© Libro N° 13816. Ensayos sobre
Evolución Biológica. Creación vs Evolución. Darwinismo y Creacionismo. Barbadilla,
Antonio. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Ensayos sobre Evolución Biológica.
Creación vs Evolución. Darwinismo y Creacionismo. Antonio Barbadilla
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Evolución Biológica. Creación vs Evolución. Darwinismo y Creacionismo. Antonio
Barbadilla
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ENSAYOS SOBRE EVOLUCIÓN
BIOLÓGICA
Creación vs Evolución
Darwinismo y Creacionismo
Antonio Barbadilla
ENSAYOS SOBRE
EVOLUCIÓN BIOLÓGICA
Creación vs Evolución
Darwinismo y Creacionismo
Antonio Barbadilla
Ensayos sobre Evolución Biológica
Creación vs Evolución
Darwinismo y Creacionismo
Autor: Antonio Barbadilla *
Resumen
A pesar de la resistencia inicial al darwinismo, a
principios del siglo
XX la idea de
la evolución de la vida era ya aceptada por la mayoría de las confesiones
cristianas. Sin embargo, en el sur y el medio oeste de los EE.UU., numerosos
grupos de cristianos evangélicos muy activos han intentado repetidamente
prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas o compartirla en tiempo y
reconocimiento científico con el relato bíblico del Génesis. En tiempos
recientes, los creacionistas se han renovado y organizado a través del
movimiento del diseño inteli-gente, ganando adeptos de otras confesiones. La
persistencia, 150 años después del Origen de las Especies, de creencias
abiertamente anti-científicas es una gran paradoja de nuestro tiempo. La
universalización de la práctica de la ciencia no se ha traducido en la adopción
de una cosmovisión común del Universo y la vida.
Palabras claves:
Evolución, Darwinismo, Creacionismo, Diseño
inteligente, Naturalismo
1
INTRODUCCIÓN
La incorporación del pensamiento y la metodología
de la ciencia a la mayoría de las actividades humanas son responsables de los
grandes avances científicos y tecnológicos que la humanidad ha experimentado
durante los últimos siglos. En contraste, y a pesar de los 150 años de la
aparición del Origen (Darwin, 1859), resulta paradójico que exista to-davía un
porcentaje muy significativo de personas que mantiene una visión antidarwiniana
sobre el origen de la vida y de las especies. Una encuesta del Instituto Gallup
de 2004 recoge que el 42% de los ameri-canos cree que la humanidad fue creada
directamente por Dios, un 18% creen en una evolución dirigida por Dios y sólo
un 26% se declara dar-winista. En Gran Bretaña, en un sondeo de la BBC a 2000
personas, 52% de los encuestados decían creer en explicaciones no darwinianas
del origen de la vida y evolución. En un sondeo más reciente en 34 paí-ses
(EE.UU., Japón y 32 países europeos) que apareció en la revista Science (Millar
et al. 2006), se preguntó a los encuestados si “los seres humanos descienden de
especies animales más antiguas”. Los turcos y estadounidenses fueron los
primeros y segundos por la cola en aceptar la evolución, con un porcentaje del
24 y 40%, respectivamente. Islan-dia, con 85% de respuestas afirmativas,
registró el porcentaje más ele-vado de evolucionistas. España se situaba, con
un 70%, en el puesto noveno de los países con mayor aceptación del
evolucionismo.
A pesar de las diferencias sustanciales entre
países, estos datos indican que a la revolución darwiniana todavía le queda
todavía un largo cami-no que recorrer para llegar a ser un elemento fundamental
de la cosmo-visión de cualquier persona. En este artículo se tratará el debate
crea-cionismo – darwinismo, pero también se considerará la relación, más
general y de mayor interés, entre religión y evolución. En la actualidad,
gracias al darwinismo, se presentan nuevas perspectivas de síntesis.
LAS IMPLICACIONES DEL DARWINISMO
“El Origen de las especies” da el golpe de gracia a
la participación del Creador en la historia de la vida. En su obra “Teología
natural” publi-cada en 1802, el teólogo W. Paley expone su famoso argumento del
relojero, del que se concluye que el diseño funcional de los organismos
evidenciaba la existencia de un creador omnisapiente. La teología natu-ral se
consideraba la respuesta a las preguntas relativas a la génesis y a las
adaptaciones de los organismos, y la mayoría de los naturalistas del tiempo de
Darwin la aceptaba como explicación a la complejidad de las estructuras de los
organismos.
Darwin, con el Origen, inaugura la cosmovisión
naturalista de la bio-logía. La selección natural de Darwin introduce en escena
el “relojero ciego” (Dawkins, 1986) que, como en la mecánica celeste de
Laplace, hace innecesaria la hipótesis de Dios. La evolución de la vida, al
igual que la revolución copernicana había demostrado para el Universo, no se
subsume al diseño de Dios. Los fenómenos naturales se esclarecen a partir de
las leyes y procesos que se dan en la naturaleza. El proceso de selección natural
permite explicar el carácter teleonómico de los orga-nismos biológicos, sin la
necesidad de postular una intervención sobre-natural. El pensamiento
poblacional, la especiación, la selección natu-ral, son conceptos y procesos
naturales que permiten explicar el origen, diversificación y adaptación de los
seres vivos.
Las consecuencias teológicas del evolucionismo
darwiniano son si cabe mayor que el heliocentrismo de Copérnico, Galileo y
Kepler. Darwin refuta la creación de la vida, la juventud de la Tierra, la
teleología cósmica y el antropocentrismo (Mayr, 1988). No podía esperarse otra
cosa que un rechazo inicial de las ideas de Darwin. Primero por los
naturalistas fijistas, pero principalmente por los teólogos y ministros de la
Iglesia.
De las muchas descalificaciones, insultos y
caricaturizaciones burlonas (figura 1) de la teoría evolutiva, es bien conocido
la del enfrentamiento entre el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, apodado
por su oratoria persuasiva y resbaladiza “Sam el jabonoso”, y Thomas H. Huxley,
amigo de Darwin y paladín de la teoría evolucionista. La respuesta con-tundente
de Huxley a la pregunta insidiosa de Wilberforce sobre si su antepasado mono
provenía del lado paterno o el materno es hoy una de las anécdotas preferidas
del relato de la acogida inicial al darwinismo. Coincidiendo con los
preparativos del año 2009, el año de Darwin, la Iglesia Anglicana pidió el 15
de septiembre de 2008 disculpas a Darwin por haberse opuesto de manera
“excesivamente emocional” a su teoría de la evolución.
_________________________________________________________
Figura a Figura
b
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Figura 1. (a) Tras la publicación de la
Descendencia del Hombre en 1871, Charles Darwin fue caricaturizado
frecuentemente como un mo-no. (b) En España, los hermanos Bosch, propietarios
de una destilería, al parecer estaban en contra de la teoría de la evolución y
caricaturiz a-ron a Darwin en la etiqueta del anís del mono en 1872.
Afortunadamente, las ideas de Darwin no aparecieron
en el siglo XVI. La ilustración y las ideas de cambio imperantes en la sociedad
británica y europea de mediados de la segunda mitad del siglo XIX permitirían
que la evolución de la vida fuera aceptada en relativamente poco tiem-po, hasta
el punto convertirse en la gran revolución cultural de su épo-ca. Distinta
suerte tuvo la selección natural, que tuvo que esperar hasta la segunda década
del siglo XX para que fuera aceptada plenamente por la comunidad científica. La
prueba del reconocimiento que Darwin tuvo en vida es que fuera enterrado en la
abadía de Westminster como uno de los mayores científicos de todos los tiempos.
Los creacionistas y escépticos darwinianos consideraron alegóricos los primeros
capítulos del Génesis, aceptando una mayor antigüedad de la Tierra, pues los
seis días de creación no eran necesariamente de 24 horas. Las confesiones
cristianas adaptaron gradualmente una concepción teísta de la evolu-ción, donde
Dios intervenía en la creación del hombre.
El problema del momento de la adquisición del alma
en la evolución humana no era al fin y al cabo distinto al que se plantea
respecto al momento en el que la obtiene un feto humano en desarrollo. Algunos
teólogos no sólo aceptarán el evolucionismo como medio empleado por Dios para
la creación, sino que lo utilizarán como trampolín hacia una visión teleológica
de mayor trascendencia y contenido poético que el creacionismo.
El jesuita francés Theilard de Chardin (1881-1955)
propone una ver-sión mística de la evolución, según la cual toda la materia,
orgánica e inorgánica, evoluciona intrínsecamente en un sentido direccional,
as-cendente, hacia una meta final, el punto Omega, un lugar de encuentro de
conciencias en perfecta armonía espiritual. Versiones teístas de la evolución
como la de Chardin pueden explicar que la oposición de la Iglesia Católica al
evolucionismo fuera menor que la de otras confesio-nes.
En 1950, el Papa Pío XII declara en la encíclica
Humani generis que no hay oposición entre el evolucionismo y la doctrina
católica, a pesar de mostrar reservas sobre la “hipótesis evolucionista”. El 23
de Octubre de 1996 Juan Pablo II reconoce que el peso de la evidencia
científica hace que la teoría de la evolución sea “más que una hipótesis”. Sin
embargo, más recientemente, en 2006, y reflejando quizá el auge del pensamiento
conservador de los últimos años, el Papa Benedicto XVI declaró en una catequesis
en Ratisbona en 2006 que una parte de los científicos se em-peñan en demostrar
que Dios es “inútil” para el hombre, afirmando que la teoría de la evolución es
“irracional”, que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios y que el odio y el
fanatismo destruyen la imagen de Dios.
EL FUNDAMENTALISMO NORTEAMERICANO
La controversia evolucionismo-creacionismo ha sido
mucha más larga e intensa en Norteamérica. En 1900 la enseñanza de la evolución
se fue introduciendo gradualmente a través de los libros de texto de los
insti-tutos públicos. En la regiones rurales del sur y del medio oeste de los
EE.UU., numerosos grupos de cristianos protestantes, presbiterianos, bautistas,
episcopales y otras denominaciones, creían (y aún creen) en la literalidad de
la Biblia. Si el Génesis dice que Dios creó el mundo en seis días; entonces la
creación debió suceder en seis días seguidos, de 24 horas cada uno.
Estos cristianos fundamentalistas se oponían
firmemente a la enseñanza de la teoría de la evolución, que creían conducía a
la inmoralidad, el ateísmo, el agnosticismo, el socialismo, el fascismo, y
otras muchas ideas falsas y peligrosas. En la década de los 20, en el período
de entre-guerras, el fundamentalismo bíblico se expandió, especialmente entre
los adventistas del séptimo día, cuyas creencias se fundamentaban so-bre los
sietes días de la creación, y entre los pentacostales.
En 1924 se prohíbe en el estado de Tennessee
enseñar en las escuelas cualquier teoría que negara la creación divina tal como
se describe en la Biblia. En 1925 tiene lugar en este estado el famoso “Juicio
del mono”. El profesor de biología John Scopes fue juzgado y condenado a una
multa de 100 dólares por enseñar el darwinismo en la escuela, multa que dos
años después le fue condonada.
A pesar de la victoria de los fundamentalistas en
el juicio, sus ideas fueron ridiculizadas públicamente, por lo que el juicio a
Scopes signi-ficó un retroceso del movimiento creacionista (para una narración
más completa del movimiento creacionista véase Alemañ, 2007 y Ayala, 2007).
NEOCREACIONISMO: EL CREACIONISMO CIENTÍFICO
En la década de los 60, conforme la evolución
adquiría un papel más central en la biología, las iglesias fundamentalistas se
organizaron para difundir mensajes creacionistas en sus universidades, escuelas
y medios de comunicación. Al ver que no consiguen abolir legalmente la
ense-ñanza de la evolución de las escuelas, los creacionistas intentan
conse-guir que se promulguen leyes que obliguen a dedicar el mismo tiempo a la
enseñanza de la teoría evolutiva que a la creación según el relato bíblico del
Génesis.
En 1961 se publica el primer libro moderno del
creacionismo, El dilu-vio del Génesis, de Henry M. Morris y John C. Whitcomb,
donde se defiende, entre otras ideas, que la creación fue de seis días de
duración, que los humanos vivieron con los dinosaurios y que Dios creó
indepen-dientemente a cada uno de los linajes hoy existentes. Morris fundó en
San Diego (California) el Centro de Investigaciones de la Ciencia de la
Creación (CRSC) y el Instituto para la Investigación Creacionista (ICR), que
publicaban libros de textos de biología que promovían el creacionismo. Morris y
otros partidarios adoptaron el término creacio-nismo científico o ciencia de la
creación.
La constitución norteamericana consagra la
neutralidad del estado en la educación religiosa, por lo que la doctrina
creacionista sólo podía acce-der a las aulas presentándose como una teoría
científica. La táctica de los creacionistas consistía en atacar los fundamentos
de la evolución mediante una serie de publicaciones que pretendían demostrar
que los elementos esenciales de la teoría evolutiva eran falsos. Su alternativa
era la “Ciencia de la Creación”, que consiste en la aceptación literal, punto
por punto, de la creación según se relata en los dos primeros capítulos del
libro del Génesis de las Sagradas Escrituras.
La presentación rigurosa y formal de los primeros
libros creacionistas hizo que algunos estados concedieran tiempos iguales
dedicados a la enseñanza del “creacionismo científico” y del evolucionismo. En
febre-ro de 1981 se aprobó una ley para la enseñanza a tiempos iguales en
Arkansas. En los varios pleitos que se interpusieron contra esta ley,
testificaron prestigiosos científicos, entre ellos Stephen Jay Gould y Francisco
Ayala, a favor de la evolución como hecho completamente establecido y negaron
un estatus científico a la autodenominada “cien-cia de la creación”.
Como Gould señaló (1987), la expresión ciencia de
la creación es un oxímoron, una frase contradictoria y sin sentido. El
veredicto del tribu-nal consideró inconstitucional la ley del tratamiento a
tiempos iguales, pues al no ser un conocimiento científico, se estaba
adoctrinando a los alumnos en una creencia religiosa específica, en contra de
la primera cláusula fundacional de la constitución americana. En Louisiana y
Nuevo México se presentaron casos similares.
En 1968, la Asociación internacional de los
estudiantes de la Biblia, formada por los testigos cristianos de Jehová,
publicó unos de los libros creacionistas y antievolucionista más ampliamente
difundido, ¿Llegó a Existir el Hombre por Evolución o por Creación?
(International Bible Students Association, 1968). Se llegaron a distribuir 14
millones de copias por todo el mundo, en trece idiomas distintos. Probablemente
fue también el libro creacionista de mayor circulación en España. Además de
defender la interpretación literal del Génesis bíblico, el li-bro trata de
desacreditar la teoría de la evolución empleando la retórica persuasiva y
eficaz de los textos creacionistas: se citan a científicos fueras de contexto,
se les malinterpreta, se emplean suposiciones y pre-juicios cotidianos, se
efectúan generalizaciones injustificadas, y se ex-ponen visiones simplistas o
inexactas de la teoría evolutiva.
Por ejemplo, un recurso explotado una y otra vez es
hacer creer que los científicos dicen que las adaptaciones surgen por
casualidad, que la selección natural es un proceso exclusivamente azaroso. O se
afirma que es imposible que puedan surgir estructuras complejas a partir de
unas más simples por evolución porque violaría la segunda ley de la
termodinámica. Otro recurso muy empleado es lo que Dawkins (2007) denomina el
“Dios-tapa-agujeros”, cuando hay algo que la ciencia no puede explicar, se le
atribuye a Dios.
Las distintas confesiones creacionista son muy
eficaces en expandir su doctrina por todo el mundo gracias principalmente al
activismo del todos de sus miembros, y a la utilización de las técnicas más
avanzadas de difusión: publicaciones de libro de autoría anónima, predicación
casa por casa, telepredicación, Internet y otros formatos multimedia.
EL DISEÑO INTELIGENTE
La última y más sofisticada estrategia de los
neocreacionistas es el mo-vimiento del diseño inteligente. A diferencia de las
tácticas fracasadas de su predecesores literalistas, el diseño inteligente
busca formular una teoría científica que se ajuste a los estándares científicos
para así poder competir con el evolucionismo en pie de igualdad. Expuesta por
titula-dos universitarios, de refinados modales, admitiendo abiertamente sus
convicciones, e incluso aceptando un marco evolutivo («evolución sí, pero por
designio divino, no por selección natural»), esta renovada ver-sión del
creacionismo tiene una imagen más atractiva y moderna, lo que le ha hecho ganar
rápidamente adeptos en otras confesiones, el catolicismo entre ellas. Pero
también ha sido determinante para su rápi-da expansión la financiación por
parte de patrocinadores millonarios de pensamiento ultraconservador.
El Instituto Discovery, con sedes en Seattle y el
campus de la Universi-dad de San Diego, reúne a los pensadores creacionistas y
difunde la doctrina del diseño inteligente mediante la publicación de libros y
artí-culos en editoriales especializadas en apologética cristiana, revistas y
portales de Internet propios. Philip Johnson, profesor de derecho en Berkeley,
es considerado el fundador del movimiento.
En 1991, Johnson publica “Darwin a examen”, un
libro de gran éxito en el que se crítica el método científico “secular” porque
se abstiene por principio de apelar a poderes sobrenaturales en las
explicaciones científicas. El secularismo, afirma, es el principal error de la
ciencia, y debería sustituirse por una ciencia teísta que incorpore a Dios en
su imagen del mundo. Le acompañan otros autores como el bioquímico Michael
Behe, autor del libro “La caja negra de Darwin” (Behe, 1999) o el profesor de
filosofía y teología Williams Dembski.
Dos de los argumentos «científicos» del diseño
inteligente son el del Universo finamente ajustado (fine-tuned universe) y el
de la compleji-dad irreducible. El argumento del Universo finamente ajustado
sostiene que el Universo posee una serie de características físicas que hacen
posible la vida. Estas características, según los autores, no podrían
ex-plicarse por azar, por lo que sólo pueden atribuirse a la presencia de un
diseñador inteligente que proveyera las condiciones necesarias para que la vida
tuviera lugar. Este argumento está íntimamente relacionado con el denominado
«principio antrópico fuerte», que sostiene que la vida inteligente es una
consecuencia forzosa de la evolución del Universo (Hortolà y Carbonell, 2007).
El argumento de la complejidad irreducible sostiene
que en la naturale-za existen estructuras complejas que son irreducibles en el
sentido que no podrían haber surgido por evolución biológica a partir de
estructuras más simple, pues la eliminación de cualquiera de las partes hace
que el sistema deje de ser funcional.
Como ejemplos de complejidad irreducible se citan
mecanismos bio-lógicos como los agregados macromoleculares funcionales de los
flage-los bacterianos y los cilios, o el mecanismo adaptativo del sistema
in-munitario (Behe, 1999). Puestos que estas estructuras no pueden ser creadas
por la selección natural, los autores concluyen que han sido diseñadas por un
Diseñador Universal Inteligente.
El mensaje final de los defensores del diseño
inteligente es que la com-plejidad del mundo natural solo puede explicarse por
la existencia de una inteligencia superior. Y esa conclusión no inferida
muestra la moti-vación última de los autores, demostrar la existencia de Dios.
Ambos argumentos del diseño inteligente son reconocibles en formulaciones
anteriores de otros autores creacionistas.
El argumento de la complejidad irreducible nos
recuerda al argumento del relojero de Paley, que Darwin ya abordó al hablar de
la complejidad de los órganos de complejidad extrema como el ojo en el capítulo
6 del Origen, en el que trata de las dificultades de su teoría. Dawkins (1986)
explica, a partir de ejemplos bien documentados, como pueden evolu-cionar
órganos de complejidad extrema por selección natural. Contra-riamente a lo que
defiende Behe, trabajos recientes publicados en revis-tas científicas muestran
como pudo evolucionar tanto el sistema inmunitario como los flagelos
bacterianos, en ambos casos a partir de pro-teínas precursoras que tenían otras
funciones (véase Ayala 2007).
El argumento del Universo finamente ajustado se
encuentra ya expre-sado en la quinta vía de Santo Tomás de Aquino, que habla
del orden del mundo. Pero como Ayala (2007) indica, ésta no es una cuestión
científica, pues la idea que Dios creó el mundo ex nihilo, a partir de la nada,
no niega ni afirma la evolución de la vida.
En octubre de 2004, los creacionistas de
Pensilvania, incentivados por este nuevo movimiento, intentan que el diseño
inteligente se enseñe en las escuelas junto a la teoría de la evolución
biológica. En el pleito del distrito de Denver (Pensilvania), a finales de
2005, se concluye con una sentencia que proscribe la enseñanza del Diseño
Inteligente. La misma iniciativa se ha llevado a cabo en Kansas, Missisipi,
Arkansas, Minne-sota, Nuevo México y Ohio. El consejo educativo de Kansas
aprobó la obligatoriedad de que los profesores de ciencias llamaran la atención
de sus alumnos sobre las dudas razonables que existen sobre la evolución
darwiniana. Como ya hiciera Reagan previamente con el creacionismo científico,
George W. Bush se sumó a la polémica, avalando la ense-ñanza de ambas teorías
en pie de igualdad en las clases de ciencias.
Los argumentos del diseño inteligente han tenido un
gran eco mediáti-co, especialmente en EE.UU., pero también en Europa. En la
encuesta de la población británica citada al principio de este artículo, un 41%
de los británicos desearía incluir el diseño inteligente en el sistema
educa-tivo. La comunidad científica se ha visto obligada a rebatir los
argu-mentos en prensa, radio y televisión. Recientemente, la Academia Na-cional
de las Ciencias de América junto con Instituto de Medicina han publicado un libro
divulgativo, Science, Evolution and Creacionism (2008), en el que advierten que
el “diseño inteligente” es una forma de creacionismo basada en la opinión de
que los seres vivos son muy complejos como para haber evolucionado por
mecanismos naturales. Aclaran que es una perspectiva creacionista, no
científica, y que por ello no ha provocado ningún debate en la comunidad
científica.
Entre los evolucionistas darwinianos y los
creyentes fundamentalistas existe una animadversión análoga a la que hay entre
personas de creencias políticas opuestas. Se desarrolla inmunidad hacia las
ideas del otro, se es refractario a su mensaje porque se crea una actitud
mental de “ya sé de que vas”, que a modo de cinturón de seguridad ideológico
permite ignorar los argumentos del otro.
No hay una actividad más infructuosa que argumentar
con un testigo de Jehová invocando más y más pruebas científicas a favor de la
evolu-ción. Los términos de la discusión no son sobre fósiles intermedios o
divergencia en las secuencias de DNA. Los términos son sobre las fuentes de la
creencia, sobre razón y fe; de elegir entre revelación o razón científica como
principio de conocimiento y verdad. La cuestión es esencialmente filosófica, no
empírica.
¿POR QUÉ PERSISTE EL CREACIONISMO?
A día de hoy, el debate creacionismo – darwinismo
es científicamente estéril. Los argumentos aducidos por los creacionistas, a
pesar de sus cambios de ropaje, son los de siempre y han sido rebatidos una y
otra vez; están faltos de interés tanto científico como filosófico. Los
funda-mentalistas dan un valor supremo a un texto escrito hace más de 2500 años
en un contexto histórico y cultural que nada tiene que ver con el actual, y que
aún así lo consideran más creíble que todo el cuerpo de conocimientos, datos
empíricos y estructuras teóricas que millares de mentes dotadas de nuestra
especie han desarrollado trabajando en cola-boración durante los últimos 150
años.
El creacionismo no tiene ninguna posibilidad de
imponer su visión, excepto que se produzca el colapso de la civilización y se
restaure un orden medieval. Sin embargo, y por esa misma debilidad de sus
argu-mentos, resulta paradójico e intrigante la persistencia de este debate,
¿por qué hoy, 150 años después del Origen, sigue habiendo tanta gente que niega
la razón científica de la evolución darwiniana? Sin duda, una causa próxima es
el fervor religioso y activismo de los miembros de estos grupos creacionistas,
que no dudan en poner todos los recursos a su alcance, que los tienen, para
defender e intentar imponer sus creencias.
Se podría pensar que el creacionismo es
exclusivamente un problema americano. En el estudio de Miller et al. (2006)
citado, los autores atri-buyen las diferencias en la creencia en la evolución
de ambos lados del Atlántico al peso del fundamentalismo evangelista, a la
incorporación en el debate político la disputa creacionista-evolucionista, y a
la pro-funda incultura científica de amplísimas capas de la población
estadou-nidense. Pero aunque en Norteamérica es donde más fundamentalistas hay,
y donde más ruido han hecho, el creacionismo tiene un alcance mundial. El
judaísmo ultraconservador y el islamismo fundamentalista también participan del
mismo rechazo a todo evolucionismo.
Como dice Ayala (2007), «durante los últimos años
la expansión del fundamentalismo musulmán ferviente se está convirtiendo en una
fuer-za importante contra el estudio y la enseñanza de la evolución en los
países predominantemente musulmanes del norte de África y de Orien-te Próximo».
En Arabia Saudí y Sudán está prohibida la enseñanza de la evolución en las
escuelas, y en países como Turquía se promueve activamente el creacionismo
científico. Los europeos también han visto como estos debates, que creían propios
de Norteamérica, tenían ahora lugar también en su propio suelo, especialmente
en Alemania, Gran Bretaña, Italia, Polonia y Holanda.
¿Es un problema de analfabetismo científico?
Brunfiel (2005) muestra que la proporción de adultos estadounidenses que son
partidarios de la biología evolutiva se correlaciona con el nivel de estudios:
65% en los que poseen estudios de doctorado, 52% en los titulados
universitarios, y un 20% en los que alcanzan un nivel igual o inferior a la
enseñanza secundaria. Sin duda, esto datos indican que una parte importante de
la variación dentro del espectro de creencias que va desde el creacionismo al
evolucionismo darwiniano se debe al nivel de formación. Pero aún así, que un
48% de titulados universitarios no crea en la evolución darwiniana sigue siendo
un valor muy elevado. Los evolucionistas darwinistas debemos ser capaces de
mirar con sentido crítico estos datos.
¿Por qué siguen habiendo tantos creacionistas? Su
firme oposición al evolucionismo, la persistencia y fuerza de sus convicciones,
quizá nos está indicando que el darwinismo no es capaz de satisfacer
necesidades psicológicas que sí llenan el sentimiento religioso (Wilson, 1995).
Esto quizá explicaría también por qué hay además un porcentaje tan alto de
personas que creen que la evolución está dirigida por Dios. No preten-do
afirmar, como hace Ayala (2007), que el cristianismo sea compati-ble con el
evolucionismo porque la religión y la ciencia abarcan magis-terios distintos.
Al igual que Dawkins (2006), no creo que el evolucio-nismo darwiniano sea más
compatible con el cristianismo que con la mitología griega. Lo que quiero
indicar es que el darwinismo, tal como se formula en la actualidad, no tiene el
suficiente atractivo como para que sea aceptado en su totalidad.
Si el fenómeno religioso es, como muchos
evolucionistas creen (Graf-fin y Provine, 2008), un rasgo sociobiológico de la
evolución humana, entonces aquél es consecuencia, y no causa, de ésta. Una
cosmovisión naturalista que satisfaga las necesidades de la naturaleza humana
deber-ía por lo tanto poder armonizar la razón y la emoción religiosa. Como
dice Mosterín (2006), «la ciencia sin mística corre el riesgo de quedarse en
mera gimnasia mental. La mística sin ciencia fácilmente degenera en autoengaño
y superstición. Solo la jugosa conjunción del conocimiento científico con el
sentimiento místico nos permite aspirar a alcanzar aquel estado de exaltación
lúcida y plenitud vital en que consiste la comunión con el Universo». La
consecución de un credo universal de base darwiniana conduciría a un plano
superior de conciencia de la es-pecie humana, y sería, sin duda, el mayor
legado que nos podría haber dejado Darwin.
Bibliografía
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* Antonio
Barbadilla es Profesor Titular e Investigador del Departamento de Genética y
Microbiología de la Universidad Autònoma de Barcelona. Se doctoró en 1992 con
un estudio de la selección en la naturaleza con Drosophila. Completó su
formación en la Universidad de Harvard junto al Profesor Richard C. Lewontin,
donde se es-pecializó en Evolución Molecular. Desde su primer encuentro con la
idea de la se-lección natural, no ha dejado de indagar las ramificaciones
siempre fascinantes de "esa visión de la vida" que Darwin nos invitó
a descubrir. Su campo de investiga-ción es la Genética de Poblaciones y la
Bioinformática. En la actualidad dirige un grupo de investigación sobre la
Bioinformática de la Diversidad Genética en el que se desarrollan herramientas
bioinformáticas para la representación, análisis e inter-pretación de la
diversidad genética, especialmente los SNPs y QTLs. Convencido de la necesidad
de transferir los conocimientos que se generan en la investigación científica
al tejido tecnológico y productivo de nuestro país, ha impulsado proyec-tos de
transferencia tecnológica y plataformas bioinformáticas para dar soporte en las
investigaciones ómicas. Sin descuidar la faceta docente y divulgadora, ha sido
coordinador de la comisión para la propuesta de un nuevo grado de Genética en
la UAB; ha organizado jornadas científicas y cursos, ha impartido conferencias,
ha es-crito ensayos, ha organizado exposiciones, ha propuesto la traducción al
castellano de términos genéticos en inglés, y creado recursos Web y multimedia;
todo con el fin de comunicar a la sociedad los avances en Genética, Genómica,
Bioinformática y Evolución.

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