© Libro N° 13821. Planeta De
Ciudades Miseria. Davis, Mike. Emancipación.
Mayo 10 de 2025
Título Original: © Mike Davis. Planeta de ciudades
miseria
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Original: © Planeta De Ciudades
Miseria. Mike Davis
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original de textos:
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Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PLANETA DE CIUDADES MISERIA
Mike Davis
Planeta De
Ciudades Miseria
Mike Davis
Akal / Pensamiento
crítico / 27
Mike Davis
Planeta de ciudades
miseria
Traducción: José María
Amoroto
RAG
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Título original
Planet of Slums
Publicado
originalmente por Verso, UK
© Mike Davis, 2006
© Ediciones Akal,
S. A., 2007, 2014
para lengua
española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
ISBN:
978-84-460-3938-9
A mi querida Roisin
Degradación,
semidegradación y superdegradación urbana… en esto se ha convertido la
evolución de las ciudades.
Patrick Geddes1
1 Citado por Lewis Mumford, The
City in History. Its Origins, Its Transformations, and Its Prospects, Nueva
York, 1961, p. 464.
Mientras yo estaba
en la biblioteca de la universidad, Forrest Hylton estaba detrás de una
barricada en los Andes. Sus generosos e incisivos comentarios al texto y de
manera más general su conocimiento de primera mano del urbanismo en América
Latina han sido de un valor incalculable. Los dos nos encontramos trabajando en
una continuación de este libro que abordará la historia y el futuro de la
resistencia de las áreas urbanas hiperdegradadas al capitalismo global. Sus
próximos libros sobre Colombia y Bolivia son brillantes ejemplos de compromiso
y visión de futuro.
Tariq Ali y Susan
Watkins merecen un agradecimiento especial por convencerme de que convirtiera
«Planet of Slums» (New Left Review 26, marzo-abril de 2004 [ed.
cast.: New Left Review 26, mayo-junio de 2004,
Madrid, Ediciones Akal]) en un libro. Perry Anderson, como siempre, proporcionó
amistad y ayuda de primera mano. Ananya Roy, de la Universidad de Berkeley, me
invitó a discutir el artículo de la NLR, y agradezco mucho su
hospitalidad y sus estimulantes comentarios. Aunque nunca he coincidido con
ellos, mi admiración por Jan Breman (The Labouring Poor in India, Oxford,
2003) y Jeremy Seabrooke (In the Cities of the South, Verso, 1996),
resulta evidente habida cuenta de la cantidad de veces que cito sus magníficos
trabajos.
Después de haber
convertido a mi hijo Jack en el héroe de una reciente trilogía de «aventura
científica», llega la hora de dedicarle un libro a su hermana mayor Roisin.
Cada día hace que me sienta orgulloso de cien maneras diferentes. (Pequeños no
os preocupéis: Cassandra Moctezuma y James Connolly, pronto llegará vuestro
turno.)
Vivimos en la edad
de las ciudades. La ciudad lo es todo para nosotros, nos consume y por
esa razón la glorificamos.
Onookome Okome1
En algún momento
del año que viene una mujer dará a luz en Ajegunle, un área urbana
hiperdegrada (slum) en las afueras de Lagos (Nigeria); atraído
por las luces de Yakarta un joven huirá de su aldea en el oeste de Java o un
granjero peruano trasladará su empobrecido hogar a uno de los
innumerables pueblos jóvenes de Lima. El hecho en sí mismo
será irrelevante y pasará totalmente desapercibido, sin embargo constituirá un
acontecimiento en la historia de la humanidad comparable a la Revolución
industrial o a la que se produjo en el Neolítico. Por primera vez, la población
urbana del planeta será superior a la rural. De hecho, dadas las imprecisiones
de los censos de los países del Tercer Mundo, esta transición histórica puede
que se haya producido ya.
El planeta se ha
urbanizado incluso más rápidamente de lo que señalaba en 1972 el Club de Roma
en su informe, marcadamente malthusiano, Los límites del crecimiento. En
1950 había en la tierra 86 ciudades con más de un millón de habitantes.
Actualmente hay 400 y en 2015 la cifra se habrá elevado a 5502. De hecho las
ciudades han absorbido cerca de los dos tercios de la explosión demográfica
global producida desde 1950, y en la actualidad están creciendo a razón de un
millón de nacimientos e inmigrantes a la semana3. Desde 1980, la
fuerza de trabajo urbana a escala mundial se ha duplicado y la actual población
urbana (3.200 millones) es mayor que la población total del planeta cuando John
F. Kennedy fue elegido presidente4. Mientras tanto,
la población rural ha alcanzado su cota máxima y empezará a declinar a partir
de 2020. El resultado será que las ciudades absorberán todo el crecimiento
demográfico de la población mundial, que se calcula que llegará a los 10.000
millones de personas en 20505.
El 95 por 100 de
esta última explosión demográfica se producirá en las áreas urbanas de los
países en vías de desarrollo, cuyas poblaciones se duplicarán alcanzando cerca
de 4.000 millones en la próxima generación6. De hecho, la suma
de la población urbana de China, India y Brasil en la actualidad, es casi igual
a la de Europa y Norteamérica. La escala y la velocidad del proceso de
urbanización en el Tercer Mundo empequeñecen por completo al que se produjo en
Europa a finales del siglo XIX. En 1910, Londres era siete veces
mayor de lo que había sido en 1800, pero Dacca (Bangladesh), Kinshasa
(República Democrática del Congo) y Lagos en la actualidad son cuarenta veces
mayores de lo que eran en 1950. En la década de 1980, China, que se está
urbanizando a una velocidad sin precedentes en la historia de la humanidad,
añadió más habitantes a las ciudades que toda Europa, incluyendo Rusia, ¡en
todo el siglo XIX!7.
Cuadro 1.
Crecimiento de la población mundial
Cuadro 2. Las
megaciudades del Tercer Mundo8
(población en
millones)
|
Ciudad de México |
|
2,9 |
|
22,1 |
|
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Seúl |
|
1,0 |
|
21,9 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
(Nueva York |
|
12,3 |
|
21,9) |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
São Paulo |
|
2,4 |
|
19,9 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Bombay |
|
2,9 |
|
19,1 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Delhi |
|
1,4 |
|
18,6 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Yakarta |
|
1,5 |
|
16,0 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Dacca |
|
0,4 |
|
15,9 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Calcuta |
|
4,4 |
|
15,1 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
El Cairo |
|
2,4 |
|
15,1 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Manila |
|
1,5 |
|
14,3 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Karachi |
|
1,0 |
|
13,5 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Lagos |
|
0,3 |
|
13,4 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Sanghái |
|
5,3 |
|
13,2 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Buenos Aires |
|
4,6 |
|
12,6 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Río de Janeiro |
|
3,0 |
|
11,9 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Teherán |
|
1,0 |
|
11,5 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Estambul |
|
1,1 |
|
11,1 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Pekín |
|
3,9 |
|
10,8 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Bangkok |
|
1,4 |
|
9,1 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Johannesburgo |
|
1,2 |
|
9,0 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Kinshasa |
|
0,2 |
|
8,9 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Lima |
|
0,6 |
|
8,2 |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
Bogotá |
|
0,7 |
|
8,0 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
El fenómeno más
llamativo es, por supuesto, el desarrollo de nuevas megaciudades de más de 8
millones de habitantes y más espectacularmente aún hiperciudades que superarán
los 20 millones (la población urbana del planeta estimada en los tiempos de la
Revolución francesa). De acuerdo con la División de Población de Naciones
Unidas, en 2000 solamente Tokio había atravesado incuestionablemente esa
barrera, aunque Ciudad de México, Nueva York y Seúl andaban cerca9. Según cálculos
de Far Eastern Economic Review, en 2025 solamente en Asia
podría haber diez u once concentraciones urbanas de esas
dimensiones, incluyendo Yakarta (24,9 millones), Dacca (25) y Karachi (26,5).
Sanghái,
después de décadas
de estancamiento debido a la política maoísta de restricciones al crecimiento,
podría alcanzar los 27 millones de residentes en la amplia región del estuario
del Yangzi. Mientras tanto, Bombay se calcula que alcanzará una población de 33
millones, aunque nadie sabe si semejantes concentraciones de pobreza son
biológica o ecológicamente sostenibles10.
Las explosivas
ciudades del Tercer Mundo también están tejiendo nuevas y extraordinarias
redes, corredores y jerarquías urbanas. En Sudamérica, los geógrafos
actualmente hablan sobre un nuevo monstruo conocido como el RSPER (Región
Metropolitana de Rio-São Paulo), que incluye las ciudades de tamaño medio
situadas en el eje de comunicaciones que une los 500 kilómetros que separan
ambas ciudades, así como la extensa región industrial en torno a Campinas. Con
una población actual de 37 millones de habitantes, esta nueva criatura ya
supera al corredor formado por Tokio-Yokohama11. De igual forma,
la ameba gigante que es Ciudad de México después de haberse tragado a Toluca,
está extendiendo los seudópodos que acabarán por abarcar gran parte de México
Central, incluyendo a las ciudades de Cuernavaca, Puebla, Cuautla, Pachuca y
Queretaro para formar una única megalópolis que para mediados del siglo XXI tendrá una
población aproximada de 50 millones (alrededor del 40 por 100 del total
nacional)12.
Todavía resulta más
impactante la concentración urbana que se está produciendo en África del Oeste,
a lo largo del golfo de Guinea, con Lagos (23 millones de habitantes en 2015
según las estimaciones), como centro de expansión. De acuerdo con un estudio de
la OCDE, esta red de 300 ciudades de más de cien mil habitantes «tendrá una
población comparable a la costa este de Estados Unidos […] y más de 60 millones
de habitantes, de este a oeste, a lo largo de una franja de tierra de 600
kilómetros entre Ciudad Benin y Accra»13. Desgraciadamente
también será con toda probabilidad la mayor concentración de pobreza urbana
sobre el planeta.
Cuadro 3.
Urbanización del Golfo de Guinea14
|
Ciudades |
1960 1990 2020 |
De todas maneras,
en términos relativos las mayores estructuras posturbanas están surgiendo en el
este de Asia. Los deltas de los ríos Perla (Hong Kong-Guangzhou)15 y Yangze (Sanghái),
junto con el corredor Pekín-Tianjin van encaminados a convertirse en
megalópolis urbano-industriales comparables con Tokio-Osaka, el bajo Rhin o
Nueva York-Filadelfia. De hecho China, un caso único entre los países en vías
de desarrollo, está llevando a cabo una agresiva política de desarrollo urbano
a escala supraregional, utilizando como modelo el corredor Tokio-Yokohama o la
costa este de Estados Unidos. La Zona Económica de Sanghái, creada en 1983, es
el plan regional de mayor entidad de todo el planeta, que afecta a la
metrópolis y a cinco provincias colindantes con una población total similar a
la de Estados Unidos16.
Para los destacados
investigadores Yue-man Yeung y Fu-chen Lo, estas nuevas megalópolis chinas
pueden ser solamente el primer paso en el nacimiento de «un corredor urbano
ininterrumpido que se extienda desde Japón/Corea del Norte hasta Java
occidental»17. Cuando acabe de
tomar forma en el próximo siglo, esta gigantesca amalgama de ciudades en forma
de dragón, será la culminación física y demográfica de milenios de evolución
urbana y el auge de la costa este de Asia elevará a Tokio-Sanghái a la
categoría de «ciudades globales», comparables en el control global de los
flujos de capital e información al eje Nueva York-Londres.
En cualquier caso,
el precio de este nuevo ordenamiento urbano será el aumento de las
desigualdades entre ciudades de diferentes tamaños y especializaciones
económicas. Los expertos chinos debaten actualmente si el antiguo abismo de
ingresos y desarrollo entre la ciudad y el campo está siendo sustituido por un
abismo igualmente profundo entre las ciudades pequeñas especialmente las
del interior y las
gigantescas megalópolis de la costa, aunque sean las ciudades pequeñas las que
albergarán a la mayor parte de la población de Asia18. Si las
megaciudades son las estrellas más brillantes del firmamento urbano, tres
cuartas partes del peso del futuro crecimiento de la población mundial recaerá
sobre estrellas de segundo orden, áreas urbanas más pequeñas y apenas visibles;
lugares donde según señalan los investigadores de Naciones Unidas, «hay una
planificación escasa o nula para acomodar y proporcionar servicios a toda esa
gente»19. En China (urbana
en un 43 por 100 en 1997 según datos oficiales), el número oficial de
«ciudades» se ha disparado de 193 a 640 desde 1978. Pero las grandes
metrópolis, a pesar de su extraordinario crecimiento, han perdido en porcentaje
relativo de población urbana y han sido las ciudades pequeñas y medianas, junto
a los pueblos recientemente convertidos en ciudades, las que han absorbido la
mayor parte de la mano de obra rural excedente después de las reformas del
mercado realizadas a partir de 197920. En parte esto es
el resultado de una planificación deliberada: desde la década de 1970, el
Estado chino ha desarrollado políticas encaminadas a favorecer una jerarquía
urbana más equilibrada entre inversión industrial y población21.
El modelo chino de
urbanización a «dos niveles» no se repite en India, donde la reciente
transición neoliberal ha supuesto la pérdida de pujanza económica y demográfica
de pueblos y ciudades pequeñas. El porcentaje de la población urbana, que
durante la década de 1990 se disparó de un cuarto a un tercio de la población
total, ha provocado el crecimiento de las ciudades de tamaño medio como
Saharanpur en el Estado de Uttar Pradesh, Ludhiana en Punjab y la más famosa de
todas, Visakhapatnam en Andhra Pradesh. La ciudad de Hyderabad, con un ritmo de
crecimiento del 5 por 100 anual durante los últimos veinticinco años, se
perfila como una nueva megaciudad de 10,5 millones de habitantes para 2015. De
acuerdo con los últimos censos, actualmente hay 35 ciudades en India por encima
del umbral del millón que en conjunto se acercan a los 110 millones de
habitantes22.
En África, el
meteórico crecimiento de unas cuantas ciudades como Lagos (de 300.000 en 1950 a
13,5 millones en la actualidad)
se ha visto
acompañado por la transformación de docenas de pequeñas ciudades y oasis como
Ougadougou (Burkina Faso), Nuakchot (Mauritania), Douala (Camerún), Kampala
(Uganda), Tanta (Egipto), Conakry (Guinea), Ndjamena (Chad), Lubumbashi
(República Democrática del Congo), Mogadiscio (Somalia), Antananarivo
(Madagascar) y Bamako (Mali) en anárquicas ciudades mayores que San Francisco o
Manchester. La transformación experimentada por Mbuji-Mayi, un centro del
comercio de diamantes en la República del Congo, es espectacular. En 1960 era
una pequeña ciudad de 25.000 habitantes y en la actualidad es una metrópolis de
2 millones, habiéndose producido la mayor parte de este crecimiento en la
última década23. En América
Latina, donde el crecimiento ha estado monopolizado durante mucho tiempo por
las ciudades principales, asistimos ahora a la explosión de ciudades
secundarias como Santa Cruz, Valencia, Tijuana, Curitiba, Temuco, Maracay,
Bucaramanga, Salvador y Belem, con los mayores crecimientos produciéndose en
las de menos de 500.000 habitantes24.
Por otra parte, tal
como señala el antropólogo Gregory Guldin, la urbanización debe
conceptualizarse como una transformación estructural a lo largo de un continuo
urbano/rural en el que se produce una intensa interacción entre cada punto del
mismo. En su estudio del caso de China meridional, encontró que el campo se
está urbanizando in situ, al mismo tiempo que genera
migraciones que marcan épocas. «Las aldeas se convierten en mercados y
pueblos xiang, y los pueblos y ciudades pequeñas empiezan a
parecer grandes ciudades». Realmente en muchos casos, la población
rural no tiene que emigrar a la ciudad: ella viene sola25.
El periodista
Jeremy Seabrook nos muestra un ejemplo de este proceso en Malasia, donde los
pescadores de Penang «han sido devorados por la urbanización sin haber emigrado
y sus vidas destruidas sin haberse movido del lugar donde nacieron». Después de
encontrase con sus viviendas separadas del mar por una nueva autopista, sus
zonas de pesca contaminadas por los residuos urbanos y las laderas de las
colinas colindantes deforestadas para levantar bloques de apartamentos, no les
quedó más alternativa que
enviar a sus hijas
a la explotación de los talleres japoneses de las proximidades. «Fue el fin, no
solo de los medios de vida de una gente que había vivido en simbiosis con el
mar, sino de la existencia entera de un pueblo pescador»26.
El resultado de
este choque entre el mundo rural y el urbano tanto en China como en el sureste
de Asia, India, Egipto y quizá África occidental, es un paisaje hermafrodita,
un campo parcialmente urbanizado que para Guldin puede representar «un sendero
nuevo en el desarrollo y los asentamientos humanos […] una forma que no es
rural ni urbana sino una mezcla de las dos, donde una densa red de
transacciones ata los grandes núcleos urbanos a las regiones que les rodean»27. El arquitecto y
urbanista alemán Thomas Sieverts sugiere que este urbanismo difuso, que
llama Zwischenstadt (in-between city/campo-ciudad), se
está convirtiendo rápidamente en el paisaje representativo del
siglo XXI, tanto en los países ricos como en los pobres y al margen de la
trayectoria urbana anterior. A diferencia de Guldin, Sieverts considera estas
nuevas conurbaciones como redes policéntricas sin el tradicional centro ni
periferias reconocibles.
Al margen de la
cultura de que se trate y del lugar del planeta donde surjan, tienen
características comunes: una estructura completamente diferente del medio
urbano que a primera vista resulta difusa y desorganizada, con islas
individualizadas sobre modelos geométricamente estructurados; un entramado sin
un centro claro y por ello con muchas áreas, redes y nodos especializados, más
o menos contrastados funcionalmente28.
El geógrafo David
Drakakis-Smith, hablando sobre el caso concreto de Delhi, señala que
estas grandes
regiones metropolitanas, representan una fusión de desarrollo urbano y
desarrollo regional en la que la distinción entre lo urbano y lo rural se ha
desdibujado, a medida que las ciudades crecen a lo largo de los pasillos de
comunicaciones, sobrepasando o rodeando pequeñas ciudades y pueblos que a su
vez, experimentan in situ cambios de funciones y ocupación29.
En Indonesia, donde
este proceso de hibridación urbano/rural está muy avanzado en Jabotabek (la
gran región de Yakarta), los investigadores han llamado a estos nuevos modelos
de uso de la tierra desakotas («ciudad de pueblos») y discuten
si se trata de paisajes de transición o de nuevas y dramáticas formas de
urbanismo30.
Un debate similar
se está produciendo entre los urbanistas de América Latina a medida que
afrontan la aparición de sistemas urbanos policéntricos, sin una frontera clara
entre lo rural y lo urbano. Los geógrafos Adrián Aguilar y Peter Ward,
avanzaron el concepto de «urbanización basada en la región» para describir el
desarrollo urbano contemporáneo de Ciudad de México, São Paulo, Santiago y
Buenos Aires. «Los índices más bajos de crecimiento metropolitano han
coincidido con una circulación más intensa de mercancías, capital y población
entre el centro de la ciudad y su entorno, con unas fronteras cada vez más
difusas entre lo urbano y lo rural, una desconcentración industrial dirigida
hacia la periferia metropolitana y especialmente más allá, hacia los espacios
periurbanos que rodean las megaciudades». Aguilar y Ward consideran que «en las
grandes ciudades del siglo XXI, serán estos espacios periurbanos
los que concentrarán la reproducción de la fuerza de trabajo»31.
En cualquier caso,
lo nuevo y lo viejo no se mezclan fácilmente. En el área desakota de
las afueras de Colombo, en Sri Lanka, «las comunidades se encuentran totalmente
divididas y no son capaces de establecer relaciones ni comunidades más amplias»32, pero a pesar de
ello, y como señala la antropóloga Magdalena Nock refiriéndose al caso de
México, el proceso es irreversible: «La globalización ha incrementado el
movimiento de gente, bienes, servicios, información, noticias, productos y
dinero, y de ahí viene la presencia de características urbanas en las áreas
rurales y rasgos rurales en los centros urbanos»33.
Retorno a Dickens
La dinámica de
urbanización del Tercer Mundo resume y confunde al mismo tiempo los precedentes
del siglo XIX y principios del XX en Europa y Norteamérica. En
China, nos encontramos la mayor revolución industrial de la historia en la
palanca de Arquímedes que está trasladando a una población del tamaño de la
europea, desde aldeas rurales a ciudades que se elevan hacia las nubes ahogadas
en humo y niebla. Desde las reformas promercado de finales de la
década de 1970, se
calcula que 200 millones de chinos se han desplazado de las áreas rurales a las
ciudades. La próxima «avalancha de campesinos» de 250 o 300 millones se espera
que se produzca en las décadas venideras34. Como resultado de
este vertiginoso flujo, en 2005 había 166 ciudades en China con poblaciones
superiores a un millón de habitantes, en comparación con solamente 9 en Estados
Unidos35. El crecimiento de
ciudades como Dongguan, Shenzhen, Fushan y Chengchow por mor del explosivo
desarrollo industrial las convierte en las versiones posmodernas de Sheffield o
Pittsburg. Por lo tanto, como señalaba recientemente el Financial
Times, en una década «China dejará de ser el país predominantemente
rural que ha sido durante milenios»36. Próximamente el
gran ojo del Centro Financiero Mundial de Sanghái tendrá vistas sobre un
extenso mundo urbano poco imaginado por Mao o, de hecho tampoco, por Le
Corbusier.
Tampoco es probable
que alguien pudiera imaginarse hace cincuenta años que los asentamientos
ocupados y las ruinas que la guerra había dejado en Seúl se transformarían a
toda velocidad (un asombroso crecimiento del 11,4 por 100 durante la década de
1960) en una megalópolis tan grande como Nueva York. Pero de hecho, ¿qué
observador de la época victoriana podía imaginarse en 1920 una ciudad como Los
Ángeles? En cualquier caso, a pesar de su carácter impredecible, la
urbanización contemporánea del sureste asiático, junto al crecimiento del 300
por 100 del PIB desde 1965, mantiene una relación cuasi clásica entre
crecimiento industrial y migraciones urbanas. El 80 por 100 del proletariado
del que hablaba Marx vive actualmente en China o en cualquier otro lugar fuera
de Europa occidental y Estados Unidos37.
Cuadro 4.
Urbanización industrial de China38
(porcentaje urbano)
|
Año |
Población PIB |
|
|
1949 |
11 |
– |
|
1978 |
13 |
– |
Sin embargo en la
mayor parte de los países en vías de desarrollo, el crecimiento de las ciudades
carece por completo del poderoso motor que supone tanto las exportaciones de
bienes de China, Corea y Taiwán como la inyección de capital extranjero que recibe
China, un país al que se dirige en la actualidad la mitad de la inversión
exterior que se realiza en todos los países en vías de desarrollo. Desde
mediados de la década de 1980, las grandes ciudades industriales del hemisferio
sur como Bombay, Johannesburgo, Buenos Aires, Belo Horizonte y São Paulo, han
sufrido el cierre masivo de empresas y un progresivo desmantelamiento
industrial. Exceptuando el sureste asiático, la urbanización de los países en
vías de desarrollo se ha producido totalmente al margen de la industrialización
y del desarrollo como tal, y en África subsahariana incluso al margen de una de
las supuestas premisas sine qua non del crecimiento urbano: el
aumento de la productividad agrícola. El sorprendente resultado es que la
capacidad económica de una ciudad, tiene poca relación con el tamaño de su
población y a la inversa. El cuadro 5 recoge esta disparidad entre población y
PIB en las mayores áreas metropolitanas.
Cuadro 5.
Población versus PIB: las diez mayores ciudades39
|
1. |
Tokio |
Tokio (1) |
|
2. |
Ciudad de México |
Nueva York (3) |
|
3. |
Nueva York |
Los Ángeles (8) |
|
4. |
Seúl |
Osaka (9) |
|
5. |
São Paulo |
París (25) |
|
6. |
Bombay |
Londres (19) |
|
7. |
Delhi |
Chicago (26) |
|
8. |
Los Ángeles |
San Francisco (35) |
|
9. |
Osaka |
Düsseldorf (46) |
Para algunos,
urbanización sin industrialización no es más que la expresión de una tendencia
inexorable, inherente al capitalismo de silicio, de desligar el crecimiento de
la producción del aumento del empleo. Sin embargo, como veremos más tarde, la
urbanización sin industrialización que se ha producido en África, América
Latina, Oriente Próximo y gran parte del sur de Asia se debe más a una
coyuntura política global, la crisis mundial de la deuda de finales de la
década de 1970 y la subsiguiente reestructuración de las economías que realiza
el Fondo Monetario Internacional en la década siguiente, que a ninguna ley de
hierro del avance tecnológico.
La urbanización del
Tercer Mundo continuó su desenfrenada carrera (3,8 por 100 anual desde 1960 a
1993) por encima de las hambrunas de finales de la década de 1980 y principios
de la siguiente, por encima de la caída de los salarios reales y por encima del
disparatado crecimiento del desempleo urbano40. Esta inalterable
explosión urbana sorprendió a la mayoría de los expertos, ya que contradecía
los modelos económicos ortodoxos que mantenían que la recesión urbana traería
como consecuencia la ralentización o incluso la reversión del proceso
migratorio 41. En 1990 el
economista Nigel Harris manifestaba su sorpresa ante el hecho de que «en los
países de renta baja, la caída de los ingresos urbanos no significa
necesariamente, a corto plazo, un descenso de la emigración procedente del
campo»42.
La situación en
África resultaba especialmente paradójica. ¿Cómo podían las ciudades de Costa
de Marfil, Tanzania, Gabón y de otros lugares, con economías que se estaban
contrayendo anualmente entre un 2 y un 5 por 100, mantener un crecimiento
demográfico entre un 5 y un 8 por 100 anual?43. ¿Cómo podía
Lagos, en la década de 1980, crecer un 200 por 100 por encima del resto de
Nigeria, mientras su situación económica era de una profunda recesión?44. Viendo la
situación de África en su conjunto, atravesando una época nefasta en cuanto a
estancamiento del
empleo urbano y de
la productividad agrícola, ¿cómo ha podido ser capaz de mantener un índice de
urbanización (del 3,5 al 4,0 por 100), considerablemente mayor que el de la
mayoría de las ciudades europeas (2,1 por 100) durante los años de máximo
crecimiento de finales del siglo XIX?45.
Parte del secreto
se encuentra en la política de desregulación agrícola y de disciplina
financiera impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial,
que produjeron un éxodo de la mano de obra rural excedente hacia las áreas
urbanas, aun cuando las ciudades habían dejado de ser máquinas de creación de
empleo. Como recalca Deborah Bryceson, en su resumen sobre la investigación del
medio rural que ha desarrollado en África, las décadas de 1980 y 1990
supusieron un trastorno sin precedentes para el medio rural en su conjunto:
Uno por uno, los
gobiernos nacionales atrapados por la deuda, se encontraron sometidos a los
Programas de Ajuste Estructural y condicionados por el Fondo Monetario
Internacional. Las subvenciones, las mejoras de los inputs agrícolas
y la construcción de infraestructuras rurales se vieron drásticamente
reducidas. A medida que tanto en América Latina como en África se abandonaban
los esfuerzos por «modernizar» la agricultura, los agricultores y campesinos se
iban encontrando a merced de la estrategia de «nadar o ahogarse» que proponían
las instituciones financieras internacionales. La desregulación de los mercados
nacionales empujó a los productores agrícolas hacia los mercados globales,
donde los campesinos pequeños y medianos no podían competir. Los Programas de
Ajuste y las políticas de liberalización económica supusieron la convergencia
de las tendencias mundiales que buscaban el cierre de mercados agrícolas, con
las políticas nacionales que provocaban la desaparición del campesinado46.
A medida que las
redes locales estables iban desapareciendo, los pequeños campesinos se
volvieron más vulnerables frente a circunstancias externas: sequía, inflación,
subida de los tipos de interés o caída de los precios de venta. También frente
a las enfermedades: se calcula que en Camboya, el 60 por 100 de los pequeños
campesinos que han vendido sus tierras y se han trasladado a las ciudades, lo
han hecho forzados por deudas relacionadas con la sanidad47.
Al mismo tiempo, la
codicia de los señores de la guerra y los conflictos civiles, debidos al
descalabro provocado por los ajustes
estructurales
impuestos para absorber la crisis de la deuda o a la rapacidad de intereses
económicos externos (como en el caso de Congo y Angola), estaban provocando el
abandono de regiones enteras. Las ciudades no hicieron otra cosa que recoger
los frutos de esta crisis mundial del medio rural, a pesar del estancamiento o
de la recesión económica que sufrían, y evidentemente sin realizar las
necesarias inversiones en nuevas infraestructuras, en fomento de la educación o
en sistemas públicos de salud. El modelo clásico del campo poseedor de una gran
mano de obra y de la ciudad como fuente de capital, se invierte en muchos
lugares del Tercer Mundo, donde encontramos ciudades desindustrializadas
poseedoras de una gran mano de obra, y regiones rurales con gran afluencia de
capital. Dicho con otras palabras, el motor de esta «urbanización generalizada»
se encuentra en la reproducción de la pobreza y no en la reproducción del
empleo. Esta es una de las vías inesperadas por las que un orden mundial
neoliberal está encaminando el futuro48.
La teoría social
clásica, de Karl Marx a Max Weber, creía que las grandes ciudades del futuro
sufrirían el mismo proceso de industrialización que Manchester, Berlín y
Chicago. En efecto, Los Ángeles, São Paulo, Pusan y en la actualidad, Ciudad
Juárez, Bangalore y Guangzhou, se han aproximado más o menos a esta trayectoria
clásica. Sin embargo, la mayor parte de las ciudades del Sur Global, se parecen
más al Dublín victoriano, que tal como ha subrayado Emmet Larkin, era un caso
único entre «todas las ciudades hiperdegradadas del mundo occidental en el
siglo XIX […] porque sus barrios pobres no eran producto de la revolución
industrial. De hecho, entre 1800 y 1850, Dublín sufría mayores problemas de
desindustrialización que de industrialización»49.
Del mismo modo,
Kinshasa, Luanda, Jartum, Dar-es -Salaam, Guayaquil y Lima crecen de manera
prodigiosa pese a la ruina de sus industrias de sustitución de importaciones,
de la reducción de sus sectores públicos y de la caída de sus clases medias.
Las fuerzas globales que empujan a la gente a abandonar el campo –la
mecanización de la agricultura en India y Java, las importaciones de alimentos
en México, Haití y Kenia, la guerra civil y la sequía en África y, en general,
la concentración de pequeñas parcelas en
grandes
propiedades, junto a la competencia de la agroindustria a gran escala– parecen
ser suficientemente fuertes como para mantener los ritmos de urbanización, aun
cuando la atracción de la ciudad se encuentra drásticamente reducida por la
deuda y la crisis económica. Como resultado, el veloz crecimiento urbano en un
contexto de ajuste estructural, devaluación de la moneda y recorte del gasto
público, ha resultado una receta infalible para la producción en masa de áreas
urbanas hiperdegradadas. Un investigador de la Organización Internacional del
Trabajo calcula que en el Tercer Mundo, el mercado formal de la vivienda rara
vez cubre más del 20 por 100 de las necesidades, por lo que la gente se
construye sus propios chamizos, se refugia en alquileres informales y
divisiones piratas del espacio, o simplemente se instala en las aceras50. Naciones Unidas
señala que «durante los últimos treinta o cuarenta años, los mercados del suelo
informales o ilegales, han sido los principales proveedores de nuevos espacios
de alojamiento en la mayoría de las ciudades del Sur Global»51.
Desde 1970, el
crecimiento de las áreas urbanas hiperdegradadas ha dejado atrás la idea misma
de urbanización. Centrándose en Ciudad de México, Priscilla Connolly señala que
«por lo menos un 60 por 100 del crecimiento de la ciudad es el resultado de la
acción de la gente, especialmente mujeres, que levantan con esfuerzo sus
viviendas en las zonas periféricas sin servicios, al mismo tiempo que el empleo
informal de subsistencia siempre ha representado una parte importante del
empleo total»52. Las favelas de
São Paulo (que en 1973 albergaban al 1,2 por 100 de la población, pero al 19,8
en 1993), crecieron al explosivo ritmo del 16,4 por 100 anual durante la década
de 199053. En el Amazonas,
convertido en una de las fronteras mundiales del crecimiento urbano que avanza
más rápidamente, el 80 por 100 de este crecimiento se ha producido en forma de
ciudades de chabolas totalmente desprovistas de los mínimos servicios y que han
convertido el término «favelización» en sinónimo de «urbanización»54.
En toda Asia se
observan las mismas tendencias. Las autoridades policiales de Pekín calculan
que unos 200.000 floaters (emigrantes rurales sin registrar)
llegan cada año a la ciudad, y muchos de ellos
acaban hacinados en
las áreas hiperdegradadas ilegales del sureste de la capital55. Un estudio sobre
el sur de Asia realizado a finales de la década de 1980, mostraba que el 90 por
100 del crecimiento de la vivienda se había producido en áreas urbanas
hiperdegradadas56. La
población katchi abadi (ocupante) de Karachi se multiplica por
dos cada década, las áreas hiperdegradadas de India crecen un 250 por 100 por
encima de la población total57. El sector formal
del mercado de la vivienda en Bombay presenta un déficit de 45.000 viviendas
anuales que se traduce en el correspondiente incremento de sus áreas
hiperdegradadas58. En Delhi, 400.000
de las 500.000 personas que llegan anualmente acaban en estas áreas, que en
2015 alcanzarán una población de más de diez millones de habitantes. Como
advierte Gautam Chatterjee, «si esta tendencia no se rompe, pronto tendremos
áreas urbanas hiperdegradadas en vez de ciudades»59.
La situación en
África es todavía más dramática. Sus áreas urbanas hiperdegradadas están
creciendo al doble de velocidad que las propias ciudades. Entre 1989 y 1999 un
increíble 85 por 100 del crecimiento de la población de Kenia se produjo en las
fétidas y asfixiantes chabolas de Nairobi y Mombasa60. Mientras tanto,
cualquier esperanza de mitigar la pobreza urbana se ha desvanecido del
horizonte oficial. Gordon Brown, ministro británico de Hacienda y sucesor de
Tony Blair, señalaba en la reunión anual conjunta del FMI y del Banco Mundial
celebrada en octubre de 2004, que faltaban todavía generaciones para alcanzar
las metas de desarrollo para el milenio, marcadas por Naciones Unidas para
África y originalmente previstas para 2015: «África Subsahariana no alcanzará
la educación primaria universal hasta 2130, la reducción de un 50 por 100 de la
pobreza hasta 2150 y la desaparición de la mortalidad infantil evitable hasta
el 2165»61. Las áreas urbanas
hiperdegradadas de África negra acogerán 332 millones de habitantes, una cifra
que seguirá doblándose cada cincuenta años62.
Así pues, las
ciudades del futuro se encuentran lejos del cristal y del acero con que las
imaginaban generaciones anteriores de urbanistas: la realidad nos presenta un
panorama de ladrillo sin cocer, paja, plástico reutilizado, bloques de cemento
y tablones de
madera. En lugar de
ciudades de luz elevándose hacia el cielo, la mayor parte del mundo urbano del
siglo XXI se mueve en la miseria, rodeado de contaminación, desechos y
podredumbre. De hecho, los 1.000 millones de habitantes que ocupan las áreas
urbanas hiperdegradadas, podrían mirar con envidia las ruinas de las sólidas
viviendas de barro de Çatal Hüyük levantadas en Anatolia en el alba de la vida
urbana hace nueve mil años.
1 O. Okome, «Writing the Anxious City.
Images of Lagos in Nigerian Home Video Films», en Okwui Enwezor et al.,
Under Siege. Four African Cities. Freetown, Johannesburg, Kinshasa, Lagos, Ostfildern-Ruit,
2002, p. 316.
2 UN Department of Economic and Social
Affairs, Population Division, World Urbanization Prospects, the 2001
Revision, Nueva York, 2002.
3 Population Information Program,
Center for Communication Programs, the John Hopkins Bloomburg School of Public
Health, Meeting the Urban Challenge, Population Reports xxx,
4, Baltimore (otoño 2002), p. 1.
4 D. Rondinelli y John Kasarda, «Job
Creation Needs in Third World Cities», en J. Kasarda y A. M. Parnell
(eds.), Third World Cities. Problems, Policies and Prospects, Newbury
Park, 1993, p. 101.
5 W. Lutz, W. Sandeson y S. Scherbov,
«Doubling of world population unlikely», Nature 387, 19 de
junio de 1997, pp. 803 -804. De cualquier forma, la población del África
Subsahariana se triplicará y la de India se duplicará.
6 Aunque la velocidad de la
urbanización global está fuera de dudas, los índices de crecimiento de ciudades
concretas pueden frenarse en seco al encontrarse con problemas de tamaño y
aglomeración. Un ejemplo claro de esta «inversión de tendencias» es Ciudad de
México. Se calculaba que durante la década de 1990 alcanzaría los 25 millones
y, sin embargo, la población actual se sitúa entre los 19 y 22 millones.
Yue-man Yeung, «Geography in an age of mega-cities», International
Social Sciences Journal 151, 1997, p. 93.
7 Financial Times, 27 de julio de 2004; D.
Drakakis-Smith, Third World Cities, 2.a ed., Londres, 2000.
8 Elaborado sobre UN-Habitat Urban
Indicators Database 2002; Thomas Brinkhoff, «The Principal Agglomerations of
the World», www.citypopulation.de/World.html, mayo de 2004.
9 UN-Habitat, Urban Indicators Database
2002.
10 The Far Eastern Economic Review, Asia 1998 Yearbook, p. 63.
11 H. Tolosa, «The Rio/São Paulo
Extended Metropolitan Region. A Quest for Global Integration», The
Annals of Regional Science xxxvii, 2 (septiembre 2003), pp. 480, 485.
12 G. Garza, «Global Economy,
Metropolitan Dynamics and Urban Policies in Mexico», Cities XVI,
3, 1999, p. 154.
13 J.-M. Cour y S. Snrech (eds.), Preparing
for the Future. A Vision of West Africa in the Year 2020, París, 1998,
p. 94.
14 Ibid., p. 48.
15 Yue-Man Yeung, «Viewpoint.
Integration of the Pearl River Delta», International Development
Planning Review xxv, 3, 2003.
16 A. Laquian, «The
Effects of National Urban Strategy and Regional Development Policy on Patterns
of Urban Growth in China», en G. Jones y P. Visaria (eds.), Urbanization
in Largue Developing Countries. China, Indonesia, Brazil and India, Oxford,
1997, pp. 62-63.
17 Yue-man Yeung y Fu-chen Lo, «Global
Restructuring and Emerging Urban Corridors in Pacific Asia», en Lo y Yeung
(eds.), Emerging World Cities in Pacific Asia, Tokio, 1996, p.
41.
18 G. Guldin, What’s a Peasant
to Do? Village Becoming Town in Southern China, Boulder (CO), 2001, p.
13.
19 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, Londres, 2003, p. 3.
20 G. Guldin, What’s a Peasant
to Do?, cit.
21 S. Goldstein, «Levels of Urbanization
in China», en Mattei Dogon y John Kasarda (eds.), The Metropolis Era.
Volume One - A World of Giant Cities, Newbury Park, 1988, pp. 210-221.
22 Census 2001, Office of the Registrar General and
Census Commisioner, India; A. Durand-Lasserve y L. Royston (eds.), Holding
Their Ground. Secure Land Tenure for the Urban Poor in Developing Countries, Londres,
2002, p. 20.
23 Mbuji-Mayi es el centro de la «última
empresa estatal» en la región de Kaasai gestionada por la Sociedad Minera de
Bakwanga. M. Wrong, In the Footsteps of Mr. Kurtz. Living on the Brink
of Disaster in the Congo, Londres, 2000, pp, 121-123.
24 M. Villa y J. Rodríguez, «Demographic
Trends in Latin America’s Metropolises, 1950-1990», en A. Gilbert (ed.), The
Mega-City in Latin America, Tokio, 1996, pp. 33-34.
25 G. Guldin, What’s a Peasant
to Do?, cit., pp. 14-17.
26 J. Seabrook, In the Cities of
the South. Scenes from a Developing World, Londres,
1996, pp. 16-17.
27 G. Guldin, What’s a Peasant
to Do?, cit., pp. 14-17. Véase también Jing Neng Li, «Structural and
Spatial Economic Changes and their Effects on Recent Urbanization in China», en
G. Jones y P. Visaria, Urbanization in Large Developing Countries, cit.,
p. 44. I. Yeboah, «Demographic and Housing Aspects of Structural Adjustment and
Emerging Urban Form in Accra, Ghana, Africa Today l, 1, 2003,
pp. 108, 116-117. Yeboah encuentra un modelo desakota en
Accra, con un crecimiento de su superficie, en la década de 1990, del 188 por
100 que atribuye al impacto de las políticas de ajuste estructural.
28 T. Sieverts, Cities Without
Cities. An Interpretation of the Zwischenstadt, Londres,
2003, p. 3.
29 D. Drakakis-Smith, Third
World Cities, cit., p. 21.
30 T. McGee, «The Emergence of Desakota
Regions in Asia. Expanding a Hypothesis», en Northon Ginsburg, Bruce Koppell y
T. McGee (eds.), The Extended Metropolis. Settlement Transition in
Asia, Honolulu, 1991. P. Kelly en su libro sobre Manila se muestra de
acuerdo con McGee en las características específicas del modelo de urbanización
que se está produciendo en el sureste asiático, pero señala que el modelo desakota es
inestable y que la agricultura va desapareciendo lentamente. Kelly, Everyday
Urbanization. The Social Dynamics of Development in Manila’s Extended
Metropolitan Region, Londres, 1999, pp. 248-186.
31 A. Aguilar y P. Ward, «Globalization,
Regional Development, and Mega-City Expansion in Latin America. Analyzing
Mexico City’s Peri-Urban Hinterland», Cities XX, 1, 2003, pp.
4,
18. Los autores
sostienen que el modelo desakota de desarrollo no se produce
en África: «Donde el crecimiento de las ciudades tiende a ser esencialmente
urbano y basado en la propia ciudad, al mismo tiempo que se mantiene dentro de
unas fronteras claramente
definidas. No se produce un
desarrollo periurbano unido y dirigido por procesos que provienen del propio
centro», sin embargo, Gauteng (Sudáfrica) es un ejemplo claro de «urbanización
regional» totalmente análogo a los casos de América Latina.
32 R. Dayaratne y R. Samarawickrama,
«Empowering Communities. The Peri-Urban Areas of Colombo», Environment
and Urbanization XV, 1 (abril 2003), p. 102. Véase también L. van der
Berg, M. van Wijk y P. van Hoi, «The Transformation of Agricultural and Rural
Life Downsteam of Hanoi», ibid.
33 M. Nock, «The Mexican Peasantry and
the Ejido in the Neo-liberal Period», en D. Bryceson, C. Kay y
J. Mooij (eds.), Dissapearing Peasantries? Rural Labour in Africa, Asia
and Latin America, Londres, 2000, p. 173.
34 Financial Times, 16 de diciembre de 2003 y 27 de
julio de 2004.
35 The New York Times, 28 de julio de 2004.
36 W. Mengkui, Director del Centro de
Investigación del Desarrollo del Consejo de Estado; citado en Financial
Times, 26 de noviembre de 2003.
37 Banco Mundial, World
Development Report 1995. Workers in an Integrating World, Nueva York,
1995, p. 170.
38 S. Goldstein, «Levels of Urbanization
in China», cit., cuadro 7.1, p. 201. Guilhem Fabre presenta datos referidos a
1978 en «La Chine», en T. Paquot, Les monde des villes. Panorama urbain
de la planète, Bruselas, 1996, p. 187. Hay que señalar que el Banco
Mundial sitúa el índice de urbanización referido a 1978 en el 18 por 100 frente
al 13 por 100 que mantiene Goldstein (véase World Bank, World
Development Indicators, 2001, version CD-ROM).
39 Los datos sobre población los recoge
T. Brinkhoff (www.citypopulation.de). Los datos referidos al PIB los presenta
D. Pumain «Scalling Laws and Urban Systems», Santa Fe Institute, Working
Paper 04-02-002, Santa Fe, 2002, p. 4.
40 J. Gugler, «Introduction–II.
Rural-Urban Migration», en J. Gugler (ed.), Cities in the Developing
World. Issues, Theory and Policy, Oxford, 1997, p. 43.
41 S. Findley mantiene que durante la
década de 1980, todo el mundo subestimó el alcance de la migración campo/ciudad
y los consiguientes índices de urbanización. S. Findley, «The Third World
City», en J. Kasarda y A. M. Parnell, Third World Cities. Problems,
Policies and Prospects, cit., p. 14.
42 N. Harris, «Urbanization, Economic
Development and Policy in Developing Countries», Habitat International xiv,
4, 1990, pp. 21-22.
43 D. Simon, «Urbanization,
Globalization and Economic Crisis in Africa», en C. Rakodi (ed.), The
Urban Challenge in Africa. Growth and Management of Its Large Cities, Tokio,
1997, p. 95. Los índices de crecimiento de las ciudades industriales británicas
entre 1800 y 1850 los presenta A. Weber, The Growth of Cities in the
Nineteenth Century. A Study in Statics, Nueva York, 1899, pp. 44,
52-53.
44 A. S. Oberai, Population
Growth, Employement and Poverty in Third-World Mega-Cities. Analytical Policy
Issues, Londres, 1993, p. 165.
45 United Nations Economic Programme
(UNEP), African Environment Outlook. Past, Present and Future
Perspectives, citado en Al Ahram Weekly, El Cairo,
2-8 de octubre de 2003. A. Jacquemin, Urban Development and New Towns
in the Third World. Lessons from the New Bombay Experience, Aldershot,
1999, p. 28.
46 D. Bryceson, «Disappearing
Peasantries? Rural Labour Redundancy in the Neo-Liberal Era and Beyond», en D.
Bryceson, C. Kay y J. Mooij (eds.), Dissapearing Peasantries? Rural
Labour in Africa, Asia and Latin America, cit., pp. 304-305.
47 S. de Dianous, «Les Damnés de la
Terre du Cambodge», Le Monde diplomatique (septiembre 2004),
p. 20.
48 J. Gugler, «Overurbanization
Reconsidered», en J. Gugler, Cities in the Developing World, cit.,
pp. 114-123.
49 Prefacio a J. Prunty, Dublin
Slums, 1800-1925. A Study in Urban Geography, Dublín,
1998, p. ix. Larkin
realmente se olvida de Nápoles, la contrapartida mediterránea de Dublín.
50 A. S. Oberay, Population
Growth, Employement and Poverty in Third World and Mega-Cities, cit.,
p. 13.
51 UN-Habitat, An Urbanising
World. Global Report on Human Settlements, Oxford,
1996, p. 239.
52 P. Connolly, «Mexico City: Our Common
Future?», Environment and Urbanization XI, 1 (abril 1999), p.
56.
53 I. Imparato y J. Ruster, Slum
Upgrading and Participation. Lessons from Latin America, Washington
DC, 2003, p. 333.
54 J. Browder y B. Godfrey, Rainforest
Cities. Urbanization, Development and Globalization of the Brazilian Amazon, Nueva
York, 1997, p. 130.
55 Y. Wenzhong y W. Gonfan, «Peasant
Movement. A Police Perspective», en M. Dutton (ed.), Streetlife China, Cambridge,
1998, p. 89.
56 D. Gunewardena, «Urban Poverty in
South Asia: What Do We Know? What Do We Need to Know?», documento de trabajo,
Conferencia sobre la Reducción de la Pobreza y Progreso Social, Rajendrapur,
Bangladesh (abril 1999), p. 1.
57 A. Hasan, «Introduction», en A.
Hameed Khan, Orange Pilot Project. Reminiscences and Reflections, Karachi,
1996, p. xxxiv.
58 S. Mehta, Maximum City.
Bombay Lost and Found, Nueva York, 2004, p. 117.
59 G. Chatterje, «Consensus versus
Confrontation», Habitat Debate viii, 2 (junio 2002), p.
11. Las estadísticas sobre Delhi proceden
de Rakesh K. Sinha, «New Delhi. The World’s Shanty Capital in the
Making», One World South Asia, 26 de agosto de 2003.
60 H. Herr y G. Kart, «Estimating Global
Slum Dwellers. Monitoring the Millenium Development Goal 7, Target 11»,
UN-Habitat, documento de trabajo, Nairobi, 2003, p. 19.
61 G. Brown, citado por Los
Angeles Times, 4 de octubre de 2004.
62 Estadísticas de Naciones Unidas,
citadas por J. Vidal, «Cities Are Now de Frontline of Poverty», The
Guardian, 2 de febrero de 2005.
II. El predominio de
las áreas urbanas hiperdegradadas
Dejó que su mente
navegara con la mirada perdida en la ciudad, mitad degradación, mitad paraíso.
¿Cómo podía un lugar tan violento y horrible, ser al mismo tiempo tan
maravilloso? Chris Abani1
El asombroso
predominio de estas áreas hiperdegradadas es el tema central de The
Challenge of Slums, un informe histórico y sombrío publicado en
octubre de 2003 por el Programa de Asentamientos Humanos de Naciones Unidas
(UN-Habitat). Este informe, que constituye la primera auditoria fiable de la
pobreza humana a escala mundial, sigue el camino que empezaron Friedrich
Engels, Henry Mayhew, Charles Booth y Jacob Riis y culmina dos siglos de
reconocimiento científico de las áreas urbanas hiperdegradadas desde que en
1805 James Whitelaw publicara Survey of Poverty in Dublin. Al mismo
tiempo, es la expresión empírica, largamente esperada, de las
advertencias realizadas en la década de 1990 por el Banco Mundial que
pronosticaban que la pobreza urbana se convertiría en «el problema más
significativo y políticamente explosivo del próximo siglo»2.
The Challenge of
Slums es una colaboración de más de un centenar de investigadores e
integra tres nuevas fuentes de análisis y de datos. En primer lugar está basado
en la exposición de casos concretos de pobreza, de las condiciones de las áreas
urbanas hiperdegradadas y de las políticas de vivienda en 34 metrópolis, desde
Abiyán hasta Sydney. La coordinación del proyecto recayó en el Departamento de
Planificación del Desarrollo de la University College de Londres3. En segundo lugar
utiliza una única tabla comparativa para 237 ciudades del planeta creada por el
Programa de Indicadores Urbanos de UN-Habitat para la V Cumbre Urbana,
celebrada en Estambul en 20014. Y por último
incorpora estudios, basados en datos globales sobre vivienda en China y el
antiguo bloque soviético que abren nuevos campos de investigación. Los autores
del informe reconocen una deuda especial con Branko
Milanovic, un
economista del Banco Mundial que apoyó estos trabajos a los que consideraba un
poderoso microscopio para el estudio de la desigualdad global. En uno de sus
ensayos, Milanovic señala que «por primera vez en la historia de la humanidad,
los investigadores cuentan con datos razonablemente exactos sobre la
distribución de la renta o del bienestar (gasto o consumo) de más del 90 por
100 de la población mundial» 5. Si los informes
de la Mesa Intergubernamental sobre el Cambio Climático representan un consenso
científico sin precedentes sobre los peligros del calentamiento global, The
Challenge of Slums es una enérgica advertencia sobre la catástrofe
mundial que supone la pobreza humana.
¿Pero qué es
un slum? La primera definición publicada fue acuñada por el
presidiario y escritor James Hardy Vaux, que en 1812 escribió el Vocabulary
of the Flash Language donde es sinónimo de tráfico (racket) o
comercio ilegal (criminal trade)6. Sin embargo, ya
en los años del cólera de las décadas de 1830 y 1840, los pobres más que
«dedicarse» a los «slums», lo que hacían era vivir en ellos. Los escritos sobre
reforma urbana del Cardenal Wiseman pueden presumir de haber rescatado la
palabra slum («lugar de dudosa moralidad») de la jerga
callejera para convertirlo en un término aceptable para los escritores
refinados7. A mediados del
siglo XIX, las áreas urbanas hiperdegradadas estaban ampliamente reconocidas como
un fenómeno internacional. Connaisseurs y flâneurs polemizaban
sobre dónde encontrar la degradación humana más espantosa: en
Whitechapel o en La Chapelle (Londres o París), en Gorbals o Liberties (Glasgow
o Dublín), Pig Alley o Mulberry Bend (Nueva York). En un informe realizado en
1895 sobre «los pobres en las grandes ciudades», The Scriber’s Magazine elegía
los fondaci de Nápoles como «las moradas más
espantosas sobre la faz de la tierra», para Gorki, sin embargo, el distrito
moscovita de Khitrov era «lo más bajo», mientras que Kipling se reía de ellos y
llevaba a sus lectores «descendiendo más y más» a Colootollah, «el vertedero
humano» de Calcuta, «la ciudad del espanto y la noche»8.
La visión clásica
de las áreas hiperdegradadas las presentaba como lugares pintorescos y
provincianos, pero los reformadores en general se mostraban de acuerdo con
Charles Booth, el Dr. Livingstone de la marginación en Londres, en
caracterizarlos como una amalgama de vivienda ruinosa, hacinamiento, enfermedad,
pobreza y vicio. Para los liberales decimonónicos, la dimensión moral era
determinante y por encima de cualquier otra cosa se les consideraba lugares
donde un «residuo social» salvaje e incorregible se pudría en medio de un
esplendor inmoral y descontrolado. Una extensa literatura excitaba a las clases
medias con morbosas historias del lado oscuro de la ciudad. En 1854, Humanity
in the City, del reverendo Chapin, se extasiaba hablando de «salvajes,
no los que se mueven en lúgubres bosques, sino los que soportan la luz de las
farolas y los ojos de la policía; con sus gritos de guerra, centros de reunión
y ropajes tan fantásticos y almas tan brutales como las de sus análogos en las
antípodas»9. Cuarenta años
después, el Departamento de Trabajo de Estados Unidos, en el primer informe
«científico» sobre los vecindarios en América, The Slums of Baltimore,
Chicago, New York y Philadelphia (1894), todavía definía estas zonas
como «áreas de sucios callejones traseros, especialmente cuando son habitados
por una población sórdida y criminal»10.
Un censo global de
áreas urbanas hiperdegradadas
Los autores
de The Challenge of Slums no comparten estas visiones
victorianas, pero por lo demás mantienen la definición clásica: hacinamiento,
vivienda pobre o informal, falta de acceso a la sanidad y al agua potable e
inseguridad de la propiedad. Esta definición operativa, oficialmente adoptada
por Naciones Unidas en la reunión de Nairobi de octubre de 2002, se limita a
«las características físicas y legales de los asentamientos», y deja de lado
«la dimensión social», más difícil de medir pero que en la mayoría de los casos
corresponde a situaciones de marginación económica y social11. Por otro lado,
mezcla las barriadas
chabolistas
periféricas con los asentamientos arquetípicos del interior de la ciudad, y
utiliza un criterio muy conservador a la hora de considerar qué es un área
urbana hiperdegradada. Muchos lectores se sorprenderán del descubrimiento por
parte de Naciones Unidas de que solamente el 19,6 por 100 de la población
urbana de México vive en estas áreas, cuando los expertos locales están de
acuerdo en que por lo menos dos tercios de la población vive en colonias
populares o barrios más viejos. Pero incluso utilizando esta
definición restrictiva, los investigadores de Naciones Unidas calculaban que en
el 2001 había por lo menos 921 millones de habitantes en la áreas urbanas
hiperdegradadas, y que en 2005 alcanzarían los 1.000 millones. Aproximadamente
la población mundial cuando el joven Engels se aventuraba en las miserables
calles de St. Giles y del viejo Manchester en 184412.
Desde 1970, el
capitalismo neoliberal ha multiplicado la degradación del célebre suburbio de
Tom-all-Alone que Dickens describía en Bleak House . Mientras
que en los países desarrollados la población de las áreas degradadas representa
solamente el 6 por 100 de la población urbana total, en los países en vías de
desarrollo la cifra se dispara hasta el 78,2, lo que representa un tercio de la
población urbana mundial.
Según UN-Habitat
los porcentajes más altos en cuanto a número de residentes en áreas
hiperdegradadas, los encontramos en Etiopía y Chad (un asombroso 99,4 por 100
de la población urbana), Afganistán (98,5) y Nepal (92,0). La capital mundial
de esta miseria es la ciudad de Bombay, que tiene entre 10 y 12 millones de
personas viviendo en estas áreas, seguida de Ciudad de México y Dacca (de 9 a
10 millones cada una), Lagos, El Cairo, Karachi, Kinshasa-Brazzaville, São
Paulo, Sanghái y Delhi (de 6 a 9 millones cada una)13.
Las áreas urbanas
hiperdegradadas que están creciendo más rápidamente se encuentran en la
Federación Rusa (especialmente en las antiguas «ciudades de empresa
socialistas» creadas en torno a una única industria ahora desaparecida) y en el
resto de las antiguas repúblicas soviéticas, donde el abandono urbano ha
crecido en la misma proporción sobrecogedora que la desigualdad
económica y la
desinversión municipal. En 1993 el Programa de Indicadores Urbanos de Naciones
Unidas registraba índices de pobreza del 80 por 100 o mayores tanto en Baku
(Azerbayán), como en Yerevan (Armenia)14. Ulan Bator
(Mongolia) que en la era soviética fue un centro metalúrgico, se encuentra
rodeada en la actualidad por medio millón de antiguos pastores sin recursos,
viviendo en sus tradicionales tiendas (gers), pocos de los
cuales pueden arreglárselas para comer más de una vez al día1516.
|
|
Países |
|
% población en
áreas urbanas |
|
Población total |
|
|
|
|
|
hiperdegradadas |
|
(millones) |
|
|
|
|
|
|
|
||
|
|
China |
|
37,8 |
|
193,8 |
|
|
|
India |
55,5 |
158,4 |
|
||
|
|
Brasil |
36,6 |
51,7 |
|
||
|
|
Nigeria |
79,2 |
41,6 |
|
||
|
|
Pakistán |
73,6 |
35,6 |
|
||
|
|
Bangladesh |
84,7 |
30,4 |
|
||
|
|
Indonesia |
23,1 |
20,9 |
|
||
|
|
Irán |
44,2 |
20,4 |
|
||
|
|
Filipinas |
44,1 |
20,1 |
|
||
|
|
Turquía |
42,6 |
19,1 |
|
||
|
|
México |
19,6 |
14,7 |
|
||
|
|
Corea del Sur |
37,0 |
14,2 |
|
||
|
|
Perú |
68,1 |
13,0 |
|
||
|
|
Estados |
5,8 |
12,8 |
|
||
|
|
Unidos |
39,9 |
11,8 |
|
||
|
|
Egipto |
33,1 |
11,0 |
|
||
|
|
Argentina |
92,1 |
11,0 |
|
||
|
|
Tanzania |
99,4 |
10,2 |
|
||
|
|
Etiopía |
85,7 |
10,1 |
|
||
|
|
Sudán |
47,4 |
9,2 |
|
||
|
|
Vietnam |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
No obstante, las
poblaciones urbanas más pobres se encuentran probablemente en Luanda, Maputo,
Kinshasa y Cochabamba, donde al menos dos tercios de los residentes tienen
ingresos inferiores a los que necesitan para su alimentación diaria17. En Luanda, donde
una cuarta parte de los hogares tienen un consumo per cápita inferior a 75
céntimos diarios, la mortalidad infantil hasta
los cinco años
alcanzaba en 1993 el espantoso porcentaje del 32 por 100. El más elevado del
planeta18.
Sin embargo, ni
todos los pobres urbanos viven en áreas urbanas hiperdegradadas, ni todos los
que sí lo hacen son pobres. The Challenge of Slums deja
entrever que en algunas ciudades, la mayoría de los pobres en
realidad viven fuera de estas áreas en sentido estricto19. Obviamente aunque
las dos categorías se solapan, el número de pobres urbanos es considerablemente
mayor: por lo menos la mitad de la población urbana mundial definida en
términos de los umbrales nacionales de pobreza20. Una cuarta parte
de la población urbana (como se reconocía en 1988), vive en una pobreza
«absoluta» difícil de imaginar, con ingresos diarios de un dólar o
inferiores 21. Si los datos de
Naciones Unidas son ciertos, la renta familiar per cápita de una ciudad rica
como Seattle es 739 veces mayor que la de una muy pobre como
Ibadán (Nigeria). Una desigualdad increíble22.
Resulta difícil
obtener estadísticas fiables de las poblaciones sin recursos o de las áreas
urbanas hiperdegradadas, debido a que con frecuencia son total y
deliberadamente olvidadas por los censos oficiales. Por ejemplo, a finales de
la década de 1980 el índice de pobreza oficial de Bangkok era del 5 por 100.
Sin embargo los estudios realizados mostraban que cerca de la cuarta parte de
la población (1,16 millones), vivía en 1.000 áreas urbanas hiperdegradadas y
asentamientos ocupados23. De la misma
manera, el gobierno mexicano aseguraba en la década de 1990, que solamente uno
de cada diez habitantes de las ciudades era realmente pobre, a pesar de los
incuestionables datos de Naciones Unidas que mostraban que el 40 por 100 vivía
con menos de dos dólares diarios24. Las estadísticas
de Indonesia y Malasia se distinguen igualmente por su manera de disfrazar la
pobreza urbana hasta niveles absurdos. Mientras que las investigaciones más
recientes señalan que en Yakarta una cuarta parte de la población vive en
barriadas de cemento y bambú (kampung), los datos oficiales
sitúan estos porcentajes por debajo del 5 por 10025. En Malasia, el
geógrafo Jonathan Rigg se queja de que el discurso oficial sobre la pobreza,
«no recoge los costes reales de la vida
urbana», y
deliberadamente ignora a la población pobre de origen chino26. El sociólogo
urbano Erhard Berner piensa que los datos oficiales sobre Manila son
deliberadamente confusos, y que por lo menos una octava parte de la población
de las áreas urbanas hiperdegradadas no está incluida en ellos27.
Tipología de las
áreas urbanas hiperdegradadas
Probablemente hay
más de 200.000 áreas hiperdegradadas sobre el planeta, con una población que
oscila entre unos centenares y más de un millón de personas. Las cinco grandes
metrópolis del sur de Asia (Karachi, Bombay, Delhi, Calcuta y Dacca) cuentan
ellas solas con unas 15.000 comunidades diferentes de este tipo, cuya población
total es superior a los 20 millones de habitantes. Cuando las barriadas de
chabolas y los asentamientos ocupados se desarrollan en cinturones continuos de
pobreza y vivienda informal, asistimos a la formación de megaáreas urbanas
hiperdegradadas. Un ejemplo de esta evolución es Ciudad de México, donde en
1992 se podía encontrar a 6,6 millones de personas con rentas bajas, viviendo
en un espacio continuo de 348 kilómetros cuadrados de vivienda informal28. Lo mismo sucede
en Lima, donde la mayoría de la población sin recursos se concentra en tres
grandes conos periféricos que parten del propio centro. Estas
grandes concentraciones de pobreza urbana son también frecuentes en África y
Oriente Próximo. En el sur de Asia, la pobreza urbana tiende a repartirse entre
un número más elevado de áreas, diseminadas por todo el tejido urbano y dotadas
de una complejidad digna de los fractales. En Calcuta existen miles de thika
bustees (aglomeraciones de cinco barracones de 45 metros cuadrados
cada uno con una ocupación media de 13,4 personas por barracón) mezcladas con
otras formas de vivienda y de uso de la tierra29. En Dacca tiene
más sentido considerar las zonas no degradadas como enclaves en medio de un
panorama de pobreza abrumadora.
Aunque algunas de
estas zonas tienen una larga historia a sus espaldas –la primera favela de
Río de Janeiro (Morro de
Providencia) se
remonta a la década de 1880–, la mayor parte de las megaáreas urbanas
hiperdegradas se han desarrollado a partir de la década de 1960. Ciudad
Nezahualcóyotl, por ejemplo, apenas tenía 10.000 residentes en 1957; en la
actualidad esta empobrecida área de Ciudad de México tiene 3 millones de
habitantes. El floreciente Manshiet Nasr a las afueras de El Cairo nació en la
década de 1960 a partir de un campamento para los trabajadores que levantaban
el barrio de Nasr City; mientras que Orange/Baldia, la extensa área urbana
hiperdegradada que se extiende sobre la colina en Karachi se fundó en 1965 con
una población mixta de refugiados musulmanes de India y pastunes de Afganistán.
Una de las mayores barriadas de Lima, Villa El Salvador, se
creó en 1971 con el mecenazgo del gobierno militar y pocos años después
alcanzaba una población de más de 300.000 personas.30 31 32 33 34 35
Cuadro 7. Las
mayores áreas urbanas hiperdegradadas (2005)30 (Datos en millones de personas)
|
|
1
Neza/Chalco/Izta |
|
4,0 |
|
15 Cazenga
(Luanda) |
|
0,8 |
|
|
|
(Ciudad de
México)31 |
|
|
|
16 Dharavi
(Bombay) |
0,8 |
|
|
|
|
2 Libertador
(Caracas) |
2,2 |
|
17 Kibera
(Nairobi) |
0,8 |
|
||
|
|
3 El Sur/Ciudad
Bolívar |
2,0 |
|
18 El Alto (La
Paz) |
0,8 |
|
||
|
|
(Bogotá) |
|
|
|
19 Ciudad de los
Muertos |
0,8 |
|
|
|
|
4 San Juan de
Lurigancho |
1,5 |
|
(El Cairo) |
|
|
|
|
|
|
(Lima)32 |
|
|
|
20 Sucre
(Caracas) |
0,6 |
|
|
|
|
5 Cono Sur
(Lima)33 |
1,5 |
|
21 Islamshahr
(Teherán) |
0,6 |
|
||
|
|
6 Ajegunle
(Lagos) |
1,5 |
|
22 Tlalpan |
0,6 |
|
||
|
|
7 Sadr City
(Bagdad) |
1,5 |
|
(Ciudad de
México) |
|
|
|
|
|
|
8 Soweto
(Johannesburgo) |
1,5 |
|
23 Inunda INK
(Durban) |
0,5 |
|
||
|
|
9 Gaza
(Palestina) |
1,3 |
|
24 Manshiet Nasr
(El Cairo) 0,5 |
||||
|
|
10 Orange Township
(Karachi) |
1,2 |
|
25 Altinda
(Ankara) |
0,5 |
|
||
|
|
11 Cape Flats |
1,2 |
|
26 Mathare
(Nairobi) |
0,5 |
|
||
|
|
(Ciudad del
Cabo)35 |
|
|
|
27 Aguas Blancas
(Cali) |
0,5 |
|
|
|
|
12 Pikine (Dakar) |
1,2 |
|
28 Agege (Lagos) |
0,5 |
|
||
|
|
13 Imbaba (El
Cairo) |
1,0 |
|
29 Cité Soleil |
0,5 |
|
||
|
|
14 Ezbet
El-Haggana |
1,0 |
|
(Puerto Príncipe) |
|
|
|
|
|
|
(El Cairo) |
|
|
|
30 Masina
(Kinshasa) |
0,5 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
En el Tercer Mundo
la elección de la vivienda supone un complicado cálculo de variables poco
claras. Como acertadamente señalaba el arquitecto y anarquista John Turner, «el
alojamiento es un verbo». Los pobres urbanos tienen que resolver una complicada
ecuación para intentar optimizar los costes de la vivienda, la seguridad de la
propiedad, la calidad del refugio, el desplazamiento al trabajo y algunas veces
la seguridad personal. Para algunos, incluyendo muchos de los que viven en la
calle, la localización cercana al trabajo, a un centro de producción o una
estación de tren, es más importante que el propio techo. Para otros los
terrenos libres o casi libres son una razón suficiente para desplazarse hacia
el centro. Y para todos ellos el resultado final es una mezcla de costes
elevados, ausencia de servicios municipales y falta de seguridad de la
propiedad. En el conocido modelo de Turner, basado en el trabajo que realizó en
Perú en la década de 1960, los emigrantes rurales se desplazan a cualquier
precio hacia el centro de la ciudad para encontrar trabajo, y una vez que
tienen seguridad en el empleo, se mueven hasta la periferia, donde la propiedad
es más asequible. Este tránsito entre «establecer una cabeza de puente» y «la
consolidación» (utilizando su terminología) es evidentemente una idealización
que únicamente puede reflejar una situación histórica transitoria en un país o
en un continente36.
Ahmed Soliman
realiza un análisis más elaborado y encuentra cuatro alternativas básicas para
la población pobre de El Cairo. En primer lugar, si la prioridad fundamental es
acceder a los mercados de trabajo más importantes, una familia puede considerar
la posibilidad de alquilar una vivienda, lo cual permite la proximidad al
trabajo y la seguridad de la posesión, pero es una alternativa cara y no deja
opción para un eventual acceso final a la propiedad. La segunda sería mantener
la proximidad pero con un alojamiento informal; una situación que Soliman
describe como «una habitación o una azotea muy pequeña con un bajísimo nivel de
calidad y una renta muy baja o directamente inexistente, con un buen acceso a
las oportunidades de trabajo pero sin ninguna esperanza de seguridad de la
propiedad. Estos habitantes ilegales en un momento dado se
verán obligados a
retirarse hacia los asentamiento ocupados o viviendas semiinformales»37.
La tercera y la más
económica de las alternativas es ocupar un terreno de propiedad pública,
situado normalmente en las desérticas y contaminadas afueras de la ciudad. Los
aspectos negativos de esta alternativa incluyen también el elevado coste del
transporte al trabajo y la negativa gubernamental a realizar obras de
infraestructura. «Por ejemplo, el área ocupada del barrio de El Dekhila es un
asentamiento desde hace 40 años y no ha recibido ninguna atención por parte de
las autoridades locales.» La cuarta alternativa es la más extendida de todas y
consiste en comprar una vivienda en alguno de los grandes asentamientos
semiinformales (frecuentemente en terrenos comprados a beduinos o campesinos),
con una propiedad legal sobre los mismos pero sin ninguna autorización oficial
para construir. Aunque estos sitios se encuentran alejados del lugar de
trabajo, ofrecen seguridad, y si se produce una considerable movilización de la
comunidad, acabarán teniendo los servicios municipales básicos38.
Se pueden elaborar
modelos de alternativas similares para todas las ciudades, que recogen un
amplio abanico de formas específicas de propiedad y asentamiento. La tipología
que se muestra en el cuadro 8, es una simplificación analítica que realiza una
abstracción de características locales significativas, en aras de poder
establecer una comparación global. Otra línea de análisis puede dar prioridad
al estatus legal de la vivienda (formal o informal) pero creo que la primera
decisión que tienen que tomar los que llegan a las ciudades es si pueden o no
instalarse cerca de los centros de trabajo (centro o periferia).
Cuadro 8. Tipología
de las áreas urbanas hiperdegradadas
1. Formal
a) vecindarios
(i) de segunda mano
(ii) edificados para los
pobres
c) hostales,
albergues, etc.
2. Informal
a) ocupados
(i) autorizados
(ii) no autorizados
b) residentes en las
calles
1. Formal
a) alquileres privados
b) vivienda pública
2. Informal
a) subdivisiones
piratas
(i) ocupadas por el
propietario
(ii) alquileres
b) ocupados
(i) autorizados
(incluyendo urbanización y servicios)
(ii) no autorizados
3. Campos de
refugiados
En el mundo
occidental rige una distinción arquetípica entre las ciudades estadounidenses,
donde los pobres se concentran en núcleos abandonados y barrios del centro y
las europeas, donde la población emigrante y sin empleo forma ciudades satélite
en elevados bloques de viviendas del extrarradio. Como muestra el cuadro 9, los
habitantes de las áreas degradadas del Tercer Mundo ocupan una variedad de
órbitas urbanas, con las mayores concentraciones situadas en las periferias y
con poca altura de edificación. A diferencia de lo que sucede en Europa, la
vivienda pública es la excepción (Hong Kong, Singapur y China), más que la
regla. Entre un quinto y un tercio de los pobres urbanos viven dentro o cerca
del núcleo urbano, principalmente en viviendas multifamiliares de rentas
antiguas.
Cuadro 9. Dónde
viven los pobres
(porcentajes de
población)39
|
Ciudad |
|
Áreas urbanas |
|
Áreas urbanas
hiperdegradadas |
|
|
|
hiperdegradadas |
|
periféricas |
|
|
|
en el centro |
|
|
1. La pobreza en el
interior de la ciudad
En las ciudades de
Norteamérica y de Europa, hay una distinción básica entre la vivienda de
segunda mano, como las casas rojizas de Harlem o las georgianas viviendas de
Dublín, y viviendas especialmente levantadas para los pobres, como el Mietskaserne de
Berlín o los famosos dumbbells del Lower East Side de Nueva
York. La vivienda de segunda mano es prácticamente inexistente en las nuevas
ciudades africanas y sin embargo bastante frecuente en América Latina (donde
incluye mansiones coloniales o villas victorianas) y en algunas ciudades de
Asia. Los palomares de Ciudad de Guatemala, las avenidas de
Río, los conventillos de Buenos aires y Santiago, las quintas de
Quito y las cuarterías de la vieja Habana, han olvidado su
antiguo esplendor para encontrarse peligrosamente abandonados y masivamente
superpoblados. El arquitecto David Glasser visitó una antigua villa en Quito
ocupada por 25 familias que sumaban 128 personas y que carecía de conexión con
ningún servicio municipal40. Algunas de
las vecindades de Ciudad de México, que en general sufren un
proceso de aburguesamiento o demolición, todavía están tan pobladas
como Casa Grande, el famoso bloque de 700 viviendas que el antropólogo Oscar
Lewis retrató en Los hijos de Sánchez (1961)41. En Asia casos
similares los encontramos en las decadentes viviendas zamindar de
Calcuta, actualmente de propiedad municipal y las poéticamente
llamadas «chabolas-jardín» de Colombo en Sri Lanka, que representan el 18 por
100 de la destartalada vivienda de la ciudad42. Finalmente, y
aunque se encuentra en un proceso de reducción de tamaño y población, la Ciudad
Vieja de Pekín es
probablemente la
mayor área urbana hiperdegradada formada por viviendas antiguas, con casas de
grandes patios pertenecientes a las épocas Ming y Qing que carecen de todos los
servicios modernos43.
Frecuentemente
barrios burgueses enteros se han degradado por completo, como por ejemplo los
lujosos Campos Elíseos de São Paulo o algunas partes del paisaje colonial de
Lima. En el Mediterráneo, en el famoso barrio costero de Bab-el-Ouded en Argel,
la población sin recursos sustituyó a la clase trabajadora colonial. Aunque el
modelo global dominante pasa por el desalojo de la población sin recursos del
centro urbano, algunas ciudades del Tercer Mundo reproducen el modelo
estadounidense de segregación urbana, y las clases medias poscoloniales huyen
del centro hacia urbanizaciones valladas y edge cities. Este ha
sido durante mucho tiempo el caso de Kingston (Jamaica), donde un cuarto de
millón de pobres habitan el conflictivo, pero culturalmente dinámico downtown, mientras
que las clases medias se han desplazado hacia el uptown. Igualmente
en Montevideo, en las décadas de 1970 y 1980, a medida que los ricos cambiaban
el centro por los barrios más atractivos de la costa este, la población sin
techo fue ocupando las casas abandonadas y los hoteles en ruinas. Este mismo
proceso había sucedido en Lima con mucha más anterioridad: después del gran
terremoto de 1940, las clases medias y altas empezaron a abandonar el centro
histórico, aunque en 1996 se produjo una ofensiva contra la venta callejera
dirigida desde el gobierno, con el objetivo de «rescatar» la zona de manos de
las clases trabajadoras andinas44. En Johannesburgo,
las sedes de las empresas y los grandes centros comerciales han huido en los
últimos años desde el distrito central hacia los barrios del norte,
mayoritariamente blancos. Con su mezcla de áreas urbanas hiperdegradadas y
bloques de apartamentos para las clases medias, la antigua capital financiera
de todo el continente, es ahora un centro del comercio informal y de
microempresas africanas45.
El ejemplo más
atípico de lo que puede suponer la herencia urbana es sin duda la Ciudad de los
Muertos en El Cairo, donde un millón de pobres utilizan las tumbas de los
mamelucos como
componentes
prefabricados para sus casas. El gran cementerio donde se enterraba a los
sultanes y a los emires es en la actualidad una isla urbana vallada, rodeada de
carreteras congestionadas. En el siglo XVIII, los residentes
primitivos eran los guardianes de tumbas a sueldo de las familias ricas de El
Cairo que dejaron paso a los trabajadores de las canteras y posteriormente en
los tiempos modernos, a los refugiados desalojados del Sinaí y Suez durante la
guerra de 1967. Jeffrey Nedoroscik, un investigador de la Universidad Americana
de El Cairo, señala que «los moradores habían adaptado las tumbas de manera
creativa para satisfacer las necesidades de vivienda. Los cenotafios y las
lápidas se utilizan como pupitres, cabeceros, mesas y estanterías; la cuerda de
los tendederos para la ropa, se ata a las lápidas»46. Pequeños grupos
de ocupantes han tomado posesión de los cementerios judíos abandonados,
repartidos en una ciudad que llegó a tener 29 sinagogas. El periodista Max
Rodenbeck señala que «en una visita realizada en la década de 1980 encontré a
una pareja joven con cuatro niños confortablemente instalada en una espléndida
cámara neofaraónica. Los ocupantes de la tumba habían abierto las cavidades
interiores encontrando un espacio natural para la ropa, los cacharros de la
cocina y la televisión en color»47.
De cualquier forma,
en la mayor parte del Tercer Mundo la vivienda de segunda mano es menos
frecuente que las viviendas y construcciones realizadas con vistas al alquiler.
En la India colonial, la tajante negativa del rajá para cubrir las necesidades
mínimas sanitarias y el acceso al agua de los barrios, se acompañaba de una
actuación que dejaba de facto la política de vivienda en manos
de la codicia de los terratenientes locales. El resultado fue la aparición de
barrios, que todavía acogen a millones de personas, espantosamente
superpoblados, sin ningún elemento sanitario y que sin embargo eran muy
rentables48. En Bombay, la
típica chawl (que supone el 75 por 100 de la vivienda formal)
es una vivienda de alquiler, con una sola habitación de 15 metros cuadrados, en
estado ruinoso y que se traga un hogar de 6 personas; la letrina normalmente se
comparte con otras seis familias49.
Como los chauwls de
Bombay, los callejones de Lima también fueron levantados
específicamente para alquilarlos a la población pobre, muchos de ellos
construidos por la que entonces era la primera autoridad en las áreas
degradadas de la ciudad: la Iglesia católica50. En la actualidad
son alojamientos miserables levantados con adobe o quincha (armazones
de madera rellenos de barro y paja), que se deterioran rápidamente y con
frecuencia resultan peligrosamente inestables. Un estudio sobre estos callejones recogía
a 85 personas utilizando el mismo grifo de agua y a 93 compartiendo la misma
letrina51. Lo mismo sucedía
en São Paulo antes de la explosión periférica de las favelas, a
principios de la década de 1980. La población pobre se alojaba tradicionalmente
en habitaciones de alquiler, en viviendas en el interior de la ciudad
llamadas cortiços, la mitad de las cuales eran construcciones
nuevas destinadas al alquiler y la otra mitad procedía de las viviendas de
segunda mano de la burguesía urbana52.
Los inquilinatos de
Buenos Aires, levantados con madera y planchas de metal, se construyeron
originalmente para los emigrantes italianos pobres en barrios portuarios
como La Boca y Las Barracas. La última crisis de la deuda ha provocado que
muchas familias provenientes de las clases medias hayan tenido que abandonar
sus apartamentos y apiñarse en habitaciones únicas que comparten la cocina y el
baño con otras cinco familias. La situación, que se ha mantenido a lo largo de
toda la década, ha dejado a 100.000 personas residiendo en fábricas y edificios
abandonados, solamente en el centro del Distrito Federal53.
En África
Subsahariana estos centros urbanos antiguos son prácticamente inexistentes.
Como señala el geógrafo Michael Edwards,
en las antiguas
colonias británicas, las viviendas de alquiler de los centros urbanos son
escasas, debido a que las ciudades carecen de un centro histórico. Aunque en
África con anterioridad a la independencia, el alquiler era prácticamente
universal, los inquilinos ocupaban posadas (si se trataba de hombres solos) o
casas municipales (si se trataba de familias)54.
En las partes
viejas de Accra y Kumasi, todavía es habitual la propiedad consuetudinaria de
la tierra, y aunque el alquiler está
ampliamente
extendido, los lazos de los clanes excluyen por lo general el desorbitado
precio de los alquileres que se produce en Lagos y Nairobi. Desde luego, esta
estructura de la vivienda basada en el parentesco, donde los pobres habitan en
amplias casas familiares con parientes más ricos, otorga a los barrios de Ghana
una diversidad económica mayor que la de sus homólogos en otras ciudades del
continente55.
Otras alternativas
a la vivienda, tanto formal como informal en el centro de las ciudades,
incluyen una amplia variedad de ampliaciones y ocupaciones ilegales, albergues
y pequeñas ciudades de chabolas. En Hong Kong, las ampliaciones de las azoteas
o los patios de ventilación de los edificios, albergan a más de un cuarto de
millón de personas. Las peores condiciones las soportan los llamados «hombres
enjaulados» que reciben ese nombre de los espacios individuales para dormir,
«la jaula», y de la tendencia de sus inquilinos de ponerles rejas de alambre
para evitar el robo de sus pertenencias. El porcentaje de residentes en estos
«apartamentos» es del 38,3 por 100, y el espacio vital disponible por persona
es de 1,81 metros cuadrados56. En las grandes
ciudades de Asia también encontramos variaciones sobre los antiguos albergues
americanos. En Seúl por ejemplo, la población expulsada de sus asentamientos
junto a la que carece de empleo, ha atestado los 5.000 Jjogbang que
se calcula que existen, que alquilan camas para la noche y proporcionan un
servicio por cada 15 residentes57.
Una parte de la
población sin recursos de las ciudades, habita en las alturas. Uno de cada diez
habitantes de Phnom Penh duerme en una azotea, igual que 200.000 alejandrinos.
En El Cairo 1,5 millones de personas habitan en las azoteas, formando lo que se
conoce como la «segunda ciudad», que resulta más fresca que las viviendas
interiores pero que está expuesta a la contaminación del aire originada por el
tráfico, las plantas de cemento y el polvo del desierto58. Las poblaciones
establecidas sobre los ríos aunque todavía son bastante frecuentes en el
sureste de Asia, están desapareciendo rápidamente de Hong Kong, donde las
barcas proporcionaron en su momento el 10 por 100 de los alojamientos en el
barrio de Crown Colony, dando refugio a una población
mayoritariamente tanka y hakka, considerada
inferior por la mayoría han59.
Y finalmente está
la propia calle. En el mundo occidental, Los Ángeles es la capital de los sin
techo, con una población estimada de 100.000 personas entre las que se incluye
un creciente número de familias que acampan en las calles del centro, y viven furtivamente
en parques o en medio de autopistas. La mayor concentración del Tercer Mundo de
habitantes de la calle se encuentra probablemente en Bombay, donde un estudio
realizado en 1995 calculaba que alcanzaba el millón de personas60. En el caso de
Bombay, el retrato tradicional de esta población nos presenta a un indigente
recién llegado del campo y que sobrevive de la mendicidad, pero como han puesto
de manifiesto los estudios realizados, la mayoría de ellos (97 por 100), tienen
a alguien que les proporciona algún tipo de sustento, el 70 por 100 llevan por
lo menos seis años en la ciudad y un tercio ha sido expulsado de un
asentamiento o de un chawl 61. Muchos de ellos
también son simples trabajadores; los que tiran de las calesas, obreros de la
construcción, cargadores de los mercados, que están obligados por su trabajo a
vivir en el centro de una metrópoli donde no pueden pagar un alojamiento62.
De todas maneras,
vivir en la calle tampoco suele salir gratis. Como señala Erhard Berner,
«incluso los habitantes de las aceras en India o Filipinas tienen que pagar
regularmente a la policía o a alguna organización»63. En Lagos los
empresarios alquilan las carretillas de las obras como camas para los sin techo64.
2. La urbanización
pirata
La mayoría de la
población urbana sin recursos ya no vive, sin embargo, en el interior de las
ciudades. Desde 1970, la mayor parte del crecimiento de la población urbana
mundial se ha producido en el Tercer Mundo y ha sido absorbido por las
comunidades hiperdegradadas de la periferia urbana. El desbordamiento de las
ciudades ha dejado de ser un fenómeno característico de América
del Norte. El
crecimiento horizontal de las ciudades pobres es frecuentemente tan
sorprendente como el crecimiento de su población: Jartum, por ejemplo, en 1988
había aumentado 48 veces su extensión de 195565. De hecho, las
áreas suburbanas de muchas de las ciudades pobres han crecido de tal manera que
probablemente obliguen a redefinir el concepto de periferia. Los barrios de
chabolas de Lusaka albergan a dos tercios de la población de la ciudad, lo que
ha llevado a algún investigador a sugerir que «a estas zonas se las considera
periurbanas, pero en realidad es la urbe propiamente dicha la que es
periférica»66. El sociólogo
turco Çağlar Keyder realiza una observación similar acerca de los gecekondus que
rodean Estambul. «Realmente no sería un error considerar la ciudad como un
conglomerado de estos gecekondus que mantienen una unidad
orgánica limitada. A medida que su número va creciendo, inevitablemente en el
perímetro exterior, se añaden nuevos nodos a la red en lo que parece una
producción en serie»67.
Por lo que vamos
viendo, el concepto de «periferia», referido a las ciudades del Tercer Mundo es
bastante relativo y sujeto a momentos históricos: los límites actuales de las
ciudades, ya sean campos, bosques o desiertos, mañana pueden pasar a formar parte
de un núcleo metropolitano densamente poblado. Con la excepción del este de
Asia, donde hay bastantes referencias sobre la construcción estatal de
viviendas en la periferia (por ejemplo, los antiguos barrios industriales de
Shijingshan, Fengtai y Changxiandian en Pekín), el desarrollo de los límites
urbanos de las ciudades del Tercer Mundo adopta principalmente dos formas: la
ocupación de terrenos y utilizando un significativo termino colombiano,
las urbanizaciones piratas. Ambos generan paisajes similares de
barrios de chabolas con proporciones elevadas de autoconstrucción,
viviendas con niveles mínimos de habitabilidad y ausencia de infraestructuras.
Sin embargo, aunque a las urbanizaciones piratas se las incluye con frecuencia
en el terreno de las comunidades de ocupantes, entre ellas hay algunas
diferencias importantes.
La ocupación es la
posesión de un terreno sin ventas ni títulos, y el «coste cero» de los terrenos
de la periferia se ha considerado
frecuentemente como
las palabras mágicas que explican el proceso urbano del Tercer Mundo: un
importante subsidio inesperado para los más pobres. Sin embargo, el acceso a
los terrenos raramente se produce sin unos costes iniciales, que en muchos
casos se concretan en sobornos que hay que pagar, en dinero o en votos, a
políticos, policías o mafiosos y que habrá que seguir pagando durante muchos
años. A estos costes habrá que sumar los que suponen la ausencia de
comunicaciones con el centro urbano. Como señala Erhard Berner en su estudio
sobre Manila, al final cuando se suman todos los gastos, la ocupación no
resulta necesariamente más barata que la compra de una parcela. Su principal
atractivo se encuentra en «la posibilidad de una expansión y de mejoras en la
edificación que conducen a un aumento por etapas de los costes»68.
Las ocupaciones se
han convertido en algunas ocasiones en dramas políticos de primera página. En
América Latina, entre las décadas de 1960 y 1980, así como en Egipto, Turquía y
Sudáfrica en momentos diversos, la ocupación adoptó la forma de la invasión de
tierras, frecuentemente con el apoyo de grupos radicales o de manera más
aislada, de gobiernos populistas (Perú en la década de 1960 y Nicaragua en la
de 1980). Con una dependencia clara respecto a la opinión pública, sus
objetivos tradicionales eran los terrenos públicos abandonados o las
propiedades de algún terrateniente (que en algunas ocasiones, más tarde
recibirá una compensación). Con frecuencia las ocupaciones se convertían en un
pulso prolongado entre los ocupantes y el aparato represivo del Estado.
Hablando sobre Caracas en la década de 1970, un equipo de investigadores de la
Universidad de Los Angeles California (UCLA) señalaba: «No es raro oír el caso
de algún asentamiento que ha sido levantado por la noche, destruido por la
policía al día siguiente, vuelto a levantar por la noche y vuelto a destruir,
hasta que las autoridades abandonan la lucha»69. En Berji
Kristin. Tales from the Garbage Hills, la escritora turca Latife Tekin
explica por qué se les llaman gecekondus, «levantados
por la noche», a las áreas hiperdegradadas de Estambul. En la novela, los
heroicos ocupantes de «Flower Hill» levantan y vuelven a levantar cada chabola
por la
noche porque las
autoridades las derriban por la mañana. Solamente después de 37 días de lucha,
las autoridades acaban por ceder y el nuevo gecekondu puede
echar raíces en medio de una montaña de basura70.
De cualquier forma,
la mayor parte de las comunidades basadas en la ocupación, son el resultado de
lo que el sociólogo Asef Bayat, hablando sobre Teherán y El Cairo, llamó la
«callada invasión de lo corriente»: la infiltración, a pequeña escala y sin confrontación,
en los límites y espacios vacíos. A diferencia de los campesinos pobres que
ilustraban el «modelo de resistencia y lucha de clases de Brecht», y que James
Scott citaba frecuentemente en sus estudios, esta lucha no es «meramente
defensiva», sino que es, de acuerdo con Bayat, «subrepticiamente ofensiva» en
la medida que incansablemente se dirige a aumentar el espacio vital y los
derechos de los desheredados71. Como veremos en
el capítulo siguiente, los momentos más favorables para estas invasiones,
coinciden con frecuencia con situaciones en las que se producen unas elecciones
crispadas, desastres naturales, golpes de Estado o revoluciones.
En América Latina,
Oriente Próximo y el sureste de Asia, la ocupación en cualquiera de sus formas
alcanzó su momento cumbre en la década de 1970. En la actualidad, la ocupación
en sentido estricto continúa produciéndose sobre terrenos urbanos de poco valor,
normalmente situados en lugares extremadamente marginales y peligrosos tales
como riberas que sufren las crecidas de los ríos, laderas de colinas y terrenos
pantanosos o contaminados. Como dice la economista Eileen Stillwaggon,
«esencialmente, las ocupaciones se producen sobre terrenos que no generan
ninguna renta, terrenos que tienen tan poco valor, que nadie se molesta en
ejercer los derechos de propiedad» 72. En Buenos Aires,
por ejemplo, la mayor parte de las villas de emergencia, levantadas
frecuentemente por emigrantes ilegales de Bolivia y Paraguay, están situadas en
las malolientes y contaminadas riberas del río Reconquista y del río Matanza.
El geógrafo David Keeling, después de visitar una típica villa en
Río Reconquista, escribía que «las aguas estancadas y residuales habían creado
un hedor insoportable, toda la zona estaba plagada de ratas, moscas,
mosquitos y demás
insectos». Las villas se toleran solamente porque en una
economía en depresión, semejantes sitios por ahora carecen de valor73. Igualmente, los
precarios ranchos de Caracas continúan paso a paso su
ascensión por laderas escarpadas y proclives al deslizamiento, lugares a los
que ninguna inmobiliaria otorgaría valor de mercado. La ocupación en este caso
es una apuesta contra un desastre inevitable.
En cambio, los
terrenos periféricos planos, incluso el desierto, sí se cotizan en el mercado,
y actualmente los asentamientos periféricos de rentas bajas, aunque con
frecuencia se presenten como ocupaciones, realmente funcionan en medio de un
mercado de la propiedad invisible pero real74. Este modelo de
«urbanización pirata» fue cuidadosamente estudiado por primera vez a finales de
la década de 1970 por un equipo del Banco Mundial dirigido por Rakesh Mohan:
[…] estas parcelaciones
piratas de los asentamientos no han sido el resultado de las invasiones del
terreno: en realidad, el terreno ha cambiado de manos por medio de procesos
legales, lo que es ilegal es la parcelación en sí misma por lo que resulta más
adecuado calificarlos de alegales que de ilegales. Las familias expulsadas del
mercado formal de la vivienda, con ingresos medios, medios/bajos y bajos
compraron lotes de terreno a empresarios que habían adquirido tierras
improductivas y que las habían dividido sin ningún miramiento hacia leyes,
regulaciones o previsión de medios. Los lotes vendidos proporcionaban un mínimo
de servicios que en la práctica no solían ser otra cosa que algunas calles y
unos cuantos puntos de agua. Normalmente esta infraestructura se desarrollaba
un poco más cuando los primeros pobladores tomaban posesión del lugar75.
La urbanización
pirata es realmente la privatización de la ocupación. Los expertos en vivienda
Paul Baróss y Jan van der Linden definían en 1990 los asentamientos piratas o
«subdivisiones residenciales por debajo de los niveles comerciales habituales»,
como la nueva norma en lo que se refiere a viviendas para pobres. A diferencia
de las ocupaciones tradicionales, las parcelaciones piratas proporcionan un
título de propiedad, legal o de facto, sobre el terreno. En el
primer caso (un título legal), la operación estará dirigida por un especulador,
latifundista, hacendado, comuna rural (por ejemplo un ejido mexicano)
o entidad tradicional (como una tribu de beduinos o el ayuntamiento de un
pueblo). Los propietarios
de la tierra –como
en el caso de un asentamiento en el área suburbana de Buenos Aires estudiado
por David Keeling– pueden incluso apoyar la organización de la ocupación con la
astuta perspectiva de que ésta obligará al Estado finalmente a realizar tanto compensaciones
como inversiones en infraestructuras76.
En el segundo caso,
que proporciona una propiedad de facto, los terrenos son
normalmente propiedad del Estado, pero los habitantes han comprado una garantía
de propiedad a los políticos, líderes tribales u organizaciones mafiosas (por
ejemplo las Tríadas, que constituye la mayor fuente de desarrollo informal de
Hong Kong)77. Otro notorio
ejemplo son los dalals de Karachi, que para Katar Hameed Khan,
el fundador del célebre Proyecto Piloto de Orangi, son «empresarios privados
que han aprendido el arte de colaborar y manipular a nuestros políticos rapaces
y avariciosos burócratas. Bajo su patrocinio, los dalals proporcionan
una posesión segura del terreno público, protegen de los desahucios y obtienen
agua y facilidades de transporte»78. Los dalals (la
palabra puede referirse tanto a un chulo como a un intermediario) dominan
los katchi abadis –las parcelaciones pirata como Orange– que
albergan a casi la mitad de la población de Karachi79.
Aunque las
viviendas puedan carecer de la autorización formal de las autoridades locales,
las parcelaciones piratas, a diferencia de los asentamientos ocupados, forman
lotes uniformes con calles convencionales; los servicios son rudimentarios o
directamente inexistentes y los precios de venta dependen de la habilidad de
los residentes para negociar sus propias mejoras estructurales. Para Baróss y
van der Linden, los trazados planificados, los niveles bajos de servicios, las
localizaciones suburbanas, la elevada seguridad de la posesión, la
disconformidad con los planes de desarrollo urbano y la autoayuda en la
vivienda son las características genéricas de las «subdivisiones residenciales
por debajo de los niveles comerciales habituales» 80. Con un enfoque
local adecuado, esta definición es aplicable a Ciudad de México, Bogotá, São
Paulo, El Cairo, Túnez, Harare, Karachi, Manila y cientos de otras ciudades
entre las que se incluyen, entre los países de la OCDE, Lisboa (con sus
clandestinos) y Nápoles, así
como El Paso (con sus recientes colonias) y Palm Springs.
En algunos países
la explotación de las áreas urbanas hiperdegradadas periféricas ha existido
durante décadas. Como señala Ayse Yonder, «para mediados de la década de 1960,
la ocupación en el sentido clásico del término había desaparecido de Estambul,
la gente tenía que pagar a los poderosos locales para poder ocupar incluso el
terreno público. A mediados de la década de 1970, los empresarios bien
relacionados, empezaron a controlar los terrenos públicos de ciertos barrios de
Estambul, vendiendo terreno y monopolizando toda la actividad de la
construcción»81. En Nairobi,
actualmente una ciudad con unos alquileres desorbitados y unos inquilinos muy
pobres, la explotación comenzó a principios de la década de 1970, cuando los
empresarios se dieron cuenta de que la ocupación estaba creando un nuevo
mercado para el suelo, con enormes ganancias cuando se producía la
legalización. Los propietarios de los terrenos (frecuentemente descendientes de
los antiguos propietarios asiáticos), comenzaron a vender parcelaciones no
autorizadas. De acuerdo con el investigador de la pobreza Philip Amis,
«propiciaron la invasión de su propia tierra, construyendo viviendas no
autorizadas de acuerdo con sus propios planes […] el riesgo mereció la pena con
creces. No se produjeron ordenes de derribo y las ganancias que obtuvieron fueron
muy elevadas»82.
3. Los
arrendatarios invisibles
Por regla general,
tanto la literatura popular como la académica, cuando abordan el tema de la
vivienda informal, tienden a dar un carácter romántico a la ocupación y a
ignorar a los arrendatarios. Como reconocían recientemente los investigadores
del Banco Mundial, «se han estudiado insuficientemente los mercados de alquiler
de rentas bajas»83. El régimen de
propiedad es de hecho una relación social fundamental y divisoria en la vida de
las áreas urbanas hiperdegradadas de todo el planeta. Es la principal vía por
la que los pobres pueden convertir en dinero sus capitales (formales
o informales),
aunque frecuentemente deriva en una relación de explotación de los que son más
pobres todavía. La mercantilización de la vivienda informal ha producido el
rápido crecimiento de diferentes subsectores de alquiler: crecimientos
interiores en antiguas ciudades de chabolas o construcciones multifamiliares en
las parcelaciones piratas. En África occidental, la mayoría de los pobres
urbanos han sido inquilinos de los dueños de la tierra, lo mismo que la mayoría
de los residentes de Dacca y otras ciudades de Asia. En Bangkok dos terceras
partes de los ocupantes, en realidad alquilan el terreno donde levantan sus
casuchas84. En las periferias
de las ciudades de América Latina, Oriente Próximo y el sur de África, el
alquiler es más frecuente de lo que normalmente se piensa. En El Cairo, por
ejemplo, los pobres que pueden, compran terrenos piratas a los agricultores,
mientras que los que no pueden, ocupan terrenos municipales. Los más pobres
pagan alquileres a los ocupantes85. Asimismo, y como
observaba el geógrafo Alan Gilbert en 1993, en América Latina «la mayor parte
de las nuevas viviendas de alquiler, se localizan más en periferias
autoconsolidadas que en el centro de la ciudad»86.
En este aspecto,
Ciudad de México es un caso importante. A pesar de una legislación sobre
las colonias proletarias que buscaba prohibir el absentismo de
la propiedad, las prácticas ilegales y la especulación, el gobierno de
López-Portillo (1976-1982) autorizó a los habitantes de las colonias a
vender sus propiedades a precios de mercado. El resultado de esta política ha
sido la transformación de algunas colonias en lugares de
residencia para las clases medias y la proliferación de los arrendamientos. La
socióloga Susan Eckstein descubrió en 1987 que en la colonia que
ella misma había estudiado quince años antes, entre el 25 y el 50 por 100 de
los pobladores originales habían levantado pequeñas vecindades que
albergaban de dos a quince familias y que alquilaban a los nuevos pobladores
que iban llegando. «En resumen, existe un doble mercado de la vivienda que
refleja las diferencias socioeconómicas entre los colonos.» También señalaba
«un descenso del nivel socioeconómico de la población desde la visita anterior
[…] el estrato más pobre ha aumentado de tamaño». Aunque algunos de
los primitivos
residentes habían prosperado hasta convertirse en dueños de tierras, los
últimos en llegar tenían menos esperanzas de prosperar que las generaciones
anteriores, y la colonia en conjunto había dejado de ser «un barrio de
esperanza»87.
Los arrendatarios
representan el sector más invisible y falto de poder de los habitantes de las
áreas urbanas hiperdegradadas. Se trata de una población que vive bajo la
amenaza de la reurbanización o del desahucio, normalmente sin derechos
reconocidos sobre indemnizaciones o realojamientos. A diferencia de lo que
sucedía a principios del siglo XX en Berlín o Nueva York, donde
los arrendatarios mantenían una estrecha solidaridad frente a sus caseros,
actualmente en las áreas degradadas carecen del poder para organizarse o de
realizar huelgas de alquileres. «Los inquilinos están dispersos por los
asentamientos, con una amplia variedad de contratos informales y con frecuencia
no pueden organizarse como un grupo de presión para protegerse a sí mismos»88.
Las grandes áreas
urbanas hiperdegradadas, especialmente en África, son entramados complejos
formados por redes familiares y diferentes sistemas de propiedad y alquiler.
Diana Lee-Smith, una de las fundadoras del Nairobi’s Mazingira Institute, ha
estudiado de cerca Korogocho, un área hiperdegradada situada en la periferia
oriental de la ciudad y que incluye siete pueblos con diferentes ofertas de
viviendas y de rentas. El más miserable de ellos es Grogan que está formado por
casuchas de cartón de una sola habitación habitadas por familias con mujeres a
la cabeza, y que fueron desalojadas de otra área pobre más cercana al centro.
En el otro extremo está Guita, «un pueblo totalmente producido por la
especulación, levantado por empresarios y destinado al alquiler», sin que tenga
importancia el hecho de que el terreno sea de propiedad pública. Dandora es un
proyecto de «urbanización y servicios», donde la mitad de los propietarios
cobran los alquileres sin vivir allí. Lee-Smith enfatiza el hecho de que los pequeños
arrendamientos y traspasos constituyen las estrategias más rentables para los
pobres, lo que les lleva a convertirse en explotadores de la población aún más
pobre todavía. En contra de la
imagen heroica de
la ocupación como una forma de autoconstrucción y de acceso a un espacio, la
realidad en Korogocho y en otros arrabales miserables de Nairobi es el
irresistible ascenso de los arrendamientos y de formas de explotación89.
Soweto ha pasado de
ser un barrio a una ciudad satélite de casi dos millones de habitantes, y de la
misma manera presenta un abanico amplio del régimen de la vivienda. Dos tercios
de los residentes, lo hacen en viviendas privadas adscritas al sector formal
del mercado (la clase media profesional) o con mayor frecuencia en viviendas
municipales (la clase obrera tradicional) en cuyas zonas adyacentes han
construido de manera ilegal chozas que a su vez alquilan a familias más jóvenes
o a adultos que viven solos. La población con menos recursos todavía, entre los
que se incluyen los emigrantes rurales, habita en albergues o acampa en la
periferia. Otro de los famosos barrios del periodo del apartheid es
Alexandra, más degradado aún que Soweto, con menos viviendas formales y una
población mayoritariamente formada por ocupantes, arrendatarios y residentes en
albergues90.
Esta diversidad de
derechos de propiedad y de modalidades de vivienda que se produce en las
grandes áreas urbanas hiperdegradadas de África y América Latina, aunque no es
sorprendente, produce una percepción muy diferente de los intereses de cada
uno. Como señala Peter Ward, refiriéndose al caso de Ciudad de México, «la
perspectiva ideológica viene determinada por el estatus de la vivienda».
El carácter
heterogéneo de los asentamientos […] socava una respuesta colectiva al dividir
el asentamiento según la manera en que se produce la adquisición de la tierra,
la «etapa» de consolidación en la que se encuentra, las prioridades de
servicios de los residentes, las estructuras de liderazgo de las comunidades,
las clases sociales, y por encima de todo las relaciones de propiedad
(propietarios, ocupantes y arrendatarios). Esta división multiplica aún más la
formación de grupos y la división de las comunidades […] Arrendatarios,
ocupantes hostigados e inquilinos desplazados de la ciudad se muestran más
radicales y más dispuestos a manifestaciones antigubernamentales que aquellos
que realmente han sido asimilados por el gobierno a través de diversas políticas
de vivienda91.
A medida que el
análisis se aleja del centro de la ciudad aumenta también la confusión
conceptual. La historiadora Ellen Brennan hace hincapié en que «la mayoría de
las ciudades del Tercer Mundo carecen de datos fiables sobre los modelos de
transformación del suelo, ritmo de construcción de nuevas viviendas y su número
(formales e informales), los modelos de desarrollo de infraestructuras, modelos
de parcelación, etcétera, etcétera»92. Las periferias
urbanas, esos extraños limbos donde ciudades «ruralizadas» se transforman en
campos «urbanizados», son unas grandes desconocidas para sus propios gobiernos93.
Las fronteras
urbanas son la zona de impacto de dos procesos sociales que llevan a la fuerza
centrífuga de la ciudad a colisionar con la implosión del campo. Pikine es la
mayor y la más miserable de las áreas hiperdegradadas de Dakar y para Mohamadou
Abdoul el resultado de la convergencia de «dos grandes flujos demográficos que
comenzaron en la década de 1970: por un lado, la llegada de la población que
había sido desalojada, frecuentemente por los militares, de los barrios
tradicionales de la clase obrera y de los barrios de chabolas y, por otro, la
llegada de la población procedente del éxodo rural»94. Igualmente, la
floreciente periferia de Bangalore alberga a dos millones de personas entre la
población expulsada del centro y los trabajadores rurales que abandonan la
tierra. En los límites de Ciudad de México, Buenos Aires y otras ciudades de
América Latina es frecuente encontrar barrios de chabolas, habitados por
emigrantes rurales, pegados a las vallas que rodean las zonas residenciales en
las que las clases medias se refugian del crimen y de la inseguridad del centro
de la ciudad95.
La periferia
también atrae una corriente de industrias contaminantes, tóxicas y
frecuentemente ilegales que buscan la oscura permisividad que ofrecen estas
zonas. El geógrafo Hans Schenk señala que las periferias urbanas de Asia son un
vacío regulador, una auténtica frontera en la que «Darwin se impone sobre
Keynes», donde empresarios mafiosos y políticos corruptos se mueven a sus
anchas sin ningún control ni de la ley ni de la
sociedad. La mayor
parte de los pequeños talleres textiles clandestinos de Pekín se ocultan en un
archipiélago de pueblos (todavía parcialmente agrícolas) y ciudades de chabolas
en las afueras del sur de la ciudad. Al igual que en Bangalore, las fronteras
urbanas son para los empresarios una fuente muy rentable de mano de obra barata
sin control del Estado96. Surat en India y
Shenzhen en China son dos ejemplos de estas capitales mundiales de la
superexplotación con millones de trabajadores temporales y campesinos
desesperados planeando por sus afueras. Estos trabajadores nómadas no
encuentran seguridad ni en la ciudad ni en el campo, y con frecuencia pasan sus
vidas en un movimiento aleatorio entre los dos lugares. En América Latina
mientras tanto se produce una lógica inversa: los empresarios rurales recurren
a la población de las chabolas para trabajos temporales o estacionales en el
campo97.
Pero la principal
función que cumplen las fronteras urbanas en el Tercer Mundo es la de
vertederos humanos. En algunos casos, la basura urbana y los emigrantes no
deseados acaban juntos en infames vertederos como los de Quarantina en las
afueras de Beirut, Hillat Kusha en Jartum, Santa Cruz Meyehualco en Ciudad de
México, Smoky Monuntain en Manila, o el enorme Dhapa en las orillas de Calcuta.
Igualmente frecuentes son los desolados campamentos gubernamentales y los
rudimentarios asentamientos de tránsito, que almacenan a la población expulsada
de las áreas interiores por la acción municipal. En las afueras de Penang y
Kuala Lumpur, a los desalojados se les abandona en campos minimalistas
supuestamente transitorios. Como explica un activista:
el término
«viviendas largas» (rumah panjang en malayo bahasa) nos
trae imágenes confortables de un tipo de vivienda ancestral que se produjo en
Malasia hace mucho tiempo; pero la realidad de estos campamentos de «tránsito»
es bastante diferente. Las hileras de casas son inhóspitas líneas formadas por
chozas endebles de contrachapado y amianto unidas por los costados, situadas a
ambos lados de una pista sin pavimentar en la que no queda un solo árbol y
provistas de unos servicios básicos irregulares, si es que hay alguno. Al final
no han resultado tan «provisionales» después de todo. Muchos desalojados
todavía están allí, veinte años después, esperando que el gobierno cumpla sus
promesas de facilitar viviendas de rentas bajas […]98.
La antropóloga
Monique Skidmore tuvo problemas con las autoridades en su visita a algunos de
los distritos periféricos de Rangún, los llamados «Campos Nuevos», donde la
dictadura militar recolocó por la fuerza a cientos de miles de personas
procedentes de áreas urbanas hiperdegradadas que impedían el desarrollo
turístico del centro. «Los habitantes hablaban de la pena y el dolor que había
producido la pérdida de sus antiguos barrios […] las tiendas de alcohol, los
montones de basura, las aguas estancadas y el lodo mezclado con las aguas
fecales rodeaban la mayoría de las casas.» Por otra parte, la situación es aún
peor en las chabolas de Mandalay, donde «la población debe caminar hasta las
laderas de los montes Shan en busca de leña. Allí no existe ninguna actividad
industrial, ni talleres clandestinos de ningún tipo como sucede en otros
distritos de Rangún»99.
Los refugiados
internacionales y los desplazados internos suelen recibir un trato incluso peor
que la población procedente de desalojos urbanos. Algunos de los mayores campos
de refugiados del Tercer Mundo se han desarrollado por su propia cuenta en los límites
de las ciudades. Gaza, que algunos consideran la mayor zona degradada del
planeta es en esencia una aglomeración urbanizada de campos de refugiados
(750.000 habitantes) con una población que subsiste en sus dos terceras partes
con menos de dos dólares diarios100. Dadaad, en la
frontera de Kenia alberga a 125.000 somalíes mientras que Goma en Zaire, a
mediados de la década de 1990 era un lastimoso refugio para 700.000 ruandeses
muchos de los cuales murieron de cólera debido a las espantosas condiciones
sanitarias. La desértica periferia de Jartum acoge a cuatro grandes campos
(Mayo Farms, Jebel Aulia, Dar el Salaam y Wad al-Bashir) con una población de
400.000 personas víctimas de la sequía, la hambruna y la guerra civil. Las
ciudades de Sudán están rodeadas de grandes asentamientos que albergan a millón
y medio de desplazados internos provenientes del sur del país101.
De la misma manera
cientos de miles de víctimas de la guerra y de refugiados procedentes de Irán y
Pakistán acampan sin agua ni condiciones sanitarias de ningún tipo en las
degradadas colinas de Kabul. The Washington Post informaba en
agosto de 2002 que «en
el distrito de
Karte Ariana, cientos de familias que han huido de los combates entre los
talibanes y las fuerzas de la oposición en el norte de Afganistán, se
encuentran encajadas en un laberinto de infraviviendas sin cocinas ni baños,
durmiendo hasta veinte personas en una chabola». En los últimos años se han
producido pocas lluvias y muchos de los pozos de agua han dejado de funcionar;
la población infantil padece de manera crónica enfermedades de la garganta y de
todo tipo debido al agua contaminada. Las expectativas de vida son de las más
bajas del planeta102.
Dos de las mayores
poblaciones de desplazados internos están en Angola y Colombia. La primera
sufrió un proceso de urbanización a la fuerza, producto del desplazamiento del
30 por 100 de su población como consecuencia de una guerra civil (1975-2002)
alentada por las maquinaciones de Pretoria y de la Casa Blanca. Muchos de los
refugiados no regresaron nunca a sus antiguos hogares que habían quedado en
medio de un campo arrasado y peligroso y se instalaron en los deprimentes musseques (barrios
de chabolas) que rodean Luanda, Lobito, Cabinda y otras ciudades. El resultado
ha sido que Angola, que en 1970 era un país eminentemente rural con un 14 por
100 de población urbana, es en la actualidad un país mayoritariamente urbano.
La mayor parte de los habitantes de las ciudades carecen por completo de
recursos y están totalmente abandonados por un Estado, que en 1998 dedicó el 1
por 100 de su presupuesto a la educación y salud103.
Las interminables
guerras civiles de Colombia han añadido más de 400.000 personas al cinturón de
pobreza que rodea la ciudad de Bogotá y que incluye los enormes asentamientos
de Sumapaz, Ciudad Bolívar, Usme y Soacha. Según fuentes de organizaciones no gubernamentales,
«la mayor parte de los desplazados son marginados sociales, excluidos de la
vida y del trabajo. En la actualidad (2002) hay 653.800 habitantes de Bogotá
que no tienen trabajo en la ciudad, y la mitad de ellos tienen menos de 29
años». Estos jóvenes y sus hijos, sin acceso a la educación ni oportunidades de
ningún tipo, son una fuente ideal de bandas callejeras y de reclutamiento para
los grupos paramilitares. Los
empresarios locales
que sufren el vandalismo de estos niños forman grupos de limpieza relacionados
con los escuadrones de la muerte, y los cuerpos de niños asesinados se arrojan
en las afueras de la ciudad104.
La misma pesadilla
se repite en las afueras de Cali, donde el antropólogo Michael Taussig evoca
el Infierno de Dante para describir la lucha por la
supervivencia en dos de los tremendamente peligrosos barrios de la ciudad. Uno
de ellos, Navarro, es una famosa montaña de basura donde mujeres y niños
hambrientos rebuscan en los desperdicios mientras que los pistoleros
jóvenes (malo de malo) se alquilan como asesinos a sueldo o
caen asesinados por los grupos paramilitares. El otro asentamiento,
Carlos Alfredo Díaz, está «lleno de niños corriendo con pistolas y granadas de
fabricación casera. De la misma manera que la guerrilla tenía su base de
reclutamiento más importante en los interminables bosques de Caquetá, al final
de ninguna parte en la cuenca del Amazonas, el mundo de las bandas también
tiene su bosque sagrado precisamente aquí, en Carlos Alfredo Díaz, las afueras
miserables de la ciudad donde las chabolas se juntan con los campos de cañas»105.
1 C. Abani, Graceland, Nueva
York, 2004, p. 7.
2 A. Shi, «How Acces to Urban Potable
Water and Sewerage Connections Affects Child Mortality», Finance, Development
Research Group, documento de trabajo, Banco Mundial (enero 2000), p. 14.
3 University Collage London Development
Planning Unit y UN-Habitat, Understanding Slums. Case Studies for the
Global Report on Human Settlements 2003, se puede encontrar en
www.ucl.ac.uk./dpu-projects/Global_Report. La mayor parte de estos estudios
están resumidos en The Challenge of Slums. Falta, sin embargo, el
brillante trabajo sobre Khartoum realizado por G. Eldin Eltayeb, omitido
posiblemente por su caracterización del régimen islamista como «totalitario».
4 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 245.
5 B. Milanovic, «The World Income
Distribution, 1988 and 1993. First Calculation Based On Household Survey
Alone», documento de trabajo, Banco Mundial, Nueva York, 1999.
6 J. Prunty, Dublín Slums, cit.,
p. 2.
7 J. A. Yelling, Slums and Slum
Clearance in Victorian London, Londres, 1986, p. 5.
8 R. Woods et al., The Poor in
Great Cities. Their Problems and What is Being Done to Solve Them, Nueva
York, 1895, p. 305 (The Scribers Magazine). B. Ruble, Second
Metropolis. Pragmatic Pluralism in Gilded Age Chicago, Silver Age Moscow and
Meiji
Osaka, Cambridge,
2001, pp. 266-267. R. Kipling, The City of Dreadful Night and other
Poems, Londres, 1891, p. 71.
9 Cfr. E. Chapin, Humanity in
the City, Nueva York, 1854, p. 36.
10 Véase C. D. Wright, The Slums
of Baltimore, Chicago, New York and Philadelphia, Washington, 1894,
pp. 11-15.
11 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., pp. 12-13.
12 A. Tibaijuka, directora ejecutiva de
UN-Habitat, citada en «More than One Billion People Call Urban Slums Their
Home», City Mayors Report (febrero 2004),
www.citymajors.com/report/slums.html.
13 UN-Habitat, «Slums of the World. The
Face of Urban Poverty in the New Millenium?» documento de trabajo, Nairobi,
2003, Anexo 3.
14 C. Grootaert y J. Braithwaite, «The
Determinants of Poverty in Eastern Europe and the Former Soviet Union», en J.
Braithwaite, C. Grootaert y B. Milanovic (eds.) Poverty and Social
Assistance in Transition Countries, Nueva York, 2000, p. 49. UNCHS
Global Indicators Database 1993.
15 Estas estimaciones proceden de los
casos estudiados en 2003 por UN-Habitat y de la recopilación de docenas de
fuentes demasiado numerosas para citarlas.
16 Office of the Mayor, Ulaanbaatar
City, «Urban Poverty Profile», remitido al Banco Mundial, véase
infocity.org/F2F/poverty/papers2/ UB(Mongolia)%20Poverty.pdf.
17 D. Simon, «Urbanization,
Globalization and Economic Crisis in Africa», cit., p.103; J.-L. Permay,
«Kinshasa. A Reprived Mega-City?», en C. Rakodi (ed.), The Urban
Challenge in Africa, cit., p. 236; C. Ledo García, Urbanization
and Poverty in the Cities of the National Economic Corridor in Bolivia, Delft,
2002, p. 175. (El 60 por 100 de la población de Cochabamba gana diariamente un
dólar o menos).
18 En contraposición, la mortalidad
infantil en Luanda es 400 veces mayor que en Rennes (Bretaña francesa), la
ciudad con un índice más bajo. A. Shi, «How Access to Urban Portable Water
Sewerage Connections Affects Child Mortality», cit., p. 2.
19 Challenge, cit., p. 28.
20 K. Datta y G. A. Jones, «Preface», en
K. Datta y G. A. Jones (eds.), Housing and Finance in Developing
Countries, Londres, 1999, p. xvi. En Calcuta por ejemplo, el umbral de
la pobreza se define como el equivalente monetario de una dieta de 2.100
calorías diarias. De esta manera el hombre más pobre de Europa, en Calcuta se
convierte en un rico y viceversa.
21 Informe del Banco Mundial citado por
A. Soliman, A Posible Way Out. Formalizing Housing Informality in
Egyptian Cities, Lanham, 2004, p. 125.
22 A. Shi, «How Access to Urban Portable
Water Sewerage Connections Affects Child Mortality», cit., Apéndice 3, de UNCHS
Global Urban Indicators Database, 1993.
23 J. Rigg, Southeast Asia. A
Region in Transition, Londres, 1991, p. 143.
24 I. Imparato y J. Ruster, Slum
Upgrading and Participation, cit., p. 52.
25 P. McCarthy, «Jakarta, Indonesia»,
UN-Habitat Case Study, Londres, 2003, pp. 7-8.
26 J. Rigg, Southeast Asia, cit.,
p. 119.
27 E. Berner, Defending a Place
in the City. Localities and the Struggle for Urban Land in Metro Manila, Quezon
City, 1997, pp. 21, 25-26.
28 K. Pezzoli, Human Settlements
and Planning for Ecological Sustainability. The Case of Mexico City, Cambridge,
1998, p. 13.
29 N. Kundu, Kolkata, India, UN-Habitat
Case Study, Londres, 2003, p. 7.
30 Se consultaron los datos de diversas
fuentes y se tomaron los valores medios.
31 Incluye
Nezahualcoyotl (1,5 millones), Chalco (300.000), Iztapalapa (1,5 millones),
Chimalhuacán (250.000) y otros 14 lugares y municipios en el
cuadrante sudeste de la metrópolis.
32 Incluye S. J. de Lurigancho
(750.000), Comas (500.000) e Independencia (200.000).
33 Incluye Cono Sur = Villa El Salvador
(350.000), San Juan de Miraflores (400.000) y
Villa María del
Triunfo (400.000).
34 Islamshahr (350.000) y Chahar Dangeh
(250.000).
35 Khayelitsha (400.000), Mitchell’s
Plain (250.000), Crossroads (180.000) y vecindarios más pequeños (del censo de
1996).
36 J. Turner, «Housing Priorities,
Settlement Patterns and Urban Development in Modernizing Countries», Journal
of the America Institute of Planners, 1968, pp. 354-363, y «Housing as
a Verb», en J. Turner y R. Fichter (eds.), Freedom to Build. Dweller
Control of the Housing Process, Nueva York, 1972.
37 A. Soliman, A Possible Way
Out, cit., pp. 119-120.
38 Ibid.
39 K. Pezzoli,
«Mexico’s Urban Housing Environments», en B. Aldrich y R. Sandhu (eds.), Housing
the Urban Poor. Policy and Practice in Developing Countries, Londres,
1995, p. 145. K. Sivaramakrishnan, «Urban Governance. Changing Realities», en
M. Cohen et al (eds.), Preparing for the Urban Future.
Global Pressures and Local Forces, Washington DC, 1997, p. 229; M.
Fix, P. Arantes y G. M. Tanaka, «São Paolo, Brazil», UN-Habitat Case Study,
Londres, 2003, p. 9; A. Jacquemin, Urban Development and New Towns in
Third World, cit., p. 89.
40 D. Glasser, «The
Growing Housing Crisis in Ecuador» en C. Patton (ed.), Spontaneous
Shelter. International Perspectives and Prospects, Filadelfia, 1988,
p. 150.
41 O. Lewis, The
Children of Sanchez. Autobiography of a Mexican Family, Nueva York,
1961.
42 K. Tudor Silva y
Karunatissia Athukorala, The Watta-Dwellers. A Sociological Study of
Selected Urban Low-Income Communities in Sri Lanka, Lanham (MD), 1991,
p. 20.
43 Feng-hsuan
Hsueh, Beijing. The Nature and the Planning of the Chinese Capital
City, Chichester, 1995, pp. 182-184.
44 H. Harms, «To Live
in the City Centre. Housing and Tenants in Central Neighborhoods of Latin
American Cities», Environment and Urbanization IX, 2 (octubre
1997), pp. 197-198.
45 J. Beall, O.
Crankshaw y S. Parnell, Uniting a Divided City. Governance and Social
Exclusión in Johannesburg, Londres, 2002.
46 J.
Nedoroscik, The City of the Dead. A History of Cairo’s Cemetary
Communities, Westport, 1997, p. 43.
47 M. Rodenbeck, Cairo.
The City Victorious, Nueva York, 1999, pp. 158-159.
48 N. Gooptu, The
Politics of the Urban Poor in Early Twentieth-Century India, Cambridge
UK, 2001, p. 252.
49 A. Jacquemin, Urban
Development and New Towns in the Third World, cit., p. 89.
50 G. Custers, «Inner-city
Rental Housing in Lima. A Portrayal and an Explanation», Cities XVIII,
1, 2001, p. 252.
51 Ibid., p. 254.
52 M. Fix, P. Arantes
y G. M. Tanaka, «São Paulo, Brazil», cit.
53 D. Keeling, Buenos
Aires. Global Dreams, Local Crises, Chichester, 1996, p. 100.
54 M. Edwards, «Rental
Housing and the Urban Poor», en P. Amis y P. Lloyd (eds.), Housing
Africa’s Urban Poor, Manchester, 1990, p. 263.
55 A. Graham Tipple y
D. Korboe, «Housing Poverty in Ghana», en B. Aldrich y R.
Sandhu
(eds.), Housing the Urban Poor, pp. 359-361.
56 A. Smart, Making Room.
Squatter Clearance in Hong Kong, Hong Kong, 1992, p. 63.
57 S.-Kyu Ha, «The Urban Poor, Rental
Accommodation, Housing Police in Korea»,
Cities XIX, 3, 2002,
pp. 197-198.
58 Asian Coalition for Housing Rights,
«Building an Urban Poor People’s Movement in Phnom Penh, Cambodia», Environment
and Urbanization XII, 2 (octubre 2001), p. 63; A. Soliman, A
Possible Way Out, cit., p. 119.
59 B. Taylor, «Hong Kong’s Floating
Settlements», en Patton, Spontaneous Shelter, p.
198.
60 M. Pimple y L. John, «Security of
Tenure. Munbai’s Experience», en A. Durand-Lasserve y L. Royston, Holding
Their Ground, p. 78.
61 A. Jacquemin, Urban
Development and Towns in the New World, cit., p. 90.
62 F. Thomas, Calcutta Poor.
Elegies on a City Above Pretense, Armonk, Nueva York,
1997, pp. 47, 136.
63 E. Berner, «Learning from Informal
Markets», en D. Westendorff y D. Eade (eds.), Development and Cities.
Essays from Development Practice, Oxford, 2002, p. 233.
64 A. Otchet, «Lagos. The Survival of
the Determined», UNESCO Courier, 1999.
65 G. Eldin Eltayeb, «Khartoum, Sudan»,
UN-Habitat Case Studies, Londres, 2003, p. 2.
66 K. Sivaramakrishnan, «Urban
Governance», cit., p. 229.
67 Ç. Keyder, «The Housing Market from
Informal to Global», en Keyder (ed.), Istanbul.
Between the Global
and the Local, Lanham (MD), 1999, p. 149.
68 E. Berner, Defending a Place, cit.,
pp. 236-237.
69 K. Karst, M. Schwartz y A.
Schwartz, The Evolution of Law in the Barrios of Caracas, Los
Ángeles, 1973, pp. 6-7.
70 L. Tekin, Berji Kristin.
Tales from the Garbage Hills, Londres, 1996. Publicado en Turquía en
1984.
71 A. Bayat, «Un-civil Society. The
Politics of the “Informal People”», Third World Quarterly xviii,
1, 1997, pp. 56-57.
72 E. Stillwaggon, Stunted
Lives, Stagnant Economies. Poverty, Disease and Underdevelopment, New
Brunswick (NJ), 1998, p. 67.
73 D. Keeling, Buenos Aires, cit.,
pp. 102-105.
74 P. Baróss, «Sequencing Land
Development. The Price Implications of Legal and Illegal Settlement Growth», en
P. Baróss y J. van der Linden (eds.), The Transformation of Land Supply
Systems in Third World Cities, Aldershot, 1990, p. 69.
75 R. Mohan, Understanding the
Developing Metropolis. Lessons from the City Study of Bogotá and Cali,
Colombia, Nueva York, 1994, pp. 152-153.
76 D. Keeling, Buenos Aires, cit.,
pp. 107-108.
77 Sobre el control de la Tríada sobre
la ocupación de terrenos, véase A. Smart, Making Room, cit.,
p. 114.
78 A. H. Khan, Orangi Pilot
Project, cit., p. 72.
79 Urban Resources Center, «Urban
Poverty and Transport. A case Study from Karachi», Environment and
Urbanization XIII, 1 (abril 2001), p. 224.
80 P. Baróss y J. van der Linden,
«Introduction», en P. Baróss y J. van der Linden, The Transformation of
Land Supply Systems in Third World Cities, cit., pp. 2-7.
81 A. Gonder, «Implications of Double
Standards in Housing Police. Development of Informal Settlements in Istanbul»,
en E. Fernandes y A. Varley (eds.), Illegal Cities. Law and Urban
Change in Developing Countries, Londres, 1998, p. 62.
82 P. Amis,
«Commercialized Rental Housing in Nairobi», en Patton, Spontaneous
Shelter, pp. 240, 242.
83 M. Fay y A. Wellenstein, «Keeping a
Roof over One’s Head», en Fay (ed.), The Urban Poor in Latin America,
Washington DC, 2005, p. 92.
84 J. Rigg, Southeast Asia, cit.,
p. 143.
85 A. Soliman, A Posible Way
Out, cit., p. 97.
86 A. Gilbert et al., In Search
of a Home. Rental and Shared Housing in Latin America, Tucson, 1993,
p. 4.
87 Eckstein, pp. 60, 235-238.
88 A. Durand-Lasserve y L. Royston,
«International Trends and Country Contexts», cit., p. 7.
89 D. Lee-Smith. «Squatter Landlords in
Narobi. A Case Study of Korogocho», en P.
Amis y P.
Lloyd, Housing Africa’s Urban Poor, cit., pp. 176-185.
90 J. Beall, O. Crankshaw y S. Parnell,
«Local Government, Poverty Reduction and Inequality in Johannesburg», Environment
and Urbanization XII, 1 (abril 2000), pp. 112-113.
91 P. Ward, Mexico City. The
Production and Reproduction of an Urban Environment, Londres, 1990, p.
193.
92 E. Brennan, «Urban Land and Housing
Issues Facing the Third World», en J.
Kasarda y A. M.
Parnell, Third World Cities. Problems, Policies and Prospects, cit.,
p. 80.
93 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., p. 187.
94 M. Abdoul, «The Production of the
City and Urban Informalities», en O. Enwezor et al., Under Siege. Four
African Cities. Freetown, Johannesburg, Kinshasa, Lagos, cit., p. 342.
95 G. Thuillier, «Gated Communities in
the Metropolitan Area of Buenos Aires», Housing Studies xx, 2
(marzo 2005), p. 225.
96 H. Schenk, «Urban Fringes in Asia.
Markets versus Plans», en I. S. A. Baud y J. Post (eds.), Realigning
Actors in an Urbanizing World. Governance and Institutions from a Development
Perspective, Aldershot, 2002, pp. 121-122, 131.
97 C. Kay, «Latin America’s Agrarian
Transformation. Peasantization and Proletarianization», en D. Bryceson, C. Kay
y J. Mooij (eds.), Dissapearing Peasantries? Rural Labour in Africa,
Asia and Latin America, cit., p. 131.
98 Asian Coalition for Housing Rights,
«Special Issue on How Poor People Deal with Eviction», Housing by
People in Asia, 15 de octubre de 2003, p. 19.
99 M. Skidmore, Karaoke Fascism.
Burma and the Politics of Fear, Filadelfia, 2004, pp.
150-151, 156.
100 Al-Dameer Association for Human
Rights Gaza, 2002.
101 G. E. Eltayeb, «Khartoum, Sudan»,
cit., p. 2.
102 The Washington Post, 26 de agosto
de 2002.
103 T. Hodges, Angola, Oxford
2004, p. 22.
104 Project Counseling Services,
«Deteriorating Bogotá. Displacement and War in Urban Centres», Columbia
Regional Report, Bogotá (diciembre 2002), pp. 3-4.
105 M. Taussig, Law and Lawless
Land. Diary of a Limpreza in Colombia, Nueva York,
2003, pp. 114-115.
Si un capitalismo
desaforado tiene una cara bastante inaceptable, un Estado corrupto
actuando en
beneficio de los ricos es todavía peor. En semejantes circunstancias hay poco
que ganar
intentando mejorar el sistema.
Alan Gilbert and
Peter Ward1
Recientemente, los
geógrafos Alan Gilbert y Peter Ward se quejaban asombrados de que «no se haya
realizado ni un solo estudio que recoja la transformación que han sufrido los
asentamientos de rentas bajas, durante todo el periodo de la posguerra, en ninguna
ciudad del Tercer Mundo»2. Tampoco nadie ha
intentado presentar un panorama histórico general del modelo global de los
asentamientos informales. La diversidad de las historias nacionales y de las
características urbanas hace que esa síntesis sea una tarea de enormes
proporciones. Sin embargo, es posible aventurar una periodización aproximada
que recoja las principales tendencias y los momentos decisivos en la
urbanización mundial de la pobreza.
Pero antes de
considerar por qué las áreas urbanas hiperdegradadas de estas ciudades
crecieron tan rápidamente en la segunda mitad del siglo XX, es necesario
entender por qué lo hicieron tan lentamente en la primera
mitad. Aunque hay algunas excepciones, la mayoría de las actuales megaciudades
del Sur Global comparten una misma trayectoria: un ritmo de crecimiento
relativamente lento o incluso retardado, y a continuación una brusca
aceleración en las décadas de 1950 y 1960 donde se produce el aumento de una
emigración rural que se refugia cada vez más en periferias urbanas miserables.
A comienzos del siglo XX, el traslado masivo de la pobreza rural a las ciudades se evitaba con
los equivalentes políticos y económicos de un muro protector alrededor de la
ciudad. Tanto la entrada en la ciudad como los derechos a una ciudadanía urbana
se negaban sistemáticamente a la población rural.
Mantener a los
campesinos fuera
Evidentemente, el
primer muro fue el colonialismo europeo. En las ciudades coloniales británicas
del sur y del este de África la población nativa carecía del derecho a la
propiedad de terrenos urbanos así como al de residencia permanente en las
ciudades. Los británicos, unos maestros en el arte del «divide y vencerás»,
tenían miedo de que la vida urbana acabara con la estructura tribal de la
población africana y fomentara una solidaridad anticolonialista3. La emigración
hacia las ciudades se controlaba mediante visados de tránsito, mientras que las
ordenanzas sobre vagabundos eran un freno para el trabajo informal. Hasta 1954
a la población africana se la consideraba solamente como residentes temporales en
las zonas racialmente exclusivas de Nairobi, y no tenían acceso a la propiedad
mediante el alquiler4. Como señala Karin
Nuru, en Dar-es-Saalam los africanos «solo estaban tolerados como mano de obra
temporal y debían volver al campo»5. En Rhodesia
(actual Zimbabwe), la población africana tuvo que esperar a las vísperas de la
independencia para acceder al derecho legal a la propiedad urbana, mientras que
en Lusaka, concebida como «una ciudad muy ordenada, segmentada por razas,
clases y géneros», los residentes africanos estaban considerados como
«población temporal cuya única función en la ciudad era estar al servicio del
personal de la administración»6.
El apartheid llevó
este sistema hasta su expresión más descarnada. Sudáfrica se levantó sobre los
cimientos del racismo colonial. Su legislación de la posguerra no solo
criminalizaba la migración urbana, sino que amparaba el desahucio brutal de
comunidades de color que históricamente habían vivido en el interior de las
ciudades. Más de un millón de personas fueron expulsadas de las zonas «blancas»
y como resultado, la urbanización neta apenas aumentó del 43 por 100 en 1950 al
48 por 100 en 1990. Incluso durante la década de 1960, se produjo un flujo neto
de población africana abandonando zonas urbanas7. Al final sin
embargo, este ideal de «ciudades blancas, homelands negros»
entró en
contradicción con las necesidades de mano de obra del mercado, así como con la
desesperada resistencia de las víctimas.
En India la
estrategia británica también aislaba y perseguía los flujos rurales. En su
brillante estudio sobre las ciudades de Uttar Pradesh durante el periodo de
entreguerras, Nandini Gooptu refleja los esfuerzos continuos de los dirigentes
coloniales y de las elites locales para empujar a la población sin recursos
hacia las afueras de las ciudades. La fantásticas disposiciones que se recogían
en los Town Improvements Trusts eran muy eficaces para limpiar áreas urbanas
degradadas y eliminar los llamados «puntos negros» de las proximidades de zonas
residenciales y comerciales, así como para reservar espacios libres alrededor
de las zonas residenciales de la administración colonial y de la burguesía
nativa. Simultáneamente, la normativa recogida por las «leyes sobre la
invasión», que se aplicaba enérgicamente, prohibía tanto la venta ambulante
como la ocupación de la calle8. Todo ello se
acompañaba de un crecimiento económico urbano, en la época anterior a la
Primera Guerra Mundial, que en el mejor de los casos se podría considerar
irregular. Incluso Bombay, con sus famosas elites empresariales y sus empresas
textiles, crecía lentamente sin llegar a doblar su población en el medio siglo
que transcurre entre 1891 y 1941.
A pesar de su
oposición al agrupamiento de los nativos en grandes asentamientos urbanos, los
británicos fueron probablemente los mayores constructores de áreas urbanas
hiperdegradadas de todos los tiempos. Su política africana obligó a los
trabajadores locales a vivir en chabolas en los límites de ciudades segregadas
y restringidas; en India, Birmania y Ceilán, su negativa a desarrollar la
sanidad o a proporcionar mínimas infraestructuras a los barrios de población
nativa fueron el origen de una elevada mortalidad debida a las epidemias
(plagas, cólera, gripe) de principios del siglo XX creando inmensos problemas de
miseria urbana que fueron heredados por las elites locales con la
independencia.
Las demás colonias
de otros países también intentaron con mayor o menor éxito restringir y
controlar la emigración rural. Con pocas excepciones, los puertos y los centros
de transporte coloniales
generaron poco
valor añadido, industrial o de transformación, que permitiera la creación de
empleo o el crecimiento urbano. En todas partes, los trabajadores nativos se
vieron recluidos en áreas de infraviviendas. Como muestra un reciente trabajo
histórico sobre las ciudades congoleñas, la administración colonial «controlaba
los flujos urbanos de manera bastante eficaz y había creado alrededor de las
ciudades una vasta red de disposiciones reguladoras que ahogaba tanto al
pequeño comercio, fuera de los canales autorizados, como la construcción
“anárquica” de viviendas»9.
El historiador Jean
Suret-Canale, nos recuerda que en el África tropical, los franceses regulaban
estrictamente los movimientos de los trabajadores rurales mientras recluían a
los urbanos en periferias deprimentes. En las áreas hiperdegradadas coloniales
como Medina (Dakar), Treichville (Abiyán) y Poto-Poto (Brazzaville), las calles
no eran más «que callejones de arena o barro […] en lugar de alcantarillado
había unas cuantos sumideros, normalmente abiertos o cubiertos con losas de
piedra; agua había poca o ninguna, con unas cuantas bombas de uso público que
desde primeras horas de la mañana ya tenían largas colas. El alumbrado público
estaba reservado a los barrios europeos. El hacinamiento era un peligro para la
salud»10. En realidad, esta
negativa prácticamente universal a proporcionar infraestructuras sanitarias
mínimas a los «barrios nativos» era algo más que simple tacañería: simbolizaba
claramente la negativa a reconocer a la población nativa su «derecho a la ciudad».
Pero el
colonialismo europeo no fue el único sistema internacional de control del
crecimiento urbano. El estalinismo asiático, a pesar de su deuda con los
campesinos que lo habían llevado al poder, también intentó contener los
desplazamientos de la población rural. Inicialmente, la Revolución china de
1949 abrió las puertas de las ciudades a la vuelta de los refugiados y a unos
campesinos hambrientos de trabajo que abandonaban el ejército. El resultado fue
una incontrolable inundación: en cuatro años 14 millones de personas llegaron a
las ciudades11. En 1953 el nuevo
régimen cortó la marea rural con controles estrictos sobre la inmigración. El
maoísmo de manera simultánea privilegiaba al proletariado urbano,
beneficiario del
«cuenco de arroz garantizado» y de una asistencia social de por vida, mientras
constreñía el crecimiento de la población urbana mediante la adopción de un
sistema de registro de la vivienda (bukou), que vinculaba la
ciudadanía social con la sedentaria pertenencia a una unidad de trabajo.
En 1960, después de
haber realojado a la población sin techo y de haber desmantelado la mayor parte
de las chabolas urbanas, Pekín continuó ejerciendo una extraordinaria
vigilancia sobre la emigración rural espontánea. La ciudad y el campo se
concebían como mundos separados que coincidían solamente en las condiciones que
cuidadosamente definía el Estado-Partido. Si los residentes urbanos algunas
veces obtenían autorizaciones oficiales para cambiar de ciudad, no se producían
muchos casos de campesinos autorizados para abandonar sus comunas. A principios
de la década de 1960 un elevado número de emigrantes no registrados (algunos
cálculos hablan de 50 millones), fueron deportados a sus pueblos12. De acuerdo con
Guilhem Fabre, miembro de la Universidad de Le Havre especializado en China, el
porcentaje urbano de la población cayó desde casi el 20 por 100 en 1960, al
12,5 en 197113. Durante la década
de 1950 se introdujeron controles similares en Corea del Norte, Albania y más
atenuados en Vietnam del Norte (el sistema ho khau), aunque el
clímax del antiurbanismo ideológico fue la deportación brutal de ciudadanos de
Phnom Penh que realizó en 1975 el régimen de Pol Pot.
En América Latina
los obstáculos a la emigración hacia la ciudad también fueron muy importantes
aunque menos sistemáticos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la población
urbana sin recursos vivía en el interior de las ciudades en viviendas de
alquiler, pero a finales de la década de 1940, la sustitución de la
industrialización por las importaciones provocó una dramática oleada que ocupó
las afueras de Ciudad de México y de otras ciudades del continente. En
respuesta al florecimiento de los barrios de chabolas las autoridades de muchos
países, con el ferviente apoyo de las clases medias urbanas, organizaron
aplastamientos masivos de asentamientos informales. Esta «guerra a la
ocupación» tenía en muchos casos un
componente racial
muy claro, ya que muchos de los emigrantes eran indígenas o
descendientes de esclavos.
El dictador
venezolano Marcos Pérez Jiménez fue un enemigo particularmente señalado de la
vivienda informal. Como señalan investigadores de la Universidad de California,
«la solución de gobierno que ofrecía a los barrios, era la
excavadora. Una mañana llegaban los camiones y la policía; se metían las
pertenencias de los residentes en los camiones, mientras la policía se
encargaba de cualquier resistencia que pudiera producirse; cuando pertenencias
y residentes salían hacia sus nuevos emplazamientos, las casas se demolían». La
población era deportada a las afueras de Caracas donde era realojada en
superbloques, monstruos de dormitorios de 15 plantas, unánimemente odiados por
sus residentes14.
En Ciudad de México
las clases medias tradicionales hicieron un personaje de Ernesto Uruchurtu, que
en su largo mandato como alcalde (1952-1958, 1964-1966) se enfrentó a la marea
de pobreza rural que se extendía por la ciudad y que venía provocada por el
modelo de crecimiento económico del PRI basado en el carácter céntrico del
Distrito Federal. Cuando en 1952 llegó al cargo, miles de campesinos del centro
del país se lanzaban todos los meses «en paracaídas» sobre la periferia de la
ciudad. Los asentamientos ocupados llamados colonias populares que
en 1947 albergaban un insignificante 2,3 por 100 de la población habían pasado
en cinco años a representar una cuarta parte de los habitantes de la ciudad15. Uruchurtu se
propuso detener la marea de campesinos expulsando a los «paracaidistas»,
sacando de las calles a los vendedores informales y llevando una política de
negación de derechos y servicios hacia las colonias ya
existentes. Como señala la socióloga Diane Davis, su estrategia de crecimiento
controlado reflejaba el trasfondo racial de su política. «Como muchos de los
residentes de la ciudad, Uruchurtu responsabilizaba a las masas ingentes de
desheredados, muchos de ellos de origen indio, de la destrucción física y
social de la ciudad»16.
El diluvio
Las barreras
institucionales que impedían un desarrollo urbano rápido se vinieron abajo por
la paradójica combinación de los procesos de contrainsurgencia colonial e
independencia nacional acaecidos en Asia y África y por la caída de las
dictaduras y los regímenes de crecimiento lento en América Latina. Empujados
hacia las ciudades por fuerzas irresistibles, los pobres hicieron valer su
«derecho a la ciudad», aunque esto solamente significara un tugurio en las
afueras. Por encima del hambre y la deuda, las palancas más efectivas y
despiadadas que facilitaron la urbanización informal en las décadas de 1950 y
1960 fueron la guerra civil y la represión.
En el caso del
Imperio británico en India la división del territorio y los traumas étnicos y
religiosos que ocasionó, arrojaron a millones de personas a las áreas urbanas
hiperdegradadas. Las ciudades de Bombay, Calcuta, Karachi, Lahore y Dacca se
vieron obligadas a absorber las mareas de refugiados que se produjeron como
consecuencia de la traumática división del territorio (1948), de la guerra
indo-paquistaní (1964) y de la secesión de Bangladesh (1971)17. La población de
Bombay que durante las últimas décadas había estado creciendo a un ritmo del 2
por 100 anual dobló su población a finales de las décadas de 1940 y principios
de la de 1950 con la llegada de los refugiados de Pakistán y la paralela, aunque
lenta, expansión de la industria textil18. En la década de
1950, la mitad de la población de Karachi y Hyderabad eran muhajirs,
refugiados musulmanes del este del Punjab. Más tarde (en la década
de 1970) llegaron cientos de miles de biharis, campesinos
musulmanes y «emigrantes dobles» que primero habían huido al este de Pakistán y
que con la secesión de Bangladesh volvieron a huir a Pakistán19. Desde sus
comienzos, esta población de refugiados que encontró acomodo en las áreas
urbanas, se encontró dependiendo totalmente de benefactores políticos y
corruptas maquinarias de partidos. En consecuencia, tanto en India como en
Pakistán, el desarrollo de las áreas urbanas hiperdegradadas estuvo
perfectamente sincronizado con los ciclos electorales: las invasiones de
tierras y las parcelaciones piratas en Karachi aumentaban claramente en los
años electorales, mientras
que en India, las
elecciones proporcionaban un asidero a la población que buscaba legalizar o
mejorar sus bustes20.
En Vietnam del Sur
la estrategia militar de Estados Unidos incluía una urbanización a la fuerza
que, con una inconsciente ironía orwelliana, se calificaba de «modernización».
Como consideraban Samuel Huntington y otros halcones de la guerra, «habida cuenta
de que el Vietcong constituye una fuerza indestructible mientras no se la pueda
aislar de su entorno, entonces destruyamos el entorno». El terror de los
bombardeos estadounidenses fue un factor tan determinante que «produjo un
desplazamiento masivo de la población del campo hacia la ciudad, de manera que
los principios básicos de la doctrina maoísta de la guerra revolucionaria se
volvieron inoperantes [sic]. Las bases campesinas que tenía el
maoísmo desaparecieron con las políticas prourbanas de los americanos»21. Como señala la
historiadora Marilyn Young, en el transcurso de la guerra el porcentaje urbano
de la población de Vietnam del Sur pasó del 15 al 65 por 100, con cinco
millones de campesinos desplazados que se convirtieron en habitantes de áreas
urbanas hiperdegradadas o de campos de refugiados22.
En Argelia los
siete años de una guerra colonial brutal (1954-1961) produjeron el
desplazamiento de la mitad de la población rural. Después de la independencia,
alcanzada en 1962, estas masas de desplazados se volcaron sobre las ciudades.
Argel triplicó su población en menos de dos años a medida que los desheredados
se apiñaban en los bidonvilles o si podían, ocupaban alguna de
las viviendas que quedaron vacías con la marcha de 900.000 colonos. El modelo
soviético de industrialización forzada que adoptó el nuevo régimen en sus
comienzos, junto a la falta de atención sobre la agricultura de subsistencia no
hizo otra cosa que reforzar el abandono del campo. La ciudad se vio desbordada,
con gran parte de la población amontonada en viviendas viejas peligrosamente
deterioradas. Muchas de estas viviendas de la casbah simplemente
se derrumbaron enterrando con frecuencia a sus habitantes. Al mismo tiempo,
los bidonvilles «socialistas» continuaron su crecimiento en
las afueras y a lo largo de las principales carreteras23.
Mientras tanto, en
la Turquía de la posguerra el desplazamiento de la población hacia las ciudades
se vio favorecido por el Plan Marshall, la modernización de la agricultura y el
crecimiento de las industrias de sustitución de importaciones. Pero como señala
el sociólogo marxista Çağlar Keyder, el Estado fundado por Mustafa Kemal no
estaba preparado ni para levantar viviendas públicas ni para poner el suelo
público en manos del sector privado. A falta de otra alternativa, «el
clientismo populista se impuso por su propia inercia». Los emigrantes
procedentes de Anatolia se vieron obligados a construir sus propias ciudades de
chabolas en las afueras de Ankara y Estambul, siendo la década de 1955 a 1965
la edad de oro de la ocupación, con un aumento de la población gecekondu que
pasó del 5 por 100 (250.000) al 23 por 100 (2,2 millones) de la población
total, un porcentaje que no ha variado significativamente desde entonces24. Por lo menos en
este periodo inicial, los gecekondu apoyaban el sistema
político que les había proporcionado lo que podría ser una modalidad primaria
de vivienda popular. Keyder continúa diciendo que «para los políticos, la
distribución arbitraria era un privilegio que por regla general preferían seguir
manteniendo, ya que les proporcionaba un apoyo popular del que salían
fortalecidos. La existencia de ese clientelismo era una de las bases para
acceder a la ocupación informal de la tierra»25.
En el resto de
Oriente Próximo, el mayor aumento de la urbanización informal se produce una o
dos décadas más tarde durante el boom de la OPEP a principios
de la década de 1970. Ahmed Soliman considera que «el apogeo de la residencia
urbana informal» en El Cairo se produce en el periodo de 1974 a 1990, cuando
empiezan a llegar desde Arabia Saudita los salarios de los trabajadores que
habían emigrado y que sirven para llenar algunas de las lagunas dejadas por
desaparición de la política social de la época de Nasser26. Las mismas
razones llevan a cientos de miles de artesanos y trabajadores agrícolas a
desplazarse a Teherán a principios de la década de 1970 buscando trabajo en las
fábricas de ladrillos o en la construcción aunque para 1976, lo único que hacen
es encontrar el desempleo. Su rabia y desencanto se convierte en la
materia prima de la
revolución islámica que a su vez crea un espacio único para el crecimiento de
las áreas urbanas hiperdegradadas27. Como señala Asef
Bayat, «mientras los revolucionarios desfilaban por las calles de las
principales ciudades, los más desamparados estaban muy ocupados extendiendo su
control sobre sus propias comunidades e incorporando nuevos terrenos al
(sub)desarrollo». Después de la fuga del Sha «las familias más pobres
aprovecharon el colapso de las instituciones para ocupar cientos de viviendas
vacías y bloques de edificios a medio acabar reconvirtiéndolos en sus nuevas
propiedades». Para disgusto del comercio tradicional, los nuevos pobres
levantaron miles de tenderetes, kioscos y carritos de vendedores que
convirtieron «las aceras de las calles en un espacio comercial vibrante y
colorista»28.
En África
Subsahariana, el campo empezó a volcarse sobre las ciudades inmediatamente
después de la independencia. Exceptuando Sudáfrica, los índices de crecimiento
urbano de la mayoría de los países en la década de 1960, representaron el doble
del índice de crecimiento de la población total. Por otra parte, hasta la
década de 1980, el crecimiento de las ciudades se vio favorecido por las
políticas coercitivas que obligaban a los campesinos a vender sus productos por
debajo de los precios de mercado, al mismo tiempo que les sometían a unos
impuestos desproporcionados. En Zaire, por ejemplo, el presidente Mobutu
denunciaba frecuentemente «los peligros de un desarrollo urbano hipertrófico, y
las maldiciones como el desempleo y el crimen que le acompañan», mientras al
mismo tiempo estrangulaba el campo de tal manera que a los campesinos no les
quedaba otra opción que huir hacia las áreas urbanas29. Sin embargo en
África, la llamada «predisposición urbana» del desarrollo apenas supuso una
ventaja para las nuevas poblaciones, y mientras las elites poscolonialistas y
los grupos militares ponían el campo del revés, las infraestructuras y los
servicios públicos de las ciudades se deterioraba rápidamente30.
En América Latina,
la caída de dictaduras creó oportunidades pasajeras para la invasión de tierras
y la ocupación; las rivalidades entre partidos y la amenaza revolucionaria
fueron oportunidades
esporádicas para
que los emigrantes urbanos consiguieran tierras e infraestructuras a cambio de
votos. Un reciente estudio sobre Venezuela señalaba que «las fechas clave en la
formación de los barrios de Caracas, fueron los años de 1958 a
1960». Después de la caída de Pérez Jiménez y antes de la elección de Rómulo
Betancourt, el gobierno provisional suspendió el desalojo de los barrios y
estableció ayudas públicas para los desempleados. El resultado fue que en un
año 400.000 personas mayoritariamente sin recursos se trasladaron a Caracas.
Poco después la lucha por los votos entre los dos principales partidos, la
Acción Democrática de centro izquierda y el COPEI de centro derecha, abrió las
compuertas que Pérez Jiménez había tratado de mantener cerradas al crecimiento
explosivo de los barrios en las colinas de la ciudad. Caracas y otras ciudades
venezolanas crecieron a la misma velocidad que algunas ciudades africanas:
durante la década de 1960 el país pasó de tener una población urbana del 30 por
100 a tener una población rural de ese mismo porcentaje31.
En Ciudad de México
la estrategia de crecimiento controlado que llevaba Uruchurtu en su lucha
contra asentamientos informales, se mostró finalmente incompatible tanto con
las necesidades de mano de obra barata que tenía la industria y la inversión
extranjera, como con las demandas de viviendas baratas de los trabajadores. Su
Comisión de Planificación se convirtió en un obstáculo para los proyectos de
inversión de sectores poderosos del Estado y la gota definitiva fue su
oposición a la construcción del suburbano. Después de derribar en septiembre de
1966 la Colonia de Santa Úrsula en Ajusco, fue destituido por el presidente
Gustavo Díaz Ordaz, un político famoso por sus grandes conexiones con el
capital extranjero y los especuladores de terrenos. El PRI cambió la política
urbana en la capital, y estableció una agenda de crecimiento rápido en la que
toleraba la urbanización pirata en la periferia a cambio de la renovación
urbana en el centro32.
Con una generación
de retraso respecto a lo que había sucedido en todas partes, China empezó a
relajar sus controles sobre el crecimiento urbano a principio de la década de
1980. Con un enorme excedente de campesinos (que según el Diario del
Pueblo,
incluía a más de la
mitad de la mano de obra de la provincia de Sichuan), el debilitamiento de las
trabas burocráticas produjo una auténtica «marea campesina»33, y la actuación en
contra de la emigración se vio superada por la avalancha de emigrantes no
autorizados o «flotantes». Esta población (actualmente estimada en 100
millones) carecía de papeles que legalizaran su situación en la ciudad, lo que
les dejaba sin posible acceso a viviendas o servicios y les convertía en un
combustible superbarato para los talleres clandestinos del delta del río Perla
o para el sector de la construcción de Sanghái y Pekín. El retorno del
capitalismo a China trajo consigo las ciudades chabola, las barracas y el
hacinamiento en las viviendas donde esta población tuvo que refugiarse.
Por último, a
finales de la década de 1980, los dirigentes de Sudáfrica que se enfrentaban a
la sublevación de los barrios de chabolas más importante de la historia (el
movimiento a favor de los derechos civiles de los barrios negros de las
ciudades), se vieron obligadas a suprimir los sistemas de control que
restringían el derecho al desplazamiento y a la residencia de la población
africana, en primer lugar, la Ley de Pases en 1986, y a continuación la Ley de
Áreas en 1991. El escritor Rian Malan describía el impacto que produjo en
Ciudad del Cabo, donde la población africana se había triplicado entre 1982 y
1992,
después de que la
odiada Ley de Pases fuera desguazada pareció como si un lejano dique se hubiera
roto, permitiendo que una humanidad desesperada y llena de esperanzas se
deslizara por las montañas y se desplegara por Cape Flats. Diariamente llegaban
ochenta o noventa familias y levantaban casas con sus manos desnudas,
utilizando palos de madera, trozos de hojalata, residuos rescatados de los
vertederos y bolsas de basura para aislar de la lluvia. En dos años, las dunas
de arena habían desaparecido debajo de un mar de chabolas y barracas tan
poblados como una ciudad medieval y habitadas por una variopinta colección de
contrabandistas, mafiosos, profetas, rastafaris, traficantes de armas y reyes
de la marihuana, amén de un millón de trabajadores corrientes34.
Promesas rotas y
sueños robados
Sin embargo, la
miseria de las áreas urbanas hiperdegradadas no era el futuro inevitable de las
ciudades. A principios de la década de 1960, por ejemplo, en Cuba el Instituto
Nacional del Ahorro y la Vivienda, dirigido por la legendaria Pastorita Núñez, empezó
a sustituir los barrios de chabolas de La Habana (Las Yeguas, Llega y Pon, La
Cueva del Humo y muchos otros) por casas prefabricadas montadas por los propios
residentes. Siete años antes, durante su juicio por el ataque al cuartel de la
Moncada, Fidel Castro había prometido una revolución que haría cumplir el
derecho a una vivienda digna que recogía la Constitución de 1940. En 1958 un
tercio de la población cubana vivía en áreas degradadas y asentamientos
ocupados y en consecuencia durante los años dorados de la revolución se realizó
un esfuerzo enorme para realojar a la población, aunque vistos en perspectiva
muchos de los proyectos fueran monótonas adaptaciones de proyectos
característicos del movimiento arquitectónico moderno35.
Aunque la Cuba
revolucionaria estuviera a la vanguardia en cuanto a su compromiso con el
«nuevo urbanismo», a finales de la década de 1950 y principios de la siguiente
el derecho a la vivienda como ideal también se recogía en otros países del
Tercer Mundo. Nasser, Nehru y Sukarno también hicieron promesas de realojar a
la población de las áreas degradadas y de crear un sinfín de viviendas. Además
de los subsidios a los alquileres y el control de las rentas, el «contrato con
Egipto» de Nasser, garantizaba trabajo en el sector público a todos los que
acabaran la enseñanza secundaria. En la Argelia revolucionaria, la legislación
establecía la educación y la sanidad gratuita para todos los argelinos, junto
con ayudas a la vivienda para la población más desfavorecida. Los Estados
«socialistas» de África, empezando por Tanzania a principios de la década de
1960, comenzaron con ambiciosos programas para realojar a la población de las
áreas degradadas en viviendas de bajo coste. En Ciudad de México durante los años
de mandato de Uruchurtu, se buscaron los servicios de renombrados arquitectos
de la Bauhaus como Hannes Meyer, para diseñar viviendas de muchas plantas
destinadas a trabajadores sindicados y empleados del Estado, que se podían
comparar perfectamente con los modelos del
norte de Europa.
Mientras en Brasil, el presidente João Goulart y el gobernador radical de Río
Grande do Sul Leonel Brizola obtuvieron un amplio apoyo para su sueño de un
Nuevo Acuerdo para las ciudades. Años más tarde, el dictador peruano Juan
Velasco Alvarado plasmaría su inclinación a la izquierda con el apoyo a las
invasiones de tierras y el establecimiento de un ambicioso programa estatal
para mejorar las barriadas (a las que de manera optimista
rebautizó como pueblos jóvenes).
Casi medio siglo
después, el programa cubano de cobertura de la vivienda se ha visto
drásticamente reducido por las austeridades del «Periodo Especial» que ha
seguido al desmoronamiento de la Unión Soviética, y la situación de la vivienda
está muy lejos de los impresionantes logros en educación y sanidad. Dejando de
lado los casos especiales de Hong Kong y Singapur, China ha sido durante las
décadas de 1980 y 1990 el único país del Tercer Mundo que ha realizado una
inversión importante en la construcción de viviendas dignas, aunque esta
«revolución silenciosa» como la califica Richard Kirby queda lejos de cubrir
las necesidades de las decenas de millones de campesinos que llegan a las
ciudades36.
En el resto del
Tercer Mundo, la sola idea de un Estado intervencionista fuertemente
comprometido con la vivienda social y la creación de empleo, parece una
alucinación o una broma pesada, habida cuenta de que los gobiernos han
renunciado hace mucho tiempo a realizar cualquier esfuerzo serio para combatir
la degradación y la marginación urbana. En demasiadas ciudades pobres, la
relación de la ciudadanía con su gobierno es similar a la que describía un
habitante de las áreas hiperdegradadas de Nairobi a un periodista de The
Guardian: «El Estado no hace nada aquí. No proporciona ni agua, ni
escuelas, ni sanidad, ni carreteras, ni hospitales». Por su parte, el
periodista encontró que los residentes compraban el agua a suministradores
privados y contaban con grupos de vigilantes para las cuestiones de seguridad.
La policía les visitaba solamente para recoger los sobornos37.
El insignificante
papel de los gobiernos nacionales en la oferta de vivienda se ha visto
reforzado por la actual ortodoxia económica neoliberal que definen el FMI y el
Banco Mundial. Los Programas de
Ajuste Estructural
(SAP) que se impusieron a los países deudores a finales de la década de 1970 y
durante la siguiente exigían una reducción de los programas estatales y con
frecuencia la privatización del mercado de la vivienda. De cualquier forma, el
Estado social en el Tercer Mundo, estaba marchitándose incluso antes de que las
campanas de los SAP anunciaran la defunción del «bienestar». Existe una
multitud de expertos que trabajan para el «Consenso de Washington», que
consideran que la oferta gubernamental de vivienda conduce a un desastre
inevitable. Sin embargo, conviene revisar algunos casos, empezando por los que
a primera vista parecen ser las dos mayores excepciones a la regla del fracaso
estatal.
Singapur y Hong
Kong son las dos ciudades donde la vivienda pública a gran escala ha supuesto
una alternativa a las áreas urbanas hiperdegradadas. La primera, como
ciudad-Estado con una política de emigración muy restrictiva, no ha tenido que
soportar la habitual presión demográfica de la población rural. Para Erhard
Berner, «la mayor parte del problema se exporta a Johor Baru», la Tijuana de
Singapur38. Hong Kong por su
parte ha tenido que absorber millones de refugiados y en la actualidad
emigrantes del continente, y aunque presenta éxitos de realojo como Crown
Colony, no es exactamente el milagro humanitario que se describe con
frecuencia.
Como ha señalado
Alan Smart, la política de la vivienda en Hong Kong ha sido la acertada
triangulación de los diferentes intereses de las inmobiliarias, del capital
industrial y de la resistencia popular, con una posible intervención de la
República Popular como telón de fondo. De lo que se trataba era de conciliar
una oferta continua de mano de obra barata con unos precios disparados del
terreno, y la solución preferida consistió no en rentas elevadas, que hubieran
provocado el aumento de los salarios, sino el recurso a la periferia y al
hacinamiento. Como señala Smart, en 1971 se había realojado a un millón de
ocupantes ilegales «sobre un terreno equivalente al 34 por 100 del que ocupaban
antes y en una periferia de mucho menor valor». De igual forma, cientos de
miles de inquilinos pobres fueron desplazados de sus viviendas de renta
controlada en el área central.
A principios de la
década de 1960, el espacio disponible que ofrecía la vivienda pública era de
2,3 metros cuadrados por adulto, con los baños y las cocinas compartidas por
toda la planta. Aunque las condiciones mejoraron en las que se edificaron
posteriormente, Hong Kong mantuvo la mayor densidad residencial formal del
mundo: el precio por liberar el mayor espacio posible para las grandes empresas
y los costosos apartamentos39.
Los planificadores
que llevaron a cabo la reestructuración espacial de la economía de Hong Kong no
prestaron mucha atención al estilo de vida urbano de la población, incluyendo
la habitual utilización de sus viviendas como talleres, o la necesidad que tenían
de estar cerca de los mercados o de los centros de trabajo. Desde luego, la
incompatibilidad de las viviendas en altura de las periferias con la estructura
social y las economías informales de la población pobre es un tema antiguo, un
pecado original que se va transmitiendo en todas partes entre reformadores y
autócratas de las ciudades. Si nos remontamos a 1850, en medio del segundo
Imperio napoleónico, las reformas de la ciudad de París que llevo a cabo el
barón Haussmann, no contaron con el apoyo popular. El proyecto estrella de
viviendas para trabajadores, Cité Napoléon, provocó el rechazo de sus futuros
inquilinos por su uniformidad y calidad más propia de barracones. De acuerdo
con la historiadora Ann-Louise Shapiro, «se quejaban de que filántropos y
sociedades inmobiliarias estaban empezando a relegar a la población trabajadora
a barrios especiales como sucedía en la Edad Media, y exigían que el gobierno
estableciera impuestos sobre las viviendas vacías para forzar la bajada de los
alquileres. De esta manera, se volverían accesibles un gran número de los
alojamientos que había entre la variada vivienda del centro». Finalmente el
famoso proyecto de Haussmann «albergó solamente a inquilinos burgueses»40.
Cité Napoleón tiene
muchos descendientes en el Tercer Mundo. Por ejemplo en Yakarta, la vivienda
pública no resulta atractiva para las amplias masas de trabajadores informales
porque no proporciona ningún espacio para los talleres familiares; y la mayor parte
de los inquilinos son funcionarios civiles y personal militar41. En Pekín, donde
la construcción en altura ha supuesto un aumento
cuantitativo del
espacio vital, los habitantes de las torres sin embargo lamentan la pérdida de
su comunidad, la dramática caída de las relaciones sociales, de la vida
vecinal, de los juegos infantiles y del creciente aislamiento y soledad de la
población de edad avanzada42. Lo mismo sucede
en Bangkok, donde los pobres prefieren claramente sus antiguas chabolas a los
nuevos bloques de torres.
Las instituciones
que planearon el realojo de las áreas urbanas hiperdegradadas ven en los
bloques de muchos pisos una alternativa barata, pero la población sabe que
estos pisos reducen sus recursos y las posibilidades de una producción de
subsistencia, todo ello acompañado de un acceso al trabajo más difícil debido a
su emplazamiento. Por esta sencilla razón la población prefiere quedarse en sus
degradados emplazamientos y empieza a movilizarse en contra de los realojos.
Para ellos, la chabola es un lugar donde todavía pueden realizar labores
productivas. Para los planificadores urbanos, simplemente es un cáncer para la
ciudad43.
Mientras tanto, lo
que los expertos en la vivienda llaman el «furtivismo» de las clases medias
sobre la vivienda pública o subvencionada, se ha convertido en un fenómeno
prácticamente universal. Un ejemplo puede ser Argelia a principios de la década
de 1980. Los terrenos urbanos se parcelaron y se destinaron a cooperativas de
viviendas; se proporcionó el material de construcción con precios
subvencionados y sin embargo, como señala el arquitecto Djaffar Lesbet, este
airoso equilibrio entre la ayuda del Estado y la iniciativa local no
democratizó el acceso a la vivienda. «Las parcelas para construir han permitido
a aquellos privilegiados que han accedido a ellas, levantar sus propias
viviendas. También han servido para rebajar el tono dramático de la crisis de
la vivienda, transformando una cuestión nacional en un problema individual»44. El resultado ha
sido el acceso de funcionarios civiles y personal similar a chalés y villas
unifamiliares subvencionadas, mientras que los realmente pobres han acabado en
chabolas ilegales y bidonbvilles. En Túnez, sin el aura
revolucionaria de Argelia, también hubo una oferta importante de vivienda
subvencionada, pero el 75 por 100 quedaba fuera del alcance de los pobres, que
se apiñaban en florecientes áreas como Ettadhamen, Mellassine y Djebel Lahmar45.
India también
muestra la misma tendencia de diferentes maneras. En la década de 1970, por
ejemplo, las autoridades municipales y estatales lanzaron un ambicioso plan
para crear una ciudad gemela frente a la península donde se sitúa Bombay. A la
población sin recursos se le prometieron nuevas viviendas y puestos de trabajo
en la reluciente Nueva Bombay (actualmente Navi Bombay), pero el resultado
final fue que la población local se encontró perdiendo sus tierras y modos de
vida, mientras que el grueso de las nuevas viviendas caía en manos de
funcionarios civiles y clases medias46. En Delhi sucede
lo mismo; la Agencia de Desarrollo distribuyó medio millón de parcelas, pero la
mayor parte «fueron cazadas por familias prósperas». Los estudios señalan que
solamente se han construido 110.000 viviendas en una ciudad que actualmente está
expulsando a 450.000 chabolistas «ilegales»47.
En Calcuta, donde a
finales de la década de 1970 se produjo la victoria del Frente de la Izquierda,
la historia debería de haber sido diferente, habida cuenta de la campaña que
había llevado el Partido Comunista a favor de la «liberación» de la población
sin recursos. Sin embargo, las promesas iniciales de realojar a la población se
rindieron ante los privilegios que ofrece el poder. Para Frederic Thomas, «las
necesidades de la población con menos recursos solo reciben palabras por
respuesta. La parte del león del presupuesto se la lleva la clase media y los
sectores con ingresos superiores. Solamente el 10 por 100 de la inversión que
realiza la Agencia Metropolitana de Desarrollo en Calcuta, se destina a
los bustee»48. Igualmente en
Vietnam, las políticas revolucionarias de la vivienda se han manipulado en
beneficio de las elites estatales con escasos beneficios para los que más los
necesitaban. Como señalan los investigadores Nguyen Duc Nhuan y Kosta Mathéy,
«el acceso a la vivienda municipal o estatal, está claramente reservado a los
funcionarios civiles y miembros del ejército, que tienen un derecho adquirido
sobre viviendas de dos dormitorios, que en la práctica les sirven para ganar
más dinero mediante su alquiler»49.
Nigeria estuvo
proclamando su disposición para utilizar los ingresos procedentes del petróleo
para realojar a su población sin recursos, pero el Tercer y Cuarto Plan
Nacional de Desarrollo
resultaron una
parodia de sus propias pretensiones y la edificación real se quedó en una
quinta parte de la prevista, beneficiando a todos menos a los pobres50. En la ciudad de
Kano las viviendas de bajo coste para funcionarios civiles (la continuación de
una tradición colonial) han caído en manos de personas sin ningún derecho para
acceder a ellas, pero con gran poder político e ingresos muy por encima de los
criterios que se fijaban para acceder a ellas51. Otro país donde
la retórica populista se ha quedado en palabras es Jamaica. La Fundación
Nacional de la Vivienda tiene un capital bastante significativo, pero como
señalan Thomas Klak y Marlene Smith, hace de todo menos viviendas para los
pobres. «En la actualidad, la mayor parte de sus fondos se destina a pagar sus
propias nóminas, a contribuir a las necesidades del gobierno central, a
proporcionar financiación a las rentas más altas y a cubrir las hipotecas de
unos pocos contribuyentes con ingresos mayoritariamente altos»52.
En México, donde
durante la década de 1980 el mercado formal de la vivienda proporcionaba poco
más de la tercera parte de la demanda, los militares, los funcionarios civiles
y los miembros de unos cuantos sindicatos fuertes como los del petróleo,
reciben una importante subvención para vivienda, pero a los pobres solamente
les llegan las migajas. Así, el FOVI, el organismo gubernamental que se ocupa
del segmento medio del mercado (diez veces el salario mínimo), se lleva el 50
por 100 de los recursos federales destinados a la vivienda, mientras que el
FONHAPO, que se ocupa de los segmentos más pobres, recibe solamente un 4 por
10053. John Betancur
encuentra una situación similar en Bogotá, donde los niveles medios de renta
obtienen subsidios generosos mientras el Estado atiende de mala gana las
necesidades de los niveles más bajos54. Lo mismo sucede
en Lima, donde los sectores con rentas medias y los empleados del Estado son
los que se llevan las mayores subvenciones55.
Las elites urbanas
y las clases medias del Tercer Mundo han tenido un gran éxito en evadirse de
los impuestos municipales. Según A. Oberai, de la Organización Internacional
del Trabajo, «en la mayoría de los países en vías de desarrollo, los ingresos
recaudatorios
potenciales del Estado no llegan a producirse. Los sistemas existentes tienden
a sufrir de falta de mecanismos de evaluación de la administración, de
disminución de las base imponible debido a exenciones fiscales y de un
rendimiento excepcionalmente bajo del sistema de recaudación»56. Oberai se muestra
demasiado comedido. Los ricos de las zonas urbanas de África, el sur de Asia y
gran parte de América Latina están descarada y criminalmente cuasi exentos de
impuestos por los gobiernos locales. Más aún, a medida que la crisis presupuestaria
de las ciudades ha enjugada finalmente mediante la introducción de impuestos
indirectos regresivos y tasas sobre los usuarios (que en Ciudad de México, por
ejemplo, suponen el 40 por 100 de los ingresos), la carga fiscal ha recaído
paulatinamente cada vez más sobre los pobres. En un análisis comparativo poco
común de la administración fiscal en diez ciudades del Tercer Mundo, Nicks
Devas encuentra un modelo regresivo consistente, sin ninguna muestra seria de
intentar evaluar y recaudar impuestos de los sectores más acomodados57.
Parte de la culpa
recae sobre el FMI, que en su papel de perro guardián financiero del Tercer
Mundo, defiende en todas partes el establecimiento de tasas e impuestos sobre
los servicios públicos, pero no propone nunca contrapartidas para gravar la
riqueza, el consumo ostentoso o los patrimonios. Al mismo tiempo, las cruzadas
del Banco Mundial en pos del «buen gobierno» socavan esas mismas posibilidades
habida cuenta de que rara vez apoyan una política de impuestos progresivos
sobre las rentas58.
Tanto el
«furtivismo» como la fiscalidad sesgada son una muestra evidente de la poca
influencia política que tiene la población sin recursos en todo el Tercer
Mundo; especialmente en África, la democracia urbana es hoy por hoy la
excepción más que la regla. Incluso en los lugares donde la población de las
áreas urbanas hiperdegradadas tiene derecho al voto, raramente pueden
utilizarlo para lograr una redistribución del gasto o de las cargas fiscales.
El proceso de toma de decisiones se produce al margen del sufragio popular,
mediante diversas estrategias estructurales que van desde la fragmentación
política de la ciudad, el control de los presupuestos
por parte de
autoridades locales o nacionales y el establecimiento de organismos autónomos.
En su estudio sobre la región de Bombay, Alan Jacquemin hace hincapié sobre la
apropiación del poder local por parte de las autoridades encargadas de
gestionar el desarrollo urbano, con la finalidad de construir modernas
infraestructuras que permitan a los sectores ricos de las ciudades conectarse
ellos, y solamente ellos, al mundo de la cibereconomía. Estas autoridades han
«dinamitado las funciones de los gobiernos municipales elegidos en las urnas,
que ya estaban bastante debilitadas por la pérdida de responsabilidades
sectoriales y de recursos financieros y humanos, en favor de organismos
creados ex profeso. Las necesidades expresadas por la
población, sea en el barrio o en el municipio, no encuentran eco en ninguna
parte»59.
Con un puñado de
excepciones el Estado poscolonial ha traicionado totalmente sus promesas
originales en relación con la pobreza urbana. Hay un amplio consenso entre los
estudiosos del tema de que la política de vivienda realizada en el Tercer Mundo
ha beneficiado esencialmente a las clases medias y altas que esperan pagar
impuestos bajos a cambio de niveles altos de servicios municipales. En Egipto,
Ahmed Soliman concluye que «la inversión pública en vivienda se ha malgastado
ampliamente», con el resultado de que «unos veinte millones de personas viven
actualmente en casas que son peligrosas para su salud o su seguridad»60.
Nandini Gooptu
describe la situación similar que se produce en India con la inversión de las
políticas a favor de los pobres de Gandhi.
En última
instancia, las grandes concepciones sobre la transformación urbana se fueron
desmoronando y domesticando para satisfacer los intereses inmediatos de las
clases acaudaladas. En lugar de proyectos idealistas de regeneración social,
los programas de planificación se desarrollaron como avenidas que colmaban los
intereses y las aspiraciones de la propiedad y servían de instrumento a la
creciente marginación de los pobres. La lucha contra la degradación se acercó
peligrosamente a una batalla por el control de asentamientos y alojamientos y
finalmente en una ofensiva contra los pobres mismos61.
1 A. Gilbert and
Peter Ward, Housing, the State and the Poor. Policy and Practice in
Three Latin America Cities, Cambridge, 1985, p. 254.
2 R. Harris y M. Wahba, «The Urban
Geography of Low-Income Housing. Cairo (1947-
96) Exemplifies a
Model», International Journal of Urban and Regional Research xxvi,
1 (marzo 2002), p. 59.
3 G. Myers, «Colonial and Postcolonial
Modernities in Two African Cities», Canadian Journal of African Studies xxvii,
2-3, 2003, pp. 338-339.
4 P. Amis, «Commercialized Rental
Housing in Nairobi», cit., p. 238.
5 K. Nuru, «Tanzania», en Kosta
Mathéy, Housing Policies in the Socialist Third World, Múnich,
1990, p. 183.
6 G. Myers, «Colonial and Postcolonial
Modernities in Two African Cities», cit., p. 334.
7 M. Garenne, Urbanization
Poverty and Child Mortality in Sub-Saharan Africa, París, 2003, cuadro
1, p. 22.
8 N. Gooptu, The Politics of
the Urban Poor in Early Twentieth-Century India, cit., capítulo 3.
9 C. Young y T. Turner, The
Rise and Decline of the Zairian State, Madison (WI), 1985, p. 87.
10 J. Suret-Canale, French
Colonialism in Tropical Africa 1900-1945, Nueva York, 1971, p. 417.
11 On-Kwok Lai, «The Logic of Urban
Development and Slum Settlements», en B. Aldrich y R. Sandhu, Housing
the Urban Poor, cit., p. 284.
12 D. Solinger, Contesting
Citizenship in Urban China. Peasant Migrants, the State and the Logic of the
Market, Berkeley, 1999, pp. 2, 41.
13 Cuadro 1, G. Fabre, «La Chine», cit.,
p. 196.
14 K. Karst, M. Schwartz y A.
Schwartz, The Evolution of the Law in the Barrios of Caracas, cit.,
p. 7.
15 K. Pezzoli, «Mexico’s Urban Housing
Environments», cit., p. 147.
16 D. Davis, Urban Leviathan.
Mexico City in the Twentieth Century, Filadelfia, 1994, pp. 132-135,
155.
17 F. Thomas, Calcutta Poor, cit.,
p. 41.
18 S. Patel, «Bombay’s Urban
Predicament», en Patel y Alicia Thorner (eds.), Bombay. Metaphor for
Modern India, Delhi, 1996, p. XVI.
19 O. Verkaaik, Migrants and
Militants. Fun and Urban Violence in Pakistan, Princeton, 2004, p. 64.
20 R.-J. Baken y J. van der
Linden, Land Delivery for Low Income Groups in Third World Cities, Aldershot,
1992, p. 31.
21 S. Huntington, «The Bases of
Accommodation», Foreign Affairs xlvi, 4 (julio 1968), pp.
650-653.
22 M. Young, The Vietnam Wars.
1945-1990, Nueva York, 1991, p. 177.
23 D. Lesbet, «Algeria», en K.
Mathéy, Housing Policies in the Socialist Third World, cit.,
pp. 252-263.
24 Ç. Keyder, «The Housing Market from
Informal to Global», cit., p. 147; H. Tarik Sengul, «On the Trajectory of
Urbanization in Turkey», International Development Planning Review xxv,
2003, p. 160.
25 Ç. Keyder, «The Housing Market from
Informal to Global», cit., p. 147.
26 A. Soliman, A possible Way
Out, cit., p. 51.
27 F. Kazemi, Poverty and
Revolution in Iran. The Migrant Poor, Urban Marginality, and Politics, Nueva
York, 1980, p. 114.
28 A. Bayat, «Un-civil
Society», cit., p. 53.
29 C. Young y T. Turner, The
Rise and Decline of the Zairian State, cit., p. 98; D. Posel, «Curbing
African Urbanization in the 1950s and 1960s», en M. Swilling, R. Humphries y K.
Shubane (eds.), Apartheid City in Transition, Ciudad del Cabo,
1991, pp. 29-30.
30 C. Rakodi, «Global Forces, Urban
Change, and Urban Management in Africa», en C.
Radoki (ed.), The
Urban Challenge in Africa, cit., pp. 32-39.
31 Urban Planning Studio, Columbia
University, Disaster-Resistant Caracas, Nueva York, 2001, p.
25.
32 D. Davis, Urban Leviathan, cit.,
pp. 177-180.
33 D. Solinger, Contesting
Citizenship in Urban China, cit., p. 155.
34 R. Malan, citado en A. van Westen,
«Land Supply for Low-Income Housing: Bamako», en Baróss y van der Linden, The
Transformation of Land Supply Systems in Third World Cities, cit., p.
XXII.
35 J. Scarpaci, R. Segre y M.
Coyula, Havana. Two Faces of the Antillean Metropolis, Chapel
Hill, 2002, pp. 199-203.
36 R. Kirby, «China», en Kosta Mathéy
(ed.), Beyond Self-Help Housing, Londres, 1992, pp. 298-299.
37 A. Harding, «Nairobi Slum Life»,
serie de artículos en The Guardian 4, 8, 10 y 15 de octubre de
2002.
38 E. Berner, «Learning from Informal
Markets», cit., p. 244.
39 A. Smart, Making Room, cit.,
pp. 1, 33, 36, 52, 55.
40 A.-L. Shapiro, «Paris», en M.J.
Dauton (ed.), Housing the Workers, 1850-1914. A Comparative
Perspective, Londres, 1990, pp. 40-41.
41 H.-D. Evers y R. Korff, Southeast
Asian Urbanism. The Meaning and Power of Social Space, Nueva York,
2000, p. 168.
42 V. Sit, Beijing. The Nature
and Planning of a Chinese Capital City, Chichester, 1995, pp. 218-219.
43 H. D. Evers y R. Korff., Southeast
Asian Urbanism, cit., p. 168.
44 D. Lesbet, «Algeria», cit., pp.
264-265.
45 F. Stambouli, «Tunis. Crise du
Logement et Réhabilitation Urbaine», en P. Amis y P.
Lloyd, Housing
Africa’s Urban Poor, p. 155.
46 A. Jacquemin, Urban
Development and New Towns in the Third World, cit., pp. 196-
197.
47 N. Risbud, «Policies for Tenure
Security in Dehli», en A. Durand-Lasserve y L. Royston, Holding their
Ground. Secure Land Tenure for the Urban Poor in Developing Countries, cit.,
p. 61.
48 F. Thomas, Calcutta Poor, cit.,
p. 147.
49 N. Duc Nhuan y K. Mathéy, «Vietnam»,
en K. Mathéy, Housing Policies in the Socialist Third World, cit.,
p. 282.
50 T. Okoye, «Historical Development of
Nigerian Housing Policies», en P. Amis y P.
Lloyd, Housing
African’s Urban Poor, cit., p. 81.
51 H. Main, «Housing Problems and
Squatting Solutions in Metropolitan Kano», en R.
Potter y A. Salau
(eds.), Cities and Development in the Third World, Londres,
1990, p. 22.
52 T. Klak y M. Smith, «The Political
Economy of Formal Sector Housing Finance in Jamaica», en K. Datta y G. A.
Jones, Housing and Finance in Developing Countries, cit., p.
72.
53 K. Pezzoli, «Mexico’s Urban Housing
Environments», cit., p. 142.
54 J. Betancur,
«Spontaneous Settlements in Colombia», en B. Aldrich y R. Sandhu, Housing
the Urban Poor, cit., p. 224.
55 J. Leonard, «Lima. City
Profile», Cities XVII, 6, 2000, p. 437.
56 A. S. Oberai, Population
Growth, Employement and Poverty in Third World Mega-Cities, cit., p.
169.
57 N. Devas, «Can City Governments in
the South Deliver for the Poor?», International Development and
Planning Review xxv, 1, 2003, pp. 6-7.
58 A. S. Oberai, Population
Growth, Employement and Poverty in Third-World Mega-Cities. Analytical Policy
Issues, cit., pp. 165, 171.
59 A. Jacquemin, Urban
Development and New Towns in the Third World, cit., pp. 41, 65; K.
Sivaramakrishnan, «Urban Governance», cit., pp. 232-233.
60 A. Soliman, en A. Roy y N. Al Sayyad
(eds.), Urban Informality. Transnational Perspectives from the Middle
East, Latin America, and South Asia, Lanham, 2004, pp. 171, 202.
61 N. Gooptu, The Politics of
the Urban Poor in Early Twentieth-Century India, cit., p. 84.
Sería ridículo
pasar de una distorsión –que las áreas urbanas hiperdegradadas son lugares
de crimen, muerte y
desesperación– a la contraria: que se puede dejar tranquilamente que
se ocupen de sí
mismos.
Jeremy Seabrook1
En la década de
1970 los gobiernos del Tercer Mundo renunciaban paulatinamente a la lucha
contra la degradación urbana, mientras las instituciones de Bretton Woods, con
el FMI como el policía malo y el Banco Mundial como el bueno, iban asumiendo
papeles dirigentes en el desarrollo de las líneas generales de la política de
vivienda. Los préstamos para el desarrollo urbano del Banco Mundial se
dispararon desde los 10 millones de dólares en 1972 hasta los más de 2.000
millones en 19882, y entre 1972 y
1990 el Banco Mundial ayudó a financiar un total de 116 proyectos básicos de
«urbanización y servicios» y/o planes de intervención en áreas urbanas
hiperdegradadas de 55 países3. En términos de
necesidades, esto no era más que una gota en un vaso de agua, pero proporcionó
al Banco Mundial una ascendencia muy importante sobre las políticas urbanas
nacionales así como el papel de patrón respecto a comunidades marginadas y ONG.
Igualmente le permitió imponer su propia ortodoxia sobre la política urbana a
escala mundial.
La reforma más que
la erradicación se convirtió en el objetivo, menos ambicioso, de la
intervención pública y privada. En lugar de una reforma estructural de la
pobreza urbana gestionada de arriba abajo, como la realizada por la
socialdemocracia europea en la posguerra, y que servía de modelo a los líderes
revolucionarios y nacionalistas de la década de 1950, la nueva sabiduría
imperante a finales de la década de 1970 y principios de la siguiente, dictaba
que el Estado se aliara con donantes internacionales y ONG para convertirse en
un «capacitador» de los pobres. En su primera formulación, la filosofía del
Banco Mundial, influenciada por las ideas del arquitecto inglés John Turner,
hacía hincapié en una
aproximación basada
en «urbanización y servicios» (una provisión básica de infraestructura de agua
potable y alcantarillado e ingeniería civil), que sirviera para racionalizar y
mejorar la autofinanciación de la vivienda. Pero a finales de la década de 1980
el Banco Mundial ya defendía en todas partes la privatización directa del
mercado de la vivienda y rápidamente se convirtió en el poderoso altavoz
institucional de las teorías de Hernando de Soto, el
economista peruano
que propugnaba soluciones microempresariales para la pobreza urbana.
Los amigos de los
pobres
En la década de
1970 se produjo un matrimonio intelectual realmente sorprendente entre el
presidente del Banco Mundial, Robert McNamara y el arquitecto inglés John
Turner. El primero había sido uno de los principales estrategas de la Guerra de
Vietnam y el segundo había sido un señalado colaborador del periódico
anarquista inglés Freedom. Turner abandonó Inglaterra en 1957
para irse a trabajar a Perú, donde quedó cautivado por el genio creativo que
percibía en la construcción espontánea de viviendas en los asentamientos
ocupados. No fue el primer arquitecto en entusiasmarse con la capacidad de la
gente sin recursos para la autoorganización y el ingenio que mostraban a la
hora de resolver los problemas de la construcción; arquitectos y planificadores
colonialistas franceses, como el Grupo CIAM en Argel, habían elogiado el orden
espontáneo de las bidonvilles por la «relación orgánica entre
las construcciones y el lugar (reminiscencias de la casbah), la
adaptación del espacio a diversas funciones y a las necesidades cambiantes de
los usuarios»4. Turner, en
colaboración con el sociólogo William Mangin, se convirtió en un divulgador y
propagandista excepcionalmente efectivo que proclamaba que las áreas urbanas
hiperdegradadas eran menos el problema que la solución. Al margen de sus
orígenes radicales, el núcleo de su programa de autoayuda, de aumento de la
construcción y de legalización de la urbanización espontánea,
coincidía
exactamente con la aproximación a la crisis urbana, pragmática y de coste
controlado, que defendía McNamara.
En 1976 se celebró
la primera conferencia de UN-Habitat (Programa de Asentamientos Urbanos de
Naciones Unidas) y también fue la fecha de publicación del trabajo de
Turner, Housing by People. Towards Autonomy in Building Environments. Esta amalgama
de anarquismo y neoliberalismo se ha convertido en una nueva ortodoxia que
«formula un abandono radical de la vivienda pública a favor de proyectos de
“urbanización y servicios” y una reforma de las áreas hiperdegradadas in
situ». Según Cedric Pugh, «la intención era hacer la vivienda accesible
para las rentas más bajas sin otorgar subsidios en contraste con la solución de
viviendas sociales fuertemente subvencionadas»5. En medio de una
gran propaganda sobre «ayudar a los pobres para que se ayuden ellos mismos», la
trascendental reducción de derechos que suponía la canonización de las áreas
urbanas hiperdegradadas por parte del Banco Mundial pasó bastante desapercibida.
Elogiar las habilidades de los pobres se convirtió en una cortina de humo para
renegar de las obligaciones históricas del Estado en relación con la pobreza y
la falta de vivienda. Como dice Jeremy Seabrook, «ensalzar interesadamente la
habilidad, el coraje y la capacidad de autoayuda de la población preparó el
camino para acabar con la intervención y el apoyo de los gobiernos estatales y
locales»6.
Turner y sus
seguidores en el Banco Mundial idealizaban considerablemente los bajos costes y
los resultados del aumento de la autoconstrucción. Como señala el estudio de
Kavita Datta y Gareth Jones, la pérdida de las economías de escala en la
construcción de viviendas provoca o unos precios muy altos de los materiales
(adquiridos en pequeñas cantidades a los minoristas cercanos) o la utilización
de materiales de segunda mano y de poca calidad. Datta y Jones continúan
diciendo que «la autoconstrucción de la vivienda es en parte un mito: la mayor
parte se realiza con la colaboración remunerada de artesanos y trabajadores
cualificados»7.
Aún más importante,
las previsiones de recuperación de costes en los préstamos del Banco Mundial,
que formaban parte del
endurecimiento de
los dogmas neoliberales, supusieron en la práctica dejar a los más pobres fuera
de ellos. Lisa Peattie, una de las críticas más mordaces del Banco Mundial,
señalaba que en 1987 entre un 30 y un 60 por 100 de la población, dependiendo
del país, no podía hacer frente a las obligaciones financieras de los programas
de «urbanización y servicios» o de los créditos para la mejora de la vivienda8. Por otro lado, se
reprodujo lo mismo que había sucedido con la vivienda pública, esto es, los
proyectos más ambiciosos y promocionados del Banco Mundial tendían a caer en
manos de las clases medias o no necesitadas.
Filipinas fue un
país piloto para la nueva estrategia global del Banco Mundial. Trabajando con
la dictadura de Ferdinand Marcos, el personal del Banco identificó 253 «áreas
de desarrollo prioritario», empezando por el área costera hiperdegradada de
Tondo situada en el área metropolitana de Manila. Pero según señala Erhard
Berner, «las inversiones simplemente se escurrieron hacia las promotoras
inmobiliarias y la industria de la construcción». Por ejemplo, St. Joseph’s
Village ubicado en la ciudad de Pasig se anunció con gran despliegue como un
proyecto modelo para familias pobres, e Imelda Marcos incluso recurrió al papa
Pablo VI como patrocinador oficial. Sin embargo, de acuerdo con Berner, cinco
años después «todos los residentes iniciales se habían ido porque sus lotes
habían sido vendidos a familias más ricas»9. El fracaso fue
tan sonado que el Banco Mundial rediseñó el programa para centrarse en
programas de «urbanización y servicios» en zonas fuera de la región
metropolitana de Manila. La lejanía de estas localizaciones las volvía poco
atractivas para los ricos, pero al mismo tiempo también eran odiadas por los
pobres por las distancias respecto a los centros de trabajo y de servicios.
Como señala Berner, al final, los heroicos esfuerzos del Banco Mundial dejaron
la mayoría de las áreas urbanas hiperdegradadas objeto de intervención «tan
congestionadas y ruinosas como siempre»10.
Otro de los
proclamados laboratorios del Banco Mundial fue la ciudad de Bombay, donde las
promesas de mejorar drásticamente las áreas hiperdegradadas afectaban a 3
millones de personas y cuyos resultados fueron de nuevo irrelevantes. El
programa sanitario
pretendía alcanzar
1 inodoro por cada 20 residentes, pero los resultados quedaron en 1 por cada
100 al tiempo que el mantenimiento tan solo esporádico de las instalaciones
impidió una mejora de la salud pública. «En 1989, el plan de intervención en
estas zonas se había quedado bastante corto respecto a las expectativas y
solamente el 9 por 100 de los beneficiarios pertenecían a sectores de rentas
bajas»11.
El balance general
de la primera remesa de proyectos urbanos del Banco Mundial en África arroja
los mismos resultados deprimentes y negativos. Después de su intervención en
Dar-es-Salam entre 1974 y 1981, un estudio señala que «la mayor parte de la
población con parcelas de los programas de “urbanización y servicios” había
vendido sus parcelas y se habían ido a acampar en terrenos vacíos de la
periferia de las áreas urbanas». La mayor parte de las parcelas de estos
programas habían acabado en manos de empleados del Estado y de la clase media12. Para el experto
Charles Choguill es un resultado lógico, habida cuenta de que los ahorros
mínimos que exigía el Banco Mundial para tener derecho a los créditos para la
construcción eran tan elevados que automáticamente excluían a la mayor parte de
la gente13. Igualmente en
Lusaka y Dakar, los créditos llegaron solamente a la quinta parte de sus
presuntos destinatarios14.
En 1993 A. Oberai,
de la OIT, concluía que los proyectos del Banco Mundial de intervención en
áreas urbanas hiperdegradadas y los programas de «urbanización y servicios» no
habían tenido ningún impacto visible sobre la crisis de la vivienda en el
Tercer Mundo: «A pesar de los esfuerzos realizados para que los proyectos
fueran ampliables, su mismo enfoque supone concentrar excesivos esfuerzos y
recursos institucionales en demasiados pocos lugares, y no ha sido capaz de
elevar la oferta de vivienda hasta el nivel deseado. El planteamiento del
proyecto es por lo tanto incapaz de producir un impacto significativo sobre el
problema del alojamiento en la mayoría de los países en vías de
desarrollo» 15. Otras voces
críticas señalan la disociación que presenta entre la provisión de vivienda y
la creación de empleo, y la inevitable tendencia a situar los programas de
«urbanización y servicios» en las periferias con
servicios de
transportes mínimos o nulos16. A pesar de todo,
el Banco Mundial continua presentando su estrategia, actualmente rebautizada
como «desarrollo del sector global de la vivienda», como la más apropiada para
mejorar las condiciones de las áreas urbanas hiperdegradadas.
El
imperialismo light
Desde mediados de
la década de 1990, el Banco Mundial, el Programa de Desarrollo de Naciones
Unidas y otras instituciones de ayuda se han saltado de manera creciente a los
gobiernos para trabajar directamente con ONG regionales o locales.
Evidentemente, la revolución de las ONG (en la actualidad hay decenas de miles
en las ciudades del Tercer Mundo) han redibujado el panorama de la ayuda al
desarrollo de la misma manera que en Estados Unidos la Guerra contra la Pobreza
de la década de 1960 transformó las relaciones entre las maquinarias políticas
de la gran ciudad y las circunscripciones de los centros urbanos, habitualmente
más pobres e infradotados17. A medida que el
papel intermediario del Estado ha ido disminuyendo, las grandes instituciones
internacionales, a través de ONG dependientes de ellas, han echado sus propias
raíces en miles de áreas y comunidades urbanas sin recursos. Lo habitual es que
un patrocinador internacional como el Banco Mundial, el Departamento de
Desarrollo Internacional del Reino Unido, la Fundación Ford o la Fundación
Friedrich Ebert, trabaje con una de las grandes ONG que a cambio proporcionará
expertos a una ONG local o a la comunidad autóctona. Este sistema escalonado de
coordinación y financiación se presenta normalmente como la última palabra en
«capacitación», «sinergia» y «gobierno participativo».
Por parte del Banco
Mundial, el papel ascendente de las ONG se corresponde con la reorientación de
los objetivos del Banco bajo la presidencia de James Wolfensohn, un financiero
y filántropo nacido en Australia que accedió al cargo en 1995. Wolfensohn, según
cuenta su biógrafo Sebastian Mallaby, llegó a Washington como autoproclamado
negociador mundial, «buscando reavivar la energía
mesiánica del banco
de McNamara» y estableciendo la reducción de la pobreza y la «colaboración»
como las piezas clave de su agenda. Solicitó de los gobiernos del Tercer Mundo
que permitieran la participación de las ONG y de los grupos de apoyo, en la preparación
de los Poverty Reduction Strategy Papers (PRSP) [Documentos Estratégicos sobre
Reducción de la Pobreza], que se exigían para comprobar que la ayuda iba a
llegar a los grupos a los que iba destinada. Wolfensohn también incorporó a los
estratos superiores del mundo de las ONG a las redes de funcionamiento del
Banco y a pesar de la emergencia del movimiento antiglobalización, cosechó un
éxito completo al «transformar a los enemigos de la cumbre de Madrid de 1994 en
compañeros de mesa»18.
Aunque algunos
críticos inicialmente alabaron este «giro participativo» del Banco Mundial, los
auténticos beneficiarios han sido las ONG más que las poblaciones locales. En
una publicación especializada, en la que se incluía un reportaje sobre el
Instituto Panos con sede en Londres, Rita Abrahamsen concluía que «más que
capacitar a la sociedad civil, el proceso de los PRSP ha afianzado la posición
de un pequeño y homogéneo “triángulo de hierro”, formado por profesionales de
diversos países procedentes de ministerios clave (especialmente Hacienda),
agencias de desarrollo multilateral o bilateral y ONG»19. Durante su breve
estancia en el Banco Mundial, el premio Nobel Joseph Stiglitz habló del
nacimiento de un «consenso postWashington»; sin embargo sería más acertado
calificarlo como el nacimiento de un «imperialismo light» con las
principales ONG incorporadas a la agenda del Banco Mundial y los grupos sobre
el terreno dependiendo de ONG internacionales20.
Pese a toda la
rutilante retórica sobre democratización, autoayuda, capital social y
fortalecimiento de la sociedad civil, en este nuevo universo de ONG las
relaciones de poder reales no se diferencian mucho del clientelismo
tradicional. Por otro lado, de la misma manera que las organizaciones
comunitarias auspiciadas durante la Guerra contra la Pobreza de la década de
1960, las ONG del Tercer Mundo han demostrado su eficacia en la captación de
líderes locales y en la apropiación del espacio social que
tradicionalmente
ocupaba la izquierda. Incluso aunque haya excepciones importantes, como las ONG
implicadas en el Fórum Social Mundial, el impacto mayor de las ONG y de la
«revolución de la sociedad civil», como incluso reconocen algunos de los
expertos del Banco Mundial, ha consistido en la burocratización y desactivación
de los movimientos sociales urbanos21.
Así, la economista
Diana Mitlin hablando sobre América Latina señala que por una parte, las ONG
«se apoderan de la capacidad de edificar de las comunidades al hacerse cargo de
la toma de decisiones y del papel de negociador», mientras que, por otra, se encuentran
presionadas por «las dificultades de administrar los fondos de los donantes y
el énfasis que estos últimos hacen sobre los proyectos a corto plazo, las
responsabilidades financieras y los resultados tangibles»22. Refiriéndose al
caso de Argentina, el arquitecto Rubén Gazzoli se queja de que las ONG
monopolizan el conocimiento especializado y el papel de los intermediarios de
la misma forma que las maquinarias políticas tradicionales23. La historiadora
Lea Jellinek, después de haber pasado más de veinticinco años estudiando la
pobreza en Yakarta, contaba como una conocida ONG que actuaba como un
microbanco de barrio, «comenzó como un pequeño proyecto de barrio dirigido
hacia las necesidades y capacidades de las mujeres locales», más tarde
experimentó un crecimiento tipo Frankenstein «que la llevó a convertirse en una
burocracia enorme, compleja, orientada hacia las cuestiones técnicas y
estructurada de arriba abajo» que era «menos responsable y menos solidaria con
sus propias bases»24.
Desde la
perspectiva de Oriente Próximo, Asef Bayat lamenta la exageración de las
capacidades de las ONG, señalando que «su potencial para una organización
democrática e independiente en general se ha sobreestimado. La profesionalidad
de las ONG tiende a producir la disminución de la característica movilización
del activismo de base, al mismo tiempo que establece una nueva forma de
clientelismo»25. Hablando sobre
Calcuta, Frederic Thomas argumenta que «las ONG son esencialmente
conservadoras. Están dirigidas por funcionarios civiles retirados y hombres de
negocios mientras la base la forman trabajadores sociales con estudios
básicos procedentes
del desempleo y amas de casa que no tienen raíces en las áreas urbanas
hiperdegradadas»26. El veterano
activista P. K. Das, que realiza su trabajo en Bombay, ofrece una crítica aún
más áspera del trabajo de las ONG en esas áreas.
Sus esfuerzos se
encaminan constantemente a socavar, desinformar y acabar con los ideales de la
gente, de manera que se mantengan al margen de la lucha de clases. Adoptan y
propagan las prácticas de pedir favores hablando de comprensión y de razones
humanitarias y permanentemente evitando que los oprimidos tomen conciencia de
sus derechos. Sistemáticamente, estas organizaciones intervienen para frenar
las vías de movilización que la gente emprende para luchar por sus
reivindicaciones. Su esfuerzo constante es convertir los grandes males
políticos del imperialismo en cuestiones meramente locales, evitando con ello
que la gente diferencie entre quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos27.
Estas quejas se
amplían con más detalles en el polémico libro de Gita Verma, Slumming
India (2002), un fiero ataque digno de Swift al culto urbano de las
ONG. Gita Verma es una rebelde exiliada de lo que ella llama «el sistema» que
describe a las ONG como «una nueva clase» de hombres medios que con la
bendición de filántropos extranjeros están usurpando las auténticas voces de
los desheredados. Clama contra el paradigma del Banco Mundial de intervención
en las áreas hiperdegradadas que las presenta como realidades eternas, así como
contra los movimientos en contra de los desalojos que renuncian a realizar
reivindicaciones más radicales. «El derecho a permanecer no es un gran
privilegio […] ocasionalmente puede detener a las excavadoras, pero por lo
demás hace poco más que cambiar la etiqueta: de problema, a solución.» Y añade
refiriéndose concretamente a Dehli: «Recuperar el área urbana hiperdegradada
exige atacar el desequilibrio que supone el que entre una tercera o una cuarta
parte de la población viva en solamente un 5 por ciento del terreno»28.
El análisis de
Verma incluye una crítica devastadora de dos de los más importantes proyectos
de reforma de áreas hiperdegradadas urbanas acometidos en India. El primero,
financiado por el Reino Unido y centrado en Indore (en la región central de
India), obtuvo galardones en la II Conferencia de UN-Habitat en Estambul en
1996 y del Aga Khan en 1998, y fue «un desastre total presentado como
un gran éxito». En
teoría iba a proporcionar agua y conexiones con el alcantarillado a las
viviendas de las áreas hiperdegradadas, pero aunque los barrios obtuvieron
conducciones de agua, no había suficiente para beber y mucho menos para cargar
las cisternas, con lo que las aguas residuales volvían a entrar en las casas y
acababan en las calles; los casos de cólera y malaria se propagaron y la
población comenzó a morir víctima del agua contaminada. Cada verano, «se
multiplicaban los casos de beneficiarios del proyecto convertidos en personas
afectadas por el proyecto; aumentaban los cortes de agua, los sumideros se
atascaban, las enfermedades crecían, las lluvias monzónicas se echaban encima
[…] y se multiplicaban las razones para quejarse de la chapuza del proyecto y
su falta de calidad»29.
Verma se muestra
igualmente crítica con el proyecto Aranya de realojamiento que también recibió
profusos galardones: se trataba de uno de esos proyectos que realojan a una
ínfima parte de los afectados, pero proporcionan un reconocimiento
internacional para los «salvadores de las áreas degradadas». En este caso la
mayor parte de los logros se produjeron únicamente sobre el papel.
La realidad en
cuanto al proyecto Aranya es que los elementos que le han proporcionado el
éxito simplemente no existen en la realidad. No hay centro de la ciudad, ni
zonas verdes peatonales y sobre todo, no hay 40.000 personas viviendo allí.
Estas cosas solo existen en el proyecto y durante una década hemos estado
festejando un dibujo, una idea de diseño que no sabemos si funcionará porque
todavía no se ha realizado30.
Incluso críticos
menos ácidos que Verma se muestran de acuerdo en que la intervención del Banco
Mundial y de las ONG sobre las áreas urbanas hiperdegradadas, aunque puedan
producir éxitos a escala local, deja a la inmensa mayoría de la población sin
recursos abandonada a su suerte. La escritora y militante Arundhati Roy señala
que «las ONG acaban funcionando como los pitos de las ollas a presión. Desvían
y subliman las tensiones políticas para asegurarse de que la olla no acabe
explotando»31. El discurso
oficial gira en torno a vaguedades como «hacer posible» y el «buen gobierno»,
juegos de palabras que esquivan las realidades de la deuda y la desigualdad
global y encubren la ausencia de una
estrategia global
para aliviar la pobreza urbana. La brecha existente entre promesas y
necesidades quizá cree esa conciencia culpable que explicaría el fervor con que
algunas instituciones y ONG internacionales han abrazado las ideas de un
Hernando de Soto, convertido en el gurú del populismo neoliberal.
Como si de un John
Turner de la década de 1990 se tratara, Hernando de Soto sostiene que los males
que aquejan a las ciudades del Tercer Mundo no son tanto la falta de
inversiones y de empleo como el recorte de los derechos de propiedad.
Enarbolando la varita mágica de los títulos de propiedad, su Instituto por la
Libertad y la Democracia podría sacar grandes fondos de capital de las propias
áreas hiperdegradadas. Los pobres, sigue diciendo, son realmente ricos, pero no
pueden acceder a su riqueza (mejorar sobre la base de un sector informal) o
convertirla en capital líquido porque carecen de derechos formales y de títulos
de propiedad. De Soto asegura que los títulos crearían instantáneamente una
igualdad generalizada con un coste gubernamental pequeño o nulo; parte de esta
nueva riqueza serviría para proporcionar fondos a fin de que las microempresas,
que actualmente carecen de crédito, pudiesen generar empleo en las áreas
hiperdegradadas. Las ciudades de chabolas se convertirían en «terrenos de
diamantes». De Soto habla de «billones de dólares listos para ser utilizados si
podemos descifrar el misterio de cómo se transforman los activos en capital»32.
Irónicamente, las
propuestas de este Mesías del capitalismo popular no van, en la práctica, mucho
más allá de lo que la izquierda en América Latina o el Partido Comunista de
India en Calcuta llevan mucho tiempo reivindicando: seguridad de posesión para
los ocupantes informales. Pero los títulos, como señala Geoffrey Payne, son un
arma de doble filo. «Para los propietarios representan su incorporación formal
a la ciudad oficial, y una oportunidad de realizar lo que puede ser un
espectacular aumento de los activos. Para los inquilinos o los que no pueden
pagar los impuestos que acompañan a la propiedad, pueden suponer su caída de la
escalera de acceso a la vivienda.» En resumen, los títulos aumentan las
diferencias sociales y no hacen nada por ayudar a los inquilinos que forman la
gran mayoría de los
pobres de las ciudades. Payne advierte que incluso se corre el riesgo «de crear
una amplia subclase a la que se le prohíbe el acceso a cualquier forma de
vivienda asequible o aceptable»33.
Peter Ward señala
que en Ciudad de México, los títulos o la «regularización» han sido una
bendición a medias para los colonos. «No se trata tanto de
proporcionar a los pobres derechos de propiedad, como de incorporarlos al
sistema impositivo». Los beneficios de tener viviendas con garantías legales se
contraponen con la aparición de recaudadores de impuestos y cobradores municipales.
La regularización también socava la solidaridad entre los colonos, al
individualizar la lucha por la vivienda y al dar a los propietarios intereses
diferentes del resto de los pobladores. Los inquilinos, ocupantes y los
desplazados de la ciudad «se muestran más radicales y más dispuestos a las
manifestaciones antigubernamentales que aquellos que, de hecho, han sido
comprados por el gobierno a través de diferentes políticas de vivienda»34.
Esto es lo que ha
sucedido en São Paulo, donde las administraciones del Partido de los
Trabajadores, en el poder desde 1989, han tratado de regularizar y mejorar la
«vasta ciudad ilegal de los pobres». Aunque las reformas que ha realizado el PT
han producido algunos resultados admirables, Suzana Taschner, que ha estudiado
cuidadosamente su impacto, señala algunas repercusiones negativas:
«Desafortunadamente, las mejoras producen la consolidación de un mercado real
en el interior de la favela. La tierra y las viviendas se
convierten en bienes de consumo y los precios se disparan». Uno de
los resultados es la aparición de lo que Taschner llama «el área hiperdegradada
de la propia favela», a medida que las casas ocupadas se sustituyen
por mezquinos cortiços (viviendas vecinales) que alquilan
habitaciones a los más pobres35. Sin una
intervención pública decisiva en los mercados reales, los títulos de propiedad
por sí mismos son incapaces de mejorar la suerte de las grandes masas de
desheredados urbanos.
De todas maneras,
la receta mágica de Hernando de Soto sigue siendo muy popular por razones
obvias: es una estrategia que
promete ganancias
elevadas por el simple acto de firmar un papel y así bombear vida a los
cansados mensajes de autoayuda del Banco Mundial; encaja perfectamente con la
ideología neoliberal dominante y con el hincapié que hace esta institución en
las facilidades que debe otorgar el Estado para privatizar el mercado de la
vivienda; y por otra parte, es igualmente atractiva para los gobiernos porque
les promete algo: estabilidad, votos e impuestos a cambio de prácticamente
nada. Philip Amis señala que «aceptar los asentamientos ilegales es una manera
relativamente indolora y potencialmente rentable de apaciguar la pobreza urbana
del Tercer Mundo»36. Y como señalan
los geógrafos Alan Gilbert y Ann Varley refiriéndose a América Latina, se trata
de la clásica reforma conservadora: «La verdadera naturaleza de este proceso ha
contribuido a la mansedumbre política. El acceso a la propiedad ha individualizado
lo que de otra manera se hubiera podido convertir en una lucha mucho más
amplia»37.
Por la misma senda
se encuentran los ejemplos de Manila que proporciona Erhard Berner y que
muestran cómo la compra de terrenos y la formalización de la propiedad han
producido un aumento de las diferencias sociales y una amarga competencia entre
lo que alguna vez fue un movimiento de ocupación combativo.
La tarea de fijar
el valor social de la tierra, de conseguir que sea aceptado por los miembros y
eventualmente expulsar a aquellos que no pueden o no quieren pagar el precio,
es una dura prueba para las asociaciones locales. Los tiempos en los que la K-B
(asociación de ocupantes) era un «movimiento social» antisistémico, están
definitivamente acabados. Ahora que son propietarios, los dirigentes de la K-B
consideran obsoletas las relaciones con otras comunidades y dirigen sus miradas
hacia las instituciones del gobierno38.
Los beneficios que
produce la pobreza
Mientras las ONG y
las propuestas de desarrollo juguetean con «el buen gobierno» y «la mejora de
las condiciones» de las áreas hiperdegradadas, las poderosas tendencias del
mercado siguen empujando a la mayoría de la población sin recursos hacia esos
mismos márgenes de la vida urbana. Los éxitos de la solidaridad
internacional y de
las marginales intervenciones del Estado quedan empequeñecidos por el impacto
negativo de la inflación y de la especulación. Como sucedía en el caso de las
urbanizaciones piratas, el mercado real ha regresado a las áreas hiperdegradadas
para tomarse su venganza de los ocupantes, y a pesar de la eterna mitología
sobre las tierras libres y la resistencia heroica, la pobreza urbana se ve cada
día más convertida en vasalla de empresarios y propietarios de tierras.
Estas relaciones de
subordinación dentro de las áreas urbanas hiperdegradadas son una enfermedad
antigua, y sus manifestaciones contemporáneas evocan la comparación con lo que
sucedía en el siglo XIX. En el análisis que realiza Gareth Stedman Jones de la economía
política del londinense East End, una de las mayores áreas urbanas
hiperdegradadas del mundo en la época victoriana, se describe un círculo
vicioso de demoliciones de viviendas, subida de alquileres, masificación y
enfermedad. «Los mayores beneficios no procedían del auge de la inversión en
los barrios, sino de unos alquileres que estaban por las nubes en los centros
de las ciudades»39. Zonas marginales
como St. Giles, Whitechapel y Bethnal Green «atrajeron una inversión de la
aristocracia ante unas expectativas de elevados beneficios de las inversiones
en el exterior que quedaron bastante defraudadas», así como las esperanzas de
las frugales clases medias para quienes «la inversión en el centro pobre de la
ciudad era la forma más popular y accesible de obtener ganancias de capital».
Jones señala que un amplio abanico de la sociedad londinense que abarcaba desde
propietarios como Thomas Flight, de quien se decía que obtenía rentas de más de
18.000 alojamientos, a «pequeños comerciantes, constructores retirados amén de
las posesiones parroquiales, cada uno manejando unas cuantas casas», tuvieron
una lucrativa participación en la degradación del East End40.
De manera similar,
en Nápoles de fin-de-siècle, la «Calcuta europea», los
estudiosos contemporáneos observan maravillados el milagro de las elevadas
rentas que se pagaban en los míseros fondaci y locande.
Frank Snowden, en su extraordinario trabajo sobre la pobreza
napolitana señala que:
a finales de siglo,
la renta se había multiplicado por cinco, mientras la población de la ciudad se
había vuelto más pobre. Resulta irónico que las rentas más altas por metro
cuadrado procedían de las habitaciones más pequeñas de las áreas hiperdegradadas,
que en términos absolutos eran las más baratas y las que mayor demanda tenían.
Desgraciadamente, la demanda de alojamiento crecía con la pobreza, lo que
contribuía a la espiral de las rentas que afectaba precisamente a los más
desfavorecidos41.
La pobreza urbana
actual genera los mismos paradójicos y vergonzosos beneficios. Durante
generaciones los propietarios de tierras rurales de los países del Tercer
Mundo, han ido transformándose en los dueños de las áreas degradadas. «La
ausencia de propietarios de tierras es en gran parte un fenómeno urbano», la
base relativamente amplia que tiene la propiedad de la vivienda o la
legalización de las ocupaciones en América Latina, contrasta con lo que sucede
en muchas ciudades de Asia y África, señalan Hans-Dieter Evers y Rüdiger Korff42. En su estudio
comparativo, los dos investigadores alemanes descubrieron que en 16 ciudades
del sureste asiático, el 53 por 100 de la tierra pertenecía al 5 por 100 de los
terratenientes, mientras que en las ciudades alemanas, ese porcentaje se
reducía al 17 por 10043. Según señala
Erhard Berner, de hecho cerca de la mitad de Manila pertenece a un puñado de
familias44.
En India, se
calcula que las tres cuartas partes del espacio urbano pertenece al 6 por 100
de los propietarios, y que 91 personas controlan la mayoría de los terrenos
vacíos de Bombay45. La especulación
con el suelo echa por tierra la reforma de la vivienda en Karachi y otras
grandes ciudades paquistaníes. Como señala Ellen Brennan,
el gobierno de
Karachi ha intentado controlar la especulación limitando el número de parcelas
que puede tener cada persona, pero la utilización de los lazos familiares ha
sido una sencilla manera de saltarse la ley. Las ganancias de activos y de
rentas del capital han dirigido a los inversores hacia parcelas que nunca han
pretendido ocupar y como muestra de ello, podemos ver que de las 260.000
parcelas desarrolladas por el gobierno durante la década de 1970, entre 80.000
y 100.000 se pueden considerar como inversiones y permanecían vacías diez años
después46.
Esta tendencia
hacia el latifundio urbano, está fuertemente enraizada en la
crisis y en el declive de la economía productiva. Es
de suponer que hubo
un tiempo en que el valor de los terrenos urbanos estaba relacionado con el
crecimiento económico y la inversión industrial. Sin embargo, desde la década
de 1970, la relación se ha evaporado a medida que el patrimonio urbano se ha
ido convirtiendo en un imán para el ahorro nacional. La crisis de la deuda, la
inflación galopante y la terapia de choque que aplicó el FMI a finales de la
década de 1970 y a lo largo de la de 1980, destruyeron la mayor parte de los
incentivos a la inversión industrial y al empleo público, y los Programas de
Ajuste Estructural canalizaron el ahorro nacional desde las actividades
productivas hacia la especulación del suelo. Hablando sobre Accra, el
economista Kwadwo Konadu-Agyemang señala que «el elevado índice de inflación ha
desanimado el ahorro y ha convertido la inversión en terrenos parcialmente
urbanizados, en la forma más segura y rentable de mantener activos que también
podrían venderse en divisas extranjeras»47.
El resultado ha
sido el nacimiento o la persistencia de florecientes burbujas de propiedad en
medio de un estancamiento o declive generalizado de la economía. Çağlar Keyder
centrándose en Estambul señala que «en la década de 1980, la situación de
inflación generalizada convirtió el patrimonio inmobiliario en el sector más
rentable […] donde se juntaban la corrupción política, el desarrollo
capitalista y los financieros internacionales»48. En Ankara el
flujo de la inversión se dirigió hacia la reconversión de áreas degradadas en
barrios de torres de apartamentos. Özlem Dündar explica cómo la localización
central de los antiguos gecekondus los convirtió en blancos
irresistibles para el proceso de renovación y aburguesamiento que desarrollaban
a gran escala las inmobiliarias, que al mismo tiempo tenían «la influencia
política y la capacidad financiera necesarias para resolver la gran confusión
que había en los gecekondus en torno a las cuestiones de
propiedad»49.
En el mundo árabe,
como ha puesto de relieve Janet Abu-Lughod, los ingresos petrolíferos y las
ganancias en los mercados exteriores no han revertido en la producción sino «en
el suelo como “banco” para el capital. El resultado ha sido una creciente especulación
que convierte en imposible una planificación racional de la ciudad y en
algunos casos una
construcción desorbitada de pisos de lujo»50. En el caso de
Egipto, el estallido del suelo urbano de la década de 1990, se vio reforzado
por subvenciones públicas masivas al sector bancario y a los empresarios que
gozaban del favor político. Como muestra el geógrafo Timothy Mitchell en su
llamativo estudio sobre «Dreamland», un suburbio de El Cairo:
[…] el ajuste
estructural estaba pensado para producir una explosión de las exportaciones, no
del sector de la construcción. Egipto tenía que prosperar vendiendo frutas y
vegetales a Europa y a los países del Golfo, no asfaltando campos para hacer
autopistas de circunvalación. Pero al margen del petróleo, los bienes
inmobiliarios han sustituido a la agricultura como el tercer sector que mayores
inversiones atrae, después de la industria y el turismo. Por otra parte, se le
podría considerar el primero de los tres, ya que la mayor parte de las
inversiones que se producen en el sector turístico se dirigen hacia la
construcción de pueblos y casas para vacaciones, lo que no deja de ser otra
forma de inversión en bienes inmobiliarios51.
Aunque el metro de
El Cairo haya doblado su recorrido en los últimos cinco años y en el desierto
de la parte oeste de la ciudad aparezcan nuevos barrios, la crisis de la
vivienda sigue estando viva. La mayor parte de las nuevas viviendas siguen
siendo demasiado caras para los pobres, y una gran parte de ellas se encuentran
vacías porque sus dueños están trabajando en Arabia Saudita o en los Países del
Golfo. Según Jeffrey Nedoroscik, «más de un millón de apartamentos están vacíos
[…] no hay escasez de viviendas como tal, de hecho El Cairo está lleno de
edificios medio vacíos»52.
«Dacca, la
megaciudad más pobre del planeta, ha sufrido –explica Ellen Brennan– una
intensa especulación inmobilidaria en torno al suelo. Se calcula que una
tercera parte de los ahorros procedentes de la emigración que recibe el país se
han invertido en compras de terrenos. Los precios del suelo han crecido entre
un 40 y un 60 por 100 más deprisa que otros bienes y están completamente
disparados en relación a los niveles de ingresos»53. Otro ejemplo lo
encontramos en la ciudad de Colombo en Sri Lanka, donde el valor de la
propiedad urbana se multiplicó por mil desde finales de la década de 1970 y a
lo largo de la de 1980, enviando a un gran
número de personas
residentes en la zona urbana hacia áreas periurbanas54.
Los alojamientos
masificados y que a duras penas se mantienen en pie, son frecuentemente más
rentables por metro cuadrado que otras modalidades de inversión inmobiliaria.
En Brasil, donde una parte importante de la clase media es el casero de los
pobres, la propiedad de unos cuantos alojamientos, çorticos, ha
lanzado a muchos profesionales y pequeños empresarios hacia los estilos de vida
de Copacabana. Los investigadores de UN-Habitat se sorprendieron al encontrar
que «la renta media por metro cuadrado en los çorticos de São
Paulo es un 90 por 100 más alta que la del sector formal de la vivienda»55. A través de
urbanizadores piratas que funcionan como intermediarios, los propietarios ricos
venden en Quito parcelas en las laderas de las colinas y en los barrancos,
situadas por encima de los 2.850 metros de altura que alcanza el suministro de
agua municipal, a emigrantes hambrientos de tierra, dejando que sean los
residentes los que se pongan a luchar para acceder a los servicios públicos56. Debatiendo sobre
el mercado pirata de la vivienda en Bogotá, el economista Humberto Molina se
queja de que «los especuladores están desarrollando la periferia urbana con
unos precios de monopolio y unos beneficios enormes»57.
En su estudio sobre
Lagos, Margaret Peil explica que «ha habido muchas menos ocupaciones que en el
este de África o en América Latina, debido a que el bajo nivel de control
gubernamental sobre la construcción hacía que la vivienda legal fuera fácil y
rentable de construir: edificar para los pobres era un buen negocio […] la
mejor inversión que se podía encontrar y la que producía una amortización
rápida del capital»58. Los acomodados
propietarios de Lagos preferían alquilar antes que vender, de manera que
pudieran seguir manteniendo el control de los beneficios en un mercado que se
revaluaba rápidamente59. Como en Kenia,
los políticos junto a los jefes de las comunidades tradicionales han sido los
mayores especuladores60.
Las áreas
hiperdegradadas de Nairobi son una gran fuente de ingresos para los políticos y
las clases más acomodadas. Aunque la
mayor parte de los
alquileres se producen «sin que haya una base legal […] las relaciones de
propiedad existen de hecho gracias a la corrupción del sistema político»61. En Mathare, donde
28.000 personas, los más pobres de entre los pobres, alquilan casuchas de barro
y caña de 9 por 12 metros, un estudio realizado por el Ministerio de
Comunicaciones, señalaba que los propietarios «son frecuentemente prominentes
figuras públicas, se encuentran en su órbita o son individuos y empresas
acaudaladas»62. Otro trabajo de
Naciones Unidas recogía el hecho de que «el 57 por 100 de los alojamientos en
las áreas degradadas de Nairobi pertenecen a políticos y funcionarios civiles,
y las chabolas son las viviendas más rentables de la ciudad. Un propietario en un
área hipedegradada que pague 160 dólares por una chabola de 9 metros cuadrados,
recupera su inversión en cuestión de meses»63.
Como muestra este
ejemplo de Nairobi, y como también sucede en Egipto, Pakistán, China y Mali
entre otros muchos países, la especulación florece incluso cuando los terrenos
son oficialmente de propiedad pública. En la región metropolitana de El Cairo,
el arquitecto Khaled Adham señala que «la venta a bajo precio de terrenos
públicos ha supuesto un cambio hacia las manos privadas del desierto que rodea
a la ciudad». Los beneficiarios han sido «una nueva clase de empresarios que
están cada vez más relacionados con el Estado y las corporaciones
internacionales». Se habla de que altos cargos del régimen de Mubarak tienen
intereses ocultos en las empresas que desarrollan las urbanizaciones del
desierto, al oeste de las pirámides de Giza64.
La periferia de
Karachi se supone que está formada por terrenos públicos controlados por la
Autoridad del Desarrollo. Sin embargo, como señalan Peter Nientied y Jan van
der Linden, este organismo se ha mostrado totalmente incapaz de «proporcionar
vivienda a los sectores con rentas más bajas», la periferia se ha dividido
ilegalmente entre sindicatos de funcionarios, policías corruptos e individuos
de las clases medias a los que se llama dalals. Al final de
todo, lo que han tenido que hacer los habitantes de las áreas hiperdegradadas
ha sido buscarse un padrino. «Habida cuenta de que toda la operación es ilegal,
las solicitudes, por definición, se
basan en los
favores más que en los derechos»65. El trabajo de
Erhard Berner sobre la ciudad de Hyderabad en India muestra cómo «los
usurpadores de terrenos en complicidad con el Consejo de Rentas» se apropiaron
de un ambicioso proyecto de viviendas para desfavorecidos, extorsionando
mediante cuotas ilegales a los residentes y robando extensiones de terrenos
públicos. «El recurso a la policía empeoró la situación, ya que esta no hizo
otra cosa que apropiarse del papel de los extorsionadores y dedicarse a
recaudar ellos directamente»66.
La especulación
ilegal en la periferia urbana se ha convertido en una de las principales formas
de la corrupción oficial en China. Según informaba The New York Times, «en
un pequeño pueblo de la rica provincia de Zhejian, los agricultores estaban
cobrando 3,040 dólares por mu ˇ , solamente para ver cómo los
funcionarios de la ciudad los revendían a las inmobiliarias a 122 dólares mu?».
Un viejo campesino se quejaba de que «los funcionarios expropiaron la tierra
para invertir en desarrollo y, sin embargo, se han estado metiendo el dinero en
su propio bolsillo». En Shaanxi una mujer que se quejaba recibía la siguiente
respuesta de un funcionario del Partido Comunista: «¿Así que tú, pobre basura
crees que puedes oponerte al gobierno de la ciudad? No tienes ni una sola
maldita oportunidad»67.
En Bamako (Mali),
donde la propiedad comunal del suelo coexiste con el mercado formal, a medida
que las necesidades fueron en aumento, la periferia de las ciudades se fue
dividiendo según la tradición, entre los cabezas de familia. Sin embargo, en la
práctica, igual que había sucedido en Karachi, la nueva casta de burócratas se
apropió del sistema. «Dos tercios de las parcelas fueron a parar a manos de los
especuladores en lugar de alojar a la familia del supuesto propietario El
problema venía de la yuxtaposición de dos conflictivas formas de propiedad: la
primera un sistema tradicional, teóricamente igualitario de asignación de
tierras, y la otra un mercado puramente comercial con títulos de propiedad ya
registrados. Esta mezcla hacía mucho más sencillo el obtener sustanciosos
beneficios.» Comerciantes y funcionarios civiles se convirtieron en
arrendadores urbanos, mientras una creciente parte
de la población se
convirtió en inquilinos o en «ocupantes ilegales
[…] políticamente
apoyados por una parte de la clase dirigente»68. Por último, la
ocupación también puede ser una saludable
estrategia de las
elites para manipular los valores de los terrenos. Escribiendo sobre Lima, el
geógrafo Manuel Castells describe cómo la ocupación ha sido utilizada por los
terratenientes como una forma de iniciar un proceso de urbanización.
Con mucha
frecuencia, los propietarios de la tierra y los empresarios privados han
manipulado a los protagonistas de la ocupación para lograr la incorporación del
terreno al mercado inmobiliario. Primero obtenían para los asentamientos
ilegales infraestructuras básicas que aumentaban el valor de la tierra y abrían
el camino para una construcción de viviendas muy rentable. Después expulsaban a
los ocupantes ilegales que se veían obligados a volver a empezar en la nueva
frontera de una ciudad que se había ampliado a base de sus esfuerzos69.
Más recientemente,
Erhard Berner observó el mismo proceso de «invasiones toleradas» en Manila,
donde la ocupación «convirtió áridas laderas de colinas, campos marginales o
zonas pantanosas en terreno edificable» produciendo un aumento del valor de los
terrenos para los propietarios, que podían elegir después entre expulsar a los
ocupantes o establecer suculentos alquileres70.
¿El fin de la
frontera urbana?
El ocupante sigue
siendo el mayor símbolo humano de la ciudad en el Tercer Mundo tanto en el
papel de héroe como en el de víctima. Sin embargo, la edad de oro en la que la
ocupación se realizaba sin costes o con costes mínimos había acabado claramente
en 1990. Ya en 1984 en una reunión de expertos en Bangkok se advertía que «la
ocupación gratuita de la tierra es un fenómeno temporal», y que «las opciones
que planteaban soluciones informales a la crisis de la vivienda se han visto
reducidas y lo serán aún más en el futuro, a medida que las organizaciones
privadas vayan tomando el control de la urbanización en la periferia».
Asimismo, la formalización de títulos de propiedad aceleraba el proceso por el
que empresarios que
sorteaban o
corrompían los planes de urbanización estaban en condiciones de privatizar la
ocupación71.
Unos años más
tarde, Ellen Brennan repetía la misma advertencia: «Muchas de las opciones que
existían anteriormente para la población con menos recursos, como los terrenos
públicos abandonados, están desapareciendo rápidamente al restringirse el
acceso a los terrenos de la periferia. Los terrenos libres en general están
siendo controlados y urbanizados por las empresas, de manera legal o ilegal».
Brennan observaba que el problema era común tanto para los lugares donde el
terreno era mayoritariamente de propiedad pública, como Karachi y Delhi, como
para los que estaban en manos privadas como Manila, Seúl y Bangkok72.
En el mismo
periodo, Alan Gilbert escribía con creciente pesimismo sobre el papel que iban
a cumplir en el futuro la ocupación y la autoayuda en el área de la vivienda,
como válvulas de seguridad para las contradicciones sociales urbanas en América
Latina. Pronosticaba que la confluencia de las urbanizaciones piratas, del
estancamiento económico y de los costes de transporte haría que la propiedad de
la vivienda en la periferia o en los barrios de chabolas resultara menos
atractiva de lo que había sido hasta entonces: «Cada vez más familias ocuparán
parcelas más pequeñas, tardarán más tiempo en consolidar sus casas y se verán
obligadas a vivir más tiempo sin acceso a servicios»73. Alain
Durand-Lasserve, otra autoridad mundial en el tema, aunque remarcaba que los
mercados inmobiliarios de la periferia todavía proporcionaban un alternativa
importante a las familias de clase media, se mostraba de acuerdo con Brennan y
Gilbert en que «la incorporación al mercado había cerrado prácticamente la
puerta de acceso libre a la tierra» que la población sin recursos había
disfrutado hasta entonces74.
Por todas partes,
los poderosos intereses locales representados por grandes constructores,
políticos y juntas militares, han ido tomando posiciones para beneficiarse de
las ventas de terrenos periféricos a emigrantes y asalariados urbanos. Como
ejemplo se puede citar la encuesta sobre la propiedad de la periferia en
Yakarta, que revelaba que «grandes extensiones de terrenos,
especialmente en
las colinas de Priangan, han cambiado de manos, y ahora pertenecen a las
familias de altos mandos militares, a elites funcionariales y a otros miembros
de la clase privilegiada»75. Keith Pezzoli
encontró que lo mismo sucede en Ciudad de México, donde la mayor parte de la
vivienda nueva proviene de la división de las comunas rurales conocidas
como ejidos, y donde la población de estas comunas «es la
víctima del proceso de urbanización a medida que los constructores y
especuladores van tomando el control del terreno»76. En Bogotá, a
medida que los constructores proyectan viviendas en la periferia para la clase
media, el valor de los terrenos va quedando fuera del alcance de los pobres,
mientras que en Brasil la especulación está presente en todo tipo de terrenos y
se calcula que una tercera parte del suelo edificable se encuentra libre a la
espera de futuras revalorizaciones77.
La periferia urbana
de China se ha convertido en el escenario de un conflicto social entre los
gobiernos de las ciudades y los agricultores pobres. El apetito insaciable que
muestran los responsables del desarrollo hacia tierras nuevas destinadas a la
actividad económica o a la residencia, expulsa a los campesinos con unas
compensaciones mínimas; igualmente, los pueblos y barrios obreros tradicionales
se ven arrasados rutinariamente por construcciones masivas de las que se
benefician los funcionarios y miembros corruptos del partido. Las protestas se
silencian con las fuerzas de la policía y frecuentemente acaban en la cárcel78.
La población sin
recursos de Manila se ha visto arrojada a la ilegalidad por unos precios del
suelo que excluían del mercado formal a un amplio sector de la población. Greg
Bankoff señala que «durante la década de 1980, el precio del suelo subió entre
35 y 40 veces en Quezon City, entre 50 y 80 en Makati, entre 250 y 400 en
Diriman, y en 2.000 veces en Escolta. En 1996 el distrito central estaba
registrando una subida anual del 50 por 100, e incluso el valor de los terrenos
de la periferia subía un 25 por 100»79. La vivienda
formal se volvió inasequible para cientos de miles de personas y la única
alternativa que quedaba para la población sin recursos era arriesgar la vida en
los esteros, las zonas propensas a las inundaciones,
establecerse en los cauces de ríos u ocupar las
huecos de los barangays [unidad
mínima del gobierno municipal], de donde fácilmente eran expulsados con
violencia.
Por todo el Tercer
Mundo, la frontera de la que hablaba John Turner, donde comenzaban las tierras
libres, ha desaparecido: los miserables «barrios de esperanza» se han
sustituido por el latifundismo urbano y el capitalismo descarnado. La
restricción o el fin de las oportunidades para ocupar terrenos en las
periferias han tenido una repercusión muy importante sobre la estabilidad de
las ciudades pobres. Acompañando al aumento creciente de los arrendatarios, la
especulación del suelo en un contexto de estancamiento o declive del empleo
formal, ha disparado la densidad de población en las áreas hiperdegradadas.
Kibera en Nairobi y Cité Soleil en Puerto Príncipe han alcanzado densidades de
población similares a las de las granjas de pollos, por encima de los famosos
barrios congestionados que formaban el Lower East Side en la década de 1900 o
de núcleos urbanos contemporáneos como Tokio y Manhattan. La mayor de estas
áreas urbanas hiperdegradadas de Asia, se encuentra en Dharavi en Bombay, y
alcanza una densidad de población que dobla la que tenían Nueva York o la
propia Bombay en el siglo XIX y que para Roy Lubove eran «los lugares más superpoblados del
planeta»80.
Esta implacable
explosión resulta difícil de creer. En los bustees de Calcuta
la media de personas por habitación es de 13,4. Si se da crédito a las
estadísticas municipales, Dharavi soporta a 18.000 personas por cada 4.000
metros cuadrados, en habitaciones de 3 por 4,5 metros apiladas unas encima de
otras81. Manshiyet Nasr, a
los pies de Muqattam Hills en El Cairo, se encuentra ligeramente menos
congestionado: solamente medio millón de personas se apiñan en menos de 350
hectáreas y en la parte sur, «en condiciones dantescas» los famosos zaballeen buscan
su subsistencia en las basuras82. Las favelas de
Río crecen al estilo de Manhattan como respuesta a la falta de terreno y a la
creciente demanda de habitaciones de alquiler. Suzana Taschner señala que
«podemos ver cómo simultáneamente con la localización periférica de las favelas,
se produce un crecimiento vertical de las más
antiguas, donde
frecuentemente se encuentran edificios en alquiler que llegan a las seis
plantas»83.
Gracias a la
mercantilización del desarrollo en las fronteras urbanas, el aumento de la
densidad de población se produce actualmente tanto en el centro urbano como en
las periferias. En Caracas, por ejemplo, los barrios están
creciendo un 2 por 100 anual, y gran parte de este porcentaje recae sobre el
crecimiento vertical en las laderas de la montaña. Un grupo de investigadores
de la Universidad de Columbia, estudiando los peligros de los corrimientos de
tierras en la ciudad, se quedaron asombrados por la faceta montañera que
implica el ser pobre en Venezuela. «Algunos residentes tienen que escalar el
equivalente a 25 pisos para alcanzar sus ranchos, y el
habitante medio del barrio tiene un paseo de 30 minutos andando para llegar
hasta el transporte público»84. En Bogotá, la
expansión hacia el sur de las áreas hiperdegradadas no ha sido obstáculo para
mantener una elevada densidad de población, a pesar del aumento del tamaño de
las casas que se produce en la periferia85.
Ajegunle, el mayor
arrabal de Lagos, representa la peor de las combinaciones, una localización
extremadamente periférica unida a una masificación extrema. En 1972 Ajegunle
reunía a 90.000 personas sobre 8 kilómetros cuadrados de terrenos pantanosos;
actualmente un millón y medio de personas se amontonan sobre una superficie
ligeramente mayor, empleando una media de tres horas diarias en transporte86. Lo mismo sucede
en Kibera, en las afueras de Nairobi, donde más de 800.000 personas luchan por
su subsistencia en medio de la basura y del barro, mientras afrontan unos
gastos de transporte excesivos y unos alquileres desorbitados. Rasna Warah, en
su informe para UN-Habitat, pone el ejemplo de la vendedora de verduras
ambulante que se gasta la mitad de los 21 dólares de sus ingresos mensuales en
el transporte de ida y vuelta hasta el mercado87.
La mercantilización
de la vivienda en una metrópolis demográficamente dinámica pero carente de
puestos de trabajo es una excelente receta para producir el círculo vicioso de
rentas en ascenso y masificación continua, que se registraba en Londres y
Nápoles a finales
del siglo XIX. Las fuerzas del
mercado a las que apela el Banco Mundial para resolver la crisis de la vivienda
en el Tercer Mundo son las instigadoras clásicas de esa misma crisis. Pero el
mercado rara vez actúa en solitario. En el próximo capítulo analizaremos la lucha
de clases en los espacios urbanos de las ciudades del Sur Global y el papel de
la violencia del Estado en la mercantilización de la tierra. Como señala Erhard
Berner de manera agria pero certera, «hasta la fecha, los Estados han sido más
eficaces en la destrucción masiva de viviendas que en su construcción»88.
1 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., p. 197.
2 S. Sethuraman, «Urban Poverty and the
Informal Sector. A Critical Assessment of Current Strategies», International
Labour Organization (ILO), documento de trabajo, Ginebra, 1997, pp. 2-3.
3 C. Pugh, «The Role of the World Bank
in Housing», en B. Aldrich y R. Sandhu, Housing the Urban Poor, cit.,
p. 63.
4 Z. Celik, Urban Forms and
Colonial Confrontations. Algiers Under French Rule, Berkeley, 1977, p.
112.
5 C. Pugh, «The Role of the World Bank
in Housing», cit., p. 64.
6 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., pp. 196-197.
7 K. Datta y G. A. Jones, «Preface», en
K. Datta y G. A. Jones, Housing and Finance in Developing Countries, cit.,
p. 12.
8 L. Peattie, «Affordability», Habitat
Internacional xi, 4, 1987, pp. 69-76.
9 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. 31.
10 E. Berner, «Poverty Alleviation and
Eviction of the Poorest», International Journal of Urban and Regional
Research xxiv, 3 (septiembre 2000), pp. 558-559.
11 G. O’Hara, D. Abbot y M. Barke, «A
Review of Slum Housing Policies in Munbai», Cities XV, 4,
1998, p. 279.
12 A. Mosa, «Squatter and Slum
Settlements in Tanzania», en B. Aldrich y R. Sandhu, Housing the Urban
Poor, cit., p. 346; J. Campbell, «World Bank Urban Shelter Projects in
East Africa», en P. Amis y P. Lloyd, Housing Africa’s Urban Poor, cit.,
p. 211.
13 C. Choguill, «The Future of Planned
Urban Development in the Third World», en B.
Aldrich y R.
Sandhu, Housing the Urban Poor, cit., p. 408.
14 J. Campbell, «World Bank Urban
Shelter Projects in East Africa», cit., p. 211; R.
Stren, «Urban
Housing in Africa», ibid., p. 41.
15 A. S. Oberai, Population
Growth, Employment and Poverty in Third World Mega-Cities, cit., p.
122.
16 «Livelihood and Shelter Have To Be
Seen as One Rather than Separate Entities», en K. Sharma, Rediscovering
Dharavi. Stories from Asia’s Largest Slum, Nueva Dehli, 2000, p. 202.
17 K. Datta y G. A. Jones, Housing
and Finance in Developing Countries, «Preface», cit., p. xviii.
18 S. Mallaby, The
World’s Banker. A Story of Failed States, Financial Crises, and the Wealth and
Poverty of Nations, Nueva York, 2004, pp. 89-90, 145.
19 R. Abrahamsen, «Review Essay. Poverty
Reduction or Adjustment by Another Name?», Review of African Political
Economy 99, 2004, p. 185.
20 El discurso de Stiglitz en 1998,
«More Instruments and Broader Goals: Moving Towards the Post-Washington
Consensus» es discutido en John Pender, «From “Structural Adjustement” to
“Comprehensive Development Framework”. Conditionality Transformed?», Third
World Quarterly xxii, 3, 2001.
21 I. Imparato y J. Ruster, Slum
Upgrading and Participation, cit., p. 255.
22 D. Mitlin, «Civil Society and Urban
Poverty - Examining Complexity», Environment and Urbanization XIII,
2 (octubre 2001), p. 164.
23 R. Gazzoli, «The Political and
Institutional Context of Popular Organizations in Urban Argentina», Environment
and Urbanization VIII (abril 1996), p. 163.
24 L. Jellinek, «Collapsing Under the
Weight of Success. An NGO in Jakarta», Environment and Urbanization XV,
1 (abril 2003), p. 171.
25 A. Bayat, Urban Informality.
Transnational Perspectives from the Middle East, Latin America, and South Asia, en
Roy y Al Sayyad (eds.), pp. 80-81.
26 F. Thomas, Calcutta Poor, cit.,
p. 131.
27 P. K. Das, «Manifesto of a Housing
Activist», en Patel y Thorner, Bombay, pp. 179-
180.
28 G. Verma, Slumming India. A
Chronicle of Slums and Their Saviours, Nueva Dehli,
2002, pp. 150-152.
29 Ibid., pp. 8-15,
33-35.
30 Ibid., pp. 90-91.
31 A. Roy, The Checkbook and the
Cruise Missile. Conversations with Arundhati Roy, Boston, 2004, p. 82.
32 H. de Soto, The Mystery of
Capital. Why Capitalism Triumphs in the West and Fails Everywhere Else, Nueva
York, 2000, pp. 301-331.
33 G. Payne, artículo no publicado,
citado por A. Gilbert y A. Varley, Landlord and Tenant. Housing the
Poor in Urban Mexico, Londres, 1991, p. 4.
34 P. Ward, Mexico City, cit.,
p. 193.
35 S. Taschner, «Squatter Settlements
and Slums in Brazil», en B. Aldrich y R. Sandhu, Housing the Urban Poor,
cit., pp. 216-219.
36 P. Amis, «Commercialized Housing in
Nairobi», cit., p. 237.
37 A. Gilbert y A. Varley, Landlord
and Tenant, cit., p. 11.
38 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. 179.
39 G. Stedman Jones, Outcast
London. A Study in the Relationship Between Classes in Victorian Society, Londres,
1971, pp. 209.
40 Ibid., pp. 212-213.
41 F. Snowden, Naples in the
Time of Cholera, 1884-1911, Cambridge, 1995, p. 39.
42 H. D. Evers y R. Korff, Southeast
Asian Urbanism, cit., p. 180.
43 Ibid., Como remarcan
los autores, «al margen de la conocida ausencia de datos sobre propiedad urbana
y el contraste con los existentes sobre la propiedad en las zona rurales».
44 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. 21.
45 R-J. Baken y J. van der Linden, Land
Delivery for Low Income Groups in Third World Cities, cit., p. 13.
46 E. Brennan, «Urban Land and Housing
Issues Facing the Third World», cit., p. 78.
47 Kwadwo
Konadu-Agyemang, The Political Economy of Housing and Urban Development
in Africa. Ghana’s Experience from Colonial Times to 1998, Westport,
2001, p. 123.
48 Ç. Keyder, «The Housing Market from
Informal to Global», cit., p. 153.
49 Ö. Dündar, «Informal Housing in
Ankara», Cities XVIII, 6, 2001 p. 393.
50 J. Abu-Lughod, «Urbanization in the
Arab World and the International System», en J.
Gugler, Cities
of the Developing World, cit., p. 196.
51 T. Mitchell, «Dreamland. The
Neoliberalism of your Desires», Middle East Report (primavera
1999).
52 J. Nedoroscik, The City of
the Dead, cit., p. 42.
53 E. Brennan, «Urban Land and Housing
Issues Facing the Third World», cit., p. 76.
54 R. Dayaratne y R. Samarawickrama,
«Empowering Communities», cit., p. 102.
55 M. Fix, P. Arantes y G. M. Tanaka,
«São Paulo, Brazil», cit., p. 18.
56 D. Glasser, «The Growing Housing
Crisis in Ecuador», cit., p. 151. Sobre Quito se puede consultar también a G.
Burgwal, Caciquismo, Paralelismo and Clientismo. The History of a Quito
Squatter Settlement, Amsterdam, 1993.
57 H. Molina, «Bogotá. Competition and
Substitution Between Urban Land Markets», en R-J. Baken y J. van der
Linden, Land Delivery for Low Income Groups in Third World Cities, cit.,
p. 300.
58 M. Peil, «Lagos. The City Is the
People», Londres, 1991, p. 146.
59 M. Peil, «Urban Housing and Services
in Anglophone West Africa», en Hamish Main y Stephen Williams (eds.), Environment
and Housing in Third World Cities, Chichester, 1994, p. 176.
60 D. Drakakis-Smith, Third
World Cities, cit., p. 146.
61 P. Amis, «Commercialized Rental
Housing in Nairobi», cit., p. 245.
62 P. Wasike, «The Redevelopment of
Large Informal Settlements in Nairobi», Ministry of Roads and Public Works,
Kenia.
63 Citado por D. Maharaj, «Living on
Pennies», Los Angeles Times, 16 de julio de 2004.
64 K. Adham, «Cairo’s Urban Déjà vu», en
Yasser Elsheshtawy (ed.), Planning Middle
Eastern Cities. An
Urban Kaleidoscope in a Globalizing World, Londres, 2004, p. 157.
65 P. Nientied y J. van der Linden, «The
Role of the Government in the Supply of Legal and Illegal Land in Karachi», en
R-J. Baken y J. van der Linden, Land Delivery for Low Income Groups in
Third World Cities, cit., pp. 230, 237-238.
66 E. Berner, «Learning from Informal
Markets», cit., pp. 241.
67 «Farmer Being Moved Aside by China’s
Booming Market in Real Estate», The New York Times, 8 de
diciembre de 2004.
68 A. van Westen, «Land Supply for
Low-Income Housing: Bamako», en P. Baróss y J.
van der
Linden, The Transformation of Land Supply Systems in Third World
Cities, cit., pp.
101-102.
69 M. Castells, The City and the
Grassroots. A Cross-Cultural Theory of Urban Social Movements, Nueva
York, 1983, p. 191.
70 E. Berner, «Learning from Informal
Markets», cit., pp. 234-235.
71 P. Baróss y J. van der Linden,
«Introduction», en The Transformation of Land Supply in Third World
Cities, cit., pp. 1-2, 8.
72 E. Brennan, «Urban Land and Planning
Issues Facing the Third World», cit., p. 75-76.
73 A. Gilbert et al., In Search
of a Home, cit., p. 3.
74 A. Durand-Lasserve, «Articulation
between Formal and Informal Land Markets in Cities in Developing Countries.
Issues and Trends», en P. Baróss y J. van der Linden, The
Transformation of
Land Supply in Third World Cities, cit., p. 50.
75 H. D. Evers y R. Korff., Southeast
Asian Urbanism, cit., p. 176.
76 K. Pezzoli, Human
Settlements, cit., p. 15.
77 A. Gilbert y A. Varley, Landlord
and Tenant, cit., pp. 3, 5.
78 Véase la quinta entrega de la serie
sobre desigualdades urbanas/rurales en China, que publicó J. Yardley en The
New York Times, 8 de diciembre de 2004.
79 G. Bankoff, «Constructing
Vulnerability. The Historical, Natural and Social Generation of Flooding in
Metropolitan Manila», Disasters XXVII, 2003, p. 232.
80 En algún distrito se llegaba a
alcanzar una población de 243.641 personas por kilómetro cuadrado, y en
Koombarwara en Bombay se llegaba a 187.722. R. Lubove, The Progressives
and the Slums. Tenement House Reform in New York City, 1890-1917, Pittsburg,
1962, p. 94.
81 K. Sharma, Rediscovering
Dharavi, cit., pp. xx, xxvii.
82 J. Drummond, «Providing Collateral
for a Better Fortune», Financial Times, 18 de octubre de 2001.
83 S. Tascher, «Squatter Settlements and
Slums in Brazil», cit., pp. 196, 219.
84 Urban Planning Studio, Disaster
Resistant Caracas, Nueva York, Columbia University, 2001, p. 27.
85 R. Mohan, Understanding the
Developing Metropolis, cit., p. 55.
86 M. Peil, Lagos, cit.,
p. 178; M. Peil, «Urban Housing and Services in Anglophone West Africa», cit.,
p. 180.
87 R. Warah, «Nairobi’s Slums: Where
Life for Women is Nasty, Brutish and Short», Habitat Debate viii,
3 (septiembre 2002).
88 E. Berner, «Learning from Informal
Markets», cit., p. 230.
Las raíces de la
degradación urbana no parecen estar en la pobreza urbana, sino en la
riqueza urbana.
Gita Verma1
La desigualdad
urbana del Tercer Mundo es visible incluso desde el espacio: el reconocimiento
por satélite de Nairobi revela que más de la mitad de la población vive en el
18 por 100 del área de la ciudad2. Esto
evidentemente supone contrastes colosales de la densidad de la población. El
periodista Jeevan Vasagar escribía en The Guardian, «el abismo
entre pobres y ricos en Nairobi, una de las ciudades con mayor
desigualdad de todo el planeta, está perfectamente ilustrado por los barrios
que forman la ciudad. En los barrios residenciales de Karen, y de acuerdo con
el censo de 1999, hay menos de 360 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras
que en algunas zonas de Kibera se llega a las 80.000 personas en el mismo
espacio»3. Pero Nairobi no
es la única ciudad que obliga a los pobres a vivir en hormigueros mientras los
ricos disfrutan de sus jardines y zonas de recreo. En Dacca se calcula que el
70 por 100 de la población se amontona en el 20 por 100 del espacio4. En Santo Domingo
los dos tercios de la población que vive en campamentos y asentamientos
ocupados utiliza solamente la quinta parte del espacio urbano, mientras la
octava parte de la población más pobre se hacina en el centro urbano, que
representa solamente el 1,6 por 100 del área de la ciudad5. Según algunos
estudios, Bombay puede ser el caso extremo: «Mientras los ricos poseen el 90
por 100 de la tierra y viven confortablemente con grandes espacios abiertos,
los pobres viven bien apretados en el 10 por 100 restante»6.
Estos modelos
extremos de uso de la tierra y de densidad de población vienen a ser las
consecuencias lógicas del control imperialista y de la dominación racial. En
todo el Tercer Mundo las elites poscoloniales han heredado y reproducido los
modelos de las ciudades coloniales. Al margen de las retóricas de liberación
nacional y de
justicia social, han adoptado las formas agresivas del periodo colonial para
defender sus propios privilegios de clase y la exclusividad del espacio.
El África
Subsahariana es, no sorprendentemente, otro caso extremo. En Accra, según
relata Kwadwo Konadu-Agyemang, «después de la independencia, la elite nativa
asumió los puestos que habían dejado los europeos junto con los beneficios que
producían, y no solamente ha mantenido el estatus, sino que lo ha intensificado
mediante la creación de zonas residenciales exclusivas, donde los ingresos, la
posición social o las influencias son determinantes para acceder a ellas»7. También en
Lusaka, la capital de Zambia, el modelo colonial proporcionó el esquema para la
segregación total entre funcionarios del Estado y profesionales y sus
compatriotas pobres. En Harare, capital de Zimbawe, la ocupación de los barrios
blancos por parte de políticos y funcionarios civiles después de 1980 fue el
comienzo de su creciente papel para mantener las barreras y privilegios
residenciales del ancien régime8. El geógrafo de
Ciudad del Cabo Neil Dewar señala que «el movimiento que se produjo resultaba
demostrativo de la falta de voluntad de realizar una política socialista de
reparto de la vivienda»9.
En Kinshasa el
modelo zaireño que auspiciaba la dictadura de Mobutu no hizo nada para
disminuir las distancias entre La Ville de los blancs, heredada
por las nuevas castas cleptócratas y La Cité de los noirs. La
capital de Malawi, Lilongwe, es, por otro lado, una nueva ciudad expresamente
levantada como escaparate de la independencia del país, y aun así reproduce
claramente el modelo colonial de control urbano. Según Allen Howard, «el
presidente Hastings Kamuzu Banda supervisó personalmente su construcción y puso
al frente de ella a europeos y surafricanos blancos. El resultado fue un modelo
de segregación similar al apartheid, con zonas residenciales
protegidas por grandes espacios»10. Luanda está más
que nunca claramente dividida entre la ciudad asfaltada que dejaron los
portugueses y los novos ricos, y la enorme y polvorienta
periferia que forman los barrios y musseques. Incluso
Adís Abeba, una de las pocas ciudades subsaharianas con un
origen autóctono,
ha conservado la huella racista que produjo su breve ocupación por los
italianos entre 1936 y 1941, y que ahora se manifiesta en forma de segregación
económica.
En India la
independencia hizo poco para cambiar la geografía excluyente de la
administración inglesa. Rediscovering Dharavi es el trabajo de
Kalpana Sharma sobre las grandes áreas urbanas hiperdegradadas de Asia, y en él
se hace hincapié sobre el hecho de que «las desigualdades que definían a Bombay
como una ciudad colonial pobre han seguido existiendo […] la inversión siempre
es capaz de embellecer las zonas privilegiadas de la ciudad, pero no hay dinero
para proporcionar los servicios mínimos a las zonas pobres»11. En el conjunto
urbano de India, Nandini Gooptu ha señalado como el «socialista» Partido del
Congreso, que durante las décadas de 1930 y 1940 ensalzaba a los garib
janata (la gente pobre), después de la independencia se transformó en
un firme defensor del diseño colonial de exclusión urbana y segregación social.
Gooptu señala que «de manera explícita o no, los pobres vieron como se les
negaba un lugar en la vida civil y en la cultura urbana, al mismo tiempo que se
les consideraba un impedimento para el progreso y la mejora de la sociedad»12.
Eliminando
«estorbos humanos»
La segregación
urbana no es un statu quo congelado, sino más bien una
incesante guerra social en la que el Estado interviene en nombre del progreso,
del embellecimiento e incluso de la justicia social, para redibujar las
fronteras urbanas en beneficio de propietarios de terrenos, inversores
extranjeros, elites nacionales y clases acomodadas. Como sucedía en París en
1860, bajo el fanático reinado del barón Haussmann, el desarrollo urbano actual
todavía se esfuerza para simultanear el máximo beneficio privado con el máximo
control social. El desplazamiento contemporáneo de la población es enorme: cada
año cientos de miles, algunas veces millones de personas son expulsadas por la
fuerza de barrios enteros. Como resultado, los pobres urbanos son nómadas,
«transeúntes en
continuo estado de recolocación» como describe Tunde Agbola la situación en su
Lagos natal13, y reproducen la
historia de los sans-culottes expulsados de sus antiguos quartiers por
Haussmann, de quienes Auguste Blanqui decía que «están cansados de grandiosos
actos homicidas […] y de esa extensa remodelación producida por el despotismo»14. También están
exasperados del lenguaje rancio de la modernización que los describe como
«estorbos humanos», citando a las autoridades de Daccar que en la década de
1970 desalojaron a 90.000 personas de los bidonvilles del
centro urbano15.
Los conflictos de
clases más intensos centrados en el espacio urbano tienen lugar lógicamente en
los núcleos de las ciudades y en los grandes nodos urbanos. En su ejemplar
trabajo sobre Manila, Erhard Berner señala que la globalización de la propiedad
choca con la apremiante necesidad que tienen los pobres de estar cerca de sus
fuentes de ingresos.
La región
metropolitana de Manila es una de las áreas más densamente pobladas del
planeta. El precio del metro cuadrado en cualquier lugar cercano a los centros
comerciales excede ampliamente los ingresos anuales de cualquier conductor de
autobús o guardia de seguridad. Sin embargo, las posibilidades de obtener
ingresos exigen que la población permanezca cerca de sus lugares de trabajo,
porque el alejamiento significa costes prohibitivos de tiempo y dinero […] el
resultado lógico es la proliferación de la ocupación. Todas las rendijas que
puedan dejar los planes de desarrollo urbano, rápidamente son ocupadas por
asentamientos que superan todas las marcas en cuanto a densidad de población16.
En Manila, los
vendedores callejeros y otros trabajadores informales abarrotan las plazas, los
rincones de las calles y los parques. Berner describe el fracaso de los
mecanismos del mercado e incluso de la seguridad privada para detener esta
invasión de pobres, que después de todo no hacen más que comportarse como
agentes económicos. Al final, los propietarios de los terrenos dependen de la
represión del Estado para mantener a raya a ocupantes y vendedores ambulantes,
así como para desahuciar a las poblaciones residuales de trabajadores de
viviendas de alquiler y casas vecinales.
Al margen del
aspecto político que presenten y los distintos grados de tolerancia hacia la
ocupación y hacia los asentamientos informales de las periferias, los gobiernos
de las ciudades del Tercer Mundo están en conflicto permanente con los pobres
de las áreas urbanas centrales. En algunas ciudades –Río es un caso famoso– la
limpieza de las zonas hiperdegradadas se ha ido desarrollando durante
generaciones, pero en la década de 1970 experimentó un auge irresistible,
cuando los valores de los terrenos empezaron a subir. Algunos gobiernos
metropolitanos como los de El Cairo, Bombay, Delhi y Ciudad de México, por
citar algunos, levantaron ciudades satélites para atraer y recolocar a la
población en la periferia. En la mayor parte de los casos, sin embargo, las
nuevas ciudades simplemente absorbieron a la población procedente de las zonas
colindantes, mientras la pobreza urbana tradicional seguía agarrándose
desesperadamente a barrios mejor situados en relación al trabajo y a los
servicios. Como resultado, en las áreas urbanas centrales ocupantes,
arrendatarios e incluso algunas veces algún pequeño propietario, han sido
expulsados con pocas ceremonias, compensaciones o derecho a apelar la decisión.
Actualmente en las grandes ciudades, el papel coercitivo del barón Haussmann
está representado por agencias de desarrollo especialmente creadas para la
ocasión, financiadas por organismos exteriores como el Banco Mundial, e inmunes
a la política local. Su misión es limpiar, edificar y defender islas de
cibermodernidad en medio de unas necesidades urbanas insatisfechas y de un
subdesarrollo generalizado.
El urbanista
Solomon Benjamin ha estudiado el caso de Bangalore, donde la Agenda Task Force,
el organismo que establece las líneas estratégicas, está por completo en manos
del primer ministro y de los intereses de las grandes corporaciones, mostrando
una total falta de responsabilidad hacia los representantes populares. «El celo
demostrado por las elites políticas en su empeño de convertir Bangalore en una
nueva Singapur, ha provocado la expulsión de población y las demoliciones de
asentamientos, especialmente de los pequeños talleres artesanales de las
ciudad. Las demoliciones proporcionan espacios
nuevos que van a
parar mediante una planificación coherente a corporaciones y sectores
acomodados»17.
De igual forma en
Delhi, Banashree Chatterjimitra observa cómo el gobierno ha desvirtuado por
completo «el objetivo de proporcionar viviendas a los sectores con menos
recursos» al permitir que de manera furtiva cayeran en manos de las clases
medias. Los planes oficiales colocan a una población cercana al millón de
personas como objetivo para un desalojo o una «recolocación voluntaria» 18. La capital de
India es una confirmación brutal de las opiniones de Jeremy Seabrook, en el
sentido de que «la palabra “infraestructura” es la palabra clave para realizar
una limpieza sin ceremonias de los frágiles refugios de la pobreza»19.
Yamuna Pushta es
una zona hiperdegradada (jhuggi), que se extiende por las
riberas del río Yamuna a su paso Delhi, y constituye un escaparate de pobreza
formado por 150.000 viviendas ocupadas por una población muy pobre
mayoritariamente compuesta por refugiados musulmanes de Bengala. A pesar de las
protestas y los disturbios que las acompañaron, la limpieza de la zona comenzó
en 2004 con el objetivo de levantar un paseo ribereño y atracciones para los
turistas. Mientras el gobierno disfruta del reconocimiento internacional por su
apuesta «ecologista», los residentes son trasladados en camiones hacia una
periferia que se encuentra a 20 kilómetros, sin importar las advertencias
del Hindustan Times, que revelan «que los ingresos familiares
de la población desplazada del jhuggi han sufrido una
disminución del 50 por 100»20. Como decían a
otro periodista, «el traslado a los lugares de trabajo, nos cuesta la mitad de
lo que ganamos»21.
El África urbana ha
sido escenario de repetidos éxodos forzosos para facilitar la construcción de
carreteras o de complejos residenciales. La destrucción de Maroko en Lagos
rivaliza con las demoliciones que el régimen del apartheid llevó
a cabo en Sofiatown y Crossroads. Maroko era un pueblo de pescadores en el
extremo pantanoso de la península de Lekki, que fue colonizado a finales de la
década de 1950 por la población desplazada de las islas Victoria e Ikoyi que a
su vez estaban siendo urbanizadas para el disfrute de europeos y africanos
ricos. A pesar de su empobrecimiento, Maroko
se hizo famosa por
su joie de vivre, su macabro sentido del humor y su
espectacular música. A principios de la década de 1980, la península, que hasta
entonces había sido una zona marginal, se convirtió en un objetivo para la
ampliación de la zona de residencial de alto nivel. En 1990 las excavadoras
acabaron con Maroko, dejando a 300.000 personas sin ningún refugio22. Odia Ofeimun
escribe que «pocos nigerianos que todavía vivan habrán olvidado el trauma y la
sensación de traición que quedó tras la destrucción de Maroko por las botas
militares. Ha pasado a formar parte de la literatura, en forma de poesía, drama
o prosa»23.
En Kenia el régimen
de Daniel Arap otorgó permisos para edificar viviendas para alquiler en
terrenos que supuestamente iban destinados a carreteras –incluyendo una franja
de 60 metros que cruzaba de un extremo al otro el área hiperdegradada de
Kibera– a jefes políticos y arrendadores importantes e influyentes en Nairobi.
Posteriormente el actual gobierno de Mwai Kibaki decidió «restaurar el orden» y
volver a los planes primitivos, lo que ha provocado el éxodo de más de
trescientas mil personas24. Durante las
últimas demoliciones, los residentes, muchos de los cuales habían invertido los
ahorros de su vida en parcelas que ahora se han convertido en carreteras, se
encontraban con las fuerzas de la policía que les daban un par de horas para
abandonar sus casas25.
Cuadro 10. Algunos
de los desalojos más conocidos
de áreas urbanas
hiperdegradadas26
|
Años |
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Ciudad |
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Número |
|
|
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de expulsados |
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1950 |
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Hong-Kong |
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107.000 |
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1965-1974 |
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Río de Janeiro |
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139.000 |
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1972-1976 |
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Dakar |
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90.000 |
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1976 |
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Bombay |
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70.000 |
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1986-1992 |
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Santo Domingo |
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180.000 |
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1988 |
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Seúl |
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800.000 |
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1990 |
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Lagos |
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300.000 |
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1990 |
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Nairobi |
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40.000 |
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1995-1996 |
Rangún |
1.000.000 |
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1995 |
Pekín |
100.000 |
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2001-2003 |
Yakarta |
500.000 |
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2005 |
Harare |
750.000+ |
Cuando los precios
del suelo se disparan, las cuestiones ideológicas y las promesas que se hayan
podido hacer a los pobres no significan nada para los burócratas en el poder.
En Calcuta el gobierno comunista no ha tenido reparos en desalojar a la población
desde el centro urbano hacia las afueras, ni de repetir la operación de nuevo
cuando hacía falta terreno para parcelaciones para la clase media. Como señala
Ananya Roy, «la frontera territorial de la región de Calcuta ha ido
ensanchándose por ciclos ininterrumpidos de asentamiento, expulsión y nuevo
asentamiento»27. De la misma
manera, el antiguamente «marxista» MPLA de Angola no pestañea cuando expulsa a
miles de luandeses de sus chabolas. Como señala Tony Hodges en The
Economist, «entre el 80 y el 90 por 100 de los residentes urbanos vive
en campamentos o viviendas que no tienen un estatus legal definido […] el
problema es aún más grave para los residentes de las zonas hiperdegradadas que
acogen a la mayoría de la población urbana. En estos asentamientos informales,
la mayor parte de la población vive con el miedo constante a la expulsión que
provoca la falta de documentos legales». El miedo está justificado: en julio de
2001 el gobierno envió a la policía junto a las excavadoras para quitar de en
medio a 10.000 familias del área hiperdegradada de Boavista en la bahía de la
capital, con vistas a levantar viviendas de lujo. Dos residentes murieron a
tiros, el resto fue empaquetado en camiones y abandonado a 40 kilómetros de
distancia para que se buscaran la vida28.
De cualquier forma,
las contradicciones más extraordinarias entre teoría política y práctica real
se producen en China, donde un Estado supuestamente socialista permite que la
maquinaria del desarrollo urbano desplace a millones de los antiguos héroes de
la Revolución. En un provocativo ensayo en el que comparaba la reciente
reconversión de las ciudades en la República Popular con
la renovación
urbana que se produjo en Estados Unidos a finales de la década de 1950 y
principios de la siguiente, Yan Zhang y Ke Fang señalan que la transformación
de Sanghái entre 1991 y 1997 provocó la reubicación de más de millón y medio de
ciudadanos que tuvieron que dejar el sitio a los rascacielos, los apartamentos
de lujo, los centros comerciales y las nuevas infraestructuras; en el mismo
periodo, en Pekín un millón de residentes de la Ciudad Vieja fueron expulsados
a las afueras29.
En un principio, el
desarrollo urbano en la China de Deng Xiaoping, al igual que en la América de
Harry Truman, consistía en proyectos piloto de viviendas que no parecían ser
amenazas para la estructura urbana tradicional.
Cuando las
localidades empezaron a realizar estos experimentos a mayor escala acelerando
la reconversión urbana no había previsiones en los proyectos que limitaran los
precios de mercado y los usos no residenciales. Las viviendas de precios medios
y bajos perdieron rápidamente interés para los constructores, que
aprovechándose del vacío legal se han dedicado a construir tantas viviendas de
lujo y centros comerciales como han podido. En algunos casos, como en el
proyecto Hubeikou de Pekín, ninguno de los residentes originales podía
plantearse el volver a su antiguo barrio. En otros casos, como la Nueva Plaza
de Oriente, directamente no se han construido viviendas y actualmente se
levanta el mayor centro comercial de Asia30.
El embellecimiento
de la ciudad
La población de las
áreas urbanas hiperdegradadas del Tercer Mundo tiene pavor a los grandes
acontecimientos. Conferencias y festivales internacionales, visitas de Estado,
pruebas deportivas, concursos de belleza… suponen cruzadas gubernamentales
encaminadas a limpiar la ciudad de gente como ella; es consciente de que
resulta un elemento «sucio» o una «plaga» que es mejor mantener oculta. Durante
la celebración de la independencia de Nigeria, las autoridades levantaron una
valla para tapar la ruta desde el aeropuerto, de manera que la representante de
la Reina Isabel, la princesa Alexandria, no sufriera con la visión del panorama
de miseria de Lagos31. Los gobiernos
actuales llevan la política de
mejorar el paisaje
arrasando las zonas hiperdegradadas y mandando a los habitantes a otro sitio
más lejos.
La población de
Manila se muestra especialmente horrorizada ante estas campañas de
«embellecimiento». Durante el gobierno de Imelda Marcos, los habitantes de las
chabolas fueron expulsados sucesivamente en 1974 de los escenarios de la
elección de Miss Mundo, en 1975 de la ruta que seguía la visita de Gerald Ford
y en 1976 de los lugares donde se celebraba la reunión conjunta del FMI y del
Banco Mundial32. Los tres sucesos
provocaron el desplazamiento de 160.000 personas que desaparecieron del paisaje
para acabar hacinadas en las afueras a 30 kilómetros de sus antiguos
alojamientos33. «El poder del
pueblo» que vino de la mano de Corazón Aquino resultó más despiadado todavía, y
durante su presidencia 600.000 personas fueron expulsadas de sus lugares de
residencia, normalmente sin ningún alojamiento alternativo34. A pesar de sus
promesas electorales de defender la vivienda para los pobres, Joseph Estrada
continuó con las expulsiones y durante la primera mitad de 1999 se destruyeron
22.000 chabolas35. Más tarde en
noviembre de ese mismo año, con motivo de la celebración de la cumbre de la
Asociación de Países del Sureste Asiático (ASEAN), las brigadas de demolición
entraron en el área hiperdegradada de Dabu-Dabu en Pasay. La resistencia de la
población produjo la entrada en escena de las fuerzas militares que, armadas
con sus M16, dejaron cuatro muertos y una veintena de heridos. Las casas y sus
contenidos fueron incendiados, y la población fue recolocada en zonas
insalubres donde rápidamente las infecciones intestinales comenzaron a afectar
a la población infantil36.
Como presidente
entronizado en 1965 por los marines de Estados Unidos, el dominicano Joaquín
Balaguer se hizo famoso como «el Gran Expulsador». En su retorno al poder en
1986, el anciano autócrata decidió reconstruir Santo Domingo con vistas a la
celebración del V Centenario de la llegada de Colón al Nuevo Mundo y de la
visita del Papa. Con el apoyo de gobiernos y fundaciones europeas, se embarcó
en gigantescos proyectos sin precedentes en la historia del país: el Faro de
Colón, la Plaza de
Armas y un
archipiélago de parcelaciones dirigidas a la clase media. Sus deseos de pasar a
la historia como el barón Haussmann dominicano le llevaron a Sabana Perdida, la
extensa zona alta de la ciudad habitada por una población con recursos bajos.
«El plan consistía en librarse de los problemáticos barrios de
las clases trabajadoras encarrilándolos hacia las afueras. Las revueltas y
disturbios de 1965 y 1984 aconsejaban eliminar este centro de oposición
política»37.
Después de que se
produjeran protestas masivas dirigidas por la coordinadora de
los barrios y que recibieron el apoyo de la Comisión de
Derechos Humanos de Naciones Unidas, la zona alta de la ciudad quedó a salvo,
pero las demoliciones masivas en las que era frecuente la participación del
ejército, continuaron en el centro y sur de Santo Domingo. Entre 1986 y 1992,
40 barrios fueron arrasados por las excavadoras y 180.000 residentes fueron
expulsados. Edmundo Morel y Manuel Mejía cuentan en su estudio sobre estas
demoliciones la campaña de terror gubernamental que se llevó en contra de la
población.
Las casas se
demolían lo mismo vacías que con gente dentro, se utilizaron tropas de choque
paramilitares como medio de aterrorizar a la población y obligarla a abandonar
sus viviendas, los bienes de las casas eran destruidos o robados, la orden de
desalojo se presentaba el mismo día de su ejecución, se secuestró a personas,
mujeres embarazadas y niños sufrieron violencia física, los servicios públicos
se suprimieron y la policía actuaba como juez38.
Los modernos Juegos
Olímpicos tienen una faceta especialmente oscura y poco conocida. Como
preparación a las Olimpiadas de 1936, los nazis limpiaron la ciudad de
indigentes sin techo y de las chabolas susceptibles de ser vistas por los
visitantes extranjeros. Las Olimpiadas siguientes incluyendo las celebradas en
Ciudad de México, Atenas y Barcelona fueron acompañadas por desalojos y
renovaciones urbanas, y los juegos de Seúl, a la vista de las consecuencias que
tuvieron para todos los sectores más desfavorecidos, fueron únicos por la
escala de la violencia oficial desplegada sobre los propietarios pobres: más de
720.000 personas fueron desplazadas de Seúl e Injon, llevando a una ONG
católica a
declarar que Corea
del Sur competía con Sudáfrica como el país «donde el desalojo por la fuerza es
más brutal e inhumano»39.
Los preparativos de
Pekín como sede de los Juegos Olímpicos de 2008 parece que van por el mismo
camino: «Solamente el terreno empleado en la construcción de instalaciones
provocará el realojo de 350.000 personas»40. La organización
no gubernamental Human Rights Watch ha llamado la atención sobre la complicidad
existente entre los planes oficiales y los constructores, que manipulan la
excitación patriótica que conllevan las Olimpiadas, para justificar los
desalojos masivos y las apropiaciones de terrenos en el corazón de Pekín41. Anne-Marie
Broudehoux, en su brillante trabajo The Making and Selling of Post-Mao
Beijing (2004), afirma que para el capitalismo de Estado
en China, más que de reducir, de lo que se trata es de esconder la pobreza
detrás de fachadas tipo Potemkin, y que los planes olímpicos supondrán la
repetición de la traumática (y para la clase trabajadora, irónica) experiencia
de las celebraciones del cincuenta aniversario de la Revolución china.
Durante más de dos
años la población de Pekín estuvo soportando los trastornos causados por la
campaña de embellecimiento que se lanzó para camuflar las plagas físicas y
sociales de la ciudad. Se derribaron cientos de casas, miles de personas fueron
desplazadas y se gastaron miles de millones de yuans para levantar una fachada
de orden y progreso. Para asegurarse de que las ceremonias tan cuidadosamente
planeadas se llevasen a cabo sin tensiones, la ciudad quedó congelada durante
todo el fin de semana que duraron las celebraciones. La población fue invitada
a permanecer en sus casas y a seguir los actos por la televisión, como había
sucedido con las ceremonias de apertura de los Juegos asiáticos42.
Los preparativos
realizados en Birmania por la dictadura militar con motivo del Año de Myanmar
(una llamada al turismo internacional en 1996), fueron un proceso de
«embellecimiento urbano» que George Orwell podría haber descrito en alguna de
sus novelas. Los militares, que tienen en la heroína una de sus principales
fuentes de ingresos, desarrollaron un plan sobre Rangún y Mandalay, que produjo
el desplazamiento de millón y medio de personas, un increíble 16 por 100 de la
población urbana total. Desde 1989 hasta 1994, y llegando al extremo de
incendiar directamente las viviendas, la población fue recolocada en cabañas
de bambú con techos
de paja situados en una periferia rebautizada como Campos Nuevos. Nadie sabía
cuándo le iba a tocar el turno, e incluso los muertos fueron expulsados de los
cementerios. En su libro Karaoke Fascism, Monique Skidmore
describe escenas brutales en Rangún y Mandalay, que recuerdan el criminal
descenso de población que sufrió Phnom Penh a manos del régimen de Pol Pot.
«Los bloques de viviendas desaparecían en cuestión de días, a la población se
la amontonaba en camiones y se la descargaba en los nuevos municipios que el
gobierno había creado en los arrozales de las mayores ciudades». Los
vecindarios urbanos fueron remplazados por proyectos como los campos de golf
dirigidos a turistas occidentales y empresarios japoneses. «Los militares desplazaron
a una comunidad que llevaba viviendo allí desde hacía cuarenta años. Los que se
resistieron fueron arrestados y el resto desplazado a un nuevo asentamiento a
24 kilómetros de distancia»43.
Skidmore asegura
que esta dislocación espacial constante ha sido una de las bases sobre las que
descansa «la política del miedo» que practica la dictadura. «La fuerte
presencia de los militares y de sus armas, unida a los cambios de nombres, de
emplazamiento y a la reconstrucción de monumentos tradicionales ha provocado
una nueva reconfiguración de Rangún […] la junta militar ha suprimido los
barrios potencialmente conflictivos, ha demolido el centro pobre de la ciudad y
ha creado nuevos centros que inmortalizan los principios del autoritarismo.» En
el lugar de barrios tradicionales y edificios históricos, se levantan torres de
hormigón y cristal donde se llevan las finanzas de la droga (la
narcoarquitectura), hoteles para turistas y pagodas estridentes. Rangún se ha
convertido en una pesadilla formada por el maravilloso país del turismo
budista, los gigantescos cuarteles y los cementerios: un paisaje que glorifica
el control y la visión autoritaria que tienen sus dirigentes44.
Criminalizar el
área urbana hiperdegradada
La estrategia de
limpieza urbana de los militares birmanos tiene por supuesto precedentes
bastante siniestros en el hemisferio occidental. Durante las décadas de 1960 y
1970, las dictaduras militares del Cono Sur declararon la guerra a favelas y campamientos a
los que consideraban centros potenciales de subversión o simples obstáculos
para la expansión de los sectores acomodados. Hablando sobre Brasil después de
1964, Suzana Taschner dice que «con el golpe de Estado de los militares,
comienza un periodo caracterizado por el autoritarismo, en el que las zonas
degradadas se destruyen de manera compulsiva mediante la utilización de la
fuerza armada». Amparándose en la amenaza de un posible foco de guerrilla
marxista, los militares arrasaron 80 favelas y expulsaron a
140.000 personas de las colinas que rodean Río45. Con el apoyo de
Estados Unidos, la política de demolición continuó para crear espacios a la
expansión industrial o simplemente para embellecer las zonas limítrofes de los
barrios ricos. Aunque las autoridades fracasaron en su intento de eliminar
«todas las chabolas de Río en el plazo de diez años», su actuación sirvió en
cambio para radicalizar los conflictos entre barrios burgueses y favelas y
entre población joven y policía, que treinta años más tarde todavía permanecen
igual de virulentos46.
En 1973, en
Santiago de Chile, después asesinar a los dirigentes de la izquierda popular,
uno de los primeros actos de la dictadura de Pinochet fue restablecer la
hegemonía de las clases medias en el centro de la ciudad, expulsando a unas
35.000 familias de poblaciones y callampas, que
habían sido toleradas por el gobierno de Allende47. Como señala Hans
Harms, «el objetivo declarado del gobierno era el de crear en la ciudad, “áreas
homogéneas desde el punto de vista socioeconómico” […] la soledad y el miedo
ocuparon el lugar que las organizaciones vecinales dejaron vacío durante los treinta
años de dictadura»48. En 1984, tras el
resurgir del activismo político, la dictadura desató otra oleada de
demoliciones contra los pobladores y como señala Cathy
Schneider en su excelente historia de la resistencia vecinal contra
Pinochet, el resultado fue que muchos desplazados y muchas familias jóvenes se
vieron obligados a refugiarse en casas de amigos o familiares. «El porcentaje
de
familias viviendo
como allegados (con más de tres personas por dormitorio)
creció de un 25 por 100 en 1965 hasta el 41 por 100 en 1985»49.
En Argentina, desde
1967 hasta 1970, la política de la junta militar sobre las áreas urbanas
hiperdegradadas estuvo claramente determinada por la lucha contra la
subversión. Como señala Cecilia Zanetta, el «Plan de Erradicación de Villas de
Emergencia» estaba claramente dirigido contra las comunidades en las que se
desarrollaban experimentos de autogobierno en determinados barrios chabolistas,
y los desplazados se veían obligados a atravesar una fase de «ajuste social»
antes de ser realojados en la periferia. De cualquier forma, los primeros
intentos de los militares para eliminar la vivienda informal no tuvieron más
que un éxito parcial, y con la restauración del poder civil a principios de la
década de 1970, las zonas hiperdegradadas volvieron a ser focos del peronismo y
socialismo radical. Cuando en marzo de 1976 los militares volvieron al poder,
lo hicieron con la determinación de destruir las villas miseria de
una vez por todas; durante los terribles años de la dictadura de Videla, el
control de los alquileres desapareció, el 94 por 100 de los asentamientos
ilegales del gran Buenos Aires fueron arrasados y 270.000 personas se quedaron
sin hogar. Los militantes de organizaciones sociales desde la izquierda radical
hasta católicos laicos, «desaparecieron» de manera sistemática. Como en Chile,
la liquidación de los barrios que ofrecían resistencia, se acompañó de un
reciclado especulativo de los nuevos terrenos y las expulsiones se concentraron
en «el centro y norte del área metropolitana, donde el valor de los terrenos
era mayor»50.
En Egipto, la
década de 1970 también trajo una violenta represión del Estado en contra de los
barrios urbanos «subversivos»51. Uno de los
episodios más conocido son los disturbios que se produjeron en El Cairo en
1977, con motivo de la reunión del FMI. Las fallidas políticas neoliberales de
la Infitah del presidente Sadat, habían provocado un déficit
enorme que tanto Jimmy Carter como el FMI querían que Sadat corrigiera. La
periodista Geneive Abdo escribe que «para nivelar este déficit se vio obligado
a elegir entre acabar
con las
subvenciones o sangrar a los sectores acomodados con impuestos sobre la renta.
Sin embargo, las clases acomodadas eran un soporte fundamental para Sadat, así
que optó por reducir a la mitad los subsidios para alimentos»52. La medida provocó
la furia de la población que respondió atacando los símbolos de la Infitah, hoteles
de cinco estrellas, casinos, salas de fiestas, almacenes y las comisarías de
policía. Durante el levantamiento ocho personas murieron y más de mil
resultaron heridas.
Después de llenar
las cárceles de izquierdistas, una política que favoreció el auge de los
radicales islámicos, Sadat puso su atención en la zona hiperdegradada de Ishash
al-Turguman, en el distrito de Bulaq pegado al centro de El Cairo al que
acusaba de ser un foco «de bandidos dirigido por los comunistas». Manifestó a
los periodistas extranjeros que la zona era literalmente un nido de la
subversión donde se escondían los comunistas y «donde no se les podía capturar
porque la estrechez de sus calles impedían que los coches de la policía
pudieran entrar»53. La antropóloga
Farha Ghannam dice que Sadat, como Napoleón III en su momento, «quería volver a
dibujar el centro de la ciudad para poder tener un control social y policial».
Los estigmatizados habitantes de Ishash al-Turguman fueron divididos en dos grupos
y expulsados a la periferia, mientras su antiguo barrio se convertía en
aparcamientos. Ghannam sostiene que la purga de Bulaq fue el primer paso de un
proceso mucho más ambicioso que pretendía transformar la ciudad «utilizando el
modelo de Los Ángeles y Houston»54.
Desde la década de
1970, todos los gobiernos han estado de acuerdo en justificar la eliminación de
las áreas urbanas hiperdegradadas como un paso imprescindible de la lucha
contra el crimen. Se las considera amenazas porque el Estado no puede ni ver ni
controlar lo que sucede en su interior, así que cuando en 1986 el presidente de
Zambia, Kenneth Kaunda desencadenó una oleada de expulsiones y demoliciones por
toda Lusaka, las justificaba porque «la mayor parte de los criminales
encuentran refugio en estas ciudades ilegales, que por sus propias
características no tienen los adecuados sistemas de control»55.
La justificación de
las expulsiones se realiza sobre cualquier cosa, incluyendo las leyes de la
época colonial. En Oriente Próximo, el ejército israelí invoca de manera
rutinaria ordenanzas británicas e incluso de épocas anteriores, cada vez que
expulsa familias o dinamita las casas de los «terroristas». Kuala Lumpur, en su
pretensión de lograr en 2005 verse «libre de áreas hiperdegradadas»,
proporcionó a la policía poderes que se remontaban a las leyes de Emergencia de
la década de 1950, cuando los británicos arrasaron los asentamientos de la
población china, alegando que se trataba de bastiones comunistas. Las Leyes
antisubversivas actuales amparan una masiva y corrupta política de apropiación
de terrenos. «En 1998, la mitad de los asentamientos de la ciudad habían sido
desalojados, dejando a 129.000 personas viviendo entre la miseria y el miedo,
en 220 nuevos asentamientos»56. En 1999 las
autoridades de Dacca, utilizando como excusa la muerte de un policía a manos de
una banda de delincuentes, arrasaron 19 «áreas del crimen» y dejaron sin techo
a 50.000 personas57.
La «seguridad»
también fue uno de los pretextos esgrimidos para justificar la masacre de la
plaza de Tiananmen en 1989; seis años más tarde también se hablaba de
«seguridad» a la hora de eliminar el área hiperdegradada de Zhejiang Village,
en el extremo sur de Pekín. Michael Dutton señala que «tradicionalmente, la
parte sur de la ciudad era de los pobres, como lo reflejaba un viejo dicho
local: “al este, los ricos; al oeste, los aristócratas y el sur todo para los
pobres”»58. La mayor parte de
los 100.000 residentes de Zhejiang Village procedían de Wenzhou, en la
provincia de Zhejiang, una zona famosa por la habilidad negociadora de sus
habitantes y la escasez de tierras cultivables. En su mayoría eran gente joven,
sin educación, mangliu, población flotante sin
permisos de residencia, que arrendaban casuchas a los agricultores locales y
trabajaban en talleres clandestinos controlados por clanes mafiosos, donde se
producía la ropa de invierno barata y los artículos de cuero que se vendían en
la ciudad59. Dorothy Solinger
describe como por todas partes de Zhejiang Village «era habitual encontrar
cuatro o cinco máquinas de coser, cuatro o cinco adultos y por lo menos un
niño,
con dos o tres
camastros metidos en una habitación de diez metros cuadrados»60.
La demolición
comenzó a principios de noviembre de 1995, duró dos meses, y fue una prolongada
operación militar que movilizó a cinco mil policías y cuadros del Partido y
estuvo coordinada por miembros del Comité Central y del Consejo de Estado.
Aunque la imagen oficial de Zhejiang Village era de bandas mafiosas, droga,
crimen y una elevada incidencia de las enfermedades venéreas, según señala
Salinger, su destrucción «fue decidida al más alto nivel por el propio primer
ministro Li Peng […] como advertencia para todos aquellos que quisieran
aventurarse en las ciudades de manera ilegal». Finalmente se destruyeron 9.917
viviendas, 1.645 negocios «ilegales» (desde calesas de pedales a clínicas
médicas) y se deportó a 18.621 residentes también «ilegales»61. Como señala
Dorothy Solinger, «de cualquier forma, unos meses después de esta dramática
destrucción, muchos de los residentes comenzaron a regresar de nuevo»62.
La demolición a
gran escala de áreas urbanas hiperdegradadas, como Zhejiang Village,
frecuentemente va de la mano de la represión de la venta ambulante y del
trabajo informal. El general Sutiyoso, el poderoso gobernador de Yakarta, no
anda lejos de sus colegas birmanos en cuanto al abuso de los derechos humanos
de la población. Famoso por su persecución de los disidentes bajo la dictadura
de Suharto, en 2001 comenzó una «cruzada personal para limpiar la ciudad de
asentamientos informales y kampungs, así como de vendedores,
músicos callejeros, personas sin techo y calesas de pedales». Con el apoyo de
grandes empresas y constructores y más tarde de la propia presidenta Megawati,
desalojó a más de 50.000 personas, dejando sin trabajo a 34.000 taxistas,
arrasado los tenderetes de 21.000 vendedores y arrestado a cientos de músicos
callejeros. Su objetivo manifiesto es convertir a Yakarta (con una población de
12 millones) en una «segunda Singapur». Sin embargo, para organizaciones de
base como la Alianza de Pobres Urbanos, se trata simplemente de limpiar las
áreas hiperdegradadas para dejar el camino libre a futuros planes
de desarrollo en
los que están interesados sus sostenedores y compinches políticos63.
Si algunos de los
habitantes de las áreas urbanas hiperdegradadas cometen el «crimen» de
encontrarse en el camino del progreso, otros cometen el «error» de ejercer sus
derechos democráticos. Después de las corruptas elecciones de 2005 en Zimbabwe,
el presidente Robert Mugabe dirigió su venganza contra los mercados callejeros
y barrios de chabolas de Harare y Bulawayo, donde la población había votado
mayoritariamente a favor del Movimiento por el Cambio Democrático (MDC). El
primer paso de la siniestra «Operación Murambasvina» [Retirada de basura], a
comienzos de mayo, consistió en un asalto policial sobre 34 mercados
tradicionales. Un oficial de la policía exhortaba a sus hombres diciéndoles que
«a partir de mañana quiero informes sobre la mesa que digan que hemos disparado
sobre la gente. El presidente ha dado su total apoyo a esta operación, así que
no hay nada que temer. Considerad que se trata de una operación de guerra»64.
Y la policía así lo
hizo. Las mercancías y los tenderetes fueron sistemáticamente quemados o
saqueados y más de 17.000 comerciantes y taxistas fueron arrestados. Una semana
más tarde, la policía lanzó las excavadoras sobre las chozas de los barrios
tanto del MDC como de los que habían apoyado a Mugabe, y que estaban situados
en terrenos codiciados por la reurbanización. Uno de ellos era Hatcliffe, al
oeste de Harare, donde la policía desalojó a miles de residentes que se habían
instalado allí a principios de la década de 1990, después de una campaña de
limpieza con motivo de la visita de la reina Isabel II. A mediados de julio,
más de 700.000 personas, «basura humana» según la terminología oficial, habían
sido expulsadas, mientras que los que trataron de resistirse fueron
puntualmente abatidos por los disparos, golpeados o arrestados65. Los
investigadores de Naciones Unidas encontraron que «el grado de sufrimiento es
inmenso, especialmente entre viudas, madres solteras, población infantil y
huérfanos y la gente discapacitada o de edad avanzada», y el secretario general
Kofi Annan, denunció la
«Operación
Murambasvina» como «una injusticia de proporciones catastróficas»66.
Un miembro de la
oposición socialista, Brian Raftopoulos de la Universidad de Zimbabwe,
comparaba la limpieza étnica de Mugabe con las despreciables políticas de Ian
Smith y la época colonial.
Como sucedía en la
época colonial, el régimen actual ha utilizado la criminalidad y la miseria
urbana como argumentos para «restaurar el orden» en las ciudades, y como ha
sucedido con intentos anteriores, esto no resolverá los problemas […] las bases
de esta pobreza urbana se encuentran en la falta de creación de empleo y en el
fracaso continuo de la actual política económica para estabilizar el sustento
de los trabajadores urbanos. De hecho, los trabajadores se encuentran en una
posición mucho más vulnerable para ganarse el sustento de lo que se encontraban
en 1980 después de haber tenido que soportar los efectos de la caída de los
salarios reales, del aumento de los precios de los alimentos y de los recortes
masivos del salario social […] En ningún momento del periodo posterior a 1980 y
probablemente tampoco antes, la ciudad ha estado tan mal dirigida y con menos
consideración hacia la mayoría de sus residentes67.
Mundos aparte
En contraste con
París durante el Segundo Imperio, la haussmanización contemporánea
frecuentemente reclama el centro urbano para unas desagradecidas clases altas
que ya tienen sus maletas en urbanizaciones de la periferia. Si los pobres
resisten como pueden en el núcleo de la ciudad, los ricachones cambian de
manera voluntaria los barrios antiguos por urbanizaciones de fantasía
convenientemente valladas en la periferia. Ciertamente, las zonas «de oro» como
Zamalez en El Cairo, Riviera en Abiyán y Victoria Island en Lagos, continúan
existiendo, pero desde principios de la década de 1990, la tendencia global ha
sido la explosión de urbanizaciones exclusivas en las periferias de las
ciudades del Tercer Mundo. Incluso (o especialmente) en China, las urbanizaciones
exclusivas se han considerado «el aspecto más significativo del planeamiento y
diseño urbano de los últimos años»68.
Estos «mundos
aparte», por utilizar la terminología de Blade Runner69, se conciben
frecuentemente como réplicas de los que se
encuentran en el
sur de California. «Beverly Hills» no tiene únicamente el código postal 90210;
junto a Utopia y Dreamland es una ciudad residencial a las afueras de El Cairo
«cuyos habitantes se mantienen al margen de la cruda pobreza, de la violencia y
del activismo islámico que parecen extenderse por las ciudades»70. Exactamente igual
«Orange County» es una urbanización vallada al norte de Pekín, con residencias
de un millón de dólares de estilo californiano, diseñadas por algún arquitecto
de Newport Beach y decoradas por Martha Stewart. Como explicaba uno de los promotores
de la urbanización a un periodista, «la gente en Estados Unidos sabe que Orange
County es una población, pero aquí en China, la gente piensa que es un nombre
de marca, algo así como Giorgio Armani»71. Long Beach es
otra ciudad residencial del norte de Pekín provista de una autopista de seis
carriles que The New York Times describe como una
versión faux de su homónima en Los Ángeles72. Palm Springs es
un enclave de Hong Kong celosamente protegido, donde sus acomodados residentes
pueden «jugar al tenis y dar un paseo por algún parque temático, donde unos
cómicos personajes de Disney se mueven entre ridículas columnas griegas y
pabellones neoclásicos». La teórica urbana Laura Ruggeri señala el contraste
entre los lujosos estilos de vida importados de California que llevan sus
habitantes, con las condiciones en las que se encuentran las criadas filipinas
que duermen en las azoteas como las gallinas en los gallineros73.
Bangalore es famosa
por su recreación en las zonas residenciales del sur de la ciudad de los
estilos de vida de Palo Alto y Sunnyvale, con su cadena de tiendas Starbucks y
sus complejos de ocio. De acuerdo con Solomon Benjamin, los ricos apátridas
(oficialmente hindúes no residentes), viven como lo podrían hacer en
California, en mansiones rurales y edificios de apartamentos con piscinas y
gimnasios privados, protegidos por verjas electrificadas 24 horas, seguridad
privada y centros comunitarios exclusivos74. Lippo Karawaci en
el distrito de Tangerang al oeste de Yakarta no tiene un nombre americano, pero
por lo demás es una copia de las zonas residenciales de la Costa oeste que
presume de una infraestructura más o menos autosuficiente que incluye hospital,
universidad,
centros comerciales
y deportivos, campos de golf, cines y restaurantes. También tiene áreas
interiores que se llaman «zonas de protección total»75.
La búsqueda de la
seguridad y del aislamiento social resulta obsesiva y universal. En las zonas
residenciales de Manila, tanto del centro como de la periferia, los
propietarios ricos cierran con barricadas las calles públicas y realizan una
constante cruzada a favor de la demolición de las zonas hiperdegradadas. Erhard
Berner describe el exclusivo municipio de Loyola Heights:
Un sistema muy
elaborado de puertas de hierro, obstáculos en la calzada y puestos de control
delimita las fronteras del área y la aísla del resto de la ciudad, sobre todo
por la noche. Las amenazas a la vida, a la integridad y a la propiedad son las
preocupaciones habituales y abrumadoras de sus acomodados residentes. Las casas
están convertidas en auténticas fortalezas rodeadas de altos muros rematados
por trozos de cristales, alambradas de espino y rejas de hierro en las ventanas76.
Esta «arquitectura
del miedo», como describe Tunde Agbola los estilos de vida fortificados de
Lagos, es un lugar común en el Tercer Mundo y en algunas zonas del Primero,
pero alcanza su máxima expresión en las grandes ciudades en las que las
desigualdades sociales son mayores: Sudáfrica, Brasil, Venezuela y Estados
Unidos77. En Johannesburgo,
antes de la elección de Nelson Mandela, las grandes empresas y los blancos
acomodados ya estaban huyendo del centro en dirección a los barrios del norte
(Sandton, Randburg, Rosebank…) que se transformaron en zonas de alta seguridad
similares a las edge cities americanas. El antropólogo Andre
Czegledy encuentra que con esta proliferación de fortificaciones, con sus
verjas, viviendas rodeadas de espacios libres y calles públicas cerradas con
barricadas, la seguridad ha pasado a ser una cultura del absurdo.
Los muros
exteriores se rematan frecuentemente con pinchos de metal, alambres de espino y
últimamente con alambradas electrificadas conectadas a alarmas. En unión de
dispositivos de aviso de control remoto, las alarmas de las viviendas se
encuentran conectadas a compañías de seguridad que proporcionan una «respuesta
armada». El carácter surrealista de esta violencia implícita se me mostró un
día mientras caminaba con un colega por Westdene, uno de los vecindarios de
clase media del norte de la ciudad. En la calle estaba aparcada una furgoneta
de una compañía local de seguridad que presumía,
con unas letras
bien grandes en los laterales del vehículo, de responder con «armas de fuego y
explosivos». ¿Explosivos?78.
En Somerset West,
el elegante barrio de las afueras de Cape Town, las fortificaciones del fin
del apartheid se están sustituyendo por viviendas de aspecto
más inocente sin grandes obras aparentes de seguridad. El secreto de estas
amables residencias está en la verja electrificada que rodea toda la propiedad
o como se las llama localmente, «pueblo seguro». Verjas con diez mil voltios,
pensadas en un principio para mantener alejados a los leones del ganado, y que
proporcionan una descarga que se supone desanima a cualquier intruso sin llegar
a matarlo. La creciente demanda global de estas tecnologías ha hecho que las
empresas del sector en Sudáfrica esperen explotar el mercado de las
exportaciones de material de seguridad79.
Alphaville, la futurista
película en la que Godard presentaba un nuevo mundo oscuro y deshumanizado, da
nombre a la más famosa de las edge cities de Brasil. Situada
en el cuadrante noroeste de São Paulo, Alphaville es una ciudad completamente
privada, con grandes complejos de oficinas, centros comerciales, zonas
residenciales rodeadas de muros y todo ello defendido por más de 800 guardias
de seguridad privados. En City of Walls (2000) el famoso
estudio de Teresa Caldeira sobre la militarización del espacio urbano en
Brasil, se afirma que «la seguridad es uno de los elementos principales en los
que se basa su publicidad y una obsesión para todos los que se encuentran
implicados en ella». En Alphaville esto supone una aplicación sumaria de la
justicia a los intrusos mientras los jóvenes residentes pasan sus años dorados
campando a sus anchas; un habitante de la ciudad reconocía a Caldeira que «hay
una ley para la gente común, pero no reza para los habitantes de Alphaville»80.
Las edge
cities de Johannesburgo y São Paulo, así como las de Bangalore y
Yakarta, son «mundos aparte» autosuficientes porque están basados en elevados
niveles de empleo unidos a la mayoría de las ofertas culturales y comerciales
que reunían los centros urbanos tradicionales. En los casos de enclaves más
estrictamente residenciales, la construcción de autopistas rápidas al estilo
norteamericano ha
sido condición sine qua non para estas urbanizaciones de la
opulencia. Como señala Dennis Rodgers refiriéndose a las elites en Managua,
«estos espacios protegidos y privados han resultado “viables”, precisamente por
la interconexión que presentan, y no se puede dudar de que el elemento clave
que ha permitido el nacimiento de esta red de fortificaciones ha sido el
desarrollo, durante la última mitad de la pasada década, de un estratégico
sistema de carreteras rápidas, bien iluminadas y bien mantenidas» 81. Rodgers continúa
su crítica sobre el proyecto conservador de la «Nueva Managua» que realizó el
entonces presidente Arnoldo Alemán, que además de destruir los murales
revolucionarios de la ciudad, levantó el nuevo sistema de carreteras prestando
una especial atención a la seguridad de los acomodados conductores en sus
coches deportivos:
La proliferación de
rotondas […] puede unirse al hecho de que reducen el riesgo de violencia contra
los vehículos al permitir que no se detengan, mientras que el primer objetivo
de las circunvalaciones parece ser el de evitar a los conductores el paso por
algunas zonas de Managua reputadas por su alto nivel de delincuencia. […] Los
nuevos trazados no solamente conectan lugares asociados con las elites urbanas,
sino que al mismo tiempo ignoran por completo las zonas de la ciudad que no
están asociadas con ellas [es decir: pro sandinistas]82.
Lo mismo sucede en
Buenos Aires, donde la inversión privada en carreteras es lo que permite a los
ricos vivir en sus residencias campestres en el lejano Pilar, y desplazarse
diariamente a sus oficinas en el centro. (El Gran Buenos Aires tiene un
proyecto de edge city o mega empredimiento, llamado
Nordelta, con una viabilidad financiera un tanto dudosa)83. En Lagos se abrió
un amplio pasillo a través de poblados, asentamientos, chabolas y miseria, para
poder construir una autopista para los dirigentes y funcionarios del Estado que
viven en el rico barrio de Ajah. Los ejemplos de estas redes de comunicaciones
son muy numerosos y Rodgers enfatiza el hecho de que «la apropiación de grandes
franjas de las metrópolis para su exclusiva utilización por parte de las elites
[…] supone una invasión del espacio público de la ciudad mucho mayor aún que
los enclaves fortificados»84.
Es importante darse
cuenta de que a lo que nos estamos enfrentando es a una reorganización
fundamental del espacio urbano, que incluye una disminución drástica de las
intersecciones entre la vida de los ricos y la de los pobres en un grado que
trasciende la segregación social y la fragmentación urbana tradicional. Algunos
autores brasileños han hablado recientemente de «la vuelta a la ciudad
medieval», pero las implicaciones que tiene la ruptura de las clases medias con
el espacio público y con cualquier forma de compartir un espacio ciudadano
común con los pobres, suponen un cambio más radical aun85. Rodgers,
siguiendo el camino de Anthony Giddens, conceptualiza la esencia del proceso
como el «divorcio» entre las actividades de las elites y los contextos
territoriales locales, un intento casi utópico de desconectar de una sofocante
matriz de pobreza y violencia social86. Laura Ruggeri
hablando sobre el caso concreto de Palm Springs en Hong Kong, reflexiona
también sobre la búsqueda contemporánea que las desarraigadas elites del Tercer
Mundo, realizan de un estilo de vida basado en las imágenes televisivas de una
California mitificada, que «para ser posible tiene que estar aislada de la
realidad del entorno»87.
Enclaves de
fantasía convenientemente fortificados, edge cities desgajadas
de sus propios paisajes sociales pero integradas en una etérea globalización al
estilo californiano […] todo esto nos llevan directamente a Philip K. Dick. En
este «dorado cautiverio», añade Jeremy Seabrooks, la burguesía urbana del Tercer
Mundo «deja de ser ciudadana de su propio país y se convierte en nómada que
pertenece y debe lealtad a una topografía del dinero, que es patriota de la
riqueza y nacionalista de un no lugar exclusivo y dorado»88.
Mientras tanto,
sobre el suelo del planeta, los pobres urbanos están desesperadamente atascados
en la ecología de la hiperdegradación urbana.
1 G. Verma, Slumming India, cit.,
p. XIX.
2 G. Sartori, G. Nembrini y F.
Stauffer, «Monitoring of Urban Growth of Informal Settlements and Population
Estimation from Aerial Photography and Satellite Imagining», Occasional
Paper # 6; Geneva Foundation (junio 2002).
3 J. Vasagar,
«Bulldozers Go in To Clear Kenya’s Slum City», The Guardian, 20
de abril de 2004.
4 S. Mahmud y Umut Duyar-Kienast,
«Spontaneous Settlements in Turkey and Bangladesh. Preconditions of Emergence
and Environmental Quality of Gecekondu Settlements and Bustees», Cities XVIII,
4, 2001, p. 272.
5 E. Morel y M. Mejía, «The Dominican
Republic», en A. Azuela, E. Duhau y E. Ortiz (eds.), Evictions and the
Right to Housing. Experience from Canada, Chile, The Dominican Republic, South
Africa, and South Korea, Ottawa, 1998, p. 90; M. Fay y A. Wellenstein,
«Keeping a Roof Over One’s Head», cit., p. 97.
6 G. O’Hara, D. Abbott y M. Barke, «A
Review of Slum Housing Policies in Mumbai», cit., p. 276. A. Appadurai da el
dato de 6.000.000 de habitantes en el 8 por 100 de la superficie de la ciudad.
«Deep Democracy. Urban Governmentality and the Horizon of Politics», Environmental
and Urbanization xiii, 2 (octubre 2001), p. 27.
7 K. Konadu-Agyemang, The
Political Economy of Housing and Urban Development in Africa, cit., p.
73.
8 A. Brown, «Cities for the Urban Poor
in Zimbabwe. Urban Space as a Resource for Sustainable Development», en D.
Westendorff y D. Eade, Development in Cities. Essays from Development
Practice, cit., p. 269; C. Mwimba, «The Colonial Legacy of Town
Planning in Zambia», documento de trabajo, Planning Africa 2002 Conference,
Durban (septiembre 2002), p. 6.
9 N. Dewar, «Harare. A Window on the
Future for the South African City?», en A. Lemon (ed.), Homes Apart.
South Africa’s Segregated Cities, Ciudad del Cabo, 1991, p. 198.
10 A. Howard, «Cities in Africa, Past
and Present», Canadian Journal of African Studies xxxvii, 2-3,
2003, p. 206.
11 K. Sharma, Rediscovering
Dharavi, cit., p. 8.
12 N. Gooptu, The Politics of
the Urban Poor in Twentieth-Century India, cit., p. 421.
13 T. Agbola, Architecture of
Fear, Ibadán, 1997, p. 51.
14 A. Blanqui, «Capital et travail»,
1885, citado por W. Benjamin, The Arcades Project, Cambridge,
2002, p. 144 [ed. cast.: Libro de los pasajes, Madrid,
Ediciones Akal, 2005].
15 R. Stren, «Urban Housing in Africa»,
cit., p. 38.
16 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. xv.
17 S. Benjamin, «Globalization’s Impact
on Local Government», UN-Habitat Debate vii,
4 (diciembre 2001),
p. 25.
18 B. Chatterjimitra, «Land Supply for
Low-Income Housing in Delhi», en R-J. Baken y J. van der Linden, Land
Delivery for Low Income Groups in Third World Cities, cit., pp.
218-229; N. Risbud, «Policies for Tenure Security in Delhi», A. Durand-Lasserve
y L. Royston (eds.), Holding Their Ground. Secure Land Tenure for the
Urban Poor in Developing Countries, cit., p. 61.
19 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., p. 267.
20 V. Soni, «Slumming It», Hindustan
Times, 24 de octubre de 2003.
21 R. Devraj, «No Way but Down for
India’s Slum Dwellers», Asia Times, 20 de julio de
2000.
22 M. Peil, «Urban Housing and Services
in Anglophone West Africa», cit., p. 178.
23 O. Ofeimun, «Invisible Chapters and
Daring Visions», This Day, 31 de julio de 2003; O.
Ifowodo, Red Rain y Maroko’s Blood, dos
colecciones de poemas; M. Nwosu, Invisible Chapters, Lagos,
2001; J. P. Clark, «Maroko» incluido en el libro de poemas A Lot From
Paradise, East Lansing (MI), 1999; Chris Abani, Graceland,
Nueva York, 2004.
24 J. Vasagar, «Bulldozers go in to
Clear Kenya’s Slum City», cit.
25 Véase los artículos
en The East African Standard, Nairobi, 8-9 de febrero de 2004.
26 Datos obtenidos de diversas fuentes
periodísticas.
27 A. Roy, «The Gentleman’s City. Urban
Informality in the Calcutta of New Comunism», en A. Roy y N. AlSayyad, Urban
Informality. Transnational Perspectives from the Middle East, Latin America,
and South Asia, Lanham (MD), 2003, p. 159.
28 T. Hodges, Angola, cit.,
pp. 30-31.
29 Yan Zhang y Ke Fang, «Is History
Repeating Itself? From Urban Renewal in the United States to Inner-City
Redevelopment in China», Journal of Planing Education and Research 23,
2004, pp. 286-289.
30 Ibid.
31 B. Omiyi, The
City of Lagos. Ten Short Essays, Nueva York, p. 48.
32 E. Berner, «Poverty
Alleviation and the Eviction of the Poorest», International Journal of
Urban and Regional Research xxiv, 3 (septiembre 2000), p. 559.
33 D.
Drakkakis-Smith, Third World Cities, cit., p. 28.
34 E. Berner, Defending
a Place, cit., p. 188.
35 Task Force
Detainees of the Philippines (TFDP-AMRSP), «Urban Poor, Demolition and the
Right to Adequate Housing», documento informativo, Manila, 2000.
36 H. Basili,
«Demolition the Scourge of the Urban Poor», Transitions (Boletín
del Service for the Treatment and Rehabilitation of Torture and Trauma
Survivors), # 6 (mayo 2000).
37 E. Morel y M.
Mejía, «The Dominican Republic», cit., p. 85.
38 Ibid., pp. 95-97.
39 Catholic Institute
for International Relations, Disposable People. Forced Evictions in
South Korea, Londres, 1988, p. 56.
40 Asian Coalition for
Housing Rights, Housing by the People in Asia, 15 de octubre
de 2003, p. 12.
41 Human Rights Watch,
«Demolished. Forced Evictions and the Tenants’ Rights Movement in China», en
hrw.org/reports/2004/china.
42 A.-M.
Broudehoux, The Making and Selling of Post-Mao Beijing, Nueva
York, 2004, p.
162.
43 M. Skidmore, Karaoke
Fascism, cit., 2002, p. 88. También el apartado de Birmania en
www.idpproject.org.
44 Ibid., pp. 84-85,
89, 159-160.
45 S. Taschner,
«Squatter Settlements and Slums in Brazil», cit., p. 205.
46 M. Barke, T.
Escasany y G. O’Hare, «Samba. A Metaphor for Rio’s Favelas», Cities XVIII,
4, 2001, p. 263.
47 A. Rodríguez y A.
M. Icaza, «Chile», en Azuela, Duhau y Ortiz, Evictions and the Right to
Housing, cit., p. 51.
48 H. Harms, «To Live
in the City Centre», cit., p. 198.
49 C. Schneider, Shantytown
Protest in Pinochet’s Chile, Filadelfia, 1995, p. 101.
50 C. Zanetta, The
Influence of the World Bank on National Housing and Urban Policies. The Case of
Mexico and Argentina in the 1990s, Aldershot, 2004, pp. 194-196.
51 R. Harris y M.
Wahba, «The Urban Geography of Low-Income Housing: Cairo (1947-96)», cit., p.
68.
52 G. Abdo, No
God but God. Egypt and the Triumph of Islam, Oxford, 2000, pp. 129-
130.
53 F. Ghannam, Remaking
the Modern. Space, Recolocation, and the Politics of Identity in a Global
Cairo, Berkeley, 2002, p. 38.
54 Ibid., p. 135.
55 M. Mulwanda y E. Mutale, «Never Mind
the People, the Shanties Must Go», Cities XI,
5, 1994, pp. 303,
311.
56 Asian Coalition for Housing
Rights, Housing by People in Asia, cit., pp. 18-19.
57 BBC News, 8 y 23 de agosto de 1999.
58 M. Dutton, Streetlife China, cit.,
p. 149.
59 L. Xiaoli y L. Wei, «Zhejiangcun.
Social and Spatial Implications of Informal Urbanization on the Periphery of
Beijing», Cities. xiv, 2, 1997, pp. 95-98.
60 D. Solinger, Contesting
Citizenship in Urban China, cit., p. 233.
61 M. Dutton, Streetlife China, cit.,
pp. 152-159 (citando de documentos oficiales).
62 D. Solinger, Contesting
Citizenship in Urban China, cit., p. 69.
63 Asian Coalition for Housing Rights,
«Housing by People in Asia», así como publicaciones en la prensa de Asian Human
Rights Commision and Urban Poor Consortium (véase la página web de Urban Poor:
www.urbanpoor.or.id).
64 M. Gwisai, «Mass Action Can Stop
Operation Murambasvina», International Socialist Organization (Zimbabwe), 30 de
mayo de 2005; Noticias de la BBC, 27 de mayo de 2005; The Guardian, 28
de mayo de 2005; Los Angeles Times, 29 de mayo de 2005.
65 Noticias de la BBC, 8 de junio de
2005 y Mail&Guardian Online (www.mg.co.za), 21 de julio de 2005.
66 Noticias de la BBC, 22 de julio de
2005.
67 B. Raftopoulos, «The Battle for the
Cities», una contribución para un debate en marcha en Internet sobre Zimbabwe (list.kabissa.org/mailman/listinfo/debate).
68 P. Miao, «Deserted Streets in a
Jammed Town. The Gated Community in Chinese Cities and Its Solution», Journal
of Urban Design viii, 2003 p. 45.
69 «Off worlds», en el original inglés,
traducido en la versión en lengua española de Blade Runner como
«mundo exterior». [N. del T.]
70 A. Bayat y E. Denis, «Who is Afraid
of Ashiwaiyat», Environment and Urbanization XVII,
2 (octubre 2000), p. 199.
71 Orange County Register, 14 de abril
de 2002.
72 The New York Times, 3 de febrero
de 2003.
73 L. Ruggeri, «Palm Springs.
Imagineering California in Hong Kong, 1991/94». El sitio web de la autora es
www.spacing.org. Otro «Palm Springs» es un elegante complejo residencial de
Pekín.
74 S. Benjamin, «Governance, Economic
Settings and Poverty in Bangalore», Environment and Urbanization XII,
1 (abril 2000), p. 39.
75 H. Leisch, «Gated Communities in
Indonesia», Cities XIX, 5, 2002, pp. 341, 344-345.
76 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. 163.
77 Para una descripción de las casas
fortificadas de Lagos, véase T. Agbola, Architecture of Fear, cit.,
pp. 68-69.
78 A. Czegledy, «Villas of the Highveld.
A Cultural Perspective on Johannesburg and Its Northern Suburbs», en R.
Tomlinson et al. (eds.), Emerging Johannesburg.
Perspectives on the Postapartheid City, Nueva York, 2003, p. 36.
79 M. Williams, «Gated Villages Match on
among City’s Super-Rich», Cape Argus (Cape Town), 6 de enero
de 2004. Para detalles sobre la tecnología de electrificación de vallas, véase
www.electerrific.co.za
80 T. Caldeira, City of Walls.
Crime, Segregation, and Citzenship in São Paulo, Berkeley,
2000, pp. 253, 262,
278.
81 D. Rodgers,
«“Disembedding” the City. Crime, Insecurity and Spatial Organization in
Managua», Environment and Urbanization XVI, 2 (octubre 2004),
pp. 120-121.
82 Ibid.
83 G. Thuillier,
«Gated Communities in the Metropolitan Area of Buenos Aires», pp. 258-
259.
84 D. Rodgers,
«“Disembedding” the City. Crime, insecurity and spatial organization in
Managua, Nicaragua», Environment and Urbanization XVI, 10,
2004, 2004, p. 123.
85 A. Geraiges de
Lemos, F. Scarlato y R. Machado, «O Retorno a Cidade Medieval. Os Condominios
Fechados da Metropole Paulistana», en L. F. Cabrales Barajas (ed.), Latinoamérica.
Países abiertos, ciudades cerradas, Guadalajara, 2000, pp. 217-236.
86 D. Rodgers,
«“Disembedding” the City. Crime, insecurity and spatial organization in
Managua, Nicaragua», cit., p. 123.
87 L. Ruggeri, «Palm
Springs», cit.
88 J. Seabrook, In
the Cities of the South, cit., p. 211.
VI. Ecología de las
áreas urbanas hiperdegradadas
Aquellos que fueron
a las metrópolis han caído en un desierto. Pepe Kalle
No es de extrañar
que una villa miseria de las afueras de Buenos Aires pueda
tener el peor feng shui del mundo, habida cuenta de que estará
levantada «sobre un antiguo lago, un vertedero tóxico, un cementerio o en una
zona con un riesgo elevado de inundaciones»1. Sin embargo, un
lugar peligroso, que suponga una grave amenaza para la salud podría ser la
definición geográfica de lo que es un típico asentamiento ocupado. Da igual que
se trate de un barrio en el río Pasig en Manila precariamente
levantado con postes sobre un nauseabundo y estancado río, o un bustee en
Vijayawada donde «los residentes tienen pintados los números de las casas en
elementos de mobiliario, para poder recuperarlos después de las inundaciones
que se producen todos los años»2. Los ocupantes
obtienen unos metros cuadrados de terreno y una cierta posibilidad de evitar el
desalojo a cambio de renunciar a la salud pública y poner en peligro su
seguridad física. Son los primeros colonizadores de pantanos, zonas de
inundaciones, laderas de volcanes, colinas inestables, montañas de basura,
vertederos químicos, vías muertas y bordes de desiertos. Visitando Dacca,
Jeremy Seabrook describe una pequeña área hiperdegradada –«un refugio para
desplazados por la erosión, los ciclones, las inundaciones, la hambruna o por
el más reciente generador de inseguridad: el desarrollo»– que ha hecho un pacto
con el diablo y ha obtenido una precaria cornisa de terreno entre una fábrica
altamente tóxica y un lago envenenado. Su peligrosidad y su falta de atractivo
hacen que ofrezca «protección frente a los valores en alza de los terrenos en
la ciudad»3. Semejantes
lugares son nichos de pobreza en la ecología de la ciudad y los más pobres no
tienen más alternativa que convivir con el desastre.
El punto de partida
de un área urbana hiperdegradada es una geología adversa. Las áreas
hiperdegradadas de Johannesburgo, por ejemplo, se corresponden exactamente con
un cinturón de terrenos calizos que son peligrosos, inestables y están
contaminados por los residuos de la minería. Por lo menos la mitad de la
población no blanca de la región vive en asentamientos informales situados en
zonas de residuos tóxicos y en las que el terreno sufre un colapso crónico4. Igualmente,
las favelas de Belo Horizonte y de otras ciudades de Brasil se
levantan sobre laderas de terreno ferruginoso altamente erosionado y están
catastróficamente expuestas a desmoronamientos y desprendimientos5. Los estudios
geomorfológicos realizados en 1990 revelaron que una cuarta parte de las favelas de
São Paulo estaban situadas en zonas peligrosamente erosionadas, mientras el
resto se repartía entre abruptas laderas de colinas o riberas de ríos. El 60
por 100 de los ocupantes estaban expuestos de manera inminente o a medio plazo
a «riesgos para la vida y/o para sus propiedades» 6. Las
conocidas favelas de Río de Janeiro están levantadas sobre
terrenos igualmente inestables encima de estructuras de granito y
laderas de colinas que frecuentemente se desmoronan con resultados mortales.
Entre 1966 y 1967 hubo 2.000 muertes a consecuencia de desprendimientos, 200 en
1998 y en las navidades de 2001 murieron 70 personas 7. El peor desastre
natural en Estados Unidos desde la posguerra, fueron las lluvias torrenciales
que cayeron sobre las inestables laderas de Ponce en Puerto Rico y que
provocaron una avalancha que se llevó la vida de 500 habitantes de las chabolas
de Mamayes.
Con una población
de 5,2 millones de habitantes en 2005, Caracas es «la tormenta perfecta» desde
el punto de vista geológico. Las áreas hiperdegradadas que albergan a las dos
terceras partes de la población urbana están levantadas sobre laderas inestables
de montañas o en profundos barrancos alrededor del valle de Caracas, una zona
que registra actividad sísmica. Antiguamente, la vegetación mantenía la frágil
corteza en su lugar,
pero el
desbrozamiento del terreno unido a una construcción devastadora han
desestabilizado unas laderas densamente pobladas y han producido un aumento
radical de los corrimientos y avalanchas de tierras: de menos de una por década
antes de 1950 al ritmo actual de dos o más al mes8. De todas formas,
la creciente inestabilidad del terreno no ha evitado que se colonicen las
cornisas de la montaña, las pendientes de las torrenteras, o las bocas de los
barrancos que sufren inundaciones periódicas.
A mediados del mes
de diciembre de 1999, el norte de Venezuela, y especialmente el macizo del
Ávila sufrió unas tormentas extraordinariamente fuertes. La lluvia que se
recogía en un año, cayó en cuestión de días sobre un terreno que ya estaba
saturado de agua. En algunas zonas se alcanzaron los niveles más altos de los
«últimos mil años»9. Las riadas y las
avalanchas que cayeron sobre Caracas y especialmente sobre la vertiente
caribeña del macizo de Ávila, provocaron 32.000 muertos, 140.000 personas sin
techo y otras 200.000 perdieron sus trabajos. La costa de Caraballeda fue
devastada por la avalancha de 1,8 millones de toneladas de tierra, incluyendo
rocas tan grandes como casas10. Un obispo
católico sugirió que era la respuesta divina al triunfo electoral del
izquierdista Hugo Chávez. El ministro de Asuntos Exteriores José Vicente Rangel
le respondió diciendo que «sería un Dios muy cruel si descargara su venganza
sobre el sector más desvalido de la comunidad»11.
Los deslizamientos
del terreno son a la región de Caracas lo mismo que las frecuentes inundaciones
al área metropolitana de Manila. La ciudad se encuentra en una planicie
semialuvial limitada por tres ríos y sujeta a lluvias torrenciales y tifones;
es una cuenca donde las inundaciones son algo natural. Después de 1898 las
autoridades coloniales estadounidenses construyeron canales, dragaron las zonas
sometidas a las mareas (esteros) y levantaron estaciones de
bombeo para drenar las aguas de las tormentas y proteger la parte central de la
ciudad. Las mejoras en el sistema que se han realizado en los últimos años se
han visto contrarrestadas por la ingente cantidad de residuos que van a parar a
los canales y a los esteros (se calcula que el lecho del río Pasig
está formado por
una capa de cuatro
metros de residuos)12; la
sobreexplotación de las aguas subterráneas, la deforestación de las riberas de
Marikina y Montalban, y por encima de todo por el incesante crecimiento de
viviendas de chabolas en los humedales. La crisis de la vivienda ha
transformado tanto el carácter como la magnitud del problema de las
inundaciones, dejando a la quinta parte de la población expuesta de manera
regular al peligro físico o a la pérdida de propiedades. En noviembre de 1988,
las inundaciones dañaron o destruyeron las viviendas de más de 300.000 personas
y en otra catástrofe similar el asentamiento de Tatlon fue sepultado bajo seis
metros de agua. En julio de 2000, el diluvio que acompañó a un tifón provocó el
hundimiento de la famosa «montaña de basura» de Payatas, en la hiperdegradada Quezon
City, sepultando 500 chabolas y matando a mil personas. (Payata ha sido objeto
de varios excelentes documentales por parte del cineasta japonés Hiroshi
Shinoimiya)13.
Los ejemplos de
Caracas y de Manila muestran cómo la pobreza amplifica los peligros climáticos
o geológicos. La vulnerabilidad ambiental urbana, el riesgo, se
calcula algunas veces como el producto de los peligros (frecuencia
y magnitud de los fenómenos naturales) por los recursos (población
y viviendas expuestas al peligro) y la fragilidad (características
físicas del tipo de construcciones). Es decir, riesgo = peligros X recursos X fragilidad.
La urbanización informal ha multiplicado, algunas veces hasta por diez, los
peligros naturales inherentes de los entornos urbanos. Un ejemplo de libro de
texto son las lluvias que cayeron en Sudán en 1988 que produjeron el
consiguiente desbordamiento del Nilo y el desplazamiento de más de 800.000
personas en Jartum: los investigadores señalan que aunque los niveles de la
inundación no habían llegado a los extremos de 1946, sus efectos devastadores
fueron diez veces superiores, debido principalmente a la proliferación de áreas
urbanas hiperdegradadas en las zonas habituales de crecida del río14.
Las ciudades ricas
que se encuentran en lugares de riesgo como Los Ángeles o Tokio pueden reducir
los peligros geológicos y metereológicos mediante grandes obras públicas e
«ingeniería estructural»: estabilizando las laderas con redes, revestimientos y
fijaciones a la
roca; nivelando y creando terrazas sobre las laderas de las colinas; perforando
pozos de drenaje y bombeando el agua fuera de los terrenos saturados; creando
pequeñas presas y esclusas y canalizando las aguas de las tormentas hacia una
amplia red de canales y alcantarillas. Las coberturas que ofrecen los seguros,
junto a las ayudas por incendios o terremotos, garantizan a los residentes la
reparación y reconstrucción en el caso de que se produzcan daños. Las zonas
urbanas hiperdegradadas del Tercer Mundo que carecen de letrinas y de agua
potable difícilmente se benefician de las obras públicas o de la cobertura de
las compañías de seguros. Los expertos hacen hincapié en que la deuda externa y
el subsiguiente «ajuste estructural» han conducido a un siniestro «equilibrio
entre producción, competencia y eficiencia, produciendo unas consecuencias
negativas sobre los asentamientos, en términos de vulnerabilidad frente a los
desastres»15. «Fragilidad» es
simplemente un sinónimo de la negligencia sistemática de los gobiernos para
proporcionar seguridad al entorno, muchas veces como consecuencia de presiones
financieras exteriores.
Sin embargo, por
otro lado, la realidad es que también la intervención gubernamental puede ser
un factor que multiplique el riesgo. En noviembre de 2001 los distritos pobres
de Bab el-Oued, Frais Vallon y Meaux Fraisier en Argel fueron sacudidos por
unas devastadoras inundaciones y avalanchas de lodo. Durante 36 horas los
torrentes de lluvia arrasaron las chabolas de las laderas e inundaron los
barrios de las zonas bajas; el resultado fueron 900 muertos. A la vista de que
la ayuda oficial no llegaba, fueron los propios habitantes, especialmente los
más jóvenes, los que tuvieron que realizar las labores de rescate. Tres días
después, cuando apareció por allí el presidente Bouteflika, lo hizo para decir
a las víctimas que «el desastre es simplemente voluntad de Dios y nada se puede
hacer contra eso»16.
Los habitantes
locales sabían que eso eran tonterías. Como señalaron los ingenieros
inmediatamente, las viviendas en las laderas de las colinas eran un desastre
anunciado: «Se trataba de estructuras débiles vulnerables a las lluvias
intensas. Por todo el país, este tipo de construcciones han estado muy
expuestas a las
lluvias debido a su
degradación, las reparaciones inadecuadas, el envejecimiento y las
negligencias»17. En realidad, gran
parte de la destrucción fue consecuencia de la guerra gubernamental contra la
guerrilla islámica y de la decisión de destruir los posibles escondites de los
insurgentes y cerrar sus rutas de escape, para lo cual las autoridades habían
deforestado las colinas sobre Bab el-Oued y condenado las alcantarillas. «Las
alcantarillas bloqueadas dejaron a las aguas sin ningún sitio por donde salir.
La corrupción también había permitido construir viviendas de ínfima calidad en
el lecho del río, enriqueciendo a los empresarios a costa de la seguridad
pública»18.
Pero más que los
desprendimientos de tierras y las inundaciones, los seísmos constituyen un
indicador exacto del alcance de la crisis de la vivienda urbana. Aunque algunos
de ellos, como el de 1985 en Ciudad de México, afecten a edificios altos,
normalmente la destrucción provocada por los seísmos se concentra con asombrosa
precisión sobre viviendas de ladrillo y barro de poca calidad, de manera
especial cuando van acompañados de hundimientos de laderas y terrenos
pantanosos. El peligro sísmico es uno de los elementos del pacto diabólico que
supone la vivienda informal. Para Geoffrey Payne, «la indiferencia hacia la
planificación y el incumplimiento de los niveles mínimos de calidad, ha
permitido durante mucho tiempo a la población sin recursos en Turquía obtener
un acceso fácil al suelo y a los servicios, siendo esa misma indiferencia hacia
el cumplimiento de las normativas en la edificación la responsable de la muerte
y destrucción que ocasionó el terremoto de 1999»19.
El geógrafo Kenneth
Hewitt afirma que los terremotos destruyeron más de 100 millones de viviendas
durante el siglo XX, principalmente en las áreas urbanas hiperdegradadas,
los bloques de viviendas en barrios o en las aldeas rurales. El riesgo sísmico
se presenta distribuido de manera tan irregular, dentro de la mayor parte de
las ciudades, que se acuñó la expresión «terremoto clasista» para describir un
modelo de destrucción que no afecta a todos por igual.
El problema se hizo
evidente de la manera más cruda en la catástrofe que asoló Guatemala en febrero
de 1978 en la que 1,2 millones de personas
perdieron sus
viviendas. En Ciudad de Guatemala, de las 59.000 viviendas destruidas
prácticamente todas pertenecían a las áreas urbanas hiperdegradadas; estaban
construidas en barrancos, ocupando las laderas, en los riscos inestables o en
las zonas de sedimentos volcánicos jóvenes que no estaban consolidados. Las
pérdidas en el resto de la ciudad y entre las viviendas de calidad fueron
insignificantes, ya que estaban levantadas sobre terrenos mucho más sólidos20.
En una situación en
la que la mayoría de la población urbana mundial se concentra o está cerca del
campo de acción de las placas tectónicas, especialmente a lo largo de las
costas de India y del océano Pacífico, varios miles de millones de personas
afrontan el riesgo de movimientos sísmicos, volcanes, tsunamis así como de las
olas provocadas por las tormentas y los tifones. Si el terremoto de Sumatra de
diciembre de 2004 y el consiguiente tsunami fueron un fenómeno
relativamente anormal, durante el presente siglo habrá otros virtualmente
inevitables. Los gecekondus de Estambul están en el punto de
mira de los seísmos sigilosamente activos que se producen a lo largo de las
placas que forman la falla del norte de Anatolia. Las autoridades de Lima
predicen que el próximo terremoto que se producirá en algún momento de este
siglo, se llevará por delante por lo menos 100.000 estructuras, la mayor parte
en tugurios y barriadas21.
Pero a los pobres
urbanos, ni los terremotos ni las inundaciones les quitan el sueño. Su temor
más inmediato es un elemento que aparece con mucha más frecuencia: el fuego.
Algunos estudios consideran a las áreas urbanas hiperdegradadas, y no al bosque
mediterráneo o a los eucaliptos de Australia, como la primera fuente de
incendios a escala global. La mezcla de materiales inflamables en las
viviendas, la elevada densidad de población y la dependencia del fuego como
medio de cocinar y de obtener calor forman una receta muy eficaz para provocar
combustiones accidentales. Un simple accidente con los hornillos de gasolina o
keroseno puede transformarse en un fuego que arrase cientos o miles de
alojamientos. El fuego se propaga en las chabolas a una velocidad extraordinaria,
y los vehículos de los bomberos, en el caso de que acudan, en muchas ocasiones
son incapaces de moverse entre las estrechas calles de estas zonas.
De cualquier forma,
los incendios en las áreas hiperdegradadas suelen ser cualquier cosa menos
accidentes. Antes que tener que afrontar costosos procedimientos judiciales o
tener que esperar una demolición oficial, los propietarios de terrenos y las
inmobiliarias con frecuencia prefieren la vía rápida del incendio provocado.
Manila tiene una sonora reputación por los sospechosos incendios que se
producen en las áreas hiperdegradadas. Según señala Jeremy Seabrook, «entre
febrero y abril de 1993 hubo ocho grandes incendios en estas áreas, incluyendo
los provocados en Smoky Mountain, Aroma Beach y Navotas. La zona más castigada
está junto a los muelles donde se quiere ampliar la terminal de contenedores»22. Erhard Berner
añade que uno de los métodos favoritos, que los terratenientes llaman
«demolición en caliente», es cazar «una rata o un gato (los perros mueren
demasiado rápido), empaparlo de keroseno y después de prenderle fuego, soltarlo
en el lugar adecuado […] un fuego de estas características resulta difícil de
controlar, ya que el animal puede incendiar muchas chabolas antes de morir»23.
Cuadro 11. Pobreza
en combustión
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Periodo |
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Ciudad |
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Viviendas
destruidas |
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Población |
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sin techo |
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2004 |
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Enero |
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Manila (Tondo) |
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2.500 |
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22.000 |
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Febrero |
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Nairobi |
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30.000 |
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Marzo |
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Lagos |
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5.000 |
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Abril |
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Bangkok |
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5.000 |
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30.000 |
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Noviembre |
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Dacca |
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150 |
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2005 |
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Enero |
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Khulna
(Bangladesh) |
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7.000 |
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Nairobi |
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414 |
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1.500 |
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Febrero |
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Delhi |
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3.000 |
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Hyderabad |
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4.000 |
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30.000 |
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En Bangalore, donde
los valores del suelo se están disparando y donde los pobres se encuentran con
frecuencia en el lugar equivocado, los incendios provocados también son un
método ad hoc de renovación urbana. Hans Schenk escribe que «una
parte de estos incendios son provocados por dirigentes de las áreas
hiperdegradadas que quieren hacerse con una parte de las compensaciones
gubernamentales, otros provienen de las mafias políticas que quieren eliminar
sectores “indeseados” y el resto, de los propietarios privados que quieren
urbanizar un terreno y necesitan limpiarlo de ocupantes ilegales por una vía
rápida»24.
Patologías de las
formas urbanas
Si la pobreza
magnifica los riesgos de los peligros naturales, su interacción con las
industrias contaminantes, la anarquía del tráfico y el colapso de las
infraestructuras produce unos peligros nuevos y completamente artificiales. La
forma caótica de tantas ciudades del Tercer Mundo, «mandelbrots urbanos» de
acuerdo con el teórico urbano Matthew Gandy, anula gran parte de la eficacia
medio ambiental de la vida de la ciudad y sirve para alimentar los pequeños
desastres que constantemente aterrorizan a metrópolis como Ciudad de México, El
Cairo, Dacca y Lagos. Como señala Gandy, «Lagos no existe realmente como ciudad
en sentido convencional; sus límites no están claros, muchos de sus elementos
parecen funcionar de manera independiente…»25. Todos los
principios clásicos de la planificación urbana, incluyendo la conservación de
espacios abiertos y la separación entre los usos peligrosos del terreno y los
usos residenciales se vuelven del revés en las ciudades pobres. Alrededor de
las actividades industriales peligrosas y de las infraestructuras de
transporte, unas ordenanzas de urbanismo infernales parecen organizar un
despliegue de zonas de chabolas densamente pobladas. Prácticamente todas las
grandes ciudades del Tercer Mundo, o al menos todas aquellas que tienen algún
tipo de actividad industrial, tienen un dantesco barrio hiperdegradado envuelto
en la contaminación y situado cerca de
alguna conducción
de gas o de petróleo, de plantas químicas o de refinerías: Iztapalapa en
México, Cubatäo en São Paulo, Belford Roxo en Río de Janeiro, Cibubur en
Yakarta, la periferia sur de Túnez y así sucesivamente.
En su libro sobre
las ciudades pobres del hemisferio sur, Jeremy Seabrook hace una crónica del
inacabable calendario de desastres que azotaron el área portuaria
hiperdegradada de Klong Toey en Bangkok, una zona emparedada entre los muelles,
las industrias químicas y las autopistas. En 1989, una explosión en una
instalación química provocó el envenenamiento de cientos de residentes, dos
años después la explosión de un almacén dejó a 5.500 residentes sin techo y
ocasionó una misteriosa enfermedad que mataría a muchos de ellos. En 1992 el
fuego destruyó 62 viviendas, 460 en 1963 (año en el que también se produciría
una nueva explosión), y varios cientos más en 199426. Miles de áreas
similares de todo el planeta tienen historias parecidas a Klong Toey. Padecen
de lo que Gita Verma llama «el síndrome del basurero»: una concentración de
actividades industriales tóxicas tales como las metalúrgicas, las industrias de
tintes, el curtido, el reciclado de baterías, las fundiciones, las reparaciones
de vehículos, las manufacturas químicas, etc., que las clases medias nunca
permitirían en sus propios barrios27. Se han realizado
muy pocas investigaciones sobre la salud medioambiental en semejantes lugares,
especialmente si tenemos en cuenta los riesgos que surgen de la sinergia de
tanta toxina y contaminación actuando en el mismo lugar.
Normalmente el
mundo presta atención a estas mezclas fatales de pobreza e industrias tóxicas
cuando se produce alguna explosión con suficientes muertos. 1984 fue el annus
horribilis. En febrero un oleoducto explotó en Cubatäo, el «valle de la
contaminación» de São Paulo y abrasó a más de 500 personas de las favelas cercanas.
Ocho meses más tarde, un gaseoducto de la Pemex explotó como una bomba en el
distrito de San Juanico de Ciudad de México matando a más de 2.000 habitantes
(es un decir, no se llegó a realizar un cálculo fiable de la mortalidad):
Cientos de ellos
nunca se levantaron, murieron incluso antes de darse cuenta de lo que estaba
pasando. Llamaradas enormes saltaban de la planta de almacén de gas y se
elevaban 1.600 metros en el aire. Los cuerpos simplemente desaparecieron en
medio de la bola de fuego, arrancados de la tierra sin dejar rastro. La gente
corría por las calles, algunos con el pelo o la ropa en llamas gritando de
terror. Todavía no había amanecido, pero la luz de las llamaradas iluminaba la
escena como si fuera mediodía28.
Menos de tres
semanas después, la planta de Unión Carbide en Bhopal, la capital de Madhya
Pradesh, liberó su infame y letal nube de isocianato de metilo. De acuerdo con
un estudio de Amnistía Internacional, entre 7.000 y 10.000 personas murieron
inmediatamente y otras 15.000 morirían en los años siguientes de enfermedades
relacionadas con la catástrofe. Las víctimas eran los pobres de los pobres,
principalmente musulmanes. La planta de envasado de pesticidas, «una actividad
relativamente simple y segura», había sido construida en una lugar que llevaba
mucho tiempo como asentamiento ilegal. Al mismo tiempo que la planta iba
creciendo y derivaba su actividad hacia la fabricación de pesticidas, los bustees florecían
a su alrededor. Hasta el momento en que los niños empezaron a morir en las
calles, los habitantes no tenían ni idea de lo que se producía en la planta o
del apocalíptico riesgo que suponían las enormes cantidades de isocianato de
metilo29.
Por otro lado, los
habitantes de las áreas hiperdegradadas son plenamente conscientes del peligro
que supone el tráfico salvaje que inunda las calles de la mayor parte de las
ciudades. El crecimiento urbano sin el acompañamiento de una inversión social en
transporte público y las autopistas de uso restringido, han convertido el
tráfico en una catástrofe para la salud pública. A pesar de los niveles de
pesadilla que alcanza la contaminación, la utilización de los vehículos de
motor en las ciudades en vías de desarrollo se está disparando (véase cuadro
12). En 1980, el Tercer Mundo representaba solamente al 18 por 100 de los
propietarios de vehículos a escala global; para el 2020, aproximadamente la
mitad de los 1.300 millones de coches, autobuses y camiones que se calcula que
habrá en el mundo, juntamente con varios cientos de millones de motocicletas y
escúteres, atascarán las calles y los caminos de los países más pobres30.
Cuadro 12.
Motorización del Tercer Mundo31
|
Ciudades Año
Millones |
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||
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El Cairo |
1978 |
0,5 |
|
|
|
1991 |
2,6 |
(Vehículos
privados) |
|
|
2006 |
7,0 |
|
|
Bangkok |
1984 |
0,54 |
|
|
|
1992 |
10,5 |
|
|
Indonesia |
1995 |
12,0 |
(Vehículos de
todo tipo) |
|
|
2001 |
21,0 |
|
La explosión de los
parques automovilísticos viene manejada por las poderosas fuerzas de la
desigualdad. Como explican Daniel Sperling y Eileen Clausen, la política de
transporte de la mayor parte de las ciudades es un círculo vicioso en el que la
disminución de la calidad del transporte público refuerza la utilización
privada del automóvil y a la inversa:
En la mayor parte
de las ciudades, el transporte público está fuertemente subvencionado no
solamente por las consecuencias positivas que se le atribuye, referidas a
reducir los atascos y la necesidad de ampliar las carreteras, sino como medio
de asegurar el acceso al transporte de la población pobre. Sin embargo, aun así
una gran parte de la población sigue sin poder hacer frente a ese gasto y
presiona para que los precios sean lo más bajos posibles; lo que penaliza la
calidad y el confort del servicio. Los viajeros de las clases medias reaccionan
comprándose un coche en cuanto pueden. Los precios bajos de motocicletas y
escúteres facilitan la desbandada de la clase media; los ingresos de las
empresas de transporte disminuyen y en consecuencia reducen la calidad para
dirigirse hacia una clientela más pobre. Aunque la disminución de calidad es lo
primero que se acusa, normalmente a continuación se produce una disminución de
la frecuencia del servicio32.
Las organizaciones
internacionales para el desarrollo alientan las políticas destructivas en el
transporte por sus preferencias en financiar carreteras antes que vías de tren,
así como por su apoyo a la privatización del transporte público. En China, el antiguo
paraíso de la bicicleta, los planificadores otorgan en la actualidad una
preferencia irracional al automóvil. En Pekín se han destruido vastas
franjas de las
tradicionales viviendas de patios, así como la red de pintorescos hutong (callejón
trasero), para hacer sitio a bulevares y autovías. Al mismo tiempo los
ciclistas ven como aumentan los impuestos municipales y las restricciones de
acceso a carreteras y se acaban las subvenciones para bicicletas que
antiguamente proporcionaban las unidades de trabajo33.
La colisión de la
pobreza urbana con el tráfico produce una auténtica matanza. En el Tercer Mundo
más de un millón de personas, tres cuartas partes peatones, ciclistas y
pasajeros, mueren cada año a consecuencia de accidentes de tráfico. Un
investigador de la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que «la gente
que más riesgo afronta es la que nunca tendrá un coche en su vida»34. Los minibuses y
camionetas que frecuentemente carecen de ningún tipo de licencia y de ningún
tipo de mantenimiento, resultan especialmente peligrosos. En Lagos los
autobuses son conocidos como danfos y mules, «ataúdes
volantes» y «morgues móviles»35. El paso de
tortuga que lleva el tráfico, tampoco sirve para reducir su peligrosidad. En El
Cairo, aunque la velocidad media de coches y autobuses es de 10 kilómetros por
hora, el índice anual de accidentes por cada 1.000 vehículos produce 8 muertos
y 60 heridos36. En Lagos, donde
el ciudadano medio pasa tres horas diarias atrapado en estridentes atascos, los
conductores se vuelven literalmente locos y subirse a las aceras o conducir por
la izquierda es una práctica frecuente, que ha llevado al Ministerio de Comunicaciones
a imponer pruebas psiquiátricas a los infractores37. En Delhi The
Hindustan Times se quejaba recientemente de que los conductores rara
vez se molestan en parar después de producirse el atropello de algún buscador
de basura o de niños mendigos38.
De acuerdo con la
OMS, el coste global de los muertos y heridos en las carreteras del Tercer
Mundo alcanza «el doble de la ayuda para el desarrollo recibida por esos
países». La OMS considera el tráfico como uno de los mayores peligros a los que
se enfrenta la pobreza urbana, y calcula que en 2020 los accidentes de tráfico
serán la tercera causa de muerte39. China, donde los
automóviles están despojando a las bicicletas y a los peatones del control de
las
calles, será
desafortunadamente para ella la primera de la lista: casi 250.000 ciudadanos
fallecieron o sufrieron heridas graves en accidentes de tráfico solamente en
los primeros cinco meses de 200340.
La motorización
desenfrenada también está agudizando la pesadilla de la contaminación del aire.
Miles de coches viejos, autobuses machacados y camiones totalmente
desvencijados asfixian las zonas urbanas con su mortal respiración, mientras
que los viejos motores de dos tiempos que mueven los vehículos pequeños, emiten
diez veces más contaminantes que los coches modernos. De acuerdo con una
reciente investigación, el aire fétido que se respira en megaciudades como
Ciudad de México (300 días de nubes de contaminación al año), São Paulo y Pekín
es particularmente nocivo para la salud41. Respirar el aire
de Bombay es lo mismo que fumarse dos paquetes y medio de cigarrillos diarios y
el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente en Delhi ha advertido
recientemente que las ciudades de India se estaban convirtiendo en «mortíferas
cámaras de gas»42.
La invasión de las
reservas medioambientales
De manera abstracta
las ciudades serían la solución a la crisis global del medio ambiente: la
aglomeración urbana se traduciría en una mayor eficacia en el aprovechamiento
del suelo, de la energía y de los recursos, mientras que los espacios públicos
y las instituciones culturales proporcionarían una mayor calidad de
entretenimiento que el consumo individualizado y el ocio comercializado. Sin
embargo, como vienen reconociendo los teóricos urbanos empezando por Patrick
Geddes (el verdadero padre del biorregionalismo), tanto la eficacia
medioambiental como la prosperidad pública requieren de la conservación de una
matriz ecológica de ecosistemas intactos, espacios abiertos y sistemas
naturales. Las ciudades necesitan establecer una alianza con la naturaleza para
poder convertir los enormes residuos que originan en inputs para
la agricultura y la producción de energía. El
urbanismo
sostenible presupone la conservación de los humedales y de la agricultura.
Desafortunadamente, con pocas excepciones, las ciudades del Tercer Mundo están
sistemáticamente contaminando, urbanizando y destruyendo los sistemas en los
que se apoya su entorno natural.
Por ejemplo, los
espacios urbanos abiertos están generalmente sepultados por montañas de basura,
creando pequeños paraísos para las ratas y los mosquitos. El déficit crónico
entre la basura que se genera y la que se puede recoger resulta sobrecogedor.
En Dar-es-Salaam, apenas el 25 por 100, en Karachi el 40 y en Yakarta el 6043. El director de
planificación municipal de Kabul se lamenta de que «la ciudad se está
convirtiendo en una gran reserva de basura
[…] cada 24 horas, 2
millones de personas producen 800 metros cúbicos de residuos sólidos. Aunque
los 40 camiones de que disponemos realicen tres viajes al día, solamente pueden
sacar de la ciudad entre 200 y 300 metros cúbicos»44. El contenido de
las basuras resulta a veces espeluznante. En Accra, el Daily Graphic describía
recientemente «vertederos llenos de bolsas de plástico negras que contienen
fetos humanos procedentes de las kayayee (porteadoras) y
quinceañeras. De acuerdo con las autoridades metropolitanas, el 75 por 100 de
las bolsas negras de plástico contienen abortos humanos»45.
Los cinturones
verdes de la periferia van convirtiéndose en páramos muertos. Tanto en África
como en Asia la producción de alimentos se pone en peligro por la innecesaria
destrucción de las tierras de cultivo que produce el desbordamiento urbano. En
India cada año se pierden 50.000 hectáreas de tierras de cultivo en favor de la
urbanización46. En el momento
álgido de la «marea campesina» que se produjo en China entre 1987 y 1992,
aproximadamente un millón de hectáreas pasaban anualmente de uso agrícola a
urbano47. En Egipto, el
país con el mayor sector agrícola del planeta, la expansión del sector ha
llegado a un punto de inflexión: alrededor de El Cairo, el desarrollo urbano
consume de 30.000 hectáreas anuales, como señala Florian Steinberg, «una
extensión más o menos equivalente a los terrenos ganados para
uso agrícola
mediante los grandes proyectos de regadío que empezaron con la presa de Asuán»48.
La agricultura que
sobrevive en las zonas periurbanas está contaminada además por las aguas
residuales. Vistas desde el aire, las ciudades de Asia tradicionalmente
aparecían rodeadas por una brillante corona de actividades agrícolas altamente
productivas, pero las aguas residuales procedentes de la industria son
altamente tóxicas por la presencia de metales pesados y otros agentes
patógenos. En las afueras de Hanoi, donde agricultores y pescadores
constantemente se ven desplazados por el desarrollo urbano, las aguas
residuales procedentes de la ciudad y de las actividades industriales se
emplean rutinariamente como sustitutos de los fertilizantes artificiales.
Cuando los investigadores preguntaron sobre esta práctica tan nociva,
recibieron «una respuesta cínica por parte de los productores, sobre la gente
rica de las ciudades». «Ellos no se preocupan de nosotros y nos engañan con
compensaciones inútiles [por las tierras agrícolas], así que ¿por qué no
tomarse algún tipo de venganza?»49. Igualmente en
Colombo, donde las zonas hiperdegradadas se reproducen en los campos, «ha
surgido una nueva forma de cultivo llamada keera kotu, donde
la basura urbana se utiliza con fines agrícolas para obtener un
crecimiento rápido y en cualquier sitio»50.
A medida que la
crisis de la vivienda se agudiza, las áreas hiperdegradadas también invaden
santuarios ecológicos y humedales protegidos. En Bombay, han penetrado tanto en
el interior del parque nacional de Sanjay Gandhi, que algunos de los habitantes
han sido devorados por los leopardos (10 muertes en junio de 2004). Los geekondus de
Estambul se reproducen en los humedales del bosque de Ormeli; en Quito las
chabolas rodean la reserva de Antisana y en São Paulo las favelas amenazan
con contaminar más aún el agua de la reserva natural de Guarapiranga, que ya ha
alcanzado fama por su desagradable sabor y que proporciona el 21 por 100 del
consumo de la ciudad. São Paulo está manteniendo una lucha enconada para
conseguir mantener la potabilidad del agua: 170.000 toneladas de productos para
el tratamiento del agua al año, equivalentes a la carga de 17.000
camiones. Los
expertos advierten que estos métodos son una solución insostenible.
La mitad de
las favelas de São Paulo están localizadas a la orilla de las
reservas que abastecen de agua a la ciudad. Esto supone un peligro para la
salud pública, ya que la población tira sus basuras directamente a la reserva o
a los arroyos que le proporcionan agua. Los sistemas para controlar la calidad
de la red de distribución de agua municipal han tenido muchos problemas en los
últimos años. Además del constante aumento de la cloración del agua para evitar
el tifus, apenas pueden controlar el crecimiento de las algas, ya que estas se
multiplican muy deprisa cuando se producen acumulaciones de materia orgánica51.
En todas partes las
aguas residuales envenenan el agua potable. En Kampala (Uganda) los residuos de
las áreas hiperdegradadas contaminan el lago Victoria, mientras que en Monrovia
(Liberia) que después de años de guerra civil ha alcanzado 1,3 millones de
habitantes, pero que mantiene una infraestructura de una ciudad de menos de
250.000, los excrementos apestan el paisaje por completo: playas, calles,
patios y riachuelos52. En las zonas más
deprimidas de Nairobi, el agua del grifo no es potable debido a que viene
contaminada fecalmente en origen53. Mientras tanto,
en Ciudad de México el área de Ajusco, que constituye el pulmón ecológico de la
zona, se está degradando peligrosamente por los desechos de las colonias54. Los expertos
calculan que el 90 por 100 de la basura en América Latina va a parar a ríos y
arroyos sin ningún tratamiento previo55. Desde un punto de
vista sanitario, las ciudades pobres de todo el planeta son poco más que
cloacas atascadas y rezumantes.
Viviendo entre la
mierda
La acumulación de
excrementos es uno de los primeros problemas urbanos. En la década de 1830 y a
principios de la siguiente, cuando el cólera y el tifus resplandecían en
Londres y en otras ciudades industriales europeas, la burguesía británica se
vio obligada a enfrentarse a un hecho que no era adecuado para comentar en los
salones. Como recoge Stephen Marcus, «la
conciencia burguesa
se vio desagradablemente turbada por el hecho de que millones de ingleses,
hombres, mujeres y niños estaban viviendo virtualmente en medio de la mierda.
La cuestión inmediata parece que fue el saber por qué no se ahogaban
directamente en ella» 56. El origen de las
epidemias en los apestosos miasmas de los barrios degradados, hizo que las
elites mostraran un repentino interés por condiciones similares a las que había
reflejado Friedrich Engels sobre Manchester, donde en algunas calles «unas
doscientas personas compartían el mismo retrete» o sobre el pintoresco río Irk
que se había convertido en «una mancha apestosa, negra como el carbón, lleno de
mugre y basura». Marcus, haciendo una glosa freudiana de Engels reflexiona
sobre la ironía de que «generaciones de seres humanos, de cuyas vidas se
obtenía la riqueza de Inglaterra, estaban obligadas a vivir en el polo opuesto
de esa riqueza»57.
Ocho generaciones
después de Engels, la mierda sigue cubriendo las vidas de los pobres urbanos, y
citando de nuevo a Marcus, «como la plasmación virtual de su condición y del
lugar que ocupan en la sociedad»58. Desde luego se
puede abrir La situación de la clase obrera en Inglaterra en 1844 simultáneamente
con una novela contemporánea de algún autor africano como por
ejemplo Going Down River Road (1976) de Meja Mwangi y observar
la continuidad excremental y existencial que se produce. Hablando
de Manchester, Engels dice: «En uno de esos patios, justo a la entrada, donde
el pasaje cubierto se acaba, hay un retrete sin puerta. Está tan sucio que los
residentes solo pueden entrar o salir del patio vadeando a través de charcos de
orines y excrementos»59. Meja Mwangi por
su parte, hablando de Nairobi en 1974 dice: «La mayor parte de los senderos que
cruzan la pradera estaban llenos de excrementos humanos […] El frío viento que
soplaba traía al mismo tiempo que el olor a mierda y orines, el rumor ocasional,
la extraña expresión de miseria, incertidumbre y resignación»60.
El tema realmente
es poco delicado, pero es un problema fundamental del que es muy difícil
escapar. Durante diez mil años las sociedades han luchado contra la funesta
acumulación de sus propios desechos; incluso las ciudades ricas expulsan sus
excrementos
corriente abajo o a algún océano próximo. Las megaciudades pobres de la
actualidad como Nairobi, Lagos, Bombay, Dacca y tantas otras, son apestosas
montañas de basura que horrorizarían a la burguesía victoriana, exceptuando
probablemente a Rudyard Kipling, un entendido en la materia, que en su City
of Dreadful Night distinguía alegremente entre «la peste de la gran
Calcuta» y el aroma único de Bombay, Peshawar y Benares61. La intimidad
constante con la basura del vecino es una de las fronteras más claras de la
división social. Al igual que la habitual presencia de parásitos en los cuerpos
de los pobres, vivir en medio de la mierda, como bien sabía la burguesía
victoriana, delimita realmente la existencia de dos humanidades.
La crisis sanitaria
global desafía cualquier hipérbole. Sus orígenes son los mismos que muchos
otros problemas del Tercer Mundo y se remontan al colonialismo. Los imperios
europeos se abstuvieron por lo general de proporcionar sistemas sanitarios y
canalizaciones de agua a los barrios nativos, optando por la exclusión racial y
los cordones sanitarios para aislar los cuarteles y los barrios blancos de las
epidemias. Los regímenes poscoloniales, desde Accra a Hanoi, heredaron un
déficit sanitario que pocos podían afrontar. Las ciudades de América Latina
tienen graves problemas sanitarios, pero no son nada comparados con los
existentes en África y Asia.
La megaciudad de
Kinshasa se va acercando rápidamente a los 10 millones de habitantes, pero
carece por completo de un sistema de canalización de aguas residuales. Esta
situación se repite constantemente por todo el continente. En Nairobi, el
barrio de Laini Saba en el área hiperdegradada de Kibera, tenía en 1998
exactamente diez letrinas excavadas en el suelo para una población de 40.000
personas, mientras que en Mathare había cuatro servicios públicos para 28.000
personas. Como resultado, la población de las áreas hiperdegradadas utiliza
muchas veces lo que llaman «retretes volantes» o «misiles scud»:
los desechos se meten en una bolsa de plástico y se tiran al camino o al tejado
del vecino62. La abundancia de
excrementos también sirve para nuevas e innovadoras formas de vida. En Nairobi
la población que se desplaza en sus coches, tiene enfrente a «niños de 10 años
inhalando disolventes de envases de
plástico, con bolas
de excrementos humanos en las manos preparadas para arrojarlas por la
ventanilla de los vehículos que no quieran dar alguna propina»63.
La situación de la
sanidad en el sur y sureste de Asia solamente es marginalmente mejor que en
África subsahariana. En Dacca, hace una década, la conducción de agua abastecía
solamente 67.000 viviendas y al sistema de recogida de aguas residuales solo se
conectaban 8.500. En la región metropolitana de Manila, menos del 10 por 100 de
las viviendas están conectadas al sistema de alcantarillado64. Yakarta, dejando
aparte a sus deslumbrantes rascacielos, todavía depende de zanjas abiertas como
depósitos de aguas residuales. Actualmente en India, donde aproximadamente 70
millones de personas defecan al aire libre, solamente 17 entre 3.700 ciudades y
pueblos grandes realizan un mínimo tratamiento de las aguas antes de
evacuarlas. Un estudio sobre 22 áreas urbanas hiperdegradadas del país encontró
que en 9 de ellas no había ni una sola letrina y en otras 10 había 19 para
102.000 personas 65. El cineasta
Prahlad Kakkar, el autor de Bumbay, un documental sobre los
cuartos de baño, manifestaba en una entrevista a un atónito periodista que «en
Bombay la mitad de la población no tiene un cuarto de baño donde cagar, así que
lo hacen al aire libre. Eso viene a ser cinco millones de personas. Si cada uno
caga medio kilo de mierda, eso hace dos millones y medio de kilos de mierda
todas las mañanas»66. Igualmente Susan
Chaplin señala que «un estudio sobre Delhi realizado en 1990, mostraba que
480.000 familias en 1.110 áreas hiperdegradadas tenían acceso a solamente 160
retretes y 110 letrinas móviles. La falta de instalaciones sanitarias en las
áreas hiperdegradadas ha obligado a sus habitantes a utilizar cualquier espacio
abierto, incluyendo los parques públicos, con lo que se han creado tensiones
entre ellos y las clases medias sobre el derecho a defecar»67. Arundhati Roy
habla del caso de tres personas «abatidas por disparos por defecar en lugares
públicos»68.
En China donde las
ciudades de chabolas han reaparecido tras las reformas de mercado, muchos
emigrantes viven sin instalaciones sanitarias ni agua corriente. Dorothy
Solange escribe
diciendo que «hay
informes de gente viviendo en chabolas en Pekín donde 6.000 personas comparten
un retrete; de una barriada en Shenzhen que alberga cincuenta albergues, donde
cientos de personas subsisten sin agua corriente; […] y un estudio realizado en
Sanghái en 1995 revelaba que solamente el 11 por 100 de cerca de 4.500
viviendas de emigrantes tenían un cuarto de baño»69.
Estar obligados a
realizar públicamente las funciones corporales es realmente una humillación
para cualquiera, pero en el caso de las mujeres es todavía peor. Las mujeres se
encuentran en una situación como la que describía la novela de Joseph Heller, Catcht
22. Por un lado, se las
obliga a mantener un comportamiento de absoluta discreción y al mismo tiempo se
les niega el acceso a cualquier tipo de higiene. «La ausencia de servicios
–como señala la periodista Asha Krishnakumar– resulta devastadora para las mujeres.
Afecta seriamente a su dignidad, salud, seguridad y sentido de la privacidad, e
indirectamente a su desarrollo cultural y a su productividad. Para defecar, las
mujeres y las niñas deben esperar a la noche, lo que las expone al acoso y a
las agresiones sexuales»70.
En las áreas
hiperdegradadas de Bangalore, la ciudad escaparate de la tecnología avanzada,
«el Resplandor de India», las mujeres pobres que no pueden pagar para utilizar
las letrinas, deben esperar al anochecer para lavarse o hacer sus necesidades.
Loes Schenk-Sandbergen dice:
Los hombres pueden
orinar en cualquier momento y en cualquier lugar, mientras que las mujeres solo
pueden seguir los dictados de la naturaleza antes del amanecer o al anochecer.
Para evitar peligros, las mujeres van en grupos a las cinco de la madrugada […]
frecuentemente hacia terrenos pantanosos donde suele haber serpientes, o a
algún descampado plagado de ratas y otros roedores. Hay mujeres que dicen que
no comen por la mañana precisamente para evitar tener que ir al campo abierto
por la tarde71.
En Bombay las
mujeres hacen sus necesidades «entre las dos y las cinco de la madrugada,
porque es el único momento donde pueden tener privacidad». Suketu Mehta señala
que los servicios públicos no son una solución para las mujeres porque rara vez
funcionan. «La
gente hace sus necesidades alrededor de ellos, porque los pozos llevan meses o
años atascados»72.
La solución a la
crisis sanitaria que han propuesto algunas eminencias sentadas en sus cómodos
sillones de Chicago y Boston ha sido convertir la necesidad de defecar en un
negocio global. Realmente uno de los grandes logros del neoliberalismo que
patrocina Washington ha sido convertir los servicios públicos en puntos de
recaudación de fondos para pagar la deuda externa y actualmente los servicios
de pago son una industria floreciente en las áreas urbanas hiperdegradadas del
Tercer Mundo. En Ghana el cobro de los servicios lo introdujo el gobierno
militar en 1981; a finales de la década de 1990 los servicios fueron
privatizados y ahora se los considera una «mina de oro» por su rentabilidad73. En Kumasi
(Ghana), por ejemplo, donde los miembros de la Asamblea Nacional fueron los que
obtuvieron los lucrativos contratos, un inodoro privado utilizado por una
familia una vez al día, cuesta el 10 por 100 del salario mínimo74. En Kenia sucede
lo mismo, y en Mathare (Nairobi) cuesta seis centavos de dólar cada visita a
una letrina; demasiado caro para los pobres, que prefieren defecar al aire
libre y gastarse el dinero en agua o comida75. Este también es
el caso de Soweto o Kamwokya en Kampala, donde la visita al servicio cuesta la
desalentadora cantidad de cien chelines76.
Asesinos de niños
«En Cité-Soleil he
sufrido mucho», dice Lovly Josaphat, una mujer de la mayor de las áreas
hiperdegradadas de Puerto Príncipe:
Cuando llueve, la
parte de Cité donde vivo se inunda, y el agua entra en la casa. Siempre hay
agua en el terreno, verdosa y maloliente y no hay caminos. Los mosquitos nos
devoran. Mi hijo de cuatro años tiene bronquitis, malaria y ahora parece que
también tifus […] el médico dice que le dé agua hervida, que no le dé comida
con grasa y que no le deje andar por el agua. Pero el agua está en todas
partes; no puede poner un pie fuera de la casa sin andar sobre ella. El médico
dice que si no le cuido, lo perderé77.
En todas partes
encontramos el agua verdosa y maloliente. Según dice la experta en salud
pública Eileen Stillwaggon, «a escala
mundial, las
enfermedades relacionadas con el suministro de agua, la retirada de desechos y
las basuras provocan la muerte de 30.000 personas diarias y constituyen el 75
por 100 de las enfermedades que afectan a la humanidad»78. Realmente es
cierto, las enfermedades del aparato digestivo producidas por la falta de
condiciones sanitarias y la contaminación del agua, incluyendo diarrea,
enteritis, colitis, tifus y fiebres tifoideas, son la principal causa de muerte
en el planeta, y afectan principalmente a la población infantil79. Las cloacas y el
agua contaminada van asociadas a los parásitos intestinales y lombrices de todo
tipo que infectan a decenas de millones de niños en las ciudades pobres. El
cólera, que fue el azote de las ciudades europeas durante el siglo XIX, continúa
golpeando con fuerza gracias a la contaminación fecal de las aguas urbanas,
especialmente en ciudades africanas como Antananarivo, Maputo y Lusaka, donde
UNICEF calcula que el 80 por 100 de las muertes naturales (dejando aparte el
HIV/SIDA) tiene su origen en las deficientes condiciones sanitarias. La diarrea
que va asociada al SIDA es un fatal añadido al problema80.
La omnipresente
contaminación del agua potable y de los alimentos por aguas residuales hace
inútiles los esfuerzos de la población para mantener una higiene protectora. En
Kibera, el mayor área urbana hiperdegradada de Nairobi, la investigadora de
UN-Habitat Rasna Warah recogió la vida diaria de una vendedora ambulante de
verduras llamada Mberita Katela, que recorre cada mañana un cuarto de milla
para comprar agua. Utiliza una letrina comunal cavada en el suelo muy cerca de
su puerta, compartida con cien de sus vecinos. Su casa apesta. Frecuentemente
se queja del miedo que le produce la posible contaminación del agua que utiliza
para lavar y cocinar; Kibera ha sido devastada en los últimos años por el
cólera y otras enfermedades asociadas a la contaminación fecal81. En Calcuta hay
poco que puedan hacer las madres con los infames servicios que se ven obligadas
a utilizar. Las pequeñas barracas de ladrillos, ocultan retretes que nunca se
limpian de manera regular, y que garantizan que «la apestosa materia alrededor de
la letrina acabará yendo a parar a las charcas y
tanques donde la
gente lava la ropa, los utensilios de cocina y se lavan ellos mismos»82.
Los ejemplos de
impotencia por parte de los pobres para afrontar la crisis sanitaria que tiene
la población sin recursos, son ilimitados. Los residentes de Ciudad de México
por ejemplo, respiran mierda. El polvo fecal procedente del lago Texcoco
durante la estación cálida y seca es el origen de la hepatitis y el tifus. En
los «Campos Nuevos» de la periferia de Rangún, donde el régimen militar ha
realojado brutalmente a cientos de miles de residentes del interior de la
ciudad, Monique Skidmore describe a familias que viven en una situación
sanitaria similar al infierno de barro que fueron las trincheras de la Primera
Guerra Mundial: cocinan y defecan en el barro directamente enfrente de unos
minúsculos trozos de plástico que forman el techo. No resulta sorprendente
saber que los «Campos Nuevos» están asolados por el cólera, la disentería, las
fiebres del dengue y la malaria83. En la gigantesca
área hiperdegradada de Sadr City en Bagdad, la hepatitis y las epidemias como
el tifus están totalmente fuera de control. Los bombardeos estadounidenses
destrozaron los pozos de abastecimiento y las redes de alcantarillado y como
resultado las aguas residuales se filtraron hacia las viviendas. Dos años
después de la invasión norteamericana, el sistema permanece destruido, y a
simple vista se pueden observar restos de excrementos en el grifo del agua. En
medio de las tórridas temperaturas del verano no existe otra fuente de agua al
alcance de la población sin recursos84.
Entretanto las
campañas sanitarias vienen y van a lo largo de los años. Naciones Unidas
estableció la de 1980 como la Década Internacional por el Agua Potable y la
Sanidad, pero como señala el investigador del Banco Mundial Anqing Shi «a
finales de la década la situación apenas había mejorado»85. La OMS reconoce
que «en 2025 se producirán todavía 5 millones de fallecimientos de niños
menores de cinco años por causas que se podrían evitar […] la mayor parte por
enfermedades infecciosas entre las que la diarrea seguirá teniendo un papel
importante86. Un informe de la
OMS de 1996 añade que «en cada instante, cerca de la mitad de la población
urbana del Sur Global se encuentra afectada por una o
varias de las
enfermedades que se asocian con la falta de condiciones sanitarias y de agua
potable»87. Aunque el agua
limpia es la más barata y la más importante de las medicinas en el mundo, la
existencia de un suministro público de agua, y de letrinas gratuitas, con
frecuencia se enfrenta a poderosos intereses privados.
En las ciudades
pobres la venta de agua es una industria bastante lucrativa. Nairobi, como
resulta habitual, es un buen ejemplo. Los empresarios bien relacionados con el
poder político revenden el agua municipal, que a las familias con dinero
suficiente para tener grifos les sale barata, en las áreas hiperdegradadas a
precios disparatados. Como manifestaba recientemente Joe Aketch, «un estudio
muestra cómo la población de Kibera paga cinco veces más por un litro de agua
que los ciudadanos medios de Estados Unidos. Resulta una vergüenza que los
ricos de Nairobi puedan utilizar su riqueza para aprovecharse de servicios que
se niegan a los pobres»88. Incapaces de
pagar o no deseando hacerlo, algunos de los residentes recurren a soluciones
desesperadas que incluyen «la utilización de aguas de las alcantarillas, la
renuncia al baño y a lavarse, la recogida de agua de lluvia y sacar agua de
cañerías rotas»89.
Cuadro 13. Agua:
los pobres pagan más. Agua embotellada frente al agua corriente90 (margen de
beneficio en %)
|
Ciudad |
Margen de precios
en % |
|
Faisalabad
(Pakistán) |
6.800 |
|
Bundun (Nigeria) |
5.000 |
|
Manila |
4.200 |
|
Bombay |
4.000 |
|
Phom Penh |
1.800 |
|
Hanoi |
1.300 |
|
Karachi |
600 |
|
Dacca |
500 |
La situación en
Luanda es incluso peor. La población con menos recursos se ve obligada a
destinar un 15 por 100 de sus ingresos para obtener un agua que las compañías
privadas extraen directamente del cercano y contaminado río Bengo91. En Kinshasa,
situada a la orilla del segundo río más grande del planeta, «el agua es algo
tan raro como en el desierto del Sáhara». Como informan la geógrafa Angeline
Mwacan y el antropólogo Theodore Trefon, aunque el agua de las cañerías resulta
barata, los grifos están normalmente secos así que los pobres deben andar
kilómetros para sacar agua de ríos contaminados. El carbón vegetal es demasiado
caro para poder hervir el agua, y la consecuencia es que el 30 por 100 de las
visitas médicas son por enfermedades relacionadas con el agua como el cólera,
el tifus y la disentería92. En Dar-es-Salaam,
el Banco Mundial presionó a las autoridades para que pusieran en manos de una
compañía privada británica, la empresa Biwater, el suministro de agua. De
acuerdo con los informes de las organizaciones de ayuda, los resultados han
sido un aumento de los precios sin un aumento del suministro; las familias
pobres han tenido que encaminarse hacia fuentes de agua poco seguras. The
Guardian informaba por su parte que «en un pozo privado en Tabata
(Tanzania), un bidón de veinte litros se vendía por 8p, una cantidad importante
en un sitio donde mucha gente vive con menos de 50p diarios. Las familias que
no pueden pagar ese precio, cavan pozos poco profundos». De cualquier forma,
las autoridades se han ganado el aplauso de Washington por su apoyo a la
privatización93.
Una carga doble
Las diferencias más
extremas de salud ya no se encuentran entre la ciudad y el campo, sino entre
las burguesías urbanas y los pobres urbanos. La mortalidad infantil de niños
menores de cinco años en las áreas urbanas hiperdegradadas de Nairobi es del
151 por 1.000, dos o tres veces superior a la de la ciudad en su conjunto, e
igual a la que se registra en las zonas rurales más pobres94. Igualmente en
Quito, la mortalidad infantil es 30 veces más alta en las áreas
hiperdegradadas que
en los barrios más acomodados, mientras que en Ciudad del Cabo, la tuberculosis
es 50 veces más frecuente entre la población sin recursos negra que entre los
blancos adinerados 95. Como en la
antigüedad, Bombay sigue siendo un osario con índices de mortalidad en las
áreas hiperdegradadas un 50 por 100 por encima de los distritos rurales
adyacentes. Un asombroso 40 por 100 de la mortalidad total se atribuye a
infecciones y parásitos relacionados con el agua contaminada y las lamentables
condiciones sanitarias96. Y de acuerdo con
estadísticas médicas, en Dacca y Chittagong (Bangladesh), «se calcula que un
tercio de la población de las áreas hiperdegradadas está enferma en cada
momento». En cualquier otro contexto urbano esto se consideraría una pandemia97.
Los habitantes de
las áreas urbanas hiperdegradadas soportan una doble carga de enfermedades.
Como señala un equipo de investigación, «la población sin recursos de las
ciudades es el punto de encuentro entre el subdesarrollo y la industrialización
y los modelos sanitarios que les afectan reflejan los problemas de ambos. De
una parte, sufren la pesada carga de las enfermedades infecciosas y la
malnutrición, mientras que de la otra padecen el abanico completo de
enfermedades sociales crónicas»98. Como añade
Richard Horton, editor de Lancet, «de la mano de la
urbanización han llegado epidemias que hasta el momento se circunscribían a
zonas rurales»99 que se suman a la
diabetes, el cáncer y los problemas de corazón que también tienen su lugar
entre los pobres100. Esta doble carga
normalmente es más pesada «en las ciudades más pequeñas y menos prósperas de
los países con rentas bajas o en las zonas de rentas bajas de países más
avanzados». La dominación política que ejercen las megaciudades les supone una
gran facilidad para exportar algunos de sus problemas sanitarios y
medioambientales corriente abajo, utilizando a otras regiones como vertederos
de basura y contaminación101.
La reestructuración
neoliberal de la economía urbana de los países del Tercer Mundo que ha tenido
lugar desde finales de la década de 1970 ha supuesto un devastador impacto
sobre los medios públicos de asistencia sanitaria, que afecta especialmente a
las mujeres y a los
niños. Como señala Women’s Global Network for Reproductive Rights, los
programas de ajuste estructural, el protocolo por el que los países deudores
cedían su independencia económica al FMI y al Banco Mundial, «exigen una
reducción del gasto público que incluye el recorte del gasto en salud, pero no
de los gastos militares»102. En América Latina
y el Caribe, la obligada austeridad que impusieron los Planes de Ajuste
Estructural en la década de 1980 redujo la inversión pública en sanidad y agua
potable, acabando con el descenso de mortalidad infantil que se producía en
aquel momento. En México, después de la adopción del segundo Plan de Ajuste en
1986, el porcentaje de nacimientos atendido por personal sanitario cayó del 94
por 100 de 1983 al 45 por 100 de 1988, mientras la mortalidad entre las mujeres
en el parto se disparó del 82 por 1.000 en 1980, al 150 en 1988103.
En Ghana el
«ajuste» no solo supuso la reducción del 80 por 100 de los gastos en sanidad y
educación entre 1975 y 1983, sino que también provocó el éxodo de la mitad de
los licenciados del país. Igualmente en Filipinas, a principios de la década de
1980, el gasto medio en sanidad cayó a la mitad104. En un país rico
en petróleo como Nigeria pero que ha sufrido la dureza de los planes de ajuste,
la quinta parte de la población infantil muere antes de los cinco años105. El economista
Michel Chossudovsky achaca el estallido de una epidemia infecciosa en Surat en
1994 al «empeoramiento de la sanidad urbana y de las infraestructuras de la
salud, que acompañaron a la adaptación de los presupuestos nacionales y
municipales, a los programas de ajuste estructural que desarrollaron el FMI y
el Banco Mundial a partir de 1991»106.
Los ejemplos son
innumerables, por todas partes el sometimiento a los acreedores internacionales
ha supuesto el recorte del gasto sanitario, la emigración de médicos y personal
sanitario, el fin de los subsidios para alimentos y el desvío de la producción
agrícola de subsistencia hacia los cultivos para la exportación. Como recalca
Fantu Cheru, un experto en deuda de Naciones Unidas, el tributo impuesto por el
Primer Mundo a los países en vías de desarrollo es la diferencia que hay entre
la vida y la muerte para millones de personas.
Actualmente existen
casi 36 millones de personas en el mundo afectadas por el HIV/SIDA. De ellas,
alrededor del 95 por 100 viven en el Sur Global. En concreto, el África
subsahariana es el hogar de 25 millones de personas afectadas por la enfermedad
[…] diariamente mueren en África 5.000 personas víctimas del SIDA. Los expertos
calculan que la comunidad internacional necesita destinar de siete a diez mil
millones de dólares anuales para combatir tanto el SIDA como otras enfermedades
como la tuberculosis y la malaria. En medio de esta situación de crisis
humanitaria, los países de África pagan de manera continua 13.500 millones de
dólares anuales a países e instituciones de crédito por los intereses de la
deuda, una cantidad que excede ampliamente de los fondos que Naciones Unidas
proponen para la lucha contra el SIDA. Esta masiva transferencia de recursos de
los países africanos pobres a los ricos acreedores del norte es uno de los
factores decisivos que ha debilitado la asistencia a la salud y la educación en
los países que ahora están más afectados por la pandemia107.
El Banco Mundial
por su parte viene combinando una retórica feminista sobre los derechos
maternales de las mujeres y la igualdad de sexos en la medicina con una
incesante presión sobre los países receptores de ayuda, orquestada en nombre de
la «reforma», para que abran sus mercados a la competencia de las empresas
privadas del sector sanitario y a las compañías farmacéuticas del mundo
occidental. El documento que presentó en 1993 el Banco Mundial titulado
«Invirtiendo en Salud», resumía el nuevo paradigma de la asistencia sanitaria
basada en las reglas del mercado: «La limitación del gasto público a una
estrecha franja de servicios; el establecimiento de tasas sobre los servicios
públicos y la privatización de la asistencia sanitaria y de la financiación»108. Zimbabwe fue uno
de los primeros países donde se aplicaron las nuevas ideas a principios de la
década de 1990: el resultado fue que la tasa de mortalidad infantil se
multiplicó por dos109.
Sin embargo, la
crisis del Tercer Mundo no es solamente responsabilidad de los acreedores
extranjeros. A medida que las elites urbanas se desplazan hacia complejos
residenciales en las afueras, se preocupan menos de las amenazas que se ciernen
sobre las áreas hiperdegradadas y más sobre la seguridad de sus viviendas y la
construcción de carreteras rápidas. Susan Chaplin refiriéndose a India señala
que la reforma sanitaria está torpedeada por los funcionarios corruptos y la
indiferencia de las clases acomodadas.
Las condiciones
medioambientales de las ciudades de la India se están deteriorando
continuamente debido a la política que llevan los sectores acomodados de
excluir del acceso a los servicios básicos urbanos a amplios sectores de la
población. La consecuencia de esta monopolización de los recursos y de los
beneficios del Estado es que mientras entre las clases acomodadas crece la
conciencia de los problemas medioambientales, hasta la fecha han estado más
preocupados por los inconvenientes que les suponen las carreteras
congestionadas y la contaminación del aire que por los riesgos de epidemias y
de enfermedades endémicas110.
Pero ante plagas
como el HIV/SIDA, «que hacen temblar la tierra y agitan el cielo»111, la segregación
urbana ofrece solamente una ilusión de protección biológica. La realidad es que
la hiperdegradación de las áreas urbanas actuales es una fuente de incubación
de nuevas enfermedades que pueden viajar por todo el mundo a la velocidad de un
avión a reacción. Como señalaba en mi reciente libro sobre el inminente peligro
de la gripe aviar (The Monster at Our Door, 2005), una
globalización económica que no vaya acompañada por una
infraestructura sanitaria global es realmente una fórmula ideal para producir
una catástrofe112.
1 E. Stillwaggon, Stunded
Lives, Stagnant Economies, cit., p. 67.
2 G. Verma, Slumming India, cit.,
p. 69.
3 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., p. 177.
4 M. Lupton y T. Wolfson, «Low-Income
Housing, the Environment and Mining on the Witwatersrand», en H. Main y S.
Williams, Environment and Housing in Third World Cities, cit.,
pp. 115, 120.
5 C. Viana y T. Galvão, «Erosion
Hazards Index for Lateritic Soils», Natural Hazards Review iv,
2 (mayo 2003), pp. 82-89.
6 S. Taschner, «Squatter Settlements
and Slums in Brazil», cit., p. 218.
7 R. Pike, D. Howell y R. Grayner,
«Landslides and Cities. An Unwanted Partnership», en G. Heiken, R. Fakundiny y
J. Sutter (eds.), Earth Science in the City. A Reader, Washington
DC, 2003, p. 199.
8 V. Jiménez-Díaz, «The Incidente and
Causes of Slope Failure in the Barrios of Caracas», en H. Main y
S.Williams, Environment and Housing in Third World Cities, cit.,
pp. 127-129.
9 G. F. Wieczorek et al., «Debris-Flow
and Flooding Hazards Associated with the December 1999 Storm in Coastal
Venezuela and Stretegies for Mitigation», US Geological Survey, Open File
Report 01-0144, Washington DC, 2000, p. 200.
10 R. Pike, D. Howell y R. Graymer,
«Landslides and Cities», cit., p. 200.
11 Citado por R. Gott, In the
Shadow of the Liberator. Hugo Chávez and the Transformation of Venezuela, Londres,
2001, p. 3.
12 E. Berner, Defending a Plan, cit.,
p. xiv.
13 G. Bankoff,
«Constructing Vulnerability», cit., pp. 224-236; Asian Economic News, 31
de diciembre de 2001 (sobre la película que recoge el desastre de Payatas).
14 H. Main y S. Williams, «Marginal
Urban Environments as Havens for Low-Income Housing», en H. Main y S.
Williams, Environment and Housing in Third World Cities, cit.,
p. 159.
15 M. Hamza y R. Zetter, «Structural
Adjustement, Urban Systems, and Disaster Vulnerability in Developing
Countries», Cities XV, 4, 1998, p. 291.
16 A. Layachi, «Algeria: Flooding and
Muddled State-Society Relations», The Middle East Research and
Information Project (MERIP) Online, 11 de diciembre de 2001.
17 «Flood and Mudslides in
Algeria», Geotimes, enero de 2002.
18 A. Layachi, «Algeria», cit.
19 G. Payne, «Lowering the Ladder.
Regulatory Frameworks for Sustainable Development», en D. Westendorff y D.
Eade, Development and Cities. Essays from Development Practice, cit.,
p. 259.
20 K. Hewitt, Regions of Risk. A
Geographical Introduction to Disasters, Harlow, 1997, pp. 217-218.
21 J. Leonard, «Lima», cit., p. 439.
22 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., p. 271.
23 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. 144.
24 H. Schenk, «Living in Bangalore’s
Slums», en H. Schenk (ed.), Living in India’s Slums. A Case Study of
Bangalore, Delhi, 2001, p. 34.
25 M. Gandy, «Amorphous Urbanism. Chaos
and Complexity in Metropolitan Lagos» (noviembre 2004), pp. 1-2, manuscrito;
publicado en New Left Review 33, «Learning from Lagos»
(mayo-junio 2005); New Left Review 33, «Aprender de Lagos»
(julio-agosto 2005), Madrid, Ediciones Akal.
26 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., p. 192.
27 G. Verma, Slumming India, cit.,
p. 16.
28 J. Simon, Endangered Mexico.
An Environment on the Edge, San Francisco 1997, p.
157.
29 Amnesty International, Clouds
of Injustice. The Bhopal Disaster 20 Years On, Londres, 2004, pp. 12,
19; G. Walter, «Industrial Hazards, Vulnerability and Planning», en H. Main y
S. Williams, Environment and Housing in the Third World Cities, cit.,
pp. 50-53.
30 M. Pemberton, Managing the
Future–World Vehicle Forecasts and Stretegies to 2020, Vol 1: Changing Patterns
of Demand, 2000; y D. Sperling y E. Clausen, «The Developing World’s
Motorization Challenge», Issues in Science and Technology Online (otoño
2002), p. 2.
31 M. El Arabi, «Urban Growth and
Environment Degradation. The Case of Cairo», Cities XIX, 6,
2002, p. 294; Expressway and Rapid Transit Authority of Bangkok, Statistical
Report, 1992, Bangkok 1993; US Department of Energy, Energy
Information Administration, «Indonesia: Environmental Issues» (febrero 2004).
32 D. Sperling y E. Clausen, «The
Developing World’s Motorization Challenge», cit., p. 3.
33 V. Sit, Beijing. The Nature
and Planning of a Chinese Capital City, cit., pp. 288-289.
34 Estudio de OMS, «Road Traffic
Injuries Research Network», citado en Detroit Free Press, 24
de septiembre de 2002.
35 V. Nantulya y M. Reich, «The
Neglected Epidemic. Road Traffic Injuries in Developing Countries», British
Journal of Medicine 324, 11 de mayo de 2002, pp. 1139-1141.
36 M. El Arabi, «Urban Growth and
Environmental Degradation», cit., pp. 392-394; A. S.
Oberai, Population
Growth, Employment and Poverty in Third World Mega-Cities, cit., p.
16.
37 G. McKenzie,
«Psychiatric Tests Required for Traffic Offenders», RedNova, 20
de junio de 2003; M. Peil, «Urban Housing and Services in Anglophone West
Africa», cit., p. 178.
38 The Hindustan Times, 1 de febrero
de 2004.
39 OMS, «Road Safety Is No Accident!»
(noviembre 2003), y «Road Traffic Injuries Research Network», citado por Detroit
Free Press, 24 de septiembre de 2002.
40 People’s Daily (edición
inglesa), 1 de febrero de 2004.
41 A. Khan, «Urban Air Pollution in
Megacities of the World», Green Times (primavera 1997),
publicado por Penn Environmental Group. Véase también: «Commentary: Urban Air
Pollution», en Current Science lxxvii, 3, 10 de agosto de
1999, p. 334; «World Bank Group Meets to Clean Up Asia’s Deadly Air»,
Associated Press, 22 de julio de 2003.
42 S. Mehta, Maximum City.
Bombay Lost and Found, Nueva York 2004, p. 29; K.
Constantino-David, «Unsustainable Development. The Philippine Experience», en D.
Westendorff y D.
Eade, Development and Cities. Essays from Development Practice, cit.,
p.
163.
43 V. Ifeany Ogu, «Private Sector
Participation and Municipal Waste Management in Benin City», Environment
and Urbanization XII, 2 (octubre 2000), pp. 103, 105.
44 The Washington Post, 26 de agosto
de 2002.
45 The Daily Graphic (Accra), 12
de agosto de 2000, citado por H. Wellington, «Kelewle, Kpokpoi, Kpanlogo», en
R. Mills-Tetley y K. Adi-Dako (eds.), Visions of the City. Accra in the
Twenty-First Century, Accra, 2002, p. 46.
46 S. Fazal, «Urban Expansion and Loss
of Agricultural Land–A GIS-based Study of Saharanpur City, India», Environment
and Urbanization XII, 2 (octubre 2000), p. 124.
47 «Loss of Agricultural Land to
Urbanization», en www.infoforhealth.org/pr/m13 chap13_3.shtml#top; y «Farmland
Fenced off as Industry Makes Inroads», China Daily, 18 de
agosto de 2003.
48 F. Steinberg, «Cairo. Informal Land
Development and the Challenge for the Future», en R-J. Baken y J. van der
Linden, Land Delivery for Low Income Groups in Third World Cities, p.
131.
49 L. Van der Berg, M. Van Wijk y P. Van
Hoy, «The Transformation of Agriculture and Rural Life Downsteam of Hanoi»,
cit., p. 52.
50 R. Dayaratne y R. Samarawickrama,
«Empowering Communities», cit., p. 102.
51 S. Taschner, «Squatter Settlements
and Slums in Brazil», cit., p. 193; L. Galvão, «A Water Pollution Crisis in the
Americas», Habitat Debate (septiembre 2003), p. 10.
52 The News (Monrovia),
23 de enero de 2004.
53 P. Mutevu, «Project Proposal on
Health and Hygiene Education to Promote Safe Handling of Drinking Water and
Appropiate Use of Sanitation Facilities in Informal Settlements», Nairobi
(abril 2001).
54 I. Imparato y J. Ruster, Slum
Upgrading and Participation, cit., p. 61; K. Pezzoli, Human
Settlements, cit., p. 20.
55 E. Stillwaggon, Stunted
Lives, Stagnant Economies, cit., p. 97.
56 S. Marcus, Engels, Manchester
and the Working Class, Nueva York, 1974, p. 184.
57 Ibid.
58 Ibid.
59 F. Engels, The
Condition of the Working-Class in England in 1844, Marx-Engels Collected Works iv,
Moscú, 1975, p. 351 [ed. cast.: La situación de la clase obrera en
Inglaterra, Madrid, Ediciones Akal, 1976].
60 M. Mwangi, Going
Down River Road, Nairobi, 1976, p. 6.
61 R. Kipling, City
of Dreadful Night, cit., pp. 10-11.
62 K. Salmon, «Nairobi’s “Flying
Toilets”. Tip of an Iceburg», Terra Viva, Johannesburg,
26 de agosto de
2002; Mutevu, «Project Proposal on Health and Hygiene Education».
63 A. Harding, «Nairobi’s Slum
Life», The Guardian, 4, 8, 10 y 15 de octubre 2002.
64 E. Berner, Defending a Place, cit.,
p. xiv.
65 UN-Habitat, Debate VIII,
2, junio de 2002, p. 12.
66 S. Mehta, Maximum City, cit.,
p. 127.
67 S. Chaplin, «Cities, Sewers and
Poverty: India’s Politics of Sanitation», Environment and Urbanization XI,
1 (abril 1999), p. 152. Estas luchas de clase en torno al «derecho a defecar»,
son la continuación de un conflicto crónico en las ciudades coloniales. Gooptu,
por ejemplo, cita el caso producido en Kanpur en 1932, cuando los ocupantes de
un asentamiento al ver rechazados sus intentos de obtener agua potable e
instalaciones sanitarias, invadieron un campo próximo a los bungalows de
funcionarios civiles y en protesta empezaron a utilizarlo como la letrina
comunal. La policía acudió rápidamente y se produjeron disturbios: N.
Gooptu, The Politics of the Urban Poor in Early Twentieth-Century
India, cit., p. 87.
68 A. Roy, «The Cost of Living», Frontline XVII,
3, 5-8 de febrero de 2000.
69 D. Solinger, Contesting
Citizenship in Urban China, cit., p. 121.
70 A. Krishnakumar, «A Sanitation
Emergency», Focus XX, 24, 22 de noviembre-5 de diciembre de
2003.
71 L. Schenk-Sandbergen, «Women, Water
and Sanitation in the Slums of Bangalore. A Case Study of Action Research», en
H. Schenk (ed.), Living in India’s Slums. A Case Study of Bangalore, cit.,
p. 198.
72 S. Mehta, Maximum City, cit.,
p. 128.
73 D. Pellow, «And a Toilet for
Everyone!», en R. Mills-Tetley y K. Adi-Dako, Visions of the City, cit.,
p. 140.
74 N. Devas y D. Korboe, «City
Governance and Poverty. The Case of Kumasi», Environment and
Urbanization XII, 1 (abril 2000), pp. 128-130.
75 K. Salmon, «Nairobi’s Flying
Toilets», cit.
76 H. Vasalla, «Kampala´s Soweto», The
Monitor, Kampala, 19-25 de noviembre de
2003.
77 B. Bell, Walking on Fire.
Haitian Women’s Stories of Survival and Resistance, Ithaca,
2001, p. 45.
78 E. Stillwaggon, Stunted
Lives, Stagnant Economies, cit., p. 95.
79 D. Pellow, «And a Toilet for
Everyone!», cit.; N. Thapar y I. Sanderson, «Diarrhoea in Children: an
Interface Between Developing and Developed Countries», The Lancet 363,
21 de febrero de 2004, pp. 641-650; R. Mills-Tetley y K. Adi-Dako, Visions
of the City, cit., p. 138.
80 UN Integrated Regional Information
Networks, nota de prensa, 19 de febrero de
2003.
81 R. Warah, «Nairobi’s Slum. Where Life
for Women is Nasty, Brutish and Short», cit.
82 S. Chaplin, «Cities, Sewers, and
Poverty», cit., p. 151.
83 M. Skidmore, Karaoke Fascism, cit.,
p. 156.
84 Los Angeles Times, 4 de agosto
de 2004.
85 A. Shi, «How Access to Urban Potable
Water and Sewerage Connections Affects Child Mortality», cit., p. 2.
86 N. Thapar y I. Sanderson, «Diarrhoea
in Children», cit., p. 650.
87 Informe de 1996 de
WHO, recogido por David Satterhwaite, «The Links Between Poverty and the
Environments in Urban Areas of Africa, Asia and Latin America», The
Annals of the American Academy of Political and Social Science 590,
1993, p. 80.
88 Intermediate Technology Development
Group (ITDG) East Africa Newsletter, agosto de 2002.
89 M. Amuyunzu-Nyamongo y N. Taffa, «The
Triad of Poverty, Environment and Child Health in Nairobi Informal
Settlements», Journal of Health and Population in Developing Countries, 8
de enero de 2004, p. 7.
90 Datos procedentes de la Comisión
Económica y Social de Naciones Unidas para Asia y el Pacífico, 1977.
91 T. Hodges, Angola, cit.,
p. 30.
92 A. Mwacan y T. Trefon, «The Tap is on
Strike», en T. Trefon (ed.), Reinventing Order in the Congo. How People
Respond to State Failure in Kinshasa, Kampala 2004, pp. 33, 39, 42.
93 J. Vasagar, «Pipes Run Dry in
Tanzania», The Guardian, 27 de septiembre de 2004.
94 D. Herr y G. Kart, Estimating
Global Slum Dwellers, cit., p. 14.
95 C. Stephens, «Healthy Cities or
Unhealthy Islands? The Health and the Social Implication of Urban
Innequality», Environment and Urbanization VIII, 2 (octubre
1996), pp. 16, 22.
96 A. Jacquemin, Urban
Development and New Towns in the Third World, cit., pp. 90-91. 97 A. Barkat, Mati Ur Rahman y Manik
Bose, «Family Planning Choice Behavior in Urban Slums of Bangladesh. An
Econometric Approach», Asia-Pacific Population Journal
xii, 1 (marzo
1977), p. 1.
98 E. Werna, I. Blue y T. Harpman, «The
Changing Agenda for Urban Health», en Cohen et al., Preparing for the
Urban Future, cit., p. 201.
99 R. Horton, Health Wars. On
the Global Front Lines of Modern Medicine, Nueva York,
2003, p. 79.
100 De los 17 millones de muertes que se
atribuyen a ataques al corazón, 11 se producen en los países en vías
desarrollo. Véase D. Yach et al., «Global Chronic Diseases», Science, 21
de enero de 2005, p. 317, así como un intercambio de cartas, 15 de julio de
2005, p. 380.
101 D. Satterthwaite, «Environmental
Transformation in Cities as They Get Larger, Wealthier and Better
Managed», The Geographical Journal clxiii, 2 (julio 1997), p.
217.
102 Women’s Global Network for
Reproductive Rights, A Decade After Cairo. Women’s Health in a Free
Market Economy, Corner House Briefing 30, Sturminister Newton 2004, p.
8.
103 A. Shi, «How Acces to Urban Portable
Water and Sewerage Connections Affects Child Mortality», cit., pp. 196, 203,
205.
104 F. Stewart, Adjustement and
Poverty. Options and Choices, Londres, 1995, pp. 196,
203, 205.
105 World Bank, estadísticas citadas
por Financial Times, 1 de septiembre de 2004.
106 Women’s Global Network for
Reproductive Rights A Decade After Cairo, cit., p. 12.
107 F. Cheru, «Debt, Adjustment and the
Politics of Effective Response to HIV/AIDS in
Africa», Third
World Quarterly xxiii, 2, 2002 p. 300.
108 Ibid., p. 9.
109 D. Potts y C. Muntambirwa, «Basics
Are Now a Luxury. Perceptions of Structural Adjustment’s Impact on Rural and
Urban Areas in Zimbabwe», Enviroment and Urbanization x, 1
(abril 1998), p. 75.
110 S. Chaplin,
«Cities, Sewers and Poverty», cit., p. 156.
111 M. Mwangi, The Last Plague, Nairobi,
2000, p. 4.
112 M. Davis, The Monster at Our
Door. The Global Threat of Avian Flu, Nueva York,
2005.
VII. Ajustando y
erosionando estructuralmente el Tercer Mundo1
Después de su
misteriosa risa, cambiaron rápidamente de conversación pasando a otros
temas. Los que se
habían quedado en casa, ¿cómo estaban sobreviviendo a los Planes de
Ajuste Estructural?
Fidelis Balogun2
Las áreas urbanas
hiperdegradadas, a pesar de su carácter funesto e inseguro, tienen un brillante
futuro. El campo seguirá siendo durante un corto periodo de tiempo la sede de
la mayoría de los pobres del planeta, pero este dudoso honor pasará a las áreas
urbanas antes de 2035. Por lo menos la mitad de la inminente explosión de la
población urbana del Tercer Mundo se producirá a cuenta de las comunidades
informales lo que nos enfrentará a la monstruosa e incomprensible perspectiva
de encontrarnos en 2030 o 2040 con una población de 2.000 millones de personas
viviendo en áreas urbanas hiperdegradadas3. Sin embargo la
pobreza urbana excede y desborda a las áreas hiperdegradadas por sí mismas. Los
investigadores del Urban Observatory de Naciones Unidas advierten que en 2020
«la pobreza urbana podría afectar al 45 o el 50 por 100 de la población urbana total»4.
La evolución de
esta nueva pobreza urbana no ha sido, como hemos visto, un proceso histórico
lineal. La lenta suma de barrios de chabolas a los degradados límites urbanos
se ha visto sacudida por tormentas de pobreza y repentinas explosiones en la
construcción de infraviviendas. En su colección de relatos titulados Adjusted
Lives, el escritor nigeriano Fidelis Balogun compara la llegada de los Programas
de Ajuste Estructural impuestos por el FMI a mediados de la década de 1980 con
un gran desastre natural que ha destruido para siempre el viejo espíritu de
Lagos y a «vuelto a esclavizar» a la población urbana.
La extraña lógica
de este programa económico parecía ser que para devolver la vida a una economía
moribunda primero había que exprimir bién los jugos a los ciudadanos con menos
recursos. La clase media desapareció rápidamente y los montones de basura de los
cada vez más ricos debían ser la
mesa de la comida
de una creciente población lamentablemente pobre. La fuga de cerebros hacia los
ricos países árabes productores de petróleo y hacia el mundo occidental se
convirtió en una sangría5.
Las quejas de
Balogun sobre «privatizar a toda máquina y pasar cada día más hambre» así como
su enumeración de las malévolas consecuencias de los Planes de Ajuste serían
totalmente familiares no solo para los supervivientes de otros 30 países
africanos, sino para cientos de millones de personas en Asia y América Latina.
La década de 1980, cuando el FMI y el Banco Mundial utilizaron la deuda como
palanca para reestructurar las economías de la mayoría de los países del Tercer
Mundo, son los años en que las áreas urbanas hiperdegradadas se convirtieron en
un implacable destino no solamente para los emigrantes rurales, sino también
para millones de personas que tradicionalmente habían vivido en los centros de
las ciudades y que se vieron expulsadas hacia aquellas por la violencia del
«ajuste».
El big bang de
la pobreza urbana
Entre 1974 y 1975,
como consecuencia del impacto que produjo el alza de los precios del petróleo,
el Fondo Monetario Internacional seguido por el Banco Mundial, cambió el centro
de su estrategia desde los países industrializados hacia el Tercer Mundo. La
concesión de préstamos fue aumentando poco a poco, al mismo tiempo que se
reforzaban los «condiciones» y «ajustes estructurales» que se imponían a los
países clientes. Como señala la economista Frances Stewart en un brillante
trabajo, «los comportamientos externos que necesitaban un reajuste,
fundamentalmente la caída de los precios de las materias primas y los
exorbitantes intereses de la deuda, no fueron abordados por estas
instituciones», pero en cambio, todos los programas públicos, locales o
nacionales, eran terreno apto para el recorte6. En agosto de
1982, cuando México amenazaba con el impago de sus créditos, el Banco Mundial y
el FMI, conjuntamente con los principales bancos comerciales, se habían
convertido en instrumentos explícitos
de la revolución
capitalista promovida por los gobiernos de Reagan, Thatcher y Kohl. El Plan
Baker de 1985, que recibía el nombre del entonces secretario del Tesoro James
Baker, pero que realmente pertenecía a su ayudante Richard Darman, exigía
claramente a los 15 países del Tercer Mundo más endeudados, el abandono de la
estrategia estatal del desarrollo antes de volver a recibir nuevas facilidades
de crédito y como condición para seguir manteniendo un puesto en la economía
mundial. El Plan también empujaba al Banco Mundial a convertirse en el director
a largo plazo de los programas de ajuste estructural que estaban dando forma al
mundo feliz del así llamado «consenso de Washington».
No cabe duda de que
nos encontramos en un mundo en el que las reclamaciones de los bancos y países
acreedores siempre tienen preferencia respecto a las necesidades de
supervivencia de los pobres rurales y urbanos. Se trata de un mundo en el que
se considera «normal» que un país pobre como Uganda emplee doce veces más
recursos en la devolución de los créditos que en asistencia sanitaria, todo
ello en medio de una crisis como la del HIV/SIDA7. Como
enfatiza The Challenge of Slums, los Planes de Ajuste
Estructural eran «por naturaleza deliberadamente antiurbanos» y fueron
diseñados para invertir cualquier «sesgo urbano» que pudiera existir
anteriormente en las políticas de sanidad, en la estructura de los gastos e
ingresos públicos o en la inversión pública. En todo el mundo, el FMI y el
Banco Mundial, en su papel de alguaciles de los grandes bancos y respaldados
por las administraciones de Reagan y de George H. Bush, ofrecieron a los países
pobres el mismo cáliz envenenado: devaluación, privatización, desaparición de
aranceles y subvenciones agrícolas, recuperación forzosa de costes en sanidad y
educación y una despiadada reducción del sector público. Un famoso telegrama
del secretario del tesoro George Shultz a los funcionarios en el exterior
encargados de la ayuda estadounidense, ordenaba que «en la mayor parte de los
casos, las empresas del sector publico deben ser privatizadas»8. Al mismo tiempo,
los Planes de Ajuste devastaban a los pequeños agricultores que se quedaban sin
subvenciones y se veían obligados a nadar o a hundirse en un mercado global
dominado por la
agricultura, fuertemente subvencionada, gestionada por las grandes empresas del
Primer Mundo.
Como nos recuerda
William Tabb en su reciente historia de la gobernanza económica global, la
deuda ha sido el punto clave que ha provocado una pérdida de poder de los
Estados del Tercer Mundo en favor de las instituciones de Bretton Woods. De
acuerdo con Tabb, el personal del Banco Mundial es el equivalente contemporáneo
de los antiguos funcionarios coloniales, «que igual que sucedía con las
administraciones coloniales, solo desaparecen para ser sustituidos por equipos
de refresco, con el mismo aspecto y los mismos poderes sobre la sociedad y la
economía local»9.
A pesar de sus
manifestaciones a favor del desarrollo económico, los países acreedores no han
permitido a los pobres utilizar las reglas que ellos mismos utilizaron para
fomentar su propio desarrollo a finales del siglo XIX y principios
del XX. Los ajustes estructurales son para el economista Ha-Joon Chang una
hipócrita «patada a la escalera» de los aranceles proteccionistas y las
subvenciones que los países de la OCDE habían empleado históricamente en su
propia ascensión desde unas economías basadas en la agricultura a otras
economías urbanas basadas en los bienes de alto valor y en los servicios10. Stefan
Andreasson, observando los desalentadores resultados de los planes de ajuste en
Zimbabwe y de las políticas neoliberales que se desarrollaban en Sudáfrica, se
pregunta si el Tercer Mundo puede esperar algo más que una «democracia virtual»
a la vista de que sus políticas macroeconómicas vienen dictadas por Washington:
«La democracia virtual significa el fracaso de la democracia participativa, así
como de cualquier posibilidad de extender el bienestar público que los
proyectos socialdemócratas habían auspiciado en otros sitios»11.
The Challenge of
Slums plantea la misma cuestión cuando señala que «durante las décadas
de 1980 y 1990, la principal causa del incremento de la pobreza y de la
desigualdad ha sido la inhibición del Estado». Además de las reducciones del
gasto y de la propiedad pública que forzaban los Planes de Ajuste Estructural,
los autores también señalan el sutil cambio que supone la disminución de la
capacidad de actuación del Estado como consecuencia de su
«subsidiaridad»,
entendida como la cesión de poder a escalones inferiores del gobierno y
especialmente a ONG directamente relacionadas con las grandes agencias
internacionales del desarrollo.
El conjunto de esta
estructura aparentemente descentralizada es ajeno a la noción del gobierno
representativo que ha sido una buena receta para los países desarrollados, al
mismo tiempo que está a expensas de los proyectos del poder hegemónico global.
La perspectiva internacional dominante [es decir, la de Washington] se
convierte de facto en el paradigma del desarrollo, de manera
que el mundo entero rápidamente se unifica en la dirección que los donantes y
las organizaciones internacionales señalan12.
El África urbana y
América Latina se convirtieron en el gran éxito de la depresión artificial
organizada por el FMI y la Casa Blanca, y en muchos países, el impacto de los
Planes de Ajuste Estructural durante la década de 1980, unido a la prolongada
sequía, la subida de los precios del petróleo y de los intereses de los
créditos, a la caída de los salarios y de los precios de las materias primas
produjo un efecto más severo y duradero que la Gran Depresión. Las ciudades del
Tercer Mundo especialmente se vieron atrapadas por un círculo vicioso de
aumento de la inmigración, descenso del empleo formal y de los salarios así
como un derrumbe generalizado de los ingresos. El FMI y el Banco Mundial, como
hemos visto, promovían una imposición de tasas sobre los servicios públicos que
utilizaban los pobres, pero en contrapartida no proponían ninguna reducción de
los gastos militares o gravar los ingresos de los ricos. Como resultado, la
sanidad pública y su infraestructura se vieron desbordadas por el aumento de la
población. Como dice Theodore Trefon hablando de Kinshasa, «la población
considera los servicios públicos básicos como algo del pasado»13.
El balance del
ajuste estructural en África realizado por Carole Rakodi incluye la huida de
capitales, el colapso de la producción, un descenso o un insignificante aumento
de los ingresos por exportaciones, un recorte drástico de los servicios
públicos urbanos, un aumento vertiginoso de los precios y una caída de los
salarios reales14. Por todo el
continente la gente aprendió a decir «tengo la crisis» de la misma manera que
otros dicen «tengo un catarro»15.
En Dar-es-Salaam,
el gasto por habitante en servicios públicos estuvo cayendo un 10 por 100 anual
durante la década de 1980, lo que supone prácticamente un derrumbamiento del
Estado16. En Jartum, como
señalan los investigadores locales, la liberalización y el ajuste estructural
produjeron 1,1 millones de nuevos pobres, la mayor parte de ellos procedentes
del esquilmado sector público17. En Abiyán, una de
las pocas ciudades africanas con un sector industrial importante y servicios
urbanos modernos, la aplicación de los Planes de Ajuste Estructural condujo a
la desindustrialización, al colapso de la construcción y a un rápido deterioro del
transporte y la sanidad pública. En consecuencia, la pobreza urbana en Costa de
Marfil, ciudad hasta entonces considerada como la locomotora económica de
África del oeste, se multiplicó por dos entre 1987 y 198818. En la Nigeria de
la que hablaba el escritor Fidelis Balogun, la pobreza extrema que se había
desarrollado en Lagos, Ibadán y otras ciudades, pasó del 28 por 100 en 1980 al
66 por 100 en 1966. Según informaba el Banco Mundial, «el Producto Nacional
Bruto se sitúa actualmente en 260 dólares, una cifra inferior a la que se
registraba en el momento de la independencia hace 40 años y por debajo de los
370 dólares que se alcanzaban en 1985»19. Deborah Potts
señala que en las ciudades africanas, los salarios en su conjunto han caído a
un nivel tan bajo, que los investigadores no pueden comprender cómo consigue
sobrevivir la población. Es lo que se llama el «puzle de los salarios»20.
En América Latina,
empezando en 1973 con el golpe del general Pinochet, el ajuste estructural
estuvo claramente unido a la dictadura militar y a la represión de la izquierda
popular. Uno de los resultados más llamativos del auge de las dictaduras fue la
rápida urbanización de la pobreza. En 1970 las teorías foquistas del
Che Guevara sobre la insurrección rural, todavía se adecuaban a una realidad
donde la pobreza rural (75 millones de personas) era superior a la urbana (45
millones). Sin embargo, a finales de la década de 1980 la gran mayoría de la
pobreza (115 millones) se encontraba en las colonias, barriadas y villas
miseria antes que en las haciendas o pueblos rurales (80 millones)21.
De acuerdo con un
estudio de la Organización Internacional del Trabajo, la pobreza urbana en
América Latina creció un extraordinario 50 por 100 en la primera mitad de la
década de 198022. Los ingresos
reales de las clases trabajadoras cayeron un 40 por 100 en Venezuela, el 30 por
100 en Argentina y el 21 por 100 en Brasil y Costa Rica23. Entre 1980 y
1987, en México el empleo informal se dobló, mientras que el gasto público cayó
a la mitad del nivel que tenía en 198024. En Perú la década
de 1980 acabó con una recesión brutal que en tres años redujo el empleo formal
de las clases trabajadoras urbanas del 60 al 11 por 100, y abrió las puertas de
los miserables barrios de Lima al misticismo revolucionario de Sendero Luminoso25.
Mientras tanto,
amplios sectores de las clases medias que estaban acostumbrados a tener
servicio doméstico y a disfrutar de las vacaciones en Europa, se encontraron
repentinamente en las filas de los nuevos pobres. En algunos casos, esta
movilidad social fue tan acusada como la que se había producido en África,
aumentando, por ejemplo, el porcentaje de la población urbana que vivía en la
pobreza un 5 por 100 en 1980, tanto en Chile como en Brasil26. Sin embargo,
estos ajustes que estrangularon a la población sin recursos y a las clases
medias dependientes del sector público, ofrecieron unas oportunidades
inmejorables a inversores, al sector de las importaciones, a los
narcotraficantes, a gerifaltes del ejército y a políticos corruptos. Durante la
década de 1980, el consumo ostentoso alcanzó unos niveles alucinantes en
América Latina y en África con los nuevos ricos yéndose de compras
derrochadoras a París o a Miami mientras sus compatriotas pasaban hambre en las
chabolas.
Los índices de
desigualdad alcanzaron cifras de récord en esa década. En Buenos Aires las
rentas del decil de la población con ingresos más elevados pasaron de ser 10
veces más altas en 1984 a 23 veces en 1989. En Río de Janeiro la desigualdad
calculada de acuerdo con el coeficiente de Gini pasó del 0,58 en 1981 al 0,67
en 198927. La década de 1980
no hizo más que profundizar las desigualdades de la topografía social por toda
América Latina. De acuerdo con un informe del Banco Mundial, los coeficientes
de Gini
son 10 veces más
elevados en América Latina que en Asia; 17,5 veces más altos que en los países
de la OCDE y 20,4 veces más altos que en los países del este de Europa. Incluso
Uruguay, el país más igualitario de América Latina, tiene una distribución más
desigual que cualquier país europeo28.
El ajuste desde
abajo
Las sacudidas
económicas de la década de 1980 obligaron a la población del Tercer Mundo a
reagruparse en torno a viviendas comunes y a desarrollar la capacidad de
supervivencia y el ingenio de las mujeres. A medida de que la población
masculina perdía posibilidades de trabajo, el peso de los ajustes estructurales
en las zonas urbanas fue recayendo de manera especial sobre las mujeres en
general: como señala un estudio sobre India, «si las cargas de la supervivencia
[para las familias] eran enormes, para las mujeres eran aún mayores»29. La geógrafa
Sylvia Chant por su parte insiste en que con los planes de ajuste las mujeres
tenían que trabajar más aún tanto fuera como dentro del hogar, para compensar
el recorte de los gastos sociales y de los ingresos de los varones, al mismo
tiempo que veían como las nuevas tasas y el aumento de las ya existentes,
impedían su acceso a la educación y a la asistencia sanitaria30. Algunos
investigadores argumentan que los Planes de Ajuste Estructural explotaban de
manera cínica la idea de que la fuerza de trabajo femenina es mucho más
elástica de cara a las necesidades de supervivencia de los hogares, con lo cual
se suponía que podría arreglarse de uno u otro modo31. Esta es la
variable secreta y culpable de las ecuaciones neoclásicas del ajuste económico:
se espera que las mujeres pobres y sus niños carguen sobre sus espaldas con el
peso de la deuda del Tercer Mundo.
Así, en China y en
las ciudades industrializadas del sureste asiático millones de mujeres jóvenes
se engancharon a las cadenas de producción y a las miserias de las fábricas.
«Las mujeres suponen el 90 por 100 de los 27 millones de trabajadores de las Zonas
de Libre Comercio»32. En África y en la
mayor parte de
América Latina,
exceptuando las ciudades fronterizas del norte de México, esta posibilidad no
existía. En su lugar, la desindustrialización y la caída del empleo de los
varones en el sector formal, acompañada con frecuencia por su emigración, ha
llevado a las mujeres a buscar el sustento como trabajadoras a destajo,
vendedoras de licores y lotería, en la venta ambulante y en oficios varios como
peluqueras, costureras, limpiadoras, recogedoras de trapos, niñeras y
prostitutas. En una región donde la participación de la mujer en el mercado
laboral había sido más baja que en otros continentes, la incorporación de la
mujer durante la década de 1980 al sector terciario de América Latina ha sido
especialmente dramática.
En su detallado
estudio sobre el «ajuste desde abajo», la antropóloga social Carolina Moser
describe el impacto de ocho planes sucesivos entre 1982 y 1988 sobre un
degradado barrio de chabolas de la pantanosa ribera de Guayaquil, un barrio que
hasta entonces estaba experimentando un desarrollo positivo. Aunque el
desempleo se multiplicó por dos en Ecuador, el rasgo más característico de la
crisis de la década de 1980 fue la explosión del trabajo informal, que se
calcula absorbió a la mitad de la fuerza de trabajo de Guayaquil y Quito. En el
barrio de Indio Guayas, los varones que habían tenido un empleo de jornada
completa se encontraron con empleos temporales y sin trabajo durante la mitad
del año. Los hogares se vieron obligados a enviar a más miembros a trabajar,
tanto mujeres como niños. Después de la introducción de los Planes de Ajuste
Estructural, la participación de la mujer en el trabajo pasó del 40 al 52 por
100, pero el declive del empleo industrial, las obligaba a competir entre ellas
por trabajos como empleadas del hogar o vendedoras callejeras. Junto con esta
movilización de los recursos humanos de los hogares, las condiciones de vida,
especialmente las que se referían a la alimentación infantil empeoraron
dramáticamente. Moser encontró que el 80 por 100 de la población infantil de
las áreas hiperdegradadas sufrían síntomas de malnutrición. La privatización y
el encarecimiento de la asistencia sanitaria supusieron que las
familias de Indio
Guayas, que hasta entonces habían tenido unas perspectivas optimistas, quedaran
excluidas de estos servicios33.
La experiencia de
Guayaquil se reprodujo en Guadalajara en el periodo siguiente a la crisis de la
deuda de 1982. En una ciudad que tradicionalmente había sido la capital de las
empresas y talleres familiares de México, la caída libre de los salarios y el
derrumbe de la inversión pública fue seguida por los acuerdos del GATT de 1986
que trajeron la despiadada competencia de las empresas extranjeras. La
especialización de la ciudad en el sector de bienes de consumo mediante
empresas familiares no pudo sobrevivir al aluvión de las importaciones
asiáticas. El resultado, de acuerdo con Agustín Escobar y Mercedes González,
fue simultáneamente un aumento significativo del empleo informal, casi un 80
por 100 entre 1980 y 1987, la emigración hacia California y Texas, y lo que fue
más importante, la reestructuración del mercado formal del trabajo, donde «la
precariedad en el empleo se convirtió en la norma. La seguridad en el empleo
desapareció, el trabajo a tiempo parcial aumentó, la subcontratación se
convirtió en una práctica generalizada y a los trabajadores y asalariados en
general se les exigieron mayores obligaciones para conservar sus empleos». La
respuesta de los hogares, como había sucedido en Guayaquil, fue enviar a las
mujeres al servicio doméstico y sacar a los niños de los colegios para
incorporarles a la vida laboral. Estas estrategias de supervivencia a corto
plazo, como advertían Escobar y González, suponían un perjuicio para la mejora
de las condiciones sociales a largo plazo. «El empeoramiento de las condiciones
económicas, obliga a las familias trabajadoras urbanas a movilizar todos sus
recursos humanos para poder sobrevivir, lo cual limita sus estrategias de
movilidad social a largo plazo»34.
En América Latina,
al igual que en Asia y África, muchas familias se «ajustan al ajuste» mandando
a algunos miembros de vuelta al campo, donde subsistir resulta más barato.
Cedric Pugh, refiriéndose a Costa Rica, señala que «los hogares se dividen, las
mujeres y los niños con frecuencia se vuelven a las zonas más pobres donde los
gastos de viviendas son menores. Algunas veces esto se añade a la separación y
al divorcio, con consecuencias a
largo plazo sobre
el nivel de vida y la demanda de vivienda entre los hogares divididos»35.
La experiencia
urbana en África ha sido aún más terrible. La población ha tenido que sumar a
los ajustes, la sequía y las guerras civiles, el holocausto que ha supuesto el
SIDA y que se ha beneficiado de la prostitución forzosa a que se han visto
abocadas muchas mujeres pobres. En Harare, el Plan de Ajuste Estructural de
1991 supuso el aumento del coste de la vida en un 45 por 100 en un solo año, y
100.000 personas acabaron en las salas de los hospitales por los efectos de la
malnutrición. Como muestran los estudios que realizaron de manera independiente
Nazneen Kanji y Christian Rogerson, la competencia despiadada se ha convertido
en la norma de la economía de mercado informal, especialmente en lo que se
refiere al empleo femenino y a la venta callejera: «En general, los ingresos
que se generan en estas actividades, que en su mayor parte están en manos de
las mujeres, no alcanzan normalmente más que a producir unas mínimas ganancias,
no suponen inversión de capital, prácticamente ninguna capacitación especial y
muy pocas oportunidades de convertirlos en un medio viable de subsistencia»36. En medio de este
panorama en el que la mortalidad infantil se doblaba, el SIDA se extendía y la
malnutrición infantil crecía, las desesperadas madres de Harare mandaban a los
niños pequeños al campo, o se producían reagrupamientos familiares para ahorrar
alquileres o electricidad37. Decenas de miles
de niños tuvieron que abandonar las escuelas para ponerse a trabajar o a buscar
entre la basura, sin ninguna esperanza de poder retomar alguna vez su
educación. La situación muchas veces se vuelve tan opresiva que la propia
solidaridad familiar acaba por desaparecer. «Lo que antes pudo ser una unidad
que apoyaba y mantenía a sus miembros se ha convertido actualmente en una
unidad en la que los miembros compiten entre sí para sobrevivir»38.
A finales de la
década de 1970 y durante la siguiente fueron las mujeres las que en muchos
casos encabezaron las clásicas revueltas populares que se han producido
históricamente, motivadas por los precios y la falta de alimentos. Las áreas
urbanas hiperdegradadas de África, América Latina y Asia meridional no
aceptaron de buena
gana los planes del FMI que les llevaban a la catástrofe y optaron por la
rebelión. En su innovador estudio sobre las raíces de la resistencia a los
Planes de Ajuste, Free Markets and Food Riots (2004), John
Walton y David Seddon recogieron 146 revueltas contra el FMI en 39 países desde
1976 hasta 199239. A principios de
la década de 1990 todos los «elementos humanos» que podían atribuirse a los
Planes de Ajuste Estructural –las llamadas «dimensiones sociales del ajuste»–
fueron respuestas a esta extraordinaria explosión de protesta global.
El carácter
internacional que tienen los programas de austeridad se plasma simbólicamente
en ataques contra las agencias de viaje, los automóviles extranjeros, los
hoteles de lujo y las sedes de las agencias internacionales. Las protestas
adoptaron diversas formas, desde las clásicas revueltas de alimentos
(Marruecos, Brasil, Haití), a las manifestaciones pacíficas que degeneran en
violencia (Sudán, Turquía, Chile) o las huelgas generales (Perú, Bolivia,
India). De todas formas, con frecuencia las protestas que comenzaban de alguna
de estas maneras evolucionaban en otras direcciones, las manifestaciones se
convertían en revueltas, y la violencia espontánea daba paso a la organización
política.
Las revueltas
contra la carestía de la vida y el precio de los alimentos como expresión de la
protesta popular han sido una manifestación frecuente y probablemente universal
en las sociedades de mercado, y se han producido menos como consecuencia de la
evolución política e industrial, que como respuesta a una estrategia de
empobrecimiento en la que los pobres y los sectores marginales reclaman sus
derechos a la justicia social. En los Estados modernos, enmarcados en la
integración económica internacional, el centro de la protesta popular se ha
desplazado con la mayoría de la población a las ciudades, donde se juntan los
procesos de acumulación global, desarrollo nacional y justicia social40.
La primera ola de
manifestaciones contra el FMI se produjo entre 1983 y 1985, para dar paso a una
segunda oleada en 1989. En febrero de ese mismo años, en Caracas, el
descontento popular creado por la imposiciones del FMI que produjeron el alza
del precio de la gasolina y del transporte, se transformó en violentos
disturbios a cargo de transportistas y estudiantes universitarios, y la
actuación de la policía rápidamente convirtió las manifestaciones en casi una
insurrección. Durante la semana larga que duró el Caracazo, decenas
de miles de personas bajaron de los barrios de las colinas para asaltar centros
comerciales, quemar coches de lujo y levantar barricadas. Por lo menos 400
murieron. Un mes más tarde Lagos
explotaba tras las
protestas estudiantiles contra el FMI; después de tres días de pillaje y de
lucha callejera, cincuenta personas habían muerto en una ciudad en la que la
mayor parte de la población compartía la explosiva rabia del «rey» de la novela
de Chris Albani,
Graceland:
La mayor parte de
nuestro pueblo es gente honesta y trabajadora. Pero están a merced de esa banda
de bastardos, desalmados y bandidos que forman el FMI, el Banco Mundial y
Estados Unidos […] ahora resulta que tú y yo, junto con toda esta pobre gente
debemos al Banco Mundial diez millones de dólares por nada. Son unos bandidos y
los desprecio41.
¿La década utópica?
De acuerdo con las
teorías neoclásicas y con los proyectos del Banco Mundial, la década de 1990
debía haber servido para rectificar los errores de la década anterior y
permitir a las ciudades del Tercer Mundo recuperar el terreno perdido y atenuar
los abismos de desigualdad que habían provocado los Planes de Ajuste
Estructural. Al dolor del ajuste le debería haber seguido el analgésico de la
globalización. De hecho, la década de 1990, como señala irónicamente The
Challenge of Slums, era la primera década en la que el desarrollo
urbano global se producía acompañado de todos los parámetros ideales del
concepto neoclásico de libertad de mercado.
Durante la década
de 1990 el comercio continuaba expandiéndose a un ritmo sin precedentes, los
mercados se abrieron y el gasto militar se redujo […] Todos los inputs básicos
de la producción bajaron de precio, y los tipos de interés cayeron
conjuntamente con el precio de las materias primas. Los flujos de capital se
liberaron de los controles nacionales y se podían desplazar rápidamente a las
áreas más productivas. Bajo lo que eran las condiciones económicas perfectas de
acuerdo con la teoría económica neoliberal predominante podía esperarse que
durante la década se habría producido una prosperidad y unas cotas de justicia
social hasta entonces nunca alcanzadas42.
Sin embargo, de
acuerdo con el «United Nations Development Programme» de 2004 [Informe de
Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano], «la década de 1990 supuso una marcha
atrás en el
desarrollo de un
número sin precedente de países. En 46 de ellos, la población tiene menos
recursos actualmente que en 1990, en otros 25 la gente pasa más hambre hoy que
hace una década»43. Los países del
Tercer Mundo sufrieron una nueva oleada de Planes de Ajuste y de programas
neoliberales que aceleraron el derrumbamiento del empleo estatal, de la
industria local y de los mercados agrícolas interiores. Las mayores metrópolis
industriales de América Latina –Ciudad de México, São Paulo, Belo Horizonte y
Buenos Aires– sufrieron una pérdida masiva de empleo industrial. En São Paulo,
el sector industrial pasó de representar el 40 por 100 del empleo en 1980, al
15 por 100 en 200444. Los intereses de
la deuda, que en un país como Jamaica a finales de la década de 1990 se comían
el 60 por 100 del presupuesto, dejaban sin recursos a los programas sociales y
de ayudas a la vivienda, lo que en palabras de Don Robotham significaba «el abandono
social» de los pobres urbanos45.
El Banco Mundial,
por su parte, aplaudía la desaparición del papel dirigente del Estado en su
informe de 1991, Urban Policy and Economic Development. An Agenda for
the 1990s, en el que conceptualizaba el sector público
como un simple «habilitador» del mercado. La geógrafa Cecilia Zanetta, en su
análisis de los programas urbanos del Banco Mundial aplicados en México y
Argentina, afirma que «con un objetivo prioritario dirigido hacia la revitalización
de los mecanismos del mercado, las políticas urbanas se encaminaban hacia la
eliminación de las barreras que restringían la productividad de los agentes
económicos, tanto formales como informales, pretendiendo con ello maximizar sus
contribuciones a la economía nacional»46. Esta
«fetichización» de la «productividad urbana» en la práctica condujo a un
presión masiva hacia la privatización de empresas y servicios, al margen de las
consecuencias que produjeran sobre el empleo o la distribución equitativa. Por
parte del Banco Mundial, no había ninguna posibilidad de que el empleo en el
sector público recuperara el terreno perdido en la década de 1990.
En general, la
explosión de las exportaciones solo produjo beneficios para una pequeña
minoría. Angola, uno de los mayores
productores de
petróleo y diamantes, fue uno de los ejemplos más claros. En Luanda, donde en
1993 un terrible 84 por 100 de la población estaba sin trabajo o subempleada,
la desigualdad entre ricos y pobres se disparó, «de 10 a 37 veces, solamente
entre 1995 y 1998» 47. En México el
porcentaje de población que vivía en la extrema pobreza aumento del 16 por 100
en 1992 al 28 por 100 en 1999, a pesar de los alardeados «triunfos» de las
empresas maquiladoras de la frontera y de los acuerdos del
Área de Libre Comercio de Norteamérica48. En Colombia
durante el mandato de César Gaviria (elegido en 1990), mientras los salarios
urbanos caían, la superficie destinada al cultivo de coca se triplicaba y los
carteles de la droga resultaban los más favorecidos por estas políticas
neoliberales49. La desigualdad
global calculada por los economistas del Banco Mundial sobre la población
mundial alcanzó en el índice de Gini un increíble 0,67 a finales del siglo XX, lo que desde el
punto de vista matemático representa que dos tercios de la población no tienen
ningún ingreso y el tercio restante se lo lleva todo50.
La agitación social
global que se producía a finales de la década se correspondía con asombrosa
exactitud con las ciudades y regiones que habían experimentado los mayores
aumentos de la desigualdad. En todo el Oriente Próximo y en los países
musulmanes del sur de Asia el creciente abismo que separaba a los ricos de los
pobres daba argumentos a islamistas y salafistas radicales sobre el carácter
irreformable de los regímenes establecidos. El asalto final sobre los
remanentes «socialistas» que quedaban del Estado del FNL en Argelia empezaron
en 1995 con la privatización de 230 empresas y el despido de 130.000 empleados
del Estado; la pobreza se disparó del 15 por 100 en 1998 al 23 por 100 en 199551. De la misma
manera, en Teherán, a medida de que la Revolución islámica abandonaba sus
políticas a favor de los pobres, la pobreza aumentó del 26 al 31 por 100 entre
1993 y 199552. En Egipto,
después de cinco años de crecimiento económico, los datos del Banco Mundial
referidos a 1999 mostraban que no había habido ningún descenso de la pobreza de
los hogares (definida sobre un nivel inferior a 610 dólares anuales) y
registraban
una caída del
consumo per cápita53. Pakistán por su
parte, hacía frente a una crisis doble: por un lado, el descenso de la
competitividad industrial de sus exportaciones textiles amenazadas por China y,
por otro, el declive de su producción agrícola debido a la falta crónica de
inversión en regadíos. Como consecuencia, se produjo una caída de los salarios
de los trabajadores eventuales e informales, y el crecimiento de la pobreza a
un ritmo que The National Human Development Report calificaba
de «sin precedentes dentro de la historia del país». La desigualdad urbana,
medida sobre el índice de Gini, aumentó del 31,7 por 100 en 1992, al 36 por 100
en 199854.
Sin embargo, el
acontecimiento más importante de la década de 1990 fue la incorporación al
Tercer Mundo del «Segundo Mundo» que formaban los antiguos países socialistas
de Europa y Asia. A principios de la década de 1990 los cálculos sobre la
población que vivía en la extrema pobreza en los «países en transición», como
Naciones Unidas los llamaba, se disparó de 14 a 168 millones de personas, una
pauperización instantánea que no tenía precedentes en la historia55. La pobreza
evidentemente existía en la antigua Unión Soviética en una escala desconocida,
pero de acuerdo con los expertos del Banco Mundial se situaba entre el 6 y el
10 por 10056. En la actualidad,
de acuerdo con el informe de Alexey Krasheninnokov para UN-Habitat, el 60 por
100 de las familias rusas vive en la pobreza, mientras que al resto de la
población «solamente se la puede considerar clase media de manera muy amplia».
Las «clases medias» rusas, por ejemplo, se gastan el 40 por 100 de sus ingresos
en alimentación en comparación con niveles similares a escala global en los que
el gasto es inferior al 30 por 10057.
Aunque lo peor de
esta «transición a la pobreza» permanece oculto en regiones abandonadas de la
antigua República Soviética, las ciudades muestran espeluznantes cambios
radicales, de la riqueza a la miseria, producidos de la noche a la mañana. En
San Petersburgo, por ejemplo, la desigualdad entre los ingresos del decil de
los más ricos y de los más pobres pasó del 4,1 en 1989 al 13,2 en 199658. Actualmente Moscú
puede tener más millonarios que Nueva York, pero también tiene un millón de
ocupantes ilegales,
muchos de ellos
emigrantes ilegales procedentes de Ucrania (200.000), China (150.000), Vietnam
y Moldavia. Esta población vive en condiciones ínfimas en edificios
abandonados, dormitorios comunales y antiguos cuarteles. Las empresas de
superexplotación de la mano de obra, consideradas muchas veces en el Occidente
como la vanguardia del capitalismo, «prefieren emplear a esta población ilegal
a la que pueden pagar unos salarios miserables y amontonar a 10 o 15 de ellos
en apartamentos de una sola habitación», y por la cual no tienen que realizar
ningún tipo de cotización59. Los expertos
rusos calculan que la economía sumergida o informal alcanza un 40 por 100 de la
economía formal60.
En la antigua Unión
Soviética la vivienda urbana estaba controlada por el Estado, pero era
prácticamente gratuita. Los gastos de vivienda representaban del 2 al 3 por 100
de los ingresos de los hogares, y las viviendas formaban parte de una especial
infraestructura social que incluía calefacción y transporte así como una
cultura y un ocio basados en el lugar de trabajo. Sin embargo, desde finales de
la década de 1990 el gobierno de Vladimir Putin ha aceptado las estipulaciones
del Banco Mundial de elevar los alquileres y los gastos de calefacción a los
niveles del mercado, a pesar de la caída de los salarios61. Simultáneamente
ha habido un descuido, abandono y desinversión de las infraestructuras básicas
de los barrios y de los servicios sociales basados en las empresas, por el que
los bloques más antiguos de apartamentos, de hecho barrios y ciudades enteras,
han regresado a la condición de áreas hiperdegradadas. Muchas zonas
residenciales de las clases trabajadoras se caracterizan por tuberías rotas,
alcantarillas atascadas, escasez de iluminación y lo que es más peligroso,
falta de calefacción en invierno. Millones de personas en Rusia sufren el azote
del frío, del hambre y del aislamiento de manera asombrosamente parecida al
cerco de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial.
Este modelo ruso de
transición hacia la pobreza también se produce en otros países del este
europeo, principalmente en Bulgaria y Albania. En la ciudad de Sofía, machacada
por la
desindustrialización
y el cierre de empresas, la pobreza y la desigualdad explotaron entre 1995 y
1996, principalmente sobre las minorías gitana y turca, las mujeres y las
familias numerosas. El 43 por 100 de la población vive ahora por debajo del
nivel de pobreza, Sofía probablemente tenga la población de áreas urbanas
hiperdegradadas más numerosa de toda Europa y «Cambodia», en Fakulteta
probablemente también sea el área urbana más miserable de toda Europa en la que
35.000 gitanos, el 90 por 100 sin empleo, viven en unas condiciones de ghetto que
recuerdan la miseria de los parias de India62. La ciudad europea
más pobre es Elbasan, con una población de 100.000 personas, que antiguamente
fue el centro industrial de Albania y que ahora sobrevive solamente gracias a
los fondos que envían los emigrantes que han marchado a Italia y a Grecia. La capital
Tirana está rodeada de una floreciente periferia de hiperdegradadas ciudades de
chabolas, donde es fácil encontrar a mucha gente durmiendo en los nidos de
ametralladoras que la paranoica dictadura de Hoxha levantó por todas partes63.
¿Historias de
éxitos?
Los dos grandes
éxitos que se atribuye la globalización en la década de 1990 fueron la
explosión de empleo y de ingresos que experimentaron las ciudades costeras de
China, y el surgimiento del «Resplandor de India» formado por enclaves de alta
tecnología y parques empresariales. En ambos casos, el desarrollo no era
solamente una ilusión: el bosque de rascacielos alrededor de Sanghái así como
los nuevos centros comerciales con sus cadenas internacionales de Bangalore
eran muestra del dinamismo económico. Sin embargo, estos milagros se produjeron
a costa de un elevado aumento de la desigualdad económica.
Desde finales de la
década de 1970 la distribución de los ingresos y de la riqueza en las ciudades
chinas ha pasado de ser una de las más igualitarias de Asia a todo lo
contrario. Como señalan Azizur Khan y Carl Riskin, «el aumento de la
desigualdad urbana ha sido proporcionalmente mucho mayor que el de la
desigualdad rural»64.
Junto a los nuevos
ricos aparecen los nuevos pobres: por un lado, los trabajadores tradicionales
que han sufrido la desindustrialización y, por otro, los emigrantes ilegales
procedentes del campo. Los ciudadanos de las urbes, ya no comen en la misma
mesa como sucedía en los austeros pero seguros tiempos de Mao. En septiembre de
1997 el presidente Jiang Zemin manifestaba en una conferencia del Partido
Comunista que «los trabajadores deben ir cambiando sus ideas sobre el empleo»,
en lo que era un aviso de que en una sociedad de mercado dinámica, la seguridad
social desde la cuna hasta la tumba ya no era factible65. Esto ha
significado la pérdida o la disminución de la seguridad social para decenas de
millones de trabajadores industriales y empleados estatales que han sufrido la
reestructuración y pérdida de sus empleos en los últimos años.
Entre 1996 y 2001
el número de compañías de propiedad estatal se redujo en un 40 por 100 dejando
en la calle a 36 millones de trabajadores. Las estadísticas oficiales en cambio
mostraban solamente un ligero aumento del paro debido a que estos trabajadores
se consideraban «un grupo aparte», ya que todavía recibían ayudas sociales a
través de sus antiguos centros de trabajo. Los cálculos reales sitúan el
desempleo urbano entre el 8 y el 13 por 100. Un porcentaje importante de esta
población son mujeres, lo que según la redactora de The Far Eastern
Economic Rerview, Pamela Yatsko, se debía a que «el gobierno
consideraba que la mujeres sin empleo eran menos peligrosas para la
seguridad que los hombres». La población femenina que antes trabajaba en las
fábricas de soldadoras, torneras o tenía empleo en el sector naval, se encontró
obligada a pelear por trabajos poco remunerados en el sector servicios, como
criadas, camareras, niñeras o vendedoras ambulantes66.
Sin embargo, los
antiguos héroes de la historia de los que hablaba Mao, conservan
mayoritariamente los privilegios de un estatus oficial urbano junto a la
seguridad de sus ingresos. La «marea campesina» disfruta de los derechos
sociales oficiales solamente en los empobrecidos pueblos de donde ha huido. En
Sanghái se calcula que unos tres millones de trabajadores
emigrantes carecen
actualmente de asistencia sanitaria, seguridad social o de cualquier tipo de
apoyo. Los emigrantes también han sido el chivo expiatorio de las
contradicciones de la nueva economía de mercado. Algunos observadores han
comparado las discriminaciones, similares a las de las castas, que se producen
contra la población rural emigrante con la que sufría «la población negra en
Sudáfrica antes de 1990 o los negros y asiáticos en Estados Unidos en la
primera mitad del siglo XX»67. A finales de la
década de 1990 Yatsko encontró repetidas veces escenas en Sanghái que
recordaban desagradablemente la ciudad maldita de la década de 1930.
La ciudad, como
muchas otras en China, solo permite a los emigrantes realizar los trabajos peor
pagados, excluyéndoles del resto y expulsándoles si no pueden demostrar que
tienen empleo. Se mezclan muy poco con la población de Sanghái, que les mira
con desprecio y reniega automáticamente de ellos cada vez que se comete un
crimen en la ciudad. La mayoría son varones que encuentran trabajo en el sector
de la construcción. Por la noche duermen en barracones improvisados en la obra
o se buscan un alojamiento barato en las afueras de la ciudad; los que no
tienen trabajo, ocupan un trozo de la acera. Las mujeres algunas veces
encuentran trabajo de criadas o en peluquerías decrépitas de las zonas
deterioradas de la ciudad, donde cobran 10 yuan por lavar la cabeza (1,20
dólares) y en algunos casos proporcionan servicios sexuales por un poco más.
Niños con la cara sucia vestidos con harapos, solos o con sus madres, se
dedican a pedir monedas alrededor de los bares, especialmente de los
frecuentados por extranjeros68.
Con una cierta
justificación, los funcionarios chinos alaban el progreso económico de la
nación, especialmente el increíble aumento de un 10 por 100 anual del PIB que
se ha producido desde 1980; sin embargo se muestran menos comunicativos a la
hora de hablar de pobreza y privaciones. Los indicadores sociales chinos
carecen por completo de fiabilidad, lo que ya empieza a ser admitido incluso de
manera oficial. En 2002 el comité de expertos que forma el Centro de
Investigación y Desarrollo, del Consejo de Estado, advertía que la pobreza
urbana se había subestimado radicalmente. Propuso elevar las cifras oficiales
desde los 14,7 hasta por lo menos 37,1 millones de personas, a pesar de que
reconocía que el alza seguía sin incluir a decenas de millones de desempleados
o a los
100 millones de
«trabajadores flotantes» que todavía figuraban como agricultores69.
La pobreza urbana
en India está más reconocida y produce más debates que en China, pero
investigadores y activistas sociales que tratan de llamar la atención sobre la
otra cara del crecimiento económico reciente también tienen que nadar en contra
del triunfalismo de la retórica oficial. Como sabe cualquier lector de la
prensa de negocios, la drástica reforma neoliberal de la economía de India
después de 1991 produjo una explosión del sector de las altas tecnologías y un
mercado de valores cuyos frenéticos centros fueron un puñado de ciudades como
Bangalore, Pune, Hyderabad y Chennai. El PIB creció un 6 por 100 durante la
década de 1990, mientras los rendimientos del mercado de valores se doblaban
prácticamente todos los años. Aparecieron nuevos millonarios, muchos de ellos
ingenieros e informáticos que habían regresado de Sunnyvale y Redmond. Sin
embargo, el crecimiento simultáneo de la pobreza recibió menos publicidad. En
este proceso, India sumó 56 millones de nuevos pobres. Como muestra Jeremy
Seabrook, el comienzo de la década de 1990 puede haber sido «la peor época para
los pobres desde la independencia», habida cuenta de que entre 1991 y 1994 la
desregulación de los precios produjo, por ejemplo, un aumento del 58 por 100
del precio de los cereales70.
El crecimiento ha
sido totalmente desequilibrado, con una gran inversión especulativa en el
sector de las tecnologías de la información mientras se abandonaba en el
estancamiento al sector agrícola y se permitía el deterioro de las
infraestructuras. Antes que establecer impuestos sobre los nuevos millonarios,
el gobierno neoliberal del Partido Popular Indio [Bharatiya Janata Party (BJP)]
se dedicó a autofinanciarse mediante la privatización masiva de la industria
estatal, gracias a la cual, Enron produce la electricidad cerca de Bombay a un
precio tres veces superior al del servicio público. Las políticas neoliberales,
como sucedía en China, han causado estragos en el descuidado medio rural de
India, donde las tres cuartas partes de los hogares carecen de acceso a la
sanidad y al agua potable mientras claman inútilmente por «bijli,
sadaak,
paani» (electricidad,
carreteras y agua). Como escribía en 2000
Praful Bidwai
en The Asian Times:
La mortalidad
infantil aumenta incluso en Estados como Kerala y Maharashtra, que tienen unos
indicadores sociales bastante fiables […] El gobierno está recortando la
inversión en el desarrollo rural, incluyendo los programas agrícolas, el
empleo, los planes contra la pobreza, así como la sanidad, el acceso al agua
potable y la educación. El crecimiento de los ingresos en las zonas rurales,
donde vive el 70 por 100 de la población, alcanzaba una media del 3,1 por 100
en la década de 1980, mientras que ahora ha caído al 1,8. Los salarios reales
de los trabajadores rurales disminuyeron el año pasado más de un 2 por 10071.
Mientras las clases
medias urbanas disfrutan de los nuevos sabores del estilo californiano con sus
urbanizaciones y centros deportivos, los derrotados pobres rurales han estado
muriendo por millares. El periodista Edgard Luce escribía en julio de 2004, que
solamente en Andhra Pradesh «ha habido 500 suicidios de agricultores este año,
frecuentemente ingiriendo el pesticida que habían comprado con los créditos que
ahora no podían devolver»72. El aumento de la
desesperación en el medio rural ha desplazado a un gran número de agricultores
cuya única alternativa ha sido emigrar hacia las áreas urbanas hiperdegradadas
de ciudades como Bangalore y demás escenarios de la explosión tecnológica.
Como centro del
sector de las tecnologías informáticas así como de la construcción de aviones
de combate, Bangalore, que tiene una población de 6 millones de habitantes,
está orgullosa de su estilo de vida californiano que incluye centros
comerciales, campos de golf, restaurantes de la nouvelle cuisine, hoteles
de cinco estrellas y cines con películas en inglés. Docenas de campus
universitarios exhiben los logotipos de Oracle, Intel, Dell y Macromedia, y las
universidades y escuelas técnicas locales producen 40.000 graduados y técnicos
anuales. Bangalore se presenta a sí misma como «una próspera ciudad jardín» y
sus barrios del sur son realmente un paraíso de la clase media. Al mismo
tiempo, unos programas de renovación urbana draconianos han expulsado del
centro urbano a la población menos favorecida, que se ha visto arrojada a la
periferia donde viven junto a los emigrantes rurales. Se calcula que dos
millones de personas, muchas de ellas de las
desdeñadas castas
inferiores, acampan en unas mil áreas urbanas hiperdegradadas, la mayor parte
de ellas en terrenos de propiedad pública. La población de estas áreas ha
crecido al doble de velocidad que la población global, y los investigadores han
descrito la periferia de Bangalore como «el vertedero donde se manda a la
población cuya mano de obra es necesaria para la economía urbana, pero cuya
presencia visual debe reducirse todo lo posible»73.
La mitad de la
población de Bangalore carece de agua potable y en un conjunto de 10 áreas
urbanas hiperdegradadas, los investigadores encontraron que había 19 letrinas
para 102.000 residentes74. Solomon Benjamin
señala que «la población infantil sufre diarrea e infecciones intestinales, una
gran mayoría está mal alimentada, y los índices de mortalidad infantil de estas
zonas son mucho más altos que los del conjunto del Estado». Sin embargo, con el
nuevo milenio, la burbuja neoliberal que es Bangalore ha estallado: aunque el
sector del software continúa creciendo, «las perspectivas de
empleo en el resto de los sectores, especialmente en el sector público se han
hundido o hacen frente a proyectos dudosamente realizables. Las sedes de
granito, acero y vidrio oscuro pertenecientes mayoritariamente a compañías
de software, presentan un marcado contraste con el descuidado
aspecto de las fábricas que hacen frente a la caída de los pedidos y a
condiciones crediticias más duras»75. Con evidentes
muestras de pesar, un experto económico occidental, se veía obligado a
reconocer que «el boom tecnológico de Bangalore no es más que
una gota en el mar de la pobreza»76.
1 Literalmente «SAPing the Third
World»: juego de palabras con el acrónimo de Structural Adjustment Plans (SAP)
y el verbo to sap [menoscabar, agotar, erosionar]. [N.
del
T.]
2 F. Odun Balogun, Adjusted
Lives. Stories of Structural Adjustments, Trenton (NJ),
1995, p. 75.
3 M. Ravallion, On the
Urbanization of Poverty, documento del Banco Mundial, 2001.
4 E. López Moreno, Slums of the
World. The Face of Urban Poverty in the New Millenium?, Nairobi, 2003, p.
12.
5 F. O. Balogun, Adjusted Lives,
cit., p. 80.
6 F. Stewart, Adjustment
and Poverty, cit., p. 213.
7 S. Mallaby, The World’s
Banker, cit., p. 110.
8 T. Killick, «Twenty-five Years in
Development. The Rise and Impending Decline of Market Solutions», Development
Policy Review 4, 1986, p. 101.
9 W. Tabb, Economic Governance
in the Age of Globalization, Nueva York, 2004, p. 193.
10 H.-J. Chang, «Kicking Away the
Ladder. Infant Industry Promotion in Historical
Perspective», Oxford
Development Studies xxxi, 1 (septiembre 2003), p. 21.
11 S. Andreasson, «Economic Reforms and
“Virtual Democracy” in South Africa», Journal of Contemporary African
Studies xxi, 3 (septiembre 2003), p. 385.
12 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 48.
13 T. Trefon, «Introduction: Reinventing
Order», en T. Trefon, Reinventing Order in Congo, cit., p. 1.
14 C. Rakodi, «Global Forces, Urban
Change, and Urban Management in Africa», en C.
Rakodi (ed.), The
Urban Challenge in Africa, cit., pp. 50, 60-61.
15 A. Mbembe y J. Roitman, «Figures on
the Subject in Times of Crisis», en O. Enwezor et al., Under
Siege. Four African Cities. Freetown, Johannesburg, Kinshasa, Lagos, cit.,
p. 112.
16 M. Mattingly, «The Role of the
Goverment of Urban Areas in the Creation of Urban Poverty», en S. Jones y N.
Nelson (eds.), Urban Poverty in Africa. From Understanding to
Alleviation, Londres, 1999, cit., p. 21.
17 A. Mustafa Ahmad y A. El-Hassan
El-Batthani, «Poverty in Khartoum», Environment and Urbanization VII,
2 (octubre 1995), p. 205.
18 S. Sethuraman, «Urban Poverty and the
Informal Sector», cit., p. 3.
19 Banco Mundial, Nigeria.
Country Brief (septiembre 2003).
20 D. Potts, «Urban Lives», cit., p.
459.
21 UN, World Urbanization
Prospects, the 2001 Revision, cit., p. 12.
22 D. Potts, «Urban Lives», cit., p.
459.
23 A. Minujin, «Squeezed. The Middle
Class in Latin America», Environment and Urbanization VII, 2
(octubre 1995), p. 155.
24 A. Escobar y M. González de la Rocha,
«Crisis, Restructuring and Urban Poverty in Mexico», Environment and
Urbanization VII, 1 (abril 1995), pp. 63-64.
25 H. Dietz, Urban Poverty,
Political Participation, and the State: Lima, 1970-1990, Pittsburg,
1988, pp. 58, 65.
26 A. S. Oberai, Population
Growth, Employment and Poverty in Third World Mega-Cities, cit., p.
85.
27 L. Ainstein, «Buenos Aires. A Case of
Deepening Social Polarization», en A. Gilbert, The Mega-City in Latin
America, cit., p. 139.
28 Banco Mundial, Inequality in
Latin America and the Caribbean. Breaking with History?, Nueva York,
2003.
29 U. Kalpagam, «Coping with Urban
Poverty in India», Bulletin of Concerned Asian Scholars xvii,
1, 1985, p. 18.
30 S. Chant, «Urban Livelihoods,
Employment and Gender», en Robert Gwynne y Cristóbal Kay (eds.), Latin
America Transformed. Globalization and Modernity, Londres, 2004, p.
214.
31 C. Moser y L. Peake, «Seeing the
Invisible. Women, Gender and Urban Development», en R. Stren (ed.), Urban
Research in Developing Countries – Volume 4: Thematic Issues, Toronto,
1996, p. 309.
32 Women’s Global
Network for Reproductive Rights, A Decade After Cairo, cit.,
p. 12.
33 C. Moser, «Adjustment from Below.
Low-Income Women, Time, and the Triple Role in Guayaquil, Ecuador», en Sarah
Radcliffe y Sallie Westwood (eds.), «Viva»: Women and Popular Protest
in Latin America, Londres, 1993, pp. 178-185.
34 A. Escobar y M. González, «Crisis,
Restructuring and Urban Poverty in Mexico», cit., pp. 63-73.
35 C. Pugh, «The Role of the World Bank
in Housing», cit., p. 55.
36 C. Rogerson, «Globalization or
Informalization? African Urban Economies in the 1990s», en C. Rakodi
(ed.), The Urban Challenge in Africa, cit., p. 347.
37 N. Kanji, «Gender, Poverty and
Structural Adjustment in Harare, Zimbabwe», Environment and
Urbanization VII, 1 (abril 1995), pp. 48-50; D. Drakakis-Smith, Third
World Cities, cit., p. 148; D. Potts y C. Mutambirwa, «Basics Are Now
a Luxury», cit., pp. 73-75.
38 B. Rwezaura et al., citado
por M. Grant, «Dificult Debut. Social and Economic Identities of Urban Youth in
Bulawayo, Zimbabwe», Canadian Journal of African Studies XXXVII,
2/3, 2003, pp. 416-417.
39 J. Walton y D. Seddon, Free
Markets and Food Riots. The Politics of Structural Adjustment, Oxford,
1994, pp. 39-45.
40 Ibid., p. 43.
41 C. Abani, Graceland, cit.,
p. 280.
42 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 34.
43 United Nations Development
Programme, Human Development Report 2004, Nueva York, 2004, p.
132.
44 H. Chu, «Jobless in São Paulo», Los
Angeles Times, 30 de mayo de 2004.
45 D. Robotham, «How Kingston Was
Wounded», en J. Schneider e I. Susser (eds.), Wounded Cities.
Destruction and Reconstruction in a Globalized World, Oxford, 2003,
pp. 111-124.
46 C. Zanetta, The Influence of
the World Bank on National Housing Policies, cit., p. 64.
47 P. Jenkins, Paul Robson y Allan Cain,
«Luanda», Cities XIX, 2, 2002, p. 144.
48 C. Zanetta, The Influence of
the World Bank on National Housing Policies, cit., p. 64.
49 F. Hylton, «An Evil Tour. Uribe’s
Colombia in Historical Perspective», New Left Review 23
(septiembre-octubre 2003), p. 84 [ed. cast.: «La hora crítica. Perspectiva
histórica de la Colombia de Uribe», New Left Review 23,
noviembre-diciembre 2003, Madrid, Ediciones Akal].
50 S. Chen y M. Ravaillon, «How did the
World’s Poorest Fare in the 1990s?», documento de trabajo del Banco Mundial,
Washington DC, 2000, p. 18.
51 L. Belkacem, «Poverty Dynamics in
Algeria», Arab Planning Institute, documento de trabajo, Kuwait (junio 2001),
pp. 3, 9.
52 D. Salehi-Isfahani, «Mobility and the
Dynamics of Poverty in Iran. What Can We Learn from the 1992-95 Panel Data?»,
documento de trabajo del World Bank (noviembre 2003), p. 17.
53 A. Soliman, A Possible Way
Out, cit., p. 9.
54 A. Hussain, Pakistan National
Human Development Report 2003. Poverty, Growth and Governance, Karachi,
2003, pp. 1, 5, 7, 15, 23.
55 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 2.
56 J. Braithwaite, C. Grootaert y B.
Milanovic, Poverty and Social Assistance in Transition Countries, cit.,
p. 47.
57 A. Krasheninnokov,
«Moscow», UN-Habitat Case Study, Londres, 2003, pp. 9-10.
58 T. Protasenko, «Dynamics of the
Standard of Living During Five Years of Economic Reform», Internacional
Journal of Urban and Regional Research XXI, 3, 1997, p. 449.
59 A. Krasheninnokov, «Moscow», cit., p.
10.
60 T. Protasenko, «Dynamics of the
Standard of Living During Five Years of Economic Reform», cit., p. 449.
61 Ibid.
62 World Bank,
«Bulgaria. Poverty During the Transition», citado por Social Rights Bulgaria,
29 de junio de 2003, www.socialrights.org.
63 World Bank,
«Albania. Growing Out of Poverty», documento de trabajo, 20 de mayo de 1997, p.
41.
64 A. Khan y C.
Riskin, Inequality and Poverty in China in the Age of Globalization, Oxford,
2001, p. 36. Como remarcan los autores, las estadísticas de los ingresos
urbanos en China, no incluyen la vasta población flotante de
emigrantes rurales, lo que supone un obstáculo para calcular la desigualdad
real.
65 P. Yatsko, New
Shanghai. The Rocky Rebirth of China’s Legendary City, Singapur, 2003,
p. 113.
66 Ibid., pp. 113-115.
67 D. Solinger, Contesting
Citizenship in Urban China, cit., p. 5.
68 P. Yatsko, New
Shanghai, cit., pp. 120-121.
69 People’s Daily (versión en
inglés), 30 de octubre de 2002; Athar Hussain, «Urban Poverty in China.
Measurement, Patterns and Policies», documento de tabajo de la OIT, Ginebra,
2003.
70 J. Seabrook, In
the Cities of the South, cit., p. 63.
71 P. Bidwai, «India’s
Bubble Economy Booms as Poverty Grows», Asian Times,17 de marzo de
2000.
72 Financial Times, 24, 25 de
julio de 2004.
73 H. Schenk y M.
Dewitt, «The Fringe Habitat of Bangalore», en H. Schenk (ed.), Living
in India’s Slums. A Case Study of Bangalore, cit., p. 131.
74 H. Schenk, «Living
in Bangalore’s Slums» y «Bangalore. An Outline», ibid., pp.
23, 30-32, 44, 46; y H. Ramachandran y G. S. Sastry, «An Inventory and Typology
of Slums in Bangalore», ibid., p. 54; S. Benjamin,
«Governance, Economic Settings and Poverty in Bangalore», p. 39,
www.agapeindia.com/street_children.htm, para más datos sobre mendigos y niños
abandonados.
75 S. Benjamin,
«Governance, Economic Settings and Poverty in Bangalore», cit., pp.
36-39.
76 W. Levis, citado
por B. Wysocki, «Symbol Over Substance», The Wall Street Journal, 25
de septiembre de 2000.
VIII. ¿Una
humanidad excedente?
Un proletariado sin
fábricas, ni talleres, ni trabajo; sin patronos. En el caos de los trabajos
marginales, ahogándose para sobrevivir y recorriendo su existencia como un
camino entre las brasas.
Patrick Chamoiseau1
La brutal tectónica
de la globalización neoliberal desde 1978 es similar al catastrófico proceso
que entre 1870 y 1900 dio forma al Tercer Mundo en la época del imperialismo
europeo. A finales del siglo XIX, la incorporación forzosa al mercado
mundial de las economías de subsistencia de las grandes poblaciones campesinas
de Asia y África supuso la hambruna para millones de personas y el
desplazamiento de sus zonas tradicionales de decenas de millones. El resultado
final, que también se produjo en América Latina, fue la «semiproletarización»
rural, la creación de una extensa clase semicampesina mundial rodeada de
miseria y una subsistencia totalmente precaria de los trabajadores agrícolas.
Todo ello hizo que el siglo XX no fuera el siglo de las
revoluciones urbanas que habían imaginado los marxistas clásicos, sino el de
levantamientos rurales y las guerras de liberación apoyadas en el campesinado2.
El ajuste
estructural ha supuesto igualmente una reorganización fundamental de las
expectativas de futuro humanas. Como concluyen los autores de The
Challenge of Slums, «en vez de ser un foco de crecimiento y
prosperidad, las ciudades se han convertido en vertederos para un excedente de
población empleada en trabajos que no requieren ninguna cualificación, que
carecen de protección y que son retribuidos con ingresos ínfimos en el sector
informal de la industria y el comercio». Los autores declaran sin rodeos, que
«esto es el resultado directo de la liberalización». Algunos sociólogos
brasileños llaman a este proceso, similar a la semiproletarización de los
campesinos sin tierra, una proletarización pasiva, que supone «la
disolución de las formas tradicionales de (re)producción, que para la mayoría
de los productores se traduce en la imposibilidad de
acceder a una
posición de asalariado en el mercado formal del trabajo»3.
Esta clase
trabajadora informal, sin derechos ni reconocimiento legal, tiene antecedentes
históricos importantes. En la historia moderna de Europa fue Nápoles, por
encima de Dublín o del East End londinense, el mejor ejemplo de lo que es una
economía urbana informal. Frank Snowden se refiere a ella como «la ciudad más
horrible del siglo XIX», una «superabundancia crónica de mano de obra» sobrevivía por los
milagros que producen la improvisación económica y la constante subdivisión de
los espacios de subsistencia. Una falta estructural de empleo formal –el paro
alcanzaba el 40 por 100– se transformaba en el abrumador espectáculo del
mercado informal. La escena callejera del Nápoles del Risorgimento (que
describe Snowden bajo estas líneas) era una colorida pero trágica anticipación
contemporánea de Lima o Kinshasa.
Una característica
de la renqueante economía local estaba en las decenas de miles de personas que
subsistían vendiendo sus mercancías en medio de calles y callejones de la
ciudad. Estos míseros empresarios eran los que daban a Nápoles su enfebrecida
actividad como gran centro comercial. Estos hombres y mujeres no eran
trabajadores, sino «capitalistas con harapos» que cumplían una desconcertante
variedad de papeles que confundían cualquier intento de enumerarlas, y a los
que una autoridad local calificaba de «microindustriales». La elite callejera
eran los vendedores de periódicos que mantenían su oficio todo el año y
disfrutaban de una remuneración estable. Los otros vendedores eran «mercaderes
gitanos», auténticos nómadas de los mercados que cambian de actividad según
dictaban las circunstancias. Había vendedores de verduras, de castañas y de
cordones de zapatos; proveedores de pizzas, de mejillones y de ropa de segunda
mano; vendedores de agua mineral, de mazorcas de maíz y de caramelos. Algunos
completaban su actividad actuando de recaderos, repartidores de publicidad o
basureros privados, que vaciaban los pozos negros y recogían la basura
doméstica por unos cuantos centesimi a la semana. Otros
actuaban como dolientes profesionales y cobraban por acompañar a los coches
fúnebres que llevaban los cuerpos de los ciudadanos de bien al cementerio de
Poggioreale. Con su presencia, los mendigos contratados aumentaban la asistencia,
permitiendo a las clases acomodadas confirmar su importancia y su poder4.
En la actualidad
existen cientos, incluso miles de ciudades como Nápoles. Durante la década de
1970, Manuel Castells y otros críticos radicales pudieron criticar
reiteradamente el «mito de la
marginalidad» que
asociaba las áreas urbanas hiperdegradadas con la economía informal, señalando
el elevado número de trabajadores industriales y empleados públicos, que se
veían obligados a alojarse en viviendas por debajo del estándar en ciudades
como Caracas y Santiago 5. Sus críticas
también se veían apoyadas por el hecho de que, por lo menos en América Latina,
la tendencia dominante del mercado urbano del trabajo durante la época anterior
al hundimiento de la industrialización provocado por las importaciones, fue la
reducción relativa del empleo informal, del 29 por 100 en 1940, al 21 por 100
en 19706.
De cualquier forma,
a partir de 1980, la economía informal volvió con más fuerza, y la correlación
entre marginalidad urbana y ocupacional se ha vuelto irrefutable y abrumadora:
los trabajadores informales de acuerdo con Naciones Unidas, constituyen las dos
quintas partes de la población activa del Tercer Mundo7. El Banco
Interamericano de Desarrollo, señala que en América Latina la economía informal
actualmente ocupa al 57 por 100 de la fuerza de trabajo y proporciona cuatro de
cada cinco nuevos «empleos»8. (Realmente, los
únicos empleos que se han creado en México entre 2000 y 2004 han sido en el
sector informal.) Otras fuentes mantienen que más del 50 por 100 de la
población urbana de Indonesia, entre el 60 y 75 de la de América Central, el 65
por 100 de la de Dacca y Jartum y el 75 por 100 de la de Karachi subsisten en
el sector informal9.
En las ciudades más
pequeñas como Huancayo en Perú, o Allahabad y Jaipur en India, el mercado
informal tiende a ser más importante todavía, con las tres cuartas partes de la
fuerza de trabajo viviendo en las sombras de la economía sumergida10. En China millones
de emigrantes rurales se aferran a la vida urbana de las maneras más precarias
y con frecuencia ilegales. De acuerdo con Aprodicio Laquian, «la mayor parte de
los trabajos que se encuentran en los pueblos y ciudades pequeñas están en el
sector informal: puestos de comida y restaurantes, salones de belleza y
peluquerías, sastrerías o el pequeño comercio». Si bien los empleos en el
sector informal tienden a ser intensivos y pueden absorber a
un significativo
número de personas, quedan muchas cuestiones sin resolver en cuanto a su
eficacia económica y potencial productivo11.
En la mayor parte
de las ciudades subsaharianas el mercado formal del trabajo en la práctica ha
dejado realmente de existir. Un estudio de la OIT sobre Zimbabwe, que sufría
una persistente inflación, el estancamiento económico y el desempleo masivo que
provocaron los ajustes estructurales a principios de la década de 1990,
mostraron que el sector formal solo estaba creando unos 10.000 empleos anuales
frente a una fuerza de trabajo que crecía a razón de 300.000 personas en el
mismo periodo12. Igualmente, un
estudio de la OCDE sobre África occidental, predice que un sector formal en
claro retroceso dará trabajo a menos de una cuarta parte de la fuerza de
trabajo en el año 202013. Esto se
corresponde con las desalentadoras perspectivas de Naciones Unidas que prevén
que en África durante la próxima década, el sector informal absorberá al 90 por
100 de los nuevos trabajadores urbanos14.
Los mitos de la
informalidad
La clase
trabajadora informal considerada globalmente representa a 1.000 millones de
personas, que coincide solo parcialmente con la población de las áreas urbanas
hiperdegradadas. Esto la convierte en la clase social de mayor crecimiento y
con menos precedentes del planeta. Desde que el antropólogo Keith Hart
estableciera en 1973 el concepto de «sector informal» en su estudio sobre Accra
ha habido una enorme cantidad de trabajos que se han enfrentado a los grandes
problemas teóricos y prácticos que suponen el estudio de las estrategias de
supervivencia de los nuevos pobres urbanos. Aunque es cierto que en la época
victoriana ya existían amplios sectores informales en muchas ciudades europeas,
incluso en Sanghái o en las ciudades coloniales de India (una realidad
aplastante y duradera, según Nandini Gooptu), el actual papel macroeconómico de
la informalidad, es revolucionario15.
Entre los
investigadores existe un consenso básico en cuanto a que la crisis de la década
de 1980, durante la cual el empleo en el
sector informal
creció entre dos y cinco veces más rápido que en el sector formal, ha invertido
las posiciones estructurales relativas de ambos sectores, situando la
supervivencia derivada del sector informal como la primera forma de vida en la
mayoría de las ciudades del Tercer Mundo. Incluso en las ciudades de China,
donde se ha producido una rápida industrialización, «ha habido una
proliferación de actividades informales rudimentarias que proporcionan los
medios de supervivencia a los pobres urbanos»16. Parte de este
proletariado informal proviene del sector formal de la economía, y muchos
estudios han puesto de manifiesto como las redes de subcontratación de Wal-Mart
y de otras grandes compañías internacionales se han beneficiado de la miseria
de colonias y chawls. Igualmente, el aumento de la precariedad
del empleo formal y el crecimiento del sector informal son fenómenos que están
relacionados de manera continua, y en la economía internacional contemporánea,
la mayoría de la población trabajadora de las áreas urbanas degradadas se
encuentra real y verdaderamente sin techo al final del día. Los investigadores
se han visto obligados a desmontar el optimista «modelo de Todaro», enarbolado
por los teóricos de la modernización e ideólogos de la Alianza para el Progreso
durante la década de 1960, según el cual el sector informal es simplemente una
escuela de oficios urbanos de la que la mayor parte de los emigrantes rurales
saldrán graduados hacia el sector formal17. En lugar de esa
movilidad social ascendente parece que nos encontramos con una escalera de
caracol por la que los trabajadores excedentes del mercado formal y los que
pierden sus empleos en el sector público, descienden hacia el mundo de la
economía sumergida.
Aun así, ha habido
mucha resistencia hasta que se ha llegado a la conclusión de que el crecimiento
de la informalidad es una explosión de desempleo «activo», lo que el
investigador de la OIT, A. S. Oberai, caracteriza como la «sustitución de los
incrementos en el desempleo explícito por el subempleo y el desempleo
enmascarado»18. Los apóstoles de
la autoayuda y de la actuación de las ONG debieron palidecer cuando veteranos
investigadores como Jan Breman, que se ha pasado 40 años estudiando la
pobreza en India e
Indonesia, concluían que la movilidad social ascendente en una economía
informal es por completo «un mito inspirado por ilusiones»19. Frente a estas
palabras, innumerables estudios frecuentemente financiados por el Banco Mundial
y otros pilares del llamado Consenso de Washington han querido traer consuelo
pregonando que el sector informal es potencialmente el deux ex machina de
las urbes del Tercer Mundo.
Hernando de Soto es
una de las voces más conocidas a escala internacional, que proclama que esta
enorme población de trabajadores marginales y antiguos campesinos es una
frenética colmena de protocapitalistas anhelando derechos formales de propiedad
y un espacio competitivo sin regulaciones: «Marx se quedaría perplejo al ver
cómo en los países en vías de desarrollo la mayor parte de las ingentes masas
no está formada por proletarios legalmente explotados sino por pequeños empresarios extralegalmente
oprimidos»20. El modelo
autosuficiente de desarrollo que propone De Soto es especialmente popular por
la simplicidad de su receta: quitar de en medio al Estado (y a los sindicatos
del sector formal), proporcionar microcréditos para microempresarios y títulos
de propiedad para los ocupantes ilegales. Una vez hecho esto, dejar que el
mercado siga su curso para producir la transmutación de la pobreza en capital.
El optimismo de De Soto se lleva al absurdo cuando algunos burócratas de las
agencias de ayuda han redefinido las áreas urbanas hiperdegradadas como
«sistemas estratégicos de gestión urbana de ingresos bajos»21. De cualquier
forma, esta semiutópica visión del sector informal está basada en un montón de
falacias epistemológicas.
PRIMERO, el populismo neoliberal no ha
tenido en cuenta las advertencias que ya en 1978 realizó William House en sus
trabajos sobre las áreas hiperdegradadas de Nairobi, en los que hablaba de la
necesidad de distinguir entre la microacumulación y la subsistencia:
En la economía
urbana de los países menos desarrollados, el establecer una simple dicotomía
entre el sector formal y el informal es claramente inadecuado. El sector
informal se puede analizar más detalladamente para ver
que está formado
por dos subsectores: un sector intermedio que aparece como reserva de mano de
obra para los empresarios emprendedores y una comunidad de los pobres, que está
formada por un masa de trabajadores marginales y residuales22.
Alejandro Portes y
Kelly Hoffman, siguiendo los pasos de House, calcularon recientemente el
impacto global de los Planes de Ajuste Estructural y de las políticas
neoliberales sobre la estructura social de América Latina desde la década de
1970. Cuidadosamente realizaban una distinción entre una pequeña
burguesía informal, «la suma de los propietarios de microempresas, que
emplean a menos de cinco trabajadores, más los técnicos y profesionales que
trabajan por su cuenta», y el proletariado informal, «la suma
de los trabajadores por cuenta propia menos los profesionales y técnicos, el
servicio doméstico y los trabajadores pagados y no pagados de las
microempresas». En prácticamente todos los países encontraron una estrecha
correlación entre la expansión del sector informal y el retroceso del empleo en
el sector público y del proletariado formal. Parece como si los heroicos
«microempresarios» de los que habla De Soto no fueran más que profesionales
desplazados del sector público o montones de obreros especializados que se han
quedado sin trabajo. Desde la década de 1980 han pasado a representar del 5 al
10 por 100 de la población urbana económicamente activa, una tendencia que
refleja la «empresarialización forzosa que ha recaído sobre
antiguos asalariados y que ha sido producto de la caída del empleo en el sector
formal»23.
SEGUNDO, los asalariados,
cobraran o no, del sector informal han sido tan invisibles en los estudios que
se han realizado sobre los mercados de trabajo del Tercer Mundo, como los
arrendatarios de las chabolas en los estudios sobre la vivienda24. En contra de la
imagen del heroico autoempleado, la mayor parte de los actores de la economía
informal trabajan directa o indirectamente para algún otro, ya sea mediante la
distribución de bienes o el alquiler de una carretilla o de una calesa, por ejemplo.
TERCERO, como nos recuerda
Jan Breman, «el empleo informal» significa, por su propia definición, la
ausencia de contratos, derechos, regulaciones y de la capacidad de negociar. La
franquicia
permanentemente
editada para recrear la pequeña explotación es su propia esencia, y hay una
creciente desigualdad dentro del propio sector informal
comparable con su desigualdad frente al sector formal25. La «revolución
invisible» del capital informal de la que hablaba De Soto está formada en
realidad por una multitud de redes de explotación. Así, Breman y Arvind Das
describían el implacable micro capitalismo de la ciudad india de Surat:
Además de la
descarada explotación de los trabajadores, lo que caracteriza al sector
informal es la tecnología primitiva, la falta de inversión de capital y la
excesiva naturaleza manual de la propia producción. Al mismo tiempo, el sector
también produce unos beneficios elevados y grandes acumulaciones de capital,
proceso caracterizado por el hecho de que el sector informal […] no está
controlado y menos aún paga impuestos. Uno de los cuadros más expresivos de
este sector es la imagen del «elegante» propietario de un almacén de basuras,
sentado sobre su motocicleta con su traje bien planchado, en medio de los
montones de residuos que los recogedores han recopilado dolorosamente para que
él saque sus beneficios. De mendigo a millonario; realmente es un cambio26.
CUARTO, y como corolario de los dos puntos
anteriores, la informalidad asegura un abuso extremo de las mujeres y de los
niños. De nuevo es Breman el que en sus trabajos sobre India saca a la luz las
realidades ocultas: «Lo normal es que sean los hombros más débiles y más
pequeños los que tengan que cargar con los pesos mayores de la informalización.
La imagen de la pobreza compartida no hace justicia a la desigualdad que existe
dentro de los propios hogares»27.
QUINTO, en contraste con el optimismo del
que hacen gala los ideólogos de la autosuficiencia, el sector informal, como
señalaba Frederic Thomas en Calcuta, genera trabajo no porque origine nuevas
vías, sino porque divide las ya existentes, dividiendo claro está, también los
ingresos:
[…] tres o cuatro
personas repartiéndose una tarea que podría realizar una sola, mujeres en el
mercado sentadas durante horas delante de pequeños montones de fruta o verdura,
peluqueros y limpiadores de zapatos ocupando las aceras todo el día para
atender a unos cuantos clientes, chicos jóvenes moviéndose entre el tráfico
vendiendo pañuelos, limpiando cristales de los coches, voceando la prensa o
vendiendo cigarrillos sueltos, obreros de la construcción esperando todas las
mañanas, y con frecuencia en vano, la oportunidad de conseguir un trabajo28.
Los excedentes de
trabajadores que se transforman en «empresarios» informales son muchas veces
asombrosos. Un estudio realizado en 1992 en Dar-es Salaam, calculaba que la
mayoría de las 200.000 vendedoras ambulantes de la ciudad no eran las famosas
Mama Lishe (mujeres tradicionalmente vendedoras de alimentos), sino simplemente
jóvenes sin empleo. Los investigadores señalaban que «en general la venta
ambulante es el último recurso de la población urbana más vulnerable
económicamente»29. La economía
informal y las pequeñas empresas del sector formal están en guerra permanente
por los espacios del mercado; vendedores callejeros contra pequeños comercios,
taxistas ilegales contra el transporte público y tantos otros ejemplos30. Como dice Bryan
Roberts refiriéndose a América Latina en los comienzos del siglo XXI, «el sector
informal crece, pero los ingresos en su interior disminuyen»31.
La competencia
dentro del sector informal urbano se ha vuelto tan intensa que recuerda la
famosa analogía de Darwin sobre la lucha de las especies en la naturaleza: «[…]
puede comparase con una superficie cubierta por diez mil cuñas afiladas [las
estrategias de supervivencia urbanas] de diferentes formas y tamaños, que
reciben incesantes golpes y que cada vez van clavándose más, todas luchando
entre sí para penetrar más adentro». El espacio para nuevas incorporaciones
solo se puede producir por la disminución de los ingresos per cápita y/o por la
intensificación del trabajo, al margen de la disminución de los retornos
marginales. Este esfuerzo para «proporcionar a todos algún nicho, por pequeño
que sea, en el conjunto del sistema» opera mediante el mismo tipo de
sobresaturación y «elaboración gótica» de los nichos que Clifford Geertz
caracterizó celébremente como «involución», tomando prestado el término de la
historia del arte, al referirse a la economía agrícola de Java durante la época
colonial. La involución urbana parece ser la mejor manera de
describir la evolución de la estructura del empleo informal en las ciudades del
Tercer Mundo32.
Las tendencias
hacia la involución urbana también existían desde luego durante el siglo XIX, las revoluciones
urbanas europeas no fueron capaces de absorber por completo a toda la mano de
obra
desplazada del
campo, especialmente después de que la agricultura continental se tuviera que
enfrentar a la competencia de las praderas norteamericanas y de las pampas
argentinas a partir de la década de 1870. Sin embargo, la emigración hacia
América, Australia o Siberia fue la válvula de escape que evitó el
desbordamiento de ciudades como Dublín o Nápoles, así como la propagación del
anarquismo entre el subproletariado que había echado raíces en las zonas más
deprimidas del sureste de Europa. En la actualidad, por el contrario, los
excedentes de mano de obra encuentran barreras sin precedentes para emigrar a
los países ricos.
SEXTO, debido a las
desesperadas condiciones a las que tienen que hacer frente no resulta
sorprendente que los pobres se vuelquen con fanática esperanza sobre una
«tercera economía» de subsistencia, formada por las loterías, los juegos de
azar y otras fórmulas igualmente mágicas de hacerse rico. En su estudio sobre
la economía familiar del área hiperdegradada de Klong Thoey en la zona
portuaria de Bangkok, Hans-Dieter Evers y Rüdiger Korff descubrieron que un 20
por 100 de los ingresos se gastaba en el juego y en las apuestas33. En todo el Tercer
Mundo la devoción religiosa gira alrededor de los intentos de alcanzar la
fortuna o de atraer a la buena suerte.
SÉPTIMO, en esta situación
tampoco resulta extraño que iniciativas como el microcrédito y los préstamos a
cooperativas, aunque sean beneficiosos para empresas informales que tratan de
mantenerse a flote, no supongan mayor impacto sobre la reducción de la pobreza,
ni siquiera en Dacca, el hogar del mundialmente famoso Grameen Bank34. Como dice un
veterano activista social en Lima, el empeño «en desarrollar las microempresas»
se ha convertido en un objetivo de culto para unas ONG bienintencionadas:
Se ha puesto mucho
énfasis sobre las pequeñas empresas y las microempresas, como si fueran la
solución mágica para facilitar el desarrollo económico de los pobres urbanos.
El trabajo que hemos desarrollado en los últimos veinte años sobre los pequeños
negocios, que por otro lado se multiplican día a día, muestra que la mayor
parte de ellos son simples tácticas de supervivencia con pocas o ninguna
expectativa de acumulación35.
OCTAVO, la creciente competencia dentro del
sector informal reduce el capital social y disuelve las redes de ayuda y de
solidaridad que son esenciales para la supervivencia de los más pobres, de
nuevo especialmente entre las mujeres y los niños. Yolette Etienne, una
trabajadora de una ONG en Haití, describe la íntima lógica del individualismo
neoliberal en un contexto de completa miseria:
Ahora todo está en
venta. Antiguamente cuando ibas a la casa de una mujer, te recibía con
hospitalidad, compartía contigo todo lo que tuviera. De manera general, podías
recibir un plato de comida en casa del vecino, un niño podía obtener un coco en
casa de su abuela o dos mangos en la de su tía. Pero estos actos de solidaridad
están desapareciendo con el aumento de la pobreza. Ahora cuando llegas a una
casa, la mujer te ofrece venderte una taza de café, o directamente no tiene
nada en absoluto. La tradición de apoyo mutuo que nos había permitido ayudarnos
a sobrevivir […] todo eso se está perdiendo36.
Igualmente en
México, Mercedes de la Rocha advierte «que dos décadas de pobreza constante
realmente han puesto de rodillas a la población sin recursos». Sylvia Chant
continua: «Mientras que en el pasado la movilización de la solidaridad de los
hogares, las familias y la comunidad, proporcionaba unos recursos vitales,
actualmente entre la gente predispuesta hay un límite que establece hasta dónde
se puede llegar. En particular, hay síntomas de que las desproporcionadas
cargas que han caído sobre los hombros de las mujeres han llevado al límite sus
reservas personales. La cuerda se ha estirado demasiado y ha acabado por
romperse»37.
NOVENO, y último, bajo
una competencia tan extrema, la receta neoliberal que propone el Banco Mundial
en su 1995 World Development Report de flexibilizar aún más el
mercado del trabajo es simplemente catastrófica38. Las consignas de
De Soto lo que hacen es engrasar el camino hacia el infierno del todos contra
todos, del que hablaba Thomas Hobbes. La competencia dentro del sector informal
junto a la oferta inacabable de mano de obra coloca a la población al borde de
esa guerra que acaba estallando en forma de conflictos étnicos o religiosos.
Los padrinos y los señores de las áreas urbanas hiperdegradadas, que nunca
aparecen en los estudios, utilizan de manera inteligente las coacciones e
incluso la
violencia
sistemática para regular la competencia y proteger sus inversiones. Como
remarca Philiph Amis, «las dificultades para entrar en el sector informal toman
forma de barreras en términos de capital y con frecuencia también en términos
políticos y favorecen una tendencia hacia el monopolio de las zonas rentables
del sector»39.
Desde el punto de
vista político, el sector informal representa la ausencia de derechos
laborales; es un reino semifeudal de sobornos, protecciones pagadas, lealtades
tribales y exclusión étnica. Nunca se puede disponer libremente del espacio. Un
lugar en la acera, el alquiler de un carro, un día de trabajo en una obra o las
referencias para un nuevo trabajo, todo requiere un padrinazgo o la pertenencia
a alguna red cerrada, muchas veces una milicia étnica o una banda callejera.
Mientras que las industrias tradicionales del sector formal, como el sector
textil en India o el petróleo en Oriente Próximo, tendían a mantener una cierta
solidaridad interétnica a través de sindicatos y partido políticos radicales,
el crecimiento de un sector informal sin ningún tipo de protección laboral ha
ido en muchas ocasiones acompañado de la agudización de las diferencias étnicas
y religiosas y la consiguiente violencia sectaria40.
Un museo de la
explotación
Si el sector
informal no es el mundo feliz con el que soñaban los entusiastas neoliberales,
en cambio con toda certeza es un auténtico museo viviente de la explotación
humana. No hay nada en el catálogo de la miseria victoriana que recogían
Dickens, Zola o Gorky, que no exista actualmente en algún lugar de alguna
ciudad del Tercer Mundo. No se trata solamente de los atavismos o los vestigios
de otras épocas, sino de las formas primitivas de explotación que han
resucitado gracias a la globalización posmoderna, y de ellas, el trabajo
infantil es uno de los ejemplos más destacados.
Aunque los
ideólogos del capitalismo autosuficiente, no suelen incluir en su discurso a la
población infantil, el trabajo extralegal que realiza ésta, frecuentemente en
beneficio de exportadores internacionales, constituye un sector muy importante
en la mayoría de las economías informales. La Convención sobre los Derechos de
la Infancia, ratificada por todos los países menos Estados Unidos y Somalia,
prohíbe los abusos evidentes, pero como han señalado tanto Human Rights Watch
como UNICEF no se respeta en las ciudades más pobres y naufraga en medio de las
divisiones raciales o de casta. El alcance completo del trabajo infantil
contemporáneo se oculta fervorosamente de la vista y desafía cualquier cálculo
posible. No obstante, lo que se ha llegado a conocer es terrible.
Un reciente estudio
sobre la población infantil de las áreas hiperdegradadas de Dacca puso de
manifiesto que «casi la mitad de los niños entre 10 y 14 años estaba
produciendo ingresos con su trabajo, solamente el 7 por 100 entre 5 y 16 años
iba a la escuela». Dacca tiene el mayor número de niños trabajadores de Asia,
unos 750.000, y sus ganancias proporcionan la mitad de los ingresos de los
hogares encabezados por mujeres y la tercera parte de los ingresos en hogares
en los que hay un varón41. Aunque Bombay
presume de sus altos niveles de asistencia escolar, Arjun Appadurai encuentra
que su «gigantesca economía de restaurantes y servicios depende de un gran
ejército de niños trabajadores»42. En El Cairo y en
otras ciudades egipcias, los niños con menos de doce años podrían representar
el 7 por 100 de la fuerza de trabajo; esto incluye a los miles de niños que
recogen y vuelven a vender las colillas de los cigarrillos. Un paquete al día
cuesta la mitad del salario mensual de un pobre43.
La capital mundial
de la esclavitud y de la explotación infantil es probablemente la ciudad
sagrada de Benares, en Uttar Pradesh, con una población de 1,1 millones de
personas. Famosa por sus textiles, sus templos y sus hombres sagrados, la
ciudad teje sus alfombras y borda sus saris con el trabajo
forzoso de más de 200.000 niños con edades inferiores a 14 años44. A cambio de
pequeños préstamos y dinero en efectivo, musulmanes y parias venden a sus
niños, o a la familia entera, a empresarios textiles sin escrúpulos. De acuerdo
con la UNICEF,
miles de niños de las fábricas de alfombras están «secuestrados, atraídos con
engaños o directamente entregados por sus familias a cambio de míseras
cantidades de dinero».
A la mayor parte de
ellos se les mantienen en cautividad, son torturados y obligados a trabajar 20
horas diarias sin interrupción, en cuclillas desde el amanecer hasta el
anochecer, produciendo la atrofia de su crecimiento. Los activistas sociales
tienen muchas dificultades para trabajar por el fuerte control mafioso que los
empresarios realizan de la zona45.
La situación en las
empresas de Benares investigada por Human Rights Watch donde se producen
los saris de seda tampoco es mejor. «Los niños trabajan doce o
más horas diarias, seis días y medio o siete a la semana, en condiciones de
abuso físico y psíquico. Los más pequeños tienen cinco años y sus ingresos van
desde cero hasta 400 rupias (8,33 dólares) al mes.» En uno de los talleres, los
investigadores descubrieron a un niño de 9 años encadenado a su telar, y en
todas partes había niños cubiertos por las ampollas de las quemaduras
producidas por la peligrosa labor de hervir los capullos de los gusanos, así
como con la vista dañada por interminables horas de tejer con una luz muy pobre46.
Otro famoso centro
de trabajo infantil es la capital del cristal de India, Firozabad, con una
población de 350.000 personas y que también se encuentra en Uttar Pradesh.
Resulta amargamente irónico que las pulseras de cristal tan deseadas por las
mujeres casadas estén hechas por 50.000 niños que trabajan en unas 400
factorías de las más infernales del país:
Los niños realizan
todo tipo de trabajos, como llevar moldes de arcilla llenos de cristal fundido
en los extremos de barras de hierro, a 60 centímetros de su cuerpo; sacar el
cristal fundido de las calderas donde la temperatura oscila entre los 1.500 y 1.800
grados centígrados, con unos brazos tan pequeños que prácticamente tocan el
horno; unir y templar los brazaletes en una habitación iluminada por una
lámpara de keroseno, sin ventilación para evitar que las corrientes de aire
puedan provocar un incendio. Todo el suelo de la factoría está lleno de trozos
de cristales y los niños acarrean descalzos el cristal fundido. Los cables
eléctricos pelados cuelgan por todas partes porque los propietarios de la
fábrica no necesitan molestarse en hacer una instalación adecuada47.
Sin embargo, a
escala mundial el sector donde se produce la mayor concentración de trabajo
infantil es incuestionablemente el
servicio doméstico.
Un sector muy amplio de la burguesía urbana del Tercer Mundo explota
directamente a niños y jóvenes sin recursos. Un estudio sobre hogares con
ingresos medios en Colombo mostraba que uno de cada tres tenía a un niño de
menos de 14 años como empleado de la casa, el mismo porcentaje que se alcanzaba
en Yakarta. En Puerto Príncipe, así como en San Salvador y Ciudad de Guatemala,
no es raro encontrar niños de seis, siete u ocho años, trabajando noventa horas
a la semana con un día libre al mes. Igualmente en Kuala Lumpur y en otras
ciudades de Malasia, donde el personal de servicio está constituido normalmente
por chicas jóvenes de Indonesia, las medias de trabajo son 16 horas al día, 7
días a la semana sin ningún descanso reconocido48.
Mientras los niños
pobres urbanos son tratados como esclavos o trabajadores sometidos a
servidumbre por deudas, muchos de sus padres son poco más que animales de
carga. Las calesas tiradas por personas han sido siempre un símbolo de la
degradación del trabajo en Asia. Inventadas en Japón en la década de 1860,
permitían remplazar con animales humanos a los carros de mulas y carruajes de
caballos como el principal medio de transporte en las grandes ciudades del este
y sur de Asia.
Excepto en Japón,
los taxistas humanos sobrevivieron incluso a la competencia de los automóviles
después de la Primera Guerra Mundial, a causa de su carácter práctico, el bajo
coste y el papel simbólico que tenían para la burguesía. En la década de 1920 el
novelista pequinés Xi Ying escribía: «La gente tiende a pensar que si no tienes
ni siquiera una calesa privada, no eres nadie en este mundo»49. El tirar de las
calesas se consideraba uno de los trabajos más duros, y en Sanghái la mayor
parte de ellos, que podían quedarse contentos si ganaban el equivalente a diez
céntimos diarios, fallecían por ataques al corazón o por tuberculosis en pocos
años50.
Los revolucionarios
evidentemente denunciaron este trabajo y prometieron una próxima liberación
para miles de personas, pero en muchas partes de Asia ese día ha quedado
pospuesto sin fecha. Realmente, el transporte informal movido por el esfuerzo
humano,
incluyendo las
calesas antiguas y de fantasía y las cabinas montadas sobre bicicletas
(inventadas en 1940), probablemente dan empleo y explotan a más personas en la
actualidad que en 1930. La OIT ha calculado que hay más de tres millones de
trabajadores empleados en este sector en las calles de Asia51. En Dacca («la
ciudad de Dios», como la calificó un planificador urbano a Jeremy Seabrook,
porque funciona automáticamente») el sector del taxi humano es «la segunda
fuente de empleo de la ciudad, solo por detrás del millón de personas que se
calcula trabajan en el sector de la confección». Los 200.000 desconocidos Lance
Amstrong del Tercer Mundo, pedalean 60 kilómetros diarios a través de la
polución y el tráfico de pesadilla que tiene la ciudad52. Como último
recurso para los varones en una ciudad de pobreza creciente, hay una
competencia violenta entre taxistas con y sin licencia, y estos últimos viven
con el miedo de que la policía les quite y después queme sus vehículos
«ilegales»53.
Igualmente en
Calcuta, donde Jan Breman ha descrito acertadamente a los taxistas como
«cultivos urbanos», el armazón del sector está formado por 50.000 emigrantes de
Bihar. La mayor parte de ellos pasan semanas sin ver a sus familias,
amontonados todos juntos en cobertizos o establos dependiendo de grupos
pequeños y cerrados que controlan el trabajo. No son «pequeños empresarios que
operan independientemente buscando ascender por la vía de la acumulación, sino
proletarios dependientes que viven a la defensiva». Su pequeña compensación
simbólica es que no son los que se encuentran en peor situación, por debajo de
ellos existen los thelas que son carruajes tan pesados que
necesitan que toda la familia tire de ellos54.
La parte más
macabra de la economía informal, aún más que la prostitución infantil, es la
creciente demanda mundial de órganos humanos, un mercado que aparece en la
década de 1980 tras los espectaculares avances que se realizan en las
operaciones de trasplantes de riñón. En India, la empobrecida periferia de
Chennai ha alcanzado fama mundial por sus «granjas de órganos». De acuerdo con
una investigación de Frontline, «durante ocho años, entre 1987
y 1995, el área urbana hiperdegradada de Bharati Nagar
en Villivakkam, a
las afueras de Chennai, se convirtió en el centro del comercio de órganos del
Estado de Tamil Nadu. En su momento de más apogeo, parcialmente provocado por
los extranjeros que acudían a India en busca de órganos para trasplantes, al
barrio se le conocía como Riñón Nagar, o Riñón bakkam». La mayor parte de la
población eran refugiados que habían huido de la sequía y que se buscaban la
vida como taxistas o jornaleros. Los periodistas calcularon que más de 500
personas, o una persona por familia, habían vendido un riñón para transplantes
locales o para exportarlos a Malasia; la mayor parte de las personas eran
mujeres, incluyendo «a muchas mujeres abandonadas […] obligadas a esta
operación para obtener dinero para ellas y sus niños»55.
También las áreas
hiperdegradadas de El Cairo han sido en los últimos años una fuente de partes
de la anatomía humana. Como cuenta Jeffrey Nedoroscik, «en estos asuntos, la
mayor parte de los clientes son gente con dinero de los países árabes del
Golfo, y aunque hay otros países en Oriente Próximo que también tienen centros
donde realizar trasplantes, en cambio pocos tienen la enorme cantidad de pobres
que están deseando vender sus órganos. En el pasado, los laboratorios mandaban
gente a las zonas hiperdegradadas de la ciudad, como la Ciudad de los Muertos,
para reclutar posibles donantes»56.
Las pequeñas brujas
de Kinshasa
¿Hasta dónde puede
estirarse el elástico tejido de la informalización para seguir proporcionando
refugio y formas de vida a los nuevos pobres urbanos? Quizá la respuesta se
pueda buscar en Kinshasa, una gran ciudad, expulsada de la economía mundial por
los supervisores de Washington y que lucha por la subsistencia en medio de los
fantasmas de sus sueños traicionados. Kinshasa es la capital de un país
naturalmente rico y artificialmente pobre, donde, como el propio presidente
Mobutu decía, «todo está en venta y todo se puede comprar». De las megaciudades
del planeta, solamente Dacca es tan pobre como ella y Kinshasa supera a todas
en su desesperada
dependencia de las estrategias informales de supervivencia. Como señala un
antropólogo con la mirada sobrecogida «es el milagro y la pesadilla
simultáneas» de una ciudad enorme donde la economía formal y las instituciones
del Estado, aparte del aparato represivo, se han derrumbado por completo57.
Kinshasa es una
ciudad universalmente descrita por sus propios habitantes como «cadavre,
épave» (cadáver, naufragio) o «Kin-la-poubelle» (Kinshasa la basura)58. El antropólogo
René Devisch señala que «actualmente se calcula que menos del 5 por 100 de los
residentes tienen un sueldo regular»59. La población
sobrevive con «los huertos que se plantan por todas partes y con su ingenio;
comprando, vendiendo, con el contrabando y el regateo». «El artículo 15» que se
aplica a los ladrones, se ha convertido en el estandarte de la ciudad, y se
débrouiller («arreglárselas a pesar de todo») es el eslogan social
oficioso60. Realmente con su
doble cara de formalidad e informalidad, Kinshasa reinventa las categorías de
la economía política en el análisis urbano. Como se pregunta Filip De Boeck en
su estudio sobre la población infantil en Congo:
En una ciudad, con
una población estimada de 6 millones de personas, ¿cómo se comprende que sea
difícil encontrar transporte público o privado, por la simple razón de que
durante semanas o meses no hay una gota de gasolina disponible en la ciudad?
¿Por qué continuar con el convencionalismo social de considerar un cheque como
«dinero», cuando diariamente puedes comprobar que no es más que un inútil
pedazo de papel? ¿De qué sirve distinguir entre economía formal e informal o
paralela, cuando la informal se ha vuelto la habitual y la formal prácticamente
ha desaparecido?61.
Los habitantes de
Kinshasa afrontan las ruinas de su ciudad con un irreprimible sentido del
humor, pero incluso el abrigo de la ironía se rinde ante el sombrío panorama
social: los ingresos medios han caído por debajo de los 100 dólares anuales; el
65 por 100 de la población está mal alimentada; la clase media ha desaparecido;
y uno de cada cinco adultos es HIV positivo62. La asistencia
sanitaria está fuera del alcance de tres cuartas partes de la población, que
busca refugio en la curación por la fe de la Iglesia pentecostal o en la magia
de los curanderos63. Y como veremos en
un momento, los niños de Kinshasa se están volviendo brujos y brujas.
Kinshasa, como el
resto de Congo-Zaire, ha sido destrozado por un vendaval de cleptocracia, las
geopolíticas de la Guerra Fría, el ajuste estructural y una guerra civil
crónica. La dictadura de Mobutu, que durante 32 años saqueó el país, fue un
Frankenstein creado y mantenido por Washington, el FMI y el Banco Mundial, con
el respaldo del gobierno de París. A comienzos de su reinado, el Banco Mundial
presionado por el Departamento de Estado, colaboró activamente para que Mobutu
pudiese utilizar la industria minera del país para obtener grandes créditos de
la banca extranjera; sabiendo perfectamente que la mayor parte del dinero iba a
parar directamente a cuentas en Suiza. Más tarde aparecería en escena el FMI
con su primer Plan de Ajuste Estructural de 1977 para asegurarse que la
población pagara los créditos y sus intereses. Las primeras condiciones
presentadas por el FMI al Banco de Zaire y por funcionarios franceses al
Ministerio de Asuntos Exteriores diezmaron el sector público y 250.000
empleados públicos, el sector más importante dentro de la economía formal, se
quedaron en la calle sin ninguna indemnización. Los que no perdieron su puesto
de trabajo pronto acabaron dedicándose por completo al desfalco y a los
chanchullos en general, con la bendición pública del propio Mobutu.
Una década más
tarde, con la impresionante infraestructura que una vez había tenido, oxidada o
saqueada, el FMI impuso un nuevo Plan de Ajuste Estructural. Tshikala Biaya
cuenta cómo el acuerdo de 1987 «buscaba dar “poder legal” al sector informal y
convertirlo en una nueva vaca lechera que remplazara al Estado de bienestar que
el FMI y el Banco Mundial habían destruido». El Club de París refinanció la
deuda de Mobutu a cambio de un nuevo reajuste del sector público, mayor
apertura de los mercados y un aumento de la exportación de diamantes. Las
importaciones inundaron el país, las industrias locales cerraron y en Kinshasa
se perdieron otros 100.000 empleos. La hiperinflación pronto destrozó el
sistema monetario y cualquier resto de racionalidad económica64.
René Dervisch
escribía que «el dinero parecía ser una entidad misteriosa y fantástica que no
guardaba ninguna relación con el trabajo o la producción. La gente venía para
buscar refugio en una
economía de la
fortuna»65. La población de
Kinshasa se vio envuelta en un desesperado frenesí de apuestas, carreras de
caballos, loterías organizadas por grandes cervecerías, juegos en las chapas de
los refrescos, y una estructura del juego de la pirámide secretamente
controlada por los militares. (Una pirámide similar produciría en Albania los
mismos resultados devastadores entre 1996 y 1997, exprimiendo y destrozando la
mitad del producto nacional bruto)66. Los primeros
inversores obtuvieron aparatos de radio y electrodomésticos que venían de
Sudáfrica, e hicieron creer a todos los demás que podían embarcarse y abandonar
el barco antes de que se estrellara. Sin embargo hubo pocos supervivientes al
inevitable desastre. Como explica Devisch, «con una parte tan grande de la
población metida en este asunto, los efectos del colapso de la economía
especialmente en el sector informal, fueron desastrosos. El amargo desengaño de
la gente hizo que se extendiera una mentalidad viciada por la brujería»67.
En el periodo
siguiente, en medio de una persistente inflación se produjo la jacquerie urbana
de septiembre de 1991, cuando la población de las áreas hiperdegradadas, en
complicidad con el ejército, se lanzó a un masivo festival de pillaje de
empresas, tiendas y almacenes. Devisch describe que la «ausencia de la ley
provocó un efecto eufórico y perverso sobre la violencia interiorizada por una
población, sometida a la presión de una inflación galopante y a la bancarrota
del mercado de trabajo»68. Otros desastres
se produjeron a continuación. En enero de 1993 Kinshasa fue objeto de nuevo del
pillaje, pero esta vez a cargo exclusivo de los militares. El sistema bancario
colapsó, la administración pública prácticamente había desaparecido, las empresas
recurrían a hacer trueques y el pequeño resto del empleo público vio cómo sus
salarios en términos reales eran la octava parte de lo que habían sido en 1988.
De acuerdo con De Boeck, «la retirada del FMI y del Banco Mundial de Congo
atestiguaba el hecho de que el país ya no participaba de la economía mundial»69. Con la economía
nacional en ruinas y la riqueza del país bien guardada en las arcas de los
bancos suizos, Mobutu fue finalmente derrocado en 1997, aunque la «liberación»
solo condujo a intervenciones extranjeras y a una guerra civil
inacabable. La
Agencia de Ayuda de Estados Unidos calculaba que en 2004 la guerra había
producido la muerte de 3 millones de personas, la mayor parte por hambre y
enfermedades70. La rapiña de las
bandas armadas en el este del país, que recordaban escenas de Europa durante la
Guerra de los Treinta Años, provocaron la llegada de nuevas oleadas de
refugiados a las atestadas áreas urbanas hiperdegradadas de Kinshasa.
Haciendo frente a
la defunción de la ciudad formal y de sus instituciones, los habitantes de a
pie de Kinshasa, pero sobre todo las madres y las abuelas, lucharon por su
subsistencia «ruralizando» la ciudad: restablecieron la agricultura de
subsistencia y las tradicionales formas rurales de autoayuda. Cada metro
cuadrado de terreno libre, incluyendo las medianas de las carreteras fue
plantado con mandioca, mientras que las que no tenían terreno, las mamas
miteke, salían a buscar raíces entre la maleza71. Con los sucesivos
colapsos del mundo del trabajo y del mundo del juego y la lotería, la gente
volvió a confiar en los rituales mágicos y los cultos proféticos, buscando
alivio de «las enfermedades de los blancos», «yimbeefu kya mboongu»: la
fatal enfermedad del «dinero»72. Las fábricas
abandonadas y los almacenes saqueados se convirtieron en pequeñas iglesias y
los grupos de oración levantaron sus tenderetes con rudimentarios pero
llamativos signos exteriores. En las grandes áreas degradadas como Masina,
localmente llamada República de China por su elevada densidad de población, la
Iglesia pentecostal se propagó a una velocidad increíble: «A finales del 2000,
se registraban 2.177 sectas religiosas de reciente constitución, muchas de las
cuales se reunían en sesiones de rezos que duraban toda la noche»73.
Como señalan tanto
Devisch como otros autores, el fenómeno pentecostal es variado y complejo, dado
que incorpora una mezcla de elementos indígenas con otros importados. Algunas
de las iglesias fueron fundadas por clérigos católicos o antiguos seminaristas,
que careciendo de los medios financieros o de la educación para ordenarse
sacerdotes crearon lucrativas franquicias, al estilo de los predicadores
norteamericanos, con un discurso basado en el evangelio de la prosperidad y en
la confianza en que
las heridas se
curarán74. Otras, como la
Iglesia de Mpeve Ya Nlongo, son comunidades dirigidas por mujeres, donde los
trances, las visiones proféticas y las «lenguas celestiales» se utilizan como
medio para acceder al Espíritu Santo y a sus antecesores locales, mientras
llega el mundo sin pobreza y sin desigualdades. Devisch dice que «estas
comunidades centradas en madres hablan de la necesidad de tener referencias
morales en la nueva ciudad, del cuidado de los valores y otras ideas que
muestran un cierto grado de encogimiento y domesticación»75. En cualquier
caso, el desarrollo de la Iglesia pentecostal en Kinshasa corresponde a una
renovación espiritual de la población de base, un desencanto con el
catastrofismo de la modernidad en un contexto histórico donde los políticos han
quedado completamente desacreditados.
Pero los defensores
de esta autoorganización y del «arreglárselas a pesar de todo» tienen
limitaciones materiales y una cara más siniestra. A pesar de los heroicos
esfuerzos que realizan, especialmente las mujeres, la estructura social
tradicional se está desmoronando. Frente a una miseria absoluta, los
antropólogos describen la disolución de los intercambios de regalos y de las
relaciones de reciprocidad que caracterizaban a la sociedad de Zaire. Incapaces
de afrontar el precio de las novias, o de convertirse en cabezas de familia,
los jóvenes abandonan a las mujeres embarazadas y los padres desertan76. Al mismo tiempo,
el holocausto del SIDA deja detrás un gran número de huérfanos y seropositivos.
Hay grandes presiones sobre las familias pobres urbanas, que han perdido las
redes de apoyo familiares del medio rural y en cambio están sobrecargadas de demandas
de solidaridad de linaje, que les llevan a abandonar a sus miembros más
dependientes. Como señalaba amargamente un investigador de Save the Children,
«la capacidad de las familias y de las comunidades para asegurar la protección
básica para sus niños parece estar desplomándose»77.
Esta crisis de la
familia ha coincidido con la explosión de la Iglesia pentecostal y el renacer
del miedo a la brujería. Muchos habitantes interpretan su suerte dentro de la
gran catástrofe urbana como una cierta «maldición o ensorcellement»78. El resultado es
que la
creencia en un
Harry Potter pervertido acapara Kinshasa, conduciendo a histéricas y masivas
denuncias de miles de niños brujos, a su expulsión de las calles e incluso a su
asesinato. Los niños, algunos de ellos poco más que bebés, han sido acusados de
todas las fechorías y, en el barrio de Ndjili por lo menos, de volar por la
noche en enjambres o con palos de escobas. Los trabajadores sociales dan fe del
fenómeno. «Antes de 1990 costaba oír una conversación sobre brujería infantil.
Ahora no. Los niños que se enfrentan ahora a estas acusaciones están siempre en
la misma situación: son una carga improductiva para unos padres que no son
capaces de seguir manteniéndoles. Cuanto más pobres son, más posibilidades
tienen de ser brujos»79.
Las iglesias
carismáticas han sido cómplices por completo en promover y legitimar el miedo a
la brujería infantil: la Iglesia pentecostal presenta el retrato de Dios como
un escudo contra la brujería. La histeria entre niños y adultos ha provocado
fobias importantes hacia los gatos, los lagartos y a los largos cortes
nocturnos de electricidad, y ha sido exacerbada por la amplia circulación de
espeluznantes videos de iglesias cristianas fundamentalistas, mostrando las
confesiones de «niños embrujados» y los consiguientes exorcismos que algunas
veces incluyen el ayuno y el agua hirviendo80. Los
investigadores de la Agencia de Ayuda de Estados Unidos, directamente culpaban
sin tapujos a «los predicadores que desde sus púlpitos lanzan discursos
culpables sobre un público que busca una explicación fácil para su dolor y su
desgracia».
Cuando las
profecías no se cumplen, los predicadores pueden seguir achacando la miseria a
las causas más variadas, entre las que se encuentra la brujería. Frecuentemente
las culpas caen sobre los niños porque son una presa fácil y no pueden
defenderse, una familia que busque el consejo de un predicador, puede
encontrarse con que la causa de su continua miseria está en un hijo
discapacitado que tienen. La discapacidad del niño es una muestra de que es un
brujo o una bruja81.
Por otro lado, De
Boeck afirma que las sectas están sosteniendo un orden moral informal en medio
del colapso general, y que los «líderes religiosos no realizan ellos mismos
estas acusaciones,
simplemente las
confirman y con ello las legitiman». Los actores organizan confesiones públicas
y exorcismos (cure d’âmes). «Se coloca al niño en medio de un
círculo de gente rezando, normalmente mujeres en trance que periódicamente
emiten sonidos ininteligibles y que se interpretan como una manifestación del
Espíritu Santo.» De todas maneras es habitual que una vez que han sido acusados
de brujería las familias se nieguen a llevarse a los niños que quedan
abandonados en la calle. Un niño le decía a De Boeck: «Soy Vany y tengo tres
años, estaba enfermo, mis piernas empezaron a hincharse. Entonces empezaron a
decir que era un brujo. Es verdad, lo dijo el predicador»82.
Los niños
embrujados, como las doncellas poseídas del siglo XVII en Salem, parecen alucinar con
las acusaciones a las que se enfrentan, aceptando su papel de pagar con su
sacrificio la miseria familiar y el desastre social. El fotógrafo Vincen
Beeckman escuchó el siguiente relato de un crío:
Me he comido a 800
hombres, he hecho que tuvieran accidentes en aviones o en coches. Incluso he
ido a Bélgica gracias a una sirena que me llevó todo el camino hasta el puerto
de Amberes. Algunas veces he viajado sobre los palos de las escobas, otras sobre
la piel de un aguacate. Por la noche tengo treinta años y 100 hijos. Mi padre
perdió su trabajo de ingeniero por mi culpa, entonces le maté con la sirena.
También he matado a mi hermano y a mi hermana. Les quemé vivos. También he
matado a los hijos de mi madre que todavía no han nacido83.
Beeckman sostiene
que al no haber ningún tipo de sistema de sanidad para los niños, la acusación
de brujería no solo sirve para justificar la expulsión de la familia, sino que
también es «una oportunidad para colocarlos en alguna comunidad religiosa, donde
recibirán alimentos y algún tipo de educación, o para meterlos en alguno de los
centros dirigidos por alguna ONG internacional». Pero la mayor parte de ellos,
especialmente los seropositivos, acaban directamente en las calles, formando
parte del ejército urbano de 30.000 niños «víctimas de abusos, desplazados por
las guerras, niños soldados, huérfanos y abandonados»84.
Los niños
embrujados de Kinshasa, igual que los barrios exportadores de órganos humanos
de India y Egipto, nos llevan a unos terrenos de la existencia por debajo de
los cuales solo quedan
los campos de la
muerte, el hambre y el horror del coronel Kurtz. En una conmovedora emulación
de Whitman («las chabolas también cantan en Kinshasa […]), un auténtico
habitante de esta ciudad como es Thierry Mayamba Nlandu, se pregunta «cómo
pueden sobrevivir estos millones de personas a la incoherente y miserable vida
de la ciudad»; su respuesta es que «Kinshasa es una ciudad muerta, no una
ciudad de los muertos», el sector informal no es el deux ex machina, sino
«un tierra muerta y sin alma» al mismo tiempo que «una economía de
resistencia», que proporciona a los pobres la posibilidad de desafiar «la
lógica del mercado que les conduce a la desaparición»85. Los habitantes de
Kinshasa como los de Texaco, el área hiperdegradada de Martinica que lleva del
mismo nombre que la novela de Patrick Chamoiseau, se aferran a la ciudad
«agarrándose a miles de grietas», y obstinadamente se niegan a marcharse86.
1 P. Chamoiseau, Texaco, Nueva
York, 1997, cit., p. 314.
2 Véase mi trabajo Late
Victorian Holocaust. El Niño Famines and the Making of the Third World, Londres,
2001, especialmente pp. 206-209 [ed. cast.: Los holocaustos de la era
victoriana tardía, Valencia, Universitat de València, 2006].
3 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit.,
pp. 40, 46; T.
Mitschein, E. Miranda y M. Paraense, Urbanization Selvagem e
Proletarização Passiva na Amazônia – O caso de Belém, Belém, 1989 (citado
por J. Brodwer y B. Godfrey, Rainforest Cities.
Urbanization, Development and Globalization of the Brazilian Amazon, cit.,
p. 32).
4 F. Snowden, Naples in the
Time of Cholera, cit., 1995, pp. 35-36.
5 M. Castells, The City and the
Grassroots, cit., pp. 181-183.
6 O. de Oliveira y B. Roberts, «The
Many Roles of the Informal Sector in Development. Evidence from Urban Labor
Market Research, 1940-1989», en C. Rakowski (ed.), Contrapunto. The
Informal Sector Debate in Latin America, Albany, 1994, p. 56.
7 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 40, 46.
8 Citado por The Economist,
21 de marzo de 1998, p. 37.
9 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 103;
Rondinelli y Kasarda, «Job Creation Needs in Third World Cities», Third
World Cities, Hasan, «Intoduction»” en Khan, Orangi Pilot
Project, p. XL (cita el Karachi Master Plan de 1989); U. Rob, M. Kabir y M.
Mutahara, «Urbanization in Bangladesh», en G. Ness y P. Talwer (eds.), Asian
Urbanization in the New Millenium, Singapur, 2005, p. 36.
10 Rondinelli y Kasarda, «Job Creation
Needs in Third World Cities», cit., p. 107.
11 A. Laquian, «The Effects of National
Urban Strategy and Regional Development Policy on Patterns of Urban Growth in
China», cit., p. 66.
12 G. Mhone, «The
Impact of Structural Adjustment on the Urban Informal Sector in Zimbabwe»,
«Issues in Development» documento de trabajo # 2, Ginebra n.d., p. 19.
13 Cour y Snrech, Preparing for
the Future, cit., p. 64.
14 UN-Habitat, The Challenge of
Slums. Global Report on Human Settlements 2003, cit., p. 104.
15 N. Gooptu, The Politics of
the Urban Poor in Early Twentieth-Century India, cit., p. 2.
16 A. Khan y K. Riskin, Inequality
and Poverty in China in the Age of Globalization, cit., p. 40.
17 M. Todaro, «A Model of Labor
Migration and Urban Employment in Less Developed Countries», American
Economic Review LIX, 1, 1969, pp. 138-145.
18 A. S. Oberai, Population
Growth, Employment and Poverty in Third-World Mega-Cities, cit., p.
64.
19 J. Breman, The Labouring
Poor. Patterns of Exploitation, Subordination, and Exclusion, Nueva
Delhi, 2003, p. 174.
20 D. Krueckeberg, «The Lessons of John
Locke or Hernando de Soto. What if your Dreams Come True?», Housing
Policy Debate XV, 1, 2004, p. 2.
21 M. Mutter, UK Department for
International Development, citado por Environment and Urbanization XV,
1 (abril 2003), p. 12.
22 Véase W. House, «Nairobi´s Informal
Sector. Dynamic Entrepreneurs or Surplus Labor?», Economic Development
and Cultural Change 32 (enero 1984), pp. 298-299; también «Priorities
for Urban Labour Market Research in Anglophone Africa», The Journal of
Developing Areas, 27 (octubre 1992).
23 A. Portes y K. Hoffman, «Latin
America Class Structures. Their Composition and Change during the Neoliberal
Era», Latin America Research Review XXXVIII, 1, 2003, p. 55.
24 A. S. Oberai, Population
Growth, Employment and Poverty in Third-World Mega-Cities, cit., p.
109.
25 J. Breman, The Labouring
Poor. Patterns of Exploitation, Subordination, and Exclusion, cit.,
pp. 4, 9, 154, 196.
26 J. Breman y Arvind Das, Down
and Out. Labouring Under Global Capitalism, Nueva Delhi, 2000, p. 56.
27 J. Breman, The Labouring
Poor. Patterns of Exploitation, Subordination, and Exclusion, cit., p.
231.
28 F. Thomas, Calcutta Poor, cit.,
p. 114.
29 W. Kombe, «Institutionalising the
Concept of Environmental Planning and Management», en D. Westendorff y D.
Eade, Development and Cities. Essays from Development Practice, cit.,
p. 69.
30 S. Sethuraman, «Urban Poverty and the
Informal Sector», cit., p. 8.
31 B. Roberts, «From Marginality to
Social Exclusión: From Laissez Faire to Pervasive Engagement», Latin
America Research Review XXXIX, 1 (febrero 2004), p. 196.
32 C. Geertz, Agricultural
Involution. The Processes of Ecological Change in Indonesia, Berkeley,
1963, pp. 80-82. T. McGhee utiliza la metáfora de la «involución urbana» en
«Beachheads and Enclaves. The Urban Debate and the Urbanization Process in
Southeast Asia since 1945», en Y. M. Yeung y C. P. Lo (eds,), Changing
South-East Asian Cities. Readings on Urbanization, Londres, 1976.
33 D. Evers y R. Korff., Southeast
Asian Urbanism, cit., p. 143.
34 S. Hoque, «Micro-credit and the
Reduction of Poverty in Bangladesh», Journal of Contemporary Asia XXXIV,
1, 2004, pp. 21, 27.
35 J. Joseph, «Sustainable Development and Democracy in Megacities», en D.
Westendorff y D.
Eade, Development and Cities. Essays from Development Practice, cit.,
p.
115.
36 B. Bell, Walking on Fire, cit.,
p. 120.
37 S. Chant, «Urban Livelihoods,
Employment and Gender», cit., pp. 212-214.
38 J. Breman, The Labouring
Poor. Patterns of Exploitation, Subordination, and Exclusion, cit.,
pp. 5, 201.
39 P. Amis, «Making Sense of Urban
Poverty», Environment and Urbanization VII, 1 (abril 1995), p.
151.
40 Creo que M. Castells y A. Porters han
ido demasiado lejos en su ensayo de 1989, que sugiere que el proletariado se
está «desvaneciendo» en medio de un «aumento de la heterogeneidad de las
relaciones laborales y consecuentemente, de las condiciones sociales» (M.
Castells y A. Porters, «World Underneath. The Origins, Dynamics and Effects of
the Informal Economy», en A. Porters, M. Castells y L. Benton [eds.], The
Informal Economy. Studies in Advanced and Less Developed Countries, Baltimore,
1989, p. 31). De hecho, los trabajadores informales tienden a estar hacinados
en agujeros donde una organización y una «conciencia de clase» podría ser
posible si existieran los derechos laborales. Es precisamente la falta de esta
ciudadanía económica, más que la heterogeneidad de los medios de vida por sí
mismos, lo que hace que el sector informal sea tan proclive a la subordinación
y a la fragmentación étnica. Por eso yo me uno a J. Breman cuando dice que el
cuestión principal del sector informal es la formalización de los derechos del
trabajo, no de la propiedad (p. 201).
41 J.Pryer, Poverty and
Vulnerability in Dhaka Slums. The Urban Livelihoods Study, Aldershot,
2003, p. 176; Victoria de la Villa y Matthew S. Westfall (eds.), Urban
Indicators for Managing Cities. Cities Data Book, Manila, 2001. (datos
sobre trabajo infantil).
42 Arjun Appadurai, «Deep Democracy.
Urban Governmentality and the Horizon of Politics», Environment and
Urbanization XIII, 2 octubre de 2001, p. 27.
43 J. Nedoroscik, The City of
the Dead, cit., p. 64.
44 Z. Coursen-Neff, Small
Change. Bonded Child Labor in India’s Silk Industry, Human Rights
Watch Report XV, 2 (enero 2003), p. 30.
45 UNICEF, The State of the
World’s Children 1977, Oxford, 1998, p. 35.
46 Z. Coursen-Neff, Small
Change, cit., pp. 8, 30.
47 UNICEF, State of World’s
Children, cit., p. 37.
48 Ibid., p. 30. Human
Rights Watch, «Chile Domestics. The World’s Invisible Workers»,
10 de junio de
2004, p. 3.
49 D. Strand, Rickshaw Beijng.
City People and Politics in the 1920s, Berkeley, 1989, p. 28; James
Warren, Rickshaw Coolie. A people’s History of Singapore, 1880-1940, Singapur,
2003.
50 S. Dong, Shanghai. The Rise
and Fall of a Decadent City, Nueva York, 2000, pp. 162-
163.
51 S. Sethuraman, «Urban Poverty and the
Informal Sector», cit., p. 7.
52 J. Seabrook, In the Cities of
the South, cit., pp. 35, 37.
53 Véase el artículo publicado en Housing
by People in Asia 15, publicado por Asian Coalition for Housing Rights
(octubre 2003).
54 J. Breman, The Labouring
Poor. Patterns of Exploitation, Subordination, and Exclusion, cit.,
pp. 149-154.
55 Otras comunidades pobres como las de
las ciudades gemelas de Pallipalayan y Kumarapalayam también se vieron
envueltas en el tráfico que se desarrollaba en Tamil
Nadu. Muchos de los
«donantes» eran tejedores de talleres que se enfrentaban al despido y a la
competencia exterior. «One-Kidney Communities», Frontline XIV,
25, 13-26 de diciembre de 1997.
56 J. Nedoroscik, The City of
the Dead, cit., p. 70.
57 R. Devisch, «Frenzy, Violence, and
Ethical Renewal in Kinshasa», Public Culture VII,
3, 1995 p. 603.
58 T. Mayamba Nlandu, «Kinshasa: Beyond
Dichotomies», Conferencia sobre Pobreza Urbana, African News
Bulletin-Bulletin d’Information Africaine Supplement, 347, 1998, p. 2.
59 R. Desvich, «Parody in Matricentered
Christian Healing Communes of the Sacred Spirit in Kinshasa», Contours I,
2, 2003, p. 7.
60 M. Wrong, In the Footsteps of
Mr. Kurtz, cit., p. 152.
61 F. De Boeck, «Kinshasa. Tales of the
“Invisible City” and the Second World», en O. Enwezor et al., Under
Siege. Four African Cities. Freetown, Johannesburg, Kinshasa, Lagos, cit.,
p. 258.
62 J. Astill, «Congo Cast out its Child
Witches», The Observer, 11 de mayo de 2003.
63 L. Cripe et al., «Abandonament
and Separation of Children in the Democratic Republic of the Congo», US Agency
for Internacional Development, informe evaluatorio realizado por Displaced
Children and Orphans Fund and Leahy War Victims Contract (abril 2002), pp. 5-7.
64 T. Biaya, «SAP: A Catalyst for the
Underdevelopment and Privatiation of Public Administration in the Democratic
Republic of Congo, 1997-2000», DPMN Bulletin VII, 3 diciembre
de 2000.
65 R. Devisch, «Frenzy, Violence, and
Ethical Renewal in Kinshasa», cit., p. 604.
66 Véase los análisis de los
investigadores del Banco Mundial Carlos Elbirt, «Albania Under the Shadow of
the Pyramids», y U. Bhattacharya, «On the Possibility of Ponzi Schemes in
Transition Economies», en Transition Newsletter (enero-febrero
2000).
67 R. Devisch, «Frenzy, Violence, and
Ethical Renewal in Kinshasa», cit., p. 604.
68 Ibid., p. 606.
69 F. De Boeck, «Kinshasa», cit., p.
258.
70 A. Gambino, antiguo director de la
Agencia norteamericana en Congo, eleva actualmente la cifra a 3.800.000, M.
Dizoele, «Eye on Africa: SOS Congo», UPI, 28 de diciembre de 2004.
71 F. De Boeck, «Kinshasa», cit., p.
266.
72 R. Devisch, «Frenzy, Violence, and
Ethical Renewal in Kinshasa», cit., p. 625.
73 A. Maliq Simone, cit., p. 24.
74 S. Kakule entrevistado en «Democratic
Republic of the Congo: Torture and Death of an Eight-Year-Old Child»,
Federation Internationale de L’Acat (Action des Chrétiens pour L’Abolition de
la Torture) (FIATCAT) (octubre 2003).
75 R. Devisch, resumen de una charla
«“Pillaging Jesús”. The Response of Healing Churches of Central Africa to
Globalization», Forum for Liberation Theology, Annual Report 1997-1998.
76 F. De Boeck, «Children, the Occult
and the Street in Kinshasa», News from Africa (febrero 2003).
77 M. Mdoe, citado por J. Astill, «Congo
Casts Out its “Child Witches”», cit.
78 R. Devisch, «Frenzy, Violence, and
Ethical Renewal in Kinshasa», cit., p. 625.
79 S. Kakule «DRC. Torture and Death of
an Eight-Year-Old Child», cit.
80 Véase «Christian Fundamentalist
Groups Spreading over Africa», Campaña alemana de Friends of People Close to
Nature, 17 de junio de 2004 (www.fpcn-global.org).
81 L. Cripe et
al., «Abandonment and Separation of Children in the Democratic
Republic of Congo», cit., p. 16.
82 Véase extractos de F. De Boeck,
«Geographies of Exclusion. Churches and Child-Witches in Kinshasa», Beople 6
(marzo-agosto 2003).
83 Vincen Beeckman, «Growing Up on the
Streets of Kinshasa», The Courier ACP EU (septiembre-octubre
2001), pp. 63-64.
84 Ibid., p. 64.
85 T. Mayamba Nlandu, «Kinshasa: Beyond
Chaos», en O. Enwezor et al., Under Siege.
Four African
Cities. Freetown, Johannesburg, Kinshasa, Lagos, cit., p. 186.
86 P. Chamoiseau, Texaco, cit.,
p. 316.
Epílogo. Bajando
por Vietnam Street
La promesa es que
una y otra vez, de la basura, de las plumas dispersas, de las cenizas y de los
cuerpos rotos, algo nuevo y maravilloso pueda nacer. John Berger1
Las víctimas de la
catástrofe que ha producido el capitalismo tardío están servidas. Como ha
advertido Jan Breman refiriéndose a India, «se ha llegado a un punto de no
retorno, donde un ejército de reserva, que está esperando su incorporación al
proceso productivo, se ve estigmatizado como excedente permanente de población,
considerado un peso excesivo que ni la sociedad ni la economía pueden asumir,
ni ahora ni en el futuro. Esta evolución es en mi opinión la verdadera crisis
del capitalismo mundial»2. Simultáneamente,
como reconocía gravemente la CIA en 2002, «a finales de la década de 1990 hay
sorprendentemente mil millones de trabajadores, la mayor parte en el hemisferio
sur, que representan a un tercio de la fuerza de trabajo mundial y que están subempleados
o carecen por completo de empleo»3. Aparte de las
recetas de De Soto sobre informalidad y flexibilidad, no hay ningún plan
oficial que pretenda incorporar a esta enorme excedencia de trabajo a la
corriente principal de la economía mundial.
El contraste con la
década de 1960 es elocuente: hace cuarenta años, la guerra ideológica entre los
dos grandes bloques creaba visiones enfrentadas sobre la lucha para acabar
contra la pobreza mundial y el realojamiento de la población de las áreas urbanas
hiperdegradadas. Con sus brillantes Sputniks y sus misiles intercontinentales,
la Unión Soviética todavía era un modelo creíble de una vertiginosa
industrialización por medio de la industria pesada y los planes quinquenales.
Por otro lado, la Administración Kennedy diagnosticaba oficialmente las
revoluciones del Tercer Mundo como «enfermedades de la modernización» y
recetaba, además de Boinas Verdes y B-52, ambiciosas reformas agrarias y
programas de viviendas. Para inmunizar a los colombianos contra la subversión
urbana, por ejemplo, la Alianza para el Progreso financió grandes
programas de
viviendas como Ciudad Kennedy y Villa Socorro (12.000 personas) en Medellín. La
Alianza se presentaba como un Plan Marshall para el hemisferio occidental que
pronto elevaría los niveles de vida en América Latina a los niveles de los
países del sur de Europa, o al de los mismos gringos. Mientras
tanto algunos líderes carismáticos como Nasser, Nkrumah, Nehru y Sukarno,
vendían sus propias versiones de la revolución y del progreso.
Pero las tierras
prometidas en esos años nunca aparecieron en los escenarios neoliberales que
trajo el futuro. El último grito del idealismo desarrollista es la campaña de
Naciones Unidas sobre Objetivos de Desarrollo del Milenio –rebautizados por
algunos activistas africanos como «Mínimos Objetivos del Desarrollo»–, que
pretende reducir la proporción de gente viviendo en la extrema pobreza a la
mitad antes del 2015, así como una drástica reducción de la mortalidad infantil
y maternal. Al margen de las episódicas expresiones de solidaridad por parte de
los países ricos, como los actos que se celebraron durante julio de 2005 con
motivo de la celebración de la cumbre del G8 en Escocia, la realidad es que los
objetivos del milenio no se van a alcanzar en un futuro próximo. En el Informe
de Naciones Unidas, Human Developmnet Report 2004, se advertía
que de continuar los actuales índices de crecimiento, los países subsaharianos
no alcanzarían la mayor parte de estos objetivos hasta bien entrado el siglo XXII. Los patrones del
subdesarrollo africano, el FMI y el Banco Mundial, repiten las mismas
predicciones pesimistas en su Global Monitoring Report, de abril de
20054.
La «gran muralla»
de alta tecnología que se ha levantado para bloquear la emigración masiva hacia
los países ricos deja a las áreas urbanas hiperdegradadas como la única
solución al problema de cómo almacenar el excedente de población que ha
producido este siglo. De acuerdo con UN-Habitat la población de estas áreas
está creciendo a un vertiginoso ritmo de 25 millones de personas al año5. Por otra parte,
la frontera de la tierra segura, ocupable, está desapareciendo en todas partes,
y las nuevas incorporaciones a los márgenes urbanos se producen en unas
condiciones que solo se pueden describir como «la marginación dentro de la
marginación» o
de manera más
expresiva como decía alguien en Bagdad, «algo cercano a la muerte»6. Realmente, la
pobreza periurbana –un mundo deprimente totalmente ajeno a la solidaridad
existente en el medio rural e igualmente desconectado de la vida política y
cultural de la ciudad tradicional– constituye la expresión nueva y radical de
la desigualdad. La periferia urbana es una zona de exilio, una nueva Babilonia.
Los ataques a hoteles y restaurantes de lujo en Marruecos fueron realizados por
terroristas que habían nacido y crecido en los bidonvilles periféricos
de Casablanca; nunca habían estado anteriormente en la parte baja de la ciudad
y se quedaron asombrados por la opulencia de la medina7.
Pero si el
urbanismo informal es un callejón sin salida ¿no habrá una revuelta de los
pobres? ¿No son las grandes áreas hiperdegradadas, que ya inquietaban a
Disraeli en 1871 y a Kennedy en 1961, volcanes dispuestos a entrar en erupción?
O la cruda competencia darwiniana, provocada por el aumento de personas que
luchan por las mismas sobras, ¿provocará la violencia y la autoliquidación, al
mismo tiempo que los mayores hitos de «involución urbana»? ¿Hasta qué punto
tiene el proletariado informal «la misión histórica», el más poderoso de los
talismanes marxistas?
Estas son
cuestiones complejas que necesitan del estudio comparativo de casos concretos
antes de poder responderlas de manera general. (Al menos esta es la
aproximación que hemos elegido Forrest Hylton y yo en el libro que estamos
escribiendo sobre «los gobiernos de los pobres».) Las portentosas
especulaciones posmarxistas, como las de Negri y Hardt, sobre una nueva
política de «multitudes» en «los rizomáticos escenarios de la globalización»,
permanecen sin la base de una sociología política de la realidad. Incluso
dentro de una sola ciudad, la población desheredada puede generar una
desconcertante variedad de respuestas a la privación y al abandono, que abarcan
desde las iglesias redentoras y cultos proféticos a las milicias étnicas,
bandas callejeras, las ONG neoliberales y los movimientos sociales
revolucionarios, porque si bien es cierto que no hay un sujeto único ni una
tendencia común dentro de las áreas hiperdegradadas, sí hay
miles de actos de
resistencia. Hasta dónde alcance en el futuro la solidaridad humana entre los
nuevos pobres depende de una negativa militante a aceptar su propia
marginalidad terminal dentro del capitalismo global.
Esta negativa puede
adoptar formas atávicas o de vanguardia: la renuncia a la modernidad o los
intentos de recuperar sus promesas fallidas. No debería resultar sorprendente
que los jóvenes de las áreas hiperdegradadas de Estambul, El Cairo, Casablanca
o París se embarquen en el nihilismo religioso de los salafistas y disfruten
con la destrucción de los símbolos más soberbios de una modernidad alienada. O
que millones se introduzcan en las economías de subsistencia controladas por
bandas callejeras, narcotraficantes, milicias armadas y
organizaciones políticas cerradas. Las retóricas demonizadoras que
acompañan a las diversas guerras internacionales contra el terrorismo, las
drogas y el crimen no dejan de ser un apartheid semántico.
Construyen muros epistemológicos alrededor de gecekondus, favelas y chawls que
impiden cualquier debate honesto sobre la violencia diaria que provoca la
exclusión económica. Como sucedía a finales del siglo XIX, la
criminalización categórica de la pobreza urbana es una profecía que se
alimenta a sí misma y que garantiza la formación de un futuro inacabable de
guerras callejeras. A medida que la burguesía del Tercer Mundo se enclaustra en
sus bunkers, con sus parques temáticos y sus alambradas eléctricas, pierde la
visión cultural y moral sobre la tierra devastada que han dejado atrás.
La imaginación de
nuestros dirigentes parece no acabar de ver las evidentes implicaciones de un
mundo de ciudades sin trabajo. Es cierto que el neoliberalismo está imbuido de
un cierto grado de pesimismo maltusiano, pero sus ideas probablemente queden mejor
reflejadas por el apocalíptico viaje descrito por Robert D. Kaplan (The
Ends of the Earth y The Coming Anarchy). Los grandes pensadores
de los think tanks en Europa y Norteamérica, junto a los
institutos de relaciones internacionales, todavía tienen que percatarse de las
implicaciones geopolíticas de un «planeta de ciudades miseria». Para compensar
tal déficit, quienes se muestran muy pendientes de estas cuestiones,
probablemente porque no
tienen que
reconciliar los dogmas neoliberales con las realidades neoliberales, son los
estrategas militares y los planificadores tácticos de la Academia de las
Fuerzas Aéreas estadounidenses, del Centro Arroyo (RAND) del Ejército de Tierra
y del Warfighting Laboratory que los Marines tienen en Quantico (Virginia). En
ausencia de otros paradigmas, el Pentágono sí ha desarrollado su propia
perspectiva de la pobreza urbana global.
El desastre de
Mogadiscio en 1993, donde milicias urbanas causaron un 60 por 100 de bajas a
las tropas de elite de los Rangers, obligó a los teóricos militares a un nuevo
diseño de lo que en el Pentágono se conoce como MOUT [Military Operations on
Urbanized Terrain]. El ejemplar de diciembre del National Defense Panel daba
un suspenso al grado de preparación del Ejército de Tierra
estadounidense para desplegar un combate prolongado en los impenetrables
laberintos que forman las calles de las ciudades del Tercer Mundo. Todos los
cuerpos de las fuerzas armadas, coordinados por el Joint Urban Operations
Training Working Group, lanzaron programas de choque para ilustrar la guerra
callejera en las condiciones reales de las áreas urbanas hiperdegradadas. El
periódico del Army War College declaraba que «el futuro de la guerra se
encuentra en las calles, las alcantarillas, los edificios gigantes y en una
maraña de casas que forman las ciudades destrozadas del mundo […] nuestra
reciente historia militar está salpicada de nombres de ciudades; Tuzla,
Mogadiscio, Los Ángeles [!], Beirut, Panamá, Hué, Saigón, Santo Domingo, pero
estos nombres no son más que el prólogo del verdadero drama que está por
llegar»8.
Para ayudar a
desarrollar un amplio marco conceptual para las MOUT, los estrategas militares
han recurrido a un viejo centro de investigación sacado de la película de
Kubrick, Dr. Strangelove [Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú]: la
Rand Corporation, un think tank afincado en Santa Mónica
creado por las Fuerzas Aéreas en 1948, que se hizo famoso por jugar
al Apocalipsis nuclear en la década de 1950 y por su ayuda en la estrategia de
la guerra de Vietnam en la década de 1960. En la actualidad la Rand Corp. se
dedica a las ciudades. Sus investigadores valoran las estadísticas
del crimen urbano,
la salud pública de la ciudad y la privatización de la educación pública.
También dirige el centro que el Ejército de Tierra tiene en Arroyo, que ha
publicado una pequeña colección de estudios sobre contextos sociales y
cuestiones prácticas de la táctica de la guerra urbana.
Uno de sus
proyectos más importantes, que comenzó a principios de la década de 1990, ha
sido un amplio estudio de «cómo afectarán los cambios demográficos a los
conflictos futuros». La cuestión básica que presentan es que la urbanización de
la pobreza mundial ha producido «la urbanización de la insurgencia». «La
insurgencia está trayendo a sus seguidores a las ciudades y estableciendo zonas
liberadas en las áreas hiperdegradadas. Ni la teoría que conocemos, ni el
entrenamiento, ni el equipo resulta adecuado para enfrentarse a la insurgencia
urbana». El trabajo cita el ejemplo de El Salvador en la década de 1980, cuando
a pesar de un apoyo masivo de Washington, no se pudo evitar que las guerrillas
del FMLN abrieran un frente urbano. Realmente «si los rebeldes hubieran operado
efectivamente en el interior de las ciudades desde el principio de la
sublevación, es discutible qué es lo que podría hacer Estados Unidos para
mantener siquiera un empate entre las fuerzas del gobierno y los rebeldes»9. Las grandes áreas
urbanas hiperdegradadas de las que estos investigadores están hablando
claramente se han vuelto el eslabón más débil del nuevo orden mundial.
Más recientemente,
en la primavera de 2002, el capitán Troy Thomas, un experto de las Fuerzas
Aéreas, hacía consideraciones similares en The Aerospace Power Journal. «La
rápida urbanización de los países en vías de desarrollo ofrece un entorno para
las operaciones que es cada vez más una incógnita, ya que cada vez es más
imprevisible.» Thomas compara los modernos y jerarquizados núcleos urbanos, con
sus infraestructuras centralizadas que son fácilmente inutilizables por ataques
aéreos como sucedió en Belgrado o por ataques terroristas como los perpetrados
en Manhattan, con las desparramadas áreas degradadas de las periferias del
Tercer Mundo, organizadas en «subsistemas informales y descentralizados, donde
no existen ni
planos ni puntos
neurálgicos». Utilizando el mar de miseria humana que rodea Karachi como
ejemplo, Thomas describe el desafío de un «combate asimétrico», dentro de
terrenos «sin centros vitales ni jerarquías de ningún tipo», contra milicias
«basadas en clanes» impulsadas por «la desesperación y el miedo». También cita
las áreas urbanas hiperdegradadas de Kabul, Lagos, Dushanbe (en Tayikistán) y
Kinshasa como otros potenciales campos de batalla de pesadilla, a los que otros
militares frecuentemente añaden Puerto Príncipe. Thomas, al igual que otros
estrategas del MOUT, prescribe equipos de alta tecnología, con un entrenamiento
más realista, preferiblemente en nuestras propias «ciudades arruinadas», donde
«proyectos de alojamientos masivos se han vuelto inhabitables y el suelo
industrial inutilizable. Realmente serían unos campos de entrenamiento ideales
para la guerra en las ciudades»10.
¿Cuál será
exactamente el enemigo al que tendrán que enfrentarse en el laberinto del
Tercer Mundo los futuros soldados robots entrenados en degradados barrios de
Detroit y Los Ángeles? Algunos expertos simplemente se encogen de hombros y
responden: «cualquiera». En un influyente artículo titulado «Geopolitics and
Urban Armed Conflict in Latin America», escrito a mediados de la década de
1990, Geoffrey Demarest, un destacado investigador de Fort Leavenworth,
presentaba un extraño elenco de «actores antiestatales», entre los que incluía
a «psicópatas anarquistas» criminales, oportunistas cínicos, lunáticos,
revolucionarios, dirigentes obreros, grupos étnicos y especuladores
inmobiliarios. Al final mencionaba para resumir a los «desposeídos» en general
y a los «sindicatos del crimen» en particular. Además de recurrir a
herramientas tradicionales de la arquitectura y de la planificación urbana como
ayuda para prever la subversión futura, Demarest añade que «las fuerzas armadas
deberían tomar nota del fenómeno sociológico que son las poblaciones
excluidas». Junto a otras voces que hablan de la youth bulge (la
participación de la juventud en los conflictos) se mostraba especialmente
preocupado con «la psicología de los niños abandonados», considerando que estos
niños son las armas secretas de las fuerzas antiestatales11.
En resumen, las
mejores cabezas del Pentágono se han atrevido a aventurarse por un camino por
el que las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Departamento de Estado han
evitado adentrarse: el de la lógica que se impone tras la renuncia a la reforma
urbana. Como sucedía en el pasado, este es un «camino sin alegría» y desde
luego los quinceañeros militantes del ejército del Mahdi, en Sadr City en
Bagdad, uno de los mayores barrios degradados, provocan a los ocupantes
estadounidenses con la promesa de que su calle principal es Vietnam
Street. Pero los estrategas militares no palidecen y aseguran, con
total sangre fría, que «las salvajes y malogradas» ciudades del Tercer Mundo,
especialmente sus áreas hiperdegradadas, serán el principal campo de batalla
del siglo XXI. La doctrina del Pentágono se está rediseñando para soportar una guerra
de baja intensidad y de duración ilimitada contra segmentos criminalizados de
los pobres urbanos. Este es el auténtico «choque de civilizaciones».
De acuerdo con
Stephen Graham, que ha realizado numerosos trabajos sobre la geografía de la
guerra urbana, los planteamientos del MOUT se convierten en la fase superior
del «Orientalismo», la culminación de una larga historia en la que Occidente se
define en contraposición al alucinógeno Otro oriental. Esta dicotomía
ideológica, que la Administración Bush convirtió en un «absolutismo moral»,
«funciona separando “el mundo civilizado”, “la tierra natal” de las ciudades
que debe ser “defendida” de las “fuerzas oscuras” del “eje del mal” y de los
“nidos” terroristas de las ciudades islámicas, a quienes se acusa de mantener a
los “malignos” que amenazan la salud, la prosperidad y la democracia de todo el
mundo “libre”»12.
La desalentadora
dialéctica de zonas de seguridad contra lugares urbanos demoníacos nos lleva a
una oscilación siniestra e incesante: noche tras noche helicópteros de combate
acechan a enemigos desconocidos en las estrechas calles de barrios miserables, arrojando
fuego sobre chabolas o coches que huyen. Por la mañana la miseria replica con
suicidas que provocan grandes explosiones. Si el imperio puede desplegar las
tecnologías
represivas de las
que hablaba Orwell, sus oponentes tienen a los dioses del caos de su parte13.
1 J. Berger, «Rumor», prefacio para la
obra de L. Tekin, Berji Kristin, p. 8.
2 J. Breman, The Labouring
Poor. Patterns of Exploitation, Subordination, and Exclusion, cit., p.
13.
3 Central Intelligence Agency, The
World Factbook, Washington DC, 2002, p. 80.
4 Human Developmnet Report 2004, pp. 132-133;
T. Nolan, «Urgent Action Needed to Meet Millenium Goals», ABC Online, 13
de abril de 2005.
5 UN-Habitat, «Sounding the Alarm on
Torced Evictions», informe de prensa, 20th Session of the Governing Council,
Nairobi, 4-8 de abril de 2005.
6 Citado por J. Glanz, «Iraq’s
Dislocated Minorities Struggle in Urban Enclaves», The New York Times, 3
de abril de 2005.
7 Los hechos se pueden consultar en
www.maroc-hebdo.press.ma y www.bladi.net.
8 M. Ralph Peters, «Our soldiers, Their
Cities», Parameters (primavera 1996), pp. 43-50. 9 J. Morrison Taw y B. Hoffman, The
Urbanization of Insurgency. The Potencial Challenge to U.S. Army Operations, Santa
Mónica, 1994. (Hay un resumen online en
www.rand.org/pubs/monograph_reports/2005/MR398.SUM.pdf).
10 Captain Troy Thomas, «Slumlords:
Aerospace Power in Urban Fights», Aerospace Power Journal (primavera
2002), pp. 1-5.
11 G. Demarest, «Geopolitics and Urban
Armed Conflicts in America Latina», Small Wars and Insurgency VI,
1 (primavera 1995), sin lugar de publicación (texto en internet). Sobre la
aparición de una «estrategia demográfica» y la criminalización de la juventud,
véase el importante trabajo de Anne Hendrixon, Angry Young Man, Veiled
Young Women. Constructing a New Population Threat, Corner House
Briefing 34, Sturminster Newton, 2004.
12 S. Graham, «Cities and the “War on
Terror”», International Journal of Urban and Regional Research XXX,
2, pp. 255-276; véase S. Graham, «War and the City», New Left Review 44
(marzo-abril 2007) [ed. cast.: «La guerra y la ciudad», New Left Review 44,
mayo-junio de 2007, Madrid, Ediciones Akal].
13 Véase M. Davis, «The Urbanizatión of
the Empire. Megacities and the Laws of Chaos», Social Text 81
(invierno 2004).
Índice
II. El predominio de
las áreas urbanas hiperdegradadas III. La traición
del Estado
VI. Ecología de las
áreas urbanas hiperdegradadas
VII. Ajustando y
erosionando estructuralmente el Tercer Mundo VIII. ¿Una
humanidad excedente?
Epílogo. Bajando
por «Vietnam Street» Otros títulos
publicados

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