© Libro N° 13818. Franny &
Zooey. Salinger, J.D.
Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © FRANNY AND ZOOEY
Traducción:
Pilar Giralt
Versión
Original: © Franny & Zooey. J.D.
Salinger
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
FRANNY & ZOOEY
J.D. Salinger
Franny & Zooey
J.D. Salinger
Título original:
FRANNY AND ZOOEY Traducción: Pilar Giralt
1.a edición: abril,
1978
La presente edición
es propiedad de Editorial Bruguera, S. A.
Mora la Nueva, 2.
Barcelona (España)
© J. D.
Salinger - 1955, 1957, 1961
Printed in Spain
ISBN 84-02-05667-9
Depósito legal: B.
10.229-1978
Impreso en los
Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S.
Carretera Nacional
152, Km 21,650
Farets del Valles
(Barcelona) – 1978
Scan y Corrección
electrónica: Colectivo Rubén Vizcaino Valencia
Lo más cerca
posible del espíritu de Matthew Salinger, de un año de edad, cuando insta a un compañero
de mesa a que acepte un frijol frío, insto yo a mi editor, mentor y (Dios le
ayude) mejor amigo, William Shawn, genius domus de The New Yorker,
amante de la probabilidad remota, protector de los poco prolíficos, defensor de
los extravagantes sin remedio, el más insensatamente modesto de los grandes
editores-artistas natos, a aceptar este bonito libro de aspecto descuidado.
-
FRANNY
Aunque con un sol
brillante, el tiempo de la mañana del sábado volvió a ser tiempo de abrigo, y
no solo de abrigo ligero, como había sido toda la semana y como todo el mundo
esperaba que continuase durante el gran fin de semana, el fin de semana del
partido de Yale. De los más o menos veinte jóvenes que aguardaban en la
estación la llegada de sus parejas en el tren de las diez cincuenta y dos, sólo
seis o siete se encontraban en el frío andén al aire libre. El resto estaba
diseminado en pequeños grupos de dos, tres y cuatro, sin sombrero y envueltos
en el humo de la sala de espera con calefacción, hablando con voces que, casi
sin excepción, sonaban universitariamente dogmáticas, como si cada uno de
ellos, en su turno estridente dentro de la conversación, estuviera aclarando de
una vez por todas una cuestión altamente polémica que el mundo exterior, no
matriculado, hubiese discutido en vano durante siglos, provocativa-mente o no.
Lane Coutell, con
una gabardina Burberry provista al parecer de un forro de lana abotonado en su
reverso era uno de los seis o siete muchachos que estaban en el andén descubierto. O, mejor dicho, era y no era uno de ellos. Durante
diez minutos o más se había mantenido deliberadamente fuera del alcance de la
conversación de los otros jóvenes, de espaldas al exhibidor de libros de la
Ciencia Cristiana libre, con las manos sin guantes en los bolsillos de la
gabardina. Llevaba una bufanda de cashmere marrón que se le había ido cuello
arriba, dejándole casi sin protección contra el frío. De pronto, y con ademán
ausente, sacó la mano derecha del bolsillo de la gabardina y empezó a ajustar
la bufanda, pero antes de haberlo hecho, cambió de opinión y usó la misma mano
para meterla dentro de la gabardina y extraer una carta del bolsillo interior
de la chaqueta. Empezó a leerla inmediatamente, con la boca entreabierta.
La carta estaba
escrita —a máquina— en papel de notas de color azul pálido. Tenía un aspecto
manoseado, de cosa ajada, como si ya la hubieran sacado del sobre varias veces,
para releerla.
martes, creo
Queridísimo Lane:
no tengo idea de si
podrás descifrar esto, pues el ruido en el dormitorio es absolutamente
increíble esta noche y apenas puedo oírme pensar. Por lo tanto, si incurro en
alguna falta de ortografía, sé gentil y ten la bondad de pasarla por alto. A
propósito, he seguido tu consejo y recurrido mucho al diccionario últimamente,
así que si eso entorpece mi estilo, tú tienes la culpa. Sea como sea, acabo de
recibir tu encantadora carta y te quiero hasta el frenesí, la locura, etc., y
apenas puedo esperar al fin de semana. Es una lástima que no me hayas
encontrado sitio en Croft House, pero en realidad no me importa dónde me aloje
con tal de que esté caliente, no tenga chinches y pueda verte de vez en cuando,
es decir, a cada minuto. Estoy algo loca últimamente. Adoro toda tu carta, en
especial la parte sobre Eliot. Creo que estoy empezando a despreciar a todos
los poetas excepto a Safo. La he leído con furor, y no hagas ninguna
observación vulgar, te lo ruego. Es posible que incluso escriba sobre ella en
mi composición del examen trimestral, si decido batallar por una distinción y
si logro que me lo permita el imbécil que me han asignado como consejero. «El
delicado Adonis se está muriendo, Citerea, ¿qué haremos? Golpead vuestros
pechos, doncellas, y rasgad vuestras túnicas.» ¿No es maravilloso?
Y, además, escribe así sin interrupción. ¿Me quieres? No lo dices
ni una vez en tu horrible carta. Te odio cuando eres un supermacho sin remedio
y retiscente (¿ort.?). No es que te odie de verdad, pero por
naturaleza estoy en contra de los hombres fuertes y silenciosos. Tampoco es que
tú no seas fuerte, pero ya sabes a qué me refiero. Hay un ruido aquí que apenas
puedo oírme pensar. De todos modos, te quiero y necesito enviar esto por correo
urgente para que lo recibas con mucha anticipación, suponiendo que encuentre un
sello en este manicomio. Te quiero te quiero te quiero. ¿Te has dado cuenta de
que sólo he bailado contigo dos veces en once meses? Sin
contar aquella vez en el Vanguard, cuando estabas tan achispado. Probablemente
seré tímida sin remedio. A propósito, te mataré si haces alguna alusión a esto.
¡Hasta el sábado, florecita mía!
Con todo mi amor,
Franny
P.D. Papá ha
recibido su radiografía del hospital y todos sentimos un gran alivio. Es un
tumor, pero no maligno. Anoche hablé con mamá por teléfono. A propósito, te
envía recuerdos, así que ya puedes estar respecto a aquella noche del viernes-
Creo que ni siquiera nos oyeron entrar.
2
P. P. D. Sueno tan
poco inteligente y tan retrasada mental cuando te escribo. ¿Por qué? Te doy
permiso para analizarlo. Limitémonos a tratar de divertirnos mucho este fin de
semana. Quiero decir, si es posible, por una vez, no tratemos de analizarlo
todo hasta el fondo, especialmente a mí. Te quiero.
Frances (su marca)
Lane estaba más o
menos a la mitad de esta especial lectura de la carta, cuando fue interrumpido
—importunado, acosado— por un joven corpulento llamado Ray Sorenson, que quería
saber si Lane sabía de qué trataba ese bastardo de Rilke. Tanto Lane como Sorenson
estaban en el curso de Literatura Europea Moderna 251 (sólo abierto para
estudiantes de último año y graduados), y tenían asignada la Cuarta de
las Elegías de Duino de Rilke. Lane, que conocía someramente a
Sorenson, pero sentía una aversión vaga y categórica hacia su
rostro y sus modales, guardó la carta y dijo que no lo sabía, pero que creía
haber entendido la mayor parte.
—Tienes suerte
—observó Sorenson—. Eres un hombre afortunado. —Su voz contenía apenas un
rastro de vitalidad, como si se hubiera acercado a hablar con Lane por
aburrimiento o impaciencia, y no por deseo de mantener una conversación con un
congénere—. Caramba, hace frío —comentó, sacando del bolsillo un paquete de
cigarrillos.
Lane advirtió una
marca de lápiz labial, pálida pero bastante evidente, en la solapa del abrigo
de pelo de camello de Sorenson. Tenía el aspecto de haber estado allí durante
semanas, tal vez meses, pero no conocía a Sorenson lo suficiente como para
mencionarlo, ni, por otra parte, le importaba un comino. Además, el tren ya
llegaba. Ambos muchachos dieron una especie de medio giro a la izquierda para
ponerse de cara a la locomotora que se acercaba. Casi al mismo tiempo se abrió
con estrépito la puerta de la sala de espera, y los muchachos que habían
disfrutado de su calor empezaron a salir para recibir al tren; en su mayoría,
daban la impresión de llevar al menos tres cigarrillos encendidos en cada mano.
El propio Lane
encendió un cigarrillo mientras el tren entraba en la estación. Entonces, como
muchas personas a quienes, tal vez, sólo debería expedirse un muy condicional
billete de andén, intentó borrar de su rostro toda expresión que, con toda
sencillez, quizá incluso bellamente, pudiera revelar sus sentimientos hacia la
persona que llegaba.
Franny fue una de
las primeras muchachas que bajaron del tren, desde un vagón situado en el
extremo norte del andén. Lane la localizó inmediatamente, y pese a lo que
estuviera tratando de hacer con su rostro, el brazo que se elevó en el aire fue
toda la verdad. Franny vio ese brazo, y también a Lane, y agitó la mano en un
movimiento extravagante. Llevaba un abrigo de mapache de pelo recortado, y
Lane, caminando hacia ella a toda prisa, pero con un gesto de quien avanza con
lentitud, se explicó a sí mismo con reprimida excitación que él era el único
del andén que realmente conocía el abrigo de Franny. Recordó
que una vez, después de besar a Franny durante una media hora en un coche
prestado, le había besado la solapa del abrigo, como si fuese una extensión
orgánica, perfectamente deseable, de su propia persona.
— ¡Lane! —saludó
Franny, gozosamente: no era partidaria de borrar la expresión de su rostro. Le
echó los brazos al cuello y le besó. Fue un beso de andén, lo bastante
espontáneo en el primer impulso, pero algo inhibido después y convertido casi
en un golpe de frente—. ¿Has recibido mi carta?
— ¿Qué carta?
—inquirió Lane, cogiendo su maleta. Era azul marino con ribetes de piel blanca,
como otra media docena de maletas que acababan de ser bajadas del tren.
— ¿No la has
recibido? La eché al correo el miércoles. ¡Oh, Dios mío! Yo misma fui a
echarla...
—Oh, aquélla. Sí.
¿Este es todo tu equipaje? ¿Qué libro es ése?
3
Franny miró su mano
izquierda. Asía un libro pequeño, encuadernado en tela verde pálido.
— ¿Este? Oh, uno
cualquiera —contestó.
Abrió el bolso y
metió el libro dentro, y siguió a Lane por el largo andén hacia la parada de
taxis. Le cogió del brazo y llevó casi toda la conversación, si no toda. Dijo
algo, primero, sobre un vestido que tenía en la maleta y debía ser planchado.
Se había comprado una plancha pequeña, muy bonita, que parecía para una casa de
muñecas, pero había olvidado traerla. Dijo que no creía haber conocido a más de
tres chicas en el tren —Martha Ferrar, Tippie Tibbett y Eleanor no sé cuánto, a
quien conoció tres años atrás, en su día de internado, en Exeter o un sitio
parecido. Todas las demás pasajeras del tren, dijo Franny, tenían un aspecto
muy Smith, excepto dos, de tipo absolutamente Vassar y una absolutamente Bennington
o Sarah Lawrence. La de tipo Bennington-Sarah Lawrence daba la impresión de
haber pasado todo el viaje en el retrete, esculpiendo, pintando o algo por el
estilo, o de llevar leotardos bajo el vestido. Lane, mientras andaba de prisa,
dijo que le parecía lamentable no haber podido alojarla en Croft House —era
imposible, naturalmente—, pero le había encontrado este lugar, muy agradable y
cómodo. Pequeño, pero limpio y todo lo demás. Le gustaría, añadió, y Franny
tuvo de inmediato la visión de una casa de huéspedes de maderas blancas. Tres
chicas que no se conocían en una sola habitación. La que llegara antes
conseguiría el sofá cama plegable, las otras dos compartirían una cama de
matrimonio con un colchón absolutamente fantástico.
---Estupendo —dijo
con entusiasmo.
A veces le era
dificilísimo ocultar su impaciencia ante la ineptitud general del macho de la
especie y la de Lane en particular. Recordó una noche lluviosa en Nueva York,
justo después del teatro, cuando Lane, con un sospechoso exceso de caridad
callejera, se dejó quitar el taxi por aquel hombre verdaderamente horrible
vestido de smoking. A ella no le importó demasiado —es decir, Dios
mío, sería espantoso tener que ser hombre y verse obligado a buscar taxis
bajo la lluvia—, pero recordaba la mirada realmente horrible y hostil que Lane
le dirigió al volver a la acera. Ahora, sintiendo una extraña culpabilidad al
pensar en esto y en otras cosas, dio al brazo de Lane un apretón especial de
afecto simulado. Los dos subieron a un taxi. La maleta azul marino de ribetes
blancos fue colocada junto al chófer.
—Dejaremos la
maleta y lo demás en el sitio donde vas a alojarte, sólo echarlas detrás de la
puerta, y entonces nos iremos a almorzar —dijo Lane—. Estoy muerto de hambre.
—Se inclinó hacia delante y dio una dirección al chófer.
— ¡Oh, es
maravilloso verte! —exclamó Franny mientras el coche arrancaba—. Te he echado
mucho de menos.
En cuanto hubo
pronunciado las palabras se dio cuenta de que no correspondían en absoluto a la
verdad. Sintiéndose culpable otra vez, tomó la mano de Lane y, enérgica y
efusiva, entrelazó sus dedos con los de él.
Alrededor de una
hora después, los dos estaban sentados ante una mesa relativamente aislada de
un restorán llamado Sickler's, en el barrio comercial, un lugar muy en boga en
especial entre el grupo intelectual de estudiantes universitarios. —Más o menos
esos mismos estudiantes que de haber acudido a Yale o Harvard hubieran alejado
a sus parejas de Mory's o Cronin's con aire demasiado casual. Podía decirse que
Sickler's era el único restorán de la ciudad donde los bistecs no eran «así de
gruesos» — con el pulgar y el índice puestos a una distancia de dos centímetros
y medio. La
4
especialidad de
Sickler's eran los caracoles. Sickler's era el lugar donde un estudiante y su
pareja pedían sendas ensaladas o, habitualmente, ninguno de ellos la pedía,
debido a su aliño con ajo. Tanto Franny como Lane bebían martini. Diez o quince
minutos antes, cuando se los habían servido, Lane probó el suyo, y entonces se
apoyó en el respaldo y paseó la mirada por el comedor con un sentimiento casi
palpable de bienestar, por encontrarse (sin duda estaba seguro de que nadie lo
discutiría) en el lugar apropiado y en compañía de una muchacha impecablemente
bonita —una muchacha que no sólo era de una belleza extraordinaria sino que
además, y esto era aún mejor, de un modo categórico no pertenecía al tipo de
suéter de cashmere y falda de franela. Franny había visto esta pequeña y
momentánea revelación, y la tomó por lo que era, ni más ni menos. Pero por un
convenio antiguo y permanente con su psique, optó por sentirse culpable de
haber comprendido la circunstancia, y se sentenció a sí misma a escuchar la posterior
charla de Lane con una expresión especialmente atenta.
Lane hablaba ahora
como lo hace una persona que ha monopolizado la conversación durante un buen
cuarto de hora y cree que ha alcanzado un punto en que su voz no puede cometer
el menor error.
—Quiero decir,
hablando crudamente —estaba diciendo—, que podría asegurarse que carece de
testicularidad. ¿Sabes a qué me refiero?
Se encorvaba
retóricamente hacia delante, hacia Franny, su receptivo auditorio, con los
antebrazos apoyados a ambos lados de su martini.
--¿Carece de qué?
—preguntó Franny. Tuvo que carraspear antes de hablar;
hacía tanto rato
que no decía nada.
Lane titubeó.
—Masculinidad
—dijo.
—Ya te he oído la
primera vez.
--En cualquier
caso, éste era el asunto, por decirlo así. Es lo que he intentado resaltar de
un modo bastante sutil --dijo Lane, siguiendo muy de cerca el hilo de su propia
conversación—. Quiero decir, Dios mío, que pensé de verdad que iba
a pasar de largo, como un maldito balón de plomo, y cuando lo recuperé con esta
maldita «A» encima, en letras de casi dos metros de altura, te juro que casi me
desmayé.
Franny volvió a
carraspear. Al parecer, había cumplido totalmente su sentencia autoimpuesta de
ser una oyente buena y sin trampas. — ¿Por qué? —preguntó. Lane se interrumpió
apenas: — ¿Por qué, qué?
— ¿Por qué pensaste
que iba a pasar de largo como un balón de plomo? —Acabo de decírtelo. Te lo he
explicado hace un momento. Ese tipo Brughman
es un gran
estudioso de Flaubert. O por lo menos yo creía que lo era.
—Oh —dijo Franny.
Sonrió y bebió un sorbo de martini--. Es maravilloso — añadió, mirando la
copa—. Me alegro mucho de que no sea veinte por uno. Los odio cuando son
absolutamente todo ginebra.
Lane asintió.
—En cualquier caso,
creo que tengo ese maldito papel en mi habitación. Si tenemos una oportunidad
durante el fin de semana, te lo leeré.
—Maravilloso. Me
encantaría escucharlo.
Lane asintió de
nuevo.
—Quiero decir que
no dije nada para asombrar al mundo ni nada parecido. — Cambió de posición en
la silla—. Pero... no sé, creo que el énfasis que puse en el por qué de
su neurótica atracción por el mot juste no estuvo nada mal. Me
refiero a la luz de lo que hoy día sabemos. No sólo el
psicoanálisis y toda esa basura, aunque influya hasta un cierto punto. Ya sabes
a qué me refiero. No soy partidario de Freud ni nada por el estilo, pero hay
ciertas cosas que no se pueden calificar de freudianas con una F
5
mayúscula y
olvidarse de ellas. Quiero decir que hasta cierto punto creo haber estado
perfectamente justificado para señalar que ninguno de los muchachos realmente
buenos (Tolstoi, Dostoyevski, Shakespeare, por el amor de Dios) fue
tan maldito componedor de palabras. Se limitaron a escribir. ¿Sabes
a qué me refiero?
Lane miró a Franny
con cierta expectativa. Le parecía que le había escuchado con una atención
extra especial.
— ¿Te vas a comer
la aceituna o no?
Lane echó una breve
mirada a su copa de martini, y después volvió a mirar a Franny.
—No —repuso con
frialdad—. ¿La quieres?
—Si tú la dejas
—dijo Franny.
Sabía por la
expresión de Lane que había hecho una pregunta inoportuna. Y lo que era peor,
supo de repente que no quería la aceituna y se extrañó de haberla pedido.
Pero, cuando Lane le alargó su copa de martini, no pudo hacer nada excepto
aceptar la aceituna y comerla con aparente deleite. Entonces cogió un
cigarrillo del paquete que Lane tenía sobre la mesa, y él se lo encendió y
encendió otro para sí mismo.
Tras la
interrupción de la aceituna se produjo un corto silencio en la mesa. Cuando
Lane lo rompió, fue porque era incapaz de guardarse una frase ingeniosa ni
siquiera por un instante.
—Ese tipo Brughman
cree que debería publicar el maldito papel en alguna parte —dijo de improviso—.
Pero no sé qué hacer. —Entonces, como si de pronto se sintiera exhausto o, más
bien, agotado por las exigencias de un mundo ávido del fruto de su intelecto,
empezó a darse masaje en un lado de la cara con la palma de la mano,
quitándose, con crasitud inconsciente, una legaña de un ojo—. Me refiero a que
los ensayos críticos sobre Flaubert y los otros muchachos valen un maldito
centavo por docena. —Reflexionó, con aspecto algo taciturno—. De hecho no creo
que haya habido trabajos realmente incisivos sobre él en los últimos...
—Estás hablando
como un jefe de sección. Sí, exactamente igual.
— ¿Cómo dices?
—preguntó Lane con calculada calma.
—Estás hablando
exactamente como un jefe de sección. Lo siento, pero es verdad. Es la pura
verdad.
— ¿Ah, sí? ¿Y cómo
habla un jefe de sección, si permites la pregunta?
Franny vio que
estaba irritado, y hasta qué punto, pero de momento, con partes iguales de
autocensura y malicia, estaba decidida a exponer su opinión.
—Bueno, no sé cómo
serán aquí, pero en el lugar de donde yo vengo, un jefe de sección es una
persona que se encarga de una clase cuando el profesor está ausente u ocupado
con un colapso nervioso o en el dentista o algo sí. Habitualmente es un
estudiante graduado o algo parecido. En cualquier caso, si se trata de un curso
de literatura rusa, por ejemplo, entra con su pequeña camisa abotonada y su
corbata a rayas y empieza a machacar a Turguenev durante una media hora.
Entonces, cuando ha terminado, cuando te ha destruido completamente a
Turguenev, se pone a hablar de Stendhal o de alguien sobre el cual escribió su
tesis para el M.A. (1) Donde yo voy, el Departamento de inglés tiene unos diez
pequeños jefes de sección que van de un lado a otro destruyendo cosas para la
gente, y son todos tan listos que apenas pueden abrir la boca, y perdona la
contradicción. Quiero decir que si te enzarzas en una discusión con ellos, todo
lo que hacen es adoptar esta expresión terriblemente benigna en
sus...
—Hoy tienes un
maldito microbio..., ¿lo sabías? ¿Qué diablos te pasa?
(1) Magister
Artium = Maestro en Artes.
6
Franny sacudió
rápidamente la ceniza del cigarrillo y puso el cenicero un centímetro más cerca
de sí.
—Lo siento, soy
odiosa —dijo—. Me he sentido tan destructiva esta semana. Es
horrible, soy odiosa.
—Tu carta no sonaba
tan maldita ni destructiva.
Franny asintió
solemnemente. Estaba contemplando una cálida mancha de sol, del tamaño de una
ficha de póker, que brillaba sobre el mantel.
—Tuve que
esforzarme al escribirla —contestó.
Lane iba a replicar
algo, pero el camarero llegó de repente para llevarse las copas vacías.
— ¿Quieres otro?
—preguntó Lane a Franny.
No obtuvo
respuesta. Franny miraba la mancha de sol con una intensidad especial, como si
estuviera considerando la idea de echarse sobre ella.
—Franny —dijo Lane
en tono paciente, pues el camarero estaba escuchando—. ¿Quieres otro martini o
no?
Ella levantó la
vista.
—Lo siento. —Vio
las copas vacías en la mano del camarero—. No. Sí. No lo
sé.
Lane se echó a
reír, mirando al camarero.
--¿Sí o no? —dijo.
--Sí por favor.
—Parecía más atenta.
El camarero se
alejó. Lane le siguió con la mirada hasta verlo salir del comedor, y entonces
miró de nuevo a Franny, que se entretenía amontonando la ceniza al borde del'
cenicero limpio que acababa de traer el camarero y tenía los labios
entreabiertos. Lane la contempló un momento con creciente irritación. Lo más
probable era que le disgustara y temiera cualquier signo de indiferencia en una
muchacha con quien salía en plan serio. En cualquier caso, seguramente le
preocupaba la posibilidad de que este microbio de Franny pudiese estropear todo
el fin de semana. Se inclinó de pronto hacia delante, poniendo los brazos sobre
la mesa, como para aclarar de una vez este asunto, por Dios, pero Franny habló
antes que él.
—Hoy estoy muy
estúpida —dijo—. Debo estar en baja forma.
Se sorprendió
mirando a Lane como si fuera un desconocido, o el anuncio de una marca de
linóleo al otro extremo de un vagón del Metro. Sintió una vez más la punzada de
culpa y deslealtad, que parecía estar en el orden del día, y reaccionó contra
ella alargando el brazo para cubrir la mano de Lane con la suya. Retiró la mano
casi inmediatamente y la usó para coger el cigarrillo del cenicero.
—Saldré de este
estado dentro de un momento —aseguró—. Te lo prometo de corazón. —Sonrió a
Lane, genuinamente en cierto sentido, y en aquel instante una sonrisa como
respuesta podría haber mitigado, al menos hasta cierto punto, los
acontecimientos posteriores, pero Lane estaba ocupado fingiendo su clase de
indiferencia particular, y optó por no devolver la sonrisa. Franny dio chupada
al cigarrillo—. Si no fuera tan tarde y todo lo demás —dijo—, y si no hubiera
decidido, como una idiota, aspirar a una distinción, creo que
dejaría el curso de inglés. No lo sé. —Sacudió la ceniza del cigarrillo--Estoy
tan harta de pedantes y presumidos demoledores, que podría echarme a gritar.
—Miró a Lane—. Lo siento, esto pasará, te doy mi palabra... Sólo que si tuviera
algún valor, este año no hubiese vuelto a la universidad No lo sé. Quiero decir
que todo es la más increíble de las farsas.
—Muy brillante. Ha
sido realmente brillante.
Franny aceptó el
sarcasmo como merecido.
7
—Para de decir que
lo sientes, ¿quieres? Supongo que no se te habrá ocurrido pensar que estás
generalizando hasta la exageración. Si todas las personas del Departamento de
inglés fueran tan grandes demoledores, sería algo totalmente distinto...
Franny le
interrumpió, pero de modo casi inaudible. Estaba mirando por encima del hombro
de franela de Lane hacia algún punto vago del extremo del comedor.
— ¿Qué? —preguntó
Lane.
—He dicho que no lo
sé. Tienes razón. Estoy distraída, eso es todo. No me hagas
caso.
Pero Lane no podía
abandonar una controversia hasta que se hubiera resuelto a su favor.
—Diablos, quiero
decir —insistió— que hay personas incompetentes en todas las profesiones. Es
una cuestión básica. Olvidemos por un momento a esos malditos jefes de sección.
—Miró a Franny—. ¿Me escuchas o no?
—Sí.
—En vuestro maldito
Departamento de inglés tenéis a dos de los mejores hombres del país. Manlius.
Espósito. Dios mío, me gustaría tenerlos aquí. Al menos son
poetas, por el amor de Dios.
—No lo son —replicó
Franny—. Esto es en parte lo terrible del caso. Quiero decir que no son verdaderos poetas.
Solo son gente que escribe poemas que se publican e incluyen en antologías por
todas partes, pero no son poetas. --Se detuvo, con timidez, y
apagó el cigarrillo. Parecía que había palidecido durante los últimos minutos
De repente, incluso su lápiz labial dio la impresión de ser un tono o dos más
claro, como si se lo hubiera frotado con una hoja de Kleenex—. No hablemos de
ello —añadió, casi indiferente, aplastando la colilla en el cenicero—. Estoy
extraña, estropearé todo el fin de semana. Quizá haya un escotillón bajo mi
silla y me limite a desaparecer.
El camarero se
acercó un momento para dejar la segunda copa de martini frente a cada uno de
ellos. Lane puso los dedos, que eran esbeltos y largos y casi siempre estaban a
la vista, alrededor del pie de su copa.
No estás estropeando nada
—dijo en voz baja—.Sólo me interesa averiguar a qué diablos te refieres. Quiero
decir, ¿es preciso ser un maldito tipo bohemio o estar muerto, por
el amor de Dios, para ser un verdadero poeta? ¿Qué quieres, un
bastardo de pelo rizado?
—No. ¿Por qué no
olvidamos la cuestión? Te lo ruego. Me encuentro horriblemente mal y empiezo a
tener un terrible...
—Me encantaría
olvidar todo este tema, me encantaría, te lo aseguro. Pero dime primero qué es
un verdadero poeta, si no te importa. Te lo agradecería. De verdad.
Brillaba una débil
traza de sudor en la parte alta de la frente de Franny. Podía significar
solamente que en la sala hacía demasiado calor, o que tenía el estómago
revuelto, o que los martinis eran demasiado fuertes; en cualquier caso, Lane no
pareció advertirlo.
—Ignoro qué
es un verdadero poeta. Me gustaría que lo dejaras, Lane. Hablo en
serio. Siento algo muy raro y Peculiar y no puedo...
—Está bien, está
bien... de acuerdo, Relájate --dijo Lane—. Sólo intentaba...
—Lo único que sé es
esto —prosiguió Franny—. Si eres un poeta, haces algo hermoso. Me refiero a que
se supone que dejas algo hermoso cuando terminas una página o
lo que sea. Los que tú mencionas no dejan ni una sola y única cosa hermosa.
Todo lo que hacen, tal vez, los que son un poco mejores, es meterse en tu
cabeza y dejar algo en ella, pero sólo porque lo hacen, sólo porque
saben cómo dejar algo, no es razón
8
para que sea
un poema, ¡no, por Dios! Puede que sea solamente una especie
de excremento sintáctico terriblemente fascinante, y perdona
la expresión. Como lo que hacen Manlius y Espósito y todos esos
pobres hombres.
Lane se tomó tiempo
para encenderse un cigarrillo antes de hablar. Después replicó:
—Creía que te
gustaba Manlius. De hecho, si la memoria no me falla, hace cosa de un mes
dijiste que era un encanto y que...
—Claro que me
gusta. Pero estoy harta de que la gente sólo me guste. Me entusiasmaría conocer
a alguien a quien pudiera respetar... ¿Me disculpas un minuto? — Franny se
levantó de repente, con el bolso en la mano. Estaba muy pálida.
Lane se puso en
pie, empujando su silla hacia atrás, con la boca entreabierta.
— ¿Qué te ocurre?
—preguntó—. ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? —Volveré dentro de un segundo.
Franny abandonó el
comedor sin pedir instrucciones, como si supiera adónde ir,
por almuerzos
anteriores en Sickler's.
Lane, ahora solo en
la mesa, se quedó fumando y sorbiendo su martini en pequeñas dosis para que le
durara hasta el regreso de Franny. Estaba muy claro que le había abandonado
totalmente el sentimiento de bienestar que experimentara hacía media hora por encontrarse
en el lugar apropiado, con la muchacha apropiada o de aspecto apropiado. Echó
una mirada al abrigo de mapache de pelo cortado, doblado un poco al sesgo sobre
el respaldo de la silla vacía de Franny —el mismo abrigo que le había excitado
en la estación, gracias a su singular familiaridad con él—, y ahora lo examinó
con un absoluto descontento. Por alguna razón, las arrugas del forro de seda
parecían disgustarle. Dejó de mirarlo y empezó a contemplar el pie de su copa
de martini, con aspecto preocupado y sintiéndose víctima de una vaga e injusta
conspiración. Una cosa era segura. El fin de semana se iniciaba con un
principio malditamente peculiar. No obstante, en aquel momento levantó la vista
de la mesa y vio a alguien que conocía al otro extremo de la sala: A un
condiscípulo, con una muchacha. Lane se enderezó un poco en la silla y cambió
su expresión de recelo y descontento total por la de un hombre cuya pareja se
ha ido simplemente al lavabo, dejándole, como suelen hacer las parejas, sin
nada mejor que hacer que fumar y parecer aburrido, con preferencia
atractivamente aburrido.
El lavabo de
señoras de Sickler's era casi tan grande como el propio comedor, y, en un
cierto sentido, no parecía ser menos cómodo. Nadie lo atendía y al parecer
estaba ocupado cuando Franny entró. Se quedó un momento —como si se tratara de
un determinado punto de reunión— en el centro del suelo embaldosado, ahora
tenía la frente cubierta de sudor, y la boca abierta estaba aún más pálida que
en el comedor.
Entonces, de
repente y con mucha rapidez se dirige al más alejado y de aspecto más anónimo
de los siete ocho cubículos —que, por suerte, no requería una moneda para
abrirse—, cerró la puerta tras de sí y, con cierta dificultad, manipuló el
cerrojo hasta la posición de cerrado. Sin consideración aparente de la
extrañeza del lugar, se sentó. Juntó firmemente las rodillas, como para formar
una unidad más pequeña y compacta. Entonces colocó las manos verticalmente
sobre sus ojos y apretó con fuerza los talones, como si quisiera paralizar el
nervio óptico y ahogar todas las imágenes en una oscuridad abismal. Sus dedos
extendidos, pese a que temblaban, o quizá porque temblaban, parecían
extrañamente bonitos y graciosos. Mantuvo esta posición tensa y casi fetal durante
un momento de expectativa y entonces se derrumbó. Lloró durante cinco minutos
seguidos, y sin tratar de reprimir ninguna de las manifestaciones más
9
ruidosas de la pena
y la confusión, con todos los convulsos sonidos guturales que emite un niño
histérico cuando el aliento está intentando pasar por una epiglotis
parcialmente cerrada. Y sin embargo, cuando al final se detuvo, se detuvo
simplemente, sin las dolorosas y agudas inspiraciones que casi siempre siguen a
una violenta explosión externa e interna. Cuando se detuvo, fue como si en el
interior de su mente hubiera tenido lugar un cambio trascendental de polaridad,
cambio que produjo en su cuerpo un efecto inmediato y pacificador. Con la cara
húmeda de lágrimas, pero carente de toda expresión, casi vacía, recogió su
bolso del suelo, lo abrió y sacó el pequeño libro encuadernado en tela verde
pálido. Lo puse sobre su falda —mejor dicho, sobre sus rodillas —y lo miró, lo
contempló, como si aquel fuese el mejor de los lugares para un libro pequeño
encuadernado en tela verde pálido. Al cabo de un momento levantó el libro hasta
su pecho y lo apretó contra si, con firmeza v muy brevemente. Entonces lo metió
de nuevo en el bolso, se levantó y salió del cubículo. Se lavo la cara con agua
fría, la secó con una toalla que pendía de un alto toallero, se aplicó lápiz
labial, peino sus cabellos y salió del lavabo.
Su aspecto era
francamente atractivo mientras cruzaba el comedor en dirección a la mesa, en
modo alguno diferente del de una muchacha que se encuentra en el
qui vive apropiado
para un gran fin de semana de universidad. Cuando se acercaba a su silla, de
prisa y sonriendo, Lane se levantó con lentitud, y con una servilleta en la
mano izquierda.
—Dios mío, lo
siento —dijo Franny—. ¿Pensabas que me había muerto? —No pensaba que te
habías muerto —replicó Lane, acercándole la silla—.
Ignoraba qué
diablos ocurría. —Fue hacia su propia silla—. No disponemos de mucho maldito
tiempo, ¿sabes? —se sentó—. ¿Estás bien? Tienes los ojos un poco enrojecidos.
—La miró con más atención—. ¿Estás bien o no?
Franny encendió un
cigarrillo.
—Ahora estoy
de maravilla. No me he sentido tan fantásticamente firme en
toda mi vida. ¿Ya has encargado el menú?
—Te estaba
esperando —dijo Lane, todavía mirándola con atención—. ¿Qué te pasaba? ¿El
estómago?
—No. Sí y no. No lo
sé —repuso Franny. Echó una ojeada al menú que tenía sobre el plato, y lo
consultó sin cogerlo—. Sólo quiero un bocadillo de pollo. Y tal vez un vaso de
leche... Pero tú pide lo que quieras. Es decir, caracoles, pulpos, todo. En
realidad yo no tengo nada de apetito.
Lane la miró y en
seguida exhaló una columna de humo, delgada y muy expresiva, sobre su plato.
—Este va a ser un
fin de semana realmente seductor —observó—. Un bocadillo de pollo, por amor de.
Dios.
Franny se incomodó.
—No tengo apetito,
Lane... Lo siento. ¡Oh! Escucha por favor. Tú pide lo que te
apetezca, ¿quieres?, y yo comeré contigo. Pero no puedo conjurar el apetito
sólo porque tú lo desees.
—Está bien, está
bien.
Lane alargó el
cuello y atrajo la atención del camarero. Un momento después había encargado el
bocadillo de pollo y el vaso de leche para Franny, y caracoles, ancas de rana y
una ensalada para sí mismo. Se miró el reloj de pulsera cuando el camarero se hubo
alejado, y dijo:
—A propósito, nos
esperan en Tenbridge de una y cuarto a una y media. No más tarde. Le dije a
Wally que probablemente pasaríamos a tomar un trago, y quizá después iremos
todos al estadio en su coche. ¿Te importa? A ti te gusta Wally.
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—Por Dios, le has
visto por lo menos veinte veces. Wally Campbell. Qué barbaridad. Si le has
visto una vez, ya le conoces...
—Oh, ahora
recuerdo... Escucha, no me odies porque no pueda acordarme de
una persona inmediatamente. En especial cuando se parece a todo el mundo y
habla, viste y actúa como todo el mundo. —Franny obligó a su voz a enmudecer.
Le sonaba quisquillosa y maligna, y sintió una oleada de odio hacia sí misma
que, de un modo literal, provocó de nuevo la aparición de gotas de sudor en su
frente. Pero su voz continuó, a pesar de ella misma—: No quiero decir que haya
nada horrible en él o algo por el estilo. Es sólo que durante cuatro macizos
años no he dejado de ver Wallys Campbell dondequiera que haya estado. Adivino
cuándo van a ser encantadores. Adivino cuándo van a empezar a
contarme algún chisme realmente odioso sobre una chica que duerme en mi
habitación. Adivino cuándo van preguntarme qué he hecho durante el verano, y
adivino cuándo van a acercarse una silla y sentarse en ella cara al respaldo y
empezar a fanfarronear en una terriblemente, terriblemente baja, o a
mencionar nombres en una voz terriblemente baja y casual. Hay
una ley no escrita según la cual la gente de cierta posición social o
financiera puede mencionar nombres hasta la saciedad siempre que digan algo
terriblemente difamatorio sobre la persona tan pronto como han pronunciado su
nombre: que es un bastardo o una ninfómana o un drogadicto, o algo horrible.
—Se interrumpió otra vez. Guardó silencio durante un momento, haciendo girar el
cenicero entre los dedos y con el cuidado de no levantar la vista y ver la
expresión de Lane—. Lo siento —dijo—. No se trata sólo de Wally Campbell.
Solamente lo he elegido porque tú lo has mencionado. Y porque se parece mucho a
alguien que pasó el verano en Italia u otro lugar.
—Para tu
información, estuvo en Francia el verano pasado —manifestó Lane—.
Sé lo que quieres
decir —añadió rápidamente—, pero estás siendo muy in...
—Está bien —dijo
Franny, cansada—. Francia. —Saco un cigarrillo del paquete que había sobre la
mesa—. No es sólo Wally. Por Dios, podría ser una chica. Quiero decir que si él
fuera una chica, una compañera de cuarto, por ejemplo, habría estado pintando paisajes
en una compañía teatral todo el verano. O recorrido Gales en bicicleta. O
alquilado un apartamento en Nueva York y trabajado para una revista o una
agencia de publicidad. Me a que es todo el mundo. Todo lo que hace la gente es
tan... no sé... no erróneo, ni siquiera malo, ni estúpido necesariamente. Pero
sí tan pequeño y sin sentido y... que inspira tristeza. Y lo peor es que si se
vuelve bohemio o algo chiflado, está siendo conformista como todos los demás,
sólo que de un modo diferente. --Calló Sacudió brevemente la cabeza, con el
rostro muy blanco, y durante una fracción de segundo se pasó la mano por la
frente, menos, al parecer, para descubrir si estaba sudando, que para
averiguar, como si fuera su propia madre, si tenía fiebre—. Me siento tan extraña
—dijo—-Creo que me estoy volviendo loca. Tal vez ya lo estoy.
Lane la miraba con
auténtica preocupación: más preocupación que curiosidad.
—Estás pálida,
realmente pálida, ¿Lo sabes? —observó.
Franny meneó la
cabeza.
—Estoy bien. Estaré
bien dentro de un minuto. —Levantó la vista cuando el camarero llegó con lo que
habían encargado—. Oh, tus caracoles tienen un aspecto excelente. —Se llevó el
cigarrillo a los labios, pero se había apagado—. ¿Qué has hecho con las cerillas?
—preguntó.
Lane le encendió el
cigarrillo cuando el camarero se hubo ido.
—Fumas demasiado
—dijo. Cogió el pequeño tenedor que estaba junto al plato de caracoles, pero
volvió a mirar a Franny antes de utilizarlo—. Estoy preocupado por ti. Lo digo
en serio. ¿Qué diablos te ha ocurrido durante este par de semanas?
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Franny le miró, y
simultáneamente se encogió de hombros y meneó la cabeza. —Nada. Absolutamente
nada —dijo—. Come. Cómete los caracoles. Son
horribles cuando se
enfrían.
—Tú eres la que ha
de comer.
Franny asintió y
echó una mirada a su bocadillo de pollo. Sintió una ligera náusea y desvió
inmediatamente la vista y dio una chupada al cigarrillo.
--¿Cómo va la obra?
—preguntó Lane, atento a sus caracoles --No lo sé. Ya no intervengo. Lo dejé.
--¿Lo dejaste?
—Lane la miró—. Pensé que te entusiasmaba el papel. ¿Qué ocurrió? ¿Lo dieron a
otra?
--No, no fue eso.
Era sólo mío. Es desagradable, muy desagradable. --¿Bueno, ¿qué pasó? No habrás
dejado todo el curso, ¿verdad? Franny asintió y tomó un sorbo de leche. Lane,
después de masticar y tragar, preguntó:
--¿Por qué, si
puede saberse? Yo creía que el maldito teatro era tu pasión. Se trataba de lo
único sobre lo cual te he oído...
--Lo dejé, eso es
todo —dijo Franny—. Empezó a molestarme y a hacerme sentir una pequeña y
repugnante egomaníaca. —Reflexionó—. No lo sé, en primer lugar, parecía de tan
mal gusto querer actuar. Me refiero a todo aquel ego. Y solía
odiarme a mí misma cuando participaba en una obra y volvía entre bastidores
cuando ésta terminaba. Todos aquellos egos corriendo de un lado a otro
sintiéndose terriblemente caritativos y afectuosos. Todo mundo
besándose y dejando maquillaje por todas partes, y luego tratando
de ser horriblemente natural y cuando tus amigos iban a verte entre bastidores.
Me odiaba a mí misma... Y lo peor era que casi siempre me avergonzaba estar en
las obras en que actuaba. Especialmente en las giras de verano. —Miró a Lane—.
Y tenía buenos papeles, así que no me mires de ese modo. No era eso. Era que no
me hubiese avergonzado si alguien a quien respetaba, mis hermanos, por ejemplo,
me hubiera oído declamar algunas de las frases que debía
decir. Solía escribir a ciertas personas para decirles que no vinieran. —Volvió
a reflexionar—. Excepto Pegeen en el verano pasado. Quiero decir que el papel
podría haber sido muy bueno, pero el estúpido que hacía de playboy estropeó
toda la diversión. Era tan lírico... ¡Dios mío, qué lírico!
Lane había
terminado los caracoles. Se quedó deliberadamente sin expresión. —Obtuvo
críticas excelentes —observó—. Tú me mandaste los recortes, ¿te
acuerdas?
Franny suspiró.
—Muy bien, de
acuerdo, Lane.
—No, me refiero a
que has estado hablando durante media hora como si fueras la única persona del
mundo dotada de algún maldito sentido, de alguna capacidad crítica. Quiero
decir que si varios de los mejores críticos opinaron que este hombre estuvo
magnífico en la obra, tal vez era verdad y tú estás equivocada. ¿Se te ha
ocurrido pensarlo? Debes saber que no has llegado exactamente a la madura y
venerable...
—Estuvo magnífico
para alguien que sólo tiene talento. Si quieres representar bien al playboy,
tienes que ser un genio. Tienes que serlo, eso es todo... No puedo
evitarlo —dijo Franny. Arqueó un poco la espalda, y, con los labios
entreabiertos, se puso la mano sobre la coronilla—. Me siento tan extraña y
aturdida. No sé qué me pasa.
— ¿Crees que tú eres
un genio? Franny bajó la mano de la cabeza. —Oh, Lane, por favor. No me hagas
eso. —Yo no hago nada...
12
—Todo cuanto sé es
que me estoy volviendo loca —declaró Franny—. Estoy harta de tanto ego, ego,
ego. Del mío y del de todo el mundo. Estoy harta de que todo el mundo
quiera llegar a alguna parte, hacer algo diferente, ser
alguien interesante. Es repulsivo... lo es, lo es. No me
importa lo que digan los demás.
Lane arqueó las
cejas al oír esto, y se apoyó en el respaldo para ser más convincente.
— ¿Estás segura de
que no te asusta competir? —Preguntó con estudiada calma—. No entiendo mucho de
eso, pero apostaría a que un buen psicoanalista, me refiero a uno realmente
competente, tomaría esa afirmación...
—No me asusta
competir. Es exactamente lo contrario. ¿No lo ves? Tengo miedo de que tendré
que competir... y eso es lo que me horroriza. Por eso dejé el Departamento de
teatro. El hecho de que me condicione tan horriblemente aceptar los valores
ajenos y de que me guste el aplauso y que la gente se entusiasme conmigo no lo
justifica. Me avergüenzo de ello. Me da náuseas. Me da náuseas no tener el
valor de ser una absoluta nulidad. Tengo asco de mí misma y de todos cuantos
desean causar alguna especie de sensación. —Hizo una pausa, y de pronto tomó el
vaso de leche y se lo llevó a los labios—. Lo sabía —dijo, posando el vaso—,
esto es algo nuevo. Los dientes me hacen algo raro. Me rechinan. Casi mordí un
vaso hace dos días. Quizá estoy loca de remate y no me he dado cuenta. —El
camarero se había acercado para servir a Lane las ancas de rana y la ensalada,
y Franny levantó la vista hacia él. El, por su parte, miró el bocadillo de
pollo todavía intacto. Preguntó si tal vez la señorita deseaba comer otra cosa.
Franny le dio las gracias y dijo que no—. Es que como muy despacio —explicó.
El camarero, que ya
no era joven, pareció mirar por un instante su palidez y su frente sudorosa, y
en seguida se inclinó y se fue.
— ¿Quieres usar
esto un momento? —preguntó Lane de pronto, alargando un pañuelo blanco,
doblado. Su voz sonaba comprensiva y bondadosa, pese a un perverso intento de
hacerla sonar indiferente.
— ¿Por qué? ¿Lo
necesito?
—Estás sudando. No
sudando, pero tienes la frente un poco sudorosa.
— ¿De verdad? ¡Qué
horrible! Lo siento... —Franny levantó su bolso hasta el nivel de la mesa, lo
abrió y empezó a hurgar en su interior—. Tengo un Kleenex en alguna parte.
—Usa mi pañuelo,
por el amor de Dios. ¿Qué diferencia hay?
—No... me
encanta tu pañuelo y no quiero ensuciarlo de sudor —dijo Franny. Llevaba el
bolso muy lleno. Para ver mejor, empezó a sacar unas cuantas cosas y dejarlas
sobre el mantel, justo a la izquierda del bocadillo intacto—. Aquí está —
anunció. Usó el espejo de la polvera y se secó rápida y ligeramente la frente
con una hoja de Kleenex—. Dios mío. Parezco un fantasma. ¿Cómo puedes
soportarme?
— ¿Qué libro es
ése? —preguntó Lane.
Franny saltó,
literalmente. Miró hacia el desordenado montón de objetos extraídos del bolso,
que estaban sobre el mantel.
— ¿Qué libro?
—inquirió—. ¿Te refieres a éste? —Tomó el pequeño libro encuadernado en tela y
volvió a meterlo en el bolso—. Algo que compré para hojear en el tren.
—Déjame verlo. ¿Qué
es?
Franny no pareció
oírle. Abrió de nuevo la polvera y se miró rápidamente al
espejo.
13
—Dios mío —dijo.
Entonces lo metió todo en el bolso: polvera, billetero, factura de la
lavandería, cepillo de dientes, un tubo de aspirinas y un lápiz labial con
funda dorada—. No sé por qué sigo paseando este estúpido lápiz de oro
—comentó—. Me lo regaló un chico muy cursi por mi cumpleaños, cuando yo estaba
en segundo. Él lo consideraba un regalo muy inspirado y bonito, y no dejó de
mirarme a la cara mientras yo abría el paquete. Siempre trato de deshacerme de
él, pero no puedo hacerlo. Me iré con él a la tumba. —Reflexionó—. El chico no
dejaba de sonreír y decirme que siempre tendría buena suerte si lo llevaba
constantemente conmigo.
Lane había empezado
a comer las ancas de rana.
—Pero ¿qué es este
libro? ¿O se trata de un maldito secreto? —preguntó.
— ¿Este libro
pequeño que llevo en el bolso? —dijo Franny. Le miró partir un par de ancas de
rana. Entonces sacó un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa y se lo
encendió—. Oh, no sé. Es algo llamado El camino de un peregrino.
—Observó comer a Lane durante un momento—. Lo saqué de la biblioteca. El hombre
que enseña Estudio de la religión, la asignatura a que me he apuntado este
curso, lo mencionó. — Dio una chupada al cigarrillo—. Lo tengo hace semanas, y
siempre me olvido de devolverlo.
— ¿Quién lo ha
escrito?
—No lo sé —repuso
Franny en tono casual—. Un campesino ruso, al parecer. — Continuó mirando comer
a Lane—. No menciona su nombre. No sabes cómo se llama durante toda la duración
de la historia. Sólo dice que es un campesino, que tiene treinta y tres años y
un brazo inservible. Y que su esposa está muerta. Todo pasa en el siglo
diecinueve.
Lane acababa de
desviar su atención de las ancas de rana a la ensalada.
— ¿Es bueno?
—preguntó—. ¿De qué trata?
—Lo ignoro. Es
peculiar. Quiero decir que es primordialmente un libro religioso. Supongo que
podría decirse que es terriblemente fanático, pero en cierto modo no lo es. Me
refiero a que empieza con que este campesino, el peregrino, quiere averiguar
qué significa la frase de la Biblia que dice que debemos orar incesantemente.
Ya sabes, sin parar. La frase es de la Epístola a los tesalonicenses o de otro
lugar parecido. Así que empieza a andar por toda Rusia, buscando a alguien que
pueda decirle cómo orar incesantemente. Y qué hay que decir
cuando se logra. —Franny parecía muy interesada en el modo en que
Lane desmembraba las ancas de rana. Sus ojos permanecían fijos en el plato
mientras hablaba—. Todo lo que lleva es una mochila llena de pan y sal.
Entonces conoce a esta persona, un staretz, una especie de persona
religiosa terriblemente avanzada, y el staretz le habla de un
libro titulado Philokalia, escrito al parecer por un grupo de
monjes terriblemente avanzados que abogaban por este increíble método de oración.
— ¡Quietas! —dijo
Lane a un par de ancas de rana.
—Sea como sea, el
peregrino aprende a rezar del modo como estas personas tan místicas dicen que
debe hacerse; quiero decir que se dedica a ello hasta que ha adquirido la
perfección. Entonces continúa caminando por toda Rusia, conociendo a toda clase
de personas absolutamente maravillosas y diciéndoles cómo orar por este
increíble método. Y esto es en realidad todo el libro.
—Detesto
mencionarlo, pero voy a oler a ajo —observó Lane.
—En uno de sus
viajes conoce a un matrimonio al que amo más que a cualquier personaje sobre el
que haya leído en mi vida—dijo Franny—. Está caminando por un sendero del
campo, con su mochila a la espalda, cuando dos niños muy pequeños echan a
correr tras él, gritando: « ¡Querido mendigo! ¡Querido mendigo! Has de venir a
casa a ver a mamá. Le gustan los mendigos.» Así que va a casa de los niños, y
esta persona
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realmente encantadora,
la madre de los niños, sale de la casa con gran apresuramiento e insiste en
ayudarle a quitarse las botas viejas y sucias y en darle una taza de té.
Entonces el padre llega a la casa, y al parecer a él también le gustan los
mendigos y peregrinos, y se sientan a cenar todos juntos. Y mientras están
cenando, el peregrino quiere saber quiénes son todas las señoras que se sientan
a la mesa, y el marido le dice que todas son sirvientas, pero que siempre comen
con él y su esposa porque son sus hermanas en Cristo. —De pronto Franny se
enderezó algo en su asiento, tímidamente—. Quiero decir que me encantó que el
peregrino quisiera saber quién eran todas las mujeres. —Miró a Lane untar de
mantequilla un pedazo de pan—. En cualquier caso, después de la cena el
peregrino pernocta en la casa, y él y el marido se quedan hasta tarde hablando
de este método de orar sin interrupción. El peregrino le dice cómo se hace. Por
la mañana se marcha y emprende nuevas aventuras. Conoce a toda clase de personas,
quiero decir que esto es todo el libro, en realidad, y a todas les enseña a
rezar de esta manera especial.
Lane asintió,
metiendo el tenedor de la ensalada.
—Espero que
tengamos tiempo sobrante este fin de semana para que puedas echar una ojeada a
ese maldito papel de que te hablé —dijo—. No sé, a lo mejor no hago nada con
él; quiero decir publicarlo o lo que sea, pero me gustaría que le dieras un
vistazo mientras estás aquí.
—Me encantará
—repuso Franny. Le miró untar de mantequilla otra rebanada de pan—. Quizá te
gustase este libro —añadió de repente—. Me refiero a que es tan sencillo.
—Suena interesante.
No quieres tu mantequilla, ¿verdad?
—No, tómala. No
puedo prestártelo, porque hace tiempo que caducó el plazo, pero es probable que
lo encuentres en la biblioteca de aquí. Estoy segura de ello.
—No has tocado tu
maldito bocadillo —dijo de pronto Lane—. ¿Lo sabes? Franny miró su plato como
si acabaran de ponerlo delante de ella.
—Lo comeré en
seguida —contestó. Guardó silencio un momento, con el cigarrillo en la mano
izquierda, pero sin fumarlo, y con la mano derecha apretando tensamente la base
del vaso de leche—. ¿Quieres oír cuál era el método especial de orar que le
enseñó el staretz? —preguntó—. Es muy interesante, en cierto modo.
Lane cortaba su
último par de ancas de rana. Asintió.
—Claro —dijo—,
claro.
—Bueno, como ya te
he dicho, el peregrino, este sencillo campesino, inició su peregrinaje para
descubrir el significado de la frase de la Biblia que dice que hay que orar sin
interrupción. Y entonces encontró a este staretz, esta persona
religiosa muy avanzada que he mencionado, y que había estudiado la Philokalia durante
muchísimos años. —Franny se detuvo de pronto para reflexionar, ordenar sus
ideas—. Pues bien, el staretz le habla primero de todo del
Padrenuestro. «Jesucristo Nuestro Señor, ten piedad de mí.» Quiero
decir que se reduce a esto. Y le explica que éstas son las mejores palabras
para rezar. Especialmente la palabra «piedad», porque es una palabra tan
inmensa y puede significar tantas cosas. Me refiero a que no tiene que
significar solamente piedad. —Franny hizo otra pausa para
reflexionar. Ya no miraba el plato de Lane, sino por encima de su hombro—. El
caso es que el staretz —prosiguió— dice al peregrino que si se
repite esta plegaria una y otra vez, al principio sólo tienes que decirla con
los labios, lo que ocurre eventualmente es que la plegaria
adquiere actividad propia. Algo ocurre al cabo de un tiempo.
No sé qué, pero ocurre algo, y las palabras se sincronizan con los latidos del
corazón y entonces uno está de verdad rezando sin cesar. Lo cual produce un
efecto místico enorme por cierto en la propia actitud. Quiero decir que esto es
todo el objeto de la cuestión, más o menos. Me refiero a que
lo haces para
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purificar todos tus
puntos de vista y conseguir un concepto absolutamente nuevo de todas las cosas
y su significado.
Lane había acabado
de comer. Ahora, mientras Franny hacía otra pausa, se apoyó en el respaldo,
encendió un cigarrillo y contempló su rostro. Ella seguía mirando abstraída por
encima del hombro de él, y apenas parecía consciente de su presencia.
—Pero el caso, lo
maravilloso del caso es que cuando has empezado a hacerlo, ni siquiera
necesitas tener fe en lo que haces. Quiero decir que aunque te sientas
terriblemente turbado por todo este asunto, no existe el menor problema, es
decir, no estás insultando a nadie ni a nada. En otras
palabras, nadie te pide que creas nada cuando empiezas. Ni siquiera tienes que
pensar en lo que dices, según el staretz. Todo cuanto
necesitas al principio es cantidad. Entonces, más adelante, se convierte por sí
misma en calidad. Gracias a su propio poder, o algo así. Dice que cualquier
nombre de Dios, cualquiera de ellos, tiene este peculiar poder de actividad
propia, y que empieza a funcionar en cuanto lo has conjurado.
Lane estaba en una
postura algo indolente, fumando, y con la vista fija en el rostro de Franny.
Aún estaba pálida, pero su palidez había sido mayor en otros momentos desde que
ambos se encontraban en Sickler's.
—De hecho, todo
esto tiene muchísimo sentido —continuó Franny—, porque en las sectas Nembutsu
del budismo, la gente repite «Namu Amida Butsu» una y otra vez, que
significa «Buda sea alabado» o algo así, y ocurre lo mismo.
Exactamente lo mismo...
—Calma. Tómatelo
con calma —interrumpió Lane—. En primer lugar, estás a punto de quemarte los
dedos.
Franny echó una
mínima ojeada a su mano izquierda, y dejó caer en el cenicero la colilla aún
ardiente de su cigarrillo.
—También ocurre lo
mismo en «La nube de los Incipientes», sólo con la palabra «Dios».
Quiero decir que te limitas a repetir la palabra «Dios» —miró a Lane más
directamente de como lo había hecho durante varios minutos—. Lo esencial es, en
cierto modo, si has oído en toda tu vida algo más fascinante. Me refiero a que
es tan difícil decir que se trata sólo de una coincidencia y luego olvidarlo;
esto es lo que me parece tan fascinante. Al menos, tan terriblemente ... —Se
interrumpió. Lane cambiaba de posición en la silla y había una expresión en su
rostro (una cuestión de cejas arqueadas, principalmente) que ella conocía muy
bien—. ¿Qué pasa? —le preguntó.
— ¿Crees de verdad
en estas tonterías, o qué? Franny tomó el paquete de cigarrillos y sacó uno.
—No he dicho si lo
creo o no —repuso, buscando el sobre de cerillas sobre la
mesa—. He dicho que
era fascinante. —Aceptó fuego de Lane—. Creo que es una coincidencia
terriblemente peculiar —dijo, exhalando el humo— que te encuentres una y otra
vez con esta clase de consejo, me refiero a todas esas personas religiosas
realmente avanzadas y absolutamente auténticas que no dejan de decirte que si
repites sin cesar el nombre de Dios, ocurre algo. Incluso en
la India. En la India te dicen que medites sobre el Om, cuyo
significado es el mismo, en realidad, y produce exactamente el mismo resultado.
De modo que no puedes limitarte a buscar una explicación racional y ni
siquiera...
— ¿Cuál es el
resultado? —preguntó sucintamente Lane.
--- ¿Qué?
— ¿Cuál es el
resultado que se espera? Todo este galimatías de la sincronización y conjuros
absurdos. ¿Acabas con un ataque cardíaco? No sé si lo sabes, pero podrías
hacerte a ti misma, alguien podría hacerse a sí mismo muchísimo...
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—Llegas a ver a
Dios. Ocurre algo en una parte del corazón que es absolutamente no física,
donde, según los hindúes, reside el atman, por si alguna vez has
estudiado Religión, y llegas a ver a Dios, eso es todo. —Sacudió la ceniza del
cigarrillo con timidez, sin acertar el cenicero. Recogió la ceniza con los
dedos y la soltó en él—. Y no me preguntes quién o qué es Dios. Me refiero a
que ni siquiera sé si existe. Cuando era pequeña solía pensar... —Se detuvo. El
camarero había vuelto para llevarse los platos y redistribuir los menús.
— ¿Quieres algún
postre, o café? —preguntó Lane.
—Creo que sólo me
terminaré la leche. Pero pide tú algo —repuso Franny. El camarero acababa de
recoger el bocadillo de pollo intacto. No se atrevió a mirarle.
Lane consultó su
reloj de pulsera.
—Dios mío, no
tenemos tiempo. Tendremos suerte si no llegamos tarde al partido.
—Miró al camarero—. Sólo café para mí, por favor. —Esperó a que el camarero
se alejase, y entonces se inclinó hacia delante, con los brazos sobre la mesa,
completamente relajado, con el estómago lleno y el café a punto de llegar, y
dijo—: Bueno, es interesante, de todos modos. Todas esas tonterías... creo que
no dejas ningún margen para la psicología más elemental.
Quiero decir que todas esas experiencias religiosas tienen un trasfondo
psicológico muy evidente. ¿Sabes a qué me refiero?...
Pero es
interesante, no se puede negar. —Miró a Franny y le sonrió—. De todos modos,
sólo por si he olvidado mencionarlo, te quiero. ¿Lo he mencionado alguna vez?
—Lane, ¿me
disculparás otra vez un segundo? —dijo Franny. Ya se había levantado antes de
terminar la pregunta.
Lane se puso en
pie, lentamente, mirándola.
— ¿Estás bien?
—interrogó—. ¿Vuelves a sentir mareo o qué? —Sólo estoy rara. Vuelvo en
seguida.
Caminó con rapidez
a través del comedor, en la misma dirección que antes. Pero
se detuvo de
repente ante el pequeño bar del extremo opuesto de la sala. El barman, que
estaba secando una copa de jerez, la miró. Ella puso la mano derecha en la
barra, entonces bajó la cabeza —la inclinó— y se llevó la mano izquierda a la
frente, sólo tocándola con las yemas de los dedos. Se tambaleó un poco, y luego
cayó al suelo, desmayada.
Pasaron casi cinco
minutos antes de que Franny volviera del todo en sí. Yacía sobre un canapé en
el despacho del gerente, y Lane estaba sentado junto a ella. Su rostro,
inclinado sobre el de Franny, tenía ahora una notable palidez propia.
— ¿Cómo te
encuentras? —Preguntó con una voz de sala de hospital—. ¿Estás
mejor?
Franny asintió.
Cerró los ojos un segundo, a causa de la luz del techo, y en seguida volvió a
abrirlos.
— ¿Tengo que decir
«¿Dónde estoy?» —preguntó—. ¿Dónde estoy? Lane se rió.
—Estás en el
despacho del gerente. Todos corren de un lado a otro buscando
amoníaco y médicos
y lo que sea para que recobres el conocimiento. Al parecer se han quedado sin
amoníaco. ¿Cómo te encuentras? En serio.
—Bien. Estúpida,
pero bien. ¿Me he desmayado de verdad?
17
— ¡Y cómo! Te has
caído redonda —dijo Lane, tomándole la mano—. ¿Qué crees que ha pasado? Quiero
decir que parecías tan... ya sabes... tan perfecta cuando hablamos por teléfono
la semana pasada. ¿No habías desayunado o qué?
Franny se encogió
de hombros. Paseó la mirada por la habitación.
—Es tan vergonzoso
—comentó—. ¿Me ha traído alguien en brazos hasta aquí?
—El barman y yo. Puede decirse que te acarreamos. Me has dado
un susto
descomunal, y no
bromeo.
Franny miró hacia
el techo, pensativamente y sin pestañear, con la mano en la de él. Entonces se
ladeó y, con la mano izquierda, hizo un gesto como para subir el puño de la
manga de Lane.
— ¿Qué hora es?
—preguntó.
—No te preocupes
por eso —repuso Lane—. No tenemos ninguna prisa.
—Querías acudir a
aquella reunión.
—Al diablo con
ella.
— ¿También es
demasiado tarde para el partido? —inquirió Franny. —Escucha, te he dicho que al
diablo con todo eso. Tú vas a volver a tu
habitación de...
como se llame, Postigos Azules, y descansar un poco. Esto es lo único
importante —dijo Lane. Se sentó un poco más cerca de ella, se inclinó y la besó
brevemente. Se volvió a mirar hacia la puerta y después miró de nuevo a
Franny—. Esta tarde vas a descansar. Es todo lo que vas a hacer.
—Le acarició un momento el brazo—
. Entonces, quizá
al cabo de un rato, después de que hayas descansado bien, me las arreglaré para
subir al piso de arriba. Creo que hay una maldita escalera en la parte de
atrás. Lo averiguaré.
Franny no dijo
nada. Estaba mirando el techo.
— ¿Sabes cuánto
tiempo hace? —Preguntó Lane—. ¿Cuándo fue aquella noche del viernes? Por lo
menos a principios del mes pasado, ¿verdad? —Meneó la cabeza—. No está nada
bien. Demasiado maldito tiempo entre dos tragos. Para decirlo crudamente. —Miró
a Franny con más atención—. ¿De verdad te sientes mejor?
Ella asintió,
volviendo la cabeza hacia él.
—Tengo una sed
terrible, eso es todo. ¿Crees que puedo pedir un poco de agua? ¿Sería demasiada
molestia?
— ¡Claro que no!
¿Estarás bien si te dejo sola un segundo? ¿Sabes lo que creo que haré?
Franny negó con la
cabeza a la segunda pregunta.
—Haré que alguien
te traiga un vaso de agua. Entonces buscaré al maitre y le
diré que ya no hace falta el amoníaco y, a propósito, pagaré la cuenta. Después
pararé un taxi para no tener que buscarlo contigo. Puede que tarde unos
minutos, pues casi todos estarán llenos de gente que acudirá al partido. —Soltó
la mano de Franny y se levantó—. ¿De acuerdo?
—Sí, muy bien.
—Estupendo. En
seguida vuelvo. No te muevas. —Salió de la habitación. Una vez sola, Franny se
quedó muy quieta, con la vista fija en el techo. Sus
labios empezaron a
moverse, formando palabras sin sonido, y continuaron moviéndose.
18
ZOOEY
Los hechos que
narraré hablan probablemente por sí mismos, pero sospecho que con algo más de
vulgaridad que la habitual. Así pues, para equilibrar las cosas, empezaremos
con ese odium excitante y siempre fresco: la introducción
formal del autor. La que tengo en mente no sólo va, en seriedad y verborrea,
mucho más allá de mis locas esperanzas, sino que es, además, extremadamente
personal. Si tengo la suerte adecuada y me sale bien, su efecto podría
compararse a una ronda obligatoria por la sala de máquinas, conmigo como guía,
dirigiendo la visita en un viejo bañador Jantzen de una sola pieza.
Para ir
directamente a lo peor, lo que voy a ofrecer no es en realidad una narración
corta sino una especie de película doméstica en prosa, y los que han visto su
longitud me han aconsejado encarecidamente que no elabore para ella cualquier
plan complicado de distribución. Es mi privilegio y quebradero de cabeza
divulgar que el grupo disidente consiste en los tres propios protagonistas, dos
hembras y un varón. Empezaremos por la primera dama, la cual, me imagino,
preferiría que la describiera brevemente como un tipo lánguido y sofisticado.
Esta dama presiente que las cosas no habrían salido del todo mal si yo me
hubiese limitado a hacer una escena de quince o veinte minutos en la que ella
se sonara varias veces e infiero que la hubiese cortado. Dice que es
desagradable ver a alguien sonándose una y otra vez. La otra dama del conjunto,
una actriz esbelta y coqueta, desaprueba que la haya fotografiado, por así
decirlo, con su bata vieja. Ninguna de estas dos bellas (como han insinuado que
les gustaría llamarse) se opone con demasiada estridencia a mis fines abusivos.
Por una razón terriblemente sencilla, en realidad, aunque para mí resulte algo
vergonzosa. Saben por experiencia que me echo a llorar a la primera palabra
dura o reprobatoria. Pero es el primer actor quien me ha dirigido la súplica
más elocuente para que abandone la producción. Siente que el argumento raya en
el misticismo, o la mistificación religiosa...
en cualquier caso,
expone con mucha claridad su preocupación de que un elemento trascendente de
mala calidad y excesivamente obvio no hará más que precipitar, adelantar, el
día y la hora de mi fracaso profesional. La gente ya está meneando la cabeza a
mi alrededor, y cualquier uso inmediatamente posterior por mi parte de la
palabra «Dios», excepto como una imprecación americana, sana y familiar, será
tomado —o mejor, confirmado— como la peor especie de jactancia y un signo
seguro de que
19
voy en línea recta
hacia mi perdición. Lo cual, por supuesto, es algo que obliga á hacer una pausa
a cualquier hombre de corazón pusilánime y, en especial, si es escritor. Pero
sólo una pausa. Porque una objeción, por muy elocuente que sea, sólo sirve si
es aplicable. El hecho es que he estado produciendo películas domésticas en
prosa, con alguna intermitencia, desde que tenía quince años. En un punto
de El gran Gatsby (que fue mi Tom Sawyer cuando
tenía doce años), el joven narrador observa que todo el mundo cree tener al
menos una de las virtudes cardinales, y declara, bendito sea su corazón, que a
su juicio la suya es la honestidad. La mía, creo yo, es conocer la
diferencia entre una historia mística y una historia de amor. Declaro que mi
oferta actual no es una historia mística, ni una historia religiosa y
oscura. Digo que es una historia de amor compuesta o múltiple,
pura y complicada.
La trama
argumental, para terminar, es en gran parte el resultado de un esfuerzo de
colaboración bastante profano. Casi todos los hechos que siguen (con calma y
lentitud) me fueron suministrados originalmente en entregas con odiosos
intervalos por los tres propios personajes. Debo añadir que ninguno de los tres
demostró tener el menor talento para la brevedad del detalle o la comprensión
del incidente. Defecto, me temo, que se reflejará en esta versión, o filmación,
final. No puedo disculparlo, por desgracia, pero insisto en una tentativa de
explicarlo. Los cuatro somos parientes cercanos, y hablamos una especie de
lenguaje familiar esotérico, una forma de geometría semántica en la cual la
distancia más corta entre dos puntos es un espacioso círculo.
Una última palabra
de advertencia: el apellido de nuestra familia es Glass. Dentro de un momento
se verá al hijo menor de los Glass leyendo una carta excesivamente larga (que
será reproducida aquí en toda su extensión, puedo prometerlo con seguridad), escrita
por el mayor de sus hermanos vivos, Buddy Glass. Me dicen que el estilo de la
carta contiene un parecido mucho más que casual con el estilo, o amaneramientos
de escritura de este narrador, y el lector en general llegará a la temeraria
conclusión de que el autor de la carta y yo somos la misma persona. Será
temerario, y me temo que debe serlo. Sin embargo, de ahora en adelante
dejaremos a este Buddy Glass en la tercera persona. Yo, al menos, no veo una
buena razón para sacarle de ella.
A las diez y media
de la mañana de un lunes, en noviembre de 1955, Zooey Glass, un joven de
veinticinco años, se encontraba sentado en una bañera muy llena leyendo una
carta fechada hacía cuatro años. Era una carta de aspecto casi interminable,
escrita a máquina en varias hojas de fino papel amarillo, y le resultaba algo
difícil mantenerla apoyada contra las dos islas secas de sus rodillas. A su
derecha, un cigarrillo algo húmedo se balanceaba sobre el borde de la jabonera
de esmalte, empotrada, y era evidente que estaba bien encendido, ya que de vez
en cuando daba una o dos chupadas sin tener que desviar del todo la vista de la
carta. La ceniza caía invariablemente en el agua de la bañera, ya fuera
directamente o por sobre una de las páginas de la carta. El parecía ignorante
de la suciedad del proceso. Sin embargo, parecía ser consciente, aunque de un
modo somero, de que el calor del agua empezaba a producirle un efecto
deshidratante. A medida que leía —o releía—, utilizaba más a menudo y con gesto
más ausente el dorso de la muñeca para secarse la frente y el labio superior.
Aseguremos sin
tardanza que en Zooey nos encontramos ante un tipo complejo, solapado y
polifacético, y que sería preciso incluir aquí mismo al menos dos párrafos
documentales. Para empezar, era un muchacho más bien bajo y de extremada
esbeltez
20
de cuerpo. Visto
desde atrás —en especial desde donde sus vértebras eran visibles— podría haber
pasado por uno de esos niños metropolitanos que se envían cada verano a
campamentos subvencionados para que engorden y tomen el sol. De cerca, ya sea
de cara o de perfil, era extremadamente guapo, incluso de un modo espectacular.
Su hermana mayor (que con modestia prefiere ser identificada aquí como un ama
de casa de Tuckahoe) me ha pedido que le describa como «el mohicano
judeo-irlandés de ojos azules que murió en tus brazos ante la mesa de ruleta de
Montecarlo». Un aspecto menos general y sin duda menos parroquial era que su
rostro se había salvado por los pelos de una belleza excesiva, por no decir de
un excesivo esplendor, gracias a que una oreja sobresalía un poco más que la
otra. En cuanto a mí, sostengo una opinión muy diferente de estas dos últimas.
Opino que el rostro de Zooey estaba muy cerca de ser un rostro totalmente
bello. Como tal, era por supuesto vulnerable a la misma variedad de intrépidas
e irreflexivas evaluaciones, en general engañosas, a las que está sujeta
cualquier legítima obra de arte. Creo que sólo resta decir que cualquiera de un
centenar de amenazas cotidianas —un accidente de tráfico, un resfriado, una
mentira antes del desayuno— podría haber desfigurado o vulgarizado su
espléndido aspecto en un día o en un segundo. Pero lo indestructible, y ya
sugerido rotundamente como una clase de placer eterno, era un auténtico esprit superpuesto
a todo su rostro; en especial a los ojos, donde era con frecuencia tan
cautivador como una careta de Arlequín, y, en ocasiones, mucho más
deslumbrante.
De profesión, Zooey
era actor, primer actor en la televisión, y lo era desde hacía más de tres
años. De hecho, se le podía calificar de tan «solicitado» (y según vagas
informaciones de segunda mano llegadas a oídos de la familia, tan bien pagado)
como puede serlo un primer actor de televisión que no sea, al mismo tiempo, una
estrella de Hollywood o Broadway con una reputación nacional consagrada. Pero
es posible que cualquiera de estas dos afirmaciones, sin elaboración, pueda
conducir a una pauta de conjeturas excesivamente rígida. En realidad, Zooey
había hecho un debut serio y formal como actor a la edad de siete años. Era el
segundo empezando por la cola de lo que inicialmente fueran siete hermanos y
hermanas (1) —cinco chicos y dos chicas— todos los cuales, a intervalos
convenientemente espaciados durante la infancia, habían actuado con regularidad
en una cadena de emisoras radiofónicas en un concurso infantil llamado: «Es un
niño sabio». Una diferencia de edad de casi dieciocho años entre el hijo mayor
de los Glass, Seymour, y la más joven, Franny, había ayudado considerablemente
a que la familia se reservara una especie de continuidad dinástica ante los
micrófonos del «Niño Sabio», que duró algo más de dieciséis años, desde 1917
hasta bien entrado 1943, un lapso que conectó la era del charlestón con la del
B-17.
--------------
(1) Aquí parece
imponerse el mal estético de una nota al pie. En todo lo que sigue, solamente
serán vistos u oídos los dos menores de los siete hijos. Sin embargo, los cinco
restantes, de mayor edad, entrarán y saldrán del argumento con frecuencia
considerable, como otros tantos fantasmas de Banquo. Por ello al lector puede
interesarle saber desde el principio que en 1955 hacía ya casi siete años que
había muerto el mayor de los hermanos Glass, Seymour. Se suicidó mientras
estaba de vacaciones con su esposa en Florida. De estar vivo, hubiera cumplido
treinta y ocho años en 1955. El siguiente en edad, Buddy, era lo que en la
jerga de la nómina universitaria se conoce como "escritor residente"
de una escuela semi-superior femenina al norte del Estado de Nueva York. Vivía
solo en una casa pequeña sin calefacción ni electricidad a unos cuatrocientos
metros de una popular pista de esquí. La siguiente, Boo Boo, estaba casada y
tenía tres niños. En noviembre de 1955 se hallaba viajando por Europa con su
marido y sus tres hijos. Por orden de edad, los gemelos Walt y Waker venían
después de Boo Boo. Walt había muerto hacía algo más de diez años, víctima de
una explosión fortuita mientras estaba en Japón con el ejército de ocupación.
Waker, doce minutos más joven que él, era sacerdote católico romano, y en
noviembre de 1955 se encontraba en Ecuador, asistiendo a una conferencia de
jesuitas.
21
(Creo que todos
estos datos son relevantes hasta cierto punto.) Pese a todos los años y las
pausas que mediaron entre sus éxitos individuales en el programa, puede decirse
(con escasas, y en realidad poco importantes reservas) que los siete niños
lograron contestar por las ondas una cantidad prodigiosa de preguntas
alternativamente pedantes y divertidas —enviadas por los radioyentes— con una
frescura y un aplomo que fueron considerados únicos en la radio comercial. La
reacción del público ante los niños fue con frecuencia cálida, pero nunca
tibia. En general, lo radioyentes se dividían en dos bandos curiosamente
ingobernables: los que sostenían que los Glass eran un hatajo de insufribles
pequeños bastardos «superiores», que debían haber sido ahogados o envenenados
con gas al momento de nacer, y los que sostenían que eran auténticos ingenios y
sabios precoces, de índole envidiable y poco frecuente. En la actualidad
(1957), hay antiguos radioyentes de «Es un niño sabio» que recuerdan con
asombrosa exactitud muchas de las actuaciones individuales de los siete niños.
En este mismo grupo, cada vez más reducido, pero todavía de una extraña
coherencia, el consenso es que de todos los niños Glass, el mayor, Seymour, era
en los años veinte y principios de los treinta el que se oía «más a gusto» y
resultaba más consistentemente «agradable». Después de Seymour, en orden de
preferencia o atractivo, en general, está situado Zooey, el más joven de los
chicos. Y puesto que aquí tenemos un singular interés práctico por Zooey, añadiremos
que, como ex participante en «Es un niño sabio», gozaba de una distinción
especial entre (o por encima de) sus hermanos y hermanas. Durante sus años
radiofónicos los siete niños fueron de vez en cuando caza
no vedada para la
clase de psicólogo infantil o educador profesional que se interesa ante todo
por los niños superprecoces. En esta causa, o servicio, Zooey fue sin duda el
niño Glass más vorazmente examinado, entrevistado y husmeado. De muy notable
modo, y, que yo sepa, sin excepciones, sus experiencias en los campos
divergentes al parecer de la psicología clínica, social o de quiosco le
salieron muy caras, como si los lugares donde era examinado hubiesen tenido
abundante y uniforme población de traumas muy contagiosos o simples y
anticuados gérmenes. Por ejemplo, en 1942 (con la eterna desaprobación de sus
dos hermanos mayores, que por entonces estaban en el Ejército), fue examinado
por un solo grupo de investigación, en Boston, en cinco ocasiones diferentes.
(Tenía doce años en la mayoría de las sesiones, y es posible que los viajes en
tren —diez en total— ejercieran sobre él cierta atracción, por lo menos al
principio.) El objeto principal de las cinco pruebas era, al parecer, aislar y
estudiar en lo posible la fuente del precoz ingenio e imaginación de Zooey. Al
finalizar la quinta prueba, el sujeto fue enviado a su casa en Nueva York con
tres o cuatro aspirinas en un sobre especial, para combatir sus estornudos, que
resultaron ser una pulmonía bronquial. Seis semanas más tarde llamaron por
conferencia desde Boston a las once y media de la noche, mediante la inserción
de muchas monedas pequeñas en una cabina pública, y una voz sin identificar (se
supone que sin intención de sonar pedantemente bromista) comunicó al señor y la
señora Glass que su hijo Zooey poseía, a los doce años, un vocabulario inglés
equivalente al de Mary Baker Eddy, y que había que instarle a utilizarlo.
Resumiendo: La
larga carta mecanografiada, de cuatro años atrás, que Zooey leía en la bañera
esta mañana de lunes en noviembre de 1955, había sido sin duda sacada del
sobre, desdoblada y vuelta a doblar en muchas ocasiones privadas durante los
cuatro años, de forma que ahora no sólo tenía un aspecto general unappetitlich,
sino que además estaba rota en varios lugares, sobre todo en los dobleces. El
autor de la carta, como ya se ha dicho, era el hermano mayor de Zooey, Buddy.
La carta en sí era casi interminable en extensión, de estilo recargado,
aleccionadora, reiterativa, testaruda, reprobatoria, condescendiente,
desconcertante y estaba llena de afecto hasta la
22
exageración. En
suma, era exactamente la clase de carta que quien la recibe, tanto si quiere
como si no, la lleva durante algún tiempo en el bolsillo del pantalón. Y
también la que los escritores profesionales de cierta clase disfrutan
reproduciendo palabra por palabra:
3/18/51
Querido Zooey;
He acabado ahora
mismo de descifrar una larga carta de mamá, llegada esta mañana, acerca de ti y
de la sonrisa del general Eisenhower y de los niños del Daily News que
se caen por el hueco del ascensor y de cuándo van a quitarme el
teléfono de Nueva York e instalarme uno aquí en el campo, donde
realmente lo necesito. Seguramente es la única mujer del mundo que
sabe escribir una carta en cursiva invisible. Querida Bessie. Cada tres meses,
como un reloj, recibo de ella quinientas palabras sobre el tema de mi pobre y
antiguo teléfono privado y lo estúpido que es pagar Buen
Dinero cada mes por algo que ya no se le ocurre usar a nadie. Lo cual es en
realidad una gran mentira. Cuando estoy en la ciudad me siento invariablemente
a hablar durante horas con mi viejo amigo Yama, el Dios de la Muerte, y un teléfono
privado es de primera necesidad para nuestras pequeñas charlas. En fin, te
ruego que le digas que no he cambiado de opinión. Amo con pasión ese viejo
teléfono. Fue la única propiedad privada que jamás tuvimos Seymour y yo en todo
el kibbutz de Bessie. Además es esencial para mi armonía
interior ver el nombre de Seymour todos los años en la maldita guía telefónica.
Me gusta hojear con confianza las páginas de la G. Sé buen chico y transmite
por mí este mensaje. No palabra por palabra, pero de modo agradable. Sé más
bueno con Bessie, Zooey, siempre que puedas; creo que no te lo digo porque sea
nuestra madre, sino porque está cansada. Tú también lo estarás después de los
treinta años, cuando todo el mundo retrasa un poco la marcha (incluso tú,
quizá), pero ahora inténtalo con más empeño. No es suficiente tratarla con la
amante brutalidad de un bailarín apache hacia su pareja — lo cual, dicho sea de
paso, ella sabe comprender, tanto si lo crees como si no. Olvidas que su
sentimentalismo prospera casi tanto como el de Les.
Aparte de mis
problemas telefónicos, la última carta de Bessie es en realidad una carta sobre
Zooey. Debo escribirte y decirte que tienes Toda la Vida Ante Ti y que sería
Criminal no procurarte el doctorado en Filosofía antes de dedicarte por
completo a la vida de actor. No dice en qué le gustaría que te doctorases, pero
supongo, pequeño y asqueroso ratón de biblioteca, que ha de ser en matemáticas
más que en griego. En cualquier caso, deduzco que su deseo es que tengas algo a
qué Recurrir en caso de que por alguna razón no prospere tu carrera de actor.
Cosa que puede ser muy acertada, y probablemente lo sea, pero no me siento
inclinado a asegurarlo por las buenas. Hoy es uno de esos días en que veo a
toda la familia, incluido yo mismo, por el extremo equivocado del telescopio.
De hecho, esta mañana he tenido que luchar ante el buzón para saber quién era
Bessie cuando he visto su nombre en el dorso del sobre. Por alguna buena razón,
Escritura Avanzada 24-A me cargó con treinta y ocho cuentos cortos para llevar
conmigo a casa este fin de semana. Creo que treinta y siete de ellos tratan de
una lesbiana tímida y retraída, holandesa de Pennsylvania, que Quiere Escribir,
y los relata en primera persona un mozuelo lascivo. En dialecto.
Doy por sentado
que conoces el hecho de que pese a todos los años que he
pasado trasladando mi cubículo de prostituta literaria de universidad en
universidad, sigo sin tener ni siquiera una licenciatura en Artes. Parece que
hace un siglo, pero creo que hubo inicialmente dos razones para que no me
licenciara. (Sé bueno y no te muevas. Esta es la primera vez que te escribo
desde hace años.) Primero, era un verdadero esnob
23
en la universidad,
como sólo puede serlo un ex alumno del Niño Sabio y futuro especialista en
inglés para toda la vida, y no me interesaba en absoluto ningún título, si
todos los literatos ignorantes, locutores de radio y pedagogos imbéciles los
tenían a montones. Y, segundo, Seymour se licenció en filosofía a una edad en
que la mayoría de los jóvenes americanos acaban de salir de la escuela
superior, y como ya era demasiado tarde para mí para alcanzarle en la forma
debida, opté por dejarlo. Además, naturalmente, a tu edad yo ya sabía seguro
que nunca me vería obligado a enseñar, que si las Musas me fallaban en cuanto
al propio sustento, me afanaría por otro lado, como Booker T. Washington. Así
pues, no creo tener nostalgia académica en ningún sentido determinado. En días
especialmente negros me digo a mí mismo que si me hubiese cargado de títulos
cuando podía hacerlo, ahora tal vez no estaría enseñando algo tan culto y sin
remedio como Escritura Avanzada 24-A. Pero esto es probablemente una
baladronada. Las circunstancias son desfavorables (y con mucha propiedad, me
imagino) para todos los estetas profesionales, y sin duda todos merecemos las
muertes locuaces, sombrías y académicas que nos tocarán en suerte tarde o
temprano.
Estoy convencido de
que tu caso es muy diferente del mío. De todos modos, creo que no estoy
realmente del lado de Bessie. Si es Seguridad lo que quieres, o lo que Bessie
quiere para ti, tu MA. siempre te calificará para enseñar tablas de logaritmos
en cualquier aburrida escuela preparatoria del campo, y en la mayoría de
universidades. Por otra parte, tu precioso griego no te servirá casi de nada en
ningún campus de buen tamaño a menos que tengas un doctorado en Filosofía,
viviendo como vivimos en un mundo de sombreros y capelos de latón. (Por
supuesto que siempre puedes trasladarte a Atenas, la soleada y vieja Atenas.)
Pero cuanto más lo pienso, más pienso que al diablo con más títulos para ti. Lo
cierto es, si quieres saberlo, que no puedo desechar la idea de que serías un
actor muchísimo mejor adaptado si Seymour y yo no hubiéramos añadido los Upanishad y
el Sutra Diamante y Eckhart, y todos nuestros demás amores
viejos, al resto de tus lecturas recomendadas cuando eras pequeño. Por derecho
propio, un actor debería viajar con poco equipaje. Una vez, cuando éramos
niños, S. y yo tomamos un bello almuerzo con John Barrymore. Era muy
inteligente, y rebosaba instrucción, pero no soportaba el peso del molesto
equipaje de una educación excesivamente formal. Menciono esto porque durante el
fin de semana he hablado con un orientalista bastante pomposo, y en cierto
momento, en una pausa metafísica muy profunda de la conversación, le dije que
tenía un hermano pequeño que una vez se consoló de un amor desgraciado intentando
traducir el Upanishad Mundaka al griego clásico. (Se rió a
carcajada limpia, ya sabes cómo ríen esos orientalistas.)
Me gustaría tener
una idea de qué te ocurrirá como actor. Eres un actor nato, ciertamente.
Incluso nuestra Bessie lo sabe. Y también es cierto que tú y Franny sois las
únicas bellezas de la familia. Pero ¿dónde actuarás? ¿Lo has pensado? ¿En el
cine? De ser así, me aterra que si algún día aumentas algo de peso serás
sacrificado como cualquier joven actor y te harán contribuir a la fiable
amalgama hollywoodense de boxeador y místico, pistolero y niño desvalido,
vaquero y Conciencia del Hombre, y todo lo demás. ¿Estarás conforme con esa
sensiblería taquillera, o soñarás con algo más cósmico, zum Beispiel
(1), representar a Pierre o Andrei en una producción en tecnicolor de Guerra
y Paz, con asombrosas escenas de batallas y sin ningún matiz de
caracterización (sobre la base de que son novelísticos y poco fotogénicos), y
Anna Magnani haciendo osadamente el papel de Natacha (sólo para que la
producción sea honesta y de alta calidad), y una magnífica música de fondo por
Dimitri Popkin, y todos los primeros actores masculinos moviendo sus músculos
faciales para demostrar que
---------------
(1) En
alemán, por ejemplo.
24
están bajo una gran
tensión emocional, y un Estreno Mundial en el Winter Garden, bajo los focos,
con Molotov y Milton Berle y el gobernador Dewey presentando a las celebridades
a medida que lleguen al teatro? (Por celebridades entiendo, naturalmente, a los
viejos amantes de Tolstoi: el senador Dirksen, Zsa Zsa Gabor, Gayelord Hauser,
Georgie Jessel, Charles of the Ritz.) ¿Cómo te suena? Y si te dedicas al
teatro, ¿tendrás alguna ilusión a ese respecto? ¿Has visto
alguna vez una producción realmente bella de, por ejemplo, El jardín de
los cerezos? No digas que sí. Nadie la ha visto. Puedes haber visto
producciones «inspiradas», producciones «competentes», pero nunca algo bello.
Nunca una producción en que el talento de Chéjov sea respetado, matiz por
matiz, idiosincrasia por idiosincrasia, por todos cuantos pisen el escenario.
Me preocupas terriblemente, Zooey, y perdona el pesimismo, ya que
no la sonoridad. Pero es que sé, pequeño bastardo, lo exigente que
eres con las cosas. Y he pasado por la infernal experiencia de sentarme a tu
lado en el teatro. Te veo con tanta claridad exigiendo de las artes
representativas algo que allí sencillamente no es residual. Por el amor de
Dios, ten cuidado.
Admito que hoy no
es mi día. Llevo un buen calendario de neurótico y hoy hace exactamente tres
años que Seymour se mató. ¿Te he contado alguna vez lo que ocurrió cuando fui a
Florida a buscar su cadáver? Lloré como un patán en el avión durante cinco horas
enteras. Ajustaba cuidadosamente mi cortinilla de vez en cuando para que nadie
pudiera verme desde el otro lado del pasillo —no había nadie sentado a mi lado,
gracias a Dios—. Cinco minutos antes de aterrizar me di cuenta de que unas
personas hablaban en el asiento posterior. Una mujer decía, con todo el acento
de Back Bay Boston y gran parte del de Harvard Square en la voz: «...y
figúrate, a la mañana siguiente extrajeron medio litro de pus
de su hermoso cuerpo». Esto es todo cuanto recuerdo haber oído, pero cuando
bajé del avión unos minutos después y la Viuda Desconsolada se me acercó toda
vestida de negro con un Bergdorf Goodman, en mi rostro había la Expresión
Equivocada: mostraba los dientes en una sonrisa. Y así es exactamente como me
siento hoy, por ninguna razón especial. En contra de mi sensata opinión, estoy
seguro de que muy cerca de aquí — en la casa vecina, tal vez — está muriendo un
buen poeta, pero también muy cerca de aquí a alguien le están extrayendo un
absurdo litro de pus de su hermoso cuerpo joven, y no puedo correr para siempre
arriba y abajo entre la pena y el deleite.
El mes pasado, el
decano Sheeter (cuyo nombre suele transportar a Franny cuando lo menciono) me
abordó con su indulgente sonrisa y su látigo, y ahora doy clases al cuerpo
docente, a sus esposas, y a unos cuantos estudiantes de opresivo tipo profundo,
todos los viernes, sobre el Zen y el budismo Mahayana. Proeza, no me cabe la
menor duda, que eventualmente me conquistará la Cátedra de Filosofía Oriental
en el Infierno. El caso es que ahora estoy cinco días en el campus en lugar de
cuatro, y con mi propio trabajo por las noches y los fines de semana casi no me
queda tiempo para pensar de un modo electivo. Lo cual es mi doliente manera de
decir que me preocupo por ti y por Franny cuando tengo ocasión, pero no con la
frecuencia que desearía. De verdad, lo que intento decirte es que la carta de
Bessie ha tenido muy poco que ver con el hecho de que hoy me sentara a
escribirte en un mar de ceniceros. Todas las semanas me facilita información
urgente sobre ti y Franny y, yo nunca hago nada al respecto, así que no es eso.
Lo que me ha impulsado es algo que hoy me ha ocurrido en el supermercado local.
(No hay párrafo nuevo. Te lo ahorraré.) Yo estaba ante el puesto de la carne,
esperando que me cortasen unas costillas de cordero. Una madre joven y su hija
pequeña también esperaban. La niña debía tener unos cuatro años y, para pasar
el rato, se ha apoyado en el cristal del mostrador y ha mirado fijamente mi
cara sin afeitar. Le he dicho que era la
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niña más bonita que
había visto en todo el día. Esto tenía sentido para ella, y ha dicho que sí con
la cabeza. He añadido que apostaba algo a que tenía muchos amigos. Ha vuelto a
asentir. Le he preguntado cuántos amigos tenía, y ella ha levantado dos dedos.
« ¡Dos! —he
exclamado—. Esto son muchos amigos. ¿Y cómo se llaman, preciosa?» Contesta
ella, con voz estridente: «Bobby y Dorothy.» He agarrado mis costillas
de cordero y echado a correr. Pero esto es exactamente lo que ha provocado esta
carta, mucho más que la insistencia de Bessie para que te escriba sobre el
doctorado y la carrera de actor. Esto y un poema de estilo haiku que encontré
en la habitación de hotel donde Seymour se mató de un disparo. Estaba escrito
con lápiz sobre el secante de la mesa: «La niña pequeña del avión / que volvió
su cabeza de muñeca / para mirarme.» Con estas dos cosas en la mente pensé,
mientras regresaba del supermercado, que ya era hora de que te escribiera y te
dijese por qué S. y yo nos encargamos de tu educación y la de
Franny tan pronto y tan arbitrariamente. Nunca te lo expresamos con palabras, y
creo que ha llegado el momento de que uno de los dos lo haga. Pero ahora ya no
estoy tan seguro de poder hacerlo. La niña de la carnicería ha desaparecido, y
no veo muy bien la carita cortés de la niña del avión. Y el viejo horror de ser
un escritor profesional, y el hedor habitual de las palabras que ello comporta,
está empezando a sacarme de la silla. No obstante, se me antoja de una enorme
importancia.
Las diferencias de
edad existentes en la familia siempre parecieron aumentar, de manera
innecesaria y perversa, nuestros problemas. No precisamente entre S., los
gemelos, Boo Boo y yo, sino entre las dos parejas formadas por Franny y tú y S.
y yo. Tanto Seymour como yo éramos adultos -—él incluso hacía tiempo que había
abandonado la facultad— cuando tú y Franny empezasteis a leer. En aquella época
no teníamos verdadera necesidad de traspasaros a nuestros clásicos favoritos
—al menos, no con el mismo gusto con que lo habíamos hecho con los gemelos o
Boo Boo. Sabíamos que un estudioso nato no puede permanecer ignorante, y creo
que en el fondo nos alegrábamos de ello, pero nos ponían nerviosos, e incluso
nos asustaban, las estadísticas sobre niños pedantes y sabihondos académicos
que se convierten en sabios de sala de recreo universitaria. Pero había algo
muchísimo más importante, y era que Seymour ya había empezado a creer (y yo
estaba de acuerdo con él, en la medida en que podía comprender la cuestión) que
cualquier educación tendría un sabor tan dulce, o quizá mucho más dulce, si no
se iniciaba con una búsqueda de conocimientos, sino con una búsqueda, como
diría el Zen, del no conocimiento. El doctor Suzuki dice en alguna parte que
alcanzar un estado de conciencia pura —satori— es estar con Dios antes
de que hubiese dicho: «Hágase la luz.» Seymour y yo pensábamos que podía ser
bueno ocultar esta luz de ti y de Franny (por lo menos mientras pudiéramos), y
todos los demás efectos de iluminación más bajos y más de moda —artes,
ciencias, clásicos, lenguas— hasta que ambos fuerais al menos capaces de
concebir un estado en que la mente conoce la fuente de toda la luz. Pensábamos
que sería maravillosamente constructivo (es decir, si nuestras propias
«limitaciones» eran un obstáculo) contaros todo cuanto sabíamos sobre los
hombres —santos, arhats, bodhisatvas, jivenmuktas— que sabían algo
o todo acerca de este estado. Es decir, queríamos que los dos supierais quiénes
y qué eran Jesús y Gautama y Lao-tsé y Shankara-charya y Huineng y Sri
Ramakrishna, etcétera, antes de que supierais algo o demasiado sobre Homero o
Shakespeare o incluso Blake o Whitman, por no hablar de George Washington y su
cerezo o la definición de una península o cómo analizar un frase. De todos
modos, tal era la gran idea. Además de todo esto, supongo que intento decir que
sé lo mucho que lamentas los años en que S. y yo dirigíamos estudios caseros, y
en particular las sesiones metafísicas. Sólo puedo esperar que un día —con
preferencia si estamos borrachos como cubas— lleguemos a hablar sobre esto.
(Entretanto, te diré que ni
26
Seymour ni yo
teníamos por entonces la menor idea de que acabarías siendo actor. Debimos intuirlo,
no cabe duda, pero no fue así. De haberlo adivinado, estoy seguro de que
S. hubiera intentado hacer algo constructivo al respecto. Es probable que en
alguna parte haya cursos preparatorios especiales para el Nirvana y puntos de
Oriente, destinados estrictamente a los actores, y creo que S. los hubiera
encontrado.) Debería terminar este párrafo, pero no puedo parar de susurrar.
Darás un respingo al leer lo que sigue, pero tiene que seguir. Creo que sabes
que después de la muerte de S. yo tenía las mejores intenciones de visitaros de
vez en cuando para ver cómo os iba todo a Franny y a ti. Tú tenías dieciocho
años, y no me preocupabas en exceso. Me enteré por un chismoso de una de mis
clases de que tenías la reputación en tu dormitorio de abstraerte y sumirte en
meditación durante diez horas seguidas, y eso sí me dio qué
pensar. Pero entonces Franny tenía trece años. Sin embargo, no
logré moverme. No me daba miedo que ambos, llorando, os situarais en un extremo
de la habitación y me lanzarais, uno a uno, todos los tomos de los Libros
Sagrados de Oriente de Max Müller. (Lo cual probablemente hubiera sido un
éxtasis masoquista para mí.) Lo que sí me daba miedo eran las
preguntas (mucho más que las acusaciones) que ambos pudierais formularme. Como
recuerdo muy bien, dejé pasar todo un año después del funeral antes de volver a
Nueva York. A partir de entonces ya fue más fácil ir por los cumpleaños y
fiestas y estar razonablemente seguro de que las preguntas se referían a cuándo
terminaría mi siguiente libro y si había esquiado últimamente, etcétera.
Incluso vosotros dos habéis venido aquí muchos fines de semana, en los dos
últimos años, y aunque hemos hablado y hablado y hablado, todos hemos
coincidido en no decir ni una palabra. Hoy es la primera vez que he necesitado
de verdad expresarme. Cuanto más me adentro en esta maldita carta, más pierdo
el valor de mis convicciones. Pero te juro que he tenido una pequeña visión de
la verdad perfectamente comunicable (ante las costillas de cordero) esta misma
tarde, en el instante en que aquella niña me ha dicho que los nombres de sus
amigos eran Bobby y Dorothy. Seymour me dijo una vez —en un autobús de
circunvalación, nada menos— que todo legítimo estudio religioso debe conducir
a olvidar las diferencias, las diferencias ilusorias, entre chicos y chicas,
animales y piedras, día y noche, calor y frío. Esto me ha asaltado de improviso
ante el mostrador de la carnicería, y me ha parecido una cuestión de vida o
muerte volver a casa a más de cien kilómetros por hora para escribirte una
carta. Oh, Dios mío, ojalá hubiese echado mano de un lápiz allí mismo, en el
supermercado, en vez de fiarme de las carreteras. Pero quizá sea mejor así. Hay
veces en que pienso que has perdonado a S. más completamente que cualquiera de
nosotros. Waker me dijo una vez algo muy interesante a este respecto; de hecho,
lo único que hago es repetir como un loro sus palabras. Dijo que tú eras el
único a quien había ofendido el suicidio de S. y el único que realmente se lo
perdonó. Los demás, dijo, éramos serenos por fuera e implacables por dentro.
Esto puede ser más cierto que la misma verdad. ¿Cómo puedo saberlo? Lo que sé
seguro es que tenía algo dichoso y excitante que contarte —y sólo en una cara
de papel, y a doble espacio— y cuando llegué a casa comprendí que casi todo se
había desvanecido, o incluso todo, y que no podía hacer otra cosa que escribir
mecánicamente. Darte una conferencia sobre doctorados y la vida del actor. Qué
complicado, qué gracioso, y cómo hubiera sonreído y sonreído el propio Seymour,
y probablemente asegurándome, asegurándonos a todos, que no valía la pena
preocuparse por ello.
Basta. Actúa,
Zachary Martin Glass, cuando y donde quieras, puesto que crees que debes
hacerlo, pero haz-lo con todas tus fuerzas. Si haces algo bello
sobre un escenario, algo sin nombre y que inspire alegría, cualquier cosa que
esté por encima y más allá del ingenio teatral, S. y yo rasgaremos smokings y
sombreros de copa y entraremos solemnemente por la puerta del camerino con
ramilletes de boca de dragón.
27
En cualquier caso,
y por poco que valga, te ruego que cuentes con mi afecto y apoyo, sea cual sea
la distancia.
Buddy.
Como siempre, mis
intentos de omnisciencia son absurdos, pero tú, más que nadie, debes ser cortés
con la parte de mí que es meramente ingeniosa. Hace años, en mis primeros y más
pastosos días como presunto escritor, leí en voz alta un relato nuevo a S. y
Boo Boo. Cuando terminé, Boo Boo dijo llanamente (pero mirando a Seymour) que
el relato era «demasiado ingenioso». S. meneó la cabeza, dedicándome una
esplendorosa son risa, y dijo que el ingenio era mi aflicción perpetua, mi pata
de palo, y que resultaba del peor gusto llamar hacia ella la atención del
grupo. Como un cojo con otro cojo, viejo Zooey, seamos corteses y bondadosos el
uno con el otro.
Con mucho cariño.
B.
La última página,
la de debajo, de la carta escrita hacía cuatro años estaba manchada de un color
semejante al del cordobán, y rota en dos lugares por los dobleces. Zooey,
cuando hubo terminado su lectura, la trató con cierto cuidado al ordenar otra
vez las páginas. Para igualarlas, les dio unos golpecitos contra sus rodillas
secas. Frunció el ceño. Entonces, con vivacidad, como si por fin hubiese leído
la carta por última vez en su vida, la metió en el sobre como si fuese un
puñado de virutas. Colocó el abultado sobre en el borde de la bañera y empezó a
jugar un poco con él. Con un dedo lo hizo deslizar de un lado a otro del borde,
para averiguar al parecer si podía mantenerlo en movimiento sin que se cayera
al agua. Después de unos buenos cinco minutos, dio al sobre un golpe mal
dirigido y tuvo que apresurarse a rescatarlo. Con lo cual finalizó el juego.
Sosteniendo el sobre recuperado en la mano, se sumergió más en el agua, dejando
que se cubrieran sus rodillas. Miró abstraídamente durante uno o dos minutos
las baldosas de la pared al extremo de la bañera, luego echó una ojeada al
cigarrillo, que reposaba en la jabonera, lo cogió y dio dos chupadas, pero se
había apagado. Se incorporó de nuevo, muy bruscamente, con una gran aspersión
de agua, y dejó caer la mano izquierda, la seca, junto al borde de la bañera.
Un manuscrito mecanografiado yacía boca arriba sobre la alfombrilla. Lo recogió
y lo izó a bordo, por así decirlo. Lo miró brevemente, y después insertó la
carta escrita hacía cuatro años entre las páginas de en medio, donde las grapas
de un manuscrito hacen mayor presión. Entonces apoyó el manuscrito contra sus
rodillas ahora húmedas, más o menos a un centímetro sobre el nivel del agua, y
empezó a volver las páginas. Cuando llegó a la página 9, dobló el manuscrito
como una revista y empezó a leer o estudiar.
El papel de «Rick»
estaba fuertemente subrayado a lápiz.
TINA (perezosamente):
Oh, cariño, cariño, cariño. No te sirvo de mucho, ¿verdad?
RICK. No
digas eso. No vuelvas a decirlo, ¿me oyes?
TINA: Pero es
cierto. Soy una gafe. Soy una horrible gafe. A no ser por mí, haría siglos que
Scott Kincaid te hubiera asignado a la oficina de Buenos Aires. Yo lo estropeé
todo. (Va hacia la ventana.) Soy una de esas pequeñas zorras que
malogran las uvas. Me siento como un personaje de una obra horriblemente
sofisticada. Lo gracioso es que no soy sofisticada. No soy nada, sólo yo misma
(Se vuelve.) Oh, Rick, Rick, estoy asustada. ¿Qué nos ha sucedido? Ya no
puedo encontrarnos. Busco, busco, y no
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estamos,
simplemente. Tengo miedo. Soy como un niño asustado. (Mira por la ventana.)
Odio esta lluvia. A veces me veo muerta bajo la lluvia.
RICK (con calma):
Cariño, ¿no se trata de una frase de Adiós a las armas?
TINA (volviéndose,
furiosa): Sal de aquí. ¡Vete! Vete de aquí antes de que salte por esta
ventana. ¿Me has oído?
RICK (agarrándola):
Escúchame, pequeña y preciosa ignorante. Adorable, infantil, trágica...
La lectura de Zooey
fue repentinamente interrumpida por la voz de su madre — impertinente, casi
constructiva—, interpelándole desde detrás de la puerta del cuarto de baño.
— ¿Zooey? ¿Aún
estás en la bañera?
—Sí, aún
estoy en la bañera. ¿Por qué?
—Quiero entrar sólo
un instante. Tengo algo para ti. —Por el amor de Dios, mamá, estoy en la
bañera.
—Será un momento,
por favor. Corre la cortina de la ducha.
Zooey echó una
mirada de despedida a la página que estaba leyendo, y entonces
cerró el manuscrito
y lo dejó caer al lado de la bañera.
—Dios Todopoderoso
—exclamó—. A veces me veo muerto bajo la lluvia. — Una cortina de nailon color
escarlata, con un dibujo de listas, franjas y grietas en amarillo canario,
estaba arrugada a un extremo de la bañera, suspendida por medio de aros de
plástico de una barra cromada. Inclinándose hacia delante, Zooey la alcanzó y
la corrió a lo largo de la bañera, quedando oculto tras ella—. Está bien,
por Dios. Entra, si tienes que entrar.
Su voz no tenía
llamativos modismos de actor, pero era excesivamente vibrante; dejaba un «eco»
implacable cuando no le interesaba controlarla. Años antes, como concursante de
«Es un niño sabio», le habían avisado reiteradamente que se mantuviera a cierta
distancia del micrófono.
La puerta se abrió,
y la señora Glass, una mujer rechoncha con una redecilla en el pelo, entró de
modo furtivo en el cuarto de baño. Su edad, en cualquier circunstancia, era
furiosamente indeterminada, pero nunca lo era más que cuando llevaba una
redecilla en el pelo. Sus entradas en las habitaciones solían ser verbales
además de físicas.
---No sé cómo
puedes estar tanto rato en la bañera.
—Cerró en seguida
la puerta tras de sí, como si hubiese librado una permanente batalla a favor de
su progenie contra las corrientes de aire después del baño—. Ni siquiera es
saludable —añadió—. ¿Sabes cuánto rato has estado en esa bañera? Exactamente
cuarenta y cinco...
— ¡No me lo digas!
No me lo digas, Bessie.
— ¿Qué quieres
decir con que no te lo diga?
--Lo que he dicho.
Déjame la maldita ilusión de que no has estado ahí fuera contando los minutos
que yo...
—Nadie ha contado
los minutos, jovencito —dijo la señora Glass.
Estaba ya muy
ocupada. Había traído consigo al cuarto de baño un paquete pequeño de forma
apaisada, envuelto en papel blanco y atado con hilo de oro. Parecía contener un
objeto del tamaño aproximado del diamante Hope o un accesorio de riego. La
señora Glass lo miró con ojos entrecerrados y tiró del hilo con los dedos. Como
el nudo no cedía, aplicó los dientes.
Llevaba su habitual
indumento casero —lo que su hijo Buddy (que era escritor, y en consecuencia,
como nos ha dicho nada menos que Kafka, no un hombre decente )
llamaba su uniforme de pre notificación de la muerte. Consistía en su mayor
parte en un antiguo kimono japonés azul oscuro. Lo llevaba casi invariablemente
por el apartamento
29
durante el día. Con
sus numerosos pliegues de aspecto ocultista, servía asimismo de recipiente para
los bienes parafernales de una fumadora muy empedernida y una aficionada al
bricolaje; había hecho añadir dos enormes bolsillos en la caderas, y habitualmente
contenían dos o tres paquetes de cigarrillos, varios sobres de cerillas, un
destornillador, un martillo de orejas, un cuchillo de explorador que había
pertenecido a uno de sus hijos y uno o dos volantes de grifo esmaltado. Además
de un surtido de tornillos, clavos, goznes y cojinetes de bolas—todo lo cual
tendía a hacer chirriar débilmente a la señora Glass mientras se movía por su
espacioso apartamento. Durante diez años o más, sus dos hijas habían conspirado
a menudo, aunque con impotencia, para hacer desaparecer este kimono veterano.
(Su hija casada, Boo Boo, había insinuado que tal vez sería necesario asestarle
un cooup de gráce con un instrumento romo antes de tirarlo al
cubo de basura.) Por muy oriental que la bata quisiera parecer, no desvirtuaba
ni un ápice la impresión única, rebosante de impacto, que la señora
Glass, chez elle, producía en cierto tipo de observador. Los Glass
vivían en un apartamento viejo, pero categóricamente no pasado de
moda, en un edificio de la calle Setenta y Tantos Este, donde quizá las dos
terceras partes de las inquilinas más maduras poseían abrigos de piel y,
después de abandonar el inmueble una soleada mañana de un día entre semana,
podían encontrarse media hora después, al menos con probabilidad, entrando o
saliendo de uno de los ascensores de Lord & Taylor, o Saks, o Bonwit
Teller. En este local distintamente manhattanesco, la señora Glass era (desde
un punto de vista indudablemente pícaro) algo que ofendía la vista de un modo
bastante refrescante. Ante todo daba la impresión de que nunca, nunca
abandonaba el edificio, pero en caso de hacerlo, llevaría un
chal oscuro y se encaminaría en la dirección general de O'Connell Street, para
reclamar allí el cuerpo de uno de sus hijos mitad irlandeses, mitad judíos, que
por algún error clerical acababa de caer víctima de un disparo de los Black and
Tans.
La voz de Zooey
sonó de pronto, llena de suspicacia.
— ¡Mamá!
¿Qué diablos estás haciendo ahí?
La señora Glass
había desenvuelto el paquete y ahora leía la letra menuda de una funda de pasta
dentífrica.
—Hazme el favor de
cerrar el pico —dijo, algo abstraída.
Fue hacia el
botiquín, que estaba sobre el lavabo, contra la pared. Abrió la puerta de
espejo y dio un repaso a los congestionados estantes con la mirada —o más bien,
el bizqueo magistral— de un experto jardinero de botiquín. Ante ella, en
exuberantes hileras, se extendía una legión, por así decirlo, de dorados
productos farmacéuticos, amén de varios utensilios técnicamente menos
indígenas. En los estantes había yodo, mercurocromo, cápsulas de vitaminas,
seda dental, aspirina, Anacina, Bufferin, Argirol, Musterole, Ex-Lax, leche de
magnesia, Sal hepática, Aspergum, dos navajas Gillette, una navaja inyectora
Sckick, dos tubos de crema de afeitar, una foto curvada y algo rota de un
grueso gato blanco y negro dormido sobre la baranda de un porche, tres peines,
dos cepillos, una botella de ungüento Wildroot para el cabello, una botella de
Eliminador de caspa Fitch, un frasco pequeño, sin etiqueta, de supositorios de
glicerina, gotas para la nariz Vicks, Vicks VapoRub, seis pastillas de jabón de
Castilla, los fragmentos de tres entradas para una comedia musical de 1946 (Llámame
Mister), un tubo de crema depilatoria, una caja de Kleenex, dos conchas de
mar, un surtido de limas usadas, dos tarros de crema limpiadora, tres pares de
tijeras, una canica azul sin defectos (conocida por los jugadores de canicas,
al menos en los años veinte, como una «pieza pura»), una crema para cerrar los
poros, un par de pinzas, el chasis sin cadena de un reloj de pulsera femenino,
una caja de bicarbonato de sosa, un anillo de internado femenino con un ónice
resquebrajado, una botella de Stopette, e, inconcebiblemente o
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no, muchas cosas
más. La señora Glass estiró el brazo con rapidez y extrajo un objeto del
estante inferior, que tiró a la papelera produciendo un tintineo ahogado.
—Te voy a guardar
aquí un poco de esa pasta dentífrica nueva que todo el mundo alaba tanto
—anunció sin volverse y poniendo en práctica sus palabras—. Quiero que dejes de
usar esos absurdos polvos; van a estropear todo el bonito
esmalte de tus dientes. Tienes unos dientes preciosos, y lo menos que puedes
hacer es cuidarlos con...
— ¿Quién lo ha
dicho? —Desde detrás de la cortina llegó un sonido de agua turbulenta—. ¿Quién
diablos ha dicho que me va a estropear todo el bonito esmalte de los dientes?
—Lo he dicho yo. —La
señora Glass echó a su jardín una última ojeada crítica—. Hazme el favor de
usarla. —Empujó un poco con los dedos extendidos una caja de Sal hepática
todavía sin abrir, a fin de igualarla con los demás objetos de la hilera, y
cerró la puerta del botiquín. Abrió el grifo del agua fría—. Me gustaría saber
quién se lava las manos y después no limpia el lavabo —dijo, frunciendo el
ceño—. Se supone que esta familia está compuesta exclusivamente de adultos.
—Aumentó la presión del agua y lavó la pileta breve, pero concienzudamente con
una sola mano—. Supongo que aún no has hablado con tu hermana pequeña —observó,
volviéndose hacia la cortina de la ducha.
—No, aún no he
hablado con mi hermana pequeña. Y ahora, ¿quieres irte de una
vez?
— ¿Por qué no?
—Interrogó la señora Glass—. Eso no está bien, Zooey, no está nada bien.
Te pedí como un favor especial que fueras a ver si había algo...
—En primer lugar,
Bessie, me he levantado hace una hora. En segundo lugar, anoche hablé con ella
durante dos horas largas, y no creo en absoluto que hoy tenga ganas de hablar
con ninguno de nosotros. Y en tercer lugar, si no sales del cuarto de baño voy a
prender fuego a esta horrible y maldita cortina. Lo digo en serio, Bessie.
Hacia la mitad de
estos tres puntos aclaratorios, la señora Glass se había sentado y dejado de
escuchar.
—A veces casi
podría asesinar a Buddy por no tener teléfono —dijo—. Es tan innecesario. ¿Cómo
puede vivir así un hombre adulto, sin teléfono, sin nada?
Nadie tiene el menor deseo de invadir su intimidad, si eso es
lo que quiere, pero desde luego no creo que sea necesario vivir
como un ermitaño. —Se movió con brusquedad, y cruzó las
piernas—. ¡Ni siquiera es seguro, caramba! Supón que se rompiera una pierna o
algo parecido, viviendo tan apartado y en el bosque. Me
preocupa continuamente.
—Conque sí, ¿eh?
¿Qué te preocupa: que se rompa una pierna o que no tenga teléfono cuando a ti
te interesa?
—Para tu
información, jovencito, me preocupan las dos cosas.
—Bueno, pues... no
pierdas el tiempo preocupándote. Eres tan tonta, Bessie. ¿Por qué eres tan
tonta? Dios mío, conoces a Buddy. Aunque estuviera a treinta kilómetros dentro
del bosque, con las dos piernas rotas y una maldita flecha clavada
en la espalda, se arrastraría hasta su cueva sólo para asegurarse
de que nadie había entrado a probarse sus chanclos. —Detrás de la cortina sonó
una risotada gozosa, aunque algo siniestra—. Puedes creerme. Le interesa
demasiado su maldita intimidad para morir en un bosque.
—Nadie ha hablado
de morir —dijo la señora Glass. Dio un retoque menor e
innecesario a su redecilla del pelo—. Me he pasado la mañana entera tratando
de comunicar por teléfono con esa gente que vive en su misma calle. Ni siquiera
contestan. Es irritante no poder comunicar con él. ¡Cuántas
veces le he suplicado que saque ese absurdo teléfono de la
antigua habitación que compartía con Seymour! Ni siquiera es
31
normal. Si un día
ocurre algo y nos necesita... Es irritante. Anoche
lo intenté dos veces, y alrededor de cuatro esta...
— ¿Qué es todo esto
tan irritante? En primer lugar, ¿por qué habrían de estar a nuestra disposición
unos extraños de su misma calle?
—Nadie habla de que
deban estar a nuestra disposición, Zooey. No seas fresco, te lo ruego.
Para tu información, estoy muy preocupada por esa niña. Y creo que Buddy debe
enterarse de todo este asunto. Sólo para tu información, no creo que me
lo perdonase jamás si no me pusiera en contacto con él en un momento como éste.
— ¡Está bien!
Entonces, ¿por qué no llamas a la universidad en lugar de importunar a sus
vecinos? De todos modos, a esta hora del día no puede estar en su cueva, y tú
lo sabes.
—Ten la bondad de
bajar la voz, por favor, jovencito. Nadie está sordo. Para tu información, he
llamado a la Universidad. La experiencia me ha enseñado que esto no sirve
absolutamente de nada. Se limitan a dejar mensajes sobre su mesa, y no creo que
se acerque jamás a su despacho. —La señora Glass inclinó de
improviso su peso hacia delante, sin levantarse, y, alargando la mano, cogió
algo que había sobre la canasta de ropa sucia—. ¿Tienes un trapo ahí dentro?
—preguntó.
—La palabra es
«paño», no «trapo», y todo lo que quiero, maldita sea, Bessie, es quedarme solo
en este cuarto de baño. Es mi único y sencillo deseo. Si hubiese querido llenar
este espacio de todas las rosas irlandesas y gordas que pasen por aquí cerca, lo
habría dicho. Vamos, sal de una vez.
—Zooey —replicó con
paciencia la señora Glass—, tengo en la mano un trapo limpio. ¿Lo quieres o no
lo quieres? Di sólo sí o no, por favor.
— ¡Oh, Dios mío!
Sí, sí, sí. Más que nada en el mundo. Tíramelo.
—No pienso tirarlo,
te lo alargaré. Siempre se tira todo en esta familia.
La señora Glass se
levantó, dios tres pasos hacia la cortina de la ducha y esperó a que una mano
saliera a reclamar el paño.
—Un millón de
gracias. Ahora, lárgate, por favor. Ya he perdido unos cinco
kilos.
— ¡No me extraña!
Te quedas en esa bañera hasta que tienes la cara prácticamente morada, y
entonces... ¿Qué es esto? —Con inmenso interés, la señora Glass se
agachó y recogió el manuscrito que Zooey estaba leyendo cuando ella entró en la
habitación—. ¿Es el nuevo manuscrito que te envió el señor LeSage? —preguntó—.
¿En el suelo? —No obtuvo respuesta. Era como si Eva hubiese
preguntado a Caín si su hermosa azada nueva era la que estaba bajo la lluvia—.
Debo reconocer que es un lugar maravilloso para poner un manuscrito.
—Transportó el manuscrito hasta la ventana y lo colocó cuidadosamente sobre el
radiador. Lo contempló, como para cerciorarse de que no estaba húmedo. La
persiana continuaba bajada —Zooey había leído todo el rato a la luz de las tres
bombillas del techo—, pero por debajo se filtraba una fracción de luz matutina,
que iluminaba la portada del manuscrito. La señora Glass ladeó la cabeza para
leer mejor e1 título, extrayendo al mismo tiempo un paquete de cigarrillos
extra-largos del bolsillo de su kimono. «El corazón es un vagabundo otoñal»
—leyó, caviló, en voz alta—. Un título poco común.
La respuesta desde
detrás de la cortina llegó algo retrasada, pero divertida.
— ¿Qué has dicho?
¿Qué clase de título es?
La señora Glass ya
estaba en guardia. Retrocedió, y volvió a sentarse, con un cigarrillo encendido
en la mano.
—He dicho
poco común. No he dicho bonito ni nada, sólo...
— ¡Ah, caramba!
Tienes que levantarte muy temprano por la mañana para que se te escape algo que
real-mente valga la pena, querida Bessie. ¿Sabes qué es tu
32
corazón, Bessie?
¿Te gustaría saber qué es tu corazón? Tu corazón, Bessie, es un
garaje otoñal. Un título llamativo, ¿no te parece? Por Dios, mucha gente —mucha
gente mal informada— piensa que Seymour y Buddy son los únicos
malditos hombres de letras en esta familia. Cuando pienso,
cuando me siento un momento a pensar en la prosa sensitiva y los garajes que
tiro cada día de mi...
—Está bien,
jovencito —dijo la señora Glass—. Cualquiera que fuese su gusto en títulos de
obras por televisión, o su estética en general, un destello apareció en sus
ojos, no más que un destello, pero destello al fin, de placer experto, aunque
perverso, ante el estilo fanfarrón de su hijo menor y único guapo de la
familia. Durante una fracción de segundo, el destello suplantó a la expresión
cotidiana y la preocupación específica que se leía en su rostro cuando entró en
el cuarto de baño. Sin embargo, casi inmediatamente volvió a estar a la
defensiva—: ¿Qué pasa con ese título? No me negarás que es poco usual. ¡Tú
nunca piensas que una cosa es hermosa o poco usual! Ni una sola vez te he
oído...
— ¿Qué? ¿Quién no
lo piensa? ¿Qué es exactamente lo que no considero hermoso? —Un pequeño
maremoto tuvo lugar tras la cortina de la ducha, como si una marsopa
delincuente se entregara a juegos repentinos—. Escucha, no me importa lo que
digas acerca de mi raza, credo o religión, gorda, pero no me digas que no soy
sensible a la belleza. Este es mi talón de Aquiles, no vayas a olvidarlo. Para
mí, todo es hermoso. Enséñame una puesta de sol rosada y, por
Dios, casi me desmayo. Cualquier cosa. Peter Pan. Aun
antes de que suba el telón de Peter Pan, estoy hecho un maldito mar
de lágrimas. Y tú tienes la osadía de decirme que soy...
---Oh, cierra el
pico —interrumpió la señora Glass, abstraída. Exhaló un gran suspiro, y
entonces chupó con fuerza el cigarrillo y, sacando el humo por la nariz,
exclamó, o mejor, produjo un movimiento eruptivo, con expresión tensa—: ¡Oh, me
gustaría saber qué debo hacer con esa niña! —Inspiró profundamente—. De verdad
que estoy a la cuarta pregunta. —Miró la cortina como si
tuviera rayos X en los ojos—. Ninguno de vosotros me ayuda en nada. ¡En nada!
Tu padre ni siquiera accede a hablar de cosas
como ésta. ¡Tú lo sabes! También está preocupado, claro; conozco esa expresión
de su rostro, pero se niega a enfrentarse con lo que sea. —La señora Glass
apretó los labios—. Nunca se ha enfrentado con nada desde que le conozco. Cree
que todo lo peculiar o desagradable se desvanecerá
simplemente si conecta la radio y algún estúpido empieza a cantar.
Una gran carcajada
procedió del invisible Zooey. Apenas podía distinguirse de su risotada,
pero había una diferencia.
— ¡Pues lo cree!
—insistió, sin humor, la señora Glass. Se inclinó hacia delante—. ¿Te gustaría
saber lo que de verdad pienso? —interrogó—. ¿Te gustaría?
—Bessie, por el
amor de Dios. Me lo vas a decir de todos modos, así que no importa que yo...
—Pienso de verdad,
y ahora hablo en serio, pienso de verdad que aún sigue esperando
oíros nuevamente a todos por la radio. Te lo digo en serio. —La señora Glass
volvió a inspirar con fuerza—. Cada vez que tu padre enciende la radio, creo
sinceramente que espera oír el programa «Es un niño sabio» y a todos sus
hijos, uno por uno, contestando preguntas. —Volvió a apretar
los labios e hizo una pausa inconsciente para lograr un mayor
énfasis—. Y me refiero a todos vosotros —añadió, enderezando de pronto un poco
su postura—, incluyendo a Seymour y Walt. —Dio una chupada breve pero intensa
al cigarrillo—. Vive enteramente en el pasado, enteramente. Casi nunca mira la
televisión, a menos que tú salgas en ella. Y no te rías,
Zooey, esto no es nada gracioso.
—En nombre de Dios,
¿quién está riendo?
33
—Bueno, ¡pues es
verdad! No tiene la menor idea de que a Franny le ocurre algo malo. ¡Ni la
menor idea! ¿Sabes qué me preguntó ayer en cuanto terminaron las noticias de
las once? ¡Si creía que a Franny le gustaría una mandarina! La niña se
pasa las horas llorando a lágrima viva sólo porque le diriges una palabra, y
murmurando Dios sabe qué para sus adentros, y tu padre se pregunta si le
gustará una mandarina. Le hubiese matado. La próxima vez que... —La señora
Glass se interrumpió, mirando de hito en hito la cortina de la ducha—. ¿Qué es
lo gracioso? —preguntó.
—Nada. Nada, nada,
nada. Me gusta lo de la mandarina. Está bien, ¿quién más no te ayuda? Yo, Les,
Buddy. ¿Quién más? Ábreme tu corazón, Bessie. No seas reticente. Esto es lo
malo de esta familia —nos guardamos demasiado las cosas.
—Oh, eres tan
gracioso como una muleta, jovencito —dijo la señora Glass. Calló mientras
introducía un mechón rebelde bajo la redecilla elástica—. Ojalá pudiera
comunicar con Buddy unos minutos por ese absurdo teléfono. Es la única persona
que sabe algo de este estrafalario asunto. —Reflexionó, con
aparente rencor—. Las desgracias nunca vienen solas. —Sacudió la
ceniza del cigarrillo en el hueco de la mano izquierda—. Boo Boo no volverá
hasta el diez. A Waker me daría miedo contárselo,
aunque supiera cómo localizarle. En toda mi vida he visto una
familia como ésta. Lo digo en serio. Se supone que todos sois muy inteligentes
y todo eso, y sin embargo, ninguno es capaz de ayudar cuando las cosas van mal.
Ni uno solo de vosotros. Ya empiezo a estar un poco harta de...
¿De qué cosas
hablas? ¿Qué es eso de cuando van mal? ¿Qué querrías que hiciéramos, Bessie?
¿Entrar allí y vivir la vida de Franny?
— ¡Vamos, deja de
hablar así! Nadie dice que alguien tenga que vivir su vida por
ella. Sencillamente me gustaría que alguien entrara en esa sala de estar y
descubriera de qué se trata, eso es lo que me gustaría.
Querría saber cuándo esa niña tiene intención de volver a la Universidad y
terminar el curso. Querría saber cuándo se propone meter algo alimenticio
en su estómago. No ha comido prácticamente nada desde que llegó a casa el
sábado por la noche, ¡nada! Hace apenas media hora que he intentado hacerle tomar
una taza de buen caldo de gallina. Ha tomado exactamente dos cucharadas, y
nada más. Vomitó casi todo lo que le hice comer ayer. —La voz
de la señora Glass sólo se detuvo para repostar, por así decirlo—. Dijo que tal
vez comería un bocadillo de queso dentro de un rato. ¿Qué es esto de los
bocadillos de queso? Tengo la impresión de que ha vivido todo el semestre de
bocadillos de queso y coca-colas. ¿Es esto lo que dan de comer hoy día a las
jovencitas en la universidad? Sólo sé una cosa: yo no voy a alimentar
a una niña tan decaída como ésta con comidas que ni siquiera son...
— ¡Así me gusta! O
caldo de gallina o nada. Hay que imponerse. Si ella está decidida a tener una
crisis nerviosa, lo menos que nosotros podemos hacer es asegurarnos de que no
la tenga en paz.
—Por favor, no seas
tan fresco, jovencito... ¡Oh, esa boca tuya! Para tu información,
no creo que sea imposible que la clase de alimento que esa niña mete en su
organismo tenga mucho que ver con todo este extraño asunto. Incluso cuando
era niña, había que obligarla prácticamente a tocar la verdura o
cualquier cosa que fuese buena para ella. No se puede abusar
del cuerpo indefinidamente, año tras año..., a pesar de lo que tú creas.
—Tienes toda la
razón. Toda la razón. Es impresionante tu forma de ir derecha al grano. Se me
ha puesto la carne de gallina... Por Dios, tú me inspiras. Me inflamas, Bessie.
¿Sabes qué has hecho? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Has dado a toda esta
maldita cuestión un fresco y nuevo cariz bíblico. En la
Universidad escribí cuatro páginas sobre la Crucifixión —cinco, en realidad—, y
cada una de ellas me tenía medio
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loco porque pensaba
que les faltaba algo. Ahora veo de qué se trataba. Ahora lo veo claro. Veo a
Cristo bajo una luz completamente distinta. Su fanatismo malsano.
Su rudeza con aquellos pobres fariseos, sanos, conservadores, puntuales
pagadores de impuestos. ¡Oh, qué excitante es esto! A tu manera sencilla,
directa y mojigata, Bessie, acabas de hacer sonar la nota ausente de todo el
Nuevo Testamento. Una dieta inadecuada. Jesucristo vivía de
bocadillos de queso y coca-colas. Que nosotros sepamos, es probable
que alimentase a la multi...
—Basta de eso
ahora —interrumpió la señora Glass, con una voz tranquila, pero
peligrosa—. ¡Oh, me gustaría tapar esa boca tuya con un trapo!
—Está bien. Sólo
trataba de mantener una cortés conversación de cuarto de
baño.
—Qué gracioso
eres. ¡Oh, qué gracioso eres! Ocurre, jovencito, que yo no
considero a tu hermana pequeña del mismo modo que considero al Señor. Puede
que sea peculiar, pero es así. Da la casualidad de que no encuentro
ninguna comparación posible entre el Señor y una colegiala
triste y abatida que ha leído demasiados libros religiosos y cosas por el
estilo. Estoy segura de que conoces a tu hermana tan bien como yo, o al
menos, deberías conocerla. Es terriblemente impresionable y lo
ha sido siempre, ¡y tú lo sabes muy bien!
En el cuarto de
baño reinó un extraño silencio durante unos instantes.
¿Mamá? ¿Sigues
sentada ahí? Tengo la terrible impresión de que sigues ahí con cinco
cigarrillos encendidos. ¿Acierto? —Esperó. Sin embargo, la señora Glass optó
por no responder—. No quiero que sigas ahí sentada, Bessie. Me
gustaría salir de esta maldita bañera... ¿Bessie? ¿Me oyes?
Te oigo, te oigo
—dijo la señora Glass. Una nueva oleada de preocupación recorría su rostro.
Llena de inquietud, enderezó la espalda—. Tiene consigo a ese loco de Bloomberg
sobre el sofá —añadió—. Ni siquiera es algo sano. —Exhaló un
potente suspiro. Durante varios minutos había sostenido la ceniza de sus
cigarrillos en la palma de la mano. Ahora alargó el brazo y, sin levantarse del
todo, la vació sobre la papelera—. No sé qué hacer —anunció—,
no lo sé, eso es todo. La casa está patas arriba. Los pintores están
acabando su habitación, y ahora querrán entrar en la sala
inmediatamente después del almuerzo. No sé si despertarla, o qué. Casi no
ha dormido. Y yo voy a volverme loca. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no
era libre ni para tener pintores en el apartamento? Casi vein...
—-¡Los pintores!
¡Ah! Se ha hecho la luz. Me había olvidado de los pintores. Escucha, ¿por qué
no les has invitado a entrar aquí? Hay mucho sitio. ¿Qué clase
de anfitrión creerán que soy, no invitándoles al cuarto de baño mientras me...?
—Calla un momento,
jovencito. Estoy pensando.
Como si obedeciera,
Zooey hizo uso repentino del guante de crin. Durante un pequeño intervalo, un
leve palmoteo fue el único sonido en el cuarto de baño. La señora Glass,
sentada a unos tres metros de la cortina de la ducha, miraba fijamente la
alfombra azul que cubría las baldosas frente a la bañera. Su cigarrillo se
había consumido hasta el último centímetro; lo sostenía entre las yemas de los
dedos de la mano derecha. Su forma de sostenerlo tendía claramente a enviar a
cierto infierno literario la primera impresión de uno, fuerte (y aún
perfectamente justificada), de que un invisible chal dublinés cubría sus
hombros. No sólo sus dedos eran de una longitud y proporción extraordinaria
—como no era de esperar, hablando muy en general, que fueran los dedos de una
mujer rechoncha—, sino que poseían, por así decirlo, un temblor de aspecto algo
imperial; una reina destronada de los Balcanes o una cortesana retirada podría
haber tenido un temblor tan elegante. Y ésta no era la única contradicción del
motivo del chal negro de Dublín. Estaba el hecho bastante sorprendente de las
piernas
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de Bessie Glass,
que eran bonitas según cualquier criterio. Eran las piernas de una belleza
pública antaño ampliamente conocida, una actriz de vodevil, una bailarina, una
bailarina muy ligera. Ahora, mientras contemplaba la alfombra del baño, estaban
cruzadas, la izquierda sobre la derecha, y una vieja zapatilla de terciopelo
blanco, suspendida del pie, parecía estar a punto de caer de un momento a otro.
Los pies eran extraordinariamente pequeños, los tobillos todavía esbeltos, y,
quizá lo más notable, las pantorrillas aún eran firmes y obviamente no habían
sido nunca abultadas.
Un suspiro mucho
más profundo de lo corriente —casi pareció una parte de su fuerza vital misma—
surgió de pronto del pecho de la señora Glass. Se puso en pie, llevó la colilla
hasta el lavabo, la mojó con agua fría, la echó a la papelera y volvió a sentarse.
El hechizo introspectivo en que se había sumido no se interrumpió, como si no
se hubiera movido del asiento.
—-¡Voy a salir de
aquí dentro de tres segundos, Bessie! Te lo advierto. No deterioremos nuestra
bienvenida, hermana.
La señora Glass,
que había reanudado su contemplación de la alfombra azul, asintió
distraídamente con la cabeza al oír esta «advertencia». Y en aquel instante, y
esto es muy digno de mención, si Zooey hubiera visto su rostro, y en particular
sus ojos, podría haber sentido un fuerte impulso, pasajero o no, de recordar, o
reconstruir, o reflexionar sobre la mayor parte de la conversación sostenida
entre ambos... a fin de atenuarla, suavizarla. Por otro lado, quizá no lo
habría sentido. Era una cuestión muy difícil, en 1955, leer de manera plausible
en el rostro de la señora Glass, y en especial en sus enormes ojos azules.
Mientras que en otro tiempo, unos pocos años antes, solamente sus ojos podían
dar la noticia (ya fuera a personas o alfombras de baño) de que dos de sus
hijos habían muerto, uno por suicidio (su favorito, su hijo de calibre más
intrincado, el más bondadoso), y el otro en la Segunda Guerra Mundial (su único
hijo verdaderamente alegre), mientras que en otro tiempo los ojos de Bessie
Glass podían por sí solos comunicar estos hechos, con una elocuencia y una
aparente pasión por el detalle que ni su marido ni ninguno de sus hijos adultos
eran capaces de contemplar, y aún menos aceptar, ahora, en 1955, solía utilizar
este mismo terrible atributo celta para dar la noticia, generalmente ante la
puerta principal, de que el nuevo chico de los recados no había traído la
pierna de cordero a tiempo para la cena, o que se estaba tambaleando el
matrimonio de alguna remota estrella de Hollywood.
Encendió de pronto
un nuevo cigarrillo extra-largo y se levantó, exhalando
humo.
—Volveré en seguida
—dijo. El anuncio sonó, inocentemente, como una promesa—. No olvides usar la
alfombra cuando salgas —añadió—. Para eso está ahí.
Salió del cuarto de
baño, cerrando bien la puerta tras de sí.
Fue algo parecido a
que el Queen Mary, después de estar fondeado durante días en,
digamos, Walden Pond, hubiese zarpado tan repentina y perversamente como
hi-ciera su aparición. Detrás de la cortina de la ducha, Zooey cerró los ojos
unos segundos, como si su propia pequeña embarcación se balanceara
precariamente en la estela. Entonces descorrió la cortina y contempló la puerta
cerrada. Fue una mirada intensa, y en realidad el alivio no era una gran parte
de ella. En el fondo se trataba de la mirada, no tan paradójica, de un amante
de la intimidad que, cuando ha visto invadida su intimi - dad, no aprueba del
todo que el invasor se levante y se vaya, un, dos, tres, así como así.
Menos de cinco
minutos después, Zooey, con el pelo húmedo ya peinado, estaba descalzo ante el
lavabo, llevando unos pantalones de lana gris oscuro, sin cinturón, y una
toalla sobre los hombros desnudos. Ya había efectuado el ritual que precedía al
afeitado, subiendo hasta la mitad la persiana de la ventana; abriendo de par en
par la
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puerta del cuarto
de baño para que el vapor saliera y se aclarasen los espejos; encendiendo un
cigarrillo, dándole una chupada y colocándolo a su alcance sobre el estante de
cristal que había bajo el espejo del botiquín. En este momento, Zooey acababa
de poner espuma de afeitar en el extremo de una brocha. Metió el tubo de
espuma, sin taparlo, en el fondo esmaltado del armario, donde no le estorbase.
Pasó varias veces la palma de la mano por el espejo del botiquín,
desempañándolo casi del todo. Entonces empezó a enjabonarse la cara. Su técnica
era muy diferente de la habitual, aunque idéntica en espíritu a su técnica de
afeitado. Es decir, pese a mirarse al espejo mientras se enjabonaba, no
vigilaba en qué dirección se movía el cepillo, sino que se miraba directamente
a los ojos, como si sus ojos fueran territorio neutral, una tierra de nadie en
la guerra privada contra el narcisismo que libraba desde que tenía siete u ocho
años. Ahora, a los veinticinco, esta pequeña estratagema debía ser en gran
parte un reflejo, como el de un veterano jugador de baseball que, cuando está
en la base del bateador, golpea los clavos de su zapatilla con el bate tanto si
lo necesita como si no. No obstante, unos minutos antes, mientras se peinaba,
lo había hecho con la mínima ayuda del espejo. Y aun antes había conseguido
secarse frente a un espejo de cuerpo entero sin dirigirse siquiera una mirada.
Acababa de
enjabonarse la cara cuando su madre apareció de improviso en el espejo del
lavabo. Estaba en el umbral, a pocos metros de él, con una mano en el pomo de
la puerta, la imagen de un falso titubeo antes de hacer una entrada completa en
la habitación.
— ¡Ah! ¡Qué
sorpresa tan simpática y agradable! —exclamó Zooey al espejo—. ¡Adelante,
adelante! —Se rió, o profirió su carcajada, y abrió la puerta del botiquín para
sacar la navaja.
La señora Glass
avanzó, meditabunda. —Zooey... —dijo— he estado pensando.
Su asiento habitual
se hallaba directamente a la izquierda de Zooey. Empezó a agacharse para
ocuparlo.
— ¡No te sientes!
Deja que primero te beba toda —dijo Zooey. Al parecer, salir de la bañera,
ponerse los pantalones y peinarse había mejorado su humor—. No ocu-rre a menudo
que tengamos visitas en nuestra pequeña capilla, y en tales casos procuramos
hacerles sentir...
—Cállate un momento
—ordenó con firmeza la señora Glass, sentándose. Cruzó
las piernas—. He
estado pensando. ¿Crees que serviría de algo traer a Waker?
Personalmente, no lo creo, pero, ¿qué opinas tú? A mi juicio
lo que esta niña necesita es un buen psiquiatra, no un sacerdote o algo
por el estilo, pero puedo estar equivocada.
—Oh, no. No,
no, equivocada no. Jamás te has equivocado, que yo sepa,
Bessie. Tus hechos son siempre falsos o exagerados, pero nunca estás equivocada, eso
no. — Con gran deleite, Zooey humedeció la navaja y empezó a afeitarse.
—Zooey, te he hecho
una pregunta; deja ahora esa actitud graciosa, por favor. ¿Crees o
no que debería ponerme en contacto con Waker? Podría llamar a ese obispo
Pinchot o como se llame, y es probable que él me diga adónde puedo cablegrafiarle,
si es que aún está en algún absurdo barco. —La señora Glass alargó el brazo y
se acercó la papelera para utilizarla como cenicero, pues había entrado con un
cigarrillo encendido—. He preguntado a Franny si le gustaría
hablar con él por teléfono, en caso de que pueda localizarle —añadió.
Zooey aclaró
brevemente la navaja.
— ¿Qué ha dicho?
—preguntó.
La señora Glass
rectificó su posición haciendo un evasivo movimiento hacia la derecha.
—Ha dicho que
no quiere hablar con nadie.
— ¡Ah! Pero
nosotros no opinamos lo mismo, ¿verdad? No vamos a aceptar una respuesta tan
directa, ¿verdad?
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—Para tu
información, jovencito, hoy no pienso aceptar de esa niña ninguna clase de
respuesta —dijo con decisión la señora Glass, dirigiéndose al perfil enjabonado
de Zooey—. Si tienes a una muchacha tendida en una habitación, llorando y murmurando para
sus adentros durante cuarenta y ocho horas, no acudes a ella para ninguna
respuesta.
Zooey, sin
comentarios, continuó afeitándose.
--Contesta mi
pregunta, por favor. ¿Crees o no que debería ponerme en contacto con Waker? Me
da miedo hacerlo, francamente. Es tan emocional... aparte de
ser sacerdote. Si dices a Waker que parece que va a llover, se le
mojan los ojos.
Zooey compartió la
diversión que le produjo esta observación con el reflejo de sus propios ojos en
el espejo.
—Aún hay esperanza
para ti, Bessie —observó.
—Bueno, si no puedo
telefonear a Buddy, y tú no quieres ayudarme, tendré que
hacer algo —dijo la señora Glass. Con aspecto de enorme
preocupación, se quedó fumando un largo momento. Entonces continuó—: Si se
tratara de algo estrictamente católico, o algo así, podría ayudarla yo misma.
No me he olvidado de todo. Pero ninguno de vosotros fuisteis educados como
católicos, y realmente no sé...
Zooey la
interrumpió con brusquedad.
—Estás en un error
—dijo, volviendo hacia ella su rostro enjabonado—, estás en un gran error. Ya
te lo dije anoche. Este asunto de Franny no es sectario en absoluto. —Mojó la
navaja y continuó afeitándose—. Créeme, te lo ruego.
La señora Glass
contempló su perfil con fuerza e insistencia, como instándole a decir algo más,
pero Zooey no añadió nada. Al final suspiró y dijo:
—Casi me quedaría
satisfecha por un rato si pudiera apartarle del sofá ese horrible Bloomberg. Ni
siquiera es hi giénico. —Dio una chupada al cigarrillo—. Y no
sé qué hacer con los pintores. En este momento han acabado
prácticamente la habitación de Franny, y van a impacientarse en
seguida por entrar en la sala.
— ¿Sabes una cosa?
Soy el único de esta familia que no tiene problemas — observó Zooey—. ¿Y sabes
por qué? Porque siempre que me siento triste, o perplejo invito
a unas cuantas personas a visitarme en el cuarto de baño, y... bueno, parece
que juntos solucionamos las cosas.
La señora Glass dio
la impresión de estar a punto de distraerse con el método de Zooey para tratar
los problemas, pero tenía el día apropiado para suprimir cualquier forma de
diversión. Le miró fijamente unos momentos, y entonces, con lentitud, apareció en
sus ojos una nueva mirada: hábil, astuta, y un poco desesperada.
—Escucha, no soy
tan estúpida como pareces creer, jovencito —declaró—. Sois muy callados, todos
mis hijos. Pero ocurre, si es que quieres saberlo, que yo sé más de lo que os
pensáis sobre todo este asunto. —A fin de poner más énfasis, comprimió los
labios y sacudió una imaginaria ceniza de la falda de su quimono—. Para tu
información, sé que ese libro pequeño que ayer paseó consigo por toda la casa
está en la misma raíz de la cuestión.
Zooey se volvió a
mirarla. Sonreía entre dientes.
— ¿Cómo lo has
deducido? —inquirió.
—No te preocupes de
cómo lo he deducido —repuso la señora Glass—. Si quieres saberlo, Lane ha
llamado varias veces. Está terriblemente preocupado por Franny.
Zooey lavó la
navaja.
— ¿Quién diablos es
Lane? —preguntó. Era sin duda la pregunta de un muchacho todavía muy joven que
de vez en cuando prefiere no admitir que conoce los nombres de pila de ciertas
personas.
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—Sabes muy bien
quién es, jovencito —respondió con énfasis la señora Glass.— Lane Coutell.
Ha sido novio de Franny sólo durante todo un año. Le has visto por lo menos una
docena de veces, que yo sepa, así que no finjas ignorar quién es.
Zooey soltó una
carcajada auténtica, como si le deleitara ver desenmascarada cualquier
afectación, incluyendo las suyas. Continuó afeitándose, muy divertido.
---La expresión es
el «amigo» de Franny, no su «novio»--precisó—. ¿Por qué
estás tan
anticuada, Bessie?
¿Por qué será, eh?
---No te importa
por qué estoy tan anticuada. Puede que te interese saber que ha llamado cinco o
seis veces desde que Franny llegó a casa; dos veces esta mañana, antes incluso
de que te levantaras. Ha sido muy amable y está terriblemente
preocupado y ansioso por Franny.
---No como otras
personas que conocemos, ¿eh? Bueno, detesto causarte una desilusión, pero he
hablado mucho con él y no es amable en absoluto. Es un presumido y un fraude. A
propósito, debe haber alguien por aquí que se afeite los sobacos o las malditas
piernas con mi navaja. O que la haya tirado al suelo. El filo
está muy...
—Nadie ha tocado tu
navaja, jovencito. ¿Puedo preguntar por qué es un presumido y un fraude?
— ¿Por qué? Porque
lo es, y ya está. Probablemente porque le sale a cuenta. Puedo decirte una
cosa. Si es cierto que le preocupa Franny, debe ser por los motivos más
retorcidos. Seguramente le molestó abandonar el maldito partido de fútbol antes
de que terminara y está preocupado porque demostró su enojo y sabe que Franny
es lo bastante lista para haberlo advertido. Me imagino al pequeño bastardo
metiéndola en un taxi y después en un tren y preguntándose si aún llegaría a
tiempo de ver el final.
— ¡Oh, es imposible
hablar contigo! No sé por qué lo intento siquiera. Eres igual que Buddy. Creéis
que todo el mundo hace las cosas por alguna razón peculiar. Creéis
que nadie llama por teléfono a nadie sin tener algún motivo repugnante
y egoísta.
—Exactamente... en
nueve de cada diez casos. Y el tal Lane no es una excepción, puedes estar
segura. Escucha, una noche hablé con él durante veinte malditos y mortales
minutos, mientras Franny se arreglaba para salir, y te digo que es una gran
nulidad. —Reflexionó, con la navaja en el aire—. ¿Qué diablos me contó? Algo
muy encantador. ¿Qué sería? ¡Ah, sí! Sí. Me contó que cuando era
pequeño solía escucharnos todas las semanas a Franny y a mí... ¿y sabes qué
hacía el pequeño bastardo? Me daba publicidad a costa de Franny. Por ninguna otra razón que
congraciarse consigo mismo y alardear de su caliente pequeño intelecto de la
Liga Ivy. —Zooey sacó la lengua y emitió una interjección del Bronx, discreta y
amortiguada—: ¡Buf! —Exclamó, volviendo a usar la navaja—. ¡Buf!, digo yo a
todos los universitarios de guante blanco que editan la revista literaria de su
campus. Siempre preferiré a un estafador honesto.
La señora Glass
dirigió una mirada larga y extrañamente comprensiva al perfil de su hijo.
—Es un muchacho que
aún no ha salido de la universidad. Y tú pones nerviosa a la gente, jovencito
—observó con tranquilidad inusitada—. Las personas te gustan o no te gustan. Si
te gustan, no paras de hablar y nadie consigue decir una sola palabra. Si no te
gustan, lo cual ocurre casi siempre, te quedas sentado como si estuvieras muerto y
dejas que la otra persona hable hasta meterse en un callejón. Te he visto
hacerlo.
Zooey giró en
redondo para mirar a su madre. Y en este momento la miró
exactamente del
mismo modo como la habían mirado, en un momento cualquiera, en un año
cualquiera, todos sus hermanos y hermanas (y en especial sus hermanos). No sólo
con asombro objetivo ante la revelación de una verdad, fragmentaria o no,
através de lo
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que a menudo se
presentaba como una masa impenetrable de prejuicios, frases hechas y monotonía,
sino con admiración, afecto y, en la misma medida, gratitud. Y, tanto si era
extraño como si no, la señora Glass aceptaba invariablemente este «tributo»,
cuando se le ofrecía, con un hermoso talante. Miraba a su vez con gracia y
modestia al hijo o la hija que le había dedicado esta mirada. Ahora obsequió a
Zooey con esta expresión graciosa y modesta.
—Es cierto —dijo,
sin sombra de acusación en la voz—. Ni tú ni Buddy sabéis hablar con la gente
que no os gusta. —Reflexionó—. Mejor dicho, a quien no amáis — rectificó, y
Zooey siguió contemplándola, sin afeitarse—. Esto no está bien—continuó, triste
y gravemente—. Cada vez te pareces más a Buddy cuando tenía tu edad. Incluso tu
padre lo ha advertido. Si alguien no te gusta a los dos minutos, le descartas
para siempre. —La señora Glass paseó su mirada abstraída por las baldosas del
suelo, hasta la alfombrilla azul. Zooey se mantenía lo más quieto posible, para
no interrumpir su estado de ánimo—. No se puede vivir en el mundo con simpatías
y antipatías tan marcadas —dijo la señora Glass a la alfombra de baño, y
entonces se volvió de nuevo hacia Zooey y le dirigió una larga mirada, muy poco
o nada moralizadora—. A pesar de lo que tú puedas creer, jovencito —añadió.
Zooey continuó
mirándola, y en seguida sonrió y dio media vuelta para examinarse la barba en
el espejo. La señora Glass, sin perderle de vista, suspiró. Se agachó y apagó
el cigarrillo contra el interior metálico de la papelera. Encendió otro casi
inmediatamente, y dijo, con todo el énfasis de que fue capaz:
—De todos modos, tu
hermana dice que Lane es un chico inteligente.
—Eso no es más que
la voz del sexo, hermana —replicó Zooey—. La conozco, ¡oh, cómo conozco esta
voz! —Ya no quedaban trazas de jabón en su rostro y su garganta. Se pasó una
mano por la garganta y entonces volvió a coger la brocha y empezó a enjabonar
otra vez partes estratégicas de su cara—. Está bien, ¿qué dice Lane por
teléfono? —preguntó—. Según Lane, ¿qué se esconde tras los problemas de Franny?
La señora Glass se
inclinó ligera y ávidamente hacia delante y contestó:
—Bueno, Lane dice
que todo este asunto tiene que ver con ese pequeño libro del que no se separa
ni un momento. Ya sabes, ese libro que estuvo leyendo todo el día de ayer y
llevándolo por todas partes y...
—Ya conozco ese
pequeño libro. Continúa.
—Bueno, dice, Lane
dice que es un libro terriblemente religioso, fanático y todo eso, que
sacó de la biblioteca de la universidad, y ahora se imagina que tal vez está...
—La señora Glass se
interrumpió. Zooey acababa de volverse hacia ella con una atención algo
amenazadora—.¿Qué pasa?
— ¿De dónde ha
dicho que lo sacó?
—De la biblioteca
de la universidad. ¿Por qué?
Zooey meneó la
cabeza y se puso otra vez de cara al lavabo. Dejó la brocha de afeitar y abrió
el botiquín.
— ¿Qué ocurre?
—Inquirió la señora Glass—. ¿Qué tiene eso que ver? ¿Por qué esa mirada,
jovencito?
Zooey no contestó
hasta que hubo abierto un nuevo paquete de hojas de afeitar. Entonces dijo,
desmontando la maquinilla y expeliendo la hoja usada:
—Eres tan tonta,
Bessie.
— ¿Por qué soy tan
tonta? A propósito, ayer mismo cambiaste la hoja.
Zooey, sin variar
de expresión, introdujo una hoja nueva en la maquinilla y empezó su segundo
afeitado.
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Te he hecho una
pregunta, jovencito. ¿Por qué soy tonta? ¿Acaso no sacó ese
pequeño libro de la biblioteca de la universidad, o qué?
No, no lo sacó de
ahí, Bessie —repuso mientras se afeitaba—. Ese libro se titula El
peregrino continúa su camino y es la continuación de otro librito
titulado El sendero de un peregrino, que también lleva siempre
consigo, y ha sacado ambos libros de la antigua habitación de
Seymour y Buddy, donde han estado sobre el escritorio de Seymour desde tiempos
inmemoriales. Dios Todopoderoso.
—Bueno, ¡no te
pongas así! ¿Tan terrible es pensar que pudo sacarlos de la biblioteca de la
universidad y traerlos sencillamente...?
— ¡Sí! Es terrible. Es terrible
cuando los dos libros han estado durante años sobre ese
maldito escritorio de Seymour.
Una nota
inesperada, de una singular falta de combatividad, sonó en la voz de la señora
Glass.
—Nunca entro en esa
habitación si puedo evitarlo, y tú lo sabes —dijo—. No miro entre los... entre
las cosas de Seymour.
Zooey contestó con
rapidez:
—Está bien, lo
siento. —Sin mirarla, y aunque no había terminado de afeitarse por segunda vez,
cogió la toalla que cubría sus hombros y se secó el jabón de la cara—. Dejemos
esto por el momento —dijo, mientras tiraba hacia el radiador la toalla, que
aterrizó en la primera página del manuscrito de Rick y Tina.
Abrió la maquinilla
y la enjuagó bajo el chorro de agua fría.
Su disculpa había
sido sincera, y la señora Glass lo sabía, pero al parecer no podía resistir la
tentación de aprovecharse de ella, tal vez debido a su rareza.
—No eres bondadoso
—observó, contemplando cómo enjuagaba la máquina de afeitar—. No eres nada
bondadoso, Zooey. Tienes ya edad suficiente para tratar de sentir algo de
bondad cuando te irritas. Buddy, por lo menos, cuando se siente... — Contuvo el
aliento y simultáneamente dio un gran respingo cuando la maquinilla de Zooey,
con hoja nueva y todo, fue a parar con estrépito al interior de la papelera de
metal.
Es muy probable que
la intención de Zooey no fuera lanzar la maquinilla contra la papelera y que
sólo hubiese bajado la mano izquierda tan de pronto y con tanta violencia que
la maquinilla se le hubiera escapado de la mano. En cualquier caso, su intención
no fue seguramente golpearse la muñeca contra el borde del lavabo.
—Buddy,
Buddy, Buddy —dijo—. Seymour, Seymour, Seymour. —Se
había vuelto hacia su madre, a quien el vuelo de la maquinilla sobresaltó y
alarmó, pero no llegó a asustar realmente—. Estoy tan harto de sus nombres que
podría cortarme el cuello. —Su cara estaba pálida, pero casi sin expresión—.
Toda esta maldita casa apesta a fantasmas. No me importa tanto ser rondado por
un fantasma muerto, pero me hace maldita la gracia que me
ronde uno medio muerto. Ojalá Buddy se decidiera de una vez.
Hace todo lo que hizo Seymour, o lo intenta. ¿Por qué diablos no se suicida y
acaba de una vez?
La señora Glass
pestañeó, sólo un instante, e inmediatamente Zooey dejó de mirar su rostro. Se
inclinó y pescó la maquinilla del fondo de la papelera.
—Los dos
somos excéntricos, Franny y yo —anunció, levantándose—. Yo soy un
excéntrico de veinticinco años y ella una excéntrica de veinte, y esos dos
bastardos tienen la culpa. —Colocó la maquinilla sobre el borde del lavabo,
pero resbaló con ruido hasta el fondo. La recogió rápidamente y esta vez no la
soltó—. Los síntomas son algo más débiles en el caso de Franny que en el mío,
pero también es una excéntrica, no lo olvides. Te juro que podría asesinarlos
sin pestañear siquiera. Los grandes maestros. Los grandes emancipadores. Dios
mío. Ya no soy capaz ni de almorzar con un hombre y
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llevar mi parte de
conversación. O me aburro tanto o me pongo tan retórico, que si el hijo de
perra tuviera alguna sensatez, rompería la silla sobre mi cabeza. —Abrió de
repente el botiquín y miró con abstracción su interior durante unos segundos,
como si hubiese olvidado por qué lo había abierto, y entonces guardó en uno de
los estantes la maquinilla sin secar.
La señora Glass
estaba muy quieta, observándole, con el cigarrillo casi consumido entre los
dedos. Le vio tapar el tubo de espuma de afeitar. Tuvo cierta dificultad en
encontrar la rosca.
—No es que le
interese a nadie, pero jamás he podido sentarme ante una maldita comida sin
antes recitar en voz baja los Cuatro Grandes Votos, y me apuesto lo que quieras
a que Franny tampoco puede. Nos adiestraron con tan maldita...
— ¿Los Cuatro
Grandes qué? —interrumpió la señora Glass, aunque con cierta cautela.
Zooey puso una mano
en cada lado del lavabo e inclinó un poco el pecho hacia delante, con la vista
fija en el panorama general de porcelana esmaltada. Pese a la esbeltez de su
cuerpo, en aquel momento parecía dispuesto y capaz de hundir el lavabo en el suelo.
—Los Cuatro
Grandes Votos —dijo, y, con rencor, cerró los ojos—. «Por muy
innumerables que sean los seres, juro salvarles; por muy inagotables
que sean las pasiones, juro extinguirlas; por muy inconmensurables que sean los
Dharma, juro dominarlos; por muy incomparable que sea la verdad de Buda, juro
alcanzarla.» Adelante, equipo. Sé que puedo hacerlo. Sólo tenéis que iniciarme,
entrenarme. —Sus ojos continuaban cerrados—. Dios mío, he susurrado esto antes
de cada comida, tres ve-ces al día, y cada día de mi vida desde los diez años.
No puedo comer hasta que lo he recitado. Una vez traté de
pasarlo por alto en un almuerzo con LeSage, y se me atragantó una maldita
almeja. —Abrió los ojos y frunció el ceño, pero conservó su peculiar posición—.
¿Y si ahora te fueras de aquí, Bessie —dijo—. En serio. Déjame terminar mis
malditas abluciones en paz, te lo ruego.
Cerró otra vez los
ojos, y pareció dispuesto a intentar de nuevo hundir el lavabo en el suelo.
Aunque mantenía la cabeza un tanto baja, de su rostro había desaparecido una
gran cantidad de sangre.
—Me gustaría que te
casaras —dijo la señora Glass, repentina y ansiosamente. Todos los miembros de
la familia Glass —y Zooey ciertamente no en último
lugar— conocían muy
bien esta clase de inconsecuencia de la señora Glass. Brotaba mejor, con mayor
sublimidad, en medio de una explosión emocional como la que nos ocupa. No
obstante, esta vez cogió a Zooey muy desprevenido. Emitió un sonido explosivo,
en su mayor parte por la nariz, que era una carcajada o lo contrario de una
carcajada. La señora Glass se inclinó hacia delante con ansiedad y rapidez para
ver qué era exactamente. Se trataba de una carcajada, más o menos, por lo que
volvió a su posición inicial, aliviada.
—Me gustaría
—insistió—. ¿Por qué no te casas?
Relajando su
actitud, Zooey extrajo del bolsillo del pantalón un pañuelo de hilo doblado, lo
desdobló y lo usó para sonarse una, dos y tres veces. Después lo guardó,
diciendo:
—Me gusta demasiado
viajar en tren. Cuando estás casado ya no puedes volver a sentarte junto a la
ventanilla.
— ¡Esto no es una
razón!
Es una razón
perfecta. Vete, Bessie. Déjame en paz. ¿Por qué no das un buen paseo en
ascensor? A propósito, si no apagas ese maldito cigarrillo vas a quemarte los
dedos.
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La señora Glass
volvió a apagar el cigarrillo contra el interior de la papelera.
Después estuvo un
rato muy quieta, sin buscar el paquete de cigarrillos y las cerillas.
Contempló a Zooey
mientras éste sacaba el peine y se hacía la raya del cabello.
—Necesitas un corte de
pelo, jovencito —observó—. Te pareces a uno de esos húngaros
chalados o lo que sea, saliendo de una piscina.
Zooey sonrió
perceptiblemente, continuó peinándose por unos segundos y entonces se volvió de
repente y señaló a su madre con el peine.
—Otra cosa, antes
de que me olvide. Y esta vez escúchame, Bessie —dijo—. La próxima
vez que tengas la idea, como anoche, de telefonear al maldito psicoanalista de
Philly Byrnes para Franny, haz una sola cosa, no te pido nada más. Piensa en lo
que el análisis hizo a Seymour. —Calló un momento para dar más énfasis a sus
palabras—. ¿Me has oído? ¿Lo harás?
La señora Glass dio
de inmediato un toque innecesario a su redecilla del pelo y sacó los
cigarrillos y las cerillas, pero se limitó a sostenerlos en la mano.
—Para tu
información —dijo—, yo no mencioné que fuese a telefonear al psicoanalista de
Philly Byrnes, sólo dije que lo estaba pensando. En primer lugar,
no es un psicoanalista corriente. Da la casualidad de que es un psicoanalista
católico muy devoto, y yo pensé que podía ser
mejor que quedarse sentada contemplando a esa niña...
—Bessie, esto es
una advertencia, maldita sea. No me importa que sea un veterinario budista muy
devoto. Si llamas a un...
—El sarcasmo no
viene a cuento, jovencito. Conozco a Philly Byrnes desde que era un niño de
pecho. Tu padre y yo actuamos con sus padres en el mismo programa durante
años. Y sé positivamente que visitar a un psicoanalista convirtió a ese
muchacho en una persona nueva y encantadora. Hablé con su...
Zooey tiró el peine
dentro del botiquín y cerró la puerta de golpe y con impaciencia.
—Oh, qué tonta
eres, Bessie —exclamó—. Philly Byrnes. Philly Byrnes es un pobre
tipo, sudoroso, impotente y cuarentón, que lleva años durmiendo con
un rosario y un ejemplar de Variety bajo la almohada. Estamos
hablando de dos cosas tan diferentes como el día y la noche. Escúchame bien,
Bessie. —Zooey se volvió del todo hacia su madre y la miró atentamente,
apoyando la palma de la mano en el lavabo, como si necesitara sostenerse—. ¿Me
escuchas?
La señora Glass
terminó de encender un nuevo cigarrillo antes de comprometerse con una
respuesta. Entonces, exhalando humo y sacudiendo de su falda unas cenizas
imaginarias, repuso con gravedad:
—Te estoy
escuchando.
—Muy bien. Ahora
hablo muy en serio. Si tú... Escúchame bien. Si no puedes, o no quieres, pensar
en Seymour, sigue adelante y llama a un ignorante psicoanalista. Hazlo. Llama a
un analista con experiencia en ajustar a la gente a los goces de la televisión,
la revista Life todos los miércoles, viajes a Europa, la bomba
H, las elecciones presidenciales, la primera plana del Times, las
responsabilidades de la Asociación Padres-Profesores de Westport y Oyster Bay,
y Dios sabe qué otras cosas gloriosamente normales; hazlo y te juro que en
menos de un año Franny será, o bien una paciente de un manicomio, o
estará vagando en algún maldito desierto con una cruz encendida en las manos.
La señora Glass se
sacudió más cenizas imaginarias.
Está bien, está
bien... no te enfades así —contestó—. Por amor de Dios, nadie
ha llamado a nadie.
Zooey abrió con
fuerza la puerta del botiquín, miró en su interior, sacó una lima de uñas y
volvió a cerrar la puerta. Cogió el cigarrillo que había dejado al borde ¿el
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estante de cristal
y dio una chupada, pero ya estaba apagado. Su madre dijo, «Toma», y le alargó
su paquete de cigarrillos extra largos y sus cerillas.
Zooey sacó un
cigarrillo del paquete, se lo puso entre los labios y encendió una cerilla,
pero la presión de las ideas le impidió encender el cigarrillo, por lo que
apagó la cerilla y se quitó el cigarrillo de entre los labios. Meneó un poco la
cabeza, impaciente.
—No sé —dijo—. Me
parece que ha de haber en algún rincón de la ciudad un
psicoanalista bueno para Franny; lo estuve pensando anoche. —Hizo una ligera
mueca—. Pero no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista conviniera a
Franny, tendría que ser de un tipo muy peculiar. No sé. Ante todo tendría que
creer que ha sido por la gracia de Dios que tuvo la inspiración de estudiar el
psicoanálisis. Tendría que creer que fue por la gracia de Dios que un camión no
le atropellara antes de recibir el diploma para ejercer. Tendría que creer que
es por la gracia de Dios que posee la inteligencia innata para poder ayudar
en algo a sus malditos pacientes. No conozco buenos analistas
que piensen de esta forma. Pero es la única clase de psicoanalista que podría
hacer algún bien a Franny. Si topa con alguien terriblemente freudiano, o
terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera
sienta una gratitud absurda y misteriosa por su intuición e inteligencia,
saldrá del análisis en un estado incluso peor que el de Seymour. Me
preocupé horrores pensándolo. Será mejor que no hablemos de
ello, si no te importa. —Se tomó tiempo para encender el cigarrillo. Entonces
expeliendo humo, puso el cigarrillo sobre el estante de cristal donde estaba el
anterior, ya apagado, y adoptó una posición más cómoda. Empezó a pasarse la
lima por las uñas, que ya estaban completamente limpias—. Si no te pones a
parlotear —añadió, tras una pausa—, te diré de qué tratan esos dos libros
pequeños que Franny lleva consigo. ¿Te interesa o no? Si no te interesa, no voy
a...
— ¡Sí, estoy
interesada! ¡Claro que me interesa! ¿Qué te crees que he estado...? —Muy bien,
entonces deja de parlotear un momento —dijo Zooey, apoyando la
región lumbar
contra el borde del lavabo y continuando su trabajo con la lima—, Los dos
libros tratan de un campesino ruso que vivió a principios de siglo —empezó, con
un tono que, para su voz implacablemente desapasionada, era bastante
narrativo—. Es un tipo muy simple y muy bondadoso, y con un brazo inútil. Lo
cual, naturalmente, le convierte en alguien muy apropiado para Franny, con su
maldito corazón hospitalario. —Dio media vuelta, cogió el cigarrillo del
estante, lo chupó y empezó a limarse de nuevo las uñas—. Al principio, este
pequeño campesino te cuenta que tenía esposa y una granja. Pero también tenía
un hermano lunático que prendió fuego a la granja, y después, creo que algo más
tarde, la esposa murió. Sea como sea, él inicia su peregrinaje. Y tiene un
problema. Ha leído la Biblia toda su vida, y quiere saber qué significa la
frase de la Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses: «Orad sin cesar.» Estas
palabras le obsesionan. —Zooey volvió a coger el cigarrillo, dio una chupada y
continuó—: Hay otra frase similar en Timoteo: «Quiero en consecuencia que los
hombres oren por doquier.» Y, de hecho, el propio Jesucristo dice: «Los hombres
deben orar siempre y no desmayar.» —Zooey utilizó la lima en silencio unos
instantes, con una expresión singularmente severa—. Así pues, inicia su
peregrinaje para encontrar un maestro —prosiguió—. Alguien que pueda
enseñarle cómo orar incesantemente y por qué.
Recorre un larguísimo camino, de un templo y santuario a otro, hablando con muchos
sacerdotes. Hasta que por fin encuentra a un monje sencillo y anciano que al
parecer conoce todo el secreto. El viejo monje le dice que la única plegaria
siempre aceptable a Dios y «deseada» por El es la Oración de Jesús «Señor
Jesucristo, ten piedad de mí.» En realidad, en la plegaria se dice: «Señor
Jesucristo, apiádate de mí, un pobre pecador», pero ninguno de los devotos de
los libros del Peregrino presta ningún énfasis, gracias a Dios, a
eso del pobre pecador. Sea como sea, el viejo monje le explica
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qué acontece cuando
la plegaria se recita sin cesar. Le da algunas sesiones prácticas y le manda a
casa. Y, para abreviar, al cabo de un tiempo el pequeño peregrino se convierte
en un experto de la plegaria. La domina y, alborozado con su nueva vida espiritual,
emprende un viaje por toda Rusia, a través de densos bosques, ciudades,
pueblos, etcétera, recitando su plegaria mientras camina y enseñando a
recitarla a todos cuantos encuentra. —Zooey miró bruscamente a su madre—.
¿Estás escuchándome, vieja y gorda Druida? —preguntó—. ¿O sólo estás
contemplando mi preciosa cara?
La señora Glass,
enfadada, contestó:
— ¡Claro que te
estoy escuchando!
—Muy bien... no
quiero mirones por aquí. —Zooey emitió una gran risotada y entonces chupó el
cigarrillo. Lo retuvo entre los dedos y continuó usando la lima—. El primero de
los dos libros, El sendero de un peregrino —prosiguió—,
consiste principalmente en las aventuras del pequeño peregrino durante su
peregrinaje. A quién encuentra, qué les dice, qué le dicen ellos... a
propósito, encuentra a personas muy simpáticas. La continuación, El
peregrino continúa su camino es en su mayor parte una disertación en
forma de diálogo sobre las causas y las razones de la Oración de Jesús. El
peregrino, un profesor un monje y una especie de ermitaño se reúnen y analizan
las cosas. Y de hecho, esto es todo. —Zooey levantó la vista hacia su madre,
muy brevemente, y después cambió la lima a su mano izquierda—. Se supone que el
objeto de ambos libros, si es que te interesa, es despertar en
todo el mundo la necesidad de rezar la Oración de Jesús incesantemente para
obtener sus beneficios. Primero bajo la supervisión de un maestro calificado,
una especie de gurú cristiano, y después, cuando la persona lo domina hasta
cierto punto, puede continuar a solas. Y la idea principal es que la cosa no va
destinada únicamente a bastardos piadosos y golpeadores del propio pecho. Uno
puede estar ocupado robando el maldito cepillo de la iglesia, pero tiene que
recitar la oración mientras lo roba. Se supone que la iluminación viene con el
rezo, no antes de él. —Zooey frunció el ceño, pero de forma académica—. La
idea, en realidad, es que, tarde o temprano, la oración se traslada por sus
propios medios de los labios y la cabeza hasta un centro del corazón, donde se
convierte en una función automática de la persona, junto con los latidos de su
corazón. Y entonces, al cabo de un tiempo, cuando la oración es automática en
el corazón, la persona entra en la llamada realidad de las cosas. El tema no
aparece realmente en ninguno de los dos libros, pero, en términos orientales,
en el cuerpo hay siete centros sutiles, llamados chakras, y el
conectado de manera más íntima con el corazón se llama anahata, y
se supone que es terriblemente sensible y poderoso, y cuando es activado, él
activa a su vez otro de estos centros, situado entre las cejas, llamado ajna —en
realidad se trata de la glándula pineal, o, mejor dicho, de un aura que rodea
la glándula pineal... y entonces, bingo, se produce la abertura de lo que los
místicos llaman el «tercer ojo». Por amor de Dios, no es nada nuevo. Quiero
decir que no empezó con el grupo del pequeño peregrino. En la India, durante
Dios sabe cuántos siglos, se le ha conocido con el nombre de japam.
Japam es sólo la repetición de cualquiera de los nombres humanos de
Dios. O los nombres de sus encarnaciones, o avatares, si quieres usar tecnicismos.
La idea es que si pronuncias el nombre durante el tiempo suficiente y con la
regularidad suficiente, y literalmente con el corazón, tarde o temprano
recibirás una respuesta. No exactamente una respuesta: una reacción.
—Zooey se volvió de repente, abrió el botiquín, guardó la lima de uñas y sacó un
palillo de naranjo que parecía muy gastado—. ¿Quién se ha comido mi palillo de
naranjo? —preguntó. Secó brevemente con la muñeca el sudor de su labio superior
y empezó a usar el palo para bajarse las cutículas.
La señora Glass dio
una profunda chupada al cigarrillo mientras le observaba, y después cruzó las
piernas e inquirió, interrogó:
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— ¿Es eso lo que
tal vez esté haciendo Franny? Quiero decir, ¿es exactamente
eso?
—Supongo. No me lo
preguntes a mí, pregúntaselo a ella.
Hubo una pausa
breve, y además indecisa. Entonces la señora Glass preguntó de improviso y con
bastante decisión:
— ¿Durante cuánto
tiempo hay que hacerlo?
El rostro de Zooey
se iluminó de placer. Se volvió hacia ella.
— ¿Cuánto tiempo?
—repitió—. Oh, no mucho. Hasta Que los pintores quieran entrar en tu
habitación. Entonces irrumpe también una procesión de santos y bodhisattvas,
llevando tazones de caldo de gallina. El Coro del Hall Johnson aparece en
último término, y las cámaras enfocan a un simpático anciano cubierto por un
taparrabos que está frente a un fondo de montañas, cielos azules y nubes
blancas, y una expresión de paz se advierte en los rostros de to...
—Muy bien, deja eso
—dijo la señora Glass.
—Bueno, Dios mío.
Sólo trato de ayudar. Misericordia. No quiero que te vayas con la impresión de
que hay... bueno, ya sabes, inconvenientes en la vida religiosa. Quiero decir
que mucha gente se desentiende de ella porque cree que implica cierta cantidad de
antipática aplicación y perseverancia. —Era evidente que el orador se
aproximaba ya con obvia fruición al punto culminante de su discurso. Movió
solemnemente frente a su madre el palo de naranjo—. En cuanto salgamos de esta
capilla, espero que aceptarás de mí un pequeño volumen que he admirado siempre.
Creo que toca uno de los bonitos puntos que hemos discutido esta mañana. Dios
es mi «hobby», por el doctor Homer Vincent Claude Pierson Jr. Creo que en
este pequeño libro el doctor Pierson nos explica muy claramente
cómo, a los veintiún años de edad, empezó a consagrar un poco de tiempo cada
día —dos minutos por la mañana y dos minutos por la noche, si lo recuerdo
bien—, y al final del primer año, sólo gracias a estas pequeñas e
informales visitas a Dios, había aumentado su renta anual en un setenta y
cuatro por ciento. Creo que tengo un ejemplar extra, y si tú tienes la
bondad...
—Oh, eres imposible
—dijo la señora Glass, pero con tono vago. Su mirada había vuelto a buscar a su
vieja amiga la alfombra azul. La contempló fijamente mientras Zooey, sonriendo,
pero sudando profusamente en el labio superior, continuaba usando el palillo de
naranjo. Al final la señora Glass exhaló uno de sus suspiros de campeonato y
dirigió de nuevo su atención a Zooey, quien, al tiempo que bajaba sus
cutículas, dio media vuelta hacia la luz de la mañana. Mientras la señora Glass
observaba los planos y líneas de su espalda desnuda, inusitadamente delgada, su
mirada fue perdiendo la abstracción anterior. De hecho, en cuestión de pocos
segundos sus ojos dieron la impresión de desechar todo lo oscuro deprimente y
resplandecer con el
entusiasmo de un
club de admiradores—. Cada vez eres más ancho y atractivo dijo en voz alta,
alargando la mano para tocarle la espalda—. Tenía miedo de que todos aquellos
absurdos ejercicios de barra te estro...
—Basta,
¿quieres? —replicó Zooey con mucha brusquedad, retrocediendo. — ¿Basta de qué?
Zooey abrió de un
tirón la puerta del botiquín y devolvió a su nicho el palillo de naranjo.
—Basta, eso es
todo. No admires mi maldita espalda —repuso, cerrando el botiquín.
Cogió un par de
calcetines de seda negra que colgaban del toallero y los llevó hasta el
radiador. Se sentó sobre éste, pese al calor —o a causa de él—, y empezó a
ponerse los calcetines. La señora Glass dio un bufido bastante demorado.
—Que no admire tu
espalda... ¡me gusta eso! —exclamó.
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Pero se sentía
insultada, y un poco ofendida. Le miró mientras se ponía los calcetines con una
expresión mixta de enojo y el interés invencible de alguien que ha examinado
durante años calcetines recién lavados en busca de agujeros. Entonces, de
repente, con uno de sus suspiros más audibles, se puso en pie y, con la
gravedad de quien cumple su deber, se desplazó hasta el área del lavabo que
Zooey acababa de abandonar. Su primera tarea, con expresión de flagrante
martirio, fue abrir el grifo del agua fría.
—Me gustaría que
aprendieras a tapar bien las cosas cuando has terminado de usarlas —dijo en un
tono intencionadamente capcioso.
Desde el radiador,
donde ajustaba ligas a sus calcetines, Zooey la miró.
—A mí me gustaría
que aprendieras a dejar la maldita fiesta cuando ha terminado —observó—. Ahora
hablo en serio, Bessie. Querría un solo minuto de soledad, por grosero que
pueda parecerte. En primer lugar, tengo prisa. He de estar en la oficina de
LeSage a las dos y media, y antes me gustaría hacer un par de
cosas en el centro. Vete ya... ¿te importa?
La señora Glass
abandonó sus tareas caseras para mirarle y hacerle una pregunta de la índole
que en el curso de los años había irritado a cada uno de sus hijos:
—Tomarás algo
para almorzar antes de irte, ¿verdad?
—Comeré algo en el
centro... ¿Dónde diablos está mi otro zapato?
La señora Glass le
miró con fijeza intencionada.
— ¿Hablarás o no
con tu hermana antes de irte? —interrogó.
—Lo ignoro,
Bessie —contestó Zooey después de una perceptible vacilación—. Deja de
preguntarme eso, te lo ruego. Si tuviera algo realmente importante que decirle
esta mañana, se lo diría. Deja de hacerme esta pregunta. —Con un zapato puesto
y atado y el otro sin aparecer, se puso de repente en cuclillas y pasó la mano
por debajo del radiador—. Ah, estás ahí, pequeño bastardo —dijo. Junto al
radiador había una báscula de cuarto de baño. Se sentó en ella con el zapato en
la mano.
La señora Glass le
observó mientras se lo ponía. Sin embargo, no esperó a que se lo atara, sino
que abandonó la habitación. Pero lentamente, moviéndose con una pesadez nada
característica —arrastrándose, casi—, que trastornó a Zooey. Levantó la vista
hacia ella con atención considerable.
--- Ya no sé qué os
ha ocurrido a todos, hijos míos.---dijo vagamente la señora Glass, sin
volverse. Se detuvo frente a un toallero y colocó bien la toalla—. En los
viejos tiempos de la radio, cuando todos erais pequeños, solíais ser tan...
listos y felices y... bueno, encantadores. Mañana, mediodía y
noche. —Se agachó y recogió del suelo embaldosado lo que parecía ser un cabello
humano, largo y misteriosamente rubio. Se desvió un poco con 1 hasta la
papelera, diciendo—: No sé de qué sirve saber tanto y ser listos como una
ardilla si no os puede hacer felices. —Dando la espalda a Zooey, se dirigió de
nuevo hacia la puerta—. Por lo menos —añadió—, todos erais tan simpáticos y
cariñosos los unos con los otros que resultaba una delicia veros. —Abrió la
puerta, meneando la cabeza—. Una delicia —repitió con firmeza, cerrando la
puerta tras de sí.
Zooey, mirando la
puerta cerrada, inspiró profundamente y expiró con lentitud.
— ¡Vaya frases que
gastas antes de dejar el escenario, hermana! —le gritó, pero sólo cuando debió
estar seguro de que su voz no llegaría hasta ella por el pasillo.
La sala de estar de
los Glass no podía estar menos preparada para que repintaran sus paredes.
Franny Glass yacía dormida sobre el canapé, tapada con una manta; la alfombra
«de pared a pared» seguía en su lugar, y ni siquiera había sido doblada por los
47
bordes; y los
muebles —al parecer, el contenido de un pequeño almacén— se encontraban en su
habitual distribución estático-dinámica. La habitación no era de un tamaño
impresionante, ni siquiera según el promedio en las casas de apartamentos de
Manhattan, pero el mobiliario allí reunido podría haber prestado un aspecto
acogedor a una sala de banquetes del Valhalla. Había un piano de cola Steinway
(invariablemente abierto), tres radios (una Freshman de 1927, Una
Stromberg-Carlson de 1932 y una RCA de 1941), un televisor de veintiuna
pulgadas, cuatro fonógrafos de mesa (incluyendo una Victrola de 1920, con el
altavoz encima, todavía montado), gran cantidad de mesas llenas de revistas y
cigarrillos, una mesa de ping-pong de tamaño de reglamento (afortunadamente
rota y almacenada detrás del piano), cuatro sillas cómodas, ocho sillas
incómodas, un acuario de cincuenta litros para peces tropicales (lleno hasta
rebosar, en todos los sentidos de la palabra, e iluminado por dos bombillas de
cuarenta watios), un sofá para dos, el canapé ocupado por Franny, dos jaulas
vacías, un escritorio de madera de cerezo y un surtido de lámparas de pie,
lámparas de mesa y lámparas de bridge, que surgían por todo el congestionado
ambiente como zumaque. Unas estanterías de altura equivalente a la de la
cintura cubrían tres paredes, atestadas literalmente de libros, libros
infantiles, libros de texto, libros de segunda mano, libros del Club del Libro,
además de los excedentes aún más heterogéneos de «anexos» menos comunales del
apartamento (ahora Dracula se encontraba al lado de Pali
elemental, Los aliados juveniles en el Somme al lado de
Relámpagos de mediodía. El caso del asesinato del escarabajo y El
idiota estaban juntos. Nancy Drew y la escalera escondida se
hallaba encima de Miedo y temblor.) Incluso si un equipo resuelto
de pintores, dotados de un corazón fuerte, hubiese sido capaz de
entenderse con las estanterías de libros, las propias paredes, directamente
tras ellas, hubieran hecho devolver su tarjeta del sindicato a cualquier
artesano que se respetara. Desde la parte superior de las estanterías hasta
unos centímetros por debajo del techo, el yeso —de un verrugoso azul Wedgwood,
donde era visible— estaba completamente cubierto por lo que podría llamarse muy
libremente «objetos colgantes», refiriéndose a una colección de fotografías
enmarcadas, amarillenta correspondencia personal y presidencial, placas de
bronce y plata, y una miscelánea irregular de documentos de aspecto vagamente
honorífico y objetos semejantes a trofeos de diversos tamaños y formas, todos
ellos atestiguando, de un modo u otro, el formidable hecho de que a partir de
1927 y hasta casi finales de 1943, el programa de radio llamado «Es un niño
sabio» se había emitido raramente sin uno (y, más a menudo, dos) de los siete
niños Glass entre sus concursantes. (Buddy Glass, quien, a los treinta y seis
años, era el ex concursante vivo de más edad del programa, se refería con
frecuencia a las paredes del apartamento de sus padres como una especie de
himno visual a la infancia y primera pubertad comercial americana. A menudo
expresaba su pesar de que sus visitas desde el campo fueran tan raras y
espaciadas, y señalaba, casi siempre con enorme verborrea, lo muy afortunados
que eran sus hermanos, la mayoría de los cuales aún vivía en Nueva York o sus
inmediaciones.) El sistema de decoración de las paredes era, de hecho, —con la
sanción espiritual sin reservas de la señora Glass y su eternamente tácito
consentimiento formal-invento del señor Les Glass, padre de los niños, antiguo
actor de vodevil y, sin duda, admirador inveterado y nostálgico de la
decoración de las paredes del restaurante teatral de Sardi. Tal vez el golpe
más inspirado del señor Glass como decorador se manifestara justamente detrás y
encima del canapé donde la joven Franny Glass se encontraba durmiendo en estos
momentos. Allí, en una yuxtaposición casi incestuosamente íntima, habían sido
adosados por los lomos, directamente al yeso, siete álbumes de recortes de
periódicos y revistas. Era evidente que año tras año los siete álbumes habían
sido
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examinados o
consultados tanto por los viejos amigos de la familia como por visitantes
casuales, y también, presumiblemente, por la mujer de la limpieza.
Hay que mencionar
que a primeras horas de la mañana la señora Glass había logrado realizar dos
gestos simbólicos en atención a la llegada de los pintores. Se podía entrar en
la habitación tanto desde el recibidor como desde el comedor, y en cada una de
estas entradas había puertas de cristal de doble batiente. La señora Glass
retiró las cortinas de seda plisada de estas dos puertas. Y más tarde, en un
momento oportuno, cuando Franny fingía sorber una taza de caldo de gallina, la
señora Glass trepó a los asientos de las ventanas con la agilidad de una cabra
montés y desmontó las pesadas cortinas de damasco de las tres ventanas de
guillotina.
La habitación tenía
un único frente, hacia el sur. Una escuela privada para chicas, de cuatro
pisos, se levantaba al otro lado de la calle; un edificio sólido y de aspecto
anónimo que raramente cobraba vida hasta las tres y media de la tarde, cuando
los niños de la escuela pública de las Avenidas Segunda y Tercera venían para
saltar a pídola o jugar al boliche en los peldaños de piedra. El apartamento de
los Glass estaba en el quinto piso, uno más arriba que el edificio de la
escuela, y a esta hora el sol brillaba en el tejado de la escuela y a través de
las ventanas desnudas de la sala de estar de los Glass. La luz del sol era muy
cruel con la habitación. No sólo el mobiliario era viejo, intrínsecamente feo y
estaba hinchado por los recuerdos y el sentimentalismo, sino que la propia
habitación había servido en años pasados de arena para innumerables partidos de
hockey y rugby, y apenas podía verse una sola pata de mueble que no tuviera
mellas o desportilladuras. También había otras cicatrices mucho más cerca del
nivel de los ojos, causados por una asombrosa variedad de objetos volantes
—saquitos de frijoles, pelotas de béisbol, canicas, llaves de patines, goma de
borrar, e incluso, en una especial ocasión de los primeros años de la década de
los treinta, una muñeca de porcelana, sin cabeza—. Pero quizá la luz del sol
era particularmente cruel con la alfombra; en su origen había sido de un color
burdeos —y, por lo menos, a la luz de la lámpara todavía lo era—, pero ahora
presentaba una serie de manchas descoloridas y de forma parecida a la del
páncreas, todas ellas recuerdos poco sentimentales de una sucesión de animales
domésticos. A esta hora el sol brillaba en la habitación profunda y
despiadadamente hasta llegar al mismo televisor, dándole de pleno en el ojo
inconmovible y ciclópeo.
La señora Glass,
que elaboraba sus pensamientos más inspirados y más perpendiculares en el
umbral de los armarios de ropa blanca, había acostado en el canapé a su hija
menor, entre sábanas de percal rosa, cubriéndola con una manta de cashmere azul
pálido. Ahora Franny dormía sobre el costado izquierdo, de cara al respaldo del
canapé y la pared, rozando un poco con la barbilla uno de los almohadones que
la rodeaban por doquier. Tenía la boca cerrada, pero sin apretar los labios.
Sin embargo, la mano derecha, que reposaba sobre la manta, no sólo estaba
cerrada, sino hecha un puño, con los dedos apretados y el pulgar escondido:
como si, a sus veinte años, hubiese vuelto a las mudas defensas del cuarto de
jugar. Y es digno de mención que aquí, en el canapé, pese a su descortesía con
el resto de la habitación, el sol se portaba graciosamente. Resplandecía en los
cabellos de Franny, que eran negros como el azabache y tenían un corte muy
atractivo, y habían sido lavados tres veces en otros tantos días. De hecho, la luz
del sol bañaba toda la manta, y el juego de la luz cálida y brillante sobre la
lana de color azul pálido ya en sí mismo era digno de contemplación.
Zooey, llegado casi
directamente del cuarto de baño con un cigarro encendido en la boca, permaneció
bastante rato a los pies del canapé, al principio ocupado en meterse los bordes
de una camisa blanca dentro del pantalón, en abotonarse los puños, y después,
meramente en mirar. Tenía el ceño fruncido detrás del cigarro, como si los
49
asombrosos efectos
de luz hubieran sido «creados» por un director de escena cuyo gusto considerase
más o menos sospechoso. Pese a la extraordinaria delicadeza de sus facciones, y
a su edad, y a su tamaño en general —vestido, podría haber pasado fácilmente
por un joven y grácil danseur—, el cigarro no le sentaba demasiado
mal. Por un lado, su nariz no era precisamente corta. Por otro, en Zooey los
cigarros no eran de un modo patente una afectación juvenil. Los fumaba desde
que tenía dieciséis años, y regularmente, hasta una docena por día —panatelas
de los caros, en su mayor parte—, desde los dieciocho.
Una mesita de
mármol de Vermont, rectangular y muy larga, se hallaba paralela y muy cerca del
canapé. De pronto Zooey se aproximó a ella. Quitó de en medio un cenicero, una
caja de plata para cigarrillos y un ejemplar del Harper's Bazaar, y
se sentó en el estrecho espacio de mármol frío, frente —casi cerniéndose— a la
cabeza y los hombros de Franny. Miró brevemente la mano cerrada sobre la manta
azul, y entonces, con mucha suavidad y el cigarro en la mano, tocó el hombro de
Franny.
—Franny —dijo—,
Francés. Vamos, hermana. No desperdiciemos aquí la mayor parte del día...
Vamos, hermana.
Franny se despertó
con un sobresalto, con una sacudida; en realidad, como si el canapé hubiese
chocado con algo. Levantó un brazo y exclamó:
— ¡Caramba! —Guiñó
los ojos a la luz de la mañana—. ¿Por qué hace tanto sol? —Sólo percibió a
medias la presencia de Zooey—. ¿Por qué hace tanto sol? — repitió.
Zooey la observó
con bastante atención.
---Yo llevo el sol
dondequiera que vaya, hermana---contestó. Franny, guiñando todavía los ojos, le
miró con fijeza.
¿Por qué me has
despertado? —preguntó. Aún estaba demasiado soñolienta para sonar realmente
malhumorada, pero era evidente que sentía en el aire cierta clase de
injusticia.
Verás..., ha
ocurrido lo siguiente. Al Hermano Anselmo y a mí nos han ofrecido una nueva
parroquia. En Labrador, ¿sabes? Y nos preguntábamos si nos darías tu bendición
antes de que...
— ¡Caramba! —volvió
a exclamar Franny, poniéndose la mano sobre la cabeza. Sus cabellos, cortados a
la moda, habían sobrevivido muy bien al sueño. Los llevaba, por suerte para el
espectador, partidos en el centro—. ¡Oh, he soñado algo horrible! — añadió,
incorporándose un poco. Juntó con una mano las solapas de su bata, que era de
seda beige con un bonito estampado de minúsculas rosas de té.
—Adelante —dijo
Zooey, chupando el cigarro—. Yo lo interpretaré por ti. Ella se estremeció.
—Ha sido horrible.
Lleno de arañas. Nunca en mi vida había tenido una pesadilla tan
llena de arañas.
—Conque arañas,
¿eh? Esto es muy interesante. Muy significativo. Hace unos años tuve un caso
muy interesante en Zurich; de hecho, una joven muy parecida a ti...
—Cállate un
momento, o lo olvidaré— replicó Franny.
Miraba con ávida
fijeza ante sí, como suelen hacer los que recuerdan sus pesadillas. Tenía
ojeras y otros signos más sutiles que denotan a una muchacha intensamente
afligida, pero a pesar de ello a nadie hubiera podido pasar por alto que era
una belleza de primera clase. Tenía la piel muy diáfana y unas facciones
delicadas y muy distinguidas. Sus ojos eran casi del mismo asombroso tono azul
que los de Zooey, pero estaban más separados, como sin duda deben estar los
ojos de una hermana, y no requerían, por así decirlo, el trabajo de un día para
comprenderlos, como los de Zooey. Unos cuatro años antes, cuando se graduó en
el internado, su hermano Buddy se
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profetizó
morbosamente a sí mismo, mientras ella le sonreía desde el estrado de los
graduados, que con toda probabilidad un día Franny contraería matrimonio con un
hombre de tos perniciosa. Así pues, también eso se refleja en
su rostro.
— ¡Oh, Dios mío,
ahora lo recuerdo! —exclamó Franny—. Fue espantoso. Me encontraba en una
piscina en alguna parte, y un montón de gente me obligaba a bucear en busca de
un bote de café Medaglia d'Oro, que estaba en el fondo. Cada vez que subía a la
superficie, me hacían bajar de nuevo. Yo lloraba y no paraba de decir a todo el
mundo: «Ustedes llevan puestos sus trajes de baño. ¿Por qué no bucean
también?», pero ellos reían y hacían esas observaciones terriblemente
sarcásticas, y yo volvía a sumergirme. —Se estremeció de nuevo—. También
estaban allí esas dos chicas de mi internado, Stephanie Logan y otra a quien
apenas conozco; de hecho, siempre he sentido lástima hacia
ella, porque tiene un nombre tan horrible: Sharmon Sherman. Las dos tenían
un gran remo y trataban de golpearme con él cada vez que
emergía a la superficie. —Franny se cubrió brevemente los ojos con las manos—.
¡Caramba! — Meneó la cabeza y reflexionó—. La única persona que tenía sentido en
el sueño era el profesor Tupper. Quiero decir que era la única persona presente
de la cual sé que realmente me detesta.
---Te detesta, ¿eh?
Muy interesante. —Zooey tenía el cigarro en la boca. Lo hizo girar lentamente
entre los dedos, como un intérprete de sueños que no obtiene todos los datos
del caso. Parecía muy satisfecho—. ¿Por qué te detesta? —preguntó—. Sin absoluta
franqueza, te darás cuenta de que mis manos están...
—Me detesta porque
estoy en este absurdo seminario de religión que él dirige, y nunca consigo
devolverle la sonrisa cuando se muestra encantador y muy oxfordiano. Ha venido
desde Oxford en préstamo y arriendo o algo así, y no es más
que un farsante terriblemente triste y satisfecho de sí mismo, con abundantes y
despeinadas canas. Creo que va al lavabo de caballeros y las desordena antes de
entrar en clase, te lo digo en serio. Carece del menor entusiasmo por su
materia. Ego, sí. Entusiasmo, no. Lo cual estaría muy bien, quiero decir que no
habría nada exactamente extraño, pero no deja de hacer
insinuaciones idiotas acerca de que él mismo es un Hombre Realizado y nosotros
deberíamos ser unos chicos muy felices de tenerle en este país. —Franny hizo
una mueca—. Lo único que hace con un poco de brío, cuando no está
jactándose, es corregir a quienquiera que diga que una cosa es sánscrito cuando
en realidad es pali. ¡Sabe que no puedo tragarle! Tendrías que ver
las caras que le hago cuando no mira.
— ¿Qué hacía en la
piscina?
— ¡Eso es,
precisamente! ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Sólo estaba allí, sonriendo y observando.
Era el peor de todos.
Zooey, mirándola a
través del humo de su cigarro, dijo desapasionadamente. —Tu aspecto es
lamentable. ¿Lo sabías?
Franny le miró con
fijeza.
—Podrías haber
estado aquí toda la mañana sin decir eso —comentó. Y añadió con intensidad—: No
empieces conmigo otra vez, a primeras horas de la mañana. Te lo ruego, Zooey.
Estoy hablando en serio.
—Nadie empieza
contigo, hermana —repuso Zooey en el mismo tono
desapasionado—. Da
la casualidad de que tu aspecto es lamentable, eso es todo. ¿Por qué no comes
algo? Bessie dice que tiene un caldo de gallina que ha…
—Si alguien me
menciona otra vez el caldo de gallina…
Pero la atención de
Zooey se había desviado. Miraba la manta bañada por el sol en la parte que
cubría las pantorrillas y los tobillos de Franny.
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— ¿Quién es ése?
—inquirió—. ¿Bloomberg? —Extendió un dedo y tocó con suavidad un bulto bastante
grande y de aspecto extrañamente móvil que había bajo la manta—. ¿Eres tú,
Bloomberg?
El bulto se movió.
Ahora Franny también lo miraba.
—No puedo
deshacerme de él —explicó—. De pronto se ha enamorado locamente de
mí.
Bajo el estímulo
del dedo investigador de Zooey, Bloomberg se estiró de improviso, y empezó a
deslizarse lentamente hacia el campo abierto de la falda de Franny. En el
instante en que su poco atractiva cabeza emergió a la luz del día, del sol,
Franny lo tomó por debajo de los hombros y lo levantó a una distancia de íntimo
saludo.
— ¡Buenos días,
querido Bloomberg! —dijo, besándole fervientemente entre los ojos. El pestañeó
con aversión—. ¡Buenos días, gordo y maloliente gato! ¡Buenos días, buenos
días, buenos días! —Le dio un beso tras otro, pero del animal no brotaron
recíprocas oleadas de afecto. Efectuó una tentativa inepta y bastante violenta
de llegar hasta el cuello de Franny. Era un gato muy grande, moteado de gris y
castrado—. ¿Verdad que está cariñoso? —se maravilló Franny—. Nunca le había
visto tan cariñoso. —Miró a Zooey, quizá para ver si lo corroboraba, pero la
expresión de Zooey, detrás del cigarro era evasiva—. ¡Acaríciale, Zooey! Mira
qué manso está. Acaríciale.
Zooey alargó una
mano y acarició el lomo arqueado de Bloomberg, una vez, dos veces, y entonces
desistió, se levantó de la mesa y cruzó la habitación hasta el piano, que
estaba abierto, de perfil, en toda su negra enormidad de Steinway, enfrente del
canapé y con la banqueta delante mismo de Franny. Zooey se sentó en la
banqueta, indeciso, y entonces miró con interés muy aparente la hoja de música
del atril.
—Está tan lleno de
pulgas que ni siquiera es gracioso —dijo Franny. Forcejeó un poco con
Bloomberg, intentando colocarle en una dócil posición de gato faldero—. Anoche
le encontré catorce pulgas, sólo en un lado. —Propinó a las caderas de
Bloomberg un potente empujón hacia abajo, y después dirigió la mirada a Zooey—.
¿Cómo estaba el guión, al final? —preguntó—. ¿Llegó por fin anoche, o qué?
Zooey no contestó.
—Dios mío —dijo,
mirando todavía la hoja de música del atril—. ¿Quién ha sacado esto?
La hoja de música
se titulaba No debes ser tan mala, muñeca. Tenía unos cuarenta
años. En la cubierta figuraba una reproducción en sepia del señor y la señora
Glass. El señor Glass llevaba sombrero de copa y frac, y lo mismo lucía la
señora Glass. Ambos sonreían a la cámara con bastante vivacidad, apoyados los dos
sobre sus bastones y con los pies muy separados.
— ¿Qué es?
—Preguntó Franny—. No lo veo. —Bessie y Les. No debes ser tan mala,
muñeca.
— ¡Oh! —rió
Franny—. Les rememoró anoche. En mi honor. Cree que me duele el estómago. Sacó
todas las hojas de música una tras otra.
—Me interesaría
saber cómo diablos aterrizamos en esta maldita jungla, a partir de No
debes ser tan mala muñeca. Procura imaginarlo.
—No puedo. Ya lo he
intentado —repuso Franny---. ¿Cómo es el guión? ¿Ha llegado? Dijiste que un
tal... señor LeSage o como se llame, lo dejaría en la portería antes de...
—Sí, sí, ha llegado
—contestó Zooey—, pero no tengo ganas de discutirlo. —Se puso el cigarro en la
boca y, con la mano derecha en la clave de sol, empezó a tocar, en octavas, la
melodía de una canción llamada El kinkayú, que, por alguna razón
notable, había irrumpido y perdido ostensiblemente la popularidad antes de que
él naciera—. No sólo ha llegado —añadió—, sino que Dick Hess llamó hacia la una
de la madrugada,
52
justo después de
nuestro pequeño alboroto, para pedirme que fuese a tomar un trago con él, el
bastardo. Y en el San Remo, nada menos. Está descubriendo el Village. ¡Dios
Todopoderoso!
—No aporrees el
piano —dijo Franny, observándole—. Si vas a quedarte ahí, yo te dirigiré. Y
ésta es mi primera indicación. No aporrees las teclas.
—Ante todo,
él sabe que yo no bebo. En segundo lugar, sabe que he nacido en Nueva York y
que si hay algo que no soporto es el ambiente. En tercer lugar, sabe que
vivo a unas setenta malditas manzanas del Village. Y en cuarto lugar,
le dije tres veces que iba en pijama y zapatillas.
—No aporrees las
teclas —repitió Franny, acariciando a Bloomberg. —Pero, no, no
podía esperar. Tenía que verme inmediatamente. Muy
importante. La cosa
va en serio. Sé un buen chico por una vez en tu vida, salta a
un taxi y ven a encontrarme.
--- ¿Lo hiciste?
Tampoco aporrees la tapa. Es mi segunda…
--- ¡Claro que
lo hice! ¡No tengo la menor maldita fuerza de voluntad! — exclamó Zooey. Cerró
la tapa del piano, con impaciencia, pero sin golpearla—. Lo malo de mí es que
no me fío de la gente que visita Nueva York. No me importa el tiempo que hayan
estado aquí. Siempre tengo miedo de que les atropellen o les den una paliza mientras
descubren un pequeño restaurante armenio en la Segunda Avenida. O algo
parecido. —Exhaló perezosamente una columna de humo sobre No debes ser
tan mala, muñeca—. Así que fui hacia allá —dijo—, al encuentro del viejo
Dick. Estaba tan deprimido, tan triste, tan lleno de
noticias importantes que no podía esperar hasta esta tarde. Le encontré sentado
ante una mesa, con téjanos y una espantosa chaqueta deportiva. El ex patriado
de Des Moines en Nueva York. Podría haberle matado, te lo juro por Dios. Vaya
noche. Permanecí allí durante dos horas enteras mientras me decía que soy un
hijo de perra superior y provengo de una familia de psicópatas y prodigios
psicopáticos. Entonces, cuando acabó de analizarme (y también
a Buddy y a Seymour, a quienes no ha visto nunca), y llegó en su mente al
dilema de ser una especie de Colette masculina o una especie de Thomas Wolfe de
baja estatura para el resto de la velada, saca de repente de debajo de la mesa
esta magnífica cartera con monograma y me pone bajo el brazo un guión nuevo y
voluminoso. —Agitó una mano en el aire, como abandonando el tema. Pero se
levantó de la banqueta con demasiada inquietud para que su ademán de abandono
fuese real. Tenía el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos del
pantalón—. He escuchado a Buddy durante años sobre el tema de los actores
—prosiguió—. Dios mío, qué discurso podría hacerle yo sobre el tema de los
Escritores Que He Conocido. —Se quedó abstraído un momento, y entonces empezó a
moverse sin rumbo. Se detuvo ante la Victrola de 1920, la miró con vaguedad y
ladró dos veces frente al megáfono, para su propia diversión. Franny, que le
estaba mirando, se rió, pero él frunció el ceño y siguió moviéndose. Se paró de
pronto ante el acuario de peces tropicales, montado sobre la radio Freshman de
1927 y se sacó el cigarro de la boca. Contempló el acuario con innegable
interés—. Todos mis peces negros se están muriendo —dijo, y alargó
automáticamente la mano hacia el frasco de comida que había junto al acuario.
—Bessie les ha dado
de comer esta mañana —le advirtió Franny, que continuaba acariciando a
Bloomberg, socorriéndole a la fuerza en el mundo sutil y complicado del
exterior de las mantas calientes.
—Parecen famélicos
—observó Zooey, pero retiró la mano del frasco de comida—. Este pobre está muy
flaco. —Golpeó el cristal con la uña—. Lo que necesitas es un poco de caldo de
gallina, hermano.
53
—Zooey —le
interpeló Franny para llamar su atención—. ¿Qué pasa ahora?
Tienes dos guiones
nuevos. ¿Cómo es el que LeSage te dejó al pasar?
Zooey continuó
mirando los peces unos momentos. Entonces, en un impulso repentino, pero al
parecer urgente, se estiró boca arriba sobre la alfombra.
—En el que ha
enviado LeSage —explicó, cruzando los pies—, he de ser Rick Chalmers en,
te lo juro, una comedia de salón de 1928 que parece sacada de un catálogo de
French. La única diferencia reside en que ha sido modernizada gloriosamente con
un montón de jerga sobre complejos, represiones y sublimaciones que el escritor
se trajo de su analista.
Franny miró hacia
lo que podía ver de él. Desde donde estaba sentada sólo eran visibles las
suelas y los tacones.
---Bueno, ¿y el de
Dick? —inquirió—. ¿Lo has leído?
---En el de Dick
puedo ser Bernie, un joven y sensible guarda del Metro, en la obra de
televisión más valiente inusitada que has leído en tu vida.
--- ¿De verdad? ¿Es
realmente buena?
---No he
dicho buena, he dicho valiente. No despeguemos los pies
del suelo, hermana. Al día siguiente de su estreno todo el mundo se dará
palmaditas en la espalda, en una orgía de admiración mutua. LeSage. Hess.
Pomeroy. Los patrocinadores. Toda la valiente pandilla. Empezará esta tarde, si
no ha empezado ya. Hess entrará en la oficina de LeSage y le dirá: «Señor
LeSage, señor, tengo un guión nuevo sobre un guarda de Metro joven y sensible,
que simplemente apesta a valor e integridad. Y yo sé, señor, que después de los
guiones Tiernos y Conmovedores, usted ama los guiones que tienen Valor e
Integridad. Este, señor, como le he dicho, apesta a ambas cosas. Está lleno de
tipos muy diversos. Es sentimental. Es violento cuando ha de serlo. Y justo
cuando los problemas del sensible guarda de Metro van a desmoronarle,
destruyendo su fe en la Humanidad y la Gente Sencilla, su sobrina de nueve años
llega de la escuela y le ofrece un poco de la filosofía simpática y chovinista
que nos ha legado la posteridad y el P.S. 564 desde la rústica esposa de Andrew
Jackson. ¡No puede fallar, señor! Es prosaico, es sencillo, es falso y es lo
bastante familiar y lo bastante trivial para que lo amen y comprendan nuestros
ávidos, nerviosos y analfabetos patrocinadores.» —Zooey cambió de repente a la
posición de sentado—. Acabo de bañarme y estoy sudando como un cerdo —comentó.
Se puso en pie, y al hacerlo miró a Franny brevemente y como contra su
voluntad. Iba a desviar la vista cuando, de pronto, la miró con más atención.
Franny tenía la cabeza baja y miraba a Bloomberg, que estaba en su falda y al
que continuaba acariciando. Pero había un cambio—. ¡Ah! —Exclamó Zooey, y se
acercó más al canapé, al parecer buscando pelea—. Los labios de la señora se
mueven. La Oración se inicia. —Franny no levantó la vista—. ¿Qué diablos haces?
—Preguntó Zooey—. ¿Refugiarte en las artes populares ante mi actitud poco
cristiana?
Ahora Franny le
miró, y meneó la cabeza, pestañeando. Le sonrió. Era cierto que sus labios se
habían movido, y ahora seguían moviéndose.
—No me sonrías así,
por favor —dijo Zooey con voz tranquila, y se apartó de su proximidad—. Seymour
me lo hacía siempre. Esta maldita casa me asquea con su gente sonriente. —Ante
una de las estanterías dio a un libro mal colocado un pequeño empujón con el
pulgar, y pasó de largo. Se dirigió a la ventana central de la habitación, que
estaba separada por un asiento de la mesa de madera de cerezo donde la señora
Glass pagaba facturas y escribía cartas. Se quedó mirando por la ventana, dando
la espalda a Franny, con las manos otra vez en los bolsillos del pantalón y el
cigarro en la boca—. ¿Sabías que quizá vaya a Francia este verano para hacer
una película? — preguntó, irritable—. ¿Te lo había dicho?
Franny le miró la
espalda con interés.
54
— ¡No, no me lo
habías dicho! —exclamó—. ¿Lo dices en serio? ¿Qué película? Zooey, mirando
hacia el tejado de la escuela, pavimentado con macadán, repuso: —Oh, es una
larga historia. Hay allí un chistoso francés que ha oído el álbum
que hice con
Philippe. Hace un par de semanas almorcé con él. Un verdadero gorrista, pero
algo simpático, y parece ser que está empeñado en ello. —Colocó un pie en el
asiento de la ventana—. No hay nada definitivo, nada es definitivo con esos
tipos, pero creo que le he embarcado a medias en la idea de hacer una película
basada en esa novela de Lenormand. Aquella que te envié.
—-¡Ah, sí! Oh, esto
es emocionante, Zooey. ¿Cuándo crees que irás, si es que
vas?
---No es
emocionante. Esta es exactamente la cuestión, me encantaría hacerla, claro.
Dios mío, sí. Pero odiaría abandonar Nueva York. Si quieres saberlo, detesto
cualquier clase de tipo creativo que se embarca en cualquier clase de barco. Me
importan un bledo las razones que pueda tener. Yo nací aquí.
Fui a la escuela aquí. Me han atropellado aquí dos
veces, y en la misma maldita calle. No tengo por qué actuar en
Europa, por el amor de Dios.
Franny contempló,
pensativa, su espalda de paño de algodón. Sin embargo, con los labios seguía
formando palabras silenciosas.
— ¿Por qué vas,
entonces? —inquirió—. Si piensas de este modo.
— ¿Por qué voy?
—preguntó Zooey, sin volverse—. Voy porque estoy harto de
levantarme furioso por la mañana y acostarme furioso por la noche. Voy porque
me erijo en juez de todos los pobres y ulcerosos bastardos que conozco. Lo cual
no me preocupa demasiado por sí mismo. Al menos, cuando juzgo lo hago
directamente desde el colon, y sé que pagaré con creces cualquier juicio que
emita, tarde o temprano, de un modo o de otro. Eso no me
preocupa demasiado. Pero hay algo —Jesús, Dios mío—, hay algo que hago a la moral
de la gente de la ciudad, y no soy capaz de observarlo por más tiempo. Puedo
decirte qué hago exactamente. Hago que todo el mundo sienta que en
realidad no desea realizar un buen trabajo, sino que sólo desea hacer un
trabajo que sea considerado bueno por todos aquellos a quienes conoce: los
críticos, los patrocinadores, el público, incluso la maestra de sus hijos. Esto
es lo que hago. Esto es lo peor que hago. —Frunció el ceño en dirección del
tejado de la escuela; entonces secó el sudor de su frente con las yemas de los
dedos. Se volvió de repente hacia Franny cuando le oyó decir algo—. ¿Qué?
—Pregunte-—. No te he oído.
—Nada. Sólo he
dicho «oh, Dios.»
— ¿Por qué «oh,
Dios»? —interrogó Zooey con impaciencia.
—Por nada. No me
atosigues, por favor. Estaba pensando, eso es todo. Me gustaría que me hubieras
visto el sábado. ¡Hablas de minar la moral de la gente! Yo estropeé absolutamente
el día entero de Lane. No sólo me desmayé delante de él una vez por
hora, sino que fui hasta allí para un partido de fútbol agradable,
amistoso, normal, con cóctel incluido, y supuestamente feliz,
y discutí o contradije o, no sé, simplemente estropeé, todo cuanto
dijo. —Franny meneó la cabeza. Todavía acariciaba a Bloomberg, pero distraídamente.
El piano parecía ser su punto focal—. Fui incapaz de callarme una sola opinión
—añadió—. Fue horrible. Casi en el mismo momento en que nos encontramos en la
estación empecé a picotear y picotear y picotear todas sus opiniones y
criterios, absolutamente todos. El había escrito un ensayo
totalmente inofensivo sobre Flaubert, y estaba muy orgulloso
de él y quería que yo lo leyera, y a mí esto me sonó tan estrictamente
Departamento de inglés y condescendiente y propio del campus, que
todo cuanto hice fue... —Se interrumpió. Volvió a menear la cabeza, y Zooey,
vuelto a medias hacia ella, la miró con ojos semicerrados. Parecía aún más
55
pálida, más
convaleciente, por así decirlo, que al despertarse—. Es un milagro que no
disparase contra mí —prosiguió—. Desde luego le habría felicitado si lo hubiera
hecho.
—Todo esto me lo
contaste anoche. Esta mañana no quiero reminiscencias poco frescas, hermana
—declaró. Zooey, volviendo a mirar por la ventana—. En primer lugar, vas muy
desencaminada cuando empiezas a criticar a las cosas y a la gente en lugar de a
ti misma. Nos ocurre a los dos. Yo hago lo mismo con la televisión, soy
consciente de ello. Pero es un error. Somos nosotros.
Siempre te lo estoy repitiendo. ¿Por qué eres tan malditamente obtusa a este
respecto?
—No soy
malditamente obtusa al respecto, pero tú siempre...
—Somos nosotros —insistió
Zooey, interrumpiéndola—. Somos anormales, eso es todo. Estos dos bastardos nos
cogieron bien temprano y nos convirtieron en unos anormales con normas
anormales. Somos la Dama Tatuada, y no vamos a tener un solo minuto de paz en
todas nuestras vidas hasta que todos los demás también estén tatuados. —Se
llevó el cigarro a la boca con expresión sombría, pero ya estaba apagado—.
Además de todo lo otro —dijo inmediatamente—, tenemos complejos de «Niño
Sabio». En realidad nunca hemos dejado de estar en el aire. Ninguno de
nosotros. No hablamos, predicamos. No conversamos, exponemos. Al menos, yo.
En el momento en que me encuentro en una habitación con alguien que tenga el
número habitual de orejas, o bien me convierto en un maldito profeta o
en un aguijón humano. El Príncipe de los Pelmazos. Anoche, por
ejemplo, en el San Remo. No dejaba de rezar para que Hess no me contase el
argumento de su nuevo guión. Sabía perfectamente que tenía uno.
Sabía perfectamente que no saldría de allí sin llevarme a casa un nuevo guión.
Pero no dejaba de rezar para que me ahorrase un avance oral.
El no es tonto. Sabe que me resulta imposible mantener la boca
cerrada. —De pronto, con brusquedad, Zooey se volvió, y sin quitar el pie del
asiento de la ventana, cogió, arrebató, un sobre de cerillas que había sobre la
mesa de su madre. Se volvió de nuevo hacia la ventana y la vista del tejado de
la escuela y se puso el cigarro entre los labios, pero en seguida se lo
quitó—. Maldito sea, de todos modos. Es tan estúpido que te
destroza el corazón. Es como todo el mundo en televisión. Y en Hollywood. Y en
Broadway. Cree que todo lo sentimental es tierno, todo lo brutal es
una muestra de realismo, y todo lo que roza la violencia física es una
culminación legítima de algo que ni siquiera...
— ¿Le dijiste eso?
— ¡Claro que se lo
dije! Acabo de decirte que no puedo mantener la boca cerrada. ¡Claro que se lo
dije! Le dejé allí sentado deseando estar muerto. O quizá uno de
nosotros estaba muerto; espero que fuera yo. En cualquier caso, fue una
verdadera escena final de San Remo.
Zooey bajó el pie
del asiento. Dio media vuelta, con aspecto tenso y agitado, apartó la silla de
la mesa de su madre y se sentó. Encendió el cigarro y se inclinó hacia delante,
inquieto, con ambos brazos sobre la superficie de madera de cerezo. Junto al tintero
había un objeto que su madre usaba como pisapapeles: una pequeña esfera de
cristal, sobre un pedestal de plástico negro, que contenía un muñeco de nieve
tocado con una chistera. Zooey lo levantó, lo sacudió y se quedó mirando el
remolino de copos de nieve.
Franny, mirándole,
tenía ahora una mano haciendo de visera sobre los ojos. Zooey estaba sentado
bajo el principal haz de rayos de sol de la habitación. Franny pudo haber
cambiado de posición en el canapé, si se proponía continuar mirándole, pero
esto hubiera molestado a Bloomberg, que parecía dormido en su falda.
— ¿De verdad tienes
una úlcera? —preguntó de improviso—. Mamá dijo que tienes una úlcera.
56
—Sí, por amor de
Dios, tengo una úlcera. Esto es Kaliyuga, hermana, la Edad del Hierro.
Cualquier persona de más de dieciséis años que no tenga una úlcera es un
maldito espía. —Dio otra sacudida, más vigorosa, a muñeco de nieve—. Lo
gracioso — dijo— es que Hess me gusta. O por lo menos me gusta cuando no me
atiborra la garganta con su pobreza artística. Al menos luce corbatas horribles
y extraños trajes con hombreras en medio de ese manicomio asustado,
superconservador y superconformista. Y me gusta su vanidad. El loco bastardo es
tan vanidoso que llega hasta a ser humilde. Quiero decir que está convencido de
que la televisión es lo bastante buena para merecerle, a él y a su gran talento
«singular» y falsamente audaz, lo cual es una disparatada clase de humildad, si
te apetece meditar sobre ello. —Miró con fijeza la bola de cristal hasta que la
tormenta de nieve hubo remitido algo—. En cierto modo, también me gusta LeSage.
Todo cuanto tiene es lo mejor: su abrigo, su yate de dos camarotes, las notas
de su hijo en Harvard, su afeitadora eléctrica, todo. Una vez
me llevó a cenar a su casa y se detuvo en la entrada para preguntarme si
recordaba a «la difunta actriz de cine Carole Lombard». Me advirtió que tendría
un sobresalto cuando conociera a su esposa, pues era la viva imagen de Carole
Lombard. Supongo que me gustará hasta la muerte por eso. Su esposa resultó ser
una rubia verdaderamente cansada, pechugona y de aspecto persa. —Zooey miró a
Franny de repente, porque le oyó decir algo—. ¿Qué? —preguntó.
— ¡Sí! —repitió
Franny—pálida, pero resplandeciente, y al parecer destinada, a su vez, a sentir
simpatía por el señor LeSage hasta la muerte.
Zooey fumó su
cigarro en silencio un momento.
—Lo que me deprime
de Dick Hess —continuó—, lo que me entristece, o me pone furioso, o
lo que sea, es que el primer guión que escribió para LeSage era bastante bueno.
Era casi bueno, en realidad. Fue el primero que filmamos —no creo
que lo vieras, pues estabas en la escuela o algo así. En él yo era un joven
granjero que vive a solas con su padre. El muchacho tiene la idea de que
detesta trabajar la tierra, y él y su padre han tenido siempre muchas
dificultades para ganarse la vida, así que cuando el padre muere, vende todo el
ganado y hace planes para irse a la gran ciudad a ganarse el pan. —Zooey volvió
a levantar el muñeco de nieve, pero no lo sacudió, se limitó a darle una
vuelta, cogiéndolo por el pedestal—. Tenía algunos trozos buenos. Después de
que yo vendiera todas las vacas, iba una y otra vez a los pastos para
buscarlas. Y cuando fui a dar un paseo de despedida con mi novia, justo antes
de salir hacia la gran ciudad, la conduje hacia los pastos vacíos. Entonces,
cuando llego a la gran ciudad y encuentro trabajo, paso todo mi tiempo libre
deambulando alrededor de los corrales de ganado. Al final, en el denso tráfico
de la calle principal de la gran ciudad, un coche gira a la izquierda y se
transforma en una vaca. Yo corro tras ella cuando el semáforo cambia, y soy
atropellado... por la estampida. —Dio una sacudida al hombre de nieve—.
Probablemente era algo que podías mirar mientras te cortabas las uñas de los
pies, pero al menos no tenías ganas de escabullirte a casa
desde el estudio después de los ensayos. Tenía frescura, al menos, y era sólo
suyo, no parte de una vulgar tendencia en los guiones. Ojalá se fuera a su casa
a recuperarse. Ojalá todo el mundo se fuera a su casa. Estoy harto de ser el
villano en la vida de todo el mundo. Dios mío, tendrías que oír a Hess y LeSage
cuando hablan de una obra nueva. O de cualquier cosa nueva. Son
felices como cerdos hasta que aparezco yo. Me siento como esos pobres bastardos
contra los cuales predisponía a todo el mundo el tan amado por Seymour,
Chuang-tzu. «Cuidado cuando los llamados hombres sensatos se acercan cojeando.»
—Se quedó quieto, mirando el remolino de copos de nieve—. A veces sería feliz
echándome y muriendo —dijo.
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En aquel momento
Franny contemplaba un lugar descolorido de la alfombra, junto al piano, que
estaba iluminado por el sol, y sus labios se movían perceptiblemente.
—No puedes
imaginarte lo gracioso que es todo esto ---observó con el más tenue temblor en
la voz, y Zooey miró hacia ella. Su palidez adquiría más énfasis por el hecho
de que no se había pintado los labios—. Todo lo que dices me recuerda lo que yo
intentaba decir a Lane el sábado, cuando empezó a acosarme. Justo
en medio de martinis, caracoles y todo lo demás. Quiero decir que no nos
preocupan exactamente las mismas cosas, sino la misma clase de cosas, creo yo,
y por las mismas razones. Al menos, así es como me suena. —En ese preciso
momento Bloomberg se puso en pie en su falda y, más como un perro que como un
gato, empezó a describir círculos para encontrar una mejor posición para
dormir. Franny, abstraída, pero como un guía, colocó con suavidad las manos en
su lomo, y continuó hablando—. De hecho llegué a un punto en que me dije a mí
misma, en voz alta, como una loca: «Si te oigo decir una sola palabra más que
sea quisquillosa, criticona y destructiva, tú y yo, Franny Glass,
habremos terminado..., terminado del todo.» Y durante algún tiempo
no me porté demasiado mal. Durante todo un mes, como mínimo, siempre que
alguien decía algo que olía demasiado a campus o a falso, o apestaba a ego o
algo parecido, al menos guardé silencio. Iba al cine o permanecía horas en la
biblioteca o escribía como una loca ensayos sobre la Comedia de la Restauración
y cosas así; pero al menos tuve el placer de no oír mi propia
voz durante un tiempo. —Meneó la cabeza—. Entonces, una mañana, zas, zas,
empecé otra vez. No dormí en toda la noche, por alguna razón, y tenía una
lección de literatura francesa a las ocho, así que por fin me levanté, me
vestí, hice un poco de café y di un paseo por el campus. Lo que deseaba hacer
era dar un paseo terriblemente largo en bicicleta pero tenía miedo de que todo
el mundo me oyera sacar la bicicleta del apartamento, siempre se cae algo,
de modo que entré en el edificio de Literatura y me senté. Estuve
sentada mucho rato, y al final me levanté y empecé a escribir cosas de Epicteto
por toda la pizarra. La llené por completo, ni siquiera sabía que recordaba tanto
de él. Lo borré todo, ¡gracias a Dios!, antes de que empezara a entrar gente.
Pero fue un acto pueril, de todos modos; Epicteto me hubiera odiado absolutamente
por hacerlo, pero... —Franny vaciló—. No sé. Creo que sólo quería ver en la
pizarra el nombre de alguien simpático. Sea como sea, esto me puso
nuevamente en marcha. Me pasé el día pinchando. Pinché al profesor Fallón.
Pinché a Lane cuando hablé con él por teléfono. Pinché al
profesor Tupper. Y la cosa fue empeorando. Incluso empecé a pinchar
a mi compañera de habitación. ¡Oh, Dios mío, pobre Bev! Empecé a sorprenderla
mirándome como si esperase que me decidiera a cambiarme de habitación, dejando
que alguien agradable y normal ocupase mi lugar y le concediera
algo de paz. ¡Fue terrible! Y lo peor era que yo sabía que
estaba siendo un fastidio, sabía que estaba deprimiendo a la
gente e incluso hiriendo sus sentimientos, ¡pero no podía parar! No
podía dejar de pinchar. —Con aspecto algo más que distraído,
hizo una pausa lo bastante larga para empujar hacia abajo los cuartos traseros
de Bloomberg—. Pero lo peor era en la clase —añadió con decisión—. Eso era lo
peor. Ocurrió que se me metió en la cabeza, y no podía
desecharla, la idea de que la universidad era sólo otro lugar torpe y anodino del
mundo, dedicado a amontonar tesoros sobre la tierra y todo eso. Me refiero
a que un tesoro es un tesoro, por amor de Dios. ¿Qué diferencia hay
en que el tesoro sea dinero, o propiedades, o incluso cultura, o incluso
simples conocimientos? Me parecía que todo era exactamente lo
mismo, quitando la envoltura..., ¡y sigue pareciéndomelo! A veces creo que
el saber, al menos cuando es por el saber en sí, es lo peor de
todo. Desde luego, el menos excusable. —Nerviosamente, y sin la menor
necesidad, Franny se apartó hacia atrás los cabellos con una mano—. Creo que no
me sentiría tan deprimida si de vez en cuando, sólo de vez en
cuando, hubiese al menos una
58
pequeña
implicación rutinaria de que el saber debe conducir
a la sabiduría, ¡y que de no ser así, es una
repugnante pérdida de tiempo! ¡Pero nunca la hay! Jamás oyes en un campus
una insinuación de que la sabiduría ha de ser el
objetivo del saber. ¡Ni siquiera oyes apenas la mención de la palabra
«sabiduría»! ¿Quieres saber algo gracioso? Quieres oír algo realmente gracioso?
¡En casi cuatro años de universidad (y ésta es la verdad absoluta), en casi
cuatro años de universidad, la única vez que recuerdo haber oído la expresión
«hombre sabio» fue en mi primer año, en Ciencias Políticas! ¿Y sabes cómo la
usaron? La usaron para referirse a un estadista decrépito que había hecho una
fortuna en la Bolsa y marchado después a Washington para ser consejero del
presidente Roosevelt. ¿Qué te parece? ¡En casi cuatro años de
universidad! No digo que esto le ocurra a todo el mundo, pero
me trastorna tanto pensar en ello, que podría morirme.
Se interrumpió, y
al parecer volvió a dedicarse a atender los intereses de Bloomberg. Ahora sus
labios tenían apenas más color que su rostro. Además estaban cuarteados, de
manera muy tenue.
Zooey tenía, y
había tenido, la vista fija en ella.
—Quiero preguntarte
algo, Franny —dijo de repente. Se volvió de nuevo hacia la mesa, frunció el
ceño y sacudió el muñeco de nieve—. ¿Qué crees estar haciendo con la Oración de
Jesús? —preguntó—. A esto es a lo que quería llegar anoche, antes de que me dijeras
que me largase. Hablas de acumular tesoros, dinero, propiedades, cultura,
conocimientos, etcétera, etcétera. Al recitar la Oración de Jesús, déjame
terminar ahora, te lo ruego, al seguir recitando la Oración de Jesús, ¿no estás
intentando acumular cierta clase de tesoro? ¿Algo que es tan malditamente
negociable como todas las otras cosas más materiales? ¿O acaso lo cambia todo
el hecho de que sea una oración? Con esto quiero decir, ¿significa toda la
diferencia del mundo para ti el lado en que alguien amontona su tesoro, en este
lado o en el otro? ¿En el lado en que no pueden entrar los ladrones, etcétera?
¿Es esto lo que cambia todo? Espera un momento, ahora, espera
a que haya terminado, por favor. —Contempló unos momentos la tormenta de la
esfera de cristal. Entonces—: Si quieres saber la verdad, hay algo en tu modo
de rezar que me da escalofríos. Tú crees que mi intención es hacer
que dejes de rezar. No sé si lo es o no (se trata de un punto muy
discutible), pero me gustaría que me explicaras cuáles son tus
malditos motivos para hacerlo. —Titubeó, pero no el tiempo suficiente para que
Franny le interrumpiera—. Por simple lógica, para mí no existe diferencia entre
el hombre que codicia tesoros materiales, o incluso tesoros intelectuales, y el
hombre que codicia tesoros espirituales. Como tú dices, un tesoro es un tesoro,
maldita sea, y me parece que el noventa por ciento de todos los santos
históricos que han odiado el mundo era tan adquisitivo y poco
atractivo, básicamente, como el resto de nosotros.
Franny, en su tono
más glacial y con un ligero temblor en la voz, preguntó:
— ¿Puedo
interrumpirte ahora, Zooey?
Zooey soltó el
muñeco de nieve y se puso a jugar con un lápiz.
---Sí, sí.
Interrúmpeme —contestó.
---Sé todo
lo que estás diciendo. No me has dicho ni una cosa que yo no haya pensado.
Dices que quiero algo de la Oración de Jesús, lo cual me hace
realmente tan adquisitiva, para usar tu misma palabra, como el que quiere
un abrigo de marta, o ser famoso, o rebosar de
alguna clase de estúpido prestigio. ¡Todo esto ya lo sé! ¡Dios mío! ¿Qué
especie de imbécil crees que soy? —Ahora el temblor de su voz llegaba a ser
casi un impedimento.
—Está bien,
tranquilízate, tranquilízate.
— ¡No puedo tranquilizarme!
¡Me pones furiosa! ¿Qué crees que estoy haciendo en esta absurda habitación
—perder muchos kilos, preocupar tontamente a Bessie y Les, trastornar la casa y
todo lo demás? ¿No crees que tengo el sentido suficiente para
59
preocuparme por mis
motivos para rezar esta oración? Esto es exactamente lo que me preocupa tanto.
El solo hecho de que sea exigente sobre lo que quiero (en este caso, discernimiento,
o paz, en lugar de dinero o prestigio o fama o
cualquiera de esas cosas) no significa que no sea tan egoísta como cualquier
otra persona. ¡A lo mejor, más que nadie! ¡No necesito al famoso Zachary Glass
para decírmelo! —Aquí hubo un marcado cambio en su voz, y de nuevo dirigió toda
su atención a Bloomberg. Al parecer, las lágrimas eran inminentes, si es que ya
no brotaban.
Zooey, ante la
mesa, llenaba con una fuerte presión del lápiz las «oes» de la cara comercial
de un pequeño secante. Se dedicó a esto durante un breve intervalo, y después
tiró el lápiz hacia el tintero. Cogió el cigarro del cenicero de cobre donde lo
había colocado. Ahora no tenía más de dos centímetros de longitud, pero
continuaba ardiendo. Dio una chupada profunda, como si fuese una especie de
respirador en un mundo desprovisto de oxígeno. Entonces, casi a la fuerza,
volvió a mirar a Franny.
— ¿Quieres que
intente ponerte en comunicación telefónica con Buddy esta noche? —inquirió—.
Creo que deberías hablar con alguien: yo no sirvo
para esto. — Espero, mirándola con fijeza—. Franny, ¿qué te parece?
Franny tenía la
cabeza baja. Parecía buscar pulgas en el pelaje de Bloomberg, y de hecho sus
dedos estaban muy ocupados retorciendo mechones de pelo. Ahora lloraba, pero de
un modo muy local, por decirlo así; había lágrimas pero ningún sonido. Zooey la
miró durante todo un minuto, y después preguntó, no precisamente en tono
bondadoso, pero sin importunar:
—Franny, ¿qué te
parece? ¿Intento comunicar con Buddy por teléfono? Ella meneó la cabeza, sin
levantarla. Continuó buscando pulgas. Entonces,
después de una
pausa, replicó a la pregunta de Zooey, aunque no muy audiblemente.
— ¿Qué? —inquirió
Zooey.
Franny repitió la
frase:
—Quiero hablar con
Seymour —dijo.
Zooey continuó
mirándola un momento, con el rostro esencialmente privado de expresión
—exceptuando una raya de sudor en el labio superior, bastante largo y
singularmente irlandés. Entonces, con brusquedad característica, se volvió y
siguió rellenando las «oes». Pero dejó el lápiz casi en seguida. Se levantó de
la mesa —con bastante lentitud, para él— y, llevando consigo la colilla del
cigarro, volvió a ocupar su posición con el pie sobre el asiento de la ventana.
Un hombre más alto y de piernas más largas —cualquiera de sus hermanos, por
ejemplo— habría levantado el pie, estirado la pierna, con más facilidad. Pero
una vez que hubo subido el pie, dio la impresión de adoptar una posición de
bailarín.
De modo gradual al
principio, y después categóricamente, su atención se dirigió hacia una pequeña
escena que se estaba representando de forma sublime, sin el impedimento de
escritores, directores y productores, cinco pisos más abajo de la ventana y al
otro lado de la calle. Un arce de regular tamaño se elevaba frente a la escuela
privada para muchachas —uno de los cuatro o cinco árboles que había en aquel
lado afortunado de la calle —y por el momento se escondía tras él una niña de
siete u ocho años. Llevaba un chaquetón azul marino y una boina escocesa de un
tono casi igual al de la manta de la cama del dormitorio de Van Gogh en Arles.
De hecho, desde la posición ventajosa de Zooey la boina no parecía diferente de
una pincelada de pintura. A unos cuatro metros de la niña, su perro —un
cachorro de dachshund, que llevaba un collar y una correa de cuero verde—
olfateaba para encontrarla, describiendo círculos frenéticos. Apenas podía
soportar la angustia de la separación, y cuando por fin percibió el olor de su
ama, fue justamente a tiempo. La alegría de la reunión resultó
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inmensa para ambos.
El dachshund emitió un pequeño ladrido y se abalanzó hacia ella, vibrando de
felicidad, hasta que su ama, gritándole algo, saltó con apresuramiento la
alambrada que protegía el árbol y lo cogió en brazos. Le dijo una serie de
palabras cariñosas en el lenguaje privado del juego, y después lo puso en el
suelo y recogió la correa, y ambos echaron a andar alegremente hacia el oeste,
hacia la Quinta Avenida y el Parque y fuera de la vista de Zooey. Este colocó
reflexivamente la mano sobre los listones de madera que dividían los cristales
de la ventana, como si tuviera intención de subirla y asomarse para verlos
desaparecer. Sin embargo, era la mano que sostenía el cigarro, y por un segundo
su vacilación fue demasiado larga. Dio una chupada al cigarro.
—Maldita sea
—dijo—, en el mundo hay cosas bonitas. Y quiero decir bonitas.
Somos imbéciles al desviarnos de ellas. Siempre, siempre relacionando cada
maldita cosa que ocurre con nuestros asquerosos y pequeños egos.
Detrás de él, justo
entonces, Franny se sonó con inocente abandono; el resultado fue
considerablemente más ruidoso de lo que podía esperarse de un órgano tan fino y
de aspecto tan delicado. Zooey se volvió para mirarla con algo de censura.
Franny, ocupada con
varias hojas de Kleenex, le devolvió la mirada. —Vaya, lo siento —se disculpó—.
¿Es que no puedo sonarme?
— ¿Has acabado?
— ¡Sí, he
acabado! Dios mío, qué familia. Tomas la vida en tus manos sólo porque te suenas.
Zooey se volvió de
nuevo hacia la ventana. Fumó brevemente, siguiendo un dibujo de bloques de
hormigón en el edificio de la escuela.
—Buddy me dijo hace
un par de años algo razonablemente sensato —observó—
. Vamos a ver si lo
recuerdo.
Titubeó. Y Franny,
aunque seguía ocupada con sus Kleenex, levantó la vista hacia él. Cuando Zooey
parecía tener dificultad en recordar algo, su vacilación interesaba
invariablemente a todos sus hermanos, e incluso les servía de diversión. Sus
vacilaciones eran casi siempre engañosas, y en su mayoría remanentes de los
cinco años, formativos sin duda alguna, que pasara como concursante regular en
«Es un niño sabio», cuando, en vez de hacer alarde de su algo absurda capacidad
para citar, instantáneamente y en general palabra por palabra, todo cuanto
había leído o incluso escuchado con auténtico interés, cultivaba la costumbre
de fruncir el ceño y aparentar que dudaba, tal como hacían los otros niños del
programa. Ahora tenía el ceño fruncido, pero habló con bastante más rapidez de
lo habitual en tales circunstancias, como si intuyera que Franny, su antigua
compañera en el programa, ya le había desenmascarado.
Dijo que un hombre
debería ser capaz de yacer al pie de una colina con un corte en la garganta y
desangrándose lentamente, y si pasaba por allí una bonita doncella o una
anciana con una hermosa ánfora perfectamente equilibrada sobre la cabeza,
debería levantarse sobre un brazo y asegurarse de que el ánfora llegara sin
daños a la cumbre de la colina. —Reflexionó sobre ello y emitió un ligero
gruñido—. Me gustaría vérselo hacer a ese bastardo. —Chupó el cigarro—. Todo el
mundo en esta familia tiene su maldita religión en un paquete diferente
—comentó con una notable ausencia de respeto en la voz—. Walt era un
apasionado. Walt y Boo Boo tenían las filosofías religiosas más apasionadas de
la familia. —Volvió a chupar el cigarro, como para resaltar que estaba divertido
cuando no quería estarlo—. Walt dijo una vez a Waker que todo el mundo en esta
familia debía haber acumulado un montón de karmas malignos en
sus encarnaciones anteriores. Walt tenía la teoría de que la vida religiosa, y
todo el sufrimiento que comporta, es sólo algo con lo que Dios castiga a la
gente que tiene la osadía de acusarle de haber creado un mundo repelente.
61
Del canapé llegó la
risita de un auditorio apreciativo.
—Nunca lo había
oído —dijo Franny—. ¿Cuál es la filosofía religiosa de Boo Boo? Creí que no
tenía ninguna.
Zooey no habló
durante un momento, y luego repuso:
— ¿La de Boo Boo?
Está convencida de que el señor Ashe creó el mundo. Lo ha sacado del Diario de
Kilvert. A los colegiales de la parroquia de Kilvert les preguntaron quién hizo
el mundo, y uno de los chicos contestó-«El señor Ashe.»
Franny estaba
encantada, audiblemente encantada Zooey se volvió a mirarla, y —siendo un joven
imprevisible— hizo una mueca muy severa, como si de pronto quisiese rechazar
todas y cada una de las formas de frivolidad. Bajó el pie del asiento de la
ventana, puso la colilla del cigarro en el cenicero de cobre de la mesa y se
apartó de la ventana. Atravesó lentamente la habitación, con las manos en los
bolsillos, pero con una dirección fija en mente.
—Tendría que irme
de aquí. Estoy citado para el almuerzo —dijo, y de inmediato se agachó para
hacer un minucioso examen de dueño del interior del acuario. Golpeó el cristal
con la uña, insistentemente—. Vuelvo la espalda cinco minutos y todo el mundo
deja morir a mis mariquitas. Tendría que habérmelos llevado a la universidad.
Lo sabía.
—Oh, Zooey, hace
cinco años que dices lo mismo. ¿Por qué no te compras
otros?
El continuó
golpeando el cristal.
—Todas las mozas
universitarias sois iguales. Duras como una piedra. Esos peces no eran sólo
mariquitas negras, hermana. Había intimidad entre nosotros. — Diciendo esto, se
tendió de nuevo sobre la alfombra, con su delgado torso metido a duras penas
entre la radio Stromberg-Carlson de 1932 y un atestado revistero de madera de
arce. De nuevo sólo las suelas y los tacones de sus zapatos eran visibles para
Franny. No obstante, apenas se había tendido cuando se sentó muy derecho,
poniendo de repente a la vista la cabeza y los hombros, con el efecto entre
macabro y cómico de un cadáver que se cae de un armario—. Aún sigues rezando,
¿eh? —preguntó. Entonces se estiró, desapareciendo otra vez. Calló unos
momentos y luego, con un denso acento de Mayfair, casi ininteligible—: me
gustaría hablar con usted, señorita Glass, si dispone de un momento. —La
respuesta a esto desde el canapé fue un silencio claramente siniestro— Reza, si
quieres, o juega con Bloomberg, o fuma, si te apetece, pero dame cinco minutos
de silencio ininterrumpido, hermana. Y, a ser posible, nada de lágrimas.
¿De acuerdo? ¿Me has oído?
Franny no contestó
en seguida. Encogió las piernas bajo la manta, y atrajo más hacia ella al
dormido Bloomberg.
—Sí, te escucho
—dijo, encogiendo más las piernas, como una fortaleza elevando el puente antes
del asedio. Vaciló, y después habló de nuevo—: puedes decir todo lo que quieras
mientras no seas abusivo. No me siento con fuerzas para una prueba esta mañana.
Lo digo en serio.
—Nada de pruebas,
nada de pruebas, hermana. Y si hay algo que no soy nunca, es abusivo. —Las
manos del orador estaban cruzadas benignamente sobre su pecho—. Oh, un
poco brusco a veces, cuando la situación lo requiere. Pero
abusivo, nunca.
Personalmente,
siempre he comprobado que se pueden cazar más moscas con...
—Hablo en serio,
Zooey —repitió Franny, dirigiéndose más o menos a sus zapatos—. Y, a propósito,
me gustaría que te sentaras. Me parece muy gracioso que cada
vez que el diablo anda suelto por aquí, siempre viene de ese lugar donde estás
echado. Y siempre eres tú quien lo ocupa. Vamos, siéntate, por favor.
Zooey cerró los
ojos.
62
—Por suerte, sé que
no lo dices en serio. No en el fondo de tu ser. Los dos sabemos en nuestros
corazones que éste es el único trozo de tierra bendita que hay en toda esta
maldita casa. Da la casualidad de que aquí es donde tenía mis
conejos. Y los dos eran santos. De hecho, eran los dos únicos
conejos célibes de todo...
— ¡Oh, cállate!
—exclamó Franny, nerviosa—. Empieza de una vez, si tienes que
hacerlo. Todo lo que te pido es que intentes al menos tener un poco de tacto, dado
el modo como me siento ahora: eso es todo. Eres sin duda alguna la persona más
carente de tacto que he conocido en mi vida.
— ¡Carente de
tacto! Jamás. Franco, sí. Fogoso, sí. Vivaz. Optimista,
tal vez demasiado. Pero jamás nadie...
— ¡He dicho
sin tacto! —interrumpió Franny, con un calor considerable, pero
tratando de no estar divertida—. Ponte enfermo una vez y ve a visitarte a ti
mismo, y así sabrás lo falto de tacto que eres. Eres la persona más imposible
que he conocido en mi vida cuando alguien no se siente del todo bien. Si
alguien tiene sólo un resfriado, ¿sabes lo que haces? Le diriges
una mirada odiosa en cada ocasión en que le ves. Eres absolutamente la persona
menos compasiva que conozco. ¡De verdad!
—Está bien, está
bien, está bien —dijo Zooey, con los ojos todavía cerrados—. Nadie es perfecto,
hermana. —Sin esfuerzo, suavizando y bajando la voz, en lugar de elevarla en
falsete, hizo lo que para Franny era una imitación familiar y siempre realista
de su madre pronunciando unas palabras de advertencia—: decimos con
acaloramiento muchas cosas, jovencita, que en realidad no sentimos y de las que
nos arrepentimos al día siguiente. —Entonces frunció en seguida el
ceño, abrió los ojos y miró al techo unos segundos—. En primer lugar —dijo—, me
parece que piensas que tengo la intención de arrebatarte tus rezos, o algo así.
Pues, no, no la tengo. Por lo que a mí concierne, puedes pasar el resto de tu
vida echada en ese canapé recitando el preámbulo de la Constitución,
pero sí intento...
—Es un comienzo
precioso. Sencillamente precioso.
— ¿Qué dices?
—Oh, cierra el
pico. Continúa, sólo continúa.
—Lo que he empezado
a decir es que no tengo nada en contra de tu oración. Pese a lo que tú puedas
pensar, no eres la primera que ha decidido recitarla, ¿sabes?
Una vez fui a todas las tiendas de pertrechos militares de Nueva York buscando
una mochila tipo peregrino. Iba a llenarla de migas de pan y empezar a caminar
por todo el maldito país. Recitando la oración. Difundiendo el Verbo. Todo el
asunto. —Zooey vaciló—. Y por Dios que no lo menciono para demostrarte que una
vez fui un Joven Emocional. Igual Que Tú.
— ¿Por qué lo
mencionas, entonces?
— ¿Por qué lo
menciono? Lo menciono porque tengo un par de cosas que
decirte, y es
posible que no esté calificado para decirlas. A causa de que una vez tuve un
fuerte deseo de recitar la oración y no lo hice. Puedo estar un poco celoso de
que tú lo pruebes. De hecho, es muy posible. En primer lugar, soy un
comicastro. Puede ser muy bien que odie a muerte representar a Marta mientras
otro representa a María. ¿Quién diablos puede saberlo?
Franny optó por no
responder. Pero apretó más a Bloomberg contra su pecho y le dio un pequeño
abrazo extraño y ambiguo. Entonces miró en la dirección de su hermano y dijo:
—Eres un duende
benévolo. ¿Lo sabías?
—Guárdate los
cumplidos, hermana; tal vez vivas para retractarte. Aún tengo que decirte lo
que no me gusta de tu forma de enfocar este asunto. Calificado o no. — Aquí
Zooey contempló el techo de yeso durante unos diez segundos, y luego volvió a
63
cerrar los ojos—.
En primer lugar, no me gusta esta rutina estilo Camille. Y no me interrumpas
ahora. Sé que te estás desmoronando legítimamente, y todo eso. Y no creo que
sea fingido; no roe refiero a eso. Y tampoco creo que sea una
demanda subconsciente de simpatía, ni algo por el estilo. Pero sigo
diciendo que no me gusta. Es penoso para Bessie, es penoso
para Les; y, por si aún no lo sabes, estás empezando a despedir un
ligero tufo de mojigatería. Maldita sea, no hay ninguna oración de ninguna
religión del mundo que justifique la mojigatería. No estoy diciendo que seas mojigata,
de modo que no te muevas, sino que toda esta cuestión de histerismo es tan
poco atractiva como el infierno.
— ¿Has acabado?
—inquirió Franny, inclinándose notablemente hacia delante. El temblor había
vuelto a su voz.
—Vamos, Franny,
vamos. Has dicho que me escucharías hasta el final. Creo que ya he dicho lo
peor. Sólo intento decirte, no lo intento, te lo digo, que esto no es
justo para con Bessie y Les. Es terrible para ellos, y tú lo
sabes. ¿Sabías, maldita sea, que Les estuvo a punto de traerte una mandarina anoche,
antes de irse a la cama? Dios mío. Ni siquiera Bessie puede soportar historias
que mencionen las mandarinas. Y Dios sabe que yo tampoco. Si
vas a seguir adelante con este asunto del desmoronamiento, me gustaría que
volvieras a la universidad para tenerlo. Allí no eres el bebé de la familia. Y
Dios sabe que allí no habrá nadie con deseos de llevarte mandarinas. Y es un
sitio donde no guardas tus malditos zapatos de baile en el
armario.
En este punto,
Franny alargó ciega, pero inaudiblemente la mano hacia la caja de Kleenex que
estaba sobre la mesa de mármol.
Ahora Zooey se puso
a mirar abstraído una vieja mancha de infusión de plantas que había en el techo
enyesado y que él mismo hiciera diecinueve o veinte años atrás con una pistola
de agua.
—Mi siguiente
preocupación tampoco es bonita. Pero casi he terminado, así que aguanta un
segundo más, si puedes. Lo que no me gusta nada es esta
pequeña vida privada de cilicio y martirio que llevas en la universidad, esta
pequeña y estúpida cruzada que crees que libras contra todo el mundo. Y no me
refiero a lo que seguramente piensas, así que trata de no interrumpirme por un
segundo. Tengo entendido que atacas principalmente eI sistema de enseñanza
superior. No arremetas contra mí ahora: estoy de acuerdo contigo
casi en todo. Pero detesto la clase de ataque general que empleas. Estoy de
acuerdo contigo en el noventa y ocho por ciento de la cuestión. Pero el otro
dos por ciento me asusta muchísimo. Tuve un profesor cuando estaba en la
Universidad, sólo uno, te lo aseguro, pero un gran, gran profesor,
que no concuerda en nada con todo lo que has dicho. No era un Epicteto.
Pero no era un egomaníaco ni un presumido de Facultad, sino un erudito sabio y
modesto. Y lo que es más, creo que jamás le oí decir, dentro y fuera de la
clase, nada que no contuviera un poco de verdadera sabiduría, y a veces, mucha.
¿Qué le ocurrirá cuando inicies tu revolución? No me atrevo a
pensarlo, cambiemos de de tema. La otra gente contra la que has despotricado es
algo distinto. Este profesor Tupper y los dos imbéciles de quienes me hablabas
anoche, Manlius y el otro. Yo los he conocido por docenas,
igual que todo el mundo, y estoy de acuerdo en que no son
inofensivos. De hecho, son terriblemente letales. Dios Todopoderoso. Convierten
todo lo que tocan en absolutamente académico e inútil. O, aún peor, en cultismo.
En mi opinión, son culpables de la mayoría de papanatas con diplomas que se
sueltan por el país todos los meses de junio. —Aquí Zooey, todavía mirando
hacia el techo, hizo una mueca y meneó la cabeza simultáneamente—. Pero lo que
no me gusta, y lo que creo que no gustaría ni a Seymour ni a Buddy, a ninguno
de los dos, es tu modo de hablar sobre toda esta gente. Quiero decir que no
sólo desprecias lo que representan: los desprecias a
64
ellos. Es demasiado
personal, Franny. Te lo digo en serio. Hay un auténtico brillo homicida en tus
ojos cuando hablas de ese Tupper, por ejemplo. Toda esa historia de que va al
lavabo de caballeros para despeinarse el pelo antes de entrar en clase. Todo eso.
Probablemente lo hace: concuerda con todo lo que me has contado acerca de él.
No digo que no concuerde. Pero lo que haga con su pelo no es asunto
tuyo, hermana. Estaría bien, en cierto modo, que consideraras extrañas sus
afectaciones personales. O que te inspirase un poco de lástima por tener la
inseguridad suficiente para darse un poco de maldito y patético atractivo. Pero
cuando me hablas de ello, y ahora no bromeo, lo haces como si su pelo fuese un
maldito enemigo personal tuyo. Esto no está bien,
y tú lo sabes. Si has de entablar una guerra contra el Sistema, dispara como
una chica buena e inteligente: porque el enemigo está ahí, y no
porque te disgusta su peinado o su maldita corbata.
Siguió un silencio
de un minuto, más o menos. Sólo fue interrumpido por el sonido de Franny
sonándose, un sonido abandonado, largo, «congestionado», que sugería a un
paciente con un resfriado de cabeza de cuatro días de duración.
—Es exactamente
como esta maldita úlcera que he contraído. ¿Sabes por qué la tengo? ¿O al menos
las nueve décimas partes de la razón de que la tenga? Porque cuando no pienso
del modo correcto, permito que mis sentimientos sobre la televisión y todo lo
demás se conviertan en personales. Hago exactamente lo mismo que haces tú, y
tengo la edad necesaria para saber que no está bien. —Zooey hizo una pausa. Con
la mirada fija en la mancha del techo, inspiró profundamente por la nariz.
Seguía con los dedos entrelazados a la altura del pecho—. Lo último —dijo de
pronto— causará probablemente una explosión. Pero no puedo evitarlo. Es lo más
importante de todo. — Pareció consultar brevemente el techo enyesado, y luego
cerró los ojos—. No sé si lo recuerdas, pero yo recuerdo un tiempo, hermana, en
que atravesabas una pequeña apostasía del Nuevo Testamento que podía oírse en
muchos kilómetros a la redonda, por aquel entonces todo el mundo estaba en el
maldito Ejército, y yo fui quien más se fastidió oyéndola. Pero ¿tú te
acuerdas? ¿Te acuerdas de algo?
— ¡Sólo tenía diez
años! —exclamó Franny, nasal y bastante peligrosamente. —Sé qué edad tenías. Sé
muy bien la edad que tenías. Vamos, no estoy sacando
esto a colación
para reprocharte algo, por el amor de Dios. Lo he mencionado por
una buena razón. Lo he mencionado porque no creo que comprendieras a Jesús
cuando eras una niña, ni creo que le comprendas ahora. Creo que le has
confundido en tu mente con otros cinco o diez personajes religiosos, y no creo
que puedas continuar con la Oración de Jesús hasta que sepas quién es quién y
qué es qué. ¿Recuerdas quién empezó aquella pequeña apostasía, Franny? ¿Lo
recuerdas o no?
No obtuvo
respuesta, sólo el sonido de una nariz que sonaba con bastante violencia.
—Pues, yo sí, por
casualidad. Matías, Capítulo Seis. Lo recuerdo con gran claridad, hermana.
Incluso recuerdo dónde estaba yo. Me encontraba en mi
habitación untando mi maldito palo de hockey, y tú irrumpiste en ella... muy
excitada, con la Biblia abierta de par en par. Ya no te gustaba Jesús y querías
saber si podías llamar al campamento de Seymour para contárselo todo. ¿Y sabes
por qué ya no te gustaba Jesús? Te lo diré. Porque, primero ,
no aprobabas que entrara en la sinagoga y derribara todas las tablas e ídolos.
Esto fue muy descortés, muy Innecesario. Estabas segura de que Salomón o
cualquier otro no hubiera hecho una cosa así. Y la otra cosa
que desaprobabas, que figuraba donde tenías abierta la Biblia, eran las líneas
«Mirad las aves del cielo: porque no siembran, no cosechan, ni llenan graneros;
y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta.» Eso estaba
muy bien. Era hermoso. Lo aprobabas. Pero, cuando Jesús dice en el
mismo aliento, « ¿No estáis mucho mejor que ellas?»...
65
ah, aquí es donde la
pequeña Franny disiente. Aquí es donde la pequeña Franny se aparta de la Biblia
y va directa hacia Buda, que no hace discriminaciones contra todas esas bonitas
aves del cielo. Todos esos bonitos y simpáticos patos y polluelos que solíamos
tener en el lago. Y no me digas otra vez que tenías diez años. Tu edad no tiene
nada que ver con lo que estoy diciendo. No hay grandes cambios entre
diez y veinte años; ni entre diez y ochenta, si me apuras. Todavía sigues
sin poder amar tanto como quisieras a un Jesús que hizo y dijo un par de cosas
que se le atribuyen... y tú lo sabes. Eres por naturaleza incapaz de amar o
comprender a cualquier hijo de Dios que vaya derribando tablas. Y
eres por naturaleza incapaz de amar o comprender a cualquier hijo de Dios que
diga que un ser humano, cualquier ser humano —incluso un
profesor Tupper— es más valioso para Dios que un blando e inocente polluelo de
Pascua.
Franny se hallaba
ahora directamente de cara al sonido de la voz de Zooey, sentada y muy erguida,
con una bola de Kleenex en la mano. Bloomberg ya no estaba en su falda.
—Supongo que tú sí
eres capaz —dijo en tono estridente.
—No hace al caso
que yo sea o no capaz. Pero, sí, en realidad lo soy. No tengo
ganas de profundizar en ello, pero yo al menos nunca he intentado,
conscientemente o no, convertir a Jesús en san Francisco de Asís para hacerle
más «simpático», que es exactamente lo que siempre ha insistido en hacer el
noventa y ocho por ciento del mundo cristiano. No es que sea un mérito mío. Da
la casualidad de que no me atrae el tipo de san Francisco de Asís. Pero a ti, sí.
Y, en mi opinión, ésta es una de las razones por las que estás pasando una
crisis nerviosa. Y en especial la razón de que las pases en casa. Este lugar
está hecho a tu medida. El servicio es bueno, « hay muchos fantasmas corriendo
por aquí, calientes y fríos. ¿Qué podría ser más conveniente? Aquí puedes recitar
tu oración y fundir en uno solo a Jesús, san Francisco, Seymour y el abuelo de
Heidi. —La voz de Zooey enmudeció, un breve instante—. ¿No lo ves? ¿No ves la
confusión y la falta de orden con que miras las cosas? Dios mío, no hay nada
vulgar en ti, y sin embargo en este momento estás metida hasta el cuello en
pensamientos vulgares. No sólo es vulgar tu forma de dedicarte a la oración,
sino que, tanto si lo sabes como si no, también es vulgar tu crisis de nervios.
He visto un par de ellas, y la gente que las sufría no se preocupaba de elegir
el lugar donde...
— ¡Basta, Zooey! ¡Basta!
—exclamó Franny, sollozando.
—Me callaré dentro
de un minuto, sólo un minuto. A propósito, ¿por qué tienes esta crisis? Quiero
decir que si eres capaz de desmoronarte con todas tus fuerzas, ¿por qué no usas
la misma energía para estar sana y activa? Muy bien, ahora no soy razonable. No
soy nada razonable. Pero, Dios mío, ¡cómo pones a prueba la poca paciencia que
me dieron al nacer! Tú das una mirada al campus de tu
facultad, al mundo, a la política y a una temporada de
teatro veraniego, y escuchas la conversación de un puñado de
estudiantes papanatas, y decides que todo es ego, ego, ego, y que lo único
inteligente que Puede hacer una chica es echarse, afeitarse la cabeza, recitar
la Oración de Jesús y pedir a Dios una pequeña experiencia mística que la haga
buena y feliz.
Franny gritó:
— ¿Quieres
callar, por favor?
—Dentro de un
segundo, dentro de un segundo. Hablas una y otra vez del ego.
Dios mío, haría
falta el mismo Cristo para decidir qué es ego y qué no lo es. Este
universo es
de Dios, hermana, no tuyo, y es Él quien tiene la última palabra
sobre lo que
es ego y
lo que no 1o es. ¿Qué hay de tu amado Epicteto? ¿O de tu amada Emily
Dickinson?
¿Acaso quieres que Emily, cada vez que experimenta el impulso de escribir
un poema, se siente
y diga una oración hasta que se desvanezca su impulso repugnante y
66
egoísta? ¡No, claro
que no! Pero te gustaría que a tu amigo el profesor Tupper le arrebataran el
ego. Eso es diferente. Y tal vez lo es. Pero no vayas por ahí gritando contra
egos en general. A mi juicio, si de verdad quieres saberlo, la mitad de lo
desagradable de este mundo es provocado por la gente que no emplea su verdadero
ego. Tu profesor Tupper, por ejemplo. A juzgar por lo que dices de él, me
apostaría cualquier cosa a que esto que está usando, lo que tú llamas su ego,
no es su ego en absoluto sino otro factor, mucho más sucio y mucho menos básico.
Dios mío, has ido a suficientes escuelas para conocer el paño. Rasca a un
maestro de escuela incompetente, o a un profesor de universidad, y casi siempre
encontrarás desplazado a un mecánico de primera clase, o a un maldito albañil. Fíjate
en LeSage, por ejemplo, mi amigo, mi patrono, mi Rosa de la Avenida Madison.
¿Crees que fue su ego lo que le metió en televisión? ¡Claro que no! Ya no
posee ningún ego... si es que lo tuvo alguna vez. Lo ha
repartido entre sus aficiones. Que yo sepa, tiene por lo menos tres
aficiones; y todas tienen algo que ver con un gran taller de diez mil dólares
en el sótano, lleno de herramientas y prensas eléctricas y Dios sabe que más.
Nadie que use realmente su ego, su verdadero ego, tiene tiempo para
sus malditas aficiones. --Zooey calló de improviso. Todavía estaba tendido con
los ojos cerrados y los dedos entrelazados, con mucha fuerza, sobre su pecho.
Pero ahora contrajo su rostro en una expresión deliberadamente afligida, al
parecer, una forma de autocrítica—. Aficiones —dijo—. ¿Cómo he derivado
hacia las aficiones? —Calló durante un momento.
Los sollozos de
Franny, ahogados sólo en parte por el almohadón de seda, eran el único sonido
de la habitación. Bloomberg estaba sentado bajo el piano, en una isla de rayos
de sol que bañaban pintorescamente su rostro.
—Siempre el
aguafiestas —dijo Zooey, con una indiferencia casi excesiva—. Diga lo que diga,
siempre da la impresión de que hablo en contra de tu Oración de Jesús. Y no
es cierto, maldita sea. Sólo estoy en contra de por qué, cómo
y dónde lo recitas. Me gustaría estar convencido, me encantaría estar
convencido, de que lo empleas como un sustituto de lo que sea tu deber en la
vida, o simplemente tu deber cotidiano. Pero lo peor es que no puedo (te juro
por Dios que no puedo), comprender cómo eres capaz de rezar a un
Jesús a quien ni siquiera entiendes. Y lo que es realmente inexcusable,
considerando que has sido alimentada mediante un embudo con la
misma cantidad de filosofía religiosa que yo, lo que es realmente
inexcusable es que no intentas entenderle. Habría una excusa si fueras una
persona muy simple, como el peregrino, o una persona malditamente
desesperada; pero tú no eres simple, hermana, ni estás tan malditamente
desesperada. —Justo entonces, por primera vez desde que se había echado, Zooey,
con los ojos todavía cerrados, comprimió los labios: mucho, como si se tratara
de un paréntesis, al estilo habitual de su madre—. Dios Todopoderoso, Franny
—continuó—, si vas a recitar la Oración de Jesús, dirígete al menos a Jesús, y
no a san Francisco y Seymour y el abuelo de Heidi fundidos en uno. Consérvale
en la mente mientras lo recites, a Él y sólo a Él, y tal como
fue y no como te hubiese gustado que fuera. No te enfrentas a los hechos. Esta
misma maldita actitud de no enfrentarte a los hechos es lo que te ha puesto en
este estado mental, y es imposible que te saque de él.
Zooey se llevó las
manos con brusquedad al rostro ya sudoroso, las mantuvo allí un instante y
luego las apartó, cruzándolas de nuevo. Su voz volvió a sonar, con un tono casi
perfectamente coloquial.
—La parte que me
causa estupor, verdadero estupor, es que no puedo comprender por qué una
persona, a menos que sea un niño, un ángel o un simplón afortunado como el
peregrino, desee rezar a un Jesús en algo diferente de cómo suena y aparece en
el Nuevo Testamento. ¡Dios mío! ¡Es sólo el hombre más inteligente de la
Biblia, eso es todo! ¿Quién hay que pueda comparársele? ¿Quién? Ambos
Testamentos
67
están llenos de
sabios, profetas, discípulos, hijos predilectos, Salomones,
Isaías, Davides, Pablos..., pero, Dios mío, ¿quién sino Jesús sabía realmente
de qué se trataba? Nadie. Moisés, no. No me nombres a Moisés. Era
un buen hombre, y estaba en bello contacto con su Dios, y todo eso,
pero ésta es exactamente la cuestión. Tenía que mantenerse en contacto. Jesús
comprendió que no existe separación de Dios. —Aquí Zooey dio
una palmada, sólo una y no con fuerza, y muy probablemente contra su voluntad.
Sus manos volvieron a cruzarse sobre el pecho casi antes, por así decirlo, de
terminar la palmada—. ¡Oh, Dios mío, qué mente! —exclamó—. ¿Quién, por ejemplo,
hubiese callado cuando Pilato pidió una explicación? Salomón, no. No digas
Salomón. Salomón hubiera tenido para la ocasión algunas palabras concisas. Y no
estoy seguro de que no las hubiera tenido Sócrates. Critón o quien fuese,
hubiera logrado desorientarle el tiempo suficiente para introducir un par de
palabras bien escogidas. Pero ante todo, más importante que cualquier otra
cosa, ¿quién de la Biblia, aparte de Jesús, sabía, sabía, que todos
llevamos con nosotros el Reino de los Cielos, en nuestro interior, donde
todos somos demasiado estúpidos, sentimentales y poco imaginativos para echar
una mirada? Tienes que ser hijo de Dios para conocer esta
clase de asunto. ¿Por qué no piensas en estas cosas? Lo digo en serio, Franny,
muy en serio. Si no ves a Jesús exactamente como era, te pierdes todo el
significado del Padrenuestro. Si no comprendes a Jesús, no puedes comprender su
oración: no la comprendes en absoluto, sólo obtienes una especie de cántico
organizado. Jesús fue un experto supremo, por Dios, con una
misión terriblemente importante. No fue un san Francisco, con el tiempo
suficiente para entonar unos cuantos himnos, o predicar a los pájaros,
o hacer cualquiera de las otras cosas emotivas tan próximas al corazón de
Franny Glass. Ahora hablo en serio, maldita sea. ¿Cómo es posible que no lo
veas? Si Dios hubiera querido a alguien con la personalidad constantemente
atractiva de san Francisco para el trabajo del Nuevo Testamento, le habría
elegido a él, puedes estar segura. Y lo cierto es que eligió al maestro mejor
de todos, al más inteligente, más bondadoso, menos sentimental y menos imitativo que
podía elegir. Y si no eres capaz de ver esto, te juro que te pierdes todo el
significado del Padrenuestro. El Padrenuestro tiene un objetivo, y sólo uno.
Dotar a la persona que lo dice con la Conciencia de Cristo. No construir
un pequeño rincón cómodo y sagrado como ninguno, con un personaje pegajoso,
adorable y divino que te tome en sus brazos y te releve de todos tus deberes y
haga desaparecer para siempre todos tus desagradables Weltschmerzen (1)
profesores Tupper. Y, por Dios, si tienes la inteligencia suficiente para ver
esto (y tú la tienes), y pese a ello te niegas a verlo, entonces
estás abusando de la oración y usándola para pedir un mundo lleno de muñecos y
santos y ningún profesor Tupper. —Se sentó de repente se inclinó hacia delante
con una rapidez casi calisténica para mirar a Franny. Su camisa estaba
empapada—. Si la intención de Jesús hubiera sido que la oración se emplease
para...
Zooey se
interrumpió. Miró con fijeza la posición de Franny en el canapé, postrada y
boca abajo, y oyó, probablemente por primera vez, sus sonidos de angustia, sólo
ahogados en parte. Zooey, en un instante, palideció: palideció de ansiedad por
el estado de Franny, y también, seguramente, porque de pronto el fracaso había
invadido la habitación con su olor invariablemente repulsivo. Sin embargo, el
color de su palidez era un blanco básico muy curioso; es decir, no estaba
mezclado con los verdes y amarillos de la culpa o la contrición abyecta. Era
muy parecido a la usual palidez del rostro de un niño que ama con pasión a los
animales, a todos los animales, y que acaba de ver la
expresión de su hermana predilecta, muy amante de los conejillos, al abrir la
caja que contiene su regalo de cumpleaños: una joven cobra recién apresada, con
una
(1) En
alemán, pesimismo melancólico.
68
cinta roja formando
un torpe lazo alrededor de su cuello.
Miró a Franny con
fijeza durante un minuto entero, y entonces se puso en pie con un movimiento
desmañado y vacilante, nada característico en él. Fue muy lentamente hacia la
mesa de escribir de su madre, al otro lado de la habitación. Y resultó
evidente, cuando llegó, que no tenía idea de por qué se había dirigido allí.
Parecía desconocer las cosas que cubrían la superficie de la mesa --- el
secante con las «oes» rellenadas por él, el cenicero con la colilla de su
cigarro—, y se volvió para mirar de nuevo a Franny. Sus sollozos habían
remitido un poco, o lo parecía, pero su cuerpo estaba en la misma posición
triste, echado boca abajo. Tenía un brazo debajo de ella, atrapado debajo de
ella, de un modo que debía ser incómodo en extremo, cuando no bastante doloroso.
Zooey desvió la vista de ella, y entonces, no sin valentía, volvió a mirarla.
Secó apenas su frente con la palma de la mano, metió ésta en el bolsillo para
secarla, y dijo:
—Lo siento, Franny,
lo siento muchísimo.
Pero esta disculpa
formal no hizo más que reactivar, amplificar, los sollozos de Franny. Zooey la
miró fijamente otros quince o veinte segundos. Entonces abandonó la habitación,
por la salida del recibidor, cerrando las puertas tras de sí.
El olor a pintura
fresca era muy intenso fuera de la sala de estar. El recibidor aún no estaba
pintado, pero toda la longitud del suelo de madera había sido cubierta con
papeles de periódico, y el primer paso de Zooey —un paso indeciso, casi
aturdido— dejó la huella de su tacón de goma sobre una fotografía, de Stan
Musial en la página deportiva, sosteniendo una trucha de río de cuarenta
centímetros de longitud. Al quinto o sexto paso estuvo a punto de chocar con su
madre, que acababa de salir de su dormitorio.
— ¡Creía que te
habías ido! —exclamó ella. Llevaba dos cubrecamas de algodón, lavados y
doblados—. Pensaba que había oído cerrarse la... —Se interrumpió para observar
el aspecto general de Zooey—. ¿Qué es eso? ¿Sudor?
—preguntó. Sin esperar respuesta, cogió del brazo a Zooey y le condujo, casi le
arrastró, como si fuera ligero como una escoba, hacia la luz que procedía de su
dormitorio recién pintado—. Sí, es sudor. —Su tono no habría
contenido más extrañeza y censura si los poros de Zooey hubieran
rezumado aceite crudo—. ¿Qué diablos has hecho? Acabas de darte un baño.
¿Qué has hecho?
—Llego tarde,
gordinflona. Vamos, apártate —repuso Zooey. Una cómoda de Filadelfia había sido
trasladada al recibidor, y, junto con la persona de la señora Glass, obstruía
el paso de Zooey—. ¿Quién ha puesto aquí esta monstruosidad? —inquirió,
mirándola.
— ¿Por qué estás
sudando de este modo? —interrogó la señora Glass, mirando fijamente la camisa,
y luego a él—. ¿Has hablado con Franny? ¿Dónde estabas? ¿En la sala de estar?
—Sí, sí, en
la sala de estar. Y, a propósito, yo en tu lugar entraría un momento. Está
llorando. O al menos lloraba cuando he salido. —Dio una palmada a su madre en
el hombro—. Vamos, hablo en serio. Apártate de mí...
— ¿Llorando? ¿Otra
vez? ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé, por el
amor de Dios... he escondido sus libracos. Vamos, Bessie, déjame pasar. Tengo
prisa.
69
La señora Glass se
hizo a un lado, sin dejar de mirarle. Entonces, casi de inmediato, se dirigió a
la sala de estar, a un paso que casi no le dio tiempo de gritar por encima del
hombro:
— ¡Cámbiate esa
camisa, jovencito!
Si Zooey la oyó, no
dio ninguna señal de ello. En el extremo opuesto del recibidor, entró en el
dormitorio que en un tiempo compartiera con sus hermanos gemelos y que ahora,
en 1955, era solamente suyo. Pero no permaneció en esta habitación durante más
de dos minutos. Cuando salió, llevaba la misma camisa empapada de sudor. Sin
embargo, había un cambio en su aspecto, ligero, pero bastante claro. Había
encontrado y encendido un cigarro. Y por alguna razón se había envuelto la
cabeza en un pañuelo blanco, posiblemente para protegerse de la lluvia, del
granizo, o del azufre.
Cruzó el recibidor
y fue directamente a la habitación que habían compartido sus dos hermanos
mayores.
Era la primera vez
en casi siete años que Zooey, según una dramática frase hecha, «ponía los pies»
en la antigua habitación de Seymour y Buddy. Descontando un incidente por
entero insignificante, cuando había registrado todo el apartamento en busca de
una prensa de raqueta, extraviada o «robada».
Cerró la puerta
tras de sí tan fuertemente como pudo, y con una expresión indicadora de que la
ausencia de una llave en la cerradura merecía su desaprobación. Una vez dentro
del aposento, casi no le dedicó una mirada, sino que dio media vuelta y se puso
deliberadamente de cara a una hoja de lo que una vez había sido un níveo cartón
de fibra, clavada sin concesiones a la parte interior de la puerta. Era una
hoja gigantesca, casi tan larga y tan ancha como la puerta misma. Podía creerse
que su blancura, suavidad y extensión habían clamado melancólicamente en un
tiempo por tinta china y letras de molde. Y no en vano, por cierto, de ser éste
el caso. Cada centímetro de superficie visible del cartón había sido decorado
con cuatro columnas espléndidas de citas procedentes de una amplia variedad de
textos literarios de todo el mundo. La caligrafía era minúscula, pero muy negra
y apasionadamente legible, si bien un poco estrafalaria en algunos lugares, y
sin manchas ni borraduras. La artesanía no era menos cuidadosa ni siquiera en
la parte inferior del cartón, cerca del umbral, en la cual era evidente que dos
calígrafos habían escrito, por turno, echados sobre el estómago. No se había
hecho el menor intentó de asignar a citas y autores categorías y grupos de
ninguna clase, de forma que leer las citas de arriba abajo, columna tras
columna, era como andar por una plataforma de emergencia levantada en un área
inundada donde, por ejemplo, Pascal había sido decentemente acostado junto a
Emily Dickinson, y donde, por así decirlo, los cepillos de dientes de
Baudelaire y Thomas de Kempis pendían uno al lado del otro.
Zooey, situado lo
bastante cerca, leyó la primera cita de la columna de la izquierda, y entonces
siguió leyendo hacia abajo. A juzgar por su expresión, o por su falta de ella,
podía muy bien estar leyendo para matar el tiempo un cartel anunciador de un andén
de estación, recomendando los parches del doctor Scholl.
«Tenéis derecho a
trabajar, pero sólo por el trabajo en sí. No tenéis derecho a los frutos del
trabajo. El deseo de los frutos del trabajo no debe ser nunca vuestro motivo
para trabajar. Tampoco podéis ceder a la indolencia.
«Realizad todos los
actos con el corazón fijo en el Supremo Señor. Renunciad al afecto por los
frutos. Sed equilibrados (subrayado por uno de los calígrafos) en el éxito y el
fracaso; porque este equilibrio del temperamento es el significado del yoga.
70
»El trabajo
realizado con ansiedad por los resultados es muy inferior al trabajo realizado
sin tal ansiedad, en la calma de la propia renunciación. Buscad refugio en el
conocimiento de Brahmán. Los que trabajan egoístamente por los resultados son
infelices.
—Bhagavad Gita
Quiso suceder. —Marco Aurelio.
Oh, caracol,
Trepa al Monte
Fuji,
pero lentamente,
lentamente. —Issa.
«En cuanto a los
Dioses, hay aquellos que niegan la misma existencia de la Deidad; otros dicen
que existe, pero que no se mueve ni preocupa ni tiene providencia por nada. Un
tercer grupo le atribuye existencia y providencia, pero sólo para las
cuestiones grandes y celestiales, y no para las cosas que hay en la tierra. Un
cuarto grupo admite cosas de la tierra así como las del cielo, pero sólo en
general, sin respeto por el individuo. El quinto grupo, en el que estaban
Ulises y Sócrates, es el que exclama:
»¡No me muevo sin
Tu conocimiento!»
—Epicteto.
«El interés amoroso
y la culminación vendrían cuando un hombre y una dama, ambos extraños,
entablaran conversación en el tren que volvía al este.
»—Y bien —dijo la
señora Croot, porque era ella—, ¿qué le ha parecido el Cañón?
»—Una especie de
cueva —replicó su acompañante.
»— ¡Qué modo tan
extraño de expresarlo! —repuso la señora Croot—. Y ahora, toque algo para mí.»
—Ring Lardner (Cómo
escribir cuentos cortos)
«Dios instruye al
corazón, no mediante ideas, sino mediante dolores y contradicciones.»
—De Caussade.
«—¡Papá! —gritó
Kitty, tapándole la boca con las manos.
»—Bueno, no lo
haré... —dijo él—. Estoy muy, muy satisfecho... Oh, qué tonto
soy...
»Abrazó a Kitty, te
besó la cara, la mano y otra vez 'a cara, e hizo sobre ella la señal de la
cruz.
»Y Levin
experimentó un nuevo sentimiento de amor hacia este hombre, hasta entonces tan
poco conocido, para él, cuando vio cuan lenta y tiernamente besaba Kitty su
mano musculosa.»
—Ana Karenina.
«Señor, tendríamos
que enseñar a la gente que se equivoca al adorar las imágenes y pinturas del
templo.
»Ramakrishna:
"Las gentes de Calcuta sois así: queréis enseñar y predicar. Queréis dar
millones cuando vosotros mismos sois mendigos... ¿Crees que Dios no sabe que es
adorado en tas imágenes y pintura? Si un devoto comete una equivocación, ¿no
cree que Dios conocerá su propósito?"»
71
—El Evangelio de
Sri Ramakrishna.
«— ¿No quieres
unirte a nosotros? —me preguntó recientemente un conocido al encontrarme solo
después de medianoche en un café qua ya estaba casi vacío.
»—No, no quiero
—dije yo.»
—Kafka.
«La felicidad de
estar con la gente.»
—Kafka.
«La oración de San
Francisco de Sales: "¡Si, Padre! ¡Sí, y siempre Sí"»
»Zui-Gan se
interpelaba a si mismo todos los días: 'Maestro.'
Y entonces se
contestaba a sí mismo: 'Sí, señor.'
Y entonces añadía:
'Serénate.' De nuevo se contestaba:
'Si, señor.'
'—Y después
—continuaba— no te dejes engañar por los demás.' 'Sí, señor, sí,
señor—replicaba.'»
Como la escritura
del cartón de fibra era tan pequeña, esta última cita aparecía en la quinta
parte superior de su columna, y Zooey podría haber seguido leyendo otros cinco
minutos sin moverse de la misma columna y sin tener que doblar las rodillas.
Optó por no
hacerlo. Dio media vuelta, sin brusquedad, y fue y se sentó ante el escritorio
de su hermano Seymour acercándose la pequeña silla de respaldo recto como si
fuese algo que hiciera todos los días. Puso el cigarro en el borde de la
derecha del escritorio, con el extremo encendido hacia fuera, se apoyó sobre
los codos y se cubrió el rostro con las manos.
Detrás de él, y a
su izquierda, dos ventanas provistas de cortinas, con las persianas
semicerradas, daban a un patio un valle poco pintoresco de ladrillo y cemento
por el cual pasaban anónimamente a todas horas del día mujeres de limpieza y
dependientes de colmado. La propia habitación era lo que podía llamarse el
tercer dormitorio principal del apartamento, y era, según los cánones más o
menos tradicionales de las casas de apartamentos de Manhattan, a la vez poco
soleada y poco espaciosa. Los dos chicos mayores Glass, Seymour y Buddy, se
habían instalado en ella en 1929, a las edades de doce y diez años
respectivamente, y la habían dejado libre cuando tenían veintitrés y veintiuno.
La mayor parte del mobiliario pertenecía a un «juego» de madera de arce: dos
divanes, una mesilla de noche, dos escritorios de tamaño infantil, contra los
que chocaban las rodillas, dos chiffonniers, dos semisillones.
Cubrían el suelo tres alfombras domésticas orientales, extremadamente gastadas.
El resto, con muy poca exageración, eran libros. Libros que siempre se dejaban
atrás. Libros con los que no se sabía seguro qué hacer. Libros para ser leídos
algún día. Pero libros y más libros. Altas estanterías tapaban tres paredes de
la habitación, llenas hasta rebosar. El exceso reposaba en montones en el
suelo. Quedaba poco espacio para andar, y ninguno para pasear. Un extraño con
afición a la prosa descriptiva de fiestas de cóctel podría haber comentado que
la habitación, a primera vista, parecía haber tenido como inquilinos a dos
incipientes abogados o investigadores de doce años. Y, de hecho, a menos que se
hiciera un repaso bastante atento del material de lectura disponible, había
pocas indicaciones, o tal vez ninguna, de que los antiguos ocupantes hubieran
alcanzado la edad de votar dentro de las dimensiones predominantemente
juveniles de la
72
habitación. Es
cierto que había un teléfono —el discutido teléfono privado —sobre el
escritorio de Buddy. Y había una serie de quemaduras de cigarrillo en ambos
escritorios. Pero otros signos más enfáticos de la edad adulta —cajas de
gemelos de cuello y puño, cuadros en la pared, los objetos reveladores que se
amontonan sobre los chiffonniers— habían sido retirados de la
habitación en 1940, cuando los dos jóvenes se «ramificaron» y
alquilaron su propio apartamento.
Con el rostro entre
las manos y con el pañuelo, que le caía sobre la frente como tocado, Zooey
permaneció sentado ante el viejo escritorio de Seymour, inerte, pero no
dormido, durante unos buenos veinte minutos. Entonces, casi en un solo
movimiento, retiró el apoyo de su rostro, cogió el cigarro, se lo metió en la
boca, abrió el cajón inferior de la izquierda del escritorio, y sacó, usando
ambas manos, un montón de diecisiete o veinte centímetros de espesor de lo que
parecía ser —y era— cartones de camisas. Colocó el montón frente a sí sobre el
escritorio y empezó a volver los cartones, dos o tres a la vez. En realidad su
mano se detuvo en una sola ocasión, y muy brevemente.
El cartón en que se
detuvo había sido escrito en febrero de 1938. La escritura, en lápiz azul, era
la de su hermano Seymour:
«Mi vigésimo primer
cumpleaños. Regalos, regalos y más regalos. Zooey y la niña, como de costumbre,
los compraron en el bajo Broadway. Me dieron un bonito surtido de polvos para
la comezón y una caja de tres~ bombas apestosas. Tengo que dejar las bombas en
el ascensor de Columbia, o en algún lugar lleno de gente en cuanto se me
presente la oportunidad.
»Varias escenas de
vodevil esta noche para divertirme. Les y Bessie bailaron una bonita danza
sobre arena escamoteada por Boo Boo de la urna del vestíbulo. Cuando
terminaron, B. y Boo Boo hicieron una graciosa imitación de ambos. Les casi
lloraba. La niña cantó «Abdul Abulbul Amir». Z. hizo la despedida de Will
Mahoney que Les le enseñó, fue a chocar contra la librería y se puso furioso.
Los gemelos hicieron la imitación de B. y mía de Buck & Bubbles. Pero a la
perfección. Maravillosa. Hacia la mitad, el portero llamó por el interfono y
preguntó si allí arriba bailaba alguien. Un tal señor Seligman del cuarto
piso...»
Aquí Zooey dejó de
leer. Dio al montón de cartones un buen golpe doble sobre la superficie del
escritorio, como se hace con una baraja de naipes, y luego metió el montón en
el cajón inferior y lo cerró.
Una vez más se
apoyó sobre los codos y ocultó la cara entre las manos. Esta vez permaneció
inmóvil durante casi media hora.
Cuando volvió a
moverse, fue como si estuviera atado a unos hilos de marioneta y hubiese
recibido un exagerado tirón. Pareció como si le dieran el tiempo justo para
coger el cigarro antes de que otro tirón de los hilos invisibles le lanzara
hacia la silla del segundo escritorio de la habitación —el de Buddy—, donde se
encontraba el teléfono.
En este nuevo
asiento, lo primero que hizo fue sacarse los bordes de la camisa fuera del
pantalón. Se desabrochó la camisa completamente, como si el viaje de tres pasos
le hubiera trasladado a una zona extrañamente tropical. Después se sacó el
cigarro de la boca, pero lo transfirió a su mano izquierda y lo dejó allí. Con
la mano derecha se quitó el pañuelo de la cabeza y lo puso junto al teléfono,
en lo que era una posición implícita de «listo». Entonces descolgó el teléfono
sin ninguna vacilación perceptible y marcó un número local. Un número muy
local, ciertamente. Cuando terminó de marcar, cogió el pañuelo del escritorio y
lo puso sobre la bocina, muy flojo y bastante doblado.
73
Inspiró con fuerza
y esperó. Podría haber encendido el cigarro, que se había apagado, pero no lo
hizo.
Alrededor de un
minuto y medio antes, Franny había rechazado en un tono claramente trémulo el
cuarto ofrecimiento de su madre en quince minutos de llevarle una taza de «buen
caldo de gallina». La señora Glass había hecho este último ofrecimiento en pie
—de hecho, a medio camino entre la sala de estar y la cocina—, con aspecto de
inflexible optimismo. Pero el temblor renovado de la voz de Franny la envió de
nuevo rápidamente a su silla.
La silla de la
señora Glass estaba, naturalmente, en el lado de la habitación donde se
encontraba Franny. Y de modo muy vigilante. Unos quince minutos antes, cuando
Franny se hubo recuperado lo suficiente para sentarse buscar su peine, la
señora Glass cargó con la silla de su mesa escritorio y la colocó sin ambages
junto a la mesa de café. El lugar era excelente para observar a Franny, y
además ponía al observador al alcance de un cenicero que había sobre la
superficie de mármol.
Una vez sentada de
nuevo, la señora Glass suspiró, como suspiraba siempre, en cualquier situación,
cuando alguien rechazaba una taza de caldo de gallina. Pero, para usar este
símil, había navegado en un patrullero por los tubos digestivos de sus hijos durante
tantos años, que el suspiro no fue en modo alguno una verdadera señal de
derrota, y dijo, casi inmediatamente:
—No sé cómo esperas
recuperar tus fuerzas si no metes algo alimenticio en tu
organismo. Lo siento, pero no lo comprendo. Has tomado
exactamente...
—Mamá, te lo ruego,
te lo he pedido veinte veces. ¿Quieres dejar de mencionarme el
caldo de gallina? Me da náuseas... —Franny se interrumpió y aguzó el oído—. ¿No
está sonando el teléfono? —inquirió.
La señora Glass ya
se había levantado de la silla. Comprimió un poco los labios. El sonido del
teléfono, cualquier teléfono y en cualquier sitio, obligaba invariablemente a
la señora Glass a comprimir los labios.
—Vuelvo en seguida
—dijo, y abandonó la habitación. Sus bolsillos tintineaban más que de
costumbre, como si se hubiera abierto en su interior una caja de clavos
surtidos.
Estuvo ausente unos
cinco minutos. Cuando volvió, en su rostro había la expresión facial que su
hija mayor, Boo Boo, había descrito una vez como indicadora de dos únicas
cosas: que acababa de hablar por teléfono con uno de sus hijos o que acababa de
recibir un informe de fuente autorizada al efecto de que los intestinos de
todos los seres humanos del mundo iban a funcionar con perfecta e higiénica
regularidad durante toda una semana.
—Buddy está al
teléfono —anunció al entrar en la habitación. Debido a una costumbre adquirida
hacía varios años, suprimió cualquier tono de satisfacción que pudiera haber
sonado en su voz.
La reacción visible
de Franny ante esta noticia fue algo mucho menos que entusiasta. De hecho,
parecía nerviosa.
— ¿Desde dónde
llama? —preguntó.
—No se lo he
preguntado. Da la impresión de tener un resfriado terrible. —La señora Glass no
se sentó; permaneció en suspenso—. Aprisa, jovencita. Quiere hablar contigo.
— ¿Lo ha dicho?
— ¡Claro que
lo ha dicho! Vamos, date prisa... Ponte las zapatillas.
74
Franny apartó las
sábanas rosas y la manta azul deslavado. Pálida y con evidente desgana, se
sentó en el borde del canapé, mirando a su madre. Buscó las zapatillas con los
pies.
— ¿Qué le has
dicho? —interrogó nerviosamente.
—Hazme el favor de
ir al teléfono, jovencita —repuso la señora Glass, evadiendo la pregunta—. Date
prisa, por amor de Dios.
—Supongo que le
habrás dicho que estoy a las puertas de la muerte, o algo así —dijo Franny.
No hubo respuesta.
Franny se levantó, no con tanta fragilidad como un convaleciente de la mesa de
operaciones, pero con muestras de timidez y cautela, como si esperase, y tal
vez desease, sentirse algo mareada. Metió más los pies en las zapatillas y salió
gravemente de detrás de la mesa, desatando y volviendo a atar el cinturón de su
bata. Un año antes, en un párrafo injustificadamente modesto de una carta a su
hermano Buddy, se había referido a su propia figura como «irreprochablemente
americana». Mientras la miraba, la señora Glass, que era muy entendida en
figuras y portes de muchachas jóvenes, volvió a comprimir los labios en lugar
de sonreír. Pero en el mismo instante en que Franny desapareció, dirigió la
mirada hacia el canapé. Resultaba evidente en su mirada que en el mundo había
pocas cosas que le disgustaran más que un canapé, un buen canapé de pluma,
convertido en lugar para dormir. Se introdujo en la hendidura formada por la
mesa y el canapé y dio a todos los almohadones que había a la vista una terapéutica
sacudida.
Franny, al pasar,
ignoró el teléfono del recibidor. Al parecer prefería dar un paseo más largo
hasta el dormitorio de sus padres, donde se encontraba el teléfono más popular
del apartamento. Aunque no había nada muy peculiar en su modo de andar mientras
cruzaba el recibidor —ni se demoraba ni apresuraba—, se operó en ella una
peculiar transformación. Daba la marcada impresión de rejuvenecer con cada
paso. Es posible que los recibidores largos, más los efectos de las lágrimas,
más el timbre de un teléfono, más el olor de la pintura fresca, más un suelo
cubierto de periódicos —es posible que la suma de todas estas cosas
equivaliera, para ella, a un nuevo coche de muñecas. En cualquier caso, cuando
llegó al umbral del dormitorio de sus padres su bonita bata de seda— el
emblema, tal vez, de todo cuanto es chic y fatale en una
alcoba parecía haberse convertido en la bata de lana de una niña.
El dormitorio del
señor y la señora Glass olía fuertemente, hasta provocar escozor en los ojos, a
paredes recién pintadas. Los muebles estaban amontonados en el centro de la
habitación y cubiertos con lona, una lona vieja, con manchas de pintura y
aspecto orgánico. Las camas también habían sido apartadas de la pared, pero
estaban cubiertas con cubrecamas de algodón suministrados por la propia señora
Glass. Ahora el teléfono estaba sobre la almohada de la cama del señor Glass.
Al parecer la señora Glass también lo había preferido al supletorio menos
privado del recibidor. El auricular se encontraba descolgado, esperando a
Franny. Parecía depender casi tanto como un ser humano de algún reconocimiento
de su existencia. Para llegar hasta él, para redimirle, Franny tuvo que pasar
por encima de una gran cantidad de periódicos y sortear un cubo de pintura
vacío. Cuando lo alcanzó, no alargó la mano hacia él sino que se sentó en la
cama, lo miró, desvió la vista y se echó el pelo hacia atrás. La mesilla de
noche que habitualmente se hallaba junto a la cama había sido colocada aún más
cerca, de modo que Franny podía alcanzarla sin levantarse del todo. Puso la
mano bajo un trozo de lona muy manchada que cubría la mesilla y pasó la mano
arriba y abajo hasta que encontró lo que buscaba, una caja de cigarrillos, de
porcelana, y una caja de cerillas en un soporte de bronce. Encendió un
cigarrillo y echó otra mirada al teléfono, larga y preocupada en extremo. Hay
que observar que, a excepción de su difunto hermano Seymour, todos los
75
demás hermanos
tenían, por teléfono, voces muy vibrantes, por no decir estentóreas. A esta
hora, era muy posible que Franny sintiera una profunda vacilación ante la
perspectiva del solo timbre, y no digamos el contenido verbal, de cualquiera de
las voces de sus hermanos por teléfono. Sin embargo, chupó nerviosamente el
cigarrillo y, con bastante valentía, cogió el auricular.
—Hola, Buddy —dijo.
—Hola, cariño.
¿Cómo estás? ¿Estás bien?
—Muy bien. ¿Y tú?
Pareces resfriado. —Entonces, al no recibir respuesta—:
Supongo que Bessie
ha estado instruyéndote durante horas.
—Bueno, en cierto
modo. Sí y no. Ya sabes. ¿Estás bien, cariño?
—Muy bien. Pero tu
voz suena rara. O tienes un resfriado terrible o la línea está muy mal. Pero,
¿dónde estás?
— ¿Dónde estoy?
Pues, en mi elemento, tontita. En una casa encantada junto al camino. Pero deja
eso. Háblame.
Franny, inquieta,
cruzó las piernas.
—No sé exactamente
de qué te gustaría hablar —dijo—. ¿Qué te ha contado Bessie, en realidad?
Hubo una pausa muy
característica en Buddy al otro extremo. Fue la misma clase de pausa —sólo un
poco rebosante de superioridad en años— que a menudo había probado la paciencia
de Franny y del virtuoso que se hallaba al otro extremo del teléfono cuando eran
niños.
—Bueno, no estoy
muy seguro de lo que me ha contado, cariño. A partir de cierto punto, es un
poco descortés seguir escuchando a Bessie por teléfono. He oído lo de los
bocadillos de queso, puedes estar segura. Y, desde luego, lo de los libros del
Peregrino. Entonces creo que me he quedado con el teléfono en la oreja, pero
sin escuchar del todo. Ya sabes.
—Oh —dijo Franny.
Cambió el cigarrillo a la mano que sostenía el auricular y metió la otra bajo
la lona de la mesilla para encontrar un minúsculo cenicero de cerámica, que
colocó junto a ella sobre la cama—. Tu voz es extraña —añadió—. ¿Estás
resfriado, o qué?
—Estoy de
maravilla, cariño. Me siento de maravilla hablando aquí contigo. No sé decirte
cuánto me alegra oír tu voz.
Franny apartó de
nuevo sus cabellos con una mano. No contestó nada. —Oye, tontita. ¿No se te
ocurre algo que Bessie haya olvidado? ¿No tienes
ganas de hablar?
Franny alteró
ligeramente con los dedos la posición del cenicero sobre la cama. —Verás
—repuso—, estoy un poco harta de hablar para ser franca contigo.
Zooey me ha estado
sondeando toda la mañana.
— ¿Zooey? ¿Cómo
está?
— ¿Que cómo está?
Muy bien. Imponente. Sólo que me gustaría asesinarle,
eso es todo.
— ¿Asesinarle? ¿Por
qué? ¿Por qué, cariño? ¿Por qué te gustaría asesinar a nuestro Zooey?
— ¿Por qué?
¡Pues, porque sí! Es tan completamente destructivo. ¡No he conocido
a nadie tan destructivo en mi vida! ¡Es algo tan innecesario! Primero
ataca con furia el Padrenuestro, en el cual ahora estoy interesada, haciéndote
pensar que eres una boba neurótica por interesarte por él. Y dos
minutos después empieza a desvariar acerca de que Jesús es la única persona del
mundo por la que ha sentido algún respeto, con una mente maravillosa
y todo eso. Es tan excéntrico. Quiero decir que da vueltas y más vueltas
en unos círculos horribles.
76
—Háblame de esto.
Habla de los círculos horribles.
Aquí Franny cometió
el error de exhalar un suspiro de impaciencia, y acababa de inhalar humo del
cigarrillo. Tosió.
— ¡Hablarte de
esto! ¡Necesitaría el día entero! —Se llevó la mano a la garganta y esperó que
pasara la molestia del humo en el conducto equivocado—. Es un monstruo —dijo—.
¡Lo es! No realmente un monstruo, pero... no sé. Es tan severo con
las cosas. Es severo con la religión. Es severo con la televisión.
Es severo contigo y con Seymour: siempre dice que los dos nos habéis convertido
en tipos raros. Yo no sé qué pensar. Salta de una...
— ¿Por qué tipos
raros? Ya sé que lo piensa. O cree que lo piensa. Pero ¿te ha dicho por qué?
¿Cuál es su definición de un tipo raro? ¿Te lo ha dicho, cariño?
Justo aquí, Franny,
con aparente desesperación ante la ingenuidad de la
pregunta, se golpeó
la frente con la mano. Algo que probablemente no había hecho en cinco o seis
años; cuando, por ejemplo, a medio camino de casa en el autobús de la Avenida
Lexington, descubrió que se había dejado el pañuelo de cuello en el cine.
— ¿Cuál es su
definición? —preguntó a su vez—. ¡Tiene unas cuarenta
definiciones para
todo! Si te sueno algo desquiciada, éste es el motivo. Primero, como
anoche, dice que somos tipos raros porque nos han educado para tener un solo
tipo de normas. Diez minutos después dice que él es
un tipo raro porque nunca quiere encontrarse con nadie para tomar un trago. La
única vez...
— ¿Nunca quiere
qué?
—Encontrarse con
nadie para tomar un trago. Oh, anoche tuvo que ir a encontrarse
para tomar un trago con ese guionista de televisión, nada menos que al Village.
Eso lo empezó todo. Dice que las únicas personas con quienes querría tomar un
trago en alguna parte están muertas o no están disponibles. Dice que nunca
desea almorzar con nadie, tampoco, a menos que crea que hay
una buena posibilidad de que la persona resulte
ser Jesús, o Buda, o Hui-neng, o Shankaracharya, o alguien por el estilo. Ya
sabes. —De pronto Franny apagó el cigarrillo en el cenicero, con algo de
torpeza, ya que no tenía la otra mano libre para sujetar el cenicero—. ¿Sabes
qué otra cosa me dijo? —añadió—. ¿Sabes qué me juró solemnemente? Anoche me
dijo que una vez bebió un vaso de gaseosa de jengibre con Jesús en la cocina,
cuando tenía ocho años. ¿Me estás escuchando?
—Sí, te escucho, te
escucho..., cariño.
—Dijo, esto fue lo
que dijo, exactamente, que estaba sentado ante la mesa de la cocina, solo,
bebiendo un vaso de gaseosa de jengibre y comiendo galletas saladas y
leyendo Dombey e hijo, y de improviso Jesús se sentó en la otra
silla y le preguntó si podía darle un vaso pequeño de gaseosa. Un vaso pequeño,
fíjate bien, esto es exactamente lo que dijo. Me refiero a que dice cosas así,
¡y sin embargo cree que está perfectamente calificado para darme un montón de
consejos y todo eso! ¡Esto es lo que más me enfurece! ¡Podría
escupir, te lo aseguro! Es como estar en un mani comio y que
otro paciente disfrazado de médico venga a tomarte el pulso o algo
así... Y cuando no habla, fuma por toda la casa sus malolientes
cigarros. Estoy tan harta del olor del cigarro que me gustaría dar
media vuelta y morirme.
—Los cigarros son
un lastre, cariño. Un mero lastre. Si no tuviera un cigarro a que agarrarse,
sus pies se levantarían del suelo. No volveríamos a ver a nuestro Zooey.
Había algunos
ardides verbales en la familia Glass, pero tal vez Zooey era el único bastante
bien coordinado para pronunciar impunemente esta pequeña observación por
teléfono. O al menos así lo sugiere este narrador. Y Franny tal vez intuyó lo
mismo. En cualquier caso, supo de repente que era Zooey quien estaba al otro
extremo del hilo. Se levantó lentamente del borde de la cama.
77
—Está bien, Zooey
—dijo—, está bien.
No del todo
inmediatamente:
— ¿Qué has dicho?
—He dicho que está
bien, Zooey.
— ¿Zooey? ¿Qué es
esto?... Franny, ¿estás ahí? —Sí, estoy aquí. Ya basta, por favor. Sé que eres
tú.
— ¿Qué demonios
estás diciendo, cariño? ¿Qué pasa? ¿Quién es este Zooey? —Zooey Glass —repuso
Franny—. Ya basta, por favor. No tienes gracia. En
realidad, ya estoy
empezando a sentirme medio...
—¿Grass, has dicho?
¿Zooey Grass? ¿Un tipo noruego? Un poco macizo, rubio,
at...
—Ya está bien,
Zooey. Basta de eso. Es suficiente. No me haces gracia... En caso de que te
interese, me siento absolutamente mal, de modo que si tienes algo especial que
decirme, date prisa, dilo y déjame en paz.
El énfasis en esta
última palabra fue extrañamente ahogado, como si la intención no fuese del todo
verdadera.
Se produjo un
peculiar silencio al otro extremo del teléfono. Y una peculiar reacción por
parte de Franny. Se sentó de nuevo en el borde de la cama de su padre.
—No voy a colgar el
teléfono ni nada de eso —dijo—, pero estoy... no sé... estoy cansada,
Zooey. Exhausta, francamente. —Escuchó, pero no hubo respuesta. Cruzó las
piernas—. Tú puedes continuar con esto todo el día, pero yo no —dijo—. Todo
cuanto soy está al auricular. No es terriblemente agradable, ¿sabes? Tú crees
que todo el mundo está hecho de hierro o algo así. —Escuchó. Empezó a hablar de
nuevo pero se detuvo cuando oyó el sonido de un carraspeo.
—Yo no creo que
todo el mundo esté hecho de hierro, hermana.
Esta frase tan
abyectamente sencilla pareció trastornar a Franny mucho más que un silencio
prolongado. Alargó rápidamente la mano y cogió un cigarrillo de la caja de
porcelana, pero no hizo ademán de encenderlo.
—Bueno, pues
cualquiera pensaría que sí —dijo. Escuchó y esperó—. Quiero decir, ¿has llamado
por alguna razón especial? —preguntó de improviso—. ¿Tenías una razón especial
para llamarme?
—Ninguna en
especial, hermana, ninguna en especial.
Franny esperó, y el
otro extremo habló de nuevo:
—Supongo que más o
menos te he llamado para decirte que continúes con tu Padrenuestro si es tu
deseo. Quiero decir que es asunto tuyo. Es asunto tuyo. Es una oración muy
bonita, y no permitas que nadie te diga lo contrario.
—Lo sé —repuso
Franny, cogiendo nerviosamente la caja de cerillas. —Creo que nunca he deseado
realmente impedirte que la rezaras. Al menos,
creo que no. No lo
sé. No sé qué demonios había en mi mente. Pero hay una cosa
que sé seguro. No tengo ninguna maldita autoridad para hablar como un superior,
tal como lo he hecho. Ya tenemos bastantes malditos superiores en la familia.
Esta parte me preocupa. Esta parte me asusta un poco.
Franny aprovechó la
corta pausa que siguió para enderezarse ligeramente, como si, por alguna razón,
una buena postura, o una mejor postura, pudiera ser conveniente dentro de unos
momentos.
—Me asusta un
poco, pero no me petrifica. Dejémoslo bien sentado. No me petrifica.
Porque tú olvidas una cosa, hermana. Cuando sentiste el impulso por primera vez,
la llamada, para rezar la oración, no empezaste inmediatamente a
buscar un maestro por los cuatro rincones del mundo. Viniste a casa.
No sólo viniste a casa, sino que tuviste una maldita crisis. Así,
que si lo miras de cierta manera, sólo tienes derecho
78
al insignificante
consejo espiritual que podemos darte aquí, y a nada más. Por lo menos sabes que
no habrá ningún maldito motivo ulterior en este manicomio. Seremos muchas
cosas, pero no dudosos, hermana.
Franny trató de
repente de encender el cigarrillo con una sola mano. Consiguió abrir la caja de
cerillas, pero al rascar torpemente una cerilla se le cayó la caja al suelo. Se
agachó con rapidez, recogió la caja y dejó donde estaban las cerillas diseminadas.
—Te diré una cosa,
Franny. Una cosa que sé. Y no te enfades. No es nada malo. Pero si
es la vida religiosa lo que quieres, tienes que saber ahora mismo que te estás
perdiendo todos los malditos actos religiosos que se realizan en esta casa. Ni
siquiera tienes el buen sentido de beber cuando alguien te
trae una taza de caldo de gallina consagrado, que es la única clase de caldo de
gallina que Bessie ofrece a quienquiera que haya en este manicomio. Así
que dime, sólo dime, hermana. Incluso aunque te fueras a buscar un
maestro por todo el mundo, un gurú, un santón, para que te enseñara a rezar
bien el Padrenuestro, ¿de qué te serviría? ¿Cómo diablos vas a
reconocer una taza de caldo de gallina consagrado cuando está delante de tu
nariz? ¿Puedes decírmelo?
Ahora Franny estaba
sentada con una rigidez anormal. —Sólo te lo pregunto, no intento molestarte.
¿Te molesto? Franny contestó, pero al parecer su respuesta no fue audible. —
¿Qué? No te oigo.
—He dicho que no.
¿Desde dónde llamas? ¿Dónde estás ahora?
—Oh, ¿qué importa
dónde esté? En Pierre o Dakota del Sur, por el amor de Dios. Escúchame,
Franny... lo siento, no te enfurezcas y escúchame. Sólo me quedan una o dos
cosas muy cortas, y entonces me callaré, te lo prometo. A propósito, ¿sabías
que Buddy y yo fuimos a verte actuar en provincias el verano pasado? ¿Sabías
que una noche te vimos actuar en Playboy del mundo occidental? Era
una noche bochornosa, te lo aseguro. Pero, ¿sabías que estábamos allí?
Parecía indicada
una respuesta. Franny se levantó, e inmediatamente volvió a sentarse. Apartó un
poco el cenicero, como si fuese un gran estorbo.
—No, no lo sabía
—contestó—. Nadie dijo una sola... No, no lo sabía.
—Pues, sí,
estábamos allí. Y te diré algo, hermana. Estuviste bien. Y cuando yo digo bien,
quiero decir bien. Sal vaste aquel maldito
embrollo. Incluso aquellas langostas tostadas del auditorio lo sabían. Y ahora
me entero de que has acabado para siempre con el teatro: yo me entero de las
cosas. Y recuerdo los discursos que hiciste al volver, cuando se terminó la
temporada. ¡Oh, me irritas, Franny! Lo siento, pero es la verdad. Has hecho el
maldito y asombroso descubrimiento de que la profesión de
actor está llena de mercenarios y carniceros. Si mal no recuerdo, incluso
parecías desmoronada porque ninguno de los acomodadores era un
genio. ¿Qué te ocurre, hermana? ¿Dónde está tu cerebro? Si tu educación ha sido
extraña, al menos úsala, úsala. Puedes rezar el Padrenuestro hasta
el Día del Juicio Final, pero si no comprendes que lo único que cuenta en la
vida religiosa es la indiferencia, no creo que avances un solo centímetro.
Indiferencia, hermana, sólo indiferencia. Ausencia de deseos. «El cese de todo
anhelo.» Esta cuestión del deseo, si quieres saber la maldita
verdad, es lo primero que hace un actor. ¿Por qué me obligas a decirte cosas
que ya sabes? Hubo un momento, en una u otra maldita encarnación, si quieres,
en que no sólo tuviste el deseo de ser una actriz, sino una buena actriz.
Y ahora no puedes deshacerte de él. No puedes volver la espalda a
los resultados de tus propios deseos. Causa y efecto, hermana, causa y efecto.
Lo único que puedes hacer ahora, el único acto religioso que puedes
realizar, es actuar. Actúa para Dios, si quieres, sé una actriz
de Dios, si tal es tu deseo. ¿Qué podría ser más bonito? Al menos
puedes intentarlo; no hay nada malo en intentar algo. —Hubo una breve pausa—.
Pero sería mejor que te pusieras en movimiento, hermana. La maldita
79
arena se escurre
cada vez que das media vuelta. Sé de lo que estoy hablando. En este maldito y
fenomenal mundo, tienes suerte si te dan tiempo para estornudar. —Hubo otra
pausa, aún más breve—. Yo solía preocuparme por esto. Pero ya no me preocupa
tanto. Al menos aún estoy enamorado de la calavera de Yorick. Al menos aún
tengo el tiempo suficiente para estar enamorado de la calavera de Yorick.
Quiero una maldita y honorable calavera cuando me muera, hermana. Deseo una
maldita y honorable calavera como la de Yorick. Y tú también,
Franny Glass. Tú también, tú también... ¡Oh, Dios mío! ¿De qué sirve hablar?
Has tenido la misma educación equivocada que yo, y si no sabes a estas alturas
qué clase de calavera quieres cuando te mueras, y qué has de
hacer para merecerla, quiero decir que si a estas alturas no
sabes al menos que eres una actriz y que has de actuar,
¿de qué sirven las palabras?
Ahora Franny tenía
la palma de su mano libre contra la mejilla, como si le doliera mucho una
muela.
—Otra cosa. Y
acabo, te lo prometo. La cuestión es que llegaste a casa desvariando y gritando
contra la estupidez de los auditorios. Esa maldita «risa torpe» de la fila
cinco. Y es verdad, es verdad, Dios sabe que resulta
deprimente. No digo que no lo sea. Pero no es asunto tuyo, en realidad. No es
asunto tuyo, Franny. La única preocupación del artista es aspirar a alguna
clase de perfección, y según sus propias condiciones, no las de
cualquier otro. No tienes derecho a pensar en esas cosas, te lo juro.
Al menos no en un sentido real. ¿Sabes a qué me refiero?
Hubo un silencio.
Ambos lo dejaron transcurrir sin aparente impaciencia o embarazo. Franny
parecía tener aún un dolor considerable bajo la mejilla y seguía con la mano
apretada contra ella, pero su expresión era marcadamente serena.
La voz del otro
extremo reanudó la conversación.
—Recuerdo la quinta
o sexta vez que aparecí en «Es un niño sabio». Sustituí varias veces a Walt en
el programa; ¿te acuerdas de cuándo figuraba en el programa? Una noche, antes
de la emisión, empecé a enfurecerme. Seymour me dijo que me limpiara los zapatos
justo cuando salía por la puerta con Waker. Me puse furioso. Los asistentes del
estudio eran imbéciles, el locutor era imbécil, los patrocinadores eran todos
imbéciles, y yo no iba a limpiarme los zapatos para ellos, anuncié a Seymour.
Le dije que de todos modos no podían verlos. El replicó que aun así tenía que
limpiarlos. Que me los limpiara para la Dama Gorda. Yo no sabía de quién
diablos hablaba, pero en su rostro había una expresión muy Seymour, así que
obedecí. Jamás me reveló quién era la Dama Gorda, pero yo me limpiaba los
zapatos para la Dama Gorda cada vez que salía en el programa; en todos los años
en que tú y yo estuvimos en la emisión, si te acuerdas, no olvidé hacerlo más
que un par de veces. Había en mi mente una imagen terriblemente clara de la
Dama Gorda. Me la imaginaba sentada en el porche todo el día, asustando a las
moscas, con la radio a toda marcha de la mañana a la noche. Me figuraba que el
calor era terrible, y que ella probablemente tenía cáncer y... no sé qué más.
De todos modos, parecía muy claro por qué Seymour quería que me limpiara los
zapatos antes de la emisión. Tenía sentido.
Franny estaba de
pie. Había retirado la mano de la mejilla para sostener el teléfono con ambas
manos.
—A mí también me lo
dijo —contestó al auricular—. Una vez me pidió que fuera graciosa para la Dama
Gorda. —Quitó una mano del teléfono y la colocó, muy brevemente, encima de la
cabeza, y entonces continuó sujetando el teléfono con las dos manos—. Nunca me
la imaginé en un porche, pero sí con unas piernas muy gordas, muy venosas. La
puse en una horrible silla de mimbre. Pero también tenía cáncer, ¡y la radio a
toda marcha durante todo el día! ¡La mía también!
—Sí, sí, muy bien.
Ahora déjame decirte algo, hermana... ¿Me escuchas?
80
Franny, con aspecto
extremadamente tenso, asintió.
—No me importa
dónde actúe un actor. Puede ser en un repertorio de verano, puede ser en la
radio, puede ser en la televisión, puede ser en un maldito teatro de
Broadway, lleno de la gente más elegante, mejor alimentada y más tostada por el
sol que te puedas imaginar. Pero te diré un terrible secreto... ¿Me
escuchas? No hay nadie allí que no sea la Dama Gorda de Seymour.
Eso incluye a tu profesor Tupper, hermana. Y a todas las docenas de
sus malditos primos. No hay nadie en ninguna parte que no sea la Dama Gorda de
Seymour. ¿No lo sabes? ¿No sabes aún este maldito secreto? ¿Y no sabes,
escúchame ahora, no sabes quién es realmente esa Dama Gorda...?
¡Ah, hermana! Es el mismo Cristo. El mismo Cristo, hermana.
Por gozo, al
parecer, todo cuanto Franny pudo hacer fue sostener el teléfono con las dos
manos.
Durante un minuto
entero, más o menos, no hubo más palabras ni más discursos.
Entonces:
—No puedo hablar
más, hermana. —Siguió el sonido de un teléfono al ser colgado.
Franny retuvo un
poco el aliento, pero continuó con el auricular pegado a la oreja. Una señal de
marcar, naturalmente, siguió al corte de la línea. Franny parecía encontrarla
un sonido extraordinariamente bello, como si fuera el único sustituto posible del
propio silencio primordial. Pero también parecía saber cuándo debía dejar de
escucharlo, como si la poca o mucha sabiduría que hay en el mundo fuese
repentinamente suya. Cuando hubo colgado el teléfono, pareció saber también lo
primero que debía hacer. Retiró los utensilios de fumar, apartó el cubrecama de
algodón, se quitó las zapatillas y se metió en la cama. Durante unos momentos,
antes de sumirse en un sueño plácido y profundo, permaneció quieta, sonriendo
al techo. ▄

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