos en la frontera
a lo largo del siglo XIX en un juego de niños. Plutarco nos recuerda que sólo
en las últimas décadas de aquella brutal conquista murieron un millón de
personas y otro millón fueron esclavizadas.
Quizá Aníbal situase a los valerosos galos en el centro de su línea para
provocar la furia de los romanos y conseguir con ello que se precipitaran con
mayor ahínco en la trampa. Tito Livio señala que, por aspecto, eran las tropas
más temibles del cartaginés. En el mundo clásico, el estereotipo del bárbaro
incivi lizado era un hombre de piel blanca, largo y grasiento cabello rubio (o
rojo, que era mucho peor) y barba poblada y desarreglada. Aquella tarde, los
metódicos italianos hicieron pedazos a 4.000 de aquellos bárbaros. A su lado,
frente al vórtice del avance romano, formaban los mercenarios hispanos. Eran
infantes ostentosos, con cascos de hierro, pesadas jabalinas y fantásticos
mantos blancos ribeteados en púrpura, vestimenta que, junto a la pálida desnudez
de sus aliados galos, pronto haría más evidente aquel profuso baño de sangre. A
diferencia de los galos, los hispanos blandían una espada corta y de doble filo
-que los
124
romanos copiarían y mejorarían al introducir el gladius- que resultaba
letal como arm a de corte y de penetración. Situados junto a los galos, fueron
atacados sin misericordia, aunque Polibio afirma que de estos soldados mejor
armados y protegidos sólo cayeron cientos y no miles, como otros adujeron.
En las primeras hileras de la masa romana en pleno avance, la lucha
pronto degeneró hasta convertirse en un combate cuerpo a cuerpo donde además de
las estocadas había empujones, mordeduras y arañazos. Sólo su fingida pero
firme retirada y el inminente cerco que se cernía sobre ambos flancos del
ejército romano salvaron a aquellas unidades tribales, compuestas por galos e
hispanos dispuestos al sacrificio, de su total aniquilación. Tito Livio y
Polibio se centran sobre todo en la fatalidad de las legiones romanas cercadas,
pero lo cierto es que más de 5.000 hispanos y galos debieron de sufrir
horribles heridas antes de caer muertos bajo el rodillo legionario. No sabemos
de qué modo Aníbal y su hermano Magón consiguieron sobrevivir a aquella
carnicería, pero lo que sí sabemos es que ambos se batieron en las primeras
hileras, junto a galos e hispanos, garantizando con su presencia que sus peones
en retirada no huyeran antes de que la trampa sobre el ejército romano
estuviese cerrada.
Aníbal había situado a sus mejores tropas, los mercenarios africanos, en
los flancos, y les había dado orden de efectuar una maniobra envolvente y
atacar a los legionarios cuando éstos, ajenos a todo lo que no fuera su sed de
sangre, se encontrasen en pleno avance. Aquellos mercenarios eran duros
soldados profesionales que habían combatido contra buen número de tribus
norteafri-canas y guerreado contra varios pueblos europeos desde su llegada a
la Península Ibérica. De vez en cuando, además, si la soldada no acababa de
llegar, se revolvían contra sus propios jefes cartagineses. Siglos más tarde,
su legendaria dureza impresionó al novelista Gustave Flaubert, cuya novela
Salambó tiene como telón de fondo una de sus innumerables y sangrientas
revueltas. En Cannas, es m uy probable que acribillasen con sus jabalinas las
prim eras hileras de legionarios y luego se abrieran paso hacia los flancos del
ejército romano, puesto que, en pleno avance, los legionarios apenas pudieron
volverse hacia los lados para enfrentarse a aquella nueva e inesperada amenaza.
Aunque no estaban acostumbrados a los legionarios -por lo general
combatían al estilo macedonio, es decir, como falangistas, con una larga pica
que debían manejar con las dos manos-, eran asesinos veteranos con mucha más
experiencia que los adolescentes que nutrían las líneas romanas y sustituían a
los miles de soldados que habían perecido en las batallas de Trebia y el lago
Trasimeno. Además, la infantería pesada africana que formaba en los flancos de
Aníbal estaba fresca y descansada, mientras los romanos estaban ya exhaustos de
matar y presionar la línea formada por galos e hispanos. Los africanos
observaban a su presa con detenimiento y ansia, los italianos eran ajenos al
peligro que se cernía sobre ellos. A l cabo de unos segundos, los que mataban
empezaron a morir y,
'25
en vista de la situación, es incluso asombroso que a lo largo de la
tarde llegaran a caer hasta mil africanos, aunque esto sólo supuso una
quincuagésima parte de las bajas romanas. La colisión de la infantería africana
con los flancos del ejército romano debió de ser espantosa, puesto que los
legionarios que formaban compactas y torpes hileras se veían de repente
tajeados y desgarrados por sus vulnerables flancos, sin oportunidad ni espacio
para detenerse y dar la cara a sus atacantes. Los legionarios romanos estaban
excepcionalmente bien prote gidos por su frente, pero llevaban los costados
casi al descubierto: los brazos vulnerables tras el escudo, menos protección
por debajo del hombro y las orejas, el cuello y algunas partes de la cabeza
completamente expuestas.
¿Quién era capaz de distinguir al compañero del enemigo cuando africanos
e italianos luchaban entre sí si ambos llevaban petos, cascos crestados y
escudos romanos similares? Polibio asegura que, cuando los africanos atacaron
el largo flanco romano, las legiones perdieron el orden y su enorme masa se
deshizo sin esperanza de recuperación. La parte trasera de los flancos y la
base de la columna rom ana aún no habían sido cercadas, y en esto reside el
otro gran error del ejército romano: aparte de su deficiente jefatura, los
romanos contaban con muy escasa caballería. La mayoría de los jinetes romanos
de Cannas, además, eran inferiores a los 2.000 que componían la caballería
ligera númida, situada en el flanco derecho. Estos jinetes, acostumbrados a
montar desde la infancia, eran capaces de lanzar sus jabalinas con precisión
mortal a galope tendido y, en el cuerpo a cuerpo, manejaban las espadas y las
hachas con la misma facilidad a caballo que a pie. En el ala izquierda
cartaginesa se encontraba una hueste de 8.000 jinetes hispanos y galos que,
armados con lanzas, espadas y pesados escudos de madera, era tan capaz como los
númidas de aplastar a la caballería romana. Aníbal contaba por tanto en sus
alas con 10.000 diestros jinetes que habrían de enfrentarse a 6.000 efectivos
mal instruidos de caballería romana. Tras dis persar a los jinetes enemigos,
los númidas, los galos y los hispanos giraron para atacar por retaguardia a la
infantería cercada.
La presencia de unos 10.000 jinetes de refresco en la base de la columna
ro mana y de 20.000 africanos en los flancos, unida al polvo que cegaba a los
romanos, a los gritos de los galos e hispanos que morían en la línea cartagine
sa y a la dificultad de distinguir a compañero de adversario, convirtió aquel
campo de batalla estival en un confuso matadero. Tres horas antes, el ejército
romano semejaba una masa de hierro, bronce y madera que, hilera tras hilera de
cascos crestados, enormes escudos y mortíferas lanzas, avanzaba en desfile
solemne haciendo gala de indisimulado orgullo frente a un variopinto conjunto
de mercenarios cartagineses inferior en número a sus adversarios. Ahora, de
aquella masa quedaba poco más que una pila de armas rotas, cuerpos cubiertos de
sangre, piernas y brazos cercenados y miles de soldados agonizantes que se
arrastraban sobre el polvo.
126
El horror que inspira una batalla no proviene únicamente de la pérdida
de vidas humanas, sino de la horrible metamorfosis que convierte, a gran escala
y en cuestión de minutos, la carne en carroña, lo limpio en sucio, el valor en
llanto y defecación. Igual que a las 10:22 del 4 de junio de 1942 los cuatro
es beltos portaaviones del almirante Nagumo que se dirigían a M idway parecían
emblemas de poder, gracia y energía imbatibles, y seis minutos después se
convirtieron en infiernos en llamas de cuerpos carbonizados y acero retorcido,
los miles de infantes emplumados que el 2 de agosto de 216 a.C. avanzaban en
perfecto orden por el campo de batalla de Cannas se transformaron, de manera
casi instantánea, en una gigantesca e inerte masa de sangre, entrañas, bronce
abollado, hierro quebrado y m adera partida. Hom bres y material que eran
producto de semanas de instrucción y meses de forja se vieron reducidos, en el
transcurso de unos minutos, a restos y despojos por obra del genio de un solo
hombre. La idea de que un generalato brillante, de que el proceso de
pensamiento de una sola mente, como la de Aníbal o Escipión, puede llevar a la
muerte a millares de jóvenes en una sola tarde resulta pavorosa.
Durante los siguientes 2.000 años, los tácticos de salón discutirían la
mecánica de la carnicería de Cannas seducidos por la idea de que un ejército
invasor numéricamente inferior fuera capaz de exterminar a su enemigo en el
espacio de unas pocas horas y por medio de una sencilla maniobra envolvente.
Tanto Clausewitz (“la actividad concéntrica sobre el enemigo no resulta
apropiada para el bando más débil”) como Napoleón opinaban que la trampa de
Aníbal era demasiado arriesgada y que el resultado de la batalla fue más
producto de la suerte que del genio. Para el estratega prusiano Alfred von
Schlieffen, sin embargo, no fue el azar el que desencadenó la carnicería de
Cannas, sino el sueño hecho realidad de cualquier táctico, “maravillosamente
puesto en práctica” y planeado hasta el más mínimo detalle; en esencia, justo
aquello que se puede conseguir cuando la erudición militar se combina con el
espíritu de lucha. Para el conde Schlieffen, que en su propia época prefiguró
una Alem ania rodeada de enemigos, resultaba tranquilizador que la inteligencia
de un solo hombre pudiera anular la instrucción, experiencia y la pura
superioridad numérica de millares de adversarios. En efecto, Schlieffen
escribiría un libro, al que muy apropiadamente pondría el título de Cannas,
dedicado por entero a los intentos repetidos y directos del ejército prusiano
por lograr las maniobras de envolvi miento de Aníbal a escala muy superior. La
gran invasión alemana que con cluyó en el Marne (septiembre de 1914) y la
batalla de Tannenberg (agosto de 1914) fueron en realidad tentativas de engañar
y rodear a ejércitos enteros que invocaban la idea mítica de Cannas; sin
percatarse, en realidad, de que las maniobras de envolvim iento a escala
táctica no tienen por qué conducir necesariamente, ni en la Antigüedad ni
ahora, a una victoria estratégica. Ade más, rara vez encuentra un gran capitán
a un enemigo desplegado de manera
727
tan absurda como las legiones romanas en agosto de 216 a.C . Los romanos
que, gracias a su superioridad, podrían haber superado los flancos de la línea
de Aníbal en dos kilómetros, le ofrecieron un frente que era, más o menos, de
la misma longitud, y mucho menos flexible.
Algunas bandas de m erodeadores ataron a los heridos de pies y manos y
dejaron sus maltrechos cuerpos a merced de los saqueadores, el sol de agosto y
los grupos de limpieza del ejército cartaginés que volverían al día siguiente.
Dos siglos más tarde, Tito Livio recordaría que la mañana del 3 de agosto
todavía quedaban vivos miles de romanos a los que despertó de su sueño y agonía
el relente de la mañana, únicamente para ser “rematados por el enemigo” .
Algunos cadáveres “fueron hallados con la cabeza metida en agujeros excavados
en tierra que se veía que habían hecho ellos mismos, y se habían asfixiado
tapándose la boca con tierra que se echaron por encima” (Tito Livio, Historia
de Roma desde su fundación, xxii.51).* Miles de soldados tullidos se arrastraban
como insectos. Mostraban el cuello y pedían que se pusiera fin a sus
sufrimientos. Livio continúa enumerando ejemplos del extraordinario valor de
los romanos, discernible tan sólo mediante la autopsia del campo de batalla.
Sacaron, relata el historia dor, a un númida vivo de debajo de un legionario
muerto. Tenía las orejas y la nariz roídas por el rabioso infante romano, al
que no le había quedado más arma que los dientes. Los italianos, al parecer,
luchaban desesperadamente incluso cuando sabían que su causa estaba perdida,
algo de lo que muy posi blemente se percataron tras los momentos iniciales de
la batalla.
Aníbal, siguiendo una antigua tradición de los comandantes victoriosos,
inspeccionó con cierto detenimiento el campo de batalla. A l parecer, quedó
perplejo ante las dimensiones de la matanza, pese a lo cual dio a sus tropas
libertad para registrar los cadáveres y ejecutar a los heridos. El calor de
agosto hacía imperativo desnudar a los muertos y quemar sus hinchados cuerpos.
Quitar los petos y arrastrar a millares de víctimas fue una auténtica hazaña
logística. Hasta la fecha no se ha descubierto ninguna fosa próxima al lugar de
la batalla, ni trazo alguno de huesos, de modo que es muy probable que los
cadáveres fueran abandonados para que se pudrieran al raso.
La destrucción de unos 50.000 italianos en una sola tarde -quizá más de
doscientos hombres cayeron muertos o heridos cada minuto- fue en sí misma un
enorme desafío físico a la fuerza muscular y el poder de la espada en un época
en que no existían balas ni bombas. Tito Livio (xxn.49) señala que “los
vencidos preferían morir en su puesto antes que huir” , lo que sólo servía para
que los vencedores estuvieran aún más “furiosos porque les retrasaban la
victoria” . Sobre el campo de batalla debieron de derramarse 80.000 litros de
sangre. Tres siglos más tarde, el escritor satíricojuvenal hablaba de los “ríos
de sangre derramada”
* Madrid, Gredos, 1993, traducción de José Antonio Villar Vidal.
128
de Cannas. El mar “se volvió rojo en Lepanto” con la sangre de los
30.000 turcos muertos, pero la marea limpió el lugar al cabo de unos minutos.
La espantosa carnicería de entre 50.000 y 100.000 aztecas en el asedio final de
Tenochtitlán se produjo junto a un lago, cuyas aguas acabaron por mitigar el
hedor. A causa de las numerosas columnas de la formación romana y de las
tácticas de envol vimiento de Aníbal, Cannas se convirtió en un campo de
batalla inusualmente reducido, uno de los más pequeños que haya congregado a
tantos hombres en la larga historia de las batallas de infantería. Durante el
resto del verano del año 216 a.C., la llanura de Cannas siguió siendo un miasma
de entrañas hedion das y carne y sangre pútridas.
Por las fuentes clásicas -los historiadores griegos y romanos Apiano,
Plutarco, Polibio y Tito L ivio - sabemos que la batalla que se desencadenó en
Cannas la tarde de aquel 2 de agosto fue una de las pocas de la Antigüedad en
las que todo un ejército fue destruido tras atacar y golpear al enemigo
frontalmente. La aniquilación total de un contingente de hoplitas, falangistas
o legionarios se produjo muy raras veces y cuando ocurrió se debió sobre todo a
ataques de flanco, la persecución sostenida de unidades de caballería o a
alguna emboscada. En Cannas, un ejército romano completo avanzó como un solo
hombre y en terreno despejado, lo que garantizaba un choque de armas
extraordinario que podía acabar o en una victoria espectacular o en una
horrible derrota. Polibio calificó de “asesinato” el cerco que, a pleno día,
tuvo lugar en Cannas. Para Livio fue más una matanza que una batalla. En
cualquier caso, la funesta naturaleza del combate explica por qué Cannas es una
de las batallas mejor recordadas de la Antigüedad: tres relatos de la misma han
llegado a nuestros días.
Nunca en los cinco siglos de existencia de Rom a habían sido atrapados
tantos infantes y sus jefes, escogidos por votación, sin la menor posibilidad
de escape. Después de la batalla, Aníbal, que a la sazón contaba treinta y un
años, recogió los anillos de oro de más de ochenta cónsules, ex cónsules,
cuestores, tribunos y otros miembros de la clase ecuestre y los metió en un
saco. Los historiado res militares han alabado el genio de Aníbal y culpado de
la catástrofe que sufrió su adversario al sistema burocrático romano de
elección e instrucción de ge nerales. Según estos historiadores, Cannas fue el
resultado de una genialidad táctica frente a la mediocridad institucionalizada.
Pero este análisis dista mucho de ser acertado. Si el sistema romano de jefatura
táctica, con su compromiso con el control civil y su apuesta por un alto mando
no profesional en el campo de batalla, fue responsable de poner al mando de las
tropas a toda una serie de generales aficionados que perderían una larga
sucesión de batallas en la Se gunda Guerra Púnica (219-202 a.C.), también tuvo
el mérito de conseguir que ni Cannas ni los desastres previos acaecidos en los
ríos Tesino y Trebia y en el lago Trasimeno no resultasen fatales en el
esfuerzo bélico de Roma. Cannas, como muchas de las batallas que recordamos en
este estudio, es la excepción
12$
que confirma la regla: incluso cuando los ejércitos romanos padecieron
una jefatura nefasta, un despliegue absurdo en el campo, discusiones sobre la
ma nera de afrontar el combate antes del mismo y se enfrentaron a un genio, el
resultado de una batalla, aunque catastrófico, no era definitivo para el
desenlace de la guerra. Por qué los romanos demostraron tanta elasticidad y
resistencia a ceder, cualidades emblemáticas de los ejércitos occidentales a lo
largo de toda su historia, es el tema de este capítulo.
LAS MANDÍBULAS DE ANÍBAL
La derrota de agosto de 216 a.C. suele atribuirse a tres factores: el
despliegue y los mandos romanos fueron defectuosos; enfrente tenían a Aníbal,
un genio militar; después de tres derrotas en los últimos veinticuatro meses,
los legio narios, que habían perdido a padres, hijos y hermanos, estaban
desmoraliza dos. Las tres explicaciones merecen nuestro crédito. El orden de
batalla romano en Cannas no estuvo bien planeado. No tenía ningún sentido que
las legiones se agruparan, sobre un terreno llano, en formación cerrada. De esa
forma podrían verse atrapadas y aplastadas en una tenaza formada por tropas de
infantería en los flancos y de caballería en retaguardia. En los valles y
cañones naturales o excavados por la mano del hombre, las compañías de infantería
no tenían posibilidades de moverse con independencia, al contrario, tendían a
concentrarse, con el riesgo de que las atacasen por todas partes. Sin sitio
para maniobrar a los costados, los legionarios perdían espacio y la capacidad,
fundamental, de utilizar sus espadas con ventaja. Como falangistas disminuidos
- y es que los falangistas, como ya vimos, llevaban largas picas y no espadas
cortas-, fueron obligados a lanzarse contra las columnas de infantería pesada
de Aníbal. Situados en columnas, esperaban en formación, como si su propia y
predecible aniqui lación fuera inevitable. En el siglo siguiente, en las
batallas de Cinocéfalos, Magnesia y Pidna, el ejército romano atacaría a las
columnas griegas por los flancos, aprovechando la torpeza de movimientos de las
falanges. Los romanos aprenderían que el modo de expulsar a los ejércitos
extranjeros del Mediterráneo consistía en hacer precisamente lo contrario de lo
que habían hecho en Cannas.
Debido a la sucesión interrumpida de éxitos que obtuvo Aníbal durante su
descenso desde el norte de Italia (218-216 a.C.), el Senado devolvió el mando
de las legiones, que estaba en manos del brillante general Fabio Máximo, a
quien se habían concedido poderes dictatoriales temporales en el campo de
batalla, a sus cónsules electos, que en el año 216 a.C. eran el aristocrático y
cauto Lucio Emilio Paulo y el osado Terencio Varrón. Este último, al parecer,
era un jefe muy popular entre lá masa. Los estudiosos han criticado la
decisión, que la mañana del 2 de agosto tomó Varrón, de hacer cruzar al
ejército el río Ofanto para
130
conducirlo a la llanura, nivelada y sin árboles, de Cannas (los dos
cónsules se alternaban en el mando supremo cada nuevo día). En realidad, el
general romano tenía motivos para presentar batalla, puesto que las patrullas
montadas de Aníbal realizaban incursiones constantes contra sus líneas y
devastaban cuantas tierras podían. Esto a los romanos les suponía una
dificultad añadida a la hora de mantener los abastecimientos de una hueste tan
numerosa. Por el hecho de contar con un ejército tan grande, además, los
legionarios albergaban la esperanza de luchar, por fin, contra Aníbal en una
llanura despejada. Gracias a su superiori dad numérica y organizativa,
esperaban aniquilar a los mercenarios del carta ginés, que no tendría
posibilidad de preparar una emboscada o ampararse en la oscuridad o la niebla.
Un año antes, en efecto, el empuje del ataque romano había estado a punto de
aplastar a los cartagineses en el lago Trasimeno antes de que su ejército se
viera atrapado y superado por los flancos en mitad de la niebla. En Cannas, el
terreno era relativamente llano, el día ventoso y despejado, y el ejército
cartaginés se desplegaba, al parecer, justo delante de las legiones. Que Aníbal
recurriera de nuevo al engaño era por tanto muy improbable.
El verdadero error de Varrón consistió en comprometer todas sus fuerzas
a la vez -tan sólo dejó en reserva 10.000 hombres, situados además lejos del
campo de batalla, en dos campamentos que se encontraban a ambos lados del río
-, sin formar una tercera línea lista para explotar el éxito o evitar el de
rrumbamiento. En cualquier caso, quizá porque estaba preocupado por la calidad
de sus nuevos reclutas de reemplazo o tal vez por temor a dispersarse, lo
cierto es que Varrón redujo su línea de batalla a poco más de kilómetro y
medio. De ese modo, un ejército que contaba con 70.000 u 80.000 efectivos no
pudo situar en la vanguardia del ataque inicial a más de 2.000. En algunos
puntos, la línea tenía una profundidad de entre 35 y cincuenta hileras. Fue la
formación más profunda en la historia de la guerra clásica desde el ejército
tebano que destruyó a los espartanos en Leuctra (371 a.C.). La diferencia es
que en esta batalla la columna tebana se enfrentaba a fuerzas de caballería muy
escasas y estaba bajo el mando de Epaminondas, un táctico excepcional.
Quizá sólo 40.000 infantes cartagineses se enfrentaban a un ejército que
tenía el doble de tamaño. Sin duda, frente a efectivos tan superiores, casi
cual quier otro ejército se hubiera desmoronado a la prim era acom etida de
los legionarios. En este caso, la diferencia estribaba sobre todo en el genio
táctico de Aníbal, que adaptó sus planes para sacar ventaja de la impaciencia
de los tácticos romanos. Como hemos visto, Aníbal y su hermano Magón se
situaron junto a los galos e hispanos -sus tropas menos fiables-justo en el
punto central del ataque romano, convencidos de que su presencia bastaría para
que aquellas tropas sostuvieran las líneas el tiempo necesario para llevar a
cabo una retirada gradual, retrocediendo lentamente y absorbiendo todo el peso
de la ofensiva romana. El centro púnico estaba arqueado hacia fuera, hacia los
romanos
-Polibio llamó a esta curiosa formación un menoeides kurtoma, es decir,
“forma convexa como la luna creciente” - , con la doble intención de ocultar a
los piqueros africanos de las alas y de dar la impresión de que la línea era
más pro funda de lo que en realidad era. Además, aquella formación en arco le
daba m ayor margen de maniobra: cuanta más distancia pudiera retroceder el
centro sin venirse abajo, más sencillo les resultaría a las alas cercar a las
formaciones romanas, más estrechas.
Para Aníbal y sus aliados europeos la clave estaba en resistir el tiempo
suficiente para que la infantería norteafricana que formaba en las alas -la
elite de su ejército-y la caballería, que atacaría la retaguardia romana,
pudieran rodear a la enorme masa de legionarios. Cuando esto se produjera,
además, los romanos relajarían la presión del avance sin haber aplastado el
centro del ejército cartaginés. En su Historia de Roma, Tito Livio remarcó que
el centro de la línea púnica era “ demasiado delgada y por ello poco sólida”
(xxil.47). El problema fue que en el frente de la enorme columna romana no
había más de 2.000 o 3.000 legio narios, que en realidad sólo emplearon armas
arrojadizas. Los demás, más de 70.000, empujaban ciegamente hacia delante
suponiendo que la vanguardia de su ejército estaba segando el frente enemigo.
Los soldados peor entrenados se encontraban probablem ente en las alas, es
decir, fueron los primeros en enfrentarse a la magnífica infantería africana, a
las mandíbulas de Aníbal, que estaban a punto de cerrarse. Sea cual fuere el
valor que las fuentes clásicas dan a galos e hispanos, la verdad es que
combatieron con bravura y, en cierto sentido, salvaron la batalla para el bando
cartaginés.
Justo a tiempo, las cargas de los jinetes africanos por los flancos y la
retaguardia, la lluvia de armas arrojadizas que caía por todas partes y la
confusión de ver a los enemigos atacar en todas direcciones detuvieron el
avance romano. Aníbal, a pleno día y sin ampararse en ningún engaño, había
conseguido una emboscada gracias al despliegue y las maniobras de sus hombres,
y lo había hecho, por demás, mientras batallaba en la cuña del ataque romano,
convencido de que su presencia en aquel torbellino permitiría que sus
mercenarios galos e hispanos, aunque exhaustos, retrocedieran sin venirse
abajo. La maniobra de envolvimiento no tardó en completarse. U na delgada línea
de tropas irregulares púnicas y europeas mantuvo a raya a la infantería romana.
Si cada legionario hubiera matado a un adversario antes de morir, la batalla se
habría saldado con una victoria decisiva de Rom a. Si los romanos hubieran
sabido que las líneas cartaginesas no contaban más que con dos o tres hileras
de fondo, las legiones podrían haberlas roto. El viento, el polvo, el ruido y
el pánico, sumados a los rumores de que el enemigo estaba en todas partes,
contribuyeron al caos. A causa de las enormes pérdidas sufridas en años
anteriores en Trebia y Trasimeno, los romanos de Cannas eran en su m ayoría
reclutas bisoños que, ayudados por muy pocos veteranos -que hubieran podido
serenar sus m iedos-, se des
132
moralizaron rápidamente al darse cuenta de que, por tercera vez, un
ejército romano enorme había caído en la trampa tendida por el enemigo
cartaginés, una trampa de la que muy pocos podrían escapar con vida. Muchos de
aquellos soldados debían de ser adolescentes y por ello quizá tiraron sus armas
en el mismo momento en que comprobaron que estaban atrapados. El gran estratega
Ardent du Picq creía que Aníbal había acertado al suponer que el “terror” y la
“sorpresa” provocados por su maniobra envolvente pesarían más que “el valor
á que da pie la desesperación en
las m asas” . Es decir, fue el pánico lo que mató a los legionarios en Cannas.
Aun así, durante un tiempo, la presencia en el campo de batalla de tantos
patricios -com o la presencia de médicos, abogados y otros profesionales cultos
a las puertas de Auschwitz- debió de dar a los romanos la falsa impresión de
que la destrucción total era imposible. El ejército que se congregó en Cannas
era más numeroso que la población de cualquier ciudad italiana exceptuando
Roma, y contaba entre sus filas con aristócratas suficientes para gestionar la
mayoría de las instituciones legislativas y ejecutivas de la República romana.
Aníbal Barca (Gracia del Rayo de Baal) sentía poco respeto por la
reputación de los legionarios. A los nueve años pronunció un juramento de odio
eterno a Rom a -un magnífico óleo de Jaco b Amigoni registra el momento con
gran dram atism o- y fue uno de los pocos no occidentales de la Antigüedad que
aceptó de buen grado las batallas de choque contra ejércitos occidentales. El
Cartaginés deseaba vencer a las legiones rom anas en batallas cam pales, lo que
formaba parte de un plan más amplio para desacreditar la idea de inven
cibilidad militar de Rom a y así conseguir que perdiera aliados en el centro y
el sur de Italia.
Derrotar a las legiones significaba debilitar y dividir a Italia, lo que
permitiría a Cartago solucionar a conveniencia sus asuntos mercantiles en el
Mediterráneo Occidental y, al mismo tiempo, vengar la vergonzante derrota en la
Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.). Desde su descenso de los Alpes en octubre
de 218 a.C. hasta la carnicería de Cannas el 2 de agosto de 216 a.C., Aníbal
mató o capturó en batalla a unos 80.000 o 100.000 legionarios, junto a los
cuales había miembros de las clases senatorial y ecuestre, entre ellos, dos
cónsules y numerosos ex cónsules. En el espacio de veinticuatro meses, un
tercio de las tropas operativas romanas, que sumaban más de un cuarto de millón
de hombres, pasaron a engrosar las cifras de muertos, heridos o prisioneros en
los baños de sangre de Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas. El desarrollo y el
desenlace de esta última batalla, por tanto, no fueron ninguna casualidad.
Tras la masacre romana en Cannas y para enorme decepción de
especialistas militares como su contemporáneo y subordinado M aharbal (“ Sabes
vencer, Aníbal; no sabes aprovechar la victoria” [Tito Livio, xxii.51]) y el
mariscal Bernard Montgomery, Aníbal no marchó sobre Roma. Durante los catorce
años
m
m
siguientes, Aníbal experimentaría una serie alterna de victorias y
derrotas en el interior de Italia que tuvieron poco efecto estratégico sobre el
curso de la Segunda Guerra Púnica. Finalmente, fue llamado a Cartago para que
intentase salvar a su patria de la invasión de Escipión el Africano. No lejos
de la propia Cartago, en Zama (202 a.C.), las legiones de Escipión derrotaron a
los veteranos de Aníbal y la ciudad púnica aceptó los severos términos de una
paz dictada por Rom a que, en esencia, puso fin a su existencia como potencia
militar en el Mediterráneo. Para la destrucción definitiva de la ciudad habría
de pasar tan sólo medio siglo (146 a.C.).
Cuando Aníbal abandonó Cartago para dirigirse a Europa en el año 219
a.C., se embarcó sin saberlo en una infructuosa odisea que lo mantendría lejos
de África por espacio de casi veinte años. Pero su largo recorrido por el M
edi terráneo, Hispania, los Alpes e Italia acabó en el mismo punto donde había
empezado, si bien con miles de muertos a sus espaldas y, una vez más, un
ejército rom ano con las manos libres para m archar sobre Cartago. Com o
Polibio concluyó a propósito de la recuperación romana después de Cannas y del
efecto de esa recuperación sobre los cartagineses: “Aníbal no se alegró tanto
de su victoria sobre sus rivales como lo pasmó y admiró la fortaleza y la
grandeza de ánimo de aquellos hombres [los romanos] en sus resoluciones”
(Vl.58.13).
CARTAGO Y OCCIDENTE
Lo más notable de Cannas no es que durante la lucha se masacrara a miles
de romanos con tanta facilidad, sino que esa matanza tuvo muy poco efecto
estratégico. Un año después de la batalla, los romanos contaban con nuevas
legiones de una calidad semejante a las que cayeron en agosto del año 216 a.C.
-que a su vez eran reemplazos de las tropas que cayeron en Trebia y Trasimeno-,
si bien comandadas por hombres que, aparte de ser designados por el Senado,
habían extraído una lección de los pecados tácticos cometidos en el pasado. Los
estudiosos atribuyen la resistencia y capacidad de Rom a a la extraordinaria
facilidad de su gobierno para reorganizar sus legiones y movilizar a sus ciuda
danos, y hacerlo de una forma legal, constitucional, que garantizaba el apoyo
hasta del más pobre de los granjeros. En Italia, Aníbal constataría que lo que
diferenciaba al ejército romano de sus m ercenarios no era tanto que aquél
estuviera mejor equipado y organizado, ni fuera más disciplinado o tuviera la
moral más alta, sino que era mucho más insistente y fastidioso. Podía clonarse
o copiarse a voluntad incluso tras el más grave de los desastres, puesto que
nuevos reclutas y oficiales continuaban dispuestos a unirse al mismo, realizar
una dura instrucción y establecer un vínculo permanente con sus padres, que
135
se pudrían en la llanura de Cannas, y con sus futuros hijos, que pronto
matarían a miles de africanos en las afueras de la propia Cartago.
Si la victoria le supuso a Aníbal algunas tropas de refresco, tras la
derrota, los romanos crearon nuevas legiones. Los legionarios cincuentones que
cayeron en Cannas aceptaban el fin creyendo, sin ningún tipo de duda, que sus
nietos, que como ellos también eran ciudadanos romanos, llevarían algún día el
mismo tipo de armadura, completarían su misma formación militar y, con el
correr del tiempo, vengarían su muerte y el infortunio de Rom a en una batalla
librada no en Italia, sino en suelo cartaginés. Y tenían razón. El ejército que
aniquilaría a los mercenarios de Aníbal en Zam a (202 a.C.) representaba menos
de una décima parte de la infantería y recursos navales de Rom a en ese
momento. Los desastres que ocasionó la pesadilla que para ellos fue la Segunda
Guerra Púnica “no indujeron a los romanos” , señaló Tito Livio, “ a hacer en
ningún momento mención de paz” (xxii.61). El éxito de Aníbal en Cannas se
asemeja al de los japoneses en Pearl Harbor, una brillante victoria táctica sin
ninguna consecuencia estratégica que sirvió para galvanizar en vez de para
socavar la moral de los vencidos. Las asambleas de romanos y norteamericanos
movili zaron nuevos y enormes ejércitos tras la derrota; las confiadas tropas
de los Estados imperiales y belicosos que fueron Cartago y Japón se regodearon
en el éxito y apenas crecieron.
Resulta difícil atribuir el éxito de Rom a a la hora de reaccionar
positivamente ante sus catastróficas derrotas al hecho de que se adscribían a
la idea de un gobierno constitucional, y es que los propios cartagineses
también habían superado ya la monarquía y la tiranía. A la vista de su común
origen helénico, existían ciertas similitudes superficiales entre las
constituciones de Rom a y Cartago. Además, la lengua fenicia que se habló en
Cartago sirvió de prototipo al alfabeto griego, y la literatura púnica -lib r
ip u n id -, que se escribía en púnico y en griego, era muy respetada por los
autores romanos. Esa comunidad de rasgos era natural en vista de la integración
de Cartago en la economía del Mediterráneo oriental durante el siglo anterior,
del hecho de que practicara una viticultura y una arboricultura muy
evolucionadas y de sus tres siglos de contacto con las ciudades-Estado griegas
libres, con las que mantuvo una relación cons tante y belicosa durante la
colonización de Sicilia.
La costa cartaginesa estaba más cerca que Rom a de las culturas
helénicas ancestrales de Sicilia y del sur de Italia. En los siglos IV y III
a.C., muchos griegos conocían mejor a los habitantes de las costas del norte de
Africa que a los pueblos que vivían en las colinas de la Italia central. Pese a
que circulaban truculentos relatos de sacrificios infantiles en un cementerio
sagrado (el tophet) -práctica que al parecer floreció a medida que Cartago
aumentaba sus riquezas y desa rrollo urbano-, a la existencia de una enorme
burocracia de sacerdotes y adivinos que servían al sanguinario dios Baal y a la
brutal trayectoria de la dinastía
136
magónida, cuyos monarcas eran sacerdotes y comandantes militares
supremos, los cartagineses armaban ejércitos mercenarios no muy distintos a los
de otros pueblos del Mediterráneo oriental, que en su mayoría era helénico.
Cartago, como las monarquías helénicas de su época, reclutó falanges de
piqueros, incorporó elefantes en sus filas y dio empleo a generales y militares
profesionales griegos expertos en táctica para que instruyeran y aconsejaran a
sus propios soldados profesionales. Los hombres de Aníbal no se parecían en
nada a los aztecas o a los zulúes, que padecían una enorme inferioridad
tecnológica frente a sus adversarios occidentales (aunque Aníbal, al contrario
que los aztecas y los zulúes, sí era inferior en número a sus enemigos). En lo
militar, Cartago casi se había convertido en un Estado occidental tras combatir
a los hoplitas griegos y contratar a falangistas mercenarios desde sus invasio
nes de Sicilia a principios del siglo V a.C. Xantipo, un mercenario espartano,
reorganizó el ejército cartaginés durante la Primera Guerra Púnica. Las fuentes
clásicas también le adscriben el mérito de planear la fundamental victoria
sobre el ejército romano de Régulo, que pereció a las afueras de Cartago el año
255 a.C. El historiador griego Sosilo acom pañó a Aníbal en sus cam pañas y le
dio consejos basados en ejemplos extraídos de la historia militar helénica. El
propio Aníbal quiso forjar un vínculo con el rey Filipo V de Macedonia con la
espe ranza de que los falangistas griegos del continente pudieran desembarcar
en la costa oriental de Italia y de este modo coordinar un ataque
punicomacedo-nio sobre Roma.
Aunque el cartaginés era un gobierno más oligárquico que el romano, en
la época de la Segunda Guerra Púnica Cartago también estaba gobernada por dos
magistrados (suffetes) renovados por elección anual que actuaban en conjunción
con un órgano de deliberación integrado por treinta ancianos (gerusia) y un
tribunal supremo que componían 104 jueces. Todas las decisiones, además, debían
ser ratificadas por una asamblea nobiliaria que componían millares de
ciudadanos. Los historiadores Polibio y Tito Livio recurrieron, con cierta
torpeza, por cierto, al vocabulario político griego y latino -ekklesia, boule,
senatus, cónsul-, para referirse a las instituciones y órganos políticos
cartagineses cuando se proponían describir a los supervisores civiles de
Aníbal. Incluso Aristóteles, en su Política, incluye frecuentes menciones a la
práctica constitucional cartaginesa en su comentario acerca de las formas
primitivas de oligarquías legalistas, y alaba el gobierno mixto de Cartago, con
separación de poderes entre órganos judiciales, ejecutivos y legislativos.
Cartago era una colonia fenicia fundada en el norte de Africa a finales
del siglo ix a.C. por la mítica Dido (o Elisa). Por lengua, religión y cultura
era un pueblo semítico, procedente de Tiro. Pero, en el siglo III a.C ., su
estructura política tenía características muy europeas y su economía estaba
plenamente vinculada a la ribera norte del Mediterráneo occidental.
137
Donde Rom a difería más esencialmente de su vecino púnico, además de en
cuestiones religiosas y lingüísticas, era en su idea de ciudadanía y en los
deberes y derechos inherentes al título de civis romanus, idea política que
trascendía con mucho los aspectos legales de un órgano deliberativo que se
limitara, sin más, a respetar los preceptos constitucionales. La noción occi
dental de gobierno consensuado que surgió en el siglo V III a.C. en la Grecia
rural estaba, en principio, llena de contradicciones, puesto que la política,
originalmente, no consistía en otra cosa que en la reunión de algunos propie
tarios para deliberar sobre aquellos asuntos que los afectaban a todos. El
concepto, absolutamente radical, de que los ciudadanos tenían derecho a decidir
sobre su propio gobierno dio pie a una pregunta inm ediata: ¿quiénes eran
ciudadanos y por qué?
Si la participación ciudadana en las primeras ciudades-Estado griegas,
que eran en realidad pequeñas oligarquías, marcó originalmente la invención re
volucionaria de que los gobernados debían dar su consentimiento a las
decisiones de los dirigentes, los ciudadanos representados en el gobierno no
llegaban en la mayoría de los casos a la cuarta parte de la población
residente. Sin embargo, como lamentó Platón, existía una tendencia constante
hacia el igualitarismo y la inclusión en la ciudad-Estado. Hacia el siglo V
a.C., especial mente en Beocia y en algunos Estados del Peloponeso, para tener
derecho al voto sólo hacía falta acreditar la posesión de cuatro hectáreas de
tierra o su equivalente en dinero.
A consecuencia de ello, hacia
el siglo v a.C . la m ayoría de la población masculina adulta de Grecia podía
participar por pleno derecho en el gobierno. En la Atenas imperial y en sus
satélites democráticos, todos los varones libres e hijos de ciudadano varón,
fuera cual fuera su riqueza o linaje, gozaban del derecho de ciudadanía, lo que
permitió la formación de una enorme flota de remeros compuesta por ciudadanos
libres. Y, lo que es aún más asombroso, la difusión de la ideología democrática
occidental no se circunscribió a cuestiones de forma relativas al voto, sino
que, por el contrario, confirió un aura igualitaria a todos los aspectos
sociales de la ciudad-Estado, desde la familiaridad en el habla y en el vestir
hasta cierta identidad en la apariencia y el comportamiento en público, la vida
privada gozó de una liberalidad que sobreviviría incluso en los períodos de
monarquía y autocracia por los que más tarde atravesaría Oc cidente.
Conservadores como aquel ciudadano anónimo al que llamaban Viejo Oligarca (h.
440 a.C.) se quejaban de que en Atenas se tratara a los esclavos y a los pobres
igual que a los hombres eminentes. Platón opinaba que la evolución lógica de la
democracia no tenía límites. Las jerarquías establecidas en virtud de los
méritos desaparecerían, puesto que hasta los grumetes se considerarían
capitanes con derecho, por nacimiento, a coger el timón, supieran o no de artes
de navegación. Llegaría un momento en que incluso los animales de Ate-
ñas, protestaba el filósofo, preguntarían por qué no eran iguales a los
demás si el objetivo de la ideología dominante era rebajar a todos al mismo
nivel.
Aunque con los gobiernos de Filipo y Alejandro (359-323 a.C.) y de las
di nastías que fundaron sus sucesores (323-31 a.C.) muchas tradiciones
helenísticas sufrieron una gran erosión, los ideales de la ciudad-Estado no
desaparecieron del todo. Además, fueron adoptados por otros Estados. Los
italianos, por ejemplo, aprendieron más sobre gobierno constitucional de las
viejas colonias griegas del sur de Italia que de los reyes helenísticos del
otro lado del Adriático. Una de las mayores ironías de los conflictos
grecorromanos de los siglos III y II a.C. fue que las legiones eran más
helénicas que los mercenarios de habla griega a los que aplastaron en las
batallas de Cinocéfalos (197 a.C.) y Pidna (168 a.C.), libradas en territorio
griego.
Por desgracia, en relación con la capacidad de formación de efectivos
militares de calidad, Cartago, a diferencia de Roma, no había evolucionado más
allá de la primera fase en un gobierno consensuado de inspiración helénica. Su
gobierno continuaba en manos de un grupo selecto de aristócratas y de
ejecutores, escogidos ambos entre la misma elite. Cartago era un enorme imperio
dirigido por una pequeña camarilla deliberativa de mercaderes y comerciantes de
origen nobiliario. Por el contrario, Rom a tomó prestado el ideal griego de
gobierno cívico y lo mejoró y adaptó a su singular idea de nacionalidad
(natio), que per mitía la independencia a sus aliados de habla latina, con
ciudadanía plena (optimo iure) o parcial (sine sufragio) para los residentes de
otras comunidades italianas, y en siglos posteriores, plena ciudadanía a
aquellas personas, de cualquier taza, y lengua, que aceptasen las leyes romanas
y el pago de impuestos. Lo que en origen no era más que un Estado regido por un
gobierno nominal de aristócratas romanos y latinoparlantes evolucionó, como
dictaba la lógica, hasta convertirse en un Estado plural en el que las
asambleas locales podían actuar en contra del Senado, y los líderes populares,
vetar la legislación oligárquica. Incluso cónsules como Flaminio y Varrón -el
primero muerto en Trasimeno, el segundo, uno de los máximos responsable de la
catástrofe de Cannas- eran, según parece, “hombres del pueblo” que daban voz al
deseo de los pobres de emprender una acción militar cuanto antes frente a la oposición
de aristócratas como Fabio Máximo, que abogaba por la prudencia y la dilación.
En Cartago no había nadie como Flaminio o Varrón.
LAS LEGIONES DE ROMA
Nadie esperaba que el ejército romano, especialmente cuando se
desplegaba en masa y en suelo italiano, fuera derrotado, y mucho menos,
aniquilado. Ya a finales del siglo III a.C., los legionarios romanos se habían
convertido en las tropas de
infantería más letales del mundo precisamente a causa de su movilidad,
mag nífico equipo, disciplina singular e ingeniosa organización. El monarca y
general epirota Pirro (280-275 a.C.), los comandantes cartagineses de la
Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) y las tribus del norte de Galia (222 a.C.)
podían atestiguar la carnicería que se producía cuando sus mejores tropas
trataban de oponerse a los romanos. Éstos habían desarrollado un método de
lucha móvil y flexible capaz de hostigar y aplastar a los contingentes tribales
escasamente organizados en Galia o Hispania y de dispersar al mismo tiempo a
las columnas de disci plinados falangistas orientales en batallas campales por
medio de maniobras de envolvimiento o de la manipulación del terreno. En los
siglos III y II a.C., la historia de Rom a es el relato del sangriento
despliegue de las legiones en todo el Mediterráneo, primero hacia el oeste y el
sur contra íberos y africanos (270-200 a.C.), y luego hacia el este contra los
reinos helénicos de Grecia y Oriente Próximo (202-146 a.C.).
Para indicar el alcance de las campañas romanas y el vasto abanico de
experiencias de los legionarios, Tito Livio relata en su Historia de Roma la
vida castrense del soldado y ciudadano romano Espurio Ligustino, un ejemplo muy
citado. En sus 32 años de carrera en el ejército (200-168 a.C .), este soldado
cincuentón, padre de ocho hijos, combatió contra la falange de Filipo V en
Grecia, batalló en Hispania, regresó a Grecia para luchar contra Antíoco III y
los etolios, pasó por Italia, donde no abandonó el ejército, y volvió de nuevo
a Hispania. “Fui centurión primipilo cuatro veces en el transcurso de pocos
años; 34 veces recibí de mis generales la recompensa al valor. He recibido seis
coronas cívicas [por salvar la vida a un conciudadano]” (XL.34.11). Espurio
Ligustino pudo añadir que se había enfrentado a las picas de los falangistas
macedonios, a los elefantes de los dinastas helénicos y que había librado
guerras sucias para acabar con las escaramuzas de las tribus que habitaban en
los Pirineos. El genio de Rom a consistía en encontrar el modo de que un
granjero italiano como Espurio luchase con más eficacia que cualquier soldado
mercenario del Mediterráneo.
La legión romana, que componían entre 4.000 y 6.000 infantes, era en
realidad, a finales del siglo III a.C., la laxa unión de treinta compañías
llamadas manípulos (“ dedos”), cada una de las cuales estaba compuesta de dos
centurias, formadas por entre sesenta y cien hom bres y lideradas por un
soldado profesional y veterano llamado centurión, maestro en el avance y el
asalto a la voz de mando. Cuando una legión marchaba al campo de batalla, sus
sesenta centurias for maban tres enormes líneas, cada una de ellas capaz de
compactarse en un solo y masivo grupo o de dispersarse en contingentes más
pequeños dependien do del terreno y de las características del enemigo. Lo que
el diseño táctico de un ejército romano pretendía era precisamente no entrar en
un choque masivo y abigarrado con las columnas hostiles, situación en la que o
podía ser presa
140
de una maniobra de envolvimiento o bien podía verse dividido por la
mayor profundidad de las formaciones enemigas.
A diferencia de las falanges
griegas, de las que habían evolucionado, los le gionarios romanos avanzaban en
una formación fluida. Los soldados arrojaban sus jabalinas, o pila, y corrían
para luchar de cerca contra su enemigo con sus mortales espadas cortas, el
famoso gladius de doble filo forjado con acero hispano, un arm a mucho más
letal y versátil que la pica macedonia. Los escudos rectangulares servían a
menudo como armas de ataque, puesto que los legionarios utilizaban sus
refuerzos metálicos para golpear las zonas desprotegidas del cuerpo del
enemigo. Gracias al uso combinado de la jabalina, el enorme escudo y la espada
de doble filo, los romanos resolvieron el viejo dilema de elegir entre un
ataque con armas arrojadizas y uno cuerpo a cuerpo, entre la movilidad y el
choque, y combinaban las ventajas de ambos. Por la posibilidad de lanzar sus
jabalinas, los legionarios podían compararse a las unidades de jabalineros
asiáticos, pero, gracias a sus largos escudos y a sus afiladas espadas, también
podían actuar como un cuerpo de choque, a la manera de los falangistas griegos.
A diferencia de la falange, sin embargo, las tres líneas de avance sucesivas de
la legión les permitían contar con reservas y concentrar sus fuerzas sobre los
puntos más débiles de la línea enemiga.
Frente a una falange macedonia, los ataques con armas arrojadizas
sorpren dían y herían a los piqueros. A continuación, algunos manípulos se
precipitaban al combate cuerpo a cuerpo en aquellos lugares donde las columnas
enemigas mostraban mayor debilidad. De igual modo, cuando luchaban contra las
tribus del norte de Europa, las legiones podían avanzar en formación,
presentando un frente sólido y disciplinado de escudos y espadas capaz de
abrirse paso a través de las desorganizadas tropas tribales, que tenían muy
pocas posibilidades de éxito frente a un cuerpo de choque en form ación
cerrada. Contra ambos adversarios, las dos líneas de manípulos que formaban a
retaguardia, los principi y los triari, observaban el choque de las hileras de
vanguardia, los hastati, impacientes por explotar el éxito inicial o evitar la
ruptura de la línea.
¿Qué se sentía al enfrentarse al avance de las tres líneas de un
ejército ro mano? La mayoría de los historiadores clásicos -en especial,
César, Tito Livio, Plutarco y Tácito- consideran la cuestión desde el punto de
vista romano. Sus etnocéntricos y sangrientos relatos hablan de greñudos
germanos de un metro noventa de estatura que profieren extraños alaridos y
gritos de guerra (el barritas), al tiempo que golpean sus armas y escudos; de
galos también chillones, medio desnudos y de pelo grasiento y subidos unos
encima de otros para aparentar más altura; de hordas de asiáticos, vestidos con
túnica y la cara pintada, cuyo alboroto enmudece ante el disciplinado avance de
los hoscos soldados profe sionales romanos; es decir, de cómo la inteligencia
y la civilización superan siempre la inferioridad numérica y vencen al
barbarismo y la fuerza bruta.
141
Pinturas de guerra, tatuajes, mujeres semidesnudas, gritos guturales y
un vario pinto surtido de collares de metal, cadenas, cabellos erizados y, a
veces, cráneos humanos y otros miembros colgando de los cinturones de guerra
pueblan por lo general los relatos que describen al Otro al que se enfrentaron
las legiones romanas o los conquistadores españoles.
Sin embargo, no era el avance de los “bárbaros” el más inhumano y
escalo friante, sino el romano. Las legiones, igual que los cristianos en
Lepanto y los británicos en Rorke’s Drift, combatían en silencio. Avanzaban por
la tierra de nadie que los separaba del ejército contrario hasta llegar a unos
treinta metros de la línea enemiga. A una distancia establecida de antemano, la
primera hilera lanzaba sus p ila , de más de dos metros de longitud, gritando
en ese momento por vez primera, como queriendo facilitar el vuelo del
proyectil. De inmediato, y sin haber recibido la menor señal que pudiera
ponerlos sobre aviso, cientos de enemigos caían empalados o sus escudos
quedaban inutilizados bajo un chaparrón de lanzas. A continuación,
desenvainando sus letales espadas cortas, las primeras hileras de legionarios
se precipitaban sobre sus perplejos adversarios. Sus escudos rectangulares
tenían en el centro refuerzos de hierro que utilizaban como arietes, mientras
clavaban la espada en brazos, piernas y cabeza. Luego continuaban presionando
para explotar las posibles brechas que dejaban los muertos y heridos del
enemigo. Casi inmediatamente llegaba un segundo ejército, la línea de principi,
y arrojaba sus p ila por encima de sus compañeros, inmersos en el choque, para
am pliar las brechas creadas por los primeros manípulos. Es decir, se repetía
el mismo proceso: carga, lanzamiento de jabalinas y ataque con espadas, que aún
reproduciría una tercera oleada de legionarios.
El horror de la guerra no está en la reacción, tan humana, de las
culturas tribales ante el derramamiento de sangre -gritos y locura al dar y
recibir la muerte, furia en la persecución del vencido, pánico próxim o a la
histeria en la huida-, sino en la estudiada frialdad del avance romano, en la
previsión y falta de sorpresa del lanzamiento de jabalinas y en el manejo
aprendido de la espada, en la sincronización de los m anípulos en asaltos
cuidadosam ente planificados. El verdadero horror es convertir la pasión y el
pánico, tan humanos e impredecibles, en un asunto predecible, en una fría
ciencia que consiste en matar, teniendo en cuenta las limitaciones de la
potencia muscular y de las armas blancas, a tantos hombres como sea posible.
Flaviojosefo, el historiador judío, captó la esencia del profesionalismo de las
legiones en su fría valoración de sus hazañas: “No nos equivocaríamos si
dijéramos que sus ejercicios son combates sin sangre y que sus combates son
ejercicios sangrientos” (La guerra de los judíos, III.75).*
* Madrid, Gredos, 1998, traducción de Jesús María Nieto Ibáñez.
142
Seguramente, el profundo odio hacia esta m anera tan estudiada de lucha
explica por qué, cuando las legiones romanas se veían sorprendidas por un
enemigo muy superior numéricamente y eran víctimas de una mala jefatura, como
en Partía, en los bosques de Germania o en las colinas de las Galias, sus
vencedores no sólo acababan con aquellos profesionales del combate, sino que,
además, liberaban su odio con la decapitación y mutilación de sus cadáveres y
organizaban desfiles para exhibir los restos de un enemigo que, en ocasiones
pasadas, había sido capaz de matar sin morir. Los aztecas también mutilaban a
los españoles y con frecuencia devoraban cadáveres y prisioneros, y aunque,
según parece, hacían esto para saciar el deseo de sangre de sus dioses
sedientos, gran parte de su barbarism o derivaba de la rabia que sentían ante
aquellos conquistadores que, con la protección de sus corazas y la ayuda de sus
cañones, ballestas, espadas toledanas y de la disciplina de sus filas, habían
acabado, fría y sistemáticamente, con muchos millares de defensores en
Tenochtitlán. Tras derrotar a los británicos en Isandhlwana, los zulúes
decapitaron a muchos enemigos y dispusieron sus cabezas en semicírculo, en
parte porque, momentos antes, muchos de sus compañeros habían saltado en
pedazos, víctimas del fuego ininterrumpido de los fusiles Martini-Henry.
El ejército de la República romana no era sólo una máquina. Su verdadera
fuerza residía en el natural impulso de la dura infantería italiana, compuesta
por pequeños propietarios, por recios provincianos que votaban en las asam
bleas locales de las ciudades y aldeas de Italia y eran tan feroces como el más
temible y corpulento de los europeos que vivían al norte del continente. En la
tradición del gobierno constitucional -el griego Polibio se sintió m aravilla
do ante la República romana, cuya separación de poderes, sostenía, había m
ejorado el gobierno más popular y consensuado de las ciudades-Estado
helénicas-, los romanos habían conseguido una nación en armas compuesta por
ciudadanos libres.
Igual que la mayoría de los griegos que lucharon en Salamina, los
granjeros romanos impusieron voluntariamente el alistamiento de ciudadanos,
votaron a favor de la guerra en las asam bleas locales y m archaron hacia
Cannas decididos a expulsar a los invasores cartagineses del territorio
italiano y al mando de generales elegidos en los comicios. Como los falangistas
de Alejandro Magno, e influidos por la tradición griega de la batalla decisiva,
los romanos no confiaban en el engaño o la emboscada, y mucho menos en las
unidades de arqueros o jinetes ni en las tropas especializadas en escaramuzas.
Más les habría valido seguir el consejo de Fabio M áxim o, que abogó por
continuar con una guerra de desgaste y no de aniquilación contra un adversario
tan brillante como Aníbal.
Mejor, sin embargo, habría sido que los ejércitos romanos hubieran
desarrollado, como habían hecho Filipo y Alejandro, una fuerza de choque
143
compuesta por caballería pesada capaz de integrarse en el avance de los
ma nípulos. Con ello habrían anulado la extraordinaria m ovilidad y rapidez de
los jinetes de Aníbal. Las tácticas de dilación y tierra quemada, junto a una
cultura que privilegiaba a los caudillos que montaban a caballo, eran
contrarias a la tradición romana del asalto frontal protagonizado por tropas de
infantería. Por diversas razones políticas, militares y culturales, muy rara
vez fue la caba llería el puntal de los ejércitos de la Antigüedad, ni cuando
estaba compuesta por llamativos y orgullosos caballeros, ni cuando la
integraban jinetes nómadas expertos en incursiones. Filipo y Alejandro
utilizaron la caballería de un modo extraordinario, pero muy poco
representativo de la doctrina militar griega y romana. Los ejércitos
grecorromanos pagarían con sangre una carencia que resultó crítica en numerosas
ocasiones.
Pese a la simplicidad del ataque romano y a la ocasional inexperiencia
de sus reclutas, la disciplina de las legiones era incomparable y nadie
cuestionó la fuerza y valor de la infantería italiana. El Senado rom ano, igual
que la Asamblea griega y los comités de la elite real macedonia, se beneficiaba
de una tradición que apostaba por enviar a sus ejércitos al combate frontal,
para, mediante una batalla decisiva protagonizada por la infantería, destruir
al ene migo en cuestión de horas. Pocos comandantes romanos fueron juzgados
por incom petencia tras su derrota. Fueron procesados, desde luego, pero sólo
por cobardía a la hora de entablar una batalla decisiva contra el adversario.
Cuando Varrón, el cónsul que sobrevivió a Cannas, regresó a Rom a tras el desastre,
fue recibido con entusiasmo. En apariencia, sus errores tácticos, que habían
provocado la muerte de m illares de hombres, no significaban nada com parados
con su deseo, ya probado, de encabezar una tropa de jóvenes ciudadanos sin
experiencia militar, aunque los hubiera conducido a la muerte frente a las
huestes de Aníbal.
Los infantes que cayeron en la trampa de Cannas estaban, muy probable
mente, mejor armados y equipados que sus adversarios. Sus escudos, petos,
cascos y espadas eran fruto de una tradición científica que incorporaba las
mejoras dictadas por la experiencia directa del combate. Occidente, a
diferencia de otras culturas, siempre había tomado prestados e incorporado como
propios elementos de otras culturas, sin pensar que ello cuestionara su
espíritu nacio nalista o supusiera una renuncia a las tradiciones y costumbres
nativas. Cuan do ha ido de la mano de la investigación científica racional,
esa flexibilidad siempre ha garantizado a los europeos armas superiores a las
de sus adversarios. En Cannas, la m ayor parte de los mercenarios africanos y
europeos de Aníbal iban equipados con arméis y armaduras romanas que formaban
parte del botín que habían conseguido en Trebia y Trasimeno. Si casi todos los
enemigos de Rom a desnudaban a sus muertos y les arrebataban las armas, pocos
legionarios se interesaban por el equipo de los galos o los africanos caídos en
combate.
144
El ejército romano que luchó en Cannas m arcaba el cénit de la tradición
militar occidental a finales del siglo III a.C . Y, sin embargo, fue derrotado
por un ejército cartaginés que no podía aprovechar ninguna de las ventajas
cultu rales de Rom a. Los hom bres de A níbal contaban con armas y tecnología
inferiores a las de sus enemigos. Eran, además, mercenarios y no una milicia de
ciudadanos: por supuesto, el Estado púnico no tenía la menor intención de
reclutar a un ejército de pequeños granjeros. Los cartagineses no tenían un
concepto abstracto de libertad política individual o de m ilitarism o cívico.
Aristóteles nos recuerda que recompensaban a sus soldados en función del número
de bajas que infligían al enemigo, una diferencia radical con los ejér citos
clásicos, que primaban la disciplina y el mantenimiento de la formación, y
preferían evitar la huida y proteger al compañero. Espurio Ligustino fue
condecorado con varias coronas cívicas por salvar a sus camaradas, no por tener
muchas muertes en su haber o coleccionar cabelleras. Cannas supuso una
desgraciada inversión del paradigm a militar de la Antigüedad: un ejército
occidental con gran superioridad numérica, que combatía en su país y confiaba
en sus poderosos recursos, se desplegó de un modo muy poco inteligente y salió
derrotado a manos de un enemigo que buscó la victoria de su cuerpo
expedicionario mediante la coordinación de sus tropas y el brillante desempeño
de sus generales.
UNA IDEA: LA NACIÓN EN ARMAS
Las ciudades-Estado griegas habían enrolado nuevos ciudadanos de manera
ocasional y a título individual, pero estos títulos de ciudadanía eran
honoríficos y escasos. Gran parte del comercio de las polis griegas quedó en
manos de residentes extranjeros, de los brillantes e industriosos metecos, que
quizá po seyeran más capital que cualquier ciudadano y no obstante tenían
vetado el derecho al voto en la Asamblea. Los griegos sentían tanto celo por su
autonomía y libertad y tenían tanto aprecio nacionalista al paisaje que rodeaba
sus polis que no querían otorgar a extranjeros e inmigrantes -en realidad, ni
siquiera a otros griegos de una polis distinta- los mismos derechos de
ciudadanía que tenían los robustos granjeros que labraban sus tierras
ancestrales.
Aunque algunos pensadores griegos, tan diversos como Heródoto e
Isócrates, llegaron a tener una noción de lo griego, to hellenikon, como
identidad de ideas más que de raza o idioma, identidad abierta a cualquier
extranjero que quisiera compartir la cultura y las premisas políticas de la
polis, el auge de la monarquía macedonia frenó en seco la evolución de una
ciudad-Estado independiente y con un gobierno de consenso. L a escasez de
tropas siempre fue la pesadilla de los ejércitos griegos, una carencia que venía
provocada por el obtuso requisito
145
de que todos los soldados debían ser ciudadanos, cuando no todos los
residentes lo eran. Incluso los pobres que remaron por su libertad en Salamina
igualaban en número a los esclavos y extranjeros que no tenían, ni tendrían,
voz en el gobierno de Atenas. Esta estrecha concepción de la ciudadanía pronto
conde naría a la ciudad-Estado independiente.
Por el contrario, la cultura contra la que Aníbal com batió en Italia se
encontraba en medio de una transformación revolucionaria de su identidad. L a
ironía de la Segunda Guerra Púnica consiste en que la incorporación a la
comunidad romana de aquellos a quienes hasta el momento se había consi derado
“extranjeros” , lo que sirvió para fortalecer aún más los cimientos sociales y
militares de la República romana, se debió en gran parte a Aníbal, el enemigo
jurado de Roma. Con su invasión, el general cartaginés contribuyó a acelerar
una segunda evolución en la historia del gobierno republicano occidental, que
superaría con mucho las constituciones provincianas de las ciudades-Estado
griegas. L a creación de una verdadera ciudad-Estado tendría consecuencias m
ilitares que conm overían el mundo m editerráneo hasta sus cimientos, y que, en
gran parte, contribuyen a explicar el temible dinamismo militar que hoy día
tiene Occidente. Cannas provocó una crisis que supuso, entre otras cosas, que
la cantidad de propiedades necesarias para formar parte del ejército, concepto
heredado del censo hoplita de los griegos, se rebajara primero a la mitad y
luego, a lo largo de todo el siglo II a.C ., se rebajara todavía más, hasta
que, con el cónsul Cayo Mario, este requisito desapareció.
Los pueblos de Italia -samnitas, etruscos y los habitantes
grecoparlantes del sur- tenían varios grados de alianza con Roma. Incluso la
desconfianza hacia los asuntos de Rom a que sentían los pueblos confederados de
Italia era conse cuencia no tanto del temor y el odio hacia la dominación
extranjera como de la envidia y el resentimiento por no ser todavía ciudadanos
romanos de pleno derecho y por tanto con derecho a voto y a desempeñar cargos
oficiales. En el mundo clásico, el extranjero emigraba muchas veces a las
ciudades helénicas e italianas en busca de oportunidades y m ayor libertad.
Entre los griegos encontraba tolerancia, indiferencia o prosperidad; entre los
romanos, y con el tiempo, la ciudadanía. Las levas llevadas a cabo para vencer
a Aníbal sirvieron, en definitiva, para catalizar la evolución hacia la paridad
del resto de Italia con Roma.
Ya hacia el siglo III a.C. hubo en Roma muchos visionarios que apelaban
a la ciudadanía de pleno derecho de todos los habitantes de Italia, cuestión
que no se resolvería hasta la Guerra Social, que tuvo lugar a principios del
siglo i a.C., cuando por fin se reconoció que los pueblos afines a R om a en
ideología y circunstancias materiales debían, en teoría, ser incorporados a la
comunidad romana. Cuando se produjo la invasión de Aníbal, no obstante, muchas
co munidades italianas que no hablaban latín estaban compuestas por ciudadanos
146
romanos que estaban bajo el amparo de la ley romana pero no tenían
derecho a voto en los asuntos de la República. La necesidad de recobrar el
apoyo de la Península Itálica, formar legiones y evitar deserciones a favor de
Aníbal aceleró las concesiones de Roma a sus aliados. Durante el período final
de la República y con el Im perio, los libertos y los pueblos mediterráneos no
italianos casi llegarían a ser tan iguales ante la ley como los aristócratas
romanos.
El concepto de ciudadanía occidental, que conllevaba un gran número de
derechos y deberes, era una idea revolucionaria que proporcionaría grandes
recursos a las legiones, cada vez más numerosas, y un marco legal capaz de
garantizar que los soldados sintieran que, desde un punto de vista formal y
contractual, eran ellos quienes habían ratificado las condiciones de su
servicio militar. El antiguo mundo occidental pronto se definiría a sí mismo en
térmi nos de cultura más que de raza, lengua o color de piel. Por sí misma,
esta idea aportaría enormes ventajas a sus ejércitos en el campo de batalla. En
los siglos venideros, los legionarios imperiales de un puesto fronterizo del
norte de Britania o de Africa tendrían una lengua y un aspecto distinto al de
aquellos que cayeron en Cannas. En alguna ocasión sufrirían los prejuicios de
los nativos italianos, pero estarían equipados y organizados como los soldados
romanos tradicionales y, en cuanto ciudadanos, considerarían el servicio
militar más como un acuerdo contractual que como una condena provisional.
Ya durante las Guerras Púnicas se liberó en ocasiones a muchos esclavos
y, dependiendo de su contribución militar, se les concedió la ciudadanía
romana. Después de Cannas, miles de ellos participarían en el ejército y
lograrían la emancipación. Los romanos, en definitiva, recogieron la idea de
polis y la trans formaron en la idea de natío. M uy pronto no serían ya la
etnia, la geografía o el nacimiento en libertad los elementos que definirían lo
romano. Por el con trario, algún día aquellos que no hablaban latín, que
habían nacido como escla vos y que vivían fuera de Italia podrían, en teoría,
adquirir la ciudadanía, siempre y cuando, por supuesto, pudieran convencer a
los órganos decisorios competentes de que eran romanos en espíritu y querían
prestar el servicio militar y pagar impuestos a cambio de la protección de la
ley romana y de la seguridad que otorgaba una economía libre y mercantilista.
Tres siglos después de Cannas, Ju ven al ridiculizaría a los
“hambrientos grieguitos” que pululaban por Roma, pero aquellos hombres, además
de dominar la vida comercial de la ciudad, demostrarían, junto a otrós
extranjeros, que eran tan buenos ciudadanos legionarios como cualquier italiano.
Fue Roma, no la Grecia clásica, la que creó la moderna e integradora idea de
ciudadanía occi dental y la noción de valores plutocráticos que prospera en
una economía libre y en crecimiento. El dinero, y no necesariamente el lugar de
nacimiento, los ancestros o la ocupación, dictaría m uy pronto la categoría
social de un romano. El ex esclavo Trimalción y su cohorte de invitados
libertos, que na
>47
daban en la abundancia en E l satiricón, de Petronio, novela del siglo
i, eran la consecuencia lógica de la idea de integración ciudadana -es decir,
social, económ ica y cultural- que continúo evolucionando incluso cuando, con
el Imperio, la libertad política a escala nacional se iba extinguiendo. No por
azar algunos de los autores más nacionalistas y romanos de la literatura
latina, como Terencio, Horacio, Publio Siró, Polibio y Flavio Josefo, eran
hijos de libertos, ex esclavos, africanos, asiáticos, griegos o judíos. Hacia
el siglo II, no era frecuente encontrar a un emperador romano que hubiera
nacido en Roma. ¿Qué efecto tuvieron las enormes diferencias de ambos
contendientes en sus respectivas ideas de ciudadanía en la batalla librada en
Cannas en agosto de 216 a.C.? Un gran efecto, sin duda. Aun en la efervescencia
de la victoria, Aníbal sólo pudo conseguir, para reforzar sus tropas, a unos
pocos mercenarios bien entrenados. Roma, en la decepción de la derrota, contó
con una multitud de reclutas bisoños.
Los primeros griegos inventaron el concepto de militarismo cívico, la
idea de que los que votan deben también luchar para proteger la comunidad, que,
a cambio, es garante de sus derechos. Com o resultado de ello, las
ciudades-Estado clásicas alinearon cuerpos de infantería que sumaban casi la
mitad de su población masculina residente. Es posible que unos 70.000
ciudadanos griegos libres aniquilaran a un ejército persa compuesto por 250.000
reclutas forzosos en la batalla de Platea (479 a.C.). Esto supuso un magnífico
comienzo para las pequeñas repúblicas helénicas, que no m ovilizaron ya
únicamente a su elite aristocrática, sino a sus reservas de población. No
obstante, los ciu dadanos de la Grecia clásica nunca llegaron a apreciar todo
el potencial del militarismo cívico, debido al enorme celo con que se tomaban
la noción de ciudadanía, que no se extendía a todos los ciudadanos de la polis.
Los grie gos habían mantenido la Hélade libre de la ocupación persa gracias,
en parte, a la revolucionaria idea de que todos los ciudadanos deben hacer la
guerra, pero por el mismo motivo perdieron su autonomía ante los macedonios
siglo y medio después, víctimas, precisamente, de la escasez de soldados ciuda
danos.
L a consecuencia de una concepción tan estrecha de la guerra fue el auge
del ejército real de Filipo y Alejandro, a quienes importaba poco la condición
de sus guerreros con tal de que supieran combatir y fueran leales a quienes les
pagaban. Los monarcas macedonios y sus sucesores no eran demócratas. Sin
embargo, su buena disposición a integrar por igual en sus ejércitos multi
culturales y profesionales a macedonios y griegos y pagarles la misma soldada
- lo s desesperados unidos por un
deseo com partido de gloria y botín y no divididos por el idioma, la
procedencia o el orgullo étnico- era, en cierto sentido y de un modo que jamás
soñaron las ciudades-Estado griegas, perversamente igualitaria. L a existencia
de enormes ejércitos mercenarios durante el período
148
helénico (323-31 a.C.) resolvió por un tiempo el tradicional problem a
de la escasez de recursos humanos, pero lo hizo de un modo que con frecuencia
iba en detrimento del anterior impulso cívico de la ciudad-Estado. El mismo
dilema inquietó anteriormente ajenofonte, Platón y Aristóteles, que a lo largo
de su vida vieron cómo su ideal de grandes ejércitos ciudadanos se desvanecía.
Los griegos podían formar ejércitos de gran tamaño o ejércitos patrióticos y
llenos de espíritu, pero no ambas cosas. Cada uno de los griegos que murió en
Queronea (338 a.C.), fallido esfuerzo por preservar su libertad, había vo tado
por plantar batalla. Ni uno solo de los macedonios de Filipo II que los mató
decidía dónde, cómo y por qué luchaba. Que los primeros, mal dirigidos, mal
organizados y peor equipados que sus adversarios, estuvieran a punto de
rechazar al inmenso ejército real de Filipo es un tributo al espíritu del
gobierno cívico.
La solución a esta paradoja clásica consistía en alinear ejércitos
ciudadanos que no obstante fueran de gran tamaño, combinando el militarismo
cívico y el descubrimiento de la Grecia clásica con la disposición de los
monarcas he lénicos a reclutar infantes procedentes de todos los segmentos de
la sociedad. La nación rom ana y su idea radical de una ciudadanía integradora
lograría tal combinación de un modo brillante, garantizando además que sus
ejércitos fueran mucho mayores que los de la Grecia clásica y pese a ello mucho
más patrióticos que las tropas mercenarias que por millares engrosaban las
filas de las huestes helénicas.
La idea de una enorme nación en armas -en 218 a.C., año de comienzo de
la Segunda Guerra Púnica, había dispersos por toda Italia más de 325.000
ciudadanos romanos varones; de ellos, casi un cuarto de millón estaban en edad
militar- resultaba incomprensible para los cartagineses, que restringían el
título de ciudadanía a un pequeño grupo de hablantes del púnico circunscritos a
la zona de Cartago y sus alrededores. Desde un punto de vista militar, peor era
que los cartagineses jamás se acogieran plenamente a la tradición helénica de
levas ciudadanas, es decir, a llamar a filas a aquellos que gozaban de los
derechos de ciudadanía, precisamente para defenderlos. Cartago tampoco
compartía la idea romana de nación según la cual la nacionalidad trascendía la
procedencia, la etnia y el idioma. Los miembros de las tribus africanas
cercanas a Cartago, e incluso sus propios mercenarios, podían combatir a los
romanos o al propio Estado púnico, tanto les daba. Aparte del barniz de ciertos
representantes de la elite, un examen detenido revelaba muy pocos elementos
occidentales en la consideración cartaginesa de la política y de la guerra. A
diferencia de los griegos, Cartago no insistió en que debían ser sus ciudadanos
quienes comba tieran en sus batallas. A l contrario que los romanos, le
faltaron los mecanismos para equiparar políticamente a sus aliados
norteafricanos o del occidente de Europa, a los pueblos conquistados o a los
siervos, con sus nativos, de ahí los
149
enfrentamientos constantes y a menudo brutales con sus propios ejércitos
mercenarios y rebeldes. Cartago ni siquiera fingía que su Asamblea servía de
foro a los deseos del pueblo. Al parecer, se trataba de una sociedad en la que
existían dos, no tres, clases: la privilegiada, compuesta por aristócratas
dedicados al comercio, y el resto, es decir, los siervos y los trabajadores,
sin ninguna representación en los órganos decisorios.
Es probable que el Senado romano fuera tan aristocrático como el
cartaginés, pero los púnicos no contaban con asambleas que pudieran ejercer
cierto control del poder y tenían muy poca tradición para que un reformador
popular, como Licinio, Hortensio o Graco, quisiera ampliar la representación,
permitir la llegada a los altos cargos del gobierno a miembros de las clases
medias y a “hombres nuevos”, y abogar por la reforma agraria y la
redistribución de la tierra. Para el ejército esto suponía una carencia crónica
de soldados cartagineses y la dependencia absoluta en el reclutamiento de
mercenarios. Am bas cosas im plicaban que por m uy brillantemente dirigidos
que estuvieran y pese a que contaran con gran experiencia, adquirida gracias a
un guerrear constante, a los ejércitos cartagineses les resultaría casi
imposible alinear por mucho tiem po tropas tan numerosas o patrióticas como
las legiones. Siglos después de Cannas, los romanos continuaron formando
enormes ejércitos, incluso en los oscuros años de las guerras civiles. En los
diecisiete años de conflicto que siguieron al paso de César por el Rubicón
(49-32 a.C.), más de 420.000 italianos llegaron a engrosar las legiones de
Roma.
Por el contrario, para vencer, a Aníbal no le bastaba con derrotar a los
romanos en Cannas. Debía ganar cuatro o cinco batallas de esas dimensiones y de
manera sucesiva, sólo así conseguiría acabar con los copiosos recursos de Rom
a: más de un cuarto de millón de granjeros de toda Italia, hombres de entre
diecisiete y sesenta años dispuestos a luchar por la conservación o la prom esa
de la ciudadanía romana. Aníbal, además, estaba obligado a tal carnicería con
un ejército compuesto por mercenarios africanos y miembros de tribus europeas
en el que probablemente no había ni uno solo de los ciudadanos cartagineses con
derecho a voto. Los integrantes de aquel ejército no luchaban por el deseo de
obtener la ciudadanía cartaginesa, ni por la libertad de gobernar sus propios
asuntos, sino, en su mayoría, por odio a Rom a o por el dinero y el botín que
su extraordinario líder continuaría entregándoles, dos incentivos magníficos,
desde luego, pero que no podían igualar al de los granjeros que habían votado
por sustituir a sus camaradas caídos en Cannas y luchar hasta el último hombre
a fin de garantizar la seguridad del populus romanus, la preservación de la res
publica y el honor de su cultura ancestral, mos maiorum. La mayor parte de los
granjeros italianos suponían, con razón, que a sus hijos les esperaba un futuro
mejor bajo la República romana que aliados a un régimen aristocrático,
extranjero y mercantil como el de Cartago.
15o
“DUEÑOS DE TODO EL MUNDO”:
EL LEGADO DEL MILITARISMO CÍVICO
LOS RECURSOS HUMANOS DE ROMA
Los griegos y otros pueblos no romanos de la Antigüedad pudieron
movilizar grandes ejércitos siempre que quisieron. Pero la movilización de
tribus y ejércitos mercenarios que llevaron a cabo galos, hispanos, persas o
africanos no consti tuía, en ningún sentido, una nación en armas. Ni uno solo
de los formidables adversarios que Rom a tuvo a lo largo de los siglos
compartió alguna vez la idea occidental de contar con soldados ciudadanos
libres. Los impresionantes númidas de Yugurta (112-104 a.C.), los cientos de
miles de germanos de Ario-visto (58 a.C .), el cuarto de m illón de galos que
se reunió a las órdenes de Vercingetórix (52 a.C.) y los muchos godos que
cruzaron el Danubio para matar a miles de romanos en Adrianópolis (378) eran
guerreros magníficos y muy numerosos. Gran parte de aquellas tribus tenían una
larga historia y complejos métodos de organización militar. En el fondo, sin
embargo, no eran más que ejércitos temporales compuestos por tribus nómadas que
se reunían por algún motivo concreto y cuyo servicio dependía exclusivamente de
la paga, el botín y el magnetismo y habilidad de su comandante o del régimen al
que servían. Cuando se consideraban saciados, estos ejércitos se retiraban;
cuando caían derrotados, se dispersaban; cuando vencían, sólo mantenían, por lo
general, energía suficiente para lograr una sola victoria más.
Las ventajas del sistema republicano quedaron en evidencia en los días
que sucedieron al desastre de Cannas. La derrota sacudió los cimientos del go
bierno y la cultura de Roma. En su descripción de las consecuencias de Cannas,
Tito Livio confesó: ‘Jam ás fueron tan acusados el pánico y la confusión dentro
de las murallas de Rom a sin haber sido tomada la ciudad. Por eso me rendi ré
a la dificultad y no intentaré contar lo que empequeñecería al exponerlo”
(xxii.54). Gran parte de la Italia meridional optó por la defección o durante
un tiempo dejó de enviar hombres y material a Roma. La rica ciudad de Capua se
puso del lado de Aníbal. En Cam pania y Apulia, otras localidades siguie ron
su ejemplo. En Hispania, el ejército que conducía Postumio, cónsul electo en
215 a.C., fue aniquilado; Tito Livio afirma que más de 20.000 legionarios
murieron en aquella ocasión y que los vencedores vaciaron el cráneo de Postumio
para utilizarlo como vasija. La flota cartaginesa atacó las costas de Sicilia a
voluntad. La mitad de los cónsules elegidos entre los años 218 y 215 a.C.
murieron en combate: Flaminio, Servilio, Paulo y Postumio. Los demás cayeron en
desgracia.
¿C uál fue la reacción de Rom a ante estas catástrofes? Tras restaurar
la tranquilidad en las calles y controlar el pánico, el Senado se reunió y
aprobó
151
sistemáticamente una larga serie de decretos, un gesto que recuerda las
trascen dentales decisiones de los atenienses tras la derrota de las
Termopilas, la reacción de los bizantinos en el siglo VI tras la caída del
Imperio de Occidente, de los venecianos cuando cayó Chipre en 1571 o de los
norteamericanos al conocer lo sucedido en Pearl Harbor. Se envió a Marcelo a
Sicilia para que restaurase la situación. Se pusieron guarniciones en los
puentes y las carreteras de acceso a Roma. Se alistó a todos los varones
disponibles en una milicia interior para defender las murallas de la ciudad. Se
nombró dictador a M arco Junio, con directrices formales para crear nuevos
ejércitos valiéndose de todos los medios posibles, cosa que llevó a cabo de un
modo magnífico. Marco Ju n io alistó a 20.000 hombres en cuatro nuevas
legiones, aunque algunos legionarios todavía no habían cumplido los diecisiete
años. Se compraron 8.000 esclavos con dinero público y se les entregaron armas
con la promesa de que, si demostraban valor en el combate, se les concedería la
libertad. El propio Ju n io liberó a 6.000 prisioneros y tomó el mando de una
nueva legión de ex convictos. Se pidió a los aliados que reclutaran 80.000
efectivos adicionales en el plazo de un año. Mientras duró la guerra, cada año
se creó el equivalente a casi dos legiones, lo que garantizaba el reem plazo
constante de las bajas. H abía escasez de equipamiento, ya que los hombres de
Aníbal se habían hecho con la mayor parte de las armas abandonadas en el campo
de batalla, es decir, la mayoría de las fabricadas en Italia durante la década
anterior. A ñn de fabricar nuevo armamento, se expropió a los templos y
edificios públicos de sus ancestrales piezas militares votivas.
Un año después de la derrota de Cannas, la marina romana había pasado a
la ofensiva en Sicilia, todas las bajas de la batalla habían sido reemplazadas
y las legiones, derrotadas tres veces, alcanzaban ya el doble de efectivos que
las tropas victoriosas de Aníbal, que habían pasado el invierno en el sur de
Italia. El contraste del ejército romano con el cartaginés es abrumador:
mientras Roma prom ulgaba una legislación de urgencia para formar nuevas
legiones, los veteranos de Aníbal pasaban días recorriendo el campo de batalla
en busca de botín mientras su sagaz comandante suplicaba a los cautos miembros
de su aristocrático gobierno que le enviaran más tropas.
LA CONTINUIDAD DE LOS SOLDADOS CIUDADANOS
En los cinco siglos siguientes, los ejércitos romanos se enfrentarían a
una larga serie de genios de la táctica, a muchos Pirro y Aníbal, cuya
brillantez condujo a la aniquilación de nuevas y mal dirigidas legiones: el
tuerto Sertorio y sus duros hispanos renegados, el aguerrido Espartaco y su
enorme hueste de gladiadores veteranos, el hábil Yugurta de Numidia, el astuto
Mitrídates
'5 2
de Ponto, Vercingetórix y su gran horda de celtas y galos, los partos
que ex terminaron al triunviro Craso y a la m ayor parte de su ejército. En
conjunto, estos enemigos de Rom a acabaron, en los campos de batalla, con casi
medio millón de legionarios. En última instancia, su gloriosa lucha no sirvió
de nada. Casi todos ellos no pasaron de ser una promesa de conquistadores, y
acabaron muertos o encadenados. Sus ejércitos desaparecieron en la batalla o
fueron esclavizados, crucificados o puestos en fuga. Y es que no combatían únicamente
contra otro ejército, sino contra un sistema temible y una idea. Las victorias
más asombrosas de aquellos enemigos de Rom a se saldaban con un nuevo ejército
romano en ciernes, mientras sus propios ejércitos se desvanecían tras una sola
derrota.
Con la transición al Imperio y la posterior caída de Rom a (31
a.C.-476), el republicanismo desaparecería por algún tiempo de Europa. Los
ejércitos occi dentales acabarían por ser tan mercenarios como sus adversarios
y a menudo, al menos en algunas áreas, igual de tribales. No obstante, la idea
de un ciudadano votante como guerrero y la tradición de que una cultura entera
tome libremente el campo de batalla bajo directrices constitucionales y
liderada por generales elegidos por consenso estaba demasiado arraigada como
para que se olvidara por completo. En los días oscuros del Imperio tardío y en
el caos que los siguió, el ideal de que los hombres que luchaban debían ser
ciudadanos con prerro gativas legales - y algunas veces extralegales- y
responsabilidades con su comunidad no se perdió del todo.
Incluso ante el aparente final del militarismo cívico, los llamados
soldados profesionales de la Roma imperial, igual que sus homólogos
republicanos de siglos anteriores, encontraron en el ejército del Im perio una
continuación a cinco siglos de leyes codificadas. Esto significaba para el
recluta medio verse libre del alistamiento arbitrario, además de un salario
estable, protecciones con tractuales en lo relativo al servicio y una retirada
preestablecida, y nada de levas caprichosas, acciones ilegales y castigos
abusivos. Si acaso, durante el Imperio se ampliaron los derechos del soldado,
hasta el extremo de que sus interesadas demandas de una soldada más alta y de
mayor libertad encontraban más eco en los generales de provincias que en los
líderes republicanos del pasado. De igual modo que el pujante Imperio y su
economía mediterránea beneficiaron a libertos, pobres y extranjeros hasta un
grado inimaginable cuando la República -m ás democrática, eso sí- se
circunscribía a la Italia central, también los millares de legionarios
profesionales que prestaban servicio en las fronteras encontraron a los
burócratas imperiales más receptivos a sus necesidades, pese a que su derecho a
elegir mediante el voto a los oficiales de alta graduación se erosionó y perdió
definitivamente.
En una línea directa de transmisión que había comenzado en la Antigüedad
clásica con las elites gobernantes y religiosas y continuado en las tradiciones
153
populares, el militarismo cívico se mantendría vivo incluso cuando el
republi canismo declinaba. Era, por lo demás, un fenómeno enteramente
occidental. El guerrero como ciudadano y el ejército como asamblea de guerreros
con derechos legales y responsabilidades cívicas eran ideas que no se
encontraban en ninguna otra cultura ajena a Europa. Ni Asia, ni África, ni Am
érica com partían patrimonio cultural o intelectual alguno con Grecia y Rom a
y, por tanto, carecían de la fuente de la que adoptar la idea, singular y
plenamente republi cana y romana, de conjugar asambleas de votantes y soldados
ciudadanos con derechos formales.
Incluso durante la alta Edad Media, los ejércitos de ciudadanos de la
Europa “bárbara”, como el de los Merovingios de Europa occidental, los
visigodos de España y los lombardos de Italia, adoptarían, como hicieron los
bizantinos, la nom enclatura y la organización militar rom ana para defender
sus civitates mediante las levas de soldados ciudadanos. La habilidad de los
habitantes de Europa del norte a la hora de construir fortificaciones,
carreteras e ingenios militares que mantuvieron a raya al islam derivaba
directamente de la vieja administración imperial romana; exercitus, legión,
regnum, imperiumy otros términos políticos y militares latinos -o, en Oriente,
sus equivalentes griegos- continuaron configurando el lenguaje bélico desde el
siglo V y a lo largo de la Edad Media. Los teóricos de la baja Edad Media
estudiarían detenidamente las estratagemas de Frontino y Valerio M áxim o
concernientes al uso de ejércitos ciudadanos. Durante el Imperio tardío y la
Edad M edia cristiana, los padres de la Iglesia
- desde Ambrosio y San Agustín
hasta Graciano, con su Decretum (1140), y Santo Tomás de Aquino en la Summa
Teológica- perfilaron las condiciones bajo las cuales la comunidad cristiana
podía librar una guerra justa y legal (ius in bello), acorde con los valores de
una ciudadanía movilizada.
Durante el Renacimiento, italianos como Leonardo Brunni y Nicolás
Maquia-velo adoptarían los preceptos militares de pensadores tan distintos como
Jenofonte y Vegecio, el autor latino más citado entre los siglos V y XVII. Los
ma nuscritos de Vegecio, traducidos al inglés, francés, alemán, italiano,
portugués y español, fueron publicados en forma de libro para que los generales
medievales pudieran consultarlos en el campo de batalla. Incluso los
conquistadores del reino autocrático de Carlos V estaban imbuidos de la noción
de que eran una pequeña nación en armas cuando marcharon sobre Tenochtitlán.
Cada solda do, se decían, gozaba de unos derechos y protecciones particulares,
en cuanto súbdito español de los que sus adversarios aztecas carecían.
El gobierno constitucional acabaría por reaparecer y extenderse entre
los piqueros suizos durante la Edad Media, en la Italia del siglo x v y en la
Grecia bizantina -donde, en cierto modo, jam ás llegó a olvidarse-, antes de
quedar firmemente arraigado con el auge del Estado nación en Europa, Am érica y
Australia. En todas partes, el mejor ejemplo para aquellos que, como Montes-
154
quieu, Rousseau y Guibert, apelaban al regreso a “la nación en armas”
era el del Estado clásico, y los autores a emular, Salustio, Cicerón, Tito
Livio y Plutarco, con sus relatos sobre las grandes levas de la República
romana.
LOS CIUDADANOS COMO ASESINOS
En sí mismo, el militarismo cívico no siempre garantizó que los
ejércitos occidentales gozasen de superioridad numérica, y es que la fuente de
donde tomaban sus recursos humanos Europa y sus colonias era con frecuencia
menos pródiga que la de Asia, África o América. Tampoco una nación en armas
tuvo garantizada la victoria por el mero hecho de contar con cierta
superioridad moral. Algunas veces, el cristianismo demostraría que el “Sermón
de la montaña” es menos eficaz como incentivo para la guerra que el yihad.
Además, los ejércitos occidentales que se aventuraron a marchar al extranjero y
a ultramar eran con frecuencia pequeños, profesionales y, en algunas ocasiones,
mercenarios. No obstante, el ideal de que los ciudadanos aunaran esfuerzos en
la defensa colectiva - la unión de los francos, de los piqueros suizos, de los
marineros de Venecia o de los pequeños propietarios de Francia e Inglaterra-
contribuiría a que Europa permaneciese, durante la mayor parte del período que
siguió a la caída del Imperio romano, a salvo de invasiones y a que las fuerzas
expe dicionarias que luchaban en ultramar estuvieran entrenadas, organizadas y
lideradas con un celo que em anaba de algo más que de una reducida casta
aristocrática. Su valor, por tanto, no podía medirse exclusivamente por medio
de una comparación de cifras y destrezas con sus adversarios no occidentales.
Esos adversarios eran, a veces, más aguerridos que los europeos. En
ocasiones, luchaban por mejor causa que los occidentales que invadían su país,
esclavizaban sin piedad a su gente, mataban mujeres y niños y rapiñaban sus
riquezas. El estudio del dinamismo militar no es necesariamente una
investigación de la moralidad. Ejércitos como el romano hacían muchas veces
cosas que no debían. El militarismo cívico garantizaba ejércitos numerosos y
con moral de combate, no tropas que respetasen las aspiraciones nacionales y
culturales de sus adver sarios y el carácter sagrado de la vida humana. Dentro
de esta consideración limitada de la eficacia militar, ningún otro pueblo
marcharía a la guerra en ninguna ocasión -ni persas, ni chinos, ni
cartagineses, ni indios, ni turcos, ni ára bes, ni africanos, ni nativos de Am
érica- como una concentración de ciudadanos libres poseedores de una noción
abstracta de los derechos cívicos y de acuerdo a la dirección marcada por una
asamblea electa. A l contrario, por regla general, eran pagados, atemorizados o
cautivados por un caudillo, un sultán, un emperador o un dios a fin de que le
prestaran sus servicios. Y lo cierto es que esto, se mire por donde se mire,
siempre ha demostrado ser una gran desventaja
155
en el campo de batalla. Tristemente, el método occidental de creación de
ejércitos de ciudadanos y de prestación de servicios de acuerdo con unos
términos legales ha tenido muy poco que ver con el bien y el mal, la justicia o
la injusticia, lo correcto o lo incorrecto, y más bien mucho con la destreza
militar.
¿La significación de Cannas? La peor derrota acaecida en un solo día en
la historia de cualquier ejército occidental no alteró en absoluto el curso
final de la guerra. La estupidez más pura en forma de generales incompetentes y
tácticas inadecuadas echó por tierra la ventaja intrínseca de las tropas
occidentales: más disciplina, excelencia en el choque cuerpo a cuerpo y
preferencia por el mismo, superioridad tecnológica y disposición a actuar en
masa y librar una batalla decisiva. U na planificación pobre anuló también las
ventajas naturales que acumulaban los romanos: combatían en su país, eran
superiores en número y actuaban a la defensiva. La mala suerte de luchar contra
un genio militar en su mejor momento y la inexperiencia de sus soldados, que no
en vano eran reclutas bisoños enfrentados a un ejército de mercenarios
veteranos, reportó a los romanos innumerables problemas. Pero, al final, todo
eso importó poco.
L a verdadera lección de Cannas no se refiere al arte de las maniobras
envolventes ni al secreto del genio táctico de Aníbal. Por eso los
historiadores militares la han ignorado durante tanto tiempo. Los estudiantes
de la guerra nunca deben contentarse con averiguar únicamente de qué modo
combaten los soldados en una batalla, deben preguntarse por qué luchan como lo
hacen y cuáles son los motivos que han conducido al enfrentamiento. L a trágica
paradoja de la guerra es que con frecuencia el valor, la audacia y el heroísmo,
es decir, lo que los aguerridos soldados hacen, ven, oyen y sienten en el
fragor del combate, quedan a menudo ensom brecidos por elementos más am plios y
abstractos, y muchas veces más dañinos. La tecnología, el capital, el carácter
del gobierno, el modo en que los hombres son reclutados y pagados, y no sólo la
fuerza muscular y la concentración de tropas, son los factores que deciden los
conflictos entre culturas dispares y los que suelen determinar qué bando gana y
cuál pierde y los hombres que han de vivir o morir.
Qué ingenuo Aníbal, que condujo a miles de duros guerreros a Italia
convencido de que habría de m edir su genio frente a generales y soldados
similares a los suyos y no frente a las anónimas instituciones del
republicanismo y del militarismo cívico. Qué ingenuo al pensar que aquella
guerra podrían decidirla la astucia y el heroísmo, al fin y al cabo efímeros,
de sus hombres y no el perdurable poder de una idea. Los ciudadanos, al final,
son los asesinos más letales de la historia.
En la actualidad, muchos estudiosos y estudiantes suelen mostrar gran
sim patía por Aníbal. Es fácil decantarse por el más débil, sobre todo si
demuestra tanto valor como el cartaginés, y más fácil aún que a nosotros, hoy
día, las agresiones y el imperialismo de Rom a entre los siglos III y I a.C.
nos resulten
156
aborrecibles. L a aniquilación de hispanos, galos, griegos, africanos y
asiáticos resulta concluyente desde un punto de vista moral. Pero si nos
preguntamos por las ventajas militares de un gobierno constitucional y por los
dividendos que en consecuencia tiene la idea de ciudadanía en el campo de
batalla, la respuesta no está en el “tuerto comandante subido a su bestia
monstruosa” que describe Ju ven al, sino en los anónimos y callados hombres
que, tras ser destripados, fueron abandonados para que se pudrieran bajo el sol
de agosto que abrasaba Cannas.
Polibio, que fue testigo de la destrucción de Cartago en el año 146 a.C
. y escribió sobre Cannas setenta años después de la derrota, atribuyó, m uy
acertadamente, el resurgir de Rom a tras la catástrofe a su constitución y a la
rara armonía existente entre asuntos militares y civiles bajo un gobierno de
consenso. Lo sucedido poco después de la matanza del 2 de agosto de 216 a.C.
afectó al historiador griego más que ningún otro acontecimiento de la historia
de Rom a. Lo utilizó como ejem plo para ofrecer un detallado análisis de la
constitución romana y de las legiones -ocupa el libro v i de su Historia casi
en su totalidad-, y continúa siendo el estudio más claro y conciso de estas dos
instituciones que se haya hecho hasta la fecha. Por lo demás, el autor griego
finaliza su excurso sobre el notable sistema militar y constitucional de Roma
con un comentario final sobre las consecuencias de Cannas:
En efecto, los romanos, aunque entonces fueron derrotados y perdie ron
su reputación guerrera, debido a la peculiaridad de su gobierno y a sus rectas
deliberaciones, no sólo recuperaron el dominio de Italia, cuando después
vencieron a los cartagineses, sino que se convirtieron en dueños de todo el
mundo habitado (Polibio, Selección de Historias, 111.118.7-9).*
* Madrid, Akal, 1986, traducción de Cristóbal Rodríguez Alonso.
157
SEGUNDA PARTE
CONTINUIDAD
V
INFANTERÍA TERRATENIENTE P 01TIERS, 11 D E OCTUBRE D E 732
Pero, con el crecimiento de las ciudades y con la pujanza de los
hoplitas, fueron más los que participaban en el go bierno.
A R IS T Ó T E L E S , Política,
i v . i 297b i 6-24,28
CABALLOS CONTRA PIES
j J a confrontación en el campo de
batalla entre jinetes y soldados de a pie es antigua, universal y salvaje. L a
caballería siempre ha perseguido, pisotea do y lanceado con inmisericordia e
impunidad a los infantes en fuga u hosti gado a los pobres y desorganizados
combatientes sin montura. Cobarde, en cierto modo, ha sido esa matanza que el
caballero ha llevado a cabo sobre el aislado o aterrorizado soldado de a pie.
Cobarde fue, en efecto, que Pedro de A lvarado lanceara vergonzosam ente a los
aztecas desarm ados, que el 17o de Lanceros británico acabase con los asustados
zulúes en Ulundi, o que los jinetes mongoles arrasaran las aldeas de Asia
Menor. Un joven Winston Chur-chill escribió brillantemente sobre la última
carga de los lanceros británicos en Omdurman (1896), pero su relato nos habla
sobre todo de la sistemática masacre de la que fueron víctimas unos soldados ya
derrotados y en fuga.
H ay también un sesgo clasista en la distinción entre soldado de a pie y
de a caballo. En virtud de ello, el aristocrático desdén del noble en tiempos
de paz cobra forma, instantáneamente, con la estocada mortífera y de arriba
abajo que asesta con su sable o su lanza. O quizá la natural insolencia del
caballero no derive de su cuna o condición y surja en cambio en el instante
mismo en que monta y cobra conciencia de su libertad de movimientos, de su
relativa impu nidad, y de que necesita, a diferencia de sus hermanos de abajo,
un grupo de sirvientes. Lo mismo le ocurre al moderno piloto de caza, cuyo
dominio del aire, velocidad y control de una máquina compleja convierten, a
ojos de los demás, el bombardeo en una actividad sencilla y sin esfuerzo que,
en un sentido macabro, parecería un castigo casi merecido para el soldado de a
pie que lo sufre. En cualquier caso, ciertamente, es tarea muy distinta a la de
disparar cuerpo a cuerpo contra los hombres que se abalanzan sobre una
trinchera.
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En la derrota, el veloz jinete puede evitar la muerte con su huida; de
los pocos británicos que sobrevivieron a la carnicería de Isandhlwana, casi
todos iban a caballo. En la victoria, los descansados e impolutos caballeros
(el mundo bélico del jinete es muy distinto al polvoriento universo del
infante) aparecen con frecuencia de improviso y se lanzan a la matanza,
después, claro está, de que el duro combate cuerpo a cuerpo de sus inferiores
de a pie haya concluido. La caballería locria estuvo a punto de atropellar a
Sócrates en la batalla de Delio (424 a.C.), pero sólo cuando los recios
hoplitas tebanos, sus aliados, habían aniquilado a la falange ateniense. Es
frecuente que al comienzo de la batalla los jinetes teman a las filas de hoscos
infantes. Los soldados de caballería del mundo entero, nacidos en el cosmos
ecuestre o llegados a él por invitación, siempre han odiado las descargas de
ballesta, los muros de lanzas, las líneas de escudos o las cortinas de balas,
es decir, cualquier cosa que, en cuestión de segundos, pueda destruir el
capital, la instrucción, el equipo y el orgullo de los que son superiores, de
los guerreros que combaten a caballo.
Igual que en tiempo de paz la clase m edia y los pobres son siempre más
numerosos que la elite, en los ejércitos occidentales antiguos los jinetes rara
vez igualaban o superaban en número a los infantes. Si lejos de la caótica
matanza del campo de batalla los ricos tienen de su lado las predecibles
estructuras de la sociedad, en el enfrentamiento bélico los protocolos
determinados por la clase y la tradición no significan nada. L a guerra, como
advirtieron Grant y Sherman, que antes de la Guerra de Secesión bordeaban el
fracaso social, tiene un ca rácter hasta cierto punto democrático. El campo de
batalla es uno de los pocos escenarios donde el ingenio, el músculo y el valor
todavía pueden imponerse a los privilegios, los protocolos y los prejuicios.
Ningún soldado de caballería se ha atrevido a cargar contra un muro de
afiladas picas. Hasta el caballero mejor protegido por su armadura habría sido
arrojado de su montura y asaeteado en la espalda si lo hubiera intentado. Entre
una multitud de espadas y puntas de lanza en la que el jinete no puede
aprovechar su velocidad para atacar o retroceder, ni siquiera la ventaja que le
concede la altura y el ángulo desde el que asesta sus golpes le garantizan el
éxito. En con secuencia, los ejércitos dan gran valor a los disciplinados
cuerpos de infantería pesada, y es que cuando están bien organizados y se
despliegan de un modo adecuado son capaces de acabar con la caballería. Los
soldados de a pie son más ágiles y les es fácil atacar a los jinetes por la
espalda, mientras que éstos tienen muchas dificultades para girar en redondo.
Las afiladas picas o espadas de los infantes se hincan en los flancos, grupas,
patas y ojos de los caballos y pueden conseguir que los pobres animales
retrocedan en una fracción de segundo, echando por los aires a su amo. Este,
por lo común, tendrá un aterrizaje mortal, sobre todo si lleva una armadura
pesada. Un caballo es un blanco de gran tamaño y cuando resulta herido puede
convertirse no en sirviente, sino
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en enemigo de quien lo monta. Los soldados de infantería llevan las dos
manos libres para luchar, ninguna en las riendas.
Montar a caballo, además, es una actividad peligrosa. Miles de personas
han muerto a causa de ella en tiempos de paz. Jenofonte recordó a sus Diez Mil,
que no tenían caballos, las ventajas intrínsecas que los separaban de los
persas, que sí los tenían: “¿Y puede negarse que nosotros marchamos sobre un
vehículo mucho más seguro que los jinetes? Ellos van suspendidos sobre sus
caballos, temerosos no sólo de nuestros ataques, sino también de caerse”
(Anábasis, m.2.19). George S. Patton, un jinete magnífico, estuvo a punto de
quedar tullido al caerse de un caballo. Entre las bombas y las balas alemanas,
por el contrario, no sufrió ningún rasguño. Durante los combates más cruentos
de la Guerra de Secesión, Grant quedó inmovilizado, pero no a causa de los
cañones enemigos, sino por la coz de su propia montura. Si los jinetes atacan
con m ayor velocidad, matan con un solo golpe de sable o de lanza y se esfuman
en cuestión de minutos, los infantes cuentan con ventaja en el combate cuerpo a
cuerpo. El mejor cuerpo de caballería habría cometido una estupidez en
Gaugamela, Agincourt o Wa-terloo si hubiera cargado contra formaciones cerradas
de duros soldados de infantería. Los europeos, por su parte, más que ninguna
otra cultura de la historia de la civilización, han contado con tropas de
infantería deseosas de combatir en formación y de cerca frente a cualquier
enemigo, montado o no.
EL MURO
En Poitiers, la caballería musulmana de bereberes y árabes, a quienes
general mente los europeos llamaban sarracenos, nombre de las tribus sirias de
Oriente Próximo, atacaron la línea de infantes francos. Carlos Martel y su
dispar ejército, compuesto por lanceros, infantería ligera e hidalgos, que
habían acudido a la batalla en sus monturas, se situaron en form ación y
aguantaron a pie firme durante horas, hasta la caída de la noche. Los árabes
arrojaron ñechas desde sus monturas e hirieron a los francos con lanzas y
espadas. Atacaron por los flancos, pero ni acabaron con los europeos ni
consiguieron dispersarlos.
Los escasos relatos de la batalla de Poitiers que han llegado hasta
nosotros coinciden en una cuestión clave: los invasores islámicos se lanzaron
repetida mente contra los francos mientras éstos permanecían estáticos, a pie
y desple gados en cuadro, en formación defensiva. Los infantes que bloqueaban
la calzada que conducía a Tours rechazaron metódicamente todos los asaltos
hasta que los atacantes se retiraron a su campamento. El cronista anónimo
continuador de la Crónica de San Isidoro relata que los francos (mejor dicho,
“los hombres de Europa”) eran como “un mar inamovible” (104-105). Se
desplegaron “a pie, uno junto a otro” , erguidos como un “muro. [...] Com o un
bloque de hielo, se
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mantuvieron firmes” . Luego, “ con fuertes golpes de sus espadas”,
vencieron a los árabes. La imagen que nos traslada el cronista es clara: una
masa de soldados casi inmóviles aguanta hombro con hombro y a pie firme, y,
valiéndose de sus lanzas y espadas, repele las repetidas embestidas de los
jinetes enemigos. La sorprendente resistencia de los francos reside en su
potencia como grupo y en su destreza en el cuerpo a cuerpo. En el libro cuarto
de la Crónica de Fredegario averiguamos que, más tarde, Carlos Martel “ condujo
valientemente su línea ante los árabes” . A continuación, “se echó sobre ellos
como un gran hombre de batalla” . El caudillo franco persiguió a sus enemigos,
arrasó su campamento, mató a Abderramán, su general, y “los dispersó como si
fueran rastrojo” . Al parecer, una suerte de “muro” había salvado a Francia.
Las “numerosas lanzas” de los francos detuvieron el avance de Abderramán.
¿Qué sucedió en el confuso combate de Poitiers? Los francos eran
grandones
y de un físico formidable. Iban,
además, protegidos por cotas de malla o jubo nes de cuero cubiertos de escamas
metálicas. Sus escudos redondos, como los de los antiguos hoplitas, tenían casi
un metro de diámetro y eran curvos, con feccionados con maderas duras y
estaban reforzados con remaches de hierro y cubiertos de piel. Si un hombre era
lo bastante fuerte y hábil para manejar aquella monstruosidad de más de dos
centímetros de grosor, había pocas posibilidades de que una flecha o jabalina
pudiera alcanzarlo. Les protegía la cabeza un pequeño casco de hierro de forma
cónica ideal para minimizar el efecto de los golpes que, de arriba abajo,
asestaban los jinetes. Cada infante franco acudía a la batalla con más de
treinta kilos en armas y protecciones. Era hombre muerto si se veía obligado a
luchar en solitario, pero casi invulnerable cuando lo hacía en formación
cerrada.
En sus batallas contra los romanos, los germanos, que vestían con
prendas ligeras, lanzaban sus temidas hachas desde unos quince metros de
distancia o arrojaban sus lanzas antes de entrar en el combate cuerpo a cuerpo
con espadas anchas de doble filo, armas que sólo era posible blandir cuando se
contaba con mucho espacio. La lucha en las zonas fronterizas se convertía en
una confusa disputa de duelos singulares donde la habilidad desempeñaba un
papel crucial hasta que, finalmente, los ataques sucesivos de las cohortes
romanas quebraban la resistencia de los bárbaros. Hacia el siglo vm , sin
embargo, la infantería franca se inclinaba menos por el uso de sus hachas y
jabalinas tradicionales y rehuía el combate individual, optando por la técnica
clásica romana del combate en grupo. Es m uy probable que, en Poitiers, los
francos, que llevaban pesadas protecciones, portaran lanzas pesadas para
blandirías directamente contra el enemigo y espadas cortas para utilizar de
abajo arriba mientras mantenían los escudos a la altura del pecho en una línea
continua.
Cuando las fuentes hablan de “un muro”, de “un bloque de hielo” y de “un
mar inam ovible” , debemos imaginar, literalmente, una muralla humana casi
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invulnerable formada con los escudos bien pegados, los cuerpos
acorazados y las armas en ristre y listas para clavarse en el vientre de
cualquier jinete mu sulmán lo bastante estúpido como para lanzarse sobre ellos
al galope. Incapaces de penetrar las líneas francas, la mayoría de los árabes
optaron seguramente por rodearlos y, en medio de una gran confusión, lanzarles
flechas, jabalinas o tajarlos con las largas hojas de sus alfanjes. L a
caballería sarracena no lanzó ni un solo ataque frontal contra los europeos
para dividir a la falange. Penetrar las líneas enemigas únicamente por medio
del choque era imposible. En vez de ello, los musulmanes se acercaban en grupos
numerosos, atacaban con la espada a los torpes francos, les lanzaban flechas y
se alejaban. Mientras, la línea franca seguía avanzando con la esperanza de que
alguno de sus ataques consi guiera crear una brecha en la irregular formación
enemiga, una brecha que sus propios jinetes conseguirían explotar.
Cada soldado franco, enarbolando su escudo, intentaba clavar su lanza en
las piernas del jinete enemigo o en la cabeza o los flancos de su montura, para
a continuación emplear su espada contra él. El musulmán, por su parte, no
dejaba de golpear contra el escudo del franco, un escudo con un refuerzo de
hierro que también servía de arm a form idable contra la carne desnuda del
enemigo. Gradualmente, los francos iban avanzando en masa, pisoteando y
apuñalando a los jinetes caídos a sus pies, sin perder contacto con sus com
pañeros. En medio del polvo y la confusión de la batalla, lo fundamental para
la infantería no era ver al enemigo, sino mantener la formación mientras avan
zaba y tajaba sin descanso. Por el contrario, los jinetes luchaban ante todo de
m anera individual y necesitaban ver con claridad, para distinguir cualquier
brecha que pudiera abrirse en la línea enemiga o divisar a aquellos soldados
heridos o desorientados que les permitieran irrumpir en la masa enemiga.
Para los soldados de a pie resultaba agotador manejar el escudo y la
lanza contra objetivos móviles. Pero la batalla la decidían también, aparte de
la m era resistencia, otros factores. A corta distancia, un soldado de
infantería representaba un objetivo menos apetecible que un guerrero a caballo.
El primero llevaba un casco cónico, las extremidades protegidas y un escudo que
lo hacían casi invulnerable. No sucedía lo mismo con los jinetes árabes. Cuando
sus caballos eran lanceados o ellos heridos en las espinillas, caían con
facilidad y se encontraban pie en tierra, indefensos. Los cronistas transmiten
la impresión de que Abderramán nunca pensó que sus rápidos jinetes tendrían que
vérselas contra una gran masa de soldados de infantería pesada en un valle cerrado.
En estas condiciones, los mismos elementos que distinguieron al ejército que,
en grupos de dos y tres jinetes, sembró el terror en las calles de Poitiers
garan tizaron su fin a manos de una línea de lanceros pesados en posición
defensiva.
Los hombres de Carlos Martel constituían la primera generación de
soldados de infantería pesada de Europa occidental que se enfrentó a los
ejércitos islá
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micos. Poitiers, por tanto, inauguró una lucha, que se prolongaría
durante casi mil años, entre la disciplina, la fuerza y el armamento pesado de
los europeos occidentales y la movilidad, superioridad numérica y destreza
individual de sus enemigos musulmanes. Mientras los francos mantuvieran la
formación, y lo cierto es que al parecer, y milagrosamente, conservaron el
orden incluso en las postrimerías de la batalla, sin lanzarse en persecución de
los árabes cuando éstos estaban ya en retirada, resultaba imposible
dispersarlos o aplastarlos. Aunque los relatos coetáneos de la batalla
sugieren, de modo erróneo, que cayeron poco más de mil, frente a los cientos de
miles de bajas que sufrieron los árabes, sí puede ser cierto que Carlos Martel
perdió tan sólo a una fracción de sus hombres repeliendo a un enemigo
inusualmente numeroso para la épo ca. Poitiers acabó, como todas las batallas
de caballería, con una enorme y sangrienta extensión de tierra jalonada de
miles de caballos heridos y agoni zantes, mucho material abandonado y buen
número de árabes muertos y heridos. Apenas se tomaron prisioneros, dado el
previo y largo registro de pillajes y asesinatos de los árabes en Poitiers.
La palabra “ europenses” , que utilizó el continuador de la Crónica de
San Isidoro, aparece por vez primera en la literatura histórica como nombre
genérico para los occidentales. Es posible que el cronista quisiera decir,
quizá, que el ejército de Carlos Martel era un crisol de tribus galas y
germánicas, pero también podría ser que al decir “europeos” quisiera marcar una
línea divisoria cultural emergente: los hombres que vivían al norte de los
Pirineos y todavía luchaban según la tradición de infantería pesada de los
romanos y que cuando se enfrentaban a los ejércitos musulmanes, y pese a sus
luchas intestinas, tenían entre sí más semejanzas que disparidades.
Tras un día de lucha, los adversarios, que se habían localizado una
semana antes de la batalla, regresaron a sus campamentos. Los francos se
prepararon para reanudar la batalla al amanecer. Esperaban más refuerzos y, al
mismo tiempo, que una nueva oleada de jinetes árabes atacase sus posiciones. En
vez de ello, cuando al romper el día regresaron al campo de batalla, el
ejército árabe se había desvanecido, dejando abandonadas sus tiendas y el
botín, y a sus muer tos sin enterrar. También había muerto su caudillo, el
emir Abderramán, artífice de la invasión. Los árabes, que tenían pensado ocupar
y saquear Tours -com o habían hecho con la iglesia de San Hilario de Poitiers
los días previos a la ba talla-, abandonaron sus planes.
Poitiers fue tan sólo el comienzo de la expulsión gradual de los
musulmanes del sur de Francia. En la década que siguió a la batalla, los jefes
francos rechazarían nuevas incursiones de tropas islámicas procedentes de
España. El propio Carlos Martel derrotaría a los ejércitos sarracenos en Aviñón
(737) y Corbière (738). Pero Poitiers señaló el extremo septentrional del
avance musulmán en Europa, un lugar que sus ejércitos jamás rebasarían. Con la
casi
166
simultánea expulsión de los árabes de los puertos de Constantinopla en
el año 717, las invasiones islámicas del siglo anterior quedaron por fin
limitadas a la periferia de Europa.
EL MARTILLO
No conocemos la fecha precisa de la batalla, que probablemente tuvo
lugar un sábado del mes de octubre de 732. Algunos historiadores continúan
llamando al enfrentamiento “la batalla de Tours”, puesto que se produjo en
algún lugar entre la vieja calzada rom ana que discurría entre esta ciudad y
Poitiers. La posterior hostilidad de los cristianos hacia Carlos Martel, que
confiscó algunas propiedades eclesiásticas, motivó que muchos cronistas m
edievales restaran importancia al combate o ni siquiera lo mencionaran. Por
otra parte, la gloria de las Cruzadas ensombreció, lógicamente, aquella
confrontación inicial entre los ejércitos musulmanes y europeos. De la mayor
parte de la mitología moderna y de la época referente a la batalla podemos
prescindir. Los invasores musul manes no sumaban cientos de miles de soldados:
una crónica habla de 300.000 bajas sólo en la batalla. Lo más probable, por el
contrario, es que las fuerzas enfrentadas fueran parecidas en número y contasen
con cerca de 20.000 o 30.000 hombres; y, en todo caso y dado el éxito de los
francos a la hora de convocar a la población campesina para defender sus
tierras, es posible que los europeos superasen en número al ejército invasor.
Las bajas musulmanas, desde luego, fueron mucho mayores que las francas, y cabe
cifrarlas en 10.000 muertos. En Poitiers, en efecto, los atacantes fueron
barridos.
La expansión inicial del feudalismo, que coincidía en época con la
batalla, no explica la victoria de los francos. L a mayor parte de las tierras
de propiedad eclesiástica que expropió Carlos Martel para repartirlas entre sus
caudillos y partidarios se produjo después de la batalla. Tampoco se debe a
Carlos Martel, como algunas veces se aduce, la introducción del estribo en las
caballerías europeas. Los estribos, en realidad, aparecieron en Occidente
varias décadas antes y sólo de manera azarosa llegó a apreciar Europa
occidental su gran valor, y aun esto mucho más tarde, entre los siglos ix y XI.
Cuando tratan de explicar la derrota musulmana haciendo hincapié en el
dinamismo tecnológico y las innovaciones organizativas de los francos, muchos
estudiosos confunden dos principios universales de las batallas antiguas y
medievales: uno, que, cuando mantiene la form ación y encuentra una posición
defendible, un cuerpo de infantería pesada de calidad casi siempre derrota a un
cuerpo de caballería de calidad, y dos, que un ejército de caballería que
combate lejos de su país necesita el apoyo de una logística elaborada si desea
ser algo más que una horda de jinetes en busca de forraje y botín.
167
m
La invasión de Abderram án en 732 no fue un intento sistemático de con
quistar Francia y establecer un gobierno musulmán al norte de los Pirineos. Los
cronistas contemporáneos señalan el papel eminente del botín en sus relatos de
la batalla: los árabes habían saqueado todas las iglesias y monasterios que
habían encontrado a su paso en su camino hacia Poitiers, iban cargados antes de
la batalla con el fruto de sus incursiones y huyeron en mitad de la noche
dejándolo todo en sus tiendas para asegurar la retirada. Tanto la moral como la
movilidad de los musulmanes estaban probablemente muy disminuidas cuan do
llegaron a Poitiers, cargados de equipaje y prisioneros. Si hubieran vencido en
la batalla, el saqueo habría continuado -Poitiers está a poco más de
trescientos kilómetros de P arís- y conducido a una esclavización como la que
habían establecido dos décadas antes en el sur de España.
Una Francia islámica en su totalidad era, no obstante, improbable, sobre
todo porque los francos que m andaba Carlos M artel constituían un ejército de
infantería bien armada y bien dispuesta compuesto por 30.000 infantes y varios
miles de jinetes. Además, en España y durante la última parte del siglo v i i i
, los árabes y sus súbditos bereberes lucharon entre sí con tanta frecuencia
como contra los europeos, y es que a las tribus sirias les costaba imponer la
cultura islámica a los pueblos del norte de Africa occidental. Hacía 915 los
musulma nes habían sido expulsados por completo de las fronteras m eridionales
de Francia. En realidad, durante el siglo IX, era más probable el ataque franco
a los asentamientos musulmanes situados al otro lado de los Pirineos que la in
vasión árabe a Francia.
Carlos Martel venció en Poitiers por numerosas razones. Sus hombres com
batían por sus hogares y cerca de los mismos, no por un botín y lejos de sus
bases. Los ejércitos enfrentados tenían fuerzas similares y, cuando hay paridad
numérica, la ventaja siempre es del defensor. Aunque los soldados de ambos
bandos iban equipados con cotas de malla y espadas de acero adaptadas de los
diseños romanos, es probable que los francos utilizasen armaduras y armas más
pesadas. Los Carolingios tuvieron la precaución de prohibir la exportación de
sus cotas de malla y armas ofensivas, de modo que es posible que los francos
contaran con superioridad en diseño y cantidad. Carlos había encontrado una
posición ventajosa en Poitiers en la que su falange no podía ser superada por
los flancos ni rodeada. Mantuvo su formación y ofreció la impresión de estar
dispuesto a luchar completamente a la defensiva. Debido a la sorprendente
resistencia de sus tropas ante las cargas de la caballería en Poitiers, Carlos
comenzó a ser conocido como “el Martillo” (Martellus), en alusión al
martillador bíblico Judas Macabeo, cuyos ejércitos israelitas aplastaron a los
sirios gracias a la intervención divina.
Durante gran parte del siglo vil, los musulmanes, con un ejército de
caballería relativam ente reducido, habían barrido a un número diverso de
enemigos
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más débiles: los Sasánidas y los bizantinos, que estaban muy dispersos,
en Asia, y los visigodos en el norte de África y en España. Sin embargo, cuando
Abde-rramán cruzó los Pirineos, se topó con un adversario muy distinto. Los
estudiosos franceses de la batalla tienen razón al señalar que los árabes
habían tenido éxito contra fuerzas que, como ellos, estaban compuestas por
guerreros nómadas -com o visigodos y vándalos, que habían emigrado a España y
al norte de África-, pero se encontraron contra un muro al luchar contra los
campesinos francos, oriundos de Europa. A ojos de estos estudiosos, la batalla
de Poitiers fue un referéndum que oponía a saqueadores frente a soldados
sédentarisés, que vivían en el mismo lugar, tenían propiedades y optaban por la
batalla de choque y no por la guerra de incursiones.
Los francos, descendientes de los germani del siglo I que describió
Tácito, habitaban originalmente en territorios de la ribera del bajo Rin que
actualmente están en Holanda y Alemania occidental. A l parecer, emigraron en
gran número a la cercana Galia hacia el siglo V. Los estudiosos no se ponen de
acuerdo acerca del origen de la palabra “franco”, aunque la mayoría la asocian
a su famosa hacha arrojadiza, la francisca, o a la vieja palabra germánica freh
o frec, que sig nifica “valiente” o “salvaje” . En cualquier caso, con
Clodoveo (481-511) las tribus francas se unieron en la vieja provincia rom ana
de G alia y constituyeron la monarquía merovingia, que debe su nombre al
legendario caudillo Merovech (Meroveo), abuelo de Clodoveo, que luchó contra
los hunos en Chalons (451).
Tras la muerte de Clodoveo, una serie de guerras dinásticas condujeron a
la creación de varios reinos independientes: Borgoña al sureste, en los valles
del curso alto de los ríos Sena, Ródano y Loira; Austrasia al este, al otro
lado de los ríos Mosa, M osela y Rin, y Neustria al oeste, en las grandes
llanuras que bordean la costa atlántica de Francia. Hacia el año 700 Galia no
era más que un pequeño territorio lleno de Estados belicosos. Hasta que llegó
el reinado de Carlos Martel. Lo cierto es, sin embargo, que los francos se
consideraban cada vez más una nación y menos una tribu, y más cercanos, además,
a la tradición clásica que a la germánica. En realidad, los Merovingios
pretendían remontar su línea ancestral no a los oscuros bosques de Alem ania,
sino a la migración de los troyanos tras la caída de su mítica ciudad.
Carlos Martel no estaba en la línea de sucesión directa al trono
merovingio, era, por el contrario, hijo bastardo del rey Pipino. Pese a la
ausencia de derechos legales al trono franco, puesto que Carlos sólo era
mayordomo de palacio, título equivalente al de duque entre los francos de
Austrasia, se embarcó en un largo esfuerzo por unir los reinos franceses. Sus
victorias dieron pie a la fundación de la dinastía carolingia, mucho más fuerte
y duradera, que vería la reunifica ción de Europa central bajo el reinado de
su nieto Carlomagno. Entre 714 y 732, en dieciocho años de guerra civil
ininterrumpida, Carlos consolidó el viejo reino tripartito de Clodoveo y a
continuación extendió su dominio sobre toda la vieja
170
Galia. Hasta su muerte, acaecida en 741, Carlos pasó casi todos los años
de su reinado guerreando para unir Galia o para librar a Europa del islam. En
el año 734 combatió en Borgoña, al año siguiente consolidó su dominio de
Aqui-tania. Entre 736 y 741 luchó de nuevo en Borgoña, en Provenza y contra los
sajones. Estas guerras casi constantes permitieron que su hijo Pipino (751-780)
gobernase sobre una Francia unida. Oficialm ente, fue el prim er m onarca
carolingio. Con frecuencia, los relatos de la batalla de Poitiers olvidan que
cuan do Carlos llevó a sus infantes al campo de batalla eran ya veteranos
curtidos por casi veinte años de luchas contra francos, germanos y árabes.
Además de su brillante victoria sobre Abderramán en Poitiers, los
coetáneos de Carlos Martel registran otras tres grandes conquistas que reflejan
la continuidad del punto de vista clásico sobre la religión y el gobierno. La
primera consistió en el restablecimiento del control político sobre la Iglesia
por medio de la dis tribución de algunas propiedades eclesiásticas entre
particulares, quienes, a su vez, prestarían servicio en el ejército nacional de
Carlos. La segunda, en intentar ahondar en la secularización de la jerarquía
eclesiástica con la designación de sus propios sirvientes y generales en
diversos cargos religiosos. La tercera, en ampliar el control de los francos
sobre la mayor parte de las viejas Galias romanas y en vincular a sus caudillos
y barones a un ejército nacional que impidió sistemáticamente las incursiones
de los ejércitos musulmanes hasta que el territorio de las viejas Galias se vio
casi libre de sus ataques durante una generación.
Todos los hogares libres del reino de Carlos proporcionaron al ejército
nacional un guerrero adulto. La mayoría de las veces este guerrero era un
soldado de infantería pesada capaz de luchar al lado de infantes de su mismo
tipo equipados con grandes escudos de madera, cotas de malla o jubones de cuero
reforzado, cascos de metal de forma cónica, espadas de hoja ancha y lanzas,
jabalinas, hachas o varias de estas armas. Los antecedentes clásicos explican
el predominio de los soldados de infantería pesada en los ejércitos
merovingios:
El ejército merovingio estaba muy influenciado por el Imperio romano y
sus instituciones y, en comparación, debía m uy poco a los francos, que no
constituían más que una minoría de la población y una pequeña parte de las
tropas. Com o sucedía con muchos aspectos de la vida merovingia, la
organización militar recordaba a Romania, no a Germania (B. Bachrach,
Merovingian Military Organization [La organización militar merovingia], p.
128).
El legado más importante de Carlos Martel, aparte de la creación de un
Estado occidental unificado lo bastante fuerte para detener el avance del islam
en el sur de Europa, fue la continuación de la tradición clásica de reclutar a
hombres libres para formar grandes cuerpos de infantería en los que los
ciudadanos, y
171
no los esclavos o los siervos, constituían el núcleo del ejército.
Carlos Martel restableció el principio según el cual la monarquía franca y la
Iglesia eran dos instituciones separadas, de modo que, en última instancia, las
propiedades y los cargos eclesiásticos dependían de un monarca central. Todo
ello representaba la antítesis de aquello por lo que luchaban sus adversarios
en Poitiers. En teoría, durante el siguiente milenio, todos los Estados
musulmanes fueron teocracias supeditadas a las leyes del Corán, mientras sus
ejércitos de caballería se constituían en torno a cuerpos de siervos soldados.
La línea divisoria cultural de más de mil años de duración que distinguió las
guerras grecorromanas con tra los Aqueménidas y los Sasánidas volvió a hacerse
visible en la lucha del cristianismo frente al islam.
EL ASCENSO DEL ISLAM
El Profeta murió exactamente cien años antes de la batalla de Poitiers.
En el siglo transcurrido entre 632 y 732, un pequeño y débil pueblo árabe se
alzó para conquistar el Imperio sasánida, arrebatar Oriente Próximo y gran
parte de Asia Menor a los bizantinos y establecer un gobierno teocrático en el
norte de Africa. Siglos atrás, los romanos habían construido una muralla para
proteger la provincia de Siria de las belicosas tribus de Arabia, si bien, en
su opinión, poco era el peligro que representaban aquellos pueblos nómadas y
pobres del desierto, que tenían escasa población y nula capacidad logística y
ni siquiera contaban con asentamientos estables. Sin embargo, hacia mediados
del siglo VIH, el reino de los árabes, tras un vertiginoso ascenso, tenía dominios
en tres continentes y controlaba una región que superaba en tamaño al antiguo
Imperio romano.
Las conquistas árabes fueron resultado de dos fenómenos: el contacto
previo con los bizantinos, de quienes tomaron prestadas, saquearon y luego
adaptaron armas, armaduras y parte de su organización militar, y la debilidad
de los persas sasánidas y de los visigodos, que dominaban las antiguas
provincias romanas de Asia y norte de Africa. Con frecuencia se olvida que la
veloz expansión del islam entre los siglos VIH y X era en realidad una
reconquista de territorios que, en Persia o en Europa, habían sido dominados
por extranjeros durante largo tiempo. Pese a casi setecientos años de dominio
griego y romano en el norte de África, las poblaciones locales aún mantenían
prácticas religiosas, lingüísticas y culturales indígenas y superaban
ampliamente a los europeos y a sus elites instruidas y occidentalizadas. El
islam acabó con todo ello. Cuando las viejas provincias asiáticas y africanas
recuperaron una religión y un gobierno orientales, de lo que fuera el viejo Im
perio romano, sólo Europa evitaba la invasión del islam. Pero la conquista de
Europa central - a la que los cronistas árabes se referían como “la Gran
Tierra” - era asunto muy distinto. Resulta
772
comprensible que el islam, que carecía de una tradición de infantería
pesada, batalla de choque y militarismo cívico y no tenía capacidad para crear
y man tener largas líneas de suministro y transporte, se estancara en su
ataque contra Occidente hasta el despertar otomano del siglo X V .
Pero la debilidad de otros imperios, la adaptación de las armas y la
organización bizantinas y la naturalidad de que un reino asiático dominara en
Asia no bastan para explicar las milagrosas conquistas del islam. Los ejércitos
árabes vencían, además, a causa de la peculiar naturaleza de su nueva religión,
que ofrecía a los nómadas singulares incentivos por los que luchar. Se
estableció una novedosa relación entre la guerra y la fe, creando una cultura
religiosa que recompensaba con el paraíso la muerte del infiel y el saqueo de
las ciudades cristianas. El asesinato y el pillaje, dentro de un contexto
adecuado, se convirtieron en acciones piadosas.
Además, el avance de los musulmanes en territorio persa, bizantino y
europeo se consideraba un hecho natural, dictado por el destino. El mundo ya no
estaba limitado por fronteras nacionales o esferas de influencia étnica, al
contrario, era el dominio único de M ahom a, bastaba con que sus seguidores
tuvieran el valor suficiente para cumplir las visiones del Profeta. El islam no
era una religión estática o reflexiva, sino un credo dinámico para el que la
conquista y la conversión eran condiciones inexcusables para la armonía del
mundo. El islam, por lo demás, nació en un momento oportuno para las
conquistas, cuando los decadentes centros urbanos de los im perios persa y
bizantino del siglo V il eran especialmente vulnerables a los ataques de
grandes ejércitos de caballería compuestos por guerreros imbuidos de moral.
Por último, la raza, la cuna y la condición social eran elementos
secundarios para la fe. El esclavo, el pobre y el extranjero de piel pálida u
oscura eran bienvenidos en el ejército de M ahom a siempre y cuando profesaran
una fe absoluta en el islam. M uy probablemente, el ejército de Abderramán que
in vadió Poitiers estaba compuesto en su mayoría por conversos bereberes,
diri gido por árabes de Siria y repleto de judíos y visigodos españoles
invadidos y conversos. L a árabe era una tribu relativam ente pequeña, de modo
que la mecánica de pacificación y control de sus nuevos dominios islámicos
resultaba imposible sin la participación activa de los pueblos conquistados.
El contraste entre el fulminante ascenso del islam y la expansión
gradual del cristianismo se pasa por alto muy a menudo, pero no deja de ser
sorprendente. Com o sostuvo Edward Gibbon, en términos estrictamente militares
el auge del cristianismo en el milenio (500-1500) que siguió a la caída del
Imperio romano occidental debilitó a los ejércitos occidentales. L a atrofia
militar europea se debía no sólo a los cismas religiosos y a las rivalidades
dinásticas, ni siquiera a la pérdida de la uniformidad que proporcionaban el
latín y la cultura romana, sino, en buena parte, a la propia naturaleza del
dogma cristiano.
m
L a adoración de Jesús, que fue sobre todo un místico que no pertenecía
a este mundo -no era soldado, ni comerciante, ni político-, el mensaje del
“Sermón de la montaña” y la declaración de que había que “ dar al césar lo que
es del césar” resultarían, con el tiempo, pobres incentivos para conseguir la
unidad política de Europa, la ortodoxia religiosa y el poder militar. Las
tradiciones pacifistas del cristianismo marcaron a corto plazo un agudo
contraste con el islam, cuya teoría predicaba que los musulmanes no debían
enfrentarse a otros creyentes, pero sí matar a todos los infieles hasta que no
existiera “más dios que A lá” . En época tan tardía como el siglo xil, los
padres de la Iglesia intentaron negar un enterramiento cristiano a todo aquel
caballero que m oría en una justa o torneo. Su objetivo no era solamente el de
salvar europeos para la lucha contra el islam, además, querían ahorrar un
espectáculo bárbaro y sanguinario a la sociedad cristiana, que lo había
aceptado de manera cotidiana. Poner la otra mejilla, sentir repulsa hacia el
derramamiento de sangre y prepararse para el mundo venidero en el presente eran
ideas antitéticas a la mayoría de las nociones clásicas de militarismo cívico,
patriotismo y al celo demostrado por el Estado a la hora de reconocer las
hazañas militares. El mensaje del Nuevo Testamento era muy distinto al de la
Ilíada y la Eneida, o al del Corán.
El ejército árabe no fue diseñado para combatir por medio del choque
sistemático de la infantería pesada, seguido de la toma del territorio y la im
plantación de guarniciones perm anentes, que era el procedim iento que seguían
los ejércitos m acedonios, rom anos y bizantinos de los im perios occidentales.
El ejército islám ico, compuesto en su m ayoría por tropas de caballería,
prefería la rapidez y la movilidad y optaba por sembrar el pánico, convencido
de que era la ideología y no las murallas la que le aseguraría vic torias
duraderas. Las incursiones y las emboscadas de jinetes y no las batallas
decisivas entre falanges de infantería pesada m arcaban la doctrina militar
musulmana:
La estructura de los ejércitos islám icos era m uy distinta a la de los
occidentales. Predominaban los jinetes de todas clases y la infantería
desempeñaba un papel limitado. [...] Tenían gran confianza en las em
boscadas, en parte porque ésta era una táctica obvia para la caballería ligera.
Pero el verdadero contraste entre Oriente y Occidente estaba en la manera de
afrontar la batalla. En todo el mundo, el choque cercano era decisivo y la
tradición occidental apostaba por librar enfrentamien tos de este tipo lo
antes posible. En Oriente, la caballería ligera permi tía rodear por los
flancos y desorganizar las formaciones enemigas por medio de movimientos
rápidos (J. France, Western Warfare in the Age of the Crusades [La doctrina
bélica occidental en la época de las Cruzadas], pp. 212-213).
174
Mientras los árabes se enfrentaron a un imperio decadente como el
sasánida o a las tribus visigodas del norte de África y España, su éxito estuvo
garantiza do. Ninguna de estas dos potencias podía agrupar a suficientes
tropas de infantería pesada como para obligar a los musulmanes a librar una
batalla campal. Tras la desastrosa batalla de Manzikert (1071), incluso los
bizantinos se percatarían de que ya no tenían ni las fuerzas ni el apoyo
logístico suficientes para derrotar al islam en Asia.
La vertiginosa expansión del islam fue asombrosa. En el año 634, tan
sólo dos años después de la muerte de Mahoma, los ejércitos musulmanes estaban
inmersos en la conquista de Persia. Siria cayó en 636, Jerusalén fue capturado
en 638. Alejandría, llave del territorio visigodo del norte de África, fue
ataca da en el año 641. Cuarenta años después los musulmanes estaban a las
puertas de Constantinopla y entre 673 y 677 estuvieron a punto de capturarla.
Hacia 681 los árabes llegaron a las proximidades del Atlántico, formalizando la
in corporación al islam de los viejos reinos bereberes. Cartago fue tomada
defi nitivamente en el año 698; Kahina, su última reina, fue capturada y
decapitada, y su cabeza enviada al califa de Damasco. Sólo catorce kilómetros
separaban al islam de Europa. En 715 los visigodos de España ya habían sido
conquistados y las incursiones periódicas en el sur de Francia eran moneda
corriente. En 718, los árabes, que habían cruzado los Pirineos en gran número,
ocuparon Narbona. Mataron a todos los varones adultos y condenaron a la
esclavitud a sus mujeres y niños. Hacia 720 campaban por Aquitania a su antojo.
L a gran expedición de 732, que lideraba Abderram án, el gobernador de la
España morisca, ya había capturado Poitiers y se dirigía hacia Tours con
intención de saquearla cuando fue interceptada por Carlos Martel entre los
pueblos de Vieux-Poitiers y Moussais-la-Bataille sobre la calzada que conducía
a Orleans.
El resto del siglo ix y durante todo el siglo X, la guerra entre Oriente
y O c cidente estallaría en el norte de España, al sur de la Península
Itálica, en Sicilia
y en las demás grandes islas del M
editerráneo. El viejo mare nostrum de los romanos se convirtió en el nuevo
frente de batalla entre dos culturas antitéticas. L a presencia de barcos
musulmanes en el M editerráneo y las guerras casi constantes con los bizantinos
en el Adriático y el Egeo provocaron la separación permanente de Europa
oriental y occidental. Se abandonó la idea de unificar el viejo imperio y en
Europa creció la rivalidad entre el este cristiano ortodoxo, monolítico e
imperial, y los Estados fragmentados y belicosos del oeste católico
y romano.
Sin embargo, en una guerra de jinetes no todo son ventajas, y es que
resulta muy difícil transportar por mar a los ejércitos de caballería. Además,
estos ejércitos requerían enormes cantidades de forraje y abundante tierra de
pasto y tenían muchas dificultades para cruzar los pasos de montaña con grandes
efectivos. Cuando los musulmanes llegaron a los valles de España y del este de
Europa,
175
no encontraron la misma geografía que en las estepas del desierto; la
orografía, por ejemplo, no favorecía los grandes ataques de flanco de la
caballería. Por lo demás, las tropas procedentes de Oriente Próximo nunca
fueron lo bastante numerosas como para crear las bases de un ejército nacional.
Acabarían por depender de soldados esclavos: mamelucos en Oriente Próximo y,
más tarde, jenízaros otomanos. Cuando la m area islám ica bañó las costas de
Europa occidental y del Imperio bizantino, su avance comenzó a detenerse. Se
estableció una línea estática de defensa a m edida que, en España, los Balcanes
y el Mediterráneo oriental, la civilización de Occidente iba retomando la
ofensiva gracias a fuerzas de infantería compuestas en su mayoría por hombres
libres.
¿EDAD OSCURA?
Con la caída del Im perio rom ano occidental a fines del siglo V, el
norte de Europa perdió un dominio unificado, y el Mediterráneo, el norte de
África y Asia se quedaron sin una economía de mercado integrada, al menos
durante algún tiempo. En las zonas rurales, la ausencia de legiones que se
hicieran cargo de la seguridad frente a forajidos e invasores condujo al
principio a mayores trastornos, mientras que empezó a considerarse que no era
el valor de los soldados en las batallas cam pales sino las grandes
fortificaciones lo que garantizaba la defensa de las ciudades. L a falta de un
sistema tributario cen tralizado condujo al descuido o abandono de acueductos,
terrazas, puentes y canales de irrigación, lo que provocó la falta de agua
potable en las ciudades y el declive de la productividad agrícola a
consecuencia del aumento de la sedimentación en los valles y de la erosión de
los cultivos en terraza.
El deterioro del gobierno imperial centralizado y el colapso de la
cultura ur bana significaron, además, el fin de los grandes ejércitos
estables. Italia, Hispania, G alia y Britania, a falta de la autoridad de Rom
a, se vieron convulsionadas por una serie de invasiones y migraciones
protagonizadas por vándalos, godos, lombardos, hunos, francos y germanos. Sin
embargo, los pueblos victoriosos recién llegados de los siglos VI y v il
abandonaron su cultura nómada y con frecuencia se establecieron de forma permanente
en los antiguos territorios romanos, se convirtieron al cristianismo
gradualmente, aprendieron latín y establecieron pequeños reinos vagamente
regidos según la vieja burocracia y la tradición legal romanas. Si los nuevos
ejércitos de Europa occidental eran pequeños y fragmentarios en comparación con
los de Rom a y a menudo se refugiaban en castillos y ciudades fortificadas,
continuaron recurriendo a las levas para formar unidades de infantería pesada
que, cuando era necesario entablar una batalla decisiva, luchaban en columna y
no como las antiguas hordas tribales.
La caída definitiva de Rom a trajo consigo un declive poblacional en
Europa occidental. La actividad económica, por lo demás, experimentó un largo
pe ríodo de letargo durante la alta Edad M edia (siglos Vl-ix). La Iglesia
comenzó a usurpar propiedades públicas y privadas; necesitaba enormes
extensiones de terreno para sostener monasterios, templos y conventos. E l
clero, en un sentido estrictamente económico, no resultaba especialmente
productivo. Si en algunos casos los aristócratas francos y lom bardos dedicaron,
con muy poca sabiduría, las haciendas de los viejos patricios romanos a la cría
de caballos, la Iglesia se valió de las cosechas de una tierra de cultivo
escasa y por tanto preciosa para sostener una enorme burocracia y un ambicioso
program a de construcciones. H acia finales del siglo v ni uno solo de los
reinos situados entre la Italia lombarda y la España visigoda podía reunir un
ejército del tamaño del contingente romano que fue aniquilado en Cannas
setecientos años antes.
Sin embargo, la caída de Rom a sirvió en muchos casos para difundir y no
para destruir la civilización clásica. Muchos fragmentos del Imperio se
recobraron lentamente y mantuvieron vivo el corazón cultural del viejo
Occidente. La escritura no se detuvo. En realidad, la literatura y la
investigación científica jam ás se perdieron por completo. El latín continuó
siendo la lengua escrita ofi cial del gobierno, de la Iglesia y de las leyes
desde Italia hasta el mar del Norte. La alta Edad M edia, o Edad Oscura (un
término que originalmente aludía a la escasez de saber escrito que la época
legó a los siglos posteriores), se caracterizó no tanto por el caos de un
imperio caído como por la nueva difusión de gran parte de la cultura clásica
-lengua, arquitectura, doctrina m i litar, religión y experiencia económ ica-
en el norte de Europa, especialmente en Alemania, Francia, Inglaterra, Irlanda
y Escandinavia.
El islam se extendió en el sur y en el este a causa de la creación de un
nuevo Estado completamente teocrático. Por el contrario, los restos de la
cultura clá sica, fundidos con el cristianismo, se propagaron por la Europa
occidental y septentrional debido precisamente a la caída del Imperio romano. “
Pese a los trastornos y las pérdidas” , señaló Henri Pirenne en relación al
supuesto fin de la civilización romana en el norte de Europa durante el siglo
V, “no aparecen principios nuevos, ni en el orden económico, ni en el orden
social, ni en la situación lingüística, ni en las instituciones. Lo que
subsiste de civilización es mediterráneo” (Henri Pirenne, Mahomay Carlomagno,
p. 228).*
En realidad, los siglos v i y v il fueron testigos de muchas mejoras.
Durante las últimas décadas del Imperio romano se produjo un desplazamiento
gradual de campesinos, una gran concentración de la riqueza y una constante
lucha de clases en las ciudades. La continuidad de la cultura clásica en la
antigua Galia entre los siglos v i y V III, incluso con condiciones materiales
radicalmente dife
* Madrid, Alianza Editorial, 1984, traducción de Esther Benítez.
177
rentes y problemáticas, en muchos casos significó que las autoridades
locales asumieran más responsabilidades en los problemas del campo de lo que
había hecho Rom a en sus dos últimos siglos. Con los Merovingios y los
Carolingios no reapareció la elevada cantidad de esclavos que había
caracterizado a la ci vilización romana (hacia el siglo IV, en ciertas partes
del Imperio casi una cuarta parte de la población eran esclavos). Aunque las
riquezas y la idea de nación que crearon los romanos desaparecieron durante
algún tiempo de Occidente, la m ortífera tradición militar de la Antigüedad
clásica se mantuvo viva. La m ayoría de los grandes descubrimientos militares
en lo relativo al armamento y las tácticas que aparecerían en el milenio
siguiente se originarían en Europa. Eran los dividendos, entre otros muchos,
que arrojaba la cultura occidental ante la difusión del saber empírico, el
método científico y la investigación libre.
El “fuego griego” surgió en Bizancio cerca del año 675. Aunque seguimos
sin conocer los ingredientes exactos y las proporciones de la mezcla, parece
ser que el torrente de llamas que disparaban las galeras bizantinas era una
potente combinación de nafta, azufre, aceite y cal viva que el agua no podía
apagar, una espuma tóxica casi inextinguible que podía abrasar a los buques
enemigos en cuestión de segundos. Tan ingenioso como la composición química del
fuego griego era el método para lanzarlo, que suponía un gran conocimiento
sobre mecanismos de bombeo, presurización e ingeniería mecánica. Se calentaba
el depósito sellado que contenía el material por su parte de abajo, con fuego
avi vado por combustible y unos fuelles, y se inyectaba la mezcla gelatinosa
gracias a una bom ba de aire comprimido. A continuación, la mezcla se
introducía por un largo tubo de bronce y, al llegar al final de éste, se
prendía. L a boca de este primitivo lanzallamas se convertía en un torrente de
fuego. Los buques equipados con un ingenio tan brutal permitieron a la pequeña
flota bizantina hacerse con el dominio del Mediterráneo oriental y salvar
Constantinopla en varias ocasiones -ninguna más espectacular que la del año
717, cuando, en las aguas que rodeaban la capital de Bizancio, León III
incendió la escuadra del califa Solimán-,
H ay mucha controversia acerca de cuál es el origen preciso del estribo
-quizá sea un invento asiático-, pero lo cierto es que hacia el año 1000 la
mayoría de los jinetes occidentales utilizaban nuevas sillas equipadas con
estribos. Es po sible, por supuesto, que lo conocieran a través de los árabes,
que a su vez habían copiado los diseños originales tal vez de los bizantinos o,
gracias a los contactos comerciales establecidos a principios del siglo V il,
de pueblos más orientales. En los reinos occidentales, el estribo no era sólo
una ayuda para dominar al caballo, sino parte esencial del equipo del nuevo
caballero que luchaba lanza en ristre. Gracias al estribo, cuando se lanzaba al
galope para lancear a un objetivo, el caballero podía, por vez primera,
amortiguar el golpe sin caer de su montura. Si este tipo de lanceros jam ás
podría quebrar la resistencia de un
178
auténtico cuerpo de infantería, en pequeñas unidades sí podría acabar
con grupos aislados de soldados de a pie lanzados al ataque o en retirada. La
introducción del estribo no supuso que los lanceros pesados dominasen a partir
de entonces a los ejércitos europeos, sino que estos ejércitos, de los que la
infantería continuaba siendo su núcleo fundamental, podrían, en los momentos
clave de la batalla -es decir, cuando aparecía alguna brecha en la línea enemi
ga o cuando se producía alguna dispersión-, enviar pequeñas unidades de jinetes
con gran capacidad mortífera que matarían impunemente a soldados de infantería
ligera y a todos aquellos infantes que estuvieran desorganizados.
La ballesta, que en Europa se utilizó a partir del año 850, era un arma
de pe queño tamaño derivada del arco de vientre clásico en la que unos cables
de torsión y unas ruedas dentadas sustituían la clásica manivela. Los
especialistas aluden a las deficiencias de la ballesta en comparación con el
arco largo inglés o el arco compuesto oriental, puesto que ambos tenían mayor
alcance y mejor porcentaje de acierto. La ballesta, sin embargo, no requería
tanta instrucción ni cansaba al arquero tanto como los arcos manuales y,
además, sus saetas de metal, más cortas que las flechas, tenían mayor poder de
penetración a corta distancia. Sólo las saetas de una ballesta podían atravesar
las pesadas cotas de malla de los caballeros, de modo que un hombre
relativamente pobre y sin mucho entrenamiento podía matar a un jinete
aristócrata y a su acorazada mon tura en cuestión de segundos y por el coste
de un pequeño proyectil metálico. En consecuencia, la Iglesia promulgó diversos
edictos contra su uso, un gesto de represión tecnológica sin ninguna tradición
en Occidente. Finalmente, sin embargo, abogó por que se prohibieran las
ballestas únicamente en las guerras intestinas entre cristianos.
Las máquinas de asedio experim entaron mejoras constantes. A partir de
1180 se construyeron enormes catapultas que se accionaban mediante unos
contrapesos y no sólo por mecanismos de torsión. Algunos trabucos tenían hasta
diez toneladas de contrapesos y eran capaces de arrojar pedruscos de más de 150
kilos a una distancia superior a los cien metros, lo cual suponía exceder en
cinco veces la potencia de las viejas catapultas de torsión romanas. Asimis mo
se construían fortificaciones de piedra de una altura inconcebible para los
ingenieros de la Antigüedad y con una intrincada estructura de torres, alme
nas y recintos interiores. Los castillos y murallas de Europa no sólo eran
mayores y más recios que los de África u Oriente Próximo, eran también más numerosos
debido a las innovaciones en el arte de la cantería y en el transporte y
mecanismos de elevación de la piedra. Las planchas de armadura, frecuentes en
todo el continente hacia 1250, fueron también una especialidad europea, de modo
que la mayor parte de los caballeros e infantes de Europa estaban mucho mejor
protegidos que sus adversarios musulmanes. Cuando, en el siglo x iv y proce
dente de China, se introdujo la pólvora en Occidente, sólo Europa pudo fabricar
179
cañones pesados fiables -Constantinopla cayó en 1453 gracias al empleo
de artillería de fabricación europea- y armas de fuego en grandes cantidades.
Además, ya hacia 1430 eran frecuentes en aguas europeas los barcos de varias
velas y completamente aparejados, superiores a cualquier bajel otomano o a las
naves chinas.
U na de las claves de esa capacidad de los europeos para fabricar armas
de calidad, junto a una doctrina táctica innovadora y fluida, fue la gran
acogida de las publicaciones dedicadas a las investigaciones militares, que
reunían ex periencia y teoría para ofrecer consejos pragmáticos a los
comandantes en el mismo campo de batalla. Los últimos manuales romanos de
Frontino, y en mayor medida los de Vegecio, se copiaron a lo largo de toda la
baja Edad Media y se convirtieron en la lectura de cabecera de muchos caudillos
europeos. Ra-bano M auro, arzobispo de M aguncia en el siglo IX, publicó su De
re militari anotado específicamente para mejorar el comportamiento bélico de
los francos. Durante los cuatrocientos años siguientes, aparecieron en toda
Europa traducciones y adaptaciones de Vegecio escritas por Alfonso X
(1252-1284), Bono Gimaboni (1250) y je a n de Meung (1284).
Las técnicas de asedio de los europeos no tenían parangón precisamente
porque seguían la tradición clásica de la poliorketica (o “ arte del asedio de
ciudades”). Existían manuales como el Mappae Clavicula, que enseñaba al ejér
cito sitiador el manejo de máquinas de asedio e ingenios incendiarios. Los
emperadores Mauricio (Ars militaris) y León V I (Táctica) inspiraron las
tácticas navales y terrestres bizantinas con la preparación de manuales que sus
almirantes y generales emplearían para mantener el Mediterráneo y sus puertos a
salvo de las escuadras árabes. Por el contrario, los musulmanes no escribían
sobre la guerra desde un punto de vista abstracto, teórico o ni siquiera
práctico, sino más holístico y filosófico y ante todo preocupados por las
normas y la conducta que debían imperar en el yihad.
Entre los primeros francos esta necesidad de escribir acerca de la
guerra y de publicar manuales sobre su práctica emulaba directamente a los
pensadores griegos y romanos. Pero la práctica militar no se desarrollaba en el
vacío. Estaba, por el contrario, estrechamente relacionada con la presencia de
una elite instruida familiarizada con las ideas clásicas sobre armamento y
organización militar. Los Carolingios se propusieron la conservación
sistemática de los manuscritos clásicos y se esforzaron por garantizar que la
educación siguiera la tradición grecolatina:
Aunque definida por la religión, Europa era también una comunidad de
sabios que leían y escribían en la misma lengua latina y que rescataron gran
parte del legado de la Antigüedad de una pérdida irreparable. En los siglos ix
y x, los maestros diseñaron un nuevd currículo de estudios
180
basado en parte en los clásicos que habían redescubierto. Con ello
sentaron las bases de las prácticas educativas de los siglos venideros (P.
Riché, The Carolingians [Los Carolingios], p. 361).
Además, la tradición historiográfica de Grecia y Rom a continuó en el
oriente
y occidente cristianos, siguiendo,
m uy especialm ente, la aproxim ación de Heródoto, Tucídides, Tito Livio y
Tácito según la cual la historia era ante todo el relato de los acontecimientos
bélicos y políticos. Desde este punto de vista, Gregorio de Tours (534-594,
Historia de los francos), Procopio (nacido h. 500, Historia de las guerras
deJustiniano), Isidoro de Sevilla (Historia de los godos, escrita en 624) y
Beda el Venerable (672-735, Historia eclesiástica del pueblo inglés) aportaron
detalles antropológicos sobre diversas tribus como parte de exégesis más
amplias dedicadas a conquistas y derrotas interculturales. Las obras de cientos
de cronistas y com piladores menos conocidos circularon por toda Europa. El núm
ero de títulos publicados en el continente superaba el de cualquier otro lugar
del mundo.
Hubo numerosos historiadores musulmanes desde los primeros tiempos del
islam, muchos de los cuales eran imparciales y notablemente críticos, pero
pocos de ellos consideraban que hubiera historia antes del Profeta (siguiendo
la máxima: “El islam cancela todo lo que hubo antes que él”). El Corán, además,
limitaba los parámetros de la investigación. L a primacía histórica y literaria
del texto sagrado no toleraba la competencia de los simples mortales. A l
contrario de lo que sucedía con la historiografía clásica -h ay pocas
evidencias de que, en los primeros años del islam, hubiera alguna traducción
árabe de los grandes historiadores griegos-, los defectos morales y no los
errores tácticos o las fallas estructurales se citaban como motivo de las
derrotas islámicas. Tras Poitiers, los cronistas árabes, como sucedería con los
observadores otomanos después de Lepanto, atribuyeron el desastre musulmán a su
propia depravación e impiedad, que habían desencadenado la ira de Alá.
El arado de reja metálica tirado por caballos surgió en Europa. Esta
herramienta permitía roturar la tierra con mayor rapidez y más en profundidad
que los viejos arados de madera arrastrados por una yunta de bueyes. El aumento
de eficacia de los cultivos dio a los occidentales más alimentos y
oportunidades que a sus homólogos del sur y del este. A finales del siglo xn ,
los molinos de viento, que no tenían paralelo en Oriente Próximo ni en el resto
de Asia, aparecieron en Inglaterra y el norte de Europa. Con un eje rotor
horizontal y un mecanismo a base de engranajes, estos ingenios molían trigo a
una velocidad inimaginable en la Antigüedad clásica o en el Oriente de sus
contemporáneos. Los molinos de agua -sólo en la Inglaterra del siglo x i había
5 .000 -, con sistemas de funcionamiento mejorados, se utilizaban no sólo para
moler grano, sino también para manufacturar papel, tejidos y metal. A
consecuencia de ello, los ejércitos
181
occidentales podían combatir con mayor facilidad lejos de su lugar de
proce dencia, porque podían llevar consigo m ayor cantidad de suministros y
porque los granjeros podían implicarse en una campaña durante períodos más
largos. Los historiadores aluden con frecuencia al desorden que imperaba en los
ejércitos cruzados, con pendencias constantes entre los mandos, horribles
condiciones de vida y tácticas en ocasiones estúpidas, olvidando que el
transporte y sumi nistro de miles de soldados de una costa a otra del
Mediterráneo son en sí mismos una manifestación de genio logístico sin parangón
en los ejércitos islámicos de la época.
L a ciencia y la tecnología no salvaron por sí solas a los pequeños y
fragmen tados ejércitos europeos de sus adversarios. La tradición clásica de
formación de unidades de infantería y reclutamiento de propietarios también se
mantuvo viva. El mando militar y la disciplina seguían la tradición romana, de
forma que, con toda naturalidad, se respetó la nomenclatura griega y latina.
Los emperadores bizantinos, a la manera de los caudillos macedonios, llamaban a
sus soldados systratiotai, es decir, “camaradas de armas” . Los generales, como
en la Grecia clásica, continuaron llamándose strategoi, y los soldados,
stratiotai, cuando en Occidente los soldados libres eran milites, que a su vez
se dividían en pedites (soldados de a pie) y equites (jinetes). A los ciudadanos
se los continuó reclutando de acuerdo a códigos de conducta legales y públicos
llamados “capitularios” que especificaban sus derechos y deberes.
El ejército de Carlos Martel no era tan disciplinado ni tan grande como
un ejército consular romano, pero la forma en que sus soldados de infantería
pe sada eran reclutados, atacaban a pie y mantenían la formación era coherente
con la tradición clásica. Las campañas exigían una aprobación en asamblea y los
jefes debían pasar un control de su conducta después de la batalla.
A finales del siglo VIII, dos obstáculos que parecían insuperables y que
du rante los siglos v y vi habían debilitado las levas imperiales, a saber, el
hecho de que los ciudadanos romanos dejasen de servir en su propio ejército y
los pre ceptos de la Iglesia cristiana temprana contra el militarismo cívico y
las guerras de conquista, comenzaban a sufrir cierta erosión. San Agustín, que
había escrito La ciudad de Dios tras el saqueo de Rom a en el año 410, quería
asociar el castigo divino con los pecados de los romanos. Antes incluso,
algunos emperadores cristianos como Graciano habían desmantelado las estatuas
públicas y prohibido la conmemoración de las victorias militares porque, de
algún modo, se oponían al mensaje de paz y perdón de Cristo. Sin embargo, en la
primera Edad Media, el pacifismo de los padres romanos de la Iglesia, como
Tertuliano (Ad mártires, De corona milites), Orígenes (Exhortatio ad martyrium,
De Principiis) y Lactancio (De mortibus persecutorum), se pasó por alto en
numerosas ocasiones, puesto que el credo del Antiguo Testamento y su idea de
hacer la guerra al infiel se impuso al mensaje de los Evangelios. Tomás de
Aquino, por ejemplo, perfiló
182
las condiciones en que una guerra cristiana podía ser una guerra “justa”
: en virtud de su causa, un conflicto armado podía convertirse en una em presa
cristiana y moral. El cristianismo nunca tendría el fervor marcial del islam,
pero durante la alta Edad M edia soslayó más o menos sus tempranas pretensiones
pacifistas y su distanciamiento de los mundanos asuntos de la política. Para
mantener al islam a raya se invocaba a los ejércitos de Josué y Sansón, no las
amables amonestaciones de jesús.
Es posible que las sociedades francas, lombardas, godas y vándalas
fueran tribales y sus ejércitos estuvieran mal organizados, sin em bargo,
aquellos “bárbaros” compartían de un modo general la idea de que, en cuanto
hombres libres pertenecientes a una comunidad, estaban obligados a luchar, y
tenían libertad para hacer acopio del botín de sus enemigos. Desde el punto de
vista del militarismo cívico, tenían más en común con los viejos ejércitos
clásicos de pasado republicano que con los legionarios que la Rom a imperial
contrataba para defender sus fronteras:
La confianza generalizada en los ciudadanos-soldados de que hacía gala
Occidente rebajó las demandas de gastos militares de los gobiernos centrales.
[...] De hecho, la flexibilidad de Occidente a la hora de basar su evolución en
los avances que tuvieron lugar durante el período tardío del Imperio romano dio
como resultado una enorme potencia militar que demostró su valor, por ejemplo,
en el éxito que durante dos siglos consiguieron los Estados cruzados contra un
enemigo muy superior (B. Bachrach, “ Early M edieval Europe”, en K . Raaflaub y
N. Rosenstein, eds., War and Society in the Ancient and Medieval Worlds [Guerra
y sociedad en la Antigüedad y en la Edad Media], p. 294).
Las legiones cayeron no a causa de debilidades organizativas, atraso
tecnológico o problemas de mando y disciplina, sino debido a una escasez de
ciudadanos libres dispuestos a luchar por su propia libertad y los valores de
su civilización. Los bárbaros, sin embargo, sí tenían esta clase de guerreros.
Por eso, cuando absorbieron el espíritu del militarismo cívico, consiguieron
formar diversos y eficaces ejércitos locales. Los musulmanes lo aprendieron en
Poitiers.
INFANTERÍA, PROPIEDAD Y CIUDADANÍA
¿HUBO UN MONOPOLIO DE LA CABALLERÍA?
Carlos Martel y los monarcas carolingios -sobre todo, su hijo Pipino III
y su nieto Carlom agno - sentarían las bases del Estado feudal de la Edad M
edia
183
con el que, a partir del año 1000, asociamos los caballeros, la sociedad
caba lleresca y las enormes cabalgaduras que acudían a la batalla cubiertas de
una armadura. Por lo general se entiende que, entre la caída definitiva de Rom
a (hacia el año 500) y la difusión de la pólvora (hacía 1400), el caballero se
convirtió en el dominador de todos los campos de batalla de Europa. En
realidad, en la m ayor parte de los enfrentamientos que tuvieron lugar durante
aquellos mil años, los infantes continuaron superando a los caballeros en una
proporción de al menos cinco a uno.
Incluso a fines de la Edad M edia, en las tres batallas más importantes
de la guerra de los Cien Años, es decir, Crécy (1346), la segunda batalla de
Poi-tiers (1356) y Agincourt (1415), la m ayoría de los com batientes que iban
a caballo, que eran minoría tanto en el ejército inglés como en el francés,
des montaron y lucharon a pie. Los temibles caballeros de Cortés, que
dispersaron a una enorme m asa de aztecas, no llegaban ni al 10% de los
conquistadores de M éxico . El muro de infantería que Carlos M artel formó en
Poitiers no era ninguna rareza. Los infantes francos, suizos y bizantinos
prefiguraban, sin saberlo, lo que sería el núcleo de sus respectivos ejércitos
en la baja Edad Media.
Aunque es cierto que el arte m edieval glorificó al jinete como
caballero aristócrata, que la Iglesia pretendió insuflarle un sentido de
responsabilidad moral en la preservación de la sociedad cristiana y que la m
ayor parte de las monarquías buscaban el apoyo natural de las elites montadas
de grandes terratenientes, en Europa, los jinetes nunca fueron lo
suficientemente numerosos o versátiles, ni resultaron lo bastante económicos,
como para garantizar la vic toria en las grandes batallas, especialmente en
aquellas en que intervinieron entre 20.000 y 30.000 combatientes. Los
Carolingios no intervinieron en ningún enfrentamiento en el que la infantería
no fuera el cuerpo dominante. Hay que situar el papel del feudalismo y la
imagen romántica de los primeros caballeros en la perspectiva cultural
apropiada:
El feudalismo carolingio, a pesar del hincapié que hacía en la posesión
de un caballo, no puede equipararse al sistema militar de los nómadas. Las
tierras cultivadas de Europa occidental podían albergar un ganado caballar no
muy grande, y los ejércitos feudales que respondían a la llamada de las armas
en nada se parecían a una horda del nomadismo montado; la diferencia se debía
en gran medida a la distinta cultura militar de las tribus teutónicas, que
propugnaban el combate cuerpo a cuerpo con armas afiladas, una tradición
reforzada por sus encuentros con los ejércitos romanos antes de que éstos
hubiesen relajado el entrenamiento legionario. Esta cultura no se había perdido
cuando los guerreros occi dentales comenzaron a hacerse jinetes y fue
reforzada por la capacidad
184
del equipo que utilizaban y las armas que usaban a caballo (J. Keegan,
Historia de la guerra, p. 346).*
El ejército de Carlos Martel en la batalla de Poitiers era fiel a una
tradición occidental de 1.400 años de antigüedad que comenzó en Grecia y Roma y
pri maba a una infantería de propietarios por encima de cualquier otra arma.
Las razones de este original nacionalismo occidental, que se traducía en
soldados de a pie fuertemente armados y protegidos, eran, una vez más,
exclusivas de Europa y tenían que ver con una realidad económica, política,
social y militar que se había consolidado en Grecia y que había logrado
sobrevivir a la caída de Roma. Para que en la Antigüedad y en la Edad M edia un
pueblo contase con una infantería eficaz, esto es, capaz de aguantar a pie
firme el ataque de la caballería y de cargar sobre unidades de arqueros,
ballesteros, honderos o jabalineros y superarlas, tenían que darse tres
condiciones. La primera de ellas estaba relacionada con el paisaje. Los mejores
infantes eran campesinos muy arraigados a sus terruños y producto de una
geografía de valles y tierras bajas situados entre montañas que favorecían el
cultivo intensivo. Por el contrario, el terreno montañoso era territorio de
pastores que, con hondas, flechas y jabalinas, dominaban el arte de la
emboscada y la defensa de los caminos, como sucedía, por ejemplo, con las
diversas tribus de las colinas de Asia M enor que atacaron a Jenofonte y sus
Diez M il en su retirada hacia el mar Negro. Por otro lado, las grandes estepas
favorecían a los jinetes de sociedades nómadas y tribales, que contaban con
abundantes tierras de pasto y, lo que es más importante, con espacio suficiente
para las amplias m aniobras de flanco y envolvimiento con que la caballería
podía superar a las tropas de a pie, como los romanos, por ejemplo, pudieron
comprobar en Partía. De los Balcanes a las Islas Británicas, Europa era, sin
embargo, un continente cubierto en su mayor parte de valles y tierras fértiles
y cruzado por ríos y montañas que resultaba idóneo para las operaciones
militares protagonizadas por unidades de infantería pesada: terreno llano para
las cargas decisivas de los pesados y torpes infantes, con colinas y montañas
próximas que los ayudaban a evitar los ataques de flanco de la caballería.
En segundo lugar, los mejores infantes de la época preindustrial fueron
con frecuencia producto de un gobierno centralizado y no de una sociedad
tribal. Las ciudades-Estado y las repúblicas tuvieron poder para congregar a la
gran m ayoría de la población, para impartir cierta instrucción en la marcha en
formación y el mantenimiento de las líneas, y solían suprimir los privilegios
de los clanes y los barones, o al menos situaban a éstos a la altura de los
demás. Ciertamente, el fin del Imperio romano destruyó durante siglos la idea
clásica
* Barcelona, Planeta, 1995, traducción de Francisco Martín Arribas.
185
de la nación en armas y de una autoridad política centralizada y fuerte
capaz de reclutar, formar, pagar y jubilar a un cuarto de millón de legionarios
armados en todo el Mediterráneo. Sin embargo, a escala reducida, las
comunidades lo cales de Occidente y un aislado Bizancio intentaron mantener
vivas las viejas tradiciones clásicas y, por medio de levas a gran escala,
reclutar a los arrenda tarios y pequeños terratenientes y unirlos para
organizar la defensa de su tierra.
Por último, para formar un arma de infantería numerosa y potente, debía
existir, si no un gobierno de consenso, sí un supuesto igualitarismo, o, al
menos, la servidumbre no debía estar demasiado extendida. Un buen infante
necesitaba capital suficiente para aportar las armas adecuadas. Necesitaba,
además, una especie de voz política o una relación de reciprocidad con los más
ricos que garantizase un sentido de autonomía limitada. Según un punto de vista
ideal, los mejores soldados de a pie debían poseer tierras o bien disfrutar de
ellas. En virtud de ello lucharían con un sentido nacionalista del territorio,
con la idea de que combatían hombro con hombro para proteger unas tierras que
sentían como suyas.
El paisaje de la Europa medieval no difería del de la época clásica. Si
el dominio centralizado de Rom a había desaparecido y, al menos en gran parte,
las comunidades de pequeños propietarios autónomos habían desaparecido ya en el
siglo ni, Europa occidental conservaba una población rural de tamaño
considerable que encontraba semejanzas entre su caudillo local o el reyezuelo
de la región y el viejo sistema que reclutaba y conducía a la batalla tropas
formadas por hombres de igual condición. Aunque hay quien los ha llamado los
“libres dependientes” , los soldados de infantería europeos que combatieron
entre los siglos V II y X I no eran de condición servil y, desde un punto de
vista político, gozaban de una situación mucho más favorable que los siervos
del este. Todos sus deberes y obligaciones tenían sus derechos y privilegios
correspon dientes. Por el contrario, el gran general bizantino Belisario
(500-565) no se equivocaba mucho cuando describía a la infantería persa como un
indisciplinado grupo de campesinos llevados por la fuerza al ejército con el
único propósito de derribar murallas, robar a los cadáveres y esperar a los
verdaderos soldados. En Europa occidental, por otra parte, no había nada
parecido a los mamelucos o a los jenízaros.
LOS ORÍGENES DE LA INFANTERÍA PESADA
¿Cuándo surgió la tradición occidental que otorgaba supremacía a la
infantería y que sobrevivió incluso a la caída de Roma? En Grecia y no antes.
Como vimos al hablar de los orígenes de la batalla de choque, la polis helénica
(800-600 a.C.) fue resultado de una nueva clase de pequeños propietarios libres
que, como
186
infantes hoplitas, formaban las falanges y se involucraban en batallas
frontales para dirimir las disputas sobre la propiedad de la tierra. Su
nacimiento marcó el declive de los caballeros aristocráticos, que habían
disfrutado de privilegios durante siglos. El auge de la infantería supuso un
avance revolucionario desconocido en aquellos momentos en cualquier otro lugar
del Mediterráneo oriental o por la civilización micènica, origen y pasado de la
cultura griega.
A medida que la distribución de suelo cultivado se hacía más equitativa,
las tierras de pasto para los caballos iban disminuyendo. Incluso cuando se
encontraba forraje, poseer caballos carecía de sentido desde un punto de vista
económico. Cinco hectáreas dedicadas a cultivar cereal, frutales y viñas podían
alimentar a una familia de cinco o seis miembros en lugar de proporcionar una
montura a un solo hombre rico. En la época de Carlos Martel, un caballo costaba
tanto como veinte cabezas de ganado. Además, por la misma cantidad de forraje,
una yunta de bueyes era más eficaz a la hora de tirar del arado; y, por
supuesto, los bueyes proporcionaban carne. Por el contrario, muchos europeos
tenían ciertos tabúes culturales sobre el consumo de carne de caballo. En la
mitología griega, caballos como Arión, Pegaso y los corceles parlantes de la
Ilíada eran venerados e investidos de cualidades casi humanas por su lealtad,
valor e inteligencia. Desde un punto de vísta agrícola o cultural, era absurdo
criar caballos en las llanuras colonizadas y en las pequeñas comunidades de la
Grecia arcaica.
Cuando, en la Grecia de los siglos vili al VI a. C., los granjeros con
propiedades de tamaño medio gozaron de derechos de ciudadanía, la defensa de la
comunidad pasó a depender de todos los propietarios, que votaban cuándo y dónde
había que librar batallas, por lo general breves, decisivas y protagonizadas
por la infantería pesada, a fin de asegurar un resultado claro que permitiese a
los granjeros combatientes regresar a casa a tiempo de atender sus cosechas.
Entre los pequeños propietarios que formaban las unidades de hoplitas, la
posesión de un caballo no era signo de prestigio, al contrario, fomentaba la
sospecha de pertenecer a grupos de ricos de derechas que conspiraban por
derrocar el gobierno del pueblo. En cierta manera, se tenía la impresión de que
los dueños de uno o varios caballos habían desviado recursos de la comunidad en
beneficio propio. Desde un punto de vista militar, las lanzas de las apretadas
filas de las falanges convertían las cargas de caballería -con sillas sin
estribos y sobre ca ballos de pequeño tamaño- en un gesto de impotencia. Así
como era más barato criar a una familia que a un caballo en una pequeña parcela
de terreno, a un Estado le resultaba más económico instruir a un granjero en el
manejo de la lanza y el mantenimiento de la formación que a un caballero para
que no cayera de su caballo durante la lucha.
A resultas de ello, hasta la
llegada de Alejandro Magno, la cultura helénica denostó, durante cuatro siglos,
a los miembros de la caballería. En Esparta,
,8 7
Jenofonte afirmó que sólo “los más débiles y los que menos ansian la
gloria” montaban a caballo (Helénica, V I.4.11). Este menosprecio por la
caballería fue un lugar común durante toda la historia de la Grecia clásica. El
orador Lisias, por ejemplo, alardeó ante la Asamblea de que, en la batalla del
río Haliartos (395 a-C.), un cliente, el rico aristócrata Mantiteo, prefirió
plantar cara al peligro como hoplita, que prestar servicio desde “ la
seguridad” del jinete (xvi.13). Alejandro se dio cuenta de que el monopolio
bélico del infante en las ciudades-Estado griegas no tenía ningún sentido
militar cuando la guerra salía de los pequeños valles de la metrópoli y
obligaba a enfrentamientos con unidades asiáticas m uy diversas, como arqueros,
tropas ligeras y varios tipos de jinetes, en las grandes llanuras y en las
colinas de Oriente. Además, en lugar de devoción, Alejandro sentía cierta
antipatía hacia lo agrario. Sus aristocráticos Compañe ros macedonios, como
los jinetes tesalios que también formaban parte de su ejército, eran
propietarios de caballos que habitaban grandes haciendas en las extensas
llanuras del norte de Grecia. Todos ellos eran producto de la monarquía, no del
gobierno consensuado.
Existe un extenso corpus de pasajes de la literatura clásica que
reflejan la idea de que de una pequeña granja se obtiene un buen soldado de
infantería, mientras que de una gran hacienda sólo se consiguen unos pocos
jinetes de elite: la función de las tierras de cultivo es alimentar a las
familias de la infantería, no perma necer en barbecho o destinarse a la cría
de caballos. Aristóteles lamentaba que, a finales del siglo IV a.C ., el
territorio que rodeaba Esparta ya no estuviera lleno de hogares habitados por
infantes propietarios, aunque afirmaba que aquel territorio habría podido dar
de comer a “treinta mil hoplitas” (Política, 11.1270a
31) . En las postrimerías del
siglo 1 Plutarco deploraba la despoblación a gran escala del campo griego,
señalando que el país entero apenas podía alinear a “tres mil hoplitas” , es
decir, aproximadamente el contingente que Megara aportó en la batalla de Platea
(Moralia, 414A). De igual modo, el historiador Teopompo, al comentar la
naturaleza elitista de un escuadrón de la Caballería de Compañeros de Filipo,
aseguraba que, aunque sólo eran ochocientos, poseían unas rentas equivalentes a
“no menos de diez mil propietarios griegos de las tierras mejores y más
productivas” (Fragmentos de historia de Grecia, 115, 225). Teopompo sostenía
que la tierra de cultivo intensivo daba como resultado una abundancia de
infantes hoplitas y que éste era un ideal militar, cultural y político. Todo lo
contrario sucedía en los Estados del norte, que en lugar de apoyar al pequeño
propietario se decantaban por los caballeros, lo cual fomentaba la autocracia.
Pese a la destreza de los C aballería de Com pañeros, Filipo y Alejandro
aprendieron más de los griegos que éstos de ellos, puesto que la base del
ejército real de Macedonia residía en las lanzas de falangistas e hipaspistas;
la caballería sumaba menos del 20% de las huestes de Alejandro. Alejandro
conquistó Persia gracias a la acción conjunta de jinetes y piqueros, pero los
diádocos olvidaron
188
rápidamente este legado o lo juzgaron irrelevante en las guerras que
poste riormente emprendieron contra otros monarcas macedonios. Entre los años
323 y 31 a.C. el Oriente helenístico sufrió las convulsiones de guerras casi
constan tes que normalmente se decidían gracias al choque de piqueros
profesionales que se bastaban por sí solos para quebrar la resistencia de otras
unidades de infantería y limpiar el campo de soldados enemigos. El propio
Alejandro, que desbarató las líneas de la infantería persa, habría tenido menos
suerte de haber cargado frontalmente contra los falangistas de sus propios
sucesores.
Durante casi mil años, Rom a depositó su fe en la infantería, una
tradición que se fue extendiendo entre los pequeños propietarios italianos de
los siglos IV y Iii a.C., que protegían al gobierno republicano prestando
servicio en las legiones. El ejército romano reclutaba, además, a pequeños
grupos de jinetes auxiliares entre las tribus de la Europa septentrional y los
pueblos nómadas del norte de Africa. Las tradiciones de la infantería parecían
duraderas. El fracaso de Rom a a la hora de crear un cuerpo de caballería de
calidad semejante a la de los Compañeros de Alejandro costó al Imperio
numerosos fracasos, como la masacre de las tropas de Craso en Partia (53 a.C.)
o la derrota de Valeriano en Adria-nópolis (378) a manos de los godos. Sin
embargo, la historia de Grecia y de Rom a es la historia de un milenio de
superioridad militar sobre sus enemigos, un dominio que fue resultado de la
primacía de la infantería terrateniente.
CONTINUIDAD DE LA CULTURA CLÁSICA EN LA EDAD MEDIA
¿Significó la caída de Rom a la vuelta a la situación de la primera Edad
Oscura de Europa (1100-800 a.C.), cuando, antes del nacimiento de las polis,
los barones locales, los criadores de ganado y los guerreros de a caballo
dominaban una Grecia caótica y despoblada? No del todo, porque las tradiciones
de Rom a, como hemos visto, no cayeron en el olvido y la segunda Edad Oscura de
Europa (500-1000) no llegó jam ás a ser tan sombría como la primera, la de la
Grecia que sucedió al fin de los reinos micénicos. Durante el caos que imperó
en los siglos V y vi, la infantería continuó siendo el pilar de los ejércitos
bizantinos, cuya proporción entre infantes y jinetes era de cuatro a uno, pese
a que llegaron a desarrollar una fuerza de choque de caballeros protegidos por
cotas de malla y monturas de gran alzada equipadas con estribos.
Francos, normandos y bizantinos se enorgullecían de las temibles cargas
de sus reducidos cuerpos de elite, compuestos de caballeros protegidos por
cotas de malla que, en cierto sentido, respondían al concepto occidental de
solda dos de a pie fuertemente protegidos y armados con largas picas, pero
trasladado a la caballería. Los caballeros occidentales, jinete por jinete,
eran por lo general lanceros mejor protegidos y con armas más pesadas y
mortíferas que sus ágiles
189
y rápidos homólogos islámicos y reflejaban en esto la preferencia de los
euro peos por las batallas de choque decisivas. Sin embargo, durante los
grandes enfrentamientos desarrollados en suelo europeo y entre los ejércitos
cruzados que combatían en Tierra Santa, aquellas cargas temibles resultaban
desastrosas a no ser que se vieran acompañadas del ataque de un contingente de
infantería de mayor tamaño dispuesto a entablar una lucha cuerpo a cuerpo con
el enemigo. Normalmente, fue la infantería y no la caballería la que decidió la
suerte de las guerras carolingias.
Ni siquiera con la adopción del estribo en algún momento de los siglos
ix y X podía la caballería pesada occidental cargar con éxito contra una unidad
de infantería equipada con lanzas y grandes escudos y con voluntad suficiente
para aguantar a pie firme. Con frecuencia, había grupos de jinetes propietarios
de modestas extensiones de tierra que desmontaban y luchaban como infantes. El
hecho de montar a caballo no significaba pertenecer a una verdadera caba
llería de choque. A l contrario, muchas veces las monturas no eran más que
meros medios de transporte que se limitaban a trasladar al campo de batalla a
la infantería pesada. Lo importante no es que Europa contase con buenos cuerpos
de caballería, sino que las tropas montadas siempre fueron muy inferiores en
número a la infantería. El atractivo y la mitología de la Edad M edia pertene
cían, no obstante, a los caballeros. En las pequeñas batallas y en las
incursio nes, los caballeros equipados con cotas de malla tenían una enorme
ventaja sobre los campesinos desprotegidos. Aunque Europa nunca poseyó las
tierras de pasto necesarias para propiciar una verdadera cultura equina -entre
las tribus nómadas era normal que un guerrero tuviera de cinco a diez
caballos-, sus ricos campos solían bastar para criar animales suficientes como
para crear reduci dos grupos de caballeros que, en cuanto pequeños señores,
contribuyeron a la creación del sistema de vasallaje y, con él, al primer
feudalismo medieval. La ausencia de un Estado central, por lo demás, hacía muy difícil
formar soldados de a pie de manera uniforme y sistemática. Según la sabiduría
popular de la época, en una batalla, cien caballeros bien entrenados equivalían
a un millar de campesinos mal organizados.
Sin embargo, en torno a los atolones de aristocráticos caballeros,
continuaba existiendo un mar de rústicos que constituía la mayoría de los
ejércitos europeos durante las grandes crisis. La mayoría eran pequeños
propietarios que, en su condición de vasallos, entregaban un porcentaje de sus
cosechas a los ricos a cambio de protección o bien disfrutaban de concesiones
de tierras que los aristócratas les cedían a cambio de que les prestasen sus
servicios como soldados. Si los soldados de infantería de Carlos Martel
carecían del concepto de ciuda danía que podía encontrarse en la Grecia
clásica y en la Rom a republicana, lo cierto es que eran pequeños propietarios
y granjeros reconocidos como hombres libres, con derechos y responsabilidades
que los aristócratas locales se encargaban
190
de proteger. No pertenecían desde luego a la clase de los mercenarios,
pastores, siervos o meros esclavos que constituían la parte más significativa
de los últimos ejércitos bereberes, m ongoles, árabes y otomanos que invadieron
Europa. Aquellos hombres, el landwehr, eran la columna vertebral de las
primeras fuerzas armadas carolingias, especialmente durante el declive de las
ciudades y el comercio que se produjo tras la desintegración del Imperio
romano:
Cuando la estructura económica se hizo predominantemente agraria, el
servicio militar tendió a asociarse muy estrechamente con la propiedad de la
tierra. Cada hogar libre estaba obligado al servicio de un hombre con sus armas
y equipo completos. Una obligación que se convirtió en hereditaria. El ejército
franco pasó a ser una leva de hombres libres que servían a voluntad del rey y
bajo el mando de su representante local (J. Beeler, Warfare in FeudalEurope,
730-1200 [La guerra en la Europa feudal, 730-1200], p. 9).
El uso cada vez más extendido del estribo, que permitía a los jinetes
cargar contra soldados de infantería dispersos y sin instrucción suficiente, y
la necesidad de combatir a la caballería musulmana dieron lugar a que, en el
siglo X, los caballeros patricios desempeñasen un papel de gran importancia.
Sin embargo, también en esa época la idea de ejércitos enteros compuestos
únicamente por unidades de caballería pesada capaces de barrer todo cuanto
encontrasen a su paso no deja de ser, en su mayor parte, un mito.
EL VALOR DEL SOLDADO DE INFANTERÍA
¿Es legítimo dar más valor a alguna de las armas del ejército que a las
demás? ¿Quién puede asegurar que, según las circunstancias geográficas, el
clima y los objetivos estratégicos, una unidad de arqueros, caballería,
artillería o marines es superior a cualquier otra? En todos los grandes
ejércitos, en el de Alejandro, en el de Napoleón, en el de Wellington, los
jinetes, los infantes y las unidades de armas arrojadizas o la artillería
actúan al unísono; sin simetría, la victoria no habría sido más que una ilusión
hasta para los más grandes capitanes. La caballería siempre pudo cargar y
retirarse a más velocidad que la infantería, e introducía un elemento de terror
psicológico del que carecían hasta los infantes más fieros. Com o la m ayor
parte de los enemigos de Occidente iban a caballo y eran extremadamente
móviles, era esencial que los europeos desarrollasen unidades de caballería de
calidad suficiente para contrarrestarlos. L a victoria era incom pleta si los
jinetes no se lanzaban a la persecución frenética del enemigo herido.
19 1
Dicho esto, en cualquier guerra antigua o moderna, la victoria
definitiva es imposible sin contar con excelentes soldados de a pie. Sólo la
infantería puede luchar cuerpo a cuerpo, dispersar al enemigo o hacerlo
pedazos, ocupar el campo de batalla y tomar posesión del territorio en disputa.
Las armas antiguas, las espadas y las lanzas, eran baratas y más mortíferas que
los misiles. Los infantes, no los jinetes, eran esenciales en los asedios y en
la defensa de las fortificaciones, escenarios más frecuentes en las guerras
medievales que los campos de batalla. La infantería, además, era mucho más
versátil en terreno accidentado, fuera éste del tipo que fuera: bosques,
colinas o zonas de tierras no cultivadas y con poco pasto y forraje.
Los jinetes y los arqueros, al igual que las modernas brigadas de
blindados, artillería y aviación, podían ayudar a la infantería, pero nunca
sustituirla. En el fondo, la guerra es cuestión de econom ía. Las opciones de
los Estados dependen de su capacidad para producir bienes y servicios, por eso,
todo ejército pretende conseguir la m ayor potencia militar al menor coste
posible. En la Edad M edia, los ejércitos, como sus predecesores de la época
clásica, no eran inmunes a esa limitación y muy pronto se dieron cuenta de que,
hombre por hombre, una unidad de infantería podía costar una décima parte que
una de caballería.
Entre los siglos XIV y x v i, con la introducción de la pólvora y de las
armas de fuego de uso personal, la infantería inició un período especialmente
mortífero. Ahora eran los tiradores, y no sólo los piqueros, quienes podían
diezmar las filas de los lanceros montados: los caballos eran cada vez más
vulnerables. Sin embargo, la difusión de las armas de fuego en todo el mundo no
supuso la creación automática de unidades de disciplinados tiradores. Los
otomanos nunca dominaron el arte de la descarga en formación. Los jenízaros
disparaban al tiempo que blandían la espada, pero siempre como heroicos
guerreros inmersos en un duelo singular. De modo semejante, los guerreros
montados del norte de A frica disparaban sus mosquetes sobre todo desde sus
caballos y camellos, en rápidas incursiones y expediciones de rapiña. Los
nativos de Africa y el Nuevo Mundo consideraban las armas de fuego como flechas
o jabalinas mejoradas e ignoraban las descargas en formación y el disparo
secuencial. Tam poco China o Japón consiguieron ejércitos eficaces pese a la
introducción de las armas de fuego.
Sólo los soldados de Europa dominaron el arte de cargar, disparar y
volver a cargar a la vez, y sólo en Inglaterra, Alemania, España, Italia y los
demás Estados principales de Occidente existía una tradición de infantería
medieval previa que había sobrevivido desde la Antigüedad clásica y
transformado las primitivas tácticas de choque de las tribus germánicas en
disciplinados enfren tamientos frontales. La era de la pólvora vio a una
Europa en auge precisamente porque no había ejércitos que empleasen m ejor las
armas de fuego, que se
192
producían en masa y eran de fácil manejo, que aquellos que anteriormente
se organizaban en disciplinadas columnas y líneas de infantería. En la época
que precedió al rifle automático y de repetición, los tiradores equipados con
arca buces y mosquetes que mantenían la formación y el pie en tierra ofrecían
un fuego más concentrado, rápido y preciso que el de aquellos que utilizaban
sus armas a caballo o actuaban en solitario o en escaramuzas. En cierto
sentido, Europa consideró que las armas renacentistas eran las sucesoras
naturales de las picas del medievo.
POITIERS Y MÁS ALLÁ
Por más de trescientas leguas iba allá corriendo la línea victoriosa
desde el peñón de Gibraltar hasta las orillas del Loira, y redoblando aquella
marcha, se aposentaban los Sarracenos en el confín de Palonia y en los riscos
de Escocia; pues no es el Rin más intransitable que el Nilo o el Eufrates, y a
sus anchuras y sin choque naval pudo surcar una es cuadra arábiga la
desembocadura del Támesis. Quizás en esos tiempos se estuviera enseñando la
interpretación del Alcorán en las escuelas de O xford, y en sus púlpitos se
estuviera demostrando igualmente a un auditorio circuncidado la santidad y la
certeza de la revelación de Mahoma (E. Gibbon, Historia de la decadencia y
caída del Imperio romano, vol. VI, p. 392).*
Esto decía Edward Gibbon, quizá irónicamente o cuando menos intrigado
ante la posibilidad de un O xford no cristiano, de las posibles consecuencias
de una derrota franca en Poitiers. La mayoría de los historiadores de renom
bre de los siglos XVIII y XIX, como Gibbon, consideraban Poitiers como una
batalla decisiva que marcó el punto álgido del avance musulmán en Europa. Para
Leopold von Ranke, Poitiers señaló el cambio de signo de “una de las épocas más
importantes de la historia del mundo, el comienzo del siglo vm , cuando la
religión mahometana amenazaba con extenderse por Italia y Galia” (History o
fthe Reformation [Historia de la Reforma], vol. I, p. 5). Edward Creasy incluyó
Poitiers en su selecto grupo de “batallas decisivas de la historia uni versal”
y, como Ranke, opinaba que había supuesto la salvación de Europa: “El progreso
de la civilización y el desarrollo de las nacionalidades y gobiernos de la
Europa moderna siguió desde ese momento hacia delante en un avance
ininterrumpido y sin duda certero” (TheFifleen DecisiveBattles of the World, p.
167). Hans Delbrück, el gran historiador militar alemán, dijo que no había
“batalla
* Madrid, Turner, 1984, traducción de José Mor Fuentes.
m
más importante en la historia universal” (The Barbarían Invasions [Las
invasiones bárbaras], p. 441).
Observadores más escépticos, como sir Charles Ornan y j . F. C. Fuller,
no estaban tan convencidos de que Poitiers hubiera salvado a la civilización
oc cidental de modo tan definitivo. No obstante, tenían la im presión de que
marcaba el nacimiento de un nuevo consenso que más tarde, eso sí, salvaría a
Europa: los infantes investidos de moral de una nueva cultura carolingia flan
queados por sus señores a caballo ofrecían al menos un baluarte occidental
contra las incursiones de musulmanes y vikingos. En palabras de Omán, “a partir
de entonces, se oyó hablar de las invasiones francas de España, no de las
invasiones sarracenas de Galia” (The Dark Ages, 476-918 [La Edad Oscura,
476-918], p. 299).
Recientemente, algunos estudiosos han sugerido que Poitiers, de la que
tan pocos datos ofrecen las fuentes de la época, fue una mera incursión y por
tanto una invención de la mitología occidental o bien que una victoria
musulmana habría sido preferible a una dominación franca prolongada. Lo que es
evidente es que la batalla de Poitiers supuso el inicio de una defensa
occidental de Europa llena de éxitos. Estimulado por la victoria de Poitiers,
Carlos Martel consiguió librar el sur de Francia de atacantes musulmanes
durante décadas, unificó diversos reinos enfrascados en disputas, con lo que
sentaba las bases del Imperio carolingio, y garantizó una reserva de tropas
que, aportadas por los distintos feudos locales, eran fiables y estaban listas
para combatir.
El control político directo sobre Asia y el norte de Africa por parte de
Rom a (100 a.C.-400 ) fue una anomalía que se prolongó durante quinientos años:
la imposición de las leyes, costumbres, lengua y organización política romanas
a millones de habitantes de los pueblos conquistados del sur y del este
condujo, simultáneamente, a la lenta asim ilación de los pueblos bárbaros del
norte. Tras la inevitable liquidación del Imperio en el siglo V, resultó claro
que, después de todo, la civilización clásica no estaba muerta y que, al
contrario, había obtenido un éxito notable con la conquista de la mentalidad de
sus supuestos conquistadores. Ciertamente, el corazón de Europa conservaría sus
precedentes cristianos y romanos y, a continuación, comenzaría a extender sus
influencias más allá de sus propias fronteras:
Por una parte, la conversión de Polonia y Hungría, así como de los
reinos escandinavos, amplió la influencia de la cristiandad latina hacia el
norte y el este, y, por otra, el islam sufrió un retroceso, en España debido al
avance de la Reconquista y en el M editerráneo, con la anexión de Sicilia y la
fundación de los Estados latinos de Oriente. Surgía al mismo tiempo una nueva
Alemania, al otro lado del Elba, como consecuencia de un auge tanto militar
como económico y demográfico. Los guerreros
m
de Occidente llevaban continuamente la iniciativa frente a sus enemigos,
vecinos o rivales. Esta expansión fue tanto más notable cuanto que se produjo
en una época de acentuado fraccionamiento de poderes (Philippe Contamine, La
guerra en la Edad Media, pp. 38-39).*
L a de Bizancio es la historia de mil años de resistencia ante los
intentos de invasión de persas y musulmanes. La cristiandad contempló con
horror la caída de Constantinopla, pero lo cierto es que durante siglos el
ingenio y la disciplina bizantinos habían destruido a una serie de ejércitos
islámicos mucho mayores que el que la derribó. Bizancio cayó un millar de años
después que Rom a, y sólo después de sufrir un largo aislamiento y ser
abandonada por Occidente. El reinado de Carlomagno (768-814) vio la expulsión
definitiva de la mayoría de los musulmanes de Francia e Italia y la creación de
un Estado central europeo que extendió sus influencias a toda Francia,
Alemania, Escandinavia y el norte de España.
Hacia 1096, Europa occidental, pese a estar fragmentada, era sin embargo
lo bastante fuerte como para enviar a miles de soldados a las costas de Oriente
Próximo. Entre 1096 y 1189, en tres grandes Cruzadas, los europeos ocuparon
Jerusalén y se hicieron con diversos enclaves en pleno corazón del islam. A lo
largo de la Edad M edia fueron Europa y el Oriente Próximo los que más a salvo
estuvieron de la invasión extranjera. A diferencia de los cruzados, a cualquier
ejército musulmán le resultaba imposible transportar un gran número de tropas
por mar y presentarse en el corazón de Europa. Ya en los siglos v il y VIH, en
la cúspide del poder islámico, las escuadras islámicas se percataron de que re
sultaba imposible tomar Constantinopla, por muy cercana que estuviese.
L a resistencia y flexibilidad de los europeos ofrece una explicación
plausi ble del gran avance del poder occidental en Asia, Africa y el Nuevo
Mundo a partir del siglo xvi. El oro americano, el empleo masivo de armas de
fuego y las nuevas construcciones militares facilitaron la renovada fuerza de
Europa contra el Otro en la época de la pólvora. Pero la tarea del historiador
no consiste únicamente en trazar el curso de este asombroso ascenso de la
influencia eu ropea, sino en preguntarse por qué la. “revolución militar” tuvo
lugar en Europa y no en otro lugar. Com o respuesta puede aducirse que a lo
largo de toda la Edad M edia las tradiciones militares del continente europeo,
fundadas en la Antigüedad clásica, no sólo se mantuvieron vivas, sino que además
mejoraron con sus sangrientas guerras contra los ejércitos islámicos, los
invasores vikingos y mongoles y las tribus bárbaras del norte. Los principales
componentes de la cultura militar occidental, es decir, la libertad, la batalla
decisiva, el militarismo cívico, el racionalismo, la viveza de los mercados, la
disciplina, la posibilidad
* Barcelona, Labor, 1984, traducción de Javier Faci Lacasta.
195
de debate y la libertad de crítica, no desaparecieron con la caída de
Roma. Al contrario, fueron la base que conformó los ejércitos merovingios,
carolingios, franceses, italianos, holandeses, suizos, alemanes, ingleses y
españoles, que con tinuaron la tradición militar de la Antigüedad clásica.
La clave de esa continuidad infatigable fue la importancia que la
Antigüedad y el medievo dieron a los soldados de a pie y, muy especialmente, la
idea de que los propietarios libres, y no los esclavos ni los siervos, debían
prestar servicio en los contingentes de infantería pesada. Cuando las armas de
fuego entra ron en escena, Europa, con mayor facilidad que otras culturas,
transformó las filas de lanceros y piqueros en unidades de arcabuceros, que
disparaban igual que habían lanceado y tajado, al unísono, a la orden, hombro
con hombro y en formación. Cortés en Ciudad de México y los cristianos en
Lepanto tuvieron éxito en gran parte porque no pertenecían a un pueblo nómada y
ecuestre, ni a una sociedad tribal, ni a una autocracia teócrata. Por el contrario,
su herencia era la de los duros soldados de a pie de las comunidades rurales y
los pequeños valles colonizados, la misma de los hombres que en Poitiers
formaron el muro de hielo que obligó a retroceder a Abderramán.
VI
LA TECNOLOGÍA Y LOS DIVIDENDOS DE LA RAZÓN TENOCHTITLÁN, 24 D EJU N IO D
E 1520-13 D E AGOSTO D E 1521
[...] el hombre habilidoso.
Y con ingenios se apodera de
la campera fiera montaraz, y unciendo su cerviz al yugo, sujeta al corcel de
cuello melenudo
y al toro infatigable de los montes. [...] Con recursos que tiene para
todo. Nada habrá en el futuro
a lo que sin recursos se encamine. [...] Con su capacidad de inventar
artes, ingenioso más de lo que se pudiera esperar, a veces al mal, otras al
bien se dirige.
S ó f o c le s , Antígona, versos 347 -367*
LAS BATALLAS POR CIUDAD DE M ÉXICO
T SITIADOS: 24-30 DE JUNIO DE 1520
M J a lluvia de jabalinas,
flechas y piedras hirió a 46 conquistadores. Doce murieron al instante. Los
indios atestaban los angostos callejones que rodeaban el cuartel general de
Cortés. Los españoles estaban sitiados. “D igo” , escribió Bernal Díaz del Castillo,
testigo y protagonista de la desesperada situación de los españoles en
Tenochtitlán, “ que no lo sé escrebir; porque ni aprovechaban tiros, ni
escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni
cuarenta de cada vez que arremetíamos, que tan enteros y con más vigor peleaban
que al principio” (Bemal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista
de
la Nueva España, p. 310).**
Los castellanos lo tenían todo en su contra. En proporción enormemente
inferior a la de sus adversarios, habían cometido la estupidez de entrar en la
ciudad isla de Tenochtitlán con su pequeño contingente al completo. Durante
aquella horrible semana, los españoles fueron abandonando los grandiosos sueños
que habían alimentado durante los ocho meses que había durado la
* Barcelona, Labor, 19 8 4 ,
traducción de Luis Gil.
** Madrid, Espasa Calpe, 199 7.
*97
ocupación de Ciudad de México. La idea de gobernar la capital azteca
como grandes señores europeos parecía ahora una ensoñación, una locura. Muy
pronto, la posibilidad de que los aztecas les concedieran una tregua o se
rindieran pareció igualmente absurda. Finalmente, los hombres de Cortés
comenzaron a dudar de que pudieran salir con vida de aquella ciudad infernal, y
mucho más de que pudieran llevarse su tesoro: el oro robado a los aztecas.*
Sólo los repetidos disparos de sus arcabuceros y ballesteros y las
ocasionales descargas de cañón -cada una de ellas conseguía abatir a unos
treinta atacantes-permitieron al valeroso Diego de Ordaz volver al búnker de
los castellanos e informar a su caudillo que su intento de romper el cerco
había fracasado: todas las calles estaban bloqueadas, abarrotadas por sus
furiosos anfitriones. Pese a todo, los hombres de Ordaz blandían sus espadas de
acero toledano cercenando los brazos y las piernas de los semidesnudos mexicas.
Los caballeros manejaban sus lanzas de hierro protegidos por corazas y mataban
a varios indios de una sola arremetida. La metralla de los cañones abatía una
oleada tras otra de mexi cas, los pocos caballos de los españoles los
pisoteaban por docenas, sus horribles mastines mordían a diestro y siniestro
provocando los gritos de los atacantes. Las saetas de las ballestas y las balas
de plomo de los arcabuces segaban a los desprotegidos indios desde cien o más
metros de distancia.
La densidad de la guerra urbana y el elevadísimo número de furiosos y
valientes guerreros nativos constituían una experiencia completamente nueva
para los hasta el momento imbatidos conquistadores. Sus comandantes, veteranos
de las guerras de España contra turcos e italianos, nunca habían visto tanta
audacia ni valor en las batallas del M editerráneo. Ordaz no tardaría en com
probar que su superioridad táctica y tecnológica no podría detener por mucho
tiempo el avance de un enemigo infinitamente superior. Las callejas de
Tenochtitlán eran muy estrechas y aquellos hombres, que demostraban tanta
valentía como sus propios soldados, podrían acribillarlos con facilidad desde
los tejados y abalanzarse sobre ellos. Los aztecas más desesperados habían
matado a algunos de sus hombres. No se contentaban ya con derribarlos, atarlos
y llevárselos cautivos para entregarlos a sus hambrientos dioses.
El fracaso en la ruptura del cerco por parte de los cuatrocientos
conquistadores de Ordaz -entre los que se encontraban casi todos los
ballesteros y arcabuceros que le quedaban a Cortés- era prueba suficiente de
que de la ciudad fortaleza no había salida posible. O al menos eso parecía. Los
aliados de la vecina ciudad de Tlacopán (la actual Tacuba) habían aconsejado
sabiamente a Cortés el día
* Empleo indistintamente los
términos “mexica” y “azteca” (derivado del náhuatl a&lan), aunque es
probable que Moctezuma y sus súbditos se llamasen a sí mismos “mexicas”. La
denominación “aztecas” se generalizó entre los cronistas europeos a partir del
siglo XVll. La mayoría de los soldados españoles de Cortés eran castellanos, de
ahí que use ambos términos para referirme a los conquistadores.
198
anterior que no volviera a entrar en la temida Tenochtitlán. Lo que más
le convenía, le dijeron, era permanecer a su lado en las riberas del lago
Texcoco. “Señor” , suplicaron, “quedaos aquí en Tacuba o en Cuyoacan o en
Tescuco [...] porque estando en aquellos llanos y tierra firme, si se quisieren
alzar los indios mejor nos defenderemos que no metidos en la laguna” (Hugh
Thomas, La conquista de México, p. 440).*
Un consejo excelente, pero en la capital mexica se encontraban el
capturado y cuidadosamente guardado tesoro azteca, el emperador cautivo
Moctezuma y el sorprendido Pedro de A l varado, junto a menos de un centenar de
los mejores soldados de la expedición. Alvarado se había quedado atrás mientras
Cortés regresaba a la costa para ocuparse de un rival español, Pánfilo de
Narváez, que ponía en peligro su campaña. Además, con el nuevo ejército cubano
de Nar váez, que se había “unido” a Cortés en Veracruz tras el intento fallido
de su comandante por subvertir la conquista de Tenochtitlán, el extremeño
contaba con más de un millar de soldados. Tenochtitlán había estado a sus pies
durante casi ocho meses y tras su breve viaje a Veracruz contaba con más armas
y provisiones que cuando, en julio de 1519, sus hombres hicieron encallar sus
propios barcos y se internaron en el continente para llegar a la capital del
reino de Moctezuma, el 8 de noviembre del mismo año. De modo que, ¿por qué
preocuparse ahora?
¿Qué tribu se había demostrado, en todo el territorio m exicano, capaz
de detener a un contingente como el suyo? En los doce meses previos, mayas,
totonecas, tlaxcaltecas, otomíes y cholulas habían comprobado hasta qué punto
resultaba inútil oponerse a los lanceros montados, a las armas de fuego, a las
ballestas, a los fieros mastines y al acero español, a los que se unían las
tácticas clásicas de infantería y la jefatura del propio Cortés, cuyo objetivo
no era cap turar, sino aniquilar a sus enemigos con la formación de
disciplinados cuadros, ataques de caballería cuidadosamente planificados y
descargas masivas de armas de fuego. En noviembre de 1519 Cortés había marchado
sobre Tenochtitlán con quinientos soldados, ¿acaso no podría salir de ella
ahora que contaba con más de 1.200?
De modo que anunció a los inquietos habitantes de Tlacopán que sus
caste llanos regresarían, a través de las calzadas que atravesaban el lago
Texcoco, a la capital de la futura Nueva España, su regalo para el adolescente
rey Carlos V. Harían una demostración de fuerza, derribarían unos cuantos
ídolos más, amenazarían a los caciques aztecas, volverían a entrar en el
palacio imperial, tomarían su botín, rescatarían a Alvarado y ordenarían a
Moctezuma que pusiera fin a la fútil resistencia de sus súbditos.
* Barcelona, Planeta, 1994, traducción de Víctor Alba y C. Boune.
199
Cortés, en efecto, volvió a entrar en Tenochtitlán y se unió a los
hombres de Alvarado, pero, al poco, su ejército, ya al completo, fue rodeado y
obligado a re fugiarse en el palacio de Axayácatl y en el templo de
Tezcatlipoca. Los mexicas, antaño amistosos, bloqueaban las tres calzadas que
salían de su gran isla capital. Más de mil españoles, acompañados de un pequeño
contingente de valerosos aliados tlaxcaltecas -cerca de 2.000 indígenas
enemigos de los aztecas-, esta ban rodeados en un pequeño recinto por unos
200.000 furiosos mexicas a los que se unían, en número cada vez mayor, los
guerreros de sus comunidades tributarias, situadas en torno al lago Texcoco. En
cuanto se evidenció que el cautivo Moctezuma había perdido el control sobre sus
súbditos y que Ordaz no podía abrir un camino de salida, los castellanos
empaquetaron el oro, se replegaron y comenzaron a planear su fuga antes de que
fueran completamente aniquilados.
Si el diabólico Narváez -tuerto y encadenado en una celda- no se hubiera
inter puesto en sus planes, Cortés y sus fanáticos habrían derribado todos los
ídolos de piedra de los aztecas, fumigado las pirámides del valle de México
para acabar con el hedor de los despojos, arrojado a los sacerdotes m exicas
-que vestían odiosas capas hechas con la piel de sus víctimas- de la cima de
las mismas, erra dicado sus horrendos sacrificios humanos, prohibido el
canibalismo y la sodo mía, introducido el amor al Salvador y a continuación
usurpado el poder de Moctezuma, convirtiéndose en amos y señores de un imperio
de un millón de súbditos cristianos e instalando al propio Cortés en el palacio
del rey azteca para convertirlo en una suerte de duque de aquella Venecia de
Nueva España, i Qué grandiosas construcciones podría levantar para los
supervisores europeos un con tingente tan enorme de trabajadores bajo el
megalómano tutelaje de Cortés! ¡Qué fabulosos tesoros no podría descubrir una
multitud tan ingente de mineros! Tras su entrada en Tenochtitlán, los atónitos
mexicas pensaron durante un tiempo que los soldados de fortuna de Cortés eran
dioses de piel blanca; sus caballos, cen tauros sobrenaturales que hablaban a
los hombres; sus cañones, armas traídas de los cielos que lanzaban truenos
mortíferos. ¿Y qué pensaban de sus mastines de enormes colmillos? Mediaba un
gran abismo entre éstos y los perros falderos que los aztecas castraban y
comían. También aquellos animales de endemoniadas fauces eran, sin duda, criaturas
míticas. Tales eran las fantasías que hacían trizas los miles de coléricos
aztecas que rodeaban el recinto de los españoles.
Aunque Cortés había derrotado al ejército de Pánfilo de Narváez y, tras
in corporar a sus propias fuerzas las tropas de este último, regresado con
éxito a la ciudad isla, una vez llegado a ésta, todo comenzó a torcerse.
Durante su ausencia, Pedro de Alvarado, un hombre trastornado, había masacrado
a miles de miembros de la nobleza mexica y se había lanzado además contra sus
mujeres y niños, naturalmente indefensos. Aquel castellano loco había asesinado
a mu chos de los asistentes a un festejo azteca con el pretexto de que
tramaban una
200
insurrección. ¿O fue con el pretexto de una supuesta reanudación de los
sacri ficios humanos, que los españoles habían prohibido, o debido a la
paranoia del propio Alvarado, o a que la visión de tanto oro y joyas en las
prendas ce remoniales de los nobles aztecas había despertado su codicia, o tal
vez al regocijo puramente sádico de un aristócrata a caballo ante la idea de
hacer pedazos a cientos de indefensos pero odiados m exicas? De qué modo
Alvarado y su pequeña cuadrilla compuesta por menos de un centenar de soldados
se las había arreglado para matar a más de ocho mil hombres, a los que habían
tomado por sorpresa y en un lugar cerrado, aún no estaba claro. Sólo el mal
podía haber llevado tan lejos a un hombre como aquél.
En cualquier caso, Cortés no llevaba ni dos meses fuera de Tenochtitlán
cuando sus asustados lugartenientes provocaron una mortífera revuelta entre sus
antaño pacíficos anfitriones. “ Habéis hecho m al”, amonestó Cortés al maníaco
a su regreso. “No habéis correspondido a la confianza que deposité en vos;
vuestra conducta ha sido la de un hombre sin juicio” (W. Prescott, Historia de
la conquista de México, p. 500).* O quizá la de un psicópata. Años más tarde,
los testigos aztecas de la matanza describían el efecto de las espadas y lanzas
de acero sobre la carne desnuda:
Al momento todos acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con
las espadas hieren. A algunos los acometieron por detrás; inmediatamente
cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza;
les rebanaron la cabeza, enteramente hecha trizas quedó su cabeza.
Pero a otros les damos tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados
quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren en los muslos, a éstos en las
pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron
por tierra. Y había algunos que aun en vano corrían: iban arrastrando los
intestinos y parecían enredarse los pies en ellos (Miguel León-Portilla, ed., E
l reverso de la conquista, p. 41).**
Ahora, un mes más tarde, eran los propios españoles los que no
encontraban el modo de huir. Durante una semana, intentaron salir de su cuartel
general, poniendo a prueba la resistencia azteca en un vano intento por
encontrar una salida hacia los pasos que atravesaban el lago Texcoco. Ya de
noche, los hombres de Cortés vieron a través de las ventanas de su cuartel
general las cabezas de sus camaradas muertos balanceándose sobre la punta de
unas estacas, como si, pese a que muchas estaban ya putrefactas, fueran una
suerte de muertos parlantes; sin dejar de gritar y gesticular, los aztecas las
utilizaban como títeres
* Madrid, Istmo, 198 7, traducción
de José María Fernández.
** Joaquín Mortiz, México, 19 7
0 .
201
para atemorizar a los perplejos españoles. Pese a que las muertes en las
batallas que se desarrollaban en torno al recinto donde se refugiaban los
españoles aumentaban día a día, los castellanos que en el fragor de la lucha
daban un traspié tenían más probabilidades de caer prisioneros que de morir.
Los aztecas se proponían reanudar con ellos los sacrificios humanos en la Gran
Pirámide. Los suministros españoles de comida y agua dulce disminuían
rápidamente. Estaban cercados y, desde los tejados cercanos, los ataques con
armas arroja dizas no cejaban.
La matanza se prolongaba ya durante una semana, Cortés estaba
desesperado. En la crisis que se avecinaba, sobrevivió únicamente porque tenía
gran confianza en sus máquinas improvisadas y en su perspicacia militar. Entre
tanto, los cañones no dejaban de disparar, masacrando a los aztecas, matando a
cientos de ellos y frustrando sus intentos de entrar en el reducto de los
españoles. Los hombres de Cortés cavaron un pozo, pero sólo encontraron agua
salobre. Adem ás, construyeron enormes manteletes con las vigas y maderas de
los tejados aztecas. Desde el interior de aquellos ingenios, hasta veinticinco
hombres podían, am parándose en su protección, disparar y sacar sus lanzas por
las aberturas. Con ellas, los ingenieros españoles esperaban despejar el área
que rodeaba el palacio de Axayácatl y detener los ataques nocturnos y masivos
con armas arrojadizas.
Por fin, Cortés arrastró al desacreditado Moctezuma al tejado del templo
para que diese orden a sus súbditos de que cesaran en sus ataques. En vez de
ello, los mexicas abuchearon a su maltrecho emperador y le arrojaron piedras.
Cuando los españoles volvieron a encerrarlo, comprobaron que había recibido una
herida mortal; su última oportunidad de parlamentar se había esfumado. En
relatos posteriores, los adversarios de los castellanos sugieren que fueran
éstos quienes, en su furia, asesinaron al emperador azteca, en su furia o al
conocer el rumor de que Moctezuma había enviado algunos heraldos al usurpador
Narváez a fin de colaborar con él en su intento de acabar con Cortés.
Cortés irrumpió en el cercano templo de Yopico. Las máquinas de asedio
que acababan de construir lo protegieron a él y a otros cuarenta hombres que
es calaron la pirámide, derribaron unos ídolos, expulsaron a los sacerdotes de
su santuario, destruyeron los almacenes donde se guardaban las capas ceremo
niales de piel humana y limpiaron la torre rival de arqueros y honderos, que
tantas muertes habían provocado entre los españoles. La táctica y la religión
impulsaban aquella matanza desesperada, es decir, la necesidad de poner fin a
los constantes ataques del enemigo con armas arrojadizas y la ininterrumpida
cruzada cristiana por borrar toda huella de la maquinaria sacrificial mexica.
Si en un principio algunos conquistadores consideraban la guerra de religión
como un impedimento, no tardaron en comprobar que la destrucción de los ídolos
y de los sacerdotes aztecas reportaba beneficios también en el campo de
batalla, al socavar la moral y la cohesión del enemigo. Porque lo cierto era
202
que los aztecas se desesperaban al ver cómo sus dioses, por cuyo
alimento luchaban, eran incapaces de evitar su propia aniquilación.
En la lucha por Yopico, Cortés volvió a dañarse la mano que ya tenía
herida y estuvo a punto de caer de la pirám ide en un terrible choque. Su
exégeta contem poráneo, Bernal Díaz del Castillo, afirmó acerca de la
enloquecida ascensión de los españoles al templo: “ ¡Oh, qué pelear y fuerte
batalla aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos a todos corriendo sangre y
llenos de heridas,
y otros muertos” (Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España, p. 312). En aquella segunda
salida desesperada murieron al menos otros veinte con quistadores. Pese a los
cañones, los caballos y las máquinas de asedio, había demasiados aztecas en un
lugar tan reducido y era im posible abrirse paso. Además, comenzaba a escasear
la pólvora y apenas quedaban balas de cañón. ¿Sería necesario fundir el oro y
la plata para improvisar algunas?, se preguntó Cortés. Sus heridos estaban
hambrientos y necesitaban cuidados médicos. Los muros de adobe de los templos,
además, comenzaban a erosionarse con el impacto de miles de lanzas y piedras.
Como un emisario azteca señaló a los españoles, los mexicas y sus aliados
podían perder 250 hombres por cada español y aun así aniquilar a sus atrapados
huéspedes.
A l concluir aquella última semana de junio de 1520, Cortés se hallaba
en una encrucijada. Al parecer, las opciones, como le dijeron sus
lugartenientes, estaban claras: o huir con las manos vacías o quedarse junto al
oro y morir en su nueva y presunta ciudad tributaria. El caudillo, en un gesto
muy propio de él, no escogió ninguna de estas dos posibilidades. Se proponía,
pese a la lluvia y la niebla, intentar una huida nocturna a través de las
calzadas y sacar, ante las narices de los propios aztecas, las pesadas barras
de oro y algunos sacos con piedras preciosas. Los castellanos envolverían en
trapos los cascos de sus caballos y Cortés les ordenaría transportar un puente
portátil que habían construido recientemente para salvar las zanjas de la
calzada. Cargarían las barras de oro en los caballos y permitirían que los
soldados cogiesen el resto: cada hombre decidiría cuánto llevaría bajo su ropa
o su coraza, debían elegir entre huir ricos pero demasiado cargados o pobres
pero ligeros, y, por tanto, quizá vivos. Como señaló Francisco López de Gomara,
otro de los cronistas de la época: “De los nuestros tanto más morían cuanto más
cargados iban de ropa, oro y joyas, pues no se salvaron más que los que menos
oro llevaban y los que fueron delante o sin miedo; de manera que los mató el
oro y murieron ricos”
(La conquista de México, p. 243).*
Durante las dos décadas siguientes, los supervivientes de aquella
horrible noche de lamentos se enzarzarían en mutuas recrim inaciones, denuncias
y calumnias, con la pretensión de determinar cuánto oro se llevaron y cuánto se
* Madrid, Historia íG, 1987.
203
salvó. La m ayor parte, evidentemente, se perdió, lo que no impidió que
las acusaciones prosiguieran. Cortés, en cualquier caso, confiscaría todo el
metal precioso que los más afortunados consiguieron sacar de Tenochtitlán. Pero
todo eso ocurriría años y cientos de muertos más tarde. De momento, los 1.300
hombres de Cortés tenían que encontrar el modo de salir de aquella isla
laberíntica, que sin solución de continuidad había dejado de ser su paraíso
para convertirse en su patio de ejecuciones.
LA NOCHE TRISTE: 30 DEJUNIO 1 DE JULIO DE 1520
Era noche cerrada y llovía. Los castellanos estaban a punto de
conseguirlo. Milagrosamente, habían cruzado ya tres de los canales -el de
Tecpantzinco, el de Tacuba y el de Atenchicalco- que atravesaban la calzada que
habían elegido para escapar, la que conducía a la ciudad de Tlacopán. Estaban
ya casi fuera de Tenochtitlán y avanzaban en columna sobre la vía elevada que
transcurría sobre el lago Texcoco. Su fantástico puente portátil había
conseguido salvar con éxito las zanjas que interrumpían su ruta de escape. Pero
nada más alcanzar el cuarto canal, el de Mixocoatechialtitlán, una mujer que
iba a sacar agua divisó a la torpe comitiva y dio la voz de alarma: “
Mexicanos. ¡Andad hacia acá: ya se van, ya van traspasando los canales vuestros
enemigos!” . Un sacerdote de Huitzilopochtlí, al oír sus gritos, corrió
rápidamente a llamar a los guerreros: “Capitanes, mexicanos. [...] ¡Se van
nuestros enemigos! Venid a perseguirlos. Con barcas defendidas con escudos” (H.
Thom as, La conquista de México,
p p . 456-457)-
A 1 cabo de unos minutos, cientos de canoas surcaban el lago TexCoco.
Sus tripulaciones habían embarcado en varios lugares que jalonaban la estrecha
cal zada dispuestas a atacar a la columna española. Otros atracaron cerca del
ejército de Cortés y atacaron a los castellanos con armas arrojadizas. El
puente portátil no tardó en ceder ante el peso de los frenéticos fugitivos. A
partir de ese mo mento, el único modo de huir era pisando sobre los caballos
de carga y los cuerpos de aquellos que iban en vanguardia y habían caído al
canal, con la macabra consecuencia de proporcionar a sus aterrorizados
camaradas suficiente material de relleno para hacer pie. Desde Tenochtitlán
acudieron hordas de guerreros y atacaron a los conquistadores por retaguardia
mientras otro contingente azteca bloqueaba el avance. Las cuatro naves de los
españoles -el dominio del lago Texcoco era vital para obtener la victoria en la
lucha por las calzadas- habían sido incendiadas hacía ya tiempo. Recibir ayuda
por agua era imposible.
Lo que ocurrió en las seis horas siguientes fue la mayor derrota europea
en el Nuevo Mundo desde la llegada de Colón. Los españoles, demasiado carga
204
dos con el oro que llevaban bajo la coraza, se esforzaban por poner en
funcio namiento sus cañones, por calmar a sus caballos, por organizar a sus
ballesteros y arcabuceros y, bajo el constante bombardeo a que los sometían los
aztecas, por llenar con tierra y despojos el abismo que interrumpía su huida.
Los testigos aztecas de la confusa escena recordaron más tarde de qué modo los
españoles se percataron de que su ruta de escape estaba cortada, el puente
derribado y de que un canal bloqueaba su avance:
Cuando los españoles alcanzaron el canal de los toltecas, el
Tlateca-yohuacan, se lanzaron al agua igual que si se estuvieran lanzando desde
un acantilado. Los tlaxcaltecas, los aliados de Tliliuhquitepec, los sol dados
de a pie españoles y los que iban a caballo, las pocas mujeres que acompañaban
al ejército, todos ellos se acercaban al borde y se zam bullían. El canal
pronto se llenó con los cadáveres de hombres y caballos; llenaron la zanja con
los cuerpos de los ahogados. Los que venían a continuación, cruzaban al otro
lado andando sobre los cadáveres (M. León-Portilla, ed., The Broken Spears [Las
lanzas rotas], pp. 85-86).
Aquellos afortunados que se encontraban al frente de la columna
consiguieron llegar a la orilla, seguidos de cerca por el propio Cortés y el
segundo contingente, pero por nadie más. El caudillo español reunió a cinco de
sus mejores jinetes
- A v ila, Gonzalo, M oría, O lid y
el irreductible San doval- y se abrió paso entre millares de indios con la
intención de abrir una ruta por la que pudieran escapar los pocos soldados de
su ejército que aún quedaban vivos. Pero era demasiado tarde.
A l menos la mitad de sus castellanos estaban rodeados por los mexicas;
otros, los que habían caído al agua, eran apaleados hasta la muerte por los
guerreros de las canoas, que los golpeaban con espadas de obsidiana; muchos
eran capturados, atados y arrastrados por los nativos que venían del lago
Texcoco. Gran parte de los guerreros mexicas eran excelentes nadadores y mucho
más ágiles en el agua que los conquistadores, que iban cargados de oro y muchos
de ellos con corazas. El propio Cortés fue alcanzado. Presa del aturdimiento,
estuvo a punto de que lo ataran antes de que sus compañeros Olea y Quiñones lo
arrastraran hasta un lugar seguro. No fue ésta la última vez que la obsesión de
los aztecas por capturar a Malinche para sus dioses, en lugar de matarlo en el
campo de batalla, lo salvó de caer hecho pedazos.
A la mañana siguiente incluso el salvaje Alvarado se vio superado por
fin y perdió el control de la retaguardia. Herido y sin caballo, llegó dando
tumbos hasta la orilla después de saltar sobre la brecha del canal. De su
comandante, Ju an Velázquez de León, nunca más se supo. Probablemente muriese
ahogado, o tal vez lo hiciera combatiendo, o quizá lo atraparon vivo y
devoraron su
205
cadáver después de sacrificarlo. Aunque los españoles habían salido de
Tenoch-titlán en una noche lluviosa y de densa niebla, formando en un ejército
de cuatro divisiones, la huida, en cuanto estuvieron rodeados y se vieron, al
menos la mayoría de ellos, empujados al agua a lo largo de los dos kilómetros
de calzada que atravesaba el lago Texcoco, no había tardado en convertirse en
un sálvese quien pueda.
Contemplando los despojos humanos que bloqueaban la ruta frente a ellos,
algunos hombres de la retaguardia de Alvarado dieron media vuelta y trataron de
volver al recinto de Tenochtitlán. A l parecer, preferían una última y glorio
sa batalla en tierra firme a morir apaleados de noche y sobre el estiércol de
la calzada. Al llegar, aquel grupo de hombres rezagados, y condenados, encontró
al parecer a otros pocos y aterrorizados castellanos que, en medio de la
confusión de la huida, se habían quedado atrás -posiblemente, en las barricadas
del templo de Tezcatlipoca- o que, quizá, no habían querido arriesgarse a
cruzar el lago Tex coco. Unos doscientos castellanos, en efecto, no llegaron a
salir de Tenochtitlán. Relatos aztecas posteriores refieren que, al cabo de
varios días de enconada resistencia, cayeron o fueron capturados y
sacrificados.
Finalmente, menos de la mitad de los castellanos y tlaxcaltecas
consiguieron llegar a la orilla opuesta del lago a duras penas. Lo que los
salvó de una muerte segura fue la determinación casi demente del propio Cortés.
Lejos de dejarse llevar por el pánico, el conquistador español organizó
rápidamente en Tlacopán los restos de su pequeño ejército y a continuación
partió hacia la capital tlax-calteca por el camino más largo, unos 250
kilómetros por una ruta que atravesaba un territorio hostil y muy accidentado.
Pese a la carnicería, sus mejores hombres consiguieron sobrevivir. Alvarado
logró, en dudosas circunstancias, abrirse paso por la calzada, aunque perdió a
la m ayoría de los hombres que estaban bajo su mando. Los otros grandes
caballeros -A vila, Grado, Olid, Ordaz, Rangel, Sandoval y Tapia- seguían
vivos. También lo estaba la inaprensible y letal María de Estrada, que había
sembrado tanto terror entre los m exicas que éstos la tomaban por una diosa
cristiana.
La supervivencia de personajes tan diestros garantizaba a los españoles
un núcleo de guerreros montados fiables y experim entados capaces de cargar
fríamente contra los indios y lancearlos y tajarlos casi con impunidad y que
contrastaban enormemente con los reclutas que habían llegado en la expedición
de Narváez. En su mayoría, los recién llegados habían cogido más oro, temían
más a los m exicas y demostraban poca afinidad con Cortés y su original y
veterana cohorte, que había llegado a M éxico en el otoño de 1519.
Cortés advirtió asimismo que su leal e inestimable intérprete, doña
Marina, la M alinche, estaba a salvo. M ás im portante aún era que lo estuviera
su carpintero naval, Martín López, que se había abierto paso por el malecón a
estocadas. Aunque gravemente herido, él también había sobrevivido. El caudillo
206
se dirigió a sus maltrechas y desm oralizadas tropas: “Bueno, vám onos,
no nos falta nada” . En el momento de su m ayor derrota, Cortés se percató de
que aún contaba con los servicios del único hombre de entre los suyos capaz de
construir nuevos barcos, los que le permitirían conseguir la victoria en su
próxim o, inevitable y mortal regreso. El contraste con los m exicas causa
asombro: tras expulsar a los españoles, miles de valerosos vencedores prefirie
ron celebrar la victoria y, durante unas horas decisivas, abandonaron la per
secución de los españoles, que no eran más que unos pocos cientos y estaban en
fuga; éstos, por su parte, aunque se encontraban al borde de la destrucción,
habían decidido volver, por más que aún no supieran cómo, para acabar con sus
verdugos.
HUIDA: 2-9 DEJULIO DE 1520
Cuando, tras la Noche Triste, rompió el alba, casi ochocientos europeos
habían caído o desaparecido. Más de la mitad de los castellanos que habían
entrado en Tenochtitlán el mes anterior o se pudrían en la laguna o estaban a
punto de que les abrieran el pecho en cumplimiento del ritual azteca. Los nueve
meses de campaña constante y de cuidadoso establecimiento de alianzas entre
docenas de ciudades no habían servido de nada. El medio año de connivencia en
el interior de Tenochtitlán con la intención de ganar la ciudad pacíficamente,
ca racterizado por la alternancia entre amenazas y reconciliaciones con
Moctezuma, también había caído en saco roto. Tras seis horas de matanza en el
lago, Cortés había perdido un ejército que había tardado un año entero en formar.
Duros guerreros como Alonso de Escobar y Velázquez de León ya no estaban a su
lado, lógicamente, era de suponer que los habían conducido al Gran Templo de
Huitzilopochtli para arrancarles el corazón durante la ceremonia de celebra
ción de la victoria. Los sacerdotes mexicas preparaban ya las cabezas de los
castellanos caídos que, a modo de trofeo, enviarían a las aldeas que rodeaban
el lago Texcoco. Esas cabezas serían la prueba de que los extranjeros habían
muerto. Los mexicas las pasearían por las ciudades de sus pueblos tributarios
con la prohibición de ayudar a los fugitivos, que, era evidente, sangraban y
huían como hombres, no como dioses.
Las fuentes aztecas registran los sucesos que se produjeron en
Tenochtitlán inmediatamente después de la Noche Triste:
Pero pusieron los cadáveres de los españoles separados de los demás; los
colocaron en filas en un lugar distinto. Sus cuerpos eran tan blancos como los
capullos del maguey. Apartaron los “venados” [caballos] muertos que habían
llevado a los “dioses” sobre sus lomos y reunieron cuanto
207
los españoles, presas del terror, habían abandonado. Cuando un hombre
veía algo que le gustaba, lo cogía, pasaba a ser de su propiedad; lo echa ba
sobre el hombro y se lo llevaba a casa. También recogieron todas las armas
abandonadas y las que habían caído al canal —cañones, arcabuces, espadas,
lanzas, arcos y flechas—, junto con los cascos de acero, las cotas de malla y
las corazas y los escudos de metal, madera y piel (M. León-Portilla, ed., The
Broken Spears, p. 89).
Casi todos los supervivientes españoles estaban heridos o enfermos. Tras
varias semanas de marcha tragando polvo y alimentándose mal, a causa de las
heridas, el chaparrón de la Noche Triste y el agua fría del lago, y debido a la
necesidad de llevar constantemente sus pesadas corazas, muchos de ellos
padecieron enfermedades respiratorias -m uy probablemente neum onía- y murieron
por docenas durante su huida. Pese a la deficiente condición de sus hombres,
Cortés se vio obligado a abandonar Tlacopán y la ribera del lago tan pronto
como pudo mientras los mexicas, por su parte, celebraban la victoria y se
reagrupaban. Los españoles, por lo demás, habían abandonado la mayor parte del
oro robado y sus cañones se encontraban en el fondo del lago Texcoco. También habían
perdido casi todos sus arcabuces y ballestas y para los que les quedaban no
tenían pólvora ni ballestas. En teoría, los mexicas, que habían capturado las
armas de los hombres que habían muerto en la calzada o estaban a punto de
hacerlo en el recinto de Tenochtitlán, tenían a su disposición mejores armas
arrojadizas y de fuego que los castellanos.
No existe un registro exacto del número de tlaxcaltecas muertos o
capturados, pero no hay duda de que las bajas superaban el millar. Los
refuerzos aliados estaban a muchos kilómetros de distancia y los españoles no
mantenían co municación con su pequeña guarnición de Veracruz. Según sus
cálculos, Cortés había perdido el 70% de sus caballos y a dos terceras partes
de sus hombres. Lo peor, sin embargo, era que se encontraba a 250 kilómetros de
Tlaxcala, la ciudad aliada más próxima. ¿Y los demás aliados? De momento, se
hallaba junto a la ciudad, al parecer neutral, de Tlacopán, pero en pocas horas
miles de m exicas le estarían pisando los talones. Éstos, por lo demás,
pretendían sin duda establecer, por medio de sobornos y regalos, algún tipo de
pactos con los pueblos de su confederación para que los ayudasen a apresar a
los ham brientos castellanos. L a clave estaba en salir del valle a salvo. L
a llanura entera estaba poblada por antiguos aliados ahora hostiles e
impacientes por sumarse a la victoria azteca.
Lo supiera Cortés o no en aquel entonces, lo cierto era que la suerte de
los españoles estaba a punto de cambiar de forma espectacular. En primer lugar,
no estaba rodeado, o al menos, no todavía. En apariencia, los aztecas no
estaban familiarizados con el modo de guerrear de los europeos, que, a
diferencia del
208
que ellos empleaban en las “guerras de las flores”, campañas cuyo único
objetivo era la sumisión, no tenía nada que ver con ningún tipo de normas o
rituales y mucho menos con capturar prisioneros, sino con la ciencia de matar
al enemigo cuanto antes, perseguir a los vencidos, acabar con su voluntad de
resistencia y ganar con la guerra lo que las negociaciones y la política no
habían conseguido. Según los principios de la guerra de aniquilación de los
europeos, dejar que un hombre como Cortés - o Alejandro Magno, Ju lio César,
Ricardo Corazón de León, Napoleón o lord Chelm sford- escapase con su ejército
tras una derrota no era ninguna victoria, sino, bien al contrario, la garantía
de que el próximo enfrentamiento habría de ser aún más sangriento y frente a un
contingente más experimentado y con la intención de zanjar la disputa de una
vez por todas.
Cortés, por su parte, había infligido graves daños a los mexicas. La
estúpida y cobarde pero enorme masacre que Pedro de Alvarado había llevado a
cabo unas semanas antes en los festejos de Toxcatl había privado a los
desprevenidos m exicas de sus mejores líderes militares, y cabe preguntarse si
la diabólica matanza de Alvarado, que causó daños irreparables a la causa
azteca, contó con el consentimiento explícito del ausente Cortés. Además, las
luchas de finales de junio se habían saldado con m illares de nobles guerreros
muertos o grave mente heridos. El todopoderoso emperador mexica murió
asesinado de forma vergonzosa cuando se dirigía a sus súbditos, o quizá
inmediatamente después. El tributo vital se vio interrumpido de form a
permanente. En el interior de Tenochtitlán, cientos de casas fueron incendiadas
y docenas de altares profa nados y saqueados.
Tras la batalla, los traumatizados mexicas volvieron a Tenochtitlán y
comen zaron, como si el peligro hubiera pasado por fin, a limpiar los despojos
de la batalla que quedaban en las calles, contentos de haberse librado de
aquellos intrusos asesinos y de su terrible propensión a destruir casi todo lo
que tocaban. Más importante que las considerables pérdidas mexicas era que
siete barcos se dirigían ya hacia Veracruz llevando más pólvora, ballestas,
caballos y algunos cañones procedentes de Cuba y España y cargados de hombres
desesperados e impacientes por unirse al tan rumoreado festín de oro y hacerse
ricos.
Cortés sabía que la muerte de tantos españoles y los rumores acerca de
los sacrificios humanos y el canibalismo de los aztecas enrabietarían a los
orgullosos castellanos y apelarían a su sentido del honor incitándolos a
regresar para llevar el fuego y la ruina a aquellos infieles comedores de carne
humana. Cortés había comprendido la doctrina bélica de los aztecas: les
interesaba más hacer prisio neros que matar; sus armas podían aturdir pero
raramente matar si no era a costa de numerosos golpes. Los guerreros aztecas
preferían el combate individual a base de golpes y estocadas a las tácticas de
choque y asaltos m asivos en formación cerrada. Sus brigadas se concentraban en
torno a caciques locales que acudían a la lucha ataviados con plumas, vistosos
ropajes y portando un
209
estandarte; la muerte de uno de estos jefes podía significar que sus
partidarios salieran huyendo presas del pánico. El comandante supremo
contemplaba la lucha desde un lugar remoto y aislado de los hombres que
libraban la batalla. El ejército azteca, además, era más odiado por otros
pueblos nativos que los castellanos.
Cortés se encontraba ya en suelo seco, lejos de aquellas calzadas y
canoas infernales, con espacio para sus caballos y falanges de espadachines.
Dominado por el temor y la depresión que le había provocado la Noche Triste,
aún no se daba cuenta de que había todavía miles de indios -tepanecas,
totonecas, chalcas y otros tlaxcaltecas- que no estaban preparados para unirse
a los aztecas, sino que se mantenían a la espera. En secreto, muchos de ellos
deseaban que los castellanos regresasen a Tenochtitlán.
Para Cortés, la Noche Triste fue una gran derrota, pero para los
enemigos más resueltos de los mexicas, que proporcionaban alimento a las mesas
de la elite de Tenochtitlán y sus propios cuerpos a los infernales dioses
aztecas, la idea de que el ejército del caudillo se hubiera abierto paso hasta
la ciudad fortaleza, secuestrado al odiado emperador y masacrado a miles de sus
súbditos en su retirada era motivo de asombro, no de desprecio. No todos los
relatos que se propagaban a toda velocidad por el valle de M éxico hablaban del
triunfo azteca sobre los castellanos, muchos de ellos hacían hincapié en que
los audaces y letales hombres blancos se habían abierto paso hacia terreno
seguro a través de las temibles calzadas que salían de la ciudad. Esos relatos
hablaban de la carnicería a que habían sido sometidos m illares de aztecas, no
sólo de que habían muerto cientos de castellanos. Tal vez el nuevo em perador
azteca, Cuitláhuac, declarase que las pieles y cráneos que m ostraba a sus
súbditos eran los de Cortés, Sandoval y Alvarado, pero la verdad no tardó en
saberse: aquellos tres despiadados legendarios estaban vivos y resueltos a
volver. Ni siquiera ese rumor, difundido por ellos mismos, que decía que los
embajadores aztecas habían matado a los 45 españoles que habían quedado en
Tlaxcala cuando se dirigían hacia la costa causó gran impresión. Entre tanto,
las vaci lantes tribus de México sopesaban la situación y el agravio que
suponía el tributo humano que anualmente tenían que entregar a los aztecas; muchas
de ellas preferían la brutalidad castellana a la azteca y, quizá, al extraño
Jesucristo de los asesinos blancos, al que no conocían, al sanguinario
Huitzilopochtli, por muy familiar que éste les resultase.
Por último, corría el rumor de que uno de los últimos hombres llegados a
la costa - a l parecer, un esclavo africano del contingente de Narváez- padecía
viruela. Los castellanos, que habían estado al borde de la extinción en el
verano de 1520, ganaban con ello un nuevo e imprevisto aliado: un bacilo letal
entre una población susceptible de contraerlo. Entre una población que dormía
en cabañas y en grupo, que en su m ayoría habitaba en las ciudades y no en el
270
campo, que comía del mismo plato y se bañaba en la misma agua y que no
tenía experiencia biológica ni cultural frente a las epidemias europeas, el
nuevo germen pronto comenzaría a causar centenares de miles de bajas -aliadas,
enemigas o neutrales-, matando a más guerreros aztecas que el acero toledano de
los castellanos. La mañana del 2 de julio de 1520, empapados, heridos y al
borde de la aniquilación, poco sospechaban Cortés y su patética cohorte,
refugiados en Tlacopán, que al cabo de pocos meses no sólo recuperarían su
reputación de antaño como temidos extranjeros de afiladas espadas y atrona
doras armas, sino que de nuevo tendrían para los nativos la apariencia de
superhombres a quienes aquella nueva y terrible m aldición de los furiosos
dioses no afectaba.
El 2 de julio de 1520, en efecto, Cortés reunió a sus hombres e inició
una marcha que, bajo el constante hostigamiento de sus enemigos, habría de
prolongarse durante varios días. Finalmente, en la pequeña aldea de Otumba,
situada a medio camino del territorio seguro de los tlaxcaltecas, el nuevo
emperador az teca, Cuitláhuac, y su enorme ejército alcanzaron a los
castellanos. Los anales históricos españoles dirían más tarde que Cuitláhuac
contaba con unos 40.000 hombres, una cifra plausible, en realidad, dado el
cambio de actitud de las villas que rodeaban Tenochtitlán. Los m exicas no
tardaron en cercar a los hombres de Cortés y durante seis horas los fueron
abatiendo sin descanso, tanto más cuanto que a éstos sólo les quedaban unos
veinte caballos, todos ellos estaban heridos y les faltaban los cañones y los
arcabuces que sí tenían en Tenochtitlán. Incluso los más escépticos admiten que
los españoles de Cortés com batieron en la llanura de Otum ba en una proporción
de alrededor de cien a uno.
Cuando los españoles estaban al borde del derrumbe definitivo, Cortés
divisó al comandante de la línea azteca, el cihuacoatl, y a sus subordinados,
adornados con vistosas plumas y con vestimentas de brillantes colores. El
propio líder portaba el estandarte emplumado azteca a su espalda. Díaz del
Castillo relata que Cortés no se dejó impresionar por aquella terrible
insignia. A l contrario, escogió a Sandoval, Olid, Ávila, Alvarado y Ju an de
Salamanca -los lanceros más certeros de la época- y cabalgó a su lado
directamente hacia el enemigo. “Y desque lo vio Cortés, con otros muchos
mexicanos que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a
Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olí y a Gonzalo de Domínguez y a los demás
capitanes: ‘ ¡Ea, señores; rompamos por ellos y no quede ninguno dellos sin
herida’” (Berna! Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la
Nueva España, p. 322). Pese a la vasta superioridad numérica de que gozaban y a
su reciente victoria en las calzadas de Tenochti tlán, los aztecas no podían
defenderse de los ataques en plena llanura de tropas a caballo o de formaciones
cerradas, y la llanura de Otumba parecía hecha a medida para los jinetes
españoles. Ningún m exica se había enfrentado nunca
277
con un enemigo que cargase directamente contra su cihuacoatl. Con su
líder hecho pedazos por los lanceros y su estandarte de guerra en manos
españolas, millares de ellos regresaron en tropel a Tenochtitlán.
En muchos sentidos, la batalla de Otumba fue, puesto que se produjo tan
sólo ocho días después de la Noche Triste, la mayor victoria de Cortés. En un
pasaje famoso, William Prescott señaló el papel que la disciplina, la ciencia
militar y el liderazgo personal de Hernán Cortés desempeñaron en el cambio de
tornas que sufrió el destino de los aztecas (por su parte Cuitláhuac, como
anteriormente Moctezuma, se mantuvo alejado del combate):
Los indios en todo su vigor, y los cristianos extenuados por las enfer
medades, hambre, largos y penosos sufrimientos, sin cañones ni armas de fuego,
sin todo el aparato militar que tantas veces había causado espanto a su bárbaro
enemigo, faltos aun del temor que inspira un nombre victorioso. Pero tenían de
su parte la disciplina, una resolución desesperada
y una ciega confianza en su jefe
(William Prescott, Historia de la conquista de México, p. 565).
Cuando Cortés llegó por fin a Tlaxcala, un territorio seguro, muchos de
sus hombres, especialmente los pocos supervivientes del grupo que había aban
donado a su archienemigo Narváez para unirse a él, estaban hartos de México. La
m ayoría deseaba regresar a Veracruz y, desde allí, volver a Cuba. Otros
estaban furiosos de que Ju a n Páez, que había quedado en Tlaxcala cuando
Cortés se dirigió a Tenochtitlán, no hubiera intentado ayudarlos, pese a que
contaba a su disposición con miles de tlaxcaltecas impacientes por socorrer a
los conquistadores atrapados en la capital azteca. Por otra parte, llegaron
noticias al exhausto ejército de que un contingente auxiliar de 45 españoles
había sido aniquilado cuando intentaba llegar a Veracruz.
Y entonces, Cortés se empeñó
en empeorar las cosas y anunció que confiscaría todo el oro que habían sacado
de la ciudad porque quería comprar provisiones. Además, prohibió que cualquier
superviviente con intención de subir a un barco de vuelta a Cuba o a España se
dirigiese hacia la costa. Francisco López de Gom ara se hizo eco del malestar
de aquellos hom bres:
¿Qué piensa Cortés? ¿Qué quiere hacer de nosotros? ¿Por qué nos quiere
tener aquí, donde muramos de mala muerte? ¿Qué le merecemos para que no nos
deje ir? Estamos descalabrados, tenemos los cuerpos llenos de heridas,
podridos, con llagas, sin sangre, sin fuerza, sin vestidos, nos vemos en tierra
ajena, pobres, flacos, enfermos, cercados de enemigos,
y sin esperanza ninguna de subir de
donde caímos. M uy locos y necios seríamos si nos dejásemos meter en otro
peligro semejante al pasado.
212
No queremos morir locamente como él, que con la insaciable sed que de
gloria y mando tiene, no estima su muerte, cuanto más la nuestra, y no mira que
le faltan hombres, artillería, armas y caballos, que hacen la guerra en esta
tierra, y que le faltará la comida, que es lo principa] (Francisco López de
Gomara, La conquista de México, p. 249).
Nadie podía im aginar que al cabo de tan sólo trece meses Hernán Cortés
regresaría a Tenochtitlán, mataría a millares de indios y acabaría para siempre
con la nación azteca.
LA DESTRUCCIÓN DE TENOCHTITLÁN: 28 DE ABRIL-13 DE AGOSTO DE 152!
A partir del 9 de julio de 1520, fecha en que los castellanos alcanzaron
la ciu dad tlaxcalteca de Hueyotlipan y por lo tanto la seguridad, sus
padecimientos fueron dism inuyendo paulatinamente durante el resto del año. Ese
mismo mes de julio los tlaxcaltecas acordaron con ellos una alianza perpetua
-tenían la posibilidad de reunir a cerca de 50.000 guerreros en sus territorios
aliados-a cambio de una parte del botín de Tenochtitlán, exención perpetua de
tributos y presencia fortificada en la ciudad una vez conquistada la capital
azteca. En el mes de agosto, Cortés reformó sus tropas y a la cabeza de miles
de tlaxcaltecas irrumpió en la fortaleza de Tepeaca e inició el sometimiento
sistemático de las aldeas que la rodeaban. En septiembre, puso a disposición
del brillante Martín López a los mejores artesanos de su ejército, a miles de
trabajadores tlaxcaltecas y todo el material que aún quedaba de los barcos
encallados en Veracruz y le encomendó la construcción de catorce bergantines
que se pudieran desmontar, transportar a través de los montes hasta
Tenochtitlán, volver a montar y botar en el lago Texcoco.
A finales de aquel mismo mes,
la dramática epidem ia de viruela se había propagado desde Veracruz y había
llegado ya a Tenochtitlán. Miles de mexicas comenzaron a m orir de lo que, en
principio, consideran un misterioso mal cutáneo. Años más tarde, los supervivientes
m exicas relataron a Bem ardino de Sahagún los terribles síntomas de la
enfermedad; éste, a su vez, registró lo que le contaban con un estilo digno de
un Tucídides:
Nos salieron llagas en la cara, en el pecho y en la tripa; estábamos
cubiertos de llagas sangrantes de la cabeza a los pies. La enfermedad era tan
horrible que nadie podía cam inar ni moverse. Los enfermos estaban tan
desvalidos que permanecían echados en sus camas como cadáveres, incapaces de m
over los miembros o la cabeza. No podían yacer boca abajo ni de costado. Si se
movían, chillaban de dolor. Muchos
213
murieron de esta peste y muchos otros de hambre. No podían levantarse
para buscar com ida y los demás estaban demasiado enfermos para ocuparse de
ellos, así que se quedaron en sus lechos hasta que murieron de hambre. Algunos
contrajeron una variedad menos grave de la enfermedad, sufrieron menos que los
otros y se recuperaron bien. Pero no pudieron librarse del todo. Tenían un
aspecto terrible, porque allí donde habían tenido una llaga, quedaba una
espantosa cicatriz en la piel.
Y algunos de los
supervivientes se quedaron ciegos (M. León-Portilla, The Broken Spears, pp.
85-86).
Cuitláhuac, el sucesor de Moctezuma, que había atacado a Cortés en
Otumba, también cayó víctima de la viruela. Fue sustituido por Cuauhtémoc, más
joven y audaz. Este, el tercer emperador que en un solo año se las vería con
Hernán Cortés, habría de rendir una destruida Tenochtitlán.
L a extraña secuencia de acontecimientos que transformó el destruido
ejército de Cortés en un terrible contingente capaz de vengar la victoria
azteca avan zaba irremisiblemente. A finales del otoño de 1520, siete barcos,
en distintas expediciones, atracaron en Veracruz añadiendo otros doscientos
hombres a los cuatrocientos o quinientos que le quedaban a Cortés. Por vez
primera en seis meses, el capitán español contaba con pólvora, cañones,
arcabuces y ballestas de sobra. Cortés, además, envió varias naves a La
Española y ajam aica en busca de más armas y caballos. Entre tanto, durante la
m ayor parte de diciembre de 1520, mientras él se encargaba de someter las
aldeas de Tepeaca, el fiable Sandoval había conquistado a todas las tribus que
habitaban entre Tlaxcala y la costa, asegurando con ello el transporte de
suministros desde Veracruz hasta el cuartel general de los conquistadores en
Tlaxcala. Si la enorme ciudad de Tenochtitlán recibía mercancías sobre todo por
vía acuática, los españoles tenían a su disposición el Atlántico para
garantizar el aprovisionamiento de Veracruz. Pero mientras Cortés podía
construir una flota que interrumpiera el tráfico de canoas por el lago Texcoco,
ningún guerrero azteca tenía la menor idea de cómo evitar que las “montañas
flotantes” amarrasen en Veracruz trayendo a más demonios blancos con sus
atronadoras armas.
El día de Año Nuevo de 1521 Cortés había pacificado a la mayor parte de
tribus hostiles que habitaban entre Veracruz y Tenochtitlán y reunido buen
número de suministros y soldados adicionales. Se encontraba inmerso en un
ambicioso program a de construcción naval que aseguraría la protección de sus
fuerzas cuando su infantería y caballería retornasen a las calzadas que
atravesaban el lago Texcoco. Es posible que Cortés iniciase su marcha sobre
Tenochtitlán con unos 550 efectivos de infantería -pese a todo lo su
cedido,'taiitos como habían conseguido escapar de la ciudad el mes de junio
anterior-, entre los que se encontraban ochenta arcabuceros y ballesteros y al
menos cuarenta
*'5
nuevas monturas y nueve cañones recién llegados. Además, escogió 10.000
de los mejores guerreros tlaxcaltecas, con cuya ayuda se dispuso a conquistar
las ciudades que rodeaban Tenochtitlán. A principios de abril de 1521 el nuevo
ejército se encontraba en las afueras de la capital mexica y los bergantines
estaban listos para su botadura. Por su parte, diversas partidas itinerantes
habían comenzado a interrumpir de manera sistemática los abastecimientos de
agua y alimentos que llegaban a la ciudad. Aquella segunda ofensiva no mantuvo
las apariencias de conciliación y alianza de la primera “visita” . Tras la
Noche Triste, Cortés tenía intención de obtener la rendición incondicional de
Cuauhté-moc, el nuevo emperador, y de su pueblo, o bien de derrotar al ejército
azteca en una batalla. Si los aztecas no capitulaban, los castellanos
destruirían Te nochtitlán piedra a piedra y la dejarían en manos de los
tlaxcaltecas para que éstos la saqueasen, lo que recuerda el modo en que
Alejandro arrasó Tebas y luego permitió que los pueblos beocios circundantes
robaran, esclavizaran y asesinaran a sus habitantes con total impunidad.
A finales de abril, tras seis
meses de campaña en los territorios que rodeaban Tenochtitlán para amputar la
conexión de los aztecas con su imperio tributario, el reconstituido ejército de
Cortés se encontraba de nuevo en las calzadas de la capital azteca, que se
había propuesto asediar. La mayoría de las ciudades de la ribera del lago
Texcoco y del valle de M éxico habían sido sometidas por Cortés o se habían
unido a él. Es posible que un año antes la decisión de entrar en Tenochtitlán
fuera un error, pero ahora, el caudillo español estaba impaciente por demostrar
que la decisión de los mexicas de permanecer en ella era un error aún mayor.
Los antiguos sitiadores estaban a punto de ser sitiados. Cerca del 28 de abril
de 1521, Martín López, tras cruzar las montañas y ensamblar los bergantines de
fondo plano, los botó en el lago Texcoco, con mástiles, remos, cañones y una
dotación de arcabuceros y ballesteros. Gracias a ellos, las canoas aztecas no
volverían a atacar a los españoles que avanzasen por las calzadas. En un mundo
sin bueyes ni caballos, en una tierra que no conocía la rueda, una ciudad tan
enorme como Tenochtitlán, con un cuarto de millón de habitan tes, sólo podía
recibir suministros por agua. De hecho, su supervivencia diaria dependía de las
toneladas de maíz, pescado, frutas y verduras que le suminis traban los miles
de canoas que surcaban el lago. La destrucción de esta flota no sólo mutilaría
el poder militar azteca, sino que condenaría a su capital a la sumisión.
A los gritos de “ ¡Castilla, Castilla, Tlaxcala, T laxcala!” , Cortés
condujo a su ejército hispanoindio a Tenochtitlán. Si bien los observadores de
la época hablan de un ejército cercano al medio millón de hombres, es más
probable que las tropas invasoras sumaran entre 50.000 y 75.000 hombres. ¡Son
los refuerzos de última hora llegados de Veracruz, los invasores estaban
liderados por unos setecientos u ochocientos soldados de infantería
castellanos, noventa
216
jinetes, 120 ballesteros y arcabuceros y tres cañones grandes, además de
los pequeños falconetes y las dotaciones de los catorce bergantines. Muchos
cas tellanos iban además equipados con nuevos cascos y espadas y algunos de
ellos también con corazas y escudos nuevos. Otros tantos habían recibido
repuestos para reparar sus armas de fuego.
El plan de Cortés era muy sencillo. Dividiría a su ejército en cuatro
contingen tes y pondría a sus tres caballeros más veteranos -Alvarado, Olid y
Sandoval- al mando de los tres que apostaría en las entradas principales de la
ciudad. Deja ría la calzada de Tlacopán abierta aunque custodiada durante
algún tiempo, para permitir que los fugitivos huyeran del asedio. El propio
Cortés se haría cargo del cuarto contingente y embarcaría en los bergantines
con unos trescientos castellanos, es decir, cada embarcación llevaba unos
veinticinco hombres. Lo seguirían en botes miles de tlaxcaltecas y habitantes
de las riberas del lago Texcoco (Fernando de A lva Ixtlilxochitl, descendiente
del líder de los pueblos del Texcoco, afirmaría más tarde que su pueblo aportó 16.000
canoas a la armada de Cortés). La flota combinada ayudaría a las tropas
terrestres que iniciarían el asalto, reforzaría el bloqueo de la ciudad y
destruiría las naves enemigas.
El 1 de junio de 1521 Cortés ya había conseguido interrumpir el
suministro de agua dulce de la ciudad e irrumpir en la isla fortaleza de
Tepepolco, que los mexicas utilizaban para coordinar sus ataques sobre las
tropas de invasión castellanas. Según los españoles, el asedio comenzó
oficialmente el 30 de mayo, fecha en que cortaron las fuentes de suministro de
la ciudad; más tarde, sus crónicas hablarían, refiriéndose a la destrucción de
Tenochtitlán, de “las setenta y cinco jornadas” transcurridas entre el 30 de
mayo y el 13 de agosto de 1521. Pero lo cierto es que sus progresos fueron muy
lentos durante el resto del verano, puesto que los aztecas sobrepasaban en
número a sus invasores muy amplia mente. Los defensores clavaron estacas
afiladas en el barro del lago con la intención de quebrar el casco de los
bergantines y se lanzaron en masa contra la Capitana de Cortés. De no ser por
el valiente Martín López -en ciertos aspectos el más formidable de los hombres
de Cortés- y de un pequeño grupo de hombres armados con espadas que se
agruparon en torno a la nave de su líder para arrojar al agua a los aztecas que
habían abordado los bergantines y matar a aquellos que intentaban atar y
arrastrar al caudillo, tanto Cortés como su nave habrían sido capturados.
Los castellanos comenzaban a darse cuenta de que no les bastaría con de
rrotar al ejército azteca; si querían acabar con toda resistencia, tendrían que
invadir la ciudad y arrasarla. Las cuatro líneas de avance del ataque español
se internarían por las calzadas, entrarían en las afueras de Tenochtitlán y a
continuación se retirarían a territorio seguro para pasar la noche. El éxito
dependía de hasta qué punto Cortés podría llenar las brechas producidas en los
diques y mantener intactas las calzadas. De ese modo, los españoles tendrían
277
libertad de movimientos cuando comenzaran a echar abajo las
construcciones de la ciudad, derribando templos, murallas y hogares. Poco a
poco, los jinetes, ballesteros y arcabuceros fueron ganando terreno para
operar, buscando buenas posiciones de fuego y eliminando los rincones y calles
estrechas desde donde los aztecas pudieran lanzar emboscadas. Cortés
aprovechaba 2.000 años de patrimonio europeo en tácticas de asedio - la antigua
ciencia helénica de la poliorcética, es decir, “ el arte de cercar una ciudad”
- cuando se propuso como objetivos los suministros de agua y alimentos y los
saneamientos de Tenochtitlán y concentró su artillería, incursiones y ataques
con armas arrojadizas sobre los puntos débiles de la defensa azteca a fin de
acrecentar el efecto natural del hambre y las epidemias.
Si los españoles se internaban en Tenochtitlán -donde podían caer
víctimas de una emboscada y verse rodeados al tiempo que los aztecas cerraban
sus rutas de escape-, se enfrentaban a una posible aniquilación. Pero si los
bergantines lograban mantener abiertas las calzadas, sus soldados podrían
cruzar a la ciudad todos los días, destruir una o dos manzanas de casas, matar
a otros cientos de aztecas y a continuación retirarse para pasar la noche en
sus recintos fortifica dos. Normalmente, eran los soldados de a pie los que
avanzaban, apoyados por fuego de cañón, arcabuces y ballestas, y se
precipitaban sobre los despro tegidos aztecas con sus espadas de acero
toledano. En los momentos clave, docenas de lanceros montados y protegidos con
cotas de malla cargaban contra los lugares donde se concentraban más enemigos
o, al crepúsculo, lanzaban em boscadas contra los m exicas cuando éstos
perseguían a los soldados de infantería. A finales de junio, el emperador Cuauhtémoc,
tras comprobar la futilidad de las tácticas aztecas, replanteó la defensa y
retiró a la mayor parte de la población superviviente de Tenochtitlán
-guerreros, civiles e incluso a los ídolos y efigies de los dioses del Gran Tem
plo- a la isla de Tlatelolco, situada al norte de la capital. Fue una decisión
acertada: el cambio de estrategia confundió a los españoles, que entraron en la
ciudad pensando que los aztecas estaban derrotados y en fuga. Además, los
castellanos desconocían que Tlatelolco fuera un recinto mucho más abigarrado
que los demás barrios de Tenochtitlán y, por tanto, más adecuado para una
guerra urbana defensiva que las amplias avenidas del resto de la ciudad, ya
destruido.
La clave de la batalla consistía en evitar que los españoles
consiguieran es pacio para cargar con sus caballos, para que su infantería se
agrupase en for mación cerrada o su artillería y arcabuceros encontrasen
buenas posiciones. Las gentes de Tlatelolco se unieron a sus vecinos de
Tenochtitlán y atacaron a los castellanos en los angostos y retorcidos
callejones, cortándoles el paso en las calzadas que conducían a la otra orilla
del lago. El propio Cortés fue desca balgado y por tercera vez arrastrado por
los aztecas. Cristóbal de O lea y un tlaxcalteca anónimo se lanzaron sobre los
furiosos aztecas y les cortaron las
218
manos para salvar a su caudillo. En la emboscada inicial de Tlatelolco,
más de cincuenta españoles fueron arrastrados por sus captores y otros veinte
re sultaron muertos. Por su parte, millares de tlaxcaltecas pagaron con la
vida o su captura el excesivo ímpetu de los castellanos. Fue hundido un
bergantín, y con él se perdió otro valioso cañón.
Los mexicas decapitaron de inmediato a algunos de sus cautivos y
expusieron los cadáveres ante los españoles en retirada haciendo ver que se
trataba de Cortés y de sus oficiales: “ ¡Así os mataremos, igual que hemos
matado a Ma-linche y a Sandoval” . Cuando los españoles alcanzaron territorio
seguro, oye ron sonido de tambores. Bernal Díaz del Castillo recuerda lo que
sucedió a continuación:
Y desque ya los tuvieron
arriba en una placeta que se hacía en el adoratorio donde estaban sus malditos
ídolos, vimos que a muchos dellos les ponían plumajes en las cabezas y con unos
como aventadores les hacían bailar delante del Huichilobos, y desque habían
bailado, luego los ponían despaldas encima de unas piedras, algo delgadas, que
tenían hechas para sacrificar, y con unos nayajones de pedernal los aserraban
por los pechos y les sacaban los corazones buyendo y se los ofrescían a sus
ídolos que allí presentes tenían, y los cuerpos dábanles con los pies por las
gradas abajo; y estaban aguardando abajo otros indios carniceros que Ies
cortaban brazos y pies, y las caras desollaban, y los adobaban después como
cuero de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas
cuando hacían borracheras, y se comían las carnes con chilmole (Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España, p. 429).
Los españoles temían una repetición de la Noche Triste. Los m exicas
grita ban a los tlaxcaltecas, arrojándoles piernas asadas de compatriotas
capturados y trozos de los castellanos. “¡Com ed de las carnes de esos teules
[castellanos] y de vuestros hermanos, que ya bien hartos estamos dellos, y eso
que nos sobra podéis hartaros dello” (Historia verdadera de la conquista de la
Nueva España, p. 429). Cuando entre los indios aliados de Cortés se extendió la
noticia de que los aztecas estaban comiendo carne española y de que docenas de
conquistadores habían caído en sus manos y, emplumados, ascendían ya por la
pirámide camino de su muerte, la alianza india estuvo a punto de desmoronarse.
L a mayoría de los líderes indígenas temían el regreso del terror azteca,
percatándose de que los europeos eran tan vulnerables ante los hambrientos
dioses aztecas como ellos mismos lo habían sido antes de su llegada. Entre
tanto, Cortés y sus hombres curaban sus heridas y se reagrupaban mientras
Cuauhtémoc reunía a sus aliados, buscaba nuevos apoyos y enviaba partes del
cuerpo de los castellanos capturados y de sus caballos a las aldeas que
rodeaban el lago
279
Texcoco: eran la prueba del fracaso español. Pero entonces ocurrió algo
extra ño, o quizá previsible, teniendo en cuenta la renuncia de los aztecas a
perseguir a los vencidos inmediatamente después de la Noche Triste. Durante la
mayor parte de julio, los mexicas no atacaron los reductos españoles. El
hambre, las enfermedades, la gran destrucción de su ciudad y los miles de bajas
que habían ocasionado los combates habían diezmado el ejército de Cuauhtémoc.
Una vez más, era como si los aztecas hubieran perdido fuelle tras su
espectacular victoria. L a matanza y el sacrificio de algunos de sus
compatriotas no detuvie ron a los invasores. Al contrario, después de un
revés, Cortés siempre parecía más confiado.
A fines de julio, a los aztecas, ya muy debilitados, les resultaba
imposible bloquear las calzadas, facilitando con ello el libre acceso de los
castellanos a Tenochtitlán y Tlatelolco. Los suministros de Veracruz le
llegaban a Cortés de manera ininterrumpida. Sus hombres fabricaron pólvora.
Para ello descendieron al cráter del volcán Popocatépetl, donde encontraron
azufre, el ingrediente fundamental del compuesto. Los desertores aztecas
confirmaban que Tenochtitlán se moría de hambre y que el emperador, que contaba
tan sólo dieciocho años, era incapaz de organizar una resistencia eficaz.
Cortés, en su famosa “Tercera carta de relación” dirigida al em perador Carlos
V, describió el sufrimiento desesperado de los aztecas:
[...] y los de la ciudad estaban todos encima de los muertos y otros en
el agua y otros andaban nadando y otros ahogándose en aquel lago donde estaban
las canoas, que era grande, era tanta la pena que tenían que no basta juicio a
pensar cómo lo podían sufrir. Y no hacían sino salirse infinito número de
hombres y mujeres y niños hacia nosotros, y por darse priesa al salir unos a
otros se echaban al agua y se ahogaban entre aquella multitud de muertos, que,
segúnd paresció, del agua sala da que bebían y de la hambre y mal olor había
dado tanta mortandad en ellos que murieron más de cincuentas mili ánimas, los
cuerpos de las cuales porque nosotros no alcanzásemos su nescesidad ni los
echaban al agua, porque los bergantines no topasen con ellos, ni los echaban
fuera de su conversación, porque nosotros por la cibdad no los viésemos. Y así
por aquellas calles en que estaban hallábamos los montones de los muertos, que
no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies (Hernán Cortés, Cartas
de relación, p. 425).*
Los jinetes castellanos se paseaban por los diques a voluntad y mataban
a cientos de personas que salían de sus chozas de Tlatelolco en busca de
comida. Cada
* Madrid, Castalia, 1993.
220
vez resultaba más difícil frenar a los tlaxcaltecas, que recorrían la
ciudad matando
- y a veces devorando- a cuantos
mexicas encontraban. El 13 de agosto, Sandoval y García Holguín atraparon a
Cuauhtémoc, que huía en una canoa. Ambos reclamaron el honor de su captura,
obligando a Cortés a intervenir. Lo mismo había sucedido, musitó el propio
caudillo, cuando Mario y Sila se disputaron la victoria sobre el rey númida
Yugurta. Fernando de A lva Ixtlilxochitl, que décadas después de la conquista
relató lo sucedido desde el punto de vista de los aliados indios, recogió las
palabras con que Cuauhtémoc confirmó su rendición:
¡Ah capitán! Yo ya he hecho todo mi poder para defender mi reino y
librarlos de vuestras manos, y pues no ha sido mi fortuna favorable, qui tadme
la vida que será muy justo y con esto acabaréis el reino mexica no, pues mi
ciudad y vasallos tenéis destruidos y muerto” (Fernando de Alva Ixtlilxochitl,
Obras históricas, vol. I, p. 478).*
Cortés perdonó la vida al joven em perador y lo llevó consigo durante su
desastrosa expedición a Honduras, aunque sólo para ahorcarlo de forma
vergonzosa en 1523, acusándolo, en falso, de incitar a la revuelta a los
aliados indios de los españoles.
Desde el inicio del bloqueo de la ciudad a finales de mayo, más de
100.000 aztecas habían caído en la lucha junto a no menos de cien castellanos y
20.000 de sus aliados. Pero esto no representaba más que un pequeño porcentaje
de la cifra total de bajas de ambos bandos en los dos años de combates por
Ciudad de M éxico. Las enfermedades, el hambre y la guerra constante habían
acabado virtualmente con la población de Tenochtitlán. El recuento final de
bajas superó finalmente el millón de muertos entre las poblaciones que rodeaban
el lago Texcoco. Por su parte, en la campaña de dos años iniciada con la
llegada de Cortés a Veracruz, los españoles no habían perdido más de un millar
de hombres de los 1.600 que, en diversos momentos, lucharon por Tenochtitlán.
Pero la matanza, al final, resultó aún más desoladora. En las décadas
siguien tes, a la viruela la siguieron el sarampión y la peste bubónica, y
luego la gripe, la tos ferina y las paperas. La población del M éxico central,
que en la fecha en que desembarcó Cortés superaba los ocho millones de
habitantes, estaba muy por debajo del millón medio siglo más tarde. En menos de
dos años, Cortés y su pequeño ejército habían inaugurado una cadena de
acontecimientos que acabaría por transformar la faz de todo un subcontinente y
destruir una civilización.
* México, Universidad Autónoma de México, 1975.
221
LA GUERRA AZTECA
Abundan los malentendidos y los estereotipos en lo concerniente a los
aztecas y la guerra. Con dem asiada frecuencia, se considera a los
mesoamericanos como poco más que extraños salvajes que luchaban en hordas sólo
para conseguir víctimas para los sacrificios humanos a gran escala, como
captores de prisioneros cuyas peculiares normas de combate evitaban la matanza
en el campo de batalla. Más recientemente, sus apologistas los han reinventado
como griegos del Nuevo Mundo cuya impresionante arquitectura simbolizaba una
civilización progresista e ilustrada que en realidad no sacrificaba o devoraba
seres humanos y que no veía motivos para llevar a cabo ningún avance en el
terreno de la tecnología militar porque no lo necesitaba. En realidad, los az
tecas no eran ni griegos ni salvajes, sino hábiles imperialistas teocráticos
que habían creado, de forma cruel, un imperio político laxamente unido y basado
en la percepción del terror que se apoyaba en un ejército mortífero y al que
sostenía un vasto sistema tributario.
La diferencia entre la doctrina bélica de los aztecas y de los europeos
estribaba en que la primera estaba sometida a unas limitaciones geográficas y
culturales mucho mayores. Sin caballos ni bueyes, sin siquiera la rueda, el
alcance ope rativo de los ejércitos aztecas estaba condicionado por la
cantidad de víveres e impedimenta que sus porteadores humanos pudieran
acarrear. A medida que Tenochtitlán ampliaba su influencia sobre Mesoamérica, a
medida que la ciudad crecía y a m edida que la guerra se convertía en un
acontecimiento cada vez más predecible, la organización política de todo el
subcontinente m exicano se volvía más vulnerable a los ataques del exterior:
los europeos podían provocar la caída de toda la estructura imperial
decapitando a la peque ña elite de una ciudad isla que, para su m era
supervivencia, necesitaba el suministro diario de miles de toneladas de
alimentos.
Las guerras cesaban durante breves períodos entre octubre y abril
-Cortés entró en Tenochtitlán precisam ente en noviem bre de 15 19 - , para
permitir que los agricultores se ocuparan de las cosechas. Por otro lado,
luchar era aún más raro durante el período de lluvias, que discurría entre mayo
y sep tiem bre, y casi todos los pueblos m esoam ericanos desechaban el
combate nocturno. Por el contrario, los españoles, en cuanto pueblo marítimo y
de un clima templado y como veteranos de las mortíferas guerras de Europa y el
M e diterráneo, eran capaces de luchar en cualquier época del año, de día o de
noche, en su territorio o fuera de él, en la tierra o en el mar, con pocas res
tricciones culturales o naturales.
Muchas confrontaciones entre los aztecas y sus vecinos comenzaban como
“guerras de las flores” (xochiyaoyotl). Estos combates rituales entre guerreros
de las elites de ambos bandos, en los que no se producían muchas muertes,
222
revelaban la superioridad azteca -porque los guerreros aztecas estaban
mejor entrenados, demostraban más celo y tenían más experiencia-, de ahí la
futilidad de una insurrección armada real. Si el enemigo insistía en su
resistencia, las guerras de las flores crecían hasta convertirse en batallas de
conquista a gran escala pensadas para derrotar al enemigo definitivamente y
anexionarse su territorio. Con respecto a esto, deberíamos aceptar que la
creación del Imperio azteca provocó la muerte de cientos de miles de
mesoamericanos sólo en las guerras que tuvieron lugar en el siglo XV.
Si bien es cierto que los guerreros mesoamericanos eran diestros en el
manejo de las armas, había dos factores que inhibían su capacidad para matar a
un gran número de soldados enem igos. En todas las guerras, la captura de
prisioneros para los sacrificios humanos era prueba de excelencia en el combate
y de prestigio social y, a la larga, resultaba esencial para la salud religiosa
de la comunidad. Con frecuencia, los sacrificios hacían las veces de
espectáculos intimidatorios y terroríficos donde el derramamiento de sangre
servía para advertir a cualquier adversario potencial de las consecuencias de
una postura resistente. H ay indicios de que en 1487 y durante cuatro días el
rey azteca Ahuitzotl organizó la carnicería de 80.400 prisioneros en un
sanguinario sacrificio colectivo celebrado con motivo de la inauguración del
Gran Templo de Huitzilopochtli de Tenochtitlán: un gran reto en la historia de
la muerte industrializada. El ritmo de asesinatos de Ahuitzotl, catorce muertes
por minuto durante 96 horas, supera el macabro registro diario de Auschwitz o
Dachau. La presencia de cuatro altares sacrificiales de form a convexa,
dispuestos de modo tal que fuera fácil hacer caer a las víctimas por la
pirámide, convirtió la cerem onia en un proceso de asesinato en cadena. Los
verdugos se iban turnando por grupos y los que no habían intervenido sustituían
a aquellos que estaban agotados de tanto golpear con sus machetes de obsidiana.
Lo esencial era despachar a aquel tren de víctim as durante los festejos. No
conocemos el número de sacrificados en circunstancias normales, pero sin duda
alcanzaba varios millares. Ixtlilxochitl creía que cada año moría uno de cada
cinco niños de los pueblos tributarios de los mexicas, aunque la estimación,
más baja, del obispo Carlos Zumárraga, que cifraba las víctimas cerca de 20.000
por año, es más plausible. No deja de ser extraño que tan sólo unos pocos
estudiosos hayan comparado la inclinación de los aztecas a acabar con miles de
sus vecinos mediante el asesinato organizado con el exterm inio nazi de judíos,
gitanos y habitantes del este de Europa.
Aunque en circunstancias extremas los aztecas podían luchar hasta la
muerte, el entrenamiento de sus guerreros para aturdir, atar y pasar a los
cautivos hacia retaguardia demostró ser un impedimento en su guerra contra los
españoles. Los historiadores que afirman que los aztecas abandonaron sus luchas
rituales al enfrentarse a Cortés tienen razón, pero deben admitir que a muchos
guerreros
223
les resultaría difícil descartar años de entrenamiento en unos pocos
meses, sobre todo cuando tenían que enfrentarse a los piqueros y espadachines
españoles, instruidos desde la adolescencia en el arte de matar de un solo
golpe.
No podem os saber hasta qué punto aquellas luchas rituales dependían de
las limitaciones tecnológicas, pero las materias primas de la guerra azteca
-roble, piedra, obsidiana, piel y algodón- imposibilitaban la muerte de un gran
número de guerreros. Las espadas anchas (machuahuitl) y las lanzas
(tepoztopilli) eran de madera y tenían hojas de doble filo en las que llevaban
incrustadas esquirlas de obsidiana. Ambas armas eran equiparables en capacidad
de corte a las de metal, pero sólo durante un tiempo, al cabo de unos cuantos
golpes los trozos de obsidiana se iban desprendiendo o se mellaban. Las espadas
aztecas, además, no tenían punta. Asimismo, las lanzas, cuya punta era de
piedra, resultaban muy difíciles de clavar.
Puesto que el arm a de infantería aristocrática del ejército azteca
resultó particularmente ineficaz contra los soldados de a pie y a caballo de
los españoles, los comandantes nativos dependían de una serie de armas
arrojadizas que si podían penetrar en los brazos, piernas, cuellos y rostros
desprotegidos de los hombres de Cortés. Los aztecas contaban con un tipo de
lanzaproyectiles muy peculiar, el atlatl, hecho con un garrote de menos de un
metro de largo que, en uno de sus extremos, tenía estrías y un gancho en el que
se colocaba el proyectil. También tenían unos dardos de madera, cuyo extremo
normalmente endurecían al fuego, que a veces reforzaban con puntas de piedra.
Cuando eran lanzados por el atlatl, estos dardos podían alcanzar unos cincuenta
metros con gran precisión, pero eran inútiles contra las corazas metálicas y, a
mayor distancia, ni siquiera podían traspasar una tela gruesa de algodón. Los
aztecas utilizaban los arcos sencillos (tlahuitolli), mucho más que los
compuestos. Si bien es cierto que podían alcanzar una frecuencia de tiro
bastante rápida y los carcaj llevaban hasta veinte flechas, estas armas
carecían del alcance y poder de penetración de los modelos europeos, que desde
la Antigüedad clásica habían sido fabricados a base de cuernos, cuero y madera.
Muchos relatos dan testimonio del peligro de los proyectiles de piedra
de los aztecas y si bien los honderos nativos no contaban ni con balas
metálicas ni con hondas muy sofisticadas, podían causar heridas, en las zonas
desprotegidas del cuerpo, desde una distancia de cien metros. Los escudos de
madera, pieles y plumas de los aztecas, igual que sus atavíos de guerra de
algodón, servían para protegerse de los golpes de los filos de piedra
mesoamericanos, pero no servían de nada frente al acero toledano, las saetas de
metal de las ballestas o la metralla del arcabuz. En general, puede decirse que
las armas de Moctezuma eran de inferior calibre que la artillería, las armas
arrojadizas, las armaduras y el armamento ofensivo del ejército que, dieciocho
siglos antes, estuvo a las órdenes de Alejandro Magno.
224
México contaba con los recursos naturales necesarios para crear una
industria armamentística sofisticada. En Taxco había suficientes y ricas vetas
de hierro. En Michoacán abundaba el cobre. El volcán Popocatépetl aportaba
cantidades suficientes de azufre. De hecho, un año después de la conquista, el
propio Cortés, contra los edictos de la Corona, produjo pólvora y forjó
mosquetes e incluso un cañón de gran tamaño en territorio azteca. ¿Por qué
entre tal cornucopia de elementos propicios para la fabricación de municiones
los az tecas se limitaron a producir garrotes, hojas de obsidiana, jabalinas,
arcos y flechas? Las explicaciones más populares aluden a la necesidad. Puesto
que la guerra azteca estaba pensada más para tomar prisioneros que para matar,
las hojas de piedra bastaban contra los demás pueblos mesoamericanos, que iban
armados de m anera similar. Esta explicación pretende sugerir que los aztecas
podrían haber fabricado armas comparables a las de los europeos, y que si no lo
hicieron fue porque no vieron la necesidad de hacer ningún esfuerzo adicional
por mejorar un conjunto de armas que era perfectamente útil en luchas rituales
cuyo objetivo consistía en aturdir al enemigo, no en causarle la muerte. Sin
embargo, sugerir la posibilidad de unos conocimientos tecnológicos latentes
resulta ridículo al hablar de una cultura sin una tradición racional com pleja
de investigación de la naturaleza. Lo contrario tiene más probabilidades de ser
cierto: los aztecas no tenían capacidad para forjar metales o fabricar armas de
fuego y, por tanto, se vieron forzados a librar guerras rituales con armas más
capaces de herir que de matar. Resulta difícil imaginar de qué modo los
aztecas, pese a su enorme superioridad numérica, podrían haber librado una
guerra de aniquilación con armas no metálicas contra un ejército feroz y de
gran tamaño como el tlaxcalteca, lo que explica por qué T laxcala era un
territorio en gran parte autónomo y zanjaba sus disputas con los aztecas por
medio de las guerras de las flores, que eran conflictos casi ceremoniales.
La batalla azteca, como la lucha zulú o los ataques de las tribus germ
áni cas, era una contienda de envolvimiento. Grandes contingentes de guerreros
se esforzaban sistemáticamente en rodear al enemigo, las líneas delanteras
golpeaban y atropellaban a sus adversarios antes de trasladarlos a retaguar
dia para atarlos y llevárselos. L a necesidad de que los prisioneros marchasen
junto al ejército también contribuía a impedir que los aztecas pudieran hacer
cam paña lejos de sus tierras, puesto que la acum ulación de vencedores y
vencidos sólo servía para incrementar las necesidades logísticas. Aunque es
cierto que existía un ejército nacional azteca, en realidad, los contingen tes
locales se agrupaban en torno a sus capitanes y abandonaban el campo en tropel
si sus jefes o estandartes caían. Francisco de A guilar relata el desesperado
combate de Otumba, que tuvo lugar poco después de la Noche Triste:
225
Después de que Cortés se abriera paso entre los indios, combatiendo
maravillosamente, localizando y matando a sus capitanes, a quienes se
distinguía por sus escudos de oro y su altivez hacia los guerreros corrientes,
pudo alcanzar a su capitán general y matarlo de una lanzada. [...] Cuan do
esto sucedía, nosotros, los soldados de a pie al mando de Diego de Ordaz,
estábamos completamente rodeados por los indios, que casi nos ponían las manos
encima, pero cuando el capitán Hernando Cortés mató a su capitán general, los
indios comenzaron a retirarse y nos abrieron paso, así que pocos nos
persiguieron (P. de Fuentes, The Conquistadors [Los conquistadores], p. 156).
Distintos grupos de soldados se relevaban en la lucha más o menos cada
quince minutos. Los aztecas carecían de un concepto de batalla decisiva por el
que soldados de infantería pesada buscasen el choque cuerpo a cuerpo con el
enemigo ya en un primer encuentro. No formaban en hileras ni en columnas, sus
guerreros no sabían cargar o retirarse al unísono o a la orden, nunca arrojaban
lanzas o flechas en descargas cerradas. Las unidades de armas arro jadizas no
actuaban de común acuerdo con las cargas de infantería. A l carecer de
caballos, la doctrina bélica azteca era una cuestión unidimensional en la que
la superioridad numérica y la instrucción de los guerreros del emperador, junto
con la pom pa y circunstancia de los guerreros y estandartes emplumados, bastaban
para vencer toda resistencia o para lograr que el enemigo rehuyera el combate.
Por último, la sociedad azteca estaba incluso más jerarquizada que la
España del siglo XVI. Las armas, instrucción, armaduras y posición en el campo
de batalla dependían, entre los aztecas, de la cuna y prestigio del guerrero.
En una pauta cíclica de causa y efecto, la clase noble tenía ventajas innatas
que favorecían a sus miembros en el campo de batalla a la hora de capturar pri
sioneros, lo que, a su vez, era prueba de su excelente marcialidad y conducía a
la concesión de mayores privilegios. L a española también era una sociedad muy
clasista, pero, durante la invasión, muchos conquistadores pertenecientes a las
clases bajas montaron a caballo porque la situación lo exigía. Arcabuces,
ballestas y espadas de acero se distribuían pródigamente entre las tropas. El
com bustible que hacía funcionar al ejército de Cortés no eran tanto los
privilegios aristocráticos como un deseo desesperado, que sentían tanto
hidalgos como pobres, de conseguir dinero y fam a suficientes para ascender en
la sociedad castellana. En el campo de batalla, y a consecuencia de esta cir
cunstancia, en materia de armas, tácticas, reclutamiento y liderazgo, el
ejército español operaba de acuerdo a principios meritocráticos o a la mera
capacidad de matar. H om bres e instrumentos estaban entrenados y diseñados
para, primero, desmembrar al adversario y, sólo en segundo lugar, para
proporcionar
226
ascenso social, prestigio y recompensa religiosa. Era más probable que
el matar proporcionara privilegios que que el tener privilegios ayudara a
matar.
LA MENTE DE LOS CONQUISTADORES
Los crueles conquistadores que siguieron a Hernán Cortés al valle de
Tenochtitlán parecen, a primera vista, una pobre representación de la tradición
racionalista occidental. Muchos de los más notorios eran cristianos castellanos
fanáticos que vivían en un mundo maniqueo en el que el bien absoluto se oponía
al mal absoluto. La España del siglo XVI, que regía Carlos V, era el país de la
Inqui sición (que inició su actividad en 1481), la quema de brujas, la tortura
y los tribunales secretos que aterrorizaban a la sociedad rural. Se perseguía a
moros, judíos y protestantes, además de a católicos de dudosa fe a quienes se
acusaba de cualquier cosa, desde de darse baños diarios hasta de leer
literatura importada. De todos los que estaban al servicio de la Corona se
esperaba una adhesión inquebrantable a un catolicismo ortodoxo y atormentado
que constituía la ideología de casi todos los conquistadores que zarpaban hacia
el Nuevo Mundo, algunas veces en detrimento de la pura lógica política y
militar.
Cuando se vieron rodeados por unos 200.000 mexicas en el centro de
Tenoch titlán, Cortés y sus partidarios exigieron a Moctezuma, de form a
insensata, que derribara los ídolos aztecas para que sus súbditos se
convirtieran en masa al cristianismo. Los sacerdotes católicos eran ubicuos en
el Nuevo Mundo. Diversos frailes dominicos, franciscanos y jerónim os
recibieron poderes de supervisión imperial para garantizar la conversión de los
indios y no su matanza gratuita. Lo que vieron -arrancar corazones aún palpitantes,
salas manchadas de sangre humana, colecciones de cráneos, sacerdotes adornados
con capas de piel hum ana- aterrorizó a los religiosos españoles. Estaban
convencidos de que los aztecas y sus vecinos eran satánicos. Los sacrificios
humanos y el canibalismo eran, en su opinión, obra del Anticristo. Un
conquistador anónimo resumió así la repulsión de los españoles:
Toda la gente de esta provincia de Nueva España, e incluso los de las
provincias vecinas, comían carne humana y la tenían en más alto grado que a
ningún otro alimento del mundo; hasta el extremo de que a veces van a la guerra
y arriesgan sus vidas para matar gente y comérsela. La m ayoría de ellos, como
he dicho, son sodomitas y beben en exceso (P. de Fuentes, The Conquistadors, p.
181).
Para evitar que las pequeñas fuerzas de la cristiandad se contaminasen
de aquellas supuestas legiones de la oscuridad, los españoles se confesaban,
reci
2 27
bían la absolución y asistían a misa antes de la batalla. Durante los
dos años de complicada campaña en M éxico, los conquistadores estaban
convencidos de que sobre sus cabezas flotaba un conjunto de seres
sobrenaturales que los protegían. El paisaje mexicano no tardó en poblarse de
santuarios dedicados a la Virgen y a diversos santos que conmemoraban las
victorias y pedían la salvación de los infieles aztecas. La conquista estaba
destinada tanto a convertir almas como a conseguir oro y tierras. La Iglesia
sostuvo en muchas ocasiones la opinión de que la matanza de los conquistadores
era un error contrapro ducente, pero los mexicas estaban mejor muertos que
vivos ejerciendo como agentes del diablo.
Martín Lutero fue excomulgado el año que Cortés ocupó Tenochtitlán, pero
el incipiente protestantismo y el consiguiente debate acerca de la doctrina
religiosa cristiana no encontró eco en la Castilla de la época. En 1492, tan
sólo tres décadas antes de que Cortés pusiera pie en M éxico, Isabel y Fernando
habían puesto fin a la Reconquista, que se había prolongado durante cuatro
siglos, con la unión de Aragón y Castilla y la expulsión de los moros de
Granada. L a lucha sirvió para consolidar el Estado nación español. Durante
gran parte del siglo posterior, la Corona tuvo que ocuparse de someter las
insurrecciones que en el sur de España protagonizaron los moriscos, que
ansiaban el regreso del dominio islámico. Además, debido a su presencia en
Italia y el norte de Africa, España se convirtió en un Estado situado en
primera línea de la resistencia europea frente al avance otomano, mientras
seguía inm ersa en sus luchas periódicas contra las ciudades-Estado italianas y
los holandeses rebeldes. Un mundo separaba a los hoscos veteranos que
desembarcaban en Veracruz de los granjeros y exiliados religiosos que más tarde
llegaron a Plymouth Rock.
El fanatismo cristiano y un catolicismo estricto constituían la defensa
básica de las culturas del sur del Mediterráneo, asediadas por enemigos
islámicos en el sur y en el este y por los nuevos adversarios protestantes del
norte de Europa. Los protestantes europeos estaban lejos de las líneas de
defensa del ataque islámico y, sin las arraigadas tradiciones de adhesión al
autócrata centralista de Rom a, encontraban en la Reform a una indulgencia que
los atribulados españoles, italianos y griegos no podían permitirse. En la
época de la conquista de México, España se sentía, y cada vez lo estaría más,
acosada por todas partes. Los poderosos judíos, gracias a su influencia
económica y comercial, podrían explotar y dom inar al campesinado católico; los
fanáticos protestantes po drían lanzarse sobre las zonas rurales, socavando
el poder de las iglesias locales y de los Estados Pontificios; moros y otomanos
podrían conspirar para conse guir que España volviera al mundo islámico,
echando por tierra la nueva crea ción nacional de Isabel y Fernando. En la
paranoica mente española, sólo la Inquisición y la Reconquista habían salvado a
España; sin embargo, la super vivencia de la nueva nación dependía de una
clase caballeresca que pudiera
228
difundir el catolicismo en el Nuevo Mundo antes de que también éste
fuera colonizado por los europeos del norte y sus tesoros utilizados para
extender los conflictos religiosos en el Viejo Mundo.
Ante enemigos reales y supuestos como éstos, no es de extrañar que, a
medida que transcurría el siglo X V I, España se volviera cada vez más
represiva: los estudios extranjeros muchas veces se desaconsejaban, el saber
proveniente de Europa se despreciaba, la investigación estaba cada vez más
teñida de un cariz religioso. Cuando Cortés zarpó hacia el Nuevo Mundo, el
viejo cosmos medi terráneo del Im perio romano estaba a punto de iniciar una
transformación revolucionaria. La explotación de las rutas comerciales del
Atlántico, la explo ración de Am érica del Norte, el protestantismo y algunos
cambios económicos radicales alejarían, inevitablemente, el poder del mundo
mediterráneo hacia las naciones europeas del Atlántico norte, hacia Inglaterra,
Holanda, Francia y los Estados alemanes.
Antes de que los castellanos pusieran pie en el Nuevo M undo, se había
consolidado ya un sentido de celo misionero y una audacia militar desconocidos
en el resto de Europa. España se consideraba una continuación del Sacro Im
perio Romano. El habsburgo Carlos V no era únicamente el emperador de la nueva
nación española, sino el heredero por derecho de los dominios de los antiguos
emperadores romanos. De éstos, los más dotados -Trajano y Adriano son los
primeros que vienen a la mem oria- habían nacido en Hispania. Antes y después
de la conquista romana, el valor de los antiguos íberos era legendario. L a
carnicería de Aníbal en Cannas, por ejem plo, habría sido imposible sin la
audacia de sus mercenarios íberos. No hay figura más temible y rom ántica en la
literatura latina que la del renegado Sertorio, jefe de un ejército de rebeldes
íberos, azote, desde su reducto español, de las legiones romanas durante casi
una década (83-73 a.C.). Por tanto, los pueblos indígenas de M éxico tuvieron
la mala fortuna no ya de sufrir la invasión de aventureros o peregrinos
religiosos europeos, sino de que aquella invasión la protagoni zaran los
guerreros más audaces, mortíferos y convencidos de la Europa del siglo x v i,
los hombres más temibles que España habría de dar en su siglo de mayor grandeza
imperial.
Lo que impulsaba a Cortés y a sus hombres era la búsqueda del ascenso
social en España y la esperanza de una mejora material en el Nuevo Mundo:
tierras libres y enormes haciendas en M éxico, por supuesto, y, para los más
idealis tas, la recompensa espiritual de convertir a millones de almas al
cristianismo. Pero, por encima de todo, estaba la atracción del oro. El oro era
el primer tema que surgía cuando se interrogaba a un nativo. Baratijas,
cuchillos de hierro y objetos de vidrio se cambiaban por oro. Ni las preciosas
plumas, ni las vistosas prendas de algodón, ni los elaborados objetos de plata
de los m exicas con tentaban a los castellanos, sólo el oro. El oro podría
convertir a un hombre en
229
noble allá en España; el oro garantizaría a una Corona española en
bancarrota mantenerse a la altura de las economías más eficientes, como las de
Inglaterra y los Países Bajos, y conservar el imperio de los Habsburgo en
Europa. Con el transcurso de los años, los metales preciosos llegados de M
éxico y Perú supondrían una cuarta parte de los ingresos de la España imperial.
Entre los años 1500 y 1650 España recibiría del Nuevo Mundo 180 toneladas de
oro y 16.000 toneladas de plata.
El oro m exicano y peruano pagaría los ejércitos acantonados en los
Países Bajos y las galeras que mantendrían a raya al turco. El oro en mano no
signi ficaba belleza, sino poder, dinero, posición. Los lagartos, patos y
peces dorados de los mexicas, producto de cientos de horas de cuidadoso trabajo
artesano, se fundían en lingotes que facilitaban su transporte y representaban
el poder de comprar tanto bienes como servicios. Para el español, el metal
precioso era un placer abstracto y distante más que inmediato y concreto; las
horas de trabajo de los nativos no tenían ningún valor comparadas con los
bienes, posición y seguridad que el metal podría comprar. Cuando Cortés
contempló la intrin cada labor de orfebrería de sus anfitriones, sus primeros
pensamientos no se limitaron a su futura riqueza personal, ni al tributo debido
a la Corona española, incluyeron también la compra de más caballos, pólvora,
arcabuces, cañones y ballestas de los barcos que llegaban de Cuba y España. Tan
perplejos estaban ante las incesantes demandas de oro de los conquistadores,
que los indios de M éxico creyeron al principio que los castellanos necesitaban
el metal como medicina para “sus corazones” ; algunos aztecas llegaron a creer
que los españoles comían aquel estúpido polvo de oro.
En el siglo que siguió al descubrimiento de Colón, el conquistador del
Nuevo Mundo era ley en sí mismo, y es que en los vastos y poco poblados
dominios americanos, la supervisión im perial era mínima. Los extranjeros
quedaban excluidos de Am érica Central y del Sur. A franceses e ingleses se los
miraba con especial desprecio. Llegaban gobernadores, se embrollaban en la
política local e, invariablemente, se los llam aba a capítulo o caían
asesinados o víctimas de alguna enfermedad. La monarquía española quedaba a
cinco semanas de viaje y su burocracia itinerante era difícil de localizar y
famosa por su inacción. Cierta auditoría que pretendía el cese del virrey de
Perú tardó trece años en llevarse a cabo y sumaba más de 50.000 hojas, y, pese
a todo, no se concluyó definitivamente hasta 1603, cuando habían pasado algunos
años del fallecimiento del virrey.
El gobierno tenía la costumbre, bien conocida, de sancionar los
hallazgos de cualquier explorador que encontrase tierras y metales preciosos
para la Corona. La forma de burlar una residencia, o inquisición real a un
gobernador por mal uso de su cargo, consistía en alargar el procedimiento,
liderar una expedición, colonizar nuevos territorios en nombre de la Corona,
apelar a la
230
difusión del bautismo entre los nativos y a continuación enviar al rey
una quinta parte del oro, la plata y las joyas arrebatadas a los indios. El oro
aplastaba toda insubordinación, el oro mitigaba los problem as de los
sacerdotes a la hora de aceptar la matanza de nativos en lugar de su
conversión, el oro podía conseguir que un renegado castellano o un matón
andaluz se convirtiera en virrey a los ojos de los ministros del rey, lo que le
suponía una pensión imperial o, cuando menos, un escudo de armas. Con el
descubrimiento del Nuevo Mundo, la sociedad española comenzó a evolucionar y
del dominio de una aristocracia terrateniente se pasó a un Estado plutocrático
que permitía que unos aventureros pobres o pertenecientes a las clases medias
avanzasen mediante la adquisición de fortuna en América.
Pocos conquistadores castellanos viajaron acompañados de su familia.
Muchos menos iban en busca de una nueva vida de esforzado trabajo en alguna
granja o pequeña propiedad. El deseo del colono no era fundar un hogar y a
partir de una economía autosuficiente alimentar a una familia libre e inmune a
las persecuciones religiosas y a la opresión política de Europa, sino
convertirse en propietario absentista de una gran hacienda en la que cientos de
indios se ocupasen del ganado, trabajasen en las minas y produjesen artículos
de lujo como café o azúcar a fin de garantizar al caudillo una renta constante.
M uy pocos conquistadores albergaban dudas sobre la primacía de la Corona o el
Papa. A diferencia de los colonos de Am érica del Norte, los primeros españoles
llegaron al Nuevo Mundo como emisarios y no como fugitivos de la Iglesia y del
Estado. Algunos de los líderes castellanos que desembarcaron en el Caribe eran
veteranos curtidos en las campañas de Italia y en las continuas guerras que
contra los moriscos se desarrollaron en España y contra los otomanos en el
Mediterráneo. Algunos, como Cortés, eran hidalgos de escasos medios y pre
tensiones aristocráticas cuyas familias gozaban de la exención de algunos
tributos imperiales. La mayoría eran hombres jóvenes de entre veinte y treinta
años, deseosos de regresar a España antes de los cuarenta con una posición,
dinero y grandes haciendas, algo que a la mayoría de ellos les habría resultado
imposible de permanecer en su país. A consecuencia de ello, M éxico se consideraba
no como un lugar para fundar un nuevo mundo, como sucedía con la Nueva
Inglaterra puritana, sino como una valiosa fuente de la vigilancia española
frente a las fuerzas de la oscuridad.
L a econom ía de Castilla a principios del siglo xvi era una econom ía
deprim ida. L a agricultura, m uy especialm ente, estaba en decadencia. Los
pequeños señores y los obispos poseían enormes propiedades y rebaños de ganado
ovino y bovino. L a expulsión de judíos y moriscos -de estos últimos, un cuarto
de millón fue expulsado en el siglo x v - había diezmado la economía del campo
español; la inmigración al Nuevo Mundo arrebató posteriormente a la Península
Ibérica cientos de miles de sus ciudadanos más enérgicos. Aunque
231
fueron lucrativas durante algún tiempo, las rutas comerciales del
Atlántico eran peligrosas, debido a las tormentas, a los corsarios del norte de
Europa y a los piratas sin patria. El intercambio del metal del Nuevo Mundo por
artículos de lujo del Viejo -cuadros, mobiliario, ropa, libros- acabaría por
desbaratar las economías de España y de M éxico, a m edida que ambas iban
cediendo frente a las del norte de Europa y de América, más propicias al
desarrollo de los pequeños propietarios y los em presarios capitalistas. L a m
inería y la producción de artículos de lujo no podían sustituir a la producción
manufac turera en grandes cantidades y a una agricultura orientada al mercado,
por mucho que el oro del Nuevo Mundo ocultase durante casi un siglo las deficien
cias de la economía española. Entre los conquistadores castellanos había una
plétora de familias nobiliarias y de títulos, pero en realidad dejaron muy poco
dinero y casi ninguna oportunidad en España para el ascenso social. No es de
extrañar que en los dos siglos posteriores a la hazaña de Colón casi un millón
de castellanos salieran hacia el Nuevo Mundo.
Hacia 1500 buen número de libros impresos se habían difundido ya por Es
paña y toda una generación de aristócratas estaba versada no sólo en la ciencia
militar y en la doctrina religiosa, sino en poesía y m úsica y leía romances
fantásticos poblados de amazonas, monstruos marinos, manantiales de la eterna
juventud y legendarias ciudades de oro. Víctimas de la bancarrota, aspirantes a
aristócratas zarparon hacia el oeste -entre 1506 y 1518, zarparon de España más
de doscientos barcos en dirección a las Indias- no sólo para escapar a la
pobreza en España, no sólo para enriquecerse y enriquecer a la Corona española
y no solamente para convertir a millones de nativos americanos al catolicismo
en guerras religiosas venideras. Los conquistadores también se hacían a la mar
porque el Nuevo Mundo, con una flora, fauna y población indígena tan extrañas,
era una fuente de mitos populares, perplejidad y aventura, un desafío adecuado
para un joven caballero piadoso y lleno de valor. A l fin y al cabo, la
Atlántida (las Antillas), las amazonas (el río Amazonas) y California (la isla
de la novela Las sergas de Esplandián) existían realmente.
Todos los conquistadores compartían un plan muy concreto: aplastar a la
opo sición indígena, saquear las zonas rurales en busca de oro, convertir a
los paga nos, disfrutar de las lugareñas, tener mestizos -al parecer, Cortés
tuvo varios- y a continuación establecer baronías y Estados locales en los que
los terratenientes españoles pudieran ponerse a la cabeza de numerosos
ejércitos de trabajadores indios para exportar alimentos y metales preciosos al
Viejo Mundo. En su primer año en el Nuevo Mundo, Cortés, que a la sazón contaba
poco más de veinte años, anunció que o “cenaría al son de los clarines o
moriría en el patíbulo”, y más tarde pasó varios años amasando una fortuna
gracias a las minas de oro
y a la cría de ganado en Cuba; esa
fortuna lo ayudaría a financiar una expedición a las nuevas tierras de México
que le reportaría aún mayores ganancias.
232
Si entre 1492 y 1540 los conquistadores tenían las manos libres para
explorar y conquistar el desconocido mundo caribeño, al cabo de cincuenta años,
no eran más que curiosidades anacrónicas, cuando no, una mera molestia. Sirva
de ejemplo el declive de la fortuna de Cortés y de sus caballeros al cabo de
una década de la victoria de 1521. El gran crítico del imperialismo español en
el Nuevo M undo, el dominico fray Bartolomé de las Casas, denunció los
“cuarenta años” (1502-1542) en los que un puñado de compatriotas, mediante la
conquista, las enferm edades y la explotación económica, barrieron a la
población de la cuenca caribeña. Hacia 1550 la América española era un mundo de
burócratas, mineros y religiosos en el que no había sitio para el empobrecido
aventurero castellano, que deseaba intrigar sin supervisión en los asuntos del
rey y del Papa y, por tanto, arruinar el trabajo más cuidadoso de otros a la
hora de extraer las almas y el oro de las gentes y las tierras americanas.
Tanto la Corona como la Iglesia comenzaban a entender que los hombres como
Cortés tenían una molesta tendencia a despellejar, en lugar de a trasquilar, a
las ovejas del Nuevo Mundo, y no escatimaron esfuerzos para acabar con la era
de los conquistadores tan sólo algunos años después de su nacimiento.
La primera generación que colonizó y explotó la cuenca del Caribe estaba
compuesta por hombres duros com o Diego Velázquez, gobernador de Cuba, veterano
del segundo viaje de Colón y de las batallas finales de Granada; Francisco de
Garay, corregidor de Jam aica, también veterano de las explora ciones de Colón
y emparentado con el famoso explorador, y Pedro Arias Dávila, caudillo de
Panamá, superviviente de las guerras civiles y, a los setenta y ocho años, el
más despiadado de los gobernadores españoles. El propio Hernán Cortés era
nativo de Medellín e hijo de un legendario soldado con cincuenta años de
servicio a la Corona a sus espaldas.
Los conquistadores eran un mundo aparte de los religiosos y hombres de
letras que los siguieron y consolidaron y burocratizaron lo que aquellos
hombres mucho más brutales habían ganado con la espada. Los conquistadores com
partían lo que ahora a nosotros nos parece de una desigual m oralidad: la
matanza de indios desarmados en la batalla no provocaba desprecio, como tampoco
lo hacía transformar a todo un pueblo conquistado en bandas de siervos. Por el
contrario, los sacrificios humanos, el canibalismo, el travestis-rao y la
sodomía provocaban indignación y ultraje moral, igual que la desnudez y la
falta de propiedad privada, monogamia y trabajo físico continuado. Gran parte
del universo ético castellano se basaba en la posición, los modales y la
presunción de ciertas maneras civilizadas; no en cuestiones fundamentales
relativas a la vida y la muerte:
El miembro de un Estado civilizado, tal como lo concebían los españoles
del siglo XVI, era el habitante de una ciudad vestido con jubón y calzas,
233
y con el pelo corto. Su casa no estaba invadida de pulgas y garrapatas.
Com ía en una mesa y no en el suelo. No tenía indulgencia para con los vicios
antinaturales y si cometía adulterio era castigado por ello. Su mujer -que
además era su única mujer y no una entre varias- no transportaba a los niños en
la espalda como los monos, y esperaba que su hijo, y no su sobrino, heredara su
patrimonio. No perdía el tiempo emborrachán dose, y tenía el debido respeto
por la propiedad, tanto por la suya como por la de los demás (John H. Elliott,
España y su mundo, p. 82).*
RACIONALISMO ESPAÑOL
E l legado de los hombres de Cortés y de los hombres como ellos fue el
de una brillante conquista militar, pero también el de la aniquilación de las
poblaciones indígenas de M éxico y el Caribe en apenas treinta años, y a causa
de la conquista, de la destrucción de la agricultura local y de la inadvertida
importación de la viruela, el sarampión y la gripe. A l igual que el “heleno”
Alejandro M agno, el “ cristiano” Cortés mató a millares de personas, saqueó
los tesoros imperiales, destruyó y fundó ciudades, torturó y mató, y adujo que
lo hacía por el bien de la humanidad. Sus Cartas de relación a Carlos V, en las
que afirmaba su interés por establecer una hermandad entre nativos y españoles,
se leen en gran medida como el juramento de Alejandro en Opis (324 a.C.), en el
que proclamaba un nuevo mundo en el que había cabida para todas las razas y
religiones. En ambos casos, los afectados habrían contado la historia de un
modo distinto.
Los conquistadores distaban mucho de ser fanáticos ignorantes. Pese a su
devoción religiosa, no vivían en el mundo mítico de los mexicas -Moctezuma
envió a una corte de m agos y nigromantes que debían hechizar y lanzar
maldiciones a los castellanos que se aproximaban a Tenochtitlán-, sino en un
cosmos romántico que, pese a sus exagerados relatos e improbables rumores,
cedía en última instancia ante la percepción sensorial y la frialdad de los
hechos. Los españoles, a pesar de sus bravatas, no creían que los mexicas
fueran agentes del diablo, sino sociedades indígenas complejas a las que se
podía conocer, neutralizar y conquistar mediante una combinación de intrigas
políticas y acción militar. Los mexicas les resultaban tan extraños como ellos
a los mexicas. La diferencia estribaba en que, aparte del hecho evidente de que
fueron los españoles y no los mexicas los que recorrieron la mitad del mundo
para conquistar una nación desconocida, los hombres de Cortés se apoyaban en
una tradición de 2.000 años de antigüedad que podía aceptar los fenómenos más
extraños sin
* Madrid, Alianza Editorial, 1990, traducción de Ángel Rivero Rodríguez.
234
recurrir a la exégesis religiosa. Por medio de la percepción sensorial,
la confianza en un corpus previo de conocimientos abstractos y el razonamiento
inductivo, los castellanos evaluaron rápidamente la organización política de
Tenochtitlán, la capacidad militar de su ejército y, en líneas generales, la
religión de la nación mexica.
Nunca habían visto nada parecido a los sacerdotes m exicas, con su pelo
apelmazado y embadurnado de sangre y sus mantos de piel humana, ni a los
sacrificios en masa, ni a los ritos que consistían en arrancar el corazón de
sus víctimas drogadas cuando aún palpitaba. Pero pronto dedujeron que aquellos
indios sagrados no eran dioses, que, pese a la retórica de la Iglesia católica,
ni siquiera eran diablos, sino seres humanos inmersos en unos ritos religiosos
muy extraños que podían, lógicamente, despertar el odio de sus aliados sub
yugados. El cristianismo les decía que la religión azteca era el mal, pero fue
la tradición intelectual europea la que les dio las herramientas para
investigarla, comprobar su debilidad y, finalmente, destruirla. Por el
contrario, después de la llegada de los castellanos, los aztecas seguían
perplejos, sin saber si se enfrentaban a hombres o a semidiós es, a centauros o
a caballos, a barcos o a montañas flotantes, a deidades propias o extranjeras,
a truenos o cañones, a emi sarios o enemigos.
El propio Cortés era un hombre semiinstruido que durante un tiempo
trabajó como notario, estudió latín y leyó La guerra de las Galias, de César,
la Historia, de Tito Livio y otros clásicos de la literatura militar. A l menos
una parte de su éxito en las horas más oscuras de las guerras mexicas se debió
a su cautivadora oratoria, adornada con alusiones a Cicerón y Aristóteles y
jalonada de citas latinas de los historiadores y dramaturgos romanos. Debemos
recordar que en el siglo I a.C., durante los últimos años de la República
romana y los primeros del principado, Hispania era el centro intelectual de
Europa. De ella provenían personajes de la talla de los filósofos morales
Séneca el Viejo y su hijo Séneca, del poeta Marcial y del agrónomo Columela.
Aunque la Inquisición y la intolerancia religiosa que dominaban España
pronto la aislarían de los principales centros de saber del norte de Europa, lo
que condujo a un claro declive a partir de 1650, en el siglo xv i, el ejército
español estaba en la vanguardia de la tecnología militar y de la ciencia
táctica abstracta. Muchos de los hombres que marcharon con Cortés no eran meros
notarios, hidalgos arruinados y sacerdotes familiarizados con la literatura
latina, sino ávidos lectores de tratados políticos y científicos de la España
de su tiempo. Más importante es que estuvieran educados como burócratas y
abogados en el método inductivo de aducir pruebas, precedentes y leyes a fin de
apoyar un argumento ante una audiencia de colegas supuestamente desinteresados.
Es posible que los conquistadores de Cortés no fueran intelectuales,
pero estaban equipados con las mejores armas de la Europa del siglo XVI y
curtidos
235
en las luchas contra el moro, el italiano y el turco. Las bases de dos
milenios de ciencia militar occidental, que se ocupaba de temas tan dispares
como fortificación, asedio, tácticas de combate, balística, maniobras de
caballería, logística, lucha con pica y espada o tratamiento médico en el campo
de batalla, significaron, en definitiva, que hacían falta cien mexicas para
abatir a un solo castellano. Cuando eran atacados por un número muy superior de
mexicas, los españoles formaban en hileras, combatían al unísono y con una
disciplina no cuestionada, y disparaban en descargas cerradas. En la miríada de
inespe radas crisis que surgían cada semana, Cortés y su consejeros más
cercanos -el brillante Martín López, el valeroso y firme Sandoval, el mercurial
A lvarado - no se limitaban a rezar, hablaban, discutían y elaboraban una
táctica o una solución mecánica que les permitiera enmendar el error de haber
entrado en una isla fortaleza habitada por miles de personas. A Cortés también
le preo cupaba que sus acciones quedasen registradas y que fueran criticadas,
revisadas y difundidas entre miles de españoles allá en la metrópoli.
El individualismo español era evidente en todos los ámbitos. El más
inespe rado aportaba sus ideas, algunas a medio cocer, como las de aquel
veterano de las guerras de Italia que, cuando escaseaba la pólvora, convenció a
Cortés de que lo mejor era construir una enorme catapulta (que, finalmente, fue
un gran fracaso). Existía una camaradería entre soldados y general desconocida
entre los m exicas: ningún guerrero azteca se habría atrevido a acercarse a M
octezuma ni a Cuauhtémoc, su sucesor, para proponerle una innovación táctica,
naval o logística. Así como los Compañeros de Alejandro gozaban de un nivel de
intimidad con su rey inimaginable entre Darío y sus Inmortales, Cortés comía,
dormía y recibía las críticas de sus caballeros de un modo im pensable entre
los mexicas.
Los occidentales se habían aventurado en tierras no occidentales para
viajar, escribir y registrar sus observaciones desde los logógrafosjónicos del
siglo VI a.C. Periegéticos como Cadmo, Dioniso, Caronte, Damastes y Hecateo - a
los que seguirían a Asia y Egipto exploradores y conquistadores como los
imperialistas atenienses, los Diez Mil de Jenofonte y Alejandro M agno- habían
escrito tratados didácticos sobre Persia (Pérsica) y viajes fuera de Grecia
(Periploi). Por el con trario, durante la gran invasión d e je rje s de Grecia
(480 a.C.), el m onarca persa tenía, al parecer, muy poca o ninguna información
sobre la naturaleza de las ciudades-Estado helenas.
Los mercaderes, exploradores, conquistadores y científicos romanos
conti nuaron la tradición griega de investigación de la naturaleza, ampliando
su difusión al M editerráneo entero, el norte de A frica y Europa. A diferencia
de los emperadores aztecas, Cortés se beneficiaba de una tradición
antropológica de literatura escrita que describía pueblos y fenómenos extraños,
los evaluaba y catalogaba y extraía un sentido de su entorno natural que se rem
ontaba a
236
Heródoto, Hipócrates, Aristóteles y Plinio: la vieja y arrogante idea
occidental de que nada le es inexplicable al dios Razón si el investigador
cuenta con datos empíricos suficientes y el método inductivo adecuado.
Moctezuma o temía o adoraba la novedad que no podía explicar; Cortés trataba de
encontrar una explicación a una novedad a la que no temía ni veneraba. En
última instancia, ésa es la razón de que Tenochtitlán y no Veracruz -por no
hablar de Sevilla-yaciera en ruinas.
¿POR QUÉ VENCIERON LOS CASTELLANOS?
LO INEXPLICABLE
Casi un cuarto de millón de personas vivía en las ciudades-isla gemelas
de Tenochtitlán y Tlatelolco. Más de un millón de mexicas de habla náhuatl de
las poblaciones que rodeaban el lago Texcoco eran súbditos tributarios del
Imperio azteca. Más allá del valle de M éxico había aún más pueblos que les
debían obediencia. El gran mercado de Tenochtitlán tenía capacidad para 60.000
personas y la ciudad era más grande que la mayoría de los centros urbanos de
Europa: Sevilla, la mayor ciudad de España, no llegaba a los 100.000 habitan
tes. Calzadas de ingeniosa construcción con numerosos puentes levadizos, un
enorme acueducto de piedra, pirámides más grandes (en volumen) que las de
Egipto y flotas de miles de canoas que surcaban un lago magníficamente
aprovechado convertían la isla en una maravilla arquitectónica y en una forta
leza inexpugnable.
Jardines flotantes, zoos de exóticos animales tropicales y una enorme
elite religiosa y política cuyos miembros se engalanaban con oro, joyas y
vistosas plumas intrigaron lo suficiente a los hombres de Cortés para que
jurasen, en algunas narraciones de la época, que no había en Europa ciudad que
pudiera rivalizar con Tenochtitlán en riqueza, poder, belleza y tamaño. Empero,
al cabo de dos años, un pequeño contingente castellano sin líneas de suministro
seguras, no familiarizado ni con el territorio ni con las costumbres de la
zona, atacado al principio por todos los grupos nativos que encontraba, víctim
a de varias enfermedades tropicales y sufriendo por una alimentación que
desconocía, enfrentado a las autoridades de Cuba y más tarde obligado a luchar
contra otro contingente castellano enviado para arrestar a Cortés, derrotó al
Imperio azteca, desencadenando una serie de acontecimientos que aniquilarían a
la mayoría de sus habitantes y arruinarían su majestuosa capital.
Los propios españoles atribuyeron, erróneamente, su asombroso éxito a
una virtud innata, a la superioridad de su inteligencia y a la religión
cristiana. Durante casi quinientos años, los críticos m exicanos y europeos de
la conquista han
2J 7
ofrecido diversas y contradictorias explicaciones de aquella hazaña casi
impo sible, explicaciones que van desde el papel de los aliados tlaxcaltecas y
las en fermedades hasta el genio del propio Cortés y los obstáculos culturales
que impedían un cálculo adecuado del tiempo y una comunicación sistemática.
Pocos han buscado la respuesta en el contexto más amplio de la tradición
militar occidental, que era antigua y letal.
¿ALIADOS NATIVOS?
¿Provocó Cortés el enfrentamiento de unos nativos contra otros al
consolidar una cínica alianza que habría de ver cómo M éxico destruía su propia
cultura en una guerra civil de la que él sería el único y definitivo
beneficiario? Para entender la conquista de M éxico como un hecho debido
esencialmente a las disputas internas entre las naciones mexicas, tres
conjeturas tendrían que ser ciertas. Primera, que las tribus mesoamericanas
podrían haber arrasado Tenoch-titlán poco tiempo antes por sus propios medios y
sin la ayuda española. Sin embargo, los relatos de la época demuestran que las
tribus vecinas no habían podido derrocar a los m exicas antes de la llegada de
los españoles y que, después, en la lucha contra los aztecas, eran muy
ineficaces cuando no contaban con el apoyo europeo. Segunda, que, tras la
destrucción de Ciudad de M éxico, los nativos de M éxico podrían haberse
revuelto contra los españoles, renovado los ataques emprendidos a la llegada de
Cortés y, finalmente, puesto fin a la presencia castellana de una vez por
todas, garantizando con ello una liberación definitiva de sus opresores aztecas
y europeos. En realidad, sucedió lo contrario: la destrucción de Tenochtitlán
marcó el fin de toda autonomía mexica. Ni antes de la llegada de los españoles
hubo tribu indígena capaz de derrotar a los aztecas, ni después de la conquista
pudieron los nativos expulsar a los españoles. Tercera, que los pueblos
mesoamericanos, fraccionados e inmersos en continuas disputas, quisieron
cooperar no entre ellos, sino únicamente con un contingente europeo unido y
cohesionado, con lo que parece sugerirse que fueron las luchas intestinas de
los nativos, y no la superioridad militar española, la que evitó una victoria
india. Y sin embargo, en las filas europeas había casi tanta disensión como
entre los nativos de M éxico. El propio Cortés escapó por m uy poco del arresto
en Cuba y se convirtió en objetivo de varios complots de asesinato. Las
autoridades de L a Española lo calificaron, oficialmente, de renegado y se vio
obligado a robar y confiscar suministros a punta de arcabuz. En mitad de sus
delicadas negociaciones con Moctezuma, tuvo que abandonar Tenochtitlán. Dejó en
la ciudad a una pequeña fuerza liderada por Alvarado y marchó con sus hombres a
lo largo de cuatrocientos kilómetros por la ruta, difícil y peligrosa, que
llevaba de regreso a Veracruz, pero antes de llegar tuvo que derrotar a
238
las tropas de Narváez, más numerosas que las suyas, y todo ello mientras
era sometido al ataque de varios pueblos mesoamericanos, que pretendían sacar
algún provecho de su debilidad.
En resumen, acuciado de problemas, sin sanción oficial y cuando era casi
un proscrito para sus superiores del Caribe, Cortés convirtió un mundo nativo
dominado por las tensiones y los conflictos constantes en una guerra de
aniquilación totalmente nueva contra el pueblo más poderoso de la historia de M
éxico, lo que habría resultado imposible sin caballos y superioridad en tec
nología y tácticas. Tras la conclusión de aquella campaña y al cabo de pocos
años, pacificó todo M éxico bajo la autoridad española, una situación que,
aparte de algunas revueltas ocasionales, caracterizó la historia mexicana desde
la caída de Tenochtitlán en 1521 hasta la Guerra de Independencia del siglo X
IX .
En cualquier discusión acerca de la conquista de México, las cifras nos
dicen muy poco. La disciplina, las tácticas y la tecnología de los invasores,
no el in manejable tamaño del ejército azteca o las enormes concentraciones de
sus enemigos nativos, explican por qué, tras la llegada de Cortés, el Imperio
azteca desapareció en menos de dos años. Los españoles, que acabaron con la
auto nomía de todas las tribus de México, convirtieron los rutinarios
conflictos nativos en una definitiva guerra de aniquilación. Tras el desastre
de la Noche Triste del 1 de julio de 1520, Cortés perdió a casi todos sus
aliados tlaxcaltecas y se vio rodeado por miles de guerreros de tribus
hostiles. La propia Tlaxcala estaba a muchos kilómetros de distancia y
cuestionaba su fidelidad a la alianza. Sin em bargo, los españoles, ayudados en
realidad únicamente por unos pocos supervivientes tlaxcaltecas, se abrieron
paso luchando en su huida del lago Texcoco, masacrando a miles de nativos en su
marcha y obligando a otros a volver a integrar su federación. Además, a
principios de julio de 1521 -poco más de un año después de la Noche Triste-,
tras sufrir la em boscada en el Tlatelolco, la m ayoría de los aliados de
Cortés se marcharon súbitamente y sin previo aviso al ver cómo docenas de
castellanos cautivos eran conducidos a la Gran Pirámide para ser sacrificados
en una truculenta ceremonia pública. Los relatos nativos de aquel espectáculo
explican por qué la coalición de Cortés se desvaneció tan de repente:
Uno a uno los obligaron a subir al altar del templo, donde los sacer
dotes los sacrificaron. Prim ero fueron sacrificados los españoles, a
continuación sus aliados. Los mataron a todos. Nada más concluir los
sacrificios, los aztecas clavaron las cabezas de los españoles en filas de
picas. También alinearon las cabezas de sus caballos. Pusieron las cabezas de
los caballos en la parte de abajo y las cabezas de los españoles en la de
arriba, y todas las colocaron mirando al sol (M. León-Portilla, The Broken Spears,
p. 107).
239
Las fuentes de la época señalan que, en este punto, del enorme ejército
nativo que Cortés había reclutado en las aldeas que rodeaban el lago
Tlatelolco, tan sólo unos cien mesoamericanos permanecieron junto a los
españoles. Los pue blos más distantes de Malinalco y Tula se rebelaron, lo que
obligó a Cortés a enviar expediciones de castigo a fin de asegurar la fidelidad
de los volubles caciques de Cuernavaca y Otomí.
La diferencia numérica que caracterizó las batallas de la conquista de M
éxico no deja de causar asombro. En todos los enfrentamientos, los castellanos
se veían superados en una proporción de al menos cien a uno, m ayor incluso que
la que habrían de experim entar los británicos en la m ayor parte de las
batallas de las guerras zulúes de 1879. En mitad de las revueltas y de la
disolución de su ejército, Cortés mantuvo el asedio sobre Tenochtitlán, sometió
a los alia dos rebeldes y reincorporó a los nativos escépticos a sus filas. A
l parecer, los aztecas, asediados, no pudieron vencer a los castellanos pese a
que éstos estaban aislados; los otros pueblos de M éxico, por su parte, no
tenían confianza sufi ciente como para destruir Tenochtitlán sin la ayuda de
los españoles y tampoco marcharon sobre las calzadas para matar al debilitado
Cortés.
Q uizá a los sedentarios historiadores de nuestra época les resulte
difícil comprender el miedo que dominó las mentes de aquellos que casi
rutinaria mente eran tajados por las hojas de acero toledano, triturados por
la metralla, pisoteados por los caballos, destrozados por los mastines, y cuyos
miembros eran heridos con impunidad por balas de mosquete y saetas de ballesta,
por no mencionar a los miles a quienes Cortés y Alvarado ejecutaron
sumariamente en Cholula y el templo de Tlacochcalco. Los relatos españoles y
nahuas de la época están llenos de escenas espeluznantes que describen de qué
modo el acero y las balas españolas desm em braban y destripaban a los m
esoamericanos, acom pañadas de descripciones del pánico que aquel caos
provocaba entre las poblaciones indígenas. A nosotros, que hemos vivido el
siglo x x y hemos sido testigos de cómo bastaron algunos centenares de guardias
nazis para gasear a millones de judíos, o de qué modo unos pocos miles de
perturbados y cobardes jem eres rojos asesinaron a cientos de miles de cam
boyanos, no debería sorprendernos que el horror y el pánico que provocan unas
herramien tas mortales muy complejas neutralicen, tan a menudo y con tanta
facilidad, la mera superioridad numérica.
El distinguido historiador Ross Hassig, especialista en el período
azteca, ha señalado con mucha razón que la mayoría de las narraciones de la
conquista subestiman la contribución mesoamericana a la victoria española. A sí
pues, seamos claros: Cortés no podría haber conquistado Tenochtitlán en tan
sólo dos años sin el apoyo masivo de sus aliados nativos (primero los totonecas
y luego los tlaxcaltecas), pero los indios, que antes de la llegada de los
europeos habían luchado en vano contra los aztecas, tampoco habrían podido
hacerlo sin la ayuda
240
de Cortés. La valoración del papel de los nativos es cuestión de grado y
tiene que ver con el tiempo y los costes.
Las decenas de miles de indios que, como guerreros, porteadores y
albañiles, prestaron su ayuda, alimentaron a Cortés y lucharon a su lado
resultaban indispensables en el esfuerzo de los castellanos. Sin su
contribución, a Cortés le habrían hecho falta millares de soldados españoles,
de los que habrían caído varios centenares, y quizá hubiera necesitado una
década o más. No obstan te, habría conseguido sus propósitos aun en el caso de
enfrentarse a un M éxi co unido sin la colaboración de los nativos. La conquista
española de México, contra pueblos que no tenían caballos ni conocían la rueda,
las armas de hierro o acero, los barcos transoceánicos, la pólvora, ni contaban
con una larga tradición de asedios científicos, es paradigm ática de un modo de
conquista brutal y sistemático que en ningún otro lugar del Nuevo Mundo precisó
necesariamente de la complicidad de los nativos.
Los mesoamericanos lucharon contra los aztecas no porque quisieran a los
españoles -en realidad, durante gran parte de 1519 y los primeros meses de
1520, intentaron acabar con Cortés-, sino porque éstos eran un inesperado y
poderoso adversario que podía enfrentarse a otro adversario aún más terrible,
Tenochti-tlán, que había masacrado sistemáticamente a sus propias mujeres y
niños de un modo horrible y macabro. Las guerras casi constantes del siglo
anterior contra los aztecas habían dejado a la m ayor parte de los pueblos
mesoamericanos situados entre Tenochtitlán y la costa, y muy especialmente a
los tlaxcaltecas, bajo un sometimiento opresivo que había expoliado sus campos
y sus poblacio nes, llevándose tributos materiales y humanos, u obligados a
vivir en estado de sitio durante seis meses al año a fin de librarse del
pillaje azteca.
La aparición de los españoles convenció a la m ayoría de los súbditos
del Imperio azteca de que había llegado un pueblo al que no podían derrotar
pero que, al mismo tiempo, parecía capaz de aniquilar a sus archienem igos, los
m exicas, y estaba en posesión de ventajas tecnológicas y materiales que le
permitirían establecer -com o de manera clarividente advirtieron los defensores
aztecas a los tlaxcaltecas durante los últimos y amargos días del asedio de
Tenochtitlán- una hegem onía duradera sobre todos los nativos de M éxico.
Deberíam os considerar la contribución indígena a la conquista como el
combustible que avivó el fuego que consumió a los aztecas, pero admitir que la
chispa y las llamas fueron españolas. Sin la presencia española, ni siquiera
los bravos tlaxcaltecas se habrían liberado -y, en efecto, hasta la llegada de
los españoles no lo habían hecho- de la opresión azteca. Teniendo en cuenta la
capacidad occidental para fabricar armas mortíferas, su tendencia a producir
artículos baratos en grandes cantidades y su tradición de considerar la guerra
desde un punto de vista pragmático y no ritual, es decir, com o m ecanism o
para continuar la política por otros medios, no puede extrañar que muchos
241
mesoamericanos, tribus africanas y nativos de Am érica del Norte se
unieran a las tropas europeas para matar aztecas, zulúes y lakotas.
La clave para acabar con el Imperio azteca, que centralizaba sus
comunica ciones, burocracia y ejército en una isla fortaleza, era la
destrucción de Te-nochtitlán, operación que ninguna tribu mesoamericana podía
llevar a cabo y mucho menos concebir. Es cierto que muchos pueblos nativos
pretendían utilizar a Cortés como activo táctico en su guerra constante contra
los mexicas, pero no acabaron de comprender el gran objetivo estratégico de los
españoles, es decir, la aniquilación del Imperio azteca como condición previa a
la anexión de México como región tributaria del Imperio español. Por ello, se
convirtieron, de forma inconsciente, en peones de una vieja tradición europea
de pensamiento estra tégico que era completamente ajena a su idea de para qué
servía una guerra.
Ni los tlaxcaltecas ni los mexicas tenían la noción abstracta de que la
guerra es el último recurso y el árbitro final de la política, idea
exclusivamente occidental que se remonta a la amoral observación de
Aristóteles, que figura en el primer libro de su Política, de que el propósito
de la guerra siempre es la “ adquisi ción” y que, por tanto, es un fenómeno
lógico que tiene lugar cuando un Estado es mucho más fuerte que otro y en
consecuencia pretende “de un modo natural” el sometimiento político de su rival
inferior por todos los medios posibles. Este punto de vista es uno de los temas
recurrentes de las Historias, de Polibio, está omnipresente en La guerra de las
Galias, de César, y fue ampliado y discutido en términos abstractos por
pensadores occidentales tan diversos como Maquia-velo, Hobbes y Clausewitz. En
sus Leyes, Platón afirmaba que todo Estado debe, cuando sus recursos se agotan,
buscar la anexión o incorporación de tierras nuevas que no le pertenecen, un
resultado lógico de su ambición e interés.
¿ENFERMEDADES?
No hay cifras precisas sobre el número de aztecas que murieron como
conse cuencia de enfermedades entre 1519 y 1521. Se trata de un tema espinoso
en el que no sólo intervienen las cifras, sino cuestiones como la intención
deliberada de los europeos o su culpabilidad. Durante la mayor parte del siglo
XVI, México fue sacudido por una sucesión de enfermedades provenientes de
Europa -viruela, gripe, peste, paperas, tos ferina y saram pión - que redujeron
su población indígena entre el 75 y el 90%. El subcontinente mexicano, que tal
vez tenía cerca de veinticinco millones de habitantes antes de la conquista,
contaba medio siglo después con tan sólo uno o dos millones. Es una de las
grandes tragedias de la subyugación del continente americano a manos de los europeos.
Sin embargo, a efectos estrictamente militares, que es lo que aquí nos
ocupa, lo que a nosotros nos atañe es un asunto más limitado y mayormente
amoral:
242
la eficacia de los ejércitos. ¿Hasta qué punto fue relevante para la
conquista de Tenochtitlán en agosto de 1521 que en el año 1520 llegara la
viruela a América? Los observadores nativos, que describieron los síntomas de
la enfermedad con todo detalle a los últimos españoles, creían que la epidemia
había acabado con uno de cada quince habitantes de la ciudad. Los estudiosos
actuales cal culan que, tan sólo en el primer contagio, la epidemia acabó con
entre el 20 y el 40% de la población del M éxico central, afectando por igual a
los aztecas y a sus enemigos. Quizá entre 20.000 y 30.000 aztecas perecieron a
causa de la enfermedad durante los dos años que duró la conquista de M éxico,
una cifra muy alta que sin duda contribuyó a debilitar el poder de los mexicas.
Por terribles que sean esas cifras, no está claro que la viruela
desempeñara un gran papel en la destrucción de Tenochtitlán. No obstante, los
millones de indios que hicieron posible la creación del virreinato de Nueva
España murieron en el siglo que siguió a la victoria de Cortés, sobre todo
durante las epidemias de tifus que tuvieron lugar entre 1545 y 1548 y entre
1576 y 1581. Según el Códice Florentino, el primer brote de la enfermedad tuvo
un alcance limitado y definido, y afectó a la población entre principios de
septiembre y fines de noviembre de 1520. Luego, durante el asedio final
(abril-agosto de 1521), la epidemia había remitido ya en su mayor parte.
Cuando, en abril de 1521, Cortés llegó a Tenoch titlán para emprender su
segunda campaña, la ciudad llevaba seis meses casi libre de la enferm edad. L a
viruela mató también a miles de los aliados de Cortés, causando entre ellos más
bajas que entre los aztecas, puesto que los totonecas, chalcas y tlaxcaltecas
estaban en contacto más estrecho con los eu ropeos que llegaban a Veracruz,
origen de la epidemia. A l parecer, además, la enfermedad fue más virulenta en
la costa, cerca de la base de las operaciones españolas y entre las tribus
aliadas de Cortés. Hasta cierto punto, el aislamiento de Tenochtitlán, la
altura a la que se encontraba y la zona de tierra de nadie que en virtud de la
situación bélica la rodeaba le proporcionaban una barrera inicial, por frágil
que fuera, que podía limitar los efectos de la infección.
El argumento de las enfermedades contagiosas vale para ambos bandos, y
es que los europeos padecieron una gran variedad de enfermedades tropicales de
las que no tenían experiencia y ante las que no eran inmunes. La m ayor parte
de los relatos de la época m encionan constantemente enfermedades de los
bronquios y fiebres que debilitaron seriamente y en ocasiones causaron la
muerte a los hombres de Cortés. Las malarias y disenterías del Nuevo Mundo eran
mucho más violentas que las que se conocían en España. Algunos solda dos
también padecieron úlceras parecidas a las que causa la sífilis, un mal
especialmente incómodo para aquellos hombres que llevaban coraza en un clima
tropical. Además, no todos los hombres de Cortés habían sufrido ya la viruela y
no eran por lo tanto inmunes a una enfermedad que aún mataba a miles de
personas en las grandes áreas urbanas de Europa. Debido al pequeño
243
tamaño de su ejército, que algunas decenas de españoles contrajeran la
enfermedad pudo tener tanto efecto en la eficacia militar de los conquistadores
como lo tuvo el hecho de que millares de nativos resultaran infectados en un
Imperio azteca de más de un millón de personas. En las cartas del propio Cortés
y en los anales de los observadores españoles de la época, a la viruela, aunque
se la menciona, nunca se la considera uno de los factores decisivos de la lucha
en ninguno de los dos bandos. Esto se debe a que los castellanos, azotados a su
vez por diversas enfermedades e incapaces de detectar ninguna debilidad
repentina en la resistencia de Tenochtitlán, nunca llegaron a darse cuenta de
que la enfermedad se había convertido en una pandemia que estaba diezmando a
sus enemigos.
Lo que evitó que los europeos fueran aniquilados por las nuevas fiebres
y las viejas enfermedades se explica tanto por causas biológicas como dem o
gráficas y culturales. Como grupo de guerreros jóvenes y con diversos ante
cedentes y experiencia viajera, los castellanos rara vez se encerraban en
pequeños cuartos ni permanecían en contacto con mujeres, niños y ancianos
durante mucho tiempo. Tampoco tenían que cuidar a los civiles afectados ni
tenían ninguna responsabilidad sobre ellos. Aparte de cierta inmunidad bio
lógica a la viruela, los españoles se beneficiaban de una larga tradición
empírica en la lucha contra las enfermedades: en el año 1600, Sevilla perdería
la mitad de su población a causa de la peste, pero se recuperaría sin que la
destruyeran ni la enfermedad ni una oportunista invasión extranjera.
Durante la lucha, los conquistadores aplicaban vendas de lana y algodón
a las heridas y no tardaron en darse cuenta de que la grasa de los indios
recién ma sacrados actuaba como excelente - y m acabro - bálsamo curativo.
Aunque, evidentemente, la Europa del siglo XVI no tenía ningún conocimiento
científico acerca de los virus y los bacilos, y en realidad lo desconocía todo
sobre el mecanismo de actuación de los agentes infecciosos, los españoles
podían recurrir a una larga tradición em pírica que se rem ontaba a autores
clásicos como Hipócrates y Galeno, que recopilaron sus observaciones de primera
mano de las epidemias que sacudieron a las ciudades griegas e italianas y
contribuyeron, por tanto, a consolidar una cultura médica que hacía hincapié en
el manteni miento de una cuarentena adecuada, las dietas medicinales, el sueño
y la cuidadosa cremación de los cadáveres.
A consecuencia de aquel
legado, los españoles sabían que el contacto estrecho con los enfermos
propagaba la epidemia, que había que librarse inmediatamente de los muertos,
que el avance de cualquier enfermedad era predecible si se observaban los
síntomas con atención y que el proceso de observación empírica, diagnosis y
prevención era más eficaz que los hechizos y sacrificios. Quizá los sacerdotes
católicos arguyeran que uno caía enfermo cuando Dios decidía castigarlo por sus
pecados y que sólo podría curarse mediante la oración, pero
244
la m ayoría de los españoles sabían que, una vez que la infección
atacaba, la enfermedad seguía una evolución predecible que tal vez las
medicinas, la dieta, los cuidados y el aislamiento podrían detener.
Por el contrario, los nativos de M éxico, como los antiguos egipcios y
muchos sacerdotes católicos, creían que las enfermedades internas eran causadas
por dioses o demonios enemigos del enfermo que querían castigarlo o tomar
posesión de su cuerpo y a quienes, por tanto, podía vencerse mediante conjuros
y encan tamientos. Para determinar la etiología de una enfermedad, los
adivinadores aztecas observaban la figura que dejaban unas cuantas judías al
caer sobre un paño de algodón. Varios sacrificios, animales y humanos,
apaciguarían sin duda a los furiosos Macuilxochitl o Tezcatlipoca, ¿o quizá a
Xipa?. L a idea de que un buen número de actividades como dormir, bañarse y
tomar saunas en grupo, comer en el suelo, vestir piel humana, practicar el
canibalismo o no enterrar inmediatamente a los muertos o deshacerse de ellos
por cualquier otro medio estaban relacionadas con la propagación de las
enfermedades apenas era conocida en Mesoamérica, ni siquiera por los
herboristas.
Para Cortés, la verdadera ventaja de la epidemia de viruela que se
extendió entre los aztecas no fue la reducción de sus efectivos, sino las
consecuencias políticas y culturales. Como los españoles no morían con la misma
frecuencia que los indios, se extendió entre estos la idea -que tras la Noche
Triste olvidaron por un tiem po- de que los europeos eran algo más que simples
mortales. A medida que la viruela barría a la población mesoamericana y acababa
con sus jefes, los castellanos tuvieron buen cuidado de apoyar y ayudar sólo a
aquellos nuevos líderes favorables a su causa. La viruela contribuyó a afianzar
la reputación de los españoles como seres de fuerza sobrehumana y consolidó sus
apoyos entre los nativos aliados, pese al hecho de que la enfermedad mató a
tantos de sus partidarios como de sus enemigos, y, por consiguiente, no tuvo un
efecto real sobre la diferencia numérica entre atacantes y sitiados.
¿CONFUSIÓN CULTURAL?
U na de las explicaciones más recientes y populares del milagro español
se basa en la idea de confusión cultural. Unas veces se aduce una exégesis se
miótica, la de que los aztecas concebían y expresaban la realidad de un modo
radicalmente distinto al español y, por tanto, quedaron perplejos hasta la
impotencia ante la llegada de los europeos. Otras veces se afirma, con más
lógica, que el pueblo azteca había desarrollado una práctica bélica singular
que no le valdría para vencer a un enemigo como los españoles, tan radicalmente
distintos a los adversarios que hasta la fecha conocía. Es cierto que, al
principio, los aztecas no eran conscientes del peligro que suponían los
españoles ni de la superioridad
245
de su tecnología militar. Tal vez los tomaran por una suerte de seres
divinos que encarnaban el profetizado regreso del dios Quetzalcóatl a través
del mar y en compañía de su séquito. Muchos mexicas creyeron que las armas de
fuego de los españoles lanzaban truenos, que sus barcos eran montañas
flotantes, sus caballos una especie de centauros divinos, y jinete y animal una
misma criatura. Muchos estudiosos sostienen que la ausencia de una escritura
silábica, la naturaleza altamente ritualizada del discurso formal azteca y las
para ellos ex trañas ideas de los españoles ocasionaron que los mexicas se
sintieran confusos ante la form a de hablar de los europeos, mucho más directa
que la suya, y vulnerables frente a su método causa-efecto, que dictaba su política
y su forma de hacer la guerra.
A l parecer, ya antes de la llegada de los españoles a Veracruz,
Moctezuma asoció los rumores sobre su presencia en el Caribe con el anunciado
regreso de Quetzalcóatl y el derrocamiento del imperio azteca. La concentración
de autoridad religiosa y poder político absoluto en las manos de un solo
gobernante, unida a la visión mítica del mundo del emperador azteca, explica en
parte la fatal decisión de la jerarquía m exica de admitir a Cortés en
Tenochtitlán en noviem bre de 1519 . M uy pronto, la elite azteca se daría
cuenta de que los españoles no eran dioses, pero su vacilación y temor
iniciales habían dado ya a Cortés la iniciativa en la campaña. Otros han
señalado la omnipresencia de los ritos religiosos en la vida azteca, y muy
especialmente su influencia en la previsión y convencionalismo con que se
planteaba la guerra, con un énfasis exagerado no en la muerte del enemigo, sino
en la toma de prisioneros para convertirlos en víctimas sacrificiales de sus
dioses. Desde este punto de vista, es posible que los conquistadores españoles,
Cortés entre ellos, pudieran morir fácilmente, pero escaparon a esta suerte
gracias al vano esfuerzo de los aztecas por capturarlos con vida.
Com o en el caso de la epidemia de viruela, el argumento de la confusión
cultural es una cuestión de grado. Es posible que los mexicas creyesen que
Cortés y sus hombres eran divinidades y, por tanto, bajasen la guardia o
temieran su ataque, cuando, en 1519, los españoles eran más vulnerables, es
decir, cuando estaban rodeados en el interior de Tenochtitlán. Lo cierto es que
no intentaron matar a los españoles en combate y, en consecuencia, perdieron
innumerables oportunidades de exterminar a un enemigo sobre el que tenían una
abrumadora superioridad numérica. Sin embargo, cuando llegó la Noche Triste,
los españoles llevaban en Tenochtitlán casi ocho meses. Los aztecas tuvieron la
oportunidad de examinar a sus huéspedes personalmente, de comprobar su manera
de comer, dormir, defecar, de buscar relaciones sexuales con las nativas y de
exhibir su ansia de oro. Gracias a los comentarios que Moctezuma conocía desde
hacía tiempo, sabía que en las guerras que los españoles habían librado contra
otomíes y tlaxcaltecas (abril-noviembre de 1519) los españoles habían sangrado
igual que
otros hombres. Adem ás, algunos de ellos habían caído en la batalla, lo
que evidenciaba que, por su ser físico, eran muy similares a los habitantes de
México. Antes de entrar en Tenochtitlán, también habían perecido algunos
caballos, en combate y descuartizados o sacrificados. A su llegada, en el valle
de México todos sabían que aquellos animales eran criaturas semejantes a los
venados, aunque de mayor tamaño, sin ningún atributo divino.
En el primer verdadero enfrentamiento bélico que tuvo lugar sobre las
calzadas de Tenochtitlán el i de julio de 1520, los aztecas rodearon a Cortés
con la clara intención de aniquilar a sus hombres, no a unos dioses. En
aquellas condiciones, con un ataque nocturno y en masa sobre los diques, era
casi imposible capturar a los castellanos, de modo que no fue ningún accidente,
sino una acción deliberada, que la enorme mayoría de los seiscientos u
ochocientos españoles que perdieron la vida aquella noche fueran asesinados o
muriesen ahogados.
En los combates que posteriormente tuvieron lugar durante la huida de
los españoles a Tlaxcala y de nuevo en el asedio final de Tenochtitlán, los
mexicas emplearon espadas de acero capturadas a los castellanos. Es posible
también que coaccionasen a algunos prisioneros para que les enseñaran el manejo
de la ballesta. Los mexicas cambiaron de táctica a menudo, aprendieron a evitar
los ataques en masa en las llanuras y durante el gran asedio de la capital
demostraron gran ingenio a la hora de reducir la lucha a sus estrechas
callejas, donde las emboscadas y los ataques con armas arrojadizas podían
anular la acción de los caballos y cañones españoles. Por otra parte, acabaron
por com prender que los españoles pretendían exterminarlos y, lógicamente,
desconfiaron de sus peticiones de m ediación, tentando a sus enemigos
tlaxcaltecas con proféticas advertencias de que, tras su propia aniquilación,
también ellos acabarían por ser esclavizados a manos de los extranjeros.
Si los aztecas lucharon con alguna desventaja, fue la de su instrucción
y costumbres, que los habían habituado a capturar y atar a sus enemigos en
lugar de a herirlos y acabar con ellos, costumbre que, según se demostró, era
muy difícil de erradicar incluso contra soldados que, como los españoles, se
lanzaban a una lucha sin cuartel. Pero debemos recordar que la idea de que el
objetivo de un soldado en la batalla es el de capturar al enemigo en lugar de
matarlo no es en absoluto occidental y sólo reafirma nuestra tesis de que el
menú completo de la guerra occidental, esto es, sus tácticas de aniquilación,
ataque masivo, formaciones cerradas y tecnología avanzada, fue en gran parte
res ponsable de la conquista de México.
Además del enorme problem a de su inferioridad en armamento y tácticas,
a menudo se pasa por alto la mayor desventaja cultural de los aztecas: el viejo
problem a del derrumbe de los sistemas, que am enaza a todas las dinastías
palaciegas en las que el poder político se concentra en una pequeña elite; otro
fenómeno no europeo que ha concedido a los ejércitos occidentales enormes
247
ventajas en sus enfrentamientos con otras culturas. La brusca
destrucción de los palacios micénicos (h. 1200 a.C.), la repentina
desintegración del Imperio persa con la huida de Darío III del campo de batalla
de Gaugamela, el fin de los incas y la acelerada caída de la Unión Soviética
atestiguan que las dinastías palaciegas padecen una precariedad extrem a ante
los estímulos exteriores. Cada vez que una pequeña elite pretende controlar
toda actividad política y económ ica desde una ciudadela fortificada, el
reducto de una isla, un gran palacio o un Krem lin amurallado, el
desmoronamiento del imperio sigue en poco tiempo a la desaparición, fuga o
descrédito de esa elite de grandes del imperio, fenómeno que, de nuevo,
contrasta con los órganos económicos y políticos occidentales, más
descentralizados, menos jerarquizados y con mayor control local. El propio
Cortés se percató de esa vulnerabilidad, secuestrando a Moctezuma tan sólo una
semana después de su llegada. Con la huida de su sucesor, el em perador Cuauhtémoc,
en agosto de 1521, la resistencia de los aztecas llegó a su brusco final.
MALINCHE
Los magníficos relatos de William Prescott y Hugh Thomas sobre la
conquista de México sugieren que el rápido derrumbamiento de los mexicas a
costa de tan pocas pérdidas por parte de los españoles habría sido imposible
sin el genio singular y la audacia asesina de Hernán Cortés, a quien los
nativos llamaban “Malinche”, apelativo derivado del nombre náhuatl, Mainulli o
Malinali, de su infatigable compañera e intérprete maya, la brillante e
irreductible doña Marina. Casi todos los estudios modernos acerca de la
conquista de México sugieren que otros conquistadores -ni siquiera hombres tan
intrépidos como el gobernador de Cuba Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, a
quien enviaron para arrestar a Cortés, o los capaces lugartenientes del
extremeño, el bravo Sandoval o el imprudente Alvarado- no habrían conseguido lo
que Cortés consiguió.
No es necesario creer en la teoría histórica del “gran hom bre” para
darse cuenta de que en algunas ocasiones clave - a l hundir sus barcos poco
después de llegar a M éxico y penetrar en el continente, en la guerra con
Tlaxcala y en su posterior y brillante alianza con esta ciudad, en el secuestro
de Moctezuma, en la derrota de Narváez y el sumar las tropas de éste a las
suyas de forma milagrosa, casi sin una sola baja, en el heroico camino de huida
tras la Noche Triste, en la marcha de regreso, en la construcción de los
bergantines y en la recuperación tras el último revés en Tlatelolco- sólo la
valentía, la oratoria y la habilidad política de Cortés salvaron su expedición.
Tan sólo siete años des pués de la conquista de 1521, Pánfilo de Narváez, que
no había podido detener a Cortés y, al contrario, había perdido un ojo en el
intento, encabezó una
248
expedición que se internó en Florida con quinientos hombres y cien
caballos, es decir, unos efectivos comparables a los de Cortés al llegar a
México. Tan sólo cuatro de aquellos conquistadores sobrevivieron, y aun así,
tardaron varios años en ser rescatados. Valga esto para ilustrar la magnífica
catástrofe que, incluso cuando estaban bien pertrechadas, podían sufrir las
tropas españolas en el Nuevo Mundo en caso de ser lideradas por hombres sin
capacidad ni coraje.
Manuel Orozco y Berra describe a Cortés como una figura casi
maquiavélica, más allá del bien y del mal, pero, sin lugar a dudas, distinta a
cualquier otra de su generación:
Considérense su ingratitud hacia Diego Velázquez, sus arteros y
engañosos tratos con las tribus, su traición a Moctezuma. Póngase en su haber
la inútil masacre de Cholula, el asesinato del monarca azte ca, su insaciable
deseo de oro y placeres. No se olvide que mató a su primera esposa, Catalina
Juárez, que al torturar a Cuauhtémoc cometió una bajeza, que arruinó a su
rival, Garay, que conservando el mando se hizo sospechoso de la muerte de Luis
Ponce y de M arcos de Aguílar. Acúseselo incluso de todo lo demás que la
historia registra como pro bado. Pero en ese caso, concedámosle que era un
político sagaz y un capitán capaz y valiente que llevó a buen puerto una de las
hazañas más asombrosas de los tiempos modernos (Fernando de A lva
Ixtlilxo-chitl, Ally o f Cortes [Aliado de Cortés], p. xxvi).
En realidad, Cortés era un guerrero, un intrigante despiadado y un
político de una energía sobrehumana y de un talento sin parangón ni siquiera
entre los magníficos conquistadores españoles del siglo xvi, sus rivales de
exploración. Estuvo gravemente enfermo a causa de varios virus tropicales en
numerosas ocasiones y ya antes de salir de España padeció la malaria. En las
batallas por Ciudad de M éxico estuvo a punto de sufrir una conmoción y fue
herido en una mano, en un pie y en una pierna. En tres ocasiones, corrió
peligro de ser capturado, arrastrado y ser víctima en alguna de las ceremonias
sacrificiales en la Gran Pirámide de Tenochtitlán. Desbarató numerosas conjuras
contra su vida que tramaron castellanos y nativos y neutralizó a sus rivales en
la lejana corte de Carlos V. Tuvo varios hijos con varias mujeres y fue acusado
de asesinar a su primera esposa, Catalinajuárez. A punto de morir durante la
Noche Triste, herido, rodeado su ejército de enemigos, Cortés, quizá por
fanatismo religioso, honor castellano, patriotismo español, pura codicia,
reputación, o una mezcla de todo ello y algo más, se negó a retirarse hasta la
segura Veracruz:
[...] acordándome que siempre a los osados ayuda la fortuna y que éramos
cristianos y confiando en la grandísima bondad y misericordia
2 49
de Dios, que no perm itiría que del todo pereciésem os y se perdiese
tanta y tan noble tierra como para Vuestra Majestad estaba pacífica y en punto
de se pacificar ni se dejase de hacer tan grand servicio como se hacía en
continuar la guerra, por cuya causa se había de seguir la paci ficación de la
tierra como antes estaba, acordé y me determiné de por ninguna m anera bajar
los puertos hacia la mar; antes pospuesto todo trabajo y peligros que se nos
podiesen ofrescer, les dije que yo no había de desamparar esta tierra porque en
ello me parescía que demás de ser vergonzoso a mi persona y a todos muy
peligroso a Vuestra Majestad hacíamos muy grand traición, y que antes me
determinaba de por todas las partes que pudiese volver contra los enemigos y
ofenderlos por cuantas vías a mí fuese posible (H. Cortés, Cartas de relación,
pp. 290-291).
Cortés vio cómo más de la mitad de sus hombres -unos mil de entre 1.600
- morían o caían prisioneros en un período de dos años. En tres ocasiones, los
supervivientes, heridos y enfermos, estuvieron a punto de rebelarse. Secuestró
a Moctezuma, libró otra guerra contra el hermano y el sobrino del emperador
azteca, en varias ocasiones combatió y repelió a sus aliados tlaxcaltecas, fue
derrotado y se ganó a las tropas de refresco españolas que habían sido enviadas
para llevarlo a Cuba con grilletes. Zarpó hacia España para apelar por su
causa, condujo a un enorme contingente a Guatem ala y afirmó que sería capaz de
liderar una expedición a China si le daban barcos y hombres. Todo eso hizo un
hombre de corta estatura -un metro sesenta- y unos setenta kilos de peso, que
en 1504 y con veinte años llegó a L a Española sin un real en el bolsillo.
Dicho esto, sin caballos, armas de fuego ni de metal, armaduras, barcos,
lebreles ni ballestas, por no mencionar la sagacidad militar de sus
lugartenien tes, entre quienes había hombres con experiencia en la
construcción naval, la fabricación de pólvora y el uso integrado de caballería
e infantería, incluso Cor tés habría fracasado. Las diferencias, mucho más
marcadas que en las guerras entre romanos y cartagineses o entre macedonios y
persas, eran demasiado grandes como para que un brillante líder azteca o un
conquistador español inepto hubieran alterado el resultado final del conflicto.
Si un Alvarado o un Sandoval hubieran mandado a los castellanos en la ciudad de
M éxico en no viembre de 1520, y si se hubieran topado con el feroz Cuauhtémoc
en lugar de con el cauto y atribulado Moctezuma, es posible que la expedición
hubiera fracasado. Pero de igual manera que durante la campaña de Cortés de
1521 hasta siete contingentes alcanzaron sucesivamente las costas mexicanas,
habría habido grandes expediciones para reemplazar las pérdidas sufridas en el
revés inicial, algunas de ellas encabezadas por mejores generales y compuestas
incluso por más hombres; en los asentamientos del Caribe había unos 30.000
españoles. Tras el desastre de la Noche Triste, el propio Cortés afirmó que su
vida era de
250
poco valor, puesto que había ya millares de españoles en el Nuevo Mundo
dispuestos a ocupar su lugar y someter a los aztecas.
La conquista de M éxico es uno de los pocos acontecimientos de la
historia en que la tecnología -Europa en el apogeo de su renacimiento militar
contra enemigos que no tenían caballos, ni conocían la rueda, ni las armas de
metal, ni la pólvora- se bastó por sí misma para anular el peso de variables
como el genio y las hazañas individuales. El sometimiento de la Am érica del
Norte occidental se llevó a cabo en cuatro décadas de una guerra en la que no
intervino ni un solo conquistador de la valía de Cortés ni existió ningún centro
neurál gico vulnerable semejante a la ciudad isla de Tenochtitlán. La batalla
por la frontera norteamericana estuvo marcada por diversos generales de habla
in glesa que, por pura incompetencia, perdieron el mando y la vida en
estúpidos asaltos contra tribus indias valientes e ingeniosas, que, equipadas
con caballos y armamento occidental, se desenvolvían en un paisaje de enormes
proporcio nes, pero todo ello apenas tuvo consecuencias en la im parable
invasión del territorio indio y en la sistemática derrota de las partidas de
guerra organizadas por los nativos. Tampoco debemos olvidar que, en los siglos
X y X I, los ex ploradores escandinavos de la costa noroccidental de Am érica
del Norte -los prim eros invasores europeos del Nuevo M undo - no consiguieron
un éxito duradero contra las tribus nativas debido a que carecían de armas de
fuego y caballos y desconocían tácticas bélicas complejas, aparte de que
desembarcar en el continente americano en sucesivas flotillas de barcos
transoceánicos no estaba a su alcance. Pese a su excelencia en el arte de la
navegación y sus legendarias proezas guerreras, los pueblos del norte de Europa
no pudieron conquistar ni colonizar un continente porque no contaban con un
suministro de hombres y material ni asequible ni continuo.
ARMAMENTO Y TÁCTICAS DE LOS ESPAÑOLES
Aquellos historiadores actuales que atribuyen el asombroso éxito de los
caste llanos a la confusión cultural, las enfermedades, los aliados nativos y
a todo tipo de causas secundarias se resisten a admitir el papel esencial de la
tecnología y la superioridad militar de los occidentales. Quizá teman que por
esta afirmación se los pueda acusar de eurocentrismo o de sugerir la
superioridad moral o mental de Occidente. Lo cierto, sin embargo, es que la
enorme distancia entre el equipo y las tácticas de los ejércitos m exica y
español no es cuestión de virtud o de genes, sino de cultura e historia.
En todas las categorías de armas y arm aduras los españoles eran muy
superiores a las tribus nativas con que se toparon. Sus espadas de acero eran
más afiladas y ligeras que los garrotes rematados con obsidiana de los mexicas
25'
y tenían una hoja mucho más larga. Un soldado hábil en su manejo podía
emplearlas para hincar y tajar, y, como atestiguan las fuentes escritas y
sugieren las ilustraciones m exicas, podían cercenar una extremidad y poner
fuera de combate a un oponente desprotegido de un solo golpe. L a espada de los
conquistadores españoles descendía directamente del gladius romano, más corto,
que en su origen era también una espada hispana que equipó a los legionarios
con el arma de mayor poder de penetración del Mediterráneo clásico. Los 1.600
castellanos que conquistaron M éxico portaban estas armas tan letales, a las
que en gran parte se debieron sus victorias, aun cuando se quedaban sin saetas
ni munición.
Muchos soldados españoles llevaban largas picas de madera de fresno. La
m ayor parte de ellas medían entre cuatro y cinco metros de largo y estaban
rematadas por puntas de metal muy afiladas. Igual que las sarissai macedonias,
en las que se inspiraban, cuando las blandían las tropas en formación cerrada
- los tercios castellanos fueron
durante algún tiempo el cuerpo de infantería más mortífero de la España del
siglo X V I - , creaban un muro impenetrable. Según la jerga militar española
de la época eran un “ campo de hierro” en el que no se podía entrar. Cuando un
jinete con arm adura utilizaba la pica contra un rezagado del ejército
adversario, le bastaba un solo golpe para decapitarlo. Además, los españoles
utilizaron también cientos de jabalinas, menos pesadas que las picas pero, como
éstas, con punta de acero. Las jabalinas, como las pila romanas, eran mortales
cuando las utilizaban las unidades que se acercaban al enemigo y las lanzaban
poco antes del choque cuerpo a cuerpo.
Casi todos los españoles llevaban cascos de acero que, además de la
cabeza, les protegían la cara y resultaban impenetrables para las flechas o las
lanzas de puntas de piedra. Muchos de ellos, además, iban protegidos por
corazas y portaban escudos reforzados con acero, lo que explica por qué
murieron tan pocos a consecuencia de las estocadas de los aztecas o de los
golpes de sus garrotes. Los que caían, lo hacían cuando decenas de aztecas
conseguían rodearlos y tirar de ellos. Los derribaban precisamente, quizá, por
el peso del metal que los protegía. Ninguna tribu del Nuevo Mundo había
experimenta do jam ás el choque de cuerpos de infantería, tradición europea
que tenía su origen en las falanges que en el siglo V II a.C. combatieron en
los campos de batalla de la antigua Grecia y que sólo en muy raras ocasiones
pudo encontrarse lejos de Europa.
El problema principal de los europeos en muchas de las batallas de
infantería que libraron contra aztecas y tlaxcaltecas fue el agotamiento.
Protegidos por corazas, los españoles eran casi invulnerables a los ataques con
espadas y armas arrojadizas, pero pronto, tras dar puntadas y estocadas con sus
pesadas lanzas y espadas, eran presa del cansancio y se veían obligados a
retirarse, buscando la protección de los cañones y los arcabuces:
Los españoles, rodeados por todas partes, comenzaron a golpearlos,
matándolos como moscas. En cuanto caían algunos, otros los reempla zaban. Los
españoles eran como una islote en mitad del mar al que las olas sacudieran por
todas partes. Este terrible conflicto duró cuatro horas, durante las cuales
muchos mexicanos murieron y casi todos los aliados de los españoles y algunos
de éstos también. Al mediodía, con el insoportable agotamiento de la batalla,
los españoles comenzaron a ceder (Bernardino de Sahagún, La conquista de
México).
Cada castellano aniquilaba a decenas de enemigos, en algunos casos a
cientos, para asegurar su propia supervivencia, un enorme esfuerzo de potencia
y resistencia muscular para unos hombres de corta estatura enfundados en cora
zas y cotas de malla. Les preocupaba sobre todo tropezar o que los hicieran
caer y los arrastrasen por el suelo. Las fuentes de que disponemos informan
que, en el curso de aquellos dos años de guerra, cientos de castellanos cayeron
heridos, pero, asimismo, que sufrieron casi todas sus heridas y contusiones,
que rara vez eran fatales, en las extremidades. Para matar a un hombre hay que
atravesarle el rostro o el pecho con la hoja de una espada u otro instrumento
de metal, cosa que a los guerreros aztecas les resultaba casi imposible cuando
se enfrentaban a aquellos soldados protegidos por corazas.
Los estudiosos que subestiman la importancia del acero español deberían
explicar por qué, tras la Noche Triste y la emboscada de Tlatelolco, los
aztecas se apresuraron a hacer uso de las escasas y preciosas lanzas y espadas
castellanas que habían caído en su poder. ¿Por qué apreciaban tanto los
tlaxcaltecas que los españoles formasen en vanguardia en todos los
enfrentamientos que libraron a pie, como cuerpos de infantería, contra los
aztecas? ¿Acaso daban por sentado que eran los únicos capaces de abrirse paso a
través de las líneas enemigas? Durante la estación húmeda, muchos
conquistadores opinaban que las prendas de algodón de los nativos, más cómodas
y ligeras que sus corazas, eran protección suficiente frente a los proyectiles
de piedra y las armas de obsidiana de los indígenas. En algunas ocasiones, en
efecto, los conquistadores se desprendían de sus corazas, lo que prueba bien a
las claras que temían muy poco a las armas aztecas, pese a que las blandieran
algunos de los combatientes más fieros de la historia de la guerra.
Pero la superioridad de sus armas blancas era sólo uno de los aspectos
de la ventaja española. Las ballestas y los arcabuces eran más precisos y
tenían mayor alcance y poder de penetración que cualquier honda o flecha de los
nativos. Las ballestas españolas podían lanzar saetas que en tiro parabólico
alcanzaban más de doscientos metros y que en fuego directo y a unos cien metros
eran de una precisión letal. Para utilizarlas no hacía falta una gran destreza
y era fácil fabricar saetas y repuestos con materias prim as indígenas. Su
principal
253
inconveniente era el peso (unos siete kilos) y una frecuencia de tiro
relativa mente lenta (una saeta por minuto). Aunque los arqueros aztecas
podían disparar cinco o seis flechas por minuto, rara vez podían alcanzar
blancos situados a doscientos metros, y sus proyectiles con punta de sílex no
podían, ni siquiera a corta distancia, penetrar los órganos vitales de los
españoles que iban protegidos por una coraza. Las flechas de los nativos,
además, eran menos precisas que las saetas de las ballestas. Por otro lado,
hacían falta varios años para llegar a ser un arquero consumado, mientras que
cualquier castellano podía sustituir a un ballestero muerto o herido sin mayor
problema.
Los arcabuces (mosquetes primitivos con llave de mecha) tenían las
mismas ventajas e inconvenientes de las ballestas, esto es, enorme poder de
penetración, bastante precisión, gran alcance y fácil aprendizaje, pero su
frecuencia de tiro era muy baja y eran engorrosos e incómodos, sin embargo,
eran mucho más mortíferos, porque podían detener a varios guerreros
desprotegidos de un solo disparo. También eran fáciles de fabricar y reparar. L
a verdadera ventaja de las armas de fuego no residía en su manejo, en realidad,
eran aparatosas y difíciles de cargar, sino en su precisión y eficacia. Un buen
tirador podía matar a un enemigo desde unos 150 metros y a menor distancia sus
enormes proyectiles
-algunas balas de plomo podían pesar hasta ciento setenta gram os-
podían atravesar a varios aztecas si no llevaban ninguna protección. En la
primavera de 1521, en su regreso a Tenochtitlán, Cortés contaba con cerca de
ochenta ballesteros y arcabuceros. En formación cerrada, con los ballesteros
disparando por encima de la cabeza de los arcabuceros, sus hombres podían
lanzar, en disparos secuenciales, una andanada de diez o quince proyectiles
cada diez segundos. Contra las masivas hordas m exicas, cuando errar el tiro
era muy difícil, y durante períodos muy cortos de diez o quince minutos, los
castellanos podían matar a cientos de enemigos, sobre todo cuando los tiradores
se situaban detrás de los piqueros o disparaban desde los bergantines o en
posiciones fortificadas.
En la manera de hacer la guerra de los europeos de la época se estaba
pro duciendo un renacimiento de las tácticas y el armamento. Las unidades de
arcabuceros hicieron pedazos incluso a las formaciones más disciplinadas de
piqueros suizos y españoles en Marignano (1519), Bicoca (1522) y Pavía (1525).
Si los nuevos mosquetes, disparados en descargas cerradas, podían desbaratar
columnas de rápidos y disciplinados piqueros europeos, no hay duda de su
efectividad contra contingentes más numerosos pero mucho peor organizados y m
uy mal protegidos de guerreros aztecas. Aunque los aztecas hubieran capturado
muchos arcabuces y aprendido su manejo, la posesión de un arma tecnológicamente
tan avanzada no habría, por sí sola y sin estar inscrita en el marco de una investigación
científica más amplia, supuesto un gran avance. En realidad, los arcabuces no
eran más que una fase en la evolución ininterrum
254
pida de las armas de fuego europeas, que pronto conocerían las llaves de
chispa, los cañones estriados y la pólvora sin humo.
Los españoles tenían casi un siglo de experiencia en la integración en
la batalla de unidades de piqueros y arcabuceros para evitar las cargas de la
caballería aristocrática europea: los segundos, se adelantaban a la formación,
disparaban, se retiraban tras un muro de lanzas, cargaban y volvían a
adelantarse y a disparar. Contra los infantes mexica que combatían
semidesnudos, las formaciones de veteranos castellanos eran casi invulnerables.
Los que consideran con escepti cismo la superioridad de las armas europeas
deben recordar que las tácticas de ataque en horda de los ejércitos indígenas
-los zulúes son un ejemplo excelente de esta afirm ación- hicieron que los
cañones occidentales fueran especialmente letales aun antes de la era de los
fusiles de repetición.
L a disciplina de los españoles era legendaria. Los cañones, mosqueteros
y ballesteros disparaban al unísono, en una mortífera sinfonía contra las masas
atacantes. Era raro que un arcabucero o un soldado con espada saliera huyendo
si su superior inmediato caía. Por el contrario, los contingentes regionales
aztecas eran proclives a desintegrarse cuando los reverenciados cuachpantli
-los vistosos estandartes montados sobre una estructura de bambú que portaban a
su espalda los guerreros más ilustres- caían al suelo o en manos del enemigo.
El valor y la destreza individuales demostrados en la batalla no siempre son
sinónimos de disciplina militar, que en Occidente se define sobre todo por la
capacidad de mantener la formación y luchar hombro con hombro.
Lo que más aterrorizaba a los aztecas, sin embargo, eran los cañones
espa ñoles. Iban montados sobre ruedas o carretas y algunos modelos se
cargaban ya por detrás, lo que disminuía el intervalo entre disparo y disparo.
Las fuentes de que disponem os no coinciden ni en el núm ero ni en el tipo de
los que em plearon los hom bres de Cortés en su cam paña de dos años (muchos se
perdieron en la Noche Triste), pero sí sabemos que contaron con entre diez y
quince, entre los que había falconetes, de pequeño tamaño, y bombardas, más
grandes. Cuando se utilizaban de un modo apropiado contra las huestes aztecas
eran de una eficacia extraordinaria: disparaban metralla, enormes balas de
cañón o piedras de hasta cinco kilos. Los falconetes, más pequeños y de
retrocarga, podían disparar cada minuto y medio y tenían un alcance efectivo de
quinientos metros en fuego directo y de ochocientos metros en disparo
parabólico. Cuando apuntaban contra los mexicas que atacaban su posición, cada
descarga destrozaba extrem idades, cabezas y torsos y los proyectiles
atravesaban a decenas de guerreros.
Los cronistas españoles dan mucha importancia a los caballos de Cortés
-con cuarenta contó en el asedio final a Tenochtitlán- y al terror absoluto que
provocaban entre los aztecas. Al principio, los mexicas los tomaron por
extraños centauros o por criaturas divinas capaces de hablar con sus jinetes.
Sólo más
255
tarde se percataron de que eran animales de pastoreo semejantes a
enormes venados. Aparte de las ventajas obvias que un caballo aporta a un
ejército
- provocar el pánico entre el
enemigo, labores de reconocimiento y transporte y gran m ovilidad-, eran
invencibles cuando los montaba un lancero acoraza do, lo que indujo a Bernal
Díaz del Castillo a calificarlos como “la única espe ranza de supervivencia”
de los españoles.
Históricamente, el único modo de derrotar a la caballería era combatir
en masa, como hicieron los francos en Poitiers, o con picas, a la manera de las
falanges suizas, o, como preferían los franceses frente a las cargas de
caballería, con una cortina de fuego de mosquete. Pero los aztecas no podían
poner en práctica ninguna de estas tácticas, les faltaba una tradición de
infantería terrateniente, guerra de choque y armas de fuego de cualquier tipo.
Si trataban de agruparse en gran número para cerrar el paso a los jinetes, se
hacían muy vulnerables a las descargas de cañón. Por tanto, actuando al unísono
con la artillería, los jinetes españoles demostraron una eficacia letal
atropellando y lanceando a los guerreros aztecas que combatían desperdigados u
obligándolos a protegerse formando grupos y ofreciendo de ese modo mejor blanco
a los cañones.
A diferencia de los caballos de poca alzada de los ejércitos de la
Antigüe dad, los de Cortés eran andaluces de ascendencia bereber,
desarrollados a partir de los ejemplares árabes de m ayor tamaño llevados a
España por los moros. Tiempo después, los observadores ingleses afirmaron que
los caballos de las Indias Occidentales eran los mejores que jamás habían
visto. Su gran tamaño y la habilidad de sus jinetes -los hidalgos españoles
como Sandoval y Alvarado montaban desde la infancia y eran maestros en el manejo
de la lanza desde la montura- convertían a la caballería española en un
espectáculo temible:
Resulta extraordinario que un puñado de jinetes pudiera infligir tales
estragos sobre unas hordas de indios tan numerosas; y, en efecto, parece que
los jinetes no causaban el daño directamente, sino que la repentina aparición
de aquellos centauros (por utilizar el término de Díaz del Castillo) provocaba
tanta desmoralización que los indios desfallecían, permitiendo que los infantes
españoles los atacasen con renovado ímpetu. [...] Los indios no sabían cómo
combatir a aquellas bestias sobrenaturales, medio animales y medio hombres, y,
simplemente, se quedaban paralizados mientras los cascos los golpeaban y las
fulminantes espadas los tajaban
y abatían (J. White, Cortés and the
Downfall o f the Aztec Empire [Cortés y la caída del Imperio azteca], p. 169).
No todas las armas de esa mortal eficacia provenían de España. Algunas
de las que resultaron más letales se alojaban en la propia mente de los
conquista dores, a modo de latentes proyectos mentales de máquinas de matar
que sólo
256
se hacían reales cuando la lucha lo exigía. Los españoles no tardaron en
darse cuenta de que entre la enorme riqueza de M éxico había una cantidad
incal culable de materias primas aún sin explotar útiles para las armas y los
intereses europeos, desde magnífica madera para construir barcos y máquinas de
asedio hasta vetas metalíferas para forjar espadas y los elementos necesarios
para fabricar pólvora.
A menudo se sugiere que los recursos naturales determinan por sí solos
el dinamismo cultural o militar de una sociedad. A propósito de esto hay que
recordar que los aztecas vivían sobre lo que para cualquier traficante de armas
habría sido un filón: un subcontinente rico en hierro y en ingredientes sufi
cientes para fabricar pólvora, bronce y acero. En realidad, fue la falta de una
aproximación sistemática al saber abstracto y a la ciencia y no la escasez de
metales o minerales la que condenó a los aztecas. Tal vez carecieran de ruedas
de carreta porque no tenían caballos, pero lo cierto es que también desconocían
otros instrumentos que, basados en la rueda, servían para la guerra y el
comercio: carretillas, calesas, molinos de agua, ruedas de molino, poleas,
engranajes; y es que entre ellos no existía ni una tradición de ciencia
racionalista ni el clima propicio para la investigación desinteresada.
En ningún otro aspecto estuvo el racionalismo español más presente que
en la construcción ad hoc de una maquinaria militar inspirada en diseños
navales y de asedio que se remontaban a la Antigüedad clásica. Durante las
amargas luchas que tuvieron lugar la víspera de la Noche Triste, los españoles
constru yeron, en el espacio de unas pocas horas, tres manteletes, torretas
portátiles de madera que protegían a los arcabuceros y ballesteros que desde su
interior disparaban por encima de las cabezas de los infantes que los
acompañaban. Cuando Cortés descubrió que no podía pasar por las calzadas que
atravesaban el lago Texcoco, mandó construir puentes portátiles, especialidad
europea que se remonta a las campañas de César en Galia y Germania. Tras la
huida de Tenochtitlán, los españoles fabricaron pólvora con el azufre recogido
en el “monte humeante” más próximo (el volcán Popocatépetl, situado a 5.452
metros sobre el nivel del mar). A los herreros nativos se les dieron planos e
instrucciones para que colaborasen en la elaboración de más de 100.000 puntas
de flecha de cobre para sus propios arcos y de 50.000 saetas para las ballestas
de los españoles. En un intento de ahorrar pólvora, durante los últimos días
del asedio se cons truyó una catapulta, si bien el diseño del cabrestante, el
armazón y los resortes correspondió a un aficionado, porque la catapulta
resultó del todo ineficaz.
Pero el proyecto más impresionante fue la brillante botadura, dirigida
por Martín López, de trece bergantines prefabricados. Estas naves eran enormes
botes, semejantes a una galera, de más de doce metros de eslora y tres de manga
que, impulsados por velas y remos y de fondo plano y poco más de medio metro de
calado, estaban diseñados especialmente para las aguas bajas y pantanosas
del lago Texcoco. Cada bergantín llevaba veinticinco hombres, a los que
podían sumarse algunos caballos, e iba equipado con un cañón. Para construir
estos barcos, los españoles obligaron a miles de tlaxcaltecas a recuperar la
madera
y el metal de los navios que habían
hecho embarrancar a su llegada a Vera-cruz. Martín López hizo que sus grupos de
trabajo, formados por nativos cui dadosamente organizados, desmontasen los
bergantines y los transportasen hasta el lago Texcoco a través de territorio
montañoso en una larga columna de unos 50.000 porteadores y guerreros. Cuando,
ya en la estación seca, llegaron a Tenochtitlán, Martín López proyectó un canal
de cuatro metros de anchura y profundidad a través del cual llevarían los
barcos desde las marismas y hacia las aguas más profundas del lago. Cuarenta
mil tlaxcaltecas tomaron parte de este proyecto que se prolongó durante siete
semanas.
Los bergantines demostraron ser el factor decisivo de la guerra, no en
vano eran tripulados por un tercio de las tropas españolas y tenían asignados
el 75% de los cañones, arcabuces y ballestas disponibles. Estos barcos
mantuvieron las calzadas despejadas, garantizaron la seguridad de los
campamentos españoles durante las noches, desembarcaron infantería en los
puntos más débiles de las líneas enemigas, forzaron el bloqueo de la ciudad,
destruyeron sistemáticamente las canoas aztecas y transportaron alimentos y
suministros vitales a los diversos contingentes españoles que se encontraban
aislados. Los bergantines convir tieron el lago Texcoco, que en principio era
el punto más vulnerable, en el mayor activo del ataque español. Tenían la
cubierta y la amurada bastante altas para evitar los abordajes y proteger a los
arcabuceros y ballesteros cuando disparaban y cargaban sus armas, elemento
indicativo de la tradicional habilidad occidental para combinar tácticas
navales y de infantería:
Sin embargo, haciendo balance, Tenochtitlán tuvo una importancia que no
puede atribuirse a Salam ina: Tenochtitlán es sinónimo de victoria definitiva,
de conclusión de una guerra; Salamina, no. En Salamina se puso a prueba a una
civilización, en Tenochtitlán una civilización fue aplastada. Es posible que en
toda la historia no exista una victoria naval similar, un enfrentamiento que
haya dado por concluida una guerra y puesto fin a una civilización (C.
Gardiner, Naval Power in the Conquest of México [El poder naval en la conquista
de México], p. 188).
Los bergantines, pese a haber sido construidos a unos doscientos
kilómetros del lago Texcoco, demostraron ser obras de ingeniería naval más
ingeniosas para luchar en aguas aztecas que cualquier otra embarcación
construida en el propio M éxico a lo largo de toda la historia de su
civilización. Fueron protagonistas de una hazaña que sólo fue posible gracias a
un enfoque científico, racional y sistemático que Occidente llevaba aplicando
dos milenios.
258
Casi todos los elementos de la tradición militar occidental desempeñaron
un papel importante en la victoria española. Gracias a ellos, Cortés y sus
hombres pudieron vencer los problemas de logística, la inferioridad num érica y
una geografía desconocida. Los cientos de miles de páginas que ocuparon los
pleitos, investigaciones formales y mandatos judiciales que se cruzaron los
conquista dores atestiguan el fuerte sentido de su libertad y de sus derechos
que poseía cada guerrero, un militarismo cívico practicado por individuos con
derechos y privilegios que ni Cortés ni la corona española podían infringir sin
apoyo constitucional. Mientras se dirigían al encuentro de Pánfilo de Narváez,
algunos de los hombres de Cortés atraparon a Alonso de Mata, un emisario que
llevaba documentos legales y citaciones que relegaban del mando a Cortés. A
raíz de ello se produjo un debate acerca de la autoridad oficial de Mata, que
finalizó cuando éste no pudo aportar ninguna documentación que lo acreditase
como notario del rey ni demostrar, por tanto, la autenticidad de sus decretos.
De hecho, en el siglo X V I había en España un sentimiento m uy
arraigado de libertad política que quizá nada ejemplifique mejor que el tratado
Govierno del ciudadano, d eju an de Costa (1549-1595), dedicado a los derechos
y compor tamiento del ciudadano en una comunidad constitucional. En la misma
época, Jerónim o de Blancas, uno de los biógrafos de Cortés, escribió
Aragonesium rerum comentarii (1588), que estudiaba la naturaleza contractual de
la m onarquía aragonesa y su relación con los poderes legislativo y judicial
del Estado.
Los mexicas no compartían la tendencia de los castellanos a librar
enfrenta mientos decisivos y sangrientos: en las calles y calzadas elevadas de
Tenochti-tlán, en la llanura de Otumba, en el lago Texcoco. Preferían, por el
contrario, espectáculos diurnos en los que la posición social, el rito y la
toma de prisioneros formaban parte integral de la batalla. A lo largo de todo
el conflicto, diversos comerciantes y em presarios del Nuevo M undo y de España
atracaron en Veracruz, e, impacientes por obtener beneficios, abastecieron a
Cortés de municiones, alimentos, armamento y caballos. Cortés, que carecía de
recursos, confiscó el oro de compañeros y enemigos para pagar aquellos
suministros, consciente de que, en una sociedad de libre m ercado, si había
negocio en Veracruz, Tenochtitlán acabaría por llenarse de granujas europeos
cargados de pólvora, armas y hombres con que comerciar.
Liderados a veces por Sandoval, Ordaz, Olid o Alvarado, los
conquistadores debían su vida a un sistema abstracto de mando y obediencia y no
sólo a un líder magnético como Cortés. A lo largo de toda la conquista, la
iniciativa individual proporcionó a Cortés innumerables ventajas. En realidad,
las quejas constantes de sus lenguaraces subordinados y la amenaza de una
supervisión y una investigación formal por parte de las autoridades españolas
obligaban a Cortés a consultar la estrategia a seguir con sus lugartenientes y
a planear sus tácticas sabiendo que, en caso de fallar, recibiría innumerables
críticas. Todos
259
estos componentes de la tradición militar occidental daban a los
españoles una enorme ventaja. En definitiva, gracias a una tradición
racionalista de unos dos milenios de antigüedad, Hernán Cortés sabía que,
gracias a las herramientas que empleaba en la batalla, las bajas infligidas por
su ejército podían superar en varios millares a las que causaban sus enemigos.
GUERRA Y RAZÓN
A partir de la Edad de Piedra, todos los pueblos han llevado a cabo, de
una forma o de otra, una actividad científica diseñada para mejorar la guerra
orga nizada. Pero, empezando por los griegos, la cultura occidental ha
demostrado una singular proclividad a pensar de un modo abstracto, a debatir el
conoci miento, la religión y la política por separado y a idear formas de
adaptar los avances teóricos a un uso práctico mediante el matrimonio de
libertad y capi talismo. El resultado ha sido un incremento constante de la
capacidad técnica de los ejércitos occidentales para matar a sus adversarios.
¿No es extraño que los hoplitas griegos, los legionarios romanos, los
caballeros medievales, las flotas bizantinas, los soldados de a pie del
Renacimiento, las galeras del Mediterráneo y los arcabuceros occidentales
estuvieran siempre equipados con armas de mayor poder destructivo que sus
adversarios? Ni siquiera la captura o adquisición de armas occidentales eran
garantía de paridad tecnológica, como comprobaron otomanos, indios y chinos.
Puesto que, en Europa, la fabricación de armamento es un fenómeno en evolución,
la obsolescencia está garantizada en cuanto tiene lugar, de forma casi
simultánea, la invención de nuevas armas. La creatividad nunca ha sido m onopolio
de los europeos, y mucho menos la brillantez intelectual. A l contrario, la
voluntad de Occidente a la hora de elaborar armas superiores a cualesquiera
otras se basa en muchas ocasiones en su inigualable capacidad para tomar
prestadas, adaptar o robar ideas prescindiendo de los cambios políticos,
religiosos y sociales que con frecuencia acarrea la tecnología nueva, como la
incorporación y mejora de los trirremes, el gladius romano, el astrolabio y la
pólvora atestiguan.
Los estudiosos tienen razón al señalar que los europeos ni inventaron
las armas de fuego ni disfrutaron del monopolio de su uso. Pero deben reconocer
que la capacidad para fabricar y distribuir este tipo de armas a gran escala y
para aumentar su letalidad era única en Europa. Desde la introducción de la
pólvora en el siglo x iv hasta la actualidad, todas las mejoras importantes en
la tecnología de las armas de fuego -la llave de mecha, la llave de chispa, la
cápsula fulminante, la pólvora sin humo, el cañón de rifle, la bala Minié, el
rifle de repetición y la ametralladora- han tenido lugar en Occidente o bajo
los auspicios de Occidente. Como norma general, los europeos nunca emplearon ni
importaron armas chinas
260
u otomanas y no tomaron como modelo la técnica de fabricación de
municiones de asiáticos o africanos.
La idea de una innovación y mejora continuas en el uso de la tecnología
se enmarca en la sentencia que Aristóteles dejó en su Metafísica en el sentido
de que, en Grecia, las teorías de filósofos anteriores contribuían a una
especie de suma progresiva de saber. En la Física (204B) admite: “ En el caso
de los descubrimientos, los resultados de los trabajos previos que otros han
aportado han ido progresando paso a paso en manos de aquellos que los han
recogido” . El desarrollo tecnológico de Occidente es en gran parte el
resultado de la investigación empírica, la adquisición de conocimientos
mediante la percepción sensorial, la observación y experimentación de los
fenómenos y el registro de los datos recogidos. La información factual es en sí
misma duradera, eterna, y al mismo tiempo, se incrementa y se hace más precisa
gracias a la crítica colectiva
y el cambio de los tiempos. Que
hubiera un Aristóteles, un Jenofonte o un Eneas el Táctico en los comienzos de
la cultura occidental y nadie equiparable en el Nuevo M undo explica por qué
siglos más tarde alguien como Cortés pudo fabricar cañones y pólvora en Am
érica mientras los aztecas no fueron capaces de utilizar la artillería española
que capturaron, por qué durante siglos el po tencial mortífero de las tierras
que rodeaban Tenochtitlán se mantuvo ignoto, pero éstas fueron minadas en busca
de pólvora y vetas metalíferas meses después de la llegada de los españoles.
L a superioridad tecnológica occidental no es resultado únicamente del
renacimiento militar del siglo XVI o de un accidente de la historia y mucho
menos consecuencia de los recursos naturales, por el contrario, se asienta en
un viejo método de investigación, en una mentalidad peculiar que se remonta a
los griegos y a ninguna otra época anterior. Aunque, supuestamente, un
matemático teórico como Arquímedes declarase que “todo el asunto de la técnica
e ingeniería es sórdido e innoble, como todo arte que se preste simplemente al
uso y el beneficio”, sus máquinas -sus polispastos y, al parecer, un enorme
cristal que emitía por reflexión un rayo de calor- retrasaron dos años la
captura de Siracusa. En la Primera Guerra Púnica, la armada romana no sólo
copió los modelos griegos y cartagineses, sino que quiso garantizar sus
victorias con la introducción de innovaciones como el corvus, una especie de
grúa que levantaba los barcos enemigos por encim a del agua. Mucho antes de que
los B-29 estadounidenses dejaran caer napalm sobre Tokio, los bizantinos
lanzaban a través de unos tubos de bronce descargas de fuego griego, una mezcla
secreta a base de nafta, azufre y cal viva que igual que su homólogo moderno
seguía ardiendo incluso cuando se le echaba agua.
El conocimiento militar también era abstracto y público, no sólo
empírico. Los manuales militares, desde los de Eliano (Taktike theoria) y
Vegecio (Epito ma rei militaris) hasta los grandes textos sobre táctica y
balística del siglo XVI
261
(v. g., Practica manual di artiglierra [1586], de Luigi Collado, o De
militia Romana [1595-1596], de Justo Lipsio), incorporan conocimientos de
primera mano e in vestigaciones teóricas abstractas encam inados a ofrecer
consejos prácticos. Por el contrario, los más brillantes manuales militares
chinos e islámicos son textos mucho más ambiciosos y holísticos, y por lo tanto
menos pragmáticos en cuanto proyectos para matar, marcados por la religión, la
política o la filosofía, y repletos de ilusiones y axiomas referentes a Alá, el
yin y el yang, lo caliente y lo frío, la unidad y la diversidad, etcétera.
La valentía demostrada en el campo de batalla es una característica
humana, pero la capacidad de fabricar armas mediante los mecanismos de
producción en masa para neutralizarla es un fenómeno cultural. Con frecuencia,
Hernán Cortés, igual que Alejandro Magno, Ju lio César, d on ju án de Austria y
otros capitanes occidentales, aniquiló sin piedad a un enemigo numéricamente
superior no porque sus soldados fueran necesariamente mejores en la guerra,
sino porque sus tradiciones de investigación independiente, racionalismo y
ciencia sin duda sí lo eran.
VII
EL MERCADO LEPANTO,
O EL CAPITALISM O MATA
7DE OCTUBRE DE 1571
Y son las reservas monetarias, más que las contribuciones obligatorias,
las que sostienen las guerras.
T U C ÍDIDES, Historia de la guerra del Peloponeso, 1.141.5
GUERRA DE GALERAS
SIN CUARTEL
3^ u é era aquello? ¿Barcazas mercantes? El almirante otomano Muadin
Zade A li Bajá nunca había visto nada parecido a los seis extraños barcos que
flotaban unos centenares de metros por delante de las galeras que formaban su
línea de ataque. ¿Eran acaso un nuevo tipo de buques de suministro?
Evidentemente, eran nuevos y, además, enormes, iy avanzaban directamente hacia
la Sultana, su nave capitana! Aquellos seis artefactos colosales eran galeazas
venecianas de reciente construcción. C ada una de ellas iba equipada con unos
cincuenta cañones, que se erizaban como púas por babor y estribor y por las
cubiertas elevadas de la proa y la popa. Cada uno de aquellos novedosos navios
podía lanzar seis veces más metralla que la nave de remos más grande de Europa
y sólo en términos de potencia de fuego equivalían a una docena de las galeras
más comunes de la flota del sultán.
En aguas tranquilas como aquéllas disponían además de gran movilidad y,
gracias a sus velas y remos, podían maniobrar y virar con rapidez y disparar en
cualquier dirección. A l cabo de unos instantes, aquellos seis mastodontes
comenzaron a disparar, sin dejar de mecerse sobre las olas, y a hacer saltar en
pedazos las galeras de A lí Bajá. Se había desencadenado una “tanta horribile
et perpetua tempesta”, como afirmó un cronista de la época. La metralla y las
balas de cañón de tres kilos atravesaban las cubiertas de las naves turcas. Los
proyectiles, más escasos, de quince o incluso treinta kilos destruían secciones
enteras de los barcos otomanos justo en su línea de flotación, destrozando
hombres, planchas y remos con una sola andanada.
“Barcos grandes, barcos grandes con cañones”, gritaban las tripulaciones
turcas al ver de dónde provenía aquel fuego asesino. Dos de los comandantes de
las
263
galeazas, Antonio y Ambrosio Bragadino, acababan de enterarse de la
horrible tortura y muerte de su hermano Marcantonio, acaecidas en Chipre pocas
semanas antes. Ahora, la mañana del domingo 7 de octubre de 1571, ambos
hermanos urgían a sus centenares de artilleros a disparar sin tregua,
decididos, por cobrarse venganza, a no hacer prisioneros.
Si los barcos de A lí Bajá no acertaban a superar a las galeazas para
entablar combate con la armada cristiana lo antes posible, la flota otomana en
su conjunto, pese a ser de mayor tamaño que su enemiga, sería sistemáticamente
despedazada en el mar:
El mar estaba completamente cubierto de hombres, penóles, remos, toneles
y todo tipo de armas. Parecía increíble que seis galeazas hubieran causado
tanta destrucción, porque hasta la fecha nunca se las había probado en primera
línea de combate (K. M. Setton, The Papacy and the Levant [El papado y el
Levante], p. 1.056).
En opinión de muchos observadores cristianos, un tercio de la escuadra
otomana había quedado dispersa, inutilizada o hundida antes de que la batalla
propia mente dicha diera comienzo. Unos 10.000 marinos turcos cayeron al mar
cuando sus galeras fueron destruidas en treinta minutos por los disparos de tan
sólo cuatro bajeles europeos: dos de las seis galeazas, las situadas en el ala
derecha, se desplazaron de posición y apenas libraron acción alguna. A lí Bajá
vislumbró en aquellas extrañas galeazas el futuro de la guerra naval, que ya no
se basa ría en espolones, abordajes, ni remeros, sino en cañones de hierro
producidos en masa y navios de gran tamaño y altos costados.
No obstante, una parte del centro de la flota otomana, 96 galeras y
embar caciones de escolta encabezadas por la Sultana, de A lí Bajá, finalmente
sorteaba las violentas andanadas de las galeazas y se dirigía directamente
hacia la Real, de don juán de Austria, una enorme galera botada en los
astilleros de Sevilla y decorada por la artística mano del propio Ju an
Bautista Vázquez. El vistoso estandarte bordado del príncipe, adornado con una
imagen de Cristo crucificado y los escudos de España, Venecia y la Liga Santa,
marcaba a los ojos de todos el centro de la línea cristiana. D o n ju án iba
flanqueado por el capitán papal Marcantonio Colonna, que moriría valerosamente
en la batalla, y el septuage nario veneciano Sebastiano Veniero. Gracias al
genio singular y a la magnani midad del príncipe, la frágil confederación
cristiana había quedado bajo el mando táctico combinado de un genovés, un
veneciano y un español.
Cuando los maltrechos barcos turcos se aproximaban a la armada de la
Liga Santa, los sacerdotes corrían por las cubiertas bendiciendo a las
tripulaciones instantes antes de que las galeras colisionasen. Muchos de ellos
iban armados y no pensaban en otra cosa que en ofrecer a sus rebaños, al tiempo
que consuelo
264
espiritual, apoyo material. “Hijos míos” , había dicho d on juán a sus
hombres hacía tan sólo unos minutos, “estamos aquí para vencer o morir; que el
Cielo decida” . Cada uno de los barcos de la flota que combatió en Lepanto iba
ador nado con un crucifijo. Serían los cristianos y no los musulmanes,
supuestamen te más fanáticos, quienes lucharían como posesos, presos de la
furia desatada por los rumores de las recientes atrocidades cometidas por los
otomanos en Chipre y Corfú, convencidos de que aquélla era la última
oportunidad de entablar batalla con la flota turca en un choque decisivo que
les permitiría vengar varias décadas de invasiones islámicas.
A l cabo de unos instantes, ochocientos soldados cristianos y turcos se
enzar zaron en un combate a muerte en la Sultana, una galera muy ornamentada
con brillantes cubiertas de oscura madera de castaño. Sin embargo, y pese a su
belleza, la Sultana carecía de las redes de protección contra abordajes que
llevaba la Real, de modo que se convirtió en el centro neurálgico de la
carnicería para ambos bandos, en un verdadero campo de batalla flotante donde
la cruz y la media luna dirimieron sus diferencias. Los cristianos, la m ayoría
de los cuales iban equipados con coraza y arcabuz, estuvieron por dos veces a
punto de abrirse camino hasta el mismo centro del navio de A lí Bajá, pero un
en jam bre de turcos pugnaba por rechazarlos. Las galeotas otomanas que habían
sobrevivido al bombardeo inicial de las galeazas amarraban constantemente junto
a los dos buques insignia, que parecían fundidos el uno al otro, y des
cargaban refuerzos con la esperanza de que su superioridad num érica y la
habilidad de los jenízaros pudieran neutralizar la preeminencia de las armas de
fuego, arm aduras y cohesión de las unidades de infantería italianas y
españolas. Además, a la Sultana se acercaban también naves cristianas que a su
vez descargaban arcabuceros con la intención de unirse a la lucha por la
posesión del barco de A lí Bajá.
La mayoría de las galeras europeas, particularmente las españolas, eran
de m ayor tamaño que sus hom ologas otomanas. Sus cubiertas, más elevadas,
permitían a los soldados saltar con facilidad al abordaje de los barcos turcos,
mientras cientos de tiradores cristianos perm anecían a bordo y disparaban con
impunidad sobre los perplejos arqueros enemigos. Además, los cristianos
-especialmente los españoles- se sentían cómodos en los combates masivos, en
los que la disciplina, la cohesión y la mera superioridad conseguían vencer el
valor individual y la destreza marcial de los jenízaros.
Por fin, una última arremetida encabezada por el propio donjuán, que
blandía hacha de guerra y espada de hoja ancha, consiguió aplastar a la
tripulación de la Sultana. A lí Bajá, que disparaba un arco de pequeño tamaño,
cayó víctima de una bala de arcabuz que le destrozó el cráneo. A l cabo de unos
minutos, su cabeza estaba clavada en una pica sujeta en el alcázar de la Real.
En el mástil de su nave, su preciada bandera verde y dorada de la M eca había
dejado
265
sitio a la insignia del papado. En cuanto las tripulaciones advirtieron
que su capitán había sido decapitado y el estandarte del sultán había caído en
manos del mismísimo don juán, el pánico hizo presa en lo que quedaba de las 96
naves que formaban el centro de la flota otomana. Los españoles se alejaron del
buque vencido y buscaron, a su derecha, nuevas presas.
Entre tanto, el ala izquierda cristiana, a cuyo mando se encontraba
Agostino Barbarigo -pocos días después de la batalla perecería víctima de una
horrible herida en un ojo-, era superada por el flanco y empujada contra las
costas etolias por el ala derecha otomana, que era de mayor tamaño y mandaba el
animoso Mehmet Siroco (o Suluk). Las tres alas de la flota de d on juán
constituían una línea de batalla que superaba por poco los 7.500 metros; los
almirantes de la Liga Santa, por tanto, albergaban la comprensible preocupación
de que los otomanos, que formaban un frente de batalla más largo, pudieran
superar sus flancos y atacar por retaguardia. Sin embargo, Agostino Barbarigo,
en una brillante hazaña de marinería, reculó, manteniendo a la mayoría de los
barcos enemigos frente a su línea, y a continuación comenzó a empujarlos hacia
la costa mientras batía sus cubiertas con fuego artillero, esperando el
inevitable abordaje de las galeras turcas, que no en vano eran superiores en
número. El almirante Barbarigo tenía bajo su mando a las mejores galeras del
arsenal de Venecia -entre ellas, la Cristo resucitado, la Fortuna y la Caballo
marino-, y tanto sus tripulaciones como sus barcos, aunque inferiores en
número, eran cualita tivamente superiores a sus homólogos otomanos.
Cuando los soldados turcos agotaron las existencias de flechas, muchas
de las cuales llevaban la punta envenenada, la lucha entre Siroco y Barbarigo
se convirtió en otra especie de batalla campal entre unidades de infantería.
Los frenéticos cristianos, equipados con coraza y armas de fuego, se percataron
de que podían aniquilar sistemáticamente a los campesinos turcos, la m ayoría
de los cuales se habían quedado sin flechas y no tenían corazas, ni arcabuces,
ni recibieron el socorro de los jenízaros. Mehmet Siroco también fue
decapitado. Su cuerpo fue arrojado por la borda de form a ignominiosa. Los
cristianos hundieron o capturaron a la mayoría de sus 56 buques, mataron a sus
tripula ciones y no perdonaron la vida ni a los que se rindieron ni a los
heridos. Más tarde, proclam aron que ni una sola de las galeras de M ehmet
Siroco ni sus tripulaciones pudieron escapar a su destino.
Las tropas de Agostino Barbarigo se propusieron matar, por aturdidos e
indefensos que estuviesen -sobre todo a aquellas alturas de la batalla-, a
todos los marineros y soldados otomanos que encontraran, al tiempo que
liberaron a miles de maltrechos galeotes cristianos: en Lepanto serían
liberados unos 15.000. Los relatos españoles e italianos de la batalla
glorifican repetidas veces la salvación de los esclavos europeos y sólo de
pasada reconocen que la mayoría de los turcos muertos fueron asesinados probablemente
a sangre fría, mientras
2 66
suplicaban piedad en las cubiertas de sus barcos o cuando flotaban
indefensos entre restos y cadáveres. L a m ayoría de los mejores comandantes
navales venecianos, es decir, Marino Contarini, Vincenzo Querini y Andrea
Barbarigo, sobrino del almirante Agostino, cayeron durante la ordalía.
Sólo el ala derecha cristiana, que mandaba el veterano genovés Gian
Andrea Doria, corría algún peligro. Los almirantes de la Liga Santa jurarían
más tarde que Doria se había desplazado hacia su flanco en una maniobra que, al
tiempo que lo alejaba del cuerpo de batalla de donjuán, no lo acercaba en
absoluto a la flota turca. ¿Acaso, según se dijo más tarde, el sagaz veneciano
esperaba con aquel desplazamiento salvar sus barcos de una posible destrucción?
Lo cierto es que las galeras cristianas que acababan de entablar batalla contra
el centro de A lí Bajá temían, que si Andrea Doria continuaba bogando hacia la
derecha para evitar que su contingente nacional se viera superado por el flanco
y atacado por el legendario y temido corsario Uluj Alí, su propio flanco
quedase expuesto.
A l cabo de unos minutos, sus peores temores se hicieron realidad
cuando, entre la derecha y el centro cristiano, se abrió una brecha. Uluj Alí y
una docena de galeras otomanas se lanzaron, en una maniobra que recuerda a la
de Alejandro Magno en Gaugamela, hacia la brecha, en dirección a los flancos y
la retaguardia del exhausto centro cristiano. Fue aquí donde tuvo lugar el
mayor número de bajas cristianas. Las galeras de don ju án , sorprendidas,
fueron atacadas por los costados sin que tuvieran oportunidad de virar y
disparar. Los corsarios de Uluj A lí se dispusieron a remolcar a sus presas.
Las cubiertas de las galeras venecianas y españolas, tres de las cuales estaban
tripuladas por los Caballeros de M alta y bajo el mando del legendario Pietro
Giustiniani, comenzaron a llenarse de muertos y heridos. Por desgracia para los
otomanos, sin embargo, sólo la codicia impulsaba el último esfuerzo de Uluj
Alí, que detuvo su ataque para recoger y remolcar sus trofeos de guerra en
lugar de seguir presionando al enemigo y destruir, con el espolón de sus
galeras, más naves cristianas.
Dos de los almirantes más valerosos de la Liga, Ju an de Cardona y
Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que se encontraban al mando de la
reserva cristiana -com puesta por unas cuarenta galeras-, estaban preparados
para la nueva eventualidad y, con la ayuda de las victoriosas naves del centro
de don Ju an , consiguieron alejar a cañonazos al grupo de Uluj Alí. A l cabo
de unos minutos, en efecto, los cañones cristianos habían hecho huir al
corsario. De no haber cortado las amarras de que se valía para remolcar a sus
presas, su contingente habría saltado en pedazos. Los cristianos pagaron caro
la cautela de Andrea Doria, pero la huida de Uluj A lí resultó todavía más
gravosa. Uluj A lí fue el único almirante turco veterano del Mediterráneo que
sobrevivió a la batalla, y sería él quien se encargase de supervisar la
reconstrucción de la flota del sultán al año siguiente y de dirigir la exitosa
captura de Túnez en 1574.
B a t a l l a d e L e p a n to ,
I de octubre de 1571
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Lepanto
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o 56 galeras Mar Mediterráneo
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O Don Juan de Austria -«5» * 2 3
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galeras Reserva
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Reserva cristiana, ¿KC-"' 128 barcos
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Don Alvaro de Bazán
35 Galeaza Centro turco.
Reserva cristiana, O CP Ali
Baja
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galeras
Donjuán de Cardona O
8 galeras
Galeaza d > " 'oo
o Golfo de Lepanto 4¿2
Ci Ala
izquierda turca,
Galeaza Ca.
Cs. IJluj Ali
93
galeras
Ata izquierda cristiana, O *%■
o
Gian Andrea Doria
64 Í «£?
268
En el centro, en la derecha y en la izquierda, por fin, los cristianos
habían tenido éxito a lo largo de toda la línea de batalla. La victoria se
debió, de una parte, a las andanadas iniciales que las galeazas lanzaron contra
la flota otomana a casi una milla de distancia, y de otra, a los cañones de las
galeras europeas, que, superiores en número y calidad a los del adversario,
disparaban por encima de las proas truncadas de sus naves apuntando
directamente a la línea de flo tación de las galeras turcas. Los cañones
otomanos apuntaban demasiado alto, eran más lentos y, finalmente, dejaron de
disparar. En casi todos los casos, los barcos cristianos destruyeron a sus
enemigos en un intercambio de fuego. Cuando las galeras quedaban enganchadas
por los costados y se planteaba una lucha de infantería en las cubiertas, los
europeos, muy especialmente los 27.800 que componían el contingente español
-entre los que había 7.300 mercenarios ale-m anes-, demostraron ser muy
superiores a los soldados de a pie turcos. Los arcabuces de los españoles
pesaban entre siete y diez kilos y disparaban, con un alcance de entre
cuatrocientos y quinientos metros, una bala de sesenta gramos que destrozaba
cualquier cuerpo que se interpusiese en su trayectoria. Los otomanos sólo tenían
éxito cuando podían lanzarse en masa sobre alguna galera cristiana aislada y
enterrarla bajo un mar de flechas para luego caer sobre sus heridos defensores.
Tenían poca experiencia en los combates de choque en espacios reducidos tan
propios de la infantería pesada, enfrentamientos en los que la solidaridad y la
disciplina de grupo, y no el heroísmo personal o la capacidad de maniobra,
decidían la victoria.
Hacia las 15:30 de aquel domingo de octubre, poco más de cuatro horas
después de que las galeazas abrieran fuego, la batalla había terminado. Más de
150 mu sulmanes y cristianos cayeron por cada minuto de lucha. Es decir,
Lepanto se saldó con unos 40.000 muertos -am én de los millares de combatientes
que cayeron heridos o desaparecieron-, lo que la sitúa, junto a Salamina,
Cannas
y el Somme, como una de las
batallas de un solo día más sangrientas de la historia de la guerra. Cuando
concluyó, dos terceras partes de las galeras de la gran flota mediterránea del
Imperio otomano flotaban destrozadas, convertidas en despojos, o eran remolcadas
por las naves cristianas que regresaban hacia Occidente.
CLOACAS FLOTANTES
En la batalla de Lepanto intervinieron casi 180.000 hombres. Remaron,
dispa raron y se hirieron en unas condiciones que un soldado de hoy día casi
no puede ni imaginar. Las galeras de guerra de ambos bandos eran embarcaciones
sucias y horribles, tan mugrientas de cerca como elegantes en la distancia.
Cuando se enzarzaban en un combate mortal se convertían en poco más que en
espeluznantes plataformas flotantes invadidas por la muerte, en nada parecidas
269
a los elegantes navios que, según las viejas leyendas, se deslizaban
sobre las espumosas aguas del M editerráneo. Los cambios radicales experim
entados por la guerra naval en los dos últimos milenios no se debían a un
avance de la tecnología o el diseño náutico. Los trirremes de la Antigüedad y
las galeras venecianas no eran tan distintos en tamaño, construcción y
potencia. Los cambios consistían, más bien, en m odificaciones del servicio o
de las tácticas. En el siglo X VI, más concretamente, los remeros solían ser
esclavos e ir encadenados, las unidades de infantes de marina eran más
numerosas y las naves recorrían distancias más largas y a mar abierto.
Si la flota de invasión ateniense del año 415 a.C., con naves mucho más
ligeras, se detenía todas las noches en las playas durante su largo y sinuoso
viaje desde El Pireo hasta Sicilia, en el siglo X V I, las galeras atravesaban,
en algunas ocasiones, el Mediterráneo sin costear. En teoría, estas
embarcaciones llevaban a bordo agua suficiente para veinte jornadas, y por
tanto, navegaban de noche, sin buscar cobijo adecuado para sus rem eros
esclavos. Adem ás, los viajes transmediterráneos entre Asia M enor y España o
Francia, de los que prácti camente no había noticia en la Antigüedad, eran
frecuentes hacia 1571 y a menudo se prolongaban durante días sin que ningún
capitán buscase escalas nocturnas en puertos seguros.
L a m ayoría de las grandes galeras de guerra venecianas que combatieron
en Lepanto tenían cincuenta metros de eslora y nueve de manga. Cada costado
llevaba entre veinte y cuarenta bancadas de remos, remos enormes de más de doce
metros de largo que debían manejar cinco hombres. Las tripulaciones, por tanto,
duplicaban o triplicaban a las de la Antigüedad clásica. Las velas se soltaban
sólo durante las travesías previas a la batalla y en las posteriores a la
misma, o en combate, si bien en este caso durante breves períodos, cuando
convenía reforzar una maniobra de avance con el impulso del viento favorable.
Puesto que en las cubiertas se apiñaban cuantos infantes, arqueros y
arcabuceros podían, a veces la em barcación corría riesgo de hundirse por el
peso de cuatrocientos o quinientos remeros y soldados. Además de contar con
grupos de abordaje -compuestos por cerca de doscientos infantes-, cada galera
disponía para atacar a su presa de un espolón de hierro de entre tres y siete
metros de largo y de varios cañones, a veces, hasta veinte, de los cuales los
de m ayor calibre iban colocados a proa y a popa y los más pequeños en los
costados y, repartidos de manera azarosa, en cubierta. Muchas galeras contaban
con un cañón principal de bronce de 175 milímetros que pesaba varias toneladas
y podía disparar un proyectil de treinta kilos con un alcance de unos dos
kilómetros.
L a galera era un barco bastante frágil que corría riesgo de volcar
incluso con una pequeña tormenta (a finales del siglo XVI, los Estados
cristianos perdían en el Mediterráneo cerca de cuarenta al año debido tan sólo
al mal tiempo),
270
pero también era un navio de construcción sencilla. Los modelos más
comunes y estilizados podían alcanzar una velocidad de ocho o más nudos durante
unos veinte minutos y tenían costados muy bajos que permitían que sus grupos de
infantes saltasen con facilidad al bajel capturado. No obstante, el apiñamien
to de los remeros y el hecho de que casi estuvieran al nivel del agua
convertían aquellos barcos en un lugar insalubre durante la travesía y en un
osario en la batalla. Las galeras estaban siempre atestadas y sus tripulaciones
morían destrozadas por la metralla y las balas de cañón, abrasadas por los
proyectiles incendiarios y acribilladas por las flechas y las balas de pequeño
calibre. Como sus costados eran bajos y carecían de blindajes y techos de protección,
cada descarga ocasionaba un número terrible de bajas.
Gianpietro Contarini, historiador de la época, afirmó que en Lepanto
estaba “tutto il mare sanguinoso”, es decir, que las aguas se tiñeron con la
sangre de millares de cristianos y turcos que se desangraron hasta morir. Tras
la batalla, miles de heridos se aferraban a los pecios que flotaban entre los
cadáveres. Los testigos recordaron luego que los jenízaros atrapados -blancos
fáciles en virtud de su tamaño, vistosas ropas y tocados de plumas- se apiñaban
y buscaban refugio bajo los bancos de remos a m edida que los cañones iban
haciendo pedazos a las galeras turcas, barridas además por el fuego de los
arcabuces desde las cubiertas, más altas, de las naves cristianas. Cuando se
quedaban sin muni ción, los jenízaros arrojaban contra los tiradores españoles
cualquier cosa que tuvieran a mano, incluidos naranjas y limones.
Había tantos combatientes confinados en un espacio tan reducido -muchas
veces, hasta cuatrocientos remeros y soldados en unos trescientos metros
cuadrados- que pocos disparos, de arco, cañón o arcabuz, erraban el blanco. Si
en la antigua guerra de trirremes, en la que el objetivo era hundir la nave
enemiga con una arremetida de espolón, la mayor parte de las bajas se producían
por ahogamiento, en los combates navales del siglo XVI, las víctimas por
flechas y fuego de cañón eran también muy numerosas, como lo eran las bajas
entre los galeotes, que bogaban encadenados, cuando su galera era víctima de un
abordaje. Las galeras tenían un diseño muy apropiado para aguas relativamente
tranquilas como las del Mediterráneo, donde hay poco oleaje, y su potencia de fuego
y velocidad la convertían en un predador terrible para los barcos mercantes.
Sin embargo, cuando una galera se enfrentaba a otra, su poder quedaba
neutralizado y la batalla resultante más parecía una confusa revuelta terrestre
que un combate naval.
El alcance máximo del cañón de menor calibre de una galera no superaba
los quinientos metros. Debido a la baja frecuencia de tiro de las flotas, en
especial de la flota otomana, la m ayor parte de los barcos sólo podían
disparar una andanada antes de que su objetivo se hubiera acercado y estuviera
ya a punto de clavar el espolón o lanzarse al abordaje mientras los atacantes
se desesperaban
277
por volver a cargar. Los europeos que combatieron en Lepanto contaban
con la gran ventaja de disponer de más cañones y más potentes en todos los
puntos de su línea - la artillería veneciana era la de m ayor calidad del m
undo-, de manera que podían concentrar sus andanadas sobre las galeras otomanas
a medida que éstas se aproximaban: bastó una descarga de decenas de cañones
para aniquilar a toda la primera oleada de abordadores.
L a introducción de cañones, arcabuceros y remeros esclavos añadió a la
antigua idea de barcos de guerra impulsados por remos un grado de sufrimiento y
de muerte que, tal como demostró Lepanto, no tenía precedentes. Pese a que en
Salamina la suma total de bajas fue superior, las tripulaciones que dos mi
lenios antes libraron esta batalla no habrían podido imaginar aquel tormento. M
uchas veces, cuando sus galeras eran abordadas y sometidas al fuego a
quemarropa de cañones y mosquetes, tripulaciones enteras, esto es, cientos de
remeros y tiradores, caían masacradas. Gianprieto Contarini afirmó que Lepanto
fue una enorme confusión de espadas, cimitarras, mazas, cuchillos, flechas,
arcabuces y granadas incendiarias. Un cronista español menciona que, tras la batalla,
los cristianos pudieron comprobar que en una de las galeras de su ala derecha
no había un solo hombre que no estuviera muerto o herido. Era un tópico por
todos conocido que las naves europeas del Mediterráneo, y muy especialmente las
venecianas, no contaban con los recursos humanos de la flota otomana y, por
tanto, recurrían cada vez más a la pólvora para que hiciera lo que el músculo
no podía conseguir. En la guerra de galeras, además, los combatientes eran
mucho más vulnerables que en tierra. Las naves iban sobrecargadas y apenas
había espacio suficiente para moverse. El mar, por lo demás, im pedía cualquier
vía de retirada. Los soldados cristianos llevaban corazas, los otomanos,
pesadas túnicas, de modo que, cuando caían al agua o eran arrojados por la
borda, tenían m uy pocas posibilidades de sobrevivir. Por lo demás, casi todas
las cubiertas estaban enceradas y aceitadas para dificultar el paso a los
intrusos.
Los otomanos todavía recurrían al ataque con espolón y a los abordajes
con arcos y espadas, pero la introducción de cañones que podían disparar balas
de hierro o proyectiles de piedra de quince o más kilos capaces de agujerear
los costados, muy bajos, de cualquier galera, significaba que las aguas podían
tragar a los galeotes encadenados en espacio de muy pocos minutos. En Lepanto,
los cristianos abandonaron muchas galeras, en lugar de rem olcarlas como
trofeos, y dejaron que se hundieran, y es que habían sido víctimas no de las
unidades de abordaje, sino del fuego de sus cañones. La táctica clásica de
atacar simultáneamente y con espolones un barco tras otro para evitar el avance
enemigo perdió importancia cuando los nuevos buques europeos comenzaron a llevar
los costados erizados de cañones y fueron por lo tanto capaces de disparar en
cualquier dirección. Para economizar plomo y pólvora, los cristianos que
272
lucharon en Lepanto recorrieron las aguas en pequeños botes rematando
con picas a todo aquel musulmán que seguía con vida.
El ataque con espolones pasó definitivamente a mejor vida con la
introducción del cañón de bronce. Equipar una galera con cañones de dos
toneladas y media suponía un peso adicional que hacía necesario el aumento del
número de remeros para recuperar la velocidad original de la nave. Pero el
incremento de reme ros añadía peso y exigía espacio. Finalmente, fueron las
leyes de la física las que determinaron el tamaño y el peso de un navio para
que no perdiera fiabilidad, esto aparte, por supuesto, de cuestiones tan
complejas como el suministro logístico de tripulaciones compuestas por
cuatrocientos remeros y soldados.
La respuesta estaba, no en las novedosas y fuertemente armadas galeazas,
sino en los galeones de tres mástiles. Los galeones no tenían remos, sino
costados más altos y anchas velas que dejaban más espacio a bordo,
tripulaciones más pequeñas y poder locomotor suficiente para montar un número
cada vez mayor de cañones pesados y transportar toneladas de pólvora y
munición. A diferen cia de la galera mediterránea, además, los galeones, de
mayor tamaño, podían surcar el Atlántico y el Pacífico y permanecer en el mar
varias semanas. Los otomanos no disponían, como Francia y España, de puertos en
el Atlántico, así que, en el siglo X V II, carecían de experiencia en la
navegación transoceánica y les faltaban los conocimientos técnicos necesarios
para construir galeones de primera clase. Era más frecuente ver buques de
guerra europeos que galeras otomanas en las aguas islámicas del golfo Pérsico y
del mar Rojo.
El nombre de Lepanto evoca límpidas imágenes de vistosos estandartes
renacentistas, enormes óleos de los maestros europeos y muy diversas conme
moraciones materiales y espirituales cristianas. Sin embargo, la vida a bordo
de una galera mediterránea del siglo X VI era casi insoportable. Pasados cinco
años, la mayoría de los barcos que prestaban un servicio continuado se pudrían
y eran poco fiables. A diferencia de lo que sucedía en el antiguo trirreme, que
no siempre era impulsado por esclavos y en el que, por tanto, cada remero
disponía de cierto espacio, el galeote del siglo XVI solía ir encadenado a su
banco junto a otros cuatro esclavos. Orinaba, defecaba y, con mar gruesa,
vomitaba en el mismo lugar donde bogaba. Vestido con un simple taparrabos, no tenía
nada que lo protegiera del agua m arina, la lluvia, la escarcha o, en verano,
que constituía la m ayor parte de la temporada de navegación, del abrasador sol
del Mediterráneo. El remero del siglo XVI tampoco era libre, como su homólogo
de la Antigüedad, de bajar a tierra. Su barco, además, tampoco buscaba cobijo
en la costa al caer la noche, de modo que, algunas veces, bogaba, dormía y
comía sin poder moverse de su banco durante varios días. Com ía tortas y un
vaso de vino y no los panecillos y las provisiones que constituían la ración
característica, y adecuada, de los hombres libres de la antigua armada
ateniense. Cuando una flota de cien barcos amarraba en algún puerto, una
auténtica ciudad
flotante de 40.000 bocas hambrientas agotaba rápidamente las reservas de
alimentos del municipio y dejaba un pestilente cargamento compuesto por
toneladas de aguas residuales que propagaba enfermedades y un persistente
miasma por toda la ciudad.
Diversos cronistas de la época refieren también varios detalles que
sirven para confirm ar aquel horror. M arineros, infantes de m arina y rem eros
llevaban pañuelos perfumados -al parecer, éste es el origen de la proclividad
del hombre mediterráneo a perfum arse- para disimular el hedor y evitar el
consecuente vómito. Cuando una galera se plagaba de moscas, cucarachas, piojos,
pulgas y ratas, y sus planchas de diez centímetros de grosor se llenaban de
porquería, su capitán, en particular si se trataba de un exigente caballero de
Malta, la hundía temporalmente a pocos metros de la costa con la esperanza de
que unas cuantas horas de inmersión en agua marina pudieran librarla de su
carga de parásitos. Las epidemias, normalmente de cólera y tifus, podían acabar
con flotillas en teras, lógico cuando un hombre pasaba día y noche encadenado
junto a otros cuatro, cociéndose en los excrementos, orina y sudor de los demás
y rodeado de moscas y piojos. Éstas eran las condiciones en que prestaban
servicio los cerca de 200.000 marinos desesperados que se enfrentaron entre sí
el 7 de octubre de 1571.
CULTURA E INNOVACIÓN MILITAR EN LEPANTO
Las costas de Lepanto, localidad situada en la parte occidental de
Grecia, eran un escenario muy probable para una batalla naval entre Europa y
sus enemigos; no en vano, la ciudad se encontraba en la línea que separaba los
Balcanes otomanos y el M editerráneo occidental cristiano. Siem pre que Oriente
y Occidente se enfrentaban en el Mediterráneo, las aguas del golfo de Corinto
eran un nexo lógico para una batalla, como atestiguaban los combates que
tuvieron lugar, en aguas muy cercanas, en Actium (31 a.C.) y Prevesa (1538). La
propia Salamina se encuentra a unos trescientos kilómetros al este, al otro
lado del golfo de Corinto. L a flota otomana, tras un victorioso período de
conquistas en Chipre, planeaba pasar el invierno en la pequeña bahía de lo que
hoy es la pequeña comunidad turística de Naupacta, situada en la costa
noroccidental del golfo. En cuanto llegara la primavera y con sus tripulaciones
descansadas y en forma, A lí Bajá, el almirante del sultán, pretendía iniciar
una serie de incursiones muy lejos de Estambul y, quizá, la invasión de las
costas de Europa a fin de proteger Chipre, que había capturado el mes de agosto
anterior.
En respuesta al ataque sobre M alta (1565), a la matanza de cristianos a
manos de los turcos en Famagusta (agosto de 1571) y a posteriores incursiones
otomanas
274
en las costas europeas, la confederación formada por Venecia, España y
los Estados Pontificios constituyó por fin una gran, si bien un tanto frágil,
alianza. A principios de otoño de 1571 la flota combinada de la recién
bautizada Liga Santa se abrió paso desde Sicilia y a través del Adriático. Los
cristianos se habían lanzado a la búsqueda desesperada de la escuadra otomana
antes de que comenzase la estación invernal y el Mediterráneo se encrespara
demasiado com o para librar una batalla decisiva entre barcos de remos. El
temor de la alianza consistía en que una flota otomana que pasaba el invierno
tan cerca de Europa occidental pudiera cruzar el Adriático a toda velocidad e
iniciar una oleada de saqueos, secuestros y asesinatos en las localidades
costeras de Italia y alcanzar la propia Venecia.
Para evitar que la enorme armada predatoria del sultán sorprendiese a
sus pequeñas flotillas y las derrotase, el papa Pío V logró convencer a Felipe
II de España y al Senado veneciano de que debían fusionar sus escuadras y
jugarse el todo por el todo a fin de librarse de una vez por todas de la
amenaza turca en el Mediterráneo occidental. Si no encontraban a los otomanos
aquel mismo otoño, advirtió el papa, existían muchas probabilidades de que la
nueva y sin gular unidad de acción llegase a su fin. Cada Estado cristiano se
vería forzado una vez más a resistir en solitario y concertar la paz con el
sultán por separado. La tarde del 28 de septiembre, mientras se encontraba en
Corfú, a la flota de la Liga Santa llegaron rumores de que la armada turca se
encontraba anclada en las costas del golfo de Corinto, no muy lejos de allí.
Cuando, una semana más tarde, la flota cristiana alcanzó las costas de Etolia,
donjuán de Austria convenció a sus polémicos almirantes de que había que atacar
a los turcos a la mañana siguiente, la del domingo 7 de octubre. El español, en
efecto, zanjó toda discusión con un tajante: “Caballeros, el momento de las
deliberaciones ha pasado, es hora de luchar” . Com o en Salamina, una armada
europea donde abundaban las disputas había de enfrentarse a un mando asiático
unificado y autocrático.
Lo que a la Liga Santa le faltaba en barcos y recursos humanos (los
otomanos los superaban en al menos treinta galeras, en embarcaciones de menor
tamaño y en 20.000 soldados) lo suplía con un mando táctico de m ayor calidad y
diversas y sutiles ventajas en tecnología náutica. El almirante en jefe de los
confederados, donjuán de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I de España y medio
hermano de Felipe II, era uno de los capitanes más notables y capaces del
universo mediterráneo del siglo X V I, que se caracterizaba por un conjunto de
brillantes y tercos marinos y generales venecianos y genoveses: Sebastiano
Veniero, gobernador de Creta y futuro dogo de Venecia; Pietro Giustiniani,
prior de Mesenia; Marcantonio Colonna, comandante de las naves del papado, y Agostino
Barbarigo, almirante del ala izquierda cristiana en Lepanto.
Las crónicas de la época abundan en la actitud desinteresada de donjuán
y en su resuelto afán por unir a las dispares naciones del sur de Europa para
evitar
275
más incursiones de los turcos en Occidente, especialmente en las
ciudades costeras del Mediterráneo occidental. No tenemos por qué creer todos
los detalles de las crónicas que nos retratan a este príncipe de veintiséis
años como un personaje romántico -esas que nos dicen que tenía a un tití por
mascota y también un león domesticado, que lo describen bailando una giga en el
puente de su buque insignia, la Real, momentos antes del combate- para
reconocer que pocas figuras de la época podrían haber mantenido unida una
coalición de rivales tan dispares. Los venecianos, de una mentalidad ante todo
mercantil, aceptaron la lucha contra sus antiguos socios comerciales con no
pocas reticencias y sólo ante la amenaza de la aniquilación. El Imperio español
estaba tan dispuesto a enfrentarse a italianos, holandeses, ingleses y
franceses como a los turcos. Las firmes advertencias de los Estados Pontificios
acerca del peligro que el M edi terráneo corría de convertirse en un lago
musulmán pocas veces se tomaban en serio, especialmente al considerar las
intrigas de los papas en las guerras dinásticas de la sucesión de los reinos
europeos. En cualquier caso, por vez primera en varias décadas, la cristiandad
encontró a un líder magnánimo más interesado en poner freno a la expansión del
islam que en enriquecerse o conseguir ventajas para su propio Estado a expensas
de Europa. (D onjuán cedió el diezmo que le correspondía por la victoria de
Lepanto a los pobres y heridos de la flota, y, además, entregó un donativo de
30.000 ducados de oro a la agradecida ciudad de Mesina.)
Los cristianos se aproximaron a las aguas del golfo de Lepanto con casi
300 naves venecianas, españolas y genovesas de distintos tamaños, 208 galeras,
6 galeazas, 26 galeones (que llegaron tarde y no participaron en la lucha) y
otras 76 embarcaciones más pequeñas que en total sumaban una escuadra de 50.000
remeros y 30.000 soldados, un contingente pancristiano de un tamaño desco
nocido desde las Cruzadas. Aun así, esta fuerza era menor que la flota de casi
100.000 hombres y 230 barcos de gran tamaño del sultán, a los que se sumaban
otros 80 equipados con cañones. Sin em bargo, como se dem ostraría poco
después, en Lepanto, el factor decisivo fue la calidad de las galeras
cristianas y no la superioridad numérica de los otomanos. Las galeras
venecianas eran las mejor diseñadas y más estables del Mediterráneo, tanto era
así que servían de modelo a las naves otomanas. Los bajeles españoles también
eran más recios y mejor construidos que los turcos. D onjuán, tras consultar
con los almirantes venecianos, había equipado a las galeras aliadas con
innovaciones desconoci das en la flota otomana, lo que, irónicamente, acabó
por confirmar, precisamente en la m ayor batalla de galeras desde Actium, que
la época del barco de remos había llegado a su fin. Lepanto sería el último
gran enfrentamiento entre galeras de la historia.
En prim er lugar, los cristianos habían serrado los espolones de sus
naves, asumiendo que el tiempo de los ataques con espolón había pasado y que
sus
2j 6
barcos estarían mejor equipados con algunos cañones adicionales. Además,
los espolones im pedían colocar los cañones en los castillos de proa, lo que
obligaba a los artilleros a apuntar excesivam ente alto para evitar la proa de
sus propios barcos. Sin embargo, con mejores trayectorias de tiro y más espacio
para colocar cañones adicionales, las galeras cristianas podían disparar justo
en la dirección de su línea de avance. En Lepanto, los cañones cristianos
acribillaron los costados de las galeras otomanas, mientras la mayor parte de
los proyectiles enemigos pasaban demasiado alto, golpeando sin causar gran daño
los mástiles y aparejos de sus adversarios. El mérito de saber que sería el
fuego de los cañones y no los espolones de bronce el que hundiría más barcos
otomanos corresponde a don juán y a sus almirantes.
El arsenal de Venecia y la habilidad de los operarios españoles
contribuyeron también a que las galeras cristianas estuvieran mucho mejor
armadas. No sólo contaban con más cañones -1.8 15 totalizaban los barcos de la
Liga Santa por
750 de la escuadra otomana, que,
no obstante, era mucho m ayor-, sino que cada uno de ellos estaba m ejor
forjado y cuidado que sus homólogos otomanos. Después de la batalla, los
venecianos advirtieron que cientos de cañones turcos capturados eran poco
fiables o inservibles, como demuestra el análisis meta lúrgico que en la
actualidad se ha hecho de los cañones que aún se conservan. Los europeos los
utilizaron como trofeos o para reciclar, y es que en un mercado libre unas
armas tan inferiores sólo tenían valor como materia prima. Teniendo en cuenta
lo que podían obtener por ellos en el competitivo mercado europeo, donde
abundaban los últimos diseños de cañones forjados en los talleres italianos,
ingleses, alem anes y españoles, a los vencedores lo mismo les habría dado
capturar anclas o contrapesos.
Los cristianos contaban también con muchos cañones giratorios de menor
tamaño con los que podían acribillar las galeras otomanas y despejarlas de
abordadores. Los soldados europeos que iban en cubierta vestían pesadas corazas
que los hacían casi invulnerables frente a las flechas turcas. Muchos más
infantes cristianos iban armados con arcabuces, armas de aparatoso manejo pero
mortíferas a una distancia de entre trescientos y quinientos metros, sobre todo
cuando se utilizaban contra una masa de soldados confinada en un espacio
reducido. Por esta razón, el vicealmirante turco Pertau Bajá había aconsejado a
sus comandantes que evitasen la batalla: sus hombres, adujo, eran reclutas de
un reino feudal, no tenían armas de fuego ni estaban acostum brados a combatir
contra arcabuceros protegidos por corazas. Si los mosquetes primitivos eran muy
poco precisos desde un punto de vista moderno, los arcabuceros sí podían,
protegidos por las redes antiabordaje, apoyarlos sobre la cubierta de las naves
y apuntar cómodamente contra las tripulaciones turcas. Puesto que las galeras
iban atestadas y chocaban y se enganchaban entre sí, era muy difícil que un
arcabucero errase el blanco.
2 77
Las tropas europeas contaban con más experiencia y mejor instrucción en
el uso de armas de fuego, de modo que podían disparar sus cañones y mosquetes,
que además estaban mejor fabricados y empleaban una pólvora más fiable, con una
frecuencia de tiro tres veces superior a la de sus hom ólogos otomanos, más
escasos. Ciertamente, el arco recurvo de los otomanos era un arma letal
- con más alcance, precisión y
frecuencia de tiro que la ballesta-, pero para manejarlo con destreza hacían
falta meses de entrenamiento, el arquero quedaba exhausto tras algunas decenas
de tiros y, además, no se podía fabricar con tanta rapidez ni en tantas
cantidades como las ballestas o las armas de fuego. Los europeos, como era
característico en ellos, se esforzaban por poner tantas armas mortíferas en
tantas manos y con tanta rapidez como fuera posible, lo de menos era la
posición social del tirador o su situación económ ica y el entrenamiento
necesario para utilizar un arma con eficacia.
En Europa, las derivaciones sociales de la tecnología militar eran
bastante menos importantes que su eficacia. El sultán, sin embargo, se cuidaba
mucho de que las armas no provocasen -com o la im prenta- ningún malestar
social o cultural. Muchas veces, los jenízaros y otras tropas otomanas peor
instruidas empleaban armas de fuego europeas, pero ni siquiera entonces, al
menos no en la mayoría de los casos, aplicaban tácticas apropiadas a la guerra
de infantería, como el ataque en masa, porque iban en contra del código heroico
del guerrero musulmán y de la posición elitista de tales unidades. “ En vez de
utilizar los mosquetes en masse, como sucedía en Occidente, o hacer que los
piqueros actuasen en masa y de form a coordinada, los otomanos consideraban que
cada mosquetero o tirador arriesgaba su vida por un lugar en el paraíso” (A.
Wheatcroft, The Ottomans[Los otomanos], p. 67).
En Lepanto, la posesión de más y mejores armas de fuego - y con m ayor
frecuencia de tiro-, munición más fiable y artilleros y tiradores mejor
entrenados se sumaban para otorgar a los europeos enormes ventajas, siempre que
a los capitanes no les entrase el pánico y navegasen directamente al corazón de
la temida flota turca. Tras muchas décadas de ver cómo los hombres de mar
europeos eran sorprendidos por los corsarios islámicos cuando surcaban el
Mediterráneo en pequeños grupos y de asistir a la destrucción de las
poblaciones costeras de sus Estados en los repentinos ataques de las galeras
otomanas, don Ju an llevó a cabo una hazaña ciertamente singular al convencer a
sus almirantes de que, por vez primera desde que se tenía noticia, los europeos
contaban con todas las ventajas. Los otomanos estaban atrapados y se vieron
forzados a luchar de día y abiertamente contra el poder com binado de los
mejores marinos europeos, que, por fin, podían poner enjuego su abrumadora
potencia de fuego en un choque bélico.
Los barcos norteafricanos y turcos eran más numerosos y ligeros, pero
estaban peor armados que los europeos y basaban en su superioridad numérica, la
278
rapidez, la sorpresa y la agilidad el éxito de sus incursiones sobre la
costa y de los ataques a las flotas enemigas. Estaban diseñados para escoltar a
los mercantes, llevar a cabo operaciones anfibias y apoyar asedios, no para
enzarzarse en duelos de artillería contra los navios europeos. Por desgracia, A
lí Bajá olvidó estos factores y aceptó una batalla decisiva contra una escuadra
cristiana con gran potencia de fuego, un combate que ninguna flota del mundo
-excepto una compuesta por galeones y cañoneras inglesas- podría haber ganado.
En cierto sentido, sin embargo, Alí Bajá no tenía elección. En general, la
historia no estaba del lado de las galeras, y en particular, desdeñaba ya a los
militares otomanos. Veinte años después de Lepanto dos o tres galeones
británicos montaban tantos cañones como toda la flota turca del Mediterráneo.
Además de la presencia de seis galeazas, naves inspiradas en los
estudios teóricos de diseños navales que se remontaban a la Grecia helénica, y
a un m ayor número de cañones y armas de fuego de pequeño calibre, los
cristianos habían colocado en sus galeras redes de abordaje metálicas ideadas
para proteger sus propias galeras mientras los artilleros hacían blanco sobre
el enemigo. Más tarde, d o n ju án aseguró que, gracias a estas redes, los
otomanos no aborda ron ni un solo barco cristiano, una afirmación asombrosa en
caso de ser cierta. Los remeros de las flotas respectivas también eran
cualitativamente distintos. Gran parte de la política naval de Venecia en el
siglo x v i se caracterizó por los debates acerca de la composición de las
tripulaciones de la flota republicana. Durante décadas, los venecianos se
negaron a aceptar la idea de que, para igualar en tamaño a la armada otomana,
su propia flota necesitase miles de remeros de todas clases, muchos más de los
que podían encontrarse entre los ciudadanos libres de la república. A l
principio, los venecianos contrataron rem eros extranjeros, luego se decantaron
por los indigentes y, más tarde, recurrieron a los delincuentes convictos, y en
raras ocasiones también a cautivos y esclavos. A las mismas exigencias tuvieron
que hacer frente los demás Estados italianos y España, lo que desembocó, aunque
tarde y con verdaderas reticencias, en el uso de esclavos. Aunque en Lepanto
ambos bandos contaban con tripulaciones de galeotes, entre los remeros
cristianos aún podía encontrarse a algunos hombres libres y, ciertamente, era
mucho más probable que la Liga Santa, y no los otomanos, liberase a sus
esclavos. Por el contrario, antes de la batalla, a los cristianos que bogaban
en las galeras turcas se los amenazó con la muerte si levantaban la cabeza y
existen indicios de que al menos en algunos barcos de la flota se amotinaron en
mitad del combate.
En efecto, en la flota turca no había ni un solo combatiente libre: ni
los desgraciados remeros, ni los jenízaros, ni los campesinos reclutados para
la milicia imperial, ni los marinos y almirantes renegados, ni el propio A lí
Bajá. Frente a ellos, los almirantes cristianos eran aristócratas libres;
muchos de ellos ni siquiera eran soldados profesionales, al contrario, entre
ellos había
279
muchos civiles, como el septuagenario Sebastiano Veniero, abogado
veneciano que com partía el mando del centro cristiano con don Ju an de
Austria, o Marcantonio Colonna, noble terrateniente veneciano al mando del
contingente del papado. Ni el Papa, ni el dogo de Venecia, ni el rey Felipe II
podían eje cutar a ninguno de estos orgullosos y a menudo tercos individuos de
manera arbitraria, ni siquiera de haber cosechado un fracaso en Lepanto. En
cambio, A lí Bajá y sus comandantes sabían que, tras una derrota embarazosa, el
sultán habría exigido buen número de cabezas.
LEYENDAS SO BRE LEPANTO
Más de 15.000 esclavos cristianos fueron liberados en Lepanto y el
sultán perdió más de doscientas galeras y casi un centenar de barcos de menor
tonelaje. Italia quedó a salvo de una invasión marítima y, poco después de la
batalla, Europa flirteó con la idea de navegar hasta el Cuerno Dorado o liberar
a los pueblos de habla griega de Morea, Chipre y Rodas. La flota cristiana -la
mayor armada europea del Mediterráneo hasta la época m oderna- sufrió entre
8.000 y 10.000 muertos, 21.000 heridos y perdió diez galeras. En cambio, en
Lepanto cayeron 30.000 otomanos, muchos de ellos experimentados arqueros a los
que costaría muchos años reemplazar. Miles de turcos fueron ejecutados cuando
los cristianos se disponían a remolcar sus galeras, muchos más fueron abandonados
a merced del mar y de las aves carroñeras. Tras la batalla, los cristianos
recorrieron el lugar en pequeños botes y mataron a tiros o lancearon a muchos
otomanos que aún seguían vivos. Los saqueadores buscaban las faltriqueras,
talegas, joyas y prendas de vestir de la derrotada elite turca. Los anales
cristianos refieren que sólo se tomaron 3.458 prisioneros, una cifra
asombrosamente baja sí pensamos que los turcos contaban con casi 100.000
efectivos. L a mayoría de los jenízaros, componentes de las tropas de choque,
perecieron; el historiador Gianpietro Contarini opinaba que miles de estos
soldados de elite fueron asesinados. No hay registros de los miles de otomanos
heridos, muchos de los cuales debieron de sufrir horribles heridas por arma de
fuego. Los vencedores remolcaron hasta Corfú 180 embarcaciones de todo tipo,
aunque más tarde descubrieron que la mayor parte de ellas ni siquiera podían
repararse. La marea arrastró a docenas de ellas hasta las costas de Etolia.
Sólo un puñado regresaron
a Lepanto.
Las pérdidas fueron doblemente gravosas para el sultán, que, a
diferencia
de los europeos, no tenía capacidad para fabricar miles de arcabuces ni
la posibilidad de formar un nuevo ejército de reclutas. Sus remeros, por no
hablar de los diseñadores y fabricantes de municiones, eran mercenarios,
renegados o esclavos capturados en las costas europeas. Además, teniendo en
cuenta que
280
los europeos fabricaban armas de fuego más baratas y de m ayor calidad y
sencillez, se vería obligado a importarlas:
El mayor efecto del desarrollo de las armas de fuego de pequeño calibre
sobre la guerra en el mar no se produjo, como cabría suponer, de forma directa,
gracias al incremento de la potencia de fuego, sino indirectamente, en virtud
de una brusca reducción de los tiempos de instrucción y entrenamiento. Debido a
esto, las naciones que dependían del arcabuz tenían mayor flexibilidad frente a
las bajas numerosas que aquellas otras que dependían del arco recurvo
compuesto. Aunque era fácil convertir en mosquetero a un aldeano español, era
virtualmente imposible hacer de los campesinos anatolios maestros del arco
recurvo (J. Guilmartin, Gunpowder and Galkys [Pólvora y galeras], p. 254).
La pérdida de 34 almirantes otomanos y de 120 capitanes de galera
suponía que, pese al m asivo program a de reemplazos del sultán -en los doce
meses siguientes, los turcos fabricaron 150 barcos con madera demasiado verde y
cientos de cañones de deficiente calidad -, su flota andaría escasa de marinos
y arqueros experimentados y de galeras fiables.
Los no occidentales protestan, con razón, porque Europa monopoliza con
memoraciones y se apropia del arte de la historia. En ningún momento ha sido
este desequilibrio más cierto que en los días posteriores a Lepanto, una
“victoria” occidental que millones de personas no tardaron en conocer a través
de la historia, las obras de arte y la literatura popular. En ninguno de estos
ámbitos se abordó la batalla desde el punto de vista otomano. En realidad, sólo
conocemos la amenaza que tras la batalla profirió el sultán de matar a todos
los cristianos de Estambul, el comentario sarcástico del gran visir acerca de
que los cristianos sólo les habían “afeitado las barbas” , y varios relatos que
hablan de los lamentos de las familias de los caídos. Las pocas crónicas turcas
sobre la batalla apenas se difundieron y no tenían valor literario, eran más
bien informes secos, formales, rígidos y sancionados por el gobierno que no
ofrecían ningún atractivo a ningún lector fuera de la reducida y oculta elite
gubernamental de Estambul. Los parámetros de investigación de estas cróni cas
de corte escritas por Selanki, Alí, Lokman y Zeirek estaban cuidadosamen te
definidos: el escriba corría el riesgo de ser exiliado o ejecutado. Las fuentes
otomanas atribuyen la derrota a la ira de Alá y a la necesidad de que los
pecados de los musulmanes díscolos fueran castigados. Las vagas acusaciones de
impiedad y laxitud general sólo servían para exacerbar las iras del gobierno
contra su propio pueblo, de modo que no podía haber grandes exégesis ni
análisis de las carencias del armamento, los mandos y la organización naval del
sultán.
281
En cambio, por todo el Mediterráneo se difundieron emotivas narraciones
de primera mano, escritas en español e italiano, que sin embargo no coincidían
entre sí desde un punto de vista factual o analítico. Sabemos tan poco de la
experiencia turca en Lepanto como de los padecimientos de Abderramán en
Poitiers o de los mexicas en Tenochtitlán. Lo que conocemos acerca de los no
occidentales que intervinieron en la batalla es de segunda mano y, con
frecuencia, resultado de investigaciones y publicaciones europeas. Por tanto,
casi todos los nombres de los soldados de Jerjes, Darío III, Aníbal,
Abderramán, Mocte zuma, Selim II y el rey zulú Cetshwayo se han perdido para
el archivo de la historia, y los pocos que conocemos sobreviven en gran parte
debido a los esfuerzos de Esquilo, Heródoto, Arriano, Plutarco, Polibio, Tito
Livio, San Isidoro, Bernal Díaz, Rosell, Gianpietro Contarini, el obispo
Colenso o el coronel Hartford, que formaban parte de una tradición intelectual
y política ajena a persas, africanos, aztecas, otomanos y zulúes.
Hoy, las cosas han cambiado muy poco en cuanto al monopolio
exclusivamente occidental de la historia militar. Los 6.000 millones de
habitantes del planeta tienen más posibilidades de leer, oír y ver las crónicas
sobre la Guerra del Golfo (1990) hechas desde la ventajosa posición de
norteamericanos o europeos que desde el punto de vista iraquí. El relato de la
Guerra de Vietnam es sobre todo occidental; incluso los críticos más feroces de
la intervención de los Estados Unidos dan poco crédito a los comunicados
oficiales y a las historias escritas en el Vietnam comunista. Pese a todo, se
publicaron más crónicas independientes en la llamada Edad Oscura de Europa, que
durante el largo período de existencia de los imperios persa y otomano. Aunque
lo sea desde el punto de vista dejeijes, el sultán, el Corán o el Politburó de
Hanoi, en realidad, no es historia, al menos no en el sentido occidental de
escribir aquello que puede ofender, causar problemas o ser tachado de
blasfemia.
Esa es la naturaleza de las sociedades que permiten que haya voces que
disienten y libertad de expresión. Incluso cuando los ciudadanos europeos y
norteamericanos atacan abiertamente la conducta militar de sus gobiernos, la
franqueza tiene a menudo la irónica consecuencia de destacar la credibilidad de
Occidente y afianzar su dominio en la difusión del conocimiento. Lo mismo
sucede con Lepanto: la mayoría de los lectores de Europa, América, Africa e
incluso Asia tienen más posibilidades de conocer la batalla a través de un
relato inglés, español, francés o italiano, o mediante una alusión de
Cervantes, Byron o Shakespeare, que por medio de una crónica otomana escrita en
turco.
La cristiandad nunca había visto celebraciones como las de la victoria
de Lepanto. En Italia y España, las multitudes cantaban por todas partes el Te
Deum, el cántico tradicional de la Iglesia de alabanza y gratitud a Dios. En el
Vatica no el Papa estableció el 7 de octubre como fiesta de Nuestra Señora del
Rosario, fiesta que aún hoy se celebra en algunas iglesias de Italia. Durante
la mayor
282
parte del invierno, las alfombras, estandartes, armas y turbantes
capturados a los turcos jalonaban las calles y comercios de Venecia, Rom a y
Génova. Se acuñaron monedas conmemorativas con la inscripción “Por la gracia de
Dios, en el año de la gran victoria naval contra los turcos” . Cientos de miles
de grabados, tallas de m adera y medallones circularon incluso en la Europa
protestante. Por toda Venecia se erigieron monumentos a la victoria en los que
aparecía el león alado de San M arcos. Grandes pintores de la escuela veneciana
como El Veronés, Vicentino y Tintoretto pintaron enormes lienzos dedicados a
Lepanto; el de este último se centra en la toma del buque insignia de Alí Bajá
y en la herida mortal de Agostino Barbarigo. Un notable fresco de la batalla
pintado por Giorgio Vasari adorna todavía el Vaticano, donde hay docenas de
cuadros y esculturas que celebran aquella victoria asombrosa. Tiziano pintó un
retrato conmemorativo de Felipe II en el que el monarca aparece de pie ante un
altar y levanta hacia el cielo a su hijo Fernando mientras la Victoria
desciende de las nubes; al fondo, un cautivo turco contempla la escena y una
flota arde en la distancia.
En Mesina, Andrea Calamech esculpió una impresionante estatua de donjuán
de Austria -que aún conserva su grandiosidad- en reconocimiento a la acción del
príncipe, que había salvado a la ciudad de caer en manos del turco. La Canción
de Lepanto, de Fernando de Herrera, figura todavía hoy en muchas antologías de
la poesía occidental. Años más tarde, Miguel de Cervantes, a quien le quedó
inútil el brazo izquierdo a consecuencia de las heridas recibidas en la
batalla, inmortalizó Lepanto en el Quijote: “Porque más ventura tuvieron los
cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron” (il. 39).
El niño príncipe que se convertiría enjacobo I de Inglaterra compuso un poema
épico de varios cientos de versos en conmemoración de la victoria. Al parecer,
también el joven Shakespeare, cuando aún vivía en Stratford, quedó
profundamente impresionado: el protagonista de La tempestad, una de sus últimas
obras, es el duque Próspero, cuyo nombre está inspirado en algunos nobles
italianos que participaron en la batalla; Otelo presta servicio con los
venecianos en Chipre, isla que deben defender del ataque turco.
La mayoría de los cuadros y de las canciones populares atribuían la
notable victoria cristiana a la intercesión divina, pero incluso los
historiadores seculares que se decantaban por exégesis tácticas de la batalla
no acertaban a definir de qué modo había conseguido la Liga Santa poner fin a
varios siglos de agresión turca en unas pocas horas. ¿Por qué, en efecto,
vencieron los europeos cuando eran inferiores en número, se encontraban en
aguas desconocidas y hostiles, lejos de sus puertos, pertenecían a gobiernos
sumidos en un odio recíproco y mortal y hasta momentos antes de la batalla
abundaba entre ellos la discordia y estaban divididos? ¿Fue debido a la suerte,
al repentino cambio de los vientos que proporcionó a las galeras de don Ju a n
una velocidad añadida cuando
283
navegaban hacia el centro de la línea otomana, o a las suaves brisas que
per mitieron que el humo de sus cañones cegase a sus enemigos? ¿O fue quizá
debido a las aguas relativamente tranquilas y a la ausencia de lluvia que
permitió que las lentas y pesadas galeazas pudieran maniobrar fácilmente y
apuntar a vo luntad justo frente a la flota turca y que miles de arcabuces
cristianos tuvieran la mecha seca? Sin duda, también fue decisiva la torpeza de
los otomanos al aceptar el reto de una batalla decisiva contra los barcos
cristianos, que eran más pesados y estaban mejor armados. En cuanto las
galeazas lanzaron su primera andanada y, a la vista de todos, comenzaron a
avanzar disparando por todos sus costados, los testigos de ambos bandos
advirtieron que incluso los indomables turcos “tenían miedo” . Todas las
crónicas atribuyen una parte importante del éxito cristiano a las seis
fortalezas flotantes y a su bombardeo de las primeras líneas otomanas al
comienzo de la batalla.
¿O acaso la ventaja era espiritual? La batalla de Lepanto tuvo lugar una
ma ñana de domingo. Las tripulaciones de la Liga Santa asistieron a misa sobre
las cubiertas de las naves mientras se preparaban para matar. Pocos días antes,
en Corfú, los cristianos habían recibido noticias de la caída de Chipre y de la
truculencia y perfidia de los otomanos en Famagusta, donde no habían dejado con
vida a ningún rehén ni prisionero. L a historia más repetida entre las
tripulaciones de Lepanto era el horrible relato de la tortura y desfiguración
de Marcantonio Bragadino, comandante de la valiente guarnición de la ciudad,
que fue desollado vivo y disecado después de que le prometieran un pasaje a la
salvación si capitulaba. Las tripulaciones de donjuán habían visto el reciente
sacrilegio de los otomanos en Corfú, donde profanaron las tumbas cristianas,
torturaron a varios sacerdotes, secuestraron a civiles y arrasaron las
iglesias. Todas las fuentes contemporáneas señalan que cuando los infantes
cristianos abordaron las galeras turcas lucharon con una fiereza casi inhumana.
¿O es que Lepanto se decidió gracias al brillante liderazgo de d o n ju
án , que repartió a las galeras venecianas, españolas e italianas por toda su
línea de batalla a fin de mantener la arm onía? No menos importantes fueron las
actitudes políticas del Papa y de Felipe II. Sin em bargo, el factor que más
hizo por neutralizar el valor y la superioridad numérica de los otomanos fue la
presencia de muchos barcos europeos de primera clase, con gran potencia de
fuego y soldados bien armados: un homenaje a los diseños, producción y
distribución de armamentos occidentales que operan únicamente en el seno de las
economías capitalistas. La abundancia de cañones, arcabuces, ballestas y barcos
de m agnífica construcción neutralizó la superioridad num érica otomana, la
reputación del temido soldado turco y la ventaja de luchar en aguas propias de
un solo golpe, proporcionando a la Liga Santa grandes posibilidades de victoria
-siem pre que mantuviera la cohesión y sus tácticas y generalato fueran
competentes- cuando nadie preveía la victoria.
284
EUROPA Y LOS OTOMANOS
UN CONTINENTE FRAGMENTADO
La Europa central y oriental del siglo x v i , como ocurría desde el
siglo VI, se sentía asediada por Oriente. Si el islam había unificado el norte
de Africa y Asia Menor, que se habían convertido en una especie de provincias o
protectorados de un vasto Imperio otomano, Europa nunca se había visto sacudida
como entonces por las guerras de religión. La cristiandad, partida en dos por
el catolicismo ro mano y la ortodoxia oriental, iba a fragmentarse todavía más
en el siglo XVI con el cisma del protestantismo y el surgimiento de Estados
nación en Inglaterra, Fran cia, los Países Bajos, Italia y España, fundados
sobre principios de afinidad étnica, cultural y lingüística y no en una
fidelidad monolítica al Vaticano.
Francia, tras librarse, a principios del siglo X , de los últimos
invasores islá micos, mantuvo, si bien con altibajos, una alianza con los
otomanos durante gran parte del siglo XVI. Esta amistad no siempre fue pasiva:
los franceses habían aprovechado la ayuda otomana para arrebatar Córcega a G
énova en 1532 y habían permitido que el almirante turco Barbarroja pasase el
invierno con su flota de galeras -tripulada nada menos que por esclavos
cristianos- en puertos franceses (1543-1544). No es de extrañar que la mañana
de la batalla, el almirante otomano Hasan A lí urgiera a los turcos a abandonar
puerto y bogar para presentar batalla en el golfo de Corinto. Los cristianos,
afirm aba, eran “ de distintas naciones” y seguían “varios ritos religiosos” .
Si los otomanos miraban hacia Occidente cada vez con mayor frecuencia, y
no sólo buscando esclavos y botín, sino también armamento y productos
manufacturados, Occidente se volvía cada vez más hacia el oeste y el sur. El
continente americano, recién descubierto, y las rutas comerciales a lo largo
del litoral africano ofrecían riquezas sin necesidad de luchar contra los
turcos o pagar rígidos aranceles para cruzar en caravana el Asia otomana. En el
si glo xv i, una Europa occidental desunida no se veía sólo acosada por un
Oriente hegemónico, sino que había desarrollado una serie de nuevos centros
mercantiles -M adrid, París, Londres y Am beres-, que cada vez se interesaban
menos por el patio trasero del Mediterráneo oriental.
Los Balcanes y las islas griegas se consideraban escenarios secundarios
complicados y poco dignos de un enfrentamiento con la flota turca, sobre todo,
a causa del estancamiento general que sufría el Imperio otomano en compa
ración con las nuevas rutas comerciales que se abrían ya por todas partes. En
cualquier caso, la m ayoría de los cristianos esclavizados eran de religión
ortodoxa y, en realidad, los europeos occidentales se habían enemistado con los
bizantinos mucho antes de la caída de Constantinopla. Las líneas divisorias que
marcaban la confrontación entre lo cristiano y lo musulmán, entre Oriente
285
y Occidente, también se estaban diluyendo. Unas veces, Inglaterra y
Francia colaboraban con el sultán, otras, lo ignoraban. Por su parte, Venecia
era cada vez más dependiente del comercio con la costa turca. Lepanto sería una
de las últimas grandes batallas de la historia en la que unas pocas potencias
occidentales se unían contra el islam únicamente sobre la base de una cultura y
una religión compartidas.
Pese a todo, el islam en general y los otomanos en particular eran, en
teoría, más poderosos en cuanto a población, recursos naturales y territorio
ocupado que cualquier Estado cristiano mediterráneo. Pero por igual motivo, el
poder islámico era claramente inferior al del sur de Europa si es que ésta
llegaba a unirse alguna vez en una gran expedición. En aquellas raras ocasiones
en que se establecían alianzas, aunque fueran parciales - la gran Prim era
Cruzada (1096-1099) es el mejor ejem plo-, el éxito occidental, incluso lejos
de Europa, no fue infrecuente ya antes de la exploración del Atlántico, la
Reform a y la introducción de la pólvora. El dinamismo militar europeo era un
continuo de la Antigüedad clásica, no una consecuencia casual de la edad de la
pólvora y del descubrimiento del Nuevo Mundo. La Primera Cruzada había
concluido con la ocupación de Tierra Santa por los francos y revelado una
habilidad muy singular para desplazar y alimentar ejércitos en tierra y en el
mar que no tenía equivalente en el mundo islámico. En las raras ocasiones en
que los extranjeros atacaban el interior de Europa -Jerjes, los moriscos, los
árabes, los mongoles, los otomanos-, sus monarcas se encontraban al frente de
ejércitos imperiales o religiosos unificados, mientras que sus oponentes
occidentales estaban aislados, divididos y a menudo en desacuerdo. Los escasos
esfuerzos colectivos de la cristiandad pronto menguaron y hacia el año 1300 el
Medite rráneo no vio ninguna expedición paneuropea com parable a las Cruzadas.
Sin embargo, incluso en un estado de fragmentación política y religiosa, Europa
se mantuvo relativamente a salvo de una invasión islámica, puesto que una ope
ración de esas características requería unidades de infantería pesada y una
capacidad logística que quedaban más allá de las posibilidades de cualquier
sultán. En el siglo x v , la unificación otomana de gran parte de Asia, los
Balcanes y el norte de África, y la aceptación general de un dios que concedía
gran valor al avance de la religión por la espada, colocó a una Europa dividida
en situación de enorme desventaja. Como sucedió en el siglo VIII, comienzo de
las conquistas islámicas, una vez más, muchos reinos cristianos y occidentales
pequeños y belicosos iban a ser atacados de manera ininterrumpida y uno a uno
por un Estado enorme y unido religiosa y políticamente.
Los mulás y los intelectuales otomanos no consideraban la guerra como
una actividad dañina en sí misma. La elite cultural no ponía ninguna objeción a
la idea de yihad, algo en absoluto comparable al creciente interés de Europa
por el pacifismo o la teoría de la “guerra justa” . En ningún tratado islámico
aparece
2 86
algo equiparable a la idea promulgada por Erasmo y otros de que la
guerra era algo intrínsecamente pernicioso y sólo podía llevarse a cabo en cir
cunstancias morales muy estrictas. Es posible que los ciudadanos de Europa
hubieran heredado su noción de libertad personal de la Antigüedad clásica y la
de hermandad espiritual de Cristo, pero la supervivencia de Occidente se basaba
en lo bien que habían sabido ignorar la idea de que matar siempre era
pecaminoso.
Europa, en efecto, combinaba las viejas tradiciones occidentales de
batalla decisiva, con el propósito de aniquilar al enemigo, del capitalismo,
que le permitía fabricar armas eficaces en abundancia, y del militarismo
cívico, que hizo que la población se uniese en masa para resistir a los
otomanos. Por fortuna, pocos elementos del cristianismo, tal como éste
evolucionó en la Edad Media, se oponían al lucro privado o al capitalismo. Si
durante algún tiempo los religiosos mostraron su preocupación por la pérdida de
vidas humanas, no pusieron reparos a que los miembros de su rebaño lucrasen
mientras pudieran.
En la época de la batalla de Lepanto, Europa había perdido hacía mucho
tiempo las viejas provincias romanas del norte de África, Oriente Próximo, Asia
M enor y la mayoría de los Balcanes, además de las aguas costeras del Medite
rráneo oriental, que estaban, de manera firme, en manos musulmanas y cada vez
más bajo el dominio de Estambul. Para la expansión de un enorme imperio
cultural a los otomanos les resultó útil una religión unificadora que defendía
la guerra contra el infiel, lo que para los occidentales suponía enfrentarse a
enemigos de un fervor religioso y moral desconocido en los mortíferos avances
de persas, cartagineses y hunos, que habían invadido Europa y durante algún
tiempo amenazaron con anexionar Grecia y Rom a a sus dominios.
Los cristianos, pese a la discordia que anidaba entre ellos, aún
contaban con enormes ventajas sobre los ejércitos del sultán. Pese al desgaste
sufrido por la hegemonía del poder militar occidental con la caída de Rom a,
durante más de mil años la mayoría de los Estados europeos se las habían
arreglado para conservar en forma latente las tradiciones culturales de la
Antigüedad clásica
- el racionalismo, el militarismo
cívico, algunas formas de capitalismo, ciertas ideas de libertad, el
individualismo, la confianza en la infantería pesada y la batalla decisiva-,
que les proporcionaron más poder militar del que en teoría debía corresponderles
en virtud de su población, recursos o territorio. El problema principal de
Europa ya no era un imperante pacifismo, sino las guerras casi constantes. Tras
el reinado de Carlomagno, la ausencia de un poder político central a lo largo
de toda la Edad Media había dado pie a un uso casi suicida de la doctrina
militar occidental: los príncipes europeos se habían sumido en continuas luchas
intestinas de un encarnizamiento extremo.
La tecnología de la construcción de galeras era mucho más avanzada en
las ciudades-Estado republicanas de Italia y en la España imperial que en Asia,
y
287
también mucho más flexible y susceptible de evolucionar a fin de
responder a nuevos retos en el mar. Igual que flotas islámicas anteriores
habían emulado las técnicas náuticas y la administración naval bizantinas, la
organización de la flota turca e incluso la terminología que se empleaba en su
seno eran una copia de modelos genoveses o venecianos. Resulta asombroso que
ambos bandos contaran con barcos muy similares, y de diseño italiano
exclusivamente. Toda innovación militar, desde el perfil de los espolones hasta
la creación de las galeazas y el uso de redes de abordaje, corría por cuenta de
Europa. La ciencia militar, con el renacimiento de las nociones de táctica y
estrategia en la nueva era de la pólvora, era de dom inio occidental. No era,
por tanto, ninguna casualidad que los principales capitanes de ambas flotas
fueran europeos. El propio sultán prefería almirantes italianos renegados, más
familiarizados con las costumbres y los idiomas europeos y, en consecuencia,
más capaces de adaptar sus galeras a las últimas innovaciones del enemigo.
No todos los soldados de la flota cristiana eran ciudadanos libres con
derecho a voto -sólo Venecia y unos pocos Estados italianos eran republicanos-,
pero las tripulaciones de la Liga Santa no estaban compuestas exclusivamente
por esclavos, cosa que sí sucedía en la flota otomana, en la que ni los
jenízaros de las unidades de elite ni los galeotes existían a efectos
políticos. Era más probable que el esclavo de una galera turca quisiera escapar
que el de una cristiana, los soldados europeos eran personas libres y no
propiedad de un autócrata imperial:
En toda la flota, quitaron los grilletes a los esclavos cristianos y los
equiparon con armas, alentándolos a que las utilizasen con valor con la prom
esa de liberarlos y darles alguna recom pensa. A los esclavos musulmanes, por
el contrario, les revisaron con cuidado las cadenas que los mantenían en sus
puestos y aseguraron los remaches; a éstos, además, les pusieron esposas, para
impedir que utilizasen las manos para otro propósito que no fuera remar (W.
Stirling-Maxwell, DonJuan ofAustria, vol. i, p. 404).
Además, los cristianos, que padecían las incursiones constantes de los
corsarios del norte de África y de las galeras turcas, buscaban una batalla
decisiva de manera deliberada. Era la armada de la Liga Santa la que deseaba
combatir contra la del sultán y matar a los otomanos en el mar. L a escuadra
turca se encontraba recluida en sus cuarteles de invierno y era reacia a
luchar. En la flota cristiana, además, mentes y personalidades muy diversas se
habían puesto manos a la obra. Aventureros españoles, italianos, franceses,
ingleses y alemanes, Caballeros de Malta, nobles de otras muchas órdenes
religiosas, incluso pro testantes y, al menos, una mujer alzada en armas,
discutieron y se pelearon hasta segundos antes de la primera descarga, y es que
la armada cristiana gozaba de
288
las ventajas que confieren la diversidad de opiniones y la libertad de
los comandantes para reaccionar como mejor les pareciera ante las condiciones
cambiantes del combate. Ni siquiera la autocracia de la monarquía cristiana de
España, que operaba en un laberinto de controles y supervisiones judiciales y
cívicas, maniataba la libertad del individuo como lo hacía el totalitarismo del
gobierno del sultán.
Sin embargo, lo que proporcionó a los Estados mucho más pequeños de la
federación cristiana una oportunidad de victoria fue su notable capacidad,
teniendo en cuenta que contaban con poblaciones y territorios limitados, para
crear capital y, por tanto, para construir excelentes navios, producir en masa
armas de fuego modernas y contratar tripulaciones diestras y experimentadas.
Aunque en Lepanto Europa estaba representada por tan sólo tres potencias
mediterráneas -el papado, España y Venecia-, la suma de su producción nacional
era mayor que la de toda la economía del Imperio otomano. Antes de que la flota
llegara siquiera a zarpar, los ministros papales habían calculado el coste de
mantener doscientas galeras operativas durante un año, y habían adelantado los
fondos necesarios.
UNA ESPLÉNDIDA CIUDAD-ESTADO
Buen ejemplo de las enormes diferencias económicas de ambos adversarios
es la república veneciana, pese a que su producción de bienes y servicios era
mucho menor que la de las economías francesa, española o inglesa. En la época
de Lepanto, Venecia tenía una población inferior a los 200.000 habitantes y sus
territorios se reducían a unos cuantos cientos de kilómetros cuadrados en el
norte de Italia y algunos puestos com erciales en el M editerráneo oriental,
Grecia, Creta y la costa del Adriático. En cambio, el sultán regía sobre una
población que multiplicaba en varios cientos a la de Venecia y contaba con
muchas más reservas de madera, minerales, productos agrícolas y metales
preciosos. Adem ás, controlaba un territorio m iles de veces m ayor que el
veneciano que servía de lucrativo nexo mercantil entre Oriente y Occidente.
Y sin embargo, en términos de
activos militares, económicos y comerciales, y de influencia en el
Mediterráneo, Venecia fue, a lo largo de todo el siglo XVI, rival de los
otomanos casi en condiciones de igualdad.
En apariencia, el poder veneciano se basaba en su extraña capacidad para
fabricar armas de acuerdo a los modernos principios de la especialización y la
producción capitalista: de los siete millones de ducados de ingresos anuales,
500.000 quedaban reservados para financiar las actividades del gran Arsenal
donde se fabricaban miles de mosquetes, arcabuces y cañones, amén de muchas
toneladas de m adera seca, que constituían una reserva estratégica de la que
289
podían disponer en cualquier momento. Aparte de con decenas de pequeños
astilleros privados, Venecia también contaba con un consejo público gracias al
cual, cuando se producía una crisis, podía disponer de barcos preparados de
antemano, consejo no muy distinto a la Ju nta de Producción de Guerra de los
Estados Unidos, que durante la Segunda Guerra Mundial organizó la industria y
la mano de obra bajo los auspicios de la iniciativa privada a fin de crear
cadenas de producción armamentística de m anera instantánea. Tres años después
de Lepanto, el monarca francés Enrique III, que se encontraba en Venecia,
visitó el Arsenal, que, para su asombro, montó, botó y equipó una galera en
¡una hora! En condiciones normales, el Arsenal, recurriendo a principios de
construcción naval, financiación y producción en masa comparables únicamente a
los del siglo x x , era capaz de botar una flota entera de galeras en el
espacio de unos pocos días:
Siguiendo órdenes del Consejo de los Diez, había que mantener
veinticinco galeras en los puertos, armadas y equipadas para zarpar. El resto
debían estar en tierra, con el casco y la superestructura completos, listas
para ser botadas en cuanto los calafateadores hubieran sellado las juntas con
brea y estopa. Tanto los muelles como la rada donde se en contraban debían
mantenerse despejados, para que se pudieran botar tan rápido como hiciera
falta. Cada galera era identificada con un número con el que también se
marcaban sus aparejos y otros objetos, de manera que pudieran montarse lo más
rápido posible (F. Lañe, Venetian Ships and Shipbuilders of the Renaissance
[Barcos y astilleros venecianos en el Renacimiento], p. 142).
El sultán turco construyó una copia del Arsenal cerca del Cuerno Dorado
y contrató barcos venecianos y napolitanos a fin de copiar los logros
venecianos (los resultados fueron dispares: los visitantes extranjeros pudieron
ver piezas de artillería esparcidas por todas partes, pero no fabricadas allí,
sino en su mayor parte robadas y producto del pillaje). Pero, si la habilidad
de los turcos para construir una moderna flota de galeras se basaba en sus
esfuerzos por importar o robar productos y técnicas occidentales -d e esta
manera, reemplazó casi todas las pérdidas sufridas en Lepanto en dos años-, el
poder veneciano era producto de una capacidad intelectual, política y cultural
que no existía en Oriente y no se basaba ni en la población, ni en los recursos
naturales, ni en los territo rios, ni tampoco en la capacidad de saqueo, el
cobro de impuestos o el talento extranjero.
El Arsenal era una expresión natural del capitalismo y del gobierno
constitucional venecianos y operaba de un modo que para Estambul resultaba
inimaginable. Venecia era gestionada como una república, con un presidente
290
ejecutivo electo, el dogo, y un Senado de mercaderes aristocráticos que
per mitía que el capital del comercio estuviera exento de tributos y fuera
legalmente inmune a la confiscación. Además, las empresas venecianas gozaban de
una protección legal que las convertía en entidades abstractas y
meritocráticas, en negociados que podían trascender a los individuos y cuyo
éxito o fracaso se basaba en el beneficio económico. Las empresas venecianas no
dependían de la vida, salud o posición de ninguna persona o clan en particular,
sino, únicamente, de su eficacia para operar siguiendo principios em
presariales abstractos como la inversión y el reembolso, con el corolario de
instrumentos financieros como las participaciones, los dividendos, los seguros
y los préstamos. Puesto que el Estado asumía inversiones m uy caras como la
construcción de buques mercantes y las tareas de protección naval, los pequeños
comerciantes podían, bajo la égida de las instituciones públicas, competir con
corporaciones más grandes en las subastas por el derecho a utilizar los barcos
y las rutas comerciales. En la época de Lepanto, en el puerto de Venecia daban
comienzo o finalizaban más de ochocientas travesías comerciales por año, es
decir, a su puerto arribaban más de dos barcos al día.
Cuando este capitalismo sancionado por el Estado operaba en una sociedad
bastante libre y era supervisado por los consejos públicos electos de la
república, personas de talento de todas clases encontraban un clima favorable a
los negocios que no se parecía a ningún otro del Mediterráneo. Junto a la
combinación de gobierno de consenso, mercado libre e inversión, la devoción por
el racionalismo y la investigación científica desinteresada explican por qué
las galeras venecianas eran las mejor diseñadas y armadas del Mediterráneo. No
existía en Asia nada semejante al mercado europeo de ideas dedicado a la
búsqueda de armas cada vez más mortíferas, nada parecido, por ejemplo, a las
investigaciones empíricas con cañones de hierro y de bronce que publicaron
Vannoccio Biringuccio, Pirotechnia (Venecia, 1540); Niccoló Tartaglia, La nova
scientia (Venecia, 1558), y Luigi Collado, Practica manual di artiglierra
(Venecia, 1586, en italiano; Milán, 1592, en español). Estos tratados ortodoxos
se veían complementados muy a menudo por informes anuales publicados por
comisiones y juntas en Venecia y G énova y por estudios más informales que
corrían a cargo de los propios constructores de barcos, como el informe que en
1546 publicó el impresor Teodoro sobre las actividades del Arsenal. La libertad
para intercambiar ideas y el patrimonio clásico del racionalismo, evidentes,
por ejemplo, en el tratado de marinería, propulsión náutica y armamento de
García de Toledo (Madrid, h. 1560), o en la obra de Pedro de Medina Regimentó de
navegación (Sevilla, 1563), atestiguan que los europeos conjugaban experiencias
de primera mano y teorías abstractas con la intención de lograr progresos en la
ciencia de la construcción naval y la navegación. La investigación militar era
parte de los estudios superiores en Venecia. Se llevaba a cabo en la cercana
universidad de Padua, donde las
257
enseñanzas científicas y médicas, bajo la dirección de los célebres
Gabriele Falloppio (1523-1562) y Fabricius Aquapendente (1537-1610), no tenían
parangón. En pintura, Tintoretto, Giorgione y Tiziano mantenían viva la
excelencia del espíritu helénico que inspiró el Renacimiento italiano, al
tiempo que impresores como Aldo Manuzio (1450-1515) no tardaron en consolidar
el mayor centro de publicaciones de Europa, con las famosas ediciones príncipe
de los clásicos grecolatinos.
Por el contrario, en Estambul no hubo imprentas hasta finales del siglo
x v e incluso entonces permanecieron prohibidas durante mucho tiempo debido al
temor de que difundieran informaciones perjudiciales para el Estado. En
realidad, el islam nunca se llevaría bien con la prensa libre ni con la idea de
la difusión masiva y sin cortapisas del conocimiento. La m ayoría del arte y de
la literatura otomanos más conocidos eran de inspiración cortesana, sometidos a
una censura religiosa e imperial mucho más estricta que la que se conoció en
Occidente. El racionalismo no casaba con la primacía política del Corán en que
se basaba el poder del sultán. Por todo ello, los conocimientos obtenidos en la
guerra de galeras sólo podían adquirirse en la práctica o mediante los relatos
de tradición oral que circulaban entre los hombres de mar, ya que los otomanos
no contaban con verdaderas universidades, ni imprentas, ni con una difusión de
la lectura lo suficientemente am plia para facilitar la especulación abstracta.
La fuerza de Venecia frente a los turcos no residía en la geografía, los
recursos naturales, el celo religioso o un com prom iso continuo con la guerra
y las expediciones de saqueo, sino en un sistema que prim aba el capitalismo,
el gobierno de consenso y la devoción por la investigación desinteresada. Sólo
de este modo podían los ingenieros, pilotos y almirantes más hábiles y experi
mentados neutralizar la enorme ventaja de los turcos en territorios y tributos,
una tradición cultural de guerreros nómadas y su enorme superioridad numérica.
El sultán contrataba comerciantes, constructores navales y marinos europeos e
importaba armas de fuego e incluso pintores retratistas. Europa, por su parte,
no requirió los servicios de ningún turco.
“OTOMANISMO”
Acaso el hecho que mejor ejemplifique las diferencias en las economías
de los Estados enfrentados en Lepanto sean los 150.000 cequíes de oro
encontrados en el barco de A lí Bajá. Y en las galeras de otros almirantes
otomanos se hallaron tesoros casi tan valiosos. Sin sistema bancario al que
recurrir, temeroso de la confiscación en caso de contrariar al sultán y siempre
cauto a la hora de ocultar sus riquezas a los recaudadores de impuestos, en
Lepanto, A lí Bajá llevaba
292
consigo su enorme fortuna personal. De su galera la sacaron los
cristianos tras matar al almirante y antes de hundir su barco. Si un m iem bro
de las altas jerarquías de la sociedad otomana -era cuñado del sultán y estaba
inmerso en un gran yihad en favor de su m onarca- no podía invertir ni ocultar
su capital en ningún lugar de Estambul, qué no les sucedería a los miles de
súbditos turcos menos afortunados que él.
Los ricos comerciantes y mercaderes otomanos invertían dinero en Europa
a menudo de forma subrepticia y solían importar costosos bienes de lujo de los
países occidentales, o escondían o enterraban sus ahorros para no arriesgarse a
que, en un futuro, les arrebatasen el dinero acumulado. A consecuencia de ello,
en el Imperio otomano existía una escasez crónica de capital para invertir en
educación, obras públicas y gastos militares. Quizá Adam Smith tuviera en mente
a Alí Bajá cuando escribió: “En aquellas naciones infortunadas, en efecto,
donde los hombres temen continuamente la violencia de sus superiores, a menudo
entierran y esconden una gran parte de sus riquezas, una práctica que es
frecuente en Turquía, Indostán y, según creo, en la mayoría de los demás
gobiernos de Asia” (La riqueza de las naciones). En cualquier caso, los miles
de venecianos y demás italianos y griegos que vivían en Estambul facilitaban,
junto a judíos y armenios, una vasta red comercial entre Oriente y Occidente.
Era muy común el intercambio de productos de gran valor, como las armas de
fuego europeas, los artículos manufacturados y los tejidos, por materias primas
de Asia como el algodón, la seda, especias y otros productos agrícolas. Por el
contrario, Venecia no veía necesidad de contar con una camarilla de
especialistas turcos en banca y comercio para mejorar su economía.
L a organización política y religiosa que mantenía la economía cerrada
de los otomanos era a un tiempo ilustrada y horrible, eficaz y estática, lógica
y atrasada, y, en casi todos los aspectos, opuesta al capitalismo de mercado.
Tradicionalmente, los historiadores han tachado al gobierno otomano de
corrupto, burocrático e inepto, lo que resulta tan engañoso como esas recientes
propuestas revisionistas que retratan al Im perio turco como un sistema no muy
distinto, y en todo caso más evolucionado, a sus homólogos europeos. En la
época de Lepanto, las prácticas militar, económica y política otomanas no
podrían haber sido más distintas a las costumbres europeas. En primer lugar, la
burocracia militar y gubernamental estaba en manos de esclavos -80.000 o m ás-
que habían sido comprados a los tratantes o capturados en la guerra y en las
incursiones en países extranjeros, o bien recogidos en virtud de un “tributo”
obligado que se efectuaba durante el devshirme, la inspección que cada cuatro
años llevaba a cabo el Estado de las provincias cristianas conquistadas para
seleccionar jóvenes cristianos a fin de iniciar su conversión forzada al islam.
Los mejores cautivos cristianos eran educados en la lengua y la religión de los
turcos, para a continuación ocupar altos cargos del gobierno y el ejército. De
este modo
293
se convertían en fieles y m uy preciados esclavos del propio sultán
durante toda su vida.
A resultas de ello, la elite militar y gubernamental sufría una
renovación continua. En ella no eran aceptados, al menos no con facilidad, los
musulmanes de nacimiento, y no se prolongaba indefinidamente mediante sucesión
dinás tica o hereditaria. Los hijos del devshirmeno ascendían en virtud de su
nacimiento o riqueza. De este modo surgió una especie de meritocracia -versión
de pesadilla del modelo que Platón propuso en su República-, en virtud de la
cual se separaba a los jóvenes de sus padres, se les daba una educación
pública, avanzaban según sus méritos y se los m otivaba para servir al Estado.
El devshirme garantizaba al sultán una camarilla de seguidores que no tenían
padres y no imaginaban ningún ascenso para sus hijos, y es que éstos nacían
musulmanes y, por tanto, no podían entrar a formar parte del cuerpo de
funcionarios del gobierno ni ser reclutas jenízaros. Si bien es cierto que la m
ayoría de los súbditos con quistados de los Balcanes lamentaban el robo de los
niños cristianos, los padres de los afectados confesaron en alguna ocasión que
el servicio imperial en el gobierno del sultán podría dar a sus hijos un futuro
mejor que el de siervos provinciales y pobres.
El recurso a los cristianos conversos evitó en parte la amenaza que
suponía el hecho de que los turcos oriundos adquiriesen poder y, por tanto,
comenzasen una insurrección, al tiempo que era prueba fehaciente para todo el
Imperio del dinamismo del islam y de su capacidad para transformar a la mejor
juventud cristiana en los más devotos y leales súbditos del sultán. Durante los
siglos de existencia del Imperio fueron capturados y convertidos millones de
cristianos. En Lepanto, la m ayor parte de los mandos militares, de los
burócratas que gestionaban la logística de la flota, los jenízaros y los
galeotes encadenados a los remos eran antiguos cristianos, convertidos a la
esclavitud y al islam de manera forzada.
El devshirme también ilustraba hasta qué punto la religión impregnaba
todos los aspectos de la vida otomana. Los más grandes almirantes de la flota
otomana del siglo X VI -Jayr al Din, llamado Barbarroja, Uluj A lí (Ochiali) y
Turgud Alí Bajá (Dragut)- eran europeos y cristianos de nacimiento. La propia
madre del sultán, Hürrem Sultán, esposa de Solimán el M agnífico, era una
cristiana ucraniana hija de un sacerdote. El gran visir, o primer ministro, del
Imperio en la época de la batalla de Lepanto, Mehmet Sokulu, era un eslavo de
los Balcanes. Parte del secreto del éxito marcial de los otomanos era su
ambivalente relación con Europa, a la que cortejaban y odiaban a un tiempo, a
la que robaban y con la que com erciaban, sin dejar de dar la bienvenida a los
mercaderes occidentales, de secuestrar adolescentes europeos y de contratar a
criminales renegados. Que la capital del Im perio otomano ya no estuviera en el
este, sino en la venerada ciudad europea de Constantinopla, era en realidad un
m
reconocim iento de las ventajas financieras inherentes a su proxim idad
a Occidente.
El Imperio, como en el caso de los gobernantes aqueménidas de Asia
Meno.r, estaba en manos del sultán, que, en cierto modo, era también esclavo,
ya quie había nacido de una de las esclavas del harén de su padre y era siervo
de A lá. En 1538, en una inscripción que recuerda a las de Darío o Jerjes,
Solimán eA Magnífico dejó el siguiente testimonio en la ciudad moldava de
Bender:
Soy esclavo de Dios y sultán de este mundo. Por la gracia de D ios soy
el líder de la comunidad de Mahoma. El poder de Dios y los milagros de M ahom a
me acompañan. Yo soy Solimán, en cuyo nombre se l«ee la jutba en la M eca y
Medina. En Bagdad, soy el sha, en los reinos bi zantinos, el césar, y en
Egipto, el sultán que envía sus flotas a los madres de Europa, el M agreb e
India. Soy el sultán que tomó la corona y el trono de Hungría y se los entregó
a un humilde esclavo. El Voivoda Pitru alzó la cabeza en rebelión, pero los
cascos de mi caballo lo revolcaron en el polvo, y yo conquisté las tierras de
Moldavia (H. Inalcik, The Ottoman Empire [El Imperio otomano], p. 41).
La sucesión correspondía al más ambicioso de los muchos hijos de un
gobernante, para quien era decisiva la colaboración de su madre y hermanos a la
hora de eliminar a sus posibles rivales, que podían contarse por decenas. La m
ayoría de las hijas de un sultán morían asesinadas nada más nacer. Las intrigas
de la corte, los envenenamientos y las ejecuciones gratuitas eran tan macabras
como las que relata Suetonio en Los doce Césares. La autocracia, en Oriente u
Occidente, siempre es mala, pero podía resultar nefasta cuando, para decidir
quién sería el nuevo hombre fuerte de la corte, se la combinaba con una
sucesión ritual de derramamientos de sangre entre los miembros de la elite
gobernante. En consecuencia, puede decirse que las dos ñotas enfrentadas en Lepanto
representaban polos opuestos de la organización política y religiosa: la flota
otomana estaba compuesta por los esclavos del sultán; la cristiana, era una
alianza de Estados autónomos, algunos de los cuales estaban regidos por un
gobierno electo.
El espectacular crecimiento otomano en el siglo XV se basó en dos
fenómenos: la capacidad de unos pueblos nómadas para unirse y cabalgar hacia el
oeste y el sur a fin de capturar y saquear los Estados más ricos y sedentarios
de sus alrededores -Bizancio, los feudos cristianos del norte de los Balcanes,
el Egipto mameluco y los regímenes islámicos de Irán y Anatolia oriental-, y su
habilidad para conseguir tributos y transportar hasta Europa las riquezas del
Oriente, como algodón, seda, especias y productos agrícolas, e intercambiarlas
por armas, barcos y artículos manufacturados. En tanto los ejércitos otomanos
pudieran
295
adquirir nuevas tierras y continuar con el pillaje, encontrar nuevos
recursos para conseguir esclavos y monopolizar las rutas comerciales entre el
este y el oeste, «1 Imperio podía extenderse y prosperar pese a las
deficiencias intrínsecas de ¡su economía y a la inestabilidad política de la
administración.
En principio, el sultán poseía todas las tierras del Imperio ; en la
práctica, las mejores haciendas se entregaban a los funcionarios y militares
más poderosos. Toda propiedad estaba sometida a altos impuestos. No existía una
clase de ciudadanos propietarios con derecho a voto. L a aristocracia, que
recaudaba impuestos o poseía tierras, copaba los cargos locales, mientras que
los puestos de la administración nacional estaban ocupados por los esclavos
cristianos q.ue proporcionaba el devshirme. L a m ayor parte de los efectivos
del ejército otomano no pertenecían a la clase de los jenízaros. El sultán
reclutaba sus tropas mediante el sistema del timar, por medio del cual los
caudillos militares recibían un;a parte de los territorios conquistados y el
control casi absoluto de sus alrededores. Tras recaudar los tributos
imperiales, el timariota se quedaba con todo el excedente que podía arrancar de
los campesinos, que tenían con él una relación de vasallaje, y prometía
reclutarlos y equiparlos en tiempo de guerra. Si los jenízaros eran soldados
esclavos nacidos en el extranjero, el resto de la armada y el ejército otomanos
estaba compuesto principalmente por sier vos campesinos que debían lealtad a su
caudillo local. Este sistema de trabajo esclavo suponía un agudo contraste con
el de los ejércitos europeos, que o bien reclutaban sus soldados y remeros
entre su propia población, como hacía Venecia, o bien buscaban soldados en el m
ercado libre con obligaciones contractuales claras y bien entendidas. A primera
vista, el sistema de recluta miento otomano tenía la ventaja de ser “gratuito”
y basarse en la camaradería y la confianza de los m iembros de una misma
localidad y no en el salario. Pero un análisis pormenorizado revela que el
método del ¿¿mar dependía de la continua adquisición de nuevas tierras, el
liderazgo hábil en la batalla de un autócrata timariota, campañas relativamente
breves para evitar el abandono de la producción agrícola y victorias constantes
a fin de proporcionar botín a lo que en esencia eran tropas bajo coerción.
Todo gobierno despótico está sometido a algunos controles en form a de
limitaciones religiosas, o bien a consecuencia del auge de una clase
intelectual y comercial que resulta necesaria. Con los otomanos, en efecto, el
poder del Estado jam ás estuvo separado del control religioso del islam. La
omnipresencia de la ideología m usulmana motivó que la m ayoría de la vida
intelectual y comercial quedase bajo los auspicios del Corán. Los sabios
musulmanes fundaron centros de enseñanza religiosa y de exégesis del libro
sagrado, pero las universidades no pudieron llevar a cabo una investigación
real que pudiera conducir a la innovación militar, el progreso tecnológico o el
renacimiento económico:
296
El saber otomano estaba vinculado al saber islámico tradicional, que
consideraba el aprendizaje de la religión como la única ciencia verdadera y
cuyo único propósito era comprender la palabra de Dios. El Corán y los
preceptos del Profeta constituían la base de este aprendizaje; la razón no era
más que una herramienta auxiliar al servicio de la religión. El método de las
ciencias religiosas consistía en buscar las pruebas de un argumento primero en
el Corán, luego en los preceptos del Profeta, a continuación en los precedentes
registrados y, sólo como último recurso, en el razonamiento personal (H.
Inalcik, The Ottoman Empire, p. 41).
Pese a los esfuerzos de algunos revisionistas recientes por negar el
punto de vista decimonónico según el cual la otomana era una economía
“estancada”, apenas hay dudas de que el islam tuvo un efecto más perjudicial en
las actividades propias del libre mercado del que tuvo el cristianismo sobre el
capitalismo europeo. En primer lugar, en el Imperio otomano nunca existió un
verdadero sistema de oferta y dem anda o de beneficio y pérdida, y mucho menos
un mecanismo de préstamos con intereses: “El islam desaprueba categóricamente
la existencia de intereses en cualquier transacción económica. El concepto
coránico de la riba no se limita al préstamo con interés. Literalmente, riba
sig nifica sobre y por encima de algo, y se aplica a bienes muebles o
inmuebles” (M. Choudhury, Contributions to Islamic Economic Theory
[Aportaciones a la teoría económica islámica], p. 15).
No existía actividad bancaria en el sentido estricto de la palabra.
Fueron los inversores europeos, de hecho, quienes fundaron el primer banco
otomano en 1856. Era más probable que las fortunas personales en moneda
corriente se enterrasen o embargasen que se invirtiesen o dejasen en depósito.
El gobierno regulaba los precios por decreto y los gremios los controlaban de
manera férrea. No había preceptos constitucionales que protegiesen la propiedad
privada, que estaba sometida a la confiscación imperial. Los tributos eran
altos, arbitrarios y se aplicaban de m anera caprichosa. Los propietarios jam
ás sabían en qué momento podría aparecer el recaudador de impuestos o cuánto
les pediría. La burocracia y el ejército otomanos, de enorme tamaño, devoraban
el presupuesto y absorbían todo el capital disponible. El índice de
alfabetización era muy bajo: no más del 10% de la población sabía leer. No
había verdaderas universidades seculares en las que pudiera educarse una clase
financiera o diplomática. Las haciendas que eran propiedad de los mulás tenían
una gran extensión y estaban exentas del pago de impuestos. En numerosas
ocasiones, el islam afirmaba que los préstamos eran usura y estaban en contra
de los preceptos del Corán.
En consecuencia, cuando la economía mundial experimentó cambios
radicales, como sucedió con la importación masiva de metales preciosos del
Nuevo Mundo y la apertura de rutas comerciales alternativas -rutas hacia
Oriente que cubrían
297
los galeones europeos-, los otomanos se vieron incapaces de adaptarse a
la nueva situación. Cualquier Estado europeo grande o pequeño -Venecia, España,
Inglaterra, Francia o los Países Bajos- podía construir una flota del mismo
tamaño que la del sultán sin tener ni la gran extensión ni los enormes recursos
humanos del Im perio otomano. En definitiva, precisamente en la época de
Lepanto, una vez que el Imperio hubo alcanzado su punto máximo de crecimiento
fácil, los otomanos se vieron superados por una desastrosa pero lógica sucesión
de circunstancias:
Al quedar detenida la expansión militar, el Estado se vio sometido a una
profunda tensión. Los ingresos se hundieron y fue imposible mantener
adecuadamente al ejército y la armada, lo que a su vez redujo las opciones
militares. El sistema hizo presa sobre sí mismo con una precipitación bastante
indecorosa. Los impuestos se elevaron tanto que produjeron el despoblamiento.
El camino hacia la riqueza personal para los funcionarios políticos y los
oficiales militares rápidamente se entendió como la com pra y la explotación
de los cargos públicos. L a corrupción ya se había iniciado en el siglo XVI
cuando Solimán permitió la venta de cargos y la acumulación de fortunas
privadas a la elite turca dentro de la burocracia imperial; los miembros de la
denominada Institución Rectora (Eric. L. Jones, E l milagro europeo, pp.
231-232).*
SIGNIFICADO DE LEPANTO
Los estudiosos suelen considerar Lepanto como una victoria táctica que
condujo a un punto muerto estratégico. Tras la aplastante derrota de la flota
turca -durante casi un año se vieron muy pocos barcos de guerra otomanos en el
Mediterráneo-la Liga Santa fracasó a la hora de sacar partido de su ventaja.
Chipre siguió en manos otomanas, igual que Grecia. En menos de dos años,
Venecia, que sufrió una enorme pérdida de ingresos debido a los recortes en el
comercio asiático, había firmado la paz con el sultán. En los dos siglos
siguientes, el avance otomano aplastaría Creta, proseguiría por Hungría y se
detendría a las puertas de Viena. En tan sólo un año, los astilleros del
sultán, copiados del Arsenal de Venecia y gestionados por técnicos europeos,
construyeron una flota totalmente nueva, aunque de calidad muy cuestionable.
No obstante, Lepanto, como Poitiers, marcó un hito en la historia de las
relaciones entre Oriente y Occidente. L a victoria aseguró definitivamente el
Mediterráneo occidental y las galeras del islam rara vez se aventurarían a
través
* Madrid, Alianza Editorial, 1990, traducción de Manuel Pascual Morales.
298
del Adriático, de igual modo que, tras Poitiers, los musulmanes de
España dejarían de representar una amenaza para la Europa septentrional. En
cuanto se detuvo el avance otomano en Lepanto, la autonomía a largo plazo del
Mediterráneo occidental no volvió a correr peligro. Gracias a Lepanto, el
creciente comercio atlántico prosiguió sin novedad. Los europeos no sólo se
enriquecían con los tesoros del Nuevo Mundo, sino que, para Europa, con
crecientes intereses comerciales en Oriente, por las rutas que rodeaban el
Cuerno de África, el Imperio otomano era cada vez más irrelevante. En 1580, el
emir Mehmet Ibn-Emir el-Su’udi escribió: “Los europeos han descubierto el
secreto de los viajes oceánicos. Son los señores del Nuevo Mundo y de las
puertas de India. [...] Los pueblos del islam carecen de las últimas
informaciones de la ciencia de la geografía y no comprenden la amenaza que
supone que los europeos se hayan hecho con el comercio de los mares” (W. Alien,
Problems ofTurkish Power in the Sixteenth Century [Los problemas del poder
turco en el siglo xvi], p. 30).
Asimismo, Lepanto había demostrado que Europa no necesitaba estar unida
para derrotar a los turcos. Una coalición a i hoc de unas pocas naciones medi
terráneas bastaba para detener el avance de un Estado otomano basado en la
teocracia y el despotismo. El desequilibrio Oriente-O ccidente sólo podía
aumentar a medida que la población y la actividad económica crecían a un ritmo
mucho m ayor debido a los mercados libres europeos, el protestantismo y el
comercio global. Por el contrario, la cultura militar de los otomanos, que
tenía su origen en las estepas orientales de Asia Menor y había alcanzado los
límites de su sencilla expansión, se vio por vez prim era enfrentada a Estados
más form idables que los enervados bizantinos y que los reinos aislados de los
Balcanes, a naciones cuyas continuas mejoras en armas de fuego, fortificacio
nes y embarcaciones, y su continuo uso de tácticas militares complejas, podían
vencer con facilidad la destreza marcial que los guerreros turcos demostraban a
título individual.
La lucha de galeras que la cruz y la media luna desarrollaron en el
Medite rráneo tampoco está exenta de ironía, y es que, en 1571, los Estados
del Atlántico norte -Inglaterra, Francia y los Países Bajos- poseían más y
mejores barcos que las arcaicas embarcaciones que combatieron en Lepanto. Pese
a que otomanos
y europeos m eridionales luchaban
por lo que consideraban la suprem acía mundial, eran los navios transoceánicos
de los países norteños los que cimentaban la posesión del Nuevo Mundo y de las
colonias y rutas comerciales asiáticas, demostrando que los premios
estratégicos ya no podían encontrarse en el M editerráneo. En la nueva era de
los cañones y las velas no tenía sentido meter entre doscientos y cuatrocientos
hombres en un bajel de remos que un galeón que llevaba la mitad de tripulación
podía hacer saltar en pedazos con facilidad y a gran distancia. H acia 1571 los
españoles eran los marinos más modernos del Mediterráneo y, sin embargo, en
menos de veinte años los galeones
299
y cañones de su armada demostrarían ser inferiores en todos los sentidos
a los de una flota británica que contaba con artillería, tripulaciones,
oficialidad y aparejos de superior calidad.
Finalmente, don ju án demostró en Lepanto que los europeos meridionales
no tenían por qué temer a los terribles turcos, cuyo avance de un siglo de
duración a través de los Balcanes tanto pánico había sembrado entre la
cristiandad. Con la Reconquista de España y la victoria de Lepanto, el futuro
del dinamismo militar ya no tenía que ver con caballos, nómadas o corsarios.
Había que volver al viejo paradigma de la Antigüedad clásica: superioridad
tecnológica, econo mías creadoras de capital y ejércitos de ciudadanos. Los
otomanos habían m odelado un brillante im perio militar basado en el valor de
los guerreros nómadas, la adquisición de armas de fuego y especialistas
europeos, y los grandes cismas de la cristiandad entre católicos, protestantes
y ortodoxos. Al final, sin embargo, fue necesario hacer cálculos, y es que la
fuente de la que emanaba el capital otomano se secó con la caída de Bizancio y
la apertura del comercio marítimo de A sia por parte de los europeos. A los
sultanes, la tecnología importada les resultaba cada vez más cara o difícil de
copiar. Entre tanto, se percataron de que la ciencia militar europea no era
estática, de que evolucionaba desde el mismo instante en que se vendía al
extranjero. “Aquel día, que fue para la Cristiandad tan dichoso” , escribió
Cervantes acerca de Lepanto en el Quijote, “porque en él se desengañó el mundo
y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran
invencibles por la mar” (il. 39).
EL CAPITALISMO, LA ECONOMÍA OTOMANA Y EL ISLAM
¿Por qué la flota otomana que combatió en Lepanto era el producto del
pillaje, las incursiones, los impuestos y los aranceles sobre el comercio con
Occidente, mientras que los barcos de Venecia y los Estados Pontificios
respondían más a los dividendos del capital invertido en la banca, la
industria, la colonización y las exploraciones? ¿Por qué, como norma, los
otomanos y otros Estados islámicos intercambiaban con los europeos materias
primas por productos manufactu rados? ¿Por qué había fabricantes, diseñadores
navales y de armas y coman dantes m ercenarios europeos y renegados en
Estambul, pero, en términos relativos, Occidente empleaba a muy pocos turcos?
¿Por qué Europa no aprendió de los otomanos a fabricar cañones y galeras en
masa? ¿Por qué la flota turca no contaba con las novedosas galeazas, y la flota
cristiana sí?
El mundo musulmán nunca ha desarrollado plenamente verdaderas economías
de mercado porque éstas están en contradicción con la falta de libertad y se
oponen a los preceptos del Corán, que no establece distinción entre la vida
política, cultural y económ ica y la vida religiosa y, por tanto, desalienta un
300
racionalismo económico sin restricciones. La controversia académica aún
debate la nebulosa relación entre islam y mercado libre, y es que los
historiadores han intentado explicar las Tazones de que Europa fuera capaz de
proyectar su poder sobre el corazón del mundo islámico durante siglos y por qué
hoy en día las economías de los Estados islámicos son mucho más débiles que las
de sus homólogos occidentales, por qué, por ejemplo, el producto interior bruto
del pequeño Israel supera a la suma del producto interior bruto de todas las
naciones de la costa norte de Africa.
El debate hace extraños compañeros de cama. Los estudiosos progresistas
de Occidente se han esforzado por sugerir que las econom ías árabes son
simplemente “distintas” de, en lugar de menos eficientes que, las occidentales,
y es que los observadores europeos y norteamericanos no incluyen en la ecuación
los saludables beneficios de la cultura islámica: menos criminalidad, mayores
vínculos familiares, menos consumismo gratuito y más ofrendas caritativas.
Añaden que, durante siglos, los Estados musulmanes encontraron formas muy
ingeniosas de soslayar los preceptos religiosos formales en contra del cobro de
intereses, olvidando que estos procedimientos torpes y furtivos evitaban en
realidad la creación fácil de capital. Aunque resulte extraño, los economistas islámicos
han adoptado en algunas ocasiones una interpretación muy distinta
- y más honrada-, reconociendo los
impedimentos morales a la creación de capitales inherentes a la religión
islámica. Muchos se enorgullecen de que, hoy en día, en los países islámicos
existan frenos religiosos y éticos al materialismo y al más puro racionalismo
económico.
Si la escuadra otomana que combatió en Lepanto era menos avanzada que su
adversaria europea y si un solo Estado europeo tenía capacidad para construir y
financiar casi tantos barcos como el imperio del sultán, en la actualidad, la
comunidad islámica, que sobrepasa ampliamente los mil millones de fieles
- aunque diste mucho de ser m
onolítica-, se encuentra en clara desventaja militar frente a cada uno de los
ejércitos occidentales, pese a la enorme riqueza generada por la producción y
exportación de petróleo. Así como Venecia podía igualar en galeras a los
otomanos, hoy en día, Francia, Gran Bretaña o los Estados Unidos poseen, por
separado, tantos aviones, barcos y armas nucleares como para superar la
potencia agregada de todo el mundo islámico. Veinticuatro siglos después de que
Ciro el Jo ve n contratase a los Diez M il para hacerse con el trono de Persia
y quinientos años después de que los otomanos copiasen el Arsenal de Venecia,
Sadam Hussein compró todas sus armas a los traficantes occidentales con los
beneficios obtenidos por la industria petrolífera iraquí, empresa creada y
mantenida con tecnología e ingenieros occidentales.
El capital es la clave de la guerra a gran escala, lo que Cicerón llamó
“el nervio de la guerra”, sin el cual un ejército no puede formarse,
alimentarse o combatir. El capital es la fuente de la innovación tecnológica,
que está inextricablemente
30 1
ligada a la libertad, y es con frecuencia expresión del individualismo
y, por tanto, vital para el éxito militar en cualquier época. Que el
capitalismo naciera en Occidente, se extendiera por Europa, haya sobrevivido a
los modelos socialista y comunista, por lo demás, de inspiración occidental, y,
en su última manifes tación global, se encuentre indisolublemente vinculado a
la libertad personal y la democracia explica en no pequeña parte el predominio
militar occidental desde Salamina hasta la Guerra del Golfo. En el pasado y en
el presente existen enormes diferencias entre la m anera de afrontar la econom
ía capitalista en Occidente y en el mundo islám ico:
Si el capitalismo democrático es producto de la experiencia humana, la
base de la doctrina económica del islam es de inspiración divina. En
consecuencia, la vida económica de un musulmán no es de vocación enteramente
materialista o mundana. Su estímulo se deriva tanto del impulso individual de
conseguir riquezas, como de su deseo de convertirse en obediente siervo de
Dios. Esto es, la intención cuenta, y el tipo de actividad económica en que se
implica un musulmán debe ser legítimo. (M. Abdul-Rauf, A Muslim ’s Reflections
on Democratic Capitalism [Reflexiones de un musulmán sobre el capitalismo
democrático], p. 6o).
La base del capitalismo, ni siquiera la del capitalismo mediterráneo del
siglo X V I, no fue nunca la justicia social o la “intención” o el deseo de ser
“legítimo”, sino el reconocim iento de la codicia eterna del hom bre,
fundamental a la hora de modelar un sistema que admite el propio interés como
algo natural. Los chipriotas y griegos del siglo X V II despreciaban a los
turcos no sólo por motivos étnicos o religiosos, sino debido a la destrucción
gradual que, bajo el dominio otomano, sufrió su vida económica y material. Como
terratenientes absentistas, los venecianos con propiedades en el Mediterráneo
oriental habían sido tan implacables con sus aparceros y campesinos de habla
griega como sus sucesores otomanos -los ricos palacios que todavía hoy podemos
ver en Venecia son prueba suficiente de aquella extorsión-, pero su
conocimiento del comercio exportador, su capacidad para vender a los precios
más altos los productos agrícolas en los puertos mediterráneos y su propensión
a establecer algunas industrias tuvieron como consecuencia siquiera un atisbo
de prosperidad.
Los oprimidos campesinos sólo habrían gozado de mejores condiciones de
vida bajo el dominio otomano si hubieran pagado menos impuestos que sometidos a
los europeos. Estos crearon mucho capital y una parte del mismo revirtió, a
largo plazo, en la población. En mi opinión, la enorme aversión que los
oprimidos de antaño y de hoy en día sienten hacia el capitalismo no se debe
únicamente a que este sistema origina grandes desigualdades y a que, con
frecuencia, los factores que diferencian a los que lucran y a los que sufren
302
son injustos y arbitrarios, sino también al reconocimiento soterrado de
que en una economía de libre mercado las muchas víctimas de la codicia de unos
pocos viven, pese a todo, en mejores condiciones que los que pertenecen a
aquellas sociedades donde im pera el socialismo utópico de los bien inten
cionados. Es difícil para los pobres admitir los beneficios que reciben de los
ricos pero moralmente inferiores, que jamás tuvieron intención de concederles
beneficio alguno:
Para que un sistema capitalista funcione, el Estado tiene que proteger
los m ercados libres; no regularlos o interferir en su actividad. Tanto por
motivos políticos como religiosos, esto era algo que el sultán no podía hacer.
Por aquel entonces, los otomanos desconocían el concepto de balanza comercial.
[...] La política comercial otomana, cuyo origen se remontaba a las tradiciones
milenarias del Oriente Próximo, consistía sobre todo en que el Estado se
ocupase de que a los habitantes y artesanos de las ciudades no les faltase lo
imprescindible ni padeciesen escasez de materias primas. En consecuencia, se
fomentaban las importaciones, que siempre eran bien recibidas, y se evitaba la
exportación. (H. Inalcik, en K . Karpat, ed., The Ottoman State and Its Place
in World History [El Estado otomano y su lugar en la historia universal], p.
57).
El capitalismo no se circunscribe al comercio, al contrario, trae
consigo una compleja estructura de seguros, empresas, contabilidad, dividendos,
intereses, libre acceso a la información y protección de la propiedad privada y
el beneficio a cargo de los gobiernos. Sin libertad de precios y de mercados,
que son los mejores jueces de lo que la población desea y necesita, una
producción eficaz es im posible. Puesto que resulta im posible saber de m anera
inmediata las apetencias y necesidades de millones de personas, para conocerlas
un Estado centralizado y coercitivo se Umita por lo general a hacer
suposiciones, con frecuencia equivocadas, o a darles la espalda.
Lepanto com pró tiempo para que un Occidente m editerráneo aturdido
sustituyera el poder perdido de la unidad política de la Antigüedad clásica por
el mercado transoceánico, que tenía mucha más fuerza. Si la Edad M edia había
sido testigo de cierto estancamiento de Europa, a medida que una serie de
pequeñas y belicosas monarquías se oponían al avance de árabes, vikingos,
mongoles y otomanos y ponían en marcha las Cruzadas y la Reconquista, las
nuevas naciones Estado emprenderían la ofensiva no sólo contra las comuni
dades islámicas, sino también contra los pueblos indígenas de África, Australia
y el Nuevo Mundo. No es que Estambul no contase con inteligencia innata, al
contrario, acaso fuera superior: el faro turco del Bosforo, con ventanas de
cristal emplomado y sus lámparas a base de mechas que flotaban en aceite era
mucho
30 3
mejor que los modelos europeos. El Imperio otomano contaba con buen
número de matemáticos, médicos e ingenieros, pero éstos y otros pensadores
trabajaban aislados y desconocían las investigaciones que se llevaban a cabo en
Europa. Ninguno gozaba de apoyo suficiente por parte de las instituciones,
siempre alertas ante la posible reacción de los fundamentalistas islámicos.
^altaba un sistema integrador capaz de aplicar la brillantez de los
individuos a una producción masiva de artículos que pudiera beneficiar y
enriquecer a la población sin importar su posición o sus intereses culturales o
religiosos. A consecuencia de ello, el sultán podía contratar a un ingeniero
naval veneciano y construir unos astilleros siguiendo el modelo del Arsenal de
Venecia, pero no disponía de una teoría o práctica autóctona de la construcción
naval ni podía contar con más innovaciones náuticas que las que les
proporcionase la emulación de los navios occidentales. Para invertir la
situación habría necesitado apostar por la competencia, no poner trabas al
beneficio económico, recurrir a una economía monetaria integrada en el
Mediterráneo y disponer de universidades, bancos e imprentas. De otro modo, el
sultán se veía obligado a dedicar el enorme capital cosechado a base de
conquistas, tributos y rapiñas a comprar lo que no era capaz de fabricar, una
estrategia que garantizaba que sus soldados nunca tendrían ni tantas armas ni
tan efectivas como las de sus enemigos occidentales. En Lepanto morirían
millares de ellos precisamente por este motivo.
GUERRA Y MERCADO
En su form a más básica, el capitalismo nació en la antigua Grecia. Ese
an tecedente contribuye a explicar por qué los europeos de épocas posteriores,
pese a pasar varios siglos sumidos en el canibalismo político y religioso, pro
tegieron su autonomía de los no occidentales y fueron tan ricos como sus
rivales islámicos, más unidos que ellos. L a palabra kerdos, que significa
“beneficio” , es omnipresente en & griego clásico. Aunque los estudiosos de
la Antigüedad aún se dividen entre “modernistas” y “primitivistas”, que no se
ponen de acuerdo sobre la difusión del libre m ercado y la valoración abstracta
de la teoría capitalista en el mundo clásico, existe el consenso cada vez m
ayor de que hacia el siglo V a.C . la actividad económica de Grecia, y muy especialmente
de la Atenas imperial, estaba descentralizada, gobernada por las leyes de la
oferta y la demanda, y se caracterizaba por una idea muy desarrollada de lo que
son los mercados, el beneficio, la banca y los seguros. El gobierno, por su
parte, garantizaba el carácter inviolable de la propiedad privada y los
derechos hereditarios.
A mediados del siglo V a.C ., los griegos eran conscientes del papel que
el dinero y los mercados comenzaban a desempeñar en las guerras.
Posteriormente,
3°4
conservadores como Platón y Aristóteles lamentaron que la guerra hubiera
dejado de depender del valor de las falanges hoplitas, para convertirse en una
empresa terrestre y naval en la que, gracias al dinero, los ejércitos viajaban
lejos de su lugar de origen, recibían salarios y suministros, y se nutrían de
mer cenarios y de armas muy sofisticadas como buques, piezas artilleras y
máqui nas de asedio. El capital y no el valor decidía quién vivía y quién
moría. Al parecer, Occidente abandonó todos sus reparos sobre la guerra y la
actividad económica precisamente durante los siglos V y IV a.C ., dando por
zanjadas las incipientes ideas relativas a las guerras limitadas libradas de
acuerdo a ciertas normas y jerarquías marciales, y a las economías morales que
operaban según principios distintos a los puramente comerciales. El impulso fue
capitalista y democrático: los técnicos tenían todo el derecho a lucrar
construyendo mejores armas que sus competidores, mientras los gobernantes
pretendían equipar con armamento económico y letal a tantos de sus súbditos
como les fuera posible.
En el primer volumen de la Historia de Tucídides, Pericles, el gran
hombre de Estado democrático, recuerda a sus conciudadanos atenienses las
ventajas militares innatas que su economía de mercado les ofrece a la hora de
afrontar la guerra contra los Estados más rurales y provincianos del
Peloponeso:
Los hombres que trabajan ellos mismos la tierra están más dispuestos a
contribuir a la guerra con su persona que con su dinero; los anima la creencia
de que sobrevivirán a los peligros, pero no tienen la seguridad de que el
dinero no se agote antes de tiempo [...]. Es cierto que en una sola batalla los
peloponesios y sus aliados son capaces de enfrentarse a todos los griegos
juntos, pero son incapaces de sostener una guerra contra una organización
militar que no es como la suya (Tucídides, Historia de la guerra del
Peloponeso, 1.141.5-6).
La sensación de que la guerra era cuestión de dinero comenzaba a
arraigar incluso en Esparta. Cerca de la misma época (431 a.C.), el rey
Arquidamo hizo notar a sus perplejos camaradas que “la guerra no es tanto
cuestión de armas como de dinero” (Tucídides, Historia de la guerra del
Peloponeso, 1.83.2).
Durante la época helenística, nadie ponía ya en tela de juicio la
novedosa noción de que el dinero ganaba las guerras. Gracias al saqueo del
tesoro aqueménida, Alejandro Magno espoleó un renacimiento militar en el
Medite rráneo oriental que se prolongó más de dos siglos. Grupos relativamente
pequeños de dinastías de habla griega gobernaban vastas poblaciones asiáticas
en el Asia seléucida y en el Egipto tolemaico gracias a su habilidad para
fundar complejos regímenes comerciales, organizar la agricultura y formar
enormes ejércitos mercenarios equipados con elaboradas máquinas de asedio,
catapul tas y barcos de guerra - y todo debido a la conversión de los viejos
tesoros aque-
305
ménidas en monedas acuñadas-, Rom a fue la máquina de guerra capitalista
por excelencia del mundo antiguo, ya que la actividad militar se valoraba en
términos de factibilidad económica, como ilustra el profuso registro de
documentos e inscripciones imperiales que dan fe de un intrincado sistema
logístico que se sostenía a base de contratas privadas. Las culturas clásicas,
a diferencia de sus adversarios del norte y del Mediterráneo oriental, basaban,
en parte, su éxito militar en su capacidad para acuñar moneda, el respeto a la
propiedad privada y la gestión libre de los mercados.
Los observadores han señalado que, en las postrimerías del Im perio, la
impotencia militar de Rom a era el resultado de una depreciación de la moneda,
de un nivel impositivo exagerado y de la manipulación de los mercados debido a
ineficaces controles de precios, comerciantes estatales corruptos y falta de
supervisión de los recaudadores de impuestos particulares: el maravilloso
sistema de creación de capital a la inversa, devorando ahorros y vaciando el
campo de lo que antaño fueran trabajadores rurales muy productivos. Pero
incluso durante el colapso del Imperio y la Edad Media, los europeos fabricaron
en grandes cantidades una enorme variedad de armas de gran calidad, desde
blindajes hasta inigualables espadas de doble filo, ballestas y fuego -griego,
lo que provocó que muchos Estados publicasen decretos que prohibían a sus
comerciantes exportar esas armas a cualquier enemigo potencial.
L a alternativa a la guerra financiada por el capitalismo era la simple
coerción
- e l reclutamiento forzado de
soldados sin p ag a - o las levas tribales con la promesa de repartir un gran
botín. Por ambos sistemas podían formarse ejércitos enormes y llenos de moral:
el ejército galo de Vercingetórix, que, con un cuarto de millón de hombres,
estuvo a punto de derrotar a César en Alesia (52 a.C.), y las invasiones
nómadas de Gengis Kan (1206-1227) y Tamerlán (1381-1405), que conquistaron la m
ayor parte de Asia, son los ejem plos más notables. Cetshwayo, como veremos en
el próximo capítulo, reunió a 20.000 zulúes que masacraron a los británicos en
Isandhlwana (1879). Pero ni siquiera las hordas más asesinas podían mantener
-alimentar, vestir y pagar- un contingente militar equipado con armamento
complejo durante un período relativamente largo. Llega un momento en que
granjeros, comerciantes y mercaderes no trabajan si no se les paga y es casi
imposible mantener un ejército permanente sin salarios regulares ni contratos
de suministro.
Aquellos Estados, antiguos y modernos, que no adoptaron los principios
del capitalismo y la empresa privada, tarde o temprano hubieron de enfrentarse,
si iban a la guerra durante un período suficientemente prolongado, con
ejércitos occidentales abastecidos por un m ercado libre y amoral. En tales
casos, la superioridad numérica, un liderazgo brillante y el valor en el
combate del Otro podían verse neutralizados por un ejército menor y quizá peor
liderado, pero sin duda mejor alimentado, equipado y armado por aquellos que
vieron
30 6
en la guerra un beneficio económico. A lí Bajá no fracasó en Lepanto
debido a su locura táctica, ni porque los jenízaros no demostraran valor, ni
siquiera porque los turcos anduvieran escasos de metales preciosos. L a trágica
pérdida de miles de fieles otomanos en las costas de Etolia se debió sobre todo
a que los cristia nos dependían de un sistema más o menos laico de capitalismo
de mercado que producía en plenitud galeazas, arcabuces, cañones, redes de
abordaje, galeras fabricadas en masa y a unos comandantes capaces de asumir
riesgos que no vacilaron en serrar las proas de sus barcos cuando la situación
lo requería.
TERCERA PARTE
CONTROL
V III
DISCIPLINA, O POR QUÉ
LOS GUERREROS NO SIEM PRE SON SOLDADOS RO RKE’S DRIFT, 22-23 D E ENERO D
E 1879
Pues, pese a ser libres, no son libres del todo, ya que rige sus
destinos un supremo dueño, la ley, a la que, en sufuero interno, temen mucho
más, incluso, de lo que tus súbditos te temen a ti. De hecho, cumplen todos sus
mandatos, y siempre manda lo mismo: no les permite huir del campo de batalla
ante ningún contingente enemigo, sino que deben permanecer en sus puestos para
vencer o morir.
H ERÓDOTO,
Historias, vn.104
CAMPOS DE MUERTE
“CADA HOMBRE EN SU PUESTO"
L o s últimos momentos de la
batalla de Isandhlwana fueron horribles. Tras varios minutos de mortíferas
descargas que habían segado varias oleadas de zulúes, la unidad de caballería
de nativos de Natal del coronel Anthony Durnford, compuesta por 250 jinetes y
300 infantes de las tribus ngwane y basuto, se quedó sin munición. Por
desgracia para Durnford, su contingente nativo no había formado en cuadro. H
abía desmontado, se había dispersado a lo largo de los riscos en una delgada
línea de entre seiscientos y ochocientos metros de longitud y disparaba sus
carabinas sin haber calado las bayonetas. Durnford, como todos los comandantes
británicos del campamento situado en los cerros de Isandhlwana, había
subestimado gravemente el tamaño de los imfiis (regimientos) zulúes. En
consecuencia, durante la m ayor parte de la mañana había expuesto a sus hombres
sin ninguna necesidad en salidas que sólo habían servido para alejarlos del
campamento. Com o oficial en jefe de las unidades de Isandhlwana, Durnford
había cometido el error de no formar con los efectivos de la guarnición algún
tipo de perímetro defensivo, tal como era costumbre en el ejército británico.
Pagaría con su vida y la de sus tropas aquella estupidez táctica. M iles de
zulúes, en efecto, rompieron con facilidad sus debilitadas líneas, lancearon a
sus hombres o los pusieron en fuga, y pronto estuvieron entre los carrom atos,
¡y a espaldas de las tropas regulares! Por
3 ”
otro lado, a lo largo de casi todas las líneas británicas, los soldados
disparaban cada vez menos y buscaban cada vez más unas municiones que no
tenían.
Por primera vez y después de casi una hora de sistemáticas descargas
británicas, que los estaban masacrando, los zulúes pudieron utilizar a voluntad
sus mortales azagayas. Superado el letal fuego de los fusiles que había frenado
sus cargas iniciales a campo abierto, iniciaron una lucha cuerpo a cuerpo
contra las tropas auxiliares que custodiaban los carrom atos británicos. Dentro
ya del campamento, aquellos guerreros descalzos y con ropas muy ligeras,
armados con lanzas afiladas como navajas, gozaban en realidad de cierta ventaja
frente a sus enem igos británicos, que, aparte de ir más cargados, iban
equipados con fusiles tiro a tiro Martini-Henry diseñados para matar a mil
metros, no a cinco. “¡Gwas unhlongo!¡Guias inglubi!” (“IMat&d a los hombres
blancos! ¡Matad a los cerdos!”), gritaban los zulúes cuando un jinete británico
o nativo con la fortuna suficiente de contar con montura trataba, con
desesperación, de abrirse paso entre sus huestes.
Entre tanto, una unidad de infantería británica situada a unos
seiscientos metros hacia el noreste -los cerca de cuatrocientos fusileros del
veterano 24o Regimiento- seguía con vida y se aprestaba a dividirse en pequeñas
formaciones en cuadro que, cual pequeños islotes de cincuenta o sesenta
hombres, quedaban aislados entre sí. Desde sus nuevas posiciones, los soldados
del 24o de infantería comenzaron a disparar metódicamente sobre los zulúes que,
en oleadas, se precipitaban en torno a ellos por todas partes. Cuando se
quedaban sin mu nición, algunos se estrechaban la mano y cargaban a bayoneta
calada y otros utilizaban cuchillos y azagayas capturadas a los nativos y se
llevaban consigo a tantos zulúes como podían. Tras la batalla, muchos nativos
afirmaron que algunos soldados británicos murieron blandiendo sus fusiles
descargados y golpeando al enemigo a puñetazos. Todos caían al poco de quedarse
sin balas. Sólo cuando les faltaba la munición tenían los zulúes la oportunidad
de atacarlos a cierta distancia con sus lanzas y hacer blanco sobre ellos con
su propio y esporádico fuego de fusilería.
El valor dem ostrado por el 24o no fue m otivo de sorpresa. En la época,
algunos describieron este regim iento de la siguiente form a: “ Ningún niño
recluta, sólo hombres maduros y curtidos por la guerra, en su m ayor parte
barbados. Guardaban una disciplina espléndida y tenían confianza en la
victoria, mantuvieron la posición y causaron grandes bajas en cada descarga”
(M. Barthorp, The Zulu War [La guerra zulú], p. 61). Lo cierto, sin embargo, es
que, cuando lord Chelmsford dividió sus fuerzas, el resto de los hombres del
24o, demasiado pocos y demasiado alejados de las reservas de munición, no
volvieron a formar en cuadro. Estaban condenados a ser aniquilados en bolsas y
en pequeños grupos. Fue como si sus oficiales, igual que los generales romanos
en Cannas, hicieran todo lo posible por ignorar las ventajas que les
3 12
reportaba su disciplina marcial y el hecho de disponer de un poder
ofensivo superior.
Cerca de 20.000 guerreros zulúes se movían a sus anchas al otro lado de
las largas líneas británicas, que antes de comenzar la lucha se extendían nada
menos que 2.500 metros, formando un enorme y peligroso semicírculo en torno a
la colina de Isandhlwana. Esta táctica, como los tenientes coroneles Henry
Pulleine y Anthony W. Durnford, comandantes de las tropas británicas implicadas
en la operación, advirtieron por fin momentos antes de morir, no era la
correcta para luchar contra la nación zulú. Methlagazulu, un zulú que combatió
en la batalla, relataría más tarde los últimos minutos del coronel Durnford:
Opusieron una resistencia encarnizada. Unos disparaban con pistolas,
otros utilizaban sus espadas. Oí muchas veces que alguien decía “fuego”, pero
éramos demasiados para ellos y los matamos a todos en sus puestos. Cuando todo
terminó, me acerqué a echar un vistazo a aquellos hombres y vi a un oficial con
el brazo en cabestrillo y un enorme bigote rodeado de carabineros, soldados y
otros hombres que no sé quiénes eran (Narrative o fF ield Operations Connected
with the Zulu War o fi8 jg [Relatos de las operaciones relacionadas con la
guerra zulú de 1879], p. 38).
Hacia las dos de la tarde del 22 de enero de 1879, es decir, dos horas
después de que los impis zulúes hubieran rodeado el campamento, todo había
terminado. De las seis compañías del 24o Regimiento que participaron en la
lucha, apenas sobrevivieron una docena de hombres. Murieron veintiún oficiales.
Casi todos los 1.800 hombres que componían el destacamento original de
Isandhlwana cayeron en el com bate: los regulares del ejército británico, los
voluntarios coloniales y los asistentes encargados de los carromatos sumaban
950 efectivos, los nativos pertenecientes a los regimientos de Natal, 850. Los
pocos supervi vientes consiguieron cabalgar hacia lugar seguro en mitad de la
confusión general. Varias horas más tarde, las tropas de la colum na central de
lord Chelmsford, que en teoría acudían en socorro de los vencidos, llegaron al
lugar de la matanza:
Había muertos por todas partes. Los habían colocado en hileras. Todos
estaban mutilados, con las tripas abiertas, para, según la creencia zulú,
liberar su espíritu. Aquí habían hecho un espantoso círculo con las cabezas de
varios soldados, allá, un niño tambor colgaba de un carromato por los pies: le
habían cortado el cuello. H abía un policía montado de Natal echado encima de
un zulú, en la misma postura en que había muerto. H abía otros dos combatientes
muy juntos; el zulú tenía una bayoneta atravesada en el cráneo, el hombre
blanco, una azagaya clavada en el
3 >3
pecho. Un soldado del 24o tenía una lanza en la espalda y, a su lado,
dos azagayas con la punta doblada. Vimos imágenes similares por todo el campo
(D. Clammer, The Zulu War [La guerra zulú], pp. 96-97).
El ejército británico no volvió a contar con niños para el servicio
activo: en Isandhlwana encontraron a cinco muchachos a los que les habían
cortado los genitales para colocárselos en la boca. Muchos guerreros zulúes
cortaron las mandíbulas barbadas de los caídos británicos y se las llevaron a
modo de trofeo. Otros pisotearon las tripas de los cadáveres hasta deshacerlas
y muchos más profanaron los torsos truncados. También colocaron algunas cabezas
en círculo.
A su vez, las macabras
heridas causadas por las enormes balas de calibre 45 de los fusiles
Martini-Henry -m iem bros cercenados, mejillas y rostros destro zados, torsos
y tripas con horribles boquetes- m arcaban a los muertos zu lúes, mucho más
numerosos, y habrían de identificar a los supervivientes de Isandhlwana durante
una generación. Varias décadas después de la batalla, los observadores europeos
serían testigos de la agonía de muchos veteranos guerreros a los que faltaban
brazos y piernas o tenían el cuerpo desfigurado a causa de espantosas heridas
de bala.
Un siglo de luchas en Sudáfrica había enseñado a los colonos bóers que
los europeos, pese a encontrarse en abrumadora inferioridad numérica y contar
con armas lentas e imprecisas que, equipadas con llave de chispa, era preciso
cargar por la boca del cañón, podían derrotar a contingentes zulúes que los
superaban en una proporción de entre cincuenta y cien a uno; esto, claro está,
en el caso de que se siguiera el procedimiento adecuado. La clave estaba en la
disciplina. Había que establecer un campamento seguro, con los pesados
carromatos de suministros situados en círculo y atados entre sí, formando lo
que llamaban un laager, una tarea fastidiosa que requería horas de esforzado
trabajo en las que había que desenganchar, mover y unir los carromatos y formar
con ellos un muro impenetrable. Había que enviar patrullas y exploradores cada
hora y a intervalos regulares, dada la facilidad de los zulúes para reptar
furtivamente y en gran número a través de las hierbas altas. Había que apilar
las municiones en el centro del laager y distribuirlas generosamente entre
todos los carromatos, y en caso de ataque, era necesario mantener descargas
ininterrumpidas de fuego a fin de que los zulúes, que se movían con mucha
rapidez, se mantuvieran alejados del campamento. Lo ideal era situar a los
tiradores hombro con hombro a fin de lograr una densa cortina de fuego y evitar
con ello que los zulúes penetrasen por los huecos dejados por los británicos y
abriesen brechas en su línea defensiva, además de que así se reforzaba la moral
y se facilitaba la posibilidad de que los soldados pudiesen hablar entre sí
mientras disparaban.
Si quedaba tiempo, lo mejor era limpiar de grandes obstáculos el área
que rodeaba el laager, lo que permitiría que los fusileros pudieran disparar
sobre
un terreno despejado. Luego había que esparcir ramas de espino y
botellas rotas, o, mejor aún, cavar zanjas y rampas para frenar el avance de
los guerreros enemigos, que iban descalzos y semidesnudos. Además, había que
distribuir la artillería de campo -y, cuando se disponía de ellas, las
primitivas ametralladoras Gatling- por los puntos más vulnerables del laager, a
fin de desviar a las oleadas de atacantes hacia el fuego de los fusiles. Todo
esto era necesario para superar las ventajas intrínsecas que conferían a los
zulúes su velocidad, capacidad de sorpresa y enorme superioridad numérica. Para
vencer, los europeos, m uy inferiores en número, tenían que matar a los zulúes
a muchos metros de distancia, antes de que se precipitasen sobre sus líneas.
Sin embargo, en Isandhlwana, los británicos no siguieron ninguno de los pasos
del procedimiento que ellos mismos habían establecido tan cuidadosamente. ¿Por
qué?
Isandhlw ana fue el prim er gran enfrentam iento de la guerra zulú. Los
británicos, víctimas de su arrogancia, no se habían percatado de la enorme
habilidad de los zulúes para desplazar m illares de guerreros a m uy largas
distancias sin que nadie los descubriese hasta que se encontraban a m uy pocos metros
de su objetivo. Aunque el Martini-Henry hacía blanco hasta a 1.500 me tros de
distancia con una mortífera bala de calibre 45 de unos 480 gramos y era m uy
preciso incluso a esa distancia, no era un arm a de repetición, sino un fusil
tiro a tiro. Ciertamente, un fusilero experimentado y equipado con cartucheras
estándar de setenta proyectiles podía, durante cierto tiempo, mantener una
frecuencia de fuego de doce disparos por minuto. Pero la ne cesidad de cargar
las balas una a una significaba que mientras los soldados británicos se
esforzaban por cargar su arma, y si además se encontraban ais lados, sin haber
formado en cuadro y sin contar con algún tipo de posición defensiva, podían
verse superados con facilidad por las oleadas de zulúes que se lanzaban sobre
ellos a la carrera. El mejor fusilero podía tardar hasta cinco segundos en
sacar un cartucho usado, cargar otro, apuntar y disparar, un ritmo de tiro
insostenible cuando el combate se prolongaba varias horas. Si se producía
siquiera una breve interrupción en el suministro de cartuchos, y en Isandhlwana
hubo varias, cualquier impi rápido era capaz de aprovechar la pausa entre
descarga y descarga y cubrir la distancia que lo separaba de las líneas
inglesas para precipitarse sobre ellas. Aunque tuviera llenas las cartucheras,
cualquier fusilero, por rápido que fuera, podía quedarse sin munición al cabo
de cinco o seis minutos y verse por tanto forzado a un combate cuerpo a cuerpo
en abru madora inferioridad numérica.
En los últimos años de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, los
soldados de la Unión utilizaron rifles de repetición Spencer y Henry, como
hicieron las tropas de Sherman en su marcha a través de G eorgia y las dos
Carolinas en el otoño e invierno de 1864 y 1865. El Winchester modelo 1873 de
calibre 32 con sistema de repetición a palanca era omnipresente en las grandes
llanuras y podía disparar tres veces más rápido que el Martini-Henry:
más de treinta balas por minuto, cuando el Martini-Henry sólo podía llegar, en
el mejor de los casos, a diez o doce. Sin embargo, el innato conservadurismo
británico (la infantería había mantenido durante décadas el mosquete de llave
de chispa Brown Bess como arma reglamentaria), la arrogancia de pensar que en
las guerras coloniales y frente a nativos equipados únicamente con lanzas las
armas de repetición no resultaban esenciales, ciertas políticas económicas con
escasa visión de futuro y el deseo de mantener un fusil de largo alcance y gran
calibre evitaron que el ejército británico adoptara armas de menor calibre pero
mucho más versátiles. La guerra anglo-zulú fue una de las últimas en las que un
ejército europeo utilizó rifles tiro a tiro contra adversarios nativos. En
Isandhlwana, además, los británicos no contaban con ametralladoras Gatling para
proteger su guarnición.
La mañana del 22 de enero de 1879 nadie tenía conciencia de que era
necesaria cierta cautela. Isandhlwana iba a ser la batalla que lord Chelmsford,
comandante en jefe inglés en Zululandia, deseaba y obtendría, una oportunidad
para que los fusileros británicos, apoyados por la caballería y la artillería,
se enfrentaran a la nación zulú y a todo el potencial de su fuerza militar. El
deseo de librar una batalla campal podría explicar por qué Chelmsford no prestó
atención a los muchos mensajes que le llegaron de su acosado campamento a
última hora de la mañana y a primera hora de la tarde de aquel 22 de enero. En
su opinión, en lugar de temer había que agradecer la presencia del ejército
zulú en una llanura. Los británicos llevaban tiempo buscando una batalla decisiva
que les permitiera poner fin a una campaña que deseaban corta y barata. Y en
aquel momento lo tenían todo a su favor.
En realidad, los británicos sólo temían una guerra de guerrillas
prolongada, con emboscadas y escaramuzas constantes, no un enfrentamiento a la
luz del día y al estilo europeo. Chelmsford, además, disponía de artillería y
de más de medio millón de cartuchos de fusil en el campamento de Isandhlwana.
Por otra parte, contaba con algunos batallones de prim era línea, como los que
pertenecían al 24o Regimiento, con larga experiencia en el combate de descargas
sostenidas capaces de detener la carga de cualquier enemigo a una distancia de
mil metros y de aniquilarlo a trescientos. A l menos, eso creía.
El principal impizulú, compuesto por unos 20.000 guerreros, se había
puesto en marcha hacía varios días y aún le quedaban ocho kilómetros para
llegar al campamento de Isandhlwana. Los zulúes, que igual que los aztecas
habían aprendido a hacer la guerra a partir de combates ritualizados, preferían
luchar a pleno día y en oleadas; y aproximarse siempre a campo abierto para
intentar su famosa m aniobra de flanco, lo que los convertía en blancos
perfectos para los disciplinados fusileros británicos. Lord Chelm sford lo
sabía muy bien, así que apenas tenía motivos para preocuparse. ¿No había
derrotado cuatro
3 1 6
décadas antes, en diciembre de 1838, el bóer Andries Pretorius a 12.000
zulúes en el río Ncom e (conocido a partir de entonces por el nombre de río
Sangre), de los que 3.000 m urieron y muchos más cayeron heridos, con menos de
quinientos rancheros bóers? A diferencia de los ingleses, los bóers habían
utilizado mosquetes de llave de chispa -lentos, fastidiosos y poco precisos-con
los que, parapetados en un laager formado con carromatos, dispararon
sistemáticamente durante más de dos horas sobre las huestes zulúes antes de
hacer salir del recinto a algunos jinetes para perseguir a los heridos y a los
que huían.
Aparte de pecar de ingenuidad y arrogancia, ¿qué se hizo mal en
Isandhlwana cuatro décadas después? Los británicos habían invadido Zululandia
en enero de 1879 con tres columnas m uy lentas y carentes de m aniobrabilidad
que totalizaban 17.000 efectivos. U na larga caravana de suministros compuesta
por 725 carromatos tirados por 7.600 bueyes transportaba raciones, tiendas de
campaña, baterías artilleras y unos dos millones de cartuchos. La intención de
los británicos era librar una campaña breve que, según se planeaba, no debía
durar más de dos o tres meses: llevaban balas suficientes para matar a cada
hombre, mujer y niño zulú casi diez veces. Aunque los efectivos combinados de
infantería británica, auxiliares nativos y colonos apenas sumaban un ter cio de
las fuerzas con que contaba el ejército zulú - e l contingente británico,
además, no disponía más que de 5.400 regulares-, el plan de Chelmsford
consistía en dividir sus fuerzas y avanzar sobre la plaza zulú de Ulundi en
tres columnas que cruzarían por tres lugares distintos una frontera de
trescientos kilómetros separadas por cien kilómetros entre sí. De este modo
pretendía obligar a los zulúes a aceptar una batalla decisiva, evitando con
ello una guerra de guerrillas y la invasión repentina de la provincia de Natal,
que se encontraba bajo dominio británico.
En cualquier caso, la falta de buenos caminos en Zululandia hacía casi
imposible que los 725 carromatos de la fuerza de invasión avanzasen en una sola
caravana. Gracias a la experiencia adquirida en diversas guerras contra otras
tribus del sur de África y a una reciente incursión contra algunos kraal
zulúes, los británicos estaban convencidos de que ninguna carga de nativos
africanos podría salir indemne del fuego sostenido de una unidad de fusileros.
Finalmente, las circunstancias demostrarían que estaban en lo cierto, pero
tanta confianza sólo podía dar sus frutos cuando se veía reforzada por la
disciplina
y la precaución.
El propio Chelm sford se situó al frente de la columna que acampó
en
Isandhlwana, pero esta columna se dividió la mañana del ataque, porque
Chelm sford abandonó el campamento con 2.500 hombres -m uchos más de los que
dejó de guarnición- con la intención de entablar contacto con algunos impis
zulúes que, según algunos rumores, sumaban 20.000 efectivos. Aunque a
3 17
las nueve y media de la mañana, cuando sólo se encontraba a veinte
kilómetros de distancia, recibió la noticia de que los zulúes atacaban el
campamento en aquellos mismos momentos, Chelm sford creyó que, en realidad,
Pulleine, Durnford y sus tropas sólo estaban siendo puestos a prueba por el
enemigo, y que no corrían peligro. En consecuencia, durante el resto de la
mañana y las prim eras horas de la tarde, un contingente m ayor que el que
había sido abandonado a su suerte en Isandhlwana estuvo acampado a menos de
cuatro horas de marcha y no envió ayuda alguna, pese a recibir una serie de
mensajes en los que se com unicaba que la guarnición estaba rodeada y en
situación desesperada. Al parecer, Chelmsford creyó que era él y no Pulleine
quien estaba más cerca del grueso de las fuerzas zulúes y que los hombres de
Isandhlwana podrían resistir en solitario el ataque. Com o los hechos
demostrarían, todos sus cálculos fueron erróneos. Si hubiera salido hacia
Isandhlwana cuando recibió el primer mensaje de Pulleine, quizá habría llegado
en plena batalla. En ese caso, sus tropas habrían recuperado su fuerza original
y él habría podido subsanar el flagrante error táctico de sus subordinados.
Hay que achacar al teniente coronel Henry Pulleine, y también al
imprudente Anthony Durnford, la m ayor parte de la responsabilidad por la
catástrofe de Isandhlwana. Tras la marcha de lord Chelmsford, Pulleine, que
nunca había entrado en acción y mucho menos estado al mando de una fuerza
operativa tan grande como la que ahora tenía en sus manos, no tomó ninguna
disposición para que sus fuerzas formasen en cuadro durante el primer ataque.
En vez de ello, desplegó a sus tropas para que cubriesen un perímetro de más de
kilómetro y medio de longitud, una distancia demasiado grande como para formar
una línea sólida de defensa. En realidad, lo que es aún peor, Pulleine ordenó a
sus dispersas compañías que avanzasen hacia los zulúes para formar una línea
que pudiera contactar con las tropas montadas de Durnford. Éste, por su parte,
había cometido la estupidez de alejarse del campamento para después retirarse y
apostar a sus nativos en una delgada línea demasiado alejada de las compañías
de fusileros regulares que protegían el campamento.
Pulleine tampoco dejó ninguna unidad de reserva y no defendió el flanco
izquierdo. Ni siquiera al principio cerraron los ingleses su perímetro
defensivo, dejando sus carromatos y tiendas de campaña completamente
desprotegidos. Algunos hombres habían salido de sus tiendas precipitadamente,
sin cartuchos de reserva ni bayonetas. Los zulúes no podían haber deseado mejor
escenario para su ataque. Tras un respiro inicial de unos quince minutos -entre
los nativos reinó la confusión al com probar que, con las descargas iniciales,
cientos de sus guerreros más bravos caían hechos pedazos a más de un kilómetro
de las líneas inglesas-, Pulleine aún tuvo oportunidad de replegar a todas sus
fuerzas hacia el campamento, en donde podrían haber formado en círculo alrededor
de los carromatos y aprovisionarse de munición y comida. En cambio, a causa
3 1 8
del pánico, la inexperiencia o a una valoración errada del peligro que
corrían, no ordenó ningún cambio en el despliegue de sus tropas.
La noche anterior, los británicos no se habían molestado en formar un
laager con los carromatos, de manera que el campamento tenía más de un
kilómetro de extensión. El mismo lord Chelmsford, tras emitir al principio de
la campaña la orden de que era obligatorio formar laagers y aconsejable cavar
trincheras, insistió en Isandhlwana en que ninguna de ambas cosas era
necesaria. Isandhl-wana, declaró, era un campamento temporal y su intención era
abandonarlo al día siguiente. Más tarde adujo que a los auxiliares les habría
llevado toda la noche organizar una posición fortificada, que el suelo era
demasiado duro para cavar trincheras y que, además, había acampado en una
elevación natural del terreno que le proporcionaba ventaja en caso de ataque.
Sin embargo, casi todos los oficiales coloniales con experiencia en la lucha
contra los zulúes mostraron su alarma ante la falta de preparativos. Sólo
aquellos que a la mañana siguiente abandonaron el campamento con Chelmsford
sobrevivieron.
En realidad, las directivas oficiales de lord Chelmsford, en las que
apelaba a la necesidad de construir todas las noches laagers sólidos, a que las
columnas mantuvieran una comunicación constante, a organizar patrullas de
caballería frecuentemente y a mantenerse alerta para prevenir los ataques
sorpresa de los zulúes, no eran otra cosa que papel mojado. En la práctica,
operaba en la errónea creencia de que una columna de 1.000 o 2.000 europeos
equipados con fusiles Martini-Henry podía actuar a sus anchas. Aunque en el
campamento había medio millón de cartuchos de calibre 45, casi todos los
defensores se quedaron sin munición mucho antes de la carnicería final. La
munición se al m acenaba en un polvorín central, guardada en pesadas cajas de
madera reforzadas con aros de cobre y con la tapa atornillada, y no se
distribuyó entre las compañías. Las tropas nativas de Durnford no tardaron en
quedarse sin acceso al polvorín y es posible que un oficial de intendencia
demasiado quisquilloso se negase a suministrar más cartuchos a algunas
compañías, ale gando que los soldados de éstas cometían un error al abrir unas
cajas que no les pertenecían a ellos, sino al 24o Regimiento. Los
supervivientes relataron la confusión reinante y cómo algunos hombres,
desesperados, rompían las cajas con las bayonetas, sacaban las balas a puñados
y volvían corriendo a sus lejanas posiciones para reanudar la lucha. Con
frecuencia, los pelotones de suministro, que conseguían la munición más
fácilmente, tenían que recorrer casi un kilómetro para abastecer a los
fusileros de las posiciones más alejadas. Pese a decisiones tan desastrosas
como no preparar posiciones defensivas, enviar a más de la mitad de sus fuerzas
a cazar patos la mañana de la batalla y dispersar a los defensores a lo largo
de una posición indefendible, los británicos podrían haber resistido el ataque
zulú si hubieran repartido la munición adecuadamente a lo largo de toda su
línea de defensa.
3 19
Cuando las compañías del 24o Regim iento se vieron superadas, algunos
hombres se retiraron a los carromatos en busca de refugio y cartuchos. Según
los relatos orales de los zulúes sobre la batalla, el capitán Younghusband fue
uno de los últimos en morir. Disparó ininterrumpidamente desde el interior de
un carromato hasta que los nativos lo rodearon y lo mataron a tiros. Los zulúes
hacían hincapié en la disciplina demostrada en los últimos momentos por los
defensores ingleses: “Ah, aquellos soldados rojos de Isandhlwana, i qué pocos
eran y cómo lucharon! ¡Caían como piedras, cada hombre en su puesto!” (D.
Clammer, TheZulu War, p. 86). Varios testigos afirmaron que Dumford reunió a
algunos fusileros en un pequeño círculo y, a intervalos regulares, gritaba
“ ¡fuego!” , a medida que la munición se les acababa. En los últimos y
horribles minutos de matanza, ningún batallón de fusileros británicos regulares
abandonó su posición y salió huyendo, pese a que los zulúes los superaban en
una pro porción de cuarenta a uno.
A sí concluyó la carnicería de la colina de Isandhlwana, el desastre más
anunciado aunque no el más gravoso de la historia colonial británica. Aunque m
uy pronto la prensa londinense se haría eco de la incom petencia general que
condujo a aquella desgracia, casi nadie mencionó que murieron 2.000 zulúes y
que otros 2.000 se alejaron del campo de batalla a rastras y murieron al poco
tiempo o quedaron inútiles para el combate. Por tanto, la única derrota clara
de los británicos en la guerra zulú supuso también el mayor peaje pagado por la
nación zulú en toda la guerra. Por cada minuto de la batalla, los defensores,
que estaban condenados a la derrota, hirieron o mataron ¡a más de treinta
zulúes! Puesto que en el campamento no habría más de seiscientos soldados con
fusiles Martini-Henry, hay que suponer que cada soldado de infantería británico
mató o hirió una media de entre cinco y siete zulúes antes de perecer.
Cuando tuvo noticia de su “victoria” , el rey Cetshwayo señaló con
tristeza: “Han clavado una azagaya en el vientre de la nación. No hay lágrimas
bastantes para velar a los muertos” . Por destruir una pequeña guarnición
británica había tenido que pagar un alto precio: la destrucción de casi una
décima parte de su ejército. Cornelius Vign, que por aquella época se
encontraba de visita entre los zulúes, informó acerca de una ceremonia fúnebre
que llevaron a cabo unas mujeres y unos niños en el kraal de un msundusi muerto
en Isandhlwana, una escena que debió de repetirse miles de veces en las semanas
posteriores a la batalla: “Cuando se acercaban al kraal o entraban en él,
prorrumpían en alaridos y se revolcaban por el suelo. De noche, aquellos
alaridos cortaban la respiración” (C. Vign, Cetshwayo’s Dutchman [El holandés
de Cetshwayo], p. 28). Para los zulúes, la derrota británica suponía que el fin
de las hostilidades estaba próximo. Después de todo, una tribu enemiga había
sido vencida en una batalla campal y lo lógico era que dejase de luchar. “El
rey se alegró al oír que su pueblo había vencido a los blancos”, escribió Vign,
que hacía las veces de traductor
320
para Cetshwayo, “y creyó, pensando que los blancos no tenían soldados,
que la guerra estaba a punto de terminar” (Cetshwayo’s Dutchman, p. 30).
Otro impi zulú de reserva compuesto por más de 4.000 guerreros veteranos
se dirigía ya hacia R orke’s Drift, emplazamiento británico situado a diez
kilómetros de distancia en el que un pequeño contingente de poco más de un
centenar de soldados organizaba tranquilamente un puesto de aprovisionamiento y
un hospital. En cuanto acabaran con aquellos rezagados, el resto de los
británicos advertiría la futilidad de su empeño y se retiraría a la provincia
de Natal. Cetshwayo no tenía la menor duda al respecto. Una de las grandes
ironías de las guerras anglo-zulúes es que, al primer indicio de que iba a
producirse un ataque, los dos “nada excepcionales” tenientes que se encontraban
al mando de la guarnición de Rorke’s Drift comenzaron a reforzar su posición de
inmediato. Formaron una línea compacta, distribuyeron cuanta munición fue
preciso y, a lo largo de las dieciséis horas siguientes, se valieron de la
disciplina del ejército británico para neutralizar la enorme superioridad
numérica y el formidable valor de un ejército zulú completamente fresco.
“RESULTA DIFÍCIL IMAGINAR PEOR POSICIÓN”
A diferencia de lo que ocurrió en el campamento de Isandhlwana, que se
encontraba en una elevación del terreno, en Rorke’s Drift todo estuvo a favor
de los zulúes. En el puesto había dos viejas granjas de piedra que habían sido
reconvertidas en puesto misionero, pero se encontraban a unos cuarenta metros
de distancia y eran prácticamente indefendibles. En una de ellas, los
británicos habían instalado un hospital donde descansaban 35 soldados heridos o
enfermos que, como pudieron, tuvieron que incorporarse a la improvisada defensa
del campamento. Ambas construcciones tenían tejados de paja, de modo que podían
incendiarse con facilidad. Peor fue, sin embargo, que los zulúes no tardasen en
ocupar los promontorios que rodeaban el puesto por tres lados. Además, había en
los alrededores una serie de obstáculos -huertos, muros, pozos y otras
construcciones- que im pedían el fuego directo y ofrecían protección a los
guerreros zulúes.
L a colina de Oskarberg, situada al sur del campamento, permitía que los
francotiradores enemigos disparasen sobre el ñanco norte de los defensores sin
correr ningún peligro. Por lo demás, los zulúes contaban con cientos de fusiles
europeos modernos, que habían conseguido unas horas antes, en Isandhlwana, y
con más de un cuarto de millón de cartuchos de calibre 45. Cuando, pasadas las
cinco de la tarde, se inició el ataque, comenzaba a caer la noche, lo que
ofrecía una nueva protección a los zulúes. “Resulta difícil imaginar peor
posición”, señaló un oficial refiriéndose a las defensas de Rorke’s Drift.
3 2 1
Los británicos contaban con un contingente que sólo representaba el 5%
de las fuerzas que acababan de perecer en Isandhlwana, donde, además, el
terreno había favorecido a los vencidos.
Las tropas de Rorke’s Drift no contaban con ningún oficial
experimentado. El m ayor Henry Spalding, comandante de la pequeña guarnición,
había salido poco antes del m ediodía hacia Helpm akaar, puesto situado a unos
quince kilómetros, en busca de refuerzos y había dejado a sus hombres en manos
de dos oficiales sin experiencia. Antes de marchar, el mayor Spalding llamó
ajoh n Chard, su lugarteniente, y le recordó que ahora era él quien estaba al
mando, aunque también añadió que no esperaba ninguna actividad en la zona, al
menos durante su breve ausencia. L a m ayoría de los hom bres de la guarnición
se quejaban de que la acción, y la oportunidad para la gloria, se desarrollaba
unos kilómetros más al norte, en Zululandia, y más concretamente en el cam
pamento de Isandhlwana, donde la columna central del contingente británico
trataba de aplastar a los impis zulúes, y no allí, en un pequeño puesto
fronterizo de Natal, muy lejos del frente.
El teniente John Chard había llegado a Sudáfrica pocas semanas antes y
había sido asignado a una unidad de Ingenieros Reales con el cometido de
supervisar la construcción de un transbordador situado a algunos centenares de
metros del barranco. Chard debía com partir el mando del puesto con el teniente
Gonville Bromhead, que mandaba la compañía B del segundo batallón del 24o
Regimiento, unidad cuyas otras compañías caían aniquiladas en aquellos pre
cisos instantes en Insandhlwana. Ni Chard ni Brom head, que padecía una sordera
casi total, tenían gran experiencia de combate. Ciertamente, sus su periores
no los consideraban oficiales demasiado brillantes: “ caso perdido”, escribió
de él en cierta ocasión uno de los superiores de Bromhead. No había nada en su
historial que hiciera pensar en el gran heroísmo y liderazgo de que ambos
harían gala en las diez horas desesperadas que se avecinaban. Al parecer, Jam
es Dalton -cincuenta años, uno noventa de estatura y muy fom ido-, un ex
sargento mayor que estaba a cargo de la cantina y había estado presente en
diversas batidlas, estuvo involucrado en muchas de las decisiones iniciales
relativas a la defensa del puesto.
Aparte de la ausencia de buenas posiciones defensivas naturales y de no
contar con unos mandos experimentados, la inferioridad numérica de los
británicos era enorme. En el puesto no había más que 139 soldados regulares y
35 de ellos estaban convalecientes en el hospital. Tras excluir a cocineros,
asistentes y auxiliares, resultaba que sólo ochenta de esos soldados eran
fusileros. Al cono cer la noticia de que los zulúes estaban aplastando al
regimiento de Isandhlwana y de que otros impis se acercaban al lugar con más de
4.000 guerreros, un inquietante número de europeos y nativos auxiliares que
podrían haber colaborado en la defensa de la guarnición optaron por abandonar
el puesto y
322
huyeron aterrorizados en dirección oeste, buscando la seguridad de
Natal. Si muchos relatos británicos de los hechos sugieren que el ataque zulú
fue improvisado y azaroso, es mucho más probable que los jefes tribales se
dieran cuenta de que la mayoría de los suministros de Chelmsford estaban en
Rorke’s Drift. L a captura del puesto serviría para alimentar a miles de
hambrientos nativos y, al mismo tiempo, sustraería sus reservas a la columna
central de lord Chelmsford.
La idea de que ochenta fusileros podrían hacer lo que casi 2.000 no
habían logrado parecía absurda. Los occidentales solían combatir en
inferioridad numérica en ocasiones abrumadora, como sucedió en Salamina,
Gaugamela, Tenochtitlán, Lepanto y Midway, pero en esos casos disponían de
ejércitos de miles de hombres con los que plantear una defensa. Incluso Cortés,
en el asalto final a Ciudad de M éxico, contó con cientos de europeos y no tan
sólo con decenas. La inferioridad numérica, como hemos visto, puede compensarse
mediante la superioridad tecnológica, unas tropas llenas de moral, una
infantería de calidad, abundantes suministros y disciplina, pero los europeos
necesitaban la cohesión de un fuego sostenido por cientos de soldados para
ofrecer resistencia al ataque de miles de efectivos. Los 50.000 hombres de
Alejandro Magno consiguieron derrotar al cuarto de millón de soldados con que
contaba Darío, pero, si la mañana del 31 de octubre del año 3 3 1 a.C.
Alejandro sólo hubiera contado con 10.000 efectivos, M aceo habría superado a
Parmenión y los macedonios habrían perdido hasta el último hombre.
Los británicos enviaron a un par de soldados al puesto cercano de
Helpmakaar en busca de refuerzos. Justo entonces llegaron los pocos hombres que
habían logrado huir de Isandhlwana, en su mayoría miembros de la policía
montada y carabineros coloniales de Natal que sin embargo se negaron a unirse a
la defensa del puesto. En torno a un centenar de jinetes coloniales al mando
del teniente Vause que habían escapado de Isandhlwana y ocupaban posiciones en
Rorke’s Drift se sobresaltaron al ver las dimensiones del contingente zulú. Su
marcha supuso la pérdida de cien fusiles M artini-Henry para las magras
defensas de la guarnición. Con ellos huyó la compañía de fusileros nativos del
capitán Stephenson, a la que siguió el propio Stephenson y algunos oficiales
europeos sin destino. Cuando se alejaban al galope, los hombres de Chard
dispararon sobre un sargento.
Aparte del efecto obvio sobre la moral de las tropas -en las dos o tres
horas que transcurrieron entre la confirm ación del desastre de Isandhlwana y
el ataque a la guarnición de Rorke’s Drift, los defensores británicos habían
sido testigos de cómo una serie de unidades coloniales y nativas llegaban al
puesto, difundían testimonios horribles sobre lo acontecido y huían dominadas
por el terror-, la reducción del número de efectivos que pudieran sostener el
perímetro defensivo obligó a modificar todo el plan de resistencia. Si cuando
Chard y
323
Brom head tuvieron noticia del inminente ataque tenían a su disposición
posiblemente a unos 450 soldados, tres horas después tenían suerte de contar
siquiera con un centenar de hombres capacitados o en condiciones de disparar,
es decir, cerca de un tirador por cada cuatro metros de perímetro defensivo.
Chard decidió que haría falta un reducto interior que hiciera las veces de
refugio cuando el perímetro exterior, insuficientemente defendido y construido
a base de sacos de harina, se viniera abajo irremisiblemente..
El enemigo era formidable. El ejército que se aproximaba estaba
comandado por el príncipe Dabulamanzi, hermano del rey Cetshwayo, y contaba con
más de 4.000 zulúes. El príncipe había incumplido las órdenes del rey en dos
aspectos: no debía entrar en la provincia británica de Natal -R orke’s Drift se
encontraba justo al otro lado de la frontera de Zululandia con Natal- y no
debía atacar a ninguna unidad británica parapetada en una posición fortificada.
Dabulamanzi estaba al mando de dos de las divisiones más veteranas del ejército
de Cetshwayo
- los 3.000 o 3.500 guerreros de
los regimientos uThulwana y uDloko eran en su mayoría hombres casados de entre
cuarenta y uno y cincuenta años de edad-, pero también contaba con los mil
solteros de cerca de treinta años de edad de la unidad inDlu-yengwe. Todos
ellos constituyeron el contingente de reserva en Isandhlwana. Antes de atacar R
orke’s Drift, habían pasado algunas horas matando a los fugitivos y heridos que
andaban desperdigados por las llanuras de la región desesperados por escapar.
Después de que sus zulúes cruzasen el río Búfalo para entrar en Natal,
Dabulamanzi se apresuró a reunir a sus tres regimientos y comenzó los
preparativos para asaltar el puesto británico. Algunos guerreros tenían
experiencia en las luchas tribales de la década anterior, pero más importante
era que estuvieran relativamente descansados y no hubieran tomado parte en la
carnicería de Isandhlwana, donde, en una sola tarde, una décim a parte de los
hombres de la nación zulú habían resultado muertos o heridos.
Para todos, lo importante era clavar sus lanzas antes de volver a casa,
especialmente tras el magnífico éxito de sus compañeros en la ruptura de las
líneas británicas en Isandhlwana. H ay que añadir que algunos de ellos contaban
con mosquetes y que un pequeño grupo estaba en posesión de parte de los ocho
cientos Martini-Henry y de los cientos de miles de cartuchos que los británicos
perdieron en Isandhlwana. Si los zulúes conseguían situar a algunos tiradores
en la colina de Oskarberg, que dominaba el puesto de R orke’s Drift, y pro
porcionaban fuego de cobertura al grueso de sus guerreros, que habrían de
lanzarse en masa contra las partes más débiles del perímetro norte, era muy
posible que consiguieran tomar el puesto ya en la primera carga.
Los zulúes, sin em bargo, se enfrentaban a un problem a desconocido: el
carácter de las tropas de la compañía B del 24o Regimiento apostadas en Rorke’s
Drift. Com o los espartanos de Leónidas en las Termopilas, pese a la cruenta
324
batalla que a todas luces se avecinaba, los británicos tenían
escasísimas posibilidades de retirada. Al menos ochenta de aquellos hombres
eran fusileros regulares y, por tanto, buenos tiradores capaces de acertar
sobre un hombre solo a trescientos metros y de frenar el avance de una m asa
com pacta de guerreros a un kilómetro de distancia. Todos ellos habían decidido
vencer o morir en su puesto. Sin embargo, vista la abrumadora superioridad del
enemigo, la segunda opción era la más probable. ¿Por qué eligieron luchar los
británicos en condiciones tan desfavorables? Su disciplina se derivaba de la
instrucción, de las normas que im peraban en el ejército británico, del temor y
respeto que sentían hacia sus oficiales y de la camaradería y lealtad que se
guardaban los soldados entre sí. Se encontraban en una posición fortificada
que, aunque improvisada, impedía a los zulúes cualquier maniobra de flanco o
infiltración, que tanto éxito les había reportado en Isandhlwana. Para tomar el
reducto, los zulúes tendrían que hacer frente al fuego de fusil y a las
bayonetas de los británicos, saltar los parapetos que protegían el puesto y m
atar a cuantos hombres encontraran a su paso.
El fuego de fusilería se prolongó durante diez horas sin interrupción.
Con sus fúsiles de calibre 45, los casacas rojas destrozaron metódicamente los
cuerpos de muchos zulúes a poca distancia y cercenaron brazos, piernas y
vientres con la afilada hoja de sus bayonetas. Los zulúes, por su parte, no
tuvieron tanto éxito en su intento de herir con sus azagayas el hombro o el
cuello de los fusileros que defendían el perímetro, aunque abrigaban la
esperanza de que sus propios tiradores pudieran abatir a los vistosos casacas
rojas desde las colinas cercanas. Durante la tarde del 22 de enero de 1879 y
hasta la madrugada del 23, los tenientes Chard y Bromhead transformarían su
pequeña guarnición en una auténtica tormenta que derramaría fuego sobre cientos
de guerreros zulúes. Pero aquella matanza, en realidad, no se produjo más que
en virtud del cumplimiento estricto de los preceptos de la disciplina y la
práctica militar británicas, gracias a los cuales, los hombres que defendían
los parapetos de Rorke’s Drift dispararon sin interrupción ni respiro pese a
tener hombros, brazos y manos amoratados y ensangrentados a causa del manejo de
la pólvora y del enorme retroceso de sus fusiles Martini-Henry.
DIECISÉIS HORAS EN RORKE’S DRIFT
22 de enero de i8jg, 14:30 horas. En los minutos posteriores a conocer
la noticia de la carnicería de Isandhlwana, Chard, Bromhead y Dalton admitieron
que retirarse de Rorke’s Drift llevando consigo a los heridos en los pesados y
lentos carromatos tirados por bueyes de que disponían era imposible. En vez de
ello, dieron orden de vaciar todas las tiendas de campaña, que no obstante
dejaron
3*5
en su lugar, fuera del recinto, para que obstaculizasen el avance de los
atacantes. A continuación, supervisaron los alrededores rápidamente y
decidieron el emplazamiento del perímetro defensivo. En el puesto había grandes
cajas de pan y sacos de harina que servirían para preparar un parapeto, siempre
que los soldados presentes en la guarnición dispusieran de al menos una hora
para apilarlos. Para ello, la experiencia de Chard en el cuerpo de Ingenieros
Reales resultó m uy valiosa. De inmediato, el propio Chard, Brom head y Dalton
organizaron varios grupos de trabajo y comenzaron a levantar el oblongo
perímetro defensivo, que discurriría entre las tres construcciones de piedra
del puesto y algunos carromatos. Los soldados y las tropas nativas, que todavía
no habían huido del campamento, apilaron las cajas (de cincuenta kilos cada
una) y los sacos de harina (cien kilos) formando una barricada de cerca de
metro y medio de alto que permitiría a los fusileros contar con cierta
protección mientras apuntaban o cargaban sus fusiles.
Aquellos sacos eran un regalo de Dios, ya que tenían la densidad y el
peso suficientes para que ni las balas pudieran traspasarlos ni los atacantes
empujarlos y volcarlos. En el muro exterior del hospital se abrieron algunos
agujeros para que los pacientes pudieran disparar sobre los impis que se
aproximaran por el sur. En una asombrosa hazaña de trabajo improvisado,
oficiales, soldados na tivos, enfermos y soldados regulares consiguieron
levantar, en poco más de una hora, una barricada de unos cuatrocientos metros
de largo bajo la amenaza de su inminente aniquilación. Por fortuna, en la parte
norte del recinto el terreno se elevaba ligeramente, una ventaja natural que
pudo incorporarse al parapeto de sacos de harina, de modo que, en algunos
lugares, su parte exterior se elevaba no metro y medio, sino hasta dos metros.
Ningún zulú podría salvar tanta altura con rapidez, lo que lo situaría en una
posición muy vulnerable frente a las balas y bayonetas británicas.
15:30 horas. Chard, que puesto que superaba ligeramente en antigüedad a
Brom head ejercía el mando, regresó al río, reunió a la cuadrilla de técnicos
que trabajaba en el transbordador, recogió la barcaza y las herramientas y
evacuó el muelle. Aunque sabía ya, por varias fuentes, que varios miles de
zulúes que habían aniquilado a un contingente veinte veces mayor que el suyo se
acercaban al puesto, ni él ni sus hombres demostraron el menor signo de pánico.
En vez de ello, Brom head y él recorrieron el perím etro de aquel pequeño
fuerte improvisado y comprobaron que en ningún lugar tenía el parapeto una
altura inferior a los 130 centímetros. A continuación, ordenó a sus exhaustos
hombres que descansaran un poco antes del asalto.
Los fusileros del 24o Regimiento se situaron en sus puestos
intercalándose con los demás defensores. Tenían las cartucheras llenas y un
buen montón de balas apiladas a sus pies. A continuación, calaron bayonetas.
Los dos jóvenes oficiales, que apenas tenían experiencia en Á frica y mucho
menos frente a
3 2 6
los zulúes, hicieron en menos de dos horas y bajo la amenaza de una
destrucción completa lo contrario de lo que sus superiores, mucho más
experimentados, habían hecho en Isandhlwana. Gracias a ello dieron a sus
combatientes, que se encontraban en abrum adora inferioridad numérica, más
oportunidad de sobrevivir de la que los condenados de Isandhlwana tuvieron
jamás.
16:30 horas. Nada más llegar los zulúes y producirse los primeros y
dispersos disparos, los grupos de nativos y colonos huyeron, dejando a solas a
la com pañía B del segundo batallón del 24o Regim iento, con su esquelético
contingente de cien soldados regulares británicos, que se vieron obligados a
redistribuirse a lo largo del debilitado perímetro. Chard se percató de que la
fortificación original era demasiado grande para unas fuerzas tan escasas
-ahora contaba con poco más de cien hombres, no con 450 -, de modo que ordenó
construir un segundo parapeto con cajas de pan. Esta segunda línea discurría de
Norte a Sur y unía el alm acén con el perím etro norte. Los defensores
dispondrían así de una segunda línea de defensa en el caso de que la primera se
viniese abajo.
77:30 horas. El combate propiamente dicho comenzó en la parte norte de
la barricada de sacos de harina. Por desgracia, en este lugar, las defensas
eran muy débiles y una serie de obstáculos naturales -el huerto, una cerca, una
zanja situada a unos treinta metros del parapeto, algunos arbustos y un muro de
piedra de dos metros de alto situado poco más allá de la línea de defensa
británica- ofrecían a los zulúes varios lugares donde cobijarse y coordinar sus
ataques. Entre tanto, desde la colina de Oskarberg, situada al sur, algunos
zulúes disparaban con fusiles Martini-Henry capturados sobre la espalda de los
defensores del perím etro norte, y a veces daban en el blanco. A l grito de
“¡Usuthu! ¡Usuthu!”, los mil zulúes del inDlu-yengwe corrieron hacia la parte
sur del perím etro. A l cabo de unos minutos, el puesto estaba sometido al
feroz ataque zulú que llevaban a cabo los tiradores situados en la colina de
Oskarberg, los lanceros, que lanzaban repetidas ofensivas, y otros guerreros
que, escondidos en la zanja o tras el muro de piedra, las construcciones y los
árboles que quedaban al otro lado del perímetro defensivo, disparaban espo
rádicamente.
Durante la hora y media siguiente, los soldados británicos que defendían
la parte norte del perímetro segaron oleada tras oleada de zulúes, que pronto
se percataron de que era imposible superar los sacos de harina sin recibir un
disparo o sufrir una herida de bayoneta. El principal problema de los
británicos era el sobrecalentamiento de sus fusiles. Cuando los cañones de los
Martini-Henry se ponían al rojo vivo, los casquillos de bronce de los cartuchos
se dilataban nada más ser introducidos en los mismos. Cuando esto sucedía, el
arm a se encasquillaba y resultaba im posible disparar. El soldado que sufría
esta inconveniencia se veía obligado a limpiar el cañón con una varilla. En
estas
32 7
circunstancias, un pequeño grupo de zulúes se agachaba al otro lado de
la barricada de sacos y ayudaba a uno de sus compañeros a saltar el parapeto.
Para solventar este problem a, Brom head organizó grupos de fusileros escogidos
que se lanzaban con la bayoneta calada sobre todos los guerreros zulúes que
conseguían salvar la barricada. L a m ayoría de los británicos que morían o
resultaban heridos, y cada vez eran más, lo eran a consecuencia de los disparos
de los guerreros parapetados en la colina de Oskarberg. Casi ningún fusilero
murió víctima de una azagaya zulú. Si los zulúes hubieran coordinado los dis
paros de sus fusiles y hubieran sido buenos tiradores, podrían haber acabado
fácilmente con toda la guarnición británica, sobre todo porque disponían de
cientos de tiradores para hacer frente al centenar escaso con que contaba el
contingente británico.
19:00 horas. Cuando cayó la noche, el hospital estaba en llamas. Sus
pacientes corrían riesgo de morir abrasados y su captura suponía la caída de la
parte oeste del perímetro defensivo. Durante la hora siguiente, y en una
retirada heroica, tan sólo ocho pacientes consiguieron escapar del edificio.
Poco después, Chard ordenó que toda la guarnición se replegase tras la segunda
barricada, que discurría de Norte a Sur. El nuevo perímetro tenía tan sólo una
tercera parte de extensión que el original. Además, los británicos contaban con
una tercera posición defensiva más reducida y mejor fortificada. Se trataba de
un reducto circular construido con sacos de harina que formaban una barricada
de tres metros de altura. Servía de protección a los que habían sido evacuados
del hospital y de parapeto a algunos fusileros que disparaban sobre las cabezas
de los compañeros que defendían el perímetro exterior.
En algún lugar de la llanura, quizá tan sólo a algunos kilómetros de los
zulúes, el mayor Spalding cabalgaba por fin junto a sus prometidos refuerzos
desde el puesto de Helpmakaar. Sin embargo, en cuanto divisó el resplandor de
las llamas que consumían el hospital y vio a las huestes zulúes, dio media
vuelta y regresó a Helpmakaar con su contingente. A l parecer, estaba
convencido de que sus hombres y campamento habían sido ya aplastados. De haber
proseguido hacia Rorke’s Drift, es muy posible que hubiera conseguido abrirse
paso a través de los impis zulúes y aportar unos refuerzos esenciales en el
momento más crítico de la batalla.
22:00 horas. Tras casi cinco horas de lucha, la batalla comenzó a
inclinarse lentamente a favor de los británicos. En el informe oficial, el
teniente Chard declaró: “Por la noche el enemigo mantuvo un fuego esporádico e
intentó varios asaltos que conseguimos rechazar. El vigor del ataque se mantuvo
hasta después de la medianoche. Nuestros hombres, disparando con la mayor
frialdad, no desperdiciaron un solo cartucho. El resplandor del incendio del
hospital nos resultó de gran ayuda” (Narrative ofField Operations Connected
with theZulu War
° f 1^79>PP- 46-47)-
32 8
BATALLA DE R ORKE’S DRIFT,
2 2 - 2 3 de enero de 1879
Reducto de
sacos de harina
parapeto de
cajas de víveres
segundo perímetro
Almacén
" O l.Inicial, 2 . Principal, 3 .Último
Cocinas Ataques zulúes
Hlobane
X
Captura de
\Cetshwayo ’
V
\ X Isandhlwana
Rorke’s ZULULANDIA
Helpmakaar k
VictoryH
ill
NATAL X
i Gingindhlovu
o Millas 20 40 , X Océano
Indico
*'4
o Kilómetros 40
329
En plena noche, los francotiradores zulúes situados en el promontorio de
Oskarberg perdieron la visión de sus blancos y se unieron a la refriega. El
nuevo y reducido perímetro incorporaba el robusto almacén en su costado sur.
Con ello se evitaba la posibilidad de que los soldados que defendían el
parapeto pudieran recibir disparos por la espalda. El incendio del hospital,
como señaló Chard, tuvo el no intencionado efecto de ilum inar el área
circundante, lo que permitía ver a los zulúes que trataban de acercarse a las
defensas británicas. Aunque los defensores sufrían ya numerosas bajas, el nuevo
perímetro, más reducido, les permitió apretar sus líneas. Con ello, ganaron en
concentración de fuego y facilitaron el suministro de municiones. Por otra
parte, si los británicos estaban agotados por el esfuerzo realizado desde su
apresurada carrera por fortificar el recinto, de la que ya habían transcurrido
siete horas, los zulúes estaban aún en peor forma: llevaban prácticamente dos
días sin comer y doce horas de marcha y combate ininterrumpidos.
2 j:jo horas. Los británicos abandonaron el kraal de piedra situado en
el ex tremo noreste de su perímetro defensivo inicial y se refugiaron en un
pequeño recinto de menos de 150 metros de perímetro. Muchas de sus bayonetas
-terribles armas de acero de hoja triangular y unos cuarenta centímetros de
largo- estaban dobladas o retorcidas. Los cañones de sus fusiles les quemaban
las manos y, cada poco, se encasquillaban. La mayoría esperaba un último ataque
de unos 3.000 o más zulúes que acabaría definitivamente con la resistencia de
la guar nición. Los soldados cercados en el pequeño perímetro no podían
conocer el alto precio que sus fusiles se estaban cobrando en los atacantes, ni
el hambre y el cansancio que se abatía sobre éstos a medida que se aproxim aba
la m e dianoche.
Pese a todo, los zulúes siguieron poniendo a prueba a los británicos en
un vano esfuerzo por salvar el parapeto de sacos de harina. Solían morir de un
dis paro o por herida de bayoneta mientras se esforzaban por apartar con las
manos los cañones de los fusiles británicos; muchas veces, el acero al rojo
vivo les abrasaba manos y brazos durante el forcejeo. A partir de la
medianoche, sin embargo, los ataques fueron ya más esporádicos y Chard y
Bromhead ordenaron a la mitad de los defensores que reparasen la barricada de
sacos, distribuyeran más munición y metieran el carro del agua en el reducto a
fin de prepararse para el asalto final que sin duda tendría lugar al alba.
23 de enero de i8 jg , 4:00
horas. Con las prim eras luces del día, Chard su pervisó el campo de batalla y
formó nuevos grupos para que continuasen con la reparación de las barricadas,
recogieran las armas de los zulúes caídos y, con mucha cautela, explorasen la
llanura que se abría ante el puesto. Aun que los zulúes habían desaparecido
misteriosamente, la m ayoría de los de fensores perm anecieron en el segundo
perím etro en espera de un nuevo ataque.
330
y:oo horas. Una larga línea de guerreros zulúes apareció de repente en
las crestas de las colinas que rodeaban el barranco, pero, al poco, comenzaron
a retirarse. Abandonaban el asedio en el preciso momento en que una última
carga les habría asegurado la victoria sobre la guarnición británica. O estaban
demasiado exhaustos y hambrientos para proseguir la lucha o habían divisado la
columna de refuerzos de lord Chelmsford, que se acercaba al puesto. Las
partidas de reconocimiento encontraron a 35 1 enemigos muertos. El número de
heridos que se alejaron del campo de batalla a rastras debía de añadir otras
doscientas bajas a la cifra total. Estimaciones posteriores sugieren que los
zulúes perdieron entre cuatrocientos y ochocientos guerreros, puesto que en las
siguientes semanas se encontraron muchos cadáveres en los alrededores de
Rorke’s Drift. En general, los británicos subestimaron las bajas zulúes durante
todo el conflicto, y es que solían limitarse a contar los muertos que
encontraban en un kilómetro a la redonda del campo de batalla, ignorando que la
mayoría de zulúes heridos se alejaban a rastras y, sin cuidados médicos ni agua
ni comida, fallecían a algunos kilómetros del lugar del combate. Las bajas
británicas fueron pocas: quince muertos y doce heridos. El coronel Harford, que
llegó a Rorke’s Drift al día siguiente acompañando a la columna de Chelmsford,
afirmó que el puesto “tenía el mismo aspecto que si lo hubiera arrasado un
huracán. Había muchos muertos y lo único que perm anecía intacto era un pequeño
fuerte circular formado con sacos de harina situado justo en el centro de la
guarnición” (D. Child; ed., The Zulu War Journal o f Colonel Henry Harford, C.
B . [Diario de la guerra zulú del coronel médico Henry Harford], p. 37).
Tras la batalla, los británicos contaron más de 20.000 cartuchos vacíos,
cifra asombrosa teniendo en cuenta que en la batalla sólo intervinieron un
centenar de soldados. En ocho horas de combate ininterrumpido, la guarnición
había disparado en torno a doscientos cartuchos de calibre 45 por hombre. De
media, cada soldado británico había matado o herido a cinco zulúes. Por cada
casaca roja muerto, habían caído más de treinta zulúes. L a batalla de Rorke’s
Drift parecía la cara opuesta de Isandhlwana:
En ambas acciones, los zulúes emplearon la misma y sencilla estrata
gema envolvente, atacando en masa sin grandes complejidades pero con
extraordinario valor. R orke’s Drift demostró que una com pañía de fusileros
podía contener el ataque de 4.000 zulúes siempre y cuando cumpliera con una
serie de prem isas: 1) una formación de combate com pacta; 2) una posición
defensiva rudimentaria, o laager, en la que para petarse; 3) un suministro de
municiones eficaz. Los bóers habían subrayado repetidamente las dos primeras;
la tercera resulta elemental. La conclusión era ineludible. La diferencia entre
el enorme desastre de Isandhlwana y el triunfo menor de Rorke’ s Drift
estribaba en que un
33i
par de tenientes no particularmente brillantes habían tomado unas
precauciones elementales que sus superiores habían descuidado (A. Lloyd, The
Zulu War, i8yg [La guerra zulú de 1879], p. 103).
Pese a haber sido testigo de la m ayor victoria de la historia zulú, el
rey Cetshwayo había perdido en tan sólo veinticuatro horas, en los
enfrentamien tos de Isandhlwana y R orke’s Drift, a 4.000 de los 20.000
guerreros que componían su ejército. En su patria aún quedaban dos columnas
enemigas y una revuelta Gran Bretaña se aprestaba a enviar miles de nuevos
reclutas para vengar la masacre de Isandhlwana. La nación zulú nunca había
combatido contra un moderno contingente de disciplinados fusileros capaces de
apuntar, disparar y cargar al unísono y, cuando actuaban de modo individual,
disparar siguiendo un estricto procedimiento que se adaptaba a la naturaleza y
distancia del objetivo.
¿Por qué vencieron los británicos en Rorke’s Drift contra un enemigo tan
abrumador? Porque sus soldados disponían de mejores suministros de víveres y
munición y atención médica, y eran tiradores mucho mejor entrenados. Y, lo que
es más importante, su sistema de disciplina institucionalizada les permitía
mantener una cortina de fuego como jamás se había visto en Africa en ninguna de
las guerras que los nativos habían librado entre sí. La economía británica,
industrializada y capitalista, contaba con los medios de transporte y
suministro necesarios para mantener a miles de soldados lejos de su metrópoli.
La ciencia europea era la responsable de la fabricación del fusil
Martini-Henry, un arma formidable cuyas enormes balas y asombrosa precisión
contribuyeron a neu tralizar de un plumazo la superioridad numérica zulú.
Durante toda la campaña, los oficiales británicos se esforzaron por
entablar batallas decisivas para ganar o perder la guerra en un enfrentamiento
abierto. Durante las dieciséis horas transcurridas en las barricadas de Rorke’s
Drift, decenas de soldados británicos -com o por ejemplo Dalton, el oficial
encargado de la cantina (condecorado con la cruz Victoria), verdadero baluarte
en la organización de los defensores, o Reynolds, cirujano (también condecorado
con la cruz Victoria), que construyó un puesto improvisado para los heridos, o
el soldado Hook (cruz Victoria), que rescató a los enfermos del hospital-
tomaron la iniciativa y actuaron a título individual con la intención de
mejorar las defensas. Todos los tiradores parapetados tras los sacos de harina
habían ingresado en el ejército con una idea muy clara de sus derechos y
deberes, y sentían una lealtad extrema hacia sus compañeros de regimiento. La
disciplina de la unidad exigía que los hombres disparasen hasta la extenuación
o la muerte y un entrenamiento estricto les permitía apuntar bien y dar en el
blanco. El 22 de enero de 1879 la guarnición de Rorke’s Drift demostró que
contaba con los cien hombres más peligrosos del mundo.
332
UNA ACTITUD IM PERIAL
¿POR QUÉ COMBATIR A LOS ZULÚES?
Muchos conflictos suelen comenzar por disputas fronterizas. Y eso fue lo
que ocurrió en la guerra anglo-zulú de 1879, que sin duda comenzó a causa de
los desacuerdos sobre la dem arcación de las fronteras de Zululandia con las
provincias europeas de Natal y el Transvaal; no obstante, y teniendo en cuenta
el deseo colonial de obtener más territorios, mano de obra y seguridad, la
guerra era inevitable. Los británicos no tenían ninguna razón obvia para
invadir Zululandia, salvo el pretexto de un ataque preventivo. Muchos de los
ministros de Londres tampoco deseaban tener nada que ver con una guerra en el
sur de África en un momento en el que los vitales intereses del Imperio en
India, Egipto y Afganistán exigían todos sus recursos. Asimismo, ningún
observador llegó a constatar que un ejército zulú hubiese efectuado una
incursión en Natal o el Transvaal e iniciado las hostilidades. Las reiteradas
órdenes del rey Cetshwayo, por otra parte, insistían en im pedir que sus impis
cruzasen las fronteras de Zululandia.
Otras regiones del sur de África estaban relativamente deshabitadas
cuando los primeros granjeros y ganaderos holandeses e ingleses, impacientes
por un trozo de tierra, se establecieron en la zona entre los siglos XVII y XIX
. Zululandia, por su parte, constituía el hogar ancestral de numerosas tribus y
había sido relativamente ignorada por los europeos.
Sin embargo, con el estallido de la guerra en 1879 se estableció un
reparto general y bien definido de las tierras del suroeste africano, reparto
que estableció unas fronteras precisas para el reino autónomo y densam ente
poblado del rey Cetshwayo. A principios de enero de 1879, l ° rd Chelmsford
atravesó el río Búfalo-Tugela con una fuerza com binada de más de 17.000
hombres e invadió la nación zulú cumpliendo órdenes del alto comisionado de
Sudáfrica, sir Bartle Frere. Aunque, oficialmente, Chelm sford estaba “pro
tegiendo” Natal, su verdadera misión consistía en encontrar a los impis zulúes,
destruirlos en una batalla, capturar a Cetshwayo y, a continuación, acabar con
la nación autónoma zulú. L a guerra anglo-zulú fue desde su comienzo una guerra
de agresión contra el pueblo zulú encam inada a elim inar para siempre la am
enaza que suponía la presencia de un gran ejército indígena en una frontera
junto a la que se encontraban los asentam ientos y colonias menos poblados de
bóers y británicos. El administrador del Transvaal, lord Shepstone, esbozó
inocentem ente la preocupación británica por la presencia de los impis zulúes,
afirmando que: “ Si a su debido tiempo hubié ramos transformado a los 30.000
guerreros de Cetshwayo en trabajadores asalariados, Zululandia se habría
convertido en un país pacífico y próspero
333
y no sería lo que ahora es, una fuente de continuo peligro para sí misma
y para sus vecinos” (J. Guy, The Destruction o f the Zulu Kingdom [La
destrucción del reino zulú], p. 47).
Tras varios años de disputas fronterizas con los bóers del vecino
Transvaal, la cuestión de la integridad territorial de Zululandia fue sometida
al estudio de una Comisión de Demarcación de Fronteras patrocinada por los
británicos. Esta Comisión informó a Frere que ¡las tierras en disputa
pertenecían proba blemente a los zulúes! Según la Comisión, la crisis
fronteriza había sido causada por una agresión bóer, acom pañada del
beneplácito británico y no por una expansión imperial zulú. Debido a la propia
naturaleza de los métodos europeos de explotación ganadera, cada familia
autónoma necesitaba miles de hectáreas, lo cual provocaba una absurda paradoja
en el paisaje local: una población colonial dem andaba enormes cantidades de
tierras que anteriormente per tenecían a las tribus, pero a la vez carecía de
la densidad suficiente para proteger los grandes territorios que se habían
expropiado a los zulúes. En la vecina provincia de Natal, alrededor del 80% de
las tierras, cerca de cuatro millones de hectáreas, pertenecían a tan sólo
20.000 europeos, mientras que el millón de hectáreas menos deseable se lo
disputaban 300.000 nativos africanos. Ahora bien, los colonos europeos no
tenían, por sí solos, los medios suficientes para proteger lo que habían
conquistado de forma tan sangrienta.
Debido a que el gobierno británico no tenía interés real en anexionarse
Zululandia -la región tenía pocas riquezas naturales, había muchas enfermedades
y su población era orgullosa y difícil de gobernar-, y dado que tampoco había
evidencias de que se produjese una agresión zulú contra Natal ni el Transvaal,
las razones exactas de que el ejército británico iniciara su invasión de 1879
continúan siendo un misterio. Quizá los motivos estén en la amplia libertad
para actuar que se concedió al imprevisible Frere, quien estaba decidido a
iniciar una guerra a toda costa en la creencia de que la marea de la historia
estaba inexorablemente en contra de la espada del militarismo zulú y de que con
la conquista de Zululandia él podría ser nombrado procónsul imperial de una
nueva y ampliada Sudáfrica confederada.
Más concretamente, Frere y sus mandos estaban muy preocupados por el
ejército zulú, compuesto por 40.000 guerreros, un contingente extraordinario
para una población que probablemente fuera inferior a los 250.000 habitantes.
Según la form a de pensar de Frere, la existencia de un ejército nativo tan
poderoso en las fronteras implicaba que en cualquier momento podría ocurrir una
catástrofe, sobre todo teniendo en cuenta el récord de conquistas guerreras de
los zulúes durante el siglo anterior y la demanda constante que los colonos
hacían de nuevas tierras de pasto. Frere pasaba por alto el hecho de que, pese
a que había permanecido movilizado, el ejército zulú había mantenido la paz con
los británicos durante cerca de 37 años, y obvió que serían los europeos
334
quienes llevasen a cabo la alteración del statu quo imperante. Frere, en
efecto, desoyó las advertencias de sir Henry Bulwer, gobernador de Natal y
superior en rango, en el sentido de que los británicos debían acatar los
resultados de su propia Comisión investigadora. En lugar de ello, el alto
comisionado intentó extender la protección de su gobierno a los agresivos
poblados bóers, los cuales estaban ansiosos de que el ejército imperial de
Inglaterra ajustase las cuentas a sus antiguos ofensores, los zulúes.
Deseoso de precipitar las hostilidades, Frere se escudó en tres
incidentes que, según declaró, hacían la guerra inevitable. Un jefe zulú,
Sihayo, había sacado a dos de sus esposas adúlteras del protectorado inglés de
Natal para después ejecutarlas en Zululandia, hecho que espantaba el sentido
que Frere tenía sobre la inviolabilidad del territorio im perial británico y
que atentaba contra la moralidad de la sociedad inglesa del siglo x ix . Pero
el rey Cetshwayo se negó a entregar a Sihayo. En respuesta, los británicos,
como los antiguos príncipes griegos que se aprestaron a em barcar hacia Troya
para vengar un supuesto secuestro, consideraron que se trataba de una cuestión
de honor y exigieron una réplica a la acción de Sihayo. Poco después, una
partida im perial de reconocimiento que recorría el río Tugela a su paso entre
Zululandia y Natal fue detenida, aunque sin daño alguno, por unos grupos de
cazadores zulúes que sospecharon, muy acertadamente, que dicha expedición
cartográfica era el preludio para la anexión formal de algunos de sus
territorios fronterizos. Y finalmente, para m ayor indignación de Frere,
algunos m isioneros habían abandonado recientemente Zululandia, quejándose de
que los zulúes conver sos al cristianismo eran a menudo maltratados por Cetshw
ayo y a veces asesinados.
Interpretando a su manera dichas informaciones de segunda mano y
basándose, al parecer, en que los zulúes no se comportaban en su propia tierra
como caballeros ingleses, Frere consideró que tenía motivos legales para
iniciar la invasión de la soberana Zululandia. En su ultimátum exigió a
Cetshwayo que renunciase a su notable sistema de organización militar y con
ello que renunciase también a su numeroso ejército. La respuesta del rey zulú,
traducida de maneras diversas y en ocasiones reproducida erróneamente por
algunas fuentes, resulta impresionante por su orgullo y candor:
¿Dije yo en alguna ocasión a Somtseu (Shepstone, el representante
británico en Zululandia) que yo no mataría? ¿Acaso dijo él a la gente blanca
que yo hice esa afirmación? Porque, si lo hizo, entonces los engañó. Yo mato,
pero no considero que haya hecho todavía nada en ese sentido. ¿Por qué los
hombres blancos quieren comenzar por nada? Yo no he comenzado aún a matar, es
la costumbre de nuestra nación y yo no me apartaré de ella. ¿Por qué el
gobernador de Natal me habla sobre mis
335
leyes? ¿Acaso voy yo a Natal y le dicto a él las suyas?” (D. Morris, The
Washing ofSpears [El lavado de las lanzas], p. 280).
Tanto los colonos bóers como los ingleses querían mano de obra barata -
la esclavitud había sido abolida en el sur de Á frica hacía ya décadas- para
desarrollar sus granjas y las infraestructuras de las colonias del Transvaal y
Natal. Y obviamente, les desagradaba la idea de que 40.000 zulúes estuvie sen
obligados al servicio militar, lo cual no favorecía el hecho de que de seasen
cruzar la frontera desarmados y necesitados en calidad de trabajadores baratos.
Sir Garnet Wolseley, que sustituyó a Chelm sford como comandan te en jefe de
las tropas británicas al final de la guerra, también anotó en su diario la
percepción que tenían los británicos de una Zululandia posbéli ca ideal:
Nuestra disputa era con Cetshwayo, que era culpable de crueldades con su
pueblo: de haber quitado la vida a algunos de sus súbditos sin juicio previo y
de que, bajo su mandato, ni vidas ni haciendas estaban a salvo. Adem ás, el
sistema militar que propugnaba im pedía que los hombres se casaran y
trabajaran, obligándolos por tanto a permanecer en la pobreza. [...] En el
futuro a todos los hombres se les debería permitir casarse e ir y venir por
donde les plazca, y trabajar para quien quieran, de forma que puedan hacerse
ricos y prósperos, que es lo que nosotros deseamos que lleguen a ser (A.
Prestan, ed., The South Afiican Journal of Sir Garnet Wolseley i8jg-i88o [El
diario sudafricano de sir Garnet Wolseley 1879-1880], p. 59).
Adem ás, a los empresarios locales les encantaba la idea de tener a un
gran contingente militar británico en la colonia - la Corona llegaría a gastar
unos 5,25 millones de libras esterlinas durante las guerras zulúes- y
comenzaron a hacer cola para convertirse en proveedores del ejército. Los
propietarios de caballos y tiendas, los fabricantes de carromatos y los
cocheros de Natal recibieron de buen grado la oportunidad de elevar los precios
hasta niveles astronómicos, cosa que hicieron los colonos residentes, quienes
aprovecharon la inyección de capital y recursos humanos que se produjo en el
sur de África. Chelmsford y el cuerpo de oficiales de Natal también esperaban
con impaciencia la opor tunidad de una barata, rápida y gloriosa victoria, que
no podría sino impulsar sus carreras. Se produjo una enconada competencia entre
oficiales por lograr un destino entre las tropas de la inminente invasión, se
trataba de una aventura militar anhelada y prevista como corta, relativamente
segura y llena de opor tunidades de conseguir gloria frente a un oponente
valeroso pero tecnológica mente atrasado.
3 3 6
LOS EUROPEOS Y EL OTRO
En un sentido amplio, la guerra fue tan sólo el resultado de la actitud
insidiosa de los británicos, muy característica de todos los europeos, hacia
los pueblos indígenas. Se inspiraba en una mezcla de chovinismo, imperialismo
violento y buena voluntad mal entendida. Para los británicos, el ejército de
Cetshwayo constituía un impedimento para que su pueblo accediese a la “
civilización” . El pueblo zulú, lógicamente, debía abrazar con satisfacción la
religión y la cultura de una raza “ superior” . El cristianismo podría suponer
para los zulúes el fin de la poligamia, las ejecuciones y los asesinatos
arbitrarios, el canibalismo esporádico, las decapitaciones, la infamante
desnudez, la sodomía y todo aquello que los misioneros consideraban aspectos
extraños de las prácticas sexuales rituales, que rodeaban la purificación de
los guerreros: uku-hlobonga, o sexo intercrural (entre las piernas) sin
penetración fálica para los guerreros solteros, y sula izem.be, relación sexual
com pleta para los casados después de haber luchado hasta tener que “limpiar el
hacha” . Las leyes inglesas evitarían también los asesinatos aleatorios de
Cetshwayo y supondrían el paso del nomadismo al sedentarismo, base necesaria
para desarrollar una economía capitalista eficaz, respetuosa con la propiedad
privada y capaz de prom over un nivel de vida más alto.
En 1856 los británicos constataron que Cetshwayo había masacrado en una
atroz guerra civil a más de 7.000 guerreros que apoyaban a su hermano, además
de a otros 20.000 miembros de su propia tribu, entre los que se encontraban
ancianos, mujeres y niños. En lo sucesivo, la zona situada junto al río Tugela
donde se produjeron las matanzas pasó a llamarse Mathambo, es decir, “el lugar
de los huesos” . Mucho antes, Chaka había asesinado a un número de víctimas
diez veces superior. Los reyes zulúes, como hicieran también los monarcas
aztecas, mataron a más indígenas en sus guerras tribales y en los asesinatos
aleatorios que cometían por diversión que los europeos en los campos de batalla
en el curso de sus conquistas. Poco antes de llegar al trono zulú, Cetshwayo
asesinó a casi todos aquellos de sus hermanos, medio hermanos, primos y
parientes lejanos que podían disputarle la sucesión.
El potencial del ejército británico era prueba suficiente de la
superioridad del estilo de vida europeo, o al menos eso pensaban Frere y
Chelmsford en vísperas de la que, como daban por hecho, sería una rápida
conquista.
Los británicos cruzaron la frontera de Zululandia el 11 de enero de
1879. Lleno de orgullo, lord Frere escribió: “ Confío en que, con la ayuda de
Dios, en pocas semanas seamos capaces de librarnos del diablo que durante tanto
tiempo ha estrangulado casi toda la vida de estas colonias” (C. Goodfellow,
Great Britain and South African Confederation, 1870-1881 [Gran Bretaña y la
Confederación Sudafricana, 1870-1881], p. 165).
337
Com o en la conquista española de M éxico o la conquista del Oeste nor
teamericano, la invasión británica de Zululandia se vio seguida de la abso
lutamente previsible secuencia de acontecimientos que durante cuatro siglos
había caracterizado la entrada de los europeos en Asia, las Américas, Australia
y Africa. En 1800 los europeos eran sólo 180 millones de los 900 millones de
habitantes que aproximadamente sumaban la población mundial y sin embargo
ocupaban o dominaban de una u otra forma cerca del 85% de las tierras del
mundo.
En 1890 dos tercios de todos los barcos transatlánticos eran británicos
y la mitad del comercio marítimo era efectuada por navios de construcción
británica. La mayoría del transporte marítimo de alguna manera facilitaba o
beneficiaba al imperialismo británico. L a capacidad productiva de la industria
británica, así como las peculiaridades de su flota imperial y de su marina
mercante los hacían capaces de poder desembarcar tropas y suministros en
cualquier lugar del planeta en cuestión de semanas, una capacidad que no
compartía ningún otro país no europeo e incluso muy pocos en Europa. En cierto
sentido, Gran Bretaña estaba presente en Asia, Africa, Australia y las
Américas, sencillamente porque era la única nación del mundo que podía
permitírselo.
Las primeras exploraciones europeas del siglo X VI condujeron a
coloniza ciones esporádicas que a veces se vieron seguidas por invasiones y
conquistas. Un reducido número de europeos -franceses en el sureste asiático,
españoles en América, alemanes en Africa central, británicos en todas partes-
solía provocar hostilidades al anexionarse tierras de modo ilegítimo o
incursionar en los territorios de caza o pastoreo de los indígenas en busca de
minerales, oro, puertos o agua. A menudo los seguían colonos y comerciantes que
pretendían establecer asentamientos permanentes. Los documentos legales - y a
fuesen concesiones de la Corona española o proclamaciones verbales de los
burócratas británicos-eran expedidos rápidamente y se leían ante la realeza
local, naturalmente iletrada, y proporcionaban el pretexto necesario para la
anexión. Los occidentales tenían la extraña pero característica costumbre de
leer una larga lista de agravios antes de que alguno de sus ejércitos
aniquilase a sus enemigos nativos y analfabetos. Lord Frere, como antes Hernán
Cortés, fue muy escrupuloso a la hora de anunciar la destrucción de una nación
entera, alegando, públicamente, un derecho moral y legal para ello: expidió una
declaración de trece puntos en la que expresaba sus reclamaciones, declaración
que un Cetshwayo analfabeto no pudo leer y cuyo sentido no habría comprendido
del todo aunque se la hubieran traducido.
Con frecuencia y a causa de la arrogancia de los mandos europeos, a su
excesiva confianza en la superioridad tecnológica de sus ejércitos y al desco
nocimiento del enorme tamaño de los contingentes indígenas, las primeras y
pequeñas fuerzas expedicionarias europeas eran exterminadas: la Noche Triste
338
e Isandhlwana no son más que dos de las muchas derrotas sufridas en
Indochina, América, África central e India por los ejércitos europeos. En el
siglo X IX la venta de armas de fuego europeas dio pie a alguna revancha de los
nativos, como la masacre de la caballería norteamericana en Little Bighorn en
1876, o la derrota británica en Maiwand (Afganistán), en 1880, o la victoria
etíope sobre los italianos en Adua, en 1896. Pero estos reveses, que en su m
ayoría se produjeron a finales del siglo X IX , época en que muchos vendieron a
los indígenas rifles de repetición de fácil manejo y abundante munición, se
vieron seguidos, casi inmediatamente, de renovados ataques de ejércitos
occidentales más sabios, mejor equipados y mejor mandados, que perseguían no
sólo más territorios, sino, en venganza, la conquista completa y en ocasiones
la des trucción de un pueblo.
A lo largo de las guerras coloniales, la profanación de los muertos
europeos tras las primeras batallas -los sacrificios de las pirámides de Ciudad
de México, los destripamientos de Isandhlwana, las decapitaciones dejartum - se
interpretó como causa suficiente para no dar cuartel al enemigo y aniquilarlo
en combates librados conforme a la idea europea de una guerra limpia. Los
europeos se sentían, casi sin excepción, víctimas del ultraje cuando, en las
guarniciones tomadas por el enemigo, descubrían los cadáveres decapitados,
destripados o sin cabellera de sus soldados. Los europeos consideraban que ese
tipo de mu tilaciones -com etidas después de la batalla, a veces sobre los
cadáveres de mujeres y niños- constituían un acto de depravación mucho m ayor que
hacer saltar en pedazos los cuerpos de los guerreros indígenas con cañones y
fuego de fusilería. Estas eran acciones que se llevaban a cabo en la batalla y
no tenían como objeto ningún cadáver, sino guerreros con vida.
Las crónicas europeas solían retratar con simpatía a jefes tribales com
o Moctezuma, Caballo Loco o Cetshwayo. Pero no existen testimonios escritos de
los nativos, salvo los relatos orales recopilados por los misioneros cristianos
y los exploradores. Los jefes indígenas solían proclamar, sin duda de forma
ingenua, que la expulsión de los intrusos europeos significaría el fin de las
hostilidades. Desconocían que su propia victoria temporal sobre la avanzadilla
de las fuerzas europeas sellaba su destino, que culminaría con la llegada de
una segunda oleada de soldados occidentales que, con el pretexto de una
revancha, consolidarían los cimientos de una ulterior conquista.
El canibalismo, los sacrificios humanos, las decapitaciones, el
asesinato de prisioneros, la idolatría, la poligamia y la ausencia de leyes
escritas eran citados de forma asidua como pretextos para la anexión de
territorios, durante sus cuatro siglos de colonialismo en América, Asia y
Africa. A diferencia de sus adversarios, franceses, españoles e ingleses
proclamaban que el asesinato de miles de personas era un requisito inevitable
para encauzar a muchos indígenas por el difícil camino de la occidentalización.
Los misioneros y las altas jerarquías eclesiásticas e
339
intelectuales de Gran Bretaña denunciaban la rapacidad de su imperio,
pero, en vez de abogar por la retirada, recomendaban soluciones para mejorar la
vida de los indígenas o asimilarlos. Los zulúes debían ser occidentalizados y
convertidos en civilizados súbditos ingleses y de esta manera quedar protegidos
por dos leyes, la de la opresión imperial y la de su propio salvajismo
indígena. Pocos críticos liberales, si es que hubo alguno, recomendaron la
retirada y que se dejara a los zulúes en paz, aunque, como podía ocurrir,
pudieran matarse entre sí y continuar con sus guerras intertribales.
Normalmente, Hernán Cortés o Chelmsford conseguían suficientes aliados
indígenas para que los ayudasen en su causa, y es que su objetivo era
conquistar a las tribus más numerosas y belicosas de la región. En su opinión,
la caída de la nación azteca o zulú acabaría con la inquietud en que vivían los
nativos de su entorno y serviría para ganarse muchas simpatías y hacer aliados,
sobre todo entre aquellos que previamente habían sido víctimas de la brutalidad
de dichos regímenes belicosos. Además, suministrando armas de fuego o bienes
materiales de origen europeo a los nativos, lograban que en Am érica y Africa
siempre hubiera suficientes contingentes tribales dispuestos a sumarse a las
expediciones europeas. El ansia de botín y el anhelo de seguridad y de un suministro
permanente de artículos de los comerciantes occidentales garantizaba su
lealtad. No deberíamos olvidar que muchos nativos, víctimas durante décadas de
las matanzas tribales, odiaban a los aztecas y a los zulúes más que a los
europeos.
En la lucha propiamente dicha, al menos durante la primera generación de
guerras coloniales, solían oponerse tecnología militar y disciplina a valentía
y superioridad numérica. Los zulúes, igual que los aztecas, no fabricaban armas
de fuego propias y no com prendían ese principio de la doctrina militar
occidental según el cual antes, durante y después del combate cuerpo a cuerpo,
los soldados disparaban al unísono y en formación, siguiendo un orden y a la
voz de mando. Los zulúes llevaban décadas capturando o comprando armas de
fuego, pero la idea británica de disparar andanadas m asivas de forma continua
y regular -id ea que no era sino el resultado de un entrenamiento cuidadoso y
de un método que se basaba en la disciplina- era algo completa mente ajeno a
la doctrina bélica africana. Pese a em plear alrededor de ochocientos modernos
fusiles Martini-Henry y cientos de miles de cartuchos capturados en
Isandhlwana, la puntería de los zulúes jamás dejó de ser imprecisa, azarosa y
casi siempre ineficaz.
En teoría, después de la victoria de Isandhlwana la nación zulú estaba
tan bien armada como lo que quedaba del cuerpo central de la columna británica
y además era veinte veces más numerosa. Pero de igual modo que los arcabuceros
otomanos que intervinieron en Lepanto nunca fueron capaces de dominar la
técnica europea que consistía en que formaciones muy numerosas de mosque teros
abrieran fuego al unísono, los tiradores zulúes, para quienes los fusiles
340
no eran más que armas más efectivas que las indígenas -una punta de
metal con m ayor poder de penetración o una azagaya con más alcance-, que sólo
servían para que cada uno de los guerreros, de forma individual, pudiera llevar
a cabo m ayores hazañas. Los zulúes casi siempre apuntaban hacia arriba,
creyendo que, como ocurría con las jabalinas, el proyectil perdería impulso y
caería al suelo demasiado pronto. Los impis también capturaron unos cuantos
cañones en Isandhlwana - y consiguieron algunos carromatos de munición-, pero
nunca los emplearon contra los británicos. No sólo carecían de experiencia y de
conocimientos sobre artillería pesada, sino también de la disciplina necesaria
para cargar, apuntar y disparar un arma pesada a intervalos regulares, por no
mencionar la habilidad precisa para uncir los bueyes a los carromatos.
Puertos y buques transatlánticos resultaban decisivos para las potencias
europeas, ya que permitían trasladar una cantidad prácticamente inagotable de
armas de fuego de fabricación industrial y suministros a la región donde se
desarrollaba el conflicto. Durante las guerras zulúes, Zululandia no dejó de
recibir tropas, armas, alimentos y municiones provenientes de Ciudad del Cabo y
Durban. Tras el desastre de Isandhlwana, un nuevo ejército británico, compuesto
por aproximadamente 10.000 soldados y cuatrocientos oficiales, llegó a Natal
procedente de Inglaterra en menos de cincuenta días. Por lo general, los
ejércitos nativos nunca llegaron a darse cuenta de que Veracruz o Durban eran
meras estaciones de tránsito que permitían a los conquistadores españoles o
británicos reunir los recursos humanos que necesitaban en cuestión de semanas,
recursos que procedían de una superpoblada e inquieta Europa, situada a varios
miles de kilómetros, pero a tan sólo unas semanas de distancia.
Los ejércitos aztecas, musulmanes o zulúes dependían casi siempre de
rápidas maniobras de envolvimiento y de flanco, tácticas que habían demostrado
su eficacia contra las tribus indígenas vecinas. Sin dejar demasiados elementos
a la im provisación, confiaban en que sus bien entrenados guerreros, mucho más
móviles, numéricamente superiores y muy valerosos, conseguirían embos car o
sorprender a unos contingentes europeos menores en número. De ese modo
conseguían éxitos allí donde había arbustos espesos, bosques o selva. Tampoco
dejaban de realizar los rituales tradicionales de la guerra, ni siquiera
durante las últimas batallas contra los europeos, y, dado que a los indígenas
les incom odaba combatir de noche, no solían completar sus victorias persi
guiendo a los vencidos cuando ya ningún obstáculo podía oponérseles. Incluso
consentían que fenómenos culturales -com o, por ejemplo, fiestas religiosas,
danzas previas al combate, banquetes y ritos anuales de fertilidad- o naturales
- por ejemplo, consideraciones
relacionadas con las estaciones u observaciones astronómicas extraordinarias-
tuviesen prioridad sobre los preparativos de la batalla. Después de la invasión
británica, Cetshwayo formó a su ejército para que sus brujos provocasen el vóm
ito a cerca de 20.000 guerreros. Fueron
341
necesarios tres días para administrarles el tónico en cuestión y que
cada guerrero desfilase ante un pozo que se iba llenando con el vómito de
todos. Después, tuvieron que ayunar, a fin de que todo el ejército estuviese
“purificado” . Ló gicamente, el vigor de los impis quedó drásticamente
debilitado.
Desde los griegos en adelante, los occidentales también dispusieron una
serie de rituales preparatorios para la guerra: sacrificios antes de la
batalla, arengas y música, días sagrados de tregua, vestimentas ceremoniales,
ejercicios. Pero estas prácticas se preparaban con tanta prontitud como se
posponían o incluso se suprimían, conforme lo determinasen las necesidades
militares. En consonancia con esto, la mayor parte de los ejércitos europeos no
practicaban rituales prebélicos de ayuno, vómito, purgas o automutilación que
pudieran impedir la eficacia de los soldados en el campo de batalla. Como
mucho, antes del combate las tropas europeas recibían una ración de ron, una
austera arenga y un recordatorio de última hora sobre el orden en que se debía
abrir fuego. Desde los griegos, los sacrificios previos a la batalla y los
rituales se habían convertido en gestos sin contenido que servían para elevar
la moral más que para comunicarse con los dioses.
Los europeos estaban dispuestos a combatir los 365 días del año, de día
o de noche, sin prestar atención a las exigencias de su fe cristiana o del año
natural. El mal tiempo, las enfermedades y los obstáculos geográficos no eran a
sus ojos otra cosa que dificultades que podían superarse con la tecnología
apropiada, la disciplina militar y el capital necesario, y rara vez se
consideraban expresiones de una mala voluntad divina o de la hostilidad de un
espíritu superior. Los europeos solían tomarse sus fracasos de forma diferente
a como se los tomaban sus adversarios de Asia, Am érica o África. La derrota no
era un síntoma de la ira de los dioses ni de un sino adverso, sino consecuencia
racional de un fallo táctico, logístico o tecnológico, elementos todos ellos
fáciles de remediar en la siguiente ocasión - y hasta que culminaba la
conquista, siempre había una si guiente ocasión-, merced a una minuciosa
inspección y análisis. En Zululandia, y tal como hacían todos los ejércitos
occidentales, según observó Clausewitz, los británicos consideraron que la
guerra era la continuación de la política por otros medios. A diferencia de lo
que les ocurría a los zulúes, para el ejército británico la guerra no era una
ocasión para que los guerreros obtuviesen botín, mujeres o prestigio.
Los pueblos indígenas lucharon más a menudo junto a los europeos, de lo
que algunos europeos, a título individual, lucharon junto a los nativos. Hernán
Cortés contó con la ayuda de cientos de miles de tlaxcaltecas, como contaron en
Africa los británicos con los llamados cafires. Básicamente, ni aztecas ni
zulúes en contraron europeos dispuestos a luchar a su lado contra otros
invasores blancos. Pánfilo de Narváez anhelaba destruir a Cortés, no a la causa
española; por ello después de ser derrotado la m ayoría de sus hombres se
sumaron a la
34¿
expedición contra Tenochtitlán. Jo h n Dunn ayudó en ocasiones a los
zulúes, pero durante la guerra anglo-zulú de 1879 rápidamente volvió a unirse a
los británicos. Ni un solo europeo luchó en las filas de Cetshwayo contra los
bri tánicos, a pesar de que casi todos los bóers rechazaban al gobierno inglés
de África. Por el contrario, miles de africanos se alistaron en diversos
regimientos coloniales.
Para los europeos, las dificultades solían provenir de los
enfrentamientos contra sus propios colonos: contra los bóers en África y contra
los primeros estadou nidenses en América. Unos y otros libraron costosas
guerras de independencia em pleando armas, disciplina y tácticas que en muchos
casos copiaban o superaban a las de los británicos venidos de ultramar. Los
bóers, por ejemplo, mataron a más británicos en una sola semana de las guerras
bóer -aproxim a damente 1.800 en M agersfontein, Storm berg y Colenso, y esto
únicamente del 11 al 16 de diciembre de 1899 - de los que mataron los zulúes
durante todos los enfrentamientos de 1879.
Muchos historiadores han evitado debatir la cuestión de la superioridad
militar europea porque o la confunden con asuntos relativos a la inteligencia o
la moralidad, o se centran en las derrotas ocasionales de los europeos, como si
éstas hubieran sido habituales. De esta forma, basándose en esas excepciones,
pretenden negar la dominación europea como norma general. De hecho, la
capacidad de los europeos para conquistar a los no europeos, generalmente lejos
de Europa, a pesar de los enormes problem as logísticos y con un número
relativam ente escaso de combatientes, y a menudo en un terreno y clima
desconocidos y hostiles, no tiene nada que ver con asuntos relativos a la
inteligencia, una moralidad innata o la superioridad religiosa; por el
contrario ilustra, una vez más, la existencia de un factor com ún propio de una
tradición cultural peculiar, que, iniciada con los griegos, ha proporcionado
extraordinarios beneficios a los ejércitos occidentales en los campos de
batalla.
ZULÚ POSMORTEM
Lo que sucedió después de Rorke’s Drift es bastante representativo de
las guerras coloniales que se libraron a finales de siglo X IX y habría de
suceder repetidas veces en el Congo, Egipto, Sudán, Afganistán y el Punjab.
Tras la victoria en el puesto de Rorke’s Drift, lord Chelmsford, con un ejército
reforzado, retomó la invasión de Zululandia. Además de los primeros
enfrentamientos sangrientos que aquel mismo año tuvieron lugar en Ineyzane (22
de enero), el río Intombi (11 de marzo), el fuerte en Eshowe (6 de febrero-3 de
abril) y Hlobane (27-28 de marzo), los británicos libraron tres decisivas
batallas en Kambula (29 de marzo), Gingindhlovu (2 de abril) y Ulundi (4 de
julio). En Kambula y Gingindhlovu,
343
las fuerzas británicas y coloniales, en campos fortificados, habrían
aniquilado completamente a los zulúes que los atacaron si éstos hubieran
llevado hasta sus últimas consecuencias sus cargas y ataques casi suicidas.
En la última batalla de la guerra en Ulundi, ocurrida cerca del cuartel
general del rey Cetshwayo, una formación en cuadro británica -los británicos
contaban con artillería y ametralladoras Gatling- abandonó deliberadamente su
fortín para iniciar la marcha en un claro desafío e instando a atacar a los
zulúes, que sabían ya que resultaba fútil cargar contra cualquier tipo de
fortificación, pero no que intentar rom per una sólida formación de tiradores
europeos en una explanada donde no había ningún obstáculo era una estupidez de
un calibre semejante. En menos de cuarenta minutos, los casacas rojas -4.165
europeos y 1.152 africanos- rechazaron a 20.000 zulúes. Al menos 1.500
guerreros cayeron muertos y otros 3.000 resultaron heridos: muchos de ellos se
alejaron y fallecieron en algún escondrijo.
Cuando todo hubo terminado, los muertos zulúes y británicos fueron en
terrados en el campo de Ulundi. De un modo típicamente occidental, los
británicos erigieron una placa conmemorando a aquellos a quienes habían
eliminado: “En memoria de los valientes guerreros que aquí cayeron en 1879 en
defensa del viejo reino zulú” . Los británicos, como los españoles en M éxico y
los norteamericanos en el Oeste, no sólo habían derrotado a sus mucho más
numerosos enemigos, sino que habían destruido su autonomía y cultura. Aún se
escriben libros sobre el puñado de casacas rojas británicos que tan heroica
mente mantuvieron su posición en Rorke’s Dríft, pero no conocemos más de
algunas decenas de nombres propios de los varios miles de valientes zulúes que
cayeron destrozados por la balas de los Martini-Henry. En este sentido, podemos
unirlos trágicamente a los anónimos persas, aztecas y turcos que murieron en
masa y permanecen olvidados como individuos, como personas reales, lejos de los
asépticos números que citan los historiadores: “40.000” muertos o “ 20.000”
desaparecidos. En cambio, el motor de la historiografía occidental -producto de
una tradición libre y racionalista- conmemora al detalle a sus caídos, mucho
menos numerosos. Sin un Heródoto, un Bernal Díaz del Castillo o un Gianpietro
Contarini, el arrojo de los hombres en la batalla se esfumaría al tiempo que
sus cadáveres se descomponen.
Cuando en enero de 1879 se inició la guerra zulú, Cetshwayo disponía de
entre 30.000 y 40.000 soldados. Seis meses después, los británicos habían
acabado con al menos 10.000 en los distintos campos de batalla de Zululandia, y
no cabe duda de que otros tantos sucumbieron posteriormente a causa de las
heridas recibidas. Nunca se llevó a cabo ningún recuento exacto sobre el núm
ero de zulúes m uertos; pero la ausencia de cuidados m édicos y la naturaleza
de las balas de calibre 45 de los M artini-Henry indican que a lo largo de la
guerra miles de heridos murieron por herida de bala o infección,
344
o, simplemente, desangrados. Los delicados y a la vez pesados
proyectiles de un fusil Martini-Henry, por no mencionar la munición de las
ametralladoras Gatling y de las piezas artilleras, hacían tremendos agujeros en
la carne, como atestiguaban los cuerpos lisiados y llenos de horrorosas
cicatrices de los pocos zulúes veteranos que sobrevivieron a las batallas. En
realidad, en uno de los peores días de la historia de las colonias inglesas, el
22 de enero de 1879, el ejército británico, pese a todo, quizá matase a más de
5.000 zulúes en Isandhl-wana, R orke’s Drift e Ineyzane, es decir, entre el 12
y el 16% de todos los efectivos del ejército zulú.
Hacia el final de la guerra, los zulúes habían perdido la mayoría de su
ganado, que los británicos y otros nativos habían matado, disgregado o robado.
El sistema de regimentación imperial se había desbaratado para siempre y los
británicos les imponían una paz inviable, ya que dividía el reino de Cetshwayo
en trece Estados belicosos, una solución que im pedía intencionadamente
cualquier tipo de prosperidad en Zululandia y prolongaba la guerra contra las
colonias europeas vecinas. L a “victoria” de 1879 se consiguió a costa de tan
sólo 1.007 soldados y 76 oficiales británicos muertos en combate. Un pequeño
aunque indeterminado número de combatientes auxiliares sucumbió a las
enfermedades tropicales y a las heridas. En los seis meses que había durado la
guerra, los soldados británicos habían matado, de promedio, diez o más zulúes
por cada uno de sus compañeros caído, a pesar de que en la mayor parte de las
batallas se encontraban en una inferioridad de entre cinco y cuarenta a uno. El
legado de la invasión británica -la conquista bélica y un acuerdo vergonzoso
que dividía al pueblo zulú en facciones impotentes y en guerra- supuso el final
de un Estado independiente y la virtual destrucción de un modo de vida.
PODER E IMPOTENCIA DE LOS ZULÚES
CHAKA
Africa no conoció tribu más belicosa que la zulú. De los cientos de
ejércitos tribales del continente, ninguno era tan evolucionado como los impis,
ni en su organización ni en su estructura de mando. En las guerras nativas
desarrolladas en el continente ninguna otra tribu podía igualarse en disciplina
a los zulúes. A diferencia de los ejércitos nativos, los zulúes habían
abandonado práctica mente las armas arrojadizas y preferían lanzas pequeñas
para luchar cuerpo a cuerpo. Sin embargo, una minúscula fuerza británica borró
del mapa al ejérci to más temido de África en cuestión de meses. ¿Cóm o fue
posible?
Como le sucedía al imperio azteca antes de la invasión española, cuando
en el siglo X IX los europeos comenzaron a llegar a Natal en cantidades
importantes,
345
la nación zulú era una creación relativamente nueva. Durante casi
trescientos años los zulúes no habían sido sino una docena de tribus nómadas
que com partían el habla bantú y migraron lentamente hacia lo que hoy son
Natal y Zululandia. Sin embargo, a principios d e siglo XIX, Dingiswayo, un
jefe de los mthethwa, una de las muchas tribus nguni, abandonó radicalmente la
práctica bélica tradicional bantú consistente en incursiones y escaramuzas que
pretendían incorporar al ejército nacional a las tribus derrotadas.
En su esfuerzo de construir un sistema federado mediante la creación de
una milicia profesional, Dingiswayo restringió la antigua práctica de guerras
rituales libradas básicamente con armas arrojadizas y a causa de los derechos
sobre las tierras de pastoreo. En estas guerras, los heridos siempre eran
relativamente leves y los que no participaban en el combate apenas sufrían
daños. En los ocho años que duró su reinado (1808-1816), Dingiswayo fundó las
bases del Imperio zulú, dando un vuelco a los protocolos ancestrales de la
cultura bantú en el suroeste africano por medio de la incorporación a su
imperio de las tribus derrotadas, que hasta entonces eran exterminadas o
esclavizadas, del inicio del comercio con los portugueses que llegaban a la
costa, y de hacer de la vida civil un mero com plem ento del entrenam iento
militar. Uno de sus lugartenientes más célebres, el líder revolucionario Chaka,
de la diminuta tribu zulú, asumió el control del Imperio en 1816 -control que
mantuvo hasta 18 28 - y lo transformó a fin de que sirviera de cimiento a un
enorme ejército regular, de una manera inimaginable incluso hasta para el mismo
Dingiswayo. Los cam bios revolucionarios de Chaka en la práctica m ilitar m
arcan el verdadero ascenso del poder zulú, un reino guerrero que existiría
durante los sesenta años siguientes (1816-1876), hasta la conquista británica.
Antes de ser asesinado por sus hermanos en 1828, Chaka había transform ado por
com pleto la doctrina bélica africana, resistido la llegada de los blancos,
exterminado a 50.000 de sus enemigos en combate y asesinado gratuitamente a
muchos de sus conciudadanos en ataques de demencia imperial que cada vez eran
más frecuentes. El legado de los doce años de reinado de Chaka consistió en una
frágil coalición im perial de medio m illón de individuos y en un ejército
nacional de casi 50.000 guerreros. Durante la década de form ación del nuevo im
perio zulú, nada más y nada menos que alrededor de un millón de africanos
habían sido asesinados o habían muerto de hambre como resultado directo de los
sueños imperiales de Chaka. El sur de África, por tanto, ilustra una
característica de la experiencia militar colonial europea aún no
suficientemente reconocida: en África, Asia y Am érica tanto las tribus
indígenas como los europeos mataron en combate a más de sus congéneres que el
enemigo. Entre 1820 y 1902, por ejemplo, Chaka y sus sucesores masa craron a
muchos más zulúes que lord Chelmsford, y los bóers masacraron a muchos más
británicos que Cetshwayo.
346
UN ESTADO GUARNICIÓN
Mucha mitología y literatura rodean al ejército zulú, pero podemos
prescindir de la idea popular de que sus guerreros luchaban tan bien por su
impuesto celibato sexual o gracias al uso de drogas estimulantes (o que incluso
aprendieron de los comerciantes británicos u holandeses el sistema de
regimientos y la terrorífica táctica de envolvimiento). Los zulúes tenían
bastantes experiencias sexuales antes del matrimonio, llevaban rapé en campaña,
raramente fumaban cannabis, bebían una cerveza ligera y crearon su método de
avance en batalla totalmente a partir de su propia experiencia de décadas de
derrotar a otros guerreros tribales. Aunque puede que de la observación de los
primeros ejércitos coloniales europeos aprendieran la disposición en
regimientos militares, quizá hasta el procedimiento para forjar lanzas de metal
de alta calidad, fueron creaciones totalmente indígenas el sistema de
organización en regimientos según edad y clase y las tácticas de ataque al modo
del búfalo.
La preponderancia innegable de los zulúes en el poder derivaba de tres
fuentes tradicionales de eficacia militar: el potencial humano, la movilización
y la táctica. Los tres juntos eran extraños a casi todos los métodos nativos
africanos de lucha. La conquista de tribus bantúes en el sureste africano bajo
el liderazgo de Chaka significó que durante la mayor parte del siglo X IX hasta
la conquista británica (es decir, durante los subsiguientes reinados de los
reyes Dingane, 1828-1840; Mpande, 1840-1872, y Cetshwayo, 1872-1879), los
zulúes controlaron una po blación que oscilaba entre las 250.000 y las 500.000
personas, y es posible que pudieran reunir un ejército de unos 40.000 o 50.000
hombres en unos
35 impis, en muchas ocasiones
más numerosos que ninguna otra fuerza, negra o blanca, en Africa.
A diferencia de la mayoría de ejércitos tribales de la sabana, los
zulúes no eran una simple horda que luchaba como una muchedumbre espontánea. No
organizaban luchas rituales, lo que evitaba que los prolegómenos tradicionales
y la guerra de armas arrojadizas minaran su capacidad letal. Por el contrario,
los impis zulúes eran el reflejo de las costumbres básicas sociales de la misma
nación zulú, una sociedad diseñada en casi cada faceta de la vida para la
constante rapiña del botín de guerra y por la necesidad de que los sujetos
individuales supieran qué es matar por sí mismos. Si el guerrero azteca
perseguía hacerse con tantos cautivos como pudiera para escalar socialmente, un
zulú no podía situarse en una buena posición ni tener la oportunidad de crear
su propio hogar hasta que hubiera “bañado su lanza” en la sangre de un enemigo.
Toda la nación estaba estructurada en regimientos (como Esparta en la
época clásica) organizados según edad y clase, que podían sobrepasar incluso
los lazos tribales. Los chicos de catorce o quince años recibían una formación
militar formal y servían de porteadores de impedimenta. Al final de la
adolescencia,
347
momento de entrar en los impis, se suponía que la m ayoría de los
muchachos eran ya unos guerreros hechos y derechos, capaces de correr descalzos
ochenta kilómetros en un día. Cohortes de solteros se organizaban en
regimientos durante toda su vida, y no se les permitía a los hombres casarse
oficialmente hasta bien cumplidos los treinta, sin recibir a cambio ninguna
compensación especial; así, la capacidad de fundar una familia independiente
servía como gran línea de división social en el ejército. Bajo el sistema de
Chaka, 20.000 hombres de menos de treinta y cinco años permanecerían solteros y
sujetos a un entrenamiento m ilitar constante. H asta los guerreros más viejos,
que legalmente podían tomar esposas y establecer sus propios kraals u hogares
autónomos, a menudo se encontraban, además, embarcados en largas campañas
militares.
Sin embargo, la idea de “celibato” forzoso entre los guerreros es
exagerada, puesto que los hombres zulúes se entregaban normalmente a una
variedad de actividades sexuales con mujeres, si bien sin llegar a la
penetración. Lo que realmente significaba el “ celibato” era que a los
guerreros no se les permitía formar pareja con compañeras estables para formar
un hogar independiente, o tener contacto sexual con muchachas vírgenes hasta
bien entrados los treinta. Puesto que el retraso a la hora de tener hijos entre
las muchachas significaba una reducción en la fertilidad misma de los zulúes,
tales ritos, según la edad y clase, pueden haber sido impuestos por Chaka para
controlar la población de Zululandia (así como para ralentizar la insostenible
explotación de pastos para el ganado que se criaba en un área ya de por sí
superpoblada).
Cualquiera que fuera la causa real de esa peculiar práctica de
regimentación según edad y clase, el resultado fue el desarrollo de un inusual
espíritu marcial entre las tropas, al tiempo que los impis (diferenciados por
epítetos distintivos, tocados especiales, joyas, plumas e insignias en los
escudos) luchaban de por vida como unidades diferenciadas junto a sus huestes
de compañeros de la misma edad. Tácticamente, el tipo de ataque zulú era simple
pero eficaz. El despliegue en batalla tomaba su nombre del búfalo de El Cabo,
ya que cada impi se dividía en cuatro grupos, incluyendo los flancos o “
cuernos” de dos regimientos de jóvenes. Estas alas se extendían rápidamente
alrededor de los dos lados del enemigo, esperando rodear así a la fuerza rival
y conducirla contra el “pecho” o regimiento de veteranos de impis, mientras la
“espalda” , o los reservistas de mayor edad, irrumpirían cuando la tropa hostil
estuviera com pletamente enfrascada en la lucha. Aunque predecible, la
estandarización de la táctica de ataque demostró tener éxito frente a tribus
rivales de las llanuras, gracias a la asombrosa habilidad de los zulúes para
moverse sin ser detectados entre la hierba, peinar la zona, correr para rodear
y envolver a un enemigo sorprendido y, por último, acabar con él en combate
cuerpo a cuerpo clavando sus lanzas y utilizando sus garrotes.
3 4 8
Durante el reinado de Chaka, el ejército había abandonado en gran parte
el uso de la lanza arrojadiza por el de la azagaya corta que podía utilizarse
para asestar puñaladas (llamada iKlwa por el sonido de succión que hacía cuando
se sacaba del pecho o el vientre de un enemigo), además de un escudo alto de
cuero. La nueva azagaya tenía una hoja de hierro mucho más pesada y grande que
la variante arrojadiza, además de un mango bastante más corto, puesto que iba a
ser usada sobre todo como un arma blanca, por lo que iba en consonancia con un
escudo más grande. Del mismo modo que el legionario romano se enfrentaba a su
enemigo cara a cara, el guerrero zulú podía estrellar o alcanzar con su escudo
al enemigo, mientras rápidamente alzaba, en una hábil arremetida hacia arriba,
su azagaya, cuyo relativo pequeño tamaño y afilado extremo la asemejaba más a
un gladius que a una lanza griega. Cada guerrero blandía asimismo una clava o
garrote de madera dura con un nudo en la punta. A diferencia de casi todas las
otras fuerzas tribales de África, los zulúes hacían la guerra cuerpo a cuerpo,
sin em plear armas arrojadizas, y esperaban encontrar al enemigo de frente y
derrotarlo mediante su m ayor valentía, habilidad con las armas y fuerza
muscular. Las vestimentas de color claro (que incluían plumas de varios tipos,
borlas de cola de vaca, collares de cuero y tocados), los gritos de guerra, el
golpeteo de las lanzas contra el escudo y las danzas antes de la batalla tenían
por objetivo infundir el miedo en el enemigo antes de la arremetida inicial.
Un impi zulú normalmente podía recorrer de 150 a 300 kilómetros en una
campaña en cuestión de tres días, llevando consigo poca comida o suministros,
ya que se esperaba de él que viviera del ganado capturado al enemigo. Los
jóvenes o uDibi llevaban esterillas para dormir y toda la comida que pudieran
cargar y que les permitiera mantenerse aún con los impis. Una vez que el
enemigo era identificado, los jefes de los impis se reunían para asignar a los
respectivos regimientos la posición de “cuernos”, “pecho” y “espalda” . El
ejército se acercaba al enemigo corriendo, con la intención de rodearlo y
aplastarlo en cuestión de minutos, a lo que seguía el saqueo del territorio del
derrotado antes de volver a casa. En la batalla en sí, el sempiterno
entrenamiento con la azagaya y la clava, junto con la habilidad de los impis y
la pericia para realizar un cerco rápido, propiciaban una clara ventaja en la
lucha a favor de los guerreros zulúes durante el combate cuerpo a cuerpo. Sin
embargo, los panegiristas tanto pasados como presentes del valor zulú han
olvidado en buena m edida la debilidad militar inherente al sistema en su
conjunto, los fallos intrínsecos que lo hicieron extremadamente vulnerable, no
sólo ante los ejércitos regulares europeos, como el británico, sino incluso
ante las milicias coloniales de bóers y colonos ingleses que disponían de
muchos menos efectivos y habían sido escasamente entrenadas.
En primer lugar, aunque los guerreros zulúes hacían frente a un duro
proceso de formación militar y se sometían a un brutal sistema de regimientos
en los
349
impis que duraba toda la vida, la valentía y la ferocidad resultantes no
eran en absoluto com parables a la noción europea de disciplina militar, que
hacía hincapié más bien en la instrucción, en una estricta form ación en líneas
y columnas, las descargas en grupo sincronizadas, una rígida cadena de mando,
nociones abstractas de táctica y estrategia y un código escrito de justicia
militar. En cambio, los impis rivales eran propensos a pelearse entre sí, e
incluso a luchar hasta la muerte en disputas internas, sobrepasando con mucho
las típicas escaramuzas a golpes entre regimientos del ejército británico.
Tampoco había un verdadero sistema de mando, ya que frecuentemente los
impis desobedecían las órdenes directas de su rey (los regimientos de
uThul-wana, uDloko e inDlu-yengwe hicieron caso omiso en Rorke’s Drift de las
órdenes de Cetshwayo de no atacar a la posición fortificada o adentrarse en
Natal) y luchaban como unidades independientes sin un mando sincronizado. Así,
el uThulwana y el uDloko se encontraron por casualidad con el inDlu-yengwe, al
tiempo que este último regimiento más joven desafiaba al príncipe Dabulamanzi a
que se les uniera junto con sus dos impis de más edad para un asalto instantá
neo a Rorke’s Drift. Más que de un descuidado y superficial plan de ataque, de
lo que carecían era de un conocimiento sistemático de la formación militar y de
las ventajas de marchar de manera ordenada, lo que provocaba un caos general en
el desarrollo real de la batalla, que reducía además las posibilidades de que
la retirada no se convirtiera en una espantada, o de que los ataques se
realizaran en oleadas debidamente ordenadas. Si bien los zulúes luchaban frente
a frente, lo hacían como individuos; los impis no se basaban en formaciones
conjuntadas y en el lanzamiento simultáneo de lanzas para conseguir un efecto
de shock en el primer enfrentamiento. Contra Rorke’s Drift, una serie de
asaltos descoordinados dieron lugar a que desapareciera la fuerza zulú. En
cambio, un asalto en masa y repentino que hubiera agrupado a miles de guerreros
en un punto determinado de la barricada habría superado en pocos minutos a la
pequeña guarnición.
El guerrero zulú vivía en un mundo de espíritus y brujería, en clara
antítesis de la mentalidad europea absolutamente laica sobre eficacia militar,
gobernada por reglas abstractas, regulaciones y la tecnología brutal de los
fusiles, las am etralladoras Gatling y la artillería. Antes de la batalla, los
hechiceros confeccionaban pociones con intestinos de toros sacrificados,
hierbas y agua con el fin de que dieran fuerza a los guerreros para el duro
trance que se acercaba. Los zulúes eran sometidos a dietas estrictas y se les
proporcionaban eméticos (que lo único que conseguían era debilitar su energía)
y pedazos de carne humana ceremonial. Tras abatir al enemigo, su cadáver era
destripado para permitir que el espíritu saliera y para prevenir represalias
contra el asesino. Los hechiceros lanzaban sus maleficios a los clanes rivales
mediante maldiciones y sortilegios al estilo vudú. La misteriosa capacidad de
los soldados británicos de masacrar
350
a miles de atacantes zulúes con fuego de rifle, sufriendo a la vez muy
pocas bajas, era explicada igualmente recurriendo a la magia, no a la lógica
del entre namiento, la ciencia militar y la disciplina. Por ello, aun después
de cada una de las horribles matanzas sufridas, la táctica zulú no cambió en
absoluto, ya que se invocaba a la superstición para explicar la milagrosa
pantalla de plomo que esperaba a los impis cuando se acercaban a las líneas
británicas.
Para la mentalidad zulú, también la brujería tenía la clave de por qué
los ingleses con sus fusiles eran capaces de matar a cientos de guerreros,
mientras que los zulúes, con esas mismas armas que habían capturado a los
británicos, no acertaban sino a un número pequeño de sus objetivos (en esos
casos, el fallo estaba en que disparaban demasiado alto para dar “fuerza” a la
bala y en que nunca lo hacían en descargas coordinadas). Tras la terrible
derrota zulú en Kambula, los guerreros supervivientes estaban convencidos de la
intervención de criaturas sobrenaturales a favor del bando británico, y
preguntaron a Cornelius Vign por qué “tantos pájaros blancos, como nunca antes
habían visto, vinieron volando sobre ellos desde el bando de los blancos. Y
¿por qué fueron atacados también por perros y monos, vestidos y portando armas
de fuego al hombro? Uno de ellos me dijo incluso que había visto cuatro leones
en el laager. Dijeron: ‘Los blancos no juegan limpio; traen animales para que
la destrucción caiga sobre nosotros’” (C. Vign, Cetshwayo’s Dutchman, p. 38).
En sucesivos ataques contra los europeos, los guerreros dispararon sus fusiles
contra las explosiones provocadas por las bombas de artillería, creyendo que
los proyectiles contenían hombrecitos blancos dispuestos a matar a todo el que
encontraran a su paso. Después de la guerra, los veteranos estaban convencidos
de que habían sido vencidos por una cortina protectora de acero que los
británicos habían colgado de su ejército, quizá una explicación divina del muro
de plomo desplegado por los casacas rojas o los reflejos de las bayonetas
británicas.
VALIENTES PERO DÉBILES
La táctica zulú era estática y, por ende, predecible para los europeos.
La tropas de un campamento fortificado o una formación británica en cuadro
podían esperar que se produjera desde el principio un doble movimiento
envolvente, como preludio del avance del “pecho” principal. Aunque en teoría la
“espalda” era una reserva móvil, los guerreros que la formaban no estaban
sujetos a un mando central y por ello no eran dirigidos contra puntos débiles y
determinados de la resistencia en las filas del enemigo. A menudo no
desempeñaban ningún papel en la lucha y lo mismo huían que reforzaban el
“pecho” y los “ cuernos” en caso de que éstos fracasaran inicialmente.
35 >
Mucho se ha hablado de la impresionante movilidad zulú, pero se ignoran
a menudo dos factores fundamentales: el ejército sólo podía llevar unas pocas
armas de fuego (aunque casi 20.000 mosquetes y fusiles habían ido penetrando en
Zululandia durante décadas antes de la invasión británica), debido a la
ausencia de transporte rodado para acarrear reservas importantes de cartuchos.
Y dado que la com ida tampoco
era transportada en grandes cantidades, los ejércitos zulúes necesitaban una
victoria inmediata antes de que comenzaran a agotarse físicamente y a pasar
hambre. En Rorke’s Drift un esfuerzo final y conjuntado al alba podría haber
roto las defensas británicas, pero ya por la mañana los asediadores zulúes
llevaban más de dos días sin tener prácticamente nada que comer y estaban
hambrientos hasta el punto de experimentar debilidad física.
Los estudiosos modernos ridiculizan frívolamente el papel de los lentos
y pesados trenes de aprovisionamiento, así como la falta de movilidad de las
tristes columnas de Chelmsford. Pero eran los británicos, no los zulúes,
quienes llegaban a cada batalla bien alimentados, bien pertrechados y en
posesión de municiones y armas de fuego sin prácticamente límite alguno. Es
posible que los carromatos británicos tuvieran una apariencia casi cómica
(cinco metros y medio de largo, casi dos de ancho y más de metro y medio de
alto) y necesitaran, allá por donde fueren, de diez a quince bueyes para
recorrer unos ocho kilómetros diarios por la abrupta Zululandia. Sin embargo,
podían llevar la asombrosa cantidad de más de 3.500 kilos de armas y m
uniciones, aparte de forraje, com ida y agua. En las batallas posteriores,
cualquier zulú que se introdujera en los campamentos británicos abría
inmediatamente, en el fragor de la lucha incluso, las cajas de provisiones
capturadas, como demostraron posteriormente los trozos de comida semiingerida
que quedaron en la boca de los cadáveres.
La imagen del soldado británico en Africa, cargado, lento, pesado y
quemado por el sol, ha devenido en una caricatura de la falta de sentido
práctico, ignorancia y carencia de confort material. Pero, en realidad, era un
guerrero mucho más letal que su oponente, el ágil zulú de ropas ligeras. Este
personaje ha sido prácticamente deificado en los últimos tiempos en las
universidades nortea mericanas (lo que no deja de resultar paradójico en el
caso del genocida Chaka) como una especie de invencible luchador por la
libertad. Pero ni resultaba aterrador, ni am aba la libertad. En realidad, el
hombre más letal del África era el típico soldado británico blancucho, de poco
más de uno sesenta y cinco de estatura, algo menos de setenta kilos de peso,
ligeramente desnutrido, la mayoría de las veces procedente de los guetos
industriales de Inglaterra, cargado con un pesado fusil de cuatro kilos y medio
y unos veintisiete kilos de víveres, agua y municiones en el cinto y la
mochila. Este soldado de aspecto muy poco impresionante habría de acabar con
una media de tres o más zulúes en casi todos los enfrentamientos de la guerra.
La m ayoría de los impis no golpeaban al enemigo como un bloque cohesio
nado, y la ausencia de armadura en el cuerpo había consolidado el hecho de que
los lanceros zulúes jam ás fueran capaces de precipitarse ni siquiera contra
las líneas de sus enemigos tribales. Los escudos eran usados como elemento de
defensa personal y como arma, no para formar un grueso muro de protección. Los
zulúes sólo practicaban un método de guerra basado en la aglomeración, parecido
en este sentido a la manera azteca de correr hacia las líneas enemigas para
asestar puñaladas y machetazos en pequeños grupos. Si el atacante era
ampliamente inferior en número, caía presa del pánico, o si su formación ca
recía de firmeza, entonces inevitablemente el sistema de carga y cerco zulú
tenía éxito. Sin embargo, frente a una posición fortificada o una formación en
cuadro de soldados británicos con fusiles, toda la línea de asalto se rompía y
se dispersaba ante los disparos continuados o las cargas con bayoneta que los
seguían.
Incluso la adquisición de armas de fuego no alteró las tácticas
inamovibles de los zulúes: mientras unos hombres disparaban por iniciativa
propia inten tando alcanzar al enemigo, otros guerreros se ocupaban de las
lanzas. A ninguno se le enseñó a atacar en línea o a disparar siguiendo
órdenes. Cetshwayo nunca buscó un método completo para cargar y disparar armas
de fuego, pese a que éstas existían en Zululandia desde unos cincuenta años
antes de la guerra anglo-zulú de 1879. Aunque se habían introducido caballos
hacía más de dos siglos en el sur de África, los zulúes sólo los montaban
esporádicamente, y ni tenían grandes criaderos ni ensayaron ningún método para
crear patrullas a caballo (asegurando así que los británicos dispusieran de
exploradores con más m ovilidad y de mortales perseguidores en las postrimerías
de la batalla).
A la postre, a menudo se combinaban en el caprichoso método de ataque
zulú tanto el armamento europeo como el tradicional: miles de hombres corrían
más o menos a su voluntad en línea recta contra el enemigo, mientras otros
disparaban sin ton ni son desde la distancia, con la esperanza de que su gran
mayoría en número, el ruido y su propia velocidad amedrentaría o derrumbaría al
adversario. En Isandhlwana, la escasez de efectivos británicos, los fallos en
la formación y la pobre distribución de munición permitieron que los atacantes
lograran la victoria. En casi todos los otros enfrentamientos posteriores (el
fiasco nocturno en Hlobane es la notable excepción), la táctica de cargas
descoordinadas resultó suicida. Y cuando dichos asaltos fracasaban nunca había
órdenes de retirada, mucho menos de una retirada combativa o de unas salidas
cubiertas y orga nizadas. En cambio, la totalidad de los impis, como las
tribus germanas en el limes romano, se derrumbaba y huía corriendo
precipitadamente del enemigo. En las guerras zulúes, la caballería británica
acabó con miles de indígenas a los que lanceó, disparó y clavó tranquilamente
la bayoneta una vez que la carga de los impis hubiera sido anulada y se hubiese
extendido entre ellos el miedo.
Los relatos de los británicos registran cientos de incidentes que
resaltan el inigualable valor zulú (hombres de cuarenta y cincuenta años que
cargaban temerariamente contra las barreras de relucientes ametralladoras
Gatling; cientos de combatientes que pisoteaban a sus propios muertos para
forcejear con las bayonetas de los fusiles británicos en Rorke’s Drift, antes
de que los fusiles Martini-Henry descargaran sus enormes balas contra sus
cuellos y caras). Durante las escaramuzas preliminares, antes de la batalla
final de Ulundi, Francés Colenso relató: “Un solo guerrero, acosado por varios
lanceros, se percató de que era imposible correr o huir. Se dio la vuelta,
plantó cara a sus enemigos; abriendo los brazos ofreció su desnudo pecho
estoicamente al acero, y cayó, frente al enemigo, como todo soldado valiente
debería hacer” (History ofthe Zulu War and Its Origin [Historia de la guerra
zulú y su origen], p. 438). En el contexto de las luchas tribales del sur de
Africa, los zulúes advirtieron que, durante casi un siglo, su valor
inigualable, su destreza física, velocidad y enormes contingentes propiciaban
la victoria definitiva y, a menudo, la masacre de sus enemigos. Pero en una
lucha contra tropas disciplinadas de fusileros británicos, su primitivo método
condujo a la autodestrucción de su nación.
Los zulúes habían descartado gran parte del protocolo militar
tradicional del sur de Africa (como la guerra de armas arrojadizas, contiendas
rituales y la captura de prisioneros para pedir rescate), y Cetshwayo parecía
seguir considerando la inminente guerra con los británicos como una
representación que se resolvería con un solo acto de habilidad militar. En su
mente, su ejército lucharía “ un solo día”, y después llegarían a un acuerdo
con los ingleses. Si los líderes zulúes hubieran examinado tanto las victorias
como las derrotas en Isandhlwana y Rorke’s Drift, se habrían deshecho de todo
el lastre que suponía su método tradicional de ataque, y habrían optado por una
guerra de guerrillas que incluyera en su avance emboscadas a las hileras de
carromatos de mercancías británicos (y, sobre todo, habrían evitado también
cargar contra posiciones atrincheradas y formaciones en cuadro de la infantería
británica). Cuando la guerra estalló, el mismo Cetshwayo parecía presentir que
las apuestas estarían a favor de los zulúes si evitaban los atrincheramientos
de los fusileros británicos y combatían a los europeos sólo por sorpresa,
mientras se desplazaban o de noche.
Los zulúes tenían un ejército mucho más numeroso, conocían el terreno a
fondo y tenían datos fiables sobre el avance de las tres columnas de
británicos. Además, a éstos les resultaba muy difícil atravesar Zululandia (un
territorio sin carreteras, del que prácticamente no había mapas, entreverado de
ríos y arroyos, y lleno de quebradas y cañones) con carromatos cargados con
toneladas de equipamiento que apenas podían viajar más de diez kilómetros al
día, y eso en el mejor de los casos. De haber llevado a cabo constantes ataques
contra esas caravanas, los zulúes podrían haber conseguido que los regimientos
británicos quedaran empantanados en el corazón de Zululandia, sin posibilidad
de recurrir a nuevos
suministros, encenagados en una guerra que no contaba con el apoyo del
estado mayor o del primer ministro allá en Londres. En vez de eso, la fuerza de
los rituales, la costumbre y la tradición hicieron que los “cuernos” , el
“pecho” y la “espalda” de los impis zulúes atacaran como siempre lo habían
hecho, y así fueron, como de costumbre, masacrados por la artillería británica.
Aunque los zulúes fueran famosos por su acatamiento de los edictos
reales, desde el reinado de Chaka (que había estrangulado uno a uno a aquellos
que estornudaban, reían o simplemente lo miraban en su presencia), se producía
cierta arbitrariedad en lo relativo al castigo, lo que, a largo plazo, tendía a
minar la cohesión entre ellos. Casi todos los grandes líderes zulúes desde
Dingiswayo y Chaka hasta Cetshwayo (que probablemente fue envenenado tras la
conquista británica) fueron asesinados. Mpande, padre de Cetshwayo, reinó más
de treinta años (1840-1872) y murió mientras dormía, pero sólo después de haber
delegado en sus últimos años la mayoría de su poder a favor de los impis
locales y de su hijo.
Por contra, el ejército británico, en el que norm alm ente se azotaba y
encarcelaba a los criminales, tenía un código escrito de conducta y castigo.
Los soldados sabían más o menos lo que se esperaba de ellos, asumían una apli
cación de la justicia relativamente uniforme y predecible para todos los
rangos, y consideraban que no estarían sometidos a ejecuciones arbitrarias. La
m ayo ría de ellos obedecían las órdenes movidos por un sentido de la justicia
más que por el mero temor. Ningún oficial o m agistrado británico tenía poder
absoluto sobre un subordinado, a diferencia de lo que ocurría con los reyes
zulúes o aztecas. El pequeño ejército profesional de Inglaterra era mucho más
representativo de un militarismo cívico que los miles de guerreros congre
gados en los impis de Cetshwayo: los primeros luchaban sabiendo que la vida
militar era un reflejo de las costumbres y valores civiles, mientras que los
segundos lo hacían con el conocimiento de que la sociedad era un eco del
ejército. En una nación de m illones de personas, el ejército británico era
minúsculo, pero ni la reina podría ejecutar a un solo militar sin, al menos,
celebrar una vista o un juicio.
VALOR NO EQUIVALE A DISCIPLINA
LAS TRADICIONES DEL EJÉRCITO BRITÁNICO
En 1879 había ejércitos más grandes y mejor organizados en Europa (sobre
todo el francés y el alemán) que el colonial británico. La sangrienta Guerra de
Secesión norteamericana (1861-1865) y la corta pero violenta guerra
franco-prusiana (1870-1871) habían puesto punto y final al uso masivo de la
caballería y a las tácticas
de marcha lenta en líneas ordenadas. La ametralladora, nuevos rifles de
repetición y los proyectiles de artillería acabaron con las últimas
pretensiones aristocráticas de que la guerra fuera un asunto caballeresco y
marcaron el preludio de la m oderna guerra industrial. En cambio, tras Waterloo
(1815), los británicos, con muy pocas excepciones (la desastrosa guerra de Crim
ea de 1854-1856 es la que confirma la regla), lucharon en contiendas
coloniales, frente a enemigos que no contaban con armas modernas, fortificaciones
bien diseñadas, ni tácticas sofisticadas. El resultado fue que se mantuvo un
ejército peculiarmente reaccio nario, que poco a poco se halló al margen de la
evolución que se estaba pro duciendo en Occidente hacia enormes tropas de
reclutas bien pertrechados. El ejército Victoriano (más que la armada) era un
fiel reflejo de las divisiones de clase de la sociedad inglesa. Puesto que
ninguna fuerza más moderna ni en Europea ni en América lo desafiaba, hasta el
último momento no se vio necesidad de desmantelar las tácticas de una época ya
pasada, o de sustituir los privile gios de nacimiento por el mérito como el
principal criterio para ascender.
Hubo que esperar hasta la década anterior a la guerra zulú para que
Edward Cardwell, subsecretario de Guerra británico, llevara a cabo por fin un
intento significativo de reforma, eliminando la com pra de destinos, mejorando
las condiciones de los hombres alistados y acelerando la introducción de
fusiles modernos, artillería y ametralladoras Gatling. Sin embargo, todavía en
1879 había solamente 180.000 soldados británicos (un número bastante menor que
el del ejército del Imperio romano, con 250.000 hombres) para defender un
imperio que abarcaba Asia, Africa, Australia y Am érica del Norte, y que tenía
que enfrentarse con frecuencia a revueltas por toda la India, Afganistán y el
sur y el oeste de Africa. Pero el número insuficiente de efectivos y el clasismo
imperante no representaban los únicos problemas. El ejército estaba también
acosado por las crisis presupuestarias crónicas (la armada seguía recibiendo el
grueso del presupuesto de Gran Bretaña en defensa), lo que provocó que los
salarios fueran a menudo pobres y las armas quedaran obsoletas. A finales del
siglo XIX, demasiados oficiales (incluso después de la abolición del sistema de
adquisición por el que los aristócratas, literalmente, compraban sus destinos),
continuaban haciendo gala de una mentalidad conservadora que miraba con
desconfianza los progresos científicos y técnicos, que, de hecho, eran el motor
de la sociedad industrial. Lo que salvó al ejército británico y lo convirtió en
una fuerza policial temible en las guerras coloniales del siglo xix, a pesar de
su debilidad en los mandos y de una deficiente financiación, fue su disciplina
y entrenamiento legendarios. Los casacas rojas ingleses, en su mayoría, estaban
mejor instruidos y motivados que casi ninguna otra tropa en el mundo. Cuando
formaban en sus cuadros de infausto recuerdo, eran los mejores soldados tanto
dentro como fuera de Europa a la hora de disparar una descarga mortal de fuego
de rifle de manera continua, precisa y sostenida.
En los minutos anteriores al ataque a Rorke’s Drift, ni uno de los
soldados regulares de las tropas británicas huyó para unirse a los cientos de
colonos y destacamentos nativos que partieron antes de que se aproxim aran
miles de zulúes. En vez de eso, menos de cien hombres físicamente capaces
dispararon continuamente más de 20.000 ráfagas y permanecieron en los
terraplenes unas dieciséis horas. En el baño de sangre acaecido en Isandhlwana
unas horas antes, casi todas las compañías regulares del 24o Regim iento del
ejército regular británico fueron sobrepasadas in situ, pero no huyeron para
dispersarse. Uguku, un veterano zulú presente en la matanza, recordaba
posteriormente aquella resistencia final inglesa:
Estaban completamente rodeados por todos lados; permanecieron codo con
codo y rodeando a algunos hombres que estaban en el centro. Ya no les quedaba
munición, excepto los pocos revólveres con los que nos disparaban muy de cerca.
Fuimos totalmente incapaces de romper su formación en cuadro hasta que matamos
a muchos de ellos arrojándoles nuestras azagayas a corta distancia. Finalmente,
de este modo los vencimos (F. Colenso, History ofthe Zulu War and Its Origin,
p. 413).
Momentos antes del ataque zulú a Rorke’s Drift, los hombres del teniente
Chard dispararon a un sargento europeo que huía con el Contingente Nativo de
Natal del capitán Stephenson. Chard no sintió ninguna necesidad de mencionar
los disparos en su informe, y el cuerpo de oficiales británicos no llevó a cabo
investigación alguna sobre asesinato de un suboficial colonial, aparentemente
justificado por el abandono de su posición. Posteriormente, sir Garnet Wolseley
incluso criticaría a los tenientes Melville y Coghill, el animoso dúo que
intentó salvar los colores de la reina en Isandhlwana. En opinión de Wolseley,
ningún oficial británico, bajo ninguna circunstancia, ha de cabalgar fuera del
campa mento mientras sus hombres, asediados, siguen con vida y luchando (por
muy sacrosanto que sea el estandarte del regimiento). Los pocos contingentes a
caballo que salieron de Isandhlwana tras el colapso de la resistencia de la
infantería evidentemente quedaron posteriormente bajo sospecha. Tras el
desastre menor en el río Intombi, el teniente Harward fue convocado ajuicio por
haber salido a caballo para buscar ayuda mientras sus soldados estaban aún
rodeados por los zulúes. Aunque Harward fue absuelto por un tribunal militar de
justicia, el general Wolseley insistió en que se leyera un documento donde
manifestaba su desacuerdo con el veredicto frente a cada regimiento del
ejército. La indignación de Wolseley ante la idea de que un oficial británico
abandonara a sus hombres está muy presente en su apología del mantenimiento de
la formación y las líneas, que ilustra la confianza que debe presidir el
corazón de la legendaria disciplina del ejército:
357
Cuanto más desesperada sea la posición en la que un oficial encuentra a
sus hombres, más firme ha de ser su deber de quedarse y compartir su fortuna,
ya sea para bien o para mal. Precisamente, el hecho de que el oficial británico
siempre haya obrado así es lo que lo hace ocupar esa posición tan estim ada en
todo el mundo y por lo que posee esa influencia que tiene en las filas de
nuestro ejército. El soldado ha aprendido a sentir que, ocurra lo que ocurra,
puede mirar confiado a su oficial en el momento más horrible de peligro,
sabiendo que nunca lo abandonará bajo circunstancia alguna. Es a esa fe del
soldado británico en sus oficiales a la que debemos la mayoría de los hechos
más valerosos registrados en nuestros anales militares; y debido a que el veredicto
de este tribunal m ilitar va directamente contra la raíz de esta fe, creo
necesario destacar oficialmente mi más rotundo desacuerdo con la teoría sobre
la que este veredicto se ha basado (D. Clammer, The Zulu War, p. 143).
L a gran fuerza del ejército británico residía en la capacidad de form
ar en líneas y cuadros. En esta formación, cada fila de tres o cuatro líneas de
soldados (a menudo boca abajo, de rodillas y de pie) disparaban a la orden,
recargaban y posteriormente hacían fuego de nuevo cinco o diez segundos
después. La secuencia exacta de disparos de la totalidad de la com pañía
aseguraba prácticamente una cortina sostenida de fuego, aunque se tratara de
los fusiles tiro a tiro Martini-Henry. Como en una caja, cuatro ángulos rectos
aseguraban un centro seguro para el equipaje, refugio para los heridos y las
reservas (la integridad de toda la formación en cuadro se basaba en la idea de
que ningún soldado británico se rendiría en ningún punto a lo largo de todo el
perímetro). Frecuentemente, para asegurar el control del fuego, se ponían
estacas a intervalos de cien metros en el campo de batalla para permitir a los
sargentos de artillería afinar la secuencia de los disparos y a cada uno de los
fusileros calibrar sus objetivos.
La arrem etida de un ataque de lanceros británicos contra los zulúes era
igualmente aterradora en sus cuidadosamente disciplinadas fases:
El 17o de Lanceros, o Regimiento Duque de Cambridge, era una unidad
llena de orgullo. “ Gloria o muerte” era su lema y Balaclava era una de las
insignias que llevaban con más honor. D rury-Low e [coronel del regimiento] los
colocó meticulosamente, como si se tratara de un desfile. [...] Viendo a las
tropas en sus grandes caballos ingleses, con sus uniformes azules y recubiertos
de blanco, parecían una máquina por lo preciso de su vestimenta. Drury-Lowe
adelantaba su regimiento al paso de columnas de soldados y, cuando el terreno
se hizo llano, dio las órdenes “ial trote!
358
¡Formad escuadrones! ¡Alineaos!” . Luego, con los hombres alineados, dos
recios “ ¡al galope!” . Los caballos se precipitaron y, cuando dejaron de
moverse, las lanzas revestidas de acero, las banderolas ondeando, un “ ¡a la
carga!”, a la vez que un alborozo, estallaron desde el cuadro. El regimiento
superó rápidamente a los zulúes, que se batían en retirada, y las lanzas, tan
implacables como las azagayas, se elevaban y caían mien tras las tropas
atravesaban guerrero a guerrero y sacudían los cuerpos desde las puntas (D.
Clammer, The Zulu War, p. 214).
¿QUÉ ES LA DISCIPLINA OCCIDENTAL?
Mostrar valor mientras se está siendo atacado es un rasgo humano común a
los guerreros en todo el mundo. Todos pueden exhibir un arrojo extraordinario.
Com o tampoco es una característica peculiarm ente occidental el valor del
subalterno, esto es, obedecer las órdenes. Tanto los ejércitos tribales como
los civilizados encuentran el éxito desde el temor, incluso el terror, que los
com batientes sienten por su líder, su general, rey o autócrata. Los zulúes
que se agarraban a los cañones al rojo vivo de los fusiles Martini-Henry en la
muralla norte de Rorke’s Drift eran tan valientes como los ingleses que
tranquilamente los volaban en mil pedazos segundos más tarde con balas de rifle
de calibre 45. Del mismo modo eran casi tan obedientes a sus peculiares generales,
cargando a la orden contra posiciones fortificadas en sucesivas oleadas
humanas.
Pero, al final, los zulúes (que podían ser ejecutados con un simple
movimiento de cabeza de su rey), y no los británicos, huyeron de Rorke’s Drift:
Nos parece paradójico que unos hombres tan valientes en sus ataques
huyeran despavoridos cuando éstos finalmente fracasaban. Sin embargo, no les
parecía paradójico a los zulúes. Ellos esperaban escapar corriendo si los
ataques finalmente fracasaban. [...] Una vez que un cuerpo de hombres comenzaba
a correr, el efecto en los otros era contagioso, como ocurre en la mayoría de
los ejércitos. A veces, los regimientos de Chaka huían de este mismo modo
también. Era el final clásico de una batalla zulú. O destrozaban a sus enemigos
o huían (R. Edgerton, Like Lions They Fought [Como leones lucharon], p. 188).
Horas antes, después del momento de su m ayor victoria en Isandhlwana,
la mayoría de los impis se dispersaron volviendo a casa con el botín (qué
diferentes en el triunfo de los mortíferos lanceros británicos, quienes seis
meses des pués, tras la matanza en Ulundi, continuaron persiguiendo a los
derrotados zulúes durante larguísimas horas). ¿Por qué carecían los valientes y
obedientes
359
zulúes tanto en la victoria como en la derrota de la disciplina de los
valientes y obedientes soldados británicos?
Desde los griegos en adelante, los occidentales han buscado distinguir
los momentos de valor individual y obediencia a los líderes de una valentía más
am plia e institucionalizada, que deriva de la arm onía entre la disciplina, el
entrenamiento y los valores igualitarios entre los hombres y los oficiales.
Comenzando con la tradición helénica, los europeos .prestaron mucha atención a
organizar tipos de supuesto valor según una jerarquía, desde la impetuosidad
singular de audaces actos individuales hasta el sólido arrojo que se comparte
en una línea de batalla (insistiendo en que lo prim ero era fundamental para la
victoria solamente en ocasiones, mientras que lo último lo era siempre).
Heródoto, por ejemplo, después de la batalla de Platea (479 a.C.) se
percató de que los espartanos no concedieron la recompensa del valor a
Aristodemo, quien se separó precipitadamente de la formación cargando casi
suicidamente para asestar puñaladas a los persas. Todo lo contrario, los
espartanos dieron el premio a un tal Posidonio, que luchó junto a sus
compañeros hoplitas en la falange, bravamente pero “sin tener deseos de perder
la vida” (Heródoto, H is torias, ix.71). Heródoto prosigue sugiriendo que Aristodemo
no había luchado con la razón, sino como un loco, para redimir su reputación
mancillada por no haber estado presente en la gloriosa batalla de las
Termopilas el verano anterior.
El estándar griego de valor está íntimamente ligado al entrenamiento y
la disciplina: el hoplita ha de luchar con la razón fría, no desde el desvarío.
Da a su propia vida un alto valor, no a cualquier precio, y sin embargo está
dispuesto a ofrecerla por la polis. Su éxito en la batalla se cifra no
solamente en cuántos hombres mata o en cuánto coraje personal despliega, sino
en la m edida en que su propia valía en el combate ayuda al avance de sus
camaradas, a mantener el orden en la derrota o a preservar la formación cuando
se es atacado.
Este énfasis en el grupo no era una cuestión solamente espartana, sino
que formaba parte de un código extensamente respetado en todas las
ciudades-Estado griegas. Leemos a menudo en la literatura griega ese mismo tema
de la cohesión del grupo entre los soldados normales (todos los ciudadanos
pueden ser buenos luchadores si se dedican a defender a sus semejantes y la
cultura en general). En el segundo libro de la Historia de la guerra del
Peloponeso, de Tucídides, vemos cómo el general ateniense Pericles recuerda a
la Asamblea en su oración fúnebre que los hombres que son valientes de verdad
no son los enloquecidos, “los desgraciados, los que pueden despreciar la vida
con más razón” . Para esos hom bres, dice, “no existe la esperanza de bien
alguno” . Por el contrario, los ver daderamente valientes son aquellos para
quienes “ en caso de fracaso, las diferencias son enormes” (Tucídides,
II.43.5).
Por toda la literatura griega encontramos referencias a la necesidad de
mantenerse en form ación, a la mente y la disciplina como elementos más
importantes que la mera fuerza y las bravuconadas. Los hombres llevan
sus escudos, escribió Plutarco, “para toda la formación” (Moralia, 220A). L a
verdadera fuerza y el verdadero valor son para llevar un escudo en formación,
no para matar a decenas de enemigos en combate individual, lo que, por otra
parte, es cierto que supuso el fundamento de la épica y la mitología. Jenofonte
nos recuerda que de los propietarios libres emana la cohesión y disciplina de
grupo: “También enseña la agricultura a mandar a los hombres. Contra los
enemigos, en efecto, se debe marchar con hombres, y con hombres también se
realza la labranza de la tierra” (Económico, V.14 ).* Solamente se castigaba a
aquellos que bajaban los escudos, rompían la formación o contagiaban el miedo, nunca
a aquellos que no conseguían matar a suficientes contrincantes.
Del mismo modo, sólo hay desdén para esos luchadores histriónicos de las
tribus, de los que a veces incluso sale un tremendo griterío, especialmente
cuando dicho espectáculo no va acompañado de la disciplina para marchar y
permanecer en formación. “Los emblemas no han herido nunca”, dice Esquilo (Los
siete contra Tebas, 397-399).** Tucídides, en boca del general espartano
Brasidas en su ataque a los aldeanos ilirios, resume el incipiente desprecio
occidental por el arte de la guerra tribal:
Así, estos bárbaros ofrecen una imagen terrible a quienes no los
conocen; pues causan impresión por el número de hombres que se presentan a la
vista y son irresistibles por el estruendo de su griterío, y su manera de
blandir inútilmente sus armas produce un cierto efecto de amenaza. Pero, cuando
traban combate con adversarios que soportan todas estas mani festaciones, ya
no son los mismos; al no presentar una formación regular, no se avergüenzan de
abandonar una posición cuando se ven acosados por el enemigo; y, dado que la
huida y el ataque tienen para ellos la misma consideración de conducta
honorable, el valor no tiene comprobación [...] y en adelante sabréis que
turbamultas como ésta, cuando se las aguanta en su primer ataque, se limitan a
hacer con amenazas ostentación desde lejos de un valor en perspectiva; si, por
el contrario, se cede ante ellas, al sentirse en seguridad, se apresuran a
mostrar su coraje pisándoos los talones (Historia de la guerra del Peloponeso,
IV .126.5-7).
Los zulúes eran bastante más proclives que los ilirios a explotar sus
ataques contra formaciones sólidas; no obstante, el contraste general que hace
Tucídides entre el griterío y el espectáculo por un lado y el mantenerse firme
en una línea (“orden regular de batalla” ) por otro es relevante para la guerra
anglo-zulú.
* Madrid, Sociedad de Estudios y
Publicaciones, 199 7.
** Madrid, Cátedra, 199 0,
traducción de José Alsina Clota.
3 6 I
Aquellos soldados que en ambas guerras pudieran organizarse en
formación, aceptar y pasar órdenes y reconocer una cadena de mando estaban más
próximos a avanzar, mantenerse en su posición y retirarse al unísono y
alineados. A lo largo del tiempo y del espacio, tal movimiento sistemático de
hombres, más que cualquier otro factor basado en el azar, ha probado ser el más
efectivo a la hora de matar al enemigo.
EL PARADIGMA CLÁSICO
Aristóteles, sobre todo, fue el pensador griego más sistemático a la
hora de diseccionar la naturaleza del valor y su relación con el interés
propio, la obediencia y la disciplina. Alcanza prácticamente las mismas
conclusiones que otros pensadores griegos cuando explica por qué ciertos tipos
de valentía son preferibles y más duraderos que otros, e inseparables, además,
de la noción del Estado y la confianza en su gobierno. En su cuidadoso análisis
de cinco tipos de coraje militar, Aristóteles concede preferencia al valor
cívico, que sólo los soldados ciudadanos no profesionales poseen, debido al
temor que experimentan a mostrarse cobardes ante sus convecinos y conciudadanos
y al deseo de que les reconozcan la virtud que tales cuerpos públicos ofrecen a
los hombres desinteresados. Aristóteles señala, haciéndose eco de Pericles:
“Puesto que toda virtud im plica una elección [...] es evidente que siendo el
valor una virtud, hará que el hombre soporte las cosas temibles por algún fin,
de tal m anera que no es por ignorancia (ya que, más bien, hace juzgar
rectamente), ni por placer, sino porque es bueno” (Ética Nicomáquea,
12303.25-30).
Aristóteles también reconoce un aparente segundo valor: el de los
soldados que están mejor entrenados o superiormente equipados, los cuales se
pueden permitir ser valientes porque gozan de ventajas materiales. Pero nos
advierte que tales hombres, a los que se les presume valentía, en realidad no
la tienen: en cuanto su superioridad material cese, probablemente huyan. Asim
ism o, Aristóteles reconoce un tercer tipo de aparente valentía, frecuentemente
considerado verdadero arrojo: el del enajenado, que ya sea por dolor, locura u
odio lucha sin lógica y sin consideración por la muerte (o el bienestar de sus
semejantes). Éste, también, es un valor transitorio que puede desaparecer
cuando el espíritu de la audacia se aleja.
De la misma manera, la cuarta y quinta categorías de Aristóteles, la del
ciego optimista y la del ignorante respectivamente, tampoco se ajustan a los
criterios de valentía. El ánimo de estos luchadores puede estar basado en
erróneas percepciones y, por tanto, es efímero. Algunos hombres son audaces
porque han valorado cuidadosamente que la fortuna está a su favor; mas pueden
estar equivocados en sus estimaciones sobre el campo de batalla, o no ser
conscientes
362
¿ e que la superioridad es
veleidosa y pronta a cambiar en segundos. En cada caso, su bravura no está
enraizada en los valores y en el carácter y mucho menos es producto de un
sistema, por lo que no es duradera ni se puede contar siempre con ella en el
fragor de la batalla.
Por la misma regla, los ignorantes luchan bien sólo porque viven bajo la
errónea impresión de que la superioridad está de su lado; huyen cuando caen en
la cuenta del peligro real. Com o el optimista, el inconsciente refleja una
valentía relativa, no una virtud absoluta. Platón en su diálogo Laques
argumenta en el mismo sentido cuando Sócrates plantea que el verdadero valor es
la posibilidad de que un soldado luche y se mantenga en form ación incluso
cuando sabe que las opciones están en contra (en oposición al supuesto héroe
que combate bravamente sólo cuando tiene todas las posibilidades de su lado).
Muy pronto la noción de disciplina se institucionalizó en la cultura
occidental como la capacidad de mantenerse en formación y el obedecer las
órdenes de los oficiales superiores, que obtenían su autoridad por prerrogativa
constitucional. El juramento anual de los efebos atenienses (los jóvenes
reclutas que habrían de ser durante dos años los guardianes del puerto de El
Pireo y el territorio del Ática) incluía la siguiente promesa: “Y no abandonaré
al hombre que esté a mi lado, sea cual fuere mi posición en la línea. [...]
Ofreceré mi pronta obediencia en cualquier momento a aquellos que ejerciten su
autoridad pruden temente, a las leyes establecidas y a aquellas leyes que
entren en vigor racio nalmente en el futuro” (M. Tod,
GreekHistoricalInscriptions, vol. 2, p. 204). Autores como Jenofonte y Polibio
hablaban de los ejércitos como si de murallas se tratase, donde cada hilada
sería una sola compañía, cada ladrillo un soldado, y la argamasa de la
disciplina mantuviese a los hombres y las compañías en sus exactos lugares,
asegurando la integridad del baluarte. La alternativa, en pala bras de
Jenofonte, era el caos “como una muchedumbre abandonando el teatro” (Comandante
de caballería, v il .2). L a cultura clásica aceptaba que los que componían las
huestes no sintieran terror de sus dirigentes ni fueran temerariamente osados.
Es más, eran predecibles en batalla, tanto en el posi-cionamiento como en el
movimiento de sus propios cuerpos y en la predispo sición mental y espiritual
para aceptar órdenes. En el fragor del combate, todos los hombres podrían
perder el miedo al rey ante la muerte. El coraje, tal como Aristóteles supo
ver, también puede ser una veleidosa emoción. Los cosacos, como han señalado
los modernos historiadores militares que se han ocupado de dichos guerreros
nómadas, eran incansables en el acoso, pero a menudo también reaccionaban
cobardemente cuando los papeles se invertían y se encontraban en una batalla de
choque contra columnas de enemigos.
El ejército romano buscó burocratizar el valor cívico mediante el
entrena miento y una profunda adhesión a una estricta formación y el
reconocimiento de que la valentía no supone un mérito individual. Flavio
Josefo, el historiador
363
judeorromano de principios del siglo I, en una observación famosa y a
menudo citada, comentaba la superioridad romana en el campo de batalla:
Si además tenemos en cuenta el resto de su disciplina militar, veremos
que son dueños de un Imperio tan grande como resultado de su propio esfuerzo,
no como si ello fuera un regalo de la Fortuna. Pues no empiezan a hacer uso de
las armas sólo cuando hay guerra, ni mueven sus manos, que han estado sin hacer
nada en tiempo de paz, únicamente cuando tienen necesidad de ello, sino que,
como si hubieran nacido dotados de armas, no dan tregua a sus ejercicios ni
esperan el momento propicio para practicar. [...] No nos equivocaríamos si
dijéramos que sus ejercicios son combates sin sangre y que sus combates son
ejercicios sangrientos (Flavio Josefo, La guerra de los judíos, m.70-75).
Casi cuatrocientos años después, en el siglo IV de nuestra era, Vegecio,
el autor de un manual sobre instituciones castrenses romanas, puso de
manifiesto una vez más que dicho entrenamiento y organización estaban en la
base del éxito en batalla de los romanos: “ Se conseguía la victoria no por
simples números o un valor innato, sino por la habilidad y la instrucción.
Entendemos que el pueblo romano no debía la conquista del mundo a otra causa
que a la instrucción militar, la disciplina en sus campamentos y la práctica en
el arte de la guerra” (Vegecio, Epitoma rei militaris, 1.1). L a popularidad de
Vegecio entre los francos y otras monarquías germ ánicas que se desarrollaron
en Europa occidental durante la Edad M edia nació de su énfasis en crear líneas
y columnas disci plinadas. Para estos pueblos, mostró cómo el furor teutónico
podía ser encauzado adecuadamente para crear soldados de a pie llenos de ánimo
pero a la vez disciplinados.
INSTRUCCIÓN, FORMACIÓN, ORDEN Y AUTORIDAD
La disciplina, tal como surgió en Europa, es el intento de
institucionalizar un tipo específico de valor mediante el entrenamiento y la
mentalización que se manifiestan en el mantenimiento de la formación y el
orden. Esta obsesión occidental por una instrucción estricta se vincula con el
hecho de que, mientras que todos los hombres están dispuestos a echar a correr
cuando la situación deviene desesperada, el entrenamiento y la convicción
pueden alterar tal comportamiento. La clave no es hacer de cada hombre un
héroe, sino crear hombres que, en conjunto, sean más valientes que sus aliados
que no han sido entrenados para resistir a una carga enemiga, así como de
obedecer las órdenes de los superiores en el fragor de la batalla con el fin de
proteger a los que
están de su parte. Su obediencia se debe a un sistema cívico atem poral
y constante, no a una tribu, familia o amigos pasajeros.
¿Cóm o se adquiere y se mantiene la disciplina a lo largo de los siglos?
Los ejércitos griego, romano y, posteriormente, europeos encontraron la
respuesta a través de la instrucción y un contrato escrito y perfectamente
definido entre el soldado y el Estado. Los grandes capitanes del siglo X V II
como Guillermo de Nassau relacionaron directamente su preferencia por la
capacidad de abrir fuego masivamente con las teorías de estrategas griegos y
romanos que enfati zaron la necesidad de que los falangistas y los legionarios
perm anecieran perfectamente formados. La capacidad de marchar en orden y de
alinearse en formación tiene ventajas inmediatas y más abstractas. Las tropas
pueden des plegarse y recibir órdenes más rápida y eficazmente cuando marchan
en for maciones ajustadas. Las formaciones en columna e hilera permiten
disparar colectivamente y llevar a cabo a las compañías oleadas secuenciadas
con rifles. Pero la instrucción misma en un sentido más amplio refuerza la
atención del soldado a los mandos. La predisposición a marchar al paso con sus
compañeros está en el origen de que el soldado occidental esté preparado para
hacer exactamente lo que su oficial al mando ordene. Un hombre que sepa
encontrar su puesto en la formación, marchar en cadencia con sus compañeros y
mantener la fila estará más dispuesto a obedecer otras órdenes más decisivas, a
usar sus armas siguiendo las órdenes y, por último, a derrotar al enemigo.
Los occidentales sobre todo ponen el énfasis precisamente en esta
extraña noción de mantenerse juntos al mismo tiempo:
Pero, de hecho, una estricta instrucción llama la atención por su
ausencia en la m ayoría de ejércitos y tradiciones militares. En realidad,
desde una perspectiva mundial, la manera en que los griegos, romanos y después
los modernos europeos explotaron el efecto psicológico de mantenerse juntos al
mismo tiempo era una singularidad fuera de la norma de la historia militar.
¿Por qué habrían de especializarse los europeos en explotar las extraordinarias
posibilidades de una estricta instrucción? (W. McNeill, Keeping Together in
Time [Mantenerse juntos a un tiempo], p. 4).
M cNeill prosigue dando varias respuestas a su propia pregunta. Pero es
fundamental en toda su argumentación la noción de comunidad cívica, o la idea
de que los hombres libres aceptan un contrato consensuado con el ejército, de
ahí que esperen derechos y acepten responsabilidades. En tal contexto, la
instrucción no se considera necesariamente como algo opresivo, ni siquiera para
los occidentales altamente individualistas, sino como una manifestación obvia
de igualdad que da a todos los soldados, provenientes de orígenes muy
distintos, una ropa uniforme, de idéntica apariencia, y un único cuerpo
dinámico, donde
365
la identidad privada y el estatus individual son momentáneamente
eliminados. McNeill considera que la instrucción estaba en relación con “una
ciudadanía activa y participativa, típica estampa de los conceptos griego y
romano de libertad” (p. 112). Podríamos añadir que la fírme formación de la
falange griega, donde cada hombre ocupaba una posición equidistante de los
otros, era un reflejo de la Asam blea, donde cada ciudadano tenía el mismo
derecho que otro (y ambos organismos igualitarios, falange y Asam blea, eran
abastecidos en última instancia por el campo griego, donde un entramado de granjas,
y no de grandes posesiones, era la norma).
Los adolescentes que se incorporaban al primer curso en el Virginia
Military Institute, por ejemplo, eran inmediatamente rapados, desposeídos de
sus ropas civiles y se les enseñaba instrucción militar y a marchar al paso, de
modo que las distinciones de clase social, raza o afiliación política
anteriores se desvanecían en las columnas de cadetes de apariencia, movimiento
e himnos idénticos. Si ahora tomamos, por ejemplo, la banda callejera o de
moteros más peligrosa y pendenciera, con ametralladoras Uzi y años de
experiencia disparando a matones rivales, podemos afirmar que no tendría
oportunidad alguna en una batalla contra un regimiento de estudiantes del
Virginia M ilitary Institute, ninguno de los cuales tiene la más mínima falta
por la que haya sido arrestado o ha lanzado un solo disparo en una reyerta en
toda su vida. Sin embargo, estos cadetes, a diferencia de la disciplinada
infantería nazi o estalinista, con su paso marcial, están perfectamente
informados de las condiciones en las que deben prestar su servicio y
ampliamente protegidos mediante un sistema de justicia militar de los castigos
improcedentes (si aceptaran la violencia gratuita serían sancionados
severamente). Éste es el poder de la instrucción y la disciplina que ésta
genera para crear una lealtad cívica fuera de obligaciones tribales y
familiares.
Luchar en líneas y en formación es, de alguna manera, la manifestación
esencial del igualitarismo occidental, pues todas las jerarquías existentes
fuera del campo de batalla se desvanecen en el anonimato de una falange de
hombres semejantes, bien entrenados y de pensamiento parecido. Probablemente,
los cartagineses contrataron los servicios del instructor espartano Xantipo en
la Primera Guerra Púnica por la misma razón por la que los japoneses enrolaron
en sus filas a profesores franceses y alemanes a finales de siglo x ix : crear
soldados, ya sean falangistas o tiradores, que puedan formar y marchar en línea
y, por ende, luchar a la manera mortal de los occidentales (tal como
aprenderían rápidamente romanos y norteamericanos). Vegecio, hace unos 2.000
años, subrayó este peculiar énfasis de los occidentales en la instrucción:
Justo al comienzo de la instrucción, hay que enseñar a los reclutas el
paso militar. Porque en la marcha y en la batalla nada es más im
portante que el hecho de que todas las tropas marquen el paso. Esto sólo
se puede lograr por medio de una práctica constante, que es el único medio de
que los soldados aprendan a marchar con rapidez y en formación. Frente al
enemigo, un ejército dividido y desordenado siempre se encuentra en grave
peligro (Epitoma rei militaris, 1.1.9).
Fundamental a la tradición europea de disciplina militar es el énfasis
en la defensa, o la creencia, como hemos visto desde Heródoto, en que es mejor
no correr que ser un consumado asesino. Aristóteles en su Política (7.1324b.15
y ss.) relata la extraña costumbre de los hombres extraños a la polis, quienes
ponen un énfasis inusual en matar al enemigo (los escitas no pueden beber de
una copa ceremonial hasta que hayan matado a un hombre; los íberos colocan
varillas alrededor de las tumbas de los guerreros para señalar el número de
hombres que han matado en batalla; los m acedonios deben llevar un ronzal, no
un cinturón, hasta que acaben con la vida de un hom bre en batalla), en claro
contraste con las costumbres de la ciudad-Estado. El ejército zulú también
pertenecía a esta larga tradición tribal, ya que sus guerreros recibían
collares de ramitas de sauce, atestiguando cada uno de ellos el número de
muertos de los que podían vanagloriarse.
Del mismo modo que Aristóteles señalara, el énfasis occidental en la
cohesión defensiva, estrechamente relacionada con la instrucción y el orden,
pone el máximo interés en mantener la integridad de una posición o formación.
Todos los códigos de justicia militar en Occidente definen claramente la
cobardía, primero, como alejarse de la formación o abandonar la línea,
independiente mente de la situación, y no como un fracaso en matar a un número
determinado de enemigos. Si para un guerrero azteca era un orgullo superar y
capturar a una serie de prisioneros nobles, un arcabucero o piquero español era
galar donado por mantenerse en su sitio y por ayudar a la cohesión de la línea
o la columna mientras ésta esquilmaba anónimamente al enemigo. En el contexto
de las guerras zulúes, los británicos, como los zulúes, tenían un método de
ataque y una m anera predecible de luchar. Pero el sistema británico hacía
hincapié en la formación, la instrucción y el orden, llamando valientes a
aquellos que se mantenían en estos valores. En un sentido abstracto, los
soldados que luchaban como un todo (es decir: disparaban al unísono, cargaban a
la orden como un grupo, se retiraban cuando recibían la consigna y no
perseguían precipitada y prem aturam ente o por dem asiado tiempo) derrotaban a
sus enemigos.
La guerra anglo-zulú de 1879 proporciona asombrosos ejemplos de valentía
zulú contrapuestos a la disciplina inglesa. Pero mientras el ejército indígena
era frecuentemente tan valiente como el británico, nadie podría pretender que
era igual de disciplinado:
L a invención clave es la del Estado, es decir, lo civil en contraste
con un control social basado en lazos sanguíneos. El gobierno civil es la línea
divisoria, el umbral, el horizonte entre lo que es civilizado y aquello que no
lo es. Sólo el Estado puede erigir grandes ejércitos. Solamente él puede
instruir y entrenar hombres para hacerlos soldados más que guerreros. Sólo el
gobierno puede mandar, no solicitar, y puede castigar a aquellos a los que no
les apetezca luchar ese día. [...] El guerrero primitivo se encontraba sin el
apoyo de un gobierno organizado y estructurado. No estaba predispuesto a
someterse a la disciplina y era incapaz, o impaciente, de obedecer consignas
precisas. Sólo descubrió los principios tácticos inherentes a la caza de
animales. [...] Estaba demasiado directamente ocupado con la contienda que
tenía delante como para planear campañas en vez de batallas (H. Turney-High,
Primitive War, p. 258).
Se concedieron once cruces Victoria por Rorke’s Drift (prácticamente,
una por cada diez soldados). Ninguna fue otorgada por el número de “muertes” ,
aunque disponemos de varios relatos que atestiguan de qué forma algunos
tiradores británicos abatieron a decenas de zulúes. Las críticas modernas su
gieren que tal profusión de elogios tuvo como objetivo mitigar el desastre en
Isandhlwana y garantizar al público Victoriano que la capacidad de lucha de los
soldados británicos permanecía incuestionable. Puede que sí, o puede que no.
Pero en los extensos anales de la historia militar es difícil encontrar algo
parecido a Rorke’s Drift, donde una fuerza sitiada, superada en número en una
relación de cuarenta a uno, sobrevivió y mató a veinte hombres por cada uno de
los defensores que caía. Pero también es raro encontrar guerreros tan bien
entrenados como los soldados europeos; y más raro aún es encontrar a algún
europeo tan disciplinado como los casacas rojas británicos de finales de siglo
XIX.
I X
INDIVIDUALISMO
MIDWAY, 4-6 D E JU N IO D E 1942
Donde los hombres no son dueños de sí mismos ni indepen dientes, sino
que están bajo un señor, su preocupación no es cómo ejercitarse en las artes de
la guerra, sino cómo dar la impresión de no ser aptos para el combate. [...] En
efecto, sus almas están esclavizadas y no quieren, de buen grado, correr
peligros al azar en defensa de un poder ajeno: en cambio, los hombres
independientes eligen los peligros en su propio interés y no en el de otros,
están dispuestos voluntariamente y marchan ante elpeligro, pues recogen
enpersona elpremio de su victoria. De esta manera, las instituciones
contribuyen, y no las que menos, al valor.
H I P Ó C R A T E S , Tratados hipocráticos.
Sobre los aires, aguas y lugares, 16, 23*
INFIERNOS FLOTANTES
T mañana del 4 de junio de 1942,
primer día de la batalla de Midway, el mayor enfrentamiento entre portaaviones
de la historia de la guerra naval - a excepción de la batalla del golfo de
Leyte, que tuvo lugar en 1944 -, había dos lugares donde estar presente no
podía ser más funesto. El prim ero de ellos era cualquiera de los cuatro
portaaviones japoneses sometidos al ataque de los bombarderos en picado
estadounidenses. Los cuatro buques tenían sus cubiertas de vuelo repletas de
aviones que se encontraban repostando y rear mándose cuando, del modo más
inesperado, fueron atacados. Depósitos de combustible, explosivos de gran
potencia y todo tipo de munición se vieron expuestos, por imprudencia, a una
lluvia de bombas norteamericanas de 250 y 500 kilos. Las cubiertas de los
hangares también estaban llenas, de forma casi promiscua, de municiones y
torpedos. Y es que en aquellos momentos las tripulaciones japonesas se
afanaban, en un esfuerzo vano pero frenético, por sustituir el armamento
preparado para el previsto ataque a M idway por otro más adecuado para el
imprevisto ataque a la flota de portaaviones ñor-
* Madrid, Gredos, 1983, traducción
de J . A. López Pérez y E. García Arroyo.
369
teamericana, que, recién localizada, se encontraba a poco menos de
doscientas millas en dirección este.
En circunstancias tan especiales, los portaaviones se encontraban en una
situación muy vulnerable. El impacto de una sola bomba de 500 kilos sobre una
cubierta abarrotada de aviones cargados de combustible y munición podía
desencadenar una serie de explosiones capaces de incendiar el buque entero y
enviarlo a pique en cuestión de minutos: 500 kilos de explosivos arruinando en
un minuto un barco que había costado cinco años de trabajo y 10.000 toneladas
de acero. En la batalla de Midway, tres de los preciados portaaviones de flota
de la armada imperial japonesa, el Akagi, el Kaga y el Soryu, veteranos de la
ininterrumpida sucesión de victorias cosechada por los japoneses en los
primeros seis meses de guerra, se encontraban precisamente en ese infrecuente
estado de indefensión absoluta cuando, sin que nadie advirtiera la maniobra,
los bombarderos en picado norteamericanos se lanzaron sobre ellos desde más de
3.000 metros de altitud. En menos de seis minutos, entre las 10:22 y las 10:28
de la mañana del 4 de junio de 1942, el orgullo de la flota de portaaviones
japonesa fue presa de las llamas y el curso de la Segunda Guerra Mundial en el
Pacífico quedó alterado definitivamente. A diferencia de las grandes batallas
navales del pasado -Artem isio (480 a.C.), Salamina (480 a.C.), Actium (31
a.C.), Lepanto (1571), Trafalgar (1805) yju tlan d ia (1916)-, M idway se libró
en mar abierto, donde, una vez perdida su plataforma vital, los marineros,
ilesos o abrasados, no encontrarían costas en las que refugiarse ni pequeños
botes que los recogieran.
Es probable que el prim er portaaviones en ser atacado fuera el Kaga
(Gozo
Infinito), buque de 33.000 toneladas que transportaba 72 bombarderos y
cazas.
Veinticinco bombarderos en picado SED Dauntless de los escuadrones V B
-6
y V S -6, procedentes del
portaaviones estadounidense Enterprise y al mando del hábil Wade M cClusky, se
abalanzaron sobre él. Nueve de los aviones de M cClusky lograron abrirse paso a
través de una densa cortina de fuego an tiaéreo, cayendo en picado sobre el
portaaviones japonés a más de cuatrocientos kilómetros por hora. Cuatro bombas
impactaron sobre el objetivo. A l cabo de unos segundos, los aviones japoneses,
cargados de combustible, armados y listos para despegar, comenzaron a explotar,
abriendo enormes agujeros en la cubierta de vuelo. Casi todo el que estaba
cerca m urió en aquellos momentos. Todos los objetos de metal que había en
cubierta -llaves, tubos, accesorios- se convirtieron en metralla que destrozaba
toda la piel que encon traba a su paso. Poco después, otras dos bombas
partieron por la mitad el elevador del buque e incendiaron los aviones que se
encontraban en la cubierta inferior. Otra bom ba hizo saltar en pedazos la
superestructura, matando a todos los oficiales que se encontraban en el puente
de mando, y, entre ellos, al capitán.
Casi de inmediato, el Kaga se quedó sin energía eléctrica. Los motores
se pararon y comenzaron los estallidos. Es raro que un portaaviones se parta en
dos y se hunda rápidamente. Han sido muy pocas las veces que los enormes
proyectiles de los acorazados han hecho blanco en ellos y son buques muy
marineros y fiables incluso cuando sufren el impacto de algún torpedo, hecho
también muy infrecuente por contar con la protección de una escolta de cruceros
y destructores. Sin embargo, en cuestión de unos minutos, ochocientos hombres
de la tripulación del Kaga murieron abrasados y descuartizados o se
desintegraron en la nada. El enfrentamiento de un portaaviones contra otro
buque puede ser, gracias a una combinación letal de bombas, torpedos, fuego de
ametralladoras y combustible de aviación, una experiencia horrible aun sin la
poderosa intervención de los grandes cañones navales de 450 milímetros. Aunque
medio año antes los japoneses habían hecho exactamente lo mismo a los
acorazados norteam ericanos atracados en Pearl Harbor, ahora, sus humeantes
portaaviones no se encontraban en la rada de ningún puerto, sino en alta mar, a
cientos de m illas de cualquiera de sus territorios. Las tripulaciones cifraban
su única y leve esperanza de rescate y de atención médica en los demás buques
japoneses, sometidos como ellos a un ataque aéreo y, por tanto, m uy cautos a
la hora de aproxim arse demasiado a los portaaviones, que eran presa de los
incendios y las explosiones. Algunos oficiales optaron por irse a pique con sus
barcos, avergonzados de haber decepcionado a su emperador.
Casi a la misma hora en que el Kaga sufrió el primer impacto, su
portaaviones gemelo, el Akagi (Castillo Rojo), buque insignia del almirante
Nagumo -34.000 toneladas de desplazamiento y 63 aviones-, fue sorprendido
cuando se en contraba en la misma situación por Dick Best y al menos cinco
bombarderos en picado SBD del prim er grupo del Escuadrón de Bom barderos V B -
6 , que también procedían del Enterprise. Aunque este grupo contabilizaba en
total no más de 2.500 kilos de bombas, el Akagi también se encontraba en mitad
de las operaciones previas al despegue de al menos cuarenta aviones cargados de
munición y combustible que se dirigían a destruir el portaaviones Yorktown. Dos
o quizá tres bombas hicieron blanco en el portaaviones japonés. Las explo siones
causaron el estallido de algunos aviones japoneses que estaban a punto de
despegar y agujerearon la cubierta de vuelo antes de alcanzar los tanques de
combustible y los pañoles de las cubiertas inferiores. El contraalmirante
Kusaka recordaría más tarde que
la cubierta estaba en llamas y los antiaéreos y las ametralladoras, tras
ser alcanzados por el fuego, disparaban solos. Había cadáveres por todas partes
y nadie era capaz de decir dónde se produciría la siguiente explosión. [...] Me
quemé las manos y los pies -en uno de ellos sufrí
371
una quemadura muy grave-. Y así es como abandonamos el Akagi, de forma
caótica, sin orden de ningún tipo (W. Smith, Midway, p. 111).
A diferencia de lo que ocurre
en tierra, los hombres que son bombardeados en un portaaviones que se encuentra
en alta mar tienen pocas vías de escape y han de buscar refugio en el reducido
espacio delimitado por la cubierta de vuelo. Un soldado de infantería sometido
a un intenso bombardeo en Gua-dalcanal podía correr, cavar una trinchera o
encontrar algún refugio; un marino japonés en mitad de un portaaviones sacudido
por las explosiones en M idway tenía que elegir entre m orir abrasado,
asfixiado en el interior del barco o destrozado sobre una cubierta de vuelo al
rojo vivo y saltar por la borda para fallecer ahogado, quemado por el sol o,
quizá, devorado por los tiburones que merodean en las cálidas aguas del
Pacífico. En realidad, en M idway, a un japonés que hubiera saltado o caído al
agua no podía sucederle nada mejor que ser rescatado por algún buque
norteamericano, lo que equivalía a la vida y la seguridad en un campo de
prisioneros de los Estados Unidos. Para un marino o aviador norteamericano que
cayese al mar en Midway, sin embargo, no había peor pesadilla que ser capturado
por un barco de la armada imperial. Cuando los japoneses capturaban a un
norteam ericano, lo sometían a un interrogatorio rápido y a continuación lo
decapitaban o lo arrojaban por la borda atado a un peso muerto.
En cuanto a los atacantes, a diferencia de los bom bardeos de
“precisión” que desde 7.000 o más metros de altitud llevaban a cabo los grandes
aviones de alta cota, los bombarderos en picado de la marina tenían muchas
posibili dades de dar en el blanco, a no ser que los pilotos se vieran
sacudidos por las explosiones, fueran derribados o, sencillamente, no fueran
capaces de salir de un picado que llegaba a situarlos a muy pocos metros de la
cubierta del buque enemigo. En Midway, un solo bombardero en picado Dauntless,
que se acercaba hasta trescientos metros de su objetivo cargado con una bomba
de 250 kilos, resultaba más letal que un escuadrón de quince bom barderos B-17,
que se limitaban a soltar sus explosivos desde una altitud de entre 5.000 y
7.000 metros, pese a que cada uno de ellos cargaba hasta 4.000 kilos de bombas.
Una bomba de un bombardero en picado estadounidense entró, en efecto, en
el hangar del Akagi y provocó el estallido de los torpedos que había allí
almacenados. Los torpedos estallaron en cadena, haciendo que el buque se
desgarrase desde su interior. A diferencia de los portaaviones británicos, ni
los rápidos y mucho más maniobrables portaaviones japoneses ni los nortea m
ericanos llevaban cubiertas de vuelo acorazadas. Éstas, por el contrario, eran
de madera y ofrecían escasa protección al combustible, los aviones y las bombas
almacenadas debajo: en Midway, ardieron con facilidad, junto a los aviones que
se preparaban para el despegue. Sobre el Akagi, más de doscientos
hombres perecieron en cuestión de segundos. Mitsuo Fuchida, oficial de
la marina japonesa y famoso piloto, se encontraba a bordo del buque insignia de
Nagumo en el momento de la catástrofe:
Bajé dando tumbos por una escalera que conducía a la sala de avia
dores. Estaba abarrotada de miembros del personal de hangares que habían
sufrido quemaduras muy graves. Se produjo otra explosión, a la que,
rápidamente, siguieron otras muchas. Con cada una de ellas, la su
perestructura se estremecía. El humo de los hangares, que estaban en llamas,
entraba por los pasillos y llegó al puente y a la sala de aviadores,
obligándonos a buscar otro refugio. Trepé al puente y pude ver que el Kaga y el
Soryu también habían sido alcanzados. De sus cubiertas se elevaban densas
columnas de humo negro. Era una escena espantosa (M. Fuchida y M. Okimiya,
Midway, theBattle tha.tDoom.edJapan [Midway, la batalla que condenó ajap ó n j,
p. 179).
Los mejores pilotos de la marina imperial fueron aniquilados en cuestión
de minutos. Tan importante como su pérdida fue la de los miembros más veteranos
de las tripulaciones de cubierta de los portaaviones japoneses, los raros e
irreemplazables expertos que, gracias a su larga experiencia, dominaban el
difícil arte de armar, revisar y abastecer los aviones en la cubierta de un
portaaviones que no dejaba de cabecear.
En aquel increíble lapso de seis minutos, un tercer portaaviones
japonés, el Soryu (Dragón Verde), de 18.000 toneladas, estaba a punto de sufrir
el mismo infierno que sus dos homólogos. Esta vez, el daño lo infligieron M ax
Leslie y su Escuadrón de Bom barderos VB-3, perteneciente al portaaviones
estadouni dense Yorktown, que se encontraba a poco más de cien millas de los
buques ja poneses. Setecientos dieciocho hombres de la tripulación del Soryu
no tardaron en morir carbonizados. Los bombarderos norteamericanos no llevaban
bombas perforadoras, eficaces contra planchas de blindaje grueso, lo que las
más de las veces suponía un serio contratiempo, y es que las bombas
convencionales no eran capaces de atravesar las cubiertas de m adera de los
portaaviones japoneses para estallar en los pañoles, salas de máquinas y
tanques de com bustible. Tras el fracaso total de los 41 aviones torpederos
norteamericanos que habían atacado minutos antes, lo cierto es que había muy
pocas posibilidades de alcanzar el vulnerable interior de los portaaviones de
Nagumo únicamente con las pequeñas bombas de los Dauntless. Pero, como sucedió
con el Akagiy el Kaga, según ya hemos visto, al atacar el Soryu, los pilotos
estadounidenses se encontraron con una ventaja inesperada: los japoneses
estaban preparando sus aviones para el despegue. De este modo, a las 10:22 de
la mañana de aquel 4 de junio, la zona más vulnerable de los tres portaaviones
japoneses era
precisamente su cubierta de madera. Las explosiones de los bombarderos
japoneses, cargados de combustible y explosivos, resquebrajarían las cubiertas
de sus propios barcos. En aquellas peculiares circunstancias, el estallido de
una bomba norteamericana podía provocar la explosión encadenada de docenas de
bombas japonesas.
Cuando fue alcanzado, el Soryu se encontraba a unas diez o doce millas
al norte y al este de los otros dos portaaviones en llamas de la flota japonesa
y, como ellos, estaba a punto de hacer despegar sus aviones para lanzar un
ataque masivo contra los tres portaaviones de la escuadra estadounidense. Los
trece bombarderos de M ax Leslie comenzaron sus picados a casi 4.000 metros de
altitud sin que los japoneses los advirtieran, sus cazas volaban a poca altura,
demasiado ocupados en acabar con los últimos aviones torpederos de Lem Massey
como para patrullar las nubes que flotaban sobre sus cabezas. A l menos tres de
las bombas de los pilotos del Yorktown impactaron en el Soryu, explosivos de
500 kilos lanzados desde poco más de quinientos metros de altitud. El
portaaviones, más pequeño que el Akagi y el Kaga, no tardó en convertirse en un
infierno a medida que los estallidos de las bombas, munición, aviones y
mangueras de gasolina lo hacían pedazos. A l cabo de pocos segundos, se cortó
la corriente eléctrica; al cabo de treinta minutos, se dio la orden de
abandonar el barco. A l capitán, el almirante Yanagimoto, se lo vio por última
vez gritando “¡Banzai!” desde el puente, en mitad de las llamas. Los últimos
cuatro aviones del grupo de Leslie, pensando que no tenía sentido volver a caer
sobre el Soryu, que ya estaba moribundo, se lanzaron sobre un acorazado y un
destructor. Desde las cubiertas inferiores, Tatsuya Otawa, uno de los pilotos
del Soryu, vio cómo “todo estallaba: aviones, bombas, depósitos de combustible”
(W. Lord, Incredible Victory [Victoria increíble], p. 174), antes de que la
onda expansiva de una explosión lo empujase por la borda, tirándolo al mar.
E l cuarto y último portaaviones japonés, el más m oderno Hiryu (Dragón
Volador), de 20.000 toneladas, que se había dirigido gradualmente hacia el
sureste durante los ataques que, a primeras horas de la mañana, habían llevado
a cabo los aviones de la marina y del ejército con base en Midway, escapó a la
primera oleada de los bombarderos en picado procedentes de los portaaviones
norteamericanos. Al cabo de unos minutos, el Hiryu fue capaz de lanzar su
propio y devastador ataque sobre el Yorktown, cuyas dotaciones contribuyeron a
su posterior hundimiento. Sin embargo, a primera hora de la tarde del 4 de
junio, una formación de bombarderos en picado norteamericanos sin protección de
cazas procedente del Enterprise y del propio Yorktown consiguió localizarlo. Poco
antes de las 16:00 horas, veinticuatro SBD , diez del inutilizado y maltrecho
Yorktown y el resto pertenecientes al Enterprise, al mando de los tenientes
Earl Gallagher, Dick Best y Dewitt W. Shumway, se lanzaron en picado desde las
nubes sin ser vistos. Cuatro bombas dieron en el blanco. Una vez más, los
374
375
estadounidenses incendiaron algunos bombarderos y cazas japoneses que se
preparaban para el despegue. El elevador del Hiryu saltó por los aires y se es
trelló contra el puente. Casi todos los miembros de la tripulación que murieron
en el barco -m ás de cuatrocientos- lo hicieron en aquel instante, atrapados
bajo el puente y envueltos en llamas. El capitán del Hiryu, el contraalmirante
Tamon Yamaguchi, uno de los comandantes más brillantes y audaces de la armada
japonesa, permaneció en el puente de mando y se hundió con el buque, una
pérdida irreparable, puesto que, a ojos de muchos, estaba destinado a ser el
sucesor del almirante Yamamoto, almirante en jefe de la marina imperial. Cuando
un subordinado le comentó que aún quedaba dinero en la caja de seguridad del
barco, Yamaguchi ordenó que lo dejaran donde estaba. “Lo necesitaremos, habrá
que pagarse una comida en el infierno”, murmuró (W. Lord, Incredible Victory,
p. 251).
En menos de doce horas, 2.155 marinos japoneses habían perdido la vida,
cuatro grandes portaaviones estaban destrozados y no tardarían en hundirse, y
más de 332 aviones, junto a sus diestros pilotos, se habían perdido. Cuando la
batalla se diera por terminada, los norteamericanos habrían hundido, además, un
crucero pesado y dañado gravemente a otro. El Akagi, el Kaga, el Hiryu y el
Soryu, orgullo de la armada imperial, veteranos de diversas campañas contra
chinos, británicos y norteamericanos, reposaban en el fondo del océano
Pacífico. En seis minutos, cuando apenas habían transcurrido seis meses de
lucha, la balanza de la guerra naval en el Pacífico se había inclinado del lado
estadou nidense y los peores temores del almirantazgo japonés acerca de una represalia
masiva a cargo de los Estados Unidos se vieron confirmados.
En términos estrictamente militares, la cifra de muertos en M idway no
es muy alta, menos de 4.000 entre las dos escuadras. Las bajas no fueron más
que una fracción de las que sufrieron los romanos en Cannas o los persas en
Gauga-m ela, y la batalla fue mucho menos cruenta que los grandes y sangrientos
enfrentamientos navales de Salamina, Lepanto, Trafalgar y Jutlandia, o que la
posterior derrota japonesa en el golfo de Leyte. Pero el hundimiento de los
cuatro portaaviones suponía la pérdida de una irreem plazable inversión en
millones de días de trabajo especializado y de preciado y escaso capital, y de
la única posibilidad que los japoneses tenían de destruir la flota y las bases
del Pacífico norteamericanas. Más de cien de los mejores pilotos navales japoneses
perecieron en un solo día, cifra equivalente al de toda una promoción anual de
aviadores. Nunca había sufrido Jap ó n una derrota tan drástica cuando la
tecnología, el material, la experiencia y los hombres estaban tan decididamente
a su favor. En Washington, el almirante Ernest J . King, jefe de Operaciones
Navales, afirmó, en referencia a las acciones del 4 de junio, que la batalla de
M idway había sido la primera derrota decisiva de la armada japonesa en 350
años y que, tras ella, el equilibrio naval en el Pacífico quedaba restaurado.
376
Los portaaviones japoneses eran, en efecto, irremplazables. Durante toda
la Segunda Guerra M undial, los japoneses sólo botaron otros siete grandes
portaaviones. Los norteamericanos, en cambio, fabricaron más de cien, entre
grandes portaaviones de flota y portaaviones ligeros y de escolta. Los nortea
mericanos, además, construirían o repararían veinticuatro acorazados -pese a
perder casi todos en el ataque a Pearl H arbor- y un número incontable de
cruceros pesados y ligeros, destructores, submarinos y barcos de apoyo. Durante
cuatro años de guerra, los norteamericanos construyeron dieciséis buques de
guerra por cada buque de guerra que construían los japoneses.
Peor aún para los japoneses era que su producción mensual de aviones
para la marina y el ejército rara vez superase las mil unidades, una suma que,
hacia el verano de 1945, apenas llegaba a la mitad a causa de los bombardeos
norteamericanos, la necesidad de dispersar las fábricas y la escasez de
material y mano de obra. Por el contrario, los norteamericanos no tardaron en
construir un complejo bombardero pesado B-24, compuesto por unas 100.000
piezas, cada 63 minutos. Los operarios de las fábricas de aviación
norteamericanas, que superaban ampliamente en número a los japoneses,
cuadruplicaban en produc tividad a sus homólogos del bando contrario. En
agosto de 1945, a menos de cuatro años de su ingreso en la guerra, los Estados
Unidos habían fabricado casi 300.000 aviones y 87.620 barcos de guerra. A
mediados de 1944, la industria norteamericana construía flotas completamente
nuevas, equipadas con unidades de aviación naval comparables en tamaño a todas
las fuerzas norteamericanas que combatieron en Midway, cada seis meses. A
partir de 1943, los barcos y aviones norteamericanos -dieciséis nuevos
portaaviones clase Essex con bom barderos en picado Helldiver, cazas Corsair
y Hellcat, y aviones torpederos Avenger- fueron cualitativa y cuantitativamente
superiores a sus homólogos del bando japonés. Los modernos acorazados clase
Iowa que aparecieron en la segunda mitad de la guerra eran superiores en
velocidad, armamento, alcance y protección defensiva a cualquier buque de la
armada japonesa y mucho más efectivos, incluso, que los gigantescos Yamato y
Mushasi. Pocos meses después de M idway, el ejército y la m arina de los
Estados Unidos no sólo se habían recuperado de todas sus pérdidas, sino que sus
fuerzas crecían en proporción geométrica, mientras que la armada japonesa
comenzó a decrecer, puesto que las anticuadas y bombardeadas fábricas japonesas
no eran siquiera capaces de reemplazar los aviones y barcos obsoletos que caían
víctimas de los cañones norteamericanos. Lo que había sucedido tras el desastre
de Cannas y con el Arsenal de Venecia parecía repetirse.
Pese a todo, la arm ada estadounidense había tenido que pagar un precio
muy alto por el bombardeo llevado a cabo la mañana del 4 de junio. El Hornet
había perdido once de sus doce cazas Wildcat; el Yorktown, cinco bombarderos en
picado y cinco cazas, y el Enterprise, catorce bombarderos en picado y un
377
caza. Pero estas pérdidas eran tolerables comparadas con la aniquilación
casi completa sufrida por los aviones torpederos norteamericanos minutos antes
de las 10:22 horas.
LA ANIQUILACIÓN DE LOS DEVASTATOR
L a batalla de Midway puede entenderse mediante dos hechos ligados entre
sí de forma inextricable: la destrucción de toda un arma aérea norteamericana a
manos de los cazas japoneses y el hundimiento de los portaaviones de la propia
flota japonesa; y es que el primer hecho condujo directamente al segundo. En
Midway, tan peligroso fue estar sobre un portaaviones japonés como pilotar uno
de los torpes y obsoletos aviones torpederos T B D Devastator que, en la mañana
del 4 de junio de 1942, abrieron el ataque de los portaaviones norteamericanos
contra la flota nipona. En cierto sentido, su aniquilación por los cazas Zero
japoneses, junto con la intervención de algunos cazas Wildcat norteamericanos,
dio a sus camaradas de los bombarderos en picado la oportunidad de atacar sin
grandes obstáculos. Todos los bombarderos torpederos norteamericanos se aproxim
arían valerosam ente a la escuadra japonesa, ninguno alcanzaría sus objetivos y
casi todos serían derribados con sus dos tripulantes a bordo. De los 82 hombres
que atacaron a los portaaviones japoneses en los TBD, sólo sobrevivieron trece.
Sin embargo, uno de los dos comandantes de los aviones japoneses que
intervinieron en Midway, Mitsuo Fuchida, se mofó, en un informe redactado la
víspera de la batalla, de que los norteam ericanos carecían de voluntad de
lucha.
Los TBD Devastator, que habían entrado en servicio a mediados de los
años treinta, eran, cuando los norteamericanos entraron en guerra, incapaces de
devastar nada. En realidad, eran poco más que ataúdes volantes para el piloto y
el artillero que los tripulaban. Cuando iban cargados con un torpedo, también
obsoleto, de 500 kilos -m uy poco fiable, capaz de pasar por debajo de la
quilla de su objetivo o de no explotar cuando impactaba contra él-, no
superaban los 170 kilómetros por hora y, equipados para el combate, su radio de
acción era de tan sólo trescientos kilómetros. Cuando atacaban un barco que
avanzaba en dirección opuesta a treinta nudos de velocidad, casi tenían que
rozar la superficie del agua para lanzar el torpedo mientras reducían la
distancia a una velocidad real de menos de cien kilómetros por hora, si es que
no había viento de cara. A plena carga, apenas podían ascender. Sus largas y
expuestas maniobras de aproximación los convertían en objetivos muy fáciles
para los cazas Zero japoneses, que, en Midway, se lanzaron en picado algunas
veces en grupos de hasta cuarenta unidades y a casi quinientos kilómetros por
hora. A diferencia de los obsoletos aviones torpederos norteamericanos, los
bombarderos torpederos
378
japoneses podían, en 1941, alcanzar picados de casi quinientos
kilómetros por hora, amén de llevar un torpedo mucho más pesado y eñcaz y tener
un radio de acción mucho mayor.
El 4 de junio de 1942, 35 de los 41 Devastator que atacaron a los
portaaviones japoneses fueron derribados, un hecho que hoy en día apenas
resulta com prensible a la luz de las prácticas del ejército norteamericano,
en el que unas tropas que disfrutan de una abrumadora superioridad numérica,
tecnológica y material evitan algunas veces la lucha por temor a perder un
puñado de combatientes. L a m ayoría de las tripulaciones de los Devastator de
M idway jamás habían despegado armadas con torpedos de la cubierta de un
portaaviones y ahora las enviaban en misión de combate en sus decrépitos
aviones, con una cantidad de combustible que apenas les alcanzaba para regresar
al buque y contra un blanco cuyo tamaño, composición y localización conocían
sólo a inedias. Más tarde, en el último año de la guerra, los militares
norteamericanos sintieron espanto al com probar cómo los japoneses hacían uso
de aviones kamikaz.es, pero lo cierto es que la orden de atacar dada a los
Devastator en Midway exigía poco menos que el suicidio.
M idway fue la última gran batalla en que se utilizaron aquellos
obsoletos aviones torpederos. Ya en la propia batalla algunos pilotos de la
marina contaban con los nuevos Grumman TBF Avenger, los aparatos que habrían de
sustituir a los Devastator y que, armados con nuevos torpedos, completarían al
final de la guerra un formidable registro de ataques contra la armada japonesa.
Los Avenger casi duplicaban la velocidad de los Devastator, llevaban el doble
de armamento y podían infligir un daño mucho mayor. Sin embargo, en junio de
1942 todavía no habían sustituido a ninguno de los antiguos T B D de los
portaaviones que combatieron en M idway; de hecho, diecinueve Avenger de
reemplazo llegaron a Pearl H arbor desde Norfolk, Virginia, el 29 de mayo, tan
sólo un día después de que el llornet zarpase hacia Midway. Los pilotos con
base en M idway sí contaron con seis de estos nuevos aviones torpederos. Si los
Devastator de los tres portaaviones que intervinieron en la batalla hubieran
sido sustituidos por Avenger, los norteamericanos podrían haber hundido algunos
buques más y, sin duda, habrían perdido menos pilotos, aunque, como veremos, la
victoria en Midway se debió, en cierto sentido, a la vulnerabilidad de aquellos
aparatos obsoletos, que atrajeron oleadas de codiciosos Zero cuando el
verdadero peligro para la flota japonesa estaba en lo alto del cielo y no a ras
del agua. En todo caso, el historiador naval Samuel Eliot Morison, con una
expresión que recuerda a la de Tito Livio a propósito de Cannas, tituló un capítulo
de su relato de la batalla “La carnicería de los bombarderos torpederos” . U na
carnicería lastimosa, en efecto.
La mañana del 4 de junio de 1942, el capitán de corbetaJohn C. ‘Jack”
Waldron, comandante del Escuadrón de Aviones Torpederos VT -8 del Hornet,
distribuyó
379
entre sus tripulaciones copias de su último mensaje poco antes del
despegue.
Los documentos mimeografiados concluían con un tono melancólico:
MI MAYOR ESPERANZA ES QUE ENCONTREMOS UNA SITUACIÓN TÁCTICA FAVORABLE,
PERO SI NO ES ASÍ Y SUCEDE LO PEOR, QUIERO QUE CADA UNO DE NOSOTROS HAGA CUANTO
ESTÉ EN SU MANO PARA DESTRUIR A NUESTROS ENEM IGOS. SI QUEDA UN SOLO AVIÓN PARA
LA APROXIM ACIÓN FINAL, QUIERO QUE EL HOMBRE QUE LO PILOTE FIJE EL OBJETIVO Y
CONSIGA UN BLANCO. QUE DIOS NOS ACOMPAÑE A TODOS. BUENA SUERTE, FELIZ
ATERRIZAJE, ¡ M A N D A D L O S A L INFIERNO ! (G. Prange, Miracle at Midway
[Milagro en Midway], p. 240).
Jack Waldron despegó del Homet para. el último vuelo de su vida a las
8:06 de la mañana. Estaba al frente de quince Devastator y se dirigía a atacar
a la flota japonesa. Los problemas surgieron casi inmediatamente después del
despegue. Los 35 bombarderos en picado y los diez cazas Wildcat que lo
acompañaban -también pertenecían al Homet- pronto se perdieron, a causa del
cielo encapotado, por encima de los pesados Devastator. Waldron se vio obligado
a localizar y atacar a los portaaviones japoneses en solitario, tarea casi
imposible, porque no contaba ni con Wildcat que lo protegieran del ataque de
los Zero ni con bombarderos en picado Dauntless que obligaran a los barcos
japoneses a dividir sus baterías antiaéreas. De este modo, todas las defensas
aéreas y navales de los buques japoneses se concentrarían en los lentos
aparatos de Waldron, que se aproximarían a pocos metros del agua a 170
kilómetros por hora. A los bombarderos en picado del Homet les fue todavía
peor, porque no consiguieron encontrar a la flota japonesa y no soltaron, por
tanto, ni una sola bomba. Sin embargo, que los bombarderos en picado y los
cazas del Homet no encontrasen sus objetivos no fue quizá tan patético como
algunos historiadores señalan. H ay que recordar que aquellos aviones no contaban
ni con radares ni con instrumentos de navegación avanza dos y que, en su
mayoría, iban pilotados por hombres inexpertos -ninguno de los pilotos del
Homet había entrado todavía en acción-, que volaban sobre un interminable
océano Pacífico en busca de unos barcos que, a gran altura, no eran más que
pequeños puntos sobre una superficie uniforme.
A causa de las numerosas
maniobras de distracción efectuadas para sortear los ataques de los aviones
basados en M idway a primera hora de la mañana, los portaaviones del almirante
Nagumo no se encontraban exactamente en el lugar en que, según los cálculos del
estado mayor norteamericano, debían estar cuando los cazas y bombarderos
norteamericanos llegaran a su altura. Instintivamente, Waldron supuso que el
enemigo había cambiado de rumbo y viró hacia el norte. De este modo, el suyo
fue el prim er escuadrón naval norteam ericano que encontró a la flota
japonesa.
380
Sin protección de cazas ni ayuda de bombarderos en picado, percatándose
de que era el primer piloto norteamericano con base en portaaviones en atacar,
y sabiendo que, en caso de sobrevivir al torpedeo de los buques japoneses, no
tenía suficiente combustible para regresar, Waldron comunicó por radio al
Hornet que, no obstante, tenía intención de seguir adelante con el ataque. El
capitán Marc Mitscher recordaría que Waldron “prometió que intentaría salvar
todos los obstáculos, sabiendo que su escuadrón estaba condenado a la
destrucción y que no tenía ninguna posibilidad de regresar con vida a su
portaaviones” (S. Morison, Coral Sea, Midway, and Submarine Actions, May
ig42-August 1942 [Mar del Coral, Midway y operaciones submarinas, mayo
1942-agosto 1942], p. 117).
El primer Zero derribó uno de los T B D de Waldron. En pocos minutos,
los otros catorce aparatos del Escuadrón de Torpederos VT -8 se vieron
sometidos al fuego de los cañones y ametralladoras de los cazas japoneses. Los
pocos aviones que consiguieron soltar sus torpedos no consiguieron hacer blanco
ni en el Akagi ni en el Soryu. Los lentos Devastator que no explotaron al
recibir impactos de ametralladora se desintegraron al estrellarse contra el
mar, cla vando el morro en las olas y dando una voltereta de campana a 170
kilómetros por hora. A l propio Waldron se lo vio por última vez de pie en la
carlinga en llamas de su avión. Su intuición y habilidad habían logrado
conducir al Escua drón V T -8 directamente hasta los portaaviones japoneses,
pero, por desgracia, los demás cazas y bombarderos del Hornet seguían a su
espalda, la mayoría de ellos perdidos, a miles de metros por encima de su
cabeza, y eso que él pilotaba un TBD Devastator.
Las batallas de infantería de las guerras modernas son brutales y
aterradoras, pero las heridas que sufren los pilotos navales son por lo general
más horribles y sus posibilidades de supervivencia virtualmente nulas.
Normalmente, imagi namos que la piel metálica de un avión, su carlinga de
vidrio y el blindaje que protege el asiento del piloto desvían los proyectiles
y ofrecen a su ocupante cierta protección. En realidad, puesto que los aviones
reciben muy a menudo el impacto de una ráfaga de balas a altas velocidades, la
fuerza combinada del proyectil y de su blanco en el punto de entrada suelen
destrozar literalmente al piloto. Además, los pilotos aeronavales de la Segunda
Guerra Mundial se sentaban sobre miles de litros de combustible y llevaban
explosivos a unos cen tímetros de los pies, listos para desintegrarlos en el
instante en que el fuego de las trazadoras y los cañones enemigos prendieran
esta mezcla letal.
Pilotar un Devastator cargado en M idway debía de ser como conducir una
camioneta Ford por el carril derecho de una autopista, con la parte de atrás y
los asientos cargados de dinamita, mientras otros vehículos mucho más rápidos
te disparan con ametralladora al tiempo que te adelantan. A diferencia de lo
que les ocurre a los heridos en la guerra terrestre, en el aire ni siquiera una
herida no mortal puede ser tratada rápidamente y el piloto no puede ser
evacuado
3 8 1
a retaguardia. Ser alcanzado era el principio, no el final, del
tormento. Los mismos proyectiles que hacían sangrar al piloto dañaban o
destruían el avión, que, a buen seguro, no tardaría en estrellarse o
convertirse en una bola de fuego. Incluso en época de paz el asiento de un
avión de pasajeros que cae al mar se llena de pequeñas esquirlas de metal del
propio avión: los cuerpos, mucho más frágiles, de sus ocupantes se pulverizan o
se carbonizan debido a la fuerza del impacto y al fuego subsiguiente.
En condiciones ideales, en un ataque a cargo de aviones con base en por
taaviones, los Devastator habrían sido los últimos en intervenir, después de
que los SBD Dauntless se lanzasen en picado, zumbando desde 3.500 metros de
altitud, y de que los Wildcat hicieran lo mismo a m ayor velocidad y desde una
altitud superior para cubrir el ataque. Luego, con los buques y los aviones
enemigos ocupados, los lentos aviones torpederos se deslizarían en plena
refriega y a ras del agua y, en teoría sin gran oposición, lanzarían sus
torpedos. En cambio, debido a la confusión sufrida por los bom barderos en
picado y los cazas norteamericanos, sobre los Devastator del escuadrón de Jack
Waldron se abatió todo el poder aéreo y antiaéreo de la escuadra japonesa. Ni
un solo avión del VT -8 sobrevivió. De los treinta tripulantes que despegaron
del Hornet a las ocho de aquella mañana sólo el alférez George H. Gay se salvó
de la masacre; aunque herido, consiguió alejarse de su Devastator después de
estrellarse contra el mar y permaneció a flote sin que los barcos japoneses lo
advirtieran hasta que, la tarde del día siguiente, fue recogido por un avión de
rescate norteame ricano. La derrota del Escuadrón VT-8 fue sólo la primera de
las tres que aquel 4 de junio sufrieron otros tantos escuadrones de aviones
torpederos. El relato de los acontecimientos que más tarde ofreció el alférez
George G ay es lo único que nos permite adivinar lo que sintieron sus
veintinueve compañeros de unidad durante los últimos minutos de su vida.
Cuando los mortíferos Zero regresaban periódicamente a sus portaaviones
para repostar y cargar los depósitos de munición durante la cacería de patos de
la mañana, un observador del Akagi advirtió que “las dotaciones de servicio
vitoreaban a los pilotos que regresaban, les daban palmaditas en la espalda y
gritaban palabras de aliento. En cuanto un avión estaba listo, el piloto
asentía, aceleraba el motor y el aparato volvía rugiendo a los cielos. La
escena se repetía una y otra vez a medida que la desesperada batalla aérea
proseguía” (M. Fu-chida y M. Okumiya, Midway, the Battle that DoomedJapan, p.
176). Los pilotos norteamericanos tenían pocas posibilidades de sobrevivir
incluso cuando con seguían evitar las balas de los Zero; la m ayoría de los
que conseguían saltar de sus bombarderos antes de que se hundieran eran
ametrallados en el agua. Los dos pilotos navales que, según se sabe, cayeron
prisioneros en M idway fueron interrogados y, poco después, los ataron, les
pusieron un peso muerto y los arrojaron por la borda. Los barcos japoneses
tenían orden de interrogar
38 2
a los prisioneros para averiguar la posición del enemigo y, a
continuación, “deshacerse de ellos como corresponde” .
En los portaaviones japoneses la moral estaba por las nubes, rayana casi
en la arrogancia. Claro que, ¿por qué no? Hasta el momento, la armada imperial
no había sufrido ninguna derrota importante y no sentía otra cosa que desprecio
por el potencial de lucha de los marinos, pilotos e infantes norteamericanos.
Desde el comienzo de las hostilidades el 7 de diciembre de 1941, las unidades
de portaaviones japonesas habían hundido o inutilizado por sí solas ocho
acorazados y dos cruceros (Pearl Harbor, 7 de diciembre) y bombardeado y
hundido los acorazados británicos Repulse y Prince o f Wales (en las costas de
Kuantan, 10 de diciembre), los cruceros Houston y Marblehead (al norte de Java,
4 de febrero de 1942) y los cruceros británicos Exeter, Cornwally Dorsetshire
(el 27 de febrero en las costas de Tjilaljap y el 5 de abril cerca de Colombo).
También habían enviado a pique o causado graves daños a tres portaaviones
aliados (al Hermes, cerca de Trincomalee, 9 de abril, y al Lexington y al
Yorktown [dañado] en la batalla del mar del Coral, 8 de mayo). Y todo
únicamente a costa de algunos destructores y de un portaaviones ligero. En
vísperas de la batalla de Midway, la Flota del Pacífico de los Estados Unidos
sólo disponía de un acorazado y de tres portaaviones. Los norteamericanos no
habían hundido todavía un solo buque japonés importante. El ex piloto M asatake
O kum iya y el ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi resumieron así esta notable
cadena de victorias aeronavales japonesas en el primer medio año de guerra:
L a lista de buques japoneses y enemigos perdidos en los primeros seis
meses de la guerra era la constatación literal de un concepto que la marina
calificaba como “condiciones de combate ideales”, para “librar una batalla
naval decisiva únicamente mediante el control del aire” . En los diez años
previos a la Guerra del Pacífico, entrenamos a nuestros aviadores en la
creencia tácita de que las batallas navales libradas bajo nuestro dominio del
aire sólo podían desembocar en victoria. Las fases iniciales de la Guerra del
Pacífico afianzaron dramáticamente esa creencia (M. Okumiya y J . Horikoshi,
Zero!, p. 153).
Muchas veces, esa confianza se tradujo en crueldad gratuita hacia los
soldados capturados, a quienes se consideraba unos cobardes por rendirse.
Durante la primera campaña de la isla de Wake, que se desarrolló inmediatamente
después de Pearl Harbor, los marinos japoneses torturaban y golpeaban de forma
rutinaria a los marines que capturaban antes de enviarlos a los campos de
prisioneros de China yjap ón . A l menos cinco norteamericanos fueron
decapitados ritual mente sobre la cubierta de un transporte. A continuación, y
entre los vítores de los marineros japoneses, sus cuerpos fueron mutilados y
arrojados al mar.
383
Desde el comienzo de la Guerra del Pacífico, los japoneses abordaban las
batallas de un modo brutal. Esto se debía, de una parte, a una animosidad
racial innata, y, de otra, a la perversión del antiguo código bushido que los
políticos militaristas japoneses impusieron en los años treinta, y también, a
un odio alimentado durante la larga presencia colonial europea en Asia. Aquella
brutalidad pronto encontraría las correspondientes represalias entre las
fuerzas anglonorteame ricanas. Ese odio mutuo explica en gran medida la
tensión y el espíritu que animaron a los combatientes que se enfrentaron en
Midway.
Casi por norma, los soldados japoneses, mucho después de que la batalla
hubiera cesado, continuaban matando y torturando a prisioneros desarmados que
se habían rendido -en China, las Filipinas y el Pacífico- con mucha más
frecuencia que los británicos o los norteamericanos. En el bando aliado no
existía nada comparable a los campos de concentración japoneses, donde los
experimentos médicos más macabros y los fusilamientos arbitrarios no eran
infrecuentes. Ciertam ente, los norteam ericanos com eterían brutalidades a
mucha m ayor escala, como atestiguan el bombardeo de las ciudades japonesas con
proyectiles incendiarios y los ataques nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki,
pero a ojos de los soldados y ciudadanos estadounidenses - y esto es
enteramente característico de la doctrina bélica occidental, que tiene su
origen en los campos de batalla de la antigua Grecia y evolucionó más tarde en
el concepto romano, m edieval y cristiano de guerra justa (ius in bello)-, el
bom bardeo m asivo e indiscriminado era asunto muy distinto al asesinato de un
prisionero de guerra.
Los aliados mataban a escala masiva, pero casi exclusivamente en asaltos
directos y al descubierto, tras verdaderas declaraciones de intenciones, a
menudo en represalia y bajo fuego hostil, y no de m anera rutinaria, en campos
de prisioneros o después de un alto el fuego. Las baterías antiaéreas y los
cazas japoneses disparaban sobre las tripulaciones de bombarderos que se lanza
ban en paracaídas, quienes, normalmente, cuando se veían obligadas a aterrizar
en territorio enemigo eran ejecutadas. Para los norteamericanos, en cualquier
combate abierto, los japoneses eran “libres” de evitar el bom bardeo de sus
centros industriales y urbanos. Sabían que sus aviones se aproximaban y,
además, debían esperar represalias por haber iniciado la guerra y por librarla
en China y el Pacífico de una manera bárbara y cruel. Los norteamericanos
argumentaban que, si ellos mataban durante los intercambios de fuego, lo hacían
como parte del esfuerzo por quebrar la base militar industrial sobre la que se
asentaba el Japón imperial, algo que era más o menos justo en una batalla
campal. Por el con trario, los japoneses se limitaban a contar muertos y de la
cuenta extraían que bajo las bombas norteamericanas habían muerto cientos de
miles de civiles inocentes, muchos más que los prisioneros estadounidenses que
podían haber torturado y ejecutado sus guardias e interrogadores.
384
Esta oposición se cumple en todos los enfrentamientos bélicos entre
Oriente y Occidente de la historia: los occidentales aborrecían las ejecuciones
suma rias y las torturas de sus combatientes cautivos e indefensos, mientras
sus fuerzas armadas, mucho mejor equipadas, al descubierto y de forma “justa” ,
aniquilaban a miles de oponentes durante la lucha. Para los no occidentales, el
fuego de ametralladora, las descargas de artillería y los bombardeos masivos
contra sus relativamente mal equipados soldados y sus vulnerables poblaciones
civiles eran acciones propias de bárbaros, pese a que, por su parte, mutilaban
y ejecutaban a los prisioneros de guerra con mucha frecuencia. En este sentido,
por ejemplo, Hernán Cortés y lord Chelmsford se escandalizaron cuando supieron
que az tecas y zulúes torturaban y mataban a sus prisioneros, pero perseguir y
lancear por la espalda a miles de indios o africanos semidesnudos en el fragor
de la batalla les parecía algo normal. Los británicos se quedaron horrorizados
al comprobar que sus compañeros caídos en Isandhlwana habían sido decapita dos
y descuartizados, pero en Ulundi les pareció justo emplear ametralladoras
contra los guerreros zulúes, que sólo llevaban lanzas. Para los
estadounidenses, arrojar bombas incendiarias y carbonizar a casi 200.000
soldados, trabajadores y civiles japoneses durante una sola semana de
bombardeos sobre Tokio en marzo de 19 4 5, mientras enviaban a los prisioneros
japoneses a campos de prisioneros relativamente humanos situados en territorio norteamericano,
tenía mucho sentido desde un punto de vista militar. Para los japoneses, el
asesinato de los tripulantes de los B-29 derribados, a menudo mediante una
decapitación sumaria, era una pequeña compensación por la cremación de cientos
de miles de conciudadanos.
Más o menos a la misma hora en que el Escuadrón de Torpederos VT -8 de
Jack Waldron era aniquilado durante el aciago ataque sobre el Soryu, otro grupo
de Devastator, los catorce aviones torpederos del Escuadrón V T -6 del por
taaviones Enterprise, que comandaba el capitán de corbeta Eugene E. Lindsey,
sobrevolaba el Akagi para lanzarse sobre el Kaga. Aunque la unidad de aviones
torpederos del Enterprise tenía más experiencia que los Devastator de Waldron
-algunos de sus pilotos habían volado ya en las campañas de las Marshall y de W
ake-, los T B D de Lindsey, igual que los aparatos del Hornet, volaban sin
escolta de cazas y tampoco contaban con la ayuda de los bombarderos en picado,
que aún sobrevolaban las nubes a gran altura. El fallo en los cálculos de
localización de la flota japonesa, la presencia de nubes y la variedad de
altitudes a que volaban los bombarderos torpederos, los cazas y los bombarderos
en picado provocaron que aquel grupo de Devastator también perdiera contacto
con sus compañeros poco después de despegar del Enterprise. En realidad, el
grupo de cazas de este portaaviones no consiguió encontrar ni a los aviones
torpederos ni a los bombarderos en picado que debía escoltar y regresó al buque
sin haber disparado un solo tiro.
L a ausencia de cualquier tipo de aviones de apoyo convertía la
destrucción del Escuadrón VT-6 en algo inevitable. Pero la facilidad con que
los japoneses abatieron esta segunda oleada de aviones torpederos provocó una
falsa sensación de seguridad en los artilleros de la flota imperial: algunos
oficiales tenían la sensación de que podrían destruir a toda la fuerza
aeronaval norteamericana por sí solos, sin llegar siquiera a atacar sus
portaaviones. Al comandante Genda, que navegaba en el Akagi, los Devastator le
parecieron muías cansadas. Tras derribar en unas pocas horas los bombarderos
con base en tierra y los aviones torpederos de los portaaviones, los
tripulantes de la armada imperial conclu yeron que los norteamericanos se
mostraban sorprendentemente valientes, pero como aficionados y sin experiencia,
además de que llevaban aviones anticuados y torpedos de mala calidad, una
valoración acertada en casi todos sus puntos.
Veinticinco Zero que patrullaban los cielos sobre los portaaviones
japoneses descendieron en picado para aplastar al Escuadrón V T -6 a algunas
millas de la flota imperial. Durante quince minutos, las baterías antiaéreas y
los cazas se cebaron en los lentos Devastator, que se separaron en dos grupos
para atacar al Kaga por ambos costados. El avión de Lindsey fue uno de los
primeros en ser alcanzado y no tardó en incendiarse. Finalmente, a las 9:58 de
la mañana, casi dos horas después de que hubieran despegado del Enterprise, los
cuatro TBD del V T -6 que aún no habían sido derribados consiguieron acercarse
al Kaga lo suficiente para lanzar sus torpedos. Ninguno dio en el blanco. Estos
cuatro aparatos fueron los únicos de la segunda oleada de torpederos que
consiguie ron volver a su portaaviones. Otros veinte tripulantes de aviones
torpederos norteamericanos habían desaparecido bajo las aguas. La matanza de
los TBD proseguía.
Tres portaaviones norteamericanos lanzaron sus escuadrones contra la
flota japonesa que se aproximaba a M idway a eso de las 8 de la mañana del 4 de
junio. El último grupo de aviones torpederos, los doce Devastator del VT-3 del
Yorktown, que iban al mando de Lem M assey, se acercó al Soryu cuando los TBD
del Hornet y del Enterprise caían al mar. Igual que los demás aviones
torpederos, los de Lem Massey, que también carecían de protección de cazas,
atrajeron sobre sí el fuego concentrado de los antiaéreos y de los cazas
japoneses. Sólo cinco de aquellos TBD consiguieron acercarse lo suficiente al
Soryu para descargar sus torpedos. No obstante, tres de ellos cayeron demasiado
lejos de su objetivo. De seis a diez Zero siguieron a lo que quedaba del VT-3
hasta el portaaviones, obligando a los aparatos norteamericanos a volar a poco
más de cincuenta metros de altura.
Massey, como Waldron y Lindsey, no consiguió sobrevivir al ataque. Ni la
capacidad ni el valor significaban nada cuando se estaba a los mandos de un
obsoleto Devastator. Los pocos tripulantes del Escuadrón de Torpederos VT-3
que consiguieron regresar a su portaaviones informaron que M assey fue
uno de los primeros en ser derribado. Se lo vio por última vez de pie sobre una
de las alas de su avión, tras salir a rastras de la carlinga en llamas. L a
pequeña escuadrilla de cazas de escolta que comandaba Jim m y Thatch libraba un
valiente combate contra varios Zero a unos kilómetros de Massey y no pudo
ayudar al E s c u a d ró n VT -3. Como hemos d ic h o y a , d e b id o a u n a
mezcla d e mala suerte, incompetencia y mal funcionamiento del estado mayor, la
primera oleada de cazas y bombarderos en picado del tercer portaaviones
norteamericano, el Hornet, no desem peñó ni el más mínimo papel en los ataques
iniciales a la flota japonesa. Los Wildcat y Dauntless del Hornet regresaron a
su portaaviones o hicieron aterrizajes de emergencia en M idway o se
estrellaron en el mar por falta de combustible. Sólo los aviones torpederos de
Jack Waldron encontraron al enemigo. Y, sin excepción, fueron derribados.
Para cuando los japoneses habían abatido la tercera oleada de aviones
tor pederos, el grupo de cazas Zero que sobrevolaba la flota en misión de
protección se había dispersado y volaba a muy poca altura, no a la altitud que
debía, ni en formación, sobre sus buques, en busca de bombarderos en picado.
Tras la cacería de la mañana, muchos cazas japoneses aterrizaban para repostar
y cargar munición y toda la atención del gran arsenal de baterías antiaéreas de
la flota se concentraba en barrer los últimos aviones torpederos que
sobrevolaban la superficie del océano. Milagrosamente, casi a la hora exacta en
que los japoneses contenían la tercera y última oleada de TBD, decenas de
bombarderos en picado Dauntless procedentes del Enterprise y del Yorktown
alcanzaron sus objetivos, como si alguien les hubiera dicho que ya podían
entrar en escena. Los primeros X02 aviones de los portaaviones que habían
atacado a la flota japonesa se habían perdido o habían sido derribados, pero
aún quedaban 50 bombarderos en pi cado -m enos de una tercera parte del grupo
original- para comenzar el ataque. De modo que, con gran sorpresa y asombro, se
lanzaron en picado y sin oposición desde 3.500 metros de altitud dispuestos a
incendiar el Akagi, el Kaga y el Soryu.
Para el norteamericano moderno de comienzos del siglo X XI, aquellos
pilotos de portaaviones que vivieron hace más de medio siglo -M assey, Waldron
y Lindsey, a quienes se vio por última vez tratando de escapar de un mar en
llamas mientras sus aviones eran ametrallados por los Z ero - son ejemplares
sobrehu manos de lo que constituía el heroísmo en los aciagos meses que
siguieron al ingreso de los Estados Unidos en la Segunda Guerra M undial.
Incluso sus nombres parecen caricaturas de una antigua e inquebrantable hombría
nor teamericana: M ax Leslie, Lem Massey, Wade McClusky, Jack Waldron; pilotos
malogrados, y no todos ellos jóvenes reclutas de dieciocho años, sino, a
menudo, hombres casados y con hijos, que subían a sus decrépitos aviones no
sólo con buena disposición, sino también con entusiasmo, para lanzarse contra
la flota
38 7
japonesa y, en unos segundos, dejar huérfanas a sus familias si tal cosa
era necesaria por defender todo aquello por lo que sentían aprecio. Uno se
pregunta si los Estados Unidos, donde hoy en día tantos Jasons, Ashleys y
Nicoles que habitan en zonas residenciales entretienen sus días con juegos de
ordenador, volverán a ver a gentes como ellos.
LA FLOTA IM PERIAL SE HACE A LA MAR
M idway fue una de las mayores batallas navales de la Segunda Guerra
Mundial y, como la batalla del golfo de Leyte, que tuvo lugar dos años después,
uno de los enfrentamientos más complejos y decisivos en la historia de la
guerra naval. Librada a lo largo de tres días, y a uno y otro lado del
meridiano que marca el cambio de fecha, se desarrolló en un teatro de
operaciones de más de mil millas de extensión. Durante la misma, se produjeron
ataques de los portaaviones japoneses contra Midway, ataques entre portaaviones
a cargo de aviones tor pederos y bombarderos en picado, duelos aéreos entre
Zero japoneses y cazas norteamericanos con base en tierra y en portaaviones,
torpedeos submarinos y contraataques de destructores con cargas de profundidad,
misiones de bom bardeo a cargo de bombarderos de alta cota y en picado y de
aviones torpederos con base en Midway, y fútiles esfuerzos por parte de los
acorazados y cruce ros pesados japoneses por entablar batalla con fuego de
artillería contra los cruceros y portaaviones norteamericanos. En la primera
semana de junio de 1942, los hombres que sobrevolaban y surcaban la superficie
o los fondos del Pacífico trataban con ahínco de hacerse volar en pedazos.
El almirante Yamamoto, artífice del ataque por sorpresa a Pearl Harbor,
reunió para la ofensiva de M idway y las Aleutianas casi doscientos barcos
entre por taaviones, acorazados, cruceros, destructores, submarinos y buques
de transporte. Las tripulaciones de estos buques, cuyo desplazamiento total
superaba el millón y medio de toneladas, sumaban más de 100.000 hombres y eran
mandadas por veinte almirantes. Sólo en el teatro de operaciones de Midway
intervendrían 86 navios. El enfrentamiento con la flota norteamericana, por
tanto, se apro xim aba por cifra de combatientes a las descomunales batallas
navales que en el pasado habían enfrentado a Oriente y Occidente en Salamina
(entre 150.000 y 250.000) o Lepanto (entre 180.000 y 200.000). La flota
japonesa que zarpó hacia M idway era la escuadra más poderosa de la historia de
la guerra naval, hasta que los norteamericanos congregaron otra aún mayor y más
mortífera poco más de dos años después, en la batalla del golfo de Leyte.
Los aviadores de los portaaviones Akagi, Kaga, Hiryu y Soryu se
encontraban entre los mejores de Japón y tenían muchos más años de experiencia
que sus bisoños homólogos de la flota norteamericana. La armada imperial
contaba
con un potencial aeronaval cercano a los setecientos aviones, con base
en por taaviones y en tierra, de los cuales trescientos acudieron a Midway.
Los japoneses tenían tanta confianza en la victoria de M idway - “ el centinela
de H aw ai”- , que imaginaban la campaña como un preludio de operaciones más
vastas que, idealmente, situarían a sus fuerzas de portaaviones a las puertas
de Nueva Caledonia y Fiji a principios de julio de 1942, para luego
desplazarlas y bombardear Sydney y las bases aliadas en el sur de Australia a
fines del mismo mes, antes de reunir a toda la flota y lanzar un ataque a gran
escala sobre Hawai a principios de agosto.
A principios del otoño de 1942, Yamamoto com pletaría su sueño de una
ofensiva relámpago contra los perplejos y poco preparados norteamericanos con
la ocupación de Midway. Tras la pérdida de todas sus bases en el Pacífico,
interrumpidas sus líneas de suministro con Australia y con la Flota del Pacífi
co en el fondo del mar, los Estados Unidos, no había duda, buscarían una paz
negociada, una paz que ratificase el dominio japonés sobre Asia y definiese con
claridad los límites de la influencia norteamericana en el Pacífico. El ataque
por sorpresa sobre Tokio que el 18 de abril llevó a cabo un escuadrón de
bombarderos medios B-25 que despegaron del portaaviones Hornet, desde algún
lugar del océano, sólo sirvió para convencer al alto mando japonés de que debía
acelerar sus planes de final de verano a fin de librar el Pacífico de la
molestia norteamericana.
Los historiadores se han ocupado profusamente de los defectos del plan
de Yamamoto, que, según se demostraría, era demasiado complicado, estuvo mal
coordinado y tenía demasiadas metas: la conquista de Midway, la ocupación de
las Aleutianas occidentales y la destrucción de la flota de portaaviones
norteam ericana eran objetivos difíciles de obtener al mismo tiempo y, en
ocasiones, antitéticos. La flota japonesa fue fragmentada en una serie de
fuerzas de ataque inconexas -al menos cinco, a su vez divididas en varios
grupos- que debían actuar de un modo muy disperso y a menudo sin comunicarse
entre sí.
A consecuencia de ello, los
japoneses no fueron capaces de concentrar su enorme superioridad numérica en un
solo lugar.
Según el plan, los buques de Yamamoto iniciarían las hostilidades
situando más de quince submarinos al este de Midway a fin de detectar la
aproximación de la flota norteamericana desde Hawai o la costa oeste de los
Estados Unidos. Los submarinos podían abastecer de combustible a los aviones de
reconoci miento de la marina y notificar con antelación al grueso de la flota
cualquier dato relativo al tamaño y número de las fuerzas enemigas en tránsito
antes de torpedear a sus buques principales. Sin embargo, a causa de magnífico
trabajo del servicio de inteligencia norteamericano, que conoció de antemano el
plan de ataque japonés, casi todos los submarinos nipones se situaron en sus
puestos demasiado tarde y Yamamoto no pudo recibir de ellos ninguna información
389
concerniente a las maniobras de los norteamericanos. Durante la mayor
parte de la prim era fase de la batalla, se m antuvieron a retaguardia de la
flota norteamericana, sin sospechar que ésta ya se encontraba cerca de Midway,
esperando a los portaaviones japoneses.
A continuación, una fuerza de
ataque estaría situada en el norte. Al mando de este grupo estaba el
vicealmirante Moshiro Hosogaya, que contaba con dos portaaviones ligeros, seis
cruceros, doce destructores, seis submarinos y otros buques diversos, junto a los
2.500 soldados que debían ocupar las Aleutianas. El asalto a estas islas fue un
éxito táctico, pero no representó ninguna ventaja estratégica para los
japoneses. Si la ocupación de Midway facilitaría los ataques sobre Hawai y el
cuartel general de la flota norteamericana, ningún miembro del almirantazgo
japonés acertó a explicar la importancia que a largo plazo podía tener la
posesión de una o dos gélidas islas del mar de Bering. Estaban demasiado
alejadas de Hawai y de la costa oeste de los Estados Unidos y, aunque había en
ellas algunas tropas norteamericanas, carecían de industria.
Contra las propias islas Midway, los japoneses enviarían a la Primera
Fuerza de Ataque de Portaaviones del almirante Chuichi Nagumo, con el Akagi, el
Kaga, el Hiryu y el Soryu, a los que apoyarían dos acorazados, tres cruceros y
once destructores divididos en varios grupos. Después de que los aviones
embarcados en los portaaviones ablandasen las defensas de M idway en sucesivas
misiones de ataque, el contraalmirante Raizó Tanaka llegaría al mando de doce
transpor tes y tres destructores que trasladarían a los 5.000 hombres
encargados de la ocupación de las islas. Si esta fuerza de ocupación necesitaba
apoyo, o si la flota norteamericana mordía el cebo e intentaba contrarrestar la
invasión, el viceal mirante Takeo Kurita proporcionaría el fuego de cobertura
necesario para el asalto con cuatro cruceros pesados y dos destructores, a los
que se uniría la escuadra aún mayor del almirante Nobutake Kondo, compuesta por
dos aco razados, cuatro cruceros pesados, un crucero ligero, ocho destructores
y un portaaviones ligero. Los japoneses imaginaban a una flota norteamericana
mal trecha e ingenua que llegaría con retraso y atacaría desesperadamente a
una sucesión de barcos que actuaban como señuelo, antes de ser aniquilada por
los acorazados y portaaviones imperiales que la estaban aguardando.
El contraalmirante Ruitaro Fujita llegaría más tarde con dos transportes
de hidroaviones y dos buques de menor tamaño que ocuparían la cercana y pequeña
isla de Kure con la esperanza de establecer una fuerza aérea con base en tierra
que contribuyese a realizar misiones de reconocimiento sobre Midway y a atacar
a la flota norteamericana. En una batalla de superficie, los norteamericanos no
contaban con barcos capaces de contrarrestar los grandes cañones japone ses.
Si sus portaaviones perdían su pantalla aérea protectora y maniobraban
demasiado cerca de la rápida flota japonesa, nada evitaría que los acorazados
nipones hicieran pedazos todos sus buques.
El corazón de la marina japonesa estaba en otra parte. Cuatro
acorazados, dos cruceros ligeros y doce destructores avanzaban a mucha
distancia, al norte de M idway, al mando del vicealmirante Shiro Takasu, y
junto a ellos iba el propio almirante Isoroku Yamamoto, al frente del grueso de
la flota, con tres acorazados -entre los que se encontraba el form idable
Yamato, de 64.000 toneladas, con cañones de 460 milímetros capaces de lanzar
proyectiles de alta potencia a una distancia de hasta cuarenta kilómetros-, un
crucero ligero, nueve destructores y tres portaaviones ligeros. Esta fuerza
septentrional cubriría los flancos del asalto a las Aleutianas y, en teoría,
ocuparía una posición que le permitiría regresar al suroeste, en dirección a
Midway, si los norteamericanos respondían a la invasión. En su opinión,
Yamamoto había creado una cadena de hierro de fuerzas navales entrelazadas que
se extendía a lo largo de mil millas, entre las Aleutianas y Midway, lo que
impediría a los norteamericanos realizar ningún movimiento hacia el oeste,
evitando con ello que se produjera un nuevo bombardeo de la metrópoli japonesa.
Pese a su complejidad, el plan japonés respondía a una lógica sencilla:
bloqueando el norte del Pacífico entre las Aleutianas y Midway, Yamamoto se aseguraba
de que o bien sus fuerzas sep tentrionales o bien las meridionales acabarían
con los aturdidos norteamerica nos, que eran m uy inferiores en número. Estos
tendrían que aceptar la lucha o ver cómo sus islas del norte y del sur caían en
manos japonesas. Qué extraño que el sacrificio de casi un centenar de
tripulantes de aviones torpederos norteam ericanos diera al traste con las tan
elaboradas ideas de Yamamoto para aniquilar a la Flota del Pacífico.
L a enorm e distancia existente entre los dos grupos significaba,
además, que los norteamericanos, muy inferiores numéricamente, no podrían
defender ambos ataques. Los acorazados y los portaaviones de Yamamoto actuarían
como una especie de reserva m óvil dispuesta a caer sobre la zona de con
traataque de la Flota del Pacífico, mientras las fuerzas de asalto de las
Aleutianas y M idway y las flotas de acorazados y cruceros que las escoltaban
completaban las invasiones. E ra poco probable que los cautos norteamericanos
asomasen hasta que las Aleutianas y M idw ay fueran ocupadas y para entonces se
en frentarían a ellos los bombarderos con base en esas islas recién adquiridas
y las fuerzas aeronavales, liberadas ya de su misión de protección a los
vulnerables transportes de tropas. Puesto que hasta el momento la marina
japonesa no había sufrido ninguna derrota importante y era cualitativamente
superior, tampoco necesitaría toda su fuerza combinada para aplastar a la flota
norteamericana, débil y sin experiencia.
El único problem a de los japoneses fue dar por sentado que los
norteame ricanos -efectivam ente muy inferiores en núm ero- actuarían de modo
com placiente y serían tomados por sorpresa y, sin embargo, estaban preparados
y a la espera. En la víspera de la batalla, un informe del servicio de
inteligencia
3 9 1
del almirante Nagumo afirmaba: “Aunque el enemigo carece de voluntad de
lucha, es probable que contraataque si nuestras operaciones de ocupación pro
gresan satisfactoriamente” . A l parecer, a Yamamoto le resultaba inconcebible
que los norteamericanos, a quienes ya había vencido anteriormente, pudieran
anticipar los desembarcos de Midway, y mucho menos que pudieran llegar a las
islas antes que él, con tres portaaviones dispuestos a oponerse a los buques de
Nagumo. Pero los norteamericanos contaban con radares en sus barcos y en el
propio atolón de Midway, que en realidad haría las veces de portaaviones
insumergible.
Desde el punto de vista norteamericano, si finalmente se libraba una
batalla de portaaviones cerca de Midway, el combate estaría casi igualado:
cuatro por taaviones japoneses contra tres de los suyos ayudados por el apoyo
aéreo que podría brindarles el atolón. A l modo de Napoleón, el almirante
Chester Nimitz se enfrentaría a la cadena de Yamamoto por tramos, destruyendo
eslabones aislados hasta que las fuerzas estuvieran más igualadas: prim ero
hundiría a los portaaviones, núcleo de la flota japonesa, a continuación
evitaría el desembarco en Midway, que era más importante desde un punto de
vista es tratégico, y finalmente, procedería, si era necesario, a un asalto
aeronaval sobre los acorazados y cruceros de Yamamoto.
Para reunir una flota tan colosal, los buques japoneses tendrían que
zarpar de diversos puertos que se encontraban a una distancia de hasta 1.800
millas, e incluso cuando llegasen a sus destinos algunos barcos estarían
separados por mil millas náuticas. Si mantenían el silencio radiofónico,
existían pocas probabilidades de que todos los componentes de la flota
mantuvieran las comunicaciones, que resultaban críticas cuando uno de los
elementos claves del ingente plan consistía en arrastrar fuera de sus puertos a
la escuadra nortea mericana y converger sobre ella aprovechando la
superioridad numérica de la fuerzas combinadas que atacaban por el norte y por
el sur.
Para oponerse a estas fuerzas, los norteamericanos encontraron
dificultades incluso para reunir tres portaaviones, entre ellos, el Yorktown,
que había sufrido daños muy importantes en la reciente batalla del mar del
Coral. En dirección a las Aleutianas se dirigió un pequeño contingente
compuesto por dos cruceros pesados, tres cruceros ligeros y diez destructores
al mando del contraalmirante Robert Theobald, pero su desempeño fue muy pobre y
no tuvo papel alguno en la batalla: ni evitó el desembarco japonés ni atacó a
los barcos enemigos. Hawai no disponía de acorazados que desplegar en Midway.
En su lugar, el almirante Nimitz reunió apresuradamente todo lo que tenía, es
decir, ocho cruceros y quince destructores. Entre M idw ay y Pearl Harbor,
diecinueve submarinos hacían labores de patrulla.
E l plan japonés era poco flexible, pero no tenía por qué estar
condenado al fracaso, sobre todo dada la enorme superioridad numérica de la
flota imperial
39¿
en todas las categorías de buques y la m ayor experiencia de sus
tripulaciones. Pero, como veremos, en fases críticas de la planificación,
combate y postrime rías de la batalla, el personal militar norteamericano de
todas las graduaciones se mostró inusualmente innovador, incluso excéntrico, y,
a veces, impredecible. La m ayoría de los soldados norteamericanos no temieron
asumir la iniciativa cuando las órdenes de sus superiores eran vagas o,
simplemente, no existían, algo que contravenía por completo el procedimiento de
operaciones de la flota im perial, que a su vez reflejaba m uchos de los
valores predom inantes y de las actitudes inherentes a la sociedad japonesa. En
consecuencia, los norteam ericanos im provisaron cuando sus planes se
desbarataban y recu rrieron a métodos de ataque nuevos e innovadores cuando la
ortodoxia no daba resultados, de form a no m uy distinta a los cristianos
cuando serraron las proas de sus galeras en Lepanto para aumentar la precisión
de sus cañones o a Cortés cuando envió a sus hombres al volcán Popocatépetl
para abastecerse de pólvora.
EL JAPÓN OCCIDENTAL Y EL NO OCCIDENTAL
En M idway, los norteam ericanos eran superiores tecnológicamente a los
japoneses tan sólo por disponer de radar y en el terreno de las comunicaciones.
Los aviones de sus fuerzas aeronavales -lo s cazas W ildcat, los torpederos
Devastator y los bom barderos en picado D auntless- eran inferiores a sus
homólogos japoneses, que disfrutaban de mayor velocidad, mejor maniobra-bilidad
y armamento más fiable. En 1942, los torpedos japoneses eran los mejores del
mundo, los norteamericanos posiblemente los peores. El caza Zero, ligero,
rápido y fácil de construir, era un producto de ingeniería de verdadero genio.
En 1941 las fuerzas aéreas de los Estados Unidos no disponían de nada
semejante. Los cuatro portaaviones japoneses eran tan m odernos como los m
odelos británicos y norteam ericanos. Ja p ó n había construido los acorazados
más grandes del mundo: el Yamatoy el Musashi, que estaba a punto de ser botado,
cuyo gran tonelaje así como la potencia de su armamento los hacían superiores a
cualquier buque de superficie británico o norteamericano en la fase inicial de
la guerra.
Evidentemente, la victoria estadounidense en M idway no se debió -com o
muchos observadores japoneses alegaron después de la guerra- a la superioridad
de la tecnología occidental. En realidad, Jap ó n llevaba más de medio siglo
adaptando muchos de los preceptos de la organización militar y de la
fabricación armamentística europeas como parte de una revolución masiva de la
sociedad japonesa por abrazar la ciencia y los métodos de producción industrial
de Occidente. A comienzos del siglo XX, un Estado con pocos recursos materiales
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se había convertido en una verdadera potencia mundial en gran parte
porque había adoptado la doctrina bélica occidental. Los buques japoneses que
combatieron en Midway eran la encarnación de la ciencia militar occidental, no
de la asiática.
Japón nunca fue colonizado ni conquistado por los occidentales hasta
1945. Su lejanía de Europa, su proximidad a los Estados Unidos aislacionistas y
volcado hacia dentro del siglo X IX , el hecho de contar con una tierra no
demasiado prometedora y de carecer de recursos naturales, y su enorme y
hambrienta po blación lo hacían muy poco atractivo a ojos de los
conquistadores occidentales. Sin embargo, tras sus primeros y tardíos contactos
con Occidente, el Japón decimonónico había decidido, con plena conciencia, no
rechazar, sino emular y mejorar los métodos de producción industrial y de
investigación tecnológica occidentales. Si el avión fue inventado en los
Estados Unidos, el acorazado y el portaaviones en Gran Bretaña y los Estados
Unidos, y el concepto de una flota de alta mar propulsada por petróleo era
netamente europeo, en 1941 los japoneses habían igualado, y en algunos casos
superado, a británicos y nortea mericanos en diseño naval y aeronáutico. A
diferencia de otros países asiáticos
- y especialmente de China-, a
finales del siglo X IX, Japón había comenzado a prescindir de sus inhibiciones
culturales innatas para adaptarse a gran escala a las ideas occidentales de
capitalismo, desarrollo industrial y operaciones mi litares. Incluso los más
conservadores desde un punto de vista cultural admitían que sería imposible
resistir a los bárbaros y demonios occidentales simplemente gracias a una
valentía superior y al vigor samurái. Japón lograría su supervivencia mediante
la adopción de las armas y de los métodos de producción en masa europeos. El
ingenio japonés, por su parte, estaría alerta en cada paso dispuesto a aportar
mejoras allí donde fuera posible.
Tras el primer contacto que a mediados del siglo XVI establecieron con
los portugueses, los japoneses aprendieron a fabricar armas de fuego. A l cabo
de unas décadas, equiparon ejércitos enteros con cañones y mosquetes mejorados,
y en el proceso amenazaron la jerarquía samurái, cuyo capital marcial dependía
de una base espiritual antitecnológica, xenófoba y antimoderna. Com o reac
ción a la nueva tecnología, los señores feudales fueron desarmando gradual
mente a las poblaciones y evitaron la im portación de nuevas armas como parte
de un rechazo general a cualquier tipo de influencia extranjera. A prin cipios
del siglo X V II Japón prohibió casi todas las exportaciones y los navios
transoceánicos. El cristianismo se convirtió en una religión ilegal y la mayoría
de los extranjeros fueron deportados. H acia 16 35 Jap ó n volvió a quedar
completamente aislado de todo contacto con los bárbaros “malolientes y
narizotas” , situación que habría de prolongarse hasta la llegada del comodoro
Matthew Perry a la bahía de Tokio en 1853 con una flota de formidables buques
de guerra norteamericanos. Para entonces, el progreso tecnológico japonés se
394
había estancado: el arsenal nacional no contaba más que con un puñado de
anticuadas armas de fuego con que oponerse a los norteamericanos.
Los cañones y los proyectiles del comodoro Perry, su flota de buques de
vapor y sus marines equipados con fusiles convencieron a los japoneses de que
tenían que admitir la llegada de barcos extranjeros. En 1854, cuando Perry
regresó a Japón desde China, los japoneses suscribieron un tratado formal que
permitía a los barcos norteamericanos el acceso a sus aguas y la libre
navegación por los mares que rodeaban las islas japonesas. Varias naciones
europeas siguieron el ejemplo de Perry y comenzaron a comerciar con Japón y a
introducirse en todo el subcontinente asiático. Pero esta humillación dio
origen a un cambio radical. Contrastando con el resentimiento de China y el
sureste asiático, los japoneses reaccionaron a la invasión extranjera tratando
de ponerse a la par y no sólo con rencor, admitiendo que para una potencia
imperial era una locura dar la espalda a la ciencia occidental. Tras algunos
esfuerzos inútiles por resistirse, la cultura japonesa, inmersa en una
revolución material e ideológica generalizada y sin precedentes, comenzó a
adoptar los métodos de fabricación y las prácticas bancarias occidentales a
gran escala.
En el último cuarto del siglo x ix el poder de los señores de la guerra
japoneses había llegado a su fin. En 1877 tuvo lugar en Satsuma una última y
desesperada revuelta de guerreros samuráis que, armados con catanas y mosquetes
de llave de mecha, fueron derrotados sin paliativos por un ejército de leva
equipado e instruido al estilo europeo. Los japoneses comprobaron que la
doctrina bélica occidental se imponía a la clase, la tradición y el patrimonio
cultural de la nación y era insidiosamente efectivo porque en el campo de
batalla únicamente buscaba la utilidad. Los clanes samuráis se convirtieron en
meras curiosidades y la población se unió tras su emperador en un nuevo
esfuerzo por emular a los modernos Estados nación de Europa:
Se com praron fusiles y cañones en Francia. [...] Cuando Alem ania
derrotó a Francia en 1871, los japoneses se decantaron rápidamente por los
vencedores. M uy pronto, los soldados japoneses desfilaban a paso de oca y
aprendieron las tácticas de infantería de los prusianos. Los oficiales navales
japoneses, la mayoría de los cuales eran samuráis del antaño rebelde clan de
Satsuma, aprendieron de la Marina Real británica, con frecuencia, tras pasar
años a bordo de los buques ingleses. Además, Japón construyó sus nuevos barcos
en Inglaterra, porque Gran Bretaña dominaba los mares y los japoneses querían
aprender de los mejores. La occidentalización de Jap ó n no se limitó al ámbito
militar. Las ar tes, la literatura, la ciencia, la música y la moda occidentales
también florecieron. Los estudiantes universitarios celebraban todo lo
occidental, [...], los samuráis se convirtieron en industriales, magnates del
ferrocarril
395
y banqueros (R. Edgerton, Warriors ofthe Rising Sun [Guerreros del Sol
Naciente], p. 44).
A consecuencia de todo ello, en 1894, los japoneses habían expulsado a
China de Corea, gracias, sobre todo, a un ejército completamente
occidentalizado y, por tanto, mejor organizado y equipado que ninguna otra
fuerza de Asia. Si los chinos se habían limitado a importar desordenadamente
cañones y barcos de Europa, resistiéndose a organizar la infraestructura
necesaria para crear una industria de armas moderna, la armada y el ejército
japoneses aprovechaban los frutos de su propia y recién nacida pero pujante
producción armamentística y adoptaban los últimos principios de la doctrina
táctica europea, a la que sumaron, por lo demás, iniciativas innovadoras
propias como ataques nocturnos y asaltos masivos sobre los puntos débiles de
las líneas enemigas.
En 1900, durante la rebelión de los bóxers, la fuerza expedicionaria
japonesa demostró ser una de las más disciplinadas y mejor armadas y
organizadas de cuantas marcharon para liberar Pekín, que en su mayoría eran
europeas. Cuando, en 1904, estalló la guerra ruso-japonesa, los nipones, aunque
muy inferiores numéricamente, no tardaron en demostrar no sólo que sus fuerzas
navales y terrestres estaban mejor estructuradas y disciplinadas que el
contingente ruso, mucho más numeroso, sino que sus cañones, barcos, munición y
modernos métodos de suministro también eran muy superiores. Su artillería naval
resultó especialmente mortífera, y demostró mucha mayor precisión, alcance y
frecuen cia de tiro que la rusa.
En una de las revoluciones más notables de la historia de las armas,
Japón se colocó, en poco más de un cuarto de siglo (1870-1904) y desde el punto
de vista militar, casi a la misma altura de las potencias europeas. Aunque
carecía de la población y recursos naturales de China y Rusia, sus vecinos más
próximos, consiguió demostrar que con un ejército occidentalizado y de prim era
línea era capaz de derrotar a fuerzas muy superiores en número. El ejemplo de
Japón refuta, por tanto, la idea, ahora tan popular, de que la topografía, los
recursos
- com o las minas de hierro y
carbón- o la vulnerabilidad genética frente a las enfermedades y otros factores
naturales determinan el dinamismo cultural y la potencia militar. La metrópoli
japonesa no cambió ni antes, ni durante, ni después de su milagrosa ascensión
como potencia militar, que se prolongó un siglo entero, lo que sí cambió fue su
radical emulación, a lo largo del siglo XIX, de elementos de la tradición
occidental completamente ajenos a su propia herencia cultural.
Los almirantes y generales japoneses no sólo equipararon su graduación y
vestimenta a las de sus homólogos europeos, sino que sus barcos y cañones
también eran casi idénticos. Por desgracia para sus adversarios asiáticos, la
occidentalización del ejército japonés no fue una fase pasajera. Japón afrontó
3 9 6
la adopción de armas y tácticas occidentales no como un mero complemento
a varios siglos de doctrina militar propia ni como un barniz de ostentación,
sino como una reestructuración básica, radical y permanente de sus fuerzas
armadas que lo llevaría a la hegemonía en Asia.
Sin embargo, la adopción a gran escala de tecnología occidental no
siempre fue lo que parecía a primera vista. Había una terca permanencia de las
tradi ciones culturales japonesas que resurgirían para entorpecer una
aceptación definitiva de la investigación científica y del desarrollo
armamentístico tal como se abordaban en Occidente. Los japoneses siempre
mantuvieron una actitud ambigua hacia sus propios esfuerzos de
occidentalización radical:
Tras la visita de Perry, los japoneses se vieron obligados a admitir que
la tecnología occidental, si no otros aspectos de la cultura del Occidente, era
m uy superior a la suya. Pero este tipo de admisiones son molestas para
cualquiera, y lo fueron muy especialmente para los japoneses, y es que éstos,
más que la m ayoría de pueblos de la tierra, estaban imbuidos de un sentido de
grandeza, de superioridad inherente, incluso de la divinidad de la raza yam
ato. La am bivalencia de los japoneses respecto a su propio valor era dolorosa
de un modo m uy patente. Como muchos se sintieron inferiores, llegaron a temer
y a odiar a los occidentales, igual que anteriormente habían temido y odiado a
los chinos. Cuando, más tarde, los occidentales dem ostraron su vulnerabilidad,
la tentación de destruirlos aumentó (R. Edgerton, Warriors o f the Rising Sun,
p. 306).
Más desafortunada era la postura oficial del gobierno japonés, que
sistemáti camente se esforzaba por disculpar la incongruencia que suponía
adoptar masivamente la tecnología y los métodos industriales de una cultura
comple tamente distinta y supuestamente bárbara y corrupta. La respuesta que
surgió de todo ello estaba inscrita en unos términos básicamente racistas y
chovinistas: los europeos eran despreciables no sólo por decadentes, feos,
apestosos y egoístas, sino, además, por mimados, consentidos y blandos; no eran
más que unos perezosos que triunfaban únicamente gracias a inventos y a
máquinas muy ingeniosos, y no a un coraje innato o a su hombría.
Ya a principios del siglo X X comenzó a cristalizar en Japón una
complicada exégesis sobre la relación entre tecnología europea y cultura
japonesa: la japonesa era una raza superior de guerreros que se había limitado
a adoptar las ideas extranjeras para permitir que sus heroicos luchadores
compitieran en igualdad de condiciones. Ciertamente, si los industriales y los
científicos procedían a m odernizar la econom ía y el ejército japoneses de
acuerdo a los modelos europeos, la población en general continuaría siendo una
sociedad asiática
397
autocràtica y muy jerarquizada que rechazaba las ideas propias del
liberalismo occidental con tanta vehemencia como emulaba la ciencia europea.
Japón continuaría gobernado por antiguas nociones de vergüenza que
dicta ban todos los aspectos de la vida pública e imponían al japonés medio de
qué modo debía actuar en público, expresar emociones y gastar dinero en
vivienda y bienes materiales. L a devoción al emperador era absoluta. La
importación de tecnología no se vería complementada por ningún tipo de
individualismo, al menos no en el sentido en que lo entendían los occidentales.
El ejército gozó de un control casi absoluto del gobierno. Y, de este modo, se
planteó la paradoja clásica: ¿podrían unas armas y una organización militar
modernas, de corte europeo y en rápida evolución, integrarse en una cultura
estática como la japonesa sin un bagaje político y cultural complementario de
individualismo, gobierno de consenso, capitalismo laissez-faire y libertad de
expresión? Una de las tesis de este libro es que la doctrina bélica occidental
no se basa únicamente en la supremacía tecnológica, sino en un conjunto de
tradiciones sociales, po líticas y culturales que son la causa de muchas
ventajas militares que van más allá de la m era posesión de armas complejas. L
a alta tecnología no puede importarse sin más. Para que no se estanque y quede
obsoleta inmediatamente, hay que adoptar con ella diversas prácticas: la
investigación libre, el método científico, la indagación sin restricciones y el
sistema de producción capitalista.
L a carencia de grandes reservas de recursos naturales en el interior de
Japón, el auge del fascismo en Europa durante las décadas de 1920 y 1930, el
racismo demostrado por los colonos europeos y la discriminación de los
inmigrantes asiáticos en los Estados Unidos contribuyeron a consolidar la
posición de los nacionalistas y militaristas de derechas japoneses antes de la
Segunda Guerra Mundial. En un país pequeño com ojapón, sin reservas materiales
ni territoriales, pero muy necesitado a causa de una población muy numerosa,
rodeado por la presencia colonial europea en Hong Kong, Singapur, Macao,
Filipinas y el sureste asiático, y enfrentado en el Pacífico a un potente
ejército norteamericano, era natural, ante la necesidad de buscar nuevos
recursos, recuperar y dar nueva form a al ancestral espíritu samurái. El viejo
código caballeresco bushido, la idea propia del shinto de los japoneses como
pueblo elegido y la exaltación tradicional de los guerreros podían
transformarse en la era industrial en la agresiva idea, también patentemente
racista, de que los extranjeros eran débiles y cobardes y, por tanto,
merecedores de las peores atrocidades de la inevitable guerra que se avecinaba.
El Jap ó n m ilitarizado anterior a la guerra se cim entaba en al menos
dos principios básicos. El primero era el shinto, la religión oficial, que
predicaba la inquebrantable soberanía imperial del dios viviente, es decir, del
emperador, el origen divino de la raza japonesa y el destino preclaro de Japón
. A este respecto, hay que señalar que la com binación de autoridad política y
reli
398
giosa no era muy distinta a la de aqueménidas, árabes, aztecas u
otomanos y absolutamente antitética a la de sus respectivos adversarios
occidentales. El segundo principio era el ancestral y feudal código samurái,
que los militaristas del siglo x ix reinterpretaron y reformaron para dar lugar
al bushido, es decir, la idea de que los valores guerreros de una elite
medieval podían imponerse en un Estado nación completamente nuevo como el Jap ó
n moderno.
Este nuevo aspecto de la cultura japonesa - la suspicacia hacia todo lo
extran je ro - y el inicio de hostilidades con China en 19 31 dificultaron la
importación de las innovaciones tecnológicas más recientes. Cuanto más
pretendía unjapón belicista contar con un ejército nacionalista pero
occidentalizado, menos probable era que los Estados Unidos y Gran Bretaña
ampliaran sus créditos blandos y le facilitaran la importación de recursos y
nuevas tecnologías. En el interior, cuanto más se empeñaba Japón en adoptar los
diseños más recientes en materia militar, más se evidenciaba la hipocresía de
su postura. A l fin y al cabo, volvía a tomar prestadas la ciencia y la
tecnología de una sociedad a la que despreciaba ostensiblemente tachándola de
corrupta e inferior, pero se negaba a adoptar la radical reestructuración
política y cultural que, siguiendo las líneas m aestras occidentales, le
garantizaría una paridad tecnológica sostenible. L a m isma paradoja afectaría
a gran parte del Tercer Mundo du rante el resto del siglo X X : comprar
tecnología occidental no es lo mismo que mantenerla, adaptarla, fabricarla y
enseñar a la ciudadanía a utilizarla y a m ejorar con ella. En M idway, Ja p ó
n contaba con m ejores aviones que los norteamericanos, pero sus ideas de
individualismo, libertad y política eran muy distintas a las de las culturas
occidentales. El apogeo de los gobiernos militaristas japoneses, con su
insistencia en el culto al emperador, continuó sofocando el individualism o, el
debate en libertad y la discrepancia en un momento en que un enfoque
racionalista de la política industrial y de investigación habría resultado
decisivo para que la industria arm am entística japonesa siguiese creciendo e
innovando. La hostilidad occidental hacia el militarismo japonés y la
resistencia de Japón a convertirse en una sociedad libre y abierta abocaron a
un punto muerto en el terreno de la innovación tecnológica, y, en algunas
ocasiones, incluso a una incapacidad para recurrir al ingenio de los propios
japoneses.
Si en junio de 1942, en Midway, la marina japonesa era tecnológicamente
similar, o quizá superior, a la armada norteamericana, esta paridad no podía
durar una vez que el gobierno, la industria privada y los ciudadanos estadou
nidenses se movilizaran para la guerra. En efecto, apenas un año y medio
después de Pearl Harbor, los japoneses no sólo eran numéricamente inferiores a
los nor teamericanos, sino que en áreas clave como el diseño aeronáutico, la
artillería, los tanques, el radar, la investigación nuclear, los medicamentos,
el suministro de víveres, la construcción de bases y la producción de material
en masa estaban
claramente por detrás. En 1944, la marina, la fuerza aérea y el ejército
japoneses utilizaban más o menos el mismo equipo que al comienzo de la guerra.
Sus homólogos norteamericanos, por el contrario, producían aviones, barcos y
vehículos que casi resultaban inimaginables en 1941.
Podría decirse que la única razón de que los norteamericanos contasen en
M idway con un armamento inferior al japonés fue la com placencia general en
que los Estados Unidos se sumieron tras la Primera Guerra Mundial, com
placencia alimentada por ideas utópicas sobre la paz mundial, una política
aislacionista y la depresión económica. A finales de 1941 los norteamericanos
aún estaban despertando de casi dos décadas de funesta negligencia en todo lo
relativo a preparación militar y aún no se habían librado de un crecimiento
económico excesivamente lento y de un desempleo muy alto. Por el contrario, los
japoneses llevaban casi diez años dedicando un porcentaje mucho mayor de su
producto nacional bruto, muy inferior al estadounidense, a gastos de defensa y
amasando experiencia en los campos de batalla de China. En Midway, quizá por
última vez en la guerra, los japoneses contaban con más y mejores barcos y
aviones que los norteamericanos.
No hay pruebas de que el occidentalizado ejército japonés fuera reacio a
librar una batalla decisiva, tal como acostumbraban a hacer los occidentales.
Resultaba evidente que la marina japonesa era tan agresiva como la
norteamericana. El ejército japonés había adoptado las tácticas de la
infantería alemana del siglo XIX, pero estas tácticas, que optaban por las
cargas frontales y los asaltos masivos, se demostrarían desastrosas frente a
las ametralladoras, los fusiles automáticos y la artillería de campaña del
ejército norteamericano. Sus enormes acoraza dos eran la prueba de que su
armada estaba concebida para los grandes duelos artilleros con los buques de
superficie enemigos, a los que podría destruir gracias a su enorme potencia de
fuego, igual que había hecho con los rusos en 1904. Si bien es cierto que las
tradiciones militares de la guerra samurái tenían fuertes elementos rituales
que podían imponer lo formal sobre lo funcional -aunque los japoneses
conocieron las armas de fuego en el siglo x v i, prohibieron su uso durante los
doscientos años siguientes-, en 1941, la armada imperial era tan agresiva como
la armada norteamericana y a menudo tan deseosa como ésta de entablar una
batalla decisiva. A la importación de armas occidentales se sumó la idea europea
de asalto frontal.
Sin embargo, donde los japoneses se encontraron en clara desventaja pese
a su enfoque de la doctrina militar desde un punto de vista occidental fue en
su fracaso a la hora de valerse de esas batallas decisivas para librar una
ininterrumpida guerra de aniquilación, práctica espantosa que no encajaba en
sus tradiciones samuráis. Los japoneses no se encontraban cómodos con la idea
occidental, tan distinta a las suyas, de buscar al enemigo sin descanso y
obligarlo a un enfrentamiento amargo y definitivo, un choque sangriento
400
cuyo resultado fuese decisivo para el bando con m ayor potencia de
fuego, disciplina y número de tropas.
Por el contrario, frente a los rusos en 1904 y 1905 y a los chinos entre
1931 y 1937, los militares japoneses libraron brillantemente una larga serie de
bata llas, aunque, con frecuencia, aparte de dejar escapar una victoria
completa, no las consideraban necesariamente como parte de un gran plan
estratégico para destruir al enemigo definitivamente y conseguir que éste
perdiera toda posibilidad de proseguir la guerra. Los japoneses sabían cómo
matar a miles de combatientes en el campo de batalla y estaban dispuestos a
sacrificar a buen número de soldados en heroicos y suicidas asaltos frontales
contra posiciones fortificadas, pero esta ferocidad marcial no puede
equipararse al deseo de los occidentales de continuar librando batallas de
choque hasta que uno de los dos bandos saliera victorioso o fuera aniquilado.
En las doctrinas militares japonesa y musulmana, la sorpresa, el ataque
repentino, un desastre en el campo de batalla o una derrota vergonzosa debían
forzar a cualquier adversario a sentarse a la mesa de negociaciones y celebrar
un pacto.
En el caso de la Guerra del Pacífico, la preferencia de los japoneses
por los ataques de distracción y sorpresa a expensas de las acciones frontales
les supuso perder muchas y muy importantes oportunidades. Pese a su brillante e
inesperado ataque a Pearl Harbor, que dejó a los norteamericanos indefensos, no
contaban con un plan posterior para continuar bom bardeando las islas Hawai
hasta conseguir su sumisión, a la que quizá habrían podido seguir diversas
incursiones sobre los puertos de la costa oeste con el objetivo de destruir el
último refugio de la flota de portaaviones del Pacífico. En vez de ello, tras
los ataques de la mañana del 7 de diciembre de 1941, los portaaviones del
almirante Nagumo se alejaron de Pearl H arbor rápidamente, dejando intactos los
depósitos de combustible que abastecían a la Rota del Pacífico y sin localizar
a los portaaviones norteamericanos. En la batalla del mar del Coral, que tuvo
lugar unas semanas antes de M idway, una victoria táctica japonesa desem bocó
en una derrota estratégica cuando los japoneses, perplejos ante la ferocidad de
la resistencia norteamericana y la pérdida de decenas de sus mejores pilotos
aeronavales, pospusieron la invasión de Port Moresby. Tanto la batalla de M
idway como el posterior y monumental enfrentamiento en el golfo de Leyte vieron
el fracaso de las tácticas japonesas sobre todo porque los nipones optaron por
dispersar sus fuerzas en la ingenua creencia de que se podía destruir al
enemigo mediante el engaño y no en un choque frontal:
Sobrevaloraban la sorpresa, que tan bien les había funcionado al prin
cipio, y suponían que podían conseguirla siempre. Les encantaban las maniobras
de diversión, que sus fuerzas apareciesen en los lugares más extraños para
confundir al enemigo y sacarlo de sus bases. Creían que
401
una batalla decisiva en el mar se regía por los mismos principios que
una batalla decisiva en tierra: conducir al enemigo a una situación táctica
desfavorable, cortarle la retirada, atacar por los flancos y, luego, con
centrarse en su aniquilación (S. Morison, Coral Sea, Midway, and Submarine
Actions, May 1942-August 1942, p. 78).
La movilidad y estratagemas de los japoneses eran reflejo no sólo de la
famosa sentencia del almirante Yamamoto acerca de la capacidad industrial de
ambos beligerantes, quien afirmó que podría lograr que durante seis meses el
Pacífico se convirtiera en un infierno, pero que, a partir de ese momento, no
podía prometer nada. A l contrario, casi todos los estrategas serios del
ejército japonés admitían sentirse m uy incómodos con la guerra abierta que los
enfrentaba a británicos y norteam ericanos, situación m uy novedosa que los
obligaba a continuos choques frontales con la flota angloestadounidense. En
1941, en el alto mando japonés nadie parecía consciente de que un ataque por
sorpresa conduciría inevitablemente, a ojos de los norteamericanos, a una
guerra total en la que los Estados Unidos combatirían por destruir a su
adversario o harían frente a la aniquilación en el intento. A lo largo de la
historia y desde que Jerjes invadiera Grecia, los no occidentales han caído en
el error de suponer que las democracias son débiles y pusilánimes. Aunque
tardan en dejarse llevar por la ira, normalmente, los gobiernos
constitucionales occidentales prefieren una guerra de aniquilación -para barrer
a los melios del mapa del Egeo, sembrar de sal el suelo de Cartago, convertir
Irlanda en una tierra casi baldía, destruir Jerusalén antes de reocuparla,
confinar a toda una cultura, la de los nativos norteamericanos, a las reservas,
reducir a cenizas las ciudades japonesas- y son adversarios mucho más
mortíferos que los autócratas o los m onarcas militaristas. Pese a alguna
demostración brillante del uso de las estratagemas y la sorpresa y a grandes
éxitos en las “maniobras bélicas indirectas” - la gran incursión de Epaminondas
en Mesenia (369 a.C.) y la marcha de Sherman hacia el mar (1864) son ejemplos
notables-, los militares occidentales continúan creyendo que el modo más
económico de librar una guerra consiste en encontrar al enemigo, reunir fuerzas
suficientes para aplastarlo y, a continuación, avanzar directa y abiertamente y
aniquilarlo en el campo de batalla, lo que forma parte de una tradición
cultural que apuesta por concluir las hostilidades rápida, de cisiva y
definitivamente. Estudiar las operaciones navales norteamericanas en la Segunda
Guerra Mundial es catalogar una serie de esfuerzos continuos por avanzar hacia
el oeste, en dirección ajapón, localizar y destruir la flota japonesa, arrancar
al Estado japonés todos los territorios que había ocupado y llegar hasta la
metrópoli del imperio. Además, los marinos norteamericanos que lucharon en M
idw ay no eran más que la prim era oleada de una enorme m area que haría
ingresar en las fuerzas armadas a más de doce millones de ciudadanos.
Igual que los romanos después de Cannas o las democracias durante la
Primera Guerra Mundial, los representantes políticos norteamericanos habían
votado por ir a la guerra contra Japó n . Las encuestas revelaron que la
ciudadanía apoyaba de forma casi unánime una guerra de aniquilación contra los
perpe tradores del ataque a PearI Harbor. En los Estados Unidos, además, se
cele braron elecciones durante el conflicto, mientras el gobierno electo ponía
en marcha una de las revoluciones industriales y culturales más radicales de la
historia de la república, al transformar el país en una enorme planta de
producción de armas.
Los japoneses, por el contrario, sólo de manera esporádica habían
adoptado las ideas de gobierno constitucional y militarismo cívico que
imperaron en la Europa del siglo XIX . Luego, en efecto, bajo los regímenes
militaristas de la dé cada de 1930, las desecharon definitivamente. Los
teóricos militares japoneses sostenían que para conseguir un ejército numeroso
e imbuido de moral, y más en consonancia con sus propias tradiciones
culturales, había que inculcar en todos los ciudadanos una devoción fanática por
el em perador y la creencia en la inevitable hegemonía del pueblo japonés. Sólo
unos cuantos oficiales sabios y omniscientes podían apreciar el espíritu
guerrero de los japoneses, y la mayoría de ellos no veían la necesidad de que
el pueblo debatiera la conveniencia de atacar a la potencia industrial más
grande del mundo:
Los occidentales no se daban cuenta de que bajo un barniz de moder
nización y occidentalización, Japón continuaba siendo oriental. Su paso del
feudalismo al imperialismo había sido tan precipitado que sus líderes, a
quienes de Occidente sólo interesaban sus métodos y no sus valores, no tenían
ni tiempo ni deseo suficientes para desarrollar el liberalismo y el humanismo
(J. Toland, The RisingSun [El Sol Naciente], vol. 1, p. 74).
Tras la batalla de Midway, al pueblo japonés se le ocultó la magnitud
del de sastre - a los heridos se los mantuvo en régim en de aislam iento- y
sólo se habló de la “gran victoria” de las Aleutianas. M uy al contrario, el
electorado estadounidense no sólo recibió detalles muy concretos de la batalla,
sino que, a través de un periódico importante, pudo averiguar una información
tan vital como que, antes de comenzar la lucha, su ejército había logrado
desvelar los códigos cifrados que protegían las comunicaciones de la armada
japonesa. En el bando japonés, el individualismo estaba sometido al consenso de
grupo:
Com o [los líderes japoneses] estaban imbuidos de la ideología nacio
nalista, les resultaba m uy difícil, si no imposible, analizar la situación
militar de un modo frío, realista, científico. La instrucción militar hacía
hincapié en la “movilización espiritual” -Seishin Kyoiku- como el aspecto
4°3
más importante en la preparación de las tropas para la batalla. Básica
mente, esa movilización consistía en un adoctrinamiento en el espíritu y los
principios de la ideología nacionalista japonesa: la identificación del
individuo con la nación y su subordinación a la voluntad del empe rador. Era
la continuación de un proceso que había comenzado mucho antes, en las escuelas.
En Japón, una de las razones de la existencia del servicio militar era que,
gracias a él, los militares tenían oportunidad de instruir a casi toda la
población masculina en los ideales del bushido y del kodo (la doctrina
imperial) (S. Huntington, The Soldier and the State [El soldado y el Estado],
p. 128).
A consecuencia de ello,
durante la m ayor parte de la guerra, Japón desplegó fuerzas muy numerosas y
tropas muy motivadas. En las operaciones de Midway, por ejemplo, intervinieron
muchos más japoneses que norteamericanos, y con tanta moral y ganas de combatir
como ellos. Pero la ausencia de un militarismo cívico, es decir, de la idea de
que una ciudadanía libre votase un gobierno de consenso que estableciera las
condiciones de prestación del servicio militar, daba como resultado un tipo de
combatiente muy distinto: a menudo un fanático estereotipado y no alguien que
estaba sujeto a unas obligaciones contractuales, que anteponía el ánimo a la
fría razón, la uniformidad a la individualidad, que, además del sacrificio,
abrazaba el suicidio de buen grado, que aceptaba el credo oficial que prefería
un espíritu nacionalista anónimo a los decretos honoríficos personales y la
mención individual. Todas estas diferencias culturales tan sutiles se pondrían
de manifiesto en M idw ay y contribuyen a explicar por qué un enemigo
numéricamente muy superior sufrió una derrota tan rotunda.
Se ha concedido gran importancia a la, al parecer, gran desventaja de
Japón en recursos naturales, al hecho de que tuviera menor población que los
Estados Unidos y al pequeño tamaño de su territorio nacional. Pero en Midway,
Japón tenía, gracias a su recién adquirido imperio, abundante combustible para
sus barcos y víveres de sobra para sus marinos, mucho más numerosos que los
norteamericanos. Además, debemos recordar que Japón tenía casi la mitad de
habitantes que los Estados Unidos, que su floreciente imperio le reportó
amplios suministros de caucho, petróleo y metales estratégicos, y que llevaba
casi una década de ventaja en la form ación de un gran ejército. En 1941 la
frontera rusa estaba muy tranquila, y en 1941 y 1942 una enorme parte de
Manchuria mantuvo una paz relativa, de modo que, a efectos prácticos, Japón se
enfren taba a un único adversario: las tropas angloestadounidenses del
Pacífico. Para los Estados Unidos, que dedicaban la mayor parte de su equipo y
de sus fuerzas armadas a derrotar a alemanes e italianos y a abastecer a
británicos, chinos y soviéticos, y que, además, combatían a miles de kilómetros
de su metrópoli, la situación era muy distinta. Era este país, y no Jap ó n ,
el que se veía en la
nada envidiable coyuntura de librar una guerra en dos frentes, con
adversarios temibles y aliados más débiles. Si los Estados Unidos adoptaron sin
rodeos una política que apostaba por derrotar primero a los nazis, Japón dedicó
casi todos sus recursos a atacar a las fuerzas angloestadounidenses en Asia y
el Pacífico. Durante más de medio siglo, los japoneses habían llevado a cabo
sendas transferencias de las prácticas económicas y militares occidentales y
habían desarrollado una marina moderna y una compleja economía industrializada.
Al menos durante un breve período de uno o dos años, esta adaptación de
tecnología europea les permitió competir con cualquier potencia militar
europea, como atestiguan sus asombrosas victorias navales en los seis primeros
años de guerra en el Pacífico. A l poco de comenzar el conflicto, Jap ó n había
asegurado sus fuentes de materias primas y sus fuerzas armadas vencían en todos
los frentes, amparadas en una religión que predicaba la superioridad racial,
los valores marciales y el destino imperial de los japoneses.
El fervor religioso, el bushido, el haraquiri o las prácticas de
hundirse con el barco o atacar al modo kamikaze otorgaban a los japoneses gran
arrogancia en la victoria y un sincero fanatismo y fatalismo en la derrota.
Pero esos hábitos y actitudes solían tener consecuencias negativas para la
evolución práctica de la guerra y, como se demostró, no servían como
contrapartida al individualismo audaz de su “decadente” adversario. Aunque un
almirante pierda sus buques, su inteligencia sigue haciendo falta. Los pilotos
veteranos son más valiosos como instructores que como aviadores suicidas. Los
oficiales jóvenes pueden aportar más a su ejército hablando que silenciando su
opinión; valorar una derrota en vez de aceptar la culpa de la misma puede ser
vergonzoso, pero, en la guerra, suele ser indispensable; un general sagaz se
lleva sus conocimientos a la tumba cuando se hace el haraquiri. De igual modo,
los marinos japoneses vivieron experiencias de prim era mano que los almirantes
debieron escuchar; a los que planificaron la guerra les habría ido mejor con un
electorado informado y atento; y discutir de estrategia con el em perador
habría sido sin duda más fructífero que inclinarse en su presencia.
Pese a apelar a la creación de una Gran Esfera de Coprosperidad de Asia
Oriental entre los pueblos conquistados de China, Corea, el sureste asiático y
las islas del Pacífico, Jap ó n carecía de una tradición de ciudadanía libre
con derecho a voto y jam ás pensó en la posibilidad de que los ciudadanos
asiáticos no japoneses pudieran incorporarse a su ejército y recibir las mismas
garantías y libertades constitucionales que los propios nipones. Jap ó n
viviría y moriría en aras de una identidad racista, definiendo, y demonizando,
a los norteame ricanos como “blancos” y a sus propios ciudadanos como miembros
de un pueblo “ am arillo” superior a todos los demás. En la época de la batalla
de Midway, en Japón no había prensa libre ni elecciones, sino una dictadura
militar que estaba, de modo patente, a entera disposición de un rey emperador.
405
A consecuencia de ello se
produjo una anomalía fascinante: tras la alegría inicial con que celebraron los
éxitos de sus libertadores asiáticos, los países vecinos de Japón, que llevaban
décadas sometidos al oneroso racismo e imperialismo de franceses, holandeses,
alemanes, británicos y norteamericanos, se inclina ban más por la colaboración
con los norteamericanos “blancos” que con sus her manos asiáticos japoneses. A
l fin y al cabo, el gobierno electo de los primeros acaso podría, con el correr
de los años, ampliar la independencia a los súbditos de sus países satélites.
La dictadura nipona, que se definía a sí misma en términos racistas, sólo
auguraba la explotación económica, sin ninguna posibilidad de equidad en ningún
tiempo futuro. Es más probable que cambien y evolucionen los corazones de los
hombres que viven en dem ocracia que la voluntad de un emperador.
Si, en teoría, los norteamericanos eran más una cultura que una raza
(aunque a los negros, por ejemplo, se les continuaba negando de forma
vergonzosa el derecho al voto en muchos estados norteamericanos y en el
Pacífico padecieron una segregación que a menudo les im pedía desem peñar otro
papel que el de cocineros o cam illeros), el credo del m ilitarismo japonés
residía en la asunción implícita de la innata superioridad racial de los
japoneses sobre los pueblos asiáticos “inferiores” . Si Jap ó n hubiera acogido
la tradición dem o crática occidental y un cambio cultural que apostase por el
individualismo y la autoexpresión, bien podría haber galvanizado a los países
de su área de influencia en contra de la codicia de los europeos -claro que, en
un escenario ficticio como éste, no habría habido necesidad de una Segunda
Guerra Mundial en el Pacífico-.
Si la falta de tradiciones liberales supuso un obstáculo para el
esfuerzo de guerra que los japoneses pusieron en m archa el 4 de junio de 1942,
fue la reglamentación de la propia cultura militar japonesa, lastrada por una
carencia absoluta de individualismo, la que resultaría crítica en una batalla
como Midway, caracterizada por la rapidez y las grandes distancias. Un examen
detallado de este enfrentamiento sugiere que la fe intrínseca de los
norteamericanos en el individualismo, producto a su vez de una larga tradición
de gobierno de consenso y de libertad de expresión, en todos y cada uno de los
momentos cruciales de la batalla resultó decisiva. Más que la suerte, la
sorpresa o lo accidental, es el poder del individuo lo que explica la increíble
victoria de los estadounidenses.
IM PROVISACIÓN E INICIATIVA INDIVIDUAL EN MIDWAY
Sugerir que, en M idway, los norteamericanos se comportaron de un modo
absolutamente individualista mientras los marinos y pilotos japoneses actuaban
como autómatas irreflexivos sería una caricatura de la com pleja relación de
406
los soldados con el Estado. L a obediencia forma parte de la naturaleza
de la vida castrense de casi todas las culturas. Sin una cadena de mando, no
puede haber órdenes ni disciplina militar. La marina norteamericana que
combatió en tylidway era muy disciplinada y la arm ada japonesa contaba con
miles de soldados imaginativos e inteligentes que dieron lo mejor de sí mismos
para remediar el desastre del 4 de junio.
Dicho esto, la cultura japonesa tenía una noción de individualismo muy
distinta a la que suele entenderse, no en vano habían pasado siglos sin que sus
ciudadanos considerasen la necesidad de contar con representantes electos,
escribir en libertad, decir lo que pensaban y manifestarse espontáneamente ante
cualquier agravio:
La voluntad de subordinar el individuo al grupo, de sacrificar los
intereses individuales por el bien de la familia, la ciudad y la nación (bien
entendido que, en caso de incompatibilidad de intereses, los del grupo de mayor
tamaño debían imponerse), se unía a la importancia de mantener la armonía de la
familia, la ciudad y la nación y al hecho de considerar que cualquier amenaza a
la unidad era moralmente reprobable, y que aquel que desencadenaba un conflicto
mediante el desafío al statu quo era, necesariamente, un malhechor (R. Dore,
LandReform inJapan [Reforma agraria en Japón], p. 393).
Incluso aquellos especialistas que disienten de la visión estereotípica
y euro-céntrica según la cual los japoneses daban poco valor al individualismo
y, por tanto, al gobierno de consenso admiten que los japoneses tenían una
noción de individuo distinta a la de Occidente:
Para el lector occidental, incluso para aquel que vivió en Alem ania en
la década de 1930, la autoritaria pirámide en que se apoyaba el ejército
japonés, basada en estas comunidades estratificadas, debía de resultar
sofocante y represiva. ¿Cuántos de nosotros habríamos estado dispuestos a
subordinar completamente nuestra individualidad a la familia, la ciudad y la
nación? Y sin embargo, no hay motivos para afirmar que aquellos japoneses que
no pertenecían al estrato más prominente de aquella sociedad orgánica creyeran
que estaban oprimidos, o sometidos a una dictadura, o, si lo hacían, que les
importara (R. Smethurst, A Social Basis for PrewarJapanese Militarism, p. 182).
No es nuestra intención sugerir que los soldados japoneses, muy
motivados y disciplinados, en general valerosos y dispuestos, sin excepción, a
morir por su emperador, fueran guerreros menos capaces que los norteamericanos.
Pero sí,
407
en cam bio, que en una batalla tan am plia y com pleja como M idway, y
en realidad, durante toda la Guerra del Pacífico, la flota imperial dejó pasar
muchas oportunidades por una falta de iniciativa que resultaba endém ica entre
los militares japoneses, un rasgo característico y nada excepcional de la
sociedad japonesa en general. Mitsuo Fuchida y Masatake Okumiya, oficiales de
alta graduación de la armada japonesa, ofrecen un análisis digno de un
Tucídides sobre la derrota de la marina imperial en Midway:
En última instancia, la causa principal de la derrota de Japón no sólo
en la batalla de Midway, sino en la guerra, reside en el carácter nacional
japonés. H ay en nuestro pueblo una irracionalidad y una impulsividad que
desembocan en acciones que con frecuencia resultan extrañas y a menudo
contradictorias. Una tradición provinciana nos hace dogmáticos y cortos de
miras, reacios a descartar los prejuicios y lentos a la hora de adoptar incluso
las m ejoras necesarias si exigen nuevos conceptos. Indecisos y vacilantes,
caemos con facilidad en el engaño, lo que a su vez nos hace desdeñar a los
otros. Oportunistas pero carentes de un espíritu atrevido e independiente,
estamos acostumbrados a depender de los demás y a agachar la cabeza ante
nuestros superiores (M. Fuchida y M. Okumiya, Midway, the Battle that
DoomedJapan, p. 247).
En al menos cuatro hechos esenciales - la descodificación del código
cifrado de la arm ada japonesa, la reparación del portaaviones Yorktown, la
naturale za del mando naval norteam ericano y el comportamiento de los pilotos
norteamericanos-, la fe de los estadounidenses en el individualismo por enci
ma del consenso de grupo, en la improvisación en lugar de en los planes pre
concebidos y en la flexibilidad más que en las jerarquías resultó decisiva en
Midway.
LOS DESCIFRADORES
El contraste más evidente se produjo en el crítico ámbito de los
servicios de inteligencia, que acaso decidieron la batalla antes de que llegase
a comenzar. L a descodificación de mensajes cifrados, en contraposición a las
labores de espionaje en territorio enemigo y a las tareas que en general llevan
a cabo los servicios de inteligencia, es un arte muy refinado. Se requieren
complejas habilidades matemáticas, profundos conocimientos lingüísticos,
conciencia histórica y social del contexto en que se transmiten los mensajes
secretos, estar familiarizado con la mecánica de las transmisiones de radio y
un gran sentido común para distinguir lo probable de lo probado. El ejemplo de
los brillantes
408
esfuerzos de los británicos por desentrañar el sistema de cifrado alemán
- la tarea de descodificación de los mensajes telegrafiados de la Wehrmacht que
con el nombre clave de U L T R A se llevó a cabo en Bletchley Park - ilustra
hasta qué punto los m ejores descifradores suelen ser personas individualistas,
a menudo reflexivas y excéntricas, y pertenecientes a todos los ámbitos de la
sociedad, aunque con exceso se los represente como sabios recluidos en los
departamentos de lenguas o ciencias matemáticas de las universidades.
Mentes tan creativas funcionan mejor cuando se les concede cierta
autonomía y se les permite una relajación general del protocolo exigido por la
disciplina militar. Normalmente, al descifrador no sólo le molesta la
reglamentación tí pica de la vida castrense, sino que es completamente opuesto
a ella. Los crip-toanalistas de la m arina norteam ericana, con su inform
alidad y falta de convencionalismos, se asemejan mucho a los heterodoxos
marginados que, cuarenta años más tarde, pusieron en m archa la revolución
inform ática en Silicon Valley. Seguram ente, no es ninguna casualidad que, de
todos los beligerantes de la Segunda G uerra M undial, los descifradores
británicos y norteam ericanos, que contaban con universidades independientes y
con departamentos de criptoanálisis que se remontaban a la Primera Guerra M un
dial, fueran los más competentes, y los japoneses, los menos.
Antes de que la flota japonesa llegara siquiera a aproximarse a Midway,
el alto mando norteamericano conocía aproximadamente la localización,
dirección, calendario y objetivos de la escuadra de Yamamoto. Los frenéticos
esfuerzos de los estadounidenses por fortificar y equipar las antaño
abandonadas islas M id way con aviones, tropas y piezas artilleras; la rápida
preparación de una con traofensiva naval; el fracaso de los submarinos
japoneses a la hora de localizar y atacar a la flota norteamericana, y la
segura travesía de los portaaviones de Nimitz hasta el punto estratégico donde
se dispusieron a esperar a los buques japoneses, cuya llegada estaba próxim a,
se produjeron porque la armada norteamericana consiguió descifrar los mensajes
de telegrafía codificados de los japoneses. A mediados de mayo de 1942 Midway
se llenó, de repente, de cañones, aviones y defensores, hasta el extremo de que
resulta difícil imaginar que la fuerza de invasión japonesa hubiera podido
tomar con facilidad la isla principal del atolón ni siquiera en el caso de que
la armada japonesa hubiera conseguido hundir a los portaaviones
norteamericanos.
Normalmente, se atribuye la responsabilidad principal del esfuerzo de la
armada norteamericana por descifrar el código naval de los japoneses, conocido
por el nombre dejN -25 y compuesto de unas 45.000 cifras de cinco dígitos, a
los com andantesJosephJ. Rochefort y Laurence Safford. “Mis archivos no eran
muy buenos”, confesó Rochefort sobre su trabajo, “lo tenía todo en la cabeza”
(G. Prange, Miracle at Midway, p. 2o).Joseph Rochefort dirigía, en bata y
zapatillas, la Unidad de Inteligencia de Combate de la Flota del Pacífico
(conocida por
409
el nombre de HYPO), órgano anormalmente autónomo situado en un sótano
sin ventanas de la base de Pearl Harbor al que Laurence Safford encargó la des
codificación de las transmisiones japonesas, dejándole las manos más o menos
libres para que procediese como mejor le pareciera:
Resulta difícil determinar quién de los dos era más excéntrico. Safford,
que se había graduado en la Academ ia Naval de Annapolis en 1916, era una de
esas personas que constituyen la pesadilla de los sastres militares y de las
organizaciones en las que debe im perar el orden. Llevaba el cabello al estilo
“profesor chiflado” y farfullaba las frases, porque su boca era incapaz de
seguir el ritmo de su mente. Su fuerte era la matemática pura. Rochefort era un
hambre de maneras amables, serio y atento, pero también contumaz, enérgico e
impaciente con las jerarquías y la burocracia. Su mente desconocía las lim
itaciones de todo oficial que ha recibido una instrucción ortodoxa (D. van der
Vat, The Pacific Campaign, World War 11 [La cam paña del Pacífico, Segunda
Guerra Mundial], pp. 88-89).
El bien avenido grupo de Rochefort recibió un gran apoyo del almirante
Nimitz, un personaje muy tradicional al que en modo alguno m olestaba la
peculiar organización de la HYPO ni el aspecto de sus hombres. Por el
contrario, aquel conjunto de librepensadores de aspecto extraño y tan poco
militar despertaba suspicacias en muchos miembros del alto mando de la armada:
al almirante King no le impresionaba demasiado su labor. Ahora bien, resulta
imposible imaginar a sus homólogos en la marina japonesa, en la que la falta de
formalidad, el desprecio del protocolo, la peculiar apariencia, la falta de
archivos minuciosos y el desdén generalizado por la vida castrense no habrían
encontrado excusa ni aun con la premisa de que tal colección de intelectuales y
excéntricos necesitaba esa libertad y relajación para contribuir al esfuerzo de
guerra.
Los historiadores más serios de la batalla de M idway no vacilan en
atribuir la mayor responsabilidad de la victoria norteamericana a la labor de
Rochefort. Samuel Eliot Morison concluye: M idway “fue una victoria de la
inteligencia, aplicada sabiamente y con valentía” (Coral Sea, Midway and
Submarine Actions, May 1942-August 1942, p. 158). Los historiadores y veteranos
japoneses Mitsuo Fuchida y Masatake Okumiya coinciden en el mismo análisis
sobre la primera gran derrota de los japoneses en la época moderna:
No hay la menor duda de que el descubrimiento del plan de ataque japonés
fue la causa principal de la derrota de Japón . Desde el punto de vistajaponés,
este éxito del servicio de inteligencia enemigo implicaba un fracaso por
nuestra parte, fracaso a la hora de tomar las precauciones
410
adecuadas para mantener nuestros planes en secreto. [...] Pero fue una
victoria del servicio de inteligencia norteamericano en un sentido mucho más
amplio. Tan importante como los logros que, desde un punto de vista positivo,
obtuvo la inteligencia enemiga en esta ocasión, fueron, desde un punto de vista
negativo, el mal funcionamiento y la ineficacia del servicio de inteligencia
japonés (Midway, the Battle that DoomedJapan, p. 232).
El individualismo demostrado por Joseph Rochefort y su grupo, y su
capacidad y libertad para actuar con éxito en el seno de las fuerzas armadas
norteameri canas son representativos de la importancia que en Occidente se
concede a la expresión y a la iniciativa individuales, dividendos ambos del
gobierno constitucional, el capitalismo de mercado y la libertad personal.
Cientos de bravos marinos japoneses murieron abrasados porque un oficial que
trabajaba en zapatillas supo que se aproximaban.
LA REPARACIÓN DEL YORKTOWN
Si gracias a su servicio de inteligencia los norteamericanos supieron de
ante mano el plan de ataque japonés, la asombrosa reparación del Yorktown, que
se encontraba muy dañado, les permitió contar con tres y no con dos portaavio
nes para enfrentarse a los cuatro buques de este tipo del almirante Nagumo. Sin
el papel fundamental desempeñado por los escuadrones del Yorktown en el
hundimiento de los portaaviones japoneses y el hecho de que el buque atrajera
sobre sí toda la contraofensiva japonesa, librando de ella, al mismo tiempo, al
Enterprise y al Hornet, la batalla podría haberse perdido. Los constantes
duelos aéreos de los cazas Wildcat de Jim m y Thatch, el soberbio desempeño de
los bombarderos en picado SBD de M ax Leslie y el sacrificio de los Devastator
de Lem M assey no habrían sido posibles si el buque al que pertenecían no
hubiera sido sometido a un innovador trabajo de reparación en los muelles de
Pearl Harbor pocos días antes.
El Yorktown había sufrido graves desperfectos menos de un mes antes de
Midway. El 8 de mayo, en efecto, durante la batalla del mar del Coral, el buque
había recibido el impacto directo de una bomba y numerosos impactos cercanos le
habían causado un gran deterioro. Los bom barderos navales japoneses habían
destrozado su cubierta de vuelo, destruido diversas galerías y mamparos y
perforado el blindaje de sus costados. A causa de los daños, no podía rebasar
los 25 nudos: las bombas que cayeron cerca de él habían actuado igual que
cargas de profundidad, rom piendo conductos de combustible y causando enormes
filtraciones. Además, tenía el cableado eléctrico y los depósitos de
combustible destrozados. Sus escuadrillas aéreas, por lo demás, habían
4 11
sido diezmadas por el fuego antiaéreo y los aviones japoneses. Los daños
del buque eran tan graves que la armada japonesa estaba convencida de que se
había hundido poco después del combate del mar del Coral. Pese a todo, el
Yorktown consiguió llegar a Pearl Harbor el 27 de mayo.
La m ayoría de los técnicos norteamericanos calculaban que la reparación
del buque podría demorarse al menos tres meses, quizá seis si se quería
recuperar el estado que mantenía antes de la batalla. Pero los trabajos
comenzaron minutos después de que el Yorktown entrase en el dique seco de Pearl
Harbor. Antes de que el agua hubiera salido completamente del astillero, los
operarios, los técnicos de mantenimiento y los diversos responsables de las
empresas fabricantes, acompañados por el propio almirante Nimitz, se paseaban
ya por el enorme buque para inspeccionar los daños y preparar el material
necesario para la reparación. Miles de agendas comenzaron a llenarse con el
trabajo previsto para los próximos días:
En el casco y en el interior del buque se pusieron a trabajar más de
1.400 operarios entre carpinteros, mecánicos, soldadores y electricistas. Junto
a los trabajadores del astillero, actuaron por turnos durante el resto de aquel
día y del siguiente, con sus dos noches correspondientes, construyendo los
mamparos y las planchas necesarias para que el barco recuperase su resistencia
estructural y sustituyendo los cables, fijaciones e instrumentos dañados por
las explosiones (S. Morison, Coral Sea, Midway and Submarine Actions, May
ig42-August 1942, p. 81).
Los habitantes de Oahu se quejaron de los cortes de corriente, y es que
todos los recursos eléctricos de la isla se pusieron a disposición de los
cientos de sol dadores que trabajaban en el Yorktown. Gran parte de los
trabajos se desarro llaron de manera improvisada, sin programa previo, sin
esperar instrucciones:
No había tiempo para planes o bosquejos. Los hombres trabajaban
directamente sobre las vigas y las barras de acero que llegaban al barco.
Cuando se procedía sobre una zona dañada, los fogoneros retiraban las partes
más deterioradas, los carpinteros preparaban una nueva pieza, la cortaban para
que encajase perfectamente, y los ajustadores y soldadores la colocaban. Luego
se pasaba a la siguiente tarea (W. Lord, Incredible Victory, pp. 36-37).
Como resultado de ello, la mañana del sábado 30 de mayo de 1942, el
Yorktown, tras 68 horas y con muchos electricistas y mecánicos todavía a bordo,
abandonó el dique seco equipado con nuevos aviones y pilotos de reemplazo. Los
últimos operarios abandonaron el buque en lanchas motoras cuando se alejaba del
puerto
4 12
para enfrentarse a los portaaviones de Nagumo. Para celebrar aquella
hazaña asombrosa, la banda del buque, que se dirigía hacia el oeste y no hacia
el este, como antaño se había prometido a la tripulación, formó sobre la recién
remendada cubierta de vuelo y tocó, en un gesto lleno de ironía, “California,
Here I Com e” .
L a reacción de los japoneses ante la pérdida de pilotos y los
desperfectos sufridos tras la batalla del mar del Coral por sus dos más nuevos
y mejores portaaviones, el Shokaku y el Zuikaku, no pudo ser más distinta. Del
Shokaku, que arribó a la base naval de Kure diez días antes que el Yorktown a
Pearl Harbor y con muchos menos daños estructurales, el capitán Yoshitake Miwa,
coman dante aéreo de la flota, afirmó que, aunque los daños no eran graves,
harían falta tres meses para repararlo. Su buque gemelo, el Zuikaku, aunque
apenas sufría ningún deterioro, había perdido al 40% de sus aviadores en el mar
del Coral, de modo que se pasó toda la batalla de M idway descansando en
puerto, y en excelentes condiciones, a la espera de nuevos aviones y pilotos de
reemplazo. El contraste entre la respuesta de norteamericanos y japoneses ante
la necesidad de reparar los daños sufridos en la batalla del mar del Coral no
pudo ser mayor:
[Nimitz] debía recurrir a todos sus portaaviones disponibles, de ahí la
energía, la urgencia y la presión ejercida para poner al maltrecho Yorktown en
situación de combate. Fue una labor enorme y una victoria previa espectacular.
En cambio, los japoneses se demoraron en la reparación del Shokaku y con los
reemplazos del Zuikaku, confiados en que podían desencadenar un infierno sobre
la Flota del Pacífico de los Estados Unidos aun sin la ayuda de estos dos
veteranos de Pearl Harbor (G. Prange, Miracle at Midway, p. 384).
Si los papeles se hubieran invertido, si los mandos con ideas modernas y
los equipos de operarios hubieran estado en Kure y no en Pearl Harbor, el al
mirante Nagumo se habría enfrentado a dos y no a tres portaaviones nortea
mericanos con seis y no con cuatro portaaviones japoneses. En este supuesto, es
difícil imaginar de qué modo habrían escapado el Enterprise y el Hornet al
hundimiento.
Sabemos con cuánta brillantez actuaron los mandos norteamericanos que
insistieron en la pronta reparación del Yorktown, pero los registros históricos
suelen pasar por alto los cientos de decisiones individuales y la inteligente
im provisación de los soldadores, remachadores, electricistas, carpinteros y
oficiales de suministros que, por propio criterio y sin órdenes escritas,
convirtieron un buque casi arruinado en un arsenal flotante que contribuiría a
destruir a la Primera Fuerza de Ataque de Portaaviones del almirante Nagumo.
FLEXIBILIDAD EN EL MANDO
El vasto plan táctico del almirante Yamamoto para M idway era
inflexible. Pocos -acaso ninguno- de sus subordinados más sagaces se esforzaron
por convencerlo de que los efectivos de la armada estarían demasiado dispersos,
de que en las operaciones de las islas Aleutianas se malgastarían aviones y
buques que podrían resultar preciosos, y de que una estrategia que insistía en
destruir a la flota norteamericana y, al mismo tiempo, en tomar varias islas
que se encontraban a mil millas de distancia entre sí era contradictoria y
absurda. Una larga tradición de deferencia hacia los superiores, unida al
enorme prestigio adquirido por Yamamoto tras Pearl Harbor, im pedía cualquier
debate serio, lo que podría haber redundado en al menos algunas modificaciones
del plan. El contraalmi rante Kusaka, jefe del estado m ayor del almirante
Nagumo, estaba al tanto de las reservas que en privado manifestaban muchos
oficiales del alto mando japonés sobre los planes de Yamamoto: “El hecho era
que el plan ya había sido decidido en el cuartel general de la Flota Combinada
y nos vimos obligados a aceptarlo tal y como había sido diseñado” (G. Prange,
Miracle at Midway, p. 28).
La rígida apuesta estratégica de Yamamoto casi era garantía de problemas
tácticos, al tiempo que reflejaba la jerarquía institucional existente en el
mando im perial, una jerarquía que desalentaba la iniciativa y el pensamiento
inde pendientes. Los críticos del comportamiento de los mandos japoneses en
Midway suelen centrarse en las principales decisiones que tomó el almirante
Nagumo la mañana del 4 de junio, a saber: 1) su orden de enviar a la mayor
parte de los cazas encargados de proteger a su flota junto a los bombarderos
que atacaron las islas M idway; 2) su decisión de enviar contra M idway a los
bombarderos de sus cuatro portaaviones sin mantener una reserva por si los
portaaviones norteamericanos aparecían de repente, y 3) su fatal determinación
de no hacer despegar a sus aviones en cuanto supo que los portaaviones enemigos
estaban cerca para que pudieran sustituir sus bombas por torpedos. En los tres
casos, Nagumo, que se suicidó en un búnker subterráneo de Saipán en junio de
1944, se limitó a seguir el procedimiento habitual de la armada japonesa, sin
darse cuenta de que aquella batalla no se parecería en nada a sus pasadas
victorias, conseguidas sobre adversarios cogidos por sorpresa, muy inferiores
en número y faltos de experiencia.
En cuanto a los ataques sobre las islas Midway, el procedimiento
estándar de operaciones japonés dictaba que las misiones de bombardeo
recibieran una escolta masiva de cazas. Sin embargo, la mañana del 4 de junio
se dieron sobre el cielo de M idway dos circunstancias que habrían exigido una
modificación de ese procedimiento: en prim er lugar, los cazas que defendían M
idway no eran muy eficaces; es decir, los bombarderos japoneses podrían haber
conseguido sus objetivos con una mínima protección de sus cazas; en segundo
lugar, al no
haber localizado aún a la flota norteamericana, era muy importante
mantener una importante reserva de cazas sobre los portaaviones para protegerse
de un posible ataque aeronaval. Sin embargo, ni Nagumo ni sus oficiales
consideraron necesario alterar sus convicciones para adaptarse a las
circunstancias.
Nagumo dedicó casi todos los aviones que tenía a su disposición a un
objetivo inm óvil que no contaba con una fuerza de cazas o bom barderos capaz
de poner en serios aprietos a la flota o a los aviones japoneses. Las inmóviles
islas M idw ay no podían escabullirse del servicio de inteligencia de Nagumo ni
tampoco, como las continuas e infructuosas misiones de bombardeo de aquella
mañana demostraron, podrían haber hundido sus portaaviones. Por el con trario,
los móviles y no detectados Enterprise, Hornet y Yorktown podían hacer ambas
cosas.
Que Nagumo retuviera la mitad de sus bombarderos en previsión de un po
sible ataque a la flota norteamericana y a la mayor parte de sus cazas sobrevo
lando sus portaaviones en misión de vigilancia habría sido una m aniobra
innovadora y poco ortodoxa. De ese modo, podría haber mantenido el ataque sobre
M idway, aunque con menos efectivos y en salidas regulares, mientras com
probaba si había buques norteamericanos en la zona. En la Guerra del Pacífico,
lanzar al mismo tiempo todo cuanto se tenía era en ocasiones una estrategia muy
acertada -los almirantes norteamericanos harían exactamente eso contra Nagumo
al cabo de unos minutos-, pero sólo como maniobra pre ventiva contra los
rápidos portaaviones, cuyos bombarderos en picado podían ser mortíferos; carecía
de sentido contra islas cuyos aviones eran obsoletos y, según se había
demostrado, incapaces de atacar con éxito un buque en alta mar. Nagumo, y en
esto el enorme plan de Yamamoto merece gran parte de la culpa, se concentraba
en un objetivo equivocado que podía causarle a él muy pocos daños, mientras
descuidaba el blanco que acabaría por enviar a sus buques al fondo del océano.
Aún más crítica fue la decisión de rearm ar sus bom barderos en lugar de
enviarlos rápidamente contra los portaaviones norteamericanos recién des
cubiertos. La innegable ventaja de que los aviones llevasen torpedos en lugar
de bombas se vio anulada inmediatamente por el hecho de exponer grave mente
los cuatro portaaviones japoneses al mismo tiempo, pues, al cambiar las bombas
por torpedos, sus cubiertas de vuelo quedaron repletas de explosivos y de
aviones recién armados y abastecidos. A Nagumo también le preocupaba el hecho
de que, si los hacía despegar inmediatamente, sus bombarderos no podrían contar
con protección de cazas: los pilotos de estos aviones estaban exhaustos tras el
ataque sobre M idw ay y las operaciones de protección aérea de sus portaaviones
y también debían repostar. Sin embargo, los bombarderos en picado podrían, aun
sin escolta, haber divisado a la flota norteamericana y algunos de ellos se las
habrían arreglado para sortear las defensas antiaéreas
4 15
e infligir algún daño a los buques enemigos. Fue el deseo de destruir al
enemigo a toda costa y de mantener sus aviones lejos de una cubierta de vuelo
que se había convertido en el blanco del adversario lo que hizo que, la tarde
del mismo 4 de junio, el almirante Spruance lanzase todos los aviones
disponibles del Enterprise y del Hornet contra el Hiryu. Y aunque no contaban
con protección de cazas, los pilotos norteamericanos hicieron trizas el buque
japonés.
Era una buena política atacar objetivos terrestres con bombas y los
buques con los excelentes torpedos japoneses, pero la batalla rara vez concede
tiempo a la buena política y, por el contrario, exige adaptación inmediata a
las cir cunstancias. En una batalla de portaaviones, los aviones de la flota
tienen que mantenerse en vuelo defendiendo a los buques y lejos de ellos para
hundir al enemigo. Mitsuo Fuchida y Masatake Okum iya afirmaron: “Nagumo optó
por lo que le parecía más ortodoxo y seguro, pero desde ese preciso momento sus
portaaviones estaban condenados” (Midway, the Battle that DoomedJapan,
p. 237). M ás tarde, incluso
el alm irante Kusaka adm itiría que retener un buen número de aviones listos y
armados para despegar en cuanto los por taaviones enem igos fueran avistados
habría sido una buena m edida de seguridad, pero afirmó que, en M idway, tal
precaución parecía infundada: “ Nos hubiera parecido casi intolerable que el
comandante en jefe retuviera indefinidam ente a la mitad de sus efectivos sólo
por si acaso aparecía una fuerza enemiga que quizá ni siquiera se encontraba en
la zona” (G. Prange, Miracle at Midway, p. 215).
Finalmente, los japoneses utilizaban los portaaviones y los acorazados
de un modo convencional, fosilizado, que no se adaptaba a las realidades
volátiles y en constante cambio de las batallas del teatro del Pacífico. En la
guerra contra los norteam ericanos, los acorazados no podían ser em blemas del
prestigio nacional cuya misión principal consistía en entablar batalla con
otros acorazados y destrozar a cruceros y destructores. Por el contrario, eran
más efectivos cuando actuaban en misiones de pantalla junto a los portaaviones,
que en la guerra moderna eran mucho más valiosos, sumando su enorme arsenal
antiaéreo a la protección de estos irreemplazables buques. Navegando junto a
ellos, atraían sobre sí el primer ataque de submarinos y aviones (normalmente,
los acorazados resultaban blancos muy atractivos para los pilotos, pero era muy
difícil hacer blanco sobre ellos desde el aire, tenían un blindaje más grueso y
eran menos vulnerables a los torpedos), al tiempo que servían para proteger los
transportes de tropas y podían ablandar las defensas costeras con sus enormes
cañones de 406 y 460 milímetros.
Si todos los acorazados de Yamamoto hubieran acompañado a los portaa
viones de Nagumo y luego, durante la noche, se hubieran acercado a Midway para
bombardear su aeródromo, es muy probable que los japoneses hubieran derribado
muchos más bom barderos norteam ericanos, que éstos, además,
4 16
hubieran repartido sus ataques entre los portaaviones japoneses y estos
impresionantes buques, y que no hubiera existido una necesidad tan perentoria
de lanzar aviones sobre las islas Midway, sometidas ya al constante bombardeo
naval de los acorazados. Y sin embargo, los acorazados de Yamamoto no entraron
en acción. Durante la mayor parte de la guerra, los enormes Yamato y Mushasi y
los demás acorazados japoneses no fueron más que activos desperdiciados y rara
vez fueron desplegados de m anera eficaz en cualquiera de las grandes batallas
del Pacífico. Los norteamericanos, en cambio, actuaron de forma distinta. Tras
el desastre de Pearl Harbor y el posterior hundimiento de los acorazados
británicos Primee ofWalesy Repulse y de numerosos cruceros pesados a manos de
las fuerzas aeronavales niponas, diseñaron un cometido totalmente nuevo para
sus acorazados. A partir de 1942 aquellos mastodontes de la marina actuarían
como escolta de los portaaviones siempre que fuera posible, como sucedió en
Okinawa, donde los protegieron y atrajeron sobre sí una parte del ataque
japonés, o para bombardear las defensas costeras, como ocurrió en las Filipinas
y en las playas de Normandía.
Desde un punto de vista ideal, los portaaviones debían navegar en forma
ciones separadas a fin de dispersar los ataques aéreos. Por desgracia, los japo
neses se aproxim aron a M idw ay del modo contrario, agrupando sus cuatro
portaaviones en una franja muy estrecha incluso a pesar de que los acorazados
navegaban a mucha distancia. Para ellos, habría sido mucho mejor formar dos o
incluso tres grupos operativos, separados por no más de cincuenta millas a fin
de coordinar los ataques aéreos. De ese modo podrían haber atenuado el efecto
de los bombarderos en picado, como sucedió con los norteamericanos, cuya
división en dos grupos operativos - e l Grupo Operativo 16 y el Grupo Operativo
17 - supuso que el Yorktown atrajese sobre sí todas las bombas japo nesas,
librando a los distantes Enterprise y Hornetde todo ataque. Cabe imaginar lo
que habría sucedido en M idway si el resuelto y particularmente combativo
almirante Yamaguchi se hubiera encontrado a cincuenta millas del Akagi y del
Kaga, con un control directo sobre los efectivos del Hiryu y del Soryu y si
cerca de doce acorazados hubieran protegido ambas fuerzas de portaaviones. Pero
una táctica como ésa habría exigido una descentralización real y un mando
supremo elástico, en lugar de una rígida jerarquía que situaba el poder
absoluto en manos de un almirante que estaba virtualmente incomunicado.
L a cadena de mando norteam ericana era mucho más flexible y las órde
nes del almirante de la flota lo suficientemente dúctiles como para admitir al
teraciones en cuanto la batalla comenzase. Básicamente, Nimitz ordenó a los
almirantes F ra n k J. Fletcher y Raym ond Spruance que, haciendo uso de la
información que les había proporcionado el servicio de inteligencia, se
situasen en el flanco de la flota japonesa, superior en número, la atacasen con
todos sus efectivos y se retirasen en cuanto los acorazados japoneses acudieran
en
4 17
su ayuda. Los detalles del ataque -en realidad, hasta el orden de
batalla de los buques- quedaban en manos de Fletcher y Spruance, los
comandantes operativos. Las órdenes de Nimitz los inducían a “causar al enemigo
el mayor daño posible valiéndose de tácticas de desgaste” . Sus ataques habrían
de estar
“ regidos por el principio de riesgos calculados, que en este caso
quiere decir que deben evitar que sus fuerzas queden expuestas al ataque de
fuerzas ene migas superiores si no hay grandes probabilidades de infligir, a
consecuencia de tal exposición, un daño superior a esas mismas fuerzas” (G.
Prange, Miracle atM idway, pp. 99-100).
Si el almirante Nagumo se sentía obligado por el deber a lanzar un
ataque “como es debido” , los almirantes Spruance y Fletcher enviaron contra
los japoneses a casi toda la fuerza aeronaval de que disponían a la prim era
oportunidad y por propia iniciativa. Es posible que esta acción fuera
precipitada, pero se basaban en la convicción de que en la guerra de
portaaviones el primer ataque es con frecuencia el más importante, ya que puede
anular la capacidad de respuesta del enemigo y destruir la base de operaciones
de cientos de aviones que acaso se encuentren ya en el aire.
Los desacuerdos eran infrecuentes en las altas jerarquías del
almirantazgo japonés, pero cuando se producían solían dar lugar a tensiones que
se mani festaban en formas contraproducentes y extrañamente ritualizadas:
ofertas de dimisión o incluso de suicidio, esfuerzos del rival por asumir toda
la culpa, determinación a hundirse con el propio barco para pagar un error
táctico (du rante la campaña de Pearl Harbor, los almirantes Nagumo y
Yamaguchi resol vieron una disputa sobre el despliegue de los portaaviones de
este último con un combate de lucha). Los norteamericanos actuaban de un modo
mucho más informal y relajado. El almirante Fletcher, por ejemplo, que se
encontraba a bordo del dañado Yorktown, dejó en manos del almirante Spruance la
decisión clave de cuándo hacer despegar a los aviones de la flota, sin rencor
ni preocu pación por los honores de la victoria:
[Fletcher] sabía muy bien que el almirante que mandase aquellos barcos a
la victoria naval más importante de los Estados Unidos en la Segunda Guerra
Mundial se convertiría en un héroe popular y se aseguraría un lugar en la
historia. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que ya no podía mandar sus
unidades aéreas con plena eficacia, le entregó las riendas a Spruance. Fue un
gesto desinteresado llevado a cabo en plena acción y que da idea de la
integridad personal y el patriotismo de Fletcher. La reputación de Nimitz y
Spruance ha ensombrecido un tanto la de Fletcher, pero él fue el vínculo entre
los dos, un hombre de talento que demostró suficiente inteligencia y carácter
para dejar las manos libres a un hombre de genio (G. Prange, Miracle atMidway,
p. 386).
4 18
Las tradiciones castrenses de los Estados Unidos y Japón concedían un
gran valor al hecho de ejercer el mando supremo desde el propio campo de
batalla
- una seña de identidad de los
ejércitos occidentales desde que los generales hoplitas lucharon en primera
línea junto a las falanges griegas-, pero los nor teamericanos estaban más
dispuestos que los japoneses a abandonar cualquier formalismo en aras de la
efectividad, sobre todo en un teatro de operaciones tan complejo y de la
magnitud del de Midway. El almirante Yamamoto, autor de aquel plan inmanejable,
viajaba a bordo del Yamato, pero, puesto que los japoneses ordenaron y
respetaron el silencio de radio y el buque insignia del almirante en jefe
navegaba lejos de sus portaaviones, apenas tuvo oportunidad de mantener una com
unicación directa con los almirantes que llevaban el peso de la batalla. En
Midway, Yamamoto mantuvo tanto control de los acon tecimientos com ojerjes
desde su trono imperial del monte Egáleo en Salamina, y esto, aun con mucha
menos inform ación que el m onarca persa sobre el desarrollo de la batalla.
Comparativamente, el almirante Nimitz pudo, desde Pearl Harbor, hacer
una valoración casi inmediata de los acontecimientos de junio de 1942 y, en
efecto, mantuvo un diálogo casi ininterrumpido con sus almirantes. De hecho,
tanto por radio como físicamente, Nimitz estaba, desde su despacho de Pearl
Harbor, más cerca de la acción de M idway que Yamamoto en su acorazado en mitad
del océano Pacífico. Esa tradición japonesa según la cual el almirante en jefe
debía ocupar el buque más poderoso de la flota (Yamamoto se encontraba en un
acorazado, ¡durante una batalla de portaaviones!), la resolución con que un
experimentado comandante de portaaviones se fue a pique con su buque y la
aceptación sin reparos de los planes del alto mando podían ser prácticas muy
disciplinadas y castrenses, pero no necesariamente eficaces desde un punto de
vista militar. Como cualquier caudillo exaltado, Yamamoto trazó su plan, ordenó
a sus subordinados que se ciñesen a él y luego, relativamente aislado y en
mitad del silencio, navegó hacia la batalla en el enorme, ostentoso y
mayormente irrelevante Yamato.
Por desgracia, sus adversarios prestaban poco crédito a la tradición
samurái y optaron por mantener una comunicación electrónica constante y se
dieron consejos ad hoc, mientras elaboraban nuevos planes de emergencia y, en
alguna ocasión, se intercambiaban el mando. Estos almirantes preferían
supervisar el completo abandono de sus buques y, por supuesto, perdían menos
hombres cuando aquellos se hundían. Estaban más impacientes por obtener un
barco nuevo que por irse al fondo del mar con el viejo y, en lugar de dejarse
consumir por la derrota, extraían lecciones de ella. Cuando miles de sus
marineros tra taban de encontrar salvación durante los últimos momentos de un
barco que se hundía, les importaba muy poco que la fotografía del presidente
Roosevelt fuera a reposar muy pronto en el fondo del Pacífico.
419
No todas las batallas navales apelan a la imaginación y exigen un cambio
de planes. Almirantes norteamericanos tan excéntricos, pugnaces e
independientes como Halsey y Fletcher podían a veces -com o sucedió en las
batallas del mar del Coral, Guadalcanal y golfo de L ey te - poner en peligro a
sus flotas por pura agresividad. Pero, en general, es una verdad absoluta de
las batallas de portaaviones, y en realidad de todas las batallas, que los
combatientes no pueden conocer por completo y de antemano las fuerzas del
adversario, lo que provoca que los planes queden obsoletos instantes después
del primer disparo y que los méritos de la reacción, la improvisación y la
iniciativa sean por lo general superiores a los del método, el consenso y el
respeto a las jerarquías y el pro cedimiento. A este respecto, en el campo de
batalla es mejor contar con soldados independientes que predecibles, con
oficiales que se preocupan por saber qué puede ser más eficaz en cada momento
en lugar de ceñirse a lo convencional y aceptado por todos.
LA INICIATIVA DE LOS PILOTOS
Los norteamericanos tenían aviones anticuados, muchos pilotos poco
entrenados y poca experiencia en la guerra de portaaviones. Sin embargo,
lanzaron sucesivos ataques aéreos en los que tripulaciones que hacían gala de
un gran individualismo llevaron a cabo misiones impredecibles y emplearon
métodos muy poco ortodoxos que consiguieron desbaratar a la metódica flota de
portaaviones japonesa y conducir a su decisiva destrucción. Desde los buques
japoneses todos los que observaron los ocho primeros y fútiles ataques
norteamericanos sacudían la cabeza ante la poca profesionalidad demostrada por
los pilotos con base en tierra o en el mar, y se quedaron de piedra al
comprobar que, en la novena incursión y de manera insospechada, los bombarderos
en picado aparecían para destruir su flota.
Los especialistas suelen señalar que los pilotos con base en M idway
-que manejaban obsoletos Brewster Buffalo, Vaught Vindicator, nuevos torpederos
Avenger, desfasados bombarderos en picado SBD, cazas Wildcat, bombarderos
ligeros B -26 (llamados “Merodeadores”) y fortalezas volantes B - 17 - no
infligieron grandes daños a la escuadra japonesa. Sin em bargo, sus ataques,
aunque descoordinados, improvisados y poco diestros, se produjeron de un modo
casi ininterrumpido, lo que sirvió para desguarnecer las defensas japonesas y
tener ocupados a sus cazas, cuyos pilotos no tardaron en agotarse y en
necesitar munición y combustible. Antes de que los portaaviones se incendiaran,
desde el atolón de M idway se lanzaron no menos de cinco misiones de bombardeo
y a menudo los pilotos partieron por propia iniciativa.
Poco después del mediodía del 3 de junio, es decir, un día antes de la
batalla decisiva, nueve B-17 del ejército despegaron de M idway para atacar a
la flota
420
japonesa cuando todavía se encontraba a seiscientas millas de distancia.
Los pilotos de estos aparatos no tenían experiencia de combate y, entre todos,
llevaban menos de once toneladas de bombas. No consiguieron ningún blanco.
Horas después, cuando los B-17 estaban ya de regreso, de M idway despegó un
variopinto grupo de aviones de reconocimiento P B Y -que apenas sobrepa saban
los 170 kilómetros por hora- a los que se les había hecho un estrafalario apaño
de modo que pudieran ir equipados con un torpedo. Su intención era llevar a
cabo un sorprendente ataque nocturno sobre la flota japonesa. Excepto ligeros
desperfectos en un buque cisterna, esta segunda y aún más peculiar misión tuvo
poco éxito.
A las 7 de la mañana del día
siguiente, cuando los aviones de los portaaviones japoneses se dirigían a
Midway, del atolón despegaron dos escuadrillas de aviones torpederos Avenger y
bombarderos B -26 en dirección a la flota de Nagumo. No tenían ningún plan de
vuelo concreto y mucho menos una táctica conjunta. Desde el Akagi, el teniente
O gawa pensó que su ataque fue completamente estúpido, opinión que se vio
refrendada cuando los Zero de la flota imperial derribaron a la m ayoría de los
Avenger y a uno de los cuatro B -26 . Una vez más, los norteamericanos no
consiguieron ningún blanco.
Poco más de una hora después, quince B -17 sobrevolaron la flota
japonesa para dar comienzo al cuarto ataque con bombarderos de los
norteamericanos. Las fortalezas volantes dejaron caer sus bombas desde casi 7
.0 0 0 metros de altitud, pero sólo consiguieron aproximarse a sus blancos -m
ás tarde, aducirían un fantasioso éxito-, sin lograr ningún impacto. Pocos
minutos después, once decrépitos Vindicator de la marina prosiguieron con el
bombardeo, a menos de doscientos metros de altitud, según la vieja táctica de
planeo. Tampoco consiguieron ningún blanco.
Los cinco ataques lanzados desde M idway fueron improvisados y en ellos
intervinieron pilotos de la marina y del ejército que volaron en al menos cinco
tipos distintos de bom barderos, soltaron las bom bas a unas altitudes que
oscilaron entre los 2 0 0 y los 7 .0 0 0 metros, no contaron con la preparación
adecuada y llevaron torpedos defectuosos y bombas que no podían causar daños de
im portancia a un buque blindado m oderno. Cuando las cinco misiones
terminaron, los barcos japoneses seguían intactos y la mitad de los aviones con
base en M idway se habían perdido, pero la escuadra nipona estaba exhausta tras
varias horas de constante lucha y vigilancia y aún tenía que enfrentarse a las
tres malogradas oleadas de Devastator del Enterprise, el Hornet y el Yorktown,
que ya aparecían por el horizonte para iniciar sus igualmente im productivos
ataques con torpedos. El capitán Fuchida y el comandante O kum iya resum ieron
los ataques de los aviones procedentes de M idway, haciendo especial hincapié
en lo ocupados que estuvieron los japoneses para repelerlos:
421
En general, todos estábamos de acuerdo en que había poco que temer de
las tácticas ofensivas del enemigo. Pero, paradójicamente, la ineficacia de
aquellos ataques contribuyó en no poca m edida a la victoria final
norteamericana. Descuidamos algunas precauciones obvias que, de haber
respetado, habrían evitado el fiasco que se produjo pocas horas después.
Después de todo, los sacrificios aparentemente fútiles de los aviones con base
en tierra del enemigo no fueron en vano (Midway, the Battle that DoomedJapan,
p. 163).
Como ya hemos visto, los pilotos de los aviones torpederos de los tres
portaa viones norteamericanos improvisaron tanto como los que procedían de
Midway, y, debido a la inferioridad de sus aparatos y a su falta de
experiencia, sufrieron un destino semejante. Sin embargo, si las cosas hubieran
discurrido con normalidad, pocos de ellos habrían localizado a la flota
japonesa. Los cazas y bombarderos en picado del Hornet no consiguieron
encontrarla; 45 aparatos, es decir, casi un tercio de los 152 que lanzaron el
primer ataque, ni siquiera vieron al enemigo. Contactar por radio con M idway
era difícil y después del despegue los pilotos no podían recibir datos
actualizados, de modo que no supieron que el enemigo había cambiado de rumbo y
navegaba en una dirección casi opuesta. Cuando, tras una hora o más de vuelo,
los norteamericanos lle garan al lugar donde debían encontrar a los
portaaviones japoneses, éstos se encontrarían a treinta o cuarenta millas al
norte y, al menos en teoría, a salvo. Los bombarderos norteamericanos, por lo
demás, se encontraban en el límite de su autonomía y volaban en una dirección
equivocada.
Algunos comandantes de las fuerzas aeronavales de los Estados Unidos
hicieron caso omiso de las órdenes y se lanzaron a la búsqueda de los japoneses
confiados en su propia iniciativa. Jack Waldron, comandante del escuadrón de
Devastator del Hornet, dijo a sus hombres: “Seguidme, yo os llevaré hasta
ellos” (W. Smith, Midway, p. 102). Y, en efecto, los condujo hasta los
japoneses, y también a la muerte. Gracias a su intuición, Jack Waldron encontró
los buques japoneses, y supuso, correctamente, que Nagumo arrum baría al norte
en cuanto tuviera noticias de la presencia de portaaviones norteamericanos en
la zona. Aunque todos sus aviones fueron derribados, su acción contribuyó a
que, mientras exterminaban a los norteamericanos, las escuadrillas de cazas
japoneses que protegían sus portaaviones olvidaran el peligro en forma de
bombarderos en picado que podría abatirse sobre ellos desde los cielos. Si
Waldron no hubiera cambiado de rumbo, jamás habría encontrado a la flota
enemiga y, por tanto, los japoneses habrían derribado con mucha más facilidad a
las otras dos oleadas de aviones torpederos y habrían estado esperando a los
SBD.
De igual modo; cuando Wade McClusky, que estaba al mando de los bom
barderos en picado del Enterprise, llegó al punto de reunión, situado a 155
millas
422
de su portaaviones, sus aviones no encontraron a la flota japonesa. Por
instinto, también él supuso que los portaaviones de la flota im perial habían
cambiado de rumbo (lo ayudó, ciertamente, la estela del destructor japonés
Arashi, que avanzaba a toda máquina en pos del contingente de Nagumo) y viró
hacia el norte. Encontró a los portaaviones japoneses cuando tenía las reservas
de com bustible al límite. Si M cClusky no hubiera intuido el cambio de rumbo
de los japoneses, si su intuición no hubiera sido acertada, o si hubiera volado
en círculo tratando de establecer contacto por radio para pedir instrucciones,
los bom barderos del Enterprise, como les sucedió a los del Hornet, no habrían
desempeñado papel alguno en la lucha. El Akagi y el Kaga habrían escapado, y,
sin duda, el Enterprise y el Hornet habrían sentido su ira muy pronto. No es de
extrañar que George Murray, el comandante del Enterprise, calificase la
iniciativa de M cClusky como “la decisión más importante de toda la batalla”
(G. Prange, Miracle atMidway, p. 260).
Durante el bombardeo y cuando constaba que había que rematar a los
barcos ya alcanzados o que, por el contrario, sus bombas encontrarían mejores
blancos en los buques que aún estaban intactos, los pilotos estadounidenses
tomaron, en cuestión de segundos, decisiones contrarias a sus órdenes. L a
improvisación contribuyó al hundimiento del Hiryu y a que el crucero pesado
Mogami sufriera graves daños. Los bom barderos norteam ericanos que los
atacaron habían recibido la orden de lanzarse sobre otros objetivos.
A menudo, la audacia y el entusiasmo contagioso de los resueltos pilotos
norteamericanos podían ser muy ineficaces cuando no abiertamente peligrosos,
como demuestra lo sucedido con los ataques lanzados desde Midway. Varias de las
improvisadas misiones realizadas por los B -17 fueron imprudentes y los pi
lotos de una de ellas acabaron atacando un submarino norteamericano. La noche
del 6 de junio, una escuadrilla de B -24 voló hacia la isla de Wake. El fracaso
fue completo: los aviones no encontraron la isla y del general de brigada
Cla-rence Tinker, comandante de la escuadrilla, nunca más se supo. No obstante,
si comparamos el desempeño de los pilotos de aviones de reconocimiento, de caza
y de bombardeo de las fuerzas norteamericanas y japonesas, no hay duda de que
los primeros demostraron mayor capacidad de iniciativa y adaptación.
Y en Midway, igual que
sucedería en el resto de la Guerra del Pacífico, esa independencia reportaba
buenos dividendos.
EL INDIVIDUALISMO EN LA DOCTRINA BÉLICA OCCIDENTAL
Los norteamericanos perderían decenas de portaaviones, acorazados y
cruceros en los tres años que siguieron a Midway en los ataques llevados a cabo
por los valerosos y brillantes marinos y pilotos japoneses, y es que los
Estados Unidos
4 23
buscaban la ruina de Japón y no sólo librarse de este país como amenaza
militar. En Guadalcanal, Tarawa, Peleliu, Iwo Jim a, Okinawa y en las diversas
acciones navales que tuvieron lugar en las islas Salomón, millares de
norteamericanos de las tres armas del Ejército serían masacrados ante el asalto
de tropas japo nesas perfectamente organizadas. Sin embargo, hay un hecho que
nos sigue asombrando: en menos de cuatro años, tras ser cogidos por sorpresa y
absolu tamente faltos de preparación, los Estados Unidos, que destinaron la
mayor parte de sus fuerzas al teatro de operaciones europeo y no recurrieron ni
a cargas banzfli, ni a ataques kamikaze, ni a suicidios rituales, no sólo
derrotaron al enorme y curtido ejército japonés, sino que destruyeron a la propia
nación japonesa, poniendo fin a medio siglo de su existencia como formidable
potencia militar y Estado industrial moderno. En aquellos tres años, la marina,
el ejército y la fuerza aérea japoneses no sólo perdieron la guerra del
Pacífico, sino que dejaron de existir.
A resultas de todo ello, en
agosto de 1945, Jap ó n estaba en mucha peor forma que un siglo antes, cuando,
en 1853, el comodoro Perry arribó a la bahía de Tokio para espolear la
occidentalización de la nación japonesa. Un siglo de occidentalización sin liberalismo
no había llevado a Japón a la igualdad con las potencias occidentales, sino a
su propia destrucción. En el logro brutal y sin precedentes que el ejército
norteamericano había conseguido en 45 meses, resultó esencial una larga
tradición de confianza en la iniciativa individual que contrastaba de manera
muy marcada con el venerable énfasis oriental en el consenso de grupo, la
obediencia a la autoridad im perial o divina y el sometimiento del individuo a
la sociedad. M idway fue el principio del fin para los japoneses. En M idw ay
perdieron a sus mejores aviadores, a muchas dotaciones de la fuerza aeronaval
que eran irreemplazables y a la espina dorsal de su flota de portaaviones, y lo
que es más importante, en tan sólo tres días, su confianza se resquebrajó hasta
tal extremo que a partir de entonces cuando un buque norteamericano apareciera
en el horizonte, en lugar de buscar el enfrentamiento, lo temerían.
Hacía mucho tiempo que el individualismo tenía un papel importante en la
eficacia militar de Occidente. En el campo de batalla solía manifestarse en
tres niveles: entre el alto mando, entre los propios soldados y en la sociedad
que los nutría y armaba. Todas las culturas pueden crear líderes brillantes,
independientes e intuitivos. Roma tuvo que enfrentarse a jefes tribales y
monarcas orientales m uy dotados -Yugurta, Vercingetórix, Búdica, M itrídates-,
cuya habilidad les reportó importantes victorias en el campo de batalla. Pero
su individualismo y el de otros que los siguieron no era característico de sus
culturas; al contrario, en su caso destacó tan sólo porque gozaban de un poder
absoluto. En consecuencia, a su muerte -casi todos los enemigos de Rom a
murieron en la batalla o se suicidaron-, sus guerras de liberación se venían
abajo. Eso nos
424
sugiere que ese tipo de monarquías, teocracias o tiranías rara vez
facilitan que prosperen los jefes militares de talento, y mucho menos una
nación de partidarios capaces de confiar en su propia iniciativa y de actuar
con independencia a la hora de librar una guerra.
Lo mismo puede afirmarse de monarcas como los faraones, los reyes de
México y Perú, los emperadores chinos y los sultanes otomanos, que concentraban
la autoridad militar en sus propias manos y desalentaban la iniciativa
individual de sus súbditos. Con ello conseguían que sus oportunidades de
victoria no dependieran de la im provisación, sino, únicamente, de su propio
juicio, en general, erróneo. Por el contrario, generales como Temístocles,
Lisandro -el genio espartano-, Escipión el Africano, el brillante Belisario,
Cortés y los modernos George Patton y Curtís LeM ay podían estar en desacuerdo
con su propio Estado, pero rodeados de subordinados tan independientes como
ellos e impacientes por aprovechar el sentido de la iniciativa y no sólo la
disciplina de sus tropas.
En las filas de los ejércitos occidentales hay con frecuencia soldados
que ejercitan una independencia de juicio que no existe en otros ejércitos.
Cabe recordar al “viejo” que en la batalla de Mantinea (418 a.C.) detuvo la
lucha para advertir al alto mando espartano que había desplegado mal sus
tropas; las brutales discusiones que tenían lugar entre los Diez Mil de
Jenofonte en Asia Menor (401 a.C.), que eran tanto una democracia móvil y en
armas como una banda de asesinos m ercenarios; a los diversos y excéntricos
grupos de la aristocracia franca, que durante las Cruzadas disputaban entre sí
tanto como combatían al enemigo; a los almirantes que discutieron en Lepanto
hasta poco antes de iniciada la batalla, o a los militares de carrera
británicos que en India y África demostraron imaginación suficiente para
conseguir la victoria pese a la mediocridad de su alto mando.
Todo ciudadano actúa en ocasiones como individuo y como ser humano va
lora su libertad e independencia. Pero el reconocimiento formal o legal de la
esfera de acción soberana de una persona desde un punto de vista social,
político y cultural es un concepto exclusivamente occidental, que es temido,
muchas veces con razón, en la mayoría del mundo no occidental. El
individualismo, a diferencia del gobierno de consenso y del reconocimiento
constitucional de la libertad legal, es una entidad cultural más que política.
Es uno de los dividendos de la política y la economía occidentales, que en
sentido abstracto y concreto otorga libertad a los individuos al tiempo que
fomenta una curiosidad e iniciativa personales desconocidas en las sociedades
donde no hay verdaderos ciudadanos y ni el gobierno ni los mercados son libres.
Como hemos visto en los casos de Salamina y Cannas, las grandes
tradiciones occidentales de libertad, gobierno constitucional, derechos de
propiedad y militarismo cívico dan lugar a un insidioso individualismo. La
ekklesia ateniense
425
votó la desastrosa expedición a Sicilia de los años 413-415 a.C. y a
continuación adoptó medidas decisivas y heroicas para mantener a Atenas en
guerra durante otros nueve años, de un modo muy parecido a como el Parlamento
británico en el siglo XIX y el Congreso norteamericano en el siglo X X
autorizaron todo tipo de medidas políticas y económicas que ponían el esfuerzo
de guerra en manos de miles de ciudadanos libres e independientes. Entre la
afirmación que en el siglo V a.C. hizo el sofista Protágoras, “ el hombre es la
medida de todas las cosas”, y la Declaración Universal de Derechos Humanos
adoptada por las Naciones Unidas en 1948 y redactada por juristas occidentales
(“los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los
derechos humanos fundamentales, en la dignidad y valor del ser humano y en la
igualdad de derechos entre hombres y mujeres”) han transcurrido 2.500 años de
tradición en los que la libertad personal y la confianza innata en el individuo
se han situado por encima de los derechos colectivos religiosos o políticos, un
principio que no tiene equivalente fuera del mundo occidental. Para bien o para
mal, pocos occidentales creen que una vaca sagrada es más importante que un ser
humano, que el emperador es superior a cualquier otro individuo, que un
peregrinaje religioso puede ser la culminación de toda una vida, que en la
guerra a menudo es necesaria una carga suicida para demostrar la dignidad del
individuo, o que un combatiente ha de arriesgar su vida por salvar un retrato
del emperador.
Por el contrario, Jap ó n , falto de comandantes supremos
independientes, soldados con capacidad de improvisación y un Parlamento
soberano, confiaba en la obediencia ciega, como han hecho la mayoría de los
adversarios de O c cidente en los últimos dos milenios y medio. Una jerarquía
rígida y la completa sumisión del individuo a la divinidad del emperador
suponían que, en Japón, una pequeña camarilla de militaristas dictaba la
política a seguir sin la ratifica ción o tan siquiera el conocimiento de los
ciudadanos, a quienes nunca se consideró como personas libres y con derechos
inalienables adquiridos en el mismo instante de nacer y confiados a la
protección del Estado. Igual que los vastos ejércitos de los imperios del
antiguo Oriente, el control centralizado y una ideología de masas facilitaron
la creación de un ejército numeroso, maravillosamente entrenado y lleno de
moral, pero vulnerable a los contraata ques de una nación en armas que se
ponía en manos del saber colectivo de millares de individuos libres e
independientes.
Con el fin de la Guerra del Pacífico, la ruina de la sociedad japonesa y
la caída en desgracia de los militaristas, los mecanismos de control que
durante un siglo habían impedido la puesta en marcha de una democracia
parlamentaria de corte occidental y todo cuanto ha de acom pañarla se vinieron
abajo. La introducción en la posguerra de un gobierno constitucional supuso una
redistribución de la tierra. La libertad de expresión y de prensa, la
emancipación de la mujer y la creación de una clase media de consumidores
fueron también
426
algunos de los dividendos de la ocupación norteamericana. A consecuencia
de ello, si bien es cierto que aún no se ha producido una reinterpretación
radical del papel del individuo en la sociedad, Japón cuenta, al comienzo del
nuevo milenio, con uno de los ejércitos m ejor liderados, más innovadores y más
avanzados tecnológicamente del mundo, un ejército que, además, se encuentra
bajo el control absoluto de un Parlamento y de un gobierno de elección popular
y está sometido a la aprobación de los ciudadanos.
Si en el pasado una adopción parcial de la metodología y la ciencia
militar occidentales consiguió que Japón estuviera, a comienzos del siglo X X ,
a punto de alcanzar tecnológicamente a los ejércitos de Europa y de los Estados
Unidos, su actual integración, mucho más completa, de las instituciones
políticas y sociales occidentales le garantiza un ejército que, al menos a
escala táctica, está prácti camente a la altura de cualquier ejército europeo.
En el próximo siglo, el pro greso científico de Japón en el terreno de las
armas no dependerá totalmente de la emulación de lo extranjero, sino del
impulso que le dé su propia sociedad libre y liberal, siempre y cuando continúe
alentando el talento y la iniciativa individuales hasta extremos que no conoció
en su largo y belicoso pasado.
X
DISENSIÓN Y AUTOCRÍTICA
LA OFENSIVA DEL TET,
31DE ENERO-6DE ABRIL DE 1968
L a expedición a Sicilia , cuyo fracaso no se debió tanto a un error de
cálculo respecto a las fuerzas contra las que se dirigía el ataque como a l
hecho de que aquellos que habían enviado la expedición no adoptaron luego las m
edidas que convenían a l cuerpo expedicionario, sino que, a causa de sus
desavenencias personales respecto a la jefatu ra del pueblo, debilitaron la
fuerza del ejército y, p o r prim era vez, el gobierno de la ciu d a d se vio
turbado p o r disensiones internas. S in embargo [ ...] no se entregaron hasta
que no cayeron derribados p o r sus prop ias rivalidades.
T u c íd id e s, H istoria de la guerra
d el Peloponeso, 11.65.11-13
BATALLAS CONTRA CIUDADES
EMBATADA NORTEAMERICANA EN SAIGÓN
A^/aigón estaba tranquila, como suele suceder los días festivos. En
efecto, se había acordado una tregua de 36 horas para celebrar el Tet Nguyen
Dan, o fiesta del año nuevo lunar. Por otro lado, el Vietcong rara vez entraba
en los centros urbanos de Vietnam del Sur para atacar abiertamente y con
fuerzas de cierta envergadura. Pero en la madrugada del 3 1 de enero de 1968
todo cam bió de repente y sin que nadie advirtiera ningún indicio previo. Todo
Vietnam del Sur, o eso parecía a juzgar por los preocupantes informes que
llegaban al cuartel general norteamericano en Saigón, era objeto de una
revuelta que, en cuestión de minutos, habían provocado los activistas
infiltrados del enemigo. Muchas ciudades, pueblos y pequeñas aldeas -m ás de
cien en total-fueron atacados, una circunstancia que, en principio, a los
generales nortea mericanos les resultaba inimaginable. Estaban convencidos de
que el enemigo jam ás atacaría en masa y mucho menos después de los grandes
bombardeos de 1967, que poco a poco habían ido inclinando la balanza en contra
de los norvietnamitas.
El centro neurálgico del poder norteamericano en Vietnam del Sur se en
contraba en la capital, Saigón, supuestamente, una fortaleza inexpugnable.
429
El bastión de la enorme red de apoyo civil y militar de los
norteamericanos, el MACV (Military Assistance Command Vietnam, es decir, Mando
de Asistencia Militar en Vietnam), era la embajada, que, con sus feos muros de
cemento, parecía la viva imagen de la firmeza y el compromiso con que los
Estados Unidos se habían propuesto detener la incursión comunista desde el
norte y favorecer la creación de una nación democrática y capitalista en el
sur. Tras su formidable éxito en la Segunda Guerra Mundial dos décadas antes y
la salvación de una Corea del Sur libre y capitalista en 1953, durante los
primeros años de la Guerra de Vietnam el ejército norteamericano continuaba
actuando con una sensa ción de invencibilidad. En su opinión, el problema del
sureste asiático no con sistía en derrotar al enemigo, sino en encontrarlo y
obligarlo a hacerse visible y luchar. Cuando esto sucediera, los
norteamericanos, gracias a su abrumador potencial bélico, no tardarían en
destruirlo.
Pero las calles de una ciudad son tan contrarias como la jungla a la
manera de hacer la guerra de los occidentales. Mientras los norteamericanos
deseaban bombardear y disparar en terreno abierto a fin de aniquilar a miles de
comu nistas, los norvietnamitas preferían atacar de manera furtiva y al amparo
de la noche, y no para disparar únicamente contra los combatientes enemigos. De
hecho, la embajada también era uno de sus objetivos, en realidad el objetivo
más importante de la ofensiva que a las 3 de la madrugada del 3 1 de enero de
1968 se desencadenó en toda la nación. Unos 4.000 guerrilleros del Vietcong -m
uchos de ellos vestidos de civil y con ayuda de algunas unidades de infil
trados del ejército regular norvietnam ita- atacaron casi todas las sedes y
edi ficios de los gobiernos survietnamita y norteam ericano en Saigón. Cientos
de pequeños grupos intentaron irrumpir en los cuarteles del ARVN (Army of the
Republic of Vietnam, es decir, Ejército de la República de Vietnam), la radio
estatal y las cadenas de televisión, las comisarías, los edificios oficiales y
en muchos hogares de miembros del ejército y de la policía y de oficiales
norteamericanos en una descabellada operación que pretendía dar pie a una
insurrección general e iniciar con ella la durante tanto tiempo prometida
guerra de liberación nacional.
Diecinueve soldados de un comando del Vietcong trataron de entrar en la
embajada norteamericana, un lugar sellado, y acabar con un pequeño contin
gente de guardias perplejos y soñolientos. Llegados en un camión y en un taxi,
abrieron un boquete en los muros del recinto, mataron a cinco marines nor
teamericanos e intentaron, sin conseguirlo, derribar las pesadas puertas del
edificio principal de la em bajada con granadas y armas automáticas. ¿Qué
pensaría el pueblo norteamericano cuando, al cabo de unas horas, las cadenas de
televisión abrieran sus inform ativos con im ágenes de los hom bres del
Vietcong mirando a las cámaras desde las ventanas del despacho del embajador
Ellsworth Bunker?
43°
Claro que esto no llegó a suceder. Cinco horas después del ataque, los
helicópteros norteamericanos habían colocado tropas aerotransportadas en el
recinto de la embajada. Estas tropas mataron a los diecinueve asaltantes y
aseguraron el lugar. El asalto enemigo, como muchos otros que tuvieron lugar
aquella misma mañana contra el palacio del presidente Nguyen Van Thieu y otros
edificios norteamericanos y survietnamitas, fue una completa sorpresa y, al
mismo tiempo, un gran fracaso. M ientras arengaban a sus tropas, los
responsables del plan se jactaban de que las incursiones marcarían el inicio de
una revuelta general contra los norteamericanos y sus anfitriones del gobierno
“títere” :
Avanzad rápidamente para llevar a cabo ataques decisivos y repetidos a
fin de aniquilar tantas tropas norteamericanas, de sus satélites y del gobierno
títere como sea posible. Al mismo tiempo, hay que coordinar estas operaciones
con actividades de lucha política y proselitismo militar. [...] Haced gala
hasta sus últimas consecuencias de vuestro heroísmo revolucionario a fin de
superar todos los obstáculos y dificultades y llevar a cabo sacrificios que
permitan luchar de un modo continuado y agresivo. Estad preparados para
aplastar los contraataques del enemigo y mantened vuestra actitud
revolucionaria en toda circunstancia (L. Berman, “Tet Offensive”, en M. Gilbert
y W. Head, eds., The Tet Offensive [La ofensiva del Tet], p. 21).
L a mayoría de los habitantes de Saigón, sin embargo, estaban más
preocupa dos por la falta de seguridad y los tiroteos esporádicos que se
producían en las calles. Temían que los oficiales y funcionarios vietnamitas y
norteamericanos se parapetasen en sus residencias privadas y comenzasen a
disparar a cualquiera que les pareciese sospechoso.
Pocos vietnamitas deseaban provocar a su propio gobierno y mucho menos a
los norteamericanos, y la mayoría de la población local observaba la situación
con cierto distanciamiento. Casi nadie se sumó al “levantamiento” comunista. M
uchos, sin em bargo, querían com probar de cerca el grado de éxito del Vietcong
a fin de sopesar las posibilidades de que los comunistas pasaran a controlar
sus vidas en sustitución de los norteam ericanos. Igual que los tlaxcaltecas
que siguieron a Cortés para masacrar a los m exicas, que, como ellos, también
eran indígenas, o los soldados irregulares de las unidades tri bales que
formaban parte de las fuerzas de lord Chelm sford en Zululandia, los
survietnamitas estaban listos para com batir al lado de los mortíferos
occidentales contra los odiados comunistas, pero sólo si éstos les garantizaban
la victoria militar y una paz duradera. Y ahora, en cambio, ¡habían atacado su
embajada!
A m edia mañana, mientras los
soldados y funcionarios norteam ericanos adecentaban la embajada, Ellsworth
Bunker llegó a la misma, listo para trabajar, acom pañado de decenas de cámaras
de televisión y reporteros, muchos de los cuales enviaron a los Estados Unidos
fantasiosos comunicados que decían que el Vietcong había tomado durante algún
tiempo la embajada y estaba en posesión de sus principales dependencias. Pero
la desinformación no provenía sólo de la prensa. En los Estados Unidos, el
presidente Lyndon B. Johnson se apresuró a asegurar a la nación que la
incursión se parecía más a una revuelta en un gueto de Detroit que a una
operación militar de importancia. El general W illiam W estmoreland, jefe de
las tropas norteam ericanas destacadas en Vietnam, insistiría ante el país en
que aquellos ataques sistemáticos no eran más que operaciones de distracción
destinadas a llevar recursos del asedio a la base norteamericana de Khesanh,
situada al norte del país. No obstante, Westmoreland veía con optimismo aquellas
concentraciones de tropas, ya que de ese modo el enemigo se convertía en un
blanco más fácil para el for midable potencial bélico norteamericano. Si los
políticos temían la ofensiva, Westmoreland veía en ella una oportunidad de
victoria.
A l mes siguiente se demostraría que la valoración inicial de
Westmoreland sobre la ofensiva del Tet era errónea. No obstante, su convicción
de que, en aquellos momentos, era muy probable que miles de enemigos
vietnamitas se encontraran expuestos, en situación vulnerable y a punto de ser
aniquilados era com pletam ente acertada. Durante los tres años anteriores,
todas sus iniciativas habían ido encaminadas a crear las condiciones necesarias
para librar una batalla decisiva en la que el ejército norteamericano pudiera
desplegar su maravillosamente entrenada y disciplinada infantería de choque y
su enorme superioridad tecnológica y material con el objetivo de aplastar al
enemigo y regresar a casa. Para los norteamericanos que se encontraban en
Vietnam, como para todos los occidentales que combaten en ultramar, el problem
a siempre había sido la negativa del enemigo a entablar batallas propiamente
dichas. El enemigo, en efecto, casi siempre optaba por una guerra de
infiltración, por luchar en la jungla, por las acciones terroristas y por las
incursiones casa a casa. En su lucha contra Alejandro, Darío III encontró
seguridad en la huida, no en la batalla; Abderramán tuvo más éxito en el saqueo
de Narbona que en su enfrentamiento con Carlos Martel en Poitiers; los aztecas
consiguieron algunas victorias cuando atacaron a los españoles de noche, por
sorpresa o en algún paso de montaña; Cetshwayo habría conseguido mucho más
lanzando em boscadas contra las caravanas de víveres del ejército británico
que cargando contra sus formaciones en cuadro.
A lo largo de la semana siguiente, sesenta millones de norteamericanos
vieron desde sus hogares una imagen muy distinta de aquella primera noche de
ataques. Las cámaras habían recogido imágenes de aquellos de sus compatriotas
que
43*
habían muerto en el jardín de la embajada. Las calles de Saígón
aparecían llenas de tanques y obuses. Los titulares decían: “ L a guerra
alcanza Saigón” . Durante días, la televisión emitió una imagen perturbadora:
el general Nguyen Ngoc Loan volando la cabeza a un infiltrado del Vietcong. Que
el prisionero hubiera formado parte de las unidades infiltradas que habían
abatido a muchos de los miembros del personal de seguridad de Loan, incluido un
oficial al que mata ron en su propia casa junto a su esposa y sus hijos, o que
se hubiera acordado que los agentes enemigos sin uniforme y vestidos de civil
no tenían por qué recibir el mismo trato que los soldados capturados no eran
más que datos perdidos en el frenesí informativo de aquellos días. Eddie Adams,
el fotógrafo de Associated Press que tomó la instantánea para la revista Life,
ganó el premio Pulitzer a la mejor fotografía.
A l parecer, la imagen de aquellos sesos esparcidos resumía el embrollo
del Tet: los norteamericanos muertos e incapaces de proteger el centro
neurálgi co de su enorme fuerza expedicionaria mientras sus corruptos aliados
sur-vietnamitas disparaban sobre hombres inocentes y desarmados. Y todo ello en
un momento en que al pueblo estadounidense se le aseguraba: “Se vislumbra la
luz al final del túnel” . Pegados a sus televisores, los norteamericanos se
pre guntaban si la victoria era realmente posible y ya no sabían a quién ni
qué creer:
Dice mucho de esta guerra que la gran imagen de la ofensiva del Tet sea
la fotografía tomada por Eddie Adams de un general survietnamita pegándole un
tiro a un hombre con los brazos atados a la espalda, que la cita más memorable
sea el maldito epigrama a que hizo referencia Peter Arnett en relación a Ben
Tre, “Fue necesario destruir la ciudad para salvarla”, y que el único prem io
Pulitzer concedido a un reportaje dedicado a un hecho acaecido durante el Tet
se otorgase dos años más tarde de la ofensiva a Seymour M . Hersh, que nunca ha
puesto los pies en Vietnam, por hacer pública la matanza de más de cien civiles
que el ejército norteamericano perpetró en M ay Lai (D. Oberdorfer, Tet!,
P- 332)-
Cerca de la embajada, en el hipódromo de Phu Tho, que estaba ocupado por
el Vietcong, se inició una batalla muy enconada. En la zona confluían varios
bulevares y había suficientes espacios abiertos para coordinar a todo un
ejército, así que el hipódromo se convirtió en uno los objetivos principales de
la ofensiva. En los edificios que rodeaban la pista, los norvietnamitas
apostaron a cientos de francotiradores. Las tropas norteamericanas y los
soldados del ARVN tuvieron que combatir casa por casa para localizarlos y
desalojarlos, pero los miembros del Vietcong rara vez se rendían y hubo que
matarlos a casi todos. Por su
parte, la televisión culpaba a los norteamericanos de estar destruyendo
una zona residencial, como si nadie hubiera advertido que los francotiradores
habían comenzado a disparar sobre los marines en plena tregua del Tet.
Se tardó casi tres semanas en matar o expulsar de Saigón a las últimas
uni dades de infiltrados bien organizadas. U na compañía de marines del tercer
batallón de la 7a División de Infantería trató de tomar por asalto el hipódromo
de Phu Tho, enfrentándose a un batallón del Vietcong. La lucha era brutal,
típica de la guerra urbana:
Los fusiles sin retroceso abrían boquetes en los muros, luego dispara
ban los lanzagranadas y, a continuación, los soldados se metían por los huecos
humeantes. Cientos de civiles dominados por el pánico huían entre los vehículos
blindados en plena batalla. La columna continuó luchando contra el Vietcong con
ferocidad, casa por casa, acercándose cada vez más al hipódromo. Los
helicópteros zumbaban ruidosamente y bombardeaban los edificios con cañones y
cohetes. Aquel mismo día [31 de enero] a eso de la una de la tarde la compañía
había tomado otras dos manzanas. Luego, las tropas del Vietcong se retiraron a
unas posiciones excavadas tras los bancos de cemento del parque, respaldadas
por las armas pesadas que habían emplazado en las torres de cemento situadas en
las gradas del propio hipódromo (S. Stanton, The Rise and F a ll of an American
Army [Decadencia y caída de un ejército norteamericano], p. 225).
BAÑO DE SANGRE EN HUÉ
U na lucha callejera aún más encarnizada se desarrollaba cerca de la
Zona Desmilitarizada (D M Z ), en la capital provincial de Hué, antigua y
pintoresca ciudad imperial del Vietnam unificado, de cerca de 140.000
habitantes. Aunque era la tercera localidad más grande de Vietnam y se
encontraba cerca de la frontera norvietnamita, Hué apenas había sufrido el
zarpazo de la guerra. Pero esta situación estaba a punto de cambiar.
Aproximadamente a la misma hora del ataque a la em bajada norteamericana, tres
columnas de tropas norviet-namitas, con dos regimientos completos y dos
batallones del Vietcong que sumaban cerca de 12.000 hombres, irrumpieron en las
calles de Hué. Unidos a los infiltrados, que se habían m ezclado con la
multitud que celebraba el Tet, aplastaron sin dificultad las pequeñas
guarniciones del ARVN y ocuparon la “ Ciudadela” , enorme fortaleza situada
entre los templos y palacios antiguos que dominaban la ciudad vieja.
Cuando los norvietnamitas se hicieron con el control de Hué, sus agentes
comenzaron una sistemática operación de búsqueda de soldados survietnamitas,
funcionarios, simpatizantes del gobierno norteamericano y extranjeros en
ge neral. Fueron arrestadas entre 4.000 y 6.000 personas. La mayor parte murió
fusilada o apaleada. Se buscó sobre todo a médicos, religiosos y maestros. Más
tarde, se encontrarían 3.000 cadáveres en una fosa común. A los demás se los
dio por “desaparecidos” . Aunque Hué no tardó en llenarse de reporteros
occidentales, pocos comentaron estas ejecuciones y aquellos que lo hicieron
negaron que hubieran ocurrido.
El contraataque encabezado por los marines norteamericanos fue feroz.
Tras veintiséis días de combates ininterrumpidos, con ataques de tanques,
llegada de refuerzos y bombardeos aéreos, la Ciudadela fue recuperada, aunque
había quedado en ruinas. Igual que en Saigón, los marines no tenían ni idea de
dónde se encontraba el enemigo hasta que recibían los disparos procedentes de
viviendas particulares:
Por fin comprendí por qué tuvimos tantas dificultades para cruzar la
calle. Muchas de aquellas casas eran de una sola planta, pero un par de ellas
tenían dos plantas, lo cual proporcionaba a las fuerzas del N V A [North
Vietnamese Army, o Ejército Norvietnamita], que nos estaban esperando, una
magnífica posición. Desde sus emplazamientos, el N V A podía dispararnos sin m
ayores problem as, casi a bocajarro, cuando intentábamos cruzar la calle. En
cuanto nos dimos cuenta, comprendimos la situación con claridad, así que
dirigimos nuestro fuego de réplica a las ventanas y pasillos de las casas que
había al otro lado de la calle. Con toda probabilidad, allí estaban las
posiciones desde donde nos disparaba el enem igo. Finalm ente nos percatam os
de que el NVA también nos disparaba desde una red intercomunicada de posiciones
excavadas entre las casas, al nivel de la calle (N. Warr, PhaseLine Green [Fase
línea verde], pp. 159-160).
Los norteamericanos habían sido entrenados para una guerra de maniobras
y aniquilación en la jungla y las tierras húmedas, con breves pero cruentos
enfrentamientos en los que intervendrían la artillería y la aviación y tras los
cuales se retirarían a posiciones fortificadas y relativamente seguras. Igual
que los hoplitas o los casacas rojas de lord Chelmsford, lo importante era
encontrar al enemigo y derrotarlo valiéndose de una potencia de fuego superior
-potencia de fuego que en realidad era resultado de una disciplina, tecnología
y logística m ejores-, Pero si el general Westmoreland afirm aba que el Tet era
un error del enemigo porque daba a sus fuerzas la rara posibilidad de combatir
a los norvietnamitas de una manera abierta, lo cierto es que muy pocas de las
ofensivas llevadas a cabo durante el Tet fueron batallas de choque en el
sentido en que lo entendemos los occidentales. Normalmente, para los
norteamericanos, sacar
435
ventaja de su potencial ofensivo significaba llevar a cabo bombardeos
aéreos y terrestres de las zonas residenciales donde se refugiaban los
francotiradores del Vietcong. L a destrucción de estas zonas, por otro lado,
sólo conseguía encrespar a los propietarios survietnamitas y concitar la
atención de los medios de comunicación hostiles.
En Hué, el Vietcong y los norvietnamitas se infiltraban en las líneas
enemi gas de noche y en pequeñas unidades independientes y a menudo no unifor
madas. Iban equipados con armas automáticas, morteros y lanzagranadas y
disparaban desde ventanas y muros y mezclados entre la multitud, obligando a
los marines a librar un contraataque que por sus características podría
compararse con la batalla de Stalingrado, porque había que desalojar al enemigo
casa por casa, en acciones en las que se destruían cientos de viviendas. Con
frecuencia, los norteamericanos tenían que optar entre el riesgo de caer
víctimas de los francotiradores o arrasar edificios enteros, y a menudo de
cierta impor tancia histórica o artística, empleando obuses y bombarderos:
Estaban sucios, sin afeitar y cubiertos del polvo de los escombros de
ladrillo y de piedra. El sudor y las manchas de sangre ocultaban la fatiga de
sus rostros. Los codos y las rodillas les asom aban a través de los agujeros
del uniforme, uniform e que no se habían quitado en dos semanas. [...] Los
marines, entrenados para actuar como una fuerza móvil y anfibia de acción
rápida, se habían convertido en topos, en una colección de ratas estática e
inmóvil y se refugiaban entre los montones de escombros rodeados de muros
agujereados por las bombas, auto m óviles calcinados y cables y árboles
caídos. L a muerte los estaba esperando para darles, en cualquier momento, un
toquecito en el hombro que muchos nunca verían venir (G. Smith, The Siege ofHue
[El asedio de Hué], p. 158).
Pese a todo, el enemigo fue expulsado de Hué en menos de un mes. El re
cuento definitivo de bajas era de un desequilibrio dramático. Los norteame
ricanos y sus aliados survietnamitas - la compañía de elite Hac Bao (Pantera
Negra) tuvo el privilegio de entrar en el palacio imperial y aplastar los
últimos reductos del enem igo- habían matado a 5 .113 norvietnamitas. Por su
parte, los norteamericanos sólo habían perdido 147 hombres y habían sufrido 857
heridos. Es decir, esta proporción de cifras de bajas habría bastado para
indicar una victoria notable en ambas guerras mundiales. Y sin embargo, los
reporteros que deambulaban libremente por Hué hicieron caso omiso de los
sacrificios de ambos bandos y sólo mostraron interés por la situación táctica.
Casi todos entrevistaron a los soldados norteamericanos en mitad de una sucia
lucha calle jera. Con frecuencia enviaban a sus periódicos pequeñas
entrevistas como la
436
PRINCIPALES BATALLAS DE LA O
FENSIVA DEL T ET,
31 de enero - 6 de abril de 1968
. VI KTVAtt B E L NORTE
~ DM Z (Zona Desmilitarizada}
iKhesanh X (
X L a n g V e i
- X Ashau
^^ILANDIA
líg a N a n g
..”-‘X;Hoi An
siguiente, hecha en pleno combate a un marine que se había tomado un
minuto de respiro:
¿Qué te resulta más duro?
No saber dónde están [...] eso es lo peor. Corriendo por todas partes,
metidos en alcantarillas, cloacas [...] por todas partes. Pueden estar en
cualquier sitio. Tienes la esperanza de sobrevivir, día a día. Todo lo que
queremos es volver a casa e ir a la universidad. A sí están las cosas.
¿Hasperdido a algún amigo?
A algunos. El otro día perdimos a uno. Todo esto apesta. En serio (S.
Karnow, Vietnam, p. 533).
Por vez prim era en la historia de la guerra occidental -en realidad,
por vez primera en la historia de cualquier guerra-, millones de padres,
parientes y amigos podían ver en directo y desde la seguridad de sus hogares
cómo combatían los soldados. Las imágenes de los heridos y los muertos se
emitían por televisión con todo lujo de detalles truculentos y en color. Las
tomaban los reporteros de cualquier nación, periodistas que, en su mayoría,
tenían libertad para acercarse, ver y enviar a sus medios lo que quisieran. Y
los votantes estadounidenses tenían posibilidad de oírlo, verlo o leer sobre
ello en cuestión de horas si no de minutos. Cuando los avances tecnológicos en
el terreno de las telecomunicaciones, que a menudo se traducían en grabaciones
que se emitían de forma abreviada y aisladas de cualquier contexto concreto, se
combinaron con una libertad ilimitada, a la que en Occidente siempre se le ha
dado una enorme importancia, surgió una vehemencia civil contra la guerra pocas
veces vista, ni siquiera en las voces que se alzaron contra la expedición
ateniense a Sicilia, la conquista europea de Am érica o la conducta de los
británicos durante las guerras contra bóers y zulúes.
Mientras los norteamericanos veían imágenes de los atroces combates en
televisión y oían las entrevistas realizadas a marines asqueados que
encontraban a sus aliados survietnamitas tan poco dispuestos a atacar las
posiciones ene migas como mortíferos a sus adversarios norvietnamitas, apenas
se dedicaron reportajes a las matanzas de inocentes cometidas por el ejército
de Vietnam del Norte. Tampoco recibió la menor atención la asombrosa capacidad
de unos sorprendidos e inferiores marines para expulsar a 10.000 norvietnami
tas de un centro urbano fortificado en poco más de tres semanas a costa de
menos de 150 muertos. Hué, aunque brutal, fue otra impresionante victoria del
ejército norteam ericano, una hazaña bélica que quizá rivalizara con cualquier
acto de valor de la Prim era o de la Segunda Guerra M undial. Y eso no era
todo.
KHESANH
Cuando el 3 1 de enero de 1968 los norvietnamitas y el Vietcong
rompieron la tregua de 36 horas del Tet, atacaron con más de 80.000 hombres
algunas de las ciudades más importantes de Vietnam del Sur, localidades como
Saigón, Quangtri, Hué, Da Nang, Nha Trang, Quinhon, Kontum, Banmethuot, M y
Tho, Can Tho y Ben Tre. Unas 35 capitales de provincia fueron invadidas en un
momento en que el 50% del ejército survietnamita se encontraba de permiso con
motivo del año nuevo lunar. Y sin embargo, de la mayoría de los objetivos,
menos de Saigón y Hué, los infiltrados del enemigo fueron expulsados en menos
de una semana. El contraataque fue asombroso, sobre todo teniendo en cuenta que
los norteam ericanos habían sido cogidos por sorpresa; su servicio de
inteligencia había advertido de las dimensiones y fecha de la invasión semanas
antes, pero el alto mando del M ACV, inmerso en diversas disputas, restó
importancia a los informes.
Aunque habían conseguido infiltrar a contingentes relativamente pequeños
de tropas en infraestructuras básicas de ciudades tan importantes como Saigón y
Hué, los norvietnamitas obtuvieron un dividendo psicológico de la ofensiva que
no guardaba proporción con el daño infligido a los norteamericanos y sus
aliados. Sabían que no necesitaban obtener la victoria, sino, únicamente,
mantener viva la ofensiva durante algunos días en diversas zonas que se tenían
por seguras a fin de causar una tormenta de recriminaciones y protestas en los
Estados Unidos. Al principio, además, los mandos norteamericanos confundieron
las intenciones del enemigo. El propio general Westmoreland pensó que las
ofensivas del Tet no eran más que maniobras de distracción destinadas a distraer
tropas estadouni denses del asedio de Khesanh, y sin embargo, lo contrario
tenía más visos de verdad: el asedio de Khesanh, iniciado días atrás, estaba
pensado para distraer la atención de los ataques a las ciudades que tuvieron
lugar el 31 de enero.
Poco después de las 5 de la madrugada del 21 de enero, diez días antes
del comienzo oficial de la ofensiva del Tet, los norvietnamitas desencadenaron
una descarga artillera que constituía la fase inicial del asalto a la base nor
teamericana de Khesanh con varios miles de soldados. La base de Khesanh era una
guarnición avanzada situada cerca de la DMZ que tenía por cometido la
interrupción de las líneas de suministro de tropas y material entre Vietnam del
Norte y Vietnam del Sur. Durante la última semana de enero, las noti cias del
ataque a los perplejos soldados de la base recorrieron el mundo. Muchos
periódicos calificaron el asedio de nuevo Dien Bien Phu (en 1954, la guarnición
francesa de Dien Bien Phu estuvo a punto de ser aniquilada antes de que sus
16.000 supervivientes capitularan).
Sin embargo, en Khesanh, los bombardeos diarios, los suministros
constantes, la evacuación relativamente segura de los refugiados laosianos y
vietnamitas y
439
el hecho de que las comunicaciones no se interrumpieran en ningún
momento contribuyeron a que las tropas sitiadas se mantuvieran en relativa
buena forma. ¿Era Khesanh una base de tanto valor estratégico como para
aferrarse a ella a toda costa? En realidad, estratégicamente, la base valía muy
poco. Los nortea mericanos optaron por conservar la base como cebo, al
parecer, de acuerdo a un plan que se proponía atraer a divisiones enteras de
las tropas norvietnamitas a una lucha abierta, aunque también es posible que no
se retirasen por temor a dar muestras de debilidad precisamente en un año
electoral y cuando en los Estados Unidos arreciaban las protestas contra la
guerra. Fuera cual fuese el motivo para conservar la base, lo cierto es que
lejos de ser otro Dien Bien Phu, Khesanh se convirtió en una nueva y
devastadora demostración del poder militar norteam ericano. Si los franceses
que fueron cercados en Dien Bien Phu eran inferiores en número, no contaron con
apoyo aéreo y se encontraron aislados en territorio norvietnamita y cerca de la
frontera china, los norteame ricanos recibían refuerzos de suministros a
diario, estaban al sur de la D M Z , mantenían una comunicación fluida con el
exterior y todos los días dejaban caer sobre el enemigo muchas toneladas de
bombas. No obstante, los marines rodeados se encontraban en medio de un mar de
tropas norvietnamitas veteranas y no estaban seguros de cuál era su misión
exacta. Porque, en efecto, ¿cuál era el plan norteam ericano para Khesanh?
¿Acaso la base era, como afirm aba Westmoreland, la clave de la defensa de la
DiMZ y de futuras operaciones en Laos? ¿O no era más que un campo de batalla
destinado exclusivam ente a incrementar las bajas del enemigo y, por tanto, a
ser abandonado en cuanto concluyera el asedio?
Las tropas de veteranos norvietnamitas habían cogido por sorpresa y
aplas tado a las tropas survietnamitas y laosianas de la cercana guarnición de
Lang Vei y con ellas a sus asesores militares norteamericanos, lo que les
proporcionó un control absoluto de las rutas que conducían a Khesanh. Pronto,
la base fue sometida a un bombardeo casi ininterrumpido -algunos días cayeron
hasta mil misiles y bombas de artillería y m ortero-, en un esfuerzo por acabar
con la resistencia de los marines y destruir su aeródromo. Los norvietnamitas
es taban equipados con moderno armamento soviético y chino, como el mortero
pesado de 122 milímetros, misiles tierra-tierra, lanzallamas, tanques y
artillería pesada de 130 milímetros, la m ayoría de ella adaptada de modelos
alemanes, franceses y norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial. En Vietnam
del Norte, miles de asesores militares soviéticos y chinos trabajaban
furtivamente pero a destajo descargando las baterías artilleras y enseñando a
los vietnamitas a usarlas.
Pese al nuevo y letal armamento de los norvietnamitas, la respuesta de
los norteamericanos al ataque fue devastadora y constituye uno de los ataques
de artillería terrestre y aérea más mortíferos en la historia de las batallas
de infantería.
440
Durante los casi tres meses que duró el asedio de Khesanh -desde el 20
de enero hasta mediados de abril de 1968-, los norteamericanos arrojaron
110.022 toneladas de bombas y dispararon 142.081 proyectiles de artillería,
aunque algunos calculan que los proyectiles terrestres superaron los 200.000. U
na potencia de fuego tan asombrosa exigía suministros ininterrumpidos y, en
efecto, a Khesanh llegaron, por avión y bajo un fuego enemigo constante, más de
14.000 toneladas en provisiones. M iles de norvietnamitas murieron incinerados
en la jungla que rodeaba la base. La mayor parte de las estimaciones sitúan la
cifra de muertos y heridos graves cerca de los 10.000, es decir, la mitad de
las fuerzas norviet namitas que, al parecer, intervinieron en el asedio.
Khesanh se convirtió en una desgraciada matanza para los comunistas. Si
en los Estados Unidos los norteamericanos, apoyaran o no a su gobierno, se
quejaban de que muchos marines habían muerto de form a innecesaria por defender
un puesto fronterizo, los norvietnamitas guardaron silencio. Sacrificar a
millares de jóvenes por tomar un pequeño aeródromo en un esfuerzo que al final
resultó en vano formaba parte de su lógica. Un piloto de la fuerza aérea
norteamericana recordó la devastación causada por los bombardeos:
A mediados de febrero, la zona era como el resto de Vietnam, mon tañosa
y cubierta por una jungla tan densa que bajo la bóveda de los árboles la
visibilidad era escasa. Cinco semanas después, la jungla se había convertido
literalmente en un desierto con vastas franjas de tierra removida y sin apenas
árboles, en un paisaje de astillas y cráteres causados por las bombas (T.
Hoopes, The Limits o f Intervention [Los límites de la in tervención], p.
213).
M urieron menos de doscientos norteamericanos, 1.600 resultaron heridos
y, de éstos, 845 fueron evacuados. Sin duda, las cifras reales son superiores
si consideramos los combates librados en los alrededores de Khesanh y en Lang
Vei, la ofensiva de rescate llevada a cabo en abril (Operación Pegasus) y las
bajas sufridas entre las tripulaciones de los aviones de combate y de
transporte, pero aun así, por cada norteamericano caído en Khesanh perdieron la
vida cincuenta norvietnamitas, un balance completamente desequilibrado que se
acerca a la terrible desproporción de bajas españolas y aztecas en M éxico o
británicas y zulúes en el sur de Africa.
En lugar de asom brarse ante la matanza, los medios de com unicación
norteamericanos consideraron el asedio una dramática derrota. Tras el comienzo
de la ofensiva del Tet y la captura casi simultánea del Pueblo, barco que
realizaba labores para el servicio de inteligencia en aguas coreanas, la
revista Life advirtió a sus lectores de los reveses que a escala global estaban
sufriendo los nortea mericanos y que culminaban con “ el oneroso baño de
sangre de Khe Sanh” .
El 22 de marzo, es decir, al cabo de dos meses de asedio y cuando el
contraataque norteam ericano llevaba ya un mes a un nivel muy alto y estable,
Arthur Schlesinger afirmó en un artículo publicado en el Washington Post:
“Hagamos lo que hagamos, no podemos volver a pasar por otro Dien Bien Phu” .
Además, advirtió a los norteamericanos: “No sacrifiquemos a nuestros valientes
hombres por la locura de los generales y la obstinación de los presidentes” .
Oliver E. Chub se hizo eco de la histeria general en el New Republic: Khesanh,
dijo recordando el comentario de Bismarck acerca del valor relativo de los
soldados alemanes frente a una intervención en los Balcanes, “no es digna de la
vida de un solo marine” , y concluyó que el asedio “podía muy fácilmente terminar
con un de sastre militar sin precedentes en la guerra de Vietnam ” (B. Nalty,
A ir Power and the Fight forK he Sanh [El poder aéreo y la lucha por Khesanh],
pp. 39-40). Entre tanto, a las tres semanas de comenzar el asedio y anticipando
las tácticas de la Guerra del G olfo, una unidad de bom barderos trazó una
retícula de bombardeo alrededor de la base asediada de manera que, cada noventa
minutos
y las veinticuatro horas del día,
tres bom barderos B-52 m achacaban un cuadrado de uno por dos kilómetros de
lado con explosivos y napalm . La fuerzas aéreas com enzaron a destruir m
etódicamente a casi todo ser vivo situado a un kilómetro de las defensas de la
base.
El asedio concluyó el 6 de abril y con él la última de las batallas que
se habían iniciado el día del Tet. Pero entonces, a finales de junio,
convencido de que la resistencia había supuesto un éxito abrumador para los
norteamericanos, el MACV ordenó el cierre y el desmantelamiento de la base. El
5 de julio Khesanh fue arrasada. Los norteam ericanos destruyeron en unas horas
lo que los norvietnamitas no habían podido en varios meses. Todos los puentes
de la cercana Carretera 9, que semanas antes habían sido laboriosamente
reparados para permitir que los convoyes llegaran hasta los marines atrapados,
fueron volados. A l parecer, tras la ofensiva del Tet y con la interrupción de
los bom bardeos, los norteamericanos abandonaban la idea de levantar un muro
en la DMZ y estacionar tropas en ciertas áreas de defensa avanzada próximas a
la fron tera norvietnamita. Los marines que habían soportado un fuego intenso
durante casi tres meses se pusieron furiosos y estuvieron a punto de rebelarse
al conocer la noticia. En su opinión, era la posesión de la base y no el número
de bajas infligidas al enemigo lo que daba un significado tangible a la lucha
de los amigos que habían entregado sus vidas en la batalla.
En abril de 1968 los candidatos a la presidencia de las muy próxim as
elecciones hablaban de reducir la presencia militar en Vietnam. Robert Kennedy
prometía una retirada negociada, Hubert Humphrey insinuaba una tregua de los
bombardeos, la alternativa de Richard Nixon era la gradual “vietnamización” de
Indochina. Com o manifestó el almirante Ulysses Grant Sharp, a la sazón
comandante en jefe de la Flota del Pacífico, a propósito de la asombrosa
victoria
442
norteamericana de Khesanh: “En Washington se pusieron tan histéricos con
la ofensiva del Tet que los invadió la locura y decidieron que había que poner
fin a la guerra aunque no fuéramos nosotros quienes la ganásemos” (B. Nalty,
Air Power and the Fightfor Khe Sanh, p. 104). La valerosa defensa de la base,
el terrible daño ocasionado a los norvietnamitas y el brusco abandono de
Khesanh resultan paradigmáticos a la hora de valorar en qué se había convertido
Vietnam en la prim avera de 1968: un atolladero donde las operaciones militares
no tenían necesariamente nada que ver con ninguna percepción sobre el valor o
el curso de la guerra. Khesanh, en mayor sentido que Hué, reveló la incom
petencia del alto mando norteamericano, la valentía y disciplina de los marines,
la pasmosa superioridad de la fuerza aérea norteamericana y la histeria que se
había apoderado de gran parte de los medios de comunicación estadouni denses,
que durante toda la guerra menospreciaron la capacidad del ejército para
infligir daños al enemigo y en sus postrimerías exageraron las pérdidas y el
sufrimiento de los comunistas. Quizá fuera Bui Diem, embajador surviet-namita
en los Estados Unidos, quien mejor resumió la paradoja que fue ganar pero
perder el Tet:
No mucho después, me resultó evidente que la retirada de las fuerzas
norteamericanas de Vietnam sólo era cuestión de tiempo y de formas. En este
sentido, los ataques del Tet de 1968 bien podrían considerarse el preludio al
final de la guerra, que se produjo cinco años después. Por este motivo, el Tet
fue el clím ax de la Segunda Guerra de Indochina. En mi opinión, fue en el
momento de la ofensiva cuando la opinión pública norteamericana y las
tergiversaciones e ideas falsas arrancaron la derrota de las garras de una
victoria potencial (“ M y Recollections of the Tet Offensive” , en M. Gilbert y
W. Head, eds., The Tet Offensive, p. 133).
LA VICTORIA COMO DERROTA
ATOLLADERO
Después del Tet, los militares norteamericanos solían jactarse de que no
habían sufrido ni una sola derrota importante en toda la guerra. Esta
bravuconada, incluso aplicada a los diez años de presencia norteamericana en
Vietnam, es válida excepto en el caso de algunos pequeños puestos ocupados por
asesores militares estadounidenses que en ciertas ocasiones fueron aplastados
con ataques por sorpresa. Aunque algunas fases de la ofensiva del Tet se
prolongaron a lo largo de varios meses, la primera etapa de la lucha concluyó
prácticamente en menos de un mes. Hué fue liberada a finales de febrero de
1968, Khesanh, a
443
principios de abril, una semana después de los ataques lo habían sido
gran número de ciudades más pequeñas.
Pese a la espectacular cobertura que los medios de comunicación
dedicaron a la ofensiva, las encuestas continuaban demostrando que una gran
mayoría de ciudadanos norteamericanos apoyaban la actuación de los Estados
Unidos durante la ofensiva; según algunas de ellas, el 70% de los ciudadanos
preferían la victoria militar a la retirada. Es posible que Walter Cronkite
hubiera regresado de Vietnam para anunciar a millones de norteamericanos que la
situación militar se había estancado y que “la única salida racional [...]
sería entablar negociaciones, no como vencedores, sino como un pueblo
honorable” (N. Graeber, “The Scholar’s View of Vietnam ”, en D. Showalter y j .
Albert, An American Dilema [Un dilema americano], p. 29), pero la m ayoría de
los norteamericanos todavía apoyaban una guerra que, en su opinión, podía
ganarse en poco tiempo. El problema del ejército en Vietnam, al menos a corto
plazo, no fue que no contase con una mayoría de partidarios entre los
ciudadanos norteamericanos, sino que existía en los Estados Unidos una
creciente, influyente y muy compleja minoría de críticos y activistas a quienes
importaba mucho más poner fin a la presencia norteamericana en Vietnam de lo
que a los que apoyaban la intervención les importaba que ésta continuase.
Desde un punto de vista estrictamente militar, la tragedia del Tet no se
fundaba en la derrota. Lo malo fue que, tras su éxito, los norteamericanos no
supieron capitalizar el fracaso comunista, interrumpieron los bombardeos y, en
lugar de la exultación propia de la victoria, dieron al enemigo impresión de
debilidad. En realidad, la decisiva victoria del Tet de 1968 marcó el comienzo
de una reducción presupuestaria radical. El gran aumento de presupuesto y
efectivos que tuvo lugar en el período 1965-1967 tuvo como consecuencia que el
4 de abril de 1968 la presencia norteamericana en Vietnam alcanzara su cota más
alta, con 543.000 hombres. A partir de entonces, sin embargo, esa presencia com
enzaría a disminuir bruscamente, de m anera que el 1 de diciembre de 1972 tan
sólo quedaban 30.000 hombres y, después del alto el fuego de 1973,
prácticamente ninguno. Al parecer, el presidente Johnson, como demuestran las
palabras que dirigió a su gabinete el 28 de febrero de 1968, es decir, un mes
después del comienzo del Tet, comprendía la naturaleza de su propio dilema, que
consistía en ganar batallas en Vietnam y perder la guerra de las relaciones
públicas en los Estados Unidos:
Hem os de tener cuidado con declaraciones del tipo de la que hizo
Westmoreland cuando regresó y dijo que veía “la luz al final del túnel” .
Y ahora nos golpean con esta
ofensiva del Tet. Ho Chi Minh nunca ha ganado unas elecciones. [...] En muchos
sentidos es como Hitler. [...] A nosotros, al presidente y al gabinete, nos
llaman asesinos, pero nunca
444
dicen nada del señor Ho. Todas las pancartas están aquí. Todas dicen
“Parad la guerra”, pero allí no se ve ninguna. Y entonces él lanza el ataque
del Tet, rompe la tregua y calienta el conflicto interviniendo en cuarenta y
cuatro ciudades, y todo ello cuando nosotros le proponem os una interrupción de
los bombardeos. Nos sucede lo que a ese abogado de pueblo que, tras el mejor
alegato de su vida, no puede impedir que su cliente acabe electrocutado. Eso es
lo que nos pasa (L. Berman, “Tet Offensive”, en M. Gilbert y W. Head, eds., The
Tet Offensive, p. 43).
Incluso los norvietnamitas admitieron que habían sufrido una derrota
contun dente. En pocas semanas murieron alrededor de 40.000 miembros del
Vietcong y soldados del ejército regular. En el año 1968 murieron más
vietnamitas que norteamericanos en toda la década que duró su presencia en
Vietnam . La estrategia comunista de llevar a las calles a los grupos locales
fue un desastre sin paliativos. Lejos de provocar la insurrección general,
acabó en un baño de sangre y destruyó la infraestructura del Vietcong en
Vietnam del Sur durante al menos dos años. Después del Tet, el brazo armado del
Frente de Liberación Nacional perdió virtualmente toda su eficacia y hubo que
reconstruirlo desde cero sin sus organizadores más veteranos. Esos fueron los
costes que los nor vietnamitas hubieron de pagar por no entender la capacidad
de devastación del arm a aérea norteamericana, la disciplina de sus tropas y la
abrum adora superioridad de sus suministros, factores que, en el campo de
batalla, podían invertir, al menos por un tiempo, las desventajas que suponían
ser cogidos por sorpresa, contar con un mal generalato y padecer cierta
inquietud social en la metrópoli.
Diversos líderes comunistas admitieron el terrible precio del Tet. El
coronel general Tran Van Tra confesó, pese a un doble lenguaje muy
característico, que desafiar a los norteamericanos directamente había sido un
gran error y había causado muchas bajas:
No nos basamos en un cálculo científico ni en una escrupulosa va
loración de todos los factores, sino, en parte, en una ilusión basada en
nuestros deseos subjetivos. Por este motivo, aunque la decisión fue sabia,
inteligente y oportuna, y aunque la pusimos en marcha con organización y
audacia y con una gran coordinación en todos los frentes, y aunque todos
actuaron con gran valentía, sacrificaron sus vidas y al final conseguimos
invertir la situación estratégica en Vietnam e Indochina, hubimos de hacer frente
a grandes sacrificios y a unas pérdidas en recursos humanos y material,
especialmente entre los grupos -en todos los niveles de la jerarquía-, que nos
debilitaron muy claramente (R. Ford, Tet 1968,
P- 139)-
445
Si los norvietnamitas eran conscientes de que habían perdido la ofensiva
del Tet, ¿por qué a la mayoría de los observadores occidentales les pareció que
había sido el enemigo quien había vencido ?
Gran parte de los problemas de percepción provinieron de las
expectativas existentes antes de la ofensiva. Los militares norteamericanos,
asediados, aguijoneados por la corriente antibelicista imperante, habían
asegurado pre maturamente a la opinión pública que a comienzos de 1968 la
guerra se inclinaba rápidamente hacia una victoria norteamericana. De esta
valoración excesiva mente optimista de la situación provino el error de pensar
que a los nor teamericanos ya no les bastaba con derrotar al enemigo en el
campo de batalla. En 1968, para los militares estadounidenses, y siempre y
cuando quisieran que la oposición interna cesara y el apoyo de los ciudadanos
continuase, era igualmente crucial lograr al menos otros cuatro objetivos:
probar que, tras cuatro años de intensos combate terrestres, los norvietnamitas
estaban próxim os a capitular; demostrar sin ningún género de dudas que los
survietnamitas estaban cuando menos preparados para hacerse cargo de la m ayor
parte de sus obligaciones defensivas; garantizar que los Estados Unidos podrían
retirarse con rapidez y con un número mínimo de bajas, y corroborar que Vietnam
del Sur era una democracia humana y liberal.
El Tet, una clara victoria norteam ericana, hizo añicos esas
pretensiones, demostró que tales objetivos se habían convertido en algo
problemático. Paradójicamente, la derrota demostró que la estrategia
norvietnamita a largo plazo resultaba clarividente, aunque a Vietnam del Norte
le despreocupase por completo el alto precio de esa estrategia en vidas
humanas. Mientras los comunistas estuvieran dispuestos a sufrir miles de
muertos simplemente para que la batalla con los norteamericanos siguiera viva,
el tiempo estaba de su lado. Como un oficial del servicio de inteligencia
norteamericano afirmó acerca de la brutal estrategia de desgaste del general Vo
Nguyen Giap: “Su ejército no envía ataúdes al norte; Giap mide su éxito según
el tráfico de los ataúdes norteamericanos que van hacia los Estados Unidos” (G.
Lewy, America in Vietnam [Los Estados Unidos en Vietnam], p. 68).
Mientras los soviéticos y los chinos les proporcionasen armamento de
primera calidad, mientras el Vietcong pareciese a muchos académ icos,
pacifistas y periodistas norteamericanos influyentes un grupo de patriotas y
libertadores y no un movimiento terrorista que había roto una tregua, y
mientras los militares norteamericanos tratasen de librar una guerra
convencional de acuerdo a normas absurdas y más pendientes de la cifra de
muertos que de la conquista y dominio del territorio, los norvietnam itas continuarían
reclutando soldados con la promesa de una pronta liberación, y esto, sin dejar
de matar norteamericanos, según la terrible aritmética de las cifras de
muertos. En cierta ocasión, un heraldo azteca advirtió a Cortés que los m
exicas podían perder 250 guerreros por
446
cada castellano muerto y aun así ganar la guerra. Trasladada al contexto
de la guerra de Vietnam, esta admonición ejerció un profundo efecto sobre el
general Westmoreland, y no porque en el campo de batalla hubiera muy pocos
norteamericanos y demasiados enemigos, sino porque, desde un punto de vista
político, a las bajas norteamericanas se les había marcado un límite
preestable cido. Tal vez la clase política norteamericana creyera que Vietnam
era una guerra por poderes enm arcada en un conflicto contra la tiranía
comunista que duraba ya veinticinco años, pero lo cierto es que el pueblo
norteamericano ponía cada vez más en duda la necesidad de ceder sus dineros y a
sus hijos para una lucha tan lejana cuando no existían muchas probabilidades de
que chinos o rusos alcanzaran las playas de Am érica del Norte vía Vietnam . Si
Westmoreland hubiera estado en el lugar de Cortés en Tenochtitlán en 1520,
habría informado de la amenaza azteca al rey Felipe II, solicitando
instrucciones y pidiendo más conquistadores antes de avanzar. Cortés, por su
parte, asintió al escuchar el pronóstico del heraldo azteca y planeó matar a
250 aztecas por cada conquistador caído.
Durante la ofensiva del Tet, 800.000 refugiados abandonaron sus aldeas y
gran parte de ellos se dirigieron a Saigón, que no tardó en crecer hasta los
cuatro millones de habitantes. El programa de pacificación rural patrocinado
por los norteamericanos conocido como CORDS (Civil Operations and Revolutionary
Development Support, es decir, Apoyo al Desarrollo Revolucionario y a las
Operaciones Civiles) quedó en agua de borrajas y se evaporaron las esperanzas
de que el campo llegara a ser seguro alguna vez. El ataque sobre Hué, las
masacres que allí se llevaron a cabo y que el Vietcong consiguiera entrar en la
embajada norteamericana causaron gran impresión en muchos survietnamitas. Si
los burócratas norteamericanos de Saigón no eran inmunes a un ataque, ¿qué seguridad
podía esperar la población rural vietnamita? La base de Khesanh, salvada
heroicamente por encontrarse muy cerca de la DMZ, una ubicación clave, fue
abandonada y arrasada, lo que demostraba muy poca consideración por los
símbolos en una guerra repleta de ellos. El subsecretario de la Fuerza Aérea,
Townsend Hoopes, resumió así la depresión de los norteamericanos:
Una cosa nos quedó clara: la ofensiva del Tet era el elocuente con
trapunto del efusivo optimismo de noviembre. Demostraba de manera concluyente
que los Estados Unidos no controlaban la situación, que no estaban ganando, que
el enemigo conservaba una enorme fuerza y vitalidad, tanta, sin duda, como para
borrar la idea de una victoria alia da clara de la mente de cualquier persona
objetiva. [...] Incluso el incondicional y conservador Wall Street Journal
afirmó a mediados de febrero: “En nuestra opinión, el pueblo norteamericano
debería estar dispuesto a aceptar, si es que no lo está ya, la idea de que, tal
vez, todo
447
el esfuerzo llevado a cabo en Vietnam esté condenado, de que, tal vez,
la situación se esté desmoronando ya bajo nuestros pies” (The Limits of
Intervention [Los límites de la intervención], pp. 146-147).
Tras la victoria del Tet, el ejército norteamericano solicitó otros
206.000 efectivos y un cuarto de millón de tropas de reserva adicionales, a
ojos del pueblo nor teamericano, un gesto que no demostraba precisamente que
sus fuerzas armadas estuvieran ganando la contienda. Townsend Hoopes calificó
esta petición de “barbaridad” . Sin nuevas tácticas ni una estrategia a largo
plazo, la jefatura del MACV optaba por aumentar el número de tropas, excediendo
con mucho el supuesto límite de 525.000 efectivos. El pueblo norteamericano se
preguntó: ¿no derrotaron los Estados Unidos hace poco más de veinte años a la
Wehrmacht alemana en Normandía con menos tropas y en menos tiempo? El gobierno
hizo caso omiso a las peticiones.
Los cálculos del ejército norteamericano eran notoriamente inexactos en
su valoración de las bajas enemigas en Vietnam. Por necesidad, sin embargo, el
recuento de las bajas propias era mucho más preciso. L a m ayoría de los
observadores establecieron entre 1.000 y 2.000 el número de muertos nortea
mericanos durante la ofensiva del Tet. Al pueblo norteamericano le importaba
muy poco que sus chicos estuvieran matando al enemigo según la insólita
proporción de treinta o cuarenta muertos por cada Gl* caído. A los ciudadanos,
como a los militares, les preocupaban más las bajas -pero las norteamericanas,
no las norvietnamitas, igual que al general G iap -, y no dejaban de ver cómo
aumentaban hasta alcanzar cifras intolerables, es decir, trescientos o
cuatrocientos muertos por semana.
Qué extraño que en la culminación de una mortífera tradición militar de
2.500 años de antigüedad los estrategas norteamericanos hicieran caso
omiso de los preceptos dictados por la herencia de los ejércitos occidentales.
Cortés, que como los norteamericanos en Vietnam también era inferior en número,
que estaba lejos de casa y en un clima extraño, que además estuvo a punto de
su frir la insurrección de sus tropas y tuvo que hacer frente a las amenazas
de sus superiores, que también luchaba contra un enemigo fanático que no le
concedió cuartel, que contaba con aliados más débiles, sabía al menos que a sus
propios soldados y a la Corona española les importaba poco cuántos cadáveres
enemigos pudiera contar y mucho que tomase y conservase Tenochtitlán y pusiera
fin a su resistencia con la m ayoría de su propio ejército vivo. Lord Chelm
sford, que también estaba rodeado de críticos dentro y fuera del ejército, bajo
amenaza
* Siglas de Government Issue, en
principio, aplicadas a los uniformes y el equipo de los soldados
norteamericanos y, finalmente, a los propios soldados [N. del TJ.
de ser relevado en el mando, que además ignoraba las características,
situación y tamaño exactos de su enemigo, que sospechaba de los colonos hóers,
de los idealistas ingleses y de sus aliados tribales, sabía al menos que hasta
que con quistase Zululandia, destruyese el núcleo de los kraals reales y
capturase al rey Cetshwayo la guerra proseguiría pese a los miles de zulúes que
cayesen bajo el mortífero fuego de sus Martini-Henry.
Los generales norteam ericanos nunca se percataron del todo, o nunca
consiguieron transmitirlo con claridad a los líderes políticos de Washington,
de esta sencilla lección: que el número de enemigos muertos significaba poco en
sí mismo si no conseguían asegurar y conservar el territorio survietnamita e
invadir Vietnam del Norte, humillarlo o dejarlo impotente. Pocos miembros del
alto mando norteamericano, si es que hubo alguno, destacaron ese principio por
encima de las desastrosas reglas de aquella contienda, que sólo eran garantía
de que muchos de sus soldados morirían sin una oportunidad real de obtener una
victoria militar decisiva. Era como si los millares de licenciados de las
academias militares de los Estados Unidos no tuvieran ni la menor idea de que
poseían un patrimonio, una herencia militar mortífera, la de la doctrina bélica
occidental.
ANALOGÍAS, LO VERDADERO Y LO FALSO
En los libros sexto y séptimo de su Historia de la guerra del Peloponeso
(431-404 a.C.), Tucídides relata la larga lista de errores cometidos por los
jefes y ciudadanos atenienses durante el viaje de su escuadra a Sicilia
(415-413 a.C.) y después del mismo. Tucídides nos dice que se produjo un
agitado debate sobre la decisión de enviar a la flota y que los aliados de
Atenas en Sicilia, que habían solicitado ayuda para hacer frente a la agresión
de los siracusanos, se revelaron corruptos, arteros, débiles y, en definitiva,
de poco valor en la batalla. El principal responsable de la expedición,
Alcibíades, fue reclamado ante la presencia de una voluble Asam blea antes
siquiera de entrar en acción. Acabó por ofrecer ayuda al enemigo y residir en
Esparta, principal adversaria de Atenas durante los veintisiete años de la
guerra del Peloponeso.
Los demás comandantes, Lámaco y Nicias, se mostraron indecisos,
vacilantes y paranoicos acerca de las consecuencias políticas de quedar
empantanados en una guerra que, pese a las enormes fuerzas desplazadas desde
Atenas, no podían ganar. De hecho, la resistencia del viejo conservador Nicias
a atacar Siracusa y su petición de refuerzos masivos más parecían impulsadas
por la preocupación sobre su propio futuro político que por su sapiencia
estratégica. Si Tucídides lamentaba que la campaña habría podido ganarse si los
atenienses hubieran apoyado a sus tropas, su propio relato de los
acontecimientos parece
449
a veces desmentir esta afirmación. Los atenienses, nos dice, no enviaron
una escuadra, sino dos, es decir, más barcos, hombres y suministros de los que
sus propios generales habían solicitado.
A l final, el relato de Tucídides sobre la expedición siciliana se lee
como una tragedia de Sófocles, y es que, como el general Omar Bradley afirmó
acerca de la posibilidad de librar una guerra contra los chinos a principios de
la dé cada de 1950, aquélla era “una guerra equivocada que se libraba en el
lugar equivocado, en el momento equivocado y contra un enemigo equivocado” . Al
fin y al cabo, para Atenas, Sicilia era un teatro de operaciones completamente
nuevo y lejano - a más de 1.300 kilómetros por m ar- que la obligaba a en
frentarse a una potencia que no la había atacado directamente y en un momento
en que el ejército espartano tenía las manos libres para marchar sin oposición
hasta las murallas de su metrópoli.
No es de extrañar, nos dice Tucídides, que los ciudadanos atenienses
perdieran empuje ante la continua llegada de noticias sobre el estancamiento de
la situación y la necesidad de enviar más hombres y material. En cualquier
sociedad, antigua o moderna, gobernada por el consenso se alzan voces de
protesta cuando las operaciones de ultramar son gravosas económicamente y en
vidas humanas y no se vislumbra en ellas una eventual victoria. En este
sentido, el aumento de las protestas contra la Guerra de Vietnam dentro de los
Estados Unidos era predecible. Las disensiones en la propia metrópoli están en
consonancia con la historia. La ciudadanía occidental siempre manifiesta su
oposición a su doctrina bélica en aquellas raras ocasiones en que la victoria
se vuelve esquiva, a menudo con resultados no necesariamente negativos para los
intereses a largo plazo de la nación, aunque sin duda sí lo sean para los
infortunados soldados que se encuentran en el campo de batalla.
Los objetivos geopolíticos regionales y globales de los norteamericanos
estuvieron más o menos claros desde un principio: conseguir un Estado no
comunista, seguro e independiente en el sur de Vietnam y con ello poner fin a
una agresión comunista generalizada en el sureste asiático. Pero los métodos
para lograr estos objetivos aparentemente morales eran muy poco claros. La
fórmula de la victoria nunca llegó a esbozarse. Los costes que podría acarrear
la consecución de esos objetivos nunca se computaron. Desde un punto de vista
ideal, a principios de los años sesenta se creía que los norteamericanos
conseguirían entrenar a un ejército de resistencia democrático y avanzado. En
dos o tres años, este nuevo ejército de la República de Vietnam tal vez pudiera
defender su país en solitario, aunque, para preservar la paz y tal como ocurrió
en Corea, quizá necesitase la presencia casi permanente de unos 30.000 soldados
norteamericanos situados a lo largo de una zona desmilitarizada. Un agradecido
pueblo vietnamita apoyaría en ese caso a su nuevo gobierno democrático y se
alistaría solícitamente en su ejército para salvar a su país del comunismo, que
450
tanta discordia y muerte en la sociedad civil había ocasionado en el
pasado.
A l menos esto es lo que se pensaba.
Sin embargo, en 1964 los comunistas demostraban ya más dureza, los
surviet-namitas más debilidad y el pueblo norteamericano m ayor escepticismo
del que se suponía. En este punto, entre finales de 1964 y mediados de 1965, el
presidente Johnson adoptó una desastrosa estrategia consistente en llevar a
cabo una escalada continua de la guerra sin cambiar las reglas de combate de
acuerdo a las cuales habían operado hasta entonces sus pequeños contingentes de
tropas. El presidente, que no sabía nada de asuntos militares, no se percató de
que enviar a cientos de miles de soldados norteamericanos a Vietnam para
derrotar a unos comunistas del Tercer M undo -m ás de medio millón de tropas,
1,2 millones de bombas arrojadas al año, miles de enemigos muertos cada mes, trescientos
o cuatrocientos estadounidenses muertos cada sem ana- era una prueba
enormemente com prom etida que elevaba las apuestas geopolíticas regionales y
globales de aliados y adversarios. Con un contingente tan enorme, el fracaso
suponía una evidencia innegable de debilidad y, por tanto, una invitación a los
soviéticos a embarcarse en nuevas aventuras. El fracaso, además, provocaría un
aumento de las protestas en los Estados Unidos y pondría de manifiesto la
incompetencia del gobierno survietnamita. Cuando los imperios dedican unos
recursos tan ingentes a una aventura militar, el tiempo se convierte en su
enemigo, y es que, si no se consigue un éxito inmediato, las dudas, fatales
para cualquier nación hegemónica, se apoderan de ciudadanos y aliados, que comienzan
a incomodarse.
Y sin embargo, durante casi
una década, los norteamericanos continuaron librando una guerra convencional
sobre un terreno no convencional sin frentes de batalla claramente definidos ni
frente interior contra el que luchar. Puesto que la estrategia global se ceñía
a la prom esa de detener la expansión del comunismo en Asia y al mismo tiempo
procuraba evitar, a cualquier precio, un enfrentamiento indirecto o accidental
con chinos o soviéticos, cada vez que se debatía un cambio de táctica los
estrategas se veían en la tesitura de hacer frente a todo tipo de paradojas. En
general, se imponía una política que impedía el minado de puertos -hasta 1972-
o la destrucción de edificios gubernamentales importantes en Hanoi y Haiphong
por temor a matar a algún asesor o proveedor extranjero de los comunistas.
Existía, además, una prohibición expresa de invadir Vietnam del Norte. Las
centrales eléctricas y los grandes almacenes de material, que proporcionaban la
energía y el equipo necesarios para abastecer a los soldados, también fueron
objetivos prohibidos durante años. Durante la mayor parte de la guerra ningún
soldado norteamericano tuvo permiso para entrar en Cam boya, Tailandia o Laos,
aunque se sabía que en estos países el Vietcong tenía refugios y enormes
depósitos de suministros. Se optó por los ataques aéreos y artilleros y por las
bases defensivas fortificadas en lugar de apostar por
451
ambiciosas ofensivas contra la guerrilla y por mantener un esfuerzo
continuado contra los insurgentes a fin de librar del Vietcong a pueblos y
ciudades.
Resulta irónico que, gracias a sus confusos esfuerzos para mantener la
guerra dentro de unos parámetros equívocos y mal pensados, la administración
nor teamericana consiguiera que la matanza se prolongara a lo largo de casi
diez años. En el caótico universo vietnamita, el bombardeo indiscriminado de
las junglas se consideraba una práctica militar aceptable, mientras que el
ataque de precisión, mucho más humano, a las fábricas y astilleros de Hanoi no
lo era; a consecuencia de ello, la vida de miles de norteamericanos sería
sacrificada en aras de una derrota. Después de la guerra, y pese a que algunos
activistas contrarios a la misma asegurasen que el ejército norteamericano
había matado a miles de personas en las calles y estado a punto de arrasar la
capital, los visitantes de Hanoi se quedaban perplejos al comprobar que la
ciudad apenas había sufrido daños a causa de los bombardeos.
Las administraciones de Johnson y Nixon creyeron que podrían repetir lo
ocurrido en Corea, una especie de victoria conseguida pese a la corrupción del
gobierno surcoreano, la entrada en guerra de un enorme ejército chino, la
muerte de casi 50.000 norteam ericanos, y a los parám etros estrictamente
políticos que habían guiado el desarrollo del conflicto. Sin embargo, tanto
Johnson como Nixon malinterpretaron la analogía con Corea. En términos
relativos, los soviéticos y los chinos eran mucho más débiles con respecto a
los Estados Unidos en 1950 que en 1965. En Corea, ni unos ni otros suponían una
amenaza nuclear digna de consideración para las costas norteamericanas. Pero el
gobierno norteamericano subestimó el tradicional temor de los chinos al poder
del ejército estadounidense en una guerra convencional y no recordó que los
comunistas chinos habían sufrido 800.000 muertos en Corea a conse cuencia de
los bombardeos aéreos y terrestres norteamericanos y no tenían deseos de que la
m ism a debacle se repitiese en Vietnam . Si bien es cierto que era necesario
tomar precauciones para no provocar a las potencias nucleares comunistas, en la
m ayor parte de los casos, una desproporcionada cautela con respecto a rusos y
chinos reprimió en exceso el alcance de la respuesta norteamericana.
Hacia 1965, los norteamericanos, que estaban convencidos de que existía
el riesgo potencial de que el conflicto se extendiese, con el consiguiente
peligro de introducción de armas nucleares, evitaron atacar los barcos
soviéticos que navegaban por aguas norvietnamitas, no persiguieron a los cazas
que viola ban el espacio aéreo y no quisieron presionar a Hanoi hasta el
extremo de que chinos y soviéticos considerasen necesaria su intervención para
salvar al régimen. La administración Johnson prefería que los soldados
norteamericanos perdieran la vida a manos de furtivos voluntarios chinos y
soviéticos a que muriesen en una batalla abierta. Además, en 1950, los pilotos
norteamericanos
no tardaron en dominar los cielos norcoreanos, mientras que en 1972
Vietnam contaba con avanzado material de defensa aérea chino y soviético -8.000
cañones antiaéreos, 250 baterías de misiles tierra-aire, entre doscientos y
trescientos modernos cazas a reacción y miles de asesores militares
extranjeros-, lo cual significaba que, en cualquier cam paña de bom bardeo, la
cifra de aviones norteamericanos derribados no dejaría de aumentar. Por otro
lado, Vietnam era mucho más frondoso que Corea, de modo que los bombardeos eran
mucho más imprecisos, puesto que la bóveda boscosa de la jungla ocultaba la
localización exacta de las tropas enemigas.
Mucho más importante fue que el presidente surcoreano, Syngman Rhee,
hubiera recibido más apoyo de su nación que cualquiera de los líderes
sur-vietnamitas. Rhee había sido capaz de postularse como protector de la
autonomía coreana frente a los títeres norvietnamitas del Estado estalinista
chino, de modo equivalente a como Ho Chi Minh había hecho en Vietnam recordando
a la población que los norteamericanos no eran más que los últimos
imperialistas de una larga cadena de agresores franceses y japoneses a los que
los vietnamitas ya habían conseguido expulsar años atrás. En Corea, los
norteamericanos estaban convencidos de que su contumacia había detenido una
marea comunista que avanzaba en dirección a Japón . Pocos, por el contrario,
creían que tras ganar en el Vietnam el comunismo fuera a ampliar su esfera de
influencia más allá del sureste asiático, una región que importaba a muy pocos
soldados o ciudadanos norteamericanos. Por lo demás, en 1964, los
norteamericanos eran un pueblo distinto al de los primeros años cincuenta,
época en que comenzó la Guerra Fría. Eran, en efecto, una nación más acom
odada, progresista y en general cansada de dos décadas de constante y costosa
política de disuasión del comunismo en todo el mundo.
Finalmente, si en Corea los Estados Unidos se enfrentaban a la amenaza
real de un bloque comunista unido, en 1965 muchos norteamericanos tenían la
sensación, sin duda algo ingenua, de que China y Rusia casi eran enemigos, de
que, tradicionalmente, Vietnam había sido enemigo de China y de que los
comunistas camboyanos, laosianos y tailandeses no estaban unidos y por el
contrario compartían una larga historia de antagonismos mutuos y hacia los
vietnamitas. Así pues, en Vietnam, era mucho más difícil convencer a los
aliados de los Estados Unidos o a la propia nación norteamericana de que la
agresión comunista representaba un peligro para los propios Estados Unidos o
para Europa:
El comunismo vietnamita, por detestable que pueda parecer, no
representaba una clara amenaza para la seguridad nacional de los Estados
Unidos. Si Vietnam hubiera estado en África o en el oeste de Asia en lugar de
junto a la frontera china, la victoria comunista sobre una colonia
453
francesa o un régimen anticomunista sólo habría supuesto una preocu
pación pasajera (D. Oberdorfer, Tet!, p. 334).
Todas estas consideraciones habrían sido discutibles si los Estados
Unidos hubieran ganado la guerra de manera rápida y decisiva. Pero este tipo de
victoria, la deseada, resultaba imposible teniendo en cuenta bajo qué
condiciones diri gieron la guerra los militares norteamericanos. Finalmente,
millones de esta dounidenses acabarían por enfurecer e impacientarse al darse
cuenta de la ignorancia e incompetencia de sus líderes políticos y militares.
FRACTURAS
Ya en 1965, tres años antes de la ofensiva del Tet, en el seno de las
clases política y militar de los Estados Unidos surgían enormes fracturas a
medida que los medios de comunicación y la cultura popular coincidían en que la
guerra no sólo era un error, sino que, además, era cada vez más amoral. En la
izquierda radical, una vieja coalición de comunistas, socialistas y pacifistas
aliada con nuevos disidentes y anarquistas muy diversos -un amplio espectro de
personajes que iba desde Tom Hayden, Ja n e Fonda y Abbie Hoffman hasta Susan
Sontag, M ary McCarthy, Ramsey Clark y los hermanos Berrigan- abogaba
abiertamente por la salida norteam ericana de Vietnam . Este grupo aceptaba,
cuando no recibía de buen grado, la derrota y tachaba el papel de los Estados Unidos
de imperialista, racista y explotador, lo que estaba en consonancia, desde su
punto de vista, con gran parte de su historia. De hecho, muchos de estos
activistas deseaban la formación de tribunales encargados de juzgar crímenes de
guerra y el procesamiento de políticos y militares norteamericanos.
M enos extremistas, pero quizá igual de ingenuos, eran muchos liberales
tradicionalistas que iban radicalizando sus posturas a medida que progresaba la
guerra. Para ellos, los norvietnamitas eran parecidos a los socialistas
europeos y el conflicto de Vietnam no era más que una “guerra civil”, pese a
que existían evidencias de que las atrocidades norvietnamitas se remontaban a
principios de la década de 1950, de la implicación en el conflicto de chinos y
soviéticos y de que en Vietnam del Sur los comunistas contaban con m uy pocos
apoyos. Estas dos facciones apelaban abiertamente a una retirada inmediata o
eran indiferentes a una victoria militar norvietnamita.
Los demócratas m oderados aún creían en la idea de contención que ca
racterizaba la Guerra Fría. Sin embargo, después del Tet, algunos disidentes y
ex miembros de la administración Johnson como Robert McNamara opinaban que el
precio de la victoria en Vietnam era tal vez demasiado alto y originaba
demasiadas desavenencias en el seno de la sociedad norteamericana. Muchos
razonaban que las tropas estadounidenses estaban mejor en cualquier otro
lugar, es decir, en Corea y en Europa, como baluartes disuasivos contra una
posible agresión china o soviética. En general, hacia 1970, los moderados
apelaban a una paz negociada y, una vez conseguida, a una gradual pero
irrevocable retirada para evitar que la nación se hiciera pedazos.
Los conservadores también estaban divididos. Los de extrema derecha,
como Barry Goldwater y George Wallace, con quien Curtís LeM ay se presentó a
las elecciones presidenciales en 1968, no veían razones para no poner fin a la
guerra con rapidez y una victoria empleando todos los medios posibles, incluida
la invasión de Vietnam del Norte y, quizá, el uso de armas nucleares tácticas.
Confiaban en la superioridad táctica norteamericana sobre los norvietnamitas y
en la ventaja estratégica de los Estados Unidos con respecto a Rusia y China.
En su opinión, a los Estados Unidos no les faltaba potencial, sino voluntad.
Los que pertenecían a la corriente mayoritaria del Partido Republicano
también estaban furiosos ante las normas impuestas al conflicto, pero creían
que una guerra convencional pero vigorosa podría obtener resultados rápidamente
sin necesidad de recurrir a una invasión a gran escala de Vietnam del Norte ni
a una declaración de guerra. Los miembros de este grupo, por tanto, abogaban
por intensificar los bombardeos de Vietnam del Norte, llevar a cabo incursiones
en Laos, Cam boya y Tailandia, mantener un control aéreo constante de los
países supuestamente neutrales, minar los puertos del enemigo y comenzar un
bloqueo en aguas vietnamitas. En 1970 la vietnamización por la que apostaba
Richard Nixon se convirtió en su credo. Suponían que mantener la intensidad de
los bombardeos bastaría para reforzar la resistencia survietnamita.
Finalmente, algunos populistas de la corriente dominante y los
aislacionistas conservadores, entre los que se encontraban personajes como el
senador Wayne Morse y Mike Mansfield o los editores del Wall StreetJournal,
argumentaban que Vietnam estaba fuera de la esfera norteamericana de intereses
y no era digno de una sola muerte norteamericana. Sus demandas de retirada, sin
embargo, se centraban en la terrible pérdida de vidas de ciudadanos
estadounidenses y de capital en Asia, algo m uy distinto a lo que decían sus
hom ólogos de la izquierda radical, al parecer, más preocupados por los muertos
vietnamitas que por los norteamericanos.
Otras fracturas no eran tan ideológicas. Los sureños, por ejemplo,
valoraban sobre todo el “honor” de los Estados Unidos y en líneas generales
apoyaban una escalada del conflicto siempre que condujese a la victoria,
mientras que en Nueva Inglaterra o en la costa oeste apostaban más por la
retirada inmediata. Pese a que un alto porcentaje de su electorado estaba
combatiendo y muriendo en Vietnam, los líderes negros e hispanos consideraban
la oposición a la guerra como parte integrante de cuestiones más amplias
relacionadas con los derechos civiles y las alianzas con los blancos liberales
y, en consecuencia, abogaban
455
por salir de la contienda de inmediato y a cualquier precio. Las mujeres
solían valorar más la paz que la victoria. Los más instruidos apostaban por una
reevaluación de la situación cuando no por un reconocimiento de la derrota,
mientras que entre aquellos que no habían pasado por la universidad había una
mayoría que apoyaba la política del gobierno norteamericano.
A la hora de identificar a
unos y a otros por su postura frente a la guerra, las etiquetas “republicano” o
“demócrata” comenzaron a significar muy poco. Incluso etiquetas más rígidas
como las de “halcones” y “palomas” solían trans formarse en “fascistas” y
“comunistas” , y, al final, en “criminales de guerra y traidores” , lo que no
deja de recordarnos la situación descrita por Tucídides en el libro tercero de
su Historia de la guerra del Peloponeso a propósito del estan camiento de la
situación en Corcira (Corfú, 427 a.C.). Cuando las sociedades gestionadas
mediante el consenso han de hacer frente a guerras que las debilitan, afirma
Tucídides, van perdiendo irremisiblemente el delgado barniz de la cultura que
tanto les ha costado adquirir. L a civilidad, la moderación y la honradez en la
expresión son las primeras víctimas de esta situación extrema. El mismo
perjuicio podía esperarse de una sociedad libre que estaba incómoda con la
conducción y los gastos de una guerra impopular y al parecer incontrolable. Las
comedias de Aristófanes, las tragedias de Eurípides y la Historia de Tucí
dides, escritas durante la guerra del Peloponeso, constituyen un copioso
precedente de una corriente de disensión antibelicista que se remonta a los
orígenes de la civilización occidental. Pero en las protestas por la guerra de
Vietnam intervenían tres factores nuevos en la cultura occidental que quizá las
diferenciaban de la larga tradición occidental de oposición a las operaciones
militares.
En primer lugar, debido a la era electrónica era casi seguro que la
matanza sería televisada en directo. Pocos jefes militares norteamericanos, que
dieron rienda suelta a los reporteros de televisión y a los reporteros
fotográficos, se dieron cuenta de las consecuencias de esta revolución
mediática. La Primera o la Segunda Guerra Mundial podrían haber concluido de un
modo distinto si los europeos hubieran visto la carga del Somme en toda su
inmediatez o si los ciudadanos de los Estados Unidos hubieran contemplado la
matanza de la playa de Omaha mientras los reporteros comentaban, en el mismo
momento en que se estaba produciendo, la locura que cometían los
norteamericanos al atacar posiciones fijas con el mar encrespado. Los
cortometrajes documentales rodados en el Somme, en efecto, conmocionaron a la
opinión pública británica. Si se hubieran proyectado más películas semejantes,
si los combates se hubieran emitido en directo, es muy posible que la población
inglesa hubiera dejado de prestar su apoyo a la guerra. El alto mando
norteamericano, si bien veladamente, se percató al final de que la cobertura
que los medios de comunicación prestaron a la guerra de Vietnam suponía cambios
revolucionarios:
456
La imagen de algunas casas de Saigón en llamas presentada por la voz
grave de un comentarista como ejemplo de la destrucción causada en la capital
creaba la inevitable impresión de que en todo Saigón o en su mayor parte
ocurría lo mismo. Esa tendencia humana a generalizar a partir de un único hecho
y extraer conclusiones universales ha sido siempre una de las causas
principales de las visiones distorsionadas de Vietnam y sin duda contribuyó al
pesimismo que en 1968 se extendió por los Estados Unidos después de la ofensiva
del Tet (M. Taylor, Swords and Plowshares [Espadas y arados], p. 215).
La pura espontaneidad de la imagen audiovisual, junto a la necesidad de
que los comentarios que la acompañan y su montaje sean fragmentarios, daban más
valor aún a la integridad y competencia de los periodistas, en un momento en
que había dem anda de reporteros y se los enviaba a Vietnam sin mucha
experiencia ni orientación. M illones de telespectadores podían ver a un Gl
incendiando una aldea y sin em bargo no escuchar ningún comentario que
explicase por qué lo hacía. El bombardero de Hué fue emitido a todo el mundo,
lo que provocó el aumento del antiamericanismo, pero ni siquiera las cadenas de
televisión norteamericanas emitieron de forma simultánea imágenes de las fosas
comunes de la misma ciudad donde se apilaban miles de inocentes masacrados por
los comunistas.
En segundo lugar, puesto que Vietnam coincidió con el período de mayor
agitación cultural y política de la historia de los Estados Unidos -los
derechos civiles, la liberación de la mujer, la música rock, las drogas, la
revolución sexual-, la guerra constituyó un catalizador general para protestas
antisistema de todo tipo y fue el lugar de reunión de buen número de
disidentes. Los reporteros gráficos y los equipos de televisión se adaptaron a
la nueva cultura de los medios y adoptaron un punto de vista contestatario, lo
que los diferenciaba de los viejos corresponsales de guerra. Si los futuros
Patton del ejército norteamericano deseaban un breve destino en Vietnam a fin
de ganar experiencia de combate
y titulares útiles para futuras
promociones, también los periodistas y los reporteros que querían hacer carrera
podían conseguir celebridad inmediata y la condición de famosos si exageraban
cualquier ejemplo especialmente destacado de la incompetencia o ignominia del
ejército estadounidense. Que tantos oficiales de alta graduación y reporteros
-opuestos con respecto a la guerra, pero iguales en su conducta con respecto a
sus carreras- mintieran de modo habitual al pueblo norteamericano era
lamentable pero predecible, dada la naturaleza de
la implicación de su país en la guerra.
En tercer lugar, a principios de los años sesenta, los Estados Unidos se
encontraban en el punto culminante de su prosperidad económica, con un nivel de
riqueza jam ás alcanzado por ninguna civilización anterior. Como resultado
457
de ello, m illones de norteamericanos disidentes -estudiantes,
intelectuales, periodistas- tenían posibilidades de viajar, disfrutar de su
ocio y disponer de dinero sin estar sometidos a las restricciones que en el
pasado imponía un trabajo continuo. Un estilo de vida caracterizado por la
libertad, la movilidad y el gasto, que antaño sólo podía permitirse una
reducida aristocracia, estaba ahora a disposición de millones de personas. Si
en el pasado había muchos estudiantes pobres que jam ás salían del campus,
trabajaban largas horas y se preocupaban únicamente de sus notas y futuro
empleo, mientras que los profesores rara vez abandonaban su universidad y
estaban obligados por largos programas de estu dios, en Estados Unidos, a
principios de los años sesenta, millones de activistas tenían tiempo y libertad
para viajar y dinero para emplear su energía en protestas y activismo.
L a televisión tenía grandes presupuestos para corresponsales
itinerantes, emisiones por satélite, viajes en avión y reportajes de
investigación. Las uni versidades ofrecían matrículas gratuitas, prórrogas de
estudios y becas. Las ayudas, los años sabáticos, las colaboraciones y la
prensa subvencionada daban a una clase académica anteriormente empobrecida
nuevas oportunidades para publicar y difundir todo tipo de críticas hacia la
guerra. El movimiento anti belicista se convirtió en una industria que movía
muchos millones de dólares y cuya existencia, como los enormes gastos que
originaba Vietnam, se basaba completamente en la enorme producción de la
economía capitalista nortea mericana. Como consecuencia de ello, las protestas
solían cruzar los límites tradicionales de la disensión y ayudaban directamente
al enemigo, como más tarde confesaron los norvietnamitas:
Todos los días, nuestros jefes escuchaban las noticias internacionales
que la radio emitía a las nueve de la mañana. Querían estar al tanto del
aumento del movimiento antibelicista en los Estados Unidos. Las visitas a Hanoi
de gente como Ja n e Fonda, algunos ex ministros y el ex fiscal general Ram sey
C lark nos daban confianza para aguantar cuando sufríamos algún revés en el
campo de batalla. Nos pusimos eufóricos cuando, en una conferencia de prensa,
Ja n e Fonda, que se había puesto un vestido rojo norvietnam ita, afirmó que
estaba aver gonzada de lo que estaban haciendo los norteam ericanos y que lu
charía junto a nosotros (L. Sorley, A Better War [Una guerra mejor],
P- 93)-
En la larga historia de las guerras en que ha intervenido Occidente es
difícil imaginar un conflicto más difícil que Vietnam, donde el soldado
norteamericano se enfrentaba a úna hueste de enemigos que jam ás im aginaron
otros com batientes: a ciudadanos de su propio país que a menudo condenaban
sus acciones
458
y prestaban ayuda al enemigo, a terroristas e infiltrados del Vietcong
que se hacían pasar por civiles vietnamitas neutrales y a su propio gobierno,
que por razones ajenas a la lógica militar restringía los lugares y los medios
para responder al enemigo.
MITOS SOBRE VIETNAM
La prensa y los medios audiovisuales norteamericanos se percataron con
relativa prontitud de lo que sucedía en Vietnam : los militares y los altos
cargos de Washington tergiversaban con frecuencia la situación bélica y a veces
la falseaban. Las tácticas norteamericanas -especialm ente los bombardeos tipo
alfombra de junglas y bosques- eran ineficaces, cuando no inhumanas y
contraproducen tes, al menos, ocasionalmente. La exención del servicio militar
no era equitativa. El gobierno survietnamita era a menudo poco honrado. Las
normas del conflicto eran cómicas.
De modo que los periodistas y reporteros tenían toda la razón cuando
afir maban que el alto mando norteamericano dirigía aquella extraña guerra con
mucha ineptitud. Sólo el 15% de los 536.000 efectivos que se encontraban en
Vietnam estaban en primera línea. Aunque era cierto que en Vietnam no había
zonas completamente seguras a causa del terrorismo y los infiltrados, la
mayoría de los veteranos apenas entraban en contacto con el enemigo. Al cabo de
un año de servicio, cuando los pocos soldados destinados en primera línea se
habían adaptado por fin a los rigores de la guerra, debían volver a casa sin
más. Con frecuencia, los oficiales no permanecían en una unidad de combate más
de seis meses. Por otro lado, algunas bases alejadas del frente contaban con piscinas,
cines y clubes nocturnos.
Se hacía necesaria una discusión pública de estos problemas, y se
produjo. La disensión resultó de un valor incalculable y contribuyó a una
necesaria re consideración del propósito, la conducción y la moralidad de una
guerra no declarada que se libraba muy lejos de las fronteras de los Estados
Unidos. A los movimientos antibelicistas los siguió una reforma del ejército,
la entrada en vigor de una m uy necesaria legislación para evitar los abusos
del poder presidencial y un análisis sobre la pertinencia de la intervención
militar en ultramar. Después de 1968, el ejército norteamericano, que disminuyó
en efec tivos, actuó con más perspicacia y, bajo el mando del general
Creighton W. Abrams, puso fin a muchos de los abusos que habían subrayado los
medios de comunicación. Al final, como en el caso de la desastrosa expedición
siciliana de la antigua Atenas, muchos decidieron que los Estados Unidos no
debían invertir tantos fondos ni vidas tan lejos de casa y en una guerra que no
podía ganarse limitándose a las normas aceptadas de la Guerra Fría, que
impedían
459
interrumpir totalmente las líneas de suministro de los comunistas o
invadir Vietnam del Norte.
Y sin embargo, con la crítica
generalizada a la política norteamericana, muy a menudo surgía la histeria -las
predecibles licencias de una sociedad occidental libre y rica que tanto habían
molestado a críticos de la democracia como Hegel y Platón-, que ensombrecía la
verdad y daba pábulo a las mistificaciones. Como consecuencia de ello, pocos
saben que después de la victoria norteamericana en el Tet o durante los
bombardeos de castigo de Vietnam del Norte de 1973, un Vietnam del Sur no
comunista era viable, siempre y cuando el pueblo norteamericano hubiera sabido
los hechos que concernían a los progresos de la guerra o a la sórdida historia
y conducta de los comunistas norvietnamitas. No obstante, y pese a la cobertura
de los medios, es posible especular que muchos menos vietnamitas habrían muerto
o sido exilados si los comunistas no hubieran conquistado todo el país en 1975.
Casi todo lo que la prensa occidental dijo acerca del Tet fue tan
engañoso como las declaraciones de los norvietnamitas en el sentido de que
habían logrado una gran victoria militar o la afirmación de los militares
norteamericanos de que la ofensiva comunista no tendría consecuencias políticas
a largo plazo que pudieran conducir a un cambio de la política de su gobierno.
En Big Story [Gran noticia], el veterano reportero Peter Braestrup dedicó una
gruesa obra de dos volúmenes a exponer los engaños y las mentiras dichos por
los medios de co municación occidental a propósito de la ofensiva del Tet.
Desde su punto de vista, la noticia de una victoria norteam ericana dura y
caracterizada por la notable valentía de los soldados norteamericanos no
encajaba bien ni con el sensacionalismo capaz de labrar magníficas carreras
profesionales ni con el sen timiento antibelicista generalizado entre los
propios reporteros.
Si bien no era cierto que el gobierno survietnamita fuera muy
jeffersoniano, tampoco lo era que el Frente de Liberación Nacional o los
norvietnamitas contasen con un enorme apoyo popular entre los survietnamitas.
Antes del Tet los comunistas se jactaban, y así se dijo, de que diez de los
catorce millones de survietnamitas vivían en sectores que se encontraban bajo
control directo norteamericano y que por tanto acogerían de buen grado la
“liberación” del Tet. En realidad, la gran m ayoría de los survietnamitas
vivían en zonas de seguridad del A R V N y del ejército norteamericano. M uy
pocos se unieron a la revuelta, la mayoría sintió más y no menos miedo después
de la fallida ofensiva del Tet. Hué no quedó completamente en ruinas. Lejos de
ser arrasada y casi abandonada, la ciudad recibió mucha ayuda norteam ericana
para su re construcción. A finales de año, la mayoría de los refugiados habían
vuelto y la ciudad había recuperado el pulso que tuvo antes de los combates.
Pero los medios de comunicación dijeron otra cosa: “ La única manera de
conquistar Hué fue destruyéndola” .
460
El comentario, que no se correspondía con la realidad, era un eco de lo
que un oficial norteamericano había dicho a Peter Arnett a propósito de la
lucha en Ben Tre, una ciudad del delta del Mekong: “Fue necesario destruir la
ciudad para salvarla” (D. Oberdörfer, Tet!, p. 184). Pese a que no había
pruebas, aparte de la palabra del propio Peter Arnett, de que ningún oficial
hubiera dicho nada parecido, al perplejo e indignado pueblo norteamericano se
le presentó la frase como indicativo de la forma absurda y deliberada en que
los militares estadounidenses habían respondido a la ofensiva del Tet. Arnett
nunca dijo el nombre de su supuesta fuente, ni tampoco consiguió a nadie, civil
o militar, que pudiera corroborar la frase. Una investigación militar destinada
a encontrar al supuesto oficial no consiguió nada. En realidad pudo ocurrir que
los asesores norteamericanos en Ben Tre, a los que el Vietcong estaba
superando, solicitaran un bombardeo aéreo de la ciudad para evitar su
aniquilación y que, probable mente, ese bombardeo ocasionase bajas civiles,
pero no hay ninguna evidencia de que los norteamericanos destruyeran Ben Tre
deliberadamente ni de que la destrucción pudiera tomarse como un gesto
indicativo de la política oficial aplicada en Vietnam.
Los bombardeos de Vietnam del Sur o del Norte no iban dirigidos contra
civiles inocentes. Fueron los ataques indiscrim inados de la artillería del
Vietcong y norvietnamita los que causaron las mayores matanzas de inocentes. El
paisaje vietnamita no quedó asolado a consecuencia de los bombardeos
norteamericanos o el uso de herbicidas. Sólo el 10% del territorio rural, donde
habitaba menos del 3% de la población del país, fue sometido a los defoliantes
durante los programas de pulverización aplicados entre 1962 y 1971. Durante el
año del Tet se plantaron 40.000 hectáreas de nuevos brotes importados de arroz.
En 1969 la producción de arroz alcanzó los 5,5 millones de toneladas métricas,
cifra superior a la de cualquier otro año desde la Segunda Guerra Mundial. En
1971 la milagrosas cepas de arroz norteamericanas dieron como resultado la m
ayor cosecha de la historia de Vietnam del Sur: 6,1 millones de toneladas
métricas. A causa de la presión norteam ericana, el gobierno survietnamita
repartió más de un millón de hectáreas entre cerca de 400.000 granjeros en
1972, un momento en el que en Vietnam del Norte, un país donde la propiedad
privada había dejado de existir y en el que, en los años cincuenta, miles de
personas fueron etiquetadas como capitalistas y por tanto asesinadas o
exiliadas, a veces por poseer una hectárea de tierra. Lo que arruinó la
economía rural vietnamita fue la infiltración del Vietcong en el campo y la co
lectivización de la tierra, confirm ada en 1975, cuando ya durante la paz la
producción agrícola de todo tipo se vino abajo. A finales de la década de 1970
Vietnam era uno de los países más pobres del mundo y estaba al borde de la
hambruna en una zona de Asia rodeada de Japó n , Indonesia y Corea del Sur,
países muy ricos. L a economía mejoró en las décadas de 1980 y Í990
461
debido sobre todo a la introducción de modestas reformas propias de una
eco nomía mercantilista.
No todos los críticos de la presencia norteamericana en Vietnam eran
disidentes por principios. Incluso mucho tiempo después de la guerra, muchas
personas confesaron abiertamente que preferían una victoria comunista y daban,
por tanto, una visión romántica del Tet que revelaba más sobre su propia
ideología que sobre lo que había ocurrido en el campo de batalla:
En términos generales, la ofensiva del Tet supuso una poderosa
contribución a la reconstrucción de ciertas corrientes socialistas en los
Estados Unidos. [...] Cuando los insurgentes salieron a la luz “gritando sus
lemas y peleando con enervante furia” , nos dimos cuenta de que no sólo eran
nobles víctimas, sino de que iban a ganar la guerra. Arrastrados por el empuje
de su resistencia, queríamos asociarnos con los revolu cionarios vietnamitas
(el Tet hizo de la bandera del FLN un emblema) y averiguar de qué modo nuestra
recién descubierta visión del “poder para el pueblo” podía llevarse a cabo
aquí, en los Estados Unidos. [...] La ofensiva demostró que el socialismo no
era sólo una postura moral o un sueño académico, sino una posibilidad real
enmarcada en la acción colectiva de unas personas reales (D. Hunt, “ Rem em
bering the Tet Offensive” , en M. Gettleman et al., eds., Vietnam and America
[Vietnam y los Estados Unidos], p. 376).
Se hizo caso omiso de las masacres de Hué, de la derrota general de los
vietnamitas durante el Tet y del rechazo al comunismo que existía tanto en
Vietnam del Sur como en los Estados Unidos. En vez de ello, se dijo que los
criminales ataques y ejecuciones de Vietnam del Norte durante la tregua del año
nuevo lunar habían sido “rápidos y tranquilos” (p. 366).
Aunque los survietnamitas eran corruptos y con frecuencia brutales,
nunca se vieron involucrados en una masacre de la escala de las que se
perpetraban en Vietnam del Norte. Mucho antes de las matanzas de Hué los
comunistas habían obtenido un sórdido récord de ejecuciones y persecuciones que
los críticos de la guerra olvidaban o ignoraban. El gobierno de Vietnam del
Norte no hizo jam ás ningún intento por participar de forma honesta en unas
elecciones que, en 1956, habrían permitido a todos los vietnamitas votar
libremente y sin coerción; en 1976, por el contrario, otras elecciones “
libres” dieron como resultado el 99% de votos a favor de los comunistas. Cuando
se produjo la partición del país (1954), nueve de cada diez refugiados se
dirigieron al sur, el número total de refugiados que expresó su postura
política echándose a los caminos casi llegó al millón. Más de 10.000
vietnamitas fueron ejecutados durante la colectivización agraria que los
comunistas llevaron a cabo a comienzos de los
462
años cincuenta; en realidad, esta cifra bien podría rebasar los 100.000,
y sería entonces un preludio del holocausto que habría de ocurrir en Cam boya
en 1977 y 1978. A pesar de todo, algunos críticos antibelicistas eminentes
afirmaron:
¿Aquellos que estuvimos en Vietnam y nos oponíamos a la presencia
norteamericana esperábamos el eclipse repentino del Gobierno R evo lucionario
Provisional y la imposición del poder por parte del Norte? Pues yo no.
¿Anticipábamos la reconciliación, como ocurrió en Hungría tras la revolución?
Eso es lo que yo esperaba. ¿Preveíamos la creación de una cadena de campos de
reeducación en los que decenas de miles de personas acabarían encarceladas sin
juicio y durante períodos indefinidos? ¿Esperábamos que los liberadores fueran
condenados algunos años más tarde por Am nistía Internacional por violar los
derechos humanos? ¿Esperábam os que cientos de miles de personas se echaran al
mar en botes y abandonasen las tierras de sus antepasados, que en tan alta estima
tenían? (W. Shawcross, “The Consequence of the War for Indochina” , en H.
Salisbury, ed., Vietnam Reconsidered [Nuevas consideraciones sobre Vietnam], p.
244).
La respuesta a estas preguntas era “por supuesto” , según podía advertir
cualquier observador sensato a la vista del atroz récord de violaciones de los
derechos humanos de los norvietnam itas en las décadas previas a la guerra o en
las carnicerías sistemáticas que los jefes del Partido Comunista de China y de
la Unión Soviética habían llevado a cabo en sus países. Quizá el m ayor crimen
m oral de los disidentes norteamericanos fuera su posterior y casi unánime
silencio sobre el holocausto camboyano, sin duda uno de los acontecimientos más
horribles e inhumanos del siglo xx . Los pocos que escribieron sobre aquella
matanza culpaban con frecuencia a los Estados Unidos de que los jemeres rojos
hubieran llegado al poder, como si aquellos que habían combatido al comunismo
fueran causantes de la victoria comunista que condujo a un holocausto co
munista.
Pero no todas las críticas de aquella guerra norteamericana eran meras
posturas académicas de café. Cientos de norteamericanos visitaron Hanoi para
colaborar con los norvietnamitas. Tom Hayden y ja n e Fonda emitieron
propaganda hostil a las tropas de primera línea norteamericanas y llamaron a su
hijo Troi -nombre que más tarde cambiaron por el de Troy- en honor a un héroe
norvietnamita. En plena guerra, David Halberstam escribió una biografía m uy
favorable a Ho Chi Minh (Ho, Nueva York, 1971). Liberales destacados como
Martin Luther King afirmaron falsamente que los norvietnamitas estaban
influenciados por los ideales de la Constitución norteamericana y que nuestros
bombardeos podían compararse a las atrocidades cometidas por los nazis durante
la Segunda Guerra
4 %
Mundial. Comunistas como Herbert Aptheker y Michael Myerson aseguraron a
los norteamericanos que los prisioneros de guerra recibían un buen trato. Los
dos se entrevistaron con altos funcionarios enemigos, fueron entrevistados por
la radio norvietnamita y a continuación dieron conferencias que trataban de la
nobleza de la causa comunista.
En general, los norteamericanos que visitaban Vietnam veían a los
comunistas como “héroes” y a los prisioneros norteamericanos como criminales de
guerra. David Dillinger, que entrevistó a los prisioneros de guerra
norteamericanos en Hanoi, calificó las torturas que sufrieron de “broma de los
prisioneros de gue rra”, afirmando que la administración Nixon había inventado
los informes que hablaban de prisioneros torturados e inocentes. “La única
tortura verificada re lacionada con los prisioneros de guerra norteamericanos
de los norvietnamitas” , pontificó Dillinger, “es la de las familias de los
prisioneros, que llevan a cabo el Departamento de Estado, el Pentágono y la
Casa Blanca” (G. Lewy, America in Vietnam, p. 336). Algún tiempo después, Anne
Weills resumía mejor las sensa ciones de los activistas en la siguiente
reflexión: “Deberían comprender que, en el seno del movimiento antibelicista,
ser capaz de ir a Vietnam o conocer a la señora Binh en París [jefa de la
delegación del Frente Nacional de Liberación] se consideraba un gran honor. Los
que lo hacían eran nuestros héroes y heroínas” (J. Clinton, The Loyal
Opposition [La oposición leal], p. 124). Alien Ginsberg escribió un poema: “
¡Dejemos que el Vietcong venza al ejército norteamericano! [...] y, si por mí
fuera, que perdamos y nuestra voluntad / se quiebre / y nuestros ejércitos se
dispersen” (CollectedPoems, 1947-1980 [Poemas reunidos, 1947-1980], p. 478).
Años después del conflicto Noam Chomsky, que visitó Hanoi en 1970,
resumió mejor que nadie la contumaz visión que de los Estados Unidos tenían los
activistas contrarios a la guerra:
Atacamos una nación, matamos a varios millones de personas, asola mos
el paisaje, empleamos armas químicas, dejamos el país lleno de bombas que
todavía hoy causan la muerte de muchas personas, llevamos a cabo una guerra
química con cientos de miles de víctimas y, a pesar de todo esto, la única
cuestión humanitaria que se plantea es si nos están proporcionando información
sobre los aviadores norteamericanos que derribaron mientras los bombardeaban.
Es el único problema humani tario que queda pendiente. H ay que retrotraerse a
la Alem ania nazi para encontrar un nivel semejante de cobardía y degradación
(J. Clinton, The Loyal Opposition, p. 195).
Para disgusto de reporteros y activistas antibelicistas, el periodista
francés Jean Lacouture, cuyo laudatorio libro Ho ChiMinh fue una de las fuentes
de la biografía
464
de Halberstam, admitiría en una entrevista realizada años más tarde que
fue la ideología y no la verdad la que impulsó gran parte de los reportajes que
llevó a cabo en Vietnam:
A veces mi comportamiento era más el de un militante que el de un
periodista. Disimulé ciertos defectos de los norvietnamitas durante la guerra
con los norteamericanos porque creía que su causa era lo bastante buena y justa
como para que yo sacara a la luz sus errores. Yo creía que no era oportuno
revelar la naturaleza estalinista del régimen norvietnamita justo cuando N ixon
estaba bom bardeando Hanoi (G. Sevy, ed., The American Experience in Vietnam
[La experiencia norteamericana en Viet nam], p. 262).
Una década después de la derrota de los Estados Unidos, Keyes Beech,
veterano reportero norteam ericano, consideró la cobertura del conflicto con
cierta perspectiva:
Los medios de comunicación ayudamos a perder la guerra. Oh, sí, lo
hicimos, pero no a causa de ninguna enorme conspiración, sino por la m anera de
informar sobre el conflicto. Con frecuencia se olvida que la guerra se perdió
en los Estados Unidos, no en Vietnam . Las tropas norteamericanas no perdieron
ninguna batalla, pero no ganaron la guerra. [...] Los visitantes de esa capital
mísera, em pobrecida [Hanoi] suelen oír a sus anfitriones vietnamitas quejarse
del trato hostil que ahora reciben de la prensa en comparación con los viejos
tiempos (“How to Lose a War:
A Response from an ‘ Oíd A
sia H and’”, en H. Salisbury, ed., Vietnam Reconsidered, p. 152).
Asimismo, los medios de comunicación crearon toda una mitología en torno
a los soldados norteamericanos y a los veteranos que regresaban de Vietnam.
Pero lejos de volverse locos por la experiencia, sufrir de desórdenes y estrés
postraumático, o dejarse consumir por el alcohol y las drogas, los veteranos de
Vietnam se adaptaban a la sociedad tan bien como los de cualquier otra guerra y
entre ellos no había mayor incidencia de enfermedades mentales que en la
población en general:
El retrato del veterano de Vietnam como una persona adaptada y a quien
la guerra no había ocasionado mayores problemas habría puesto en duda los
planes de los antibelicistas, de ahí que la evidencia de que los veteranos de
Vietnam se estaban readaptando o ya se habían rea daptado y bien a la sociedad
norteamericana solía quedar ensombreci
465
da por las estridentes y excitadas recriminaciones que se alzaban contra
el gobierno norteamericano (E. Dean, Shook Over //¿//[Salidos del infierno], p.
183).
En Vietnam el consumo de drogas no estaba más extendido que entre la
población civil en general. Por el contrario, la m ayoría de los veteranos
expresaron más tarde grandes remordimientos por la pérdida absurda de tantos
amigos cercanos y también por la incapacidad de ganar la guerra, la
subsiguiente invasión comunista, los campos de realojamiento, las personas que
huyeron en botes y el holocausto camboyano. Tiempo después de la guerra, el 99%
de los soldados que prestaron servicio en Vietnam declararon que estaban
satisfechos de haberlo hecho.
Tampoco fueron, en alguna especie de complot racista del gobierno, las
cifras de bajas de negros o hispanos desproporcionadas de acuerdo a los
porcentajes de población de estas comunidades. El exhaustivo estudio
estadístico de Thomas Thayer concluye: “ Pese a las denuncias en sentido
contrario, los negros no soportaron una carga injusta en la guerra de Vietnam
en términos de muertos en combate. [...] El perfil medio del norteamericano
muerto en combate era el de un hombre blanco de veintiún años de edad, que
además era soldado regular y formaba parte de una unidad de marines o del
ejército de tierra” (War Without Fronts [Guerra sin frentes], p. 114). El 86°/o
de todos los muertos eran, según los registros, de raza caucásica.
Si se puede establecer alguna generalización, es en cuestiones de clase.
La vasta m ayoría de aquellos que lucharon en prim era línea en Vietnam , dos
tercios de los cuales no eran tropas de leva forzosa, sino voluntarios, eran,
de m anera muy desproporcionada, blancos de clase baja de los estados rurales
del sur. Eran jóvenes que pertenecían a un cosmos socioeconómico absolu
tamente distinto al de los periodistas que los mal representaban, a los
activistas y universitarios antibelicistas que los castigaban y a los generales
del alto mando que tan mal los dirigieron, todos ellos pertenecientes a las
clases medias y altas de la sociedad. La clase fue el tercer palo que los
activistas antibelicistas se dejaron sin tocar. Quizá sea una cierta
incomodidad la que explique por qué películas tan populares como E l cazador (a
la que el corresponsal de guerra Peter Am ett calificó de “basura fascista”),
la música de Creedence Clearwater Revival (por ejemplo, “Fortúnate Son”) y las
primeras canciones de Bruce Springsteen (por ejemplo, “Shut Out the Light”,
“Bom in the USA” ) -que se ocupan de las actitudes étnicas o de clase con
respecto a las desigualdades de la guerra- fueron ignoradas o criticadas por
los críticos más elitistas de Vietnam. Y sin embargo, lejos de estar locos o
tener un comportamiento rebelde o desengañado, la mayoría de los soldados que
tanto valor demostraron en Vietnam eran voluntarios que más tarde confirmaron
su orgullo por haber prestado servicio en aquella guerra.
466
El 9g% de los norteamericanos que contratan viajes turísticos por
Vietnam son honorables veteranos licenciados del ejército.
Las actitudes y conducta de los soldados norteamericanos resultaban
espe cialmente sorprendentes en una guerra no declarada que se prolongó
durante más de una década y se libró en condiciones terribles. También fueron
muy raros los reportajes que señalaban que, para los combatientes, Vietnam fue
una guerra mucho más brutal que, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial, lo
cual es una nueva prueba del extraordinario comportamiento del soldado
norteamericano. Los soldados de infantería que lucharon en el Pacífico, por
ejemplo, mantuvieron una media de cuarenta días de combate en cuatro años; los
soldados que combatieron en primera línea en Vietnam estaban en contacto con el
enemigo más de doscientos días en un solo año de servicio.
La mayor parte de los libros dedicados a la Guerra de Vietnam publicados
entre 1968 y 1973 en los Estados Unidos no son fieles a la verdad. A diferencia
de los relatos coetáneos de M idway o la guerra zulú, esos libros recogían
datos sesgados y ofrecían análisis diseñados para galvanizar a la opinión
pública o defender opiniones, posiciones y conductas de dudosa veracidad o
ética. La mayoría de los estudios dedican capítulos enteros al centenar de
civiles inocentes masacrados por los norteamericanos en M y Lai, pero no dicen
casi nada de los casi 3.000 ejecutados a sangre fría por los comunistas en Hué.
La gran y no cantada tragedia del movimiento antibelicista fue que su propia
falta de credibilidad, equidad y gusto por la hipérbole hicieron tanto por mancillar
la sagrada tradición occidental de debate abierto y cuidadoso control de las
operaciones militares como los peores excesos del ejército norteamericano en
Vietnam.
CONSECUENCIAS
UN VIETNAM UNIFICADO
La guerra de los norteamericanos se prolongó otros cinco años después
del Tet. Con la retirada de la tropas de tierra y el fin del apoyo aéreo en los
años 1973 y 1974, la futura derrota de Vietnam del Sur era segura. Sin la
preocupación de los bombardeos norteamericanos, la ayuda china y soviética
aumentó. Inmedia tamente después de los acuerdos de paz de 1973, los
norvietnamitas, confiados en su inmunidad con respecto a los bombardeos
norteamericanos, multiplicaron por cuatro los suministros militares que
enviaban a Vietnam del Sur en el año 1972. A diferencia de lo ocurrido en
Corea, donde los Estados Unidos habían dejado miles de soldados a fin de
garantizar el armisticio, en marzo de 1973, casi todos los soldados
norteamericanos habían abandonado Vietnam. Saigón
467
cayó el 30 de abril de 1975 tras una masiva ofensiva comunista. Sin
embargo, los norvietnamitas habían pagado un precio terrible por la victoria:
al menos un millón de combatientes muertos y quizá una cifra semejante de
heridos y desaparecidos. A l final, los comunistas sufrieron cuatro veces más
bajas que el ejército survietnamita.
Muchos acusaron a los norteamericanos de haber matado inadvertidamente a
50.000 civiles durante una década de bombardeos. Si esto es cierto, se trata de
una consecuencia trágica y terrible de la guerra y habla muy mal de los bom
bardeos que las fuerzas aéreas llevaron a cabo, a menudo de form a
indiscriminada, de caminos rurales, junglas y villorrios con la intención de
in terrumpir las rutas de suministro. Sin embargo, considerada como porcentaje
de la población norvietnamita, esa infortunada cifra representa un peaje civil
mucho más pequeño del que Alem ania y ja p ó n pagaron en la Segunda Guerra
Mundial, y sólo una fracción de los 400.000 civiles a quienes, al parecer, los
comunistas asesinaron mediante el bombardeo indiscriminado de ciudades y los ataques
terroristas. Para los Estados Unidos, la derrota supuso 58.000 muertos y más de
150.000 millones de dólares, aparte de los costes sociales y culturales.
La victoria comunista supuso mayores muertes y trastornos a los
vietnamitas que varias décadas de guerra, con frecuencia más lentamente y a
consecuencia del hambre, los encarcelamientos y la huida del país, más que
mediante los asesinatos en masa. Las ocupaciones japonesa y francesa habían
provocado éxodos moderados, pero nada en la historia de Vietnam era comparable
a la emigración masiva que se produjo en Vietnam del Sur tras la invasión
comunista de 1975. Las cifras son controvertidas, pero la m ayoría de los
historiadores admiten que más de un millón de personas abandonaron el país en
em bar caciones pequeñas y cientos de miles cruzaron por tierra a la vecina
Tailandia e incluso a China. En total, la cifra de vietnamitas exiliados a
consecuencia de la unificación excede con mucho la de los que huyeron del norte
al sur tras la división del país en 1954, que rebasaba el millón de personas.
Los Estados Unidos acogieron a 750.000 inmigrantes vietnamitas y de otros
países del sureste asiático, y el resto de países occidentales otro millón. Los
que fallecieron en botes que hacían agua o se hundían a consecuencia de las
tormentas sumaban entre 50.000
y 100.000. Para abandonar el país,
la m ayoría tenían que sobornar a los funcionarios comunistas, para que después
la marina vietnamita los robase en alta mar. Conviene recordar, además, que en
1980 los comunistas vietnamitas exiliaron también a miles de compatriotas de
etnia china en una campaña de limpieza étnica de las zonas rurales.
En los dos años que siguieron a la caída de Saigón (1975-1977), en el
sureste asiático murieron casi el doble de civiles - a consecuencia del
holocausto camboyano, las ejecuciones sumarias, las horrendas condiciones de
vida de los campos de concentración y las huidas abortadas de los refugiados-
que
468
durante la década (1965-1974) en que la presencia norteam ericana fue
más numerosa. Cuando se le preguntó por los miles de m édicos, ingenieros y
profesionales liberales enviados a los campos de concentración, un funcionario
norvietnamita respondió: “Tenemos que librarnos de la basura burguesa” . En
privado, sin embargo, el jefe de relaciones con la prensa de la ciudad de Ho
Chi Minh comentaba a propósito de la emigración a los Estados Unidos “Abran las
puertas, y a la noche siguiente todo el mundo escapará” (S. Karnow, Vietnam,
p p . 3 2 , 3 6 ) .
No existen datos de aquellos que murieron en los campos de reeducación
-sólo en Vietnam del Sur había cuarenta de estos cam pos-, pero se cree
que fueron varios millares. Los miembros de la elite del Partido Comunista
escogieron como vivienda las residencias más lujosas de norteamericanos y
survietnamitas. U na de las denuncias más insistentes de la izquierda norteam
ericana era la corrupción de la clase dirigente survietnamita, pero el
latrocinio de esta clase palidecía en com paración con el del gobierno
comunista que se hizo cargo del país en 1975. Con él, incluso los barcos chinos
y soviéticos que descargaban en Haiphong tenían que pagar sobornos y los
funcionarios locales hicieron fortunas haciendo la vista gorda ante aquellos
que deseaban huir del país o evadirse de los campos de concentración. L a m
ayoría de las informaciones del Vietnam de posguerra no sugieren que en el
sureste asiático la paz fue más gravosa que la guerra contra los
norteamericanos, ni que los funcionarios comunistas mataron o expulsaron de su
país a más compatriotas en veinticuatro meses de armisticio que los
norteamericanos en diez años de lucha.
A l cabo de m uy poco, el escenario de la teoría del dominó, tan
ridiculizado por los críticos de la Guerra Fría, se convirtió en un hecho. Con
la caída de Vietnam, Laos y Cam boya cayeron bajo dominación comunista y
Tailandia fue m arginada durante algún tiempo y obligada a cortar lazos con los
nortea mericanos. Después de 1975 la Unión Soviética no sólo no redujo su
tendencia a intervenir en el exterior, sino que la incrementó, iniciando
hostilidades en Afganistán, Centroam érica y Á frica oriental. Tras la guerra,
el ejército del Vietnam comunista en lugar de disminuir sus efectivos los
aumentó y no tardó en convertirse en la fuerza terrestre más numerosa del mundo
tras los ejércitos chino y soviético: entre soldados regulares y tropas
paramilitares sumaba tres millones de hombres. Naturalmente, no tardó en
combatir en China y Camboya. Pocos activistas norteamericanos del movimiento
antibelicista se manifestaron en protesta por los cientos de miles de asiáticos
que se mataron entre sí entre 1975 y 1980. Claro que, por aquel entonces, los
muertos de ambos bandos eran
comunistas.
La experiencia de Vietnam es el peor escenario imaginable en una
sociedad libre y en guerra, una prueba para la institución de la libertad de
crítica básicamente distorsionada porque muchos de los disidentes ignoraban la
realidad,
contaban con herramientas de com unicación instantáneas y enormemente
poderosas, y sus simpatías estaban más con el enemigo que con sus propios
soldados. Sin embargo, los escollos de esa crítica ni siquiera en condiciones
tan singulares minaron el poder de los Estados Unidos a largo plazo. La pérdida
de Vietnam a favor del comunismo no fue un presagio de tiempos venideros, sobre
todo a la vista de la aparentemente inevitable marcha del capitalismo
democrático durante los años ochenta y noventa, una marea que finalmente acabó
por arrastrar incluso a la Unión Soviética, antiguo patrocinador de Vietnam, y
erosionó la ortodoxia comunista en China. Hoy en día, 179 de los 192 países
independientes del mundo cuentan con una cámara legislativa más o menos genuina
y con representantes electos. Vietnam, como la Cuba de Castro, estaba, y está,
en el bando equivocado de la historia.
Los determ inistas aducirán que Vietnam acabaría siendo libre tarde o
tem prano y que una guerra norteam ericana era un teatro de operaciones
periférico con bajas innecesarias que no afectó la lucha m ayor por contener el
comunismo ni el inevitable avance del capitalismo democrático de consumo. H
abía dominós, pero demasiado pequeños para ser de im portancia global. Por otro
lado, los partidarios de la guerra podrían aducir que la lucha de Vietnam
debilitó al comunismo y contribuyó a proteger las Filipinas, M ala sia y
Singapur, y que, a causa de la derrota norteamericana, miles de habitantes del
sureste asiático murieron o fueron condenados a la pobreza y la tiranía hasta
que la supuestamente inevitable ola de la libertad de estilo occidental los
alcance en el siglo XXI. Para los millones de personas que murieron en el
sureste asiático inmediatamente después de la retirada norteamericana y para
los miles de norteam ericanos y vietnam itas que m urieron en Vietnam en una
confusa cruzada por evitar precisamente las atrocidades posteriores, las
suposiciones sobre lo que podría haber ocurrido en Vietnam a largo plazo no
significan nada.
VIETNAM Y LA DOCTRINA BÉLICA OCCIDENTAL
Los militares norteam ericanos en Vietnam , lejos de actuar de un modo
incompetente, reflejaron en sus operaciones diarias todos los elementos letales
del paradigma tradicional occidental. Pese a informaciones exageradas sobre
sediciones y un elevado consumo de drogas, el soldado norteamericano estaba
bien entrenado y era muy disciplinado, incluso cuando era evidente que ya no
libraba una guerra por la victoria y en el interior de su país los críticos
eran cada vez más numerosos. En los Estados Unidos, y pese a las desigualdades
en que incurría el sistema de reclutamiento, el militarismo cívico seguía vivo.
Con el descenso de la edad de voto, todos los soldados de más de dieciocho
años podían hacer valer su opinión en las elecciones generales y
expresar libremente su opinión sobre las condiciones en que desarrollaban el
servicio militar a cualquier periodista. En cambio, no podía decirse lo mismo
del Vietcong ni de los norvietnamitas. Al parecer, la mayor parte de los
soldados norteame ricanos votaban por líderes políticos que apostaban por
prolongar la interven ción en Vietnam. Lo cierto es que, en general, mientras
estuvieron en Indochina una mayoría de norteamericanos quería que sus soldados
permanecieran allí y que cuando empezaron a retirarse la mayoría de los
norteamericanos prefería que volvieran. Pero el derecho al voto y la libertad
de expresión no eran característicos ni del Vietcong ni del ejército
norvietnamita. En última instancia, incluso los comunistas vencedores
admitieron esa diferencia básica. Después de la guerra, Pham Xuan An, ex
general del Vietcong, señaló con disgusto: “Toda esa cháchara sobre la
‘liberación’ que tuvo lugar hace veinte o treinta años, todos los complots,
todos los cuerpos, dieron lugar a este país empobrecido y deshecho liderado por
una banda de teóricos semiinstruidos y paternalistas” (L. Sorley, A Better War,
p. 384).
Por la libertad lucharon los norteamericanos y libres eran los que
lucharon por ella. Sin embargo, paradójicamente, si apenas disfrutaron de
libertad durante el conflicto, su promesa impulsó a muchos vietnamitas que se
unieron a una causa comunista disfrazada de guerra por la independencia. A l
campesino vietnamita se le prometió una guerra “de liberación”, aunque la
libertas es mucho más una idea propia de la República romana que del patrimonio
cultural del indígena vietnam ita. Puesto que los comunistas habían luchado
ininterrum pidamente contra japoneses, franceses y norteamericanos durante
unos treinta años, nunca tuvieron ocasión de gobernar en paz y, por tanto, de
cumplir con sus promesas. Toda ilusión se desvaneció con la victoria de 1975,
cuando por fin llegó la hora de cobrar tres décadas de retórica democrática.
Duang Van Toai, antiguo partidario del Vietcong, explicó por qué paradoja él y
otros ayudaron a un movimiento tan hostil a la libertad:
Com o otras personas del movimiento de oposición de Vietnam y de los
Estados Unidos, yo estaba hipnotizado por los programas políticos del Frente de
Liberación Nacional, que incluían la famosa y correcta política de
reconciliación nacional sin represalias y una estrategia de no alineamiento y
de independencia con respecto a norteamericanos, rusos y chinos. [...] Bajo la
dominación de los japoneses, casi dos millones de vietnamitas morían de hambre,
pero ninguno huyó de Vietnam. Durante la guerra y con los gobiernos de Saigón,
cientos de miles de prisioneros fueron arrestados y encarcelados, pero nadie
huyó del país. Sin embargo, los que son pro Hanoi o están hipnotizados por la
propaganda de Hanoi afirman que la gente de los botes son refugiados económicos
[...] [pero]
471
entre esos refugiados [...] también había vietcong, antiguos líderes de
la oposición e incluso el ex ministro de Justicia del Vietcong. Puede imaginar
en qué situación se encuentra la justicia de un país cuando el ministro de
justicia tiene que huir (“Freedom and the Vietnamese” , en H. Salisbury, ed., Vietnam
Reconsidered, p. 225).
El Vietcong y los norvietnamitas no habían galvanizado a su ejército
prome tiéndole que no habría elecciones libres, ni propiedad privada, ni
libertad de expresión, sino con las muy occidentales ideas de creación de una
“república” de funcionarios electos y de una prensa libre. A consecuencia de
ello, los soldados vietnamitas que prestaban servicio al comunismo (en
realidad, un vastago de la corriente de pensamiento utópico europea que se
remontaba a Platón) lucharon como nacionalistas contra extranjeros en la
errónea esperanza de conseguir precisamente ese ideal occidental que aboga por
la libertad personal y la autonomía de la nación. En vez de ello, se percataron
de que, en 1975, con ocasión de la primera paz real tras tres décadas de
guerra, ni su propio gobierno era una república, ni ellos eran libres. Es
también otra inadvertida ironía de la Guerra de Vietnam que aquellos que
resistieron a los norteamericanos lo hicieron asumiendo las promesas -pero
nunca la realidad- de los Estados Unidos: sueños vacíos que engañaron no sólo a
sus propios soldados, sino a gran parte de las clases intelectual,
universitaria y periodística norteamericanas. L a República Democrática de
Vietnam, nombre oficial de Vietnam del Norte, no extrajo su discurso de las
sagradas tradiciones del sureste asiático o de las perversiones del
estalinismo, sino del lenguaje de libertad de Grecia y Roma. Y sin embargo,
Vietnam no tuvo una democracia ni una república.
L a econom ía norteam ericana produjo una plétora de armas, suministros
bélicos y bienes de consumo que consiguieron echar del campo a más de un millón
de campesinos que se dirigieron a un Saigón ya superpoblado y, de paso, crear
una econom ía floreciente. En líneas generales, a la econom ía capitalista
norteamericana le resultaba mucho más fácil enviar material por barco y avión a
varios miles de kilómetros de distancia que a Rusia y a China hacerlo a sus
vecinos de la puerta de al lado. Las armas norteam ericanas eran por regla
general mejores que las del enemigo, especialmente en aviación, radares,
barcos, blindados y en el terreno de las comunicaciones. En aquellos aspectos
en que el Vietcong y los norvietnamitas conseguían la paridad -sobre todo en fusiles
automáticos, morteros, cañones antitanque, minas y granadas-era únicamente como
resultado de importar armas chinas y rusas, cuyos diseños se basaban en
realidad en modelos europeos o eran resultado de la tradición occidental de
investigación. L a historia del desarrollo y producción del arm am ento
soviético es la historia de la ayuda norteam ericana durante la Segunda Guerra
Mundial, de la captura y copia de armas alemanas en el frente
472
oriental (1941-1945), del reclutamiento de científicos alemanes después
de la guerra, de la constante em ulación de los diseños occidentales gracias al
espionaje y la defección, y en definitiva, de la im portación que durante los
siglos x v ili y x ix hizo Rusia de expertos alem anes, británicos y franceses
con el fin de modernizar el ejército zarista.
Los vietnamitas no contaban con una tradición científica autóctona
-excepto por algunos casos de ingeniosas trampas antipersonales de madera y bam
bú-en la que m odelar sus armas mortales. Sin armas de estilo occidental, los
comunistas habrían sido aniquilados. Y lo mismo puede decirse de la orga
nización y la disciplina militares vietnamitas. Los equivalentes norvietnamitas
de términos como “división” y “general” , junto al entrenamiento con armas
automáticas y a las tácticas de infantería, se basaban en modelos chinos y
soviéticos, que a su vez se inspiraban en los ejércitos occidentales. Si bien
es cierto que los norvietnamitas llevaron a cabo cam bios innegables en las
operaciones para reflejar las realidades nativas, una de las grandes ironías de
la guerra es que los norteamericanos muriesen a causa de los disparos de
fusiles asombrosamente similares a sus M -14 y M -16 y a manos de soldados,
tenientes, compañías y regimientos que en el nivel organizativo más básico
reflejaban las suyas como una imagen especular. Prácticamente, sólo un experto
sería capaz de -distinguir un mortero estadounidense de 8 1 milímetros de su
homólogo norvietnamita de 82 milímetros.
Pese a que los norvietnamitas importasen al por mayor las armas y la
orga nización occidentales, los norteamericanos no tardaron en percatarse de
que sus propios soldados -libres, individualistas, con una logística magnífica,
con espléndida impedimenta, impacientes por entablar una batalla de choque-no
eran una fuerza estática o estancada. A l contrario, las fuerzas armadas
norteamericanas evolucionaron a lo largo de la guerra y demostraron una clara
superioridad sobre las norvietnamitas, pese a contar con horrendas líneas de
suministro, carecer de un frente bien definido, sufrir una fuerte oposición en
su propio país y estar obligadas a combatir de acuerdo a ciertas normas
restrictivas que impedían optar, según la preferencia tradicional de los
ejércitos occidentales, por la batalla decisiva.
En 1944 ningún ejército norteamericano habría combatido contra los
alemanes en Francia sin permiso para cruzar el Rin o bombardear Berlín a
voluntad. Japón habría ganado la Segunda Guerra Mundial si los Estados Unidos
se hubieran limitado a luchar en las junglas y a ocupar las ciudades del im
perio nipón, prometiendo no bombardear Tokio, minar sus puertos, atacar los
lugares donde se refugiaban sus tropas o invadir su metrópoli, mientras
periodistas y críticos visitaban Tokio y emitían para las tropas norteamericanas
desde las emisoras japonesas. Ni Truman ni Roosevelt se habrían ofrecido a
negociar con Hitler o Stalin tras el éxito del desembarco de Normandía y la
devastadora campaña
473
de bombardeos llevada a cabo sobre Tokio en marzo de 1945. En la Segunda
Guerra Mundial los soldados norteamericanos cayeron persiguiendo la victoria no
a fin de evitar la derrota o de presionar a un gobierno totalitario para que
negociase los términos de un armisticio. En la guerra, es de locos no emplear
todo el potencial militar de que se dispone o permitir que el enemigo se
refugie en sus escondrijos en la derrota, refugios que con frecuencia quedan
fuera de la zona de combate permitida, y apostar por el cese de las operaciones
cuando, incluso como pretexto, se le ofrece el inicio de negociaciones.
El ejército norteamericano no reaccionó bien a las operaciones o
imposiciones orwelianas. La cifra de tropas de retaguardia ascendió de modo
vertiginoso: entre el 80 y el 90% de todos los soldados destinados en Vietnam
no intervinieron en ningún combate. Con el tiempo de servicio limitado a un
año, era seguro que muchos reclutas morirían en los primeros meses de acción
mientras los supervivientes eran enviados a casa precisamente cuando habían
adquirido experiencia suficiente y parecían más capaces de enseñar a otros a
sobrevivir en el campo de batalla. A menudo, los militares convirtieron Vietnam
en una pesadilla burocrática: “ El directorio del M ando de Asistencia M ilitar
tenía más de cincuenta páginas e incluía a un jefe de estado mayor, dos
vicecoman dantes con sus estados m ayores, un subjefe de estado m ayor para
asuntos económicos, dos subjefes para otros asuntos, un secretariado del estado
mayor, y tres ‘grupos de estado m ayor’ completos: un estado mayor general, un
‘estado mayor especial’ y un ‘estado mayor personal”’ (R. Spector, After Tet
[Después del Tet], p. 215).
Algunas veces, la insistencia en luchar abierta y directamente sólo en
apariencia conseguía traducirse en una guerra occidental tradicional -es decir,
batalla de choque, asalto directo, abrumadora potencia de fuego-, que no
contaba con el corolario de la conquista y toma de posesión del territorio.
Aplastar al enemigo gracias a una potencia de fuego superior y avanzar con una
infantería disciplinada formaba parte de la tradición militar europea en que
bebieron Alejandro Magno y Carlos Martel. Capturar y luego abandonar un
territorio que había costado un gran precio tomar no formaba parte de esa
tradición. El 10 de mayo de 1969, por ejemplo, el general M elvin Zais,
comandante de la 10 1a División A ero transportada, lanzó a sus tropas contra
la tristemente fam osa “ Colina de la Ham burguesa” (cota 937). Durante el
cruento tiroteo que condujo al asalto directo a la cresta de la colina, sus
hombres sufrieron 56 muertos, y el enemigo, más de quinientos. A l responder a
los ruidosos ataques verbales que desde los Estados Unidos lanzaron los
políticos a raíz del aparente desperdicio de vidas norteamericanas en aquel
intercambio de bajas con una proporción de diez a uno - la colina fue
abandonada rápidamente después de su captura-, Zais resumió sin pretenderlo la
doctrina bélica occidental y por qué no tenía por qué conducir a una victoria
estratégica en Vietnam:
474
Esa colina estaba en mi área de operaciones, era en ella donde estaba el
enemigo y en ella lo ataqué. [...] Si lo hubiera encontrado en otra colina
[...] le aseguro que lo habría atacado igualmente. [...] Es cierto que, como
porción de terreno, la cota 937 no era de particular importancia. Sin embargo,
el hecho de que las fuerzas del enemigo estuvieran situadas precisamente allí
sí tenía una gran importancia (G. Lewy, America in Vietnam, p. 144).
Una guerra limitada que prescindía de la captura y protección del
terreno y en esencia pretendía evitar la derrota de un Vietnam del Sur en el
que muchas veces im peraba la corrupción en lugar de lograr la victoria sobre
el curtido ejército de Vietnam del Norte -quizá sabia y necesariamente y para
evitar un conflicto de mayores dimensiones o tal vez equivocadamente, por un
temor artificial a la intervención china o japonesa- era un referéndum sobre la
sabiduría política norteamericana, no un punto de inflexión sobre el potencial
militar de Occidente. Entonces y ahora, pocos dudaban de que los Estados Unidos
pudieran ganar la Guerra de Vietnam, aunque muchos no estaban seguros de si
debían hacerlo.
¿QUIÉN PERDIÓ LA GUERRA?
Pese a los recientes argumentos esbozados en sentido contrario, los
medios de comunicación no perdieron la Guerra de Vietnam. Los periodistas no
arrancaron la derrota política de las garras de la victoria militar. Sin
embargo, al acentuar los frecuentes errores estadounidenses y la corrupción
survietnamita sin prestar una atención equiparable a las atrocidades
norvietnamitas, a la historia brutal del comunismo en Asia y a las apuestas
geopolíticas que estaban en juego, sólo contribuyeron al colapso del poder y la
resistencia de los norteamericanos. Su capacidad para abordar de un modo
sensacionalista algunos reveses relati vamente menores y para exagerar las
modestas victorias comunistas contribuía a menudo a cambiar la opinión pública,
lo que les confería una enorme influencia sobre los políticos norteamericanos
que dirigían el curso de la guerra.
Y sin embargo, en última
instancia, fue el alto mando norteam ericano el que complicó la guerra, pese a
contar con soldados valerosos, buenos equipos y suministros de sobra. Las altas
jerarquías perdieron el conflicto porque se acomodaron sin imaginación a las
condiciones de control y examen políticos que dificultaban pero no
imposibilitaban la victoria. Los conservadores y los liberales con principios
valoraban correctamente el absurdo de la estrategia imperante: los primeros al
pedir que los norteamericanos debían luchar por ganar cualquier guerra en que
interviniesen, los segundos al insistir en que, dada
475
la situación política, los Estados Unidos no podían luchar para ganar y
por tanto no debían luchar. Cuando la nación comprendió las condiciones en que
era preciso librar aquella guerra y lo que suponían, decidió que el conflicto
tenía un precio que no quería pagar. Los militares podrían haber ganado
fácilmente la guerra que querían librar, pero no sabían cómo librar la guerra
que se les pidió que ganaran -una guerra que, no obstante, podía ganarse con
audacia e ingenio-, así que optaron por los bombardeos incesantes y absurdos
-veinticinco toneladas de bombas por cada kilómetro cuadrado de Vietnam, 250
kilos de explosivos por cada hombre, mujer y niño vietnamita- sin llegar a
comprender por qué cientos de miles de vietnamitas luchaban de parte de una
criminal dictadura comunista que pronto esclavizaría a su país y arruinaría su
economía. Un realista de la escuela de Bismarck, sin consideración por el
sufrimiento humano o la miseria de los vietnamitas bajo el régimen comunista,
aduciría que los Estados Unidos no tenían ningún interés geopolítico en gastar
una cantidad tan ingente de recursos humanos y capital en un país relativamente
insignificante que, abandonado a su suerte bajo la dictadura comunista, habría
acabado por convertirse en una molestia tan grande para sus vecinos comunistas
como lo era para los Estados Unidos, cuando el verdadero cambio de la Guerra
Fría consistió en que la disputa ya no se libraba únicamente sobre la propiedad
del terreno, sino sobre la economía global, la tecnología y la cultura del
consumo de masas.
Aunque los periodistas que enviaban a los Estados Unidos reportajes
sesgados y a menudo parciales no tuvieran intención de poner de relieve la
inconsistencia del alto mando militar y de los políticos norteamericanos ante
su propia nación, el caso es que fue eso precisamente lo que consiguieron.
Aunque arruinara la causa de Vietnam, la larga tradición occidental de libertad
de expresión y de autocrítica no arruinó a los Estados Unidos. Los comunistas
ganaron la guerra y perdieron la paz, masacrando a su pueblo y destruyendo su
economía, y todo ello en una sociedad cerrada y sometida a la censura. Los
Estados Unidos, pese a su proclividad al autodesprecio, perdieron la guerra y
ganaron la paz porque su modelo de democracia y capitalismo ganó más
partidarios que nunca y, tras la ordalía, los sectores reformistas de su
ejército se hicieron más fuertes, no más débiles.
Los archivos de que disponemos sobre Vietnam -libros, películas,
documentos oficiales- son casi exclusivamente occidentales. Los antibelicistas
criticaron este monopolio de la información a pesar de que ellos mismos
escribían y opinaban en el seno de una sociedad libre y por tanto contribuían a
ese predominio de las publicaciones occidentales. Cuando apareció en prensa o
en vídeo, la versión comunista de la guerra fue observada con gran
escepticismo. Pocos dudaban de que no se trataba de publicaciones libres o de
que el gobierno que controlaba la difusión de la información no era creíble. En
cambio, si bien es cierto que
tanto el gobierno norteamericano como sus críticos falsearon la realidad
en muchas ocasiones, raras veces lo hicieron al mismo tiempo o sobre las mismas
cuestiones. En el mercado de las informaciones conflictivas, la mayoría de los
observadores tenían la sensación de que la libertad era el garante de la
verdad, así que buscaron la veracidad en cualquier parte menos en las fuentes
norvietnamitas, chinas y rusas. La noble o vergonzosa experiencia norteame
ricana en la Guerra de Vietnam continúa siendo una historia exclusivamente
occidental.
LA GU ERRA ENTRE REVISIONES, EXÁM ENES Y AUTOCRÍTICA
Aunque por sus formas las revisiones, disensiones y autocríticas civiles
que se produjeron durante la Guerra de Vietnam fueron distintas a cualesquiera
otras que tuvieron lugar en el pasado, por su espíritu no fueron en absoluto
novedosas. De igual modo que Pericles (apodado “ Cabeza de Cebolla”) era
ridiculizado en los escenarios atenienses, al general Westmoreland
(“Waste-more-land” [o “Desperdicia-más-tierra”]) lo ponían en la picota en los
campus de las univer sidades norteamericanas. A l contrario que Westmoreland,
Pericles marcaba la frente de sus cautivos, pero sus detractores atenienses lo
criticaban por ello. Tal como hicieron los derechistas atenienses que
lisonjeaban a Esparta en los últimos meses de la guerra del Peloponeso, Jane
Fonda coqueteó con los enemigos de su país. Recordemos que Platón, en un
comentario que bordeaba la traición, afirmó que la gran victoria de Salamina
fue un error que había empeorado a los atenienses como pueblo.
Para Esquilo, la guerra no era más que “el alimento de Ares” ; Sófocles
la consideraba “el padre de nuestros pesares” ; incluso el imperialista
Pericles la ca lificaba de “profunda locura” . “ Lo convierten en un desierto
y luego lo llaman paz”, afirmó Tácito a propósito de la conducta del ejército
romano en las guerras coloniales. L a materia prima de la historia, el teatro,
la oratoria, la poesía y el arte occidentales -Bruegel, G oya y Picasso-
siempre ha sido la crítica de los conflictos de su época y con frecuencia la
denuncia del absurdo de todas las guerras. Las tragedias de Eurípides, que se
representaban ante casi 20.000 ciu dadanos y votantes atenienses, reflejan la
evolución que se produjo en la comprensión de lo que significaban las pérdidas humanas
y materiales a medida que transcurría la guerra del Peloponeso. El desastre de
Sicilia y las tres décadas de pestes, golpes de Estado y destrucción de Estados
neutrales que acaecieron durante aquella guerra se asemejan más al conflicto de
Vietnam que la Segunda Guerra Mundial. Las troyanas, de Eurípides, representada
no mucho después de que los atenienses masacraran a los melios (415 a.C.),
relata de qué modo las inocentes madres, esposas e hijas de los troyanos sufren
las consecuencias de
477
la guerra. El dramaturgo cómico Aristófanes también escribió varias
obras -L o s acarnienses, La paz y Lisístrata- que ridiculizan el interminable
comercio de las guerras y denuncian que el especulador y el megalómano están
más interesados en sí mismos que en los ciudadanos. Mientras un ejército
espartano marchaba a través del campo ateniense, el pueblo de Atenas observaba
cómo sus propios ciudadanos denigraban la política de evacuación forzada y
continuaban la guerra contra Esparta.
Es posible que la conducta de Ja n e Fonda, Tom H ayden y los hermanos
Berrigan rayara en la traición, pero no hasta el extremo en que cayeron los
griegos dejonia, que en el año 480 a.C. se unieron al bando persa en Salamina.
Quizá las conferencias de prensa celebradas en Saigón -apodadas “ Las locuras
de las cinco en punto” - fueran enconadas y se caracterizasen por un continuo
intercambio de acusaciones y contraacusaciones, pero no eran menos vehementes
que los altercados casi físicos que tuvieron lugar entre Temístocles y sus
almirantes la víspera de Salamina, o que las ejecuciones y enfrentamientos
entre españoles e italianos en las horas previas al combate de Lepanto. Tal vez
los medios de comunicación destruyeran la reputación del general Westmoreland,
pero no lo perjudicaron más que los chismorreos de la Asamblea ateniense a
Temístocles, uno de sus héroes, que fue exiliado y murió en el extranjero,
objeto del desprecio de sus compatriotas. Las críticas a la Guerra de Vietnam
motivaron la caída de Lyndon Johnson, pero la tormenta de disensión que provocó
la guerra del Peloponeso supuso la penalización de Pericles y, finalmente, su
agotamiento, enfermedad y muerte antes de que concluyera el tercer año de aquel
conflicto que se prolongó durante veintisiete años.
De igual modo que ningún disidente norvietnamita protestó en Washington
por la matanza que sus propios soldados habían perpetrado en Hué, Jerjes, igual
que el Politburó de H anoi, no toleraba ni disensiones ni críticas. R e
cordemos de nuevo el destino de los almirantes fenicios descuartizados en
Salamina o del pobre lidio Pitio, que tan erróneamente creyeron que podían
razonar con el Gran Rey. Continúa siendo una verdad irrefutable que en Salamina
un griego, en Cannas un romano, en Lepanto un veneciano, en Rorke’s Drift un
inglés y en Midway y Vietnam un estadounidense podían votar y hablar como les
placiera, cosa que no puede decirse de los persas, cartagineses, otomanos,
zulúes, japoneses y vietnamitas. Incluso autócratas como Alejandro o Cortés
respondían por lo común a las críticas de sus lugartenientes y soldados de un
modo que los emperadores persas y aztecas no solían hacer.
Es posible que a Lyndon Johnson lo destruyeran los críticos
estadounidenses, pero algunos milenios antes si siquiera el autócrata Alejandro
Magno escapó del escrutinio de sus adversarios occidentales. Cuando Alejandro
le preguntó por sus deseos, el filósofo Diógenes pidió a su rey que se
apartase, porque lo estaba tapando el sol. Alejandro era, no hay duda, un matón
y un hombre
478
peligroso que durante un tiempo puso en peligro la libertad de
Occidente, pero comparado con los autócratas aqueménidas era un aficionado. H
abía muchas más posibilidades de encontrarlo a él discutiendo con sus generales
m acedonios que a je rje s debatiendo con sus sátrapas. Podía ser víctim a de
los ataques de un Demóstenes en mitad de la Asam blea y un filósofo sentado en
la esquina de una calle cualquiera podía decirle que se apartase, cosa muy im
probable en la corte de Darío. Hernán Cortés, que entregó a su rey un
subcontinente y un sinfín de barcos cargados de metales preciosos, sufrió sin
embargo el rechazo y el ostracismo en su vejez, cuando, en lugar de recibir las
alabanzas y glorificaciones de la Corona española, su audaz y mortífero pasado
se convirtió en objeto de vituperación por parte de los clérigos, de cen sura
por parte de los burócratas y fue motivo de pleitos que presentaron sus
antiguos compañeros de armas.
Durante el tiempo que duró la ordalía de Vietnam, el Congreso y el
presidente se enfrentaron con motivo de la conducción de la guerra y diversos
generales desfilaron por el Capitolio para testificar, pese a que congresistas
y senadores recibieron la orden de pasar por la Casa Blanca para dar cuenta de
sus votos “desleales” . Pero a diferencia de los republicanos romanos, pocos
generales norteamericanos disfrutaban de mandos propios y separados. Los
senadores norteamericanos m uy rara vez interfirieron en el campo de batalla.
Las disputas y denuncias a la prensa que tuvieron lugar durante la guerra de
Vietnam no son nada comparadas con la confrontación que protagonizaron los
cónsules romanos la noche previa a Cannas. Lucio Emilio Paulo y el imprudente
Terencio Varrón, por lo demás, funcionarios electos, se despreciaban, de modo
que los planes para el ejército cuyo mando com partían siempre chocaban. Fabio
M áxim o, cuya estrategia consiguió inclinar por fin la balanza de la Segunda G
uerra Púnica, fue acusado de cobardía por sus tácticas dilatorias. Con
posterioridad al mismo, muchos cronistas obviaron la hazaña de Carlos Martel en
Poitiers, y es que la Iglesia lo había dem onizado por haber confiscado buen
número de sus tierras.
En plena conquista de México, el gobernador de Cuba Diego Velázquez
tachó de criminal a Cortés. Este tuvo que interrumpir su estancia en
Tenochtitlán cuando Pánfilo de Narváez llegó a Veracruz con una orden de
arresto. El propio fray Bernardino de Sahagún tenía muy poco bueno que decir de
su paisano y sin embargo escribió con gran compasión de los nativos a los que
el conquistador había masacrado. Pese a las cartas “ oficiales” que Cortés
dirigió a Carlos V, sus coetáneos nos ofrecen un relato distinto de los hechos.
Bartolomé de las Casas opinaba que los españoles trataban a los indios de forma
abominable, de modo que escribió con todo detalle acerca de los pecados de la
conquista. En la fecha de su muerte, Cortés era un hombre completamente
marginado, criticado en muchas publicaciones, poco apreciado y necesitado de
dinero.
479
No obstante, lo poco que sabemos de los críticos de Moctezuma nos ha
llegado a través de las fuentes españolas y no de las mexicanas. Mientras, a
pesar de su éxito, los españoles criticaban a Cortés por su crueldad y orgullo
desme dido, los caciques aztecas sólo se volvieron contra Moctezuma cuando no
pudo expulsar a los españoles de Tenochtitlán. Ningún azteca escribió o criticó
la decisión de matar a millares de inocentes en la Gran Pirámide.
El obispo de Natal, John Colenso, y sus hijas dedicaron sus vidas a
poner al corriente a los británicos de la crueldad con que su gobierno trataba
a los zulúes.
A su vez, la prensa británica
publicó noticias sensacionalistas aunque a menudo imprecisas sobre Isandhlwana,
lo que convenció a la opinión pública de que había que enviar, aunque no había
necesidad, grandes contingentes de refuerzo, pero también le hizo cuestionarse
la presencia británica en Zululandia. Aquella guerra enalteció muy pocas
carreras, desde luego, ni la de lord Chelmsford, ni la de sir Gamet Wolseley,
su sucesor. Durante el conflicto, los Colenso actuaron a favor de los zulúes y
en contra de la inhumanidad de los británicos con tanta intensidad como los
antibelicistas norteamericanos que apoyaron a los nor-vietnamitas.
El pueblo japonés leyó que Midway había sido una gran victoria; para
impedir que la opinión pública tuviera noticias del desastre, los marinos
heridos en la batalla fueron confinados en hospitales. El almirante Yamamoto
fue el único responsable del plan fallido, no sintió gran necesidad de
discutirlo y no toleró disensión alguna con respecto al mismo. Estos hechos
contrastan con el vivo discurso que agitaba a la opinión pública
norteamericana, vivo hasta el extremo de que detalles secretos y m uy delicados
de la operación se filtraron a los periódicos antes incluso del comienzo de la
batalla. El almirante Nimitz convocó diversas reuniones para debatir la
estrategia a seguir y una vez trazado, el plan fue enviado a Washington a fin
de que un gobierno electo lo ratificase. Pese a ser un comunista confeso, Ho
Chi Minh tenía más en común con los militaristas japoneses que con los
demócratas norteamericanos.
Con frecuencia, los vietnamitas recurrían a la comunidad académica, a
las figuras religiosas y a los intelectuales norteamericanos para neutralizar
el po tencial bélico de su enemigo, cosa que su propio ejército no podía
hacer. No por casualidad, cuando la campaña comunista para denigrar a los
norteamericanos y santificar a los norvietnamitas se amplió a nivel mundial, no
lo hizo a través de los medios de comunicación comunistas o del Tercer M undo,
sino de la prensa y la televisión occidentales. Los términos “títeres de los
Estados Unidos” y “belicistas vendidos al capitalismo” sonaban bien en los
campus universitarios, pero no pertenecían al vocabulario de la verdad, y no
fueron precisamente las expresiones de ese tipo las que convencieron al pueblo
norteam ericano de que había que poner fin a la guerra. The New York Times y 6o
Minutes bastaron para conseguir lo que ni el Pravda ni el Daily Worker hubieran
podido lograr:
480
que los norteamericanos se dieran cuenta de que la guerra era injusta y
no se podía ganar. Para los norvietnamitas, los puntillosos, polémicos y
desconcertantes estadounidenses -estuvieran próximos a ja n e Fonda o a William
F. Buckleys-no eran tanto buenos o malos como, sobre todo, insistentes.
¿Qué conclusión debemos extraer entonces de este último principio de la
práctica militar de Occidente, de este hábito de 2.500 años de antigüedad que
consiste en someter las operaciones bélicas a un examen público y a una
revisión polí tica constantes y a menudo autodestructivas? ¿Puede surgir algo
bueno de una ciudadanía voluble pero capaz de dictar cuándo, dónde y cómo deben
luchar sus soldados mientras permite que sus escritores, artistas y periodistas
critiquen libre y a veces agriamente la conducta de sus propias tropas? Sin
duda, en el caso de las informaciones relativas a la ofensiva del Tet y a la
Guerra de Vietnam
- cuya vehemencia y absurdo las
convierten en un caso emblemático para evaluar la conveniencia de autorizar o
no la disensión y los ataques directos al ejército propio-, ¿no puede
argumentarse que la licencia para la crítica de que gozó la opinión pública perdió
una guerra que los Estados Unidos podrían haber ganado?
Si bien es cierto que la actitud de unos medios de comunicación sin
freno de ningún tipo y el constante escrutinio público de hasta las operaciones
militares más nimias afectaron el esfuerzo norteamericano en Vietnam, también
lo es que los principios y el proceso de autorrecrim inación contribuyeron a
corregir algunos fallos muy serios de la estrategia y las tácticas
norteamericanas. Los militares estadounidenses que combatieron en Vietnam entre
1968 y 1971 bajo el mando del general Abram s libraron una guerra mucho más
eficaz que la que se desarrolló entre 1965 y 1967 en gran parte debido a los
debates surgidos dentro y fuera del propio ejército. Los bombardeos de 1973,
lejos de ser ineficaces e indiscriminados, volvieron a sentar a los comunistas
a la mesa de negociaciones porque destruyeron algunas instalaciones básicas
para Vietnam del Norte. La Operación Linebacker II, emprendida por Nixon, fue
mucho más mortífera para la maquinaria de guerra de Hanoi que la indiscriminada
y muy criticada O peración Rolling Thunder que se había llevado a cabo años
antes. Si en 1965 la administración Johnson no tenía idea de lo que estaba en
ju ego en Vietnam o de lo que podría resultar de las normas que imperaban en el
conflicto, en 1971, el gobierno de Nixon comprendió con exactitud el dilema de
los Estados Unidos. A consecuencia del creciente sentimiento antibelicista y de
la libertad de debate y disensión, Nixon se percató del atolladero en que
estaba metido.
Más importante aún era que el Tet no fuera sólo una batalla, ni Vietnam
una guerra aislada. Am bas tenían lugar sobre el tapiz universal de la Guerra
Fría, una lucha global entre valores y culturas. En este contexto, la licencia
para la crítica que imperaba en Occidente, si bien actuó en detrimento de los
pobres soldados a quienes se pidió que repelieran la ofensiva del Tet,
consiguió que a
481
largo plazo los Estados Unidos ganasen en credibilidad. Derrotar a
Occidente es con frecuencia necesario no sólo para repeler a sus ejércitos,
sino para extinguir su singular monopolio sobre la difusión de la información,
para aniquilar no sólo a sus soldados, sino a sus emisarios de la libertad de
expresión.
Los comunistas norvietnamitas, en teoría tenaces y astutos, nunca
compren dieron este pertinaz componente de la práctica militar occidental. En
vez de ello, experimentaban una gran confusión ante la presencia de los Estados
Unidos en Vietnam: criticaban a su administración, pero evitaban una crítica
genera lizada de su pueblo; condenaban a sus militares, pero elogiaban a sus
intelec tuales; se mostraban eufóricos al comprobar el corte sesgado de las
informaciones, pero quedaban perplejos y dolidos cuando se publicaba una
noticia que revelaba la naturaleza dictatorial de su régimen; observaron con
petulancia los reportajes de la televisión norteamericana sobre la “liberación”
de Saigón, pero con furia los dedicados a los muchos refugiados que huyeron de Vietnam
en pequeños botes. Si los perplejos norvietnamitas se alegraban de que el
Washington Post dijera peores cosas de su propio ejército que de los comunistas
y si observaban con curiosidad el hecho de que una estrella de cine posase en
Hanoi junto a una batería artillera en lugar de representar una obra patriótica
en el Carnegie Hall - y aun así no la metieran en la cárcel por eso -, también
reaccionaron con furia cuando les preguntaron por el carácter de las elecciones
“libres” de 1976 y con sorpresa al comprobar que, finalmente, algunos
reporteros valientes informaron al mundo acerca del holocausto comunista de
Camboya.
Esta extraña propensión a la autocrítica, al control civil y la crítica
popular de las operaciones militares -parte en sí misma de una tradición
occidental más amplia de libertad personal, gobierno de consenso e
individualismo- plantea por tanto una paradoja. El fomento de la evaluación
pública y del reconocimiento de los errores en el seno del ejército desemboca
en última instancia en una mejor planificación y en una respuesta más flexible
ante la adversidad. Saber que quienes cuestionen la conducta del ejército serán
los propios soldados, que los ciudadanos la examinarán cuidadosamente y que los
periodistas la interpretarán, harán de ella motivo de sus editoriales y a
menudo la deformarán es garantía de responsabilidad y da pie a un gran número
de puntos de vista.
Al mismo tiempo, hay veces en que esa libertad de réplica puede
dificultar las operaciones militares en el preciso momento en que se llevan a
cabo, tal como Tucídides advirtió y Platón temió -según quedó reflejado en La
República-, cosa que precisamente sucedió durante la ofensiva del Tet. Es
posible que en Vietnam, y debido a que la franqueza y la histeria sustituyeron
a las valoraciones positivas y razonadas, los Estados Unidos prolongasen su
agonía y perdieran algunas batallas, pero sin duda no perdieron la guerra
contra el comunismo. Si la estadounidense hubiera sido una sociedad tan cerrada
como la vietnamita, bien podría haber ganado aquella batalla y perdido la
guerra, como le sucedió
482
a la Unión Soviética, que im plosionó tras entrar en guerra con
Afganistán, una intervención militar semejante a la guerra de Vietnam por su
ineptitud táctica, su torpeza política y su imbecilidad estratégica, pero un
mundo aparte con ella porque los rusos negaron toda libertad de crítica, debate
público e información sin censura centrados en su error. Qué curioso que los
principios que pueden dificultar el progreso diario de un ejército occidental
durante una batalla garanticen el triunfo definitivo de su causa. Si el
compromiso de Occidente con la autocrítica motivó en parte la derrota
norteamericana en Vietnam, ese mismo compromiso fue también fundamental en la
explosión de la influencia global de Occidente durante las décadas que
prosiguieron a la guerra, incluso a pesar de que el enorme y a menudo belicoso
ejército vietnamita luchase por un régimen despreciado en su propio país,
rechazado en el exterior y sumido en la bancarrota económica y moral.
En pocas décadas, Vietnam se parecerá a Occidente mucho más de lo que
Occidente se parecerá a Vietnam. A l final, dentro y fuera del campo de
batalla, la libertad de expresión, el titular rutilante, la exposición
brillante y la idea de que un hombre con traje y corbata y no con gafas de sol,
charreteras y revólver sea el comandante en jefe del ejército tienen mucha más
posibilidades de ganar que de perder guerras. Tucídides, que deploraba la
estupidez ateniense que impregnó la expedición a Sicilia y que apenas tuvo
alguna palabra de elogio para la Asam blea y sus impenitentes retóricos,
observaba con admiración la asombrosa tendencia de los atenienses a corregir
los errores del pasado y a perseverar frente a adversidades inimaginables.
Si comenzamos este capítulo con la ácida crítica del historiador griego
a la inconstancia de Atenas y al hecho de que sus ciudadanos no apoyaran lo
suficiente a su propia expedición, debemos finalizarlo recordando otra
observación del mismo Tucídides, ciertamente mucho menos conocida, relativa a
la manera en que enfrentaba la guerra una cultura abierta como la griega. A l
final, sostenía Tucídides, resultó que los siracusanos combatían con tanta
destreza a los atenienses porque también ellos era una sociedad libre y gozaban
de “un régimen democrático como el suyo” (Historia de la guerra del Peloponeso,
Vll.55.2). Para Tucídides, las sociedades libres son las más fuertes en la
guerra: “Lo evidenciaron los siracusanos, que, al tener una manera de ser más
semejante a la de los atenienses, fueron los que mejor les hicieron la guerra”
(vill.96.5).
EPÍLO GO
LA GUERRA OCCIDENTAL: PASADO Y FUTURO
A todos les toca p a s a r la
vid a entera en guerra incesante contra las ciudades todas [ . . . ] pues lo
que la m ayoría de las gentes lla m a n p a z no es más que un nombre, y, en
realidad, hay una guerra perpetua y no declarada de cada ciudad contra todas
las demás.
P l a t ó n , L a s leyes, 1.625c!*
EL LEGADO DE GRECIA
j* .) e sde las luchas de los primeros griegos hasta las guerras del
siglo x x existe cierta continuidad en la práctica militar europea. Como el
título de este apartado sugiere, la herencia de la guerra occidental no se
encuentra en toda su amplitud en otras culturas ni comienza antes de los
primeros griegos. Las tropas egipcias no compartían una idea de libertad
personal, ni los persas del ejército del Gran Rey tenían una concepción propia
del militarismo cívico o del control civil. Los tracios no abrazaron la
tradición científica, ni Fenicia contó con disciplinadas filas de falangistas.
L a antigua Escitia no contaba con infantería terrateniente ni con pequeños
propietarios. En el Mediterráneo de la Antigüe dad, por tanto, no existió
ejército comparable al griego que combatió en las Termopilas, Salamina o
Platea.
Esa tradición de 2.500 años de antigüedad no sólo explica por qué los
ejércitos occidentales vencieron a sus adversarios pese a luchar en
inferioridad numérica, sino también su asombrosa capacidad para proyectar su
poder mucho más allá de las costas de Europa y los Estados Unidos. El número de
efectivos, la orografía, la alimentación, la salud, el clima, la religión,
factores de los que habitualmente depende el éxito o el fracaso en las guerras,
sirvieron en última instancia de muy poco cuando de lo que se trataba era de
detener a los ejércitos occidentales, cuya m ayor cultura les permitió superar
los obstáculos que les oponían el hombre y la naturaleza. Ni siquiera la
brillantez táctica de un Aníbal sirvió de mucho.
* M adrid, A lianza Editorial, 2002, traducción de Jo sé M anuel Pabón y
M anuel Fernández G aliano.
485
Con esto no quiero decir que a lo largo de tres milenios todos los
ejércitos occidentales hayan compartido una misma pauta de conducta bélica en
cualquier período de agitación, tiranía o decadencia. U na gran distancia
separa a los falangistas de los soldados norteamericanos, la victoria de
Tenochtitlán nada tuvo que ver con la de Salamina. Tampoco debemos olvidar que
muchos que no pertenecen a Occidente también han formado ejércitos mortíferos
que en di versas épocas y como los mongoles, los otomanos y los vietnamitas
comunistas derrotaron a cualquier contingente que se les opuso en Asia y
mantuvieron en jaque a Europa. Pero desde Grecia hasta el presente y a lo largo
del tiempo y del espacio, las afinidades demostradas por las sociedades
occidentales en su for ma de hacer la guerra resultan asombrosas, duraderas y
con demasiada frecuencia ignoradas, lo cual nos sugiere que los historiadores
contemporáneos no han prestado demasiada atención al legado clásico que ha
constituido el núcleo de la energía militar occidental a lo largo de los
siglos. La lectura de los capítulos de este libro provoca una sensación de déjà
vu, la extraña idea de que falangistas, legionarios, soldados con cota de
malla, conquistadores, casacas rojas, GI y marines comparten ciertas ideas
básicas acerca de cómo se libran y se ganan las guerras.
En las batallas contra los pueblos de Asia, África y el Nuevo Mundo, en
los enfrentamientos con tribus o imperios se trasluce un legado compartido a lo
largo de los siglos que ha permitido que europeos y norteamericanos venzan de
un modo inequívoco y letal, y en las raras ocasiones en que han sido de
rrotados, lo sean a manos de un enemigo que ha adoptado su propia organi
zación militar, tomado prestadas sus armas o los ha atrapado muy lejos de su
país. Advierta el lector que en ninguno de los ejemplos que aquí estudiamos
puede decirse que la victoria occidental fuera consecuencia de una inteligen
cia superior innata, de la moralidad cristiana o de algún tipo de
particularidad religiosa o genética. Si persas, cartagineses, musulmanes,
aztecas, otomanos, zulúes y japoneses combatían de modo muy distinto, todos
ellos tenían dos circunstancias en común: ni luchaban como los occidentales, ni
a través de los océanos. Tanto parajerjes como para Darío III, Abderramán,
Moctezuma, A lí Bajá y Cetshwayo la guerra era una cruzada teocrática, tribal o
dinástica en la que la rapidez, el engaño o el valor podrían neutralizar la
disciplina de la infantería occidental o la tecnología y el capital de Europa.
Ni Moctezuma se imaginaba combatiendo en el Mediterráneo, ni A lí Bajá vería
las Américas.
En los escasos episodios bélicos que hemos examinado, las similitudes
son claras. En el año 480 a.C. y por su manera de construir y tripular sus
barcos, de debatir y votar la estrategia a seguir en la batalla, y de elegir y
supervisar la conducta de sus jefes, los marinos griegos estaban más próximos a
los vene cianos que dos milenios más tarde combatieron en Lepanto que éstos de
los hombres del sultán, que eran esclavos por ley, exactamente igual que los
hombres de Jerjes que remaron en Salamina. Por el mismo motivo, podría decirse
que
486
a los legionarios de Cannas y a los soldados británicos que combatieron
en Rorke’s Drift y en otras batallas de la guerra zulú los inspiraba el mismo
espíritu que a los falangistas del pequeño ejército expedicionario de Alejandro
Magno. Los casacas rojas que lucharon en Zululandia disparaban cuando recibían
la orden, procuraban mantener la formación y cargaban a la voz de mando y a la
vez. Las prietas y ordenadas filas de las falanges -fueran éstas formadas por
piqueros macedonios o fusileros británicos- son desconocidas fuera del ámbito
europeo. L a forma en que Rom a reconstruyó sus ejércitos tras la derrota de
Cannas no difiere gran cosa de la política que siguieron los norteamericanos
después de Pearl Harbor y durante los meses previos a Midway. Tras la derrota,
romanos y norteamericanos recurrieron a una tradición republicana semejante y
consiguieron que una ciudadanía libre y con derecho a voto se alzase como una
nación en armas.
Por norma, las falanges macedonias, igual que el ejército de Cortés, la
flota cristiana que combatió en Lepanto y la compañía de fusileros británicos
que defendió R orke’s Drift, disponía de un armamento m uy superior al de sus
adversarios. Existían m uy pocas probabilidades de que pese a la riqueza de sus
recursos naturales los aztecas pudieran por propia iniciativa fabricar
arcabuces, pólvora o ballestas, los otomanos cañones de bronce y los zulúes
fusiles Martini-Henry, y escasas dudas de que un arcabuz era más mortal que una
jabalina, un cañón veneciano de 2.500 kilos más letal que su clon otomano, y
una bala de calibre 45 muy superior a una azagaya. En el siglo x ix Japón se
percató en beneficio propio de que sólo los europeos eran capaces de diseñar acorazados,
y de que los acorazados eran superiores a cualquiera de las embarcaciones que
surcaban el mar deljapón . Los norvietnamitas no luchaban con las lanzas
tribales que les habían pertenecido en el pasado.
El potencial militar de Occidente, sin embargo, no se circunscribe a su
superioridad tecnológica. De igual modo que el movimiento pacifista y la
constante vigilancia de que fueron objeto los militares que combatían en
Vietnam condicionaron el comportamiento de los ejércitos norteamericanos en el
sureste asiático, el obispo Colenso y su familia publicaron escritos muy
críticos con la invasión británica de Zululandia. El relato que fray Bernardino
de Sahagún hace de la conquista de M éxico pretendía juzgar la m oralidad del
ejército de su paisano, de una forma impensable en la sociedad azteca, zulú o
vietnamita. No es ninguna casualidad que Temístocles, como les sucediera a los
victoriosos Cortés y lord Chelmsford, no muriera como un héroe en una patria
agradecida porque había masacrado a sus enemigos. ¿Acaso estas diferencias
debilitaban la capacidad de los occidentales para librar una guerra? No
siempre, o al menos no a largo plazo. La tradición de crítica y vigilancia tan
propia de Occidente no sólo ha consolidado la credibilidad europea y ha servido
por tanto para que la m ayor parte de la historia bélica escrita y publicada
sea occidental, sino que
487
también ha demostrado que muchas personas que no intervienen en el campo
de batalla tienen voz para decidir cómo emplea su propia nación sus riquezas y
caudal humano, y que, algunas veces, esas personas han salvado al ejército de
sí mismo.
¿OTRAS BATALLAS?
Me ocupo de las batallas que aparecen en este estudio más como ejemplos
representativos de tendencias generales que de leyes absolutas. Son episodios
que reflejan temas recurrentes, no capítulos en una historia general de la
guerra occidental. Dicho esto, sin embargo, he de afirmar que no estoy seguro
de que las conclusiones hubieran sido muy distintas si hubiésemos examinado,
escogiéndolos al azar, otros enfrentamientos que tuvieron lugar cerca de las
mismas fechas y lugares y con resultados similares, por ejemplo, Platea (479
a.C.), el Gránico (334 a.C.), Trasimeno (217 a.C.), Covadonga (718), la
conquista de Perú (1532-1539), el asedio de Malta (1565), el mar del Coral
(1942) e Inchon (1950). En casi todas esas batallas pueden observarse los
mismos paradigmas de libertad, batalla decisiva y de choque, militarismo
cívico, tecnología, capitalismo, individualismo y control civil y disensión
pública. En lo concreto, hay un largo trecho entre el fuego griego y el napalm,
entre el ostracismo y el impeachment* pero desde un punto de vista abstracto no
están tan distantes.
Incluso una lista escogida al azar de desgraciadas derrotas
occidentales, como, por ejemplo, las Termopilas (480 a.C.), Carras (53 a.C.)
Adrianópolis (378), Manzikert (1071), Constantinopla (1453), Adua (1896), Pearl
Harbor (1941) y Dien Bien Phu (1953-1954), no nos llevaría a conclusiones
radicalmente distintas. En la mayoría de estos casos, ejércitos occidentales
muy inferiores en número (los romanos mandados por Craso, los bizantinos, por
Constantino, los italianos en Etiopía, los franceses en Vietnam) no fueron bien
desplegados o no estaban bien preparados, y, una vez más, luchaban lejos de
Europa. Ni siquiera estas catástrofes pusieron en peligro, al menos no siempre
y desde luego no al poco de suceder, a Grecia, Roma, Italia, los Estados Unidos
o Francia. Las derrotas de impacto histórico más duradero -Adrianópolis,
Constantinopla o Dien Bien Phu- ocurren en las fronteras de Europa o próximas
al fin de algún régimen o imperio en decadencia. Y el victorioso Otro no
contaba ni con armas de inspi ración occidental ni con asesores formados en
Occidente.
El patrimonio militar occidental, en sí mismo dividendo de un cimiento
cultural peculiar y mucho mayor, no ha determinado de ninguna forma
predestinada
* En los Estados Unidos, acusación
formulada contra un alto funcionario por haber cometido algún delito en el
desempeño de su cargo [N. del T.J.
el resultado de ninguno de los enfrentamientos entre el Occidente y el
resto del mundo. De no ser por los tenientes Chard y Bromhead y por el sargento
Dalton, R orke’s Drift podría haberse convertido en una derrota. Salamina,
Lepanto y M idway son también demostraciones de un mando táctico brillante. Las
guerras las libran hombres reales y caprichosos en condiciones absolutamente
impredecibles: calor, frío, lluvia, en un clima tropical o ártico, cerca o
lejos de su país. En Africa, Asia y América, los ejércitos occidentales fueron
aniquilados a menudo -m uchas veces porque fueron liderados por estúpidos y
libraron una guerra equivocada en un lugar equivocado y el momento más
inoportuno-, pero sus soldados, por los motivos culturales que he perfilado en
este estudio, lucharon con un margen mucho mayor que el que tenían sus
adversarios.
Temístocles, Alejandro Magno, Cortés y los oficiales británicos y
norteame ricanos de los dos últimos siglos gozaron de ventajas innatas que a
largo plazo consiguieron compensar los terribles efectos de la imbecilidad de
sus generales, las tácticas fallidas, las líneas de suministro demasiado
alargadas, las dificultades del terreno y la inferioridad numérica, o,
simplemente, de un “mal día” . Esas ventajas eran inmediatas y totalmente
culturales, y en ningún caso producto de los genes, los gérmenes o la geografía
de un distante pasado. A pesar de lo ocurrido en Isandhlwana, de las
deficiencias tácticas de lord Chelmsford y de su falta de respeto por los
valerosos impis, el Imperio zulú estaba condenado a caer en cuanto los
británicos decidieron cruzar las fronteras de Zululandia.
AI analizar esos escenarios, como Cannas o el Tet, en que un ejército
occidental se encuentra en las peores condiciones posibles, la resistencia,
flexibilidad y capacidad mortífera de Occidente aún nos parecen más notables.
Si la tradición de disensión y debate puede sobrevivir a Vietnam, nadie pondrá
en duda el lugar que ocupa en la práctica militar occidental. Si la infantería
occidental prevaleció durante la alta Edad Media, la época de los caballeros,
sus ventajas intrínsecas han de parecemos todavía más evidentes en Poitiers y
antes y después de esta batalla. Reclutar legiones de ciudadanos libres en
Cannas sólo para que cayesen derrotadas ante el ejército de m ercenarios de
Aníbal requiere una cuidadosa y exhaustiva valoración del militarismo cívico.
La guerra contra los zulúes, el ejército más disciplinado y organizado de
África, fue una improbable pero valiosa lección para comprender el inigualado
valor del orden, el rango y la disciplina de los ejércitos occidentales.
LA SINGULARIDAD DE LA CULTURA M ILITAR OCCIDENTAL
La discusión de la destreza militar occidental exige una precisión de
vocabulario que a menudo falta en la mayoría de los estudios que se ocupan de
la historia de la guerra. L a libertad política, idea que no existe fuera de
Occidente, no es
489
una característica universal de la humanidad. Las elecciones y las
constituciones occidentales no son lo mismo que la libertad tribal, por la cual
muchas tierras y poca gente proporcionan ocasionalmente a los individuos la
oportunidad de encontrar soledad e independencia. El deseo de luchar como
hombres libres es también distinto al simple impulso de unos defensores capaces
de expulsar a tiranos y potencias extranjeras de su patria. Persas, aztecas,
zulúes y nor-vietnamitas deseaban librar su tierra natal de la presencia de
tropas extranje ras, pero luchaban por la autonomía de su cultura y no como
ciudadanos libres y con derecho a voto, con derechos protegidos por una
constitución escrita y ratificada. Un zulú podía vagar con relativa libertad
por las llanuras del sur de Africa, gozar de un estilo de vida quizá más
“libre” que el que un casaca roja británico llevaba en sus estrictos cuarteles,
pero era al zulú, y no al inglés, a quien podían ejecutar por una simple
indicación de su rey, como Chaka demostró decenas de miles de veces. Los
comunistas norvietnamitas prometieron en falso a sus tropas una “república
democrática” de estilo occidental -no una monarquía asiática, ni un Estado
policial comunista, ni una sociedad feudal- como recompensa por su guerra
nacionalista frente a los intrusos occidentales.
Todos los ejércitos se ven en ocasiones inmersos en una confrontación
masiva, pocos optan por una lucha cruenta y de choque y evitan combatir a
distancia o furtivamente cuando tienen siquiera una mínima oportunidad de
librar una batalla decisiva. Asimismo, desde los persas hasta los otomanos,
todos los ejércitos desarrollaron complejos métodos de leva de tropas, pero
fuera de Occidente ningún Estado reclutó a sus soldados con el acuerdo tácito
de que su servicio militar estaba inextricablemente unido a su condición de
ciudadanos libres con la capacidad de decidir cuándo, cómo y por qué iban a la
guerra. Todas las culturas cuentan con soldados de a pie, pero los infantes que
luchan en masa, toman y mantienen territorios y combaten cuerpo a cuerpo
constituyen una especialidad exclusivamente occidental producto de una larga
tradición propia de una ciudadanía propietaria de clase m edia que se siente
incómoda tanto con los campesinos sin tierras como con los aristócratas que van
a caballo.
La capacidad de utilizar un arma, de mejorar su eficacia con la
práctica, no puede compararse a lo que supone inventar y fabricar armas en
grandes cantidades. Naturalmente, los nativos americanos y africanos podían
aprender el manejo de los fusiles y rifles europeos, convertirse en grandes
tiradores y, en ocasiones, reparar una culata o un cañón rotos. Pero no podían
producir armas de manera industrial -en muchos casos no podían producirlas en
modo alguno- y mucho menos fabricar m odelos mejorados o dejar constancia en
una literatura escrita de los principios abstractos de la balística o la
munición a fin de llevar a cabo una investigación avanzada.
Vender y com prar son actividades propias de toda la humanidad, pero la
protección abstracta de la propiedad privada, la institucionalización del
interés
49°
y la inversión, y la comprensión del funcionamiento de los mercados no
lo son. El capitalismo es algo más que la venta de bienes, que la existencia de
dinero, que la presencia de un bazar. Es, por el contrario, una práctica
particular de Occidente que admite que el hombre es una criatura interesada y
canaliza su codicia en la producción de enormes cantidades de bienes y
servicios a través de los mercados libres y con garantías institucionales que
protegen el lucro personal, el libre cambio, los depósitos de capital y la
propiedad privada.
Los guerreros no siempre son soldados. Am bos tipos de asesinos pueden
ser valientes, pero las tropas disciplinadas valoran más al grupo que al héroe
singular y pueden aprender a marchar en orden, herir, cargar o disparar en masa
y a la voz de mando, y a avanzar o retirarse al unísono, algo que a los más
bravos aztecas, zulúes o persas les resultaba imposible. Todo ejército cuenta
con hombres de valor, pero pocos alientan la iniciativa de sus soldados y
acogen de buen grado la improvisación en lugar de rechazarla y es que muchos
temen que en la guerra un ejército de soldados independientes se asemeje por su
com portamiento a un grupo de ciudadanos en tiempo de paz. Las disputas entre
soldados y los desacuerdos entre una pequeña camarilla de generales -fueran
éstos los capitanes de Hitler o los caciques aztecas- ocurren en toda fuerza
armada. Pero la institucionalización de la crítica en el seno del ejército - la
supeditación de los soldados a los líderes políticos, la existencia de
tribunales de justicia, el sometimiento de los códigos de disciplina a
revisión, denuncia y ratificación- es desconocida fuera de Occidente. La
libertad de los ciudadanos a criticar guerras y a guerreros pública y
profusamente no tiene ninguna tradi ción fuera de Europa.
CONTINUIDAD DE LA CAPACIDAD
DE DESTRUCCIÓN DE OCCIDENTE
¿Qué hay del presente y del futuro? ¿Continuará imperando el letal
patrimonio de la doctrina bélica occidental? ¿Debe hacerlo? En una serie de
guerras fronterizas que tuvieron lugar en los años 1947-1948, 1956, 1967, 1973
y 1982, la pequeña nación israelí combatió y derrotó de manera decisiva a una
laxa coalición de vecinos árabes a quienes la Unión Soviética, China y Francia
suministraban armas muy sofisticadas. Durante esos años, la población de Israel
nunca llegó a superar los cinco millones de habitantes, mientras que los
adversarios que la rodean -en distintas épocas, Israel se ha enfrentado a
Siria, Egipto, Líbano, Jordania, Irak y los Estados del G olfo - superaban
ampliamente los cien millones. Pese a tener que luchar en fronteras
prácticamente inde fendibles, contar con una base de población muy pequeña y a
que en muchas ocasiones fue atacado por sorpresa, el ejército israelí -que en
realidad había
491
creado una brillante generación de inmigrantes europeos- consiguió, pese
a encontrarse siempre en inferioridad numérica, poner en liza tropas mejor
organizadas, abastecidas y disciplinadas y compuestas por soldados
individualistas y bien entrenados. Israel era una sociedad democrática con un
mercado libre, elecciones libres y libertad de expresión, y sus enemigos no lo
eran.
En menos de tres meses -2 de abril-14 de junio de 1982-, una fuerza
expedi cionaria británica cruzó 13.000 kilómetros de mar gruesa y expulsó al
ejército argentino que se había atrincherado en las Malvinas pese a que a éste
podían abastecerlo con gran facilidad los barcos y aviones procedentes de las
costas de la Patagonia, a 350 kilómetros escasos de las islas. A costa de 255
muertos bri tánicos -en su mayoría marinos que perecieron a consecuencia de
los ataques con misiles a los cruceros de la arm ada- y a pesar de los enormes
problemas logísticos de la operación, del excelente armamento de su adversario
y de la completa sorpresa que supuso la invasión argentina, el gobierno de
Margaret Thatcher recuperó finalmente aquel pequeño archipiélago del Atlántico
sur. Una vez más, una sociedad capitalista y democrática como la del Reino
Unido contó en aquella guerra menor y extraña con combatientes más
disciplinados y mejor entrenados que su adversario, soldados muy distintos a
los que envió a combatir la dictadura argentina.
El 17 de enero de 1991 una coalición de aliados liderada por los Estados
Unidos derrotó al veterano ejército iraquí -1.200.000 soldados de tierra, 3.850
piezas de artillería, 5.800 tanques, 5.100 vehículos blindados- en cuatro días
a. costa de menos de 150 mujeres y hombres soldados norteamericanos, la mayoría
de los cuales cayeron a consecuencia de algún misil, el fuego amigo u otros
acciden tes. Igual que el argentino, el ejército de Sadam Hussein contaba con
excelentes equipos. Muchos de sus soldados eran curtidos veteranos de una
brutal guerra con Irán y se encontraban atrincherados en su propia patria o a
muy pocos kilómetros de ella. L a invasión previa de Kuwait, como la de las
Malvinas y la Guerra del Yom Kippur, se llevó a cabo con una sorpresa inicial
absoluta. El ejército iraquí, por lo demás, podía recibir suministros con
facilidad, a través de la carretera que lo comunicaba con Bagdad.
Los soldados iraquíes no sólo estaban mal disciplinados y organizados,
además, ninguno de ellos era, en ningún sentido, un individuo libre.
Finalmente, la Guardia Republicana fue tan eficaz contra los occidentales como
los Inmortales dejeijes. Ni uno solo de los soldados calcinados por los aviones
norteamericanos votó por la invasión de Kuwait o por oponerse a los Estados
Unidos. Los planes de Sadam no podían ser objeto de discusión, su economía era
como un negocio familiar ampliado. Todo su armamento, desde el gas venenoso
hasta los tanques y las minas, era importado. Si un periodista iraquí
cuestionaba la decisión de invadir Kuwait tenía muchas probabilidades de acabar
como el lidio Pitio en la víspera de la invasión persa de Grecia. El ejército
iraquí -que no tenía
49^
capacidad para invadir Europa o los Estados U nidos- fue aniquilado no
muy lejos de los campos de batalla de Cunaxa y Gaugamela, donde los Diez Mil de
Jenofonte y el ejército de Alejandro Magno habían derrotado y puesto en fuga a
los ejércitos nativos tanto tiempo atrás.
El análisis de otras guerras recientes sugiere que ni siquiera la
importación de tanques, aviones y cañones occidentales o la adquisición en
otros lugares de armamento de diseño occidental garantiza el éxito del Otro.
Que los oficiales árabes o argentinos recibieran instrucción en el extranjero
significaba muy poco. Tampoco importó que sus ejércitos estuvieran organizados
siguiendo los modelos europeos. Pese a las dificultades logísticas, Israel,
Gran Bretaña y los Estados Unidos y sus socios más importantes en la Guerra del
Golfo solían conseguir la victoria con relativa facilidad tras combates cortos
y violentos basados en una combinación de elementos que sólo Europa había
puesto en práctica en los últimos 2.500 años de guerra occidental.
Sencillamente, los militares israelíes, británicos y norteamericanos
compartían un enfoque cultural común de la guerra, una tradición holística que
va mucho más allá de los obuses y aviones que em pleaba y es muy distinta a la
de sus respectivos y a veces valerosos adversarios. Nada de lo ocurrido en las
últimas décadas del siglo XX sugiere el final del dominio militar de Occidente
y mucho menos de la guerra. Si los Estados Unidos hubieran desatado todo su
brutal arsenal de poder militar y prescindido de las restricciones políticas,
la Guerra de Vietnam habría concluido en uno o dos años y podría muy bien haber
sido un conflicto tan descompensado como la Guerra del Golfo.
Normalmente, se habla de tres posibles escenarios bélicos para el
futuro: que no haya guerras, que haya algunas guerras o que haya una sola
guerra que acabe con el mundo. La guerra, como los griegos nos enseñaron,
parece innata a la especie humana, el “padre de todos nosotros” , como afirmó
Heráclito. Tanto los idealistas de la izquierda como los pesimistas de la
derecha -sean utópicos kantianos o sombríos hegelianos preocupados por el fin
de la historia- han pronosticado algunas veces el cese de la guerra civilizada.
Los primeros esperaban una paz mundial bajo la égida de órganos judiciales
internacionales, que últi mamente encarnarían las Naciones Unidas y el
Tribunal Penal Internacional; los segundos lamentan una extensión de la atrofia
generalizada como resultado de la deprimente uniformidad del capitalismo global
y los derechos democráticos, bajo los cuales los nada heroicos pero enervados
ciudadanos del planeta no arriesgarán nada que pudiera poner en peligro el
confort de que disfrutan.
Sin embargo, la a menudo idealista y autodenominada administración paci
fista de Clinton (1992-2000) llevó a cabo más intervenciones en el extranjero
que ningún otro gobierno norteam ericano en todo el siglo X X . Las guerras
contemporáneas no sólo son frecuentes, sino que normalmente son mucho más
brutales que las del siglo xix . Los holocaustos de Ruanda y los Balcanes eran
cruentos enfrentamientos tribales propios de una comunidad precivilizada
y mayormente inmune a las críticas y denuncias internacionales. La Guerra del
Golfo de 1991 exprimió el poder de los Estados Unidos hasta el extremo de que
hubo que recurrir a las reservas de la Guardia Nacional, un estado de mo
vilización que rara vez se alcanzó ni siquiera durante las peores crisis de la
Guerra Fría. Un porcentaje significativo del petróleo mundial estuvo embar
gado, en llamas o corrió peligro en el mar, durante no poco tiempo. Belgrado
fue bombardeada y el Danubio bloqueado; en Bosnia y Kosovo, que están tan sólo
a unas pocas horas de Rom a, Atenas y Berlín, se llevaron a cabo asesinatos en
masa sin ningún tipo de vigilancia durante seis años. Al parecer, las naciones,
los clanes y las tribus continuarán luchando pese a las amenazas y las
sanciones internacionales, y las lecciones de la historia, pese a la
intervención de la única superpotencia del planeta, ajenas al absurdo económico
inherente a cualquier aritmética bélica moderna. Una guerra puede conducirse de
un modo racional, pero sus orígenes jam ás suelen serlo.
Por igual motivo, pese a la creciente uniformidad de los ejércitos del
mundo
- sus armas automáticas, la cadena
de mando y la apariencia de sus uniformes son cada vez más genuinamente
occidentales-, existen pocas probabilidades de que la nueva cultura global vaya
a dar pie a un período de paz perpetua. Aquellos consumidores de distintas
razas, religiones, lenguas y naciones que llevan zapatillas Adidas, compran
programas de Microsoft y beben Coca-Cola tienen tantas probabilidades de
matarse entre sí como siempre, y también de sentarse después de la batalla a
ver la reposición de La isla de Gilligan en cualquier canal internacional de
televisión.
Los intelectuales de mayor visión y carácter, productos de la nueva
cultura intelectual occidentalizada, no pudieron hacer otra cosa que suspirar
cuando durante la prim avera de 1982, en las desoladas regiones del Atlántico
sur, los marinos británicos hacían saltar en pedazos a los argentinos y
viceversa. Jorge Luis Borges, el argentino de educación europea, señaló la
estupidez de la Gue rra de las Malvinas comparando a las dos naciones
civilizadas con “ dos calvos peleándose por un peine” . Pero el hecho es que se
enfrentaron, y ninguna de las dos naciones se parecían a los “hom bres sin
torsos” nietzscheanos que podrían pensar que un puñado de colinas ventosas
situadas en mitad de ninguna parte no eran dignas de interrum pir la visión de
un partido de fútbol por televisión. Tucídides, que afirmaba que escribía
historia porque la consideraba “un bien para todas las épocas”, nos recuerda
que los Estados luchan por “miedo, interés y honor” , y no siempre por motivos
razonables, necesidad económica o por la pura supervivencia. El honor, incluso
en esta época decadente y pese a las sombrías predicciones de Platón, Hegel,
Nietzsche y Spengler, todavía existe y continuará provocando, creo, que las
personas se maten todavía durante un tiempo.
494
Es cierto que algunos elementos tradicionales de la guerra occidental
parece que han desaparecido. En los Estados Unidos y en Europa los ejércitos
merce narios son la norma. No son necesariamente ejércitos completamente
profe sionales, sino refugios para los desafectos de la sociedad en busca de
una oportunidad que pese a todo saben que otros que pertenecen a una clase
social muy distinta serán quienes decidan dónde, cuándo y cómo han de luchar y
morir. En la actualidad, votan menos norteamericanos -militares o civiles- que
nunca y la mayoría de ellos no tienen la menor idea de la naturaleza de su
propio ejército ni de su relación histórica con su gobierno y ciudadanía. El
crecimiento de la administración federal y de las corporaciones globales ha
reducido el número de norteamericanos que trabajan con autonomía, tanto en
granjas familiares como en pequeñas empresas o comercios locales. Para muchos,
la libertad equivale a ausencia de responsabilidad, mientras que la cultura de
los centros comerciales, el vídeo e Internet parece fomentar la uniformidad y
la complacencia más que el racionalismo, el individualismo y la iniciativa.
¿Contará siempre Occidente con personas del tipo de las que lucharon en M idway
o con ciudadanos como los que remaron por su libertad en Salamina, o con
jóvenes como los que se apresuraron a reforzar sus maltrechas legiones tras el
desastre de Cannas?
Los pesimistas ven semillas de decadencia en los aletargados
adolescentes de los acomodados barrios residenciales de los Estados Unidos.
Pero yo no estoy seguro de que hayamos llegado ya a una situación de colapso. L
a historia nos enseña que, mientras Europa y América del Norte conserven su
adhesión a los principios del gobierno constitucional, el capitalismo, la
libertad de asociación religiosa y política, la libertad de expresión y la
tolerancia intelectual, los occi dentales podrán encontrar, si los necesitan,
soldados valientes, disciplinados y bien equipados capaces de matar como ningún
otro del mundo. En mi opinión, a no ser que se erosionen por completo o sean
destruidos, nuestros principios e instituciones pueden sobrevivir a los
períodos de decadencia que pueda traer nuestro exceso material, a épocas en que
la noción crítica del militarismo cívico nos parezca molesta, incómoda para el
disfrute de nuestra abundancia material, a épocas en que la libertad de
expresión se emplee para hacer hincapié en nuestras propias imperfecciones sin
preocuparse de la naturaleza quizá espantosa de nuestros enemigos. No
estuvieron siempre presentes en Europa todos los elementos del punto de vista
occidental sobre la guerra. Los efluvios del republicanismo romano mantuvieron
el funcionamiento del Imperio mucho tiempo después de que el ideal del soldado
ciudadano hubiera dado paso a los ejércitos mercenarios.
Tampoco es probable un segundo escenario, el de una guerra total
provocada por potencias nucleares como los Estados Unidos, Europa, Rusia o
China o un belicoso mundo islámico que conseguiría incinerar el planeta. Dos
enemigos colosales - la Unión Soviética y los Estados U nidos- no emplearon sus
enormes
495
arsenales nucleares durante los casi cincuenta años que duró la Guerra
Fría. No hay motivos para pensar que el mundo sea más proclive a la guerra tras
la caída del comunismo. El legado de las dos potencias a los demás es la
contención nuclear, no la imprudencia. Los arsenales estratégicos -nucleares o
biológicos-no aumentan, sino que decrecen. Si la historia de los conflictos
militares sirve de guía, tampoco hay motivos para creer que la posesión de
armas nucleares equivalga siempre a tener garantizada la destrucción del
adversario. Los sistemas defensivos situados más allá de la atmósfera están a
punto de desplegarse. La capacidad para protegerse de los ataques es una ley de
la historia militar, aunque se haya olvidado durante el último medio siglo ante
la amenaza de un apocalipsis nuclear. En la actualidad, y de nuevo, se tiende a
hacer hincapié en la defensa y se destinan enormes sumas a los sistemas de
protección de misiles, a la contrainsurgencia e incluso a los blindajes
corporales para protegerse de los impactos de bala, la metralla y el fuego.
En este nuevo siglo, cualquier nación que amenace con utilizar la bom ba
atómica sabe que se enfrenta a dos alternativas muy desagradables: una
represalia masiva y, muy pronto, la posibilidad de que al usarla sea desviada o
destruida antes de alcanzar al adversario. La prudencia en el empleo de las
armas nucleares estratégicas, y no su despilfarro, continúa formando parte de
los procedimientos básicos de actuación en cualquier guerra fría o caliente.
Las epidemias, el gas nervioso y nuevos virus que ni siquiera imaginamos, nos
dicen, acabarán por matarnos a todos. Pero los historiadores militares pueden
responder que las fuerzas de vigilancia, las defensas de las fronteras, las
tecnologías de prevención y vacunación y los servicios de contraespionaje tampoco
se quedan quietos. El espectro de la disuasión es un fenómeno humano, no de una
cultura específica, como demuestra el hecho de que todas las naciones -incluso
las democráticas-se embarquen en una política de protección de sus intereses.
Un Estado delin cuente que patrocine a un terrorista que tenga intención de
soltar un virus mortal en Manhattan es pese a todo consciente de que su propia
existencia se mide en poco más que en los quince minutos que puede tardar un
misil en alcanzar su territorio.
Si no vamos a gozar de una paz perpetua ni de una sola conflagración que
acabe con la especie, la tercera opción, la de que haya guerras convencionales
im previstas y quizá más mortíferas (desde que terminó la Segunda Guerra
Mundial han perecido más hombres y mujeres en combate que durante aquel
conflicto), parece la más probable en los próximos mil años. En Occidente aún
nos estremecemos al pensar en la matanza de la Segunda Guerra Mundial en gran
parte porque acabó con las vidas de muchos occidentales, pero olvidamos que
desde el fin de la Alemania de Hitler, las guerras tribales, los conflictos a
que dio lugar la Guerra Fría y sus propios gobiernos han acabado con un número
mayor de coreanos, chinos, africanos, indios y habitantes del sureste asiático.
496
A este respecto, el futuro de
la guerra occidental parece mucho más pertur bador, a raíz de que desde 1945
hayan muerto tantas personas a causa de la expansión por el mundo no occidental
de las armas y las tácticas occidentales. L a inquietud más obvia es la
continua difusión de las nociones occidenta les de disciplina militar, im
portancia de la tecnología, batalla decisiva y capitalismo sin su acompañante
fundamental de libertad, militarismo cívico, control civil y debate y disensión
social. M uy pronto, las semiautocracias más ominosas -C hina, Corea del Norte
e Irán, en posesión de armas nucleares-estarán, mediante la adquisición o la
promoción de una elite militar y científica formada en Occidente, a punto de
igualar la capacidad de Europa y América del Norte en investigación y
desarrollo de armamentos y organización militar sin tener por qué recurrir a la
importación o la venta, y sin tener ningún sentido de afinidad hacia sus
mentores, sino una gran animadversión. Tan mortífero como una red de satélites
de vigilancia en China es un ejército chino con una cadena de mando que goce de
una flexibilidad e iniciativa inspiradas en los ejércitos de Europa y los
Estados Unidos, o con una industria de municiones privada y no estatal.
En un futuro próxim o, ¿puede el mundo no occidental importar nuestro
armamento y organización y doctrina militar sin importar también los principios
que inspiraron su origen? ¿Pueden un Irán, Vietnam, Pakistán o una China
capitalistas y con una comunidad científica importante equipar y organizar un
ejército complejo y superior a cualquier ejército occidental sin ciudadanos
libres, individualismo dentro de la jerarquía de mandos, un control civil
constante y la supervisión de sus tácticas y estrategias? ¿Pueden esos posibles
adversarios limitarse a recoger los frutos de Occidente, tan prontos a
marchitarse, sin recoger también las raíces de tolerancia intelectual,
religiosa y política? ¿Ganarán al gunas batallas pero no las guerras, o quizá
nos amenazarán siempre con el espectro de media docena de misiles de cabeza
nuclear dirigidos contra Los Angeles?
Un oficial puede robar secretos diariamente a través de Internet, pero,
si no puede discutir sus ideas abiertamente con sus superiores civiles y
militares, no hay garantías de que la información que recoja se aplique de una
forma óptima a fin de que asegure la paridad con Occidente. Y si nuestros
adversarios adoptan el gobierno de consenso, la libertad de expresión y una
economía de mercado, ¿continuarán siendo nuestros adversarios? ¿Conseguirá la
adopción de la cultura occidental extinguir gradualmente la hostilidad
religiosa, étnica, cultural y racial hacia el propio Occidente? Tal vez sí o
tal vez no. Pero no es ésta la única cuestión relevante, porque no hay
actualmente ninguna garantía, como no la hubo en el pasado, de que Occidente
permanezca monolítico y siempre estable y no proclive a volver su vasto arsenal
contra sí mismo. Los Estados que acogen la cultura occidental tienen menos
probabilidades de atacar
497
al Occidente tradicional, pero no con la suficiente improbabilidad como
para dar por sentado que nunca lo harán, o que nunca se atacarán entre sí. A lo
largo de la historia, el mayor horror de la guerra organizada no han sido las
luchas constantes que han tenido lugar lejos de Europa y entre sociedades
tribales, ni siquiera los conflictos que Occidente ha librado con el Otro, sino
las contiendas mucho más mortíferas que han estallado en el interior de Europa
entre los propios occidentales. En mi opinión, cuanto más occidental sea el
planeta, más europeizados estarán los campos de batalla.
Por lo tanto, deberíamos tomar nota de otra verdad general que se deriva
del estudio de las batallas que trato en este libro. Habitualmente, la historia
de la lucha de los occidentales contra el Otro es el relato de las batallas que
tuvieron lugar fuera de Europa y los Estados Unidos. Excepto en aquellas raras
ocasiones en que un contingente asiático, africano o musulmán realizó alguna
incursión sobre la periferia de Europa -Jerjes, Aníbal, los mongoles, los moros
y los otomanos-, el corazón de la cultura occidental no ha corrido peligro
desde los comienzos del Imperio romano. Nada que podamos vislumbrar en un
futuro cercano sugiere que los no occidentales librarán una gran guerra dentro
de Europa o los Estados Unidos. Cuando la batalla arrasa el interior de
Occidente es porque se produce una guerra civil o una lucha por la hegemonía
entre las propias potencias occidentales. No veo motivos para que en el siglo
venidero este escenario tenga menos probabilidades de darse que las invasiones
y ataques de aquellos que viven fuera del paradigma occidental.
¿OCCIDENTE CONTRA OCCIDENTE?
Es posible que con la difusión a escala mundial de una idea compartida
de democracia, capitalismo, libertad de expresión, individualismo y una
economía global, las guerras mundiales sean menos probables. Y sin embargo,
también es cierto que, cuando estallen, las posibles guerras sean mucho más
letales y arrastren todos los recursos de una tradición militar que resulta
mortífera. Es algo que ya hoy en día podem os vislum brar: las luchas tribales
en las que personas y comunidades utilizan armas occidentales aunque no tengan
ni la menor idea de cómo fabricarlas.
El peligro, sin embargo, no es sólo la difusión de las armas atómicas y
de los cazas F-16, sino sobre todo la diseminación del conocimiento, el
racionalismo, la creación de universidades libres y, quizá, incluso el aumento
de la democracia, el capitalismo y el individualismo en todo el mundo, los
verdaderos ingredientes, como hemos visto en los ejemplos analizados en este
estudio, de una manera de guerrear mucho más mortífera. Muchos ven en el avance
del racionalismo, el capitalismo y la democracia y de sus valores
complementarios las semillas de
498
una paz y prosperidad perpetuas. Podría ser, pero debemos recordar que
esas ideas son también los cimientos que en el pasado crearon los ejércitos más
mortíferos del mundo.
El verdadero riesgo para el futuro, como siempre ha sucedido en el
pasado, no es un declive de la moral occidental o la amenaza de ese Otro ahora
adornado con el barniz de las armas sofisticadas, sino el viejo espectro de una
guerra espantosa en el seno del propio Occidente, la vieja Europa o los Estados
Unidos con el menú completo del dinamismo económico, militar y político de
Occidente. En un solo día, Gettysburg acabó con más norteamericanos que todas
las guerras indias del siglo XIX . Un pequeño contingente bóer mató a más
soldados británicos en seis días que los zulúes en un año. La mayoría de las
crisis que asolaron el mundo en el siglo X X tuvieron su origen en las dos
guerras mundiales: la situación de Alemania, la división y unificación de
Europa, el auge y caída del imperio ruso, la expansión del comunismo tras la
derrota del fascismo, el desastre de los Balcanes y la entrada de los Estados
Unidos en los asuntos del mundo.
Muchos aceptan esa verdad que dice que las democracias no luchan contra
las democracias, una afirmación que la estadística respalda. Pero en el
contexto de la guerra occidental y a causa de la gran capacidad mortífera de
las armas occidentales, el margen de error es muy pequeño, e incluso una guerra
intestina en el interior de Europa puede provocar una matanza y el caos
cultural. En realidad, muchos gobiernos de consenso han luchado contra otros
gobiernos de consenso. Atenas destruyó su cultura con la invasión de la
democrática Sicilia (415 a.C.). L a dem ocrática Beocia luchó contra la dem
ocrática Atenas en Mantinea (362 a.C.). La Rom a republicana acabó con la
federación de Estados aqueos de Grecia y arrasó Corinto (146 a.C.). Las
repúblicas italianas del Rena cimiento se echaban constantemente al cuello
unas de otras. La Francia revo lucionaria y la Inglaterra parlamentaria fueron
enemigas mortales; unos Estados Unidos democráticos lucharon dos veces contra
el gobierno de consenso de Gran Bretaña. Existieron un presidente y un Senado
para la Unión y otros para los confederados. Tanto los bóers como los
británicos del sur de África contaban con representantes electos. Los primeros
ministros electos de India y Pakistán se han amenazado varias veces. La creación
de un Parlamento pa lestino no ha llevado la paz a Oriente Próximo, y no hay
ninguna garantía de que, aunque Palestina consiguiera más autonomía, ese órgano
electo fuera menos proclive a la guerra con Israel que el señor Arafat. También
la Alemania del kaiser tenía un Parlamento. Hitler llegó al poder mediante
elecciones, no por medio de un golpe de Estado. La entrada de Rusia en
Chechenia recibió la aprobación parlamentaria.
Es muy probable que las democracias no se enfrenten entre sí, pero
cuando lo hacen - y lo hacen- ambos bandos introducen en la contienda
resultante todo el terrible menú de la guerra occidental. Cada Nicias puede
tener un homólogo
499
dem ocrático como Herm ócrates de Siracusa; cada Arsenal veneciano de
producción en cadena, un astillero genovés igual de eficiente; cada soldado
ciudadano Grant, un Lee; cada brillante Mauser, un Colt; cada excéntrico y
altamente cualificado científico alemán especializado en cohetes, un genio
británico del radar. La guerra civil occidental en el interior de Europa o los
Estados Unidos no tiene por qué ser necesariamente un suceso tan catastrófico
simplemente porque se lleve más vidas que las que se perdieron en la China de
Mao o en los cincuenta años de derramamiento de sangre en África, aunque un
conflicto de ese tipo bien podría exceder los muertos de ambos aconteci
mientos históricos. Com o ya sucedió en el pasado, un Occidente fratricida más
bien amenaza a la civilización que para bien o para mal ha dado al mundo su
presente nivel de vida y es la causa de su industrialización, avances
tecnológicos, cultura popular y proyectos de organización política.
Deberíamos contemplar con aprensión el hecho de que en Europa se vislum
bren una vez más importantes agitaciones, más que en ningún otro momento
desde los años treinta. El aumento de influencia de una Alem ania unificada no
ha hecho más que empezar. El espectro de un Estado paneuropeo subraya la
posición cada vez más ambigua de Gran Bretaña y parece crear cierta unidad
entre sus miembros a través de un antagonismo colectivo hacia los Estados
Unidos y de la envidia que se siente por esta nación. La inseguridad del este
de Europa es parte de un dilema mayor al que se enfrenta una Rusia que no es ni
europea ni asiática. El orgullo y los temores de un Japón occidentalizado no
cesan, al contrario, se acentúan debido a la ascensión de una China capitalista
y al comportamiento impredecible de ambas Coreas, que a su vez prometen una
identidad nacionalista unificada tal vez alentada por el capitalismo de Corea
del Sur y el arsenal nuclear de Corea del Norte. El resurgimiento del
aislacionismo en los Estados Unidos crece cuando su intervención en el extran
jero es m ayor que nunca, pese a que el apoyo ciudadano a la misma está en
bajos mínimos históricos. Waterloo, el Somme, Verdún, Dresde y Normandía
parecen los lejanos y mortíferos fantasmas que bien podrían amenazar al mundo
en el futuro.
No me preocupan tanto las guerras constantes en que en el milenio que
viene podrían enzarzarse Occidente y el resto del mundo -con más conflictos,
por ejemplo, en Oriente Próximo y sus alrededores, o insurrecciones cruentas en
Africa y Am érica del Sur-, si tales guerras, pese a la profusión de tecnología
y maquinaria mortal, se alejan de la tradición occidental y se mantienen dentro
de los distintos enfoques bélicos de los pueblos indígenas. Pero, si la
historia puede servir de guía para el futuro, ¿no hemos sentido siempre el
verdadero peligro para el progreso y la civilización en aquellos casos en que
un ejército occidental vuelve su mortífero arsenal contra sí mismo? Si es así,
roguemos por otro medio siglo de aberrante paz americana y europea, por algunas
déca
das más de raro y buen comportamiento, tan ajeno al pasado de Occidente.
Recordem os, además, que cuanto más occidental se vuelva el mundo, más
probabilidades hay de que todas sus guerras sean de naturaleza occidental y por
tanto más mortales. Es posible que todos seamos occidentales en el próximo
milenio, pero esto puede ser muy peligroso. L a cultura no es una mera abs
tracción. Cuando se trata de la guerra, es una realidad que a menudo decide si
miles de hombres y mujeres en su mayoría inocentes han de vivir o morir.
La civilización occidental ha dado a la humanidad el único sistema
económico que funciona, una tradición racionalista que por sí sola nos permite
el progreso material y tecnológico, la única estructura política que garantiza
la libertad del individuo, un sistema ético y una religión que extraen lo m
ejor de la humanidad, y la guerra más letal que sea posible concebir. Esperemos
ser capaces de comprender por fin este legado. Es una herencia muy pesada y en
ocasiones ominosa que no debemos negar ni tampoco avergonzamos de ella. A l
contrario, hay que insistir en que nuestra letal m anera de hacer la guerra no
sepulta, sino que por el contrario sirve a nuestra civilización.
GLOSARIO
Alta Edad Media: período de la historia de Europa que transcurrió,
aproximadamente, entre el año 500 y el 1000. En la cultura anglosajona se lo
conoce también como “Edad Oscura”, porque el desplome de las instituciones que
siguió a la caída del Imperio romano condujo a la característica escasez de
información que marcó esos quinientos años.
Anábasis: transcripción de la palabra griega que significa “expedición a
las tierras altas” ; es también el título de sendas obras de los historiadores
Jenofonte y Arriano, que relataron las marchas a las tierras altas de Asia de
los Diez Mil y de Alejandro Magno.
Aqueménidas: dinastía que reinó sobre el Imperio persa entre los años
557 y 323 a.C.
Arcabuz: antiguo mosquete con llave de mecha. Normalmente, y debido a su
peso, era necesario apoyarlo en una vara para disparar.
A R V N : siglas inglesas de Ejército de la República de Vietnam, el
ejército del gobierno de Vietnam del Sur.
Atica: península de Grecia, región en la que se encuentra Atenas.
Azagaya: lanza corta de los zulúes con una larga punta de metal. Se
utilizaba más como arma blanca que como arma arrojadiza.
Aztecas: pueblo que vivía en Aztlán (“región blanca de las garzas”),
área que rodeaba la ciudad de Tenochtitlán. El término se utiliza como sinónimo
del más genérico “mexicas” , es decir, los habitantes del Imperio azteca del
centro de México.
Bizancio: genéricamente, la civilización del Imperio romano oriental que
poco a poco desarrolló una cultura exclusivamente griega tras la fundación de
Constantinopla (o Bizancio) en el año 330; durante más de mil años, hasta su
definitiva destrucción en el año 1453, los bizantinos mantuvieron vivas las
tradiciones del Imperio romano dentro de un contexto griego.
Bóers: colonos de ascendencia holandesa que se asentaron en Sudáfrica.
Boule: normalmente, la cámara alta del órgano legislativo de la mayoría
de las ciudades Estado de Grecia.
Bushido: “el camino del guerrero” ; el código de los samuráis, una
amalgama de principios que los japoneses situaron en la cima de sus valores
poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Combinaba elementos del budismo zen,
de la cultura feudal japonesa y del fascismo de los años treinta.
Caballería de compañeros: el cuerpo de veteranos de caballería pesada
que formaba las alas del ejército de Alejandro Magno. Normalmente, patricios de
la sociedad macedonia.
Caudillo: en el siglo x v i solía utilizarse para referirse a los
capitanes españoles presentes en el Caribe y México, donde, durante una o dos
generaciones, los conquistadores y gober nadores españoles ejercieron un poder
casi absoluto.
Centuriones: los principales oficiales profesionales de las legiones
romanas. Cada uno de ellos mandaba una centuria, es decir, a cien legionarios.
Con las reformas militares llevadas a cabo durante la primera época de la
República, se estableció que cada legión contase con sesenta centuriones; las
centurias, sin embargo, se agrupaban en grupos de seis, de forma que cada
legión contase con diez cohortes, las principales unidades tácticas de los
ejércitos romanos.
Cónsules: los dos más altos funcionarios que anualmente elegía el Senado
republicano romano.
Debían aplicar los decretos del Senado y liderar los ejércitos que
acudían a la batalla.
Cruz Victoria: la más alta condecoración británica a la valentía.
Consistía en una medalla de bronce en forma de cruz de Malta.
Devshirme: la inspección que cada cuatro años llevaban a cabo los
otomanos de los territorios cristianos conquistados a fin de escoger jóvenes y
niños a los que se convertiría al islam con la intención de transformarlos en
fieles funcionarios al servicio del sultán.
Diez Mil (los): los mercenarios griegos contratados por Ciro el Joven en
el año 401 a.C.
para ayudarlo en su intento de hacerse con la corona de Persia.
DMZ: siglas inglesas de Zona Desmilitarizada, frontera oficial que entre
Vietnam del Norte y Vietnam del Sur establecieron los acuerdos de paz de 1954;
en teoría, debía quedar inmune a las operaciones militares de ambos bandos,
pero, en realidad, fue escenario de algunos de los combates más violentos de la
Guerra de Vietnam.
Edad Media: término que describe, aproximadamente, el milenio de la
historia de Europa que transcurrió entre la caída de Roma (476) y el inicio del
Renacimiento (h. 1450). Se utiliza sobre todo en asociación con Europa
occidental.
Ekklesia: asamblea donde concurrían todos los ciudadanos votantes en la
mayoría de las ciudades Estado de Grecia.
Eleutheria: término del griego clásico que aludía a la libertad
política.
Falange: unidad de hoplitas o falangistas equipados con armas pesadas
que formaba en columnas de lanceros de ocho a dieciséis hombres en fondo.
Falangistas: soldados macedonios de infantería equipados con picas que
formaban parte de la falange en la época helenística.
Galeaza: galera híbrida de gran tamaño con tres velas, costados altos y
buen número de cañones; en los siglos XVI y X V II fue utilizada como buque de
guerra en aguas del Mediterráneo.
Galeón: gran navio de vela con varios palos, muchas velas y tres o
cuatro cubiertas; se usó en alta mar y tanto para el comercio como para la
guerra.
Galeota: pequeña y rápida galera que normalmente tenía dos velas y
aprovechaba para impulsarse la acción de los remos y la fuerza del viento.
Galera: gran nave de remos de una sola vela y con costados muy bajos que
se utilizó como buque de guerra en aguas mediterráneas desde la época romana
hasta finales del siglo XVI.
Gatling: primitiva ametralladora que conseguía una alta frecuencia de
fuego gracias a sus diversos cañones, que rotaban sobre un eje central que se
hacía girar con una manivela.
Gladius: espada corta del legionario romano. Tenía una hoja de unos
cuatro centímetros de ancho y sesenta centímetros de largo y se utilizaba como
arma de corte y como arma de punta. Se inspiraba en un modelo hispano.
Guerras Púnicas: las tres guerras (264-241 a.C., 218-201 a.C., 149-146
a.C.) que libró Roma contra Cartago y que condujeron a la destrucción
definitiva de esta ciudad.
Helénico: en sentido literal, “griego” ; adjetivo que habitualmente
describe en inglés el período de la historia de Grecia que transcurrió entre el
año 700 y el 323 a.C.
Helenismo: época de la historia griega que transcurrió entre la muerte
de Alejandro Magno (323 a.C.) y la victoria romana en la batalla de Actium (31
a.C.).
Hidalgos: miembros de la baja nobleza española, habitualmente
empobrecidos. La mayoría de ellos eran castellanos, andaluces y extremeños,
que, como conquistadores, surcaron el Atlántico hacia el Nuevo Mundo en busca
de fortuna, celebridad y nuevo prestigio social.
Hipaspistas: “portaescudos”, los soldados de infantería del ejército
macedonio. Llevaban grandes escudos y lanzas cortas. Proporcionaban una línea
de defensa flexible entre la Caballería de Compañeros y la falange propiamente
dicha.
504
Hoplita: soldado griego de infantería pesada que combatía con lanza,
armadura y un escudo de gran tamaño y en formación cerrada. En principio, el
término denominaba a los miem bros de la clase agraria de las ciudades Estado
griegas que podían pagarse la imprescindible panoplia, pero con el paso del
tiempo se utilizó para referirse a cualquier soldado de la falange.
Impi: término que se aplica genéricamente al ejército zulú, pero con más
frecuencia a los regimientos de este ejército.
Inmortales: soldados de infantería escogidos que conformaban la guardia
imperial del Imperio
aqueménida. Mantenían un número constante de efectivos: diez mil.
Kraal: pequeña aldea zulú rodeada por una cerca; el término también se
utilizaba para referirse a los cercados donde los zulúes guardaban ganado y, en
un sentido más genérico, a sus viviendas.
Laager: campamento afrikaner, normalmente, rodeado por una sucesión de
carromatos atados entre sí.
Legionario: soldado romano de infantería que combatió entre los siglos m
a.C. y V . Iba equipado con jabalina (pilum), espada corta (gladius) y un
escudo largo y oblongo (scutum),
y formaba parte de una legión que
componían 6.000 efectivos.
M ACV: siglas inglesas de Mando de Asistencia Militar en Vietnam, nombre
que recibía el ejército norteamericano desplazado en Vietnam.
Malinche: nombre que dieron los indios a Hernán Cortés. Se derivaba de
los términos aztecas mainulli o malinali (duodécimo mes del calendario mexica);
en principio, fue así como llamaron a doña Marina, la compañera e intérprete de
Cortés, y luego, por extensión, al propio Cortés.
Mamelucos: casta de guerreros vasallos que llegó a gobernar Egipto entre
los siglos x m y XVII.
Manípulo: unidad del ejército romano que, en plenitud, sumaba doscientos
efectivos; una legión de treinta manípulos estaba formada por 6.000 soldados.
Durante las primeras décadas de la República, los manípulos fueron la principal
unidad táctica del ejército.
Medieval: adjetivo que se refiere a la cultura de la Edad Media. Deriva
del latín medius (medio) y aevum (edad).
Metecos: residentes extranjeros de las ciudades Estado griegas; muy
numerosos en Atenas.
Metralla: normalmente, pequeños perdigones de hierro que hacían de
relleno de las balas de cañón y actuaban como armas antipersona.
Natal: provincia colonial británica del suroeste de Africa, situada al
sur y al oeste de Zululandia.
Su capital era Durban.
Occidental: adjetivo que se emplea genéricamente para referirse a la
civilización europea que nació y se desarrolló en Grecia y al oeste de Grecia y
compartía valores básicos que se originaron en la Antigüedad clásica, entre los
que se incluían, aunque no se limitara a ellos, el gobierno constitucional, las
libertades civiles, el libre intercambio de ideas, la autocrítica, la propiedad
privada, el capitalismo y la separación entre pensamiento religioso, político y
científico.
Panhelénico: literalmente, “de toda Grecia” ; con frecuencia se utiliza
para referirse a la laxa alianza de las ciudades Estado griegas que lucharon
contra Persia.
Pica: vara larga con punta metálica muy afilada; las picas, a diferencia
de las lanzas, tenían más de tres metros de largo y había que utilizarlas con
ambas manos. En general, se asocia al ejército macedonio y a la infantería
medieval suiza.
Polis:ciudad-Estado griega; incluía el centro urbano y los terrenos
agrícolas que la rodeaban.
Proskynesis: el acto de postrarse ante un noble y/o besarle los pies;
práctica muy normal en
Persia, pero considerada repugnante por la cultura griega cuando
Alejandro Magno intentó
introducirla entre sus tropas.
5°5
Res publica: forma romana de gobierno consensuado bajo la cual los
representantes populares, más a menudo que los propios ciudadanos, votaban la
legislación y a los altos funcionarios del poder ejecutivo.
Samurái: guerreros del Japón feudal cuyo mítico código de valores y de
conducta intentaron reeditar los militares japoneses e imbuir a sus soldados en
la década de 1930 y principios de la década de 1940.
Sarissa: la larga pica (de entre cuatro y siete metros de longitud) que
llevaba, con ambas manos, el soldado de infantería macedonio.
Timariota: señor feudal otomano al que se le entregaban tierras
conquistadas y el dominio sobre un grupo de siervos a cambio de su compromiso
de aportar soldados en caso de guerra.
Tribunos: los seis oficiales de alta graduación que conducían las
legiones; en su sentido político, magistrados del Estado encargados de velar
por los intereses de la plebe.
Trirreme: buque de guerra griego con tres bancadas de remos. Llevaba
cerca de 170 remeros.
Vietcong: en teoría, el movimiento insurgente comunista e independiente
de Vietnam del Sur; en realidad, un ejército que dependía de los dictados y
suministros del gobierno comunista de Vietnam del Norte.
Yihad: guerra religiosa de los musulmanes contra los supuestos enemigos
del islam.
BIBLIOGRAFÍA
I. LAS RAZONES DE LA VICTORIA DE
OCCIDENTE
Hay toda una línea de investigación dedicada a analizar las diversas
causas del predominio militar de Occidente, especialmente desde el siglo xvi en
adelante. Entre los títulos más destacados, se pueden citar: C. Cipolla, Guns,
Sails and Empires: Technological Innovation and the Early Phases of European
Expansionism (Cambridge, 1965) [Cañones y velas: primera fase de la expansión
europea, traducción de Gonzalo Pontón, Barcelona, Ariel, 1967]; M. Roberts, The
Military Revolution, 1560-1660 (Belfast, 1956); G. Parker, The Military
Revolution: Military Innovation and the Rise of the West, 1500-1800,2a ed.
(Cambridge, 1996) \La revolución militar: innovación military apogeo de
Occidente, 1500-1800, traducción de Alberto Piris Laespada yjosé Luis Gil
Aristu, Madrid, Alianza Editorial, 2002];J. Black, A Military Revolution ?
Military Change and European Society, 1550-1800 (Basingstoke, Inglaterra,
1991); P. Curtin, The World and the West The European Challenge and the
Overseas Response in the Age ofEmpire (Cambridge, 2000); D. Eltis, The Military
Revolution in Sixteenth-Century Europe (Nueva York, 1995), y C. Rodgers (ed.),
The Military Revolution Debate: Readings on the Military
Transformation ofEarly Módem Europe (Boulder, Colorado, 1995). Y entre
los que defienden una revolución militar aún más antigua, A. Ayton y j . L.
Price (eds.), The Medieval Military Revolution: State, Society, and Military
Change in Medieval and Early Modem Europe (Nueva York, 1995).
Sobre los contactos entre Oriente y Occidente e influencias mutuas en la
tecnología, véanse:
D. Ralston, Importing the
European Army: The Introduction of European Military Techniques and
Institutions into the Extra-European World, 1600-1^14 (Chicago, 1990); R.
MacAdams, Paths of Fire: An Anthropologist’s Inquiry into Western Technology
(Princeton, Nuevajersey, 1996); L. White, Machina Ex Deo: Essays in the
Dynamism of Western Culture (Cambridge, Massachusetts, 1968), y especialmente,
D. Headrick, Tools ofEmpire: Technology and European Imperialism in the
Nineteenth Century (Nueva York, 1981) [Los instrumentos del imperio: tecnología
e imperialismo europeo en el siglo xix, traducción de Javier García Sanz,
Barcelona, Altaya, 1998]. La cuestión del dinamismo cultural de Europa es
tratada de forma brillante en dos volúmenes: D. Landes, The Wealth and Poverty
ofNations: Why Some Are So Rich and Some So Poor (Nueva York, 1998) [La
riqueza, y la pobreza de las naciones, traducción de Santiago Jordán,
Barcelona, Crítica, 2000], y E. L. Jones,
The European Miracle: Environments, Economies, and Geopolitics in the
History ofEurope and Asia
(Cambridge, 1987) [El milagro europeo, traducción de Manuel Pascual
Morales, Madrid, Alianza Editorial, 1994]. Véanse también los ensayos incluidos
en L. Harrison y S. Huntington (eds.), Culture Matters: How Values Shape Human
Progress (Nueva York, 2000).
Para un buen debate sobre la naturaleza de la cultura occidental (y la
corriente crítica dentro del mundo académico), resultan muy sugerentes los
trabajos de K. Windshuttle, The Killing ofHistory: How Literary Critics and
Social Theorists Are Murdering Our Past (Nueva York, 1996); A. Herman, The Idea
ofDecline in Western History (Nueva York, 1997) [La idea de decadencia en la
historia occidental, traducción de Carlos Gardini, Barcelona, Editorial Andrés
Bello, 1998],
y D. Gress, From Plato to NATO: The
Idea of the West and Its Opponents (Nueva York, 1998). Véase también T. Sowell,
Conquests and Cultures: An International History (Nueva York, 1998).
Por otra parte, como introducción a la línea de investigación que pone
en tela de juicio la idea del predominio occidental (y que ha generado una
amplísima bibliografía), son espe cialmente recomendables los siguientes
títulos: K. Sale, The Conquest of Paradise: Christopher
507
Columbus and the Columbian Legacy (Nueva York, 1990); D. Peers (ed.),
Warfare and Empires: Contact and Conflict Between European and Non-European
Military and Maritime Forces and Cultures
(Brookfield, Vermont, 1997); F. Fernández Armesto, Millennium: A History
of the Last Thousand Years (Nueva York, 1995) [Millenium, traducción de C.
Boune y Victor Alba, Barcelona, Planeta, 1995]; M. Adas, Machines as the
Measure ofMen: Science, Technology, and Ideologies of Western Dominance (Nueva
York, 1989); T. Todorov, The Conquest ofAmerica: The Question of the Other
(Nueva York, 1984), y F. Jameson y M. Miyoshi (eds.), The Cultures of
Globalization (Durham y Londres, 1998).
El enfoque posmodemo al análisis del predominio occidental marca las
obras de M. Foucault, The Archaeology ofKnowledge (Nueva York, 1972) [Obra
completa, Madrid, Siglo x x i de España Editores, 1979]; M. de Certeau, The
Writing of History (Nueva York, 1988); E. Said, Culture and Imperialism
(Londres, 1993) [Cultura e imperialismo, traducción de Nora Castelli,
Barcelona, Anagrama, 1996]; Orientalism (Londres, 1978) [Orientalismo,
traducción de María Luisa Fuentes, Madrid, Ediciones Libertarias-Prodhufi, 1990];
F. Jameson, Postmodernism, or, The Cultural Logic ofLate Capitalism (Londres,
1991) [El posmodernismo o la lógica cultural del posmodernismo avanzado,
traducción de José Luis Pardo Torio, Barcelona, Paidós, 2002]. Como ejemplo del
punto de vista más tradicional de defensa de la civilización occidental, véanse
S. Clough, Basic Values of Western Civilization (Nueva York, i960), y C. N.
Parkinson, East and West (Londres, 1963) [El Este contra el Oeste, Barcelona,
Deusto, 1964]. N. Douglas es autor del entretenido y polémico Good-Bye to
Western Culture (Nueva York, 1930).
Entre las obras que aportan teorías de tipo geográfico y biológico para
explicar la preeminencia de Occidente, destacan:J. Diamond, Guns, Germs, and
Steel: The Fates ofHuman Societies (Nueva York, 1997) [Armas, gérmenes y acero,
traducción de Fabián Chueca, Barcelona, Debate, 1998]; A. Crosby, Ecological
Imperialism: The Biological Expansion of Europe, goo-igoo (Cambridge, 1986)
[Imperialismo ecológico. La expansion biológica de Europa, 900-1900, traducción
de Montserrat Iniesta, Barcelona, Crítica, 1999], y M. Harris, Cannibals and
Kings: The Origins of Cultures (Nueva York, 1978) [Caníbales y reyes: los
orígenes de las culturas, traducción de Horacio González, Madrid, Alianza
Editorial, 1997]. Y como ejemplo de un interesante esfuerzo por ponderar la influencia
del determinismo natural con el factor humano y cultural, véanse W. McNeill,
The Rise of the West (Chicago, 1991), y The Pursuit ofPower: Technology, Armed
Force, and Society Since A.D. 1000 (Chicago, 1982) [La búsqueda del poder:
tecnología, fuerzas armadas y sociedad, traducción de René Palacios Moré,
Madrid, Siglo XX I, 1998].
En el soberbio volumen A History of Warfare (Nueva York, 1993) [Historia
de la guerra, traducción de Francisco Martín Arribas, Barcelona, Planeta,
1995], de J . Keegan, se ofrece un magnífico resumen de la relación entre
guerra y cultura. Véase también K . Raaflaub y
N. Rosenstein (eds.), War and
Society in the Ancient and Medieval Worlds (Cambridge, Massachusetts, 1998).
Respecto a las descripciones de las “grandes batallas”, destacan las obras de
E. Creasy,
The Fifteen Decisive Battles ofthe World: From Marathon to Waterloo
(Nueva York, 1908); T. Knox, Decisive Battles Since Waterloo (Nueva York,
1887); J . F. C. Fuller, A Military History ofthe Western World (Nueva York,
1954) [Batallas decisivas del mundo occidental. Obra completa, traducción de
Julio Fernández Yáñez, Barcelona, Caralt, 1973]; A. Jones, The Art of War in
the Western World
(Nueva York, 1987), y R Gabriel y D. Boose, The Great Battles
ofAntiquity: A Strategic and Tactical Guide to Great Battles That Shaped the
Development of War (Westport, Connecticut, 1994).
II. LA LIBERTAD, O “V IV IR
COMO SE QUIERA” SALAMINA, 28 ÜE SEPTIEMBRE DE 480 A.C.
Los principales puntos en los que se centra la investigación son
determinar con exactitud la fecha del combate, la magnitud de la armada persa,
desentrañar la estrategia urdida por
Temistocles e identificar los distintos islotes que jalonan el estrecho
de Salamina. Todos estos temas se tratan en una serie de volúmenes sobre las
Guerras Médicas, como, por ejemplo, J . Lazenby, The Defence of Greece 490-479
B.C. (Warminster, Inglaterra, 1993); P. Green, The Greco-Persian Wars
(Berkeley, California, 1994), y C. Hignett, Xerxes’ Invasion of Greece (Oxford,
1963). Aún resulta de gran utilidad G. B. Grundy, The Great Persian War and Its
Preliminaries (Londres, íyor). En muchos aspectos, la magnífica crónica de la
batalla de George Grote (incluida en el volumen V de su History of Greece, 2a
ed., Nueva York, 1899) aún no ha sido superada; la editorial Routledge ha
publicado una nueva edición de esta obra con una introducción de Paul Cartledge
(Londres, 2000).
Diversos autores han intentado desentrañar la complicada topografía de
la batalla y las complejas descripciones de la misma en las fuentes antiguas.
Por ejemplo, G. Roux, “Eschyle, Hérodote, Diodore, Plutarque racontent la
bataille de Salamine”, Bulletin de Correspondance Hellénique98 (1974), 51-94, y
los capítulos correspondientes en H. Delbrück, Warfare in Antiquity, vol. 1 de
The History ofthe Art of War (Westport, Connecticut, 1975); N. G. L. Hammond,
Studies in Greek History (Oxford, 1973), y W. K. Pritchett, Studies in Ancient
Greek Topography /(Berkeley y Los Ángeles, 1965). Los textos de Heródoto y
Plutarco relativos a la batalla pueden consultarse en W. W How y J . Wells
(eds.), A Commentary on Herodotus (Oxford, 1912), vol. 2, pp. 378-387, y F .J.
Frost, Plutarch’s Themistocles: A Historical Commentary (Princeton, Nueva
Jersey, 1980).
La idea de libertad en la Grecia antigua es analizada en muchos libros.
Entre ellos, A. Momigliano, “The Persian Empire and Greek Freedom”, en A. Ryan
(ed.), The Idea ofFreedom: Essays in Honour ofIsaiah Berlin (Oxford, 1979), pp.
139-151, y O. Patterson, Freedom in the Making of Western Culture (Nueva York,
1991). Véanse asimismo los ensayos incluidos en M. I. Finley, Economy and
Society in Ancient Greece (Nueva York, 1982) [La Grecia antigua: economía y
sociedad, traducción de Teresa Sampedro, Barcelona, Crítica, 2000]. Acerca del
valor simbólico de la victoria de Salamina en el imaginario colectivo
ateniense: C. Meier, Athens: A Portrait of the City in Its Golden Age (Nueva
York, 1998), y N. Loraux, The Invention ofAthens: The Funeral Oration in the
Classical City (Cambridge, Massachusetts, 1986).
Se han publicado interesantes estudios sobre los Aqueménidas que
analizan el contenido de las fuentes persas, como: H. Sancisi-Weerdenburg y A.
Kuhrt, AchaemenidHistory I: Sources, Structures and Synthesis (Leiden, 1987); J
. Boardman etal. (eds.), The Cambridge Ancient History, 2a ed., Persia, Greece
and the Western Mediterranean c. 525 to 479 (Cambridge, 1988); J . M. Cook, The
Persian Empire (Nueva York, 1983); M. Dandamaev, A Political History of the
Achaemenid Empire (Leiden, 1989), y A. T. Olmstead, History ofthe Persian
Empire, Achaemenid Period (Chicago, 1948). Véase también el capítulo dedicado a
los Aqueménidas en la historia de Irán de R. Frye, The History ofAncient Iran
(Munich, 1984). Y para más detalles sobre la carta de Darío a Gadatas,
R. Meiggs y D. Lewis (eds.), A
Selection of Greek Historical Inscriptions to the End ofthe Fifth Century
B.C. (Oxford, 1989).
Entre los estudios específicamente dedicados a las relaciones culturales
entre Grecia y Persia, se pueden consultar las obras de D. Lewis, Sparta and
Persia: Lectures Delivered at the University of Cincinnati, Autumn 1976, in
Memory of Donald W Bradeen (Leiden, 1977), y Selected Papers in Greek and Near
Eastern History (Cambridge, 1997); A. R. Burn, Persia and the Greeks: The
Defence ofthe West, c. 546-478 B. C. (Nueva York, repr. ed., 1984); M. Miller,
Athens and Persia in the Fifth Century B.C. (Cambridge, 1997), y, sobre todo,
el artículo de S. Averintsev, “Ancient Greek ‘Literature’ and Near Eastern
‘Writings’: The Opposition and Encounter of Two Creative Principies, Part One:
The Opposition”, Arion 7.1 (primavera/verano 1999), pp. 1-39. El libro de A.
Ferrill, The Origins of War: From the Stone Age to Alexander the Great (Nueva
York, 1985), ofrece un buen resumen sobre el ejército persa.
Sobre los barcos y la marina griegos, destacan los libros de C. Starr,
The Influence of Sea-Power on Ancient History (Nueva York, 1989); L. Casson,
The Ancient Mariners: Seafarers and Sea Fighters ofthe Mediterranean in Ancient
Times (Londres, 195 9), y Ships and Seamanship in the Ancient World (Princeton,
Nueva Jersey, 1971), y J . S. Morrison y R. T. Williams, Greek Oared Ships
900-322 B.C. (Londres, 1968). J . S. Morrison, J . E Coates, y N. B. Ranov
proporcionan, tanto en The Athenian Trireme: The History and Reconstruction of
an Ancient Greek Warship (Cambridge, 2000) como en An Athenian Trireme
Reconstructed: The British Sea Trials of “Olympias” (British Archaeological
Series 486, Oxford, 1987), reconstrucciones del antiguo trirreme.
Hay toda una línea de investigación que se hace eco de los prejuicios
que los griegos construyeron contra los persas, y que está representada por las
obras de E. Hall, Inventing the Barbarian: Greek SelfDefinition Through Tragedy
(Oxford, 1989); F. Hartog, The Mirror of Herodotus (Berkeley y Los Ángeles,
1988), y P. Georges, Barbarian Asia and the Greek Experience: From the Archaic
Period to the Age ofXenophon (Baltimore, Maryland, 1994). Un ejemplo extremo de
esta corriente sería el libro de P. Springborg, Western Republicanism and the
Oriental Prince (Austin, Texas, 1992).
III. LA BATALLA DECISIVA
GAUGAMELA, I DE OCTUBRE DE 33) A.C.
Gaugamela ha sido ampliamente analizada en multitud de trabajos
académicos de todo tipo, la mayoría de ellos artículos publicados en revistas
especializadas. Al lector medio quizá le sería más conveniente empezar con
algunos manuales de tipo general sobre las batallas de Alejandro. Por ejemplo,
la breve y sugerente monografía de E. W. Marsden, The Campaign of Gaugamela
(Liverpool, 1964). La campaña de Gaugamela es también el tema central del libro
de J . F. C. Fuller, The Generalship ofAlexander the Great (Londres, 1958);
esta batalla merece una completa descripción en Warfare in Antiquity, vol. 1 de
The History ofthe Art of War {Westport, Connecticut, 1975), de H. Delbriick, y
en A Military History ofthe Western World, vol. 1 (Londres, 1954), de J . F. C.
Fuller [Batallas decisivas del mundo occidental, obra completa, traducción de
Julio Fernández Yáñez, Barcelona, Caralt, 1973] ; también es analizada por E.
Creasy en The Fifteen Decisive Battles of the World: From Marathon to Waterloo
(Nueva York, 1908).
The Macedonian Empire: The Era of Warfare Under Philip II and Alexander
the Great, 359-323 B. C.
(Jefferson, Carolina del Norte, 1998), de J. Ashley, está centrado
exclusivamente en asuntos militares, lo mismo que el libro de D. Engels,
Alexander the Great and the Logistics of the Macedonian Army (Berkeley,
California, 1978). N. G. L. Hammond, por su parte, trata de forma brillante el
reinado de Alejandro desde el punto de vista militar, pero falla en lo que se
refiere al análisis histórico en Alexander the Great: King, Commander, and
Statesman (Park Ridge, Nueva Jersey, 1989) [Alejan dro Magno, traducción de
Adolfo Domínguez Monedero, Madrid, Alianza Editorial, 1992] y Three Historians
ofAlexander the Great: The So-Called Vulgate Authors, Diodorusjustin, and
Curtius (Cambridge, 1983); junto con G. T. Griffith, es autor de A History
ofMacedonia, vol. 2 (Oxford, 1979).
Los principales autores dedicados a las fuentes antiguas sobre Gaugamela
(especialmente los relatos que de la batalla hacen Plutarco, Diodoro, Arriano y
Curcio que tan difíciles resultan de conciliar) son :J. R. Hamilton, Plutarch’s
Alexander: A Commentary (Oxford, 1969); N. G.
L. Hammond, Sources for
Alexander the Great: An Analysis ofPlutarch’s Life and Arrian’s Anabasis
Alexandras (Cambridge, 1993); A. B. Bosworth, A Historical Commentary on
Arrian’s History of Alexander, vol. 1 (Oxford, ig8o);J. C. Yard Iey, Justin:
Epitome of the Philippic History ofPompeius Trogus, Books 11-12: Alexander the
Great (Oxford, 1997) ;J . Atkinson, A Commentary on Q. Curtius Rufus’ Historiae
Alexandri Magni, Books3 & 4 (Londres, 1980), y L. Pearson, The Lost
Histories ofAlexander the Great (Nueva York, i960).
510
Se han publicado numerosas biografías de Alejandro Magno que tratan con
detalle la campaña de Gaugamela. Las más difundidas son las de R. Lane Fox,
Alexander the Great (Londres, 1973); W. W. Tarn, Alexander the Great, vols. 1-2
(Chicago, 1981); P Green, Alexander of Macedón (Berkeley y Los Ángeles, 1974);
U. Wilcken, Alexander the Great (Nueva York, 19 ® 7)> y, sobre todo, el
excelente y sobrio retrato que del macedonio hace A . B. Bosworth en Conquest
and Empire: The Reign of Alexander the Great (Cambridge, 1988). A pesar de los
excelentes libros de Bosworth y Green, y de los significativos artículos al
respecto publicados por E. Badian, en estos tiempos de multiculturalismo y en
los que, además, se han recrudecido las tensiones en los Balcanes, ha vuelto a
ganar adeptos la visión romántica de Alejandro como rey filósofo y promotor de
una especie de hermandad universal, tanto en los círculos académicos
estadounidenses como de otros países.
Sobre los orígenes y tradiciones occidentales de la batalla decisiva,
véanse V. D. Hanson, The Western Way of War: Infantry Battle in Classical
Greece (Berkeley, 2000), y The Other Greeks: The Family Farm and the Agrarian
Roots of Western Civilization (Berkeley, 1999); D. Dawson, The Origins
, of Western Warfare: Militarism
and Morality in the Ancient World (Boulder, Colorado, 1996); R.
Weigley, The Age ofBattles: The Questfor Decisive Warfarefrom
Breitenfeld to Waterloo (Bloomington,
Indiana, 1991); R. Preston y S. Wise, Men in Arms: A History of Warfare
and Its Interrelationships
with Western Society (Nueva York, 1970), y G. Craig y F Gilbert (eds.),
Makers ofModern Strategy:
' Military Thoughtfrom Machiavelli
to Hitler (Princeton, Nueva Jersey, 1943). Y sobre las diferencias
tentre las escaramuzas primitivas y los combates “civilizados”, H. H.
Turney High, Primitive
¡War: Its Practice and Concepts (Columbia, Carolina del Sur, 1971).
j-'Las referencias bibliográficas a las fuentes persas en general se han
citado para el capítulo
i anterior, sobre la batalla de Salamina, aunque conviene mencionar aquí
algunas obras S centradas en el último período aqueménida y, sobre todo, en
Darío III. Véanse, por ejemplo,
flos libros de E. Herzfeld, The Persian Empire (Wiesbaden, 1968); A.
Stein, Old Routes of Western
iIran: Narrative ofan ArchaeologicalJourney (Nueva York, 1969); por
último, P. Briant en Histoire
E de Tempireperse (Paris, 1996)
ofrece un nuevo e interesante punto de vista sobre este período.
IV. SOLDADOS CIUDADANOS
CANNAS, 2 DE AGOSTO DE 216 A.C.
Las principales fuentes para la batalla de Cannas las ofrecen los
historiadores Polibio (3.110-118) y Livio (22.44-50), y, en mucha menor medida,
Apio, el F'abio de Plutarco y Dión Casio. El principal problema reside en
conciliar las abultadas cifras que aparecen en el texto de Polibio -referentes
tanto al número de efectivos (8G.000) como al de bajas (70.000) del ejército
romano- con las que aporta Livio que, aunque puestas en tela de juicio,
resultan mucho más creíbles (48.000 bajas). Además, los investigadores aún
discuten sobre la decisión de Aníbal de no marchar sobre Roma y asediar la
ciudad, aprovechando el caos que se produjo después de la batalla. Otras
controversias menores se centran en determinar cuáles fueron el armamento y las
tácticas empleados por las tropas de Aníbal, tanto las africanas como las de
sus aliados europeos (por ejemplo, saber si la mayoría lucharon con espadas o
con lanzas), o la localización exacta de los campamentos romanos.
Se pueden encontrar completas descripciones de la batalla en los
trabajos de M. Samuels, “The Reality of Cannae”, Militargeschichtliche
Mitteilungen 47 (1990), pp. 7-29; P. Sabin, “The Mechanics of Battle in the
Second Punic War”, Bulletin ofthe Institute ofClassical Studies 67 (1996),
pp. 59-79, y V. Hanson,
“Cannae”, en R. Cowley (ed.), The Experience e/M r(N ueva York, 1992). Para
cuestiones de detalle sobre topografía, táctica y estrategia, resultan muy
útiles F. W.
Walbank, A Historical Commentary on Polybius, vol. 1 (Oxford, 1957), pp.
435-449; J- Kromayer
5”
y G. Veith, Antike Schlachtfelder
in Italien und Afrika (Berlín, 1912), vol. 1, pp. 341-346, y H. Delbrück,
Warfare in Antiquity, vol. 1 de The History of the Art of War (Westport,
Connecticut,
1975) (Berlin, 1920), vol. 1, pp. 315-335.
La más ajustada y documentada narración de la Segunda Guerra Púnica y de
la batalla de Cannas se encuentra en el excelente libro dej. F. Lazenby
Hannibal’s War: A Military History of the Second Punic War (Norman, Oklahoma,
1998), quien se apoya especialmente en los testimonios de las fuentes antiguas.
B. Craven en The Punic Wars (Nueva York, 1980), y N. Bagnall en The Punic Wars
(Londres, 1990) aportan estudios de carácter más general.
Se han publicado varias biografías de Aníbal para el gran público
centradas en las cuestiones militares, como las de K. Christ, Hannibal
(Darmstadt, Alemania, 1974); S. Lanul, Hannibal (París, 1995); J . Peddie,
Hannibal’s War (Gloucestershire, Inglaterra, 1997), y T. Bath, Hannibal’s
Campaigns (Cambridge, 1981). A. Toynbee en Hannibal’s Legacy, 2 vols. (Londres,
1965), y, sobre todo, P. Brunt en Italian Manpower 225 B. C.-14 (Londres, 1971)
se centran en el análisis del potencial bélico y humano de Roma.
Hay un buen número de manuales fácilmente accesibles sobre la historia e
instituciones de la antigua Cartago, como los de D. Soren, A. Ben Khader y H.
Slim, Carthage: Uncovering the Mysteries and Splendors ofAncient Tunisia (Nueva
York, 1990); J . Pedley (ed.), New Light on Ancient Carthage (Ann Arbor,
Michigan, 1980), y G. y C. Picard, The Life and Death of Carthage (Nueva York,
1968). S. Lancel ofrece en Carthage: A History (Oxford, 1995) [ Cartago, trad,
de Ma José Aubet, Barcelona, Crítica, 1994] una interesante descripción de la
interrelación entre Roma y Cartago. Para un análisis de más calado sobre las
líneas estratégicas del imperialismo de Roma en el marco de las Guerras
Púnicas, véanse W. V. Harris, War and Imperialism in Republican Rome327-70 B.C.
(Oxford, 2a ed., 1984) [Guerra e imperialismo en la Roma republicana, trad, de
Carmen Santos Fontela, Madrid, Siglo xxi], y J . S. Richardson, Hispaniae,
Spain, and the Development o fRoman Imperialism, 218-82 B.C. (Nueva York,
1986).
La tradición militar del pueblo romano se toca de forma general en la
obra de D. Dawson, The Origins of Western Warfare (Boulder, Colorado, 1996), y
más pormenorizadamente en la de P. Rahe, Republics, Ancient and Modern (Chapel
Hill, Carolina del Norte, 1992). En varios libros y artículos, B. Bachrach
defiende la idea de un continuum en Europa central y septentrional desde el
punto de vista militar, que se mantuvo casi ininterrumpidamente desde la época
imperial hasta casi la Edad Media; véase sobre todo su Merovingian Military
Organization (4 8 1-J51) (Mineápolis, Minesota, 1972).
La bibliografía sobre el ejército en Roma es amplísima. Hay varios
textos recomendables de carácter general sobre las legiones en época
republicana, como los de F. E. Adcock, The Roman Art o f War Under the Republic
(Cambridge, Massachusetts, 1940); H. M. D. Par ker, The Roman Legions, 2a ed.
(Oxford, 1971); B. Campbell, The Roman Army, 31 B.C.-A.D. 37: a sourcebook
(Londres, 1994), y L. Keppie, The Making ofthe Roman Army (Totowa, Nuevajersey,
1984). Sobre la influencia de Cannas en el posterior pensamiento militar
occidental, véanse J . Kersétz, “Die Schlacht bei Cannae und ihr Einfluss auf
die Entwicklung der Kriegskunst”, BeitrigederMartín-Luther Universitdt (1980),
29-43; A. von Schlieffen, Cannae (Fort Leavenworth, Kansas, 1931), y A. du
Picq, Battle Studies (Harrisburg, Pensilvania, 1987).
V. INFANTERÍA TERRATENIENTE
POITIERS, 11 DE OCTUBRE DE 732
Apenas disponemos de algún texto contemporáneo a la batalla de Poitiers,
pues un buen número de fuentes sobre la Antigüedad tardía y los comienzos de la
Edad Media no llegan al año 732. La Historia Francorum de Gregorio de Tours se
detiene en 594, y la anónima
512
Liber Historiae Francorum fue completada hacia 727. La historia de Beda
el Venerable llega justo al 73I1 un año antes de la batalla.
Aunque la Crónica de Fredegario termina en 642, alguien dejó
posteriormente en ella un breve relato de la batalla (J. M. Wallace-Hadrill,
The Four Books of the Chronicle ofFredegar with its Continuations [Londres,
i960] ), tal y como hizo también el anónimo autor que prosiguió la Crónica de
San Isidoro (T. Mommsen, Isidori Continuatio Hispana, Monumenta Germaniae
Histórica, Auctores Antiquissimi, vol. 11 [Berlín, 1961]). La ausencia de
relatos de primera mano de este combate hace que existan hipótesis muy diversas
sobre su desarrollo y trascendencia reales. Así, en la bibliografía anterior a
los años cincuenta -alemana y francesa en su mayoría- no es raro leer que
Poitiers marcó el principio de la era feudal, del dominio de poderosos
caballeros, y que supuso la salvación de la civilización occidental, todo ello
a pesar de que las escasas fuentes atestigüen que la caballería desempeñó un
papel muy limitado -si es que en realidad tuvo alguno- en la victoria final, y
de que cuando tuvo lugar la batalla aún faltaban muchos años para que se
consolidara el feudalismo; y todo eso, además, sin mencionar que la incursión
de Abderramán sólo fue una más en una larga serie de pequeñas escaramuzas que a
medida que transcurría el siglo VIH se iban haciendo cada vez más raras, pues
tanto las luchas de los musulmanes en España como la consolidación de los
francos en Europa inevitablemente condujeron a que se debilitaran las
veleidades expansionistas del islam al otro lado de los Pirineos. Poitiers
debería interpretarse más bien como la victoria de una animosa infantería a la
defensiva, en vez de como la consecuencia de una supuesta superioridad
tecnológica o militar; un síntoma, en suma, de la incapacidad de los árabes de
culminar con éxito ambiciosas campañas en el norte más que como el símbolo de
salvación del Occidente cristiano.
Para una descripción de la batalla, véanse la monografía de M. Mercier y
A. Seguin, Charles Martel et la bataille de Poitiers (París, 1944), y, sobre
todo, el artículo de B. S. Bachrach, “Charles Martel, Mounted Shock Combat, the
Stirrup, and Feudalism”, incluido en el libro Armies and Politics in the Early
Medieval West (Aldershot, Inglaterra, 1993). Los ensayos que componen este
volumen ofrecen un buen panorama de los más sugestivos argumentos de Bachrach
sobre la relativa importancia de la caballería o las fortificaciones durante
los períodos merovingio y carolingio. Véase también su Merovingian Military
Organization (Mineápolis, Minesota, 1972), y “Early Medieval Europea”, incluido
en Raaflaub y N. Rosenstein (eds.), War and Society in the Ancient and Medieval
Worlds (Washington, DC, 1999).
Sobre los francos, Merovingios y Carolingios hay varias obras
recomendables como las de K. Scherman, The Birth ofFrance (Nueva York, 1987); P
Riché, The Carolingians: A Family Who Forged Europe (Filadellia, 1993); E.
James, The Origins ofFrance: From Clovis to the Capetians, 5 00-1000 (Londres,
1982), y H. Delbriick, The Barbarian Invasions, vol. 2 de The History of the
ArtofW artyjestpoTi, Connecticut, 1980).
R. Gerberding es autor de un libro sobre Carlos Martel, The Rise of the
Carolingians and the Liber Historiae Francorum (Oxford, 1987). Para dos
completas descripciones de la batalla, véanse J . F. C. Fuller, A Military
History of the Western World, vol. 1, From the Earliest Times to the Battle
ofLepanto (Londres, 1954), pp. 339-350 y E. Creasy, The Fifteen Decisive
Battles of the World: From Marathon to Waterloo (Nueva York, 1908), pp.
157-169.
La guerra en Europa entre los años 500 y 1000 es tratada por D. Nicolle
en Medieval Warfare: Source Book, vol. 2, Christian Europe and Its Neighbors
(Nueva York, 1996), donde utiliza una gran cantidad de material comparativo.
Probablemente el manual más accesible y analítico al respecto sea el d e j.
Beeler, Warfare in Feudal Europe, 730-1200 (Ithaca, Nueva York, 1971). Se
pueden consultar datos sobre armamento y servicio militar -aunque a partir del
año 1000-en otros manuales, como los de P. Contamine, War in the Middle Ages
{Londres, 1984) [La guerra en la Edad Media, traducción de Francisco Javier
Fací Lacasta, Barcelona, Labor, 1984], y F. Lot, L’Art militaire et les armées
au moyen age en Europe et dans le proche orient, 2 vols. (París,
1946), donde se presentan una serie de fuentes secundarias alemanas y
francesas relativas a esta batalla. Véanse también las menciones a la misma en
M. Keen (ed.), Medieval Warfare (Oxford, 1999); T. Wise, Medieval Warfare
(Nueva York, 1976), y A. V. B. Norman, The Medieval Soldier (Nueva York, 1971).
Sobre el armamento utilizado en época posterior por los francos y otros pueblos
de Europa occidental, J . France, Western Warfare in the Age ofthe Crusades,
1000-
1300 (Ithaca, Nueva York, 1999), y Victory in the East: A Military
History of the First Crusade (Cambridge, 1994).
Algunos interesantes ensayos sobre aspectos culturales de la doctrina
bélica medieval han sido recopilados en el libro de D. Kagay y L. Andrew
Villalon (eds.), The Circle of War in the Middle Ages: Essays on Medieval
Military and Naval History (Suffolk, Inglaterra, 1999). El libro de T. Newark,
The Barbarians: Warriors and Wars of the Dark Ages (Londres, 1988), cuenta con
excelentes ilustraciones.
Tanto en Mohammed and Charlemagne (Londres, 1939), de H. Pirenne
[Mahomay Carlomagno, traducción de Esther Benitez, Madrid, Alianza Editorial,
2003], como en Mohammed, Charle magne, and the Origins of Europe: Archaeology
and the Pirenne Thesis (Ithaca, Nueva York, 1983) de R. Hodges y D. Whitehouse,
se pueden encontrar interesantes teorías sobre la evolución histórica y
cultural de Europa en la llamada Edad Oscura. Si se busca una aproximación
desde un punto de vista más tradicional a lo que fue la cultura medieval
occidental, se pueden consultar las obras de R. Dales, The Intellectual Life of
Western Europe in the Middle Ages (Washington, DC, 1980), y W. C. Bark, Origins
ofthe Medieval World (Stanford, California, 1958). Medieval Foundations of the
Western Intellectual Tradition, 400-1400 (New Haven, Connecticut, 1997), de M.
Golish, se centra en aspectos literarios. Otra obra clásica sobre la alta Edad
Media es The Dark Ages, 4j6-c)i8 (Londres, 1928), de C. Oman.
Los primeros tiempos del islam y la formación de su ideología
expansionista son analiza dos por P. Crone en Slaves on Horses: The Evolution
of the Islamic Polity (Cambridge, 1980), y Meccan Trade and the Rise ofIslam
(Princeton, Nueva Jersey, 1987); así como M. A. Shaban en Islamic History, A.D.
600-750 (A.H. 132) (Cambridge, 1971).
Y sobre la trascendencia de
la batalla de Poitiers véase el ensayo de B. Strauss, “The Dark Ages Made
Lighter”, en el libro de R. Cowley (ed.), What If? (Nueva York, 1998), pp.
71-92.
VI. LA TECNOLOGÍA Y LOS
DIVIDENDOS DE LA RAZÓN
TENOCHTITLÁN, 24 DEJUNIO DE 1520 - 13 DE AGOSTO DE 1521
La conquista de México se ha convertido en un recurso frecuente en los
estudios culturales contemporáneos sobre la guerra, debido fundamentalmente a
que su desarrollo se puede seguir tanto por los relatos de los españoles como
por los de los aztecas. Aunque los investigadores aceptan sin reparos las
descripciones de los autores españoles sobre la magnificencia de Tenochtitlán,
la belleza de sus jardines o la abundancia de sus mercados, rechazan de plano
los relatos mucho más descarnados de esos mismos autores sobre la práctica del
canibalismo, los sacrificios humanos y las torturas perpetrados por los
indígenas. Se considera que los “esquemas” y “paradigmas” europeos no deben
aplicarse a la hora de analizar la cultura azteca, si bien otros aspectos de la
misma, como el arte, la arquitectura o los conocimientos astronómicos son
valorados a partir de presupuestos mucho más “canónicos” . En cualquier caso,
nuestro interés particular se centra en los asuntos puramente militares de la
conquista, por lo que se evitarán juicios morales sobre la conducta de los
conquistadores durante dicha conquista.
Conviene recordar que la teoría sobre el dominio militar cimentado en la
superioridad tecnológica no siempre es compartida por las fuentes españolas
contemporáneas a la conquista,
en las que a menudo se pone el énfasis en la “superioridad moral”,
inteligencia “innata” y virtudes cristianas de los conquistadores para explicar
su victoria.
Hay varios libros de mérito sobre este tema, entre los cuales, y a pesar
del tiempo transcurrido desde su publicación, destaca el clásico volumen de W.
H. Prescott, History of the Conquest of Mexico (Nueva York, 1843) [Historia de
la conquista de México, traducción de José María Fernández de la Vega, Madrid,
Istmo, 1987]. Para los lectores que busquen bibliografía más moderna, es más
que recomendable Conquest: Montezuma, Cortés, and the Fall of Old Mexico (Nueva
York, 1993) de H. Thomas [La conquista de México, traducción de Víctor Alba y
C. Boune, Barcelona, Planeta, 2000]. Asimismo, destaca la obra de R. C. Padden,
The Hummingbird and the Hawk: Conquest and Sovereignty in the Valley ofMexico,
1503-1541 (Columbus, Ohio, 1967). El libro de A . B. Bosworth, Alexander and
the East (Oxford, 1996), por su parte, ofrece un análisis comparativo.
Abundan los relatos contemporáneos o cuasi contemporáneos a la
conquista. El más importanLe es el de Bernal Díaz del Castillo, The Discovery
and Conquest ofMexico, 7577-752;, traducido al inglés por A. P. Maudslay (Nueva
York, 1956) [Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Madrid,
Espasa Calpe, 1997]; destacan también las cartas de Hernán Cortés, cuya
fiabilidad ha sido a menudo puesta en duda, Letters from Mexico, traducidas al
inglés por A. Pagden (Nueva York, 1971) [Cartas de relación de la conquista de
México, Madrid, Espasa, 1982]; sin olvidar el libro The Conquistadors:
First-Person Accounts ofthe Conquest o fMexico (Nueva York, 1963) de P. de
Fuentes.
Sobre los relatos aztecas y la crítica a los medios empleados en la
conquista por los españoles, véanse Bernardino de Sahagún, General History
ofthe Things ofNew Spain: Florentine Codex, Book
12. The Conquest o fMexico,
traducido al inglés por H. Cline (Salt Lake City, Utah, 1975) [Historia general
de las cosas de Nueva España, Madrid, Historia 16,1990], y la antología editada
por Miguel León-Portilla, The Broken Spears: The Aztec Account of the Conquest
of Mexico, 2a ed. (Boston, 1992) [parte de esta obra se encuentra en español en
E l reverso de la conquista, México, Joaquín Mortiz, 1970]. Véase también
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, Ally of Cortés (El Paso, Texas, 1969) [Obras
históricas, México, Universidad Autónoma de México, 1975].
Las biografías de Cortés son innumerables. Las de más fácil acceso son
las de Salvador de Madariaga, Hernán Cortés: Conqueror ofMexico (Garden City,
Nueva York, 1969) [Hernán Cortés, Espasa, Madrid, 1986], y J . M. White, Cortés
and the Downfall of the Aztec Empire: A Study in a Conflict of Cultures (Nueva
York, 1971) [Hernán Cortés, traducción de Neri Daurella, Barcelona, Grijalbo,
1973]. Ofrece mucha información la hagiografía (prácticamente con temporánea
al conquistador) de Francisco López de Gomara, Cortés: The Life of the
Conqueror by His Secretary (Berkeley, Calif., 1964) [La conquista de México,
Madrid, Historia 16, 1987).
Los libros de G. Parker, The Army of Flanders and the Spanish Road,
1567-165;): The Logistics ofSpanish Victory and Defeat in the Low Countries’
Wars (Cambridge, 1972) [E l ejército deFlandes y el camino español, traducción
de Manuel Rodríguez Alonso, Madrid, Alianza Editorial, 2003], y R. Martínez y
T. Barrer (eds.), Armed Forces in Spain Past and Present (Boulder, Colorado,
1988), son estudios especializados sobre los ejércitos españoles en el siglo x
v i . Sobre la guerra en Europa durante los siglos x v i y X V II, véanse C. M.
Cipolla, Guns, Sails, and Empires: Technological Innovation and the Early
Phases ofEuropean Expansion 1400-1700 (Nueva York, 1965) [Cañones y velas en la
primera fase de la expansión europea, traducción de Gonzalo Pontón, Barcelona,
Ariel, 1967] ;J. Black, European Warfare 1160-1815 (New Haven, Connecticut,
1994), y F. Tallett, War and Society in Early-Modern Europe, 1495-1715 (Londres
y Nueva York, 1992). Y sobre la situación político militar de España en el
siglo XVI y la influencia de su imperio en Europa, destacan Spain and Its
World, 1500-1700: Selected Essays (New Haven, Connecticut, 1989) d e j. H.
Elliott [España y su mundo, 1500-1700, traducción de Ángel Rodríguez Rivero y
Xavier Gil Pujol, Madrid, Alianza Editorial, 1991], y Spain, Europe and the
Atlantic World:
5 15
Essays in Honour ofJohn H. Elliott, de R. Kagan and G. Parker (eds.)
(Cambridge, 1995) [España, Europa y el mundo atlántico: homenaje a John H.
Elliott, traducción de Lucía Blasco Mayor y María Cordón, Madrid/Valladolid,
Marcial Pons Ediciones de Historia/ Junta de Castilla y León, 1991].
Ross Hassig es autor de algunos libros fundamentales sobre el ejército
azteca en los que intenta explicar la conquista desde el punto de vista de los
indígenas, como son: Mexico and the Spanish Conquest (Londres y Nueva York,
1994); Aztec Warfare: Political Expansion and Imperial Control (Norman,
Oklahoma, 1988], y War and Society in Ancient Mesoamerica (Berkeley y Los
Angeles, 1992). Para cuestiones más generales sobre la cultura y sociedad
aztecas, véanse, por ejemplo, las obras de P. Carasco, The Tenocha Empire of Ancient
Mexico: The Triple Alliance of Tenochtitlan, Tetzcoco, and Tlacopan (Norman,
Oklahoma, 1999), y G. Collier, R. Rosaldo y J.
Wirth, The Inca and Aztec States, 1400-1800: Anthropology and History
(Nueva York, 1982).
El protagonismo de los bergantines españoles en la batalla del lago
Texcoco es estudiado en Naval Power in the Conquest ofMexico (Austin, Texas,
1956), de C. H. Gardiner, asi como en Martín López: Conquistador Citizen
ofMexico (Lexington, Kentucky, 1958), del mismo autor.
En el artículo de G. Raudzens, “So Why Were the Aztecs Conquered, and
What Were the Wider Implications? Testing Military Superiority as a Cause of
Europe’s Preindustrial Colonial Conquests”, War in History 2.1 (1995), pp.
87-104, se minimiza el papel de las tácticas y tecnología europeas en el
proceso de conquista. En este mismo sentido, véanse también: T. Todorov, The
Conquest ofAmerica: The Question of the Other (Nueva York, 1984); I.
Clendinnen, Ambivalent Conquests: Maya and Spaniard in Yucatan, 1517-1570
(Cambridge, 1987), y, también de I. Clendinnen, Aztecs: An Interpretation
(Cambridge, 1991). Y para un análisis crítico de este tipo de estudios, el
libro de K. Windschuttle, The Killing of History: How Literary Critics and
Social Theorists Are Murdering Our Past (Nueva York, 1997).
V II. EL MERCADO, O EL
CAPITALISMO MATA LEPANTO, ID E OCTUBRE DE 1511
Durante siglos, los relatos de Lepanto estaban teñidos de un
triunfalismo cristiano, y se enfatizaba además el gran alivio que para
Occidente supuso que por fin se detuviera el avance del turco por el
Mediterráneo. Estudios más recientes sobre esta confrontación se ven libres de
este sesgo ideológico. Sin embargo, a fecha de hoy todavía carecemos de una
sola monografía en lengua inglesa que trate de forma exclusiva y actualizada
esta batalla. En consecuencia, a menudo tendemos a olvidar que, junto con Salamina
y Cannas, Lepanto, que también duró uno solo día, fue uno de los choques más
cruentos de toda la historia de Europa. Ciertamente en ningún otro conflicto
anterior los occidentales masacraron a tantos prisioneros como hicieron los
españoles e italianos tras el combate, cuando la mayoría de los miles de
marineros turcos perdieron sus vidas. Así, Lepanto ocupa un siniestro lugar de
honor junto a las batallas del Somme y de Cannas como macabro ejemplo de la
capacidad del hombre por superar las limitaciones de tiempo y espacio a la hora
de, literalmente, aniquilar a miles de congéneres en unas pocas horas.
Para una completa descripción de la batalla en la que se incluyen las
principales fuentes españolas, italianas y turcas, véanse los libros de G.
Parker, Spain and the Netherlands, 1559-1659 (Short Hills, Nueva Jersey, 1979)
[España y los Países Bajos, 1559-1659, traducción de Luis Suárez, Madrid,
Rialp, 1986]; D. Cantemir, The History of the Growth and Decay of the Ottoman
Empire, traducción de N. Tinda (Londres, 1734); A. Wiel, The Navy of Venice
(Londres, 1910), y, sobre todo, K. M. Setton, The Papacy and the Levant
(1204-1571), vol. 4, The Sixteenth Century from Julius III to Pius
FfFiladelfia, 1984). En History ofthe Reign ofPhilip the Second, vol. 4
(Filadelfia,
516
i<j041, de W. H. Prescott, se ofrece un apasionante relato de la
batalla. Aparte de desacuerdos sobre el número de bajas, la posición real de
unos cuantos barcos frente a la costa griega y las consecuencias estratégicas a
largo plazo de la victoria, no hay demasiados puntos controvertidos entre los
investigadores sobre el desarrollo de los acontecimientos durante la batalla.
Para algunos análisis más detallados al respecto, véanse A. C. Hess,
“The Battle of Lepanto and Its Place in Mediterranean History”, Past and
Present 57 (1972), pp. 53-73, y, sobre todo, Lesure, Lepante: La crise de
I’empire Ottomane (Paris, 1971). C. Ornan en A History of the Art of War in the
Sixteenth Century (Nueva York, 1937), J . F. C. Fuller en A Military History
ofthe Western World, vol. 1, From the Earliest Times to the Battle ofLepanto
(Londres, 1954) y R. C. Anderson en Naval Wars in the Levant, 1559-1853
(Princeton, Nuevajersey, 19,52) ofrecen un valioso examen sobre la estrategia
empleada en la batalla.
Lepanto y las fuentes primarias sobre la batalla son tratados en los
capítulos correspondientes de algunas monografías sobre los ejércitos en el
siglo xvi, como, por ejemplo, las de G. Hanlon, The Twilight of a Military
Tradition: Italian Aristocrats and European Conflicts, 1560-1800 (Nueva York,
1998) ;J . F. Guilmartin,Jr., Gunpowder and Galleys: Changing Technology and
Mediterranean
Warfare at Sea in the Sixteenth Century (Cambridge, 1974), y W. L.
Rodgers, Naval Warfare Under Oars, 4th to 16th Centuries {Anápolis, Maryland,
1967). Contiene buenas ilustraciones la obra de R. Gardiner y j . Morrison
(eds.), The Age of the Galley: Mediterranean Oared Vessels Since Pre-Classical
Times (Anápolis, Maryland, 1995). Véase también F. C. Lane, Venetian Ships and
Shipbuilders of the Renaissance (Westport, Connecticut, 1975).
H ay algunas descripciones de la batalla fácilmente accesibles para el
lector medio con ilustraciones contemporáneas del combate, como, por ejemplo,
los libros de R. Marx, The Battle ofLepanto, 1571 (Cleveland, Ohio, 1966), y j
. Beeching, The Galleys ofLepanto (Londres, 1982) [Lasgaleras de Lepanto,
traducción d ej. M. Álvarez Flórez, Argos Vergara, 1984]. También proporcionan
interesantes datos sobre Lepanto las biografías de don Juan de Austria,
especialmente la ya clásica de W. Stirling-Maxwell, Don John ofAustria
(Londres, 1883), que incluye la referencia a las fuentes de la época; véase
también el interesante estudio de C. Petrie, Don John ofAustria (Nueva York,
1967) [Don Juan de Austria, traducción de Luis Ruiz, Madrid, Editora Nacional,
1968]. Y sobre la espectacular conmemoración que de esta victoria de la
cristiandad se hizo en el arte y la literatura, véase L. von Pastor, The
History of the Popes, from the Close of the Middle Ages (Londres, 1923)
[Historia de los Papas, traducción de A. Oria et al., Gustavo Gili, 1961]. La
recopilación de G. Benzoni (ed.), IIMediterráneo nella Seconda Meta del ’500
alia Luce di Lepanto (Florencia, 1974), incluye un agudo ensayo en inglés
acerca de las fuentes otomanas sobre el conflicto, escrito por H. Inalcik y con
el título “Lepanto in Ottoman Sources”, pp. 185-192.
D. Vaughan en Europe and the
Turk: A Pattern of Alliances (Nueva York, 1976); K. Karpat (ed.), en The
Ottoman State and Its Place in World History (Leiden, 1974), y H. Koenigsberger
y G. Mosse en Europe in the Sixteenth Century (Nueva York, 1968) aluden a las
condiciones económicas y sociales en el Mediterráneo durante el siglo XVI.
Sobre cuestiones relativas a la geografía y el capitalismo, véanse sobre todo
los trabajos de F. Braudel, Civilization and Capitalism, I5¡h-i8th Century: The
Perspective ofthe World (Nueva York, 1979) [Civilización material, economía y
capitalismo, siglos xv-xvi11 (3 vols.), traducción de Isabel Pérez Villanueva,
Vicente Bordoy y Néstor Miguez, Madrid, Alianza Editorial, 1984], y The
Mediterranean and the Mediterranean World in the Age ofPhilip II, vol. 1 (Nueva
York, 1972) [El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, traducción de W. Roces et
al., Madrid, FCE], Véase también el libro de E. L. Jones,
The European Miracle: Environments, Economies, and Geopolitics in the
History ofEurope and Asia
(Cambridge, 1987) [El milagro europeo, traducción de Manuel Pascual
Morales, Madrid, Alianza
Editorial, 1994].
5’ 7
Sobre la práctica militar en Occidente, véase J . France, Western
Warfare in the Age o f the Crusades, 1000-1300 (Ithaca, Nueva York, 1999). R.
Murphey en Ottoman Warfare, 7500-7700 (New Brunswick, Nueva Jersey, 1999)
ofrece una detallada monografía sobre el ejército y la armada turcos. W. H.
McNeill en Venice: The Hinge ofEurope, io8 i-ijffj (Chicago, 1974) y A. Tenenti
en Piracy and the Decline of Venice 1580-1615 (Berkeley y Los Ángeles, 1967)
tratan sobre las cuestiones económicas en la República de Venecia.
La sociedad, ejército y cultura otomanos constituyen un vasto campo de
investigación; se han escrito meritorios estudios introductorios sobre la
estructura de este imperio, sus finanzas
y los gastos militares, como, por
ejemplo, The Ottoman Empire: The Classical Age 1300-1600 (Londres, 1973) de H.
Inalcik; Problems of Turkish Power in the Sixteenth Century (Londres, 1963) de
W. E. D. Allen; o History of the Ottoman Empire and Modern Turkey, vol. 1,
Empire of the Gazfls: The Rise and Decline of the Ottoman Empire, 1280-1808
(Cambridge, 1976), de S. Shaw. Más recientes son los trabajos de A. Wheatcroft,
The Ottomans (Nueva York, 1993), y J . McCarthy, The Ottoman Turks: An
Introductory History to 1923 (Londres, 1997).
La relación entre el islam y el capitalismo es tan controvertida como un
campo minado, dado que los investigadores occidentales suelen hacer énfasis en
las restricciones al libre mercado impuestas por la ley musulmana, algo que,
por su parte, los estudiosos musulmanes rebaten señalando que en la fe islámica
no hay ninguna norma incompatible con el desarrollo del libre mercado. Sobre
este tema, véanse H. Islamoglu-Inan (ed.), The Ottoman Empire and the
World-Economy (Cambridge, 1987); M. Choudhury, Contributions to Islamic
Economic Theory (Londres, 1986), y M. Abdul-Rauf, A Muslim’s Reflections on
Democratic Capitalism (Washington, D C , 1984). David Landes ha escrito dos
ensayos excelentes sobre el papel del capitalismo en las relaciones entre
Oriente y Occidente: The Rise of Capitalism (Nueva York, 1966) [Estudios sobre
el nacimiento y desarrollo del capitalismo, Madrid, Ayuso, 1971], y The Unbound
Prometheus: Technological Change and Industrial Development in Western
Europefrom 1750 to the Present (Cambridge, 1969) [Progreso tecnológico y
Revolución Industrial, traducción de Francisca Antolín Fargas, Madrid, Tecnos,
1979].
VIII. DISCIPLINA, O POR QUÉ LOS
GUERRERO S NO SIEM PRE SON SOLDADOS
RORKE’S DRIFr, 21-23 DE ENERO DE 1879
Existe una historia británica de la guerra con abundantes notas a pie de
página que es todo un ejemplo de erudición decimonónica: Narrative ofField
Operations Connected with the Zulu War ofi8jg (Londres, 1881). También se
publicaron una serie de fascinantes libros de memorias en relación con la
misma. Henry Harford, que hablaba zulú, formaba parte del contingente de
nativos de Natal y se vio envuelto en lo más duro del combate; véase D. Child
(ed.), The Zulu WarJournal of Colonel Henry Harford, C.B. (Hamden, Connecticut,
1980). F. E. Colenso (hija del obispo de Natal) realiza una defensa del coronel
Durnford, cuyas erróneas tácticas fueron quizá la causa de que se perdiera
Isandhlwana, junto con una benévola descripción de los zulúes, en su History of
the Zulu War and Its Origin (Westport, Connecticut, 1970). Un veterano de las
guerras tribales en Sudáfrica, T. Lucas, es autor de un libro escrito poco
después de Isandhlwana y Rorke’s Drift, con el título The Zulus and the British
Frontiers (Londres, 1879). Los diarios de sir Garnet Wolseley proporcionan
alguna información sobre el final de la guerra zulú: véase A. Preston (ed.),
The South African Journal of Sir Garnet Wolseley, 7879-1880 (Ciudad del Cabo,
1973). De más valor documental son las memorias de un intérprete bóer al
servicio de los zulúes, Cornelius Vign, cuyo diario fue traducido del holandés
por el obispo J . W. Colenso: C. Vign, Cetshwayo’s Dutchman: Being the
PrivateJournal ofa White Trader in Zululand During the British Invasion (Nueva
York, 1969).
5 18
J . Guy es autor de un libro sobre la decadencia y caída del reino zulú
que se centra en las causas económicas de la guerra, especialmente el afán de
los británicos por explotar los recursos naturales y la descripción de la vida
colonial de los bóers: The Destruction of the Zulu Kingdom: The Civil War
inZululand, 1879-1884 (Ciudad del Cabo, 1979). Véanse también C. F. Goodfellow,
Great Britain and South African Confederation, 1870-1881 (Londres, 1966) y,
sobre todo,J. P. C.
Laband y P S. Thompson, Field Guide to the War in Zululand and the
Defence of Natal i8yg
(Pietermaritzburg, Sudáfrica, 1983).
Un libro clásico sobre la rebelión de los zulúes y la guerra anglo-zulú
de 1879 es de D.
Morris, The Washing of the Spears: A History of the Rise of the Zulu
Nation Under Shaka and Its
Fall in the Zulu War of i8jg (Nueva York, 19C5). Las principales
campañas de la guerra son descritas por D. Clammer en The Zulu War (Nueva York,
1973); M. Barthorp, The Zulu War (Poole, Inglaterra, 1980), que además incluye
excelentes ilustraciones, y A. Lloyd, The Zulu War, i8y¡) (Londres, 1974). Los
libros más actualizados sobre el desarrollo de la guerra son los de R.
Edgerton, Like Lions They Fought: The Zulu War and the Last Black Empire in
South Africa (Nueva York, 1988), con gráficos relatos de las batallas, y S. Clarke
(ed.), Zululand at War: The Conduct of the Anglo-Zulu War (Johanesburgo, 1984).
Hay varias monografías consagradas a Rorke’s Drift. Tal vez la más
conocida sea la de M. Glover, Rorke’s Drift: A Victorian Epic (Londres, 1975),
aunque también incluye fascinantes ilustraciones y fotografías Terrible Night
at Rorke’s Drift, d ej. W. Bancroft (Londres, 1988). Véase también R. Furneux,
The Zulu War: Isandhlwana and Rorke’s Drift (Londres, 1963).
La bibliografía sobre la cultura zulú y su breve imperio es muy amplia,
y, además de los libros especializados, se pueden encontrar fácilmente buenas
introducciones en inglés sobre los principales puntos. Véanse Shaka ’s Heirs,
de J . Selby (Londres, 1971); el clásico de A. T. Bryant, The Zulu People: As
They Were Before the White Men Came (Nueva York, 1970), y el libro de J . Y.
Gibson, The Story of the Zulus (Nueva York, 1970). El misionero norteamericano
Josiah Tyler dejó una vivida descripción de las costumbres y vida cotidiana de
los zulúes en Forty Years Among the Zulus (Boston, 1891). Tal vez el mejor
trabajo sobre el ejército zulú sea el de
I. Knight, The Anatomy of the Zulu
Army: From Shaka to Cetshwayo, 1818-1879 (Londres, 1995). Una breve selección
de la miríada de publicaciones sobre el ejército británico en el si
glo x ix incluiría los libros de G. Harries-Jenkins, The Army in
Victorian Society (Londres, 1977); G. S t.J. Barclay, The Empire Is Marching
{Londres, 1976); T. Pakenham, The Boer War (Nueva York, 1979); M. Carver, The
Seven Ages of the British Army (Nueva York, 1984), y j . Haswell, The British
Army: A Concise History (Londres, 1975)- Acerca de la importancia de la
instrucción, véase W. H. McNeill, Keeping Together in Time: Dance and Drill in
Human History (Cambridge, Massachusetts, 1995); y para la relación entre
instrucción militar, valentía y la naturaleza del coraje, W. Miller, The
Mystery of Courage (Cambridge, Massachusetts, 2000).
Para estudios generales sobre los ejércitos tribales, véanse B. Ferguson
y N. L. Whitehead (eds.), War in the Tribal Zone: Expanding States and
Indigenous Warfare (Santa Fe, Nuevo México, 1992); J . Haas (ed.), The
Anthropology of War (Cambridge, 1990), y, sobre todo, el libro clásico de H. H.
Turney High, Primitive War: Its Practice and Concepts (Columbia, Carolina del
Sur,
I97i)-
IX. INDIVIDUALISMO
MIDWAY, 4-8 DEJUNIO DE 1942
Sobre la batalla de Midway se han escrito muchos libros, y a menudo
constituye el capítulo más importante de los volúmenes dedicados al campo de
batalla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Por lo que se refiere a
las monografías consagradas a esta batalla,
5’9
destaca la de G. Frange (en colaboración con D. Goldstein y K. Dillion),
M iracle a t M id w a y (Nueva York, 1982), que trata de los principales
puntos. El libro de P. Frank y J . Harrington, R en dezvous a t M id w a y : U
SS Yorktow n a n d the Japan ese C arrier F leet (Nueva York, 1967), ofrece un
análisis sobre la reparación, regreso y final hundimiento del Yorktow n en la
batalla. El popular Incredible Victory (Nueva York, 1967)1 Increíble victoria,
Barcelona, Plaza yjanés, 1969], de Walter Lord, es un relato muy bien escrito
que incluye testimonios de primera mano con veteranos japoneses y americanos
que participaron en la batalla. Además, existen por lo menos cuatro estudios de
carácter general que describen la batalla desde el lado americano: A. Barker, M
id w a y : The Turning P o in t (Nueva York, 1971); R. Hough, The B a ttle o f
M id w a y (Nueva York, 1970); W. W. Smith, Midway: Turning Point of the
Pacific (Nueva York, 1966), y I. Werstein, The Battle ofMidway (Nueva York,
1961).
En cuanto a los capítulos sobre Midway en libros dedicados a la Guerra
del Pacífico, aún resulta de gran valor el que se incluye en Coral Sea, Midway,
and Submarine Actions, May 1942-August 1942, vol. 4 de History of United States
Naval Operations in World W3zr//(NueVa York, 1949), de Samuel Eliot Morison, al
que se unen los que aparecen en The Pacific War, 1941-1945 (Nueva York, 1981),
de J . Costello, y The Barrier and the Javelin: Japanese and Allied Pacific
Strategies, February to June 1942 (Anápolis, Maryland, 1983), de H. Willmott.
En el volumen de D. van der Vat, The Pacific Campaign, World War II: The
US-Japanese Naval War, 1941-45, se puede encontrar una buena revisión de la
batalla, acompañada de valiosas observaciones procedentes del bando japonés. En
The Price ofAdmiralty: The Evolution of Naval Warfare (Nueva York, 1989), de
John Keegan, Midway se toma como ejemplo de la gradual disminución de la
importancia de los buques de guerra frente a los aviones. R. Overy dedica en
Why the Allies Won (Nueva York, 1996) varias páginas a analizar las ventajas de
los japoneses tanto en armamento como en experiencia. Y se discute el papel de
los servicios de inteligencia norteamericanos en los libros de D. Kahn, The
Codebreakers: The Story ofSecret Writing (Nueva York, 1996), y R. Lewin, The
American Magic: Codes, Cyphers and the Defeat ofJapan (Nueva York, 1982).
Hay una cantidad apreciable de fotografías, dibujos, mapas, cuadros y
estadísticas sobre la marina japonesa en A. Watts y B. Gordon, The Imperial
Japanese Navy (Garden City, N Y , 1971), y J . Dunnigan y A. Nofi, Victory at
Sea: World War II in the Pacific (Nueva York, 1995).
M. Fuchida y M. Okumiya, dos veteranos de la campaña Midway-Aleutianas,
escribieron M id w a y, the B a ttle th a t D o o m ed J a p a n : TheJapan ese
N a v y ’s Story (Anápolis, Maryland, 1955), un fascinante relato, equilibrado
y reflexivo, desde el lado japonés. M. Okumiya y J . Horikoshi, junto con M.
Caidin analizan en Zero! (Nueva York, 1956) la batalla de Midway en el contexto
de la guerra aeronaval en el Pacífico. Igualmente interesante resulta el diario
de M. Ugaki, F adin g Victory: The D ia ry o f A d m ira l M atóm e U gaki,
1941 -45 (Pittsburgh, Pensilvania, 1991). En el libro de D. Evans (ed.)
TheJapanese N a v y in W orld W a r l l i n the W ords o f F orm er N a v a l
Officers (Anápolis, Maryland, 1986) se incluye una antología de testimonios de
japoneses que participaron en las más importantes batallas navales del
Pacífico.
También incluyen interesantes capítulos desde el punto de vista japonés
los volúmenes de R. O’Connor, The Imperial Japanese Navy in World War II
(Anápolis, Maryland, 1969); P. Dull, A Battle History of the ImperialJapanese
Navy (Anápolis, Maryland, 1978); E. Andrie, Death ofa Navy:Japanese Naval
Action in World War //(Nueva York, 1957), y j . Toland, TheRising Sun: The
Decline and Fall of the Japanese Empire, 1936-1945, 2 vols. (Nueva York, 1970).
Se ofrecen abundantes datos sobre la batalla en las biografías de los
respectivos comandantes en jefe de los dos bandos. Por ejemplo, véanse las de
H. Agawa, The Reluctant Admiral: Yamamoto and the Imperial Navy (Anápolis,
Maryland, 1979) ;J . Potter, Yamamoto: The Man Who Menaced America (Nueva
York,. 1965); T. Buell, The Quiet Warrior: A Biography ofAdmiral Raymond A.
Spruance (Boston, 1974), y E. Hoyt, How They Won the War in the Pacific: Nimitz
and His Admirals (Nueva York, 1970).
520
Se trata del proceso de occidentalización de Japón en numerosos libros,
como los de S. Eisenstadt,/aj&an«c Civilization: A Comparative View
(Chicago, 1995), y M. y S. Harries, Soldiers of the Sun: The Rise and Fall of
the Imperial Japanese Army, 1868-1945 (Nueva York, 1991), ambos de carácter
general. Si se busca un acercamiento más detallado y erudito, resulta
recomendable el trabajo d e j. Arnason, Social Theory andjapanese Experience:
The Dual Civilization (Londres
y Nueva York, 1997). E. L.
Presseisen en Befare Aggression: Europeans Prepare theJapanese Army (Tucson,
Arizona, 1965), R. P. Dore en Land Reform in Japan (Londres, 1959) y, sobre
todo, S. P. Huntington en The Soldier and the State: The Theory and Politics of
Civil-Military Relations (Cambridge, Massachusetts, 1957) se centran en la
adaptación de Japón a las prácticas militares europeas y la introducción en el
país de la tecnología europea durante el siglo X IX.
Sobre la historia militar japonesa y las consideraciones culturales
niponas acerca de la teoría y práctica de la guerra, son recomendables las
obras de T. Cleary, The Japanese Art ofWar: Understanding the Culture
ofStrategy (Boston, 1991), y R. J . Smethurst, A Social Basis for Prewar
Japanese Militarism: The Army and the Rural Community (Berkeley y Los Ángeles,
1974). Por último, Robert Edgerton en Warriors of the Rising Sun: A History of
the Japanese Military (Nueva York, 1997) aporta interesantes ideas sobre la
actitud de los japoneses para con los pueblos conquistados y los prisioneros, y
apunta que el período de mayor brutalidad al respecto, entre 1930 y 1945, debe
considerarse una aberración en la larga tradición militar de Japón.
X. DISENSIÓN Y AUTOCRÍTICA
LA OFENSIVA DEL TET, 31 DE EN ERO S DE ABRIL DE 1968
Tal vez se ha escrito más sobre Vietnam que sobre el resto de las
batallas analizadas en este volumen juntas, lo que sin duda refleja la
influencia de los medios de comunicación y editoriales estadounidenses, así
como el interés del tema para la generación de norteamericanos que crecieron en
los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Evidentemente, se dan muy
distintos tratamientos al conflicto, aunque estas diferencias parecen estar
basadas más en la cronología que en la ideología. Gran parte del material
publicado entre 1968 y 1975 tiene un sesgo hostil a la presencia y estrategia
norteamericanas; tanto en las obras de los críticos más izquierdistas, en las
que se hacía hincapié en la injusticia que representaba la ocupación
estadounidense, como en las de los investigadores más conservadores, donde se
hacía mención a la ineptitud militar a la que se unía un liderazgo político
débil.
Sin embargo, a principios de los años ochenta, ante la ausencia de
elecciones libres en el Vietnam unificado, el éxodo masivo de vietnamitas, el
holocausto en Camboya, la invasión soviética de Afganistán y la crisis de los
rehenes de Irán, se produjo un lento aunque indudable viraje en las
valoraciones generales sobre este conflicto. Si bien la mayoría de los nortea
mericanos aún coincidían en que la guerra había estado mal dirigida, y que tal
vez incluso fue innecesaria, muchos empezaron a argumentar que las causas que
condujeron a ella habían sido justas, y que podría haberse ganado si se hubiera
aplicado una estrategia correcta en los momentos decisivos. Los revisionistas
empezaron a sentir que, de algún modo, la historia había acabado dándoles la
razón, mientras que empezaron a mostrar posturas menos radicales, cuando no
claramente apologéticas, la mayoría de los primeros críticos, algunos de los
cuales habían visitado Vietnam del Norte, alabado a los regímenes comunistas
del sureste asiático y participado en programas propagandísticos de radio
contra los soldados esta dounidenses.
Se puede encontrar un buen resumen de las diferentes líneas de
investigación en los libros d ej. S. Olson, The Vietnam War: Handbook ofthe
Literature and Research (Westport, Connecticut, 1993), y R. D. Burns y M.
Leitenberg, The Wars in Vietnam, Cambodia, andLaos, 1945-11)82 (Santa
5 2 1
Bárbara, California, 1983). Sobre la batalla del Tet en concreto, aún
resulta muy útil la monografía de D. Oberdorfer, Tet! (Nueva York, 1971).
También se incluyen algunos ensayos de gran interés sobre esta ofensiva en el
libro editado por M. J . Gilbert y W. Head, The Tet Offensive (Westport,
Connecticut, igg6). Véase también el de W. Pearson, Vietnam Studies: The War in
the Northern Provinces, 1966-7968 (Washington, D C , 1975). Asimismo, se pueden
encontrar buenos capítulos dedicados a Tet en conocidas monografías como la de
S. Stanton, The Rise and Fall ofan American Army: us Ground Forces in Vietnam,
1965-1973 (Novato, California, 1985). El impresionante estudio en dos volúmenes
sobre la cobertura periodística de la batalla realizado por P. Braestrup (Big
Story: How the American Press and Television Reported and Interpreted the
Crisis of Tet 1968 in Vietnam and Washington [Boulder, Colorado, 1977]) aún
constituye un irrecusable retrato de los medios de comunicación. Tet Offensive
1968: Turning Point in Vietnam (Londres, 1990), de J . Arnold, incluye
interesantes mapas e ilustraciones [Ofensiva del Tet, Madrid, Ediciones del
Prado, 1994].
Sobre los errores del servicio de inteligencia norteamericano para
prever la sorpresa que supuso el Tet, véase R. F. Ford, Tet 1968: Understanding
the Surprise (Londres, 1995), que achaca a las discordias políticas entre las
diferentes agencias de inteligencia la cadena de errores que impidió hacer uso
de los excelentes datos que se había logrado reunir. También se han publicado
algunos interesantes ensayos sobre la guerra, y, especialmente, el papel de la
fuerza aérea durante el Tet, como el de D. Showalter y j . G. Albert, An
American Dilemma: Vietnam, 1964-1973 (Chicago, 1993); sobre las operaciones
militares emprendidas tras la ofensiva, véase
R. Spector, After Tet: The
Bloodiest Year in Vietnam (Nueva York, 1993).
Ofrece estadísticas sobre los soldados que combatieron en Vietnam (edad,
nivel socio económico, cuerpo en el que sirvieron, bajas sufridas, etc.) T.
Thayer en War Without Fronts: The American Experience in Vietnam (Boulder,
Colorado, 1985); y sobre las ideas falsas acerca de los veteranos del Vietnam,
véase E. T. Dean, Shook Over Hell: Post-Traumatic Stress, Vietnam, and the
Civil War (Norman, Oklahoma, 1989). En el libro de T. Hoopes, The Limits
ofIntervention: An Inside Account of How theJohnson Policy of Escalation in
Vietnam Was Reversed (Nueva York, t973), que dedica un capítulo a la ofensiva,
se da información sobre las intrigas políticas en Washington que afectaron el
desarrollo de la batalla.
J . Record, en The Wrong War: Why We Lost in Vietnam (Anápolis,
Maryland, 1998), analiza pormenorizadamente las razones de la derrota en
Vietnam, deteniéndose especialmente en la ineptitud militar y la ausencia de
razones políticas y estratégicas que justificaran la intervención
norteamericana. G. Lewy en America in Vietnam (Nueva York, 1978); L. Sorley en
A Better War: The Unexamined Victories and Final Tragedy ofAmerica’ Last Years
in Vietnam (Nueva York, 1999), y M. Lind, Vietnam, the Necessary War: A Reinterpretation
ofAmerica’s Most Disastrous Military Conflict (Nueva York, lggg) aluden a la
tergiversación que supuso presentar el Tet como parte integrante de una serie
de esfuerzos por cambiar la percepción general de que no sólo era imposible
ganar en Vietnam, sino que la presencia norteamericana en la zona era
moralmente reprobable, en lo que también coinciden S. Karnow, Vietnam: A
History (Nueva York, 1983), y
N. Sheehan, A Bright Shining
Lie: John Paul Vann and America in Vietnam (Nueva York, 1988).
El Tet es parte de varias recopilaciones de fuentes primarias, discursos
y artículos destinadas a los estudiantes universitarios; los editores de estas
antologías suelen adoptar una postura crítica a la hora de valorar la
intervención norteamericana y las acciones militares emprendidas en Vietnam.
Véanse a este respecto las obras editadas p o rj. Werner y D. Hunt, The
American War in Vietnam (Ithaca, Nueva York, 1993); G. Sevy, The American
Experience in Vietnam: A Reader (Norman, Oklahoma, 1989); M. Gettleman et al.,
Vietnam and America: A Documented History (Nueva York, 1995), y.J. Rowe and R.
Berg, The American War and American Culture (Nueva York, 1991). Otras
antologías de documentos más equilibradas son las de M. Raskin y B. Fall, The
Vietnam Reader: Articles and Documents on American Foreign Policy and the
VietNam Crisis
522
(Nueva York, 1965), y H. Salisbury, Vietnam Reconsidered: Lessonsfrom a
War (Nueva York, 1994).
M. Hershberger en Traveling to
Vietnam: American Peace Activists and the War (Siracusa, Nueva York, 1998), y j
. Clinton, The Loyal Opposition: Americans in North Vietnam, 7965-7972
(Boulder, Colorado, 1995), ofrece un acercamiento favorable a los activistas
que estuvieron en Vietnam del Norte.
Recientemente se han publicado numerosos relatos de los veintiséis días
que duró la lucha casa por casa en Hué, la mayoría, memorias escritas por
veteranos que presenciaron aquella masacre. Véanse N. Warr, Phase Line Green:
The Battle for Hue, 1968 (Anápolis. Maryland, 1997); K . Nolan, Battle for Hue,
Tet, 1968 (Novato, California, 1983); G. Smith, The Siege ofHue (Boulder,
Colorado, 1999), y E. Hammel, Fire in the Streets: The Battle for Hue, Tet 1968
(Chicago, 1991). Sobre Khesanh, véanse los impactantes relatos d e j. Prados y
R. Stubbe, Valley of Decision: The Siege ofKhe Sanh (Nueva York, 1991), y R.
Pisor, The Siege ofKhe Sanh (Nueva York, 1982). El papel de la aviación en el
asedio está bien narrado por B. Nalty en Air Power and the Fight for Khe Sanh
(Washington, DC, 1973), publicado por la Oficina de Historia de la Fuerza
Aérea.
Hay varias buenas memorias, bastante dogmáticas, escritas poco después
de la guerra por algunos de los principales mandos militares norteamericanos en
la zona. Destacan las de W. C. Westmoreland, A Soldier Reports (Nueva York,
1976); M. Taylor, Swords and Plowshares (Nueva York, 1972), y U. S. Sharp,
Strategy for Defeat: Vietnam in Retrospect (Nueva York, 1978).
ÍNDICE DE MAPAS
Batalla de Salam ina 65
Batalla de G augam ela 89
Batalla de Cannas 134
Batalla de Poitiers 168
Batalla de Tenochtitlán 215
Batalla de Lepanto 268
Batalla de Rorke’s Drift 329
Batalla de M idw ay 375
Las batallas más importantes de la ofensiva del Tet 437
525
ÍNDICE ONOMÁSTICO Y TEMÁTICO
Abderramán, 164-166, 169-171, 173, 175, 196, 182, 432, 486, 513
Abrams, Creighton W., 459, 481
Actium, 274, 276, 370, 504
Adams, Eddie, 433
Adimanto, 71
Adrianópolis, 19, 123, 151, 189, 488
Agesilao, 21, 66, 90
Agincourt, 75, 124, 163, 184
Ahura Mazda, 53, 56-57, 67
Air Power and the Fightfor Khe Sanh (Nalty),
442-443, 523
Alcibíades, 51, 54, 449
Alejandro, Vida de (Plutarco), 82, 86, 88, 96, 114
Alejandro Magno: 21, 49, 79, 113, 139; aniquilación y guerra total,
99-101, 106-109; asesinato de su padre, 96; batalla decisiva, resultados de la,
105-113; Bucéfalo (caballo de), 85, 90; campaña persa, 103-105; cifra de
muertes ocasionadas, 21, 106-107; conquista de Grecia, 101, 103-105; conquista
de Oriente Próximo e India, 107-108; críticas, 478-479; crucifixión, introduce
la, 111; diezmo, el castigo del, 111; ejército de, 40, 69, 77, 101; fórmulas de
ataque,
81-82, 90-91, 101-102; Gaugamela, 82, 85-91, 94-96, 101, 118; Gaza, 91,
107; Gránico, 87, 101, 104-106; Hidaspes, 101, 106; Hitler, comparado con,
112-113; influencia helénica, 26, 102-105; Isos, 87, gi-g2, 94, 101, 104, 106,
114; juramento en Opis, 234; liderazgo, cualidades de, 101-102; paranoia,
megalomanía y despotismo, 83, 86, 105, 110-111; Parmenión y, 81-88, 90, 93, 95,
110-112, 114; práctica de la jbrokynesis, 103, 111; tesoros aqueménidas, saqueo
de los,
305-306; Tiro, 91, 94, 102, 107, 112;
y la libertad, 103-104. Véanse
también Gaugamela; ejército macedonio
A lí Bajá, Muaddinzade, 263-265, 267, 274, 279-281, 283, 292-293, 307,
486
Alí Bajá, Turgud (Dragut), 294 Alí, Hasán, 285 Alí, Uluj, 267, 294
Ally of Cortés (Ixtlilxochitl), 220-221, 223,
24 9
Alta Edad Media, 21, 28, 36-37, 55, 154, 177, 183, 489
Alvarado, Pedro de, 161, 199-201, 205-206, 209-211, 217, 236, 238, 240,
248, 250, 256,
259
Ambrose, Stephen, 24
American Dilema, An (Showalter y Albert),
4 4 4
American Experience in Vietnam, 7%«(Sevy),
465
American in Vietnam (Lewy), 446, 475 Anabasis (Arriano), 85, 86, 87, 88,
107, 110 Anabasis (Jenofonte), 17, 18, 19, 68, 163 Anaxagoras, 57
Aníbal: 21, 40; antecedentes, 133-135; brillantez, 127-129; campaña
después de Cannas, 133-135, 151-152; derrota de, 133 135; ejército sin
ciudadanos, 150; ejército sin reemplazos, 148; en Cannas, 123-130; influencia
helénica, 136-138; ingenuidad, 156-157; Mago, su hermano, 125, 131
Aniquilación, 39, 48, 100 101, 106-109, 111, 118, 209
Antigona (Sófocles), 197
Antígono, 99
Antíoco, 54
Aorno, 107, 108
Apiano, 129
Aquino, Tomás de, 154, 182
Aquitania, 171, 175
Aragonesium rerum comentarii (Blancas), 259
Argentina, 4g2, 494
Arginusas, 48, 54
Argos, 115
Ariamazes, 107
Ariobarzanes, 108
Ariovisto, 151
Arístides, 74
Aristodemo, 360
Aristóteles, 53, 68, 73, 77, 78, 103, 111, 116, 123, J37, ’ 45. '49,
»61, 188, 235, 237, 242, 261, 305, 362-363, 367
Armas, gérmenes y acero (Diamond), 32 Armas. Véase tecnología y guerra
y por batallas
Arnett, Peter, 461, 466
Arquímedes, 261
Arriano, 85, 86, 87, 88, 107, 110 Arsuf, 41
Artajeijes, 18, 20, 69, 91 Artemisio, cabo, 50, 59, 63, 370 Asdrúbal, 26
Atenas: ataque persa y destrucción de la Acrópolis, 53-54; ciudadanía,
69-70, 138, 145-146; disciplina militar, 363; errores en la guerra del
Peloponeso y en Sicilia, 425, 449-450, 499; evacuación de los ciudadanos,
59-60, 73; gobierno, 71-72; invasión macedonia, 101; Maratón, 58; poderío
marítimo, 60-61, 63-64; renacimiento democrático, 77-78; trirremes, nombres de
los, 71; y la libertad, 73, 76-79; y la victoria de Salamina, 66, 76-79
Augusto, 56
Auschwitz, 133, 233
Austria, donjuán de, 73, 262, 264, 275, 280, 283, 517
Aviñón, 166
Aztecas: 58, i98n.; Ahuitzotl, matanza de
prisioneros en, 223; aniquilación por Cortés, 118, 238-239; armamento,
224-225, 251-253; brutalidad, 209-211; Cuauhtémoc, 214, 216, 218-219, 220-221,
236, 248-250; Cuitláhuac, 210-212, 214; desventajas
tecnológicas y confusión cultural, 137, 198, 245-247, 251-254, 256;
epidemia de viruela, enfermedades europeas y victoria de los españoles,
210-211, 213-214, 221, 234, 242-246; falta de disciplina militar, 254-255;
falta de familiaridad con la doctrina bélica europea, 208-209; “guerras de las
flores”, 38, 208-209, 222-223, 225'> herencia bélica y tácticas de guerra,
222-227; huida de Cortés y celebración, 208; jerarquía militar y status, 226;
masacre de Alvarado, 200-201, 209; mutilación de españoles, 143, 198, 207,
219-220; pérdida de liderazgo y caída, 247; rendición, 220-221; sometimiento
del individuo al Estado, 75; tácticas de guerra, 225-226,
247-248, 341, 432; teócratas imperialistas, 222, 236; tesoro, 199,
229-230; toman a los españoles por dioses, 200, 235, 246; torturas y
sacrificios humanos, 22, 39-40, 75, 201, 207-208, 222-224, 227-228,
239. Véanse también Ciudad de
México; Moctezuma
Bachrach, B., 171
Bactriana, 48, 57, 90, 108, 109, 117 Barbarían Invasions, The
(Delbrück), 193-194 Barbarigo, Agostino, 266-267, 27 5 i 283 Barbarroja, Jayr
al-Din, 285, 294
Batalla de choque: como característica militar de Occidente, 66, 94,
113, 118-121, 163; eficacia de la, 113; y Cortés, 119, 196; y los británicos,
119; y los españoles, 25!-252; y los griegos, 19, 20, 22, 98,
115-118; y los macedonios, 92-93, 98-99,
114, 117; y los romanos, 117
Batalla decisiva: 99-101; evolución del concepto de, 114-115; Lepanto,
28g; resistencia de Japón a la, 400-402; y Alejandro Magno, 104-113; y la
doctrina bélica occidental, 113-121, 287, 340, 400, 402-403; y los pueblos
indígenas, 340-341
Batallas decisivas del mundo occidental; de Salamina a Madrid (Fuller),
25
Bazán, Alvaro de, 267
Belisario, 186, 425
52 8
Best, Dick, 374
Better War, A (Sorley), 471
Big Story (Braestrup), 460
Bizantinos, 172, 174, 175, 178, 182, 186, 189, 261, 285
Blancas, Jerónimo de, 259
Bóers, 314, 317, 331, 333-336, 343, 346,
349, 438, 449, 499
Borges, Jorge Luis, 494
Bradley, Ornar, 450
Bragadino, Antonio y Ambrosio, 264 Bragadino, Marcantonio, 284
Branquidas, 107-108
Brasidas, 22-23, 5 4 , 361
Braudel, Fernand, 32
Broken Spears, The (León-Portilla), 205, 208,
214, 239
Bromhead, Gonville, 322, 324-326, 328,
330, 489
Brunni, Leonardo, 154 Bulwer, Henry, 335 Bunker, Ellsworth, 430, 432
Byron, lord (George Gordon), 50
Caballería: bizantina, 189; británica en Isandhlwana, 311; caballeros;
184, 187-191; condiciones favorables, 184 185, 211-212; conquistadores, 198,
211-212; contra la infantería, 19, 39, 116-117; de Compañeros, 81-83, 85-88,
90, 92-93, 96-97, 101, 110, 188-189, 236; defensa contra la, 256; en Poitiers,
163-166; estribos, 167, 178, 187, 189; europea, 191; musulmana, 174; persa,
82-85, 88-90, 92-93
Caballeros de Malta, 267, 274 Caballo Loco, 339 Calamech, Andrea, 283
Calístenes, 87, 102, 111
Camboya, 30, 240, 451, 453, 455, 463, 466, 468-469, 482, 521
Canción de Lepanto (Herrera), 283 Cannas: 27, 118, 123-157; bajas de
Aníbal,
125; bajas romanas, 124; batalla, 125-128, 131-133; combate de Aníbal
en, 125; derrota, causas de la, 130; el ejército romano en, 115-116, 132-135;
fallos de la
jefatura romana, 25, 126, 130-132,
144-145; lecciones de la batalla, 130-131; lugar de la batalla, 130-131;
matanza en, 127-129; plano, 134; respuesta romana a la derrota, 25, 135-137,
151; significado, 1.56-157; tamaño de los ejércitos, 123, 126, 131, 133; trampa
de Aníbal, 125, 127, 131-133; y Aníbal, 125; y la caballería, 126; y la
composición del ejército de Aníbal, 124-126
Cannas (Schlieffen), 127
Capitalismo: 37-39, 500-501; armamento: fabricación, desarrollo,
difusión, 38-39, 259-262, 277, 287; diádocos, 56; en Venecia, 290-292; español,
en el Nuevo Mundo, 259; europeo, 287; griego, 74, 304-306; kerdos (lucro), 304;
propiedad de la tierra y propiedad privada, 54-55, 72-73; y cultura, 301-304; y
el Imperio otomano y el islam, 300-304
Cardona, Juan de, 267 Cardwell, Edward, 356 Carolingians, The (Riché),
180-181 Carres, 29, 117, 488
Cartago: adopción de las tácticas militares romanas, 27-28, 31; como
Estado occidental, 136-137; conquista musulmana, 175; cultura, 136-139;
derrota, 157; diferencias con los valores culturales y políticos de Roma, 26,
137-139- 1 4 5 , i49-!5o; historia, 137; Primera Guerra Púnica, 133, 140, 360;
Segunda Guerra Púnica, 129, 135-136, 146
Carlomagno, 41, 170, 177, 183, 195, 287
Cartas de relación (Cortés), 249-250
Casas, Bartolomé de las, 233, 479
Castillo, Bernal Díaz del, 197, 203, 211, 219,
256>344. 515
Celene, 107
Cervantes, Miguel de, 282, 283, 300
César, Julio, 21, 24, 41, 106, 112, 118, 124, 141, 150, 209, 235, 242,
257, 262, 306
Cetshwayo, rey, 30, 75, 282, 306, 320-321, 324, 332-333, 335-338, 339,
341,
343-346, 347, 350, 353-355, 432, 449, 486
Cetshwayo’s Dutchman (Vign), 320
52.9
Chaka, 337, 345-349, 3 5 2 , 355, 359, 490 Chálons, 170
Chard, John, 322-328, 330, 357, 489 Chelmsford, lord, 209, 312-313,
316-319,
323, 331, 333, 336'337, 34°, 343,
346,
352, 385, 431, 435, 448, 480, 487, 489
China, 33
Chipre, 63, 152, 264, 265, 274, 280, 283-284, 298
Chomsky, Noam, 464
Chub, Oliver E., 442
Churchill, Winston, 161
Cicerón, 155, 235, 301
Cinocéfalos, 130, 139
Ciro el Grande, 51, 69, 117
Ciro el Joven, 17-18, 68, 301
Ciudad de Dios La (San Agustín), 182 Ciudad de México (Tenochtitlán),
37, 129,
143, 154, 198 n., 237; aliados de Cortés y la conquista, 198-200, 213,
238-242; asedio; tamaño y grandeza, 237; bajas españolas, 197-199, 201,
207-208, 218, 221; bajas mexicas, 198, 201-202, 206-207, 209' 210, 221;
batallas por, 197-221; caballería, 161, 184, 198, 255-256; bergantines
españoles, 257-258; destrucción de, 213-221; epidemia de viruela, enfermedades
europeas y victoria, 210-211, 213, 214, 242-245, 246; fin de la autonomía
mexica, 238, 241-242; huida de Cortés, 207-213; mapa, 215; máquinas de batalla
de los españoles, 257-258; mayor derrota europea, 204-207; motivación de los
españoles, 229-230; Noche Triste, 40,
204-207, 210, 255; objetivo estratégico de los españoles, 241-242; por
qué venció Cortés, 237-260; rendición de los aztecas, 220-221; superioridad
numérica mexica, 198, 200, 216, 237; superioridad tecnológica de los españoles,
198, 218,
245-248, 251-261; tácticas de guerra total, 217-218, 220-222, 258;
tamaño de las fuerzas de Cortés, 200, 216-217; teoría de la confusión cultural
mexica, 245-248. Véanse también aztecas, Cortés, Moctezuma
Clausewitz, Karl von, 127, 242, 342 Cleito, el Negro, 110 Clodoveo, 170
Colenso, Francés, 354, 357
Colenso, John, 282, 480, 487 Colonna, Marcantonio, 264, 275, 280
Constantinopla, 28, 167, 175, 178, 180, 195,
285, 294, 488
Contarmi, Gianpietro, 271, 272, 280, 282,
3 4 4
Coral, mar del, 401
Coral Sea, Midway, and Submarine Actions, May 14<)2-August 1492
(Morison), 401-402, 410, 412
Corbiére, 166
Córcega, 285
Corfú, 265, 275, 280, 284, 456
Corinto, 71
Coronea, 21, 90
Cortés, Hernán o Malinche: 21, 39-40, 41, 105, 231, 234; aliados en
México, ígg, 213, 238-242, 243, 249-250, 342-343', asedio de Tenochtitlán,
199-200; bajas, 197-199, 201, 206, 209-210, 218, 221, 249-250; bajas del
enemigo, 106-107, !98, 201-202, 206, 210, 221; caballería, 161, 184, 198,
255-256; composición del ejército, 235; conquista de México, 199, 214-215, 33g;
cualidades de liderazgo, 248-251, 259, 425; democracia y debate entre las
tropas, 236; destrucción de Tenochtitlán
y del Imperio azteca, 213-221;
disciplina en el ejército, 236; educación, 235; guerreros mortíferos y
fanáticos, 229; hijos mestizos, 232, 249; huida, 207-213; la viruela, las
epidemias y la victoria, 210-211, 213, 214, 242-244; los españoles como
inmortales, 246; máquinas de guerra, 257; motivación, 229, 231-233; Noche
Triste, 204-207, 210, 249, 255; Otumba, batalla de, 211-212, 259; refuerzos,
209-210, 214; resistencia a las epidemias, 245; sitio, 218, 257-258; tácticas
de aniquilación y guerra total, 209, 217-218, 220-221, 234, 210; tamaño del
ejército, ígg, 216-217; victoria,
53°
motivos de la, 196; y el racionalismo,
234-237, ; y Pánfilo de Narváez, 199, 200, 239, 248, 479. Véanse también
Tenochtitlán; España
Cortés and the Downfall of the Aztec Empire
(White), 256
Costa, Juan de, 259
Cratero, 81
Creasy, Edward, 24-26, 193 Cristianismo: actitud hacia los pueblos
indígenas, 337-343; catolicismo mediterráneo, 117-229; contra el islam,
173"174i guerra justa, 154, 182-183, 286-287, 384; guerras del papado
contra los otomanos, véase Lepanto; ; preceptos contra la guerra, 173-174;
reacción frente a los aztecas, 227-228; y el protestantismo, 285, 286-288; y
España, 227-229; y Europa, 177
Crónica de Fredegario, 164
Cruzadas, 21, 39, 195, 285-286
Cultura occidental: alta Edad Media, 37,
154, 176-183; amoralidad de la guerra en la, 38; ascendencia, 36-36;
batalla de choque, táctica de la, 66, 94, 114-121, 162-163; batalla decisiva,
113-121, 259, 287, 340; capacidad mortífera de la, 13; capitalismo y guerra,
37, 74, 287, 301-307; catalizador de los orígenes de la, 35-36; conquista
brutal del Nuevo Mundo, 241-242; contemporánea, 494-496; continuidad cultural
desde Grecia y Roma, 36-38, 15 3 15 5 . 171, 17 9 ' 1^2>l85 " 186,
194-196, 285-287, 485-488; cristianismo y ejército, 173-174; cultura y
capacidad para luchar, 22-24, 27-29, 40; definición, 13; democracia, libertad y
capacidad militar, 29, 40, 72, 74-78, 115, 137-139, 185-186, 191, 290-292, 404,
425-427; desarrollo del Estado nación y dinamismo militar, 146-150, 154-155,
185-186; desequilibrio Oriente-Occidente, 299-300; difusión del conocimiento,
34, 35-36, 179-180, 260-262, 291-292; dirección de los ejércitos en el campo de
batalla, 419; disciplina militar, 28, 64, 93-
94, 102-103, 259'26o, 355-368; disensión y autocrítica (libertad de
expresión), 28-29, 35-36, 70-74, 259-260, 282, 288-289, 425-426, 444-450, 456,
477-483, 487-488; doctrina militar, 38-41, 79, 94, 106, 118-
121, 259, 342-343>3 85, 47° - 474, 489-501;
ejercito occidental frente a ejército occidental, 21, 498-501; ejércitos
públicos y condiciones legales del servicio militar, 156, 259; expansión
europea en el siglo XVI, 37; explosivos y armas de fuego en la, 36, 192-193,
195-196; fuerzas expedicionarias y capacidad para superar a los enemigos, 21;
futuro de la, 495"501 j grandes batallas y elementos básicos de la, 11-12;
guerras “justas”, 154, 182, 286, 384-385; individualismo y ejército, 39-40, 53,
103, 392“393, 423-427; infantería pesada, 39, 161, 185-193; literaria e
historiográfica, tradición,
236-237, 261-262, 281-283, 344-345. 477; locura de Verdún y la, 25;
manuales de táctica y estrategia, 180-181, 261-262; masacre, impiedad y, 21;
militarismo cívico (soldados ciudadanos), 118, 123,
139-145, 149-157, 171-172. 259, 287, 404; nacionalismo, 36, 234-237;
prácticas bélicas y armamento de las naciones africanas y asiáticas, 27-28;
preeminencia de la, 30-37; principios universales de la organización militar,
30-31, 494-495; propiedad de la tierra y propiedad privada, 54-55, 72, 78-79;
Renacimiento,
154 ; renacimiento militar del
siglo XVI, 37, 195; resistencia y flexibilidad, 28, 40, 76, 129-130, 152,
195-196, 483; separación de Iglesia y Estado, 172, 342; tecnología de la,
28-29, 260-262, véase también tecnología y guerra; tradición de investigación intelectual
e improvisación, 260-262, 291-292; valores y batalla, conexión con, 22,
147-148, 259, 342-343; viaje y tradición de investigación natural, 236-237,
260-262; y el “ciudadano”, 38-39, 69; y la formación de soldados letales, 21,
38-41
53 ’
Cunaxa, 18-19, 68, 69, 98, 493 Curcio, Quinto, 82, 83, 86, 109, 114
Dalton, James, 322, 325-326, 332, 489 Darío, 50, 52, 56, 58, 69
Darío III, 21, 28, 6g, 75, 82, 84-88, 90-95, 106, 114, 117, 236, 248,
282, 295, 323, 432, 479, 486
DarkAges, The (Ornan), 194 Dávila, Pedro Arias, 233
Decisive Battles Since Waterloo (Knox), 25 Decretum (Graciano), 154
Delbrück, Hans, 193
Delio, 54, 162
Demarato, 51, 71
Democracia(s): como valor occidental, 40, 76-77; disciplina, combatir en
formación,
y batalla de choque, 22-23, 64,
92-94, 103, 114-121; efectos sobre el ejército, 19, 22, 40, 66-68, 70, 74-75,
76; en Roma,
137-138; expansión y renacimiento de Atenas, 77-79; guerras entre,
498-501; peligros inherentes, 78-79; resistencia y adaptabilidad de la cultura
y de la, 76-77,
1 3 5 ^ '9 5 - '9 (); y Ia antigua Grecia, 137-138,
143
Demóstenes, 100-101, 104, 117, 479 Destruction of the Zulu Kingdom, The
(Guy),
3 3 4
Diamond, Jared, 32
Dien Bien Phu, 29, 440
Diez Mil, los, 17-20, 6g, 77, 91, 185, 236 Diezmar las tropas, 111
Diodoro Sículo, 63, 68, 69, 71, 84, 95, 110 Diógenes, 478
Disciplina militar: de los británicos en Isandhlwana, 320; de los
británicos en Rorke’s Drift, 224-225, 231-232; en España, 236, 254-255; en
Grecia, 64, 66-67; en la alta Edad Media, 182-183; en Macedonia, 92-94, 103; en
Roma, 144; falta entre los aztecas, 255; falta entre los zulúes, 350;
instrucción, formación, orden y mando, 364-368; paradigma clásico, 362-364; y
la cultura occidental, 28
Don Juan (Byron), 50-51
Donjuán de Austria, 73, 262, 264, 275, 280, 283, 300
Don Juan ofAustria (Stirling-Maxwell), 288 Don Quijote de la Mancha
(Cervantes), 300 Doria, Gian Andrea, 267
Durnford, Anthony W., 311, 313, 318-320
Egina, 45, 59, 60-61, 63, 71, 73
Egipto: 34-35, 57, 115; Alejandría, 34-35, 102, 175
Ejército británico: 17o lanceros, 161, 358-359; armamento, 315-316,
344"345. 357; bajas, guerra anglo-zulú, 344-345; caballería, 161;
desciframiento de códigos, 301; disciplina, 320, 325, 332, 356-359, 367-368;
provisiones, 352; soldados en África, 352-355; tamaño, siglo XIX, 356;
tradiciones, 355-359
Ejército cartaginés: armamento, 125; elefantes, 137; en Galia, 124-125,
131; hispanos en el, 124-125, 131; mercenarios, 123, 124, 136-137, 150, 366;
mercenarios africanos, 125-126, 131
Ejército griego: aniquilación, política de,
39) 47; armas y equipos, 20, 64,
g6-g7; atacar a un hoplita, 72; batalla de choque, 19, 20, 22-23, 66, 92,
98-99, 115-118; como “democracias en lucha”, 19, 72; división cultural de los
oponentes, 18-19; el paradigma clásico: valor, obediencia, disciplina, 362-364;
elección de los líderes, 19, 72; en Platea, 59; gobierno de consenso y
disciplina, impacto en, 20, 22-23; hoplitas (falanges), 17, 18, 19, 39, 54, 66,
96-97, 115-117, 186-189, 252, 366; infantería pesada contra caballería, 19, 38,
116-117, 161, 162, 186-i8g; infantería y armada, 78; jefes criticados, juzgados
y castigados después de la batalla, 48, 53-55, 72, 447-448; jefes luchando
junto a soldados, 19, 54; libertad para unirse a él y abandonarlo, 73; los Diez
Mil, 17-20, 69, 77, 91; mercenarios, 17-20, 28, 68-69, 106> 148-149; moral,
64; ritos y sacrificios antes de
532
la batalla, 342; soldados ciudadanos, 148; tradición helénica, 27;
trirremes, 38, 46, 63-64, 71, 270-271; tropas disciplinadas, 23, 64, 66,
359-362; y la idea de polis, 20; y la tecnología, 20. Véase también por
batallas
Ejército macedonio: 96-102; armas y equipo, 82, 96-97, 114-115, 252;
autocracia en el, 110-111, 148; batalla de choque, 98-99, 114-117; batalla
decisiva y guerra total, 99-100, 104-113; Caballería de Compañeros (hetairoi),
81-82, 97, 144, 188-189; de Filipo, 99-100, 103-104; elefantes, 91-92;
falangistas, 39-40, 92-93, 96-100, 141; generales, 81-85; grito de guerra, 86;
Infantería de Compañeros (pezetairoi), 97; lucha como hombres libres o
mercenarios, 69, 77-78, 103, 148-149; opinión y disensión, 40; portaescudos o
hipaspistas, 97; superado en número por los ejércitos asiáticos, 99; tácticas,
98-99; tradición helénica, 39-40; de Alejandro Magno, 97-98. Véanse también
Alejandro Magno; Gaugamela; Filipo
Ejército persa: 53-54; armas y equipo, 54, 82; bajas en Salamina, 45;
caballería, 82, 92-93; castigo de la disensión y la desobediencia, 49-50, 71;
derrota del ejército de Mardonio, comparada con los Diez Mil, 20; destrucción
por Alejandro Magno, 106-109; elefantes, 92; ética de los guerreros, 117; falta
de disciplina, 93-94, 186; flota, 46; fuerza expedicionaria en Grecia, 58;
fustigar a la infantería, 18, 72; huida de soldados, 18; Inmortales (Amrtaka),
19, 53, 92; intimidado por la falange, 92-93; libertad limitada a la elite, 73;
pillaje, 94; portamanzanas, 92; reclutamiento y coerción de los soldados, 49,
54, 68-69; rey en la batalla, 54; tácticas de batalla y enfoque de la guerra,
117-118; y el lidio Pitio, 49, 73. Véanse también Gaugamela, Salamina
Ejército romano: aniquilación, 118; armas, 126, 140-142, 144-145, 152;
derrota de
Aníbal, 133-135; disciplina, 141-144, 364; errores de los mandos en
Cannas, 25; gladius, 23, 125, 141, 252; guerra decisiva, 118, 144; infantería,
139-145, 166, 189; libertad y superioridad del, 76, 136; odio hacia el, 143;
resistencia y flexibilidad, 129, 135-136, 151-152; y el método de liderazgo y
control cívico, 127; y el militarismo cívico (soldados ciudadanos), 118, 12 3,
139-145, 1 4 9 15 3 . 15 5 ; y la batalla de choque, 118-119, 141-142, 143-144;
y la caballería, 189; y las falanges, 141
E l milagro europeo (Jones), 298 Eneas el Táctico, 261 Epaminondas, 54,
103, 131, 402 Erigió, 81
Escipión el Africano, 40-41, 127, 135, 425 España: aliados en México,
200, 212, 238-
242; ansia de oro, 229-232; apoyo constitucional y avances sociales en
el ejército, 226-227, 2591 Armada Invencible, 48; armamento, 198, 235-236,
251-255; avance otomano, 228; caballería, 161, 184, 198, 255-256; Carlos V,
229, 234; como centro intelectual de Europa, 235; como continuación del Sacro
Imperio Romano, 229; como plutocracia, 231; conquista de América, razones del
éxito, 237-260; conquista de Perú, 230; conquista islámica, 175, 228-229;
conquista y colonización de América, motivaciones en la, 228-229, 231-232;
conquistadores, 22, 28, 154, ig8,
226-227, 235-236, 259; cristianos castellanos, 227-229, 231, 234;
disciplina militar, 236, 254-255; diseño de maquinaria militar, 257-258;
economía de los castellanos, 231-232; expulsión de los judíos y moriscos, 232;
individualismo, 236; infantería, 252, véase también conquistadores;
Inquisición, 22, 40, 227, 235; instrucción en el manejo de la pica y de la
espada, 224; Isabel y Femando, 228; legado de Cortés y de sus hombres, 234;
libertad política, 259; los hispanos frente a los romanos, 124;
533
muerte de Postumio, 151; prácticas médicas, 244-245; racionalismo,
234-237; reacción a las bajas de Ciudad de México, 209-210; Reconquista, 22,
37, 228-229; repugnancia ante las costumbres aztecas, 227-228; tácticas,
255-260; utilización de perros, 198, 200 España y su mundo (Elliot),
233-234 Esparta, 21, 22, 23, 41, 47, 53, 61, 67, 71, 115,
187-188, 305, 347, 449, 4 7 7 -4 7 8 ; Coronea, 90; Termopilas, 21, 31,
40, 47, 50, 54, 56, 58, 60-61, 66, 72, 91, 10, 152, 324, 360, 485, 488
Espartaco, 152
Esquilo, 45, 46, 47, 48, 49, 58, 63, 66, 67, 71, 77, 282, 361, 477
Estados Unidos: agitación cultural y política en los sesenta, 457-458;
armada, 283; armas y tecnología, 24, 399; bombardeo de ciudades y ataques
nucleares, 384; clima, geografía, recursos naturales, 33; construcción de
aviones en la Segunda Guerra Mundial, 377; construcción de barcos en la Segunda
Guerra Mundial, 377; descifrado de códigos secretos, 409-411; descuido del
ejército en el período de entreguerras, 400; despliegue militar en el
extranjero con la administración Clinton, 493; disensión y guerra de Vietnam,
444-449, 454-460, 477-483; gobierno electo y guerra, 75, 403; herencia cultural
y enfoque de la guerra, 24, 25, 120, 383-385; libertad, 37; libertad de
expresión, 29; reforma del ejército, 459; respuesta a Pearl Harbor, 136;
servicio de inteligencia, 389-390; tamaño y movilización de las fuerzas
armadas, 402; teoría del dominó, 469; y el individualismo en Midway, 406-423.
Véanse también Midway, guerra de Vietnam
Estrabón, 110
Estrada, María de, 206
Etica Nicomáquea (Aristóteles), 68, 123, 362 Eumenes, 99
Euribíades, 60, 62, 71-72, 74 Eurípides, 58, 477
Europa: actitud hacia los pueblos indígenas, 337-343; aliados entre los
pueblos indígenas, 340; caballeros, 184, 189-190; caída de Roma y alta Edad
Medi-a, 176-177; capitalismo y cultura,
300-304, 306-307; colonización, véase imperialismo; continuidad clásica,
194-196; desarrollo tecnológico en la Edad Media, 180-182; dividida por los
conflictos religiosos, 285-289; expansión en el siglo XVI, 37, 338; fabricación
de armamentos y equipos, 280-281, 289, 304, 307, véa« también francos; Guerra
de los Cien Años, 184; imperialismo en Africa, Asia, Australia y América,
333-336, 3 3 7 "3 4 5 ; infantería en la Edad Media, i8g-ig6; invasiones
islámicas,
163-167, 169-170, 175, 176, 193-196, 275-276, 285, 298-300; invasiones y
migraciones en la Alta Edad Media, 176; la guerra como continuación de la
política, 342; maestría en las descargas de fuego, 192-193, 196; manuales
romanos de teoría militar, 180; máquinas de asedio, 180; origen del nombre,
166; recursos humanos, reclutamiento y disponibilidad, 280-281, 288;
resistencia a las enfermedades y las fiebres, 245; reunión de fondos para la
guerra, 289; soldados ciudadanos, 171-172, 183; superioridad militar, 343; y la
amenaza otomana, 285-289, véase también Lepante; y la tradición militar de la
Antigüedad clásica, 178-183; y el cristianismo, 176-177
Falange: griega, 17, 18, 19, 3g-4o, 54, 66, g6-97, 115-116, 186-189, 25
2>366; macedonia, 39-40. 92-93, 96-100, 140-141, 188-189; romana, 140-142, ;
española, 252
Famagusta, 274, 284
Fenicios, 54
Fifteen Decisive Battles of the World, The
(Creasy), 24-25, 26
Filipo (Mnesimaco), 100
534
Filipo de Macedonia, 81, 83, 96-104, 117; y el concepto de guerra total,
117
Filipo II de España, 275 Filosofia de la historia (Hegel), 76 Filotas,
81, 110
Física (Aristóteles), 261
Flaminio, 139
Flaubert, Gustave, 125
Flavio Josefo, 142, 148, 363-364 Fletcher, almirante Frank J., 417-418,
420 Focilides, 51
Fragmentos de historia de Grecia (Teopompo), 188
France, J ., 174
Francia, 29, 285, véase también francos Francos: ancestros, 170;
armamento y
equipo, 163-165; dinastía carolingia, 170-171, 180, 184, 191; en
Poitiers, 163-166; manuales de teoría militar, 180; infantería (sédentarisés),
163-166, 170, 189-191; monarquía merovingia, 170-171; nombre, origen, 170;
reinos, 170; y el concepto de soldados ciudadanos, 171-172, 182-184, 190-igi; y
las Cruzadas, 286; y los invasores musulmanes, 165-167, 169,
173
Frere, Bartle, 333, 334-335, 3 3 7 , 3 3 8 Frontino, 154, 180
Fuerzas navales: auge de la marina británica, 300; bergantines
españoles,
257-258; condición de las tripulaciones de galeras, 273-274; flota
otomana, 271-272, 277, 288; galeras españolas, 263-265, 276-277; galeras
venecianas o genovesas, 266, 270-271, 276-277, 288, 289-291; guerra de galeras,
270-273; japoneses, Segunda Guerra Mundial, 377, 382-384, 388-393, 414-418;
Lepanto, innovaciones militares en, 279-280, 287; muerte por ahogamiento,
45-48, 272; norteamericanas, 377, 388-389; romanas, 261; superioridad española,
299-300; tácticas clásicas, 272-273; tratados y manuales, 291; trirremes, 38,
46, 63-64, 71, 270, 271. Véanse también Lepanto, Midway, Salamina
Fujita, almirante Ruitaro, 390 Fuller, J . F. C., 25, ig4
Galia y galos, 41, 124-125, 141-143, 170-171. Véase también francos
Gallagher, Earl, 374 Garay, Francisco de, 233
Gaugamela: 81-121; armamento, 82; bajas macedonias, 90; bajas persas,
95-96; ; Caballería de Compañeros, 81-82, 86-88, 90, 92-93; carga de Alejandro
Magno en, 26, 85-91; disciplina de los macedonios, 93-94; ejército y caballería
persas, 82-84, 88-90, 92-93; elefantes, 92-9 3 , 9 5 ; fuga de Darío, 90, 114;
importancia de la victoria de Alejandro Magno, 26, 118; jefes macedonios,
81-85; los macedonios a punto de caer derrotados, 81-85; lugar de la batalla,
84, 91 -9 3 , 9 4 -9 5 ; Maceo, 82, 84-85; mapa, 8g; plan táctico de Alejandro
Magno,
88-go, g4, 101; tácticas de batalla persas,
91-95; tácticas de combate cuerpo a cuerpo macedonias, 92-93, 114;
tamaño de las fuerzas enfrentadas, 82, 94; tradiciones militares del mundo
helénico, 26; tropas macedonias, 81-82,
9394
Gay, George H., 382
Gaza, 91, 94, 107, 112
Gengis Kan, 309
Germanos, 40, 141, 151, 164, 170
Gettysburg, 26
Giap, Vo Nguyen, 446 Gibbon, Edward, 173, 193 Giustiniani, Pietro, 267,
275 Godos, 151, 183, 189
Gomara, Francisco López de, 203, 212-213 Govierno del ciudadano (Costa),
259
Gran Bretaña: actitud hacia los pueblos indígenas y en la guerra
anglo-zulú, 337-343; aliados entre los pueblos indígenas, 242; hundimiento del
Prince of Wales y del Repulse, 417; islas Malvinas, 492, 494; motivos de la
guerra zulú, 333-336; renovación de suministros y mano de
535
obra, 341-342; superioridad militar e industrial, 337-338; y el gobierno
parlamentario, 37; y los otomanos,
285-286. Véanse también ejército británico; Isandhlwana; Rorke’s Drift
Grandes batallas: elección, 26-30; otros enfrentamientos y la herencia
militar de Occidente, 488-489; valor de estudiarlas, 24-27
Gránico, río, 81, 83, 87, 91, g2, 94, 101, 104-106, 110, 113, 114, 488
Great Britain and South African Confederation,
1870-1881 (Goodfellow), 337
Grecia: Alejandro Magno y, 101-105, m ' 113; arte, 77; Atenas atacada
por Persia, 51-52; capitalismo en, 74, 304-306; ciudadanía, 145-146;
ciudades-Estado, libertad de las, 69-70, 145-146; clima, orografía, recursos
naturales, 20, 33-34; comienzo de la doctrina bélica occidental, 114-116;
conquista otomana, 302; conquista por Alejandro Magno, 101; desarrollo
cultural, causas, 3 4 - 35 ; época helenística, ciencia aplicada en la, 33;
épocas arcaica y clásica, 77; filosofía
y librepensamiento, 57-58; la
guerra como respuesta militar a la invasión, 115-116; legado, 485-488; léxico
relacionado con la guerra, 115-116; léxico relacionado con la noción de
libertad, 69; libertad,
3 7 , 5 1 , 5 3 . 66-79; Liga de Corinto, 104; literatura, 77; muertos
por ahogamiento, 48; Persia, percepción de, y relación con, 5 1_53, 5^.
población y extensión, 51; propiedad de la tierra y propiedad privada, 54-55,
72-73, 78-79; religión, 20, 57-58, 67-68; sistema político y legal, 53;
tradición de investigación natural, 236-237; unificación, 102-104; y el
gobierno de consenso, 20, 71-72, 138-139, 143; y la historia (y la libertad de
investigación), 56, 77, 181, 281-282; y los micénicos, 35. Véanse también
ejército griego; Platea; Salamina
Greek Historical Inscriptions, 53, 363 Gregorio de Tours, 181
Guerra aérea: pilotos norteamericanos, iniciativa de los, 420-423;
Grumman TBF Avenger, 379; Guerra del Golfo, 442; japoneses, 414-416; pilotos
japoneses,
3 7 6 -3 7 7 . 3 % Khesanh, 439-441; Midway, 369-374, 377-388; SBD
Dauntless, bombarderos, 370, 387; TBD Devastator, 378-388; Wake, bombardeo de
la isla de, 423; Wildcat, cazas, 377-378, 380, 382,
3 87. 3 9 3 . 411. 4 2°; Zer°, cazas, 378-383,
386-388, 393, 421
Guerra como cultura, la: 22-24, 489-491; aniquilación como concepto
occidental, la, 39, 100, 209, 402-403; cobardía y justicia, concepto de, 120,
384-385; cristalización en la batalla, 25; ejércitos en la batalla y su bagaje
cultural, los, 27; España y la conquista del Nuevo Mundo, 234-237; fe, el
concepto islámico de la guerra y la, 173-174; grandes batallas, estudio de las,
24-30; importancia de las formas de matar, 120, 338-340, 385; Occidente y la,
38-41, 79, 94, 106, 118-121,
3 4 2 -3 4 3 , 385, 4 7 0 -4 7 5 , 485-488, 489-501; sacrificios y
rituales prebélicos de los pueblos primitivos, 342; y las batallas decisivas,
113-121
Guerra de Corea, 452-453 Guerra de las Galios (César), 242
Guerra de los judíos, La (Flavio Josefo), 142,
364
Guerra de Vietnam: aliados de los Estados Unidos, 431; analogías con la
Grecia clásica, 449-450, 456, 477-479; apoyo de los disidentes norteamericanos
a los comunistas, 463-464; armamento, 472-473; bajas civiles, 461, 468; bajas
norvietnamitas, 468; cobertura de los medios, 432-433, 436-438; como
atolladero, 443-449; consecuencias, 467-470, 483; derrota de Vietnam del Sur,
467; derrota, causas de la, 475-477; dificultades en la lucha de la guerra
decisiva, 430, 432, 435-436, 475; el soldado norteamericano en la, 465-467,
470-471; errores de los norteamericanos,
536
451-454, 458-459, 475; escalada del conflicto, 451; estrategia
norvietnamita,
429-430, 4 3 4 -4 3 6 , 439-44°, 4 4 6 ; fotografía de la ejecución de
un soldado, 432-433; generales norteamericanos, la doctrina bélica occidental
y, 449; historiografía y documentos sobre la, 476; la Colina de la Hamburguesa,
474; limitaciones de la implicación norteamericana, 452-453, 473-475; mitos
e imprecisiones de los medios,
459-467; objetivos de los norteamericanos,
450-452; Saigón, 429-434, 447; sitio de Khesanh, 432; y la disensión,
444-448,
454-459, 477-483; y la doctrina bélica occidental, 470-475. Véase
tambiénTet
Guerra del Golfo, 24, 282, 302, 442, 493-494 Guerras Médicas, 21, 47-48,
50, 53, 58-62,
68, 77, 509. Véase también por batallas Gunpower and Galleys
(Guilmartin), 281
Halicarnaso, 107
Halsey, William Frederick, 420
Hassig, Ross, 240
Hegel, Georg, 76, 79
Heródoto, 34, 48, 49, 50, 58-63, 66-67, 71,
81, 145, 181, 237, 282, 311, 344, 360, 367,
509
Herrera, Fernando de, 283 Hidarnes, 67
Hidaspes, río, 101 Hipócrates, 34, 237, 244, 369
Historia de Alejandro (Quinto Curcio), 83, 86, 114
Historia de la conquista de México (Prescott), 201, 212, 248
Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (Gibbon), 173, 193
Historia de la guerra del Peloponeso (Tucídides), 263, 429, 449-450, 483
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Díaz del
Castillo), 197, 203, 211, 219, 256
Historias (Heródoto), 311
History of the Persian Empire (Olmstead),
«56, 57
U 1 M U M A S I I U Ü t J L M A U C - U
History of the Reformation (Ranke), 193 History of the Zulu War and Its Origin
(Colenso), 354, 357
Hitler, Adolf, Alejandro Magno comparado con, 112-113
Ho Chi Minh, 444, 453, 463, 464, 469, 480 Ho Chi Minh (Lacouture),
464-465 Hobbes, 79, 242
Homero, 24
Hook, soldado, 332 Hosogaya, Moshiro, 390 Hussein, Sadam, 24, 301, 492
Huxley, Aldous, 23
Imperio otomano: armamento y tecnología militar, 277-288; armas de
fuego, falta de maestría, 192, 278; ; autocracia y despotismo, 288-289, 292,
295-296; captura cristiana, esclavitud y robo de niños, 293-294; colaboradores
italianos, 51; colonización de Europa, incursiones, crecimiento del Imperio,
274-275, 286-287, 295-296, 298-300; comparación con Venecia, 289-292; cultura,
2g2, 296-298; cultura y aproximación a la guerra, 119-120, 266; devshirme,
293-294; economía, 288, 292-293; ejército de esclavos, vasallos, reclutas, 279,
288-289, 293"294; esclavos, uso de, 294-295; falta de historia militar
escrita, 281; gobierno y organización política, 292-296; guerra, tradiciones
de, y religión, 286-287; historiadores, 181; invasión de España, 228; jenízaros,
192, 265, 266, 271, 288; Lepanto, significado de, 298-300; potencia naval,
263-265; problemas de capital y falta de sistema bancario, 292-293, 296-298,
300-304; propiedad de la tierra, 296; recursos humanos y material, dificultad
de reemplazo, 280; relación de Europa con, 51, 285-289; religión, 293-294,
296-297; religión y restricciones a la investigación intelectual, 292, 294,
296-297; sistema militar, 294, 297; sometimiento del individuo al Estado, 75;
sultán, 294-295; transferencia de
capital a Constantinopla, 28, 294-295.
Véanse también islam, Lepanto
Imperio zulú: actitud británica hacia los pueblos nativos, 337-343;
armamento, 312, 348-349> 351-352; armamento occidental, 27-28, 344-345;
bajas en la guerra anglo-zulú, 344-345; Chaka, 345-346, 349, 352, 355;
creación, 345-346; cultura, 337, 347-348; debilidad del ejército, 351-355;
derrota, 30, 332, 343-345; desventaja tecnológica, 137, 340-341; doctrina
bélica, método y tácticas, 316,
340-341, 347-355; falta de disciplina militar, 350, 359-360, 367;
formación del ejército zulú, 306; furia y mutilación de los adversarios, 142,
314; guerra anglo-zulú, como guerra de agresión contra los zulúes, 333,
343-345; guerra civil, 337; impis (regimientos), 311, 333; movilidad de los
guerreros, 315, 351-352; potencial militar, 347-351; religión, rituales y
guerra, 337, 341-342, 350-351; Sangre, derrota en el río, 316-317; sistema
militar, 354-355; sometimiento del individuo al Estado, 75; táctica de ataque
en oleadas
y vulnerabilidad, 255, 352-353;
tácticas
bóers, 314-315, 317, 331-332; valentía de los zulúes, 40, 353-355, 367;
valores culturales y enfoque de la guerra, 25-26, 118, 345-346; y el
imperialismo británico, 333-336; y la invasión británica de Zululandia,
317-318; y la matanza del 17o de Lanceros, 161. Véanse también Cetshwayo;
Isandhlwana; Rorke’s Drift
Incas, 22, 35, 40
Incredible Victory (Lord), 374, 412
India, 21, 22, 26, 29, 30, 33, 35, 41, 70, 92, 107, 108, 109, 295, 333,
339, 356, 425,
4 9 9
Individualismo, 38-40, 103, 392-393, 406-427; flexibilidad del mando,
414-420; iniciativa de los pilotos norteamericanos, 420-423; peligros, 425;
reparación del Yorktown, 411-413; y el descifrado de códigos, 408-411; y la
doctrina bélica occidental, 423-427
Infantería: armas de la, 191-193; continuidad de la infantería clásica
en la Edad Media, 189-191; en Poitiers, 163-166, 167, 183-185; en Roma,
139-145, 166, 185; española, 252; falangistas macedonios, 40, 91-93,
96-100, 140-141, 188-189; hoplitas'griegos (falanges), 17, 18, 19, 39,
54, 66, 96,115-117; origen de la infantería pesada, 186-189; requisitos para
que sea eficaz,
185-186; valor de la, 191-193; ventajas,
162-163; y el igualitarismo, 186, 236; y la pólvora y las armas de
fuego, 192-193; y los ejércitos medievales, 183-186. Véase también batalla de
choque
Irán, 108
Irak, 24, 492
Isandhlwana: 30, 40, 143, 162, 306; armamento de los británicos, 46;
armamento de los zulúes, 419; bajas británicas, 311-314, 319-320; bajas zulúes,
314, 320; batalla, 311-315, 317-320; ; disciplina de los británicos, 320; el
24o Regimiento, 312-314, 316, 319-320, 322, 324, 326-327; fuerzas británicas,
311-312; errores británicos, 312-313, 316-319; masacre final, 320; mutilación
de los muertos, 314; fuerzas zulúes (impis), 311,
313. 3l6
Isidoro de Sevilla, san, 163, 166, 181, 282 Islam: 36-37; África y Asia
Menor, 285;
avance y fin de la expansión en Europa, 163-167, 169-170, 175-176,
193-196, 275-276, 285, 298-300; caballería, 174-176; como teocracia, 172, 177;
composición del ejército, 175-176; conquista de Oriente Próximo, 175-176;
conquistas árabes, 172-173; contra la cristiandad, 173-174; difusión de la
religión, 173-175, 177; expulsión de España, 228; expulsión de Francia,
167-169; forma de hacer la guerra, 174; génesis, 172-176; guerra y fe, 173,
286-287; historiadores, 180; tácticas bélicas, 341; tradición militar, 172-173;
y Constantinopla, 194-195; y el capitalismo, 300-304. Véanse también Imperio
otomano; Poitiers
Isos, 81, 83, 87, 91-92, 94, 101, 104, 106, 114 Isócrates, 58, 145
Ixtilxochitl, Fernando de Alva, 217, 221, 249
Jacobo I, 283
Japón: adopción de la doctrina militar y de armamento occidentales,
27-28, 31, 366, 395-398; ataques suicidas, 26; batalla decisiva, resistencia a
librar una, 400-401; bushido, 384, 298-399, 404, 405; campaña de las
Aleutianas, 389-390; conflictos con Rusia y China, 400-401; control de la
información, 480; cultura y doctrina bélica, 277, 394, 396-399, 400-401,
403-406, 419-420; derrota, 423-424; disciplina militar, 407, 410; el ejército
antes de la guerra, 3gg; el Japón feudal y las armas de fuego, 36; estrategia,
389-393, 399-402, 414-418; fuerzas navales, 382-383, 388-393, 399-400,
410; gobierno, 397-398, 403-405; importancia de Midway, 376-377; individualismo
frente a subordinación al Estado y falta de iniciativa, 75, 407-408, 413,
426-427; la paradoja de adoptar las armas y la jerarquía militar occidentales,
397-399, 424; occidental y no occidental, 393-406, 424; prisioneros, trato a
los, 382-384; reparación del Shokaku y del Zuikaku, 413; samuráis, 39, 395,
400, 419; sustitución de materiales de guerra y equipos, deficiencias en la,
377, 3gg-4oo, 413; tecnología miliLar, 393-397; Tokio, bombardeos de, 22, 38g
Jenofonte, 17, 18, 19, 20, 58, 66, 68, 69, 78, 90, 109, 149, 154, 163,
185, 187-188, 236, 261, 361, 363, 425, 493
Jerjes, 20, 38, 45, 48-50, 52-55, 56-62, 64, 66-67, 69, 71-73, 75.-76,
112, 236, 282, 286, 2 9 5 . 4 ° 2 , 4 i9 >4 7 8 -4 7 9 : 486, 492, 498
Jerusalén, conquista musulmana de, 175 Johnson, Lyndon B., 432, 444,
451-452, 454,
478, 481
Jones, James, 24
Junio, Marco, 152
Jutlandia, 370, 376 Juvenal, 128-129, *47>J5 7
Keegan, John, 14, 23
Keeping Together in Time (McNeill), 365-366 King, Ernest J ., 376, 410
Knox, Thomas, 25
Kondo, almirante Nobutake, 390 Kurita, almirante Takeo, 390 Kursk, 27
Kusaka, almirante, 371, 414, 416
La conquista de México (Sahagún), 253, 479, 487
La conquista de México (Thomas), 199, 204, 248
La nova scientia (Tartaglia), 291 Lacouture, Jean, 464
Land Reform inJapan (Dore), 407
Las filípicas (Demóstenes), 100-101, 117 Las troyanas (Eurípides),
477-478 LeMay, Curtís, 425, 455 León III, 37, 178
Léon, Juan Velázquez de, 205, 207 Leónidas, 47, 324
Lepanto: 23, 37, 73-74, 129, 142, 181, 196; armamento y equipo de los
cristianos, 265, 272, 277-279; armamento y equipo de los turcos, 266, 277-278;
bajas cristianas, 237, 269, 271-272; bajas turcas, 263-264, 266-267, 269, 271,
280; batalla, 263-269, 283-284; búsqueda de la batalla decisiva, 288;
capitalismo y victoria, 307; celebración y conmemoración de la victoria,
282-283; choque de culturas e ideologías, 295; cultura e innovación militar,
274-280; derrota turca, 269, 280, 298; desde el punto de vista religioso, 284;
disciplina en el combate de los cristianos, 265; flota de la confederación
naval, 263-265, 266, 269; flota turca, 263-264, 275, 248-249, 388; jenízaros,
265, 266, 271, 278, 279, 280, 288; la Real, 264; la Sultana, 263, 264, 265;
leyenda sobre, 280-284; liberación de los esclavos de las galeras cristianas,
266-267, 280; Liga
MA1AÍNZ.A T UUL1UK A
Santa, 264, 266-267, 275, 277, 279, 283-284; lugar de la batalla, 274;
mapa, 268; marinos, ciudadanos libres o independientes de la Liga Santa, 279,
288; marinos, esclavos, vasallos y reclutas de los turcos, 279, 288, 293-294;
relatos históricos, 281-282; significado de la batalla, 298-300. Véase también
fuerzas navales
Leslie, Max, 373, 374, 387, 411 Leuctra, 54, 131
Leyes, Las (Platón), 485
Leyte, golfo de, 369, 376, 388, 401, 420 Libertad: como concepto en
evolución, 70;
como valor castrense, 72, 74-75, 76-77, 115, 425-427; como valor
occidental, 40, 75-77, 425-428, 471-472; en la Edad Media, infantería, 191; la
guerra de Vietnam y los valores de los Estados Unidos, 471-472; los aqueménidas
comparados con los griegos, 51-58, 479; renacimiento democrático en Grecia,
77-78; y la eleutheria, 58, 66-74; Y Salamina, 45, 50, 51, 5 8- 62, 66-79
Libertad de expresión: 71, 487-488; en
Grecia, 71, 73-74, 425, 447-448; en Lepanto, 28g; en los Estados Unidos
y en Vietnam, 29, 444-448, 454-458, 477-494; en Salamina, 29, 70-72
Liga Santa, 264, 266, 267, 275, 277, 279, 283, 284, 288, 298. Véase
también Lepanto
Ligustino, Espurio, 140, 145
Like Lions They Fought (Edgerton), 359 Limits ofIntervention, The
(Hoopes), 441,
447-448
Lindsey, Eugene E., 385, 386, 387 Lisandro, 54, 425
Lisias, 188
Little Bighorn, 21, 40 Loan, Nguyen Ngoc, 443
López, Martín, 206, 213, 216, 217, 236, 257-258
Los siete contra lebas (Esquilo), 361 Louis William, de Nassau, 365
Loyal Opposition, The (Clinton), 464
Macedonia: acuñación de moneda, 56; clima, geografía, recursos
naturales, 97; cría de caballos, 97; diádocos, 33, 56, 99, 105, 112, 188-189;
Ia batalla como política de Estado y expansión, 100; unificación con Grecia,
96; y la economía capitalista,
56. Véase también Alejandro
Magno Maceo, 82, 84-85, 93, 323 Magnesia, 130
Maharbal, 133
Mahoma, 173, 175, 177, 193, 295
Mahomay Carlomagno (Pirenne), 177 Malta, 274, 488
Malvinas, 492, 494 Mantinea, 54, 425, 499 Manuzio, Aldo, 292 Manzikert,
29, 175, 488 Maoríes, 39, 119 Maquiavelo, 119, 154, 242
Maratón, 21, 50, 58, 66, 67, 78, 79, 91, 106 Mardonio, 20, 59, 64
Marina, la Malinche, doña, 206, 248 Marines, 120, 191, 383, 395, 430,
434'436,
438, 440-443, 466, 486 Mame, 127
Martel, Carlos, el Martillo, 163-167, 169-172, 175, 182, 183-185, 187,
190, 194, 432, 474
Massaga, 107
Massey, Lem, 374, 386-387, 411 Mauro, Rabano, 180
Máximo, Fabio, 130, 139, 143, 479
Máximo, Valerio, 154
McClusky, Wade, 370, 387, 422, 423
Merovingian Military Organization (Bachrach),
171
Mesinecos, 18
Mesina, 276, 283
Metafísica (Aristóteles), 261
Metauro, 26
Methlagazulu, 313
Micala, batalla de, 48, 59, 75 Micénicos, 35, 187, 189, 248
Midway: 127; Akagi, 370-374, 376, 381-382, 385-388, 390, 417, 421, 423;
aviones japoneses, 38, 369-374, 376, 377; bajas japonesas, 370-371, 376-377;
bajas
norteamericanas, 377-378, 382-383; batalla, 369-378, 380-388, 420-421;
descifrado de códigos secretos, 408-411; Enterprise, 28, 370, 371, 374, 377,
385-387, 411, 413, 415-417, 421-423; estrategia japonesa, 389-393, 414-418;
estrategia y flexibilidad de mando de los norteamericanos, 417-420; guerra
aérea, 370, 3 7 2 -3 7 6 , 378-388, 420-423; Hiryu,
3 7 4 , 376, 388, 390, 416-417, 423; Homet,
377, 3 7 9 -3 8 2 , 385-387, 389, 411, 413, 415-417, 421-423;
improvisación y victoria norteamericanas, 392-393, 406-423; Kaga, 27, 370-371,
373-374, 376, 385-388, 390, 417, 423; la naturaleza crucial de, 28, 376;
libertad, individualismo, militarismo cívico y victoria, 37, 38; lugar de la
batalla, 370; mapa, 375; Mogami, 423; número de barcos, 388; portaaviones
japoneses, 369-370, 388; portaaviones norteamericanos, 370, 373374, 377,
385" 387, 392; radar, 391-392; rescate de marinos y pilotos, 371-372, 382;
Soryu, 28, 37 °, 37 3 -374, 37 6 , 381, 385-388, 390, 417; victoria
norteamericana, razones de
la, 404-405, 408-423; Yamato, 377, 391,
3 9 3 , 417, 419; Yorktown, 371, 3 7 3 ‘ 3 7 4 , 3 7 7 ,
383, 386-387, 392, 408, 411-413, 415, 417-
418, 421
Midway (Smith), 371-372, 422 Midway, the Battle that DoomedJapan
(Fuchida), 373, 382, 408, 410-411, 416, 422
Milciades, 53, 54
Mileto, 107
Miracle at Midway (Prange), 380, 409, 413, 414, 416, 418, 423
Mitridates, 152-153, 424
Mnesifilo, 61
Moctezuma, 58, 75, ig8n., 199-200, 202, 207, 212, 214, 224, 227, 234,
236-238, 246, 248-250, 282, 339, 479-480, 486
Montesquieu, 155 Montgomery, Bernard, 133
Morison, Samuel Eliot, 379, 381, 402, 410, 412
Murray, George, 423
Muslim’s Reflections on Democratic Capitalism, A (Abdul Rauf), 302
Nagumo, almirante Chuichi, 38, 127, 371, 373, 380, 390, 392, 401, 411,
413-416, 418, 421-423
Napoleon Bonaparte, 88, 99, 102, 112, 127, »9», 209, 392
Narbona, 175, 432
Narrative ofField Operations Connected with the Zulu War of 1879, 313,
328
Narváez, Panfilo de, 199, 200, 202, 206, 210, 121, 239, 248, 259, 342,
479
Naval Power in the Conquest ofMexico (Gardiner), 258
Nemea, 21
Nepote, 63
Nietzsche, Friedrich, 79, 494
Nimitz, Chester William, 392, 409-410, 412-
413, 417-419, 480
Norvietnamitas, véanse Tet; guerra de
Vietnam
Nueva Guinea, 32, 119 Númidas, 123, 126, 128, 151, 221
Obras históricas (Ixtlilxochitl), 221 Ogawa, teniente, 421
Omaha, playa, 21, 120, 456 Omdurman, 161
Ordaz, Diego de, 198, 200, 206, 226, 259 Oman, Charles, 194
Otawa, Tatsuya, 374
Ottoman Empire, The (Inalcik), 295, 297 Ottoman State and Its Place in
World History,
The (Inalcik), 303
Ottomans, The (Wheatcroft), 278
Otumba, 211-212, 214, 225, 25g
Pacific Campaign, World War II, The (Van der Vat), 410
Papacy and the Levant, The (Setton), 264 Parmenión, 81-88, 90, 93, 95,
110-112, 114,
323
Partía, 29, 143, 185, 189
Patton, George S., 163, 425, 457 Paulo, Lucio Emilio, 130, 151, 479
541
Pausanias, 53, 96, 118
Pearl Harbor, 22, 136, 152, 371, 377, 379,
3 83, 388, 392, 399, 401, 403, 410-414, 417-
419, 487-488
Pelópidas, 54
Peloponeso, guerra del, 17, 21, 22, 74, 103,
449, 456, 477-478,
Pericles, 54, 73, 77, 305, 360, 362, 477, 478 Persas, Los (Esquilo), 45,
47, 49, 67, 71 Persépolis, 38, 50, 52, 108-109
Persia: capital, 51; ciencia, 57; Ciro el Joven, 17-18, 68, 301; clima,
geografía, recursos naturales, 20, 33-34; concepto de libertad personal o
legal, falta de, 56; conquista macedonia, 83, 105-109; conquista por los
ejércitos musulmanes, 175'176; Cunaxa, batalla de, 18-19; derrota en las
Guerras Médicas, consecuencias de la, 50; economía, 55-56; gobierno, 52-53, 57;
habitantes como esclavos o sirvientes del rey, 51, 52-53; historia, registro de
la, 56; Imperio aqueménida, 26, 34, 51-58, 84, 479; literatura, falta de, 50,
56; poder real, 57; práctica de la proskynesis, 53; propiedad de la tierra, 54;
registros públicos, 56-57; religión, 53, 56-57; sistema legal, 53; sometimiento
del individuo al Estado, 75; y los Diez Mil, 17-21, 69, 77, 91; y los mercenarios
griegos, 17-18, 28, 92, 106,
148. Véanse también Cunaxa;
ejército persa; Platea
Phase Line Green (Warr), 435 Picq, Ardent du, 133 Pidna, 130, 139
Pío V, 275
Pirenne, Henri, 177
Pirotechnia (Biringuccio), 291
Pirro, 77, 140, 152
Pisidia, 107
Pitio, el lidio, 49, 73, 478, 492 Platea (ciudad-Estado), 58
Platea, batalla de: 59, 79, 360; ala derecha de los espartanos, 41;
armas, 66; bajas persas, 47, 50, 148; derrota del ejército de Mardonio
comparada con los Diez Mil,
19-20; el ejército griego en la, 59, 92; militarismo cívico e infantería
terrateniente, 28, 148; relatos, 50; victoria, 118
Platón, 34, 58, 70, 78-79, 138, 149, 242, 294,
305, 363, 4('o, 472, 477, 482, 494
Plutarco, 56, 63, 74, 82, 86, 88, 96, 109-110, 114, 124, 129, 141, 155,
188, 282, 361
Poitiers: armamento y equipo, 169; bajas islámicas, 167; caballería,
163, 165, 167; derrota del ejército islámico, 166, 167; disciplina de los
francos, 167, 169, 182; el ejército de Carlos Martel como continuación de la
tradición occidental, 185, 194; importancia de la victoria franca, 193-196; la
infantería como muro, 163-166, 196; lugar de la batalla, 169, 175; mapa, 168;
sarracenos, 163, 175; tamaño de los ejércitos, 166, 167; victoria franca,
razones de la, 169
Polibio, 98, 124, 125, 126, 129, 132, 135, 137, 143, 148, 157, 242, 282,
363
Política (Aristóteles), 73, 116, 137, 161, 188, 242, 367
Postumio, 151
Practica manual di artiglierra (Collado), 262, 291
Pretorius, Andries, 317
Prevesa, 274
Primitive War: Its Practice and Concepts
(Turney-High), 113, 368
Problems of Turkish Power in the Sixteenth
Century (Allen), 299
Procopio,181
Protágoras, 57, 426 Pulleine, Henry, 313, 318
Qadesh, 92
Queronea, 104, 121, 149
Racionalismo, 36, 234-237, 291-292
Ranke, Leopold von, 193
Regimentó de navegación (Medina), 291
Resistencia y flexibilidad del método bélico
occidental, 28, 38, 76, 123, 130, 133, 152, 195, 247, 483
542
Reynolds (cirujano en Rorke’s Drift), 332 Ricardo Corazón de León, 41,
209 Riché, P., 181
Rochefort, Joseph J ., 409-411
Roma: 127-157; ciudadanía y democracia, 137-13g, 143, 146-150;
ciudadanos, número de, 149; clima, geografía, recursos naturales, 33-34;
conquista de Grecia, 139; esclavos, militares y ciudadanos, 147; Estado nación,
145-150; guerras civiles, 21; Guerras Púnicas, 123-157; historiadores romanos,
56; innovaciones y avances tecnológicos durante el Imperio, 33, 144-145; levas
ciudadanas para el ejército después de Cannas, 26, 135-136, 151; libertad de
expresión y de investigación, 56, 478; Primera Guerra Púnica, 133, 140, 261;
recursos humanos, 151-153; Segunda Guerra Púnica, 129, 135-136, 146, 479; Varo
intenta conquistar Germania, 27; y el capitalismo, 305-307
Rorke’s Drift: 27, 28, 30; armamento británico, 325, 332; armamento
zulú, 321; bajas británicas, 331; bajas zulúes, 330-331; batalla, 320-321,
325-332, 356-357; búsqueda de refuerzos, 322-323, 328; construcción de
barricadas, 326; cruces Victoria, 368; disciplina de las tropas británicas
comparada con la de los espartanos en las Termopilas, 324-325, 332; errores
zulúes, 324-325; falta de oficiales veteranos, 322; fuerzas zulúes, 322-324;
huida de los jinetes, 323; lugar de la batalla, 321; mapa, 329; motivos de la
victoria británica, 322; muerte de un desertor, 357; número de soldados
británicos (ochenta fusileros), 322-323; 24o Regimiento, 312-313, 316, 319-320,
322, 324, 326-327, 357
Reverso de la conquista, E l (León-Portilla), 201 Runciman, Stephen, 24
Safford, Laurence, 409-410 Sagalassus, 107 Saladino, 40
Salambó (Flaubert), 125
Salamina: bajas griegas, 48, 106; bajas persas, 45, 47; batalla, 62-66;
composición de la armada persa, 47-49; consecuencias de la batalla, 48-50;
chivos expiatorios de los persas, 54; desventajas de los griegos, 59-61;
ejército griego y victoria en, 23, 38; estrategia, 58-62; importancia de la
victoria griega, 26; Jerjes contempla la batalla desde lejos,
47~4^ 5°> 54. 72; la elite persa en, 48; legado, 76-79; libertad
(eleutheria) y victoria en, 37, 50, 53, 58, 76-79; lugar de la batalla, 47, 61,
274, 370; mapa, 65; mayor número de combatientes en una batalla naval, 63;
muerte de aliados griegos, 50; muerte por ahogamiento, 45-48; número de naves,
47, 63, 388; relatos sobre, 50; retirada de Jerjes, 64, 75; retirada persa, 47;
suposiciones: y si los griegos hubieran perdido, 25, 76; Temístocles y, 47,
60-64, 7 J’ 7 2>74. 47®; ventajas de los griegos, 66-67
Salustio, 155
San Agustín, 154, 182
Sandoval, 205, 206, 210-211, 214, 217, 219, 221, 236, 248, 250, 256, 259
Sangala, 107
Satiricón, E l (Petronio), 148
Schlesinger, Arthur,Jr., 422 Schlieffen, Alfred von, 127
Segunda Guerra Mundial, 27. Véanse también Japón; Midway
Seleuco, 99
Sertorio, 152, 229
Sevilla, 237, 244, 264
Shakespeare, William, 282, 283
Sharp, Ulysses Grant, 442
Shepstone, lord, 333, 335
Shook Over Hell (Dean), 465-466
Shumway, Dewitt W., 374
Sicilia, 76, 136, 137, 151, 152, 175, 194, 270, 275, 426, 429, 438, 449,
450, 477, 483, 499
SiegeofHue, T/foíSmitli), 436
Simmias, 81
Sir Daria, 107
543
Siracusa, 261, 449
Siroco, Mehmet, 266
Smith, Adam, 293
Social Basis for PrewarJapanese Militarism, A
(Smethurst), 407
Sócrates, 17, íg, 38, 77, 78, 162, 363 Sófocles, 71, 77, 450, 477
Sokulu, Mehmet, 294
Soldier and the State, The (Huntington),
403-404
Soli, 107
Solimán el Magnífico, 294-295, 2g8 Solimán, 37, 178
Somme, 21, 75, 269, 456, 500, 516 Sosilo, 137
South AfricanJournal c f Sir Garnet Wolseley, The, 336
Spalding, Henry, 322, 328
Spruance, almirante Raymond, 416-418
Suetonio, 56, 295
Suicidio masivo, 109
Summa Teológica (Aquino), 154
Tácito, 56, 141, 170, 181, 477 Takasu, almirante Shiro, 391 Tamerlán,
306
Tanaka, Raízo, 390
Tebas, 59, 101, 103-105, 107, 112, 115, 216 Tecnología y guerra: 28-29,
33, 36-37, 145;
acero español, 124-125, 141, 199, 251-253; adopción por Africa y Asia de
la doctrina bélica y del armamento occidentales, 28, 30-31; ballesta, 37, 143,
162, 179, 197-199, 208-209, 214, 218, 224, 226, 230, 240, 247, 250, 253-254,
257-258, 278, 284, 306, 487; cañones y artillería, 272; castillos y
fortificaciones, 179; conquista de América, 250-251; desarrollo del capitalismo
y suministros, 38-39, 259-261, 277-278, 286, 289, 301-307; el arado y los
molinos, 181; el cañón, 244, 277-278; en Japón, 393-395; en los Estados Unidos,
393-395; Europa y la alta Edad Media, 178-179; explosivos y armas de fuego, 33,
36-37,179-180, 19 2_19 3 , 2 5 4 -2 5 5 , 260-261; “fuego griego”, 178,
261; fusiles Martini-
Henry, 312, 314-316, 319-320, 324-325,
327, 332, 340, 344*345, 354, 358-359, 449, 487; fusiles Spencer y Henry,
315; Grecia, 20; los medios de comunicación
y la información, 433-434, 436-438;
manuales, 180-181, 261-262, 291; máquinas de asedio, 179; mosquete de llave de
chispa Brown Bess, 316; papel de Cortés en la conquista de México, 251-260;
pilotos de caza, 161; ramificaciones sociales, 278; razón, pensamiento
abstracto y tradición de investigación científica, 260-262; rifle Winchester de
repetición, 315; tomar prestado de otras culturas, 144; y la cultura
occidental, 28-29, 33, 36-37, 144; y la infantería, 114
Temístocles, 25, 38, 47, 51, 53, 54, 60-64, 7 i"
72, 74, 7 9 , n2, 425, 4 7 8 , 487, 489, 509 Temístocles (Plutarco), 74
Tenochtitlán. Véase Ciudad de México Teopompo, 188
Termopilas, las, 21, 31, 40, 47, 50, 54, 56, 58, 60-61, 66, 72, 91, 10,
152, 324, 360, 485, 488
Tesalia y los tesalios, 19, 20, 60, 81, 84, 94, 97, 102, 188
Tesino, 129
Tet, ofensiva del: 27, 28; armamento norteamericano, 441; armamento
norvietnamita, 440; ataque a la embajada norteamericana en Saigón, 429-434;
bajas norteamericanas, 436, 441, 448; bajas norvietnamitas, 436, 441, 445, ;
ciudades atacadas, 439; cobertura de los medios, 433-434, 4 3 6-4 3 8, 4 4 1 -4
4 2, 4 4 4 , 460, 480-481; fuerzas norvietnamitas, 438; Hué, 434-438, 447;
Khesanh, 439-443, 447; mapa, 437; paradojas de la victoria norteamericana, 443,
445-446. Véase también guerra de Vietnam
Tet (Ford), 445
7í//(Oberdorfer), 433, 453-454, 461
Tet Offensive, The (Gilbert y Head, eds.), 431, 443,444-445,
Thatch, Jimmy, 387, 411
544
Tinker, Clarence, 423
Tiro, 28, 91, 9 4 >102’ 107>112, 137
Tito Livio, 25, 124, 125, 128, 129, 132, 133, 136, 137, 140, 141, i5
i> 155, 181, 235, 282, 3 7 9
Toledo, García de, 2gi
Tolstoi, León, 24
Toynbee, Arnold J., 76
Trafalgar, 48, 370, 376
Trasimeno, 40, 125, 129, 131-133, 135, 139, 144, 488
Trebia, 125, 129, 132-133, 135, 144 Trimalción, 147-148
Tucidides, 22, 24, 73, 77, 78,116, 181, 213,
3 ° 5, 3 6°> 361, 408, 449-450, 456, 482,
483, 494
Turney-High, H., 113, 3G8 Turquía. Véase Imperio otomano
Ulundi, 161, 317, 3 4 3 -3 4 4 , 3 5 4 , 3 5 9 , 3 § 5 Unión Soviética,
fin de la, 248, 470
Varrón, Terencio, 130-131, 139, 144, 479 Vause, teniente, 323
Veda el Venerable, 181 Vegecio, 154, 180, 261, 364, 366 Velázquez,
Diego, 233, 248, 249, 479 Venecia: 289-292; amenaza otomana, 275-
276; aprendizaje, investigación y ciencias militares, 291-292; armada,
266, 269-271; Arsenal, 289-291, 301, 304; artillería, 272; capitalismo y
gobierno constitucional, 290-292; comercio, 286; fabricación de barcos y armas,
289-290; impresores, 291; y Lepanto, 264, 275
Venetian Ships and Shipbuilders of the Renaissance (Lane), 290
Veniero, Sebastiano, 264, 275, 280 Vercingetórix, 151, 153, 306, 424
Verdún, cultura y matanza continuada en, 25, 120
Vietnam (Karnow), 438
Vietnam and America (Gettleman et al.), 462 Vietnam Reconsidered
(Salisbury), 463, 465,
471-472
Vign, Cornelius, 320, 351, 518
Waldron, John C. “Jack”, 379, 380-382,
385-387, 422
War and Society in the Ancient and Medieval Worlds (Raaflaub y
Rosenstein), 183
War Without Fronts (Thayer), 466 Warriors of the Rising Sun (Edgerton),
395-
396, 397
Washing of the Spears, The (Morris), 335-336 Waterloo, 21, 75, 163, 356,
500
Western Warfare in the Age of the Crusades
(France), 174
Westmoreland, William, 432, 435, 43g, 440,
444, 447, 477-478
Wolseley, Garnet, 336, 357, 480, 518
Xantipo, 137, 366
Yamaguchi, almirante Tamon, 376, 417-418 Yamamoto, almirante Isoroku,
26, 376,
388-389, 3 9 1 -3 9 2, 402, 409, 414-417, 419 ,
480
Yanagimoto, almirante, 374 Yugurta, 151, 152, 221, 424
Zais, Melvin, 474
Zama, 135, 136
Zero! (Okumiya y Horikoshi), 383
Zoroastrismo, 56
Zulu WarJournal of Colonel Henry Harford, C. B „ The (Child), 331
Zulu War, The (Barthorp), 312
Zulu War, The (Clammer), 313-314, 320, 358,
3 5 9
Zulu War, The (Lloyd), 331-332 Zumarraga, Carlos, 223
545
COLECCIÓN NOEMA
1 John Lukacs, Cinco días en
Londres. Churchill solo frente a Hitler
2 Dore Ashton, Una fábula del arte
moderno
3 Han Israéls, E l caso Freud.
Histeria y cocaína
4 Brassai, Conversaciones con
Picasso
5 Richard Pipes, Propiedad y
libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia
6 Peter Forbath, E l río Congo.
Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra
7 Guy Davenport, Objetos sobre una
mesa. Desorden armonioso en arte y literatura
8 John Demos, Historia de una
cautiva. De cómo Eunice Williams fue raptada por los indios mohavuks, y del
vano intento de su padre por recuperarla
9 Alexander Nehamas, Nietzsche, la
vida como literatura
ío Edith Hamilton, E l camino
de los griegos
n Gabriel Josipovici, Confianza o
sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir
12 William Gaunt, La aventura
estética. Wilde, Swinburne y Whistler: tres vidas de escándalo
13 M ary Midgley, Delfines,
sexo y utopías. Doce ensayos para sacar la filosofía a la calle
14 John M cCourt, Los años de
esplendor. JamesJoyce en Trieste, 1904-1920
15 Cari Amery, Auschwitz,
¿comienza el siglo X X I ? Hitler como precursor
16 Brassai, Henry Miller. Los
años en París
17 Édouard Glissant, Faulkner,
Mississippi
18 William Carlos Williams, En
la raíz de América. Iluminaciones sobre la historia de un continente
19 Ted Gioia, Historia del jazz
20 Mary Warnock, Guía ética
para personas inteligentes
21 Donald Kagan, Sobre las
causas de la guerra y la preservación de la paz
■22 Sanche de Gramont, E l dios
indómito. La historia del río Níger
23 C. L. R. Jam es, Los
jacobinos negros. Toussaint L ’Ouverture y la Revolución de Haití
24 Peter Conrad, Los asesinatos
de Hitchcock
25 John Lukacs, E l Hitler de
la Historia. Juicio a los biógrafos de Hitler
26 Richard Davenport-Hines, La
búsqueda del olvido. Historia global de las drogas, 7500-2000
27 Roy Porter, Breve historia
de la locura
28 Czeslaw Milosz, Abecedario.
Diccionario de una vida
29 Steven Johnson, Sistemas
emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software
30 Philip Ball, La invención
del color
31 Robert Darnton, Edición y
subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen
32 John Golding, Caminos a lo
absoluto. Mondrian, Malévich, Kandinsky, Pollock, Newman, Rothko y StiU
33 Lauro Martines, Sangre de
abril. Florencia y la conspiración contra los Médicis

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