© Libro N° 13814.
Encuentro Con El General Rosas. Darwin,
Charles. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Encuentro Con El General Rosas. Charles Darwin
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General Rosas. Charles Darwin
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Miranda
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ENCUENTRO CON EL GENERAL
ROSAS
Charles Darwin
Encuentro Con
El General Rosas
Charles Darwin
ENCUENTRO CON EL GENERAL ROSAS
CHARLES DARWIN
ENCUENTRO CON EL GENERAL
ROSAS
A la mañana siguiente, al acercarnos al Río
Colorado, vimos cambiar el aspecto de la región, y pronto llegamos a una
pradera cubierta de césped que, con sus flores, su trébol crecido, y sus
pequeños búhos, se parecía mucho a las pampas. También dejamos a nuestro paso
un fangoso pantano bastante extenso, que en verano se seca y queda cubierto de
incrustaciones de diferentes sales, de donde deriva su. denominación de
salitral. Estaba recubierto de plantas bajas y carnosas, de la misma clase que
las que crecen a orillas del mar. El Colorado, en el paso por donde lo
atravesamos, tiene solamente unas sesenta yardas de ancho, aunque por lo
general su anchura debe ser el doble. Su curso es muy sinuoso y está jalonado
de sauces y macizos de juncos. Según se me informó, la distancia hasta la
desembocadura era de nueve leguas en línea recta, pero de veinticinco siguiendo
el curso del río. Nos demoramos al cruzarlo en canoa debido a la presencia de
unas enormes tropillas de yeguas que nadaban por el río siguiendo una división
de tropas que se hallaba en el interior. Jamás contemplé un espectáculo más
cómico que esos cientos y cientos de cabezas, todas en la misma di-rección, con
orejas erectas y resoplantes narices, emergiendo apenas sobre la superficie del
agua como un enorme banco de algún tipo de anfibio. Las carne de yegua es el
único alimento que utilizan las tropas en campaña. Esto les da una gran
facilidad de movimiento, pues la distancia que los caballos pueden recorrer
sobre estas llanuras es sin duda sorprendente: me han asegurado que un caballo,
si no lleva carga, es capaz de recorrer cien millas diarias por espacio de
varios días ininterrumpida-mente.
El campamento del General Rosas estaba situado
junto al río, y consistía en un cuadrado formado por carretas, artillería,
chozas de paja, etc. Los soldados eran casi todos de caballería, y yo diría que
un ejército integrado por gentes con tal apariencia de villanos y bandoleros
jamás podía haberse reunido en época alguna. La mayor parte de los hombres eran
mestizos de negro, indio y español. No sé por qué razón, pero la gente de esa
sangre, rara vez tiene una buena expresión en el semblante. Me dirigí al secretario
de Rosas para presentarle mis pasaportes, y comenzó a interrogarme en forma
grave y misteriosa. Afortunadamente traía conmigo una carta de recomendación
del gobierno de Buenos Aires1 para el Comandante de Patagones, la que fue
llevada al General Rosas. Este me envió un mensaje muy atento, y el secretario
regresó lleno de sonrisas y amabilidad. Nos alojamos en el rancho de un anciano
español muy singular, que había servido con Napoleón en su expedición contra
Rusia.
Permanecimos dos días en el Colorado, durante los
cuales poco pude hacer, pues la zona adyacente es un pantano que en diciembre,
al llegar el deshielo del verano en la Cordillera, queda inundado por el río.
Mi más grande entretenimiento fue el de observar las familias indias cuando
venían a comprar artículos de poca importancia al rancho en que
_____________________
1 Deseo expresar, en los más cálidos términos, mi
agradecimiento al gobierno de Buenos Aires por la forma tan cortés en que me
fueron concedidos pasaportes para todas las regiones del País, en mi carácter
de naturalista del Beagle.
estábamos. Se calcula que el General Rosas tenía
alrededor de seiscientos indios considerados como aliados suyos. Esta gente era
de una raza de estatura elevada y de buena apariencia. Sin embargo fue fácil
ver, más adelante, el mismo semblante en los salvajes fueguinos, pero
enormemente afeado por el frío, la falta de alimentos, y la Inferior
civilización. Algunos autores, al definir las razas principales de la especie
humana, han efectuado una distinción, separando estos indios en dos clases, lo
que en realidad es incorrecto. Entre las mujeres jóvenes, llamadas
"chinas", las hay que merecen hasta ser calificadas como bellas. Su
cabello es grueso, pero brillante y negro, y lo llevan en dos trenzas que les
llegan hasta la cintura. Su color es bastante oscuro, y sus ojos relucen con
fulgor; sus piernas, pies, y brazos son pequeños y bien formados. Se adornan
los tobillos, y a veces la cintura, con anchos brazaletes de cuentas azules.
Nada pude ver más interesante que algunos de estos grupos familiares. Una mujer
con una o dos de sus hijas, por ejemplo, llegaban a menudo a nuestro rancho
montadas en el mismo caballo. Cabalgan como los hombres, pero llevan las
rodillas más arriba, acaso por estar acostumbradas a viajar en los caballos que
llevan la carga. Los deberes de la mujer india consisten en cargar y descargar
los caballos, levantar las tiendas por la noche; en una palabra, son esclavas
útiles, lo que sucede con todas las mujeres de los salvajes. Los hombres
guerrean, cazan, cuidan de los caballos, y fabrican los arreos. Una de sus dos
piedras
principales tareas caseras es la de golpea entre sí
para redondearlas, con el objeto de fabricar las boleadoras. Con esta
importante arma los indios van de cacería no sólo de los animales que utilizan
en su sustento, sino también de sus caballos, que corren las llanuras
libremente. En la pelea, lo primero que trata es de echar por tierra al caballo
de su oponente mediante el uso de las boleadoras, y cuando su adversario está
trabado por la caída, entonces trata de matarlo con el chuzo. Si las boleadoras
sólo llegan a sujetar el cuerpo o el cuello del animal, suele huir con ellas. y
el indio las pierde. Como la tarea de redondear las piedras toma un par de
días, su fabricación es una ocupación muy común. Varios de estos indios, tanto
hombres como mujeres, usaban el rostro pintado de rojo, pero no vi en ninguno
las franjas horizontales que acostumbran pintarse los fueguinos. Su mayor
orgullo es el de poseer toda clase de artículos de plata: vi un cacique que
usaba espuelas, estribos y freno de plata, y también un cuchillo con el mango
de este metal; la cabezada y las riendas eran de alambre de plata, y no más
gruesos que la tralla de un látigo. El hecho de ver un caballo tan brioso
obedeciendo las órdenes que su amo le trasmitía mediante unos arreos tan delicados,
era realmente un ejemplo de notable elegancia en materia de equitación.
El General Rosas insinuó que deseaba verme, cosa
que más adelante hizo que me sintiera sumamente complacido. Tiene una
extraordinaria personalidad y goza de una influencia notable en el país. Parece
probable que la ejercerá en pro de la prosperidad y el adelanto de su patria 2.
Se dice que posee setenta y cuatro leguas cuadradas de tierra y alrededor de
trescientas mil cabezas de ganado. Sus estancias son administradas
admirablemente y producen una cantidad mucho mayor de trigo. que las de otros
hacendados. Rosas se hizo famoso. en primer lugar, por las reglamentaciones que
dictó para sus propias estancias, y por haber impuesto una gran disciplina
sobre varios centenares de hombres, con el objeto de rechazar eficazmente los
ataques de los indios. Se cuentan muchas historias relativas a la rigidez con
que ponía en práctica sus disposiciones. Entre otras cosas, éstas prohibían
absolutamente a todo el mundo, so pena de ser puesto en el cepo, llevar
cuchillo los domingos.
___________________
2 Esta
profecía ha resultado ser completa y desgraciadamente equivocada, 1845.
Como era ese día cuando más se jugaba y se bebía,
se suscitaban infinidad de riñas, y por el hecho de que generalmente se peleaba
a cuchillo, los resultados eran con frecuencia fatales. Un domingo llegó el
Gobernador, con gran pompa, a visitar la estancia, y el General Rosas, apurado
por verle, salió a recibirle con el cuchillo en la cintura, como era su
costumbre. El mayordomo le tocó el brazo, recordándole las reglamentaciones, a
lo que Rosas, volviéndose al Gobernador, le manifestó que mucho lamentaba tener
que abandonar su compañía, pero debía ser puesto en el cepo y hasta que no le
soltaran, no tenía autoridad alguna, aun hallándose en su propia casa. Al rato,
convencieron al mayordomo de que abriera el cepo donde Rosas se encontraba,
dejándole en libertad, pero tan pronto como así lo hizo el General se encaró
con él diciéndole: Ahora es usted quien ha quebrantado los reglamentos, de modo
que deberá ocupar mi lugar en el cepo". Estas cosas encantaban a los
gauchos, que poseen un concepto muy elevado de su propia igualdad y dignidad.
El General es, además, un consumado jinete, lo que
representa una habilidad fundamental en un país donde una vez un ejército,
luego de haberse reunido, seleccionó el general que encabezaría sus tropas
mediante la realización de la siguiente competencia: se llevó una tropilla de
caballos indómito 3 un corral, y se les hizo pasar de a uno por una salida que
daba a campo abierto, sobre la cual había un travesaño; se había decidido
previamente que quienquiera se dejara caer desde el travesaño sobre uno de estos
animales cerriles, a su paso hacia la libertad, y fuera capaz sin usar silla ni
riendas no sólo de cabalgar en él sino de traerlo de vuelta a la puerta del
corral, sería elegido general. El hombre que venció en esta competencia fue en
efecto llevado a general, habiendo resultado el comandante adecuado para tal
ejército. Esta extraordinaria proeza fue también llevada a cabo por Rosas
Por medio de estos recursos, y haciendo suyas las
costumbres y la indumentaria de los gauchos. Rosas ha alcanzado una popularidad
sin límites en el país, y por lo tanto, una tiránica ascendencia. Me afirmó un
comerciante inglés que habiéndose arrestado a un hombre acusado de asesinato,
al preguntársele la causa de su acción contestó: "Habló mal del General
Rosas, y por eso lo maté". Una semana después el asesino estaba en
libertad. Seguramente fueron los partidarios del General quienes dispusieron
esto, y no él mismo.
Conversando con él, Rosas se muestra vehemente,
sensato, y extremadamente serio. Lleva su seriedad a límites desusados: una vez
escuché la anécdota siguiente de boca de uno de sus bufones (tiene dos de estos
histriones, como los barones de antaño: "Tenía muchos deseos de escuchar
una determinada pieza de música, de modo que me presenté ante el General dos o
tres veces para pedírselo. Me contestó que no le molestara, pues estaba
ocupado. Al ir nuevamente, me dijo que sí volvía, me castigaría. Por tercera
vez fui a verle, y echó a reír. Salí de su tienda como un rayo, pero ya era muy
tarde: les había ordenado a dos soldados que me detuvieran y me estacaran.
Rogué por todos los santos del cielo que me perdonara, pero no lo hizo: cuando
el General se ríe, no perdona a nadie, ya sea loco o cuerdo". El pobre
bufón todavía se estremecía de dolor al recordar el suplicio, Se trata de un
castigo muy severo: se clavan cuatro estacas en el suelo y se ata al condenado
de pies y manos, dejándolo que se estire allí, en posición horizontal, durante
varias horas, al encogerse las correas de cuero fresco con las que se la
sujetó. Evidentemente la idea proviene del método generalmente utilizado para
secar los cueros. Mi entrevista con Rosas terminó sin haberle visto sonreír, sin
embargo obtuve un pasaporte y una autorización para emplear las postas del
gobierno, todo lo cual me fue concedido del modo más amable y diligente.
A la mañana siguiente nos dirigimos hacia Bahía
Blanca, donde llegamos a los dos días. Al salir del campamento en sí
atravesamos las tolderías indias. Los toldos son redondos, con forma de horno,
y están recubiertos de cueros; a la entrada de cada uno
vi clavado
un afilado chuzo. Se dividían en grupos separados, que pertenecían a las tribus
de los diferentes caciques, y a su vez dichos grupos estaban divididos en otros
menos importantes, según el parentesco de sus dueños. Viajamos un largo trecho
siguiendo e1 valle del Colorado, las llanuras aluviales que lo bordean parecían
fértiles, y se supone que sean muy adecuadas para el cultivo de cereales.
Dejando atrás el valle del río, nos dirigimos hacia el norte y pronto llegarnos
a una tierra distinta de la llanura que halláramos al sur del Colorado. Era aún
seca y estéril, pero crecían en ella muchas clases diferentes de planta, y
abundaba la hierba, aunque todavía marchita y descolorida, en tanto que veíamos
menos arbustos y espinosos. Estos desaparecieron totalmente a medida que
avanzamos un poco, y pronto quedó la llanura sin siquiera un matorral para
esconder su desnudez. Este cambio en la vegetación señala que allí comienza el
enorme depósito de carácter calcáreo-arcilloso que constituye la amplia extensión
de las pampas, y cubre las rocas graníticas de la Banda Oriental. Desde el
estrecho de Magallanes fiesta el Colorado, distantes entre sí unas ochocientas
millas, el suelo es enteramente de cascajo; las piedrecillas que lo forman son
en especial de pórfido, y probablemente su origen está en las rocas de la
Cordillera. Pasando el Colorado en dirección al norte, la capa de cascajo se
adelgaza gradualmente, y los guijarros se hacen cada vez más y más pequeños, y
es aquí donde ter-mina la vegetación típica de la Patagonia.
Después de cabalgar por espacio de unas 25 millas
hallamos una ancha faja de dunas que abarca, de este a oeste, hasta donde la
vista puede alcanzar. Los médanos que cubren el suelo arcilloso posibilitan la
formación de charcos, ofreciendo así, en esta región tan seca, depósitos de
agua dulce de inapreciable valor. Las grandes ventajas que surgen de las
desigualdades e terreno no siempre provocan una suficiente impresión en nuestro
espíritu. Los dos insignificantes manantiales que encontramos en la larga travesía,
entre el Río Negro y el Colorado se originaban en pequeñísimas desigualdades en
la superficie de la llanura; sin ellas no habríamos hallado ni una gota de
agua.
La faja de dunas tiene unas ocho millas de ancho, y
en algún período geológico anterior es probable que formara el margen de un
gran estuario, situado donde hoy en día fluye el Colorado. En esta zona, donde
se evidencian las pruebas cabales de la reciente elevación del terreno, nadie
debería dejar de lado tales observaciones, aun cuando solamente se estuviera
considerando la geografía física del país. Luego de cruzar este trecho de
arena, llegamos al caer la noche a una de las casas de postas, y como vimos los
caballos de refresco pastando a la distancia, decidimos pasar allí la noche.
La casa estaba ubicada en la base de una elevación
de entre cien y doscientos pies de altura, que resultaba un detalle muy
particular en esta región tan plana. Esta posta estaba al mando de un teniente
de raza negra, nacido en Africa: puede decirse en su honor que no había. entre
el Colorado y Buenos Aires, un rancho tan pulcramente ordenado como el suyo.
Tenía un pequeño cuarto de huéspedes y un corral para los caballos, todo
construido de postes y juncos; además, había cavado un foso que rodeaba la
casa, a modo de defensa en el caso que fuera atacada. Sin embargo, de poco
habría servido esto en tal contingencia, pero de todos modos lo que en él más
alertaba parecía ser su intención de vender bien cara su vida. Hacía muy poco
una banda de indios había pasado de largo muy cerca, durante la noche; si
hubieran sabido de la existencia de la posta, nuestro amigo de color y sus
cuatro soldados habrían hallado su fin, seguramente. Jamás me encontré, en
ninguna parte, con un hombre de mejor educación ni más obsequioso que este
negro, siendo por esto más penoso todavía el hecho de que se hubiera negado 3
compartir nuestra masa.
A la mañana nos hicimos alistar los caballos muy
temprano, y emprendimos viaje nuevamente en un estimulante galope. Dejamos
atrás la Cabeza del Buey, antiguo nombre de la cabecera de una gran ciénaga que
llega hasta Bahía Blanca. Aquí cambiamos los caballos y recorrimos varias
leguas de pantanos y ciénagas salinas. Después de cambiar cabalgaduras por
última vez, continuamos atra-vesando la zona pantanosa, donde mi caballo cayó y
dio conmigo por tierra quedándome empapado de aquel barro negro; ciertamente que
un accidente muy desagradable sobre todo al no tener a mano una muda de ropa.
Cuando estábamos a pocas millas del fuerte vimos a un hombre que nos dijo que
había oído el disparo de un cañón de gran calibre, lo que habitualmente se
interpreta como señal de que se aproximan los indios. De inmediato, por
supuesto, abandonamos el camino y avanzamos bordeando un pantano, que es la
mejor manera de escapar si uno se ve perseguido. Fue para nosotros un alivio
vernos dentro de las murallas, aunque supimos entonces que la alarma había sido
injustificada, ya que los indios del caso resultaron ser amigos, que deseaban
aliarse con el General Rosas.
Bahía Blanca casi no merece ser llamada
"pueblo"; sólo consta de unas pocas casas y de los barracones donde
habitan las tropas, todo encerrado por un profundo foso y una muralla
fortificada. Fue establecida hace muy poco (en 1828), y su desarrollo ha estado
marcado por continuos tropiezos. La región colonizada fue ocupada injustamente
por el gobierno de Buenos Aires, bajo el uso de la fuerza, en vez de adoptar el
juicioso ejemplo de los virreyes españoles, que compraron a los indios las
tierras que rodean la zona colonizada, más antigua, de Río Negro. A eso se debe
la necesidad de levantar fortificaciones, así como la escasez de casas
edificadas y de tierras cultivadas en extramuros: ni aun el ganado está seguro
de los ataques de los indios pasando los límites de la planicie donde fue
levantada la fortaleza
Dado que el lugar donde el Beagle echaría anclas en
el puerto distaba unas veinticinco millas, solicité al Comandante de Bahía
Blanca un guía y caballos para que me acompañaran a ver si ya había llegado. Al
dejar atrás la llanura de verde hierba paralela al curso de un arroyo, pronto
llegamos a una planicie yerma, donde sólo había arena, pantanos salados o
simplemente barro. En ciertos puntos vimos matorrales bajos y en otros las
plantas carnosas que solamente se desarrollan donde abunda la sal. A pesar de ser
una región tan inhóspita, abundaban los avestruces, ciervos, agutís y
armadillos. Mi guía me contó que hacía dos meses había escapado de la muerte en
forma casi milagrosa. Se hallaba de caza con dos amigos en las cercanías cuando
los sorprendió una banda de indios que los persiguieron. Pronto los alcanzaron,
y dieron muerte a sus dos acompañantes. Los indios llegaron a trabarle las
patas de su caballo con las boleadoras, pero él desmontó rápidamente y con su
cuchillo cortó las ligaduras, mientras trataba de guarecerse del ataque de los
indios dando vueltas alrededor del caballo, pese a lo cual alcanzaron a
inferirle dos serias heridas con los chuzos. Por fortuna logró montar de nuevo,
y mediante un esfuerzo sobrehumano pudo mantenerse apenas fuera del alcance. de
las lanzas de los indios, que no cejaron en la persecución hasta hallarse a la
vista del fuerte. Desde ese momento, se emitieron órdenes de que nadie debía
aventurarse lejos de la población. Yo no sabía nada de esto cuando salimos de
Bahía Blanca, y me sorprendió mucho al ver con qué atención observó mi guía a
un ciervo que parecía asustado por alguna razón desconocida y distante de
nosotros.

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