© Libro N° 13820. Estructura Y
Contenido De La Verdad. Davidson,
Donald. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Estructura Y Contenido De La
Verdad. Donald Davidson
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Contenido De La Verdad. Donald Davidson
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Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ESTRUCTURA Y CONTENIDO DE
LA VERDAD
Donald Davidson
Estructura Y Contenido
De La
Verdad
Donald Davidson
Estructura
y contenido de la
verdad
Donald Davidson
Traducido por M. J.
Frápoli
En Juan Antonio
Nicolás y María José Frápoli (ed.), Teorías
de la verdad en el
siglo XX. Tecnos, Madrid, 1997
Edición original:
“The structure and
content of truth”,
Journal of
Philosophy, 87/6 (1990), pp. 279–328
Los números entre
corchetes corresponden
a la paginación de
la edición impresa
[146]
Estructura y
contenido de la verdad1
Nada en el mundo,
ni objeto ni evento, seria verdadero o falso si no hubiera criaturas pensantes.
John Dewey, en cuyo honor y memoria se dieron las conferencias que constituyen
este ensayo, sacó dos conclusiones: que el acceso a la verdad no puede ser una
prerrogativa especial de la filosofía, y que la verdad debe tener conexiones
esencia-les con los intereses humanos. Era despreciativo con la tradición
filosófica que consideraba la verdad como correspondencia entre el pensamiento
y una realidad inaccesible a la investigación experimental y a la práctica
ordinaria. Creía que esta imagen de la verdad fue designada para servir a la
tesis de que los filósofos poseen una técnica privilegiada para lograr una
forma de conocimiento diferente de, y superior a, la ciencia. Dewey2 escribió que
1 Presentado como
tres conferencias sobre «El Concepto de Verdad», dadas en la Universidad de
Columbia en noviembre 1989; la primera, «La Estructura de la Verdad», el 9 de
noviembre; la segunda «Verdad y Conocimiento», el 16 de noviembre; y la
tercera, «Los Contenidos de la Verdad», el 20 de noviembre. Estas conferencias,
que fueron posibles gracias a la Fundación John Dewey, constituyen la serie
sexta de las Conferencias John Dewey, que se establecieron en 1967 en honor al
difunto John Dewey, que fue profesor de Filosofía en Columbia desde 1905 a
1930. Estoy agradecido a Akeel Bilgrami, Ernest LePore, Isaac Levi, y W. V.
Quine por sus provechosas sugerencias y por su amistoso estímulo.
2 Experience and
Nature, Nueva York, Dover, 1958.
3
[...] la profusión
de testimonios de la devoción suprema a la verdad por parte de la filosofía es
una cuestión que despierta sospecha. Por-que usualmente ha sido un preliminar a
la afirmación de que hay un órgano peculiar de acceso a la verdad más alta y
última. No hay nada de esto... La verdad es una colección de verdades; y estas
verdades constituyentes están en ma-[147]nos de los mejores métodos de
inves-tigación y comprobación disponibles como cuestiones–de–hecho, mé-todos
que son, cuando se los reúne bajo un único nombre, la ciencia. En cuanto a la
verdad, pues, la filosofía no tiene un status preeminen-te [...] [ibid., p.
410].
El objetivo de
Dewey fue traer la verdad, y con ella las pretensiones de los filósofos, a la
tierra. Podríamos pensar con justicia que Dewey confundió la cuestión de qué
clase de concepto es la verdad con la cuestión de qué tipos de verdades hay.
Pero está claro que los dos temas están relacionados, puesto que lo que cae
bajo el concepto obviamente depende de lo que el concepto es. Y la idea de
asegurar que el dominio de la verdad puede convincentemente traerse dentro del
alcance de las capacidades humanas, recortando el concepto a medida,
difícilmente es exclusivo de Dewey; Dewey se vio a sí mismo compar-tiendo los
puntos de vista de C. S. Peirce y William James en esta cuestión, y de un modo
u otro el tema básico reaparece hoy en los escritos de Hilary Putnam, Michael
Dummett, Richard Rorty, y muchos otros.
Aquellos que desean
desacreditar o desinflar el concepto de ver-dad a menudo empiezan rechazando
cualquier insinuación de teoría de la correspondencia, pero Dewey3 no vio ningún
peligro en la idea de la
3 Essays in
Experimental Logic, Nueva York, Dover, 1953.
4
correspondencia
siempre y cuando se la entendiera apropiadamente. Dijo [que] «La verdad
significa, como una cuestión obvia, acuerdo, correspondencia, de idea y hecho»,
pero inmediatamente siguió «pero ¿qué es lo que acuerdo [o] correspondencia
significan?» (ibid., p. 304). Contestó «es verdadera la idea que
trabaja para llevarnos a lo que se propone» (ibid.), y cita a James4 con aprobación:
[...] cualquier
idea que nos lleve prósperamente de cualquier parte de la experiencia a
cualquier otra, ligando las cosas satisfactoriamente, tra-bajando [148] de
manera segura, simplificando, ahorrando esfuerzo, es verdadera sólo por eso,
verdadera de aquí en adelante [ibid., p. 58].
Probablemente pocos
filósofos serán ahora tentados por estas alegres y majestuosas formulaciones.
Pero el problema que estaban tratando los pragmatistas —el problema de cómo se
relaciona la verdad con los deseos humanos, las creencias, las intenciones y el
uso del lenguaje— me parece el adecuado para concentrarse en él cuando pensamos
acerca de la verdad. También me parece que no se está ahora más cerca de una
solución a este problema de lo que se estaba en los días de Dewey.
4 Pragmatism, Nueva York,
Longmans & Green, 1907. En otra parte (Logic: The Theory of Inquiry,
Nueva York, Holt, 1938), Dewey dice:
«La mejor
definición de verdad desde el punto de vista lógico que
conozco es la de Peirce: “La opinión que está destinada a ser aceptada al final
por todos aquellos que investigan es lo que queremos decir por verdad”» (p.
58).
Pero habitualmente
Dewey estaba más cerca de James: las ideas, las teorías, son verdaderas si son
«instrumentales para una reorganización activa del entorno dado, para una
eliminación de algún problema y perplejidad específica [...]. La hipótesis que
funciona es la verdadera» (Reconstruction in Philosophy, Nueva
York, Holt, 1920, p. 156).
5
Ver esto como el
problema más importante acerca de la verdad —o en cualquier caso como un
problema en absoluto— es asumir que el concepto de verdad está relacionado
por caminos importantes con las actitudes humanas; algo de lo que no es inusual
dudar. No es inusual, de hecho, dudar si el concepto de verdad tiene alguna
impor-tancia filosófica seria en absoluto.
Rorty recoge la
intención de Dewey de eliminar la verdad de un ámbito tan exaltado al que sólo
los filósofos se pueden atener cuando introduce sus Consequences of
Pragmatism 5 con las palabras:
Los ensayos de este
libro son intentos de sacar consecuencias de una teoría pragmatista acerca de
la verdad. Esta teoría dice que la ver-dad no es la clase de cosa de la que uno
esperaría tener una teoría filo-sóficamente interesante [...] no hay ningún trabajo
interesante que hacer en esta área [ibid., pp. XIII-XIV].
Pero me parece que
Rorty se pierde la mitad de la miga de la acti-tud de Dewey hacia el concepto
de verdad: Dewey dice que las verdades no son, en general, una
provincia especial de la filosofía; pero insiste también en que la verdad es
lo que funciona. Esto no es lo mismo que la tesis de que no hay nada
interesante que decir acerca de la verdad. Dewey encontró muchas cosas
interesantes que decir acerca de lo que funciona. Rorty6 ha comparado mis
puntos de vista sobre la naturaleza
5 Minneapolis,
Minnesota UP, 1982.
6 «Pragmatism,
Davidson and Truth», en LePore, ed., Truth and Interpretation, Nueva
York, Blackweil, 1986, pp. 333–355 (ed. cast., «Pragmatismo, Davidson, y
verdad», en Objetividad, relativismo y verdad, Paidós,
Barcelona, 1996, pp. 173–205).
6
de [149] la verdad
con los de Dewey. Encuentro agradable y penetrante mucho de lo que él tiene que
decir sobre este tema, y creo que tiene razón en que, en líneas generales,
comparto la actitud de Dewey hacia la verdad. En un sentido, sin embargo, un
sentido al que acabo de referirme, Rorty puede haberse equivocado con nosotros
dos; tal como yo lo leo, Dewey pensó que una vez que la verdad fue traída a la
tierra, hubo cosas filosóficamente importantes e instructivas que decir acerca
de sus conexiones con las actitudes humanas, conexiones constitutivas en parte
del concepto de verdad. Éste es también mi punto de vista, aunque no creo que
Dewey haya [trazado] las conexiones adecuada-mente.
Rorty correctamente
nota el papel fundamental que yo asigno al trabajo de Alfred Tarski, que
proporciona una manera de discutir la comprensión del lenguaje, y él ve
claramente que para mí esto está relacionado con el rechazo de una concepción
representacional del lenguaje y de la idea de que la verdad consiste en un
reflejo preciso de los hechos. Estas son cuestiones a las que volveré ahora. En
este articulo, discutiré primero la noción, a menudo asociada con el enfo-que
de Tarski, de que el discurso de la verdad es esencialmente redun-dante, y que
no tiene propiedades importantes más allá de aquellas especificadas en las
definiciones de la verdad de Tarski. La primera sección termina con una defensa
de la afirmación de que puede legíti-mamente considerarse que las definiciones
de Tarski ofrecen verdades sustantivas acerca de un lenguaje, pero que en este
caso debe de haber
Véase también su
«Representation, Social Practise, and Truth», Philosophical Studies, XXX
(1988): 215–228.
7
más en el concepto
de lo que Tarski especificó. En la segunda sección del artículo vuelvo a varios
intentos de decir qué más está involucrado: discuto las teorías de la
correspondencia, teorías de la coherencia, y teorías que de una forma u otra
hacen de la verdad un concepto epistémico. Yo rechazo todos estos tipos de
teorías. En la sección tercera, propongo un enfoque que difiere del resto, uno
que hace del concepto de verdad una parte esencial del esquema que todos
necesa-riamente empleamos para entender, criticar, explicar y predecir el
pensamiento y la acción.
I. LA ESTRUCTURA DE
LA VERDAD
La teoría de la
redundancia es la que mejor encaja con expresio-nes como ‘es verdadero que’ o
‘es un hecho que’ cuando se prefijan a una oración. Tales expresiones pueden
considerarse como conectivas oracionales veritativo–funcionales que, cuando se
añaden a una [150] oración verdadera, dan como resultado una oración verdadera,
y cuando se añaden a una oración falsa, dan como resultado una oración falsa.
Estas conectivas funcionarían entonces exactamente como la doble negación
(cuando la negación se concibe de manera clásica). Al menos en lo que concierne
al contenido cognitivo y a las condiciones de verdad, tales añadidos son
redundantes.
Frank Ramsey7 parece haber
pensado que todos los usos del con-cepto de verdad son como éste. Dice: «‘Es
verdadero que César fue
7 Facts and
Propositions» (1927), reimpreso en The Foundations of Mathemat-ics, Nueva
York: Humanities, 1931, pp. 138–155.
8
asesinado’ no
significa más que César fue asesinado» (ibid., p. 143). Entonces
considera casos como ‘Todo lo que él dice es verdadero’ en los que la
referencia a la verdad no se elimina tan fácilmente, y sugiere que, si nos
restringimos a proposiciones de la forma aRb, podríamos tratar
‘Todo lo que él dice es verdadero’ como ‘Para todo a, R, b,
si él dice aRb, entonces aRb ’. Ramsey añade que,
si se incluyen todas las formas de proposición, las cosas se hacen más
complicadas, «pero no esencialmente diferentes» (ibid.). Aunque Ramsey
no siempre distin-gue claramente entre proposiciones y oraciones, o el uso de
oraciones y su mención, uno tiene la impresión de que, si Ramsey hubiera
llevado a cabo el análisis «más complicado», podría haber terminado con algo
muy parecido a las definiciones de verdad de Tarski. En cualquier caso, Ramsey
pensó que había dicho suficiente para mostrar que «no hay ningún problema de la
verdad separado sino simplemente un enredo lingüístico» (ibid., p.
142)8.
Ramsey se
equivocaba si pensaba que el análisis del uso de ‘ver-dadero’ como conectiva
veritativo–funcional podría aplicarse directa-mente a oraciones como ‘Todo lo
que él dice es verdadero’, porque en el primer caso la expresión de verdad se
considera una conectiva, mientras que en el último caso debe tratarse como un
predicado y, si seguimos a Tarski, debe pertenecer a un lenguaje diferente del
lenguaje de las oraciones de las cuales se predica. Sería posible tratar
expresio-nes como ‘es verdadero que’ como predicados de proposiciones mejor que
como conectivas oracionales, pero de nuevo la redundancia sería
8 P. F. Strawson dice
más o menos lo mismo en su famoso debate con J. L. Aus-tin, en «Truth», Proceedings
of the Aristotelian Society, Sup. Vol. XXIV (1950): 129– 156.
9
mucho menos
manifiesta de lo que Ramsey afirmó.
Muchos filósofos
han considerado sin embargo el trabajo de Tarski esencialmente como una
cuestión de aclaración de la intuición
[151] de Ramsey. W. V.
Quine9, por ejemplo, escribe: «Decir que el enunciado
‘Bruto mató a César’ es verdadero... es simplemente en efecto decir que Bruto
mató a César», y nos dice, en una nota a pie de página, que hay que mirar a
Tarski para el «desarrollo clásico» (ibid., p. 24). Putnam mantiene
que Rorty y Quine comparten este punto de vista acerca de la verdad. De acuerdo
con Putnam10, Rorty y Quine creen que «llamar a una oración ‘verdadera’ no es
adscribir una propiedad, la verdad, a una oración; es simplemente otra manera
de afirmar la oración» (ibid., p. 62). (Añade que a esto se le
llama la «concepción desentrecomilladora» —«en la jerga de los filósofos del
lenguaje davidsonianos»— (ibid.). Quizás es así, pero entonces yo no soy
davidsoniano, porque yo no estoy tentado a referirme a las definiciones de
verdad de Tarski como «desentrecomilladoras».) En cualquier caso, Putnam no
acepta esta tesis; la está atacando como «puramente formal» y «vacía».
No tengo claro si
Putnam piensa que el trabajo de Tarski sobre la verdad no es más que una mejora
técnica sobre lo que básicamente es una teoría de la redundancia, pero otros
ciertamente han tomado esta línea. Stephen Leeds11 ha sugerido que la
«utilidad» o importancia del
9 Word and Object, Cambridge:
MIT, 1960.
10 «A Comparison of
Something with Something Else», New Literary History, XVII(1985):61–79.
11 «Theories of
Reference and Truth», Erkenntnis, XI11 (1978): 111–130.
10
concepto de verdad
podría consistir simplemente en esto, que nos da una manera de decir cosas como
«la mayoría de nuestras creencias son verdaderas», donde queremos hablar de, o
quizás aseverar, un conjun-to de oraciones infinito o en cualquier caso no catalogable.
Ramsey no explicó cómo hacer esto; Tarski sí. Paul Horwich12, como Leeds, considera que Tarski es
un teórico de la redundancia; Horwich está persuadido de que, a pesar de
nuestra intuición de que la verdad es concepto central e importante, «la noción
de verdad fue completamen-te captada por Tarski» (ibid., p. 192). A
esta idea, que Tarski hizo todo lo que puede hacerse por el concepto de verdad,
la llama Horwich la teoría deflacionista de la verdad.
Aunque no está de
acuerdo con Horwich en que la verdad tal co-mo Tarski la definió especifique
las condiciones adecuadas de verdad para un tratamiento de lo que saben los
usuarios del lenguaje, [152] Scott Soames13 coincide en
calificar de deflacionista el tratamiento de la verdad de Tarski, y como
Horwich, cree que, cuando se trata de explicar el concepto de verdad, no
deberíamos de pedir nada más, aparte de la aplicación de la verdad a
proposiciones, etc.
Hartry Field14, en un útil artículo, explora el
caso a favor de un concepto deflacionista de verdad, y muestra lo difícil que
sería ir más allá de él. Explica lo que él quiere decir al llamar a una teoría
de la
12 «Three Forms of
Realism», Synthese,LI(1982): 181–201.
13 «What is a Theory
of Truth?», The Journal of Philosophy, LXXXI, 8 (1984): 411–
429.
14 «The Deflationary
Conception of Truth», en C. Wright y G. McDonald, eds., Facts, Science
and Morality, Nueva York: Blackweil, 1987,pp. 55–117.
11
verdad
deflacionista aproximadamente de la manera en que lo hace Horwich: la verdad es
desentrecomilladora y nada más; pero está menos seguro que Horwich de que
Tarski se vea (o deba verse) como un desentrecomillador, aunque cree que el
trabajo de Tarski puede ser apropiado para el desentrecomillador. Michael
Williams15 ha caracteri-zado
recientemente los puntos de vista de los desentrecomilladores de esta manera:
ellos
[...] piensan que
cuando hemos apuntado a ciertos rasgos formales del predicado de verdad
(notablemente su rasgo ‘desentrecomillador’) y explicado por qué es útil tener
un predicado como éste (por ejemplo como un mecanismo para afirmar conjunciones
infinitas), hemos di-cho prácticamente todo lo que hay que decir acerca de la
verdad [ibid., p. 424].
Él explícitamente
acepta una actitud deflacionista hacia la ver-dad16.
¿Cómo son de
plausibles estas distintas teorías deflacionistas de la verdad? Si restringimos
la teoría de la redundancia a las ocurrencias de ‘verdadero’ como parte de una
conectiva oracional veritativo–funcional (como en ‘es verdadero que la nieve es
blanca’), entonces está claro que tales usos juegan sólo un pequeño papel en
nuestro discurso de la verdad; ésta no puede ser toda la historia. ¿Pueden las
teorías desentre-
15 «Epistemological
Realism and the Basis of Skepticism», Mind, XCVII (1988):
415–439.
16 Véase «Do we
(Epistemologists) need a Theory of Truth?», Philosophical To– pics, XIV
(1986): 223–242.
12
comilladoras
hacerlo mejor? Las definiciones de verdad de Tarski son desentrecomilladoras en
este sentido: dada la definición (y la teoría de conjuntos y la sintaxis
formal), y dada una oración de la forma «‘la nieve es blanca’ es verdadera»,
podemos probar que la oración ‘la nieve es blanca’ es equivalente. Así, la
oración en la que ‘la nieve es blanca’ sólo está mencionada es probablemente
equivalente a la [153] oración ‘la nieve es blanca’ misma; la original «‘la
nieve es blanca’» ha sido despojada de sus comillas; eliminar las comillas
cancela, por así decirlo, el predicado de verdad. E incluso cuando no podemos
eliminar las comillas porque no hay comillas que eliminar (como en ‘todo lo que
él dijo era verdadero’ o ‘una regla válida de inferencia garantiza que de
premisas verdaderas sólo se siguen conclusiones verdaderas’), Tarski nos ha mostrado
cómo liberarnos del predicado de verdad, puesto que ha sido definido
explícitamente17. Esto deja claro que las
definiciones de verdad de Tarski no son estrictamente desentrecomilladoras,
puesto que no dependen de despojar de las comillas a las oraciones
individua-les para eliminar los predicados de verdad. Menos aún dependen de
usar oraciones reales que se dicen verdaderas para efectuar la elimina-ción;
esto es obvio cuando la definición de verdad para un lenguaje se da en otro. No
se puede encontrar un equivalente castellano de la oración inglesa «‘Schnee ist
weiss’ es verdadera (en alemán)» quitando
17 Este punto, a
menudo atribuido a Leeds, fue hecho por Tarski en «The Seman-tic Conception of
Truth», Philosophy and Philosophical Research, IV (1944), p.
359. Tarski nota también que el mero desentrecomillado no puede eliminar la
palabra ‘verdadero’ de oraciones como ‘la primera oración escrita por Platón es
verdadera’. (Pero tampoco ha mostrado Tarski cómo eliminar este uso del predicado
de verdad a menos que tenga una definición de la verdad para el lenguaje
hablado por Platón).
13
simplemente las
comillas de «‘Schnee ist weiss’».
Además, queda el
hecho de que los métodos de Tarski nos permi-tan reemplazar los predicados de
verdad que él define en cualquier contexto, y que el reemplazo no deje ningún
predicado explícitamente semántico tras de sí; en este sentido, sus predicados
de verdad son como la conectiva oracional ‘es verdadero que’, que puede
eliminarse por simple supresión. Lo que es sorprendente, por supuesto, no es
que la expresión ‘es verdadero’ puede reemplazarse, porque éste puede ser el
punto de la definición; lo que es sorprendente es que no se reempla-ce por
ninguna otra cosa, semántica o de otro tipo. Es presumiblemen-te este rasgo lo
que lleva a Putnam a decir que, de acuerdo con tales teorías, la verdad no es
una propiedad. (Esto no es completamente adecuado aplicado a las definiciones
de verdad de Tarski, sin embargo. Los predicados de verdad de Tarski son
predicados legítimos, con una extensión que no tiene ningún predicado en el
lenguaje objeto. Pero se ve lo que Putnam quiere decir con su
obser-[154]vación). Putnam concluye que los predicados de verdad de Tarski no
tienen nada que ver con la semántica o con la concepción común de la verdad:
«Como tratamiento filosófico de la verdad, la teoría de Tarski falla tanto como
pueda fallar un tratamiento» (op. cit., p. 64).
Lo que está claro
es que Tarski no definió el concepto de verdad, ni siquiera aplicado a
oraciones. Tarski mostró cómo definir un predicado de verdad para cada uno de
entre un conjunto de lenguajes que se comportan bien, pero sus definiciones,
por supuesto, no nos dicen qué tienen en común estos predicados. Dicho de una
forma ligeramente diferente: él definió distintos predicados de la forma ‘s es
14
verdaderoL’, cada uno
aplicable sólo a un lenguaje, pero no consiguió definir un predicado de la
forma ‘s es verdadero en L’ para ‘L’ variable. La observación fue hecha por Max
Black18 y posteriormente
por Dummett19; pero por supuesto Tarski ha hecho
esto atronadoramente claro desde el principio probando que ningún predicado
único de este tipo podría definirse en un lenguaje consistente, dadas sus
asunciones concernientes a los predicados de verdad. Dadas estas restricciones,
nunca hubo ninguna posibilidad de que diera una definición general del concepto
de verdad, ni siquiera para oraciones. Si consideramos la aplicación de verdad
a creencias y fenómenos relacionados como afirmaciones y aserciones, es obvio
de otra manera que Tarski no intentó una definición realmente general.
Considerando lo evidente que es que Tarski no dio una definición general de
verdad, y el hecho de que quizá su resultado más importante fue que esto no
podía hacerse siguiendo las líneas que le hubieran satisfecho, es notable
cuánto esfuerzo han puesto algunos críticos en el intento de persuadir-nos que
Tarski no consiguió ofrecernos una definición tal.
Dummett dice en el
«Prefacio» a Truth and Other Enigmas 20 que el «argumento
fundamental» de su artículo anterior «Truth» era que cualquier forma de teoría
de la redundancia (y él incluye a las defini-ciones de verdad de Tarski en esta
categoría) debe ser falsa porque ninguna teoría tal puede captar el sentido de
introducir un predicado de verdad. Esto puede verse, argumenta él, en el hecho
de que, si
18 Language and
Philosophy, Ithaca: Cornell, 1949, p. 104.
19 «Truth», en Proceedings
of the Aristotelian Society, L1X (1958–9): 141–162.
20 Londres: Duckworth, 1978.
15
tenemos una
definición tarskiana de verdad para un lenguaje que no entendemos, [155]
no tendremos idea
del sentido de introducir el predicado [...] a menos que [...] sepamos ya de
antemano cuál se supone que es el sentido de un predicado así definido. Pero,
si sabemos de antemano el sentido de introducir el predicado «verdadero»
entonces sabemos algo acerca del concepto de verdad expresado por el predicado
que no está encarnado en esta [...] definición de verdad [ibid., pp. xx–xxi].
Dummett añade que
«aunque este argumento era tan obvio cuan-do se formuló creo que mereció la
pena expresarlo en el momento» (ibid ). Tiene razón: el argumento
era obvio, y mereció la pena expre-sarlo, al menos para mí21. La aplicación a las teorías del
significado es importante; pero el asunto es más general: Tarski sabía que no
podía dar una definición general de verdad, y así no había ninguna manera
formal en la que él pudiera captar «el sentido» de introducir los predicados de
verdad, tanto si el sentido concernía a la conexión entre la verdad y el
significado o entre la verdad y algún otro concepto o conceptos.
21 Mi confusión en
este punto es más que evidente en «Truth and Meaning», en Inquiries in
to Truth and Interpretation (Nueva York, Oxford, 1984). Mi
equivocación fue pensar que podíamos a la vez tomar
una definición de verdad de Tarski como si nos dijera todo lo que necesitamos
saber acerca de la verdad y usar la definición para describir
un lenguaje real. Pero en el mismo artículo incluso discutí (de manera
inconsistente) cómo decir que una definición tal se aplicaba a un lenguaje.
Pronto reconocí el error. (Véase la «Introducción», pp. xiv–xv, y otros
artículos en Inquiries into Truth and Interpretation.)
16
Dummett y otros han
intentado de varias maneras hacernos a los lentos de mente apreciar el fracaso
de los predicados de verdad de Tarski para captar completamente el concepto de
verdad. La dificultad central, como hemos visto, se debe simplemente al hecho
de que las definiciones de Tarski no nos dan idea de cómo aplicar el concepto a
un caso nuevo, tanto si el caso nuevo es un nuevo lenguaje o una palabra
añadida de nuevas a un lenguaje [éstas son realmente la misma cuestión,
señalada de ambas maneras por Dummett (op.cit.) y de la segunda manera
por Hartry Field22]. Este rasgo de las definiciones de
Tarski puede a su vez fácilmente conectarse con el hecho de que dependen de dar
la extensión o referencia de los nombres o predicados básicos mediante la
enumeración de casos: una definición dada de esta manera no puede ofrecer
ninguna pista para el caso general o siguien-te. [156]
Un número de
criticas de, o comentarios sobre, el tratamiento de la verdad de Tarski
dependen del aspecto enumerativo de sus defini-ciones. Una de este tipo es la
afirmación de que las definiciones de Tarski no pueden explicar por qué, si la
palabra ‘nieve’ hubiera signifi-cado «carbón», la oración ‘la nieve es blanca’
hubiera sido verdadera si y sólo si la nieve hubiera sido negra. Putnam y
Soames hacen los dos este comentario, pero para Putnam es una crítica, mientras
que para Soames ilustra lo absurdo de esperar mucho de una teoría o definición
de la verdad. Otra queja es que las definiciones de Tarski no establecen la
conexión entre verdad y significado que muchos filósofos consideran
22 «Tarski’s Theory of
Truth», The Journal of Philosophy, LXIX, 13 (1972): 347–
375.
17
esencial. (De
nuevo, para Putnam esto muestra qué está básicamente equivocado en la
concepción de la verdad de Tarski; para Soames es un ejemplo más del aspecto
loablemente deflacionista de las definiciones de Tarski.) Un comentario
estrechamente relacionado es que Tarski no relaciona la verdad con el uso o los
usos del lenguaje (Field, Putnam, Soames, Dummett). Cualquiera que pudiera ser
el valor de estos comentarios merece la pera mantener en la mente que todos
ellos se remontan al mismo rasgo simple del trabajo de Tarski: al emplear una
lista finita y exhaustiva de casos básicos en el curso de definir la
satisfacción (en términos de la cual se define la verdad), él necesaria-mente
no consiguió especificar cómo continuar con otros casos.
A pesar de las
limitaciones que se han identificado o imaginado en el trabajo de Tarski sobre
la verdad, un número de filósofos, como hemos visto, han mantenido este trabajo
como si abarcara todos los rasgos esenciales de la verdad. Entre estos
filósofos se incluye a Rorty, Leeds, Michel Williams, Horwich, Soames, y, de
acuerdo con Putnam, Quine; también, de acuerdo con Rorty, a mí23.
Sin embargo yo no
pertenezco a esta lista. El argumento básico, que pretendía descubrir a Tarski
como un deflacionista, puede tomarse de dos maneras: como mostrando que él no
captó aspectos esenciales
23 No es sorprendente
que las concepciones de la gente de esta lista difieran en el sentido en el que
Tarski es un deflacionista. Horwich, por ejemplo, introdujo el término
‘deflacionista’ al hablar de Tarski, pero mantiene que el «esquema» de Tarski
da las condiciones de verdad, y así los significados, de las expresiones de un
lenguaje; su concepción es esencialmente la de mi «Truth and Meaning». La
mayoría de los otros piensa que el enfoque deflacionista de Tarski muestra que
la verdad tal como él la define no tiene nada que ver con el significado.
18
del concepto de
verdad, o como mostrando que el concepto de verdad no es tan profundo e
interesante como muchos han [157] pensado24. Como Dummett y Putnam, creo que
debemos tomarlo en la primera de estas dos maneras. La razón es simple. Nada en
las definiciones de verdad de Tarski sugiere lo que estas definiciones tienen
en común. A menos que estemos preparados para decir que no hay un único
con-cepto de verdad (incluso en cuanto aplicado a oraciones), sino sólo un
número de conceptos diferentes para los que usamos la misma palabra, tenemos
que concluir que hay más en el concepto de verdad —algo absolutamente básico,
de hecho— que las definiciones de Tarski no tocan. Lo que es ligeramente
sorprendente es que algunos filósofos que apelan a una versión del argumento
básico para mostrar que los predicados de verdad de Tarski son deflacionistas
acepten al mismo tiempo una teoría deflacionista. Pero si el argumento básico
es correc-to, muestra que definiciones como la de Tarski, o teorías construidas
sobre las mismas líneas, no pueden captar el concepto de verdad.
Hay además otra
afirmación o asunción sobre el trabajo de Tarski que, aunque a menudo va de la
mano de algunos de los puntos que acabamos de ensayar, merece una discusión
separada. El tema es que, si aceptamos una de las definiciones de verdad de
Tarski, entonces los
24 La primera actitud
aparece en el comentario de Putnam de que la propiedad que Tarski define no es
«ni siquiera dudosa o sospechosamente ‘cercana’ a la propiedad de la verdad es
sólo que no es la verdad en absoluto» (op. cit., p. 64). Soames
representa el segundo punto de vista: «lo que parece correcto acerca del
enfoque de Tarski es su carácter deflacionista.» Pero «la noción de la verdad
de Tarski no tiene nada que ver con la compresión o la interpretación
semántica» («What is a Theory of Truth?», pp. 429, 424).
19
enunciados que
deberían, si la verdad estuviera propiamente caracteri-zada, ser enunciados
empíricos se convierten en verdades de la lógica. Así, de acuerdo con Putnam,
una oración como «‘Schnee ist weiss’ es verdadera (en alemán) si y sólo si la
nieve es blanca» debería ser una verdad sustantiva acerca del alemán, pero si
por el predicado ‘s es verdadero (en alemán)’ sustituimos un predicado definido
al estilo de Tarski, la evidente verdad sustantiva se convierte en una verdad
de la lógica25. Es fácil ver que lo que quiera que
haya en este argumento depende del mismo rasgo del método de Tarski que hemos
estado discutiendo: si la extensión de un predicado se define mediante la lista
de cosas a las que se aplica, el aplicar el predicado a un elemento de la lista
dará como resultado un enunciado equivalente a una verdad lógica. (Por razones
técnicas ésta es una ex-[158]plicación sobresimpli-ficada de este aspecto del
método de Tarski cuando el lenguaje objeto incluye cuantificadores, etc. La fuerza
del comentario permanece26.) Ésta parece ser la razón principal
de Putnam para decir que Tarski fracasó «tanto como es posible fracasar» al
ofrecer un tratamiento filosófico de la verdad. Soames pudiera estar pensando
en la misma línea cuando mantiene que la única manera de defender la
interpreta-ción filosófica de Tarski de su trabajo es rechazar la exigencia de
que las aplicaciones de sus predicados de verdad y satisfacción tengan
contenido empírico. Cumplir la exigencia sería, dice Soames, «incom-
25 Para versiones de
este argumento, véase Putnam, op. cit., y «On Truth», en Leigh
Cauman et al, eds., How Many Questions (Indianápolis,
Hackett, 1983), pp. 35–56.
26 Para el desarrollo
de este tema, véanse los trabajos de Putnam a los que nos re-ferimos en la
última nota a pie de página; también Soames, op. cit.; y John
Etchemendy, «Tarski on Truth and Logical Consecuence», The Journal of
Symbolic Logic, LII(1988): 51–79.
20
patible» con el
trabajo de Tarski (op. cit., p. 425).
El argumento es
explicado con alguna extensión por John Etche-mendy (op.cit.). De
acuerdo con Etchemendy, el objetivo de Tarski era formular predicados con dos
propiedades: primero, deberían relacio-narse de una manera específica con el
concepto intuitivo de verdad y, segundo, deberían de estar garantizados, en la
medida de lo posible, contra la amenaza de paradoja e inconsistencia. La
primera condición se cumplía al inventar un concepto que pudiera fácilmente
mostrarse que se aplicaba a todas las oraciones verdaderas de un lenguaje y
sólo a ellas. La relación con el concepto intuitivo de verdad se hace manifiesta
mediante la convención–T. La convención–T exige que el predicado de verdad ‘s
es verdaderoL’ para un lenguaje L se caracterice de tal modo que implique, para toda
oración s de L, un teorema de la forma ‘s es verdaderoL si y sólo si
p’, cuando ‘s’ se reemplaza por una descripción sistemática de s y p se
reemplaza por una traducción de s al lenguaje de la teoría. Llamemos a estos
teoremas oraciones–T. El predicado en las oraciones–T, ‘s es verdaderoL’, es un predicado
monádico; el subíndice no es una variable, sino el nombre o la descripción de
un lenguaje particular y una parte no desligable del predicado. La relación con
el concepto común de verdad es evidente a partir del hecho de que las
oraciones–T siguen siendo verdaderas si por el predicado de verdad al estilo de
Tarski sustituimos el predicado castellano ‘s es verdadero en L’. (Este es un
predicado diádico: podemos sustituir nombres o des-cripciones de otros
lenguajes en el lugar de ‘L’.) La exigencia de que el predicado de verdad no
[159] amenace con introducir inconsistencias en la teoría o el lenguaje se
cumple al dar una definición explícita del predicado sin usar conceptos
semánticos; así, cualquier desafío a la
21
consistencia que
estos conceptos pudieran presentar ha sido evitado. Si el metalenguaje es
consistente antes de la introducción del predicado de verdad, está garantizado
que permanecerá así después de la intro-ducción.
Las oraciones–T que
contienen predicados de verdad de Tarski parecen transmitir
hechos sustantivos acerca del lenguaje objeto, a saber, que sus
oraciones son verdaderas bajo las condiciones especifi-cadas por la oración–T
(‘Schnee ist weiss’ es verdadero en alemán si y sólo si la nieve es blanca),
pero de hecho, dice Etchemendy, «no portan ninguna información acerca de las
propiedades semánticas del lengua-je, ni siquiera acerca de las
condiciones de verdad de sus oraciones» (su énfasis, op. cit., p.
57). La razón de esto es que las oraciones–T son verdades de la lógica, y así
no pueden decirnos nada que la lógica sola no pudiera decirnos. Las oraciones–T
son verdades de la lógica, a su vez, porque se siguen de las definiciones de
Tarski, y éstas son simple-mente estipulaciones; nos hemos desorientado a causa
de «la facilidad con la que leemos contenido sustantivo en lo que se pretende
como definiciones estipulativas, la facilidad con la que reemplazamos el ‘si y
sólo si’ de la definición por el ‘si y sólo si’ de los axiomas o teoremas» (op.
cit., p. 58). Si queremos afirmar hechos sustantivos acerca de un lenguaje,
debemos sustituir en las oraciones–T y en todas partes un predicado que
transmita algo como el concepto intuitivo de verdad. Si hacemos esto, «las
oraciones que hacemos se parecerán a veces sor-prendentemente a las cláusulas»
en las definiciones de Tarski y (si esto es correcto) darán como resultado
información genuina, acerca de las propiedades semánticas de un lenguaje.
22
Pero, y éste es el
mensaje central de Etchemendy, las dos empre-sas —la de definir la verdad de
acuerdo con los objetivos de Tarski, y la de proporcionar un tratamiento
semántico formal pero sustantivo de un lenguaje— no sólo son empresas
totalmente diferentes, sino que están en «una oposición bastante directa la una
con la otra... Porque sin dejar al lado el objetivo principal de Tarski, hay un
sentido en el que la semántica simplemente no puede hacerse» (op. cit.,
pp. 52–3). La diferencia entre las dos es que la primera exige un predicado que
pueda eliminarse sin residuos de todos los contextos, mientras que la segunda
requiere una noción de verdad «fija, metateórica». Emplear el segundo concepto
frustraría directamente el sentido del proyecto de Tarski. Así, la relación
entre el logro pretendido y conse-[160]guido con éxito de Tarski, por un lado,
y el proyecto de proporcionar una manera de describir la semántica de los
lenguajes interpretados, por otro, es «poco más que un accidente fortuito» (op.
cit., pp. 52-3).
Putnam, Soames y
Etchemendy están de acuerdo en que las ora-ciones–T de Tarski sólo parece que
expresan verdades empíricas acerca de un lenguaje; son de hecho «tautologías»
(Putnam). Ellos difieren en sus valoraciones de la tesis en la que están de
acuerdo: Putnam27 cree que lo que
Tarski definió «simplemente no es la verdad en absoluto»; Soames y Etchemendy
afirman que Tarski sí que hizo lo que se propuso. Soames mantiene que Tarski
tenía razón al dar un tratamiento deflacionista de la verdad, mientras que
Etchemendy cree que la semántica empírica es un estudio legítimo que Tarski no
estaba persiguiendo.
27 «A Comparison of
Something with Else», p. 64.
23
¿Qué deberíamos
pensar acerca de estas afirmaciones? Una cosa es cierta: Tarski no estaba de
acuerdo con estas valoraciones de sus resultados. En «The Semantic Conception
of Truth»28, hay una sección titulada
«Conformity of the Semantic Conception of Truth with Phi-losophical and
Common–Sense Usage». Permítanme que cite de ella:
En lo que a mi
propia opinión concierne, no tengo ninguna du-da de que nuestra formulación
está conforme con el contenido intui-tivo de la de Aristóteles... se han
expresado algunas dudas acerca de si la concepción semántica refleja la noción
de verdad en su uso común y cotidiano. Me doy cuenta claramente [...] de que el
significado co-mún de la palabra «verdadero» —como el de cualquier otra palabra
del lenguaje de todos los días— es hasta cierto punto vago [...]. Así [...]
toda solución a este problema implica necesariamente una cierta desviación de
la práctica del lenguaje de todos los días.
A pesar de todo
esto, ocurre que creo que la concepción semán-tica está conforme en una medida
considerable con el uso de sentido común [...] [ibid., p. 360].
Al plantear su
problema, Tarski no se distancia del proyecto de caracterizar conceptos que
pueden usarse como se usan los conceptos semánticos ordinarios; conceptos que
expresan, como él dice, «co-nexiones entre las expresiones de un lenguaje y los
objetos y estados de cosas referidos por esas expresiones»29. Él no se propone, [161] dice,
28 Philosophy and
Phenomenological Research, IV (1944): 341–375.
29 «The Establishment
of Scientific Semantics», en Logic. Semantics, Meta-mathematics. Nueva
York: Oxford, 1956, p. 401.
24
asignar un
significado nuevo a una palabra antigua, sino «capturar el significado real de
una noción antigua»30. En otras palabras, él es
bastante explícito en que no pretende, como mantiene Etchemendy, que sus
definiciones sean puramente estipulativas.
Tarski describe su
proyecto como «The Establishment of Scienti-fic Semantics», y dice que «los
conceptos semánticos expresan ciertas relaciones entre objetos (y estados de
cosas) referidos por el lenguaje que se discute y expresiones del lenguaje que
refieren a esos objetos»31. Él considera la verdad de una
oración como su «correspondencia con la realidad» (ibid.). Tarski
considera estas caracterizaciones de los conceptos semánticos como «vagas»,
pero claramente estarían total-mente equivocadas si los conceptos semánticos no
tuvieran ninguna aplicación empírica. Cuando Tarski exige que sus definiciones
sean «materialmente adecuadas y en concordancia con el uso ordinario»,
argumenta que la convención–T es justo lo que nos asegura que la condición se
cumple. El argumento es éste: dado un lenguaje que entendemos, un lenguaje
interpretado como el castellano, reconocemos como verdaderas todas las
oraciones de la forma «‘la nieve es blanca’ es verdadera si y sólo si la nieve
es blanca». Tarski llama a tales oracio-nes «definiciones parciales» de la
verdad. Obviamente, una definición que implica todas estas oraciones tendrá la
misma extensión que el concepto intuitivo de verdad con el cual empezamos.
Admitir esto es contar a las oraciones–T como si tuvieran contenido empírico;
de otra manera la convención–T no tendría sentido, ni lo tendría la insistencia
30 «The Semantic
Conception of Truth», p. 341.
31 «The Establishment
of Scientific Semantics», pp. 403–4.
25
de Tarski de que
está interesado en definir la verdad sólo para lengua-jes interpretados.
Debemos concluir,
creo, que, si Etchemendy, Soames, y Putnam tienen razón, Tarski confundió
completamente su objetivo y la natura-leza de lo que consiguió. Sin embargo,
sorprendentemente se necesita poco para reconciliar a Tarski con Etchemendy.
Etchemendy acepta, por supuesto, que «Tarski introdujo precisamente las
técnicas matemá-ticas que se necesitaban para un tratamiento iluminador de las
propie-dades semánticas de ciertos lenguajes simples» y «llegar desde una
definición tarskiana de verdad a un tratamiento sustantivo de las propiedades semánticas
del lenguaje objeto puede involucrar tan poco como la reintroducción de una
noción primitiva de verdad» (op. cit.,
pp. 59-60). El truco es
sólo añadir a la definición de Tarski [162] de un predicado de verdad para un
lenguaje L (digamos, ‘s es verdaderoL’) el comentario de que el predicado
de Tarski vale para todas las oraciones verdaderas de L y sólo para ellas.
Aquí, por supuesto, la palabra ‘verdadero’ expresa el concepto no definido,
sustantivo, de la vida real, que necesitamos para la semántica seria. Llamemos
a este comentario el Axioma de Verdad.
La primera cosa que
hay que notar es que, si el lenguaje era con-sistente antes de que añadiésemos
el axioma de verdad, el axioma de verdad no puede hacerlo inconsistente en la
medida en que no dota-mos formalmente a nuestro nuevo predicado de ninguna propiedad.
Puede tener todo tipo de propiedades interesantes y no se hará
ningún daño formal si las propiedades no se meten explícitamente en la teoría;
y no se hará ningún daño informal si las propiedades adicionales no
26
Añadir el axioma de
verdad es, desde un punto de vista formal, inocuo; es además inútil. Porque
podemos de la misma manera consi-derar el predicado de verdad de Tarski ‘s es
verdaderoL’ como si tuviera las propiedades de nuestro predicado de la vida real
‘s es verdadero en L’, siempre y cuando estas propiedades no creen
inconsistencias. La objeción a este pensamiento es que ya no podemos sentimos
confiados de que, si tuviéramos que especificar todas las propiedades del
predi-cado de la vida real, podrían resultar inconsistencias; no sabemos
exactamente qué significa nuestro predicado de verdad. La «defini-ción» de
verdad ya no es una definición puramente estipulativa.
Consideremos un
lenguaje objeto formalizado y un metalenguaje exactamente como aquellos
descritos por Tarski en las secciones 2 y 3 de «The Concept of Truth in
Fomalized Languages»32. Ahora añadamos las definiciones de
Tarski que conducen a, e incluyen, la definición de verdad; pero no las llamemos definiciones,
y pensemos en ellas como si emplearan expresiones empíricamente significativas
apropiadas para describir la semántica del lenguaje objeto (que ha sido
interpretado por Tarski como si fuera sobre el cálculo de clases). De acuerdo
con Etchemendy, la diferencia entre este nuevo sistema y el original de Tarski
es extrema: el nuevo sistema describe correctamente la semánti-ca del lenguaje
objeto, mientras que el sistema de Tarski meramente define un predicado que no
puede usarse para afirmar nada, verdadero o falso, acerca de ningún lenguaje
interpre-[163]tado particular. Las definiciones de Tarski convierten a las
oraciones–T implicadas en
32 En Logic,
Semantics, and Metamathematics.
27
verdades lógicas;
el nuevo sistema las conserva como comentarios instructivos acerca de las
condiciones de verdad de las oraciones. Pero este cambio poderoso no toca el
sistema formal de ninguna manera; es un cambio en cómo describimos el sistema,
no en el sistema mismo. Si el sistema de Tarski es consistente, lo mismo lo es
el nuevo.
Todo el asunto
gira, pues, alrededor de cómo consideramos las definiciones. Algunas
definiciones claramente pretenden introducir palabras nuevas; otras tienen como
objetivo expresar verdades sustan-tivas de un tipo u otro. Como hemos visto,
Tarski no pretendió que sus definiciones encajaran un significado nuevo en un
término viejo, sino «captar el significado real de una noción vieja»33.
Deberíamos ahora
echar una mirada retrospectiva al tema, que no sólo se encuentra en Etchemendy,
sino también en Putnam y Soames, de que las definiciones de verdad de Tarski no
pueden tener nada que ver con la semántica o la interpretación de lenguajes reales
porque, dadas sus definiciones, los teoremas relevantes (es decir, las
oraciones-
T) son verdades
lógicas. De hecho, son verdades lógicas sólo sobre la asunción de que las
definiciones de verdad de Tarski son puramente estipulativas, que nos dicen
todo lo que hay que saber acerca del predicado que él define. No hay razón para
aceptar esta asunción. Una
33 Etchemendy sugiere
que el ‘si y sólo si’ de una definición no tiene el mismo significado que el
‘si y sólo si’ de una afirmación sustantiva, pero yo no creo que este
comentario deba tomarse en serio puesto que la diferencia no produce ninguna
diferencia en absoluto dentro del sistema, y si tuviéramos que marcar la
supuesta diferencia introduciendo símbolos diferentes, las reglas de inferencia
del sistema tendrían que alterarse. Etchemendy dice que su sugerencia no
pretendía ser en serio (conversación privada).
28
analogía simple
dejará esto claro. Supongamos que ofrecemos como una definición del predicado
‘x es un planeta solar’ lo siguiente: x es un planeta solar si y sólo si x es
exactamente uno de los siguientes: Mercu-rio, Venus, La Tierra, Marte, Júpiter,
Saturno, Urano, Neptuno, Plutón. Esto implica la oración–P ‘Neptuno es un
planeta solar’. ¿Es esto último una verdad lógica? Uno también podría decir eso
si nuestra definición fuera puramente estipulativa, de otra manera no. La
cuestión de si es puramente estipulativa no es una que pueda responderse
estudiando el sistema formal; tiene que ver con las intenciones de la persona
que hace la definición. Si simplemente se nos presentara la oración que define,
a duras penas po-[164]dríamos dejar de damos cuenta de que, si interpretamos
las palabras más o menos de la forma usual, expresa una verdad sustantiva.
Apelando a la convención–T, Tarski nos invita a fijamos en un rasgo análogo de
sus definiciones de verdad.
¿Qué deberíamos
concluir acerca de cómo Tarski pretendió que tomáramos sus definiciones? Las
indicaciones pueden parecer ambi-guas. Por un lado, tenemos su afirmación
repetida y explícita de que él quería, y pensó que lo había hecho, «captar el
significado real» del concepto intuitivo de verdad, en la medida en que esto
era posible; por otra parte, él claramente dependía del hecho de que sus
definiciones permitieran la eliminación de todo el vocabulario semántico
explícito para garantizar que su concepto no introduciría inconsistencias en un
lenguaje de otro modo consistente. Pero ¿muestra esto que Tarski estaba
confundido? Creo que no. Aquí hay una manera de ver el asunto.
Las definiciones de
Tarski dotan a sus predicados de verdad con
29
propiedades que
aseguran que definen la clase de oraciones verdaderas de un lenguaje. Si los
predicados no tienen otras propiedades, sabemos que no engendrarán
inconsistencias. Esto hace útiles a los predicados para ciertos propósitos. Si
pensamos en los predicados de verdad como si tuvieran otras propiedades no
especificadas, no podemos estar seguros de que aquellas propiedades no causen
problemas si se las hace explícitas. Pero no hay nada que nos prohíba trabajar
dentro del sistema de Tarski y reconocer al mismo tiempo que los predicados de
verdad pueden tener otras propiedades esenciales, siempre y cuando no hagamos
uso de las propiedades no especificadas. De esta forma, podemos tomar todas las
ventajas del logro técnico de Tarski y sin embargo no tratar a los contenidos
de sus teorías como «vacíos» o «meramente» formales.
Considerar el
trabajo de Tarski bajo esta luz es admitir que hay un sentido en el que él no
define un concepto de verdad, ni siquiera para lenguajes particulares. Él
definió la clase de las oraciones verda-deras dando la extensión del predicado
de verdad, pero no dio el significado. Esto se sigue en el momento en que
decidimos que las oraciones–T tienen contenido empírico, porque esto implica
que hay más en concepto de verdad de lo que la definición de Tarski nos dice.
Mi argumento no es que Tarski pudiera, después de todo, haber captado un
concepto sustancial de verdad, sino que no necesariamente nos confundimos si
interpretamos sus sistemas formales como teorías empíricas sobre los lenguajes.
Al hacer eso, evitamos dos tesis poten-cialmente mutilantes acerca de la
verdad, tesis que, como [165] hemos visto, son bastante comunes hoy. Una es que
el trabajo de Tarski está bastante poco relacionado con el concepto de verdad
como lo enten-
30
demos comúnmente,
de modo que, si queremos estudiar la semántica de los lenguajes interpretados,
debemos de tomar otro rumbo. Caribdis es la tesis de que, aunque la versión de
la verdad de Tarski es mera-mente desentrecomilladora, dice todo lo que hay que
decir acerca del concepto de verdad.
Mi propio punto de
vista es que Tarski no ha dicho mucho de lo que queremos saber acerca del
concepto de verdad, y de que debe haber más. Debe haber más porque no hay
ninguna indicación en el trabajo formal de Tarski de qué es lo que sus
distintos predicados de verdad tienen en común, y esto debe formar parte del
contenido del concepto. No es suficiente señalar a la convención–T como esta
indica-ción, porque no dice nada de la cuestión de cómo sabemos que una teoría
de la verdad para un lenguaje es correcta. El concepto de verdad tiene
conexiones esenciales con los conceptos de creencia y significado, pero esas
conexiones no están tocadas por el trabajo de Tarski. Es aquí donde deberíamos
esperar destapar lo que echamos en falta en las caracterizaciones de Tarski en
los predicados de verdad.
Lo que Tarski ha
hecho por nosotros es mostrar en detalle cómo describir el tipo de patrón que
la verdad debe hacer, tanto en el lengua-je como en el pensamiento. Lo que
necesitamos hacer ahora es decir cómo identificar la presencia de tal patrón o
estructura en la conducta de la gente.
II. VERDAD Y
CONOCIMIENTO
Si no hubiera nada
más que saber acerca del concepto de verdad
31
que lo que podemos
aprender de las definiciones de Tarski de los predicados de verdad, no
tendríamos un uso claro para el concepto de verdad aparte de la conveniencia
menor de su función desentrecomi-lladora, puesto que Tarski ha mostrado cómo
eliminar tales predicados sin residuo semántico. Cualquier conexión de la
verdad con el signifi-cado o la creencia sería discutible. Si consideramos que
las definiciones de Tarski son puramente estipulativas, los teoremas que tales
predica-dos nos permiten probar, en particular las oraciones–T, son
equivalen-tes a las verdades de la lógica; a menos que leamos más en los
predica-dos de verdad de lo que las definiciones proporcionan, estos teoremas
no pueden, por tanto, ofrecer verdades empí-[166]ricas acerca de las oraciones
de cualquier lenguaje, y no pueden tomarse como si dieran las condiciones de
verdad de las oraciones.
Tarski nunca afirmó
que sus predicados hicieran más que escoger la clase de las oraciones
verdaderas en lenguajes particulares. Cierta-mente él no creía que hubiera
definido un predicado de verdad general, ni se propuso exceder los límites de
la extensionalidad. Captar el significado, como algo distinto de la extensión,
no era parte de su proyecto. Ni le importaba que pudiera haber otras maneras de
caracte-rizar las mismas clases de oraciones —maneras que pudieran ser más
iluminadoras para propósitos diferentes del suyo—.
Los dos puntos
están relacionados puesto que no hay ninguna manera evidente de dar una
caracterización general de la verdad sin introducir criterios de un tipo
bastante diferente a aquellos a los que Tarski apeló. Se sugiere a veces por
los partidarios de una concepción deflacionista de la verdad que la
convención–T proporciona una
32
respuesta adecuada
a la cuestión de lo que tienen en común los distin-tos predicados de verdad de
Tarski. Pero no deberíamos damos por satisfechos con esta idea. Porque en
aquellos casos en los que el lenguaje objeto está contenido en el metalenguaje,
el requisito es meramente sintáctico: nos dice algo acerca de los predicados,
pero no mucho acerca del concepto. En otros casos su aplicación depende de
nuestra previa comprensión de la noción de traducción, un concepto mucho más
oscuro que el de la verdad. El punto central es éste: aparte de nuestra
comprensión del concepto de traducción, la convención–T no nos da ninguna idea
de cómo decir en general cuándo uno de los predicados de verdad de Tarski se
aplica a un lenguaje particular. El no define el concepto de traducción34.
Todavía nos falta,
pues, un enfoque satisfactorio del rasgo o ras-gos generales del concepto de
verdad que no podemos encontrar en Tarski. Sin embargo, podemos aprender mucho
de Tarski. Sus cons-trucciones hacen, por ejemplo, evidente que, para un lenguaje
con algo como el poder expresivo de un lenguaje natural, la clase de las
oracio-nes verdaderas no puede caracterizarse sin introducir una rela-[167]ción
como la satisfacción, que conecta palabras (términos singu-lares, predicados)
con objetos. Si consideramos la satisfacción como
34 Michael Williams
dice que un deflacionista piensa que «lo que se lleva de un lenguaje a otro...
es la utilidad, para cada lenguaje, de tener su propio mecanismo
desentrecomillador» —«Scepticism and Charity», Ralio (New
Series), I (1988), p. 180—. Pero aparte de asignar un significado claro a la
«utilidad» de un mecanismo, esta el hecho de que en un lenguaje podemos hablar
de la verdad en otro lenguaje; y aquí la generalización sugerida por Williams
no puede hacerlo mejor que la convención–T, con su apelación esencial a la
traducción.
33
una forma
generalizada de referencia, Tarski ha mostrado cómo la verdad de las oraciones
depende de los rasgos semánticos (i.e., referen-cia) de ciertas partes propias
de las oraciones. (Por supuesto, Tarski no define el concepto general de
referencia más de lo que lo hace con el de verdad.) Así, incluso sin una
respuesta a la cuestión de cómo sabemos cuándo una definición de verdad se
aplica a un lenguaje dado, Tarski ha mostrado cómo el concepto de verdad puede
usarse para dar una descripción clara de un lenguaje. Por supuesto, para dar
tal descrip-ción, debemos captar el concepto de verdad primero; pero podemos
captar eso sin ser capaces de formular una descripción sistemática de un
lenguaje. La convención–T conecta nuestra comprensión ingenua del concepto con
la ingeniosa maquinaria de Tarski; nos persuade de que los trabajos de la
maquinaria están de acuerdo con el concepto como lo conocíamos.
Esto es, entonces,
lo que podemos aprender de Tarski acerca del concepto de verdad: puesto que es
obvio que no ha definido el concep-to general de verdad, podemos ignorar la
sugerencia de que sus definiciones estipulativas captan todo lo que hay de este
concepto. Pero no hay razón para no hacer uso de la estructura que llevó a las
defini-ciones de Tarski. Para hacer esto, no necesitamos hacer ningún cambio en
los sistemas formales de Tarski; una vez que nos damos cuenta de que esos
sistemas no reflejan aspectos importantes de los conceptos de verdad y
referencia, podemos considerar a los predicados de verdad y referencia
(satisfacción) como primitivos en las cláusulas que llevan a
las caracterizaciones recursivas de Tarski de referencia y verdad. Si
encontramos que la palabra ‘definición’ encaja mal con la idea de que los
predicados son primitivos, podemos eliminar la palabra; esto no
34
cambiará el
sistema. Pero para honrar el reconocimiento de que los predicados semánticos
son primitivos, podemos eliminar el paso final que para Tarski convierte las
caracterizaciones recursivas en definicio-nes explícitas, y considerar los
resultados como teorías axiomatizadas de la verdad35. [168]
Una teoría
axiomatizada de la verdad puede compararse con, di-gamos, la axiomatización de
la probabilidad de Kolmogorov, que pone claras restricciones al concepto de
probabilidad, pero deja abiertas cuestiones tales como si la probabilidad tiene
que ser caracterizada posteriormente como frecuencia relativa, grado de
creencia, o alguna otra cosa. El tratamiento axiomático de Ramsey de la
preferencia ante la incertidumbre, cuando se aplica a un agente particular, es
análogo a
35 Tarski reconoció la
posibilidad de dar teorías axiomáticas de la verdad, y seña-ló que ‘no hay nada
esencialmente equivocado en tal procedimiento semántico y podría ser útil para
varios propósitos’ («The Semantic Conception of Truth», p. 352). Tarski tenía
un número de razones para preferir una definición explícita a un tratamiento
axiomático del concepto de verdad. Primero, él nota que la elección de axiomas
«tiene más bien un carácter accidental, dependiendo de factores inesenciales
(tales como por ejemplo el estado real de nuestro conocimiento)». Segundo, sólo
una definición explícita puede garantizar la consistencia del sistema
resultante (dada la consistencia del sistema previa a la introducción de nuevos
conceptos primitivos); y, tercero, sólo una definición explícita puede dominar
las dudas de si el concepto está ‘en armonía con los postulados de la unidad de
la ciencia y el fisicalismo’ («The Establishment of Scientific Semantics», pp.
405–6). El primer peligro se evita si los axiomas se restringen a las cláusulas
recursivas que se necesitan para caracterizar la satisfacción; escapamos del
segundo (menos concluyentemente) tan pronto como las maneras conocidas de
producir paradojas no se introducen; y la amenaza de que la verdad podría
resultar no ser reducible a conceptos físicos es una amenaza de la cual, en mi
opinión, ni podemos ni deberíamos querer escapar.
35
una teoría
axiomatizada de la verdad en el siguiente respecto, que ofrece una teoría
separada para cada agente, del mismo modo en que las teorías de la verdad
tarskianas son peculiares de un lenguaje, o, como propondré, de un individuo.
Así como una teoría
tarskiana no nos dice cómo determinar el que la teoría se aplique a un lenguaje
o a un hablante particulares, así nada en las teorías de Ramsey nos dice cuándo
una teoría tal se aplica a un agente particular. La cuestión en el caso de la
teoría de la decisión es, en parte, especificar las condiciones que un agente
debe satisfacer para que se diga que prefiere un objeto o curso de acción a
otro. En el caso de una teoría de la verdad, lo que queremos saber es cómo
decir cuándo las oraciones–T (y así la teoría como un todo) describen el
lenguaje de un grupo o de un individuo. Esto obviamente requiere especificar al
menos parte del contenido del concepto de verdad que los predicados de verdad
de Tarski no consiguen captar.
¿Qué añadimos,
entonces, a las propiedades de verdad que Tarski ha delineado cuando aplicamos
el concepto intuitivo de verdad? Aparte de la posición de que Tarski dijo todo
lo que puede o debería decirse acerca de la verdad, una posición que discutí y
rechacé en la primera sección de este artículo, creo que la mayoría de las
propuestas contem-poráneas caen en dos categorías amplias: aquellos que
hu-[169]mani-zan la verdad haciéndola básicamente epistémica, y aquellos que
promocionan alguna forma de teoría de la correspondencia.
Muchos filósofos,
en particular recientemente, han mantenido que la verdad es un concepto
epistémico: incluso cuando no han mantenido explícitamente esta tesis, sus
posiciones la han implicado a
36
menudo. Las teorías
de la verdad como coherencia se mueven habi-tualmente por un motor epistémico,
como lo hacen las caracterizacio-nes más pragmáticas de la verdad. El
antirrealismo de Dummett y Crispin Wright, la idea de Peirce de que la verdad
es donde la ciencia acabara si continúa el tiempo suficiente, la afirmación de
Richard Boyd de que la verdad es lo que explica la convergencia de las teorías
cientí-ficas y el realismo interno de Putnam, todas incluyen o implican un
enfoque epistémico de la verdad. Quine también ha mantenido, al menos a veces,
que la verdad es interna a una teoría del mundo y así que en esta medida
depende de nuestra postura epistemológica. El relativismo acerca de la verdad
es quizás siempre un síntoma de infección por el virus epistemológico; esto
parece en cualquier caso ser verdad para Quine, Nelson Goodman y Putnam.
Aparentemente
opuestas a estas concepciones está la idea intuiti-va de que la verdad,
quitando algunos pocos casos especiales, es completamente independiente de
nuestras creencias; como se dice a veces, nuestras creencias podrían ser
exactamente como son y sin embargo la realidad —y así la verdad acerca de la
realidad— ser muy diferente. De acuerdo con esta intuición, la verdad es
‘radicalmente no epistémica’ (así caracterizó Putnam el ‘realismo
transcendental’), o ‘transcendente a la evidencia’ (para usar la expresión de
Dummett para el realismo). (Tanto Putnam como Dummett se oponen, por supuesto,
a estas concepciones.) Si estuviéramos buscando etiquetas para estas dos
concepciones de la verdad, podríamos quedamos con los adjetivos ‘epistémico’ y
‘realista’; la aserción de una atadura esencial a la episte-mología introduce
una dependencia de la verdad de lo que de algún modo puede ser verificado por
criaturas racionales finitas, mientras
37
que la negación de
cualquier dependencia de la verdad de la creencia u otra actitud humana define
un uso filosófico de la palabra ‘realismo’.
En la siguiente y
última sección de este artículo, esbozo una aproximación al concepto de verdad
que rechaza ambas concepciones de la verdad. No me propongo reconciliar las dos
posiciones. Conside-ro insostenibles las concepciones epistémicas, e ininteligibles
en último extremo a las concepciones realistas. Que ambas concepciones, que sin
duda responden a intuiciones poderosas, están [170] fundamentalmen-te
equivocadas está al menos sugerido por el hecho de que ambas invitan al
escepticismo. Las teorías epistémicas son escépticas de la misma manera en que
son escépticos el idealismo o el fenomenalismo; son escépticos no porque hagan
a la realidad incognoscible, sino porque reducen la realidad a mucho menos de
lo que creemos que es. Las teorías realistas, por otra parte, parecen arrojar
en la duda no sólo nuestro conocimiento de lo que es «transcendente a la
evidencia», sino a todo el resto de lo que creemos que conocemos, porque tales
teorías niegan que lo que es verdad esté conectado conceptualmente de alguna
manera con lo que creemos.
Consideremos el
proyecto de dar contenido a una teoría de la verdad. Las definiciones de Tarski
se alcanzan normalmente a través de varios pasos. Primero, hay una definición
de lo que es ser una oración en el lenguaje objeto; después una caracterización
recursiva de una relación de satisfacción (la satisfacción es una versión de la
referencia altamente generalizada); la caracterización recursiva de la
satisfacción se convierte en una definición explícita a la manera de Gottlob
Frege y Dedekind; después la verdad se define sobre la base de los conceptos de
38
oración y
satisfación. Estamos eliminando el paso que convierte a la caracterización
recursiva de la satisfacción en una definición, haciendo asi explícito el hecho
de que estamos tratando a los predicados de verdad y satisfacción como
primitivos.
Desde un punto de
vista formal, es una cuestión de elección cuál de los dos conceptos semánticos,
satisfacción o verdad, tomemos como básico. La verdad, como Tarski mostró, se
define fácilmente sobre la base de la satisfacción; pero, alternativamente, la
satisfacción puede considerarse como cualquier relación que ofrezca un enfoque
correcto de la verdad. El trabajo de Tarski puede parecer que da señales
incier-tas. El hecho de que la verdad de las oraciones se defina apelando a las
propiedades semánticas de las palabras sugiere que, si pudiéramos dar un
enfoque satisfactorio de las propiedades semánticas de las palabras
(esencialmente, de la referencia o de la satisfacción), entenderíamos el
concepto de verdad. Por otro lado, el papel clave de la convención–T para
determinar que la verdad, como se caracteriza por la teoría, tiene la misma
extensión que el concepto intuitivo de verdad, hace parecer que es la verdad
más que la referencia lo que es el primitivo básico. La segunda es, creo, la
concepción correcta. En su apelación a la conven-ción–T, Tarski asume, como
hemos visto, una captación previa del concepto de verdad; entonces muestra cómo
esta intuición puede completarse en detalle para lenguajes particulares. Esta
compleción requiere la introducción de un [171] concepto referencial, una
relación entre palabras y cosas —alguna relación como la satisfacción—. La
historia acerca de la verdad genera un patrón en el lenguaje, el patrón de las
formas lógicas, o gramática propiamente concebida, y el entra-mado de
dependencias semánticas. No hay forma de contar esta
39
historia, que,
siendo acerca de la verdad, es acerca de oraciones o de sus ocasiones de uso,
sin asignar papeles semánticos a las partes de las oraciones. Pero no se apela
a una comprensión previa del concepto de referencia.
Esta manera de
concebir una teoría de la verdad va en contra de la tradición. De acuerdo con
la tradición, nunca podríamos llegar a entender oraciones en su amplia o
incluso infinita colección a menos que entendamos las palabras, tomadas de un
vocabulario finito, de las que están compuestas; por tanto, las propiedades
semánticas de las palabras deben aprenderse antes de que entendamos las
oraciones y las propiedades semánticas de las palabras tienen prioridad
conceptual porque son ellas las que explican las propiedades semánticas —por
encima de todo las condiciones de verdad— de las oraciones. Creo que esta línea
de argumento, que comienza con una perogrullada, termina con una conclusión
falsa; así que algo debe estar mal. El error es confundir el orden de la
explicación que es apropiado una vez que la teoría está, con la explicación de
por qué la teoría es correcta. La teoría es correcta porque ofrece las
oraciones–T correctas; su corrección se contrasta contra nuestra captación del
concepto de verdad tal como se aplica a oraciones. Puesto que las oraciones–T
no dicen nada en absoluto acerca de la referencia, la satisfacción, o de las
expresiones que no son oraciones, la contrastación de la corrección de la
teoría es independiente de las intuiciones que conciernen a estos conceptos.
Una vez que tenemos la teoría, sin embargo, podemos explicar la verdad de las
oraciones sobre la base de sus estructuras y de las propiedades semánticas de
las partes. La analogía con las teorías de la ciencia es completa: para organizar
y explicar lo que observamos
40
directamente,
postulamos objetos y fuerzas no observadas u observa-das indirectamente; la
teoría se contrasta mediante lo que se observa directamente.
La perspectiva
sobre el lenguaje y la verdad que hemos ganado es ésta: lo que está abierto a
la observación es el uso de las oraciones en contexto, y la verdad es el
concepto semántico que mejor entendemos. La referencia y las nociones
semánticas relacionadas como la satisfac-ción son, por comparación, conceptos
teóricos (como lo son las nociones de término singular, predicado, conectiva
oracional, y el resto). No puede cuestionarse la corrección de estos conceptos
teóri-[172]cos más allá de la cuestión de si ofrecen un enfoque satisfactorio
del uso de las oraciones.
Un efecto de estas
reflexiones es fijarse en la centralidad del con-cepto de verdad en la
comprensión del lenguaje; es nuestra captación de este concepto lo que nos
permite dar sentido a la cuestión de si una teoría de la verdad para un
lenguaje es correcta. No hay razón para buscar un enfoque previo, o
independiente, de alguna relación refe-rencial. La otra consecuencia principal
de la presente posición es que ofrece una oportunidad para decir con bastante
exactitud lo que falta en una teoría de la verdad al estilo de Tarski en cuanto
enfoque de la verdad.
Lo que falta es la
conexión con los usuarios del lenguaje. Nada contaría como una oración, y el
concepto de verdad no tendría por tanto aplicación, si no hubiera criaturas que
usaran oraciones al proferir o inscribir ejemplares de ellas. Cualquier enfoque
completo del concepto de verdad debe relacionarlo con el intercambio
lingüístico
41
real. Más
precisamente: la cuestión de si una teoría de la verdad es verdadera para un
lenguaje dado (esto es, para un hablante o grupos de hablantes) tiene sentido
sólo si las oraciones de este lenguaje tienen un significado que es
independiente de la teoría (de otra forma la teoría no es una teoría en el
sentido usual, sino una descripción de un lengua-je posible). O para volver a
la forma definicional preferida por Tarski: si puede plantearse la cuestión de
si una definición de verdad realmen-te define la verdad para un lenguaje dado,
el lenguaje debe tener una vida independiente de la definición (de otro modo la
definición es meramente estipulativa: específica, pero no es verdadera de, un
lengua-je).
Si supiéramos en
general lo que hace que una teoría de la verdad se aplique correctamente a un
hablante o grupo de hablantes, podría plausiblemente decirse que entendemos el
concepto de verdad; y si pudiéramos decir exactamente qué es lo que hace que
una teoría tal sea verdadera, podríamos dar un tratamiento explícito —quizás
una definición— de la verdad. La evidencia última, como opuesta a un criterio,
para la corrección de una teoría de la verdad debe descansar en los hechos
disponibles acerca de cómo los hablantes usan el lenguaje. Cuando digo
disponibles, quiero decir públicamente dispo-nibles —disponibles no sólo en
principio, sino disponibles en la practica para cualquiera que sea capaz de
entender al hablante o hablantes del lenguaje—. Puesto que todos nosotros
entendemos a algunos hablantes de algunos lenguajes, todos nosotros debemos
tener evidencia adecuada para atribuir condiciones de verdad a las
pre-[173]ferencias de algunos hablantes; todos nosotros tenemos, por tanto, una
captación competente del concepto de verdad tal como se
42
aplica a la
conducta del habla de otros.
¿Hemos sentado
ahora la cuestión de si la verdad es radicalmente no epistémica, como los
realistas declaran, o básicamente epistémica, como mantienen otros? Podría
decirse que la cuestión se ha sentado en favor de la concepción subjetiva o
epistémica, puesto que hemos seguido una línea de argumento que llega a la
conclusión de que lo que decide si una teoría de la verdad para un lenguaje es
verdadera es cómo se usa este lenguaje, Pero de hecho la cuestión no está
sentada, porque los realistas podrían considerar que la cuestión de si la
teoría es verdadera para un lenguaje o grupo de hablantes dado es de hecho
empírica, pero sólo porque la cuestión de qué significan las palabras es
empírica; el problema de la verdad, puede considerarse, tiene todavía que responderse
bien por la teoría misma o de alguna otra manera.
¿Contiene la teoría
ya la respuesta? La contiene si hay fundamento para la afirmación de que una
teoría de la verdad tipo Tarski es una teoría de la correspondencia, porque
entonces la teoría debe en efecto definir a la verdad como correspondencia con
la realidad —la forma clásica de realismo con respecto a la verdad—. Tarski
mismo dijo que quería que sus definiciones de verdad «hagan justicia a las
intuiciones que apoyan a la concepción clásica de la verdad»;
entonces cita la Metafísica de Aristóteles («decir de lo que
es que es, o de lo que no es que no es, es verdadero»), y ofrece
como una formulación alternativa
La verdad de una
oración consiste en su acuerdo (o correspon-dencia) con la realidad.
43
(Tarski36 añade que la
expresión ‘teoría de la correspondencia’ ha sido sugerida por esta manera de
ver las cosas.) Yo mismo he argu-mentado en el pasado que las teorías del tipo
que Tarski enseñó a producir eran teorías de la correspondencia de un tipo37. Dije esto [174]
sobre la base de que no hay manera de dar tal teoría sin emplear un concepto
como el de referencia o satisfacción que relaciona expresio-nes con objetos en
el mundo.
Me parece ahora que
ha sido un error llamar a tales teorías teorí-as de la correspondencia. Aquí
está la razón por la que creo que fue un error. La queja habitual acerca de las
teorías de la correspondencia es que no tiene sentido sugerir que es posible de
algún modo comparar las palabras o las creencias de uno con el mundo, puesto
que el intento debe siempre concluir simplemente con la adquisición de más
creen-cias. Esta queja fue expresada, por ejemplo, por Otto Neurath38, quien por
esta razón adoptó una concepción de la verdad como coherencia;
36 «The Semantic
Conception of Truth», pp. 342–3. Tarski también habla de ora-ciones «que
describen» «estados de cosas», ibid., p. 345. Cf. «The Concept
of Truth in Formalized Languages», p. 153, y «The Establishment of Scientific
Semantics», p. 403.
37 En «True to the
Facts», en Inquiries into Truth and Interpretation. El
argumen-to es éste. La verdad se define sobre la base de la satisfacción: una
oración del lenguaje objeto es verdadera si se satisface por cualquier sucesión
de objetos sobre los que varíen las variables de cuantificación del lenguaje
objeto. Tómese ‘corresponde con’ por «satisface» y se habrá definido la verdad
como correspondencia. La extrañeza de esta idea se hace evidente por la
naturaleza antiintuitiva y artificial de las entidades a las que las oraciones
«corresponden» y del hecho de que todas las oraciones verdaderas
corresponderían a las mismas entidades.
38 «Protokollsätze,» Erkenntnis, III
(1932/33): 204–214.
44
Carl Hempel39 ha expresado la
misma objeción, hablando de la «fatal confrontación de enunciados y hechos» (ibid., p.
51). Rorty40 ha insisti-do repetidamente, declarando simpatía por Dewey, en que
una concep-ción de la verdad como correspondencia hace inútil al concepto de
verdad. Yo he dicho más o menos lo mismo41.
Esta queja contra
las teorías de la correspondencia no es correcta. Una razón por la que no es
correcta es que depende de asumir que alguna forma de teoría epistémica es
correcta; por tanto, sólo sería una queja legítima si la verdad fuera un
concepto epistémico. Si ésta fuera la única razón para rechazar las teorías de
la correspondencia, el realista podría simplemente replicar que su posición no
ha [175] sido tocada; él siempre mantuvo que la verdad era independiente de
nues-tras creencias o de nuestra habilidad para aprender la verdad.
39 «On the Logical
Positivista theory of Truth», Analysis, II (1935): 49–59 (ed.
cast.: «La teoría
de la verdad de los positivistas lógicos», en este mismo volumen).
40 Consequences of
Pragmatism, «Introduction»; también en «Pragmatism, David–son and Truth», en
Ernest Lepore, ed., Truth and Interpretation: Perspectives on
the Philosophy of Donald Davidson (Nueva York: Blackweil, 1986).
41 La posición que
tomo en el presente artículo estuvo influida por un intercam-bio entre Rorty y
yo en la reunión de 1982 de la Pacific Division of the American
Philosofical Association. Rorty me persuadió de que no llamara a mi
posición ni una teoría de la correspondencia ni una teoría de la
coherencia; creo que yo le persuadí a él de abandonar la teoría pragmática de
la verdad. «Pragmatism, Davidson and Truth» es una versión revisada de la
conferencia de Rorty de 1982 en la reunión de la Pacific Division.
Para un ejemplo de
uso de ‘correspondencia’ que ahora deploro, véase mi «A Coherence Theory
ofTruth and Knowledge», en Truth and Interpretation: Perspectives on
the Philosophy of Donald Davidson.
45
La objeción real a
las teorías de la correspondencia es más simple; es que no hay nada interesante
o instructivo a lo que las oraciones verdaderas pudieran corresponder. Este
punto fue señalado hace algún tiempo por C. I. Lewis42; él desafió a los teóricos de la
correspondencia a localizar el hecho o parte de la realidad, o
del mundo, al que una oración verdadera correspondía. Uno puede localizar
objetos indivi-duales, si sucede que la oración los nombra o describe, pero
incluso tal localización sólo tiene sentido relativamente a un marco de
referencia, y así presumiblemente el marco de referencia debe estar incluido en
lo que quiera que sea aquello a lo que la oración verdadera corresponde.
Perseguir esta línea de pensamiento llevó a Lewis a concluir que, si las
oraciones verdaderas no corresponden a nada en absoluto, debe ser al universo
como un todo; así, todas las oraciones verdaderas correspon-den a la misma
cosa. Frege, como sabemos, alcanzó la misma conclu-sión a través de una línea
de razonamiento de algún modo similar. El argumento de Frege, si Alonzo Church43 tiene razón, puede
formalizar-se: empezando con las asunciones de que una oración verdadera no
puede hacerse corresponder a algo diferente mediante la sustitución de los
términos singulares correferenciales, o mediante la sustitución de oraciones
lógicamente equivalentes, es fácil mostrar que, si las oracio-nes verdaderas
corresponden a algo, todas ellas corresponden a la misma cosa. Pero esto es
trivializar el concepto de correspondencia
42 An Analysis of
Knowledge and Valuation, La Salle, YL: Open Court, 1946, pp.
50–55.
43 El argumento,
atribuido a Frege por Church, puede encontrarse en Church: Introduction
lo Mathematical Logic, Vol. 1, Princeton University Press, 1956, pp.
24–25. El argumento de Frege se ensaya en mi «True to the Facts».
46
completamente; la
relación de correspondencia no tiene ningún interés si sólo hay una cosa a la
que corresponder, puesto que, como en cualquier caso de este tipo, la relación
podría colapsar también en una propiedad simple: así, ‘o corresponde al universo’,
como ‘o correspon-de a (o nombra) lo Verdadero’, o ‘o corresponde a los hechos’
puede leerse de manera menos desorientadora como ‘o es verdadera’. Peter
Strawson44 ha observado que
las partes de una oración podrían corres-ponder a las partes del mundo (esto
es, referir a ellas), pero añade, [176]
Es evidente que no
hay nada más en el mundo con lo que el enunciado mismo pueda relacionarse.
[...] Y es evidente que la de-manda de que haya tal relatum es lógicamente
absurda. [...] Pero la demanda de algo en el mundo que haga verdadero
al enunciado [...], o a lo que el enunciado corresponda si es
verdadero, es exactamente es-ta demanda [ibid., pp.
194-95].
Continúa él
afirmando correctamente que, «mientras que deci-mos ciertamente que un
enunciado corresponde a (encaja, está sopor-tado por, concuerda con) los
hechos», esto es meramente «una variante de decir que es verdadero» (ibid.).
La objeción
correcta a las teorías de la correspondencia no es, en-tonces, que hagan de la
verdad algo a lo que los humanos no pueden nunca aspirar legítimamente; la
objeción real es más bien que tales teorías no proporcionan las entidades a las
cuales los vehículos de verdad (tanto si consideramos que éstos son enunciados,
oraciones o
44 «Truth», en Logico–Linguistic
Papers, Londres: Methuen, 1971.
47
preferencias) puede
decirse que correspondan. Si esto es correcto, y estoy convencido de que lo es,
deberíamos cuestionar también la asunción popular de que las oraciones, o sus
ejemplares hablados, o las entidades o configuraciones en nuestros cerebros del
tipo de las oraciones, puedan llamarse propiamente «representaciones», puesto
que no hay nada que ellas representen. Si abandonamos los hechos como entidades
que hacen a las oraciones verdaderas, deberíamos abandonar las representaciones
al mismo tiempo, porque la legitimi-dad de cada una de ellas depende de la
legitimidad de la otra.
Hay así una razón
seria para sentir el haber dicho que una teoría de la verdad al estilo de
Tarski era una forma de la teoría de la corres-pondencia. Mi razón básica para
decirlo no era que hubiera cometido el error de suponer que las oraciones o
preferencias de oraciones correspondiesen a algo en un sentido interesante.
Sino que yo estaba todavía bajo la influencia de la idea de que hay algo
importante en la concepción realista de la verdad; la idea de que la verdad, y
por tanto la realidad, son (excepto en casos especiales) independientes de lo
que cualquiera crea o pueda conocer. Así, yo promocioné mi concepción como un
tipo de realismo, realismo con respecto al «mundo exterior», con respecto al
significado, y con respecto a la verdad45.
Los términos
‘realismo’ y ‘correspondencia’ estaban mal elegidos porque sugerían el apoyo
positivo a una posición, o a una asunción de que hay una tesis positiva clara
que adoptar, mientras que [177] todo lo que yo estaba justificado para
mantener, y todo lo que mi posición realmente implicaba con respecto al
realismo y la verdad, era la
45 «A Coherence Theory
of Truth and Knowledge», p. 307.
48
concepción negativa
de que las concepciones epistémicas eran falsas. La concepción realista de la
verdad, si tiene algún contenido, debe basarse en la idea de la
correspondencia, correspondencia tal como se aplica a oraciones o a creencias o
a preferencias —entidades que tienen un carácter preposicional—; y tal
correspondencia no puede hacerse inteligible. Yo simplemente cometí el error de
asumir que el realismo y las teorías epistémicas eran las únicas posiciones
posibles. La única razón legítima que tenia para llamar a mi posición una forma
de realismo era rechazar posiciones como el antirrealismo de Dummett; estaba
preocupado en rechazar la doctrina de que la realidad o la verdad dependían
directamente de nuestras capacidades epistémicas. Hay una finalidad en este
rechazo. Pero es inútil tanto rechazar como aceptar el slogan de
que lo real y lo verdadero son «independientes de nuestras creencias». El único
sentido positivo evidente que esta expre-sión puede tener, el único uso que se
ajusta a las intenciones de aquellos que la valoran, deriva de la idea de la
correspondencia, y ésta es una idea sin contenido46.
Rechazar la
doctrina de que lo real y lo verdadero son indepen-dientes de nuestras
creencias, no es, por supuesto, rechazar la perogru-llada de lo que
equivocadamente puede pensarse que expresa: creer algo no es en general hacerlo
verdadero. Porque aceptar que la pero-grullada es verdadera no nos compromete a
decir que no hay ninguna
46 Arthur Fine rechazó
el realismo por algunas de las mismas razones que yo, y añadió una refutación
espléndida de la tesis de que una concepción realista de la verdad explica la
práctica y el avance de la ciencia: «The Natural Ontological Attitude», en The
Shaky Game: Einstein, Realism and the Quantum Theory, Chicago:
University Press, 1986.
49
conexión en
absoluto entre la creencia y la verdad; debe haber alguna conexión si tenemos
que relacionar la verdad de las preferencias con su uso. La cuestión es qué
puede ser esta conexión.
Distintas formas de
subjetivismo —esto es, de posiciones que construyen la verdad a partir de un
concepto epistémico— conectan los pensamientos, deseos, e intenciones humanas
con la verdad de maneras bastante diferentes, y no puedo fingir haber hecho justicia
a todas esas concepciones aquí. Lo mejor que puedo hacer es indicar por qué, a
pesar de las diferencias entre las distintas posiciones, tiene sentido estar
insatisfecho con todas ellas. [178]
He clasificado a
las teorías de la verdad como coherencia como epistémicas, y esto necesita una
explicación. Una teoría pura de la verdad como coherencia debería mantener,
supongo, que todas las oraciones de un conjunto consistente de oraciones son
verdaderas. Quizás nadie ha mantenido nunca una teoría de tal tipo, porque es
una locura. Aquellos que han propuesto teorías de la coherencia, por ejemplo,
Neurath y Rudolf Carnap (en un tiempo), han dejado claro habitualmente que eran
conjuntos de creencias, o de oraciones tenidas por verdaderas, cuya
consistencia era suficiente para hacerlas verdade-ras; por eso clasifico a las
teorías de la coherencia con las concepciones epistémicas: ligan la verdad
directamente con lo que se cree. Pero a menos que se añada algo más, esta
concepción parece tan equivocada como Moritz Schlick47 mantuvo que
era (la llamó un «error asombro-so»); la objeción obvia es que son posibles
muchos conjuntos consis-
47 «Über das Fundament
der Erkenntnis», Erkenntnis, IV (1934): 79–99.
50
tentes diferentes
de creencias que no son consistentes entre sí48.
Hay teorías,
similares en ciertos aspectos a la teoría de la cohe-rencia, que tienen más o
menos el mismo problema. Quine mantiene que la verdad de algunas oraciones, a
las que llama oraciones observa-cionales, está directamente ligada a la
experiencia (más precisamente, a patrones de terminaciones nerviosas
excitadas); otras oraciones derivan su contenido empírico de sus conexiones con
las oraciones observacionales y sus mutuas relaciones lógicas. La verdad de la
teoría resultante depende sólo de en qué medida sirva para explicar o prede-cir
oraciones observacionales verdaderas. Quine plausiblemente mantiene que podría
haber dos teorías igualmente capaces de dar cuenta de todas las oraciones
observacionales verdaderas, y sin embar-go que ninguna de las teorías pueda ser
reducida a la [179] otra (cada teoría contiene al menos un predicado que no
puede definirse usando los recursos de la otra teoría). Quine ha mantenido en
diferentes momentos diferentes formas de pensar esta situación. De acuerdo con
una de ellas, ambas teorías son verdaderas. No veo ninguna razón para
48 No toda teoría que
relaciona la verdad con conjuntos consistentes de creencias está equivocada. Lo
que debe añadirse a las teorías estándar de la coherencia es una apreciación no
sólo de cómo se relacionan causalmente y lógicamente las creencias entre sí,
sino de cómo dependen los contenidos de una creencia de su conexión causal con
el mundo. Discuto estos asuntos en la sección siguiente. Véase también mi «A
Coherence Theory of Truth and Knowledge» y «Empirical Content», en Truth
and in– terpretation: Perspectiva on the Philosophy of Donald Davidson. Ahora
me parece que es otro error terminológico más haber llamado a la
tesis de «A Coherence Theory» una teoría de la coherencia. Explico por qué con
más amplitud en «Afterthoughts, 1987», añadido a la reimpresión de «A Coherence
Theory» que aparecerá en A. Malichowski, ed., Reading Rorty, Nueva
York: Blackweil, 1990, pp. 136–8.
51
objetar el punto de
vista de que teorías empíricamente equivalentes (como quiera que se caracterice
el contenido empírico) sean verdade-ras o falsas a la vez. De acuerdo con otro
punto de vista de Quine, un hablante o un pensador en un momento dado opera con
una teoría y, para él en ese momento, la teoría que está usando es verdadera y
la otra teoría falsa. Si cambia a la teoría alternativa, entonces ésta se
convierte en verdadera y la teoría previamente aceptada en falsa. La posición
puede ilustrar lo que Quine quiere decir cuando dice que la verdad es
«inmanente»49. Esta concepción de la inmanencia o
relativi-dad de la verdad no debe confundirse con el sentido pedestre en que la
verdad de una oración es relativa al lenguaje en el que aparece. Las dos
teorías de Quine pueden pertenecer a, y estar expresadas en, el mismo lenguaje;
de hecho, deben estarlo si hemos de entender la afirmación de que las teorías
están en conflicto. No es fácil ver cómo la misma oración (sin elementos
deícticos), sin cambiar la interpretación, puede ser verdadera para una persona
y no para otra, o para una persona dada en un momento y no en otro. La
dificultad parece debida al intento de importar consideraciones epistemológicas
al concepto de verdad.
El «realismo
interno» de Putnam también hace a la verdad inma-nente, aunque no, como ocurre
en la concepción de Quine, relativa a
49 Véase Ontological
Relativity and Other Essays (Nueva York: Columbia, 1969). Para el
problema de Quine acerca de las teorías empíricamente equivalentes y
mu-tuamente irreductibles véase su «On Empirically Equivalent Systems of the
World», Erkenntnis, IX (1975): 313–328; Theories and
Things, Cambridge: Harvard, 1981, pp. 29– 30; L. E. Hahn y
P. A. Schilpp, eds., The Philosophy of W. V. Quine, La Salle,
IL: Open Court, 1986, pp. 156–7.
52
una teoría, sino al
lenguaje y al esquema conceptual completos que una persona acepta. Por supuesto
si todo esto significa que la verdad de las oraciones o preferencias es
relativa a un lenguaje, esto resulta familiar y trivialmente correcto. Pero
Putnam parece tener algo más en mente —por ejemplo, que una oración tuya y una
oración mía pueden contradecirse entre sí, y sin embargo cada una ser verdadera
«para el hablante»—. Es difícil pensar en qué lenguaje puede expresarse esta
posición coherentemente, no digamos ya persuasivamente. [180]
La fuente del
problema es de nuevo la necesidad que sentimos de hacer a la verdad accesible.
Putnam tiene claro que ésta es la conside-ración que le concierne. Identifica
explícitamente la verdad con la asertabilidad justificada idealizada. Llama a
esto una forma de realis-mo porque hay «una cuestión acerca de cuál sería el
veredicto si las condiciones fueran suficientemente buenas, un veredicto acerca
de qué opinión ‘convergería’ si fuéramos razonables»50. Añade que su punto de vista es «un
tipo de realismo humano, una creencia de, que hay una cuestión
acerca de lo que es correctamente asertable por nosotros, como algo opuesto a
lo que es correctamente asertable desde la pers-pectiva del ojo de Dios tan
querida por el realismo metafísico clásico» (ibid.). Uno sospecha que,
si las condiciones bajo las cuales alguien está justificado idealmente para
asertar algo se explicaran completa-mente, se haría patente que tales
condiciones o bien permiten la posibilidad de error o que son tan ideales que
hacen inútiles las pretendidas conexiones con las habilidades humanas. También
es
50 Realism and Reason:
Philosophical Papers, Vol. 3, Nueva York: Cambridge, 1983, p. XVIII.
53
sorprendente que
Putnam parece no tener ningún argumento a favor de su posición excepto que la
alternativa («el realismo metafísico» —esto es, una teoría de la
correspondencia—) es inaceptable. Él no argumenta que no puede haber otra
posición.
Putnam describe su
posición cercana a la de Dummett en el punto central —el status epistemológico
de la verdad—. Una diferencia es que Putnam está menos seguro que Dummett de
que la verdad está limitada a lo que es definidamente determinable, y por tanto
está menos seguro de que el principio de bivalencia deba abandonarse; esto
explica quizás por qué Putnam llama a su concepción una forma de realismo
mientras que Dummett llama antirrealista a su posición. Putnam piensa también
que se diferencia de Dummett en que liga la verdad a la asertabilidad
justificada idealizada en vez de a la asertabili-dad
justificada; pero aquí creo que una lectura cuidadosa de Dummett mostraría que
él tiene más o menos la misma idea. Si Dummett no insiste en algo similar a las
condiciones ideales de Putnam, creo entonces que se aplica una crítica a
Dummett que Putnam formuló una vez: si la verdad depende de la asertabilidad
justificada, la verdad puede «perderse», esto es, una oración puede ser
verdadera para una persona en un momento y más tarde convertirse en falsa
porque cambien las condiciones de justificación. Esto debe estar [181]
equivo-cado51. Dummett dice que está de acuerdo en
que la verdad no puede perderse, pero fracasa al dar una idea clara de cómo la
asertabilidad garantizada puede ser al mismo tiempo una propiedad fija y una
51 Putnam, «Reference
and Understanding» y «Reply to Dummett’s Comment», en A. Margalit, ed., Meaning
and Use, Dordrecht: Reidel, 1979, pp. 226–8.
54
propiedad que
depende de la capacidad real de los hablantes humanos para reconocer que se
satisfacen ciertas condiciones. Las capacidades reales aumentan y disminuyen, y
difieren de persona a persona; la verdad no.
¿Por qué sostiene
Dummett esta concepción de la verdad? Hay muchas razones, pero una parece ser
está. Hemos visto que una teoría de la verdad al estilo de Tarski ni define la
verdad ni la caracteriza completamente; no hay forma de decir si la teoría se aplica
a un hablante o grupo de hablantes a menos que se añada algo que relacione a la
teoría con los usos humanos del lenguaje. Dummett piensa que la única manera de
hacer esto es hacer a la verdad humanamente recono-cible. El uso humano del
lenguaje debe ser una función de cómo entiende la gente el lenguaje, así si la
verdad tiene que jugar algún papel en la explicación de qué es entender un
lenguaje, debe haber algo, piensa Dummett, que cuente como el que una persona
tenga «evidencia concluyente» de que un enunciado es verdadero. Uno puede
apreciar la fuerza de esta idea y encontrarla al mismo tiempo difícil de
aceptar. He dado mi razón principal para rechazarla; que o bien es vacía o hace
de la verdad una propiedad que puede perderse. Pero es importante darse cuenta
que hay otras intuiciones fuertes que tendrían que sacrificarse si Dummett
tuviera razón. Una es la conexión de la verdad con el significado: en la
concepción de Dummett, podemos entender una oración como ‘Nunca se construirá
una ciudad en este lugar’ sin tener idea de qué haría a esta oración verdadera
(puesto que la oración, o una proferencia de ella, no tiene valor de verdad
para Dummett). Otra es la conexión de la verdad con la creencia: en la
concepción de Dummett, puedo entender y creer que nunca se cons-
55
truirá una ciudad
en este lugar, pero mi creencia no tendrá ningún valor de verdad. Parecería
que, para Dummett, tener una creencia que uno expresa mediante una oración dada
no es necesariamente creer que la oración es verdadera.
Estaría tentado a
seguir con Dummett si pensara que debemos elegir entre lo que Putnam llama
realismo transcendental, esto es, la concepción de que la verdad es
«radicalmente no epistémica», que
[182] todas nuestras
teorías y creencias mejor investigadas y estableci-das podrían ser falsas, y la
identificación de Dummett de la verdad con la asertabilidad garantizada, puesto
que encuentro a la primera con-cepción —esencialmente la concepción de la correspondencia—
incomprensible, mientras que encuentro a la concepción de Dummett meramente
falsa. Pero no veo razón para suponer que realismo y antirrealismo, explicados
en los términos del carácter radicalmente no epistémico o radicalmente
epistémico de la verdad, sean las únicas maneras de dar fundamento a una teoría
de la verdad o del significado.
Recapitulemos
brevemente. En la primera sección de este artículo, rechacé las concepciones
deflacionistas de la verdad, aquellas que enseñan que no hay nada más en el
concepto de lo que Tarski ha mostrado cómo definir para lenguajes particulares.
En esta sección, he argumentado que ciertos intentos familiares de caracterizar
la verdad que van más allá de dar contenido empírico a una estructura del tipo
de las que Tarski nos enseñó a describir son vacíos, falsos, o confusos. No
deberíamos decir que la verdad es correspondencia, coherencia, asertabilidad
garantizada, asertabilidad justificada idealmente, lo que es aceptado en la
conversación de la gente adecuada, lo que la ciencia
56
acabará
manteniendo, lo que explica la convergencia hacia teorías simples en la
ciencia, o el éxito de nuestras creencias comunes. En la medida en que realismo
y antirrealismo dependen de una u otra de estas concepciones de la verdad
deberíamos rechazar el sostener ninguno de los dos. El realismo, con su
insistencia en la corresponden-cia radicalmente no epistémica, pide más a la
verdad de lo que pode-mos entender; el antirrealismo, con su limitación de la
verdad a lo que puede determinarse, priva a la verdad de su papel de standard inter-subjetivo.
Debemos encontrar otra manera de considerar el asunto.
III. LOS CONTENIDOS
DE LA VERDAD
Una teoría de la
verdad, en contraste con una definición estipula-tiva de la verdad, es una
teoría empírica acerca de las condiciones de verdad de todas las oraciones de
algún corpus de oraciones. Pero, por supuesto, las oraciones son objetos
abstractos, formas, digamos, y no tienen condiciones de verdad excepto cuando
hablantes y garabateado-res los encaman en sonidos y garabatos. Al final, una
teoría de la verdad debe tratar con proferencias y escrituras de los usuarios
[183] del lenguaje; el papel de las oraciones en una teoría es meramente hacer
posible el tratar con tipos de proferencias e inscripciones,
tanto si estos tipos particulares se realizan como si no. Introducir oraciones
sirve así para dos propósitos: nos permite hablar de todas la proferen-cias e
inscripciones reales del mismo tipo de una vez; y nos permite estipular cuáles
serían las condiciones de verdad de una preferencia o inscripción de un tipo
dado en el caso de que fuera proferida. (Por
57
cuestiones de
brevedad, a partir de ahora me referiré a los actos de escribir como
proferencias de la misma manera que a sus contraparti-das audibles.)
Aunque a veces
podemos decir que un grupo habla con una sola voz, las proferencias son
esencialmente personales; cada preferencia tiene su agente y su tiempo. Una
proferencia es un suceso de un tipo especial, una acción intencional. Las
teorías de la verdad se ocupan en primer lugar de las proferencias oracionales,
proferencias que, cual-quiera que sea su gramática superficial, deben tratarse
como proferen-cias de oraciones. La primacía de las oraciones o de las
proferencias oracionales la dicta el hecho de que la teoría ofrece condiciones
de verdad para, y la verdad se predica de, oraciones, en cuanto proferidas en
ocasiones particulares por hablantes particulares. A parte de las condiciones
verbales de éxito, no hay razón para no llamar a la profe-rencia de una
oración, bajo las condiciones que hacen verdadera a la oración, una proferencia
verdadera.
Una teoría de la
verdad hace más que describir un aspecto de la conducta hablada de un agente,
porque no sólo da las condiciones de verdad de las proferencias reales del
agente; también especifica las condiciones bajo las que la proferencia de una
oración sería verdadera si fuera proferida. Esto se aplica tanto a las
oraciones proferidas realmente, diciéndonos lo que hubiera sido el caso si
aquellas oracio-nes hubieran sido proferidas en otros momentos o bajo otras
circuns-tancias, como a oraciones no proferidas nunca. La teoría describe así
una cierta habilidad compleja.
Una proferencia
tiene ciertas condiciones de verdad sólo si el
58
hablante pretende
que sea interpretada como teniendo aquellas condiciones de verdad.
Consideraciones morales, sociales, o legales pueden a veces invitamos a negar
esto, pero no creo que las razones para tales excepciones revelen nada
importante acerca de lo que es básico para la comunicación. Alguien podría
decir algo que fuera normalmente ofensivo o insultante en un lenguaje que cree
que sus oyentes no entienden; pero en este caso su audiencia para el propósito
de interpretación es sólo, obviamente, el hablante mismo. Un malapro-[184]pismo
o desliz de lengua, si significa algo, significa lo que el que lo promulga
pretende que signifique. A algunos les gusta mantener que los significados de
las palabras son mágicamente independientes de las intenciones del hablante;
por ejemplo, que dependen de cómo habla la mayoría de, o los mejor informados,
o los mejor nacidos de la comuni-dad en la que el hablante vive, o quizás de
cómo hablarían si tuvieran el suficiente cuidado52. Esta doctrina implica que un
hablante puede ser perfectamente inteligible para sus oyentes, puede ser
interpretado exactamente como él pretende que se le interprete, y sin embargo
puede no saber lo que quiere decir mediante lo que dice. Creo que esta concepción,
aunque ha sido ingeniosamente elaborada y defendida no revela ningún interés
filosóficamente serio acerca de la naturaleza de la
52 Saul Kripke
atribuye una concepción de este tipo a Wittgenstein en Wittgens-tein on
Rules and Private Language, Nueva York: Blackwell, 1982, y la acepta
tentativa-mente. Para una versión diferente, véanse los numerosos trabajos de
Tyler Burge sobre antiindividualismo, por ejemplo, «Individualism and the
Mental», en P. French, T. Uehling, H. Wettstein, eds., Midwest Studies
in Philosophy, volumen 4, Minneápolis: Minnesota UP, 1979, pp. 73–121;
«Individualism and Psychology», Philosophical Re– view, XCV
(1986): 3–46; «Wherein is Languaje Social?» en A. George, ed., Reflections
on Chomsky, Nueva York: Blackweil, 1989, pp. 176–191.
59
verdad o del
significado (aunque puede tener mucho que ver con maneras buenas o aceptables,
y puede representar una intención, o incluso algún tipo de responsabilidad
social por parte de algunos hablantes)53. Para el propósito de la empresa
presente, el de entender la verdad y el significado, deberíamos, creo,
mantenemos tan cerca como sea posible de lo que el hablante pone directamente a
disposición de la audiencia, y éste es el estado relevante de la mente del
hablante. Lo que importa para la comunicación lingüística con éxito es la
intención del hablante de ser interpretado de una cierta manera, por una parte,
y la interpretación real de las palabras del hablante en las líneas
pretendi-das a través del reconocimiento del intérprete de las intenciones del
hablante, por otra54. [185]
La aproximación que
estoy siguiendo no coloca ningún peso es-pecial en el concepto de un lenguaje
en cuanto algo compartido por hablante e intérprete, o por un hablante y su
comunidad de habla,
53 Véase mi
«Knowing One’s Own Mind», Proceedings and Addresses of the American
Philosophical Association, LX (1987): 441–458.
54 La influencia de H.
P. Grice: «Meaning», The Philosophical Review, LXVI (1957):
377–388, será evidente aquí. Mi caracterización de la comunicación con éxito
deja abierto un rango de posibilidades acerca de la cuestión de qué quiere
decir un hablante mediante sus palabras en una ocasión. Puesto que el hablante
debe pretender ser interpretado de una cierta manera, debe creer que su
audiencia está equipada para interpretar sus palabras de esta manera. Pero
¿cómo de justificada tiene que ser esta creencia y cuan aproximadamente
correcta? No creo que nuestros estándares para decidir lo que significan las
palabras de alguien, en cuanto habladas en una ocasión dada, sean lo
suficientemente firmes como para permitimos trazar una línea nítida entre una
intención fallida de que las palabras de uno tengan un cierto significado y un
éxito en el significado acompañado por una intención fallida de ser
interpretado como se pretendía.
60
excepto en este
sentido: aunque la comunicación mediante el habla no requiere, hasta donde
puedo ver, que ninguno de los dos hablantes hable de la misma
manera, sí exige, por supuesto, una coincidencia entre cómo los
hablantes pretenden que se les interprete y cómo los entienden sus intérpretes.
Esta exigencia tiende sin duda a animar a la convergencia en la conducta
hablada entre aquellos que intercambian palabras, dependiendo del grado de
factores como el status económico y social compartido, los
antecedentes étnicos y educacionales, etc. Que la convergencia exista es de tan
amplia importancia práctica que podríamos exagerar tanto su grado como su
significación filosófica. Pero creo que hacemos bien en ignorar esta cuestión
práctica al construir teorías del significado, de la verdad, y de la
comunicación lingüística55. Trataré, por tanto, a las teorías
de la verdad como si se aplicaran en primer lugar a hablantes individuales en
distintos perío-dos o incluso momentos de sus vidas.
Una teoría de la
verdad liga al hablante con el intérprete: describe a la vez las habilidades y
prácticas lingüísticas del hablante y da contenido a lo que el intérprete
erudito conoce que le permite captar el significado de las proferencias del
hablante. Esto no es decir que o el hablante o el intérprete sean conscientes o
tengan conocimiento proposicional de los contenidos de una teoría tal. La
teoría describe las condiciones bajo las cuales una preferencia de un hablante
es verdade-ra, y así no dice nada directamente acerca de lo
que el hablante sabe. La teoría, sin embargo, implica algo
acerca del contenido proposicional de
55 Véase mi
«Communication and Convention», en Inquines into Truth and
In-terpretation
61
ciertas intenciones
del hablante, a saber, las intenciones de que sus proferencias se interpreten
de una cierta manera. Y aunque ciertamen-te el intérprete no necesita tener
conocimiento explícito de la teoría, la teoría proporciona la única manera de
especificar la infinidad de cosas que el intérprete sabe acerca del hablante, a
saber, las condiciones bajo las cuales cualquiera de entre [186] un número
indefinidamente amplio de oraciones del hablante sería verdadera si fuera
proferida.
Debe haber por
supuesto algún sentido en que hablante e intér-prete hayan
internalizado una teoría; pero esto no es más que el hecho de que el hablante
es capaz de hablar como si creyera que el intérprete lo interpretaría de la
manera en que la teoría describe, y el hecho de que el intérprete está
preparado para interpretarlo así. Todo lo que necesitaríamos de una teoría de
la verdad para un hablante es que sea tal que, si un
intérprete tuviera conocimiento proposicional explícito de la teoría, sabría
las condiciones de verdad de las preferencias del hablante56.
56 Esto es, por
supuesto, mucho más de lo que ofrece cualquier teoría que nadie haya sido capaz
de ofrecer para ningún lenguaje natural. La condición no es, por tanto, una que
sabemos que puede satisfacerse. Sabemos, por otra parte, cómo producir una
teoría tal para un fragmento poderoso, quizá autosuficiente, del inglés y de
otros lenguajes naturales, y esto es suficiente para dar contenido a la idea de
que la incorpo-ración del concepto de verdad a una teoría ofrece una intuición
acerca de la naturaleza del concepto. Podríamos tener que conformamos al final
con un sentido mucho menos preciso de ‘teoría’ de los que Tarski tenía en la
mente.
Me estoy saltando
un grupo de problemas bien trabajado, tales como proporcio-nar las condiciones
de verdad de los condicionales subjuntivos, de los imperativos, interrogativas,
enunciados éticos, etc. He discutido (aunque ciertamente no soluciona-do) la mayoría
de estos problemas en otra parte.
62
Una teoría de la
verdad para un hablante es una teoría del signifi-cado en este sentido, que el
conocimiento explícito de la teoría bastaría para entender las preferencias de
este hablante. Consigue esto al describir el núcleo crítico de la conducta lingüística
real y potencial del hablante, en efecto, cómo el hablante pretende que sus
preferencias sean interpretadas. El tipo de comprensión involucrada se
restringe a lo que podríamos también llamar el significado literal de las
palabras, mediante lo cual quiero decir, más o menos, el significado que el
hablante pretende que el intérprete capte, cualquiera que sea la signifi-cación
o la fuerza posterior que el hablante quiera que el intérprete desentrañe57. [187]
La tesis de que una
teoría de las condiciones de verdad ofrece un enfoque adecuado de lo que se
necesita para entender los significados literales de las preferencias está, por
supuesto, muy discutida, pero puesto que he argumentado a favor de ella ampliamente
en otro sitio, trataré en su mayor parte la tesis aquí como una asunción. Si la
asun-
57 Hay una intención
no tocada por una teoría de la verdad que un hablante debe pretender que un
intérprete perciba, la fuerza de la proferencia. Un intérprete
debe, si es que entiende al hablante, ser capaz de decir si una proferencia
pretende ser un chiste, una aserción, una orden, una pregunta, y así
sucesivamente. No creo que haya reglas o convenciones que gobiernen este
aspecto esencial del lenguaje. Es algo que los usuarios del lenguaje pueden
transmitir a los oyentes y que los oyentes pueden detectar suficientemente a
menudo; pero esto no muestra que estas habilidades puedan regimentarse. Creo
que hay razones fundadas para pensar que no es posible nada como una teoría
seria concerniente a esta dimensión del lenguaje. Todavía menos hay
convenciones o reglas para crear o entender metáforas, ironía, humor, etc.
Véase mi «What Metaphors Mean?» y «Convention and Communication», en Inquines
into Truth and Interpretation.
63
ción está
equivocada, muchos de los detalles a los que voy a descender acerca de la
aplicación del concepto de verdad se verán amenazados, pero el enfoque general,
creo, permanecerá válido.
Una teoría de la
verdad, considerada como una teoría empírica, se contrasta por sus
consecuencias relevantes, y éstas son las oraciones–T implicadas por la teoría.
Una oración–T dice de un hablante particular que, en cualquier momento que él
profiera la oración dada, la profe-rencia será verdadera si y sólo si se
satisfacen ciertas condiciones. Así las oraciones–T tienen la forma y la
función de leyes naturales; son bicondicionales universalmente cuantificados, y
como tales se entiende que se aplican contrafácticamente y que se confirman
mediante sus instancias58. Así, una teoría de la verdad es una
teoría para describir, explicar, entender, y predecir un aspecto básico de la
conducta verbal. Puesto que el concepto de verdad es central a la teoría,
tenemos justificación para decir que la verdad es un concepto explicativo de
importancia crucial.
La cuestión que
queda es: ¿cómo confirmamos la verdad de una oración–T? La cuestión es un tipo
de cuestión que se plantea con respecto a muchas teorías, tanto en las ciencias
físicas como en psico-logía. Una teoría de la medida fundamental del peso, por ejemplo,
afirma en forma axiomática las propiedades de la relación entre x e y
58 Esto de alguna
manera responde a una crítica frecuente a las teorías de la ver-dad como
teorías del significado. Por ejemplo, dado el caso (inusual) de dos predicados
no estructurados con la misma extensión, una teoría de la verdad podría hacer
una distinción si hubiera circunstancias que nunca se dan pero bajo las cuales
las condicio-nes de verdad fueran diferentes.
64
que se dan
cuando x es al menos tan pesado como y ; esta
relación debe, entre otras cosas, ser transitiva, reflexiva, y no–simétrica.
Una teoría de la preferencia podría estipular que la relación de preferencia
débil tiene las mismas propiedades formales. Pero en ninguno de los dos casos
los axiomas definen la relación central (x es al menos [188] tan
pesado como y, x es débilmente preferido a y),
ni nos instruyen en cómo determinar cuándo se da la relación. Antes de que la
teoría pueda contrastarse o usarse, debe decirse algo acerca de la
interpreta-ción de los conceptos no definidos. Lo mismo se aplica al concepto
de verdad59.
Es un error buscar
una definición conductista, o cualquier otra clase de definición explícita o
reducción completa del concepto de verdad. La verdad es uno de los conceptos
más básicos y claros que tenemos, así es inútil soñar en eliminarlo en favor de
algo más simple o más fundamental. Nuestro procedimiento es más bien éste: nos
hemos preguntado cuáles son las propiedades formales del concepto cuando se
aplica a estructuras relativamente bien comprendidas, a saber, a lenguajes.
Aquí el trabajo de Tarski ofrece la inspiración. Queda por indicar cómo una
teoría de la verdad puede aplicarse a hablantes o grupos de hablantes
particulares. Dada la complejidad de las estructu-ras a las que el concepto de
verdad ayuda a caracterizar, trozos compa-
59 Expliqué en la
sección previa por qué creo que no debemos preocupamos se-paradamente acerca de
la referencia o la satisfacción. Dicho brevemente, la razón es que las
oraciones–T no contienen conceptos referenciales. Puesto que las implicaciones
contrastables de la teoría son oraciones–T en cuanto aplicadas a casos,
cualquier manera de caracterizar la satisfacción que ofrezca oraciones–T
confirmables era tan buena como cualquier otra.
65
rativamente
anémicos de evidencia, aplicados a una infinidad potencial de puntos, pueden
ofrecer resultados ricos e instructivos. Pero no puede esperarse la
formalización completa de la relación entre la evidencia para la teoría y la
teoría misma.
Lo que deberíamos exigir,
sin embargo, es que la evidencia para la teoría sea en principio accesible
públicamente, y esto no es asumir de antemano los conceptos que tienen que
ilustrarse. El requisito de que la evidencia sea públicamente accesible no se
debe a una añoranza atávica de fundamentaciones conductistas o
verificacionistas, sino al hecho de que lo que hay que explicar es un fenómeno
social. Los fenómenos mentales en general podrían ser privados o no, pero la
interpretación correcta del habla de una persona por otra debe en
principio ser posible. La intención de un hablante de que sus palabras se
entiendan de una cierta manera podrían por supuesto permanecer opaca para los
oyentes más capacitados y eruditos, pero lo que tiene que ver con la
interpretación correcta, con el significado, y con las condiciones de verdad
tiene que basarse necesariamente en evidencia disponible. Como Ludwig
Wittgenstein, por no mencionar a [189] Dewey, G. H. Mead, Quine y muchos otros
han destacado, el lenguaje es intrínsecamente social. Esto no implica que la
verdad y el significado puedan definirse en términos de
conducta observable o que no sea «nada más que» conducta
observable; pero si implica que el significado se determina completamente
mediante conducta observable, incluso mediante conducta fácilmente observable.
Que los significados sean descifrables no es una cuestión de suerte; la disponibilidad
pública es un aspecto constitutivo del lenguaje.
66
Los conceptos
usados para expresar la evidencia no deben come-ter petición de principio;
deben ser suficientemente remotos de lo que la teoría produce en último
extremo. Esta conclusión final no es más que lo que pedimos de cualquier
análisis revelador, pero es difícil, al menos en este caso, satisfacerla.
Cualquier intento de entender la comunicación verbal debe considerarla en su
lecho natural como parte de una empresa más amplia. Al principio parece que
esto no puede ser difícil, no teniendo el lenguaje más que transacciones
públicas entre hablantes e intérpretes, y las aptitudes para tales
transacciones. Sin embargo la tarea nos elude. Porque el hecho de que los
fenómenos lingüísticos no sean más que fenómenos conductuales, biológicos, o
físicos descritos en un vocabulario exótico de significado, referencia, verdad,
aserción, y así sucesivamente —la mera superveniencia de esta clase de un tipo
de hecho o descripción sobre otro— no garantiza, o ni siquiera alarga la
promesa de la posibilidad de la reducción conceptual.
Aquí descansa
nuestro problema. Ahora bosquejaré lo que creo que es al menos la clase correcta
de solución. El entorno psicológico inmediato de los logros y aptitudes
lingüísticos tiene que encontrarse en las actitudes, estados, y eventos que se
describen en expresiones intensionales: acción intencional, deseos, creencias,
y sus parientes próximos tales como esperanzas, miedos, apetencias, e intentos.
No sólo las distintas aptitudes preposicionales, y sus servidores conceptua-les
forman el lecho en el que ocurre el habla, sino que no hay posibili-dad de
llegar a una compresión profunda de los hechos lingüísticos excepto si esta
compresión se acompaña mediante un enfoque entrela-zado de las actitudes
cognitivas y conativas centrales.
67
Es pedir demasiado
que estas nociones intensionales básicas se reduzcan a otra cosa —a algo más
conductual, neurológico, o fisiológi-co, por ejemplo—. No que podamos analizar
ninguno de estos tres básicos —creencia, deseo, y significado— en términos de uno
o dos de los otros; o eso creo, y lo he argumentado en otra [190] parte60. Pero incluso si pudiéramos efectuar
una reducción en este trío básico, los resultados no alcanzarían lo que podría
esperarse simplemente porque el punto final —la interpretación, digamos, del
habla— estaría dema-siado próxima a donde empezamos (con creencia y deseo, o
con intención, que es el producto de la creencia y el deseo). Un tratamiento
básico de cualquiera de estos conceptos debe empezar más allá o por debajo de
todos ellos, o en algún punto equidistante de todos ellos.
Si esto es así, un
análisis del significado lingüístico que asuma la identificación previa de
intenciones o propósitos no lingüísticos será radicalmente incompleto. Y no
ayudará el apelar a reglas o convencio-nes explícitas o implícitas, aunque sólo
sea porque éstas deben enten-derse en términos de intenciones y creencias. Las
convenciones y reglas no explican el lenguaje; el lenguaje las explica a ellas.
No hay duda, por supuesto, de la importancia de mostrar cómo están conectados
signifi-cados e intenciones. Tales conexiones dan estructura a las actitudes
proposicionales y permiten un tratamiento sistemático de ellas. Pero la
interdependencia de las actitudes intencionales básicas es tan completa que
carece de base esperar entender una independientemente del
60 Para
consideraciones en apoyo de estas afirmaciones, véase mi «Belief and the Basis
of Meaning», Synthese, XXVII (1974): 309–323; «Radical
Interpretation», Dialectica, XVII (1973): 313–328; y «Thought
and Talk», en Samuel Guttenplan, ed., Mind and Language, Nueva
York: Oxford, 1975, pp. 7–23.
68
entendimiento de
las otras. Lo que se busca, entonces es un tratamien-to que ofrezca una
interpretación de las palabras de los hablantes al mismo tiempo que proporcione
una base para atribuir al hablante creencias y deseos. Un tratamiento tal
pretende proporcionar una base para, mejor que asumir, la individuación de las
actitudes proposiciona-les.
La teoría bayesiana
de la decisión, tal como la desarrolló Ram-sey61, trata dos de los tres aspectos
intencionales de la racionalidad que parecen los más fundamentales, la creencia
y el deseo. La elección de un curso de acción sobre otro, o la preferencia de
que se dé un estado de cosas mejor que otro, es el producto de dos
consideraciones: el valor que se coloca en las distintas consecuencias
posibles, y cómo se juzga que serán esas consecuencias, dado que la acción se
realice o que el estado de cosas llegue a darse. Al elegir una acción o estado
de cosas, por tanto, un agente racional seleccionará una, el [191] valor
relativo de cuyos posibles resultados, cuando se equilibra mediante la
probabi-lidad que el agente asigna a esas consecuencias, es el mayor. Actuar es
siempre un juego de azar, puesto que un agente no puede nunca estar seguro de
cómo resultarán las cosas. Así en la medida en que un agente es racional tomará
lo que crea que es la mejor apuesta disponible (él «maximiza la utilidad
esperada»).
Un rasgo de una
teoría tal es que lo que está diseñada para expli-car —las preferencias o
elecciones ordinales entre opciones— está relativamente abierto a la
observación, mientras que el mecanismo
61 «Truth and
Probability», en The Foundations of Mathematics, Nueva York:
Humanities, 1950, pp. 156–198.
69
explicativo, que
involucra grado de creencia y valores cardinales, no se considera observable.
La cuestión que se plantea, por tanto, es cuándo una persona tiene un cierto
grado de creencia en alguna proposición, o cuáles son las fuerzas relativas de
sus preferencias. El problema evidente es que lo que se conoce (la preferencia
ordinal, o simple) es la resultante de dos desconocidos, el grado de creencia y
la fuerza relativa de la preferencia. Si las preferencias cardinales de una
persona por los resultados se conocieran, entonces sus elecciones entre cursos
de acción revelarían su grado de creencia; y si su grado de creencia se
conociera, sus elecciones dejarían al descubierto los valores relativos que él
coloca en los resultados. Pero ¿cómo pueden ambos desconoci-dos determinarse a
partir de las elecciones simples o las preferencias únicamente? Ramsey
solucionó este problema mostrando cómo, sobre la única base de elecciones
simples, es posible encontrar una proposi-ción que se trata como si tuviera la
misma probabilidad de ser verda-dera que su negación. Esta proposición simple
puede usarse entonces para construir una serie infinita de apuestas, elecciones
entre las cuales ofrece una medida del valor para todas las opciones y
eventualidades posibles. Es entonces rutina el calcular los grados de creencia
de todas las proposiciones.
Ramsey fue capaz de
cambiar este truco especificando las restric-ciones sobre los patrones
permisibles de preferencias o elecciones simples. Estas restricciones no son
arbitrarias, sino que son parte de un tratamiento satisfactorio de las razones
a favor de las preferencias y la conducta electiva de una persona. Las
restricciones explican la exigen-cia de que un agente sea racional, no en sus
valores particulares y últimos, sino en los patrones que éstos forman unos con
otros y en
70
combinación con sus
creencias. La teoría tiene así un fuerte elemento normativo, pero un elemento
que es esencial si los conceptos de preferencia, creencia, razón, y acción
intencional han de tener aplica-ción. [192]
El patrón en lo que
se observa es central para la inteligibilidad de la conducta electiva de un
agente —determina nuestra habilidad para entender acciones en cuanto hechas por
una razón—. El mismo patrón es central para el poder de la teoría para extraer,
de los hechos que tomados de uno en uno están conectados de una manera
relativamen-te directa con lo que puede observarse, hechos de una clase más
sofisticada (grados de creencia, comparaciones de diferencias de valor). Desde
el punto de vista de la teoría, los hechos sofisticados explican los simples,
más observables, mientras que los observables constituyen la base evidencial
para contrastar o aplicar la teoría.
La teoría de la
decisión bayesiana no proporciona una definición de los conceptos de creencia y
preferencia sobre la base de nociones no intensionales. Más bien, hace uso de
una noción intensional la prefe-rencia ordinal entre apuestas o resultados,
para dar contenido a otras dos nociones, grado de creencia y comparaciones de
diferencias de valor. Así sería una equivocación creer que la teoría
proporciona una reducción de conceptos intensionales a otra cosa. Sin embargo,
es un paso importante en la dirección de reducir conceptos intensionales
complejos y relativamente teóricos a conceptos intensionales que en aplicación
están más cerca de la conducta públicamente observable. Por encima de todo, la
teoría muestra cómo es posible asignar un contenido a dos actitudes
preposicionales básicas e interrelacionadas
71
sin asumir que
ninguna de las dos está entendida de antemano.
Como teoría para
explicar las acciones humanas, una teoría de la decisión bayesiana del tipo de
la que he estado describiendo está abierta a la crítica de que presupone que
podemos identificar e indivi-duar las proposiciones a las que se dirigen
actitudes como la creencia y el deseo (o la preferencia). Pero como se dijo
hace algunas páginas, nuestra habilidad para identificar, y distinguir entre,
las proposiciones que un agente mantiene no puede separarse de nuestra
habilidad para entender lo que dice. En general, descubrimos exactamente lo que
alguien quiere, prefiere, o cree sólo mediante la interpretación de su habla.
Esto es particularmente obvio en el caso de la teoría de la decisión, donde los
objetos que se escogen o prefieren son a menudo apuestas complejas, con
resultados que se describen como contingen-tes sobre la ocurrencia de eventos
específicos. Claramente, una teoría que intenta eliminar las actitudes y
creencias que explican las prefe-rencias o elecciones debe incluir una teoría
de la interpretación verbal si no ha de hacer asunciones mutiladas. Lo que
debemos añadir a una teoría de la decisión, o incorporar a [193] ella, es una
teoría de la interpretación verbal, una manera de decir lo que un agente quiere
decir mediante sus palabras. Sin embargo esta adición debe hacerse en ausencia
de información detallada acerca de los contenidos preposi-cionales de
creencias, deseos, o intenciones.
En aspectos
importantes, el tratamiento de Quine del significado es sorprendentemente
similar al tratamiento de Ramsey del tomar decisiones. Nótese que, mientras que
no hay una manera directa de observar lo que los hablantes quieren decir, toda
la evidencia requerida
72
para llevar a cabo
la comunicación debe estar disponible públicamente, Quine examina la evidencia
disponible relevante, y pregunta cómo podría usarse para eliminar los
significados. Lo que puede observarse, por supuesto, es la conducta del habla
en relación al entorno, y desde esto ciertas actitudes hacia oraciones pueden
inferirse de manera bastante directa, del mismo modo en que las preferencias
pueden inferirse a partir de elecciones. Para Quine, los observables clave son
actos de asentimiento y disentimiento, en cuanto
causados por eventos dentro del ámbito del hablante. A partir de tales actos es
posible inferir que ciertos tipos de eventos causan el que el hablante mantenga
que una oración es verdadera62.
Exactamente aquí
aparece un desafío básico. Un hablante man-tiene que una oración es verdadera
como resultado de dos considera-ciones: lo que él considera que la oración
significa, y lo que él cree que es el caso. El problema es que lo que es
directamente observable relativamente para un intérprete es el producto de dos
actitudes inobservables, creencia y significado. ¿Cómo pueden distinguirse los
papeles de estos dos factores explicativos y extraerse a partir de la
evidencia? Curiosamente el problema es parecido al problema de desenredar los
papeles de la creencia y la preferencia al determinar elecciones y
preferencias.
La solución de
Quine se parece, en principio si no en detalle, a la de Ramsey. El paso crucial
en ambos casos es encontrar la manera de mantener un factor fijo en ciertas
situaciones mientras se determina el
62 El paso desde los
asentimientos observados a la actitud inferida de mantener que algo es
verdadero no está, creo, explícito en Quine.
73
otro. La idea clave
de Quine es que la interpretación correcta de un agente por otro no puede
admitir inteligiblemente ciertas clases y grados de diferencia entre el que
interpreta y lo interpretado con respecto a la creencia. Como resultado, un
intérprete está justificado a hacer ciertas asunciones acerca de las creencias
de un agente [194] antes de que comience la interpretación. Como una
restricción sobre la interpretación, a esto se le llama a veces por el nombre
que Neil Wilson63 le dio, el Principio de Caridad. Como una estrategia
para separar el significado y la creencia sin asumir ninguno, es una
alterna-tiva brillante a cualquier tratamiento del significado que tome a los
significados por garantizados o que asuma la distinción analítico-sintético.
En lo que sigue,
uso el inspirado método de Quine de maneras que se desvían, a veces
sustancialmente, de la suya. Una diferencia relevante para el presente tópico
es ésta. Mientras que a Quine le conciernen las condiciones de traducción con
éxito desde el lenguaje de un hablante al de un intérprete, yo pongo el énfasis
en lo que el intérprete necesita conocer de la semántica del lenguaje del
hablante, esto es, lo que se transmite mediante las oraciones–T implicadas por
una teoría de la verdad. La relación entre estos dos proyectos, el de Quine y
el mío, es obvia; dada una teoría de la verdad para el lenguaje de un hablante
L expresado en el lenguaje del intérprete M, es bastante simple producir un
manual que traduzca (al menos aproximadamente) desde L a M64. Pero la conversa es falsa; hay
muchas oraciones que
63 «Substances without
Substrata», Review of Metaphysics, XII (1959): 521–539.
64 La navegación puede
no ser completamente recta; es fácil imaginar un lenguaje
74
podemos traducir
sin tener ni idea de cómo incorporarlas a una teoría de la verdad. Exigir que
una teoría de la interpretación satisfaga la restricción de una teoría de la
verdad significa que debe hacerse manifiesta más estructura de la que se
necesita para la traducción.
Si suponemos, como
el principio de caridad dice que inevitable-mente debemos, que el patrón de
oraciones al que el hablante asiente refleja la semántica de las constantes
lógicas, es posible detectar e interpretar aquellas constantes. Los principios
que guían aquí, como en la teoría de la decisión, derivan de consideraciones
normativas. Las relaciones entre creencias juegan un papel constitutivo
decisivo; un intérprete no puede aceptar desviaciones grandes u obvias de sus
propios estándares de racionalidad sin destruir el fundamento
de la inteligibilidad sobre el que descansa toda interpretación. La
posibili-dad de entender el habla o las acciones de un agente depende de la
[195] existencia de un
patrón fundamentalmente racional, un patrón que debe, en líneas generales, ser
compartido por todas las criaturas racionales. No tenemos más elección,
entonces, que proyectar nuestra propia lógica sobre el lenguaje y las creencias
de otro. Esto significa que es una restricción sobre las interpretaciones
posibles de las ora-ciones mantenidas como verdaderas el que sean (dentro de la
razón) lógicamente consistentes unas con otras.
La consistencia
lógica no ofrece más que la interpretación de las constantes lógicas, sin
embargo (cualesquiera que sean los límites de la lógica y la lista de las
constantes lógicas). Mayor interpretación requie-
que no contenga
traducción alguna de la palabra castellana ‘ahora’ pero que pueda dar las
condiciones de verdad de las oraciones castellanas que contengan la palabra
‘ahora’.
75
re mayores formas
de acuerdo entre el hablante y el intérprete. Asu-miendo que la identificación
de las constantes lógicas requerida para la estructura cuantificacional de
primer orden se ha conseguido, es posible identificar como tales a los términos
singulares y a los predica-dos. Esto plantea la cuestión de cómo tienen que
interpretarse éstos. Aquí el progreso depende de prestar atención, no sólo a
qué oraciones un agente considera verdaderas, sino también a los eventos y
objetos del mundo que causan el que él considere a las oraciones verdaderas.
Las circunstancias, observables del mismo modo por hablante e intérprete, que
causan que un agente acepte oraciones como ‘está lloviendo’, ‘eso es un
caballo’, o ‘me duele un pie’ como verdaderas proporcionan la evidencia más
obvia para la interpretación de esas oraciones y de los predicados en ellas. El
intérprete, al darse cuenta de que el agente acepta o rechaza regularmente la
oración ‘el café está preparado’ cuando el café está o no está preparado tenderá
(aunque sea tentativamente dependiendo de resultados relacionados) a una teoría
de la verdad que diga que una preferencia de un agente de la oración ‘el café
está preparado’ es verdadera si y sólo si el agente puede observar que el café
está preparado en el momento de la proferencia.
La interpretación
de los nombres y predicados comunes depende fuertemente de los elementos
deícticos en el habla, tales como demos-trativos y tiempos verbales, puesto que
son éstos los que de manera más directa permiten conectar predicados y términos
singulares con objetos y eventos en el mundo. (Para acomodar a los elementos
deícti-cos, las teorías de la verdad del tipo propuesto por Tarski deben
completarse; la naturaleza de estas modificaciones ha sido discutida en
76
otro lugar65.) El método que
propongo para interpretar los predi-[196]cados y las oraciones más
observacionales es similar en algunos aspectos al método de Quine en Word
and Object (§7–10), pero es diferente en otros. La diferencia más
importante concierne a los objetos o eventos que determinan el contenido
comunicable. Para Quine, son los patrones de las terminaciones nerviosas los
que provo-can el asentimiento a una oración; una oración de observación de un
hablante es «estimulativamente sinónima» de una oración de observa-ción de un
intérprete si los mismos patrones de estimulación proximal provocaran el
aceptar o rechazar las oraciones respectivas de hablante e intérprete. La idea
de Quine es captar en una forma científicamente respetable la idea empirista de
que el significado depende de la eviden-cia directamente disponible para cada
hablante. En contraste, mi enfoque es externalista: sugiero que la
interpretación depende (en las situaciones más simples y básicas) de los
objetos y eventos externos sobresalientes tanto para el hablante como para el
intérprete, los mismos objetos y eventos son entonces considerados por el
intérprete como el tema de las palabras del hablante. Es el estímulo distal lo
que cuenta para la interpretación66. El significado de este punto será
ahora valorado.
65 El tipo de
modificación requerida se discute en Inquiries into Truth and
Inter-pretation.
66 He discutido este
aspecto de la teoría del significado de Quine en «Meaning, Truth and Evidence»,
en R. Gibson, ed., Perspectives on Quine, Nueva York:
Blacwell, 1989. Allí señalo que Quine a veces parece también subscribir la
teoría «distal», especialmente en The Roots of Reference, La
Salle, YL: Open Court, 1973.
77
La dificultad con
lo que podríamos llamar Teoría Distal de la Re-ferencia es que
hace difícil explicar el error, el hueco crucial entre lo que uno
cree que es verdadero y lo que es verdadero; puesto que la teoría distal basa
la verdad en la creencia, el problema es crucial. La solución depende de dos
estrategias interpretativas íntimamente relacionadas. Un intérprete dedicado a
trabajar sobre los significados de un hablante se da cuenta de más cosas que
las que causan asenti-miento y disentimiento; se da cuenta de lo bien colocado
y equipado que está el hablante para observar aspectos de su entorno, y de
acuerdo con eso le da más peso a algunas respuestas verbales que a otras. Esto
le da los rudimentos de una explicación de los casos desviados donde el
hablante llama a una oveja una cabra porque está equivocado acerca del animal
más que acerca de la palabra. La estrategia más sutil y más importante depende
de la interanimación de oraciones. Con esto quiero decir la medida en la que un
hablante cuenta la verdad de una oración como apoyo a la verdad de otras. [197]
Hemos visto un
ejemplo de cómo la evidencia de tales dependen-cias lleva a la interpretación
de las constantes lógicas. Pero las cuestio-nes de apoyo evidencial pueden
también ayudar en la interpretación de los así llamados términos
observacionales, ayudando a explicar el error.
La interpretación
de los términos menos directamente dependien-tes de la observación no atenta
debe depender también en una amplia medida de probabilidades condicionales, que
muestran lo que el agente cuenta como evidencia para la aplicación de sus predicados
más teóricos. Si queremos identificar y así interpretar el papel de los
78
conceptos teóricos
o su expresión lingüística, debemos saber cómo se relaciona con otros conceptos
y palabras. Estas relaciones son en general holistas y probabilísticas.
Podemos, por tanto, localizarlas sólo si podemos detectar el grado en el que un
agente considera que una oración es verdadera, sus probabilidades subjetivas.
El asentimiento y disentimiento simples están en los límites extremos y
opuestos de una escala; necesitamos colocar las actitudes que son intermedias
en cuanto a fuerza. El grado de creencia, sin embargo, no puede ser
directamente diagnosticado por un intérprete; como vimos al discutir la teoría
de la decisión, el grado de creencia es una construcción basada en actitudes
más elementales.
La teoría de la
interpretación verbal y la teoría de la decisión ba-yesiana están evidentemente
hechas la una para la otra. La teoría de la decisión debe liberarse de la
asunción del acceso independiente de los significados; la teoría del
significado necesita una teoría del grado de creencia para hacer un uso serio
de las relaciones de apoyo evidencial. Pero afirmar estas dependencias mutuas
no es suficiente, porque ninguna teoría puede desarrollarse primero como una
base para la otra. No hay ninguna forma de añadir simplemente una a la otra
porque cada una para empezar requiere un elemento extraído de la otra. Lo que
se busca es una teoría unificada que ofrezca el grado de creencia, las
deseabilidades en una escala de intervalos, y una interpre-tación del habla,
una teoría que no asuma que los deseos o las creen-cias tienen que
individualizarse de antemano, mucho menos que se cuantifiquen.
Una teoría tal debe
basarse en alguna actitud simple que un in-
79
térprete pueda
reconocer en un agente antes de que el intérprete tenga conocimiento detallado
de ninguna de las actitudes proposicionales del agente. La actitud siguiente
servirá: la actitud que un agente tiene hacia dos de sus oraciones cuando
prefiere la verdad de una a la verdad de la otra. Las oraciones deben estar
dotadas de significado para [198] el hablante, por supuesto, pero interpretar
las oraciones es parte de la tarea del intérprete. Lo que el intérprete tiene
que interpretar, enton-ces, es la información acerca de qué episodios y
situaciones en el mundo causan que un agente prefiera que esta oración mejor
que otra sea verdadera. Claramente un intérprete puede saber esto sin saber lo
que las oraciones significan, qué estados de cosas valora el agente, o qué
cree. Pero es igual de claro que el que un agente prefiera la verdad de las
oraciones es una función de lo que el agente considere que las oraciones
significan, el valor que coloque sobre los distintos estados del mundo reales o
posibles, y la probabilidad que ligue a aquellos estados que son contingentes
sobre la verdad de las oraciones relevan-tes. Así no es absurdo pensar que
estas tres actitudes del agente puedan abstraerse del patrón de preferencias
entre oraciones de un agente.
Podría objetarse
que una preferencia por la verdad de una ora-ción más que por otra es en si
misma un estado intencional, y uno que podría saberse que se da sólo sobre la
asunción de que están presentes muchos factores psicológicos. Esto es verdad
(como lo es también del asentimiento a, o del considerar verdadera, una
oración). Pero el objetivo no era el evitar estados intencionales; era evitar
estados intencionales individuativos, estados intensionales,
estados con un objeto proposicional (como se dice). Una preferencia por la
verdad de una oración sobre otra es una relación extensional que relaciona a un
80
agente y a dos
oraciones (y un tiempo). Porque puede detectarse sin saber lo que las oraciones
significan, una teoría de la interpretación basada en ella puede esperar dar el
paso crucial desde lo no proposi-cional a lo proposicional.
Aquí, en esbozo,
está cómo creo que la esperanza puede satisfa-cerse. Hemos visto ya (de nuevo
en forma esquemática) cómo llegar a una teoría del significado y la creencia
sobre la base del conocimiento acerca de los grados en los cuales las oraciones
se consideran verdade-ras. Así, si pudiéramos derivar el grado de creencia en
las oraciones apelando a la información acerca de las preferencias de que las
oracio-nes sean verdaderas, tendríamos una teoría unificada con éxito.
La versión de
Ramsey de la teoría de la decisión bayesiana hace un uso esencial de los juegos
de azar o las apuestas, y esto crea una dificultad para mi proyecto. Porque
¿cómo podemos decir que un agente considera que una oración presenta una
apuesta hasta que hayamos llegado bastante lejos en el proceso de interpretar
su lengua-je? Una apuesta, después de todo, especifica una conexión,
pre-[199]sumiblemente causal entre la ocurrencia de un cierto evento (una
moneda que cae de cara) y un resultado específico (ganas un caballo). Incluso
si asumimos que podemos decir cuándo un agente acepta tal conexión, la
aplicación clara de la teoría depende también de que el evento que es la causa
(la moneda cayendo de cara) no tenga valor, positivo o negativo, en sí mismo.
También es necesario asumir que la probabilidad que el agente asigna a que la
moneda caiga de cara no está contaminada por pensamientos acerca de la
probabilidad de ganar un caballo. En pruebas experimentales de teorías de la
decisión, uno
81
trata de
proporcionar entornos en los que estas asunciones tengan una posibilidad de ser
verdaderas; pero la aplicación general que tenemos en mente ahora no puede ser
tan detallada.
Le debemos a
Richard Jeffrey67 una versión de la
teoría de la deci-sión bayesiana que no hace uso directo de apuestas, sino que
trata a los objetos de la preferencia, los objetos a los que se asignan las
probabili-dades subjetivas, y a los objetos a los que se asignan valores
relativos todos como proposiciones. Jeffrey ha mostrado en detalle cómo extraer
probabilidades subjetivas y valores a partir de las preferencias de que las
proposiciones sean verdaderas.
Queda un problema
obvio. Jeffrey muestra cómo conseguir resul-tados más o menos como Ramsey
sustituyendo preferencias entre proposiciones por preferencias entre apuestas.
Pero las proposiciones
67 The Logic of
Decision (Chicago: University Press, 2.ª ed., 1983). La teoría de Jef-frey
no determina las probabilidades y utilidades hasta los mismos conjuntos de
transformaciones que la teoría standard. En vez de una función
de utilidad determinada hasta una transformación lineal, en la teoría de
Jeffrey la función de utilidad es única sólo hasta una transformación lineal
fraccional; y las asignaciones de probabilidad, en vez de ser únicas una vez
que se ha escogido un número para medir la certeza (siempre Uno), son únicas
sólo dentro de una cierta cuantización. Estas disminuciones en la determinación
son conceptual y prácticamente apropiadas: equivalen, entre otras cosas, a
permitir algo como el mismo tipo de indeterminación en la teoría de la decisión
que hemos llegado a esperar en una teoría de la interpretación lingüística. En
la misma medida en que se puede dar razón de los mismos datos en la teoría de
la decisión usando distintas funciones de utilidad haciendo los
correspondientes cambios en la función de probabilidad, así se pueden cambiar
los significados que se atribuyen a las palabras de una persona (dentro de unos
límites) siempre que se hagan los cambios compensatorios en las creencias que se
le atribuyen.
82
son significados, u
oraciones con significados, y si sabemos las propo-siciones entre las que un
agente está escogiendo, nuestro problema original de interpretar el lenguaje e
individuar actitudes proposicio-[200]nales se asume que ha sido solucionado
desde el principio. Lo que queremos es alcanzar los resultados de Jeffrey, pero
empezando con preferencias entre oraciones sin interpretar, no proposiciones.
Esto resulta ser un
problema soluble. El método de Jeffrey para encontrar las probabilidades
subjetivas y las deseabilidades relativas de las proposiciones sólo depende de
la estructura veritativo–funcional de las proposiciones —de cómo se hacen las
proposiciones a partir de proposiciones simples mediante la aplicación repetida
de la conjun-ción, disyunción, y de las otras operaciones definibles en
términos de éstas—. Si empezamos con oraciones en vez de proposiciones,
enton-ces la dificultad crucial se vencerá suponiendo que las conectivas
veritativo–funcionales puedan identificarse. Porque una vez que las conectivas
veritativo–funcionales hayan sido identificadas, Jeffrey ha mostrado cómo
fijar, hasta el grado deseado, las deseabilidades subje-tivas y las
probabilidades de todas las oraciones; y esto, he argumenta-do, es suficiente
para ofrecer una teoría para la interpretación de las oraciones. El conocer las
actitudes evaluativas y cognitivas de un agente hacia las oraciones
interpretadas no es algo que se discierna (al menos en el contexto de este
enfoque) a partir del conocimiento de las creencias y deseos del agente. Los
pasos esenciales en este procedi-miento, particularmente el procedimiento que
saca la interpretación de las conectivas veritativo–funcionales de hechos
acerca de la preferen-cia, se describen en el apéndice de este artículo.
83
El tratamiento de
los problemas del significado, la creencia y el deseo que he esbozado no
pretende, estoy seguro de que esto está claro, arrojar ninguna luz directa
sobre cómo llegamos a entendemos unos a otros en la vida real, ni sobre cómo
dominamos nuestros primeros conceptos y nuestro primer lenguaje68. He estado comprome-[201]tido en un
ejercicio conceptual dirigido a revelar las dependencias entre nuestras
actitudes preposicionales básicas en un nivel suficien-temente fundamental como
para evitar la asunción de que podemos llegar a captarlas —o a atribuírselas
inteligiblemente a otros— una cada vez. Realizar el ejercicio ha requerido
mostrar cómo es posible en principio llegar a todas ellas a la vez. Mostrar
esto equivale a presentar una prueba informal de que hemos dotado al
pensamiento, el deseo, y el habla de una estructura que haga posible la
interpretación. Por supuesto, sabíamos que era posible de antemano. La cuestión
filosófica era ¿qué la hace posible?
68 Dado lo intrincado
de cualquier sistema interpretable de pensamiento y len-guaje, he asumido que
debe haber muchos tratamientos alternativos a la interpretación. He bosquejado
uno; otros podrían ser menos artificiales o más cercanos a nuestras intuiciones
concernientes a la práctica interpretativa. Pero no deberíamos dar por
garantizado que el procedimiento que he esbozado es totalmente remoto de lo que
es practicable. Para empezar, obsérvese que toda preferencia que pueda tratarse
como una petición o demanda sincera debe tomarse como si expresara la
preferencia del que la profiere de que una oración, mejor que su negación, sea
verdadera. La mayor parte del trabajo experimental en teoría de la decisión
toma como datos las elecciones que los sujetos hacen entre alternativas que se
describen por escrito o en el habla. Se asume normalmente que los sujetos
entienden estas descripciones que los experimentadores hacen. Abandonar esta
asunción da como resultado datos exactamente del tipo requerido por el tratamiento
presentado aquí.
84
Lo que hace a la
tarea practicable en absoluto es la estructura que el carácter normativo del
pensamiento, el deseo, el habla y la acción imponen sobre las atribuciones
correctas de actitudes a los otros, y así sobre las interpretaciones de su
habla y las explicaciones de sus acciones. Lo que he dicho acerca de las normas
que gobiernan nuestras teorías de la atribución intencional es tosco, vago, e
incompleto. La manera de mejorar nuestra comprensión de tal comprensión es
mejorar nuestra captación de los standards de racionalidad implícitos en toda
interpretación del pensamiento y la acción.
La idea de que el
contenido proposicional de las oraciones de ob-servación se determina (en la
mayoría de los casos) mediante lo que es común y sobresaliente tanto al
hablante como al intérprete es un correlato directo de la concepción de sentido
común del aprendizaje del lenguaje. Tiene profundas consecuencias para la
relación entre el pensamiento y el significado, y para nuestra concepción del
papel de la verdad, porque no sólo asegura que hay un nivel básico en el cual
los hablantes comparten sus concepciones, sino que también que lo que ellos
comparten es una visión ampliamente correcta de un mundo común. La fuente
última tanto de la objetividad como de la comunica-ción es el triángulo que, al
relacionar hablante, intérprete, y el mundo, determina los contenidos del
pensamiento y del habla. Dada esta fuente, no hay lugar para un concepto
relativizado de verdad.
Reconocemos que la
verdad debe de alguna manera relacionarse con las actitudes de las criaturas
racionales; esta relación se revela ahora como si surgiera de la naturaleza del
entendimiento interperso-nal. La comunicación lingüística, el instrumento indispensable
del
85
entendimiento
interpersonal de grano fino, descansa en las preferen-cias mutuamente
entendidas, cuyos contenidos se fijan finalmente mediante los patrones y las
causas de las oraciones consideradas verdaderas. El apuntalamiento conceptual
de la interpretación es una
[202] teoría de la
verdad; la verdad descansa así, al final, en la creencia y, más al final
incluso, en las actitudes afectivas.
APÉNDICE
El método de
Jeffrey para encontrar las probabilidades subjetivas y las deseabilidades
relativas de las proposiciones depende sólo de la estructura
veritativo–funcional de las proposiciones —de cómo están construidas las
proposiciones a partir de proposiciones simples por la aplicación repetida de
la conjunción, disyunción, negación, y las otras operaciones definibles en
términos de éstas—. Si empezamos con oraciones en vez de con proposiciones,
entonces nuestro problema se solucionará siempre y cuando las conectivas
veritativo–funcionales puedan ser identificadas. Porque una vez que las
conectivas veritativo– funcionales han sido identificadas, Jeffrey ha mostrado
cómo fijar, con el grado deseado, las probabilidades y deseabilidades
subjetivas de todas las oraciones; y esto, he argumentado, basta para dar una
teoría para interpretar las oraciones.
El primitivo
empírico básico en el método que hay que describir es la preferencia (débil)
del agente de que sea verdadera una oración mejor que otra; uno podría por
tanto pensar en los datos como si fueran del mismo tipo que los datos
habitualmente reunidos en una
86
prueba experimental
de cualquier teoría bayesiana de la decisión, siempre y cuando la
interpretación de las oraciones entre las que el agente elige no se asuma como
conocida de antemano por el intérprete.
La uniformidad y
simplicidad de la ontología empírica del siste-ma, que comprende sólo las
preferencias y las oraciones, es esencial para lograr el objetivo de combinar
la teoría de la decisión con la interpretación. Seguiré a Jeffrey, cuya teoría
trata sólo de proposicio-nes, tan cerca como sea posible, sustituyendo
oraciones sin interpretar donde él asume proposiciones. Aquí, entonces, está el
análogo del Axioma de Deseabilidad (D) de Jeffrey, aplicado a
oraciones en vez de a proposiciones:
(D) Si prob(s y t)
= 0 y prob(s o t) 0, entonces
des(s o t)
= prob(s)es(s)+prob(t)des(t)
prob(s)+prob(t)
[203] [Escribo ‘prob (s)’
para la probabilidad subjetiva de s y ‘des(s)’ para la deseabilidad de s.] Al
relacionar la preferencia y la creencia, este axioma hace el tipo de trabajo
que habitualmente se hace en las apuestas; la relación es, sin embargo,
diferente. Los eventos se correla-cionan con oraciones que bajo la
interpretación resulta que dicen que el evento ocurre (‘la carta siguiente es
un trébol’). Las acciones y los resultados también están representados por
oraciones (‘el agente apuesta un dólar’, ‘el agente gana cinco dólares’). Las
apuestas no entran directamente, pero el elemento de riesgo está presente,
puesto que elegir que una oración sea verdadera es habitualmente correr un
riesgo acerca de lo que será concomitantemente verdadero. (Se asume
87
que uno no puede
elegir una oración lógicamente falsa.) Así vemos que, si el agente elige hacer
verdadera en vez de falsa la oración ‘el agente apuesta un dólar’, está tomando
una posibilidad sobre un resultado, que podría pensarse, por ejemplo, que depende
de si la siguiente carta es o no un trébol. Entonces la deseabilidad de la
(verdad de) la oración ‘el agente apuesta un dólar’ será la deseabilidad de las
distintas circunstancias en las que la oración es verdadera, sopesadas de la
forma habitual por las probabilidades de esas circunstancias. Supongamos que el
agente cree que ganará cinco dólares si la carta siguiente es un trébol y que
no ganará nada si la carta siguiente no es un trébol; tendrá entonces un
especial interés en si la verdad de ‘el agente apuesta un dólar’ se emparejará
con la verdad o falsedad de ‘la siguiente carta es un trébol’. Abreviemos estas
dos oraciones por ‘s’ y ‘t’. Entonces
des(s) = prob(s y t)des(s y
t) + prob(s y t)des(s y t)
prob(s)
Esto es, por
supuesto, algo parecido a las apuestas de Ramsey. Di-fiere, sin embargo, en que
no hay ninguna asunción de que «los estados de la naturaleza» que podría
pensarse que determinan los resultados sean, en la terminología de Ramsey,
«moralmente neutra-les», esto es, que no tengan efecto sobre las deseabilidades
de los resultados. Ni hay tampoco la asunción de que las probabilidades de los
resultados dependan de nada más que de las probabilidades de los «estados de
naturaleza» (el agente podría creer que tiene una posibili-dad de ganar cinco
dólares incluso si la siguiente carta no es un trébol,
88
y una posibilidad
de que no ganará cinco dólares incluso si la próxima carta es un trébol). [204]
El axioma de
deseabilidad puede usarse para mostrar cómo las probabilidades dependen de las
deseabilidades en el sistema de Jef-frey. Tomemos el caso especial donde t = s.
Entonces tenemos
(1) des(s o s) =
des(s)prob(s) + des(s)prob(s)
Puesto que prob(s)
+ prob(s) = 1, podemos resolver por prob(s):
|
(2) |
prob(s) = |
des(s o s) –
des(s) |
|
|
des(s) – des(s) |
|||
|
|
|
Así, la
probabilidad de una proposición depende de la deseabili-dad de esta proposición
y de su negación. Además, es fácil ver que, si una oración s es más deseable
que una verdad lógica arbitraria (tal como ‘t o ¬‘t’), entonces su negación (¬‘s’) no puede
también ser más deseable que una verdad lógica. Supongamos que asignamos el
núme-ro O a cualquier verdad lógica. (Esto es intuitivamente razonable puesto
que un agente es indiferente a la verdad de una tautología.) Entonces (2) puede
reescribirse:
(3) prob(s) = l
des(s)
1 –
des(s)
89
De repente es
evidente que des(s) y des(s) no pueden ser ambas mayores, o ambas menores, que
0, la deseabilidad de cualquier verdad lógica, si prob(s) tiene que caer en el
intervalo de 0 a 1. Si (siguiendo a Jeffrey) llamamos buena a una opción si es
preferida a una verdad lógica y mala si una verdad lógica es preferida a ella,
entonces (3) muestra que es imposible que una opción (oración) y su negación
sean ambas buenas o ambas malas.
Tomando ‘(s y s)’
como nuestra muestra de verdad lógica (pode-mos. afirmar este principio en
términos puramente de preferencias:
(4) Si des(s) > des(¬(s y ¬s)) entonces des(¬(s y ¬s)) ≥ des(¬s), y
Puesto que tanto la
negación como la conjunción pueden definir-se en términos de la barra de
Sheffer ‘|’ («no a la vez»), (4) puede reescribirse: [205]
(5) Si des(s) > des((t|u)|((t|u)|(t|u)))
entonces des((t|u)|((t|u)|(t|u))) des(s|s), y
si
des((t|u)|((t|u)|(t|u))) > des(s) entonces des(s|s)((des((t|u)|((t|u)|(t|u))).
El interés de (5)
para los propósitos actuales es éste. Si asumimos que ‘|’ es algún operador
veritativo-funcional arbitrario que forma oraciones a partir de pares de
oraciones, entonces se cumple lo si-guiente: si (5) es verdadero para todas las
oraciones s, t, y u, y para algún s y t, des(s|s) des(t|t), entonces ‘|’ debe
ser la barra de Sheffer
90
(debe tener las
propiedades lógicas de «no a la vez»); ninguna otra interpretación es posible69.
Así, los datos que
involucran sólo preferencias entre oraciones, cuyos significados son
desconocidos para el intérprete, ha llevado (dada las restricciones de la
teoría) a la identificación de una conectiva oracional. Puesto que todas las
oraciones lógicamente equivalentes son iguales en deseabilidad, es ahora
posible interpretar todas las otras conectivas oracionales
veritativo–funcionales, puesto que todas son definibles en términos de la barra
de Sheffer. Por ejemplo, si se encuen-tra que para toda oración s,
des(s|s) = des(¬s)
podemos concluir
que la tilde es el signo de negación.
Ahora es posible
medir la deseabilidad y probabilidad subjetiva de todas las oraciones, porque
la aplicación de fórmulas como (2) y (3) exige la identificación sólo de las
conectivas oracionales veritativo-funcionales. Así, está claro a partir de (3)
que, si dos oraciones son iguales en deseabilidad (y se prefieren a una verdad
lógica) y sus negaciones son también iguales en deseabilidad, las oraciones
deben tener la misma probabilidad. Por lo mismo, si dos oraciones son iguales
en deseabilidad (y se prefieren a una verdad lógica), pero la negación de una
se prefiere a la negación de la otra, entonces la proba-
69 Estoy en deuda con
Stig Kangeen por mostrarme por qué un intento anterior para solucionar este
problema no funcionaría. También él añadió algunos refinamien-tos necesarios a
la propuesta actual.
91
bilidad de la
primera es menor que la de la segunda. Esto, junto con los apropiados axiomas
de existencia, es suficiente para establecer una escala de probabilidad.
Entonces es fácil determinar las deseabilidades relativas de todas las
oraciones70. [206]
En este punto las
probabilidades y deseabilidades de todas las oraciones han sido en teoría
determinadas. Pero ninguna oración completa ha sido todavía interpretada,
aunque las conectivas oraciona-les veritativo–funcionales han sido
identificadas, y así las oraciones lógicamente verdaderas o falsas en virtud de
la lógica oracional pueden reconocerse.
Hemos mostrado cómo
interpretar las oraciones más simples so-bre la base de (grados de) creencia en
su verdad. Dados los grados de creencia y fuerzas de deseo relativas de la
verdad de las oraciones interpretadas, podemos dar un contenido proposicional a
las creencias y deseos de un agente.
70 Para los detalles
véase Jeffrey, The Logic of Decision.

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