© Libro N° 13819. Levantad,
Carpinteros, La Viga Maestra. Salinger, J.
D. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © RAISE HIGH
THE ROOF BEAM, CARPENTERS.
SEYMOUR
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Original: © Levantad,
Carpinteros, La Viga Maestra. J. D. Salinger
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LEVANTAD, CARPINTEROS, LA
VIGA MAESTRA
J. D. Salinger
Levantad,
Carpinteros, La Viga Maestra
J. D. Salinger
J. D. Salinger
LEVANTAD,
CARPINTEROS, LA VIGA MAESTRA
EDITORIAL BRUGUERA,
S.A.
Título original: RAISE HIGH THE ROOF
BEAM, CARPENTERS.
SEYMOUR: AN
INTRODUCTION
Traducción: Aurora
Bernárdez
1.» edición:
octubre, 1977
© Editorial Bruguera, S. A. - 1977
Mora la
Nueva, 2. Barcelona (España)
Edición original:
© J. D. Salinger
- 1955, 1959
Primera edición en
lengua castellana:
© Editorial
Sudamericana, S. A. • 1973
Printed in Spain
ISBN 84-02-05310-6
Depósito legal: B.
35.236 -1977
Impreso en los
Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S.
Carretera
Nacional 152, Km 21,650
Parets del Valles
(Barcelona) – 1977
INDICE
LEVANTAD
CARPINTEROS LA VIGA MAESTRA……..Pág. 2
SEYMOUR: UNA
INTRODUCCION………………….……Pág. 37
1
Si aún queda en el
mundo un aficionado a
la lectura —o
cualquiera que lea y siga—,
le pido, con afecto
y gratitud indecibles,
que divida en
cuatro la dedicatoria de este
libro: entre mi
mujer y mis hijos.
LEVANTAD, CARPINTEROS,
LAVIGAMAESTRA
Hace unos veinte
años, una noche en que nuestra enorme familia estaba sitiada por las paperas,
mi hermana menor, Franny, fue trasladada con cuna y todo a la habitación
evidentemente libre de microbios que yo compartía con mi hermano mayor,
Seymour. Yo tenía quince años, Seymour diecisiete. A eso de las dos de la
mañana, el llanto de la nueva compañera de cuarto me despertó. Me quedé quieto,
en posición neutral durante unos minutos, escuchando el berrinche hasta que oí
o sentí que Seymour se movía en la cama próxima a la mía. En aquellos tiempos
teníamos una linterna sobre la mesa de noche entre los dos, para casos
imprevistos que, por lo que recuerdo, nunca se presentaban. Seymour la encendió
y salió de la cama.
—El biberón está
sobre la cocina, dijo mamá —le expliqué.
—Se lo he dado hace
un rato —dijo Seymour—. No tiene hambre.
Avanzó en la
oscuridad hasta los anaqueles y proyectó la luz balanceándola lentamente hacia
atrás y hacia adelante. Me senté en la cama.
—¿Qué vas a hacer?
—pregunté.
—Creo que voy a
leerle algo —contestó Seymour y tomó un libro.
—Pero, por favor,
si tiene diez meses —dije.
—Ya lo sé
—respondió Seymour—. Tienen orejas. Oyen.
La historia que
Seymour leyó a Franny aquella noche era una de sus favoritas, un cuento
taoísta. Franny jura hasta hoy que se acuerda de Seymour leyéndoselo:
«El duque Mu de
Chin dijo a Po Lo: "Ya estás cargado de años. ¿Hay algún miembro de tu
familia a quien pueda encomendarle que me busque caballos?" Po Lo
respondió: "Un buen caballo puede ser elegido por su estructura general y
su apariencia. Pero el mejor caballo, el que no levanta polvo ni deja huellas,
es en cierto modo evanescente y fugaz, esquivo como el aire sutil. El talento
de mis hijos es de nivel inferior; cuando ven caballos pueden señalar a uno
bueno, pero no al mejor. No obstante, tengo un amigo, un tal Chiu-fang Kao,
vendedor de vegetales y combustible, que en cosas de caballos no es en modo
alguno inferior a mí. Te ruego que lo veas."
»E1 duque Mu así lo
hizo y después lo envió en busca de un corcel. Tres meses más tarde volvió con
la noticia de que había encontrado uno. "Ahora está en Sach'iu",
añadió. "¿Qué clase de caballo es?", preguntó el duque. "Oh, es
una yegua baya", fue la respuesta. ¡Pero alguien fue a buscarlo, y el
animal resultó ser un padrillo renegrido! Muy disgustado, el duque mandó a
buscar a Po Lo. "Ese amigo tuyo —dijo— a quien le encargué que me buscara
un caballo, se ha hecho un buen lío. ¡Ni siquiera sabe distinguir el color o el
sexo de un animal! ¿Qué diablos puede saber de caballos?" Po Lo lanzó un
profundo suspiro de satisfacción. "¿Ha llegado realmente tan lejos?
—exclamó—. Ah, entonces vale diez mil veces más que yo. No hay comparación
entre nosotros. Lo que Kao tiene en cuenta es el mecanismo espiritual. Se
asegura de lo esencial y olvida los detalles triviales; atento a las
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cualidades
interiores, pierde de vista las exteriores. Ve lo que quiere ver y no lo que no
quiere ver. Mira las cosas que debe mirar y descuida las que no es necesario
mirar. Kao es un juez tan perspicaz en materia de caballos, que puede juzgar de
algo más que de caballos."
»Cuando el caballo
llegó, resultó ser un animal superior.»
He reproducido el
cuento no porque invariablemente me aparte de mi camino, para recomendar una
buena prosa pacificadora a los padres o hermanos mayores de los niños de diez
meses, sino por una razón por entero distinta. Lo que sigue en seguida es el
relato de un día de bodas de 1942. Es, a mi juicio, un relato completo, con un
principio y un fin, y personajes, todos propios. Pero como conozco los hechos,
creo que debo mencionar que el novio ahora, en 1955, hace ya mucho que ha
muerto. Se suicidó en 1948, mientras pasaba las vacaciones en Florida con su
mujer ... Pero lo que en realidad quiero decir es esto: desde
que el novio se retiró definitivamente de la escena, no he conocido a nadie a
quien pueda encomendarle que salga a buscar un caballo en su lugar.
A fines de mayo de
1942, la progenie —siete en total— de Les y Bessie (Gallagher) Glass,
comediantes retirados del Circuito Pantages, estaba desparramada, por decirlo
de un modo extravagante, por todos los Estados Unidos. Yo, para empezar, el
segundo, estaba en el hospital de Fort Benning, Georgia, con pleuresía, un
pequeño recuerdo de trece semanas de adiestramiento básico en infantería. Los
mellizos, Walt y Waker, habían quedado sepa-rados hacía un año entero. Waker
estaba en un campo de objetores de conciencia, en Maryland, y Walt en alguna
parte del Pacífico, o en camino hacia allí, con una unidad de artillería de
campaña. (Nunca supimos con seguridad dónde estaba Walt en aquel momento
concreto. Nunca había sido muy aficionado a escribir cartas, y fueron muy pocos
los datos personales —casi ninguno— que nos llegaron después de su muerte.
Murió en un accidente militar, indeciblemente absurdo, a finales del otoño de
1945, en Japón.) Mi hermana mayor, Boo Boo, que se sitúa cronológicamente entre
los mellizos y yo, era portaestandarte del Servicio Voluntario Femenino de
Emergencia, apostado de vez en cuando en la base naval de Brooklyn. Toda
aquella primavera y aquel verano, ocupó el pequeño apartamento de Nueva York
que mi hermano Seymour y yo habíamos abandonado después de incorporarnos al
ejército. Los dos pequeños de la familia, Zooey (varón) y Franny (mujer),
estaban con nuestros progenitores en Los Ángeles, donde mi padre hacía acopio
de talentos para un estudio de cine. Zooey tenía trece años y Franny ocho. Los
dos aparecían todas las semanas en un programa de radio de preguntas y respuestas,
llamado con típica ironía punzante Los niños sabios. En uno u
otro momento, bien puedo decirlo aquí —o más bien, en uno u otro año—, todos
los niños de nuestra familia han sido huéspedes semanales de Los niños
sabios. Seymour y yo fuimos los primeros en aparecer, allá por 1927, a
las edades respectivas de diez y de ocho años, en épocas en que el programa era
emitido desde una de las salas de fiestas del viejo hotel Murray Hill. Los
siete, desde Seymour hasta Franny, aparecíamos con seudónimo. Lo cual puede
parecer sumamente extraño, si se considera que éramos hijos de comediantes,
secta que no suele ser reacia a la publicidad, pero mi madre había leído una
vez en una revista un artículo sobre los pequeños tormentos que los niños
profesionales están obligados a soportar —su alejamiento de una sociedad
normal, quizá deseable—, y adoptó una posición férrea al respecto, de la que
nunca, nunca se apartó. (Este no es el momento de
3
averiguar si casi
todos o todos los niños «profesionales» deben ser proscritos, com-padecidos o
ejecutados implacablemente por perturbar la paz. Por el momento, sólo diré que
lo que nos pagaron a todos en el programa Los niños sabios sirvió
para mandar a seis de nosotros a la Universidad y ahora al séptimo.)
Nuestro hermano
mayor, Seymour —a quien me referiré aquí casi con exclusividad—, era cabo en lo
que, en 1942, todavía llamábamos Cuerpo Aéreo. Estaba apostado en una base B-17
en California donde hacía, creo, trabajos de oficina. Podría añadir, no del todo
entre paréntesis, que era con mucho el menos prolífico de la familia en materia
de cartas. No creo haber recibido cinco cartas suyas en toda mi vida.
La mañana del 22 ó
23 de mayo (nadie en mi familia ha fechado jamás una carta) me dejaron una
carta de mi hermana Boo Boo a los pies de la cama en el hospital de Fort
Benning, mientras me vendaban el diafragma con esparadrapo (una terapéutica
aplicada de manera habitual a los enfermos de pleuresía, tal vez para
impedirles que tosan hasta hacerse pedazos). Terminada la prueba, leí la carta
de Boo Boo. Todavía la tengo y la reproduzco textualmente:
Buddy querido:
»Estoy empacando a
toda velocidad, de modo que ésta será corta, pero penetrante. El
almirante Pellizca-culos ha decidido que tiene que volar a lugares desconocidos
para colaborar en los esfuerzos bélicos y ha decidido también llevarse a su
secretaria si se porta bien. Simplemente me revienta. Dejando de lado a
Seymour, esto significa construcciones prefabricadas en bases aéreas glaciales
y chistes infantiles de nuestros combatientes y esas horribles cosas de papel
para vomitar en el avión. El caso es que Seymour se casa, sí, se casa, de
modo que atención, por favor. No podré ir. Estaré lejos de seis semanas a dos meses.
He conocido a la chica. En mi opinión es nula, pero despampanante. En realidad
no sé si es nula. Quiero decir que apenas pronunció dos
palabras la noche en que la conocí. Se sentó, sonrió y fumó, de
modo que no es justo decirlo. No sé nada del romance mismo, salvo que al
parecer se conocieron durante el último invierno, cuando Seymour estaba
apostado en Monmouth. La madre es perita en todas las artes, y se trata con un
buen Junguiano dos veces por semana (me preguntó dos veces, la noche en que la
conocí, si me había analizado alguna vez) . Me dijo que le gustaría que Seymour
fuera más sociable. Con el mismo impulso dijo que simplemente le encantaba,
aunque etc., etc., y que lo escuchó con atención religiosa durante todos los
años .en que actuó por radio. Esto es todo lo que sé, aparte de que tienes que
ir a la boda. Nunca te perdonaré si no vas. Lo digo en serio. Mamá y papá no
pueden venir desde la costa. Franny tiene la rubéola, por lo pronto. Dicho sea
de paso, ¿la escuchaste la semana pasada? Se explayó largo y tendido acerca de
cómo volaba por todo el apartamento. Cuando tenía cuatro años y no había nadie
en casa. El nuevo locutor es peor que Grant, si es posible, incluso peor que el
Sullivan de los viejos tiempos. Le dijo que seguramente había soñado que
volaba. La nena se mantuvo en sus trece como un ángel. Dijo que sabía que
volaba porque al bajar tenía siempre polvo en los dedos por haber tocado las
bombillas. Me muero por verla. A ti también. De todos modos, tienes que ir a la
boda. Aunque sea sin permiso, si no hay remedio, pero ve. Es a las tres, el 4
de junio. Lo que se dice no sectaria y Emancipada, en el domicilio de su abuela
en la calle Sesenta y Tres. Los casa un juez. No sé el número exacto, pero
queda justo a dos puertas de donde vivían lujosamente Carl y Amy. Voy a
telegrafiarle a Walt, pero creo que ya se ha embarcado. Por favor, ve
allá, Buddy. Está flaco como un gato y tiene esa mirada de éxtasis que te corta
el habla. Quizá todo salga perfectamente bien, pero detesto al 1942.
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Creo que odiaré el
1942 hasta mi muerte, por cuestión de principio. Te veré a mi vuelta.
Un abrazo.
»Boo Boo.»
Un par de días
después de haber recibido la carta, me dieron de alta en el hospital, bajo la
custodia, por así decirlo, de dos metros y medio de esparadrapo alrededor de
las costillas. Entonces empezó una campaña extenuante que duró una semana para
conseguir permiso e ir a la boda. Por fin lo obtuve congraciándome
laboriosamente con el comandante de mi compañía, un hombre aficionado a la
lectura, según propia confesión, cuyo autor favorito quiso la suerte que fuese
el mío: L. Manning Vines. O bien Hinds. A pesar de este lazo espiritual lo más
que pude sacarle fue un permiso por tres días que, en el mejor de los casos, me
daría justo el tiempo para ir en tren a Nueva York, asistir al casamiento,
engullir la cena en alguna parte y volver desalentado a Georgia.
Recuerdo que en
1942 todos los vagones de ferrocarril tenían una ventilación sólo teórica,
abundaban en policía militar y olían a zumo de naranja, leche y whisky de
centeno. Me pasé la noche tosiendo y leyendo una revista de tiras cómicas que
alguien tuvo la bondad de prestarme. Cuando el tren entró en Nueva York, a las
dos y diez de la tarde de la boda, yo estaba deshecho por la tos, bastante
exhausto, transpirando, arrugado, con una picazón infernal provocada por el
esparadrapo. La misma Nueva York estaba indescriptiblemente calurosa. No tenía
tiempo para ir primero a mi apartamento, de modo que dejé el equipaje, que
consistía en una maletilla de tela con cremallera de aspecto más bien
deprimente, en una de esas consignas metálicas que hay en Penn Station. Para
que las cosas fueran todavía más irritantes, mientras vagaba por el barrio de
las tiendas tratando de encontrar un taxi vacío, un segundo teniente del Cuerpo
de Señales, a quien al parecer no saludé al cruzar la Séptima Avenida, sacó de
pronto una estilográfica y anotó mi nombre, mi número de matrícula y mi
dirección, mientras algunos civiles miraban con interés.
Cuando por fin me
metí en un taxi, yo estaba desinflado. Le di al conductor instrucciones que me
llevarían al fin a la vieja casa de Carl y Amy. Pero en cuanto llegué a la
manzana fue muy sencillo. Bastaba seguir a la multitud. Había incluso un
baldaquino de lona. Un momento después entré en una vieja y enorme casa de
piedra donde me recibió una mujer muy elegante, de pelo color lavanda, que me
preguntó si era amigo de la novia o del novio. Dije que del novio.
—-Ah —dijo—,
estamos poniéndolos a todos junios.
Lanzó una carcajada
un poco exagerada y me señaló la última silla plegable que aparecía vacía en
una enorme habitación atestada. Con respecto a todos los detalles materiales de
la habitación tengo en la mente un blanco de trece años. Fuera del hecho de que
estaba repleta de gente y que hacía un calor sofocante, sólo recuerdo dos
cosas: que había un órgano sonando casi directamente detrás de mí y que la
mujer sentada justo a mi derecha se volvió hacia mí y me susurró con
entusiasmo, como si estuviera en un escenario:
—¡Soy Helen
Sitsburn!
Por la posición de
nuestros asientos deduje que no era la madre de la novia, pero por si acaso
sonreí, asentí con espíritu gregario y estuve a punto de decir quién era yo,
pero ella se llevó un dedo decoroso a los labios y los dos miramos hacia
adelante. Eran en ese momento más o menos las tres. Cerré los ojos y esperé, un
poco a la defensiva, que el organista dejara la música de relleno y se
zambullera en Lohengrin.
No tengo una idea
muy clara de cómo pasó la siguiente hora y cuarto, fuera del hecho esencial de
que no hubo zambullida en Lohengrin. Recuerdo una banda un
poco rala
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de caras
desconocidas que de vez en cuando se volvían subrepticias, para ver quién
tosía. Y recuerdo que la mujer sentada a mi derecha se dirigió de nuevo a mí,
con el mismo su-surro más bien festivo:
—Debe de haber
algún retraso —dijo—. ¿Conoce al juez Ranker? Tiene cara de santo. Y
recuerdo que la música de órgano saltaba peculiarmente, casi con desesperación,
en
cierto momento, de
Bach al Rodger y Hart del principio. En conjunto creo que me pasé el tiempo
lanzándome breves advertencias médicas a mí mismo para obligarme a contener los
ataques de tos. Todo el tiempo que pasé en la habitación tuve la idea constante,
cobarde, de que estaba por sufrir una hemorragia o por lo menos una fractura de
costilla, a pesar del corsé de esparadrapo.
A las cuatro y
veinte —o, para decirlo de una manera más moderada, una hora y veinte minutos
después de haber dejado atrás toda esperanza razonable— la novia sin casar, la
cabeza gacha, con un progenitor a cada lado, fue ayudada a salir del edificio y
conducida, frágilmente, por un largo tramo de escalones de piedra hasta la
acera. Luego fue de-positada, pasando casi de mano en mano, en el primero de
los negros y esbeltos coches alquilados que esperaban, en doble fila, junto al
bordillo de la acera. Fue un momento sumamente gráfico —un momento
periodístico— y, como los momentos periodísticos, tuvo su complemento total de
testigos oculares, porque los invitados a la boda (yo entre ellos) habían
empezado a brotar del edificio, aunque con decoro, en bandadas alertas, por no
decir desorbitadas. Si algún factor hubo que aliviara siquiera un poco el
espectáculo, fue el tiempo mismo. El sol de junio, con la mediatez de una
lámpara de muchas bujías, era tan caliente y deslumbrante que la imagen de la
novia, cuando bajó casi como una inválida por los peldaños de piedra, tendió a
borronearse cuando más importaba que fuera borrosa.
Una vez que el
coche de la novia hubo salido por lo menos materialmente de la escena, la
tensión en la acera, sobre todo alrededor de la entrada del baldaquino de lona,
en el bordillo de la acera donde yo me había quedado, se deshizo en lo que, de
haber sido el edificio de una iglesia y de ser domingo, se hubiera tomado por
la confusión normal que se produce al dispersarse los fieles. Entonces, en
forma muy repentina, llegó la palabra importante transmitida por el tío de la
novia, Al, de que los invitados a la boda habían de utilizar los
coches estacionados junto al bordillo, hubiera o no recepción, cambiaran o no los
planes. Si la reacción a mi lado podía tomarse como criterio, el ofrecimiento
fue en general recibido como una especie de beau geste. Pero
no dejaré de decir que los coches fueron utilizados sólo después que un pelotón
formidable —designado como los «parientes directos» de la novia— hubo ocupado
los vehículos que necesitaba para abandonar la escena. Y después de un retraso
un tanto misterioso, como si hubiera un embotellamiento (durante el cual me
quedé especialmente clavado en el lugar), los «parientes directos» iniciaron su
éxodo, a razón de seis o siete por coche como máximo, y de tres o cuatro como
mínimo. Sospecho que el número dependía de la edad, el porte y el grosor de los
muslos de los primeros ocupantes.
De pronto, por
sugestión decididamente crispada de alguien, me encontré plantado en el
bordillo de la acera, justo a la salida del baldaquino de lona, ayudando a la
gente a meterse en los coches.
Vale la pena pensar
un poco por qué fui elegido para llenar esa función. Por lo que sé, el hombre
de mediana edad, no identificado, que me escogió para el trabajo, no tenía la
menor idea de que yo era el hermano del novio. Por lo tanto, sería lógico que hubiese
sido
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elegido por otras
razones, mucho menos poéticas. Era en 1942. Yo tenía veintitrés años y acababa
de incorporarme al ejército. Me sorprende que fuera solamente mi edad, mi
uniforme y el aura inconfundible y servicial de mi uniforme verde oliva lo que
no dejara duda sobre mi capacidad para hacer de portero.
No sólo tenía
veintitrés años, sino que eran evidentemente veintitrés años de retardado.
Recuerdo que cargaba gente en los coches sin la menor competencia. En cambio
aparentaba cierta fingida y alcahueta apariencia de subnormalidad, cierta
fidelidad al cumplimiento del deber. En realidad, al cabo de unos minutos, vi
demasiado bien que estaba satisfaciendo las necesidades de una generación
predominantemente mayor, más baja, más entrada en carnes, y mi actitud al
tomarla del brazo y cerrar la portezuela adquirió una potencia más falsa
todavía. Empecé a comportarme como un joven gigante de destreza excepcional,
absolutamente seductor.
Pero lo menos que
puede decirse es que el calor de la tarde era opresivo y que las compensaciones
de mi oficio deben de haberme parecido cada vez más insignificantes. De pronto,
aunque la multitud de «parientes directos» apenas empezaba a ralear, me metí en
uno de los coches recién cargados en el momento mismo en que se apartaba del
bordillo de la acera. Entonces di con la cabeza contra el techo de una manera
muy audible (quizá justiciera). Uno de los ocupantes del auto era nada menos
que mi susurrante conocida, Helen Silsburn, que empezó a ofrecerme su
incompetente simpatía. Sin duda el golpe había resonado en todo el coche. Pero
a los veintitrés años yo era esa clase de muchacho que responde a todo daño
público de su persona, salvo en caso de fractura de cráneo, lanzando una
carcajada que suena a hueca, anormal.
El auto se dirigió
hacia el oeste, como si fuera directamente a meterse en el horno del cielo del
final de la tarde. Siguió hacia el oeste dos manzanas hasta llegar a Madison
Avenue, y luego dobló en brusco ángulo recto hacia el norte. Sentí como si nos salváramos
todos de quedar encerrados en la terrible hornalla del sol sólo por la gran
presteza y habi-lidad del conductor anónimo.
Durante las cuatro
o cinco primeras manzanas por Madison, la conversación en el coche se limitó
sobre todo a observaciones como «¿Le dejo bastante espacio?» y «Nunca en mi
vida he tenido tanto calor». La única que no había tenido nunca tanto calor en
toda su vida era, como supe por haber fisgoneado un tanto en el bordillo de la
acera, la Madrina de Honor de la novia. Era una muchacha sólida de unos
veinticuatro o veinticinco años, con un vestido de satén rosa y una banda de
nomeolvides artificiales en el pelo. Su ethos era netamente
atlético, como si hiciera uno o dos años que se hubiese graduado de profesora
de educación física. Tenía en el regazo un ramo de gardenias como si fuese una
pelota de volley desinflada. Estaba sentada en el asiento trasero, los muslos
apretados entre su marido y un viejo minúsculo con sombrero de copa y chaqué,
que sostenía un cigarro habano sin encender. La señora Sílsburn y yo,
tocándonos sin impudicia las rodillas, ocupábamos los estrapontines. Dos veces,
sin excusa alguna, en busca de mera aprobación, me volví para mirar al viejo.
Cuando yo mantenía la puerta abierta para que él entrara en el coche, tuve el
fugaz impulso de levantarlo materialmente y de meterlo con delicadeza por la
ventanilla abierta. Era la pequeñez misma; no medía más de un metro cuarenta o
cincuenta, sin ser ni un pigmeo ni un enano. En el coche miraba fijo, con gran
severidad, hacia adelante. La segunda vez que me volví a mirarlo, observé que
había algo muy parecido a una vieja mancha de grasa en la solapa del chaqué.
También noté que el sombrero de copa quedaba a unos diez o doce centímetros del
techo... Pero en general durante esos primeros minutos en el coche, me preocupé
sobre todo de mi propio estado de salud. Además de tener pleuresía y la cabeza
magullada, mi idea hipocondríaca era que me
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estaba pescando una
infección en la garganta. Con disimulo doblaba la lengua hacia atrás y
exploraba la parte presuntamente dolorosa Recuerdo que miraba fijo hacia
adelante, en línea recta hacia el pescuezo del conductor que era un mapa en
relieve de cicatrices de granos, cuando de pronto mi compañera del estrapontín
me dijo:
—No he tenido
oportunidad de preguntárselo mientras estábamos adentro. ¿Cómo está el encanto
de su madre? ¿No es usted Dickie Briganza?
En el momento de la
pregunta, yo tenía la lengua curvada hacia atrás, explorando el velo del
paladar. La desenrosqué, tragué y me volví hacia ella. Tendría unos cincuenta
años, estaba vestida elegantemente y con gusto. Llevaba una gruesa capa de
maquillaje. Le contesté que no, que no era.
Me miró con los
ojos un poco entrecerrados y dijo que yo era exactamente igual al hijo de Celia
Briganza. Algo en la boca. Traté de indicar con un gesto que era un error que
cualquiera podía cometer. Seguí mirando la nuca del conductor. El coche estaba
en silencio. Eché un vistazo por la ventanilla para cambiar de escena.
—¿Está contento en
el ejército? —preguntó la señora Silsburn, con brusquedad, como conversando.
En ese preciso
momento tuve un breve acceso de tos. Cuando terminó me volví hacia ella con
toda la vivacidad disponible y dije que me había hecho de montón de compinches.
Me resultaba un poco difícil girar en su dirección, debido al revestimiento de
esparadrapo del diafragma.
Ella asintió:
---Creo que todos
ustedes son simplemente maravillosos —dijo, con cierta ambigüedad—. ¿Es amigo
de la novia o del novio? —preguntó entonces, yendo con delicadeza al grano.
---En realidad, no
soy precisamente un amigo de...
Mejor que no diga
que es amigo del novio —dijo la Madrina de Honor
interrumpiéndome desde el fondo del coche—. Me gustaría ponerle la mano encima
sólo unos dos minutos. Sólo dos minutos, nada
más.
La señora Silsburn
se volvió rápida, pero totalmente, para sonreír a la que había hablado. Después
miró de nuevo hacia adelante. En realidad giramos los dos casi al unísono.
Considerando que la señora Silsburn se había vuelto sólo un instante, la
sonrisa que había dedicado a la Madrina de Honor era una especie de obra
maestra del estrapontín. Fue lo bastante expresiva como para denotar una
ilimitada camaradería con todos los jóvenes del mundo entero, pero sobre todo
con su fogosa, franca representante local a quien quizá había sido presentada,
en el mejor de los casos, de una manera poco más que superficial.
—Muchacha sedienta
de sangre —dijo una regocijada voz masculina. Y la señora Silsburn y yo nos
volvimos de nuevo. El que había hablado era el marido de la Madrina de Honor.
Estaba sentado justo detrás de mí, a la izquierda de su mujer. El y yo
cambiamos rápidamente esa mirada vacía, sin camaradería, que en el crapuloso
año de 1942 tal vez sólo podían cambiar un oficial y un soldado. Primer
teniente del Cuerpo de Señales, usaba una gorra de piloto de las Fuerzas Aéreas
muy interesante, una gorra con visera despojada del armazón de alambre que
suele conferir a quien la usa cierto aire intrépido, quizá buscado. Pero en su
caso, la gorra no lograba cumplir su cometido. No tenía otro propósito que el
de mostrar que mi gorra desmesurada reglamentaria, era un bonete de payaso que
alguien había recogido, nervioso, del incinerador. Su cara era amarillenta y
profundamente desalentada. Transpiraba con profusión casi increíble, en la
frente, el labio superior e incluso la punta de la nariz, al extremo de que
hubiera sido indicado administrarle un
8
comprimido de sal—.
Estoy casado con la muchacha más sedienta de sangre de seis provincias —dijo,
digiriéndose a la señora Silsburn, con otra risita suave, pública. En
automática deferencia a su jerarquía, lancé a mi vez una risita casi al mismo
tiempo que él, una risita breve, inane, de extraño y de recluta significando
que estaba a favor de él y de todos los demás, en contra de nadie.
—Lo digo en
serio —dijo la Madrina de Honor—. Dos minutos nada más, hermano.
Ah, si pudiera
ponerle mis dos manitas...
—Está bien, vamos,
calma, calma —dijo su marido, con recursos inagotables de buen humor conyugal—.
Calma. Vivirás más tiempo.
La señora Silsburn
se volvió de nuevo hacia el fondo del coche y dedicó a la Madrina de Honor una
sonrisa celestial.
—¿Alguien vio a
algún pariente de él en la boda? —preguntó, con suavidad, poniendo apenas un
poco de énfasis, nada que no fuera perfecta amabilidad, al pronunciar el
pronombre personal.
La Madrina de Honor
contestó con un volumen tóxico:
—No. Están todos en
la Costa del Oeste o en algún lugar por el estilo. Ojalá hubiesen
estado.
La risita ahogada
del marido sonó de nuevo.
— Qué hubieras
hecho entonces, corazón? —pregunto y guiñó, sin discriminación, un ojo hacia
mí. —Bueno, no sé, pero algo hubiera hecho
—dijo la Madrina de Honor. El volumen de la risita a su izquierda se amplió—.
¡Hubiera tenido que hacerlo! ---insistió. Les hubiera dicho algo. Palabra.
Qué caray. —Hablaba con aplomo creciente como si percibiera que, estimulados
por su marido, los demás que estábamos al alcance de su voz encontrábamos algo
seductoramente directo, corajudo, en su sentido de la justicia, por juvenil o
poco práctico que fuese---. No sé qué les hubiera dicho. Quizá
hubiera soltado algo idiota. Pero, qué caray. ¡De veras! Simplemente no puedo
soportar que alguien se mande mudar después de haber cometido un crimen. Me
hierve la sangre. —Suspendió la vivacidad el tiempo suficiente para recibir el
apoyo de una mirada de simulada empatía por parte de la señora Silsburn. La
señora Silsburn y yo nos habíamos vuelto ahora del todo, supersociables, en
nuestros estrapontines—. Lo digo de veras —dijo la Madrina de Honor—. No se
puede andar a empujones en la vida hiriendo los sentimientos
de la gente cuando a uno le da la gana.
—Confieso que sé
muy poco del joven —dijo la señora Silsburn suavemente—. En realidad, no lo
conozco. Lo primero que supe es que Muriel estaba comprometida...
—Nadie lo
conoce —dijo la Madrina de Honor, bastante explosiva—. Ni siquiera yo. Tuvimos
dos ensayos, y las dos veces el pobre padre de Muriel tuvo que ocupar su lugar,
porque su disparatado aeroplano no pudo despegar. Se suponía que daría un salto
hasta aquí el último martes por la noche en algún disparatado avión militar,
pero estaba nevando o algún disparate por el estilo en
Colorado o Arizona o cualquiera de esos disparatados lugares, y no
llegó hasta la una de la mañana, anoche. Entonces esa hora
disparatada llama a Muriel por teléfono desde Long Island o
algo por el estilo y le pide que se encuentre con él en el vestíbulo de algún
horrible hotel para hablar —la Madrina de Honor se estremeció
con elocuencia—. Y ustedes la conocen a Muriel. Como es un encanto, deja que el
fulano y su hermano la arrastren. Eso es lo que me da calambres. Siempre esa
clase de gente que queda maltrecha al final... En fin, que se viste y se mete
en un taxi y va a sentarse a un vestíbulo horrible para hablar hasta las cinco menos
cuarto de
la mañana--- la
Madrina de Honor soltó el ramo de gardenias para levantar dos puños cerrados
sobre su regazo--- ¡Aaah, me pone frenética! —dijo.
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—¿Qué hotel?
—Pregunté a la Madrina de Honor—. ¿Sabe cuál? —Traté de que mi voz sonara
natural, como si mi padre estuviera metido en negocios hoteleros y yo me tomara
cierto comprensible interés filial por los lugares donde la gente para en Nueva
York. En realidad mi pregunta no significaba casi nada. Tan sólo pensaba más o
menos en voz alta. Me había interesado el hecho de que mi hermano le hubiese
pedido a su novia que se encontraran en el vestíbulo de un hotel, y no en su
departamento vacío y disponible. La moralidad de la invitación no tenía
relación alguna con el personaje, pero me interesaba, aunque moderadamente.
—No sé qué hotel
—dijo irritada la Madrina de Honor—. No era más que un hotel —me
miró fijo—. ¿Por qué? —preguntó—. ¿Usted es amigo de él?
Había algo
claramente intimidante en su mirada. Parecía venir de una mujer del populacho,
separada sólo por el tiempo y la suerte de sus agujas de tejer y de una
espléndida vista de la guillotina turbas de cualquier tipo me han aterrado toda
la vida.
---Nos conocimos de
chicos —contesté, de un modo casi ininteligible.
—¡Qué suerte!
—Vamos, vamos —dijo
el marido.
---Lo siento —le
respondió la Madrina de Honor aunque dirigiéndose a todos nosotros—. Pero tú no
estuviste en la habitación viendo llorar a esa pobre chica hasta quedar sin
lágrimas durante una buena hora. No es divertido, y una no se olvida. He oído
hablar de novios que se mueren de miedo y todo eso. Pero no se hace eso a último
momento. ¡Quiero decir que no se hace esto para mortificar a una
cantidad de gente encantadora y hacerle perder casi la razón a una
criatura! Si cambió de idea, ¿por qué no le escribió y por lo
menos rompió como un caballero, por el amor de Dios, antes de hacer todo ese
daño?
—Está bien, calma,
ten calma —dijo su marido. La risita seguía allí, pero sonaba un poco forzada.
—¡ Lo digo en
serio! ¿No podía escribirle y decírselo, como un hombre, e
impedir toda esta tragedia? —me miró bruscamente—. ¿Tiene alguna idea de dónde
está, por casualidad? —me preguntó, con una voz metálica—. Si fueron amigos de
la infancia, usted ha de tener...
—Acabo de llegar a
Nueva York hace unas dos horas —dije, nervioso. No sólo la Madrina de Honor,
sino también su marido y la señora Silsburn me miraban fijo—. Hasta ahora no he
tenido siquiera la posibilidad de acercarme a un teléfono.
Recuerdo que en ese
momento tuve un acceso de tos. Era auténtico, pero debo decir que no hice mucho
por contenerlo o abreviarlo.
—¿Se hace atender
esa tos, soldado? —me preguntó el teniente cuando se me pasó. En ese momento
tuve otro acceso de tos, perfectamente verdadero, aunque parezca raro. Toda vía
estaba a medias o a cuartos vuelto en mi estrapontín, con el cuerpo lo bastante
desviado hacia el frente del coche como para poder toser con arreglo a las
debidas
normas higiénicas.
Aunque parezca muy
desordenado, creo que debería insertar aquí un párrafo para responder a un par
de preguntas embarazosas. En primer lugar ¿por qué seguía sentado en el coche?
Dejando de lado toda consideración incidental, se supone que el coche debía llevar
a sus ocupantes a la casa de apartamentos de los padres de la novia. Ninguna
información, de primera o segunda mano, que hubiera obtenido de la postrada
novia sin
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casar, o de sus
perturbados (y muy probablemente coléricos) padres podía explicar la extrañeza
de mi aparición en el apartamento. ¿Por qué, entonces, seguía sentado en el
coche? ¿Por qué no salía, por ejemplo, mientras estábamos detenidos por un
semáforo? Y lo que es aún más evidente, ante todo, ¿por qué me había metido en
el coche?... Hay para mí al menos una docena de respuestas a estas preguntas y
todas ellas, aunque confusas, suficientemente válidas. Pero creo que puedo
omitirlas y limitarme a reiterar que era 1942, que yo tenía veintitrés años,
acababa de alistarme, acababa de darme cuenta de la eficacia de mantenerse
junto al rebaño y, sobre todo, me sentía solo. Uno se mete, sin más, en los
coches repletos y se queda allí sentado, así lo veo yo.
Volviendo a la
historia, recuerdo que mientras los tres (la Madrina de Honor, su marido y la
señora Silsburn) con los ojos clavados en mí me miraban toser yo eché un
vistazo al viejo minúsculo que estaba en el fondo. Seguía mirando fijo hacia
adelante. Observé, casi con gratitud, que los pies casi no le llegaban al piso.
Parecían viejos y valiosos amigos míos.
—Pero qué
piensa hacer ese hombre? —me dijo la Madrina de Honor cuando
hube salido del segundo acceso de tos.
—-¿Se refiere a
Seymour? —pregunté. Parecía claro al principio, a juzgar por su tono, que
maquinaba alguna singular ignominia. Entonces, de pronto me di cuenta (y era
franca intuición) de que podía ser secreta conocedora de una variada cantidad
de datos biográficos sobre Seymour, es decir, de esos datos bajos,
lamentablemente dramáticos y (en mi opinión) esencialmente equivocados acerca
de él. Que había sido Billy Black, una celebridad nacional de la radio durante
unos seis años de su infancia. O que, para dar otro ejemplo, había ingresado a
la Universidad de Columbia cuando apenas tenía quince años.
—Sí, Seymour —dijo
la Madrina de Honor—. ¿Qué hacía antes de incorporarse al ejército?
Una vez más intuí
en un relámpago refulgente que sabía mucho más sobre él de lo que, por alguna
razón, quería decir. Por una parte, parecía perfectamente enterada de que
Seymour había estado enseñando inglés antes de engancharse; que había sido
profesor. Un profesor. En realidad, por un instante, mientras la miraba, tuve
la incomodísima sensación de que quizá supiera incluso que yo era el hermano de
Seymour. No era una idea como pa-ra mascullarla. La miré soslayándole los ojos
y dije:
—Era pedicuro.
Entonces, con un
movimiento brusco, di una vuelta y me puse a mirar por la ventanilla. El coche
había estado inmóvil durante unos minutos y justo acababa yo de percibir el
redoble de tambores marciales a la distancia, desde la dirección general de
Lexington o la Tercera Avenida.
—¡Es un desfile!
—dijo la señora Silsburn. También ella se había vuelto.
Estábamos al final
de la Ochenta. Un policía en medio de Madison Avenue detenía todo el tráfico
que iba hacia el norte y el sur. Tan sólo lo detenía, es decir, no lo desviaba
ni hacia el este ni hacia el oeste. Había tres o cuatro coches y un autobús esperando
para seguir hacia el sur, pero nuestro coche resultó ser el único vehículo que
iba para arriba. En la esquina inmediata y en lo que yo podía ver del lado de
la calle que subía hacia la Quinta Avenida, había dos o tres filas de personas
a lo largo del cordón y en la acera, a la espera, al parecer, de un desfile de
tropas, o enfermeras, o boy-scouts, o lo que fuese, para abandonar el punto en
que se habían juntado, Lexington o la Tercera Avenida, y seguir la
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—Oh, Dios. ¿Pero
no lo sabía? —dijo la Madrina de Honor.
Me volví y estuve a
punto de darme un cabezazo con ella. Se había inclinado hacia adelante,
metiéndose casi en el espacio entre la señora Silsburn y yo. La señora Silsburn
se volvió hacia ella, también, con una expresión conmovida, más bien de pena.
—Podemos
pasarnos semanas aquí —dijo la Madrina de Honor, estirando el
cuello para ver del otro lado del parabrisas—. Tendría que estar allí ya. Le
dije a Muriel y a su madre que tomaría uno de los primeros coches y que
llegaría en cosa de cinco minutos. ¡Oh, Dios! ¿No se puede hacer
algo?
—Yo también tendría
que estar allí —dijo la señora Silsburn, con bastante presteza. —Sí, pero yo se
lo prometí formalmente. El apartamento va a estar repleto de
toda clase de tíos y tías disparatados y de perfectos extraños, y yo le dije
que montaría guardia con unas diez bayonetas para que ella
tuviera un poco de intimidad y... —se interrumpió—.
Oh, Dios. Es
horrible.
La señora Silsburn
lanzó una risita afectada.
—Creo que yo soy
una de las tías disparatadas —dijo.
Era evidente que
estaba ofendida.
La Madrina de Honor
la miró.
—Ah, lo siento. No
me refería a usted —se reclinó en su asiento—. Quise decir que el apartamento
es tan minúsculo, y si las gentes empiezan a caer como moscas... Ya sabe a qué
me refiero.
La señora Silsburn
no dijo nada, y no la miré para ver cuánto la había ofendido la observación de
la Madrina de Honor. Pero recuerdo que me quedé impresionado, en un sentido
especial, por el tono con que la Madrina de Honor se había disculpado por su
pequeña plancha acerca de los «tíos y tías disparatados». Había sido una
auténtica disculpa, pero no turbada y aún menos obsequiosa, y por un momento
tuve la impresión de que, aparte de su indignación teatral y de su ostentoso
coraje, había algo de bayoneta en ella, algo que no dejaba de ser admirable.
(Estoy dispuesto a conceder rápidamente que mi opinión en este caso tiene un
valor muy limitado. A veces me siento demasiado atraído tal vez por la gente
que no exagera las disculpas.) Pero el caso es que justo entonces, por primera
vez, una pequeña ola de prejuicios contra el novio desertor pasó sobre mí, con
su borde espumoso de censura apenas perceptible debido al inexplicable
ausentismo.
—Vamos a ver si se
puede hacer algo —dijo el marido de la Madrina de Honor. Era más bien la voz de
un hombre que guarda la calma en la línea de fuego. Sentí que se desplegaba
detrás de mí y luego, de pronto, su cabeza se metió en el limitado espacio entre
la señora Silsburn y yo—. Conductor —dijo perentoriamente, y esperó una
respuesta. Llegó con prontitud y su voz se volvió un poco más dúctil,
diplomática—: ¿Cuánto cree que vamos a estar aquí plantados?
El conductor se
volvió.
—Allí me la dio,
jefe —dijo. Volvió a mirar hacia adelante. Estaba absorto en lo que ocurría en
el cruce. Un minuto antes, un chiquillo con un globo rojo medio desinflado
hacía corrido a la calle despejada, prohibida. Su padre acababa de atraparlo y
de arrastrarlo de vuelta al bordillo, donde le dio con la mano entrecerrada dos
golpes en mitad de los omóplatos. El acto fue justicieramente abucheado por la
multitud.
—¿Ustedes han
visto lo que ese hombre le hizo al chico? —preguntó
la señora Silsburn a todos en general. Nadie le contestó.
—¿Por qué no le
preguntamos a aquel policía cuánto tiempo vamos a tener que estar plantados
aquí? —dijo el marido de la Madrina de Honor al conductor. Seguía inclinado
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hacia adelante. Sin
duda no había quedado del todo satisfecho con la lacónica respuesta a su
primera pregunta—. Estamos todos con un poco de prisa, ¿sabe? ¿No le parece que
podría preguntarle cuánto vamos a tener que estar plantados aquí?
Sin volverse, el
conductor se encogió groseramente de hombros. Pero desconectó el motor y salió
del coche, golpeando la portezuela del pesado automóvil. Era un hombre de
aspecto descuidado, brutal, con una librea de conductor incompleta: traje de
sarga negra, pero sin gorra.
Caminó con lentitud
y mucha independencia, por no decir insolencia, unos pocos pasos hasta el cruce
donde el sargento de policía dirigía las cosas. Los dos se quedaron hablando
durante un tiempo interminable. (Oí que la Madrina de Honor lanzaba un gruñido,
detrás de mí.) De pronto los dos hombres lanzaron una estruendosa carcajada,
como si en realidad no hubieran estado conversando, sino intercambiando cuentos
obscenos. Entonces nuestro conductor, todavía con una risa no contagiosa, hizo
un gesto fraternal de saludo al policía y volvió, lentamente, al coche. Entró,
cerró de un golpe la portezuela, extrajo un cigarrillo de un paquete que había
en la repisa sobre el tablero, se metió el cigarrillo detrás de la oreja y
entonces, y sólo entonces, se volvió para informarnos.
—No sabe —dijo—.
Tenemos que esperar a que el desfile pase por aquí. —Nos echó a todos una
indiferente mirada de examen—. Después podremos seguir. —Volvió la cabeza, se
sacó el cigarrillo de detrás de la oreja y lo encendió.
En el fondo del
coche, la Madrina de Honor lanzó un voluminoso quejido de frustración y rencor.
Y entonces se hizo el silencio. Por primera vez en varios minutos eché una
mirada al minúsculo viejecito que tema el cigarro sin encender. El retraso no
parecía afectarlo. Su manera de estar sentado en el asiento trasero de un
coche, coche en mo-vimiento, coche estacionado e incluso, era inevitable
imaginarlo, coche saltando de un puente al río, parecía una norma establecida.
Era maravillosamente sencillo. Sólo había que sentarse muy derecho, manteniendo
una distancia de diez o doce centímetros entre la copa del sombrero y el techo,
y mirar con ferocidad hacia adelante, al parabrisas. Si la Muerte —que estaba
allí afuera todo el tiempo, quizá sentada en el capó—, si la Muerte atravesaba
de modo misterioso el espejo y entraba en busca de uno, bastaba con ponerse de
pie e irse con ella, feroz, pero tranquilamente. Era posible llevarse el
cigarro, si se trataba de un habano auténtico.
—¿Qué vamos a
hacer? ¿Nos vamos a quedar aquí sentados! —dijo la Madrina de
Honor—. Tengo un calor que me muero —y la señora Silsburn y yo nos volvimos
justo a tiempo para ver cómo miraba directamente a su marido por primera vez
desde que habían entrado en el coche—. ¿No te puedes correr un poquito? —le
dijo—. Estoy tan apretada que apenas puedo respirar.
El teniente, con su
risita ahogada, abrió las manos con un gesto expresivo.
—Estoy
prácticamente sentado en el guardabarros, Bunny —dijo.
La Madrina de Honor
miró entonces, con una mezcla de curiosidad y desaprobación, a su otro
compañero de asiento que, como si se dedicara sin saberlo a alegrarme la vida,
ocupaba mucho más espacio del necesario. Había más de cinco centímetros entre
su muslo derecho y la base del brazal externo. Seguramente la Madrina de Honor
también lo había advertido, pero, a pesar de su temple, no tenía lo que había
que tener para hablar con un pequeño personaje de aspecto tan formidable. Se
volvió hacia su marido.
—¿Puedes llegar a
tus cigarrillos? —dijo, irritada—. Nunca conseguiré sacar los míos, en la forma
en que estoy apretada aquí. —Con la palabra «apretada» volvió la cabeza de
nuevo para disparar una breve mirada, en la que todo estaba implícito, al
minúsculo
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culpable que había
usurpado el espació que a juicio de ella le correspondía con toda justicia. El
viejo permaneció sublimemente fuera de alcance. Siguió mirando fijo hacia
adelante, al parabrisas.
La Madrina de Honor
miró a la señora Silsburn y levantó las cejas expresivamente. La señora
Silsburn respondió con un gesto lleno de comprensión y simpatía. Entretanto el
teniente había desplazado su peso sobre la nalga izquierda, del lado de la
ventanilla, y del bolsillo derecho de su chaqueta de oficial sacó un paquete de
cigarrillos y una cajita de cerillas. Su mujer tomó un cigarrillo y esperó el
fuego, que llegó en seguida. La señora Silsburn y yo observamos el encendido
del cigarrillo como si fuera una novedad bastante fascinante.
—Oh, discúlpeme
—dijo de pronto el teniente, y tendió el paquete de cigarrillos a la señora
Silsburn.
—No, gracias, no
fumo —contestó rápidamente la señora Silsburn, casi con pesar. —¿Soldado? —dijo
el teniente, tendiéndome el paquete, después de la más
imperceptible de
las vacilaciones. A decir verdad, me gustó bastante el ofrecimiento del
teniente, porque significaba una pequeña victoria de la cortesía común sobre la
casta, pero rechacé el cigarrillo.
—¿Me deja ver las
cerillas? —pidió la señora Silsburn, con una voz excesivamente tímida, casi de
niñita.
—¿Estas? —el
teniente tendió rápidamente la cajita a la señora Silsburn.
Mientras yo miraba
con expresión absorta, la señora Silsburn examinó la cajita. En la cubierta
exterior, con letras de oro sobre fondo carmesí, estaban impresas las palabras:
«Estas cerillas fueron robadas de la casa de Bob y Edie Burnick.
—Una delicia —dijo
la señora Silsburn meneando la cabeza—, una verdadera delicia. —Traté de
mostrar con mi expresión que quizá no podía leer la inscripción sin gafas; miré
bizqueando, neutralmente. La señora Silsburn parecía reacia a devolver la
cajita a su dueño. Cuando lo hubo hecho y el teniente la
guardó en el bolsillo de su chaqueta, dijo—: Creo que nunca vi una así. —Ahora
se había vuelto casi del todo, y contemplaba poco menos que con cariño el
bolsillo del teniente.
—Mandamos hacer un
montón el año pasado —dijo el teniente—. Le sorprendería de veras saber cómo le
evita a uno tener que salir corriendo en busca de cerillas.
La Madrina de Honor
se volvió hacia él, o más bien sobre él.
—No lo hicimos por
eso —dijo. Echó a la señora Silsburn una mirada del tipo de «usted sabe cómo
son los hombres» y le dijo—: No sé. Pensé que era original. Cursi, pero
bastante original.
—Es encantador.
Creo que nunca...
—No es que sea
original ni nada de eso. Todo el mundo las tiene ahora —dijo la Madrina de
Honor—. Les copié la idea al padre y la madre de Muriel. Siempre las tenían en
la casa. —Inhaló profundamente y mientras seguía hablando soltaba el humo en
pequeñas bocanadas silábicas—. Diablos, son gentes formidables. Por eso me
enferma toda esta historia. Me pregunto por qué no les pasa algo a todos los
sinvergüenzas de este mundo, en vez de pasarles a los buenos. Eso es lo que no
entiendo. —Miró a la señora Silsburn en busca de una respuesta.
La señora Silsburn
se sonrió con un gesto que era a la vez mundano, débil y enigmático, la
sonrisa, por lo que recuerdo, de una especie de Monna Lisa sentada en un
estrapontín.
---Muchas veces me
lo he preguntado —murmuró con suavidad. Después mencionó con tono ambiguo: La
madre de Muriel es la hermana menor de mi finado marido, ¿sabe?
¡Oh! —exclamó la
Madrina de Honor, interesada— Bueno, entonces usted está enterada
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—extendió su brazo
izquierdo extraordinariamente largo y sacudió la ceniza del cigarrillo en el
cenicero junto a la ventanilla de su marido—. De veras, creo que es una de las
pocas personas realmente brillantes que he conocido en toda mí vida. Quiero decir
que ha leído casi todo lo que se ha impreso. Dios mío, si yo hubiera leído sólo
una décima parte de lo que esa mujer ha leído y olvidado, sería feliz. Quiero
decir que es culta, ha trabajado en un diario, dibuja
sus propios vestidos, hace todo en la casa. ¡Cocina
que es de no creerlo ¡Dios mío! De veras, creo que es la más
maravillosa.,„
—¿Ella aprobaba el
casamiento? —la interrumpió la señora Silsburn—. Se lo pregunto porque he
estado varias semanas en Detroit. Mi cufiada falleció en forma repentina y
tuve...
—Es demasiado buena
para decirlo —dijo la Madrina de Honor, rotunda. Meneó la cabeza— Quiero decir
que es demasiado discreta y esas cosas. —Reflexionó—-. En
realidad, esta mañana fue casi la primera vez que le oí decir una palabra sobre
el asunto. Y fue sólo porque estaba tan trastornada por la pobre Muriel.
—Estiró un brazo y sacudió de nuevo la ceniza del cigarrillo.
—¿Qué dijo esta
mañana? —preguntó con avidez la señora Silsburn.
La Madrina de Honor
pareció reflexionar un momento.
—Bueno, no mucho
—dijo—. Quiero decir, nada mezquino o realmente ofensivo ni
nada por el estilo. Todo lo que dijo fue que el tal Seymour, en su -opinión,
era un homosexual latente y que en el fondo le tenía miedo al matrimonio. Dijo
sólo eso, con inteligencia. Claro que se ha psicoanalizado años y años —la
Madrina de Honor miró a la señora Silsburn—. No es un secreto ni
nada por el estilo. La propia señora Fedder se lo diría, no estoy revelando
ningún secreto.
—Lo sé —dijo la
señora Silsburn rápidamente—, Es la última persona en el...
—Me refiero a que
no es la clase de persona que viene y dice algo así a menos que sepa de qué
habla. Y en primer lugar nunca, nunca lo hubiera dicho si la pobre Muriel no
hubiese estado tan, tan postrada y todo —la Madrina de Honor meneó la cabeza
con aire severo—. Dios mío, tendría que haber visto a esa pobre criatura.
Sin duda, debería
interrumpirme para describir mi reacción general ante el significado esencial
de lo que la Madrina de Honor decía. Me limito a dejar pasar, por el momento,
para que el lector me aguante.
—¿Qué más dijo?
—preguntó la señora Silsburn—» Quiero decir, Rhea. ¿Dijo algo
más?
No la miré, no
podía sacar los ojos de la cara de la Madrina de Honor, pero tuve la impresión
fugaz, disparatada, de que la señora Silsburn estaba casi sentada en el regazo
de la principal interlocutora.
—No. En realidad
no. Casi nada —la Madrina de Honor, reflexionando meneó la cabeza—. Como digo,
no habría dicho nada, con toda la gente allí alrededor y todo,
si la pobre Muriel no hubiese estado tan espantosamente trastornada —sacudió de
nuevo la ceniza del cigarrillo—. Casi la única otra cosa que dijo fue que
Seymour era lo que se dice una personalidad esquizoide y que, mirándolo bien,
era mejor para Muriel que las cosas hubieran resultado así. Cosa que a mí me
parece sensata, pero no estoy segura de que se lo parezca a Muriel. El la
ha aterrorizado tanto que ella se siente perdida. Eso es lo
que me pone tan...
En ese momento fue
interrumpida. Por mí. Recuerdo que mi voz era insegura, como lo es siempre que
estoy muy perturbado.
—¿Qué le hizo
concluir a la señora Fedder que Seymour es un homosexual latente y una
personalidad esquizoide?
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Todos los ojos
—-todos los proyectores—, los de la Madrina de Honor, los de la señora Silsburn,
incluso los del teniente, se deslizaron bruscamente hacia mí.
—¿Qué? —me dijo la
Madrina de Honor, con una leve hostilidad. Y de nuevo tuve la impresión fugaz,
áspera, de que sabía que yo era el hermano de Seymour.
—¿Qué le hace
pensar a la señora Fedder que Seymour es un homosexual latente y una
personalidad esquizoide?
La Madrina de Honor
me miró fijo y después lanzó un gruñido elocuente. Se volvió y apeló a la
señora Silsburn con el máximo de ironía.
—¿Usted diría que
alguien que arma una como la de hoy es normal? —alzó las cejas
y esperó—. ¿Usted lo diría? —preguntó con calma, con mucha calma—. Diga la
verdad. No hago más que preguntar. Para que este caballero sepa.
La respuesta de la
señora Silsburn fue la gentileza, la ecuanimidad misma.
—No, yo no lo diría
—dijo.
Tuve un súbito,
violento impulso de saltar del coche y de largarme a correr en cualquier
dirección. Pero por lo que recuerdo, seguía en mi estrapontín cuando la Madrina
de Honor se dirigió de nuevo a mí.
—Mire —dijo en el
tono de falsa paciencia del maestro con un niño que no sólo es retardado sino
que se le caen todo el tiempo los mocos de un modo poco atrayente—. No sé si
usted conoce a la gente. ¿Pero qué hombre en su recto juicio, la víspera de la
boda tiene a su novia toda la noche dándole la lata acerca de cómo es
demasiado feliz para casarse y que ella tendría que aplazar la
boda hasta que él se sienta más estable o no podrá ir? Entonces, cuando
la novia le explica como a un chico que todo está arreglado
y planeado desde hace meses y que su padre ha hecho gastos increíbles y se ha
molestado y todo para hacer una fiesta y cosas por el estilo, y que sus
parientes y amigos van a llegar de todo el país, entonces,
después que ella le explica todo esto, él le dice que lo siente mucho, pero que
no se puede casar hasta que no se sienta menos feliz o algún
disparate por el estilo. Piénselo ahora, si no le es molesto. ¿Le parece una
persona normal? ¿Le parece que está en su juicio? —la voz era
ahora estridente—. ¿O le parece una persona que debería estar metida en un
manicomio? —Me miró con gran severidad, y como no me pronuncié en seguida en su
defensa ni me rendí, se apoyó con pesadez en el respaldo y le dijo a su
marido—: Dame otro cigarrillo, por favor. Me voy a quemar con éste. —Le tendió
la colilla encendida y él la apagó por ella. Después sacó la caja de
cigarrillos de nuevo—. Enciéndemelo —dijo ella—. No tengo fuerzas para hacerlo.
La señora Silsburn
se aclaró la garganta.
—A mí me parece una
bendición que todo haya terminado...
—Yo le pregunto —le
dijo la Madrina de Honor con renovado ímpetu, aceptando al mismo tiempo un
cigarrillo recién encendido de su marido—. ¿Le parece cosa de persona normal,
de hombre normal, a usted? ¿O le parece cosa de alguien que o
nunca ha crecido o es un perfecto loco de atar, un chalado?.
—Dios santo. No sé
qué decir, de veras. A mí en el fondo me parece una bendición que todo...
La Madrina de Honor
se inclinó de pronto hacia adelante, alerta, exhalando humo por la nariz.
—Muy bien, eso no
importa, dejémoslo por el momento... no lo necesito —dijo. Le hablaba a la
señora Silsburn, pero en realidad se dirigía a mí a través de la cara de la
señora Silsburn, por así decirlo—. ¿Ha visto alguna vez a... en el cine?
—preguntó.
El que mencionó era
el nombre profesional de una actriz y cantante entonces bastante conocida y
ahora, en 1955, muy famosa.
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—Sí —contestó la
señora Silsburn rápidamente y con interés, y se quedó esperando.
La Madrina de Honor
asintió.
—Muy bien. ¿Ha
observado usted, por casualidad, esa especie de sonrisa torcida que tiene? ¿Con
un solo lado de la cara, o algo así? Es muy visible si usted...
—¡Sí... sí, lo he
observado! —exclamó la señora Silsburn.
La Madrina de Honor
aspiró el humo del cigarrillo v echó una mirada imperceptible hacia mí.
—Bueno, resulta que
es una especie de parálisis parcial —dijo, exhalando una
pequeña bocanada de humo con cada palabra—. ¿Y sabe de dónde la sacó? Al
parecer Seymour, esa persona normal, la hirió y tuvieron que
darle nueve puntadas en la cara. —Se estiró (a falta, tal vez, de mejor
dirección escénica) y sacudió de nuevo la ceniza.
—¿Le puedo
preguntar dónde oyó eso? —dije. Los labios me temblaban ligeramente, como dos
tontos.
—Puede —contestó,
mirando a la señora Silsburn y no a mí—. La madre de Muriel lo contó hace unas
dos horas, mientras Muriel se deshacía en lágrimas —me miró—. ¿Le satisface la
respuesta? —De pronto pasó el ramo de gardenias de la mano derecha a la izquierda.
Era la cosa más parecida a un gesto nervioso corriente que yo le hubiese visto
hacer—. Para que lo sepa, dicho sea de paso —dijo, mirándome—, ¿sabe quién creo
que es usted? Creo que usted es el hermano de ese Seymour. —Esperó un breve
instante, y como yo no dije nada continuó—: Se parece a él, a
ese disparatado retrato de él, y he sabido que vendría a la boda. Su hermana o
alguien se lo dijo a Muriel. —Tenía la mirada inmutable, fija en mi cara—. ¿Es
así? —preguntó brutalmente.
Mi voz debe de
haber sonado una pizca quebrada cuando contesté:
—Sí. —Me ardía la
cara. Pero en cierto modo tenía una sensación menos incómoda al
autoidentificarme que cuando me apeé del tren al comienzo de la tarde.
—Yo lo sabía —dijo
la Madrina de Honor—. No soy una estúpida. Sabía quién era
usted desde el instante en que se metió en este coche —se volvió hacia su
marido—. ¿No dije que era el hermano en el minuto mismo en que subió al coche?
¿No lo dije?
El teniente se
movió en su asiento.
—Bueno, dijiste que
probablemente... sí, lo dijiste. Lo has dicho. Sí.
No hacía falta
mirar a la señora Silsburn para darse cuenta de la atención con que había
seguido este último incidente. Deslicé la mirada por ella y eché un vistazo
furtivo al quinto pasajero —el minúsculo viejecito— para ver si su insularidad
seguía intacta. Así era. Nunca me ha sido de tanto consuelo la indiferencia de
alguien.
La Madrina de Honor
se volvió a mí.
---Para que lo
sepa, también sé que su hermano no es pedicuro. De modo que no se haga el
gracioso. Resulta que estoy enterada de que era Billy Black en Los
niños sabios, durante cincuenta años, o algo por el
estilo.
De pronto, la
señora Silsburn participó en forma más activa en la conversación. —¿El programa
de radio? —preguntó, y sentí que me miraba con un interés nuevo,
más intenso.
La Madrina de Honor
no le contestó.
—¿Cuál era usted! —me
preguntó—. ¿Georgie Black? —La mezcla de rudeza y curiosidad
en su voz era interesante, aunque no lograba desarmar del todo.
—Georgie Black era
mi hermano Walt —dije, respondiendo sólo a la segunda pregunta.
Se volvió hacia la
señora Silsburn.
—Se supone que es
un secreto o algo por el estilo, pero este hombre y su hermano
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Seymour aparecían
en ese programa de radio con nombres falsos o algo así. Los chicos Black.
—Calma, corazón,
calma —sugirió el teniente, más bien nervioso.
Su mujer se volvió
hacia él.
—Nada de calma
—dijo, y de nuevo, contrariando mi inclinación consciente, sentí una pizca de
algo próximo a la admiración por su temple, fuese o no de sólido bronce—. Se
supone que su hermano es tan inteligente, por el amor de Dios
—dijo—. En la Universidad a los catorce años o qué sé yo y todo así. ¡Si lo que
hizo hoy a esa criatura es inteligente, yo soy Mahatma Gandhi! ¡No me importa!
¡Me da náuseas!
En ese mismo
momento sentí una pequeña incomodidad más. Alguien estaba muy cerca examinando
el lado izquierdo, o el más débil, de mi cara. Era la señora Silsburn. Se
sobresaltó un poco cuando me volví bruscamente hacia ella.
—¿Puedo preguntarle
si usted era Buddy Black? —dijo, y cierta nota de deferencia en su voz me hizo
pensar, por una fracción de minuto, que estaba a punto de presentarme una
estilográfica y un pequeño álbum de autógrafos encuadernado en cuero. La idea
fugaz me hizo experimentar una clara incomodidad, considerando, si no por otra
cosa, que estábamos en 1942 y a nueve o diez años de mi florecimiento
comercial—. Se lo pregunto —dijo— porque mi marido solía escuchar ese programa
sin perderse ni uno...
—Si le interesa
—-la interrumpió la Madrina de Honor, mirándome—, es el único programa radial
que siempre detesté. Detesto a los niños precoces. Si alguna vez tengo un hijo
que...
El final de la
frase se perdió para nosotros. Fue interrumpida, de pronto de modo inequívoco,
por el estallido más agudo, más ensordecedor, en el más impuro mi bemol que
jamás haya oído. Todos en el coche, estoy seguro, saltamos, literalmente. En
ese momento pasó una compañía de trompetas y tambores, compuesta de más de cíen
boy-scouts de la marina desafinados. Los muchachos, con un casi criminal
abandono, estaban maltratando a voz en cuello el himno nacional. La señora
Silsburn, muy sensible, se oprimió las orejas con las manos.
Durante una
eternidad de segundos, el estruendo fue poco menos que increíble. Sólo la voz
de la Madrina de Honor podía haberse elevado por encima del ruido y, a decir
verdad, lo intentó. Se hubiera dicho que se dirigía a nosotros, evidentemente
con el máximo de su voz, desde una gran distancia, desde algún lugar, quizá
vecino a las gradas del Estadio Yanqui.
—¡No puedo
aguantar! —dijo—. ¡Salgamos de aquí y busquemos algún lugar desde donde telefonear! ¡Estará
enloquecida!
Con el advenimiento
del Armagedón local, la señora Silsburn y yo nos habíamos vuelto para
presenciarlo. Ahora giramos de nuevo en nuestros estrapontines para enfrentar a
la Dirigente. Y libertadora posible.
—¡Hay un bar
Schrafft en la calle Setenta y Nueve! —le vociferó a la señora Silsburn—.
¡Vayamos a tomarnos una gaseosa y yo podré telefonear desde
allí! ¡Por lo menos habrá aire acondicionado!
La señora Silsburn
asintió con entusiasmo y ejecutó la pantomima de un «¡Sí!» con la boca.
—¡Venga usted
también! —me gritó la Madrina de Honor.
Con una
espontaneidad muy peculiar, recuerdo, le respondí gritando la extravagante
palabra.
—¡Macanudo! —(No es
fácil, hasta el día de hoy, explicar por qué la Madrina de Honor me incluyó en
su invitación a abandonar el barco. Quizá la inspirara un sentido del
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orden natural en
una dirigente nata. Quizá haya tenido una especie de impulso remoto, pero
compulsivo de hacer que el grupo de desembarco fuera completo... Mi aceptación
singular e inmediata del convite me parece mucho más fácil de explicar.
Prefiero pensar que fue un impulso en esencia religioso. En ciertos monasterios
Zen existe la norma fundamental, si no la única disciplina seria vigente, de
que cuando un monje llama a otro con un «¡Eh!», éste debe responderle con un
«¡Eh!», sin pensar.)
La Madrina de Honor
se volvió después y por primera vez se dirigió directamente al minúsculo
viejecito que estaba a su lado. Para mi inmortal gratitud, el viejo seguía
mirando derecho hacia adelante, como si su propio escenario privado no hubiese
cambiado una jota. Seguía sujetando el habano auténtico entre dos dedos. Tanto
por su aparente desatención al terrible estruendo que hacía el cuerpo de
trompetas y tambores como, quizá, por un firme principio de que todos los
viejos de más de ochenta años deben ser sordos como tapias o muy duros de oído,
la Madrina de Honor acercó sus labios hasta cuatro o cinco centímetros del oído
izquierdo del viejo.
—¡Vamos a bajarnos
del coche! —le gritó al oído, casi dentro del oído—. ¡Vamos a buscar un lugar
desde donde telefonear y tal vez tomar alguna bebida! ¿Quiere venir con
nosotros?
La reacción
inmediata del viejo fue ni más ni menos que gloriosa. Miró primero a la Madrina
de Honor, después a los demás y luego sonrió. Fue una sonrisa que no por
carecer de sentido resultó menos resplandeciente. Ni porque sus dientes fueran
evidente, hermosa, trascendentalmente postizos. Miró inquisitivo a la Madrina
de Honor justo un instante, con su maravillosa sonrisa intacta. O más bien, la
miró como si creyera que la Madrina de Ho-nor, o uno de nosotros, tuviese la
deliciosa intención de pasarle una cesta de picnic.
—¡Me parece que no
te oye, corazón! —gritó el teniente.
La Madrina de Honor
asintió y una vez más acercó el megáfono dé su boca a la oreja del viejo. Con
un volumen digno de verdadera alabanza, repitió su invitación de que dejara el
coche y viniera con nosotros. De nuevo, a juzgar por su aspecto, el viejo dio
la impresión de estar más que dispuesto a aceptar cualquier sugerencia que se
le hiciera en el mundo salvo posiblemente la de salir al trote y pegarse una
zambullida en el East River. Pero de nuevo, también, uno tenía la incómoda
convicción de que no había oído una palabra de lo que se le había dicho. En
forma brusca demostró que así era. Con una enorme sonrisa dirigida a todos
nosotros en conjunto, alzó.la mano del cigarro y con un dedo se golpeó primero,
significativamente, la boca y luego la oreja. El gesto que hizo parecía
responder a una broma de primera que él quería compartir por entero con todos
nosotros.
En ese momento la
señora Silsburn, a mi lado, dio una pequeña señal visible —casi un salto— de
comprensión. Tocó la manga de satén rosa de la Madrina de Honor y gritó:
—¡Ya sé quién es!
¡Es sordo y mudo... es un sordomudo! ¡ Es el tío del padre de Muriel!
Los labios de la
Madrina de Honor formaron la palabra:
—¡Oh! —Giró en su
asiento hacia su marido—„ ¿Tienes papel y lápiz? —bramó.
Le toqué el brazo y
le grité que yo sí. De prisa, casi como si por alguna razón el tiempo de todos
nosotros estuviera por agotarse, saqué del bolsillo interior de mi chaqueta una
libretita y un cabo de lápiz que al salir había tomado del cajón de un escritorio
de la sala de ordenanzas, en Fort Benning.
De un modo
demasiado legible, escribí en una hoja de papel: «Estamos indefinidamente
detenidos por el desfile. Vamos a buscar un lugar donde telefonear y tomar
alguna bebida fresca. ¿Quiere venir con nosotros?» Doblé el papel una vez y se
lo tendí a la Madrina de Honor que lo abrió, lo leyó y luego se lo pasó al
viejecito minúsculo. El viejo lo
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leyó sonriendo, y
después me miró y sacudió la cabeza varias veces de arriba abajo con
vehemencia. Pensé por un instante que éste era el alcance pleno y elocuente de
su respuesta, pero de pronto me hizo un gesto con la mano y deduje que quería
que yo le pasara la libreta y el lápiz. Así lo hice, sin mirar a la Madrina de
Honor, que irradiaba grandes olas de impaciencia. El viejo acomodó la libreta y
el lápiz sobre su regazo con el mayor cuidado, después se quedó un momento con
el lápiz en el aire, en evidente concentración, mientras su sonrisa disminuía
apenas una pizca. Entonces el lápiz empezó a moverse, muy inseguro. Una «t»
quedó cruzada por la tilde. Y luego tanto la libreta como el lápiz me fueron
devueltos, con un meneo más maravilloso y cordial de la cabeza. Había escrito,
con letras que todavía no estaban del todo formadas, una sola palabra:
«Encantado.» La Madrina de Honor, que leía por encima de mí hombro, produjo un
murmullo similar apenas a un bufido, pero en seguida miré al gran escritor y traté
de mostrar con mi expresión que todos los que está-bamos en el coche
distinguíamos un poema cuando lo veíamos, y lo agradecíamos.
Uno por uno, por
ambas puertas salimos, pues, del coche —barco abandonado en medio de Madison
Avenue, en un mar de asfalto caliente, pegajoso—-. El teniente se quedó atrás
un momento para informar al conductor sobre nuestro motín. Según recuerdo muy
bien, el cuerpo de trompetas y tambores seguía pasando, interminable, y el
estrépito no había disminuido en un ápice.
La Madrina de Honor
y la señora Silsburn abrieron la marcha hacia el bar Schrafft. Caminaban
acompasadamente, casi como una vanguardia de scouts, hacia el sur por la acera
este de Madison Avenue. Después de informar brevemente al conductor, el
teniente las alcanzó. O casi. Se quedó un poco más atrás, para sacar en privado
su billetera y ver cuánto dinero llevaba. El tío del padre de la novia y yo
formábamos la retaguardia. Fuera por que hubiese intuido que yo era su amigo o
sólo porque poseía una libreta y un lápiz, se había precipitado a una posición
de marcha junto a mí. La copa de su hermoso sombrero no me llegaba siquiera al
hombro. Establecí un paso comparativamente lento, en consideración al largo de
sus piernas. Al cabo de una manzana más o menos, estábamos a buena distancia de
los otros. No creo que esto nos perturbara a ninguno de los dos. Recuerdo que
de vez en cuando, mientras caminábamos, mi amigo y yo mirábamos hacia arriba y
hacia abajo, respectivamente, y cambiábamos expresiones idiotas de placer por
compartir cada uno la compañía del otro.
Cuando mi compañero
y yo hubimos llegado a la puerta giratoria del Schrafft de la calle Setenta y
Nueve, hacía varios minutos que aguardaban de pie la Madrina de Honor, su
marido y la señora Silsburn. Esperaban, pensé, como un amenazador trío
compacto. Habían estado hablando, pero se detuvieron cuando se acercó nuestra
disparatada pareja. En el coche, un par de minutos antes, mientras pasaba
atronando el cuerpo de trompetas y tambores, una incomodidad común, casi una
angustia común, había conducido a nuestro pequeño grupo a una especie de
alianza, de esas que puede provocar por un momento en un grupo de turistas el
desencadenamiento de una lluvia violenta en Pompeya. Ahora que el minúsculo
viejo y yo llegábamos a la puerta giratoria del Schrafft, era evidente que la
tormenta había terminado. La Madrina de Honor y yo cambiamos expresiones de
reconoci-miento, no de saludo.
—Está cerrado por
reparaciones —dijo fríamente, mirándome. De un modo extraoficial, pero
inequívoco, me declaraba de nuevo paria, y en ese momento, por razones indignas
de ser explicadas, tuve una impresión de aislamiento y soledad más abrumadora
que la que había sentido todo el día. Casi en forma simultánea, vale la pena
señalarlo, se me reactivó la tos. Saqué el pañuelo del bolsillo del pantalón.
La Madrina de Honor se volvió hacia su marido y hacia la señora Silsburn—. Hay
un Longchamps por aquí cerca —dijo—,
20
—Yo tampoco —dijo
la señora Silsburn. Parecía a punto de llorar. La transpiración le rezumaba
tanto en la frente como en el labio superior, atravesando incluso la pesada
capa de maquillaje. Llevaba debajo del brazo izquierdo un bolso negro de cuero
auténtico. Lo sostenía como si fuese una muñeca favorita, y ella misma una niña
pintarrajeada y em-polvada con torpeza, muy infeliz, que se hubiese escapado de
su casa.
—No conseguiremos
un taxi ni por dinero ni por amor —dijo el teniente con pesimismo. Parecía
deslucido también. Su gorra de «as de los pilotos» parecía casi cruelmente
incompatible con su cara pálida, chorreante, desprovista por entero de
intrepidez, y recuerdo que tuve el impulso de bajarle la gorra de la cabeza, o
por lo menos enderezársela un poco, de acomodársela en una posición menos
requintada, el mismo impulso, en cuanto al motivo general, que se puede sentir
en una fiesta infantil, donde siempre hay un niño pequeño, muy feo, con un
sombrero de papel que le pliega una oreja o las dos.
—¡Dios mío, qué
día! —dijo por todos nosotros la Madrina de Honor. La guirnalda de flores
artificiales se le había ladeado un poco y estaba por completo empapada, pero
pensé que la única cosa de verdad destructible en ella era su apéndice más
remoto, por así decirlo, su ramo de gardenias. Aún lo llevaba, aunque
distraída, en la mano. Era visible que el ramo no había salido indemne—. ¿Qué
vamos a hacer? —se preguntó bastante frenética—No podemos ir caminando. Viven
casi en Riverdale. ¿Alguien tiene una idea brillante? —Miró primero a la señora
Silsburn, luego a su marido y después, tal vez ya desesperada, a mí.
—Tengo un
apartamento aquí cerca —dije de pronto, nervioso—. Está aquí mismo, a la
vuelta. Tuve la impresión de que daba este dato con voz demasiado fuerte. Quizá
hasta grité, por lo que recuerdo—. Es de mi hermano y mío. Mi hermana lo usa
mientras estamos en el ejército, pero ahora ella no está aquí. Es de la Reserva
Naval Femenina y ahora está de viaje —miré a la Madrina de Honor o algún punto
justo encima de su cabeza—. Por lo menos puede telefonear desde allí, si quiere
—dije—. Y el apartamento tiene aire acondicionado. Podríamos refrescarnos un
minuto y recobrar el aliento.
Una vez pasado el
primer choque de la invitación, la Madrina de Honor, la señora Silsburn y el
teniente celebraron una especie de consulta, sólo con los ojos, pero no hubo
señal visible de que estuvieran por pronunciar algún veredicto. La Madrina de
Honor fue la primera en hacer algo. Había estado mirando en vano a los otros
dos para que opinaran sobre el tema. Se volvió hacia mí y preguntó:
—¿Dijo que tenía
teléfono?
—Sí. A menos que mi
hermana lo haya hecho desconectar por algún motivo, y no veo cuál.
—¿Cómo sabe que
su hermano no estará allá? —dijo la Madrina de Honor. Era una
pequeña consideración que no había pasado por mi recalentada cabeza. —No creo
que esté. Puede ser, es su apartamento también, pero no creo. De veras,
no.
Para variar, la
Madrina de Honor me miró por un momento con franqueza y sin verdadera grosería,
a menos que la mirada de un niño sea grosera. Después se volvió a su marido y
hacia la señora Silsburn y dijo:
—Podríamos ir. Por
lo menos podemos telefonear. —Los otros asintieron con un gesto. La señora
Silsburn llegó incluso a recordar la parte de su código de cortesía referente a
invitaciones formuladas frente a un bar Schrafft. A través de su maquillaje
tostado de sal, algo parecido a una sonrisa de manual de urbanidad asomó en mi
dirección. Recuerdo que fue muy bien recibida—. Vamos, salgamos de este sol —dijo
nuestra dirigente—. ¿Qué haré
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con esto?
—No esperó una respuesta. Avanzó hacia el bordillo y sin sentimentalismo se
deshizo del ramo de gardenias marchitas—. Macanudo, guíenos, Macduff —me dijo—.
Lo seguimos. Y lo único que digo es que es mejor que no esté
allí cuando lleguemos, porque a ese hijo de puta lo mato —miró a la señora
Silsburn—. Disculpe la palabra, pero es lo que pienso.
Tal como me habían
dicho, encabecé el grupo casi con felicidad. Un instante después, un sombrero
de copa se había materializado en el aire junto a mí, muy abajo y a la
izquierda, y mi compañero especial, aunque no me hubiese sido técnicamente
asignado, me sonrió un momento, y pensé que estaba por deslizar su mano en la
mía.
Mis tres huéspedes
y mi único amigo se quedaron afuera en el vestíbulo mientras yo inspeccionaba
brevemente el apartamento.
Las ventanas
estaban todas cerradas, los dos acondicionadores de aire cerrados, y respirar
allí por primera vez era como inhalar hondo en el bolsillo de un viejo abrigo
de rata de América. El único sonido en todo el apartamento era el ronroneo algo
tembloroso del viejo refrigerador que Seymour y yo habíamos comprado de segunda
mano. Mi hermana Boo Boo, con su estilo marinero, de chiquilina, lo había
dejado funcionando. En realidad había en todo el apartamento variadas muestras
de desaliño indicadoras de que una dama navegante había tomado posesión del
lugar. En el diván colgaba una chaqueta azul marino de alférez, elegante, de
pequeño tamaño, vuelta del revés. En la mesa ratona, frente al diván, había una
caja medio vacía de bombones, y los que quedaban habían sido mordisqueados para
probarlos. Sobre el escritorio, enmarcada, la foto de un joven de aire muy
resuelto a quien yo no conocía. Y todos los ceniceros a la vista florecían de
pañuelos de papel arrugados y colillas manchadas de lápiz labial. Apenas me asomé
a la cocina, el dormitorio o el cuarto de baño para abrir las puertas y echar
un rápido vistazo por ver si Seymour estaba plantado en alguna parte. Por un
lado me sentía flojo y perezoso. Por otro, seguía muy activo levantando
celosías, haciendo funcionar acondicionadores de aire, vaciando ceniceros
llenos. Además los otros miembros del grupo se precipitaron sobre mí casi en
seguida.
—Hace más calor
aquí que en la calle —dijo la Madrina de Honor, a manera de saludo, mientras
entraba.
—Estaré con ustedes
en cinco minutos —dije—. Voy a ver si hago funcionar este acondicionador de
aire. —El botón de arranque parecía trabado y yo trataba de arreglarlo.
Mientras me ocupaba
del botón del acondicionador —con la gorra todavía puesta, recuerdo—, los otros
circulaban casi con suspicacia por la habitación. Yo los miraba con el rabillo
del ojo. El teniente se acercó al escritorio y estuvo mirando los dos o tres
metros cuadrados de pared que había justo encima, donde mi hermano y yo, por
insolentes razones sentimentales, habíamos clavado muchas lustrosas fotos de
tamaño postal. La señora Silsburn se sentó —era fatal, pensé— en la única silla
de la habitación que mi finado bullterrier solía aprovechar para dormir; los
brazos, tapizados de terciopelo sucio, habían sido baboseados y masticados en
el curso de más de una pesadilla. El tío del padre de la novia —mi gran amigo—
había desaparecido del todo. La Madrina de Honor también parecía de pronto
estar en otra parte.
—Les conseguiré
algo de beber en cinco minutos —dije incómodo, siempre tratando de forzar el
botón del acondicionador.
—Me gustaría algo
fresco para beber —dijo una voz muy familiar. Me volví del todo y vi que se
había tendido en el diván, lo cual explicaba su notable desaparición de la
22
vertical—. Usaré su
teléfono dentro de un instante —me advirtió—. No puedo abrir la boca para
telefonear en este estado, estoy realmente asada. Tengo la boca tan seca.
El acondicionador
empezó bruscamente a funcionar con un zumbido y fui hasta el centro de la
habitación, hasta el espacio que había entre el diván y la silla donde estaba
sentada la señora Silsburn.
—No sé qué habrá
para beber —dije—-. No he mirado en el refrigerador, pero me imagino...
—Traiga cualquier cosa
—interrumpió desde el diván la eterna portavoz—. Con tal de que sea líquido. Y
frío. —Los tacones de sus zapatos descansaban en la manga de la chaqueta de mi
hermana. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Había hecho un bollo con la
almohada debajo de su cabeza—. Póngale hielo, si tiene —dijo, y cerró los ojos.
La miré, durante un
breve, pero asesino instante, después me incliné y con el mayor tacto posible
retiré la chaqueta de Boo Boo de debajo de sus pies. Estaba por salir del
cuarto y dedicarme a mis actividades de anfitrión, cuando justo al dar un paso
el teniente habló desde el escritorio.
—¿De dónde sacó
todas estas fotos? —preguntó.
Me le acerqué
directamente. Todavía tenía puesta mi gorra de visera demasiado grande. No se
me había ocurrido quitármela. Me quedé a su lado junto al escritorio, una pizca
más atrás, y miré las fotos de la pared. Dije que eran casi todos viejos
retratos de los niños que habían participado en Los niños sabios en
los tiempos en que Seymour y yo estábamos en el programa.
El teniente se
volvió hacia mí.
—¿Qué era?
—preguntó—. Nunca la escuché. ¿Una de esas audiciones de chicos?
¿De preguntas y
respuestas y esas cosas?
Sin ruido, pero con
insidia, leve e inequívoco, se había deslizado un tono de jerarquía militar en
su voz. Además me miraba la gorra.
Me la quité y
contesté:
—No, no era eso
precisamente —de pronto resurgió en cierta medida un bajo orgullo familiar—. Lo
era antes de que interviniera mi hermano Seymour. Y siguió más o menos así
después que él salió del programa. Pero Seymour cambió todo el estilo.
Convirtió el programa en una especie de debate infantil de mesa redonda.
El teniente me miró
con un interés que me pareció excesivo.
—¿Usted estuvo
también?
—Sí.
La Madrina de Honor
habló desde el otro lado de la habitación, desde el fondo invisible,
polvoriento, del diván.
—Me gustaría ver a
un chico mío mirando uno de esos inverosímiles programas —
dijo—. O actuando. Cualquiera de esas cosas. Preferiría morirme
antes de dejar que un chico mío se convirtiera en un pequeño exhibicionista con
público. Les arruina toda la vida. La publicidad y todo eso,
aunque más no sea... Pregúntenle a cualquier psiquiatra. Me pregunto cómo se
puede tener una infancia normal o lo que sea. —Su cabeza,
coronada por la guirnalda de flores ahora muy ladeada, se asomó de pronto.
Parecía como sin cuerpo, encaramada en la repisa que había en el respaldo del
diván, enfrentándonos al teniente y a mí—. Probablemente es lo que ocurre con
ese hermano suyo —dijo la Cabeza—. Uno lleva una vida absolutamente
extravagante cuando es chico y después, como es natural, nunca aprende a
crecer. Nunca aprende a tener relaciones con gente normal ni nada por el
estilo. Es exactamente lo que dijo la señora Fedder en aquel dormitorio
disparatado hace un par de horas. Exactamente eso. Su hermano nunca ha
aprendido a tener relaciones con nadie.
23
Parece que sólo es
capaz de repartir tajos de varias puntadas en las caras de las gentes. Es lo
que se dice incapaz de casarse o de nada medianamente normal,
por el amor de Dios. Es lo que dijo la señora Fedder, tal cual. —La Cabeza se
volvió entonces lo suficiente como para mirar fijo al teniente—. ¿Tengo razón,
Bob? ¿Lo dijo o no lo dijo? Di la verdad.
La siguiente voz
que habló no fue la del teniente sino la mía. Yo tenía la boca seca y la ingle
húmeda. Dije que no me importaba un bledo lo que dijera la señora Fedder sobre
Seymour. O en todo caso, lo que tuviera que decir cualquier diletante profesional
o aficionado de mierda. Dije que desde la época en que Seymour tenía diez años
todo pensador summa cum laude, todo intelectual cuidador de
mingitorios del país habían tenido que ver con él. Dije que quizá hubiese sido
distinto si Seymour hubiera sido simplemente un pequeño charlatán asqueroso con
un alto coeficiente intelectual. Dije que nunca había sido un exhibicionista.
Iba a la radio todos los miércoles por la noche como si fuera a su propio
entierro. Ni siquiera hablaba con uno, por el amor de Dios, durante todo el
viaje en autobús o en metro. Dije que ni un maldito tipo, ni uno solo entre
todos los patrocinadores, críticos de cuarta categoría y autores de columnas
periodísticas habían visto en él lo que realmente era. Un poeta, por el amor de
Dios. Lo que se dice un poeta. Aunque nunca hubiera escrito un
verso, lo que Seymour podía sacar por debajo de la pata, sí quería, era luz
para todos.
Allí me detuve,
gracias a Dios. El bombeo de mi corazón era terrible y, como casi todos los
hipocondríacos, tuve la fugaz, intimidante impresión de que esos discursos eran
la materia con que se hacen los ataques cardíacos. Hasta el día de hoy no tengo
idea de cómo reaccionaron mis huéspedes ante mi explosión, ante la pequeña y
corrupta andanada de invectivas que les solté. El primer detalle exterior que
noté fue el sonido universalmente familiar de las cañerías. Llegaba de otra
parte del departamento. Eché un brusco vistazo a la habitación, a las caras
cercanas de mis huéspedes y más allá de ellas.
—¿Dónde está el
viejo? —pregunté—. ¿Dónde está el viejito? —Puse cara de mosca muerta.
Lo raro es que la
respuesta estuvo a cargo del teniente, no de la Madrina de Honor. —Creo que
está en el baño —dijo. La declaración fue pronunciada con una especie
de franqueza
especial proclamando que quien hablaba era uno de esos que no tienen pelos en
la lengua cuando se trata de cuestiones cotidianas de higiene.
—Ah —dije. Miré de
nuevo con aire más bien ausente la habitación. Si deliberadamente o no evité la
terrible mirada de la Madrina de Honor, no 1o recuerdo o no me interesa
recordarlo. Descubrí el sombrero de copa del tío del padre de la novia en el
asiento de una silla, en medio de la habitación Tuve el impulso de decirle
hola, en voz alta— Voy a buscar algunas bebidas frescas —dije—. Será cosa de un
minuto.
—¿ Puedo hablar por
teléfono? —me preguntó de pronto la Madrina de Honor al pasar yo junto al
diván. Dejó caer los pies al suelo.
—Sí, sí, claro
—respondí. Miré a la señora Silsburn y al teniente—. Creo que voy a hacer
algunos Tom Collins, si hay limones o limas. ¿Está bien?
La respuesta del
teniente me sobresaltó por su súbita jovialidad.
—Tráigalos —dijo, y
se frotó las manos como un bebedor consuetudinario.
La señora Silsburn
abandonó el estudio de la¿ fotografías que había sobre el escritorio para
decirme:
—Si va a preparar
Tom Collins, hágame el favor, apenas una pizca, una pizquita de ginebra en el
mío. Casi nada, si no es mucha molestia. —Parecía que empezaba a recobrarse un
poco, aun en el breve tiempo transcurrido desde que habíamos abandonado la calle.
Quizá, entre otras cosas, porque estaba a pocos centímetros del acondicionador
que yo
24
había hecho
funcionar y el aire iba en su dirección Le dije que iba a buscar las bebidas y
luego la dejé entre las «celebridades» menores de la radio de comienzos del
treinta y fines del veinte, las numerosas caritas pasadas de moda de Seymour y
mi infancia. También el teniente parecía muy capaz de arreglárselas solo en mi
ausencia; se iba acercando, las manos juntas a la espalda, como un solitario
entendido, hacia los anaqueles de libros. La Madrina de Honor me siguió,
soltando al salir de la habitación un bostezo cavernoso, audible, que no trató
de contener ni de ocultar a la vista.
Mientras la Madrina
de Honor me seguía hacia el dormitorio, donde estaba el teléfono, el tío del
padre de la novia se acercaba a nosotros desde el otro extremo del vestíbulo.
Tenía en la cara el feroz reposo que me había hecho caer en el lazo durante casi
todo el recorrido en coche, pero cuando se nos acercó, la máscara se modificó;
mimó para los dos nuevos distinguidos saludos y congratulaciones y me descubrí
sonriendo y asintiendo exageradamente para responderle. Su pelo ralo y blanco
parecía recién peinado, casi recién lavado, como si hubiera descubierto una
pequeña peluquería oculta en el otro extremo del apartamento. Cuando pasó por
nuestro lado, me sentí impulsado a mirar por encima del hombre y vi que me
hacía un gesto de despedida con la mano, vigoroso, un gran gesto de bon
voyage, de vuelve pronto. Me confortó infinitamente.
—¿Qué es? ¿Un loco?
—preguntó la Madrina de Honor. Dije que así lo esperaba y abrí la puerta del
dormitorio.
Ella se sentó
pesadamente en una de las camas gemelas, la de Seymour, a decir verdad. El
teléfono estaba en la mesa de noche, al alcance de la mano. Le dije que le
llevaría allí un trago.
—No se moleste...
termino en seguida —respondió—. Pero cierre la puerta, si no tiene
inconveniente... No es que me importe, pero no puedo hablar por teléfono si la
puerta no está cerrada. —Le dije que a mí me pasaba exactamente lo mismo y me
dispuse a salir. Pero justo al volverme para salir del espacio entre las dos
camas, advertí una pequeña maleta plegable de tela debajo del asiento de la
ventana. A primera vista pensé que era la mía, milagrosamente llegada al
departamento desde Penn Station, por sus propios medios. Mi segunda idea fue
que sería de Boo Boo. Tenía el cierre de cremallera abierto y una sola mirada a
la capa superior de su contenido me indicó quién era el verdadero dueño. Con
otra mirada más completa, descubrí algo en lo alto de dos camisas militares
color marrón y pensé que no debía quedar a solas en la habitación con la
Madrina de Honor. Lo tomé de la maleta, me lo deslicé debajo de un brazo, hice
un gesto fraternal a la Madrina de Honor que, habien-do metido un dedo en el
primer agujero del número que pensaba marcar, esperaba que yo me fuese, y cerré
la puerta al salir.
Me quedé un
instante fuera del dormitorio, en la piadosa soledad del vestíbulo, pensando
qué hacer con el diario de Seymour que, me apresuro a decir, era el objeto que
estaba en lo alto de la maleta de tela y que yo había recogido. Mi primer
pensamiento constructivo fue esconderlo hasta que mis huéspedes se hubiesen
marchado. Me pareció una buena idea llevarlo al cuarto de baño y dejarlo caer
en el cesto de la ropa sucia. Pero en la segunda y mucho más compleja serie de
ideas, decidí llevarlo al cuarto de baño, leer algunas partes y sólo entonces
dejarlo en el cesto de la ropa sucia.
Era un día, Dios lo
sabe, de señales y signos desencadenados, además de amplia comunicación
desenfrenada por vía de la palabra escrita. Si uno se metía en un coche
atestado, el Destino tomaba caminos indirectos, antes de que uno se metiera,
para que tuviese una libreta y un lápiz encima, por si uno de los pasajeros era
sordomudo. Si uno se deslizaba en un cuarto de baño, hacía bien en fijarse si
no había algún pequeño mensaje, ligeramente apocalíptico o por el estilo,
pegado encima del lavabo.
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Durante años entre
los siete hijos de nuestra familia con un solo cuarto de baño, tuvimos la quizá
hartante, pero útil costumbre de dejarnos mensajes en el espejo del botiquín,
usando para escribir un pedazo de jabón húmedo. En general nuestros mensajes solían
consistir en amonestaciones sumamente enérgicas y, no pocas veces, en amenazas
no disimuladas. «Boo Boo, recoge la esponja después de usarla. No la dejes
tirada. Cariños, Seymour.» «Walt, te toca a ti llevar a Z. y a F. al parque. Yo
lo hice ayer. Adivina quién.» «El martes es el aniversario. No vayas al cine ni
te quedes vagabundeando por el estudio después de la emisión o pagas prenda.
Esto también va para ti, Buddy.» «Mamá dijo que Zooey casi se come el Feenolax.
No dejar en el lavabo ningún objeto algo venenoso que pueda alcanzar y
comerse.» Desde luego, éstos son ejemplos tomados de nuestra infancia, pero
años después, cuando en nombre de la independencia o de lo que sea, Seymour y
yo hicimos rancho aparte y tomamos un departamento para nosotros, él y yo sólo
nominal-mente nos habíamos apartado de la vieja costumbre familiar. Es decir,
que no tirábamos los restos de jabón.
Cuando hube
registrado el cuarto de baño con el diario de Seymour debajo del brazo y
cerrado cuidadosamente la puerta detrás de mí, descubrí casi de inmediato un
mensaje. Pero no era la letra de Seymour sino, sin lugar a dudas, la de mi
hermana Boo Boo. Con o sin jabón, su letra era siempre casi indescifrable por
lo minúscula, y se las había arreglado para plantar en el espejo el siguiente
mensaje: «Levantad, carpinteros, la viga maestra. Como Ares llega el novio,
mucho más alto que un hombre alto. Amor, Irving Sappho, contratado el otro
tiempo por Elysium Studios Ltd. Que seas muy, muy muy feliz con tu preciosa
Muriel. Es una orden. Mi rango es superior al de todos los habitantes de esta
manzana.» El escritor contratado que se mencionaba en el texto, debo decirlo,
siempre había sido un gran favorito —con los lógicos intervalos de tiempo—
entre todos los niños de nuestra familia, debido en general a la
inconmensurable influencia sobre todos nosotros del gusto de Seymour en poesía.
Leí y releí la cita, y después me senté en el borde de la bañera y abrí el
diario de Seymour.
Lo que sigue es una
reproducción exacta de las páginas del diario de Seymour que leí mientras
estaba sentado en el borde de la bañera. Me parece absolutamente correcto
suprimir todas las fechas. Baste decir, pienso, que las notas fueron escritas
mientras estaba apostado en Forth Monmouth, a fines de 1941 y comienzos de
1942, unos meses antes de que se fijara la fecha de la boda.
«Hacía un frío de
helarse esta tarde en la retreta, y unos seis hombres de nuestro pelotón se
desmayaron durante la interminable ejecución del himno nacional. Supongo que si
uno tiene circulación normal, no puede adoptar la posi-ción antinatural de
firmes. Sobre todo si presenta armas con un rifle cargado. Yo no tengo
circulación, ni pulso. La inmovilidad es mi morada. El tiempo del himno
nacional y el mío se armonizan perfectamente. Para mí, su ritmo es el de un
vals romántico.
«Conseguimos
permiso hasta medianoche, después del desfile. Me encontré con Muriel en el
Biltmore a las siete. Dos tragos, dos sándwiches de atún, después una película
que ella quería ver, algo con Greer Garson. La miré varias veces en la
oscuridad cuando el avión del hijo de Greer Garson cae en el combate. Tenía la
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boca abierta.
Absorta, preocupada. Identificación completa con la tragedia
Metro-Goldwyn-Mayer. Sentí reverencia y felicidad. Cómo amo y necesito su
corazón que no discrimina. Cuando los niños en la película llevan al gatito
para mostrarlo a la madre, me miró. M. ama los gatitos y quiere que yo los ame.
Aun en la oscuridad, percibí que ella se sentía extraña a mí, como le ocurre
cuando yo no amo automáticamente lo que ella ama. Después, mientras tomábamos
un trago en la estación, me preguntó si no creía que aquel gatito era
"bastante hermoso". No usa más la palabra "amoroso".
¿Cuándo la hice apartarse aterrada de su vocabulario normal? Como soy un
pesado, le mencioné la definición que da R. H. Blyth del sentimentalismo: somos
sentimentales cuando concedemos a una cosa más ternura de la que Dios le
otorga. Dije (¿sentenciosamente?) que sin duda Dios ama a los gatitos, pero sin
duda no calzados con botitas en tecnicolor. Les deja ese toque creador a los
autores de guiones cinematográficos. M. lo pensó, pareció estar de acuerdo
conmigo, pero el "conocimiento" no fue muy bien recibido. Estuvo
agitando la bebida y sintiéndose lejos de mí. Le preocupa la manera en que su
amor por mí viene y se va, aparece y desaparece. Duda de su realidad sólo
porque no es siempre agradable como un gatito. Dios sabe que es triste. La voz
humana hace lo que puede por profanarlo todo en la tierra.
«Esta noche cena en
casa de los Fedder. Muy bien. Ternera, puré de patatas, judías, una hermosa
ensalada con aceite y vinagre. De postre había algo hecho por Muriel misma: una
cosa con queso cremoso helado y fresas dentro. Me hizo asomar lágrimas a los ojos.
(Saigyo dice; "Qué es no lo sé / pero de gratitud / se me caen las
lágrimas.") Había una botella de Ketchup en una mesa cerca de mi. Al
parecer, Muriel dijo a la señora Fedder que yo le ponía Ketchup a todo. Daría
cualquier cosa por haber visto a M. diciéndole precavidamente a su madre que yo
le ponía Ketchup incluso a las judías. Mi preciosura.
«Después de comer
la señora Fedder sugirió que escucháramos el programa. Su entusiasmo, su
nostalgia por el programa, en especial por los viejos tiempos en que
aparecíamos Buddy y yo, me pone incómodo. Esta noche se transmitía desde una
base aérea, nada menos, cerca de San Diego. Demasiadas preguntas y respuestas
pedantes. Franny sonaba como si tuviera catarro. Zooey estaba en gran forma,
soñador. El anunciador les sacó el tema de los planes de viviendas, y la nenita
Burke dijo que detestaba las casas que parecen todas iguales, refiriéndose a la
larga serie de construcciones idénticas de las "viviendas de planes".
Zooey dijo que eran "simpáticas". Dijo que sería encantador ir a casa
y equivocarse. Comer con gente equivocada, dormir en cama equivocada y
despedirse de todo el mundo por la mañana con un beso pensando que es la
familia de uno. Dijo que le gustaría incluso que todo el mundo fuera idéntico.
Dijo que así uno pensaría que todas las personas con que uno se encuentra son
la mujer, el padre o la madre de uno, y la gente se pasaría el tiempo
arrojándose los unos en brazos de los otros dondequiera que fuesen y que sería
"muy hermoso".
»Me sentí
intolerablemente feliz durante toda la noche. La familiaridad entre Muriel y su
madre me sorprendió por lo hermosa cuando estábamos todos sentados en la sala.
Conocen cada una las debilidades de la otra, sobre todo en la conversación, y
las pescan con la mirada. Los ojos de la señora Fedder vigilan en la
conversación el gusto de Muriel en "literatura" y los ojos de Muriel
vigilan la tendencia de su madre a ser inflada, verborreica. Cuando discuten,
no hay peligro de una pelea permanente, porque son Madre e Hija. Un fenómeno
terrible y
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hermoso de ver.
Pero a veces cuando estoy allí encantado desearía que el señor Fedder
interviniera más en la conversación. A veces siento que lo necesito. A veces,
cuando llego a la puerta de entrada, es como si me metiera en una especie de
convento desaliñado, secular, de dos mujeres. A veces, al irme, tengo la
impresión especial de que tanto M. como su madre me han llenado los bolsillos
de botellitas y tubos de lápiz labial, colorete, redes para el pelo,
desodorantes y cosas así. Les estoy abrumadoramente agradecido, pero no sé qué
hacer con sus regalos invisibles.»
«Esta tarde no
conseguimos el permiso inmediatamente después de la retreta, porque alguien
dejó caer el rifle mientras el general británico de visita hacía inspección.
Perdí el de las 5 y 52 y llegué una hora tarde al encuentro con Muriel. Comida
en el Lun Far, en la Cincuenta y Ocho. M. irritable y llorosa durante la
comida, auténticamente perturbada y dolida. Su madre cree que soy una
personalidad esquizoide. Parece que le habló de mí a su psicoanalista y él está
de acuerdo con ella. La señora Fedder le pidió a Muriel que averiguara con
discreción si en la familia no ha habido locos. Sospecho que Muriel tuvo el
candor suficiente para contarle de dónde salen las cicatrices que tengo en las
muñecas pobre tesoro. Pero por lo que dice M., a su madre esto no le molesta
tanto como otro par de cosas. Otras tres cosas. Una, me aparto y no consigo
establecer contacto con la gente. Dos, parece que algo no anda bien en mí
porque no he seducido a Muriel. Tres, evidentemente la señora Fedder se ha
pasado días enteros obsesionada por la observación que hice una noche acerca de
que me gustaría ser un gato muerto. La semana pasada me preguntó en la cena qué
pensaba hacer cuando saliera del ejército. ¿Pensaba volver a la enseñanza en la
misma facultad? ¿Volvería simplemente a enseñar? ¿Estudiaría la posibilidad de
volver a la radio, quizá como "comentarista" de alguna especie? Le
contesté que tenía la impresión de que la guerra podía seguir siempre, y que
sólo estaba seguro de que si alguna vez volvía la paz me gustaría ser un gato
muerto. La señora Fedder pensó que estaba haciendo alguna broma disparatada.
Una broma sofisticada. Según Muriel, cree que soy muy sofisticado. Pensó que mi
comentario, mortalmente serio, era el tipo de broma que hay que acoger con una
carcajada ligera, musical. Supongo que al reírse ella yo me distraje un poco y
me olvidé de explicárselo. Anoche le conté a Muriel que en el budismo Zen le
preguntaron una vez a un maestro cuál era la cosa más valiosa del mundo, y el
maestro contestó que un gato muerto, porque nadie podía ponerle precio. M.
quedó aliviada, pero vi que apenas podía esperar a llegar a su casa para
garantizar a su madre la inocuidad de mi observación. Vino conmigo a la
estación en el taxi. Qué rica estaba, y de tanto mejor humor. Trataba de
enseñarme a sonreír, estirándome los músculos de alrededor de la boca con los
dedos. Qué bello es verla reír. Ah, Dios, soy tan feliz con ella. Si por lo
menos ella pudiera ser más feliz conmigo. A veces la divierto, y me parece que
le gustan mi cara y mis manos y mi nuca, y le da una gran satisfacción decir a
sus amigos que está comprometida con Billy Black que estuvo años en Los
niños sabios. Y creo que siente una inclinación mezclada, maternal y
sexual, hacia mí en general. Pero en conjunto no la hago feliz. Oh, Dios,
ayúdame. Mi único consuelo terrible es que mi querida siente un amor inmortal,
sin vueltas, por la institución del matrimonio en sí mismo. Tiene un verdadero
apremio en jugar a la mamá permanentemente. Sus objetivos matrimoniales son tan
absurdos y conmovedores. Quiere adquirir un tostado bien oscuro y acercarse al
mostrador de la recepción de
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un hotel muy
elegante y preguntar si su marido no ha recogido aún la correspondencia. Quiere
salir a comprar cortinas. Quiere salir a comprar vestidos de maternidad. Quiere
irse de la casa de su madre, lo sepa o no, y a pesar de su afecto por ella.
Quiere tener hijos, hijos bellos, con sus rasgos, no los míos. Tengo también la
impresión de que quiere tener sus propios adornos del árbol de Navidad, no los
de su madre, para sacarlos todos los años de las cajas.
»Hoy llegó una
carta muy divertida de Buddy, escrita justo después de salir de las cocinas del
ejército. Pienso en él mientras escribo sobre Muriel. La despreciaría por los
motivos por los que quiere casarse que he explicado. ¿Pero son desdeñables? En
cierto modo deben de serlo, pero a mi me parecen tan humanos y hermosos que no
puedo pensar en ellos aun ahora cuando escribo esto, sin sentirme profunda,
hondamente conmovido. Buddy desaprobaría también a la madre de Muriel. Es una
mujer irritante, empecinada en sus opiniones, un tipo que Buddy no soporta No
creo que la viera como es. Una persona desprovista, de por vida, de toda
comprensión o gusto por la principal corriente de poesía que fluye en las
cosas, en todas las cosas. Podría estar muerta, y sin embargo sigue viviendo,
deteniéndose en los almacenes finos, viendo a su analista, consumiendo una
novela por noche, poniéndose la faja, conspirando contra la salud y la
prosperidad de Muriel. La quiero. La encuentro increíblemente valerosa.»
«Toda la compañía
está encerrada en la guarnición esta noche. Hice cola una hora entera para
poder usar el teléfono de la Sala de Recreo. Muriel parecía más bien aliviada
de que yo no pudiera ir esta noche. Lo cual me divierte y me en-canta. Otra
chica, si quisiera de veras estar libre una noche de la presencia de su novio,
daría por teléfono todas las muestras de pesar. M. exclamó sólo ¡ah! cuando se
lo dije. Cómo adoro su simplicidad, su terrible honestidad. Cómo confío en
ella.»
«3.30 de la
madrugada. Estoy en la Sala de Ordenanzas. No podía dormir. Me puse la chaqueta
sobre el pijama y me vine aquí. Al Aspesi está encargado del teléfono. Se
durmió en el suelo. Me puedo quedar aquí si contesto el teléfono por él. Qué
noche. El analista de la señora Fedder estuvo a comer y me acribilló todo el
tiempo, hasta las once y media. De vez en cuando, con gran destreza, con
inteligencia. Una o dos veces me descubrí cinchando por él. Parece que es un
viejo admirador de Buddy y mío. Está interesado personal y profesionalmente en
saber por qué salté del espectáculo a los dieciséis años. En realidad escuchó
la audición sobre Lincoln, pero tenía la impresión de que yo había dicho que el
discurso de Gettysburg era "malo para los chicos". No es cierto. Le
dije que había dicho que era un discurso malo para que los niños lo memorizaran
en el colegio. Tenía también la impresión de que había dicho que era un
discurso deshonesto. Le dije que había habido 51.112 bajas en Gettysburg y que
si alguien tenía que hablar en el aniversario, simplemente hubiera debido
adelantarse y sacudir el puño al público y luego irse, es decir, siempre que el
orador fuese un hombre absolutamente honesto. No disintió conmigo, pero parecía
creer que tengo una especie de complejo perfeccionista. Mucha charla de su
parte, y muy inteligente, sobre las virtudes de vivir la vida imperfecta, de
aceptar las debilidades propias y ajenas. Estoy de acuerdo con él, pero sólo en
teoría. Defenderé, hasta el día del fin del mundo, la simplicidad de juicio,
porque conduce a la salud y a una especie de felicidad muy real, envidiable.
Seguida con pureza, es la vía del Tao, y sin duda la
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más alta. Pero para
que un hombre con discernimiento logre esto, tendría que despojarse de la
poesía, ir más allá de la poesía. Es decir, posiblemente no
podría aprender a gustar de la mala poesía en abstracto, y mucho menos
equipararla con la buena poesía. Tendría que abandonar por completo la poesía.
Dije que no sería una cosa fácil. El doctor Sims dijo que yo lo planteaba con
demasiado rigor, que lo planteaba, dijo, como sólo lo haría un perfeccionista.
¿Puedo negarlo?
»Era evidente que
la señora Fedder le había contado nerviosamente lo de las nueve puntadas de
Charlotte. Fue una imprudencia, supongo, haber mencionado a Muriel ese viejo
asunto terminado. Se lo cuenta siempre todo a su madre antes de que la cosa se
enfríe. Debería oponerme, sin duda, pero no puedo. M. sólo me oye cuando su
madre también me escucha. Pobrecita, Pero no tenía intención de discutir con
Sims sobre las puntadas de Charlotte. Con un solo trago, no.
»Más o menos le
prometí a M. esta noche en la estación que iré a un psicoanalista uno de estos
días. Sims me dijo que el tipo que está aquí en la guarnición es muy bueno. Es
evidente que él y la señora Fedder han tenido un téte-á-téte o
dos sobre el tema. ¿Por qué no me envenena esto? No me envenena. Es
divertido. Me reconforta, no sé por qué. Hasta las vulgares suegras de las
tiras cómicas siempre me han atraído vagamente. De todos modos, no creo que
tenga nada que perder viendo a un analista. Si es el del ejército, será gratis.
M. me quiere, pero nunca se sentirá cerca de mí, familiar conmigo, frívola conmigo,
mientras no me haya reajustado un poco.
»Si empiezo a ir a
un analista o cuando empiece, quiera Dios que tenga la previsión de llamar en
consulta a un dermatólogo. Un especialista en manos. Tengo cicatrices en las
manos por tocar a cierta gente. Una vez, en el parque, cuando Franny todavía
estaba en el cochecito, apoyé la mano en la pelusa de su coronilla y la dejé un
largo rato. Otra vez, en el Loew de la calle Setenta y Dos, mientras veíamos
con Zooey una película de fantasmas. Tenía seis o siete años y se metió debajo
del asiento para no ver una escena de terror. Puse mi mano sobre su cabeza.
Ciertas cabezas, ciertos colores y texturas de pelo humano dejan marcas
permanentes en mí. Otras cosas también. Una vez Charlotte se me escapó del
estudio y yo la atrapé del vestido para detenerla, para que se quedara junto a
mí. Un vestido de algodón amarillo que me gustaba porque era demasiado largo
para ella. Todavía tengo una marca amarillo limón en la palma de la mano
derecha. Ah, Dios, si se me puede aplicar un nombre clínico, soy una especie de
paranoico al revés. Sospecho que la gente conspira para hacerme feliz.»
Recuerdo que cerré
el diario —en realidad, lo cerré de golpe— después de la palabra «feliz».
Entonces me quedé sentado unos minutos con el diario bajo un brazo hasta que
sentí cierta incomodidad derivada de haber estado tanto tiempo sentado en el
borde de la bañera. Cuando me puse de pie, descubrí que transpiraba más
profusamente que durante el resto del día, como si acabara de salir de un baño
caliente en vez de haber estado sentado en el borde de una bañera. Me acerqué
al cesto de ropa sucia, levanté la tapa y con un movimiento de muñeca casi
vicioso arrojé literalmente el diario de Seymour entre algunas sábanas y fundas
de almohadas que había en el fondo del cesto. Entonces, a falta de una idea
mejor, más constructiva, volví a sentarme de nuevo en el borde de la bañera. Me
quedé mirando un minuto o dos el mensaje de Boo Boo en el espejo del botiquín y
después salí del baño, cerrando la puerta con excesiva energía, como si la pura
fuerza pudiera dejar el lugar
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Mi próxima parada
fue la cocina. Por fortuna daba al vestíbulo y pude llegar sin tener que
atravesar la sala y enfrentar a mis huéspedes. Al pasar la puerta basculante,
me quité la chaqueta —la camisa— y la dejé caer sobre la mesa esmaltada.
Necesitaba de toda mi energía para quitarme simplemente la chaqueta y me quedé
un rato en camiseta,
descansando, antes
de asumir la tarea hercúlea de mezclar las bebidas. Entonces, de pronto, como
si me vigilaran a través de agujeritos en la pared, empecé a abrir las puertas
del armario y del refrigerador, buscando los ingredientes de los Tom Collins. Estaban
todos, salvo que había limones en lugar de limas, y en pocos minutos tenía una
jarra entera de azucarados Collins. Tomé cinco vasos y después busqué una
bandeja. Era asaz difícil en-contrarla y me llevó bastante tiempo, de modo que
cuando la encontré abría y cerraba las puertas del armario lanzando pequeños
gemidos apenas audibles.
Justo en el momento
en que salía de la cocina con la jarra y los vasos en la bandeja y la chaqueta
puesta, se me encendió en la cabeza una bombilla imaginaria, como ocurre en las
tiras cómicas para mostrar que un personaje tiene de pronto una idea muy brillante.
Dejé la bandeja en el suelo. Volví al estante de las bebidas y tomé una botella
medio llena de Scotch. Llevé el vaso y me serví —de un modo un tanto
accidental— por lo menos cuatro dedos. Miré el vaso con gesto crítico durante
una fracción de segundo y como un héroe invicto de película del Oeste, me lo
bebí con un movimiento brusco y un gesto impasible. Pequeño detalle, debo
mencionar, que registro con un estremecimiento bastante claro. Concedo que yo
tenía veintitrés años y que estaba haciendo lo que cualquier robusto pa-panatas
de veintitrés años en circunstancias similares. No quiero decir algo tan
sencillo como eso. Quiero decir que no soy un bebedor, como dice la gente. Con
un cuarto de whisky, por lo general me descompongo violentamente o empiezo a
escudriñar la habitación en busca de incrédulos. Con dos cuartos es sabido que
me caigo redondo.
Pero éste —por usar
un eufemismo incomparable— no era un día común, y recuerdo que mientras
levantaba de nuevo la bandeja y salía de la cocina, no sentí ninguno de los
habituales cambios metamórficos casi inmediatos. Parecía que en el estómago del
sujeto se estaba engendrando un grado de calor sin precedentes, pero eso era
todo.
En la sala, cuando
entré con la bandeja cargada, no había cambios auspiciosos en el porte de mis
huéspedes, fuera del hecho revitalizante de que el tío del padre de la novia se
había unido al grupo. Estaba apelotonado en la vieja silla de mi finado perro.
Tenía cruzadas las minúsculas piernas, el pelo peinado, las manchas de grasa
tan impresionantes como siempre y he aquí que su cigarro estaba
encendido. Nos saludamos de una manera aún más extravagante que de
costumbre, como si esas separaciones intermitentes fueran de pronto demasiado
largas e innecesarias para nosotros.
El teniente seguía
junto a los anaqueles. Volvía las páginas de un libro que había tomado, al
parecer absorto. (Nunca descubrí qué libro era.) La señora Silsburn, con aire
considerablemente repuesto y aun descansado, un retoque del maquillaje, pensé,
estaba sentada ahora en el diván, en el extremo más apartado del tío del padre
de la novia. Hojeaba una revista.
—¡Oh, qué
delicia! —dijo, con su voz social ver la bandeja que yo acababa de depositar en
la mesa ratona. Me sonrió cordialmente.
—Le puse muy poco
gin —mentí mientras empezaba a revolver la jarra.
—Ahora se está tan
delicioso y fresco aquí —dijo la señora Silsburn—. De paso, ¿puedo hacerle una
pregunta? —Al decirlo, dejó a un lado la revista, se puso de pie, rodeó el
diván y se acercó al escritorio Se estiró y apoyó un dedo en una de las
fotografía, de la pared—. ¿Quién es esta preciosa niña? —me preguntó. Ahora que
el acondicionador
31
funcionaba suave y
constantemente y que ella había tenido tiempo de maquillarse de nuevo, ya no
era la niña marchita, asustada, que había estado bajo el sol ardiente a la
puerta del Schrafft de la calle Setenta y Nueve. Ahora se dirigía a mí con todo
el frágil equilibrio de que disponía al principio cuando se metió en el coche,
delante de la casa de la abuela de la novia, cuando me preguntó si yo era
alguien llamado Dickie Briganza.
Dejé de revolver la
jarra de Collins y me acerqué a ella. Tenía clavada una uña pintada en la
fotografía del equipo de Los niños sabios de 1929, y en
una niña en particular. Éramos siete sentados alrededor de una mesa circular,
un micrófono delante de cada niño.
—Es la niña más
preciosa que he visto en la vida —dijo la señora Silsburn—. ¿Sabe a quién se
parece un poquitito? ¿En los ojos y en la boca?
Más o menos en ese
momento, algo del Scotch —aproximadamente un dedo, diría— empezó a afectarme y
estuve a punto de contestarle: «A Dickie Briganza», pero todavía prevaleció
cierta tendencia a la cautela. Asentí y dije el nombre de la actriz de cine que
la Madrina de Honor, al comienzo de la tarde» había mencionado en relación con
nueve pun-tadas quirúrgicas.
La señora Silsburn
me miró fijo.
—¿Estaba también
en Los niños sabios? —preguntó.
—Unos dos años.
Diablos, sí. Con su propio nombre, claro. Charlotte Mayhew.
El teniente estaba
ahora detrás de mí, a mi derecha, mirando la fotografía. Al oír el nombre
profesional de Charlotte, se había alejado de los anaqueles para echar un
vistazo.
—¡No sabía que
hubiera estado en la radio de niña ¡ —dijo la señora Silsburn—. ¡No sabía eso!
¿Era una niña tan brillante?
—No, era sobre todo
muy bochinchera. Pero cantaba entonces tan bien como ahora. Y era un
maravilloso apoyo moral. Por lo general solía arreglárselas para sentarse junto
a mi hermano Seymour a la mesa de la radio, y cuando él decía en el programa
algo que le gustaba, le pisaba un pie. Era como un apretón de manos, sólo que
con el pie. —Mientras pronunciaba esta breve homilía, tenía las manos apoyadas
en la barra superior de la silla jun-to al escritorio. De pronto se me
deslizaron, más bien a la manera en que el codo pierde bruscamente «pie» en la
superficie de una mesa o en el mostrador de un bar. Perdí y recobré el
equilibrio casi al mismo tiempo, y ni la señora Silsburn ni el teniente
parecieron notarlo. Me crucé de brazos—-. Ciertas noches, cuando había estado
especialmente en buena forma, Seymour solía volver a casa con una ligera
renquera. Es cierto. Charlotte no se limitaba a pisarle el pie, se lo
pisoteaba. A él no le importaba. Le gustaba la gente que le pisaba los pies. Le
gustaban las chicas bochincheras.
—¡Pero qué
interesante! —dijo la señora Silsburn—. Yo no sabía que hubiese estado alguna
vez en la radio ni nada.
—En realidad, la
llevó Seymour. Era la hija de un osteópata que vivía en el mismo edificio que
nosotros, en Riverside Drive. —Volví a apoyar las manos en el barrote de la
silla y me incliné hacia adelante, en parte para apoyarme, en parte a la manera
de un viejo entregado a sus recuerdos. El sonido de mi voz me resultaba ahora
singularmente agrada-ble—. Estábamos jugando a la pelota... ¿A alguno de
ustedes le interesa esto?
—¡Sí! —dijo la
señora Silsburn.
—Estábamos jugando
a la pelota junto a la casa, una tarde, después de la escuela, Seymour y yo, y
alguien que resultó ser Charlotte empezó a tirarnos bolitas desde el piso doce.
Así fue como nos conocimos. La llevamos al programa esa misma semana. No estábamos
enterados siquiera de que sabía cantar. Queríamos que fuera porque tenía un
acento neoyorquino tan bonito. Acento de barrio elegante.
La señora Silsburn
lanzó ese tipo de carcajada tintineante que es, desde luego, la
32
muerte para el
narrador de anécdotas sensible, esté sobrio o no. Estaba claro que esperaba que
yo terminara para hacerle una pregunta franca al teniente:
—¿A quién la
encuentra parecida? —le dijo con insistencia—. En los ojos y la boca sobre
todo. ¿A quién le recuerda?
El teniente la miró
y luego levantó los ojos a la fotografía.
—¿Se refiere al
aspecto que tiene en esta foto? ¿De chica? —dijo—. ¿O ahora? ¿Al aspecto que
tiene en el cine? ¿Qué quiere decir?
—A los dos, creo.
Pero especialmente en esta foto.
El teniente examinó
la foto con bastante severidad, pensé, como si no aprobara para nada la forma
en que la señora Silsburn, que después de todo era una civil al mismo tiempo
que una mujer, le había pedido que la mirara.
—Muriel —dijo—. Se
parece a Muriel en esta foto. El pelo y todo.
—¡Pero tal
cual —dijo la señora Silsburn. Se volvió hacia mí—. Pero tal cual —
repitió—. ¿Conoce a Muriel? Quiero decir, ¿la ha visto cuando lleva el pelo
sujeto en un precioso...?
—Nunca he visto a
Muriel —dije.
—Bueno, muy bien,
le doy mi palabra —la señora Silsburn golpeó solemnemente la foto con el dedo
índice—. Esta niña podría doblar a Muriel a la misma edad.
Como dos gotas de agua.
El whisky se me iba
subiendo despacio a la cabeza y me era imposible recibir esta información,
mucho menos aún examinar sus variadas ramificaciones posibles. Caminé de vuelta
—apenas un poco demasiado rígido— hasta la mesa y volví a revolver la jarra de Collins.
El tío del padre de la novia trató de atraer mi atención cuando me acerqué a
él, pero yo estaba lo bastante abstraído por el parecido entre Muriel y
Charlotte como para no responderle. Además me iba sintiendo una pizca mareado.
Tuve el fuerte impulso, al que no accedí, de sentarme en el suelo para revolver
la jarra.
Un minuto o dos
después, cuando empezaba a servir las bebidas, la señora Silsburn me hizo una
pregunta. Cruzó la habitación hacia mí cantando, tan melodiosa era su
entonación.
—¿Estaría muy mal
que yo le preguntara acerca del accidente que la señora Burwick mencionó antes?
Me refiero a las nueve puntadas de que habló. ¿Su hermano la empujó por
accidente o algo por el estilo?
Dejé la jarra, que
parecía tan pesada que resultaba difícil de sostener, y la miré. Curiosamente,
a pesar del ligero mareo que sentía, las imágenes distantes no habían empezado
a borronearse para nada. Al contrario, la señora Silsburn, como un punto focal
del otro lado de la habitación, parecía de una claridad bastante inoportuna.
—¿Quién es la
señora Burwick? —pregunté.
—Mi mujer —contestó
el teniente, con cierta sequedad. Me estaba mirando, también, por lo menos como
si perteneciera a un comité que investigaba por qué tardaba tanto con las
bebidas.
—Ah, claro —dije.
—¿Fue un accidente?
—Insistió la señora Silsburn—. No tuvo intención de hacerlo, ¿verdad?
—Por el amor de
Dios, señora Silsburn.
—¿Cómo dice? —me
preguntó con frialdad.
—Discúlpeme. No me
haga caso. Estoy un poco achispado. Me serví un gran trago en la cocina hace
unos cinco minutos... —Me interrumpí y de pronto me volví. Acababa de escuchar
un paso pesado y familiar en el vestíbulo sin alfombra. Se acercaba a nosotros,
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contra nosotros, a
gran velocidad y un instante después la Madrina de Honor entraba como una
tromba.
No tuvo ojos para
nadie.
—Por fin lo
conseguí —dijo. Su voz sonaba extrañamente pareja, despojada incluso de toda
sombra de subrayados—. Después de casi una hora. —Tenía la cara tensa y parecía
acalorada como a punto de estallar—. ¿Está frío? —dijo, y se acercó a la
mesilla sin detenerse y sin que nadie le contestara. Levantó el vaso que yo
había llenado a medias más o menos un minuto antes y se lo bebió de un solo
trago ávido—. Es la habitación más calurosa que he conocido en toda mi vida
—dijo, de un modo bastante impersonal, y dejó el vaso vacío. Tomó la jarra y
volvió a llenar a medias el vaso, con gran tintineo y chasquidos de cubos de
hielo.
La señora Silsburn
estaba ya muy cerca de la mesilla. —¿Qué dijeron? —preguntó impaciente—. ¿Habló
con Rhea? La Madrina de Honor bebió primero.
—Hablé con todo el
mundo —dijo, depositando el vaso y subrayando la expresión «todo el mundo» de
una manera torva, pero, tratándose de ella, especialmente poco dramática. Miró
primero a la señora Silsburn, luego a mí, luego al teniente—. Pueden quedarse tranquilos
—dijo—. Todo ha terminado bien.
—¿Qué quiere decir?
¿Qué ha pasado? —preguntó bruscamente la señora Silsburn. —Lo que acabo de
decir. El novio ya no se siente afectado por
la felicidad. —De
vuelta había una
inflexión familiar en la voz de la Madrina de Honor.
—¿Cómo fue? ¿Con
quién hablaste? —le preguntó el teniente—. ¿Hablaste con la señora Fedder?
—Dije que hablé con
todo el mundo. Con todo el mundo salvo la ruborosa novia. Ella y el novio se
fugaron —se volvió hacia mí—. ¿Pero cuánto azúcar puso usted en esto? Tiene un
gusto exactamente...
—¿Fugado? —dijo
la señora Silsburn, y se llevó una mano a la garganta.
La Madrina de Honor
la miró.
—Está bien,
tranquilícese —aconsejó—», Vivirá más tiempo.
La señora Silsburn
se sentó inerte en el diván, justo a mi lado. Yo contemplaba a la Madrina de
Honor y estaba seguro de que la señora Silsburn hacía lo mismo.
—Parece que él
estaba en el apartamento cuando volvieron. Entonces Muriel
hizo su maleta y los dos se fueron, así, sin más. —La Madrina de Honor se
encogió de hombros estudiadamente. Tomó de nuevo el vaso y terminó de beber—.
De cualquier modo, estamos todos invitados a la recepción, o como quieran
llamarle, ahora que la novia y el novio se han ido. Por lo que
deduzco, ya hay allí un montón de gente. Todos parecían tan contentos por teléfono.
—Dijiste que habías
hablado con la señora Fedder. ¿Qué dice? —preguntó el teniente.
La Madrina de Honor
sacudió la cabeza, de un modo más bien críptico.
—Estuvo
maravillosa. Mi Dios, qué mujer. Parecía absolutamente normal. Por lo que sé,
quiero decir, por lo que ella dijo, el tal Seymour prometió que empezaría a ir
a un analista para que lo enderezara —se encogió de hombros otra vez—. ¿Quién
sabe? Quizá todo va a terminar bien. Estoy demasiado desinflada para seguir
pensando —miró a su marido—. Vamos. ¿Dónde está tu gorrita?
A continuación vi
que la Madrina de Honor, el teniente y la señora Silsburn se encaminaban en
fila hacia la puerta, y yo como anfitrión detrás. Les hice gestos evidentes de
saludo, pero como nadie se volvió, creo que mi actitud fue ignorada.
34
Oí que la señora
Silsburn le preguntaba a la Madrina de Honor:
—¿Van a ir allá o
qué?
—No sé —fue la
respuesta—. Si lo hacemos, será por un minuto.
El teniente apretó
el botón del ascensor, y los tres se quedaron rígidos mirando el tablero
indicador. Parecían haber perdido el uso de la palabra. Me quedé en la puerta
del apartamento, a unos centímetros de distancia, mirando vagamente hacia
adelante. Cuando se abrió la puerta del ascensor, dije adiós, en voz alta, y
las tres cabezas se volvieron al unísono hacia mí.
—Oh, adiós
—dijeron.
Y oí que la Madrina
de Honor gritaba:
—¡Gracias por el
trago! —mientras la puerta del ascensor se cerraba tras de ellos.
Volví al
apartamento, muy inseguro, tratando de desabotonarme la camisa en el camino, o
de abrirla a tirones.
Mi regreso a la
sala fue acogido sin reservas por el único huésped que quedaba y a quien yo
había olvidado. Alzó un vaso bien lleno hacia mí cuando entré en la habitación.
En realidad lo balanceó literalmente delante de mí, sacudiendo la cabeza de
arriba abajo, y sonriendo como si al fin hubiera llegado el supremo, jubiloso
momento que los dos habíamos estado esperando tanto tiempo. Descubrí que era
incapaz de retribuirle con una sonrisa en esa reunión particular. Recuerdo que
le palmeé el hombro, sin embargo. Entonces fui y me senté con pesadez en el
diván, justo frente a él, y terminé de abrirme a tirones la camisa.
—¿No tienes dónde
ir? —le pregunté—. ¿Quién se ocupa de ti? ¿Las palomas del parque?
En respuesta a
estas provocativas preguntas, mi huésped alzó hacia mí un brindis con creciente
regocijo, enarbolando su Tom Collins como si fuera un bock de cerveza. Cerré
los ojos y me tendí en el diván, levantando los pies y extendiéndolos. Pero la
habitación empezó a girar. Me senté y balanceé los pies volviéndolos al piso,
pero lo hice con tanta brusquedad y tan pobre coordinación que tuve que apoyar
la mano en la mesita para mantener el equilibrio. Estuve sentado, desmoronado
durante un minuto o dos, con los ojos cerrados. Entonces, sin tener que
levantarme, alcancé la jarra de Tom Collins y me serví un vaso, salpicando una
buena cantidad de líquido y de cubos de hielo en la mesa y en el piso. Me senté
con el vaso lleno en las manos durante unos minutos más, sin beber, y luego lo
dejé en el charco que se había formado en la mesita.
—¿Te gustaría saber
cómo consiguió Charlotte esas nueve puntadas? —pregunté de pronto, en un tono
de voz que a mí me sonaba perfectamente normal—. Estábamos en el Lake. Seymour
había escrito a Charlotte invitándola y por fin su madre la dejó. Lo que ocurrió
fue que ella estaba sentada en mitad de la acera una mañana acariciando al gato
de Boo Boo y Seymour le tiró una piedra. Tenía doce años. Es todo lo que hubo.
Se la tiró porque estaba tan preciosa allí sentada, en medio de la acera, con
el gato de Boo Boo. Todo el mundo lo supo, por el amor de Dios, yo, Charlotte,
Boo Boo, Waker, Walt, toda la familia. —Miré fijo el cenicero de estaño en la
mesilla—. Charlotte nunca le dijo una palabra. Ni una palabra. —Miré a mi
huésped más bien esperando que me discutiera, que me tratara de mentiroso. Soy
un mentiroso, desde luego. Charlotte nunca entendió por qué Seymour le tiró
aquella piedra. Pero mi huésped no me discutió. Todo lo contrario. Me sonrió
alentándome, como si todo lo que pudiera decirle sobre el tema fuese para él la
35
verdad absoluta.
Sin embargo, me levanté para salir pensando, en mitad de la habitación, que
volvería para recoger los cubos de hielo que quedaban en el piso, pero parecía
una empresa demasiado difícil y seguí hasta el vestíbulo. Al pasar por delante
de la puerta de la cocina, me quité la camisa como si fuera una cascara y la
dejé caer al suelo. En ese momento era como si fuese el lugar donde siempre
dejaba mi chaqueta.
En el cuarto de
baño estuve varios minutos junto al cesto de la ropa sucia, discutiendo si
recogería o no el diario de Seymour para mirarlo de nuevo. Ya no recuerdo qué
argumentos aduje al respecto, fuera en pro o en contra, pero al fin abrí el
cesto y saqué el diario. Me senté con él de nuevo en el costado de la bañera, y
pasé rápidamente las páginas hasta que llegué a la última anotación que Seymour
había hecho:
«Uno de los hombres
acaba de llamar de nuevo a la compañía aérea. Si las nubes siguen levantándose,
podremos salir antes de la mañana. Oppenheim dice que contengamos la
respiración. Telefoneé a Muriel para decírselo. Fue muy ex-traño. Contestó al
teléfono y estuvo diciendo hola. No me salía la voz. Estuvo a punto de colgar.
Si por lo menos pudiera calmarme un poco. Oppenheim se va a meter en la cama
hasta que la compañía aérea nos llame de vuelta. Yo también debería, pero estoy
demasiado nervioso. La llamé para pedirle, para rogarle por última vez que se
viniera conmigo y nos casáramos solos. Estoy demasiado nervioso para tratar con
la gente. Me siento como si estuviera por nacer. Maldito, maldito día. La
comunicación fue tan mala, y no pude hablar ni una palabra en casi todo el
tiempo. Qué terrible es cuando uno dice te quiero y en la otra punta la persona
grita: "¿Qué?" Estuve leyendo todo el día una selección del Ve-danta.
Los cónyuges están para servirse el uno al otro. Para elevar, ayudar, enseñar,
fortalecerse el uno al otro, pero sobre todo para servir.
Criar a los hijos
con honor, con amor y con desapego. Un niño es en la casa un huésped que ha de
ser amado y respetado, nunca poseído, porque pertenece a Dios. Qué maravilloso,
qué sano qué bellamente difícil y por lo tanto verdadero! La alegría de la responsabilidad
por primera vez en mi vida. Oppenheim ya está en la cama. Yo también debería,
pero no puedo. Alguien debe quedarse levantado con el hombre feliz.»
Leí la anotación
sólo una vez, después cerré el diario y lo llevé al dormitorio. Lo dejé caer en
la maleta de tela de Seymour, sobre el asiento de la ventana. Después me dejé
caer, más o menos deliberadamente, en la más cercana de las dos camas. Me quedé
dormido —o posiblemente desmayado— antes de aterrizar, o por lo menos así me
pareció.
Cuando
me desperté, alrededor de una hora y media más tarde,
tenía una jaqueca que
me partía la
cabeza, la boca reseca. La habitación estaba a oscuras.
Recuerdo que estuve
sentado un rato
bastante largo en el borde de la cama. Después, movido por una gran sed,
me puse de pie y
avancé lentamente hacia la sala confiando en que quedaría algo
fresco en
la jarra sobre la
mesita.
Evidentemente mi
último huésped se había ido del apartamento. Sólo su vaso vacío y la colilla de
su cigarro en el cenicero de peltre indicaban que había existido. Sigo pensando
que la colilla de su cigarro debería haber sido enviada a Seymour, siguiendo el
procedimiento habitual con los regalos de bodas. Sólo el cigarro, en una
hermosa cajita. Posiblemente con una hoja de papel en blanco, a manera de
explicación.▄
36
SEYMOUR: UNA
INTRODUCCIÓN
«Los actores con su
presencia siempre me convencen, para mi horror, de que casi todo lo que hasta
ahora he escrito sobre ellos es falso. Es falso porque lo hago con amor
constante (ahora mismo, mientras lo escribo, también resulta falso) pero con
capacidad variable, y esta capacidad variable no da la imagen expresiva y
correcta de los actores tal como son sino que se pierde tristemente en ese amor
que nunca quedará satisfecho con la capacidad, y por lo tanto piensa que no
ejercitar esa capacidad es una manera de proteger a los actores.»
«Es (por decirlo de
una manera figurada) como si un autor cometiera un error al escribir y como si
ese lapsus cobrara conciencia de sí mismo. Quizá no fuera un lapsus, sino, en
un sentido mucho más elevado, una parte esencial de la exposición entera. Es,
pues, como si ese lapsus se rebelara contra el autor, de puro odio contra él,
le impidiera corregirlo y dijera: "No, no quiero ser borrado, quedaré como
testigo contra ti, como testigo de que eres un escritor muy mediocre."»
A veces, para ser
sincero, me parece poco satisfactorio, pero a los cuarenta años considero a mi
viejo amigo, el lector común, como mi último confidente hondamente
contemporáneo, y, mucho antes de que yo llegara a la mayoría de edad, uno de
los artesanos públicos más estimulantes y menos fatuos que he conocido me
insistió en que debía tratar de conservar un respeto constante y sobrio por la
amenidad de esa relación, por curiosa o terrible que fuera; en mi caso, él lo
vio venir desde el principio. La cuestión es la siguiente: ¿cómo puede un
escritor tener en cuenta esa amenidad si no tiene idea de cómo es el lector
común? Seguro que la inversa es bastante corriente, pero ¿cuándo se le pregunta
al autor de un cuento cómo se imagina a su lector? Con mucha suerte, para
seguir y llegar a la cuestión —y no creo que sea de las que sobreviven a una
construcción interminable—, descubrí hace una buena cantidad de años
prácticamente todo lo que necesitaba saber acerca de mi lector común, quiero
decir, tú. Lo negarás rotundamente, me temo, pero no estoy en condiciones de
dar por segura tu palabra. Eres un gran aficionado a los pájaros. Como el
hombre de un cuento titulado Skule Skerry, de John Buchan, que
Arnold L. Sugarman, hijo, me instó una vez a leer durante un período de clases
mal vigilado, eres alguien que se interesa en los pájaros en primer lugar
porque estimulan tu imaginación; te fascinan porque «de todos los seres de la
creación, parecen los más cercanos al espíritu puro, criaturitas con una
temperatura normal de 51o». Probablemente, como el hombre de
John Buchan, tuviste muchos pensamientos estremecedores al respecto; te
acordaste, no me cabe duda, de que: «¡El abadejo, con m estómago no
más grande que un guisante, cruza volando el Mar del Norte! ¡El zarapito, que
se cría tan al norte que, sólo unas tres personas han visto alguna vez su nido,
se va a Tasmania a pasar las vacaciones!» Claro, sería demasiado pedir que mi
propio lector común resultara ser una de las tres personas que han visto el
nido del zarapito, pero por lo menos creo que lo conozco —te conozco— lo
bastante bien como para sospechar qué clase de gesto bien intencionado de mi
parte será bien recibido en este momento. Con este espíritu de entre-nous, viejo
confidente, antes de que nos juntemos con los otros, los que están en todas
partes, incluso, estoy seguro, los locos del volante, de mediana edad que
insisten en llevarnos zumbando a la luna, los Vagabundos del Dharma, los
fabricantes de filtros de cigarrillos para los hombres que piensan, los Beats,
los Andrajosos y los Iracundos, los creyentes elegidos, todos los expertos
soberbios que saben tan bien lo que
37
deberíamos o no
deberíamos hacer con nuestros pobres y pequeños órganos sexuales, todos los
muchachos barbudos, orgullosos e ignorantes, todos los guitarristas aficionados
y los asesinos del Zen, y los estetizantes gamberros unidos que contemplan por
encima de sus ignaras narices este espléndido planeta donde (por favor, no me
digas que me calle) Kilroy, Cristo y Shakespeare se detuvieron, antes de
juntarnos con esos otros, te lo digo en privado, viejo amigo (y desde muy
cerca), por favor acéptame este modesto ramillete de paréntesis tempranamente
florecidos: (((()))). Quiero decir, de un modo nada florido, que han de ser
to-mados ante todo como augurios patituertos, torcidos, de mi estado anímico y
corporal al escribir esto. Profesionalmente hablando, que es la única manera de
explicarme que me divierte (y para congraciarme aún menos, hablo nueve idiomas
sin parar, cuatro de ellos definitivamente muertos), profesionalmente hablando,
repito, soy un hombre en éxtasis de felicidad. Nunca lo había sido hasta ahora.
Oh, quizá una vez, cuando tenía catorce años v escribí un
cuento en el que todos los personajes tenían cicatrices de duelos al estilo de
Heidelberg: el héroe, el villano, la heroína, su vieja nodriza, todos los
perros y los caballos. Se puede decir que yo era entonces razonablemente feliz,
pero no en éxtasis, no de este modo. Sin rodeos: he llegado a saber, quizá
mejor que nadie, que una persona que escribe en éxtasis de felicidad suele ser
un tipo demasiado agotador para tenerlo cerca. Desde luego, los poetas en este
estado son con mucho los más «difíciles», pero aun el prosista en trance
análogo no tiene
ninguna posibilidad de elegir su manera de comportarse cuando está en compañía
decente; divino o no, un trance es un trance. Y si bien pienso que un prosista
en éxtasis de felicidad puede hacer muchas cosas buenas en la página impresa —las
mejores, así lo espero—, también es cierto, y mucho más evidente, sospecho, que
le es imposible ser moderado o sobrio o breve; deja caer casi todos los
párrafos cortos. En pos de algo tan vasto y devorador como la felicidad, pierde
necesariamente el placer mucho menor, pero para un escritor siempre bastante
exquisito, de aparecer en la página navegando serenamente entre dos aguas. Lo
que es peor, ya no está en condiciones de atender el deseo más inmediato del
lector, a saber, que siga de una buena vez, caray, con su historia. De ahí, en
parte, el omi-noso ofrecimiento de paréntesis unas pocas frases atrás. Me
consta que no pocas personas sumamente inteligentes no soportan los comentarios
entre paréntesis cuando se supone que les están contando un cuento (nos
enteramos de estas cosas por las cartas, sobre todo las escritas por los que
preparan tesis, ansiosos, como es natural, por escribirnos a escondidas en los
momentos libres. Pero los leemos y habitualmente les creemos; buena, mala o
indiferente, toda sarta de palabras en inglés retiene nuestra atención como si
viniera del mismo Próspero.) Quiero advertir que en adelante mis apartes no
sólo serán desenfrenados (no estoy nada seguro de que no vaya a haber una o dos
notas al pie de página), sino que, de vez en cuando, tengo intención de forzar
la atención del lector cuando vea fuera de la manida línea de la trama algo
excitante o interesante o que valga la pena. La rapidez, Dios salve mi pellejo
norteamericano, no me importa absolutamente nada. Pero hay lectores cuya
atención sólo se puede obtener aplicando los métodos más moderados, más
clásicos y quizá más eficaces, y sugiero —con toda la honestidad de que un
escritor es capaz en estos casos— que se retiren ahora, mientras, me imagino,
la retirada es aún fácil y buena. Probablemente seguiré señalando las salidas
que se presenten en el camino, pero no estoy seguro de hacerlo otra vez de todo
corazón.
Me gustaría empezar
con algunas palabras sobre las dos citas iníciales. «Los actores con su
presencia...» es de Kafka. La segunda: «Es (por decirlo de una manera figurada)
como si un autor cometiera un error...» es de Kierkegaard (y tengo que hacer un
esfuerzo para no frotarme sin elegancia las manos ante la idea de que este
pasaje especial de Kierkegaard puede hacer caer a algunos existencialistas y
mandarines franceses que han
38
gozado quizá de
excesiva publicidad, en sus... bueno, por sorpresa) (1).
La verdad es que,
en el fondo, no estoy convencí-do de que nadie necesite una razón firme para
citar las obras de los escritores que ama, pero convengo en que siempre está
bien tenerla. En este caso me parece que esos dos pasajes, sobre todo juntos,
representan maravillosamente lo mejor, no sólo de Kafka y de Kierkegaard, sino
de los cuatro hombres muertos, los cuatro Hombres Enfermos famosos por diversas
razones, los solteros inadaptados (probablemente sólo Van Gogh, de los cuatro,
tratará de no aparecer en estas páginas) a quienes más a menudo recurro —a
veces realmente afligido— cuando quiero alguna información absolutamente
fidedigna acerca de los procesos del arte moderno. En líneas generales he
reproducido los dos pasajes en un intento de mostrar con toda franqueza mi
posición con respecto al conjunto de datos que espero reunir aquí, acerca del
cual, me importa un bledo decirlo, un autor no puede ser demasiado explícito ni
anticiparse demasiado. Pero en parte podría recompensarme el hecho de pensar,
de soñar, que esas dos breves citas pueden ser de alguna utilidad para la raza
de críticos literarios relativamente nueva, los numerosos obreros (supongo
que podría llamárseles soldados) que dedican largas horas, a
menudo con decrecientes esperanzas de destacarse, a nuestras activas clínicas
de artes y letras neofreudianas. Sobre todo, quizá, para esos estudiantes aún
muy jóvenes y esos clínicos inexpertos, rebosantes de salud mental, libres (sin
duda) de toda atracción morbosa por la belleza, que un día
trataron de especializarse en patología de la estética. (Admito que es un tema
al que soy insensible desde que tenía once años y vi cómo el artista y el
Hombre Enfermo a quien más he querido en este mundo, todavía de pantalones
cortos, era examina-do por un famoso grupo de profesionales freudianos durante
seis horas cuarenta y cinco minutos. En mi opinión, no del todo fidedigna,
estuvieron a punto de sacarle una muestra de cerebro, y durante años me quedó
la idea de que sólo la hora avanzada —las dos de la madrugada— los disuadió de
hacerlo. Insensible es, pues, lo que me propongo ser. Grosero, no. Comprendo
que es una línea o una tabla muy fina, pero me gustaría caminar por ella un
minuto más; estén listos o no, he esperado unos buenos años para juntar estos sentimientos
y sacármelos de encima.) Desde luego circularon gran variedad de rumores acerca
del extraordinario, del sensacional artista creador —y aludo aquí
exclusivamente a los pintores y poetas y Dichter en pleno—.
Uno de esos rumores —y para mí, con mucho, el más regocijante de todos— es el
de que nunca, ni siquiera en las oscuras edades pre-psicoanalíticas, veneró -a
sus críticos profesionales y que en realidad en sus visiones de la sociedad,
generalmente infundadas, solía amontonarlos junto con los echt editores
y traficantes de arte y los otros prósperos parásitos de las artes, quizá de
una prosperidad envidiable que, apenas podría concedérseles, preferirían un
trabajo diferente, quizá más limpio si pudieran conseguirlo. Pero lo que, por
lo menos en los tiempos modernos, suele oírse más a menudo con respecto al
poeta o al pintor curiosamente creador aunque en-fermizo, es que siempre
resulta ser un tipo de neurótico extraordinario, pero sin lugar a dudas
«clásico», un ser aberrante que sólo en ocasiones, y nunca profundamente, desea
librarse de su aberración, o un Hombre Enfermo que no pocas veces aunque cabe
suponer que lo negará como un niño lanza terribles gritos de dolor como si
quisiera dé todo corazón abandonar su arte y su alma para experimentar lo que
en otras gentes pasa por ser bienestar, y sin embargo (el rumor continúa),
cuando en su cuartito de aspecto insalubre alguien
(1) Esta modesta
calumnia es totalmente reprensible, pero el hecho de que el
gran Kierkegaard nunca fuera kierkegaardiano y mucho menos existencialista,
alegra infinitamente el corazón del intelectual de segunda categoría y no deja
de reafirmar su fe en una justicia poética del cosmos, o aun en un cósmico
Santa Claus.
(2)
39
(3) irrumpe —con no
poca frecuencia alguien que lo quiere de veras— y le pregunta apasionadamente
dónde le duele, él o bien renuncia o bien es incapaz de un análisis clínico
amplio y constructivo, y por la mañana, cuando se supone que incluso los
grandes poetas y pintores se sienten un poco más animados que de costumbre,
parece más perversamente resuelto que nunca a ver cómo la enfermedad sigue su
curso, aunque a la luz de un nuevo día de trabajo se acuerde de que todos los
hombres, incluidos los sanos, a veces se mueren y en general de mala gana, pero
que a él, hombre afortunado, lo está asesinando el compañero más estimulante
que jamás haya conocido, exista o no la enfermedad. En conjunto, por alevoso
que pueda sonar viniendo de mí, con un artista muerto como el que he mencionado
en toda esta semi-polémica entre los parientes cercanos, no veo cómo se puede
deducir razonablemente que este último rumor general (correcto) no se funda en
una cantidad pasable de hechos esenciales. Mientras mi distinguido pariente
vivía, yo lo vigilaba —casi literalmente, pienso a veces— como un halcón. Con
arreglo a cualquier definición lógica, era un ejemplar enfermizo: en sus peores
noches y tardes no sólo profería gritos de dolor sino que pedía socorro, y
cuando llegaba una ayuda módica se negaba a decir en lengua inteligible dónde
le dolía. Aun así, estoy en abierto desacuerdo con los expertos en estas
cuestiones —los eruditos, los biógrafos y sobre todo la aristocracia
intelectual ahora vigente, educada en una u otra de las grandes escuelas
psicoanalíticas—, y les reprocho con la mayor acrimonia lo siguiente: ellos no
escuchan como es debido los gritos de dolor, fio pueden, claro. Son una casta
de orejas de lata. Con tan defectuoso equipo, con esas orejas, ¿cómo es posible
rastrear el dolor, por el sonido y la calidad tan sólo, hasta su fuente? Con
tan lamentable equipo para escuchar, lo que se puede detectar y quizá verificar
son unos pocos armónicos aislados y débiles —ni siquiera un contrapunto— que
salen de una infancia perturbada o de una libido desordenada. ¿Pero de dónde
procede en general el bulto, toda la carga del dolor? ¿De dónde debe proceder?
¿No es el verdadero poeta, el verdadero pintor un vidente? ¿No es en realidad
el único vidente que tenemos sobre la tierra? Según todas las apariencias, el
científico no lo es, y seguro que no lo es el psiquiatra. El único gran poeta
entre los psicoanalistas fue, con toda seguridad, el propio Freud también tenía
su pequeño trastorno del oído, sin duda, pero ¿quién en su recto juicio puede
negar que había en él un poeta épico en acción?) Perdón; casi he terminado con
esto. En el vidente, ¿qué parte de la anatomía humana se halla necesariamente
expuesta al mayor abuso? Los ojos, desde luego. Te ruego, querido lector común,
como último favor (si todavía estás ahí), que vuelvas a leer los dos breves
pasajes de Kafka y Kierkegaard con los que he empezado. ¿No está claro? Esos
gritos, ¿no vienen directamente de los ojos? Por contradictorio que sea el
informe del inspector, y tanto si atribuye la causa de la muerte a la Tisis, la
Soledad o el Suicidio, ¿no está claro cómo muere el verdadero artista vidente?
Digo (y todo lo que sigue permanecerá o se anulará según esté yo más o menos en
lo justo), digo que el verdadero artista vidente, el tonto celestial que puede
producir y produce belleza, está enceguecido hasta la muerte por sus propios
escrúpulos, por los colores y formas enceguecedores de su propia y sagrada
conciencia humana.
He expuesto mi
credo. Me apoyo en el respaldo. Suspiro feliz, me temo. Enciendo un Murad y
sigo, confiando en Dios, con otras cosas.
Ahora —con
agilidad, sí puedo— algo sobre el subtítulo: «Una introducción», arriba, en lo
más alto de la marquesina. Aquí mi personaje principal, por lo menos en los
intervalos de lucidez en que me puedo obligar a sentarme y permanecer bastante
tranquilo, será mi difunto
40
hermano mayor,
Seymour Glass, que (prefiero decirlo con una sola frase de obituario) en 1948,
a la edad de treinta y un años, mientras estaba de vacaciones en Florida con su
mujer, se suicidó. En vida fue muchas cosas para muchas personas, y,
virtualmente, lo fue todo para sus hermanos y hermanas en una familia bastante
numerosa. Para nosotros fue, claro, todas las cosas reales; nuestro unicornio a
rayas azules, nuestra lupa de doble lente, nuestro genio asesor o conciencia
portátil, nuestro sobrecargo y nuestro único poeta total e inevitablemente,
creo, puesto que no sólo la reticencia nunca fue su fuerte, sino que se pasó
casi siete años de su infancia como estrella de un programa-concurso infantil
radiado de costa a costa, de modo que no había mucho que, llegado el momento,
no se ventilara de una u otra manera; inevitablemente, digo, fue también para
nosotros un «místico» y un «tipo desequilibrado» bastante notorio. Y como es
evidente que voy a echar el resto aquí mismo desde el comienzo, anunciaré además
—si es que se puede anunciar y gritar al mismo tiempo— que, con o sin planes de
suicidio en la cabeza, era la única persona con quien yo solía asociarme
siempre, con quien salía de juerga, que casi siempre respondía a la idea
clásica, como yo la entiendo, del mukta, del hombre iluminado,
del que conoce a Dios. De todos modos, que yo sepa este personaje no se presta
a ningún tipo de narración compacta y no puedo imaginar a nadie, y menos a mí
mismo, tratando de escribir sobre él de un tirón o en una serie bastante simple
de asentadas, ya sean mensuales o anuales. Para ir a lo que me interesa. Mis
planes originales eran escribir un cuento sobre Seymour y llamarlo «Seymour
Uno», en el que el gran «Uno» tendría para mí, Buddy Glass, más que para el
lector, una ventaja intrínseca: la de ser una útil, brillante advertencia de
que lógicamente seguirían otros (Seymour Dos, Tres y posiblemente Cuatro). Esos
planes ya no existen. O si existen —y es más que probable que así sea— se han
ocultado bajo tierra, en el entendimiento, quizá, de que golpearé tres veces
cuando esté preparado. Pero en esta oportunidad soy cualquier cosa salvo un
cuentista en lo que a mi hermano se refiere. Lo que soy es una recopilación de
observaciones preliminares e interesadas acerca de él. Creo que en esencia sigo
siendo lo que siempre he sido: un narrador, pero con necesidades personales muy
apremiantes. Quiero presentar, quiero describir, quiero distribuir recuerdos,
amuletos, quiero abrir mi billetera y mostrar fotos, quiero seguir lo que el
olfato me indica. Con este ánimo, no me atrevo a acercarme a la forma del
cuento corto. A los pequeños escritores gordos y subjetivos como yo, se los
come vivos.
Pero hay muchas,
muchas cosas que suenan desacertadas. Por ejemplo, que yo vaya diciendo,
catalogando tantas cosas sobre mi hermano, tan por adelantado. Siento que lo
habrás notado. Quizá hayas notado también —a mí no se me ha
escapado del todo— que lo que hasta ahora llevo dicho sobre Seymour (y sobre su
tipo sanguíneo en general, por así decir) ha sido gráficamente laudatorio. Me
hace pensar, de acuerdo. Concedo que no he venido a enterrar sino a exhumar, y,
con gran probabilidad, a alabar, pero sospecho que el honor de los narradores
serenos y desapasionados está en remoto peligro. ¿No tenía Seymour
defectos lamentables, vicios, mezquindades que se puedan enumerar, por lo menos
de prisa? ¿Qué era, por fin? ¿Un santo?
Por suerte, no es
tarea mía contestarlo. (¡Ah, día afortunado!) Cambiemos de tema y digamos, sin
vacilaciones, que la diversidad de sus características personales, como los
productos Heinz, amenazó, en diferentes intervalos cronológicos de sensibilidad
y finura de piel, con arrastrar a los más jóvenes de la familia a la bebida. En
primer lugar, existe sin duda una marca bastante terrible, común a todas las
personas que buscan a Dios, y al parecer con enorme éxito, en los lugares más
estrafalarios que sea dado imaginar, por ejemplo, en los locutores de radio, en
los diarios, en los taxis con el taxímetro trucado, literalmente en todas
partes. (Mi hermano, dicho sea de paso, tuvo la perturbadora costumbre, durante
casi
41
toda su vida
adulta, de investigar en los ceniceros llenos con el dedo índice, apartando
todas las colillas hacia los costados —sonriendo entretanto de oreja a oreja—
como si esperara ver a Cristo mismo enroscado como un querubín en el medio, y
nunca parecía desanimado.) La marca, pues, del religioso evolucionado, no
sectario o de otro tipo (y amablemente incluyo en la definición de «religioso
evolucionado», por odiosa que sea la frase, a todos los cristianos como los
entiende el gran Vivekananda, esto es: «Ves a Cristo: por lo tanto eres
cristiano; todo lo demás son palabras»), la marca que con mayor frecuencia
identifica a esta persona es que suele comportarse como un tonto, incluso como
un imbécil. Para la familia en la que hay uno de estos personajes, es una
desgracia no poder confiar en que se comportará como tal. Estoy a punto de
terminar con la catalogación, pero no puedo hacerlo sin citar lo que considero
su característica personal más exasperante. Tenía que ver con uno de sus
hábitos verbales, o más bien con la gama anómala de sus hábitos verbales. En
ese plano era tan breve como el portero de un monasterio trapense —a veces
durante días, semanas seguidas— o hablaba sin parar. Cuando tenía cuerda (y
para decir las cosas tal como son, casi todos estaban siempre dándole cuerda y
entonces, claro, se sentaban rápido a su alrededor para sacarle mejor el jugo),
cuando tenía cuerda, no era nada para él hablar horas seguidas, a veces sin que
tuviera la conciencia compensadora de que había una, dos o diez personas más en
la habitación. Sugiero sin vacilar que era un orador inspirado e
ininterrumpido, pero lo menos que se puede decir es que ni siquiera el más
sublime de los oradores ininterrumpidos puede agradar todo el tiempo. Y lo
digo, quisiera agregar, no tanto guiado por un espléndido y repugnante impulso
de jugar limpio a mi invisible lector, sino porque —cosa mucho peor— creo que
este tipo especial de orador ininterrumpido es capaz de soportar casi cualquier
cantidad de golpes. Por lo menos, los que provienen de mí. Estoy en la posición
única de poder calificar a mi hermano, directamente, de orador ininterrumpido
—que es una manera, me parece, bastante fea de calificar a alguien— y al mismo
tiempo de arrellanarme como un tipo con varios ases en las dos mangas para
recordar sin esfuerzo toda una legión de hechos atenuantes (y atenuante no es
precisamente la palabra que corresponde). Puedo condensarlos todos en uno:
cuando Seymour llegó a la mitad de la adolescencia —a los dieciséis, diecisiete
años— no sólo había aprendido a usar su lengua materna, sus locuciones
neoyorquinas natales no precisamente distinguidas, sino que por entonces había
alcanzado su propio, verdadero y acertado vocabulario de poeta. Sus charlas sin
fin, sus monólogos, sus casi arengas tenían entonces tantas posibilidades de
gustar del principio al fin —por lo menos a muchos de nosotros— como, digamos,
la mayor parte de las obras de Beethoven después que dejó de estorbarle el
sentido del oído, y pienso sobre todo, aunque parezca un tanto rebuscado, en
los cuartetos en si bemol mayor y en do sostenido menor. Pero éramos en
principio una familia de siete hijos. Y en realidad, ninguno de nosotros era
corto de lengua. Es muy importante que en una casa con seis oradores y
expositores profusos por naturaleza haya un campeón invencible de la palabra.
Es cierto que nunca aspiró al título. Y deseó apasionadamente que uno u otro de
nosotros lo apabullara o simplemente lo dejara atrás en una conversación o en
una discusión. Una pequeña cuestión que desde luego, aunque él nunca lo notó
—tenía sus puntos ciegos, como todo el mundo—, nos molestaba muchísimo a
algunos de nosotros. Sigue en pie el hecho de que el título fue siempre suyo, y
aunque creo que lo hubiera dado casi todo en la tierra por perderlo —ésta es
sin duda la cuestión más importante y tardaré todavía algunos años en poder
explorarla a fondo--, nunca encontró una manera verdaderamente elegante de
hacerlo.
Llegado a este
punto, mencionar que ya he escrito acerca de mi hermano no me parece sólo mi
gesto de camaradería. Para el caso, con un poco de zalamería bien intencionada
podría admitir probablemente que rara vez ha habido un momento en que no
42
haya escrito sobre
él, y si bajo amenaza de muerte tuviera que sentarme mañana a escribir un
cuento sobre un dinosaurio, no me cabe duda de que sin quererlo daría a la gran
bestia una o dos características que recordaran a Seymour: una manera
especialmente entrañable de comerse de un mordisco la punta de un abeto, por
ejemplo, o de menear el rabo de ocho metros. Algunas personas —no muy íntimas—
me preguntaron si no había mucho de Seymour en el joven personaje principal de
la única novela que he publicado. En realidad, la mayoría de esa gente no me lo
ha preguntado: me lo ha afirmado. El solo
hecho de protestar contra eso me produce urticaria, pero debo decir que nadie
que haya conocido a mi hermano me ha preguntado o dicho nada por el estilo,
cosa que agradezco y que en cierto modo me impresiona bastante, porque una
buena cantidad de mis personajes principales hablan con la soltura y los
modismos de Manhattan, tienen un olfato bastante común para meterse allí donde
los tontos más redomados no se atreverían, y son en general perseguidos por una
Entidad que prefiero designar, en forma muy general, el Viejo de la Montaña.
Pero lo que puedo y debo explicar es que he escrito y publicado dos cuentos que
se refieren directamente a Seymour. El más reciente de los dos, aparecido en
1955, es un relato sumamente amplio del día de su boda, en 1942. Los detalles
están presentados de la manera más completa posible, al punto casi de que lo
único que falta es regalarle al lector el molde de la huella del pie de todos y
cada uno de los invitados a la boda, para que se lo lleve a su casa como
recuerdo, pero el propio Seymour —el tema principal— en realidad no hace su
aparición física en ningún momento. Por el contrario, en el primer cuento,
mucho más corto, que escribí a finés del cuarenta, no sólo aparecía en carne y
hueso, sino que caminaba, hablaba, se zambullía en el océano y se disparaba una
bala en la cabeza en el último párrafo. Sin embargo, varios de mis parientes
cercanos, bastante numerosos, que regularmente andan a la caza de errores
técnicos en las obras que he publicado, me han señalado con amabilidad
(de-masiada, aunque por lo general me caen encima como gramáticos) que el
joven, el «Seymour» que caminaba y hablaba en aquel primer cuento y se
disparaba un tiro, no era para nada Seymour, sino, cosa rara, alguien que se me
parecía asombrosamente. Lo cual es cierto, creo, o lo bastante cierto como para
hacerme sentir el zumbido de reproche del artesano. Y si bien no hay excusa que
valga para esa clase de faux pas, no puedo dejar de mencionar
que ese cuento en especial fue escrito un par de meses después de la muerte de
Seymour, y no mucho después de que yo mismo, como el «Seymour» del cuento y el
Seymour de la vida real, hubiera vuelto de Europa, del Teatro de Operaciones.
Usaba en aquel momento una máquina de escribir alemana apenas rehabilitada, por
no decir desequi-librada.
Ah, esta
felicidad es un trago fuerte. Maravillosamente liberadora. Me siento
en libertad de decir lo que estarás deseando oír. Esto es, si, como sé que
ocurre, amas más que nada en el mundo a esas criaturitas puro espíritu cuya
temperatura normal es de 51◦. Es natural
entonces deducir que la criatura que ocupa el segundo lugar en tu afecto es
aquella persona —ame u odie a Dios (al parecer casi nunca existe un término
medio), santo o calavera, moralista o inmoral absoluto— capaz de escribir un
poema que sea de veras un poema. Entre los seres humanos él es el zarapito, y
me apresuro a decirte lo poco que creo saber de sus vuelos, su temperatura, su
increíble corazón.
Desde principios de
1948 estoy instalado —así, literalmente, lo considera mi familia— sobre un
cuaderno de hojas sueltas poblado por ciento ochenta y cuatro poemas
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cortos escritos por
mi hermano fuera del ejército o dentro de él, pero sobre todo dentro, durante
los tres últimos años de su vida. Mi intención, en un plazo corto —y me digo a
mí mismo que es sólo cuestión de días o de semanas—, es separarme de unos ciento
cincuenta de esos poemas y dejar que el primer editor interesado, poseedor de
un traje de calle bien planchado, de un par de guantes grises suficientemente
limpios, se los lleve en seguida a su sospechosa imprenta donde quedarán, con
toda probabilidad, comprimidos en una cubierta de dos colores completada al
dorso por unos endiablados comentarios de garantía, pedidos
a aquellos
«renombrados» poetas y escritores que no tienen escrúpulos en hacer comentarios
en público sobre sus colegas (reservándose en general los elogios más
profun-dos, de casi todo corazón, para los amigos, los presuntos inferiores,
los extranjeros, los noctámbulos extravagantes y los que operan en otros
terrenos), y de ahí a los suplementos literarios dominicales donde, si hay
lugar y si la crítica acerca de la grande, la nueva, la definitiva biografía de
Grover Cleveland no es demasiado larga, serán sucintamente presentados al
público amante de la poesía por un miembro de la pequeña banda de habituales
pedantes moderadamente pagados que complementan así sus ingresos, a quienes se
les puede encomendar una reseña que no tiene por qué ser sabia o apasionada,
pero sí breve, de los nuevos libros de poesía. (No creo que vuelva a hacer
sonar esta nota agria. Pero si lo hago, intentaré ser igualmente límpido.)
Ahora, considerando que he estado instalado en esos poemas durante más de diez
años, sería conveniente —normal y refrescante, o por lo menos falto de
perversidad— explicar lo que considero las dos razones principales por las que
he decidido ponerme de pie y dejar los poemas. Y prefiero incluir ambas razones
en el mismo párrafo, como si las metiera en una mochila, en parte porque quiero
que estén cerca la una de la otra, en parte porque tengo la impresión quizá
impulsiva de que no volveré a necesitarlas en el viaje. Primero está el
problema de la presión familiar. Es sin duda muy común, si no mucho más de lo
que me parece, pero tengo cuatro hermanas y hermanos menores vivos, letrados,
de una facundia bastante desenfrenada, de extracción en parte judía, en parte
irlandesa y es posible que en parte minotáurica: dos varones, uno, Waker, un ex
errante monje cartujo-periodista, ahora en clausura, y el otro Zooey, actor no
sectario, llamado y elegido por una vocación no menos perentoria, de treinta y
seis y veintinueve años de edad, respectivamente; y dos mujeres, una, Franny,
actriz en cierne, y la otra, Boo Boo, una robusta y próspera partera de
Westchester, de veinticinco y treinta y ocho años de edad, respectivamente. De
vez en cuando, a partir de 1949, desde el seminario y el internado, desde la
sección de obstetricia del Hospital de Mujeres y la sala de estar para
estudiantes extranjeros del Queen Elizabeth, situada debajo de
la línea de flotación, entre exámenes y ensayos generales, maitines y biberones
de las 14 horas, cada uno de esos cuatro dignatarios me han estado mandando por
correo una serie de ultimátums vagos, pero perceptiblemente ominosos, acerca de
lo que me ocurrirá si no hago algo, pronto, con
los poemas de Seymour. Habría que tomar nota, quizá en seguida, de que, aparte
de ser escritor, trabajo a tiempo parcial en el Departamento de Inglés de un
colegio de señoritas del Estado de Nueva York, no lejos de la frontera con
Canadá. Vivo solo (pero sin gatos, me gustaría que lo supieran todos) en una
casita por completo modesta, por no decir servil, situada en lo hondo del
bosque, del lado más inaccesible de la montaña. Sin contar los estudiantes, los
profesores y las camareras de edad mediana, veo a muy poca gente durante la
semana o el año de trabajo. En una palabra, soy como un monje de clausura
literario a quien es fácil forzar o intimidar por carta. Pero todo el mundo
tiene su punto de saturación, y ya no puedo abrir mi casilla de correos sin
sentir un enorme temor ante la perspectiva de encontrar, instalada entre los
folletos sobre maquinaria agrícola y el estado de cuentas del banco, una larga,
gárrula, amenazadora tarjeta postal de uno de mis hermanos o hermanas, dos de
los cuales, es
44
especialmente digno
de señalar, usan bolígrafo. La segunda razón principal para decidirme a soltar
los poemas, a hacerlos publicar, es en cierto modo mucho menos sentimental que
física (y me siento orgulloso como un pavo real de decir que conduce en línea
recta a las ciénagas de la retórica). Los efectos de las partículas radiactivas
en el cuerpo humano, tema tan corriente en 1959, no son nada nuevo para los
viejos amantes de la poesía. Usado con moderación, un poema de primera calidad
resulta un método excelente y en general rápido de termoterapia. En una ocasión
en que, estando en el ejército, padecí durante más de tres meses lo que podría
llamarse pleuresía ambulatoria, sólo sentí el primer alivio al meterme en el
bolsillo de la camisa un poema lírico de Blake de aspecto absolutamente
inocente, y llevarlo como una cataplasma durante un día o dos. Pero los
extremos son siempre un riesgo y en general resueltamente perniciosos, y el
peligro del contacto prolongado con cualquier tipo de poesía que no pertenezca
a la que consideramos de primera categoría es enorme. De todos modos me
aliviará ver que los poemas de mi hermano salen de ese reducido sector por lo
menos durante un tiempo. Siento que mi quemadura es leve, pero extendida. Y lo
que considero la base más sólida: durante la mayor parte de su adolescencia y
toda su vida de adulto, Seymour se sintió primero atraído por la poesía china y
después, con igual profundidad, por la japonesa, y a partir de entonces por
ambas más que por ninguna otra poesía en el mundo (1). Desde luego, no tengo
manera rápida de saber cuan familiarizado o no está mi querido, pero
sacrificado lector común con la poesía china o japonesa. Pero considerando que
incluso un breve análisis del tema podría quizá arrojar no poca luz sobre el
carácter de mi hermano, no creo que éste sea el momento de ejercer mi
reticencia y mi indulgencia. Pienso que los versos clásicos chinos o japoneses
son, en su forma más alta, expresiones inteligibles que agradan, iluminan o
ensanchan al invitado fisgón, casi hasta matarlo. Pueden ser, y con frecuencia
lo son, especialmente gratos al oído, pero debo decir que por lo general, si el
verdadero fuerte de un poeta chino o japonés no reside en reconocer, cuando los
ve, un buen níspero, un buen cangrejo o una buena picadura de mosquito en un
buen brazo, por largas, insólitas fascinadoras que sean su semántica o sus
tripas intelectuales, o por encantadoras que suenen al tañerlas, nadie en el
misterioso Oriente lo tomará en serio como poeta, si es que lo considera poeta.
Me doy cuenta de que el incesante júbilo interior que siento y que espero haber
llamado correctamente aunque con tanta reiteración, felicidad, amenaza con
convertir toda esta obra en el soliloquio de un idiota. Pero creo que ni
siquiera yo tengo el valor de tratar de explicar qué es lo que hace del poeta
chino o japonés la maravilla y el deleite que es. Sin embargo (como si no lo
supieras) se me
(1) Como ésta es una
suerte de crónica, yo debería farfullar aquí abajo que Seymour leía casi toda
la poesía china y japonesa en su idioma original. En otro momento y
probablemente —al menos para mí— con una longitud fastidiosa, tendré que hacer
hincapié en una curiosa facultad innata, común en cierto grado a los siete
hijos de nuestros padres, y tan notoria en tres de nosotros como una cojera,
que nos permitía aprender las lenguas extranjeras con suma facilidad. Pero esta
nota al pie se dirige sobre todo a los lectores jóvenes. Si en el cumplimiento
de mi tarea consigo estimular de paso el interés de algunos jóvenes por lá
poesía china y japonesa, la recibiré como una muy buena noticia. De todos
modos, han de saber los jóvenes, si todavía no lo saben, que una buena cantidad
de la mejor poesía china ha sido traducida al inglés con mucha inspiración y
fidelidad por varias personas muy distinguidas: Witter Bynner y Lionel Giles
son los primeros que recuerdo. Los mejores poemas japoneses cortos —sobre todo los
haikú, pero también los senryu— se pueden leer con especial placer cuando los
ha vertido R. H. Blyth. Blyth es a veces peligroso, claro, porque él mismo es
un viejo poema altanero, pero también es sublime y, de todos modos, ¿quién se
acerca a la poesía en busca de seguridad? (Este último ejemplo de pedantería,
repito, es para los jóvenes que escriben a los autores y nunca reciben
contestación de esas bestias. Además, reacciono en parte en nombre de mi
personaje principal, pobre diablo, que también era profesor.)
45
ocurre algo. (No
creo que sea precisamente lo que busco, pero es sencillo, no puedo desecharlo.)
Una vez, hace muchísimo tiempo —Seymour y yo teníamos ocho y seis años—,
nuestros padres organizaron una reunión para unas sesenta personas en las tres
habitaciones y media que ocupábamos en el viejo hotel Alamac, de Nueva York. Se
retiraban oficialmente del vaudeville, y la ocasión era conmovedora y solemne a
la vez. A nosotros dos se nos permitió levantarnos de la cama a eso de las once
de la noche para echar un vistazo. Fue algo más que un vistazo. A petición de
los invitados, y sin objeción alguna de nuestra parte, bailamos, cantamos
primero por separado y después juntos, como suelen hacerlo los niños en esa
situación. Hacia las dos de la madrugada, cuando la gente empezaba a
despedirse, Seymour rogó a Bessie, nuestra madre, que le permitiese traer los
abrigos de los que se iban. Estaban colgados, doblados, tirados y apilados por
todo el pequeño apartamento, incluso al pie de la cama de nuestra hermana menor,
que dormía. El y yo co-nocíamos bien a una docena de invitados, a otros diez de
vista o de oídas y el resto eran apenas conocidos o desconocidos del todo.
Quiero agregar que cuando todos ellos llegaron, nosotros estábamos acostados.
Pero después de haber mirado a los invitados durante unas tres horas, después
de sonreírles y, creo, de amarlos, Seymour —sin preguntar nada a nadie— les
devolvió a casi todos, de a uno o de a dos y sin cometer ningún error, los
respec-tivos abrigos y a todos los hombres los sombreros. (Con los sombreros de
las señoras tuvo algunos problemas.) Con esto no quiero insinuar,
necesariamente, que este tipo de hazaña sea típico del poeta chino o japonés, y
desde luego no trato de decir que es eso lo que le hace ser lo que es. Pero sí
creo que si un poeta chino o japonés no sabe, a simple vista, de quién es cada
abrigo, las posibilidades de que su poesía madure son bastante magras. Y creo
que los ocho años es la edad límite para ser capaz de esta pequeña hazaña.
(No, no puedo
detenerme ahora. Me parece que, en mi situación, no sólo defiendo la posición
de mi hermano como poeta; siento que desconecto, al menos por un minuto o dos,
los detonadores de todas las bombas de este mundo cruel, una mínima cortesía
con el público, puramente circunstancial, sin duda, pero del todo mía.) En
general se conviene en que lo que más les gusta a los poetas chinos y japoneses
son los temas simples, y me sentiría más tonto que de costumbre si tratara de
negar este hecho, pero resulta que yo personalmente odio la palabra «simple»
como si fuera veneno, puesto que —por lo menos allí de donde vengo—- se aplica
por lo general a lo breve sin razón, a lo que en general ahorra tiempo, a lo
insignificante, lo desabrido, lo resumido. Dejando de lado mis fobias
personales, no creo que exista —a Dios gracias— una palabra, en cualquier
idioma, que describa la elección material que opera un poeta chino o japonés.
Me pregunto quién es capaz de encontrar la palabra para este tipo de cosa: un
miembro del Gabinete, orgulloso, solemne, caminando por el patio de su casa
evoca un discurso especialmente devastador que ha pronunciado esa mañana en
presencia del emperador, y pisa, con pesar, un dibujo a la
tinta que alguien ha perdido o tirado. (Ay de mí, tenemos un prosista en el
medio; tengo que usar cursivas allí donde el poeta oriental no lo haría.) El
gran Issa nos comunicará gozosamente que en el jardín hay una peonía de cara
mofletuda. (Ni más ni menos. Si vamos o no a ver la peonía de cara mofletuda,
es otra cosa; a diferencia de algunos prosistas y poetastros occidentales, a
quienes no puedo permitirme nombrar, Issa no nos vigila.) La sola mención del
nombre de Issa basta para convencerme de que, el verdadero poeta no elige su
material. Es evidente que el material lo elige a él, no él al material. Una
peonía de cara regordeta no se mostrará a nadie más que a Issa —ni a Buson, ni
a Shiki, ni siquiera a Basho—. Con ciertas modificaciones prosaicas, la misma
regla se aplica al orgulloso y so-lemne miembro del Gabinete. No se atreverá a
pisar, con dolor divinamente humano, un
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pedazo de papel de
dibujo hasta que llegue a la escena el gran plebeyo, bastardo y poeta, Lao
Ti-kao. El milagro del verso chino y japonés es que una pura voz de poeta es
absolutamente igual a la de otro y al mismo tiempo completamente distinta. A
los noventa años, Tang-li revela, cuando se elogia en su presencia su sabiduría
y su caridad, que las hemorroides lo están matando. Un último ejemplo: Ko-huang
observa, mientras le ruedan las lágrimas por las mejillas, que su difunto
patrón tenía muy malas maneras en la mesa. (Siempre existe el riesgo de ser
quizá demasiado brutal con Occidente. Hay una frase en el Diario de Kafka —una
de las muchas— que podría servir para presentar el Año Nuevo chino: «La joven
que sólo porque caminaba del brazo con su novio miraba con calma a su
alrededor.») En cuanto a mi hermano Seymour... ah, sí, mi hermano Seymour. Para
este oriental semita celta necesito un párrafo aparte.
En forma
extraoficial, Seymour escribió y dijo poesía china y japonesa durante los
treinta y un años que pasó con nosotros, pero debo decir que empezó a
componerla formalmente una mañana, a los once años, en la sala de lectura del
primer piso de una biblioteca pública de Broadway, cerca de nuestra casa. Era
un sábado, no había clase, no te-níamos por delante nada más urgente que el
almuerzo, y nos divertíamos mucho nadando perezosamente o chapoteando sin orden
entre las pilas de libros, dedicándonos de vez en cuando y en serio a la pesca
de nuevos autores, cuando de repente me indicó que me acercara para ver lo que
había encontrado. Había pescado todo un montón de versos de P'iang, esa
maravilla del siglo once. Pero, como sabemos, la pesca en bibliotecas o en
cualquier otro lugar es muy arriesgada, y no se sabe nunca quién pescará a
quién. (Los azares de la pesca en general eran, en sí, un tema favorito de
Seymour. Nuestro hermano menor, Walt, de chico, era un gran pescador de alfiler
torcido, y para su noveno o décimo cumpleaños recibió un poema de Seymour —creo
que fue uno de los placeres más grandes de su vida— acerca de un chico rico que
pesca una corvina en el río Hudson, siente un agudo dolor en el labio inferior
al recoger el hilo y se olvida del asunto para descubrir al llegar a su casa,
cuando el pescado aún sigue vivo en la bañera, que él, el pescado, lleva una
gorra de sarga azul con la misma insignia del colegio en la visera que la del
muchacho. El chico encuentra una cinta con su propio nombre en el interior de
la gorrita mojada.) Desde esa mañana, siempre fue Seymour el pescado. Al llegar
a los catorce años, uno o dos miembros de nuestra familia solían revisarle los
bolsillos de las chaquetas y los jerseys con cierta regularidad en busca de
cualquier cosa buena que hubiese anotado durante una aburrida clase de gimnasia
o una larga espera en el consultorio del dentista. (Ha pasado un día desde esta
última frase y entretanto he hecho una llamada de larga distancia a mi her-mana
Boo Boo, en Tuckahoe, para preguntarle si hay algún poema de la primera
juventud de Seymour que le gustaría ver incluido en este cuento.
Ha dicho que me volvería a llamar. Su elección no ha resultado tan conforme a
mis propósitos como yo hubiera querido, y por lo tanto es un poco irritante,
pero creo que superaré la cosa. El poema que ha elegido, lo sé, fue escrito
cuando el poeta tenía ocho años: «John Keats/John Keats/John/Por favor, ponte
la bufanda.») A los veintidós años tenía una pila especial, bastante gruesa, de
poemas que me parecían muy, pero muy buenos y yo, que nunca en la vida he
escrito una frase sin visualizarla en seguida en caracteres de imprenta, lo
apremié con cierta agresividad para que tratara de publicarlos en alguna parte.
No, él no creía que pudiera. Todavía no; quizá nunca. Eran demasiado poco
occidentales, demasiado llenos de lotos. Le parecían levemente insultantes. No
sabía con certeza dónde estaban los insultos, pero a veces sentía que los
poemas parecían escritos por una suerte de desagradecido, por alguien que daba
la espalda a su propio medio y a la gente a quien quería. Decía que se
alimentaba de la comida sacada de nuestros grandes refrigeradores, que conducía
nuestros coches de ocho cilindros,
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que cuando estaba
enfermo tomaba sin vacilar nuestros medicamentos y confiaba en que el ejército
de Estados Unidos protegería a sus padres y hermanos contra la Alemania de
Hitler, y que nada, ni una sola cosa en todos sus poemas, reflejaba eso. Había
algo terriblemente equivocado. Dijo que, al terminar un poema, solía pensar en
la señorita Overman. Hay que decir que la señorita Overman era la bibliotecaria
de la primera biblio-teca pública de Nueva York que frecuentamos de niños. Dijo
que le debía a la señorita Overman la búsqueda larga y cuidadosa de un tipo de
poesía acorde con sus propios criterios no poco curiosos y sin embargo no del
todo incompatibles, a primera vista, con los gustos de la señorita Overman.
Cuando terminó de decir todo eso, le expliqué con calma y paciencia —quiero
decir, a voz en cuello— lo que yo consideraba las limitaciones de la señorita
Overman para juzgar o aun para leer poesía. Me recordó entonces que el primer
día que fue a la biblioteca pública (solo, y tenía seis años), la señorita
Overman, buen o mal juez de poesía, abrió un libro con una lámina de la
catapulta de Leonardo y se lo puso por delante, y que para él no era una
alegría terminar de escribir un poema y saber que a la señorita Overman le
costaría leerlo con gusto o con interés, saliendo, como era probable, de su
amado Browning o de su igualmente querido y no menos explícito Wordsworth. La
controversia —-mi controversia, su discusión— terminó ahí. No se puede discutir
con alguien que cree o sospecha con igual pasión que la función del poeta no
consiste en escribir lo que debe escribir, sino en escribir lo que escribiría
si su vida dependiera de asumir la responsabilidad de escribir lo que debería,
j en un estilo que excluyese la menor cantidad humanamente posible de viejas
bibliotecarias.
Para los fieles,
los pacientes, los herméticamente puros, todas las cosas importantes de este
mundo —no la vida y la muerte, quizá, que sólo son palabras, sino las cosas
importantes— llegan a realizarse hermosamente. Antes de su fin, Seymour conoció
durante más de tres años la satisfacción más profunda que puede sentir un
artífice veterano. Encontró una forma de versificación que era la apropiada
para él, que respondía a sus exigencias más constantes en materia de poesía en
general y que, creo, si la señorita Overman aún estuviera en vida, ella misma
encontraría notable, incluso agradable para la vista y con seguridad
«interesante», con tal de prestarle una atención tan voraz como la que había
otorgado a sus viejos adorados, Browning y Wordsworth. Lo que encontró, lo que
elaboró para sí, es muy difícil de describir (1). Para empezar, quizá sea útil
decir que Sey-mour amaba probablemente el clásico haikú japonés de tres líneas
y diecisiete sílabas como no amó ninguna otra forma de poesía y que él mismo
escribió —sangró— haikú (casi siempre en inglés, pero a veces, espero
mencionarlo con la debida reticencia, en japonés, alemán o italiano). Se puede
decir, y tal vez se dirá, que los poemas de Seymour del último período se
parecen a la versión inglesa de cierto tipo de haikú doble, si es que existe
tal cosa, y no creo que me ponga a ergotizar sobre el tema, pero me enferma la
alta probabilidad de que algún miembro cansado, pero infatigablemente chistoso
del Departamento de Inglés, en 1970 —quizá yo mismo, Dios me ayude--escriba
algo divertido, como que un poema de Seymour es al haikú lo que un whisky doble
a un whisky sencillo. Y el hecho de que no sea cierto no bastará para detener a
un pedante, si piensa que sus alumnos estarán bastante excitados y preparados para
oírlo. De todos modos, mientras pueda, lo voy a decir despacio y con cuidado:
uno de los últimos poemas de Seymour es de seis líneas, sin ningún acento
1.- La única cosa
razonable y normal a esta altura seria plantar delante del lector uno, dos o
los ciento ochenta y cuatro poemas, para que los vea. No puedo hacerlo. Ni
siquiera estoy seguro de tener el derecho de discutir este asunto. Me está
permitido instalarme en los poemas, revisarlos, ocuparme de ellos y al fin
elegir un editor de libros bien encuadernados, pero por razones sumamente
personales, la viuda del poeta, dueña legal de los poemas, me tea prohibido
citar cualquiera de ellos.
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especial, pero en
general más bien yámbico y, en parte por cariño hacia los maestros Japoneses
muertos y en parte por su inclinación natural de poeta de trabajar dentro de
ámbitos atrayentes y restringidos, se limita deliberadamente a treinta y cuatro
sílabas, o sea, el doble del haikú clásico. Aparte de eso, de los ciento
ochenta poemas que están bajo mi techo, ninguno se parece en nada a otra cosa
que no sea Seymour. Por decir lo peor, su sonido es tan peculiar como Seymour.
Quiero decir que cada poema es tan poco sonoro, tan sereno como él creía que
debe serio, pero hay ráfagas cortas, intermitentes de eufonía (a falta de
palabra menos atroz) que me hace el efecto de alguien —con seguridad no del
todo sobrio— que abriera la puerta de mi cuarto, soplara en un cornetín tres o
cuatro notas de indiscutible dulzura y justeza, y luego desapareciera. (Nunca
he conocido a un poeta que diera la impresión de tocar el cornetín en medio de
un poema, y menos todavía de tocarlo bellamente, y prefiero ni hablar casi de eso.
No hablar nada.) Dentro de esa estructura de seis líneas y de esos extraños
armónicos, creo que Seymour hace con un poema exactamente lo que debe hacer. La
gran mayoría de los ciento ochenta y cuatro poemas son no sólo livianos sino
alegres con desmesura y pueden ser leídos por cualquiera, en cualquier lugar,
incluso en voz alta en los orfanatos modernos, durante las noches de tormenta,
pero no recomendaría sin reservas los últimos treinta o treinta y cinco poemas
a ningún ser humano que no haya muerto por lo menos dos veces en su vida de
preferencia lentamente. Mis favoritos, si los tengo, y claro que los tengo, son
los dos poemas finales del conjunto. No creo que le dé la lata a nadie si me
limito a contar los temas. El penúltimo poema se refiere a una muchacha casada
y madre que evidentemente tiene lo que mi viejo manual matrimonial llama
relaciones amorosas extraconyugales. Seymour no la describe, pero la mujer
entra en el poema justo cuando el cornetín toca algo muy eficaz y la veo muy
bonita, bastante inteligente, muy desdichada, viviendo quizá a una o dos calles
del Museo Metropolitano de Arte. Una noche vuelve a su casa muy tarde de una
cita —me la imagino, los ojos velados, el lápiz labial corrido— y encuentra
sobre el cubrecama un globo. Alguien lo ha dejado allí, simplemente. El poema
no lo dice, pero no puede ser sino un gran globo de juguete inflado, tal vez
verde como el Central Park en primavera. El otro poema, el último de la
colección, se refiere a un joven viudo que vive en un suburbio, y se sienta una
noche en el cantero de césped con pijama y bata, para mirar la luna. Un gato
blanco, aburrido, sin duda miembro de la casa, que casi seguro ha sido un
personaje clave en la familia, se le acerca, se hace un ovillo y él le deja que
le muerda la mano izquierda mientras mira la luna. Este último poema podría
tener un interés especial para mi lector común por dos razones particulares. Me
interesaría mucho analizarlas.
Como es propio de
la mayor parte de la poesía y encuadra decididamente en toda aquella que tiene
una marcada «influencia» china o japonesa, todos los versos de Seymour son todo
lo despojado que quepa imaginar y siempre sin adornos. Sin embargo, hace unos
seis meses, mi hermana menor, Franny, vino a visitarme un fin de semana y
mientras hurgaba como por casualidad en los cajones de mi escritorio, encontró
ese poema del viudo que (criminalmente) acabo de contar; estaba separado del
resto de la colección porque debía ser mecanografiado de nuevo. Por razones que
no vienen estrictamente al caso en este momento, Franny nunca había visto ese
poema y, claro, lo leyó en seguida. Más tarde, hablándome de él, se preguntó
por qué Seymour había escrito que fue la mano izquierda 1a que el joven viudo
se dejó morder por el gato. Eso la molestaba. Dijo que ese asunto de la
«izquierda» le parecía más propio de mí que de Seymour. Aparte, por supuesto,
de la calumniosa crítica a mi pasión profesional cada vez mayor por el detalle,
creo que quiso
49
decir que el
adjetivo la impresionaba por importuno, demasiado explícito y poco poético. Se
lo discutí y, con franqueza, estoy dispuesto a discutírtelo a ti también,
si es necesario. Estoy convencido de que Seymour consideró esencial sugerir que
fue la izquierda, la mano de menor importancia, la que el joven viudo se dejó
morder por los agudos dientes del gato, reservando así la mano derecha para
golpearse el pecho o la frente, análisis que quizá muchos lectores consideren
muy, pero muy tedioso. Y es posible que lo sea. Pero yo sé lo que pensaba mi
hermano acerca de las manos. Además, la cosa tiene otro aspecto muy importante.
Tal vez parezca de mal gusto entrar en detalles —sería como insistir en leerle
a un extraño, por teléfono, el libreto entero de La rosa irlandesa de
Abie—, pero Seymour era medio judío, y si bien no puedo hablar del tema con
la absoluta autoridad del gran Kafka, conjeturo con sobriedad, a los cuarenta
años que tengo, que cualquier hombre inteligente con mucha sangre semita en las
venas, vive o ha vivido en términos de curiosa intimidad, casi de conocimiento
mutuo, con sus manos, y aunque pueda pasarse años enteros con las manos
—metafórica o literalmente hablando— en los bolsillos (a veces como si fueran
dos amigos o parientes peleadores que prefiere no llevar a la fiesta), las
usará, creo, las sacará con gusto en una crisis, hará con ellas algo drástico
en una crisis, como lo es mencionar, sin poesía, en medio de un poema, que fue
la mano izquierda la que el gato mordió, y la poesía es con seguridad una
crisis, posiblemente la única punible que podemos considerar propia. (Pido
perdón por esta verborragia. Por desgracia es probable que haya más.) La
segunda razón para pensar que ese poema en especial podría tener un interés
más, espero que real, para mi lector común, es la curiosa fuerza personal que
se había metido en él. Nunca he visto impreso nada parecido, y podría mencionar
con imprudencia que desde mi primera infancia hasta después de los treinta años
rara vez leí menos de doscientas mil palabras por día y a menudo casi
cuatrocientas mil. A los cuarenta, lo admito, es raro que sienta siquiera ganas
de picar algo, y cuando no tengo que revisar composiciones de inglés, sean de
mis alumnos o mías, por lo común leo muy poco, salvo ásperas tarjetas postales
de mi familia, catálogos de semillas, boletines de ornitólogos (de uno u otro
tipo) y punzantes notas tipo «Que te mejores pronto», de mis viejos lectores,
que han sacado de algún lado la falsa in-formación de que me paso seis meses del
año en un monasterio budista y los otros seis en un sanatorio para enfermos
mentales. Pero el orgullo del que no es lector, bien me doy cuenta —o para el
caso, el orgullo de un menguado consumidor de libros— es aún más ofensivo que
el orgullo de ciertos lectores voraces, y por lo tanto he
tratado (creo que lo digo en serio) de mantener algunas de mis vanidades
literarias más viejas. Una de las más crasas es que por lo general puedo decir
si un poeta o prosista se basa en una experiencia de primera, segunda o décima
mano, o si nos impone lo que él quisiera considerar pura invención. Sin
embargo, cuando leí por primera vez en 1948 el poema sobre el joven viudo y el
gato blanco —o mejor dicho, cuando lo escuché, sentado— me fue muy difícil
creer que Seymour no hubiese enterrado por lo menos una esposa que nadie en la
familia había conocido. Claro, no era así. Por lo menos (y los primeros
rubores, si los hay, serán del lector y no míos), en esta encarnación no.
Tampoco, a juzgar por mi conocimiento bastante amplio y un tanto serpentino de
este hombre, tuvo trato íntimo alguno con un viudo joven. Para hacer un último
y no bien considerado comentario sobre el tema: él mismo estaba tan lejos de
ser un viudo como puede estarlo un joven varón norteamericano. Y si bien es
posible que en raros momentos de tormento o regocijo, todo hombre casado —sin
excluir a Seymour, claro está, aunque sea sólo por razones de argumentación—
piense cómo sería la vida sin su mujercita (queda implícito que un buen poeta
es capaz de escribir una bonita elegía a partir de este tipo de fantaseo), esa
posibilidad me parece agua para el molino de los psicólogos y en definitiva se
sale de mi tema. Lo que sostengo, e intentaré, contra las posibilidades
habituales, no
50
insistir en ello,
es que cuanto más personales parecen ser o son los poemas de
Seymour, tanto menos revelador es su contenido de todos los detalles conocidos
de su vida diaria en este mundo occidental. Mi hermano Waker asegura (y
esperemos que no llegue nunca a oídos de su abad) que Seymour, en muchos de sus
mejores poemas, parece arrancar de los altibajos de existencias anteriores
singularmente memorables en las afueras de Benarés, en el Japón feudal y en la
Atlántida metropolitana. Me detengo, por supuesto, para que el lector tenga
oportunidad de alzar los brazos o, lo que es más probable, de lavarse las manos
para quedar limpio de todos nosotros. Sin embargo, me imagino que todos los
miembros vivientes de nuestra familia, con bastante volubilidad, estarán de
acuerdo con Waker en esto, aunque uno o dos, es posible, con ligeras reservas.
Por ejemplo, la tarde del día de su suicidio, Seymour escribió un haikú
redondo, de estilo clásico, en el papel secante que cubría el escritorio, en su
habitación del hotel. No estoy demasiado satisfecho de mi traducción literal de
ese poema —lo escribió en japonés—, pero se refiere brevemente a una niñita que
viaja en avión con su muñeca, y le hace volver la cabeza para que mire al
poeta. Más o menos una semana antes de escribir el poema, Seymour había viajado
en avión y mi hermana Boo Boo sugirió, con cierta perfidia, que quizá hubiese
habido una niñita con su muñeca en el avión. Yo lo dudo. No del todo, pero lo
dudo. Y si así fuera —y no lo creo ni por un momento—, apostaría a que nunca se
le hubiera ocurrido a la niña torcer la cabeza de la muñeca hacia Seymour.
¿Estaré hablando
demasiado de la poesía de mi hermano? ¿Soy demasiado charlatán? Sí. Sí. Hablo
demasiado de la poesía de mi hermano. Soy demasiado charlatán. Y me preocupa.
Pero mis razones para no dejar de hacerlo se multiplican en el camino como
conejos. Además, aunque soy, como ya lo he dicho a los cuatro vientos, un
escritor feliz, juro que ni ahora ni nunca he sido un autor alegre; me ha sido
concedida, misericordiosamente, la habitual cuota profesional de pensamientos
tristes. Por ejemplo, no se me ha ocurrido en este preciso momento que, cuando
haya llegado a contar lo que sé del mismo Seymour, no me quedará ni el espacio
ni el pulso necesario para mencionar su poesía, ni, en un sentido general, pero
real, inclinación por ello. En este mismo instante, alarmado, mientras me
sujeto la muñeca y me sermoneo sobre la verborragia, estoy quizá perdiendo la
oportunidad de mi vida —la última, creo— de hacer una última declaración
pública, bronca, inadmisible, arrasadora, acerca de la posición de mi hermano como
poeta norteamericano. No puedo dejarlo pasar. Aquí está: cuando recuerdo,
cuando escucho a la media docena, o pocos más, de poetas originales que hemos
tenido en Norteamérica, así como a los numerosos poetas excéntricos de talento
y, sobre todo en los tiempos modernos, los muchos estilistas extraviados y
dotados, siento a veces la casi convicción de que hemos tenido sólo tres o
cuatro poetas casi no perecederos, y creo que Seymour quedará eventualmente
incluido entre ellos. Verstandlich, no de un día para otro. Zut, ¿qué
le vas a hacer? Conjeturo, y quizá sea una conjetura notoria y excesivamente
ponderada, que las primeras olas de críticos condenarán en forma indirecta sus
versos calificándolos de Interesantes o Muy interesantes, con la tácita o
simplemente poco coherente declaración, aún más condenatoria, de que son unas
cositas sub-acústicas que no han logrado llegar a la escena occidental
contemporánea subidas a su propio podio trasatlántico que incluye atril, vaso y
jarro de agua de mar helada. Sin embargo, lo he notado, un verdadero artista
puede sobrevivir a todo (aun a los elogios, sospecho con felicidad). Y recuerdo
también que hace tiempo, cuando éramos niños, Seymour me despertó de un sueño
profundo, muy excitado, con su pijama amarillo centelleando en la oscuridad.
Tenía lo que mi hermano Walt llamaba su mirada de Eureka, y quería decirme que
creía saber al fin por qué Cristo dijo que no se
51
debe tratar a nadie
de Tonto. (Este problema lo había tenido perplejo toda la semana, porque le
parecía un consejo más típico de un manual de urbanidad que de alguien
industriosamente ocupado en los Negocios de su Padre.) Cristo lo había dicho,
Seymour pensó que me interesaría saberlo, porque no hay tontos. Bobos sí,
tontos no. Le pareció que valía la pena despertarme para decírmelo, pero si yo
lo reconocía (y lo hago sin reservas), tendría que conceder que, si se les da
tiempo suficiente, aun los críticos de poesía demostrarán que no son tontos.
Para decir verdad, es una idea que me resulta difícil de aceptar, y agradezco
poder seguir adelante. He llegado por fin al verdadero núcleo de esta
disertación compulsiva y a veces, me temo, algo pustulosa,
sobre la poesía de mi hermano. Desearía, por el amor de Dios, que el lector
tuviese algo terrible que decirme primero. (Ah, tú, ahí afuera, con tu
envidiable silencio dorado.)
Tengo una
premonición recurrente y desde 1959 casi crónica de que, cuando los poemas de
Seymour sean reconocidos amplia y oficialmente como de Primera Categoría (y
estén apilados en las bibliotecas universitarias y sean temas de cursos sobre
Poesía Contemporánea), los alumnos y alumnas llamarán a mi crujiente puerta,
solos o de a dos, con los cuadernos preparados. (Es lamentable que haya que
referirse a este asunto, pero es demasiado para fingir un candor, por no decir
una gracia, que no tengo, y debo revelar que merced a mi prosa cordial, estoy
consagrado como el erudito a la violeta más querido después de Ferris L.
Monahan, y muchos otros jóvenes del Departamento de Inglés ya saben dónde vivo,
dónde me escondo; puedo comprobarlo por las huellas de los neumáticos en mis
canteros de rosas.) En conjunto puedo decir, sin sombra de vacilación, que
existen tres tipos de estudiantes provistos no sólo del deseo sino del coraje
de ir a mirar sin intermediarios cualquier obra literaria. Pertenecen al primer
tipo el muchacho o la muchacha que aman y respetan con frenesí toda clase de
literatura más o menos responsable y que, si no son capaces de entender
claramente a Shelley, se las arreglarán para buscar fabricantes de productos
estimables, pero de inferior calidad. Conozco bien a estas chicas y muchachos,
o creo conocerlos bien. Son candorosos, llenos de vida, entusiastas, en general
nunca aciertan y constituyen siempre la esperanza de la sociedad literaria —blasée o
con intereses creados— de todo el mundo. (Por una buena suerte que no creo
merecer, he tenido durante los doce últimos años en que he enseñado a algunos
de esos muchachos o muchachas con frecuencia encantadores, efervescentes,
arrogantes, exasperantes, instructivos.) El segundo tipo de joven que de hecho
va de puerta en puerta buscando información literaria, sufre, con un dejo de
orgullo, de academicitis contraída con cualquiera de la media docena de
profesores o ayudantes de inglés moderno a quien ha estado expuesto desde el
primer año de estudios. A menudo, si él mismo ya enseña o está a punto de
empezar a enseñar, la enfermedad ha avanzado tanto que es dudoso que pueda
detenerla incluso alguien con per-fecta competencia. Apenas el año pasado, por
ejemplo, un joven vino a verme por algo que escribí hace varios años referente
en gran parte a Sherwood Anderson. Llegó en momentos en que yo cortaba parte de
mi provisión de leña para el invierno con una sierra mecánica accionada con
gasolina, instrumento que me aterra a pesar de haberlo usado durante ocho años.
Era la culminación del deshielo primaveral, un lindo día soleado y francamente
me sentía un poco Thoreau (un verdadero placer para mí que, aunque hace trece
años que vivo en el campo, todavía calculo las bucólicas distancias en manzanas
neoyorquinas.) En pocas palabras, se anunciaba una tarde prometedora, aunque
literaria, y recuerdo que tenía grandes esperanzas de-convencer al joven, tipo
Tom Sawyer con su bote de pintura, de que le diera un empujoncito a mi sierra
mecánica. Parecía saludable por no decir fornido. Pero su aire engañoso casi me
costó el pie izquierdo, pues entre los zumbidos y explosiones de la sierra,
justo cuando terminaba de pronunciar un corto elogio, para mí bastante
divertido, del estilo
52
suave y eficaz de
Sherwood Anderson, el joven me preguntó —después de una pensativa pausa
cruelmente promisoria— si yo creía en la existencia de un Zeitgeist norteamericano
endémico. (Pobre muchacho. Aunque se cuide muchísimo, no tiene por delante más
de cincuenta años de actividad venturosa en 1a universidad.) El tercer tipo de
persona que aparecerá con bastante frecuencia por aquí una vez que todos los
poemas de Seymour estén desembalados y rotulados exige un párrafo aparte.
Sería absurdo decir
que la atracción que la mayoría de los jóvenes sienten por la poesía queda
superada de lejos por la atracción que ejercen aquellos pocos o muchos detalles
de la vida de un poeta que podríamos definir aquí, en general, con fines prácticos,
como funestos. Es ese tipo de noción absurda, sin embargo, que alguna vez no me
molestaría sacar a dar una buena vuelta académica por la universidad. Estoy
convencido, de todos modos, de que si llegara a pedirles a las sesenta chicas
de mis dos clases de Composición Literaria — casi todas ellas alumnas del
último curso y todas especializadas en literatura inglesa— que citen un verso,
un verso cualquiera de Ozyimandias, o que me digan más o menos
de qué trata el poema, es dudoso que diez de ellas sean capaces de hacer lo uno
o lo otro, pero apostaría mis tulipanes aún sin brotar que unas cincuenta
podrían decirme que Shelley era partidario del amor libre, y que una de sus
mujeres escribió Frankenstein y la otra se ahogó
(1). Aclaro que la
idea no me choca ni me ofende. Ni siquiera me quejo. Porque si nadie es tonto,
yo tampoco lo soy, y tengo el derecho a la suerte de conocimiento dominical del
que no es tonto y que, quienesquiera que seamos y a pesar del calor como de horno
de las velas de nuestra torta de cumpleaños, y de las presuntas alturas
intelectuales, morales y espirituales que hayamos alcanzado, hace que nuestro
afán por lo espeluznante o en parte espeluznante (lo que, por supuesto, incluye
los chismes grandes y pequeños) sea probablemente el último de nuestros
apetitos carnales en quedar saciado o contenido. (Pero, Dios mío, ¿por qué sigo
desvariando? ¿Por qué no voy directamente al poeta para ilustrar el caso? Uno
de los ciento ochenta y cuatro poemas de Seymour —la primera vez un folletín
que sacude; la segunda el himno triunfal de lo viviente más alentador que jamás
haya leído— se refiere a un distinguido y viejo asceta que, tendido en su lecho
de muerte, rodeado de sacerdotes que cantan y de discípulos, se esfuerza por
oír lo que dice en el patio la lavandera con respecto al lavado de la vecina.
Seymour muestra al anciano con claridad, siente el vago deseo de que los
sacerdotes bajen un poco la voz.) Veo, sin embargo, que tengo quizá la misma
dificultad de siempre cuando trato de que una generalización muy oportuna se
quede quieta y dócil el tiempo suficiente para servir de apoyo a un supuesto
concreto y descabellado. No es que me encante ser razonable en esto, pero
supongo que debo serlo. Me parece indiscutible que en todo el mundo una buena
cantidad de personas de distintas edades, culturas y dones naturales responden
con un ímpetu muy especial, en
1.- Es posible que
esté poniendo en aprietos, sin necesidad, a mis alumnos, con el solo fin de
llegar a lo que quiero. Los profesores ya lo han hecho. O posiblemente he
elegido mal el poema. Si fuera cierto, como he planteado con perversidad,
que Ozymandias ha dejado a mis alumnos resueltamente
indiferentes, quizá la culpa sea del propio Ozymandias. Quizá el Loco de
Shelley no fuese bastante loco. De todos modos, sin duda su locura no era una
locura del corazón. Mis alumnas saben, por cierto, que Robert Burns se
emborrachaba y andaba demasiado de juerga, y lo más probable es que eso les
encante, pero estoy igualmente seguro de que lo saben todo acerca del fabuloso
ratón campesino que sacó de la tierra con su arado. (¿Es posible, me pregunto,
que esas "dos enormes piernas de piedra, sin tronco", que están en el
desierto, sean las del mismo Percy? ¿Es imaginable que su vida sobreviva a
muchos de sus poemas? Y en ese caso, es porque... Bueno, desisto. Pero cuidado,
jóvenes poetas. Si queréis que recordemos vuestros mejores poemas con tanto
cariño por lo menos como vuestros chispeantes y pintorescas vidas, sería bueno
que nos presentarais un buen ratón campesino, iluminado por el sentimiento, en
cada estrofa.)
53
algunos casos casi
con fruición, a los artistas y poetas que, aparte de ser famosos por haber
producido gran arte o arte de buena calidad, tienen una personalidad
ostentosamente equivocada, una falla espectacular del carácter o de la
ciudadanía, una aflicción o adición de un romanticismo explicable: extremo
egocentrismo, infidelidad matrimonial, sordera total, ceguera completa, una sed
terrible, una tos peligrosa, flaqueza por las prostitutas, parcialidad con el
adulterio o el incesto en gran escala, debilidad garantizada o no por el opio o
la sodomía, etcétera. Dios perdone a los pobres diablos solitarios. Si el
suicidio no figura a la cabeza de la lista de dolencias de los creadores, no se
puede dejar de observar que el poeta o el artista suicida es siempre objeto de
ávida atención, no pocas veces por razones casi exclusivamente sentimentales,
como si fuera (por decirlo de una manera mucho más horrible de lo que realmente
deseo) el perrito enano orejas caídas de la camada. De todos modos es
pensamiento al fin expresado, que me ha hecho perder muchas
veces el sueño y es posible que me lo haga perder de nuevo.
(¿Cómo puedo decir
lo que acabo de decir y seguir siendo feliz? Pero lo soy. No tengo la menor
jovialidad, la menor alegría, pero mi inspiración parece a prueba
de pinchazos. Recuerda a sólo una persona de las que he conocido en mi vida.)
No te puedes imaginar los grandes planes, como para frotarse las manos, que
tenía para el espacio que sigue. Sin embargo parecen destinados a causar una
exquisita impresión en el fondo del cubo de la basura, pretendía aquí aligerar
los dos últimos párrafos nocturnos con algunos chistes soleados, un par de esas
bromas desopilantes que tan a menudo ponen verdes de envidia o de náusea a mis
colegas raconteurs. Era mi propósito, justo aquí, decirle al
lector que cuando vinieran, o si vinieran a verme algunos jóvenes para saber de
la vida o de la muerte de Seymour, una curiosa aflicción personal de mi parte
haría, ay de mí, que ese público fuese totalmente imposible. Mi plan era
mencionar —de paso, porque el tema, espero, será desarrollado algún día en
forma interminable— que Seymour y yo, de niños, nos pasamos casi siete años
participando en un concurso de la radio y que, desde que dejamos oficialmente
el programa, las personas que me preguntan la hora me provocan exactamente los
mismos sentimientos que tiene Betsey Trotwood hacia los burros. Después tenía
intención de contar que, al cabo de casi doce años de enseñar en la facultad,
sufro ahora, en 1959, frecuentes ataques de lo que mis colegas profesores
tienen la halagadora gentileza de llamar la enfermedad de Glass —dicho con palabras
profanas, un espasmo patológico de la región lumbar y el bajo vientre que lleva
al catedrático, en sus momentos libres, a encogerse y eructar de prisa la
calle, o a esconderse detrás de los muebles grandes cuando ve acercarse a
cualquier persona de menos de cuarenta años—. Pero ninguna de las salidas me
será útil aquí. Hay una buena dosis de maligna verdad, pero no bastante. Porque
el hecho terrible e indudable que se me ha aparecido entre líneas es que estoy
ansioso por hablar, por contestar preguntas, por ser interrogado
acerca de ese muerto. Acabo de comprender que, aparte de otros muchos motivos
—quiera Dios, menos viles—, estoy clavado por la vanidad, común en el
sobreviviente, de ser la única persona que conocía de modo íntimo al
difunto. Oh, déjalos venir. deja venir a los inexpertos y los
entusiastas, a los académicos, a los curiosos, a los altos y los
bajos a los sabelotodo! Deja que vengan en autobuses atestados, déjalos caer en
paracaídas con sus Leicas Mi cerebro bulle de benévolos discursos de acogida.
Una mano ya se tiende hacia el paquete de detergente y la otra hacia las tazas
de té sucias. El ojo inyectado en sangre despeja el ambiente. La vieja
alfombra roja está puesta.
54
Un asunto muy
delicado, ahora. Algo vulgar, es cierto, pero delicado, muy
delicado. Considerando que este asunto no puede aparecer más adelante con todos
los detalles que serían de desear, creo que el lector debe saber ahora mismo y
de preferencia tener en cuenta hasta el final que todos los miembros de nuestra
familia fueron, son, descendientes de una doble fila asombrosamente larga y
abigarrada de artistas de variedades. Casi todos — genéticamente hablando o
rezongando— cantamos, bailamos y (¿lo dudas?), contamos Chistes Divertidos.
Pero creo que es muy importante tener presente —como lo hacía Seymour, aun en
su infancia— que también hay entre nosotros una gran mezcla de gente de circo y
de otra que, por así decirlo, le anda cerca. Uno de mis bisabuelos (y también
de Seymour), por dar un ejemplo bien jugoso, era un payaso judío polaco
bastante célebre, llamado Zozo, aficionado —hasta el fin, es fatal deducirlo— a
zambullirse desde enormes alturas en pequeños recipientes con agua. Otro de los
bisabuelos, mío y de Seymour, un irlandés llamado MacMahon (a quien mi madre,
dicho sea en su eterna alabanza, nunca incurrió en la tentación de llamar «el
muy querido»), era un trabajador independiente que solía obtener en un prado un
par de octavas con botellas de whisky vacías y entonces, cuando se había
juntado un grupo dispuesto a pagar, bailaba con bastante ritmo, nos cuentan,
sobre los flancos de las botellas. (Así que seguramente me creerás si te digo
que tenemos, entre otras cosas, más de una flor de chiflado en el árbol de la
familia.) Nuestros padres, Les y Bessie Glass, hacían un número de canto, baile
y palabrerío bastante convencional, pero (creemos nosotros) buenísimo,
en teatros de vaudeville y de variedades, y llegaron casi a ser cabeza de
cartelera en Australia (donde Seymour y yo pasamos, siempre encerrados, dos
años de nuestra primera infancia) pero después llegaron a tener una fama más
que mediana en los viejos círculos de Pantages y Orpheum, aquí en Norteamérica.
A juicio de no poca gente, hubiesen podido seguir siendo un equipo de
vaudeville durante mucho más tiempo. Pero Bessie tenía sus propias ideas. No
sólo había tenido siempre un don para prever el futuro —en 1925, el vaudeville
con dos funciones diarias estaba a punto de terminar, y Bessie, como madre y
bailarina, se oponía con firmeza a los cuatro espectáculos cotidianos que ya se
daban en los grandes, nuevos y proliferantes palacios de cine y vaudeville
combinados—; pero lo más importante es que siendo todavía niña, en Dublín,
murió su hermana melliza, entre bastidores, de desnutrición galopante, y desde
entonces la Seguridad, de cualquier tipo que fuese, ya ejercía sobre ella una
atracción fatal. De todos modos, en la primavera de 1925, al final de un
discreto ciclo de representaciones en el Albee de Brooklyn, con cinco niños
enfermos de sarampión en las tres habitaciones y media no precisamente
suntuosas del viejo hotel de Manhattan y la idea de estar otra vez embarazada
(resultó un error; los menores de la familia, Zooey y Franny, no nacieron hasta
1930 y 1935, respectivamente), Bessie recurrió de pronto a un admirador
desinteresado e «influyente», y mi padre consiguió un empleo que durante años y
años, sin variar, llamó, sin temor alguno de que alguien de la casa lo
contradijera, jefe administrativo de la radio comercial, y la prolongada gira
de Gallagher y Glass quedó oficialmente terminada. Lo que sobre todo estoy
tratando de hacer es encontrar el modo más seguro de explicar que este curioso
patrimonio de candilejas teatrales y circenses fue una realidad casi ubicua y
llena de sentido en la vida de los siete hijos de nuestros padres. Los dos
menores, como dije, son actores profesionales. Pero no se puede trazar aquí una
línea gruesa. La mayor de mis dos hermanas, según todas las
apariencias, está instalada en su casa de las afueras, es madre de tres niños y
copropietaria de un garaje para dos coches, pero en momentos de suprema alegría
baila, casi literalmente, como si en ello le fuese la vida; la he visto, con
horror, hacer un número de zapateo bastante aceptable con una sobrina mía de
cinco días de edad en los brazos. Mi hermano menor, Walt, que murió en un
accidente, en Japón, después de la guerra (y de quien
55
me propongo decir
aquí lo menos posible, si he de terminar estas páginas), también era bailarín
en un sentido quizá menos espontáneo, pero mucho más profesional que mi hermana
Boo Boo. Su mellizo —nuestro hermano Waker, nuestro monje, nuestro cartujo de clausura—
canonizó de chico, en privado, a W. C. Fields y solía hacer juegos de
prestidigitación delante del retrato de aquel inspirado y turbulento pero más
bien santo varón, utilizando, entre otras muchas cosas, cajas de cigarros; y lo
hizo horas enteras, hasta llegar a adquirir una destreza fantástica. (Según el
rumor familiar, quedó en un principio excluido del claustro —quiero decir,
relevado de sus tareas de hermano seglar en Astoria— para liberarlo de la
persistente tentación de administrar la oblea sacramental dando dos o tres
pasos atrás para dispararla, trazando un hermoso arco, por encima de su hombro
izquierdo, hasta la boca del feligrés.) En cuanto a mí —prefiero hablar de
Seymour al final—, cae de su peso, estoy seguro, que yo también sé bailar un
poco. A pedido, por supuesto. Aparte de eso, siento a menudo que mi bisabuelo
Zozo vela por mí, aunque en forma algo errática; siento que se encarga
misteriosamente de que yo no tropiece con mis bolsudos pantalones de payaso
cuando camino por el bosque o entro en clase, y tal vez también se ocupa de que
mi nariz de masilla apunte al este cuando me siento delante de la máquina de
escribir.
Nuestro Seymour, al
fin no vivió ni murió afectado por sus «antecedentes» menos que el resto de
nosotros. Como ya he dicho, si bien creo que sus poemas no podrían ser más
personales o revelarlo de un modo más completo, escribe cada uno de ellos sin
perder ni un solo hecho de verdad autobiográfico, aunque tenga a la Musa de la
Alegría Absoluta encaramada sobre sus hombros. Lo cual, diría yo, aunque tal
vez no sea del gusto de todos, es vaudeville altamente literario, el primer
número tradicional, el hombre que hace equilibrios con las palabras, con las
emociones en lo alto de un cornetín dorado que apoya en el mentón en vez de
usar el bastón habitual, la mesa cromada y la copa de champán llena de agua.
Pero debo decirte algo mucho más explícito y esencial. Lo he estado esperando:
en Brisbane, en 1922, cuando Seymour y yo teníamos cinco y tres años, Les y
Bessie aparecie-ron durante dos semanas en el mismo espectáculo de Joe Jackson,
el formidable Joe Jackson de la niquelada bicicleta circense cuyo resplandor, mayor
que el del platino, llegaba hasta la última fila del teatro. Unos cuantos años
después, a poco de comenzar la Segunda Guerra Mundial, cuando Seymour y yo
acabábamos de mudarnos a nuestro pequeño apartamento neoyorquino, nuestro padre
—Les, como le llamaremos en adelante— vino a vernos una noche, al regresar a su
casa después de jugar a las cartas. Era evidente que había estado de malas toda
la tarde. Llegó, en fin, con la implacable decisión de quedarse con el abrigo
puesto. Se sentó. Miró los muebles, ceñudo. Me hizo volver la mano para ver si
tenía huellas de nicotina en los dedos; después le preguntó a Seymour cuántos
cigarrillos fumaba por día. Creyó encontrar una mosca en el vaso de whisky. Por
fin cuando, por lo menos a mi juicio, la conversación se iba derecho al diablo,
se levantó bruscamente y fue a mirar una foto de él y de Bessie recién clavada
en la pared. La miró sombrío durante un minuto entero por lo menos, se volvió
con una brusquedad que nadie en la familia hubiera considerado extraordinaria y
le preguntó a Seymour si se acordaba de cuando Joe Jackson le hizo dar varias
vueltas por el escenario montado en el manillar de la bicicleta. Seymour,
sentado en el otro extremo del cuarto en un viejo sillón de pana, fumando un
cigarrillo, con camisa celeste, pantalón gris, mocasines con los talones rotos
y un tajo hecho al afeitarse del lado de la cara que yo veía, contestó
inmediata y gravemente, con ese modo especial que tenía para contestar siempre
las preguntas de Les como si fueran, por encima de todas, las que prefería
contestar. Dijo que no estaba seguro de haberse bajado jamás de la hermosa
bicicleta de Joe Jackson. Y además del enorme valor sentimental que tuvo para
mi padre, esta respuesta fue, en muchos sentidos, la verdad, la verdad, la
verdad.
56
Entre este párrafo
y el anterior han pasado, han transcurrido, poco más de dos meses y medio. Un
pequeño boletín que transmito gesticulando un poco, porque lo veo como si
insinuara que siempre uso una silla para trabajar, bebo más de treinta tazas de
café negro en las Horas de Composición y me hago todos los muebles en el tiempo
libre; en una palabra, tiene el tono del hombre de letras que no se opone a
analizar con el entrevistador del Su-plemento Bibliográfico Dominical sus
hábitos de trabajo, sus hobbies y sus debilidades humanas más
publicables. No estoy tratando de contar nada intime aquí. (No
me quito el ojo de encima. Me parece que este escrito nunca ha corrido tanto
peligro de adquirir la informalidad de la ropa interior.) He marcado una gran
separación entre los párrafos para informar al lector que acabo de levantarme
de la cama después de nueve semanas de hepatitis aguda. (Ya ves lo que quiero
decir con la alusión a la ropa interior. Este último comentario está copiado
literalmente, casi textual, de un burlesque de Minsky. Cómico
Segundo: «He estado en cama nueve semanas con una hermosa hepatitis.» Cómico
Primero: «Qué suerte, ¿con cuál de ellas? Las dos chicas Hepatitis son guapas.»
Si éste es el certificado de buena salud que me han prometido, déjame buscar un
rápido camino de vuelta al Valle de los Enfermos.) Cuando confieso ahora, como
seguramente debo hacerlo, que estoy levantado y activo desde hace casi una
semana, las mejillas otra vez de color de rosa, me pregunto si el lector
interpretará mal mi confidencia —sobre todo, creo, en dos sen-tidos—. Primero:
¿creerá que es un leve reproche por haberse olvidado de llenar de camelias mi
cuarto de enfermo? (Todos se sentirán aliviados al enterarse, es una suposición
segura, de que se me está acabando el humor de minuto a minuto.) Segundo:
¿pensará él, el lector, basándose en esta Constancia de Enfermedad, que mi
felicidad personal —alabada con tanta minucia al comienzo de esta obra— tal vez
no era felicidad sino simplemente un trastorno hepático? Esta segunda
posibilidad me preocupa muy en serio. Cierto que me hacía feliz escribir esta
Introducción. A mi manera indolente, fui milagrosamente feliz durante la
hepatitis. Y me hace feliz decir que, en este momento, estoy en éxtasis de
felicidad. Con lo cual no quiero negar (y creo que voy llegando a la verdadera
razón por la cual he construido esta vitrina para mi pobre y viejo hígado), con
lo cual no quiero negar, repito, que mi enfermedad me haya dejado una sola
deficiencia terrible. Odio los cortes dramáticos de todo corazón, pero supongo
que en este caso necesito un nuevo párrafo.
La primera noche,
justo la última semana, que me sentí sano y fuerte como para seguir escribiendo
esta Introducción, me di cuenta de que había perdido no la inspiración sino los
recursos necesarios para seguir escribiendo acerca de Seymour. E1 había
crecido demasiado durante mi ausencia. Casi increíble. El gigante
manejable que era antes de mi enfermedad había pegado un estirón en
esas nueve cortas semanas para convertirse en el ser humano más familiar de mi
vida, la única persona siempre demasiado grande para acomodarla en el formato
del papel común de máquina, en todo caso, del mío. Para decirlo con franqueza,
sentí pánico, y lo sentí durante las cinco noches siguientes. Pero creo que no
debo pintarlo más negro de lo que es. Porque ocurre que hay una pasmosa luz de
esperanza. Déjame contarte, sin más, qué fue lo que hice esta noche por lo cual
siento que mañana podré seguir trabajando de modo quizá más grande, más
descarado y más objetable que nunca. Hace unas dos horas leí simplemente una
vieja carta personal —para ser más exacto, unas notas bastante largas— que
había encontrado en el plato del desayuno una mañana de 1940. Debajo de un
medio pomelo, para ser más preciso. Dentro de unos instantes voy a tener el
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inefable («placer»
no es la palabra que busco), el inefable Blanco para copiar aquí esas largas
notas palabra por palabra. (¡Oh dichosa hepatitis! Nunca he conocido una
enfermedad —o pena, o desastre— que en su momento no se haya desplegado como
una flor o una buena nota. Lo único que se nos pide es que sigamos mirando. A
los once años, Seymour dijo una vez en la radio que lo que más le gustaba de la
Biblia era la palabra ¡MIRA!) Pero antes de llegar al punto principal me corresponde atender a
algunos detalles circunstanciales. Esta oportunidad puede no volver a
presentarse.
Parece una omisión
importante, pero no creo haber dicho que fuera en mí una costumbre, una
compulsión, ensayar, toda vez que fuese factible, y a menudo no lo era, mis
nuevos cuentos con Seymour. Quiero decir, leérselos en voz alta. Es lo que
hice, molto agitato, con un Período de Descanso para todos
evidentemente necesario, obligatorio, al final. Lo que quiero decir es que
Seymour siempre se abstenía de hacer comentarios cuando se dejaba de escuchar
mi voz. En cambio solía mirar el techo durante cinco o diez minutos —siempre se
tendía en el suelo cuando se trataba de una Lectura—, después se levantaba (a
veces), golpeaba suavemente el piso con un pie que se le había quedado dormido,
y salía de la habitación. Más tarde —por lo general unas horas después, días en
una o dos ocasiones— escribía algunas notas en un pedazo de papel o en el
embalaje de una camisa y las dejaba sobre mi cama o en mi lugar en la mesa del
comedor (muy rara vez me las mandaba por correo). Las que siguen son algunas de
sus breves críticas. (Esta es una preparación, para decirlo con franqueza. No
veo la razón para negarlo, aunque tal vez debería hacerlo.)
«Horrible, pero
justo. Una honesta Cabeza de Medusa.»
«Ojalá lo supiera.
La mujer está muy bien, pero el pintor parece obsesionado por tu amigo, el
hombre que pintó el retrato de Ana Karenina en Italia. Es una obsesión
maravillosa, la mejor, pero tú tienes tus propios pintores irascibles.»
«Creo que habría
que rehacerlo, Buddy. El médico está tan bien, pero me parece que empieza a
gustarte demasiado tarde. Durante toda la primera mitad espera en el frío de
afuera que llegue el momento de gustarle, y sin embargo, es tu personaje
principal. Consideras su agradable diálogo con la enfermera como una
conversación. Debería ser un cuento religioso, pero es puritano. Siento que
desapruebas todas sus maldiciones. Me parece equivocado. ¿Qué es, si no, una
manera algo vulgar de rezar cuando él o Les o cualquiera lo maldice todo? No
puedo creer que Dios admita forma alguna de blasfemia. Es una palabra
remilgada, que inventó el clero.»
«Lo siento
muchísimo. No estaba escuchando bien. Lo siento tanto. La primera frase me sacó
de la cosa. "Henshaw se despertó aquella mañana con un terrible dolor de
cabeza." Cuento tanto contigo para que acabes con todos los falsos
Henshaws de la ficción. Los Henshaws sencillamente no existen. ¿Quieres
leérmelo de nuevo?»
«Por favor, haz las
paces con tu ingenio. No va a desaparecer, Buddy. Desecharlo de lo que haces
por propia cuenta sería tan equivocado y antinatural como desechar los
adjetivos y adverbios porque el profesor B lo desea. ¿Qué sabe él? ¿Qué sabes
tú, en realidad, de tu ingenio?»
«He estado aquí
sentado rompiendo las notas que te escribí. Empiezo a decir cosas como
"Este está maravillosamente construido" y "La mujer en el fondo
del camión es muy
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divertida" y
"La conversación entre los dos agentes de policía es formidable".
Bueno, esquivo la cuestión. No sé seguro por qué. Empecé a ponerme un poco
nervioso cuando comenzaste a leer. Parecía el principio de lo que tu
archienemigo Bob B. llamaría un cuento estupendo. ¿No crees que él lo
consideraría como un paso hacia el buen camino? ¿No te preocupa? Incluso lo que
es divertido en la mujer en el fondo del camión no suena como algo que tú consideras
divertido. Suena mucho más como algo que es para ti universalmente considerado
divertido. Estoy defraudado. ¿Te enfurece? Puedes decir que el parentesco
invalida mi juicio. Eso me preocupa bastante. Pero soy también un lector. ¿Eres
un escritor, o simplemente un autor de cuentos estupendos? A mí me inquieta
cuando escribes un cuento estupendo. Lo que yo quiero es tu tesoro.»
«No puedo quitarme
de la cabeza el nuevo cuento. No sé qué decirte. Sé cuáles habrán sido los
peligros de caer en el sentimentalismo. Los has evitado bien. Tal vez demasiado
bien. Me pregunto si no deseo que hubieras metido la ( pata. ¿Puedo
escribir un cuentito para ti? Había una vez un gran crítico
musical, una distinguida autoridad en Wolfgang Amadeus Mozart. Su
hijita concurría a la Escuela número 9 donde era miembro del Club de Canto, y
el gran amante de la música se enfadó mucho un día en que la niña llegó con una
amiga para ensayar una mezcla de canciones de Irving Berlín, Harold Arlen,
Jerome Kern y otros por el estilo. ¿Por qué no les hacen cantar a los niños los
sencillos Lieder de Schubert en lugar de esa "basura"? Se fue a ver a
la directora de la escuela y armó un gran alboroto. La directora quedó muy
impresionada por los argumentos de tan distinguida persona y consintió en
llamar la atención a la maestra de Apreciación Musical, una señora muy vieja.
El gran amante de la música salió de la oficina de muy buen humor. Mientras
volvía a su casa, recordaba los brillantes argumentos que había desarrollado en
el despacho de la directora y su júbilo crecía y crecía. Aceleró el paso.
Empezó a silbar una melodía. La melodía era: "K-K-K-Katy."»
Y ahora el
memorándum. Presentado con orgullo y resignación. Orgullo porque... bueno,
sigamos. Resignación porque algunos de mis camaradas de la facultad —payasos
veteranos de circulación interna, todos— pueden estar escuchando y tengo la
impresión de que este texto en especial llevará, tarde o temprano, el
título: Una Receta de Hace Diecinueve Años para Escritores, Hermanos y
Convalecientes de Hepatitis que han Perdido el Camino y No pueden Seguir. (Bueno.
Hace falta un payaso para reconocer a otro. Además siento que tengo
las uñas bien afiladas para la ocasión.)
En primer lugar,
éste fue el comentario crítico más largo que hizo Sey'mour de un Esfuerzo
Literario mío, y para el caso tal vez el comunicado escrito más largo que haya
recibido de él en vida. (Rara vez nos escribimos cartas personales, aun durante
la guerra.) Estaba escrito en lápiz, en varias hojas de un bloc de notas que
nuestra madre se había llevado del hotel Bismarck de Chicago unos años antes.
Contestaba a lo que fue seguramente el bloc más ambicioso que
yo hubiera escrito hasta entonces. Era en 1940 y los dos vivíamos todavía en el
densamente poblado apartamento de nuestros padres, en los East Seventies. Yo
tenía veintiún años y era tan independiente como sólo puede serlo un escritor
joven, inédito, novato. Seymour tenía veintitrés y era el quinto año que
enseñaba inglés en la Universidad de Nueva York. Con esto, entonces, queda
completo. (Preveo que el lector perspicaz «« sentirá algo turbado, pero lo
Peor, pienso, quedará terminado con el saludo.
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Considero que si el
saludo no me turba especialmente a mí, no tiene porqué turbar a ninguna otra
alma viviente.)
«Querido y Viejo
Tigre que Duerme:
«Quisiera saber si
hay muchos lectores que hayan recorrido las páginas de un manuscrito mientras
el autor ronca en la misma habitación. Este quería verlo por mi cuenta. Tu voz
era casi demasiado esta vez. Creo que tu prosa se está volviendo todo lo teatral
que tus personajes pueden aguantar. Tengo tanto que decirte que no sé por dónde
empezar.
»Esta tarde le
escribí al jefe del Departamento de Inglés, nada menos, toda una carta que
sonaba como algo muy tuyo. Sentí tanto placer que consideré que debía
decírtelo. Era una carta muy hermosa. Fue como aquel sábado por la tarde, la
primavera pasada, en que fui con Carl y Amy y aquella chica tan extraña que
trajeron para mí, a ver Die Zauberflóte, y me puse tu verde
embriagador. No te había dicho que me lo puse. (Se refería aquí a una
de las cuatro corbatas caras que yo había comprado la temporada anterior. Les
había prohibido a todos mis hermanos —pero en especial a Seymour, a
quien más fácil le era llegar hasta ellas— que se acercaran
siquiera al cajón donde las tenía guardadas. Las tenía envueltas —no
era pura broma— en celofán.) No me sentía culpable de
llevarla, pero tenía un miedo mortal de que de repente te
aparecieras en la escena y me vieras sentado ahí en la oscuridad con tu
corbata. La carta fue algo un poco distinto. Se me ocurrió que si las cosas se
invirtieran y tú estuvieses escribiendo una carta que sonara a mía, te
fastidiaría. Pude casi quitármelo de la cabeza. Una de las pocas cosas que
quedan en el mundo, aparte del mundo mismo, que me entristece cada día es saber
que tú te molestas si Boo Boo o Walt te dicen que estás diciendo algo que suena
a mío. Lo tomas como una especie de acusación de plagio, un pequeño atentado
contra tu personalidad. ¿Es tan terrible que a veces parezcamos la misma
persona? La membrana entre nosotros es tan delgada. ¿Es tan importante que
tengamos en cuenta qué es lo que pertenece a cada uno? Aquella vez, hace dos
veranos, que estuve ausente tanto tiempo, descubrí que tú, Z. y yo hemos sido
hermanos por lo menos en cuatro encarnaciones, quizá más. ¿No hay una belleza
en eso? Para nosotros, ¿no es cierto que cada una de nuestras personalidades
comienza justo en el instante en que reconocemos nuestras tan estrechas
relaciones y aceptamos que es inevitable el mutuo préstamo de chistes,
talentos, tonterías? Observarás que no incluyo las corbatas. Creo que las corbatas
de Buddy son las corbatas de Buddy, pero es un placer tomárselas prestadas sin
permiso.
»Debe de ser
terrible para ti imaginarte que, aparte de tu cuento, estoy pensando en
corbatas y otras cosas. No es cierto. Es que ando buscando mis pensamientos por
todas partes. Pienso que esas trivialidades me ayudarán a concentrarme. Ya es
de día y estoy sentado aquí desde que te fuiste a la cama. Qué beatitud ser tu
primer lector. Sería total si no pensara que valoras mi opinión más que la
tuya. No me parece bien que confíes tanto en mi juicio acerca de tus cuentos.
Quiero decir, tú. Puedes discutir conmigo en otra
ocasión, pero estoy
convencido de que algo muy grave habré hecho para que exista esta situación No
es que me revuelque ahora en un sentimiento de culpa, pero la culpa es la
culpa. No se va. No se puede anular. Ni siquiera es posible entender la
claramente, de eso estoy seguro, sus raíces se hunden demasiado en un karma
antiguo y personal. La sola cosa que me salva de perder la cabeza cuando
empiezo a sentirme
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así es el hecho de
que el sentimiento de culpa es una forma imperfecta del conocimiento. Pero no
porque no sea perfecto no se lo puede usar. Lo difícil es darle una aplicación
útil antes de que llegue a paralizarte. Así que voy a escribir lo que piense de
este cuento, lo más rápido que pueda. Tengo la fuerte impresión de que, sí me
doy prisa, mi sentimiento de culpa servirá aquí a mis propósitos mejores y más
verdaderos. Lo creo de veras. Creo que si me precipitara a hacerlo, sería,
capaz de decirte todo lo que probablemente quiero decir desde hace años.
»Tú mismo has de
saber que este cuento está lleno de grandes saltos. De brincos. Al principio,
cuando te acostaste, pensé por un rato que debía despertar a todos los de la
casa y hacer una fiesta en homenaje a nuestro maravilloso hermano brincador.
¿Qué es lo que soy que no los desperté a todos? Ojalá lo
supiera. En el mejor de los casos, un aprensivo. Me dan aprensión los grandes
saltos que puedo medir con los ojos Creo que sueño que te atreves a saltar
cuando no te veo. Perdóname. Estoy escribiendo muy rápido ahora. Pienso que
este nuevo cuento es el que estabas esperando. Y yo también, en cierto modo. Ya
sabes que es sobre todo el orgullo lo que me mantiene
despierto. Creo que es mi aprensión principal. Por tu propio bien,
no me hagas sentir orgulloso de ti. Creo que es eso, exactamente, lo que estoy
tratando de decir. Si nunca más me mantuvieras despierto por orgullo. Dame un
cuento que me vuelva vigilante de un modo irracional. Tenme despierto
hasta las cinco sólo porque todas tus estrellas han aparecido y no por ninguna
otra razón. Perdona el subrayado, pero es la primera cosa que he dicho
de tus cuentos que me hace mover la cabeza de arriba abajo. Por favor, no me
dejes decir nada más. Creo esta noche que todo lo que le digas a un escritor
después de haberle pedido que deje aparecer sus estrellas son sólo consejos
literarios. Esta noche estoy convencido de que todo "buen" consejo
literario es como Louis Bouilhet y Max Du Camp imponiéndole a Flaubert Madame
Bovary. Muy bien, así que entre los dos, con su gusto exquisito, le hicieron
escribir una obra maestra. Acabaron con la posibilidad de que alguna vez
escribiera todo lo que tenía en el corazón. Murió como una celebridad, la única
cosa que no era. Es intolerable leer sus cartas. Son tanto mejor de lo que
deberían. Dicen: desperdicio, desperdicio... Me destrozan el corazón Esta noche
me aterra decirte, Buddy viejo y querido, cualquier cosa que no sea trivial.
Por favor, sigue lo que te dice el corazón, para bien o para mal. Te enfadaste
tanto conmigo cuando nos enrolamos. (La semana anterior, él, yo y
varios millones más de muchachos norteamericanos fuimos a la escuela pública
más cercana a enrolarnos en el ejército. Lo pesqué sonriendo por algo que yo
había escrito en mi libreta. Se negó, durante todo el camino de vuelta a casa,
a decirme qué era lo que le había parecido tan divertido. Como puede
atestiguarlo cualquiera de la familia, era capaz de negarse, inflexible, cuando
la oportunidad le parecía auspiciosa.) ¿Sabes de qué me
sonreía? Habías escrito que eras escritor de profesión. Me
pareció el eufemismo más gracioso que jamás haya oído. ¿Desde cuándo el
escribir es tu profesión? Nunca fue otra cosa que tu religión. Nunca. Estoy un
poco sobreexcitado. Puesto que es tu religión, ¿sabes qué te
preguntarán cuando te mueras? Pero permíteme decirte primero lo que no te van a
preguntar. No te van a preguntar si estabas trabajando en algo maravilloso y
conmovedor. No te van a preguntar si era corto o largo, triste o divertido,
publicado o inédito. No te van a preguntar si estabas en buena forma o no
cuando lo escribías. Ni siquiera te preguntarán si hubiera sido eso lo que
escribirías de haber sabido que tenías las horas contadas; creo que eso sólo se
lo preguntarán al pobre Sóren K. Estoy seguro de que te harán dos
preguntas, ¿Habían aparecido la
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mayoría de tus
estrellas? ¿Estabas ocupado en escribir todo lo que tenías en el corazón? Si supieras
lo fácil que sería para ti decir que "sí" a las dos preguntas. Si te
acordaras, antes de sentarte a escribir, que fuiste un lector mucho
antes de ser un escritor. Basta con que te metas esta idea en la cabeza, te
sientes muy tranquilo y te preguntes, como lector, qué tipo de obra, entre
todas, le gustaría leer a Buddy Glass, si pudiera elegirla con el corazón. El
próximo paso es terrible, pero tan sencillo que casi no puedo creerlo mientras
lo escribo. Te sientas sin ninguna inhibición y lo escribes tú mismo. Ni
siquiera voy a subrayarlo. Es demasiado importante para subrayarlo. ¡Ah, Buddy,
anímate! Confía en tu corazón. Eres un artesano digno de crédito. Nunca serás
traicionado. Buenas noches. Estoy demasiado sobreexcitado y un poco dramático,
pero daría cualquier cosa en el mundo por verte escribir algo, cualquier cosa,
un cuento, un poema, un árbol que real y verdaderamente te saliera del corazón.
El Sereno del Banco está en el Thalia. Llevémonos todo el botín mañana por la
noche. Cariños, S.»
Aquí está Buddy
Glass de vuelta en la página. (Buddy Glass, claro, es sólo mi seudónimo.
Mi verdadero nombre es Mayor George Fielding Anticlímax.) Yo
mismo estoy algo sobreexcitado y un poco dramático, y en este momento mis
ardientes impulsos me mueven a hacer promesas literalmente estrelladas al
lector para nuestro rendez-vous de mañana por la noche. Pero
si fuera astuto, me lavaría los dientes y me iría corriendo a la cama. Si el
largo Memorándum de mi hermano era bastante fatigoso de leer, resultó absolutamente
agotador, no puedo menos de añadir, mecanografiarlo para mis amigos. En este
instante tengo puesto alrededor de las rodillas el elegante firmamento que me
ofreció de regalo para
que-te-mejores-pronto-de-la-hepatitis-y-de-tu-pusilanimidad.
¿Pero sería
demasiado temerario de mi parte contarle al lector lo que me propongo hacer a
partir de mañana por la noche? Hace más de diez años sueño que alguien que no
tiene preferencia especial por las respuestas breves y tajantes a las preguntas
muy directas, me dice: «¿Cómo era tu hermano?» Para abreviar, la obra literaria
con la cual, según mi recomendado órgano de autoridad, más me relamería en el
mundo, ese «algo, cualquier cosa», es la descripción física completa de Seymour
escrita por alguien que no tiene una prisa loca en hacerlo: dicho sea con
desvergüenza, yo mismo.
Su pelo saltando en
la peluquería. Ya es Mañana por la Noche y estoy aquí sentado de smoking, está
demás decirlo. Su pelo saltando en la peluquería. Por el amor
de Dios, ¿ésa es mi frase inicial? ¿Se irá llenando esta habitación despacio,
despacito, de bollitos de maíz y pastel de manzana? Tal vez. No quiero creerlo,
pero tal vez. Si insisto en una descripción Selectiva, abandonaré otra vez, de
entrada, antes de empezar. No puedo clasificar a este hombre, no puedo trabajar
con él. Me queda la esperanza de que algo tiene que salir con cierta
sensibilidad, pero no me dejes, por una vez en la vida, pasar por el tamiz cada
maldita frase, o abandono de nuevo. Su pelo saltando en la peluquería es la
primera cosa apremiante que se me ocurre. Por lo común íbamos a cortarnos el
pelo al día siguiente de cada dos emisiones, o sea cada dos semanas, al salir
del colegio. La peluquería estaba en la esquina de las calles Ciento Ocho y
Broadway, cándidamente anidada (basta, ahora) entre un restaurante chino y un
almacén kosher. Si nos olvidábamos el almuerzo o, lo más probable, si lo perdíamos en
alguna parte, comprábamos a veces quince céntimos de salame en tajadas y un par
de pepinos frescos salados, y los comíamos en los sillones, por lo menos hasta
que
62
el pelo empezaba a
caer. Mario y Víctor eran los peluqueros. Tal vez han muerto hace mu-chos años,
por exceso de ajo, como todos los peluqueros de Nueva York. (Bueno, acaba. Arréglate
para matar en el huevo este tipo de cosa, por favor.) Los sillones estaban uno
al lado del otro, y cuando Mario había terminado conmigo y estaba por sacarme
la toalla y sacudirla, nunca, nunca dejé de tener encima más pelos de Seymour
que míos. Pocas cosas en la vida, antes o después, me han puesto más furioso.
Sólo una vez me quejé y fue un error colosal. Dije algo, con tono de bronca,
acerca de ese «maldito pelo» suyo siempre saltando encima de mi persona. Apenas
lo dije me arrepentí, pero ya estaba hecho. Seymour no contestó nada, pero en
seguida empezó a preocuparse. La cosa empeoró mientras
volvíamos a casa, cruzando las calles en silencio: era evidente que él trataba
de adivinar alguna manera de impedir que su pelo saltara encima de su hermano
en la peluquería. El último tramo de la calle Ciento Diez, la larga manzana
desde Broadway hasta nuestra casa, en la esquina de Riverside, fue la peor.
Nadie en toda la familia era capaz de preocuparse a lo largo de esa manzana
tanto como Seymour cuando tenía Buen Material.
Lo cual es
suficiente para una noche. Estoy exhausto.
Sólo una cosa más.
¿Qué es lo que quiero (las bastardillas son todas mías) al
hacer una descripción física de Seymour? Más aún, ¿qué es lo que quiero de
ella? Quiero que vaya a parar a una revista. Sí, quiero publicarla. Pero no es
eso, yo siempre quiero publicar. Tiene que ver más con la
forma en que quiero presentarla a la revista. En realidad sólo tiene que ver
con eso. Creo que lo sé. Sé muy bien que lo sé. Quiero que llegue sin que yo
tenga que usar sellos o un sobre de Manila. Si es una descripción exacta,
deberá bastar con que le dé el dinero para el billete del ferrocarril y tal vez
le envuelva un sandwich y le ponga algo calien-te en un termo,
eso es todo. Los otros pasajeros del vagón se apartarán un poco, como si
estuviera un poco borracho. ¡Oh, pensamiento maravilloso! Déjenlo salir
de esto un poco borracho. ¿Pero qué tipo de borracho? Borracho, creo,
como alguien a quien amas y que se acerca a la galería sonriendo,
sonriendo después de tres partidas de tenis, partidas victoriosas, para
preguntarte si has visto su última jugada. Si. Oui.
Otra noche. Esto es
para ser leído, recuerda. Dile al lector dónde estás. Sé amable, nunca
se sabe. Pero claro. Estoy en él invernáculo, acabo de pedir el oporto
que me traerá en seguida la vieja criada de la familia, una rata
gorda, untuosa, excepcionalmente inteligente que se come todo lo que hay en la
casa salvo los exámenes escolares.
Vuelvo de nuevo al
pelo de S., puesto que ya figura en la página. Hasta que comenzó a caérsele a
puñados, a los diecinueve años, tenía el pelo negro muy ondulado. La palabra
sería: casi motoso, pero no del todo; creo que me decidiría a utilizarla si lo
hubiese sido. Era un pelo que daba unas ganas enormes de tironearlo y con toda
seguridad se lo tironeaban; los niños de la familia siempre trataban de
agarrárselo, aun antes que la nariz, y sabe Dios que también era Sobresaliente.
Pero cada cosa a su tiempo. Un hombre, un muchacho, un adolescente muy peludo.
Los otros niños de la familia, no exclusivamente pero en especial los varones,
los muchos niños que parecía haber siempre en la casa, estaban fascinados por
las muñecas y las manos de Seymour. Mi hermano Walt, a los once años, tenía la
costumbre de mirarle las muñecas y de invitarlo a quitarse el jersey. «Eh,
Seymour, quítate el jersey. Anda, vamos. Hace calor aquí.» S.
le sonreía, luminoso, resplandeciente. Le encantaba este tipo de bromas de
cualquiera de los chicos. A mí también, pero sólo a veces. A él siempre.
Florecía, también, se robustecía con todas las observaciones indiscretas o
desconsideradas que le hacían los menores de la familia. En 1959, cuando me
llegan de vez en cuando
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noticias más bien
irritantes de las andanzas
de mi hermano y mi
hermana menores, recuerdo la felicidad que le dieron a S. Recuerdo a Franny, a
los cuatro años más o menos, sentada en las rodillas de Seymour, mirándolo y
diciendo con inmensa admiración: «¡Seymour, tienes unos dientes tan bonitos y amarillos!-» El
se tambaleó, literalmente, hacia mí, para preguntarme si había oído.
Hay algo en este
último párrafo que me hace detener en seco. ¿Por qué a mí las bromas pesadas de
los chicos me gustaban sólo a veces? Sin duda porque a veces tenían no poca
malicia las que me estaban destinadas. No es que no me lo mereciera,
probablemente. ¿Qué sabe el lector, me pregunto, de las familias numerosas? Y
algo que viene más al caso, ¿cuánto puede soportar que le cuente de esto? Debo
decir por lo menos lo siguiente: si eres hermano mayor de una familia numerosa
(en especial cuando hay una diferencia de edad de unos dieciocho años, como
entre Seymour y Franny) y adoptas o, sin darte mayor cuenta, te atribuyen el
papel de mentor o tutor local, es casi imposible no convertirte también en
monitor. Pero aun entre los monitores los hay de distintos tamaños, formas y
colores. Por ejemplo, cuando Seymour le decía a uno de los mellizos, o a Zooey
o a Franny o tal vez a madame Boo Boo (que sólo tenía dos años menos que yo y
ya solía ser una verdadera Dama), que se quitaran los zapatos de goma al entrar
en el apartamento, todos sabían que lo que quería decir es que, si no lo
hacían, ensuciarían el piso y Bessie tendría que ponerse a fregarlo.
Cuando yo les decía que se quitaran los zapatos de goma,
sabían que lo que quería decir era que los que no lo hacían eran unos puercos.
Es forzoso, pues, que hubiera una gran diferencia en el modo en que nos
fastidiaban o nos tomaban el pelo a los dos. Confesión que, gimo al escucharla,
no puede dejar de parecer sospechosamente Honesta y Congraciante. ¿Qué puedo
hacerle? ¿Debo pararlo todo, cada vez que mi voz suena como la del «hombre de
bien»? ¿No puedo contar con que el lector sepa que yo no me rebajaría —en este
caso, no haría hincapié en mis deficiencias en materia de autoridad— si no
creyera de seguro que se me toleraba en la casa con algo más que tibieza?
¿Sería útil decirte de nuevo mi edad? Al escribir estas líneas soy un cuarentón
canoso, flácido, bastante barrigón y con probabilidades relativamente grandes
de no tirar al suelo mi insignia plateada porque no entraré en el equi-po de
basket este año o porque no saludo con energía suficiente para ingresar en la
escuela de oficiales. Además, nunca se ha escrito un párrafo confesional en que
no apeste un poco el orgullo del escritor que ha dejado de lado su orgullo. Lo
que hay que tratar de oír siempre en el que se confiesa en público es lo
que no confiesa. En algún período de su vida (por desgracia,
en general, un período de éxito), un hombre puede de pronto
Sentirse Capaz de confesar que hizo trampa en los exámenes finales de la
universidad, incluso puede optar por revelar que entre los veintidós y los
veinticuatro años de edad fue sexualmente impotente, pero estas intrépidas
confesiones no son garantía de que lleguemos a saber si alguna vez se puso
furioso con su hámster favorito y le aplastó la cabeza. Lamento seguir hablando
de esto, pero creo que es una preocupación legítima. Estoy escribiendo acerca
de la única persona conocida que, a mi juicio, era realmente grande, la única
de dimensiones considera-bles que jamás haya conocido, de quien ni por un
instante llegué a sospechar que tuviera el armario lleno de pequeñas vanidades
picaras, molestas. Me parece horrible —siniestro, en realidad— tener que
preguntarme incluso si a veces no le voy ganando por poco en popularidad en la
página escrita. Me perdonarás, tal vez, que lo diga, pero no todos los lectores
son expertos. (A los veintiún años, cuando Seymour era casi profesor de inglés
y hacía ya dos años que enseñaba, le pregunté qué era, si algo había, lo que lo
deprimía en la enseñanza. Me dijo que no había nada, precisamente, que le
deprimiera, pero que había una cosa que le atemorizaba: leer las notas escritas
con lápiz en los márgenes de los libros de la biblioteca de la facultad.)
Terminaré con esto. No todos los lectores, repito, son expertos, y
64
me han dicho —los
críticos nos lo dicen todo, y lo peor primero— que tengo
muchos encantos superficiales como escritor. Mucho me temo que exista un tipo
de lector para quien sea simpático de mi parte el haber vivido hasta los
cuarenta, es decir, que a diferencia de Otra Persona que también escribía, no
haya sido tan «egoísta» como para suicidarme y abandonar sola e inerme a Toda
Mi Cariñosa Familia. (He dicho que terminaré esto, pero después de todo no voy
a hacerlo. No porque no sea un hombre inflexible, sino porque para terminar
como es debido tendría que rozar —Dios mío, rozar— los detalles de
su suicidio y al paso que voy, no creo que esté preparado para hacerlo hasta
dentro de unos cuantos años.)
Pero antes de irme
a la cama te diré una cosa que me parece muy pertinente. Y estaría agradecido
si todos hicierais un gran esfuerzo para no considerarla una reflexión
categóricamente tardía. Quiero decir, que puedo darte una razón perfectamente
analizable en virtud de la cual el hecho de tener cuarenta años al escribir
esto constituye para mí una tremenda ventaja-desventaja. Seymour estaba muerto
a los treinta y un años. Sólo el hacerlo llegar hasta esta edad tan poco
venerable me llevará muchos, muchos meses, y considerando mí manera de
funcionar, tal vez años. Por el momento, lo verás casi exclusivamente cuando
niño y muchacho (nunca, espero, en la edad del pavo). Mientras esté con él en
la página impresa, yo también seré niño y muchacho. Pero siempre tendré
conciencia, como la tendrá el lector, aunque con menos parcialidad, de que un
hombre un poco panzón, casi de edad mediana, dirige el espectáculo. A mi juicio
esta idea no es más triste que la mayoría de las realidades de la vida y la
muerte, pero tampoco lo es menos. Hasta ahora sólo tienes mi palabra, pero debo
decirte que sé, como sé todo lo demás, que si nuestras posiciones se
invirtieran y Seymour estuviera en mi lugar, le afectaría tanto —le heriría, en
realidad, tanto— su gran veteranía como narrador y director del espectáculo,
que abandonaría el proyecto. Claro, no diré nada más sobre el tema, pero me
alegro de que se haya planteado. Es la verdad. Por favor, no te limites a
verlo; siéntelo.
No me voy a
acostar, después de todo. Alguien por aquí ha asesinado el sueño. Se lo tiene
merecido.
Una voz chillona,
desagradable (no pertenece a ninguno de mis lectores): has
dicho que nos ibas a contar Cómo Era tu Hermano. No queremos nada de análisis
del demonio ni de cosas pegajosas.
Pero yo sí. Quiero
cada una de esas cosas pegajosas. Claro, podría recurrir un poco menos al análisis, pero
quiero cada una de esas cosas pegajosas. Si me queda alguna esperanza de salir
bien parado de esto, será gracias a las cosas pegajosas.
Creo que puedo
describir su cara, su forma, su manera de ser —su mecanismo— a cualquier edad
(salvo los años en el extranjero) y conseguir una buena semblanza. Nada de
eufemismos, por favor.Una imagen perfecta. (¿Dónde y cuándo, si sigo con esto,
tendré que decirle al lector qué tipo de recuerdos, de capacidad para evocar,
tenemos algunos de la familia? Seymour, Zooey, yo. No puedo aplazarlo
indefinidamente, pero ¿quedará muy feo impreso?) Sería de enorme ayuda que
alguna alma buena me mandara un telegrama diciendo exactamente cuál de los
Seymour prefiere que describa. Si se me pide sólo que describa a Seymour, a
cualquier Seymour, la impresión que consigo es muy viva, por supuesto, pero en ella
aparece delante de mis ojos al mismo tiempo a los, más o menos, ocho,
dieciocho, veintiocho años, con la cabeza llena de pelo y quedándose calvo, con
pantalones cortos a rayas rojas y con camisa marrón y galones de sargento,
sentado en posición padmasana y sentado en un palco del cine R.K.O. en la calle
Ochenta y Seis. Sé el peligro de presentar este tipo de imagen y no me gusta.
Pienso que a Seymour le preocuparía. Las cosas se ponen difíciles cuando el
Tema de uno resulta ser también su cher maitre. No le
preocuparía mucho, creo, si después de la debida consulta con mi instinto, yo
decidiera utilizar alguna
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especie de cubismo
literario para describir su cara. Para el caso, tampoco le preocuparía que yo
escribiera el resto exclusivamente con minúsculas, si mi
instinto me lo hubiera aconsejado. No me importaría utilizar
aquí alguna forma de cubismo, pero hasta el último de mis instintos me aconseja
una buena pelea, peso medio mediano. De todos modos quiero pensarlo mientras
duermo. Buenas noches. Buenas noches, señora Calabaza. Buenas noches,
Descripción Maldita.
Como me resulta
algo difícil explicarme, esta mañana en clase decidí (mientras clavaba la vista
en los pantalones increíblemente ajustados de la señorita Valdemar) que lo más
cortés sería dejar primero la palabra a uno de mis progenitores, ¿y quién mejor
que la Madre Primordial? Pero el riesgo que eso acarrea es abrumador. Si el
sentimiento, en última instancia, no vuelve mentirosa a alguna gente, los
abominables recuerdos seguro que sí. Para Bessie, por ejemplo, una de las cosas
principales referentes a Seymour era la altura. Mentalmente lo ve como un
longuilíneo poco común, tipo tejano, siempre agachando la cabeza al entrar en
una habitación. En realidad medía un metro ochenta, un hombre alto más bien
bajo con arreglo a las modernas normas multivitamínicas. Para él estaba muy
bien. No le gustaba nada la altura. Cuando los mellizos pasaron del metro
ochenta y tres, me pregunté si no les enviaría tarjetas de pésame. Creo que, si
viviera, el hecho de que Zooey, siendo actor, no sea alto, le haría sonreír. El,
S., creía con firmeza que los verdaderos actores deben tener bajo el centre de
gravedad.
Eso de que le haría
sonreír fue un error. Ahora no puedo conseguir que deje de sonreír. Me
encantaría que algún otro escritor serio pudiera sustituirme. Una de mis
primeras promesas, cuando empecé a ejercer esta profesión, fue la de que
pondría en sordina a aquellos personajes míos que sonrieran o mostraran los
dientes en la página impresa. Jacqueline mostró los dientes. El grande, el
perezoso Bruce Browning sonrió torcido. Una sonrisa juvenil iluminó las
facciones ásperas del capitán Mittagessen. Sin embargo, la cosa me apremia de
un modo infernal. Para sacarme lo peor de encima: su sonrisa estaba muy, pero
muy bien, para alguien cuyos dientes eran entre mediocres y feos. Lo que no
resulta nada laborioso es escribir acerca de la mecánica de la cosa. Su sonrisa
solía entrar o salir mientras en la habitación el resto del tráfico facial no
se movía o iba en dirección opuesta. El sistema de distribución no era el
corriente, ni siquiera en la familia. Era capaz de estar serio, por no decir
fúnebre, cuando alguien soplaba las velas del pastel de cumpleaños de un niño
pequeño, por el contrario, quizá se mostrara encantado cuando uno de los chicos
le señalaba cómo se había raspado el hombro al nadar debajo de una balsa. En
términos técnicos, creo que no tenía quizá ningún tipo de sonrisa social y sin
embargo es cierto (aunque quizá una pizca extravagante) decir
que en su cara nunca faltaba nada esencialmente necesario. Su sonrisa
en caso de hombro raspado, por ejemplo, era irritante si el hombro raspado era
el tuyo, pero también distraía cuando era necesario distraer.
Su gravedad en las fiestas de cumpleaños, en las reuniones
improvisadas, no era de aguafiestas —o casi nunca lo era— como tampoco la mueca
con que respondía cuando lo invitaban a una Primera Comunión o a un Bar Mizvah.
Y no creo que sea sólo la opinión bien predispuesta de un hermano. Gente que no
lo conocía, o que lo conocía apenas, o sólo como Estrella Infantil de la Radio
en actividad o retirada, quedaba a veces desconcertada por
alguna expresión —o ninguna— de su cara, pero sólo un instante, creo. Y aun en
esos casos, las víctimas sentían algo
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agradablemente
próximo a la curiosidad, nunca, que yo recuerde, rencor personal o
encrespamiento. Por alguna razón —la menos compleja, seguramente— su expresión
era de ingenuidad. Cuando llegó a hombre (y aquí sí, supongo habla el hermano
bien predispuesto), la suya era quizá la única cara de adulto absolutamente
franca en toda la zona del Gran Nueva York. Las únicas ocasiones en que
recuerdo haberle visto algo simulado, artificial en la cara, era cuando
divertía deliberadamente a algún familiar de la casa. Pero eso no ocurría todos
los días. En general, diría yo, compartía el sentido del humor con una
moderación negada al resto de la familia. Lo cual, hay que subrayarlo, no
quiere decir que el humor no formara parte de su dieta cotidiana, sino que en
general recibía o tomaba la parte más pequeña. En ausencia de nuestro padre
asumía la carga del Chiste Permanente en la Familia y por lo general la
abandonaba de buen grado. Un ejemplo bastante claro de lo que quiero decir es
que era su costumbre invariable, cuando yo le leía mis nuevos cuentos,
inte-rrumpirme en mitad de un diálogo para preguntarme si sabía que yo tenía un
Buen Oído para los Ritmos y Cadencias del Lenguaje Coloquial. Le encantaba
adoptar un aire sabio cuando me lo decía. Lo que recuerdo después son las
Orejas. En realidad, veo toda una corta película, un rayado carrete en que mi
hermana Boo Boo, a los once años más o menos, se levanta de la mesa movida por
un impulso incontenible e irrumpe de vuelta en la habitación un instante
después para probar en las orejas de Seymour un par de pendientes despegados de
un cartón. Boo Boo estaba muy contenta del resultado y Seymour se los dejó
puestos toda la tarde. Probablemente hasta sangrar. Pero no eran para él. No
creo que tuviera las orejas de un bucanero, sino más bien las de un viejo
cabalista o un antiguo Buda. De lóbulos muy largos, carnosos. Recuerdo que el
padre Waker, al pasar por aquí hace unos años con un grueso traje negro, me
pregunto, mientras resolvía un crucigrama del Times, si yo
consideraba que las orejas de S. eran de la dinastía de Tang. Creo que eran
anteriores.
Me voy a la cama.
Quizá un último trago con el coronel Ánstruther, en la biblioteca, y a la cama.
¿Por qué me cansa tanto esto? Las manos me transpiran, se me revuelven las
tripas. El Hombre Integrado simplemente ha salido.
Aparte de los ojos
y tal vez (digo tal vez) la nariz, estoy tentado de dejar
pasar el resto de la cara, y al diablo con la Totalidad. No aguantaría que me
acusaran de no dejar nada librado a la imaginación del lector.
Para describirlos
de una o dos maneras cómodas, sus ojos se parecían a los míos, a los de Les y a
los de Boo Boo, puesto que: a) los ojos de este grupito podrían ser tímidamente
descritos como de color cola de buey extraoscuro o Marrón Judío Patético, y b)
todos teníamos ojeras y, en uno o dos casos, verdaderas bolsas. Sin embargo,
ahí se detiene toda comparación familiar. Parece poco galante con las damas del
conjunto, pero mi voto para los dos «mejores» pares de ojos de la familia iría
a Seymour y Zooey. Y sin embargo cada uno de esos pares era absolutamente
distinto del otro y el color era lo de menos. Hace algunos años publiqué un
cuento excepcionalmente Obsesionante, Memorable, desagradablemente polémico y
de una total falta de éxito, acerca de un chico «dotado» que viaja en un
trasatlántico, y en alguna parte del cuento se hace una descripción detallada
de los ojos del chico. Por una feliz coincidencia, tengo sobre mí en este
momento una copia del cuento
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prendida con gran
gusto en la solapa de mi albornoz. Cito; «Sus ojos, de un color castaño claro y
no muy gran-des, eran ligeramente bizcos, el izquierdo más que el derecho. No
eran lo bastante bizcos como para desfigurarlo o notarse a primera vista. Eran
justo lo bastante bizcos como para mencionarlo y sólo en relación con el hecho
de que quizá habría que pensarlo larga y seriamente antes de desear que fueran
derechos, o más profundos, o más castaños o más separados.» (Tal vez nos
convenga detenernos un poco para recobrar el aliento.} En
realidad (de veras, no para decir Ja Ja) ésos no eran para nada los ojos de Seymour.
Los de él eran oscuros, muy grandes, bien separados y cualquier cosa menos
bizcos. Sin embargo, dos personas de la familia advirtieron y comentaron que yo
apuntaba a sus ojos en esa descripción y consideraron que, de una manera especial, no
me había salido mal del todo. En realidad algo aparecía y desaparecía, había un
sutilísimo defecto en sus ojos, salvo que no erapara nada un defecto y ahí es
donde empezaron los líos. Otro escritor a quien también le gusta divertirse,
Schopenhauer, intenta en alguna parte de su obra describir un par de ojos
análogos y, me complazco en decirlo, el estropicio es parecido.
Muy bien. La Nariz.
Me digo que apenas dolerá un instante.
Si en algún
momento, entre 1919 y 1948, hubieras entrado en una habitación atestada de
gente j donde estuviéramos Seymour y yo, habría habido-tal vez una manera
absolutamente segura de saber que él y yo éramos hermanos. Sería la prueba de
le nariz y el mentón. El mentón, claro, puedo descartarlo con desenvoltura
diciendo que casi no teníamos. Narices, decididamente sí, y casi idénticas: dos
cosas grandes, carnosas, caídas, tipo trompa, distintas de
cualquier otra nariz de la familia salvo, y demasiado, la del viejo y querido
bisabuelo Zozo, que, sobresaliendo de un viejo daguerrotipo, solía alarmarme
bastante de niño. (Ahora que lo pienso, Seymour, que nunca hacía, por así
decir, bromas anatómicas, una vez me sorprendió preguntándose si nuestras narices
—la suya, la mía y la del bisabuelo Zozo— plantearían el mismo problema en la
cama que algunas barbas, o sea si las dejábamos dentro o fuera de las cobijas
al dormir.) Pero hay el riesgo de parecer en esto demasiado desenvuelto. Quisiera
dejar bien en claro —aunque resulte ofensivo, si es necesario— que en
definitiva no eran protuberancias románticas tipo Cyrano (tema peli-groso,
creo, en este valiente nuevo mundo psicoanalítico en el que todos creen saber
qué fue primero, si la nariz de Cyrano o sus pullas, y en que cunde un vasto
silencio clínico internacional con respecto a todos los tipos narigones que
indiscutiblemente se han comido la lengua). Creo que la única diferencia que
vale la pena mencionar en cuanto al largo, ancho y contornos de nuestras
narices en general es que la nariz de Seymour, debo decirlo, tenía una
desviación muy marcada hacia la derecha, una desviación extra en el puente.
Seymour siempre sospechó que por eso, en comparación, la mía parecía patricia.
La desviación apareció un día que alguien de la familia practicaba tiros con el
palo de béisbol, de una manera soñadora, en el vestíbulo de nuestro viejo
apartamento de Riverside Drive. La nariz nunca se arregló después de ese
contratiempo. Hurra. La nariz está terminada. Me voy a la cama.
No me atrevo a
mirar todavía lo que he escrito hasta ahora; el viejo temor profesional de
verme transformado en una cinta usada de máquina Royal es muy grande
esta noche. Sin embargo esta noche tengo la buena idea de que el que acabo de
presentar no es el retrato del Jeque de Arabia. Lo cual, espero, es justo y
correcto. Al mismo tiempo nadie debe sacar la conclusión, derivada de mi
maldita incompetencia y mi entusiasmo, de que S. fue, con arreglo a la fatigosa
y común expresión, un Feo Atrayente. (Es un clisé muy sospechoso, en todos los
casos, utilizado las más de las veces por ciertas mujeres reales o imaginarias
para justificar la atracción tal vez demasiado singular que ejercen
sobre ellas algunos demonios con sus dulces quejas o, de un modo menos
categórico, algunos cisnes mal educados.)
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Aunque tenga que
machacar —y me doy cuenta de que ya lo he hecho— debo dejar en claro que
fuimos, aunque en distinto grado, dos niños lo que se dice «feúchos». Dios mío,
si lo éramos. Y aunque creo que «mejoramos mucho» con la edad cuando se nos
rellenó la cara, debo afirmar y reafirmar que en la infancia y en la
adolescencia provocábamos a primera vista una angustia evidente en mucha gente
auténticamente reflexiva. Por supuesto, me refiero aquí a los adultos, no a
otros niños. La mayoría de los niños no se angustian con facilidad, por lo
menos de esta manera. Por lo demás, la mayoría de los niños tampoco son
demasiado generosos. A menudo, en las fiestas infantiles, alguna madre, con una
tolerancia ostentosa, sugería juegos como el de Hacer Girar la Botella o la
Oficina de Correos, y doy fe con total libertad de que durante toda la infancia
de los dos niños mayores de la familia Glass fueron destinatarios veteranos de
sucesivos paquetes de cartas no enviadas (dicho de manera ilógica, pero
satisfactoria, creo), salvo, claro, cuando el cartero era una mu-chachita
llamada Charlotte la Zorra, que de todos modos estaba un poco loca. ¿Nos
molestaba la cosa? ¿Nos apenaba? Piénsalo bien, escritor. Respuesta
lenta, bien pensada, de mi parte: casi nunca. En mi caso, por tres razones que
recuerdo fácilmente. Primero, salvo uno o dos períodos de incertidumbre, creí
con firmeza durante toda mi infancia —en gran parte, aunque no del todo,
gracias a la insistencia de Seymour— que yo era un tipo egregiamente capaz y
seductor, con lo cual condenaba de un modo definido, y a la vez curiosamente
sin importancia, el criterio de cualquiera que pensase lo contrario. Segundo
(si puedes aguantarlo, y no veo cómo podrás), antes de los cinco años yo tenía
la plena, rosada convicción de que llegaría a ser un escritor eximio. Y
tercero, salvo muy pocos desvíos y ninguno en el fondo del corazón, siempre
estuve, en secreto, encantado y orgulloso de tener algún parecido físico con
Seymour. El caso de Seymour, como siempre, era distinto. Su apariencia algo
curiosa le preocupaba mucho o nada, por turnos. Cuando le importaba mucho era
por los otros, y me descubro pensando en este instante en nuestra hermana Boo
Boo sobre todo. Seymour tenía locura por ella. Lo que no es mucho decir, porque
tenía locura por casi todos los de la familia, y la gran mayoría de los otros.
Pero Boo Boo, como todas las chicas que he conocido, pasó por una etapa —en su
caso admirablemente corta, debo decirlo— durante la cual se «moría» por lo
menos dos veces al día a causa de las gaffes, los faux
pas de los adultos en general. En la culminación de este período, un
profesor de historia predilecto que entraba en el aula después del
almuerzo con un pedacito de Charlotte russe en la mejilla, era
causa suficiente para que Boo Boo se marchitara y muriera en su
pupitre. Pero muchas veces volvía a casa muerta por razones un poco menos
triviales, y ésos eran los momentos que preocupaban y molestaban a Seymour. Se
preocupaba en particular por ella cuando se nos acercaban algunas personas
mayores (a él y a mí) en fiestas o cosas por el estilo, para decirnos qué
guapos estábamos esa noche. Aunque no fuera exactamente así, era el tipo de
cosas que ocurrían con frecuencia, y Boo Boo estaba siempre cerca y realmente
deseaba morirse.
Quizá me preocupa
menos de lo que debiera la posibilidad de excederme en el tema de su cara física. Admito,
desde luego, cierta falta de absoluta perfección en mis métodos. Tal vez me
extralimito en toda esta descripción. Por lo pronto veo que he hablado de casi
todas sus facciones y ni siquiera he tocado el tema de la vida que
había en su cara. Esta idea en sí — no la esperaba— es un factor asombrosamente
deprimente. Sin embargo, si bien lo siento así, si bien la idea me hunde, queda
intacta —seca y al abrigo— cierta convicción que he tenido desde el principio.
«Convicción» no es la palabra justa. Es más bien como un premio al más grande
devorador de castigos o como un certificado de resistencia. Siento que tengo
un conocimiento, una suerte de perspicacia de editor adquirida
a través de todos mis fracasos de los últimos años en la tarea de describirlo
por escrito, y ese conocimiento me dice que no
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se puede
conseguirlo con sobreentendidos. Por el contrario. Desde 1948 he escrito y
quemado histriónicamente por lo menos una docena de cuentos o bosquejos,
algunos de ellos, y lo digo yo que no debería, bastante buenos y legibles. Pero
no eran Seymour. Fabrica sobreentendidos sobre Seymour y se convertirán,
madurarán en una mentira. Una mentira artística, quizá, y a veces una mentira
deliciosa, pero mentira al fin.
Me parece que
debería quedarme despierto una hora más. ¡Carcelero! Vigile que este
hombre no se acueste.
Había tantas cosas
que no eran para nada de gárgolas. Sus manos, por ejemplo, estaban bien. Vacilo
en decir que eran bellas, porque no quiero caer en la maldita expresión «bellas
manos». Las palmas era anchas, el músculo entre el pulgar y el índice inesperadamente
desarrollado, «fuerte» (las comillas son innecesarias, cálmate,
por el amor de Dios), y sin embargo, los dedos eran más largos y delgados que
los de la misma Bessie; los del medio parecían como para ser medidos con la
cinta métrica del sastre.
Estoy pensando en
este último párrafo. Quiero decir, en la dosis de admiración personal que he
puesto en él. ¿Hasta qué punto, me pregunto, se pueden admirar las manos del
hermano de uno sin provocar un moderno gesto de sorpresa desdeñosa? En mi
juventud, padre William, mi heterosexualidad (descontando algunos períodos más
calmos no siempre voluntarios) era objeto bastante corriente de chismografía en
algunos de mis antiguos Gru-pos de Estudio. Sin embargo, me descubro recordando
con una pizca de excesiva vivacidad que Sofía Tolstoy, durante una de sus
rencillas matrimoniales, sin duda provocada, acusó al padre de sus trece hijos,
al anciano que seguía molestándola todas las noches de su vida de casada, de
inclinaciones homosexuales. Creo en general que Sofía Tolstoy fue una mujer no
muy brillante y además mis átomos están dispuestos de tal manera que por
temperamento estoy dispuesto a creer que donde hay humo, hay por lo general
jalea de fresas, rara vez fuego, pero creo firmemente que hay muchísimo de andrógino
en cualquier prosista absoluto o en potencia. Pienso que si lanza risitas al
ver a escritores masculinos que llevan faldas invisibles, lo hace a costa de su
eterno peligro. No diré nada más sobre el particular. Este es precisamente el
tipo de confidencia del que es fácil sacar jugo y abusar. Es un milagro que no
seamos más cobardes por escrito de lo que somos.
De la voz de
Seymour, de su increíble caja bucal no puedo hablar en este momento. No tengo
espacio para tomar bastante distancia. Sólo diré por el momento, con mi Voz
Misteriosa tan poco atractiva, que su voz era el mejor instrumento musical que
en su absoluta imperfección yo haya escuchado jamás hora tras hora. Repito, sin
embargo, que quisiera aplazar el momento de seguir con su descripción completa.
Tenía la piel muy
oscura, pero nada cetrina y extraordinariamente limpia. Se pasó toda la
adolescencia sin un grano, cosa que me sorprendía e irritaba porque comía la
misma cantidad de porquerías —o lo que nuestra madre llamaba Comida Malsana
preparada por Gente Sucia que Nunca se Lava las Manos— que yo, bebía por lo
menos tantas gaseosas como yo y sin duda no se lavaba más que yo. Al contrario,
se lavaba bastante menos. Estaba tan ocupado en vigilar que todos —los mellizos
en especial— nos bañáramos con regularidad, que solía olvidarse de su turno. Lo
cual me lleva, no muy oportunamente, otra vez al tema de las peluquerías. Una
tarde que íbamos a cortarnos el pelo, se detuvo de repente en mitad de
Amsterdam Avenue! entre coches y camiones que pasaban rozándonos en todas
direcciones, y me preguntó, en tono muy sobrio, si me importaría hacerme cortar
el pelo sin él. Lo arrastré hasta el borde de la acera (quisiera tener una
moneda por cada vez que lo arrastré, de grande o de chico, hasta el borde de la
acera) y le dije que sí, decididamente. A él le parecía que no tenía el cuello
limpio. Pensaba ahorrarle a Mario, el peluquero, el espectáculo ofensivo de su
cuello sucio. A decir verdad, estaba sucio. No fue
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ni la primera ni la
última vez que se metió un dedo en la parte posterior del cuello de la camisa
para que yo me fijara. En general esa zona estaba tan cuidada como
correspondía, pero cuando no lo estaba, decididamente no lo estaba.
Ahora tengo que
acostarme. La jefa de las limpiadoras —una persona encantadora— viene al
despuntar el alba a pasar la aspiradora.
El horrible tema de
la ropa debería figurar en algún lado. Qué oportunidad maravillosa si los
escritores pudieran permitirse describir las ropas de sus personajes, prenda
por prenda, pliegue por pliegue. ¿Qué es lo que nos detiene? En parte la
tendencia a negar o a conceder al lector, a quien nunca hemos conocido, el
beneficio de la duda, lo primero cuando no confiamos en que se sepa tanto sobre
gentes y maneras como nosotros; lo segundo, cuando preferimos creer que no
dispone del mismo tipo de información minúscula y sofisticada que nosotros. Por
ejemplo, cuando voy al pedicuro y veo en la revista Peekaboo una
foto de cierto personaje público norteamericano, de tipo emprendedor —un astro
de cine, un político, un rector de universidad recién nombrado—, y el hombre
aparece en su casa con un sabueso a los pies, un Picasso en la pared y él mismo
con una chaqueta Norfolk, en general seré muy gentil con el perro y bastante
amable con Picasso, pero puedo ser insufrible para sacar conclusiones sobre
chaquetas Norfolk usadas por personajes públicos norteamericanos. Quiero decir
que si el personaje no me cae bien, la chaqueta le asestará el golpe final.
Supondré que sus horizontes se amplían demasiado rápido para mi gusto.
Sigamos. Ya grandes,
S. y yo vestíamos con un mal gusto horrible, cada uno a su manera. Es un poco
raro (no mucho, en realidad) que nos vistiéramos tan mal, porque le pequeños
andábamos bastante bien arreglados, creo. En el primer período de nuestra
carrera radiofónica Bessie nos compraba la ropa en De Pinna, en la Quinta
Avenida. Cómo descubrió de entrada tan compuesto y digno establecimiento, es lo
que todos se preguntan. Mi hermano Walt, que en vida fue un joven muy elegante,
creía que Bessie simplemente se lo había preguntado a un agente de policía. Una
suposición no muy descabellada puesto que cuando éramos chicos Bessie solía
plantear sus problemas más intrincados a lo que en Nueva York más se acercaba a
un oráculo druida: el agente de tráfico irlandés. En cierto sentido supongo que
la reputada suerte de los irlandeses algo tenía que ver con el descu-brimiento
de De Pinna por Bessie. Pero seguramente no todo, ni de lejos. Por ejemplo
(esto está fuera de la cuestión, pero es bonito), mi madre no fue nunca, en
ningún sentido conocido de la palabra, una lectora de libros. Sin embargo la he
visto entrar en uno de esos fastuosos palacios del libro en la Quinta Avenida a
comprar un regalo de cumpleaños para uno de mis sobrinos y salir, emerger con
la edición ilustrada de Al este del sol y al oeste de la
luna, de Kay Nielsen, y si la conocieras sabrías
que había tratado
como una dama, pero distante, al amable vendedor. Pero volvamos a la apariencia
que teníamos de jóvenes. Comenzamos a comprarnos la ropa, con independencia de
Bessie y el uno del otro, al principio de la adolescencia. Por ser el mayor, Seymour
fue el primero en bifurcar, por así decirlo, pero yo recobré el tiempo perdido
cuando me llegó la hora. Recuerdo que al cumplir los catorce años dejé caer la
Quinta Avenida como si fuera una patata caliente y me fui derecho a Broadway,
en especial a una tienda, allá por el cincuenta, donde los vendedores eran no
poco hostiles, pero por lo menos reconocían al elegante nato cuando lo veían
venir. Durante el último año de nuestra actuación conjunta en la radio —1933—
yo acudía a cada emisión nocturna con un traje cruzado gris claro de abultadas
hombreras, camisa azul marino de cuello alto tipo Hollywood y la más limpia de
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las dos corbatas
idénticas de algodón amarillo azafrán que tenía para las ocasiones formales en
general. Francamente, nunca me sentí tan bien con ninguna otra ropa. (Supongo
que ningún escritor jamás se deshace de sus viejas corbatas amarillo azafrán.
Tarde o temprano aparecen en su prosa y maldito lo que puede hacer al
respecto.) Por el contrario, Seymour elegía ropa maravillosamente adecuada. El
problema especial era que nada de lo que comprara —trajes y abrigos en
particular— era de su medida. Supongo que se escapaba, tal vez vestido a medias
y con marcas de tiza, cada vez que se le acercaba alguien del departamento de
retoques. Las chaquetas le quedaban cortas o le colgaban. Las mangas en general
o le llegaban al segundo nudillo del pulgar o se detenían en los huesos de la
muñeca. Los fundillos de los pantalones eran casi siempre lo peor. A veces eran
pasmosos, como si un trasero de talla 36 hubiera caído, cual un guisante en un
cesto, en un par de pantalones talla 42. Pero hay que considerar aquí otros aspectos
más formidables. Una vez que tenía sobre el cuerpo una prenda de vestir, se
olvidaba por completo de ella, salvo tal vez una vaga conciencia terrenal de
que técnicamente ya no estaba del todo desnudo. Y esto no era la sencilla señal
de una antipatía instintiva, o bien fundada, hacia lo que en nuestros círculos
se conocía por un tipo Bien Vestido. Lo acompañé una o dos veces a hacer
compras y, al recordarlo, pienso que adquiría la ropa con un leve, pero para mí
compensador grado de orgullo —como un joven brahmacharya o
novicio de la religión hindú eligiendo su primer taparrabos—. Ah, era una cosa
muy curiosa. Algo salía siempre mal con la ropa de Seymour justo en el momento
en que se la ponía. Podía estar de pie delante de un armario unos buenos tres o
cuatro minutos, inspeccionando el lado que le correspondía del corbatero, pero
uno sabía (si era lo bastante estúpido como para estar sentado
mirándolo) que una vez hecha la elección la corbata elegida estaba condenada. O
bien el futuro nudo estaba destinado a atravesarse en la V del cuello de la
camisa —las más de las veces solía quedar un centímetro por debajo del primer
botón—, o bien si el nudo potencial se deslizaba con justeza al lugar debido
entonces era seguro que se asomaba fatalmente por debajo de la parte de atrás
del cuello de la camisa un pedacito de seda, como la correa de los prismáticos
de un turista. Pero preferiría dejar este terri1 amplio y
difícil. Para abreviar, su ropa solía llevar a la familia al borde de la
desesperación. En realidad he trazado una descripción muy vaga. La
cosa podía tener toda clase de variantes. Sólo quisiera añadir, para abandonar
en seguida el tema, que puede ser una experiencia profundamente perturbadora el
estar, por ejemplo, de pie junto a una de las palmeras del Biltmore, a la hora
del cocktail, un día de verano, y ver a tu soberano que sube brincando la
escalera, alegre como unas pascuas dé verte, pero no del todo arreglado ni
abrochado.
Me gustaría seguir
con esto de subir brincando las escaleras, quiero decir, seguir a ciegas, sin
importarme un bledo dónde llegue. El subía saltando todas las escaleras. Se
abalanzaba por ellas. Rara vez lo vi subir una escalera de otro modo. Lo cual
me lleva —en forma oportuna, vamos a suponer —al tema del brío, el vigor y la
vitalidad. No puedo imaginar a nadie en estos tiempos (no me es fácil imaginar
a nadie en estos tiempos) —con la posible excepción de algunos estibadores
sumamente inseguros, unos pocos oficiales retirados del Ejército y la Marina y
muchos chicos preocupados por el tamaño de sus bíceps—, que todavía crea en las
antiguas y populares calumnias acerca de la Falta de Robustez de los poetas.
Sin embargo estoy dispuesto a insinuar (sobre todo desde que tantos militares y
machos cabales, amantes de la vida al aire libre, me consideran uno de sus
narradores favo-ritos) que se necesita una cantidad considerable de auténtico
vigor físico y no sólo de energía nerviosa y de férreo ego para llegar al
último borrador de un buen poema. Por desgracia es harto frecuente que un buen
poeta llegue a ser un mal guardián de su cuerpo, pero creo que en principio
suele estar provisto de uno muy servicial. Mi hermano era uno de
72
los seres más
infatigables que yo haya conocido. (De repente tengo conciencia del tiempo.
Todavía no es medianoche y ya estoy jugando con la idea de deslizarme hasta el
suelo y escribir esto en posición supina.) Acabo de darme cuenta de que nunca
vi bostezar a Seymour. Seguro que lo haría, pero yo nunca lo vi. Desde luego,
no por buena educación; en nuestra casa nadie se molestaba en contener los
bostezos. Sé que yo bostezaba con regulari-dad y dormía más que él. Pero
decididamente los dos fuimos poco dormilones de pequeños. Durante los años
intermedios de nuestra actuación en la radio sobre todo —quiero decir, los años
en que cada uno de nosotros llevaba por lo menos tres tarjetas de lector en el
bolsillo del pantalón, como viejos pasaportes maltrechos— había muy pocas
noches, noches escolares, en que las luces de nuestro
dormitorio se apagaran antes de las dos o tres de la madrugada,
salvo durante el breve y crucial intervalo posterior al toque de queda, en que
el Primer Sargento Bessie hacía su gira de inspección. Cuando Seymour estaba
entusiasmado con algo, investigando algo, era capaz, desde los doce años más o
menos, de pasarse dos o tres noches sin acostarse, y lo hacía sin que surgieran
huellas visibles o audibles de ello. La gran falta de sueño al parecer le
afectaba sólo la circulación: se le enfriaban las manos y los pies. A la
tercera noche seguida en vela, levantaba la vista por lo menos una vez de lo
que estuviera haciendo para preguntarme si no sentía una corriente de aire
terrible. (Nadie en la familia, ni siquiera Seymour, sentía una simple
corriente de aire. Todas las corrientes de aire eran terribles.) O se levantaba
de la silla o del suelo —dondequiera que estuviese leyendo, escribiendo o
meditando— e iba a ver si alguien había dejado abierta la ventana del cuarto de
baño. Aparte de mí, Bessie era la única persona de la casa que sabía cuándo
Seymour prescindía de dormir. Lo sabía por el número de pares de calcetines
contra las corrientes de aire que llevaba puestos. Cuando pasó de los pantalones
cortos a los largos, Bessie le levantaba siempre las botamangas para ver si
tenía dos pares de calcetines a prueba de corrientes.
¡Hoy soy mi propio
Vendedor de Arena! ¡Buenas noches! ¡Buenas noches a todos, exasperantes
introvertidos!
Muchos, muchos
hombres de mi edad y con las mismas entradas que yo que escriben sobre sus
hermanos muertos en una encantadora forma de semidiario nunca se molestan
siquiera en darnos fechas o en decirnos dónde están. Ningún
sentido de colaboración. He jurado no permitir que a mí me pase eso. Hoy es
jueves y estoy de vuelta en mi horrible silla.
Es la una menos
cuarto de la madrugada y aquí estoy sentado desde las diez, tratando, mientras
me ocupo del físico de Seymour, de encontrar una manera de presentarlo como
Atleta y como Jugador, sin irritar demasiado a todos los que odian los deportes
y los juegos. Me siento desalentado y disgustado, de veras, porque veo que no
puedo entrar en el tema sin comenzar con una disculpa. En primer lugar,
pertenezco a un Departamento de Inglés, dos de cuyos miembros por lo menos
están en vías de consagrarse como poetas modernos y el tercero es un crítico
literario considerado muy chic aquí en la académica Costa del
Este, una figura descollante entre los especialistas en Melville. Estos tres
hombres (como te puedes imaginar, tienen por mí, también, una gran debilidad)
se abalanzan de una manera a mi juicio demasiado pública, en la cumbre de la
temporada de béisbol, sobre el aparato de televisión y la botella de cerveza
fría. Por desgracia esta piedrita cubierta de hiedra es algo menos devastadora
por el hecho de que la arrojo desde un invernáculo. Toda mi vida he sido un
fanático del béisbol y no me cabe la menor duda de que hay dentro de mi cabeza
un
73
sector que debe
parecerse a una jaula de pájaros llena de pedacitos de viejas Páginas de
Deportes. En realidad (y considero que es la última palabra en materia de
relaciones íntimas entre lector y escritor) tal vez una de las razones por las
cuales, de niño, trabajé más de seis años consecutivos en la radio, fue porque
sabía informar a la Gente de Radiolandia sobre lo que habían hecho los
muchachos Waner en el curso de la semana o, lo que es más impresionante, era
capaz de decirles cuántas jugadas maestras había hecho Cobb en 1921, cuando yo
tenía dos años. ¿Soy todavía algo sensible en eso? ¿No habré hecho todavía las
paces con las tardes de mi juventud en que me escapaba de la Realidad por vía
del elevado de la Tercera Avenida para ir a refugiarme en el pequeño útero del
Campo de Polo? No puedo creerlo. Quizá sea en parte porque tengo cuarenta años
y pienso que ha llegado la hora de pedir a todos los jóvenes escritores
envejecidos que se vayan de las canchas de pelota y de las plazas de toros. No.
Yo sé —Dios mío, yo sé— por qué vacilo tanto en
presentar al Esteta como Atleta. No lo he pensado durante años y años, pero
ésta es la respuesta: Había además de S. y de mí en la radio un muchacho
excepcionalmente inteligente y agradable, un tal Curtis Caulfield, que murió después
durante uno de los desembarcos del Pacífico. Una tarde fue conmigo y con
Seymour al Central Park, donde descubrí que arrojaba la pelota como si tuviera
dos manos izquierdas —como lo hace la mayoría de las chicas, en una palabra— y
todavía veo la mirada de Seymour cuando oyó mi risotada crítica de macho.
(¿Cómo puedo explicar este tipo de análisis profundo? ¿Habré pasado del Otro
Lado? ¿Debo colgar el cartel?)
Fuera con eso.
S. amaba los deportes y los juegos, al aire libre o adentro, y
era en general espectacularmente bueno o espectacularmente malo, rara vez
mediano. Hace algunos años mi hermana Franny me informó que uno de sus Primeros
Recuerdos era el de haber estado en una cuna (como una infanta, deduzco),
viendo a Seymour jugar al ping-pong con alguien, en la sala de estar. Creo que
la cuna a que se refiere era una vieja, estropeada, con ruedas, en que su
hermana Boo Boo la llevaba tropezando en los umbrales de las puertas hasta
llegar al centro de las actividades. Sin embargo es más que posible que hubiera
visto jugar a Seymour al ping-pong y que su olvidado y al parecer incoloro
contrincante fuese yo mismo. Por lo general yo me aturdía hasta volverme totalmente
incoloro cuando jugaba al ping-pong con Seymour. Era exactamente como si la
propia Madre Kali estuviera del otro lado de la red, con sus muchos brazos y
mostrando los dientes en una sonrisa, sin interesarse especialmente en los
resultados. Disparaba, desviaba la pelota hacia arriba cada dos por tres, y de
cada cuatro tiros de Seymour, tres paraban en la red o se iban al diablo, fuera
de la mesa, de modo que el juego con él era de hecho sin devolución de la
pelota. Pero esto no parecía desviar su atención indivisa y se quedaba
sorprendido y disculpándose en forma abyecta cuando su contrincante se quejaba
al fin, amargo y a gritos, de tener que correr tras la pelota por toda la
maldita habitación, buscándola debajo de las sillas, el sillón, el piano y en aquellos
rincones asquerosos detrás de los anaqueles de libros.
Era igualmente
aplastante e igualmente atroz en el tenis. Jugábamos a menudo. Sobre
todo mientras yo cursaba el último año en la facultad de Nueva York. El ya
enseñaba en la misma institución y, en especial durante la primavera yo temía
sin disimulo que el tiempo fuera demasiado bueno porque sabía que algún joven
iba a caer a mis pies, como un trovador, con una nota de Seymour diciendo: «¿No
te parece un día maravilloso?, ¿y qué dirías de jugar un rato al tenis más
tarde?» Me negaba a jugar con él en las canchas de la universidad donde temía
que algunos de mis amigos o de los suyos —en especial algunos de sus más
sospechosos Kollegen— pudieran descubrirlo en acción, así que por
lo general íbamos a las Canchas de Rip, en la calle Noventa y Seis, uno de los
lugares más viejos donde solíamos reunimos. La más inútil de las estrategias
que yo había inventado consistía
74
en dejar a
propósito las zapatillas y la raqueta de tenis en casa, en lugar de dejarlas en
mi armario de la facultad. Tenía, sin embargo, una pequeña virtud. Por lo
general recibía una módica dosis de simpatía mientras me vestía para
encontrarme con él en la cancha y con bastante frecuencia uno de mis hermanos o
hermanas me acompañaba, compasivo, hasta la puerta para ayudarme a esperar el
ascensor. En todos los juegos de cartas, sin excepción —la pesca, el póquer, el
casino, los corazones, la solterona, el bridge, el slapjack, el veintiuno—, era
absolutamente intolerable. Sin embargo las partidas de pesca eran dignas de ser
observadas. Solía jugarlas con los mellizos cuando eran pequeños, y
constantemente les insinuaba que le preguntaran si tenía algunos cuatros o
valets, o tosía entre remilgos mostrando las cartas. En el póquer también era
un astro. Hacia el fin de mi adolescencia pasé por un corto período en que
jugué a ese juego de perdedor semiprivado, difícil de llevarse bien con los
demás, de convertirse en un buen tipo, y entonces solía invitar a casa a jugar
al póquer. Seymour participaba a menudo en esas sesiones. Había que hacer un
esfuerzo para no saber cuándo estaba lleno de ases porque, como dijo mi
hermana, se quedaba allí sentado con una sonrisa de oreja a oreja como un
Conejo de Pascua con un cesto lleno de huevos. Lo que es peor, cuando tenía una
escalera o un full o algo todavía mejor, era su costumbre no levantar la
apuesta, ni siquiera pedir que le mostrara las cartas a un compañero de mesa que
le caía simpático y que estaba allí sentado jugando con un par de dieces.
Era un fiasco en
cuatro de cada cinco deportes al aire libre. Cuando estábamos todavía en la
escuela primaria y vivíamos en la calle Ciento Diez y Riverside Drive, había,
en general por la tarde, algún tipo de juego para el cual cada bando elegía a
sus integrantes y se jugaba en los callejones (béisbol, hockey sobre patines) o
más a menudo en una extensión de césped, un terreno bastante grande que estaba
cerca de la estatua de Kossuth sobre Riverside Drive (fútbol o rugby). En el
fútbol o en el hockey, Seymour tenía la costumbre, poco agra-dable para sus
compañeros de equipo, de correr campo abajo —con frecuencia brillantemente— y
pararse de golpe en seco para darle al guardameta del bando enemigo el tiempo
de adoptar una posición invencible. Jugaba muy poco al rugby, casi nunca, salvo
cuando a uno u otro de los equipos le faltaba un hombre. Yo jugaba
constantemente. No me disgustaba la violencia; lo que pasa es que le tenía un
terror pánico, y entonces no me queda-ba más remedio que jugar; incluso organizaba
esos malditos partidos. En las pocas ocasiones en que Seymour participaba, era
imposible adivinar de antemano si iba a ser un valor real o un riesgo para sus
compañeros de bando. Las más de las veces era el primero en ser elegido por un
equipo, porque era un excelente esquivador y había nacido para correr con la
pelota. Si en medio de la cancha no se decidía de pronto a entregar su corazón
al del equipo contrario que lo atajaba, entonces era un valor real para su
bando. Pero, como he dicho, nunca se podía estar seguro de si iba a ayudar o a
perjudicar la causa. Una vez, en uno de los muy raros y sabrosos momentos en
que mis compañeros de equipo me permitieron, a regañadientes, que corriera con
la pelota alrededor de uno de los punteros, Seymour, que jugaba para el otro
bando, me desconcertó mostrándose extasiado de verme cargar en su dirección,
como si aquél fuera un encuentro inesperado, realmente providencial. Yo me paré
casi en seco y, claro, alguien me derribó como si fuera, por usar el idioma del
barrio, una pila de ladrillos. Soy demasiado largo en esta parte, lo sé, pero
no puedo detenerme ahora. Como dije, Seymour podía ser espectacularmente bueno
en algunos juegos. Imperdonablemente bueno. Con eso quiero decir que hay un
grado de excelencia en los juegos o deportes que nos provoca un resentimiento
especial cuando lo logra un adversario poco ortodoxo, un pobre tipo de
cualquier especie: el pobre tipo informe, el pobre tipo fanfarrón, o
simplemente el pobre tipo cien por cien norteamericano, lo cual incluye, desde
luego, toda la gama, desde el que usa equipo barato o inferior contra nosotros
con gran éxito,
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hasta el adversario
ganador con una cara innecesariamente feliz y buena. La Falta de Forma era sólo
uno de los crímenes de Seymour cuando destacaba en los juegos, pero era un
crimen importante. Estoy pensando sobre todo en tres juegos: el stoopball, las canicas
y el billar de bolsillo. (Tendré que hablar del billar en alguna ocasión. Para
nosotros no era un simple juego; era casi una reforma protestante. Hemos jugado
al billar antes o después de casi todas las crisis importantes de nuestra
juventud.) El stoopball es, para información del lector rural, un juego de
pelota que se juega con ayuda de los escalones de una casa o delante de un
edificio de apartamentos. Nosotros lo jugábamos arrojando una pelota de goma
contra alguna fantasía arquitectónica de granito —la mezcla favorita en
Manhattan de molduras es-tilo jónico griego y corintio romano— de la fachada de
la casa en que vivíamos, más o menos a la altura de la cintura. Si la pelota
rebotaba en la calle o en la acera de enfrente sin que la atrapara al vuelo
alguien del equipo opuesto, era un punto a favor, como en el béisbol- si era
atrapada —y es lo que por lo general ocurría—, el jugador que había arrojado la
pelota quedaba expulsado. Se anotaba un tanto sólo cuando la pelota había
volado lo bas-tante alto y con fuerza suficiente como para golpear en la pared
del edificio de la acera de enfrente sin ser atrapada al vuelo. En nuestro
tiempo algunas pelotas llegaban volando a la pared de enfrente, pero pocas tan
rápidas, bajas y bien disparadas como para que no pudieran ser atajadas al
vuelo. Seymour se anotaba un tanto casi cada vez que tiraba. Cuando le ocurría
a otro chico de la manzana, pasante en general por ser una casualidad,
agradable o desagradable, según el equipo a que perteneciera, pero en el caso
de Seymour lo que se consideraba una casualidad eran sus fracasos. Lo más
característico y que viene más al caso es que Seymour arrojaba la pelota como
nadie en el vecindario. El resto de nosotros, si usábamos la mano derecha, como
él, nos colocábamos un poco a la izquierda de la accidentada superficie de
choque y disparábamos la pelota con un fuerte movimiento de costado.
Seymour se situaba frente al sector decisivo y apuntaba
directamente hacia abajo —movimiento muy parecido a su
desagradable e ineficaz tiro alto en el ping-pong o en el tenis— y la pelota
subía rápido y zumbaba por encima de su cabeza con qué sólo apenas la agachara,
derecho a la tribuna, por así decirlo. Si intentabas imitarlo (ya fuese en
privado, ya siguiendo sus instrucciones decididamente entusiastas), o bien eras
expulsado o la maldita pelota volvía para darte en la cara. Hubo un momento en
que nadie de la manzana quería jugar al stoopball con él, ni siquiera yo.
Entonces, se pasaba muchas veces un buen rato explicándole las sutilezas del
juego a una de nuestras hermanas o hacía perfectas partidas solitarias en que
la pelota rebotaba en el edificio de enfrente y le volvía de tal modo que no
necesitaba cambiar de posición para atraparla. (Sí, ya sé, estoy haciendo una
montaña de todo esto, pero lo encuentro irresistible al cabo de casi treinta
años.) Era el mismo tipo infernal jugando a lo que llamábamos canicas «de
bordillo». En este juego, el primer jugador hace rodar o tira su canica cinco o
seis metros a lo largo del bordillo de la acera de un callejón donde no haya
coches estacionados, manteniéndola muy arrimada. El segundo jugador trata de
golpearla tirando desde el punto de partida. Conseguirlo era muy raro porque
bastaba cualquier cosa para no dar directamente en el blanco: las irregularidades
de la acera misma, un choque errado contra el bordillo, un pedazo de chicle,
cualquiera de las incontables porquerías que suele haber en las calles de Nueva
York, por no mencionar la común y silvestre mala puntería. Si el segundo
jugador erraba el primer tiro, su canica quedaba por lo general en una posición
muy vulnerable, cerca de la primera, para el segundo tiro del primer jugador.
El ochenta o noventa por ciento de las veces Seymour era imbatible en este
juego, fuese primero o segundo tirador. En los tiros largos torcía la canica
hacia la tuya en un arco bastante amplio. Aquí también su posición, su forma,
eran para volverse loco por lo irregulares. Cuando todos los de la manzana
hacían los tiros largos por lo bajo,
76
Seymour despachaba
la canica haciendo un pase de costado con el brazo, un poco como el que arroja
una piedra chata al agua. Y también aquí toda imitación era desastrosa. Jugar a
su manera era correr el riesgo de perder todo control eficaz de la canica.
Creo que una parte
de mi cerebro ha estado esperando vulgarmente lo que sigue. Hacía años y años
que no lo pensaba.
Un día, hacia el
final de la tarde, durante ese cuarto de hora un poco espeso en Nueva York en
que acaban de encenderse los faroles de las calles y se encienden las luces de
posición de los coches —unas sí y otras no—, yo estaba jugando a las canicas
con un chico llamado Ira Yankauer, en la acera más alejada de la calle lateral,
justo frente a la marquesina de nuestra casa de apartamentos. Yo tenía ocho
años. Aplicaba la técnica de Seymour, o trataba de aplicarla —el mismo pase de
costado, el mismo modo de torcer la canica en un amplio arco hacia la del otro—
y perdía constantemente. Constantemente, pero sin sufrir. Porque era ese
momento del día en que los chicos de Nueva York se parecen a los de Tiffin,
Ohio, que oyen silbar un tren a la distancia en el momento mismo en que la
última vaca regresa al establo. En ese mágico cuarto de hora, si pierdes
canicas, simplemente las pierdes. Creo que Ira también estaba suspendido en el
tiempo, y si fue así, todo lo que ganaba eran canicas. En ese silencio, en total
armonía con él, me llamó Seymour. Fue un choque agradable darse cuenta de que
había un tercero en el universo, y a este sentimiento se agregó la justeza de
que fuera Seymour. Di una vuelta completa y sospecho que Ira también. Las
brillantes bombillas de la marquesina de nuestra casa acababan de encenderse,
Seymour estaba de pie en el borde de la acera, mirándonos, balanceándose sobre
los arcos de los pies, las manos en los bolsillos del abrigo forrado con piel
de cordero. Con las luces de la marquesina detrás, su cara se veía oscura,
indistinta. Tenía diez años. Por la forma de balancearse en el borde de la
acera, por la posición de las manos, por, bueno, por razones x, supe
entonces, como lo sé ahora, que él también tenía una inmensa conciencia de la
hora. «¿No podrías tratar de no apuntar tanto? —me preguntó, siempre dé pie,
allí—. Si le das cuando apuntas, será pura casualidad.» Hablaba, se comunicaba,
pero sin romper el hechizo. Lo rompí yo. Deliberadamente.
«¿Cómo puede ser casualidad si apunto?», le
respondí en voz no muy alta (a pesar de las bastardillas), pero con algo más de
irritación en la voz de la que realmente sentía. No dijo nada por un momento,
siguió balanceándose sobre el bordillo, mirándome, lo supe de un modo
imperfecto, con cariño. «Porque es así —dijo—. Te alegrarás si
llegas a darle a la canica —la de Ira—, ¿no es cierto? ¿No es cierto que te alegrarás? Y
si te alegras al acertar con la canica de alguien, quiere decir que en el fondo
no tenías mayores esperanzas de conseguirlo. Así que tiene que
haber algo de casualidad, tiene que ser bastante accidental.» Bajó de la acera,
las manos siempre en los bolsillos del abrigo, y se nos acercó. Pero un Seymour
pensativo no cruzaba una calle crepuscular con rapidez, o no parecía hacerlo.
En aquella luz vino hacia nosotros como un barco de vela. Por lo contrario, el
orgullo es una de las cosas que más rápido se mueven en este mundo y antes de
llegar a dos metros de nosotros, le dije a Ira rápidamente: «De todos modos
está os-cureciendo», y di por terminado el juego.
Este último
pequeño pentimento, o lo que sea, me hizo transpirar
literalmente de pies a cabeza. Quiero un cigarrillo, pero el paquete está vacío
y no me siento capaz de levantarme de la silla. Oh, Dios, qué profesión noble
ésta. ¿Hasta qué punto conozco al lector? ¿Cuánto puedo decirle sin cohibirlo o
sin cohibirme innecesariamente? Le puedo decir esto: había en su mente un lugar
preparado para cada uno de nosotros. Hasta hace un instante yo había visto el
mío cuatro veces en mi vida. Esta es la quinta. Me voy a tender en el suelo una
media hora más o menos. Te ruego que me perdones.
77
Esto me suena
sospechosamente como la nota del programa de una función, pero después del
último y dramático párrafo, siento que me lo merezco. Han pasado tres horas. Me
he dormido en el suelo. (Me siento muy bien ahora, querida Baronesa.
Por Dios, ¿qué habrá pensado usted de mí? Permítame, se lo ruego, que llame
para que traigan una botellita de vino muy interesante. Es de mi viña, una viña
pequeña, y creo que usted podría...) Quisiera anunciar
—con la mayor rapidez posible— que cualquier cosa que haya sido lo que causó la
Molestia registrada hace tres horas, nunca he estado ni estoy ni estuve jamás
embriagado por mis facultades (mis modestas facultades, querida Baronesa) de
recordación total. En el instante en que me convertí o contribuí a convertirme
en una ruina chorreante, no prestaba estricta atención a lo que Seymour decía
ni al propio Seymour, si vamos al caso. Lo que en esencia me sorprendió, me
incapacitó, fue, creo, el hecho de darme cuenta de que Seymour es mi bicicleta
de Davega. La mayor parte de mi vida he estado esperando el momento de sentir
el menor deseo, por no hablar de la capacidad de cumplirlo, de regalar una
bicicleta de Davega. Me apresuro, por supuesto, a dar una explicación:
Cuando Seymour y yo
teníamos quince y trece años, salimos una tarde de nuestra habitación para
escuchar, creo, a Stoopnagle y Budd en la radio y nos encontramos en la sala de
estar con una gran conmoción, ominosamente tranquila. Había sólo tres personas:
papá, mamá y nuestro hermano Waker, pero tengo la impresión de que había otras
gentes, pequeñas gentes, escuchando desde muchos rincones secretos. Les estaba
terriblemente encendido, los labios de Bessie casi desaparecían de apretados y
nuestro hermano Waker — que en ese preciso instante, de acuerdo con mis
cálculos, tenía exactamente nueve años y catorce horas de edad— estaba de pie
cerca del piano, con pijama, descalzo, la cara bañada en lágrimas. Mi primer
impulso en las situaciones familiares de este tipo era escapar, pero como
Seymour no parecía dispuesto a irse, yo también me quedé. Les, con vehemencia
en parte contenida, empezó a someter a Seymour la parte actora. Aquella mañana,
como ya sabíamos, Waker y Walt habían recibido como regalo de cumpleaños dos
bicicletas iguales, hermosas y muy por encima de nuestro presupuesto, de doble
manubrio, a rayas rojas y blancas, las mismas expuestas en el escaparate de la
Tienda Davega de Artículos de De-portes situada en la calle Ochenta y Seis,
entre Lexington y Tercera, que ambos habían admirado en forma abierta durante
casi todo el año. Unos diez minutos antes de que Seymour y yo saliéramos del
dormitorio. Les había descubierto que la bicicleta de Waker no estaba guardada
en el sótano de nuestra casa, junto con la de Walt. Esa tarde, en Central Park,
Waker había regalado su bicicleta. Un chico desconocido («un pobre diablo a
quien nunca había visto en la vida-») se le acercó y le pidió
la bicicleta y Waker se la dio. Claro, ni Les ni Bessie ignoraban «las
excelentes, generosas intenciones de Waker», pero los dos veían también los
detalles de la transacción con su propia, inexorable lógica. Lo que en sustancia
creían que Waker debía haber hecho —y Les repitió su opinión con gran
vehemencia para Seymour— era hacerle dar al chico una linda y larga vuelta en
la bicicleta. Aquí Waker interrumpió, lloriqueando. El chico no había
tenido nunca una bicicleta; siempre había querido tener
una. Miré a Seymour. Estaba empezando a excitarse. Iba ad-quiriendo el aire de
alguien bien intencionado, pero completamente incapaz de arbitrar en una
disputa tan difícil como aquélla, y yo sabía, por experiencia, que la paz
volvería a reinar de modo milagroso en nuestra sala de estar. («El sabio se
siente lleno de ansiedad e indecisión cuando emprende algo, por eso tiene
siempre buen éxito.» Libro XXVI de los
78
Textos de
Chuang-tsé.) No voy a describir (por una vez) en detalle cómo Seymour —y debe
de haber alguna manera mejor de explicarlo, pero no la conozco— logró, con una
competencia desatinada, llegar al fondo del asunto, de modo que unos instantes
después, los tres guerreros se dieron un beso e hicieron las paces. Mi
verdadero parecer es, aquí, obviamente personal y creo que ya lo he dicho. Lo
que Seymour me dijo —o mejor dicho, las instrucciones que me dio— aquella tarde
de las canicas, en 1927, me parece oportuno e importante y creo que estoy
obligado a comentarlo un poco. Por chocante que parezca, creo que es más útil e
importante a sus ojos, en este intervalo, que el hecho de que el melancólico
hermano de Seymour, edad: cuarenta años, reciba al fin de regalo una bicicleta
Davega para poder darla de preferencia al primero que se la pida. Me descubro
reflexionando, meditando, si será tan correcto pasar
de un sutil punto seudometafisico, por minúsculo y personal que sea, a otro,
por vital e impersonal que sea. Quiero decir, sin demorarse primero, sin
apoyarse un poco en el estilo verboso al que estoy acostumbrado. De todos
modos, ahí va: cuando me estaba dando instrucciones desde el bordillo de la
acera de enfrente para que dejara de apuntar con mi canica a la de Ira Yankauer
—y por favor, recuerden que tenía diez años— creo que instintivamente iba
acercándose a algo muy próximo en espíritu al tipo de instrucciones que daría
en Japón un maestro de arco cuando prohíbe al empeñoso y joven alumno que
apunte al blanco antes de disparar la flecha, quiero decir, cuando el maestro
le permite, por así decirlo, Apuntar, pero sin apuntar. Sin embargo, preferiría
dejar el tiro al arco Zen y el Zen mismo fuera de esta nimia disertación, en
parte porque sin duda el Zen va convirtiéndose rápidamente, para el oído
perspicaz, y con bastante razón, aunque sea superficial, en una palabra casi
indecente, sectaria. (Digo superficial, porque el Zen puro sin duda sobrevivirá
a sus defensores occidentales que, en principio, parecen confundir su casi
doctrina del Desapego con una invitación a la indiferencia espiritual, y aun a
la insensibilidad, y que, es evidente, no vacilan en derribar a Buda sin
adquirir primero un puño de oro. El Zen puro, ¿es necesario añadirlo? —y creo
que sí, al paso que voy— seguirá existiendo cuando los esnobs como yo hayan
desaparecido.) Pero sobre todo preferiría no comparar el consejo de Seymour
acerca de las canicas con el tiro al arco Zen, tan sólo porque no soy ni un
arquero Zen ni un budista Zen, ni siquiera un adepto del Zen. (¿Estaría fuera
de lugar decir que las raíces de Seymour y las mías en la filosofía oriental —
si, vacilando, miedo hablar de «raíces»— estaban, están plantadas en el Nuevo y
Viejo Testamento, en el Advaita Vedanta y el Taoísmo clásico? Tiendo a
considerarme, si puedo usar algo tan dulce como un nombre oriental, un Karma
Yogin de cuarta categoría, tal vez condimentado con un poco de Jnana Yoga. La
literatura clásica Zen me atrae profundamente, tengo el tupé de dar una clase
sobre ella y sobre los escritos del Budismo Mahayana una noche por semana en la
facultad, pero mi vida no podría ser menos Zen de lo que es, y por lo poco que
he podido aprehender —elijo este verbo con cuidado— de la experiencia Zen, ha
sido la consecuencia de seguir mi propio camino, bastante normal, de falta de
Zen. En general, porque Seymour me había rogado literalmente que lo hiciera, y
nunca lo vi equivocarse en esos asuntos.) Felizmente para mí, y es probable que
para todos, no creo que sea necesario traer aquí el Zen. El método para jugar a
las canicas que Seymour me había recomendado por pura intuición puede
relacionarse de una manera legítima y nada oriental, diría yo, con el refinado
arte de lanzar una colilla de cigarrillo a un cesto situado en el otro extremo
de la habitación. Un arte, creo, en el que la mayoría de los fumadores
masculinos son verdaderos maestros sólo cuando no les importa un bledo si la
colilla llega o no al cesto, o cuando no hay testigos en la sala incluyendo,
por así decirlo, al mismo disparador de colillas. Me esforzaré en no rumiar
este ejemplo, por delicioso que me parezca, pero creo oportuno añadir —para
volver momentáneamente a las canicas— que
79
después de lanzar
una canica, Seymour era pura sonrisa al oír el chasquido del cristal en el
cristal, pero nunca veía claro quién era el ganador anunciado
por el chasquido. Y también es un hecho que casi siempre alguien tenía que
levantar la canica que él había ganado para dársela.
Gracias a Dios esto
está terminado. Puedo asegurarte que yo no lo había pedido.
Creo —sé—
que ésta va a ser mi última anotación «física». Quisiera que fuese
razonablemente divertida. Me encantaría despejar el ambiente antes de irme a
dormir.
Es una anécdota, lo
creas o no, pero sigo adelante con ella: a los nueve años, más o menos, yo
tenía la agradable convicción de ser el Corredor Más Rápido del Mundo. Es un
tipo de vanidad curiosa, básicamente fuera de programa, quiero añadir, de la
que es difícil deshacerse y aun hoy, que soy un cuarentón supersedentario, me
imagino a mí mismo, en ropa de calle, pasando rápidamente a
varios distinguidos, pero sofocados corredores olímpicos y saludándolos con la
mano, amistoso, sin un dejo de condescendencia. De todos modos, una hermosa
noche de primavera, cuando vivíamos aún en Riverside Drive, Bessie me mandó a
la tienda a comprar un kilo de helado. Salí del edificio justo en el mismo
cuarto de hora mágico que acabo de describir unos párrafos más atrás. Igualmente
fatal para el relato de esta anécdota, llevaba puestas las zapatillas —que son,
para cualquiera que sea el Corredor Más Rápido del Mundo, casi lo que las
zapatillas rojas para la niñita del cuento de Hans Christian Andersen—. Una vez
fuera del edificio, me convertí en el mismo Mercurio,
y emprendí una
«fabulosa» carrera por la larga manzana hasta Broadway. Di la vuelta en la
esquina de Broadway sobre una rueda y seguí corriendo, haciendo lo
imposible: aumentando la velocidad. La tienda que vendía los
helados elegidos por Bessie quedaba tres manzanas al norte, en la calle Ciento
Trece. A medio llegar, pasé volando por la librería donde siempre comprábamos
diarios y revistas, pero a ciegas, sin ver a ningún conocido ni familiar en las
cercanías. De repente, más o menos una manzana después, oí atrás ruido de pasos
que me seguían. Mi primer pensamiento, tal vez típico de un neoyorquino, fue
que me perseguía la policía acusándome, posiblemente, de Batir Récords de
Velocidad en una Zona no Escolar. Hice un esfuerzo para obtener un poco más de
velocidad de mi cuerpo, pero fue inútil. Sentí que una mano me atrapaba y me
sujetaba del jersey justo en el lugar donde debían estar los números del equipo
ganador y, bastante asustado, aflojé el paso con torpeza y me detuve. Mi
perseguidor era, por supuesto, Seymour, que también parecía bastante asustado.
«¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido?», me preguntó
con frenesí. Todavía me tenía sujeto del jersey. Me solté de un
tirón y le informé, en el lenguaje bastante escatológico del barrio, que me
guardaré de repetir aquí textualmente, que no había pasado nada, qué
caray, simplemente iba corriendo. Su alivio fue prodigioso.
«Viejo, qué susto me diste! —dijo—. ¡Uf, cómo te movías! ¡Casi no podía
alcanzarte!» Y así fuimos juntos, caminando, a la tienda. Tal vez sea extraño,
tal vez no, que el estado de ánimo del que ahora era el Segundo Corredor Más
Rápido del Mundo no fuese muy bajo. En primer lugar, él me
había pasado. Además yo estaba muy ocupado en observar que Seymour jadeaba
mucho. Era curioso y divertido verlo jadear.
He terminado con
esto. O mejor dicho, esto ha terminado conmigo. En esencia, mi mente siempre se
ha negado a cualquier tipo de final. ¿Cuántos cuentos habré roto desde chico
sólo porque tenían lo que el viejo acusador de Chejov, Somerset Maugham, llama
un Comienzo, un Medio y un Fin? ¿Treinta y cinco? ¿Cincuenta? Una de las mil
razones por las que dejé de ir al teatro a los veinte años es que me reventaba
la idea de tener que salir de la sala simplemente porque al autor se le
antojara bajar el estúpido telón. (¿Qué habrá pasado con el recio y pesado
Fortinbras? ¿Quién pudo por fin acabar con él?) Sin embargo,
aquí he terminado. Hay una o dos observaciones fragmentarias de tipo físico que
me hubiera gustado
80
hacer, pero siento
que ha llegado mi hora. Además, son las siete menos cuarto y
tengo una clase a las nueve. Justo el tiempo para echar un sueñecito de media
hora, afeitarme y tal vez tomar un frío y vivificante baño. Siento un impulso
—más bien un viejo reflejo urbano que un impulso, Dios sea loado— que me mueve
a decir algo levemente cáustico acerca de las veinticuatro muchachas que acaban
de volver de un formidable fin de semana en Cambridge, o en Hannover, o en New
Haven, y que estarán esperándome en el aula 307, pero no puedo terminar una
descripción de Seymour —aunque sea una mala descripción, aunque sea una
descripción en la que mi ego, mi codicia constante por compartir con él la
cabeza de la cartelera, aparezca en todo lo que digo—, sin tener conciencia de
lo bueno, de lo verdadero. Esto es demasiado importante para decirlo (así que
soy el único hombre que puede decirlo), pero no soy el hermano de mi hermano
porque sí y sé —no siempre, pero sé— que nada de lo que haga es más
importante que ir a esa horrible aula 307. Ninguna de las chicas que allí me
esperan, incluyendo la Terrible Señorita Zabel, es menos mi hermana que Boo Boo
o Franny. Quizá brillen con toda la información errónea de los tiempos, pero
brillan. Este pensamiento me aniquila: no hay lugar donde quisiera ir ahora mismo
más que al aula 307. Seymour dijo en una oportunidad que todo lo que nacemos en
la vida es ir de un pedazo de Tierra Santa a otro. ¿No se equivoca nunca? Ahora
vete a la cama. Rápido. Rápido y lenta-mente.▄

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