© Libro N° 13792. Cultura Y
Democracia. Chaui,
Marilena. Emancipación. Mayo 3 de 2025
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Chaui
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Marilena Chaui
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Miranda
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Marilena Chaui
Cultura Y
Democracia
Marilena Chaui
Cultura y
democracia
Por Marilena Chaui *
CUADERNOS DEL
PENSAMIENTO CRÍTICO LATINOAMERICANO
Julio 2008. Numero
153
I.
Proveniente del
verbo latino colere, en su origen cultura signifi-ca cultivo,
cuidado. Era el cultivo y el cuidado de la tierra (agri-cultura); de los niños
(puericultura); y de los dioses y lo sagrado (culto). Como cultivo, la cultura
era una acción que conduce a la realización de las potencialidades de algo o de
alguien, era hacer brotar, florecer y beneficiar.
En la historia de
Occidente, este sentido se fue perdiendo hasta que, en el siglo XVIII, con la
Filosofía de la Ilustración, la pala-bra cultura resurge, pero se convierte en
sinónimo de civiliza-ción. Sabemos que civilización deriva de la idea de vida civil,
de vida política y de régimen político. Con el Iluminismo, es el patrón o el
criterio que mide el grado de civilización de una so-ciedad. Así, la cultura
pasa a ser un conjunto de prácticas que permite valorizar y jerarquizar los
regímenes políticos, según un criterio de evolución. En el concepto de cultura
se introduce la idea de tiempo, pero continuo, lineal y evolutivo, de tal modo
* Profesora de
Filosofia de la Universidad de São Paulo (USP). Autora de numerosas
publicaciones, entre otras: Cultura e d emocracia. O discurso
competente e outras falas (2007. 11va. edición); Simulacro e
poder. Uma análise da mídia (2006. 1ra. edición) y Cidadania
cultural. O direito à cul-tura (2006).
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que, cultura se
convierte en sinónimo de progreso. Se valora el progreso de una civilización
por su cultura y se valora la cultura por el progreso que trae a una
civilización.
En el siglo XIX, la
idea de cultura sufre una mutación decisiva porque es elaborada como la
diferencia entre naturaleza e histo-ria. Es la ruptura de la adhesión inmediata
a la naturaleza, ad-hesión propia de los animales, e inaugura el mundo humano
propiamente dicho. El orden humano es el orden simbólico, esto es, la capacidad
humana para relacionarse con lo ausente y con lo posible por medio del lenguaje
y del trabajo. La dimensión humana de la cultura es un movimiento de
trascendencia, que coloca a la existencia como poder para superar una situación
dada gracias a una acción dirigida a aquello que está ausente. Por eso mismo, y
solamente en esa dimensión, es que se podrá hablar de historia propiamente
dicha.
Es esa concepción
extendida de la cultura la que será incorpora-da a partir de la segunda mitad
del siglo XX por los antropólo-gos europeos. Sea por tener una formación marxi
sta, sea por tener un profundo sentimiento de culpa, buscarán deshacer la ideología
etnocéntrica e imperialista de la cultura, inaugurando la antropología social y
la antropología política, en las cuales cada cultura expresa, de manera
históricamente determinada y materialmente determinada, el orden humano
simbólico con una individualidad propia o una estructura propia. A partir de
enton-ces, el término cultura pasa a tener un alcance que no poseía antes,
siendo ahora entendido como producción y creación del lenguaje, de la religión,
de la sexualidad, de los instrumentos y de las formas del trabajo, etc. La
cultura pasa a ser comprendida como el campo en el cual los sujetos humanos
elaboran símbo-
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los y signos,
instituyen las prácticas y los valores, definen para sí mismos lo posible y lo
imposible, el sentido de la línea de tiempo, las diferencias al interior del
espacio, valores como lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, lo justo y lo
injusto, ins-tauran la idea de ley, y, por lo tanto, de lo permitido y de lo
prohibido, determinan el sentido de la vida y de la muerte y de las relaciones
entre lo sagrado y lo profano.
Con todo, ese
alcance de la noción de cultura choca, en las so-ciedades modernas, con un
problema: el hecho de ser, justamen-te, sociedades y no comunidades.
¿Cómo mantener,
frente a una sociedad dividida en clases, el concepto tan generoso y tan
abarcador de la cultura como expre-sión de la comunidad indivisa, propuesto por
la filosofía y por la antropología? Eso es imposible, pues la sociedad de
clases insti-tuye la división cultural. Se puede hablar de cultura dominada y
cultura dominante, cultura opresora y cultura oprimida, cultura de elite y
cultura popular. Cualquiera sea el término empleado, lo que se evidencia es un
corte en el interior de la cultura entre aquello que se convino en llamar como
cultura formal, o sea, la cultura letrada, y la cultura popular, que corre
espontáneamente en las vetas de la sociedad.
II.
Masificar es lo
contrario de democratizar la cultura. O mejor, es la negación de la
democratización de la cultura.
¿Qué puede ser la
cultura tratada desde el punto de vista de la democracia? ¿Qué sería una
cultura de la democracia y una cul-tura democrática? ¿Cuáles son los problemas
de un tratamiento
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democrático de la
cultura, por lo tanto, de una cultura de la de-mocracia, y de la realización de
la cultura como visión democrá-tica, por consiguiente, de una cultura
democrática? Esas pregun-tas señalan algunos de los problemas a enfrentar. En
primer lu-gar, el problema de la relación entre cultura y Estado; en segun-do
lugar, la relación entre cultura y mercado; en tercer lugar, la relación entre
cultura y creadores.
¿Qué es una
relación nueva con la cultura, en la cual la conside-ramos como proceso de
creación? Es entenderla como trabajo. Tratarla como trabajo de la inteligencia,
de la sensibilidad, de la imaginación, de la reflexión, de la experiencia y del
debate, y como trabajo en el interior del tiempo, es pensarla como institu-ción
social, por lo tanto, determinada por las condiciones mate-riales e históricas
de su realización.
El trabajo, como
sabemos, es la acción que produce algo hasta entonces no existente, gracias a
la transformación de lo existente en algo nuevo. El trabajo libre supera y
modifica lo existente. Como trabajo, la cultura opera transformaciones en
nuestras experiencias inmediatas, el tiempo se abre a lo nuevo, hace emerger lo
que todavía no fue hecho, pensado y dicho. Captar la cultura como trabajo
significa, en fin, comprender que el resul-tado cultural (la obra) se ofrece a
los otros sujetos sociales, se expone a ellos, se ofrece como algo a ser
recibido por ellos para formar parte de su inteligencia, sensibilidad e
imaginación y ser retrabajada por los receptores, sea porque la interpretan,
sea porque una obra suscita la creación de otras. La exposición es esencial a
las obras culturales, que existen para ser dadas a la sensibilidad, a la
percepción, a la inteligencia, a la reflexión y a la imaginación de los otros.
Es por eso que el mercado cultural
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explota esa
dimensión de las obras de arte, esto es, el hecho de que son espectáculo,
sometiéndolas al show business.
Si el Estado no es
productor de cultura ni instrumento para su consumo ¿qué relación puede tener
con ella? Puede concebirla como un derecho del ciudadano y, por lo tanto,
asegurar el dere-cho de acceso a las obras culturales producidas,
particularmente el derecho de disfrutarlas, el derecho de crear las obras, de
pro-ducirlas, y el derecho de participar de las decisiones sobre polí-ticas
culturales.
¿Qué significa el
derecho de producir obras culturales? Si se considerara la cultura como el
conjunto de las bellas artes, en-tonces se podría suponer que ese derecho
significaría, por ejem-plo, que esté abierto a todos el derecho a ser pintor.
Después de todo, cada uno de nosotros, un día u otro, puede tener deseos de
hacer una acuarela, pintar al pastel, un diseño, se podría estable-cer una
política cultural que difundiera talleres, aulas y grupos de pintura por las
ciudades. Esa política no garantizaría el dere-cho de producir obras de pintura
y sí un hobby, un pasatiempo y, en el mejor de los casos, una ludoterapia.
¿Entonces, qué es la pintura? La expresión del enigma de la visión y de lo
visible: enigma de un cuerpo vidente y visible, que realiza una reflexión
corporal porque se ve viendo; enigma de las cosas visibles, que están
simultáneamente allí afuera, en el mundo, y aquí adentro, en nuestros ojos;
enigma de la profundidad, que no es una terce-ra dimensión junto a la altura y
el ancho, sino aquello que no vemos y que, sin embargo, nos permite ver; enigma
del color, pues un color es apenas diferencia entre colores; enigma de la
línea, pues al ofrecer los límites de una cosa, no la cierra sobre sí, sino que
la coloca en relación con todas las otras. El pintor
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interroga esos
enigmas y su trabajo es dar a ver lo visible que no vemos cuando miramos el
mundo. Si, por lo tanto, no todos son pintores, aunque en la práctica todos
aman las obras de la pintu-ra, ¿no sería mejor que esas personas tuviesen el
derecho de ver las obras de los artistas, de disfrutarlas, de ser llevados a
ellas? ¿no correspondería al Estado garantizar el derecho de los ciuda-danos a
tener acceso a la pintura; a los pintores garantizar el derecho de crearla; a
los no pintores, el derecho de disfrutarla?
Ahora bien, esas
mismas personas, que no son pintoras ni escul-toras ni bailarinas, también son
productoras de cultura, en el sentido antropológico de la palabra: son, por
ejemplo, sujetos, agentes, autores de su propia memoria. ¿Por qué no ofrecer
con-diciones para que puedan crear formas de registro y preserva-ción de su
memoria, de la cual son sujetos? ¿Por qué no ofrecer condiciones teóricas y
técnicas para que, conociendo las varias modalidades de soportes de la memoria
(documentos, escritos, fotografías, filmes, objetos, etc.), puedan preservar su
propia creación como memoria social? No se trata, por lo tanto, de ex-cluir a
las personas de la producción cultural y sí de garantizar-les que, extendiendo
el concepto de cultura más allá del campo restringido de las bellas artes, en
aquello en que son sujetos de su obra, tengan el derecho de producirla de la
mejor forma posi-ble.
Finalmente, el
derecho a la participación en las decisiones de la política cultural es el
derecho de los ciudadanos a intervenir en la definición de las directrices
culturales y de los presupuestos públicos, a fin de garantizar tanto el acceso
como la producción de cultura por parte de los ciudadanos.
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Se trata, entonces,
de una política cultural definida por la idea de ciudadanía cultural, en la que
la cultura no se reduce a lo super-fluo, al entretenimiento, a los patrones del
mercado, a la oficia-lidad doctrinaria (que es ideología), sino que se realiza
como derecho de todos los ciudadanos, derecho a partir del cual la división
social de las clases o la lucha de clases pueda manifes-tarse y ser trabajada
porque en el ejercicio del derecho a la cultu-ra, los ciudadanos, como sujetos
sociales y políticos, se diferen-cian, entran en conflicto, comunican e
intercambian sus expe-riencias, rechazan formas de cultura, crean otras e
impulsan todo el proceso cultural.
III.
Afirmar la cultura
como un derecho es oponerse a la política neoliberal, que abandona la garantía
de los derechos, trans-formándolos en servicios vendidos y comprados en el
mercado y, por lo tanto, en privilegios de clase.
Esa concepción de
la democratización de la cultura presupone una concepción nueva de la
democracia. De hecho, estamos acostumbrados a aceptar la definición liberal de
la democracia como régimen de la ley y del orden para la garantía de las
liber-tades individuales. Dado que el pensamiento y la práctica libera-les
identifican competencia y libertad, esa definición de la de-mocracia significa,
en primer lugar, que la libertad se reduce a la competencia económica de la
denominada "libre iniciativa" y a la competencia política entre
partidos que disputan elecciones; en segundo, que hay una reducción de la ley a
la potencia judi-cial para limitar el poder político, defendiendo a la sociedad
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contra la tiranía,
ya que la ley garantiza los gobiernos escogidos por la voluntad de la mayoría;
en tercer lugar, que hay una iden-tificación entre el orden y la potencia de
los poderes ejecutivo y judicial para contener los conflictos sociales, impidiendo
su ex-plicitación y desenvolvimiento por medio de la represión; y, en cuarto
lugar, que, aunque la democracia aparezca justificada como "valor" o
como "bien", es encarada, de hecho, por el crite-rio de la eficacia,
medida, en el plano legislativo, por la acción de los representantes,
entendidos como políticos profesionales, y en el plano del poder ejecutivo, por
la actividad de una elite de técnicos competentes a los cuales cabe la
dirección del Estado.
La democracia es,
así, reducida a un régimen político eficaz, basado en la idea de la ciudadanía
organizada en partidos políti-cos, y se manifiesta en el proceso electoral de
elección de los representantes, en la rotación de los gobernantes y en las solu-ciones
técnicas para los problemas económicos y sociales.
De este modo, hay,
en la práctica y en las ideas democráticas, una profundidad y una verdad mucho
mayores y superiores a las que el liberalismo percibe y deja percibir.
Podemos,
caracterizar a la democracia como superadora de la simple idea de un régimen
político identificado con la forma de gobierno, tomándola como forma general de
una sociedad. De-cimos entonces, que una sociedad -y no un simple régimen de
gobierno- es democrática cuando, más allá de elecciones, parti-dos políticos,
división de los tres poderes de la república, respe-to a la voluntad de la
mayoría y de las minorías, instituye algo más profundo, que es condición del
propio régimen, o sea, cuando instituye derechos y que esa institución es una
creación social, de tal modo que la actividad democrática social se realiza
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como un
contra-poder social que determina, dirige, controla y modifica la acción
estatal y el de los gobernantes.
La sociedad
democrática instituye derechos por la apertura del campo social a la creación
de derechos reales, a la ampliación de los derechos existentes y a la creación
de nuevos derechos. De allí que podamos afirmar que la democracia es la
sociedad ver-daderamente histórica, es decir, abierta al tiempo, a lo posible,
a las transformaciones y a lo nuevo. En efecto, por la creación de nuevos
derechos y por la existencia de los contrapoderes socia-les, la sociedad
democrática no se encuentra fijada en una forma para siempre determinada, o
sea, no cesa de trabajar sus divisio-nes y diferencias internas, de orientarse
por la posibilidad obje-tiva (la libertad) y de alterarse por la propia praxis.
Por eso mismo, la
democracia es aquella forma de la vida social que crea para sí misma un
problema que no puede cesar de re-solver, porque cada solución que encuentra,
reabre su propio problema, que es el de la cuestión de la participación.
Como poder popular,
la democracia exige que la ley sea hecha por aquéllos que tendrán que cumplirla
y que exprese sus dere-chos. En las sociedades de clase, sabemos, el pueblo, en
su cali-dad de gobernante, no es la totalidad de las clases ni de la pobla-ción,
sino la clase dominante que se presenta a través del voto, como representante
de toda la sociedad para la elaboración de las leyes, su cumplimiento y la
garantía de los derechos. Así, paradójicamente, la representación política
tiende a legitimar formas de exclusión política sin que eso sea percibido por
la población como ilegítimo, sino como insatisfactorio. Conse-cuentemente, se
desarrollan, al margen de la representación, acciones y movimientos sociales
que buscan interferir direct a-
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mente en la
política bajo la forma de presión y reivindicación. Esa forma suele recibir el
nombre de participación popular, sin que lo sea efectivamente, una vez que la
participación popular solo será política y democrática si puede producir las
propias leyes, normas, reglas y reglamentos que dirigen la vida socio-política.
Siendo así, la democracia exige, a cada paso, la amplia-ción de la
representación por la participación y el descubrimien-to de otros
procedimientos que garanticen la participación como acto político efectivo que
aumenta con cada creación de un nue-vo derecho.
Si eso es la
democracia, podemos evaluar cuán lejos de ella nos encontramos, puesto que
vivimos en una sociedad oligárquica, jerárquica, violenta y autoritaria.
IV.
Podemos decir que
la democracia propicia, por el modo mismo de su enraizamiento, una cultura de
la ciudadanía en la medida en que solo es posible su realización a través del
cultivo de los ciudadanos. Si podemos pensar en una ciudadanía cultural,
po-demos tener la seguridad de que ella solo es posible a través de una cultura
de la ciudadanía, viable solamente en una democra-cia. Eso abre el tema
complicado de una democracia concreta y, por lo tanto, el tema del socialismo.
¿Qué es el socialismo?
Económicamente, el
socialismo se define por la propiedad social de los medios sociales de
producción; eso significa, de un lado, que es conservada y garantizada la
propiedad privada individual como derecho a los bienes no solamente necesarios
para la re-
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producción de la
vida, sino sobre todo indispensables para su desarrollo y perfeccionamiento; y
del otro, que el trabajo deja de ser asalariado, y por lo tanto, productor de
plusvalor, para con-vertirse en una práctica de autogestión social de la
economía. El trabajo se vuelve libre, esto es, expresión de la subjetividad
humana objetivada o exteriorizada en productos. En la medida en que la
propiedad de los medios de producción es social, la producción es
autogestionada y el trabajo es libre, deja de existir aquello que define
nuclearmente al capitalismo, o sea, la apro-piación privada de la riqueza
social por medio de la explotación del trabajo como mercancía que produce
mercancías, compradas y vendidas por medio de una mercancía universal, el
dinero.
Socialmente, se
define por las ideas de justicia -"a cada uno según sus
necesidades y capacidades", dice Marx-, abundancia - no
hay apropiación privada de la riqueza social-, igualdad -no
hay una clase detentora de riqueza y privilegios-, libertad -no
hay una clase que detenta el poder social y político-, autonomía
racional -el saber no está al servicio de los intereses privados de una
clase dominante-, autonomía ética -los individuos son los
agentes conscientes que instituyen normas y valores de conduc-ta-, y autonomía
cultural -las obras del pensamiento y las obras de arte no están
determinadas por la lógica del mercado ni por los intereses de una clase
dominante. Esas ideas y valores, que definen al socialismo, expresan derechos.
Políticamente, el
socialismo se define por la abolición del apara-to del Estado como instrumento
de dominación y coerción, sus-tituyéndolo por las prácticas de participación y
autogestión, por medio de asociaciones, consejos y movimientos socio-políticos;
o sea, el poder no se concentra en un aparato estatal, no se reali-
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za por la lógica de
la fuerza ni por la identificación con la figura de lo(s) dirigente(s), sino
realmente como espacio público de debate, de deliberación y de decisión
colectiva.
Si entendemos la
democracia como institución de una sociedad democrática y al socialismo como
institución de una política democrática, comprenderemos que solamente en una
política socialista los derechos, que definen esencialmente a la sociedad
democrática, pueden concretarse y que solamente en una socie-dad democrática la
práctica socialista puede efectuarse. De este modo, una nueva política cultural
necesita comenzar como cul-tura política nueva, cuya viga maestra es la idea y
la práctica de la participación. ■
El presente texto
es una versión editada de la Conferencia brindada por Chauí en Salvador de
Bahía (Brasil, 11 de noviembre de 2007) sobre su libro Cultura e democracia:
discurso competente e outras falas (Cortez editora, 2007). El texto completo en
portugués será publicado en la nueva Revista de CLACSO: Crítica y Emancipación.
Disponible en:
www.biblioteca.clacso.edu.ar .
Notas:
(1) Se denomina de este modo a las
zonas sin control estatal.

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