© Libro N° 13813. El 23 De
Julio En Valparaíso. Darwin, Charles. Emancipación.
Mayo 10 de 2025
Título Original: © El 23 De Julio En Valparaíso. Charles Darwin
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Original: © El 23 De Julio En
Valparaíso. Charles Darwin
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EN VALPARAÍSO
Charles Darwin
El 23 De
Julio
En Valparaíso
Charles Darwin
EL 23 DE
JULIO
EN VALPARAÍSO
CHARLES DARWIN
EL 23 DE JULIO EN VALPARAISO
CHARLES DARWIN
Durante la noche el Beagle echa el ancla en la
bahía de Valparaíso, principal puerto de Chile. Al amanecer nos encontramos en
cubierta. Acabamos de abandonar Tierra del Fuego; ¡qué cambio!, ¡qué delicioso
nos parece todo esto aquí: tan transpa-rente es la atmósfera, tan puro y azul
es el cielo, tanto brilla el sol, tanta vida parece rebosar la natu-raleza!
Desde el lugar en que hemos anclado, la vista es preciosa. la ciudad se alza al
pie de una cadona de colinas bastante escarpadas y que tienen cerca de 1,600
pies (480 metros) de altitud. Debido a esa si-tuación, Valparaíso no es sino
una larga calle para-lela a la costa: pero cada vez que un barranco abre el
flanco de las montañas, las casas se amontonan a uno y otro lado. Una
vegetación muy escasa cubre esas colinas redondeadas y los lados rojo vivo de
los numerosos barranquillos que las separan brillan al sol. El color del
terreno, las casas bajas blanqueadas con cal y cubiertas de tejas, me
recordaban mucho a Santa Cruz de Tenerife. Hacia el nordeste hay una vista
espléndida de los Andes, pero desde lo alto de las colinas vecinas se les ve
mucho mejor; se puede apreciar la gran distancia a que se hallan situados y el
panorama es magnífico. El volcán Aconcagua ofrece un aspecto particularmente
imponente. Esa inmensa masa irregular alcanza una altitud más con-siderable que
el Chimborazo, porque, según las triangulaciones hechas por los oficiales del
Beagle, llegan a una altitud de 23.000 pies (6.900 metros). Sin embargo, vista
desde donde nos hallamos, la Cordillera debe una gran parte de su belleza a la
at-mósfera a través de la que se divisa. ¡Qué admirable espectáculo el de esas
montañas que se destacan sobre el azul del cielo y cuyos colores revisten los
más vivos matices en el momento en que el sol se pone en el Pacífico.
Me siento dichoso al reencontrarme con mister
Richard Corfield, que vive actualmente en Valparaí-so y fue uno de mis antiguos
camaradas de pensión. Gracias a su cortesía y a su cordial hospitalidad, mi
permanencia en Chile durante todo el tiempo que allí estuvo el Beagle fue un
verdadero placer. Los inmediatos alrededores de Valparaíso ofrecen poco interés
al naturalista. Durante el largo estío, el viento sopla regularmente del sur y
un poco terral, de tal forma que no llueve nunca, durante los tres meses de
invierno, por el contrario, las lluvias son bastante abundantes. Esas largas
sequías tienen una gran influencia sobre la vegetación, que es muy es-casa, no
hay árboles sino en los valles profundos, y en las partes más escarpadas de la
colina sólo se ven unos pobres matorrales y algunas hierbas. Cuando se piensa
que solamente a 350 millas (563 kilóme-tros) más al sur toda esa parte de los
Andes queda oculta por una impenetrable selva, no puede menos de sentirse un
profundo asombro. Doy largos pa-seos por los alrededores de la ciudad, buscando
ob-jetos interesantes desde el punto de vista de la historia natural. ¡Qué
admirable país para recorrerlo a pie! ¡Qué espléndida flores! Como en todos los
países secos, hasta los zarzales son especialmente olorosos; nada más que de
atravesarlos queda el traje perfumado. Yo no cesaba de extasiarme cada día
viendo que hacía mejor tiempo que la víspera. ¡Qué enorme diferencia aporta un
hermoso clima en la felicidad de la vida! ¡Qué contrarias son las sensaciones
que se experimentan a la vista de una cadena de montañas negras semienvueltas
en nubes y vien-do otra cadena sumida en la pura atmósfera de un bello día! El
primer espectáculo, durante algún tiempo, puede parecernos grandioso y sublime;
el segundo encanta y parecernos gran despierta en no-sotros impresiones llenas
de alegría y de dicha.
Excursión al pie de los Andes. Tierra vegetal que
es de for-mación marina (14 de agosto)
Parto para realizar una excursión a caballo;
estu-diaré la geología de la base de los Andes, única parte de las montañas
invernales. Durante todo el día nos dirigimos hacia el norte siguiendo la
orilla del mar. Llegamos muy tarde a la hacienda de Quintero, propiedad que
hace tiempo perteneció a lord Cochrane. Mi objeto al dirigirme allí era visitar
las grandes capas de conchas situadas a algunos metros sobre el nivel del mar y
que hoy son quemadas para convertirlas en cal. Evidentemente toda esta línea de
costas ha sido levantada. Se encuentra una gran cantidad de conchas al parecer
muy antiguas, a una altura de algunos centenares de pies; he hallado cierto
número de ellas hasta a 1.300 pies de alturas. Esas conchas están diseminadas
aquí y allá en la superficie, o se hallan hundidas en un capa de tierra vegetal
negra rojiza. Analizando esa tierra al micros-copio, me sorprendí en gran
manera al ver que es de formación marina y está llena de una multitud de
partículas de cuerpos orgánicos.
El valle de Quillota, Estructura del país (15 de
agosto)
Nos dirigimos hacia el valle de Ouillota. El país
es muy agradable; los poetas, sin duda alguna, le aplicarían el calificativo de
pastoral; grandes prados verdes están separados por pequeños valles donde
corren arroyuelos; aquí y allá, en las laderas de las colinas, chozas de
pastores. Nos vemos obligados a atravesar la cresta de Chilicauquen. En su base
ha-llamos magníficos árboles siempre verdes, pero no crecen sino en los
barrancos donde hay siempre agua corriente. El que no haya visto los inmediatos
alrededores de Valparaíso no podrá creer que exis-tan lugares tan pintorescos
en Chile. Cuando llega-mos a la cumbre de la sierra, vemos abrirse a nues-tros
pies el Quillota. la vista es admirable. Ese valle es amplio y llano; así las
irrigaciones pueden hacerse en cualquier parte de él. los pequeños huertos en
que está dividido se encuentran llenos de naranjos, de olivos y de legumbres de
toda clase. De cada la-do se elevan inmensas montañas desnudas, en con-traste
con los bellos cultivos del valle. El que dio a Valparaíso su nombre (Valle del
Paraíso) debía acordarse en aquellos momentos de Quillota. Atra-vesamos este
valle para dirigirnos a la hacienda "San Isidro", que está al pie
mismo de la montaña de la Campana.
Como puede verse en los mapas, Chile es una
estrecha faja de tierra situada entre la Cordillera y el Pacífico. Esta faja
está atravesada, además, por nu-merosas cadenas de montañas que, en parte, son
paralelas a la cadena principal. Entre esas cadenas exteriores y la Cordillera
se encuentra una serie de hoyas llanas, que en general comunican unas con otras
por estrechos pasos y se extienden muy lejos hacia el sur. En esas hoyas es
donde se hallan situa-das las principales ciudades: San Felipe, Santiago, San
Fernando. Esas hoyas, o esas llanuras, si se pre-fiere (como el de Qulilota)
que los unen a la costa son, estoy convencido de ello, el fondo de antiguas
bahías semejantes a las que hoy día recortan tan profundamente todas las partes
de Tierra del Fuego y de la costa occidental más al sur. Chile en otra época,
debió de parecerse a este último país por la distribución de la tierra y de las
aguas. De vez en cuando, esa semejanza se evidencia, sobre todo cuando una
niebla espesa recubre como una capa todas las partes inferiores del país, los
blancos vapo-res que ruedan por los barrancos representan, hasta causar
asombro, otra tantas bahías y abras peque-ñas, mientras que aquí y allá una
solitaria colina que surge de la niebla semeja a una antigua Isla. El con-traste
de esos valles y hoyas llanas con las irregulares montañas que les rodean da al
paisaje un carácter que no he visto hasta ahora en otra parte y que me interesa
en gran manera.
Esas llanuras se Inclinan hacía la costa
natural-mente; por lo que están muy bien regadas y son en consecuencia muy
fértiles. Sin esa irrigación la tierra no producirla casi nada; porque, durante
todo el verano, ninguna nube empaña la pureza del cielo. Aquí y allá, en las
montañas y colinas, se encuentran algunos árboles achaparrados; pero, fuera de
eso casi no hay vegetación. Cada propietario del valle posee una cierta parte
de colina donde las cabezas de ganado semisalvajes logran sin embargo subsistir,
por mayor que sea su número. Una vez por año se lleva a cabo lo que se llama un
gran rodeo; se hace que descienda todo el ganado al valle, se cuentan las cabezas,
se marcan y se separan algunas, que se en-gordan en praderas de regadío. En
esos valles se cultiva mucho trigo y maíz; pero, el principal ali-mento de los
campesinos es una especie de haba. Los vergeles producen melocotones, higos y
uvas en abundancia. Con todas esas ventajas, los habi-tantes del país debieran
disfrutar de más prosperi-dad de la que realmente disfrutan.
Ascensión al monte Campana. Palmeras a 1.350
me-tros de altitud (16 de agosto)
El mayordomo de la hacienda es tan amable como para
facilitarme un guía y caballos reposados y partimos de madrugada con el objeto
de efectuar la ascensión a la Campana, montaña que alcanza una altitud de 6.400
pies (1.920 metros). Los cami-nos son horribles, pero las particularidades
geológi-cas y el espléndido paisaje que a cada instante descubrimos compensan
nuestras fatigas. Al atarde-cer alcanzamos una fuente denominada del Gua-naco,
situada a gran altura. El nombre de esa fuente debe de ser muy antiguo, porque
hace muchos años que ni un solo guanaco ha ido a quitarse la sed en aquellas
aguas. Durante la ascensión observo que sobre la vertiente septentrional no
crecen sino zar-zas, mientras que la vertiente meridional está cu-bierta de un
bambú que llega a alcanzar hasta 15 pies de altura. ¡En ciertos lugares se
encuentran palmeras y quedo muy asombrado al hallar una de ellas a 4.500 pies
de altitud (1.350 metros). Con rela-ción a la familia a la que pertenecen, esas
palmeras son árboles deslucidos. Su tronco, muy grueso, tiene una forma muy
curiosa: es más grueso hacia el cen-tro que en la base y la copa. En algunas
partes de Chile se las encuentra en número considerable y son muy preciosas por
una especie de melaza que se saca de su savia. En una propiedad cerca de
Petorca se trató de contarlas, pero se renunció a ello luego de haber llegado a
la cifra de muchos centenares de miles. Todos los años al comenzar la
primavera, en el mes de agosto, se corta una gran cantidad, y cuando ya el
tronco está en el suelo, se le quitan las hojas que lo coronan. Así empieza a
fluir la savia por el extremo superior y fluye durante meses ente-ros, pero a
condición de que cada mañana se corte una roncha del tronco, de modo que quede
ex-puesta al aire una nueva superficie.
Un buen árbol de esos llega a producir 90 galo-nes
(410 litros) ; el tronco de la palmera, que aparenta ser tan seco, debe, pues,
contener evidente-mente esa cantidad de savia. Según dicen, la savia fluye con
mayor rapidez cuando más calienta el sol. También dicen que hay que tener gran
cuidado, al cortar el árbol, de hacerlo caer en forma que la copa quede más
alta que la base, porque, en caso contra-río, la savia no fluye; siendo que lo
normal sería que, en este último caso, la gravitación ayudase a la salida de la
savia. Esta se concentra al hacerla hervir, y entonces se le da el nombre de
melaza, substancia a la que se parece en el sabor.
Detenemos nuestro caballos cerca de la fuente y nos
preparamos para pasar la noche. La velada es admirable, la atmósfera está tan
clara que podemos distinguir como pequeñas rayas negras los mástiles de los
navíos anclados en la bahía de Valparaíso, a pesar de que nos hallamos alejados
26 millas geo-gráficas, por lo menos.
Un buque que doble la punta de la bahía con todas
las velas desplegadas se nos aparece como un brillante punto blanco. Anson se
asombra mucho, en su Viaje que se puedan ver los navíos a tan gran distancia de
la costa; pero él no tenía en cuenta lo bastante la altitud de las tierras y la
gran transparen-cia del aire.
La puesta del sol es admirable; los valles están
sumidos en la oscuridad, mientras que los picos de los Andes, recubiertos de
nieve, se coloran de tintes rosados, Cuando se hace completamente de noche,
encendemos nuestro fuego debajo de una pequeña glorieta de bambúes. Asamos
nuestro charqui (trozo desecado de buey), tomamos nuestro mate y des-pués de
eso nos sentimos realmente a gusto. Hay un encanto inexplicable en vivir así a
pleno aire. La ve-lada transcurre en perfecta calma; sólo se oye de vez en cuando
el agudo grito de la vizcacha de las montañas o la nota quejumbrosa del
chotacabras. Fuera de esos animales, pocas aves y hasta escasos insectos
frecuentan estas montañas secas y áridas.
En la cima del monte Campana. Bloques dé asperón
hendi-dos y rotos. Aspecto de los Andes (17 de agosto)
Escalarnos los enormes bloques de asperón que
coronan la cima de la montaña. Como sucede con frecuencia, esos peñascos están
hendidos y rotos en fragmentos angulosos considerables. Sin embargo, observo
una circunstancia muy notable: que en las superficies de hendimiento se
observan todos los grados de frescura; se hubiera dicho que algunos de los
bloques habíanse roto la víspera; otros, por el contrario, mostraban líquenes
todavía tiernos y en otros crecían musgos muy antiguos. Me hallaba tan
completamente seguro de que tales fracturas provenían de numerosos terremotos
que, a mi pesar, me alejaba de todos aquellos bloques que no me pare-cían
suficientemente sólidos. Por otra parte, es fácil equivocarse respecto a un
hecho de tal naturaleza y no me convencí de mi equivocación hasta después de
haber efectuado la ascensión al monte Welling-ton, en la Tierra de Van Diemen,
donde nunca ha habido terremotos. Los bloques que forman la cima de esta última
montaña están asimismo divididos, pero, allí, se diría que las fracturas se han
producido hace millares de años.
Pasamos el día en la cumbre de la montaña, y jamás
el tiempo me pareció tan corto. Chile, limita-do por los Andes y por el océano
Pacífico, se ex-tiende a nuestros pies como un vasto plano. ¡El espectáculo en
sí mismo es admirable, pero el placer que se experimenta aumenta aún con las
numerosas reflexiones que surgen a la vista de la Campana y de las cadenas
paralelas, así como del amplio valle del Quillota que la corta en ángulo recto.
¿Quién puede dejar de asombrarse al pensar en la potencia que ha levantado esas
montañas y, más aun en los innume-rables siglos que han sido necesarios para
levantar, para allanar partes tan considerables de esas colosa-les masas? En
este caso conviene acordarse de las inmensas capas de guijarros y sedimentos de
la Pa-tagonia, capaz que aumentarían en muchos miles de pies la altitud de las
cordilleras si se amontonaran encima de éstas. Mientras estuve en la Patagonia,
me asombraba de que pudiera existir una cadena de montañas tan colosal como
para producir se-mejantes masas sin desaparecer por completo. En este caso
particular no hay que dejarse llevar del asombro contrario y dudar de que el
tiempo todo-poderoso no llegue a cambiar en guijarros y lodo las mismas
gigantescas Cordilleras.
Los Andes me ofrecen un aspecto completa-mente
diferente del que yo esperaba. El límite infe-rior de las nieves es horizontal,
entiéndase bien, y las cumbres iguales de la cadena se muestran para-lelas
hasta esa línea. Tan sólo a largos intervalos un grupo de puntas o un solo cono
señala el emplaza-miento de un antiguo cráter o de un volcán en acti-vidad. La
cadena de los Andes parece un inmenso muro del que sobresale de tanto en tanto
una torre; ese muro limita admirablemente el país.
Hacia donde se mire, se ven las bocas de las mi-nas.
La fiebre de las minas de oro es tal en Chile, que han sido exploradas todas
las partes del país.
La velada transcurre la víspera, conversando junto
al fuego con mis dos compañeros. los guasos de Chile corresponden a los gauchos
de las Pampas, pero son seres por completo diferentes. Chile está más
civilizado, y sus habitantes han perdido mucho de su carácter individual. Las
diferencias de rango están aquí mucho más acentuadas; el guaso no con-sidera a
todos los hombres como sus iguales y me he sorprendido mucho al ver que mis
compañeros no gustaban de hacer sus. comidas al mismo tiempo que yo. Ese sentimiento
de desigualdad es conse-cuencia inmanente de la existencia de una aristocra-cia
de fortuna. Se comenta que hay aquí algunos grandes propietarios que tienen de
cinco a diez mil libras esterlinas de renta anual. Esta desigualdad de fortuna,
creo que no se encuentra en los países en que se cría ganado al este de los
Andes. El viajero no encuentra aquí esa hospitalidad sin límites que rechaza
todo pago y que se brinda tan cortésmente que puede ser aceptada sin
escrúpulos. En casi to-das partes de Chile, se os recibe por la noche, pero con
la esperanza de que algo entregaréis al partir al otro día y aún un hombre rico
acepta sin reparos dos o tres chelines. El gaucho, en toda circunstan-cia, es
un gentleman; el guaso, preferible bajo algu-nos aspectos, nunca deja de ser un
hombre trabajador, pero vulgar. Aunque esas dos clases de hombres tengan más o
menos las mismas ocupa-ciones, sus costumbres, como su traje, son diferen-tes
las particularidades que les distinguen son, por otra parte, universales en los
dos países respectivos. El gaucho parece formar un solo cuerpo con su ca-ballo,
y se avergonzaría de ocuparse en cualquier tarea, en la que su cabalgadura no
tomase parte; al guaso puede contratársele para trabajar los campos. El primero
se alimenta sólo de carne; el segundo casi exclusivamente de legumbres. Ya no
se ven aquí las botas blancas, los amplios pantalones, el chiripá escarlata,
que constituyen el pintoresco traje de las Pampas; en Chile se usan polainas de
lana verde o negra para proteger los pantalones comu-nes. Sin embargo, el
poncho es común en los dos países. El guaso pone todo su orgullo en las
espue-las, que son exageradamente grandes. He visto es-puelas cuya estrella
tenía 6 pulgadas de diámetro y estaba provista de treinta puntas. Los estribos
llegan a proporciones parecidas; cada uno de ellos consiste en un tarugo
cuadrado de madera, vaciado y escul-pido, que pesa, por lo menos, de tres a
cuatro libras. El guaso usa el lazo quizá mejor aun que el gaucho, pero la
naturaleza de su país es tal que desconoce las boleadoras.
Las minas de cobre en Jajuel. Interesante aspecto
de la geolo-gía del país (18 de agosto)
Descendiendo por la montaña atravesamos al-gunos
encantadores lugares donde encontramos arroyuelos y árboles magníficos. Paso la
noche en la hacienda donde ya durmiera antes. Después, du-rante dos días,
remonto el valle; atravieso Quillota, que es una sucesión de vergeles más que
una ciudad. Esos vergeles son, admirables, se ven por todas partes
melocotoneros en flor. También hay palme-ras datileras en uno o dos lugares;
son árboles mag-níficos y su efecto debe de ser soberbio cuando se las puede
ver agrupadas en los desiertos de Asia o de Africa. Atravieso San Felipe, linda
y pequeña ciudad que se parece a Ouillota. El valle forma aquí una de sus
grandes bahías o llanuras que llegan hasta el pie de la Cordillera; ya he
hablado de esas llanuras como de uno de los rasgos típicos del paisaje de
Chile. Llegamos por la noche a las de Jajuel, situadas en un barranco, en el
flanco de una gran cadena; allí permanezco cinco días. Mi huésped,
su-perintendente de la mina, es un minero de Cornuai-lles, muy astuto, pero muy
ignorante. Está casado con una española y no quiere regresar a Inglaterra,
aunque no deja de admirar por encima de todo las minas de su país natal. Entre
otras cosas, me pre-gunta: Ahora que Jorge Rex está muerto, ¿podría usted
decirme cuántos miembros quedan aún de tal familia?" Ese Rex es con
seguridad pariente del gran autor Finís que ha firmado todos los libros ...
Las minas de Jajuel son minas de cobre, y se en-vía
todo el mineral a Swansea para su fundición. Esas minas tienen un aspecto
singularmente tran-quilo cuando se las compara con las de Inglaterra. No hay en
ellas ni humo, ni altos hornos, ni máqui-nas de vapor que perturben la soledad
de las mon-tañas de alrededor. El Gobierno chileno, o más bien la antigua ley
española todavía en vigor, impulsa en todas formas la búsqueda de minas.
Mediante un derecho de cinco chelines, quien descubre una mina tiene licencia
para explotarla, cualquiera que sea el lugar en que la mina se encuentre. Antes
de pagar ese derecho, puede continuar sus búsquedas durante veinte días, aunque
sea en el jardín o huerto del ve-cino.
Se sabe que, actualmente, el método empleado en
Chile para explotar las minas es con mucho el menor dispendioso. Mi huésped me
cuenta que los extranjeros han introducido en el país dos mejoras principales:
primera, la reducción, por medio de una tostadura, de las piritas de cobre que
constituyen el mineral más común de Cornuailles, y por eso los mineros ingleses
se asombraron al ver que aquí se rechazaban como si no tuvieran ningún valor;
se-gunda, la división y lavado de las escorias pro-venientes de las antiguas
hogueras, lo que permite recobrar una gran cantidad de partículas de metal.
Vimos recuas de mulas conduciendo a la costa un cargamento de esas escorias
destinadas a la exporta-ción a Inglaterra. Paro el primer caso es el más
cu-rioso. Los mineros chilenos estaban tan convencidos de que las piritas de
cobre no conte-nían un átomo de metal, que se burlaban de la igno-rancia de los
ingleses. Estos, a su vez, no dejaban de burlarse de los chilenos y adquirieron
las vetas más ricas de mineral por algunos dólares.
Es muy curioso que en un país en donde se ex-plotar
las minas desde hace tanto tiempo no se haya descubierto jamás un procedimiento
sencillo como el de la tostadura para desprender el azufre antes de la
fundición. Se han introducido también algunas mejoras en las máquinas más
simples; ¡pero todavía hoy (1834) se agota el agua de algunas minas, trans-portándola
en odres de cuero a hombro de los peo-nes!
Los mineros trabajan mucho. Se les da muy po-co
tiempo para sus comidas, y, en invierno y en ve-rano, comienzan el trabajo con
el alba y no cesan sino al llegar la noche. Reciben 20 chelines por mes, además
de la comida. Para desayunar se les dan die-ciséis higos y dos trocitos de pan;
para comer, habas cocidas con agua, y para cenar, trigo machacado y tostado.
Habitualmente no comen carne, porque con sus 12 libras anuales deben vestirse y
alimentar a su familia. Los mineros que trabajan en el interior de la mina
reciben 25 chelines por mes y se les da, además, un poco de charqui, pero esos
hombres no abandonan el triste escenario de su trabajo sino una vez cada quince
días o cada tres semana.
¡Qué placer experimenté, mientras permanecí en
Jajuel, escalando esas inmensas montañas! La geolo-gía del país es muy
interesante, según se compren-derá fácilmente. Las rocas quebradas sometidas a
la acción del fuego, atravesadas por gran cantidad de vetas de diorita, prueban
qué formidables conmo-ciones se produjeron en otros tiempos. El paisaje se
parece mucho al que puede verse cerca de la Cam-pana de Quillota: montañas
secas, áridas, recubiertas acá y allá por arbustos de raro follaje. Sin
embargo, hay aquí un gran número de cactos o más bien Opuntias. Medí una que
semejaba una esfera y que, comprendidas las espinas, medía seis pies y cuatro
pulgadas de circunferencia. La altura de la especie común, ramosa, es de 12 a
15 pies y la circunferen-cia de las ramas, incluyendo las espinas, entre 3 y 4
pies.
Una considerable nevada en las montañas no me
permite durante los dos últimos días de mi estancia allí, efectuar algunas
interesantes excursiones. Trato de llegar hasta un lago que los habitantes del
país consideran como un brazo de mar, ignoro por qué motivo. Durante una
terrible sequía se propuso abrir un canal para llevar hasta la llanura el agua
de ese lago; pero el Padre, después de una larga con-sulta, declaró que la cosa
era muy peligrosa, porque todo Chile quedaría inundado si, como general-mente
se suponía, comunicaba el lago con el Pacífi-co. Subimos a una gran altura,
pero nos perdimos en las nieves y no pudimos alcanzar tan asombroso lago
tuvimos que retroceder en nuestro camino, mas no sin dificultades. Por un
momento creí que perdíamos nuestros caballos, porque no disponía-mos de ningún
medio para juzgar el espesor de la capa de nieve, y los pobres animales sólo
podían avanzar a saltos. A juzgar por el cielo cargado de nubes, una nueva
tempestad de nieve se avecinaba. No dejamos de experimentar una gran
satisfacción cuando Llegamos a la casa de mi huésped. Apenas llegados, la
tempestad se desencadenó con toda su violencia, y fue una suerte para nosotros
que no empezara tres horas antes.
El Aconcagua (26 de agosto)
Abandonamos Jajuel y cruzamos por segunda vez la
hoya de San Felipe. Hace un tiempo admira-ble y la atmósfera tiene gran pureza.
La espesa capa de nieve que acaba de caer hace que resalten admi-rablemente las
formas del Aconcagua y de la cadena principal; el espectáculo es imponente. En
la actua-lidad nos dirigimos hacia Santiago, capital de Chile. Atravesamos el
cerro de Talguén y permanecemos durante la noche en un pequeño rancho. Nuestro huésped
es más que humilde cuando compara Chile con otros países: "Algunos ven con
los dos ojos, otros con uno; yo creo que Chile no ve con ninguno de los
dos".
Santiago (27 de agosto)
Luego de haber atravesado muchas colinas poco
elevadas, descendemos a la pequeña llanura de Guitrón, rodeada de colinas por
todas partes. En hoyas tales como está, situadas de 1.009 a 2.000 pies sobre el
nivel del mar, crecen en gran cantidad dos especies de acacia de formas
achaparradas, que es-tán muy espaciadas tinas de otras. Jamás se encuen-tran
esos árboles cerca de la costa, siendo esta otra característica que agregar a
los que ofrecen esas ho-yas. Cruzamos una pequeña cadena de colinas que separa
Guitrón de la gran llanura en que se en-cuentra Santiago. Desde lo alto de esta
cadena, la vista es magnífica: una llanura perfectamente plana, cubierta en
parte por bosques de acacias. A lo lejos, la ciudad adosándose a la base de los
Andes, cuyos picos cubiertos de nieve reflejan todos los matices de sal
poniente. En seguida se reconoce que esa lla-nura representa un antiguo mar
interior. Cuando llegamos a la llanura ponemos al galope nuestras monturas y
llegamos a Santiago antes de que sea completamente de noche.
En esta ciudad pasé una semana muy agradable,
ocupando mis mañanas en visitar diversos lugares de la llanura. Por la noche
cenaba con muchos ne-gociantes ingleses, cuya hospitalidad es bien conoci-da.
Un placer continuo es el trepar a la colina de Santa Lucía, que se encuentra en
el centro mismo de la ciudad. Desde allí, la vista es muy bonita y, como ya
dije, muy peculiar. Me dicen que ese ca-rácter es común a las ciudades
construidas en las grandes plataformas de México. No hablaré de la ciudad en
detalle: no es ni tan bella ni tan grande como Buenos Aires, aunque construida
bajo el mismo plan. He llegado a ella realizando un largo circuito hacia el
Norte, y decido regresar a Valparaí-so efectuando una excursión mas
considerable aún, pero esta vez por el Sur de la ruta directa.
Puente colgante de pieles (5 de septiembre)
A eso del mediodía llegamos a uno de los puentes
colgantes hechos con pieles, puentes que cruzan el río Maipú, de caudalosa
corriente rápida, que discurre a algunas leguas al sur de Santiago. ¡Triste
cosa son esos puentes! El tablero o piso, que se presta a todos los movimientos
de las cuerdas que lo sostienen, consta de trozos de maderas colo-cados unos al
lado de los otros. A cada instante en-contramos boquetes y con el peso de un
hombre que conduzca su caballo por la brida, todo el puente oscila de un modo
terrible. Al atardecer llegamos a una hacienda confortable y nos encontramos en
presencia de muchas y muy lindas señoritas. Por simple curiosidad, entro en una
de sus iglesias, lo cual las escandaliza mucho. Luego me preguntan: "¿Por
qué no se hace usted cristiano, ya que nuestra religión es la única
verdadera?" Les contesto que también soy cristiano aunque no lo sea de
igual ma-nera que ellas, pero no me creen. Vuestros sacer-dotes, hasta vuestros
obispos, ¿es cierto que se casan?", agregan. ¡Casarse un obispo! Esto es
lo que les choca más y no saben si reír o escandalizarse de tal enormidad.

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